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Selección de poemas de Raúl González Tuñón para trabajar en
clase:
-De El violín del diablo (1926)
“Presentación”, “El violín del diablo”, “Humo”, “Candiles moribundos”, “Aguafuerte”, “Descarga
de carbón”, “Música de los puertos”, “A los veteranos del circo”, “Eche veinte centavos en la
ranura”, “A las tres bolas”, “Bajo fondo”.
-De La calle del agujero en la media (1930)
“La cerveza del pescador Schiltigheim”, “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”, “La calle del
agujero en la media”, “Marionettes”, “Taller de escultura religiosa”, “Petrouchka”, “Jazz Band”.
-De Todos bailan. Los poemas de Juancito caminador (1935)
“Historia de veinte años”, “Juancito caminador”, “Blues de Río gallegos”, “Los seis hermanos
rápidos dedos en el gatillo”, “Los Nueve Negros de Scottsboro”, “Epitafio para la tumba de un
obrero” (aliarse a la clase), “La pequeña brigada”.
-De La Rosa Blindada. Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas
revolucionarios (1936).
“A nosotros la poesía” (Prólogo a la primera edición), “El inolvidable año 35” (Prólogo a la
segunda edición), “Recuerdo de Manuel Tuñón”, “algunos secretos del levantamiento de octubre”,
“La libertaria”, “La muerte derramada”.
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Poemas principales
De El violín del diablo (1926)
El violín del diablo
I
Hablan las cuerdas
Soy el violín del Diablo camaradas.
Así me llaman todos los hombres de los puertos
que dicen amarguras mintiendo carcajadas.
He nacido en la guerra. Vibré para los muertos
y para los heridos. Mis cuerdas endiabladas
sonaron en la negra noche de las trincheras,
y un soldado alemán me ha traído a esta tierra
para gloria de hampones, marinos y rameras.
Soy un grotesco invento de la guerra,
que suena en las tabernas costaneras.
Mi cuerpo es de palo. Mi vientre de lata.
De mi vientre cuelgan algunos caireles.
De alambre mis cuerdas. De palo mi pata.
Mi cuerpo es de palo. Mi vientre de lata.
y no tengo el brillo de los oropeles.
Y cuando golean mi vientre y mi pata
sueno con el ruido de cien cascabeles.
El violín del Diablo me llaman, y vengo
de las negras fosas del campo alemán.
Me ha creado un viejo pelirrojo y rengo,
bufón a las órdenes del Gran Capitán.
A todo el que quiera moverme me ofrezco.
Vomito sonidos roncos o vibrantes.
Soy extraño y mágico, trágico y grotesco,
como el alma de todos los hombres errantes.
II
Werner Land
Este muchacho flaco y rubio,
es alemán y musicante.
Luchó en Verdun y en el Danubio.
Este muchacho flaco y rubio
tiene un abismo por delante.
¡Veinte años, y cuánta pena
en tus ojos azules y tristes!
Allá en Sajonia, la serena
¡veinte años y cuánta pena!
piensa una rubia que no existes.
Soñador, nostálgico, vagabundo
repudia la vieja monarquía
y con los arrojados del mundo,
soñador, nostálgico, vagabundo,
va por la senda triste y fría.
Fue soldado de la República
y cierta vez allá en Hamburgo,
el soldado de la República
escuchó a Rosa Luxemburgo.
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¡Ni República, ni Monarquía!
Muchos collares para un perro.
Y cuando Rosa Roja moría
¡Ni República ni Monarquía!
hasta él llegaba el destierro.
Vieja Alemania: el musicante
está soñando en tus praderas.
La palidez de su semblante
se acentúa, trágica y tremante,
cuando no suena el violín errante
que trajo de las trincheras.
III
Otra vez las cuerdas
Y así… Din-Don. Y así… Din-Don… Din-Dan…
soy el símbolo trágico de la pobretería,
de todos los que vienen y todos los que van
y todos los que caen en esta senda fría.
Asoman en la vieja ventana del tugurio
dos rostros. Dos rameras de miradas sombrías,
llamando a los marinos de todas las naciones,
que forman en gran parte la escoria de la vida.
Y yo, el violín del Diablo, bajo la mano trémula
de Werner Land, el hombre que vino de Alemania,
sueno para los tristes y para los vencidos
los sonidos extraños de ésta, mi caja extraña.
Y al son de mis caireles, dos ingleses borrachos
danzan entre las mesas que tiemblan de botellas.
Mientras allá en el fondo, algún cocainómano
absorbe el polvo amargo, como una muerte lenta.
Golpea mis alambres, el palo que sostiene
la mano del enfermo fraile de la añoranza,
Y Chopin o Beethoven, o Wagner o Mozart,
desfilan por mis cuerdas de alambre y por mi lata.
Y así, mi alma es sencilla y es buena.
Pero es trágica y grotesca y fatal.
Mi alma es como el alma de los hombres errantes
y sufrientes que pasan, que vienen y que van!
A las tres bolas(Compra y venta)
I
Son almas solas,
ese violón, esa corneta,
esa mantilla española,
la pandereta.
El viejo tigre sin cola
que añora el pie de Musseta
y el gabán aceitunado de algún Colline vagabundo
y haragán,
d´esos que leen a Kant
con voz de bajo profundo.
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II
Tugurio de compra y venta
−polvillo sobre las cosas
que sufren la muerte lenta−
hoy has de abrir las mohosas
cerraduras de tus puertas
a mi canción y tú, viejo,
tasarás mi sobretodo que ya ha caducado el frío.
III
Olor de manuscritos y de viejos librotes.
Retortas y compases. Vaho de naftalina.
Un Guy de Maupassant y cuatro monigotes
y el eterno Voltaire junto a Venus divina.
Sarcasmo de una cruz cristiana entre cuchillas.
Objetos que algún día desataron pasiones.
Corre un viento de siglos sobre la maravilla
con olor a los Borgia de los viejos sillones.
Junto a un burdo braguero, Pan toca la siringa
agreste y deliberan los hermanos ratones.
Alza el verduzco vientre de goma una jeringa
sobre el polvo enfermizo de un libro de oraciones.
Gnomos de la polilla vagan por los rincones.
Una maquette, que fuera un proyecto arquitectónico
en diálogo con una casilla de madera.
Los juegos malabares del traje chafalónico
de una tuberculosa muñequita de cera.
Cosas, cosas y cosas y un polvo hostil y frío;
olor a entierro pobre; catacumba al nivel
de las casas, complejo tenducho del judío.
Y que cuenta dineros
como quien hace barquillos de papel.
IV
Violín de compra y venta: entrañas
una historia sentimental.
¿Quién te condenó a telaraña?
Tú que tal vez solías sonar
canciones nostálgicas, rotas,
en manos del alemán
que mató el polvo de la coca.
En manos de la musicanta
que hoy vende su carne seca
en un burdel o en otro canta
burdas canciones grotescas.
En manos del viejo arrugado
−antiguo álbum filatélico
con huellas como estampillas−
una aventura en cada puerto…
¡Pobre violín! Amarillo
y melancólico espectro.
Pobre violín que estás muerto,
amortajado de polvo
en el rincón.
¿Quién pulsará tus cuerdas viejas
de corazón destrozado?
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Pobre violín…Mi corazón.
V
¡Cuántas lágrimas, viejo semita,
costaron tus adquisiciones!
Aquella lámpara marchita
alumbró tres generaciones
−que escucharon “Caperucita”
y “Los Cuarenta Ladrones”
de los labios de la abuelita,
esos que enseñan oraciones.
Ese traje pintarrajeado
de un viejo clown malabarista
¡cuántas veces habrá sonado
sus cascabeles en la pista!
−Luego fué un peso arrugado
la única gloria del artista…
Ese ropero misterioso
habla en sus pálidas maderas
de algún tesoro precioso
que ropa de novia fuera.
−Las cosas tienen su invierno
si tienen su primavera−
Y esa guitarra, esa guitarra
sin cuerdas− instrumento en huesos−
¡cómo sonó bajo la parra
su hambre de tajos y de besos!
Cuatro jarrones. Una gola.
Mariano José de Larra
tal vez con esa pistola
se habrá saltado los sesos…
Y esos tres cuadros arrumbados,
toscos, enfermos de color,
¡cuántos ensueños hilvanados
en la mente de algún pintor!
Decir que sólo trajo pan
lo que debía traer gloria…
Esos tres cuadros ahí están.
¡…Y yo que pienso en la historia
del arte habré de perdurar!
Y acaso en no lejanos días
compraventero, has de tasar
algún montón de poesías…
De La calle del agujero en la media (1930)
Escrito sobre una mesa de Montparnasse
Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.
Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.
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Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.
Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.
Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.
Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!
¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden cojinillos y libros de Maurice Dekobra.
¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.
¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.
¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como BusterKeaton.
¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.
Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función en los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.
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Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.
Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas delcristal, de la luz,
de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.
La calle del agujero en la media
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria,
barquitos en botella y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche gastado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazo tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos.
Tenía el resplandor de una felicidad
Y veía mi rostro fijado en las vidrieras
Y en un lugar del mundo era el hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verdura con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo, ¡Amo la guerra!
Esto es simple, querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda.
Alegres en lo alto de una calle cualquiera,
alegres las campanas con una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en la media
sale el sol y se llena todo el cuarto de sol.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
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una calle que nadie conoce ni transita.
Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo,
sólo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir: Yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.
De Todos bailan. Los poemas de Juancito caminador (1935)
La pequeña brigada
La pequeña brigada avanza.
¿Hemos oído la guerra, hermanos?
¿Hemos visto la guerra, hermanos?
La pequeña brigada avanza.
La cabeza quedó colgada
como una fruta en el alambre.
Somos la pequeña brigada.
Somos el sueño, la sed, el hambre.
Por el ruido de los obuses
los oídos reventarán
y nos romperán y nos sepultarán
en áridas tierras sin cruces.
Como en la noche de San Juan
se abren brazos de luz que arrojan
sombreros de fuego y de hierro.
Tenemos un hambre de perro.
Nos enloquece la fiebre roja.
Del otro lado, en la trinchera
enemiga, también están
la sed, el hambre, el sueño. Espera
tu sucio pedazo de pan.
Doctores de la guerra, villanos,
la granada está por caer
y tenemos tintas las manos
en sangre del amanecer.
Vuestros hijos, también villanos,
jamás os podrán suceder.
Seremos hermanos, hermanos,
algún día tendrá que ser.
¿Nosotros hemos visto la guerra?
Avanza la pequeña brigada.
¿Nosotros hemos oído la guerra?
En la maraña de la picada.
Como cadáveres afilados,
lívidos, de dos en dos,
vamos caminando sin Dios
con los cráneos agujereados.
Chaco Boreal, 1932
De La Rosa Blindada. Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas
revolucionarios (1936).
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La Libertaria
A la memoria de Aída Lafuente,
Muerta en la cuenca minera de Asturias.
Madrid, 1935
A Eduardo Ugarte
Estaba toda manchada de sangre,
estaba toda matando a los guardias,
estaba toda manchada de barro,
estaba toda manchada de cielo,
estaba toda manchada de España.
Ven catalán jornalero a su entierro,
ven campesino andaluz a su entierro,
ven a su entierro yuntero extremeño,
ven a su entierro pescador gallego,
ven leñador vizcaíno a su entierro,
ven labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.
Ven, porque estaba manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.
No dejéis sola su tumba del campo
donde se mezclan el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.
Cuando desfilan los guardias de asalto,
cuando el obispo revista las tropas,
cuando el verdugo tortura al minero,
ella, agitando su túnica roja,
quiere salir de la tumba del viento,
quiere salir y llamaros hermanos
y renovaros valor y esperanza
y recordaros la fecha de Octubre
cuando caían las frutas de acero
y estaba toda manchada de España
y estaba toda la novia de Octubre
y estaba toda la rosa de Octubre
y estaba toda la novia de España.
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