División de la naturaleza en Eriúgena
División de la naturaleza en Eriúgena
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La división de la naturaleza
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desarrollarse el raciocinio, es decir, sobre cuál de las especies de la
naturaleza ha de versar primero la discusión.
A: Me aparece como cosa adquirida que de la primera, antes que
de las restantes, debe exponerse lo que hubiere proporcionado la
luz de las mentes.
M: Así se haga. Pero estimo que primero se debe hablar brevemen
te de aquella que denominamos la suprema y principal entre todas, 443 A
la división entre lo que es y lo que no es.
A: Es justo y prudente. Creo que, en efecto, no sería conveniente
iniciar la reflexión desde otro punto de partida, dado que no sólo
es la primera diferencia entre todas, sino que aparenta ser, y es, la
más oscura entre ellas.
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ésta se conoce que es, pero no qué es1213, gracias a la cualidad, o a la
cantidad, o a la forma, o a la materia, o a alguna diferencia, o al lu
gar, o al tiempo. He aquí, pues, el primer y supremo modo de divi
sión de lo que se dice ser y no ser, ya que juzgo que de ninguna
manera puede aceptarse aquel modo aparente que se basa en la pri
vación1’ tanto de las substancias como de los accidentes. No se me
alcanza de qué manera pueda ser útil para las divisiones de las co
sas aquello que enteramente no es, ni puede ser, ni supera al intc-
443 D lecto por la eminencia de su existir, a pesar de que quizás alguien
diga que las cosas, de las que son ausencias y privaciones, no son
absolutamente nada, sino que, por una admirable fuerza natural, de
alguna manera son porque existen aquellas cosas en las que radica
propiamente la privación, la ausencia o la oposición.
12. «Que es» traduce la expresión técnica latina <rq*ia tsi»; «qué es» traduce las la
tinas «quid xit», «quid ts/it; corresponden a la pregunta por la existencia de hecho y
por la esencia, respectivamente. El precedente de la distinción que establece el Eriú-
gena puede ser Agustín de Hipona: E*arratúint m Psaimoí, 74, 9. Escoto la aplica a
Dios (771 B, 778 A), al intelecto (585 B, 767 D, 771 B) y al alma (788 A).
13. Alusión evidente al tercer principio dd devenir según Aristóteles: la rtítraú».
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Dios y de las causas de las cosas, en verdad el hombre no es esen
cial movimiento intelectual acerca de Dios y de las causas de las
cosas. Y la regla es la misma para todas las esencias celestiales, has
ta el momento que se alcanza el orden supremo: en efecto, hacia
arriba con Él se concluye en la negación suprema, puesto que su
negación no confirma crcatura alguna superior a Él. Tres14 son los
órdenes que se denominan omotages (de igual rango); al primero 444 C
pertenecen querubines, serafines y tronos; al segundo, virtudes, po
testades y dominaciones; al tercero, principados, arcángeles y ánge
les. Hacia abajo, el último -el de los cuerpos- tan sólo afirma o
niega al que le es superior, ya que no tiene un inferior que rechace
o constituya, y, si es precedido por todos los superiores, a ningún
inferior precede. También por este motivo, todo orden de la crea-
tura racional e intelectual se dice ser y no ser: es en cuanto por los
superiores o por sf mismo es conocido; en cambio, no es en cuanto
que no permite que le comprendan sus inferiores.
14. Desde este punto hasta «arcángeles y ángeles» se trata de una adición testi
moniada sólo por el manuscrito de París, ya citado. Es un fragmento del mismo
Ilriúgena ( h mtlati bicrarcbia, V, 7), que nada aclara en el contexto presente.
15. Corpus btrmetúum, V, 9.
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pero quienes aún se ocultan, pese a ser del futuro, se dice que
no son16.
Ésta17 es la diferencia entre el primer y el tercer (modo): el pri
mero afecta en general a todo aquello que fue hecho en sus causas
445 B y en sus efectos simultánea y singularmente; el segundo, más espe
cialmente, se refiere a aquellas cosas que todavía están escondidas
en sus causas en parte, y en parte ya están manifiestas en sus efec
tos, cuyo urdido constituye propiamente este mundo. A este modo
pertenece la reflexión sobre la virtualidad de las semillas, tanto de
los animales como de los árboles y las hierbas. La virtualidad de las
semillas, durante el tiempo en que se mantiene silenciosa en lo se
creto de la naturaleza porque todavía no aparece, se dice que no es;
pero cuando se manifiesta en los animales y flores y frutos de árbo-
ies o hierbas que nacen y crecen, se dice que son.
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Padre los llama para que sean como aquellos que ya renacieron en
Cristo. Aunque también puede aplicarse a aquellos a quienes Dios
llama cada día de las secretas profundidas de la naturaleza en las que
se estima que no son, para que se manifiesten visiblemente en la for
ma, la materia, etc., en las que pueden presentarse las cosas ocultas.
Pese a que una razón más escrutadora pudiera descubrir otros
modos más allá de éstos, de momento creo que ya se ha hablado 446 A
suficiente del tema, si tú no opinas lo contrario.
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sin duda alguna las razones.de todas las cosas, que en ella permane-
446 C cen eterna c inmutablemente, quedarán enteramente apartadas de
todo aquello de que son razón. En los intelectos angélicos se dan
de aquellas razones unas ciertas teofanfas25, es decir, unas ciertas
apariciones divinas comprensibles para una naturaleza intelectual,
y no las mismas razones, es decir, ejemplares principales. Por tan
to, si alguien no lo aceptara, estimaría que se aparta de la verdad:
creemos que san Agustín no profirió incongruencia alguna al afir
mar que tales tcofanías podían ser vistas en la creatura angélica
antes de la generación de cualquier inferior. No nos preocupe tam
poco lo que dijimos: que los ángeles ven las causas de las creaturas
inferiores primero también en Dios, después en sí mismos. No se
446 O llama Dios únicamente a la esencia divina, sino también a aquel
modo por el que Dios se muestra a sí mismo a la manera intelec
tual y racional de la creatura según la capacidad de cada uno, tal
como acontece frecuentemente nombrarlo en la Sagrada Escritura.
Los griegos suelen denominar a este modo theopbáneia, esto es, apa
rición de Dios. Por ejemplo «Vi a Dios sedente...», y otras locu
ciones semejantes, como sea que no vio su misma esencia, sino
447 A algp hecho por Él. No es de admirar, pues, si se atribuye al ángel
una triple cognición. Una, sin duda superior, que expresa en él pri
meramente las eternas razones de las cosas, de la manera antes ex
plicada. Después la que recibe de lo superior y que él recoge para
sí en una como admirable e inefable memoria, casi como una ima
gen expresada en imágenes26. Y si de tal modo puede conocer lo
que es superior a él ¿quién osará afirmar que no tiene una cierta
cognición de las cosas inferiores?
En consecuencia, con toda rectitud se dice que «es» aquello que
la razón y el intelecto pueden comprender; pero, de cuanto supera
toda razón e intelecto, con similar rectitud, se dice que «no es».
Segunda objeción
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Así lo dice el santo evangelista Juan: «Sabemos que somos hijos 447 B
de Dios y todavía no ha aparecido lo que seremos. Cuando aparez
ca seremos semejantes a Él, pues le veremos tal como es»27. Y tam
bién el Apóstol Pablo: «Ahora vemos en un espejo y en enigma,
entonces cara a cara»28. Y san Agustín en los libros de La Ciudad
de Dios creo que dice refiriéndose a la futura contemplación de la
esencia divina: «Por medio del cuerpo que otrora llevamos, en
cualquier cuerpo por entero, doquiera volvamos los ojos de nuestro
cuerpo contemplaremos al mismo Dios con diáfana claridad»29.
Ahora bien, por las razones alegadas antes, quedó claro que la
esencia divina no es comprensible para ninguna creatura intelec
tual, de las cuales nadie duda de que el ángel es el máximo expo 447 C
nente, y que a nosotros no se nos promete otra felicidad que igua
larnos con la naturaleza angélica. Pero, si la altura de la divina
esencia supera la fuerza purísima de la contemplación angélica
¿cómo puede radicar la felicidad de la naturaleza humana en con
templar la altura de la divina esencia?
M: No sin causa te preocupas aguda y vigilantemente por eso, pero
creería que debió bastarte con cuanto antes aceptamos acerca de
toda creatura en general.
A: ¿A qué te refieres? Por favor, repítelo.
M: ¿Acaso no definimos de una manera universal que la esencia di
vina, por sí misma, no es comprensible para ningún sentido corpo
ral, para razón alguna, para ningún intelecto, ni humano ni angé
lico?
M: Lo recuerdo y no puedo negar que así lo acepté. Pero, en cuan
to a mí se me alcanza, o se anula enteramente la alegada conclu
sión y reconocemos a la creatura intelectual la contemplación de la
divina esencia en sí misma, o, si no puede ser anulada por funda 447 D
mentarse en solidísimas razones, será necesario que comprenda
mos, con razones verdaderas y probantes ejemplos, cómo puede
darse la contemplación divina que se promete a los santos para el
futuro, y en la que siempre permanecen los ángeles.
M: Ignoro cuál otro modo puedes desear si no es el que discutimos
poco ha brevemente. 448 A
A: Te ruegp que lo repitas, pues no soy capaz de recordarlo.
M: Recordarás, sin duda, cuanto convinimos al comentar cierto
fragmento del Hexamerón del Santo Padre Agustín.
27. Joan, 3, 2.
28. I Cor. 12,12.
29. Agustín de Nipona: Dt Chilate Dti, 22, 29.
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A: Ciertamente lo recuerdo, pero me gustaría oír de tus labios una
nueva formulación.
M: Presumo que te preocupaba cómo habría podido decir el men
cionado Padre que los ángeles conocen las causas de las cosas crea
das -que eternamente están en Dios y son Dios—, primero conside
rándolas en Dios, después en sí mismos, y finalmente conociéndo
las en las propias especies y diferencias de las creaturas, pese a que
la divina esencia, con las razones que en ella existen, esencialmente
no pueda ser comprensible para ninguna creatura.
A: Lo retuve perfectamente.
M: ¿Recuerdas qué respondíamos a esto?
•148 B A: También lo recuerdo si no me traiciona la memoria. Decías que
los ángeles no veían las mismas causas de las cosas en cuanto sub
sisten en la esencia divina, sino ciertas apariciones divinas a las
cuales, según dices, los griegos llaman theopbántia, y que toman el
nombre de las causas eternas de las que son imagen. También aña
diste que no sólo se denomina Dios a la misma esencia divina en
cuanto permanece inmutable en sí misma, sino que el nombre de
Dios se predica incluso de las teofanías que desde ella y por ella la
manifiestan en la naturaleza intelectual.
M: Lo retienes perfectamente; así hablamos.
A: Pero ¿qué tiene que ver esto con nuestro problema actual?
M: Mucho, a mi parecer. En efecto, de la misma manera que los
ángeles ven a Dios siempre, según creo, también los justos le han
de ver, en esta vida, por medio de la experiencia extática y, en el
448 C futuro, como los ángeles.
A: Por lo tanto, no veremos al mismo Dios por sí mismo30, ya que
ni los ángeles le ven así puesto que es imposible para toda crea-
tura. Como asegura el Apóstol, «sólo Él posee la inmortalidad y
habita en una luz inaccesible»31. Pero le contemplaremos a través
de ciertas teofanías producidas por Él en nosotros.
M: No. Cada uno ha sido formado, de acuerdo con la excelsitud de
su santidad y sabiduría, por una e idéntica Forma -m e refiero a la
Palabra de Dios—, hacia la cual tienden todas las cosas. De sí mis
ma habla Ella en el Evangelio: «En la casa de mi Padre hay muchas
30. Juan Escoto Eriúgcna es uno de los máximos defensores de la teoría de la in-
cognoscibilídad de Dios. Transmite la doctrina de los Padres capadocios, enfrenta
dos al racionalismo de Arrio y al intclcctualismo de F.umonio. La teología negativa y
la teoría de la tbbsis del Pseudo-Dionisio y de Máximo el Confesor son aplicaciones
de la doctrina de la inadecuación entre el intelecto humano y el misterio divino, a
partir de las enseñanzas de Gregorio de Nisa.
31. I Tim. 6, 16.
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moradas»-’2, designándose como casa del Padre. Siendo una e idén
tica y permaneciendo inmutable, con todo aparece múltiple por ra
zón de quienes permite habitar en Ella, ya que, tal como dijimos,
cada uno poseerá en sí mismo un conocimiento de la Unigénita Pa
labra de Dios en la medida de la gracia que le fue dada. Tal cual
sea el número de los elegidos, será el número de las mansiones; 4 48 I )
tanta cuanta sea la multitud de las almas santas, será multiplicada
la posesión de las teofanías divinas.
A: Parece verosímil.
M: Justamente lo calificas de verosímil. ¿Quién se atreverá a afir
mar de tales cosas que son así y no de otra forma, cuando parecen
exceder en tanto a las fuerzas de la tendencia humana todavía en
frágil carne?
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tación de la misma naturaleza hasta la misma sabiduría por dilec
ción, se hace la teofanía. El Santo Padre Agustín parece favorecer
tal interpretación al exponer la frase del Apóstol «Que se hace para
nosotros justicia y sabiduría»34. Explica, en efecto: «la Sabiduría
del Padre, en la cual y por la cual todas las cosas fueron hechas,
que no es creada' sino creadora, hizo hasta nuestras almas cierta
449 C condescendencia de su inefable misericordia, y unió a sí nuestro in
telecto para que de algún modo inefable naciera algo así como una
sabiduría casi compuesta entre Él mismo, que descendía hasta
nosotros y en nosotros habitaba, y nuestra inteligencia, por Él
asumida a sí y en sí formada»35. Igualmente tratando de la justi
cia y de las restantes virtudes no se expresa de otra manera que
sugiriendo que se da una admirable e inefable conformación entre
la sabiduría divina y nuestra inteligencia. Como dice Máximo36,
en tanto cuanto el intelecto humano asciende por la caridad, des
ciende la divina sabiduría por misericordia; y es ésta la causa de
todas las virtudes y substancia. En consecuencia, toda teofanía
-esto es, toda virtud-, tanto en esta vida en la que todavía comien
za en aquellos que son dignos de ser formados, como en la vida
futura para quienes deberán recibir la perfección de la divina felici
dad, se hace no fuera de sí, sino en sí, tanto desde Dios como de sí
449 D mismos.
A: Así pues, desde Dios y por la gracia las teofanías se producen
en la naturaleza angélica y la humana, iluminada, purificada, per
feccionada37, por el descenso de la divina sabiduría3839y el ascenso
de la inteligencia humana y angélica.
M: Perfecto. Pues en este razonamiento converge lo que afirma el
mismo Máximo: cualquier cosa que el intelecto pueda comprender,
en aquello mismo se co n v ierte. En consecuencia, en el mismo
grado en que la mente comprende la virtud, en el mismo se torna
450 A virtud40.
Si deseas ejemplos de ello, el mismo Máximo los ofrece evidentí-
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simos: «Así como el aire iluminado por el sol no parece ser otra
cosa que luz, no porque pierda su naturaleza sino porque de tal
modo prevalece la luz en él que a él mismo se le tiene por luz»41,
así la naturaleza humana unida a Dios, en todo se dice que es
Dios, no porque deje de ser la naturaleza, sino porque de tal
modo recibe participación de la divinidad que en ella sólo parece
estar Dios. Igualmente, si la luz desaparece el aire es oscuro,
mientras que la luz del sol, si subsiste aislada, no es preceptible
para ningún sentido corporal; tan pronto como la luz solar se
mezcla con el aire empieza a aparecer, de tal manera que lo que
era imperceptible para los sentidos, tan pronto como se mezcla 450 B
con el aire puede ser aprehendido por medio de éstos. Con ello
se puede entender que, pese a que la esencia divina es por sí mis
ma incomprensible, cuando se une a una creatura intelectual de
un modo admirable aparece como Ella —me refiero a la esencia
divina- es, y aparece sólo en ella, a saber, la creatura intelectual.
Por su misma inefable excelencia, de tal manera es superior a
toda naturaleza que participa de lo que le es propio, que ninguna
otra cosa, sino Ella misma, se presenta ante toda inteligencia,
pese a que por sí misma de ninguna de las maneras puede mani
festarse.
A: Veo plenamente cuanto quieres darme a entender. Lo que toda
vía no se me alcanza con entera claridad es la vinculación de estas
cosas con las palabras del Santo Padre Agustín.
M: Préstame aún algo más de atención y volvamos a aquellas pala
bras suyas con las que empezamos. Creo que fueron éstas, del vigé 450 C.
simo segundo libro de La Ciudad de Dios: «Por medio del cuerpo
que otrora llevamos, en cualquier cuerpo por entero, doquiera vol
vamos los ojos de nuestro cuerpo, contemplaremos al mismo Dios
con diáfana claridad»42. Advierte la fuerza de las palabras. No dijo
«Por medio del cuerpo que otrora llevamos contemplaremos al
mismo Dios», ya que por sí mismo es imposible verle. Mejor afir
mó: «Por medio del cuerpo que otrora llevamos, sin excepción en
cualquier cuerpo que veamos, contemplaremos al mismo Dios.» Se
le verá, pues, por medio de los cuerpos en los cuerpos, no por sí
mismo. De manera similar se manifestará la esencia divina en las
inteligencias por medio del intelecto, en las razones por medio de
41. Ejemplo ya clásico, que se remonta quizás a Posidonio, según Séneca: Quatt-
líoxts NaturaJe, II. Se hulla también en Plutarco y en Plotino: Exeada, IV, 5,
2,56-57.
42. De Chítate Dei, 22, 29.
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la razón, no por sí misma. Con tanta excelencia de poder divino43
se manifestará en la vida futura a quienes fueren dignos de su con-
450 D templación, que ninguna otra cosa sino Ella brillará tanto en sus
cuerpos como en sus intelectos. Dios será, pues, todo en todos, tal
como abiertamente lo anuncia la Escritura: «Sólo Dios aparecerá
en todos»44. Por ello el santo Job asegura: «Y en mi carne veré a
Dios»45, como si dijera: En esta mi carne, que se aflige con múlti-
451 A pies pruebas, será tanta la gloria futura que, así como ahora no se
manifiesta otra cosa que muerte y corrupción, así en la vida futura
nada veré en ella sino a Dios, que verdaderamente es vida, inmor
talidad e incorrupción. Y si promete tal gloria de la felicidad de su
cuerpo équé debe esperarse de la dignidad de su espíritu? Especial
mente si, tal como explica Gregorio, el gran teólogo, el cuerpo de
los santos se transformará en razón, la razón en intelecto, el inte
lecto en Dios46 y, en consecuencia, toda su naturaleza se transfor
mará en el mismo Dios47. Hermosísimos ejemplos de ello nos los
ofrece el ya citado Máximo en la exposición del texto de Grego
rio48. Uno ya lo recordamos al hablar del aire. Añadiremos ahora
el del hierro y el fuego49. Cuando el hierro inflamado en el fuego se
451 B disuelve en líquido, a los sentidos les parece que nada de su natura
leza se ha conservado, sino que todo se transforma en calidad íg
nea. Sólo la razón conoce que conserva su naturaleza, aun licuado.
En consecuencia, así como todo el aire parece ser luz, y todo el
hierro licuado ígneo -como dijimos- c, incluso, de hecho ser fuego,
y pese a ello permanece la substancia propia de ellos, así también
del>e ser admitido con sana intelección que, finalizado este mundo,
parezca ser sólo Dios toda la naturaleza, tanto la corpórea como la
incorpórea, permaneciendo la integridad de la naturaleza; y que
Dios, que por sí mismo es incomprensible, se comprenda en la
crcatura de alguna manera, y la misma creatura se transforme en
Dios por un inefable milagro. Y pongamos punto final, si te que
daron claras estas cosas.
A: Tan claro, en verdad, cuanto lo pueden ser tales cosas para
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nuestras mentes. De una cosa inefable ¿quién podrá explicarlo con
tal transparencia que quite al deseo la apetencia de seguir pregun
tando? En particular cuando no se nos promete otra gloria en la 451 C
vida futura que el conocimiento por experiencia de aquellas cosas
que aquí se creen por la fe y, en cuanto es posible, se buscan y per
suaden por la razón.
M: Juzgas cauta y razonablemente. Pero creo que ya debemos re
tornar a aquellos temas que se propusieron, es decir, a las divisio
nes de la naturaleza.
A: Con toda evidencia debemos volver a ellas, pues es necesario
guardar un orden en las cosas que se han de hablar si deseamos al
canzar algún provecho.
50. Véase el escolion a Laya, IV, 715 E de Platón. El tema adquiere conside
rable relieve en el neoplatonismo; véase Proclo: Platónica TMagia, VI, 8, 368.
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no encuentro fácilmente cómo podrá perm anecer firm e nuestro ra
ciocinio, ya que afirmamos que Ella únicam ente crea y no puede
452 H ser creada por nada.
M: Con razón quedas perplejo, pues también yo me asombro gran
demente y desearía poder conocer gracias a ti de qué manera estos
enunciados, que parecen ser contrarios entre sí, no pueden oponer
se uno a otro, y cómo tomar una resolución de acuerdo con la ra
zón verdadera.
A: Te ruego que comiences, pues en tales cuestiones confío en tu
sentencia y en tu método de raciocinio, y no en los míos.
51. Etimología propuesta por los lilcáticos y aceptada por Platón en el Crátyto.
Pullo ser recogida de Gregorio Nacianzeno {(intima, 30, 18), pero este fragmento
no se comenta en las Ambigua de Máximo el Confesor,
52, Sajan 147, 15. Ver m is allá: 460 A.
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natura) reposo. A sí mismo mueve a través de todas las cosas para
que sean aquellas cosas que esencialmente subsisten desde Él. Ppr 452 D
su movimiento todas las cosas se hacen. Y es por esto por lo que
resulta único e idéntico el concepto que late bajo ambas interpreta
ciones del único nombre, Dios. No es diferente en Dios «correr en
todas las cosas» que «ver todas las cosas»: tanto al ver como al
correr son hechas todas las cosas.
A: Suficientemente y con gran probabilidad percibo la etimología
del nombre. Lo que todavía no alcanzo a ver es cómo puede mo
verse quien está en todas partes, sin quien nada podría existir, y 453 A
fuera de quien nada se despliega. Él es el lugar de todas las cosas y
el término de su espacio.
M: No dije que Dios se moviera fuera de Él, sino desde sí mismo,
en sí mismo y hacia sí mismo. No puede creerse que se dé en Él
otro movimiento que no sea el deseo de su voluntad por el que
quiere que sean hechas todas las cosas. Como no debe entenderse
su reposo como una quietud que siguiera al movimiento, sino
como aquel propósito de su misma inmutable voluntad por el que
define la permanencia de todas las cosas en la inmutable estabilidad
de sus razones. Propiamente no se dice que en el mismo se dé re
poso o movimiento. Estas dos cosas parecen opuestas entre sí y la
recta razón prohíbe que se piensen o entiendan opuestos en Él; es
pecialmente cuando el reposo, en sentido estricto, es el fin del mo
vimiento, Dios no empezará a moverse para alcanzar determinada
quietud. Tales nombres, como muchos otros semejantes, se trasla 453 B
dan de la crcatura al Creador por una especie de metáfora divina,
no irracionalmente si Él es la causa de todas las cosas que están en
reposo o en movimiento. En efecto, desde Él comienzan a correr
para llegar a ser, ya que es principio de todo; y por Él son llevadas
hasta Él en un movimiento natural para que en Él reposen inmuta
ble y eternamente, ya que de todo es el fin y el reposo. Fuera de Él
nada apetecen, dado que en El encuentran el principio y el fin de
su movimiento.
En consecuencia, se dice que Dios corre, no porque corra más
allá de Él, quien siempre reposa inmutablemente en sí mismo, sino
porque hace que todo corra desde lo no existente a la existencia.
A; Puesto que ya aparece claro que sin irracionabilidad se pueden
afirmar, retomemos a nuestro tema.
M: Te ruego que me recuerdes de qué tema se trataba. Con muchí 453 C
sima frecuencia olvidamos el tema principal mientras intentamos
esclarecer cuestiones marginales.'
61
Por qué se afirm a que Dios crea y se crea
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que «se hace». Se hace, ciertamente, en la memoria al recibir algu
nas formas de cosas, o voces, o colores, etc., de las cosas sensibles.
Y quien era informe antes de comenzar a recordar, recibe después
una especie de segunda información al constituir ciertos signos de
formas o voces —me refiero a las letras, que son signos de las vo
ces, y a las figuras, que son signos de las matemáticas- y otras se
ñales sensibles |x>r las cuales puede insinuarse en los sentidos de
quienes son capaces de sentir. Esta semejanza, pese a que queda
muy remota a la naturaleza divina, creo que puede sugerir cómo 454 C
ésta de un modo admirable «se crea» en todas aquellas cosas que
existen gracias a Ella, mientras lo crea todo y por nada puede ser
creada. En efecto, del mismo modo como la inteligencia de la men
te, el propósito, el razonamiento, o cualquier primero e íntimo mo
vimiento nuestro se puede afirmar sin incongruencia que «se hace»,
cuando viene el pensamiento, y recibe las formas de ciertas fanta
sías, y después progresa hasta los signos de las voces y las señales
de los movimientos sensibles, pues «se hace», conformado en las
fantasías, lo que por sí mismo carece de toda forma sensible. Pues,
igualmente la divina esencia, que subsistiendo por sí supera toda
inteligencia, en las cosas que crea desde sí, por sí, en sí y para sí,
rectamente se dice que «se crea», ya que por ellas es conocida por
cuaptos la buscan con rectitud, sea con el intelecto, si se trata de
lo que sólo es inteligible, sea con los sentidos, si son sensibles. 454 D
A; Creo que el tema ha quedado satisfactoriamente explicado.
M: Ciertamente con esto Irasta, si no me equivoco.
A: Por lo contrario, ahora será necesario que expliques cómo de la
naturaleza divina se dice que es creadora y no creada, cuando, en
realidad y según nos persuadieron las razones aducidas antes, tanto
crea como es creada. Aquí parece existir cierta contradicción. 455 A
M: Cautamente acechas. Pero también a mí me parece el tema dig
no de reflexión.
A: Sumamente digno.
M: Atiende, pues, a lo que va a seguir y acomoda la agudeza de tu
mente a la brevedad de la respuesta.
A: Adelante, que yo seguiré atentamente.
M: No pones en duda que la naturaleza divina sea la creadora de
todas las cosas.
A: Sigue adelante, que dudar de esto es nefasto.
M: ¿Similarmente percibes, por la fe y el intelecto, que por nada es
creada?
A: Nada tan firm e como esto.
vi: Cuando oyes que Ella misma es creada, ¿acaso dudas de que
pueda ser creada por algo que no sea Ella misma?
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A: Ninguna duda.
M: ¿Dónde está, pues, el problema? ¿Acaso no es siempre creado
ra, tanto de sí misma, como cuando crea las esencias creadas desde
sí? Ya que cuando se dice que Ella crea a sí misma no se entiende
455 B rectamente otra cosa, sino que establece las naturalezas de las cosas
y, en consecuencia, la creación -esto es, la manifestación en algo-
de sí misma es ciertamente colocar en su lugar todas las cosas exis
tentes.
A: Es precisamente ahora cuando parece probable cuanto se ha di
cho. Pero desearía oír qué enseña la teología de la naturaleza inefa
ble e incomprensible que es creadora y causa de todas las cosas: si
existe, qué es, cómo es y cómo se define.
M: Tal vez la misma teología, que acabas de nombrar y versa sólo
o en su mayor parte sobre la naturaleza divina ¿no persuade sufi
ciente y evidentemente a cuantos buscan la verdad, de que lo único
que es cognoscible de Ella a partir de sus creaturas es que subsiste
esencialmente y en modo alguno qué es tal Esencia? Como ya diji
mos frecuentemente, no sólo supera el esfuerzo del raciocinio hu
mano, sino también a los purísimos intelectos de las esencias celes-
455 C tes. Sin embargo, los teólogos, con certera mirada de la mente, han
establecido que era a partir de las cosas que son; que era sabio a
partir de la división de estas cosas en esencias, géneros, especies,
diferencias y números; que era viviente a partir del movimiento es
table y el reposo móvil de todas las cosas .
53. Los tres atributos divinos -Ser, Sabiduría, Vida- son estudiados por el
Pseudo-Dionisio: Dt ámnii iiamiiubw, V-VII. Pero tal tríada tiene una larga historia,
que, en lo referente al ámbito filosófico, por no citar precedentes mitológicos indo
europeos, comienza con Platón: El sofista, 249 A. La mayor atención a tales atributos
se la prestaron los neoplatónicos: Plotino: Enlodas I, 6, 7, 10-12; V, 4, 2, 44-46; VI,
6, 17-20; Proclo: EJtmtntos di tiologia, Proposición 101 ss., y también en h Tinto, III,
6, 84. Precisamente, la formación de la ortodoxia trinitaria cristiana corre paralela a
la evolución neoplatónica. Arrio (h. 256-336) y Concilio de Éfeso (431) frente a
Plotino (fl. 250) y Proclo (410-485).
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za creadora es, conoce y vive; fundándose en ello quienes nos
transmitieron que en la Esencia es necesario ver al Padre, en la Sa
biduría al Hijo, y en la Vida al Espíritu Santo.
A: Tengo para mí que estas cosas han quedado suficiente y clara 455 D
mente tratadas y veo que son muy verdaderas. Con toda certeza es
enteramente imposible definir qué es o cómo es, ya que aquello que
absolutamente rechaza la intelección, no puede ser definido de nin
guna manera. Pero me gustaría saber por qué razón los teólogos se
han atrevido a predicar la unidad y la trinidad de la Causa de todas
las cosas.
M: Tu última cuestión no va a darnos mucho trabajo, especialmen
te cuando el santo teólogo Dionisio Areopagita nos explica los
misterios de la unidad y trinidad divinas con gran verdad y solidez. 456 A
Dice: «Por ninguna significación de palabras, o nombres, o voz ar
ticulada puede ser significada la suprema y causal esencia de
todo»54.
No se trata, en efecto, de una unidad o una trinidad tales que
puedan ser pensadas por un intelecto humano —aun cuando se le
conciba purísimo-, ni por uno angélico -aun sin obstáculo alguno.
Mejor se trata de algo inefable e incomprensible de lo que algo
pueden pensar y afirmar las inclinaciones religiosas de las almas
piadosas. Y se emplean en ello especialmente por causa de quienes
solicitan de los católicos explicaciones acerca de su religión cristia
na; si son buenos, para informarles de la verdad; si malos, para
probarles y reprenderles según la ocasión. Los santos teólogos han 456 B
buscado y transmitido estas expresiones religiosas en las que se
simboliza la fe para que de corazón creamos, y profesemos con los
labios55 que la Bondad Divina está constituida en tres substancias
de una esencia56. Y esto no lo descubre mirada alguna sin una es
piritual inteligencia y una investigación racional. En cuanto les ilu
minaba el Espíritu divino para contemplar una Causa inefable de
todo y un Principio simple e indiviso universal, hablaron de uni
dad. Así mismo, viendo que la unidad no quedaba en una singulari
dad y esterilidad, adivinaron tres substancias en la unidad, a saber,
la ingénita, la engendrada y la que procede. Y denominaron Padre
al hábito -es decir, relación- de la substancia ingénita a la substan-
65
456C cía engendrada; Hijo al hábito de la engendrada a la substancia in
génita; y Espíritu Santo al hábito procedente de la substancia ingé
nita y de la engendrada.
Pero, como sea que en estas cosas el pensamiento de casi todos
los Santos expositores remite a las Sagradas Escrituras, creo que
por el momento es suficiente con cuanto se ha dicho.
A: Suficiente, en verdad. Con todo me agradaría saber algo más
acerca del hábito de las tres substancias, pues alguien tal vez preñe
ra interpretar este nombre místico de Santa Trinidad, el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, no en términos de habitud, sino de natu
raleza. A fin de cuentas, Padre parece ser el nombre de la substan
cia del Padre; igualmente Hijo el nombre de la substancia del Hijo;
y Espíritu Santo la denominación de la sustancia del mismo y no
456 D otras cosas.
66
profundidad, ya que no me parece que se le hubiera podido repren 457 B
der si hubiera afirmado que Padre era el nombre de la naturaleza.
¿Cuál hubiera sido la razón? ¿Acaso dos nombres que se diferen
cian entre s( por el sonido, pero no por el sentido, no pueden ser
entendidos de una única e idéntica naturaleza? Abraham c Isaac - a
saber, padre e hijo- vemos que significaban una única naturaleza,
una única e idéntica naturaleza, ya que el nombre de Abraham no
remite a una naturaleza y el de Isaac a otra.
M: Hubieras razonado exactamente si en el caso de Abraham
c Isaac que aduces como ejemplo, también pudieras afirmar que
no significan una cosa Abraham c Isaac, y otra padre c hijo.
Abraham es el nombre propio de Abraham y padre es nombre del
mismo Abraham, como Isaac es nombre de Isaac e hijo también
lo es del mismo Isaac; pero tanto Abraham y padre, como Isaac e 457 C
hijo, no se predican de la misma cosa. Pues se denomina Abra
ham a la substancia de Abraham, es decir, a la singularidad de su
jiersona, y, en cambio, nadie que piense correctamente pondrá
en duda que se le denomina padre por la relación que le vincula a
su hijo Isaac. Algo similar ha de entenderse en el caso de Isaac:
con el nombre de Isaac se significa su propia e individual subs
tancia, y se conoce el hábito que le relaciona con su padre por el
de hijo.
Y si entre nosotros, es decir, en el caso de nuestra naturaleza,
tales voces se predican ya relativamente y no substancialmcntc
¿qué deberemos pensar en el caso de la suma y santa Esencia,
cuando la Sagrada Escritura con tales nombres, a saber, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, establece la relación, es decir, la habitud, de
las substancias entre si58? 457 D
A: Ya veo que la respuesta del mencionado santo teólogo se fun
damenta totalmente en la verdad. Claramente se advierte que, ni
en el caso de la naturaleza humana, ni en el de la divina, el nombre
de la relación puede recaer sobre la substancia o esencia. Ahora
desearía saber gracias a ti de una manera clara y breve, si pueden
predicarse verdadera y propiamente de la suprema Bondad divina
-una esencia en tres substancias y tres substancias en una misma
esencia- todas las categorías, de las que se señalan diez. 458 A
M: No conozco a nadie que sea capaz de hablar de este tema breve
y claramente. Problemas de este estilo, o bien deben encomendarse
a la simplicidad de la fe ortodoxa y uno se calla totalmente, como
recomienda el texto «Quien, tú sólo, posees la inmortalidad y habi-
67
tas en una luz inaccesible»5960; o bien, si alguien empieza a hablar de
él, tan sólo conseguirá tratarlo con verosimilitud a través de darle
muchas vueltas, con muchos argumentos, y con el uso de las dos
partes principales de la teología, de la afirmativa -que los griegos
llaman katafatiki-, y de la negativa, que llaman apofatikfÁ\
La (teología) k a ta fa tik é y la a p o fa t ik é
Una, la apofatiki, niega que la divina esencia o substancia sea al
guna de las cosas que son, esto es, que pueden ser dichas o enten-
45# B didas. I.a otra, katafatiké, predica de ella todo lo que las cosas son,
y en consecuencia es denominada afirmativa, no porque asegure
que es algo que las cosas son, sino porque enseña que cuantas cosas
son desde ella, pueden de ella predicarse; es razonable que la Causa
pueda ser significada por medio de las cosas causadas. Así asegura
que es Verdad, Bondad, Esencia, Luz, Justicia, Sol, Estrella, Espf-.
ritu, Agua61, León62 Oso63, Gusano64, y otras muchas innumera
bles cosas. Y no sólo aquellas que son concordes con la naturaleza,
sino también contra la naturaleza, como cuando dice que embriaga,
que es estulticia, que es locura; pero por ahora no es nuestro pro
pósito hablar de ellas; suficientemente habla de ello San Dionisio .
458 c. Areopagita en su Ttolagia simbólica6S. Por tanto retomemos a lo que
tú habías planteado al preguntar si de Dios podían ser predicadas
con propiedad todas o sólo algunas categorías.
A: Sin duda debemos volver a ello. Creo, sin embargo, que prime
ro deberíamos ponderar por qué razón el precitado santísimo Pa
dre y teólogo sentenció que tales nombres se toman a manera de
una metáfora, esto es, como transferidos de la crcatura al Creador,
cuando me estoy refiriendo a Esencia, Bondad, Verdad, Justicia,
Sabiduría y los restantes de un género que no sólo parecen divinos, ,
sino muy divinos, hasta el punto de no referirse a cosa ninguna sal
vo la divina substancia o esencia. Estimo que no sería sin alguna
mística y secreta razón que antepuso su «estimo».
68
M: Eres buen observador. Me parece que no debemos, ciertamen
te, pasar adelante sin considerar esto. Y por ello quisiera que me 458 D
respondieras acerca de si crees que en Dios se da algún opuesto, o
algo cointcligido. Me refiero a opuesto bien por privación, bien
por contrariedad, bien por relación, bien por ausencia; y por coin-
tclecto -esto es, eternamente entendido con otra cosa a la vez-
a algo no coesencial con Él.
A: Claramente veo qué pretendes, y por esto no me atrevería a de
cir que hay en Él ni un opuesto, ni un cointelecto heteroúsim, es de
cir, que sea de otra esencia diversa a la suya. 459 A
Los opuestos
69
el que no se puede atisbar nada opuesto, o nada con Él coeterno y
459 C de naturaleza diferente. La recta razón no puede encontrar ni uno
sólo de los nombres mencionados y otros semejantes, del que no
sea posible descubrir otro nombre que se separe de él, bien sea por
contrariedad, bien por diferenciación con él dentro del mismo gé
nero. Y si lo reconocemos asf en los nombres, necesario será que
lo admitamos también para las cosas que ellos significan.
Son innumerables las designaciones divinas que en las Sagradas
Escrituras se predican de Dios, traspasándolas de la creatura al
Creador. En otro lugar deberá reflexionarse acerca de si se afirma
rectamente que algo puede ser predicado de Él. De momento, dado
que la pequeñez de nuestro raciocinio no nos permite hallarlos y
reunirlos a todos simultáneamente, será necesario que analicemos
459 D unos pocos térm inos divinos a título de ejemplo.
70
sabiduría, y no ha de creerse, por tanto, que se puede predicar con
propiedad de Dios. Sabiduría y sabio se contraponen a ignorancia e
ignorante. Por tanto, habrá que denominarlo bypérsofos, «más que sa
bio», e bypersofia, «más que sabiduría», con mayor verdad y rectitud.
E igualmente será «más que vida», ya que ciertamente a vida se
opone muerte. De la misma manera debe tratarse luz: frente a la
luz se alza la tiniebla. Por el momento opino que ya se ha tratado
suficientemente el tema.
A: Ya lo creo que es necesario reconocer que se dijo lo necesario.
El propósito de nuestra conversación no admite que, acerca de ta
les cosas, se diga más de lo que es necesario para la discusión que 460 C
al presente nos ocupa. Por favor, vuelve a las diez categorías.
M: Me admira en gran manera la agudeza de tu juicio, que tan
perspicaz se muestra en tu última observación.
A: ¿Por qué lo dices?
71
M: Ahora sí que estás atento, por lo que advierto.
A: Sí lo estoy, ciertamente. Pero todavía nada veo acerca de la últi
ma pregunta que te hice.
M: Regresemos a unos puntos de los que hablamos poco ha. Diji
mos que había dos partes sublimes en la teología, y esto aceptan
do la autoridad de San Dionisio Areopagita68 y no por invención
461 B nuestra. Clarísimamente él asegura que la teología, como decíamos,
está partida en dos, esto es, en katafatiké y apofatiké, que Cicerón
traduce como «intención» y «repulsión»69, pero que nosotros, para
que brille más abiertamente la fuerza del nombre, preferimos tra
ducir como «afirmativa» y «negativa».
A: Sin pecar de temerario, creo recordar tales cosas, pero todavía
no alcanzo en qué puede aprovechar para lo que nos ocupa ahora.
M: ¿Acaso no ves que afirmación y negación se oponen entre sí?
A: No sólo lo veo sino que me parece que nada puede ser más
contrario.
72
cía divina, si reviste tales vocábulos, es quedando desnuda y, cier
tamente, sin ninguna de sus significaciones propias. Por su parte,
la que dice «No es la Verdad» no niega que lo sea, sino que lo sea 461 D
absolutamente y pueda llamársele «Verdad» propiamente, puesto
que con toda justicia reconoce con claridad que la naturaleza divina
es incomprensible e inefable.
De todas cuantas significaciones la katafatíki reviste a la divini
dad, la apofatiki no ignora cómo expoliarla. Pues si, por ejemplo,
una dice «Es la Sabiduría», vistiéndola con ella, la otra dirá, desnu
dándola, «No es la Sabiduría». Pues una afirma «Puede ser denomi
nada tal», pero no asegura «Propiamente es tal»; y la otra muestra
«No es tal, pese a que pueda ser llamada tal».
A: Lo veo clarísimo —si no me equivoco- y a plena luz se me evi
dencia cómo en aquello en lo que se me antojaba que discrepaban,
ahora convienen y en nada hay disensión entre ellas cuando se las 462 A
refiere a Dios. Pero confieso que todavía no sé cómo puede apor
tar solución a nuestro problema presente.
M: Manténte todavía más vigilante y esfuérzate en comprender, en
cuanto esté en tu mano, a qué parte de la teología pertenecen aque
llas significaciones que antes hallamos —me refiero a Supcrcsencial,
Más que Verdad, Más que Sabiduría, etc.
A: No me atrevo todavía a juzgar por mí mismo en esta cuestión.
Pues, cuando considero que carecen de la partícula negativa -el
«no»- me atemoriza atribuirlas a la parte negativa de la teología;
pero cuando estoy por atribuirlas a la parte afirmativa de la misma,
reconozco que no me lo permite su comprensión. En efecto, cuan 462 B
do se habla de que «Es Superesencial» no puedo entender otra cosa
que una negación de la esencia. Abiertamente quien dice «Es Super
esencial» está negando que sea esencial: si en la pronunciación no
aparece la negativa, no se escapa a quien lo considera bien, que
esta implícita. Quedo constreñido, según creo, a reconocer que ta
les expresiones que parecen carecer de negación, por lo que dan a
entender, más pertenecen a la teología negativa que a la afirmativa.
M: Aprecio con cuánta cautela y prudencia respondiste y alabo la
sutileza con que apreciaste la parte negativa del contenido bajo una
pronunciación afirmativa. Si te place, formularemos así la solución 462 C
al problema:
73
mos de un modo pleno las dos mencionadas partes de la teología,
de manera que en una pronunciación de forma afirmativa, por su
contenido adquieren fuerza negativa.
Y concluyamos el tema con un breve ejemplo: «Es Esencia» es
afirmación; «No es Esencia», una negación70; «Es Supercsencial»
resulta a la vez afirmación y negación, ya que, si en la superficie
carece de negación, por el contenido impone la negación. El que
462 D afirma «Es Supercsencial» no dice qué es, sino lo que no es; asegu
ra que no es esencia porque es más que esencia, sin que, con todo,
exprese en qué consiste ser más que esencia. Dice que Dios no es
una de las cosas que son, sino que es más que las cosas que son, sin
definir de manera alguna qué es tal ser.
A: Juzgo que no debemos demorarnos más en la cuestión. Ahora,
si así se estima, deberíamos considerar la naturaleza de las cate-
463 A gorías.
Las categorías
70. Ciertamente los tres momentos coinciden -si no derivan- de las tres vías
del conocimiento de Dios según Celso, tal como los describe Orígenes, en Contra
Celso, VII, 44 ( Patrología Griego, 11, 1.484 C.D): «syn th csiw con otras cosas (teolo
gía katafatikt)-, «an alytik é», distinción (teología apepttíke); an alo gía, combinación
de las dos anteriores. Pero, en vez de desembocar en una «analogía» que ya no es co
nocimiento propiamente, como acontece con Plotino (Untada V, 5, 13, 9-13) y Orí
genes, a través de Clemente de Alejandría (Strómata, V. 11) y los Padres capadocios*
el Pseudo-Dionisio (De mystiea sinología, V, 1048 AI5-B1) alcanza un tercer momento
de conocimiento eminente, de metáfora portadora de infinita riqueza positiva, en vea
de mera negación. Del concepto negativo de «no-esencia» como limite, se pasa al
afirmativo de «supcicscncia» en el Pseudo-Dionisio y el Hriúgena.
71. Aristóteles: Categorías, 4, Ib. 25-27; Agustín de I lipona- De Tremíate, V, 1,2:
74
versación, sobre todo cuando aquella parte de la filosofía conocida 463 B
como «dialéctica» versa sobre la división de estos géneros desde los
más generales hasta los más especiales, y de su recolección, de nue
vo, desde los más especiales hasta los generalísimos.
Pero, tal como asegura el Santo Padre Agustín en sus libros so
bre la Trinidad, la fuerza de las categorías se extingue totalmente al
llegar a la teología, es decir, a la investigación de la esencia divina.
Pues, si bien en las naturalezas y movimientos creados por Dios,
cualquiera que sea la categoría que les es propia, conserva toda su
fuerza, por lo contrario, en aquella naturaleza que no se puede de
cir ni entender, en todos desfallece para todo.
Sin embargo, ya dijimos antes que de alguna manera casi todo
cuanto se predica estrictamente de la naturaleza de las cosas crea
das, también puede decirse del Creador como metáfora para signi
ficarle. Así también, pese a ser propiamente conocidas en las cosas 463 C.
creadas, pueden decirse de la Causa de todo enteramente sin que
sea absurdo, no propiamente porque signifiquen «qué es» sino para
que, por transferencia, nos comuniquen con probabilidad «qué es»
lo que hay que pensar de Hila a quienes la buscamos.
A: Claramente veo que por razón alguna se pueden predicar con
propiedad las categorías de una naturaleza inefable. Si alguna cate
goría se predicara estrictamente de Dios, necesariamente se seguiría
que Dios formaba parte de un género. Y Dios no es ni género, ni
especie, ni accidente: en consecuencia, ninguna categoría puede
significar propiamente a Dios.
M: Lo intuyes con rectitud, y voy pensando que no resultó vano
que quisiéramos esforzamos en los razonamientos anteriores sobre
las dos partes de la teología. No hubiéramos conseguido llevar a
buen término, tan fácilmente y casi sin trabajo ninguno, esta discu 463 D
sión acerca de las categorías - a saber, que no se pueden predicar de
Dios propiamente—si primero no hubiéramos acordado en general
que las causas primordiales creadas por una Causa de todo -m e re
fiero a esencia, bondad, virtud, verdad, sabiduría, y las demás que
se les parecen—no de otra forma significan a Dios sino traslaticia
mente. Pues si las sublimísimas causas creadas de todas las natura 464 A
lezas ordenadas después de Ella, y sólo perceptibles a la vista de la
pura mente, ya quedan remotas de la inefable Causa única por la
excelencia de su esencia, hasta el punto de que sus vocablos ya no
pueden significarla con propiedad, ¿qué deberá decirse de aquellos
diez géneros aludidos que no sólo se conocen a partir de las cosas
inteligibles, sino también de las sensibles? ¿Será, acaso, creíble que
se prediquen verdadera y propiamente de la naturaleza divina e
inefable?
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