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Monólogo de Shylock en El Mercader de Venecia

Shylock se queja de que ha sido humillado y perjudicado solo por ser judío. Argumenta que los judíos son iguales a los cristianos en todos los aspectos, incluida la capacidad de sentir dolor y de vengarse cuando son ofendidos. Advierte que aprenderá de los cristianos a vengarse si continúa siendo tratado injustamente solo por su religión.

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Monólogo de Shylock en El Mercader de Venecia

Shylock se queja de que ha sido humillado y perjudicado solo por ser judío. Argumenta que los judíos son iguales a los cristianos en todos los aspectos, incluida la capacidad de sentir dolor y de vengarse cuando son ofendidos. Advierte que aprenderá de los cristianos a vengarse si continúa siendo tratado injustamente solo por su religión.

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Monologo de Shylock (Mercader de Venecia de William Shakespeare)

Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rió de mis pérdidas y burlado


de mis ganancias. Despreció a mi nación, desbarató mis negocios, enfrío a mis amigos y
calentó a mis enemigos y cuál es su motivo “Soy un judío”. ¿Es que un judío no tiene ojos?
¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es
que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas
enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y
por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis
cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no
nos vengaremos?

Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta
a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un
judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del
cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será
que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado.

Monólogo de Elena en "Sueño de Una Noche de Verano"

¡Cuánto más felices logran ser unos que otros! En toda Atenas se me tiene por su igual en
su hermosura, pero ¿de qué me sirve? Demetrio no lo cree así. Se niega a reconocer lo
que todos menos él reconocen. Y así como él se engaña, fascinado por los ojos de Hermia,
así yo me ciego, enamorada de sus cualidades. El amor puede transformar las cosas bajas
y viles en dignas, excelsas. El amor no ve con los ojos, sino con el alma, y por eso pintan
ciego al alado Cupido. Ni en la mente de Amor se ha registrado señal alguna de
discernimiento. Alas sin ojos son emblema de imprudente premura, y a causa de ello se
dice que el amor es un niño, porque en la elección yerra frecuentemente. Así como se ve a
los niños traviesos infringir en los juegos sus juramentos, así el rapaz Amor es perjuro en
todas partes. Porque antes de ver Demetrio los ojos de Hermia, me granizó de juramentos,
asegurándome que era solo mío; y cuando esta granizada sintió el calor de su presencia,
se disolvió, derritiéndose el chaparrón de votos. Voy a revelarle la fuga de la hermosa
Hermia; no dejará de perseguirla mañana por la noche en el bosque; y por este aviso, con
solo que me dé las gracias, habré recibido un alto precio. Pero bastará a mitigar mi pena el
poder allá mirarle y retornar.
Monólogo De Enrique VIII

No vengo ahora a haceros reír; son cosas de fisonomía seria y grave, tristes, elevadas y
patéticas, llenas de pompa y de dolor; escenas nobles, propias para inducir los ojos al llanto,
lo que hoy os ofrecemos. Los inclinados a la piedad pueden aquí, si a bien lo tienen, dejar
caer una lágrima: el tema es digno de ello. Aquellos que dan su dinero sin la esperanza de
ver algo que puedan creer, hallarán, no obstante, la verdad. Los que vienen solamente a
presenciar una pantomima o dos, y convenir en seguida en que la obra es pasable, si
quieren permanecer tranquilos y benevolentes, les prometo que tendrán un rico espectáculo
ante sus ojos en el transcurso de dos breves horas. Sólo aquellos que vienen a escuchar
una pieza alegre y licenciosa, un fragor de broqueles, o a ver un bufón de larga vestidura
abigarrada, con ribetes amarillos, quedarán defraudados; pues sabed, amables oyentes,
que mezclar nuestra verdad auténtica con tales espectáculos de bufonería y de combate,
además de que sería rebajar nuestro propio juicio y la intención que llevamos de no
representar ahora sino lo que reputamos verdadero, nos haría perder para siempre la
simpatía de todo hombre culto. Así, pues, en nombre de la benevolencia, y puesto que se
os conoce como los primeros, y más felices espectadores de la ciudad, sed tan serios como
deseamos; imaginad que veis los personajes mismos de nuestra noble historia tales como
fueron en vida; imaginad que los contempláis poderosos y acompañados del gentío enorme
y de la solicitud de millares de amigos; luego considerad cómo en un instante a esta
grandeza se junta de repente el infortunio. Y si entonces conserváis vuestra alegría, diré
que un hombre puede llorar el día de sus bodas.

Monologo ESPECTRO

Debo ser breve. Dormía en mi jardín,


como solía hacer todas las tardes, y en esta hora
de quietud, tu tío entró furtivamente,
con una ampolla hechizada de beleño
y vertió en el hueco de mis oídos
aquel fluido ponzoñoso, cuyo efecto
tan contrario es a la sangre humana
que rápido como el azogue recorre
puertas y conductos del cuerpo,
y con vigor inusitado coagula
y corta (tal ácido en la leche)
la frescura de la sangre. Y así me ocurrió,
que una erupción instantánea, como una lepra,
invadió mi carne delicada cubriéndola
de una costra repugnante.
De este modo, mientras dormía, y por acción
de un hermano, fui desposeído de reina, vida y corona,
todo de una vez. Y en la flor de todos mis pecados,
sin viático, sin sacramentos, sin unción,
sin la cuenta de mis deudas, enviado a responder
de todas mis culpas e imperfecciones.
¡Oh, cuán horrible! ¡Dios! ¡Cuán horrible!
No hayas de tolerarlo si queda en ti brío.
Monologo La tempestad

PRÓSPERO.— Parecéis como emocionado, hijo mío; digiérase que algo os conturba.
Tranquilizaos, señor. Nuestros divertimentos han dado fin. Esos actores, como os había
prevenido eran espíritus todos y se han disipado en el aire, en el seno del aire impalpable;
y a semejanza del edificio sin base de esta visión, las altas torres, cuyas crestas tocan las
nubes, los suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso globo, sí, y cuanto
en él descansa, se disolverá, y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de
desaparecer, no quedará rastro de ello. Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños, y
nuestra corta vida no es más que un sueño. Señor, me encuentro contrariado.
Perdóneseme mi debilidad. Mi achacoso cerebro se turba. No os afecte mi flaqueza. Si lo
tenéis a bien, retiraos a mi gruta y descansad. Daré un paseo o dos para aplacar la agitación
de mi ánimo.

Monologo ROSALIND.

Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores: tienen sus
salidas y entradas; y un hombre en su vida interpreta muchos roles, siendo sus actos en
siete edades. Al principio el infante, que llora en brazos de la nodriza. Luego el quejoso
escolar con su cartera y su brillante cara matutina, arrastrándose de mala gana a la escuela,
con paso de caracol. Después, el amante, suspirando como una fragua con una triste
balada compuesta para la reja de su amada. Luego soldado, lleno de extrañas
bravuconadas, bigotudo como el leopardo, celoso de su honor, súbito y pronto en la lucha,
buscando la efímera reputación hasta en la boca del cañón. Más tarde, juez de redondo y
prominente abdomen de mirada severa y barba cortada formal, lleno de sesudos dichos y
modernas citas: y así desempeña su papel. En la sexta edad cambia al flaco y suelto
Pantalón, calzado de chinelas, con anteojos en la nariz y el saco al costado, y con juveniles
calcetines, bien conservados flotando en anchos pliegues sobre sus encogidas piernas; y
su voz varonil vuelve otra vez al infantil agudo resopla y silba en su sonido. La última escena
de todas, que termina esta extraña y nutrida historia, es la segunda infancia, el mero olvido
sin dientes, sin ojos, sin palabras, sin nada.
Monólogo de Hamlet

¡Ser o no ser! ¡He aquí la cuestión! Si es a la luz de la razón más digno sufrir los golpes y
punzantes dardos de suerte horrenda, o terminar la lucha en guerra contra un piélago de
males. Morir; dormir. ¿Dormir? ¡Soñar acaso! ¡Ah! La rémora es esa; pues qué
sueños podrán ser los que acaso sobrevengan en el dormir profundo de la muerte, ya de
mortal envoltura despojados, suspende la razón: ahí el motivo que a la desgracia dé tan
larga vida. ¿Quién las contrariedades, el azote de la fortuna soportar pudiera, la sinrazón
del déspota, del vano el ceño, de la ley las dilaciones, de un amor despreciado, las
angustias, del poder los insultos, y el escarnio que del menguado el mérito tolera, cuando
él mismo su paz conseguiría con un mero punzón? ¿Quién soportara cargas, que con
gemidos y dolores ha de llevar en vida fatigosa, si el recelo de un algo tras la
muerte, incógnita región de donde nunca vuelve el viajero, no turbara el juicio, haciéndonos
sufrir el mal presente antes que en busca ir de lo ignorado?

SUEÑO DE UNA NOCHE VERANO, Acto III, escena II. (PUCK)

Mi señora está enamorada de un monstruo. Mientras cerca de su retiro sagrado y solitario


pasaba la hora de su lánguido sueño, ha llegado una compañía de cómicos imbéciles, de
groseros artesanos que trabajan para ganarse la vida en las tiendas de Atenas. Venían a
ensayar una pieza que debe representarse el día de las bodas del insigne Teseo. El más
necio de la estúpida cuadrilla, encargado del papel de Píramo, ha salido de escena y ha
entrado en un matorral. Yo he aprovechado el momento para encasquetarle una cabeza de
asno. Al tocarle el turno de volver a escena para contestar a Tisbe, mi actor ha salido.
Apenas le han visto los demás, cuando han huido, semejantes el ánade silvestre que ha
encontrado el ojo del cazador en acecho o a una bandada de chovas rojizas al escuchar la
detonación del mosquete, que ora bajan, ora alzan el vuelo, y de pronto se dispersan y
hienden los campos del aire con precipitado aleteo. Al ruido de mis pasos, cae de vez en
cuando uno por tierra, gritando que lo asesinan y pidiendo socorro a Atenas. En su
turbación, sus insensatos terrores se forjaron un enemigo de cada objeto inanimado. Los
abrojos y espinas desgarraban sus vestidos: a éste la manga; a aquel el sombrero, que se
apresuraban a abandonar. Mientras los cazaba de este modo, había dejado en la escena
al lindo Píramo en su metamorfosis, cuando Titania ha despertado y en seguida se ha
enamorado de un jumento.

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