E Anderson Imbert El Gato de Cheshire
E Anderson Imbert El Gato de Cheshire
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Enrique Anderson Imbert
El gato de Cheshire
ePub r1.0
taklamakan 15.05.16
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Título original: El gato de Cheshire
Enrique Anderson Imbert, 1965
Retoque de cubierta: taklamakan
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PRÓLOGO
He preferido siempre las formas breves: se ciñen mejor a una teoría relativista
del mundo y a una práctica imaginista de la literatura. En mis cuentos, aun en mis
novelas, la menor unidad de artificio es la metáfora, el poema en prosa, la situación
mágica, el juego fantástico. Si se pudiera narraría puras intuiciones pero la técnica
obliga a darles cuerpo. A ese cuerpo lo dibujo a dos tintas, una deleble y otra
indeleble, para que cuando se borre la materia quede el trazo de la intuición como
una sonrisa en el aire. La sonrisa del gato de Cheshire. Lewis Carroll, matemático y
poeta, cuenta que Alicia, en el País de las Maravillas, vio un gato que le sonreía
desde la rama de un árbol y luego se esfumaba para mostrarse y disiparse una y otra
vez:
He aquí mis sonrisas sin gato. Sonreían así en las ramas del bosque de La Plata,
cuando en 1926 empecé a describirlas (¿recuerda, don Ezequiel Martínez Estrada?,
¿recuerda el aula del cuarto año del Colegio Nocional?). Aquellos intentos se
hicieron cada vez menos torpes gracias a la Biblioteca. Porque el arte de contar, que
arrancó de la mitología y el folklore, después reelaboró también los moldes más fijos
de la literatura. El narrador de gusto clásico —para quien la «originalidad», a
diferencia del narrador de gusto romántico, es más estilística que temática— junta
sin disimulo lo que ha inventado y lo que ha construido con invenciones ajenas. En el
acto de aprovechar antiguas ficciones siente la alegría de pellizcar una masa
tradicional y conseguir, con un nuevo movimiento del espíritu, una figura
sorprendente.
Los libros donde aprendí a contar no se comunican entre sí —son como mónadas,
diría Leibniz, otro matemático y poeta— pero se comunican en mí, lector y escritor,
origen de la armonía preestablecida en mi biblioteca privada. También mis
cuentecillos son mónadas, átomos psíquicos en los que se refleja desde diferentes
perspectivas, la totalidad de una visión de la vida. De cifrarla, la palabra clave
sería: libertad.
Addenda 1990. Escritas a lo largo de casi cincuenta años —entre 1926 y 1964—
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es natural que estas miniaturas manifiesten sucesivos manierismos literarios. Como
las mezclé sin fijarme en sus fechas el lector no encontrará períodos sellados con tal
o cual «ismo». De todos esos «ismos» el que menos aprecio, porque contraría mi
carácter y mi actitud ante las letras, es el Superrealismo. Debí haber rechazado las
incoherencias subconscientes que no alcancé a imaginar con lucidez y arte. Resultan
todavía más oscuras por estar en prosa, forma que siempre hace esperar claridad.
De haberlas soltado en versos licenciosos quizá impresionaran como poéticas.
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LOS CANTARES DE ANTAÑO NO SON LOS DE
HOGAÑO
Andrés Bent Miró, profesor de la Universidad de Córdoba, hacía lo que todos los
filólogos: al leer un texto antiguo actualizaba el pasado en su propia conciencia. En
aquel verano de 1964, sin embargo, se le dio vuelta la tortilla: no fue el pasado lo que
vino a revivir en él sino Andrés Bent Miró quien, de un salto, se fue a vivir en el
pasado.
Mientras revisaba códices en la sala del Monasterio descubrió, entre las páginas
de un De Contemptu Mundi, un papel manuscrito. Se sentó frente a una mesa y lo
leyó: era un madrigal dedicado a «Lucinda». Al pie, la firma: Luis de Tejeda.
Estupendo hallazgo: no figuraba en ninguna de las ediciones de Tejeda, no lo
mencionaba ninguna bibliografía.
No bien hubo estudiado sus agudezas oyó que alguien le hablaba. Levantó la vista
(al hacerlo el papel se le cayó de las manos) y vio a su lado a un viejo de ojos negros
y hábito blanco. El viejo se presentó como Luis de Tejeda.
Andrés Bent Miró le explicó que estaba leyendo un madrigal de él, de Tejeda,
cuando de pronto algo lo transportó tres siglos atrás.
Tejeda contestó que ese mismo Algo debía de ser el que tan aprisa lo había
atraído a él a esa sala, que se sentía honrado por tal visita del futuro y que le agradaría
saber de qué madrigal se trataba.
Andrés Bent Miró, para darle el gusto y leérselo, alzó de la mesa el papel que se
le había caído de las manos, pero ahora el papel estaba en blanco. Entonces le recitó
de memoria el madrigal a «Lucinda».
Que jamás lo había escrito, negó Tejeda, ni tampoco lo escribiría porque —y
señaló sus canas, su hábito— era tarde y ya no estaba ni en edad ni en situación de
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madrigales. Sugirió que la próxima vez que lo visitase saltando sobre los siglos
procurara caer en el año en que todavía era mozo. Quizá para entonces, agregó, le
habría escrito el famoso e inexistente madrigal a «Lucinda».
—¡No puede ser! —exclamó Andrés Bent Miró, mareado por los verbos—. ¡Si
yo, hace un ratito no más, tuve su madrigal en mis propias manos y lo leí con mis
propios ojos! Firmado de su puño y letra. ¡Usted tiene que haberlo escrito! ¿Cuándo?
Ya no sé. Me estoy trastornando…
—Despacio, despacio. No os alteréis —dijo Tejeda—. La cosa tiene arreglo. Al
veros creí que los años por delante eran para mi un futuro y para vos un pasado; mas
ahora comprendo que todo esto está acaeciendo fuera del tiempo humano, en un
tiempo de Dios en que no hay ni futuro ni pasado sino una presente eternidad. Por
favor, dictadme el madrigal: lo habré transcrito antes de que regreséis a vuestro siglo
para que así luego fuere posible que lo hayáis encontrado.
Mientras Tejeda entinta la pluma Andrés Bent Miró siente un vértigo.
Vértigo de verbos y adverbios enloquecidos al perder sus tiempos. Aquel
madrigal que él leyera en el siglo XX fue este que Tejeda no escribió todavía pero
escribiría de un momento a otro, en el siglo XVII: y si Tejeda lo ha de escribir hoy es
porque Andrés Bent Miró se lo está aún por dictar; y si se lo puede dictar es porque lo
había descubierto tres siglos después gracias a que tres siglos antes Tejeda trazara
letras en el mismo papel al que un viento de tres siglos ha limpiado de letras.
Mientras Andrés Bent Miró dicta el madrigal Tejeda lo traslada.
Vértigo. Vértigo de sol y luna jugando a sucesivos eclipses astrónomo recuerda y
prevé. Vértigo de perro que gira sobre sí para morderse la cola, como un Cancerbero
del Tiempo con su triple ladrido: Pasado, Presente. Porvenir. Vértigo de imágenes
que se persiguen simultánea y continuamente, siempre repetidas, siempre en
movimiento, como si un fantasma se hubiera colocado entre dos espejos enfrentados
y, a pesar de ser un fantasma invisible, obligara a los espejos a reflejar su figura pero
copiándose uno de otro.
En medio del vértigo Andrés Bent Miró saltó a su 1964. Se encontró otra vez en
el Monasterio, se encontró otra vez con el papel manuscrito en la mano. Lo releyó.
Notó que Tejeda, al copiar, había deslizado una enmienda: en lugar de «Lucinda»
ahora se leía «Anarda».
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DODECAFONÍA
—¡Qué tiempos aquellos! —dijo la Hidra a su simpático visitante—. No pasaba
mes sin que viniera algún héroe a matarme. Llegaba muy ufano a esta orilla, se
inclinaba sobre las aguas, me desafiaba a gritos, yo emergía (lentamente, para dar
más dignidad al espectáculo) y él, remolineando su espada, me cercenaba cabezas.
Caía una e instantáneamente, antes de que se derramase una gota de sangre, nacía
otra. Yo me dejaba codiciar por esa vehemente espada: para ponerlas a su alcance
estiraba hacia el héroe, silbando y bailando, mis doce cabezas, siempre doce por
muchas que él cortara. Al fin el héroe, exhausto, ya no tenía fuerzas para levantar el
brazo (yo lo libraba entonces de la humillación de volver vencido a su tierra). Y así,
mes tras mes, me divertía con esos inofensivos decapitadores. Ahora no vienen más:
mi fama de inmortal los ha descorazonado. Lo siento. Aquellos juegos entre espadas
y cabezas eran una fiesta. Yo esperaba, más o menos tensa, el mandoble, que a veces
se demoraba o se precipitaba; y en seguida sentía que la nueva cabeza que me brotaba
era como un súbito cambio en mi vida, o que esa cabeza continuaba la expresión de la
anterior, o que la repetía exactamente. Gracias a esta expectativa mía en que el retoño
de cada cabeza era inevitable y, sin embargo, sorprendente, yo me gozaba a mí misma
como si oyera música. Tiempo. Puro tiempo. Ahora me aburro; y estas doce cabezas
que ves ya no suenan como notas de una melodía, sino como bostezos en el vacío.
—Has hablado —dijo el visitante— de tu expectativa de cambio, de continuidad
y de repetición. Verás que te faltaba aprender a esperar lo mejor de tu melodía, que es
la conclusión. ¿Quieres jugar una vez más?
Y, poniéndose de pie, Heracles blandió su espada.
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UNICORNIO
Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.
—Te conozco —dijo riéndose la muchacha—. ¿Crees que voy a cometer la
tontería de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una
metáfora.
Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.
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CAOS Y CREACIÓN
Al mundo le faltaba una criatura que pudiera consolar a todos. Entonces los
hombres crearon a Dios. Sea que lo concibieran pensando en sus mejores sueños o, al
contrario, que lo modelaran con el barro de la naturaleza y siguiendo las líneas del
miedo, lo cierto es que Dios salió con figura humana.
Ya el mundo estaba completo: tenía Dios.
Las bestias, con la cabeza baja, siempre miraban hacia el suelo: los hombres, con
la cabeza alta, a veces miraban hacia el cielo. Hacía dónde miraba el Dios recién
inventado nadie lo pudo saber. Solo, muy solo, se quejaba de que, después de hacerlo
tan parecido a los hombres, lo desterrasen sin embargo lejos de los hombres; y
paseaba por los baldíos del cielo preocupado por la posibilidad de que un buen día,
por inservible, los hombres lo deshicieran.
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LA GRANADA
…dentro della están repartidos y asentados los granos por tal orden que
ningún lugar, por pequeño que sea, queda desocupado y vacío… Cada uno de
estos granos tiene dentro de sí un hosecico blanco, para que así se sustente
mejor lo blando sobre lo duro… ¿Por qué los hombres, que son tan agudos en
filosofar en las cosas humanas, no lo serán en filosofar en el artificio desta
fruta?
(Fray Luis de Granada, Introducción al símbolo de la fe).
Un loco había volado por debajo del puente y él no podía ser menos. Al leer la
noticia en los periódicos, aun sabiendo que era una locura, comprendió que tendría
que repetir la hazaña. Para hacerla difícil usó un aeroplano más grande, voló de
noche, fue y volvió. Ahora, sano y salvo en su casa, advierte que no ha terminado
todavía la hazaña: falta superar el exhibicionismo, no decir nada a nadie.
El viejo, sin piernas y sin brazos, miraba a los transeúntes desde el suelo y
murmuraba algo. Moscas se habían posado sobre el pus de sus ojos podridos, pero él
no pestañeaba. No quise espantarle las moscas —moscas de terciopelo, gordas,
suaves, domesticadas— de miedo a que viniesen otras más hambrientas.
Roberto contó un secreto y Basilio, al oírlo, prometió: «Seré una tumba». Así
nació esa gran amistad. Desde entonces anduvieron siempre juntos, Roberto
hablando, Basilio escuchando. Con el tiempo Basilio fue haciéndose cada vez más
mudo y hueco. Un día Roberto notó con disgusto que Basilio era de veras una tumba
y con los ojos —abiertos como un R. I. P. en una lápida— lo invitaba a saltar adentro.
Aun el poder que tenía de atravesar espejos como la luz atraviesa cristales
transparentes no lo aliviaba de la opresión de sentirse encarcelado. Apenas salía de
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una cámara de espejos se veía rodeado por otra, igualmente engañosa; y después de
esta, otra; otra, y otra, hasta que el cansancio lo persuadía de que era mejor no
esforzarse en huir y aceptar la ilusión de libertad que le brindaba cualquiera de ellas.
Sentado con el libro abierto sobre la mesa parecía leer. En realidad estaba
mirando el gato que se lavaba la cara, debajo de la mesa. Lo que no entiendo es cómo
podía verlo, a través del libro, a través de la mesa.
Los niños acuden a la plaza, cada uno con su palo, de acuerdo a lo convenido.
Acuden colgados de muletas, erguidos en zancos, montados en escobas. Todo el aire,
duro de garrochas, bastones, lanzas, banderas. Martín viene con un escarbadientes en
la boca.
—Alégrate. Tu deseo ha sido otorgado. Escribirás los mejores cuentos del mundo.
Eso sí: nadie los leerá.
Unos ladrones fueron a la Iglesia del Carmen para robarse el «San Sebastián» del
Greco. Ya lo estaban descolgando cuando se apareció espantado el sacristán. Puso
una mano sobre el corazón, la otra sobre el cuadro, y gritó:
—Juro por Dios que mientras yo viva no se robarán ustedes nada.
—Lo creemos —contesto muy respetuosamente el jefe de los ladrones. Y lo mató.
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Una noche entró por una ventana en una casa ajena y hundió la mano en un cofre
lleno de joyas. En las tinieblas sintió entre los dedos los dedos de otra mano que
también estaba acariciando el tesoro.
Ella se miró en el espejo y desde entonces el espejo ya no fue el mismo; por las
noches el mercurio le temblaba, azogado.
Recibió una beca para viajar. ¿Por dónde? ¿América? ¿Europa? ¿Asia? ¿África?
¿Oceanía? La mañana se ensombreció, y cuando miró hacia arriba, creyendo
encontrar una nube, alcanzó a ver una mano enorme que se retiraba rápidamente
detrás del cielo. Si esa mano era la que iba a moverlo por el tablero del mundo ¿qué
sería él, peón, rey, torre, caballo, alfil?
Una islita, redonda y verde, perdida en el mar azul: solo un árbol seco, en el
centro, con ramas grises.
De lejos el ángel, que bajaba de cabeza, creyó que toda la islita era el follaje
redondo y verde de un árbol que volaba por el azul del cielo (las ramas del árbol le
parecieron ser raíces grises que el árbol volador llevaba colgando).
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*
En una pared medianera entre dos viejas casas de Babilonia había un agujero. En
las últimas semanas el agujero había tomado forma de boca, forma de oreja; después
de aquella noche, empezó a tomar forma de ojo. Ahora el agujero mira a uno y otro
lado: «¿No vendrán?, ¿tampoco vendrán esta noche?», dice. Y escucha los menores
ruiditos con esperanza de oír los pasos sigilosos de los amantes. Espera inútil. Pasa el
tiempo y el agujero, que nunca sabrá de Píramo y Tisbe, se va llenando de telarañas.
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culpársele por el último eclipse de sol: lo había causado, sin querer, al cometer un
error administrativo. La corte alabó al Emperador por ese admirable rasgo de
humildad y contrición.
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EL SOL
El Demiurgo los inventó para jugar con ellos durante un ratito pero cometió un
primer error al inventarlos con una conciencia por los adentros. Con esa conciencia
los homúnculos, a su vez, se inventaron un mundo propio. Cuando el Demiurgo,
cansado del juego, quiso cancelarlos, ya existían y se aferraban con firmeza a su
mundo propio. ¡Si se distrajeran todos al mismo tiempo!, pensó. Dormidos, sería fácil
desprenderles la telita de vida que les quedaba.
Ah, era demasiado tarde. El Demiurgo había cometido un segundo error:
inventarlos en un planeta redondo que giraba entre los faroles del cielo. Un farol, por
lo menos, salvaba a los homúnculos. Siempre en el lado que daba al sol, había
hermanos que montaban la guardia, en riguroso turno: si unos mitigaban en el sueño
su poder, otros, en la vigilia, lo acrecentaban. A fuerza de filosofar, convirtieron al
mismo Demiurgo en un servidor de los homúnculos.
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ESPIRAL
Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro.
Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que
conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si esa era mi
casa o una casa idéntica a la mía. Mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí,
estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por
la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo
iluminado de luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un
instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la
que también me pesaba en la boca. Como en un espejo, uno de los dos era falaz.
«¿Quién sueña a quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente.
En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol. De un salto nos
metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que
era yo otra vez.
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MAPAS
Había muchos mapas colgados en la escuela. El niño Beltrán los miraba,
distraído. En el libro de lectura también había mapas. Tampoco a Beltrán le
interesaban. Aun del globo terráqueo que engordaba en el vestíbulo, frente al
despacho de la Directora, lo único que le llamaba la atención era que uno pudiese
hacerlo girar con el dedo: «Acaso —pensaba— hay un dedo grande que hace girar
este planeta en que vivimos; acaso ni siquiera es un dedo, sino que alguien lo está
soplando». Beltrán se aburría con los mapas. Así pasaron dos, tres años. ¿Cómo fue
que de pronto descubrió la Geografía? Lo cierto es que una tarde volvía a su casa,
dando puntapiés a una piedra, cuando se le ocurrió que todos los mapas de la escuela
no valían nada porque eran demasiado pequeños, incompletos, fragmentarios,
achatados, falsos, inhabitables. «El verdadero mapa —se dijo— es el planeta mismo;
mapa de otro planeta, igual pero millones de veces más grande habitado por gigantes
millones de veces más grandes que los hombres, donde hay un niño que da puntapiés
a una piedra millones de veces más grande que esta a la que estoy dando puntapiés
ahora». Beltrán se detuvo y echó un vistazo alrededor. Todo le pareció nuevo: se
admiró de la plaza, de las avenidas, del río, de la arboleda. Se sintió como un
microbio que caminase sobre el globo terráqueo del vestíbulo de la escuela. «Vivo —
se dijo— en un mapa. Pero este mapa que a mí me parece tan grande debe de estar
dentro de una escuela que yo no alcanzo a ver: y allí, para otro Beltrán, será tan
pequeño, incompleto, fragmentario, achatado, falso e inhabitable como los mapas de
mi propia escuela. Un mapa está siempre dentro de otro. Habrá uno tan grande que
coincida con el universo».
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LA ANTORCHA
Esa noche habría en Alabama procesión de antorchas. Después, quemaríamos las
casas de los negros.
Me puse la túnica de Ku Klux Klan, encendí la antorcha y me lancé a la calle en
busca de mis correligionarios. Atravesé por un callejón tan tenebroso que la antorcha
no lo iluminaba. Me pareció oír pasos a mi lado. Asustado, dejé caer la antorcha al
suelo. Era un negro que, cariñosamente, «cuidado, no vaya a quemarse» me dijo,
mientras recogía el tizón y me lo ofrecía empuñándolo por el lado de la llamarada.
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HÉROES
Una mano lo tocó desde atrás. Tuvo miedo de volverse: no fuera que al mirar por
encima del hombro viese a sus espaldas, vengativo, un Pasado que lo llamaba. Edipo
apartó todo pensamiento y siguió, camino a Tebas.
Algunos de los marineros que regresaban de sus largos viajes solían visitar a
Simbad, el paralítico. Simbad cerraba los ojos y les contaba las aventuras de sus
propios viajes Interiores. Para hacerlas más verosímiles a veces se las adjudicaba a
Odiseo. «Apuesto», pensaba Simbad cuando se quedaba solo, «a que tampoco él salió
nunca de su casa».
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EN EL PAÍS DE LOS EFÍMEROS
La crónica es del siglo IX pero los hechos que narra son mucho más antiguos.
El caballero Guingamor partió en busca de la Tierra de los Bienaventurados cuyos
habitantes —según un monje de Erín— no envejecían o envejecían poco y vivían
eternamente o vivían por varios siglos: todo lo que tendría que hacer el visitante para
gozar también de esa sempiterna juventud era comer una manzana.
No llegó a esa región sino a otra donde los árboles (solo falta el manzano)
crecían, florecían, fructificaban y se secaban en una semana, donde las damas
(siempre jóvenes) quedaban preñadas en la noche, daban a luz en la mañana siguiente
y a los siete días los hijos eran del tamaño de los padres, quienes entonces morían.
Al verse rodeado de tanta vida breve, el caballero Guingamor —cuya persona no
había sufrido cambio alguno— se sintió como más dilatado en tiempo. Se quedó allí,
muy feliz.
«O se olvidó de que había estado buscando la región de los longevos, no la región
de los efímeros, o, en vista de las circunstancias, le dio lo mismo», termina la crónica.
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LA PESTE
El primer signo de que las hadas de Irlanda estaban debilitándose, enfermándose,
muriéndose, lo notaron los hombres de Sligo.
En una localidad llamada Rosses hay un montón de piedras: un pastor que durmió
allí despertó loco. A los pocos días lo mismo ocurrió a otro. Y después a otro. Ya no
hubo dudas: lo que pasaba era que las hadas robaban las almas a los dormidos
dejándoles solamente sus ensueños. Cuando despertaban, los empobrecidos pastores
no podían pensar ni hablar sino con los pocos ensueños que les quedaban en la
cabeza. Puesto que las hadas habían sido siempre tan amables con los hombres
¿cómo podía explicarse esa inopinada saña sino porque ahora necesitaban despojar a
los hombres de sus almas para fortalecer con ellas a las hadas mentalmente débiles?
La explicación se confirmó cuando, al poco tiempo, las hadas empezaron a llevarse
niños recién nacidos dejando en cambio en las cunas a hadas enfermizas. Ante estos
atracos las gentes se alarmaron pero sin indignarse: sintieron más bien lástima por la
peste que afligía a las hadas. Fue un día de tristeza para todos cuando presenciaron el
primer cortejo fúnebre de un hada inmortal.
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LA CARCAJADA
El primer signo de que las hadas de Irlanda estaban debilitándose, enfermándose,
muriéndose, lo notaron los hombres de Sligo.
—Sí, ¡claro que existen! —contestó Miguel—. ¿Usted alude a seres que son tan
invisibles para nosotros como nosotros para ellos, y estamos unos al lado de los otros,
en dos mundos contiguos pero en diferentes dimensiones? Sí. Existen. Créamelo. Yo
estuve a punto de conocer a uno. Después de mucho experimentar noté en el aire de
la tarde y a la altura de mis ojos una especie de mancha en la que fui reconociendo
algo parecido a una cara; solo que mi visión, no acostumbrada al trasmundo,
distorsionaba esa cara como un lente mal enfocado distorsiona la ameba. La cara que
empecé a ver estaba, a su vez, mirándome. Me miraba con una expresión de asombro
e incredulidad. Esa cara estaba fuera de mí —puesto que su mirada indicaba que no
creía en mí— pero puede decirse que, al mismo tiempo, estaba dentro de mí —puesto
que yo era quien la distorsionaba—. Al ver allí, frente a mis ojos, en la frontera entre
dos mundos contiguos, lo que se me daba desde fuera y lo que yo ponía desde dentro,
al ver lo de ese ser y lo mío, todo junto, en una sola aberración, fluctuando en la
misma cara, no pude contenerme, lancé una carcajada y con la carcajada el aparecido
desapareció.
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VANIDAD
Néstor había cometido casi todos los pecados. Cuando murió lo castigaron así:
empezó a retroceder en el tiempo y a medida que rehacía sus pasos iba sintiendo los
sufrimientos que en vida había infligido a los demás. Padeció la ingratitud, la
traición, la afrenta, la impotencia ante la calumnia, la desesperación por el despojo, el
dolor de la puñalada por la espalda. Después lo trajeron otra vez al tribunal: Néstor
compareció con un pecado nuevo, el de la vanidad, porque al sufrir en carne propia
los tormentos que él mismo ocasionara no había podido menos de admirar su
tremendo poder de hacer mal.
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TEOLOGÍAS Y DEMONOLOGÍAS
En el Paraíso se recurre intermitentemente a los servicios del Infierno para
agudizar el placer en los bienaventurados. De vez en cuando, chirridos, llamaradas
malolientes, ramalazos de sombras, desfile de fealdades y penas, todo a guisa de
contraste. A su vez, el Paraíso presta algo de su felicidad al Infierno para que los
réprobos, también por contraste, no se olviden de que están sufriendo.
Elohim ve complacido las guerras. Cree que son parte de un misterioso culto que
le rinden los hombres. La cosa principió con Caín y Abel. Poco a poco el matarse
unos a otros se hizo ritual. Las guerras son ya sacrificios en masa que convierten a
toda la tierra en un vasto templo. Elohim, halagado, mira la ceremonia y sonríe.
En el cielo. Un ángel —el más luciferino de todos— dice a otro: —¿Sabes lo que
molesta de este sitio? Su aspecto de sala de espera. Fíjate: todos esos serafines y
querubines están como esperando algo. Empiezo a aburrirme. ¿O será que lo que
están esperando es que yo haga una barbaridad?
En realidad ese demonio no necesitaba de alas para volar: las agitaba en el aire
nada más que porque así era como solía vérselas cuando soñaba.
En el cielo las almas tienen forma esférica: se tocan unas a otras en algún punto,
pero siempre les quedan zonas intactas por donde pueden vivir en libertad. En el
infierno, en cambio, las almas adquieren forma de hexaedros. Yertas, sofocadas, se
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aprietan por todos los lados sin dejar el menor resquicio.
Samuel Taylor Coleridge soñó que recorría el Paraíso y que un ángel le daba una
flor como prueba de que había estado allí.
Cuando Coleridge despertó y se encontró con esa flor en la mano comprendió que
la flor era del infierno y que se la dieron nada más que para enloquecerlo.
El peligro no estaba en quienes se preparaban para subir por torre de Babel hasta
el cielo sino en que, una vez construida, alguien quisiera bajar por allí hasta la tierra.
Eso ya había ocurrido. No se podía permitir que ocurriera otra vez. La torre fue
destruida.
El Golem tenía forma de hombre y se movía como hombre pero en realidad era
un libro ambulante. El cabalista Elijah lo había creado recombinando las letras de una
mágica cosmogonía. Toda su piel era un pergamino manuscrito. Elijah era el único
capaz de leer al Golem pero no lo hacía porque a ese texto se lo sabía de memoria.
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—¿Qué se cuenta de bueno por allá? —preguntó Dios.
El ángel que volvía de una larga residencia en la tierra extendió sin decir palabra
un libro abierto —era de Descartes— y señaló un pasaje:
«Dios, que es omnipotente, podría engañarme. Pero ¡cómo! ¿No es Dios pura
bondad, no es la verdad suma? Bien: quizá haya cierto genio o espíritu maligno, no
menos astuto y burlador que poderoso, que nos engañe».
Dios se ruborizó.
—No hay en todo el universo agua suficiente para apagar el infierno ni fuego
suficiente para incendiar el paraíso.
—Según. Si esa agua y ese fuego fueran también imaginarios bastaría una gota,
una chispa.
Hay una serie infinita de infiernos con torturas que nunca se repiten y
sucesivamente se van haciendo cada vez más penosas. Solo tenemos noticias del
primero de esos infiernos, que es el más mitigado de todos. Dios no ha querido que
nos enteremos de los otros. Teme que, por incapacidad de imaginamos tanto horror,
nos neguemos a creer en los infiernos y, de duda en duda, acabemos por descreer aun
del primero, que es el único que a veces podemos imaginar.
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todas las fuerzas y las armas, lucha contra quienes se muestren indiferentes ante la
existencia de Dios. Para que no te distraiga la esperanza de que Él te va a ayudar,
procede como si Dios no existiera.
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EL PRISIONERO
Cuando a Luis Augusto Bianqui lo metieron de un empujón en una celda tardó
varios días en advertir que podía disolverse en el aire, escapar como una exhalación
por el tragaluz, reasumir al otro lado su forma corporal, andar por las calles y vivir la
vida de siempre. Había un solo inconveniente: cada vez que un guardián se acercaba
a la celda para inspeccionar, Bianqui, estuviera donde estuviese, tenía que dejarlo
todo y en un relámpago regresar y rehacer su figura de prisionero. ¡Cosas de la
conciencia! Si los carceleros se distraían, la libertad de Bianqui se actualizaba.
Estudió el horario de la ronda de guardias a fin de pasear por la ciudad solamente
entre horas más o menos seguras, sin miedo de ser interrumpido. Trasnochaba. Pero
aún así en la cárcel solían disponerse vigilancias inesperadas. Más de una vez había
sentido el tirón desde la celda y tuvo que desvanecerse en los brazos de una mujer.
Demasiado incómodo. Poco a poco fue renunciando a su poder de evaporarse y al
cabo de un tiempo no se fugó más.
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ANTONIUS
Allá en el siglo III un joven egipcio enloqueció de tal manera que ya no fue capaz
de reflexionar sobre las diferencias entre lo que percibía y lo que imaginaba.
Cristiano —aunque ni ermitaño ni cenobita—, Antonius se purificaba como podía.
Por la noche rezaba y soñaba en el desierto y durante el día meditaba y resistía en las
villas del valle del Nilo.
Rezaba en el desierto hasta que se le cerraban los ojos; y, con el presentimiento de
que sus rezos serían inútiles para librarlo de su pecaminoso sueño, se echaba a
dormir.
Meditaba en las villas para ser fuerte en la virtud; y, gracias al ejemplo de
Jesucristo, resistía a plena luz y con los ojos bien abiertos las tentaciones de la carne,
el mundo y el demonio.
En el desierto, todas las noches se anudaban en una larga noche. Noches
unánimes, profundas, inmensas en las que Antonius, dormido, entraba como un
esclavo, destituido de la facultad de razonar y de elegir.
Los días, en cambio, se le multiplicaban en las villas bajo un sol trapisondista.
Días desconcertantemente distintos, con cosas, personas y lugares que Antonius
imaginaba que estaban ahí para poner a prueba su casto ánimo.
Real era la noche, en la que Antonius, estupefacto e inerte, se entregaba al
imperio de su sueño; irreales los días, cuando la conciencia fantasmagorizaba
pensamientos y resoluciones.
En el desierto soñaba con la misma mujer y siempre cedía a sus hechizos. Esa
mujer lo invadía pero no se daba a conocer de una vez. Antonius, pasivamente,
dócilmente, la iba aprehendiendo noche tras noche en una serie de descubrimientos y
posesiones. Ya era una repentina forma de boca que adquirían esos ojos al mirar con
picardía, o una hidrografía de venillas azules alrededor del pezón, o un lunar que
ahora se había posado en el vientre, o una nueva sombra que se hundía en las nalgas,
o los labios del sexo, entreabiertos como una rosa. Aunque la percibía de a poco, y
vagamente, no había duda de que era una mujer determinada. Sus rasgos se
relacionaban entre sí y se sumaban en una mujer tan concreta que hasta tenía nombre:
Ofelia. Y Ofelia, a su vez, se relacionaba con ese fondo de realidad tenebrosa del que
emergía implacablemente. Las emociones de Antonius —deseo, angustia— eran
verdaderas; las reacciones del cuerpo —sudor, orgasmo— eran verdaderas. Tan
verdaderas que más temía Antonius del tumbarse a dormir en el desierto que del
deambular por las villas; sabía que, traspuesto, sucumbiría, desvelado, no. Ofelia era
irrecusable. Quizá alguna vez ella se ausentara para siempre de su pesadilla pero si lo
hacía no sería porque él la despedía sino porque desde más abajo la llamaba el rey del
infierno. Sería una deserción, no una expulsión. Entretanto, la continuidad de ese
sueño, coherente como la realidad misma, lo ligaba a esa mujer: ella, él, eran
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cónyuges, doblados bajo el peso de un yugo común. Antonius pecaba, sin remedio,
en una impar, persistente y soberana noche.
Cuando al día siguiente se confundía con el gentío de alguna de las villas le salían
al paso mujeres que se le insinuaban, que se le ofrecían. Antonius las rechazaba: esas
mujeres, diferentes entre sí, le parecían inestables, ilusorias, meros simulacros que
pululaban en su imaginación. Estaban dentro de imágenes y las imágenes dentro de la
conciencia; y Antonius, frente a ellas, tomaba posición: las declaraba inexistentes. Él
las concebía, él las repudiaba. Libremente. Esas mujeres heterogéneas eran lo que
eran, figuras mentales, completas como las ideas pero, como las ideas, engañosas,
aleatorias y rechazables. No estaban vinculadas entre sí ni tampoco con nada exterior.
Así, Antonius gozó de una sola mujer en el sueño y se abstuvo de muchas
mujeres en la vigilia. Real fue su prolongado pecado en la noche del desierto cuando,
al dormir, no podía imaginar nada. Irreal fue su intermitente castidad cuando,
despierto, repelía tentaciones de su imaginación. Porque para él real era lo necesario
de la pesadilla erótica e irreal lo contingente de la voluntad ascética, Antonius se
consideraba el más lujurioso pecador del mundo y sufría por sus consuetudinarias
ofensas a Jesucristo.
Fue santo sin saberlo. Un santo enloquecido. Su locura consistió en sentirse
responsable en sus sueños, irresponsable en sus actos; en fin, en no saber apreciar lo
que valía la libertad.
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EL CUCHILLO
Hoy, al revolver el baúl del desván, mis manos tropezaron otra vez con el
cuchillo. Es viejo. Lo he visto infinidad de veces desde mi infancia. Según me
dijeron, vino de Japón junto con otras cosas que dejó mi abuelo al suicidarse. Ya no
sirve para nada y me pregunto si alguna vez sirvió para algo: más bien parece un
cuchillo de puro adorno o vaya uno a saber para qué fútil ceremonia. A mí no me
sirve ni como cortapapeles pues la hoja es demasiado larga y en curva. ¿Para qué lo
conservo? La verdad es que no soy yo quien lo conserva: él se conserva solo.
Simplemente está ahí, se queda ahí. Hoy, al tropezar con él, he pensado en arrojarlo.
Pero ¡qué resistencia! No lo puedo poner de patitas en la calle. Se prende a mi vida,
con fuerza. Se quedará conmigo, ya lo veo, hasta el final. Donde voy, va él, entre los
muebles de la mudanza. Por lo visto no tiene otro sitio adonde ir y permanece a mi
lado. No nos decimos nada. Solo tenemos de común el tiempo que pasamos juntos.
Inútil: inútil mi voluntad de arrojar el cuchillo a la basura. ¿Qué querrá? Empiezo a
preocuparme. Al empuñarlo me tira de la mano y su hoja me toca el vientre.
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VÉRTIGOS
Dos monjes —Jerónimo y Teodoro— estaban conversando, sentados a la mesa
del refectorio del convento, cuando por la ventana vieron pasar un pájaro
maravilloso. Se levantaron de un salto (con el empujón a la mesa hicieron caer una
jarra de agua) y corrieron hacia el patio, en cuya fuente el pájaro empezó a cantar.
Mientras cantaba el pájaro, Jerónimo, embelesado, vio trescientos años de
historia, desde la coronación de Carlomagno hasta la caída de Jerusalén bajo los
cruzados de Godofredo de Bouillón. Y no solo la historia real, sino todas las historias
paralelas que posiblemente hubieran ocurrido en caso de negarse el Papa a coronar a
Carlomagno. Cuando el pájaro calló, Jerónimo se encontró solo —ni una seña de su
compañero Teodoro—, volvió al refectorio del convento y alcanzó a levantar la jarra
—que todavía se estaba cayendo— antes de que se derramara una gota. Después,
sobre esa misma mesa, describió su experiencia en una crónica.
El otro monje, Teodoro, al oír el primer gorjeo del pájaro maravilloso, pestañeó
como si en su éxtasis un relámpago lo encandilara. Un único pestañeo y ya el pájaro
había callado. Teodoro estaba solo. De Jerónimo, ni una seña. El convento, en ruinas.
El pintor Jacquemart de Hesdin encontró a Teodoro vagando por una galería derruida,
mudo, enajenado. Lo recogió y lo usó como modelo para el cuadro que había
prometido a Charles VI: cuadro sobre un monje que, según una multisecular leyenda,
legada por un cronista llamado Jerónimo, había desaparecido del convento, volando
por los aires, trescientos años atrás.
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NATURALEZAS
La gaviota ni advirtió la sombra que estaba arrojando sobre el agua: el agua sí
sintió que la tocaban.
—Oye la canción del viento en las casuarinas: parece la canción del mar.
—Sí. Esa canción oigo. Pero quisiera oír la otra, la que las casuarinas se cantan
unas a otras y nosotros no podemos oír.
Con el boleto de ida y vuelta debajo del ala, las langostas se levantaban en nube,
parecía que se iban pero, ¡ay!, volvían en nube. Durante todo el día se comieron el
verde del campo.
El rumor de las mandíbulas de millones de langostas, ahora invisibles en el polvo
lila del crepúsculo, suena a lluvia.
A la lluvia no la veo, no la toco, pero la oigo. Lluvia que se ha escurrido por
varios de mis sentidos sin impresionarlos y solo al llegar al oído salpica y se deja
percibir. Y me llueve, me llueve a cántaros. Golpetea en los árboles, repiquetea en los
pastos; es un chaparrón sonoro, de gruesas notas, y yo aquí, seco en medio del campo
árido, con la cara a un cielo que de tan vacío ni con una tenue garúa podría soñar.
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Me detengo en medio del jardín al oír un son de campana. La campana no es
difícil de localizar. Está ahí: redonda, celeste, cristalina mañana de primavera
suspendida del sol. Pero ¿y el badajo?, ¿cuál es el badajo que ha arrancado a la
campana ese dulce son? ¿Este tulipán? ¿Acaso mi cabeza? Todas las cosas parecen
comprender el anuncio de la campana y se quedan inmóviles, silenciosas. Yo mismo
no me atrevo a dar un solo paso. De improviso veo una mariposa que revolotea a la
altura de mis ojos. Miro más arriba. Nada. El aire está conmovido, sin embargo.
Aunque no veo nada, siento que se está efectuando un gran descenso, como el de un
barco invisible. Debe ser Algo muy leve para que quiera anclar en nuestro mundo
arrojando como ancla una mariposa.
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CÉSAR Y SU BOLA
Las gentes creían que César era un excéntrico y se reían de lo que les parecían
excentricidades. César estaba muy bien centrado, sin embargo, y una de sus
centricidades era hablar para sí. Andaba siempre acompañado por seres invisibles,
con quienes conversaba. Esos seres invisibles debían de estar muy divertidos pues
César tenía el don de la imitación cómica: con las mejillas hinchadas imitaba la luna
llena; con sus brazos, las ramas de un árbol; con las piernas, el salto del grillo que
quiere ser canguro; y así. Si quienes hacen reír se ganan el cielo, él debe de haberse
ganado el cielo de los seres invisibles.
Un día vino rodando una esfera —nadie supo de dónde— y se puso a su lado.
Adonde iba César, la bola iba con él. La materia de la bola era desconocida. Al tacto,
suave como la piel de un niño; y, sin embargo, indestructible. Su forma no se
deformaba. Tenía libertad para moverse por su cuenta. A veces giraba y giraba como
un planeta pero si alguien quería patearla o levantarla era inútil: la bola se empacaba
y no había fuerza en el mundo que pudiera moverla. Era sensible a las almas
humanas. Apenas se le acercaban cambiaba de color. Si se acercaban con mala
intención su luz interior se apagaba y cuando la maltrataban se ponía negra. Otras
veces cobraba visos brillantes; pero solo cuando César jugaba con ella se encendía en
un radiante azul.
Ante ese portento que desafiaba sus recuerdos y sus lógicas los hombres
empezaron a enloquecer. Puesto que no podían destruir la bola destruyeron a César.
Hasta que se llevaron el cadáver la bola permaneció a su lado y por la agitación
de su luz los espectadores comprendieron que lloraba. Después se fue rodando por las
calles, luctuosa. El último en verla fue un niño. La bola desapareció para siempre.
Algunos hombres quedaron con el remordimiento de haber destruido una hermosa
amistad que en verdad no hacía daño a nadie.
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LAS ESTATUAS
En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas, la de la fundadora
y la del profesor más famoso.
Cierta noche —todo el colegio, dormido— una estudiante traviesa salió a
escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de
pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la
glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo
sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las
caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas
habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la
estatua de la señorita fundadora.
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TAO
Li-Peh-Yang vivió en China, hace unos dos mil quinientos años. Fue bibliotecario
del Emperador. Sabía tanto que le llamaban Lao-tze, o sea, «el viejo filósofo». Sin
embargo, Lao-tze despreciaba el pasado, los libros y la filosofía. En realidad era un
poeta no exento de buen humor. Como poeta que era inventó una palabra, Tao, para
burlarse de todas las palabras de los filósofos. «Tao —escribió en su libro
Tao-Teh-Ching— es el nombre de lo innominable. Nunca sabrá qué es Tao quien no
lo sepa ya. Si lo sabe no lo podrá explicar; y si pudiera, no valdría la pena aprenderlo.
Saber qué es Tao es ser ignorante; los sabios lo son a condición de ignorar a Tao. Tao
está al revés de sí mismo. Creo Tao, creo en Tao, creo con Tao».
Nadie entendió a Lao-tze. La palabra Tao, como un sol negro, irradiaba oxímoron
y antinomias en el librito sagrado de Tao-Teh-Ching; y siguió irradiándolos en la
actividad verbal de miles de explicadores. Explicadores de explicadores.
Explicadores de explicadores de explicadores. Cuanto menos lo entendían tanto más
en serio lo tomaban. Ts’in Shih Hevang-ti, para que lo considerasen el primer
Emperador, decidió borrar el pasado: ordenó construir la Gran Muralla, asesinó a los
intelectuales, quemó todos los libros. Todos, menos el Tao-Teh-Ching. Es que Tao se
había convertido en fórmula mágica. Millones de chinos creyeron que era una
solemne religión. Aquel que tenga buen oído podrá oír, cada vez que un chino abre la
boca para celebrar a Tao, el eco de la remota carcajada de Lao-tze, el poeta
creacionista, dadaísta y jitanjafórico del año tercero de la soberanía vigesimoprimera
de la Dinastía de Chou.
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AMBICIÓN
Ese olmo tenía unas iniciales grabadas en la corteza: sin duda, la firma del poeta
que lo creó.
Solo, cerca del río, recordaba su vida: un gran envión desde la semilla hasta la
flor más alta, flor que prolongaba la ascensión al difundir su fragancia. Hubiera
querido seguir subiendo como ese otro árbol, el de humo, que se formaba cada vez
que quemaban sus hojas secas en el otoño. Y en la primavera, cuando las urracas que
se le habían posado se echaban a volar como hojas que después de planear por un rato
podían volver a las ramas, el olmo sentía que su follaje era el viajero. Conocía a los
pájaros por sus modos de volar: la acrobacia aérea del chajá, la tristeza de la
golondrina que por alto que vuele siempre sueña con algo que está más allá de sus
alas, la rebeldía de la tijereta, que se aleja de la tierra, no para explorar, sino en una
rápida ofensiva contra el cielo. Si un viento lo agitaba, el olmo sabía que venía de
alguien que, al ver el globo de la tierra, se había puesto a soplar para hacerlo girar y
que los cambiantes colores del cielo eran intensidades de ese constante soplo.
Ante tanto cielo, ante tanto ejemplo de libertad, la ambición del olmo era volar.
Se erguía, estiraba los brazos. Un día le creció un nuevo brote. No era un brote
cualquiera: era una pluma. Una pluma verde. El comienzo de un ala.
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INTELLIGENTSIA
El profesor Pulpeiro sabía más cosas que ningún otro hombre: y todas esas cosas
que sabía eran de un carácter tan extraordinario que nadie que las ignorase sería
considerado ordinariamente ignorante. Porque la especialidad de Pulpeiro era la
verificación de fraudes literarios. Había electrizado los círculos académicos
internacionales con el descubrimiento de plagios, textos falsificados, fechas mentidas,
autores apócrifos, exégesis mistificadoras y crípticos centones.
Ahora, en estas vacaciones de verano, tendido en la hamaca del jardín, Pulpeiro
se debate en un dilema. ¿Qué hacer? La consagración de toda su vida a la
investigación de supercherías literarias había sido mero preparativo para un alevoso
plan: consumar él mismo una perfecta superchería. Superchería dentro de la
superchería. Dolo doble. Respaldado por su autoridad podría, por ejemplo, embaucar
a sus lectores con la calumnia de que la reciente Ética existencial del Rector de la
Universidad era una recombinación cabalística de las palabras de una novelita
pornográfica del siglo XVI. ¿Quemaría su prestigio de erudito con un solo artículo en
Filología, broma pesada a los colegas que no engañaría por mucho tiempo? ¿O la
broma sería más pesada, más prolongada, si seguía haciendo creer al mundo que su
erudición iba en serio?
—No me gusta escribir cartas —pensó Cicerón—. Cuando lo hago tengo que
recordar con mucho cuidado qué es lo que piensa de mí la persona a quien escribo.
Solo así puedo decirle lo que espera que le diga. Si le escribiese espontáneamente le
daría una imagen de mí mismo tan cambiada que no me reconocería. Sin contar que
también la persona a la que escribo está cambiando y es posible que ya sea otra
justamente cuando le llega mi carta. En cuyo caso lo probable es que no espere de mí
ni siquiera esa carta.
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que querría saber; dime, ¿qué se cree el Hombre que es, para que yo deba
preocuparme por él?». Yo escribo para la posible clientela de ese Dios que ignora a
los hombres.
Ramón, ateo, decide inventar una Utopía. Cuando llegue el momento de escribirla
lo hará con un solo tiempo verbal: el futuro. Entretanto, la va completando en su
mente, detalle por detalle. Suprime lo que no le sirve y funda las instituciones que le
convienen. Al principio formó una población de millones de hombres iguales a él;
después se atrevió a introducir leves cambios en la personalidad humana. En esa ideal
estancia se empieza a gozar de paz, orden, justicia, libertad, dicha, abundancia,
progreso, cultura. Es un largo y complicado pensamiento. Al fin la Utopía se
redondea, perfecta.
¿Perfecta? Para ser perfecta le falta nada menos que la posibilidad de ser real.
¿Por qué caminos, con qué movimientos llegar a la Utopía? Ramón imagina un
milagro que ponga en funcionamiento esa admirable fábrica: imagina que un buen día
el buen Dios…
¡Ah! No bien pensó en Dios, Ramón perdió interés en su Utopía. Si Dios existe,
¡a quién le importa un paraíso terrestre!
Primer día de clase. El profesor descansó el texto sobre el pupitre, se encaró con
los estudiantes, levantó una mano, fue a hablar, pero se quedó con la boca abierta:
acababa de entrar, de puntillas, una monjita que, con leve y gracioso recogimiento del
cuerpo, se excusaba por llegar siglos tarde. Comenzó a disertar el profesor y de
cuando en cuando atisbaba a la monjita, irreal como el Tiempo, siempre quieta,
modosa, ojos bajos.
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profesor, horas después, a solas en su casa expandía.
Estábame yo en mi estudio
estudiando la lición
y acordeme de mis amores.
No podía estudiar, non.
Estábase la monja
en el monesterio,
sus teticas blancas
de so el velo negro.
¡Más,
que me matarás!
Leopoldo murió sin realizar su último proyecto: una antología de frases célebres
que hombres célebres habían alcanzado a pronunciar en el mismo momento de morir.
Durante toda su existencia esos hombres habían alimentado sus conciencias con
tiempo, cada uno con un tiempo propio. De repente, de la nada venía otro Tiempo y
de un bocado los devoraba a ellos; pero hasta el último instante permanecían
conscientes y se iban todavía hablando, todavía consumiendo sus tiempos personales.
Leopoldo pensaba ilustrar su antología con una reproducción del fresco de Goya
—«Cronos devorando a sus hijos»— y poner como epígrafe la siguiente escena:
Rea se acerca a Cronos y le dice:
—Querido esposo: ¿cuántas veces te he dicho que es mala educación hablar con
la boca llena?
No, mujer —contesta Cronos con la boca llena—. Si no soy yo. Es él tu hijo,
quien sigue hablando mientras me lo trago.
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Khon, el nuevo profesor, alquiló un pequeño departamento, cerca de la biblioteca.
Era uno de esos profesores distraídos que andan por las calles sin ver a nadie, como
metidos en una nube, en un sueño o en el olvido. El Decano, al cruzarse con él, tuvo
que repetirle el saludo. Khon lo vio surgir de la nada y se disculpó con la misma
sencillez con que se habría disculpado ante un ángel.
—¿Está usted cómodamente instalado? —le preguntó el Decano.
—Sí. Gracias. El departamento es bonito, con ventanas al jardín. Lo único es que
le falta el piso. Me desconcierta el caminar por la habitación sin poder tocar el suelo,
pero en general estoy muy cómodo. Gracias.
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universo?» un código contestaba «un ojo»; otro «un bostezo»; otro «una sopa». No
era serio. Tuvieron que desmontar la Academia y devolver los aparatos al Ministerio
de Guerra.
Anoche comí cangrejo sabiendo que una comida que venía con ese aspecto
acabaría necesariamente por llevarme a una pesadilla.
Acusado de plagio, me habían condenado a agregar una frase inédita a una
biblioteca utópica. A espolonazos y picotazos me forzaron primero a leer todos los
libros que una máquina combinatoria de letras había impreso: cuando terminara, yo
debía dictarle a la máquina la frase que se le había escapado. De pronto esa librería,
donde se mezclaban al azar las páginas reales con las posibles, se deshizo en la noche
y me vi frente a un libro único que reconocí como mío, tan vasto como la suma de los
libros desaparecidos pues ahora se me compelía a leerlo incesantemente, cada vez
desde un punto de vista diferente. Solo que yo no podía elegir ningún punto de vista:
una lotería —operada de mala fe por críticos literarios— me imponía la obligación de
leerme a mí mismo con los ojos de aquellos autores a quienes, en alguna ocasión, yo
había plagiado una que otra metáfora. Cuando terminara, yo debía sorprenderlos con
una frase que ninguno hubiera sido capaz de escribir. Me desperté con un grito. ¿O
grité la frase inédita que se me exigía y por eso fue que, ya liberado, me desperté?
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NOCTILUCAS
Ezequiel emprendió un largo viaje para ver si así se libraba del Otro. Ya en Puerto
Rico, de San Juan fue a la villa de San Germán y por la noche lo pasearon en lancha
por la costa del sur, en la Parguera. La brisa olía a errantes sargazos. Miríadas de
noctilucas flagelaban las bordas en ondas fosforescentes. De golpe pararon los
motores y cayó el ancla. Silencio. Quietud. No más ardentías. El mar, negro negro.
Que tocara el agua, oyó que le decían (y adivinó que, en la oscuridad, esa boca
debía de estar sonriéndose).
No bien mojó los dedos, de los dedos se extendió en página de algas una
caligrafía de luces. Sumergió toda la mano: al sacarla relumbraba como un aldabón
de bronce bruñido. Ahora con las dos palmas hizo llover para arriba: al asperjar el
cielo una aureola vacante buscó su santo.
Que llenara ese cubo, oyó que le decía la misma voz sonriente. Ezequiel ya no
dudó: el Otro no se había quedado en Buenos Aires, sino que seguía acompañándolo.
Aunque siempre había presentido su presencia a las espaldas o en el fondo de los
espejos, nunca alcanzó a verlo. Cogió el cubo, lo colmó y, volviéndose rápidamente,
arrojó el agua. El agua, toda reverberante de noctilucas, chocó en el aire y bañó una
forma invisible. Por un instante vio al Otro, revestido de una piel viva, fluida y
dorada. Estaba de pie sobre la cubierta, como el fantasma de una estatua. El rostro era
idéntico al de él, solo que embellecido por una luminosa sonrisa.
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LA CUEVA DE PLATÓN
El símil de la cueva, en Platón (República, VII), podría contarse de otra manera.
Esos hombres han vivido encerrados en una cueva subterránea, de espaldas a una
fogata, creyendo que las sombras que veían moverse sobre el muro de enfrente eran
las únicas cosas existentes. Cuando conversaban no se ponían de acuerdo sobre el
nombre y sentido de cada sombra. De súbito, no uno, sino todos los cavernícolas se
libran de sus cadenas, se ponen de pie, giran la cabeza, descubren la fogata, siguen,
suben, salen al sol. Después de un rato alguien los aprisiona y vuelve a sujetar en la
posición de antes. Ahora, desdeñosos de las sombras, que saben irreales, conversan
sobre la espléndida realidad que acaban de ver: tampoco se ponen de acuerdo en sus
recuerdos de la luz.
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EL DETECTIVE
Hay quienes creen recordar un pasado que nunca tuvieron. Chismosos que,
sugestionados por noticias oídas o leídas, se convencen de que fueron testigos de una
escena inexistente. Mentirosos que acaban por admitir sus mentiras como ciertas.
Hipnotizados y narcotizados que, al inspeccionar su propio cerebro, descubren la
huella causada por un acontecimiento en la niñez del que nunca fueron conscientes.
Paramnésicos a quienes les parece haber visto lo que solo ahora están viendo.
Esquizoides de doble personalidad en quienes un alma recuerda lo que le pasó al
alma melliza. Megalómanos que se plantan en el centro de todos los cuadros
históricos, desplazando a los héroes y leyendo con ánimo autobiográfico las
biografías ajenas. Espiritistas que, en estado mediúmnico, se comunican con los
muertos y les prestan la boca para que hablen de sí. Posesos que sienten que otra vida
se les ha reencarnado, trayendo a cuestas reminiscencias propias. En fin, enfermos de
la imaginación.
El caso de Mr. Holmes —ni Sherlock ni Mycroft, sino el hermano menor— es
mucho más sano.
Él sí tenía la capacidad de recordar lo que no le había ocurrido. Recordaba,
especialmente, crímenes cometidos por otros.
Alguien apuñalaba a alguien. Mr. Holmes, desde lejos, percibía ese instante de la
puñalada como si él mismo la estuviera asestando. Percibía la cama donde dormía la
víctima, su mirada de espanto al despertarse, el grito de la sangre. Después se
acordaba tan vívidamente que, de contarlo, lo habría hecho con el pronombre de la
primera persona del singular.
Entonces, Mr. Holmes se lanzaba a la persecución del asesino. Sus métodos no
eran los de sus famosos hermanos. Ni inducción ni deducción. Lo que hacía era
buscar al verdadero dueño de los recuerdos que a él se le habían trasegado. La
identificación se le facilitaba si el asesino, en el instante de asesinar, se había visto
por casualidad en algún espejo: si era así, a Mr. Holmes esa cara ya no se le
despintaba nunca más. Pero si no había habido reflexión en un espejo recurría a otras
pistas más psicológicas: partía, por ejemplo, de la sensación de estar familiarizado
con cierta circunstancia apenas entrevista, o del sentimiento de venganza, odio o
desesperación, o de la visión del brazo armado, o de la autobiografía condensada que
siempre se da en cada segundo de nuestra vida. Y así, gracias a relámpagos
introspectivos, reconstruía la larga historia de un homicidio.
Cuando prendía al asesino se conmovía por la total falta de remordimientos que le
notaba. Porque el asesino, al matar, delegaba la conciencia de su acto: Mr. Holmes
era quien percibía por él. El asesino huía por las calles como atacado de amnesia y,
cuando recobraba la memoria, a la memoria le faltaba ese pedacito que se había
transferido a la cabeza de Mr. Holmes. Al fin lo detenían, lo acusaban, le explicaban
su crimen: el asesino se asombraba como si le devolviesen un objeto que hubiera
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perdido sin saberlo. Miraba con ojos inocentes, vacíos de recuerdos.
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PRUDENCIA
Como caído de las nubes se vio a sí mismo, desnudo, nadando desesperadamente
en un mar desconocido. ¿Cómo había ido a parar ahí? Ni siquiera sabía quién era ni
en qué año vivía. Aunque uno ya no hable, la lengua que alguna vez se habló ha
habituado a la mente a ciertos modos de relacionar: son fantasmas de recuerdos
impersonales que después de haber vagado entre las palabras pueden aparecerse,
mudos pero mentores. Sintió, pues, que desde muy adentro, y en silencio, un idioma
—cualquiera— estaba ayudándolo a pensar. ¿Estaría recobrando la memoria después
de un ataque de amnesia? Tal vez la conciencia se le había vaciado, como un balde, y
ahora se le estaba rellenando. Esos pocos segundos de vida nueva que se envasaban
en la conciencia le permitieron por lo menos conjeturar que acababa de naufragar.
Cerca flotaba un leño. Ya se disponía a dar hacia él una brazada cuando oyó ruido
de respiración y de agua: a un costado emergía una cabeza, la odiosa cabeza de otro
hombre, odiosa porque era evidente que ese hombre iba a disputarle el leño.
El primer impulso fue matarlo. Pero le asaltó la idea de que acaso lo que estaba
sucediendo era que él, amnésico y náufrago, acababa de irrumpir en otro siglo
después de un mágico viaje por el tiempo. ¿Viaje de qué siglo a qué siglo? ¿Viaje al
futuro o viaje al pasado? Si al futuro, lo importante era salvarse de las olas, aun a
expensas de la vida de ese hombre. Si, en cambio, había viajado al pasado, ese
hombre tenía también que salvarse: no resultara ser un directo ascendiente suyo y, al
dejarlo morir, él mismo como consecuencia, desaparecería para siempre, junto con
todo el sector de la humanidad que iba a descender de quien le estaba disputando el
leño.
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PORVENIR
Era de veras alarmante. Los hombres estaban cubriendo con sustancias duras la
superficie de la tierra: pavimentos de piedra o asfalto, ciudades de altos edificios
apretados unos contra otros, máquinas que andaban por el campo aplastándolo todo,
selvas taladas, ríos entubados, redes de subterráneos, cañerías de hierro y cemento,
escombros y basuras de lata y loza enterradas en el subsuelo, cascos de metralla y
bombardeo clavados muy hondo…
—Tengamos un poco más de paciencia —una hierba dijo a otra, desde la juntura
del embaldosado en un patio humilde—. Los hombres no van a durar mucho.
Después volveremos, con los bosques capitanes.
Fue una guerra total, con las últimas armas. Todo quedó destruido. Solo un verso
resultó indestructible, pero ya no hubo nadie que pudiera leerlo.
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ORFEO Y EURÍDICE
Orfeo recordó lo que los reyes de la Muerte le habían prevenido: «Podrás llevarte,
resucitada, a Eurídice; vete, y Eurídice te seguirá: pero cuando salgas de este
subterráneo de sombras no debes mirar hacia atrás; sí lo haces, perderás para siempre
a Eurídice».
Entonces Orfeo, comprendiendo que de nada le serviría porque él, por naturaleza,
no estaba hecho para amar a ninguna mujer, tomó la cabeza y por encima del hombro
miró a Eurídice.
Desde el fondo del infierno oyó, como en un lejano eco, la voz de las dos veces
muerta Eurídice. Y ese «adiós» sonó con todo el desprecio de una mujer muy mujer a
un hombre poco hombre.
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LUNA
Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos.
Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un
refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.
—¡Chist! —cuchicheó el farmacéutico a su mujer—. Ahí está otra vez el tonto.
No mires. Debe estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la
conversación, como si nada…
Entonces, alzando la voz, dijo:
—Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que
alguien se la robe.
—¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las
ventanas, con persianas apestilladas.
—Y… alguien podría bajar desde la azotea.
—Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas…
—Bueno: te diré un secreto. En noches como esta bastaría que una persona dijera
tres veces «tarasá» para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase
sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan
contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Se entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del
dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de
repetir tres veces «tarasá», se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave
tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y
desapareció entre las chimeneas de la azotea.
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EN LA PEDANA
Macedonio Fernández y Alejandro Korn eran íntimos amigos. Filósofos y
esgrimistas, además.
Como filósofos, ambos decían creer en el Solipsismo: o sea que cada uno decía
descreer en la existencia del otro.
—¡Tú, mera imagen de mi conciencia! —decía Macedonio riéndose.
—¡Tú —contestaba Alejandro también riéndose— a quien acabo de inventar en el
acto de anunciarme que me estás inventando!
Como esgrimistas también eran socios del mismo Club. Iban todos los sábados a
la sala de armas y se saludaban en la pedana. Uniformados de blanco, con el mismo
peto, ocultas las caras en las máscaras, en guardia con floretes en igual postura,
Macedonio y Alejandro resultaban idénticos. Tan idénticos que cada uno veía al otro
como saliendo de un espejo. En el abismo abierto entre esos ideales espejos, las fintas
del asalto se cancelaban repetidamente. Una noche ellos mismos se cancelaron y la
sala quedó vacía.
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INSTANTÁNEO
Yo era entonces un hombre normal. Que no me vinieran con misterios: la materia
es materia y asunto acabado, y si los hombres desapareciéramos del universo las
cosas permanecerían tal como son. Imagínese pues, cuál sería mi reacción intelectual
cuando, paseándome una noche por la playa desierta, de pronto salió de la espuma del
mar una muchacha toda desnuda que se me acercó y al enterarse de que yo era
materialista (¡la discusión había empezado porque miré el reloj!), dijo que el tiempo
no tenía nada que ver con el reloj y me habló así:
—Tú, yo, todos, abrimos los ojos de par en par para salir de nosotros mismos y
actuar sobre el mundo. En cuanto los abrimos, no el mundo, sino un simulacro del
mundo se nos mete de rondón en el alma y nos pasamos la vida tratando de
comprenderlo. Observa mejor la gran mirada que crees arrojar al exterior. La llevas
siempre prendida por dentro: es como una de estas olas, que parecen soltarse para
cabrillear por playas y acantilados pero nunca se separan del mar. En esa mirada-ola
hay un cardumen de miraditas interiores que se expanden en todas direcciones. Unas
miraditas se dirigen desde el presente hacia una posible novedad. Otras se tienden
desde lo que está adviniendo hasta alcanzar el presente que comienza a pasar. Otras
atienden a un pasado que está empujando a un pasado anterior. Otras reabren un
pasado que estaba obliterado, lo reabren al instalarse en ese instante en que tal pasado
no era ya pasado sino que todavía presentía el futuro. Otras, después de esperar,
regresan para recordar cómo algo sigue sobreviviendo y después de recordar
devienen para esperar a que algo de repente irrumpa en el presente. Miraditas tan
diáfanas que se miran unas a través de otras, en la expansión de una gran mirada-ola,
puro tiempo, continuo e indivisible, único y diverso, irreversible a pesar de ser una
fluctuante maraña. Rompes tu reloj y no ocurre nada porque seguimos leyendo el
movimiento de los astros; en cambio, arrancas del mundo esa conciencia nuestra y no
hay ni movimientos ni astros. Sin conciencia, todo el mundo se apagaría en una
inmutable y simultánea masa. Sin la locura metafórica del hombre la luna, que se
ignora a sí misma, no distorsionaría su cuerpo de oro en el espejo deformante de la
noche. Sin esa locura los árboles no constituirían asambleas de prestidigitadores que,
en la primavera, se sacan serpentinas verdes de entre los dedos o, en el otoño, sueltan
sus hojas secas a una voz del viento. Sin esa locura nadie podría recordar del elefante
que su trompa es el seudopodio que le quedó como vestigio de la época en que era
una amiba. Sin esa locura metafórica del hombre, la luna, el árbol, el elefante serían
una y la misma cosa negra e inmóvil. Nuestra conciencia inventa las cosas y hace que
formen filas, esperen y pasen lentamente, una detrás de otra. Todo esto se daría de
una sola vez por todas, en un solo instante, si no fuera porque tú y yo y los demás lo
obligamos a retardarse o a acelerarse.
Al decir «todo esto» la muchacha (que acaso, por estar desnuda, se creía griega)
empezó a envolver con un redondo gesto de los brazos el mundo entero, como si
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quisiera dibujar en el aire la esfera de Parménides. Debió de ser un prohibido gesto
mágico pues el cuerpo se le desvaneció, la conciencia le flotó por un segundo como
una pompa de jabón y luego estalló en la noche sin dejar una sola huella. Con cierta
aprensión miré a mi alrededor, para ver si faltaba algo. Después de lo que acababa de
oír me pareció posible que la muchacha, al desvanecerse, se llevara consigo por lo
menos un pedazo del universo. Me tranquilicé. Todo —el oleaje, el viento, la
arboleda, la luz lunar— continuaba como antes del encuentro. Todo menos mi
materialismo, pues me di cuenta de que si las cosas continuaban como antes era
porque yo, que estaba allí en cierto modo sustituyendo a la muchacha, también
llevaba dentro del cuerpo una burbuja de conciencia.
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NARCISO
Un día, al inclinarse sobre la fuente, Narciso ya no pudo ver su rostro. Fue como
si se le hubiera caído al fondo de la fuente disolviéndose ahí. Disgustado por esa
sensación de rostro desvanecido se tendió en la orilla. «¿Qué me pasa?», pensó,
«¿qué me pasa que veo el agua y no me veo?». Echó una mirada sobre las cosas que
lo rodeaban y por primera vez las encontró hermosas. De repente descubrió otra
hermosura: una muchacha que se le acercaba. La muchacha se inclinó sobre él,
Narciso, y, muda, se puso a hacer caras: se sonreía, echaba la cabeza para atrás o
hacia los costados para verse las líneas de los pómulos ensayaba expresiones de los
ojos, se arreglaba las ondas del pelo y hasta con un rápido movimiento de labios se
besó a sí misma.
Narciso, entretanto, oculto detrás de sí mismo, ahora puro espejo, se quedó
temblando, temblando como el agua cuando la tocan.
La ninfa Eco escuchaba amorosamente al bello Narciso y después repetía sus
últimas palabras. Narciso, oyéndose en la voz de Eco, gozaba tanto como cuando se
contemplaba en el estanque.
Eco tardó en advertir que, en realidad, Narciso la ignoraba y ella era para él
apenas un espejo sonoro. Cayó en la cuenta solamente cuando Narciso dijo «adiós»,
«adiós» contestó Eco, creyendo que era de ella de quien se despedía y comprendió
que de quien se despedía Narciso era de sí mismo porque ya iba a morir.
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HACIA ARRIBA
El autobús lleno de turistas se detuvo al pie del cerro, saltamos a la cuesta y, todos
en grupo, empezamos a subir. Tomó la delantera un hombre extraño, delgado, alto,
rubio, ágil, con movimientos de ave o de ángel. Yo no había reparado en él durante el
viaje. Ahora vi cómo se distanciaba de nosotros, con ligeros y seguros pasos, siempre
hacia arriba. Subió y subió, y yo, junto con los demás turistas, lo seguía sin quitarle la
vista. Cuando llegábamos a una roca que él había dejado atrás, sin esfuerzo, como si
no fuera un obstáculo, nosotros teníamos que pararnos, rodearla y treparla
penosamente. No había modo, no digo de alcanzarlo, pero ni siquiera de disminuir la
ventaja que a cada paso nos sacaba. Lo vi llegar a la cumbre y encaramarse en la roca
más alta. Esperé que continuase ascendiendo por el aire azul de la mañana pero
decidió, no sé por qué, acaso para no avergonzarnos, quedarse allí.
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LA DURACIÓN Y LAS HORAS
Joel conoció en una fiesta a dos muchachas: Alicia y Zulema. Se enamoró a
primera vista de Alicia. También a primera vista comprendió que Zulema, que le
gustaba mucho menos, sería una conquista fácil. Decidió probar suerte con ambas.
Les escribió cartas. Por las respuestas advirtió que Alicia no correspondía a su amor
—cosa que le encendió aún más el deseo— y que Zulema, en cambio, estaba tan
apasionada que prometía entregársele en cuerpo y alma. Entonces las citó: a Zulema,
desaprensivamente, un sábado; a Alicia, por timidez, la reservó para el día siguiente.
El lugar de la cita, el mismo: el rosedal de Palermo. La hora, la misma: las cinco de la
tarde.
El sábado salió de su casa a las cuatro, desganado, aburrido, todo vacío por
dentro. Llegó. Zulema todavía no estaba. Joel se encogió de hombros y se fue al cine.
«Curioso —pensó— que mientras vine al rosedal el Tiempo parecía no pasar y sin
embargo si quisiera ahora describir mi caminata no tendría nada que decir, como si
todo hubiera transcurrido en unos pocos minutos».
El domingo, a las cuatro, salió en busca de Alicia, todo lleno de amor, de ansia,
de impaciencia, de miedo a fracasar. Llegó. Alicia ya no estaba. Joel aguardó allí,
inútilmente, hasta que cayó la noche. «Curioso —pensó— que mientras venía al
rosedal el tiempo parecía volar y sin embargo si quisiera ahora describir mi caminata
tendría que decir infinitas cosas, como si todo hubiera transcurrido en muchas horas».
Dos días después recibió sendas cartas de Zulema y de Alicia: que habían estado
esperándolo en el rosedal, justamente a la hora indicada, las cinco, y él, no había
aparecido: que hiciera el favor de no molestarlas más.
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HADAS
Aquella mañana salí de mi casa en Santa Catalina y me eché a caminar. En alguna
de las sierras debía de haber un cristalito que con su reflejo teñía de azul todo el cielo;
cristalito de zafiro al que las otras piedras estarían reteniendo a la fuerza para que no
se volviera al cielo. Llegué a una barranca y desde lo alto vi que, a orillas del río, y
dándome la espalda, había un hombre todo vestido de negro. Tenía las manos
enlazadas tras de la cintura y se estaba muy quieto. El aire, alrededor de él, en
cambio, se movía. Así me pareció hasta que advertí que no era el aire lo que se
movía, sino unas criaturas casi transparentes que corrían. Espíritus de la luz, con
cuerpos tan delicados como sedas y tules. A algunas de esas criaturas pude
distinguirles expresiones de felicidad. No les oía sus risas (tampoco se las oigo a las
flores) pero se estaban riendo.
Al moverme di con el pie en una piedra, que empezó a rodar por la pendiente. El
hombre se dio vuelta, rápidamente (de frente su traje brilló con los colores del arco
iris, menos en el chaleco, ajedreceado en blanco y negro) y al descubrirme hizo un
gesto de enojo, todas las criaturas se le acercaron, se le metieron dentro del cuerpo y
desaparecieron.
El hombre volvió a mirarme, murmuró algo que debió de ser un insulto y a
grandes pasos, se marchó por el valle hasta que dobló en una roca y lo perdí de vista.
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ÍCARO
Dédalo no comprendió nunca a su hijo, el imaginativo Ícaro. No lo comprendía al
verlo imitar los movimientos de animales terrestres. Tampoco lo comprendía cuando,
volando juntos —cada quien con su par de alas bien sujetas a los hombros— el
muchacho lanzaba chillidos de pájaro. Mucho menos lo comprendió —¡creyó que se
caía porque el sol había derretido la cera de las plumas!— cuando Ícaro, cansado ya
de jugar a pájaro, se desprendió de sus alas y, alegremente, se precipitó de cabeza al
mar para renovar su juego y ahora ser pez.
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GESTA ROMANORUM
El emperador Salus, el de la larga historia erótica, quería que un pintor imaginase
el rostro de mujer más hermoso del mundo. Buscaron a un pintor que se encargara del
cuadro y al fin lo encontraron en una aldea remota.
—¡Difícil, difícil! —dijo el pintor, precaviéndose, al oír de qué se trataba—. Pero
lo intentaré. Eso sí, que reúnan en el palacio a las mujeres más hermosas del imperio
para que yo pueda verlas cuando vaya.
Así se hizo. El pintor fue al palacio, eligió de las cincuenta mujeres invitadas las
diez que más le impresionaron y, haciendo como que copiaba los ojos de una, la boca
de otra, esta frente, aquella nariz, compuso un retrato que fue la suma de todas las
perfecciones imaginables.
El emperador, satisfecho, gratificó generosamente al pintor y colgó el cuadro en
su alcoba.
El pintor volvió a su casa y dijo a su mujer:
—Tendremos que mudarnos aún más lejos, a otro reino. No sea que un día de
estos el emperador te vea y te secuestre: en su alcoba ya tiene el retrato tuyo.
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estuviera así rajada no podrían ser felices. ¿Qué hacer? El Pontífice dijo que sin duda
era voluntad de los dioses dejar el abismo abierto hasta que alguien se sacrificara por
todos, arrojándose a él. Apenas su cuerpo se estrellara en el fondo, los bordes del
precipicio se cerrarían: herida que cicatriza después de la puñalada, surco que se alisa
después que le meten la semilla. Lanzaron proclamas: ¿hay quien quiera sacrificarse?
Tenía que ser el sacrificio de alguien que gozase de la vida, no el suicidio de un
desesperado o una caída accidental. Pasó el tiempo y nadie se ofrecía. Un buen día se
presentó Marcus Curtius y dijo que con mucho gusto se echaría al pozo, pero con una
condición: que durante un año le permitieran hacer todo lo que le viniese en gana.
Completa libertad. Se la otorgaron. Marcus Curtius empezó a vivir
desenfrenadamente: robaba, asesinaba, violaba mujeres, incendiaba templos.
Marcus Curtius resultó peor que el abismo.
La gente decidió no esperar que se cumpliera el plazo del año y una tarde mataron
a Marcus Curtius y tiraron su cadáver al abismo. Así, con esa primera basura,
empezaron a llenarlo.
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SOMBRAS
Yahiel andaba por las calles, en pleno día, con paso de sonámbulo: iba con la
boca sonriéndose para dentro, con los ojos mirándose por adentro, como si hubiera
pedido prestado a la noche anterior el espacio libre que ahora usaba, fuera de horas,
para soñar. Bajo el sol, no arrojaba, sin embargo, sombra. Por lo menos, lo que
entendemos por sombra cuando interceptamos con el cuerpo los rayos de una luz. Lo
que Yahiel hacía era emitir sombra. La emitía como una lámpara emite claridad.
Cinematógrafo humano, proyectaba sombras negras (más bien, de ese violeta de
algunos tulipanes, tan oscuro que parece negro). Los contornos de esas sombras no se
parecían a su propio cuerpo: tenían formas de araña, de jirafa, de garza.
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IRREALIDAD DEL INFIERNO
He caído bajo el peso de los párpados de todos los somnolientos del mundo, de
telones de terciopelo, de caricias torpes, de pájaros muertos, de aguas estancadas, del
plomizo color de las tardes, de muros derrumbados, de ramas vencidas por una nieve
negra. Ahora estoy en el infierno. Sé que este infierno es irreal y que estos suplicios
son imaginarios: después de todo mi única culpa es haber asesinado a un fantasma en
esta pesadilla. ¡Maldita suerte! ¡Ojalá hubiera asesinado en la vigilia a un hombre
real! Entonces no solo mi víctima sería real sino que también reales seríamos yo, mi
impulso homicida y mi arma; y si todo fuera real el infierno no existiría y yo no
estaría ahora padeciendo.
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SENTENTIA NOMINUM
Verano de 1116. Casa del canónigo Fulbert, en París.
Pierre Abélard ve acercarse a Héloïse. Va a abrazarla pero ella lo detiene
diciéndole:
—No te equivoques. Solo soy la imagen que llevas en tu corazón.
Abélard replica:
—Según eso, yo seré la imagen que Héloïse lleva de mí en su corazón. Da lo
mismo, pues.
Y las imágenes se tendieron sobre la alfombra y se juntaron.
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EL RIVAL
El rey Arturo conocía a Guinevere desde que era una niña. Vio cómo crecía. Vio,
en un mediodía de abril, cómo al pasar Guinevere bajo una rama de un rosal un pétalo
de rosa la dejó señalada de rojo. Entonces decidió casarse con la doncella.
Doncella, sin ninguna duda. Sin embargo, a los pocos días de casados el rey
Arturo oyó que Guinevere hablaba en sueños de un antiguo esposo, más hermoso que
él, más fuerte que él, más amante que él. Celoso, el rey Arturo lo buscó para
cerciorarse. Dejó que el caballo cabalgara libremente, desmontó en la orilla de un río,
abordó un batel sin vela, sin remos, sin timón, desembarcó en una playa de áurea
arena. Atravesó un fragoso bosque, por un viaducto pasó a una isla, subió una
montaña y en lo alto vio un castillo de cristal que giraba al viento como una rueda de
molino mientras cuatro grifos, posados en cuatro pilares de mármol, batían sus alas.
El rey Arturo dio un salto descomunal, se prendió de un puente levadizo y logró
entrar en el castillo donde encontró a su rival —que tenía la cabeza en forma de
omega y el rostro borrado— y por él se enteró de que ciertas noches Guinevere era su
esposa.
Comprendiendo que todo eso era el otro mundo y, por lo tanto, nada de lo que allí
pasaba afectaba su honor, el rey Arturo volvió a los brazos de la despierta Guinevere
y fue feliz.
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DANZA MACABRA
La leyenda ha mejorado, con la escena del Comendador, lo que verdaderamente
ocurrió aquella noche.
Don Juan Tenorio comió opíparamente y durante toda la cena conversó con
alguien, invisible (el criado, que veía y oía a su amo dirigir miradas, frases, sonrisas y
gestos hacia la silla vacía de enfrente, recelaba, preocupado). Don Juan habló de su
vida, de su cansancio. «Te he invitado —dijo en una de esas— para pedirte un favor».
Cuando terminó de cenar disolvió un polvillo en la copa de vino, ofreció un brindis
hacia el lado de la silla vacía y bebió. Al rato, Don Juan caía de largo a largo sobre el
suelo. El criado corrió hacia el cuerpo exánime, lo abrazó y, al declamar su dolor,
pronunció, sin quererlo ni saberlo, el nombre de la convidada.
Como si temiera llegar tarde a una cita —rrrr, paff, rrr— el motociclista corre a
toda velocidad por el camino (su mujer, en el asiento de atrás, es una larga estela de
pelo al viento). De súbito una piedra desvía la rueda, hombre y mujer dan volteretas
por aire y tierra, la máquina sigue sola y choca con un poste, un cable se suelta como
anguila eléctrica.
El hombre y la mujer, milagrosamente ilesos. Se miran, se hablan. Acaban por
sonreírse.
—Casi, casi ¿eh? ¡Qué susto! —dice ella y va a recoger su bolso, que había
saltado junto con la motocicleta. Toca el cable y muere electrocutada. El hombre
quiere socorrerla y también se electrocuta.
Llegaron tarde a la cita.
Noche encapotada, lluviosa. Osvaldo, a caballo. Al paso. Las orejas, no los ojos,
le dicen que la oscuridad tiene árboles y charcos: ramas en el rumor del viento, barro
en el chapoteo de los cascos. Habrá que desmontar en cuanto salga del lodazal, y
esperar hasta que aclare. No ve nada. «Más que yo han de ver los ciegos», piensa;
«más puedo ver párpados adentro que fuera de los ojos». En eso su cara ha chocado
contra algo que se balancea en el aire. Da un tirón a las riendas, alza la otra mano y
empieza a palpar dos pies fríos. Osvaldo cierra los ojos, por si así puede ver al
ahorcado.
Cuando Pablo tenía diez años bajó al sótano y vio a su padre, ahorcado del techo.
El choque fue espantoso: quedó melancólico, estremecido, tartamudo. Pasaron diez
años y se casó con una niña a la que acababa de conocer en una playa veraniega. La
noche de bodas descubrió que su mujer padecía de una subluxación de la columna
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cervical: las vértebras comprimían unas raíces nerviosas. Pablo, el melancólico, el
estremecido, el tartamudo, tuvo que aprender a aliviarla del dolor. Le enlazaba el
cuello y la barbilla y, tirando de una cuerda que corría por una polea del techo, la
levantaba hasta que quedase en puntillas. Todas las noches creaba abismos bajo los
pies de su mujer. Abismos chiquititos. Con ellos se fue llenando el abismo grandote
que durante diez años había obsesionado a Pablo, desde que lo vio una vez bajo los
pies de su padre. Se acostumbró a manejar la horca. Hasta la idea misma de la horca
le divertía. Viendo a su mujer como una guinda se le alegraba el ánimo. Al final
perdió la melancolía, el estremecimiento, la tartamudez y la mujer.
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VIOLETA
Viajo en ómnibus. Enfrente de mí se ha sentado una muchacha. Le miro el
pañuelo exaltadamente violeta y me siento visitado por un recuerdo de mi infancia.
Recibo a esta no anunciada visita y la invito a que se quede conmigo. Mientras mi
atención se desplaza hacia el recuerdo que me visita, la muchacha del ómnibus vacila,
se borra (lector no sigas porque te perderás).
He quedado a solas con mi recuerdo. Ahora me veo a mí mismo: yo, que soy
todavía el niño que fui, veo al niño que era ya el hombre que soy. Tendría yo nueve
años. Jugaba un día con mi teatrito cuando, al mirar el vestido violeta de una de las
marionetas, me sentí visitado por un recuerdo del mismo color. Así como el violeta
del pañuelo de la muchacha ha evocado el violeta del vestido de la marioneta, este, a
su vez, había evocado un violeta anterior. Solo que a los nueve años yo no sabía
interrogarme, de modo que el secreto de ese pasado se me perdió para siempre: mi
deseo de jugar con el teatrito debió de haber sido tan fuerte que me retuvo en mi
habitación, en ese día preciso, agarrado por las cosas prácticas que me rodeaban. Un
recuerdo me había llamado y yo —niño de nueve años— descortésmente lo dejé ir
sin recibirlo. Entre el juego de la memoria y el juego de la marioneta elegí el de la
marioneta. Por eso la marioneta no desapareció cubierta por una ola de imágenes de
otro tiempo como ha desaparecido, cubierta por el recuerdo de infancia, esta
muchacha del pañuelo violeta (que justamente ahora empieza a rehacerse en el
asiento de enfrente).
Supongo que a medida que envejezca aprenderé a interrogarme aún mejor. Ya
viejo del todo, al ver un color violeta que sea idéntico a este, quizá pueda viajar, por
las vías de mis recuerdos, bajándome en las estaciones que quiera. Volveré, por
ejemplo, a revivir esta escena del ómnibus. Hasta es posible que alguna vez, yendo
más lejos, recobre aquella fecha que perdí en el día del teatrito.
Una sola preocupación: la muchacha del pañuelo desapareció (por un Instante, es
cierto, pero desapareció), pues bien, ¿y si, gracias a una creciente capacidad de
resurrección y autoanálisis, resulta que un buen día resurge una sensación con tal
pujanza que recrea a su alrededor el momento original en que la viví, me atrapa allí y
ya no puedo percibir más el mundo presente, que a todo esto ha desaparecido,
completamente obliterado? Para librarme del pasado y regresar al presente, tendría
que aprender algo nuevo: a dirigir los lentes de mi cámara interior desde atrás hacia el
futuro. Pongamos por caso: un violeta cualquiera me habría hecho retroceder hasta
uno de los Innumerables violetas de mi vida, abandonándome allí, como a un
náufrago en una antigua isla rodeada de olvido; para retornar a tierra firme yo tendría
que mirar ese violeta y al mirarlo desde mi amnesia saber pronosticar el violeta que
muchos años después me lanzará (me había lanzado) hacia atrás.
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LA MONTAÑA
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado
en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre
sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una
solidez de montaña. El niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las
piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas.
Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
—¡Papá, papá! —llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería
caminar y no podía.
—¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
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EL ESQUELETO
Como ese era mi día de guardia y debía quedarme hasta que la rotativa se largara
a imprimir fui al diario más tarde que de costumbre. El sol ya se había puesto detrás
de las casas pero la ciudad (o por lo menos esa plaza por la que yo cruzaba) estaba
jugando con una luz que no se quería ir. A un costado de la fuente habían socavado
un ancho pozo que no estaba el día anterior. Probablemente para arreglar alguna
cañería rota, no sé. Al asomarme vi, dispersos, huesos humanos. «Esta plaza», pensé,
«fue alguna vez un cementerio; o, simplemente, pampa, donde se escondió un
asesinato; y ahora la zapa de los obreros municipales ha exhumado los huesos».
Sea que los obreros hubieran separado los huesos o que los perros, al encontrarlos
demasiado secos, los hubieran dejado caer de sus hocicos aquí y allá, lo cierto es que
estaban tan espaciados que se necesitaba imaginación para ver allí la figura de un
esqueleto. Miré a uno y otro lado, en la plaza, para cerciorarme de que estaba solo.
Entonces salté al pozo, observé los huesos uno por uno y contribuí a espaciarlos aún
más; di un puntapié a un fémur, otro a un omóplato, agarré la calavera (¡Yorik!) y la
hice rodar como una bola, recogí una falange y me la llevé en el bolsillo del chaleco.
Llegué al diario, escribí mi editorial, bajé a la imprenta. Serían las dos de la
mañana cuando la rotativa se largó a imprimir.
Cansado, casi dormido, volví a casa. Al cruzar la plaza vi —ahora a la fría luz de
la luna— que alguien había reunido los huesos. El esqueleto estaba completo: parecía
dormir, tranquilo, en una cómoda postura. Primero creí que algún estudiante de
Medicina, al pasar por ahí, no había podido resistir a su buen humor y armó ese
macabro rompecabezas. Pero cuando me alejé y oí que el esqueleto me seguía
comprendí que el alma en pena cuidaba de sus huesos, había regresado para juntarlos
y ahora quería asustarme. Para no darle el gusto ni apresuré el paso ni miré hacia
atrás. Más: saqué del bolsillo la falange y, de un capirotazo, por encima del hombro,
se la di de limosna.
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BARAJA
Cinco personas juegan a los naipes alrededor de una mesa redonda. Están
inmóviles, como si la luz ámbar de la lámpara fuera una gota de resina que los
aglutinara. No hay prisa. Mientras el jugador a quien le toca el turno de descartarse
estudia lentamente los naipes los otros tienen tiempo suficiente para dormir. Y, en
efecto, duermen. A veces uno, a veces varios, a veces todos. ¿Fue Alfa quien, después
de un largo silencio, se descartó exclamando: «escalera de oros»? ¿O es que Beta
soñó que Alfa lo dijo? ¿O el dormido es Gamma, quien soñó que Beta soñó que lo
dijo Alfa? ¿O es Delta, o Epsilon, que…? Cada jugador aprieta unos pocos naipes en
la mano. Pero los cinco jugadores son, a su vez, como los cinco dedos de otra mano,
más grande. Esta mano grande es la que aprieta la Baraja. Aunque tiene sus cuarenta
naipes repartidos, la Baraja se recuerda completa. Es una Baraja que sabe dónde está
cada uno de sus naipes: es consciente de todas las combinaciones posibles en el
juego, solo que nunca podría avisar a nadie. Entretanto, los cinco jugadores siguen
inmóviles, tardan, se duermen. Los sueños de un jugador entran en los sueños de sus
compañeros. En el encarte y descarte de sus sueños y naipes el azar se complica.
También la Baraja acaba por quedarse dormida: sueña ahora que hombres-cartas
forman una mano sin azar.
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LA MUERTE
La Muerte, sin tener nada que hacer, se paseaba por la ciudad cuando oyó a sus
espaldas voces airadas. Se dio vuelta y vio que, en la esquina, dos compadres
discutían violentamente.
La Muerte, por simple curiosidad, se acercó a la esquina. Los compadres sacaron
los cuchillos.
Rodearon el lecho del amigo, ya moribundo, y se pusieron a reír para que él, con
tanto estrépito, no pudiera oír los pasos de la Muerte cuando de un momento a otro
entrase en la habitación.
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UNIVERSO PULSÁTIL
Aquella noche de insomnio, allá por mil setecientos veinte, el hombre tuvo una
súbita intuición: que el mundo se inflaba y desinflaba y todas las cosas aumentaban al
mismo tiempo y al mismo tiempo disminuían, en un ritmo tan perfecto y tan
perfectamente guardando las proporciones que nadie notaba el fenómeno. La pluma
con la que él escribía crecía y decrecía; pero también crecían o decrecían él y cuanto
lo rodeaba, y así todo le parecía que seguía siendo igual.
A esa intuición siguió otra: en un rapto místico el hombre saltó a destiempo de
esos grandes flujos y reflujos y por unos segundos se quedó enano en medio de los
muebles que se agigantaban y gigante en medio de muebles que se encogían.
Fue a escribir su extraña experiencia pero comprendió que, en esa Edad de la
Razón en que vivía, lo tomarían por loco: entonces, para disimular, escribió los dos
primeros libros de los Viajes de Gulliver.
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INFORME
A pedido del doctor Wyat (uno de los médicos del Instituto) redacto este informe
sobre la droga que me suministró. Sé que la experiencia duró cuatro horas: aunque
hubiera durado una no la podría describir. Apenas, pues, si me referiré a unos pocos
de los efectos.
El primero: náusea y uno que otro escalofrío. Media hora después la realidad
empezó a vibrar, a aligerarse, a abundar con facilidad y gracia. Mientras tanto yo
adquiría una deliciosa libertad. «Tengo alas pero todavía no me funcionan», me dije,
y me puse a parpadear, «dentro de poco, con este batir de párpados y pestañas me
echaré a volar». Asomado a la ventana me reí convulsivamente. Las chimeneas se
irisaban sobre los techos de las casas vecinas, recortadas sobre el mar. Del iris salió,
imperialmente, un verde que tiñó mis manos y mis cuadernos, como cuando en el
bosque leo al pie de un árbol y el mediodía se filtra por el follaje y me aloja en una
líquida esmeralda. Después otros colores se apoderaron del aire. El sol había clavado
en el piso de la habitación una gran tachuela de oro: la tachuela se hundió abriendo
un pozo en cuyo fondo ondulaba un agua refulgente. Quise descansar los ojos pero
cuando fui a cerrarlos descubrí que ya los tenía cerrados. Me tendí en la cama.
Disgusto. La cama, fosa del cuerpo; el cuerpo, fosa del esqueleto. ¡Arriba! Volví a la
ventana, atalaya de la mañana. Los ojos acababan de adquirir el poder de un
telescopio. Solo que era un telescopio que tan pronto estaba al derecho como al revés.
Si al derecho, la distancia se acortaba tanto que con la mano, grandota, alcanzaba a
juntar la espuma de nubes, a la izquierda del mar. Cuando el telescopio se me invertía
mi mano era la que, pequeñita, aparecía navegando por el horizonte. Apreté los
brazos a los costados del cuerpo, no fuera que desencadenaran algún desastre: así,
inmóviles, las artes plásticas de Egipto representaban los brazos del Faraón, brazos
que, a causa de la fuerza mágica de Mana, con el menor movimiento habrían hecho
temblar la tierra. Bajé la vista y me miré los pies, alternativamente remotos y
próximos. Acordeón humano. La náusea se hizo insoportable y tuve que vomitar.
Entonces vi el gran Insecto. No existía, y porque supe que no existía y sin embaído
allí estaba moviendo grotescamente antenas y patas me asusté, de mí mismo, no del
insecto. «Mi alma se comunica con el infierno», pensé, «y a través de la transparencia
de alma e infierno he visto ese insecto». Volví a la ventana, por donde se me escapó
la dentadura. Revoloteó por el aire con ruido de tijeras. Entendí que quería morder y
me alegré de que en ese momento no pasara por allí ningún pájaro. Luego me
desdoblé. Fuimos dos. El yo de al lado me desafió: «¿A qué no saltas por la
ventana?». Y yo repliqué: «¿Estás loco?». Uno de los dos saltó, se puso a bailar en el
confín del mundo y con las puntas de los pies separó cielo y mar. En seguida, un
reposo; y del reposo de la luz y el agua surgió una preciosa isla: era que el horizonte
se acababa de ceñir a la cintura de una mujer. Ilusoria la mujer, no la satisfacción que
me dio. Yo flotaba en su sabio ritmo. La ilusión se desvaneció. Un vistazo al reloj,
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que se hizo el muerto. «Si el reloj estuviera parado», pensé, «señalaría dos veces al
día la exacta hora de los astros, pero aun entonces el reloj no lo sabría. En cambio mis
horas señalan siempre las horas justas porque soy el tiempo mismo y no tengo que
coincidir con ningún movimiento fuera de mí. Coincido conmigo
autocontemplándome». Lo que no hubiera podido decir era si el tiempo me fluía lenta
o rápidamente. A Juzgar por el vertiginoso desfile de imágenes el tiempo me estaba
arrebatando; sin embargo, si quisiera hoy evocar esas imágenes tendría que
demorarme en cada una de ellas y no terminaría nunca; ¡con qué rapidez uno extiende
un cheque en el Banco y, después de cambiarlo, con qué lentitud hay que repasar
entre los dedos las monedas contantes y sonantes! Con los sentidos excitados percibía
tantas cosas que confiaba en seguir percibiendo ilimitadamente. Me hubiera sido
posible hasta oír el rumor vertical que corre por el cauce de los árboles, ver
nítidamente a nadie en el fondo del paisaje, oler la mutación botánica de la rosa
perfecta, palpar la dulzura de una curva por nacer. Percibía, pero equivocadamente. A
la distancia, por ejemplo, un árbol entero me pareció tener la forma de una sola de sus
hojas. Esas equivocaciones me proporcionaban tal deleite que hubiera gritado, y
quizá grité. Era como si las cosas, duras y permanentes en otros días, se disolvieran
en una corriente de agua metafísica que se despeñaba en turbulenta catarata, hacia un
quieto trasmundo. En eso mi cuerpo, no yo, se estremeció con pujos de llanto. Yo,
desde afuera, asistí a ese pujo sin pena. Llorar por llorar. «Ah, si lloviera», pensé,
«saldría a la calle y levantaría la cara hacia la lluvia, feliz de poder llorar sin que
nadie vea mis lágrimas». Una voluntad vacía hinchaba mis músculos, gimnasta de
feria que no hace otra cosa que exhibirse. No hubiera podido trabajar. ¿Para qué?
Ante tanta exuberancia no era necesario esforzarse. Paralizado para cualquier acción
práctica, lo que en cambio se me disparaba, y velozmente, era la imaginación; tan
velozmente que pude verme la locura por todos los costados, como quien corre
alrededor de una torre y la ve siempre redonda. La redonda torre de mi yo. Nunca me
he sentido tan egocéntrico, tan egoísta como entonces. Ni nada ni nadie me
importaban. Mi yo, redonda torre de Solipsismo. No solo hubiera sido incapaz de
tener fe en Dios y de creer en la presencia real de otro hombre sino que me costó no
dudar de las cosas que me rodeaban; y cuando por fin tropecé y reconocí que la silla
con la que había tropezado existía tuve ganas de adorarla, religiosamente. Mi
cuaderno, abierto y expectante, seguía en blanco; y yo, lleno de mí mismo, como a
punto de crear un poema. Yo sabía que no acertaría a comunicarme con nadie.
Aunque acertara sería como contar cuentos de salamandras ardientes a los fríos peces
del estanque. En una de esas sospeché que estaba hablando solo. Me llevé un dedo a
los labios: sí, se movían. ¿Pero qué boberías estarían diciendo? Porque mi tiempo era
raudo, y mis labios lerdos: en el compás de esas frases morosas no podían caber mis
aceleradas sensaciones. Seguramente eran frases trilladas o pedazos de sintaxis
incoherente o las malas palabras de un largo insulto. Comprendí que hablaba por
hablar como antes había llorado por llorar. Hablaba y hablaba para llenar con
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palabras el hueco que dejaban mis sensaciones fugitivas, como cuando se camina por
un juncal y los juncos vuelven para llenar el hueco que las piernas acaban de dejar.
«No escribiré», me dije, «sino después de inventar un lápiz-fósforo que al rasguear el
papel se encienda con llameantes metáforas». Ahora comprendo que la droga no hizo
sino confirmar lo que soy, y que sin droga veo lo mismo y escribo mejor.
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EL ÓPALO
Sánchez, en la tienda del anticuario, vio una maciza bola negra. «Acaso me sirva
como pisapapeles», pensó. Preguntó por su precio. El anticuario la tomó entre las
manos, la acarició con los ojos y dijo:
—No puedo dar el precio: es, de veras, inapreciable. Vale un ojo de la cara, como
que lleva escondido un ojo de la cara, de la cara de un dios.
En seguida explicó que quien se la dejó ahí, empeñada, aseguró que dentro de la
esfera había un ópalo donde se podría ver cualquier instante del pasado; que él, por su
parte, no dudó de la palabra del dueño de esa magia; que desgraciadamente no había
modo de partir la esfera para recobrar el ópalo y nadie quería pagar lo que valía; que
la tenía allí como una bola inservible.
—Imagínese —continuó el anticuario, contemplándola y contemplándola—.
Imagínese lo que sería poder ver toda la historia…
—No me interesa —dijo Sánchez—. Yo solo quería un pisapapeles.
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CORTESÍA
Nunca he visto cortesía semejante a la de esa pared. Yo estaba discutiendo en la
sala del Club con Norberto, el ciego. Norberto no había querido creerme que ese
«horrible chillido» —fueron sus palabras— que acababa de oír venía de un hermoso
pavo real. Para humillarlo, le describí la cola: «el pavo abre su cola —agregué al final
— como un museo sus salas». Enojado, se volvió hacia donde él suponía que estaba
la puerta y se fue derecho contra la pared. La pared, cortésmente corrió su puerta y se
la puso delante y abierta. Norberto pasó muy seguro.
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BESTIARIO
El desierto se extendía por donde yo mirara, redondo, liso, calcinado.
Al principio creí que esa única cosa erguida a la distancia era un árbol seco. Más
cerca, me pareció un poste. Más cerca aún, dos postes que se iban separando. Más
cerca, más cerca, y vi que eran jambas que sostenían un dintel: vano de una inmensa
puerta. En vez de puerta, un cuadrángulo de luz, espejo que no reflejaba nada. Y el
marco vacío se levantaba ancho y alto, en el desierto.
Lo atravesé como quien pasa por debajo de un Arco Triunfal, y apenas pisé en el
otro lado me encontré en un verde trasmundo, rodeado de unicornios, dragones,
hipogrifos.
Me asombré de ver, en medio de esta zoología fantástica, y dándose aires de
quimérico, un rinoceronte: ¿cómo ha conseguido poner su ordinario corpazo en este
fabuloso ruedo de mitos? ¿Lo habré traído yo conmigo, de mi ordinario mundo, al
meterme aquí?
Golpearon, abrí y solo vi un ojo, un gran ojo que llenaba el vano de la puerta.
—Soy el Dragón —oí que me decía y calculé que su mirada de ternura debía de
estar acompañada por un gesto de amistad, muy lejos, en su cola.
Toda la habitación se me llenó de reflejos azules: probablemente el dragón traía el
color del mar.
—Adelante, adelante —dije y eché un vistazo al cuarto, algo avergonzado de que
la visita lo encontrara tan en desorden. Arreglé un cojín en un diván y volviéndome
hacia el dragón, cuyo ojo estaba en el mismo lugar, mirándome agradecido, le repetí:
—Adelante, adelante: esta es su casa. Póngase cómodo. Sin cumplidos, por favor.
—Con mucho gusto lo haría —y oí una risita tímida— pero no puedo entrar. Soy
muy grandote. La cola debe de estar todavía en la calle y tengo miedo de moverme.
No sea que rompa la barandilla de la escalera. Pero conversemos desde aquí.
No pude verlo entero, pero mantuvimos una conversación muy interesante. Me
dijo, entre otras cosas, que descendía de aquel dragón que anunció los largos años de
la guerra de Troya.
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Uso mi cola cuando y como quiero —dijo orgullosamente el mono—. Miren, en
cambio, esa cola: ella es la que obliga a la ardilla a que la lleve de aquí para allá. Y
miren esa otra cola que se lleva a sí misma —terminó señalando una víbora.
Me interné por un bosque del Chaco: los árboles, como una bandada de águilas,
agarraban la tierra y la levantaban por el cielo. De pronto oí una voz humana,
cariñosa, dulce, que me hablaba en una lengua desconocida. Busqué a quien así me
hablaba. Inútil. No quería dejarse ver. Cuando yo me abría paso por la espesura un
rápido ruido de ramas y pisadas me indicaba que huía para esconderse. ¿Estaría
jugando conmigo? Fingí una estratagema y un par de horas después lo sorprendí por
atrás: era un monstruo con alas de pingüino, grupa de perro, torso de pavo, cola de
pejerrey, orejas de conejo, ojos de caballo, hocico de mono y garganta emplumada.
Estaba hablando sin decir nada: incapaz de pensar con palabras, su voz imitaba
solamente el sonido de la conversación humana. Al verse sorprendido agachó la
cabeza, se me acercó y me lamió las manos. Lo dejé ir en paz.
—Todos los hombres, ustedes, yo, todos, estamos bajo la constante vigilancia de
animales que siguen de lejos nuestros menores movimientos y a veces nos rodean
haciéndose los disimulados. ¿Será porque nos encuentran demasiado dañinos y se
están preparando para hacernos la guerra? No sé, pero lo cierto es que, apostados en
todas las posiciones de la escala zoológica, nos acechan. Unos fingen huir, otros
esconderse. Los hay que se dejan cazar y desde las jaulas del Jardín Zoológico nos
miran de reojo. Los hay que se arriman distraídos o indiferentes, pero son como esos
detectives que se disfrazan de desocupados y andan por las calles con aire de
aburridos. Una vez una ardilla —jovencita, inexperta— se puso a jugar conmigo y
advertí en seguida que lo que quería era amaestrarme. Cuando me negué a imitarla se
alejó. Créanme, algo están tramando contra nosotros. La única esperanza es que,
tarde o temprano, un perro acabe por revelarnos el secreto plan de la fauna. Es el
único animal capaz de traicionar a los otros a favor de nosotros: ¿no han observado
ustedes ese aire que tiene el perro, de querer decirnos algo?
Curioso que un visionario como William Blake fuera tan ciego para la graciosa
agilidad de la pulga. Su fresco «The Ghost of a Flea» (1819) muestra un monstruo de
robusta figura humana, con las pesadas piernas sólidamente plantadas en el suelo.
Blake comprendió los vuelos de los ángeles por el cielo, pero no ese bello
momento de libertad en que la pulga se redime de su Irritante condición terrestre y, de
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un salto, describe una gran curva en el aire; aire que es más cielo que el de los
ángeles porque la pulga lo conoce desde abajo, en el impulso hacia el cielo.
Habla el perro:
—Los hombres trabajan durante largas jornadas para poder atender a mis
necesidades. Pensando en mi comodidad han construido casas; y se han venido a
vivir conmigo para servirme mejor. Duermo, como. De vez en cuando, para que no se
olviden de mi poder o para ayudar a que las cosas marchen bien, corro tras una de las
máquinas que usan para trabajar y ladro. Los hombres me dan lástima. Envidian mi
cola, mi libertad. Algunos —se llaman Kynikos o cínicos— me rinden un culto
ritualizado en vagas imitaciones. Otros, temiendo que los deje o desprecie, me
acollaran y hasta me dan uno que otro golpe: sé que es por exceso de amor. Si me ven
levantar la cabeza y olfatear, también tratan de oler, para comprenderme: ¡con sus
pobres naricillas apenas si pueden oler! Son incapaces de imaginarse estos palacios
de aire que yo percibo extendiéndose a lo lejos, como en un imperio.
Fue al Jardín Zoológico y se detuvo frente a la jaula de los monos. ¡Qué aire tan
desdichado tenían ese orangután, ese chimpancé, ese gorila! Sin duda el estar
separados de la familia los deprimía y se habían vuelto neuróticos y maniáticos.
—Pobres criaturas, que viven tan desoladas en su encierro como yo a la
intemperie —exclamó de repente porque, al mirar el cielo, también él se había visto
enjaulado: cúmulos, cirros y celajes como barrotes.
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EL CRIMEN PERFECTO
—Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución.
Para que nunca se encontrara el cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría
buscarlo: en un cementerio. Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto
desde hacía años y que ya no había monjitas que enterrasen a monjitas en su
cementerio.
Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas del
río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas en canteros de jardín alrededor de una
hermosa imagen de Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de
mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima había sido un furibundo ateo.
Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las
muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y
arreglaron el cementerio en la otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los
viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su derecha el
cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les
confundieron las manos y creyeron que estaban navegando en dirección contraria,
como si volvieran de Fray Bizco, pero en seguida advirtieron que se trataba de una
mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio
que antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida,
sacaron el cadáver (por eso, a la noche, las almas en pena de las monjitas volvieron
muy aliviadas, con el cementerio a cuestas) y de investigación en investigación…
¡bueno!… el resto ya lo sabe usted, señor Juez.
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LA POESÍA, UN CISNE
El cisne se refugió en los estanques y desde entonces, sobre las aguas quietas,
bajo la sombra de los sauces, se desliza ensimismado.
—Es bello, sí, pero ¡qué superficial en su aristocrática elegancia! —decían
algunos.
No comprendían que el cisne se había refugiado allí, no por frivolidad o egoísmo,
sino, al contrario, por recordar muy bien los horrores del mundo. Había sido testigo
de cómo ardieron cielo y tierra cuando a Faetón se le desbocaron los caballos del sol;
había visto a Zeus carbonizando con uno de sus rayos a Faetón. Fue entonces cuando
él, Cicno, rey de la Liguria, lo abandonó todo y mientras sollozaba por los bosques
fue transformándose en cisne. Se transformó en cisne por exceso de dolor:
sufrimiento ante la injusticia de los poderosos, desilusión de ver fracasar las altas
ambiciones humanas, compasión hacia los que sobreviven a los grandes muertos,
miedo de que el mundo pueda regresar al caos. Su serenidad, en el fondo, era el
pasmo del espanto.
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EL DESTIERRO DE LOS DIOSES
Algunos dioses se dejaron retener por el culto que los hombres les rendían. Otros
—a quienes les importaba que los recordasen como bellos y no que los venerasen
como verdaderos— se fueron. Habían vivido cerca de la tierra, divertidos con los
mitos de unos griegos imaginativos; pero ahora consideraron que era mejor alejarse.
Mientras se alejaban miraron el hogar abandonado: desde la luna vieron la Tierra
mucho más grande y luminosa que la luna vista desde la Tierra; y reconocieron
océanos, campos fértiles y desiertos en las manchas azules, verdes y anaranjadas que
temblaban en el aire. Después —aunque sin poder olvidar el hábito de pensar desde la
Tierra— se volvieron hacia otros espectáculos. Desde una de sus lunas —Fobos—
contemplaron Marte de cerca, siete mil veces más brillante que la luna llena que los
hombres ven. Desde uno de sus satélites —Amaltea— contemplaron Júpiter, rodeado
de gigantes lunas, más enorme que Marte visto desde Fobos. Desde uno de sus
planetoides cautivos —Febea— contemplaron Saturno y sus movedizos anillos. Pero
esos planetas estaban deshabitados. Los dioses, pues, abandonaron el sistema solar,
saltaron a Alfa del Centauro y de allí se dispersaron por las estrellas más remotas,
cada uno por su lado: un dios a Sirio, otro a Capella, otro a Betelgeuse, y así, hasta
que ninguno de ellos pudo más distinguir el sol. Recordaban que aquellos griegos
imaginativos a los que tan bien conocían habían configurado en constelaciones las
pocas estrellas que veían, bautizándolas con los nombres de sus mitos. Ahora los
dioses en éxodo, al pasar por el centro estrellado de la Galaxia, notaron que estrellas
antes invisibles se encendían en medio de aquellas constelaciones y desdibujaban sus
familiares figuras. Los dioses vieron lo que los hombres no habían podido conocer.
Vieron otras criaturas que creían en otros dioses. Los dioses desterrados, separados
unos de otros, en su soledad buscaron, no la amistad de esas criaturas, sino la de esos
dioses.
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SEMILLA, RAÍZ, FLOR, FRUTO
Nunca fue nuestro mundo tan viejo como en el primer día de la creación: Dios lo
traspasó de una mirada y lo vio hasta el final. Plenitud. Como una canción recién
inventada pero servida por una larga tradición, el mundo apareció crecido. Las
montañas con sus escondidos carbones, con sus escondidos mares de petróleo las
llanuras: con selvas que recordaron numerosas estaciones que aún no habían existido;
con animales que abrieron los ojos por primera vez y formaron parejas, ya listos para
las crías. «Non erat febris, et iam erat antidotum; nulla anhuc naturae defectio, et iam
languorum remedia germinabant». Dios creó el mundo como un dechado para el
mundo: se lo sacó de la cabeza con todas las marcas de una edad por la que todavía
no había cursado pero por la que cursaría. Desde que Dios creó el mundo las leyes de
la naturaleza no han hecho más que copiar el sentido del primer día. Solo después el
mundo fue joven. Muy lentamente empezó a desenvolverse; y se desenvolvió —
todavía sigue desenvolviéndose— hacia aquella flamante vejez. Hay noches en que
uno puede imaginarse esa creación, rica en historia y profecía. Estamos
acostumbrados a la idea de que las estrellas son antiquísimas y que aun esta luz que
les estamos viendo ha viajado tanto que en realidad lo que contemplamos no es un
presente sino un pasado. Sin embargo, hay noches en que, de pronto, nos
asombramos como si todas las constelaciones se estuvieran estrenando. Nos parece
posible que el universo haya sido originado en ese instante y que nuestra memoria sea
ilusoria. Entonces comprendemos lo que de veras pasó en la creación: cayó una gotita
de eternidad que se puso a recordar y a pronosticar.
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APOLO
Pan soplaba su flauta (los carrillos le inflaban grotescamente la cara, toda
colorada por el esfuerzo) y se consideraba el mejor músico del mundo. Cuando
desocupó la boca —porque mientras tañía la flauta no podía ni reír ni cantar ni hablar
— exclamó sarcásticamente:
—¡A ver, que venga Apolo a ganarme! Ya me lo imagino dando soplidos a su lira.
Apolo aceptó el desafío. Con el monte Tmolus como juez se celebró el concurso.
Pan sopló la flauta, Apolo rasgueó la lira.
—Ganó la lira —decidió Tmolus.
Pan, despechado, arrojó la flauta y huyó al bosque.
Apolo recogió del suelo la flauta y la miró con curiosidad. No quiso llevársela a
la boca para no deformar su bello rostro ni perder la libertad de sus nobles gestos,
pero pasó los dedos por los agujeros. Aunque no produjo ni un sonido, era evidente,
por la expresión de sus ojos, que mientras acariciaba la flauta gozaba de una música
que solo él oía.
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LA PALOMA DE KANT
Cansado de tanto prepararse para los exámenes un estudiante salió al patio, se
desperezó y, en postura de bailarín clásico, intentó un gran salto. Grande, no resultó.
Se palpó las piernas como si las llevase encadenadas y dirigiéndose a una paloma que
estaba en la ventana comentó sonriéndose:
—¡Qué bien bailaría yo si no fuera por la ley de gravitación!
—Yo también me quejaba del aire que me estorbaba el vuelo —dijo una voz de
paloma— y ya sabes la lección que recibí de Kant.
—Sí, he leído a Kant —se apresuró a responder el estudiante—: «La veloz
paloma que en libre vuelo atraviesa el aire, cuya resistencia siente, podría imaginarse
que en un espacio sin aire volaría aún con más velocidad y libertad».
—Apuesto —continuó la paloma— a que Kant, como tú, como yo, también se
quejaba de sus obstáculos. De que se quejó del lenguaje por el que tenía que abrirse
paso, hay pruebas. También debió de quejarse de la resistencia que a su impulso de
pensar ofrecían las cosas y las ideas sobre las cosas. Por algo sería que para poder
pensar decidió vaciar el mundo y la razón humana. Vacías fueron sus apriorísticas
formas del conocimiento. Eliminó así las impurezas de la realidad. Su «yo» sin
realidad ¿no es acaso un sueño dorado, como su propio discurso sin lengua, como tu
baile sin gravitación, como mi vuelo sin aire?
—¡Bien por la paloma! —exclamó el estudiante bailarín y ventrílocuo.
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EL REVÓLVER Y LAS ESTRELLAS
Cirilo caminaba por un tenebroso suburbio de Buenos Aires. Maldito barrio de
cascajos y baches donde había que saber poner los pies, sin distraerse. Al atravesar el
baldío había echado a las estrellas un vistazo, pero fue tan rápido que no tuvo tiempo
de reconocerlas. Ahora sería inútil levantar la vista: la calle estaba arbolada y no
alcanzaría a ver más que unas pocas estrellas dormidas en las ramas. No importaba.
No había reconocido, una por una, las constelaciones, pero le bastaba con saber que
estaban allí, moviéndose. Que se movían, no había duda. Si conseguía salvar el
pellejo, cuando pasara de vuelta por el baldío miraría otra vez hacia arriba: para
entonces el Centauro, la Cruz del Sur, el Navío ya se habrían corrido unos grados
hacia la pampa. Astronomía elemental. Pero el incesante desliz de las constelaciones
por las pendientes de la noche era lentísimo: podría comprobar de vez en cuando que
se habían movido, pero no las vería moviéndose. Quizá las constelaciones, por estar
cerca de un Primer Motor Inmóvil —por lo menos más cerca que el hombre—, todo
lo que podían hacer era desperezarse, y al desperezarse comunicaban el movimiento a
lo demás. De onda en onda el movimiento llegaba hasta el hombre, la criatura más
móvil de todas porque era la única que tenía conciencia de que se movía. Las
constelaciones, graves, eternas, estúpidas, giraban. «Yo no las veo girar porque soy el
vertiginoso, el libre, el liviano, el neurótico, el desamparado, el mortal», pensó Cirilo
al llegar a la esquina del molino. Se sonrió amargamente, escudriñó en la oscuridad, y
por si acaso ya lo esperaban empuñó el revólver.
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EL SAUCE
Di unas vueltas por el parque, que se estaba haciendo el interesante. Al principio
creí que de algún modo el parque se había enterado de que yo iba a escribir sobre él,
pero en seguida advertí que no se hacía el interesante para mí, sino para un pintor que
había armado su caballete frente al azul del lago y del cielo y en ese momento untaba
su pincel en los verdes de la paleta. Me le acerqué desde atrás, muy respetuosamente.
Oyó mis pasos y sin mirarme, sin dejar de pintar, rompió a hablar:
—Ya sé. Usted debe de ser el típico curioso de los domingos que quiere saber por
qué reproduzco superfluamente algo que ya existe. Podría justificarme de diversas
maneras. Podría, por ejemplo, decirle que pinto este sauce como quien juega o sueña:
para escaparme. O que no pinto este sauce, sino mi visión del sauce. O que pinto para
glorificar a Dios en una de sus creaciones: un sauce. O que pinto del sauce aquello
que otros hombres no saben ver. O que pinto para quienes, en otros países, no hayan
visto nunca un sauce. O que lo pinto porque no puedo menos de pintar. O que lo pinto
porque me hace bien y espero despertar también en otros hombres sentimientos
bondadosos. O que lo pinto para realizar uno de los muchos valores espirituales en el
medio de la forma y el color. O que pinto como por encargo pues este sauce es una
criatura vanidosa que, consciente de sus cambios en el tiempo, quiere pasar a la
posteridad en una pose eterna. O que pinto el sauce porque…
—Sus respuestas —lo interrumpí— me están dando una comprimida historia de
las teorías del arte. Se la agradezco. Mi pregunta, sin embargo, sería mucho más
simple. Usted habla de un sauce: ¿qué sauce? —Y paseé la mirada primero por los
chorros verdes de la tela y después por el azul del lago y del cielo, vasto, vacío sin un
solo árbol.
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LICAÓN
—En aquel tiempo —contó Licaón a Calisto— yo reinaba en los bosques. Una
noche se apareció un viejo, y algunos pastores empezaron a adorarlo. El viejo se
dejaba adorar. «A este —pensé— hay que probarlo para ver si es un dios o un
hombre». Le di de comer carne humana y ya lo iba a asesinar cuando el viejo —que
resultó ser Zeus— me lanzó, rabioso, un rayo. Escapé de entre las ruinas de mi
palacio y eché a correr por los bosques. Mientras corría me creció el pelo por todo el
cuerpo, las manos se me convirtieron en patas de lobo, la boca, abultada en hocico, se
llenó de espumarajos y las maldiciones sonaron como aullidos. Desde entonces soy
más violento que nunca. Nunca he sido tan feliz cómo ahora. Todo me es más fácil:
no solo mi modo de ser tiene sentido, sino que es mi destino. El imbécil de Zeus
creyó castigarme al hacer más violenta mi violencia, más fuerte mi fuerza, más
bestial mi bestialidad. ¡Me habría castigado más si me hubiera sacado de mi
naturaleza para hacerme un dios!
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ESQUEMAS DE LO POSIBLE
Después que se murieron los últimos pájaros la jaula se arrancó del patio y
empezó a volar hacia el cielo. «Nos viene a pedir perdón», pensaron los
desprevenidos ángeles.
Encontró en su bolsillo una tarjeta postal. Nunca la había visto. No estaba dirigida
a él. Alguien, al pasar, lo había confundido con un buzón. ¿O es que él era un buzón?
Conversaban en la sala, muy animadamente.
—No lo creo —interrumpió Estela, que hasta entonces había callado por no haber
nacido todavía.
—Sí, yo lo maté —tuvo que confesar Rafael cuando, habiendo invitado a comer
al cura, ordenó que trajeran la cabeza de carnero, especialmente aderezada para ese
día, y, al destapar la fuente, vio con espanto que era nada menos que la cabeza de
aquel vecino al que la tierra se había tragado hacía años y ahora volvía en
circunstancias tan peregrinas.
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*
Uriel podía meter las manos y abrir el agua como se abre un libro: el agua, sin
perder su fluidez, se dejaba separar en láminas que él, con delicados dedos, iba
hojeando y mirando atentamente, con la sonrisa en la boca.
Un brillante espacio, con Abel y todo, entró en el espejo, corrió hacia el fondo,
dobló en los rincones y volvió a salir pero dejando a Abel dentro del espejo.
—Este brillo es falso —se dijo Abel en su encierro— y no me deja ver. Debe de
ser un pedazo de tiniebla: me parece brillante solo porque lo estoy mirando con ojos
enfermos.
Corrió, corrió; y cuando se dio vuelta lo que vio fue nada menos que el Universo,
pero de espaldas. Demasiado tarde: había atravesado sin querer ese punto de donde
ya no se retoma. No podía desandar el camino y regresar. ¡Nunca más le vería al
Universo la cara! Y siguió adelante, sin saber adónde iba, ahora dando la espalda a
las espaldas del Universo.
Nadie supo cómo las estatuas se pasaron la voz por plazas, museos, templos y
palacios de las ciudades más remotas, pero la huelga fue general. Todas a la misma
hora dejaron caer lo que les habían puesto —mantos, armas, hasta niños— y se
desnudaron. Las que siempre habían estado desnudas se sorprendieron ante esa
repentina impudencia.
Clemente vio, a un costado del camino, un gato blanco, tan blanco que con su
blancura detenía la noche que acababa de entrar. Se miraron, gato y hombre.
Clemente, que era grandote y moreno, observó que el gato blanco empezaba a crecer
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y a oscurecerse. Cuanto más crecía, más débil se sentía él. Ya enorme, negro, el gato
desapareció en la noche. Clemente quedó agurruminado, blanco.
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LA FAMA
El poeta la vio pasar, aprisa; y aprisa corrió tras ella y se quejó:
—¿Y nada para mí? A tantos poetas que valen menos ya los has distinguido: ¿y a
mí cuándo?
La Fama, sin detenerse, miró al poeta por encima del hombro y contestó
sonriéndose mientras apresuraba la carrera:
—Exactamente dentro de dos años, a las cinco de la tarde, en la Biblioteca de la
Facultad de Filosofía y Letras, un joven periodista abrirá el primer libro que
publicaste y empezará a tomar notas para un estudio consagratorio. Te prometo que
allí estaré.
—¡Ah, te lo agradeceré mucho!
—Agradécemelo ahora, porque dentro de dos años ya no tendrás voz.
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EL PORTERO
Gustavo necesita entrar en el palacio por un asunto urgente pero el portero lo
ataja y le dice que espere. Gustavo se sienta frente al portero y espera. Mientras tanto,
entran y salen personajes. Al entrar, al salir, saludan sonrientes al portero. Gustavo,
tímidamente:
—¿Y yo?
—Todavía no.
Gustavo espera. Espera semanas, meses. Un día el portero le pide que haga el
favor de reemplazarlo por un rato. En efecto, al rato regresa el portero.
Otro día el portero repite su petición, pero esta vez desaparece y no vuelve más.
Gustavo sigue esperando. Semanas. Meses. Los personajes que entran y salen
empiezan a saludarlo, a sonreírle con creciente familiaridad.
Gustavo se da cuenta de que ahora él es el portero, y no sabe si debe permitirse a
sí mismo entrar en el palacio, donde todavía necesita tramitar un asunto urgente.
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LA CAÍDA
Para imitar una paloma (o acaso para burlarse de ella) Ambrosio se subió al
parapeto más alto del rascacielo y allí hizo como que aleteaba con los brazos. Su
novia, al verlo empingorotado en el borde del abismo, lanzó un chillido. Ambrosio,
alarmado, giró el cuerpo, perdió el equilibrio y cayó. Mientras caía pensaba en que,
después de todo, ese era un vuelo, vuelo hacia abajo, como el del arcángel Gabriel y
el de la constelación de Orión, pero vuelo al fin. Siquiera por una sola vez en su vida
había podido imitar de veras a una paloma. «No me pesa, hasta ahora voy bien», se
decía mientras sin más peso que el que le ponía el viento, y acelerando a cada
segundo, veía que iba de cabeza a estrellarse en un firmamento asfaltado. Pasaba el
tiempo, seguía cayendo y nunca se estrellaba.
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HACIA LA ETERNIDAD
El ángel le puso la mano en el hombro y con mudo gesto le hizo señas de que ya
era hora de partir.
Enrique, costándole todavía acostumbrarse a la idea de que estaba muerto,
empezó a seguir los pasos del ángel mientras con los ojos acariciaba por última vez
los muebles de su habitación. Al ver por la ventana el jacarandá que florecía en el
patio preguntó:
—Allá donde voy ¿habrá algún jacarandá?
—No —contestó el ángel; pero después de echar un vistazo al jacarandá agregó,
condescendiente—: Bueno, desde allá podrás mirar este de aquí, mientras te dure.
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EL TIEMPO
El Tiempo sintió remordimientos al ver lo que había hecho con ese pobre hombre:
cargado de arrugas, blanco el pelo, sin dientes, encorvado, artrítico. Decidió ayudarlo
de algún modo. Pasó la mano sobre todo lo que había en la casa: muebles, libros,
cuadros, vajillas… Desde entonces el viejo pudo vivir (lo que le quedaba de vida)
vendiendo a alto precio sus cosas, que ahora eran raras piezas de anticuario.
El Tiempo solía entrar en las casas (al entrar, cada reloj lo saludaba irónicamente
haciendo sonar la hora) y en las conciencias de los hombres se bañaba. Cuando
desaparecieron los hombres el Tiempo comprendió que, no habiendo ya conciencias,
tendría que correr para siempre como un río sucio, con todos los recuerdos ajenos que
le habían dejado. Entonces torció hacia el río Leteo para confluir con sus aguas y
olvidarse de sí mismo.
Ese loco no tenía un sentimiento de culpa ante Dios, sino más bien un
resentimiento contra Dios.
—Dios —dijo— lo habrá pensado todo con mucho cuidado antes de decidirse a
crear el mundo. La creación fue, pues, el resultado de una lenta rumia. Puso fin al
Caos, dio origen al Cosmos. Si fue él quien originó todo ¿por qué mucho después
acusó a Adán y Eva de haber cometido el pecado original? El de Adán y Eva fue un
pecado secundario, y nada terrible. El paraíso no debió de ser gran cosa: ¡bastó tan
poco para destruirlo! Y para qué hablar de los otros pecadillos humanos que
siguieron. Si los hombres pecamos es porque Dios nos lo consiente. No pecamos a
pesar de la voluntad divina —nada puede ocurrir contra la voluntad divina— sino que
es Dios quien peca contra sí mismo, hombres mediante. ¿Por qué se mortifica a sí
mismo? Porque Dios quiere castigarse por su gran pecado original: la Creación.
—¿Te imaginas —decía el escoliasta— lo hueco que seria Dios si los hombres no
Había dado varias vueltas al mundo predicando que el mundo no era redondo.
Antes de que pudieran acusarlo de contradecirse agregaba que esas vueltas no eran
geodésicas sino de geometría plana. Entre saltito y saltito —los saltitos eran para
probar que si después de mantenerse en el aire durante un segundo caía en el mismo
sitio, y no a centenares de kilómetros de allí, era porque la tierra no se movía— el
hombre explicaba que el polo norte estaba en el centro y el polo sur se distribuía por
la circunferencia en una muralla de hielo que impedía que los barcos se deslizaran al
abismo. Su religión era también chata.
Para él Dios vivía pegado a la superficie de un témpano, en el polo norte. Era un
Dios retraído, neurótico que, en las noches boreales, proyectaba hacia el cielo los
dioses de su imaginación y creía más en ellos que en sí mismo. Después, como un
novelista que buscara por las calles a sus propios personajes figurándose mera
sombra de sus cuerpos, ese Dios buscaba por el cielo a los dioses que él mismo había
puesto allí. Excepto que por ser Dios, y no novelista, sus creaciones cobraban
existencia real. Los dioses así concebidos se habían diseminado alrededor de la
La pelirroja Galantis alegraba el campo con sus risas y sus mentiras. Era toda
boca. Y por la boca la condenó a parir una diosa ofendida. Desde entonces nacieron
sus hijos como nacen personajes en los cuentos orales. Si a esta Galantis, reidora y
narradora, las Musas no la quisieron tratar fue porque todavía no conocían la Novela.
Fue una tontería que el río Aqueloo desafiara a Heracles a pelear. Más tontería
aún que, para pelear, tomara figura de hombre, de serpiente, de toro. Heracles lo
vencía siempre. Solo al final, cuando Aqueloo recobró su fluidez de río, Heracles
empezó a buscarlo, braceando en las ondas de agua, y al no poder encontrarlo se
declaró vencido.
Alguien compadece a Sísifo al ver que con ambas manos empuja una enorme
piedra hacia la cumbre y luego la piedra vuelve a caer, y otra vez la levanta, y otra
vez rueda al fondo.
—¡Pobre! —exclama el compasivo.
—¡Pero si estoy jugando! —contesta él con una sonrisa de gigante atleta.
Con la punta de los dedos un diablito de Egipto cogió una pizca de la ceniza que
había dejado el Ave Fénix en su pira funeraria y la dispersó al viento. Al resurgir de
Orfeo descendió al Hades para visitar a los muertos. Era un lugar grande, con el
cielo lleno de astros, con mares, montañas, bosques, llanuras, ciudades, jardines y
cementerios. Habló con los muertos. Nunca lo consideraron un visitante. Ni siquiera
sabían que estaban muertos.
Cómo pudo salir de la Estigia la barca de Caronte y subir tan alto, no sé: pero ahí
estaba, navegando por encima de la montaña, en el vasto cielo del anochecer.
El rey Erictonio, castigado por Deméter con una irreprimible voracidad, vendió
todo lo que tenía para comer y comer y comer. Al final solo le quedó una hija, a la
que también decidió vender. Como la muchacha había recibido de Poseidón el don de
cambiar de figura y podía convertirse en vaca, yegua, coneja o gallina, Erictonio
pensó en vendérsela a Proteo.
Paró de llover. Una gota temblaba en una hoja. Euterpe cortó la hoja y señalando
Atlas estaba parado, con las piernas bien abiertas, cargando el mundo sobre los
hombros. Hiperión le preguntó:
—Supongo, Atlas, que te pesará más cada vez que cae un aerolito y se clava en la
tierra.
—Exactamente —contestó Atlas—. Y, por el contrario, a veces me siento aliviado
cuando un pájaro levanta vuelo.
Las nueve Musas castigaron a esas nueve mujeres, hijas de Pierus, que
insolentemente las habían desafiado a un certamen. Las castigaron convirtiéndolas en
cuervos charlatanes. Las Musas no pudieron impedir, sin embargo, que muchos
artistas prefirieran inspirarse en las Piérides. Hay que entender a esos artistas.
Después de todo, las Musas vivían muy encumbradas; y las Piérides, en cambio, que
eran como sombras de las Musas, vivían pegadas a la tierra y su lenguaje a los artistas
les parecía más realista.
Seguí por el camino, seguro de que me llevaba bien. Solo me asaltaron dudas
cuando el camino se metió en el bosque y empezó a dar vueltas. Yo confiaba en que
un camino sabe lo que hace. Pero el camino se perdió y allí nos quedamos los dos,
perdidos entre los árboles; y la noche se nos acercaba.
La ardilla podría ser pájaro. Habla como un pájaro. Como un pájaro tiene su nido
en una rama. Su cola es más ala que el ala del pájaro. Trepa, salta, pero todavía no se
le ha ocurrido volar.
Crepúsculo. Me asomé por la ventanilla del tren y con gran asombro vi que el
mundo se puso pálido y retrocedió: todo menos una llama roja que ardía como una
mirada en el horno de una casa distante. Llama-mirada demasiado perversa para ser
verdadera.
Llovió desde la madrugada. A la tarde, cuando salió el sol, se partió el gran vidrio
del aire: ¡arco iris por donde fluían los peces de la luz! Solo después que se
desvaneció el arco iris volvieron los colores a andar por la tierra, sobre el lomo de
algunos insectos.
Salgo al jardín. Todo está duro: suelo de cerámica, árboles de piedra, flores de
cera, aire de cristal, cielo de porcelana. Duro. Todo duro. Pero basta una mariposa
para enternecer el temple del universo. Es una mariposa que se ha posado en el
sendero, con las alas plegadas. La tierra es ahora fluida como el mar; y la mariposa,
una barca de grandes velas.
Sobre el lecho del río amaneció la inundación, lasciva. Se reía como una loca,
sacaba afuera los pechos, se abría de piernas. ¡Qué ganas de poseer la estremecida
carne del agua, de buscarle la humedad de la boca, de penetrarla entre los yuyos
espumosos! Y luego irse de allí, silbando.
El viento cae sobre las ramas con el fragor de una catarata. De un árbol se sueltan
cuatro tordos. Pasan por encima de mí, negros contra el viento. Yo, de ser tordo, sería
ese, el débil, el que plegó las alas y se quedó rezagado.
El cielo, tan azul como una clara fuente que reflejase el cielo, ahora se enrojece
en el ocaso; la sangre de un ciervo herido tiñe la luz y los árboles y las piedras y
quizá mi frente.
Quisiera ver el mundo lleno y amar sus cosas; pero no puedo. Aunque no mire el
cielo (el gran vacío azul de las mañanas y el gran vacío, negro de las noches), aun
mirando las ciudades y sus muchedumbres, me parece que todo esto es un agujero y
que al agujero caí cuando mi madre me dio a luz.
Me despertó la inquietud de las gallinas y de los patos. Para ver quién andaba por
el corral me asomé a la ventana. Nadie. Al rato, un gran gruñido resonó en la casa y
se alejó como un mendigo que maldice sin dañar. Salí corriendo al campo.
¡Terremoto! La tierra se me hizo mar blando, el cielo se me hizo precipicio, los
brazos se me hicieron aletas de pez-volador.
Todo el universo está en el interior de un gran huevo. Los hombres vivimos allí
encerrados: nacemos y morimos sin salir nunca del cascarón. Caminamos sobre su
cóncava pared. Nuestras cabezas, como nuestras casas y torres, como los árboles y las
montañas, convergen desde dentro hacia más adentro. En el centro gira la yema del
sol —mitad luz, mitad tiniebla— y al girar reparte los días y las noches. Las cosas
gravitan, no porque el suelo que pisamos las atraiga, sino porque el sol las rechaza.
Los astros se desplazan lentamente, suspendidos en una transparente albúmina. Este
gran huevo lo puso Lilith (diosa según los asirlos, diablesa según los hebreos): lo
puso y después del esfuerzo se desintegró. Pero del huevo, cuando se rompa, saldrá
otra Lilith que formará en su maternal entraña otro huevo del que saldrá otra Lilith y
así infinitamente.
Muchas veces, en las breves y forzadas paradas en los urinarios, había leído en
los tabiques frases escritas por otras manos; y también se había imaginado las
pictografías de las cuevas prehistóricas, las inscripciones en las atalayas de los
castillos, la literatura mural de calabozos y garitas. ¿Fue así como comenzó su
grafomanía? Lo cierto es que cuando cayó enfermo y lo encerraron en su habitación,
las recién blanqueadas paredes lo instigaron a anotar con carbón sus pensamientos:
Por ser domingo a ese diablo lo habían sacado del infierno. Desde la mañana
paseó por las calles de la ciudad, haciendo buenas acciones: ayudó a un ciego a
cruzar la calle, dio limosna a una anciana paralítica…
—¡Qué bueno estás! —le dijo alguien que lo había reconocido—. Pero ¿qué otro
remedio te queda? Dios te ha querido castigar y hoy te obliga a ser bueno, ¿no es
cierto?
El diablo miró de arriba abajo al irónico y replicó:
—¿Qué esperabas, que les diera unos puntapiés? Aunque los hubiera pateado
todavía sería yo más bondadoso que Dios, que después de todo fue quien puso a ese
ciego y a esa paralítica en tal estado. ¿Yo, nada menos que yo, ser bondadoso?
¡Nunca, mientras yo pueda evitarlo! Los compadecí por lo que Dios les ha hecho
nada más que para contrariar a Dios y ser aún más malvado.
Y en voz bien alta, para que el Otro pudiera oírlo, se fue recitando un terceto del
más popular de los libros fantásticos que se leen en el infierno:
Fui a visitar la iglesia de Santa Catalina, que estaba abandonada, al lado del lago.
El lago, reflexivamente, ofrecía a la iglesia la imagen de una torre, pero esa era la
misma torre que ya tenía: nadie podía devolverle la otra, la que le faltaba. Como a un
soldado que va a rendirse, manos arriba, y en esa postura una granada le arranca el
hombro y un brazo y se los lleva en la explosión, a la iglesia le habían desgarrado una
crujía y su torre. ¿Alguna bomba, durante la revolución? ¿Algún terremoto? En la
aldea me explicaron que no fue ni revolución ni terremoto. Un demonio, que por
mera curiosidad había entrado en la iglesia, disfrazado de viejo, al ver que el párroco
Piedra y cielo. Manuel escalaba la montaña —por el lado norte del Aconquija—
con movimientos sabios: apenas el pie se apoyaba en una saliente la mano encontraba
indefectiblemente otra más arriba, y subía, subía, dueño de los abismos que
desaparecían bajo su mirada y, sobre todo, dueño del próximo ascenso. Todo era fácil,
suave, gozoso, libre, rítmico como una corriente, excepto que fluyendo al revés, hacia
la cumbre. Tan rápido le pasaba el tiempo por sus pensamientos que, afirmado con
piernas y brazos a la roca, le parecía volar, con las piernas timoneando como cola,
con los brazos extendidos como alas.
Un pajarito que acababa de lanzarse del nido en su primer vuelo se asombró al ver
tanta cosa inmóvil.
—Y tú ¿por qué no vuelas? —preguntó al árbol, preguntó al monte.
Árbol y monte cambiaron una mirada y disimularon la risa: sentían muy por
abajo, allá por las raíces y por las rocas, el temblor de un gran vuelo: ¡toda la Tierra
volaba y ese pajarito, dele que dele a las alas, no lo sabía!
Mientras la tierra gira los pueblos amanecen sucesivamente al sol nuevo de cada
día y siempre, en algún meridiano, hay quienes están celebrando una misa o rezando.
Son los centinelas que cuidan las buenas relaciones de la Humanidad con Dios. En
ciertas épocas los centinelas son muchos; en otras, el número disminuye. El día en
que transcurra un segundo sin que haya por lo menos un hombre comunicado con lo
divino será el que traiga el Juicio Final.
—¿Por qué no se suicidan todos esos desdichados que andan por ahí, sufriendo
horrores? Porque están dormidos. Cuando, al dormir, la conciencia dimite, se le
cierran los caminos de la libertad. Entonces, el sueño se impone, inapelable, sin
escapatoria. Dormido, yo no podría eludir un sueño; despierto, puedo elegir la vida o
la muerte. He elegido la vida porque soy feliz, pero quienes no son felices tampoco se
suicidan porque para ellos la vida es sueño, y como están soñando en realidad no
sufren tanto como parece. Quizá los suicidas son más felices de lo que creen pero por
tener la conciencia agudamente despierta aguantan menos el dolor.
Guillermo está en un peligro mortal: lo han atado de pies y manos contra un árbol
y una serpiente cascabel va a clavarle los colmillos. De súbito se aparece Benito y se
dispone a salvarlo: para salvarlo, debe morir.
Guillermo, noblemente, dice:
—No puedo consentir semejante sacrificio.
—Como quieras —contesta Benito retrocediendo—. A mí me da lo mismo.
Después de todo, eres tú, no yo, quien está soñando.
Mis vigilias han sido siempre asombrosas; ahora vigilo, pero sin asombro; todo es
tan claro que no hay nada de qué asombrarse.
Corro como el viento sobre una nube soplada por el viento. De la nube saco los
Fue en la noche de bodas. Él se durmió en los brazos de ella, con la boca abierta,
y súbitamente ella vio que por esa boca abierta salió una lagartija verde que se arrojó
de la cama al suelo, cruzó la habitación a toda velocidad y desapareció en el zócalo.
Entonces él se despertó y dijo:
—¡Qué sueño raro he tenido! Soñé que una lagartija verde salía de mi boca.
La hermosa Atalanta corría más rápido que nadie; y como el oráculo le había
dicho que si se casaba sería desgraciada, decidió alejar a los pretendientes en estos
términos:
—Solo me casaré con quien me gane a correr. Quien no me gane, morirá.
Muchos de sus enamorados murieron así.
Cuando Hipómenes decidió arriesgarse. Atalanta, enternecida por su belleza,
intentó disuadirlo. En vano. A toda costa Hipómenes quería correr. Y hubiera perdido
a no ser porque Afrodita lo ayudó deslizándole tres manzanas de oro e instrucciones
de cómo usarlas. En el estadio Heracles se puso al lado de los jóvenes y dio la señal
de largada. Partieron dejando atrás los vientos. Atalanta, ya enamorada, primero se
dejó pasar; pero después no pudo contenerse y fue a tomar la delantera. Entonces
Hipómenes le tiró una manzana y Atalanta, encantada por ese relámpago de oro, se
detuvo a recogerla. Tres manzanas, tres paradas. Hipómenes aprovechó la última para
avanzar triunfante: apenas pudo Atalanta alcanzarlo, justamente en la meta.
En la meta ya los esperaba Heracles, tan fresco como cuando en el arrancadero
los había despedido:
—Al ver, durante la carrera, lo mucho que apreciabais las manzanas —le dijo—
me fui a la Hesperia y recogí, del Árbol de Oro, esta canasta llena.
Y se la tendió como premio.
Atalanta e Hipómenes se miraron, avergonzados de haber perdido la carrera.
Esa tarde discutimos por primera vez. Terrible, la discusión. Cuando tuve que ir al
baño y volví al ratito, ya no pude entran ella había aprovechado mi salida para
encerrarse en el cuarto y dejarme afuera. Golpeé, le rogué, la amenacé. Inútil. No me
abría.
Me oyó papá:
—¿Estás hablando solo, Joaquín?
No contesté, a punto de llorar.
—Ah, se te cerró la puerta. No es nada. No te aflijas. No es nada —dijo papá.
Trabajó en el picaporte y consiguió abrirla.
Temí que papá viera a mi amiga, pero a pesar de que echó una mirada al interior
por suerte no la vio. Yo sí: entre mis lágrimas la vi riéndose en medio de la
habitación.
Pero no quise decir nada de miedo a que papá me la quitase.
Los Incas pincharon los ojos de los rebeldes y los abandonaron en la selva.
Marcharon los ciegos en grupo, ayudándose unos a otros, a tientas y a voces. Uno de
ellos se distrajo: cuando quiso juntarse con sus compañeros ya no supo dónde
estaban. Se quedó solo. Árboles lo fueron cuidando; y un día empezaron a brotarle,
como hongos en una vieja corteza herida, dos ojos nuevos.
Mientras contemplaba a su padre Zeus, sentado en la colina más alta del cielo y
vestido en toda su gloria, Hermes recordaba haberlo visto con forma de toro, de cisne,
de virgen, de águila, de céfiro, de llamarada, de pastorcillo, de serpiente, de camero,
de delfín, de caballo, de lluvia de oro… Y se preguntó:
—¿Cómo será? ¿Cómo será Zeus de veras? Porque sin duda esta pinta de Padre
de Dioses que ahora tiene es también fingida, y engaña tanto aquí en el cielo como en
la tierra.