Amor y cerebro: ciencia y emociones
Amor y cerebro: ciencia y emociones
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A Luz
“Nadie sabe siquiera si las emociones son necesarias para la inteligencia..., sin
embargo, es interesante señalar que las emociones aparecen en todos los
sistemas vivos inteligentes que conocemos” Rosalind Picard es doctora en
Informática y profesora del Instituto Tecnológico de Massachussets en Estados
Unidos; investiga en procedimientos para cuantificar las emociones
humanas, con el objetivo de poder dotar de emociones a los ordenadores.
Introducción:
El presente artículo recoge algunas de las aproximaciones actuales al amor desde la perspectiva
psicobiológica, con especial énfasis en los correlatos cerebrales implicados en las fases inicial y final de
este relativamente complejo resultado de ciertos mecanismos de la fisiología cerebral.
Se enfatiza así, tal como se expone en el título y en el párrafo anterior, que no se pretende desarrollar
en las páginas que siguen un manual de autoayuda tan al uso, al mismo tiempo que se descartan, no
por inválidas, sino por ajenas al planteamiento elegido en el discurso, muchas de las innumerables
aportaciones que desde otras disciplinas psicológicas, o desde la pedagogía, o la antropología, o la
filosofía, o las religiones, son necesarias para llegar a captar de manera más completa este proceso de
la fisiología cerebral que llamamos amor.
No suele conocerse hasta qué punto la vida sentimental está regulada por determinantes fisiológicos;
por ejemplo, el hecho de que al besar a la pareja, casi el 80% de las personas doble la cabeza hacia la
derecha, está determinado por la asimetría y lateralización de los sistemas motores encefálicos (Barret,
Greenwood y McCullagh, 2006), al igual que la destreza manual. Y así, muchas peculiaridades del
estado y la conducta del amor dependen de condicionantes orgánicos previos, cuyo conocimiento no
tiene por qué devenir inútil, sino, quizás, al contrario. A continuación se muestran investigaciones
recientes que permitirán aventurar algunas posibles respuestas a preguntas usuales sobre el tema,
como por ejemplo, qué relación hay entre los bombones y el amor, o entre el sexo y el amor, o el por
qué de la obsesión de cada miembro de la pareja por el otro, cuando el amor es correspondido y
cuando no. Se avanzan, seguramente por un exceso de atrevimiento, posibles explicaciones del por qué
de la cercanía existente entre la ruptura sentimental y la depresión clínica, o incluso de si habrá algún
sustrato cerebral responsable de las conductas agresivas frente a las ex-parejas (evidentemente, no
como justificación, sino como una vía a explorar para acabar con esta lacra social). Se sugerirán incluso
los fundamentos de algunas estrategias que podrían facilitar la superación de la tristeza y agonía
insuperables que puede generar el fracaso amoroso, probablemente merecedor de mayor atención
por parte de los sistemas sanitarios.
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Frente a lo que objetan algunas personas, opuestas al esclarecimiento de cuestiones como la que aquí
se trata, el conocimiento no tiene que implicar pérdida ni disminución alguna de la luz y la magia que
aporta el amor a la vida de los enamorados; como expresa el profesor Antonio Damasio, de la
Universidad de Iowa, del modo más informal e inteligible en una entrevista: “conocer la fisiología de la
digestión no nos impide saborear un buen bistec”. Así, a lo largo del texto podrán encontrarse datos
que podrían aprovecharse como sugerencias (aunque no se sugiera tal cosa) que podrían ser de
utilidad en alguna situación amorosa, o al final del amor, y cuyo inclusión tiene la única misión de
mostrar cómo, además de otras aproximaciones científicas y artísticas, el conocimiento extremo del
amor puede ser útil.
Se define aquí el amor como una motivación que incluye no solamente estados emocionales –felicidad,
satisfacción, cariño, orgullo, diversión, apego-, sino también componentes más claramente fisiológicos -
elevación del arousal o activación del que lo experimenta, relacionado con el incremento del interés y
la práctica sexual, pero también con una repercusión global en la fisiología y en el estado de salud de
los miembros de la pareja-, y cognitivos, al estar todo lo anterior complementado con pensamientos y
toma de decisiones lógicas de compromiso y esfuerzo por el mantenimiento de la relación, así como con
la planificación del futuro compartido, o al contrario, en el caso de los amores imposibles.
Así, el término “amor” incluye aquí lo que la gente común entiende por amor, cuando se dice “te
amo”, y que muchos autores tienden a diferenciar como “amor romántico” distinto del “interés sexual”.
Como quiera que tal distinción podría contribuir a confundir aún más un campo suficientemente
difuso, en lo que sigue se entiende por “amor” lo que suele entenderse habitualmente entre las parejas
y que se definió en el párrafo anterior. Por otra parte, es cierto que, en muchos casos, la aproximación
entre dos personas no tiene como objeto el establecimiento de un compromiso, sino que puede estar
motivada por interés sexual o por lo que se tiende a denominar como amor romántico. Al ser ésta una
cuestión que trasciende del amor propiamente dicho, y que habría que situar en un debate social, al
tratarse de valores y metas sociales –qué tipo de amor quiere la sociedad, qué tipo de relación entre
las personas quiere la sociedad- no se profundizará en ello aquí. Por amor romántico suele entenderse
“búsqueda de proximidad”, “cariño”, “apego”, “estima”; sin embargo, sustraer el sexo del amor puede
llegar a hacer incomprensible para el público el debate de los expertos del amor1.
“El amor ha existido siempre”. En realidad, esta frase, repetida suficientemente como para que resulte
familiar, induce a error. De hecho, es falsa, puesto que ni nuestros antepasados evolutivos amaron
(algo similar comienza con los vertebrados homeotermos), ni aman niños y niñas hasta que están
suficientemente maduros, de acuerdo a sus ritmos de desarrollo corporal determinados por los ritmos
cerebrales correspondientes. A continuación se tratarán, en dos apartados diferentes, los dos recorridos
por las que aparece el amor sobre la faz de la Tierra, en primer lugar, recorriendo la historia evolutiva
que lleva al amor en la especie humana, esto es, la filogenia del amor y, en segundo lugar, situando la
aparición de la capacidad de amar en el curso del desarrollo individual, esto es, la ontogenia del amor.
Parece excesivo aclarar que los organismos unicelulares, o incluso virus, priones o partículas
subatómicas, no aman. Pero así es, y aunque en ocasiones muestren los organismos unicelulares y virus
una fijación enfermiza por determinadas células de otros organismos (pensemos en el virus que navega
en el amor, parafraseando la canción, el virus de inmunodeficiencia humana, VIH, causante del
síndrome de inmunodeficiencia adquirida, con su patológica fijación por ciertas células del sistema
inmunitario humano), eso no es amor. Los veleidosos átomos y partículas subatómicas, aunque puedan
haberse originado en una explosión estelar y luego formar parte de la multitud de partículas que
pueden intercambiar dos bocas en el beso en que explota la pasión, tampoco experimentan el amor,
aunque sean parte de él.
1
Una reciente investigación de las Universidades de California en Los Ángeles, San Francisco y Berkeley
propone para el amor romántico una función de establecimiento de lazos duraderos y para el deseo sexual
una función de búsqueda de oportunidades para la actividad sexual (Gonzaga et al., 2006). Los autores
asumen la propuesta de Diamond (2003) de considerar el amor romántico como un estado motivacional.
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Cualquier partícula o célula no puede experimentar sentimientos como el amor. Las piedras, los
microorganismos, amebas, paramecios, no pueden sentir tal cosa, aunque sí son proclives a responder a
ciertos estímulos. Muchos microorganismos pueden dirigirse hacia determinados estímulos, como luz y
calor. Las piedras pueden romperse, como los corazones, pero en su caso no por el amor y el desamor,
sino por cambios bruscos de temperatura. Las células vegetales no sienten, tal como experimentan los
animales, aunque sus estados fisiológicos, y sus traumas, pueden generar moléculas y sustancias tróficas,
que sirven de estímulos para determinadas reacciones y automatismos de reparación de daños que
serían muy útiles para los humanos al final del amor. Los representantes del reino vegetal puede
experimentar multitud de respuestas a los estímulos, aunque no cabe hablar de conductas; muchas de
dichas respuestas son bastante elaboradas, pero no entran en el reino de los sentimientos. Los girasoles
se doblan hacia el sol, pero no por amor, sino por mecanismos físico-químicos relativamente bien
conocidos.
El amor requiere de un sistema nervioso, pero no de cualquier sistema nervioso. Los primeros animales
con ciertas células neuroepiteliales precursoras de las neuronas, constituyentes esenciales del sistema
nervioso, fueron los Poríferos, con cuyos restos se comercia como esponjas. Pocos imaginan que ese
común artilugio del baño y de la ducha fuera en vida capaz de experimentar un sentimiento tan
elaborado como el amor, y efectivamente, no son capaces, al igual que tampoco hidras, medusas y
otros animales con primitivas neuronas. Su fisiología nerviosa no lo permite.
De esas neuronas primitivas dispersas por el cuerpo de los Poríferos y Cnidarios se pasa a otros tipos de
sistema nervioso sucesivamente más complejos, en Anélidos, Crustáceos, Moluscos e Insectos. Las masas
de neuronas, cada vez más numerosas, comienzan a disponerse preferentemente en el eje central del
cuerpo, al mismo tiempo que uno de esos grandes grupos celulares, o ganglios, el primero, situado en la
porción delantera o cefálica del animal, va a ir transformándose en un primitivo cerebro. Otros grupos,
que no son el ganglio cefálico, van organizándose de manera segmentada a lo largo del cuerpo.
Diversas tendencias que aquí se apuntan, centralización y encefalización, van originando esas
transformaciones de los sistemas nerviosos que, aunque en organismos cada vez más complejos, siguen
ignorando el significado del amor.
La culminación del proceso se alcanza en los Vertebrados, con la aparición de una estructura central, la
notocorda, que señala el inicio del esqueleto interno, que a su vez posibilita un crecimiento mucho
mayor del cuerpo, ya no encerrado en un caparazón. Esto lleva a la consecuente aparición de sistemas
de comunicación nerviosa con fibras mucho más eficientes gracias a la aparición de un aislante, la
mielina, que permite la transmisión, sin pérdida de señal, del impulso nervioso a mayores distancias.
Este nuevo diseño posibilitará, aunque no de manera inmediata, la aparición del amor sobre la faz de
la Tierra.
Puede dar una perspectiva de lo extraño del amor en la Naturaleza el contemplar de manera fugaz
cómo se llega en la clasificación zoológica taxonómica del Reino Animal a los organismos que pueden
experimentarlo:
Y así se llega, finalmente, a las dos clases de animales, Aves y Mammalia, aves y mamíferos, en las que
existen especies que parecen compartir una serie de rasgos comunes a lo que podría denominarse con
la etiqueta de amor (como algo diferente de la reproducción sexual, común en la naturaleza), y que
en el ser humano adquiere características especiales derivadas de nuestras peculiaridades anatómicas
y funcionales.
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No se describirán aquí, por suficientemente conocidos, los frecuentes casos de emparejamiento en aves
que, tras constituirse la pareja mediante mecanismos casi totalmente estereotipados, dan muestras de
fidelidad durante el período reproductor e incluso, en varias especies, se mantiene en años posteriores,
colaborando entre ambos progenitores durante años para sacar adelante las sucesivas nidadas, incluso
hasta la muerte de uno de ambos. Recientes estudios genéticos de los pollos en diversas especies han
mostrado que no siempre los miembros de la pareja (o uno u otro) son los verdaderos padres de las
crías, lo que sugiere cierta flexibilidad dentro de la rígida programación de estas parejas de aves.
Pero según Helen Fischer, y otros autores, el amor en humanos implica otros sistemas cerebrales que
deben dar cuenta de los otros componentes del amor; en la teoría triangular de Robert Sternberg, por
una parte la intimidad y por otra el compromiso que, junto con la pasión, constituyen los tres pilares
que sustentan el amor humano. ¿Cómo puede evaluarse e identificarse un sustrato para el
“compromiso”, un acto de la voluntad del que carecen aparentemente los animales? Es probable que
el compromiso venga determinado también por circuitos cerebrales en los humanos y en otros
animales, aunque en humanos la corteza cerebral asume funciones que, en otros animales, pueden
estar asignados a estructuras subcorticales. Más difícil parece poder situar la intimidad en una parte
concreta del cerebro, pero previamente se mostrará alguna clave para entender el compromiso en las
relaciones de pareja.
En un pequeño mamífero, el ratón de campo, Microtus ochrogaster, se han descrito recientemente las
modificaciones neuroquímicas aparentemente responsables de su estrecha y permanente unión de
pareja, que además resulta fácilmente cuantificable porque, en cuanto el macho elige una hembra,
aquél rechaza violentamente a otras potenciales parejas. Aragona y colaboradores, del Departamento
de Psicología y del Programa en Neurociencias de la Universidad de Florida, en Estados Unidos, han
descrito que la transmisión dopaminérgica en la porción rostral de la corteza del núcleo accumbens es
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El control de la conducta agresiva en los emparejamientos animales suele ser algo muy delicado. Sin
detener esta exposición en la casuística particular de la mantis religiosa, de especies de arañas, de
leones o de hienas, sí puede aceptarse que se manifiesta en la naturaleza la necesidad de bloquear
conductas agresivas para posibilitar la reproducción. Probablemente exista una relación más estrecha
de lo imaginado entre las estructuras y sistemas implicados en la agresión y los implicados en el amor.
En la investigación sobre Microtus se ha mostrado claramente cómo circuitos cerebrales relacionados
con la conducta agresiva están asociados a la relación de pareja. El hallazgo de Aragona y
colaboradores constituye una de las primeras pruebas de la existencia de modificaciones
neurofisiológicas responsables de la aparición de conductas agresivas en la actividad reproductora. En
humanos, lamentablemente, puede aparecer también dicha conducta, casi exclusivamente en
hombres y al final de la relación amorosa. Es un problema serio, que puede afectar a cualquier pareja,
a cualquier edad, y de gran trascendencia social e individual.
El que podría denominarse como Síndrome de Abstinencia de Amor (SAA, por equiparación al
Síndrome de Abstinencia a los Opiáceos, SAO) podría afrontarse mejor, con terapia conductual e
incluso farmacológica si se contemplara como un síndrome derivado de una alteración funcional de
ciertas estructuras cerebrales que deben recuperar su actividad habitual de base, trastornada con el
desarrollo del amor, lo que podría requerir un intervalo temporal concreto, de como mínimo un par de
semanas. Podrían aplicarse al ámbito de la ruptura sentimental los conocimientos actuales sobre
conceptos como la hipersensibilidad de denervación (cuando deja de llegar señal a una neurona o
grupo de ellas procedente de otra neurona), o la regulación al alza o a la baja de los receptores (en el
caso de la hipersensibilidad de denervación, la neurona a la que no llega señal o ésta le llega
débilmente, incrementa su sensibilidad para captarla), o la latencia de inicio de la acción terapéutica
de muchos psicofármacos (muchos empiezan a hacer efecto hacia las dos semanas de comenzar su
ingesta), o intervalos temporales en la adquisición de un condicionamiento, o en su pérdida, o en su
recuperación espontánea, etc., etc., algunos procedentes de la neurofisiología y otros de la psicología.
En muchos de los tópicos anteriores surge habitualmente el período de dos semanas de transición ya
mencionado anteriormente, que parece representar un tiempo característico de la fisiología neuronal y
que se repite, sin ir más lejos, en la investigación sobre el emparejamiento del ratón de campo Microtus
ochrogaster, comentada más arriba. Por supuesto, en el amor, al estar implicados tantos sistemas
diferentes pero interrelacionados, con gratificaciones tan potentes, es seguro que la curación tras la
ruptura sentimental será más lenta, y también es probable que deje efectos permanentes o de muy
larga latencia, como se ha descrito en el paradigma del condicionamiento clásico o pavloviano. Por
otra parte, en numerosas ocasiones la ruptura es gradual, lo que parece lógico si se consideran que son
varios los sistemas cerebrales implicados, no sólo resulta afectado el circuito más reconocido como
sustrato del placer.
Figura adaptada de CARLSSON, N.R. (1999), Fisiología de la Conducta. Ariel, col. Psicología., p. 533
(1999).
Vemos así cómo a lo largo de la evolución, en aves y mamíferos no humanos aparecen los
componentes del amor: rituales de apareamiento, establecimiento de lazos entre los miembros de la
pareja, mantenimiento de la relación durante períodos más o menos largos...Faltan, en todo caso, la
capacidad de juicio, la decisión y el compromiso voluntario, exclusivos y característicos del amor
humano.
Hasta la pubertad no se ponen en marcha los procesos necesarios para que la reproducción sea posible.
Los mecanismos cerebrales implicados en el amor tampoco pueden considerarse funcionales en su
totalidad, si bien los sistemas de recompensa cerebral están suficientemente maduros como para
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motivar muchas de las características de la conducta adolescente que ya se han analizado en otra
publicación previa (Burunat, 2004).
Datos procedentes de la investigación animal y humana coinciden en situar en los sistemas cerebrales
de recompensa un posible sustrato responsable de algunos de los cambios conductuales de la
adolescencia. La turbulencia emocional no es infrecuente. Pero, ¿por qué se incrementa la búsqueda
de estímulos en esta etapa?, ¿hay un incremento en el nivel de placer disponible o existe alguna otra
razón neurobiológica que genere el incremento de conductas de riesgo? Una extensa revisión de
Robinson y Berridge (1993) estableció con claridad que desear (buscar) y obtener las drogas son cosas
diferentes, que probablemente tienen sustratos neurales diferentes (cit. en Kolb y Whishaw, 2002). Si
bien las drogas de abuso pueden ejercer sus efectos reforzantes sin la presencia de dopamina
(Spanagel y Weiss, 1999), los sistemas dopaminérgicos sí están implicados en el componente apetitivo –
el deseo- de la recompensa, presumiblemente afectado por la descarga hormonal de la pubertad y
generador de conductas en las que prima dicho componente apetitivo. Se ha confirmado que, en
humanos, la activación de los sistemas dopaminérgicos está asociada con el orgasmo (Georgiadis,
Kortekaas, Kuipers, Nieuwenburg, Pruim, Reinders y Holstege, 2006).
Una de las implicaciones de esta distinción (entre el deseo y la materialización del placer) se debe a un
equipo de neurobiólogos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, que
han propuesto en una reciente revisión, que la conducta de búsqueda de drogas puede deberse a dos
fenómenos relacionados: bien el aumento de las cualidades de incentivo de la droga y de los estímulos
asociados a su consumo 2, bien a un deficiente control inhibitorio. En el primer caso estaría implicada
una disfunción del sistema límbico, asociado a la experiencia y expresión emocional. En el segundo caso
la inhibición no se lograría por un deficiente control fronto-estriatal (Jentsch y Taylor, 1999). La
activación esencialmente dopaminérgica del núcleo accumbens, que se traduce de modo inmediato o
diferido en placer, está modulada y regulada, en cuanto intensidad y sentido -positivo o negativo-,
tanto por el adyacente estriado dorsal, como por aferencias procedentes del prefrontal, que
contribuyen a regular asimismo la activación estriatal en función de la experiencia previa del sujeto.
Las activaciones mencionadas promueven conductas orientadas a la búsqueda del placer, y la
búsqueda y la obtención del amor y de los componentes reconocidos del amor, la intimidad, la pasión,
y el compromiso, pueden ser fuentes de placer separadamente. Así, la intensidad del refuerzo global
asociado a esta motivación en humanos probablemente pudiera objetivarse como superior a cualquier
refuerzo suministrado por cualquier otra causa de la conducta.
El amor es una motivación fisiológica generada por varias estructuras cerebrales en la que unas u otras
muestran activación –en algunas, hay inactivación- en función de la duración de la relación amorosa,
como la corteza cingulada, la región media de la ínsula, la corteza retrospenial derecha, que también
se activa con la saciación con chocolate (Small, Zatorre, Dagher, Evans y Jones-Gotman, 2001), y
varias áreas del neocortex: parietal, frontal inferior, temporal medial....(Bartels y Seki, 2000,2004). El
amor no sólo es actividad cerebral, sino que, como cualquier otra experiencia, va cambiando los
2
Sobre la aparición del proceso de condicionamiento generado por la administración de productos activos
del sistema nervioso central, e implicado en el valor de incentivo de los estímulos asociados a la droga, un
equipo de la Universidad de La Laguna describió a finales de la década de 1980 las leyes responsables de
la aparición de las respuestas condicionadas, pudiendo diferenciarlas con claridad de las respuestas
propiamente farmacológicas (Burunat, Castro, Díaz Palarea y Rodríguez 1988).
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cerebros de quienes lo experimentan, aunque seguramente de modo más intenso que cualquier otro
estímulo o vivencia que pueda experimentarse.
Los jóvenes están desplegando el control frontal mediante la mielinización de sus conexiones con los
ganglios basales hasta la práctica finalización de la segunda década de la vida y, en consecuencia,
pueden ser más proclives a tomar decisiones o a adoptar compromisos para los que pudieran no estar
aún suficientemente maduros, dado que la impulsividad, más o menos marcada, es una característica
esencial de la conducta juvenil. A partir de datos post-mortem y de neuroimagen pediátrica se ha
descubierto recientemente que la corteza prefrontal parece ser una de las últimas regiones cerebrales
en madurar hacia los 18 o 19 años (Casey, Giedd y Thomas, 2000).
Si bien las sociedades desarrolladas suelen disponer de normas éticas y leyes para la protección sexual
de niños y jóvenes, es un hecho que las nuevas tecnologías están facilitando una explosión mundial de
la práctica de la pederastia. A este respecto hay que insistir en que la experiencia sexual precoz en
niños y niñas puede marcar su vida amorosa para siempre. Un equipo de la Universidad de Yale
investigó la actividad cerebral causada por las memorias de abuso infantil en mujeres víctimas del
mismo, en dos grupos de mujeres con y sin diagnóstico de trastorno de estrés postraumático. Se
encontró en las primeras menor actividad en la corteza medial prefrontal, incluyendo el giro cingulado
anterior, hipocampo derecho y giros fusiforme, temporal inferior, supramarginal y en la corteza de
asociación visual. Algunos síntomas del trastorno de estrés postraumático pueden achacarse al
incremento de activación causado por dichas memorias de abuso en la corteza motora y el giro
cingulado posterior (Bremmer, Narayan, Staib, Southwick, McGlashan y Charney, 1999).
Pero no sólo es especialmente sensible el cerebro en la niñez al abuso sexual, sino que también la
adolescencia es un período crítico para las motivaciones y la adicción (Chambers, Taylor y Potenza,
2003). El adelanto de la experiencia sentimental y sexual con excesiva antelación a la consecución de
la mielinización fronto-estriatal, hacia los 20 años de edad, podría tener consecuencias en el desarrollo
y en la aproximación al amor en la vida adulta. De hecho, el desarrollo de las conexiones y circuitos
relacionados con el amor podría verse afectado por su experiencia temprana, al igual que los mismos
circuitos de recompensa cerebral son afectados por el consumo de drogas de abuso, que se ha
demostrado que producen modificaciones estructurales persistentes en el núcleo accumbens y en la
corteza cerebral (Kolb, Gorny, Li, Samaha y Robinson, 2003; Li, Kolb y Robinson, 2003; Norrohlm y
cols., 2003; Brown y Kolb, 2001; para una extensa revisión véase Kolb y Whishaw, 1998). En la
actualidad se atribuye cada vez más importancia al ambiente como factor determinante en la
expresión de los genes del desarrollo, especialmente sobre los genes de plasticidad.
En conclusión, a lo largo de la vida van madurando las estructuras y circuitos responsables del amor;
dicha maduración sigue ritmos diferentes en chicos y chicas; adicionalmente, en hombres y mujeres se
observan diferencias en la anatomía cerebral, pero también patrones de activación diferentes frente a
estímulos emocionales y hasta en cuanto actividad basal (George, Ketter, Parekh, Herscovitch y Post,
1999; George, Ketter, Parekh, Hortwitz, Herscovitch y Post, 1999 ). Por poner un único ejemplo, el
mayor volumen de la corteza orbitofrontal en mujeres en relación a otras referencias anatómicas
cerebrales implicadas en la experiencia emocional, ha permitido sugerir a un equipo de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Pennsylvania que las diferencias de género en el procesamiento de las
emociones podría estar relacionado con el diferente volumen cortical dedicado a su modulación (Gur,
Gunning-Dixon, Bilker y Gur, 2003). Diferencias de género, diferencias individuales y ritmos de
maduración están comenzando a conocerse, y podrán referirse de manera específica a los distintos
componentes del amor.
Aunque la pasión o el compromiso o la intimidad pueden llegar a ser muy placenteros y motivadores
separadamente, es necesario dejar constancia del hecho de que, si no es amor, no participan de la
experiencia de que se trate (sexo, apego, cariño, pasión, compromiso, entrega, etc.) la totalidad de los
circuitos cerebrales que promueven y participan del amor. Por eso, la expresión tan al uso de “hacer el
amor”, induce a error y transmite el error de equiparar el sexo con el amor a los oyentes que, sin haber
experimentado el amor, ya están biológicamente capacitados para tener pasión, en términos de
actividad sexual, y también para tener intimidad, sin estar quizás plenamente capacitados para poder
comprometerse.
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La ruptura amorosa suele interpretarse como un duelo e implicar síntomas similares a la depresión que
pueden durar hasta varios meses tras los que, normalmente se produce una recuperación. Sin
embargo, el duelo puede llegar a merecer el diagnóstico de Trastorno Depresivo Mayor si la presencia
de los síntomas que justifican la situación inicial de Episodio Depresivo Mayor (a partir de las dos
semanas de la separación) se mantiene más de dos meses (Najib, Loberbaum, Kose, Bohning y Mark,
2004). Hay que tener en cuenta, además, que el cumplimiento de los criterios durante más de dos
años puede motivar el diagnóstico de Trastorno Depresivo crónico (DSM-IV, 1997), y que al duelo se le
suele considerar como un factor de riesgo mayor para la aparición de una depresión clínica (Aseltine y
Kessler, 1993).. Naturalmente, el diagnóstico profesional de estos estados no se basa exclusivamente en
períodos temporales, que aquí se citan con el objetivo pedagógico de mostrar su proximidad
conceptual.
Existe una tendencia a interrumpir la conducta social cuando se ha producido la ruptura sentimental;
predominan la tendencia a la reclusión y al aislamiento, al recuerdo estéril de las causas de la
separación. Al mismo tiempo surgen conductas inesperadas para el paciente de la decepción: desde
escuchar la música que permite y aviva el recuerdo del otro y de la felicidad que se ha esfumado,
hasta recorrer los lugares antes frecuentados como si su visión o su proximidad atenuara la pena que se
experimenta y llenara el vacío en que se transforma el amor de antaño, muchas veces esperando un
imposible: que vuelva lo que se ha ido, en muchos casos por acción u omisión reconocidas del que
ahora quisiera dar marcha atrás. Probablemente el lector o lectora alguna vez (ojalá, nunca) haya
experimentado situaciones como las anteriormente descritas. Distintas estructuras y sistemas cerebrales
en su adaptación a la nueva situación, son responsables de la diversidad de tendencias que se
presentan en la situación de fin del amor, y de las diferentes consecuencias y velocidades en cada uno
de ellos deriva que, en muchos casos, las acciones que se inician sean contradictorias e inesperadas.
Desde la aproximación expuesta a lo largo del presente artículo, en la ruptura sentimental habrá de
verse implicada la tríada (al menos) de sistemas relacionados con la motivación amorosa, tanto con el
componente pasional, que desaparece bruscamente, generando situaciones similares a la interrupción
del consumo de una droga, con el consecuente e inevitable síndrome de abstinencia, como en el
relativo a la desaparición de la intimidad compartida con la pareja, y a la obvia cancelación del
compromiso.
Porque, efectivamente, al estar implicados diferentes sistemas cerebrales, al ser el amor mucho más
que una emoción, como el miedo o la ira, las diferentes estructuras que se han adaptado al amor (en
la terminología de Stenberg (1989), Intimidad, Pasión y Compromiso) probablemente tienen cursos
temporales de readaptación diferentes, pero además los mecanismos de plasticidad que se
desencadenan pueden ser contradictorios entre unos sistemas y otros. Así, la inexplicable tendencia
(para los demás, pero también para el propio paciente del amor) de incrementar su pena aislándose
de otros estímulos o relaciones que pudieran contribuir a paliar el sufrimiento que se experimenta, o
buscando huellas o señales de la presencia o existencia del otro, a pesar de que, de encontrarse, se es
consciente de que el resultado será el incremento del dolor, tiene una explicación relativamente
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sencilla: es la respuesta generada por el aquí propuesto como Síndrome de Abstinencia de Amor
(SAA), equivalente al síndrome de abstinencia de opiáceos, o al síndrome de abstinencia de cualquier
droga o actividad placentera, pero probablemente peor, y probablemente, más sentido por la mujer,
en quién la respuesta cerebral desencadenada por la tristeza parece ser mayor en extensión que en el
hombre, particularmente en el denominado sistema límbico, (George, Ketter, Parekh, Herscovitch y
Post, 1999).
Pero el amor no es simplemente otra droga más sino que (tal como hoy ya se conoce con suficiente
detalle) los efectos adictivos de casi todas, si no todas las drogas, se ejercen por medio de la activación
del mismo circuito cerebral de recompensa, mediado por dopamina, y que va del tegmentum o zona
inferior del mesencéfalo a los ganglios de la base de cerebro anterior, que la evolución ha diseñado
como circuito motivacional primario de la conducta (Chambers, Taylor y Potenza, 2003), y que
también motiva el amor, asociándolo con el orgasmo y con otros componentes de la actividad sexual
(Georgiadis, Kortekaas, Kuipers, Nieuwenburg, Pruim, Reinders y Holstege, 2006; Arnow, Desmond,
Banner, Glover, Solomon, Polan, Lue y Atlas, 2002) y del amor romántico (Bartels y Seki, 2000, 2004).
Así, a pesar de las consecuencias negativas que tienen la perseverancia en las conductas que recuerdan
al amor una vez terminado, en cuanto a malestar, tristeza e, incluso, desesperación que causan en el
propio paciente de amor, las mismas no pueden evitarse fácilmente al final del amor dado que están
originadas por la activación de condicionamientos motores y hábitos que antaño generaron
satisfacción; los ex-fumadores recordarán el manejo de los bolígrafos como si fueran cigarrillos; los ex-
alcohólicos podrán evocar fácilmente en su memoria los recuerdos del sonido de los cubos de hielo en el
vaso...Es enorme el número de estímulos condicionados asociados a las conductas adictivas. Y al amor.
Y no desaparecen con facilidad; de hecho, las asociaciones pueden recuperarse espontáneamente
siguiendo las leyes del condicionamiento pavloviano, aunque parezcan olvidadas, explicando las
recaídas y las relaciones enfermizas que parece que nunca pueden cortarse definitivamente.
Pero no sólo las conductas, tampoco desaparecen los pensamientos. Una única cosa existe en la mente
del paciente de amor: la obsesiva presencia del ex-amante, lo primero al despertar, lo último antes de
dormir...pensamientos obsesivos que no es posible cortar voluntariamente y que contribuyen a
incrementar la pena de quien los sufre. De este modo, durante un período de tiempo aún no
suficientemente cuantificado, probablemente muy variable, y que se propone aquí que pudiera
aproximarse a las dos semanas (recuérdese el período de tiempo en el que se desarrolla la
hipersensibilidad de denervación) no se puede recuperar el control del pensamiento.
Evidentemente, la reconstrucción del cerebro herido de amor no correspondido requiere otras acciones
y automatismos de recuperación menores (si se comparan con la catástrofe que afecta a los sistemas
de recompensa y al pensamiento, ya comentados), pero también formidables: el cerebro pierde, por
ejemplo, al perder las manifestaciones de afecto provenientes de la pareja, sus caricias y su presencia, y
al perder la posibilidad de acariciarla, multitud de aferencias somatosensoriales que dejan huérfana de
activación a gran parte de la corteza parietal, en donde terminan las señales originadas en la piel. En
este sentido conviene mencionar que disponemos de multitud de receptores táctiles por toda la
superficie corporal, pero muchos de tales receptores están diseñados para recoger señales relacionadas
con el cariño: la piel está dotada de receptores de vibración que se activan especialmente al acariciar
(también cuando nos acarician), más que con la pura y simple presión de un objeto al contacto con la
piel.
Lo mismo ocurre con otras muchas percepciones, incluyendo el olor y el sabor de la persona amada.
Multitud de moléculas que han estimulado los respectivos sistemas inmunitarios y que habitualmente
se han asociado a estados felices, feromonas aún no descubiertas y sustancias generadas por glándulas
apocrinas diseñadas para ello, más o menos repentinamente, desaparecen. En un contexto de
aprendizaje, multitud de estímulos que han constituido el mar que baña y que ha acompañado al
amante en el navegar por la vida, desaparecen. Miríadas de estímulos condicionados, a los que más
que estar acostumbrado, constituyen ya parte de su fisiología, tras la ruptura, se apagan, el mar se
seca. Las consecuencias aún no son bien conocidas. Es tristemente frecuente el caso de parejas de
muchos años que, al fallecer uno de los miembros de la pareja, a las pocas semanas o meses le sigue el
sobreviviente. Probablemente el amor es la experiencia sensorial, emocional y cognitiva más completa
de la vida de la persona, solamente comparable con el alumbramiento y la crianza en la mujer. El
final del amor constituye un desastre sensorial, emocional y cognitivo que el cerebro que sufre el
desamor tiene que remontar, sin sospechar que en el futuro su enfermedad tendrá nombre, y
tratamientos perfectamente protocolizados según las posibles variantes.
Conclusiones:
El amor es una motivación fisiológica generada por varias estructuras cerebrales en la que unas u otras
están especialmente activadas en función de la duración de la relación amorosa, y que implica varios
estados emocionales.
Algunos de los estados fisiológicos generados por el amor están próximos a estados patológicos, y de
hecho pueden llegar a convertirse en auténticas patologías, incluso con resultados mortales, cuando el
amor no es compartido y su despliegue cerebral no lleva asociada la activación del circuito
motivacional primario de recompensa cerebral.
Los distintos componentes del amor habitualmente reconocidos en la investigación psicológica, como la
pasión, la intimidad y el compromiso (Sternberg, 1989), pueden referirse a, y están originados por la
activación de diferentes estructuras y circuitos cerebrales. Pero no siempre, algunos de sus efectos y
causas están originadas por la desactivación de ciertas estructuras, por ejemplo, la desinhibición
asociada al orgasmo (con manifestaciones verbales y motoras que pueden ser incontrolables para
muchas personas) parece estar motivada por la desactivación de la corteza orbitofrontal (Giorgiadis,
Kortekaas, Kuipers, Nieuwenburg, Pruim, Reinders y Holstege, 2006).
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Por ello, todo tipo de combinaciones de dichos componentes pueden expresarse en la conducta, si bien
algunas de dichas combinaciones, como la pasión o el sexo sin amor, o el compromiso sin pasión ni
intimidad, o la intimidad sin pasión y sin compromiso, podrían contemplarse como activaciones
parciales de circuitos cerebrales que no pueden equipararse, ni en experiencia subjetiva, ni en
consecuencias objetivas, a la activación armónica del conjunto, también denominada amor. Es posible
comer sin tener hambre, por placer. Igualmente es posible hacer sexo por placer. Pero no es lo mismo,
sin intimidad y compromiso, no es amor. También es posible estar apasionadamente comprometido
con una causa, o con una persona. Pero tampoco es amor: sin sexo, sin intimidad, no hay amor.
Entiéndase que no se pretende transmitir con las expresiones anteriores ninguna connotación negativa
ni peyorativa, sino una interpretación integradora de una experiencia motivacional única que, aunque
disminuida, puede experimentarse fragmentada.
Como quiera que el funcionamiento de tales circuitos implicados en el amor sigue las reglas habituales
de la actividad neuronal, podrán plantearse estrategias dirigidas a estimular la aparición del amor, o a
mitigar su pérdida. Algunas de dichas estrategias se conocen desde hace tiempo, y ciertas culturas aún
las aplican, por ejemplo, emparejar a niños y jóvenes (como suele decirse, “el roce hace el cariño –
seguida dicha expresión, en ocasiones, de una pícara coletilla: “y el cariño hace el roce-“) sin darles
opción a elegir otra pareja. Suele ser ésta una costumbre denostada por otras culturas.
Así, contemplar el amor como una motivación dependiente de la fisiología cerebral y siguiendo leyes
básicas de aprendizaje posibilita innumerables aplicaciones prácticas para los terapeutas de la aún
emoción por excelencia que, evidentemente, ya disponen, y emplean, excelentes estrategias de ayuda
para sus pacientes. En cuanto motivación, pueden tratarse la adicción, cuando es destructiva para el
paciente y el síndrome de abstinencia. En conjunto, esta nueva aproximación podrá constituir algo
similar a lo que supuso el hallazgo de receptores cerebrales para la morfina en 1973, seguido poco
después por el de las sustancias químicas que fabrica el propio cerebro para activar esos receptores, un
conocimiento que permitió afrontar desde entonces la adicción a los opiáceos, y en general a las drogas
de abuso, como un desequilibrio de dichos receptores, una alteración funcional, en definitiva como una
enfermedad, frente a la percepción previa de las adicciones como vicios o debilidad de la voluntad.
Igualmente, contemplar el amor como un proceso fisiológico comprensible permitirá acciones hoy
impensables, como, por poner un ejemplo sangrante, diseñar estrategias realistas, desde el
conocimiento de lo que ocurre en el cerebro de los implicados, para terminar con las muertes de
mujeres a manos de sus ex-parejas. En este sentido, un análisis preliminar de una investigación reciente
con 15 hombres y mujeres con su relación amorosa recién terminada ha mostrado que, asociadas
específicamente a la persona amada, se activan en sus cerebros áreas asociadas a los sistemas de
recompensa cerebral, pero también áreas previamente asociadas a conductas obsesivo-compulsivas y
al control de la furia (Fisher, Aron y Brown, 2006).
Llegará el día en el que se descubrirá el último rincón del cerebro en el que actúa la última molécula
que ejerce efectos sobre el amor pero, una vez cubiertas las necesidades básicas para la supervivencia,
dicho proceso fisiológico seguirá siendo, simplemente, el principal motivo para la vida humana. Como
dijo el poeta: “el amor es la luz”, y saber por qué, los enamorados saben que no hace que ilumine
menos.
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