IV.
La guerra hispano-portuguesa de 1801. Los pro-
blemas locales de una movilización militar en el pe -
ríodo tardo - colonial
Pablo Birolo
El 27 de febrero de 1801, el rey español Carlos IV cedió a las presiones
de su aliado Napoleón Bonaparte y le declaró la guerra a Portugal.
La guerra en la península se limitó a las áreas fronterizas y duró
tan sólo tres semanas, del 19 de mayo al 6 de junio, a causa de los
contundentes triunfos de las armas españolas (reforzadas con veinte
mil soldados franceses) que obligaron a los portugueses a firmar
el Tratado de Paz de Badajoz. Según lo estipulado en el tratado,
Portugal debía entregar a España la plaza de Olivença (localidad
fronteriza disputada históricamente, ubicada en la actual provincia
de Badajoz), se comprometía a cerrar sus puertos a Inglaterra y cedía
una parte de Guayana a Francia.
Como había ocurrido en todas las guerras que España y Portugal
venían teniendo desde 1640, el conflicto militar iniciado en Europa
se reprodujo en sus colonias americanas. El 15 de junio de 1801, 139
cuando las contiendas en la península ya habían terminado, llegó a
Río Grande una embarcación procedente de Bahía con la noticia de
la guerra. Esta noticia estimuló a la dirigencia luso-brasileña a iniciar
una campaña militar hacia el sur con el fin de cumplir un objetivo
secular de la política portuguesa en la región: la conquista de las siete
139 Así había ocurrido tras el éxito portugués en su guerra de independencia contra España
iniciada en 1640. Una repercusión tardía de ese conflicto en América fue la orden dada por el
rey lusitano Pedro II al gobernador de Río de Janeiro, Manuel Lobo, para que estableciese una
colonia portuguesa en el Río de la Plata, origen de la fundación de Colonia del Sacramento en
1680. La existencia de esta plaza portuguesa en el Río de la Plata fue objeto de disputa entre las
dos coronas durante más de 150 años, generando diversos enfrentamientos militares (en 1680,
1704-1705, 1735-1737, 1762 y 1777) que siempre fueron la expresión americana de una guerra
iniciada en Europa y que, en todos los casos, salvo la campaña de 1777 en la que Pedro de Cev-
allos conquistó definitivamente Colonia, finalizaron con el éxito español en el campo de batalla
pero con la posterior entrega de la plaza a los portugueses debido a negociaciones diplomáticas
sostenidas entre las coronas en Europa.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 109
misiones ubicadas al oriente del río Uruguay. El problema que se les
140
presentaba a los portugueses era que no tenían las fuerzas militares
necesarias para llevar adelante la invasión. La situación del ejército
en Río Grande era precaria: la tropa de línea estaba en un estado
total de abandono, con sueldos atrasados de más de trece meses y
sin uniformes ni armamentos (Fruhaf García, 2009: 192-193), y las
milicias no estaban organizadas para realizar acciones ofensivas, sino
para prestar apoyo a las tropa de línea en la defensa del territorio.
Ante esta situación, el gobernador de la capitanía de Río
Grande tuvo que recurrir a fuerzas de tipo irregular para emprender
la conquista de las misiones. Esas fuerzas le fueron proporcionadas
por un soldado desertor del Regimiento de Dragones de Río Pardo
y contrabandista de ganado, llamado José Borges do Canto, quien,
habiéndose acogido al indulto publicado por las autoridades con
motivo de la guerra, se presentó al comandante de la frontera Correia
da Cámara ofreciéndose para avanzar de inmediato sobre el territorio
de las misiones con unos cuarenta hombres reclutados por él mismo,
entre los que se encontraban soldados desertores y contrabandistas
que habitaban en la frontera entre los dos imperios (Porto, 1954:
479). Esta expedición fue acompañada por otra, liderada por el
estanciero mestizo Manuel dos Santos Pedrozo, quien se presentó
voluntariamente con veinte hombres (en la mayor parte peones de su
propia estancia) al comandante de la guardia fronteriza de San Pedro,
que aceptó su servicio y le encomendó la tarea de atacar la guardia
española de San Martín, punto limítrofe entre la capitanía de Río
Grande y el Virreinato del Río de la Plata.
Estas reducidas fuerzas irregulares lograron, en el mes de agosto
de 1801, tomar las guardias de frontera y conquistar sin grandes
140 Recordemos que en 1750, durante un breve paréntesis de relaciones amistosas entre las
coronas, se firmó el Tratado de Madrid por el cual Portugal se comprometía a ceder Colonia del
Sacramento, mientras que España hacía lo propio con las siete misiones guaraníes ubicadas al
oriente del río Uruguay. Esta permuta fue difícil de concretar a causa de la resistencia de los in-
dios guaraníes a desalojar sus pueblos (los cuales fueron salvajemente reprimidos por una expe-
dición militar hispano-portuguesa realizada durante 1755 y 1756) y del cambio de orientación
de la política exterior portuguesa, que, presionada por Inglaterra (ya que utilizaba a Colonia
como base para ingresar sus productos en territorio americano y extraer, ilegalmente, la plata de
Potosí), pospuso indefinidamente la entrega de Colonia. En 1761 se anuló el Tratado de 1750 y
las misiones orientales fueron devueltas formalmente a la corona española.
110 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
dificultades las siete misiones ubicadas al oriente del río Uruguay.
Para lograrlo, resultó decisiva la actitud adoptada por los guaraníes
que habitaban en las misiones, quienes, ante la llegada de los
portugueses, desertaron y se sumaron a las fuerzas invasoras. De 141
ellas también participaron cerca de cuatrocientos indios charrúas y
minuanes –definidos como indios “infieles” en la época –quienes,
junto con guaraníes fugados de las misiones y soldados españoles
y portugueses desertores, solían integrar las partidas de salteadores
que desde hacía décadas se dedicaban al robo de ganado en las
estancias de la zona fronteriza, muchas de las cuales pertenecían a
los pueblos misioneros (Acosta y Lara, 1957: 163-175). La acción
de estas fuerzas irregulares fue complementada con una operación
militar formal organizada desde Río Grande, que le permitió a los
portugueses tomar la fortaleza de Santa Tecla y ocupar el territorio
que se extiende hasta el río Yaguarón, actual límite fronterizo entre
Brasil y Uruguay. De este modo, la corona lusitana se apropió, a
expensas de la española, de unos noventa mil kilómetros cuadrados
–territorio equivalente al del Portugal metropolitano –en el que
aproximadamente vivían catorce mil personas.
¿Por qué muchos guaraníes de las misiones orientales optaron por
abandonar los pueblos en los que vivían desde hacía más de un siglo
para pasarse a las filas de quienes habían combatido históricamente?
¿Qué estrategias utilizaron los portugueses para lograr la colaboración
de los guaraníes? ¿Cómo puede explicarse que los indios charrúas y
minuanes hayan participado activamente en la invasión portuguesa?
¿Por qué el sistema defensivo del Virreinato del Río de la Plata no
pudo contener la irrupción de una reducida partida de civiles? ¿Cuál
fue la reacción de las autoridades españolas frente a tamaña pérdida?
¿Qué características tuvo la movilización militar organizada para
recuperar las misiones? ¿Por qué esa movilización no logró recuperar
el territorio ocupado por los portugueses?
Un estudio integral del conflicto armado de 1801 debería
proponerse responder a estas preguntas. En este trabajo, por una
141 En el diario de viaje de José María Cabrer, comisario de la partida de demarcación de
límites que al momento de la invasión portuguesa se encontraba en las misiones orientales,
puede encontrarse una minuciosa descripción del modo en que se produjo la deserción de los
guaraníes y de las estrategias utilizadas por los portugueses para incentivarla (González, 1886).
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 111
cuestión de espacio, no podremos abordar todos estos problemas,
merecedores cada uno de un detallado estudio monográfico. En
su lugar, nos concentraremos en el abordaje de uno de ellos: la
movilización militar que las autoridades españolas organizaron para
recuperar las misiones. Esa movilización suponía, dada la urgencia
de la situación y las enormes distancias a recorrer, una empresa
organizativa de considerable magnitud. Estas páginas se dedicarán a
estudiar ese esfuerzo organizativo, concentrándose en los problemas
concretos que debieron enfrentar las autoridades para reclutar y
enviar a la guerra a hombres que por lo general, como en todo tiempo
y lugar, no se mostraban muy interesados en arriesgar sus vidas lejos
de sus hogares en causas que no sentían como propias. Además de la
movilización de seres humanos, toda guerra supone la movilización
de recursos sin los cuales aquellos no pueden combatir: en el caso
del conflicto armado en cuestión, esos recursos fundamentales eran
los caballos y las armas. El modo en que el Estado colonial procuró
hacerse de ellos será también un tema del cual se ocupará este
trabajo. Para finalizar, se describirá el despliegue de la expedición
militar española y las dificultades con las que se enfrentó, intentando
comprender los motivos de su fracaso en el objetivo de recuperar las
misiones orientales.
Consideramos que el estudio de la movilización militar en
cuestión puede arrojar luz sobre un problema de mayor alcance,
como es el de las relaciones establecidas entre las clases populares y
el Estado en el período tardo-colonial, y las estrategias utilizadas por
éste para hacerse obedecer por aquéllas en una coyuntura crítica, sin
contar con los recursos necesarios para imponer sus decisiones por la
fuerza en todo el territorio.
La formación del “campo volante”
A principios de junio de 1801 llegó al Virreinato del Río de la Plata la
noticia de la declaración de guerra de España a Portugal. La reacción
de las autoridades locales fue la de convocar una junta de guerra,
que se realizó el 5 de junio en Montevideo, y en la que se decidió la
formación de un “campo volante” –bajo la dirección del subinspector
militar Rafael de Sobremonte –de unos dos mil hombres armados, mil
112 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
quinientos de los cuales se concentrarían en Montevideo y quinientos
en Maldonado. Se denominó “campo volante” a esa concentración
142
de fuerzas militares ya que su función sería la de acudir al lugar que
la necesidades defensivas lo exigiesen, siempre considerando que en
el marco de una guerra contra Inglaterra y Portugal el ataque podría
producirse tanto a uno de los puertos del Río de la Plata como a
los puestos españoles de la frontera terrestre con los portugueses.
La composición de dicho “campo” sería predominantemente
miliciana y contaría con el aporte de distintas áreas del virreinato:
Córdoba contribuiría con mil milicianos, Santa Fe con doscientos,
Corrientes con quinientos y Montevideo con trescientos. A esas
fuerzas milicianas se les sumaría el aporte veterano de doscientos
blandengues de Buenos Aires. Con el correr de los días quedó en
143
evidencia que los dos mil milicianos proyectados eran un objetivo de
máxima, difícil de cumplir. Un mes después de la junta de guerra,
Sobremonte consideraba que el campo volante estaría compuesto
por mil quinientos hombres y dos meses después hablaba de mil
144
doscientos. 145
Más allá de estas expectativas, la realidad era que en agosto
de 1801 a Montevideo habían llegado solamente 500 milicianos
cordobeses. Para entender esta disparidad entre las expectativas
146
originales de la junta de guerra y la realidad efectiva de la movilización,
es necesario que adoptemos una mirada local, intentando comprender
los problemas efectivos que generaba en las distintas ciudades la
movilización militar exigida por las autoridades del virreinato.
El principal problema que tuvo Corrientes fue el de cómo
reemplazar a los quinientos milicianos que debían marchar a
Montevideo, quienes cumplían la función de defender la frontera
142 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 6 de junio de 1801.
143 Ibídem.
144 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 8 de julio de 1801.
145 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 26 de agosto de 1801.
146 AGN, IX-8-3-2. Correspondencia Avilés-Del Pino con ministros de la Corona. Carta
del virrey Del Pino al ministro de Guerra José Antonio Caballero. Montevideo, 22 de agosto
de 1801.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 113
con los indígenas. Comunicada esta dificultad por el comandante de
armas de Corrientes, el por entonces subinspector militar Sobremonte
respondía sin muchas precisiones, sugiriendo que se arreglara como
pudiera:
“[…] queda en el intermedio suficiente tiempo para apurar, si
será factible sin los perjuicios que indica o para resolver en caso de
haberlos, cual otro partido pueda contribuir en su alivio”. 147
En definitiva, Sobremonte entendía que el esfuerzo que se le
estaba solicitando a Corrientes no era tan grande, ya que quinientos
milicianos eran sólo “una cuarta parte del total” de las fuerzas
milicianas de Corrientes y sus territorios adyacentes, en los cuales,
según Cabrer, “dos mil y tantos hombres son capaces de tomar las
armas” (González, 1886: 357). Pero resultaba evidente que no era
lo mismo para un miliciano prestar su servicio en su localidad que
movilizarse miles de kilómetros para participar en una guerra en
la que estaría en riesgo su vida. De ello era consciente el mismo
Sobremonte, quien proponía como medio de seducción de los
milicianos el cobro adelantado de una parte de la paga:
“En cuanto al socorro para esta salida no dudo que sería
conveniente tuviesen el prest del primer mes para [ilegible], sin
embargo del riesgo de deserción, porque como lamentan perjuicios
de otros tiempos, convendría desengañarlos de que en éste se procura
hacerles soportable el servicio por tales medios […]”. 148
Con la expresión esos “perjuicios de otros tiempos”, Sobremonte
se estaba refiriendo a las históricas participaciones de milicianos
correntinos en acciones militares que los excedían (tanto en las
distintas campañas a Colonia del Sacramento desde 1680 como en la 149
movilización a las misiones en las coyunturas de guerra con Portugal)
pero sobre todo a las resistencias que esas participaciones habían
generado en las milicias correntinas. La estrategia de adelantar la
150
147 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 22 de julio de 1801.
148 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 22 de julio de 1801.
149 En la expedición de 1680 a Colonia, Corrientes envió unos 80 milicianos; en la de 1704,
cerca de 150; y en la expedición liderada por el gobernador Vértiz a Río Grande en 1776, los
milicianos correntinos fueron 179 (Villegas, 1977: 13-23).
150 En diciembre de 1762, desertaron unos 200 milicianos correntinos que, en el marco de
114 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
paga para evitar los problemas de campañas anteriores pareciera ser
que resultó exitosa, teniendo en cuenta que efectivamente terminaron
movilizándose a Montevideo los quinientos hombres exigidos, los
cuales se trasladaron a Maldonado hasta el final de la guerra. 151
Pero el aporte militar de Corrientes no se limitó al campo volante
de Montevideo. Por su relativa cercanía geográfica con las misiones,
el gobernador Soria le solicitó el envío de fuerzas militares para
defender el pueblo de San Miguel que en ese entonces estaba siendo
sitiado por los portugueses. La respuesta del comandante de armas
de Corrientes fue negativa, pero, una vez producida la conquista
portuguesa, fue el mismo virrey Del Pino quien ordenó el apoyo
militar correntino, que no tardó en concretarse. Numerosos son los
testimonios que reflejan la movilización de milicianos correntinos
directamente a las misiones. Uno de ellos es el del sargento de
dragones Pedro Fondevila, quien había sido destinado, desde Buenos
Aires, a la instrucción de las milicias de caballería de Corrientes:
“Sobre mi marcha y hallándome con orden de vuestro virrey de
Buenos Aires, envié 100 hombres de los de mi mando a socorrer al
gobernador de los pueblos de Misiones que se hallaba atacado de los
portugueses […]”. 152
A su vez, el mismo comandante de armas, José Ponciano Rolón,
reconocía el cumplimiento de la orden dada por el virrey Del Pino:
“Señor, con fecha 31 de agosto recibí el oficio de usted en
el que me ordena que apurando los arbitrios despache a la mayor
brevedad posible el número de las milicias del partido de mi mando,
procurando vayan bien montadas y armadas según fuese posible […]
Mandé formar tres compañías de los partidos de Caacatí, Saladas
y San Roque, por estar estos partidos lindando con los pueblos de
Misiones, cuya disposición tomé para el más pronto auxilio a dicho
señor gobernador. Mediante esta advertencia se ha logrado, el que el
día 26 de septiembre marcharen las tres compañías dichas, cada una
la guerra contra Portugal, estaban siendo movilizados rumbo a las misiones, del mismo modo
que en marzo de 1763 se amotinó la tropa miliciana que se estaba dirigiendo al mismo destino
(Labougle, 1953: 123-126).
151 AGN, IX-28-7-5. Subinspección (1802). Solicitud de ascenso del sargento de dragones
Pedro Fondevila.
152 Ibídem.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 115
desde su partido. La del partido de Caacatí marchó con 70 hombres
bien montados, y con las armas posibles […] La compañía de Saladas
marchó con 80 hombres, la de San Roque con 90 […]. La tropa va
con mucho gusto, y aunque mi ánimo fue de sacar de cada partido
100 hombres; pero no ha sido posible por no haberlos, y aunque
se pudo haber completado de otros partidos, pero sería dilatar el
auxilio, como pide las presentes circunstancias no me parece podía
andar más liberal en despacho de estas milicias en tan corto tiempo
como se ve […]”. 153
En esta carta de Rolón se advierten algunas cuestiones
importantes. En primer lugar, la celeridad con que se procedió, y con
éxito, al reclutamiento y movilización de las milicias: tengamos en
cuenta que el comandante de armas recibió la orden del virrey el 31
de agosto y 26 días después las milicias estaban marchando rumbo a
las misiones. No tenemos indicios de cómo se logró tanta eficiencia,
pero podemos sugerir que esa celeridad refleja que la presencia de las
relaciones de mando y obediencia propias de un Estado estaban más
presentes de lo que se suele suponer en el período tardo-colonial,
aun en territorios apartadísimos no sólo de la misma capital virreinal
sino de su ciudad cabecera. Al mismo tiempo, observamos que las
milicias que se dirigieron a las misiones no eran originarias de la
ciudad de Corrientes, sino de los partidos de Caacatí, Saladas y
San Roque. Rolón aclara que ello tuvo por causa la mayor cercanía
de estos lugares respecto a las misiones, aunque es probable que
también haya influido la decisión del comandante de no sobrecargar
la presión enroladora en la ciudad (recordemos que de allí provenían
los quinientos milicianos que se dirigieron al campo volante de
Montevideo), lugar de fuertes resistencias en el pasado a este tipo
de movilizaciones y que en alguna ocasión habían derivado en una
sublevación que quitó del poder al teniente de gobernador. 154
153 AGN, IX-3-4-3. Corrientes (1800-1804). Carta de José Ponciano Rolón al virrey Del
Pino. Corrientes, 2 de noviembre de 1801.
154 Así había ocurrido en octubre de 1764 con el teniente de gobernador Rivera Miranda,
depuesto del poder y hecho prisionero por un grupo de hombres liderado por los soldados de
milicias Gaspar de Ayala y Ramón Paredes, quienes habían impulsado la deserción de las mis-
iones en diciembre de 1762 (Labougle, 1953: 161-197).
116 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
De esta forma, podemos cuantificar el aporte de Corrientes a la
guerra de 1801 en alrededor de 840 hombres, teniendo en cuenta los
quinientos milicianos que se dirigieron a Montevideo, los cien que
envió Fondevila a las misiones (todos estos reclutados probablemente
en la ciudad de Corrientes) y los doscientos cuarenta movilizados
al mismo destino de los partidos de Caacatí (70), Saladas (80) y
San Roque (90). Ahora bien, ¿quiénes eran esos hombres? Según
la denuncia del sargento mayor del partido de San Roque, Luis
Fernández, sólo los pobres estaban siendo reclutados para la guerra:
“[…] pues se ha experimentado en esta decisión, que por
disposición de Vuestra Excelencia caminan a Montevideo y Misiones,
que los milicianos son los más pobres y desamparados, a causa de que
no se han hecho las listas con aquel modo y diligencia que debía,
y con la compasiva benignidad que V.E. ha mandado que se haga;
pues los que van son aquellos que, por pasión, poco valimento o
porque no han tenido posibles como zafarse, cuando debía suceder
lo contrario, que los de mayor posibilidad debían ser los primeros
que habían de marchar para el mejor servicio de Dios y empeño en
el Real Servicio […]”. 155
Si el reclutamiento se había concentrado exclusivamente en los
pobres, ello se debía a la acción de los jefes militares, quienes
“sólo han atendido a poner venganza a sus pasiones, y al
beneficio de sus particulares intereses […] faltando a la caridad de
tanto miserable, y patrocinando a aquellos que con más comodidad
podían desempeñar el servicio”. 156
Esa complicidad entre los miembros de la elite y las autoridades
militares –que, al parecer, utilizaban arbitrariamente su poder para
enviar a la guerra a sus enemigos –tenía como correlato una especie
de nepotismo, que fue advertida por el nuevo comandante de
armas Manuel de Basabé, quien definía al reclutamiento realizado
hasta su llegada al cargo como un “escandaloso abuso”, ya que no
se habían alistado “muchos individuos por amigos y parientes de
los comandantes, sargentos mayores, alcaldes de hermandad, curas
155 AGN, IX-24-3-7. Guerra y Marina. Carta de Luis Fernández al virrey Del Pino. Santa
Lucía, 2 de octubre de 1801.
156 Ibídem.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 117
y otros mandones”. Enterado de este tipo de prácticas, el virrey
157
Del Pino se esforzó en corregirlas ordenando al nuevo comandante
un “imparcial alistamiento en que se incluyan los exceptuados por
igual motivo”, en el que estarían involucrados, sin ningún tipo de
privilegios,
“todos los sujetos que pasen de 16 años que no hayan reconocido
compañía […], sean hijos de familia, emancipados, solteros o casados
[…] debiendo ser del cuidado de los comandantes, sargentos mayores
y capitanes el inspeccionar y delatar a dichos individuos, bajo pena
de ser depuestos y reducidos a la clase de soldados”. 158
El resultado del nuevo reclutamiento fue exitoso, ya que se
presentaron “trescientos ochenta y seis individuos que jamás han
hecho servicio alguno y que siendo los más hacendados, quedaron
sin caminar en las armadas”. Vemos así que la autoridad militar
159
enviada por el virrey (Basabé) venía a aplicar en Corrientes el
novedoso principio borbónico del alistamiento general, que chocaba
inevitablemente con el sistema miliciano tradicional, basado en
un extendido sistema de excepciones que tenía como principales
beneficiarios a los miembros de las elites. Si la ruptura de esa tradición
no desembocó en un conflicto abierto entre el enviado del virrey y la
elite correntina, ello se debió, probablemente, a que finalmente los
nuevos milicianos alistados no tuvieron que movilizarse a la guerra, ya
que cuando se procedió a eliminar los privilegios de clase el conflicto
bélico estaba pronto a terminar. Al actuar así, el virrey Del Pino
no buscaba convertirse en un defensor de los intereses populares,
sino que tenía un objetivo mucho más concreto: se proponía que el
servicio miliciano no perdiera legitimidad en una coyuntura militar
crítica.
El problema del sistema de excepciones era que, al no prestar
los miembros de la elite ningún tipo de servicio, ni siquiera en la
defensa de la ciudad, les otorgaba a los pobres un argumento para
resistirse a participar en acciones militares de larga duración. Así
157 AGN, IX-3-4-3. Corrientes (1800-1804). Carta de Manuel de Basabé al virrey Del Pino.
Corrientes, 20 de diciembre de 1801.
158 Ibídem.
159 AGN, IX-3-4-3. Corrientes (1800-1804). Carta de Manuel de Basabé al virrey Del Pino.
Corrientes, 28 de enero de 1802.
118 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
se lo manifestaba el virrey al comandante Basabé, al ordenarle que
procurase evitar los abusos cometidos por los comandantes anteriores
para “no dar el menor motivo de queja a los individuos de milicias
a quienes fuese preciso alistar para las urgencias del Real Servicio”. 160
En el caso de Santa Fe, nos encontramos con problemas similares.
Del mismo modo que Corrientes, Santa Fe había participado en las
distintas expediciones militares que se habían realizado a Colonia
del Sacramento. En oportunidad de la guerra de 1801, los
161
doscientos milicianos prescriptos en la junta de guerra del 5 de junio
efectivamente arribaron al campo volante de Montevideo. Estos 162
doscientos hombres representaban, según Sobremonte, “menos de la
mitad de todos [los] milicianos” de Santa Fe, que alcanzaban la cifra
de cuatrocientos cuarenta y dos , sin contar a los cien blandengues
163
dedicados a defender la frontera de acuerdo al testimonio de Cabrer
(González, 1886: 381). Al igual que en Corrientes, la movilización de
milicias a Montevideo generaba el problema de cómo reemplazarlas
en su función histórica de custodiar la peligrosísima frontera con
los indígenas. Ante la consulta del teniente gobernador de Santa Fe
sobre este punto, el virrey Del Pino había ordenado para su relevo la
utilización de las milicias de Paraná y Nogoyá que estaban bajo el164
mando del cabildo santafesino. Respecto al modo de asegurarse la
165
participación de los milicianos, observamos una práctica particular
que no consistía precisamente en adelantar la paga. Así la describía el
ministro de la Real Hacienda Ventura Gómez en carta al virrey Del
Pino:
“He recibido con el oficio de V.E. de 29 del antecedente
septiembre la relación de los individuos de milicias de Santa Fe
160 AGN, IX-3-4-3. Corrientes (1800-1804). Carta del virrey Del Pino a Manuel de Basabé.
Buenos Aires, 30 de marzo de 1802.
161 En 1680 con cerca de 50 milicianos; en 1704, con 156; y en 1762, con alrededor de 100
(Villegas, 1977: 13-23).
162 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta del minis-
tro de la Real Hacienda Ventura Gómez al virrey Del Pino. Montevideo, 9 de octubre de 1801.
163 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 22 de julio de 1801.
164 Ibídem.
165 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta del virrey
Del Pino a Sobremonte, Buenos Aires, 18 de julio de 1801.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 119
que vienen a esta plaza [Montevideo] a cargo del teniente Don
Joaquín Álvarez, y dejan a sus familias las asignaciones que en ella se
demuestran cuya retención tendría principios desde 1º del corriente,
quedando, como quedo, con el cuidado de dar noticia a la caja de
Santa Fe de todas las novedades que ocurran en el particular”. 166
De esta forma, vemos que no se trataba, pareciera, de adelantarle
la paga al miliciano antes de o durante la movilización, sino de
abonarles a sus familias (que se habían quedado en Santa Fe) una vez
que se hubiese confirmado la llegada de los milicianos a Montevideo.
Esta confirmación estaría a cargo del ministro de la Real Hacienda,
quien, insistimos, no le pagaría a los soldados, sino que le comunicaría
a la respectiva caja de Santa Fe para que le abonase el correspondiente
sueldo a las familias de los milicianos. Es probable que esta práctica
se hubiese diseñado para combatir la deserción, ya que, de existir
el tradicional adelanto previo a la movilización, el soldado podría
abandonar el servicio apenas iniciada aquélla, quedándose con el
adelanto. Con esta modalidad, la familia del soldado sólo recibía la
paga en la medida en que el soldado no desertase. Si éste lo hacía, la
familia no cobraba. De alguna forma, la única garantía que tenía el
soldado para cobrar era permaneciendo en el servicio.
Según lo acordado en la junta de guerra del 5 de junio, Córdoba
aportaría la elevada cifra de mil milicianos para la formación del
campo volante en Montevideo. Esta colaboración cordobesa no era
una novedad: tanto en la expedición de 1680 contra Colonia como
en la de 1704 se movilizaron desde allí trescientos y doscientos
milicianos respectivamente (González, 1997: 66 y 81). En ocasión
de la guerra de 1801, pareciera que el número previsto en la junta de
guerra no pudo cumplirse: las referencias que tenemos sobre el aporte
real de la intendencia de Córdoba al campo volante nos hablan de
quinientos milicianos, y no de mil. Conocedor del territorio a raíz
167
de su experiencia como gobernador intendente durante casi trece
166 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Ventura
Gómez al virrey Del Pino. Montevideo, 8 de octubre de 1801.
167 AGN, IX-5-10-6. Intendencia de Córdoba (1800-1803). Oficio del gobernador inten-
dente de Córdoba al virrey Del Pino. Córdoba, 16 de julio de 1801; y AGN, IX-8-3-2. Cor-
respondencia Avilés-Del Pino con ministros de la Corona (1801). Carta del virrey Del Pino al
ministro de Guerra José Antonio Caballero. Montevideo, 22 de agosto de 1801.
120 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
años (entre 1784 y 1797), Sobremonte sugería qué estrategias se
debían utilizar para reclutar con éxito. Una de ellas era la de plantear
a los hombres que el servicio sería solamente por un año y que en
caso de prolongarse la guerra serían relevados por otra partida de
milicianos cordobeses. Al mismo tiempo había que ofrecerles
168
“la asistencia a sus familias, satisfaciéndose por las respectivas
tesorerías la asignación que les deben y abonarles los caballos
que costare haber perdido en este servicio, por cuyos medios, y
empleando ya los de suavidad o ya de entereza, haciéndoles conocer
sus obligaciones de vasallos, no dudo que vengan sin repugnancia
[…]”. 169
En esta cita vemos la misma práctica señalada para el caso de
Santa Fe, consistente en pagarles a sus familias en la medida en que
los milicianos se presentaran en el campo volante de Montevideo.
A su vez, el testimonio de Sobremonte refleja que eran los mismos
milicianos quienes tenían que poner los caballos para la expedición,
algo que parece haber sido habitual en las campañas precedentes:
el aliciente en este caso era que el Estado les pagaría el costo de los
caballos que hubiesen perdido en el servicio. La “suavidad” a la que
alude el subinspector se manifestaba en que sería muy importante
tener en cuenta los intereses de los milicianos y escucharlos. En este
caso, debería considerarse la opinión de los mismos a la hora de
elegir el camino para llegar a Montevideo:
“[…] la dificultad que hay que vencer es cuál les sea más
cómodo, si el venir a Buenos Aires y embarcarse para esta banda,
o pasar el Paraná para evitar el viaje del río que considero les sería
repugnante”. 170
Esta preocupación de Sobremonte por obtener el consenso de los
milicianos cordobeses da cuenta de que el servicio miliciano era, ante
todo, un servicio negociado, hecho que no podía ser de otra manera
en un contexto marcado por la debilidad operativa del Estado para
hacer cumplir sus disposiciones por la fuerza.
168 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 6 de junio de 1801.
169 Ibídem.
170 Ibídem.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 121
Montevideo, por su parte, no tuvo dificultades en cumplir con los
trescientos milicianos que la junta de guerra había acordado que debía
aportar para la formación del campo volante. Ello se debía no sólo a
la ventaja de que sus milicianos no tuviesen que movilizarse (ya que
el campo volante se realizaría a las afueras de su misma ciudad), sino
también a que la ciudad estaba desde hacía algunos años militarizada.
No decimos esto solamente por el hecho de que allí se concentraban
casi todas las fuerzas veteranas del virreinato, sino porque además una
importante proporción de su población se hallaba encuadrada en las
milicias, de las cuales cuatro compañías de infantería –que agrupaban
a doscientos noventa y siete hombres –estaban “al sueldo” desde el
año 1800. A la espera de un ataque inglés al puerto de Montevideo,
171
el servicio de milicias se había universalizado, aumentando el número
de pardos y morenos integrantes de las mismas y creando, a principios
de 1801, una compañía de indios que comenzó teniendo ciento
veintitrés hombres. Enteradas las autoridades de la declaración de
172
guerra a Portugal, se acentuó el proceso de movilización militar de la
ciudad: en junio de 1801, el virrey Del Pino le ordenó a Sobremonte
que todos los hombres de la ciudad, “sin distinción de personas,
ni empleados, se alisten e instruyan en el manejo de las armas” ; y 173
en agosto, el virrey dispuso que todas las compañías de milicias de
infantería se pusieran al sueldo. 174
Si bien no se terminó concretando, el subinspector Sobremonte
contemplaba que incluso los territorios más alejados del “campo
volante” colaboraran en la guerra mediante el envío de milicias.
La intendencia de Salta, “con las ciudades de Santiago, Tucumán y
Catamarca”, podría movilizar a unos 1000 hombres y desde Entre 175
171 AGN, IX-2-9-6. Montevideo (1800-1801). Carta de Francisco Rodríguez Cortés al vir-
rey Avilés. Montevideo, 15 de diciembre de 1800.
172 AGN, IX-2-9-6. Montevideo (1800-1801). Carta de Sobremonte al virrey Avilés. Mon-
tevideo, 15 de abril de 1801.
173 AGN, IX-11-8-1. Gobierno, Audiencia, Tabacos, Guerra, Misiones (1799-1809). Carta
del virrey Del Pino a Sobremonte. Buenos Aires, 13 de junio de 1801.
174 AGN, IX-11-8-1. Gobierno, Audiencia, Tabacos, Guerra, Misiones (1799-1809). Carta
del virrey Del Pino al ministro de la Real Hacienda. Buenos Aires, 15 de agosto de 1801.
175 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 22 de julio de 1801.
122 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
Ríos podrían hacerlo cerca de 200. Este proyecto, que en principio
176
nos puede parecer aventurado dada la enorme distancia existente
entre Montevideo y Salta, por ejemplo, nos muestra que Sobremonte
era consciente de que sólo a través de una movilización militar total
en el virreinato era posible enfrentar con expectativas de éxito una
coyuntura bélica marcada por la doble amenaza de un ataque naval
inglés y uno terrestre de Portugal.
Lo que resulta sorprendente en ese contexto de movilización
total es que la capital del virreinato no haya participado activamente
del esfuerzo militar que se les estaba exigiendo a los hombres de su
territorio subordinado. Según lo que se desprende de las fuentes,
sólo se movilizaron desde Buenos Aires a Montevideo doscientos
blandengues, que fueron reemplazados en la defensa de la frontera
indígena por fuerzas milicianas de la campaña , y algunos pocos 177
hombres más que probablemente fuesen los escasos veteranos que
quedaban en la ciudad. No hemos encontrado evidencias de que se
178
hayan movilizado milicianos de Buenos Aires –que era la ciudad más
poblada del virreinato –al campo volante de Montevideo. La imagen
que se deriva de las fuentes es que la guerra resultó algo ajeno para
la capital: un indicio de ello es que en los acuerdos del Cabildo de
Buenos Aires del año 1801 prácticamente no existen alusiones al
conflicto militar con Portugal. ¿Por qué ocurrió esto? ¿Por qué no
se le exigieron sacrificios a la población de Buenos Aires? Podemos
plantear como hipótesis que las autoridades tenían muy presentes
las experiencias militares pasadas, en las cuales los milicianos de la
ciudad y de la campaña habían demostrado una tenaz resistencia
a participar en expediciones en la otra banda del Río de la Plata. 179
176 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Josef
Urquiza a Sobremonte. Villa Concepción del Uruguay, 28 de julio de 1801.
177 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 6 de junio de 1801; y AGN, IX-8-3-3. Correspondencia
Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino al ministro Caballero. Buenos Aires, 26
de marzo de 1802.
178 Del Pino sólo nos dice que movilizó desde Buenos Aires “los pocos auxilios que se habían
reservado en ella por el caso de un ataque de los ingleses”. AGN, IX-8-3-3. Correspondencia
Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino al ministro Caballero. Buenos Aires, 26
de marzo de 1802.
179 Por ejemplo, en 1762 el por entonces gobernador Pedro de Cevallos tuvo que enfrentar
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 123
En una coyuntura militar en extremo difícil es probable que lo
último que quisieran las autoridades fuera ganarse la oposición de
la levantisca población porteña, de cuyo seno ya habían surgido
pequeños grupos políticos que comenzaban a impugnar el vínculo
colonial con la metrópoli. 180
La logística de la guerra
Como se sabe, una guerra no requiere únicamente movilizar hombres.
También son imprescindibles determinados insumos sin los cuales
los soldados no pueden combatir. Desde las guerras de la Antigüe-
dad hasta inclusive la Primera Guerra Mundial uno de esos insumos
fundamentales fueron los caballos. En las zonas rurales del virreinato
había muchos. El problema consistía en que se tardaría mucho tiem-
po en comprarlos y enviarlos desde los distintos puntos del territorio
a Montevideo. Al mismo tiempo, al no existir un organizado sistema
estatal de producción de equinos, muy pocos eran propiedad de la
Corona. Dadas estas circunstancias, las autoridades debían comprar-
los en la campaña oriental. ¿De qué modo? Así lo instruía el virrey
Del Pino a un ministro de la Real Hacienda de Montevideo:
“Siendo muy grande el acopio de caballos conforme a lo
acordado en junta de guerra celebrada en esa plaza y teniendo
encargado al señor gobernador la compra de cuatro mil a seis mil, le
una masiva deserción de las milicias de Magdalena cuando estaba a punto de embarcar a las
tropas rumbo a Colonia del Sacramento (Gammalson, 1976: 103-104), y la deserción de los
milicianos de Buenos Aires continuó siendo masiva durante la misma campaña en Colonia.
180 Un indicio de la presencia de esos grupos es el bando publicado el 6 de agosto de 1799
por el virrey Avilés, en el que se prohibía la circulación de panfletos contrarios al gobierno,
prohibición que sugiere que esos panfletos existían. El texto decía así: “Por cuanto estoy infor-
mado haberse introducido en esta capital y otras ciudades y parajes del distrito de mi mando,
distintos papeles extranjeros de varias partes de Europa y aun de los establecimientos enemigos
de América, que además de contener relaciones odiosas de insurrección, revoluciones y trastor-
nos de los gobiernos establecidos y admitidos generalmente, exponen hechos falsos e injuriosos
a la Nación española y a su sabio y justo Gobierno”. AGN, IX-8-10-8. Bandos. Otro indicio lo
constituye la situación comentada por el secretario del virrey Avilés, Miguel Lastarria: “[…] con
ocasión de haber insultado de noche a la guardia del Virrey Marqués de Avilés, amaneciendo
pasquines de Viva la Libertad”, que “obligó a cargar con bala los cañones del Fuerte y Palacio en
que estábamos apuntándolos contra las avenidas” (Boletín del Instituto de Historia Argentina,
1956: 276).
124 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
prevengo […] lo siguiente: Está bien que como usted me dice haya
expedido circulares para que se presenten hacendados que quieran
vender caballos, y como el medio seguro de no comprar los que no
puedan servir cuando sean precisos, es poner al cuidado de sujetos
de probidad acreditada y de inteligencia el reconocimiento, me
parece que serán muy a propósito el capitán del Regimiento Fijo de
Infantería Don José Rodríguez y el de milicias de esa ciudad Don
Manuel Pérez, debiendo preceder a todos los pagos su reconocimiento
y aprobación”. 181
De lo que se trataba, entonces, era de una especie de convocatoria
pública a los hacendados que tuviesen la intención de vender. La
calidad de los caballos a comprar no era una cuestión menor, ya que
se utilizarían para la guerra: por ello el virrey instruía precisamente
quiénes debían ser los encargados de las compras. Respecto al modo
de pago, nos resulta difícil creer –como lo sugiere el virrey en la
última línea –que en una situación financiera apremiante el Estado
abonase en efectivo a los vendedores de caballos. Por el contrario,
el virrey Del Pino reconocía la existencia de compras compulsivas,
contra entrega de un pagaré, que en la primera década revolucionaria
se transformarían en algo habitual:
“[…] estreché mis órdenes para que dejando a los hacendados
de aquella banda el número de caballos absolutamente preciso para el
servicio y faenas de sus estancias se los tomasen de cuenta de la Real
Hacienda por su justo precio todos sus sobrantes”. 182
Este sistema de compras a particulares no pudo solucionar por
completo el problema de la falta de caballos, que fue una constante
durante toda la campaña militar a la frontera y que limitó seriamente
las acciones ofensivas de las fuerzas españolas. Así lo reconocía el
183
mismo virrey:
181 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta del virrey
Del Pino al ministro de la Real Hacienda de Montevideo. Buenos Aires, 20 de junio de 1801.
182 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino
al ministro Caballero. Buenos Aires, s/f.
183 Del Pino señalaba que el principal obstáculo para lograr la recuperación de las misiones
fue la falta de caballos, que impidió, una vez tomado Cerro Largo, enviar una expedición nu-
merosa hacia las misiones. AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero (1802). Carta
del virrey Del Pino al ministro Caballero. Buenos Aires, 26 de marzo de 1802.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 125
“[…] aunque este medio produjo sucesivamente el acopio de
ellos en número bastante acrecido no pudo ser con la prontitud
que requería la urgencia, y como la estación seca era la más rigurosa
de invierno, a las primeras fatigas de campaña quedaban para su
debilidad estropeados y rendidos”. 184
Con otro de los recursos necesarios para la guerra, como eran las
carretas, se adoptó la misma solución de comprarlas a los particulares. 185
No ocurrió lo mismo con las armas, ya que evidentemente la población
civil no las tenía en la cantidad que poseía caballos y carretas. La
solución adoptada en este caso fue la de producirlas localmente
ante la ausencia de los envíos desde España. Así lo comentaba el
subinspector Sobremonte en referencia a la falta de espadas:
“[…] el señor comandante general de Artillería ha hecho construir
unas de muestra, que pueden suplir la falta de las de España, pero no
creen que bajen de 8 pesos cada una, y como la urgencia es extrema
me propone que se emprenderán aquí con la prontitud que sea dable,
sin perjuicio de verificarse su fábrica en esa capital [Buenos Aires]”. 186
Esa producción local de armas fue complementada con otras
soluciones, como la de comprar 390 sables que estaban en el depósito
de la aduana de Montevideo “correspondientes a una de las presas
por los franceses que hoy tienen aquí comisionado para disponer de
estos efectos”. De esta forma harto dificultosa se estaba preparando
187
el ejército que tendría que recuperar las misiones orientales. Veamos
a continuación cómo le fue en esa tarea.
Guerra sin batallas
Enterado de la ocupación portuguesa de las misiones orientales
y de las guardias españolas de frontera (que habían sido abandonadas
184 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero. Carta del virrey Del Pino al
ministro Caballero. Buenos Aires, 26 de marzo de 1802.
185 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta del virrey
Del Pino al ministro de la Real Hacienda de Montevideo. Buenos Aires, 20 de junio de 1801.
186 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 19 de agosto de 1801.
187 AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). Carta de Sobre-
monte al virrey Del Pino. Montevideo, 15 de julio de 1801.
126 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
por las tropas españolas cumpliendo las órdenes que tenían de no
presentar batalla ante fuerzas militares superiores para replegarse en
Cerro Largo), el virrey Del Pino decidió enviar a las misiones
“cerca de 200 blandengues con una porción de fusiles,
municiones y lanzas, en defecto de espadas, para armar más de 1000
hombres de milicias que, aunque de mala disposición, se pudieron
reunir allí entre paraguayos y correntinos”. 188
El objetivo de esta fuerza militar era el de evitar que los
portugueses cruzaran el río Uruguay para ocupar las misiones
occidentales, objetivo que fue cumplido ya que ante esta demostración
de fuerza los portugueses desistieron de atacarlas. Vale aclarar que
desde Montevideo sólo se movilizaron los 200 blandengues, puesto
que los 1000 hombres de milicias –a los que parece que costó
movilizar –se dirigieron directamente desde Corrientes y Paraguay.
Este movimiento formaba parte de una estrategia más amplia que
consistía en hacer una especie de “sándwich” con los portugueses que
estaban en las misiones orientales, debido a que simultáneamente
desde el este una expedición los atacaría partiendo de Cerro Largo.
Esta expedición –compuesta inicialmente por 500 hombres y
conformada con una mezcla de los veteranos que estaban en Cerro
Largo y los que venían de las guardias de frontera abandonadas,
sumados a los milicianos que se habían puesto al sueldo en Cerro
Largo –se dirigió rumbo a las misiones orientales bajo las órdenes
del comandante del Regimiento de Blandengues de Buenos Aires
Nicolás de la Quintana. El objetivo de penetrar en las misiones no
pudo ser cumplido debido a “la distancia, lo riguroso de la estación,
la falta de medios y, sobre todo, la de buenos caballos en el número
y estado necesarios para estas operaciones”. Esta falta de caballos 189
impidió que se movilizaran los 500 hombres previstos en las órdenes
del virrey, que terminaron siendo 300. Al problema fundamental de
la carencia de caballos se le sumó la guerra de recursos practicada por
los portugueses:
188 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino
al ministro Caballero. Buenos Aires, 26 de marzo de 1802.
189 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino
al ministro Caballero. Buenos Aires, 26 de marzo de 1802.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 127
“[…] no pudo arribar a su destino a causa de que habiendo
encontrado talados y asolados los campos por el fuego que les
habían puesto los enemigos para dificultar nuestro tránsito por ellos
quedaron enteramente rendidos los caballos a las primeras jornadas,
y aquellos miserables soldados casi de a pie sin tener que comer y
obligados no pocas veces a conducir a brazo los cañones, se vieron en
los mayores conflictos y trabajos […]” . 190
Ante estas dificultades, la expedición conducida por Quintana
tuvo que regresar a Cerro Largo tras dos meses de haber partido. Estos
dos meses en que quedó desprotegida la guardia fueron aprovechados
por los portugueses, que cruzaron el río Yaguarón y tomaron Cerro
Largo con unos 1000 soldados liderados por el marqués de Souza.
Esa conquista portuguesa se revelaría efímera, ya que la guardia
fue abandonada por los lusitanos sin luchar ante la llegada de una
fuerza española de cerca de 1000 hombres, en su mayoría milicianos
provenientes del campo volante de Montevideo, bajo el liderazgo
de Sobremonte. Continuando las acciones ofensivas, y con la
191
intención de dispersar a las fuerzas portuguesas, el virrey Del Pino
dispuso que las tropas que se hallaban en Maldonado avanzasen y
se uniesen con las del fuerte de Santa Teresa “amagando adelantarse
hacia el Río Grande de San Pedro” por la costa. Esta acción fue192
complementada con la movilización de las milicias que habían
quedado en Montevideo rumbo a Maldonado, con el fin de proteger
a esta plaza de un eventual ataque marítimo inglés.
Luego de recuperar Cerro Largo, Sobremonte no pudo cumplir
con el objetivo de perseguir a los portugueses al otro lado del río
Yaguarón debido a que
“habiendo encontrado quemados y asolados también por los
enemigos aquellos campos se halló sin pastos para su caballada, que
como recientemente comprada en la mayor parte, y toda ella cansada
y estropeada con tantas marchas, resultó inútil para emprender ulte-
riores operaciones por cuya razón resolvió suspenderlas, y hacer alto
en aquel sitio hasta consultarme e instruirme de su situación […]”. 193
190 Ibídem.
191 Ibídem.
192 Ibídem.
193 Ibídem.
128 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
Vemos aquí, nuevamente, que uno de los principales problemas
de la expedición española fue la falta de caballos (en cantidad y
calidad) para desplazarse, situación que fue agravada por la estrategia
portuguesa de quemar los campos para impedir que aquellos se
alimentasen. Ante estas dificultades, Sobremonte sólo pudo enviar
una pequeña partida (las fuentes no precisan de cuántos integrantes)
para intentar recuperar las misiones al mando de Nicolás de la
Quintana y Bernardo Lecoq.
Frente a la importante concentración de fuerzas españolas en la
costa sur del río Yaguarón (que a comienzos de diciembre llegaron a
ser cerca de 2000 hombres), el marqués de Souza intimó a Sobremonte
a no ejercer hostilidades por haberse firmado en Europa un tratado
de paz entre las dos coronas el 6 de junio. Negándose Sobremonte
en primera instancia a esta intimación, consultó por escrito al virrey
Del Pino –que estaba en Buenos Aires –sobre lo que debía hacer.
Éste le ordenó suspender las acciones ofensivas, aunque reclamando
la devolución de los territorios ocupados por los portugueses. La 194
confirmación oficial de la paz firmada en Badajoz llegó a Montevideo
el 28 de diciembre de 1801: enterado el virrey, ordenó el retiro de
las tropas españolas de los parajes de frontera adonde habían sido
movilizadas y comenzó el camino de la negociación diplomática,
solicitándole, infructuosamente, primero al gobernador portugués
de Río Grande y luego al virrey del Brasil, la evacuación de los
territorios ocupados durante la guerra. 195
Esta decisión del virrey Del Pino ha sido muy criticada por los
historiadores argentinos que se han ocupado del tema (Beverina,
1935: 189, y Maeder, 1992: 220). Ellos consideran que fue un “error”
del virrey no exigirles a las autoridades portuguesas la devolución del
territorio de las misiones orientales antes de acceder a la suspensión
de las hostilidades. Del mismo modo lo consideraron las autoridades
metropolitanas, quienes en una Real Orden del 28 de julio de 1802
desaprobaron su conducta y le exigieron explicaciones sobre lo
sucedido. A nuestro entender, este tipo de interpretaciones no tiene en
194 Ibídem.
195 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero (1802). Carta del virrey Del Pino
al ministro Caballero. Buenos Aires, 21 de agosto de 1802.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 129
cuenta los problemas estructurales del sistema defensivo del virreinato
del Río de la Plata, a saber: el estado incompleto de las fuerzas
veteranas , la dificultad resultante de tener que defender con escasas
196
fuerzas diversos puntos que eran objeto de distintas amenazas (como
la extensa frontera terrestre con Portugal, los puertos de Montevideo,
Buenos Aires, Maldonado y Colonia, y las múltiples fronteras con los
grupos indígenas) , la consecuente desprotección de las guardias de
197
frontera con los portugueses , la decadencia de las misiones tras la
198
expulsión de los jesuitas y la falta de un sistema estatal de producción
196 Hacia mayo de 1801, el Regimiento de Infantería de Buenos Aires contaba, sobre un
estado completo de 2062 hombres, con una fuerza efectiva de 1144, faltándole para el completo
918, es decir, un 44.5%. Mucho mejor era el estado del Regimiento de Dragones, en el que
sobre un total de 724 plazas, los efectivos en servicio eran 654, faltándole para el completo sólo
70 (es decir, un 9.7%). Una situación similar se observa en el Regimiento de Blandengues de
Buenos Aires, con una fuerza efectiva de 667 hombres sobre un total de 720, con una falta de
53 (un 7.4%). Por su parte, la situación de los blandengues de Montevideo (creados en 1796)
no era buena, con 507 soldados en actividad sobre una lista de 803, faltándole para el completo
296 plazas (un 36.9% del total). AGN, IX-2-9-6. Montevideo (1800-1801). “Estado general
que manifiesta la fuerza efectiva con que se hallan los cuerpos veteranos de esta provincia”.
Montevideo, 27 de mayo de 1801.
197 Esta situación llevaba necesariamente a que, en un contexto de guerra con Inglaterra, las
autoridades se viesen obligadas a concentrar las pocas fuerzas veteranas existentes en Montevi-
deo, dado que esta plaza era considerada el objetivo que eventualmente atacarían los ingleses,
según lo acordado en la junta de guerra realizada el 17 de julio de 1797, ya que a Buenos Aires
“no pueden llegar embarcaciones grandes por el poco fondo de los ríos” (citado por Beverina,
1935: 391). Esta decisión de concentrar las fuerzas veteranas en Montevideo se refleja en los
listados de revista. Según la lista de revista realizada el 1º de abril de 1801, la distribución de
los 713 dragones era la siguiente: 342 estaban en Montevideo (el 52.3%), 176 en Maldonado
(el 26.9%), 28 en Buenos Aires (el 4.28%), 5 en Santa Tecla, 6 en Colonia del Sacramento,
40 en Patagones, 8 en Córdoba, 74 en Paraguay, 2 en las misiones y 32 en la “línea divisoria”.
AGN, IX-2-9-6. Montevideo (1800-1801). “Estado que manifiesta la fuerza con que se halla
el Regimiento de Dragones de Buenos Aires”. Montevideo, 1º de abril de 1801. En cuanto al
Regimiento de Infantería, la proporción era similar: en mayo del 1800, de los 1170 infantes 675
estaban en Montevideo (el 57.6%), 108 en Buenos Aires (el 9.2%), 34 en Maldonado (el 2.9%) y
el resto en lugares tan diversos como Salta, Puerto Deseado, Potosí, Oruro, Chuquisaca, Cerro
Largo y Santa Fe, entre muchos otros. AGN, IX-2-9-6. Montevideo (1800-1801). “Estado que
manifiesta la fuerza con que se halla el Regimiento de Infantería de Buenos Aires”. Montevideo,
1º de mayo de 1800.
198 En vísperas de la invasión portuguesa, sólo 92 soldados veteranos custodiaban las ocho
guardias militares de frontera: 7 se encontraban en la guardia de Arredondo, 9 en San Anto-
nio, 8 en San José, 6 en Santa Rosa, 14 en Santa Tecla, 9 en San Rafael, 7 en Batoví y 32 en
Cerro Largo. AGN, IX-2-9-7. Montevideo: Comandancia General de Armas (1801). “Estado
que manifiesta la fuerza y municiones que tienen las guardias de la Frontera del Brasil hoy día
de la fecha”. Cerro Largo, 18 de junio de 1801.
130 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
de caballos. Estos factores concurrentes explican, en definitiva, la
transferencia de casi 90.000 kilómetros cuadrados a la soberanía
portuguesa. El problema del virrey Del Pino era que no tenía las
fuerzas necesarias para obligar a los portugueses a retirarse. Sobre estos
problemas, puso énfasis en su defensa, señalando “el estado inerme e
indefenso en que de años antes se hallaban estas provincias, sin haberse
remitido los auxilios con que se pensó socorrerme”, el retraso con que
se enteró del inicio de la guerra en Europa –situación que contrastaba
con lo ocurrido del lado portugués –y, sobre todo, la imposibilidad
de realizar un ataque militar. En el caso de emprender una acción
ofensiva, se defendía el virrey, lo más probable hubiese sido perder
“aquel pequeño ejército en que consistía toda la fuerza de la
provincia dejándola expuesta al arbitrio de los portugueses si los
autorizaba con mi conducta a la continuación de las hostilidades”. 199
Pero en la decisión de desmovilizar a las tropas no entraban en
juego sólo factores militares. El costo que significaba para las débiles
finanzas del virreinato sostener a esa importante cantidad de soldados
movilizados y la necesidad de mano de obra para la inminente cosecha
(recordemos que las fuerzas fueron desmovilizadas en diciembre)
son factores que pesaron tanto como los militares en la decisión del
virrey. Así se lo hacía saber el mismo Del Pino a Sobremonte, al
ordenarle el retiro de los milicianos que se hallaban al sueldo (todos
en una situación de movilización militar) para que emprendieran
“sin perdida de tiempo su marcha para retirarse a sus domicilios,
y que los que existan allí de Córdoba y San Luis se reúnan en
Montevideo lo más pronto que sea dable, y que se despachen en las
primeras ocasiones a esta capital [Buenos Aires] para que desde ella
puedan continuar a sus destinos respectivos con el fin de redimir
cuanto antes sea posible al Erario de las crecidas erogaciones que está
sufriendo en el pago de estas tropas, y consultar al mismo tiempo
el beneficio de las provincias restituyéndoles estos brazos, que tanta
falta hacen para las labores del campo, principalmente en la presente
estación”. 200
199 AGN, IX-8-3-3. Correspondencia Del Pino-Caballero. 1802. Carta del virrey Del Pino
al ministro Caballero, Buenos Aires, 21 de agosto de 1802.
200 AGN, IX-28-7-5. Subinspección (1802). Carta del virrey Del Pino a Sobremonte. Bue-
nos Aires, 2 de enero de 1802.
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 131
Pero este problema no era exclusivo de las fuerzas españolas.
También a los portugueses les resultaba difícil mantener a los milicianos
en posiciones de combate, ya que en su mayoría eran campesinos
que dependían del ciclo agrícola para subsistir. Ello explica que el
27 de diciembre el comandante Correia da Cámara le escribiera al
gobernador de Río Grande alegando dificultades para mantener a sus
soldados en campaña, ya que ellos querían retirarse para recoger su
cosecha (Fruhaf García, 2009: 210). Y de la misma forma que en el
Virreinato del Río de la Plata, los problemas financieros repercutían
en el aparato militar, cuyos soldados veteranos, como señalamos en
la introducción, no recibían sus sueldos desde hacía más de un año.
De este modo, pareciera ser que en la guerra de 1801 –en la que
curiosamente no se produjeron batallas –no se enfrentaron un aparato
militar fortalecido y otro en crisis, sino que más bien se deriva la
imagen de una situación de empate entre dos sistemas militares que
enfrentaban problemas similares. El resultado de la guerra, entonces,
se explicaría por el mayor sentido de la oportunidad que tuvieron los
portugueses para movilizar los recursos disponibles –a una distancia
menor de lo que debían hacerlo las fuerzas rioplatenses –y para
aprovecharse de las debilidades del enemigo.
Conclusiones
El estudio de la movilización militar desplegada en el Virreinato del
Río de la Plata para enfrentar la invasión portuguesa de las misiones
orientales nos permite identificar una serie de problemas y prácticas
militares que se reproducirían durante las guerras revolucionarias de
la década de 1810. Una de ellas fue, como lo hemos visto en el caso
de Corrientes, la existencia de métodos de reclutamiento compulsivo
de las personas que debían integrar las fuerzas militares recayeron casi
exclusivamente sobre las clases populares. A su vez, hemos señalado
la existencia de algunos problemas logísticos que se repetirían en las
guerras revolucionarias (entre ellos destacamos la falta de caballos,
armas y carretas) y las soluciones instrumentadas para superarlos,
como las compras compulsivas contra entrega de un pagaré (los que
luego serían llamados “préstamos forzosos”) de caballos y carretas, y
el comienzo de una pequeña industria local de armas.
132 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
La guerra de recursos es otra de las prácticas presentes en las
guerras revolucionarias que se ve anticipada en el conflicto de 1801.
Si bien no hemos podido estudiarlo en este trabajo por una cuestión
de espacio, las fuerzas portuguesas dirigidas por Borges do Canto
se entregaron a un saqueo sistemático, aunque no indiscriminado,
de los lugares ocupados, ya que el saqueo se concentró en los bienes
de los españoles y se prohibió expresamente tocar las propiedades
de los guaraníes (Fruhaf García, 2009: 205-208). Otra variante de
la guerra de recursos que hemos encontrado fue la práctica de los
portugueses de quemar los campos para impedir que los caballos de
los españoles se alimentasen y, en consecuencia, aquellos pudiesen
emprender acciones ofensivas. Tan determinante resultó esta práctica
para el resultado de la guerra, que Sobremonte la consideró como
el principal obstáculo que le impidió cruzar el río Yaguarón con los
dos mil hombres que había logrado movilizar para reconquistar las
misiones.
La composición de los ejércitos también anticipa a la existente
en las guerras revolucionarias. La articulación de milicias originarias
de lugares diferentes (en nuestro caso, de Córdoba, Corrientes, Santa
Fe, Montevideo y Paraguay), de tropas veteranas y de formaciones
provenientes desde las misiones occidentales, nos remite a los ejércitos
formados durante la década de 1810, los cuales, lejos de ser todos
profesionales, eran “aglomerados heterogéneos e inestables” (Fradkin,
2012). Al mismo tiempo, podemos señalar que en el conflicto bélico
de 1801 vemos presente una forma de hacer la guerra típica de la
época revolucionaria y que tendría una larga duración: nos estamos
refiriendo a la llamada guerra de montoneras o guerra irregular. La
composición de las reducidas partidas portuguesas que tomaron las
misiones orientales –conformadas por desertores y contrabandistas
portugueses, guaraníes misioneros, charrúas y minuanes –, que a su
vez reproducía la composición de las partidas de salteadores existentes
en la frontera desde hacía muchísimos años, se asemeja bastante a
las formaciones armadas que fueron denominadas montoneras en
la época revolucionaria. Resulta significativa la similitud de las
201
201 Es curioso advertir que la tendencia de las elites argentinas del siglo XIX de instalar
una simbiosis entre los caudillos y las montoneras, y entre éstas y las bandas de salteadores, en-
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 133
partidas portuguesas lideradas por Borges do Canto con el ejército
conformado por Artigas (considerado por muchos integrantes de las
elites como el origen de la montonera), en el que convergían el núcleo
veterano representado por los blandengues de Montevideo (muchos
de los cuales habían sido desertores, ladrones y contrabandistas de la
campaña), un conjunto de milicias locales y el apoyo brindado por
las milicias de los pueblos misioneros y los indios “infieles”, entre los
que se hallaban los charrúas, los minuanes y los guaraníes desertores
del sistema misionero (Fradkin, 2012).
Otro de los aspectos en común entre la guerra de 1801
y las guerras de la independencia es la capacidad que Estados
aparentemente débiles demostraron para movilizar a una importante
cantidad de personas. En el caso que hemos estudiado, vimos que en
el “campo volante” formado en Montevideo se juntaron alrededor
de mil quinientos milicianos provenientes de distintos lugares del
virreinato, a los que deben sumarse los correntinos y paraguayos que
se movilizaron directamente al territorio misionero.
Para lograr tamaña movilización de personas, el Estado colonial
(del mismo modo que el revolucionario diez años después) no podía
apelar únicamente a la coerción, ya que no ejercía el monopolio de la
violencia ni contaba con los recursos humanos para hacerse obedecer
en todo el territorio. Por lo tanto, tuvo que apelar a diversas formas
de negociación para lograr lo que pretendía (en nuestro estudio,
hacer que la gente vaya a la guerra). Una muestra de esa necesidad
de negociar y de buscar el consenso de los súbditos la hemos visto
en la indicación del subinspector Sobremonte referida a que se debía
consultarle a los milicianos cordobeses sobre el camino que ellos
preferían tomar para llegar a Montevideo, indicación que expresaba
que el servicio miliciano era ante todo –y fundamentalmente en una
situación de guerra –un servicio negociado, lo cual no podía ser de
otra manera en un contexto marcado por la debilidad operativa del
Estado para hacer cumplir sus disposiciones por la fuerza.
cuentra un ilustre antecedente en el comisario de la partida demarcadora de límites, José María
Cabrer, quien llama “caudillos” a Borges do Canto y a Maneco, y “partidas de salteadores” a
los grupos portugueses que en 1801 estaban realizando, antes que una acción de pillaje, una
operación militar.
134 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
A su vez, la considerable movilización miliciana que se organizó
en tan poco tiempo debe llevarnos a revisar la idea que tenemos
acerca de una supuesta situación de desorganización crónica de las
milicias, idea que se deriva de la tendencia que tenemos a “creerles”
a las reiteradas quejas de los funcionarios coloniales sobre su estado.
Lo que nos muestra la inmediata formación del campo volante es
que, cuando las circunstancias lo exigían, las milicias demostraban
una vitalidad sorprendente, hecho que debe hacernos reflexionar
sobre la sinceridad de esas quejas, que, antes que ser una descripción
real del estado de las milicias, formaban parte de una estrategia
histórica de las autoridades militares y políticas enviadas a la región,
consistente en exagerar las dificultades locales ante los funcionarios
metropolitanos con el fin de lograr el envío de soluciones –en este
caso, refuerzos de tropa veterana.
Así, las similitudes destacadas entre el conflicto de 1801 y
las guerras revolucionarias nos permiten señalar que existió una
continuidad en el modo de hacer la guerra en la región, dada a partir
de la perduración de las condiciones estructurales en que se hacía
la guerra y en que se formaban los Estados (Fradkin, 2012). Pero
entre esas similitudes se destaca una diferencia importante: la guerra
de 1801 fue, paradójicamente, una guerra de “baja intensidad” en
la que no hubo batallas (recordemos que los portugueses tomaron
las misiones y las guardias españolas de frontera sin necesidad de
combatir, como también lo hicieron los españoles al recuperar
Cerro Largo) y en la que, en consecuencia, se produjeron muy pocas
muertes (Larguía, 2000: 69).
Si bien no contamos con estudios específicos dedicados a
ponderar la cantidad de muertos y heridos existentes en las guerras de
independencia, es evidente que, a diferencia de lo ocurrido en 1801,
se produjeron muchas batallas y hubo un saldo importante de heridos
y muertos en las mismas. ¿Por qué esa diferencia? Para explicar ese
mismo fenómeno en Venezuela a partir de 1810, Clément Thibaud
(Thibaud, 2005: 339-364) postula la idea de que la determinación
del enfrentamiento militar refleja la esencia política del conflicto.
En una primera etapa (entre 1810 y 1811), el conflicto se limitó
a las juntas de gobierno patrióticas que atacaban a las ciudades leales
al Consejo de Regencia español. La forma de hacer la guerra derivada
“Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)” 135
de ese conflicto era una guerra “suave”, que duraba pocos días, con
escasos rompimientos de la caballería, con abundantes retiradas y
escasa cantidad de muertos. A criterio de Thibaud, esto se debía a
que en aquella etapa el enemigo “no asumía un rostro de radical
alteridad”, sino que, por el contrario, el combate tenía lugar sobre
un “fondo de amistad subyacente”. Cada beligerante compartía
los mismos valores fundamentales que su vecino: la disputa no era
sobre la independencia o no de España, sino sobre cuestiones menos
fundamentales como la jerarquía entre comunidades de habitantes
y el reconocimiento de los estatutos de las distintas ciudades. Por el
contrario, en la etapa abierta en 1812 la guerra adoptó una forma
mucho más violenta y cruel. Ello se produjo debido a que, según
Thibaud, la movilización por parte de los realistas de las castas, los
negros libres y los esclavos contra el poder republicano transformó
a la guerra civil entre las ciudades en una guerra popular con un
fuerte contenido racial. En ese contexto, Simón Bolívar proclamó su
famosa “guerra a muerte” a los españoles, polarización que expresaba
una alteridad absoluta entre los contendientes y que buscaba integrar
a todos los ciudadanos americanos al conflicto.
Siguiendo estas ideas de Thibaud, podemos plantear como
hipótesis que las guerras entre españoles y portugueses en el Río de la
Plata durante la época colonial –no sólo la de 1801– fueron de relativa
baja intensidad porque los protagonistas no consideraban estar
luchando por algo propio, sino por cuestiones no del todo relevantes
para sus vidas como lo eran las disputas territoriales entre la corona
española y la portuguesa. En este sentido se vuelve comprensible la
actitud de muchos soldados españoles de las guardias fronterizas que
abandonaron sus puestos sin luchar, no sólo por la superioridad del
enemigo (la cual no siempre existió), sino porque, probablemente,
no les resultara sensato arriesgar sus vidas por la defensa del territorio
de un monarca que se hallaba al otro lado del Atlántico y, sobre todo,
luchando contra personas con las cuales tenían un trato cotidiano
(en su diario Cabrer denuncia que los soldados de la guardia de San
Martín “sólo sirven para proteger el contrabando y ser infieles al
Rey”).
De esta forma, el “fondo de amistad subyacente” al que se refería
Thibaud para describir las relaciones entre las ciudades venezolanas
136 “Guerra y gobierno local en el espacio rioplatense (1764-1820)”
enfrentadas en la primera etapa revolucionaria, es probable que
estuviese presente en los actores españoles y portugueses que vivían
a ambos lados de la frontera a comienzos del siglo XIX. Por el 202
contrario, las guerras revolucionarias adquirieron un mayor nivel de
violencia porque involucraron a actores sociales que tenían cuestiones
muy concretas por las cuales luchar: desde los que integraban la base
de esos ejércitos –como los esclavos –, que luchaban por su libertad,
hasta los que integraban su cúspide –pertenecientes a la elite criolla
–para quienes el éxito militar era la única garantía de salir con vida
de la arriesgada aventura a la que se habían sumado.
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construcción del Estado en América Latina, siglo XIX. (pp. 319-
356). Rosario, Argentina: Prohistoria ediciones-State Buildingin
Latin America,.
202 No resulta sorprendente, siguiendo el argumento de Thibaud, que la guerra más violenta
en la región no haya enfrentado a españoles y portugueses, sino a estos como aliados contra los
guaraníes de las misiones orientales que se negaban a desalojar sus pueblos según lo estipulado
por el Tratado de Madrid de 1750. Es profundo el contraste que surge de comparar la guerra de
1801 –en la que el saldo de muertos y heridos fue de no más de 50 –con las sangrientas batallas
de Daymán en octubre de 1754 (en la que murieron alrededor de 200 guaraníes) y de Caibaté
en febrero de 1756 (en la que los muertos guaraníes fueron cerca de 1500). Para los guaraníes,
en este caso, los españoles y portugueses asumían el “rostro de radical alteridad” al que se refiere
Thibaud.
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