Mitos de Creación: Rig Veda y Popol Vuh
Mitos de Creación: Rig Veda y Popol Vuh
LECTURAS DE 7° BÁSICO
Capítulo Primero
Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil,
callado, y vacía la extensión del cielo.
Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros,
peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No
había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el
Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad.
Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios,
de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón
del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche,
y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se
pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía
aparecer el hombre.
Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la
vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del
Cielo, que se llama Huracán.
El primero se llama Caculhá-Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxá-Caculhá.
Y estos tres son el Corazón del Cielo.
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad,
cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.
— ¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe [el espacio], que
surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra!
No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana,
el hombre formado. Así dijeron.
Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: —
¡Tierra! — dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua
las montañas; y al instante crecieron las montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los
valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie.
Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo: — ¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú,
Huracán, y tú, Chipi-Caculhá, Raxá-Caculhá!
— Nuestra obra, nuestra creación será terminada — contestaron.
Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los
arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando
aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la
Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso
y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.
De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre
su feliz terminación.
Mito Selknam de Creación
Kenos venía con la misión de crear los tres reinos de este mundo, creó
montañas, lagos, ríos, todo aquello que hoy existe. La luz era escasa y
uniforme y todas las horas pasaban en un alba perpetua. Entonces Kenos
creó a luna (Kreeh) y a Sol (Kreen) ordenando a este último que brillara
más fuerte a mediodía y que se retirara por la tarde para ser reemplazado
por la blanca luz de Kreeh. En aquel tiempo el cielo estaba muy cerca de
la tierra y aplastaba todo en su magnificencia, por lo cual Kenos empujó
la cúpula hacia arriba y la dejó allí, para que todo creciera alto y hermoso.
Sin embargo Kenos se sentía solo pues era el único sobre la tierra. Miró
alrededor suyo y fue hacia un pantano de donde extrajo un haruwenthos
(mata de pasto con tierra adherida) exprimió el agua obscura, la depositó
sobre la tierra y formó un Sees (genital masculino). Luego extrajo otro
terrón húmedo y formó un Asken (genital femenino) para luego partir y dejar juntos estos dos
terrones. Cada vez que se ponía el sol, Sees y Asken se unían y un nuevo ser humano nacía.
Estos seres humanos crecieron y a la noche siguiente se unían para hacer nacer un nuevo
antepasado y así sucedió todas las noches, durante mucho tiempo, cada noche surgía un
nuevo antepasado y rápidamente se pobló Karukinka, Tierra del Fuego.
Pronto la región estuvo llena de hombres y mujeres, los primeros Selk’nam. Kenos, el creador,
les enseñó la palabra, señalando que hombres y mujeres deben vivir juntos y dispuso cual
sería el trabajo de cada uno. Padre y Madre deben enseñar a los niños lo establecido por
Kenos y de acuerdo a eso han de actuar.
Kenos habitaba la tierra hacía ya mucho, y junto a él, tres antepasados lo acompañaban a
todas partes. Pasado un largo tiempo Kenos envejeció y trató de conciliar un sueño de
metamorfosis con mucha dificultad, es por ello que los cuatro antepasados iniciaron una larga
caminata hacia al norte, pues en el sur no habían logrado dormir. Completamente agotados
alcanzaron el norte donde pidieron a otros antepasados que los envolvieran en sus capas y
los depositaran en la tierra.
Así quedaron totalmente inertes viviendo un largo sueño-muerte. Los demás antepasados
continuaron esta rutina milenaria de sueños de vida-muerte y aprendieron que al envejecer
debían envolverse en una capa, quedarse completamente quietos, para luego de un tiempo
eterno, despertar frescos y de aspecto juvenil.
Pero la muerte no era eterna, de modo que después de yacer un largo tiempo todos vieron
que Kenos y los demás comenzaban a suspirar y a recuperar los movimientos. Entonces se
irguieron, se miraron unos a otros y comprendieron que eran jóvenes otra vez. De modo que
todos los Selk’nam decidieron hacer lo mismo que Kenos.
Él que se sentía tan viejo y que había perdido las ganas de vivir se envolvía en su capa y se
tendía en el suelo y yacía como si estuviese muerto. Los que tenían la suerte de rejuvenecer
iban entonces hasta la choza de Kenos para ser bañados y quitarles el desagradable olor del
que estaban impregnados para nuevamente recomenzar. Pero con el tiempo la vejez se
adueñaba de los cuerpos y de los corazones y a veces sucedía que alguien ya no se levantara
más. Sin embargo, no desaparecía, sino que se transformaba en un cerro, en un pájaro, en
una cascada.
Cuando a Kenos le llegó la hora de volver por fin a su casa celeste, los que tuvieron el privilegio
de acompañarlo se convirtieron en las estrellas y los planetas que pueblan el luminoso cielo
de la Tierra del Fuego.
La manzana de la discordia y el juicio de Paris
Por todo el Olimpo se oyen cantos y risas que celebran el matrimonio del mortal Peleo con la
bella nereida Tetis. Ni un dios ni una diosa faltan a la fiesta. Sin embargo, una sombra furtiva
se ha escondido detrás de uno de los pilares. Quien viese su cara no estaría tranquilo, ya que
expresa, a la vez, la cólera, la envidia y la maldad. Avanza hasta colocarse muy cerca de los
convidados. El jolgorio es tal en la sala del banquete que nadie la oye murmurar:
-¡Una vez más se han olvidado de invitarme a la fiesta! ¡Acaso no soy yo, Éride, una diosa
como las demás! ¿No tengo yo también derecho a divertirme? Puesto que todos me rechazáis,
¡voy a ser yo ahora la que se va a divertir a vuestra costa!
Y diciendo estas palabras, Éride, la malvada diosa que allí por donde va siembra la discordia
y la cizaña, arroja sobre el mármol blanco del salón una manzana de oro, que rodando y
rodando acaba tropezando en los pies de Zeus. Intrigado por el objeto, el soberano de los
dioses la recoge y en voz alta lee la inscripción que en ella hay grabada:
Zeus, un tanto confundido, no se atreve a moverse. Siente sobre él no sólo la mirada profunda
de su irritable esposa, sino también los encantadores ojos de Afrodita, que se adelanta hacia
él segura de ser ella la escogida. Y también Atenea, su querida hija, ¡levanta su cara implorante
hacia él! ¿Qué hacer? ¿A quién escoger? Sabe que su elección, sea la que sea, dejará
descontentas a las otras dos, que se aliarán, primero, contra él y a continuación contra la
afortunada que haya sido elegida. El Olimpo estallará en complots, cotilleos y peleas. Pero es
Hermes quien acude en ayuda de su padre.
-¿Por qué no dejar esa elección a un mortal? Estamos seguros de que su elección será
imparcial y que la manzana acabará en manos de la más bella.
-Tienes toda la razón, querido hijo. Que se haga como tú dices. Voy a arrojar esta manzana
de oro a la tierra, no lejos de Troya, donde vive Paris, joven adolescente que es experto en la
belleza de las mujeres. ¡Que él mismo escoja a la más bella de las tres!
Por segunda vez, la manzana es lanzada y cae a los pies del pastor Paris. Sorprendido, éste
la coge. Pero su sorpresa crece aún más cuando ve a estos seres divinos rodeados por un
deslumbrante halo luminoso.
-Paris, me envía Zeus para que decidas cuál de estas tres diosas es la más bella.
Paris se queda mudo y perplejo durante un instante. ¿No será una trampa de los dioses para
perderle?
-¿Cómo voy yo a decidir sobre esto? Sólo soy un simple mortal. Puedo dividir la manzana en
tres trozos dice al ver a las tres diosas.
-No, es necesario que escojas una. ¡Así lo quiere Zeus!
Pero, yo puedo equivocarme. ¡Que aquellas que yo no elija me perdonen! añade, dirigiendo
una mirada inquieta a las divinidades, que le hacen un gesto de conformidad.
Hera se acerca a Paris:
-Si me eliges a mí como la más bella, serás soberano de toda Asia y el hombre más rico...
-Por mi parte la interrumpe Atenea te proporcionaré la victoria en cuantos combates quieras
entablar. Y serás el hombre más sabio..
-En cuanto a mí, obtendrás el amor de la más bella mujer de la Tierra, de Helena, reina de
Esparta dice Afrodita, acercándose tanto al bello adolescente que éste enrojece.
-¡Matad a ese niño en cuanto nazca, de lo contrario y a causa de él, Troya será destruida por
las llamas! -les dijo el oráculo al que consultaron.
Esa misma noche, Hécuba trajo al mundo un niño. Pero ante el vigor y la belleza de su hijo no
tuvo el valor de dejar que se cometiera ese crimen. Sin confesar su intención, permitió a
Príamo apoderarse del recién nacido para que se lo diera a un pastor.
-Este niño debe morir. Los adivinos lo exigen, si queremos evitar que nuestra bella ciudad sea
destruida. Lo siento. Cuando hayas cumplido tu tarea, tráeme una prueba de su muerte. -
¡Vete! ordenó el rey al pastor.
El pastor, de corazón sensible, se fue con un saco al hombro dentro del cual llevaba oculto al
recién nacido. En secreto, llegó a su pueblo en la montaña y confió el preciado fardo a su mujer
que también acababa de tener un niño: le llamó Alejandro.
Para hacer creer al rey que había cumplido con su penoso encargo, el pastor envió la lengua
de un perro, diciéndole que era la del hijo de Hécuba.
A partir de ese día, Troya celebra mediante los Juegos la muerte del segundo hijo de Príamo,
llamado Paris. Este año, el premio otorgado al vencedor será un toro. Así ha decidido Príamo,
que envía a sus criados para que aparten uno del rebaño del mismo pastor que había dejado
con vida a su hijo. Paris decide participar en los juegos. Es fuerte y valeroso y se siente con
fuerzas para competir con los mejores príncipes del reino. Su padre adoptivo quiere disuadirle,
pero no lo consigue. En vista de lo cual padre e hijo se ponen en camino.
Paris-Alejandro sale vencedor de todas las pruebas. Pero los otros hijos del rey no lo ven de
la misma forma. Celosos, deciden dar muerte a este desconocido con demasiada suerte. Ya
desenvainan las espadas cuando el anciano pastor corre hacia la tribuna que ocupa el rey.
-¡Oh Rey mío, detenles! ¡Es a tu hijo Paris, desaparecido hace mucho tiempo, al que van a
matar!
Sin perder tiempo, Príamo hace venir a Hécuba, que confiesa la verdad. Lejos de quedar
decepcionado, el rey hace conducir triunfalmente al hijo que creía muerto hasta el palacio.
Banquetes y sacrificios celebran su vuelta a pesar del aviso de los sacerdotes, que no han
olvidado su sueño profético.
-¡Prefiero antes que Troya sea destruida que matar a mi hijo reaparecido! les dice Príamo.
EL HÉROE
La Araucana, Canto II
Pónese la discordia que entre los caciques de Arauco hubo sobre
la eleción de capitán general, y el medio que se tomó por el
consejo del cacique colocolo, con la entrada que por engaño los
bárbaros hicieron en la casa fuerte de Tucapel y la batalla que
con los españoles tuvieron
Un día Zeus, el padre omnipotente de los dioses, compadecido ante los males que
atormentaban a los infortunados mortales, dijo luego de reflexionar:
—Voy a engendrar, para ventura de los hombres y de los dioses, a un héroe magnífico,
inigualado. Él será el protector de todos frente a los peligros que continuamente los amenazan.
Su fuerza excepcional y sus heroicas virtudes serán la salvaguardia del mundo.
Dicho esto, descendió Zeus una noche a la ciudad de Tebas. Allí, en magnífico palacio,
habitaba la reina Alcmena, que descollaba entre todas las mujeres fértiles por la belleza de
sus ojos y la nobleza de su elevada estatura. Su esposo, el rey Anfitrión, se encontraba
ausente debido a la guerra. Entonces Zeus, para lograr acercarse a Alcmena sin despertar
sospechas, tomó los rasgos del propio Anfitrión y como tal se presentó ante el portero de
palacio. Los criados, convencidos de que veían nuevamente a su amo, acudieron a recibirlo a
toda 2 prisa, lo rodearon y sin demora le allanaron el camino hacia las habitaciones de su real
esposa. Y en el abrazo de esa misma noche la reina Alcmena concibió del soberano del
Olimpo, y sin haberlo reconocido, a quien sería el poderoso Hércules.
Pero desde el instante mismo de su nacimiento, el futuro héroe atrajo sobre sí el odio de Hera,
la esposa de Zeus. En efecto, apenas el niño hubo salido de las entrañas de su madre, la reina
de los dioses, aprovechando las tinieblas de una noche especialmente oscura, envió al palacio
de Alcmena a dos feroces serpientes. Todo el mundo se hallaba, al igual que el niño, sumido
en un profundo sueño. Penetraron los reptiles en silencio por la puerta abierta de la habitación
y deslizaron sus formas horribles y sinuosas, a la luz del fuego de sus propios ojos, hasta llegar
al escudo que servía de cuna al divino infante. Los dos monstruos, silbando, se disponían a
clavar sus colmillos envenenados en el rostro del niño para luego ahogarlo con sus anillos.
Pero este, despertándose de pronto, atrapó con sus manos a las dos espantosas serpientes,
y con tal fuerza apretó las gargantas henchidas de veneno, que las estranguló a ambas a la
vez.
Esa fue la primera hazaña de este héroe extraordinario. Considerado hijo de Anfitrión, crecía
día a día el vástago de Zeus y de Alcmena, gracias a los cuidados amorosos de su madre,
como un hermoso árbol que se yergue saludable en medio del huerto florido.
También Zeus, como un padre cuidadoso, velaba por él desde la cumbre del sagrado monte
Olimpo. Un día el padre de los dioses se propuso otorgarle a este hijo el don de la inmortalidad
y el vigor sin límite propio de los dioses. Para ello tuvo la idea de obligar a una gran diosa a
amamantarlo y con tal fin envió a Hermes, mensajero del Olimpo, a buscar a la criatura.
Cuando volvió con ella el dios alado, Zeus tomó al niño y lo acercó sigilosamente a los pechos
de la propia Hera, que en aquel momento dormía. El recién nacido prendió su boca a los
blancos pechos de la diosa y mamó abundantemente. Una vez saciado, se volvió y sonrió a
su padre. Pero había sorbido y chupado con tal fuerza, que la leche de Hera continuó fluyendo:
las blancas gotas que salpicaron la superficie del cielo dieron lugar a la Vía Láctea, y las que
descendieron hasta la tierra dieron origen a los grandes lirios.
Hércules, sintiéndose agredido y creyendo actuar en legítima defensa, y presa a la vez de una
cólera tan súbita y violenta como incontrolable, tomó una cítara —el primer objeto que vio a
mano— y rompió el instrumento en la cabeza de su maestro, causándole una muerte
instantánea. Para castigarlo por semejante crimen, Anfitrión envió a Hércules a vivir entre los
pastores que guardaban sus numerosos rebaños en lo alto de las montañas. Allí, los continuos
ejercicios de la caza desarrollaron su cuerpo adolescente y les confirieron a sus flexibles
miembros una fuerza aún más prodigiosa. Es así como, con tan sólo dieciocho años de edad,
Hércules mató con sus propias manos a un león que asolaba la comarca.
Al volver de su gloriosa cacería, Hércules se encontró con los heraldos que, procedentes de
Orcómenes, venían a reclamar de los tebanos un tributo de cien bueyes, instituido como
reparación por un antiguo delito. Sin vacilar, los atacó el hijo de Alcmena. Les cortó la nariz y
las orejas, les ató las manos a la espalda y los envió de vuelta a su país, no sin antes decirles
que ese era el pago del tributo. Ergino, rey de Orcómenes, al enterarse de lo sucedido, armó
un ejército y marchó contra Tebas. Pero Hércules, vistiendo la armadura que le regalara la
diosa Atenea, se puso a la cabeza del ardoroso grupo de guerreros tebanos y, desviando el
curso de un río, ahogó en una llanura a la caballería enemiga, y luego persiguió a Ergino hasta
matarlo a flechazos.
Para recompensar al autor de tan importante victoria, el rey de Tebas concedió al héroe la
mano de su propia hija, Megara. De esta unión nacieron muchos hijos, pero todos habrían de
morir antes de tiempo, a manos de su propio padre. En efecto, en un acceso de locura, el
desdichado Hércules mató a sus propios hijos, juntamente con la madre, asaeteándolos sin
piedad con sus ya célebres flechas. Tras haberse manchado con la sangre de sus hijos,
Hércules se arrepintió amargamente del crimen y marchó a Delfos para consultar al oráculo
de Apolo de qué manera le sería posible purificarse de tan horrendo delito. El oráculo le ordenó
que se dirigiera a la ciudad de Tirinto y allí se sometiera durante doce años al servicio del rey
Euristeo. Hércules obedeció.
Pero cuando Euristeo, un príncipe débil y pusilánime, vio frente a sí a ese héroe magnífico,
tembló ante la sola idea de que un día el valeroso semidiós le arrebatara el trono. Para
deshacerse de tan importuno advenedizo, y con la secreta esperanza de que Hércules no
tardaría en sucumbir, Euristeo impuso al intrépido hijo de Alcmena, una tras otra, las tareas
más difíciles que se pudiera concebir. Pero Hércules salió vencedor de todas las pruebas, y
las altas gestas que llevó a cabo en aquel período —y que narramos a continuación— son lo
que se ha llamado los “Doce trabajos de Hércules”:
Antes que nada, Euristeo solicitó al héroe que le trajese la piel del león de Nemea. Esta terrible
fiera causaba espanto entre los habitantes de los bosques y valles de la Argólide. Tan
estruendosos eran sus rugidos que, cuando llegaban a oídos de los labriegos y pastores, éstos
se encerraban en sus casas y se agazapaban, pálidos de terror, en los rincones más ocultos.
Pero Hércules, asió con una mano el arco y el carcaj repleto de flechas, y con la otra blandió
la nudosa maza y, sin vacilación, fue al encuentro de aquel temible devorador de rebaños.
Apenas lo vio, disparó contra él, una tras otra, todas sus flechas mortales. Pero el enorme
animal parecía invulnerable, pues su piel era tan dura que el agudo hierro no le hacía apenas
un rasguño, y las flechas caían blandamente sobre la hierba, o bien rebotaban en el duro suelo.
Furioso ante el fracaso de su primer ataque, Hércules agitó su pesada maza y, dando un
alarido, se fue en persecución de la fiera. El león, atemorizado, se refugió en una caverna que
tenía dos entradas. El hijo de Alcmena tapó una y penetró por la otra.
El monstruo entonces, con la melena erizada y rugientes las fauces, se aprestó al asalto.
Hércules, envuelto en su rojo manto, se defendió disparando con una mano su flecha más
filosa y, levantando con la otra la terrible maza, la descargó contra el broncíneo cráneo de la
indomable fiera.
Fue tan violento el golpe que la maza se partió en dos pedazos. El león, aturdido, se
tambaleaba. Tirando entonces las armas a un lado, Hércules se enzarzó en una peligrosa
lucha cuerpo a cuerpo con la fiera. Con sus musculosos brazos enlazó el cuello del león,
apretándolo con tal fuerza contra su amplio pecho que logró arrancarle la vida. Cuando lo hubo
ahogado, Hércules desolló al animal y se cubrió con su piel leonada, como una coraza
impenetrable al bronce y al hierro.
En la lucha contra este azote de la campiña de Argos, Hércules contó con la ayuda de su fiel
compañero Yolao. Este fue el auriga que en esta expedición condujo con mano segura el carro
del héroe. Llegados ambos a las márgenes de la laguna de Lerna, Hércules disparó entre los
cañaverales una nube de flechas, con el propósito de obligar a la hidra a salir de su guarida.
Luego, cuando por fin el monstruo se dejó ver, erguidas todas sus sibilantes cabezas, el héroe
se aproximó y a mazazos intentó aplastarlas; pero de la sangre de cada cabeza magullada
renacían otras dos, y de ese modo la lucha se hacía interminable. Entonces, Hércules apeló a
Yolao. Este celoso servidor prendió enseguida fuego a un bosque conti¬guo y, armándose de
teas, fue quemando cada una de las cabezas que renacían, impidiendo así que se
desarrollaran. Cuando ya la hidra no tuvo más que una sola cabeza, Hércules la cortó de un
solo mandoble de su espada y la sepultó bajo un peñasco. El monstruo no era ya sino un
inmenso cadáver. Antes de marcharse, el hijo de Alcmena empapó sus flechas en la
ponzoñosa sangre de la terrible bestia, y así dispuso de ahí en adelante de flechas
envenenadas.
Euristeo ordenó enseguida a Hércules que le trajese viva a la cierva del monte Gerineo. Esta
prodigiosa cierva, consagrada a la diosa Artemisa, tenía cuernos de oro y pies de bronce.
Nadie había podido jamás alcanzarla, por ser infatigable y velocísima en la carrera. Hércules
tuvo que perseguirla durante un año entero. Arrastrando al cazador tras ella, la cierva llegó de
una sola vez hasta la comarca de los Hiperbóreos. Allí el animal, fatigado, volvió sobre sus
pasos y anduvo en sentido inverso el camino antes recorrido. En un momento de su carrera,
titubeó la cierva ante un río crecido por las lluvias, sin decidirse a vadearlo. Hércules ganó
terreno entonces y se abalanzó sobre ella. Cogiéndola por los cuernos, se la cargó viva a la
espalda y volvió a Tirinto para entregarla a Euristeo.
Apenas hubo regresado Hércules al palacio de su señor, recibió la orden de ir esta vez al
encuentro del jabalí de Erimanto. Debía capturar y traer viva también a esta terrible alimaña,
que sólo abandonaba su cubil para sembrar la ruina y la desolación en los hermosos campos
de la idílica comarca de Arcadia. El héroe se puso en camino, armado, como de costumbre,
con su maza y sus flechas. Tras dar una batida por toda la maleza y habiendo escrutado
innumerables sotos donde podía merodear el jabalí, Hércules llegó a descubrir al salvaje
animal. Le dio entonces despiadada cacería, persiguiéndolo sin descanso por altas montañas
cubiertas de nieve, hasta cansarlo y obligarlo, por fin exhausto, a guarecerse, jadeante, en un
estrecho desfiladero sin salida. Hércules dio muerte al jabalí y volvió, trayéndolo sobre su
robusta espalda.
En las márgenes de un lago llamado Estinfalo, en medio de una marisma cubierta de zarzales
y maleza, vivían unos pájaros monstruosos que, temidos por los mismos lobos, se alimentaban
de carne humana. Estos hijos de Ares, el dios feroz de la guerra, tenían el pico, las garras y
las alas de durísimo bronce. Sus plumas eran como dardos de acero y les servían para matar
a los caminantes desprevenidos, para luego devorar sus restos. Hércules tomó sobre sí la
misión de ahuyentar de aquellos marjales a esa bandada voraz que, además de aniquilar a
hombres y rebaños, devastaba los jardines y ensuciaba las cosechas. Para obligarlos a
abandonar su inexpugnable refugio, el héroe magnífico utilizó el sonido ensordecedor de sus
címbalos. Apostado en una montaña contigua, armó con estos instrumentos tal estrépito que
los pájaros salieron volando y pudo así el hábil y valeroso arquero abatirlos y exterminarlos.
El sexto trabajo que Euristeo asignó al valeroso hijo de Alcmena fue la lucha contra el toro de
Creta. Hércules no debía matarlo, sino acosarlo, atraparlo y llevarlo vivo a Micenas. Minos, rey
de Creta, había prometido un día consagrar al dios de los mares, Poseidón, lo que este mismo
dios hiciera surgir de las olas. Poseidón hizo emerger un toro tan bello que Minos, negándose
a sacrificarlo, creyó cumplir su voto eligiendo en sustitución otra víctima de menos valor.
Irritado Poseidón por semejante deslealtad, enfureció al animal, con lo que éste llegó a
convertirse en el verdadero terror del país.
Hércules, cumpliendo las órdenes de su amo, desembarcó en Creta. En cuanto vio al toro, se
arrojó sobre él, lo tomó por los cuernos y lo obligó a doblar los corvejones y luego, sujetándolo
con una fuerte red, se lo echó a la espalda y lo llevó a través del mar hasta depositarlo a los
pies de Euristeo.
Diomedes, hijo del cruel Ares, reinaba sobre un pueblo de salvajes. Poseía un rebaño de
yeguas que vomitaban fuego y llamas por las fauces, y a las cuales daba como pasto a los
desdichados extranjeros que la tempestad arrojaba como náufragos a sus playas. Hércules,
encargado por Euristeo de llevar esas yeguas a Micenas, se embarcó con algunos amigos,
arribó a Tracia y se encaminó a las cuadras de Diomedes. Allí, luego de derribar a los criados
que cuidaban de la caballeriza, el hijo de Alcmena cogió a Diomedes y lo echó en los pesebres
de bronce para que sirviera de alimento a sus propias yeguas carnívoras, suplicio igual al que
hiciera sufrir a tantos numerosos náufragos. En cuanto devoraron las carnes de su amo,
Hércules desató a los caballos y los condujo al palacio de Euristeo.
Admeta, la hija de Euristeo, codiciaba el magnífico y soberbio cinturón que poseía Hipólita, la
reina de las amazonas. Estas eran mujeres guerreras que combatían a caballo, disparando el
arco o blandiendo un hacha, y que vivían, según se dice, en las lejanas costas del mar Negro,
constituyendo un pueblo sin hombres. El príncipe, para complacer a su hija, encargó a
Hércules que fuese a buscarlo. Cuando el héroe, con numerosa compañía, llegó al país de las
amazonas, Hipólita, su hermosa reina, lo recibió al principio muy bondadosamente y prometió
entregarle su cinturón. Pero la eterna enemiga de Hércules, Hera, la diosa del trono de oro, se
disfrazó de amazona y suscitó la indignación de aquellas vírgenes guerreras, diciéndoles que
Hércules venía con la misión de secuestrar a su amada reina. Una lucha terrible se desató en
contra del visitante y un gran número de amazonas halló la muerte en la refriega. La propia
reina murió a manos de Hércules y el héroe pudo así quitarle sin dificultades el precioso
cinturón para ofrecérselo a Admeta, la hija de su despótico señor.
Como décima prueba, Euristeo exigió que Hércules le trajese los toros rojos de Gerión. Este
gigante colosal, cuyos enormes flancos se ramificaban en tres cuerpos, habitaba en una isla
del remoto Occidente y era dueño de un rebaño de toros rojos, que custodiaban un monstruoso
boyero y un perro de tres cabezas. Para obedecer la nueva orden, Hércules partió hacia la
región donde el sol se pone, bordeando la costa africana. Llegó al estrecho que separa a
Europa de África y erigió allí dos columnas, una en el extremo de cada continente, para
conmemorar su paso. Se las llamó después las Columnas de Hércules.
Como el Sol, demasiado ardiente, molestaba a Hércules, el héroe tendió su arco y disparó
contra él dos flechas. Asombrado el Sol ante esta audacia, se dispuso a apaciguar al valiente
hijo de Alcmena. Para facilitarle la continuación de su viaje, le prestó la amplia copa de oro
que, cuando él desciende del cielo, lo transporta a través del océano y de la noche hasta la
ribera desde donde remonta otra vez al cielo para comenzar de nuevo a iluminar al mundo.
Hércules se embarcó en esta copa y llegó sin dificultad al término de su viaje. Ya en tierra, el
hijo de Alcmena pasó la noche en la cima de una montaña para acechar el apetecido ganado,
pero el perro vigilante que defendía a los rojos toros lo olfateó y, ladrando, se abalanzó contra
él para devorarlo. El héroe lo mató de un mazazo. El boyero, que acudió de inmediato, sufrió
la misma suerte. En fin, después de rematar a flechazos al formidable Gerión, Hércules volvió
a embarcarse, con todo el rebaño, en la amplia copa que sirve de navío al Sol.
Para llegar a su punto de partida, Hércules atravesó múltiples comarcas. Cuando llegó a orillas
del Ródano, se vio atacado por los habitantes que poblaban aquellas riberas, envidiosos de la
belleza de sus bueyes. Fueron allí tan resueltos y numerosos sus enemigos, que el héroe tuvo
necesidad de agotar las flechas de su aljaba y fue incluso herido gravemente, viéndose en una
situación muy apurada. Imploró entonces el socorro de su padre y Zeus hizo llover sobre los
agresores de su hijo una granizada de piedras. Desde ese día, la vasta planicie quedó cubierta
de pedruscos y se afirma que es ese el origen de los guijarros de la Crau.
Abandonando la Galia, Hércules atravesó Italia, Iliria y Tracia. Pero cuando ya creía haber
alcanzado el fin de sus penurias, un tábano enviado por Hera enloqueció al ganado rojo y lo
dispersó por las altas montañas. El hijo de Alcmena logró trabajosamente reunir la mayor parte,
pero aquellos toros que no pudo recuperar y llevar a Micenas permanecieron en los bosques
y se hicieron salvajes.
No bien regresó Hércules de tan peligrosa expedición, recibió de nuevo el encargo de dirigirse
hacia los parajes contiguos al punto donde desaparece el sol. Esta vez debía coger, para
traerlas a Micenas, las manzanas de oro del jardín de las hespérides. Eran éstas hijas de la
estrella de la tarde y habitaban, en efecto, un parque maravilloso, cuyos árboles estaban en
todas las estaciones cargados de frutos dorados. Dócil al mandato recibido, Hércules tomó
una vez más el camino de Occidente, pero no sabía dónde encontrar la misteriosa morada de
las hijas de la tarde. Después de vagar por un largo tiempo, llegó cierto día a las márgenes del
Erídano.
Allí, unas graciosas ninfas le aconsejaron que fuese a ver a Nereo, el viejo profeta de los
mares, conocedor de tales secretos. Hércules atendió al consejo y, cuando encontró a Nereo
dormido en la margen de las aguas, lo encadenó y lo forzó a revelarle el refugio en que se
ocultaban las bellas hespérides. Para espantar a Hércules, Nereo se transformó
sucesivamente en león, en serpiente, en llamas, pero nada logró amedrentar al héroe. El hijo
de Alcmena no soltó su presa sin antes tener la causa ganada. Cuando ya supo adonde tenía
que dirigirse, pasó a África, llegó hasta los confines del mundo occidental y logró ver las áureas
puertas del jardín afortunado. Allí, no lejos de las armoniosas hespérides, desterrado por dura
ley en la extremidad de la tierra, un formidable gigante llamado Atlas sostiene sobre su cabeza
y con sus manos infatigables la bóveda inmensa del cielo.
Ahora bien: puesto que un dragón de color encendido guardaba la entrada del parque y a
nadie permitía franquear las temibles puertas, Hércules preguntó a Atlas cómo podría
apoderarse de las manzanas doradas. El sostenedor del cielo se ofreció a ir él mismo a
recogerlas, siempre que durante ese tiempo el héroe se aviniese a aguantar sobre su sólida
espalda el peso y el equilibrio del firmamento. El hijo de Alcmena aceptó y, mientras Atlas se
ocupaba de arrancar de los manzanos los frutos dorados, Hércules sostuvo sobre sí todo el
peso de la bóveda celeste. Al volver el gigante, manifestó que deseaba llevar personalmente
el preciado botín a Micenas. Hércules fingió estar de acuerdo con la idea del pérfido Atlas.
—Me parece muy bien que tú lleves personalmente a Euristeo las manzanas de oro. Pero
antes de partir sujeta de nuevo un momento el cielo sobre tus hombros, pues yo tengo que
hacerme un rodete que proteja mi cabeza y amortigüe el peso de tan enorme carga.
Atlas, confiando, cayó en la trampa y se echó de nuevo el cielo sobre sus hombros. Hércules,
ya libre, tomó las manzanas y se las llevó sin perder más tiempo a su amo Euristeo.
Por fin, y como última prueba, Euristeo ordenó a Hércules que bajara a los infiernos y le trajera
a Cerbero, el can que montaba guardia en las puertas subterráneas. Descendió, pues,
acompañado de Hermes, al abismo donde habitan los muertos. Atravesó grandes ríos de fuego
y torrentes de cieno. Luego, cuando llegó a los pies del inflexible Hades, expuso al soberano
de los infiernos el propósito de su viaje. Hades le permitió subir al feroz perro Cerbero a la luz
del día, pero con la condición de adueñarse del terrible guardián sin utilizar arma alguna. El
Cerbero era un perro con tres cabezas, cuyos flancos se estrechaban hasta formar una cola
de dragón. Su voz, similar a la del sonoro bronce, estremecía a todo aquél que osara
aproximársele. Hércules, desprovisto de armas y vestido tan sólo con su piel de león a modo
de coraza, se presentó ante el monstruo. Este lo recibió dando pavorosos aullidos y abriendo
sus horribles fauces. El héroe lo agarró por el cuello, precisamente por el punto donde nacían
las tres cabezas y, aunque sufrió en los brazos sus mordeduras, 11 lo apretó tan fuertemente
que el perro, sintiéndose ahogado, se resignó a seguirlo. Hércules entonces encadenó al feroz
animal, lo sacó del abismo y fue a mostrárselo a su amo Euristeo. Aterrorizado, el príncipe
ordenó que aquel monstruo de espantosos e incesantes ladridos fuese devuelto sin tardanza
a las sombras del infierno.
Después de haber empleado ocho años y un mes en la ejecución de los doce trabajos que le
impuso Euristeo, Hércules fue liberado de aquella servidumbre. Entonces este ilustre guerrero
se lanzó de nuevo a recorrer el mundo, no para combatir a monstruos esta vez, sino para
luchar contra la injusticia de los hombres. Por donde iba castigaba a los bandidos y prestaba
el apoyo generoso y siempre triunfante de su brazo a los pueblos humillados por la maldad de
sus vecinos.
Arturo Pérez Reverte. El capitán Alatriste.
Capítulo I
LA TABERNA DEL TURCO
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba
Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras
de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en
trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían
la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo
por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y
algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las
Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina,
entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía
mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda,
esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales
se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba
ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venía por abajo, a las
tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí.
Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros.
El capitán Alatriste, por lo tanto, vivía de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era
más un apodo que un grado efectivo. El mote venía de antiguo: cuando, desempeñándose de
soldado en las guerras del rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compañeros
y un capitán de verdad cierto río helado, imagínense, viva España y todo eso, con la espada
entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un
destacamento holandés. Que era el enemigo de entonces porque pretendían proclamarse
independientes, y si te he visto no me acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre
tanto los fastidiamos bien. Volviendo al capitán, la idea era sostenerse allí, en la orilla de un
río, o un dique, o lo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del rey nuestro señor
lanzasen un ataque para reunirse con ellos. Total: que los herejes fueron debidamente
acuchillados sin darles tiempo a decir esta boca es mía. Estaban durmiendo como marmotas,
y en ésas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el frío enviando
herejes al infierno, o a donde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que luego vino el alba,
y se adentró la mañana, y el otro ataque español no se produjo. Cosas, contaron después, de
celos entre maestres de campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron allí
abandonados a su suerte, entre reniegos, por vidas de y votos a tal, rodeados de holandeses
dispuestos a vengar el degüello de sus camaradas. Más perdidos que la Armada Invencible
del buen rey don Felipe el Segundo. Fue un día largo y muy duro. Y para que se hagan idea
vuestras mercedes, sólo dos españoles consiguieron regresar a la otra orilla cuando llegó la
noche. Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada había mandado la
tropa —al capitán de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos
palmos de acero saliéndole por la espalda—, se le quedó el mote, aunque no llegara a disfrutar
ese empleo. Capitán por un día, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo
vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el río a la espalda y blasfemando en buen castellano.
Cosas de la guerra de Flandes. Cosas de España.
En fin. Mi padre fue el otro soldado español que regresó aquella noche. Se llamaba Lope
Balboa, era guipuzcoano y también era un hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y él
fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; y debe de ser cierto porque después,
cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich —por eso Diego
Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y
tocayo Alatriste, que sí está allí, tras el caballo—, le juró ocuparse de mí cuando fuera mozo.
Ésa es la razón de que, a punto de cumplir los trece años, mi madre metiera una camisa, unos
calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara a vivir con el capitán,
aprovechando el viaje de un primo suyo que venía a Madrid. Así fue como entré a servir, entre
criado y paje, al amigo de mi padre.
Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis días me hubiera
enviado tan alegremente a su servicio. Pero supongo que el título de capitán, aunque fuera
apócrifo, le daba un barniz honorable al personaje. Además, mi pobre madre no andaba bien
de salud y tenía otras dos hijas que alimentar. De ese modo se quitaba una boca de encima y
me daba la oportunidad de buscar fortuna en la Corte. Así que me despachó con su primo sin
preocuparse de indagar más detalles, acompañado de una extensa carta, escrita por el cura
de nuestro pueblo, en la que recordaba a Diego Alatriste sus compromisos y su amistad con
el difunto. Recuerdo que cuando entré a su servicio había transcurrido poco tiempo desde su
regreso de Flandes, porque una herida fea que tenía en un costado, recibida en Fleurus, aún
estaba fresca y le causaba fuertes dolores; y yo, recién llegado, tímido y asustadizo como un
ratón, lo escuchaba por las noches, desde mi jergón, pasear arriba y abajo por su cuarto,
incapaz de conciliar el sueño. Y a veces le oía canturrear en voz baja coplillas entrecortadas
por los accesos de dolor, versos de Lope19, una maldición o un comentario para sí mismo en
voz alta, entre resignado y casi divertido por la situación. Eso era muy propio del capitán:
encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma inevitable a la que
un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando. Quizá
ésa era la causa de su peculiar sentido del humor áspero, inmutable y desesperado.
Ha pasado muchísimo tiempo y me embrollo un poco con las fechas. Pero la historia que voy
a contarles debió de ocurrir hacia el año mil seiscientos y veintitantos, poco más o menos. Es
la aventura de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar en la Corte,
y en la que el capitán no sólo estuvo a punto de dejar la piel remendada que había conseguido
salvar de Flandes, del turco y de los corsarios berberiscos, sino que le costó hacerse un par
de enemigos que ya lo acosarían durante el resto de su vida. Me refiero al secretario del rey
nuestro señor, Luis de Alquézar, y a su siniestro sicario italiano, aquel espadachín callado y
peligroso que se llamó Gualterio Malatesta, tan acostumbrado a matar por la espalda que
cuando por azar lo hacía de frente se sumía en profundas depresiones, imaginando que perdía
facultades. También fue el año en que yo me enamoré como un becerro y para siempre de
Angélica de Alquézar, perversa y malvada como sólo puede serlo el Mal encarnado en una
niña rubia de once o doce años. Pero cada cosa la contaremos a su tiempo.
YO SOY MALALA
Prólogo
Soy de un país que nació a medianoche. Cuando estuve a punto de morir era poco después
de mediodía.
Hace un año salí de casa para ir a la escuela y no regresé. Me dispararon una bala talibán y
me sacaron inconsciente de Pakistán. Algunas personas dicen que nunca regresaré a casa,
pero en mi corazón estoy convencida de que volveré. Ser arrancado del país que ama es algo
que no deseo a nadie.
Ahora, cada mañana, cuando abro los ojos, añoro mi vieja habitación con todas mis cosas, la
ropa por el suelo, y los premios escolares en los estantes. Sin embargo, me encuentro en un
país que está cinco horas por detrás de mi querida tierra natal, Pakistán, y de mi hogar en el
valle de Swat. Pero mi país está a siglos de distancia por detrás de Este. Aquí hay todas las
comodidades imaginables. De todos los grifos sale agua corriente, fría o caliente, como
prefieras; luz con sólo pulsar un interruptor, día y noche, sin necesidad de lámparas de aceite;
hornos para cocinar, de forma que nadie tiene que ir al mercado a traer bombonas de gas.
Aquí todo es tan moderno que incluso hay comida ya preparada en paquetes.
Cuando miro por la ventana, veo edificios altos, largas carreteras llenas de vehículos que se
mueven ordenadamente, cuidados setos y praderas de césped, y pavimentos limpios en los
que caminar. Cierro los ojos y por un momento regreso a mi valle —altas montañas coronadas
de nieve, campos verdes y ondulantes, y ríos de fresca agua azul— y mi corazón sonríe
cuando recuerda la gente de Swat. Con la mente vuelvo a la escuela y me reúno con mis
amigas y mis maestros. Vuelvo a estar con mi mejor amiga, Moniba, y nos sentamos juntas,
hablando y bromeando como si nunca me hubiera marchado.
Entonces recuerdo, estoy en Birmingham, Inglaterra.
El día en que todo cambió fue el martes 9 de octubre de 2012. Tampoco era un momento
especialmente bueno, porque estábamos en plena época de exámenes, aunque como soy
estudiosa no me preocupaban tanto como a algunas de mis compañeras.
Aquella mañana llegamos al estrecho camino de barro que se bifurca de la carretera Haji Baba
en nuestra habitual procesión de rickshaws de colores brillantes echando humaredas de
diésel. En cada uno íbamos cinco o seis niñas. Desde la llegada de los talibanes no había
ningún signo que identificara la escuela, y la puerta de hierro ornamentada en un muro blanco
al otro lado de la leñera no da ningún indicio delo que hay detrás.
Para nosotras aquella puerta era como una entrada mágica a nuestro mundo particular. En
cuanto penetrábamos en él nos librábamos de los pañuelos como el viento que despeja las
nubes para dejar paso al sol, y subíamos desordenadamente la escalera. En lo alto de la
escalera había un patio abierto al que daban las puertas de todas nuestras aulas. Arrojábamos
allí nuestras mochilas y después nos congregábamos para la reunión matinal bajo el cielo,
firmes, de espalda a las montañas. Una niña ordenaba «Assaan bash», «¡Descansad!», y
nosotras dábamos un taconazo y respondíamos «Allah». Entonces ella decía «Hoo she yar»,
«¡Atención!», y dábamos otro taconazo, «Allah».
La escuela la había fundado mi padre antes de que yo naciera y en lo alto de la pared estaba
orgullosamente escrito «Colegio Khushal» en letras rojas y blancas. Teníamos clase seis días
a la semana y en mi curso, el noveno, que correspondía a los quince años, memorizábamos
fórmulas químicas, estudiábamos gramática urdu, hacíamos redacciones en inglés sobre
aforismos como «no por mucho madrugar amanece más temprano» o dibujábamos diagramas
de la circulación de la sangre... la mayoría de mis compañeras querían ser médicos.
Es difícil imaginar que alguien pueda ver en esto una amenaza. Sin embargo, al otro lado de
la puerta de la escuela, no sólo estaban el ruido y el ajetreo de Mingora, la principal ciudad de
Swat, sino también aquellos que, como los talibanes, piensan que las niñas no deben ir a la
escuela.
Aquella mañana había comenzado como cualquier otra, aunque un poco más tarde de lo
habitual. Como estábamos de exámenes, la escuela empezaba a las nueve de la mañana, en
vez de a las ocho, lo cual estaba bien, porque no me gusta madrugar y puedo seguir durmiendo
aunque los gallos canten y el muecín llame a la oración. Primero, trataba de levantarme mi
padre. «Ya es la hora, Jani Mun», me decía. Esto significa «amiga del alma» en persa, y
siempre me llamaba eso al comenzar el día. «Unos minutos más, Aba, por favor», le rogaba y
me ocultaba bajo la manta. Entonces llegaba mi madre, Tor Pekai. Me llama Pisho, que
significa «gato». Entonces me daba cuenta de la hora que era y gritaba: «Bhabi, que llego
tarde». En nuestra cultura cada hombre es tu «hermano», y cada mujer, tu «hermana». Así es
como nos consideramos mutuamente. Cuando mi padre trajo a su esposa por primera vez a
la escuela, todos los maestros la llamaban «esposa de mi hermano» o bhabi. Se quedó con
ese apodo cariñoso y todos la llamamos bhabi ahora.
Yo dormía en la habitación alargada que tenemos en la parte delantera de la casa y los únicos
muebles eran la cama y una cómoda que yo había comprado con parte del dinero que había
recibido como premio por mi campaña por la paz en el valle y el derecho de todas las niñas a
ir a la escuela.
En unos estantes estaban todas las copas de plástico doradas y los trofeos que había ganado
por ser la primera de la clase. En un par de ocasiones no había sido la primera y fui superada
por mi competidora Malka-e-Noor. Estaba decidida a que eso no volviera a ocurrir.
La escuela no estaba lejos de mi casa y solía ir a pie, pero en el último año había empezado
a ir con las demás niñas en rickshawy a volver a casa en autobús. El trayecto sólo duraba
cinco minutos; pasábamos junto al pestilente río y por delante de la valla publicitaria del
Instituto de Transplante Capilar del Doctor Humayun, donde bromeábamos que uno de
nuestros profesores debía de haber ido porque era calvo y de repente le había empezado a
salir pelo. Me gustaba porque no volvía tan sudorosa como cuando iba a pie y podía charlar
con mis amigas y chismorrear con Usman Ali, el conductor, a quien llamábamos Bhai Jan,
«hermano», que nos hacía reír con sus absurdas historias.
Había empezado a ir en autobús porque mi madre tenía miedo de que fuera andando sola.
Llevábamos todo el año recibiendo amenazas. Algunas habían aparecido en los periódicos;
otras eran mensajes escritos o que nos transmitía alguien. Mi madre estaba preocupada por
mí, pero los talibán nunca habían atacado antes a una niña y a mí me inquietaba más que
fueran a por mi padre, que hablaba en contra de ellos abiertamente. En agosto habían matado
a su amigo y compañero activista Zahid Khan cuando se dirigía a rezar, y yo sabía que todos
decían a mi padre: «Ten cuidado, tú serás el siguiente».
A nuestra calle no se podía llegar en coche, así que me bajaba del autobús en la carretera
que discurre junto al río, pasaba por la puerta de hierro y subía unos peldaños que conducían
a nuestra calle. Pensaba que si alguien me atacaba, sería en aquellos peldaños. Como mi
padre, siempre he sido una soñadora y, a veces, durante la clase me imaginaba que un
terrorista surgiría en aquel lugar y me dispararía. Me preguntaba cómo reaccionaría yo. ¿Me
quitaría un zapato y le golpearía con él? Pero después pensaba que entonces no habría
ninguna diferencia entre los terroristas y yo. Sería mejor argumentar: «De acuerdo, dispárame,
pero primero escúchame. Lo que estás haciendo está mal. Yo no estoy en contra tuya. Sólo
quiero que todas las niñas podamos ir a la escuela».
No tenía miedo, pero había empezado a asegurarme de que la puerta del jardín se quedaba
cerrada por la noche y a preguntar a Dios qué ocurre cuando mueres. Le contaba todo a
Moniba, mi mejor amiga. Habíamos vivido en la misma calle cuando éramos pequeñas y
éramos amigas desde la escuela primaria y lo compartíamos todo: las canciones de Justin
Bieber, las películas de Crepúsculo, las mejores cremas para aclarar la piel de la cara. Su
sueño era ser diseñadora de moda, pero sabía que su familia nunca accedería, así que decía
a todos que quería ser médico. En nuestra sociedad es difícil que las jóvenes se planteen ser
otra cosa que médicos o maestras, si es que llegan a trabajar. Mi caso era diferente... nunca
oculté mi deseo cuando pasé de querer ser médico a querer ser inventora o política. Moniba
siempre sabía si algo iba mal. «No te preocupes —le dije—. Los talibanes nunca han atacado
a una niña».
Cuando llegó nuestro autobús, bajamos corriendo los escalones. Las demás chicas se
cubrieron la cabeza antes de salir y subir al autobús. El autobús en realidad era una camioneta,
lo que nosotros llamamos un dyna, un Town Ace Toyota blanco, con tres bancos paralelos,
uno a cada lado y otro en el centro. Allí nos apretujábamos veinte niñas y tres maestras. Yo
estaba sentada a la izquierda, entre Moniba y Shazia Ramzan, una niña de un curso inferior,
y sujetábamos las carpetas de los exámenes contra el pecho y las mochilas bajo los pies.
Después, todo es un tanto borroso. En el dyna hacía un calor pegajoso. El tiempo fresco estaba
tardando en llegar y sólo quedaba nieve en las lejanas montañas del Hindu Kush. En la parte
trasera de la camioneta, donde nosotras íbamos, no había ventanillas a los lados sino sólo un
plástico grueso que aleteaba y estaba demasiado amarillento y polvoriento para que
pudiéramos ver a través de él. Todo lo que veíamos era un pequeño fragmento de cielo abierto
desde detrás y fugaces destellos del sol, que a aquella hora del día era una gran esfera dorada
entre el polvo que resplandecía sobre todo.
Recuerdo que, como siempre, el autobús dejó la carretera principal a la altura del puesto de
control del ejército y giró hacia la derecha, pasando junto al campo de cricket abandonado. No
recuerdo más.
En los sueños que tenía en los que disparaban a mi padre él también estaba en el autobús y
le disparaban conmigo; entonces aparecían hombres por todas partes y yo buscaba a mi
padre.
En realidad, lo que ocurrió es que nos detuvimos súbitamente. A nuestra izquierda estaba la
tumba de Sher Mohammad Khan, ministro de Finanzas del primer gobierno de Swat, y a
nuestra derecha, la fábrica de dulces. Debíamos de estar a menos de doscientos metros del
puesto de control.
No podíamos ver lo que ocurría delante, pero un joven barbudo con ropa de colores claros
había salido a la carretera y hacía señales para que la camioneta se detuviera.
«¿Es este el autobús del Colegio Khushal?», preguntó a nuestro conductor. Usman BhaiJan
pensó que aquella era una pregunta estúpida porque el nombre estaba pintado a un lado. «Sí»,
respondió.
«Quiero información sobre algunas niñas», dijo el hombre.
«Entonces tendrá que ir a secretaría», repuso Usman BhaiJan.
Mientras hablaba, otro joven, vestido de blanco, se acercó a la parte trasera de la camioneta.
«Mira, es uno de esos periodistas que vienen a hacerte una entrevista», dijo Moniba. Desde
que empecé a hablar con mi padre en actos públicos en pro de la educación de las niñas y
contra aquellos que, como los talibanes, querían mantenernos ocultas, con frecuencia venían
periodistas, incluso extranjeros, pero no se presentaban así, en medio de la carretera.
Aquel hombre llevaba un gorro que se estrechaba hacia arriba y un pañuelo sobre la nariz y la
boca, como si tuviera gripe. Tenía aspecto de universitario. Entonces se subió a la plataforma
trasera y se inclinó sobre nosotras.
«¿Quién es Malala?», preguntó.
Nadie dijo nada, pero varias niñas me miraron. Yo era la única que no llevaba la cara cubierta.
Entonces es cuando levantó una pistola negra. Más tarde supe que era un Colt 45. Algunas
niñas gritaron. Moniba me ha dicho que le apreté la mano.
Mis amigas dicen que disparó tres veces, una detrás de otra. La primera bala me entró por la
parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho. Me desplomé sobre
Moniba, sangrando por el oído izquierdo. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi
lado. Una hirió a Shazia en la mano izquierda. Otra traspasó su hombro izquierdo y acabó en
el brazo derecho de Kainat Riaz.
Mis amigas me dijeron más tarde que su mano temblaba mientras disparaba.
Cuando llegamos al hospital, mi largo cabello y el regazo de Moniba estaban empapados de
sangre.
¿Quién es Malala? Yo soy Malala y esta es mi historia.
LÍRICA
ROMANCE DEL PRISIONERO
1 Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
5 cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,
sino yo, triste, cuitado,
10 que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día,
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
15 Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.
Ángel Cruchaga
TEXTOS NO LITERARIOS
“El género no limita a las personas a una categoría como nos quieren hacer creer los medios,
e incluso algunos estudios académicos”, explicó Carothers. Para llegar a esta conclusión, se
analizaron datos de 13 sondeos anteriores, todos los cuales han mostrado importantes
diferencias sociales entre hombres y mujeres.
Los resultados, que fueron publicados en la edición 202 de la revista Journal of Personality
and Social Psychology, mostraron que los hombres y mujeres presentan distintas
características físicas. Por ejemplo, los hombres son más altos que las mujeres y tienden a
tener hombros más anchos. Sin embargo, cuando se trata de rasgos sicológicos, hay bastante
similitud.
En este sentido, rasgos como la asertividad o la habilidad para las matemáticas, que se
consideran como atributos “masculinos”, están presentes prácticamente al mismo nivel en las
mujeres, por lo que no se puede decir que sean cualidades propias de un género.
Asimismo, un hombre puede ser tan emotivo, comprensivo o empático como una mujer.
Lo mismo pasa con la actitud en la relación de pareja. Según un estudio, hombres y mujeres
generalmente buscan las mismas cualidades en un compañero o compañera y se comportan
de manera similar frente al amor.
Carothers dice que tenemos tendencia a clasificar las cosas porque es más fácil, pero lo cierto
es que las diferencias entre los individuos tienen poco que ver con su género y están dadas
por otros factores.
Clasificación
Se conocen diferentes tipos de porfirias, las cuales se clasifican en agudas (que causan
síntomas relacionados con el sistema nervioso central) y no agudas (que producen
fotosensibilidad en la piel y la anemia).
Otra forma de clasificarlas es atendiendo a su origen: si el responsable es el hígado, la profiria
es hepática, y si proviene primariamente de la médula ósea, es eritropoyética. […]
Señales peligrosas
Uno de los síntomas de porfiria cutánea tardía (PCT), que es la asociada a la fotosensibilidad
de la piel, son las ampollas en zonas del cuerpo expuestas al Sol, debido a que las porfirinas
originadas en el hígado son transportadas por el plasma de la sangre hasta la epidermis. En
estos casos es frecuente que aparezcan ampollas en el dorso de las manos, brazos y rostro.
Además, la piel de las manos es sensible a pequeños traumatismos por golpes leves.
Diagnóstico y tratamiento
Un clima sin violencia es necesario para una buena convivencia en los contextos escolaes,
pero no es suficiente. Posiblemente, la violencia sea producto de climas escolares en que no
existe buen trato, en que no hay preocupación suficiente por el bienestar emocional de los
estudiantes ni de sus profesores, y donde no existen espacios para el desarrollo de las
competencias emocionales.
La familia puede ayudar al niño a generar una actitud abierta y generosa, que lo hará una
persona más tolerante. Es importante que también cuente con la certeza de que sus padre
estarán disponibles para escucharlos y para guiarlos cuando enfrenten conflictos.
Preocuparnos por formar niños que sepan compartir y convivir en forma armónica con sus
iguales y que, asimismo, sepan defenderse, no solo contribuirá a que ellos sean más felices,
sino a formar personas que puedan contribuir a construir una convivencia más sana.
Lo más importante es ver cómo estamos aportando a estas conductas negativas entre
los niños. Es decir, qué hacemos, como padre o madre, para evitar el bullying en las
escuelas. Creo que en este minuto muchos se dirán con relajo “yo no hago nada malo”;
“en el colegio de mi hijo/a no hacen bullying”, etc. Sin embargo, en una sociedad vacía
de valores, sí podemos hacer algo esencial y más participativo.
Sería bueno enseñarles a nuestros niños, que no solo tienen derechos, sino que
también deberes y, entre esos, el respeto al resto. “No hacer lo que no nos gusta que
nos hagan” es un muy buen consejo y un gran valor.
Lo interesante, desde la perspectiva del tema de la violencia contra los niños y niñas,
es que el video produce empatía, sonrisas, cierta alegría ante una escena familiar que
parece cotidiana; incluso se canta en familia, guitarra en mano.
Unicef se pronunció sobre este video viral: “A juicio del organismo internacional, el
video muestra claramente una agresión hacia los niños, que debería movilizar el
rechazo y repudio de quienes lo ven y no constituirse en un show aparentemente
divertido sonde se expone y humilla a los niños”, señalaba un comunicado.
La opinión en las redes sociales no se hizo esperar y en varios medios que publicaron
la noticia salieron comentarios que son dignos de analizar: “Teniendo en consideración
que no se puede reprender (violencia sicológica), no se puede castigar (palmada, tirón
de orejas y otros serían violencia física o maltrato), me pregunto, ¿por qué habrá tanta
delincuencia juvenil e infantil? ¿Les habrá faltado un “tatequieto” o algo similar?”; “Así
como lanzaron los Derechos del niño, debieron también lanzar los Deberes y hacerles
ver que toda acción lleva explícitamente una responsabilidad, ya sea para bien o mal”.
Como se aprecia, para justificar los “tatequietos” de la madre del video los opinantes
extreman el argumento. Lo que se quiere señalar es que les hace bien a los niños,
sobre todo a los desobedientes de sus padres, el que se les castigue con coscorrones
o tirones de orejas. Hay un reconocimiento de la falta de herramientas no violentas
para orientar la conducta de sus hijos cuando no responden a lo que los padres
establecen como lo correcto. En otras palabras, hay una normalización del castigo
hacia los hijos porque son “propiedad” de los padres y quienes mejor saben lo que les
hace bien para su presente y futuro son ellos. En resumen, la cultura autoritaria vuelve
a expresarse: los padres, los mayores, son los sensatos que saben lo que es bueno
para los hijos; los menores, a los que hay que formarles el juicio moral.
Por este camino nunca llegaremos a tener una sociedad menos violenta, más
democrática y libre, más bien se legitima la degradación del otro por su condición de
edad, que no merece respeto ni igualdad en el trato. Sería interesante que aquellos a
quienes hemos citado se pongan en el lugar de un niño y se apronten a recibir un par
de “coscachos”. Es probable que nos les guste, porque esa es medicina para los
menores de edad.
Torres, O. Los señores de Unicef o el “tatequieto” de la señora Jacqueline. En La
[Link]
Cabe recordar que ninguno de nosotros está libre de tener alguna discapacidad
durante nuestra vida o de tener a algún familiar o ser querido que padezxa alguna
necesidad educativa especial.
Por esta razón, todas las personas involucradas en el trabajo de la educación especial
somos responsables de sensibilizar, educar y motivas a quienes desconocen el tema.
De esta forma estaremos contribuyendo poco a poco hacia el camino de la tan
anhelada inclusión.
La música es una de las expresiones más fabulosas del ser humano, ya que logra transmitir
de manera inmediata diferentes sensaciones que otras formas de arte quizás no pueden.
Tal como sucede con muchas otras formas de expresión cultural, la música es una manera
que tiene el ser humano para expresarse y representar diferentes sensaciones, ideas y
pensamientos. Así, la música es de vital importancia, no solo por su belleza y valor estético
(elementos de suma relevancia en lo que respecta al acervo cultural de una comunidad o de
una civilización), sino también como soporte a partir del cual el ser humano se puede
comunicar con otros y también consigo mismo, ya que la música puede ser disfrutada tanto
social como individualmente.