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El Gran Guerrero

El Gran Guerrero se refugia en una gruta durante una tormenta de nieve y se enfrenta a una sombra aterradora, creyendo que es un enemigo. Tras una lucha ridícula, se da cuenta de que la sombra es en realidad su propia sombra y se ríe de sí mismo. En lugar de buscar nuevas batallas, decide quedarse en la gruta en compañía de su sombra, que ahora considera su amiga.
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El Gran Guerrero

El Gran Guerrero se refugia en una gruta durante una tormenta de nieve y se enfrenta a una sombra aterradora, creyendo que es un enemigo. Tras una lucha ridícula, se da cuenta de que la sombra es en realidad su propia sombra y se ríe de sí mismo. En lugar de buscar nuevas batallas, decide quedarse en la gruta en compañía de su sombra, que ahora considera su amiga.
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El gran guerrero

El Gran Guerrero cabalgaba a galope tendido en su corcel cuando, de repente, la nieve


empezó a caer y a cubrirlo todo de un manto blanco y espeso.
En aquel lejano y solitario lugar, sin embargo, apenas había dónde guarecerse: sólo la Gruta
Oscura ofrecía un abrigo seguro.
Así pues, el Gran Guerrero descendió de su caballo, ató al animal y se adentró en la Gruta
Oscura sin demora.
¡Qué enorme y oscura era aquella cueva!
Tan oscura que, en un primer momento, el Gran Guerrero quedó cegado por completo; pero
enseguida, sus ojos se habituaron a la oscuridad y se encontró en un lugar muy espacioso.
El Gran Guerrero recogió unas cuantas ramas secas y preparó un buen fuego; frotándose las
manos, se sentó allí, al amor de la lumbre, y afiló su espada una y otra vez, y chupó, hasta las espinas,
algún que otro arenque seco.
En un determinado momento se levantó y, mientras estaba echando más ramas secas al
fuego, de entre las rocas surgió ante él una sombra aterradora.
¡El susto que se llevo fue tremebundo¡
El Gran Guerrero se puso en guardia, aquel Gran Guerrero que ganaba todas sus batallas.
Desenvainó su bien afilada espada y gritó:
«¡Tú, criatura inmunda! ¡Muéstrate ante mí, si tienes lo que hay que tener!».
El Gran Guerrero apretó los dientes y se enfrentó a ella, empuñando su espada y cubierto por
su sólida armadura. La sombra, no obstante, se volvió aún más espantosa.
El Gran Guerrero lanzó un grito feroz:
«¡Maldita seas!».
Y volvió a atacar.
¡Qué terribles, los golpes de espada! ¡Qué chasquidos y destellos, al chocar el metal contra
las rocas!
Por un momento, en el rostro del Gran Guerrero se encendió una sonrisa. Aquella batalla
también iba a ganarla, estaba seguro. Y corrió hacia su caballo a toda prisa.
Tan deprisa que, tras tropezar con una rama seca, cayó de bruces y quedó tendido con la
espada en el aire.
Así, el Gran Guerrero que nunca había perdido una batalla, viéndose en aquella situación tan
ridícula, escupió estas palabras:
«¡Ahora verás, maldito enemigo!».
Y, valiéndose de una larga rama que recogió de la hoguera, empezó a dar golpes sin ton ni
son, aquí y allá, propinando a diestro y siniestro temibles latigazos de fuego.
Con tanto ímpetu y tanta rabia que, finalmente, llegó incluso a quitarse la armadura y
lanzarla contra las rocas, con lo que su envoltura de metal salió dando tumbos.
Hasta que el Gran Guerrero, al fin, cayó rendido; sin caballo, sin espada, sin armadura: sin
nada de nada; completamente desnudo, sin otra vestimenta que su propia piel.
¡Qué gran pesadumbre, entonces, la del Gran Guerrero!
¡Qué enorme y terrible humillación!
El Gran Guerrero mordió el polvo.
Caminó de rodillas un buen trecho y se dirigió a tientas hacia el exterior, a duras penas, con
la cabeza gacha y la espalda encorvada… hasta encontrarse con una luz acogedora y fresca.
¡Cuánta luz!
Pronto empezó a sentir cómo una suave calidez iba recorriéndole la piel desnuda al ritmo de
su respiración; sin ver nada, sintiéndola sin más.
Pero cuando, pasados unos momentos, los ojos del Gran Guerrero se habituaron a la
claridad, de nuevo vio aquella sombra, allá afuera, frente a frente con él.
«¡Truenos, relámpagos y centellas!».
Miró a la sombra y exclamó: «¡Pero si es mi propia sombra! ¡No es otra cosa que mi pobre,
tonta y ridícula sombra!».
Volvió a la cueva y se echó a reír:
«¡Ja, ja, ja, vaya zopenco de guerrero que estoy hecho! ¡He estado luchando con mi propia
sombra, ja, ja, ja!».
Y siguió allí, riéndose ante el fuego, al lado de su sombra:
«¡Ja, ja, ja, mi mayor enemigo soy yo mismo, ja, ja, ja! ¡Menudo zopenco!»…
…moviendo ahora un pie y luego una mano, ahora el pescuezo y luego la cabeza, igual que un
niño pequeño:
«¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju! ¡Ja, ja, ja! ¡Yo sí que soy una sombra tonta y ridícula!».
Y así, en lugar de ponerse en camino en busca de nuevas guerras, el Gran Guerrero decidió
quedarse allí, en aquel lejano y solitario lugar, en compañía de su propia sombra, ya no su adversaria,
sino su amiga y compañera.
Y mientras desataba su caballo, los rayos del sol comenzaban a derretir a nieve, y convertían
aquel manto blanco y espeso en una lámina leve y transparente.
Pello Añorga
El gran guerrero
Vigo : Faktoria K de Libros, 2007

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