La casa encantada.
Anónimo europeo
Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que
ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita
blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa,
que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca.
En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este
sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no
pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches
sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación
con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de
semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a
la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón
latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la
boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta
precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía,
frecuenta esta casa!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?
-Usted -dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.
Flores Jorge Accame
Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del ochenta, en el
segundo año “A” de bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al
devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre
no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma
de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.
Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban
su origen. Repasé las listas en vano. Nadie apareció con ese apellido.
No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por
su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los
integrantes de cada grupo, alguien había firmado con seudónimo previendo el
resultado fatal.
Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me
encontré —creo que lo esperaba— con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta
vez había aprobado.
No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía a
segundo “A”. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones
de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba de un nombre apócrifo de
algún bromista que había hecho dos pruebas. Una, firmada con su verdadero
apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra
—Flores— y que era entregada con el solo propósito de perturbarme.
Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis
colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se
escucha realmente lo que dice el otro, salvo que el discurso sea por mera
casualidad el que uno mismo está por decir.
Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban del brazo para
detenerme. Era una preceptora. Se la veía nerviosa.
— “Sin querer —murmuró— he oído lo que relató en el bar”. Le dije para
tranquilizarla que no tenía la menor importancia. Ni siquiera intentó escucharme y
empezó a hablar:
—“Había hace tiempo, en segundo “A”, un chico Flores que nunca aprobó
Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias —mala
escuela primaria o falta de cabeza, se ve— le impidieron eximirse. Una tarde,
cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una
camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre”.
La narración era algo melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y
precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.
Ese verano, tomé la evaluación final en segundo “A”. Busqué la de Flores y la
aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.
Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una
última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del
difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y
simbólicamente su voluntad truncada.
Para mí (y para la sombra) había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió
en la materia que lo había fatigado.
La muerte Enrique Anderson Imbert
La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan
pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago)
vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.
-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.
-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que
bordeaba la montaña.
-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de
levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan
desierto!
-No, no tengo miedo.
-¿Y si levantaras a alguien que te atraca?
-No tengo miedo.
-¿Y si te matan?
-No tengo miedo.
-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes,
límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-. Soy la
Muerte, la M-u-e-r-t-e.
La automovilista sonrió misteriosamente.
En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las
piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.