Metamorfosis PDF
Temas abordados
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Temas abordados
TESIS DOCTORAL
AUTORA
DIRECTOR
2015
6
1. INTRODUCCIÓN .................................................................................................... 17
5.4. Modelo de codificación de mitos y películas para estudios de caso ....................... 232
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11
12
13
14
15
Uno de los cuentos más breves y menos conocidos del denso Kinder und hausmärchen1 de los
Hermanos Grimm, La llave de oro (Der goldene Schlüssel), sitúa la única escena de la acción en
uno de los parajes típicos de su repertorio: el bosque cubierto de nieve. Allí, llevado por
motivos puramente prácticos, un joven leñador se toma un descanso en su tediosa tarea para
preparar una fogata, de modo que comienza a escarbar entre la nieve y a colocar un montón de
leña seca. Sin embargo, antes de que pueda conseguir su propósito, que para él significaría un
oasis de luz y calor en tan desapacible paraje, se topa con una llave dorada, sepultada bajo los
copos durante quién sabe cuántas largas épocas. Un instrumento inservible para un jornalero en
medio de la foresta, que por sí solo no otorga luz ni calor; pero el joven sin nombre elucubra de
inmediato que donde reposa una llave aguarda un cofre, y continúa removiendo la nieve, en
busca de su segundo objetivo.
1
Cuentos de niños y del hogar (1812).
17
La identidad de La llave de oro dentro de los esquemas generales y más repetidos en la obra
de los Grimm ha conducido hacia un debate acerca de su finalidad entre el resto de los cuentos,
construidos a partir de los recursos fantásticos, terroríficos y moralizantes más comunes en el
folclore de la vieja Europa. Y precisamente con la tradición de tan antiguo continente, y no con
su repertorio de personajes y tramas arquetípicas, enlaza la esencia de este breve relato. No en
vano el joven que protagoniza la historia es alguien anónimo, una persona sin características
específicas salvo su inagotable afán por saber más y su creatividad ante elementos comunes
para los demás mortales. ¿Qué hace un verdadero narrador sino alargar un poco el suspense,
hallar motivo de interés en objetos que cualquier otro desdeñaría? La magia de lo imposible, dar
sentido a una llave fuera de contexto, recorre la obra completa de los Grimm, de sus colegas de
profesión, anteriores y posteriores, de todo aquel que en un momento dado ideó, escribió o
narró de viva voz una historia. La llave de oro funciona como corazón arcano de los cuentos de
los Grimm, del hecho narrativo en sí, y por ende también de este trabajo. La perpetuación desde
tiempos inmemoriales de un tesoro sin propietarios ni apellidos, cuya fabricación se remonta a
un pasado oscuro e ininteligible y que continuará transmitiéndose entre manos anónimas,
mortales frente a la inmortalidad de lo que contiene el cofre.
Son interrogantes que por descontado no hallarán solución en estas páginas. Quién perdió o
abandonó en la nieve la llave de oro, quién la forjó, quién seleccionó el contenido del baúl y
cuáles eran sus caudales son incógnitas que preservan su encanto por carecer de respuestas,
pero que en cualquier caso resultan imposibles de desentrañar. Más importante y estimulante
resulta el análisis del proceso que implica la existencia de esa “llave de oro” narrativa; los
aparentemente sencillos, continuos, universales y desapercibidos motivos por los que las
historias de siempre y sus bases continúan pasándose de un usuario o creador a otro, sin
sospecha de ser canalizadores de un hilo más largo, fino y resistente de lo que aparenta a
primera vista. Como el ovillo de Ariadna, la princesa cretense que ayudó al héroe Teseo a
moverse por el Laberinto de Minos sin riesgo de perderse en sus recovecos, un rebujo de
componentes fundamentales siguen tendiendo los cabos necesarios para que toda historia halle
su cauce y su sentido. Porque, al contrario de lo que sucede en la realidad, ese conjunto de
materia básica promueve historias uniformes, en cuanto a unidades individuales y como partes
de un todo narrativo, de la totalidad de un género, un medio, un estilo, una corriente estética,
una cultura, una tradición popular, una localidad, comunidad, país o continente.
Basta recordar a otra secundaria de la mitología clásica, la joven Europa, hija del rey de
Fenicia, que acude a la playa a recrearse y se topa con un hermoso ejemplar bovino, que no es
2
«El poema restante se aleja en el tiempo futuro.»
18
Europa entró en el mar y se propagó a lo largo y ancho del mundo; los mitos clásicos de la
era grecorromana expandieron su influencia hacia culturas aledañas y septentrionales; estas, a
su vez, ya habían ejercido similar efecto sobre los escritores de la Antigüedad Clásica. Cuando
los Grimm mencionan una llave —y ellos son los auténticos leñadores del cuento—, están
rindiendo homenaje a una tradición oral, posteriormente escrita, que posee un desarrollo lineal,
pero una compleja maraña de trayectorias narrativas. Preguntarse por la procedencia de la llave
de oro equivaldría al típico dilema de qué fue antes, el huevo o la gallina. Y, aunque existan
hipótesis científicas más o menos consensuadas, todavía no se ha suscrito al cien por cien un
acuerdo sobre el origen de cada tesela del puzle de las narraciones.3 Ni todavía ni,
3
Teodoro Bunfey teorizó en el [Link] que los cuentos nacieron en Egipto antes de que circulasen por la
India, el mundo árabe y Europa, en ese orden.
19
«Preguntarse por los orígenes de las historias equivale a preguntarse cuál es el origen del
lenguaje y del pensamiento.»4
Sin duda, las historias no constituyen la materia prima de la supervivencia humana, pero sí
toda vez que las demás necesidades físicas han sido cubiertas. De ahí que no se mencione en
qué país un leñador encuentra una llave dorada —y en todos los continentes nieva, aun como
fenómeno poco frecuente—; un metal, además, conocido y apreciado por prácticamente todas
las culturas del planeta. Incluso entre aquellas que jamás entran en contacto con el oro, como
por ejemplo el pueblo esquimal o los indios norteamericanos, no sería descabellado imaginar
que un objeto tan brillante y poco común terminase capturando también su atención. El
conflicto, sin embargo, es este: ¿cómo elementos tan comunes han podido mantener su fuerza y
reinventarse de continuo como descubrimientos espontáneos, extraordinarios y nunca vistos? El
público contemporáneo —el público de todas las épocas— se queja de la reiteración de las
mismas historias, pero continúa acudiendo a ellas, movido quizá por una fe inquebrantable,
ancestral y subconsciente en que algún día la llave encajará en la cerradura correcta. El oro
convertido en llave y en figurado tesoro; una cultura y sus tradiciones en una joven que
4
TOLKIEN, J.R.R., On Fairy Stories (1947), ensayo recogido en Tree and leaf, recurso en línea
[[Link]
En adelante, las citas correspondientes a textos tomados de fuentes originales en idioma no castellano
habrán sido traducidas por la autora del trabajo.
20
En alguna etapa mágica y decisiva de ese proceso de construcción de las primeras historias
se produjo un cambio, y el mayor de todos los cambios sucedió desde el instante en que lo real
pasó a alimentar narraciones ficticias. Ese gran cambio, tan fácil de acometer que a día de hoy
pasa desapercibido, es una metamorfosis en toda regla: la realidad se convierte en ficción, esta
despliega sus alas sobre la imaginación de los hombres, que recurren a palabras para
describírsela a otros, más tarde a las piedras, las tintas, las imprentas, los dibujos en mosaicos,
murales, capitulares, lienzos; las máscaras teatrales y los cuerpos de los actores, las letras de las
canciones, la escenografía de espectáculos musicales, de monólogos orales; los monigotes del
guiñol y las siluetas que se recortan contra las paredes, los bustos y esculturas, las viñetas y las
tiras cómicas, los cortometrajes, los mediometrajes, los seriales, las películas. De una fase a la
siguiente, la complejidad y la riqueza de la metamorfosis del hecho narrativo acentúan que ese
acto es, en sí, un camino de continuo retorno, un viaje circular. El hombre que esculpió el
primer personaje divino o mitológico en un bloque de arenisca no se diferenciaba tanto de
James Cameron acercando la primera cámara de grabación directa en tres dimensiones —la
stereoscopic 3D camera— a los actores de Avatar (James Cameron, 2009).5 Salvando las
posibles distancias cualitativas e históricas en uno y otro campo. El salto entre esos dos
extremos, como se irá desgranando a lo largo de este trabajo, no comporta un trayecto cerrado,
de tal manera que resultaría imposible y temerario aventurar conclusiones contundentes tras el
estudio de este fenómeno. No obstante, y apuntada ya la circularidad reiterativa del
comportamiento narrativo humano y artístico, es posible que la observación de las
metamorfosis acaecidas desde la Antigüedad hasta el segundo cambio de milenio de la era
cristiana revele un patrón más o menos estable, a partir del cual no podrán predecirse futuros
medios de narración, pero sí sus esquemas primarios.
Volviendo al ejemplo aportado líneas más arriba: ¿qué tipo de metamorfosis ha obrado su
efecto entre la escultura minoica y el 3D de Avatar? Más bien cabría abordar la cuestión desde
sus puntos coincidentes, y dilucidar qué hay en común entre tan distintas manifestaciones
artísticas. En ambos casos existen dos hombres, dos seres individuales deseosos por transmitir
un concepto que atesoran en sus mentes acerca de mundos irreales y fantásticos. Los dos
disponen de herramientas adecuadas para su tarea, o más precisamente hacen uso de aquellos
materiales cuyo contexto les facilita: cinceles para una era de trabajos manuales, cámaras de
vídeo para tiempos digitales. Pergeñada la idea y obtenidos los medios, sólo falta representar en
la realidad esos productos de su imaginación, y que, verbigracia de las metamorfosis físicas,
pasarán a formar parte de la realidad. Llegando incluso a desarrollar el poder de confundirse con
5
Un discurso similar trazaba el profesor y escritor Román Gubern en su ensayo Del bisonte a la realidad
virtual (1996).
21
Publio Ovidio Nasón, poeta romano nacido el año 43 a.C., no inventó las metamorfosis. Las
metamorfosis, entendidas como suceso narrativo que representa la transformación de objetos
inertes en seres vivientes y a la inversa, ya habían espoleado la imaginación de mitógrafos,
rapsodas y hombres corrientes con anterioridad al maestro latino. Su obra las Metamorfosis
(Metamorphoseon), escrita entre el primer y el segundo año de la era cristiana, no reveló
recursos nuevos al mundo que vivía a orillas del Mediterráneo, ni a aquellos otros pueblos que
nunca habían recibido noticias de esas costas, o al menos muy leves y lejanas. ¿Por qué,
entonces, tomar como referente a Ovidio y sus Metamorfosis?
En primer lugar, por economía y afán de síntesis. Ante una propuesta como la planteada en
estas páginas, la necesidad de establecer un coto que al mismo tiempo sirva de sumario se
vuelve más perentoria que nunca. Las Metamorfosis ovidianas son un vademécum de relatos
preexistentes, sometidos durante largas centurias a la acción de la oralidad y del gusto y la
expresividad de sucesivos vates. Dada la imposibilidad técnica de establecer cuáles fueron las
primerísimas fábulas concernientes al recurso de las metamorfosis, y de que a partir de ese
agujero negro comienza un peregrinaje entre distintas y variopintas tierras y modos de
escritura, el primer gran representante del “género” se convierte en indiscutible referente. Y no
sólo como primera gran obra conocida acerca de ese tema, sino como imprescindible referente
en todas las reelaboraciones e invenciones posteriores. Al fin y al cabo, la Estrella Polar de esta
investigación equivale a la búsqueda de elementos comunes y perpetuos en diferentes obras del
mismo o distinto medio transmisor. Motivo que encarnarán las historias de las Metamorfosis,
como episodios dramáticos, pero también su esencia y significado intrínsecos, que conducirán el
discurso desde lo interno hacia lo externo; a partir del contenido y efecto representativo de las
metamorfosis hasta alcanzar el puro acto del cambio que quizá se haya producido o no, a lo
largo del tiempo, en los elementos básicos, las apariencias y las vías propagadoras de esos
mismos relatos.
Cuentos inmortales, conocidos por casi todos, bien protagonizados por sus personajes
originales, o sus equivalentes griegos, o sus reescrituras modernas, concebidas después de la
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Pues, si las metamorfosis ficticias, de corte fabuloso, fantasioso y divino, suelen centrar el
traslado de hálitos misteriosos entre materia viva e inerte, el vocablo también puede hacer
referencia a la simple y extraordinaria transformación de lo viviente en otro ser de imagen
opuesta. Acepción científica que, de la misma manera, podría inspirar la transmutación de lo
muerto en otra cosa muerta, o el cambio de lo externo sin variaciones del alma, o todo lo
contrario. Las variantes de la palabra “metamorfosis” se aplican a la variedad de registros
narrativos inspirados por ella, y a veces se corresponden unas a otras y acentúan el debate en
torno a qué fue antes, el fondo o la forma.
En las páginas de Ovidio, los humanos sufren cambios zoomórficos y los seres vegetales
están capacitados para comportamientos sensibles, incluso sus partes se agrupan y mueven
según rasgos antropomorfos. Al mismo tiempo, estas historias son resultado de narraciones
previas sometidas a las conversiones de la lengua, las culturas, las costumbres sociales, los
ideales, los preceptos y el simple paisaje natural, y darán pie a formatos nuevos, como las
fábulas en las que los animales mantendrán el don del habla y del raciocinio sin que medie
hecho fantástico en el nudo del relato.6 Un respeto fidedigno a los ingredientes protagónicos de
la lírica ovidiana aparecerá en medios no literarios, que transmutan a su vez el hecho narrativo:
la pintura, la escultura y las tragedias y comedias teatrales y musicales basadas en el imaginario
grecorromano. Mucho más tarde, y de regreso al panorama escrito, las novelas, los novedosos
esquemas de relato, la poesía y los melodramas recuperarán, por activa o pasiva, el trasfondo
mítico sin que quede absolutamente nada de sus apariencias. Y la imagen hecha palabra, o la
palabra hecha imagen, el caso del cine, ejemplificará el mismo giro metamórfico: el paso natural
y arcano de unos modos de representación a otros, que bien respetan las formas y varían los
contenidos, o bien innovan en su aspecto y respetan cierta esencia clásica, o bien de manera
ingenua o temeraria intentan dinamitar ambas cosas.
En las Metamorfosis está contenido todo lo anterior. Los argumentos que obsequian al
lector con las vicisitudes de hombres y mujeres transformados, y de su posterior vida como
seres distintos a los que fueran. La discusión en torno a los cambios del cuerpo y el alma
afectará también a las disquisiciones de estas páginas. ¿Se aprecian estados radicalmente
6
En su ensayo On Fairy Tales, el escritor J.R.R. Tolkien llama a estos relatos beast-fables, y los excluye
del ámbito fantástico porque predomina en ellos una moral inherente y no un significado alegórico.
23
«Toda mesa vuelta del revés se convierte en un barco, cualquier palo se convierte en un remo,
las sillas se enjaezan como los caballos que hacen cabriolas.»7
¿Cualquier cosa, entonces, puede significar cualquier cosa? A raíz de este supuesto, que
tanto beneficia a una postura como a otra diametralmente distinta, podría acusarse a un trabajo
como este de discernir significados tan ocultos y fantasiosos como la serpiente de Saint-
Exupéry donde sólo reposan realidades simples como un sombrero. No forma parte del cuerpo
7
CAMMAERTS, Émile, The poetry of nonsense, E. P. Dutton & co., Boston, 1926, p.31.
24
Sin embargo, todos ellos, aun centrados en el apartado narrativo del producto
cinematográfico y en ciertos orígenes clásicos, han rastreado elementos muy concretos, como
arquetipos, tramas y valores, distinguiendo y clasificando sus referentes, descendientes e hijos
bastardos. Aunque esos estudios resultan perfectamente viables y completos dentro de sus
respectivos parámetros, para este caso se ha deseado profundizar en el concepto de las
metamorfosis, como maniobra de conversión narrativa y como suceso del relato —que las obras
antes mencionadas abordan en momentos puntuales, en especial a costa del motivo de la bella y
la bestia, que retrocede en el tiempo hasta el mito de Eros y Psique, recogido por Ovidio en sus
Metamorfosis—. No se tratará, pues, de identificar exclusivamente los mitos clásicos en obras
modernas. Como ya se ha indicado, será un trayecto circular, mediante avances y retrocesos,
que planteará las razones de las pervivencias de esos argumentos antes que su mera
enunciación. Cuáles son, por descontado, y por qué cualquier narrador continúa aferrándose a
ellos, aun mediante un invento tan revolucionario para los antiguos como el cine. A modo de
última etapa, se procederá a la observación detallada de ejemplos concretos, que sirvan de
muestra de la globalidad de lo examinado, y que poco a poco conducirán al esclarecimiento de la
duda principal: ¿ha cambiado realmente algo, y qué, cómo y por qué lo ha hecho?
8
BALLÓ, J. y PÉREZ, X. La semilla inmortal: Los argumentos universales en el cine. Anagrama:
Barcelona, 1997; BOU, Nuria y PÉREZ, Xavier, El tiempo del héroe : épica y masculinidad en el cine de
Hollywood, Ediciones Paidós, Barcelona, 2000.
9
CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito, Fondo de Cultura Económica,
México, 1972.
10
TOBÍAS, Ronald, El guion y la trama, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 1999.
11
SÁNCHEZ-ESCALONILLA, Antonio, Guion de aventura y forja del héroe, Ariel, Barcelona, 2000.
25
Defendía el pintor catalán Joan Miró que los mayores hallazgos de representación artística se
habían producido en la prehistoria, cuando antepasados de menor desarrollo cerebral
consiguieron reducir la realidad a unos pocos trazos, de color y disposición precisas. A partir de
esa primera tentativa de transformación de lo real, totalmente sometido a síntesis y genio
espontáneo, el hombre se ha dedicado a “perfeccionar” y ampliar la plantilla básica que legaron
los neandertales. Toda nueva aportación, correspondiente a sucesivas civilizaciones y corrientes
artísticas, debería, en términos estrictos, mejorar el parecido entre la representación y el objeto
de representación, difuminando sus límites hasta el punto de que parezca que la metamorfosis
no se ha producido. Si original y copia se asocian hasta extremos de confusión, casi enfermizos,
¿cuál ha sido el cambio? Sin embargo, en esta percepción interfiere en gran medida el grado de
saber e ignorancia del público destinatario: los fieles de las iglesias románicas creían a pies
juntillas que los santos y demonios pintados en las bóvedas de los templos los observaban. En
pleno albor del siglo XXI se rueda una película como Copia certificada (Copie Conforme,
Abbas Kiarostami, 2010), que pone en tela de juicio todas nuestras certezas acerca de lo
verdadero y lo falso, lo inventado y lo vivido, la fuente de inspiración y el producto
cinematográfico.
12
Objetivos ya abordados por múltiples obras nacionales, como De la literatura al cine: teoría y análisis
de la adaptación (2000), de José Luis Sánchez Noriega, La adaptación cinematográfica de textos literarios
y Reescrituras fílmicas: nuevos territorios de la adaptación (2010), de José Antonio Pérez Bowie, o El
26
Incide Seth Lerer en que Estados Unidos es un país que vive siempre entre el recuerdo y la
anticipación.13 Según una interpretación de naturaleza narrativa, que remarca Lerer en su
análisis de la literatura infantil, esto significaría una vuelta a los orígenes para, a su vez,
adelantarse al tiempo presente y lanzarlos a un futuro (tecnológico) insospechado.
Es necesario recuperar el símil con Avatar, que será puntal de este viaje por las
metamorfosis del medio y de los medios que lo han precedido, fundamentado e inspirado. Puede
anticiparse ya que el 3D —entendido como técnica de profundidad de campo e interacción de los
niveles en escena, no como efecto sorpresivo encargado en fase de posproducción a empresas
subsidiarias— plantea una nueva disputa narrativa encarnizada y espinosa, y quizá llegue a
representar, tras el sonido y el color, otra cima de invento provisional con ínfulas de
permanencia alcanzada dentro de sus límites. Límites que de repente parecen volatilizarse y,
como mínimo, extenderse hacia un infinito inabarcable por el ojo humano. A pesar de no
compartir ninguna apariencia, ni tema, ni imaginario, ni aun público objetivo, en esa
encrucijada se superponen los discursos de James Cameron y de Kiarostami en Copia
certificada. La inasible magia de las correspondencias narrativas; la misma que provoca que
Ovidio persista en películas de factura ultramoderna, o que los retablos barrocos, góticos y
románicos se sitúen en la protohistoria del lenguaje del cómic. Y esto reaviva la duda: ¿la
apariencia queda reducida, en consecuencia, a un simple transmisor de ideas continuas y
milenarias? El dilema no es tan simplista, y precisamente las apariencias formarán un lugar
indispensable en las disquisiciones de estas páginas: ¿deberá entenderse el cine como última y
máxima metamorfosis física de los múltiples y sucesivos modos de narrar las mismas historias?
¿O estos cambios epidérmicos han acabado afectando también al fondo de los recipientes,
rascando sus contenidos y mutándolos?
27
«Las cámaras tienen que moverse; de otro modo gran parte del efecto 3-D se pierde.»14
No se trata sólo del qué, sino del cómo. Las limitaciones de la pantalla —que en un futuro
tenderán a romperse para que el espectador participe por completo de lo representado, en un
ángulo de 360°— impiden el equívoco absoluto entre realidad y representación, pero se trata del
intento más cercano al éxito visto hasta ahora. Y recupera esa vieja cuestión: si la copia se
confunde con aquello que emula, ¿cuál es la diferencia prioritaria? Cuando Cameron consigue lo
inimaginable por los escultores clásicos, que sus herramientas le permitan construir un ser
inexistente, móvil, dotado de personalidad, en apariencia vivo, ¿cuál ha sido la metamorfosis?
Una réplica biónica y exacta de un ser humano, o de una mariposa, están unidas a sus originales
mediante una primordial esencia, lo cual acerca la hipótesis a un determinado discurso de la
ciencia ficción cinematográfica. Con la salvedad de que en este caso no interfieren códigos éticos
—a excepción de los plagios, que tampoco interesarán para el objetivo de estas páginas—, de tal
forma que cualquier relación entre referentes y derivados contribuirá a un mayor
enriquecimiento del universo narrativo.
Si ambas acepciones están contenidas en cada uno de los conceptos, por ende todos los
medios son capaces de representar la realidad y la fantasía. Y dado el sentido de la maravilla de
los mitos clásicos y de numerosas vertientes del cine de todas las épocas, podría afirmarse que
prima la metamorfosis de lo intangible en tangible. Sin embargo, se comprueba de inmediato
que, en el caso del séptimo arte, esa transformación se suma a su opuesta, en especial cuando
entran en escena técnicas como las tres dimensiones. Lo real inspira lo ilusorio, y esto a su vez
14
BRODY, Richard, The Dancing Camera, New Yorker Magazine, 14 de julio de 2010.
15
BARKAN, Leonard, The gods made flesh: Metamorphosis & the pursuit of paganism, Yale University
Press: New Haven, 1986, p.19.
28
Estas innovaciones proceden de la industria que en cualquier otra época también destacó
como pionera, por volumen de producción y cartel de recursos. El cine estadounidense, para
pesar o alegría de unos y otros, marca tendencias indiscutibles y abandera el desarrollo de
cambios de los que quizá no sea tan consciente en el plano narrativo como en el económico. Es
decir, no se trata de una defensa sino de una coincidencia tecnológica que, evidentemente, es
interesante como punto de partida hacia otros territorios y cines, no como monolito único y
exclusivo. Las cinematografías de distintas coordenadas geográficas, sujetas a otra clase de
capacidades e intenciones, han variado a ritmos más o menos capacitados sus métodos y
contenidos, por lo que también poseen un papel determinante y a lo largo de este trabajo se
abrirá un diálogo continuo entre el cine norteamericano y las producciones de otros continentes.
A modo de aleta dorsal, el cine made in USA marca una estela vinculada a partes iguales al
comercio, las modas y el arte que salpica a las industrias adyacentes, en ocasiones tomando
también inspiración de ellas, hecho que acrecentará la amplitud de la definición de las
metamorfosis narrativas.
Asimismo, parecen indefectibles las referencias a los cambios acaecidos desde finales del
siglo XX en los propios Estados Unidos y en la situación global del mundo occidental y de su
interrelación con el oriental. Parece un escollo insalvable, pero será sorteado: los vaivenes
socioculturales, políticos, económicos, científicos, biológicos y tecnológicos se han producido
siempre, en todas las épocas, y desde las primeras eras a las que hará referencia esta
investigación. El propósito central no se corresponde con una autopsia de los resultados de esos
cambios, fueran sutiles o violentos, sino con la etimología de una evolución antiquísima que
alcanza a nuestros días, y que continuará dando sus pasos. Como ya se ha advertido
anteriormente, este estudio no es un compendio definitivo, ni una búsqueda de significados
trascendentales en una década que, realmente, podría haber sido cualquier otra, pues en todas
hay hallazgos y acontecimientos importantes. En ese sentido, no se trazarán lazos axiomáticos
entre las transformaciones narrativas y los cambios de la sociedad, aunque unos dependan de
otros y sea indispensable, cuando así corresponda, un análisis comparativo. Pero, a modo de
ejemplo, no se tomarán sucesos concretos, como los atentados del 11-S o la crisis económica
16
Parece que, hasta la fecha de finalización de este trabajo, la francesa Adieu au langage (2014, Jean-Luc
Godard) ha provocado la mayor reflexión-juego metadiscursiva a partir de la tridimensionalidad.
29
El pensador John Locke afirmaba que las fábulas, sobre todo las de Esopo, que enseñan la
virtud, son perfectas si van acompañadas de ilustraciones. Como aquellos inocentes feligreses
que apreciaban pruebas divinas y demoníacas en los frescos del arte románico y gótico de orden
religioso, el cine ha sido considerado desde sus actas fundacionales como trasmisor de mitos al
pueblo que ya no tiene acceso a ellos —antes por analfabetismo, ahora por desconocimiento
generalizado de las fuentes clásicas, demasiado lejanas para el gusto imperante—. Ese «deseo de
transformar las narraciones populares en literatura escrita»,17 y que aparece referido en El asno
de oro (Asinus aureus) de Apuleyo, escrito en el siglo II d. C., una de las obras sucesoras de las
Metamorfosis; esa “enmienda” de los rudimentos del pueblo en alta cultura se produce en el
paso de los cuentos de ama de cría y marineros a manos de los poetas; también en la traslación
de lo clásico al ámbito de la superproducción. Y no únicamente como adaptaciones académicas y
fidedignas, que con sus métodos casi parecen arrepentirse de la metamorfosis que están
llevando a cabo, como si el cine no fuese digno de determinados referentes narrativos o como si
tuviese que emular su tono para equipararse en maestría.
Predominan, junto a las versiones más rígidas, los filtros de obras adultas reconvertidas al
público infantil, o llevadas del pueblo a las plumas de los intelectuales para luego devolverlas de
las esferas de la alta cultura a manos del receptor llano. Para entender esta transformación
radial, sirvan de paradigma las fuentes populares, clásicas y las leyendas sin autor que
inspiraron a William Shakespeare obras encumbradas a lo más alto de las cimas literarias, en el
siglo XVIII simplificadas de nuevo mediante los códigos de las bibliotecas juveniles en los Tales
from Shakespeare (1807) de Charles y Mary Lamb, para después volver a recuperar y perder el
brío adulto en versiones cinematográficas severas, paródicas, o inspiradas levemente y aplicadas
a contextos nuevos, más inteligibles para el público contemporáneo —desde los textos casi
íntegros de Ricardo III (Richard III, Richard Loncraine, 1995), Romeo + Julieta de William
Shakespeare (Romeo + Juliet, Baz Luhrmann, 1996), Trabajos de amor perdidos (Love’s
labour’s lost, Kenneth Branagh, 2000) o La tempestad (The tempest, Julie Taymor, 2010),
hasta traducciones libres como West Side Story (Jerome Robins y Robert Wise, 1961), Diez
razones para odiarte (10 things I hate about you, Gil Junger, 1999), Laberinto envenenado (O,
17
CLARKE, Bruce, Allegories of Writing: The Subject of Metamorphosis, State University of New York
Press: New York, 1995, p.63.
30
«A pesar de lo buenas que sean por sí mismas, las ilustraciones no favorecen a los cuentos. La
distinción radical entre todas las artes (incluyendo el drama) que ofrecen una representación
visual y la auténtica literatura es que aquella impone una forma visible. La literatura funciona
de mente a mente y resulta más fértil. Es al mismo tiempo más universal y más conmovedora a
nivel particular. Si menciona pan, o vino, o piedra, o árbol, apela al conjunto de todas esas
cosas, a sus ideas; aunque cada oyente les aporte una representación peculiar en su imaginación.
(...) Si una historia dice “escaló la colina y vio un río en el lejano valle”, el ilustrador puede
captar, o casi captar, su propia visión de esa escena; pero cada receptor de esas palabras tendrá
su propia imagen, y estará formada por todas las colinas, ríos y valles que haya visto, pero en
especial por la colina, el río y el valle que representaron para él la primera encarnación de esas
palabras.»20
18
Un recurso menos novedoso de lo que aparenta, puesto que las burlas sobre obras o géneros intocables
han recorrido, y a menudo construido, la historia de las artes, y en el caso de la relación entre cine y
literatura se extiende a muchos otros autores, como Nathaniel Hawthorne en Rumores y mentiras (Easy
A, Will Gluck, 2010), o Jane Austen en Fuera de onda (Clueless, Amy Heckerling, 1995) y Pride and
prejudice and zombies (en preproducción) y la última moda de agregar elementos fantásticos a tramas
clásicas —Abraham Lincoln; Cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire hunter, Timur
Bekmambetov, 2012)—, lo cual implica una metamorfosis por adición.
19
BURKE, Edmund, De lo sublime y lo bello, Alianza, Madrid, 2001, p.46
20
TOLKIEN, J.R.R. (1947).
31
Más allá de la excusa romántica de que existirán tantas Tierras Medias como lectores, se
reabre el dilema ya apuntado: ¿sólo cambian los formatos y estos contribuyen a mejorar un
significado universal, como defendía Locke, o bien las apariencias son las que permanecen
inalterables, como las palabras que menciona Tolkien, y el significado de las cosas y las
historias fluye y varía al saltar de unas mentes a otras? En favor del medio audiovisual, habría
que reconocer la palabra —del relato oral y escrito— como otra metamorfosis de la realidad, un
modo de representación, al igual que lo serían las imágenes no verbalizadas o el mero hecho
físico de la luz entrando por la retina y proyectando un grupo de formas y colores con sentido
en el cerebro humano. No corresponde sopesar aquí las implicaciones del paso del relato oral al
escrito en materiales naturales —piedra, cuero, pergamino, tela, papel— y en soportes digitales
—los ordenadores, los teléfonos móviles, el ebook—,21 más que como receptáculos que han
favorecido la inmovilidad o el progreso de las historias que transmiten. Si estos procesos
resultan legítimos o no, fieles o adulteradores, es algo que escapa a los límites del tiempo y de
este trabajo. O en palabras de quien fuese una experta narradora, Isak Dinesen:
«No era extraño que Dios hubiese dejado de amarle, ya que, por propia voluntad, había
cambiado las cosas del Señor —la luna, el mar, la amistad, las luchas— por las palabras que las
describían.»22
La segunda paradoja que puede suponer esta espina dorsal del cine estadounidense es su
conexión con la mitología grecorromana. Por cuestiones de proximidad espacial y cultural,
parecería mucho más obvio el estudio de las metamorfosis narrativas vividas dentro del campo
de acción de Ovidio, en torno a los países que bebieron desde sus etapas más oscuras de la luz
de los mitógrafos del Mediterráneo. Las metamorfosis del cine europeo a través del trasfondo
ovidiano es una premisa igualmente lícita. No hay que olvidar, además, que en contra de los
ideales de las mentalidades europeístas, cada país del continente posee identidades, pasados y
fondos narrativos tan dispares como sus tradiciones o lenguas. Hallar una conectividad entre
todos ellos habría supuesto un reto tanto o más estimulante, pero que perdería el norte de las
metamorfosis narrativas en una miríada de evoluciones distintas. Estados Unidos, carente de
21
Corresponde mencionar sobre este tema el ensayo de Román Gubern Metamorfosis de la lectura
(Anagrama, Barcelona, 2010), en el que arranca con una potente metamorfosis, la del hueso de la
secuencia inicial de 2001: Una odisea del espacio (2001; A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968)
convirtiéndose por efecto de un encadenado visual en una futurista nave espacial. El resto del ensayo
discurre alrededor de la necesidad humana de fijar por escrito el pensamiento, y de los cambios
antropológicos y socioculturales que han acompañado a la variación de los medios en los que se ha
realizado y las percepciones de la audiencia.
22
DINESEN, Isak, Cuentos de invierno, Alfaguara, Madrid, 2004, p.18.
32
En realidad, y como principal hipótesis de partida, nada es tan cambiante como aparenta.
Ni tan substancial o novedoso. Como señalaba Anthony Lane en un artículo para New Yorker,
en referencia al visionado de una película en 3D:
«La mente va a tientas hacia lo más profundo de la imagen. Las ramas escuálidas de un árbol en
primer plano salen hacia nosotros como si fuesen a sacarnos los ojos.»23
Aunque no es 3D todo lo que reluce, en especial para las metas marcadas en este trabajo:
no se tendrán en cuenta procesados posteriores a un rodaje normal, en película o digital, ya que
corresponden a una estrategia oportunista de resultados (narrativos) insatisfactorios y
contradictorios.24 Tampoco aquellas aplicaciones de intención puramente realista, caso del
documental Misterios del Titanic (Ghosts of the Abyss, James Cameron, 2003) que rodó
Cameron con su reality camera para ser proyectado en IMAX. Las posibilidades de fidelidad a
lo real brindadas por el formato 3D, y que fomenta un práctico desarrollo en el campo científico
y medicinal, carecen de relevancia para este trabajo: no median narraciones ni metamorfosis de
23
LANE, Anthony, Third Way. The rise of 3-D, New Yorker Magazine, 8 de marzo de 2010.
24
Gran parte de los “superestrenos” a partir de 2010 tuvieron su versión 3D fabricada a posteriori, desde
cintas de superhéroes hasta la Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, Tim Burton,
2010). Moda que está afectando también a cintas bidimensionales, como los grandes clásicos Disney
reconvertidos al 3D, o la suma del efecto a películas de animación digitales, como las producciones de los
estudios Dreamworks, Sony y Pixar. Hasta la fecha, parece que únicamente Francis Ford Coppola se ha
atrevido a ridiculizar el uso del 3D como un gimmick, a la vez que plantea una lectura metanarrativa, en
su obra Twixt (2011).
33
«Desafortunadamente, vivimos en un nuevo mundo donde todas las cosas divertidas han
desaparecido. Todo es virtual.»25
25
CORLISS, Richard, A Conversation with George Lucas, Time Magazine, 14 de marzo de 2006.
26
GUBERN, Román, Metamorfosis de la lectura, Anagrama, Barcelona, 2010, p.49.
27
La serie de televisión Fringe (FOX: 2008-2013), creada por J.J. Abrams, desarrolla esta tesis en torno a
la existencia paralela de dos universos conformados por los mismos elementos, sometidos a su vez a
sutiles y determinantes variaciones. Sin embargo, cuando se abre una falla entre ambos mundos, el
espacio comienza a ser compartido y se revela que, por una cruel ley de supervivencia, sólo puede existir
uno. Al menos si la batalla entre los dos no se encarniza y, finalmente, todo termina destruido. ¿Toda
ficción paralela termina absorbiendo y destruyendo a los modelos en los que se inspira?
34
28
NABOKOV, Vladimir, Curso de literatura europea, RBA, Barcelona, 2010, p.30.
35
Los primeros romanos se referían, en latín, a los tesoros como thesaurum, término que amplía
su significado con mayor concreción hacia el de “tesoro oculto, guardado o escondido”. Esto
enlaza con un dicho popular de la Antigua Roma: Thesaurus omnium rerum memoria. El
mayor tesoro es la memoria. El tesoro de todos los conocimientos. En el País de Nunca Jamás
los Niños Perdidos necesitan que alguien de fuera vaya a contarles historias, porque allí no
existe la memoria.29 En su Canción de Navidad (A Christmas Carol, Charles Dickens, 1843),
Ebenezer Scrooge no consigue derrotar el brillo del segundo espíritu con un apagavelas como
sugerencia de que la luz de la memoria, y por tanto de los errores del pasado y la lección
aprendida, no puede apagarse fácilmente.30 Oculta, o guardada por alguien desconocido, pero
sobre todo escondida, estaba la llave de oro del relato de los Hermanos Grimm, que abría paso a
un cofre asociado, por el contenido más usual de los cuentos, a una fabulosa fortuna.
Pero dicho contenido maravilloso nunca nos es revelado, en principio por estrategia
narrativa, en segundo lugar por cuestión de fondo: no puede accederse tan fácilmente al
conocimiento, y ambicionar el acceso a todos los conocimientos es un asunto que nunca debería
asumirse a la ligera, ni aun entre los más sabios.31 Mas, tomando como estímulo la principal
causa de las Metamorfosis de Ovidio —agrupar los mitos que han forjado un pueblo en un
extenso poema dotado de unidad y estructura—, el concepto de tesoro va más allá. Y, como se
comentaba en el capítulo anterior, el cuento de La llave de oro y el proverbio latino apuntalan la
importancia de la tradición oral como primer canal, si no origen, de las historias transmitidas de
un ser humano a otro. Una asociación de términos, tesoro-memoria-historias, que en el ámbito
de la ficción encontraría fórmulas de expresión como la desarrollada por los Grimm en el
29
TATAR, María, Peter Pan anotado, Ediciones Akal, Madrid, 2013, p.48.
30
HEARN, Michael Patrick, The Annotated Christmas Carol, W.W. Norton & Company, New York,
2004, p.78.
31
Resulta curioso que una película de hechuras tan disímiles a los preceptos latinos como Indiana Jones y
el templo de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystall Skull, Steven Spielberg,
2008) contenga exactamente esta enseñanza: al final, la villana de la función, Irina Spalko, obsesionada
con los hipotéticos tesoros que alberga un santuario precolombino, termina siendo aniquilada por una
insana sed de conocimientos que escapan a los límites de la comprensión humana. En uno de los mitos de
las Metamorfosis, Sémele pide a Júpiter conocer su auténtica forma y este ambicioso deseo termina
matándola, por ser una visión vedada a los mortales.
37
A modo introductorio, esta evolución del término thesaurum —cuya raíz coincide con la de
Theseum, o Teseo, el héroe griego que sorteó los peligrosos escondrijos del Laberinto del
Minotauro para dar con el monstruo, y su viaje le supuso no menos duros aprendizajes—, ese
“tesoro” del lenguaje ejemplifica las evoluciones vividas por las palabras y hasta qué punto
pueden favorecer, sustentar y ratificar el contenido de lo que expresan. Las metamorfosis
empezarán, por tanto, en el terreno de lo formal y de la construcción de la lengua. Pero un
material de apariencias tan frías, en ocasiones funcionales, revela también las primeras pistas
acerca de significados todavía misteriosos e inasibles. ¿Qué es una metamorfosis?
“Meta” es un prefijo griego que indica “más allá de”, “que trasciende un límite”,
“después”, y en consecuencia, “cambio”, “transformación”. 33
“Morfo”, del griego “forma”, que a su vez enlaza con “Forma”, del latín fōrma, y que
expresa la “forma”, la “figura”, la “imagen”, la “configuración” de cualquier objeto o sujeto,
pero también su “hermosura”.34 Entendido en su acepción de apariencia física, este significado
más adelante conducirá a un cotejo de las interrelaciones entre forma y alma, de la auténtica
revelación que supone el acontecimiento de la metamorfosis.
32
Cuéntense, en la mitología clásica, las manzanas doradas del jardín de las Hespérides, que conferían la
inmortalidad (al igual que en la mitología nórdica, cultivadas por la diosa Freyja) y que fueron robadas
por Hércules o Perseo; también las manzanas de oro que Hipómenes dejó caer al suelo para frenar la
carrera de Atalanta, quien se detuvo a recogerlas, y la manzana de oro que Paris entregó a Afrodita. En el
folclore feérico, una manzana dorada constituye el núcleo de la acción y la búsqueda en El pájaro de oro
(Der goldene Vogel), de los hermanos Grimm, conectado a su vez con similares leyendas nórdicas.
33
BERGUA CAVERO, Jorge, Los helenismos del español: Historia y sistema. Gredos, Madrid, 2004,
p.135.
34
COROMINAS, Joan y PASCUAL, José Antonio, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico,
Gredos, Madrid, p.932.
35
BERGUA CAVERO, Jorge, (2004), p.159.
38
Wilhelm Grimm manifestó que los cuentos de hadas eran « los últimos ecos de los mitos
paganos»,36 y en esta sentencia cristaliza la sospecha de lo que supone la construcción
etimológica de la palabra “metamorfosis”. Como cambio de imagen o configuración, el
contenido de los mitos clásicos —que a su vez serían resultado de cambios previos, en la
oralidad y la escritura, también en los esquemas morales y vitales de sus creadores y
destinatarios— ha fluido por distintos medios hasta, en la época de los Grimm, ser destilado en
un nuevo medio de imagen o configuración muy similar a la mitología grecorromana, o nórdica,
o hindú, o de cualquier otra procedencia. El cuento de hadas del siglo XIX coincide con el mito
clásico en la reagrupación de cabos sueltos preexistentes, dotándolos de una estructura
unificada y de un imaginario compartido. Los rumores sobre seres reales del Peloponeso, o de
las islas del archipiélago entre Grecia y Turquía, o entre el Tíber y el mar Caspio, pasaron por el
tamiz de la ficción, sustituyendo nombres corrientes por los títulos de los dioses y héroes del
Olimpo. Del mismo modo, las historias para no dormir transmitidas entre pastores, o de abuelas
a nietas, o en las reuniones más oscuras de las tascas, todas ellas herederas del modo de narrar
clásico, fueron recogidas por los Grimm o Charles Perrault como en un cesto, adaptándolas a su
nuevo contexto y desgranando lo accesorio o lo caduco. No en vano nada tienen que ver los
relatos de los autores mencionados, más próximos a las raíces negras del folklore, con las
apariencias amables y algodonosas de los cuentos reunidos en el siglo XVII por Madame
D'Aulnoy en Les Contes des Fées y Les Fées a la Mode.
36
LERER, Seth (2009), p.332.
39
Dentro de los parámetros de este mito, Eco no sólo ha perdido la capacidad de transmitir
parlamentos con unidad, sino también de su propia invención. Castigada a repetir las últimas
palabras pronunciadas por su amado Narciso, la ninfa Eco encarna otra tragedia: ser igual al
amado implica repetir sus palabras, intentar ser su reflejo en el agua, que al fin y al cabo es de
lo que está enamorado Narciso. Si Narciso se ama a sí mismo, Eco se convierte en el reflejo del
muchacho, sin que esa actitud consiga que la situación entre ambos cambie. Se produce un
vacío de contenido y una ilusión en sentido platónico; se erige un obstáculo antes que un
beneficio para la relación. ¿Ocurre lo mismo con la evolución de las narraciones, con sus
metamorfosis? La historia de Eco y Narciso es, a la luz de estas reflexiones, una metáfora de las
transmisiones orales, de la pérdida y reconversión de realidades narradas desde distintos puntos
de vista, aun sobre el mismo texto o hecho; incluso un devenir de la eterna discusión acerca de
las influencias, inspiraciones y plagios que se codean con peligrosidad en la creación de nuevos
relatos. ¿Era a Eco a quien Wilhelm Grimm entreveía, o escuchaba, en los mimbres entrelazados
de los cuentos de hadas? Cuando en las películas se produce el mismo fenómeno y despuntan
legados, conscientes o inconscientes, del folclore popular, las artes y la mitología clásica, ¿qué se
ha perdido en ese discurso primigenio y qué esencia prosigue su difusión entre los muros de
piedra?
37
CLARKE, Bruce (1995), p.38.
38
CHAMPDOR, Albert (ed.), El libro egipcio de los muertos, Edaf, Madrid, 2000, p.38.
40
Eco repite las palabras de Narciso, pero dejan de ser esas mismas palabras, dada la pérdida
de componentes y, por tanto, significado. Cuando la “metamorfosis” indica un cambio de la
“forma”, la primerísima referencia en el campo de la ficción es esta. La reinvención de lo
tangible a través de medios que, inevitablemente, variarán su composición. Lo que el término
no recoge en sentido etimológico, pero que el usuario comprende, es que todo cambio de la
“forma” implicará una variación del “sentido”. El discurso modificado de Narciso en manos en
Eco, el de Ovidio en manos de los cuentistas decimonónicos, y la obra de estos en cineastas
modernos, amén de todas las interferencias intermedias.
Más que una línea recta, la que denostaba Tolkien como premisa de análisis, es un cauce
cada vez menos copioso, pero igual de turbulento. Lo que se pierde en el tiempo, el tiempo
añade: en el último cambio de siglo y milenio sólo se conservaron, en el discurso cotidiano,
mínimos elementos del discurso cotidiano clásico. Aunque este se conserve tal y como fue
escrito por primera vez, respecto a su uso ya sólo restan las palabras sueltas de Eco, la esencia
que intentará definirse en estas páginas. Y si el cine, emulando las palabras de Wilhelm Grimm,
es un eco de los cuentos de hadas, entonces también lo será de los mitos paganos, de la voz de
Eco transmitiendo desde tiempos ignotos la misma enseñanza. El cine como hipertexto máximo
de ficciones que han hecho honor al concepto de las “metamorfosis”: esos prodigios en los que
todo parece cambiar y lo que no parece cambiar continúa perpetuándose.
A modo ilustrativo, destaca que en la parte final de las Metamorfosis Ovidio incluya un
poema que aborda los cambios sin fin de las cosas y, al mismo tiempo, concluye celebrando
Roma, supuestamente inmortal.42 Hoy sabemos que aquella laureada civilización no lo fue, al
menos del modo en que sus vates y emperadores soñaban, y que las metamorfosis del tiempo y
la forma, la manera de entender su belleza, también la han cambiado. Volviendo al último
concepto incluido en la etimología de “metamorfosis”, la “transformación” de la “hermosura”, la
39
En La Metamorfosis (Die Verwandlung, 1915) de Franz Kafka, Gregor Samsa, transformado en insecto,
va perdiendo gradualmente la capacidad del habla humana, de modo que los demás no lo entienden,
aunque para él su discurso sigue siendo inteligible.
40
OVIDIO, Metamorfosis en Obras completas, Espasa Calpe, Madrid, 2005, p.869.
41
Ibíd., p.1401.
42
BARKAN, Leonard (1986), p.84.
41
En su novela Morpho Eugenia, contenida en el volumen Ángeles e insectos (Angels and Insects,
1992),43 la escritora británica A. S. Byatt entreteje un paralelismo entre la vida marital y las
observaciones de las costumbres de los invertebrados, en especial entre la esposa, llamada
Eugenia, y la rara variedad de mariposa que da título a la historia. Al final del relato, la mujer
confiesa, dolida:
«No me ha hecho ningún bien ser guapa, que me admirasen. Me gustaría ser diferente. »44
43
Adaptada al cine en 1995, bajo la dirección de Philip Hass.
44
BYATT, A.S., Ángeles e insectos, Debolsillo, Barcelona, 2010, p.214.
42
En otra novela de Byatt se lee la siguiente descripción: «la reluciente mariposa del alma
arrancada de la crisálida del cuerpo».47 La metamorfosis es aquí reconvertida en alegoría, y
enlaza con los paralelismos narrativos contenidos en Morpho Eugenia y las inquietudes
lingüísticas de la autora. Se establece en esa definición metafórica una correlación entre el doble
significado de un antiguo término griego, psyche, empleado para referirse tanto a “alma” como
a “polilla” y “mariposa”. 48 El alma como mariposa,49 entendida como resultado de un costoso y
agresivo viaje en el que se han perdido viejos elementos y se han añadido otros nuevos, en
teoría, mejores y más bellos. De este modo, una metamorfosis biológica, por tanto física, queda
al servicio de la expresión de un cambio interno que afecta a la forja del alma.50 De modo que
cuando el estudio de los componentes del lenguaje revela que la “metamorfosis” implica un
cambio de la “forma” y la “hermosura”, y aunque su significado primero active las resonancias
de las apariencias, en segundo lugar cabe añadir una derivación de carácter psicológico,
emocional o anímico. Las narraciones dan un paso más allá de la biología y agregan a los
preceptos científicos posibles consecuencias en lo que no es imagen, en el alma de los
45
Caso del ya mencionado El asno de oro, de Apuleyo, que narra la transformación del protagonista en
burro durante gran parte del relato para acabar recuperando su forma humana, al estilo del Bottom de
Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, o la versión disneyana de Pinocho (Pinocchio,
Hamilton Luske y Ben Sharpsteen, 1940), por mencionar dos ejemplos posteriores.
46
WARNER, Marina, Fantastic metamorphoses, other worlds: Ways of telling the self , Oxford
University Press, Oxford, 2004, p.75.
47
BYATT, A.S., La virgen en el jardín, Alfaguara, Madrid, 2008, p.211.
48
WARNER, Marina (2004), p.90.
49
Una creencia extendida asimismo en el Antiguo Egipto o en la cultura azteca.
50
El académico irlandés Brian Boyd abogó por la traslación de las teorías evolutivas darwinianas a una
Historia de las ficciones en su ensayo On the origin of stories: Evolution, cognition, and fiction (2009).
43
Los cambios internos e intangibles quedan regentados por los vaivenes del físico, o bien es
el físico el que termina expresando las evoluciones —o involuciones— del ánima. Es por esa
razón que la Eugenia de Ángeles e insectos se lamenta por su belleza, algo que nunca haría una
sencilla mariposa: dicho don no ha resultado útil para ella y ha provocado más desgracias que
alegrías;52 su hermosura ha terminado expresando a ojos de los demás y a los suyos propios la
vacuidad de su alma. Cuando proclama que desea ser diferente, está reclamando otra
metamorfosis ya imposible: en la mitología, los cambios que atañen a las apariencias de los
personajes dictan su destino sin posibilidad de escape. Eugenia desearía ser otra, como lo
desearían las desdichadas víctimas de las metamorfosis míticas, pero su alma ya se ha revelado
a través de su perfecto e insípido aspecto, por lo que no hay regresión posible. La mariposa no
puede volver a ser larva, palabra que, además, deriva del término latino referente a “fantasma” o
“espectro”. Sería la anulación del cuerpo lo que conllevaría a la formación de un ente
fantasmagórico, según las teorías sobrenaturales, pero en este caso debe entenderse “espectro”
como entidad informe, carente de la “forma” definitiva que conllevará el acto de la
metamorfosis. Hasta que la verdadera naturaleza de un personaje es revelada, su alma es un
fantasma de sí misma, a la espera de la transformación definitiva, en toda su luz o su negrura.
Los individuos luchan contra sí o los dioses —u otros poderes en narraciones modernas—
para escapar de la forma que su naturaleza o destino les ha determinado, y que la metamorfosis
fija para siempre.53 Han padecido su conversión en otras imágenes que los representan, no
siempre como ellos desearían, pues no son buenos conocedores de su alma. Normalmente, de
este choque entre aspiraciones y merecimientos nace el verdadero sentido de las metamorfosis
como elementos narrativos. Según este procedimiento clásico de castigo-recompensa, en manos
de Ovidio un personaje repleto de dobleces y perversiones como el de Eugenia en Ángeles e
51
En El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991), el asesino en serie
que centra la trama introduce la crisálida de una polilla en las gargantas de sus víctimas, ya muertas,
como posible símbolo de un alma transferida de un cuerpo a otro. Recuérdese que el anhelo de este
psicópata era convertirse en mujer, arrebatándoles a chicas desvalidas algo tangible, su piel. En el propio
cartel de la película se recurría a la ilusión pictórica típica de Salvador Dalí en la que tres mujeres
representan una calavera, impresa sobre una polilla: la muerte que da la vida a otro —no en vano la
variedad de polilla mostrada es una Acherontia atropos, o “esfinge de la muerte”—, a través de una
metamorfosis, y la crisálida que esconde el alma y la verdad —la pista final que conduce a la identidad del
psicokiller—.
52
Podría comentarse incluso la curiosa anulación del efecto de la metamorfosis biológica: si para los
ejemplares de mariposa el atractivo que ostentan al abandonar la fase de crisálida les sirve para fines
reproductivos, en el caso de Eugenia su belleza sólo ha dado como resultado una descendencia defectuosa,
fruto de relaciones prohibidas entre primos-hermanos, como el mito de Biblis.
53
BARKAN, Leonard (1986) p.66.
44
La condena de Eugenia reside en que todo el mundo la toma por un ser excelso cuando ella
sabe, y de ahí nace el auténtico sufrimiento, que no es cierto. Del mismo modo, cuando
Madame Leprince de Beaumont populariza el tema del príncipe cruel convertido en bestia y
obligado a un cambio de personalidad si desea recuperar su apariencia humana, el nuevo
contexto está agregando capas de valores añadidos al mito de Eros y Psique. Psique, que no es
interpretada por Ovidio en sus Metamorfosis, pero sí por otros mitógrafos griegos y latinos, es
una joven ingenua casada con Eros, hijo de Afrodita. Psique, como expresa la palabra latina
“larva”, se halla en un estado pre-evolutivo, caracterizado por creencias sencillas y timoratas
propias de la infancia. Es, pues, sólo un espíritu amable que aún no ha sido puesto a prueba.
Que su esposo Eros se transforme por las noches en una horrorosa criatura no es tan relevante
para la historia clásica como el hecho de que ella lo descubra. El aprendizaje no corresponde a la
bestia, si no a la bella, por decirlo empleando el vocabulario de las reinterpretaciones más
modernas. Este mito, que según el arqueólogo Marcel F. Homet ya era conocido por los indios
del Amazonas desde la Antigüedad, resume la esencia de los dilemas planteados por toda
metamorfosis narrativa, heredera e intérprete de las metamorfosis biológicas: ¿qué implica la
transformación del cuerpo para la vida y el entorno en el que se desarrolla? ¿Realmente todo
cambio repercutirá en favor del ser o acarreará otras consecuencias nefastas? ¿Expresan las
apariencias lo que uno es o uno termina siendo lo que aparenta?
45
El repetido paralelismo entre mariposas y ficciones resulta pertinente,54 puesto que la mitología
clásica suele describir metamorfosis de seres humanos en animales, vegetales o minerales, es
decir, transmutaciones de lo humano en otro ejemplo de la vida natural. Y esto es, asimismo,
una metamorfosis del medio: la naturaleza cede el paso a las narraciones y se producen las
primeras metáforas, de fondo y forma. No en vano el dios Baco representa la borrachera como
metamorfosis, la vuelta a un estado animal dominado por los instintos.
«Las metamorfosis son nuestra manera de mostrar, en enigmas, que sabemos que somos parte
del mundo animal.»55
Las metamorfosis suponen regresiones del hombre a estados biológicos inferiores o saltos
hacia niveles superiores: es entonces cuando el protagonista es recompensado con la categoría
celestial y accede a un puesto entre los demás héroes y dioses, es decir, a un lugar
imperecedero. «Limpia y lava todo lo que era mortal en Eneas; su parte mejor permaneció en
él.»56 Tal es el caso de Orfeo en la versión de Virgilio, cuando se reúne con su amada Perséfone
en el cielo, o del general Julio Cesar al final de las Metamorfosis de Ovidio, cuando el lírico le
concede una estrella del firmamento. ¿Y qué puede haber tan inmortal como los habitantes de
los cielos o las estrellas? Las historias, fruto de metamorfosis de medios y formatos, y
representantes de diversas metamorfosis como argumento, son los objetos eternos de la Tierra.
Son el alma de esa mariposa que sólo vivirá, como decía el poeta John Keats, tres días de
verano.
Pero lo que interesa no es el hecho de la copia que la ficción practica sobre la realidad
cuando imita los procesos metamórficos biológicos, sino ese mágico proceso de inspiración, de
invención. Y cuando lo real se transmuta en un objeto irreal nace la fantasía, pero esencialmente
54
Sin ir más lejos, La embriaguez de la metamorfosis (Rausch der Verwandlung, 1931-1942), de Stefan
Zweig, reproduce la transformación de oruga a mariposa como paralelismo con el protagonista, y Orbitor
(1996-2007), la trilogía de Mircea Cărtărescu, adopta la forma estructural de una mariposa.
55
BYATT, A.S., Posesión, Círculo de Lectores, Barcelona, 2002, p.320.
56
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1419.
46
«Los cuentos de hadas reflejan un drama cósmico y meteorológico. Así, la Bella Durmiente es
el Viento dormido despertado por la Primavera, y la caperuza de Caperucita Roja es el rojo
resplandor del ocaso devorado por el Lobo de la Noche: el verano que claudica ante el
invierno.»58
Sin embargo, los mitos grecorromanos —también de otras latitudes que han legado un rico
compendio narrativo, como los países nórdicos o China— no se limitaron a traslucir la vida
humana bajo los determinismos del cielo. Lo primero terminó entremezclándose con lo
segundo, y los dioses dejaron de ser alegorías para convertirse en historias. Por tanto, no basta
con la contemplación del cambio de crisálida a mariposa; es aún más crucial verla revolotear y
57
CALVINO, Italo, Por qué leer los clásicos, Ediciones Siruela, versión Kindle, 2009, p.26.
58
COTT, Jonathan, en la introducción a Cuentos de hadas victorianos, Siruela, Madrid, 1997, p.21.
47
Para una persona contemporánea, Thor renació gracias a las historietas de Stan Lee,
publicadas en Estados Unidos desde 1962.60 Desde la antigüedad nórdica, el hombre no sólo ha
perdido el miedo al trueno y al relámpago, sino que ha conseguido domeñarlos. Un invento de
apariencia tan frágil y simple como el pararrayos desmonta todo el poder que las heroicas
59
TOLKIEN, J.R.R. (1947).
60
No obstante, el personaje mítico ha ocupado páginas de otros productos populares, como Sandman
(1988-1996), de Neil Gaiman para DC Comics, Elementals (1983-1997), de Comico Comics, Valhalla
(1987), de Carlsen Comics, y otros trabajos de Willy Vandersteen o David Brin, entre la década de 1970 y
la actualidad.
48
En Thor (Kenneth Branagh, 2011) quiso retomarse el tono solemne de las Eddas,
confundiéndolas con tragedia shakesperiana.61 Donde en Shakespeare sólo hay hombres
luchando contra hombres, en la versión cinematográfica de las aventuras de Thor los dioses
quedan relegados a un segundo plano —y a un prólogo y un epílogo con perspectivas de
impronta mitológica—. El dios no sólo ha sido reemplazado por una máquina, el pararrayos que
ahuyenta las tormentas, él mismo depende de otra. La importancia del martillo Miöllnir se
equipara con la dependencia que un muchacho del siglo XXI siente hacia su coche o su
teléfono móvil: en cuanto su padre, el dios supremo Odín, le arrebata su martillo, Thor no es
nadie y pierde su categoría divina; ni siquiera conserva la estatura colosal que le atribuían las
viejas odas. Un joven hipermusculado, enamoradizo y vulnerable, no menos glotón que muchos
ciudadanos con sobrepeso.62 Se observa, entonces, el auténtico efecto de los vaivenes temporales
sobre esta última metamorfosis del personaje: el hombre que ha conseguido anticiparse a la
naturaleza ya no admira a las glorias sentadas en sus tronos anticuados; quiere sentarse entre
ellas. El efecto 3D añadido a la película, que consigue los efectos de tridimensionalidad semi-
interactiva más básicos —el rayo que parece dirigirse al espectador— contribuye todavía más a
esta suplantación de valores. El espectador, al contrario que el oyente de siglos atrás, no se
asusta ante la llegada del relámpago, a escasos centímetros de su persona, y no sólo porque sea
ficción —los relatos orales también lo eran y conseguían atemorizar a las gentes—, sino porque
el hombre desea el poder de Thor, y en plena efervescencia tecnológica ya cree poder ostentarlo.
61
El actor y director Kenneth Branagh (que había llevado a la gran pantalla diversas obras de William
Shakespeare) subrayó en incontables ocasiones su deseo de filmar la historia por las conexiones que el
guion establecía con líneas argumentales más propias del teatro isabelino que del tebeo semanal.
62
Muchos relatos que incluyen una metamorfosis suelen acompañarse de una relectura de contenido
aleccionador, de clase social: la transformación de rico a pobre, o a la inversa, expresa un cambio de
estatus y unas alteraciones físicas, de atuendo, virtudes o defectos visibles, considerados como una
recompensa o un castigo.
49
A través del ejemplo de Thor, resulta palpable cierta pérdida del carácter alegórico de los
mitos antiguos, que dejan de representar fenómenos naturales e incomprensibles, ultraterrenos,
para convertirse en ídolos o superestrellas que incitan a la emulación, la admiración o la envidia.
En este sentido, han cambiado los significados a la par que las formas. Lo segundo, como se ha
visto desde el propio análisis léxico, es inevitable; las variaciones del sentido y las
interpretaciones de los mitos revelan motivos de mayor peso y complejidad. Revelan todo lo que
la humanidad ha cambiado, en sucesivas generaciones, sucesivos aleteos de mariposa. Si Tolkien
se refería a estos avatares como las vueltas de un caldo donde recaen los más variados motivos
para surgir reconvertidos en cuentos de hadas, habría que reconsiderar las características del
caldo contemporáneo, tendente a la magnificación de toda realidad según los patrones de la
cultura del éxito y la imagen.
Los elementos coincidentes entre versiones antiguas y modernas de las mismas pautas
narrativas revelan más por contraste: los antiguos mitos suponen un portal al tiempo en el que
fueron escritos, de la misma manera en que los más nuevos muestran un contexto
contemporáneo. Lo que varía, antes que las historias en sí, es la realidad a la que remiten. De
ello se deduce que las metamorfosis de las formas han sido imprescindibles para revelar
sucesivos cambios del alma; el alma de la sociedad y las inquietudes variables del hombre. O,
como afirmó el filósofo Roland Barthes, «el mito no oculta nada: su función es la de deformar,
no la de hacer desaparecer».63
Para ilustrar esta metamorfosis por contexto, destaca una de las producciones audiovisuales
de principios del siglo XXI más evidentes al respecto: la serie de televisión Érase una vez (Once
Upon a Time, ABC: 2011). Su espina dorsal está compuesta por la premisa de un mundo feérico
que ha sido condenado a convertirse en parte del mundo real, de modo que los cuentos de hadas
63
BARTHES, Roland, Mitologías, Siglo XXI, Madrid, 2009, p.179.
50
La metamorfosis se produce por contexto, revelando las nuevas lecturas y los nuevos
valores que los mitos tienen para la sociedad contemporánea. Los cuentos ya no son portales
hacia mundos inalcanzables, sino contenedores cuyas piezas son volcadas en la realidad, como
un juego de construcción, para sentir que los sueños de los que hablan son realizables. Según lo
explicaba Bruno Bettelheim desde el psicoanálisis, estaríamos ante un mundo más infantil que
mítico, atemorizado por el pesimismo del mito y más afín al cuento de hadas que «ofrece al
niño materiales de fantasía que, de forma simbólica, le indican cuál es la batalla que debe librar
para alcanzar la autorrealización, garantizándole un final feliz ».67 La metamorfosis contextual de
Érase una vez es más radical que la de Encantada: La historia de Giselle (Enchanted, Kevin
Lima, 2007), en la que los personajes aparecen en el mundo contemporáneo conservando sus
ingenuas identidades. El humor por descontextualización constituye la base de una película en
la que la metamorfosis más clara es de formas audiovisuales —la conversión del dibujo animado
64
Al igual que sucede con los mitos, sus parientes, los cuentos de hadas, viven una nueva recuperación a
través de futuras y múltiples adaptaciones que persiguen una actualización estética, como el musical
basado a su vez en cuentos populares Into the Woods (Rob Marshall, 2014), y nuevas versiones de
Cenicienta (Cinderella, Kenneth Branagh, 2015), Peter Pan (Pan, Joe Wright, 2015) y Alicia en el País de
las Maravillas 2 (Alice in Wonderland: Through the Looking Glass, James Bobin, 2016).
65
NOVALIS, en MACDONALD, George, Fantastes, Ediciones Atalanta, Girona, 2014, p.27.
66
FITZGERALD, Penelope, Inocencia, Impedimenta, Madrid, 2013, p.236.
67
BETTELHEIM, Bruno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Crítica, Barcelona, 1994, p.45.
51
Los mitos podrían entenderse, entonces, no como el medio para comprender lo divino, sino
para hacer descender a los dioses al lado del hombre. Es el lenguaje el canal a través del cual el
ser humano pretende, como indicaba Isak Dinesen, codificar la realidad que atribuye a manos
omnipotentes. Cuando el hombre consigue forjar herramientas mucho más precisas que el
lenguaje verbal y adquiere, en nuevos espacios como las artes, el poder de la creación,
¿desaparece el mito? ¿Para qué siguen sirviendo los rastros mitológicos, si el hombre puede
explicarse mediante argumentos más racionales y probados el origen de la naturaleza y de los
procesos emocionales? Los elementos narrativos, por tanto, continúan repitiéndose, pero en
diferentes moldes, que ofrecen asimismo resultados poco comparables con los antiguos.
68
NABOKOV, Vladimir (2010), p.34.
52
53
Otras veces, no menos numerosas, las metamorfosis en la ficción aluden a nuevas asociaciones,
fruto de temores renovados, o que antes no existían con tanta fuerza. Desde la literatura gótica
de finales del siglo XVIII y durante la etapa victoriana se produce la separación del cuerpo y el
alma, como si la metamorfosis física no conllevase ningún cambio interior ni ninguna lección: el
nacimiento de una mariposa sin belleza. Se inaugura entonces una corriente muy interesada en
la metamorfosis como «un estado de alienación personal, incoherencia moral y vacío».69 Las
figuras del zombi, el doble, el doppelgänger, y más adelante los abducidos, replicantes y clones
se apropian de los viejos dilemas de las metamorfosis mitológicas para aplicarlos a un problema
que cobra protagonismo en las nuevas sociedades occidentales: la pérdida y degradación de los
valores morales. Hoy se apuntan también motivos de calado histórico, y se considera que estas
metamorfosis del cuerpo sin alma —los muertos se convierten en no-vivos y no-muertos—
daban importancia a las turbulentas relaciones entre los imperios y las colonias, del mismo
modo que en la actualidad algunos intérpretes vislumbran rasgos de la red bélica y diplomática
entre USA y terceros países en ficciones cinematográficas que no abordan directamente esos
temas. Las metamorfosis en la literatura fantástica serían entonces, como apunta Marina
Warner,70 espacios de cruce cultural, de modo que el zombi pueda representar la pérdida de
alma por la esclavitud impuesta en las colonias del Imperio o, en un contexto contemporáneo, la
alienación del individuo en un mundo globalizado y de despiadada supervivencia financiera.
El zombi, en sentido literal un cuerpo sin alma, un autómata, procede de las leyendas del
vudú y se recicla en el ámbito de la ficción como reflejo de la ansiedad del siglo XX. Este
personaje, sin embargo, ya fue anticipado por Dante Alighieri, Samuel Taylor Coleridge —en su
poema The Three Graves (1797)—, Lafcadio Hearn —en el cuento The Country of the Comers-
69
WARNER, Marina (2004), p.120.
70
Ibíd., p.25.
54
71
Esta historia corta, escrita en 1889, inspiraría la película La legión de los hombres sin alma (White
Zombie, Victor Halperin, 1932), protagonizada por Bela Lugosi y precursora de algunos clásicos del
género que abordarían directamente esta y otras metamorfosis.
72
Sin embargo, la última versión de la novela, estrenada en 2011 y dirigida por Cary Fukunaga, opta por
pasar de puntillas sobre la trama de la esposa demente e inclina el grueso argumental hacia la amable
metamorfosis por amor —con cambios corporales incluidos, que solapan la decadencia física a la elevación
de su alma— que experimenta el patrón de la casa, el señor Rochester.
73
Es más, en la adaptación de otra novela de las Brontë, Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 1847),
firmada por Andrea Arnold en 2011, el clásico personaje de Heathcliff es interpretado por un actor negro.
Una ruptura del código literario que revela que la metamorfosis de la tradición no altera el voltaje o el
calado de la historia, de manera que la óptica del prejuicio se revela estéril.
74
RHYS, Jean, Ancho mar de los sargazos, Lumen, Barcelona, 2009, p.81.
55
Definía Sigmund Freud al doble como «todas las posibilidades de nuestra existencia que no
han hallado realización y que la imaginación no se resigna a abandonar, todas las aspiraciones
del yo que no pudieron cumplirse a causa de adversas circunstancias exteriores, así como todas
las decisiones volitivas coartadas que han producido la ilusión del libre albedrío».76 Destaca la
mención a las “adversas circunstancias exteriores”, como si efectivamente el destino de los
humanos estuviera regido por caprichos de los dioses o los hados y no les correspondiera ni una
porción de responsabilidad, ya que también habla de “decisiones volitivas coartadas”,
seguramente por motivos ajenos. El doble sería, según esta lectura psicoanalítica, un ente
frustrado por todos aquellos deseos y esperanzas que el exterior ha ido impidiéndole alcanzar. El
doble es, en definitiva, un yo tan soñador como resentido. En cierta medida, la representación
de los mitos clásicos es esa: sujetos contrapuestos a sus anhelos más íntimos, generalmente de
dudosa moral, y que obtienen un desenlace funesto, tanto si consiguen sus propósitos como si
no. Porque la importancia no radica en el objeto o sujeto de deseo —que habrán variado a lo
largo de los siglos, aun revelando denominadores comunes—, sino en el hecho de que dichas
actitudes continúen repitiéndose. La certeza de que lo verdaderamente imposible para el hombre
es desprenderse de ese doble malévolo, sin el cual la mitad benévola perdería todo su sentido.
El doble puede ser un segundo yo que alcanza a expresarse: una segunda vida que coexiste
en el tiempo, como un falso gemelo o alguien que ha robado la identidad de otro y la vive por él.
El doble puede ser el Otro Yo —«el horror que me inspiraba mi otro yo»—77 que vive dentro de
uno mismo, el monstruo sin nombre, el pasajero oscuro. Puede representar una posesión
momentánea o una separación insalvable. Tal vez esas dos mitades del Yo nunca lleguen a
encontrarse y conciliarse, pues la consciencia y la conciencia son dos terrenos altamente
disputados, con límites para un único amo. Generalmente, dadas las ansias pseudocientíficas
que predominan desde la época de Freud, aunque se remonten más de un siglo en el tiempo,
este conflicto suele expresarse en las ficciones como un trastorno psicológico; más fantasiosos
son los argumentos que recurren a las presencias demoníacas o al terror religioso o existencial:
desde William Wilson (1839) de Edgar Allan Poe, Memorias privadas y confesiones de un
pecador justificado (Private Memoirs and Confessions of a Justified Sinner, 1824), de James
Hogg o El hombre de la arena (Der Sandmann, 1817) de E.T.A. Hoffmann, hasta los
hermanamientos entre filosofía moral y ciencia en Frankenstein o El moderno Prometeo
(Frankenstein; or, The Modern Prometheus, 1818), de Mary Shelley, y El extraño caso del Dr.
75
STEVENSON, Robert Louis, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Mondadori, Barcelona, 2009,
p.375.
76
FREUD, Sigmund, Lo siniestro, José J. de Olañeta, Palma de Mallorca, 2001, p.24.
77
STEVENSON, Robert Louis (2009), p.389.
56
En cualquiera de las acepciones del doble, queda patente que la metamorfosis es de orden
interno, haya o no materializaciones físicas, acordes a la magia del género literario o
cinematográfico. Incluso aunque tengan que traicionarse a sí mismos: si las pautas clásicas del
terror, provenientes de la mitología,79 establecen que el núcleo fundamental de todo relato de
esta naturaleza es que oculte la verdadera razón del fenómeno, poco a poco nuevos relatos han
ido contraviniendo esas claves originarias. La ambigüedad, determinante a la hora de propiciar
una cierta atmósfera, pero también de canalizar una lectura ética sin respuestas firmes ni juicios
categóricos, se diluye en favor de versiones más amables. Quizá porque, como sucedía con el
dios Thor, el hombre que posee todas las herramientas tecnológicas se ha hecho también con los
fármacos adecuados para controlar todo asomo de oscuridad íntima. De ahí que lo sobrenatural
de los mitos clásicos y de las resoluciones de los cuentos victorianos hayan cedido el paso a las
explicaciones científicas: el otro, el doble o el poseído es ahora una metamorfosis alucinógena de
psicosis y temores infantiles. Tesis desarrollada en cintas como Intruders (Juan Carlos
Fresnadillo, 2011) y teleseries como Dexter (Showtime: 2006-2013), en la que el mal se ha
vuelto cotidiano y debe bregar con las apariencias de un día a día anodino y bienintencionado:
«El voyeurismo, el odio a sí mismo, el horror biomórfico, la base infantil de nuestros sueños y
deseos, esas enfermedades de la psique […] que han culminado ahora en la víctima más siniestra
del siglo: la muerte del afecto.»80
Del mismo orden son aquellas historias en las que las metamorfosis se circunscriben a un
territorio onírico o imaginario, en el que tanto personajes como receptores aceptan la falsedad y
fatuidad del acontecimiento fantástico —esto ya sucedía en las obras de Lewis Carroll sobre las
aventuras de Alicia, y llega a la literatura contemporánea con obras como En las nubes (The
Daydreamer, 1994), de Ian McEwan, en la que un niño se evade de la realidad a través de
entelequias pobladas de metamorfosis para finalmente insinuar, como toda la literatura infantil,
78
CLARKE, Bruce (1995), p.6.
79
Arthur Machen aunaría ambos conceptos en la obra capital El gran dios Pan (The Great God Pan,
1890), si bien un substrato de la relación entre divinidades paganas y oscuridad despunta en la tradición
oral, como los cuentos populares británicos en torno al rey Herla, donde ya aparece Pan como transmisor
de inconvenientes y desgracias.
80
BALLARD, J.G., Guía para el usuario del nuevo milenio, El inocente como paranoico, New Worlds
(1969), Minotauro, Barcelona, 2002, p.108.
57
Todo relato mítico tiende dos laberintos, hacia el exterior y el interior, la razón y la locura.
Si Ariadna le procuraba a Teseo un ovillo con el que trazar un sendero seguro de vuelta a la
salida tras matar al Minotauro, este mito implica un arco evolutivo limpio y ejemplar. Es la
recompensa por la colaboración, el esfuerzo y el ingenio. Sin embargo, también existe el ovillo
que marca el desvío hacia territorios más oscuros, lindantes con el lado negro de la identidad
humana. En su recopilación de cuentos populares rusos, Aleksandr Afanásiev recoge en El
vampiro una curiosa variante de los mitos de Ariadna y Psique: una joven pretendida por un
apuesto y pálido extraño decide atar el cabo de un carrete de hilo a uno de los botones del
muchacho. Lo sigue para averiguar dónde vive, y descubre que se ha refugiado en una iglesia
para devorar a un difunto que sería enterrado al día siguiente. Según un esquema de sucesivas
negaciones de haber sido testigo del hecho, el cuento concluye con la moraleja que certifica las
ventajas de la verdad y el autosacrificio. Sin embargo, entre medias ya se ha mostrado la vía
paralela al conocimiento supremo: los testimonios infaustos que subrayan toda la crueldad de la
que es capaz alguien en apariencia amable y corriente.
Define Freud lo siniestro, o unheimlich, como el espanto que produce algo que, a pesar de
que debiera permanecer oculto, se ha manifestado —como la personalidad auténtica en una
metamorfosis definitiva de la mitología clásica, a menudo el mal interior—. Significa, por tanto,
la ausencia de heimisch, lo secreto, íntimo, hogareño, el lugar libre de fantasmas. Si se enlaza
este paradigma de la literatura de terror con el concepto de “larva” como “fantasma”, se infiere
que gran parte de los relatos de metamorfosis implican la ruptura de un estado de ingenuidad y
falsa beatitud para provocar una regresión hacia elementos primitivos y dañinos. La anulación
del alma, del estado de paz ideal, a través de una metamorfosis que enseña lo más desagradable
81
«Aquel a quien buscas está dentro de ti.» BARKAN, Leonard (1986), p.92.
58
Ni la psicología ni las ficciones son tan pesimistas y en ocasiones una y otra concluyen que
la evolución puede invertirse, de lo unheimlich a lo heimisch, mediante una limpieza espiritual
y un acto de penitencia que contribuya a equilibrar la balanza de los valores y a eliminar las
faltas previas. No obstante, se trata de un planteamiento poco frecuente, por su menor impacto
narrativo y porque el carácter ejemplar de las historias corregirá la violencia pagana de mano de
escritores más tardíos, salpicados por las diásporas y particiones religiosas del cambio de era. La
asunción de un alma a través de la metamorfosis, considerando “alma” como un concepto
positivo, será un recurso empapado de significado religioso, en contraposición al argumento
pagano, que entiende el alma como la identidad sincera del ser, sea esta buena o mala en
términos morales. Medie o no interpretación religiosa, en especial de preceptos cristianos, las
metamorfosis siempre constituyen una suma de los elementos expuestos en estos epígrafes, a
veces con dificultosa solución de continuidad, pues en conjunto representan « la experiencia
universal de los dioses, los hombres y la naturaleza».82
La biología alienta al lenguaje, este inspira a la lírica y las narraciones, en las que confluyen
las dudas espirituales, religiosas y emocionales del hombre; y todo el círculo se completa y se
repite en busca de la nota escondida que inaugura la melodía. Como describiera Stefan
Bollmann el grabado La gramática mágica (c.1900), de Jessie Marion King:
82
BARKAN, Leonard (1986), p.2.
59
Precisamente pocos años después de dicho grabado, en 1908 el cineasta catalán Segundo de
Chomón rodaría el cortometraje Mariposas japonesas, en el que muestra a una enorme oruga
transformándose, gracias a la magia de las transparencias, en una crisálida y después en
mariposa, cuyas alas variarán de forma y color antes de su metamorfosis definitiva en una
joven. He ahí el recorrido inaugural de un arte que intentaría conservar un alma presentada ya
a través de múltiples medios, observando cómo sus bellas apariencias se transmutan en algo si
no mejor, cuanto menos diferente.
Conviene aclarar de nuevo la diferencia entre los relatos protagonizados por animales parlantes,
que generarían el formato de las fábulas o beast-fables, y los relatos en los que un protagonista
o personaje secundario es convertido en animal, por los más diversos motivos, mantenga el don
del habla o no. En el primer caso, el componente mágico no existe, más allá de la irrealidad de
la situación: son comedias humanas en las que el hombre ha sido sustituido por seres vivos que
llegan a representar más nítidamente el carácter moral de los elementos enfrentados en la
historia —esa es la auténtica metamorfosis: convertir lo inanimado en animado, y no porque
hablen, sino porque poseen alma, anima—. Sin necesidad de descripciones detalladas y tediosas,
la mera inclusión de una raposa en una fábula sugiere al lector las intenciones sibilinas de ese
personaje, así como la ingenuidad de un ratón o la vanagloria de un tigre. La metamorfosis
acaecida en esta clase de cuentos no tiene que ver con la acción o el argumento, sino con los
cambios perceptivos que ya fueron comentados en el apartado referente al lenguaje. Las fábulas
son metonimias, por las cuales seres ajenos a los conflictos que van a narrarse son empleados
para representar otras realidades con las que están emparentados. El tigre con el engreimiento,
el elefante con la memoria o el mono con la desidia y la estupidez. De ello tomarían buena nota
Beatrix Potter, A.A. Milne, Rudyard Kipling en Los libros de la selva (The Jungle Book, 1895)
o Cuentos de así-fue-como... (Just So Stories, 1902), Kenneth Grahame para El viento en los
sauces (The Wind in the Willows, 1908), y Roald Dahl en El Superzorro (Fantastic Mr. Fox,
1970). Obras en las que, a la manera de Esopo, Samaniego o La Fontaine, no media fantasía
ninguna, sino un mundo muy similar al “auténtico”, regido por leyes y mandamientos sociales
83
BOLLMANN, Stefan, Las mujeres que escriben también son peligrosas, Maeva, Madrid, 2007, p.108.
60
«La verdad se expresa mejor cuando se insinúa bajo el ropaje de algún Símbolo o Alegoría. »84
Es por ello que en los mitos clásicos predomina el segundo tipo de historia: la
transformación divina o sobrenatural de hombres en seres u objetos que, también
metonímicamente, representan su destino, pero cediendo suficiente espacio para la fantasía y las
cuestiones inexplicables. Cierta atmósfera enigmática que vuelve más graves y trascendentales
los sucesos que interfieren en la vida corriente de los personajes, por extensión representantes
de cualquier oyente o lector. Si la fantasía es un componente típico de los mitos paganos,
tamizado por interpretaciones religiosas unos siglos más tarde, y por tanto los mitos son el
verdadero manantial del que surge el cuento de hadas, aún falta otra diferenciación. J.R.R.
Tolkien mencionaba como requisito indispensable en los cuentos de hadas o romances la
“consolidación del final feliz” —un remedo del más profundo deseo humano: lo que denomina
“evasión de la muerte”—.85 De esta manera, el final feliz otorga la categoría de cuento de hadas
como la tragedia lo hace en la historia dramática. Por tanto, no basta con la reunión de
determinados factores estilísticos o narrativos para definir el mito clásico y el papel que las
metamorfosis desempeñan en ellos; pues en el imaginario mitológico hay fantasía y drama, y se
encuentran tanto desenlaces aciagos como afortunados.
Dentro de los esquemas del relato mítico, y por ende los mismos que aparecerán en las
Metamorfosis de Ovidio, suelen ser las emociones las desencadenantes de las metamorfosis de
los personajes, de mayor o menor altura moral. Esto parece subrayar la línea de las
metamorfosis entendidas como variaciones espirituales o psíquicas antes que físicas, pues estas
últimas no llegan a definirse con certeza en algunos casos —por ejemplo en el mito de Hécuba,
quien tras contemplar la devastación de Troya opta por suicidarse en el río y resurge de él
convertida en perra, ya que previamente se habían escuchado sus aullidos de dolor. Eurípides
eliminaría esta anécdota fantástica en su tragedia homónima, quizá porque, como apuntaba
Tolkien, dichos aportes sobrenaturales distraen del efecto catártico del drama—. Asimismo, la
metamorfosis puede contribuir a una conclusión irónica, por una asociación humorística de
significado y significante —Ocírroe se convierte en caballo como penitencia por augurar el
destino de su padre Quirón, el famoso centauro, criatura mitad hombre mitad equino, de modo
que pierde todo rastro de su identidad humana y conserva únicamente la parte animal—. La
mayor parte de las veces, persiguiendo una cualidad más rotunda, los personajes ven cómo su
espíritu se materializa en su cuerpo; el “alma” encarnándose en la forma. Por tanto, como
84
DEFOE, DANIEL, en MCCARTHY, Tom, Tintín y el secreto de la literatura, El Tercer Nombre,
Madrid, 2007, p.16.
85
TOLKIEN, J.R.R. (1947).
61
Las metamorfosis clásicas solían suponer un castigo o un alivio para la agonía del
metamorfoseado.87 No existía fórmula prefijada para el desenlace trágico o feliz, y esto es así
porque los mitos no son un género, sino un contenedor donde tienen cabida otros tantos modos
de narrar y representar el mundo. La mitología es un estado pre-religioso, un espejo sin marcos
ni ornamentos, que no altera los reflejos para acomodarlos a uno u otro formato. Tampoco es
una superficie lisa y pulida: como testigo de su tiempo, la mitología clásica aporta un conjunto
de valores, enseñanzas y criterios de belleza muy definidos, que evidentemente habrán variado
con los siglos. Lo que perdura de ellos es una esencia y unos elementos mínimos; pues si el
número de historias es finito sucede así porque los conflictos y sentimientos humanos también
lo son.
La negación de las categorías del mundo, de la diferenciación básica entre el bien y el mal,
conduce a la metamorfosis, vista como condena y triunfo, pues la nueva forma trasciende el
conflicto y a veces lo resuelve anulando dichas categorías previas —tómese el caso de alguien
que, debatiéndose entre su amor por el mar y la tierra, es convertido en pájaro o en pez, de
modo que la transformación finaliza sus cuitas y sella su destino—. Otras veces, se traza una
caricatura de los actos y consecuencias del sujeto, otorgándole una apariencia relacionada con
sus defectos, vicios o identidades renegadas —como el caso ya mencionado de la ninfa Ocírroe,
convertida en yegua por haber actuado contra su padre, el centauro Quirón, de modo que se le
niega la mitad humana a la que, de corazón, nunca hizo honor. Su padre, vienen a dictaminar
los dioses, es más humano que ella, con su cuerpo de mujer y sus dones empleados en contra
de los demás—. La conversión en animales es típica en estos casos, como se apuntó en relación
86
BARKAN, Leonard (1986), p.26.
87
Ibíd., p.65.
62
Pero ello no es impedimento para el disfrute de los mitos como piezas narrativas, aunque
las metamorfosis conlleven significados más profundos, pues toda metamorfosis es también un
recurso narrativo, un instante de sorpresa y una anagnórisis. Gracias a la anagnórisis o agnición
es revelado un personaje en toda su esencia; tras diversas eventualidades y conflictos internos
y/o externos es al fin conocido por el receptor. Según Platón, una de las funciones típicas de las
metamorfosis consiste en emplearlas como vehículo poético de consecuencias morales o juicios,
o bien de imágenes ejemplarizantes que contribuyan al desarrollo intelectual del receptor.88 La
metamorfosis, entonces, ¿es un suceso bueno o malo per se si se considera que las fábulas, por
ejemplo, concluyen con la advertencia de que uno debe conformarse con lo que tiene? Hay que
recordar, en cuanto a los mitos, que las transformaciones que premian o castigan a los
personajes suelen ser definitivas, eliminando la posibilidad de toda rebeldía del individuo contra
el destino marcado para él por los dioses. Con dos excepciones.
En primer lugar, las metamorfosis experimentadas por los propios dioses, una idea que
nutre la concepción totémica de las tribus indias norteamericanas o las civilizaciones
precolombinas, y que alcanzarían a los procesos contra brujas durante la Edad Media y hasta
finales del siglo XVIII. En la mayor parte de los casos se trata de transformaciones ejecutadas
por ellos mismos con la intención de obtener determinados propósitos en la Tierra. Salvando
todas las distancias, equivaldrían a los modernos superhéroes que deben simular ser personas
corrientes con tal de camuflarse entre ellas, al modo de Clark Kent o el ya comentado Thor.
Dichas metamorfosis pueden implicar formas animales —Zeus en cisne, águila, castor o toro;
Atenea en lechuza o golondrina— o de fenómenos naturales —lluvia—. Son, por tanto,
metamorfosis eventuales y reversibles, que no representan por sí mismas ninguna connotación
moral, sino que se emplean como demostraciones del poder divino y de la adecuación del dios al
contexto del personaje con quien desea interactuar. Estos disfraces transformistas, aparte de
librar a los hombres de la quizá fatal contemplación de un dios en todo su esplendor y
verdadera apariencia, también sirven para eludir el contacto humano en otras circunstancias no
deseadas —como Tetis al eludir a Peleo, o el dios marino Proteo convirtiéndose en león,
88
CLARKE, Bruce (1995), p.26.
63
La habilidad metamórfica de los dioses también puede recaer, por efecto del azar o un don,
en cualquier mortal, de tal manera que dicho poder sería empleado con propósitos similares a
los que tendría un dios de la Antigüedad Clásica. En su almanaque de cuentos, Wilhelm Hauff
recoge La historia del califa cigüeña (Die Geschichte von. Kalif Storch, 1825), donde se narra la
existencia de una caja de polvos que, al ser aspirados y al pronunciar la palabra mutabor —"yo
seré transformado", en latín—, facilitan la transformación en cualquier animal y hablar su
idioma. Las habilidades sobrenaturales de los dioses poco a poco van perdiendo su carácter
sagrado y arcano, hasta el punto no sólo de recaer en manos humanas, antes indignas de tales
capacidades, sino de convertirse en pasatiempo u objeto de mofa. Así sucede en Harry Potter y
el Prisionero de Azkabán (Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, Alfonso Cuarón, 2004),
que muestra a un grupo de alumnos comiendo galletas que les otorgan momentáneamente el
poder de emitir sonidos animales —mientras, a lo largo de toda la saga, algunos de sus maestros,
denominados animagi o animagos, pueden metamorfosearse a antojo en un animal concreto,
como resultado de las artes de la magia blanca—.
89
HEARN, Michael Patrick, The annotated Wizard of Oz, W. W. Norton & Company, New York, 2000,
p.166.
64
65
En otra clase de episodios que no atañen directamente a las metamorfosis, pero que
conservan su esencia, se aprecia este concepto de variaciones físicas no sujetas a variaciones
anímicas. Cuando personajes humanos, y en ocasiones también divinidades, recurren al disfraz
y no a la metamorfosis para esconderse ante los demás o suplantar otra identidad, el cambio de
las apariencias también se está produciendo.92 Y, como ocurre con determinados personajes
metamorfoseados temporalmente, se trata de una alteración no definitiva, que únicamente
persigue un impacto narrativo puntual. Tal es el caso de Ulises cubriéndose de harapos y
haciéndose pasar por un pordiosero desconocido en las escenas finales de La Odisea, de Homero.
Los dioses llevan a la perfección este procedimiento ejecutando no sólo una imitación del
original, sino copiando literalmente al otro. Como el planteamiento del doble o el otro “yo”, los
dioses que se convierten en réplicas exactas de seres humanos —o en sus fantasmas— siembran
revelaciones o inquietudes a su paso, bien para tender ayuda a los protagonistas —Atenea en la
Odisea, suplantando a Méntor— o para generar un caos impremeditado del que no se
responsabilizan del todo, ya que únicamente atenderán a sus propios intereses —Zeus
convertido en Anfitrión en la obra—. Al igual que sucede en otro tipo de argumentos o durante
el empleo de metamorfosis completas, las consecuencias de estos actos de ocultación o
suplantación podrán ser positivas o negativas, dando lugar a piezas trágicas o cómicas.
Sin embargo, lo fundamental de estos simples engaños físicos, que son más bien
imitaciones del acto metamórfico, es lo que pretenden conseguir como resultado. Una vez que la
90
MANN, Thomas, La montaña mágica, Edhasa, Barcelona, 2005, p.185.
91
WARNER, Marina (2004), p.39.
92
En la serie de televisión británica Doctor Who (BBC: 1963-1989 y 2005-) el personaje central del
Doctor se halla en un estado intermedio entre hombre y dios: es un Time Lord, un alienígena dotado de
percepciones sobrehumanas y artefactos científicos de apariencia casi sobrenatural —la ciencia
indistinguible de la magia de la que advertía Arthur C. Clarke—, con cuerpo de hombre, pero que muta
cíclicamente. Por un lado, se trata de una estratagema de los guionistas, ya que es imposible mantener a
un mismo actor como protagonista que no envejece a lo largo de las décadas, y por otra introduce una
interesante premisa metamórfica: la transfiguración es dolorosa físicamente para el Doctor, pero no
conlleva ninguna variación de sus principios ni alma una vez completada, y únicamente debe llevarla a
cabo en momentos de extrema necesidad, coincidentes con importantes giros argumentales.
66
Cuando en los mitos clásicos un personaje sufre una metamorfosis o suplica por ella, el
proceso es opuesto al que experimenta Ulises —ya que para él es algo casero, improvisado y
momentáneo—, y al mismo tiempo contiene idéntico mensaje. Los cambios que se aprecian en
el exterior están revelando, a nivel metonímico, por asociación de idea e imagen, y a nivel
narrativo, el espíritu más puro del personaje. Sólo la metamorfosis, la concesión de una
apariencia definitiva, aclarará los auténticos valores, virtudes y defectos del metamorfoseado. Es
por ello que, realmente, no existen cambios internos o cambios del alma: como sucede en el acto
de ruptura de la crisálida, antes de que emerja la mariposa, la metamorfosis física permite la
revelación absoluta de lo que permanecía oculto o soterrado, el ánima del hombre hasta
entonces perdido en un océano de dudas, errores y conflictos que le impedían definirse a sí
mismo. Como apuntó el escritor de cuentos sobrenaturales H.P. Lovecraft, el recorrido parte de
«la imaginación, que agrupa impresiones aisladas en tramas prodigiosas, y encuentra relaciones
y asociaciones extrañas entre los objetos de la Naturaleza visible e invisible».94 Con
independencia, como ya se ha comentado, de que la identidad desvelada sea, en términos
morales, buena o mala. Porque lo relevante de las metamorfosis es esclarecer la personalidad de
cada cual, sin subterfugios argumentales, sin necesidad de conducir todos los relatos hacia
moralinas y sentencias en las que el bien venza siempre sobre el mal. Sin llegar a exaltar esto
último, la mitología no niega el papel de los villanos y los vicios en el mundo, y reconoce el
orden cósmico en que cada uno asume su papel sin fingimientos y sin intentar falsariamente
convertirse en quien no es.
En cierta medida, esta asunción categórica de la propia identidad conlleva las dos vertientes
que mencionara Tolkien con respecto a la tragedia y el cuento de hadas: el don de la vida o la
93
BARKAN, Leonard (1986), p. 27.
94
LOVECRAFT, H.P., El horror sobrenatural en la literatura y otros escritos, Edaf, Madrid, 2002, p.78.
67
95
Khépra hace referencia al sol con forma de escarabajo, pues era “el dios que se transforma”.
96
BALASCH, Enric, El lenguaje secreto de los cuentos, Oberon, Madrid, 2004, p.272.
68
«Las metamorfosis clásicas de los hombres pueden significar la muerte (...), pero a su vez
otorgan significado al mundo mediante la impresión de huellas humanas.»98
En el siglo XIV vio la luz Ovide moralisé, antiguamente atribuido a Philippe de Vitry, una
traducción rimada de las Metamorfosis de Ovidio con una reinterpretación ética adecuada a su
contexto social y religioso, junto a Ovidius Moralizatus, de Pierre Bersuire o Bercheure,
popularizada en francés por Colard Mansion como La Bible des poètes. Esta corriente
moralizadora que convirtió los mitos paganos en alegorías filosóficas o cristianas sería
continuada por Giovanni Boccaccio, Ludovico Ariosto, Chrétien de Troyes o Geoffrey Chaucer
en sus Cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales, c.1484). A día de hoy, en los programas
escolares continúa recomendándose la lectura de las Metamorfosis originales, mientras la obra
traductora y comentarista de los intérpretes cristianos medievales ha caído en el olvido. Esto
plantea el dilema del propio acto de la metamorfosis de las historias y de unos formatos o
medios a otros: ¿son estas transformaciones innecesarias y caducas, como sucede en las largas
sagas de remakes y reboots en el cine?
97
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1243.
98
CLARKE, Bruce (1995), p.43.
69
Pitágoras creía en la transmigración del alma, aunque la obra de Ovidio manifieste cierta
inclinación por la transmigración del cuerpo. La transmigración o metempsicosis conlleva el
trasvase de un alma —portadora de vida— a un cuerpo, que inmediatamente revive o se
reanima. Tras sus viajes a tierras egipcias, y seguramente inspirado por El Libro de los
Muertos, Pitágoras adoptó la famosa teoría que aboga por que nada muere, sino que se
transforma, y que influiría en la religión órfica —Ovidio incluyó estas teorías en el capítulo
dedicado al discurso del filósofo—. Los muertos del Antiguo Egipto de noble linaje que recibían
los rituales funerarios sagrados quedaban reducidos a un alma, o ka, que experimentaba su
metamorfosis en ave y otros elementos intangibles antes de comparecer ante los dioses y
adquirir su destino definitivo. En cierta medida, no puede quedar nada de la identidad sin su
forma, pues la muerte física implica una transformación de la consciencia. ¿Es, pues, clave la
forma para determinar la orientación del alma, o esta es independiente de la primera? ¿El cambio
físico conlleva un cambio moral, o es la actitud moral la que provoca alteraciones físicas?
Según el sentido que radica en los mitos clásicos, todo personaje metamorfoseado entra en
contacto con la auténtica revelación de su alma, independientemente de los nuevos cuerpos que
los dioses le tengan reservados. El espíritu, por tanto, sería el mismo a pesar de las variaciones
sufridas en el proceso metamórfico y sus fases, como respaldaban los egipcios. La
metamorfosis, sin embargo, no brinda una forma al azar, sino aquella que realmente se
corresponde con la naturaleza del alma del metamorfoseado. Es por ello que algunos deben
atravesar diversos cambios y pruebas antes de obtener una forma definitiva, como el faraón que
emprende un viaje a través de distintos niveles con el objetivo de que su alma halle el reposo
absoluto. Una línea similar a la planteada por la creencia en las reencarnaciones hindúes, el
samsāra, que otorga a cada alma en la vida siguiente el cuerpo —y la correspondiente clase
social o biológica— que se merece por su actitud en la vida anterior.
99
BALASCH, Enric (2004), p.135.
100
Cuya primera parte fue adaptada al cine como La brújula dorada (The Golden Compass, Chris Weitz,
2007).
70
Pero no conviene pasar por alto el detalle de que los humanos de La materia oscura son
incapaces de separarse de sus daemon, a riesgo de perder la vida. Ni siquiera se permite que un
hombre toque el daemon de otro, a menos que la relación entre ellos sea muy estrecha. Como
una equiparación con los estándares sociales que prohíben a cualquier individuo indagar
impunemente en almas ajenas, a los daemon los rodea esta aureola de sobreprotección, y
conllevan el sempiterno aviso acerca de las consecuencias de la curiosidad y el conocimiento
desbocado. Del mismo modo, esta dependencia entre hombre y daemon tiene menos que ver
con los tópicos compañerismos de héroe y gracioso secuaz de la literatura y el cine tradicionales
que con la relación entre cuerpo y alma. La teoría de la transmigración del alma, defendida por
Platón y Pitágoras, en apariencia también promovida por los mitos ovidianos, parece olvidar, o
hacer olvidar, la importancia del segundo factor de la ecuación. El alma quizá sea el componente
más relevante, al fin y al cabo es la dadora de vida, la piedra filosofal. Sin embargo, en todos los
casos se detalla su adjudicación al cuerpo correcto: he ahí el papel destacado de las formas.
Sin ellas, un alma es un ente inasible, incoloro, insonoro; nadie lo ve, sólo puede creerse en
ella tras un enérgico acto de fe. Las ideas y los valores necesitan de las historias; los
sentimientos, de palabras, y las imágenes fugaces o imaginarias, de las herramientas adecuadas
para captarlas o plasmarlas. Cuando, a resultas de dicho experimento fatal, en La materia oscura
se consigue la separación definitiva del individuo y su daemon, del ser humano sólo queda una
sombra de sí mismo, un fantasma que se encamina hacia la disolución perpetua —en la novela
llega a definirse al zombi como un hombre sin daemon—. Sin necesidad de rituales mágicos: se
construye una suerte de guillotina gigante que corta limpiamente el vínculo —de entidad casi
física— entre daemon y humano. Arrebatar el daemon, el alma, a un niño —ya que la prueba
sólo funciona con menores— implica la regresión a ese estado larvario o fantasmal que se
comentaba en el apartado lingüístico. Sin su alma, el hombre no es nada más que un cuerpo
hueco y triste, tan intangible y fútil como el daemon que a partir de entonces ya nunca podrá
evolucionar hacia la mariposa. Si se rompe la crisálida —la niñez o inocencia— que guarda el
frágil estado de un alma a punto de revelarse en su más pura esencia, el ser muere.
Las metamorfosis en la obra de Ovidio, aun sin descartar estas teorías, se alinean con la
transmigración de los cuerpos o la metensomatosis de la religión hindú. La diferencia es sutil: el
alma también se conserva en la transformación, pero no mediante el paso de un cuerpo a otro,
sino por el cambio del cuerpo mismo. Cambios que pueden alcanzar la radicalidad de convertir
al hombre en una especie animal, como acontece en gran parte de los relatos míticos
71
101
Apunta Vladimir Propp que «el ingreso en la vida va acompañado de la risa», de modo que abandona
el estado de muerte o larvario: Folclore y realidad, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p.108.
102
HAUFF, Wilhelm, Cuentos completos, Siruela, Madrid, 1995, p.97.
103
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1131.
104
Hay que contextualizar la crueldad de cada relato: antaño la tortura de un niño díscolo era considerada
parte de un cuento ejemplar, hoy forma parte del género de terror. En el cuento popular ruso Un prodigio
una mujer es transformada en cabra para castigarla y conseguir que respete y obedezca a su marido, un
72
En Niño de madera (Wooden Tony, 1892), de la cuentista victoriana Lucy Lane Clifford,
un niño autista acaba convertido en muñeco de un reloj de madera tras ofrecer su canción —el
equivalente de su alma en el plano metafórico del relato— al mundo. En Ondina (Undine, 1811),
de Friedrich Heinrich Karl, barón de la Motte Fouqué, un príncipe acuático intercambia a su
hija Ondina por la hija de un pescador para que se case con un humano y adquiera alma. La
importancia del alma, unida a un cambio de situación social o espiritual, fue retomada por Hans
Christian Andersen en su célebre La sirenita, que traza el alma como un objetivo sagrado por el
que pueden llegar a sacrificarse todas las comodidades —la metamorfosis de la sirena en
humana implica la pérdida de la voz y una serie de dolores físicos crónicos— y todos los deseos
—el amor del príncipe, que prefiere a otra mujer—, hasta la muerte o la liberación del cuerpo
mensaje frecuente en su tiempo (Afanásiev lo recopiló en el siglo XIX), pero que nada tiene que ver con
lo que sería considerado correcto a comienzos del siglo XXI.
73
«¿Para qué podríamos tener un alma? Es bien sencillo, para conocer los misterios dulces y
terribles del amor. Pero el amor es hermano de la muerte, y aspirar a él es tener que asumir la
turbadora evidencia de la vulnerabilidad de lo que amamos. Esa es la gran paradoja, que cuanto
más amamos algo, más frágil nos parece, y más cerca nos parece de la muerte.»106
105
Teniendo en cuenta la perspectiva de finales de siglo XX, y según la versión de Disney de 1989 o la
reversión 1, 2, 3… Splash (Splash, Ron Howard, 1984), la sirena alcanzará el alma no a través de la
renuncia, sino del premio, en mayor correlación con el cuento de hadas de salón que con el folklore
europeo o el mito clásico. Una nueva Ío recompensada por sus dolores con una triunfante boda real y que
alimenta el optimismo.
106
MARTÍN GARZO, Gustavo, Prólogo a La sirenita y otros cuentos, Anaya, Madrid, 2004, p.13.
107
BALASCH, Enric, Una historia mágica de los cuentos, Oberón, Madrid, 2003, p.190.
74
Si el concepto de sacrificio corporal está presente en todos los rituales paganos, la tradición
cristiana aporta la dimensión del alma como una meta y no una parte inherente, como un estado
religioso deseable que el individuo alcanzará si demuestra determinados valores en pruebas de
piedad y sufrimiento. Al contrario que en los mitos clásicos, el alma no parece un elemento
reprimido o ignorado que finalmente alcanza su mejor punto de expresión, el más sincero y
puro, sea bueno o malo en términos morales. En la mitología, el mal se revela como mal sin
dobleces; la bondad deja de atravesar dudas y penalidades. Existen la dualidad y la ambigüedad,
pero no la asociación del alma a un único estado moral del hombre. En cambio, la tradición
cristiana, que terminó empañando la tendencia moralizante de ciertos cuentos de hadas, asocia
el alma a la consecución exclusiva del estado de bondad, acorde a sus preceptos. Hasta el punto
de que, como le sucede a la sirenita de Andersen, el alma sea una retribución otorgada a
posteriori, después de que el personaje haya demostrado su entereza al superar crueles
adversidades. No basta entonces con otorgar alma a cualquier ser: ahí están las abominaciones
del monstruo de Frankenstein o el golem del folklore judío.
Si, como decía Vladimir Propp, todo cuento es una iniciación hacia la muerte, esta máxima
se cumple en el sentido biológico y esotérico que, en las nuevas corrientes narrativas desde la
Edad Media, se ve complementado por una estructura instructiva. La metamorfosis ya no es
tanto el significado como el medio, no tanto el título de la obra como uno de sus muchos
artificios. Siguiendo a Propp, en su enumeración de las etapas o funciones del cuento se hallan
los requisitos del viaje típico del héroe como representante de un sistema de valores ejemplares
—de calado cristiano en el mundo occidental—, ya sea salvador o víctima de alguna injusticia.
En cualquiera de los dos casos, su aura será positiva y terminará obteniendo similares
gratificaciones. Tras vivir varias pruebas difíciles, el héroe llega de incógnito a su destino y es
reconocido —la metamorfosis intencionada y reversible que representaba Ulises en la Odisea—,
o bien experimenta la metamorfosis más típica después de la era clásica: el héroe recibe una
nueva apariencia, tanto física —nuevas vestiduras— como de rango —el ascenso a la realeza,
generalmente mediante el matrimonio, suceso que en la mitología acontecía como punto de
partida para hechos fatales o como compensación tras un historial de desgracias—.
108
WARNER, Marina (2004), p.38.
75
El análisis de las metamorfosis de los mitos a través de una semejanza entre origen y
variantes por razón argumental o también por su estructura será el camino que se emprenderá
de ahora en adelante, una vez delimitadas las acepciones del concepto, las garras religiosas y
éticas que se han apropiado de él y las variantes que pueden encontrarse desde los tiempos
clásicos hasta nuestros días. A continuación quedará definida una tipología de metamorfosis,
propuesta a partir de todo lo expuesto anteriormente y como referente de análisis a lo largo de
los próximos capítulos.
109
PROPP, Vladimir, Las raíces históricas del cuento, Fundamentos, Madrid, 1987, p.160.
110
Ibíd., pp.165-174.
111
El hombre-ciervo y la mujer-araña: Figuras griegas de la metamorfosis, Abada Editores, Madrid, 2006.
112
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1165.
76
113
CALVINO, Italo (2009), p.32.
114
Para la exposición Hopper en el Museo Thyssen Bornemisza (abierta del 12 de junio al 16 de
septiembre de 2012).
77
Incluirían aquellas que, sin conllevar un cambio físico, suponen variaciones determinantes para
el sujeto. Se incluyen aquí todas las metamorfosis denominadas así por la transformación
radical que significan para el personaje y la trama del relato, aunque no se expresen a través de
la imagen, o lo hagan sin mediación del sentido estricto de la metamorfosis. Es por ello que se
circunscriben a esta categoría los cambios de imagen estética, pero no de cuerpo o forma, a
pesar de que "imagen" sea uno de los significados de la fōrma. Podrían sumarse sin problema al
78
Por último, se incluyen en las metamorfosis metafóricas aquellas que hacen honor al
término de metáfora o alegoría: todos los elementos de un relato o escena que pretenden
expresar algo distinto y aludir a un concepto diferente a lo que representan usualmente. Se trata
de señales sutiles o simbologías evidentes, pactadas con el receptor, que persiguen un efecto
lírico o metafísico. Dado que supondrían una ampliación casi ilimitada del ámbito de estudio,
únicamente se tendrán en cuenta aquellas simbologías que afecten al propio proceso
metamórfico de un personaje.
115
NABOKOV, Vladimir (2010), p.281.
79
Una tercera categoría de metamorfosis, que sobrevuela este trabajo y actuará como hilo
conductor en el estudio de estas metamorfosis literales y metafóricas, lo constituirían las
metamorfosis del medio, que deberían pertenecer tanto al ámbito de lo literal como de lo
metafórico. Respecto a lo primero, por el cambio físico de los canales de transmisión de las
historias, del pensamiento a la palabra hablada, de esta a diferentes soportes de escritura, y de la
palabra a la imagen estática o en movimiento de otros tantos modos de representación, entre los
cuales se cuenta el cine. No obstante también es una metamorfosis metafórica, ya que en
ocasiones las historias no parecen cambiar formalmente, aunque su contenido, sus valores y su
esencia sí lo hagan. Se repite y se reabre, pues, el debate ya planteado sobre las metamorfosis
clásicas: ¿el cambio de las formas o los medios significa cambios del alma, de las intenciones y
el espíritu de las historias? ¿O hay un núcleo universal y eterno que apenas ha variado, a pesar
de todas las transformaciones acaecidas en el terreno de la narración?
80
Por encima de todos los demás asuntos, la metamorfosis primordial en las Metamorfosis y
en toda obra narrativa es la del alma del autor y de una época convertida en relato; la declaración
final de la vida eterna en el arte y a través de la transmisión de historias que vencen a la muerte
y a su más pertinaz heraldo, el paso del tiempo. La estructura del mito sobre simples mortales
que soñaban con alcanzar la gloria y el Olimpo hecha realidad. Como canta Ovidio sobre la
muerte de Aquiles: «sólo queda un algo que apenas llena una pequeña urna. Mas vive su gloria,
una gloria que podría llenar el mundo entero».117 Las mariposas cuyo atractivo continúa
hechizando a generaciones y que con suerte vivirán más de tres días de verano y, como los
mitos de Ovidio, seguirán aleteando después de dos milenios.
116
WARNER, Marina (2004), pp.16-17.
117
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1333.
81
Dado que este no es un trabajo sobre Ovidio, sino que toma como instrumento de análisis una
de sus obras, no será necesario detenerse de manera prolongada en los aspectos de su vida. En
todo caso, se expondrá a continuación una breve sinopsis de los datos vitales más destacados,
que sirvan como marco de referencia y como conexión con otros elementos relevantes para esta
investigación.
3.1.1. EL HOMBRE
Publio Ovidio Nasón nace en Sulmona, una villa romana emplazada en los Abruzos, en el año
43 a.C. y, como todos los poetas latinos en cuya obra se aprecia cierto cosmopolitismo, viaja por
las provincias de Roma, Grecia y Asia Menor en el tiempo que dura su educación. Tras ocupar
los cargos políticos de rigor que parecen asociados a la carrera de todo hijo de buena familia,
abraza definitivamente sus pulsiones literarias y se labra una fama nada desdeñable como autor
de escritos de calado satírico y romántico. A esta etapa pertenecen las Heroínas o Cartas de las
heroínas (Heroides), Amores, Arte de amar (Ars amandi o Ars amatoria), Remedios de amor
(Remedia amoris) e incluso un tratado sobre Cosméticos para el rostro femenino (Medicamina
faciei feminae). En el punto álgido de su vida, a los cuarenta años de edad, comienza a
inclinarse por una lírica de larga proyección pasada y futura: no sólo está inspirándose en los
modelos de Virgilio, Horacio y Homero —aunque sea para trastocarlos mediante la
reformulación y la mofa—, sino forjando una obra que, él lo sabe, recogerá testimonios de su
tiempo para que sobrevivan eternamente. Las Metamorfosis representan la cima de esa gloria
inmortal perseguida por todo rapsoda, pero de su imaginación y su profunda erudición también
nacieron los Fastos (Fasti), las Tristes (Tristia), las Pónticas (Epistulae ex Ponto), el poema Ibis
y la Gigantomaquia, hoy perdida, y una tragedia no conservada en su totalidad sobre el mito de
Medea.
83
3.1.2. EL CONTEXTO
Ovidio pertenece a la corriente de los autores que hoy en día se considerarían escapistas, frente
a la tradición historicista representada por Virgilio, Horacio y Tito Livio. La obra ovidiana, al
margen de su contenido ético, se desprende del contexto histórico inmediato y no pretende, ya
que el autor no siente interés en ello, reflejar fielmente las convulsiones sociopolíticas que está
atravesando Roma. La publicación de su obra coincide con un cambio de milenio que no parece
afectarle en profundidad: Augusto acaba de nombrarse emperador manteniendo instituciones de
la vieja República, y su poder sobre el Senado, los organismos religiosos y los ciudadanos es
omnipotente e inviolable. Beneficia un sistema de clases bien definidas, dotadas de derechos y
beneficios en las más altas esferas, las correspondientes al funcionariado, la banca, la
aristocracia patricia y los comerciantes de mayor peso y redes internacionales. Como pilares de
la moral que habrían de sustentar al pueblo y mantenerlo unido, Augusto reforzó el
nacionalismo, el Ejército, la religión, la natalidad y condenó la soltería y el adulterio.
Resulta tentador entrever paralelismos entre la Roma del nuevo milenio y las grandes
potencias de principios del siglo XXI, pero dichas semejanzas no sólo requerirían de una
fundamentación más amplia, sino que tampoco se corresponden con el propósito de estas
páginas. En la lejanía todos los hombres son iguales, dotados de cabeza, tronco y extremidades;
los mismos componentes abstractos y generales pueden apreciarse en los grandes imperios de
todas las épocas. No obstante, tampoco deberá desecharse este panorama como trasfondo de la
gestación de las Metamorfosis y como un indicador más de las circunstancias en que se
renuevan las narraciones. Al fin y al cabo, Ovidio otorga protagonismo a su contexto por
oponerse a él, ya que todo «metamorfismo implica una relación especial entre el hombre y su
ambiente».118
118
BARKAN, Leonard (1986), p. 35.
84
Mientras la tonalidad de sus textos incendiaba los ánimos más conservadores de sus
contemporáneos, Ovidio se dedicaba a tareas metamórficas más sutiles y, por tanto, menos
apreciadas en su momento. Antes de él otras decenas de autores se habían dedicado a la
epístola, los tratados y los mitos; ¿qué habría, pues, de hacerlo tan especial? Su mezcla de
formatos, estilos en apariencia opuestos y su reinvención del enfoque aplicado comúnmente a
los géneros literarios le valió dicha categoría. Así, las Heroínas aplican el tono elegíaco y la
retórica al género epistolar, siempre tan ligero y sencillo. Arte de amar y Remedios contra el
amor desmontan, en la forma, las ideas preconcebidas sobre el carácter instructivo de los
escritos pedagógicos, y en cuanto al contenido, dinamita los prejuicios sobre el público
destinatario de este género y las consecuentes divisiones clasistas. Las Metamorfosis, como se
verá en adelante, tampoco fueron un mero cúmulo de relatos mitológicos heterogéneos y sin un
sentido común.
119
Se han encontrado referencias a Ovidio en grafitis de Pompeya.
120
MONTERO CARTELLE, Enrique, en la introducción a Arte de amar, Remedios contra el amor y
Cosméticos para el rostro femenino, Akal, Madrid, 1997, p.19.
85
«Que ese día que no tiene derecho más que a mi cuerpo, acabe cuando quiera con el devenir
incierto de mi vida; que yo, en mi parte más noble, ascenderé inmortal por encima de las altas
estrellas y mi nombre jamás morirá, y por donde el poderío de Roma se extiende sobre el orbe
sojuzgado la gente recitará mis versos, y gracias a la fama, si algo de verdad hay en los
presagios de los poetas, viviré por los siglos de los siglos.»121
Estas últimas palabras del epílogo de las Metamorfosis parecen acomodarse a una petición
huera y ególatra, pero realmente es el fin de un canto eterno. Por tanto, no es un fin, sino un
121
OVIDIO, Metamorfosis, Alianza Editorial, Madrid, 2005, p.460.
86
Antes que un modo de denunciar o revelar la realidad, «un mundo de ficción envuelto en
otra ficción formal».123 El lobo imaginario del que hablaba Nabokov invocado en un momento
que asegura haber eliminado a todas las fieras que amenazan el orden social. Pero Ovidio, en
contra del pacifismo general, descubre algo incómodo, como hace gran parte de la narrativa: el
desorden particular, la fiera impredecible e incontrolable que procede del interior del alma de los
ciudadanos, de clase alta o baja, de cualquier ser humano. Y ese relato extenso de las pasiones,
que laten bajo la superficie de todas las formas narrativas, es lo que Ovidio opone a un
contexto sobrio y anodino, señalando las taras en la falsa perfección general —un ethos o
enseñanza—, y las virtudes allí donde ya nadie deseaba detener la mirada —el pathos o
sentimiento—.
En este sentido, cabe señalar que las Metamorfosis ovidianas no representan un conjunto
homogéneo ni trazan una historia fluida y cronológica, al estilo de la poesía épica de Homero o,
posteriormente, la novela. Ovidio prefirió mezclar la elegía, la épica, las lecciones morales, el
bucolismo, el idilio y ciertas dosis de humor y romance en una sucesión de relatos de diferente
extensión y tono, engarzados unos con otros mediante transiciones narrativas —historias dentro
122
El vivam que mencionaba Marina Warner como lema del creador contra las ruinas temporales (Ver
nota 86).
123
RAMÍREZ DE VERGER, Antonio, en OVIDIO, Obras completas (2005), p.15.
87
La única semejanza apreciable entre los mitos que componen las Metamorfosis, aparte de su
contenido mitológico —y ni siquiera este es completamente uniforme—, es el hexámetro como
unidad de construcción y la metamorfosis como leitmotiv que puntea el argumento general de
la obra. No todos los mitos que recoge Ovidio ofrecen relatos de naturaleza sobrenatural, en los
que una transformación imposible e incomparable actúa como clímax de la vida de algún
infortunado. De la misma manera, no todos los mitos comprenden al hombre, sino que, como
algunos estudiosos han querido catalogarlos, otros se ocupan del origen del universo y de los
dioses que continúan gobernándolo; hay historias muy breves donde la metamorfosis parece un
efecto sin espacio suficiente para una trama emocionante o didáctica, crónicas de héroes
conocidos por otros poemas y tragedias, retratos particulares y grupales, asuntos de planetas y
seres minúsculos, un apunte final que emparenta con la Historia de Roma y el mandato de
Augusto.
A pesar del tono que Ovidio quisiera imprimir en cada uno de los fragmentos del libro, lo
que une su obra con todas las anteriores de similar temática y composición es lo mismo que, en
grado mínimo, recuerda o conoce un lector contemporáneo: las narraciones míticas,
concentradas en sus partes esquemáticas y conceptuales, libres de cualquier intención moralista
o aleccionadora que el autor pretendiese en su momento. Por supuesto, el carácter alegórico de
los mitos mantiene su poder —así como en la Edad Media sería más rememorado el sentido
moral de los mitos en vez de sus vestiduras paganas, líricas o bucólicas—, pero las alegorías
cambian de referentes a medida que las sociedades varían sus motivos de alabanza y condena.
Realmente, la enseñanza contenida en el mito de Eco o Narciso o de Eros y Psique, por
mencionar algunos ya tratados en capítulos previos, ha mantenido una línea similar a lo largo de
los siglos. El rechazo a la egolatría o al juicio de las apariencias, como base primitiva, no ha
cambiado. Sin embargo, cada nuevo contexto sociocultural ha agregado capas de interpretación
a la par que rechazaba otras precedentes y anticuadas. Sin necesidad de que este vaivén haya
supuesto una evolución continua, ascendente y coherente; antes bien, la interpretación de las
historias sigue un curso tan desigual y poblado de avances y retrocesos como el resto de las
áreas del conocimiento humano.
Ciertas imágenes simbólicas, que para un receptor de la Roma de Augusto serían comunes,
resultan crípticas para un individuo del siglo XXI sin entrenamiento en el significado
88
«Ese pulular y enredarse de aventuras a menudo semejantes y siempre diferentes, con que se
celebra la continuidad y la movilidad del todo.»124
Las historias se parecen pero no se repiten, viene a decir el escritor italiano. Es la voz de
Eco repitiendo Coeamus! Coeamus! Coeamus!125 Las metamorfosis han podido variar de forma:
nuevos seres y elementos en los que convertir a los personajes, recorridos más largos y
tortuosos, más fantásticos o realistas; las metamorfosis se metamorfosean, el cambio es tan
inevitable como obvio y literal. Hasta el punto de que las Metamorfosis podrían leerse como
hipertexto del tema de las metamorfosis. Cada relato enlaza con el siguiente de manera
antinatural, ya que no es una exposición de hechos lineales, y como globalidad son forzados a
encontrar una conexión y un propósito comunes. Se trata de un salto incomprensible: la larva
no tiene nada que ver con la mariposa que abandona la crisálida. Y, sin embargo, es un suceso
creíble. Los datos perdidos en la conversión de unas ficciones en otras, el modo extraño por el
que salvan fronteras geográficas, culturales y temporales, es el mismo por el que Ovidio pasa de
las desventuras de una ninfa a las de un dios, de la descripción de una batalla al caso de un solo
combatiente, de alusiones al presente y al más remoto pasado. Ninguna relación de apariencia —
salvo el ya mencionado hexámetro— une el episodio de los centauros y lapitas, tan sucio y
ruidoso, con la dolorosa confesión que la Sibila hace ante Eneas.
El mito de Orfeo y Eurídice es tan disímil en la forma planteada por Ovidio o Virgilio de la
forma audiovisual del Orfeo (Orphée, 1950) de Jean Cocteau, como Crimen y castigo
(Prestupléniye i nakazániye, 1866) de Dostoievski pueda serlo de Match Point (2005), de
124
CALVINO, Italo (2009), p.33.
125
Ibíd., p.34.
89
«Inspirándose en cada minuto del tiempo pasado del que se tiene constancia, e interpretando su
competencia para versar sobre la transformación de la manera más amplia posible, el poema de
Ovidio resulta acorde a la historia del mundo.»126
3.1.3.b. La estructura
Las Metamorfosis de Ovidio están compuestas por quince libros que agrupan 246 mitos o
narraciones, divididos sin ningún esquema prefijado, ni divisiones equilibradas ni extensiones
armónicas entre unos y otros. Algunos estudiosos han querido plantear una clasificación de la
obra en tres partes, que comprendería una primera dedicada al origen del universo y a los
dioses, una segunda centrada en los conflictos entre dioses y mortales, y una última orientada
hacia la Historia de Roma y la dinastía de Augusto. No existe certeza mayor acerca de la
estructura de la obra que aquella que trazó Ovidio: cualquier debate y elucubración respecto a
las intenciones de agrupamiento de los mitos carece de relevancia para estas páginas.
Ovidio tampoco distingue su voz del contenido de los relatos, de ahí que el prólogo y el
epílogo estén contenidos en el primer y el decimoquinto libro, respectivamente, en lugar de
constituir un aparte, como es habitual en la mayor parte de los autores clásicos o modernos.
Esto conllevará que el juicio y las intenciones, a menudo satíricas, de Ovidio se entremezclen
con el material ficticio, lo que por un lado reafirma su novedad, su enfoque original, y por otro
une narración y valores contextuales indisolublemente. De modo que será necesario separarlos
cuando proceda obtener los rudimentos narrativos, sin el sentimiento de Ovidio, para el análisis
de cada mito en relación al medio cinematográfico.
126
BARKAN, Leonard (1986), p.135.
90
LIBRO I
Las edades del hombre Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Bronce y Edad de
Hierro, marcadas por los cambios climáticos y las
actividades del hombre.
La batalla de los Gigantes Afrenta de los Gigantes contra los dioses del cielo.
91
Apolo y Dafne En venganza por sus burlas, Cupido hace que el dios
se enamore de la ninfa, y Apolo la persigue hasta que
el dios Peneo la auxilie transformándola en laurel.
Júpiter e Ío (I) El dios mantiene una aventura con Ío, y para ocultarla
de los celos de su esposa Juno, transforma a la joven
en vaca.
92
93
LIBRO III
94
Narciso (I) Hijo de una ninfa, es tan bello como soberbio, y atrae
sin quererlo la atención de otra ninfa, Eco.
95
Las hijas de Minias (I) Contrarias a los ritos de Baco, se dedican a los oficios
de Minerva y a relatarse historias sobre metamorfosis.
Atamante e Ino (I) Rabia de la diosa Juno ante los logros de Baco y sus
seguidores.
96
Atamante e Ino (II) Cebados por la locura que causan los visitantes del
Tártaro, Atamante mata a uno de sus hijos y su
esposa Ino escapa e intenta suicidarse en el mar junto
a otro hijo. Por mediación de Venus, Neptuno
convierte a madre e hijo en dioses.
Las compañeras de Ino Juno castiga a las seguidoras de Ino, que también
pretenden arrojarse al mar, transformándolas en piedra
y en aves marinas.
97
La fuente de Hipocrene Creada por efecto de los cascos del caballo alado
Pegaso.
Las Piérides (I) Nueve doncellas que plantean un reto a las Musas, con
siete ninfas como jueces.
98
99
LIBRO VI
100
Bóreas y Oritía El dios del viento Bóreas rapta a Oritía y con ella tiene
dos hijos, Calais y Zetes, de apariencia humana y alas
de pájaro.
LIBRO VII
101
La peste de Egina Éaco relata cómo Juno maldijo a su pueblo con una
peste que arrasó todo ser viviente. Éaco implora
socorro a Júpiter y tiene un sueño sobre una encina
por la que trepan hormigas que se convierten en
hombres.
LIBRO VIII
Escila Minos ataca la ciudad del rey Niso, cuya hija, Escila,
se enamora del agresor. Para conseguir su afecto
traiciona a su padre, pero Minos la repudia asqueado.
Niso es transformado en águila, y Escila, en el ave
mítica Ciris.
102
La cacería de Calidón Diana detiene los ataques que los cazadores dirigen al
jabalí; sólo Atalanta consigue herirlo antes de que
Meleagro lo remate. El joven comparte el triunfo con
la doncella, pero los demás jóvenes la desprecian y le
arrebatan el trofeo. Enfurecido, Meleagro increpa y
asesina a sus hermanos.
103
Teseo en Aqueloo Teseo se refugia de la crecida del río por consejo del
dios Aqueloo.
104
LIBRO IX
105
LIBRO X
Orfeo y Eurídice Recién casada con Orfeo, Eurídice muere cuando una
serpiente la muerde en el bosque. Orfeo decide bajar al
infierno para suplicar por el alma de su esposa. Plutón
y Proserpina se lo conceden, siempre que no se vuelva
a mirar a Eurídice hasta la salida del averno. Orfeo
incumple el mandato y pierde a su amada de nuevo.
Vagabundea rechazando a todas las mujeres.
106
Canción de Orfeo: Proemio Orfeo alivia sus penas cantando sobre jóvenes que,
como él, encontraron la perdición o el consuelo en el
amor.
107
LIBRO XI
108
109
LIBRO XII
110
LIBRO XIII
111
Las hijas de Anio Bendecidas por el dios Baco con el don de convertir en
cereal, vino y aceite todo lo que tocan, las cuatro hijas
de Anio son reclamadas por Aquiles y los griegos. Al
intentar escapar y ser capturadas de nuevo, Baco las
transforma en palomas.
112
LIBRO XIV
113
114
Los compañeros de Diomedes Eneas arriba a la zona del Tíber y comienza una
guerra contra los locales. Relato de Diomedes acerca de
sus compañeros, transfigurados en aves después de
que uno de ellos, Acmón, ofendiera a Venus.
Los navíos de Eneas Para evitar que el enemigo queme la flota, la diosa
Cibeles convierte los barcos en náyades del mar.
115
LIBRO XV
116
117
La clave de lectura de las metamorfosis que recorren el poema como un sendero señalizado,
antes que un conjunto de paradas ineludibles, se halla en páginas próximas al final. En
concreto, en el libro XV, durante el discurso de Pitágoras, en cuya boca Ovidio vuelca su
sabiduría narrativa y proporciona el baremo para entender la importancia de las metamorfosis
como recurso estilístico y fantástico. El autor emplea la primera persona en referencia a
Pitágoras, por tratarse de ideas formuladas por el filósofo y matemático, y por eludir una
expresión demasiado directa de su plan maestro al escribir las Metamorfosis. No obstante, ahí
se vislumbra su propósito:
«Nada conserva su apariencia, y la naturaleza, renovadora del mundo, rehace unas figuras a
partir de otras; y en el universo entero, creedme, nada perece, sino que cambia y renueva su
aspecto, y se llama nacer a empezar a ser algo distinto a lo que antes se era, y morir a dejar de
ser eso mismo. Aunque aquellas cosas hayan sido transferidas aquí y estas allá, en su conjunto,
sin embargo, todo se mantiene.»127
Guarda cierta relación este pasaje con las antiguas creencias egipcias acerca del niño como
estado evolucionado de otro previo y cualitativamente inferior, y con esa idea de que todo es el
resultado de otra cosa, que «las barcas de madera son árboles metamorfoseados».128 Ovidio
entiende también la metamorfosis como una metáfora de la vida, considerada en términos
biológicos —y por ello no deja de apuntar el ejemplo de la oruga y la mariposa— y en una suma
de todos los escenarios y elementos que conforman el mundo:
«El cielo y cuanto hay bajo el cielo sufre metamorfosis, y la tierra y cuanto hay en ella.»129
Los cambios que varían y vuelven trascendente la vida del hombre pueden ser apreciados
por un observador superficial, impaciente e impresionable en los cambios corporales: el
crecimiento, las pérdidas, las regeneraciones, las enfermedades y la muerte, fenómenos
cotidianos que en los versos de Ovidio se reflejan en hechos extraordinarios.130 Las
metamorfosis ovidianas, tomadas de la tradición mítica, se adaptan a un objetivo supremo,
127
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1447.
128
BARKAN, Leonard (1986), p. 28.
129
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1457.
130
En Boyhood (Richard Linklater, 2014), se plasma el recorrido vital y físico de un niño de los 6 a los 18
años de edad, y el periodo demuestra su escasa importancia frente al valioso descubrimiento de que la
vida es un ente reiterativo, generalmente vacío de interés, que sin embargo continúa despertando la
atención a través de sus detalles, del hombre como vaso transmisor de verdades que a veces necesitan
retornar de la ficción a la realidad.
118
Los episodios metamórficos de las Metamorfosis de Ovidio serán empleados para este
trabajo como un cómputo antes que como elementos individuales, tal y como se detalla en el
capítulo de metodología; sistema que facilitará, además, el empleo de un número tan alto de
narraciones. No todas resultan apropiadas para el propósito establecido, pues, como ya se ha
señalado, algunas carecen de alusión al recurso de las metamorfosis y otras tantas podrán ser
agrupadas de acuerdo a un mismo hilo conductor o cuadro de valores, etapas narrativas y
arquetipos.
131
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1445.
119
Licaón × ×
Deucalión y Pirra × ×
Apolo y Dafne × × ×
Júpiter e Ío × × ×
Pan y Siringe × × ×
Las Helíades × ×
Cigno × ×
Calisto × × × ×
Arcas × ×
Coronis × × ×
Ocírroe × × ×
Bato × × × ×
Aglauros × × ×
Europa × ×
Cadmo × ×
Acteón × ×
Sémele × × ×
Tiresias × ×
Eco × × ×
Narciso × × ×
120
Los tirrenos × ×
Penteo × ×
Leucótoe y Clitie × × ×
Hermafrodito × ×
Hijas de Minias × ×
Atamante e Ino × × ×
Compañeras Ino × ×
Harmonía × × ×
Atlas × ×
Andrómeda × × ×
Fineo × ×
Preto × ×
Polidectes × ×
Pireneo × ×
Cíane × ×
Ceres × ×
Ascálafo × ×
Las sirenas × ×
Aretusa × × × ×
Triptólemo × ×
121
Piérides × × ×
Aracne × × × × ×
Níobe × × ×
Campesinos licios × ×
Marsias × ×
Pélope × ×
Tereo × ×
Bóreas y Oritía × × × ×
Esón × ×
Huida de Medea × ×
Minos × ×
Mirmidones × ×
Escila × × ×
Ariadna × × ×
Perdiz × × ×
Meleagro × × ×
Equínades × ×
Perimele × ×
Filemón y Baucis × × × ×
Mnestra × ×
122
Aqueloo × ×
Licas × ×
Hércules × ×
Alcmena × ×
Dríope × ×
Calírroe × ×
Biblis × × ×
Ifis × × ×
Cipariso × × ×
Ganimedes × × × ×
Jacinto × × ×
Propétides × ×
Pigmalión × × ×
Mirra × × ×
Atalanta × × ×
Adonis × ×
Orfeo × × ×
Edónides × ×
Midas × × × × ×
Tetis y Peleo × × ×
123
Dedalión × ×
Lobo de Peleo × × ×
Alcíone × × × ×
Esaco × × ×
Ifigenia × ×
Cigno × ×
Ceneo × × ×
Periclímeno × ×
Áyax × × ×
Polidoro × × ×
Memnón × ×
Hijas de Anio × ×
Coronas × ×
Acis × ×
Glauco × ×
Escila × ×
Cércopes × ×
Sibila × ×
Circe × ×
Pico × ×
124
Canente × ×
Diomedes × ×
El olivo salvaje × ×
Navíos de Eneas × ×
Ardea × ×
Eneas × ×
Vertumno × × ×
Ifis y Anaxárete × × ×
Rómulo × ×
Hersilia × ×
Míscelo × × ×
Hipólito × ×
Cipo × × ×
Esculapio × ×
125
Quizá las metamorfosis menos interesantes para Ovidio sean aquellas de naturaleza
reversible, atribuidas a los dioses que adoptan apariencia humana para presentarse ante los
mortales, o que recurren a formas animales o naturales para abordar a los hombres y mujeres
de los que se encaprichan. Esta habilidad también recae en ninfas o sujetos dotados del poder de
transmutarse en lo que deseen; así acontece en los mitos de Tetis, Aqueloo, Mnestra, Tiresias,
Morfeo y Periclímeno. No falta la presencia de la magia a través de los personajes de Circe y
Medea, claros precedentes del imaginario de brujas y hechiceras del folclore nórdico, la
narración oral y la literatura popular.
132
LEM, Stanislaw, Solaris, Minotauro, Barcelona, 2008, p.228.
133
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1297.
126
Esta categoría de metamorfosis actúa como leitmotiv por la sencilla razón de que
desempeña con más facilidad que una transformación reversible la función moralizante del
relato. Aparte de su mayor impacto narrativo. Si un cambio físico puede ser revertido, no sólo
parece flotar en segundo término la lógica de que entonces todo cambio emocional también
podrá ser sólo eventual y volver a recaer en viejos y malos hábitos; una transformación anulada
se aproxima más al terreno de la magia, de lo ilusorio y fantasioso. Es un visto y no visto, como
un hábil pase de manos. Evidentemente, las metamorfosis irreversibles no son menos
fantasiosas que aquellas, pero dentro de los parámetros de la historia y del pacto implícito entre
obra y receptor, su efecto resulta más determinante, creíble incluso. Siguiendo el proceso
metamórfico biológico y psicológico, toda evolución implica una línea ascendente, sin
posibilidad de enmienda. No hay posibilidad de que el anciano vuelva a ser joven, y cuando esto
sucede, como en los mitos de los hijos de Calírroe y Esón, es la magia y no los dioses la que
facilita que algo tan antinatural ocurra. En el momento en que las hijas de Pelias pretenden
rejuvenecer a su padre empleando esas dudosas tretas de hechicera, su propósito falla y son
castigadas por querer alterar el destino. Como asevera Júpiter ante los demás dioses: « Por mor
134
NABOKOV, Vladimir (2010), p.145.
127
Así, escasos son los personajes puros e inocentes que deben ser perdonados por su
metamorfosis, como la joven Ío, transformada en novilla y luego vuelta a convertir en humana,
o los compañeros de Ulises, transfigurados en cerdos por la veleidosa mano de Circe, y que
finalmente consiguen huir junto a su cabecilla. Todos los demás deben confrontar sus miedos y
sus aspiraciones, y descubrir cuál es su auténtica naturaleza, es decir, si están hechos para volar
o para precipitarse al vacío.
Las nuevas formas adquiridas a resultas de una metamorfosis indican más del alma del
individuo que su antigua apariencia humana. El somorgujo es un ave con la costumbre de
precipitarse contra la superficie del mar para después surgir de nuevo; así Esaco está condenado
a repetir por toda la eternidad su deseo de suicidarse, sin verlo realizado. En cambio, Ícaro y
Pireneo desearían poder volar, pero ambos mueren al caer desde las alturas sin que ninguna
mano divina les tienda ayuda. El uno por ambición desmesurada, el otro por vileza, no merecen
el don de las alas. Y dicho don es también relativo, ya que para Esaco supone un suplicio
continuo. Lo que origina el castigo de Esaco es su actitud brutal hacia la ninfa que persigue;
Cipariso también ocasiona la muerte del ciervo sagrado que debía cuidar, pero al tratarse de un
descuido sin malevolencia, el joven es perdonado y sus deseos se cumplen: los dioses lo
metamorfosean en ciprés, para que llore eternamente la muerte del ciervo.
135
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1197.
136
Ibíd., p.1299.
137
Ibíd., p.1199.
128
Narciso será una flor inclinada hacia el agua; Clitie, enamorada de Febo, se convierte en
girasol. Las Piérides son ahora urracas, y subsiste en ellas «su antigua locuacidad, su ronca
charlatanería»;138 Procne y Filomela son aves en las que «aún no han desaparecido de su pecho
las marcas de la matanza, quedando sus plumas señaladas por la sangre»;139 y Ascálafo, que
descubre el secreto de Proserpina en el inframundo, es un búho, «siniestro augurio para los
mortales».140 Los Cércopes son escarmentados con forma de simio «para que pudieran parecer
tan semejantes como desemejantes al ser humano».141 Dedalión, al transfigurarse en gavilán,
será, como antes, «amistoso con nadie».142 Perdiz «tiene miedo a las alturas acordándose de su
antigua caída».143 Anaxárete terminará petrificada por haber demostrado, mientras era de carne,
ser «más cruel que el mar, (…) más dura que el hierro (…) y que la roca viva».144 El pastor
convertido en olivo por mofarse de las ninfas «en sus amargas bayas muestra lo infame de su
lengua; a ellas pasó la rudeza de sus palabras».145
Todos ellos opuestos a la gratificación más preciada: el rango divino o estelar que los dioses
conceden a seres mortales por su importancia histórica y su ejemplo espiritual: «los amados de
los dioses, dioses son».146 Y en uno y otro platillo de la balanza sucede lo mismo: la
metamorfosis literal o física no conlleva una metamorfosis del alma, a menos que dicha
metamorfosis sea entendida en el sentido de revelación. Los cambios de las apariencias sirven
para que lo que permanecía oculto, para bien o mal, sea conocido; pero en el fondo las
138
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1041.
139
Ibíd., p.1077.
140
Ibíd., p.1025.
141
Ibíd., p.1391.
142
Ibíd., p.1275.
143
Ibíd., p.1139.
144
Ibíd., p.1425.
145
Ibíd., p.1415.
146
Ibíd., p.1165.
129
Sin embargo, así como una metamorfosis-castigo lo es sin lugar a dudas, Ovidio se
cuestiona si las metamorfosis-recompensa lo son realmente: respecto a la transformación de las
hijas de Anio en aves, llega a preguntarse «si puede llamarse socorro a malograrlas de manera
prodigiosa».150 Este dilema entroncará con la inclinación cristiana a valorar la pureza del alma a
través del auto sacrificio corporal, tal y como, en un sentido pagano, Ifigenia y Polixena acuden
al altar del sacrificio sin cuestionar su indigno destino. Esta metamorfosis radical, representada
por la muerte —aunque en la versión ovidiana de Ifigenia la joven es sustituida en el último
segundo por un ciervo— indica que sus almas inocentes no se han acobardado ni se han rendido
a la súplica. El cuerpo, por tanto, debe cambiar para demostrar que el alma permanece
invariable, ya sea un espíritu loable o cargado de mentira: «¡Qué difícil es no delatar la culpa
con el rostro! »,151 se dice a propósito de Calisto, embarazada de Júpiter.
147
OVIDIO (2005), Obras completas, p.897.
148
Ibíd., p.1385.
149
Ibíd., p.915.
150
Ibíd., p.1369.
151
Ibíd., p.895.
152
Ibíd., p.1455.
153
Ibíd., p.1455.
130
Muchos de los mitos de las Metamorfosis, aun pertenecientes a distintos libros del poema,
presentan nexos de unión y semejanzas en cuanto a tipo de metamorfosis, argumentos,
arquetipos, escenarios, arcos evolutivos, valores y enseñanzas. Para un estudio menos amplio —
pues abordar cada mito individualmente conllevaría inabordables miles de páginas— y más
fluido y sintético, se agruparán los relatos con denominadores comunes que permitan el análisis
de obras muy parecidas. Este procedimiento será explicado en el apartado correspondiente a la
metodología.
Sin embargo, sí sería posible extrapolar un espinazo de la totalidad del poema, puesto que
todos los cambios humanos —y divinos, puesto que los dioses son entendidos como criaturas
sobrenaturales con comportamientos humanos— responden a un motor principal. A este
respecto, Leonard Barkan afirma que «los mitos sobre cambios mágicos serán, una y otra vez,
historias que celebran las extrañas formas del impulso sexual, con todo el terror y el atractivo
que conlleva».154 Aun apuntando en la dirección correcta, dicho así el tema está cayendo en el
mismo error reduccionista que el conflicto freudiano: se convierte en epicentro del problema lo
que sólo es marco de referencia, la expresión de otras ideas más graves, el hecho que sigue a la
maduración de unas emociones. Por ello la definición mejora cuando Barkan designa las
metamorfosis como el destino de aquellos que viven según las pasiones, lo cual es mucho más
preciso que limitarlo al sexo, que es una de sus manifestaciones. Realmente, todos los mitos
contenidos en las Metamorfosis hablan de afectos, incluso los que abordan motivos bélicos o
históricos —el afecto puede ser detonante, como el rapto de Helena por parte de Paris en la
guerra de Troya; o desenlace, como la ascensión al cielo de Rómulo y su esposa Hersilia—.
Para Ovidio, las pasiones ejercen igual influencia en hombres y mujeres, de ahí que
también parezca un tanto simplista la clasificación que establece que « las figuras femeninas de
las metamorfosis, impuestas por una alegoría patriarcal, oscilan desde la pasividad de vírgenes
sobre las que se toman represalias hacia la malevolencia de ninfas vengativas ».155 Leídos todos
los mitos, se observa que no todas las mujeres, protagonistas o secundarias, de la obra son
víctimas o brujas; quizá ambos extremos pudieran servir como términos muy generales, pero
está olvidando ejemplos que no encajan en ninguno de los dos, o que lo harían en los dos.
154
BARKAN, Leonard (1986), p.13.
155
CLARKE, Bruce (1995), p.113.
131
Quizá a ello se refería Nabokov cuando mencionaba el primitivismo del hombre homérico,
que repite el ovidiano: los impulsos carecen de todo control y sus consecuencias multiplican una
violencia inadmisible, aun sólo de palabra, en el mundo civilizado moderno. Hay que tener en
cuenta, pues, que se trata de una época de costumbres y prioridades distintas a las de siglos
posteriores. No obstante, las repercusiones y la naturaleza de los conflictos emocionales son las
mismas después de que se haya superado, en teoría, la agresividad del hombre homérico. El
amor no correspondido, impetuoso o inadecuado fustiga la mayor parte de los mitos cantados en
las Metamorfosis. Los menos celebran el amor sincero y tranquilo. Y no porque Ovidio no crea
en su esencia; antes bien, es en esos escasos relatos en los que el poeta vuelca mayor
sensibilidad y toda la esperanza que no halla en las estúpidas decisiones que el hombre repite de
continuo en las demás narraciones. Sólo así puede entenderse que, como apuntan Barkan y
Clarke, las metamorfosis inspiren tanto miedo y ardor, a resultas siempre de un pecado o una
pérdida irremediable. Y en un clima tan desgarrado y opresivo, Ovidio recupera oxígeno con
dosis optimistas y mediante un gran triunfo del amor verdadero: la metamorfosis que
experimentan Filemón y Baucis cuando, ya muy ancianos y tras una larga vida en la que
respetaron la tierra y a los dioses, son bendecidos con pasar toda la eternidad juntos, bajo forma
de encina y tilo.
132
3.2.1. HEROÍNAS
En las Heroínas o Cartas de las heroínas, Ovidio adopta la técnica epistolar para imaginar
correspondencias ficticias entre personajes legendarios. En los veintiún casos que componen la
obra, casi siempre es la mujer quien se dirige al hombre con motivo de exponerle sus
sentimientos, sus desesperanzas o sus cuitas —las excepciones son Paris, Leandro y Aconcio—,
y el contenido persigue una humanización de las figuras clásicas, atribuyéndoles parlamentos
repletos de referencias a emociones y preocupaciones comunes. Al emplear la primera persona,
Ovidio no puede incluir anotaciones críticas ni largos relatos paralelos o similares sin romper la
armonía del escrito, como haría en las Metamorfosis, pero aún puede hallarse alguna nota de
cariz mítico.
En la carta número quince, la poetisa Safo, único personaje real de la obra, escribe a Faón,
quien antaño fuese un barquero anciano convertido en un apuesto joven gracias a un ungüento
de la diosa Afrodita. Esta metamorfosis enlaza con la transmutación de la apariencia y la edad
que exponen los mitos de Esón, Iolao y los hijos de Calírroe. Con el añadido de la belleza
extraordinaria —no siempre inherente a la juventud—, que acarrea fortunas y pasiones hasta
entonces desconocidas por Faón, entre ellas el amor de Safo.
156
OVIDIO (2005), Obras completas, p.123.
133
«Yo, que combatí fuegos desaforados con sabios brebajes, no puedo huir de mis propias llamas.
Me abandonan mis sortilegios, mis hierbas y mis hechizos.»159
No consiguen nada las artes humanas frente a los designios divinos, que pueden fijarse en
una perpetua metamorfosis. En este caso, no resulta necesaria: mediante la escritura todos los
personajes se están confesando y completan un retrato subjetivo, pero exacto, de aquellos a
quienes se dirigen las misivas y que carecen de posibilidad de réplica.
157
OVIDIO (2005), Obras completas, p.113.
158
Ibíd., p.5.
159
Ibíd., p.99.
134
Un tono aleccionador y levemente elegíaco acompaña a los relatos que salpican el Arte de
amar, un extenso y exhaustivo manual de comportamientos románticos. Dicho propósito
subraya la necesidad que siente Ovidio, en medio de párrafos más frívolos y desmitificadores,
de incluir máximas y enseñanzas relevantes. La belleza, tema superficial, puede derivar en la
importancia de la forja del carácter y el paso del tiempo, que todo lo marchita; he ahí la
metamorfosis más acusada para el hombre y que, de modo velado, recorre las Metamorfosis —
salvo en el evidente caso de la Sibila que pidió la vida casi eterna y olvidó reclamar una
160
OVIDIO (2005), Obras completas, p.299.
135
Siguiendo esta línea de la pausa mitológica como parábola, en el Arte de amar Ovidio ya
desarrolla la leyenda de Dédalo e Ícaro, que concluye con un rotundo «¡Minos no fue capaz de
poner freno a las alas de un hombre y yo pretendo retener a este dios que es volador!».162 En las
Metamorfosis, si bien mediante un lirismo menos enfático, Ovidio dará a entender el mismo
problema: la imposibilidad de contener y prever al hombre, enfrentado a su vez al quimérico
sueño de dominar la naturaleza y cambiar sus leyes —representadas en el mundo de los dioses,
y esto enlaza con el ejemplo que ya se expuso en el primer capítulo sobre Thor y el espejismo
de las novedosas tecnologías—.
En esta obra también aparecen Ulises, Baco y Ariadna, Marte y Venus, Procris, Orfeo,
Helena de Troya y una descripción del origen del amor que curiosamente se emparenta en
lenguaje y estructura con los cantos al origen del universo en el Libro I de las Metamorfosis. El
punto de partida del mundo es el hombre, y en especial su capacidad de sentir y diferenciarse de
los animales a los que, como castigo o escapatoria, las metamorfosis lo emparentan.163
El cambio de las formas, que tanto afectan a hombres y mujeres a la hora de engalanarse
en estos textos ovidianos, se equipara con las nuevas manifestaciones estilísticas sobre papel.
Cuando Ovidio dice que «antes había una ruda sencillez, ahora la áurea Roma posee las
enormes riquezas del orbe sometido»,164 está anticipando los interminables debates en torno a la
161
OVIDIO (2005), Obras completas, p.387.
162
OVIDIO, Amores. Arte de amar, Cátedra, Madrid, 1997, p.439.
163
En este sentido, una completa metamorfosis de la obra magna de Ovidio, de forma inconsciente, es El
árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011), una falsa cronología del universo que
funciona, a su vez, como gran metáfora del conflicto del hombre como ser particular e indefenso frente a
las fuerzas naturales y los conflictos pasionales; esto es, el equilibrio siempre precario entre el bien y el
mal, sin que existan fórmulas de drama o romance sin fisuras. El árbol de la vida, al igual que las
Metamorfosis, es un cuento de hadas que toma recursos preexistentes para aplicarles un proceso distinto,
recibido con mayor o menor entusiasmo y comprensión por parte del público de sus respectivos
contextos. La ambición de combinar los relatos del origen de lo incomprensible y de lo cotidiano, el inicio
del universo y las emociones humanas, se combinan en la susodicha película y en este párrafo del Arte de
amar, donde las aristas del Caos se pulen y conforman la naturaleza conocida, los seres vivos, el hombre y
la lucha y reconciliación entre los opuestos. En capítulos posteriores se analizará esta influencia ovidiana
en el cine de los últimos años.
164
OVIDIO (2005), Obras completas, p.457.
136
165
La ampulosidad de la que puede ser acusada una película de Malick o un extenso poema ovidiano se
enfrenta a un eterno afán por evaluar el presente en términos comparativos y en favor de pasados
idealizados. ¿Era mejor el cine mudo —y una imitación de esa época, metamorfosis a la inversa, como es
The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) obtiene un aplauso unánime— que el enrevesamiento audiovisual
de directores como Malick —y su película El árbol de la vida recibe no pocos vapuleos de crítica y
público—?
166
Estrategia que aparecería menos frecuentemente en las Metamorfosis, como al inicio del relato de
Biblis: «Sirve de escarmiento para que las muchachas tengan amores lícitos ». OVIDIO (2005), Obras
completas, p.1199.
167
OVIDIO (2005), Obras completas, p.505.
137
Los Fastos, obra inacabada, suponen un cambio de registro para Ovidio, quien en este texto
entabla conversaciones directas con los dioses en busca de los orígenes de las fiestas y los días
más destacados del calendario romano. Si las Metamorfosis llegaron a ser calificadas por algunos
estudiosos como una historia camuflada del mundo, desde su creación hasta el ascenso al poder
de Augusto, los Fastos implican un objetivo similar, pero desprovisto de la coartada de la
ficción como ejercicio de estilo. Mediante el retrato fantástico de las etapas que dividen el año,
sus estaciones, constelaciones, festejos y ritos, Ovidio cuestiona el sentido de las tradiciones e
introduce interrogantes de calado humano y filosófico, como también gustaba de hacer entre los
mitos de las metamorfosis.
Tristezas y Cartas desde el Ponto son obras de exilio, y en ellas, como expresa el título de la
primera, están contenidos un lamento y una confesión personalísima que darán pie a
reflexiones de carácter particular antes que al tono divulgativo general que rodea a sus textos
previos. Si en cada libro o poema Ovidio recurría a los mitos como bustos anatómicos en los
cuales señalar las piezas y los significados necesarios para la narración, en las Tristezas sólo lo
hará para ejemplificar sentimientos y pesares propios. Apuntes como «al lanzarse Ícaro con
138
«Yo te encargo que les digas que entre esas metamorfosis se puede incluir el rostro de mi
fortuna, pues esta tornose de pronto diferente de la anterior: deplorable hoy, en otro tiempo fue
favorable.»169
La suerte mudable a la que alude Ovidio es un síntoma más de las muchas metamorfosis
que sufre el hombre a lo largo de su vida, y que también atravesaron sus personajes en las
Metamorfosis. El cambio del alma, pues Ovidio ha sido objeto de una repulsa que lo ha
desprestigiado a ojos del público y lo ha alejado para siempre de su hogar, se acabará reflejando
en las formas: el tono de sus textos, cada vez más pesimista y pesaroso, y su propio cuerpo, que
no aguantaría muchos años el retiro de la civilización: «El color que tienen en otoño las hojas
batidas por los primeros fríos, a las que dañó el invierno, es el mismo que tienen mis
miembros»,170 «ya mis sienes se parecen a las plumas del cisne».171 Augusto, como los
caprichosos dioses del Olimpo, ha impartido su justicia y el pobre mortal, el poeta en este caso,
debe acatar la orden y asumir las consecuencias. De escritor laureado a hombre arrinconado: así
funcionaban en muchos relatos las metamorfosis que convertían al más envidiado de los seres
humanos en un despojo de sí mismo, independientemente de si ese castigo era realmente
merecido. En verdad, como señalase en algunos de los mitos de sus poemas, su delito nace de
una inconsciencia antes que de un acto de maldad; en cualquier caso el castigo, según Ovidio, es
tan terrible como merecido —«la culpa será eterna»,172 sentencia en las Pónticas—, pues hay
168
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1487.
169
Ibíd., p.1489.
170
Ibíd., p.1579.
171
Ibíd., p.1623.
172
Ibíd., p.1683.
139
Tan concentrado en su desgracia, en las Tristezas y Pónticas Ovidio olvida la ficción y los
paralelismos que fácilmente podría haber hallado con las pesadumbres de la Sibila —cuando
habla de «tantas desgracias como arenas tiene la playa»173—, Céix y Alcíone —durante su
tempestuoso viaje en barco—, Esaco —al contraponer su deseo de muerte al destino que le han
deparado los dioses: «la vida que se nos dejó para que nos sirviera de sentidos y materia de la
desgracia»174—, las mujeres de sus Heroínas —en el momento de redactar una carta para su
esposa o varios de sus amigos y enemigos—, o el desgarro que debió sentir Eneas al separarse de
su tierra natal —cada vez que compara Roma con los lugares de su exilio, Tomis y el Ponto—.
Únicamente cita a Ulises, a costa de sus desventuras marinas, y a Acteón,175 quien por azar
contemplase a la diosa Diana desnuda, para defender su inocencia en un escándalo, motivo de
su exilio, del que no han llegado pruebas ni datos fehacientes a nuestros días. Completada su
obra poética, Ovidio no necesitaba incidir más en su contenido, y quizá, como afirmase el
dramaturgo Oscar Wilde, la realidad empezaba a imitar a la ficción con mayor ahínco al que la
ficción recurre para inspirarse en la realidad.
173
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1601.
174
Ibíd., p.1855.
175
Ibíd., p.1529.
176
Ibíd., p.1619.
177
Ibíd., p.1621.
178
Ibíd., p.1489.
179
Ibíd., p.1563.
140
Cánticos opuestos a la ira y la amargura que destilan los versos de su último poema, Ibis,
dedicado a un enemigo, y en el que las alusiones mitológicas tienen como fin invocar los peores
infortunios para el destinatario de la obra. Así, no es extraño que Ovidio rememore relatos que
agregan detalles escabrosos y terroríficos a los malos augurios que dedica a su enemigo: algunos
ya especificados en las Metamorfosis, como los dolorosos castigos que recayeron sobre Licaón,
Biblis, Mirra, Nictímene, Glauco, Niso, Escila o Polifemo. Sin embargo, ya no es el acto
metamórfico lo que interesa a Ovidio en estas menciones: disuelta la magia y la lírica, sólo
queda la atroz descripción de crímenes a cada cual más bárbaro y sangriento. El mito como
expresión fantasiosa de lo opuesto a las Metamorfosis: donde antes las leyendas invocaban un
mundo mejor y más loable, en Ibis trazan una quimera de odio desenfrenado y violenta
crueldad; el hombre, el autor, finalmente abrazando todos los vicios y males que antes había
condenado. El alma envenenada por el exilio revelada en la metamorfosis de la vejez.
Buscar la respuesta a la pregunta central del tema escogido, ¿por qué Ovidio?, ¿por qué sus
Metamorfosis?, implica retroceder inexorablemente hacia la cuestión primigenia, planteada al
comienzo de este trabajo. Como diría retóricamente Valerio Brusov, ¿quiénes fueron los
maestros de nuestros maestros?182 ¿Los griegos se inspiraron en los egipcios, estos a su vez en
los babilonios, y ellos en…? ¿Se trata de coincidencias, inútiles parecidos para especialistas
obsesionados, como afirmaría Tolkien, o se distingue realmente un foco común inexplicable y
arcano? Es imposible demostrarlo de modo irrefutable debido a la transmisión oral de las
primeras historias, y en especial porque el germen de la narrativa, al contrario que otros dones
humanos, no posee una impresión innata en la secuencia genómica y, por tanto, carece de un
historial cronológico y “objetivo” que tantas dudas puede despejar a los científicos.
Así, cuando Ovidio acomete la empresa de escribir un largo y complejo poema épico y
divulgativo acerca de un motivo mitológico totalmente popular en su contexto, no está siendo el
primero ni aun, en cuanto al hilo conductor de la obra, original. Como bien denotan los mitos
incluidos en las Metamorfosis y vistos uno a uno, la clave ovidiana reside en la transformación
180
OVIDIO (2005), Obras completas, p.253.
181
Ibíd., p.347.
182
BALASCH, Enric (2003), p.33.
141
«Todas las formas de magia están pasadas de moda y mandadas retirar en el mundo, excepto en
la India, donde nada cambia, bajo la superficial cresta de espuma que suele llamarse
“civilización”.»183
Precisamente en la cuna literaria oriental nacerá Shahrazad, la casi eterna narradora de Las
mil y una noches (Alf layla wa-layla, recopiladas en el [Link]), como metáfora de un modo de
rehuir la finitud del hombre a través del canal oral: las historias interminables, entrelazadas,
para sortear la muerte y, con ella, el fin del flujo narrativo. Un método similar al empleado en
una obra india, escrita en el primer milenio de nuestra era, Los veinticinco cuentos del vampiro
(Vetalapañchavimsatika), que acabaría siendo recuperado siglos más tarde en el ejemplo que
sirvió de punto de partida a estas páginas: La llave de oro o la inmortalidad de las historias
orales anónimas. Quizá sin ese anonimato, ese misterio que tantas veces se asocia a lo mágico,
las obras firmadas no sólo no existirían, sino que no hallarían incentivo para ser contadas de
nuevo. Kipling, al mencionar la victoria de la civilización sobre la magia pretérita, está
refiriéndose al orden narrativo que domina el caos de la oralidad y de lo popular, un fenómeno
que está resurgiendo en los últimos años, a costa de las nuevas tecnologías y la facilidad para
documentar y transmitir contenidos de origen incierto. Ovidio, en la cima de la civilización
mundial de su época, también abordó viejos conjuros para elaborar canciones adecuadas a su
público, cada vez más descreído, más centrado en el significado humano de lo sobrenatural, en
las pasiones que promueven esos hechos fantasiosos e increíbles.
183
KIPLING, Rudyard, Cuentos de las colinas, Eneida, Madrid, 2008, p.48.
184
BALASCH, Enric (2004), p.14.
142
Por este motivo, en palabras de Barkan, «las Metamorfosis de Ovidio, aunque no son la
fuente más antigua ni la primera colección de relatos metamórficos, es la Biblia de una
tradición, leída, releída, traducida, ilustrada, moralizada y renacida».187 Y para esta investigación
agregaríamos también “filmada”. Se sabe que aparecieron las primeras colecciones de mitos a
partir del siglo III a.C.: una Ornitogonía —tratado de transformaciones de seres humanos en
pájaros— de Beo; unos Catasterismos —conversión de hombres en constelaciones— a cargo de
Erastótenes; la Heteroeumena o Transformaciones de Nicandro de Colofón, de la que sólo ha
pervivido la historia de Hécuba; una Metamorfosis de Partenio de Nicea, de la cual se conserva
un resumen en prosa; y otra Ornitogonía, perdida, de Emilo Macro. Es posible que Ovidio
conociera todas o algunas de estas obras al elaborar su Metamorfosis; también incorporaría las
inasibles aportaciones orales y las influencias traídas de otros continentes, pues numerosos
autores, como Pitágoras, Tales, Solón, Demócrito de Abdera, Platón, Eudoxio de Cnido, Hermes
Trismegisto, Plutarco, Plotino y Jámblico visitaron Egipto en algún momento de sus vidas e
incorporaron ideas y relatos de aquella cultura a la suya propia.
185
BALASCH, Enric (2004), p.74.
186
BARKAN, Leonard (1986), p.72.
187
Ibíd., p.1.
143
Entre los latinos, el material mítico de Ovidio coincide con contemporáneos como Virgilio
—Eneas y Faetón en la Eneida, Medea en las Bucólicas, Aracne y Orfeo en las Geórgicas—,
Higino —Acteón, Píramo y Tisbe, Teseo, Céfalo y Procris, Orfeo, Meleagro, Mirra—, y Estacio
—Aquiles en su Aquileida—; aunque sería posteriormente cuando una nueva ola de autores
recuperase el pretexto mitológico para entablar diálogos apócrifos con los textos de los viejos
maestros, griegos y romanos, entre los cuales se contaron Plinio —Licaón, Aracne—, Luciano —
Ío—, Séneca —Orfeo, Neso y Deyanira en la obra Hércules en el Eta—, Cicerón, Valerio Flaco
—Jasón—, Plutarco —Cigno, Pico—, Quinto de Esmirna —Memnón, Aquiles, Áyax—,
Antonino Liberal, con su Colección de metamorfosis, y Luciano sobre Ío en Diálogo de los
dioses. Destacaría El asno de oro de Apuleyo, con su renovador espíritu picaresco,
supuestamente inspirada en unas Metamorfosis perdidas de Lucio de Patras. Se inspirasen o no
en el ejemplo asentado por Ovidio, o bien prefiriesen imitar la poesía ensalzadora de Virgilio, la
mitología disponía de unos definitivos aportes ovidianos, como los relatos de Ocírroe, Bato,
144
Las Metamorfosis hallaron un eco literario más o menos fiel, que en el proceso perdía y
transfiguraba determinados elementos, tal y como les sucedía a las oraciones de la ninfa Eco.
No obstante, y al contrario que las réplicas miméticas y sin sentido de la joven, las nuevas
metamorfosis han ido acomodándose a los nuevos tiempos, de modo que representan con mayor
fidelidad las evoluciones formales de las historias antes que los posos del fondo ovidiano, sin
que estos pierdan su importancia. Bardos que han querido medirse en gloria lírica y capacidad
épica con los viejos maestros no dudaron en recurrir a los temas que tan bien funcionaron en
una época no menos melancólica y descreída —Ovidio llegaba a afirmar en una de sus cartas
que «antes creería que el rostro de la Gorgona Medusa estaba coronado por una cabellera de
serpientes (…) en la Quimera (…), la Esfinge (…), las Harpías»188 que el que un amigo lo hubiera
olvidado—. Bien a costa de que los nuevos géneros y las tendencias realistas o excesivamente
idealizadoras impedían hablar con certeza de valores y honores en apariencia pasados de moda,
bien porque los mitos permiten hablar de conflictos modernos mediante alegorías conocidas por
casi todos, los relatos metamórficos siguieron marcando un ritmo narrativo pausado e
importante.
188
OVIDIO (2005), Obras completas, p.1623.
145
Este puñado de seguidores del mito sirve para ejemplificar lo ya expresado; la inmortalidad
de las historias que Ovidio consignó a un lugar específico, dotándolo de características notorias
y bien diferenciables, como manantial de versiones de las más variadas corrientes artísticas y
morales. Mucho más numerosos, también más difíciles de distinguir e imposibles de reunir en
su totalidad, son los casos que han reciclado la mitología clásica en nuevos formatos y
coordenadas espaciotemporales, éticas e incluso narrativas. Aquellos ecos con los que se corre el
peligro, como avisaba Tolkien, de caer en la vana búsqueda de elementos coincidentes tras los
cuales no se oculte nada. También es posible, aplicando esa misma teoría, que la presencia de
caracteres idénticos, como los nombres de los personajes, la ambientación, los arcos dramáticos
o cierto peso en la retórica y el lirismo del lenguaje empleado, no establezca un lazo más fuerte
entre el “original” de Ovidio y sus reformulaciones. Sin embargo, esa presencia invisible de la
mitología metamórfica asentada por Ovidio será la más notoria en el desarrollo de sucesivas
narrativas, entre ellas el tan famoso cuento de hadas, y de artes paralelas a la literatura, como el
cine.
146
Es el proceso en sí, antes que su trascendencia, lo que importa. «La fuerza de un narrador
infantil radica en su habilidad única para implementar y adaptar el familiar aparataje de los
cuentos antiguos y trabajando viejos materiales bajo nuevas formas».190 El acto de la
metamorfosis, entendido en todas sus acepciones, como un acto puro, eterno y necesario; su
verdadera trascendencia no podría ser aprehendida totalmente hasta la última de las historias del
mundo, en la cual sí podrían cribarse los rastros que han ido acumulándose desde las culturas
prehistóricas y los primeros mitos de las civilizaciones. Es un proceso aún sin fin que en esta
investigación adopta un carácter momentáneo; si bien, como toda etapa histórica, tal vez de lo
189
WARNER, Marina, (2004), p.211.
190
NYE, Russel B., en HEARN, Michael Patrick (2000), p.6.
147
El viaje de las Metamorfosis de Ovidio encuentra un reflejo, siglos más tarde, en el cuento
popular inglés Caporushes. Una joven de familia noble es expulsada de su hogar y obligada a
sobrevivir en la naturaleza, donde se oculta bajo una capota entretejida con juncos —en inglés
su apodo apela a su condición: cap – gorro y o’rushes - de juncos—. La protagonista también
vive, como las mujeres desvalidas de la mitología, una metamorfosis canalizada a través de la
naturaleza, aunque se trate de una variante reversible, al recurrir a un mero disfraz.
Numerosísimos son los relatos de doncellas de baja o alta cuna llevadas por las circunstancias a
esconderse tras disfraces que ocultan su auténtica valía, a la par que recurren a vestidos
maravillosos en ocasiones especiales para revelar quiénes son o deberían ser realmente —
Todaclasedepieles o Catskin—.191 Mientras son pobres poseen un nombre, y cuando simulan
pertenecer a la realeza son admiradas bajo el protector manto del anonimato. El caso de
Caporushes es ese, pero su problema de identidad resulta más complejo, ya que no necesita
ascender de categoría social, a pesar de que la haya perdido, sino recuperar el reconocimiento
paterno. De ahí la importancia de la canción que le dedican a la muchacha los pájaros del
bosque:
«Cap o’rushes!
We can see,
191
En la versión de Tarsem Singh del cuento clásico de Blancanieves (Mirror, Mirror) (Mirror Mirror,
2012), la joven princesa, coartada por su madrastra, consigue asistir al baile de disfraces que se celebra en
honor del príncipe. No es casual que ella escoja un atuendo de cisne, en honor a ese impuesto rol de
patito feo que, al final del relato, vencerá en toda su belleza a los celos del mal.
192
«¡Gorro de juncos! / Podemos ver, /¡vestido de juncos! Quién eres, / bella y pura, refinada y pulcra, / y
así serás ocurra lo que te ocurra.» STEEL, Flora Annie, Cuentos populares ingleses, Valdemar, Madrid,
2006, p.373.
148
Ellos ven quién es, la que siempre será. El mismo concepto recorre el efecto de las
metamorfosis clásicas: el cambio de las formas no esconde la verdadera identidad del sujeto,
sino que la revela con mayor nitidez para quien desee verlo y observe con atención. La
metamorfosis de la materia no implica metamorfosis del