INSTITUTO DE ESTUDIOS UNIVERSITARIOS
LITERATURA PREHISPÁNICA
Actividad de Aprendizaje Sumativa: Resumen de la labor de
los estudiosos.
Nombre del alumno: Ma. Olivia González Jiménez
Nombre del tutor: Mtra. María Anahí Sánchez Rodea
Matricula: 100961
Grupo: LL30
Carrera: Lengua y Literatura
Aguascalientes., Ags a 19 de noviembre de 2018
Los cronistas religiosos de la Nueva España
El trabajo que proponemos se centrará en el análisis y la comparación de la Historia de los
Indios de Nueva España, de Toribio de Benavente (Motolinía); la Historia de las cosas de
la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún, ambos franciscanos, y la Historia de las
Indias de la Nueva España, del dominico Diego Durán.
Es gracias a la labor inconmensurable de varios estudiosos de la cultura náhuatl que
podemos apreciar hoy en día las creaciones del México prehispánico. A continuación,
veremos el trabajo de varios de los sabios que se dedicaron, por distintas razones, a la
comprensión de la cultura del pueblo mexica.
Fray Toribio de Benavente, Motolinía
La vida de Fray Toribio de Benavente es casi tan interesante como su obra. Al igual que
otros frailes, al ordenarse sacerdote, toma para sí el nombre de la comunidad de su
nacimiento, que en este caso es Benavente, una villa en la provincia de Zamora, en la
comunidad de Castilla y León.
En 1523 fue elegido para estar entre los doce primeros misioneros que serían enviados al
Nuevo Mundo. La analogía de los doce apóstoles y los doce misioneros es evidente.
Efectivamente, llega a América en 1524.
Motolinía, junto con un grupo inicial de seis franciscanos (que luego se elevaría hasta doce),
seleccionado y encabezado por fray Martín de Valencia, partió el 25 de enero de 1524,
desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, y desembarcó en la costa de México, el 13 de
mayo de 1524, con la finalidad oficial de evangelizar y proteger a los indios. […] La famosa
misión de los doce prosiguió su viaje hacia México-Tenochtitlán, adonde llegó el 18 de junio
de 1524, un mes después, tras haber recorrido a pie, como lo exigía el voto de pobreza
franciscano, 400 kilómetros desde San Juan de Ulúa. Su arribada a México estuvo marcada
por dos hechos capitales: el cambio de nombre de nuestro cronista y el encuentro de los
misioneros con el conquistador Hernán Cortés, quien, acompañado por sus capitanes y
caballeros, así como por diversos aztecas principales, los recibió con grandes muestras de
devoción y obediencia (Serna y Castany, 2014, p. 11-12)
Toribio de Paredes, más conocido por Benavente y por su seudónimo Motolinía, llegó a
México en 1524 con el grupo de los doce franciscanos presididos por fray Martín de
Valencia, primer contingente de religiosos organizado con el fin de poner en marcha el
proyecto evangelizador de los naturales. El largo y complejo proceso de conversión fue
realizado, durante el siglo XVI, fundamentalmente por el clero regular. Las órdenes
mendicantes franciscana (1524), dominica (1526) y agustina (1533) fueron las que jugaron
un papel decisivo en la etapa inicial. Aunque la finalidad evangelizadora era común, cada
una de ellas tuvo un perfil definido y una determinada metodología.
Los franciscanos estaban imbuidos de una concepción milenarista y utópica, heredera del
pensamiento de Joaquín de Fiore. Dos acontecimientos, uno inherente al proceso de
transformación y reformulación de la orden seráfica respecto de su filosofía y sentido, y el
otro de índole histórica ―el descubrimiento del Nuevo Mundo y la conquista de México―
se anudaron para que América se presentara, hacia 1520, como el lugar privilegiado de las
esperanzas escatológicas de los frailes, quienes se impusieron: Convertir a los indios, estos
últimos gentiles ocultos hasta entonces por la impenetrable voluntad divina y cuya aparición
era un signo claro de la cercanía de los últimos tiempos y, después, explicar su origen, su
existencia y su suerte a la luz de la Escritura (Baudot 1983: 95).
La Historia de los Indios de la Nueva España de Motolinía está organizada en tres tratados.
El primero consta de quince capítulos en los que se hace la “Relación de las cosas,
idolatrías, ritos y ceremonias que había en la Nueva España cuando la ganaron los
españoles”. El segundo posee diez capítulos, en una de las versiones, pues en otra cuenta
con once capítulos, y se refiere a la conversión de los indios, a la administración de los
sacramentos y a la labor de los frailes. Finalmente, el tercer tratado está compuesto por
veinte capítulos, en un caso y por trece en otro, cuya temática abarca la historia de la llegada
de los españoles, otra vez la labor de los frailes, la fundación de México, su geografía, los
oficios que aprendieron los indios, el fin de la idolatría y el tratamiento de la figura de
Moctezuma.
Benavente utiliza variadas fuentes (escritas, orales, libros pintados). Se apoya en textos
bíblicos y en las autoridades clásicas, pero también consulta informante indígenas y no
desdeña el valor de su testimonio personal a partir de lo visto, como prueba de verdad. La
obra, que carece de una unidad estricta, de un ajustado ensamble de los capítulos, lo que
se debe a la premura que tenía el fraile en enviarla a España, está precedida de una
reveladora Epístola Proemial fechada en 1541 dirigida a Antonio Pimentel, sexto conde de
Benavente, influyente consejero del Rey de España. En ella, Motolinía expresa que en su
historia contará cómo se llevó a cabo la salvación de los indios del Nuevo Mundo por la
gracia y voluntad de Dios. El objetivo es reforzar y defender la tarea evangelizadora de los
franciscanos, que entonces parecía amenazada por la prédica y la acción de Bartolomé de
las Casas. Para Motolinía los amerindios descendían de una de las diez tribus perdidas de
Israel. La remisión del indígena mexicano al pueblo judío ―tanto compartida como discutida
por otros frailes― le daba la posibilidad de enlazar la historia y el destino americanos con
el plan salvífico universal. Esta tesis, entendida a partir del horizonte de ideas de la orden
franciscana, les permitía, a los frailes en general y a Motolinía en particular, dar sentido a
la creencia de que estaba próximo el millennium y la venida de Cristo. Desde nuestra óptica,
en cambio, se nota claramente el modo en que es percibido ese sujeto diferente, el
indígena. En este proceso de construcción de la alteridad, Motolinía asoció a los aborígenes
mexicanos a una de las figuraciones que se tenían del otro en la Europa cristiana de la
época. En este caso, el otro americano aparece identificado con el otro hebreo.
A pesar del conocimiento que fray Toribio tenía del mundo mesoamericano, no le dedica
mucho espacio a la historia y las expresiones culturales autóctonas. Las referencias a los
grupos étnicos del México antiguo, a los diferentes sistemas de registro de información y a
la figura de Moctezuma, aunque escuetos, revel1995an su sólido manejo de fuentes
tradicionales ―icónicas y orales. Un aspecto que aborda también de manera sucinta es el
de la conquista militar de México. El capítulo I del Primer Tratado presenta el relato del
proceso de conquista llevado a cabo por Hernán Cortés, pero lo hace de un modo particular.
En lugar de ofrecer un recuento pormenorizado de las acciones bélicas, Motolinía diseña
una versión muy influida por su cosmovisión apocalíptica. “Hirió Dios y castigó esta tierra,
y a los que ella se hallaron [...] con diez plagas trabajosas” (O’ Gorman 1995: 13). Así, la
caída de México y el triunfo de la empresa española se interpretan y justifican como un justo
castigo de Dios por los pecados en que vivían los indios, y la actuación de Cortés se carga
de un sentido apocalíptico y de una justificación política. No obstante celebrar la conquista
militar, fray Toribio hace una crítica ―por cierto, tibia― al comportamiento brutal y rapaz de
muchos españoles encomenderos.
A diferencia de las obras del fraile Bernardino de Sahagún, en particular el Códice
Florentino, las obras de Motolinía son poco sistemáticas en su organización, lo que él mismo
reconoció. Aunado a esto, la dificultad para estudiar su obra se incrementa porque sus
trabajos se publicaron hasta después de 300 años de su muerte, a mediados del siglo XIX.
Sin embargo, siendo uno de los primeros frailes evangelizadores en la zona más densa de
las poblaciones nahuas, sus obras son muy importantes como una observación profunda
de la vida indígena y primeros encuentros con los españoles. Se trata de un hombre muy
ilustrado, de mucho empuje e influencia en la Nueva España y por la cantidad de obras que
escribió, aunque no todas hayan llegado hasta nosotros, vemos que Motolinía era un
hombre sabio.
Fray Bernardino de Sahagún
Los primeros franciscanos que llegaron a América lo hicieron en 1524. Eran 12 hombres
que llegaron en la primera barcada, decididos a dejar atrás todo lo que conocían para
realizar la labor de evangelización. No tenían idea de a qué se enfrentarían, pero
valientemente se entregaron al proyecto. Su líder era el padre superior Martín de Valencia.
Y cinco años después, el padre Bernardino de Sahagún (1499) les siguió y llegó a la Nueva
España en 1529, con otros 19 monjes, bajo la dirección de Fray Antonio de Ciudad Rodrigo.
Cuando Sahagún vivía, los Reyes Católicos habían consumado la unificación de varios
reinos, lo que fortaleció el poder español. Al mismo tiempo, comprendían el valor de los
descubrimientos de ultramar y pensaban en la mejor manera de explotar y obtener
beneficios de los mismos.
Acerca de Sahagún, no se tienen muchos datos. Se sabe que no era de alto rango y
jerarquía en la sociedad, pero tampoco eran de baja extracción, porque fray Bernardino
pudo ir a estudiar a la Universidad de Salamanca, y para esto, habrían hecho falta recursos.
Bernardino, al hacerse franciscano, tomó el nombre del lugar donde nació, la villa de
Sahagún en el reino de León. Sus barrios de la judería y la morería; varias iglesias,
excelentes muestras del arte mudéjar, y lo que se conserva del monasterio benedictino de
los Santos Facundo y Metodio, dejan ver la importancia que, en lo religioso, económico y
aun político, alcanzó dicha villa (León Portilla, 2011, p. 33).
Junto con Sahagún, viajaron de vuelta a América un grupo de nobles indígenas, que habían
ido a presentar sus respetos a Carlos V en persona. Indiscutiblemente, su convivencia con
los indígenas comenzó ahí. Y como hombre instruido, comenzó a aprender náhuatl y todo
lo que pudo sobre las costumbres de los mexicas.
Cuando llegó a América, Sahagún encontró terreno fértil para su desarrollo intelectual y se
dedicó al estudio del mundo nahua, incluyendo múltiples aspectos de su cultura, idioma,
religión, tradiciones sociales y gubernamentales, y la versión nahua de la Conquista. Como
resultado de su trabajo y como evidencia del enorme esfuerzo que le supuso esta obra,
tenemos de su mano la obra llamada Historia general de las cosas de la Nueva España,
donde se da un abundante testimonio acerca de la vida prehispánica, sus costumbres y
modo de vida.
Este documento ha sido ampliamente estudiado desde sus orígenes, para tratar de com-
prender la vida en Mesoamérica antes de los españoles. Para tratar de entender cómo y
por qué fue hecho el documento, basta con pensar que los franciscanos llegaron a una
tierra de la que no sabían nada. Cuando arribaron, se dieron cuenta de varias cosas. Por
una parte, tenían en mente la importancia de la evangelización, la cual era también un
encargo de los reyes españoles. Pero para poder llevar esta labor a cabo, había que
comprender la mentalidad y costumbres de las personas a las que debían evangelizar. De
lo contrario, sus enseñanzas caerían en tierra muerta.
Y otra cosa que observaron, fue los maltratos a los que la soldadesca sometía a los
indígenas, cosa que les pareció terrible. Por lo tanto, se esforzaron por mostrar que, con un
buen trato, lograrían granjearse a los nativos y así, acceder al corazón de sus creencias
para poder llevarlos hacia la nueva fe.
Por otro lado, la colaboración de los indígenas tampoco fue gratuita, en el sentido de que
también tenían intenciones concretas al revelar a los padres todo acerca de la forma de
vida que tenían antes de la Conquista. De esta forma, ambas partes utilizaron este
compendio para sus propios intereses, y tanto indígenas como franciscanos mantuvieron
cierto control sobre el proceso de elaboración.
Además, Cortés tuvo el acierto de darse cuenta de que la vía de la evangelización era la
más adecuada para proseguir con la conquista y la colonia, restringiendo el uso de la fuerza
para los remisos en las nuevas creencias y el nuevo gobierno:
El conquistador pretendía usar su relación con los franciscanos para legitimar su empresa,
así como para evitar o retardar el desembarco de la iglesia secular en México, por
considerar que ésta sólo buscaba riquezas y prebendas o podía inmiscuirse en su
administración. Todo ello parece confirmarse por el hecho de que […] los años de mayor
prestigio de Cortés coinciden con los del esplendor del proyecto inicial de los franciscanos,
quienes le enaltecieron y, llegado el caso, le defendieron (Serna y Castany, 2014, p. 14).
Sin embargo, es importante reconocer el hecho de que los frailes franciscanos que se
aventuraron a estas tierras, traían consigo, de por sí, un espíritu aventurero, erudito, muy
empapado del entusiasmo por el descubrimiento, propio de su siglo. Eran hombres
dedicados a su labor, interesados de corazón en la evangelización, pero también en el
aprendizaje. Cuando llegaron, y vieron que había mucho que aprender de la antigua cultura
mexica, se volcaron de inmediato al conocimiento de la misma.
Gracias a esto, el diálogo que se generó entre los recién llegados de Europa y los nativos
americanos fue algo nunca antes visto. Cada uno se tuvo que enfrentar al reto de hacerse
entender por el otro, y, además, de comprender la cosmovisión novedosa que se le
presentaba. Así que el resultado fue una especie de traducción del mundo novedoso que a
cada parte se le presentó. Pero, sobre todo, para los españoles, quienes explicaron, de la
mejor manera que pudieron, la visión del mundo de los indígenas.
Entonces, Sahagún tuvo que hallar una manera de traducir una serie de usanzas totalmente
ajenas a su cultura, y luego acomodar la versión indígena del universo a la de la Iglesia
católica. Pero sin duda, a Sahagún también le impresionó la brillantez de muchos de los
indígenas con los que tuvo relación. Definitivamente, tuvo que haber forjado con ellos un
vínculo de amistad y paternalismo, que le llevó a considerar que una cultura tan rica,
interesante y bella debía ser salvada o al menos, resguardada en sus conocimientos más
profundos, para la posteridad.
Por otro lado, como un fiel entregado a la labor de evangelización, le interesaba conocer
todo acerca de la antigua fe, para evitar que los indígenas volvieran a ella. Sabiendo cómo
se oraba antiguamente, qué ritos se llevaban a cabo y los nombres de los dioses, los frailes
sabrían cuando los indígenas hicieran cosas contrarias a la fe católica:
Escogió como particulares propósitos de su obra el conocimiento de la religión antigua, para
evitar el retorno a la idolatría; el registro de un vocabulario extensísimo de la lengua náhuatl
que sirviese para la predicación, y la descripción de las antiguas costumbres para corregir
la falsa opinión de que los indígenas poseían un bajo grado cultural antes de la llegada los
españoles (Austin, p. 355).
Además, no hay que creer que fue cualquier indígena el que narró y explicó a Sahagún la
manera en que funcionaban las cosas en el mundo prehispánico. Si bien los franciscanos
se dedicaron a evangelizar a todos por igual, fue el contacto con las élites educadas lo que
permitió que se abrieran las puertas al conocimiento del modo de vida prehispánico. Los
descendientes de la clase noble, guerrera y sacerdotal fueron los que, habiendo sido
encargados de las tareas fundamentales en la sociedad en cuanto a la preservación de los
saberes, tuvieron mayor contacto con los franciscanos y les rebelaron paso a paso todo lo
que había que saber para entender la cosmovisión nahua.
El trabajo de Sahagún también tiene otro mérito, aunque éste involuntario. Abrió la
posibilidad para que los nahuas se representaran a sí mismos por medio de una nueva
historiografía, desde la cual, la antigua élite pretendía conservar, no solo el saber, sino
incluso, mantenerse en la medida de lo posible en la conservación del poder.
Este grupo de indígenas eran los descendientes de Moctezuma y de otros gobernantes,
como los señoríos de Tlatelolco o Texcoco. Y sobre ellos recaía la obligación, o al menos
así lo sentían, de mantener la cohesión como grupo cultural frente a los españoles. Además,
entendían con claridad que sólo la conservación de la memoria los salvaría de perecer
definitivamente. Narrar su historia, sus creencias, tradiciones, puntos de vista, al mismo
tiempo que participaban de un proceso de reeducación y asimilación de aspectos de la
cultura española, generó condiciones de supervivencia. Y también, de seguro, se
presentaba la oportunidad de informar solamente lo conveniente, de ocultar algunas cosas
y manipular o cambiar la información alrededor de otras.
Algo que maravilló profundamente a Sahagún, fue el discurso moral de los ancianos
nahuas, el huehuetlatolli. Ya hablamos de este género en el bloque 2 y se comprende con
facilidad porqué el fraile gustó mucho del estilo y el contenido de los textos nahuas por
medio de los cuales los ancianos aconsejaban a los jóvenes.
Con respecto a otros aspectos de la cultura prehispánica, mostró datos abundantes sobre
la vestimenta, los rituales, la lengua, las creencias, mitos, plantas, medicinas, costumbres,
tradiciones y mucho más. Y por esto, es que Sahagún es considerado como el padre de los
estudios etnológicos en la Nueva España, pues sus métodos de recopilación le permitieron,
sin abandonar el pensamiento crítico, hacerse de muchos conocimientos.
Sahagún también tenía enemigos. Pero para su fortuna, en 1571, llega Fray Rodrigo de
Sequera, quien lo protege y le ayuda en la titánica labor de copiar el trabajo de Sahagún,
presentándola con ayuda de amantecas prehispánicos, dando como resultado el famoso
códice Florentino.
Los temas del códice Florentino abarcan dioses, ritos, cantares, sacerdotes, fiestas,
calendario, augurios, testimonios de la antigua palabra, conocimientos astronómicos, cosas
humanas, costumbres de los señores, oficios, educación y crianza, medicina, comercio,
alimentación, botánica, animales, metales y piedras preciosas, orígenes étnicos, y una
versión indígena de la historia de la Conquista (León Portilla, 2011, p. 37).
Su método de investigación es todavía una cuestión que sigue maravillando a los
investigadores actuales. Iba directamente a los sitios, se encaraba con las personas, les
preguntaba sobre diferentes cuestiones, aprovechaba momentos diversos para aprender:
Tenemos un investigador que reúne a un conocimiento profundo de la lengua el carácter
idóneo para entrar en contacto con los informantes —“manso, humilde, pobre, y en su
conversación avisado, y afable a todos”—; un pueblo de importancia cultural, regido por un
yerno del famoso Ixtlilxóchitl el segundo, señor de Texcoco; diez o doce ancianos cultos,
dispuestos a servir de informantes, y cuatro jóvenes que habían bebido de ambas culturas,
dispuestos a servir de intermediarios en la información. Falta enunciar un elemento más,
los códices pictográficos que sirvieron de base a la información. “Todas las cosas que
conferimos me las dieron por pinturas, que aquélla era la escritura que ellos antiguamente
usaban: los gramáticos las declararon en su lengua, escribiendo la declaración al pie de la
pintura.” […] O sea que el franciscano obtuvo una información derivada directamente de los
códices pictográficos y, aún más, se valió de ese sistema para registrar la información
obtenida y, como más adelante se verá, para interrogar a los ancianos nahuas (López
Austin, 2011, p. 359).
En efecto, largas debieron ser las conversaciones que Sahagún sostuvo con sus
informantes, basadas en cuestionarios que él mismo preparaba. De las respuestas, se
infiere que los entrevistados eran personajes cultos, de la antigua élite, incluso habrían sido
sacerdotes, nobles o escribanos. Pero también, podemos observar cómo se manifiesta la
formación de Sahagún, en torno a la jerarquía y clasificación que hizo de la información,
pues de esta forma es cómo se organiza su trabajo en doce libros, cada uno sobre temas
en particular. El espíritu renacentista de la época se conjugaba con una larga tradición
medieval que buscaba organizar el saber de forma que el acceso se hiciera de manera de
tratados.
Fray Diego Durán: Testigo e intérprete de la cosmovisión indígena
Diego Durán nació en Sevilla, España, en 1537, pero llegó a México cuando era niño, entre
los 5 y los 8 años. Para entonces, el mundo mexica ya estaba en ruinas, pero quedaban
muchos vestigios de su antigua gloria. Al parecer, Durán vivió en Texcoco pero más tarde
se trasladó a la Ciudad de México. Aquí pudo ser testigo del conflicto entre las culturas
española e india. Ingresó a la orden de los dominicos en 1556, a la edad de 19 años. Sin
embargo, no se sabe nada más, al menos hasta que en 1559 se convirtió en presbítero.
En 1561, fue enviado a Oaxaca, donde tuvo mayor contacto con los indígenas. Aprendió
náhuatl, el cual hablaba con fluidez. En 1565 volvió a la Ciudad de México, a la zona de
Chimalhuacán Atenco.
A lo largo de su vida escribió tres libros importantes sobre la historia, la religión y el
calendario prehispánico: El libro de los dioses y los ritos, El calendario antiguo, y La Historia
de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme, al que también se conoce con el
nombre de Códice Durán.
Al igual que con la obra de Sahagún, el trabajo de Durán estaba enfocado a ofrecer guías
acerca de las costumbres de los indígenas, que allanaran el camino a los evangelizadores.
Ya que habitó desde su niñez las tierras americanas, casi inmediatamente a la Conquista,
su trabajo puede ser considerado como una fuente primaria de información.
Pero a diferencia del trabajo de Bernardino de Sahagún, el de Durán no rezuma admiración
por las costumbres antiguas. Todo lo contrario. En el libro de los ritos (cuyo nombre
completo, dado por Fernando Ramírez es Libro de los ritos y ceremonias en las fiestas de
los dioses y celebración de ellas), describe en un tono un tanto horrorizado las ceremonias
que él considera paganas y lamenta la “idolatría” en la que caen, una y otra vez, los
recientemente convertidos al cristianismo. Sin embargo, también lamenta la destrucción de
tantos documentos antiguos que hubieran aportado información valiosa para la obra
evangelizadora. Y ni hablar de que este documento es, antropológica e históricamente, muy
valioso:
…además de recuperar datos únicos sobre los temas que trata, superando sus propios
límites, nos ofrece importante información sobre la organización social indígena, sus grupos
y estratos, las normas que la regían, sus hábitos alimenticios, sus diversiones, etcétera
(Monjarás, 1994, en línea).
Por supuesto que Durán hacía una labor al servicio de la Iglesia. Y hay que comprender
que, mientras los franciscanos predicaban el evangelio desde la amorosa doctrina inclusiva
de Francisco de Asís, Durán pertenecía a la Orden de Santo Domingo, la misma que fundó
en Europa el Tribunal de la Santa Inquisición. La mano de la orden dominica se extiende
dura e inflexible, y la perspectiva de Durán acerca de los antiguos ritos, no tiene otro objetivo
que eliminarlos para que el cristianismo llegue, de una vez por todas, a todos aquellos que
nacieron fuera del signo de la cruz.
Esto no desacredita su trabajo en cuanto a fuente de información, rica en datos sobre las
costumbres antiguas. El Codex Durán es una fuente primaria de información sobre la
historia, la cultura y el credo en el mundo nahua que se basa, en gran medida, en
documentos pictóricos y en relatos orales.
Se dice que su principal fuente fue una historia de los tenochcas, escrita en náhuatl y
acompañada de ilustraciones, y al igual que Sahagún, recurrió a varios informantes. Un
dato interesante, que recupera Ángel María Garibay al estudiar la labor del dominico, es
que Durán suele hacer muchas comparaciones con la Biblia, y la forma en que hace
referencia a este documento, hace pensar a Garibay que muy probablemente, Durán es de
ascendencia judía.
La principal obra histórica de Durán, la Historia de las Indias de Nueva España (Historia)
comprende un extenso texto escrito (en español) y el llamado Atlas de Durán, un manuscrito
pictórico que cubre toda la historia azteca desde la migración de los aztecas a la conquista
española. La historia misma trata sobre la historia de los mexicas (aztecas) desde la
migración azteca desde Aztlán hasta la destrucción de Tenochtitlán (Barnett, 2015, en
línea).
En este manuscrito, Durán ofrece una detallada crónica de la historia de los mexicas, pues
narra la épica migración azteca, hasta la muerte de Cuauhtémoc: “Decisivas son para él las
principales acciones de los gobernantes tenochcas, fundamentalmente sus campañas
militares, aunque también consigna sus preocupaciones por el engrandecimiento de la
“República” en lo que a obras religiosas y civiles se refiere” (Monjarás, 1994, en línea).
Gracias a este documento, podemos iniciarnos en el conocimiento de la historia del México
prehispánico. Es fácil darse cuenta de que ha sido punto de partida para los estudios de
muchos eruditos en el tema.
La clasificación cronológica que Durán hace, divide la historia antigua en la peregrinación
desde Aztlán, la fundación de México-Tenochtitlán en 1218 (de acuerdo con Durán), en
honor a Huitzilopochtli, los primeros gobiernos y las sucesiones de gobernantes de la
primera Tenochtitlán fundada, consolidación y guerra contra Chalco y otras regiones. Y
finalmente, la gloria del imperio, con la Triple Alianza sustentándola, hasta la llegada de los
españoles.
El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco
El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco fue una institución creada para la educación superior
de los indígenas. Se abrió en 1533 y fue la primera institución de Educación Superior de
América. Su nombre era Colegio Imperial de Indios de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco.
Estaba destinado a educar a los descendientes de la élite indígena:
El colegio iba a ser la cabeza de toda su acción educativa, pues tenían la esperanza de que
de él salieran los más firmes promotores y reproductores de su empresa de renovación
cristiana fundada en una utopía basada en una sociedad igualitaria. Además, su principal
finalidad era la de formar a los frailes franciscanos indios; en ellos confluirían las dos
entidades que se habían encontrado mutuamente y necesitado para sustentarse a sí
mismos, los franciscanos renovados y los indígenas cristianos. Este colegio, por ser el eje
articulador del modelo educativo franciscano, fue el centro de los más fuertes ataques
recibidos por esta orden en las siguientes décadas (Jarquín, 2012, en línea).
Fue el centro más importante de las ciencias y las artes en la nueva España. Hubo muchos
beneficios derivados de este proyecto, entre ellos, destaca la incorporación de la
terapéutica indígena a la medicina novohispana. Por aquel tiempo, las enfermedades, tanto
las del mundo prehispánico como las traídas por los españoles, se cernían a cada rato
sobre la población. Por lo tanto, era importante conocer la mayor cantidad de remedios que
pudiera aliviar estos males.
También hubo aportaciones en el terreno político, en cuanto al conocimiento de las formas
de gobernar en tiempos prehispánicos. Al mismo tiempo, se les instruyó a los hijos de
caciques sobre las maneras españolas de llevar el gobierno, lo que era de mucha ayuda
para instaurar gobiernos que respondieran a la visión indígena y española a la vez. En el
colegio había maestros formales y una biblioteca donde se llevaban a cabo la traducción a
los términos y textos de la cultura indígena y viceversa
Una de las grandes preocupaciones de los franciscanos fue dotar al Colegio de Santa Cruz
de Tlatelolco de una buena biblioteca. Los primeros volúmenes que la integraron fueron;
según los inventarios de la época; de la cultura clásica, por supuesto que no faltó Platón,
Aristóteles, Plutarco, Boecio, Caton, Cicerón, Flavio Josefo, Juvenal, Marcial, Marco
Antonio Plinio, Prudencio, Quintiliano, Salustio, Tito Livio y Virgilio entre otros. En cuanto a
la patrística están las obras de San Agustín, San Ambrosio, San Cipriano, San Jerónimo; la
ciencia medieval por: Santo Tomás de Aquino, Tomás de Kempis; el renacimiento por:
Erasmo, Antonio De Nebrija, Luis Vives y otros de la época (Jarquín, 2012, en línea).
Hay que recordar que los hijos de los nobles indígenas ya se formaban en un colegio
especial, el Calmecac. El Colegio de Tlatelolco tomó sobre sí las funciones de esta antigua
institución.
En los inicios del virreinato, los nombres indígenas seguían teniendo mucho poder en varias
zonas. Así que educar a los hijos de estos gobernantes que permanecían liderando sus
tierras, era parte de la estrategia para lograr la adhesión a la corona de los nobles y señores
naturales.
Todo comienza porque, hacia 1533, los frailes franciscanos encargaron al sacerdote
francés, Fray Arnaldo de Bassacio, que enseñara gramática latina a los indígenas. Por
supuesto, todo esto con el fin de evangelizar a los indígenas del virreinato.
La idea de este colegio fue el resultado de lo que Fray Pedro de Gante vio al establecer
una escuela contigua al convento de San Francisco de México, bajo el nombre de San José
de los Naturales, junto a la enseñanza de los oficios que difundió continuamente entre
medio millar de muchachos, se introdujo el aprendizaje de la gramática latina, después de
la preparación en lectura, escritura, música y canto, a los estudiantes que se distinguían en
poner más tiempo y empeño. Como producto de esta práctica, surgió la concepción de la
institución encargada de ser cabeza de todo el modelo educativo franciscano. Fue la
habilidad y el interés mostrado por los alumnos en hacer ese tipo de estudios lo que llevó a
los franciscanos a ver la necesidad de establecer algo que no habían contemplado
previamente: “crear un instituto de enseñanza superior para indios” (Jarquín, 2012, en
línea).
Su fundación y creación fueron impulsadas por el virrey don Antonio de Mendoza y el obispo
fray Juan de Zumárraga y estaba pensado sobre todo para los hijos de los caciques. Su
primer curso abrió con sesenta alumnos el 6 de enero de 1536.
La lógica fue, si en cada comunidad se realizaba la práctica cotidiana de la enseñanza del
cristianismo y la formación en los oficios, según las posibilidades existentes, en el centro
mismo de la enseñanza técnica, apareció la necesidad de contar con personas de
preparación semejante a la de los guías espirituales. La concepción y establecimiento del
Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco no fue obra de una persona, ni estuvo dirigido a formar
exclusivamente a la nobleza india para que se mantuvieran las condiciones jerárquicas al
interior de las comunidades indígenas. Si a él asistieron integrantes de la nobleza india, su
presencia servía a los propósitos de los franciscanos de ejecutar su proyecto social. Era su
instrumento político por medio del cual aseguraban el apoyo social inmediato a su utopismo
milenarista en cada una de las comunidades integradas como unidades económicas
autosuficientes. Con ellas asegurarían, en todo lo posible, tanto la continuidad de las formas
de vida y producción prehispánica como de sus mecanismos de organización política
(Jarquín, 2012, en línea).
La vida dentro del colegio era de la siguiente manera: se invitaba a los hijos pequeños y
adolescentes de la nobleza indígena, los cuales acudían enviados por sus padres. Los niños
vivían en régimen de internado. Los domingos eran visitados o visitaban a sus familias.
Otros niños asistían solamente a tomar clases, pero no se quedaban en las instalaciones.
Los niños y jóvenes vivían al lado de los frailes, comían en refectorio y dormían en
habitaciones largas, donde se agrupaban los camastros junto a las paredes, a lo largo de
la habitación. Asistían a misa, tomaban clases, sobre todo de doctrina, se adiestraban en
las artes mecánicas y altos estudios de gramática, latín, etc. El mismo Bernardino de
Sahagún dedicó 50 años de su vida a dar clases en este espacio. Ahí enseñaba latín.
También se enseñaban gramática del latín y el castellano, medicina, lógica y retórica,
filosofía y teología.
El subsidio del colegio era gubernamental, y su construcción fue asumida también por el
gobierno. Desde el principio, se le asignaron tierras, ranchos, predios y una hacienda de
cuyas rentas tenía que salir la subsistencia y gastos del colegio. Pero debido al expendio
que representaba, y a pesar de las buenas intenciones del virrey de Mendoza y del obispo
Zumárraga, el Colegio no alcanzó el prestigio que se esperaba. Muchos no veían con
buenos ojos que los indígenas se educaran de tal manera. Así que hubo una oposición muy
tenaz a la formación de indígenas en el colegio. Ello se debió a la falta de objetivos y
programas definidos y a la intolerancia de quienes no veían con buenos ojos la existencia
de una escuela superior para indígenas, aunque éstos fueran nobles.
Inicialmente el Colegio estuvo en manos de los franciscanos y posteriormente en 1546, les
fue entregado a los indígenas que ahí se habían formado, en 1570 sin embargo, y
lamentablemente, para estas fechas el colegio ya estaba en decadencia porque no recibía
el mismo apoyo que en un inicio.
Además, las epidemias de cocliztli diezmaron a la población de estudiantes. Luego, el
sarampión. Y finalmente, otros problemas asociados a la sobreexplotación de los indígenas,
la desintegración de sus comunidades, la devastación, la guerra, etc., hicieron que poco a
poco, el colegio dejara de ser favorecido.
Se impuso también el hecho de que la educación indígena no se veía con agrado. Por
último, lamentablemente la formación humanista que los indígenas habían recibido en el
Colegio, no encontró aplicación dentro de la estructura virreinal del gobierno de la Nueva
España, donde los puestos administrativos y de gobierno estaban controlados por los
españoles peninsulares, lo que impedía el acceso a los indígenas.
Poco a poco el colegio entró en decadencia. Pocas personas asistían, solamente quedaba
un pequeño grupo de estudiantes. Finalmente, en 1576 hubo un nuevo brote de cocoliztli,
que fue el que terminó con el colegio. No se clausuró de inmediato, pero ya no quedó nadie
ahí. Las personas que no murieron, abandonaron la escuela para no enfermar.
Irónicamente, la imposición de conocimientos españoles evitó que se conservaran los
saberes acerca de qué medicamentos, plantas y remedios podrían haber ayudado a aliviar
la enfermedad, pero ya no había nadie que los recordara.
FUENTES DE CONSULTA
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UNAM, Editorial grupo Destiempos, pp. 10-24
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