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Mitos de Creación: Rig Veda y Popol Vuh

1) Los textos presentan diferentes mitos y relatos de la creación del mundo en diferentes culturas y épocas. 2) El himno de la creación del Rig Veda describe el surgimiento del universo a partir de la oscuridad original. 3) El Popol Vuh maya narra la creación de la Tierra por los dioses Tepeu y Gucumatz y la posterior creación del hombre.

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Mitos de Creación: Rig Veda y Popol Vuh

1) Los textos presentan diferentes mitos y relatos de la creación del mundo en diferentes culturas y épocas. 2) El himno de la creación del Rig Veda describe el surgimiento del universo a partir de la oscuridad original. 3) El Popol Vuh maya narra la creación de la Tierra por los dioses Tepeu y Gucumatz y la posterior creación del hombre.

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DEPARTAMENTO DE LENGUAJE

LECTURAS DE 7° BÁSICO

NOMBRE ALUMNA: _______________________________________________


NARRATIVA

Rig Veda (ca. 1500-1200 a.C.)


El Himno de la Creación (X 129)

No había inexistencia ni existencia, entonces.


No existía la atmósfera ni el cielo que está más allá.
¿Qué estaba oculto? ¿Dónde? ¿Protegido por quién?
¿Había agua allí insondablemente profunda?

No había muerte ni inmortalidad entonces.


Ningún signo distinguía la noche del día.
Uno solo respiraba sin aliento por su propio poder.
Más allá de eso nada existía.

En el principio la oscuridad escondía la oscuridad.


Todo era agua indiferenciada.
Envuelto en el vacío, deviniendo,
ese uno surgió por el poder del calor.

El deseo descendió sobre eso en el principio,


siendo la primera semilla del pensamiento.
Los sabios, buscando con inteligencia en el corazón,
encontraron el nexo entre existencia e inexistencia.

Su cuerda se extendió a través.


¿Había un abajo? ¿Había un arriba?
Había procreadores, había potencias.
Energía abajo, impulso arriba.

¿Quién sabe realmente? ¿Quién puede proclamar aquí


de dónde procede, de dónde es esta creación?
Los dioses vinieron después.
¿Quién sabe, entonces, de dónde surgió?

¿Esta creación de dónde surgió?


Quizás fue producida o quizás no.
El que la vigila desde el cielo más alto,
él sólo lo sabe. O quizás no lo sabe.
POPOL VUH

Capítulo Primero

Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil,
callado, y vacía la extensión del cielo.
Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros,
peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No
había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el
Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad.
Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios,
de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón
del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche,
y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se
pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía
aparecer el hombre.
Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la
vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del
Cielo, que se llama Huracán.
El primero se llama Caculhá-Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxá-Caculhá.
Y estos tres son el Corazón del Cielo.
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad,
cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.
— ¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe [el espacio], que
surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra!
No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana,
el hombre formado. Así dijeron.
Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: —
¡Tierra! — dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua
las montañas; y al instante crecieron las montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los
valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie.
Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo: — ¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú,
Huracán, y tú, Chipi-Caculhá, Raxá-Caculhá!
— Nuestra obra, nuestra creación será terminada — contestaron.
Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los
arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando
aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la
Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso
y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.
De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre
su feliz terminación.
Mito Selknam de Creación

Kenos era un Howenh, un “antepasado”, que fue enviado por Timaukel a


organizar la tierra de los Selk’nam y se estableció al sur de Karukinka,
actualmente Tierra del Fuego. Recorrió y observó todos los rincones y
comenzó a repartir todo el ancho mundo, asignando esta tierra a los
Selk’nam.

Kenos venía con la misión de crear los tres reinos de este mundo, creó
montañas, lagos, ríos, todo aquello que hoy existe. La luz era escasa y
uniforme y todas las horas pasaban en un alba perpetua. Entonces Kenos
creó a luna (Kreeh) y a Sol (Kreen) ordenando a este último que brillara
más fuerte a mediodía y que se retirara por la tarde para ser reemplazado
por la blanca luz de Kreeh. En aquel tiempo el cielo estaba muy cerca de
la tierra y aplastaba todo en su magnificencia, por lo cual Kenos empujó
la cúpula hacia arriba y la dejó allí, para que todo creciera alto y hermoso.

Sin embargo Kenos se sentía solo pues era el único sobre la tierra. Miró
alrededor suyo y fue hacia un pantano de donde extrajo un haruwenthos
(mata de pasto con tierra adherida) exprimió el agua obscura, la depositó
sobre la tierra y formó un Sees (genital masculino). Luego extrajo otro
terrón húmedo y formó un Asken (genital femenino) para luego partir y dejar juntos estos dos
terrones. Cada vez que se ponía el sol, Sees y Asken se unían y un nuevo ser humano nacía.
Estos seres humanos crecieron y a la noche siguiente se unían para hacer nacer un nuevo
antepasado y así sucedió todas las noches, durante mucho tiempo, cada noche surgía un
nuevo antepasado y rápidamente se pobló Karukinka, Tierra del Fuego.

Pronto la región estuvo llena de hombres y mujeres, los primeros Selk’nam. Kenos, el creador,
les enseñó la palabra, señalando que hombres y mujeres deben vivir juntos y dispuso cual
sería el trabajo de cada uno. Padre y Madre deben enseñar a los niños lo establecido por
Kenos y de acuerdo a eso han de actuar.

Kenos habitaba la tierra hacía ya mucho, y junto a él, tres antepasados lo acompañaban a
todas partes. Pasado un largo tiempo Kenos envejeció y trató de conciliar un sueño de
metamorfosis con mucha dificultad, es por ello que los cuatro antepasados iniciaron una larga
caminata hacia al norte, pues en el sur no habían logrado dormir. Completamente agotados
alcanzaron el norte donde pidieron a otros antepasados que los envolvieran en sus capas y
los depositaran en la tierra.
Así quedaron totalmente inertes viviendo un largo sueño-muerte. Los demás antepasados
continuaron esta rutina milenaria de sueños de vida-muerte y aprendieron que al envejecer
debían envolverse en una capa, quedarse completamente quietos, para luego de un tiempo
eterno, despertar frescos y de aspecto juvenil.

Pero la muerte no era eterna, de modo que después de yacer un largo tiempo todos vieron
que Kenos y los demás comenzaban a suspirar y a recuperar los movimientos. Entonces se
irguieron, se miraron unos a otros y comprendieron que eran jóvenes otra vez. De modo que
todos los Selk’nam decidieron hacer lo mismo que Kenos.

Él que se sentía tan viejo y que había perdido las ganas de vivir se envolvía en su capa y se
tendía en el suelo y yacía como si estuviese muerto. Los que tenían la suerte de rejuvenecer
iban entonces hasta la choza de Kenos para ser bañados y quitarles el desagradable olor del
que estaban impregnados para nuevamente recomenzar. Pero con el tiempo la vejez se
adueñaba de los cuerpos y de los corazones y a veces sucedía que alguien ya no se levantara
más. Sin embargo, no desaparecía, sino que se transformaba en un cerro, en un pájaro, en
una cascada.

Cuando a Kenos le llegó la hora de volver por fin a su casa celeste, los que tuvieron el privilegio
de acompañarlo se convirtieron en las estrellas y los planetas que pueblan el luminoso cielo
de la Tierra del Fuego.
La manzana de la discordia y el juicio de Paris

Por todo el Olimpo se oyen cantos y risas que celebran el matrimonio del mortal Peleo con la
bella nereida Tetis. Ni un dios ni una diosa faltan a la fiesta. Sin embargo, una sombra furtiva
se ha escondido detrás de uno de los pilares. Quien viese su cara no estaría tranquilo, ya que
expresa, a la vez, la cólera, la envidia y la maldad. Avanza hasta colocarse muy cerca de los
convidados. El jolgorio es tal en la sala del banquete que nadie la oye murmurar:

-¡Una vez más se han olvidado de invitarme a la fiesta! ¡Acaso no soy yo, Éride, una diosa
como las demás! ¿No tengo yo también derecho a divertirme? Puesto que todos me rechazáis,
¡voy a ser yo ahora la que se va a divertir a vuestra costa!

Y diciendo estas palabras, Éride, la malvada diosa que allí por donde va siembra la discordia
y la cizaña, arroja sobre el mármol blanco del salón una manzana de oro, que rodando y
rodando acaba tropezando en los pies de Zeus. Intrigado por el objeto, el soberano de los
dioses la recoge y en voz alta lee la inscripción que en ella hay grabada:

-¡A la más bella!


Zeus se dispone a dejar la manzana cuando la voz de Hera resuena.
-No, mi querido esposo, no dejes ahí esta joya. Si ha ido a parar a tus manos, es para que nos
la ofrezcas a alguna de nosotras. ¡Justamente a la más bella! ¿No es así?

Zeus, un tanto confundido, no se atreve a moverse. Siente sobre él no sólo la mirada profunda
de su irritable esposa, sino también los encantadores ojos de Afrodita, que se adelanta hacia
él segura de ser ella la escogida. Y también Atenea, su querida hija, ¡levanta su cara implorante
hacia él! ¿Qué hacer? ¿A quién escoger? Sabe que su elección, sea la que sea, dejará
descontentas a las otras dos, que se aliarán, primero, contra él y a continuación contra la
afortunada que haya sido elegida. El Olimpo estallará en complots, cotilleos y peleas. Pero es
Hermes quien acude en ayuda de su padre.

-¿Por qué no dejar esa elección a un mortal? Estamos seguros de que su elección será
imparcial y que la manzana acabará en manos de la más bella.
-Tienes toda la razón, querido hijo. Que se haga como tú dices. Voy a arrojar esta manzana
de oro a la tierra, no lejos de Troya, donde vive Paris, joven adolescente que es experto en la
belleza de las mujeres. ¡Que él mismo escoja a la más bella de las tres!

Por segunda vez, la manzana es lanzada y cae a los pies del pastor Paris. Sorprendido, éste
la coge. Pero su sorpresa crece aún más cuando ve a estos seres divinos rodeados por un
deslumbrante halo luminoso.

-Paris, me envía Zeus para que decidas cuál de estas tres diosas es la más bella.
Paris se queda mudo y perplejo durante un instante. ¿No será una trampa de los dioses para
perderle?
-¿Cómo voy yo a decidir sobre esto? Sólo soy un simple mortal. Puedo dividir la manzana en
tres trozos dice al ver a las tres diosas.
-No, es necesario que escojas una. ¡Así lo quiere Zeus!
Pero, yo puedo equivocarme. ¡Que aquellas que yo no elija me perdonen! añade, dirigiendo
una mirada inquieta a las divinidades, que le hacen un gesto de conformidad.
Hera se acerca a Paris:
-Si me eliges a mí como la más bella, serás soberano de toda Asia y el hombre más rico...
-Por mi parte la interrumpe Atenea te proporcionaré la victoria en cuantos combates quieras
entablar. Y serás el hombre más sabio..
-En cuanto a mí, obtendrás el amor de la más bella mujer de la Tierra, de Helena, reina de
Esparta dice Afrodita, acercándose tanto al bello adolescente que éste enrojece.

Paris, entusiasmado, le da la manzana.


Furiosas, Atenea y Hera regresan al Olimpo, jurando, a pesar de la promesa hecha a Paris,
vengarse de él. Afrodita, volviéndose por última vez hacia Paris, le dirige la más cautivadora
de sus sonrisas. Satisfecha por haber sido la elegida, se alegra todavía más al saber que su
venganza contra Tindáreo estará plenamente cumplida. La mujer más bella del mundo es
Helena, la esposa de Menelao. Paris, a su vez, se pregunta cómo un simple pastor puede
aspirar al amor de una reina.
Algún tiempo después, Príamo, rey de Troya, organiza, como tiene por costumbre, los juegos
fúnebres en honor de su hijo, muerto ya hace tiempo. Todos los años no falla nunca a esta
cita, a pesar de que este rito le haga recordar una triste historia. En efecto, poco antes de dar
a luz a su segundo hijo, Hécuba, la mujer de Príamo, tuvo un sueño: ella traía al mundo no un
niño, sino una antorcha repleta de serpientes de fuego que incendiaba la ciudad. Rápidamente
se consultó a los adivinos, porque el rey y la reina temían que este sueño fuera el anuncio de
una terrible catástrofe.

-¡Matad a ese niño en cuanto nazca, de lo contrario y a causa de él, Troya será destruida por
las llamas! -les dijo el oráculo al que consultaron.

Esa misma noche, Hécuba trajo al mundo un niño. Pero ante el vigor y la belleza de su hijo no
tuvo el valor de dejar que se cometiera ese crimen. Sin confesar su intención, permitió a
Príamo apoderarse del recién nacido para que se lo diera a un pastor.

-Este niño debe morir. Los adivinos lo exigen, si queremos evitar que nuestra bella ciudad sea
destruida. Lo siento. Cuando hayas cumplido tu tarea, tráeme una prueba de su muerte. -
¡Vete! ordenó el rey al pastor.

Ya estaba éste a punto de abandonar el palacio, cuando Hécuba, sofocada, lo retuvo.


-Salva la vida de mi hijo, te lo ruego. Llévalo lejos de aquí para que no se cumpla nunca la
horrible predicción. No lo veré crecer, pero por lo menos sabré que está vivo.

El pastor, de corazón sensible, se fue con un saco al hombro dentro del cual llevaba oculto al
recién nacido. En secreto, llegó a su pueblo en la montaña y confió el preciado fardo a su mujer
que también acababa de tener un niño: le llamó Alejandro.
Para hacer creer al rey que había cumplido con su penoso encargo, el pastor envió la lengua
de un perro, diciéndole que era la del hijo de Hécuba.
A partir de ese día, Troya celebra mediante los Juegos la muerte del segundo hijo de Príamo,
llamado Paris. Este año, el premio otorgado al vencedor será un toro. Así ha decidido Príamo,
que envía a sus criados para que aparten uno del rebaño del mismo pastor que había dejado
con vida a su hijo. Paris decide participar en los juegos. Es fuerte y valeroso y se siente con
fuerzas para competir con los mejores príncipes del reino. Su padre adoptivo quiere disuadirle,
pero no lo consigue. En vista de lo cual padre e hijo se ponen en camino.
Paris-Alejandro sale vencedor de todas las pruebas. Pero los otros hijos del rey no lo ven de
la misma forma. Celosos, deciden dar muerte a este desconocido con demasiada suerte. Ya
desenvainan las espadas cuando el anciano pastor corre hacia la tribuna que ocupa el rey.
-¡Oh Rey mío, detenles! ¡Es a tu hijo Paris, desaparecido hace mucho tiempo, al que van a
matar!
Sin perder tiempo, Príamo hace venir a Hécuba, que confiesa la verdad. Lejos de quedar
decepcionado, el rey hace conducir triunfalmente al hijo que creía muerto hasta el palacio.
Banquetes y sacrificios celebran su vuelta a pesar del aviso de los sacerdotes, que no han
olvidado su sueño profético.

-¡Prefiero antes que Troya sea destruida que matar a mi hijo reaparecido! les dice Príamo.
EL HÉROE
La Araucana, Canto II
Pónese la discordia que entre los caciques de Arauco hubo sobre
la eleción de capitán general, y el medio que se tomó por el
consejo del cacique colocolo, con la entrada que por engaño los
bárbaros hicieron en la casa fuerte de Tucapel y la batalla que
con los españoles tuvieron

Muchos hay en el mundo que han llegado a llevar adelante la vitoria;


a la engañosa alteza, desta vida, que el claro cielo al fin vino a turbarse,
que Fortuna los ha siempre ayudado mudando la Fortuna en triste estado
y dádoles la mano a la subida el curso y orden, próspera del hado.
para después de haberlos levantado,
derribarlos con mísera caída, La gente nuestra ingrata se hallaba
cuando es mayor el golpe y sentimiento en la prosperidad que arriba cuento,
y menos el pensar que hay mudamiento. y en otro mayor bien que me olvidaba,
hallado en pocas casas, que es contento.
No entienden con la próspera bonanza De tal manera en él se descuidaba
que el contento es principio de tristeza, (cierta señal de triste acaecimiento)
ni miran en la súbita mudanza que en una hora perdió el honor y estado
del consumidor tiempo y su presteza; que en mil años de afán había ganado.
mas con altiva y vana confianza
quieren que en su fortuna haya firmeza, Por dioses, como dije, eran tenidos
la cual, de su aspereza no olvidada, de los indios los nuestros; pero olieron
revuelve con la vuelta acostumbrada. que de mujer y hombre eran nacidos,
y todas sus flaquezas entendieron.
Con un revés de todo se desquita, Viéndolos a miserias sometidos
que no quiere que nadie se le atreva, el error inorante conocieron,
y mucho más que da siempre les quita, ardiendo en viva rabia avergonzados
no perdonando cosa vieja y nueva; por verse de mortales conquistados.
de crédito y de honor los necesita
que en el fin de la vida está la prueba, No queriendo a más plazo difirirlo
por el cual han de ser todos juzgados entrellos comenzó luego a tratarse
aunque lleven principios acertados. que, para en breve tiempo concluirlo
y dar el modo y orden de vengarse,
Del bien perdido, al cabo, ¿qué nos queda se junten a consulta a difinirlo,
sino pena, dolor y pesadumbre? do venga la sentencia a pronunciarse,
Pensar que en él Fortuna ha de estar dura, ejemplar, cruel, irrevocable,
queda, horrenda a todo el mundo y espantable.
antes dejará el sol de darnos lumbre:
que no es su condición fijar la rueda Iban ya los caciques ocupando
y es malo de mudar vieja costumbre; los campos con la gente que marchaba
el más seguro bien de la Fortuna y no fue menester general bando,
es no haberla tenido vez alguna. que el deseo de la guerra los llamaba
sin promesas ni pagas, deseando
Esto verse podrá por esta historia, el esperado tiempo que tardaba,
ejemplo dello aquí puede sacarse, para el decreto y áspero castigo
que no bastó riqueza, honor y gloria con muerte y destruición del enemigo.
con todo el bien que puede desearse
De algunos que en la junta se hallaron seis mil súbditos éste administraba.
es bien que haya memoria de sus Pasados de seis mil Lincoya tiene
nombres, que bravo y orgulloso ya llegaba,
que siendo incultos bárbaros, ganaron diestro, gallardo, fiero en el semblante,
con no poca razón claros renombres, de proporción y altura de gigante.
pues en tan breve término alcanzaron
grandes vitorias de notables hombres, Peteguelén, cacique señalado,
que dellas darán fe los que vivieren, que el gran valle de Arauco le obedece
y los muertos allá donde estuvieren. por natural señor, y así el Estado
este nombre tomó, según parece,
Tucapel se llamaba aquel primero como Venecia, pueblo libertado,
que al plazo señalado había venido; que en todo aquel gobierno más florece,
éste fue de cristianos carnicero, tomando el nombre dél la señoría,
siempre en su enemistad endurecido; así guarda el Estado el nombre hoy día.
tiene tres mil vasallos el guerrero,
de todos como rey obedecido. Éste no se halló personalmente
Ongol luego llegó, mozo valiente, por estar impedido de cristianos,
gobierna cuatro mil, lucida gente. pero de seis mil hombres que el valiente
gobierna, naturales araucanos,
Cayocupil, cacique bullicioso, acudió desmandada alguna gente
no fue el postrero que dejó su tierra, a ver si es menester mandar las manos.
que allí llegó el tercero, deseoso Caupolicán el fuerte no venía,
de hacer a todo el mundo él solo guerra; que toda Pilmayquén le obedecía.
tres mil vasallos tiene este famoso,
usado tras las fieras en la sierra. Tomé y Andalicán también vinieron,
Millarapué, aunque viejo, el cuarto vino que eran del araucano regimiento,
que cinco mil gobierna de contino. y otros muchos caciques acudieron,
que por no ser prolijo no los cuento.
Paicabi se juntó aquel mismo día, Todos con leda faz se recibieron,
tres mil diestros soldados señorea. mostrando en verse juntos gran contento.
No lejos Lemolemo dél venía, Después de razonar en su venida
que tiene seis mil hombres de pelea. se comenzó la espléndida comida.
Mareguano, Gualemo y Lebopía
se dan priesa a llegar, porque se vea Al tiempo que el beber furioso andaba
que quieren ser en todo los primeros; y mal de las tinajas el partido,
gobiernan estos tres, tres mil guerreros. de palabra en palabra se llegaba
a encenderse entre todos gran ruido;
No se tardó en venir, pues, Elicura la razón uno de otro no escuchaba,
que al tiempo y plazo puesto había sabida la ocasión do había nacido,
llegado, vino sobre cuál era el más valiente
de gran cuerpo, robusto en la hechura, y digno del gobierno de la gente.
por uno de los fuertes reputado;
dice que ser sujeto es gran locura Así creció el furor, que derribando
quien seis mil hombres tiene a su las mesas, de manjares ocupadas,
mandado. aguijan a las armas, desgajando
Luego llegó el anciano Colocolo, las armas al depósito obligadas;
otros tantos y más rige éste solo. y dellas se aperciben, no cesando
palabras peligrosas y pesadas,
Tras éste a la consulta Ongolmo viene, que atizaban la cólera encendida
que cuatro mil guerreros gobernaba. con el calor del vino y la comida.
Purén en arribar no se detiene,
El audaz Tucapel claro decía La grita y el furor se multiplica,
que el cargo del mandar le pertenece; quién esgrime la maza, y quién la pica.
pues todo el universo conocía
que si va por valor, que lo merece: Tomé y otros caciques se metieron
«Ninguno se me iguala en valentía; en medio destos bárbaros de presto,
de mostrarlo estoy presto si se ofrece y con dificultad los despartieron
-añade el jatancioso- a quien quisiere; que no hicieron poco en hacer esto:
y a aquel que esta razón contradijere...». de herirse lugar aun no tuvieron
y en voz airada, ya el temor pospuesto,
Sin dejarle acabar dijo Elicura: Colocolo, el cacique más anciano,
«A mí es dado el gobierno desta danza, a razón así tomó la mano:
y el simple que intentare otra locura
ha de probar el hierro de mi lanza». «Caciques del Estado defensores:
Ongolmo, que el primero ser procura, codicia de mandar no me convida
dice: «Yo no he perdido la esperanza a pesarme de veros pretensores
en tanto que este brazo sustentare, de cosa que a mí tanto era debida
y con él la ferrada gobernare». porque, según mi edad, ya veis, señores,
que estoy al otro mundo de partida;
De cólera Lincoya y rabia insano mas el amor que siempre os he mostrado,
responde: «Tratar deso es devaneo, a bien aconsejaros me ha incitado.
que ser señor del mundo es en mi mano,
si en ella libre este bastón poseo». ¿Por qué cargos honrosos pretendemos
«Ninguno, dice Angol, será tan vano y ser en opinión grande tenidos,
que ponga en igualárseme el deseo, pues que negar al mundo no podemos
pues es más el temor que pasaría, haber sido sujetos y vencidos?
que la gloria que el hecho le daría». Y en esto averiguarnos no queremos,
estando de españoles oprimidos:
Cayocupil, furioso y arrogante mejor fuera esa furia ejecutalla
la maza esgrime, haciéndose a lo largo, contra el fiero enemigo en la batalla.
diciendo: «Yo veré quién es bastante
a dar de lo que ha dicho más descargo; ¿Qué furor es el vuestro, ¡oh araucanos!,
haceos los pretensores adelante, que a perdición os lleva sin sentillo?
veremos de cuál dellos es el cargo; ¿Contra vuestras entrañas tenéis manos,
que de probar aquí luego me ofrezco, y no contra el tirano en resistillo?
que más que todos juntos lo merezco». Teniendo tan a golpe a los cristianos
¿volvéis contra vosotros el cuchillo?
«Alto, sús, que yo acepto el desafío Si gana de morir os ha movido
-responde Lemolemo-, y tengo en nada no sea en tan bajo estado y abatido.
poner a prueba lo que es mío,
que más quiero librarlo por la espada; Volved las armas y ánimo furioso
mostraré ser verdad lo que porfío, a los pechos de aquellos que os han
a dos, a cuatro, a seis en la estacada; puesto
y si todos quistión queréis conmigo en dura sujeción, con afrentoso
os haré manifiesto lo que digo». partido, a todo el mundo manifiesto;
lanzad de vos el yugo vergonzoso,
Purén, que estaba aparte, habiendo oído mostrad vuestro valor y fuerza en esto,
la plática enconosa y rumor grande, no derraméis la sangre del Estado
diciendo, en medio dellos se ha metido que para redemirnos ha quedado.
que nadie en su presencia se desmande.
Y ¿quién imaginar es atrevido No me pesa de ver la lozanía
que donde está Purén más otro mande? de vuestro corazón, antes me esfuerza,
mas temo que esta vuestra valentía
por mal gobierno el buen camino tuerza; Respondo a esto que nunca sin caudillo
que, vuelta entre nosotros la porfía, la tierra estuvo, electo del senado;
degolláis vuestra patria con su fuerza; que, como dije, en Penco el Ainauillo
cortad, pues, si ha de ser desa manera, fue por nuestra nación desbaratado,
esta vieja garganta la primera. y viniendo de paz, en un castillo
se dice, aunque no es cierto, que un
Que esta flaca persona, atormentada bocado
de golpes de fortuna, no procura le dieron de veneno en la comida,
sino el agudo filo de una espada donde acabó su cargo con la vida.
pues no la acaba tanta desventura.
Aquella vida es bien afortunada Pues el madero súbito traído,
que la temprana muerte le asegura, no me atrevo a decir lo que pesaba,
pero a nuestro bien público atendiendo, que era un macizo líbano fornido
quiero decir en esto lo que entiendo. que con dificultad se rodeaba.
Paicabí le aferró menos sufrido,
Pares sois en valor y fortaleza, y en los valientes hombros le afirmaba;
el cielo os igualó en el nacimiento; seis horas lo sostuvo aquel membrudo
de linaje, de estado y de riqueza pero llegar a siete jamás pudo.
hizo a todos igual repartimiento;
y en singular por ánimo y grandeza Cayocupil al tronco aguija presto,
podéis tener del mundo el regimiento, de ser el más valiente confiado,
que este gracioso don no agradecido y encima de los altos hombros puesto
nos ha al presente término traído. lo deja a las cinco horas de cansado;
Gualemo lo probó, joven dispuesto,
En la virtud de vuestro brazo espero mas no pasó de allí y esto acabado,
que puede en breve tiempo remediarse; Angol el grueso leño tomó luego;
mas ha de haber un capitán primero, duró seis horas largas en el juego.
que todos por él quieran gobernarse.
Este será quien más un gran madero Purén tras él lo trujo medio día,
sustentare en el hombro sin pararse, y el esforzado Ongolmo más de medio;
y pues que sois iguales en la suerte, y cuatro horas y media Lebopía,
procure cada cual de ser más fuerte». que de sufrirlo más no hubo remedio.
Lemolemo siete horas le traía,
Ningún hombre dejó de estar atento el cual jamás en todo este comedio
oyendo del anciano las razones; dejó de andar acá y allá saltando
y puesto ya silencio al parlamento hasta que ya el vigor le fue faltando.
hubo entrellos diversas opiniones;
al fin, de general consentimiento Elicura a la prueba se previene
siguiendo las mejores intenciones, y en sustentar el líbano trabaja;
por todos los caciques acordado a nueve horas dejarle le conviene
lo propuesto del viejo fue acetado. que no pudiera más si fuera paja;
Tucapelo catorce lo sostiene
Podría de alguno ser aquí una cosa encareciendo todos la ventaja;
que parece sin término notada, pero en esto Licoya apercebido
y es que una provincia poderosa, mudó en un gran silencio aquel ruido.
en la milicia tanto ejercitada,
de leyes y ordenanzas abundosa, De los hombros el manto derribando
no hubiese una cabeza señalada las terribles espaldas descubría,
a quien tocase el mando y regimiento, y el duro y grave leño levantando
sin allegar a tanto rompimiento. sobre el fornido asiento lo ponía;
corre ligero aquí y allí mostrando que causó esta venida entre la gente;
que poco aquella carga le impedía. cuál se atiene a Lincoya y cuál decía
Era de sol a sol el día pasado que es el Caupolicano más valiente.
y el peso sustentaba aún no cansado. Apuestas en favor y contra había;
otros, sin apostar, dudosamente,
Venía apriesa la noche, aborrecida hacia el oriente vueltos aguardaban
por la ausencia del sol, pero Diana si los febeos caballos asomaban.
les daba claridad con su salida,
mostrándose a tal tiempo más lozana. Ya la rosada Aurora comenzaba
Lincoya con la carga no convida, las nubes a bordar de mil labores
aunque ya despuntaba la mañana, y a la usada labranza despertaba
hasta que llegó el sol al medio cielo, la miserable gente y labradores,
que dio con ella entonces en el suelo. y a los marchitos campos restauraba
la frescura perdida y sus colores,
No se vio allí persona en tanta gente aclarando aquel valle la luz nueva,
que no quedase atónita de espanto, cuando Cupolicán viene a la prueba.
creyendo no haber hombre tan potente
que la pesada carga sufra tanto; Con un desdén y muestra confiada
la ventaja le daban juntamente asiendo del troncón duro y ñudoso,
con el gobierno, mando y todo cuanto como si fuera vara delicada
a digno general era debido, se le pone en el hombro poderoso.
hasta allí justamente merecido. La gente enmudeció maravillada
de ver el fuerte cuerpo tan nervoso,
Ufano andaba el bárbaro y contento la color a Lincoya se le muda,
de haberse más que todos señalado, poniendo en su vitoria mucha duda.
cuando Cupolicán aquel asiento,
sin gente, a la ligera, había llegado; El bárbaro sagaz de espacio andaba
tenía un ojo sin luz de nacimiento y a todo priesa entraba el claro día;
como un fino granate colorado, el sol las largas sombras acortaba
pero lo que en la vista le faltaba, mas él nunca descrece en su porfía.
en la fuerza y esfuerzo le sobraba. Al ocaso la luz se retiraba
ni por esto flaqueza en él había;
Era este noble mozo de alto hecho las estrellas se muestran claramente,
varón de autoridad, grave y severo, y no muestra cansancio aquel valiente.
amigo de guardar todo derecho,
áspero y riguroso, justiciero; Salió la clara luna a ver la fiesta
de cuerpo grande y relevado pecho, del tenebroso albergue húmido y frío,
hábil, diestro, fortísimo y ligero, desocupando el campo y la floresta
sabio, astuto, sagaz, determinado, de un negro velo lóbrego y sombrío.
y en casos de repente reportado. Caupolicán no afloja de su apuesta,
antes con mayor fuerza y mayor brío
Fue con alegre muestra recebido, se mueve y representa de manera
-aunque no sé si todos se alegraron-; como si peso alguno no trujera.
el caso en esta suma referido
por su término y puntos le contaron. Por entre dos altísimos ejidos
Viendo que Apolo ya se había escondido la esposa de Titón ya parecía,
en el profundo mar, determinaron los dorados cabellos esparcidos
que la prueba de aquél se dilatase que de la fresca helada sacudía,
hasta que la esperada luz llegase. con que a los mustios prados florecidos
con el húmido humor reverdecía,
Pasábase la noche en gran porfía y quedaba engastado así en las flores
cual perlas entre piedras de colores. es alguna fición y poesía;
pues en razón no cabe que un senado
El carro de Faetón sale corriendo de tan gran diciplina y pulicía
del mar por el camino acostumbrado; pusiese una elección de tanto peso
sus sombras van los montes recogiendo en la robusta fuerza y no en el seso.
de la vista del sol, y el esforzado
varón, el grave peso sosteniendo, Sabed que fue artificio, fue prudencia
acá y, allá se mueve no cansado, del sabio Colocolo, que miraba
aunque otra vez la negra sombra espesa la dañosa discordia y diferencia
tornaba a parecer corriendo a priesa. y el gran peligro en que su patria andaba,
conociendo el valor y suficiencia
La luna su salida provechosa deste Caupolicán que ausente estaba,
por un espacio largo dilataba; varón en cuerpo y fuerzas estremado,
al fin, turbia, encendida y perezosa, de rara industria y ánimo dotado.
de rostro y luz escasa se mostraba.
Paróse al medio curso más hermosa Así propuso astuta y sabiamente
a ver la estraña prueba en qué paraba, (para que la eleción se dilatase)
y viéndola en el punto y ser primero la prueba al parecer impertinente
se derribó en el ártico hemisfero, en que Caupolicán se señalase,
y el bárbaro, en el hombro la gran viga, y en esta dilación tan conveniente
sin muestra de mudanza y pesadumbre, dándole aviso, a la elección llegase,
venciendo con esfuerzo la fatiga trayendo así el negocio por rodeo
y creciendo la fuerza por costumbre. a conseguir su fin y buen deseo.
Apolo en seguimiento de su amiga
tendido había los rayos de su lumbre Celebraba con pompa allí el senado
y el hijo de Leocán, en el semblante de la justa eleción la fiesta honrosa
más firme que al principio y más y el nuevo capitán, ya con cuidado
constante. de dar principio a alguna grande cosa,
manda a Palta, sargento, que, callado,
Era salido el sol, cuando el inorme de la gente más presta y animosa
peso de las espaldas despedía, ochenta diestros hombres aperciba
y un salto dio en lanzándole disforme, y a su cargo apartados los reciba.
mostrando que aún más ánimo tenía;
el circunstante pueblo en voz conforme Fueron, pues, escogidos los ochenta
pronunció la sentencia y le decía: de más esfuerzo y menos conocidos;
«Sobre tan firmes hombros descargamos entre ellos dos soldados de gran cuenta
el peso y grande carga que tomamos». por quien fuesen mandados y regidos,
hombres diestros, usados en afrenta,
El nuevo juego y pleito difinido, a cualquiera peligro apercebidos;
con las más cerimonias que supieron el uno se llamaba Cayeguano,
por sumo capitán fue recibido el otro Alcatipay de Talcaguano.
y a su gobernación se sometieron.
Creció en reputación, fue tan temido Tres castillos los nuestros ocupados
y en opinión tan grande le tuvieron, tenían para el seguro de la tierra,
que ausentes muchas leguas dél de fuertes y anchos muros fabricados,
temblaban con foso que los ciñe en torno y cierra,
y casi como a rey le respetaban. guarnecidos de pláticos soldados
usados al trabajo de la guerra,
Es cosa en que mil gentes han parado caballos, bastimento, artillería,
y están en duda muchos hoy en día, que en espesas troneras asistía.
pareciéndoles que esto que he contado
Estaba el uno cerca del asiento con amenaza, orgullo y confianza
adonde era la fiesta celebrada, de la esperada y súbita venganza.
y el araucano ejército contento
mostrando no temer al mundo en nada, Los fuertes españoles salteados,
que con discurso vano y movimiento viendo la airada muerte tan vecina,
quería llevarlo todo a pura espada; corren presto a las armas, alterados
pero Caupolicán más cuerdamente de la estraña cautela repentina,
trataba del remedio conveniente. y a vencer o morir determinados,
cuál con celada, cuál con coracina,
Había entre ellos algunas opiniones salen a resistir la furia insana
de cercar el castillo más vecino; de la brava y audaz gente araucana.
otros, que con formados escuadrones
a Penco enderezasen el camino; Asáltanse con ímpetu furioso,
dadas de cada parte sus razones suenan los hierros de una y otra parte;
Caupolicán en nada desto vino, allí muestra su fuerza el sanguinoso
antes al pabellón se retiraba y más que nunca embravecido Marte.
y a los ochenta bárbaros llamaba. De vencer cada uno deseoso,
buscaba nuevo modo, industria y arte
Para entrar el castillo fácilmente de encaminar el golpe de la espada
les da industria y manera disfrazada, por do diese a la muerte franca entrada.
con expresa instrución que plaza y gente
metan a fuego y a rigor de espada, La saña y el coraje se renueva
porque él luego tras ellos diligente con la sangre que saca el hierro duro;
ocupará los pasos y la entrada; ya la española gente a la india lleva
después de haberlos bien amonestado, a dar de las espaldas en el muro;
pusieron en efecto lo tratado. ya el infiel escuadrón con fuerza nueva
cobra el perdido campo mal seguro,
Era en aquella plaza y edificio que estaba de los golpes esforzados
la entrada a los de Arauco defendida, cubierto de armas, y ellos desarmados.
salvo los necesarios al servicio
de la gente española estatuida Viéndose en tanto estrecho los cristianos,
a la defensa della y ejercicio de temor y vergüenza constreñidos,
de la fiera Belona embravecida; las espadas aprietan en las manos
y así los cautos bárbaros soldados en ira envueltos y en furor metidos;
de feno, yerba y leña iban cargados. cargan sobre los fieros araucanos
por el ímpetu nuevo enflaquecidos;
Sordos a las demandas y preguntas entran en ellos, hieren y derriban
siguen su intento y el camino usado, y a muchos de cuidado y vida privan.
las cargas en hilera y orden juntas,
habiendo entre los haces sepultado Siempre los españoles mejoraban
astas fornidas de ferradas puntas; haciendo fiero estrago y tan sangriento
y así contra el castillo, descuidado en los osados indios, que pagaban
del encubierto engaño, caminaban el poco seso y mucho atrevimiento.
y en los vedados límites entraban. Casi defensa en ellos no hallaban,
pierden la plaza y cobran escarmiento;
El puente, muro y puerta atravesando al fin de tal manera los trataron
miserables, los gestos afligidos, que a fuerza de los muros los lanzaron.
algunos de cansados cojeando,
mostrándose marchitos y encogidos; Apenas Cayeguán y Talcaguano
pero dentro las cargas desatando, salían, cuando con paso apresurado
arrebatan las armas atrevidos, asomó el escuadrón caupolicano
teniendo el hecho ya por acabado; Arrójanse con furia, no dudando,
mas viendo el esperado efeto vano en las agudas armas por juntarse
y el puente del castillo levantado, y con las duras puntas van tentando
pone cerco sobre él, con juramento las partes por do más pueden dañarse.
de no dejarle piedra en el cimiento. Cual los Cíclopes suelen, martillando
en las vulcanas yunques, fatigarse,
Sintiendo un español mozo que había así martillan, baten y cercenan,
demasiado temor en nuestra gente, y las cavernas cóncavas atruenan.
más de temeridad que de osadía
cala sin miedo y sin ayuda el puente Andaba la vitoria así igualmente,
y puesto en medio dél, alto decía: mas gran ventaja y diferencia había
«Salga adelante, salga el más valiente, en el número y copia de la gente
uno por uno a treinta desafío aunque el valor de España lo suplía;
y a mil no negaré este cuerpo mío». pero el soberbio bárbaro impaciente
viendo que un nuestro a ciento resistía,
No tan presto las fieras acudieron con diabólica furia y movimiento
al bramar de la res desamparada, arranca a los cristianos del asiento.
que de lejos sin orden conocieron
del pueblo y moradores apartada, Los españoles, sin poder sufrillo,
como los araucanos cuando oyeron dejan el campo y de tropel corriendo
del valiente español la voz osada, se lanzan por las puertas del castillo,
partiendo más de ciento presurosos al bárbaro la entrada resistiendo,
del lance y cierta presa codiciosos. levan el puente, calan el rastrillo,
reparos y defensas preveniendo;
No porque tantos vengan temor tiene suben tiros y fuegos a lo alto,
el gallardo español ni esto le espanta, temiendo el enemigo y fiero asalto.
antes al escuadrón que espeso viene
por mejor recebirle se adelanta. Pero viendo ser todo perdimiento
El curso enfrena, el ímpetu detiene y aprovecharles poco o casi nada,
de los fieros contrarios, que con tanta de voto y de común consentimiento
furia se arroja entre ellos sin recelo, su clara destruición considerada,
que rodaron algunos por el suelo. acuerdan de dejar el fuerte asiento;
y así en la escura noche deseada
De dos golpes a dos tendió por tierra, cuando se muestra el mundo más quieto
la espada revolviendo a todos lados; la partida pusieron en efeto.
aquí esparce una junta y allí cierra
adonde vee los más amontonados; A punto estaban y a caballo cuando
igual andaba la desigual guerra abren las puertas, derribando el puente
cuando los españoles bien armados y a los prestos caballos aguijando
abriendo con presteza un gran postigo el escuadrón embisten de la frente,
salen a la defensa del amigo. rompen por él hiriendo y tropellando,
y sin hombre perder, dichosamente
Acuden los contrarios de otra parte arriban a Purén, plaza segura,
y en medio de aquel campo y ancho llano cubiertos de la noche y sombra escura.
al ejercicio del sangriento Marte
viene el bando español y araucano; Mientras esto en Arauco sucedía,
la primera batalla se desparte, en el pueblo de Penco, más vecino
que era de ciento a un solo castellano; que a la sazón en Chile florecía,
vuelven el crudo hierro no teñido fértil de ricas minas de oro fino,
contra los que del fuerte habían salido. el capitán Valdivia residía,
donde la nueva por el aire vino
que afirmaba con término asignado donde con él a tiempo se juntase;
la alteración y junta del Estado. resoluto en hacer allí de hecho
un ejemplar castigo que sonase
El común, siempre amigo de ruido, en todos los confines de la tierra,
la libertad y guerra deseando, porque jamás moviesen otra guerra.
por su parte alterado y removido,
se va con este són desentonando; Pero dejó el camino provechoso
al servicio no acude prometido, y, descuidado dél, torció la vía,
sacudiendo la carga y levantando metiéndose por otro, codicioso,
la soberbia cerviz desvengonzada, que era donde una mina de oro había;
negando la obediencia a Carlos dada. y de ver el tributo y don hermoso
que de sus ricas venas ofrecía,
Valdivia, perezoso y negligente, paró de la codicia embarazado,
incrédulo, remiso y descuidado, cortando el hilo próspero del hado.
hizo en la Concepción copia de gente,
más que en ella, en su dicha confiado; A partir, como dije antes, llegaba
el cual, si fuera un poco diligente, al concierto en el tiempo prometido,
hallaba en pie el castillo arruinado, mas el metal goloso que sacaba
con soldados, con armas, municiones, le tuvo a tal sazón embebecido;
seis piezas de campaña y dos cañones. después salió de allí y se apresuraba
cuando fuera mejor no haber salido.
Tenía con la Imperial concierto hecho Quiero dar fin al canto porque pueda
que alguna gente armada le enviase, decir de la codicia lo que queda.
la cual a Tucapel fuese derecho
LA HISTORIA DE HÉRCULES

Un día Zeus, el padre omnipotente de los dioses, compadecido ante los males que
atormentaban a los infortunados mortales, dijo luego de reflexionar:
—Voy a engendrar, para ventura de los hombres y de los dioses, a un héroe magnífico,
inigualado. Él será el protector de todos frente a los peligros que continuamente los amenazan.
Su fuerza excepcional y sus heroicas virtudes serán la salvaguardia del mundo.

Dicho esto, descendió Zeus una noche a la ciudad de Tebas. Allí, en magnífico palacio,
habitaba la reina Alcmena, que descollaba entre todas las mujeres fértiles por la belleza de
sus ojos y la nobleza de su elevada estatura. Su esposo, el rey Anfitrión, se encontraba
ausente debido a la guerra. Entonces Zeus, para lograr acercarse a Alcmena sin despertar
sospechas, tomó los rasgos del propio Anfitrión y como tal se presentó ante el portero de
palacio. Los criados, convencidos de que veían nuevamente a su amo, acudieron a recibirlo a
toda 2 prisa, lo rodearon y sin demora le allanaron el camino hacia las habitaciones de su real
esposa. Y en el abrazo de esa misma noche la reina Alcmena concibió del soberano del
Olimpo, y sin haberlo reconocido, a quien sería el poderoso Hércules.

Pero desde el instante mismo de su nacimiento, el futuro héroe atrajo sobre sí el odio de Hera,
la esposa de Zeus. En efecto, apenas el niño hubo salido de las entrañas de su madre, la reina
de los dioses, aprovechando las tinieblas de una noche especialmente oscura, envió al palacio
de Alcmena a dos feroces serpientes. Todo el mundo se hallaba, al igual que el niño, sumido
en un profundo sueño. Penetraron los reptiles en silencio por la puerta abierta de la habitación
y deslizaron sus formas horribles y sinuosas, a la luz del fuego de sus propios ojos, hasta llegar
al escudo que servía de cuna al divino infante. Los dos monstruos, silbando, se disponían a
clavar sus colmillos envenenados en el rostro del niño para luego ahogarlo con sus anillos.
Pero este, despertándose de pronto, atrapó con sus manos a las dos espantosas serpientes,
y con tal fuerza apretó las gargantas henchidas de veneno, que las estranguló a ambas a la
vez.

Esa fue la primera hazaña de este héroe extraordinario. Considerado hijo de Anfitrión, crecía
día a día el vástago de Zeus y de Alcmena, gracias a los cuidados amorosos de su madre,
como un hermoso árbol que se yergue saludable en medio del huerto florido.

También Zeus, como un padre cuidadoso, velaba por él desde la cumbre del sagrado monte
Olimpo. Un día el padre de los dioses se propuso otorgarle a este hijo el don de la inmortalidad
y el vigor sin límite propio de los dioses. Para ello tuvo la idea de obligar a una gran diosa a
amamantarlo y con tal fin envió a Hermes, mensajero del Olimpo, a buscar a la criatura.
Cuando volvió con ella el dios alado, Zeus tomó al niño y lo acercó sigilosamente a los pechos
de la propia Hera, que en aquel momento dormía. El recién nacido prendió su boca a los
blancos pechos de la diosa y mamó abundantemente. Una vez saciado, se volvió y sonrió a
su padre. Pero había sorbido y chupado con tal fuerza, que la leche de Hera continuó fluyendo:
las blancas gotas que salpicaron la superficie del cielo dieron lugar a la Vía Láctea, y las que
descendieron hasta la tierra dieron origen a los grandes lirios.

Cuando sus años lo aconsejaron, su madre Alcmena se preocupó de proporcionarle una


educación esmerada y completa. Lino, hijo del hermoso Apolo, le enseñó la ciencia de las
letras; Eumolpo lo adiestró en el arte de modular la voz y de cantar paseando los dedos por
las cuerdas sonoras de la armoniosa lira; Eurito, en fin, le enseñó el arte de tender hábilmente
el arco y de dar en el blanco con una flecha certera. Pero fue durante tan magnífica educación
que el poderoso Hércules, cuyo ánimo era intrépido y generoso, pero irascible en ocasiones,
se hizo por primera vez culpable de una muerte involuntaria. Un día Lino, su maestro de letras,
decidió poner a prueba la sabiduría de su joven discípulo y lo conminó a escoger, entre un
conjunto de volúmenes, aquel libro que prefiriese. Hércules era un notable glotón desde su
nacimiento, un gran comedor —tan voraz llegaría a ser su apetito que, ya mayor, habría de
engullir sin arrugarse bueyes enteros—, y por tanto eligió sin demora un tratado cuyo título era
El perfecto cocinero. Irritado por semejante elección, Lino criticó ácidamente la desmedida
voracidad que atormentaba a su discípulo y llegó incluso a amenazarlo, alzando su mano por
lo que consideraba una conducta grosera e indigna del futuro héroe.

Hércules, sintiéndose agredido y creyendo actuar en legítima defensa, y presa a la vez de una
cólera tan súbita y violenta como incontrolable, tomó una cítara —el primer objeto que vio a
mano— y rompió el instrumento en la cabeza de su maestro, causándole una muerte
instantánea. Para castigarlo por semejante crimen, Anfitrión envió a Hércules a vivir entre los
pastores que guardaban sus numerosos rebaños en lo alto de las montañas. Allí, los continuos
ejercicios de la caza desarrollaron su cuerpo adolescente y les confirieron a sus flexibles
miembros una fuerza aún más prodigiosa. Es así como, con tan sólo dieciocho años de edad,
Hércules mató con sus propias manos a un león que asolaba la comarca.

Al volver de su gloriosa cacería, Hércules se encontró con los heraldos que, procedentes de
Orcómenes, venían a reclamar de los tebanos un tributo de cien bueyes, instituido como
reparación por un antiguo delito. Sin vacilar, los atacó el hijo de Alcmena. Les cortó la nariz y
las orejas, les ató las manos a la espalda y los envió de vuelta a su país, no sin antes decirles
que ese era el pago del tributo. Ergino, rey de Orcómenes, al enterarse de lo sucedido, armó
un ejército y marchó contra Tebas. Pero Hércules, vistiendo la armadura que le regalara la
diosa Atenea, se puso a la cabeza del ardoroso grupo de guerreros tebanos y, desviando el
curso de un río, ahogó en una llanura a la caballería enemiga, y luego persiguió a Ergino hasta
matarlo a flechazos.

LOS DOCE TRABAJOS

Para recompensar al autor de tan importante victoria, el rey de Tebas concedió al héroe la
mano de su propia hija, Megara. De esta unión nacieron muchos hijos, pero todos habrían de
morir antes de tiempo, a manos de su propio padre. En efecto, en un acceso de locura, el
desdichado Hércules mató a sus propios hijos, juntamente con la madre, asaeteándolos sin
piedad con sus ya célebres flechas. Tras haberse manchado con la sangre de sus hijos,
Hércules se arrepintió amargamente del crimen y marchó a Delfos para consultar al oráculo
de Apolo de qué manera le sería posible purificarse de tan horrendo delito. El oráculo le ordenó
que se dirigiera a la ciudad de Tirinto y allí se sometiera durante doce años al servicio del rey
Euristeo. Hércules obedeció.

Pero cuando Euristeo, un príncipe débil y pusilánime, vio frente a sí a ese héroe magnífico,
tembló ante la sola idea de que un día el valeroso semidiós le arrebatara el trono. Para
deshacerse de tan importuno advenedizo, y con la secreta esperanza de que Hércules no
tardaría en sucumbir, Euristeo impuso al intrépido hijo de Alcmena, una tras otra, las tareas
más difíciles que se pudiera concebir. Pero Hércules salió vencedor de todas las pruebas, y
las altas gestas que llevó a cabo en aquel período —y que narramos a continuación— son lo
que se ha llamado los “Doce trabajos de Hércules”:

Antes que nada, Euristeo solicitó al héroe que le trajese la piel del león de Nemea. Esta terrible
fiera causaba espanto entre los habitantes de los bosques y valles de la Argólide. Tan
estruendosos eran sus rugidos que, cuando llegaban a oídos de los labriegos y pastores, éstos
se encerraban en sus casas y se agazapaban, pálidos de terror, en los rincones más ocultos.
Pero Hércules, asió con una mano el arco y el carcaj repleto de flechas, y con la otra blandió
la nudosa maza y, sin vacilación, fue al encuentro de aquel temible devorador de rebaños.

Apenas lo vio, disparó contra él, una tras otra, todas sus flechas mortales. Pero el enorme
animal parecía invulnerable, pues su piel era tan dura que el agudo hierro no le hacía apenas
un rasguño, y las flechas caían blandamente sobre la hierba, o bien rebotaban en el duro suelo.
Furioso ante el fracaso de su primer ataque, Hércules agitó su pesada maza y, dando un
alarido, se fue en persecución de la fiera. El león, atemorizado, se refugió en una caverna que
tenía dos entradas. El hijo de Alcmena tapó una y penetró por la otra.

El monstruo entonces, con la melena erizada y rugientes las fauces, se aprestó al asalto.
Hércules, envuelto en su rojo manto, se defendió disparando con una mano su flecha más
filosa y, levantando con la otra la terrible maza, la descargó contra el broncíneo cráneo de la
indomable fiera.

Fue tan violento el golpe que la maza se partió en dos pedazos. El león, aturdido, se
tambaleaba. Tirando entonces las armas a un lado, Hércules se enzarzó en una peligrosa
lucha cuerpo a cuerpo con la fiera. Con sus musculosos brazos enlazó el cuello del león,
apretándolo con tal fuerza contra su amplio pecho que logró arrancarle la vida. Cuando lo hubo
ahogado, Hércules desolló al animal y se cubrió con su piel leonada, como una coraza
impenetrable al bronce y al hierro.

El segundo trabajo impuesto a Hércules por el asombrado Euristeo consistió en matar a la


hidra de Lerna. Este enorme dragón, cuyo cuerpo de reptil ostentaba nueve incansables
cabezas, moraba en la fangosa y emponzoñada laguna de Lerna. Cada vez que salía de su
madriguera, la hidra devastaba la campiña y devoraba las reses. Su repugnante aliento estaba
envenenado y cualquiera que tuviese la desgracia de respirarlo no tardaba en morir.

En la lucha contra este azote de la campiña de Argos, Hércules contó con la ayuda de su fiel
compañero Yolao. Este fue el auriga que en esta expedición condujo con mano segura el carro
del héroe. Llegados ambos a las márgenes de la laguna de Lerna, Hércules disparó entre los
cañaverales una nube de flechas, con el propósito de obligar a la hidra a salir de su guarida.
Luego, cuando por fin el monstruo se dejó ver, erguidas todas sus sibilantes cabezas, el héroe
se aproximó y a mazazos intentó aplastarlas; pero de la sangre de cada cabeza magullada
renacían otras dos, y de ese modo la lucha se hacía interminable. Entonces, Hércules apeló a
Yolao. Este celoso servidor prendió enseguida fuego a un bosque conti¬guo y, armándose de
teas, fue quemando cada una de las cabezas que renacían, impidiendo así que se
desarrollaran. Cuando ya la hidra no tuvo más que una sola cabeza, Hércules la cortó de un
solo mandoble de su espada y la sepultó bajo un peñasco. El monstruo no era ya sino un
inmenso cadáver. Antes de marcharse, el hijo de Alcmena empapó sus flechas en la
ponzoñosa sangre de la terrible bestia, y así dispuso de ahí en adelante de flechas
envenenadas.

Euristeo ordenó enseguida a Hércules que le trajese viva a la cierva del monte Gerineo. Esta
prodigiosa cierva, consagrada a la diosa Artemisa, tenía cuernos de oro y pies de bronce.
Nadie había podido jamás alcanzarla, por ser infatigable y velocísima en la carrera. Hércules
tuvo que perseguirla durante un año entero. Arrastrando al cazador tras ella, la cierva llegó de
una sola vez hasta la comarca de los Hiperbóreos. Allí el animal, fatigado, volvió sobre sus
pasos y anduvo en sentido inverso el camino antes recorrido. En un momento de su carrera,
titubeó la cierva ante un río crecido por las lluvias, sin decidirse a vadearlo. Hércules ganó
terreno entonces y se abalanzó sobre ella. Cogiéndola por los cuernos, se la cargó viva a la
espalda y volvió a Tirinto para entregarla a Euristeo.

Apenas hubo regresado Hércules al palacio de su señor, recibió la orden de ir esta vez al
encuentro del jabalí de Erimanto. Debía capturar y traer viva también a esta terrible alimaña,
que sólo abandonaba su cubil para sembrar la ruina y la desolación en los hermosos campos
de la idílica comarca de Arcadia. El héroe se puso en camino, armado, como de costumbre,
con su maza y sus flechas. Tras dar una batida por toda la maleza y habiendo escrutado
innumerables sotos donde podía merodear el jabalí, Hércules llegó a descubrir al salvaje
animal. Le dio entonces despiadada cacería, persiguiéndolo sin descanso por altas montañas
cubiertas de nieve, hasta cansarlo y obligarlo, por fin exhausto, a guarecerse, jadeante, en un
estrecho desfiladero sin salida. Hércules dio muerte al jabalí y volvió, trayéndolo sobre su
robusta espalda.

En las márgenes de un lago llamado Estinfalo, en medio de una marisma cubierta de zarzales
y maleza, vivían unos pájaros monstruosos que, temidos por los mismos lobos, se alimentaban
de carne humana. Estos hijos de Ares, el dios feroz de la guerra, tenían el pico, las garras y
las alas de durísimo bronce. Sus plumas eran como dardos de acero y les servían para matar
a los caminantes desprevenidos, para luego devorar sus restos. Hércules tomó sobre sí la
misión de ahuyentar de aquellos marjales a esa bandada voraz que, además de aniquilar a
hombres y rebaños, devastaba los jardines y ensuciaba las cosechas. Para obligarlos a
abandonar su inexpugnable refugio, el héroe magnífico utilizó el sonido ensordecedor de sus
címbalos. Apostado en una montaña contigua, armó con estos instrumentos tal estrépito que
los pájaros salieron volando y pudo así el hábil y valeroso arquero abatirlos y exterminarlos.

El sexto trabajo que Euristeo asignó al valeroso hijo de Alcmena fue la lucha contra el toro de
Creta. Hércules no debía matarlo, sino acosarlo, atraparlo y llevarlo vivo a Micenas. Minos, rey
de Creta, había prometido un día consagrar al dios de los mares, Poseidón, lo que este mismo
dios hiciera surgir de las olas. Poseidón hizo emerger un toro tan bello que Minos, negándose
a sacrificarlo, creyó cumplir su voto eligiendo en sustitución otra víctima de menos valor.
Irritado Poseidón por semejante deslealtad, enfureció al animal, con lo que éste llegó a
convertirse en el verdadero terror del país.

Hércules, cumpliendo las órdenes de su amo, desembarcó en Creta. En cuanto vio al toro, se
arrojó sobre él, lo tomó por los cuernos y lo obligó a doblar los corvejones y luego, sujetándolo
con una fuerte red, se lo echó a la espalda y lo llevó a través del mar hasta depositarlo a los
pies de Euristeo.

A continuación, Euristeo le impuso a Hércules la repugnante tarea de limpiar en un solo día


los establos de Augías, rey de la Élide. Este príncipe poseía innumerables rebaños. Treinta
años hacía que no se limpiaban sus establos, en los que se aglomeraban más de tres mil
bueyes, y así se extendía por los alrededores el nauseabundo olor del estiércol allí
amontonado. Para llevar a cabo esta tarea, Hércules abrió un boquete en el muro del establo,
desvió luego el curso del río Alfeo e hizo pasar el torrente de sus ondas alborotadas y
cristalinas a través de las cuadras, arrastrando la suciedad.

Diomedes, hijo del cruel Ares, reinaba sobre un pueblo de salvajes. Poseía un rebaño de
yeguas que vomitaban fuego y llamas por las fauces, y a las cuales daba como pasto a los
desdichados extranjeros que la tempestad arrojaba como náufragos a sus playas. Hércules,
encargado por Euristeo de llevar esas yeguas a Micenas, se embarcó con algunos amigos,
arribó a Tracia y se encaminó a las cuadras de Diomedes. Allí, luego de derribar a los criados
que cuidaban de la caballeriza, el hijo de Alcmena cogió a Diomedes y lo echó en los pesebres
de bronce para que sirviera de alimento a sus propias yeguas carnívoras, suplicio igual al que
hiciera sufrir a tantos numerosos náufragos. En cuanto devoraron las carnes de su amo,
Hércules desató a los caballos y los condujo al palacio de Euristeo.

Admeta, la hija de Euristeo, codiciaba el magnífico y soberbio cinturón que poseía Hipólita, la
reina de las amazonas. Estas eran mujeres guerreras que combatían a caballo, disparando el
arco o blandiendo un hacha, y que vivían, según se dice, en las lejanas costas del mar Negro,
constituyendo un pueblo sin hombres. El príncipe, para complacer a su hija, encargó a
Hércules que fuese a buscarlo. Cuando el héroe, con numerosa compañía, llegó al país de las
amazonas, Hipólita, su hermosa reina, lo recibió al principio muy bondadosamente y prometió
entregarle su cinturón. Pero la eterna enemiga de Hércules, Hera, la diosa del trono de oro, se
disfrazó de amazona y suscitó la indignación de aquellas vírgenes guerreras, diciéndoles que
Hércules venía con la misión de secuestrar a su amada reina. Una lucha terrible se desató en
contra del visitante y un gran número de amazonas halló la muerte en la refriega. La propia
reina murió a manos de Hércules y el héroe pudo así quitarle sin dificultades el precioso
cinturón para ofrecérselo a Admeta, la hija de su despótico señor.

Como décima prueba, Euristeo exigió que Hércules le trajese los toros rojos de Gerión. Este
gigante colosal, cuyos enormes flancos se ramificaban en tres cuerpos, habitaba en una isla
del remoto Occidente y era dueño de un rebaño de toros rojos, que custodiaban un monstruoso
boyero y un perro de tres cabezas. Para obedecer la nueva orden, Hércules partió hacia la
región donde el sol se pone, bordeando la costa africana. Llegó al estrecho que separa a
Europa de África y erigió allí dos columnas, una en el extremo de cada continente, para
conmemorar su paso. Se las llamó después las Columnas de Hércules.

Como el Sol, demasiado ardiente, molestaba a Hércules, el héroe tendió su arco y disparó
contra él dos flechas. Asombrado el Sol ante esta audacia, se dispuso a apaciguar al valiente
hijo de Alcmena. Para facilitarle la continuación de su viaje, le prestó la amplia copa de oro
que, cuando él desciende del cielo, lo transporta a través del océano y de la noche hasta la
ribera desde donde remonta otra vez al cielo para comenzar de nuevo a iluminar al mundo.
Hércules se embarcó en esta copa y llegó sin dificultad al término de su viaje. Ya en tierra, el
hijo de Alcmena pasó la noche en la cima de una montaña para acechar el apetecido ganado,
pero el perro vigilante que defendía a los rojos toros lo olfateó y, ladrando, se abalanzó contra
él para devorarlo. El héroe lo mató de un mazazo. El boyero, que acudió de inmediato, sufrió
la misma suerte. En fin, después de rematar a flechazos al formidable Gerión, Hércules volvió
a embarcarse, con todo el rebaño, en la amplia copa que sirve de navío al Sol.

Para llegar a su punto de partida, Hércules atravesó múltiples comarcas. Cuando llegó a orillas
del Ródano, se vio atacado por los habitantes que poblaban aquellas riberas, envidiosos de la
belleza de sus bueyes. Fueron allí tan resueltos y numerosos sus enemigos, que el héroe tuvo
necesidad de agotar las flechas de su aljaba y fue incluso herido gravemente, viéndose en una
situación muy apurada. Imploró entonces el socorro de su padre y Zeus hizo llover sobre los
agresores de su hijo una granizada de piedras. Desde ese día, la vasta planicie quedó cubierta
de pedruscos y se afirma que es ese el origen de los guijarros de la Crau.

Abandonando la Galia, Hércules atravesó Italia, Iliria y Tracia. Pero cuando ya creía haber
alcanzado el fin de sus penurias, un tábano enviado por Hera enloqueció al ganado rojo y lo
dispersó por las altas montañas. El hijo de Alcmena logró trabajosamente reunir la mayor parte,
pero aquellos toros que no pudo recuperar y llevar a Micenas permanecieron en los bosques
y se hicieron salvajes.
No bien regresó Hércules de tan peligrosa expedición, recibió de nuevo el encargo de dirigirse
hacia los parajes contiguos al punto donde desaparece el sol. Esta vez debía coger, para
traerlas a Micenas, las manzanas de oro del jardín de las hespérides. Eran éstas hijas de la
estrella de la tarde y habitaban, en efecto, un parque maravilloso, cuyos árboles estaban en
todas las estaciones cargados de frutos dorados. Dócil al mandato recibido, Hércules tomó
una vez más el camino de Occidente, pero no sabía dónde encontrar la misteriosa morada de
las hijas de la tarde. Después de vagar por un largo tiempo, llegó cierto día a las márgenes del
Erídano.

Allí, unas graciosas ninfas le aconsejaron que fuese a ver a Nereo, el viejo profeta de los
mares, conocedor de tales secretos. Hércules atendió al consejo y, cuando encontró a Nereo
dormido en la margen de las aguas, lo encadenó y lo forzó a revelarle el refugio en que se
ocultaban las bellas hespérides. Para espantar a Hércules, Nereo se transformó
sucesivamente en león, en serpiente, en llamas, pero nada logró amedrentar al héroe. El hijo
de Alcmena no soltó su presa sin antes tener la causa ganada. Cuando ya supo adonde tenía
que dirigirse, pasó a África, llegó hasta los confines del mundo occidental y logró ver las áureas
puertas del jardín afortunado. Allí, no lejos de las armoniosas hespérides, desterrado por dura
ley en la extremidad de la tierra, un formidable gigante llamado Atlas sostiene sobre su cabeza
y con sus manos infatigables la bóveda inmensa del cielo.

Ahora bien: puesto que un dragón de color encendido guardaba la entrada del parque y a
nadie permitía franquear las temibles puertas, Hércules preguntó a Atlas cómo podría
apoderarse de las manzanas doradas. El sostenedor del cielo se ofreció a ir él mismo a
recogerlas, siempre que durante ese tiempo el héroe se aviniese a aguantar sobre su sólida
espalda el peso y el equilibrio del firmamento. El hijo de Alcmena aceptó y, mientras Atlas se
ocupaba de arrancar de los manzanos los frutos dorados, Hércules sostuvo sobre sí todo el
peso de la bóveda celeste. Al volver el gigante, manifestó que deseaba llevar personalmente
el preciado botín a Micenas. Hércules fingió estar de acuerdo con la idea del pérfido Atlas.

—Me parece muy bien que tú lleves personalmente a Euristeo las manzanas de oro. Pero
antes de partir sujeta de nuevo un momento el cielo sobre tus hombros, pues yo tengo que
hacerme un rodete que proteja mi cabeza y amortigüe el peso de tan enorme carga.

Atlas, confiando, cayó en la trampa y se echó de nuevo el cielo sobre sus hombros. Hércules,
ya libre, tomó las manzanas y se las llevó sin perder más tiempo a su amo Euristeo.

Por fin, y como última prueba, Euristeo ordenó a Hércules que bajara a los infiernos y le trajera
a Cerbero, el can que montaba guardia en las puertas subterráneas. Descendió, pues,
acompañado de Hermes, al abismo donde habitan los muertos. Atravesó grandes ríos de fuego
y torrentes de cieno. Luego, cuando llegó a los pies del inflexible Hades, expuso al soberano
de los infiernos el propósito de su viaje. Hades le permitió subir al feroz perro Cerbero a la luz
del día, pero con la condición de adueñarse del terrible guardián sin utilizar arma alguna. El
Cerbero era un perro con tres cabezas, cuyos flancos se estrechaban hasta formar una cola
de dragón. Su voz, similar a la del sonoro bronce, estremecía a todo aquél que osara
aproximársele. Hércules, desprovisto de armas y vestido tan sólo con su piel de león a modo
de coraza, se presentó ante el monstruo. Este lo recibió dando pavorosos aullidos y abriendo
sus horribles fauces. El héroe lo agarró por el cuello, precisamente por el punto donde nacían
las tres cabezas y, aunque sufrió en los brazos sus mordeduras, 11 lo apretó tan fuertemente
que el perro, sintiéndose ahogado, se resignó a seguirlo. Hércules entonces encadenó al feroz
animal, lo sacó del abismo y fue a mostrárselo a su amo Euristeo. Aterrorizado, el príncipe
ordenó que aquel monstruo de espantosos e incesantes ladridos fuese devuelto sin tardanza
a las sombras del infierno.

Después de haber empleado ocho años y un mes en la ejecución de los doce trabajos que le
impuso Euristeo, Hércules fue liberado de aquella servidumbre. Entonces este ilustre guerrero
se lanzó de nuevo a recorrer el mundo, no para combatir a monstruos esta vez, sino para
luchar contra la injusticia de los hombres. Por donde iba castigaba a los bandidos y prestaba
el apoyo generoso y siempre triunfante de su brazo a los pueblos humillados por la maldad de
sus vecinos.
Arturo Pérez Reverte. El capitán Alatriste.
Capítulo I
LA TABERNA DEL TURCO
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba
Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras
de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en
trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían
la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo
por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y
algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las
Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina,
entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía
mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda,
esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales
se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba
ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venía por abajo, a las
tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí.
Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros.
El capitán Alatriste, por lo tanto, vivía de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era
más un apodo que un grado efectivo. El mote venía de antiguo: cuando, desempeñándose de
soldado en las guerras del rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compañeros
y un capitán de verdad cierto río helado, imagínense, viva España y todo eso, con la espada
entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un
destacamento holandés. Que era el enemigo de entonces porque pretendían proclamarse
independientes, y si te he visto no me acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre
tanto los fastidiamos bien. Volviendo al capitán, la idea era sostenerse allí, en la orilla de un
río, o un dique, o lo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del rey nuestro señor
lanzasen un ataque para reunirse con ellos. Total: que los herejes fueron debidamente
acuchillados sin darles tiempo a decir esta boca es mía. Estaban durmiendo como marmotas,
y en ésas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el frío enviando
herejes al infierno, o a donde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que luego vino el alba,
y se adentró la mañana, y el otro ataque español no se produjo. Cosas, contaron después, de
celos entre maestres de campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron allí
abandonados a su suerte, entre reniegos, por vidas de y votos a tal, rodeados de holandeses
dispuestos a vengar el degüello de sus camaradas. Más perdidos que la Armada Invencible
del buen rey don Felipe el Segundo. Fue un día largo y muy duro. Y para que se hagan idea
vuestras mercedes, sólo dos españoles consiguieron regresar a la otra orilla cuando llegó la
noche. Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada había mandado la
tropa —al capitán de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos
palmos de acero saliéndole por la espalda—, se le quedó el mote, aunque no llegara a disfrutar
ese empleo. Capitán por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo
vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalda y blasfemando en buen castellano.
Cosas de la guerra de Flandes. Cosas de España.
En fin. Mi padre fue el otro soldado español que regresó aquella noche. Se llamaba Lope
Balboa, era guipuzcoano y también era un hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y él
fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; y debe de ser cierto porque después,
cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich —por eso Diego
Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y
tocayo Alatriste, que sí está allí, tras el caballo—, le juró ocuparse de mí cuando fuera mozo.
Ésa es la razón de que, a punto de cumplir los trece años, mi madre metiera una camisa, unos
calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara a vivir con el capitán,
aprovechando el viaje de un primo suyo que venía a Madrid. Así fue como entré a servir, entre
criado y paje, al amigo de mi padre.
Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis días me hubiera
enviado tan alegremente a su servicio. Pero supongo que el título de capitán, aunque fuera
apócrifo, le daba un barniz honorable al personaje. Además, mi pobre madre no andaba bien
de salud y tenía otras dos hijas que alimentar. De ese modo se quitaba una boca de encima y
me daba la oportunidad de buscar fortuna en la Corte. Así que me despachó con su primo sin
preocuparse de indagar más detalles, acompañado de una extensa carta, escrita por el cura
de nuestro pueblo, en la que recordaba a Diego Alatriste sus compromisos y su amistad con
el difunto. Recuerdo que cuando entré a su servicio había transcurrido poco tiempo desde su
regreso de Flandes, porque una herida fea que tenía en un costado, recibida en Fleurus, aún
estaba fresca y le causaba fuertes dolores; y yo, recién llegado, tímido y asustadizo como un
ratón, lo escuchaba por las noches, desde mi jergón, pasear arriba y abajo por su cuarto,
incapaz de conciliar el sueño. Y a veces le oía canturrear en voz baja coplillas entrecortadas
por los accesos de dolor, versos de Lope19, una maldición o un comentario para sí mismo en
voz alta, entre resignado y casi divertido por la situación. Eso era muy propio del capitán:
encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma inevitable a la que
un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando. Quizá
ésa era la causa de su peculiar sentido del humor áspero, inmutable y desesperado.
Ha pasado muchísimo tiempo y me embrollo un poco con las fechas. Pero la historia que voy
a contarles debió de ocurrir hacia el año mil seiscientos y veintitantos, poco más o menos. Es
la aventura de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar en la Corte,
y en la que el capitán no sólo estuvo a punto de dejar la piel remendada que había conseguido
salvar de Flandes, del turco y de los corsarios berberiscos, sino que le costó hacerse un par
de enemigos que ya lo acosarían durante el resto de su vida. Me refiero al secretario del rey
nuestro señor, Luis de Alquézar, y a su siniestro sicario italiano, aquel espadachín callado y
peligroso que se llamó Gualterio Malatesta, tan acostumbrado a matar por la espalda que
cuando por azar lo hacía de frente se sumía en profundas depresiones, imaginando que perdía
facultades. También fue el año en que yo me enamoré como un becerro y para siempre de
Angélica de Alquézar, perversa y malvada como sólo puede serlo el Mal encarnado en una
niña rubia de once o doce años. Pero cada cosa la contaremos a su tiempo.
YO SOY MALALA
Prólogo
Soy de un país que nació a medianoche. Cuando estuve a punto de morir era poco después
de mediodía.
Hace un año salí de casa para ir a la escuela y no regresé. Me dispararon una bala talibán y
me sacaron inconsciente de Pakistán. Algunas personas dicen que nunca regresaré a casa,
pero en mi corazón estoy convencida de que volveré. Ser arrancado del país que ama es algo
que no deseo a nadie.
Ahora, cada mañana, cuando abro los ojos, añoro mi vieja habitación con todas mis cosas, la
ropa por el suelo, y los premios escolares en los estantes. Sin embargo, me encuentro en un
país que está cinco horas por detrás de mi querida tierra natal, Pakistán, y de mi hogar en el
valle de Swat. Pero mi país está a siglos de distancia por detrás de Este. Aquí hay todas las
comodidades imaginables. De todos los grifos sale agua corriente, fría o caliente, como
prefieras; luz con sólo pulsar un interruptor, día y noche, sin necesidad de lámparas de aceite;
hornos para cocinar, de forma que nadie tiene que ir al mercado a traer bombonas de gas.
Aquí todo es tan moderno que incluso hay comida ya preparada en paquetes.
Cuando miro por la ventana, veo edificios altos, largas carreteras llenas de vehículos que se
mueven ordenadamente, cuidados setos y praderas de césped, y pavimentos limpios en los
que caminar. Cierro los ojos y por un momento regreso a mi valle —altas montañas coronadas
de nieve, campos verdes y ondulantes, y ríos de fresca agua azul— y mi corazón sonríe
cuando recuerda la gente de Swat. Con la mente vuelvo a la escuela y me reúno con mis
amigas y mis maestros. Vuelvo a estar con mi mejor amiga, Moniba, y nos sentamos juntas,
hablando y bromeando como si nunca me hubiera marchado.
Entonces recuerdo, estoy en Birmingham, Inglaterra.
El día en que todo cambió fue el martes 9 de octubre de 2012. Tampoco era un momento
especialmente bueno, porque estábamos en plena época de exámenes, aunque como soy
estudiosa no me preocupaban tanto como a algunas de mis compañeras.
Aquella mañana llegamos al estrecho camino de barro que se bifurca de la carretera Haji Baba
en nuestra habitual procesión de rickshaws de colores brillantes echando humaredas de
diésel. En cada uno íbamos cinco o seis niñas. Desde la llegada de los talibanes no había
ningún signo que identificara la escuela, y la puerta de hierro ornamentada en un muro blanco
al otro lado de la leñera no da ningún indicio delo que hay detrás.
Para nosotras aquella puerta era como una entrada mágica a nuestro mundo particular. En
cuanto penetrábamos en él nos librábamos de los pañuelos como el viento que despeja las
nubes para dejar paso al sol, y subíamos desordenadamente la escalera. En lo alto de la
escalera había un patio abierto al que daban las puertas de todas nuestras aulas. Arrojábamos
allí nuestras mochilas y después nos congregábamos para la reunión matinal bajo el cielo,
firmes, de espalda a las montañas. Una niña ordenaba «Assaan bash», «¡Descansad!», y
nosotras dábamos un taconazo y respondíamos «Allah». Entonces ella decía «Hoo she yar»,
«¡Atención!», y dábamos otro taconazo, «Allah».
La escuela la había fundado mi padre antes de que yo naciera y en lo alto de la pared estaba
orgullosamente escrito «Colegio Khushal» en letras rojas y blancas. Teníamos clase seis días
a la semana y en mi curso, el noveno, que correspondía a los quince años, memorizábamos
fórmulas químicas, estudiábamos gramática urdu, hacíamos redacciones en inglés sobre
aforismos como «no por mucho madrugar amanece más temprano» o dibujábamos diagramas
de la circulación de la sangre... la mayoría de mis compañeras querían ser médicos.
Es difícil imaginar que alguien pueda ver en esto una amenaza. Sin embargo, al otro lado de
la puerta de la escuela, no sólo estaban el ruido y el ajetreo de Mingora, la principal ciudad de
Swat, sino también aquellos que, como los talibanes, piensan que las niñas no deben ir a la
escuela.
Aquella mañana había comenzado como cualquier otra, aunque un poco más tarde de lo
habitual. Como estábamos de exámenes, la escuela empezaba a las nueve de la mañana, en
vez de a las ocho, lo cual estaba bien, porque no me gusta madrugar y puedo seguir durmiendo
aunque los gallos canten y el muecín llame a la oración. Primero, trataba de levantarme mi
padre. «Ya es la hora, Jani Mun», me decía. Esto significa «amiga del alma» en persa, y
siempre me llamaba eso al comenzar el día. «Unos minutos más, Aba, por favor», le rogaba y
me ocultaba bajo la manta. Entonces llegaba mi madre, Tor Pekai. Me llama Pisho, que
significa «gato». Entonces me daba cuenta de la hora que era y gritaba: «Bhabi, que llego
tarde». En nuestra cultura cada hombre es tu «hermano», y cada mujer, tu «hermana». Así es
como nos consideramos mutuamente. Cuando mi padre trajo a su esposa por primera vez a
la escuela, todos los maestros la llamaban «esposa de mi hermano» o bhabi. Se quedó con
ese apodo cariñoso y todos la llamamos bhabi ahora.
Yo dormía en la habitación alargada que tenemos en la parte delantera de la casa y los únicos
muebles eran la cama y una cómoda que yo había comprado con parte del dinero que había
recibido como premio por mi campaña por la paz en el valle y el derecho de todas las niñas a
ir a la escuela.
En unos estantes estaban todas las copas de plástico doradas y los trofeos que había ganado
por ser la primera de la clase. En un par de ocasiones no había sido la primera y fui superada
por mi competidora Malka-e-Noor. Estaba decidida a que eso no volviera a ocurrir.
La escuela no estaba lejos de mi casa y solía ir a pie, pero en el último año había empezado
a ir con las demás niñas en rickshawy a volver a casa en autobús. El trayecto sólo duraba
cinco minutos; pasábamos junto al pestilente río y por delante de la valla publicitaria del
Instituto de Transplante Capilar del Doctor Humayun, donde bromeábamos que uno de
nuestros profesores debía de haber ido porque era calvo y de repente le había empezado a
salir pelo. Me gustaba porque no volvía tan sudorosa como cuando iba a pie y podía charlar
con mis amigas y chismorrear con Usman Ali, el conductor, a quien llamábamos Bhai Jan,
«hermano», que nos hacía reír con sus absurdas historias.
Había empezado a ir en autobús porque mi madre tenía miedo de que fuera andando sola.
Llevábamos todo el año recibiendo amenazas. Algunas habían aparecido en los periódicos;
otras eran mensajes escritos o que nos transmitía alguien. Mi madre estaba preocupada por
mí, pero los talibán nunca habían atacado antes a una niña y a mí me inquietaba más que
fueran a por mi padre, que hablaba en contra de ellos abiertamente. En agosto habían matado
a su amigo y compañero activista Zahid Khan cuando se dirigía a rezar, y yo sabía que todos
decían a mi padre: «Ten cuidado, tú serás el siguiente».
A nuestra calle no se podía llegar en coche, así que me bajaba del autobús en la carretera
que discurre junto al río, pasaba por la puerta de hierro y subía unos peldaños que conducían
a nuestra calle. Pensaba que si alguien me atacaba, sería en aquellos peldaños. Como mi
padre, siempre he sido una soñadora y, a veces, durante la clase me imaginaba que un
terrorista surgiría en aquel lugar y me dispararía. Me preguntaba cómo reaccionaría yo. ¿Me
quitaría un zapato y le golpearía con él? Pero después pensaba que entonces no habría
ninguna diferencia entre los terroristas y yo. Sería mejor argumentar: «De acuerdo, dispárame,
pero primero escúchame. Lo que estás haciendo está mal. Yo no estoy en contra tuya. Sólo
quiero que todas las niñas podamos ir a la escuela».
No tenía miedo, pero había empezado a asegurarme de que la puerta del jardín se quedaba
cerrada por la noche y a preguntar a Dios qué ocurre cuando mueres. Le contaba todo a
Moniba, mi mejor amiga. Habíamos vivido en la misma calle cuando éramos pequeñas y
éramos amigas desde la escuela primaria y lo compartíamos todo: las canciones de Justin
Bieber, las películas de Crepúsculo, las mejores cremas para aclarar la piel de la cara. Su
sueño era ser diseñadora de moda, pero sabía que su familia nunca accedería, así que decía
a todos que quería ser médico. En nuestra sociedad es difícil que las jóvenes se planteen ser
otra cosa que médicos o maestras, si es que llegan a trabajar. Mi caso era diferente... nunca
oculté mi deseo cuando pasé de querer ser médico a querer ser inventora o política. Moniba
siempre sabía si algo iba mal. «No te preocupes —le dije—. Los talibanes nunca han atacado
a una niña».
Cuando llegó nuestro autobús, bajamos corriendo los escalones. Las demás chicas se
cubrieron la cabeza antes de salir y subir al autobús. El autobús en realidad era una camioneta,
lo que nosotros llamamos un dyna, un Town Ace Toyota blanco, con tres bancos paralelos,
uno a cada lado y otro en el centro. Allí nos apretujábamos veinte niñas y tres maestras. Yo
estaba sentada a la izquierda, entre Moniba y Shazia Ramzan, una niña de un curso inferior,
y sujetábamos las carpetas de los exámenes contra el pecho y las mochilas bajo los pies.
Después, todo es un tanto borroso. En el dyna hacía un calor pegajoso. El tiempo fresco estaba
tardando en llegar y sólo quedaba nieve en las lejanas montañas del Hindu Kush. En la parte
trasera de la camioneta, donde nosotras íbamos, no había ventanillas a los lados sino sólo un
plástico grueso que aleteaba y estaba demasiado amarillento y polvoriento para que
pudiéramos ver a través de él. Todo lo que veíamos era un pequeño fragmento de cielo abierto
desde detrás y fugaces destellos del sol, que a aquella hora del día era una gran esfera dorada
entre el polvo que resplandecía sobre todo.
Recuerdo que, como siempre, el autobús dejó la carretera principal a la altura del puesto de
control del ejército y giró hacia la derecha, pasando junto al campo de cricket abandonado. No
recuerdo más.
En los sueños que tenía en los que disparaban a mi padre él también estaba en el autobús y
le disparaban conmigo; entonces aparecían hombres por todas partes y yo buscaba a mi
padre.
En realidad, lo que ocurrió es que nos detuvimos súbitamente. A nuestra izquierda estaba la
tumba de Sher Mohammad Khan, ministro de Finanzas del primer gobierno de Swat, y a
nuestra derecha, la fábrica de dulces. Debíamos de estar a menos de doscientos metros del
puesto de control.
No podíamos ver lo que ocurría delante, pero un joven barbudo con ropa de colores claros
había salido a la carretera y hacía señales para que la camioneta se detuviera.
«¿Es este el autobús del Colegio Khushal?», preguntó a nuestro conductor. Usman BhaiJan
pensó que aquella era una pregunta estúpida porque el nombre estaba pintado a un lado. «Sí»,
respondió.
«Quiero información sobre algunas niñas», dijo el hombre.
«Entonces tendrá que ir a secretaría», repuso Usman BhaiJan.
Mientras hablaba, otro joven, vestido de blanco, se acercó a la parte trasera de la camioneta.
«Mira, es uno de esos periodistas que vienen a hacerte una entrevista», dijo Moniba. Desde
que empecé a hablar con mi padre en actos públicos en pro de la educación de las niñas y
contra aquellos que, como los talibanes, querían mantenernos ocultas, con frecuencia venían
periodistas, incluso extranjeros, pero no se presentaban así, en medio de la carretera.
Aquel hombre llevaba un gorro que se estrechaba hacia arriba y un pañuelo sobre la nariz y la
boca, como si tuviera gripe. Tenía aspecto de universitario. Entonces se subió a la plataforma
trasera y se inclinó sobre nosotras.
«¿Quién es Malala?», preguntó.
Nadie dijo nada, pero varias niñas me miraron. Yo era la única que no llevaba la cara cubierta.
Entonces es cuando levantó una pistola negra. Más tarde supe que era un Colt 45. Algunas
niñas gritaron. Moniba me ha dicho que le apreté la mano.
Mis amigas dicen que disparó tres veces, una detrás de otra. La primera bala me entró por la
parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho. Me desplomé sobre
Moniba, sangrando por el oído izquierdo. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi
lado. Una hirió a Shazia en la mano izquierda. Otra traspasó su hombro izquierdo y acabó en
el brazo derecho de Kainat Riaz.
Mis amigas me dijeron más tarde que su mano temblaba mientras disparaba.
Cuando llegamos al hospital, mi largo cabello y el regazo de Moniba estaban empapados de
sangre.
¿Quién es Malala? Yo soy Malala y esta es mi historia.
LÍRICA
ROMANCE DEL PRISIONERO
1 Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
5 cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,
sino yo, triste, cuitado,
10 que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día,
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
15 Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

ROMANCE DEL REY DON RODRIGO


Los vientos eran contrarios, y tu batalla rompida,
la luna estaba crecida, y tus villas y ciudades
los peces daban gemidos destruidas en un día:
por el mal tiempo que hacía, tus castillos, fortalezas,
cuando el rey don Rodrigo otro señor los regía.
junto a la Cava dormía, Si me pides quién lo ha hecho
dentro de una rica tienda yo muy bien te lo diría:
de oro bien guarnecida. ese conde don Julián
Trescientas cuerdas de plata por amores de su hija,
que la tienda sostenían, porque se la deshonraste
dentro había doncellas y más de ella no tenía.
vestidas a maravilla; Juramento viene echando
las cincuenta están tañendo que te ha de costar la vida.'
con muy extraña armonía, Despertó muy congojado
las cincuenta están cantando con aquella voz que oía
con muy dulce melodía. con cara triste y penosa
Allí hablara una doncella de esta suerte respondía:
que Fortuna se decía: `Mercedes a ti, Fortuna,
Si duermes don Rodrigo, de esta tu mensajería.'
despierta por cortesía, Estando en esto allegó
y verás tus malos hados, uno que nuevas traía:
tu peor postrimería, como el conde don Julián
y verás tus gentes muertas las tierras le destruía.
ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE
Un sueño soñaba anoche, - ¡Ábreme la puerta, blanca,
soñito del alma mía, ábreme la puerta niña!
soñaba con mis amores - ¿Cómo te podré yo abrir
que en mis brazos los tenía. si la ocasión no es venida?
Vi entrar señora tan blanca Mi padre no fue al palacio
muy más que la nieve fría. mi madre no está dormida.
-¿Por dónde has entrado, amor? - Si no me abres esta noche,
¿Cómo has entrado, mi vida? ya no me abrirás, querida:
Las puertas están cerradas, la Muerte me está buscando,
ventanas y celosías. junto a ti vida sería.
- No soy el amor, amante: - Vete bajo la ventana
la Muerte que Dios te envía donde labraba y cosía,
- ¡Ay Muerte tan rigurosa, te echaré cordón de seda
déjame vivir un día! para que subas arriba,
¡Un día no puede ser, y si el cordón no alcanzare
una hora tienes de vida! mis trenzas añadiría.
Muy de prisa se calzaba, La fina seda se rompe;
más de prisa se vestía: la Muerte que allí venía:
ya se va para la calle, - Vamos, el enamorado
en donde su amor vivía. que la hora ya está cumplida.

ROMANCE LA MUERTE OCULTADA

1. Don Bosco se fue de caza y me dijo que no vuelve


a cazar como solía hasta pasar año y día
los perros llevan cansados
la caza no parecía. 6. Pues hoy se cumple el año
mañana se cumple el día
2. Se volvió donde su madre de los vestidos que tengo
con más pena que alegría ¿cuál yo mejor me pondría?
en el medio del camino
mal de muerte le venía 7. Ponte tu vestido negro
que muy bien que te estaría
3. Lo que le digo mi madre Ay, malhaya la mi suegra
respóndame madre mía consejo que me daría
no se lo digo a mi esposa estar mi don Bosco vivo
hasta pasar año y día y yo de luto vestida

4. A usté le digo mi suegra 8. Pues ponte el que tú quieras


respóndame suegra mía que a mi igual que me daría. -
a dónde está mi don Bosco Vestida iba de seda
que él a verme no venía calzada de plata fina
...
5. Tú don Bosco no está aquí
fue a una santa romería 9. Cuando iban a la iglesia
la gente mucho la mira
- La viuda de don Bosco!
oh qué linda viudina! – 12. A usté le digo mi suegra
respóndame suegra mía
10. A Usté le digo mi suegra, ¿de quién son aquellas velas
respóndame suegra mía! que arden en nuestra capilla?
mucho me mira la gente
y mirarme no solía. 13. Las velas son de don Bosco
que en la caza se moría
11. Es que como eres tan guapa - Pues quién le dio a él la muerte
seguro les gustarías. que me quite a mí la vida
Cuando entraron a la iglesia Y al otro día temprano
una mala seña había el entierro la viudina.

ROMANCE DE LA NIÑA NEGRA


Toda vestida de blanco, Toda vestida de blanco,
almidonada y compuesta, almidonada y compuesta,
en la puerta de su casa en un féretro de pino
estaba la niña negra. reposa la niña negra.

Un erguido moño blanco A la presencia de Dios


decoraba su cabeza; un ángel blanco la lleva;
collares de cuentas rojas la niña negra no sabe
al cuello le daban vueltas. si ha de estar triste o contenta.

Las otras niñas del barrio Dios la mira dulcemente,


jugaban en la vereda; le acaricia la cabeza
las otras niñas del barrio y un par de alas blancas
nunca jugaban con ella. a sus espaldas sujeta.

Toda vestida de blanco, Los dientes de mazamorra


almidonada y compuesta, brillan en la niña negra.
en un silencio sin lágrimas, Dios llama a todos los ángeles
lloraba la niña negra. y dice: "Jugad, jugad con ella".
ROMANCE DE LAS TRES CAUTIVAS

En el campo moro, En el campo moro,


entre las olivas, entre las olivas,
allí cautivaron allí cautivaron
tres niñas perdidas; tres niñas perdidas;
el pícaro moro el pícaro moro
que las cautivó que las cautivó
a la reina mora a la reina mora
se las entregó. se las entregó.
-Toma, reina mora, Toma, reina mora, Toma, reina mora,
estas tres cautivas, estas tres cautivas,
para que te valgan, para que te valgan,
para que te sirvan. para que te sirvan.
-¿Cómo se llamaban?, ¿Cómo se llamaban?, ¿Cómo se llamaban?,
¿Cómo les decían? ¿Cómo les decían?
-La mayor Constanza, La mayor Constanza, La mayor Constanza,
la menor Lucía, la menor Lucía,
y la más chiquita, y la más chiquita,
la llaman María. la llaman María.
Constanza amasaba, Constanza amasaba,
Lucía cernía, Lucía cernía,
y la más chiquita y la más chiquita
agua les traía. agua les traía.
Un día en la fuente, Un día en la fuente,
en la fuente fría, en la fuente fría,
con un pobre viejo, con un pobre viejo,
se halló la más niña. se halló la más niña.
-¿Dónde vas, buen viejo, ¿Dónde vas, buen viejo, ¿Dónde vas, buen viejo,
camina, camina? camina, camina?
-Así voy buscando Así voy buscando Así voy buscando
a mis tres hijitas. a mis tres hijitas.
-¿Cómo se llamaban? ¿Cómo se llamaban? ¿Cómo se llamaban?
¿Cómo les decían? ¿Cómo les decían?
-La mayor Constanza, La mayor Constanza, La mayor Constanza,
la menor Lucía, la menor Lucía,
y la más pequeña, y la más pequeña,
se llama María. se llama María.
-Usted es mi padre. Usted es mi padre. Usted es mi padre.
-¡Tú eres mi hija! ¡Tú eres mi hija! ¡Tú eres mi hija!
-Yo voy a contarlo Yo voy a contarlo Yo voy a contarlo
a mis hermanitas. a mis hermanitas.
-¿No sabes, Constanza, ¿No sabes, Constanza, ¿No sabes, Constanza,
no sabes, Lucía, no sabes, Lucía,
que he encontrado a padre que he encontrado a padre
en la fuente fría? en la fuente fría?
Constanza lloraba, Constanza lloraba,
lloraba Lucía, lloraba Lucía,
y la más pequeña y la más pequeña
de gozo reía.
ROMANCE DEL CONDE NIÑO

Conde Niño, por amores y porque nunca los goce


es niño y pasó a la mar; yo le mandaré matar.
va a dar agua a su caballo -Si le manda matar, madre
la mañana de San Juan. juntos nos han de enterrar.
Mientras el caballo bebe Él murió a la media noche,
él canta dulce cantar; ella a los gallos cantar;
todas las aves del cielo a ella como hija de reyes
se paraban a escuchar; la entierran en el altar,
caminante que camina a él como hijo de conde
olvida su caminar, unos pasos más atrás.
navegante que navega De ella nació un rosal blanco,
la nave vuelve hacia allá. de él nació un espino albar;
La reina estaba labrando, crece el uno, crece el otro,
la hija durmiendo está: los dos se van a juntar;
-Levantaos, Albaniña, las ramitas que se alcanzan
de vuestro dulce folgar, fuertes abrazos se dan,
sentiréis cantar hermoso y las que no se alcanzaban
la sirenita del mar. no dejan de suspirar.
-No es la sirenita, madre, La reina, llena de envidia,
la de tan bello cantar, ambos los mandó cortar;
si no es el Conde Niño el galán que los cortaba
que por mí quiere finar. no cesaba de llorar;
¡Quién le pudiese valer della naciera una garza,
en su tan triste penar! dél un fuerte gavilán
-Si por tus amores pena, juntos vuelan por el cielo,
¡oh, malhaya su cantar!, juntos vuelan a la par.
EL AMOR JUNTO AL MAR ALTURA Y PELOS

En mi silencio azul lleno de barcos ¿Quién no tiene su vestido azul?


solo tu rostro vive. ¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
En el mar de la tarde el día duerme. con su cigarrillo contratado y su dolor de
Eres más bella cuando estoy más triste. bolsillo?
¡Yo que tan solo he nacido!
Tiembla mi amor como una voz antigua ¡Yo que tan solo he nacido!
sobre la calma verde.
El sol cantando como los pastores ¿Quién no escribe una carta?
te dio su melodía hasta la muerte. ¿Quién no habla de un asunto muy
importante,
¡Oh tus cabellos en la tarde de ámbar! muriendo de costumbre y llorando de oído?
Cerca de tu pureza soy más blanco. ¡Yo que solamente he nacido!
Sé que jamás tu corazón sencillo ¡Yo que solamente he nacido!
latirá en la tristeza de mis manos.
¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra
Eres más bella cuando estoy más triste. cosa?
En mi desgracia largamente vivo. ¿Quién al gato no dice gato gato?
Soy en el desamor tan desolado ¡Ay, yo que solo he nacido solamente!
como los continentes sumergidos. ¡Ay, yo que solo he nacido solamente!

Tu aúrea cabeza brilla César Vallejo


en la tarde sutil y soleada.
¡Pobre mi corazón que está llorando
y hasta su Dios se va como una ola!

Ángel Cruchaga
TEXTOS NO LITERARIOS

LA VERDAD EN TORNO A LAS DIFERENCIAS SICOLÓGICAS ENTRE HOMBRES Y


MUJERES

La investigación a cargo de Harry Reis, profesor de sicología en la Universidad de Rochester


(Nueva York), y Bobbi Carothers, analista de datos del Centro de Ciencias de la Universidad
de Washington, determinó que las características que tradicionalmente se asocian a un género
u otro no son tan marcadas.

“El género no limita a las personas a una categoría como nos quieren hacer creer los medios,
e incluso algunos estudios académicos”, explicó Carothers. Para llegar a esta conclusión, se
analizaron datos de 13 sondeos anteriores, todos los cuales han mostrado importantes
diferencias sociales entre hombres y mujeres.

Los resultados, que fueron publicados en la edición 202 de la revista Journal of Personality
and Social Psychology, mostraron que los hombres y mujeres presentan distintas
características físicas. Por ejemplo, los hombres son más altos que las mujeres y tienden a
tener hombros más anchos. Sin embargo, cuando se trata de rasgos sicológicos, hay bastante
similitud.

En este sentido, rasgos como la asertividad o la habilidad para las matemáticas, que se
consideran como atributos “masculinos”, están presentes prácticamente al mismo nivel en las
mujeres, por lo que no se puede decir que sean cualidades propias de un género.

Asimismo, un hombre puede ser tan emotivo, comprensivo o empático como una mujer.

Lo mismo pasa con la actitud en la relación de pareja. Según un estudio, hombres y mujeres
generalmente buscan las mismas cualidades en un compañero o compañera y se comportan
de manera similar frente al amor.

Carothers dice que tenemos tendencia a clasificar las cosas porque es más fácil, pero lo cierto
es que las diferencias entre los individuos tienen poco que ver con su género y están dadas
por otros factores.

Charpentier, D. La verdad en torno a las diferencias sicológicas entre hombres y mujeres. En


[Link]
PORFIRIAS, ENFERMEDAD DE LOS VAMPIROS

Lunes 14 de noviembre del 2016, 04:27 pm, última actualización


Las porfirias se definen como grupo de trastornos generados cuando existen deficiencias en
las enzimas implicadas en la conformación del compuesto químico que proporciona el color
rojo a la sangre. Tal vez por ello, y debido a que los que sufren este padecimiento
padecen sensibilidad a la luz solar, se le llamó alguna vez "enfermedad de los vampiros".
Esta enfermedad es de orden metabólico (procesos químicos y físicos que ocurren en el
organismo) y no es muy frecuente. En términos simples, aparece cuando alguno de los
mecanismos de producción de los compuestos que generan las células se altera, lo que
ocasiona que el metabolismo no funcione apropiadamente.
En casos severos, el incremento descontrolado de porfirinas provoca un desajuste integral en
el organismo, aunque se sabe que afecta en especial al hígado y vesícula biliar;
algunas porfirias(clasificadas como agudas) pueden originar crisis psíquicas que se
manifiestan con alucinaciones, trastornos de la personalidad, parálisis de extremidades y
paros respiratorios, lo que evidentemente pone en riesgo la vida del paciente.
La hemoglobina es un compuesto químico que transporta el oxígeno y proporciona el color
rojo a la sangre, el cual es considerado componente clave de las hemoproteínas, tipo de
proteína que se encuentra en todos los tejidos, incluyendo la piel.
Los precursores de la hemoglobina, entre los que se encuentran las porfirinas, normalmente
se acumulan en los tejidos, especialmente de la médula ósea o del hígado, aparecen luego en
la sangre y se desechan a través de la orina.
Sin embargo, cuando estos componentes no se eliminan adecuadamente, el exceso de
porfirinas causa fotosensibilidad, es decir, el afectado se vuelve excesivamente sensible a la
luz solar. Asimismo, provoca anemia, lo que se expresa en falta de ánimo por parte del
paciente y una extremada palidez, así como también colorea los ojos y las encías de un rojo
encendido.

Clasificación

Se conocen diferentes tipos de porfirias, las cuales se clasifican en agudas (que causan
síntomas relacionados con el sistema nervioso central) y no agudas (que producen
fotosensibilidad en la piel y la anemia).
Otra forma de clasificarlas es atendiendo a su origen: si el responsable es el hígado, la profiria
es hepática, y si proviene primariamente de la médula ósea, es eritropoyética. […]
Señales peligrosas
Uno de los síntomas de porfiria cutánea tardía (PCT), que es la asociada a la fotosensibilidad
de la piel, son las ampollas en zonas del cuerpo expuestas al Sol, debido a que las porfirinas
originadas en el hígado son transportadas por el plasma de la sangre hasta la epidermis. En
estos casos es frecuente que aparezcan ampollas en el dorso de las manos, brazos y rostro.
Además, la piel de las manos es sensible a pequeños traumatismos por golpes leves.

Diagnóstico y tratamiento

Para diagnosticar la enfermedad, el médico debe analizar el plasma sanguíneo, la orina y el


excremento del paciente para detectar porfirinas. El motivo se debe a que cualquier forma del
padecimiento que provoca lesiones cutáneas aparece junto a una elevada concentración de
estos elementos en el compuesto sanguíneo. Si hablamos específicamente de la PCT,
las concentraciones de porfirinas aumentan en la orina.
Afortunadamente, esta variante de la enfermedad es la más fácil de tratar, por lo que se
recomienda aplicar un procedimiento denominado flebotomía, que consiste en extraer 500 mL
de sangre cada 1 ó 2 semanas, lo cual provoca ligera deficiencia de hierro en el paciente, lo
que puede producir cierta falta de energía; no obstante, los valores de porfirinas en el hígado y
el plasma sanguíneo se reducen gradualmente, la piel mejora y finalmente recupera la
normalidad.
González, F. Porfiria, enfermedad de los vampiros. En Salud y [Link]

PREPARAR A LOS HIJOS PARA LA CONVIVENCIA ESCOLAR

Un clima sin violencia es necesario para una buena convivencia en los contextos escolaes,
pero no es suficiente. Posiblemente, la violencia sea producto de climas escolares en que no
existe buen trato, en que no hay preocupación suficiente por el bienestar emocional de los
estudiantes ni de sus profesores, y donde no existen espacios para el desarrollo de las
competencias emocionales.

La familia juega un rol esencial en el desarrollo de estas competencias, al poner énfasis en el


desarrollo de la empatía, siendo especialmente cuidadosos en estar atentos a sus
preocupaciones, a sus anhelos y a sus temores, lo cual los ayudará a aprender por modelo
una forma de vincularse con los otros de manera empática y, por ende, a ser menos
egocéntricos, contribuyendo así a un mejor convivencia escolar. […]

La familia puede ayudar al niño a generar una actitud abierta y generosa, que lo hará una
persona más tolerante. Es importante que también cuente con la certeza de que sus padre
estarán disponibles para escucharlos y para guiarlos cuando enfrenten conflictos.
Preocuparnos por formar niños que sepan compartir y convivir en forma armónica con sus
iguales y que, asimismo, sepan defenderse, no solo contribuirá a que ellos sean más felices,
sino a formar personas que puedan contribuir a construir una convivencia más sana.

Milicic, N. Preparar a los hijos para la convivencia escolar. En El [Link]


BULLYING ESCOLAR

La universidad Mayor dictó un seminario gratuito con el tema de bullying escolar, en el


que participaron diferentes especialistas y no deja de sorprenderme el aumento de
significativo del bullying en Chile, como también el crecimiento en el desglose de los
distintos tipos de maltratos dentro del colegio. En el 2003 se medían 3 ó 4 tipos de
malos tratos. Hoy más de 11.

En una sociedad donde la preocupación radica en mostrar o exhibir lo material, es muy


difícil pretender tener otros resultados. Hoy tenemos padres criando sin criar,
preocupados de sí mismos, olvidando entregar valores a sus hijos. […]

Lo más importante es ver cómo estamos aportando a estas conductas negativas entre
los niños. Es decir, qué hacemos, como padre o madre, para evitar el bullying en las
escuelas. Creo que en este minuto muchos se dirán con relajo “yo no hago nada malo”;
“en el colegio de mi hijo/a no hacen bullying”, etc. Sin embargo, en una sociedad vacía
de valores, sí podemos hacer algo esencial y más participativo.

Sería bueno enseñarles a nuestros niños, que no solo tienen derechos, sino que
también deberes y, entre esos, el respeto al resto. “No hacer lo que no nos gusta que
nos hagan” es un muy buen consejo y un gran valor.

El bullying es un mal que transforma la vida de todos quienes participan: agresor,


agredido y espectadores. En el seminario se mostraron testimonios de jóvenes y
adultos que sufrieron e hicieron bullying en el colegio, dando como resultado que, tanto
agresor como agredido, la violencia vivida años atrás, marcó para siempre su forma
de ser. Con estos antecedentes ¿nos quedaremos tan pasivos?

Urrutia, K. Bullying escolar. En [Link]


LOS SEÑORES DE UNICEF O EL “TATEQUIETO” DE LA SEÑORA JACQUELINE

Definitivamente, el video viral sobre la madre que les da un par de “coscorrones” o


“tatequieto” a sus dos hijos que se divierten cantando ante una cámara de video,
mientras ella intenta grabar una canción de despedida a las tías del jardín, se ha
convertido en un buen material para la discusión sobre la cultura y la violencia contra
los hijos. Este video tiene ya más de 3.650.000 visitas.

Lo interesante, desde la perspectiva del tema de la violencia contra los niños y niñas,
es que el video produce empatía, sonrisas, cierta alegría ante una escena familiar que
parece cotidiana; incluso se canta en familia, guitarra en mano.

Unicef se pronunció sobre este video viral: “A juicio del organismo internacional, el
video muestra claramente una agresión hacia los niños, que debería movilizar el
rechazo y repudio de quienes lo ven y no constituirse en un show aparentemente
divertido sonde se expone y humilla a los niños”, señalaba un comunicado.

La opinión en las redes sociales no se hizo esperar y en varios medios que publicaron
la noticia salieron comentarios que son dignos de analizar: “Teniendo en consideración
que no se puede reprender (violencia sicológica), no se puede castigar (palmada, tirón
de orejas y otros serían violencia física o maltrato), me pregunto, ¿por qué habrá tanta
delincuencia juvenil e infantil? ¿Les habrá faltado un “tatequieto” o algo similar?”; “Así
como lanzaron los Derechos del niño, debieron también lanzar los Deberes y hacerles
ver que toda acción lleva explícitamente una responsabilidad, ya sea para bien o mal”.

Como se aprecia, para justificar los “tatequietos” de la madre del video los opinantes
extreman el argumento. Lo que se quiere señalar es que les hace bien a los niños,
sobre todo a los desobedientes de sus padres, el que se les castigue con coscorrones
o tirones de orejas. Hay un reconocimiento de la falta de herramientas no violentas
para orientar la conducta de sus hijos cuando no responden a lo que los padres
establecen como lo correcto. En otras palabras, hay una normalización del castigo
hacia los hijos porque son “propiedad” de los padres y quienes mejor saben lo que les
hace bien para su presente y futuro son ellos. En resumen, la cultura autoritaria vuelve
a expresarse: los padres, los mayores, son los sensatos que saben lo que es bueno
para los hijos; los menores, a los que hay que formarles el juicio moral.

Por este camino nunca llegaremos a tener una sociedad menos violenta, más
democrática y libre, más bien se legitima la degradación del otro por su condición de
edad, que no merece respeto ni igualdad en el trato. Sería interesante que aquellos a
quienes hemos citado se pongan en el lugar de un niño y se apronten a recibir un par
de “coscachos”. Es probable que nos les guste, porque esa es medicina para los
menores de edad.
Torres, O. Los señores de Unicef o el “tatequieto” de la señora Jacqueline. En La
[Link]

LAS PERSONAS CON CAPACIDADES DIFERENTES

En mi largo caminar como docente he tenido la oportunidad de compartir con muchos


niños y niñas que presentan alguna discapacidad y he constatado que poseen grandes
habilidades que todos, como sociedad, podemos potenciar. Personas con
necesidades educativas especiales, o más bien capacidades diferentes, pueden ser
excelentes pintores, cantantes, bailarines, escritores, creadores, músicos y un sinfín
de cosas más. […]

Como sociedad, estamos acostumbrados a estigmatizar, segregar o mirar con


sentimientos de pena o lástima a personas con discapacidad, desconociendo que
estas son capaces de lograr muchas cosas durante su vida. Quizá algunos requerirán
más apoyos de profesionales especialistas, familia o amigos, entre otros, pero eso no
significa que sean incapaces de desarrollar habilidades y destrezas únicas y muchas
veces necesarias para su vida personal y/o laboral. La clave radica en creer en ellos,
potenciar su autoestima y cada una de sus capacidades y, sobre todo, tratarlos como
un miembro más de nuestra sociedad. Solo así lograremos la inclusión de personas
con discapacidad.

Cabe recordar que ninguno de nosotros está libre de tener alguna discapacidad
durante nuestra vida o de tener a algún familiar o ser querido que padezxa alguna
necesidad educativa especial.

Por esta razón, todas las personas involucradas en el trabajo de la educación especial
somos responsables de sensibilizar, educar y motivas a quienes desconocen el tema.
De esta forma estaremos contribuyendo poco a poco hacia el camino de la tan
anhelada inclusión.

Morales, I. Las personas con capacidades diferentes. En [Link]


LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA

La música es una de las expresiones más fabulosas del ser humano, ya que logra transmitir
de manera inmediata diferentes sensaciones que otras formas de arte quizás no pueden.

La música es un complejo sistema de sonidos, melodías y ritmos que el hombre ha ido


descubriendo y elaborando para obtener una infinidad de posibilidades diferentes. Se estima
que la música es de gran importancia para el ser humano, ya que le permite expresar miedos,
alegrías y sentimientos muy profundos de diverso tipo. La música permite canalizar esos
sentimientos y hacer que la persona aliviane sus penas o haga crecer su alegría dependiendo
del caso.

Tal como sucede con muchas otras formas de expresión cultural, la música es una manera
que tiene el ser humano para expresarse y representar diferentes sensaciones, ideas y
pensamientos. Así, la música es de vital importancia, no solo por su belleza y valor estético
(elementos de suma relevancia en lo que respecta al acervo cultural de una comunidad o de
una civilización), sino también como soporte a partir del cual el ser humano se puede
comunicar con otros y también consigo mismo, ya que la música puede ser disfrutada tanto
social como individualmente.

La importancia de la música radica también en que es un fenómeno que permite conocer no


solo al individuo o grupo de individuos que la componen y elaboran, sino también al oyente o
a las personas que la disfrutan, pudiendo entonces reconocer sus preferencias, su carácter,
su forma de expresión o sus preocupaciones debido a que todos estos elementos se ven
plasmados en el estilo musical, en la letra, en la melodía, etc. Así, la música puede ser
fácilmente un símbolo cultural que establece estándares no solo individuales, sino también
sociales respecto de los grupos que siguen tal o cual estilo musical y que ven en estos
representadas sus características más relevantes.

Tomado de: [Link]

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