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Franz Se Mete en Problemas de Amor

El documento presenta la historia de Franz, quien intenta ayudar a su hermano Josef a conquistar a Ana, de quien se ha enamorado. Josef se sienta en la escalera cada miércoles a esperar a Ana, pero ella siempre lo rechaza con burlas. Franz decide llevarle papas a la tía de Ana, la señora Leidlich, para poder conocer a Ana y ayudar a su hermano.

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Franz Se Mete en Problemas de Amor

El documento presenta la historia de Franz, quien intenta ayudar a su hermano Josef a conquistar a Ana, de quien se ha enamorado. Josef se sienta en la escalera cada miércoles a esperar a Ana, pero ella siempre lo rechaza con burlas. Franz decide llevarle papas a la tía de Ana, la señora Leidlich, para poder conocer a Ana y ayudar a su hermano.

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Ana

Sandra
Elsa

CONTENIDO
Franz se mete
en problemas de amor

En esta obra, Franz aprende sobre los problemas del


corazón. Josef, su hermano mayor, está enamorado de Ana,
pero ella no está interesada en él y Franz decide ayudar…
pero luego él mismo se ve metido hasta las orejas en sus
propios problemas de amor con Gabi, con Sandra y con
Elsa.

Franz quería a muchas personas.


Quería a Gabi, que vivía en la casa
Quería a su padre y a su madre
vecina.

Quería a su abuela y a Josef, su hermano


mayor.
Quería a Daniel Eberhard, su compañero
de escuela.

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Y además quería a sus tres tías.

ANA

Como Franz sólo conocía el amor feliz, la


tristeza de su hermano Josef lo tenía
Como la mamá, el papá, la abuela, Josef, desconsolado desde hacía unas semanas.
Gabi, Daniel Eberhard y las tres tías también Josef se había enamorado de Ana a primera
querían a Franz. Él no tenía mayores vista. Él la había visto y había sentido un
problemas con el amor. Para Franz el amor vuelco en el corazón, un escalofrío en la
era cuando dos personas se llevaban muy espalda, y se le había puesto la piel de
bien entre sí y se sentían muy contentas gallina.
estando juntas (podían discutir un poco, pero “¡Quiero a esta niña más que a nadie!”,
sólo de vez en cuando). pensó Josef.
Josef se había encontrado con Ana en el
descansillo de la escalera. Mientras él bajaba
corriendo, ella subía de prisa y se estrellaron.

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Ana llevaba un bolso debajo del brazo y
se le cayó. sonaba “ding – dong – ding – dong”.
– ¡Bobo, ten cuidado! – gritó. Luego escuchó que la señora Leidlich le dijo:
– Discúlpame – le dijo Josef y recogió el – ¡Ah, por fin llegaste, Ana!
bolso. Josef iba a casa de su amigo Otto, pero
dio marcha atrás y regresó a su departamento
(porque el amor le había salido al encuentro
en aquella mirada). Mamá y Franz estaban en
la cocina. Lloraban un poco: mamá porque
estaba cortando la cebolla y Franz porque se
encontraba muy cerca de mamá.
– ¡Acaba de estallar! – dijo él.
– ¿Dónde? – preguntó mamá, mientras
trataba de contener las lágrimas.
– ¡Dentro de mí! – contestó Josef, y les
narró la historia de Ana, el vuelco en el
corazón, el escalofrío, y les confesó que se le
había puesto la piel de gallina.
– ¡Tenía que pasar! – dijo mamá.
Ana le arrancó el bolso de la mano y
siguió camino hacia el tercer piso. Josef – ¡Quiero volver a verla! – exclamó
permaneció inmóvil. Alcanzó a oír que la Josef.
niña timbró en el departamento de la señora –
Leidlich. Por cierto, la señora Leidlich no
tenía un timbre común y corriente, sino que

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– Entonces siéntate en la escalera y su atención. Apenas había tenido tiempo de
espera a que baje – le dijo mamá, sonriendo y carraspear, cuando Ana pasó a toda velocidad
secándose las lágrimas. No lo dijo en serio, junto a él. Josef saltó del escalón.
pero Josef sí lo tomó en serio y se sentó en la – ¡Hola! – exclamó – ¡Oye, espera!
escalera a esperar.
– ¡El “hola” murió hace mucho
Debió soportar toda clase de comentarios tiempo y el “oye” está muy
de los vecinos: enfermo! – le
– Siempre pierdes la llave de tu casa, –
¿no? ¿Es que sólo tienes aserrín en la
cabeza? – le dijo la señora Berger.
– Te pasaste de listo, ¿verdad? ¿Tu
madre te dejó afuera? – le preguntó el señor
Huber.
– ¡Tus padres han arrendado un
departamento, no una escalera! – gritó la
señora Knitzwackel, que siempre lo
regañaba.

Finalmente, después de una hora, Ana


apareció en la escalera. Mientras la esperaba,
Josef había pensado con detenimiento qué le
diría. Escogió con cuidado estas palabras:
“¡Me llamó Josef, vivo en este mismo
edificio y me gustaría conocerte!” Pero antes
de pronunciarlas debía carraspear para llamar
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Franz asintió y mamá subió al tercer piso
respondió Ana desde el primer piso y luego con las cerezas. Allí permaneció un largo
sonó un portazo.
Josef regresó al departamento y se 11
encerró en su cuarto. Esto sólo lo hacía
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cuando estaba muy triste.
– Debemos ayudarlo – le dijo Franz a
mamá.
– No sabría cómo – contestó mamá.
– ¡Ya se te ocurrirá algo, si lo piensas
bien! – añadió Franz.
Mamá lo pensó por un rato. Luego tomó
una cesta con cerezas.
– Se las llevaré ahora mismo a la señora
Leidlich y le diré que tenemos muchas y hay
suficiente para todos – dijo mamá.
rato y regresó con bastante información.
– ¡Pero si no tenemos muchas! – gritó
Franz. Él hubiera querido comer cerezas Les dio las noticias durante la cena: Ana
después de la cena. tenía trece años, la misma edad de Josef. Era
sobrina de la señora Leidlich y la visitaba
– En todo caso, necesito alguna excusa
todos los miércoles. Hoy se había quedado
para subir y hablar con ella – contestó mamá
más tiempo de lo normal. Por lo general
–. Así me contará algo sobre Ana.
llegaba a las dos de la tarde a tomar clase de
piano y era la señora Leidlich quien se la – ¿Pretendes enfriar el río Po?
daba. O bien:
– ¡Vaya, Josef! – intervino papá –. – ¿No tienes nada mejor que hacer que
Entonces no hay razón para que te 13 sentarte aquí?
desesperes. ¡Cada miércoles tendrás una
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nueva oportunidad! Y en cierta ocasión la tía le dijo a Josef:
– ¡Tú, el cómico idiota de la escalera,
montando guardia de nuevo allí abajo!
Franz no entendía esto y pensaba:
“Nuestro querido Josef es un muchacho
maravilloso. Esta niña no pudo haber
encontrado a alguien mejor”.
– Estoy de acuerdo – opinaba mamá –.
Pero para que se dé cuenta de ello debe
empezar por conocerlo.
Cierta vez, un miércoles, Josef estaba
resfriado. Tenía los ojos rojos y la nariz
Desde aquel día, Josef se sentaba en la hinchada, y no quería que Ana lo viera.
escalera cada miércoles faltando cinco Abandonó su puesto en la escalera, se tendió
minutos para las dos de la tarde y Ana pasaba en el sofá y miró a lo lejos. Franz pensó que
dos veces junto a él. había llegado el momento de actuar y buscó
una excusa para subir al departamento de la
Pero en el preciso instante en que Josef señora Leidlich. Mamá estaba en el trabajo y
comenzaba a hablar, ella lo interrumpía con no podía ayudarle a encontrar la excusa, y
respuestas burlonas: esta vez no había cerezas. Entonces Franz
tomó la cesta de papas, subió al tercer piso y
timbró.
Tenemos muchas ¡y hay para todos! – le dijo
Franz en voz baja y le ofreció la cesta.
(Cuando Franz estaba nervioso siempre
hablaba en voz baja)

La señora Leidlich miró las papas


sorprendida.
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16 – Pero… ¿por qué? – balbuceó.
Franz le entregó la cesta con timidez.
– Bueno, pues reciban mis
agradecimientos – murmuró la señora
Leidlich.
En realidad, Franz debió haberse retirado
en ese momento, pero no lo hizo. Se quedó
allí, y como la señora Leidlich no quería
cerrarle la puerta en la nariz, le preguntó si
quería entrar.
Franz se asomó por la puerta y oyó que
de un cuarto provenían las notas de un piano.
Ana estaba sentada ante el piano y lo miraba
con mala cara. La señora Leidlich suspiró.
– Tengo que enseñarle a tocar el piano,
pero ella no quiere.
– ¡Yo sí quiero! – mintió Franz.
– ¡Siempre es así! – dijo Ana –. ¡Quien
quiere, no puede, y quien no quiere, debe
hacerlo!
– ¿Me dejas probar una vez? – preguntó
Ana lo dejó sentarse ante el piano con
Franz.
gusto. Franz echó una ojeada a la partitura.
No sabía leer las notas pero vio que en el
margen superior decía: “EL PEQUEÑO
HANS”.
¡Por supuesto, él ya conocía esta
canción! Con el dedo índice tocó algunas
teclas y muy pronto, después de algunos
ensayos, encontró las notas adecuadas.

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– ¡Pero si tienes talento natural! – gusto, pero cuando la señora Leidlich lo
exclamó encantada la señora Leidlich. invitó a que volviera el miércoles siguiente,
Le preguntó a Franz si quería tocar el él aceptó con alegría.
piano con Ana, pues pensó que sería bueno Franz no contó en su casa que ahora
para su sobrina. estaba estudiando piano, porque quería
– ¡Claro que sí! – exclamó Franz. ayudarle a Josef en secreto. Durante toda la
semana, Franz se rompió la cabeza tratando
En ese momento sonó el teléfono en el de encontrar la manera de subir a escondidas,
vestíbulo y la señora Leidlich corrió a el miércoles siguiente, al departamento de la
contestar. señora Leidlich. Josef ya se había curado de
Mientras ella hablaba, Franz aprovechó la gripe y por eso, ese miércoles montaría
para contarle a Ana que tenía un hermano guardia en la escalera. Pero Franz se podía
mayor maravilloso. Que ganaba todos los ahorrar esta preocupación porque ese día
premios en natación y en las carreras de Josef no saldría del colegio a su casa, sino
esquí, y que era tan fuerte que podía pelear que asistiría a un partido de baloncesto.
contra cuatro niños de su edad al mismo Franz llegó puntualmente al departamento de
tiempo. la señora Leidlich. Practicó con Ana la escala
– Y cuando él no quiere hacer algo – de do mayor y la de sol mayor.
añadió Franz –, ¡sencillamente no lo hace! – Toma ejemplo del pequeño. Lo hace
¡Nadie puede obligarlo! mucho mejor que tú – le dijo la señora
En ese momento regresó la señora Leidlich a Ana.
Leidlich y Franz dejó que le enseñara las – Mi hermano mayor no dejaría que tu
notas musicales. Pero de vez en cuando tía te dijera eso – le murmuró Franz al oído a
contaba algo interesante sobre su hermano. Ana.
Franz estuvo practicando las notas durante
una hora entera. No lo hacía con mucho
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Después de la clase de piano, Franz porque le gusta reflexionar en silencio
acompañó a Ana a su casa. Ella vivía a dos sobre los descubrimientos, la vida, el buen
cuadras de allí. Durante el camino, Franz le Dios, la justicia y otras cosas así.
habló de Josef. Exageró bastante pues en – ¡Y yo lo he llamado imbécil! – confesó
realidad él no era tan valiente, ingenioso, Ana, arrepentida.
fuerte e inteligente como Franz lo mostraba.
¡Pero esto causaba una gran impresión! – Eso no importa – dijo Franz –. Ahora
ya lo conoces mejor.
Franz regreso a casa muy satisfecho y
encontró a Josef. Estaba sentado en el banco
de la cocina.
– ¡Acaba de estallar! – le dijo Josef.
– ¿Dónde? – preguntó Franz.
– ¡Dentro de mí! – contestó Josef.
Luego le contó a Franz que en el partido
de baloncesto había visto a una niña
lindísima. Había sentido un vuelco en el
corazón, un escalofrío en la espalda y se le
había puesto la piel de gallina. Le gustaba
muchísimo; de eso estaba seguro.
– ¡Quiero a esta niña más que a ninguna!
– ¡Me daría mucho gusto conocer a tu
hermano! – dijo Ana finalmente. – ¿Y Ana? – preguntó Franz en voz baja.
– ¡Pero si ya lo conoces! – exclamó
Franz –. Se sienta a menudo en la escalera

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Franz se encontró varias veces con Ana
en la calle. Ella siempre le preguntaba por
Josef y Franz se ponía de mal humor porque
veía en sus ojos mucha nostalgia. Entonces
hizo el firme propósito de no volver a
entrometerse en los problemas de amor de los
demás.

– Me decepcionó hace mucho tiempo –


contestó Josef; y de eso también estaba muy
seguro.
Desde entonces, Franz iba a su clase de
piano cada miércoles. La señora Leidlich se
hubiera enfermado si él hubiera dejado de ir.
Además, Franz la había empezado a querer y
no quería que se enfermara.
Por lo demás, Ana no volvió a la clase de
piano los miércoles porque había convencido
a su mamá de que no era justo obligar a
alguien a aprender música.

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Hacía un par de meses que almorzaba en la
casa de ella casi todos los días, pues la
empleada doméstica se había ido y su mamá
SANDRA estaba trabajando. A veces también iba a
visitarla en las tardes e incluso el domingo. A
menudo Franz y Gabi tenían sus pequeñas
rencillas pero no permanecían enojados
mucho tiempo.
En la fiesta estaba Sandra. Gabi se había
hecho amiga de ella en el colegio hacía pocos
días. Esto no le molestaba a Franz. Gabi

Estuvo bien que Franz hubiese decidido


no preocuparse más por los enamoramientos
de otras personas, puesto que muy pronto
dejó de tener tiempo para hacerlo. Él mismo
se encontró metido hasta las orejas en su
propio problema de amor. Todo comenzó en
la fiesta de cumpleaños de Gabi. Había
muchos invitados y, naturalmente, Franz
también estaba allí.
Franz no era un extraño, casi se podía
decir que hacía parte de la familia de Gabi.

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– Con que ésas tenemos – murmuró
Franz, pero Gabi no alcanzó a escucharlo.
Estaba ocupada entregándole a Sandra un
detalle de recuerdo de su fiesta.
Franz fue a quejarse con mamá.
– Toda niña necesita una amiguita. Eso
es normal, querido Franz – le respondió.
Entonces fue a quejarse con papá.

– Gabi es muy variable. Verás que pronto


se disgustará con Sandra – le contestó.

Franz tuvo confianza en las palabras de


estaba en otro curso y a él no le importaba su padre y esperó a que se pelearan, pero no
con quién jugara en los recreos o con quién la hicieron. ¡Todo lo contrario! Ahora
compartiera su comida. Pero luego, en la encontraba a Sandra todos los días en casa de
fiesta, se sintió muy incomodo por esa Gabi, y Franz pasó a un segundo plano.
amistad. Gabi y Sandra no dejaban de
abrazarse, murmuraban, se sonreían con
malicia y se tomaban de las manos. En Ellas conversaban alegremente acerca de
cambio, para Franz, Gabi no tenía ni un camisas, pantalones y peinados, estrellas de
minuto disponible. Cuando se despidieron, cine, mascotas bonitas, esmaltes para las
Sandra le dijo a Gabi que vendría a visitarla uñas y muchachos. Ensayaban bailes y
más a menudo. escribían versos. A menudo se susurraban
cosas al oído.
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– ¡Esto no es para ti! – le decían a Franz. respondió. Él estaba esperando a mamá para
Sandra siempre quería jugar a la princesa contarle sus penas y, por lo tanto, Josef no
y al príncipe. Ella hacía de príncipe y Gabi podía consolarlo.
de princesa. Un día, cuando le propusieron a
Franz que hiciera de bufón de la corte, él se
enfadó; y cuando ellas el explicaron que no
debía molestarse por eso, puesto que era muy
pequeño para hacer de príncipe, Franz se
puso rojo, le arrojó el gorro de bufón a
Sandra y salió corriendo a su casa. Se tendió
sobre su cama y le dio puños a la almohada,
sollozando.
Así lo encontró Josef al regresar a casa.
Le preguntó a Franz qué le pasaba pero no le

Pero esta vez mamá tampoco pudo


ayudarle. No le parecía bien que le hubieran
dejado a Franz el papel de bufón, pero no era
para tanto. Y papá no se mostró nada
comprensivo.
– Muchacho, no tienes por qué ser tan
celoso de una niña. Si Sandra fuera un
Sandro, podría entenderte – le dijo.
– ¡Da lo mismo que se trate de Sandra o
de Sandro! – respondió Franz.

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– ¡No! – exclamó papá –. ¿Acaso estoy separaba la cocina del departamento de Gabi
celoso de las amigas de tu madre? Ellas no era tan delgada que se podía escuchar cuando
me van ni me vienen. Sólo me preocuparía si hablaban en voz alta. Franz oyó a Gabi decir:
se tratara de un hombre. – Franz es un tonto. No sé por qué actúa
– ¡No me importa! – gritó Franz –. De de esa manera tan estúpida.
todas maneras ya no quiero a Gabi. Luego la madre de Gabi entró en el
departamento de Franz y le sirvió un plato de
– Sólo hasta mañana por la mañana – arroz con verduras y una porción de torta de
dijo Josef. Y esto lo irritó aún más. manzana. Ella tenía una llave del
departamento para casos de necesidad.

Al día siguiente, Franz salió a las siete y


media de su casa. Diez minutos después llegó
Gabi, como todas las mañanas, y timbró con
fuerza en casa de Franz. Si la señora Huber
no le hubiera dicho que Franz ya había
salido, probablemente hubiera seguido
timbrando hasta las ocho.
Al mediodía, Gabi esperó a Franz a la
salida del salón de clase, pero Franz salió con
Daniel Eberhard y pasó de largo frente a
Gabi, como si ella no existiera. Gabi quedó
tan desconcertada, que lo siguió con la
mirada atónita. Tampoco encontró a Franz a
la hora del almuerzo. Él llegó con hambre a
casa y entró en la cocina. La pared que
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– Pero si Gabi te quiere mucho – le dijo
abrazándolo –. Créeme. Sencillamente ignora
que te hace daño. Ella no ha sentido celos y
por eso no los entiende.
“Si eso es así, yo le ayudaré a
entenderlos. Le enseñaré lo que es sentir
celos”, pensó Franz. Comió a toda prisa y fue
a ver a Gabi.

– ¿Qué te pasa, Franz? – le preguntó.


“Ella debe saberlo, pues ha estado
presente varias veces cuando su hija me ha
ignorado”, pensó Franz.

– ¿Es por causa de Sandra? – le preguntó


la mamá de Gabi. Franz comenzó a llorar y
ella le prestó su pañuelo.
– ¿Ya estás bien, Franz? – le preguntó
– Te comprendo, Franz – le dijo Gabi.
consolándolo. Franz sollozó y buscó refugio
– Más o menos – dijo Franz.
en su regazo. En ese momento decidió
contarla entre la gente a quien más quería. Gabi quería jugar con Franz a “ponte el
sombrero”.

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– Esperemos a Sandra. ¡Quiero jugar con
ella! – le dijo Franz.
– ¡Pero si “ponte el sombrero” se puede
jugar entre dos! – gritó Gabi.
– Bueno – replicó Franz –, pero con
Sandra será mucho más divertido.

Al parecer, esto le molestó mucho a


Gabi. Cuando Sandra llegó, Franz celebró
alegremente su llegada; le elogió el vestido y
el peinado; y luego le habló del osito de felpa
que ella quería para su cumpleaños. Le bufón para ella: Dio volteretas, hizo
preguntó si quería ir al cine con él o al menos muecas y contó chistes. Sandra se reventaba
a su departamento. Su mamá había comprado de la risa, y cada vez que Gabi pretendía
un nuevo esmalte para las uñas, “rosado y jugar con ellos, Franz la detenía diciéndole:
muy elegante”; y también podría mostrarle
una maravillosa antología de lindos versos.
– Hoy te toca hacer de príncipe, y hoy el
Franz tomó a Sandra del brazo y Gabi se príncipe está enfermo, así que quédate en la
irritó aún más. cama descansando.
Cuando Franz le susurró algo al oído a
– Franz todavía estoy aquí – le insinuó. Sandra, Gabi se puso roja y le tiró la corona
de príncipe a Franz.
Franz no se dio por aludido. Se puso el
gorrito y le dijo a Sandra que era la princesa – ¡Váyanse a casa, los dos, ya! –
más hermosa del mundo. Luego hizo de vociferó Gabi.

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– ¡Oye, Franz! – le dijo –. Lo lamento de
– ¿Qué le pasa a Gabi? – preguntó verdad. Durante los últimos días no he sido
Sandra. muy amable contigo.
– Creo que ahora sabe lo que es sentir – No le he dado importancia – le
celos – le respondió Franz satisfecho y se fue contestó Franz con indiferencia, sin dejarle
a su departamento silbando, ansioso por ver su alegría.
saber qué pasaría después. – ¿Quieres que no sea tan amiga de
Gabi lo visitó en la tarde. Sandra? – le preguntó Gabi.
– ¿Harías eso por mí?
– ¡Por ti, lo haría todo! – exclamó Gabi.
– No tienes que dejar de ser amiga de
Sandra – repuso Franz –. Sólo tienes que
repartir tu amor de manera más justa entre
Sandra y yo.
– Pero así saldrías perdiendo – dijo Gabi
–, porque en realidad yo te quiero a ti diez
veces más que a ella.
Desde entonces a Franz no le molestó
que Gabi y Sandra murmuraran entre ellas y
hablaran de cosas que a él no le interesaban.
Y una vez, cuando estuvo a punto de sentir
celos otra vez, pensó que en aquella tarde
cuando Gabi le había declarado su amor,
¡diez veces más grande! Tampoco le puso

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atención a Josef cuando éste se rió
irónicamente y le preguntó:
– ¿Apostamos a que Gabi también le
prometió a Sandra que su amor por ella era ELSA
diez veces más grande?
– Yo no apuesto. Mamá siempre dice que
apostar no es bueno – respondió Franz,
tranquilamente.

Las tres tías de Franz se llamaban Kitti,


Kathi y Koko. No eran tías de verdad, las tres
eran amigas de juventud de mamá. Vivían en
un pueblo pequeño, en una casa con enorme
jardín. Ninguna de ellas se había casado y
ninguna tenía hijos, pero a todas les gustaban
los niños. Por eso, con frecuencia llamaban a
la mamá de Franz y le decían que les gustaría
tener al querido Franz con ellas por un par de
días.
La tía Kitti era peluquera. La tía Kathi

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Incluso le podía ayudar a la tía Kitti en el
salón de peluquería: Cuando ella le cortaba el
cabello a una clienta, Franz barría el pelo del
piso. También le hubiera gustado acompañar
a la tía Koko a hacer masajes, pero ella le
decía:

– Franz, no te puedo llevar conmigo


porque mis clientes se tienen que desnudar
para que yo les haga los masajes y no creo
que les guste que tu estés ahí.
Además, Franz podía jugar en el jardín.
era modista. Y la tía Koko era masajista. Allí había árboles para trepar, tierra para
El salón de peluquería de la tía Kitti quedaba cavar y un gato salvaje que se mostraba
en el sótano de la casa. La modistería de la manso si lo llamaban con una salchicha.
tía Kathi se hallaba en la mansarda. Y la tía
Koko visitaba a sus clientes en automóvil. En En el jardín de los vecinos había una
el baúl llevaba la mesa portátil de masajes. niña que se llamaba Elsa y parecía un
Desde hacía mucho tiempo Franz quería duendecito. Sus ojos eran del color del cielo.
volver a visitar a sus tías y por fin pudo Tenía el cabello largo y dorado, una naricita
hacerlo en Semana Santa. El primer día, la tía respingada y los más tiernos hoyuelos en las
Koko fue a recogerlo en el auto. Las tías no mejillas. Además era un poco más pequeña
podían tomar vacaciones para cuidarlo, pero que Franz, lo cual era muy curioso, porque
esto no le molestaba a Franz. Le gustaba parecía tener su misma edad y hasta entonces
mirar a la tía Kathi cuando cortaba y cosía.

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acercó a ella. Simplemente la observaba
desde la copa del cerezo, desde la ventana de
la mansarda donde estaba la modistería y
desde la claraboya de la peluquería. Elsa
siempre parecía estar aburrida. Se paseaba de
un lado del jardín al otro, arrancaba tallitos
de hierba y flores, arrojaba piedrecitas y
ensayaba a dar saltos largos.
Las tías notaron que Franz miraba a Elsa
con interés y le advirtieron:
– Oye, Franz, la primera impresión que

todos los niños de su edad eran al menos


un palmo más altos que él.
Franz se enamoró de Elsa tan
rápidamente como Josef de Ana. Algo estalló
dentro de él cuando la vio por primera vez en
el jardín vecino. El corazón le dio un vuelco;
pero no sintió escalofríos en la espalda ni se
le puso la piel de gallina. Al principio no se

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da esa niña, engaña. Según dicen, es un firmamento no había ni siquiera una nube.
pequeño diablo. ¡Cuídate de ella! Franz se aproximó a la cerca. No quería
hablar porque tenía miedo de que la voz se
oyera sin fuerza, como le pasaba siempre que
– Pero, ¿qué me puede hacer? – preguntó estaba nervioso.
Franz.
– Puede seducirte – replicó la tía Kitti.
– ¿Seducirme a hacer qué? – preguntó
Franz.
– A hacer cosas malas – repuso la tía
Kathi.
– ¿Cómo cuáles? – insistió Franz.
– No podríamos decirte exactamente –
respondió la tía Koko –. Pero todo el mundo
murmura de ella.
Esto le pareció emocionante y llamativo
a Franz. En ese momento sintió un escalofrío
en la espalda. Ahora, sin lugar a dudas, tenía
que conocer a Elsa. Se hizo peluquear por la
tía Kitti para verse mayor y se echó a la boca – ¡Vaya, por fin! – exclamó Elsa, sin
un dulce de menta para evitar el mal aliento. dejar de mirar al cielo –. Ya estaba pensando
Luego inhaló tres veces profundamente y que tenías algo en contra de las niñas.
salió al jardín. Elsa estaba recostada contra la Pero Franz no tenía nada en contra de
cerca contemplando el cielo, como si ellas, así que negó con la cabeza.
estuviera observando un ave. Pero en el

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– ¿Jugamos a algo? – le preguntó Elsa.
Franz asintió.
– ¿A qué jugamos? – preguntó ella.
Franz se sentía ahora un poco menos
nervioso y su voz se oyó casi normal cuando
dijo:
– Cualquier cosa está bien, lo que tú
quieras.
– ¡Jugaremos a algo prohibido! – dijo
Elsa, y se lo formaron dos hermosos
hoyuelos en las mejillas. Franz reflexionó,
pero no sabía de ningún juego prohibido.
– ¿Eres mudo? – preguntó Elsa. – ¿Qué te parece si jugamos al
Dejó de contemplar el cielo y lo miró supermercado? – preguntó Elsa.
fijamente. Entonces a Franz se le puso la piel Franz estaba algo sorprendido y pensó:
de gallina, como le había pasado a Josef. “Jugar al supermercado debe ser como jugar
Nunca había visto unos ojos tan hermosos y a hacer compras. Eso es como para niños
tan azules. pequeños y no está prohibido”. En ese
– Dime que no eres mudo – insistió Elsa. momento el corazón le volvió a latir con
fuerza.
Franz negó de nuevo con la cabeza.
– Está bien – respondió con firmeza.
– Pásate a este lado – le propuso Elsa.
– Bueno, entonces vamos – contestó
Franz saltó la cerca con mucha gracia y Elsa.
facilidad.

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– ¿A dónde? – preguntó Franz.
– ¡Pues al supermercado! – exclamó
Elsa.
Entonces Franz tuvo el presentimiento
de que jugar al supermercado era algo
distinto de jugar a hacer compras. Pero,
temiendo que ella lo tomara por tonto, no
preguntó.
– Iré rápidamente a informarle a mis tías
que saldré al supermercado – dijo y trató de
saltar nuevamente la cerca, pero Elsa lo Franz sintió un poco de lástima por el
sujetó por los pantalones. muchacho, aunque se sonrojó lleno de
orgullo. En la esquina siguiente, antes del
– ¿Bromeas? – gritó –. ¿Acaso también
supermercado, se encontraron con otro chico.
piensas llamar a la policía?
Éste también miró a Elsa como si le hubiera
Tomó a Franz de la mano y marchó con estallado algo en su corazón.
él a través del jardín, calle abajo, hacia el
– Elsa, ¿puedo ir con ustedes? – le
supermercado. En la esquina se encontraron
preguntó.
con un muchacho que miró a Elsa como si
algo le hubiera estallado en su interior. – No – le contestó ella, y señaló a Franz
–. Ahora él es mi amigo.
– Elsa, ¿puedo visitarte esta tarde? – le
preguntó. A Franz le brillaron los ojos de orgullo.
– No – le contestó Elsa, y señaló a Franz Pronto llegaron frente al supermercado y
–. Ahora él es mi amigo. Elsa se apoyó contra un auto estacionado.

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– Ahora entra y tráeme una goma de
mascar – le dijo a Franz.
– Lo lamento, pero no tengo dinero – Fue tal la sorpresa de Franz que no pudo
repuso Franz. decir ni una sola palabra. No quería robar,
– No tienes que comprarla, sino pero tampoco deseaba decírselo a Elsa. Ella
traérmela – dijo Elsa. le dio un empujón y Franz fue a parar a la
– ¿Traértela? – susurró Franz. Ahora entrada del supermercado.
entendía cuál era el juego del supermercado. “Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora?”, se
¡Debía robar la goma de mascar! preguntó.
Elsa miró su reloj de pulsera, que tenía Y justo cuando Franz abrió la puerta,
segundero. recordó que en el bolsillo de atrás del
– Voy a medir el tiempo. Harold lo hace pantalón tenía un paquete de cinco gomas de
en tres minutos. Déjame ver si eres más mascar, sin abrir. Esto le quitó un peso de
rápido que él – le dijo. encima. Corrió por el supermercado, dio la
vuelta a la primera estantería, pasó delante de
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la cajera, salió de nuevo y regresó a donde lo y al otro muchacho que para tamaña
esperaba Elsa. Sacó del bolsillo el paquete de pequeñez, un minuto y diez segundos era
gomas de mascar y se lo entregó. demasiado tiempo, que no se dio cuenta que
uno de los muchachos había entrado en el
supermercado.
– Donde vivo, lo haría en cincuenta
segundos – presumió Franz.
Entonces el muchacho salió del
supermercado acompañado por una empleada
grande y corpulenta, y ambos se lanzaron
sobre Franz.
La empleada tomó a Franz por los
hombros y lo sacudió.

– ¡Maravilloso! – exclamó Elsa –. ¡Un


minuto y diez segundos! ¡Eres el más rápido!
Lo miró llena de admiración y Franz se
sintió el mejor de todos. Entonces llegaron
los dos muchachos con quienes se habían
encontrado antes y Elsa les contó la gran
rapidez con que Franz lo había hecho. Ahora
Franz se sentía mejor que el mejor. Estaba
tan orgulloso y ocupado explicándoles a Elsa

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– ¡Es increíble! – gritó –. ¡Parece un – ¡Eres un imbécil! – le gritó Elsa a
ángel pero roba como un cuervo! ¡Dame la Franz, y le ofreció la mano derecha a uno de
goma de mascar! los muchachos y la izquierda al otro.
Elsa miró a la vendedora inocentemente – Ahora me voy con ustedes. ¡Pueden
con sus ojitos celestes. acompañarme! – les dijo, y se alejaron
– ¡Oh, esto es terrible! – susurró Elsa y saltando.
le entregó a la vendedora el paquete de cinco Franz los miró irse. Sintió un vuelco en
gomas de mascar –. En verdad no sabía que el corazón, un escalofrío en la espalda y se le
las hubiera robado. ¡Palabra de honor! Pensé puso la piel de gallina. Pero de manera
que las había comprado. diferente de la que había sentido antes. Ahora
La mujer tomó el paquete, lo examinó, se sentía terriblemente enfermo.
sacudió la cabeza furiosa y soltó a Franz. Permaneció largo tiempo en el mismo
– ¿Qué broma es esta? – preguntó –. sitio y luego regresó lentamente a casa d sus
¡Este paquete no es de nuestro tías. No quería verlas, así que se coló por el
supermercado! ¡Nosotros no vendemos esta jardín y se trepó a lo alto del manzano. En el
marca! – dijo, le entregó el paquete a Elsa y jardín vecino estaban Elsa y sus amigos.
regresó al supermercado. – No se pueden dividir cinco gomas de
– ¡Eres un bobo! – le dijo uno de los mascar entre tres personas. Así que dos son
muchachos a Franz. para ustedes y yo me quedo con tres – les
dijo Elsa a los muchachos, y Franz la
– ¡Maravilloso amigo te has conseguido! escuchó.
– le dijo irónicamente el otro muchacho a
Elsa. Al atardecer, Franz le escribió una carta
a Gabi:

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Cuando el cartero le entregó la carta a
Gabi, Franz ya había regresado. Gabi corrió a
verlo con la carta en la mano.
– ¿La escribiste cuando estaba
lloviendo? – le preguntó a Franz señalando
las nubecitas de color azul celeste.
Franz las miró y sintió subir los colores a
su rostro.
– ¡Ah, sí! – murmuró –. Ese día hacía un
tiempo horrible, pero muy pronto pasó – le
dijo a Gabi con una sonrisa.

Querida Gabi:
La casa de mis tías es muy agradable
pero sin ti no estoy contento. Aquí no hay
niños con quienes jugar. Sólo hay un duende
en el jardín vecino, pero es muy malo.
Tu Franz

Seis grandes lágrimas cayeron sobre el


papel mientras Franz escribía. Allí donde
caían, la tinta de color azul oscuro se corría
produciendo nubes de color azul celeste.

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