Testimonio
El testimonio, en tanto género híbrido ubicado al interior del campo literario, es sin dudas
reciente. La así llamada literatura testimonial resulta institucionalizada alrededor de 1970,
en Cuba, como resultado de la búsqueda por parte de escritores, intelectuales y críticos
latinoamericanos de nuevas formas de expresión artística capaces de dar cuenta de la
profunda transformación sociopolítica y cultural en la veían inmerso al continente. En este
sentido, el ensayo La novela testimonio. Socio-literatura del escritor cubano Miguel Barnet
(1969) aparece como temprano manifiesto de los postulados y los objetivos de este nuevo
género: “la llamada ficción cada vez va perdiendo más consistencia” (281) declara el autor
de Biografía de un cimarrón. Se cifra entonces esta nueva alternativa estética,
orgullosamente presentada como antagonista de la narrativa ficcional, en el giro hacia lo
que podríamos llamar la más inmediata realidad, hacia la verdad. Continúa Barnet: “la
primera característica que entiendo debe poseer toda la novela-testimonio [es] proponerse
un desentrañamiento de la realidad, tomando los hechos principales, los que más han
afectado la sensibilidad de un pueblo y describiéndolos por boca de uno de sus
protagonistas más idóneos” (288). En un contexto de suma urgencia política —con el
triunfo de la Revolución cubana y la consiguiente esperanza por parte de otros pueblos
latinoamericanos de nuevas formas de organización social—, aquello que podríamos
calificar de compromiso, en su más sartreana acepción, encuentra su nido en la literatura
testimonial, en la denuncia y la celebración que le son inherentes en su deseo de verdad. El
testimonio latinoamericano se apoya, desde el comienzo, en las antípodas de la historia
hegemónica; busca desmontarla y, en ese largo proceso, construir una nueva historia,
registrar otras vidas. La definitiva canonización del género toma lugar cuando, en 1970, el
premio Casa de las Américas agrega la categoría Testimonio a su certamen, otorgándole el
reconocimiento a La guerrilla tupamara de la periodista uruguaya María Esther Gilio.
El Otro y su lucha por el poder
En el específico modo de producción de discurso que el testimonio presenta, determinado
este por la situación histórica ya mencionada, se establecen, tanto para la crítica literaria
como para la sociología, nuevas tensiones con respecto a la posición de los sujetos de
enunciación. El complejo sujeto social arquetípico del testimonio, es decir, aquel formado
por el letrado más la voz marginada, se inscribe en la Historia1 buscando precisamente
minar los fundamentos de la misma. Erosionar y poner en duda la centralidad y la voz del
sujeto central europeo o norteamericano blanco, masculino, heterosexual y “civilizado” es
el objetivo de esta literatura. Si el testimonio puede ser leído entonces como crítica a la
modernidad es porque busca, tal y como teoriza Hugo Achugar (2002), dar cuenta de “las
barbaries realizadas en nombre del progreso” (54), registrar las atrocidades sufridas por
aquellos sujetos “Otros” de la Historia, los desposeídos y marginados: los subalternos, en
palabras de Spivak (1998). El carácter de historia alternativa que este género
indefectiblemente presenta se constituye realmente cuando los “excluidos” de la historia
oficial acceden al “espacio letrado” y se encuentran en condiciones de escribir una nueva
historia, una historia desde el Otro, según propone Achugar (56), y ya no una historia del
otro. Su pulsión es entonces la de la heterogeneidad, la de la democracia, aún a pesar de que
los textos testimoniales resulten, en su enorme mayoría, escritos y editados por un
intermediario letrado solidario: un periodista, un novelista, un antropólogo, etc. Ese gestor,
afirma Barnet (1969), “debe servir como eslabón de una larga cadena en la tradición de su
país. Debe contribuir a articular la memoria colectiva, el nosotros y no el yo” (294).
Abandonando el ego del letrado, el testimonio debe también cuidar su no conversión en
llano discurso autobiográfico, en retrato de la vida íntima: por el contrario, lo que se
persigue es el discurso del yo engarzado en el ámbito de la esfera pública, su inserción en
las ruedas de la historia. Aquello que finalmente aparece siempre representado en estas
obras es la lucha por el poder, el cuestionamiento contra la hegemonía discursiva de los
sectores dominantes y, en múltiples casos, la construcción de la memoria colectiva. Éste
último ítem cobra vital importancia, por ejemplo, en los procesos posdictatoriales
latinoamericanos en donde, con el retorno a la democracia, los silenciados, las víctimas de
la represión estatal, encontraron la posibilidad de recuperar su voz y narrar así su versión de
los hechos. En este sentido, el desvelamiento del pasado suele revelarse una apuesta hacia
el futuro al tiempo que una herramienta contra los negacionismos; el testimonio
funcionando entonces como el primer paso: “para poder cambiar un estado de cosas de un
modo deseable, la acción efectiva debe ir más allá del testimonio para adquirir formas más
1
Refiere, el uso de la mayúscula inicial, a la historia entendida específicamente en tanto constructo discursivo
desarrollado por los centros de poder hegemónicos.
comprensivas de la práctica social y política” (LaCapra, 2009:26). Casos paradigmáticos en
este sentido lo componen, entre otros, Operación Masacre de Rodolfo Walsh, quien se
propone rescatar del olvido oficial a los fusilados de José León Suarez, y La escuelita de
Alicia Partnoy, que colecciona relatos testimoniales y arroja luz sobre los horrores que se
sucedían puertas adentro del centro clandestino de Bahía Blanca durante la última dictadura
militar argentina.
Ficción y/o no ficción
Si bien lo hasta ahora expuesto traza las principales líneas y problemas de lo que
contemporáneamente podemos entender como literatura de testimonio, cabe especificar que
ninguna conceptualización del género debe ser entendida como absoluta y es que, como
telón de fondo, aparece y reaparece la cuestión de la ficción y sus límites, de la literatura y
sus competencias. Como afirma Victoria García (2015) “el testimonio, como género ‘no
literario’ que se ‘convirtió’ en literario, pone de relieve la contingencia de la literatura: el
hecho de que su misma condición se encuentra en debate” (15). Lo que la comunión de
testimonio y ficción en definitiva presenta es la discusión al respecto de las fronteras entre
el discurso narrativo factual y el ficcional. Siguiendo a Schaffer (2010) postulamos que, a
pesar de que ambos registros poseen diferencias desde la perspectiva semántica (la de la
referencia, o su falta, con el mundo real), sintáctica (la de su estructura lógico-lingüística) y
pragmática (la de sus intenciones y pretensiones explicitas), reducir su dificultad a una
tajante oposición entre lo real y lo ficcional se revela contraproducente y acaba anulando
ricas complejidades inherentes al género.
En este sentido y retomando el tópico de la memoria y sus traumas, interesante resulta el
análisis de distintas obras publicadas en la Argentina luego del retorno de la democracia en
1983 y la relación que estos testimonios mantienen con la ficción. En estas obras las
funciones de la ficción se revelan indispensables para la construcción del propio testimonio:
ella misma puede resultar invocada con el objetivo de hacer aprehensible una experiencia
por demás imposible de concebir debido a su brutalidad y violencia o, en otros casos, para
dotar de voz a los asesinados por el terrorismo de Estado, para reponer su ausencia y
representar así sus vivencias. Otra vital función de la ficción la constituye, por supuesto,
aquella que busca establecer una forma de distancia con el evento traumático: la distancia
de la ficción se revela así como condición de posibilidad para relatar lo que, de otro modo,
sería sumamente doloroso recordar.
Como vemos, los límites entre lo ficcional y lo factual distan mucho de ser absolutos y,
por el contrario, ambas categorías tienden a retroalimentarse en la construcción del
testimonio. Para un correcto análisis del género no deben sino de abandonarse las
anquilosadas y tajantes oposiciones que sustraen la literatura de la realidad sobre la que
opera: después de todo, demuestran los testimonios, “estas narrativas no dejan de hacer
política (testimonio) mientras hacen literatura (ficción)” (García: 2018: 397).
Bibliografía
— Achugar, Hugo y John Beverley (Eds.), “La voz del otro: testimonio, subalternidad
y verdad narrativa”, en Revista Abrapalabra / Universidad Rafael Landívar, pp. 61-84,
2002.
— Barnet, Miguel, “La novela testimonio: socio-literatura”, en Unión N° 1, 99-122, 1969.
— García, Victoria, “Testimonio y ficción en la narrativa argentina”, en Lexis vol. XLII,
369-404, 2018.
— García, Victoria “Testimonio y literatura. Algunas reflexiones y tres realizaciones en
la narrativa argentina: Walsh, Urondo, Cortázar”. Kamchatka. Revista de análisis cultural
N° 6, 11-38, 2015.
— Lacapra, Dominick, Historia y memora después de Auschwitz, Buenos Aires: Prometeo
Libros, 2009.
— Schaeffer, Jean-Marie, “Fictional vs. factual narration”, en The living handbook of
narratology, eds. Peter Huhn et al Hamburgo: Hamburg University Press, 2010.
— Spivak, G. C, “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”, en Orbis Tertius, 3, 175-235, 1998.