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5 Sombras de Mujeres Sucias - Liz Bazurto

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5

Sombras de mujeres sucias




FRINÉ







Copyright © 2014 Liz Bazurto



Primera edición: Mayo de 2015



Índice



Sombra 1. Recuerdos mojados en un cuarto de hotel
Sombra 2. Exhibición en la oficina
Sombra 3. Soy veterana e insaciable
Sombra 4. El placer de mi voluptuosidad
Sombra 5. Rutina hospitalaria



“(...) Pero qué nos importa la opinión de la gente fría siempre que
nuestras almas, más ardientes y más nobles que las suyas, sepan disfrutar
de lo que ellos no perciben.”

Donatien Alphonse Francois de Sade

El Marqués de Sade

Sombra 1. Recuerdos mojados en un cuarto de hotel






Quince años después de irme a vivir a otro lugar del mundo vuelvo a
mi pueblo natal. Al llegar al aeropuerto, tomo un taxi y recorro de nuevo
las calles, por la ventanilla se filtra el olor a café y la algarabía de voces
familiares. Puedo reconocer algunas caras, me debato entre alegría y
nostalgia. Hay lugares que parecen inmunes al paso del tiempo y ésta
ciudad es uno de esos.

Traigo conmigo una maleta muy pequeña; cuando el viajar se vuelve
costumbre, se aprende a tener pocas cosas en el equipaje. La ropa
necesaria para tres días, la más fina lencería de encaje, cepillo de dientes,
mi perfume favorito, un buen libro, computador portátil y todos esos
documentos necesarios para realizar mi presentación a los nuevos socios
de la compañía. En especial, nunca me falta un vibrador, rosado, doble
cabeza, con perlas, rotación en todas las direcciones, vibración al mismo
tiempo, controles y múltiples velocidades, resistente al agua, por supuesto.

Soy arquitecta, tengo 36 años, divorciada desde hace un año. Mi esposo
simplemente no soportó mis repetidas ausencias a causa de los viajes y sus
celos enfermizos me llevaron al límite, yo tampoco podía soportarlo más.

El sol empieza a ocultarse y es bonito ver cómo el cielo se torna rosado
encendido. El taxista, muy coqueto, me pregunta si había estado en este
pueblo antes, a lo que respondo con un tono inocente, que no, mientras
percibo por el retrovisor, que el taxista me devora con su mirada de
deseo, recorriendo con sus ojos grises, mi profundo escote y la corta
minifalda. Me entretiene, me gusta ser deseada y sentirme deseada, el calor
es una excusa para tocarme el pecho y tratar de airearme un poco, me
gusta jugar inocentemente, mientras el pobre casi no puede ni conducir
por la incomodidad que su erección le produce.

Desde mi anonimato, me siento libre.

Llegamos al hotel y el conductor corre a ayudarme con mi equipaje, le
digo que no se preocupe, es bastante ligero y yo puedo sola, me agacho a
recoger la maleta y muevo mi culo a propósito, para que el taxista aprecie
de mejor ángulo mi carne firme, sé que cuando se suba al taxi se va a
meter un pajazo a nombre mío.

Un hombre me recibe en el hotel, se me hace familiar, pero no presto
mucha atención, al fin y al cabo, todas las caras se me hacen familiares
allí.

Cae la noche y el calor en mi habitación es insoportable, nunca imaginé
poder hospedarme en el hotel que cuando era niña, veía desde afuera
como un castillo embrujado. Me pongo cómoda, me doy una ducha y me
miro en el espejo, el tiempo realmente ha sido considerado conmigo, mis
tetas no son tan grandes como quisiera, pero mi culo sigue siendo ese
preciado regalo que la naturaleza me dio y que he cuidado con esmero. No
soy la más bella, pero a los hombres siempre les han gustado mis gruesos
labios y mi cara aún retiene una sensación virginal. Me gusta mirarme al
espejo, me gusta gustarme.

Me pongo una bata de baño y tomo una botella de agua, comienzo a
trabajar. Trato de preparar la presentación de la compañía para el día
siguiente, pero no puedo concentrarme, sé que no será muy difícil
convencer a esos hombres hambrientos de dinero, acerca de la
construcción del centro comercial, que será una mina de oro, aunque
tengamos que demoler toda una cuadra de casas en el pueblo. Al pueblo
“pan y circo” y en éste caso, será más circo que pan.

Al parecer, el aire acondicionado no funciona y recurro a abrir la
puerta del balcón para permitir la entrada de aire. Se siente mucho mejor
acá afuera, el viento pasa por entre mis piernas refrescando mis partes
más calientes. Decido tomarme unos segundos para mirar desde allí los
techos de las casas y los laberintos de las calles que me vieron correr de
niña.

Mi primer orgasmo lo tuve a los 15 años, y tal como ese día, ahora
siento cómo mi cuevita se moja y esos preciados líquidos empiezan a
brotar de mí.

Recuerdo que eran las 2 de la mañana y tenía que estudiar para un
examen de química que me esperaba al día siguiente en el colegio.
Encerrada en mi habitación y tirada en la cama, trataba de memorizar la
tabla de los elementos químicos, pero de pronto comencé a escuchar
gemidos, y aunque era niña aún, no era tonta y sabía que eran gemidos de
placer. Mi curiosidad me llevó a salir del cuarto, sigilosamente me
acerqué a la sala y descubrí a mi madre, que me creyó dormida, siendo
penetrada incesantemente por su nuevo novio, Germán.

Inmediatamente sentí como una ola de calor se concentró en mis partes
más sensibles, estaba a punto de estallar. La visión era perfecta, mientras
Germán penetraba a mi madre por detrás, yo podía ver sus grandes senos
moviéndose en vaivén, quería ser yo, quería ser mi madre, siempre soñé
desde niña con unos senos grandes y me excitaba verla, ver su cara
retorcerse de placer casi al punto del llanto, gimiendo sin control mientras
el miembro de Germán, impetuoso y como un rey se escondía y empujaba
fuertemente entre las piernas de ella.

Mi madre le gritaba:

- Yo soy tu perrita, métemelo bien duro, más adentro

El:

- Perra, perra, por qué eres tan perra?

Germán le pegaba palmadas fuertes a mi madre en la nalga, la
castigaba, literalmente.

Sin ser descubierta, puse mi mano por encima del calzón, que se dirigió
a mi botoncito, me rozaba suavemente, mi calzoncito estaba
completamente mojado, recuerdo que era un calzoncito blanco de algodón
con corazoncitos rojos pintados. Yo llevaba puesta una bata color lila, con
un gran osito bordado.

La desesperación por ser penetrada me llevó a escabullirme en mi
cuarto y buscar alguna herramienta fálica para saciar mi deseo.

Con las imágenes en la cabeza de lo que acababa de ver, tomé un
marcador para colorear con el que rayaba mis cuadernos, era un
marcador mediano, no muy grueso, no muy grande. Me tumbé en la cama
y sin quitarme mis calzoncitos, los aparte con una mano mientras con la
otra sostenía el marcador y buscaba mi pequeño orificio, que no fue
difícil de encontrar, ya que mis transparentes y consistentes líquidos
virginales llevaban allí.

No recuerdo hasta que horas me masturbé esa noche, solo recuerdo que
llegué a un inmenso orgasmo que alcanzó a empapar toda mi sábana de
Hello Kitty. Quedé dormida, inmóvil.

Por supuesto, al día siguiente reprobé mi lección de química.

Sin mucho afán, del colegio tomé mi camino a casa, Felipe como
siempre, estaba acompañándome. Era poco agraciado, rubio y con pecas,
parecía sacado de alguna tira animada de Tom Sawyer. Realmente me
aburría andar con él, pero era mi compañero de estudios desde que
comenzamos el bachillerato hasta ahora que estábamos a solo dos años de
graduarnos. Incluso, alguna vez, años atrás y solo para saciar mi
curiosidad, le propuse que me follara, pero fue un fracaso total, puso su
mano en mi sexo y con eso fue suficiente para eyacular por encima de sus
vaqueros.

Quería compartir la experiencia de mi primer orgasmo con alguien,
pero no tenía con quien.

Ya había explorado antes mi cuevita, había rozado mi clítoris con el
dedo, con el chorro de la ducha, había intentado estimularme de diferentes
formas, pero nunca había sentido lo que esa noche anterior.

Felipe siempre me pareció poco divertido, sin sentido del humor, el
pobre me llenaba de regalitos tontos, chocolatinas y galletas, y después de
que le había prometido que algún día tendría su pequeña tripa en mi
cuevita, no se quería despegar de mi lado. Creo que con el tiempo, él se
había convertido en una especie de hermanito menor.

Sin embargo lo dejaba estar conmigo, me divertía ser pícara con él y es
que siempre fui y he sido muy coqueta.

Años después, cuando descubrí a la Lolita de Nobokov, entendí mi
“fina” coquetería.

Caminando siempre un paso más adelante que Felipe y moviendo el
trasero lo suficiente como para que la falda del uniforme, ayudada por el
viento se levantara un poco, desfilaba por las calles del pueblo.

De vez en cuando giraba mi cabeza hacia él, mientras Felipe él hablaba
y balbuceaba palabras que yo nunca escuchaba. Una de las veces que lo
miré, pude observar su bulto en el pantalón y pensé que Felipe estaba
realmente creciendo, por primera vez me sentí atraída por el tamaño de su
miembro.



Era obligatorio pasar por ese mismo callejón sin salida que hoy veo
oscuro y apagado desde el balcón del hotel. En toda la esquina, había un
taller de mecánica y latonería para autos y motos. No era una cuadra muy
agradable, siempre llena de grasa, repuestos, ruido, en especial, los rayos
del sol que golpeaban los metales esparcidos por doquier, hacían brillar el
lugar.

Yo seguía caminando al compás del viento, mirando a Felipe y
haciéndole saber que había percibido su erección, siempre me causó
fascinación ver a los hombres nerviosos por mi trasero; si la naturaleza
no me dio tetas, por lo menos me dio un trasero caído del cielo.

Mi coquetería no tenía límite y me tomé unos segundos frente a una lata
de una puerta de un carro que me reflejaba y servía de espejo, allí me
acomodé mis tangas y un pequeño top, pero realmente me manoseaba mi
cuerpo ya que mi única intención era provocar a mi acompañante.

Al continuar la marcha miré a Felipe que se tocaba su bulto y trataba de
acomodar su miembro que pedía auxilio y quería salir. Sonreí
pícaramente y me giré para continuar mi espléndido desfile, pero tropecé
con unos repuestos que estaban mal situados en la mitad del andén y caí al
suelo.

Varios trabajadores giraron su cara; un mecánico, un hombre de unos
35 años, alto como Germán, algo musculoso, sudoroso y tostado por el
sol, se acercó y con sus brazos firmes me levantó desde el torso, sus
manos estaban llenas de grasa y rozaron mis nacientes senos, en su
antebrazo se podía ver un gran tatuaje de una serpiente roja.

Felipe ni se inmutó, era tan tonto, que sólo pudo reírse a carcajadas y su
bulto se desapareció. Yo quedé embriagada con la testosterona que
emanaba el cuerpo del mecánico, siempre me gustaron los hombres
mayores que yo, y éste, sin duda y para ese momento, podría ser como mi
padre, además sus manos fuertes quedaron grabadas en mi cuerpo.

El hombre me miró a los ojos y me preguntó, ¿niña, está bien?, mi
rodilla sangraba un poco, pero eso no me importó, sus ojos color miel y
su respiración un poco agitada me dejaron marcada, yo estaba segura que
en esa mirada había un poco más que simple cordialidad, había un rastro
de lujuria y perversión.

Llegué a mi casa tarareando una canción que venía escuchando con mis
audífonos, ni siquiera me percaté que Felipe venía todavía conmigo. En la
puerta, me despedí de Felipe, le di un beso en la boca y me encerré.

Mi mamá no había llegado, Germán estaba sentado en la sala viendo
televisión, me saludó y me preguntó si tenía muchos deberes. Mentí y le
dije que tenía que resolver algo urgente, le pedí que me ayudara con una
tarea de química y que por favor no le contara a mamá que había
reprobado el examen.

Me acerqué y me senté en sus piernas, sentí que de mi cueva brotaba una
catarata de líquidos, traté de poner mi culito bien encima de su miembro y
comencé a moverme rozándolo, mientras seguía el ritmo de la música que
venía escuchando en mis audífonos.

Descargué el morral en el suelo, me agaché dejando al descubierto mi
culito, saqué los cuadernos y sentí como su miembro comenzaba a crecer
cada vez más, alentado por mi movimiento.

Germán se agitó y su respiración daba fe de ello, pero el trataba de
disimular, y quiso quitarme de sus piernas, yo no lo permití.

Le dije que ya era una niña grande y no tuve ningún reparo en coger su
miembro con mi mano por encima de su pantalón. Germán me dijo que
parara, que mi madre no demoraría en llegar. Qué importa, le dije yo,
además, ella se demora, ella siempre se demora los lunes y bueno, desde
que ví lo que ví anoche…

Germán se alteró, decía que no era posible, que él amaba a mi mamá y
se levantó con furia del sofá mientras yo me quedé allí sentada. Entonces,
me tumbé en el sofá y mientras lo veía más enojado conmigo, yo más me
excitaba. Él se paró frente a mí y yo abrí mis piernas, me levanté la falda
del uniforme del colegio y sin quitarme mis tanguitas, comencé a
acariciarme por encima, mi botoncito crecía y yo veía que el paquete de
Germán era cada vez más notorio, comencé a gemir y aparté la tela de la
tanguita frente a él, mientras mis dedos acariciaban mis labios vaginales y
vulva, totalmente calvita, sin un vello aún. Germán comenzó a acomodarse
su paquete, se sobaba su miembro por encima del pantalón, estaba
notoriamente excitado.


- Papi, vas a castigarme por no hacer la tarea?

Él estaba mudo, sin palabras y yo tenía la inmensa necesidad de
sentirme penetrada por un miembro real, una verga dura, caliente, gruesa,
con carne, y después de conocer la verga de Germán, sabía que eso era lo
que quería.

Le conté lo que pasó la noche anterior:

- Anoche me masturbé por ti toda la noche, al ver esa
verga tan deliciosa embistiendo a mi mamá, entrando y saliendo,
quería tenerla adentro de mí, darle una buena mamada, y tuve que
usar mis deditos para poderme dar placer hasta la madrugada. Por tu
culpa perdí mi prueba de química esta mañana, no sabes la corrida
que tuve en tu nombre.

Seguí gimiendo y tocándome, ahora mis deditos entraban y salían de mi
cueva, los chupaba y lamía mis propios líquidos para provocarlo, él no
aguantó y sacó ese miembro erecto y a punto de reventar, se empezó a
masturbar frente a mí, todo un espectáculo. Con su mano se halaba su pene
afuera y adentro con un ritmo especial.

Me acerqué a Germán y me arrodillé, tomé su miembro y lo empecé a
chupar, que delicia, era tan grande que no cabía completamente en mi
boca, el también gemía y me decía.

- Mi pequeña putita, te voy a dar duro, te voy a
castigar, quién es tu papá?.

- Tú, tu eres mi papi, y quiero que papi me castigue
duro, mi cuevita está cerradita y quiere sentir un hombre de verdad.

De pronto Germán cambió su actitud pasiva y con fuerza me cogió del
cabello, me levantó la cara y me puso de espaldas en el sofá.

- Quieres que te castigue?... Dime, mi pequeña putita,
quieres que te castigue?

- Sí papi, dame duro, me he portado mal.

Germán me daba palmadas en las nalgas, tan fuertes que sentía algo de
ardor en la piel, una quemazón placentera. Recordé todas las imágenes de
la noche anterior, él embistiendo a mi mamá, entonces le dije.

- Yo soy tu perrita, dame duro, soy tu perrita.

Germán enloquecía y me quitó con furia mis tanguitas, frente a él quedó
todo un banquete para disfrutar. Con su miembro rozó mi mojada vulva y
me daba golpecitos, ponía su pene entre mis labios vaginales y yo estaba a
punto de enloquecer, quería que me embistiera inmediatamente, pero él
jugaba conmigo, se reía y en el momento menos esperado sentí que su
carne entró en mí, llenándome toda mi cavidad y causándome algo de
dolor que se mezclaba con placer.

Germán comenzó a moverse de adentro hacia afuera, al inicio
suavemente y cada vez con más ritmo.

Con sus dos manos me cogía el torso y movía todo mi cuerpo,
acercándolo y alejándolo de su gran verga, al mismo tiempo recordé al
mecánico del taller que me recogió en la calle, sus manos apretando mi
torso y su mirada con algo de perversión.

Sentía como me Germán me penetraba profundamente y su pene
abrazado por las paredes de mi vagina, no quería que parara, él me
acomodó luego frente a su torso, me tiró al sofá, puso mis piernas encima
de sus hombros y nuevamente me embistió. Esta vez lo sentí aún más
profundo, desde su posición, dejó caer saliva en mi clítoris y comenzó a
darle palmaditas a la vez que me empujaba con su verga, eso me puso al
límite y no pude controlar un orgasmo enorme que terminó con una gran
cantidad de líquido que salió de mi vagina. Germán tampoco pudo
controlar su eyaculación al sentir mi orgasmo y sacó su verga, me la puso
en la cara gritando.

- Perra, por qué eres tan perra? Te esperan muchas
cogidas niña malcriada, hasta que aprendas a no orinarte en los
calzones.

Ahora que recuerdo todo en éste balcón, voy de inmediato a mi maleta a
buscar mi vibrador doble cabeza, tengo que masturbarme ya. Esa ha sido
una de las mejores cogidas que un hombre me ha dado en la vida, esa era
una verga de verdad. Recordando a Germán, me introduzco mi mejor
amigo, el vibrador, mi conejito, lo prendo y las perlas que trae en las
paredes empiezan a moverse dentro de mi vagina, causando un roce y
vibración que ninguna verga humana podría provocar. Es cierto que me
hace falta sentir los brazos de un hombre fuerte como Germán tomando el
control de mi cuerpo, pero este conejito hace su trabajo. Sumida en mis
recuerdos de las embestidas que Germán me dio, estoy cada vez más cerca
de una fuerte corrida, pero alguien interrumpe.

Unos golpes en la puerta de la habitación me sacan de mi calentura y
cortan mi orgasmo. Me levanto, escondo mi juguete debajo de las sábanas
y voy a ver quién es.

El hombre de la portería viene a traerme un recibo y una botella de vino
por cortesía del hotel, le digo que estoy algo cansada y trabajando, por
favor, no quiero más interrupciones.

El extiende su mano para entregarme la botella y alcanzo a notar un
tatuaje, es una serpiente roja.

El hombre me mira directamente a los ojos, sus ojos color miel llenos
de lujuria me preguntan, ¿niña, está bien?


Sombra 2. Exhibición en la oficina






Las oficinas modernas son quizás los espacios con menor privacidad
que se han podido inventar.

Años atrás, cada persona tenía un cubículo diferenciado y con paredes,
separado de su equipo de trabajo. Hoy día, las oficinas parecen más
espacios carcelarios hacinados, que un lugar apto para laborar.

Soy periodista y desde hace unos tres años para acá, vengo trabajando
en una de estas “modernas” oficinas, que no han facilitado para nada mi
necesidad permanente de masturbarme y nutrirme del voyerismo como lo
hacía antes.

Ahora, mi escritorio es un escritorio comunal, una larguísima mesa
única con unas quince sillas para cada periodista del diario, tan incómodas
que algunos de nosotros preferimos comprar nuestra propia silla.

Las oficinas del diario donde ahora trabajo están ubicadas en el piso 14
de un lujoso edificio, la vista hacia el exterior es grata, no me puedo
quejar de esto, solo hay vidrios en la fachada, lo que permite que el sol
inunde con sus rayos todo el espacio.

Soy soltera y vivo sola, a veces con novio, a veces sin novio. Eso poco
o nada tiene que ver con mi libido. Actualmente mi labor en el diario es
manejar toda la parte de aplicaciones de dispositivos móviles, community
manager, audiencia, entre otras labores. Mi horario es de 6 pm a 6 am, ya
que hace tres meses pedí cambio a turno nocturno; así me pagan mejor y
estoy más sola, solo hay conmigo otros dos periodistas que no se
despegan de la pantalla de sus computadores, parecen hipnotizados, y para
mí es perfecto porque me siento completamente sola.

Desafortunadamente el amor por el periodismo que tenía recién
egresada de la universidad ha cambiado por completo. Sí, la gente solo
quiere leer noticias rosa, escenas bochornosas y escándalos de las
llamadas “celebridades”, que en vez de artistas son ídolos de barro, o de
barrio?.

Inocentemente, cuando terminé la universidad creía poder
desempeñarme en algo que valiera la pena por esta profesión, pero la
realidad es otra, y aquí estoy, promoviendo más basura que genera tráfico
en nuestra web.

Así es, ya no me importa nada, y de hecho, paso tiempo en internet
mirando actualizaciones estúpidas, algún twitter que genere “revolución”
de la cual no queda nada.

Aún me queda el SEXO y lo que hago con mi vagina, eso a nadie le
importa más que a mí.

Tengo que confesar, que algo extraño me sucede cada vez que me veo
en situaciones donde tengo que trabajar bajo presión. Una noticia
importante de última hora, la muerte de un cantante, actor o famoso,
genera tanta urgencia y necesidad de crear contenido para poner a
viralizar en la red, que paradójicamente me pone a mil, es decir, me siento
caliente y con ganas de ser follada de una forma extravagante.

No más saber que se tienen que crear galerías de fotos, notas o
cualquier cantidad de contenido en un instante y mi temperatura sube
repentinamente, como si la adrenalina del trabajo estuviera ligada a mi
deseo sexual.

No sé si esto le pase a alguien, pero a mí me ha ocurrido desde
adolescente, hasta ahora es que lo concientizo y entiendo de qué se trata.

Los primeros síntomas se dieron en el colegio y la universidad;
siempre que tenía pruebas, exámenes, tests, y mientras estaba sentada en
mi silla tratando de resolver los cuestionarios, tenía que masturbarme con
las costuras de mis pantalones, generando fricción para poder llegar a un
orgasmo del cual nadie se enteraba. Lo mismo sucedía en el gimnasio, a
mayor intensidad en las clases o en los abdominales, ahí estaba yo más
caliente que una puta, buscando como satisfacer ese deseo urgente.

Volviendo a mi actual ocupación, la realidad es que este tipo de noticias
de última hora ó eventos inesperados, no se dan todos los días. Es más,
hay días que me toca inventar cosas de la nada para crear “algo” que la
gente quiera leer.

Si no fuera por el sexo, mis noches en esta oficina serían bastante
aburridas. Y es que cualquiera que haya trabajado en algo similar a lo
mío, me entendería; navego y navego por páginas web, reviso que
nuestras redes estén alimentando con la información correctamente y
como ha sido previamente programada, en fin… ninguna novedad, no
pasa nada.

Una noche típica en mi oficina la podría describir, como sigue: reviso
en el computador que todo ande bien, alguna falla en el gestor de
contenidos se reporta con un ticket al servidor central.

Vestida de pies a cabeza como un esquimal, miro a mi alrededor y veo a
mis compañeros; uno de ellos, cuatro ojos y el otro, un gordito bonachón,
ambos juegan en internet alguno de estos juegos de estrategia en línea, con
sus audífonos bien puestos, se maldicen entre sí, ríen, pelean. Yo por mi
parte, sé que es el momento perfecto para ir al baño y comenzar a
estimularme.

Me levanto de la silla y salgo para el baño, sentada en el inodoro con
los panties abajo, meto las manos por debajo de mi saco y blusa y
comienzo a acariciar mis senos, siento como mis pezones reaccionan
poniéndose erectos y duros, sigo acariciando mi cuerpo, mis piernas, y
comienzo a jugar con mi entrepierna masajeándome suavemente.

Con el celular en la otra mano, comienzo a navegar por perfiles de
hombres musculosos en Instagram, esos que están muuuuy bien dotados,
algunos de ellos están en el gimnasio, postean fotos mostrando sus
avances y otros, suben videos mientras entrenan y gimen por la fuerza que
hacen al levantar el peso.

Esa es mi compañía ideal para ese momento, me deleito viendo nuevos
videos cada día, imagino que soy yo la que está ahí en mitad de sus piernas
y que ellos se esfuerzan por penetrarme con furia; inevitablemente
comienzo a mojarme y mi vagina se calienta.

En el baño de la oficina hay un espejo frente al sanitario en el que puedo
ver mi reflejo, me gusta observar mi cara de excitación.

Algunas veces abro una ventana dentro de la ducha que tiene el baño de
la oficina y que da la cara a otro edificio que es de uso residencial.

A medida que me excito más, repito varias veces el mismo video, en
especial, el de este entrenador de piel negra, abdominales marcados y
grandes, unos brazos tan fuertes que quisiera ser su sumisa, este hombre
es tan grande que imagino que esa verga debe ser descomunal.

Ahora, me tiro en el baño y me acuesto en el frío baldosín, que crea un
delicioso contraste con mi piel que arde.

Sin parar, comienzo a jugar con mi clítoris, ese maravilloso botón que
la naturaleza nos dio a las mujeres para estallar de placer una y cuantas
veces queramos.

Continúo frotándome fuertemente mientras el celular lo tengo frente a
mis ojos, mi hermoso adalid de ébano entrena con tanta fuerza que sus
músculos parecen explotar y yo siento como si estuviera encima de mí,
cada vez froto mi clítoris más fuerte y comienzo a penetrarme con uno,
dos dedos, sé exactamente dónde está ese punto rugoso, que se ha
hinchado al interior y genero fricción contra él, me penetro a un ritmo
que cada vez se hace más veloz y con más fuerza, hasta que ese delicioso
orgasmo comienza a suceder y mi cuerpo tiembla, así como mis tibios
jugos se derraman de mi vagina y mojan el suelo frío del baño.

Limpio todo, lavo mis manos y salgo del baño como si nada hubiera
pasado, para dirigirme a mi escritorio, mientras camino miro a este par
de hombres, que son más como niños jugando frente a una pantalla, ellos
no se enteran de nada.

Algunas veces, me masturbo dos veces seguidas mientras estoy dentro
del baño, algunas veces estoy tan caliente que no lavo mis manos, para
sentir el olor de mi vagina mientras trabajo, el olor de sexo.

Últimamente he estado teniendo una nueva experiencia. Me he dado
cuenta que tener una correa de cuero bastante apretada en la parte baja de
la cintura me genera unos orgasmos más placenteros, y estoy llevando a
mi oficina, esta curiosa prenda de vestir que nunca uso realmente para mis
vaqueros. Solo la uso para sentir un poco de presión, que por algún
motivo me excita aún más.

La semana pasada, sucedió algo fuera de lo normal. Nunca cruzó por
mi mente que algo así pasaría, y aunque es bastante extravagante, hoy por
hoy me siento feliz de haber tenido esa experiencia, porque creo que
nunca en mi vida había disfrutado de tanto placer al mismo tiempo y no
creo que volverá a pasar algo así, o ¿quizás?

Eran aproximadamente las dos de la mañana y mis compañeros de
trabajo como es habitual estaban frente a sus computadores.

Este fue uno de esos días raros en los que tenemos un día festivo entre
semana, era jueves y el viernes era festivo, por lo tanto estábamos casi
seguros que iba a ser muuuuy aburrido, el país completo de rumba y
nosotros enclaustrados íbamos a tener un fin de semana más monótono
que de costumbre.

Los chicos de vez en cuando compran algo de licor para pasar el frío de
la noche dentro de la oficina, y esa noche decidieron que iban a tener su
sesión de videojuegos animada por brandy y algunas cervezas.

Yo nunca dije nada a los jefes, pero sabía que ellos escondían el licor en
termos para café, ya que las cámaras en la oficina los podrían delatar. Hay
cámaras en toda la oficina, excepto en el baño.

Así es como todo transcurría tal y como lo previsto, no había ninguna
novedad, la ciudad estaba silenciosa.

Si mis compañeros tenían licor, yo por mi parte, me armé con
chocolates y snacks porque sabía que el tedio sería infinito.

Sentada en mi escritorio, monitoreaba las estadísticas del tráfico, a la
vez que me entretenía viendo estúpidos videos en Facebook de esos que lo
hacen reír a uno.

Desde el ángulo del escritorio, puedo visualizar lateralmente la pantalla
de mi compañero, el gordito, y mi sorpresa no fue mucha cuando alcancé
a ver que tenía un video porno y lo estaba compartiendo con mi otro
compañero “gafitas”, ellos se reían y se comunicaban a través de chat.

Curioso fue cuando bajé mi mirada y bajo el escritorio, pude ver que
“gafitas” tenía un bulto bastante pronunciado entre sus piernas. La verdad,
es que jamás había ni siquiera percibido a mis compañeros de trabajo
como seres sexuales, creía que eran muy aburridos y no había nada
candente allí. Pero, ¡oh sorpresa! Gafitas está más que bien dotado.

De cuando en cuando, “gafitas” se masajeaba su bulto con la mano,
ellos no querían levantar sospechas, pero yo percibí todo. Tenían una risa
nerviosa y ya estaban bastante tomados.

De alguna manera la visión de gafitas me obligó a ir al baño, yo
comencé a sentir mi vagina húmeda, sin necesidad de más estímulo que el
de mi propio compañero. Sí, increíble, pero me estaba excitando por
Gafitas.

Así que cuando me dirigía al baño, me dio por pasar por el puesto de
gafitas, el se sobresaltó, por verse sorprendido, yo le hice una seña de que
todo estaba bien y por un impulso que no quiero explicar me acerqué a su
oído y le dije:

- “Si vienes al baño, te puedo ayudar a liberar todas
las tensiones”.

Él quedó sentado allí, atónito y casi “asustado”, sin saber qué hacer.

Yo estaba solo jugando con el tímido gafitas. Me fui para el baño y
comencé mi ritual. Nunca se me cruzó por la mente que gafitas tuviera la
osadía de ir, así que simplemente comencé con mi sesión masturbatoria.

Esta vez me quité toda la ropa, no levantaría ninguna sospecha mi
demora en el baño, el trabajo se estaba desarrollando automáticamente en
el computador.

Frente al espejo del baño, me observaba totalmente desnuda, solo dejé
la correa de cuero alrededor de mi parte baja de la pelvis.

Como aún tenía una chocolatina en mi bolsillo, me comí otro pedazo.

Estaba tomando todo el tiempo necesario, para disfrutar sin ningún
afán.

Me tomé el tiempo necesario para disfrutar de mis grandes ojos negros,
mi cabello negro, que aunque corto, es liso y brillante, mis carnudos
labios, el tatuaje en forma de jaguar que tengo en la parte baja del
abdomen, el piercing en mi lengua, mi piel blanca y mis senos pequeños,
erectos luciendo unos rosados pezones.

Aunque con una pinta un poco “hippie”, soy definitivamente atractiva, y
mi cuerpo invita a follar.

Seguí masticando mi chocolatina, que se ablandaba debido al calor de
mis manos. Un pedazo de chocolate cayó en el suelo y otro pedazo fue
detenido en la parte baja de mi abdomen. Mis dedos estaban
completamente cubiertos con el chocolate y comencé a esparcir ese
chocolate que tenía en mis dedos sobre mi pubis y mi entrepierna.

El recuerdo de la erección de gafitas no salía de mi cabeza mientras
acariciaba mi clítoris con las manos.

Mi respiración comenzó a agitarse, el espejo se comenzó a nublar
también debido al vapor.

Me senté en el mesón del lavamanos y recosté mi cuerpo en el espejo.
Comencé a gemir y no me importó callar.

De pronto, sentí una bulla afuera del baño, ví sombras que se movían y
se filtraban bajo la puerta. Esto me cortó de alguna manera, y
cautelosamente, me puse la camiseta por encima y me dirigí a la puerta en
completo silencio. Pero la bulla de afuera se trataba de la respiración
agitada de “gafitas” y mi “gordi”. Se estaban masturbando por mí.

Percibir a mis dos compañeros encendidos porque estaban
vigilándome, me generó una urgencia interna, angustiosa que se convirtió
en calentura. Decidí abrir la puerta y allí estaban ellos, como adolescentes,
cuando se reúnen a masturbarse. Ellos dos estaban masajeando sus
miembros con vehemencia.

Ahora fui yo quien los sorprendió. Todos nos miramos y hubo un largo
silencio, me sentía como la profesora cuando sorprende a sus alumnos
haciendo “cochinaditas”.

Entonces los invité a entrar al baño, tiré mi camiseta al suelo, bajé los
pantalones de gafitas y su miembro salió a la luz. Yo no estaba
equivocada, era un miembro descomunal.

Lo masajeé para preservar su erección, que cada vez se hacía más
grande. Gordi estaba en el rincón del baño, pasmado y sin saber qué hacer.

Gafitas estaba incontrolable y su erección imparable estuvo a punto de
estallar cuando puse mi boca en su pene. No me preocupé nunca de Gordi,
porque en ese momento mi único interés estaba en el miembro de Gafitas
hasta ahora descubierto después de años de trabajar juntos en el mismo
escritorio.

Era irónico saber que Gafitas jamás produjo atracción en mí y ahora
me tenía enloquecida con su inmenso pene y su erección.

Aunque sentía que Gafitas quería desesperadamente emanar su leche en
mi boca, yo paré y él como un buen niño comenzó a lamer mi conchita,
que aún conservaba el sabor de chocolate fresco.

Y ésta fue otra sorpresa para la noche, Gafitas sabía besarme allí abajo
como un experto. Yo estaba a punto de tener mi orgasmo y le pedí a
Gafitas que apretara la correa cada vez más, el comenzó a apretar a la vez
que lamía mi clítoris y me penetraba con su lengua. Mientras Gafitas lo
hacía, yo miraba a Gordi, quién seguía en ese rincón del baño, sudando,
intimidado y paralizado.

Llegué a mi orgasmo, uno como nunca había tenido. Casi doloroso,
angustiante, lento pero fuerte. Salieron de mí esta vez jugos vaginales por
doquier, parecía que fuesen orina, pero era simplemente el éxtasis
profundo de un orgasmo jamás soñado.

Después de mi orgasmo decidí ayudarle a Gafitas a tener su propio
placer. Era tan fácil, bastó con un poco más de masaje para poner ese pene
en el sitio preciso, unas chupadas, un poco de presión con mi mano en la
base de su pene y ahí estaba, la leche se derramó por mi cara sin demoras.

Completamente satisfecha, me lavé mi cara en el lavamanos, me limpié
el cuerpo y cuando me acerqué a la ducha a tomar una toalla descubrí que
la ventana estaba abierta, habíamos sido expiados durante toda nuestra
sesión.

El edificio de enfrente tenía dos luces prendidas, había una mujer en una
ventana y otro hombre en otro piso aún más alto también observando.

Cerré la ventana y miré a Gafitas y a Gordi, tal parecía que Gordi se
había percatado de los espías, pero Gafitas y yo estábamos lo
suficientemente entretenidos como para darnos cuenta.

El licor hizo su efecto en los chicos y ellos empezaron a reir, primero
una risa nerviosa y tímida, que se fue transformando en una risa a
carcajadas contagiosa que terminó por hacerme reir a mí también.

A carcajadas, Gordi salió del baño primero que nosotros, Gafitas lavó
su pene en el lavamanos y yo terminaba de vestirme. Fue cuestión de
segundos cuando Gordi regresó al baño gritando que teníamos trabajo,
que había millones de mensajes en los computadores del jefe de contenido
del portal, ya que esta noche falleció un famoso cantante y teníamos que
producir contenido al instante.

Con la prisa que una noticia de éstas produce en nosotros, nos
arreglamos como pudimos y salimos al escritorio para trabajar.

Sabíamos que alguien podría ser despedido porque nadie contestó el
chat en el momento indicado. Pusimos manos a la obra para rescatar lo
que pudiéramos de audiencia digital, y a pesar de nuestros esfuerzos que
no escatimamos, solo logramos unas cifras decepcionantes.

En el comité semanal de edición que se realiza los lunes, el jefe reclamó
por el pobre trabajo desarrollado. No pudimos evitarlo y la persona que
fue despedida fue Gordi.

Nadie se atrevió a decir nada de lo que pasó. Gafitas y yo nunca
volvimos a mirarnos a los ojos, ni a hablarnos. El por pena y bochorno
conmigo, yo porque simplemente no quiero tener nada más que ver con él.

Cada uno llega a su trabajo en las noches y el reemplazo de Gordi aún
no ha sido conseguido. Solo somos Gafitas y yo, en esta enorme oficina,
fría, húmeda y tediosa.

Yo sigo teniendo mis sesiones masturbatorias, Gafitas lo sabe. A veces,
cuando me dirijo al baño a consentirme, paso por su puesto y riéndome le
digo al oído:

- “Si vienes al baño, te puedo ayudar a liberar todas las
tensiones”.


Sombra 3. Soy veterana e insaciable






Puedo ver como mi estilizada figura se dibuja en el vidrio de la puerta
de la cocina de mi casa, mientras hablo por el citófono y autorizo al
celador para que deje pasar al mensajero del minimercado y entrar al
condominio.

Me miro a mi misma reflejada en el pulcro cristal, 1.90 cms de estatura
muy bien distribuidos. Sí, soy un poco alta para el común de las mujeres
aquí en mi país, y cuando estaba joven, esto siempre me hacía sentir mal,
mis compañeros de curso se burlaban y yo debía mantener una posición
gacha para disimular, arruinando mi columna.

“La jirafa” me llamaban, y mi cara nunca llamó la atención de nadie,
porque mis ojos verdes se escondían tras unas gafas, mientras mi larga
melena de rizos dorados, siempre limpia y oliendo a rosas, ocultaba mi
cara todo el tiempo.

Claro, mi vida sexual comenzó muy tarde, la timidez siempre se
apoderaba de mí y era difícil encontrar un hombre “a mi altura”, literal.

En esa época, veía cientos de películas, comedias románticas, con unas
protagonistas altísimas, que lucían más sensuales que nadie, asediadas por
hombres de todas las clases. Si ellas podían, ¿yo por qué no?

Traté de salir con los chicos de mi colegio, pero siempre me aburría,
ellos querían besarme, tocarme y yo salía corriendo, me parecían sucios y
nunca los vi atractivos. Mi vida sexual durante la secundaria no pasó de
algunos besos sin sabor.

No podía creer cuán grande era mi incapacidad de sentir una atracción
fuerte por los hombres de mi edad, a tal punto que hasta me llegué a
preocupar, creyendo que quizás yo sufría de alguna afección ó era
asexual.

Recuerdo con claridad que realmente sentí alguna atracción sexual por
un chico, sólo cuando él tenía buen olor, o su colonia me atraía. Tenía que
ser alguien muy limpio, casi que iluminara y de piel blanca como la nieve.
Pero aquellos chicos que olían bien, usaban la loción solo para ocultar su
falta de aseo, siempre me llevé esa decepción.

Mis sesiones masturbatorias desde que cumplí 17 años, consistían en
todo un ritual, tomaba algún pañuelo, le ponía la loción de mi padre y me
encerraba a estimular mi clítoris con el pañuelo en mi nariz.

También compraba barritas de incienso que ponía en mi habitación,
todo lo que implicaba olores me calentaba, el olor de la canela, la vainilla,
el coco, las rosas, entre otros, todos generaban una mezcla embriagante.

E intentando ser un poco más atrevida, ordené un vibrador por internet,
que recibiría yo misma para que mis padres no se dieran cuenta. Me tomé
mucho tiempo para escoger el apropiado, casi no lo encuentro, y me
decidí por un vibrador blanco, absolutamente blanco.

Mis extrañas sesiones masturbatorias continuaron por años hasta que
estaba terminando la universidad.

Así que sintiéndome diferente a mis amigas al no haber sido penetrada
por una verga de carne y hueso, y ad portas de cumplir mis 24 años, pensé
que si salía con alguien mayor, quizás lograba descubrir nuevas
sensaciones. Y así fue, definitivamente descubrí sensaciones impensables.

Comencé a coquetear con un profesor que me traía loca, él nos daba el
curso de Resistencia de Materiales, era un hombre que vestía perfecto, su
traje siempre sin una sola arruga, camisa blanca, piel casi traslúcida, y
usaba una loción indescriptible. Cuando la clase terminaba, yo siempre
busqué la forma de tocarlo, me acercaba a preguntar alguna idiotez y
rozaba su mano, para que dejara la mía impregnada de su olor. Luego,
salía del salón con mi vagina mojada, emparamada y corría al baño de la
universidad, para penetrarme con mi vibrador blanco mientras olía en mi
mano su loción.

El siempre notó mi atracción, yo le dejaba ver en sus clases lo excitada
que me dejaba, así que no había que ser un sabio para percibir las señales.

Días después, él me invitó a salir. Se trataba de una cena “romántica”,
claro que en realidad yo sabía que quería follarme duro, pero tuvo tan
mala suerte que no hizo reservas en el restaurante y cuando llegamos
estaba totalmente ocupado. Yo me irrité un poco, la salida no comenzó
nada bien, todo el tiempo le veía acomodar su erección bajo el pantalón.

Traté de relajarme, le pedí que me llevara de vuelta a mi apartamento,
su carro era increíblemente limpio, sillas tapizadas en cuero blanco, y él
como siempre lucía perfecto, la atmósfera creada dentro del carro me
quitó mi irritación y por el contrario comencé a excitarme. Él me besó y
tomo mi mano para que le tocara su verga que estaba gigante y erecta, me
metió la mano por debajo del pantalón y lo único que logró en mi fue un
poco de náuseas cuando sentí una gran ramo de vello púbico, su verga
estaba casi sudando y caliente, y la punta de su miembro que ya emitía
algún líquido espeso, así que quise que me llevara pronto a mi casa, estaba
asqueada.

Él, para no echar todo por la borda, me invitó a su casa a tomar un vino.
Yo le dije que sí, finalmente necesitaba un baño donde lavar mis manos
urgentemente.

Cuando llegamos a su casa, el abría la puerta y nos encontramos con la
escena más épica; su hijo penetraba a su compañero del colegio.

En ese momento no supe por qué, pero la escena me puso a mil, esto me
calentó más de lo que nunca había visto antes, su hijo me excito más que el
mismo padre.

Este niño, aunque de 19 años, parecía de 15, se veía increíblemente
limpio, no tenía un solo vello en su cuerpo, su pene grande pero limpio y
olía tan bien allí. Tenía el mismo tono de piel de su padre, blanca como la
nieve casi traslucida, ojos color miel, parecía sacado de un cuadro de
Dalí, parecía el Miguel Ángel, aunque más inocente y delgado.

Claro, para mi profesor fue un momento de shock, él no tenía idea que
su hijo era homosexual y no sabía ni cómo comportarse. Los dos chicos,
se levantaron de un solo tirón, trataron de ocultarse rápido bajo la ropa,
pero yo no perdía de vista a este chico a quién acababa de ver tan
entusiasta penetrando a su compañero.

Las imágenes y los olores de ese momento se me quedaron clavados en
la vista y el olfato. El profesor se disculpó, el muchachito que estaba
siendo penetrado se fue casi corriendo y el hijo de mi profesor se vio
obligado por éste a acompañarnos en el carro mientras me llevaban al
apartamento.

Por esta época, yo vivía en un apartamento de soltera, alejada de mi
familia, como cualquier otra universitaria.

El viaje en el carro de vuelta a mi apartamento fue bastante incómodo,
ni una palabra, y yo estaba desesperada por llegar, mis manos aún estaban
pegajosas de los líquidos preseminales de mi profesor y al mismo tiempo
mi tanga se mojaba con grandes descargas de líquidos pensando en lo que
acababa de ver y observando al hijo de mi profesor por el retrovisor.

Me dejaron en la puerta de mi edificio, me baje del auto, muy nerviosa
me despedí de mi profesor y su hijo sin siquiera mirarlos a los ojos.

No más fue llegar al apartamento y corrí a lavarme las manos, luego
busqué en internet cualquier cantidad de videos porno con hombres
jóvenes. Los había de todas las categorías, homosexuales, teens, caseros, y
los famosos videos MILF (Mother I Like to Fuck), Madre que quisiera
follarme, éstos fueron los que más me gustaron.

En mi pequeño laptop comencé a reproducir uno tras otros,
especialmente aquellos donde los chicos eran similares al hijo de mi
profesor, que podría ser mi hijastro.

Abrí uno de estos videos y me arme de todas las herramientas
necesarias para una buena masturbación, aunque estaba que no aguanta y
mi vagina pedía a gritos ser penetrada y mi clítoris ser estimulado, traté de
disimular mi urgencia y comencé a organizar cosa por cosa para mi
ritual.

Fui al baño, saqué todas las esencias, me cambié de ropa, me puse ropa
interior limpia, de encaje, liguero, una bata de seda fría suave, prendí
algunas barras de incienso mientras me aplicaba varias cremas en el
cuerpo con los olores más refinados.

Luego me fui a mi habitación, cambié las luces a bajas, mi cama estaba
tendida con un fino cubrelecho blanco, grandes almohadas, saqué de un
cajón de la mesa de noche, un vibrador grande y blanco, una mariposa con
arnés para estimular mi clítoris, mientras me masajeaba el cuerpo
lentamente y con firmeza. Saqué algunos lubricantes guardados en mi
cajón.

Olvidé mencionar que al no haber sido nunca penetrada por nadie hasta
ahora, me había armado de un arsenal de juguetes, aceites y lubricantes,
después de que mi primer juguete ordenado por internet, fue reemplazado
por uno más grande. Así, todo lo adquirí virtualmente.

Sobre mi cama estaba el laptop, color gris claro, y con el video pausado
esperando para ser disfrutado por mí.

El video comenzó y yo empecé a hacer todo lo que hacía la MILF del
video, mientras me daba golpecitos por encima del pantie con el vibrador
blanco, sentía como cada vez mi pantie estaba más mojado. Con una mano
sostenía el vibrador y con la otra me masajeaba mis senos, que estaban
firmes y erectos. Suelto el vibrador y tomo un poco de aceite para mi
torso, sigo masajeando mis senos y me quito el pantie como una
profesional, lo bajé con las manos y luego con las piernas lo terminé de
quitar.

En el video, la MILF seducía a un jovencito de 20 años, ella era de unos
35 años. Se desvestía con malicia, hasta yo me calentaba de ver cómo lo
hacía.

Luego, me quite mi bata, solo quedaba puesto mi sostén, que me lo dejé
puesto pero con mi par de tetas al aire que sobresalían.

Mi respiración estaba muy agitada, empecé a tocarme el clítoris con
fuerza. Curiosamente, la MILF del video tenía también una depilación en
su zona púbica de triangulito, igual a la mía, aunque la mía era de vellos
rubios.

Seguí sobándome el clítoris y mi vagina, todavía sin meterme nada
adentro, mientras en el video, veía al joven acostar a esta MILF con fuerza
en la cama, él estaba bien provisto, una verga enorme, piel muy blanca,
perfectamente depilado, mi fantasía.

De pronto el joven comienza a penetrarla de frente y ella ponía sus pies
sobre los hombros del niño, ahí no aguante más y me introduje el
vibrador blanco de un solo tirón y con fuerza, tal como el video.

No tuve tiempo de usar mi mariposa, rápidamente viendo la cara de este
niño llena de placer en el video, me corrí y fue tan fuerte que un pequeño
chorro transparente salió de mi vagina. Me asusté, pensé que era orina, ese
fue mi primer squirt, pero yo no sabía lo que era. Solo sé que era de esas
corridas que nunca había tenido en la vida, tanto así que quedé exhausta.

Apagué mi laptop y cambié todas las sábanas con todo el cuidado, no
soporto que haya algo sucio, luego tomé una ducha y lave muy bien mi
vagina y mis partes íntimas.

Pasaron cuatro años, en los cuales empecé a salir con hombres y perdí
mi “virginidad” con una verga de verdad. Sinceramente, no quería
sentirme rara y solo quería tener relaciones que parecieran normales, por
eso tuve dos parejas en ese tiempo.

Me dejaba penetrar, pero yo no era capaz de hacerle sexo oral a nadie,
ni mucho menos permitía que ellos me lo hicieran a mí, mi asepsia no me
lo permitía, me parecía asqueroso.

Sabía que en mi vida iba a tener que fingir placer con tal de sostener
relaciones. Así que mis momentos de escape eran mis masturbaciones
viendo videos de jovencitos que se cogían a mujeres que podrían ser sus
mamás, esos eran mis mayores momentos de placer y cuando me corría
en cantidades.

A los 28 me casé con un hombre con el que podría estar bien,
profesional como yo, trabajador, “un buen hombre”. A él lo ascendieron
rápidamente ya que es bastante brillante y nos mudamos a esta casa.

Pude decorarla a mi modo, muy minimalista, pero con elegancia, todo
estilo loft, todo blanco. A mi esposo no le gustaba mucho la idea pero las
mujeres siempre ganamos la batalla en esos temas. El permitió que yo
siguiera trabajando, parece ser un hombre imperturbable. Nunca entendí
como no le afectaba que nuestra vida sexual fuera tan aburrida. Siempre
que terminamos de tener sexo siento un deseo incontrolable de lavarme,
bañarme, como si estuviera sucia de él.

Seguí masturbándome como de costumbre viendo videos con
jovencitos, generalmente mi esposo llega más tarde que yo del trabajo y
mis juguetes yacen guardados bajo llave, él no tiene idea que existen.

Uno de los privilegios de vivir donde vivo es que todo me lo traen a
domicilio, y para mí ha sido un desfile de jovencitos de diferentes partes
que llegan a traerme mis encargos. Yo los hago entrar hasta la cocina para
que dejen los paquetes, con la excusa de que no puedo levantar nada, solo
para verlos desfilar. Apenas se van, una sesión masturbatoria es segura.

Uno de esos días, uno de los jovencitos, el del minimercado, me dejó
unos paquetes y salió. Yo corrí a masturbarme, este niño era uno de los
que más malos pensamientos me producía, (o buenos?). La puerta se
quedó a medio cerrar, yo solo quise ir corriendo a mi cuarto, saqué mi
vibrador, y me lo metí de un solo empujón, duro, durísimo. Estaba
gimiendo de placer, me masturbaba y me tocaba mis senos, cuando de
repente, miro hacia la puerta del cuarto y el niño del domicilio estaba
parado viendo mi espectáculo.

En un principio me dio vergüenza, no sabía qué hacer. Pero noté que él
lo estaba disfrutando, y que debajo de su delantal de trabajo se levantaba
un bulto que denotaba una erección.

El mencionó entrecortando sus palabras:

- Que pena Sra. Marta, es que… no le dejé el dinero de
las vueltas y me devolví a dárselo y pues… como la puerta estaba
abierta… yo…

Verlo así, con su voz quebrada, tan nervioso, me puso más lujuriosa que
nunca. Le dije:

- Tú nunca has estado con una mujer de verdad, no es
cierto?... Ven, aprovecha que estoy mojadita y que no me he corrido y
te muestro lo que es una mujer.

No fui siquiera consciente de lo que decía, las palabras salían de mi
boca sin pensar.

Él se acercó a la cama y yo le mandé la mano a su pantalón, le quité la
bata, le baje el pantalón y su bóxer, salió de allí una verga blanca, estaba
casi sin vellos, erguida y con ganas de penetrar algo.

Lo acosté en la cama y me senté encima de él, si, yo era mucho más
grande, tenía el control. Con mis manos, tome su verga y me la metí en mi
vagina, no me había sentido tan perra, tan vulgar jamás, pero lo estaba
disfrutando.

El estaba entre asustado y excitado. Lo cabalgué, era delicioso, le quite
la blusa y descubrí un torso pulcro, sin vellos, casi traslúcido, seguí
cabalgándolo y me estimulaba mi clítoris con una mano.

- Esto es una mujer de verdad, te gusta, bebé?, te
parece rico?, mira chúpame las tetas, nunca has tenido unas tetotas
como estás en tu vida, (yo sobre él, mientras el me chupaba como un
bebé succionando leche)… Así es, que rico mi niño, chúpame más,
chúpame durito, se sienten unas cosquillitas ricas.

Él estaba a punto de correrse, lo podía sentir por su respiración y su
pene dentro de mí. Por eso me bajé, no quería que acabara tan rápido y
supe como detener su eyaculación. Él estaba mudo.

- Te voy a chupar esa verga como nunca lo han hecho
antes, quieres?

Para mí era un placer meterme ese trozo de carne fresca a mi boca, era
como comerse un helado suave, dulce y tierno, el gemía, yo me metía los
dedos en mi vagina a la vez que le chupaba su verga.

- Ahora quiero que me chupes mi cosita… (le dije).

Me acosté en la cama y le cogí la cabeza, él era tan indefenso. La puse
en mi vulva y le decía:

- A ver mi niño, chupa, saca esa lenguita y chupa mi
clítoris, eso es, mueve la lengua en circulitos, arriba, abajo, ahora
más rápido, méteme dos deditos, eso es… eso es… dame lenguita
rico….

Y entonces me corrí con un gran chorro, un gran squirt, que se
convirtió en costumbre, cada vez que me masturbaba. Era la primera vez
que lograba esto sin masturbarme y con un hombre de verdad, ya que cada
vez que follaba con mi esposo tenía que fingir los orgasmos, cuando
mucho lubricaba.

El niño me miró y asustado quería vestirse. Le dije:

- No, tú no te vas de aquí hasta que no me regales tu
lechita… vamos a ver…

Y volví a darle un sexo oral que nadie creería, para ser mi primera vez,
estaba muy bien, el niño se corrió rapidísimo y su lechita quedó esparcida
por toda mi cara.

Él se fue corriendo después de todo, parecía siempre nervioso y con
una actitud inocente. Yo le grité que regresara, casi en tono de orden, el
vino al cuarto y le regalé unos billetes, además le dije, quédate con las
vueltas.

Pero yo que estaba más perra que nadie ese día, dejé su semen en mi
cara y seguí masturbándome durante una media hora, me corrí varias
veces, litros de squirt mojaban mi vibrador, que tiene chupa para poderlo
fijar en el piso; lo puse en el suelo y lo cabalgaba acordándome de este
niño. Alrededor del vibrador, los líquidos vaginales bajaban hasta el
suelo, como un helado que se derrite, en mi mente recordaba esa hermosa
y deliciosa verga, fuerte, dura y con ganas de comerse el mundo.

En dos meses cumplo 36 años, ya llegó mi niño, suena el timbre y debo
ir a abrir, lo estoy esperando con una bata de seda fría. Por supuesto éste
es otro niño, mi primer niño lo descubrí a los 31 años, y ya se hizo muy
grandecito para mi gusto.

Cada año cambio de bebé, sé cómo detectarlos y como seducirlos, no
hay nadie que se resista a una mujer de clase, que está tan deliciosa como
yo, que lo limpia, lo baña, lo depila y además, le da dinero y les demuestra
que las mujeres también eyaculamos, aunque se asustan un poco al
principio porque nunca lo han visto antes, mis bebes se vuelven adictos y
mi gran chorro de squirt.

A veces salgo a las calles y me excito mirando jóvenes, camino un rato
por los centros comerciales, supermercados, zonas de bares y me dirijo
inmediatamente a mi casa a masturbarme.

Mi esposo siempre llega de su trabajo después de mis extravagantes
faenas.


Sombra 4. El placer de mi voluptuosidad






Los parámetros de belleza siempre han estado clavados en nuestras
mentes femeninas desde que somos niñas, luego cuando nos convertimos
en adolescentes y pasamos a ser adultas.

Mi nombre es Martha, soy una gordita más que luchó y peleó contra su
propio cuerpo hasta llegar a odiarlo.

Miles de dietas milagro, la de la piña, la de los jugos, la de los siete
días, de un mes, de los cinco días, de las grasas, de proteínas, acupuntura,
gimnasio, mesoterapias, en fin, todo un arsenal de posibles curas que
podrían ayudarme a combatir mi sobrepeso.

Mi falta de autoestima nunca dejó que tuviera una relación sana
conmigo misma ni con mi sexualidad.

Tengo 37 años, soy odontóloga y mi paso por la universidad fue el más
catastrófico. Tuve que soportar el bullying de muchos de mis compañeros
y compañeras, que hacían bromas en voz alta durante las clases.

- “La cerdita se metió a estudiar odontología para
inventarse la vacuna contra el diente demoledor”

Curiosamente, mis curvas eran armoniosas, sí, gordita pero
provocativa. Lo que pasa es que cuando estaba en la universidad, nunca
dejé ver mis curvas por el miedo a lo que dirían, por eso siempre usaba la
ropa más ancha que pudiera conseguir y las blusas más holgadas, ya que
mis senos eran 38 BB.

Antes de irme para clase, pasaba horas mirándome al espejo, intentando
encontrar alguna disminución de centímetros, pero mi cuerpo parecía ser
el más terco del mundo y estar obstinado en batallar en mi contra.

Claro que tenía mis admiradores. En la lista podría mencionar, todos
los conductores de buses, taxistas, los que atendían en las cafeterías de la
universidad, el señor que vendía los jugos y las frutas, los señores de la
limpieza de la universidad, y hasta un profesor que ya no cumplía años,
sino centenarios.

Mientras tanto, yo suspiraba por otros compañeros que nunca me
mirarían con el deseo que yo tenía por ellos, en especial, había uno de
ellos del cual yo era fan. Era un chico brillante, jugaba fútbol como
ninguno, tenía un pequeño tatuaje en su cuello con forma de ancla.
Siempre me llamó la atención, y sólo una vez me atreví a llevarle unos
chocolates, a lo cual, él respondió riéndose:

- “La verdad no me quiero ver como tú, ni quiero que
Anacris se vea como tú, (risas), pero serán un buen snack para todos
los jugadores del equipo, les daré tus saludos.

Un motivo más para que todos se burlaran, ahora todos los que
entrenaban con el equipo de la universidad sabían de mi detalle y yo solo
quería que me tragara la tierra.

Así pasaban mis días en la universidad y de alguna manera ya me había
acostumbrado y lo superaba fácilmente.

Aunque muchas mujeres lo nieguen, todas, todas nos hemos masturbado
en la vida. Y como es de esperar, yo no podía ser la excepción, estaba en
mis años de adolescencia con las hormonas a mil y necesitaba
satisfacerme.

A pesar de que nunca usé ningún aparato ni nada raro, mi mano, mi
almohada y mi cama eran mis mejores amigas en esos días de calor.

A mis veintitrés años jamás había sido penetrada, ni por mis dedos, ni
por algún objeto y menos por un hombre. Todavía creía en eso de la
virginidad y la posibilidad de ser descubierta con el himen destruido era
inconcebible y poco “honorable” para el día que me casara. Mis padres
eran seres supremamente tradicionales.

Mis habilidades sociales de adaptación me sirvieron para hacerme a un
grupo de amigos, la verdad, yo era “uno” más de ellos.

En el octavo semestre de la universidad, la hermana de uno de nuestros
compañeros celebraba su fiesta de quince años, por supuesto todos fuimos
invitados.

Pasé toda una semana visitando tiendas de vestidos de gala para poder
encontrar algo que se adaptara a lo que quería, quería verme bella, por
primera vez en mi vida había decidido que sin importar mi sobrepeso,
quería verme sexy.

Es increíble todos los sacrificios que tenemos que hacer cuando
tenemos kilos de más para encontrar algo que nos haga lucir nuestra
belleza natural. Yo odiaba tener que entrar al vestidor y salir siempre
sudando después de una guerra con vestidos que definitivamente no
entrarían nunca.

De tanto andar, encontré un vestido, era de color rojo vino, pero la tela
un tanto licrada, ayudaba a reducir considerablemente mi cintura y mis
senos sobresalían al igual que mi cola, grandísima y con mucha carne.

Al principio pensé que no sería lo más adecuado, me vería quizás un
tanto vulgar, pero decidí llevarlo porque era lo único que me había
funcionado y porque no quería pensar más en lo que podrían decir mis
compañeros.

No niego que toda esa semana me la pasé casi punta de agua y una sopa
“quemagrasa”.

El tan anhelado día de la fiesta había llegado y quise sorprender a todos
y mi misma así que decidí cambiar el color de mi cabello que usualmente
era un castaño medio, desaliñado, sin forma y cuidado, por un color rojo
oscuro, que estaba de moda en esos días.

Mi sorpresa al mirarme al espejo, vestida y con mi cabello arreglado
fue enorme. Me veía como Jessica Rabbit. Mi cambio era increíble y
descubrí que más allá de mis medidas, la confianza en mi misma era lo
que me hacía lucir irresistible.

Sin embargo, temía mucho salir así a la calle, es que jamás, jamás, en la
universidad ni mi familia me había visto vestida de esta manera, y mis
padres serían los primeros en pegar un grito en el cielo y decirme:

-“Que hace vestida como una cualquiera?”

El eco de esas palabras retumbaba en mi cabeza, pero me llené de
coraje y decidí que lo iba a hacer, iba a dejar a todos con la boca abierta
cuando me vieran llegar y no me iba a dejar afectar por sus palabras.
Pensé, “si pude soportar todos los insultos, ahora menos que me
importaría lo que pudieran decir”.

Tomé un abrigo, me lo puse y salí de la casa con mente de triunfadora.

Mi entrada a la fiesta fue digna de película de Disney, todos quedaron
mudos, y creo que más por la vulgaridad de mi atuendo que por la belleza
de la cenicienta.

Yo, muy cínica, me acerqué a felicitar a la festejada, saludé a mis
amigos y le entregué mi abrigo a uno de los ayudantes en la fiesta.

Claro, aquí ningún príncipe azul se atrevía a invitarme a bailar. En
pocas palabras, tuve que entretenerme por mis propios medios. Devoré
todos los pasabocas que estaban deliciosos, bailé sola en la pista, y
disfruté, fui feliz.

Esta fue una fiesta elegante y costosa. Los meseros estaban vestidos de
frac, se veían mejor que mis compañeros de la universidad, y uno de ellos
en especial, no paraba de llevarme la bandeja con la copa de champagne
requerida.

En una de mis constantes idas al baño, este mesero me siguió.

Con un seductor coqueteo, el mesero no me dejaba entrar al baño de
mujeres, se estacionó en la puerta y yo en realidad necesitaba eliminar el
licor consumido. Mientras el se reía y yo intentaba entrar, nuestros
cuerpos se rozaban y él jugaba el papel del caballero.

Con el jugueteo mis senos estaban a punto de salir del escote. El mesero
no quitaba su mirada de mis tetazas que brincaban naturalmente con un
vaivén envidiable hasta de los mejores cirujanos. En un instante, el mesero
me haló y me hizo entrar al baño de hombres, cerró la puerta con seguro
y me lanzó contra una pared. El se recostó sobre mí y yo muy coqueta
seguía su juego. Me encantaba sentir cómo este hombre no se detenía en
delicadezas y me tomaba por la cintura firmemente. Mi cara yacía contra
la fría pared inmóvil porque con un brazo el me sujetaba sin permitirme
moverme. Me estaba dominando y a mi me encantaba.

De pronto el mesero comenzó a hablarme al oído, yo sentía su
erección en la parte baja de mi espalda y estaba realmente excitada.

Me decía:

- “ Eres la mujer más provocativa ésta noche, ví como
todos murmuraban por ti, estaban asombrados, los escuché hablar
cochinadas y morbosearte cada vez que llevaba la bandeja con
champagne a las mesas de los hombres.¿No lo notaste?”
- No… seguro hablaban de Anacris, ella está muy
bella también.
- A la mierda quién sea esa, tú eres la reina esta noche,
la puta que todos quieren tener y que yo voy a abusar lentamente aquí.

A medida que hablaba se bajaba su cremallera, subió mi vestido
por encima de mis nalgas, bajó mis tanguitas y me acariciaba con su
pene por entre el culito sin penetrarme aún.

Yo no sabía que iba a hacer, no entendía si quería que le diera mi
pequeño orificio o mi concha. Pero estaba más excitada que nunca.
Con su mano ahora comenzó a acariciar mis labios vaginales mi
clítoris. Seguía hablándome al oído:

- Me encantan las gorditas porque se mojan con
facilidad, son más sabrosas, más jugosas, me encanta meter la mano
entre sus carnes, me encanta meter mi pene entre ese par de nalgas
grandes y con movimiento. El mejor culo del mundo siempre lo
tendrán las mujeres como tú.

Yo sentía casi como si fuera a tener un orgasmo con su forma de
hablar y por lo que me decía. Le dije:

- ¿Me dejarías mamarte la verga primero? Sueño con
meterme en la boca una pija de un hombre real.
- Eso quieres puta, eso tendrás.

Con la mano que sostenía mi cabeza y casi de un tirón me dio vuelta y
me arrodilló frente a él. Sin decir nada y solo como un impulso metí su
miembro en mi boca. El decía:

- Esta es la mejor visión del mundo, tenerte
arrodillada frente a mi, sentir que mi pija crece cada vez más gracias
a esos carnosos labios… y… ese par de tetazas. Mete mi pene entre
esas tetas puta y masajéalo, chúpame hasta que derrame mi leche.

Yo seguía chupándolo y metí su miembro entre mis tetas, el parecía que
estaba cerca de alcanzar el éxtasis, pero paró, me levantó y me acostó en
el mesón de los lavabos. Decía:

- Vamos a ver, vamos a castigar esta puta por estar tan
rica y tan deliciosa. Niña mala, nunca pares de disfrutar de lo que te
gusta, ese culote y esas tetazas provocadoras, voy a clavártela duro.

En ese momento, sentí como el mesero me ha metido de un solo tirón
su pene en el ano. Y dolió, pero fue rico al mismo tiempo, yo estaba tan
excitada que solo podía pensar en que estaba siendo deseada por un
hombre de verdad. Eso me hacía feliz, un hombre deseaba mi cuerpo así,
grande, mis curvas, mis nalgas, mi carne.

El mesero embestía contra mí fuertemente, me daba palmadas en la
nalga y gemía como un toro, yo metí la mano bajo el vestido y me
masturbaba mientras él lo hacía. Masajeando mi clítoris llegué a mi
orgasmo justo al mismo tiempo que el alcanzó el suyo. Finalmente, el
derramó toda su leche en mis nalgas.

Él se organizó su frac nuevamente, yo me limpié y un rastro de sangre
quedó en el papel. Ambos habíamos quedado satisfechos y extasiados.

El mesero salió del baño primero para verificar si había alguien afuera.
Estaba todo solo, salimos del baño.

El resto de la noche me la pasé bailando sola, estaba más feliz que
nunca, el mesero me coqueteaba cuando podía y pasaba cerca de mí.

Fue la primera vez en mi vida que me sentí deseada por alguien que no
fuera de mayor de cincuenta años.

Se me hacía gracia ver a todos mis compañeros, hablando en sus mesas,
de vez en cuando bailando con las chicas populares de la universidad y
con ganas de metérmela. Tenía la certeza que eso era lo que querían pero
su instinto de conservación de una buena imagen, no les permitió
acercarse, por miedo a ser burlados por todos.

Anacris se pavoneaba con Felipe, la pareja popular de la universidad, y
solo para hacerme sentir mal, bailaban cerca de mí. Felipe nunca paraba
con sus bromas pesadas y dijo:

- Aún tengo chocolates de la otra vez, quieres que te
traiga alguno, veo que se acabaron los pasabocas.

Esta vez, su broma no causó la misma reacción de siempre. Anacris fue
la única que la celebró, mientras todos los amigos se quedaron callados y
no hicieron eco de su chanza. Yo respondí:

- No Felipe, gracias. La verdad es que esos chocolates
ya deben estar podridos y yo prefiero carne fresca.

No niego que Felipe lucía increíble, él siempre estaba en forma, con un
cuerpo atlético, su imponente estatura le ayudaba para llamar la atención
de todas y me encantaban sus rizos color oro y sus ojos miel.

Hubo un momento de la noche donde todos los “adultos” se fueron y
comenzó la rumba de los jóvenes. Es como si hubieran abierto una puerta
porque todos comenzaron a besarse indiscriminadamente, a tocarse y
hasta hubo parejas que tuvieron sexo en las mesas.

Yo no quitaba los ojos de encima de Felipe y sentí era envidia por
Anacris, él le besaba, su cuello, sus senos, me miraba para provocarme.
En mi imaginación yo creía que podría ser yo esa, pensaba que Anacris
era tan afortunada, pensaba que yo sí que disfrutaría de los besos, la
lengua, el cuerpo de Felipe.

La fiesta se puso cada vez más candente, la música y la oscuridad
invitaba al sexo, sin tapujos, las parejas gemían, estaban realmente
teniendo sexo, y hasta algunos de los chicos se me acercaron tratando de
tener un contacto sexual conmigo, creo que habían consumido no solo
licor, sino también alucinógenos.

Yo sentí que mi parte ya estaba cumplida, yo había tenido mi momento
de satisfacción que ninguno creería, así que me fui del lugar.

Siempre agradeceré a este mesero anónimo del cual nunca supe el
nombre por devolverme la confianza en mí misma. Por hacerme sentir
que todas las mujeres podemos ser sensuales y atractivas como somos
naturalmente.

A partir de esa noche, jamás maltraté más a mi organismo con ridículas
dietas, ni con obsesiones por el gimnasio que terminaban en un festín de
chocolates y carbohidratos.

Hoy, catorce años después, me río de todas las revistas de moda y de los
parámetros que algún día quise alcanzar.

Me gradué de la universidad y no volví a relacionarme con nadie de
allí.

Inicialmente trabajaba por turnos para una clínica de urgencias
odontológicas, pero hace ocho años abrí mi propio consultorio, soy feliz
e irónicamente bajé de peso. Nunca con el objetivo de verme como otra
mujer. Naturalmente y sin el estrés de una dieta, sin la presión de la
prohibición por comer, mi cuerpo comenzó a comer moderadamente,
comencé a fijarme más en la calidad de mi alimentación que en el número
de calorías y mi cuerpo agradecido por esto, quemó bastante grasa que
realmente me sobraba.

Aunque mis senos bajaron una talla y mi cola también está más pequeña,
no dejo de ser la gordita sabrosona. Y es que ahora es que me doy cuenta
que mi cara siempre fue muy bonita, ahora que me maquillo y resalto la
belleza que hay en mí.

En cuanto a mi vida sexual, tuve mi primer novio cuando empecé a
trabajar en el hospital de urgencias, un médico, tuvimos una vida sexual
muy sana y lo disfrutaba, no voy a negarlo, pero nunca sentí de nuevo que
tuviera sexo de una forma tan pasional y ardiente como la noche
inolvidable con el mesero de frac.

Después de unos meses de abrir mi consultorio conocí mi actual
esposo, era uno de mis pacientes. Me conquistó con chocolates, él es la
persona más dulce y tierna que he conocido. Y nuestra vida sexual es la
mejor por decirlo menos.

Él es comerciante y trabaja con varios almacenes. Hemos viajado a
varios países y decidimos hacer cada vez algo nuevo para que en nuestra
relación nunca se apague la llama de la pasión.

Decidí contar mi historia porque hoy tuve una visita inesperada en el
consultorio.

Estaba sentada en mi silla preparando lo necesario para el próximo
paciente, me dio mucha lástima porque cuando lo ví entrar era un hombre
obeso y con un bastón, tenía unas gafas oscuras y estaba calvo.

Lo invité a sentarse en la silla y recostarse para examinarlo. Tenía
serios problemas de caries, hasta el punto de que deberá ser intervenido.

El hombre estando recostado en la silla, se quitó la bufanda y al girar su
cuello descubrí que era Felipe, era su tatuaje.

Felipe sufrió una lesión gravísima en un partido que lo incapacitó de
por vida para cualquier deporte y según me dijo, una depresión extrema lo
llevó a subir de peso y volverse adicto a la comida.

Es una lástima que hombres tan guapos terminen así.

Yo solo realicé mi trabajo, le di las indicaciones para su posterior
tratamiento y le expresé que sentía mucho su calamidad, juro que no fue
placentero verlo así, es una lección de vida.


Sombra 5. Rutina hospitalaria






Me casé muy joven, de tan solo 23 años, apenas estaba terminando mis
estudios universitarios y realizaba mis prácticas de medicina cuando
quedé flechada con uno de mis supervisores. Él también estaba muy joven,
tenía tan solo 32 años y ostentaba una especialización en neurología.

Eduardo ha sido un hombre maravilloso conmigo siempre, desde que
fuimos novios, tuvimos una química en todo, en nuestra vida sexual, en
nuestra vida laboral y todos aquellos conceptos acerca del futuro,
objetivos y metas de formar una familia.

Nuestro primer encuentro sexual fue en el hospital. Aquellos rumores
de que los médicos, enfermeras y todos los que están relacionados con las
áreas de la salud, tienden a ser promiscuos, son ciertos. Por lo que vi y
viví, puedo dar fe de ello.

Pero no Eduardo y yo. No tuvimos necesidad de ser infieles y recurrir a
terceros, porque la llama del deseo era permanente, nos deseábamos el
uno al otro a cada instante, parecíamos niños descubriendo el sexo.

Nuestra gran ventaja era que ni Eduardo ni yo teníamos cara de ser
hambrientos sexuales. De hecho, todos nos creían algo aburridos porque
no salíamos de rumba con nuestros compañeros de trabajo.

Mi apetito sexual siempre fue bastante bueno, a veces llegué a pensar
que era algo fuera de lo normal para ser mujer. Quizás, más de lo que
debía, pero mi educación siempre me llevó un paso más adelante y a tener
una mente abierta, al igual que mis piernas siempre lo estaban para la
persona que amaba.

No hubo lugar en el hospital que se resistiera a nuestras ganas. Lo
hicimos en las duchas, en los baños, en algunas habitaciones, en el
consultorio, hasta en una pequeña sala de cirugía, en el parqueadero, en
los pasillos, en la zona de lavandería y créanme, nada fácil, porque en ese
tiempo ya había cámaras de seguridad, así que debíamos ser lo
suficientemente astutos para no ser descubiertos.

Nunca voy a olvidar uno de nuestros encuentros sexuales en el hospital
para su cumpleaños.

Eduardo cumple años el 28 de octubre, es Escorpión, digno
representante si aquello de los signos es cierto, porque es puro fuego.

Decidí que quería darle una sorpresa, algo que saliera de lo
convencional, y ese día, Eduardo tenía turno en el hospital toda la noche.
Así que la sorpresa sería allí.

Nada de tortas, ni cenas, ni regalos especiales, esa noche se la quería
celebrar con el mejor sexo de su vida y por eso me preparé con todos los
juguetes para la maratón sexual.

Afortunadamente yo no tenía turno. Era mi día libre, por eso, desde
temprano me dediqué a mí y a estar lo más provocativa posible para
Eduardo.

En la mañana, él se levantó y yo fingí haber olvidado su cumpleaños,
salió desde muy temprano y apenas me cercioré que el cruzó la puerta de
salida del apartamento, salté de la cama para empezar mi rutina de belleza.

Me paré desnuda frente al espejo y observé mi cuerpo por un rato. Me
considero una mujer muy normal, no muy voluptuosa, no muy delgada,
saludable, mi cara también es de lo más común, lo único que siempre
resaltan en mí, es que tengo cara de brava (en otras palabras de agresiva ó
incluso de dominante). Tengo unos 1.65 cms de estatura, pecho de 86 cms,
cintura de 70 cms y cadera de 91 cms. Sí, esas son mis medidas reales, las
de una mujer de carne y hueso, no son exactamente medidas de reina. Mi
cabello es castaño, largo hasta los hombros y en mi cara resaltan mis ojos
grandes de pestañas largas y crespas. También cabe resaltar que soy una
mujer muy sensible y con el erotismo a flor de piel. Extraño debió ser
para Eduardo, que no estuviera despertándolo con una buena mamada, o
tratando de tener un rapidito antes de su trabajo, ya que así eran nuestros
despertares comúnmente.

Me seguí mirando al espejo pensando en Eduardo y recordando que lo
que más me gusto de él cuando lo vi por primera vez desnudo, es que tiene
su pecho y sus brazos cubiertos de vellos. A muchas mujeres no les gusta
esto, pero para mí es una necesidad, de lo contrario sentiría que estoy
follando con un niño.

La piel se me comenzó a poner de gallina y fácilmente comencé a
lubricar, entonces me metí al baño.

Como era un día especial, quería hacerme baños con agua de yerbas
aromáticas que compré y tenía preparadas desde la noche anterior.

Llené la tina de agua caliente y sumergí las ramas con algunos pétalos
de rosa, luego me hundí lentamente en la bañera y sentí como las hojas de
las ramas rozaban mi piel, eso me excitaba aún más, estaba muy caliente
ese día.

Aunque quería masturbarme en ese momento, no lo hice, quería
guardar todas las ganas y el deseo para Eduardo, tengo que confesar que
me toqué un rato, pero no me permití llegar al orgasmo.

Como a Eduardo le gustan las mujeres totalmente depiladas, ese día mi
rutina de depilación fue más minuciosa de lo normal, piernas, axilas y por
último mi vagina, con especial cuidado de dejar la piel lisa y suave como
un durazno que invita a ser mordido y sacarle el jugo.

Me puse la ropa que más le gusta a Eduardo, su debilidad es el encaje,
las medias y los ligueros, había comprado todo un conjunto nuevo para él.
También me puse una minifalda y un top, bastante elegante pero sexy al
mismo tiempo. Finalmente, un abrigo.

Antes de irme para el hospital me dirigí a comprar varios jugueticos
que serían el picante de la noche. Aunque anteriormente había estimulado
el punto G de Eduardo con mis dedos, quise comprarle un minivibrador
anal, un estimulador bastante pequeño pero cuyas vibraciones sabía que lo
iban a enloquecer.

En mi lista de juguetes tenía contemplado comprar también un anillo
para el pene con vibración, un aceite caliente y lo que le pondría más
sabor a la celebración, un vibrador doble.

Todo el día se me fue en ires y venires. Cayendo la tarde y después de
comer algo liviano, me dirigí al hospital.

Al llegar, vi a la enfermera asistente de Eduardo, lucía espléndida, olía
muy bien y tenía puestas unas medias veladas con encaje que le iban de
maravilla a su figura. Tengo que aceptar que María tenía un trasero de
infarto, quizás por sus raíces negras, aunque ella era mestiza, y yo estaba
segura que Eduardo no era indiferente a esas nalgas fuertes y
protuberantes, en varias ocasiones lo descubrí mirando sus nalgas con
deseo.

Pasé directamente al consultorio, Eduardo se sorprendió un poco con
mi presencia, me acerqué le besé el cuello, le toqué su deliciosa, grande y
abultada verga, jugué con ella por un momento y mi Eduardo subió de
revoluciones en cuestión de segundos.

- Sabes cómo me gusta esa verga peluda mi amor, esta
mañana mami no tuvo su carnita y está calientita y desesperada como
perra en celo.

Eduardo me tomó de la mano con fuerza como lo hace cuando está muy
excitado, se levantó de la silla, me puso contra la pared y me metió la
mano dentro de la minifalda y mis tangas, me metió con fuerza dos de sus
dedos y se dio cuenta que yo hablaba en serio, estaba lubricando a
chorros, mientras me decía:

- Mami se olvidó del cumpleaños de papi y solo vino
a provocarlo, lástima que tengo varios pacientes sino te la metía ya
mismo y duro contra este muro.

En ese momento, sonó el teléfono de mesa de Eduardo. María anunció
la llegada de un paciente. Yo me organicé mi ropa y salí del consultorio
meneando mi culo y tocándome mi vagina por encima de la ropa,
mientras le decía a Eduardo.

- Sí, es una lástima, tendré que jugar solita un rato
mientras se me baja esta calentura.

Cuando salí, cerré la puerta tras de mí y le hice un guiño a María. Ella
procedió a cerrar la puerta principal del consultorio, yo tenía todo
perfectamente calculado. María se quitó la bata y quedó al descubierto su
cuerpo de piel trigueña, luciendo exactamente lo que le pedí, ropa interior
con encaje de color blanco.

Yo me quité la ropa, el abrigo, la minifalda y la blusa. Mi conjunto de
lencería era color negro.

María y yo nos tiramos en un pequeño sofá de cuero donde esperan los
pacientes. Ella encima de mí, me empezó a besar y las dos a propósito
comenzamos a gemir en un tono un poco alto para que Eduardo escuchara
desde el consultorio.

Eduardo comenzó a llamar a María, ella no contestó, seguíamos con el
juego en el sofá y Eduardo abrió la puerta de su consultorio que daba a la
sala de espera.

Puedo describir que la visión de Eduardo fue esta:

María meneándose sobre mi pelvis, frotando su vulva firmemente
contra la mía en un suave movimiento, mis manos apretando esas nalgas
fuertes y paradas de María, ayudaban a su vaivén sobre mí, ella estaba
totalmente arqueada formando con su espalda una bonita curva en el
quiebre de su cintura. María con sus manos agarraba mis senos que
estaban a punto de salirse del sostén.

Ver la cara de sorpresa de Eduardo, me excitó aún más y gimiendo, le
dije:

- Feliz cumpleaños amor. Ven y juegas con nosotras.

María parecía estarlo disfrutando también, se agachaba y me besaba por
el cuello, me lamía con su lengua, mientras yo cada vez me excitaba más y
más, no voy a negar que ya había tenido experiencias lésbicas, pero era mi
primera vez de un trío.

Eduardo dijo:

- Que delicia de regalo mi amor, sígueme
complaciendo, prefiero mirarlas jugar un rato más para luego
embestirlas y darles una buena culeada a las dos. A ver María,
muéstrame como se la chupas a mi mujer.

María sonrió y con su lengua bajó por mi cuello, mi abdomen, se
acercó a mi pelvis, me bajó mis tangas negras y comenzó a lamer mi
vulva mientras se sumergía en mi entrepierna. Parece que las mujeres
somos las reinas del sexo oral para vaginas. María me chupaba como una
profesional, me escupía con saliva mi clítoris, su lengua la posaba fuerte,
con presión sobre mi botón, la movía de un lado a otro, con diferentes
ritmos, rápido, lento, sus dedos comenzar a escarbar en mi vagina, yo
comenzaba a enloquecer y no dejaba de mirar a Eduardo, que ya se había
bajado sus pantalones y se masturbaba mientras observaba el mejor
espectáculo de su vida.

Yo tomé la cabeza de María y la apretaba contra mí, gemía sin control,
era el mejor sexo oral que había recibido en mi vida, a pesar de que
Eduardo no lo hacía nada mal, pero esta mujer era simplemente increíble.
Estaba desesperada, quería correrme y aunque intenté no hacerlo, María
me indujo a una gran corrida que me hizo gritar de placer.

María sin compasión, continuó lamiéndome el clítoris, metiendo su
lengua en mi vagina y jugando con sus dedos en mi orificio anal,
haciéndome correr una vez, tras otra. Eduardo tomó fuertemente a María y
la besó, succionaba su lengua demostrándome que le encantaba poder
tomar saborear mis jugos a través de María.

A mí me encantaba ésta visión. Luego Eduardo haló a María y la tiró al
suelo, ella estaba de espaldas al piso y Eduardo con violencia le quitó la
ropa interior casi rasgando los encajes blancos, arrancó su panty y
comenzó a embestirla de frente, yo no tuve más opción que seguir
tocándome mientras veía esto.

Mi Eduardo, mientras embestía a María, se quitó su bata y su camisa,
dejando al descubierto todos los vellos de su pecho, que me ponían como
loca. María no paraba de decir:

- Que rico, doctor, que rica verga tiene, es grande, me
duele rico.

Me levanté del sofá y busqué en mi bolso el mini vibrador anal con el
que sorprendería a Eduardo, de pronto Eduardo se acostó sobre María,
siguió penetrándola de frente y en ese momento lo sorprendí con mi
juguete, lo penetré sin avisar y es increíble cómo Eduardo se acostumbró
fácilmente a las vibraciones de este juguete y al movimiento dentro de su
ano, que yo con maestría producía para estimular su próstata, y cómo
pude predecir que se correría rápidamente, saqué de su culo el vibrador
cortando su corrida.

Eduardo se levantó, me besó y yo les dije:

- Un momento, también traje champagne para
celebrar, vamos a destaparlo y hacer un brindis por el cumpleaños
del hombre más caliente y sexy del universo.

Tomé la botella que había comprado exclusivamente para ésta noche, la
destapamos y la espuma se regó por doquier, en el cuerpo de Eduardo y de
María. Yo lamí la espuma que el pecho de mi marido tenía y luego pasé a
limpiar con disciplina el cuerpo de María, le bajé a su sexo, la lamía y con
un poco de champagne en mi boca, puse en su vagina una cantidad
pequeña, que a María la hizo gritar de placer, luego le succioné esa misma
champagne y mientras yo le hacía sexo oral a María, ella le hacía sexo
oral a Eduardo.

Era un cuadro digno de una bacanal romana. Eduardo estaba
disfrutando toda la situación y eso me hacía más feliz.

María resultó ser la mujer perfecta para realizar nuestro trío. Y yo
jamás me imaginé que podía ser tan buena mamadora de conchas, vaginas
calientes y con ganas de ser exprimidas.

Seguí trabajando en la vagina de María, saqué el vibrador doble y puse
una punta en su vagina y otra punta en la mía, luego Eduardo estuvo
manejando los controles del vibrador, que tenía un control aislado para
cada punta. Eduardo jugaba con ellos poniéndoles y quitándoles velocidad,
mientras María y yo nos movíamos como penetrándonos mutuamente, fue
una deliciosa y totalmente nueva sensación, una sensación de poder, sentía
que era yo quién tenía verga y podía follarme duro a esta morena
calentona.

María reventó después de las embestidas con la punta del vibrador que
quedó en sus entrañas y que yo con mi cuerpo, empujé con fuerza todo el
tiempo. María sudaba todo su cuerpo y cuando se sacó la punta del
vibrador estaba totalmente llena de líquidos blanquecinos y espesos, una
corrida bastante gruesa.

Era el momento para que Eduardo me cogiera a mí y María decidió
grabar con su celular la última parte de nuestra aventura.

Eduardo me puso en cuatro, sabía que esa era la posición que más me
gustaba y comenzó a darme durísimo por el culo. Yo me masturbaba con
mi mano debajo de mi cuerpo y María se metió debajo de mí para grabar
de cerca mi vagina mientras con su otra mano me metía dos dedos en la
vagina. Era una escena maravillosa, yo solo sentía placer extremo, mi
vagina era deliciosamente torturada por los dedos de María, mientras mi
marido me embestía por el culo como si fuera la primera vez.

Eduardo no se pudo contener más y se vino adentro de mi orificio
trasero, gritando desesperado, creo que ha sido una de las corridas más
grandes que había tenido hasta ese día. Sacó su miembro que goteaba, su
cuerpo también estaba sudoroso.

Eduardo se acostó en el piso del consultorio exhausto, María satisfecha
por su labor, comenzó a vestirse y yo me quedé observando la cara
placentera de Eduardo, me recosté a su lado y le recordé lo mucho que lo
amaba.

Cuando María terminó de vestirse, Eduardo le dijo desde el suelo:

- Gracias María, éste fue su último de trabajo acá
conmigo, entenderá que no podría tenerla más como mi asistente.

María quedó sorprendida con esta noticia, a mi realmente no me
importó.

La pobre María casi llorando comenzó a empacar todas sus cosas y
salió del consultorio sin mencionar palabra.

Yo le dije a Eduardo:

- Bueno, imagino que se abre la vacante para tu nueva
asistente, entonces me encargaré de hacer yo la selección.

Eduardo:

- Por mi no hay problema, por favor no elijas a una
viejita de 85 años, gruñona.

A lo que respondí:

- Como se te ocurre mi amor, después de lo que pasó
hoy, ya sé que tu nueva asistente será una mujer morena, de culo
grande y firme, porque vamos a comernos su concha mientras ella
mueve su culo para el deleite nuestro.

Eduardo me besó profundamente, me confesó al oído que había sido el
mejor sexo de su vida, yo le dije que había que cambiar la rutina de vez en
vez, pero esto de hacer tríos tenía que convertirse ahora en una cita
mensual a la que no íbamos a renunciar, esa sería nuestra nueva rutina.

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