Cómo construir tu novela en 10
preguntas
© Ana Bolox, 2017
Todos los derechos reservados.
Imagen de portada: Canva.
Diseño: Ana Bolox
Fecha de edición: Marzo de 2017
www.anabolox.com
A Cris Mandarica,
por su tiempo y ayuda.
Personas como ella fomentan
mi fe en el ser humano.
Introducción
Hace un par de años me paré a pensar en cuáles serían las diez preguntas fundamentales
que tendría que hacerme antes de empezar a escribir una novela. De esa reflexión
surgieron una serie de artículos que publiqué en mi blog y que son la base de este libro.
En “Cómo construir tu novela en 10 preguntas”, empezaremos por el primer paso
antes de lanzarnos a escribir como locos: el de validar nuestra idea. Veremos qué
hacer con esa bombilla que se ha encendido en nuestro cerebro y que así, de primeras,
nos parece tan genial. Aprenderemos cómo hacerlo y así sabremos si merece la pena
dedicarle todo el esfuerzo y tiempo que lleva escribir una novela.
Después nos plantearemos cuál es el mejor desencadenante para nuestra historia,
así como cómo y dónde debemos situarlo para que surta el efecto deseado y arranque la
novela dándole la vuelta como un calcetín a la vida del protagonista.
En la tercera pregunta nos plantearemos cuál es el objetivo del personaje
principal. Veremos por qué es imprescindible dotarle de uno que, además, merezca la
pena. Aprenderemos qué características debe tener para que desempeñe el papel que
tiene asignado, estudiaremos cuáles son los principales errores que cometemos como
escritores a la hora de elegirlo, qué pasos debemos seguir para no equivocarnos y
repasaremos los principales tipos de objetivos de los que podemos echar mano.
En cuarto lugar, nos preguntaremos acerca del conflicto. Qué es. Por qué es
importante. Con qué tipos de conflicto podemos encontrarnos, cuáles son los puntos
clave de la novela en los que debo situarlos y cómo debo desarrollarlos. Estudiaremos el
conflicto de tu novela desde estas perspectivas para que, sea cual sea el que elijas, lo
trabajes de forma adecuada y consigas ponerle las cosas realmente difíciles a tu
protagonista.
Por cierto… ¿quién va a ser? En la quinta pregunta nos plantearemos quiénes van
a desempeñar el papel de protagonista y de antagonista de tu novela. Hablaremos de
las funciones que ambos deben cumplir, aquello en lo que debes pensar cuando te
sientes a crearlos, y haremos una pequeña introducción al arco dramático que debe
recorrer cada uno de los personajes.
En el sexto paso, nos preguntaremos sobre la motivación de los personajes.
Entenderemos por qué nuestro protagonista debe tener una y qué la origina.
Estudiaremos los distintos tipos de motivación y veremos cómo podemos utilizarlos
para profundizar en la naturaleza y personalidad de los personajes. Aprenderemos
también por qué es necesario que no sólo el protagonista tenga esa motivación, sino por
qué es importante, asimismo, que el antagonista cuente con la suya propia.
Al llegar al capítulo 7, tendremos que sentarnos y empezar a pensar con mucho
cuidado cuáles van a ser las acciones que van a llevar a cabo nuestros personajes para
lograr la meta u objetivo que persiguen. Aprenderemos a qué nos referimos
concretamente con «acción» y cómo podemos aprovecharla para definir a nuestros
personajes sin tener que recurrir a la descripción, y también veremos cómo sus acciones
y reacciones nos ayudan a llevar la historia hacia delante.
Para cuando alcancemos la octava pregunta, «¿Cómo evolucionará nuestro
protagonista?», habremos realizado tanto trabajo de campo que nos resultará mucho más
fácil trabajar el arco dramático que le vamos a hacer recorrer a nuestro personaje
principal. Hablaremos de las dimensiones del personaje, veremos la necesidad de
justificar los cambios que se operen en él y también aprenderemos algunos trucos para
hacerlo evolucionar de forma natural.
En el capítulo 9, nos preguntaremos cómo mantener (e incrementar) la tensión en
nuestra historia y, para ello, estudiaremos algunos recursos con los que cuenta el
escritor y que debe tener siempre a mano.
Finalmente, cuando alcancemos el capítulo 10, abordaremos el punto final de una
novela: el clímax. Estudiaremos qué es, por qué es tan importante, cómo construirlo y
los principales errores que debemos evitar.
Así, con estas diez preguntas, habremos conseguido realizar un trabajo previo a la
escritura de nuestra novela que nos facilitará enormemente esta tarea.
Mientras tanto, y para darte un poquito más de trabajo, te invito a que te
descargues de forma gratuita mi ebook “19 consejos que mejorarán tu novela”. Así
vas haciendo músculo ;—)
1
¿Merece la pena esa idea que has tenido?
Todo empieza con una idea feliz. De repente, no importa dónde te encuentres o la hora
del día o de la noche que sea, tu mente concibe una idea que, de forma imprevista y
sorprendente, brilla entre los millones de neuronas de tu cerebro con la misma
luminosidad con que lo hace una supernova en el interior de una galaxia o la luz del faro
en una noche serena. ¡Es genial! El embrión de una historia está ahí, esperando a que la
lleves al papel.
¿Es genial? Hummm… Cuidado con el entusiasmo inicial. Cuando una idea
luminosa aparece en nuestra mente, nos sentimos tan eufóricos que nuestra propia
emoción puede llevarnos a engaño. Pero, tranquilo, eso es precisamente lo que vamos a
intentar evitar en este primer punto del libro. ¿Cómo? Averiguando si la idea que
hemos tenido es lo suficientemente buena como para dedicarle todo el tiempo y el
empeño que requiere la escritura de una novela.
Volvamos un momento al principio: decíamos que sonríes. Sí, ¡has tenido una
idea feliz! y vas a escribir una novela a partir de ella. Enciendes el ordenador y te pones
a trabajar. Y escribes y escribes. Puede que sacrifiques un par de horas de sueño y
madrugues todas las mañanas para hacerlo. O, si eres ave nocturna, el sacrificio llegará
por la noche. ¡No importa! Te sientes tan feliz, avanzando con esa historia que surgió un
día en tu cerebro de ese fogonazo de creatividad que lo iluminó como un árbol de
Navidad, que pones todo tu empeño en llevarla adelante.
Sin embargo, puede que te haya sucedido ya, llega un día en que te atascas. No
sabes por dónde seguir. La situación a la que has llevado la historia parece no tener
solución y, las pocas que se te ocurren, no te convencen. Es posible que, llegado este
caso, acabes por meter tu historia en un cajón y olvidarla. No al principio, claro.
Primero habrás de pasar un periodo de “luto” en el que te sentirás frustrado: «¡Tanto
trabajo para nada!». Sin embargo, con el tiempo ese embrión de novela, ese feto
abortado pasará al olvido y tú, algún día, volverás a tener otra gran idea que te pondrá
ante el ordenador para, probablemente, recorrer un camino parecido y acabar llegando a
un destino similar.
O puede que te empeñes y te digas que, sí o sí, terminarás esa novela. Y lo harás.
Lo harás de la primera forma que encuentres. De una forma que no contentará ni a ti ni
al lector. Aun así la subirás a Amazon. Te ha costado un mundo escribirla, lo mínimo es
que pruebes suerte.
Pero nadie la lee y, los pocos que lo hacen, dejan comentarios negativos:
Empezó bien, pero, a medida que avanza, la historia se desinfla.
Cuando leí la sinopsis, creí que la novela me gustaría, pero no deja de ser un
cúmulo de tópicos.
Esta novela no vale nada. No la leas ni aunque te la regalen.
Uffff, ¡qué frustración de nuevo! Ya sea porque tu historia acaba en un cajón, ya
sea porque el resultado obtenido es decepcionante, la realidad es que todo aquel
esfuerzo, empeño y trabajo que pusiste no han valido de nada. Ahora quizá recuerdes las
horas de sueño perdidas, las tardes que no saliste con tus amigos o que cerraste la puerta
del estudio y no pasaste con tus hijos. Quizá incluso te plantees que no sirves para esto,
que es mejor dejarlo y olvidar el asunto. Y hasta es posible que te des por vencido y no
lo vuelvas a intentar.
¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué todo ha salido tan mal a pesar del empeño que
pusiste? Las causas pueden ser múltiples, no voy a engañarte, pero la primera de ellas es
que fuiste demasiado impulsivo. Te lanzaste a escribir sin preguntarte antes acerca
de las posibilidades de esa idea maravillosa que había surgido en tu mente.
Y es que: ¿puede una simple idea dar lugar a una gran novela?
No. Las ideas no son más que fogonazos de inspiración. Es cierto que pueden
causar terremotos en nuestro interior. Cuando surgen, nos emocionan, nos ilusionan y
ponen en marcha nuestra creatividad, pero en realidad no son nada más que una chispa.
Detrás de ellas no hay más que el efímero destello del fósforo cuando se rasca sobre el
papel de lija. Si no acercas la cerilla a la yesca, si no abanicas las primeras llamas para
avivarlas y no colocas un buen leño seco sobre ellas, no tendrás una hoguera.
Lo mismo ocurre con las ideas. Hay muchas formas de conseguirlas, lo insólito es
que contengan una buena historia y, si la atesoran, lo verdaderamente difícil es extraerla
de allí y luego desarrollarla. Por esta razón, muchos escritores que no se han preocupado
de comprobar la validez de su idea se dan cuenta, después de haber escrito cien páginas,
de que su historia no va a ninguna parte, de que no vale, de que no está funcionando
como ellos esperaban. En la construcción de una novela abocada al fracaso, éste es el
primer gran error que un escritor puede cometer: creer que tras esa primera chispa
hay una gran historia, el germen de una novela alucinante.
¿Y, entonces, por qué lo cometemos?
Porque somos humanos.
El efecto liberador que produce la gestación de una idea es increíblemente
placentero. De repente, salta la chispa y ante ti se abre todo un mundo de posibilidades.
Las endorfinas corren ligeras por las venas y llegas a creer que con esa idea puedes ir
hasta el fin del mundo. ¡No!, mucho más lejos, puedes llevarla hasta los confines del
universo. No hay restricciones porque..., ¿quién puede poner coto a la imaginación? Así
que no lo pensamos y nos lanzamos de cabeza, nos zambullirnos en la creación de una
historia a partir de una idea feliz, sin pararnos a pensar si tiene futuro, si será capaz de
sostener toda una novela y dar vida a unos personajes que seduzcan al lector.
Hay que evitar esto. Echar por la borda todo el esfuerzo y el tiempo que lleva
escribir una novela es un lujo que ningún escritor que pretenda triunfar con sus historias
debe permitirse. Antes de arrojarnos sobre el teclado como un alma poseída, es
imprescindible realizar un trabajo previo que nos ayude a cribar, a elegir lo que
realmente vale la pena y desechar todo lo demás.
Así pues, anota la primera lección: cuando tu cerebro se ilumine como un árbol de
Navidad, siéntate delante de un papel, en vez de hacerlo frente al ordenador, y piensa.
Reflexiona sobre ese mundo multicolor que brilla en tu cabeza y pregúntate si de verdad
encierra un proyecto que será provechoso o sólo se trata del brillo efímero de unos
fuegos artificiales.
De esa reflexión y de la decisión que tomes dependerá en gran medida el éxito de
tu novela. Dale la importancia que tiene, que es mucha, y no te pongas a escribir antes
de hacerte esta pregunta: ¿Es suficientemente atractiva esa idea que se me ha
ocurrido como para dedicarle todo el esfuerzo y tiempo que requiere escribir una
novela?
No validar la idea es el primer error del escritor principiante.
De modo que vamos a evitarlo. ¿Preparado?
1. Cómo validar tu idea
Muy sencillo: trabajándola y comprobando si posee sustancia suficiente para
sustentar una historia que merezca la pena escribir y leer. En otras palabras:
asegurándote de que contiene todo lo que una novela necesita para sostenerse.
Y para ello, en primer lugar debes tener muy claro cuáles son los elementos
básicos con los que ha de contar una novela para que funcione. Tranquilo, no vamos a
hacer una lista confusa de puntos que te compliquen la vida. En realidad, en esta fase de
tu trabajo sólo tienes que ocuparte de cuatro elementos:
Elementos básicos de una novela para que funcione
A. Un protagonista con el que el lector empatice.
Si quieres conseguir que el lector empatice con tu protagonista tienes que hacer de
él un ser humano. No puedes presentarle un personaje que encarne la perfección del
superhéroe. Tu protagonista ha de tener virtudes, pero también defectos. Y, además,
debe ser alguien que actúe. Es decir, tienes que construir un personaje activo, no
reactivo; un personaje que toma decisiones y las ejecuta en pos de un objetivo que está
dispuesto a lograr, cueste lo que cueste.
B. Un objetivo
Para sostener toda una novela es obvio que no nos basta con un personaje
principal, por muy carismático que logremos hacerlo. Con el fin de que la novela se
sustente, necesitamos también un objetivo que sea claro y que esté bien definido.
Ahora bien, no nos vale cualquiera. El objetivo de nuestro protagonista debe ser un
gran objetivo. Es decir, algo que sea tan importante para él que esté dispuesto a pagar
cualquier precio por conseguirlo. Un objetivo que, como decíamos antes, obligue a tu
protagonista a actuar, a ponerse en movimiento y tomar decisiones.
C. Acción
En una novela tienen que pasar cosas. Si no sucede nada, el lector abandonará la
lectura. Así que, tal y como ya se ha ido apuntando en los dos puntos anteriores, si tu
protagonista tiene un objetivo activo será un personaje activo. Es decir, no se limitará a
reaccionar, sino que tomará decisiones y ello llevará a que haya acción en tu novela y
ésta avance a buen ritmo y con interés.
D. Antagonista y conflicto
Una vez que tienes esbozado un protagonista al que le has proporcionado un
objetivo claro y activo, debes ponerle muy difícil alcanzarlo. Es decir, has de colocar
obstáculos entre el personaje y la consecución de su objetivo. O lo que es lo mismo: has
de introducir el conflicto dentro de tu historia. Para lo cual, obviamente, necesitas un
antagonista. Un personaje que, por supuesto, también tiene sus propios objetivos y
motivaciones.
Así que, cada vez que te asalte una nueva idea y te plantees escribir una novela a
partir de ella, comprueba que incluye todos estos elementos:
Pregúntate si tu idea da vida a un personaje protagonista con el que el lector
empatice.
Si éste tiene un objetivo que alcanzar y si ese objetivo queda claro y es lo
suficientemente importante como para que tu protagonista se ponga en
movimiento.
Es decir, para que actúe. La acción es otro de los elementos indispensables de
una novela.
Y, por último, pregúntate si tu historia cuenta con un antagonista que posea las
cualidades que necesitas para obstaculizar el camino de tu protagonista,
sembrando un conflicto que irá “in crescendo” a medida que la historia avance.
Muy bien, ya sabemos cuáles son los cuatro elementos básicos que una buena idea
debe poseer para empezar a considerarla potable, ¿pero cómo nos aseguramos de que la
nuestra los contiene? La respuesta es muy sencilla: la mejor herramienta con la que
contamos para realizar esta comprobación es la premisa, porque una premisa bien
redactada nos va a dar, en sólo un par de frases, la información que necesitamos acerca
de estos elementos. Vamos a verla un poco más de cerca.
2. La premisa
La premisa es una descripción general de la historia que quieres contar. Es una
aproximación a ese «¿De qué va la novela?» con la que vas a encauzar la idea que estás
valorando, de manera que te resultará mucho más sencillo comprobar si cuenta con los
elementos indispensables que toda novela ha de poseer. Con la premisa vamos a realizar
un primer desarrollo de nuestra idea, escueto, es verdad, pero con la suficiente claridad
como para ir entreviendo si ésta cuenta con entidad suficiente.
La fórmula para construir una premisa es muy sencilla:
Premisa = Protagonista + Objetivo + Acción + Antagonista.
Pongamos un ejemplo:
Un informático alcohólico, cuya hija ha sido secuestrada por una compañía
rival, debe hackear el sistema informático de la empresa para la que trabaja con el fin
de recuperarla, incluso si ello le lleva a arrostrar la venganza del despiadado director
general.
Lo sé, no parece una historia muy original, pero como ejemplo de premisa nos
vale puesto que tenemos en ella todo lo que necesitamos para realizar ese primer esbozo
de aproximación a nuestra historia. Si observas con detenimiento, la premisa cuenta con
los mismos cuatro elementos que toda novela debe poseer para, como antes dijimos,
tener sustancia suficiente y capacidad para interesar al lector:
1. Un personaje protagonista: el informático alcohólico.
2. Que tiene un gran objetivo: recuperar a su hija.
3. Y debe realizar una acción: hackear el sistema informático de la empresa para la
que trabaja.
4. Lo cual le enfrenta a un antagonista: el despiadado director general de su
empresa.
3. Cómo construir una premisa
El esquema general para construir nuestra premisa, por tanto, es el siguiente:
Cuando ____________ (algo ocurre que obliga al protagonista a actuar para lograr un
objetivo), ____________ (protagonista) ________________ (adjetivo) debe hacer
algo _______________ (acción) que ________________ (provocará un
enfrentamiento) con un _______________ (adjetivo) ________________
(antagonista).
Cuando la hija de James Parker, un informático alcohólico que
trabaja para una empresa puntera en el campo de la cibernética, es
secuestrada por una compañía rival, Parker se verá obligado a hackear el
sistema informático de la empresa para la que trabaja, incluso si ello le
lleva a arrostrar la venganza del despiadado director general.
Observa que hemos añadido un adjetivo tanto al protagonista como al
antagonista. ¿Por qué? Porque con ese adjetivo debes definir el rasgo más llamativo de
la personalidad de cada uno de estos dos personajes.
“Alcohólico” ya nos da una idea de cómo va a ser ese padre: probablemente
separado o divorciado por sus problemas con la bebida, James Parker es bastante
posible que sea un hombre solitario y amargado que ahoga sus problemas en alcohol, en
lugar de hacerles frente. De modo que también nos otorga un buen punto de partida para
construir un arco dramático del personaje que lo haga atractivo. Hablaremos sobre ello
en un punto posterior.
En cuanto a “despiadado”…, lo sé, no he sido muy imaginativa, pero aun así es un
adjetivo al que le voy a sacar jugo: en un principio podemos imaginar que el director
general de la empresa para la que trabaja James Parker va a cabrearse mucho con él
cuando descubra que ha pasado información vital de la compañía a una firma rival. Pero
es que despiadado va mucho más allá de cabreado. Despiadado implica que el director
de James Parker no va a ser precisamente un tipo clemente. A James Parker le tocará
encarar un montón de conflictos y problemas: su alcoholismo, la imperiosa necesidad de
salvar a su hija, las complicaciones de hackear un sistema informático sin dejar huella,
fracasar en este punto y, por ello, enfrentarse al gran conflicto: un jefe que está
dispuesto a cualquier cosa con tal de vengarse… ¿Incluso a acabar con la vida de la hija
de James Parker? (Acaba de ocurrírseme).
¿Ves? Tontamente, y de un solo adjetivo, podemos empezar a sacar hilos muy
interesantes a nuestra historia. Por eso, cuando escribas la premisa no elijas dos
adjetivos al azar, sino los dos adjetivos que mejor definan la naturaleza de tu
protagonista y tu antagonista.
4. Vale, ¿pero cómo me ayuda la premisa a validar mi idea?
Si echamos de nuevo un vistazo al ejemplo que escribimos antes y lo analizamos
con detalle vemos que, al realizar esta breve descripción de nuestra idea básica, estamos
logrando varios objetivos:
1. La premisa te obliga a dar forma a la idea y exponerla de una manera
sencilla a partir de la cual podrás comenzar a trabajar la historia.
2. Te ayuda a reducir el alcance de tu idea hasta centrarlo en un problema
específico.
3. Y a definir un conflicto con el que te obligas a trabajar dentro del modelo de
estructura clásica de una novela. Es decir, te proporciona el primer basamento
sobre el que vas a construir esa estructura.
Vale, vale, esto puede sonar un poco lioso y lo que tú buscas es concreción. Así
que voy a darte una respuesta muy concisa: a partir de la premisa podremos contestar a
una serie de cuestiones que nos van a dar una primera respuesta a la pregunta de si
nuestra idea es válida o no:
¿Tienes un protagonista? Sí, James Parker, un informático alcohólico.
¿Tiene el protagonista un objetivo principal que deba conseguir? Claro,
recuperar a su hija.
¿Y ese objetivo le motiva lo suficiente como para obligarlo a actuar? Si salvar
la vida de su hija no motiva a un padre…, ¡ya me dirás!
¿Y tienes un antagonista que vaya a obstaculizar y crear conflictos al
protagonista en la consecución de su objetivo? Sí, también lo tienes: el
despiadado director general de la empresa para la que trabaja Parker y a la que
ha hackeado.
Así pues, de momento y sólo a través de un breve párrafo, ya vemos que la idea
que tuvimos apunta bien. Tenemos conflicto, tenemos un objetivo y tenemos una
motivación importante que empuje a nuestro protagonista, pero además tenemos a un
antagonista que se encargará de ponerle las cosas difíciles.
Es decir, tenemos el germen de una historia.
5. Síntomas de que tu idea merece la pena
Además de validarla a través de la premisa, hay una serie de síntomas que
también pueden indicarte si la idea que has tenido merece la pena. Para comprobar si los
“sufres”, hazte las siguientes preguntas:
A. ¿A ti te gusta?
La primera pregunta que debes hacerte es si la idea resulta interesante… para ti
mismo. No, no estoy de broma ni es una chorrada que se me acaba de ocurrir. Date una
vuelta por Amazon e investiga durante un rato la cantidad de novelas románticas sobre
vampiros que se han escrito a cuenta del éxito de Stephenie Meyer. ¿Cuántas copias de
“Crepúsculo” y del resto de títulos de la saga cuentas? ¿Y si haces ahora lo mismo con
los clones de “Cincuenta sombras de Grey”?
Puede que muchos de los autores de esas novelas sean apasionados lectores de
romances vampíricos o del masoquismo erótico y hayan disfrutado escribiendo remedos
de esas historias, pero también los hay que sólo han querido aprovechar el tirón. Si, al
plantearte esta primera pregunta, tu respuesta es: «No, la idea no me interesa lo más
mínimo», y simplemente consideras que puede ser una buena opción porque está de
moda, entonces abandónala y busca otra. Te lo aseguro: escribir esa historia será un
tostón insufrible para ti. Te aburrirás mortalmente y aburrirás a tus lectores hasta que
decidan abandonar tu novela.
Además… ¿te has planteado la posibilidad de que, para cuando la acabes, ese tipo
de historias ya no esté de moda? Reflexiona.
B. ¿Qué sientes por ella?
Si has contestado afirmativamente a la pregunta que se planteaba en el apartado
anterior, vamos por buen camino, pero aún nos quedan algunas otras cuestiones a las
que responder. Te toca ahora describir lo que sientes por esa idea.
Hay algunos síntomas que pueden indicarte si de verdad crees que tu idea merece
ser desarrollada en una novela. Estudia tus emociones y mira si puedes responder a
todas las preguntas con una afirmación:
a. ¿No puedes dejar de darle vueltas a esa idea? Cuando te hablan, ¿no escuchas
porque tu mente está ocupada pensando en ella? Cuando vas conduciendo, ¿te
pasa lo mismo?
b. ¿Tu mente te bombardea constantemente con escenas o pedazos de diálogo entre
los personajes? ¿Te cuesta dormir porque al meterte en la cama esa idea que ha
nacido se expande y va tomando forma? ¿Comienzas a tener un mapa mental de
cómo se irá desarrollando la historia?
c. ¿Te sorprendes sonriendo al pensar en el final del proceso, cuando en tu mente
ya estás viendo la novela escrita, encuaderna y lista para ser vendida? ¿Sientes
una emoción que no puedes apaciguar? ¿Te apasiona la idea de escribir ese libro
y alcanzar esa visión del producto final que hay en tu cabeza?
Si las respuestas a estas preguntas son afirmativas, va a ser que sí estás
entusiasmado con la idea. Ahora bien, que tú sientas esa emoción no significa que tus
futuros lectores también vayan a experimentarla (recuerda el árbol de Navidad). Para
que lo hagan, tendrás que proporcionarles una historia excelente que les haga vibrar. Por
eso te aconsejo que continúes el interrogatorio.
C. Preguntas que debes hacerte:
a. ¿A quién le importa esta historia? Si la respuesta es: «Bueno, tal vez a nadie,
pero me da igual. La escribiré de todos modos», te sugiero que o bien des vida a esa
idea como un simple ejercicio de práctica, o bien la olvides hasta que encuentres cómo
mejorarla. Si lo que deseas es tener lectores y ya desde el principio crees que nadie se va
a sentir interesado por tu historia, entonces sigue mi consejo: tírala a la papelera o
espera a que se te ocurra algo con lo que puedas hacer de ella una historia interesante.
Si, por el contrario, decides que sí, que tu historia puede resultar interesante para
el lector, entonces deberías seguir haciéndote algunas preguntas más…
b. ¿Es impactante? Esta es la siguiente pregunta en la lista y la respuesta debe
ser siempre afirmativa, por supuesto. Si no lo es, abandónala y busca otra. Pero ¿cómo
estar seguro de que tu respuesta afirmativa es correcta? Sólo siendo sincero contigo
mismo y ahondando en ella hasta el final. Una buena forma de asegurarse consiste en
acudir a la premisa y examinarla con toda la imparcialidad de la que seas capaz. Analiza
ese pequeño resumen que has compuesto y desnuda la idea. Desenmascara los tópicos
que se hayan colado y despójala de ellos. Ahora estudia lo que queda y sopesa su
atractivo. ¿De verdad va a impactar al lector? Si tomáramos como caso de estudio el
ejemplo de premisa que hemos puesto unos párrafos más arriba, no podríamos más que
responder que no, que la idea no sólo no es impactante en absoluto, sino que es
demasiado manida como para desperdiciar tiempo y trabajo en ella.
c. ¿Dentro de qué género la voy a situar? ¿Qué le estás ofreciendo al lector?
¿Tu novela se encuentra dentro del género que los lectores esperan encontrar cuando la
lean? Es importante que desde el principio fijes el género al que pertenece. Luego, igual
de importante es hacérselo saber a tus lectores: es probable que a los que les guste la
novela policíaca no les apetezca leer una de ciencia ficción. Asegúrate de que les dejas
claro qué género van a encontrar cuando lean tu novela.
d. ¿Es intrigante? Sé sincero: ¿de verdad lo es? ¿Qué estrategias vas a utilizar
para que una novela enmarcada dentro de un género determinado, que debe contener
una serie de elementos que le son propios y, por tanto, normalmente previsibles, sea
fresca, original y absorbente?
e. ¿Atrapará al lector? Muy bien, crees que ya has pensado las estrategias y que
con ellas lograrás hacer de tu novela una historia intrigante. Ahora piensa: al añadir esos
elementos, esos giros que crees inesperados, ¿te parece que tu novela logrará ser lo
suficientemente persuasiva como para echarle el guante al lector y hacerlo, además,
desde el principio?
f. ¿Conectará con él emocionalmente? Este punto es importante. Muy, muy
importante: ¿crees que tu novela será capaz de anudar un lazo emocional con el lector?
Ten siempre presente que los lectores suelen acoger muy bien las novelas que, además
de contarles una historia, les hablan, es decir, que consiguen establecer una conexión
emocional con ellos.
Y hemos llegado al final del interrogatorio. Examina con detenimiento todas estas
preguntas y respóndelas con objetividad. Si después de hacerlo, tu idea ha pasado el
examen, entonces, adelante: ponte a trabajar en ella y escribe la novela que mejor
seas capaz de pergeñar.
Pero, antes, lee el segundo punto de este libro: ¿Cuál es el desencadenante de la
historia?
2
¿Cuál es el desencadenante de tu historia?
1. ¿Qué es el desencadenante?
El desencadenante es el punto en el que una historia comienza. Antes de él sólo
tenemos una situación de equilibrio inicial que nos muestra, en unos cuantos párrafos,
la vida rutinaria de nuestro protagonista. Ahora bien, si nos quedáramos ahí, si no
hiciéramos nada por cambiar esa situación, no habría historia y la novela se reduciría a
la narración soporífera del día a día de un personaje.
Para que la historia arranque de verdad e interese al lector, debes hacer algo que
rompa esa monotonía y, para ello, cuentas con una herramienta que te va a ayudar a
poner en movimiento la novela.
¿Y cómo te va a ayudar? Muy sencillo: aniquilando esa tranquila rutina en la que
vive el personaje a través de un incidente que la pondrá boca abajo, que la convertirá en
astillas, que volverá su mundo un caos: el desencadenante.
El desencadenante es, por tanto, el suceso que va a transformar la tranquila
vida del protagonista en un universo caótico. Es el Big Bang que va a originar un
nuevo cosmos, y ese nuevo universo que nace a partir de él es el que va a narrar la
novela.
En este segundo capítulo del libro vamos por tanto a tratar dos elementos
indispensables de cualquier historia: la situación de equilibrio inicial, que tocaremos
brevemente, y el desencadenante.
2. Funciones del desencadenante
A. La llave de contacto
Si tu protagonista vivía en un mundo ideal, o casi, está claro que la modificación
traumática de su existencia no puede dejarlo indiferente. Por el contrario, le va a obligar
a marcarse un objetivo: el de recuperar la armonía perdida de su mundo, para lo cual
debe actuar. Y en el momento en el que el personaje empieza a actuar, es decir, a
moverse, comienza la historia.
Por tanto, el desencadenante es el incidente que pone en marcha la historia, es lo
que da una razón o motivo al personaje para tomar una decisión, fijarse una meta y
comenzar a realizar una serie de acciones con el fin de alcanzarla. Es decir, el
desencadenante es la llave de contacto con la que vas a arrancar tu novela.
Por eso no es un punto opcional dentro de la estructura de la novela, sino uno
imprescindible. Sin un cambio, sin que nada altere la normalidad de la vida de nuestro
protagonista y la catapulte en una dirección inesperada para él, el personaje no tendría
ninguna razón para actuar, es decir, no sentiría ninguna motivación que lo empujara a
ponerse en marcha y, si así fuera, la historia no tendría lugar.
B. El anzuelo perfecto
Sin embargo, ésa no es la única función del desencadenante, ya que este elemento
es también la primera señal para tu protagonista de que se avecinan problemas. De
modo que, si te paras a pensar un momento, verás que el desencadenante se convierte en
la forma perfecta de estimular la curiosidad del lector, atraparlo desde el principio e
intrigarlo lo suficiente como para evitar que abandone la lectura. Digamos, en palabras
claras, que es el primer gancho de tu novela.
Y fíjate si es importante en este sentido: Nancy Kress, en su libro Beginnings,
Middles & Ends, nos cuenta que en un relato corto tienes unos tres párrafos para
hacerte con la atención del editor o del lector; y alrededor de tres páginas, en el caso
de una novela. Esto te da una idea de la importancia que tiene el desencadenante en tu
historia al convertirse en ese gancho que vas a tender para que el editor y el lector
piquen el anzuelo. De ahí su trascendencia a la hora de planificarlo.
Ahora bien, el incidente inicial no tiene por qué consistir en una especie de acción
suicida, quiero decir, puede tratarse de algo sutil. Por supuesto, en una novela de acción,
fantasía o ciencia ficción, el desencadenante suele ser algo muy llamativo e incluso
explosivo; pero en historias que tienden hacia las emociones, como una novela
romántica, el hecho que provoca el cambio puede ser algo tan “vaporoso” como un
malentendido o la entrada en escena de un personaje misterioso.
De modo que aquí tenemos otro punto importante respecto a este elemento: como
ves, el tipo de desencadenante que elijas debe estar íntimamente ligado al género al que
pertenece tu novela. Un asesinato lleva a una historia detectivesca; una infidelidad
puede conducir a una historia romántica; una catástrofe cósmica, a una de ciencia
ficción…
En cualquier caso, y sea cual sea el desencadenante, debe cumplir con una serie de
requisitos para llevar a cabo su función. Así que vamos a ver cuáles son.
3. Características de un buen desencadenante
A. El desencadenante debe ocurrir en el primer acto de la historia (la
presentación) y, si es factible (y debería serlo), lo antes posible dentro de ese primer
acto.
Ésta es otra de las preguntas que debes plantearte cuando estés planeando tu
desencadenante: «¿Dónde lo sitúo?». En cada novela vas a tener que elegir el momento
en el que quieres que ocurra, porque no hay una respuesta correcta a esa pregunta. He
leído a autores de técnicas narrativas que dicen que el desencadenante debe ocurrir en
las tres primeras páginas; otros, hacia el final del primer capítulo; otros, en las primeras
treinta páginas y otros, en las cincuenta primeras. Es bastante probable que tú mismo
hayas encontrado entre tus lecturas casos que ilustren cada una de estas opiniones.
Personalmente, y como mi principal interés al escribir son las novelas policíacas,
mi desencadenante (que es el crimen) suele ocurrir en la primera escena o en las
primeras páginas.
Pero tampoco tiene por qué ocurrir siempre así. El desencadenante, aunque
parezca extraño, puede suceder incluso antes de que la historia comience, como ocurre
en la novela de Preston & Child, The Relic, en la que los autores decidieron establecer la
situación de equilibrio inicial de la coprotagonista en el capítulo 4 y, sin embargo, el
desencadenante, es decir, ese incidente que va a trastocar su vida, ya ha sucedido para
entonces, aunque ella todavía no lo sabe.
De modo que, sí, el desencadenante puede colocarse incluso antes de
establecer la situación de equilibrio inicial. Ahora bien, en caso de que optes por una
solución como ésta, asegúrate de presentar los hechos de una forma atractiva e
intrigante que estimule la curiosidad e interés del lector. En The Relic, los autores
utilizaron un mecanismo típico de la novela de suspense que consiste en dar al lector
más información de la que el protagonista posee, de modo que nosotros, como lectores,
podemos ir anticipando lo que va a ocurrir, algo que nos genera tensión y aviva nuestra
necesidad de continuar leyendo para comprobar si lo que imaginamos sucede en
realidad. Es decir, está actuando como un buen gancho.
B. El desencadenante afecta al protagonista directamente, pero no tiene por qué
hacerlo de forma inmediata. En otras palabras: el personaje principal de tu historia no
tiene por qué verse envuelto en ese incidente inicial o desencadenante y puede que ni
siquiera sepa que está ocurriendo. Imaginemos a un grupo terrorista que roba un arma
biológica en Japón, mientras que nuestro protagonista, un exmiembro de los cuerpos
especiales del ejército, apura su última cerveza en un bar de Los Ángeles antes de
marcharse a casa. El desencadenante (el robo del arma bacteriológica) ha sucedido
mientras nuestro protagonista disfrutaba de una velada tranquila en una ciudad situada
al otro lado del Pacífico. Obviamente le va a afectar porque será él quien tenga que
enfrentarse a la banda terrorista y recuperar el material robado (que para eso es el prota),
pero, en el momento de suceder, la vida de nuestro personaje aún permanece tal y como
ha sido hasta entonces. Se trata de un ejemplo similar al anterior. En este caso los dos
elementos se dan al mismo tiempo, pero obviamente el segundo va a tener un impacto
brutal en el primero.
C. Por otra parte, y aunque ese incidente inicial de una forma u otra debe afectar
directamente al protagonista con el fin de conseguir que éste reaccione de manera
creíble e inevitable, puede que la respuesta de nuestro personaje no sea inmediata y
que incluso dude sobre si debe actuar al respecto o no. En esta lucha interna que el
personaje mantiene consigo mismo, debe acabar venciendo el sí, por supuesto. Recuerda
que si nuestro prota no da una respuesta positiva, si no se involucra en lo que está
ocurriendo, no habrá historia.
Así que, y pese a las dudas que pueda tener (si es que quieres jugar con los
conflictos internos), el desencadenante debe ser lo suficientemente potente como
para que el personaje se vea obligado a actuar.
D. Pero es que, además, el problema que plantee el desencadenante tiene que
poseer la entidad suficiente para que la resolución del problema que ha causado
necesite el desarrollo de toda una novela.
E. Y, por último, el antagonista es quien habitualmente causa el incidente
inicial, pero tampoco tiene por qué. En ocasiones, el autor puede optar por que el
antagonista tampoco se vea envuelto en el desencadenante con el que la historia
comienza.
Todo esto implica que, como escritor, tienes una gran responsabilidad a la hora de
elegir el tipo de desencadenante que vas a utilizar en tu historia si quieres que funcione.
Para ello debes optar por un incidente que se avenga con el protagonista, con sus puntos
fuertes y débiles, con sus temores… Ten en cuenta que el contratiempo con el que todo
empieza ha de alterar al personaje, sus pensamientos y emociones, etc., de forma que lo
obligue a lanzarse a escena.
De hecho, si se le pueden dar al personaje varias razones para actuar, conviene
que se haga. No se trata de abrumarlo bajo una tonelada de dificultades, pero sí que
debes buscar algo con el ímpetu suficiente como para que el protagonista se ponga en
pie y camine hacia un objetivo. Si aún se quiere tensar más la cuerda, con ese cambio
inicial se puede proponer, además, una disyuntiva, en general de tipo personal, que a tu
protagonista le resulte difícil resolver, de manera que la elección que haya de tomar sea
costosa para él desde un punto de vista emocional.
Así que, antes de lanzarte sobre la primera idea que te haya venido a la cabeza,
sopesa todos estos puntos y piensa bien si el desencadenante de tu historia responde a
ellos.
4. Principales errores
Hay algunos errores muy comunes que puedes cometer al diseñar el
desencadenante de tu novela. Vamos a ver cuáles son y cómo evitarlos.
Uno de ellos es no acertar a colocarlo donde debes. Como acabamos de ver
en el ejemplo con que hemos ilustrado la posición de este elemento dentro de la novela,
Preston y Child eligieron abrir The Relic con el desencadenante y luego establecer la
posición de partida (la situación de equilibrio inicial) de la protagonista. Probablemente,
antes de empezar a escribir estudiaron con calma este punto y llegaron a la conclusión
de que ésa era la mejor manera de plantear estos dos elementos. En mi opinión, no se
equivocaron. En cualquier caso, y si ésta es tu decisión también, asegúrate de atrapar la
atención del lector en esas primeras páginas que transcurren antes de presentar al
protagonista de la novela.
Otro de los errores consiste en comenzar la historia con demasiados detalles,
normalmente acerca del personaje principal, de su vida actual o de su pasado, que no
son relevantes en ese momento. Es decir, el error aquí se encuentra en el hecho de
alargar demasiado la situación de equilibrio inicial.
Los escritores principiantes suelen sentirse muy inseguros respecto a este punto.
Creen que si no dan todos esos detalles el lector no va a ser capaz de situarse, no sólo en
lo que se refiere a la dimensión espacio—temporal, sino en cuanto a su protagonista.
Tranquilo, el lector no es bobo y con unos pocos detalles muy bien elegidos podrás
situarlo perfectamente. Ningún lector necesita conocer cada particularidad de la vida de
tu protagonista en estas primeras páginas. De hecho es mucho más efectivo ir
esparciéndolas a lo largo de la novela e ir conformando, así, la imagen y naturaleza del
personaje.
Si necesitas darle cierta información antes de que ocurra el desencadenante, debes
proporcionársela de manera que contenga ya la semilla del conflicto principal que va a
recorrer la historia y, desde luego, de forma que no interrumpa la tensión que crea el
desencadenante.
Enlazado con el error anterior, otro de los más comunes entre los escritores
noveles consiste en que, puesto que ya están avisados de que deben comenzar con
acción, dedican el primer capítulo a ese incidente o cambio inicial que trastoca la vida
del personaje y luego –es aquí donde cometen la torpeza– se consagran por entero a
contarnos el pasado del protagonista a lo largo del segundo capítulo, con lo cual
detienen durante todo un capítulo la acción y movimiento que consiguieron introducir
en el primero. Resultado: estancan la historia. ¡Error garrafal!
Pero hacer lo contrario también es una gran equivocación: la de comenzar con
un desencadenante potente que conduce a una gran carga de acción y continuar ese
ritmo acelerado durante capítulos enteros, sin dar un respiro al lector ni proporcionarle
información básica que debe conocer. A este tipo de novelas yo las llamo “libros
agotadores”. Un buen ejemplo es El mal de Judas, de James Rollins (no lo leas).
Cuatrocientas ochenta y tres páginas de acción continua que extenúan al lector, desde el
mismo desencadenante hasta la conclusión de la historia. No cometas este error,
esmérate en encontrar el equilibrio adecuado.
Luego, además, tenemos el problema de lograr que el lector empatice con el
protagonista. Dentro del mundo de la edición y publicación, hay quien se lamenta de
que una acción demasiado inmediata es igual de perniciosa que un comienzo lento y
rebosante de datos, porque, según argumentan, empezar la historia con una acción muy
rápida, que pone al protagonista en peligro o le enfrenta de inmediato con una cantidad
exagerada de problemas, no concederá al lector el tiempo necesario para que se
identifique y empatice con él, y, por tanto, para que se preocupe por su situación. Esta
contradicción puede (y es razonable que lo haga) confundirte e incluso llegar a
paralizarte ante la pantalla del ordenador, preguntándote qué debe hacer. Respuesta:
busca el equilibrio, siempre el equilibrio y, además, elige muy bien los detalles que vas
a dar sobre tu protagonista en ese momento concreto de la historia. Si los eliges de
forma inteligente, lograrás hacerlos llegar al lector y que éste vaya interesándose por él.
Por último, otro error bastante común que puedes cometer con el
desencadenante de la historia es el de no dotar a ésta del tipo de personaje necesario
para enfrentarse a los problemas a los que el incidente inicial da comienzo, o proponer
un protagonista que no actúa, sino que se deja llevar por los acontecimientos y más
parece que los esté observando desde fuera que participando en ellos. Necesitas un
protagonista activo, no reactivo. Así que asegúrate de que tu protagonista da la talla para
el desencadenante que tienes pensado o guárdalo en el cajón y elije otro.
5. Breve recapitulación
Atendiendo a la estructura de una historia, estos dos primeros puntos (establecer
el estatus habitual del protagonista, o situación de equilibrio inicial, y presentar el
incidente, o desencadénate, que va a trastocar su existencia) son esenciales para
construir no sólo unas cuantas páginas iniciales de buena calidad, sino un excelente
comienzo estructural. El equilibro que logres entre ambos puntos es lo que va a decidir
si el principio de tu novela reúne las condiciones necesarias para captar la atención (ya
sea del editor, ya del lector) o no.
Además, al comenzar una novela con este tipo de estrategia estás obligando a que
tu protagonista, normalmente un personaje pasivo en este punto concreto de la historia,
se ponga en movimiento. Pero recuerda que, para lograrlo, el desencadenante ha de dar
lugar a un conflicto que ataña directamente al personaje.
Y, por otra parte, el desencadenante que elijas debe poseer la entidad suficiente
para sostener toda la novela.
6. Estudiemos un ejemplo
Vamos a ver todo esto con un ejemplo que te ayudará a darte cuenta de cómo
funcionan los dos elementos que hemos tratado en este punto. Pero para ilustrarlo no
voy a tomar una novela, sino una película: La jungla de cristal 1. Probablemente la
mayoría de los que estáis leyendo este libro la habéis visto y, si no es así, os resultará
fácil encontrarla en internet. Vamos a ello.
La situación de equilibro inicial y la importancia de los detalles
La jungla de cristal 1 comienza presentando al espectador la situación de
equilibrio inicial, la de un matrimonio que está pasando por una crisis después de que
ella, por motivos de trabajo, se haya mudado a California con los niños y él, policía, se
haya quedado en Nueva York. Es Navidad y nuestro protagonista, John McClane, acaba
de aterrizar en Los Ángeles para pasar esos días con su familia. Mientras un chófer lo
lleva al Edificio Nakatomi, lugar donde trabaja su mujer, Holly Gennaro aparece en su
ambiente habitual de trabajo, preguntándose si su marido finalmente vendrá a pasar las
fiestas con ella y los niños o no.
La situación de equilibrio inicial nos es mostrada con detalles específicos y bien
elegidos que no necesitan explicación para que el espectador los entienda. Por ejemplo,
cuando el avión aterriza, la cámara nos muestra la mano izquierda de John McClane
aferrándose al brazo de su asiento. En ella aparece, en primer plano, el anillo de casado.
Luego, cuando McClane llega al edificio Nakatomi y busca a su mujer en el ordenador,
se percata de que ella está utilizando su apellido de soltera. Con éste y otros detalles, ya
sabemos que el matrimonio de John y Holly está en crisis sin necesidad de que los
actores hayan hablado sobre ello o una voz en off nos lo haya contado.
El resto de detalles sirven para situar al espectador temporal (es Navidad) y
espacialmente (estamos en Los Ángeles, en el rascacielos de la empresa Nakatomi).
Como ves, la película respeta los requisitos que se exigen a una situación de
equilibrio inicial: no cuenta en profundidad la vida del protagonista, pero con unos
pocos detalles sitúa al espectador de forma brillante.
La situación de equilibrio inicial y su duración
Ya te he dicho que uno de los errores más importantes que comete el escritor
primerizo es el de eternizarse en la presentación de esta situación de equilibrio inicial,
¿te acuerdas? Y que el motivo más habitual para cometer este fallo es el de creer que
hay que contarle al lector la vida del protagonista antes de pasar a la acción. No es así.
Créeme. Apúntatelo en un lugar visible cuando estés preparando esta parte de la novela
y ten siempre presente que es mucho más eficaz, a la hora de mantener el interés del
lector, ir proporcionando datos de nuestros personajes poco a poco.
Lo acabamos de ver en La jungla de cristal 1: con simples detalles se va
construyendo esa situación inicial sin alargarla más allá de lo estrictamente necesario.
El simple detalle de mostrar que John MacClane y su mujer están pasando por una crisis
matrimonial, el detalle de que ella haya cambiado el apellido de él por su apellido de
soltera, y el de ella llamando a casa para saber si él ha llegado y recibiendo una negativa
por respuesta, ponen al espectador ante unos personajes con preocupaciones que todos
podemos comprender. El sufrimiento de uno y otro se ejemplifica con esos pocos
detalles, bien elegidos y que nos empujan a sentir empatía por ellos y curiosidad por lo
que va a ocurrir con su matrimonio.
De igual forma, cuando John y Holly se encuentran en el Edificio Nakatomi, tras
unos minutos de sorpresa tienen su primera bronca matrimonial. Él no le ha perdonado
que se mudara a Los Ángeles y pusiera en peligro su matrimonio, lo cual proporciona a
nuestro protagonista un conflicto interior que va a acompañar al conflicto exterior (los
estudiaremos en el Capítulo 4) originado por el desencadenante.
De esta manera, se ha conseguido lo que realmente importa con este primer punto,
la situación de equilibrio inicial: hacer que el lector/espectador sienta afinidad hacia el
protagonista de la historia y se preocupe por lo que pueda ocurrirle. Así, una vez que ya
tenemos al lector amarrado al devenir de nuestro personaje, podemos pasar a la acción,
siempre, eso sí, buscando un equilibrio entre ambos elementos.
Éste es, pues, nuestro punto de partida en La jungla de Cristal 1, nuestra situación
de equilibrio inicial. Ya se la hemos presentado al espectador. Ya hemos cubierto ese
primer punto. Ahora hay que ocuparse del segundo, el desencadenante, y arrancar la
historia de verdad.
El desencadenante
En nuestra película, el desencadenante consiste en la repentina aparición de un
grupo de terroristas que se hace con el control del Edificio Nakatomi. Cuando asaltan el
rascacielos, sólo hay gente en la planta 30, donde se está celebrando la fiesta navideña
de empresa. Para los terroristas, por tanto, es sencillo aislar a esas personas y dominar el
edificio. El único elemento con el que no han contado es con la presencia de un policía,
John McClane, que logra escapar al cerco.
La situación que encontramos después de este desencadenante da lugar a dos
puntos importantísimos que, como escritor, debes tener en cuenta y trabajar de forma
adecuada:
1. Por una parte, el desencadenante ha dado un giro total a la línea argumental
con que la película había abierto, es decir, ha puesto boca abajo la vida cotidiana de los
protagonistas, convirtiéndola en un caos.
2. Y, por otra, nuestro héroe se ve obligado a actuar: tendrá que enfrentarse solo a
un grupo terrorista. Es decir, lo hemos puesto en una situación en la que no le queda
otra que arrancar la historia, ponerla en movimiento.
¿Te he convencido de la importancia que tiene este elemento en la estructura de
una novela? Espero que sí, porque, créeme, sin él será bastante difícil que lo demás
funcione y, también, que enganches al lector.
Vamos ahora a ocuparnos del objetivo principal del protagonista. ¿Recuerdas que
lo mencionamos cuando hablamos de la premisa? Pues ha llegado el momento de
estudiarlo con mayor profundidad. Venga, pasa la página que te espero en el capítulo 3.
3
¿Cuál es el objetivo principal del protagonista?
Todo objetivo nace de un deseo. Por ejemplo: «Me apetece un café». Aparece un deseo:
el café, y ya tengo mi objetivo: conseguir uno. Ésta es la primera idea del capítulo 3 que
debe quedarte clara: todo objetivo nace de un deseo.
Ahora bien, imagínate tumbado en el sofá, en pleno verano, a la hora de la siesta y
con la modorra puesta. Te apetece un café con hielo, «¡Hummm, qué rico!». Sí, ¿pero
cuánto te apetece? ¿Lo suficiente como para hacer que te levantes del sofá, arrastres tu
modorra hasta la cocina y pongas en marcha la cafetera? A lo mejor es demasiado
esfuerzo y optas por quedarte tumbado, dormitando. ¿Y entonces…?
Entonces acabamos de aprender otra lección muy importante: que el café debe
apetecerme mucho para conseguir que me levante y lo prepare. O, en otras palabras, que
el deseo ha de ser muy fuerte para que nuestro personaje se mueva del sofá y pase
a la acción con el fin de alcanzar el objetivo.
Ten en cuenta que un deseo pequeño no conduce a un gran objetivo, como
acabamos de ver con el café, hasta el punto de que podemos renunciar a él y optar por
continuar nuestra siesta en el sofá. Pero en una novela necesitamos que el deseo importe
lo suficiente como para que la sustente de principio a fin. Si el deseo importa, tendrá la
potencia necesaria para obligar al personaje a que se levante del sofá y comience a
perseguir el objetivo: alcanzar ese deseo.
1. ¿Por qué es imprescindible el objetivo?
A. Primero, porque es el que dota de significado a la historia. El objetivo principal
de la novela o problema que se plantea y necesita ser solventado es la idea central en
torno a la cual el escritor va a organizarla. Si no tuviéramos un objetivo principal que
nuestro protagonista quiere conseguir, las acciones que desarrolláramos a lo largo de la
trama no serían más que elementos sueltos que iríamos escribiendo aquí y allá, sin que
un hilo conductor los cohesionara y les diera sentido. Una situación que llevaría al
lector a preguntarse: «¿Pero todo esto a qué viene? ¿De qué va la historia?». Y eso no es
lo que queremos para nuestra novela, ¿verdad?
El objetivo es el que contesta a esa pregunta. Es el que nos cuenta de qué va la
historia. Por tanto, si presentas un objetivo bien definido y potente, el lector tendrá un
contexto por el que transitar y podrá entender cada una de las acciones que los
personajes lleven a cabo y cada una de las decisiones que tomen. De esta forma sí que
conseguiremos que se interese por nuestra novela a la que, a través del objetivo,
habremos dotado de un significado completo.
B. Y, segundo, porque, como ya se apuntó antes, el objetivo es la pieza, el
componente que va a motivar a tu protagonista y lo va a obligar a tomar decisiones y a
moverse. Al plantearle un objetivo, el personaje va a actuar según sus motivaciones, lo
cual dará vida a la historia y la hará avanzar. Además, es tu tarea como constructor de
ficción el colocar obstáculos entre tu protagonista y la consecución de su objetivo, ya
que de esta forma estás creando tensión y lograrás mantener al lector pegado a la
página. Ten siempre en mente que el objetivo concreto que has fijado para tu personaje
así como los grandes obstáculos que sitúes entre ambos son los que crean la acción
dramática de la novela y los que van a forzarle a luchar por conseguir su objetivo, a
crecer y, algo imprescindible, a cambiar. Pero de eso ya hablaremos en el capítulo 8.
Por el momento, apúntate este par de ideas:
Si los personajes no tienen una razón poderosa para mantenerse activos
durante la historia, se detendrán indecisos, no sabrán qué hacer y tu
novela no avanzará.
Así que:
Los personajes necesitan objetivos, porque son éstos los que
conducen la historia.
¿Entiendes ahora por qué el objetivo es un elemento imprescindible del que te
debes ocupar en las primeras etapas de planificación de tu novela? Pues vamos a
aprender un poquito más sobre él.
2. Cómo dotar a tu protagonista de un objetivo que merezca la pena
No es muy difícil. Ya verás.
¿Recuerdas que toda novela arranca con un desencadenante o cambio inicial que
trastoca la vida del protagonista y que es a partir de este cambio cuando el personaje
comienza a moverse? Pues ahí tienes el objetivo que va a perseguir tu protagonista:
lograr que las cosas vuelvan a ser como antes. Así es como le asignas una misión y le
introduces en un mundo y en unas aventuras que el personaje no tenía previstos.
Él vivía tranquilo y secuestraron a su mujer. Objetivo: liberarla y llevarla de
vuelta a casa para volver a vivir como una familia feliz.
Él vivía tranquilo y matan a su amigo de toda la vida. Objetivo: encontrar al
asesino y vengar a su amigo / hacer justicia…
Él vivía tranquilo y lo despiden del trabajo, su mujer lo abandona y el juez le
quita la custodia de sus hijos. Objetivo: …
¿Ves? El objetivo surge a partir de los cambios que el desencadenante ha
provocado en la vida del protagonista.
¿A que es fácil?
Pues no, tampoco lo es tanto, no te emociones. Tienes que tener cuidado con
algunas cosillas. Por ejemplo…
3. ¿Por qué un escritor podría fracasar a la hora de establecer el objetivo
principal?
Hay muchas razones que podrían responder a esa pregunta, pero las más
habituales son estas tres:
A. Empiezas a escribir tu novela sin tener claro el final. Es el caso de los
llamados «escritores de brújula», es decir, aquéllos que no planifican antes de escribir.
Si ése es tu estilo, no seré yo quien te diga que lo cambies, pero, eso sí, asegúrate de que
cada uno de los objetivos de escena apuntan hacia la consecución del objetivo principal
y hacen avanzar la historia. Por otra parte, cerciórate también de que no queda ningún
cabo suelto una vez que hayas acabado la novela.
B. El escritor (o sea, tú) se “enamora” de su personaje y se pierde entre los
entresijos de su vida personal, explorándola, conociéndola, disfrutando cada elemento
nuevo que descubre sobre él. Es decir, el escritor se convierte en un fisgón y deja de
prestar atención a lo que realmente importa: la trama de la novela. Confieso que a mí
me ha pasado. Y a ti tambiéééén.
C. El escritor es un autor ambicioso que tiene la mente puesta en algo que va
más allá de la novela que está escribiendo. Desea escribir una bonita e interesante serie
con el mismo protagonista. En casos como ése, y también confieso que a mí me ha
ocurrido, en los que el escritor es ambicioso y desea componer toda una serie, hay
ocasiones en las que racanea información al lector pensando ya en la siguiente historia.
No cometas este error. Necesitas un objetivo principal específico para cada historia, así
que no guardes material para futuras novelas. Atrapa al lector con ésta en la que estás
trabajando y confía en tu capacidad para imaginar nuevos objetivos, tan interesantes
como ése sobre el que trabajas, para futuras historias.
Cosa muy diferente es, por supuesto, la existencia de un Superobjetivo Principal
que puede recorrer todas las historias y en el que, eso sí, tendrás que pensar mucho para
decidir qué información vas aportando en cada una de ellas con el fin de que todo
cuadre cuando la serie llegue a su final y el Superobjetivo sea alcanzado.
4. Cómo debe ser el objetivo principal de la historia
Ya que hemos visto tres tipos de tropiezos que no deberías dar, vamos a
ocuparnos ahora de algunas de las características que debe cumplir el objetivo que
asignes a tu protagonista para que te funcione bien y no te dé problemas.
4.1. El objetivo ha de ser concreto y cuantificable
Lo primero que debes tener en cuenta a la hora de fijar el objetivo de la historia
que va a comprometer la vida de tu protagonista es que no puede tratarse de un objetivo
abstracto. Por ejemplo: «ser feliz». Éste no es un objetivo específico y lo más probable
es que conduzca a tu personaje por la novela dando bandazos y vagabundeando por sus
páginas sin un fin concreto que alcanzar en cada estadio de ella.
Si tu personaje desea ser feliz, tienes que plantear los pasos concretos que debe
dar y las acciones precisas que ha de realizar para alcanzar esa felicidad que desea. Los
objetivos específicos han de ser cuantificables, es decir, el lector ha de poder establecer,
en cada escena, si tu protagonista se acerca o se aleja de ese objetivo.
Por tanto, cuando te pongas a trabajar en el objetivo central de tu historia, ten una
visión muy clara de cuál es el deseo del protagonista, concrétalo y después establécelo
sobre una base cuantificable. Cuanta mayor sea la especificidad del objetivo a largo
plazo y la concreción de los objetivos de escena, mayor será la implicación del lector
con tu novela, porque la idea que tendrá de ella será clara y podrá seguir la dirección
que marcas sin temor a perderse.
4.2. El objetivo debe plantear un desafío
Otro aspecto a tener en cuenta cuando estés definiendo el objetivo de la historia es
hacerlo exigente, de manera que rete al protagonista y ponga a prueba su inteligencia y
habilidades.
Si planteas un objetivo aburrido, la novela será aburrida e incluso puede llegar a
ocurrir que tu personaje se niegue a participar en la aventura. Recuerda que el objetivo
central es el que obliga al protagonista a actuar y el que hace que la historia avance. Si
ese objetivo no tiene gancho para atrapar al lector ni sustancia suficiente para mantener
al protagonista activo, tu novela se hundirá entre una serie de acciones incoherentes.
4.3. El objetivo ha de ser potente
Uno de los errores más comunes en el desarrollo de una novela, especialmente
entre los escritores noveles, es que sus personajes no tienen ninguna motivación. Si
detectas que esto ocurre en tu historia, es porque no les has proporcionado un objetivo
sólido
Desde el principio de este capítulo hemos dejado claro que el objetivo procede de
un deseo del personaje. El objetivo puede consistir en una aspiración de un tipo u otro, o
quizá en una promesa implícita de que, al final de la historia, el personaje conseguirá lo
que desea. Da igual. Lo importante es que tu personaje debe querer algo, y ese algo es el
eje de la historia. Pero para que sea una historia relevante, el deseo del protagonista no
puede ser intrascendente, puesto que en este caso la historia no tendrá interés y el autor
desperdiciará su tiempo y esfuerzo en crear algo que ningún lector va a sentirse
inclinado a leer.
Si el objetivo, es decir, el eje de la historia, no es sólido, la novela no
funcionará.
¡Recuérdalo!
De modo que estudia bien este aspecto. Pregúntate qué es lo que el personaje
desea, pero no para un punto concreto de la historia, sino para toda ella. Como ya se ha
dicho antes, el objetivo es el que responde a la pregunta: ¿De qué va? Es decir, el
objetivo es la semilla que plantamos para que la trama crezca y se desarrolle.
El motor que mueve tu historia son las acciones que realizan tanto el protagonista
como el antagonista, así como el resto de personajes para conseguir sus objetivos. Si
estos no son importantes, ninguno de ellos se molestará en perseguirlos y por tanto no
habrá acción. Es decir, el motor se parará.
Ahora bien, ten en cuenta que el objetivo del protagonista no es el objetivo del
lector. Él desea rescatar a la princesa encerrada en una torre; el lector quiere
entretenerse, así que esfuérzate en darle al protagonista un objetivo potente por el que
luchar y a tus lectores, una historia memorable.
De modo que, recuerda: da a tu protagonista algo en lo que pueda creer y
que necesite conseguir sí o sí y la historia avanzará por el derrotero
correcto, seguida de cerca por el lector.
5. Pasos a seguir para establecer el objetivo principal de la historia
Ahora que ya vamos entendiendo cómo debe ser el objetivo principal de una
historia, vamos a ver qué pasos debemos dar para establecer el de la nuestra.
Antes hemos dicho que, para hacerlo, debíamos echar una mirada atrás, hacia el
desencadenante. Éste es el punto de partida: el cambio inicial que vuelve del revés la
vida de tu protagonista y le obliga a marcarse un objetivo específico: conseguir que todo
vuelva a la normalidad.
En este estadio, además, debes decidir si el personaje logrará alcanzar el objetivo
o no y, por supuesto, como ya se ha explicado, también debes tener en mente que has de
imaginar una serie de objetivos a corto plazo que vayan conduciendo la historia por el
camino por el que tú quieres que avance. Ahora, ya sí, puedes empezar a planear:
Paso 1: Partiendo del cambio inicial, elige el objetivo principal de la historia.
¿Qué es lo que tu protagonista desea y cuáles son los obstáculos que tendrá que salvar
para conseguir que ese deseo se haga realidad? Recuerda que cualquier acción que lleve
a cabo debe estar enfocada a la consecución de ese objetivo, es decir, debe ser coherente
con el motivo por el que la realiza.
Paso 2: ¿Cómo va a afectar ese objetivo principal al resto de personajes? En todas
las novelas hay un elenco de personajes y en la tuya, por supuesto, también lo habrá. Y
el objetivo principal que plantees no sólo va a interesar al protagonista, sino que, de una
forma u otra, también afectará a la vida de los otros personajes, cada uno de los cuales,
incluido el protagonista por supuesto, puede que tenga su propio objetivo personal, pero
desde luego todos ellos, o casi todos, deben verse afectados por el principal en mayor o
menor medida.
Si logras que tu protagonista tenga un objetivo potente, específico y retador
que perseguir, habrás dado un paso muy importante en la construcción de
tu novela.
6. Tipos de objetivo
Son varios los tipos de objetivos que puede presentar una historia. Así que vamos
a dar una vuelta entre ellos para que vayas conociéndolos.
A. El objetivo principal, del que acabamos de hablar. Sustenta la historia y la
dirige hacia un final.
B. El objetivo de la escena es un objetivo de menor importancia que el anterior,
pero imprescindible también puesto que cada una de las escenas que componen la
historia suponen un paso que da el protagonista en pos del objetivo principal. Así pues,
toda escena debe plantear un miniobjetivo dirigido hacia la consecución del objetivo
central.
C. El objetivo en la vida del personaje. Los personajes de tu historia deben
contar también con objetivos propios y separados del objetivo principal. Es lo que dará
lugar a subtramas que completen la novela y la hagan más entretenida. En algunas
ocasiones, estos objetivos que afectan a la vida personal de los personajes se entrelazan
con el objetivo central, complicándolo; y en otras, son elementos ajenos a la trama
principal que simplemente humanizan más al personaje y logran desviar la atención del
lector para que la conclusión de la novela no haya sido prevista por éste y se mantenga
fiel a la lectura.
Por supuesto, estos objetivos van a afectar de un modo u otro a los personajes de
manera que, cuando tras sus peripecias alcancen el final, deben haber sufrido algún
cambio importante. Es lo que se conoce como el arco dramático del personaje (del que
hablaremos en el Capítulo 8).
D. Objetivos internos y externos. Luego, además, ten en cuenta que también
podemos hablar de distintos objetivos atendiendo a su naturaleza: internos o personales
y externos.
Objetivos internos: los objetivos internos de un personaje pueden ser objetivos
muy fuertes, que planteen un importante conflicto al protagonista, obligándole así a
tomar decisiones y realizar acciones, y muchas veces a buscarse problemas o adentrarse
en situaciones que no tenía previstas y que se elevarán ante él como un obstáculo
aparentemente insalvable.
Cuando planteas este tipo de objetivos, tienes que poner al personaje contra las
cuerdas desde un punto de vista personal, es decir, tiene que probarse a sí mismo en la
carrera emprendida hacia la consecución de ese objetivo personal que persigue: ser
mejor marido, ganar una medalla olímpica superando sus marcas, ascender en el
escalafón de una empresa para mejorar la vida de su familia…
Sin embargo, frente al objetivo principal de la historia, que está presente y se ha
hecho obvio para el lector, los objetivos internos muchas veces no son evidentes para
éste, por eso es importante que te esmeres y consigas revelarlos bien a través del diálogo
o de menciones al pasado del personaje que expliquen la situación actual en la que se
encuentra y el porqué de sus acciones.
De hecho, es una estrategia sutil el hacer que el antagonista utilice las flaquezas
del protagonista relacionadas con su objetivo interno para colocar impedimentos en su
camino hacia la consecución del objetivo principal. Y, puesto que el objetivo interno es
un objetivo en la vida privada del personaje, como ya se indicó unos párrafos más
arriba, puede ser hábilmente utilizado por el escritor para distraer la atención del lector
y alejarlo de cualquier pista que pudiera hacerle imaginar el final antes de tiempo.
Objetivos externos: con ellos colocas al personaje en una situación en la que
todo depende de él (salvar al mundo de una catástrofe natural que acabará con la especie
humana, salvar al presidente de un ataque terrorista, desactivar una bomba que hará
saltar por los aires toda una manzana…). En fin, ya sabes de lo que hablo.
E. Objetivos a corto y a largo plazo
Objetivos a corto plazo: Tienen una entidad menor que el objetivo principal.
Son los que antes llamamos objetivos de la escena. De hecho, cada uno de esos
objetivos no debería ocupar más de una escena o, como mucho, unos cuantos capítulos.
Y, por supuesto, todos ellos han de plantear un conflicto, ya sea de carácter interno o de
carácter externo.
Una de las exigencias que debes plantearles a este tipo de objetivos es que hagan
avanzar la historia, puesto que ésta es una de las razones por las que vas a utilizarlos:
llevar adelante la historia, de una escena a otra, y darle consistencia al ir uniendo cada
pedazo de ella con el siguiente de forma sutil y uniforme.
Al mismo tiempo, deben cumplir con su segunda misión, que es la de ir
aumentando la tensión y atrapando al lector en una trama cada vez más enredada que no
le permita abandonar tu novela. De hecho, cada uno de esos objetivos de escena debe
llevar la historia a un estado superior en cuanto a complejidad al complicar aún más la
vida del protagonista. En palabras de Bickham, «toda escena debe acabar con un
pequeño desastre que dificulte el camino del protagonista hacia la consecución del
objetivo central».
Es decir, los objetivos a corto plazo u objetivos de escena son responsables de
lograr que la tensión escale posiciones con cada uno de ellos y, además, deben estar
relacionados con la trama principal de algún modo. Así que esfuérzate por lograr que las
distintas escenas de las que se compone tu historia no aparezcan como islas dispersas e
incomunicadas entre sí en el gran océano que es la novela.
Objetivos a largo plazo: Este tipo de objetivos se extienden a lo largo de toda la
novela, de principio a fin, y, por tanto, deben gozar del suficiente atractivo y
consistencia (es decir, ser suficientemente potentes) como para capturar y mantener la
atención del lector.
Sin embargo, sé cauto y no fijes un número demasiado elevado de ellos para el
protagonista, pues un exceso de objetivos podría acabar colapsándolo y obligándolo a
centrarse en demasiados asuntos al mismo tiempo. Con ello lo único que conseguirías es
volver tu historia un galimatías en la que el personaje principal no tendrá tiempo de
respirar ni actuar con coherencia. Actúa con inteligencia. Sé selectivo
Si quieres tener éxito con tu novela, establece un objetivo a largo plazo dentro de
la historia y luego ve añadiendo los objetivos a corto plazo que consideres oportunos
para obligar a tu protagonista a actuar, de modo que sus acciones impulsen la historia
con consistencia y continuidad, y la hagan avanzar poco a poco hacia la consecución del
objetivo principal.
En definitiva, y como has podido ver, el objetivo es la clave para construir una
trama bien urdida e interesante, y el personaje debe estar ineludiblemente unido a él
porque las historias en las que los personajes no tienen un objetivo que perseguir son
incompletas y adolecen de una estructura inestable.
4
¿Cuál es el conflicto principal de la historia?
1. ¿Qué es el conflicto?
En una novela, el conflicto es la sangre que la recorre y le lleva el oxígeno que necesita
para mantenerse viva. Una historia sin conflicto no es historia. Sencillamente no existe.
Acabamos de ver que el desencadenante es el hecho que arranca la novela. Muy bien, ya
la tenemos en marcha. ¿Y ahora qué? ¿Cogemos un tiralíneas y dibujamos una recta que
nos lleve cómodamente hasta el final? Si quieres que tu lector deje de leerte, ésa es una
buena opción. Pero después de haber trabajado tanto para encontrar un buen
desencadenante y un objetivo que motive a tu protagonista, sería un poco tonto
facilitarle al lector el camino de salida.
No, lo que vamos a hacer es retorcer esa línea, añadirle curvas peligrosas, baches,
bajadas espeluznantes, subidas agotadoras, precipicios a ambos lados… y luego
obligaremos a nuestro protagonista a caminar por ella. Es decir, vamos a llenar nuestra
narración con problemas y obstáculos a los que el personaje principal tendrá que
enfrentarse o, en otras palabras, vamos a forzarle a encarar conflictos. Porque un
conflicto es todo aquello que se interpone entre el protagonista y su objetivo.
De hecho, el conflicto de la historia surge a partir de un protagonista que persigue
un objetivo. Durante la persecución de ese objetivo, el personaje se topa con la
oposición de un antagonista, que puede ser una persona, un grupo de personas, las
fuerzas de la Naturaleza o incluso él mismo, y de esta oposición nace el conflicto.
Así pues, el conflicto consiste en todo aquello que se opone al protagonista en la
consecución del objetivo que persigue y es, por tanto, otro de los elementos cruciales en
una novela: no tendrás historia si todos tus personajes están siempre de acuerdo y viven
en feliz armonía.
¿Pero por qué? ¿Por qué tengo que hacerle la pascua a mi pobre protagonista
durante cuatrocientas páginas? ¿Por qué hacerle sufrir tanto? Vamos a verlo.
2. ¿Por qué es importante?
A. Porque sin conflicto no hay historia
En primer lugar, ya lo hemos dicho, porque sin conflicto no hay historia. De
hecho, en la trama de una novela no vas a encontrar sólo uno, sino que suelen existir
varios conflictos o, en otras palabras: el autor va a colocar una serie de problemas ante
los personajes que necesitan ser resueltos. Y las acciones que realiza el protagonista
en busca de soluciones a esos problemas es lo que hace avanzar la historia.
Por tanto, ¡nunca lo olvides!, sin conflicto puede que logres un texto perfecto
desde el punto de vista narrativo y prosístico, puede que tus diálogos sean intensos y
verosímiles, pero no tendrás una historia por la que el lector se sienta interesado.
B. Al lector le encanta sufrir
Todos sufrimos conflictos en nuestra vida, porque los problemas son una parte
inseparable de ella y, por tanto, en la novela, como reflejo de la realidad, también debe
aparecer. Así que aquí tienes la segunda buena razón para que le hagas pasar un calvario
a tu personaje principal.
El protagonista debe vivir algún tipo de pugna (o incluso más de una) a lo largo de
la historia, de igual forma que el lector ha de sentir ese conflicto y la tensión que éste
origina. Sólo si como escritor logras satisfacer ambos puntos, la historia alcanzará un
final eficaz y placentero, de manera que tanto el personaje como el lector saldrán
complacidos de ella: el personaje porque alcanzará el objetivo que perseguía y, por
tanto, obtendrá la recompensa a sus esfuerzos (salvo que se trate de una novela con final
trágico); y el lector, porque habrá experimentado las mismas emociones que el
protagonista y se habrá enfrentado a los mismos peligros, que es, al fin y al cabo, para
lo que lee la novela y para lo que el escritor la escribe: conseguir introducir al lector en
un mundo diferente al suyo donde viva aventuras emocionantes.
Si examinas la ficción comercial que se estila hoy en día, verás que todas las
novelas de este tipo tienen algo en común: venden inquietud. Y lo hacen porque al
lector de esta clase de novelas le gusta el drama que proporciona ver a un personaje en
apuros, le encanta sentirse intranquilo por su futuro, preocuparse por lo que le ocurrirá.
En pocas palabras: disfruta viendo a los personajes metidos en problemas y sudando la
gota gorda para salir del atolladero. Los conflictos a los que se enfrenta el protagonista
son como una descarga de adrenalina para el lector, que siente la misma tensión y los
mismos miedos que el personaje.
Además, al ponerse en la situación del protagonista, el lector no sólo vive las
aventuras que está experimentando el personaje, sino que, en cierto modo, ese
maremágnum de problemas al que tiene que enfrentarse el protagonista le sirve de
bálsamo que calma sus propias heridas y conflictos. No olvidemos que, cuando abre un
libro, el lector quiere abstraerse de su mundo cotidiano y de sus problemas. Lo que
busca es entrar en otro universo diferente al suyo. Es una cuestión psicológica: está
cansado de vivir en un mundo lleno de preocupaciones y dificultades. Como tú, como
yo, como cualquier ser humano también tiene que enfrentarse a ellas cada día, de modo
que al ponerse en la piel de tu personaje principal, ése al que estás sometiendo a tantas
pruebas, el lector siente que no está solo en su lucha por la supervivencia, que sus
problemas quizá no son tan colosales, que hay maneras de enfrentarse a ellos, tal y
como hace el protagonista, y salir victorioso. Tu novela, por tanto, se transforma en una
fuente de inspiración para él. Si consigues eso, tienes el éxito garantizado.
C. Pon un cine en tu libro
Vivimos en una época visual y rápida. Hoy en día las noticias recorren el planeta
en un suspiro, las cadenas de televisión nos traen a casa vívidas imágenes de cualquier
suceso que acontece. Luego, además, pasamos muchas horas frente a la pequeña
pantalla viendo películas o series de televisión y, cuando no estamos frente a ella,
vamos al cine o navegamos por internet. Da igual el medio que utilicemos para
informarnos o entretenernos, hoy en día todos comparten las mimas características: son
visuales y son rápidos.
Es bastante probable que un escritor como Dickens no fuera publicado en el
mundo actual. En general, los lectores desean historias que les introduzcan rápidamente
en la parte sustanciosa. No están dispuestos a leer páginas y páginas de descripción. El
cine ha influido mucho en el modo en que se escriben las novelas hoy en día.
Por todo ello es importante que como escritor tengas en mente el objetivo de
mantener la atención constante de tu lector y, para lograrlo, tienes que darle lo que pide:
no una literatura lenta y descriptiva, sino una historia que se mueva tan rápido como una
película y que sea tan visual como ella. Y un buen método para conseguirlo es, una vez
más, el conflicto.
Grandes gurús de las técnicas narrativas aconsejan acabar todas y cada una de las
escenas de la novela con un desastre que incomode a tu protagonista y le ponga las
cosas más difíciles. Personalmente no estoy de acuerdo con ello. No con ese “todas”,
pero sí con una “mayoría”.
Si, como resultado de un conflicto, una gran parte de las escenas que componen tu
novela acaban en una situación que le complica la vida al personaje principal, habrás
dado un paso importante para mantener la tensión de la historia y el interés del lector.
Si, además, quitas toda la paja y vas a la “sustancia”, tu lector te lo agradecerá, porque
le habrás metido en el tipo de mundo al que está acostumbrado: veloz y visual.
Así que esfuérzate en crearle conflictos a tu protagonista y procura que tenga que
enfrentarse a uno de ellos en la mayor parte de las escenas. Ésa es la clave para
mantener al lector pegado a la página.
D. Una novela hipertensa
Aquí no importa que la historia tenga la tensión alta. Es más, nos interesa que sea
así, de modo que no vamos a mover un dedo para bajársela. Mantener la tensión y el
suspense en niveles altos (aunque no constantes) a lo largo de la novela la volverá
adictiva para el lector. ¿Pero cómo elevamos y luego conservamos los niveles de tensión
y suspense? A través del conflicto. Siempre el conflicto.
E. No constriñas la libertad de tu personaje
Sin conflicto tus personajes no son puestos a prueba y por tanto no son obligados
a tomar decisiones y a moverse en pos de sus objetivos. ¿Qué ocurre entonces? Que no
tenemos ninguna meta que alcanzar, de modo que lo habitual es que la historia
comience a bandear de un lado a otro y a avanzar sin rumbo. Será una historia que
acabará por ir a cualquier parte menos a la que quieres.
Para que eso no ocurra, debes poner a tus personajes en apuros y obligarles a que
expriman su inteligencia al máximo, de manera que salgan airosos de esos obstáculos
que vas colocando durante su recorrido en pos del objetivo que persiguen. Al situarlos
ante tesituras difíciles, además, los personajes no pueden sino mostrarse como son:
valientes, cobardes, traidores… Y ésta, por cierto, es la mejor manera de dar a conocer a
tu protagonista, de enseñárselo al lector sin necesidad de ser explicativo o descriptivo.
Así que quédate con esta idea: toda buena historia necesita un buen
conflicto, ya sea físico, emocional o de ambos tipos.
3. Organización
A la hora de organizar tu novela debes tener en cuenta que la estructura dramática
de ésta establece una serie puntos dentro de la trama en los que el conflicto la obliga a
tomar un nuevo rumbo, lo cual da variedad a la historia y no sólo mantiene el interés del
lector, sino que lo aviva. Estos puntos indispensables dentro de la estructura de una
novela son:
1. El inicio de la novela o gancho. Aquí tiendes el anzuelo al lector con el
cambio inicial o desencadenante para captar su atención, presentas a los personajes
principales y estableces el objetivo, la motivación y, por supuesto, fijas el conflicto y la
pregunta dramática de la historia: «¿Conseguirá nuestro protagonista su objetivo?».
Habitualmente, esta parte de la novela (que llamamos planteamiento) ocupa un 25%.
2. Primer punto de giro principal. Es el incidente o hecho que da un vuelco a la
historia y la obliga a tomar una nueva dirección. Debemos introducirlo justo al final de
ese 25%. Es decir, el primer punto de giro principal es el final del planteamiento de una
novela y el que da inicio al desarrollo.
3. Segundo punto de giro principal. Nuevo acontecimiento que vuelve a
revolver las aguas de la historia y la encamina hacia su final. Es decir, el segundo punto
de giro principal pone fin al desarrollo (que debe ocupar en torno a un 50% de la
novela) y abre la puerta al último y tercer acto, el desenlace.
4. El clímax. Llegamos a la última parte de la novela, el desenlace, que ocupa el
25% restante. Es una parte que debe ser ágil y rápida, en la que la tensión es máxima y
que está encaminada hacia la resolución de la trama. En ella, encontramos otro de los
puntos esenciales dentro de una novela: el clímax, que está unido al desencadenante por
la trama. Es decir, el argumento de la novela debe moverse siguiendo una cadena de
acontecimientos que conduzcan desde el desencadenante hasta el clímax, momento en el
que se contesta a la pregunta dramática planteada en el primer acto: «Sí, nuestro
protagonista consiguió el objetivo» o «No, no lo logró».
Ten en cuenta que, tras cada uno de estos puntos hemos de ir complicando la
historia. Por ello, cuando se alcance una solución a un determinado obstáculo, propón
un nuevo problema o conflicto a partir de ella. Como ves, el conflicto es tanto un
problema como la generación de otro nuevo obstáculo futuro, ya que la resolución de
cada uno de ellos da lugar a nuevos conflictos. Sin embargo, ten cuidado: como escritor
debes trabajar esto con inteligencia y un buen sentido de la armonía y el equilibrio,
porque demasiados conflictos pueden estropear una buena historia y confundir al lector.
Así que márcate como una de las primeras tareas que has de realizar la de tener
muy claro cuáles son los conflictos que vas a presentar y cómo los va a desarrollar a lo
largo de la novela (planifica bien tus escenas para conseguir un conflicto en continua
ascensión, bien estructurado y repartido en la historia). La segunda tarea a la que debes
prestar atención es la de asegurarte de que el lector entiende perfectamente cuál es el
conflicto principal (o los conflictos principales, porque puede haber más de uno).
4. Desarrollo del conflicto
Puesto que una novela es mucho más larga que un relato, es lógico que contenga
un mayor número de personajes y por tanto encontraremos varios conflictos a lo largo
de ella. Cada uno de ellos da lugar a una crisis, de manera que la trama se va
construyendo mediante la suma de una crisis tras otra hasta alcanzar el clímax,
momento en el que el protagonista se lo juega todo: o vence o es derrotado.
A la hora de trabajar el conflicto, ten en cuenta los siguientes puntos:
Primero debes ocuparte de generar una variada gama de conflictos.
Además, debes dotarles de distinta intensidad: desde un grado cero, que no es
sino la ausencia de conflicto, hasta un grado crítico en el que el protagonista se precipita
en las redes de una batalla abrumadora. El tipo de historia o el momento de desarrollo
en el que ésta se encuentra, te indicará si conviene un conflicto de baja intensidad,
moderada o alta.
Es importantísimo que manejes con inteligencia y habilidad este aspecto del
conflicto. No todos los capítulos o las escenas deben acabar con un momento crítico
para el personaje, pero el conflicto debe ir incrementando la tensión a lo largo de la
novela hasta alcanzar el clímax. Juega con los picos y los valles. Propón obstáculos a tu
protagonista y luego, de vez en cuando, permítele que descanse. Así, no sólo no lo
agotas a él sino que tampoco extenúas al lector. Recuerda que una novela en la que no
hay momentos de reposo es tan perniciosa como una historia llana por la que el
protagonista se desliza tranquilamente. Planifica bien los momentos intensos y
mézclalos hábilmente con otros amables y moderados, pero siempre tendiendo hacia la
cumbre. Es decir, aunque proporciones instantes de respiro al personaje, la tensión de la
historia debe ir constantemente «in crescendo» hasta alcanzar, tal y como se ha
apuntado antes, el clímax.
Una vez que hemos alcanzado esta parte de la novela, la intensidad ya no puede
decaer, todo lo contrario: ha llegado el momento en el que debes arrojar a tu
protagonista a los leones y llevarlo hasta el límite. Esta presión sobre los personajes,
además de ayudar a entender sus reacciones, elevará la tensión de la historia y logrará
que el contrato que firmaste con tu lector al empezar la novela lo satisfaga por
completo. A estas alturas el lector estará totalmente comprometido con la historia y
entregado a ella. Le habrás dado lo que te pidió cuando empezó a leerla: emoción y un
mundo paralelo en el que vivir durante unas horas. Ahora, regálale un final grandioso.
5. Tipos de conflicto
El conflicto, ya lo hemos dicho, consiste en la lucha entre dos fuerzas con
objetivos opuestos, pero estas fuerzas pueden ser internas (sentimientos, emociones) o
externas. A partir de ahí, podemos clasificar el conflicto en dos grandes grupos:
Interno: procede del interior del personaje, lo cual hace de él una herramienta
utilísima para ahondar en su naturaleza y añadir complejidad al conflicto externo.
Cuando se plantea un conflicto interno, el protagonista se debate entre deseos
contrapuestos y de esa controversia que batalla en su interior puedes sacar oro, tanto en
lo que se refiere a la construcción del propio personaje, dándole una mayor profundidad,
como a la complicación de la trama. De manera que procura siempre incluir en el bagaje
de tus protagonistas algún conflicto interno con el que puedas trabajar y que ofrezca al
lector un elemento más de interés.
El principal tipo de conflicto que vamos a encontrar dentro de este grupo es el del
hombre contra sí mismo: la lucha del protagonista tiene lugar dentro de sí mismo,
generalmente debida al enfrentamiento de deseos contrapuestos, como ya se ha
apuntado, que ineludiblemente conducen a la necesidad de elegir. El personaje es
situado ante un dilema que normalmente le saca de la zona de confort en la que ha
venido viviendo. Ello le obliga a tomar decisiones difíciles y es ahí cuando el escritor
aprovecha para mostrar el tipo de personaje con el que estamos conviviendo en su
novela.
Por otra parte este tipo de conflicto, bien utilizado, anima la trama, la complica y
ofrece sabrosas oportunidades al escritor para elevar la tensión de la historia y obsequiar
al lector con un texto interesante y emocionalmente atractivo. Esto es muy importante:
“emocionalmente atractivo”. Recuerda que debes trabajar a tu personaje de manera que
el lector se sienta atraído por él y preocupado por su futuro. Una de las formas de
conseguirlo es, precisamente, a través del conflicto interno con el que el lector puede
sentirse identificado y que, por tanto, lo acercará emocionalmente al personaje y le
implicará en esa lucha interior que el protagonista mantiene consigo mismo.
Si estudias cualquier novela de las que se publican hoy en día (estoy hablando de
la literatura comercial, pero también podrías encontrarlo en historias más literarias),
verás que es muy habitual que este tipo de conflicto aparezca en la mayoría de ellas,
bien como conflicto principal de la historia, bien como secundario.
Externo: este tipo de conflicto se plantea desde fuera del personaje y lo
provoca una fuerza exterior que se opone a los deseos del protagonista y que, por tanto,
va a ir colocando obstáculos en el camino de nuestro personaje hacia la consecución de
su objetivo
Hay varios tipos de conflicto que se pueden englobar dentro de este grupo:
El hombre contra el hombre: en cuyo caso necesitamos un antagonista humano.
Las funciones de ambos personajes están muy claras: el protagonista es el personaje que
persigue el objetivo principal que se ha planteado en la historia, mientras que el
antagonista es el personaje que se opone a éste y que hará todo lo que esté en su mano
para que el protagonista fracase.
Por supuesto, el conflicto en este caso no tiene por qué limitarse a dos personajes
que se enfrentan entre sí, también podemos encontrar grupos de personajes que
encarnan ambos extremos. Por ejemplo, en la novela que mencionamos en un capítulo
anterior, The Relic, el antagonista en este caso es un animal, aunque con características
humanas. Acabar con él es el objetivo principal de la historia para nuestro protagonista:
Pendergast (y el grupo de personajes que trabajan junto a él en este cometido). Sin
embargo, la bestia no es el único antagonista al que Pendergast y sus amigos tienen que
enfrentarse. Los autores, Preston y Child, presentan también en la historia una serie de
antagonistas, llamémosles menores, que complican la vida muchísimo a nuestro grupo
de protagonistas: por una parte tenemos un agente del FBI, al que terminan poniendo al
mando del caso y que se empeñará en hacer la vida imposible a nuestro Pendergast,
complicando con ello el problema que supone el antagonista principal (la bestia); y por
otra parte tenemos un grupo de científicos que saben algo de lo que está pasando, pero
tienen un motivo para ocultarlo, razón por la que van poniendo zancadillas a nuestros
protagonistas en su camino.
En esta novela, como vemos, hay un antagonista principal, la bestia, junto a dos
grupos de antagonistas secundarios. Nuestros protagonistas, por tanto, no sólo tienen
que vencer el obstáculo principal que supone derrotar a un monstruo inteligente como
un hombre y ágil como un animal, sino que además deben enfrentarse a los obstáculos
que ambos grupos (el agente del FBI y el grupo de científicos) irán colocando ante
ellos. Todo junto y bien armado en una estructura lógica hace de la novela una historia
con una trama que atrapa al lector.
El hombre contra la sociedad: en este tipo de conflicto, nuestro protagonista
lucha contra la sociedad en la que vive (sus reglas, sus costumbres, sus exigencias…).
La sociedad suele convertirse en estas historias en un personaje en sí mismo, y la lucha
del protagonista es generalmente una lucha por la libertad o por la adquisición de unos
derechos que no tiene.
El hombre contra la naturaleza: el protagonista lucha contra la fuerza de la
Naturaleza. Es el caso de las novelas de desastres naturales: «tsunamis», volcanes,
meteoritos que acechan al planeta… En estas historias, el personaje lucha por su
supervivencia y, en general, por la de la especie. Es un tipo de protagonista al que se
exige que ponga a prueba tanto sus habilidades como su personalidad y carácter.
En este tipo de novelas, el viaje que el protagonista recorre a través de las
situaciones que se ve obligado a enfrentar está más relacionado con el propio yo de ese
protagonista que con la aventura externa que se nos presenta en la historia. Se trata de
una búsqueda interior en la que el personaje acaba por encontrar lo que busca: esa parte
de sí mismo que tenía y no había descubierto o que no tenía, pero desarrolla a lo largo
de la novela. En este caso, la fuerza de la naturaleza a la que se enfrenta es, en el fondo,
un mentor, un maestro que, a base de ponerle a prueba, acabará por enseñarle lo que es
capaz de hacer por sí mismo.
Estos son algunos de los tipos de conflictos que puedes plantearle a tu personaje,
pero no creas que son los únicos. Esta clasificación engloba los más típicos, pero
podemos encontrarlos de todo tipo: el hombre contra la tecnología, el hombre contra las
circunstancias, contra lo sobrenatural, contra el destino…
En cualquier caso, y como conclusión a este apartado, quedémonos con la idea de
que el conflicto es un elemento indispensable en una novela y que, como escritores,
deberíamos tener siempre presente tanto los internos como los externos a la hora de
escribir nuestra historia, porque a los lectores les encantan los personajes que se ven en
la tesitura de enfrentarse a ambos tipos de obstáculos. Recuerda que los conflictos
internos son de vital importancia para atrapar la simpatía del lector y establecer un
vínculo emocional entre él y nuestro protagonista, ya que los lectores se sienten más
cercanos a los personajes cuando se ven reflejados en sus problemas. Es decir, el
conflicto interno humaniza al personaje y, más importante aún, plantea un suspense que
hará de tu novela una lectura mucho más interesante puesto que el lector no sabrá cómo
va a resolver el protagonista su crisis vital hasta el último momento.
5
¿Quiénes van a ser el protagonista y el antagonista?
Antes de plantearnos siquiera esta pregunta, debemos asegurarnos de que conocemos las
razones de por qué en toda historia debe existir un protagonista y un antagonista. Si no
entendemos ese porqué, será difícil que seamos capaces de crear unos personajes
creíbles y con la fuerza suficiente para transitar por toda una novela con paso seguro y
arrastrando al lector detrás.
A modo de breve introducción diremos que el protagonista y el antagonista de tu
novela son personajes arquetípicos que realizan una función vital: la de representar los
dos puntos opuestos de un conflicto. En ellos, pues, es sobre quien va a recaer la
atención del lector y por tanto son imprescindibles en toda historia. Veámoslo con más
detalle.
1. ¿Por qué un protagonista y un antagonista?
Una obra de ficción necesita un protagonista y un antagonista con el fin de
persuadir al lector de que la historia en la que se ha introducido es verosímil, ya que una
obra narrativa no se puede considerar completa desde el punto de vista dramático si no
existe un conflicto entre al menos dos “bandos”, aun cuando en ocasiones formen parte
de una misma persona.
¿Pero por qué es necesario un enfrentamiento? Porque sin él, la historia no tendría
sentido. Tal y como vimos en el Capítulo 3, toda novela consiste siempre en la
persecución de un objetivo. Este objetivo puede presentarse de millones de formas
distintas, pero debe existir, y si en la lucha por su consecución no interponemos ningún
obstáculo (Capítulo 4), la historia carecerá de verosimilitud. Sólo tienes que mirar a tu
alrededor para darte cuenta de ello: en la vida todo es lucha: lucha por sobrevivir, por
superar los problemas, por mejorar… Así que en la ficción debe ocurrir lo mismo. Y
puesto que una lucha sólo se produce cuando hay dos puntos en conflicto (¿recuerdas
aquel refrán que dice: «Dos no riñen si uno no quiere»?), es imprescindible que los
incluyamos en nuestra obra de ficción.
Para entender el razonamiento que estoy exponiendo debemos partir, pues, del
hecho de que toda historia debe girar en torno a un conflicto central en cuyos extremos
se encuentran el héroe y el villano. El antagonista pone a prueba al protagonista y su
compromiso con el objetivo que persigue al situarlo ante los conflictos externos e
internos que le harán crecer y recorrer el arco dramático que le llevará del punto A (la
manera de ser que tiene al principio) al punto B (el nuevo hombre en el que se habrá
transformado cuando llegue al final de la historia).
Es común identificar al villano con el Mal y al protagonista con el Bien, sin
embargo, y visto desde la perspectiva expuesta en los dos párrafos anteriores, en
realidad el protagonista y el antagonista no cobran vida para representar el Bien y el
Mal, de modo que el lector pueda identificarse con el primero y abominar del segundo,
sino que están ahí para que el autor cuente con unos “jugadores” que mover sobre el
tablero y pueda conseguir, por una parte, resolver el problema que plantea en su historia
y, por otra, dificultar todo lo posible el logro de esa solución, volviendo la trama mucho
más interesante. De modo que independientemente de cuál sea su naturaleza (humana,
extraterrestre, sobrenatural, tecnológica…), ambos papeles deben cobrar vida bajo la
forma de un protagonista y un antagonista cuya misión es representar dos fuerzas
opuestas que desarrollan la parte de la historia que les ha sido asignada.
Quédate con esta idea:
No se trata de que el protagonista desempeñe el papel de tipo bueno y el
antagonista el de tipo malo porque, en ocasione, el primero no es un buen
tipo y el segundo, sin embargo, sí lo es. Y hay casos en que incluso los dos
lo son. Tanto el protagonista como el antagonista representan mucho más
que el simple papel de “bueno” y “malo”.
Por tanto, es imprescindible que dejes a un lado el aspecto emocional que te
impulsa a pensar en términos de “tipo bueno” y “tipo malo”, y, por el contrario,
explores a estos dos personajes desde un punto de vista imparcial, es decir, tu tarea es la
de estudiar con ojo de cirujano el propósito o la función que desempeñan cada uno de
ellos dentro de la historia. Sólo de esta forma (superando la subjetividad de descubrir en
nuestro protagonista todas las bondades y en nuestro antagonista todos los males),
podrás trabajar con ambos de una manera competente y lograrás que tu historia sea
eficaz.
Ya, ya sé que es difícil, ya sé que nuestro protagonista suele caernos muy bien y
que el antagonista es como un dolor de estómago, ¿qué me vas a decir si lo sufro cada
vez que me enfrento a una nueva historia? Por eso, porque sé lo difícil que es, voy a
darte un consejo para ayudarte a conseguir una exploración objetiva de la función que
representan el protagonista y el antagonista: comienza con lo que en inglés llaman el
Story Goal, es decir, el objetivo principal de la historia, ése que el protagonista persigue
y alrededor del cual los dos personajes giran. Ten siempre presente que cada uno de
ellos tiene una motivación diferente con respecto él, una motivación que los enfrenta y
que, además, debe ser lo suficientemente fuerte en ambos como para sustentar toda la
novela, de principio a fin.
Por otra parte, a la hora de plantearte el objetivo central de la historia, no debes
hacerlo en términos de «lo que el protagonista quiere o desea», es decir, no debes
elegirlo basándote sólo en las motivaciones personales del personaje, porque no es éste
el que define el objetivo, sino que es el objetivo el centro alrededor del cual girará el
protagonista y el resto de personajes que integran tu historia. Lo cual significa que el
objetivo central no es simplemente la meta que persigue el héroe, sino que todo el
elenco de personajes se ve afectado, de una u otra forma, por él.
Toda historia necesita estos dos personajes, ya que sin ellos la historia acabará
naufragando antes o después. Así que, cuando estés organizando tu novela y encares
esta quinta pregunta, deberás definir con claridad tanto al “tipo bueno” que debe
enfrentarse al “villano” y vencerlo, como a este último. Y, para ello, lo primero que
debes tener en cuenta cuando lo hagas es que las diferencias entre protagonista y
antagonista vienen definidas por el papel que cada uno de ellos desempeña dentro de la
novela.
2. Función del protagonista y del antagonista.
Por lo visto hasta ahora, sabemos que la principal función del protagonista es
solucionar el problema planteado en la historia; y la del antagonista, oponerse con
denuedo a los esfuerzos del primero. Sin embargo, hay mucho más detrás de estos
personajes.
Por ejemplo, una de las tareas más importantes del héroe consiste en lograr que la
historia avance. ¿Cómo? Con las acciones que lleva a cabo para conseguir el objetivo
central que se le ha propuesto. Sin un protagonista activo, que toma decisiones y
arriesga, nuestra historia no llevaría a ninguna parte. Se reduciría a concatenar una serie
de acciones que no se vincularían de forma razonable hasta conseguir un significado
completo. Lo cual nos trasladaría hasta un clímax endeble, carente de ese punto de
culminación que debe alcanzar. No es eso lo que queremos. No deseamos dejar en el
lector el regusto amargo de un final insatisfactorio. De hecho, recuerda siempre que el
protagonista proporciona a la historia de más o menos relevancia en tanto en cuanto un
determinado hecho impacte en el lector. Si las acciones del héroe logran conmoverlo, la
relevancia es mayor que si no le hacen sentir nada.
Frente al protagonista, el antagonista aparece como el gran obstáculo para que
nuestro héroe tenga éxito en su empeño, es decir, el “villano” es una especie de freno
para nuestro personaje principal. Sin un antagonista que les dé un sentido, los
obstáculos a los que tendría que enfrentarse el protagonista no serían consecuentes y
probablemente carecerían de la potencia necesaria para motivar al lector. Además de
que, una vez alcanzado el clímax, el lector sentiría que, en realidad, ese momento no es
el “Gran Momento” que esperaba, sino un punto más de la novela, perdido en su propia
insignificancia.
Pero estos personajes también sirven como motores emocionales. Aunque un poco
más arriba hemos dicho que nuestra obligación como escritores es la de estudiarlos
desde un punto de vista objetivo, cuando se los despliega sobre el papel, ambos han de
remover las emociones del lector y lograr que su lectura vaya más allá que el mero acto
de leer, es decir, debemos conseguir que el lector sienta miedo, esperanza, odio, amor…
por ellos.
El protagonista
Al protagonista puedes definirlo como mejor consideres: llámalo personaje
principal, héroe, personaje central… Da igual, lo importante es que es en torno a quien
va a girar tu historia y, por tanto, debes construirlo de pies a cabeza
pormenorizadamente. Aunque luego no incluyas (y de hecho no debes hacerlo) todos
esos detalles en la novela, es importante que tú los conozcas.
Una de tus principales tareas como escritor a la hora de crear al protagonista es la
de lograr que los lectores simpaticen con él y con la lucha que entabla para lograr sus
objetivos. Sin embargo, y aunque en ocasiones utilizamos la palabra “héroe” para
referirnos a este personaje, tienes que asegurarte de humanizarlo, es decir, debes
construirlo de manera que, además de virtudes, posea defectos, flaquezas e incluso
vicios. Esto lo hará más verosímil y conseguirá que el lector congenie con él. Tú eres el
responsable de lograr que, pese a esas carencias e imperfecciones, el lector se
identifique con el personaje y se las perdone.
A veces es complicado, pero no imposible. Te sorprenderá saber que hay ejemplos
sobrados en los que el protagonista es precisamente el “tipo malo”. En este caso,
conseguir que el lector empatice con él es una tarea compleja, pero, como te digo, se
puede hacer.
El antagonista
En el otro extremo de la cuerda tenemos al antagonista, que es el principal
elemento de oposición a los objetivos que se ha fijado y pretende conseguir el
protagonista. Antes de seguir con él, conviene aclarar (aunque yo haya utilizado la
palabra un par de párrafos más arriba) que el antagonista no tiene por qué ser un
villano. Puedes referirte a él como “oponente” o “rival”. El nombre con que lo definas
da igual, como da igual su naturaleza. Es decir, tampoco es necesario que sea humano.
Cualquier elemento de la naturaleza puede muy bien ocupar este puesto, al igual que
puede hacerlo un animal, como en el caso de Moby Dick; un ente impersonal, como el
Destino o un dios. E incluso el protagonista puede convertirse en su propio antagonista:
Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o El retrato de Dorian Gray son dos buenos ejemplos en los que
un mismo personaje ofrece los dos lados opuestos de su personalidad, uno de los cuales
acaba por destruir al otro. Recuerda que hay tres tipos básicos de trama:
1. El hombre contra la naturaleza.
2. El hombre contra el hombre.
3. Y el hombre contra sí mismo.
En este último caso sería cuando podríamos considerar al protagonista como el propio
antagonista de sí mismo.
Sea cual sea el tipo de antagonista que elijas, lo que sí debes tener muy claro es
que, en esencia, este personaje es creado para evitar que el protagonista consiga su
objetivo. No importa lo que deba hacer o el precio que haya de pagar, el antagonista es
un personaje cuya condición opositora es clara y cuya finalidad no debe decaer ni un
solo instante. En ningún momento de tu historia puede permitirse el lujo de flaquear en
su misión: lograr que el protagonista fracase. Y tú, como escritor, debes poner a su
alcance todos los elementos que necesite (psicológicos, físicos, materiales, etc.) para
que se alce con la victoria frente al personaje principal.
3. La elección del protagonista y del antagonista
En la mayoría de los casos, el personaje principal es el que desempeña el papel de
protagonista con el cual el lector se identifica y llega a establecer una conexión
emocional, pero no siempre es así. En ocasiones, el personaje principal encarna la figura
del antagonista.
Por otra parte, los papeles de protagonista o de antagonista no siempre tienen que
ser desempeñados por seres humanos. Son muchas las historias en las que la Naturaleza,
o las máquinas, por ejemplo, aparecen como antagonista.
En cualquier caso, a la hora de crear a tu protagonista (y éste es un error común
entre los escritores noveles), no debes forzarlo a ser el héroe perfecto, sin vicios, todo
virtud y valentía. Tu protagonista no tiene por qué ser el más fuerte o el más inteligente.
Es más, debe tener defectos, dudas y a veces, incluso, ataques de cobardía. Es la única
forma de hacerlo humano y conseguir que el lector pueda de veras identificarse con él y
creerlo verosímil.
En cuanto al antagonista, cuando te dispongas a crearlo debes elegir el personaje
que más tenga que perder si el objetivo se consigue, así te asegurarás un opositor con
ganas de hacer la pascua al héroe. Y, por supuesto, al igual que con el protagonista,
tampoco cometas el error de concentrar en él todos los vicios y maldades del universo.
Recuerda que no tiene por qué ser el tipo malo y, aunque lo sea, aunque necesites un
antagonista realmente malvado, debes hacer que comenta errores (alguna vez debe
fallar) y también dotarle con algún elemento positivo.
Por otra parte, ambos deben sufrir cambios a lo largo de sus peripecias en la
novela. Y eso nos lleva directamente al siguiente punto.
4. El arco dramático del personaje
Con la expresión “arco dramático” nos referimos al cambio que sufrirán los
personajes y que vendrá provocado por los sucesos que vayan acaeciendo en la historia.
Puedes elegir entre tres posibilidades:
Un cambio positivo: el personaje progresa con respecto al inicio de la historia.
Crece, madura y sale de ella con nuevas lecciones bien aprendidas. Es decir, su
evolución tiende hacia lo positivo. En una palabra: mejora.
Sin cambio: el personaje no sufre ninguna transformación. Al final de la novela
es el mismo tipo de persona que era al principio.
Un cambio negativo: el personaje no ha sabido enfrentarse al conflicto que se
le planteaba y sale derrotado.
Si quieres, te doy un consejo: para mí lo deseable es que el personaje sufra algún
tipo de cambio. Si es positivo, mejor, y aquí hablo como lectora: las historias en las que
el protagonista sale derrotado suelen dejar mal sabor de boca.
Así pues, en este quinto paso o pregunta que has de plantearte, debes ocuparte de
la construcción del protagonista y del antagonista, conocerlos lo mejor que puedas, tener
muy claros los motivos por los que el protagonista persigue el objetivo y por los que el
antagonista desea que no lo alcance, así como definir cuál va a ser el cambio o los
cambios que cada uno de ellos va a sufrir a lo largo de la historia. Contar con la
información acerca de cómo será el personaje al principio y cómo será cuando la novela
acabe antes de sentarte a escribir, te ayudará a ir construyendo esa metamorfosis poco a
poco, de manera que la transformación no resulte abrupta e ilógica y, por tanto,
inverosímil.
6
¿Cuál es la motivación del personaje principal?
1. ¿Por qué importa la motivación de los personajes?
La motivación de los personajes para comportarse de la forma en que lo hacen y
llevar a cabo las acciones que se nos cuentan en la historia es otro elemento clave a la
hora de conseguir que nuestra novela sea verosímil. En las narraciones descuidadas y
mal escritas, más de una vez el lector se encuentra preguntándose por qué demonios ese
personaje hace lo que está haciendo. Éste es un error que no debes cometer si aspiras a
ser un buen escritor: el lector debe entender los motivos que tiene el personaje para
actuar del modo en que lo hace. Si no es así, comenzará a tener dudas sobre la historia y
acabará abandonándola por inverosímil.
Por supuesto, el lector no se adentra en una novela con la intención de descubrir,
subrayar y memorizar las motivaciones de los personajes (ninguno de nosotros, como
lectores, lo hacemos), pero sí que poseemos una especie de alarma que está conectada
constantemente y que suena cuando algo no nos cuadra. Una de las razones que
encienden la alarma se origina cuando no entendemos la motivación del personaje o,
incluso peor, cuando éste carece de ella.
Así pues, la lección que debemos aprender en este sexto capítulo es que los
motivos que el personaje tenga para actuar de una u otra forma son fundamentales para
sostener la verosimilitud de nuestra novela y mantener al lector en la creencia de que lo
que está leyendo se acomoda fácilmente a la realidad.
Para ello, hay que suministrarle razonamientos lógicos sobre el comportamiento
de los personajes, en especial cuando nuestro protagonista decide aceptar situaciones de
riesgo. Por ejemplo, ¿entendería un lector que el protagonista de la novela que está
leyendo se arrojara a un río repleto de cocodrilos sin una buena razón para hacerlo? ¡Por
supuesto que no! Lo entendería si su hijo hubiera caído al agua y el protagonista se
lanzara al agua para salvarlo. Ya sé que éste es un caso extremo y que ningún escritor
con dos dedos de frente obligaría a su protagonista a realizar una acción suicida como
ésa sin un buen motivo, pero lo cierto es que en muchas novelas aparecen errores de
este tipo que, aunque menores en cuanto a lo llamativo de su incongruencia, no dejan de
llamar la atención del lector. De modo que si eres escritor, sobre todo escritor novel, has
de prestar mucha importancia a detalles como el de la motivación de los personajes
porque deslices de este cariz colocarán sobre tu novela la etiqueta de chapuza y a ti, de
autor descuidado.
Si el lector no entiende la motivación que lleva a un personaje a realizar
una acción determinada, la novela dejará de ser verosímil para él y
comenzará a tomarla como una historia forzada y artificiosa, escrita de ese
modo con el único fin de servir a las necesidades del autor.
2. ¿Qué origina la motivación del personaje?
Toda novela, ya lo hemos visto, comienza con una cambio inicial que de algún
modo daña la vida del protagonista. Este cambio inicial le lleva a plantearse un objetivo:
recuperar la normalidad, y ese objetivo es el que marca las motivaciones del personaje
que le van a obligar a actuar de una u otra forma y a tomar unas decisiones
determinadas. Luego la motivación de nuestro personaje principal la vamos a encontrar
respondiendo a un simple pregunta: ¿Qué es lo que desea, qué es lo que persigue, qué es
lo que quiere conseguir?
Por tanto, nuestro primer paso a la hora de establecer la motivación del
protagonista es conocer su objetivo. Una vez que lo tenemos claro, “simplemente”
debemos fijar los pasos que ha de dar para alcanzarlo y, una vez identificados,
determinar qué decisiones y acciones son las que van a dirigir el camino de nuestro
personaje hacia ese objetivo. Por supuesto, no es tan sencillo (de ahí que haya escrito el
adverbio “simplemente” entrecomillado). Si queremos que nuestra novela sea original,
sorprenda al lector y lo mantenga pegado a la página, estos pasos que vamos dando
tienen que estar muy bien pensados. Hay que sopesar todas las posibilidades, todos los
escenarios, acciones y decisiones que podrían darse, y elegir las más insólitas y
atrayentes. Y, por supuesto, no nos olvidemos: hay que buscar un antagonista de talla
que plantee un serio conflicto a nuestro protagonista e intente obstaculizar sus pasos,
obligándole a tomar nuevas decisiones e incluso añadiendo nuevas motivaciones o
acrecentando las que ya tenía.
No olvidemos tampoco que, como en el ejemplo apuntado unos párrafos más
arriba, cuanto mayor sea el conflicto al que debe enfrentarse nuestro protagonista,
mayores serán los riesgos que habrá de correr y, por supuesto, para ello debemos dotarlo
de una motivación relevante. Recuérdalo, nadie se tira a un río repleto de cocodrilos sin
una razón realmente importante.
Por todo lo dicho, ésta es una de las preguntas más importantes que debes
plantearte mientras organizas tu novela, ya que la motivación es lo que explica el
porqué del comportamiento de tu protagonista, es lo que le obliga a moverse, a actuar.
Recuerda que nadie actúa si no tiene un motivo para ello.
La motivación del protagonista, por tanto, es el motor que propulsa al
personaje y hace avanzar la historia.
3. Conocer al personaje
Una vez más, para enfrentarte a este punto en la construcción de tu novela es
imprescindible que conozcas bien a tu personaje. El aspecto psicológico de éste es
fundamental para comprender su comportamiento. Y una manera muy efectiva de
dárselo a conocer al lector es a través de lo que en inglés llaman “back story” o
trasfondo del personaje, es decir, todo aquello que le ha ocurrido antes de que la historia
comience. Las experiencias de su pasado han ido modelando la personalidad de tu
protagonista y convirtiéndolo en el hombre o mujer que es hoy en día (el tipo de
persona que es en el momento en que se desarrolla la acción de tu novela). Por eso es
tan importante que, a la hora de construir el personaje, construyas con él su vida pasada,
porque esa vida pasada es la que le ha formado, la que le ha hecho ser como es y, por
tanto, actuar de la forma en que lo hace.
Durante el proceso en el que desarrollas la motivación del personaje deberás tener
muy claro cuál es el objetivo principal que se ha propuesto tu protagonista. Por ello
planteábamos la pregunta acerca del objetivo en el Capítulo 3. Recuerda que el objetivo
es vital dentro de una historia a fin de hacerla avanzar. Después, obviamente, el
siguiente paso consiste en conocer por qué el personaje quiere conseguir ese objetivo
particular. ¿Por qué es importante hacernos esta pregunta y responderla correctamente?
Porque una vez que la tengamos, conoceremos sus motivaciones.
Profundiza en su psicología
Muchos escritores subestiman la repercusión que la naturaleza y personalidad del
personaje desempeñan en el desarrollo de la historia. Quizá por falta de conocimientos
psicológicos o tal vez por simple ignorancia respecto al alcance de estos elementos, el
escritor novel suele desaprovechar una herramienta vital para dar profundidad al
personaje, complicar la trama y hacer de su novela una historia extraordinaria.
Con frecuencia, el escritor principiante olvida la naturaleza humana del personaje,
pero tanto el protagonista como el antagonista (y, aunque en menor medida, también los
personajes secundarios) poseen una personalidad y un carácter que no les pueden
abandonar cuando el autor los enfrenta con las situaciones que ha pensado para ellos. A
la hora de mover a un personaje de un lado a otro de la historia, siempre debes tener
presente que cualquier paso que el personaje dé ha de armonizar con su naturaleza y
modo de ser.
Y, sin embargo, no siempre tenemos en cuenta este aspecto, bien por
inexperiencia, bien porque no conocemos en profundidad a nuestros personajes y en
ocasiones ni siquiera llegamos a entenderlos, lo cual indica una seria falta de trabajo de
fondo a la hora de construirlos.
Tenemos que conocer a nuestros personajes hasta lo más profundo de su ser, y ello
incluye su pasado que, aunque muchas veces no sea narrado en la historia, influye de
forma decisiva en el comportamiento del personaje y por tanto en el desarrollo de la
acción.
Es un hecho incontestable (lo es en la vida real y también en la ficción) que en el
pasado de una persona se encuentra el origen de su desarrollo personal: el modo en que
piensa, en que actúa, en que se comporta y las decisiones que toma… Por tanto, ningún
autor que aspire a escribir una novela en la que sus personajes resulten verosímiles e
influyan en la trama con su personalidad, debe obviar ni ese pasado ni el influjo que
ejerce la psicología humana sobre las acciones de la persona. Y si te detienes un instante
a pensar en ello, te percatarás de que son unos cuantos los estímulos a los que debes
prestar atención: el resentimiento, la venganza, el amor…, porque van a dictar en buena
medida las motivaciones de tu protagonista.
No sólo el objetivo principal cuenta
Así que, anótatelo: «Debo conocer en profundidad a mis personajes: cómo se
comportan habitualmente, cuáles son los motivos que les impulsan a hacer lo que hacen
y cuáles son las razones para mantenerse activos», porque no sólo importa el objetivo
principal que persigue el protagonista. Cada personaje (no olvidemos su naturaleza
humana) posee unas motivaciones diferentes que en muchísimas ocasiones no tienen
nada que ver con el objetivo central. Se trata de las motivaciones que necesitan para
acometer las obligaciones de su vida diaria. Porque los personajes también tienen una
vida propia, tienen familia, rutinas…, y un buen escritor ha de conocer cuáles son esas
razones que los impulsan y entender el proceso de causa—efecto a fin de conseguir la
verosimilitud, coherencia y cohesión que necesita la historia.
Utilizar bien este conocimiento del personaje y de sus pequeñas motivaciones,
además, te proporcionará una buena madeja de la que sacar numerosos hilos de los que
ir tirando para construir una tela de araña que haga de tu novela un mundo rico y
palpitante. Así que no te olvides de ellas y busca el equilibrio adecuado entre unas y
otras, de manera que la novela presente una historia armónica y proporcionada.
4. Tipos de motivación
A la hora de tratar las motivaciones de nuestros personajes debemos considerar
que éstas tienen distinta entidad, según persigan un objetivo pequeño, el objetivo
principal o simplemente respondan a la forma de ser y carácter de nuestro personaje.
Motivaciones de entidad menor
Vamos a encontrarlas repartidas a lo largo de las escenas que construyen nuestra
novela. La motivaciones de menor entidad responden a los pequeños retos que se
plantean en cada una de esas escenas y es en ellas, precisamente, donde debemos poner
especial cuidado, porque el error ilustrado en el ejemplo de los cocodrilos, que ya admití
que era un poquito exagerado, no suele ocurrir, por supuesto, pero el escritor novel sí
que comete ese error a pequeña escala en las motivaciones que llamaremos “de entidad
menor”.
Cuando, dentro de una escena, el personaje tiene una reacción incomprensible
para el lector, lo único que conseguimos con ello es dejarle perplejo. Si eso es lo que
buscas como autor, entonces adelante (de todas formas tendrás que explicar esa reacción
antes o después), pero lo normal en los escritores principiantes es que este tipo de
deslices ocurran porque no han definido de forma adecuada una justificación previa que
explique esa extraña manera de actuar.
Recuerda que, como escritor, debes proporcionar al lector unas motivaciones
lógicas que éste pueda aceptar y, por tanto, creer. En este sentido, te aconsejo que sigas
la serie de entradas relacionadas con la estructura que he publicado en mi blog (y
basadas en el libro “Scene and Structure”, de Jack M. Bickham) porque en ellas trato la
importancia de la relación causa—efecto.
Motivaciones de entidad mayor
Este tipo de motivaciones están directamente relacionadas con el objetivo
principal de la historia y dirigidas, por tanto, a resolver el problema propuesto y
contestar a la pregunta dramática central que se ha planteado al lector al principio de la
novela. No voy a insistir mucho en ellas porque ya las hemos tratado de una forma u
otra, pero sí ofrezco este pequeño resumen a modo de recordatorio:
Cuanto mayor sea el problema planteado, más riesgos debe correr el
protagonista y, por tanto, mayor debe ser su motivación. Cocodrilos…, recuerda.
El tipo de motivación que guía al protagonista debe armonizar con su
naturaleza y personalidad. Será absolutamente inverosímil para un lector creer que un
personaje, que durante toda la novela se ha mostrado melindroso y cobardón, de repente
actúe con una bravura que nadie espera. Si quieres que ese personaje se comporte de esa
manera, o cambias su personalidad o vas modificándola a lo largo de la historia para
que, cuando llegue el momento, el lector crea que esa reacción es posible. No obstante,
ese cambio debe ser progresivo y, por supuesto, estar en consonancia con lo que ha ido
ocurriendo en la historia.
Motivos internos y externos
Una de las mayores preocupaciones del escritor a la hora de levantar las bases
sobre las que sustentará su novela es construir personajes completos, es decir,
personajes tridimensionales, y para ello ha de dotarlos no sólo con una vida exterior que
todos pueden ver, sino de un mundo interior que el autor revelará al lector cómo y
cuándo le parezca bien, y que conferirá al personaje una profundidad similar a la del ser
humano.
De esta forma, y una vez que nuestro personaje puede ser tomado sin problema
como una persona real, podremos dotarle de motivos no sólo externos, sino también
internos.
Motivos externos: una vez más, están en relación con el objetivo principal y,
por tanto, son fáciles de dar a conocer.
Motivos internos: responden a ese mundo interior con que hemos dotado al
personaje y son, desgraciadamente, mucho más difíciles de trasladar al papel. Pueden,
además, estar en relación con el objetivo principal, o no. En este segundo caso, el
trabajo del escritor se complica aún más. Y, sin embargo, conviene introducirlos en la
historia y jugar con ellos, porque así logramos una combinación de motivos que hará de
nuestra novela una historia más interesante, compleja y atractiva, sobre todo si hacemos
que esa combinación sea difícil de conjugar para el personaje. Que unos excluyan a los
otros lo pondrá en una situación realmente difícil que puede llevarnos a giros
inesperados en nuestra historia, volviéndola más atrayente y atrapando al lector, de
quien ya sabemos lo mucho que le gusta que nuestro protagonista se meta en problemas
de difícil solución.
5. La motivación del antagonista
También hemos hablado ya de la necesidad de un antagonista en nuestra novela
para que ésta responda a los cánones exigidos y llegue a tener éxito, de modo que no
ahondaré mucho en ello, pero sí recordaré que toda historia necesita un conflicto,
necesita tensión y debe avivar las emociones del lector si quiere atraparlo. Pues bien, el
elemento perfecto para conseguirlo es el antagonista y las motivaciones que le mueven a
intentar sabotear cualquier movimiento del protagonista en pos de su objetivo.
Para lograrlo también debemos asignar a nuestro antagonista unas motivaciones
creíbles y fuertes. Sin ellas, su oposición al protagonista no tendría sentido y la novela,
tampoco. Al igual que ocurre en el caso de los cocodrilos, cuanto más potentes sean las
razones del antagonista para oponerse al personaje principal, mayor tensión
conseguiremos en nuestra historia y mayor será la implicación del lector con ella.
7
¿Qué acciones planean los personajes para vencer en su empresa?
Tal y como acabamos de explicar en el capítulo anterior, la motivación del personaje es
lo que hace que la historia se mueva, puesto que esa motivación es la que le obliga a
tener que elegir y actuar. Ahora bien, tengamos en cuenta que, en principio, las
motivaciones son de naturaleza emocional: debido a un cambio que se ha producido en
su vida (por ejemplo, el cambio inicial al que da lugar el desencadenante del que
hablamos en el Capítulo 2) o a algo ocurrido en su pasado, el personaje experimenta una
emoción o una serie de emociones que le impelen a conseguir un determinado objetivo,
es decir, que le motivan.
Aunque estas motivaciones pueden ser dispares, en muchos casos su origen parte
de emociones tales como:
La venganza.
La justicia.
El temor.
El resentimiento.
El sentimiento de culpa.
Etc.
Pues bien, son esas motivaciones las que llevan al personaje hasta la acción.
1. ¿Pero qué es la acción?
La acción es la manera en la que el personaje responde a esas motivaciones.
Ahora bien, tengamos siempre presente que las acciones del personaje no sólo le afectan
a él, sino que son de gran importancia para conducir la trama hacia el punto que como
escritores necesitamos que se dirija. Sin embargo, ¡cuidado!, la motivación debe ser
propia del personaje, no nuestra, aunque como autores la utilicemos para lograr nuestros
propios fines.
Y es que éste es un aspecto importante a tener en cuenta: el escritor debe
trabajar para la historia, no la historia para las necesidades del escritor. Veamos
un ejemplo:
Acción: Joe, un broker de la Bolsa de Nueva York, sale a navegar en su velero
cada sábado al amanecer.
Motivación: Le gusta alejarse del mundo y relajarse del estrés semanal en la
soledad del mar.
Motivación del autor: el escritor necesita que Joe salga cada sábado por la
mañana en su velero para que el asesino que lo persigue tenga pautada esta rutina de
nuestro personaje y pueda aguardarlo en el muelle, a unas horas en las que no hay nadie,
para asesinarlo.
Esto implica que, para que la acción sea creíble, a lo largo de la novela y hasta que
se produzca el asesinato, el autor deberá hacer que Joe salga a navegar los sábados antes
del amanecer. De no hacerlo así, la credibilidad de la acción no se sostendrá y el lector
encontrará extraño que un asesino sepa lo que piensa hacer Joe el sábado por la mañana
y pueda, así, aguardarlo en el muelle.
Habitualmente el lector está tan inmerso en el objetivo del protagonista que puede
llegar a resultarle bastante difícil aceptar las acciones que desarrolla si son endebles e
incoherentes con respecto al objetivo que persigue. Así que debemos tener especial
cuidado en este punto si deseamos que el lector crea al personaje y la historia.
2. Acciones de los personajes: la manera perfecta de definirlos
Un error bastante común es el de definir los personajes y el arco dramático que
estos recorren durante la historia a través de técnicas que, aun no siendo malas, no son
las mejores. Por ejemplo, la descripción.
Todos hemos escuchado cientos de veces la advertencia: «Muestra, no cuentes», y
en otras tantas ocasiones nos han explicado por qué es mejor mostrar que contar. Sin
embargo, cuando nos plantamos ante el papel, suele asaltarnos una cierta tendencia
natural a describir e ir contándole al lector todos y cada uno de los pensamientos,
emociones y movimientos de nuestro personaje, hasta que estamos completamente
seguros de que los entiende. A eso se le llama ser explicativo, y es un error: el lector no
es tonto. No tienes por qué dárselo todo mascado. Es más, cuando lo haces, tu historia le
suena falsa, como un cuento de niños que se lee a un adulto.
Las acciones de los personajes son un método extraordinario para revelar su
personalidad y carácter. De hecho, son el mejor modo de hacerlo, puesto que nos
permiten mostrar cómo es ese personaje sin tener que contárselo al lector y además
dan vida a la novela e impactan en nuestros lectores con una profundidad que otras
técnicas no consiguen alcanzar.
La descripción es quizá el método más utilizado y, sin embargo, el más flojo a la
hora de conseguir lo que deseamos lograr: que nuestra narración sea impactante. ¿Por
qué? Sobre todo por estas dos razones:
La descripción ralentiza el ritmo de la narración. Si eso es lo que deseamos, por
la causa que sea, entonces adelante, utilicemos la descripción. Pero si con ella no
buscamos un fin determinado, como el descrito, es mejor que no la utilicemos para dar
vida a nuestros personajes, salvo en contadas excepciones y, de cualquier forma,
siempre con brevedad.
Por otra parte, con la descripción jamás se alcanzará el mismo impacto sobre el
lector que cuando se utiliza una acción para mostrar al personaje, porque cuando los
lectores “ven” las acciones que realizan éstos, sienten una impresión emocional mucho
mayor que cuando se las cuenta el escritor ya que de esta manera están experimentando
lo mismo que el personaje, lo cual hace mucho más vívida y real la novela.
El diálogo, sin embargo, es una herramienta mucho más eficiente que la
descripción. Veamos un ejemplo:
Kelly Reynolds era una periodista profesional que sabía cómo hacer su
trabajo. Segura de sí misma, no le importaba tratar con quien fuera
menester para conseguir el dato que necesitaba, pero entre sus principios
había uno que se alzaba por encima de los demás: jamás utilizaría su
femineidad para obtener información. Steve Jarvis, por otra parte, era un
hombre de carácter destemplado, a quien le importaba el dinero más que su
propia reputación. Sabía reconocer a una mujer bella y también sabía que
nunca ponía obstáculos entre ella y su cama.
En este breve párrafo hemos contado al lector quién es Kelly Reynolds y cuál es
el principio más importante por el que rige su actividad laboral. También le hemos
contado quién es Steve Jarvis y el tipo de hombre que representa. No está mal. De hecho
es un párrafo bastante eficiente, pero el lector no obtiene de él más que un par de líneas
de información como las que podría haber cosechado de la lectura de un diccionario.
¿Qué tal si, en lugar de un párrafo descriptivo-narrativo, diéramos esa información al
lector utilizando el diálogo? Veamos este extracto de la novela La cuarta cripta, de
Robert Doherty:
—¿Diga?
—¿Es usted Steve Jarvis?
—¿Quién llama?
—Kelly Reynolds. Soy una periodista independiente que escribe artículos sobre…
—Mi tarifa por una entrevista es de quinientos dólares —la interrumpió Jarvis—.
Eso le da derecho a una hora.
—Señor Jarvis, sólo pretendo encontrar…
—Quinientos dólares la hora —repitió—. En efectivo o por giro postal. No acepto
cheques. No hay preguntas gratis.
Kelly calló para intentar contener sus emociones.
—¿Podría verlo hoy?
—En el bar Elefante Zanzíbar. Estaré allí a las siete en punto.
—¿Cómo lo reconoceré?
—Yo la reconoceré a usted —repuso Jarvis—. Lleve algo rojo. Algo sexy. Pida un
trago al camarero.
Kelly apretó los dientes.
—Oiga. Soy una profesional y voy a Las Vegas para hacer un trabajo serio. No
necesito…
—Evidentemente —la interrumpió de nuevo Jarvis—, no necesita entrevistarme.
Ha sido un placer hablar con usted, señora Reynolds.
Kelly aguardó. Él no colgaba, y ella tampoco. Habían llegado a un punto muerto.
—¿Tiene el dinero? —Finalmente fue Jarvis quien habló—. ¿Quinientos dólares
en efectivo?
—Sí.
—Bien. Pregunte sin más al camarero. Él le indicará. Estaré ahí a las siete.
Es obvio que la longitud de este diálogo es mucho mayor que la del párrafo
presentado en primer lugar, pero también es obvio que nos da más información sobre
los dos personajes y, sobre todo, lo más importante: nos hace sentir empatía por Kelly y
desprecio por Jarvis. Y ésta es la primera misión del escritor: hacer sentir al lector.
Si además introduces acción dentro del diálogo, habrás ganado muchísimo. Y es
que es mucho más fácil desvelar la naturaleza de tu personaje cuando combinas estos
dos mecanismos. Especialmente en las novelas de aventura o en los “thrillers”, donde la
acción es el elemento fundamental de la trama. Eso sí, no nos vale cualquier cosa.
Recuerda que toda acción debe empujar la novela hacia adelante, acelerar el ritmo y
todo ello al mismo tiempo que va mostrándonos al personaje y haciendo crecer la
tensión dentro de la historia. Si en algún momento de la novela el «muestra, no cuentes»
es importante, es justo en los pasajes en los que la acción debe hablar por sí misma.
Olvida entonces la descripción, guárdala en el cajón de herramientas para cuando sea
realmente necesaria y opta por una inteligente combinación entre diálogo y acción. Si el
lector va conociendo a los personajes a lo largo de la historia a través de sus acciones y
palabras, el escritor habrá hecho bien su trabajo.
3. Las pequeñas acciones
Cuando hablamos de acciones de los personajes, no nos referimos sólo a esas
grandes acciones que llevan a cabo en momentos críticos y que dejan al lector sin
aliento. No, hablamos también de las pequeñas acciones que los humanizan y los hacen
verosímiles. Son esos diminutos movimientos o maniobras que todos realizamos de vez
en cuando, como rascarse la nariz, poner la mano en la frente a modo de visera o
cruzarse de brazos.
Estos pequeños gestos son también un buen aliado del escritor para mostrar cómo
son sus personajes y, aunque parezcan accesorios, el lector los percibe y construye con
ellos un personaje más real en el que cree, porque con esos movimientos aportamos
elementos a la personalidad de nuestro personaje, a sus motivaciones, tanto internas
como externas, a sus actitudes y, por supuesto, lo mantenemos en movimiento, aun
cuando no caiga sobre él la responsabilidad de la acción en ese momento.
¿Has visto alguna vez una obra de teatro de niños en un colegio? Si lo has hecho
te habrás dado cuenta de que normalmente no saben qué hacer. Permanecen sobre el
escenario de forma estática y artificial. En la ficción podemos evitar esa sensación
adulterada y poco real obligando a que nuestros personajes realicen las acciones
cotidianas que todos llevamos a cabo alguna vez. Sabiamente introducidas en la acción
principal, dan una capa de realismo a la novela difícil de conseguir de otra manera. Más
aún si algún gesto es específico de cierto personaje. No todos ellos tienen por qué
morderse las uñas, por ejemplo, pero si caracterizas a uno con esta obsesión te será muy
fácil, por ejemplo, mostrar al lector cuándo está nervioso.
Aunque, eso sí, estate atento siempre a que el personaje y la acción armonicen con
el momento. No porque un personaje tenga la manía de morderse las uñas has de
mostrarlo siempre así, y tampoco debes hacerlo cuando no venga a cuento o esté de
más. Es decir, evita saturar tu narración de pequeñas acciones. Busca el equilibrio
perfecto. Para hallarlo sólo hay una receta: ¿esa acción que tu personaje va a realizar
dice algo?, ¿tiene alguna función? Si la respuesta es sí, escríbela. Si no, olvídate de ella.
Tú eres el escritor y los personajes son tus criaturas, así que deberías conocerlos
bien y saber cuándo hacen algo y cuándo no. Deberías conocer cuál es su estado
emocional en cada momento y si es necesario que realicen ese pequeño gesto. Si encaja
con su personalidad, si concuerda con el objetivo que va persiguiendo y la motivación
que lo mueve, si quieres mostrar un cambio al lector y ésa es la mejor manera de
hacerlo, entonces utiliza esas pequeñas acciones. Piensa bien, por tanto, cada una de
ellas y recuerda que nunca son accesorias en un texto. Siempre han de tener una misión.
4. Las reacciones de los personajes
Si las acciones de los personajes son de vital importancia para darlos a conocer, no
se quedan atrás en esta carrera las reacciones que muestran ante los sucesos a los que se
enfrentan o las palabras que se les dirigen.
La reacción de un personaje puede mostrar facetas de éste que no podrían ser
reveladas a través de sus acciones o palabras. Las reacciones que otros personajes
causan en nuestro protagonista indican matices de su personalidad: qué le molesta, le
disgusta, le enfurece, le place…
De igual forma, cuando no hay respuesta por parte del personaje, también el
escritor está dando una pauta al lector para entenderlo mejor o para indicar que aquel
hecho o diálogo que se le ha dirigido carece de importancia para él. Puede que en
ocasiones el escritor decida que el personaje A no responda al personaje B y éste se
quede sin réplica y sin conocer lo que el personaje A piensa acerca de lo que sea que
haya propuesto el personaje B. Sin embargo, eso no significa que el lector también se
quede in albis. Los personajes pueden ocultar sus emociones y pensamientos a otros
personajes, pero no deben hacerlo con el lector. El escritor debe serle leal y, salvo que
sea imprescindible ocultar la información a causa de la trama, jamás debe dejarle sin
respuesta.
Los personajes responden a otros personajes mediante lo que dicen o no dicen, lo
que hacen o no hacen y lo que piensan y sienten.
Lo que dicen los personajes
Un personaje puede responder a otro con la palabra, esto es, mediante el diálogo.
Y en su respuesta puede utilizar palabras dulces, apasionadas, irritadas, vengativas…
Por lo tanto, a la hora de escribir el diálogo es importante que tengas siempre presente
cuál es el efecto que quieres obtener de él y cómo afecta esta conversación al devenir de
la historia. En ocasiones la contestación que da el personaje es deliberada y conduce la
historia por donde se desea que transcurra, al encaminar a su interlocutor hacia donde él
quiere. Otras veces, sin embargo, la respuesta puede ser involuntaria y la historia podría
llegar a tomar un nuevo rumbo.
Pero además de lo que dicen los personajes, cuentas con otra herramienta muy útil
que consiste en hacerlos callar. Lo que no dice un personaje, las palabras que no
pronuncia es un método igualmente efectivo para darlo a conocer y manejar la manera
en que la historia transcurre. Aunque, como ya te conté, no debes permitir que esa no—
respuesta le llegue también al lector. Recuerda: el lector debe conocer la información
aunque el personaje no la verbalice. Cuando el lector sabe por qué un personaje no ha
contestado y la razón por la que le está ocultando esta información a otro personaje,
entiende la escena. Pero si el escritor deja al lector sin esa respuesta y no le suministra
una manera de entender por qué no la da, no la comprenderá.
Lo que hacen los personajes
Ya lo hemos dicho: las acciones de un personaje son una manera excelente de
mostrar cómo es, cómo piensa, siente, etc.. Si, además, como se ha apuntado arriba,
mezclamos las acciones con el diálogo, el retrato puede ser perfecto.
También hemos explicado que la respuesta (tanto verbal como física) que un
personaje da puede ser deliberada o involuntaria. Un personaje que da una respuesta
deliberada muestra que controla sus emociones y pensamientos. Uno que da una
respuesta involuntaria es un personaje controlado por su oponente, por sus sentimientos
o por su carácter. Es decir, es un personaje que no sabe gobernarse y permite que las
pasiones conduzcan sus actos. En cualquiera de los casos, la reacción (o la falta de
reacción) del personaje permite atisbar al lector parte de su personalidad o de sus
propósitos.
Lo que piensan y sienten los personajes
Cuando permitimos al lector que entre en la mente del personaje y conozca sus
pensamientos y emociones, le estamos dando acceso a una información que nadie más
en la novela posee (a excepción del propio personaje, naturalmente). Una información
que, además, es real: nadie se miente a sí mismo con sus propios pensamientos (salvo en
casos de naturaleza psicológica, en cuyo caso el lector también estaría recibiendo una
información extra: la de que el personaje se engaña a sí mismo).
Los pensamientos y emociones de un personaje revelan no sólo su carácter y
personalidad, sino también sus propósitos, motivaciones y aquello que realmente le
importa, si bien (y esto el escritor debe manejarlo con habilidad), el personaje puede
manipular sus propias emociones y pensamientos para conducir a otros personajes por
el camino que le interesa, pero incluso esto revela nueva información sobre él.
De modo que permitir que el lector tenga acceso a sus pensamientos es una
decisión que debes sopesar con cuidado porque, una vez que decidas hacerlo, el lector
tendrá una visión clara de su mundo interior y conocerá información que nadie más
tendrá. Así pues, sé muy cauto. Piensa muy bien si quieres o necesitas (y por qué) que el
lector conozca todos esos datos, o, por el contrario, si es imprescindible que ignore
alguno de ellos en pro del correcto devenir de la trama. Elegir bien cuáles son los
pensamientos y emociones que el lector puede conocer y cuáles no es un punto clave
para que la historia discurra por el camino que deseamos.
Por otra parte, también es necesario tener presente que no es necesario dar a
conocer todos y cada uno de los pensamientos de un personaje. Si nos entretuviéramos
en ello, la novela ralentizaría su paso y el ritmo se haría demasiado lento para mantener
la atención del lector.
5. Las acciones y las reacciones de los personajes hacen avanzar la historia
El par acción—reacción es imprescindible en una novela. Si un personaje no
reacciona a lo que dice o hace otro personaje, el resultado es una acumulación de
elementos narrativos que se siguen los unos a los otros sin ton ni son. Lo que conduce
una historia de su principio a su final y lo que mantiene al lector pegado a la página es
precisamente esa relación inseparable que dictamina que a toda acción le sigue una
reacción.
Luego es imprescindible que ninguna de las acciones que presentamos en nuestra
novela quede sin respuesta, es decir, sin reacción por parte de otro de los personajes.
Esta relación entre acción y reacción ahonda en la historia, la hace avanzar y afecta al
tono de una escena, pudiendo incrementar la tensión al elevar el nivel de conflicto entre
esos dos personajes cuyas acciones y reacciones llevan el peso de la escena en ese
momento determinado. De modo que, como ves, se trata de una labor importante a la
que debes prestar suma atención. Recuerda: no puedes hacer que tu personaje reaccione
de forma incoherente con respecto a las acciones a las que está dando respuesta, o que
su reacción no se ajuste al género al que pertenece la historia. Tampoco puedes
obviarlas, ni magnificarlas, ni minimizarlas.
Has de encontrar el equilibrio justo para que la historia no se desvíe por caminos
que no conducen al fin que busca ni para que deje de tener sentido para el lector. Debes
dar a cada acción la reacción que se aviene con la primera o la que necesite para que tu
historia no se desquicie por vericuetos inesperados incluso para ti mismo. También es
importante que cada acción y reacción armonicen con la naturaleza y modo de ser del
personaje, que respondan a las necesidades de la escena en que tienen lugar y al objetivo
a largo plazo que plantea la novela al protagonista. Y, por otra parte, deben variar en
cuanto a su intensidad. No todas las acciones y reacciones deben ser aparatosas o tan
sutiles que rocen la flacidez.
Contamos, pues, con una buena lista de elementos que hemos de tener presentes
mientras escribimos. El resultado, si los manejamos con habilidad, será excepcional, de
modo que el esfuerzo, tiempo y atención que dediquemos a este punto merecerá la pena
con creces.
¿Te ha gustado el capítulo? ¿Te ha parecido interesante? Pues no te entretengas y
pasa la página, que ahora vamos a ver cómo conseguimos que nuestros personajes
evolucionen.
Te espero en el Capítulo 8.
8
¿Cómo evoluciona el protagonista?
¿Cómo evolucionan los personajes protagonistas en tu historia? Porque deben hacerlo.
Si no, puede que en tu imaginación el personaje que has creado sea un notable
representante del personaje de ficción y, sin embargo, lo siento, no habrás logrado lo
que realmente importa: un personaje completo que parezca verosímil a los ojos del
lector y por el que se sienta interesado. Si sólo atiendes a su creación, y no a cada uno
de los aspectos que necesitan ser cuidados con esmero, será un personaje de una sola
dimensión, sin sombras, sin aristas y bordes suaves que le den profundidad.
1. Las dimensiones del personaje
Habitualmente, cuando aparece la idea para escribir una historia, con ella vienen
dados los personajes (al menos los principales). En nuestra menter se dibuja la imagen
del protagonista, como mínimo su aspecto físico, o un esbozo de él, y alguna que otra
característica de su personalidad. En estos momentos y con estos datos, sólo tenemos
formado el personaje en una dimensión.
Cuando comenzamos a trabajar en él y le dotamos de una historia, un pasado, el
personaje comienza a adquirir cierta forma redondeada y ya podemos apreciar en él
algunas luces y sombras. En este punto de su creación adquiere una segunda dimensión,
pero todavía no está completo. Para que parezca una persona real, debemos dotarle de
esa tercera dimensión que define nuestro mundo. ¿Y cómo lo conseguimos? Simple:
haciéndolo evolucionar (es decir, cambiar) a lo largo de la historia.
Para ello un buen método es obligar a nuestros personajes a que se debatan en la
contradicción, ya sea con un conflicto interno, externo o, mejor aún, con ambos. Para
atribuir una tercera dimensión a nuestros protagonistas no podemos quedarnos en los
tópicos: el héroe es bueno y el villano es malo. Eso es un error fatal. Ninguna persona
de este mundo vive en esos extremos, todos nos movemos en una gama de grises desde
la cual derivamos hacia el blanco en algunos aspectos y hacia el negro en otros.
Pues bien, como escritor tú también debes crear a tu personaje en ese abanico
grisáceo. Debes dotarle de virtudes, por supuesto, pero también de defectos. Con ello no
sólo logramos hacerlo más verosímil, sino que tendremos un terreno ideal sobre el que
ir trabajando para que el protagonista, en su viaje a través de la novela, vaya creciendo y
transformando alguna de esas partes negras de su personalidad en algo más claro, más
gris…, incluso blanco. Y esto que se dice sobre el héroe debe aplicarse igualmente al
antagonista. No podemos hacer de él un ser pérfido que no posea ni una sola
característica positiva. Hay que jugar bien estas cartas y colocar a nuestros personajes
en un punto intermedio desde el que puedan moverse hacia otra posición.
Por tanto, una de tus tareas es la de dotar a tus personajes protagonistas de tres
dimensiones y asegurarte de que ninguno de ellos nace en los extremos del abanico,
sino en una posición más centrada que le permita moverse hacia uno u otro de los
bordes y cambiar a lo largo de la historia.
Ten en cuenta algo de lo que a veces nos olvidamos cuando trabajamos en
nuestras novelas y es que la historia que escribimos no es sino un viaje para el
protagonista, un recorrido que le llevará a conseguir o no el objetivo que persigue. Pero
en ese viaje pasan muchas cosas y el personaje vive una serie de experiencias
extraordinarias que han de marcarle de alguna forma. Cómo se verá afectado por estas
experiencias es lo que le hará cambiar y transformarse en una persona diferente a la que
era cuando comenzó su viaje al principio de la novela. Y esto es lo que llamamos
evolución del personaje, también conocido como arco dramático, que ya se mencionó
brevemente en el Capítulo 5.
2. El arco dramático del personaje
El arco dramático del personaje nos conduce a través de su evolución: desde el
tipo de persona que era al principio de la historia hasta el nuevo hombre o mujer en que
se ha convertido cuando alcanza el final de su viaje. Por tanto, este cambio que ha de
experimentar el protagonista, y que es un elemento fundamental en la construcción de la
novela, es algo que debe ir desarrollándose a lo largo de toda la historia. Recuerda que
los cambios repentinos no son creíbles. Para que sea verosímil, la transformación ha de
ser el resultado de una serie de experiencias por las que el protagonista ha pasado y que
le han ido modificando poco a poco.
Las historias que se nos quedan grabadas en la memoria y que recordamos con
buen regusto son aquéllas en las que nos hemos topado con un personaje con el que nos
hemos sentido identificados y al que hemos dispensado nuestra admiración. Esos
personajes que son capaces de enfrentarse a sus temores y debilidades son los que
acaban enamorándonos. Su forma de ser, de encarar los problemas y superar las
situaciones más duras nos cautivan, se apoderan de nuestra simpatía y se quedan a vivir
en nuestra memoria.
Si, como lector, has degustado la experiencia descrita en el párrafo anterior, es
indudable que desearás con todo tu corazón de escritor regalar a tu lector la misma
vivencia. Por esta razón debes esmerarte en dar vida a un personaje de este tipo, un
personaje que, con esfuerzo e incluso a veces con dolor, sepa superar las dificultades
que pongas en su camino y aprenda una lección: la de dominar sus miedos y
debilidades, sobreponerse a ellos y acabar alcanzando el destino al que se dirige.
El arco dramático del personaje se convierte así en el camino pedregoso y
traicionero que debe recorrer en su crecimiento personal, es decir, en su evolución.
Así pues, un personaje que evoluciona, que crece y es capaz de cambiar sus
perspectivas a causa de los conflictos a los que ha de enfrentarse (tanto internos como
externos) resulta mucho más atractivo a los ojos del lector que uno que no modifica su
actitud, su personalidad ni sus habilidades pese a las experiencias vividas. La razón de
que el lector se sienta más identificado con el personaje que modifica sus posiciones de
partida frente al que no lo hace es muy lógica y se origina en la psicología humana: si
eres un buen escritor y has conseguido introducir de lleno al lector en tu historia, éste
experimentará las mismas dificultades por las que va pasando el protagonista e irá
creciendo y aprendiendo al mismo tiempo que él, o bien encontrará una explicación a
vivencias propias que haya experimentado anteriormente. Es una forma de llegar a la
mente y al corazón del lector, y de embarcarlo en un viaje no tanto físico como mental y
emocional.
Y retomando de nuevo el arco dramático del que acabamos de hablar, una de las
decisiones que habrás de tomar a la hora de construir a tu protagonista es la de definir
cómo va a ser su arco, esto es, el cambio que va a experimentar. Tienes tres
posibilidades:
Puede cambiar a mejor.
Puede quedarse tal cual y ser el mismo personaje al final de la historia que el
que encontramos al principio.
Puede cambiar a peor.
En el primer caso estarás optando por una historia con final feliz; en el tercero,
por un drama; y en el segundo (que deberías evitar), estarás utilizando un personaje que
no experimenta ningún cambio a lo largo de la historia: no aprende ninguna lección, no
mejora en ningún aspecto, no le enseña ni le hace sentir nada al lector, salvo la
admiración que pueda experimentar por la cualidad por la que destaca el personaje. Es
el caso, por ejemplo, de Sherlock Holmes, de Poirot o de James Bond. Puede que al
final de cada novela el lector se admire de su inteligencia o de su valor, pero estos
personajes no habrán conseguido darle lo que realmente desea encontrar cuando lee una
historia: introducirse en ella, vivirla y enamorarse del personaje.
3. Justifica los cambios
Un personaje no puede ser un egoísta en la primera página y un tipo generoso en
la última sin que nada haya ocurrido entremedias. No puedes permitir que eso ocurra, no
puedes provocar ese cambio sin haberlo explicado antes o el lector no se lo creerá. Una
idea a tener en mente durante el proceso de escritura de la novela es que cualquier
cambio supone tanto las causas que lo han provocado como el resultado al que ha dado
lugar. Y ello no puede ocurrir de forma fortuita o repentina. No.
A lo largo de la novela debes ir mostrando cómo se va produciendo esa
transformación paso a paso, poco a poco. Al igual que ocurre en la vida real nadie
cambia de un día para otro. Son las circunstancias de cada uno y las experiencias vitales
que va acumulando en su vida lo que hace que una persona modifique su naturaleza. Y
si la vida real es así no puedes dar a tu lector algo diferente a riesgo de que éste lo
considere totalmente inverosímil.
De modo que, mientras planificas el desarrollo que tienes pensado para tu
personaje, señala bien cuál va a ser la causa del cambio, cómo lo vas a desarrollar en la
novela y cuál será el efecto final. Todo ello es una información que tienes que darle al
lector, aunque, eso sí, de forma sutil.
4. Evolución del personaje
Si ya tienes cierta experiencia escribiendo, habrás observado que en ocasiones tu
historia deriva hacia una situación que no tenías en mente. Te paras entonces, vuelves a
leer el texto y te das cuenta de que aquello no ha salido de ti, sino que procede de algún
lugar que no sabes ubicar. Yo te digo de dónde viene: de tu personaje. De ese personaje
que creaste, al que pusiste en movimiento y que, al dotarlo de vida, ha ido
construyéndose a sí mismo y alejándose de ti, hasta tener una existencia propia que tú
ya no puedes manejar (o al menos, no totalmente).
La evolución del personaje es un elemento indispensable dentro de la novela. Si
no cambia a consecuencia de las experiencias que vive durante la historia, será una
especie de robot que ni siente ni padece. Una de tus tareas es lograr esa transformación,
conseguir que sea una persona diferente a la del principio. En caso de que tu novela
forme parte de una serie, entonces el cambio se producirá a lo largo de toda ella, en
sucesivas entregas, lo cual implica que tienes más tiempo para hacerlo y, por tanto,
puedes dar a tus personajes mayor profundidad aún que las que se les puede dar en una
sola novela.
Pero para que esto ocurra, para que el personaje pueda desarrollarse y adquirir
vida propia, debes proporcionarle suficientes pertrechos y colocarlo en situaciones en
las que se vea obligado a actuar, a tomar decisiones, a inclinarse por un camino u otro y
a ponderar la validez o inutilidad de la alternativa por la que ha optado. En palabras
llanas: tienes que construir a su alrededor un mundo con los entresijos necesarios para
que evolucione.
La pregunta que surge llegados a este punto es: «Pero, entonces, ¿el personaje
evoluciona por sí mismo o es el escritor quien lo hace evolucionar?». En realidad, es el
escritor quien está evolucionando y el personaje lo hace al mismo tiempo que él. Fíjate
la próxima vez que te adentres en la escritura de una novela. Verás que, a medida que
escribes, vas conociendo cada vez mejor a tu personaje y llega un punto en el que te
resulta tan familiar que entre vosotros se establece una relación de amistad.
En alguna parte leí que un personaje se ha metido en la mente del escritor y se ha
convertido en su compañero de viaje cuando el escritor, al hablar de su historia a
alguien, llama a sus personajes por el nombre de pila y se refiere a ellos como si fueran
personas que realmente existieran.
Esto no se consigue de hoy para mañana. Hemos de pasar muchas horas con el
personaje antes de alcanzar una relación tan cercana con él. Pero una vez que lo hemos
hecho es incluso bastante probable que la trama que teníamos en mente en un principio
cambie, porque el personaje que hemos creado jamás recorrería ese camino, sino otro
diferente. Es decir, estamos permitiendo a nuestro personaje que tome cartas en el
asunto y “co-escriba” la novela con nosotros.
Entonces, y volviendo a nuestra pregunta: ¿quién evoluciona en realidad? Yo creo
que entre escritor y personaje llega a establecerse una simbiosis que acaba por afectar a
los dos, de manera que la idea de la evolución, al final, no sólo se aplica al personaje.
En cualquier caso recuerda que de una u otra forma debes lograr que tu protagonista
cambie.
5. ¿Cómo consigo que mi personaje evolucione?
Utilizando una variedad de tácticas que debes tener claras antes de comenzar a
escribir (aunque, por supuesto, durante el proceso de escritura también irán surgiendo
elementos que te ayudarán y en los que no habías pensado en un principio).
Tal y como se ha mencionado en el epígrafe “Las dimensiones del personaje”, el
punto de partida para darle la oportunidad de que pueda cambiar es situar a nuestros
protagonistas en un punto intermedio (ni blanco ni negro) desde el que puedan moverse
a otras posiciones, es decir, desde el que puedan cambiar.
Además, hemos hablado de que es imprescindible crear personajes
tridimensionales y, para ello, un buen método es introducir en nuestros protagonistas
conflictos internos, además de los externos. Los conflictos internos no sólo darán lugar
a un personaje más interesante a los ojos del lector, sino que permitirán al escritor jugar
con ellos y conseguir una mayor tensión en su novela. Mezclados con los conflictos
externos que la historia, y en especial el antagonista, le plantean, el resultado es un
personaje que ha de enfrentarse a decisiones que le obligarán a cambiar. Es decir, a
evolucionar.
No le fuerces a evolucionar
El escritor no puede coaccionar al personaje para que evolucione, sino que tiene
que proporcionarle una historia (tanto pasada como presente) y un tiempo determinado
para que lo haga. Construye la historia de manera que tu personaje vaya avanzando al
mismo ritmo que ella y experimentando una evolución progresiva, pero lógica, o dicho
de otra manera: una evolución que responde a las situaciones que el personaje ha vivido.
Por ello es necesario, en primer lugar, dotarle de un pasado, porque es ese pasado
el que ha conformado su personalidad actual. También debes suministrarle un presente
que le plantee determinadas circunstancias que vaya moldeándolo; y un tiempo, el
necesario, para que el personaje vaya cambiando poco a poco. Como escritores no
podemos saltarnos esta regla y pretender que nuestro protagonista aprenda, en el
número de palabras que nos viene bien para la novela, las lecciones que ha de asimilar.
¡No! Para experimentar un ligero cambio el personaje necesita menos tiempo que si
queremos que sufra uno profundo (de ahí que en los relatos los personajes no puedan
tener un desarrollo tan amplio como lo tienen en una novela).
Así que sé realista en cuanto al cambio que deseas que tu personaje experimente y
dale el tiempo necesario para que vaya haciéndolo. Recuerda que los cambios no se
producen de un plumazo, sino poco a poco, página tras página, situación tras situación,
peligro tras peligro.
Colócalo en situaciones difíciles
El escritor ha de crear las condiciones necesarias para que el personaje evolucione,
y una de las maneras en que lo puede conseguir es enfrentarlo a problemas y obstáculos
que le obliguen a actuar. La acción mueve la historia de tal manera que, a medida que se
va desarrollando, el personaje evoluciona con ella. Es una especie de círculo vicioso: el
personaje conduce la trama con sus decisiones, pero la trama moldea al personaje y va
dibujando el arco dramático que éste recorre. Es un trabajo conjunto. Ninguno de los
dos elementos puede funcionar por separado.
Así pues, al enfrentarse a los conflictos que le vayamos proponiendo y a sus
propias flaquezas y debilidades para conseguir el objetivo que persigue, el personaje irá
experimentando un crecimiento personal, de forma que ese vencerse a sí mismo y las
decisiones que toma para superar los obstáculos es lo que le va cambiando, es decir, lo
que va construyendo su arco dramático.
Deja que comenta errores
Nadie es perfecto en la vida real y tus personajes tampoco pueden serlo en el
mundo de ficción que has creado para ellos. Supermán no existe, recuérdalo. De modo
que no pretendas la perfección absoluta para tu protagonista. Si lo creas de esa manera,
no resultará verosímil a los ojos del lector.
El personaje tiene que cometer errores, tiene que equivocarse, tomar decisiones de
las que luego se arrepentirá. Los errores le llevarán a tener que buscar soluciones
diferentes, a retractarse, a excusarse y, por supuesto, a plantearse preguntas sobre sí
mismo y decidir si debe ¡cambiar!
Permítele vivir su propia vida. Tal y como se ha apuntado en el punto anterior, la
forma más efectiva de conseguir que el personaje evolucione es enfrentarlo a profundos
conflictos (tanto externos como internos), de manera que se vea obligado a tomar
decisiones y a actuar. Pero no decidas por él. El personaje ha de decidir por sí mismo y
nosotros hemos de transigir con las equivocaciones que cometa.
Además, el escritor debe estar abierto a las sorpresas con que su propio personaje
lo asombre. Muchos escritores podrán dar fe de ello porque han tenido esta experiencia:
llega un momento en que, de repente, su historia toma un rumbo que ellos no habían
previsto. ¿Por qué ocurre esto? Porque el personaje ha decidido por sí mismo y ha
tomado un camino que el escritor no esperaba. Cuando esto ocurre, la evolución del
personaje se está consiguiendo de una manera natural, de modo que, si tienes esta
experiencia, alégrate, estás haciendo un buen trabajo.
No lo supedites a tus necesidades.
Créeme, eso no funciona. Deja que tu personaje camine solo, permite que te
sorprenda con sus decisiones y te lleve por caminos que ni siquiera habías entrevisto. Si
logras que esto ocurra, date una palmada en el hombro porque significará que vas por el
buen camino.
Trabajando de esta manera tendrás el campo bien abonado para que tu personaje
experimente una evolución creíble a medida que transcurre la historia. Así que ya sabes,
plantéate estas tácticas antes de comenzar a escribir y así tendrás una idea bastante
aproximada de cuál es la causa que va a provocar el cambio o los cambios que va a
sufrir tu protagonista, cómo los va a experimentar y cuál va a ser el resultado final, es
decir, el efecto de ese cambio.
9
¿Cómo mantendré la tensión durante la historia?
La tensión es lo que engancha al lector durante el trascurso de la novela, lo que le obliga
a pasar las páginas y decirse una y otra vez: «Sólo un capítulo más y me voy a dormir».
Por tanto, crear tensión y saber mantenerla a lo largo de toda la historia es una de las
labores que mayor tiempo y esfuerzo deben consumir en nuestra tarea de escritores.
Ahora bien, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo creamos tensión y, sobre todo, cómo
podemos conseguir mantenerla página a página para lograr que nuestro lector amanezca
al día siguiente con ojeras? Hay varios métodos de los que podemos echar mano para
conseguirlo. Veamos algunos de ellos.
1. Cómo mantener la tensión a lo largo de una novela
A. No adelantes acontecimientos
El suspense y, con él, la tensión se producen cuando el lector intuye que «algo va
a pasar y que va a pasar pronto». Por tanto, sé habilidoso y no le cuentes antes de
tiempo nada que frustre tu esfuerzo por mantenerlo intrigado.
A la hora de planificar tu novela debes pensar con mucho cuidado e inteligencia
no sólo la información que vas a dar, sino cómo vas a darla y cuándo. Estos tres
aspectos, bien utilizados, son los que hacen que una novela sea entretenida y que el
lector no pueda dejar de leerla o que, por el contrario, sea una novela en la que todo es
previsible y el lector se aburra como una ostra.
Es una tarea difícil que requiere mucho esfuerzo y tiempo, pero si logras cuadrar
de forma adecuada esas tres facetas que afectan al modo en que la información será
proporcionada y consigues encajarla con lógica dentro de la estructura y de la trama de
la novela, lograrás un texto lleno de suspense y tensión que hará las delicias del lector.
No hay un método específico que pueda enseñarte para que lo utilices en la
planificación de tu novela. El único método efectivo es el del trabajo duro, paciencia y
el uso de tu inteligencia. Toma un papel y un bolígrafo, y comienza a planificar
teniendo en cuenta todos los parámetros en juego (trama, personajes, momento de la
novela en el que te encuentras, etc.). Con todos esos elementos, empieza a trabajar.
¿Cuándo es necesario que el lector conozca este hecho? ¿Y cuándo es necesario que lo
conozca el personaje? ¿Al mismo tiempo? ¿Uno antes que otro? ¿Cómo va a afectar esta
información al desarrollo de la historia, a los presentimientos o sospechas del lector, a
las acciones y decisiones que tome el personaje cuando la conozca? ¿Y cuál es la mejor
forma de introducirla? ¿Con un diálogo? ¿Con un resumen? ¿Con una introspección?...
Si vas trabajando de ese modo conocerás por adelantado si la novela va a
funcionar en ese sentido o no. Ten en cuenta que no te saldrá todo redondo desde el
principio. En ocasiones habrás hecho una gran parte del trabajo cuando, de repente,
llegarás a un punto en que te percatarás de que el lector o el personaje o ambos
necesitan conocer determinado detalle que no has incluido y tendrás que volver atrás
para rehacer la parte en la que ese detalle deba insertarse. O puede ocurrir lo contrario:
que hayas dado una información que no se puede conocer hasta más tarde.
B. Adelanta acontecimientos
Sí, has leído bien. Se trata de hacer justo lo contrario de lo que te aconsejaba en el
epígrafe anterior. Y es que a veces tendrás que adelantar acontecimientos
precisamente para crear suspense y tensión.
Por ejemplo, en The Relic, Preston y Child dedican dos capítulos a contarnos el
modo en que la bestia ha llegado al Museo de Historia Natural. Lo hacen de forma muy
atractiva para el lector, por supuesto, pero lo que de verdad van buscando es crear en él
una sensación de alerta y cierto terror. Cuando la historia comienza verdaderamente, en
el tercer capítulo, nos encontramos a unos críos que están visitando el museo en
compañía de sus padres. En cierto momento logran escapar a su vigilancia y emprenden
su propia exploración del museo, hasta adentrarse en una zona prohibida para los
visitantes y en la que el lector intuye (de hecho, sabe) que hay un peligro: el monstruo
está por ahí, oculto en alguna parte, aguardando la llegada de su próxima víctima.
Primero entra el hermano mayor y el lector sabe lo que le va a ocurrir. Luego los autores
nos describen al hermano pequeño sumido en la duda: ¿debe seguir al hermano mayor o
no? Se asoma a la escalera, está oscuro, llama a su hermano, pero no obtiene respuesta,
y entonces decide bajar por esa escalera de caracol sumida en la penumbra.
Mientras tanto, el lector, que sabe lo que se oculta allí, ve con horror que el
hermano pequeño ha decidido finalmente seguir al mayor, se ha asomado junto a él a la
oscuridad de esos peldaños que conducen a una muerte segura, le ha gritado
mentalmente que vuelva atrás y, cuando ha visto que el niño no le escuchaba y se dirigía
hacia su fin, se ha sentido frustrado y aterrorizado por lo que le espera a ese pobre crío.
¿Cómo han conseguido Preston y Child que el lector recorra todas estas
reacciones? Utilizando de forma muy inteligente el modo en el que han suministrado la
información (por supuesto, también han usado otros recursos que no son, sin embargo,
objeto de estudio en este apartado). Han adelantado al lector una información que los
personajes desconocen y con ello le están colocando en una posición privilegiada con
respecto a los niños. La angustia que le produce al lector la incertidumbre sobre qué
hará el niño pequeño (si seguir o no a su hermano mayor), sabiendo, como sabe, lo que
le espera si toma la decisión equivocada, es un modo muy eficaz de crear suspense e
incrementar las cotas de tensión en tu historia.
De modo que, como ves, y tal y como te decía en el apartado anterior, trabajar
bien qué información vas a dar, cuándo la vas a proporcionar, cómo lo vas a hacer y
quién la va a conocer es una herramienta utilísima para crear, mantener o incrementar la
tensión de tu historia a lo largo de toda ella.
C. Pon en marcha el reloj
¿Recuerdas una serie de televisión que se titulaba 24 horas? El agente federal Jack
Bauer tenía 24 horas para resolver un caso. Cada episodio ocupaba una de esas horas, de
manera que cada temporada constaba de veinticuatro episodios. Lo que nos importa
aquí de esa serie es que, en cada capítulo, el protagonista sólo tenía una hora para salvar
los obstáculos que los guionistas iban poniéndole por delante (y eran muchos) a fin de
avanzar en la resolución del caso que tenía encargado. Si has visto la serie, recordarás
que el pobre Jack Bauer no descansaba un instante y que los episodios corrían a un
ritmo frenético.
Algo parecido es lo que trato de decirte ahora: coloca a tu personaje en una
situación en la que el tiempo corra en su contra y marca el tiempo que le queda para
salir de ella o solucionar el problema. Sé específico: tu protagonista tiene dos horas, tres
días, quince minutos... Esta estrategia crea tensión de inmediato (mayor cuanto menor
sea el tiempo del que dispone el personaje para salir del embrollo en el que lo hayas
metido). Si, además, le complicas un poquito más la vida colocando algunos obstáculos
entre él y el objetivo que persigue, el lector pasará la página aunque se esté cayendo de
sueño.
No obstante, ten en cuenta que la dificultad en la que sitúes a tu protagonista debe
ser jugosa. Quiero decir, escapar de ella no ha de resultarle fácil y, además, el tiempo
juega en su contra: una bomba de relojería cuya cuenta regresiva está constantemente a
la vista, la inundación de un barco con tu protagonista atrapado en un camarote del cual
no parece que haya salida, pero sí hay entrada para el agua que va cubriéndolo poco a
poco, primero los pies, luego las rodillas, la cintura, el pecho, los hombros, el cuello…
En cualquiera de esos casos, como vemos, fracasar significa el fin.
Limitar el tiempo que el protagonista tiene para finalizar una determinada tarea o
escapar de una muerte segura significa aumentar la presión sobre él, pero también el
conflicto, porque la muerte de nuestro protagonista o el fracaso en la tarea que tiene
encomendada beneficiarán al antagonista. Y ya sabemos que la oposición entre uno y
otro es lo que crea el conflicto y, con ello, la tensión.
Ahora bien, para que esta estrategia tenga éxito, debes respetar una serie de
parámetros, así que apúntatelos:
Tal y como ya se ha señalado, al fijar el tiempo límite del que dispone el
personaje para resolver el problema en el que está envuelto debes también especificarlo
con absoluta precisión: 4 días, 10 horas, 30 minutos.
Por otra parte, debes ponerle las cosas muy difíciles al protagonista. Es absurdo
fijar un tiempo límite de dos horas para que nuestro personaje principal escape del
problema en cinco minutos.
Además, sé astuto: cada pocas páginas (o párrafos, si es necesario) ve
recordando el tiempo que queda o el lector perderá la sensación de urgencia.
Por último, a medida que nos acercamos al final de la cuenta atrás, tensa la
cuerda aún más e incrementa el suspense.
Seguro que alguna vez has visto una película en la que te presentan una situación
de este tipo y tú, como espectador, de repente te sorprendes a ti mismo saltando del sofá
y gritándole al protagonista: «¡Vamos, vamos! ¡Venga!». ¿Sí? ¿Te recuerdas en una
circunstancia de ese tipo? Pues ésa es la reacción que tienes que conseguir en tu lector.
D. Ten un control absoluto del ritmo
El ritmo de una historia es una táctica que, si se maneja con maestría, provoca
resultados espectaculares en la creación e incremento de la tensión. En las novelas bien
escritas encontramos puntos críticos seguidos de momentos planos que vuelven a
escalar y bajar sucesivamente con el fin de hacer interesante la historia que se cuenta.
Un buen manejo del ritmo es la clave para lograrlo. Así que, cuando estés trabajando la
planificación de tu novela, no olvides que uno de los aspectos que también has de
planear es la “carrera” de tu historia. De este modo mantendrás el control del ritmo en
todo momento y lo utilizarás de acuerdo a los intereses de la novela.
Voy a pedirte que, durante un momento, pienses en cómo está estructurada una
novela (desde el punto de vista clásico). Hay tres unidades en esa estructura: el
planteamiento, el desarrollo y el desenlace. Por su naturaleza y función, cada una de
ellas requiere un ritmo diferente.
En el planteamiento tenemos primero un paso tranquilo cuando presentamos la
situación de equilibrio inicial. Ese paso reposado de repente se ve alterado por el
desencadenante, que vuelve del revés la vida del personaje y le obliga a actuar. En este
momento, lógicamente, el ritmo se acelera un poquito hasta que llegamos al primer
punto de giro principal (fin del desenlace y principio del desarrollo) en el que el
argumento da un giro radical e inesperado, tanto para el lector como para el propio
protagonista. De nuevo, el ritmo sufre un cambio.
En el desenlace la cadencia de nuestra novela es vertiginosa. Nos estamos
aproximando al final. Para alcanzarlo, primero tenemos que llegar al clímax, que es el
momento de máxima tensión en la historia, y para llegar a ese clímax el movimiento de
la novela es frenético. Luego, una vez que la trama se ha resuelto, la velocidad se
ralentiza en ese último capítulo de cierre.
El ritmo en estos dos actos de la novela está más o menos establecido aunque, por
supuesto, se pueden modificar: por ejemplo, podemos comenzar nuestra historia con
una escena de acción que deje al lector sin aliento. Pero por lo general así es como se
mueve la historia en el planteamiento y en el desenlace.
Un ejemplo de ello lo tenemos en la novela que hemos tomado de estudio: The
Relic comienza con unos capítulos en los que los autores prácticamente no nos dan
respiro, pero ésa es otra estrategia de la que ya hemos hablado en el apartado del
suspense: la de dar al lector más información de la que tiene el personaje para crear en
él la sensación de angustia que le produce prever el peligro en el que el protagonista está
a punto de caer.
El verdadero problema para el escritor, en lo que se refiere al ritmo, se encuentra
en el desarrollo. Este acto, que ocupa más o menos el 50% de la novela, es como un
desierto sin final que hemos de ir ajardinando para que el lector no se aburra entre los
infinitos granos de arena. En ese desierto unas veces tendremos que correr para huir de
los beduinos que nos persiguen y otras habremos de buscar un sitio tranquilo donde
descansar. De vez en cuando, durante esos momentos de respiro, nuestro reposo se verá
alterado por la aparición de un alacrán junto a nuestro saco de dormir que nos hará
poner en movimiento. Otras veces tendremos que ocultarnos y, aun sin movernos,
sentiremos la angustia de que nos están buscando y pueden descubrirnos en cualquier
momento. Es decir, en nuestro viaje por el desierto hemos tenido que correr, también
hemos descansado, pero nuestro sosiego se ha visto alterado por la aparición de un
peligro del que hemos tenido que escapar (nuevo movimiento). Luego nos hemos visto
amenazados mientras permanecíamos ocultos (no nos movemos, pero la tensión está
ahí: podemos ser descubiertos en cualquier momento). ¿Lo vamos viendo? Un buen
escritor transforma esa travesía por el desierto en un desarrollo lleno de aventuras,
jugando con el ritmo y la tensión, y consiguiendo así mantener vivo el interés del lector.
Por tanto el manejo del ritmo en una historia es fundamental para que ésta se
mantenga viva en todas sus fases y para que el lector no cierre el libro, harto de una
novela en la que no hay ninguna variación. La clave para mantener ese buen ritmo está
en descubrir cuándo hay que acelerarlo y cuándo hay que frenarlo, es decir, cuáles son
los momentos que requieren acción y movimiento, y cuáles los que necesitan un paso
más lento; dónde debemos introducir las situaciones de suspense y cuándo podemos
darle un respirito tanto a nuestro protagonista como a nuestro lector.
Cuando el personaje se enfrenta a un punto crítico en la historia, por ejemplo, el
ritmo se acelera; sin embargo, una vez que ha resuelto el problema y superado el
obstáculo, la velocidad de la historia disminuye y se torna, como decíamos antes, plana.
Se trata de dar una tregua al personaje y al lector que aprovecharán estos momentos
para tomar aliento, pero tú, que eres un escritor astuto, no vas a permitir que pase
demasiado tiempo antes de que tanto el uno como el otro se vean obligados a contener
el aliento de nuevo. Tras ese breve respiro colocarás una nueva dificultad en el camino
del personaje que, para más inri, le planteará una crisis mayor que la anterior. De nuevo
el ritmo se acelera, la tensión crece y ya tenemos al protagonista y al lector otra vez en
el bote diciéndose: «Un capítulo más, sólo uno más y…». ¡Ja!
Así que, tal y como te decía al principio de este epígrafe, planifica el ritmo de tu
novela antes de comenzar a escribirla, eligiendo con habilidad los momentos en los que
debes acelerar el ritmo y los momentos en los que debes ralentizarlo. No dejes que sea
el azar quien lo decida.
E. Juega con la longitud y estructura de las frases
Quizá debería incluir este apartado dentro del epígrafe anterior, sin embargo,
prefiero separarlo ya que aunque ambos hablan del ritmo éste lo hace desde una
perspectiva diferente, la del uso de la lengua. Es decir, cómo utilizar la sintaxis y el
vocabulario a la hora de conseguir la cadencia adecuada para las escenas de tu novela.
Y es que hay un modo de manejar el ritmo dentro la historia que no se basa en los
sucesos que acontecen en ella, sino en la utilización de la lengua de una forma u otra.
Mediante un buen uso de la sintaxis y el léxico adecuado podrás conseguir el objetivo
que persigues: incrementar la tensión y el suspense o ralentizar la acción.
Por ejemplo, las frases cortas aceleran el ritmo; las largas (y en especial las
descriptivas) lo ralentizan. Si quieres que tu protagonista, en una determinada escena,
no tenga tiempo de respirar, escribe esa parte del texto con frases cortas y verbos de
acción que tensen la narración. Si lo que buscas es “desesperar” a tu lector y retrasar el
momento crucial en el que un punto crítico alcanza el clímax, entonces desacelera el
paso y haz que el lector no pueda contener la impaciencia por acabar la lectura de esos
párrafos intermedios que han de llevarlo al momento culmen. Eso sí, no te olvides de
hacer interesantes esos parágrafos que utilizas para retrasar el momento del clímax y
aumentar el suspense en el lector. Si escribes una parrafada sin sentido y que no venga a
cuento, el lector se percatará de ello.
F. Los diálogos
Sí, los diálogos son un extraordinario instrumento para crear tensión y elevarla
hasta el punto que nos interese. Puedes hacerlo de forma directa, esto es, con una
confrontación franca entre dos personajes y sin eufemismos que rebajen la tirantez entre
ellos; o puedes utilizar una manera más sutil, obligando al lector a leer entre líneas e
inferir, de las palabras que cruzan tus personajes, que algo gordo está a punto de pasar.
Con un buen diálogo puedes lograr lo que quieras. ¿Desdén? ¿Odio? ¿Traición?
Con habilidad, puedes disfrazar la amenaza de una tormenta inminente que de un modo
u otro afectará a tus personajes bajo la “trivialidad” de una conversación aparentemente
frívola.
Sin embargo, el uso del diálogo no es fácil. En ocasiones el escritor pone a sus
personajes a conversar, pero, ¡cuidado!, una conversación no es diálogo:
—¡Eh, Pedro!, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va?
—Hola Miguel, sí, mucho tiempo. Bien, ¿y a ti?
—No puedo quejarme.
Eso es una conversación que podríamos escuchar entre dos conocidos que se
encuentran después de largo tiempo sin verse, pero no es un diálogo porque no nos dice
nada de los personajes ni aporta drama, que es lo que siempre hemos de buscar en
nuestras historias. Con ese intercambio de frases hemos conocido que les va bien. Vale,
y ¿qué más? El escritor no ha logrado transmitirnos ninguna información útil para la
historia y, desde luego, el nivel de tensión o suspense es cero.
No, un diálogo es mucho más. Un diálogo siempre, siempre, siempre tiene un
objetivo determinado. Si, una vez que lo has escrito, encuentras que no aporta nada a la
historia, bórralo o transfórmalo:
—¡Eh, Pedro!
Pedro se giró y reconoció a su antiguo compañero de facultad, Miguel. Hacía
siglos que no se veían y justo tenía que encontrárselo ahora, cuando acaban de
despedirlo. Lo vio acercarse con paso decidido y una feliz sonrisa en el rostro.
—¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Hola Miguel. Sí, es cierto. –Pedro esbozó una débil mueca que no llegó a
convertirse en sonrisa. Se sentía incómodo y pensó que debería poner una excusa y
marcharse de allí, pero sabía cómo era Miguel. No lo dejaría en paz hasta que se
sintiera satisfecho, como una araña que va alimentándose de su víctima poco a poco.
—¿Cómo te va?
Ahí estaba la primera andanada. Por supuesto, no iba a contarle la verdad.
—Bien, ¿y a ti?
—No puedo quejarme. Acaban de nombrarme subdirector del departamento de
logística y bla, bla, bla…
Esto es un diálogo. Hemos transformado una conversación intrascendente que no
aportaba nada en algo mucho más sutil: tenemos a dos personajes, Pedro y Miguel, de
los cuales en una primera impresión sacamos que el primero es un perdedor mientras
que el segundo desempeña el papel de ganador. También sabemos que Pedro acaba de
ser despedido y suponemos (no es difícil hacerlo) que está hecho polvo. Un momento
especialmente delicado para él en el que, para su infortunio, se topa con la gota que
puede colmar el vaso: un antiguo compañero, cotilla y que, a diferencia de él, navega
sobre las mieles del éxito.
El diálogo puede convertirse en una extraordinaria herramienta con la que
envolver al lector en una atmósfera de suspense o con la que acrecentar la tensión de la
historia. También es una buena forma de proporcionar información sin necesidad de
contarla en unos párrafos narrativos que ralentizarían el ritmo de nuestra novela en un
momento en el que, es probable, necesitemos dinamismo y agilidad.
Para que esto no nos ocurra, la regla clave es tener siempre presente que todo
diálogo que escribamos ha de cumplir una función. No incluyas nunca un intercambio
de palabras entre dos personajes que sea anodino, que no aporte nada y, sobre todo, que
no ayude a que la novela avance.
Una de las formas con que contamos para crear tensión es la de enfrentar a dos
personajes y, en este caso, el diálogo se transforma en la mejor de nuestras armas para
conseguirlo. Sin embargo, tal y como decía unos párrafos más arriba, el diálogo no es
una conversación. El diálogo atesora en su interior una riqueza de la que carece el
simple chachareo de dos personajes.
Es cierto que podemos utilizar el diálogo como una aparente “conversación”
trivial, es lo que hemos hecho en el ejemplo de arriba. Pero mientras que en el primer
caso el resultado de ese “diálogo” es verdaderamente baladí e improductivo; en el
segundo caso, sin haber modificado una sola de las palabras que los dos personajes
intercambian, lo hemos transformado en algo mucho más profundo, pues aporta
interesante información sobre Pedro y Miguel, y crea una atmósfera que puede
conducirnos a un momento de intensa tensión: el del ganador frente a un perdedor, de la
que el escritor puede sacar lo que quiera dependiendo de cuál sea su interés para ese
momento concreto de la novela.
G. Elige el escenario adecuado
El lugar en el que desarrolles tus escenas puede servirte también como
herramienta para crear tensión y no sólo en lo que se refiere al ambiente (lugar lúgubre,
solitario, oscuro), que también. Por ejemplo, en la novela que estamos estudiando, The
Relic, una parte se desarrolla en los corredores subterráneos del Museo de Historia
Natural, muchos de los cuales no aparecen en los planos que Pendergast, el
protagonista, maneja porque quedaron obsoletos después de las obras de remodelación
del museo. Sin embargo, la bestia ha vivido en ese lugar durante años y los conoce
perfectamente, de manera que vemos a nuestros personajes metidos en una especie de
laberinto en el que llevan las de perder. A eso, además, Preston & Child han sumado
que no hay luz, que las pilas de las linternas se acaban, que está lloviendo a mares y los
pasadizos se inundan, poniendo a parte de nuestros protagonistas al borde del
ahogamiento, etc.
¿Lo ves? Preston & Child han “construido” un lugar lleno de obstáculos para los
personajes. Ésta es una herramienta increíblemente útil para crear tensión y suspense,
pues, entre otras cosas, cuenta con una cantidad de recursos casi ilimitados: todos
aquellos que tu mente sea capaz de inventar.
Pero decíamos que el escenario no sólo es útil para crear tensión de esta forma.
Hay también otras que son sumamente efectivas. ¿Has visto Titanic? Es bastante
probable que sí. Intenta ponerte en la piel de uno de esos pasajeros que no tiene cabida
en los botes salvavidas y ven cómo el trasatlántico se está hundiendo. ¿Qué otra
posibilidad de escape tiene? Lanzarse al agua, naturalmente. ¿Pero qué le espera allí?
Unas temperaturas gélidas que no será capaz de soportar y le conducirán también a una
muerte segura. Así pues, colocar a tu personaje en la difícil disyuntiva de elegir este
camino o este otro, ambos difíciles o imposibles, le obligará a elegir (lo cual le hace
crecer), sino que también incrementará la tensión al plantearle una disyuntiva del tipo:
Guatemala o Guatepeor.
El escenario, por tanto, desempeña un papel que va mucho más allá del simple
lugar por el que movemos a nuestros personajes y tú, escritor, estás obligado a dotar de
“personalidad” a cada uno de los lugares que aparecen en tu novela, así como a manejar
con ingenio esa “personalidad” para conseguir el efecto deseado (que, por cierto, no
siempre tiene por qué ser el de incrementar la tensión). Si deseas envolver a tu
protagonista en un escenario romántico, utilizarás un lugar con una personalidad
absolutamente distinta a si buscas arrancarle al lector un alarido de espanto.
Luego, además, puedes utilizar el escenario como un lugar claustrofóbico con el
que aumentar la presión y el miedo de tus personajes. ¿Habría sido lo mismo la novela
“Diez negritos”, de Agatha Christie, si la escritora la hubiera situado en un espacio del
que les hubiera resultado fácil escapar? Claro que no. Encontrarse prisioneros en una
isla a la que el barco que lleva las provisiones no puede llegar debido a una tormenta
intensifica la tensión de una manera que sólo la magistral escritora británica podría
haber concebido.
De modo que, a la hora de elegir el escenario de tu novela, ten en cuenta el partido
que puedes sacarle en lo que se refiere a la angustia y el estrés al que puedes someter a
tus protagonistas y, por ende, hacer las delicias del lector.
2. Otros recursos
Cuando creas que la narración va decayendo y tu novela ha entrado en ese páramo
en el que lector no está dispuesto a acompañarte, revisa los puntos que hemos estudiado
hasta ahora e intenta darle un poco de vida a la historia utilizándolos con inteligencia.
Ahora bien, no son los únicos. Hay otros recursos que el escritor esconde en la manga y
de los que puede echar mano cuando la necesidad acucie. Por ejemplo:
A. Abre una nueva subtrama
Incluir una nueva subtrama en la historia puede darle alas a la novela, sobre todo
si con ella consigues alimentar la intriga del lector. Sin embargo, y pese a que el recurso
puede darte buenos réditos, ten cuidado con él. No vale cualquier subtrama, por muy
interesante que te parezca. Tiene que ser una vinculada de algún modo a la historia
principal.
Ésta es una regla que no se puede incumplir: toda subtrama incluida en una novela
debe engarzarse de alguna forma con la principal y apoyar el avance de la historia, ya
que su función básica es precisamente la de profundizar en ella.
B. Introduce un nuevo personaje
Sí, este es un buen recurso también, pero, al igual que ocurre con la inclusión de
una nueva subtrama, no vale cualquier personaje. Tiene que ser uno que complique
muchísimo la vida a tu protagonista. Es decir, en palabras muy claras: un personaje que
cree nuevos conflictos. En nuestra novela de estudio, The Relic, Preston & Child echan
mano de este recurso hacia mitad de la novela cuando Pendergast es relevado del cargo
y la investigación de los crímenes que están sucediendo en el museo recae sobre un
nuevo personaje, el agente federal Cofffey, que va a ir metiendo la pata y complicando
todo el asunto, además de ponerle la zancadilla a nuestros protagonistas todo lo que
puede. El resultado: Preston & Child le dan un empujón a ese paso por el desierto que
es el segundo acto de la novela, añadiendo nuevas complicaciones a los protagonistas y
aumentando, así, la tensión de la historia.
C. Descansa
En efecto, si estás atascado y no ves la forma de dar a tu historia un empujón que
la lleve adelante y mantenga el interés del lector, tómate un respiro. Dale a tu cerebro un
tiempo de reposo. Deja que se aleje de la historia durante un par de días y piense en
otras cosas. Cuando retomes la escritura, tu mente volverá más fresca y probablemente
encontrará hilos interesantes de los que tirar y que dos días antes le habrían pasado
totalmente desapercibidos.
Eso sí, no dejes que transcurra demasiado tiempo. Si lo haces, el efecto será el
contrario: habrás perdido el hilo principal de la historia y te costará retomarlo.
Tampoco dejes pasar demasiado tiempo en ir al siguiente capítulo. ¿Qué tal si lo
haces ahora mismo? Venga, que ya es el último y estás a punto de completar la
construcción de tu novela con las diez preguntas que te planteo.
10
¿Cómo abordar el clímax de la historia?
Hemos llegado a la última de las preguntas de esta serie con la que intentamos organizar
nuestra novela y, como es lógico, la décima pregunta hace referencia al último de los
elementos que debemos tener muy claros antes de ponernos a escribir: el clímax.
Vamos a por él.
1. ¿Qué es el clímax?
El clímax es la culminación de la historia que has venido narrando, la cima a la
que nos han conducido todas las acciones, luchas y conflictos por los que el
protagonista ha tenido que pasar. Aquí es donde va a tener lugar la batalla final entre el
protagonista y el antagonista, y también donde se va a decidir si nuestro héroe saldrá de
ella como vencedor o como derrotado.
Tras el clímax, el lector por fin conocerá la solución al conflicto que se ha venido
desarrollando a lo largo de la historia, es decir, la respuesta a la pregunta dramática que
planteaste al principio de la novela: «¿Conseguirá o no conseguirá nuestro protagonista
el objetivo que ha perseguido página tras página?».
Durante los capítulos que has escrito para construir tu historia has mantenido al
lector en un estado de suspense mediante la confrontación de dos fuerzas que
perseguían objetivos opuestos e incompatibles. Ese suspense lo ha colocado en un
estado de incertidumbre sobre cuál de las dos fuerzas vencerá. Pues bien, con el clímax
de la historia das respuesta a esa pregunta. El clímax es la confrontación definitiva
que le cuenta al lector quién es el vencedor. Es el momento culmen que nuestro lector
ha estado esperando página tras página.
2. ¿Por qué es tan importante?
El clímax es una herramienta utilísima para incrementar la tensión y conducir la
trama de la historia hacia el final. Mediante este recurso lograrás que el lector se percate
de la importancia que tiene una acción cuya tensión va “in crescendo” e intuya que la
novela está a punto de llegar al momento en el que el conflicto planteado alcanzará su
punto máximo. De manera que con un clímax bien construido logras dos objetivos:
Aumentar el interés del lector por lo que está a punto de pasar.
Encaminar la historia hacia su resolución.
Este elemento de la narración es tan importante que, cuando se llega a él, si es
flojo, si no se consigue un clímax potente y que responda a todas las preguntas que se
han venido planteando a lo largo de la historia, la novela fracasará. ¿Cómo? Dejando en
el lector el poso amargo de la decepción porque tendrá la sensación de que el autor no
ha sabido concluir la historia. No importa si hasta entonces tu trabajo lo ha
entusiasmado, no importa si la trama lo ha envuelto y no ha podido resistirse a leer
capítulo tras capítulo, no importa si ha empatizado tanto con los personajes que ha ido
de la mano con ellos, sufriendo con ellos y luchando con ellos, lo que importará es que
tu final no habrá dado una respuesta satisfactoria a los problemas y preguntas planteadas
en la historia. Y eso conduce inevitablemente a la decepción. Apaga durante un
momento el chip de escritor y conecta el de lector: ¿no te ha ocurrido a ti? Seguro que
sí, de modo que, como escritores, tenemos la obligación de evitar que esa sensación la
experimenten nuestros lectores. Después de tenerlos enganchados durante un buen
número de páginas, no podemos ofrecerles un clímax pobre que no cumpla con los
requisitos que se le exigen.
El clímax es, en realidad, la razón por la que los lectores leen novelas. El escritor
va alimentando su curiosidad página tras página hasta llevarlos a un estado de máxima
emoción que coincide, cómo no, con el clímax; momento en el que la trama, las
subtramas, los conflictos, el viaje del protagonista y los intereses de cada uno de los
personajes que se han ido desgranando a lo largo de la novela convergen en un mismo
punto. Un punto en el que la historia gira como un carrusel y todo cambia.
Desde el punto de vista comercial, el clímax es un elemento fundamental para el
novelista. Todos sabemos que el inicio de una novela es el elemento que la vende, pero
es su clímax el que hará que se venda la siguiente. Un inicio adecuado excitará las ganas
de tu lector para seguir leyendo. Un final que cumple todos los requisitos exigidos por
el clímax ganará un nuevo lector para tu siguiente obra. De modo que, ya sólo por lo
que atañe a la cuestión económica, te interesa darle al lector algo lo suficientemente
sustancioso como para que desee volver a leerte. No hay que ser muy listo para deducir
que, si no logras vender tu segunda novela, tu carrera como escritor se habrá acabado en
la primera.
Así pues, si tanta es la responsabilidad que recae sobre este momento específico
de la historia, ¿cómo lo trabajamos para que cumpla con las expectativas puestas en él?
Veámoslo.
3. ¿Cómo construimos el clímax?
A. Escribe el final desde el principio
Como escritor debes tener siempre en cuenta que la historia que estás escribiendo
debes construirla persiguiendo un objetivo final: el de alcanzar ese clímax en el que
todo se resuelve y se da respuesta a la pregunta dramática que se planteó al principio,
así que el punto de partida para crear un buen clímax al final de una historia se
encuentra en el principio de ésta.
Desde la primera frase de tu novela todo ha de estar perfectamente calculado
para que cada hilo que va entretejiendo la historia llegue al clímax en el momento justo
y en las condiciones adecuadas para enlazar un buen nudo que dé un final lógico al
enredo con el que has estado envolviendo y amarrando al lector.
Pero, para tener éxito en esa lazada, no puedes permitirte dejar al azar la
resolución del clímax. En palabras claras (aunque más adelante veremos cuáles son los
principales errores en la construcción de un clímax): para que la historia tenga un final
lógico, y por tanto aceptable, debes haber ido colocando hábilmente y a lo largo de ella
todos los elementos que necesitarás para cuadrar al final el laberinto que has creado. No
valen apariciones estelares en el último momento que nadie espera y nadie puede
explicar. No vale dejar algún cabo sin atar porque no se ha pensado bien cómo hacerlo
antes de soltarlo en la historia. No vale que la resolución no sea lógica ni esté sustentada
por todo lo acontecido antes del clímax. De ahí la importancia de que persigas ese
momento culmen durante toda la novela y vayas colocando en ella los elementos que
necesitarás para que el clímax lo explique y resuelva todo de una manera que nadie
pueda objetar.
Así que recuérdalo: empieza a construir el clímax desde la primera frase de la
novela.
B. Ofrece un conflicto directo
Dale al lector un conflicto directo entre el protagonista y el antagonista. Durante
toda la novela el protagonista y el antagonista han estado entablando “pequeñas”
batallas que deben conducirles de forma lógica hasta la batalla final, que tiene lugar
durante el clímax. Un componente ineludible, pues, en el clímax es la confrontación
directa entre estos dos personajes.
Ten siempre presente que el clímax encamina la novela hacia el desenlace, con la
resolución del conflicto principal y los secundarios. Por ello es en el clímax donde tiene
que aparecer esa confrontación directa y final entre las dos partes opuestas sobre las que
se ha ido construyendo la historia, a fin de que el destino de nuestro protagonista quede
sellado: o bien vence, o bien es derrotado. O bien el protagonista experimenta un
cambio a causa de las vivencias sufridas a lo largo de la historia o bien no lo hace.
En cualquier caso, este paso es imprescindible para que inmediatamente después,
durante la resolución, se establezca ese nuevo estado del protagonista: la metamorfosis
experimentada por el personaje o la falta de cambio.
C. Contesta a la pregunta dramática planteada al principio
Nuestro lector no puede quedarse sin respuestas, es más, hay que dárselas todas y
deben convencerle; pero, por supuesto, la pregunta dramática que planteaste al principio
de la historia, al establecer el conflicto, debe ser respondida con toda claridad.
En la novela “El médico”, de Noah Gordon, por ejemplo, un brevísimo resumen
argumental sería algo como:
Rob Cole es un huérfano recogido por un barbero que le enseña los
rudimentos de una medicina arcaica y fraudulenta. Sin embargo, Rob posee
un don especial para curar que muchos confunden con la magia, pero que
él desea utilizar para sanar. Desencantado por la ciencia falsa con que los
médicos engañan a sus pacientes, Rob Cole decide que no quiere formar
parte de ese fraude, sino convertirse en un auténtico médico, y para ello
viajará a Persia con el fin de aprender del mejor: Avicena.
Como vemos, después de leer este breve resumen sobre el argumento de la
novela, el objetivo de nuestro protagonista reside en su deseo de dejar de formar parte
de esa medicina fraudulenta y convertirse en un auténtico médico. Así pues, la pregunta
dramática que Noah Gordon propone es muy simple: «¿Logrará Rob Cole superar todos
los obstáculos que se interponen entre él y su sueño, y conseguirá convertirse en un
médico formado en la mejor universidad de medicina de la época?».
Una de las obligaciones que debe cumplir el clímax, sí o sí, es la de dar respuesta
a esta pregunta. El lector no puede quedarse sin ella. Debes resolver el conflicto. Esto
explica la importancia del primer punto de este epígrafe: Escribe el final desde el
principio, es decir, toda tu novela debe dirigirse hacia un final que persigue explicar la
pregunta dramática planteada al inicio de la novela.
4. Fases en la construcción del clímax.
Uno de los errores más comunes que comenten los escritores noveles cuando
abordan este punto de la novela es creer que el clímax consiste en un solo momento,
asombroso y explosivo, pero en realidad el clímax está construido en torno a cuatro
pilares:
A. El desarrollo o fase previa al clímax: es el momento en que la historia cambia,
el ritmo se acelera, la tensión crece y los acontecimientos giran hacia un desenlace
inesperado. La presión que tu protagonista viene soportando desde el inicio de la
novela está a punto de hacer explosión. Con estos ingredientes estás apresurando la
lectura del lector, que intuye el final muy próximo.
B. La ratonera: en este segundo punto que compone el clímax, colocas a tu
protagonista frente a frente con el antagonista y lo emplazas a tomar la decisión
final. Es el momento de la verdad para él, la meta de ese viaje que emprendió tras el
desencadenante con el que abriste la historia. Tu personaje principal no puede escapar
de esa ratonera en la que lo has metido. Ya no hay vuelta atrás, el protagonista debe
tomar la decisión final. Y, dependiendo de cuál sea esa decisión, el siguiente paso o
elemento de que consta el clímax se desarrollará de una forma u otra.
Muy importante, a la hora de tomar esta decisión final, es que tengas en cuenta el
cambio que se ha operado en el personaje a lo largo de la historia como resultado de sus
vivencias.
Tal y como se explica en el siguiente apartado, al hablar del arco dramático del
personaje, cuando estés trabajando en la composición del clímax debes contar con esos
cambios. Puede que el protagonista sea consciente de ellos antes del enfrentamiento
final con el antagonista, o, como escritor, puedes optar porque la luz se encienda en la
mente de tu protagonista durante la lucha final, pero en cualquier caso es imprescindible
que tengas en cuenta el cambio experimentado por el personaje a la hora de planificar el
clímax y determinar cuál será la decisión irrevocable que tomará en este momento de la
historia, ya que, como es comprensible, esa decisión se verá afectada de uno u otro
modo por la nueva perspectiva con la que el protagonista ve las cosas.
C. El pitido final. El propio clímax: hemos llegado al final del partido, el árbitro está
a punto de pitar y la novela a punto de alcanzar su conclusión. El personaje principal va
a actuar de un modo determinado que decidirá el final de la historia.
Es el momento de hacer que todo explote. Sube el fuego a la cocción que has
venido preparando a lo largo de la novela, de manera que la olla no pueda soportar la
presión un segundo más, y entonces… Entonces dale más fuego aún e intensifica esa
presión. Cuanta mayor sea la desesperación de tu protagonista y peor su situación,
mejor se lo pasará el lector y mayor será su atracción por él.
Como vemos, en este tercer punto en la construcción del clímax, tu protagonista
toma la decisión definitiva y, con ella, la novela alcanza la cúspide. Éste es el momento
en el que la historia da su último paso, desemboca en la resolución y tu
protagonista llega al final de su viaje.
D. La resolución: con ella damos fin a la historia. Dos son los elementos esenciales
de esta cuarta etapa con la que concluye el clímax:
Saca a tu protagonista del lugar donde se ha desarrollado la batalla. Si la lucha
ha tenido lugar en el mar, por ejemplo, haz que el lector vea cómo tu personaje alcanza
la playa, agotado, tosiendo y arrojándose sobre la arena para echar un vistazo atrás y
observar los restos de esa lucha. Si has situado la batalla en el interior de una mina,
consigue que el lector vea cómo el protagonista sale a trompicones entre una nube de
polvo, con su compañero herido en brazos antes de que la mina se derrumbe detrás de
él. Muy tópico, lo sé. ¿Pero entiendes a qué me refiero?
Con una escena de este tipo, pones el punto final al clímax. ¿Y luego?
Luego es imprescindible que lo que viene detrás sea breve. Si para cerrar la
novela necesitas diez páginas más, echarás por tierra toda la emoción que has logrado
crear con los pasos previos.
Ten en cuenta que además de todas estas funciones que el clímax está obligado a
cumplir, también sirve como tubo de escape para todas las emociones que el escritor ha
venido plantando en el lector. La historia ha alcanzado su punto máximo de tensión y
dramatismo, y ahora es el momento del relax. Por ello, solventa la resolución con un
breve capítulo o incluso, mejor aún, con una simple escena.
5. Cómo evitar que nuestro clímax no cumpla las expectativas
Si el clímax que hemos elegido no cuadra con la historia, estaremos fastidiando
este momento crucial de la novela.
Creer que el clímax se construye en torno a un simple enfrentamiento de
“fuerza” entre el protagonista y el antagonista en una batalla final de la que el primero
sale vencedor es otro error de los escritores principiantes al enfrentarse con este punto.
Si el protagonista vence simplemente porque es más fuerte que el antagonista, tu
clímax no responderá a las expectativas que has ido creando en el lector.
Lo que de verdad le gusta, y por tanto lo que espera de tu novela, es que lleves a
tu protagonista hasta el límite. Cuanto más le cueste alcanzar la victoria, más lo
admirará el lector y más satisfecho quedará con el final de la historia.
Crear una especie de deus ex machina que resuelva la situación es otro de los
grandes errores. No puedes haber llevado a tu protagonista hasta ese momento crucial y
después resolverlo todo de un plumazo con la aparición de alguien que salva la
situación. Este es un modo muy grosero de engañar al lector. El protagonista tiene que
sacarse sus propias castañas del fuego. No lo engañes con una salida fácil que frustre
sus expectativas. Si lo haces, lo habrás perdido para futuras novelas.
Provocar un cambio repentino en el comportamiento del protagonista o del
antagonista es otro error que no debes cometer. Tu final está obligado a guardar una
lógica con la historia que has venido contando y en esa lógica están incluidos los
personajes. No puedes cambiarlos sin avisar ni justificar ese cambio sólo porque
conviene al final de la novela. Ésta es otra forma muy tosca de engañar al lector.
Por último, el clímax no puede pasar por tu historia sin dar respuesta al
cambio (¿recuerdas el arco dramático del personaje?) que ha experimentado el
protagonista a lo largo de la novela a causa de las vivencias que se ha visto obligado a
enfrentar.
Es cierto que este cambio no tiene por qué ocurrir necesariamente durante el
desarrollo del clímax. Puede muy bien hacerlo un poco antes, de manera que tengas la
opción de presentar a tu protagonista en el momento del clímax con la lección bien
aprendida y, por tanto, con nuevas armas con las que enfrentarse al antagonista. Pero
también puedes optar por que la luz se haga en su mente durante la lucha o batalla final.
En cualquier caso, éste es un cabo que debe quedar bien atado antes de que la
novela termine. Recuerda que el viaje que emprende el protagonista tras fijarse un
objetivo, al principio de la novela, no es sólo un viaje externo, repleto de acciones y
tensión, sino también un viaje interno del que tu personaje principal debe salir
cambiado.
En conclusión, y a modo de resumen, el clímax debe completar la historia. Es
decir, debe ofrecer la resolución de todos los frentes abiertos y dejar bien atada tanto la
trama principal como las subtramas; ha de mantener la lógica de la novela y dar una
respuesta satisfactoria a los problemas planteados y, además, debe explicar el
cambio que el protagonista ha experimentado en su viaje.
11
Recapitulación
En este último capítulo vamos a hacer un repaso rápido por las diez preguntas que debes
hacerte y trabajar antes de enfrentarte a la escritura de tu novela. ¿Preparado? Pues
vamos a ello…
1. ¿Merece la pena esa idea que has tenido?
En primer lugar, valida tu idea. No te lances a la piscina sin haber comprobado
antes que hay agua. Este simple paso puede ahorrarte una gran cantidad de frustración
porque no toda las ideas, por mucho que resplandezcan, son brillantes.
Utiliza el mecanismo de la premisa y asegúrate de que cuenta con un protagonista
con el que el lector empatice, que éste tenga un gran objetivo que alcanzar, que ese
objetivo le obligue a actuar, que le motive y le lleve a tomar decisiones, es decir, que
sea un personaje activo y no reactivo; y, por último, que tu idea contenga también el
germen de un antagonista digno, capaz de crear conflicto.
Luego sopésala desde el punto de vista emocional. No te olvides de que al
primero al que debe emocionar esa historia es a ti. No te dejes llevar por las modas, pero
pregúntate también si interesará al lector. Si lo impactará de alguna forma novedosa,
que no haya visto antes, y sobre todo si logrará conectar con él emocionalmente.
Sólo después de realizar este trabajo previo y de estar seguro de que tu idea
merece todo el tiempo y esfuerzo que le vas a dedicar, ponte a trabajar en ella. Y
entonces sí, dalo todo de ti y aparta esos momentos de desmotivación, desconfianza e
incluso miedo que aparecerán, porque lo harán. No te preocupes, es algo natural. Tú
sigue trabajando y lograrás construir una historia de la que te sientas satisfecho.
2. ¿Cuál es el desencadenante de tu historia?
Por favor, que no sea el primero que se te ocurra. ¿Sabías que nuestro cerebro
supone aproximadamente el 2% de nuestro peso y, sin embargo, requiere cerca de un
20% de la energía total que consumimos? ¿Y sabías que nuestro organismo está
programado para ahorrar toda la energía posible, algo que también incumbe a nuestras
células grises? Por ello normalmente las primeras respuestas a las preguntas que nos
hacemos son aquéllas que al cerebro le resulta más fácil encontrar. Es decir, las más
manidas, las más conocidas, las que todo el mundo, al igual que nosotros, localiza en
primer lugar. En nuestro caso de escritores, son las que proceden de recuerdos de
nuestras lecturas o de películas que hemos visto. Por ello suelen ser demasiado típicas
para sorprender.
Así que tómate el tiempo que necesites para idear un buen desencadenante. No
creas que será tiempo perdido. Todo lo contrario. Haz un listado con distintas
posibilidades, estúdialas todas en profundidad y ve descartando aquéllas que te resulten
más conocidas o que te parezca que poseen menos “chicha” de la que luego sacar jugo.
Elige con cuidado, pero asegurándote, en cualquier caso, de que tu elección
cumple las dos funciones básicas de un buen desencadenante: arrancar la historia y
servir como primer anzuelo para enganchar al lector y, por supuesto, no te olvides de
colocarlo en el mejor lugar posible, en aquel punto de la novela donde más impacto
cause.
3. ¿Cuál es el objetivo principal del protagonista?
Si los personajes no tienen una razón poderosa para mantenerse activos durante la
novela, se detendrán indecisos, no sabrán qué hacer y la historia no avanzará.
Tu protagonista necesita un objetivo que perseguir y alcanzar. El objetivo es lo
que le va a motivar, lo que le va a obligar a moverse, a actuar, es decir, lo que va a
conseguir que la historia avance. Para establecer el objetivo principal de tu protagonista,
parte del desencadenante. Es ese incidente inicial el que va a trastocar su vida y la va a
poner boca abajo, y, por tanto, el que va a fijar su objetivo: recuperar la armonía perdida
en su vida. Pero, además, asegúrate de que el objetivo que propones es concreto y
cuantificable, que plantea un desafío y que es lo suficientemente potente como para
sostener toda la novela.
Por otra parte, considera los diferentes tipos de objetivo entre los que puedes
elegir e intenta asignar al protagonista algunos otros, aparte del principal.
4. ¿Cuál es el conflicto principal de la historia?
Anótate esta idea en la cabeza: una historia sin conflicto no es historia.
Sencillamente no existe. Así que tienes que llenar la tuya de obstáculos que se
interpongan entre el protagonista y la consecución de su objetivo. A la hora de trabajar
el conflicto, estudia los distintos tipos con los que cuentas y asegúrate de que no sólo
planteas a tu protagonista el gran conflicto que recorrerá toda la historia, sino que
también le provees de conflictos menores, ya sean internos como externos.
Ahora bien, no vale sólo con eso. Tienes que conseguir que el lector sienta ese
conflicto y la tensión que se origina con él, que experimente las mismas emociones que
el protagonista y que se enfrente a los peligros junto a él.
Presta atención también a cómo vas a presentar el conflicto. Recuerda que, en
general, la tensión ha de ir “in crescendo”, pero que cada parte de la novela, cada acto o
unidad dramática, requiere diferentes grados de tensión y, por tanto, conflictos de
diversa naturaleza.
5. ¿Quiénes van a ser el protagonista y el antagonista de tu novela?
Ya hemos dicho que toda novela consiste en la persecución de un objetivo por
parte del protagonista, pero sin entre él y el objetivo no interponemos ningún obstáculo,
la historia no será creíble. ¿Te acuerdas de lo que decíamos en el Capítulo 5 respecto a
esto? «Todo en la vida es lucha: lucha por sobrevivir, por superar los problemas, por
mejorar…», pues en la ficción debe ocurrir lo mismo. Por ello necesitamos un
protagonista que persiga el objetivo y un antagonista que se oponga a él.
Ahora bien, recuerda no desvirtuar estas figuras simplificándolas a las de “tipo
bueno” y “tipo malo”. El protagonista no puede ser un superhéroe y el antagonista un
gran villano. Eso ocurre en los tebeos de Marvel, pero no en las novelas.
El protagonista debe cumplir la función de motor, es decir, debe hacer que la
historia avance. ¿Cómo?, siendo un personaje proactivo, es decir, que toma decisiones y
que actúa. Frente a él, el antagonista va a cumplir la función de freno. Es el gran
obstáculo que se interpone entre el personaje principal y la meta que persigue. El
antagonista es el que da sentido a los obstáculos. Sin él, éstos sería simplemente
estorbos inconexos e incluso absurdos, encadenados unos con otros pero sin un vínculo
razonable que les diera un sentido completo.
Estos dos personajes, por otra parte, deben servir como motores emocionales. Han
de remover las emociones del lector y lograr que su lectura vaya más allá del mero acto
de leer, es decir, debemos conseguir que el lector sienta miedo, esperanza, odio, amor…
por ellos.
Y, por último, debes obligarlos a recorrer un camino de cambio: el arco
dramático, de manera que el personaje que empezó la novela sea diferente al que la
acaba.
6. ¿Cuál es la motivación del personaje principal?
La motivación de los personajes es el combustible que les hace moverse y actuar.
Ahora bien, los motivos que nuestro protagonista tiene para realizar tal acción o tal otra
han de basarse en un razonamiento lógico, en especial cuando el personaje acepta una
situación de riesgo. No puedes lanzar a tus personajes a realizar acciones suicidas sin un
buen motivo, ni tampoco otro tipo de acciones que, aunque no sean arriesgadas, no
tengan ningún sentido en el desarrollo de la novela.
Así que recuerda que nuestro primer paso a la hora de establecer la
motivación del protagonista es conocer su objetivo. Una vez que lo tenemos claro,
“simplemente” debemos fijar los pasos que ha de dar para alcanzarlo y, una vez
identificados, determinar qué decisiones y acciones son las que van a dirigir el camino
de nuestro personaje hacia ese objetivo.
Ten presente en todo momento, además, que existen diversos tipos de motivación
y que el personaje debe atender a todas ellas, aunque por supuesto la motivación
principal será la que le dirija hacia el Gran Objetivo. Dota al protagonista, por tanto, de
motivaciones internas, externas, de entidad menor y de entidad mayor, y, por supuesto,
no te olvides de suministrar también una buena motivación al antagonista. El personaje
que se va a oponer a tu protagonista ha de tener una buena razón para hacerlo.
7. ¿Qué acciones planean los personajes para vencer en su empresa?
Ahora que ya tenemos una buena motivación para el protagonista, hemos de
ponerle en acción, porque la acción no es más que la manera en la que el personaje
responde a las motivaciones que le mueven. Por ello es muy importante que las acciones
que realiza sean coherentes no sólo con la motivación que siente, sino también con el
objetivo que persigue. Cualquier acción que lleve a cabo debe responder a un porqué, y
también ha de ajustarse a la naturaleza del personaje. No podemos obligarle a realizar
algo que no cuadre con su carácter o personalidad, salvo que se vea obligado a ello por
las circunstancias en que se encuentra.
Pero, además, recuerda algo importantísimo: la manera en que un personaje actúa
es la mejor forma de darlo a conocer, así que a través de sus acciones no sólo haces
avanzar la historia sino que también te sirve de magnífica herramienta para “describir”
cómo es tu personaje e ir aportando información sobre él de manera sutil, pero
sumamente efectiva.
Luego, además, cuentas con las reacciones, que son igual de importantes que las
acciones en sí. Servirte de ellas para profundizar en la forma de ser del personaje te
ayudará muchísimo a presentarlo y a hacerlo crecer, cambiar, desarrollar su arco
dramático.
8. ¿Cómo evoluciona el protagonista?
Antes de empezar a trabajar su arco dramático, tienes que asegurarte de que has
creado un personaje tridimensional. Para ello, ya sabes: dótale de un pasado y de
conflictos internos, de manera que le obligues a debatirse en la contradicción, a tomar
decisiones difíciles, a retratarse, pero también a ir cambiando. Recuerda que debe tener
virtudes, pero también defectos y que, a pesar de ellos, has de conseguir que el lector
empatice con él.
Luego, una vez que has construido un personaje satisfactorio, ya sí puedes
ocuparte del arco dramático que va a recorrer y para realizar un buen trabajo con este
punto, ten siempre presente que la novela que estás escribiendo es un viaje para el
protagonista, un trayecto al final del cual se encuentra el objetivo que desea alcanzar.
Pero a lo largo de ese viaje van sucediendo muchos acontecimientos y, con ellos, el
personaje va viviendo una serie de experiencias que habrán de marcarle de alguna
manera. La forma en que lo hagan es lo que le llevará a cambiar, a transformarse en una
persona diferente a la que era cuando comenzó su periplo, al principio de la novela. Esto
es lo que llamamos evolución del personaje o arco dramático.
Pero para que esa transformación resulte verosímil debe ser, sí o sí, el resultado de
las vivencias por las que el personaje ha pasado. Los cambios repentinos no son
creíbles. Así que, con el fin de construir un arco dramático que sí lo sea, trabájalo
teniendo siempre en cuenta cómo van a afectar a tu protagonista las distintas
experiencias por las que pasa y de qué manera lo van a ir transformando.
9. ¿Cómo mantener la tensión durante la historia?
La tensión es lo que engancha al lector, así que éste es un punto que debes trabajar
con mucho cuidado. Cuentas con recursos muy variados para lograrla y para
mantenerla. Hagamos aquí una enumeración rápida de ellos:
A. No adelantes acontecimientos.
B. Adelanta acontecimientos.
C. Pon en marcha el reloj.
D. Ten un control absoluto del ritmo.
E. Juega con la longitud y estructura de las frases.
F. Utiliza los diálogos con habilidad.
G. Elige el escenario adecuado.
H. Abre una nueva subtrama.
I. Introduce un nuevo personaje.
J. Cuando te veas colapsado…, descansa.
10. ¿Cómo abordar el clímax de la historia?
El clímax es la confrontación definitiva entre el protagonista y el antagonista, el
momento culmen que nuestro lector ha estado esperando página tras página. Es un
elemento muy importante porque encamina la novela hacia su final y, por tanto, hacia la
respuesta a la pregunta dramática que se presentó al principio: «¿Conseguirá el
protagonista…?». En este momento de la novela, todo tiene que cuadrar perfectamente,
tanto la trama principal como las subtramas que todavía no hayamos resulto.
Luego, además, y desde un punto de vista meramente comercial, recuerda que el
final de tu novela será el que venda o no la siguiente que escribas. Así que tienes que
darle motivos al lector para que desee esa próxima historia.
Para que el clímax funcione como es debido, sigue estas recomendaciones:
A. Escribe el final desde el principio: el punto de partida para crear un buen
clímax al final de una historia se encuentra en el principio de ésta.
B. Ofrece un conflicto directo entre el protagonista y el antagonista.
C. Contesta a la pregunta dramática planteada al principio.
Evita también errores como:
A. Que el clímax que elijas no cuadre con la historia.
B. Crear “deus ex machina” o efectos inesperados que resuelven la situación
como por arte de magia.
C. Provocar cambios repentinos que no guardan una lógica con la historia.
D. No dar respuesta a la pregunta dramática principal.
E. Olvidarse del arco dramático del personaje y la transformación que ha
experimentado como resultado de las vivencias por las que ha pasado.
Escribir una novela lleva mucho tiempo y requiere un gran trabajo, pero hacerlo
con inteligencia, planificando primero y sólo después escribiendo, rebaja tanto el uno
como el otro. Por eso es importante que este libro no se quede en una simple lectura
teórica, sino que lleves a la práctica cada uno de los capítulos, pongas sobre el papel la
teoría y la transformes en un primer boceto de planificación.
Para ayudarte a hacerlo, recuerda que puedes bajarte una Hoja de trabajo con
plantillas para trabajar las 10 preguntas.
No dejes que pase al olvido o que se quede almacenado en el disco duro de tu
ordenador o del lector electrónico. Si lo haces, el tiempo que has empleado en leer este
libro habrá sido un tiempo desaprovechado.
Venga, coge papel y lápiz, y ponte a trabajar…
Después de la lectura
Hola de nuevo, querido lector.
Si has llegado hasta aquí, doy por supuesto que es porque el libro te ha interesado.
No sabes la alegría que me das. Te diría que es suficiente (y se trata de un gran regalo,
de verdad), pero, para ser franca, necesito algo de ti: todos los escritores aspiramos a
que nos lean, por eso, y puesto que parece que “Cómo construir tu novela en 10
preguntas” te ha gustado, me atrevo a pedirte que dejes un comentario en Amazon y
me ayudes a darlo a conocer.
Sólo te llevará unos minutos, que es poco esfuerzo para cumplir con tu buena
acción del día, y a mí me ayudarás muchísimo ;—).
Si, además, te apetece, puedes dejarme un comentario en el blog o a través de un
tuit (@ana_bolox) o en mi página de FaceBook (https://www.facebook.com/AnaBolox/)
Muchas gracias y nos vemos, si quieres, en mi web:
www.anabolox.com
Ahora te dejo con los primeros párrafos del próximo título de esta colección:
Cómo construir el escenario de tu novela.
Cómo construir el escenario de tu novela
Introducción
Querido lector, tienes entre tus manos un libro dedicado exclusivamente al escenario en
el que se va a desarrollar tu novela y el modo en el que lo puedes utilizar para conseguir
objetivos diversos.
La razón fundamental que me ha decidido a escribirlo no es otra sino la de
auxiliar, en la medida de lo posible, a aquellos escritores en ciernes que tienen
dificultades para crear el mundo donde ha de desarrollarse su historia. El principal
impedimento para lograrlo normalmente radica en que los escritores principiantes
suelen tener una idea equivocada de lo que de verdad es el escenario de un relato o de
una novela.
En realidad, no es sólo cosa de ellos (y quizá éste sería un buen motivo para que
también los escritores más avezados leyeran el libro) porque, desgraciadamente, muchos
novelistas creen que la construcción del escenario es algo imprescindible, por supuesto,
(¿dónde, si no, transcurriría la acción y se moverían los personajes), pero sólo le otorgan
una importancia relativa. Están seguros de que casi nadie, y mucho menos el lector de
hoy en día, está dispuesto a deglutir página tras página de descripciones interminables.
Así que ¿por qué molestarse en desarrollar un buen escenario?
De acuerdo, son escritores que se encuentran en un estadio más avanzado que el
del principiante, pero ellos también están equivocados. No en lo que se refiere al
segundo punto. Ahí tienen razón: el lector actual es un lector con prisas que quiere ir al
grano, sin parafernalias ornamentales que le roben tiempo. Sin embargo, yerran en el
primero puesto que en el escenario de cualquier obra narrativa, sea del género que sea,
reside una de las claves de toda buena historia de ficción. ¿Por qué? La respuesta es
muy sencilla y, tan obvia, que tú mismo puedes contestarla si lo piensas un poco y te
pones en modo lector…
¿Ya la tienes? Claro que sí: al lector le encanta que le transporten a otros mundos
en los cuales pueda vivir una aventura. Seguro que tú, como lector, también has
experimentado ese deseo. Y apuesto a que, cuando un autor ha conseguido introducirte
en su universo, te has olvidado del tuyo propio y te has entregado al ficticio en cuerpo y
alma.
Si como lector has tenido la fortuna de vivir esta experiencia, como escritor tienes
el deber de conseguir que otros también la vivan. Y por tanto es imperativo que prestes
al escenario de tu historia tanta atención como prestas a la trama, a los personajes o al
conflicto.
El éxito en la construcción de un buen escenario para tus historias reside en
encontrar el punto exacto en el que das la información necesaria para que tu mundo sea
tan vívido y atractivo que el lector no pueda resistirse a entrar en él, pero sin llegar a
sobrepasar la línea que marca la frontera donde la seducción y el hechizo se transforman
en tedio.
¿Y cómo encontrar ese equilibrio? ¿Dónde está el truco? En cambiar la idea
errónea que tenemos sobre el escenario, normalmente asimilado sólo al lugar y tiempo
en los que transcurre la historia. Si das ese paso, abres tu mente a nuevas ideas y
estudias los múltiples usos que tiene el escenario de una historia, empezarás a
transformar una vacua descripción en mundos auténticos y seductores donde no sólo
vivirán tus personajes, sino el lector de tus historias. Y de eso trata este libro.
En él vamos a hablar del escenario y de los elementos que lo componen. Vamos a
aprender cómo trabajarlos para que tengan un resultado efectivo y también cómo
incorporarlos a la novela y cuándo hacerlo.
Estudiaremos la importancia de los detalles concretos, la forma de introducir al
lector en la historia mediante la estimulación de sus sentidos para que sienta que forma
parte de ese universo.
Pero iremos mucho más allá y aprenderemos a utilizar el escenario para presentar
el estado de ánimo de los personajes así como la manera en que se ven afectados por el
entorno que los rodea. Es decir, conoceremos nuevas herramientas para mostrar
aspectos de nuestros personajes sin necesidad de contárselos al lector. ¿Te das cuenta de
la varita mágica con la que contarás a partir de entonces? Saldrás del grupo de escritores
que no saben transmitir si no es contando las cosas y aprenderás a revelar a tus
personajes de forma mucho más sutil: mostrándoselas.
Pero el escenario no sólo es el lugar donde se desarrolla la acción. También lo es
el tiempo en el que sucede. Así que éste será otro de los aspectos que estudiaremos en el
libro. Aprenderemos a manejar el tiempo dentro de la novela para beneficiar nuestros
intereses como novelistas y también estudiaremos cómo mantener bien situado al lector,
desde el punto de vista temporal, en todo momento. Veremos cómo podemos hacer las
transiciones temporales de forma efectiva, de manera que no interrumpan la acción pero
quede claro que nos hemos movido hacia delante… o hacia atrás, porque, sí, también
veremos cómo introducir flashbacks de manera adecuada, sin que rompan el ritmo y
que, por el contrario, cumplan con la función que se requiere de ellos.
Como ves, el escenario es un cofre del tesoro que no tiene fondo en las manos de
un escritor que ha aprendido a manejarlo. Bien utilizado, puede ayudarnos a mostrar
emociones, reforzar el tema de nuestra historia, crear conflicto, mover la acción,
ralentizarla… Todo ello con un único fin: enriquecer nuestra novela de manera que
proporcionemos con ella una gran experiencia al lector.
Nos queda mucho trabajo por delante. ¿Empezamos?
Capítulo 1
¿Qué es el escenario y por qué es tan importante?
Por experiencia personal sé que los escritores principiantes suelen tener una idea
equivocada de lo que verdaderamente es el escenario de una historia. Pensamos que la
respuesta correcta a la pregunta planteada en el título de este punto es precisamente la
expresada en la Introducción. Y, sí, por supuesto, el escenario provee a la historia del
tiempo y del espacio donde ésta debe moverse, pero, aunque acertada, es una respuesta
incompleta. El escenario de una historia es mucho más. Es, de hecho, un elemento
crucial dentro de ésta.
El escenario incluye, además del espacio y el tiempo, el trasfondo histórico, el
pensamiento de la época, sus creencias, la cultura imperante, el modo en el que los
personajes hablan y se comportan, así como un buen montón de detalles más que van a
influir de forma notable en la trama, los personajes, el tema e incluso en el tono general
de la obra.
Cuando era profesora en un colegio de Secundaria, en Madrid, cada vez que
comenzábamos una nueva unidad de literatura lo hacíamos fijando ese trasfondo
histórico del que te hablo. Los chicos siempre me decían: «Profe, pero esto es historia,
no literatura» y yo siempre les contestaba lo mismo: «Para entender una obra literaria es
preciso conocer el momento histórico en el que fue escrita y también el momento
histórico en el que se desarrolla». Apúntatelo porque es fundamental, y no sólo para los
estudiantes, sino también para ti como escritor. Cuando vayas a ponerte manos a la obra
con tu novela, éstos son detalles importantísimos que has de tener en cuenta si quieres
lograr esa verosimilitud de la que hablábamos antes y que diferencia una historia que el
lector lee con gusto de una de la que el lector sale decepcionado.
No obstante, la mayoría de escritores noveles, que conocen la importancia de
crear personajes casi perfectos y que se devanan los sesos construyendo el armazón de
su historia para que todo encaje, no prestan la misma atención a la creación del
escenario donde todo lo anterior ha de tener lugar. Y éste es un enorme error porque el
escenario, es decir, el mundo que vas a crear para tu historia, no sólo te provee del telón
de fondo y el plano físico-temporal sobre el cual se desarrollará la acción y se moverán
los personajes, sino que cumple unas funciones cruciales dentro de ella, sin las cuales la
historia jamás alcanzará el nivel al que cualquier escritor debería aspirar.
Así que primera tarea de este libro, antes de que continúes leyendo, es la de
suprimir la idea de que el escenario de una novela se refiere únicamente al lugar
donde transcurren los hechos. Es errónea. Deshazte de ella porque, si la mantienes,
estarás echando a perder uno de los puntales sobre los que se basa una buena historia y
perdiendo la oportunidad de utilizarlo para mejorar la tuya.
Un buen escritor siempre utilizará el escenario en el que tiene lugar su novela
como algo más que el simple lugar donde se desarrollan los hechos.
Anota:
El escenario no sólo vale para “decorar” la historia
El escenario es una herramienta útil para otros menesteres, tales como buscar
problemas a los personajes y complicarles la vida, además de servir como soporte para
entenderlos, tanto a ellos como a los conflictos con los que tienen que enfrentarse.
Por otra parte, un escritor que utiliza el escenario de forma adecuada consigue
algo sumamente importante en la construcción de su historia: hacerla verosímil. La
verosimilitud es una pieza del rompecabezas narrativo a la que no debemos renunciar
nunca. Si conseguimos que nuestra historia sea creíble, el lector aceptará cualquier cosa
que le contemos. Si no lo logramos, entonces es bastante probable que abandone el libro
con un pensamiento no muy halagador para con su autor. Habremos perdido un lector.
Y lectores es precisamente lo que queremos tener, ¿no?
El escenario es también uno de los instrumentos con los que contamos para
establecer el ambiente emocional y anímico de nuestra obra y uno de los elementos
narrativos que podemos utilizar para influir en el lector a través de su imaginación.
El escenario es, por tanto, un arma poderosa de la que obtendremos jugosos frutos
si sabemos manejarla con acierto. ¿Nos damos cuenta de lo que esto supone? Bien
empleado no sólo ayuda al lector a situarse y hacerse una imagen mental del lugar
donde los personajes se mueven, que es a lo que remitía nuestra primera respuesta, sino
que, con el uso adecuado de los recursos que pone a nuestra disposición, podemos
utilizarlo para manipular al lector.
¿Tenía o no tenía razón cuando afirmaba que el escenario es una potente
herramienta en manos de un escritor hábil? Espero que tu respuesta sea afirmativa y que
ya hayas empezado a pensar que la importancia del escenario es grande y variada, y por
tanto bien merece la atención que requiere.
Así que empecemos a aprender ya. Pero… antes de meternos de lleno a aprender
para qué puedo utilizar el escenario de mi novela, vamos a conocer cuáles son los
elementos que lo componen. Si los reuniéramos en una lista sucinta, los tres primeros a
los que yo prestaría atención serían: el lugar o mundo físico, el tiempo y el entorno.
1. El mundo físico: informa al lector del lugar en el que se desarrolla la novela
y es el elemento que otorga sensación de espacio.
2. El tiempo: a la hora de trabajar este elemento en nuestra novela, hay dos
tipos de tiempos que debes tener en cuenta: uno se refiere a la época en que se
desarrolla; el otro, lo que dura la historia en sí.
3. El contexto: dentro del escenario de una novela, el contexto es el conjunto de
detalles sociales, culturales, históricos, religiosos, políticos, etc. que van
indefectiblemente unidos al lugar y momento en el que tu novela se desarrolla.
Pero vamos a ver cada uno de estos elementos con un poco más de detalle.
¿Te ha gustado este aperitivo? Si la respuesta es afirmativa y quieres hacerte con el
libro, puedes conseguirlo aquí.
Sobre la autora
Ana Bolox es licenciada en Filología Inglesa. Ha ejercido como profesora de idiomas,
español e inglés, durante más de veinte años y ha trabajado como traductora de textos
científicos. Es escritora de novela policíaca y editora de su propio blog, Detrás de un
escrito, donde imparte y ofrece tanto talleres de novela policíaca como servicios de
mentoría para escritores.
En 2015 publicó en ebook su primer libro de ficción, una serie policíaca que se
desarrolla en la Inglaterra de la posguerra y que lleva el título genérico de Carter &
West, con el que recupera la novela de misterio al estilo cozy para el público de habla
hispana. Publicado en papel un año después por Medianoche Editorial, comenzó
también a crear la serie Las cosas y casos de la señora Starling, que, como en el caso
anterior, sigue el estilo clásico de novela policíaca, pero en esta ocasión situado en el
Nueva York de finales de la década de los 70.
Publica también libros de ayuda al escritor. Es directora y presentadora del
programa de radio Vidas Asesinas, en Radio Ya, un programa de acción que cuenta
casos reales de personas cuyo instinto fue el de matar: http://ow.ly/nfTD30jCbj2, y
forma parte del equipo de redacción de la revista MoonMagazine, en la que, además de
su tarea como redactora, se hace cargo de una sección fija, dentro del Club Literario,
titulada Construye tu novela con Ana Bolox. Participa, además, y colabora activamente
en blogs relacionados con el mundo de la escritura.
SI deseas estar al tanto de mis nuevas publicaciones, puedes apuntarte a la lista
que más te interese (¡o a las dos!) a través de los siguientes enlaces:
Lista de avisos de libros de no ficción.
Lista de avisos de libros de ficción.
Otros libros de Ana Bolox
No ficción:
“Cómo construir tu novela en 10 preguntas”
“Cómo construir el escenario de tu novela”
Ficción:
Serie Carter & West:
“Carter & West”.
“Quadrivium”.
Serie las cosas y casos de la señora Starling:
Las cosas y casos de la señora Starling 1: “Un cadáver muy frío”.
Las cosas y casos de la señora Starling 2: “Muerte en los Hamptons”.
Las cosas y casos de la señora Starling 3: “Crimen imprevisto”. (¡Muy
pronto!)