EL DRAGÓN.
“Antiguamente tenía un hermoso y joven DRAGÓN, tenía 3 años y acababa
de empezar el colegio. Su nombre era DRACO. A él no le gustaba mucho en
el lugar, prefería estar en casa con su familia DRAGÓN: SU hermano
pequeño y con su madre. No le gustaba aprender cosas en el colegio, quería
correr, jugar, ... era demasiado difícil y pesado hacer las fichas, o participar
en algunas de las actividades. No le gustaba escuchar a la maestra, era
mucho más divertido hacer ruidos, tirar cosas, lanzar objetos, molestar a los
amigos y compañeros, llorar y llorar, patalear, chillar, estar todo el día
haciendo lo que le apetecía. A él lo que le gustaba era ir pegandoa los demás
niños, levantar la mano, lanzar objetos, tirar al suelo, enfadarse, llorar sin
parar. Así que el colegio para él era un poco duro. Cada día en el camino
hacia el colegio se dice que sí mismo que lo mejor posible para portarse
bien. Pero a pesar de esto, al final siempre acabó enfadado, o se peleaba o le
castigaban.
"Siempre metido en líos ” pensaba" como esto siga así voy a odiar el colegio
y a todos” y el DRAGÓN lo pasaba muy pero que muy mal. Un día de los que
se sienten,
Encontraron más grande y viejo . Tenía más de trescientos años y era tan
grande como una montaña. El pequeño dragón habla con una voz tímida
porque estaba algo asustado del enorme DRAGÓN. Pero EL VIEJO DRAGÓN
era tan amable como grande y estaba muy dispuesto a ayudarlo
"¡Oye! ¡Aquí!” dijo con su potente voz, " ¿No tienes una cuenta que te
solucione todos los problemas que tienes en tu boca, en tu sonrisa y en tu
corazón? MíGICA con mi fuego y el pegar en la pared.Tú la puedes mirar
siempre, porque es como es mágica, aunque esté en el colegio, también en
tu cabeza. Mírala Siempre Que tengas sentimientos de rabia, Siempre Que
tengas ganas de mameluco Cosas, de gritar, de pegar ... de Cuando veas LA
FOTO MÁGICA (señalar el dibujo colgado en la Pared) PUEDES descansar
Momento de la ONU, Hasta Que no te sientas enfadado bronceado . Así es la
próxima vez que te enfades, conviértete en el dragón alegre de lafoto Al
pequeño DRAGÓN le gustó la idea y estaba muy contento de intentar este
nuevo secreto en la escuela. Al día siguiente lo puso en práctica. De repente
un niño que estaba delante de ella accidentalmente le dio un golpe en la
espalda. Empezó a sentirse enfadado y estuvo a punto de perder los nervios
y devolverle el golpe, cuando
de pronto se grabó LA FOTO DEL DRAGÓN BUENO. ADOPTÓ LA MISMA
POSTURA QUE LA FOTO MÁGICA HASTA QUE SEA EL PASADO EL
ENFEMADO. CuandoSE LE PASÓ EL ENFADO, se sorprendió de encontrarse
en su MAESTRA sonriéndole, contenta y orgullosa de ÉL. Continuó usando
su secreto el resto del año.Lo utilizaba siempre que alguien o alguien le
molestara,y también cuando quería pegar o discutir conalguien. CUANDO
logro ACTUAR of this forma bronceadodiferente, se sintio muy contento en
clase, Todo elmundo lo admiraba y era queria sable rápido Cuál susecreto
mágico
”
La ridícula crema invisible
Mario era un niño bueno, pero tan impaciente e impulsivo que pegaba
a sus compañeros casi todos los días. Laura, su maestra, decidió
entonces pedir ayuda al tío Perico, un brujo un poco loco que le
entregó un frasco vacío.
- Toma esta poción mágica que ni se ve, ni se huele. Dásela al niño en las
manos como si fuera una cremita, y dejará de pegar puñetazos.
La maestra regresó pensando que su locuelo tío le estaba gastando una broma,
pero por si acaso frotó las manos de Mario con aquella crema invisible. Luego
esperó un rato, pero no pasó nada, y se sintió un poco tonta por haberse
dejado engañar.
Mario salió a jugar, pero un minuto después se le oía llorar como si lo
estuvieran matando. Cuando llegó la maestra nadie le estaba haciendo nada.
Solo lo miraban con la boca abierta porque… ¡Le faltaba una mano!
- ¡Ha desaparecido! ¡Qué chuli! ¡Haz ese truco otra vez! - decía Lola.
Pero Mario no había hecho ningún truco, y estaba tan furioso que trató de
golpear a la niña. Al hacerlo, la mano que le quedaba también desapareció.
Laura se llevó corriendo a Mario y le explicó lo que había ocurrido, y cómo sus
manos habían desaparecido por usarlas para pegar. A Mario le dio tanta
vergüenza, que se puso un jersey de mangas larguísimas para que nadie se
diera cuenta, y ya no se lo volvió a quitar. Entonces fueron a ver al tío Perico
para que deshiciera el hechizo, pero este no sabía.
- Nunca pensé darle la vuelta. No sé, puede que el primo Lucas sepa cómo
hacerlo…
¡Qué horror! El primo Lucas estaba aún más loco que Perico, y además vivía
muy lejos. La maestra debía empezar el viaje cuanto antes.
- Voy a buscar ayuda, pero tardaré en volver. Mientras, intenta ver si
recuperas tus manos aguantando sin pegar a nadie.
Y Laura salió a toda prisa, pero no consiguió nada, porque esa misma noche
unas manos voladoras -seguramente las del propio Mario- se la llevaron tan
lejos que tardaría meses en encontrar el camino de vuelta.
Así que Mario se quedó solo, esperando a alguien que no volvería. Esperó días
y días, y en todo ese tiempo aguantó sin pegar a nadie, pero no recuperó
sus manos. Siempre con su jersey de largas mangas, terminó por
acostumbrarse y olvidarse de que no tenía manos porque, al haber dejado de
pegar a los demás niños, todos estaban mucho más alegres y lo trataban
mejor. Además, como él mismo se sentía más alegre, decidió ayudar a los
otros niños a no pegar, de forma que cada vez que veía que alguien
estaba perdiendo la paciencia, se acercaba y le daba un abrazo o le dejaba
alguno de sus juguetes. Así llegó a ser el niño más querido del lugar.
Con cada abrazo y cada gesto amable, las manos de Mario volvieron a crecer
bajo las mangas de su jersey sin que se diera cuenta. Solo lo descubrió el día
que por fin regresó Laura, a quien recibió con el mayor de sus abrazos.
Entonces pudo quitarse el jersey, encantado por volver a tener manos, pero
más aún por ser tan querido por todos. Tan feliz le hacía tanto cariño que,
desde aquel día, y ante el asombro de su maestra, lo primero que hacía cada
mañana era untarse las manos con la crema mágica, para asegurarse de que
nunca más las volvería a utilizar para pegar a nadie.
La cotorrita desobediente
Obediencia
"El sol aparecía en el cielo como un gran aro calentándolo
todo, daba los buenos días a los animales y a las plantas
que vivían contentos y felices allá lejos, donde están la
laguna y el pantano.
-“Buenos días, querido sol!”-, contestaban a coro todos los
animales al ver el sol cruzar el firmamento: la tortolita con
un viraje de sus ojos, la mariposa abriendo y cerrando sus
alas, el pato entrando una y otra vez en el agua, el
conejito escondiéndose temeroso tras los espesos
árboles.
Todos ellos iban y venían en su diario quehacer, menos la
cotorrita Tita, que no le hacía caso a nadie, ni a su mamá
cotorra, ella quería solo hacer lo que le venía en gana.
Un día en que el cielo estaba encapotado con grandes
nubarrones, y a punto de caer una torrencial lluvia, Tita
muy adornada con sus plumas rojas y verdes, un gran
collar en su cuello y en una de sus alas un brillante bolso,
se disponía a salir.
Al verla así su mamá le preguntó: -“¿A dónde vas Tita? No
puedes salir sin pedirme permiso, yo siempre tengo que
saber dónde estas, porque eres pequeña aún y corres
peligro en el monte. Además, mira al cielo, va a caer un
gran aguacero y si te mojas te vas a resfriar”-.
-“Yo no me voy a enfermar, mamá porque yo soy una
cotorrita muy fuerte y saludable. Además son ideas tuyas,
no va a caer una sola gota de lluvia, verás como el viento
se la lleva.”-
Al cabo de un rato, Tita, en el menor descuido de su
madre, partió sin hacerle caso.
Cada vez que Tita salía a pasear tan bonita, todos los
animales decían “¡Qué cotorrita más linda y graciosa!” y
Tita siempre respondía entornando sus ojos y virando su
cola verde oscura y verde clara con un acento de gracia.
Y tanto le gustaban esos halagos que no dejaba de hacer
estos paseos todos los días, quisiera o no su mamá.
Aquel día se le acercó la mariposa. Batiendo sus alas, le
dijo:
-“El día está nublado y lloverá seguramente, yo te
aconsejo que no salgas.”-
Tita le contestó: - “eso mismo dice mi mamá, pero yo no lo
creo”- y echó a andar.
No había caminado mucho y al pasar por la laguna el pato
sacó la cabeza y le dijo: -“Cuac, cuac, Señorita cotorra. Si
llueve y crece la laguna no podrás cruzar cuando regreses
de tu paseo.”-
-”Pero qué pato más atrevido”- contestó malhumorada
Tita, -“Mira que decirme a mi que no podré cruzar. ¿Quién
le habrá dado autorización para decirme esto?-
El pato contestó: -“Pues vete. Allá tú si no quieres
hacerme caso.”-
Pero Tita, sin contestar nada, giró su cabeza y siguió
caminando.
Luego, detrás de un árbol salió el conejito que, asustado,
le dijo:- “¿Cómo te atreves a salir con un día así? ¿No ves
que va a caer una gran tormenta y no vas a poder
regresar a tu casa?”-
Tita contestó:- “¡No quiero mas recomendaciones! ¡Yo
hago lo que quiero y no tengo que hacerle caso a nadie,
ni a mi madre!”-
Y efectivamente, Tita se fue meneando más la cola,
parando la cabeza como el bambú que crecía en las
aguas de la laguna.
Pero, tal y como le habían anunciado los compañeros y su
mamá, empezó la tormenta, y la lluvia arremetía tanto que
Tita se asustó, y con voz lastimera decía: -“¡Ay de mí! ¡Ay
de mi collar y de mi brillante bolso!” ¡Ay de mis plumas!”-
Y la desobediente cotorrita, mientras más llovía más
asustada se ponía, y con todas sus plumas mojadas
estaba hecha una calamidad.
Mientras tanto, su madre desesperada, buscaba a Tita.
Los animales le informaron que ella había salido y esto
aumentó más su preocupación.
La laguna crecía y las aguas desbordadas obligaron a los
animales a subir a lugares altos.
La corriente era cada vez mayor, todo se había inundado,
Tita divisó un madero que flotaba en el agua y se subió a
él para no ahogarse y así estuvo varios días hasta que se
calmó la tormenta, pero ya la corriente la había arrastrado
muy lejos de su casa.
Cuando escampó se encontraba sola en un paraje
desconocido, pero sus compañeros pensando en los
apuros y el peligro que corría Tita, se organizaron y la
buscaron por todos lados. Finalmente la encontraron, toda
mojada, sin collar, ni bolso y temblando de frío.
Ya en su casa, Tita juró a su madre y a todos sus amigos
que nunca más sería desobediente".
Pregunta a tu hijo
- ¿Crees que Tita es obediente?
- ¿Cómo actúa una persona obediente?
- ¿Eres obediente? ¿Por qué?
Critica la actitud de Tita, enfatizando en las consecuencias
de su desobediencia, y el alto precio que pagó por no
hacer caso a su madre y a sus compañeros. Aclara que
aTita le podía haber sucedido algo peor por desobedecer
y hacer algo muy peligroso para ella.
Amabilidad
"El pájaro carpintero"
"Una mañana muy temprano, cuando todavía no salía el
sol, se oía en todo el bosque el toc-toc de un pájaro
carpintero que trabajaba en un árbol.
En ese momento pasó por allí una paloma, que muy
amablemente le preguntó:
-“¿Qué hacéis, amigo carpintero?”
-“Estoy haciendo una casita, porque la mía se la llevó el
viento y no tengo dónde vivir.”
-“¿Y por qué no le pides ayuda a tus vecinos? Ellos te
quieren y son muy gentiles contigo, estoy segura de que
te ayudarán a hacerla más rápido.”
-“Yo no quiero ayuda de nadie” respondió malhumorado el
carpintero, “me basto yo solo para hacerla.”
La paloma se fue cabizbaja, pensando que el carpintero
estaba muy equivocado en su proceder.
Al poco rato pasó por allí un pajarillo rojo como la grana, y
le preguntó de forma muy cortés al carpintero:
-"¿Quieres que te ayude?. Así acabarás más pronto.”
-“No, cardenal” respondió poco amable el carpintero, “Yo
solo me basto.”
El cardenal se marchó pensando lo poco inteligente que
era el carpintero por rechazar su ayuda.
Al otro día el carpintero se hallaba en plena faena cuando
acertó a pasar por allí un conejo, que al ver el esfuerzo
del carpintero, se detuvo en medio del camino y muy
amable le preguntó:
-“Buenos días, carpintero. ¿Quieres que te eche una
manita para acabar tu casita?”
-“No, señor” fue la seca respuesta del carpintero, “yo solo
me basto”.
Y el conejo se alejó refunfuñando de lo poco amable que
había sido el pájaro carpintero.
Y he aquí que de pronto en el bosque se dejó de
escuchar el toc-toc del carpintero. Y así durante varios
días. Y dio la casualidad que por el árbol del carpintero
pasó de nuevo el conejo, que de pronto escucha que
alguien se quejaba. Y curioso y muy gentil preguntó:
-“¿Quién se queja de ese modo tan lastimero?”
-“Soy yo” respondió el carpintero. ¡Ay! me duele todo el
cuerpo. Por estar solito haciendo mi casita me he caído y
no puedo moverme.”
El conejo, al ver al carpintero tan enfermo, y como él era
muy amable, llamó a los otros animalitos del bosque, el
cardenal, la paloma, y otros más, que entre todos
cargaron al carpintero y lo llevaron a curar a la casa del
Doctor Pato.
Cuando el carpintero abrió los ojos y miró a su alrededor
vio a todos sus amigos junto a él. En ese momento se dio
cuenta de lo amables que estos siempre habían sido con
él, y a los que había tratado tan mal y poco gentil. Y se
sintió tan mal, que se echó a llorar.
-“No llores, carpintero, pero que esto te sirva de lección
para que aprendas que todos somos tus amigos, y
siempre te vamos a ayudar”.
-“Gracias amigos, respondió el carpintero, ustedes
siempre tan amables conmigo y yo tan poco servicial,
pero de ahora en lo adelante les pediré de la manera más
cortés que me ayuden a hacer mi casita, y cuando
terminemos haremos una gran fiesta para celebrar.”
Algunas preguntas
Después, pregúntale a tu hijo: ¿cuál es la moraleja del
cuento?, ¿era correcto el comportamiento del pájaro
carpintero?, ¿por qué no se debe ser hosco y poco
amable cuando son gentiles con nosotros?, ¿era amable
el carpintero al principio?, ¿qué le pasó al carpintero para
cambiar de opinión?, ¿creéis que el carpintero será
amable a partir de ahora?, ¿podéis explicar por qué este
cuento tiene una moraleja?
Tolerancia
El cuento
"Estaban dos niños conversando y uno le contaba al
otro:
- Mi abuelita siempre me cuenta muchos cuentos,
historias de cosas que a ella le han sucedido, y otras que
no le han sucedido, porque mi abuela sabe muchas
cosas, ella dice que, ¡es que ha vivido tanto! Un día me
llamó para contarme algo. Me dijo que hay personas que
respetan la manera de pensar, de hacer las cosas y las
decisiones de los demás, aunque no estén de acuerdo o
no piensen igual, a esas personas se les llama tolerantes,
sí, tolerantes, así dice mi abuelita que se llaman a esas
personas, pues como en la vida tendremos muchos
conflictos, y quizás pocos amigos, tenemos que aprender
a aceptar como son y piensan los demás.” -
-“¿Sí? Oye, que complicado es eso. A ver, explícame.”-
-“Bueno, pues dice mi abuela que si no fuéramos
tolerantes seríamos como el perro y el gato, que siempre
están peleando. Y entonces ella me recitó, sí porque mi
abuelita también me recita poesías muy bonitas, me recitó
esta:
Entre un perro y una gata
sin gran asombro escuché
una enorme zaragata
por un sabroso panqué
-“¿Abuelita, por qué los gatos y los perros siempre
quieren pelearse?”- le pregunté
-”Porque son intolerantes uno con el otro”- me contestó.
-”¿Qué quiere decir eso?” - volví a preguntarle
-“Que no se aceptan que uno haga lo que cada cual
quiera”-, me contestó -“ya te expliqué, la tolerancia es una
cualidad personal que significa que unos respeten las
ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son
diferentes o contrarias a las propias”-
-“Y los gatos y los perros son intolerantes uno con el otro,
¿no es así?”- le pregunté yo
Y mi abuelita me aconsejó: -”Así mismo. Tú nunca seas
intolerante con tus compañeros, porque entonces no
tendrás amigos, y serás como el perro y el gato que
nunca pueden ser compañeros.”
Explica a tu hijo que tolerar es respetar el criterio de los
demás, aunque no estemos de acuerdo. Por ejemplo en el
cole, si la mayoría decide jugar a un juego que a ti no te
gusta, debes ser tolerante y aceptarlo. Eso mismo pasa
en la familia, si hay un intolerante se producirán
discusiones desagradables para decidir el lugar del
paseo, de las vacaciones, etc.
Además, le explicaremos al niño que las abuelitas, casi
siempre, son personas tolerantes, porque ellas han vivido
mucho y conocen cómo hay que actuar para llevarse bien
con los amigos.
El torito Chispa Brava
Roque estaba llorando en el patio. Algunos de sus
compañeros se habían estado metiendo con él, como
hacían frecuentemente, y no había nada que le diera
más rabia. Pero por mucho que les dijera, gritara o
amenazara, no dejaban de hacerlo.
Un chico mayor, que lo había visto todo, se acercó y le
dijo:
- Si quieres que no te vuelva a ocurrir eso, tendrás
que llegar a ser como El torito Chispa Brava. ¿Te cuento
su historia?
- ¡Sí!
- Chispa Brava era un toro de lidia que una vez
pudo ver una televisión desde el prado. Televisaban
una corrida de toros, y al ver cuál iba a ser su final,
dedicó el resto de su vida a prepararse para aquel día,
el de su corrida. Y no tardó en llegar.
Cuando salió a la plaza, recibió un primer puyazo en
el lomo. Era muy doloroso, y sintió cómo su sangre de
toro le pedía a gritos venganza.Pero él sabía lo que
tenía que hacer, y se quedó inmóvil. Pronto apareció
el torero provocándole con su capote al viento y su traje
rojo. Volvió a sentir las mismas ganas de clavarle los
cuernos bien adentro, pero nuevamente, tragó saliva
y siguió quieto. No importó que siguieran tratando de
animar al torito con puyas, banderillas y muletas: siguió
tan quieto, que al cabo de un rato, toda la plaza
estaba silbando y abucheando, hasta que decidieron
cambiar de toro, porque resultó el toro más aburrido
que se recuerda. Así que Chispa Brava fue devuelto a su
prado para seguir vivviendo tranquilamente. Y nunca
más trataron de torearle, porque todos sabían que
claramente no servía para las corridas.
- ¿Y eso que tiene que ver conmigo? - preguntó Roque.
- Pues todo, chico. A Chispa Brava le llevaron a una
plaza de toros porque querían divertirse a su
costa. Cuanto más hubiera respondido al capote y las
banderillas, más se habrían divertido, y no habrían
parado hasta terminar la corrida. A ti te pasa lo
mismo con esos abusones. Se divierten a tu costa
porque ven lo mucho que te enfadas, y eso les hace una
gracia macabra. Pero si hicieras como Chispa Brava, y
no respondieras a nada, se aburrirían y buscarían a
otro, o se irían a hacer algo que les resultase más
divertido.
Roque no terminaba de creérselo. Pero en los días
siguientes trató de hacer caso a aquel chico
mayor. Le costó mucho hacerse el indiferente las
primeras veces que se reían de él, pero no fueron
muchas, porque todo resultó como había dicho el
chico, y en unos pocos días, los abusones habían
encontrado cosas más divertidas que hacer que
meterse con Roque.
El león afónico
Había una vez un león afónico. Era
afónico desde siempre, porque nunca
había podido rugir, pero nadie en la
sabana lo sabía. Como desde muy
pequeño había visto que no podía
rugir, había aprendido a hablar
sosegadamente con todo el mundo y
a escucharles, y convencerles de sus
opiniones sin tener que lanzar ni un
rugido, ganándose el afecto y
confianza de todos.
Pero un día, el león habló con un
puerco tan bruto y cabezota, que no
encontraba la forma de hacerle
entrar en razón. Entonces, sintió
tantas ganas de rugir, que al no
poder hacerlo se sintió en
desventaja. Así que dedicó unos
meses a inventar una máquina de
rugir que se activase sólo cuando él
quisiera. Y poco después de tenerla
terminada, volvió a aparecer por allí
el puerco testarudo, y tanto sacó al
león de sus casillas, que lanzó un
rugido aterrador con su máquina de
rugir.
- ¡¡¡GRRRRROAUUUUUUUUUUUU!!!
Entonces, no sólo el puerco, sino
todos los animales, se llevaron un
susto terrible, y durante meses
ninguno de ellos se atrevió salir. El
león quedó tan triste y solitario, que
tuvo tiempo para darse cuenta de
que no necesitaba rugir para que le
hicieran caso ni para salirse con la
suya, y que sin saberlo, su afonía le
había llevado a ser buenísimo
hablando y convenciendo a los
demás. Así que poco a poco, a través
de su tono amable y cordial,
consiguió recuperar la confianza de
todos los animales, y nunca más
pensó en recurrir a sus rugidos ni a
sus gritos.
Palacio a la fuga
Hace mucho, mucho tiempo,cuando la tierra estaba
tan llena de magia que hasta la piedra más
pequeña podía tener mil secretos, existió un palacio
que estaba vivo. Solía estar dormido, así que casi nadie
conocía el secreto. Y así siguió hasta que la princesa
que lo habitaba se casó con un príncipe muy guerrero y
valiente, pero con tan mal carácter que ante
cualquier contrariedad lanzaba objetos por los
aires o golpeaba puertas y ventanas. Tras su última
victoria, el príncipe dejó que fuera la princesa, de
carácter más dulce y amable, quien viajara para
negociar la paz, y pasó una larga temporada viviendo
solo en el palacio.
El aburrimiento empeoró el carácter del príncipe, y
según pasaron los días el palacio descubría nuevas
marcas en las paredes y golpes en el suelo. Además
estaba cada vez más sucio y descuidado. Y así,
disgustado por aquel trato, el palacio despertó y
aprovechó una salida del príncipe para moverse
por primera vez en muchísimos años, y esconderse
tras una colina. Pero el palacio era demasiado grande y
el príncipe no tardó mucho en encontrarlo.
Así trató de escapar otras veces, pero el príncipe lo
encontraba sin dificultad. Y luego desataba su ira
provocando destrozos cada vez mayores. Hasta que una
noche, cansado de todo aquello, el palacio cerró puertas
y ventanas mientras el príncipe dormía. Y con él dentro
y encerrado, corrió durante días y días, sin importarle
los golpes y destrozos de su dueño. Cuando por fin
se detuvo y abrió sus puertas, el príncipe descubrió que
se encontraban rodeados de hielo y nieve, en medio de
un frío espantoso.
- ¿El Polo Norte? ¿Y ahora cómo salgo de aquí? - se
dijo el príncipe mientras salía a explorar los
alrededores.
Después de investigar durante toda la mañaba sin
encontrar nada, el príncipe volvió al palacio para
calentarse. Sin embargo, al intentar entrar, descubrió
que la puerta estaba fuertemente cerrada. La
aporreó furioso, pero lo único que consiguió fue
destrozarse sus manos casi heladas. Al ratito, la puerta
se abrió ligeramente, y el príncipe corrió hacia
ella. Solo para terminar llevándose un buen
portazo en las narices justo antes de entrar.
- ¡Estúpido palacio! ¡Parece que estuviera enfadado
conmigo!
¡Y claro que lo estaba! Y para hacérselo saber sacudió
todas sus ventanas.
- ¿Con que esas tenemos, eh? - gritó el príncipe- Pues
prepárate ¡Esto es la guerra! Y nunca he perdido
ninguna.
Durante los días siguientes, el príncipe y el palacio
tuvieron la pelea más extraña que pueda imaginarse.
Mientras uno trataba de entrar rompiendo cristales y
ventanas, el otro hacía lo que fuera por mantenerlo
fuera. Y en mitad de aquella tonta guerra, fue el frío
quien comenzó a congelar los pies del príncipe, y a
agrietar las pareces del palacio.
A punto de morir helado, el príncipe, ganador de mil
batallas, comprendió que la única forma de ganar
aquella era buscar la paz. Y, sin decir nada, comenzó a
reparar el palacio, controlando que sus enfados y su
furia no volvieran a causar destrozos. El palacio
descubrió que aquellas reparaciones le gustaban mucho
más que sus locas peleas, y que precisamente aquel
bruto príncipe era el único que podía repararlo. Así que
no tardó en abrir sus puertas, y el príncipe pudo
resguardarse del frío por las noches, y limpiar y reparar
el castillo durante el día.
Para su sorpresa, el príncipe descubrió que
disfrutaba enormemente realizando todas
aquellas reparaciones y cuidados, y poco tiempo
después el aspecto del palacio era magnífico. Tanto,
que una de aquellas noches el palacio terminó de
perdonar al príncipe, y cerrando sus puertas tomó el
camino de vuelta a su país de origen.
Llegaron allí poco antes que la princesa, que se
mostró encantada con estado del palacio y con la
mejora del carácter de su marido, que apenas volvió
a interesarse por las guerras. Y aquella paz duradera,
junto con los cuidados del príncipe, hicieron que el
palacio volviera a su silencioso sueño.
De aquel palacio único solo se sabe que fue
desmontado piedra a piedra y repartido por todo
el mundo. Y que puede que alguna de sus piedras
sea hoy parte de tu casa, así que no dejes que tus
enfados y tu mal humor puedan causarle algún
daño...