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Extraño

extranjerc
Una biografía
de Fernando
Pcssoa
E x trañ o extranjero
Robert Bréchon

Extraño extranjero
Una biografía de Fernando Pessoa

V ersión esp añ o la de B las M ata m o ro

Alianza Editorial
Título original; Étrange étranger

Reservados todos los derechos.


E l contenido de esta obra está protegido por la Ley,
que establece penas de prisión y/o multas, además ¿e las correspondientes
indem nizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren,
distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria,
artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada
en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier
medio, sin la preceptiva autorización.

® Christian Bourgois éditeur, 1996


© déla traducción: BlasMatamoro, 1999
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S, A.; Madrid, 1999
Calle Juan Ignacio Lúea de Tena, 15:28027Madrid; teL 913938888
ISBN: 84-206-3303-8
Depósito legal M . 35911-1999
Impreso en Fernández Ciudad, S. L.
Printed in Spain
ín d ice

11 Advertencia

17 Preludio. El espacio y el tíempo de una vida (Lisboa, 1888-1935)

32 1. «Oh, campana de mi aldea...» (1888-1895)


45 2. Inglaterra en Durban (1896-1901)
58 3. Interludio portugués (1901-1902)
63 4. Años de aprendizaje en Durban (1902-1905)
82 5. Retrato del artista como joven loco (1905)
92 6. D e nuevo en Lisboa (1905-1908)
108 7. Alexander Search, el precursor (1903-1909)
120 8. La mayoría de edad (1908)
133 9. La patria p o r ti^ e s a (1908-1910)
151 10. La vía portuguesa de la poesía (1910-1912)
162 11. Los inicios (1912)
174 12. El amigo (1912)
184 13. Paulares (1913)
211 14. El día triunfal (1914)
230 15. El maestro Caeiro y el paganismo (1914-1915)
244 16. El dottor Ricardo Reis, estoico epicúreo (1914-1915)
256 17. El ii^eniero Alvaro de Cam pos, poeta sensadonista (1914-
1916)
279 18. Poética de la inteligencia (1914-1915)
287 19. IlX^s Orpheu
308 20. La guerra, el duelo, el infinito, el deseo (1914-1916)
329 21. La clave perdida (1917)
346 22. Hacia el superhombre (1917-1919)
370 23. La amada (1920)
389 24. Combates por la libertad (1921-1923)
419 25. Retorno a los clásicos (1924-1926)
440 26. De la república a la dictadura (1925-1928)
454 27. Alvaro de Campos: la pasión del fracaso (1926-1928)
465 28. (1927-1930)
479 29. Nuevas cartas de amor (1929-1930)
490 30. «Todo está oculto» (1930-1933)
520 31. El desasosiego (1929-1934)
543 32. Mensaje (1934)
562 33. «La muerte es la vuelta del camino» (1935)
587 Final. El mito de Pessoa (1935-1995)

595 Anexo 1. Historia postuma del hombre y su obra


612 Anexo 2. Cronología
631 Anexo 3. Genealogía
634 Anexo 4. Bibliografía
638 Anexo 5. índice onomástico
Seré para siempre un extraño extranjero.
Pasaré mis días suprimiendo mi vida.

Armand Robin

M i destino es sombrío en sus dos polos temblorosos;


jAlma disecada por un pánico errante entre la O bra y la Vidal
La obra me llama a la vida, que me destina a la obra.

Miklós Szentkuthy: Renacim iento negro


Advertencia

Narro una vida más rica en obras que en acontecimientos; o,


más bien, para retomar la frase de un especialista en Pessoa’, el
tema del libro es su «obra-vida». N o ha de sorprender, en conse­
cuencia, la gran cantidad de citas que contiene, aunque he supri­
mido en el último momento una buena parte de ellas para que el
volumen no adquiriese proporciones desmesuradas. Cuando se lee
tam aña obra maestra, dan ganas de transcribirlo todo.
Algunos de los poemas y ensayos de los que reproduzco frag­
mentos, sobre todo los más bellos e importantes, están en la actua­
lidad traducidos del portugués. Los leaores que quieran remitirse
a ellos encontrarán referencias en las notas. Pero, ante el temor de
inundar el relato con una exagerada abundancia de notas, he de­
jado sin referencias muchas citas de textos que no están editados
en francés y que yo mismo he tenido que traducir. En general son
textos de interés más documental que literario.
Si un texto ha sido objeto de varias ediciones (es el caso, por
ejemplo, de «O da marítima», «Estanco» y M ensaje), generalmen­
te reproduzco la versión de la edición Bouigois. Ello no implica un
desprecio a los méritos de las otras, que cito si se da el caso.

Teresa Rita Lopes.

11
En las notas utilizo las siguientes abreviaturas*:
O (CEuvres [Obras], Christian Bourgois editor), seguida del
tomo correspondiente en números romanos, del I al DC, y del nú­
mero de página. La indicación O , DC hace referencia al volumen
II del Libro d^l desasosiego, publicado posteriormente a los otros
ocho tomos de la colección.
O C (CEuvres com piles [Obras completas], Éditions de la Dif-
férence), seguida de la indicación del tomo en números arábigps, del
1 al 4, y del número de página.
PP (Pessoa en personne [Pessoa en persona], a caigo de José Blan­
co, en Éditions de la Différence), seguida del número de página.
PEA (Pessoa, l ’étranger absolu [Pessoa, el extranjero absoluto],
a cargo de Eduardo Louren^o, en Éditions M étailié), seguida del
número de página.
En el caso de otras obras citadas, reproduzco el título comple­
to, el nombre del editor y la indicación de la página.
La parte puramente documental del libro figura en diversos
anexos al final del texto, que contienen:
— una historia póstuma del hombre y su obra;
— datos cronológicos;
— una genealogía de Femando Pessoa;
— una bibliografía de obras disponibles**;

* En aquellos casos en que los textos tienen traducción al español, estas ci­
tas han sido sustituidas por las correspondientes a las ediciones de la obra de Pes­
soa que se encuentran en Alianza Editorial. Siguiendo el ejemplo del autor, tam­
bién en este caso se ha recurrido al uso de abreviaturas;
FPP: Fem ando Pessoa. Poesía. Selección, traducción y notas de José Antonio
Uardent. Alianza Editorial, Madrid, 1995.
FPA; Fem ando Pessoa. A ntohgía de A lvaro de Campos. Traducción, introduc­
ción y notas de José Antonio Uardent. Alianza Editorial, Madrid, 1987.
En el caso de los relatos de Pessoa, la fuente empleada ha sido E l banquero
anarquista y otros cuentos de raciocinio. Traducción de Miguel Angel Viqueira.
Alianza Editorial, Madrid, 1996.
* * La bibliografía en anexo hacía referencia exclusivamente a las traducciones
en francés de la obra de Pessoa; por tanto, en esta versión ha sido sustituida por un
repertorio bibliográfico de obras del autor portugués disponibles en español.

12
— un índice onomástico.
Com o es habitual, las omisiones y lagunas se indican entre
corchetes: [...]. Los numerosos puntos suspensivos que aparecen
en las citas figuran, pues, en el texto.
Este libro no pretende ser erudito ni objetivo. Asumo en él
mis preferencias, mis planteamientos previos, mis interpretaciones
de la obra, mis juicios de \alor sobre Pessoa como ser humano.
Pero es bueno que el lector sepa que son posibles otros plantea­
mientos sobre la personalidad de Pessoa. En el Portugal de hoy se
asiste a un movimiento de rechazo hacia la figura del poeta maldi­
to propuesta hace medio siglo por su primer bi<%rafo, Joáo G as­
par Simóes. H ay intentos por recuperarlo, como ocurrió en Fran­
cia con Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. ¿Era un hijo de buena fii-
milia aunque extraviado, bohemio, alcohólico, rechazado por sus
aligad os, siempre escaso de dinero, como lo presenta Simóes, o,
s^ ú n pretenden algunos de mis amigos, siguió siendo toda la vida
un burgués respetuoso del orden establecido, ordenado, sano y
bien pensante, preocupado, en definitiva, por la salvación de su
alma? Es difícil sondear el corazón de los vivos y los muertos. Se
cuenta que un poeta maldito del S^ u n d o Imperio, Théodore Pe-
lloquet, vagabundo y borracho, atacado de afiisia, tratando, en su
lecho de muerte, de expresar a los presentes su última voluntad,
fiólo acertó a decir una sílaba: «abs... abs...». Nunca se supo si pe­
día la absolución de sus pecados o una copa de absenta^. Pessoa no
era ni un vagabundo ni un burgués cualquiera. Los griegos defi­
nían a este tipo de hombres como «extraños extranjeros». Eso, por
ejemplo, se decía de san Pablo^. Pessoa eligió su camino y aceptó,
de una vez para siempre, llevar una vida mediocre en una oficini-
ta de la Baixa. «Me hallo en la compañía firatema de los creadores
de la consciencia del mundo: el dramaturgo giróvE^o W illiam
Shakespeare, el maestro de escuela John M ilton, el bohemio Dan­

^ Mauiice Allem, L a vie quotidienne sous le Second Em pire.


^ Marie-Fran 90Í$e Baslez, Sain t Paul.

13
te Alighieri y hasta diría, si me es permitido citarlo, ese Jesucristo
que nada fue en esta tierra, hasta el punto de que la historia duda
de su existencia. Los otros pertenecen a una especie distinta; el
consejero de Estado Johann Wol%ang von Goethe, el senador
V iao r Hugo, el jefe Lenin y el jefe Mussolini»^.
Se me podrá reprochar también no haber acentuado suficien­
temente su sentido del humor, su ironía, su inclinación a la bro­
ma pesada y la farsa. Es verdad que le gustaba provocar, burlarse,
fiibular. Pero apenas se reía de sí mismo. Su humor, casi siempre,
es negro. Se puede decir de él lo que Lou Andréas Salomé dijo de
Nietzsche: «La historia de este hombre es, de cabo a rabo, una bio­
grafía del dolor».

Me queda el grato deber del agradecimiento a quienes me


aconsejaron o ayudaron en mi tarea. Pata evitar en todo caso los
posibles errores o defeaos, som etí el original a la lectura de varios
amigos, que tuvieron a bien formular sus críticas: José Blanco,
uno de los que mejor conoce la vida y la obra del poeta; Ariane
Witkovsky, profesora de literatura p o r ti^ e sa y brasileña; mis dos
colaboradores en la edición Bourgois de las obras de Pessoa, M i-
chel Chandeigne, editor especializado en literatura portuguesa, y
Patrick QuUlier, profesor, hombre de teatro y compositor, respon­
sable del tom o con obras de Pessoa que prepara la colección Héia-
de; M aiiéne Soreda, mi primera lectora, que examinó, corrigió y
volvió a corregir el texto en el ordenado^ Arlette, mi mujer, que
comparte mi pasión por Pessoa, aunque sin estar sumida, como
yo, en una excesiva familiaridad con él; finalmente, el editor
Christian Bourgois, que es el origen de toda esta aventura. Ib d as
sus opiniones fueron valiosfeimas. Quiero que encuentren aquí la
expresión de mi calurosa gratitud.
M i agradecimiento alcanza también a Manuela Nogueira, la
querida sobrina del poeta, que mantiene vivo su recuerdo, a Ma-

O , III, p. 235.

14
nuda Júdice, directora de la Casa Fernando Pessoa, a Joao Soares,
alcalde de Lisix>a, y a su colaboradora Vanda Fonseca, empleada
en la oficina de relaciones internacionales de la alcaldía, quienes,
de inmediato, facilitaron mi viaje de peregrino por el espacio y el
úempo de la vida de mi héroe.
R . B ., abril de 1996.

15
Preludio

E l espacio y e l tiem po de u n a v id a

(L isb oa, 1 8 8 8 '!9 3 5 )

M i primera idea, al emprender la escritura de este libro, fue


llamarlo Vicias de Pessoa. La biografía que publicó Angel Crespo
en 1988 se titula L a vida plural de Femando Pessoa. El propio poeta
pretendió no ser un solo individuo, sino todo un conjunto, cada
uno de cuyos miembros tiene una personalidad propia. Alberto
Caeiro, nacido en Lisboa en 1889, es rubio y de altura media; su
salud es delicada, lo que lo obliga a vivir en el campo, a orillas del
Tajo. Ricardo Reis, nacido en O porto en 1887, bajo y moreno, es
médico. Alvaro de Cam pos, nacido en Tavira de Algarve el 15 de
octubre de 1890 a las trece treinta, cursó estudios en Glasgow y es
ingeniero en un astillero; es más bien alto, flaco, un poco encorva­
do... Dado que Pessoa parece contrario a cultivar su propia idio­
sincrasia, estamos tentados de tomarlo al pie de la letra y pintar
por separado cada retrato de sus heterónimos. ¿No había proyec­
tado, acaso, publicar aisladamente cada una de sus obras, con la
respectiva biografía, el horóscopo y, lo que es más curioso, su fo-
tografk? Pero no fiie posible. Todas estas personalidades satélites
de la suya son ficticias. El conjunto no existeL N o se puede levan­
tar una máscara sin arrancar la piel a ella adherida. Y lu ^ o , como

' 0,VII,p. 156.


17
se dice en uno de sus sonetos ingleses, no se sabe nunca cuántas
«máscaras lleva bajo cada máscara»^. Cuando Caeiro escribe que
no hay misterio en el mundo, es Pessoa quien empuña la pluma,
aunque piense todo lo contrario. Y si Cam pos se emborracha, es
Pessoa quien ha bebido de más.
Hemos de resignamos a hacer confluir todo el cortejo de he-
terónimos en un solo individuo, el único que tuvo cuerpo, estado
civil y nombre verdadero, aunque este nombre, que significa «per­
sona» o «personaje», parezca un pseudónimo. Él es el único que
tuvo vida, nacimiento y muerte, un destino en definitiva, aun­
que estuvo de moda, hace un tiempo, n^árselos. Se ha citado a me­
nudo la fiase de Octavio Paz: «El poeta no tiene biografía. Su obra es
su biografía»^. Era la época en que el estmcturalismo francés des­
calificaba la explicación de la obra a partir del hombre. Uno de los
grandes exégetas de Pessoa, Jorge de Sena, tituló su intervención en
el coloquio de Providence (1977) The man who never utas (E l hom­
bre que nuncajue). Vicente Guedes, el primer autor de Libro del de­
sasosiego, parece autorizar este punto de vista al presentar su obra, en
una suerte de prefiido, como «la autobic^iafía de quien no tuvo
vida». En un estudio sobre el «destino» de Pessoa, Michel Schneíder
escribe: «Todo fríe tan confuso y mezclado (verdad, realidad, fic­
ción) que la santa trinidad — autor, vida, obra— resulta totalmente
intangible. Pessoa no tuvo una historia que se pueda contar. N o sólo
porque mvo varias, sino por esa especie de ausencia secreta dentro
de sí mismo que tal vez fuera el otro nombre de la poesía»'^.
Esta prohibición parece haber pesado sobre el destino póstu-
mo de Pessoa, intimidando a los especialistas. Sesenta años des­
pués de su muerte, y con la excepción de cuatro biografías, su bi­
bliografía sólo versa sobre su obra. Una vez más hay que soslayar
el libro de António Quadros Femando Pessoa: vida, personalidad y
genio, cuya parte biográfica apenas ocupa cincuenta páginas, sien-

^ O , VIII, p. 303.
^ Un inconnu de lui-méme, en L a fleu r saxifiage, Gallimard.
^ Personne, en lu í NouveUe Rem e de psychanafyse, otoño 1984.

18
do el resto más bien un retrato espiritual e intelectual, que acen­
túa la dimensión religiosa de la obra. Por su parte, la Foíobio^afia
de M aría José de Lancastre inaugura un ^ n ero biográfico, la foto-
novela sobre la vida de un escritor, sin más comentarios que bre­
ves leyendas y citas extraídas de la obra. Sólo registro, en sentido
estricto, a dos predecesores de mi libro: Joáo Gaspar SimÓes y, casi
cuarenta años más tarde, A i^el Crespo. Ambos optaron por con­
tar la vida de un hombre que también es uno de los mayores poe­
tas. El terror intelectual que había p araliz^o a los otros biógrafos
provema de un error de planteamiento. Conocer la vida de Pessoa
hombre no nos aleja de su obra, sino todo lo contrario. En su caso
mucho más que en el de otros, la vida explica la obra tanto como
la obra explica la vida. Se contienen mutuamente. He hablado ya
de «obra-vida». El poeta no ha querido, como ciertos estetas, ha­
cer de su existencia una obra de arte; ha preferido escenificarla en
su obra, concebida como un vasto drama donde los heterónimos
le dan la réplica y se replican, a su vez, mutuamente. Esta obra es,
a un tiempo, la huella y la transfiguración de su vida devastada.
N o conozco otra vida de escritor tan carente, como tampoco otra
que haya sido tan transfigurada por el arte.

Joáo Gaspar SimÓes (1903-1983) íue uno de los escritores


que, en su juventud, a finales de los años veinte, descubrieron a
Pessoa y lo salvaron definitivamente del olvido. Se le ha reprocha­
do a veces no haber comprendido la grandeza del genio que lo con­
virtió en discípulo. Con todo, es él, entre los allegados, quien
contribuyó más a su gloría. Su libro Vida, y obra de Femando Pes­
soa: historia de una generación (1950) es monumental. En ocasio­
nes me han hecho sonreír algunos de sus análisis, de un fieudismo
elemental (dan g ^ a s de decir, como Sherlock Holmes; «M i que­
rido W atson...»). Para SimÓes, el trauma que provoca en un niño
de siete años el segundo matrimonio de su madre lo explica todo.
M e inclino más bien por la opinión de Jacinto do Prado Coelho:
la inquietud metafísica no es exclusiva de los huérfanos de padre
cuya madre vuelve a casarse; com o tampoco lo es el genio poético.

19
Sin embargo, me rindo ante su esfuerzo honesto y valeroso, pues
intentó elucidar ese misterio pessoano que a todos desborda.
Sim óes tuvo la suerte de poder entrevistar a muchos testigos hoy
desaparecidos, lo d o biógrafo de Pessoa se ve obligado a recurrir a
la parte fundamental de su documentación. Medio siglo más tar­
de, nuestra única ventaja es la de disponer de numerosos textos
que él no pudo conocer porque estaban guardados en el baúl
donde el desconocido escritor acumulaba sus manuscritos inédi­
tos a la espera de un editor. Algunos resultaron obras maestras
cuya lectura trastornó la idea que sobre el universo del poeta se te­
nía hasta entonces: Eróstrato (publicado en 1966), Libro del desa­
sosiego (1982), Fausto (1988), T heM adFiddkr (1990), etc.
Ninguru vida tiene un sentido unívoco que logre imponerse al
bi<%rafo. Se pueden hacer diversas lecturas de una vida y una obra
sin dar con la verdad absoluta. La de Pessoa, para ciertos comentaris­
tas, es la más tr ^ c a ; para otros, no está exenta de la i^ s remansos de
fascinación y felicidad. N o hay, por otra parte, ni estilo preestableci­
do ni método infelible para el bír^rafb. Cada autor tiene su punto de
vista, su sentido de lo temporal, su ritmo y su escritura. Algún día se
podrá contar la vida de Pessoa día a día, año por año, tan «iiKxente-
mente» como si se tratara de un descubrimiento paulatino. El resul­
tado será una novela. Una bir^rafiía no sólo cronológica, sino tam­
bién temática y crítica, como la presente, no puede permitirse el lujo,
cada vez que narra un episodio, de ignorar su continuación y desen­
lace. M udios pasajes parecerán redactados en futuro anterior. Se tra­
ta no tanto de reconstruir los pequeños hechos de una vida sino de
plantearse su verdadero alcance dentro de la perspectiva global que
proporciona un destino finalmente cumplido. Quizá en esto tengan
razón los que rechazan una dimensión diacrónica. Com o dice Ricar­
do Reis, tras k muerte del poeta sus versos son «k única permanen­
cia situada sobre algunos capiteles del tiempo»^.

5 0,V ,p.326.

20
La vida de Pessoa no se parece a ninguna otra. No hubo escri­
tor más sedentario que él. Si se exceptúa el paréntesis de su infan­
cia en Sudáfrica y el peregrinaje familiar a las islas Azores en 1902,
llama la atención su obstínado arraigo en su terruño. Desde su vuel­
ta definitiva a Lisboa en 1905, con diecisiete años, hasta su
muerte en 1935, jam ás abandonó su ciudad o sus alrededores
(Sintra, Cascáis) salvo un breve viaje por la provincia. Gracias a él,
Lisboa ha entrado en la literatura universal convirtiéndose en una
ciudad simbólica como el París de Balzac o el de Baudelaire, la
P i^ a de Kafka, la Alejandría de Cavafis y el Dublín de joyee. Esta
ciudad es, al principio, el espacio de sus itinerarios, porque el Pes­
soa sedentario es también un nómada. En quince años se mudó
unas veinte veces, hasta que se estableció en 1920, con treinta y
dos años, en el inmueble donde vivía su familia, convertido en 1993
en la C asa de Fernando Pessoa, que el ayuntamiento lisboe­
ta dedicó a la conservación de su memoria como «Casa de la poe­
sía del siglo XX». En cualquier caso, tras haber e l^ d o un domici­
lio definitivo, siguió recorriendo incansablemente las calles, yendo
desde su casa hasta sus diversas oficinas (como se verá, tuvo, suce­
siva o simultáneamente, distintos empleos), de un café a otro, de
una librería a otra, de una plaza a un jardín público, de un ama­
necer en las callejas de la Baixa (la Ciudad Baja) a un ocaso junto
al Tajo. Peatón de Lisboa, como Eargue se declaraba de París, o
campesino de Lisboa, como lo fue A n ^ n de París, paseante soli­
tario como Rousseau, pero no podiendo y no queriendo contem­
plar otros paisajes que los urbanos, mantuvo con su ciudad una re­
lación apasionada y am bigua que le inspiró algunos de los más
bellos pasajes de su Libro del desasosiego. «¡Oh, mi Lisboa, mi ho­
gar!»^.

Era incapaz de hablar objetivamente. N o obtante, trató de


obligarse a hacerlo. Entre sus papeles se halló una guía de Lisboa

O , K , p. 32.

21
dirigida a los visitantes extranjeros. Redactada en it^ é s hacia 1925,
dactilografiada, lista para su publicación, es posible que no en­
contrase editor. Este librito titulado What the tourist should see
(Lo que el turista debe ver) es de una banalidad que contrasta con
la intensa poesía que de las evocaciones de la ciudad hacen Alvaro
de Cam pos, Bernardo Soares (el presunto narrador del Libro del
desasosiego) y el propio Pessoa. Si Teresa Rita Lopes no nos a s^ ^ -
rase que ese castigo es del escritor, no lo creeríamos. El poeta adul­
to no se desprendió nunca de su condición de niño exiliado lejos
de su ciudad natal, obligado a imaginarla. Y aun cuando pudo ver
su patria de nuevo, siguió imaginándola. Pessoa, hombre «para
quien el mundo exterior existe como experiencia interioD>, puebla
el espacio de sus caminatas con criaturas fantasmales, más reales
que los seres con quienes se cruza en la calle. Su Lisboa es un labe­
rinto espiritual, m á^co y maldito, por donde vaga en busca de
sensaciones, impresiones, verdades, encantamientos y metamorfo­
sis. Sólo es posible descubrir una salida recurriendo al mito. La
Lisboa de Pessoa es la de Ulises, l^endarío fundador epónimo de
la ciudad (O lisipo), el primero que «halló un puerto natural en el
lugan>^; la de Vasco de Gam a y otros nav^antes de la época de los
descubrim ientos, que se embarcaban en Belem; de don Sebas­
tián, el rey oculto que espera el momento de su reaparición, una
mañana de niebla, en el estuario del Tajo, para reanudar el curso
del interrumpido destino portugués y fundar el Quinto Imperio,
que es la reconquista del sentido de la vida. Visitar Lisboa tras los
pasos de Pessoa no es seguir al guía de una ^ n c i a turística, aun­
que éste pretendiese, como en el folleto inglés, ser el propio poe­
ta; es dejarse guiar por él, como Dante por Virgilio, en una explo­
ración donde el sueño se mezclará constantemente con la realidad.

Este espacio de sus trabajos y sus días, que es, al mismo tiem­
po, el de sus sueños, tiene unas dimensiones sorprendentemente
restringidas: una estrecha banda de tejido urbano a lo largo del

^ O , II. p. 105.

22
Tajo, entre el castillo de San Jorge al este y el puerto de Alcántara
al oeste. Hay apenas quinientos metros entre su lugar de naci­
miento en la plaza del teatro San Carlos, y su lecho de muerte en
el hospital de San Luis de los Franceses, en el Bairro Alto, y ape­
nas unos pocos más entre las plazas del Rossio y del Comercio,
que delimitan el perímetro de su deambulaje habitual por el nor­
te y por el sur. El peregrino apasionado en busca de recuerdos pue­
de s^ u ir su rastro en cualquier lugar: en el café M artinho da Ar­
cada, donde su mesa permanece siempre desocupada; en La Bra-
sileira del Chiado, donde, por el contrario, puede uno sentarse a
beber junto a su estatua sedente, fantasma de bronce en la terrazi^
por las callejas que bajan desde la plaza de Cam óes hacia el Tajo;
y, sobre todo, por las calles rectilíneas de la Baixa, el barrio de
los negocios reconstruido por el marqués de Pombal después
del terremoto de 1755; en ellas, se dice, el pavimento ha conser­
vado la huella de sus pasos. Hace poco almorcé en el restaurante
Pessoa, en la calle dos Douradores, que existe desde el siglo XDC y
al que el poeta iba a veces, sin duda divertido por la homonimia;
esta calle le dio la idea de situar en ella la oficina del narrador de
Libro del desasosiego.

Hay que caminar un trecho más a orillas del Tajo en dirección


al océano para llegar al monasterio de los Jerónimos, que sirve de
panteón al otro cercano de Santa Engracia. En su guía, Pessoa, tras
presentar los Jerónim os como el más beUo monumento lisboeta,
señala en especial al visitante las tumbas de los dos héroes nacio­
nales: el de la historia (Vasco de Gama) y el de la poesía (Luís de
Cam óes). Su guía, en caso de estar actualizada, debería mencio­
nar también su propia tumba. H 13 de junio de 1985, en el cin­
cuentenario de su muerte, pero en el aniversario de su nacimien­
to, sus restos fueron exhumados del apacible cementerio urbano
de los Prazeres (que significa de los Placeres) para ser depositados
con gran pom pa en los Jerónimos. La estela que se erige en el
claustro lleva grabados en mármol estos versos de la «Oda» de Ri­
cardo Reis fechada el 14 de febrero de 1933:

23
Para ser grande, sé entero. Nada
tuyo exi^eres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
en lo mínimo que hagas®.

Sólo la gloria p ó stu m a consiguió alejarlo del centro de la ciu­


dad, que era co m o su segundo cuerpo, aunque no se sintiera bien
del todo en él, a veces por su anchura, a veces por su estrechez. Su
m ayor problem a fue, precisam ente, hallar una m orad a terrenal
para su espíritu.

Pessoa vivió algo más de cuarenta y siete años: unos 17.000


días. Esta vida relativamente corta se desarrolló entre la espera y la
urgencia, en lo que se podría resumir con la frase de Rimbaud;
«una ardiente paciencia», lo contrario de la «negligencia agitada»
que hoy llamamos rapidez. «La lentitud de nuestra vida es tal que
a los cuarenta años no nos encontramos viejos. La velocidad de los
vehículos ha drenado la velocidad de nuestras almas [...]. No tra­
bajamos bastante y simulamos trabajar demasiado, vamos muy rá­
pido de un lugar donde no se hace nada a otro donde no hay nada
que hacer; es lo que llamamos el ritmo febril de la vida moderna»^.

Para los aficionados a la «moirología» (el estudio comparado


de los destinos), Pessoa pertenece a una categoría intermedia entre
los jóvenes locos que queman su vida (Kleist, Mozart, Rimbaud,
Van Gogh) y los viejos sabios que la destilan gota a gota para ex­
traer la esencia del tiempo (Goethe, V iltaire). Cuarenta y siete
años es, más o menos, la edad a la que mueren Beethoven, Balzac,
Mahler, Proust y Cam us, todos ellos autores de una obra impo­
nente que, caso de estar inconclusa, al menos está estructurada

® FPP, p. 168.
5 O , VIII, p. 458.

24
para facilitar el inventario. Nada parecido al caso del autor de Poe­
mas inconjuntos, que dejó miles de páginas desordenadas en verso
y en prosa sin que a primera vista se pueda dilucidar si son obras
sin pulir o material de desecho. N i supo manejar su vida ni es­
tructuró su obra. Para la posteridad, el lugar que ocupa una u otra
obra en la biografía de un artista no se determina en fundón de la
cantidad de años ya vividos, sino de los que le restan por vivir. Va-
léry se inicia realmente a los cuarenta y seis años, la edad en que
Baudelaire termina, peto recuperará con creces el tiempo perdido.
Mensaje, la colección épica y mística en la que Pessoa exalta el sueño
portugués, es en realidad el primer libro que editó, pero constituye,
también, la consumación de toda una vida. Esta obra que, en 1934,
debía inaugurar su carrera, antecede en poco tiempo a su muerte. Su
primer intento acabará convirtiéndose en su canto del dsne.

Es uno de esos artistas cuyo desuno es «debutar una vez muer­


tos»'®. El sorprendente reconocimiento de que fue objeto póstu-
mamente no debe llamarnos a engaño ni compararse, por ejem­
plo, con el que se le dispensó a Victor Hugo en Francia. En vida,
careció de todo: carrera, amores, relaciones sociales, obra. Confor­
me a los criterios habituales, fue un fiacasado. «Un inútil», s^ ú n
definición de uno de sus parientes al médico que lo asistía en su
lecho de muerte. Su familia lo despreciaba, aunque en su momen­
to veló celosamente por la memoria de ese hermano, tío o primo
que se había convertido en gran personaje. Se enfureció, por ejem­
plo, por el hecho de que Simóes lo describiese como borracho. En
cambio a Pessoa, que decía complacerse en la fraternal compañía
de los vagabundos Dante y Shakespeare, no le habría m olestado".

Tras el suicidio de Sá-Cam eiro (de la importancia que tuvo en


la vida de Pessoa se hablará en su momento) escribió una breve

'** Es el título de un libro del poeta Maurice Blanchard.


" O , III, p. 235.

25
oración fúnebre que se puede aplicar a ambos: «Genio del arte, Sá-
Carneiro no conoció en esta vida ni alegría ni dicha [...]. Así les
ocurre a los señalados por los dioses. El amor les da la espalda, la
esperanza no los reclama, la gloria los ignora»'^. El fracaso del poe­
ta es proporcional a su genio. «Hoy, más que nunca, se castiga la
grandeza [...]. La gloria pertenece a los gladiadores y a los bufo­
nes [...]. Lo grande sólo puede proceder de lo maldito.» Ésa es la pa­
labra clave: Pessoa y Sá-Carneiro son poetas malditos. Al menos, Sá-
Carneiro gozó del privilegio de morir joven, «porque los dioses lo
amaron mucho». Pessoa lo sobrevivió. Pertenece a la raza de los
genios no consumados que «se sobreviven a sí mismos y frecuen­
tan los países de la incomprensión y la indiferencia».

Toda su obra testimonia la aguda consciencia de su fracaso y


el atroz sufrimiento que le acompañó, especialmente el poema de
Campos «Estanco», que un periodista francés definió como «el texto
más hermoso del mundo»'^. Pero también es indudable que tuvo
una aguda consciencia de su talento y que gozó amargamente con
ella. N o sólo aceptó y asumió la desdicha, sino que la eligió. Sacri­
ficó la felicidad terrestre por una grandeza extramundana. Creyó
en esa alquimia del sufrimiento que transmuta el fracaso en gloria,
sin que resulte posible saber, leyéndolo, si es la gloria profana de
los héroes de Plutarco o la gloria divina de los destinados al «déci­
mo cielo» del Paraíso.

Fue un solitario. Pero no es lícito considerarlo un eremita, ni


mucho menos un vagabundo. N o vivió al margen de la sociedad
de su tiempo. Era en apariencia un ciudadano normal. Los testi­
monios de sus contemporáneos y las numerosas fotografías que de
él se conservan dan fe de que iba siempre bien vestido y pose^ un
toque de dignidad típicamente burguesa. Con su camisa blanca.

0 , V I I ,p . 126.
O , IV, p. 199.

26
su traje oscuro, su corbata igualmente oscura a menudo sustituida
por una pajarita, su sombrero de fieltro gris o negro, su gabardina,
sus gafas con montura de concha o de metal, su bigote bien recor­
tado, no debía de ser muy distinto de cualquier comerciante con los
que se codeaba a diario en las calles de la Baixa. También es cierto
que al verlo puede dar la impresión que esa excesiva amabilidad,
esa figura rígida, no sean las del auténtíco Pessoa sino las de su ma­
rioneta, cuyos hilos maneja el poeta. Éste es más o menos el efec­
to que produjo en Fierre Hourcade, el único francés que lo trató.
Es también la impresión que, leyéndolo, percibe hoy el novelista
Abelaira, que no puede evitar, mientras está enfíascado en la lec­
tura de Pessoa, sentirse «espiado» por «este hombrecUlo de gafas y
bigote» que le recuerda a Charlot. Cree que este hombre de apa­
riencia un tanto ridicula juega con él al gato y el ratón, «aceptan­
do irónicamente, a veces, que yo sea el gato».

Pessoa hace decir a Cam pos que «todos tenemos dos vidas: la
verdadera, esa que soñamos en la infancia, y la falsa, esa que vivi­
mos en convivencia con los otros»*'^. Parece que Pessoa hizo fren­
te siempre a estas dos vidas; soñador despierto, inmerso en la mul­
titud solitaria sin ahogarse, presente y a la vez ausente en la ciudad
de los hombres. Espíritu visitado o poseído por toda suerte de pre­
guntas, de pensamientos, de figuras irreales, de fimtasmas, no dejó
por ello de ser un ciudadano comprometido en la vida pública de
su país, atento a los graves acontecimientos de los cuales fue testi­
go. La política siempre lo apasionó. Una buena parte de su obra
en prosa está constituida por textos de carácter político: cartas
abiertas, manifiestos, panfletos, artículos sobre los dirigentes de
partidos políticos y los sucesivos regímenes (monarquía, repúbli­
ca, dictadura); sobre la posición de Portugal en la guerra, el papel
de la opinión pública en la democracia, Lenin, M ussolini, Salazar,
etcétera. Tendremos ocasión de examinar, en esta narración de su

FPP, p. 251.

27
vida, sus reacciones e intervenciones, a veces sorprendentes. N o es
fócil juzgar sus juicios, siempre fragmentarios, a menudo contra­
dictorios y, sobre todo, cambiantes. SimSes señala «su incurable
incapacidad para observar los hechos y extraer de ellos conclusio­
nes». Otros lo consideran un profeta, y destacan su lúcida obser­
vación de los acontecimientos. Tampoco resulta sencillo definir
sus ideas políticas, inseparables de sus ideas estéticas, religiosas y
morales, que en conjunto conforman una original visión del
mundo.

Vivió una época turbulenta en la historia de su país, aunque


es cierto que las revoluciones portuguesas resultaron ser menos
sangrientas que otras. Nació poco antes de un evento difícil de en­
tender fuera de su contexto, el Ultimátum de 1890, por el cual los
ingleses prohibieron definitivamente a sus aliados portugueses la
expansión colonial en África y que fiie considerado como una hu­
millación por todo el pueblo. Veinte años más tarde, los intelec­
tuales de la generación de Pessoa seguían marcados por este suce­
so. El recuerdo de este episodio contribuyó a forjar el nacionalis­
mo del joven portugués cosmopolita al retesar a su patria. Y no
es casual que Alvaro de Cam pos, en su momento, titule Ultim á­
tum el panfleto futurista en el que notifica bmtalmente su orden
de desahucio «a todos los mandarines de Europa»

Asistió en su juventud a la agonía monárquica en un país al


borde de la bancarrota. N o tiene aún veinte años cuando el rey
don Carlos es asesinado en la plaza del Comercio. Dos años des­
pués, en 1910, se proclama la república. Durante veinte años se
suceden sublevaciones militares o populares, golpes de Estado, re­
vueltas de los monárquicos, huelgas y asesinatos políticos. Contra
la opinión de muchos portugueses, entre los cuales figura Pessoa,
Portugal entra en guerra deí lado fi'ancobritánico en 1916. Un

'5 FPA, p. 189.

28
contingente portugués toma parte en 1918 en la batalla de Lys
(ima placa conmemorativa en el jardín que dom ina el puerto de
Alcántara da testimonio de ello). En 1917 aparece un hombre
providencial. Pessoa lo definirá en un poema como «presidente-
rey», reencarnación de don Sebastián «el Deseado». Pero Sidónio
Pais es asesinado en diciembre de 1918. Portugal recobra la paz ci­
vil a fines de los años veinte, pero a costa de renunciar a la liber­
tad durante casi medio siglo. Tras un último período de agitación
y nuevos intentos de implantar una dictadura, el docto profesor
Salazar impone, en sucesivas etapas, su poder absoluto: supermi-
nistro de Hacienda en 1928, presidente del Consejo en 1932 y
fimdador del «Estado Nuevo» de modelo fascista en 1933. La ac­
titud más bien &vorable y expectante con que acogió Pessoa el
nuevo régimen evolucionó, en pocos años, hacia una oposición
irreconciliable.

Los lamentos de un bi<%rafo son vanos. N o puedo evitar, sin


embargo, imaginarme que si la vida de Pessoa se hubiese prolon­
gado más allá de 1935, tanto como la esperanza de vida en un
hombre de su edad lo permitía estadísticamente, el poeta habría
conocido los horrores de ambos totalitarismos, el pardo y el rojo,
y los de la Segunda guerra mundial, pero también la descoloniza­
ción, la fimdación de las Naciones Unidas, la mundialización de
la economía, la creación de la Unión Europea y la entrada de Por­
tugal en ella. El profeta europeo de M ensaje se habría regocijado
de ver a Portugal desempeñar su misión de «rostro con mirada
fija / vuelto hacia Occidente, porvenir del pasado»^^.

★ ♦ *

El ensayista portugués Eduardo Louren90 renovó la exégesis


pessoana en 1973 con su libro Femando Pessoa revisitado, titulado

16 O .II,p. 101.

29
luego, en su traducción francesa, Pessoa, letranger absolu. M e sor­
prendió en su momento que el autor, desde la primera línea, ad­
virtiese al lector de que todo su estudio descansa sobre un postu­
lado que da sentido al libro: Pessoa es un genio. Esta precaución
retórica me parecía superfina. Hoy, en cambio, al evocar la perso­
nalidad del poeta, me veo obligado a dejar sentado de antemano
la admiración que le profeso. Pero es poco decir. Para justificarse,
Louren9o habla de «la nueva luz» que todo genio aporta al mun­
do, y se atreve a decir que el crítico, iluminado por tal resplandor,
«está obligado a comimicarlo, a ser su apóstol» (la cursiva es mía)
«sin olvidar jam ás la distancia que lo separa de él». Pienso en el na­
rrador de Los papeles de Aspem de Henry Jam es cuando dice del
poeta cuya biografía intenta redactar: «He is a p a n ofthe li^ t by
wich we walk».

En general desconfío de los devotos, pero he de admitir que


tengo devoción por Pessoa. Llega a irritarme, me exaspera a ve­
ces, no siempre lo entiendo; pero amo a este hombre al que sólo co­
nozco a través de las palabras que nos ha legado. Sentí, hace poco
más de treinta años, cuando leí por primera vez E l guardador de
rebaños, un enamoramiento súbito similar a una conversión. Aún
me dura. Somos unas cuantas docenas o centenares en el mundo
los que compartimos este fervor, los más fieles entre los fieles: por­
tugueses, pero también brasileños, españoles, italianos, estadouni­
denses, ingleses, alemanes y hasta rusos, croatas, húngaros, pola­
cos, japoneses, chinos, etc. Nuestra pequeña iglesia universal es
distinta de las otras sociedades de amigos de escritores o de artis­
tas que conozco. Cuando coincidimos en coloquios y congresos
tengo la impresión de que lo que sentimos excede el arte o la lite­
ratura. Recuerdo un encuentro en Lisboa que acabó con una co­
mida en Martinho da Arcada, el café favorito del poeta. Ocupába­
mos todas las mesas salvo la suya, sobre la cual estaban sus gafas.
Gracias a una suerte de viviente metonimia, presidía invisible­
mente nuestro ágape. O tra vez, en Nashville (Tennesee), cuna de
la música country y del rock (pero que aloja, en la Universidad

30
Vanderbilt, la mejor biblioteca baudeleriana del mundo), durante
la conferencia de un profesor negro de M innesota al que apenas
entendía por su marcado acento americano, mirando las caras
atentas o soñolientas de esos hombres y esas mujeres, eminentes
especialistas mayoritariamente europeos, pero también sudameri­
canos, africanos y asiáticos, me dije: «Y aquí estamos todos, des­
pués de atravesar océanos y continentes, unidos por nuestro ape­
go a un hombre que nunca salió de su país y que en tr^ó su vida
por hacer la nuestra más bella. Las palabras que intercambiamos
carecen de importancia; son un ritual para instituir su presencia
entre nosotros. Lo hacemos en su memoria».

En el coloquio de Royaumont de 1986, algunos de aquellos


especialistas se reunieron nuevamente. En una de las sesiones,
Rémy Hourcade leyó enfóticamente el «M agníficat» de Alvaro de
Cam pos. Era un día soleado y la puerta de la biblioteca abacial es­
taba abierta. Justo en el momento en que el orador exclamaba:
«Gato que me miras con ojos de vida, ¿qué tienes allá en lo hon-
do?»^^, un gato entró lenta y m ajestuosam ente en la sala. Pes-
soa, que creía en los signos premonitorios, habría dicho como
Abellio que «no existe el azar»; sólo hay encuentros.

FPP, p. 249.

31
1

«O h, cam pan a de m i ald ea...)*

(1 8 8 8 -1 8 9 5 )

Esta cam pana que resuena para siempre en uno de los pri­
meros poemas del Qtncionero, escrito en 1913, representa la sau­
dade, manifestación de atenazante nostalgia típicam ente portu­
guesa. Está en la iglesia de los M ártires, cerca de la casa natal de
Pessoa y donde el poeta fue bautizado, en la calle Garrett, arte­
ria muy concurrida que une la Baixa con el Baírro Alto. Basta
dar unos pasos para llegar a la plaza de San C arlos, mucho más
tranquila, en cuyo flanco sur está el bello edificio de la ó p era.
Este barrio del Chiado, que es el corazón de la ciudad, evoca a la
vez a Saint-Germain-des-Prés y a la rué de la Paix de París; está
poblado de tiendas elegantes, librerías, cafés y teatros. En la ac­
tualidad todavía es frecuentado por intelectuales. La parte baja
del Chiado, en el confín con la Baixa, fue destruida por un in­
cendio en 1988, año del centenario del nacimiento del poeta.
Actualmente ha sido reconstruida con fidelidad siguiendo el es­
tilo pom balino original, que José Augusto Franca ha denomina­
do «arquitectura de las Luces». La plaza de San Carlos y las ca­
lles adyacentes de la parte alta permanecen intactas. Estos luga­
res pueden contemplarse tal com o los vio Pessoa cuando hizo
referencia a ellos, en el poem a, com o su «aldea» natal, él que
nunca conoció una aldea. E s su pequeña patria, a la que perma­
necerá fiel hasta la muerte.

32
El inmueble donde nació y vivió hasta los cinco años está en el
número 4 de la plaza. La familia Pessoa ocupaba un vasto y confor­
table piso en la cuarta planta. Desde el balcón se ve el Tajo. Por las
ventanas no sólo penetra el sonido de las campanas de la iglesia cer­
cana, sino también, si creemos lo que asegura Simóes, las voces de
los cantantes y la música de la orquesta de la Ópera, aún más cerca­
na. Este entorno protegido, acorde con la excepcional sensibilidad
del niño, la armonía que, según parece, reinaba en la casa, la rela­
ción apasionada que mantenía con su madre, todo ello fortaleció,
de manera imborrable, la idea de lo que es un ht^ar. Estos primeros
cinco años de su vida fueron los únicos en los que no se sintió ex­
tranjero en el mundo. La fiase de Saint-Exupéry: «Soy de mi infan­
cia como se es de un país» a nadie se aplica mejor que a Pessoa.

La infancia para él es, ante todo, el estado de este pequeño ser


aún indiférenciado y sin embargo ya condicionado por las circuns­
tancias de su nacimiento, sometido a las influencias, a la im pr^na-
ción del ambiente y de las presencias cercanas, resguardado en una
crisálida de afecto de la que saldrá armado o desarmado para la vida,
con una personalidad fuertemente estructurada o un yo que se dis­
persa. La primera infiincia de Pessoa recuerda la de Proust, con el
hada buena, su madre, inclinada sobre la cuna, el beso de buenas
noches, las riñas y las reconciliaciones. Quien en la edad madura
sentirá y aceptará que está completamente privado de amor, supo en
aquel momento lo que es la pasión compartida. Muchos de sus tex­
tos, en verso y en prosa y escritos en todos los períodos de su vida,
lo demuestran. Se podría hacer con ellos una antología del amor fi­
lial, pleno y finalmente frustrado. A su primer poema, <.<Ami queri­
da mamá», escrito a los siete años, le hace eco el último escrito en
fiiancés, compuesto poco antes de morir y también dirigido a su
«mamá, mamá» por quien es siempre «tu hijo / crecido / y lleno de
lágrimas y dudas». Pessoa había perdido a su madre diez años antes.

Aunque a su madre la quería con locura, parece que el peque­


ño Fernando amaba también a su padre, sin duda de forma más

33
distante, más razonable. Se parece más a él que a ella, física y mo­
ralmente. A menudo experimentará por sí mismo, como Mi-
chaux, episodios de su padre. Éste, simple funcionario, crítico
musical en un periódico, no se sintió plenamente realizado; sin
embargo, era inteligente, culto, sensible a la belleza. Sin duda, fue
su modelo. Pero su madre fue su apoyo y su refugio. Se puede de­
cir que el «espíritu de desasosiego» que inspira la parte esencial de
su obra lo heredó de su padre, pero que la sólida posesión del ins­
trumento verbal que le permitió expresarlo con incomparable
fuerza se la debe a su madre. Según todos los testimonios, M aria
Magdalena tenía dotes excepcionales. Se dice que había recibido la
educación que se destinaba a los hombres: sabía latín y alemán y
hablaba y escribía perfectamente en francés y en inglés. Poseía una
vasta cultura literaria, musical y artística. H asta com ponía poe­
mas. La familia contaba con otra mujer ilustrada: M aria Xavier
Pinheiro da Cunha, tía de M aria Magdalena (era hermana de su
madre). También escribía poemas, mejores que los de su sobrina.
Ejercerá una gran influencia sobre Fernando, cuya vocación poé­
tica surgió muy precozmente.

Pessoa parece haber reconocido en el espíritu del desasosiego


paterno la marca de su ascendencia judía. Él se define como «una
mezcla de judíos e hidalgos» (jidalgos). Uno de sus antepasados ju­
díos es muy conocido: Sancho Pessoa, perteneciente a una familia
judía obligada a convertirse por orden del rey M anuel I a finales
del siglo XV, bajo pena de expulsión, fue condenado severamente
por la Inquisición en 1706 acusado del delito de «judaism o», o
sea, de practicar clandestinamente la religión judaica. £1 más ilus­
tre de los jidalgos es el capitán José de Araújo e Sousa, quien legó
a la familia Pessoa su escudo de armas, que el propio poeta dibu­
jará con orgullo.

Las dos fiunilias, la paterna y la materna, que lia ro n a su reto­


ño rasgos de carácter muy diferentes, provenían de horizontes
también distintos. Los Pessoa, originarios de Coim bra, se distri-

34
huyeron a lo largo de generaciones por el norte y el sur de Portu­
gal y acabaron estableciéndose en Tavira, en la región del Algarve.
Nunca se movieron del continente. La familia materna de los No-
gueira, por el contrario, es insular, con los rasgos específicos que
implica tal condición (pensemos en los corsos o en los sicilianos
del Adántico). Los antepasados de M aria M agdalena se habían es­
tablecido desde hacía tiempo en las dos islas principales del archi­
piélago de las Azores, Terceira y San Miguel. Pertenecían a la cla­
se dirigente: propietarios de tierras, magistrados, altos funciona­
rios. El abuelo materno. Luís António Nogueira, acabó su carreta
con un puesto importante en la metrópoli. Se dice que la propia
M aria M agdalena se trató siendo niña con el príncipe heredero,
que era su compañero de clases. Su hijo nunca se sintió verdade­
ramente un hombre de pueblo.

Los portugueses llevan habitualmente al menos dos apellidos,


de los cuales uno suele ir precedido por la partícula de, que care­
ce de valor nobiliario. £1 matronímico precede al patronímico.
Así, el padre de Femando se llamaba Joaquim de Seabra Pessóa. El
nombre de soltera de la madre era M aria Magdalena Pinheiro N o­
gueira, al cual añadió, tras su matrimonio, el apellido Pessóa. Ha­
bitualmente, y siguiendo la costumbre portuguesa, se la llamará
dona (abreviado en D .) M aria Magdalena. En el acta de bautismo
el recién nacido recibe los nombres de Fernando António Noguei­
ra Pessóa, con acento circunflejo en la o. A los veintiocho años,
el 4 de septiembre de 1916, anuncia a su amigo Córtes-Rodrigues:
«Voy a imponer un gran cambio a mi vida: suprimiré el acento cir­
cunflejo de mi apellido». Su segundo nombre de pila se debe a
que nació un 13 de junio, día de san Antonio, patrón de Usboa, que
se celebra cada año con grandes festejos populares: desfiles, cantos,
bailes y sardinas asadas en las calles y las plazas, como en el ba­
rrio viejo de Alfáma.

Para un experto en astrología com o lib ará a serlo Pessóa, has­


ta tal punto que pensará en dedicarse a ello, y para el ferviente

35
aficionado a la numerología que decía ser, nacer el 13 de junio de
1888 a las 15 horas y 20 minutos, bajo el signo de Gém inis, tie­
ne su sentido. A lo largo de su vida hizo centenares o quizá miles
de horóscopos: de parientes, amigos, de personajes históricos
(Napoleón, Victor Hugo, Shakespeare, Don Sebastián, Chopin),
de sus heterónimos, hasta de entidades como Portugal o la
república. Evidentemente, a menudo se planteó su propio desti­
no. Com o no estaba seguro de su hora de nacimiento, por dife­
rencias de minutos, hizo varias series de cálculos, suponiendo,
por ejemplo, que había nacido diez minutos antes o después de
lo que le habían dicho. Un especialista portugués, Paulo Cardo-
so, rehaciendo dichos cálculos, llegó a la conclusión de que, con­
forme al razonamiento de Pessoa y aceptando que nació a las 15
y 22 en lugar de a las 15 y 20, la fecha de su muerte debería esta­
blecerse para el 30 de noviembre de 1935, es decir, el día en que
efectivamente se produjo.

Cuando nació el poeta, la casa de los Pessoa alber^ba, aparte


de a los padres y dos sirvientas, a otro personaje, original y moles­
to: la abuela paterna, viuda del general Joaquim de Araújo Pessoa,
antiguo combatiente del bando «liberal» durante la guerra civil de
principios del siglo x ix entre los «miguelistas», partidarios de la
monarquía absoluta, y los enemigos del rey M iguel. D ona Dioní-
sia de Seabra Pessoa, con su presencia y su ejemplo, desempeñó un
papel importante en la infancia del poeta. Fue el hada mala incli­
nada sobre la cuna al lado del hada buena. La internaron en dis­
tintas ocasiones. Cuando no sufría crisis, su comportamiento con
el niño era m ás o menos norm al, pero durante los episodios de
demencia se mostraba muy agresiva con su nieto, a quien segura­
mente no reconocía.

Se conservan muchas fotos de la abuela Dionúia, todas hechas


durante su vejez. Tiene una cara y Una mirada extrañas. Vivirá

36
hasta 1907, y Fernando, a su vuelta de Durban, y ya adolescente,
ocupará su habitación. Esta imagen de la locura, que s^;uramen-
te lo aterrorizaba en su primera infancia, más tarde lo obsesionó e
inquietó. Para él era una manifestación de su propia alienación
mental o, en el mejor de los casos, la amenaza potencial y constan­
te de una tara hereditaria, como una deuda aplazada, un desafío
del destino. En su madurez practicó la introspección y quiso ser
examinado por psiquiatras para saber si la enfermedad mental sólo
lo acechaba o era ya un hecho. Toda una parte de su obra, sea en
prosa o en verso, es una meditación sobre la grandeza trágica de la
locura.

A pesar de la abuela, los cuatro años y medio que van desde su


nacimiento hasta la enfermedad de su padre constituyen un re­
manso de pura dicha. Al menos, ése es el recuerdo que conservará
de esa época. Su obra está plagada de fugitivas imágenes de ese pa­
sado irremediablemente perdido: el tiempo «en que le festejaban
por el cumpleaños» y «nadie había m uerto»', cuando el pequeño
veía a su madre tocar el piano «con esas manos cuya, caricia ya no
volverá a mimarle»^ y la vieja tía dona M aría «tenía la costumbre
de adormecerle cantando Ñau Catrineta o Bela Infanta...»^. Q ui­
zá, al evocar su infancia, mezcla los recuerdos de los primeros
años en la plaza de San Carlos con estancias posteriores en casa de
sus tías en Pedrou^os, al oeste de Lisboa. Y, sobre todo, como él
mismo sospecha, su memoria afectiva transfigura esta infímcia
perdida. En una carta «a un poeta» (se trata del brasileño Ronald
de Carvalho) fechada en 1914, tras evocar con emoción su prime­
ra infancia, reflexiona: «Escribo y divago y me parece que todo
esto file verdadero. M i sensibilidad está tan a flor en mi imagina­
ción que casi Uegp a llorar y vuelvo a ser el niño feliz que nunca

‘ FPA, p. 130.
2 O, I, p. 216.
3 O, IV, p. 89.

37
Todo Pessoa está ahí, en esos ju ^ o s de imaginación y de
memoria. Hacia el final de su vida lo resumirá en este corto poema:

Cuando era niño


sólo viví, sin saberlo,
para tener hoy
esta reminiscencia.

Es hoy cuando siento


lo que fixi.
M i vida pasa, hecha
con lo que miento.

Pero en esta prisión,


libro único, leo
la impersonal sonrisa
de quien fui alguna vez^.

Luego veremos las implicaciones de lo que aquí significa esa


«impersonal sonrisa». La infimcia de un poeta es una hibernación
o una rumia. Com o dice Michaux, «sueña con la permanencia,
con una perpetuidad sin cambios», atento sólo a ese «secreto que
conserva desde su primera infancia y que sospecha que existe en
algún lugar».

A Fernando, excepcionalmente precoz, le interesaban ya las le­


tras, según dicen, a los ocho meses. Sin otra maestra que su ma­
dre, sabía escribir a los cuatro años. Parece que de este período
data su primera experiencia de desdoblamiento de la conciencia
que dom ina su obra. Se produce en dos etapas: el exceso de auto-
consciencia primero y la dispersión del yo después. Un poem a
de 1927 evoca la sorpresa del chico que, entreteniéndose con un
juguete cualquiera, descubre de golpe que^o es Otro:

PP, p. 139.
5 O, I, p. 199.

38
Se sintió ji^ a r
y exclamó: ¡Soy dos!
H ay uno que juega
y otro que lo sabe;
uno me ve jugar
y el otro me ve mirarlo^...

La otra etapa, posterior, a los seis años, supone la aparición de


la primera personalidad distinta de la suya, o sea, la precursora
de los heterónimos, el caballero de Pas. «Yo me escribía sus cartas»,
dirá cuarenta años más tarde, con nostalgia^. Este «héroe de seis
años» es francés, lo que permite suponer que el niño hablaba y es­
cribía en esa lengua, que su madre le habría enseñado. El apellido
Pas no es el sustantivo que designa el paso sino el adverbio de ne­
gación. Tal nihilismo resulta algo sorprendente a esa edad. Es líci­
to preguntarse por el sentido de este episodio. La tendencia a
«crear a su alrededor otro mundo, con otras gentes», ¿es el efecto
del sentimiento alegre de un desbordamiento existencial que debe
ser frenado o la consecuencia del choque afectivo que, al privarlo
de amor, genera en el poeta una carencia existencial que deberá
colmar? A los seis años ya está inmerso en un proceso que lo lleva­
rá del lado infantil de la vida, el materno, al lado abrupto y hela­
do que jam ás volverá a iluminar el sol.

Bernardo Soares, el supuesto autor de Libro del desasosiego, es­


cribe en su diario: «M i madre murió muy pronto, y no llegué a co­
nocerla»*. Sabemos que, por el contrario, Fernando perdió a su
padre y no al nacer sino cuando tenía cinco años. La primera vez
que lo leí creí ver en semejante afirmación una transposición sin

« O, I, p. 102.
7 O, VII, p. 154.
« O, III, p. 37.

39
mayor trascendencia, como hacen a menudo los novelistas. El L i­
bro en efecto, como veremos, tiene una dimensión novelesca. Pero
no es así. Esta sorprendente anotación aclara lo que pudo suceder
en ese pequeño cerebro a la vez demasiado sensible y demasiado
complicado para su edad. El hecho de dar muerte simbólica a su
madre — que en realidad murió treinta años más tarde y a la que
Pessoa adoró hasta el final— significa que el niño fue consciente
en ese momento de que a quien perdía para siempre era a ella. En
un poema de 1926, «El pequeño de su mamá», la transposición es
todavía más clara, porque aquí es la madre quien pierde a su hijo.
El cuerpo de un joven soldado, que recuerda al «Durmiente del
valle», «atravesado por las balas», en la hierba, «yace, muerto, y tie­
ne filo». Mantiene «una mirada ciega en el perdido cielo». Lo lla­
maban «el pequeño de su mamá», el nombre que M aria M agdale­
na daba a su hijo^.

Tiene razón Gaspar Simóes al afirmar que no fue la muerte


del padre la que desterró a Femando del paraíso infantil, sino el
consecuente «alejamiento» (la palabra es de Pessoa) de la madre. El
padre, Joaquim , cayó enfermo al empezar 1893. La tuberculosis,
como a Alberto Caeiro, lo obligó a recluirse en el campo. D eja en
Lisboa a su mujer, su madre, su hijo mayor y el menor, que acaba
de nacer. Muere a los cuarenta y tres años. M aria Magdalena, casi
sin recursos, se ve obligada a mudarse tras haber vendido buena
parte del mobiliario. En pleno duelo la familia se instala en un
piso menos señorial en un barrio menos elegante, entre el Jardín
Botánico y el Parlamento, no muy lejos de la plaza de Rato. Es de
suponer que los meses siguientes, ensombrecidos por la muerte
del padre y después por la del hermano, se iluminan algo por la
presencia constante de la madre, a la que el niño considera defini­
tivamente suya. Pero la joven viuda de treinta y un años conoce,
ai empezar 1894, a un hombre de apariencia imponente, que al

O, I, p. 90.

40
principio le es presentado a Fernando como un «amigo» de la fa­
milia. Enseguida se convertirá en el novio y después en el marido
de su madre. Es un oficial de la M arina, el comandante Joáo M i­
guel Rosa, que justo en ese momento es destinado a un puesto di­
plomático, el de cónsul portugués en Durban, en la provincia de
Natal.
Se sabe relativamente poco de este comandante Rosa, pero
basta mirar su foto para darse cuenta de que es todo lo contrario
de Fernando y de su padre Joaquim : erguido, fornido, un poco
barrigudo, con la cara cuadrada, el pelo cortado a cepillo y un bi­
gote altanero «a lo káiser», con las puntas hacia arriba. Podemos
imaginar el efecto que causaría en el niño este padrastro demasia­
do viril. Uno piensa enseguida en el general Aupick, uno de los
padrastros más famosos de la historia de la literatura. Baudelaire
casi consigue persuadirnos de que su madre se había casado en se­
gundas nupcias con un bruto, un «cruel y cum plidor militar del
Imperio». N o hay datos que nos hagan pensar que el comandante
Rosa fuera un mal hombre ni que su joven hijastro lo odiara. Parece
haber asumido su papel de padre sustituto muy consdentemenie y
hasta con bondad. Baudelaire y Pessoa, que vivieron en la misma
época de su vida idéntica experiencia de un alejamiento de la ma­
dre, reaccionaron de modo diferente. Pessoa es más soñador que
belicoso. Se encierra en sí mismo en vez de rebelarse. Pero poco
nos importa la relación que en definitiva estableciera con su pa­
drastro, e incluso con su madre. Lo que querríamos saber es hasta
qué punto influyó ese trauma afectivo sufrido a los siete años en el
bloqueo de la consciencia que más tarde dará a su obra su tono
propio: la abstracción de los sentimientos y las sensaciones, la ple­
nitud vada, la ausencia de sí mismo y del mundo, la estética del re­
cogimiento y la blancura, etc. «Para crearme, me he destruido»,
dice el narrador del Libro del desasosiego^^. «Me he exteriorizado
tanto dentro de mí mismo que en mi interior sólo existo exterior-

O, III, p. 37.

41
mente.» Quizá, después de todo, este proceso de autodestrucción
creadora ya estaba secretamente implícito en Pessoa desde entonces.

El comandante Rosa no espera a casarse para asumir su cargo.


Parte en julio de 1895 y se casa por poderes con M aria M agdale­
na en diciembre. Lo representa su hermano, el general Henrique
Rosa, del que se volverá a hablar en el libro. Es un militar extraño,
que se parece menos a su hermano Joáo M iguel que al propio Fer­
nando, sobre el cual tendrá una influencia tal vez determinante.
Se dice que Henrique Rosa, bastante bohemio y un poco borra­
chín, es el primer poeta «de carne y hueso» que vio Pessoa. A él se
le atribuye el honor de iniciar al adolescente en la poesía portu­
guesa moderna. De momento, la cuestión que se plantea en julio
de 1895 es la suerte que correrá el niño de siete años. Se convino
que M aria M agdalena partiese enseguida una vez casada. ¿'Debía
llevarse a su hijo o confiárselo a su tía M aria Xavier Pinheiro da
Cunha, la que escribía poemas y cantaba canciones? Su marido,
«tito Cunha», era un buen hombre al que todos estimaban — in­
cluido su sobrino nieto— a pesar de su incultura: se decía que su
mujer le redactaba las cartas de negocios y él las firmaba con una
cruz. El comandante era más bien partidario de dejar al niño en
Lisboa. M aria Magdalena dudaba. Sin duda el pequeño fue con­
sultado. Se puede leer su respuesta en la cuarteta redactada el 26
de julio de 1895, a la postre su primer poema conocido. Ese día se
acercó a su madre con semblante serio y un papel en la mano, y le
pidió que le escuchara.

«A mi querida mamá»

Tierra de Portugal
¡oh querido país natal!
Aunque lo am o de todo corazón
a ti te am o mucho más.

Todo está dicho. El 6 de enero de 1896 la madre y el hijo se


embarcan rumbo a Sudáfrica. Los acompaña tito Cunha, pero re­

42
gresará nada más U e ^ . Nada se sabe con certeza de este primer
viaje, que duró treinta días, salvo que M aria M agdalena sufrió un
accidente durante la escala en Madeira; pero la experiencia de la
partida y el espectáculo del océano nutrieron para siempre la ima­
ginación del poeta. La «O da marítima» evoca este desprendimien­
to del mundo antiguo: el muelle portuario de Lisboa convertido
en «una saudade de piedra»” . O tro poema de Alvaro de Cam pos
describe el malestar físico y metafísico que en él provoca el viaje y
que explica su elección, a su regreso, de una vida sedentaria:

Nunca, por más que viaje, por más que conozca,


al salir de un lugar, al llegar a un lugar conocido o desconocido,
pierdo, al partir, al llegar, y en la línea móvil que los une,
la sensación de m iedo, el terror de lo nuevo, la náusea — esa náusea que
es el sentimiento cuando sabe que el cuerpo tiene alma.
Treinta días de viaje, tres días de viaje, tres horas de viaje
— ^siempre la opresión se infiltra en el fondo de mi corazón” .

Pero Cam pos también expresa el deslumbramiento que debió


de sentir el niño ante el esplendor de la «vida marítima», que lo
llevará más tarde a asumir espiritualmente la herencia de los mari­
nos portugueses:

¡O h, fugas continuas, idas, ebriedad de lo Diverso!


¡Alma eterna de los nav^antes y del n av^ar! [...]
Flotar como alm a de la vida, partir cual voz,
vivir el momento temblorosamente sobre las aguas eternas, [...]
¡Toda la vida marítima! ¡Todo en la vida marítim a!” [...].

También es posible intuir un lejano recuerdo de la llegada a


M adeira o D urban, en aquel prim er viaje, en el poem a «H ori­
zonte», perteneciente a M ensaje, que evoca el descubrim iento

FPA,p.32.
ídem , p. 132.
13
’’ FPP, pp. 195-197.

43
de las costas africanas y asiáticas por Vasco de G am a y sus com ­
pañeros:

Línea severa de la lejana costa,


cuando la nave se acerca el acantilado se alza
con todos sus árboles, allí donde la lejanía sólo era nada;
de cerca la tierra se despliega en sonidos y colores [...].

H e aquí el sueño: ver las formas invisibles


de la vaga distancia y por sensibles
im pulsos de esperanza y voluntad,
ir a buscar en la íiría línea del horizonte
el árbol, la playa, la flor, el pájaro, la fuente,
el merecido beso de la verdad*^.

O , II, p. 129.

44
In glaterra en D u rb an

(1 8 9 6 -1 9 0 1 )

Si se toman al pie de la letra las escasas confidencias que hizo


Pessoa en su madurez acerca de su lejano pasado, su infencia ter­
mina con el primer exilio, en 1896. Lo que en su vocabulario per­
sonal denomina «primera adolescencia» (habrá otras dos, una en
Durban y otra en Lisboa) parece haber comenzado con motivo
de su ingreso en el liceo en 1899. El período intermedio, que va de
los ocho a los once años, está oculto bajo im manto de silencio.
N o sólo es la fase de la que m enos habla Pessoa, sino tam bién
la menos documentada con datos fehacientes. Durante mucho
tiempo tam poco se supo gran cosa de los seis años posteriores,
de 1899 a 1905, fecha que marcó el retorno definitivo a Lisboa.
Gaspar Simoes sólo dedica a este período veinte de las setecientas
páginas de su libro. António Quadros, por su parte, lo ventila en
apenas dos. Lo que pasó en Durban no le interesa. Vemos a Pes­
soa desaparecer en plena niñez y reaparecer convertido en un jo­
ven. ¿Qué ocurrió entre ambas etapas? Misterio. Lo que más lla­
ma la atención de esa estancia en Sudáfrica es que apenas si ha
quedado registrada en la memoria del poeta; al menos exterior-
mente no quedó nada de ella. H ay menos impresiones de África
en su obra que en la de Baudelaire, que la conoció de paso y como
turista, en tanto que Pessoa vivió allí nueve años. Él, que de vuel­
ta en Lisboa captó atentamente el color del cielo, los cambios de

45
estación, las escenas callejeras, las casas, el río, a la gente, nada vio,
oyó ni sintió en Durban. Él, un apasionado de la política portu­
guesa y europea, apenas habla de los graves sucesos de los que por
fuerza fiie testigo en Natal. El 26 de junio de 1899 toda la pobla­
ción de Durban, enfervorizada, se <^lutina en el puerto para reci­
bir al nuevo héroe del imperio británico, W inston Churchill, que
se había escapado de una cárcel de los bóers y venía a organizar la
resistencia. Fue recibido con discursos, música militar y aclama­
ciones, ante el ayuntamiento, a poca distancia del liceo y el consu­
lado. Pero sin duda el joven Fernando Pessoa no oyó los clamores
de la multitud ni tampoco vio ondear en las calles los fiamboya-
nes rojos ni los jacarandaes azules, ni mucho menos a la gente,
obreros y sirvientes zulúes, extrañamente ausentes de esta Africa
fantasm al. Su única alusión a la situación política africana se ha­
lla en un poem a escrito muy al final de su estancia en Durban,
en 1905, en el cual responsabiliza al primer ministro, Chamberlain,
de la guerra con los bóers. Se podría decir que el resto del tiempo
vivió como un zombi. Evidentemente, tenía la mente en otra par­
te. Lo que hoy sabemos de su estancia en Natal lo confirma: su
existencia fue puramente intelectual y se desarrolló fuera del espa­
cio y del tiempo. Sin duda le aburrió ese «exilio austral», como
dice M arie Bonaparte al referirse a Sudáfrica, país en el que se exi­
liaría durante la Segunda guerra mundial, describiendo también
su «maldita primavera» y sus «pájaros que no cantan». Pessoa no
hizo ninguna descripción. Espiritualmente no vivió en Durban,
sino más bien en Londres, con Shakespeare, M ilton o Blake.

Hubo que esperar a los años sesenta, tres décadas después de su


muerte, para saber algo más de su etapa africana. Armand Guibert,
cuando preparaba su estudio del poeta, que publicó en 1960 en la
editorial S^É^^> babí^ llevado su profesionalidad hasta el punto de
viajar a Durban para investigar esta en^m ática infimda, pero fiie en
vano. La estancia allí del portuguesito no había dejado ninguna hue­
lla. Puesto que Pessoa habki olvidado Durban, Durban le pagaba con
la misma moneda. Gaspar SimÓes, algunos años antes, se había limi­

46
tado a escribir al cónsul portugués, el señor Matias, lejano sucesor del
comandante Rosa, que le proporcionó algunos documentos de desi­
gual interés. Pero a Maria de la Encama^áo Monteiro, profesora en
Q>imbra, mientras analizaba «k influencia inglesa en k poesía de
Pessoa», se le ocurrió acudir al director d d liceo (High School) donde
el poeta habk esmdkdo. De ^ Ip e, algunos profesores, al enterarse
de que un portuguesito que había sido su alumno medio siglo antes
se había convertido en un hombre célebre en su país, se interesaron
por d caso. Entre ellos destaca un hombre sorprendente, Hubert D.
Jennings, cuya vida es una novek y cuya rekción con d recuerdo de
Pessoa constituye una larga histork de amor.

M e encontré con Jeim ings en el ya mencionado coloquio de


Nashville. Tenía ochenta y siete años. Los números, en los que el
poeta astrólogo tenía una fe supersticiosa, parecían predestinar
a am bos a coincidir siempre a destiem po. N acido en Londres
en 1896, d año en que Pessoa llegó ^ Durban, emigrado a Natal du­
rante la Primera guerra mundial, nombrado profesor d d liceo,
Jennings lo abandona definiti'mnente en 1935, año en que muc­
re aquel a quien dedicará el final de su vida y del cual, hasta en­
tonces, no había oído hablar. Mientras recopilaba datos con obje­
to de publicar una historia del c o l^ io (The D urban High School
Story), se topó en los archivos con k kscinante figura de Fernando
António Nogueira Pessóa, de cuyo destino póstumo había sido ya
informado por la señora Monteiro. Quedó deslumbrado por ese
adolescente genial, muerto hacía ya treinta años. Lee sus poemas
en francés, traducidos por Armand Guibert. Para poder leer los
textos originales, aprende portugués por su cuenta. Prepara una
tesis doctoral, que presenta en Inglaterra cuando tiene más de
ochenta años y que resume en un libro redactado en portugués y
titulado (ya veremos por qué) Los dos exilios, publicado en 1984.

El memorable encuentro de Nashville había sido organizado


por otro hombre apasionado, Alexandrino E. Severino, que tenía
tres patrias (Portugal, Brasil y Estados Unidos) y ocupaba la cáte­

47
dra de literatura portuguesa en la Universidad Vanderbilt. Se con­
sagró durante años, junto con Jennings, al estudio de la etapa afri­
cana de la vida de Pessoa. Su tesis, presentada en 1969 y converti­
da en libro en 1983 (Femando Pessoa en Suddfnca), es la obra más
sistemática y completa sobre el tema. Él y su colega británico
constituyen las fuentes en las que me baso para ilustrar la crónica
de esos nueve años. Con todo, ninguno responde a las preguntas
que pueden plantearse sobre el desarrollo físico y mental del ado­
lescente antes, durante y después de la pubertad ni sobre las rela­
ciones con su familia, salvo que, según todos los testimonios, era
extremadamente cariñoso con sus hermanos y hermanas, nacidos
durante su estancia en Sudáínca. Las informaciones recogidas por
Jennings y Severino cubren sólo tres aspectos de su vida en Dur-
ban: su rendimiento escolar, sus actividades personales e intelec­
tuales (lecturas, primeras tentati^^ literarias, primeros poemas,
juegos) y sus relaciones con los profesores y alumnos del liceo.
Ambos investigadores se ocuparon también de situar esta adoles­
cencia en su marco geográfico e histórico, sobre el cual el poeta
guardó silencio. Los dos comenzaron por ahí.

D ’Urban, así llamada en honor de un gobernador de la colo­


nia del Cabo de Buena Esperanza, más tarde rebautizada Durban, es
la ciudad más im portante de Natal, cuya capital administrativa
es Pietermaritzburg. Tiene actualmente cerca de un millón de ha­
bitantes; en 1896, cuando llegó Pessoa, contaba sólo treinta mil.
Nueve años más tarde, cuando Pessoa la abandona, la población
era de sesenta mil habitantes. Era todavía una ciudad de pioneros
en rápida transformación. Se extendía un poco caóticamente a lo
largo de la costa, dom inada por la mole del Bluff, una colina que,
s^ Ú ^ dicen, se asemeja a la espalda de un hipopótamo, entre la
selva y el océano («índico, el más misterioso de los océanos todos»,
dirá Alvaro de Cam pos)’ . El puerto, entonces todavía de arena,
será años más tarde acondicionado para recibir grandes navios.

‘ FPP, p. 198.

48
En esa época, Durban es una ciudad inglesa. Natal, colonia
británica, goza de cierta autonomía desde 1894, pero se solidariza
con la metrópoli en la guerra contra los bóers (1899-1902). Tras
la victoria se unirá a las restantes provincias (El Cabo, Orange y
Transvaal) en la Unión Sudafricana, miembro de la Common-
wealth. C asi todos los europeos son ingleses y conforman la mitad
de la población. Esta proporción es muchísimo menor en la ac­
tualidad. La burguesía inglesa de industriales y comerciantes es,
según declara Gaspar Simóes por boca de su informante portu­
gués, «inculta, vulgar, mediocre, incom parable, por ejem plo, a
la clase media francesa». Jennings, más escéptico con respecto a la
sociedad francesa, replica que esa b u j^ e sía de Durban, que él co­
noció, se parece mucho a la del Havre, tal como la describe Sartre
en L a náusea, lo que equi\ale a decir que muchos de esos merca­
deres, banqueros, fabricantes y armadores, con cuyos hijos se co­
deaba Pessoa, son, recurriendo al lenguaje sartreano, unos «cochi­
nos».
La lengua, el estilo arquitectónico, los nombres de las calles,
las instituciones, las costumbres, los cultos religiosos y, desde lue­
go, la enseñanza, todo en Durban es inglés. El pequeño Fernando
Pessoa, que, según parece, no sabía inglés cuando llegó, lo apren­
de sumergiéndose repentina y totalmente en el ambiente. Sus pa­
dres lo inscriben enseguida en un colegio católico de enseñanza
primaria regido por unas monjas irlandesas, la Convent School,
situado en la calle principal, la West Street, así llamada no por su
orientación geográfica sino en memoria del primer gobernador
de la colonia, Martin West. En tres años completará cinco cursos, de
modo que al empezar la enseñanza secundaria sacará a sus compa­
ñeros dos cursos de ventaja. Poco más se sabe de su etapa escolar,
pero es digna de destacarse su increíble capacidad de aprendizaje.
Se debe, sin duda, a sus aptimdes innatas, pero también, quizá, a
los conocimientos básicos y la gimnasia intelectual que ya le había
inculcado su madre, que parece haber sido una notable pedagoga.
¿Siguió ella desempeñando esta tarea en Durban, pero ahora en
inglés? Era muy capaz. Lo que es seguro es que entre los ocho y los

49
nueve años Pessoa domina completamente el ii^ é s, que será, duran­
te diez años, su lengua de trabajo intelectual y de creación literaria.

M ucho se ha dicho acerca del papel del bilingüismo en la gé­


nesis de su obra. Jorge de Sena sostiene que durante toda su vida
Pessoa pensó en inglés y escribió en portugués; ése sería el secreto
de su estilo inimitable, tanto en verso como en prosa. Otros de­
fienden casi lo contrario; el portugués, lengua materna, en senti­
do estricto, le resultaba más natural que el inglés, lengua adquiri­
da, de la cual tenía una práctica sobre todo libresca y que hablaba
y escribía, según su antiguo condiscípulo Ormond, casi demasia­
do bien, «con un estilo académico». Jennings resume su opinión
con una fiase tajante: «Para Pessoa, el inglés era la lengua del inte­
lecto, y el portugués, la lengua del corazón». El propio Pessoa,
mucho más tarde, haciendo el elogio de Babel y del bilingüismo,
propondrá otro reparto en su profecía del «Quinto Imperio», que
será el reino de la cultura: «Se utilizará el inglés como lengua cien­
tífica y general, y el portugués como lengua literaria y particular.
Para aprender, se leerá en inglés; para sentir, en portugués. Para
enseñar se hablará en inglés; para expresarse, en portugués».

Todos estos juicios, incluido el suyo, no agotan el tema, que


por el momento apenas ha sido tratado por los especialistas. Tien­
do a pensar que el uso del inglés, en una obra donde predomina el
p o m ^ é s, crea una distancia análoga a la que establecen los hete-
rónimos entre el poeta y el propio Pessoa: se pueden XaaAntlnoo
y los Sonetos como poemas de un cuarto gran heterónimo, cuya
«máscara» no es un nombre sino una lengua. Conviene añadir sin
embargo que ambas lenguas le son igualmente consustanciales,
hasta el punto de que a veces, escribiendo sus borradores en pro­
sa, pasa de una a otra, sin advertirlo^.

C fr.O ,V III,p.389.

50
Femando entra en el Uceo el 7 de abril de 1899, cuando toda­
vía no tiene once años. De esta fecha data, como se ha dicho, el
comienzo de su «primera adolescencia». En li^ ar de ser inscrito en
primer año (Form I), empieza sus estudios secundarios directa­
mente en s^;undo (Form II), que corresponde aproximadamente a
una clase de 8 .° de EG B (o 2.® de la ESO ) en un colegio español.
Sus compañeros tienen trece años. Sus éxitos escolares llevaron
al director a hacerle estudiar tres cursos en dos años. En junio
de 1901 ^í& 3ihtí\znttTaem ct\SchoolH igherCertificateExam ina-
tion, examen de fín de estudios del primer ciclo, que da acceso al
segundo ciclo de dos años.

Es fácil reconstruir esta primera parte de la escolaridad secun­


daria del joven Pessoa gracias a los documentos administrativos
encontrados en los archivos del liceo. Jennings reproduce, en fac­
símil, algunos de ellos en su libro. Los boletines semestrales de los
profesores sólo contienen altas calificaciones y apreciaciones muy
halagadoras en todas las asignaturas; exceüent, brilliant, very good,
entirely satisfactory etc. Cabe señalar que el joven alumno, en ese
momento (no será siempre así), rinde tanto en letras e idio­
mas como en ciencias. A veces obtiene sus mejores notas (96 so­
bre 100) en Euclid (geometría). Su conducta es también very good o
excellent. Ya el primer año obtiene el premio de fin de curso: se tra­
ta de un hermoso libro, Homefrom the earliest times to the end o f
the Republic. Al año siguiente recibe el premio de francés: esta vez
The Fairy Queen. Su compañero de mesa, Geerdts, cuenta que sus
compañeros ya estaban acostumbrados a verlo acaparar los prime­
ros premios.

En sus boletines figura un espacio en blanco, el destinado a


«instrucción religiosa». La Durban High School, a diferencia de la
Convent School, es un establecimiento público, en el cual sólo
está representada la Iglesia anglicana. ¿Recibía el adolescente clases
de catecismo, fuera del liceo, con un sacerdote católico? Se sabe
que había recibido la primera comunión a los ocho años, en el co-

51
1 ^ 0 de m onjas, y que se había confirmado a los diez años. Se ig­
nora si perseveró en la práctica religiosa. Aunque su vida «interior»
en esa época está bien documentada, nada se sabe acerca de sus re­
laciones con la Iglesia. ¿Fue entonces, o quizá más tarde, cuando
perdió la fe? Desde luego fue durante su estancia en Durban cuan­
do se produjo la ruptura que le hará decir, mucho más tarde: «Sólo
hay dos clases de estados del alma que hacen que la vida sea digna
de ser vivida: la noble alegría de tener una religión y el noble do­
lor de haberla perdido. El resto es sólo vida vegetativa»^.

M aria José de Lancastre en su Fotobiografia reproduce cierto


número de imágenes que ilustran el relato de la temporada que
pasó el poeta en Sudáfrica: vistas de Durban, del edificio de West
Street donde se encuentra el consulado portugués, del cottage que
habita la familia Rosa, de la Convent School y de la High School;
retratos del niño, sus padres, hermanas, profesores, del director.
Dos de estas imágenes me hacen pensar más que otras: el retrato de
Fernando cuando cumplió diez años, el 13 de junio de 1898, y el
del headmaster, mister W. H. Nicholas.

Gaspar Simdes, que conocía la foto del cumpleaños, la descri­


be con todo detalle insistiendo sobre el aspecto «enfermizo», la
mirada «desafiante» y la «sonrisa triste» de Pessoa cuando inicia su
primera adolescencia. Hay algo de verdad en sus apreciaciones,
pero lo que más me llama la atención, en la medida en que se pue­
de leer algo en una cara o un cuerpo, es la belleza de ese pequeño
ser y la calma infinita — ^la calma del infinito— que se desprende
de su postura, por otra parte convencional, y de la expresión un
tanto angustiada de sus rasgos. N o hay rastro del nerviosismo que
se adivina en las fotos de la madurez, de esa cierta crispación en la

O , VIII, p. 424.

52
actitud y el movimiento de las manos, con las que parece no saber
qué hacer. El aire de principito de este niño superdotado debía de
resultar fascinante para un adulto.

En las miles de páginas escritas por Pessoa, el nombre de


W. H . Nicholas no se menciona ni una sola vez. Sin embargo, hoy
todo nos inclina a pensar que este hombre tuvo sobre él más in­
fluencia que nadie, aún más incluso que Sá-Carneiro. Mister N i­
cholas daba clases de latín en el establecimiento que dirigía y, sin
duda, marcó profundamente a su joven alumno más como maes­
tro que como director. Pero cabe suponer que no separaba clara­
mente ambas funciones. Era un pedagogo totalmente comprome­
tido con su tarea, que consistía en formar a hombres que fueran a
la vez espíritus cultivados, perfectos gentUmen Victorianos y ciuda­
danos británicos.

Conocemos un poco a mister Nicholas por los testimonios de


profesores y alumnos, y también por el texto del discurso pronun­
ciado en la ceremonia de despedida por su jubilación en 1909,
tras veinticinco años de servicio. Era considerado, según Jennings,
como el mejor director y el mejor profesor de letras de toda la pro­
vincia. H abía hecho de su liceo, poco más que una «escuela rural
irlandesa» cuando se hizo cargo de él, el más prestigioso estableci­
miento escolar de Sudáffica. Autoritario en el ejercicio de sus fun­
ciones pero de trato agradable al margen de ellas, prodigiosamen­
te culto, le cegaba por encim a de todo la pasión y casi la supers­
tición del latín, sin el cual no concebía que pudiera hablarse de
verdadera cultura. Lo que más influyó en Pessoa fue este ambien­
te de latinidad. Dado que Nicholas ju ^ b a a sus alumnos por su
capacidad de manejar la prosa y el verso latinos, debió de sentirse es­
pecialmente satisfecho por el trabajo del joven portugués, cuyas
notas en esta asignatura se acercaban al máximo.
Es lícito pr^qntarse por qué Nicholas, que daba también
griego, no estimuló a Pessoa a seguir sus clases, que eran optativas.
Pero Nicholas parece haberle transmitido, a través del latín, el es­

53
píritu de Grecia, que encamarán luego los heterónimos «paga­
nos». Todos los especialistas coinciden en señalar que Nicholas es
el modelo de Ricardo Reis, poeta epicúreo que canta la serenidad
artificial de la consciencia libre de angustia por la aceptación de la
huida del tiempo, de la evanescencia de las cosas y la brevedad de
la vida, lo que le permite apreciar el sabor requisito del instante
que pasa.

En uno de los escasos retratos que se conocen del headmaster


Nicholas, éste aparece en tres cuartos, con la cabe2a muy derecha,
la nariz fina, la mirada franca, el pelo ya. blanco y el bigote gris
bien cortado, no a la prusiana, como el del comandante Rosa,
sino al estilo de un gentletnan inglés. Parece llevar toga. Tiene
unos cincuenta años. ¿Es viudo o divorciado? N o aparece su mu­
jer, pero otra foto representa a su hija Vfera, ya casi adulta, a pun­
to de montarse en una bicicleta en el patio del liceo. ¿La vio Fer­
nando, la miró, la deseó? M ás bien lo imagino fascinado por su
padre, su maestro, porque mister Nicholas está imponente en ese
retrato.
Es tentador imaginar la novela de la relación con su alumno a
partir de los datos que se poseen. Nicholas también era de origen
ibérico, sin duda castellano, y, según dice un antiguo alumno, res­
pondía al prototipo meridional, lo cual no se advierte en la foto­
grafía. ¿Contribuyó esta afinidad a aproximar a maestro y alum­
no? ¿No resulta absolutamente normal que un adulto inteligente
y culto prefiera a un niño superdotado antes que a sus camaradas,
mayores y sin duda más torpes que él?
Se dice que el headmaster quería inculcar a los jóvenes a su car­
go el self-control, esta aptitud para reprimir las em ociones, esta
decencia indispensable para cualquier British gentleman que se
precie. ¿Recurría a los castigos corporales típicos de la educación
inglesa? Nada permite asegurarlo. No puedo dejar de pensar, no
obstante, que la alianza entre un sincero afecto y una extrema se­
veridad que ostentaba el maestro pudo turbar a un adolescente de
imaginación ya desordenada, hasta el punto de provocar las des-

54
víaciones que el poeta de Antínoo y «O da marítima» confesaría
más tarde («Obligadme a que me arrodille ante vosotros! [...] ¡Ce­
bad sobre mí todo el misticismo mío por vosotros!»)^.
Q uizá sin advertirlo, el señor Nicholas agobió al joven
Pessoa, ralentizó su completo desarrollo, puso freno a su virilidad.
Pero favoreció la eclosión del poeta, abriéndole a un inmenso
campo de pensamientos, emociones, imágenes, sueños y frintas-
mas donde edificaría su auténtica morada. Un antiguo alumno re­
cuerda una clase en la que todos, hechizados, escuchaban al maes­
tro hacer malabarismos con la culmra universal, «yendo del Fedro
de Platón al Evangelio de san Juan para acabar en Shakespeare y
arrojar una luz deslumbrante sobre la oculta belleza de los textos
que leíamos». Se supone que debía aconsejar a su alumno favorito
para satisfacer su bulimia de lecturas, aunque durante este primer
ciclo de esmdios, que termina en 1901 con el ya mencionado
School Higher Certifícate Exam ination, Femando dispone de me­
nos tiempo libre del que tendrá poco después. Las escasas confi­
dencias sobre sus lecturas a esta edad son contradictorias. Dice
que en aquel tiempo se complacía en la lectura de cuentos fantás­
ticos; «Lo que me interesaba era lo inverosímil». Pero el libro que
cita como el más fascinante en ese período de su vida es Los docu­
mentos póstumos del club Pickwick: «M ister Pickwick es una de las
figuras sagradas de la historia [...]. Leer a Dickens es proporcionar­
se a uno mismo una visión mística, sin nada que ver con la visión
cristiana del mundo. Es la antigua alegría báquica de poseer el
mundo, aunque sea fi^azm ente, de experimentar la coexistencia y
la plenitud humana». Pickwick, según se ve, supuso para él lo que
para nuestros niños el gato con botas, los tres mosqueteros o Blan-
canieves. Pero, curiosamente, Dickens es también un místico pa­
gano, modelo — como Nicholas— de Ricardo Reis y Alberto
Caeiro.

FPRpp. 210-211.

55
H abía en el programa del examen una antología de poetas in­
gleses. Sería interesante saber cuáles e s o ^ ó para su placer perso­
nal, a cuáles amó, releyó e imitó. Sin duda conocía bien a los poe­
tas de la época isabelina y a los románticos. D e no ser así no se en­
tendería que haya podido escribir en mayo de 1901, con doce
años y medio, los dos poemas, ya muy elaborados, que los biógra­
fos y críticos consideran como sus primeros intentos de versifica­
ción en inglés. N o creo que se trate de verdaderos inicios. N o es
verosímil que no haya escrito nada durante cinco años, después de
la cuarteta en portugués dedicada a su madre, en 1896, ni que
haya podido alcanzar la maestría que atestiguan los poemas ingle­
ses de 1901 sin haberse ejercitado largamente con anterioridad.

«Separated from thee» es una elegía sobre el tema de la ausen­


cia de la amada, estructura por una frase recurrente: «Jamás te ol­
vidaré». Se le han descubierto afinidades con un poema de juventud
de Shelley, «To the queen o f my heart». Pero ya hay en este poema,
más allá del convencional sentimiento amoroso, un tono de sauda­
de típicamente pessoana. Nada se sabe de las circunstancias, si las
hubo, que lo inspiraron. M e pr^;unto sí no habrá sido fechado
erróneamente y si no se tratará más bien de una oda fúnebre a la
memoria de su hermanita Magdalena, muerta en junio de 1901.
El otro poema, «Anamnesis», recogido más tarde en The M ad
Fiddler, es mucho más sorprendente todavía. Resulta difícil creer
que se trate de la obra de un autor tan joven (el manuscrito, por
otra parte, carece de fecha). A pesar de que son evidentes las in­
fluencias de los poetas metafíisicos ingleses del siglo xvil y de los
prerrafáelistas, aunque el título platónico haya, sido añadido con
posterioridad, la originalidad mental que plasma el poema ll^ a a
conmover. Todo Pessoa está ya ahí, en esa inaccesible belleza «tal
que resulta difícil de soñar», en esos «senderos inmemoriales», en
esas flores «prenatales» que recuerdan «mi vida perdida antes de
D ios», en esa «infancia antes del D ía y la Noche...»5. Poema del

5 0 ,v m ,p . 173.

56
exilio espiritual y de la ausencia absoluta, anuncia lo que será, en
la teología de Pessoa, «el más allá de D ios». Leyéndolo se com­
prende que el descubrimiento de los simbolistas franceses, algunos
años más tarde, en la «tercera adolescencia», supuso para él no
tanto una revelación como una confirmación de sus intuiciones.
El poeta de doce años parece saber adónde va, guiado por la luz
de los «faros», los poetas «creadores de civilización», como dirá de
Shakespeare.

★ ♦ ♦

En junio de 1901, al terminar su Form IV, que remata el pri­


mer ciclo de estudios, pasa el examen del School Higher Certifica-
te Exam ination, de carácter nacional y organizado por la Universi­
dad de El Cabo. Sobre 700 candidatos, figura entre los cincuenta
primeros y obtiene la calificación de Bien (first class). Pero obtuvo,
como siempre, excelentes notas en latín y francés, mientras que en
inglés y matemáticas suspendió. Debió de considerar este resultado
como un fracaso a medias.

Una vez finalizada esta primera etapa del curso escolar, se to­
mará unas largas vacaciones. ¿Lo ha arreglado el cónsul Joáo M i­
guel Rosa de manera que el final del ciclo escolar de su hijastro
coincida con el permiso que le corresponde tras cinco años en
Durban? El primero de agosto de 1901 toda la familia Rosa, com­
puesta por la madre, el padrastro, la hermanita Henriqueta (de cua­
tro años), el hermanito Luís M iguel (de un año), se embarca rum­
bo a Lisboa. El barco transporta también los restos de la otra her­
manita, M agdalena, que acababa de morir, a los dos años de edad,
lo cual da al viaje cierto carácter fúnebre. Fernando volverá a Dur­
ban trece meses después, en septiembre de 1902.

57
In terlu dio portugués
(1 9 0 1 -1 9 0 2 )

Este año de descanso en Portugal, entre dos períodos de estu­


dio en Natal, incomoda a los biógrafos. Hay pocos documentos y
testimonios que acrediten cómo empleó Pessoa su tiempo. M ás
escasos todavía son los recuerdos del propio poeta. En cualquier
caso este largo paréntesis intermedio se ajusta mal al esquema de
su vida, tal y como se ha intentado contar siguiendo la propia
fragmentación que de ella hizo Pessoa en tres etapas su cesit^, sus
tres «adolescencias». Las vacaciones portuguesas suponen el punto
de unión de las dos primeras adolescencias: ¿fin de una y comien­
zo de la otra? Este primer retorno a su patria parece ser una espe­
cie de ensayo general del otro, que será definitivo. Pero nada, por
entonces, autoriza a pensar al adolescente que pasará el resto de su
vida en Lisboa. Su hermanito Joáo, que nace durante este año de
vacaciones, no volverá nunca a la capital, salvo para estancias es­
porádicas.

Gaspar Simóes dedica un capítulo muy corto a este «interreg­


no portugués». Ángel Crespo lo denomina «entreacto»; otros, «in­
termedio». Utilizo la palabra «interludio» porque a Pessoa le gus­
taba y porque da cuenta de una de las características básicas de este
año de vacaciones: tíempo libre de obligaciones y castigos duran­
te el cual el joven poeta debió de disfiútar de su libertad y sacudirse

58
inteiectualmente como si fuese un perro al que se libera de la co­
rrea. Algo más de un año entero, a esta edad, constituye, en lo que
respecta a la formación personal, un largo período. Sería sorpren­
dente que no hubiera dejado en su vida más huella de la que se
piensa.
Esta primera experiencia del Pormgal «revisitado» es, ante
todo, un retorno a las fuentes: peregrinaje familiar, inmersión lin­
güística, recuperación de un patrimonio cultural en gran parte ol­
vidado, espejo en que un adolescente britanizado recupera de gol­
pe su propia lusitaneidad. Al llegar a Lisboa, vive primero con sus
padres en Pedrou^os, en un suburbio de la zona oeste, en casa de
sus viejas tías Rita y M aría Xavier, que albergan también a la abue­
la loca, dona Dionísia. M aría, que le profesaba gran cariño en su
primera infancia, acaba de perder a su marido, el tío Cunha. Ya se
habló de su vasta cultura y de su gran talento poético. Quizá date
de este período de duelo un soneto que el sobrino conservó devo­
tamente toda su vida y en el cual la vieja dama, de forma impeca­
ble, testimonia con dolor su pérdida de la fe, que «ha convertido
al mundo entero en un desierto». Es imposible no relacionarlo con
lo que Pessoa escribirá treinta años más tarde bajo la firma de Alva­
ro de Campos: «Grandes son los desiertos, y todo es desierto»*.

Parece que la reanudación de la relación con su tía Maria, du­


rante estos meses, resultó fundamental en la evolución de Pessoa.
Nacida en la primera mitad del siglo xix, dona Maria, estética­
mente, quedó vinculada al «arcadismo» portugués de finales del
siglo XVIII, que une, un poco a la manera del firancés André Ché-
nier, el gusto de la sencillez antigua con un sentimentalismo típi­
camente romántico. El gran poeta de su juventud es Almeida Ga­
rren, una suerte de Musset o Lamartine portugués (la principal
calle lisboeta, no lo olvidemos, lleva actualmente su nombre). Pro­
bablemente gracias a su tía, y durante su estancia en Pedrou^os, el

‘ FPA, p. 134.

59
adolescente descubre toda esa fachada de la cultura de su país, y
esta revelación le proporciona la llave para acceder a un vasto do­
minio que, en cierto modo, será definitivamente el suyo diez años
después. En todo caso, en esas vacaciones de 1901-1902 vuelve a
escribir en su lengua materna. Durante mucho tiempo, de su pro­
ducción poética de este período sólo se conocía la elegía «Cuando
ella pasa», fechada el 5 de mayo de 1902. En ella evoca, como en
«Separated ffom thee», una figura femenina amada a la que la muer­
te convierte en «un ángel del cielo». Este detalle permite pensar
que se trata de su hermanita recién desaparecida. Pero quizá esta­
ba realmente enamorado de una joven y la muerte sea en el poe­
ma una metáfora de la separación. Lo que llama la atención en
este poema impecablemente clásico, cuya lectura, hasta fecha re­
ciente, quedaba restringida a una versión muy abreviada, es un
sentimiento ciertamente sincero que se expresa por medio de lo
que luego Pessoa denominará una «ficción». Por ejemplo: un cris­
tal tapado por la nieve descrito por un poeta que probablemente
nunca haya visto la nieve. Hay que decir que este texto estaba des­
tinado a ser puesto en música, lo cual no sorprende en un poeta
cuyo ideal, al menos al escribir las elegías del Cancionero o las
Odas de Reís, será la canción.

Tras una estancia de algunos meses en Pedrou90s, otra en Lis­


boa, en un piso del céntrico barrio de Sao Bento, y un viaje al Al-
garve, donde vivieron sus antepasados paternos, Fernando acom­
paña a su fiunilia a las Azores, de donde es originaria su madre. De
estas pocas semanas en Angra do Heroísmo, puerto de la isla de
Terceira, aparentemente no conservó imágenes. N o hay en su
obra más huella de paisajes azorianos que de impresiones africa­
nas. También allí vivió en otra parte gracias a sus lecturas, pensa­
mientos, fantasmas y ensueños. Pero hoy sabemos que escribió
mucho en ese período. Redacta un «periódico» manuscrito, un
diario, es decir, cotidiano, del que es a la vez, pero con nombres
diferentes, director artístico y literario, gerente y cada uno de los
redactores. Esta «publicación» contiene de todo: informaciones.

60
editoriales, reportajes, anécdotas, cuentos, pensamientos, chistes,
juegos (adivinanzas, charadas), pero también poemas. Los sucesi­
vos nombres del periódico, A Palavra (la palabra) y O Parlador (el
hablador, el charlatán), testimonian el gusanillo de la escritura que
se ha apoderado de él en esa primavera y ese verano de sus cator­
ce anos.

Algunos de los poemas recuperados de esta época llevan la fir­


m a de «personalidades literarias», no tan distintas del propio Pes-
soa como lo serán, a partir de 1914, los verdaderos heterónimos.
Su aparición marca una etapa importante en el proceso de disocia­
ción que inició con el caballero de Pas: la ele^a «Cuando ella
pasa» es del «doctor Pancracio»; «Estatuas», «Enigma» y «Antígo-
na» son de Eduardo Lan^a, presentado como un poeta brasileño.
Pero lo más relevante de esta producción poética juvenil es muy
del «propio Pessoa»: un «Ave María» dirigido a su madre, eco leja­
no de la cuarteta iníántil; muchos poemas de amor sin esperanza
a una muchacha desconocida; y más que ninguno, quizá, un so­
neto titulado «Sueño», cuya cadencia introduce el tema que va a
configurar una parte importante de su futura obra poética:

A fuerza de soñar sólo he soñado


que en esta vida se sueña hasta despierto,
que en este mundo pasamos la vida soñando.

En junio de 1902, el cónsul Rosa, dona M aría M ^dalen a y


sus tres hijos pequeños se embarcan de nuevo hacia Durban, de­
jando a Fernando, durante algunos meses, con sus tías. No se sabe
nada preciso de este final del período vacacional, cuyo tiempo li­
bre dedicó por completo a leer y escribir cada vez más, a discutir
con dona M aría da Cunha y a hacer un balance de ese regreso a su
país natal, marcado por el redescubrimiento de su lei^ q a mater­
na, convertida o reconvertida en lengua de creación literaria. En
noviembre abandona ima vez más su ítaca particular. En uno de
los poem as de D os exilios, de inspiración mallarmeana, escritos

61
en 1923 y cuyo título empleó Jennings para su propio libro, se
menciona un «interludio vernal». La expresión podría hacer clara
referencia a esa primavera portuguesa de 1902, durante la cual
parecen prepararse, con años de anticipación, las cosechas íiim ras
de este sembrador de sueños.

62
A ños do ap ren d izaje en D urh an

(1 9 0 2 -1 9 0 5 )

Entre los siete y los trece años, la existencia de Fernando Pes-


soa había coincidido en lo esencial con su vida escolar. Lo espera-
ble, a su regreso a Durban, era que se reinscribiera en la High
School y continuase sus estudios clásicos con el director Nicholas.
Sin embargo, al menos de forma provisional, hará todo lo contra­
rio. No se somete ya a la misma disciplina de trabajo anterior a su
viaje a Portugal. A partir de octubre de 1902 sigue los cursos noc­
turnos de la Escuela Comercial de Durban, lo que le deja mucho
tiempo libre durante el día. Lo utilizará para preparar el examen
de ingreso en la universidad y para leer, escribir, pensar, soñar y
abandonarse cada vez más a las aventuras del espíritu.

Sería interesante conocer las circunstancias y las razones de


este cambio de orientación, porque no se trata de un dato pura­
mente anecdótico: está en juego el sentido de todo un destino. Las
opiniones de los biógrafos son dispares. Para Jennings, la iniciati­
va la tomó el propio adolescente, a disgusto en el liceo, donde ha-
b k vivido en un estado de constante fatiga mental y soportado
«malos tratos». Para Crespo, que en esto es de la opinión de Alfie-
do M atgarido, uno de los buenos conocedores de Pessoa, fue su
padrastro quien le impuso dejar la rama noble de la enseñanza, la
de los estudios clásicos, en favor de unos estudios prácticos más

63
rentables de forma inmediata. El cónsul Rosa, en efecto, acababa
de decidir, junto con su esposa, establecerse definitivamente en
Sudáfi-ica y quería facilitar la integración de Fernando, el cual, a
diferencia de sus hermanos, no tenía la nacionalidad británica. Se-
verino, finalmente, propone la interpretación más simple: sabién­
dose aventajado en sus estudios, a pesar de su larga ausencia, el
brillante alumno del liceo quiso darse un respiro, antes de reto­
marlos, para ampliar su horizonte. Se interesará por las cosas rea­
les de la vida, sin dejar de explorar su mundo interior.
Todas estas hipótesis encierran sin duda algo de verdad. La elec­
ción de la carrera comercial debió de decidirse en común por los
padres y el muchacho, y también el hecho de que fuera una medi­
da provisional. N o creo que se tratase ni de un capricho del joven
ni de una imposición del padrastro o la madre. Supongo que con­
sideraron su excepcional inteligencia y tuvieron en cuenta su estu­
pendo carácter. Este adolescente solitario, sumido en sus pensa­
mientos, era un buen hijo y un buen hermano. Excluyo de todo
punto la posibilidad de que se esgrimiesen argumentos de tipo pu­
ramente material. Pessoa tenía ya una idea muy elevada de su vo­
cación y su destino como para prever un futuro a tan corto plazo.
Para quien, en su momento, pretenderá ser un «creador de civili­
zación», estudiar un poco de contabilidad y dactilografía no podía
ser su objetivo. Pero es verdad que el cónsul Rosa demostró gran
lucidez: la carrera universitaria de un joven portugués exiliado en
tierras británicas se frustrará, como veremos, precisamente por ser
extranjero. Y, en definitiva, hay que admitir, como hacen sus bió-
grafi>s, que los conocimientos técnicos adquiridos en la Escuela
Comercial le serán de gran utilidad en la única actividad profesio­
nal que desempeñó durante veinte años: de hecho acabará siendo
especialista en correspondencia comercial internacional hasta con­
vertirse en un teórico de la materia. Fundará en 1926 una Revista
de comercio y contabilidad en la que publicará artículos sobre temas
tales como «la esencia del comercio», «la redacción de cartas a los
bancos y a las sociedades anónimas», «gestión, monopolio y liber­
tad», etc.

64
La Durban Com m ercial School, de la que fue alumno en­
tre 1902 y 1903, no es un establecimiento público presuroso como
la H i ^ School. Es ima escuela privada establecida en un piso y
que imparte cursos nocturnos a c a i^ de unos profesores más o
menos calificados. En esta época, el diteaor, que imparte las prin­
cipales asignaturas de comercio y que resulta, por lo tanto, el ho­
mólogo de mister Nicholas, es un personaje pintoresco al que Jen-
nings llegó a conocer. Australiano de origen y teólogo de forma­
ción, C . H . H a^ ard es un profesor quizá un tanto fantasioso.
^Qué relación mantuvo con Pessoa? Uno o dos años más tarde,
cuando deja la escuela, polemizará con él en tono burlón en el pe­
riódico local, donde confirma el pseudónimo de C . R. Anón, po­
niendo en duda su derecho a ser llamado doctor. Una caricatura
aparecida en 1905 en el mismo diario representa al ambicioso
profesor Haggard dando un discurso. Elegido diputado al año si­
guiente, s^ q irá una brillante carrera política en la provincia.
Al parecer Pessoa sólo se relacionó con uno de sus condiscípu­
los de la Escuela Comercial, Augustin Ormond. M ás tarde aludire­
mos a su testimonio, uno de los escasos de que disponemos sobre
este período.

Pese a s^ q ir los cursos nocturnos en la Escuela Comercial, el


joven alumno no renuncia a sus estudios literarios ni a la creación
poética. Ambos caminos parecen confluir en uno. Trabaja en casa
preparando el M aPiadation Exam ination, que es, a la vez, un di­
plom a de bachillerato y un certificado de ingreso en la universi­
dad. Pero da la impresión de que lo único que le interesa es la li­
teratura inglesa, porque descuida el resto de las asignaturas, inclui­
do el latín. En noviembre de 1903 se presenta a los exámenes que
la Universidad de El Cabo oi^aniza en Durban. Obtiene unos resul­
tados muy desiguales. Es admitido, pero con la calificación de su­
ficiente (third class). Sus notas son flojas en geometría y álgebra,
normales en latín, catastróficas en física (que había escogido, no se
sabe por qué, como optativa) y sólo en francés bastante buenas.
Com o compensación, uno de los exámenes de inglés le proporcio­

65
na la oportunidad del que fue el primero y quizá único triunfo de
su vida, que jam ás olvidará.
Poco tiempo antes una organización judía había fundado el
Queen Victoria M em orial Prize, que se otorgaba cada año al mejor
ensayo redactado en inglés para el M atriculation Exam ination. Se
trataba de escribir en una hora un esmdio corto (una o dos pági­
nas) sobre un tema a elegir de entre tres que se les proponían a los
candidatos. El jurado seleccionó el texto del joven portugués entre
miles de otros redactados en general por estudiantes anglófonos
mayores que él. Este deslumbrante éxito es menos importante por
sus consecuencias prácticas (el premio consistía en unos libros)
que por su incidencia moral. Pessoa se sintió muy alentado para
perseverar en el camino que se estaba trazando: ser un escritor in­
glés.

Lamentablemente, se ha perdido el documento que le valió el


premio. Tampoco se sabe con certeza el tema que había elegido.
Severino y Crespo afirman que escogió el segundo, que se adapta­
ba mejor a su talante incisivo y a su gusto por lo insólito: «Las su­
persticiones». También pudo ser tentado por el primero: «M i ideá
del hombre culto». Con toda s^ q rid ad no escogió el tercero: «La
horticultura (gardening) en Sudáfrica». Com o recuerda Guibert, la
botánica no era su fuerte. Una flor es una flor es todo cuanto Al­
berto Caeiro alcanzará a decir.

Se conoce, en cambio, la lista de obras de literatura inglesa in­


cluidas en el programa del examen para aquel año. Sólo dos títu­
los, pero decisivos en la formación del poeta: veinticuatro ensayos
de The Spectator, de Addison y Steele, y Enrique V de Shakespea­
re (en el que se encuentra el famoso discurso del rey a los happy
few ). Volveré a hablar de la relación que Pessoa mantuvo con Sha­
kespeare durante toda su vida. El autor de H anJet, con mucho su
tragedia favorita, que s^qram ente leyó mientras estudiaba Enri-
qtte V, será para él, a la vez, un dios venerado, un hermano con quien
con ^n iaba a causa de sus mutuas debilidades (ese genio incom­

66
parable es «un fracasado») y un espejo que le permite interpretar
su propio ser. Shakespeare posee una grandeza fundamental con la
que armoniza perfectamente. El exceso de autoconsciencia, que es
su fuente de gozo y de sufrimiento, tiene como modelo a Shakes­
peare. Se podría decir que el complejo de Hamlet define a la en­
ferma cultura europea.
El caso de Joseph Addison es diferente. Lo que Pessoa apren­
derá de él no es tanto un modo de ser como una perspectiva y un
estilo. Severino ha estudiado con detalle todo lo que Pessoa debe
al ensayista de The Spectator y a su compañero Richard Steele: la
preferencia por la expresión sucinta en prosa (apenas más extensa
que una d iv i^ ció n de Alain) y una ironía sistemática, paradójica,
provocadora, destructiva, que consistía, como en Swift, en «decir
una cosa para significar la contraria o simplemente para aprehen­
der la verdad ambigua, múltiple, del mundo en que vivimos». Es
el estilo que empleará, por ejemplo, en las Crónicas de ¡a vida que
p asa publicadas en O Jo m alác Lisboa en 1915 (sobre la necesidad
de indisciplina o la justificación de la traición) y en sus artículos
«El prejuicio del orden» y «El provincianismo portugués». Severi­
no supone que el ensayo al que el jurado otorgó el premio de la
Reina Victoria estaba escrito al estilo de Addison, cuyo texto 7 de
The Spectator se llama, precisamente, «Supersticiones corrientes».
Tal vez el término coterie (sociedad cerrada, compadreo) que utili­
za para designar al grupo que forma con los heterónimos proven­
ga de un capítulo de The Spectator, en que se habla extensamente
del tema.

A los quince años, Pessoa es admitido en la Universidad de El


C abo de Buena Esperanza, la única de Sudáfirica, aunque em­
pleando el sentido británico del término. Lo que se denomina
universidad, en la época, no implica el seguimiento en ella de nin­
gún curso. Es una especie de administración rectoral que gestiona
la enseñanza superior que se imparte fuera de ella; su función bá­

67
sicamente consiste en organizar los exámenes en los diversos nive­
les: M atriculation Exam ination para la admisión de alumnos; In­
termedíate Exam ination al final del primer ciclo anual; y B. A de-
gree, diplom a de «bachiller en artes», equivalente a una licenciatu­
ra en letras, al final del segundo ciclo. La mayor parte de los
estudiantes de la provincia cursan un año preparatorio que pro­
porciona una plaza en un liceo para el Intermedíate. Pero, normal­
mente, los pocos que acceden a este nivel prefieren inscribirse en
una universidad metropolitana: Londres, Oxford o Cambridge.

A comienzos de 1904 el nuevo bachiller se reinscribe en la


H igh School, que había abandonado durante dos años y medio.
Está en el último nivel (Form VI), que debe corresponderse más o
menos con un curso preparatorio para la universidad. Allí se reen­
cuentra con el director Nicholas, con otros profesores y con un
compañero, Clifford Geerdts, uno de los escasos testigos de su ju ­
ventud africana. En este curso, integrado al parecer por apenas
veinte alumnos, la mayoría de ellos prepara su M atriculation Exa­
mination. Sólo Geerdts y Pessoa, que poseen ya este diploma, pre­
paran el Intermedíate. Se establece, por tanto, entre ellos una com­
plicidad y una rivalidad inexistentes en sus relaciones con los de­
más.

Contamos con pocos documentos oficiales de este último año


escolar de Pessoa, que es también su primer (y único) año «univer­
sitario». En cambio, poseemos mucha información sobre su pro­
grama de estudio y sus resultados. Sobre todo podemos aproxi­
marnos a lo que era la organización y el ambiente escolar, las ins­
tituciones y las costumbres de este establecimiento típicamente
british, gracias a la revista del liceo, el Durban High School M aga-
zine, publicación mensual dirigida y redactada por los alumnos.
Se aprecia que, pese a los esfuerzos del headmaster Nicholas — qui­
zá ayudado por su único alunmo extranjero— para promover las
actividades puramente culturales, es el deporte el que ocupa el pri­
mer lugar en las preocupaciones de ésta élite de la juventud suda-

68
&icana. Decir deporte quiere decir, en este caso, rugby y cricket.
Los alumnos se organizan por equipos (houses), cada uno de los
cuales lleva el nombre de un profesor. La formación militar tam­
bién ocupa un li^ ar destacado en la instrucción que se imparte en
el liceo; los alumnos mayores se agrupan en unidades, con grados
y funciones que los preparan para servir lu ^ o en el ejército.

Me cuesta imaginar al débil y tímido Pessoa en un ambiente


tan viril. Sin embargo, parece haberse adaptado bien a él e inclu­
so haber conseguido un cierto prestigio gracias no sólo a su talen­
to creador, sino también de comunicador. Era uno de los redacto­
res del M agazine, sin duda responsable de la sección de ju ^ o s,
adivinanzas y charadas, que lo entusiasmaban.

El examen Intermedíate permite optar por letras (Arts) o cien­


cias (Science). Evidentemente, Pessoa prepara el diploma de letras,
pero debe aprobar, aparte de los exámenes literarios (francés, in­
glés, latín, historia), otro de matemáticas, en el cual no obtiene
una nota suficiente, lo que no le impide graduarse brillantemente.
Pessoa, ya muy especializado, supera a sus contrincantes en histo­
ria de la literatura y redacción inglesa. El programa impuesto, que
responde a sus expectativas, contribuirá a reforzar su vocación.
Durante 1904, su trabajo escolar se confunde con su trabajo per­
sonal, que constituye una fuente de placer. Lee a los autores del
programa como si los hubiese elegido personalmente. Algunos de
ellos lo acompañarán toda la vida. De otros se alejará, aunque le
hayan marcado ya para siempre. El aprendizaje de un innovador
en el fondo y en la forma se lleva a cabo así, por influencia y a imi­
tación de los genios que lo han precedido. Sólo siguiendo a los
maestros uno descubre su propia originalidad. El joven Pessoa de­
bió de vivir intensamente este año de formación, como una verdade­
ra iniciación.

Una de las obras inscritas en el programa era el Golden Trea-


sury ofEnglish Son^, de cuyas páginas los candidatos debían estu­

69
diar en profundidad las dedicadas a M ilton y Dryden. También
debían demostrar que habían leído a Spenser, Bacon, Buder, Bun-
yan, Ben Jonson, Marwell, Herbert, etc. La poesía isabelina y la
romántica fueron, por tanto, las que Pessoa mejor conoció. Seve-
rino sigue en su libro el rastro minucioso de las influencias que re­
cibió durante el curso preparatorio. La lectura constante de los
poetas metafísicos contribuyó a orientar su inspiración hacia la
búsqueda de una verdad trascendente, en detrimento de ese lugar
común de la poesía de su tiempo: la evocación de la naturaleza y
la expresión de los sendmientos amorosos. Com o dirá Octavio
Paz, en su poesía siempre se echará de menos la presencia de la
mujer. «N o se encuentran en ella los placeres terribles. Falta la pa­
sión, este amor que es el deseo de un ser único...» Severino insiste
sobre la deuda en el aspecto formal que Pessoa tiene con la poesía
de M ilton. Durante toda su vida, tanto en el Cancionero como en
los poemas de Reis y de Cam pos, conservará en su esencia el mo­
delo de la oda pindárica, que M ilton había intentado imponer en
la poesía inglesa. Veinte años más tarde dirá que el ritmo ternario
de la oda griega (estrofa, antistrofá y épodo), recuperado por M il­
ton, no es una «invención» sino un «descubrimiento». N o es «un
postulado propio del espírim griego sino un axioma del género
humano que los griegos tuvieron el mérito de descubrir»'. D e
M ilton admira el trabajo de la composición, de la prosodia y del
estilo. O pone su talante laborioso al más desenvuelto de Shakes­
peare, demasiado vehemente como para alcanzar pacientemente
la perfección formal. M ilton, desprovisto de esa clase de inteligen­
cia que ha gestado Hamlet, posee el talento del obrero constante
que le ha permitido elaborar obras perfectas. A pesar de que Pes­
soa leyó E l Paraíso perdido antes que Los Lusiadas y que juzga a
M ilton superior a Cambes, no es su tono épico lo que más admi­
ra en aquél, sino al M ilton autor de las Odas, en especial Lycidas,
que cita como ejemplo de perfección formal.

O, VII, p. 94.
70
Pero la influencia de M ilton va mucho más allá de su domi­
nio de la técnica poética. Severino demuestra, de manera contun­
dente, que Alvaro de Cam pos, en los «D os fragmentos de odas»
de \^\A ,irnix2i]2sáosoá3S^m é3& ,Elalegre(A U egro)YElPensattvo
(II Penseroso), que Pessoa había analizado diez años antes. En ellos
se observa la composición en dos «movimientos» opuestos: el pri­
mero (E l alegre) es claramente un allegro, en tanto que el Pensero­
so es más bien un aelagio. Uno es urbano, el otro es bucólico. Son
sobre todo el sentimiento que dom ina ambas partes, el sentido ge­
neral del poema (la imposibilidad de alcanzar la luz del conoci­
miento) y hasta ciertas expresiones, ciertas palabras, los que se re­
producen de manera similar. La admirable invocación de Cam pos
a la Noche antiquísima:

Ven, Noche, antiquísim a e idéntica.


Noche Reina nacida destronada.
Noche igual por dentro al silencio. Noche,
de estrellas lentejuelas breves
en el vestido orlado de infinito [...]

es el eco original del apóstrofe miltoniano a la misma Noche ma­


ternal:

Ven, m onja pensativa, devota y pura,


sobria, constante y reflexiva,
envuelta en un manto del más som brío tejido,
flotando en majestuoso carro,
con una negra capa de cipreses
sobre tus púdicos hombros.

Se puede seguir demostrando los vínculos, incluida la referen­


cia común a Platón que en ambos poetas parece ser un guiño al
lector. M ilton le pide al filósofo que le revele qué es del alma una
vez liberada del cuerpo. Cam pos en este caso recurre a unas imá­
genes más originales y precisas, pero su sentido es el mismo:

71
Cuando yo muera, [...]
en esta hora mística y espiritual y antiquísima,
en esta hora en que tal vez mucho antes del tiem po que parece
en sueños vio Platón la idea de D ios
esculpiendo cuerpo y existencia netamente plausibles
dentro de su pensamiento exteriorizado como un campo^. [...]

Un importante texto en prosa completaba el programa de li­


teratura del Intermedíate Exam ination de 1904: Past and Present
(Pasado y presente) de Thom as Carlyle, del cual los candidatos
debían estudiar en especial el capítulo titulado «The Ancient
M onk», donde el autor evoca la vida de los monjes en la Edad
M edia. El encuentro con Carlyle fue para Pessoa aún más decisi­
vo que el de M ilton. Las dos influencias se oponen y se comple­
mentan en el poeta portugués. M ilton es el ejemplo apolíneo de
una poética de la razón al servicio de la virtud republicana.
Carlyle le revela el poder del genio humano que acepta su propia
desmesura. Pudo consultar, para preparar el examen, un volumen
de Carlyle que contenía, aparte de Past an d Present, Sartor resartus
Y E l culto de los héroes (Heroworship), que no figuraban en el pro­
grama pero que leyó con un entusiasmo y un fervor fácilmente
imaginables. Durante mucho tiempo se creyó que esa dimensión,
a la vez aristocrática y profética, de su pensamiento provenía de su
descubrimiento de Nietzsche a su regreso a Lisboa. Pero no es así:
más bien fue la lectura de Carlyle la que desencadenó en él un
proceso ideológico que lo condujo a recuperar por su cuenta los
grandes mitos portugueses (el «sebastianismo» y el «Quinto Impe­
rio»), a anunciar en el Ultimátum de Alvaro de Cam pos la llegada
del «superhombre» y finalmente a exaltar en M ensaje a los héroes
fundadores de la grandeza portuguesa, a los que canta con nostal­
gia en su obra y de cuyo retorno se hace eco. Severino compara un
pasaje de Past an d Present con el final del último poema de Men­
saje. Después de proclamar la necesidad de un líder salvador,

^ FPP, p. 192.

72
Carlyle diese: «¿Está ya entre nosotros o todavía no ha nacido?... Los
s ^ o s son inmensos y la hora del renacimiento está por ll^ ar, no
ha llegado todavía...». Pessoa, en 1928, profetizando, en su poema
«Niebla», el retorno del «rey encubierto», don Sebastián, del que
quizá se considere reencarnación simbólica, escribe:

Todo es incieno y es postrero.


Todo es disperso, nada entero.
Hoy eres niebla, oh Portugal...
¡Ésta es la Hora!^.

Borges, de espíritu similar al de Pessoa, cuenta que también en


su juventud le fascinó Carlyle, pero que luego advirtió cuánto le
debía el nazismo'^. En 1904 el pensamiento de Carlyle le resulta
tan familiar a Pessoa que no puede evitar convertirse en su porta­
voz en un artículo que con el título de «Macaulay» publica en el
M agazine. Actualmente el poeta e historiador Victoriano Tho-
m as Babington Macaulay (1800-1859) es menos conocido que su
contemporáneo Carlyle. Con el pretexto de estudiar a uno, Pessoa
acaba exaltando al otro. Su ensayo establece un paralelismo entre
el hombre de talento, sabio y ponderado, que es Macaulay y el
hombre de genio, brusco e imprevisible que es Carlyle. «Macaulay
parece haber sido un hombre sano de espíritu: basta con observar
su estilo para convencerse de ello [...]. N o observamos en su obra
esas bruscas variaciones que acaban por ocultar la lógica y la clari­
dad...» El estilo de Carlyle, por el contrario, provoca en el lector
«ima fuerte conmoción». Leyéndolo, uno se siente «unas veces en­
tumecido por una impresión de calma absoluta, y otras brutal­
mente sacudido por la explosión de una fuerza desmedida. Uno
languidece esperando y, de golpe, sin dejar de esperar, nos asalta el
terror ante la aparición de una luz espasmódica que ilumina pero

^ FPR p. 31.
^ Jorge Luis Borges, Prólogos con un prólogo de prólogos, Alianza Editorial,
Madrid, 1998, pp. 47 y ss.

73
cuyos rayos quedan lejos de nuestra vista: laberintos y abismos de
una muerte indescifrable».

Este texto, escrito por un adolescente que todavía no conoce a


los románticos franceses, ni a Rimbaud, ni a Lautréamont, parece
anunciar, con veinte años de adelanto, la belleza convulsa de los
surrealistas. El ensayo no tuvo, en aquel momento, más que algu­
nas docenas de lectores, sus condiscípulos. Hasta 1954, exacta­
mente medio siglo más tarde, no fue recuperado por la adminis­
tración del liceo, a petición de M aría da Encarna9áo Monteiro,
autora, como se dijo, del primer estudio sobre los años de apren­
dizaje de Pessoa en Sudáfrica. Este trabajo personal, escrito al mar­
gen de sus tareas escolares, puede considerarse su primera publica­
ción, su opus 1. Pero no es mencionado en la bibliografía de José
Blanco, que sitúa el comienzo de la obra del poeta en 1912, fecha
de su primera publicación en Portugal (y en portugués).

Es lícito pensar que la preparación de los exámenes de admi­


sión a la universidad no ocupase todo el tiempo del joven Pessoa
entre 1903 y 1904. Ya es, en esos años, el lector bulímico que con­
tinuará siendo toda la vida. Tenemos para comprobarlo el cuader­
no donde anota sus lecturas entre abril y noviembre de 1903. De
él se extrae que devora como promedio un libro diario, salvo
cuando, por ejemplo el 6 de agosto, anota: «N o he leído nada. He
estado muy ocupado pensando». También se constata que lee tan­
to obras filosóficas (Platón, Aristóteles, Victor Cousin, Schopen-
hauer, Ribot, Fouillée) como literarias (Shakespeare, Byron, She-
Uey, Keats, Poe, Thackeray, Chesterton, Moliére, Voltaire, Julio
\trn e , Tolstoi), y no sólo en inglés sino, con frecuencia, en fran­
cés. Lee incluso a ciertos autores franceses del siglo xv ii, hoy olvi­
dados, como Pigault-Lebrun o Gresset. N o hay razones para pen­
sar que haya interrumpido ese ritmo de lectura durante su estan­
cia en Durban.

74
El cuaderno de lecturas de 1903 sólo menciona tres obras por­
tuguesas, entre ellas L a vejez del Padre Eterno de Guerra Junquei-
ro. Tres títulos entre varios centenares es bien poco. Sin e m b ai^ ,
durante este período, el aprendiz de escritor no dejó de escribir en
portugués. Ya se ha comentado que un año antes, durante sus lar­
gas vacaciones en Lisboa y las Azores, había recuperado el uso li­
terario de su lengua materna. Tras su retorno a Durban sigue
usándola, al menos durante algunos meses, para su trabajo crea­
dor, pero alternándola con el inglés y, que se sepa en una ocasión,
en broma, con el francés; en un Rondeau garrapateado al dorso de
un programa de teatro en 1904.

Es verosímil que en su viaje a Portugal, y por influencia de su


vieja tía M aría Xavier da Cunha, haya adquirido el gusto por las
formas fijas tradicionales. Quizá haya conocido entonces el Can­
cionero general de 1516, que constituye la gran antología de la
poesía cortesana inspirada en Petrarca. Se dice que Pessoa quiso
que ese nombre de cancionero (Cancioneiro), heredado de la tra­
dición medieval, fuese el que recogiese todo el conjunto de la obra
lírica que va firmada con su nombre. Los tres poemas de 1903
pertenecen al género de la glosa, al que CamÓes también recurrió
y en el que están escritos algunos de los poemas más conocidos de
san Juan de la Cruz. C ada poema se inicia con un verso o un cuar­
teto que presenta el tema (mote) y una o varias coplas o glosas que
desarrollan sus variantes. Cantan al amor doliente y cortés, como
indican las frases recurrentes «no puedo vivir así» [...], «un adiós
definitivo» [...], «tus ojos, cuentas negras del rosario, son dos
avemarias...», que es una cita del poeta Augusto G il (1873-1929).
Pero no siempre se sabe a ciencia cierta si estos pastiches del anti­
guo arte poético son un mero juego o responden a una experien­
cia real del adolescente.

Durante los dos años y nueve meses que duró su segunda es­
tancia en Durban no olvidó, como vemos, su lengua materna ni
la tradición de lo que acabará llamando su «raza». Pero enseguida

75
volvió a imbuirse del ambiente cultural británico y volverá poco a
poco a escribir exclusivamente en inglés. Son textos en verso y en
prosa que por calidad y cantidad pueden ser considerados parte de
su obra.
El proceso de disociación iniciado en la infancia, y después
durante sus vacaciones en Lisboa y las Azores, se afianza y se com­
plica ahora. Entre 1903 y 1904 aparecen nuevas «personalidades
literarias», mejor definidas que las anteriores. El activo de estos es­
critores, a decir verdad, se nutre más de proyectos que de obras,
y ése será, hasta el final, uno de los rasgos más característicos
del temperamento de Pessoa y quizá su mayor debilidad: un flu­
jo constante de ideas nuevas, ninguna de las cuales dispondrá
del tiempo necesario para acabar plasmada en el espacio limitado de
un libro. Pero, en definitiva, de algunos de estos precursores juve­
niles de los futuros heterónimos quedan en cualquier caso sufi­
cientes huellas como para tener una idea precisa de las promesas
que no llegaron a cumplir.
N o siempre es fócil identificarlos. Ocurre que Pessoa cambia
sus nombres o duda a la hora de atribuirles un poema o un texto
en prosa. Con todo, es posible identificar, sin mayor riesgo de
error, seis o siete «personalidades literarias» que comparten con el
propio Pessoa el espacio de su consciencia creadora en esos años
cruciales. Podemos prescindir de Jam es Faber, autor potencial
de novelas policíacas (las únicas que le interesan a Pessoa) y teóri­
co de la «literatura de misterio» inaugurada por Edgar Alian Poe y
representada en la época principalmente por Arthur Conan Doyle.
Charles James Search, especialista en problemas de traducción,
que siempre preocuparon a Pessoa, es sólo la sombra de su herma­
no, Alexander Search, el más proltíico y original de todos, y el más
cercano a Pessoa, hasta el punto de ser su doble perfecto; nació fic­
ticiamente el mismo día que él, 13 de junio de 1888. Nos lo vol­
veremos a encontrar en 1905 en Lisboa, adonde acude llevado por
su demiurgo. También es el caso de Charles Robert Anón (abre­
viatura de «Anónimo»), al que ya encontramos polemizando con
el profesor H a^ ard en el diario de Durban. Es el más cínico y el

76
más violento de toda la camarilla, un energúmeno que contrasta
con ese muchacho bien educado que era Pessoa. Pero sus textos
más significativos son posteriores a su regreso a Lisboa. Probable­
mente anuncia ya a Cam pos. A estos cuatro preheterónimos ingle­
ses hay que añadir a Jean Seúl, el primero, tras el caballero de
Pas, que escribe en francés. También lo volveremos a encontrar en
Lisboa en 1905.
Queda por valorar el papel de los otros, Pancracio y Merrick.
El «doctor» Pancracio surgió en 1902 en las Azores, donde redac­
taba un cotidiano en portugués, y en Durban, en 1903, es un es­
critor inglés llamado Pancratium, aunque también se hace llamar
Troqueo (vocablo de la métrica griega que designa el pie formado
por una sílaba larga y una breve, contrario al yambo y símbolo de
rapidez). Encam a dos aspectos de la personalidad de Pessoa que
tienden a olvidarse con frecuencia: su indinación por la filología
clásica y su humor, su gusto por la broma que raya a veces en la
bufonería. Pancracio es autor de una C arta a un joven poeta en
la que revela a un discípulo imaginario su receta para escribir en ver­
so libre: «Tome una hoja de papel, una plum a y un fiasco de tin­
ta. Escriba en lenguaje corriente (lo que técnicamente se llama
prosa) lo que le apetezca decir o, mejor, si es usted capaz, lo que
piense. Con la ayuda de una regla graduada, rasgue su borrador
obteniendo líneas de diez centímetros o cuatro pulgadas de largo
y tendrá un poema en versos blancos. Si hace falta, para redondear
la medida, añada de vez en cuando algunos//ry, ¡oh!, ¡ah ! o, mejor
aún, una breve invocación a las M usas...».
David Merrick, por su parte, es un polígrafo de imaginación
extraordinariamente fértil. En 1903 escribió la lista de las obras
que tenía en proyecto o esbozadas. Comprende un poemario, una
novela, un libro de cuentos, otro de novelas cortas y cuatro piezas
de teatro. Una de estas piezas, una tragedia en verso. E l marinero,
fue parcialmente escrita y los fragmentos que de ella se conservan
llaman la atención primero porque constituyen claramente el es­
bozo inicial del Fausto, obra en la que Pessoa trabajará toda su
vida, y en segundo lugar porque en ellos aparecen algunos de los

77
temas esenciales de la obra futura: la crisis de identidad del set; la
incompatibilidad de un «alma» demasiado grande y un «yo» de­
masiado restringido; el misterio del mundo, como si fuera un len­
guaje cifrado cuyo código hemos perdido; el sufrimiento, precio
que paga el hombre que piensa, en vez de olvidar y gozar, y que es­
pera, a cambio, la gloria; la muerte, en definitiva, desenlace para­
dójico, promesa de realización suprema en la nada. A diferencia
del jovial Pancracio, Merrick encarna el lado sombrío de Pessoa, el
sentimiento trágico de la vida que ya en ese momento le desgarra
el corazón. Es el poeta del combate espiritual y de la muerte de
Dios. Su lamento es también el del artista incapaz de expresar, en
el espacio lim itado de la obra, y utilizando sólo recursos humanos,
demasiado humanos, el arte, el sentimiento y el concepto de lo ili­
mitado.

¡Ah! N unca sabrás lo que es reducir


un espíritu al lenguaje y hablar un ^ m a
cuando cada nuevo sentimiento trae su dolor
y cada pensamiento, incapaz de realizarse en su radiante totalidad,
co ru los lazos del ser y escapa a su control...

Estos versos, escritos por un poeta de dieciséis años, tienen, en


inglés, con sus giros audaces (to speak a soul) y sus aliteraciones
(breaks the bands ofself) una fuerza que la traducción difícilmente
refleja y que al propio Pessoa le costaría recuperar cuando lo escri­
bió en portugués, una vez de vuelta a su patria.

Aquí comienza un misterioso asunto. Pessoa se embarca en un


paquebote alemán hacia Lisboa en agosto de 1905. Las opiniones
de los especialistas discrepan acerca de las razones y las circunstan­
cias de este retorno definitivo a su patria. Parece que la decisión
había sido tom ada a comienzos de año, después de conocer los re­
sultados del Intermedíate Exam ination. Pero ¿quién la tomó y por

78
qué? Todo parecía indicar que el destino de este joven portugués
britanizado, que yz se consideraba un poeta de lengua inglesa, le
llevaría a proseguir sus estudios en una universidad británica. Al
volver a Portugal cambiará de lengua, es decir, como él mismo
dirá, de patria. Ésta es quizá la decisión más importante por lo que
respecta a su faceta como escritor. Es el equivalente, en sentido in­
verso, a lo que hicieron, antes y después que él, el polaco Korse-
niovski, que después será el escritor inglés Joseph Conrad, y el
ruso Nabokov, a la larga un novelista estadounidense. Este retor­
no a la lengua materna es toda una apuesta sobre su futura obra.

Algunos críticos piensan que todo ello respondía a un plan


trazado con anterioridad. No lo creo. M ás bien me inclino a pen­
sar que el muchacho, por sí mismo o a sugerencia de sus p a^ es,
cambió arriesgadamente de planes, bajo el peso de los hechos. Se-
verino es quien esgrime los argumentos más plausibles a este res­
pecto, aunque no lo explican todo. El gobierno de Natal concedía
anualmente una beca de cuatro años, llamada Home Exhihition, al
estudiante de la colonia que había obtenido las mejores notas en
el Interm edíate, para que pudiera seguir estudios universitarios
en Ii^laterra, ya que Sudáíiica carecía de universidades propiamente
dichas. Ese año, 1904, Pessoa obtuvo las mejores notas de toda la
provincia, pero la beca fue a parar a su condiscípulo, ClifFord
Geerdts, segundo de la lista, que se marchó a O xford a estudiar
derecho con todos los gastos pagados por el gobierno de Natal.

En 1963, Jennings, en el curso de su investigación, entrevistó


al ya entonces anciano Geerdts. Su memoria, sesenta años des­
pués, se había debilitado, pero estaba convencido de que si él ha­
bía conseguido la beca para Inglaterra era porque Pessoa mmca
había optado a ella, ya que, «de haberlo hecho, la habría obtenido:
Era mucho más inteligente que yo». ¿Se deduce que el reglamen­
te de la Home Exhihition reservaba el premio a ciudadanos britá­
nicos? De ser así, Pessoa habría sabido a qué atenerse desde hacía
tiempo. Puesto que tenía derecho a la beca, deseaba con toda su

79
alma obtenerla; y seguramente no dudó de que la conseguiría, ya
que superaba a sus competidores: tenía mucho orgullo. Cabe, por
tanto, imaginar su decepción. ¿Pero es que su padrastro, el cónsul
Rosa, no podía costearse los gastos de mandarlo a Inglaterra sin re­
currir a la beca? Quizá resulte fácil suponer que el joven, herido en
su amor a la cultura inglesa por lo que considera una injusticia,
decide dar la espalda a la patria de su alma, que no quiso corres­
ponderle. En adelante rehusó sistemáticamente las invitaciones
para ir a Inglaterra, aunque esto quizá carezca de importancia si
recordamos que era un hombre increíblemente sedentario. Se dice
que estaba a punto de ir a ver a su hermano Luís a Londres cuan­
do le sorprendió la muerte, pero más bien parece que su única in­
tención era la de presentar allí una edición de sus obras.

Todos los que queremos a Pessoa, tanto en Portugal como en


todo el mundo, nos felicitamos de la injusticia cometida por las
autoridades de Natal en 1904. «Quienes truncaron su destino (el
de ser inglés) -dice Severino-, le hicieron un inmenso favor a la cul­
tura portuguesa.» Pessoa, escritor exclusivamente inglés, s^;ura-
mente habría seguido siendo Pessoa, pero habría sido un Pessoa
distinto, inimaginable. Nunca renunció a escribir en su segunda
lengua, pero su obra en inglés, sea cual fuere su valor (durante
mucho tiempo desconocido), proporciona sólo una idea aproxi­
mada de lo que habría sido su genio creador si, en vez de conver­
tirse en un nuevo Camóes, o un «súper-Camóes», hubiera sido el
nuevo Shakespeare.
La metamorfosis del poeta it^ é s en poeta p o r ti^ é s no se
produjo de la noche a la mañana. Le llevará por un período de
transición, de adaptación, de incertidumbre, de revisión desgarra­
dora, que durará tres años. Es lo que él denominará su «tercera
adolescencia». Sin duda, es en ese momento cuando establece de­
finitivamente su relación con ambas lenguas y los vínculos entre
ellas. Cuando, al acabar este período de prueba, accede a la plena
posesión de su acento portugués, lo hará con toda la soberbia de
la experiencia adquirida en diez años de anglofonía y con toda la

80
humildad de quien, durante todo ese tiempo, estuvo exiliado de
su lengua materna. Gozará del rato privilegio de in a i^ ra r, si no
una nueva lengua, como Chaucer o Lutero, al menos un «nuevo
estilo», como decía Dante, de mucho más alcance, en mi opinión,
que el «nuevo escalofrío» que Hugo había descubierto en Baude-
laire.

81
R etrato d e l a rtista com o jo v en loco

(1 9 0 5 )

Antes de asistir a la sorprendente transmutación del adoles­


cente inglés en joven portugués, mirémoslo una vez más, antes de
que su último segundo lo transforme completamente. Lo que más
me llama la atención de esa personalidad ya múltiple, que aún se­
guirá fraccionándose, es la continuidad en el cambio. Todo el fu­
turo Pessoa está contenido en este joven dotado e indefenso, segu­
ro de sí pero inquieto, duro y tierno, indiferente y apasionado,
ambicioso y modesto, complicado e ingenuo. Él se limitará a con­
vertirse en lo que es.

Pessoa, por su parte, se contempló mucho en el espejo de la


escritura durante esos años que siguen inmediatamente a su retor­
no a Lisboa. Entre sus papeles inéditos se han encontrado algunos
textos narcisistas que Teresa Rita Lopes editó bajo el título de Au­
torretrato de un alm a. Pero antes de sondear esta alma, quizá con­
venga mirar simplemente ese rostro y ese cuerpo que la contienen
y la expresan. Dos retratos que aparecen en la Fotobiografia nos
ayudan a acotar el momento final de la adolescencia. En uno, se­
guramente de 1903, Fernando está sentado sobre los escalones del
cottage familiar, cerca de su hermanita Henriqueta. Un poco más le­
jos, a la izquierda, su padrastro, el cónsul Rosa, abraza al joven
Luís. A la derecha, su madre, dona M aría M agdalena, tiene al pe­

82
queño Joáo sobre sus rodillas. Se observa en el rostro pensativo del
adolescente y en su postura un tanto foizada un resto de la infan­
cia, como una afirmación vacilante. La otra foto está tomada de
perfil, a contraluz, probablemente en 1905, antes de la partida.
Aquí el joven parece más fuerte, más decidido, más dinámico,
pero siempre pensativo. En esta foto aparece solo, y esto es ya sig­
nificativo. La primera, que se conserva en el álbum de M aria José
de Lancastre, lleva un texto sin fecha a modo de leyenda: «Fue
bueno para mí y para mis padres que permaneciera en casa hasta
los quince años, y mantuviese esa antigua actitud de reserva. Pero
a esa edad fui enviado a una escuela lejos de casa, y allí el peque­
ño ser que tanto temía entró en acción y asumió la feceta huma­
na». Lo que separa los dos retratos es la adquisición de la auto­
nomía, la única manera de «entrar en la vida». H em os de creer
que al asumir el estilo de vida que se considera habitual, también
adoptó una renovada «actitud» de «reserva», que será la definiti­
va pero que, según veremos, a veces se manifestará de forma cho­
cante.

Le Senne, cuya caracterología popularizó Gastón Berger hace


cincuenta años, sin duda habría incluido a Pessoa en la categoría
de los nerviosos, cuyo modelo es Baudelaire: «emotivos inactivos
primarios», es decir, aquellos cuyas emociones, muy vivas pero in­
hibidas, no se expresan mediante actos ni manifestaciones exterio­
res y tienen una repercusión muy breve, al contrario de lo que les
ocurre a los sentimentales (emotivos inactivos secundarios), los
coléricos (emotivos activos primarios) y los apasionados (emotivos
activos secundarios). Pero el carácter, que forma parte de la heren­
cia genética del individuo, es sólo el punto de partida de lo que Le
Senne denomina «la psicodialéctica del yo». Es el individuo el que
construye su propia personalidad interpretando libremente su ca­
rácter en función de las circunstancias, los azares de la vida y las
distintas ocasiones. En esta elaboración de sí mismo, un elemento
es preponderante para Le Senne: la expansión del campo cons­
ciente, análogo, para el funcionamiento del alma, a lo que lepre-

83
senta el campo visual para la percepción del espacio. Así como hay
trastornos oculares que limitan el campo visual, hay enfermedades
del alma que limitan el campo de la consciencia. Al leer los textos
juveniles de Pessoa, es imposible no advertir la extraordinaria ex­
tensión del espacio interior que abarca la mirada de su inteligen­
cia. Se tiene la impresión de que es capaz de «comprender» todo,
en el sentido etim oló^co, es decir, de abarcar todo lo real — y
también lo irreal— , en un mismo acto de consciencia. A partir de
esta época será capaz de romper con todas las fronteras de la cons­
ciencia, de escapar a todo tipo de prejuicios, de pensar todo lo que
es dado pensar y aun lo que no lo es. Es tan inteligente como lo
fueron en su momento Pascal y Mozart.

Disponemos de muchos testimonios, a veces contradictorios,


sobre su personalidad en aquella época. Sus dos amigos del perío­
do de Durban, Clifford Geerdts (compañero de mesa en el Liceo)
y Augustin Ormond (condiscípulo en la Escuela Comercial), coin-
diden al menos en un punto; ambos hablan de su talento. Para
Geerdts estaba «un poco loco». Orm ond, por el contrario, lo re­
cuerda como un muchacho con un sentido común «nada habitual
a su edad», equilibrado y permanentemente de buen humor. D os
años después de su regreso a Lisboa, Pessoa, obsesionado por la
idea de la locura, escribe a Geerdts y a su antiguo profesor, mister
Belcher, haciéndose pasar por un psiquiatra encargado de tratarlo;
les pide opinión sobre el comportamiento del adolescente con el
que trataron, que, según dice, presenta en esos momentos sínto­
mas de alienación mental. Las cartas están firmadas por R Antu­
nes, Esq. Es interesante comparar las respuestas del profesor y del
compañero de clase. ¿Sospecharon que se trataba de una estratage­
ma? A Pessoa casi le bastaba con inquietarlos sobre el estado de
quien los había utilizado como espejos psíquicos. Crespo piensa
que Geerdts no se dejó engañar, lo que explicaría los términos de
su respuesta. Pessoa, según Geerdts, «era pálido, flaco, poco de­
sarrollado físicamente, eiKx>rvado y de hombros estrechos. Tenía
una extraña forma de andar y un defecto en la mirada: los párpa­

84
dos caídos sobre los ojos [...]• M anifestaba tendencias m órbi­
das [...]. Lo consideraban brillante y especialmente dotado [...]. Pen­
saba mucho y sus ideas eran muy profundas para su edad [...]. N o
tuve ocasión de juzgar su fuerza de volunud porque disfrutaba es­
tudiando, y lo hacía sin el menor esfuerzo. No recuerdo ningún
aspecto particular que haya podido, ni por asomo, traducirse en
un desequilibrio mental. Lo apreciaban uno o dos compañeros,
pero los demás no lo trataban porque no participaba en ninguna
actividad deportiva, y sólo iba al liceo a las horas de clase [...]. De­
dicaba todo su tiempo a la lectura. Pensábamos que leía demasia­
do y que acabaría arruinando su salud si continuaba así...». Po­
dríamos tratar de descubrir la ironía que encierra este testimonio,
pero Geerdts no es Pessoa...
Examinemos la declaración de Belcher, su antiguo profesor de
inglés: «Cuando cursaba el último nivel (Form VI) estuve en con­
tacto diario con él, pero sólo en clase, porque era alumno externo
y lo único que puedo ju ^ a r es su trabajo escolar [...]. Tenía dieci­
siete años cuando escribió su artículo sobre Macaulay, cuya cali­
dad siempre ju :^ é excepcional. Sus redacciones en inglés eran
casi siempre notables y a veces rayaban en lo genial. Era un gran
admirador de Carlyle, y me dolió un tanto tener que fienar su ten­
dencia a imitarlo [...]. Siempre mantuve un trato amistoso con él;
me parecía un chico leal y entregado al estudio. N o practicaba
ningún deporte pero algunos de sus compañeros me contaron que
se entusiasmaba fácilmente si veía un partido de fútbol. Com o sa­
bía que era católico nunca intenté hacerle partícipe de mis ideas
religiosas, pero tuve ocasión de observar que poseía una mente
abierta y liberal que se avenía perfectamente con mis principios».

Lo que se desprende de estos retratos es que el joven Pessoa re­


corrió su vida escolar, al igual que más tarde su vida social, profe­
sional y literaria, como un pasajero clandestino. Sus profesores,
sus camaradas, y sin duda también sus padres, lo estimaban, a ve­
ces lo admiraban, pero lo ignoraron. N o sabían lo que se estaba
fraguando bajo esa apariencia un poco extraña peto casi anodina.

85
qué tempestades estallaban tras esa chata frente demasiado
lisa, qué combates espirituales libraba sin darse tregua. Para com­
prenderlo mejor hay que apelar a su propio testimonio, algo que
cada vez resulta más fácil gracias a los textos inéditos de Pessoa
que se descubren constantemente. Al igual que esos pintores que se
autorretratan a diversas edades, Pessoa no dejó de escudriñarse, re­
presentarse, juzgarse, admirarse y despreciarse, de amarse y odiar­
se. «Cuando era pequeño, me besaba en los espejos», dice el héroe
de L a muerte delpríncipe. «Era la premonición de que jam ás ama­
ría. Tenía acerca de m í mismo la premonición n a t iv a de la ter­
nura que nunca me darían»^

El joven Pessoa aplica a la introspección el método policíaco


que tanto admira en Poe y Conan Doyle. Acecha la verdad de su
ser como si fuera otro, incluida esa misma tendencia policial que
le es característica. «De haber nacido en España hace cuatro siglos
me temo que habría sido un excelente inquisidor.» Practica una
especie de autoanálisis salvaje que nada debe a Freud, puesto que
no lo ha leído todavía y jam ás será un adepto del psicoanálisis.
Esta incesante necesidad de conocimiento y evaluación ya es, y
Pessoa lo advierte, un síntoma neurótico. Jennings rescató un tex­
to especialmente explícito, H istoria de un alm a, escrito en francés
a su retomo a Lisboa, en el que el joven, hablando de sí mismo en
tercera persona, describe el cuadro clínico de su propio caso. «Es
(sin ninguna duda) un neurasténico vesánico. La neurastenia vul­
gar [...] ha transtornado, por decirlo así, una organización mental
caracterfeticamente histeriforme [...]. Me gustaría hacer la historia
nosológica de Pessoa [...]. A ios siete años Pessoa muestra ya este
carácter reservado, nada infantil, y una ponderación (no la ponde­
ración del sentido común típicamente burgués, sino la pondera­
ción melancólica e intelectual, la seriedad) que sorprenden. Se ad­
vierte claramente que es un solitario. A ello hay que añadir mucha

L a m ortdu prim e, p. 16.

86
rabia impulsiva y casi odiosa [...] y mucho miedo. Se puede resu­
mir así su carácter: precocidad intelectual, imaginación muy pre­
coz e intensa, malicia, miedo, necesidad de aislamiento. Es un
neurópata en m iniatura.» Después, recapitulando la evolución
de ese proceso, recalca que tras su retorno provisional a Lisboa
en 1901, su carácter se ha tornado «menos impulsivo: el clima y la
disciplina escolar posiblemente le inhibieron».

El miedo del que habla a menudo no es sólo la timidez (eti­


mológicamente, cobardía) típica de la adolescencia. Sin duda,
como muchos jóvenes, se considera feo y ridículo. «La miopía au­
mentaba mí angustia. Interpretaba la mirada de los otros, daba
sentido a sus gestos [...]. W a a la gente que se reía por la calle, y
pensaba que se reían de m í...» Este miedo, propio de un ser «fuer­
te», es abstrarto, más metafíisico que psicológico. A partir de en­
tonces el joven Pessoa parece haber vivido, intelectualmente y en
sus propias carnes, la experiencia que se resume en la famosa sen­
tencia hegeliana que Pessoa con toda seguridad aún no conoce:
cada consciencia persigue la muerte de las otras.

Siente una fuerza enorme en su interior, pero no es la fuerza


de un yo. Ese yo, que los demás parecen saber construir con toda
solvencia, como una osamenta o caparazón mental, no llega en
Pessoa a configurarse. Su propia consciencia hace que se conside­
re una morada inacabada; sin suelo que lo sostenga ni muros ni te­
cho que lo contengan, acaba sintiéndose atraído por el vacío o ha­
bitado por presencias desconocidas. «Estoy sentado a mi mesa,
con mi papel y mis plumas, y de pronto me asalta el misterio del
universo; me detengo, tiemblo, siento miedo, y me gustaría dejar
de sentir, ocultarme, golpear la cabeza contra la pared. Feliz aquel
que es capaz de pensar profundamente; pero sentir con esa pro­
fundidad es una m aldición [...]. El misterio del mundo se apo­
dera no sólo de mi pensam iento sino tam bién de mi sensibili­
dad [...]. A veces me quedo asombrado y asusudo de mis propios
pensamientos: determino la débil parte de mí que me pertenece [...].

87
Llego a pensar que mi cuerpo está habitado por el alma de algún
poeta desaparecido...» Estas notas escritas a los dicisiete años son
los prolegómenos de Libro del desasosiego, en el que Bernardo Soa­
res enunciará su cogito inverso: pienso, luego no existo. Ya enton­
ces se enfrenta a esa aporía de la cual sólo saldrá, ficticia y episódi­
camente, diez años más tarde, después del «día triunfid». Para
crearse deberá destruirse.

La mayor parte de los textos que datan de esta época dan tes­
timonio de una experiencia interior a la vez espiritual, afectiva y
carnal. El joven Pessoa no sólo se siente a disgusto consigo mismo,
sino también, y quizá muy especialmente, con su cuerpo, con la
sensación y el concepto que tiene de él. Volveré a hablar en varias
ocasiones de lo que Gaspar SimÓes denomina «el enigma de Eros»
y de las diversas interpretaciones que ha recibido por parte de bió­
grafos y críticos esta «sexualidad blanca». Lo que ya podemos in­
tentar establecer es el momento en que se urde este drama íntimo,
representado simbólicamente en una parte de su obra. El autor de
H istoria de un alm a es muy claro al respecto: «En esa época (agos­
to de 1901, cuando regresa por primera vez a Lisboa) su carácter
no es demasiado complejo [...] no hay síntomas de un miedo acu­
sado [...] es todavía normal, fisiológico. Por lo demás, timidez, in­
genuidad, egoísmo un poco acentuado, pero en líneas generales
todo normal. Aún no se ha despertado a la pubertad. Por haber vi­
vido en un país (Natal) lejos de la influencia corruptora de la civi­
lización, no perdió su pureza mental; en esa época conservaba in-
ta a a su virginidad imaginativa [...]. Permaneció en Lisboa desde
agosto de 1901 hasta septiembre de 1902; por ello es comprensi­
ble que se haya dejado seducir, por poco que sea, por la sensuali­
dad corruptora e inmoral de la ciudad». Son sus propias palabras.
Esta pérdida de la «pureza mental» data de las largas vacaciones
de 1901-1902 y, más exactamente, s^ ú *i todos los indicios, de su
estancia en Angra do Heroismo en el verano de 1902, el de sus
catorce años. Podemos hacemos también una idea de las conse­
cuencias que tuvo gracias a la investigación del así llamado por él

88
psiquiatra Antunes en 1907. Le pide a Geerdts datos sobre el
comportamiento sexual de su camarada. «Que yo sepa no mante­
nía ninguna relación sentímental (¡ove affair)», contesta Geerdts;
«ignoro si se entubaba a excesos sexuales». Algunos años más tar­
de, en la inacabada novela M arcos Mves, Pessoa habla de su héroe
adolescente como de un «trastornado sexual» cuya imaginación
indecente le lleva a interpretar todo comportamiento humano
desde el punto de vista sexual. «Su sexualidad le había invadido el
cerebro por completo [...]. Se confundía extrañamente con su sed
de verdad...» La tragedia de Marcos Alves es tener «nobles ideales,
elevados y puros», y saber, al mismo tiempo, que es un «cerdo». N o
consigue hacer concordar sexo e ideal. La obra refleja el proceso de
disociación que desde el período de Durban hace de él un soña­
dor demasiado puro, demasiado exigente, fascinado únicamente
por figuras perfectas, obviamente inexistentes, pero a la vez dema­
siado perverso, demasiado desmedido en su deseo como para que
esa sexualidad atemperada habitualmente adm itida pueda satisfii-
cerlo y, en consecuencia, presa en todo momento del ansia de una
«sexualidad sin sexo». Este divorcio entre la aspiración al bien y la
fiiscinación del mal hace imposible cualquier vínculo con el mun­
do, «todo acto que no sea escandaloso y absurdo».

En el combate con el ángel que parece representar su adoles­


cencia, siente claramente en su interior la presencia de un espíritu
del mal, al que Pessoa hace coincidir con el diablo. «Soy incapaz
de explicar esta sensación del mal dentro de mí; en la época de la
que hablo era fuente de una angustia indescriptible [...]. Cuando
digo que sentía lo mucho de malo que había en mí no quieto que
se entienda que estuviera desuñado a una existencia infiime o vi­
ciosa. Quiero decir que sentía íntimamente una inclinación hacia
todo lo que en el ser humano es condenable...» Sería interesante
rastrear la presencia del diablo en la obra de Pessoa. Que yo sepa,
nadie ha hecho ese análisis. Asistiríamos a la domesticación del
diablo, al que Pessoa pondría en su sitio, como en el cuento «La
hora del diablo», cuyos frí^m entos fueron descubiertos por Tere­

89
sa Rita Lopes y José Augusto Seabta y luego adaptados teatral­
mente y representados por Serge Brozille en 1992. «Tranquilíza­
te», dice el diablo, «corrompo pero ilumino N o soy ni el su­
blevado contra D ios ni el espíritu que n i ^ . Soy el D ios de la
imaginación, perdido porque no crea [...]. Con todo lo que no
vale la pena ser construyo mi dominio y mi imperio, señor abso­
luto del intersticio y la fisura, de lo que en la vida no es vida.
Com o la noche es mi reino, el sueño es mi territorio. Soy lo que
no tiene peso ni medida»^.

Quede claro que Pessoa, a los diecisiete años, no es todavía ca­


paz de pensar así o de hacer pensar así al espíritu del mal. Para lle­
gar a tal punto será preciso que adquiera una recia y paradójica
sabiduría, una sabiduría que habrá aprendido las lecciones de la lo­
cura. Con todo, no está lejos, aunque le desespere no poder con­
trolar su imaginación, de sentirse inadaptado, anormal, mons­
truoso. £1 temor a la locura, todavía difuso, va delimitándose en
los años sucesivos. Lo que le salva es su sentido del juego y el pla­
cer que le proporciona. Dicho juego es, ante todo, la escritura. En
la pieza titulada E l marinero, esbozada en 1903 y de la que sólo
quedan firagmentos, ciertas réplicas, remedos de Hamlet, mues­
tran a las claras que ha optado por hacerse el loco para conjurar la
locura:

W íll; ¿C uál es vuestro placer, señor?


M arinero: M i placer, señor, son las mujeres.
W ill: Quiero decir, ¿qué es lo que os complace?
M arinero: Lo que más me gustaría, señor, seria complacerme a
m í mismo, puesto qtie soy el hombre a l que mejor conozco y sé mejor
que nadie lo que puede complacerme. (Aparte.) M iento para divertir­
me, miento porque, por todos los diablos, sé perfectamente que estoy
enfermo y que esta enfirm edad es lo que más me gusta.

^ Lheure du diahle, José C orti, p. 29.

90
N o hay un estudio en profundidad, que yo sepa, sobre la sin­
gular naturaleza del humor en Pessoa. Se ha dicho que era una he­
rencia judía: la risa como un recurso para superar las contradiccio­
nes. También se advierte la influencia de la cultura inglesa, y no
sólo de Shakespeare sino también de los autores del siglo xviii. El
editor francés de Spectator señala que Addison y Steele hablan ton-
gue in cheek, frase que significa algo así como «no tomes en serio
lo que digo»^, lo cual, en Pessoa, no oculta una dimensión trágica
sino que, por el contrario, la fomenta.

Q r. Le «Spectator», éd. La Bibliothéque.

91
D e nuevo en L isb oa
(1 9 0 5 -1 9 0 8 )

Pessoa no es Ulises ni el hijo pródigo. Los dos únicos poemas


que escribió sobre el tema del retorno, evocando esos reencuentros
de agosto de 1905 con su ciudad, lo representan como un acto fa­
llido, lleno de ambigüedades. Los escribió mucho después, en 1923
y 1926, cuando la emoción del reencuentro era sólo un recuerdo,
aunque un recuerdo aún ardiente. Los dos poemas firmados por Al­
varo de Campos lle \^ el mismo título, «Lisbon revisited», en inglés,
puesto que en 1905 era su lengua habitual, pero están escritos en
p o m ^ é s, que volvió a ser su lengua principal a partir de 1908:

O tra vez vuelvo a verte,


ciudad de mí infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy el mism o que aquí viví, y aquí volví
[...]
O tra vez vuelvo a verte,
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

O tra vez vuelvo a verte — Lisboa y Tajo y todo—


transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí com o en todas partes'. [...]

' FPP,p.233.

92
M uchos de sus sentimientos habituales pasan por este lamen­
to: la perpema confrontación con el niño que ha sido, el recuerdo
del A^cío que le ha dejado la pérdida de su madre, la existencia de
Lisboa como un sueño, como ciudad fantasmal y a la vez íkmilian
la soledad, la tristeza, la condición de extranjero, la inutilidad de
todo, etc.

¡Oh cielo azul — el m ism o de m i infancia— ,


eterna verdad vacía y perfecta!

¡Oh suave Tajo ancestral y m udo,


pequeña verdad donde el cielo se refleja!
¡Oh revisitada pena, Lisboa de antaño de hoy!^.

Cuando, en ese mismo 1923, evoca, en el título de una serie


de poemas, Los dos exilios, hace referencia a ellos en sentído con­
trario al que tuvieron, con diez años de intervalo, la separación de
su infancia portuguesa y el adiós a su adolescencia inglesa. Duran­
te casi tres años vivirá esta situación esquizofrénica de doble perte­
nencia, con el alma repartida entre su patria carnal y su patria es­
piritual, hasta el día en que por fin podrá decir: «M i patria es la
lengua portuguesa», reconciliando internamente, en cierta medi­
da, el espírim y la carne o, si se prefiere, la cultura y la raza.

Hizo el viaje de Durban a Lisboa solo, a bordo del paquebote


Herzog. Al llegar, se instala primero en casa de su tía dona M aria,
en Pedrou90s, y luego en la de su tía Anica, hermana de su madre,
en la calle Sao Bento. Entre octubre de 1906 y mayo de 1907 vive
con sus padres, que están en Portugal aprovechando un s^jundo
permiso del cónsul. Han alquilado un piso cerca de la basílica de
Estrela, al oeste de la ciudad. Cuando se marchan, el joven poeta
se va a vivir a Lapa, con su abuela Dionísia, en compañía de sus
viejas tías dona M aría y dona Rita. Pero el encanto de antaño se

FPP, p. 229.

93
ha roto. Pessoa, con el que hasta entonces aparentemente era tan
fíícil convivir, mantendrá tensas relaciones con Rita. Se entenderá
mejor, durante años, con Anica. Se advierte, en una foto de grupo
tomada en 1907, el bello y sereno rostro de su tía materna, que
contrasta con los de sus tías abuelas, alterados por los años y las
enfermedades, y aún más con el de su abuela Dionísia, con su aire
de despiste y en ese momento ya cercana a su muerte. Pero la per­
sona de su entorno que mayor influencia tendrá sobre él durante
este nuevo período de aprendizaje que supone la «tercera adoles­
cencia» es el general Henrique Rosa, hermano del cónsul, su pa­
drastro, y un hombre singular anteriormente citado. Inició a su
«sobrino» en dos campos cuyas riquezas, durante mucho tiempo,
no dejará de explotar: el de los decadentes y los simbolistas france­
ses, muchos de los cuales serán sus modelos cuando vuelva a escri­
bir en su lengua materna, y el de los postrománticos p o rti^ e se s.
Pero el que le resulta más cercano en esos años difíciles es un poe­
ta francés hoy olvidado, Maurice Rollinat (1846-1903), habitual
del «C hat N oir», am igo de los «hidrópatas» y de los «zutistas» y
autor de Las neurosis (1883). Sin duda, ignora que Rollinat murió
en el manicomio de Ivry, pero su humor concuerda con el de este
poeta maldito, a la vez angustiado y sarcástico.

Durante todos estos años dispone de una libertad casi total


que se esforzará siempre por preservar, sacrificando poco a poco
todo lo demás. Su precipitada partida de Durban estaba justifica­
da por su deseo de matricularse a tiempo en la Universidad de Lis­
boa^ para seguir el curso 1905-1906. Se sabe poco de estos estu­
dios universitarios. Los biógrafos tampoco se ponen de acuerdo
sobre la fecha de inscripción ni sobre la posibilidad de que hubie­
se sido admitido como alumno. Es probable que, por razones ad-

^ Se habla de «universidad» y de «hicultad de letras» por com odidad, ya que,


form alm ente, entre 1905 y 1906 en Lisboa sólo existe un «Curso superior de le­
tras» que se convertirá en facultad cuando k Universidad de Lisboa, transferida
a C oim bra en 1537, vuelva a im plantarse un poco m ás tarde.

94
m inistrativas, no le adm itieran en la facultad hasta octubre
de 1906, tras haber pasado un año dedicado ín t^ am en te a leer y
escribir. Lo que es seguro es que durante varios meses, entre 1906
y 1907, siguió los cursos de filosofía y no de literatura, como pare­
cía ser su intención inicial. Seis años más tarde explicará su rela­
ción con ambas disciplinas; en el fondo es, según dice, «un poeta
estimulado por la filosofía, no un filósofo dotado de facultades
poéticas»^. Lx) que es aún más seguro es que enseguida se cansó de
un sistema de enseñanza y de un ambiente universitario que no le
convencían. De su profesor Silva Cordeiro nada dice, pero recor­
demos que tampoco mencionó jam ás al director Nicholas. Asistió
a las clases y tomó apuntes, que se han conservado, pero cada vez
con menor frecuencia. N o le gustaron sus condiscípulos. Con su
rigidez típicamente británica, su cuidada apariencia, su lenguaje
pulido, su timidez, su pudor, su miedo a las chicas, desentona en
medio de estos jóvenes chillones, sensuales y distendidos. Siguió
siendo un extranjero a sus propios ojos y a los de los demás. £1
único estudiante con el cual se relaciona es otro p o r ti^ é s de Su-
dáfrica (exactamente, de Pretoria), Armando Teixeira Rebelo, con
quien puede discutir en inglés. Teixeira, más integrado que él, lo
ayudará a salir un poco de su aislamiento.

Aunque no haya aprendido gran cosa en la universidad, este


episodio de su vida es importante porque se reencontró con la histo­
ria contemporánea. De entonces data su interés por la política
portuguesa. Volvió a su país en un momento histórico especial­
mente convulso. La monarquía, ya debilitada bajo el reinado
— ^pese a todo tranquilo— de Luis I (1861-1889), empieza a ser
cuestionada con motivo de la capitulación de Portugal ante el ul­
timátum inglés de 1890. El nuevo rey, Carlos 1, casado con la
princesa fiiancesa M aría Amelia, bisnieta de Luis Felipe, es joven
(veintiséis años), inteligente, culto, humanista, artista; pero todo

O , V III, p. 356.

95
su reinado estuvo inmerso en un clima de extrema violencia. Los
monárquicos, divididos en múltiples Acciones, acabarán por favo­
recer el advenimiento de la república, a pesar de la escasa solidez
del Partido Republicano (sólo tiene cuatro diputados). La vida po­
lítica a principios de siglo es una lucha continua entre los dos
principales clanes realistas, el de los regeneradores (conservadores)
y el de los progresistas. En 1906 el rey propone al jefe del Partido
Regenerador, Joáo Franco, la formación de un gobierno de unión
nacional para terminar con la protesta civil. Franco es un hombre
de Estado competente, pero autoritario e impopular. El 8 de
mayo de 1907 un decreto disuelve la Cám ara de Diputados e ins­
taura la dictadura, la primera de cuantas marcarán la vida política
de Portugal en el siglo xx . Joáo Franco concita la unanimidad en
su contra: monárquicos, republicanos y revolucionarios despista­
dos confluyen, hasta el punto de que un eminente profesor de
Coim bra invita a todos los monárquicos a inscribirse en el Parti­
do Republicano...

La universidad, obviam ente, no perm aneció ajena a estas


disputas. Hubo revueltas y los estudiantes se declararon en huelga.
¿En qué medida tomó parte Pessoa en estas acciones? Su hermano
inglés Joáo M aria Nogueira Rosa, en un testimonio publicado
mucho después de la muerte del poeta, a casi tres cuartos de siglo
de los acontecimientos, asegura que fue uno de los instigadores de
la huelga. «Femando era, en el fondo, un revolucionario», dice se­
riamente. N o creo que el joven «extranjero» que apenas se atrevía
a dirigir la palabra a sus compañeros haya sido un agitador. Pero sí
es perfectamente posible que la crisis de 1907 haya despertado en
él una conciencia política todavía latente. De repente comienza a
lamentarse por las desdichas que afectan a ese país que vuelve a ser
el suyo y se rebela contra un orden impuesto por la fuerza. En esa
fecha se inscriben sin duda su paradójico patriotismo, que coexis­
te con su desprecio por el provincianismo portugués, y su no me­
nos original anarquismo, que se armoniza con una concepción
aristocrática de la sociedad. El elogio dé la indisciplina, la demm-

96
d a de la «enfermedad del orden», la exaltadón del glorioso pasa­
do portugués y la llamada a un renacimiento, todo ello, que sin
duda fue fraguándose durante esas semanas de fermentación so­
cial, contribuyó a formar sus ideas políticas, inseparables de sus
ideas estéticas, morales y religiosas. Enseguida se sentirá, como es­
critor, investido de una misión de salvación nacional. «La intensi­
dad de mi dolor patriótico, mi intenso deseo de mejorar las con­
diciones de vida de Portugal, me hacen concebir mil planes...», es­
cribirá más tarde^.

¿Fue expulsado de la universidad por su participación en las re­


vueltas de 1907, como sostiene su hermano, u optó por interrum­
pir unos estudios que no le aportaban nada? Sea como fuere, re­
nuncia a hacer carrera en la administración, como seguramente
deseaban sus padres. Decide co n so lar su vida a la literatura. Que­
da por resolver cuáles serán sus medios de subsistencia. Su abuela
paterna, dona Dionísia, cuyo deterioro mental se había agravado
de manera alarmante, muere en agosto de 1907. Le deja una pe­
queña herencia, y pronto encuentra el modo de emplearla. Com o
muchos jóvenes escritores, sueña con editar sus propios libros y los
de sus autores favoritos. Además, ya vimos que siempre le intere­
só la economía, hasta el punto de estudiar comercio en Durban.
En 1906 contestó a un anuncio, publicado en el D iário de noti­
cias, de una empresa francesa que buscaba un representante en
Lisboa. Por medio de otro anuncio, que leyó en la peluquería
mientras le afeiuban, supo que se vendía una imprenta en Porta-
legre. Se cuenta que no esperó siquiera a que lo terminaran de
afeitar y se dirigió corriendo a la agencia lisboeta cuya dirección fi­
guraba en el anuncio. Com pró enseguida toda la maquinaria de
la imprenta con el fin de trasladarla. Viajó a Portalegre (a doscien­
tos kilómetros al este de Lisboa) para supervisar el desmantela-
miento de las máquinas. Este viaje — el único que hizo por Portu­

O, VIII, p. 354.

97
gal en treinta años, desde su regreso hasta su muerte— tiene un
componente de irrealidad. El joven empresario (acaba de cumplir
diecinueve años) se halla en un estado de excitación inusitado: la
actividad o la promesa que conlleva lo estimula. Con todo, la agu­
da conciencia de la inutilidad de todo no lo abandona. La carta
(en inglés) que escribe desde Portal^re a su amigo Armando Tei-
xeira Rebelo el 24 de agosto es prueba a la vez de su buen humor,
alentado, cabe decir, por la gran cantidad de vino que había bebi­
do en el hotel, y ese desencanto que se traduce en reflexiones so­
bre el aburrimiento de provincias. Añade un corto poema que
compuso (en inglés) en el tren y que resume su primera impresión
sobre el Alemtejo, imagen de un paisaje mental característico del
universo pessoano:

N ada con nada en derredor


y algunos árboles en el medio
ninguno de los cuales es verdaderamente verde.
N o es posible ver ríos ni flores.
Si hay un inflerno, he dado con él,
porque, si no está aquí, ¿dónde diablos puede estar?

Aprovechando el transporte de las prensas de Portal^re a Lis­


boa compra otras máquinas, fabricadas en España. Instala toda la
maquinaria en un local situado en el céntrico barrio de Glória y
bautiza a su taller con el nombre de Empresa Ibis, imprenta y edi­
ciones. A fines de 1907 la imprenta está lista para entrar en funcio­
namiento, pero parece haberlo hecho por poco tiempo o no llegar
siquiera a iniciar su actividad. ¿Qué ocurrió? Los biógrafos tienen
que recurrir a las hipótesis. Sin duda, Pessoa no supo hacerse una
clientela, ni gestionar su empresa, ni siquiera utilizar las máquinas.
Muy pronto renunció a continuar con la experiencia. Arruinado,
se ve obligado a buscar otro medio de ganarse la vida.

Generalmente se resta importancia a este episodio desdichado


de su biografía. Ciertos analistas de Pessoa ni siquiera lo mencio­

98
nan en sus cronologías. Y sin embargo yo creo que este fracaso íiie
muy importante. D e entrada, porque fue el primero de una larga
serie. Aunque en 1908 finalmente e l^ r á una profesión (una elec­
ción que no lo es, y de una profesión que tampoco lo es), eso no
le impedirá en adelante, y de vez en cuando, tener iniciativas in­
tempestivas. Elaborará proyectos imposibles y rechazará buenas
ofertas. Se sentirá humillado ante las negativas de empresarios y
editores. Sus ocasionales éxitos (las revistas Orpheu y Athena, las
ediciones Olisipo) no conseguirán hacerle olvidar su condición de
poeta maldito.
Sus iniciativas abarcan todos los campos. H ay en Pessoa un
lado inventor. Pensó en comercializar sus hallazgos: un nuevo tipo
de máquina de escribir, un nuevo sistema de papel para cartas con
sobre incorporado, un «anuario sintético», un «código de cinco le­
tras», etc. Ideó una reforma de la ortografía. Quiso abrir un gabi­
nete de astrología y grafología. Pero ninguna actividad le apasionó
tanto como las vinculadas a la literatura. Siempre quiso que su
vida estuviese encaminada en esa senda. ¿Dónde estaba el fiJlo? La
respuesta la encontramos incluso en el nombre con que bautizó a
su empresa editorial y tipográfica: Ibis. Será hasta el final un nom­
bre recurrente, ligado a circunstancias muy precisas de su vida. El
ibis simboliza la parte infantil de su carácter, la infancia conserva­
da o recuperada. Pessoa se sentía todavía niño, y lamentaba no ha­
ber podido prolongar más esa etapa de su vida. Le gustaban los ni­
ños. Para sus sobrinos y sus primos pequeños escribió este poema
corto:

El ibis,
pájaro de Egipto,
siempre se sostiene
en un pie
lo cual
es raro.

Es un pájaro muy sabio


porque así no se mueve.

99
Para divertirlos imitaba al ibis, de modo que sostenía el peso
con una sola pierna y doblaba la otra.
Casi quince años después de la abortada empresa de fundar la
editorial Ibis, asume la personalidad de este pájaro sagrado y sabio
cuando escribe a Ofelia con ese estilo voluntariamente pueril de
las Cartas de am or que tanto contrasta con su prosa habitual: «M i
bebé querido, ¿es verdad que mi bebé no está enfadado con su
Ibis? ¿Es verdad por tanto que Ibis es cariñoso y merece un
beso?...». Q ue haya dejado su empresa comercial en manos de la
parte de sí mismo menos capacitada para sacarla adelante es muy
propio de Pessoa, con esa especie de inconsciente y sin embargo
inteligente voluntad de fracaso que mantendrá toda su vida.

La muerte de dona Dionísia y, meses más tarde, la quiebra de


Ibis, que dilapidó toda la herencia, lo obligan a buscar dom ici­
lio y empleo. Entonces empieza su vida errante, que no termina­
rá hasta la vuelta de su madre, doce años después. Alquila una ha­
bitación en la calle da Glória; meses más tarde alquilará otra, en la
plaza del Carm o, en el Chiado, donde se quedará cierto tiempo.
En esa época decide, a falta de otra ocupación gratificante, ser en­
cargado de correspondencia extranjera, que será su única actividad
profesional hasta el final de sus días. Hoy sabemos que recibió in­
teresantes propuestas. Su absoluto dominio del inglés y sus cono­
cimientos comerciales le habrían permitido conseguir un puesto
de responsabilidad muy bien pagado en una gran empresa. Se­
gún su primo Eduardo Freirás da Costa, que fue uno de los testi­
gos de su vida, rechazaba sistemáticamente cualquier empleo a tiem­
po completo. Quizá tampoco pudiera aceptar un cargo «directivo»
de responsabilidad, ni tener ocasionalmente jefes ni subordinados
a su cargo. M ás tarde veremos cómo el Libro del desasosiego nos
muestra cómo vivió Pessoa su condición de encargado de corres­
pondencia extranjera, es decir, de secretario-redactor contratado al
servicio de un comerciante mayorista o de una oficina de impor­

100
tación y exportación. Lo esencial para él era mantener su libertad.
Ser libre para pensar, relacionarse y disíhitar de su tiempo.

Así, con menos de veinte años, su marco, su ritmo y su estilo


de vida están definitivamente fijados. La mayor parte de su tiem­
po la pasa en su habitación, trabajando para sí mismo. Hasta 1908
escribe casi exclusivamente en inglés y, casi siempre, bajo la más­
cara muy similar de esas «personalidades literarias» que ha trasla­
dado desde Durban hasta Lisboa; Charles Robert Anón y Alexan-
der Search. En Lisboa, Anón y Search maduran con él, se afirman
cada vez más. Son los precursores de los tres grandes heterónimos,
que surgirán poco después. Anón anuncia, especialmente, a Alva­
ro de Cam pos, que será el doble extravertido del propio Pessoa.
Com o Cam pos, encama la parte violenta de su ser, la vehemencia,
el exceso, tanto en la afirmación como en la negación. Representa
la locura de existir en un universo donde reina la nada. Sim bo­
liza la reivindicación luciferina que pronto será retomada en Fausto,
cuya elaboración mantendrá a Pessoa ocupado desde 1908 hasta
su muerte, sin que consiga terminarlo.

Tres textos de esa época resumen muy bien la naturaleza de la


rebelión de Anón. Pertenecen a distintos géneros. El fragmento en
prosa titulado Excomunión es un testamento.
«Yo, Charles Robert Anón, ser vivo, animal, mamífero, bípe­
do, primate, placentario, antropoide, catarineano, hombre, de
dieciocho años, soltero (salvo en contadas ocasiones), megalóma­
no, víctima de crisis de dipsomanía, d^enerado de primera línea,
poeta con pretensiones de humorista, ciudadano del mundo, filó­
sofo idealista, etc., etc. (eximo del resto al lector);
En nombre de la v e r d a d , de la c ie n c ia y de la f il o so f ía ,
sin campana, libro ni cirio, pero con una pluma, tinta y papel,
pronuncio la sentencia de excomunión contra todos los sacer­
dotes y todos los fieles de todas las religiones del mundo.
O s excomulgo.
O s maldigo.

101
Amén.»
Las otras dos manifestaciones de esta violenta rebelión contra
Dios tienen forma poética. Una es un cuarteto titulado «Epitafio
de D ios», y constata la muerte del «tirano» que fiie llamado justa­
mente «demonio». La otra es una forma original de acróstico,
«Hágase tu voluntad», en el que el poeta condena la «vil resigna­
ción» del hombre ante la crueldad del mismo tirano.

Junto a estos preheterónimos ingleses hay que situar al fi-ancés


Jean Seúl, que también acompañó a su demiurgo a su regreso a
Lisboa. Su nombre Quan Solo) es toda una declaración de princi­
pios. En fiancés, lengua que Pessoa no domina tanto como cree,
— ^infinitamente menos que la inglesa— , y que le resulta, pues,
verdaderamente «extranjera», da a entender, recurriendo a la for­
m a festiva del reportaje o el cuento, lo que no se atreve a decir sin
máscara. Confiesa casi lo inconfesable. Los escasos fragmentos
que se conservan de Jean Seúl tratan mayormente un solo tema: la
sexualidad y, más concretamente, las perversiones y desviaciones
sexuales. Se ha encontrado entre sus papeles el borrador de un tra­
tado titulado Casos de exhibicionismo. Demuestra que el exhibicio­
nismo presenta «todos los caracteres de un impulso histérico».
Pero no hay exhibicionismo sin público, y lo que más interesa al
autor, porque se siente personalmente implicado, no es tanto la
histeria de las mujeres desnudas o de los hombres que muestran
sus óiganos genitales como la del voyeur, que la justifica. Y en la
medida en que se pueden seguir sus razonamientos, a pesar de las
lagunas del texto, parece que lo que explica la psicología del vo­
yeur, para él, es la impotencia. «Aparte de la impotentia coeundi y
de la impotentia generandi, hay una impotentia mentalis, que con­
siste en vma debilidad del aspecto mental (no hay concesiones a lo
platónico) del sentimiento sexual...» Se han encontrado también,
probablemente escritos en las mismas fechas, fragmentos de una
predicción satírica, Francia en 1950, al estilo de las de Swift o de
Voltaire; es el extraño retrato de una sociedad en la que, por ejem­
plo, el incesto es obligatorio y está de m oda medir la longitud del

102
pene, etc. Pero la preocupación moral del autor queda dara al fi-
nah «Caiga la vergüenza sobre quien se divieru con esu sátira.
¡M aldito quien la encuentre graciosa!».

A fines de 1907 la dictadura es cada vez más discutida en todo


el país. Se ha dicho que Pessoa, al principio, fue partidario de Joáo
Franco, como lo será en 1917 del mayor Sidónio Pais, e induso,
durante un tiempo, del presidente Salazar. Quizá le impresionó la
energía que emanaba del detentador de un poder absoluto. Pero
Pessoa, que alguna vez se definirá como «profesor de indisciplina»,
rechaza este poder. O dia a Joáo Franco.
Los republicanos y los monárquicos disidentes «progresistas»
deciden unir sus esfuerzos para derrocar al gobierno. Pequeños
grupos revolucionarios quieren aprovechar la ocasión para acabar
con el régimen. Se organiza una sublevación para el 28 de junio
de 1908, pero se descubre d complot, que acaba siendo duramente
reprimido. La detención del jefe republicano António José de Al-
meida (futuro presidente de la república) enerva los ánimos. En ese
momento el rey se encuentra en el palacio de Vila VÍ90sa, antigua
residencia de los duques de Braganza, pasando las fiestas de Navi­
dad y Año Nuevo, a ciento cincuenta kilómetros de Lisboa, en el
Alemtejo, a donde le gusta ir a cazar. El 31 de enero el ministro de
Justicia se presenta en Vila Vinosa para pedir al rey que firme un de­
creto autorizando la deportación de ios sublevados a las colonias.
Carlos acepta, no sin antes decir: «Firmo mi sentencia de muerte».
Al día siguiente, 1 de febrero, decide volver a Lisboa. A las cinco
de la tarde la fiunilia real llega a la estación de Santa í^olón ia, cer­
ca de la Alfama, y es recibida por el presidente del Consejo y varios
ministros. El rey, la reina y sus dos hijos, el príncipe heredero Luis Fe­
lipe (que lleva el nombre de su bisabuelo materno) y el príncipe
Manuel, suben a un landó descubierto al que escoltan varios coches.
El historiador francés André Raibaud, que narra sobriamente el
acontecimiento, señala que no hay ningún servicio de seguridad. El

103
cortejo enfila la plaza del Comercio y gira. En la esquina de la calle
del Arsenal, aparecen dos hombres que estaban ocultos en los so­
portales. Uno de ellos, que lleva una pistola, trepa al estribo del lan­
do regio y dispara varías veces al rey. El otro, armado con una cara­
bina, se arrodilla y apunta tranquilamente al príncipe heredero. El
príncipe Manuel sólo es herido levemente, y la reina María Amelia,
la única que salió ilesa, intenta empujar, con el ramo de ñores que
le acaban de entubar, al agresor que se aferra a la portezuela. Los
dos terroristas son reducidos por varios testigos. El cochero, que
también ha sido herido, azuza a los caballos y entra en el Arsenal. Se
llama a un médico, pero ya es tarde: el tey ha muerto y el príncipe
muere enseguida. Raibaud, cuyo relato reproduzco, añade que la
reina madre María Pía, avisada a toda prisa, se vuelve hacia Joao
Franco y le dice: «Ésta es su obra, señor presidente».
Este suceso capital de la vida política portuguesa, que se con­
serva en la memoria colectiva con el nombre de «r^icidio» (no
había sucedido antes en Portugal en toda su historia), se parece ex­
trañamente a otros atentados que también alteraron el curso de la
historia, como los asesinatos del rey francés Enrique IV y del zar
Alejandro II de Rusia o los magnicidios de Sarajevo y Dallas. Pes-
soa se identificó entonces con todo un pueblo conmovido por el
acontecimiento y ello precipitó su evolución. H asta ahora no se
conocían con exactitud sus opiniones políticas anteriores a 1908.
Se le suponía monárquico. Pero, antes al contrario, unos docu­
mentos recientemente hallados parecen demostrar que ya enton­
ces era más bien republicano. Lo es, en cualquier caso, con ma­
tices y cierta ambigüedad. Aunque expresa en términos violentos,
y a veces groseros, su desprecio por Joao Franco, brutal y torpe
apoyo de la monarquía, se apiada del r ^ muerto y del joven rey
M anuel, y también del país y del pueblo. «El sacrificio de un solo
individuo», al fiicilitar el camino a la república (que será proclama­
da dos años más tarde), «evitará la revolución».

El propio Pessoa fecha en septiembre de 1908 el momento en


que deja de escribir exclusivamente en inglés para hacerlo en por­

104
tugués. N o cabe duda de que el principal motivo de este repenti­
no cambio es político. Tras dos años de permanencia en ese país
donde se sentía aún medio extranjero, le invade un intenso senti­
miento patriótico. Desde entonces las palabras de la lengua portu­
guesa surgen naturalmente de sus labios y su plum a por solidari­
dad con su pueblo. Pero si oscila entre un mundo y otro, entre
Porti^al e In^aterra, es porque estaba predispuesto a ello, desde
su regreso, por lecturas y amistades. Para entenderlo mejor, con­
viene volver sobre la figura truculenta del general Henrique Rosa,
que no sólo le ha trasmitido su afición por la vida bohemia y por
el alcohol sino también una forma de sensibilidad literaria típica­
mente portuguesa, distinta de la heredada de los poetas ingleses
que leyó en su infiincia. Trataremos de hacer el inventario de sus des­
cubrimientos en este período. Pero el año 1908 no es sólo el de la
prodigiosa ampliación de su universo cultural, sino, sobre todo, el
momento en que encuentra su voz propia, su tono original: una
suerte de lirismo crítico en que la emoción es continuamente im pi^-
nada por la inteligencia, y en que todos los impulsos espontáneos de
su ser se disparan y se refrenan por un exceso de autoconsdenda.
Su primera elegía en portugués, fechada el 19 de noviembre
de 1908 y titulada «Dolora», hace el balance de esa adolescencia
que acaba en continuo fracaso. Sobre este firacaso deberá construir
su vida y su obra.

Antes, ¡con qué placer yo afectaba


una atroz melancolía!
Quería ser un poeta triste
y lloraba por no llorar.

Luego debí afrontar


la vida estrecha y dolorosa.
Entonces, triste, lloraba
por tener razones para llorar.

En esta aurora desolada


hoy me veo más que triste.

105
Ahora lloro solamente
por ser incapaz de llorar.

* * *

Aun después de lo que Gaspar Simóes llama su «naturaliza­


ción» p>ortuguesa, lo que escribe Pessoa no hace ninguna referen­
cia a la realidad concreta de su existencia en Lisboa: no hay evo­
caciones de su ciudad en sus textos de esa época. Sólo a partir
de 1913 las imágenes de Lisboa empiezan a aparecer en los poemas
que forman Cancionero y en los fragmentos de prosa que anun­
cian el Libro del desasosiego. H asta esta fecha, el escenario del dra­
ma que se representa en su interior es a menudo «ninguna parte»,
un lugar mental, abstracto, que puede ser el limbo o el infierno.

Sin embargo, se han encontrado textos que contienen al me­


nos algunas alusiones a su ciudad, a la que redescubrió, según se
ha visto, con una mezcla de sentimientos. Nunca, desde la edad
de la consciencia plena, había vivido en una capital. Com parada
con Lisboa, Durban era una aldea exótica. Experimenta muy vivi­
damente la sensación específicamente moderna — ^baudeleriana—
de sumirse en una muchedumbre solitaria. «Me he convertido en
un hombre de la multitud. Solo, nunca tuve confianza en mí. D ía
y noche me abría paso velozmente entre la multitud, y, codo con
codo, me aferraba ansiosamente al primero que pasaba. Debieron
de tomarme por ladrón. Apretaba mi cuerpo contra los cuerpos
como un niño se cuelga de su madre durante una tormenta. In­
tentaba cerrar los ojos del alma como un niño trata de escapar en
cuanto ve un relámpago. Me esforzaba por cerrar mis oídos men­
tales como un niño se oculta en el regazo materno para no oír el
estruendo de los truenos; y si se abría un mínimo espacio entre la
m ultitud de paseantes, me apresuraba, corría, tendía desesperada­
mente los brazos para tocar algún cuerpo, con mi propio cuerpo
ávido de un contacto fugaz. Y siempre, siempre, entre el rumor de
la multitud y el ruido de sus pasos, me estremecía escuchando sus

106
regulares, inexorables pisadas.» Esta imagen, aunque más elabora­
da, será retomada en el Libro del desasosiego. Lisboa es en este caso
más que el «hogar» del poeta: es el sustituto de la madre ausente y
perdida.

O tro testimonio, radicalmente diferente, de la «renaturaliza­


ción» del joven lo constituye su intento, enseguida abortado, de
escribir cuartetas en portugués para tratar de recuperar la frescura
de la inspiración popular. Escribe una decena de ellas y lu ^ o
abandona. N o volverá a fomentar esta vena popular hasta un cuar­
to de siglo después, cuando componga, entre 1934 y 1935, más
de trescientos poemas breves como aquéllos, de una falsa ingenui­
dad, que serán recuperados por Georg Lind y editados en 1965
con el título de Cuartetas a l gusto popidar. La traducción francesa
de Henry Deluy permite hacerse una idea exacta del encanto de
estos versos que unen la simplicidad propia de este género con el
refinamiento, inevitable en Pessoa.

He enfilado todas las perlas


de este collar para ofi-ecértelo.
Las perlas son mis besos,
mi pena es el hilo^.

Esta obra, iniciada al final de la adolescencia y concluida en la


madurez, es casi la única en la que el poeta trata de despojarse de
su ornamentación barroca para recuperar la naturalidad de su
pueblo. Y las cuartetas son quizá también, como dice Deluy, sus
únicos poemas de amor propiamente dichos. Olvidadas o despre­
ciadas durante mucho tiempo, merecen ocupar un estante secun­
dario en la biblioteca ideal de las obras de Pessoa. Estos versos, se­
gún su autor, están «compuestos en tono menor», pero hay que
«rendir homenaje a la embriaguez del cantor».

Quatrains complets, éd. Unes, n.° 2.

107
7

A lexan der Searchy e l precursor

(1 9 0 3 -1 9 0 9 )

Durante mucho tiempo hubo una laguna en la biografía inte­


lectual de Pessoa. Parecía que el florecimiento confuso de los años
de adolescencia y la metódica multiplicidad de la madurez se su­
cedían sin solución de continuidad. N o estaba clara la razón por
la cual ese trabajo interior de conformación de personalidades dis­
tintas de la suya, que el joven poeta lanzaba fuera de sí como si
fueran sendópodos de su espíritu, desembocaba en la iluminación
del «día triunfal» en que aparecen los tres grandes heterónimos. La
obra de Alexander Search, que ahora empieza a descubrirse, es el
eslabón perdido de esta evolución que lleva del poeta clásico-to-
mántico al «modernista», de la efusión sentimental al lirismo crí­
tico, de la búsqueda ansiosa del yo a la despersonalización siste­
mática, de la perdida fe cristiana al «paganismo» recobrado. Se
advierte tras la lectura de estos textos en verso y en prosa, todos
escritos evidentemente en inglés, que Pessoa, entre los quince y los
veinte años, situó en la consciencia semificticia de Search y en su
obra, ésta real, la tempestuosa experiencia espiritual vivida en esa
etapa fronteriza entre ambas edades, esta lucha con el ángel en la
cual el doble (Alexander Search) es finalmente derrotado para que
el propio Pessoa pueda obtener satisfacción y franquear el umbral
que le conduce a otra etapa de su iniciación poética. Search es la
crisálida de Caeiro, Reis y Cam pos. D e ésta temponida en el in-

108
fiem o Pessoa surgirá, algunos años más tarde, en un estado de to­
tal disponibilidad en el cual podrá creer, al menos provisional­
mente, haber hallado la salvación.

Hace veinte años, Alexander Search era aún desconocido. Las


primeras ediciones postumas ni siquiera mencionan su nombre.
Algunos poemas y textos en prosa hallados en el famoso baúl
fueron publicados, a partir de 1977, por Teresa Rita Lopes, Yvet­
te K. Centeno, Georg R. Lind, Stephen Reckert y Vasco Gra^a
M oura. Pero el Corpus de su obra no ha sido aún definitivamen­
te configurado. ¿Escribió cien, ciento veinticinco o ciento cin­
cuenta poemas? ¿Concluyó algún otro texto en prosa, aparte de
esa «historia extraordinaria», un poco a la manera de Poe, que es «/4
very ori^n al dinner» «Una cena muy original», de un humor muy
macabro? N o se podrá valorar la importancia de Search hasta que
dispongamos de la edición crítica oficial de sus obras completas,
anunciada desde hace años, y en la que Ivo Castro lleva trabajan­
do desde 1985. H asta el momento, la contribución fundamental
para un mejor conocimiento de este precursor se la debemos a la
tesis de la especialista norteamericana Susan Brown, presentada
en 1987 en la Universidad de Carolina de Norte. El trabajo señala el
papel determinante de Walt W hitman en la elaboración de la
obra de Caeiro, pero el estudio de Search también ocupa buena
parte de la tesis. Susan Brown ofrece una visión original no sólo dd
alcance de la obra del joven Search, hermano gemelo de Pessoa, sino
también de la naturaleza de la génesis de los heterónimos. Según
día, Search expresa la exigencia espiritual absoluta propia de los
románticos, pero puesta en entredicho por la duda, la ironía y la
inquietud características del postromanticism o. El espíritu puro
se enfirenta a la nostalgia de lo real, y el sueño, a la vida. El poeta
debe, por tanto, hacer conciliar interiormente el espíritu y el mun­
do. Brown apenas alude a los románticos franceses, poco más a los
ingleses; apela, sobre todo, al trascendentalismo estadounidense y,
en primer lugar, a su maestro, Ralph Emerson (1803-1882). Se­
ñala varias coincidencias entre Search y Emerson. Pero el natura-

109
lismo panteísta de W hitman, cuyo descubrimiento será la fuente
de toda la corriente «pagana» encarnada por G ieiro y sus discípu­
los, procede directamente del misticismo de Emerson. Lo que los
aproxima es un deseo de comunión con el todo. Siguiendo la hi­
pótesis de Brown, hay que adm itir que durante sus años de
adolescencia la crisis espiritual vivida por Pessoa, reflejada en la
obra de Search, lo condujo a apropiarse de la experiencia seráfica
de Emerson pero adoptando las hechuras, un poco más burdas, de
W hitman.

En el comienz» de la trayeaoria de Search y en la base de la cons­


trucción de su obra se halla una reivindicación idealista sin conce­
siones. La única verdad es la del espíritu, y el único modo de ser
válido es la total inocencia. La poesía es la búsqueda (search) de
este ideal, al que debe sacrificarse todo lo demás.

¿Q ué es esta cosa que buscas en las cosas?


¿Qué es este pensamiento que tu pensamiento no alcanza?
¿Para volar en cuál aire tienes alas?
¿Por qué visión sufies tu ceguera?

La consciencia del poeta admite que la verdad, el ideal y la


inocencia se sitúan en un dominio más allá de la experiencia sen­
sible, que es inaccesible. Por ello la belleza femenina perfecta no es
de este mundo.

Ella vive en una región más allá de todo amor


lejos y por encima de toda mirada humana.

Search sólo concibe el amor paradisíaco, en un mundo inma­


terial e incorpóreo.

Quisiera ser de nuevo niño


y que tú fueras también una niña dulce y pura
para ser libres y salvajes
en nuestra oscura consciencia...

lio
Todo sería una com pleta ignorancia
y una sana ausencia de pensamiento...
N o tendríamos sexo ni amor,
el bien no tendría que luchar contra el m al... [...]

Pero este planteamiento, propio de una gran parte de la poe­


sía occidental, desde el neoplatonismo medieval hasta el idealismo
romántico, es insostenible para un autor moderno. Todos esos
cantos de la inocencia que constítuyen una parte de la obra de
Search tienen su réplica en los cantos propios de la experiencia,
que expresan el sufrimiento de un alma desgarrada entre el hastío
y el ideal. El poeta sueña con esa «consciencia oscura» que, no es­
tando desdoblada, ignora la diferencia entre sujeto y objeto. Pero
no se recobra la inocencia por introspección. N o se obtiene cono­
cimiento de la ignorancia, sino sólo, como dirá Caeiro, un largo
«aprendizaje del desaprendizaje». En el poema titulado «Pensa­
mientos», Search dice que «el pensamiento ciega la luminosa vi­
sión mental», y se siente condenado a acechar «el sentido del sen­
tido del universo». Jam ás vivirá la experiencia concreta de una per­
cepción iiunediata, de una captación del alma de las cosas que
surja del alma, que no suscite preguntas, dudas ni comentarios
irónicos.
£1 efecto de esta consciencia nostálgica de una perdida pureza
es el sentimiento de la irrealidad del yo y del mundo exterior, la
soledad, la exclusión, el desamparo. Y esta constatación es el pun­
to de partida de diversas estrategias poéticas y existenciales que
despliega el autor para tratar de volver a dar un sentido al mundo.
En «A una mano», largo poema de 1906, describe esa ausencia
que penetra en su interior:

E s com o si un pensamiento hubiera hundido sus raíces


en una r^ íó n desconocida de m i alma.
En un lejano país interior resuena una cam pana...

Esta forma de insensibilidad ante la existencia, que en dicho


poema queda reflejada como un sufrimiento, más adelante puede

111
aparecer como un mal menor, como el reposo tras la búsqueda en
vano. N o ya el infierno del alma desgarrada, sino el limbo donde
se adormece:

N i vida ni muerte, ni el sentido ni su ausencia,


sino el intenso sentimiento de no sentir nada [...]

En resumidas cuentas es más un olvido de todo que la clara vi­


sión de la realidad, más una renuncia a toda búsqueda que el ries­
go de hallarse cara a cara ante la Gorgona, que posee, sin duda, la
verdad. Penetrar el misterio del mundo es irremediablemente una
terrible prueba para el alma.

[...] Y una intensa cobardía intelectual [...]


me invade, y temo abrir los ojos
y el espíritu ante el sorprendente horror [...]
El sentido del misterio de todo,
cuando se apodera de mí,
debilita a m i alma enloquecida.

A este poem a de 1907, titulado «Horror», le hará eco, veinte


años después, «Demogorgon» de Cam pos, que retoma el mismo
tema con una fuerza expresiva que no podía tener el poeta de die­
cinueve años:

N o, no, ¡eso, no!


¡Todo menos saber qué es el M isterio!
Superficie del Universo, oh Párpados Cerrados,
¡nunca os alcéis!
La mirada de la Verdad Final no podría soportarse'. [...]

En general, la poesía de Search maneja más conceptos que


imágenes. H asta la larga serie «A una mano», cuyo tema es emi-

FPA,p. 113.

112
nentemente concreto, es un poem a metafísico, cuyas metáforas
acaban siendo a menudo los argumentos de un razonamiento
abstracto. Sin embargo, el joven Search acaba conmoviéndonos
tanto como el desengañado Soares del Libro del desasosiego o el
C am pos derrotado de «Estanco», cuando sitúa su debate interior
— ^la consciencia de que su búsqueda es vana— en la realidad
concreta de su existencia realmente vivida. N o se trata ya de una
subjetividad abstracta que enuncia las leyes de su relación con el
mundo, sino de un auténtico que exhala su lamento. Y la im­
presión es que por fin oím os la voz de Search, igual que más tar­
de reconoceremos las voces distintas e inimitables de C am pos y
Soares.

El poema que más claramente transmite ese sentimiento de


experiencia vivida es el que lleva el título más banal: «En la calle».
Está fechado el 12 de noviembre de 1907. Lleva como epígrafe
una cita del Sartor resartus de Carlyle: «Pero yo, mein Werther, me
sitúo por encima de todo esto; estoy solo con las estrellas». El poe­
ta, una noche, en la calle, al pasar ante las ventanas de las casas con
las cortinas cerradas que dejan filtrar un rayo de luz, imagina la in­
timidad de esos hogares y vive dolorosamente su exclusión. Se
compara a esas gentes que en sus casas conocen la dicha de la vida
cotidiana.

Si no hubiera nacido para lanzarme


más allá de la vida que llevan
todas las gentes que soportan la vida [...]
sería feliz de conocer sólo
la existencia corriente de la gente corriente.

Pero, ay, llevo en m í, en mi corazón,


algp que no puede aquietarse...
Sísifo extenuado, gim o
bajo la roca irónica del mundo.
Yo, el eternamente excluido
de la convivencia y la alegría [...]

113
Un hogar, un reposo, un hijo, una mujer,
nada de esto es para mí
que reclamo algo más de esta vida [...]

Y el joven poeta sigue su camino. Pasa, errante, solitario, mal­


dito, llevando como única dicha el orgullo de ser único. Su pensa­
miento y su vida son un laberinto. Los otros, la gente «corriente»,
son felices, pero no son conscientes de su felicidad, que resulta,
por tanto, vana. Él sí es consciente de esa felicidad, pero no es la
suya. ¿OSmo librarse de la trampa de su espíritu y acceder a una
inconsciencia consciente de sí misma? Otros dos poemas mues­
tran quizá la vía que se ha de seguir para ser capaz de reunir en un
solo acto de pensamiento lo que parece contradictorio. «La res­
puesta del gigante», poema de 1908, proporciona bajo una di­
mensión mítica la clave de esta aporía:

Encontré a un gigante en mi camino;


parecía más sabio que la Naturaleza.
«Dime alguna verdad», le dije, dejando
que la lengua me traicionase, a este ser que era más que una criatura.
«Sólo hay una», dijo entonces con una voz
extraña: «Las cosas son, lo afirmo,
más que el tiempo de su aparente mudanza,
más que el espacio que parece contenerlas».

Cuatro años antes, o sea, cuando tenía dieciséis años, Search


había ofrecido en un soneto, más abstractamente, otra clave, que,
a la luz de la obra heteronímica futura, quizá sea la misma.

Si pudiera decir lo que pienso, expresar


todos mis pensamientos más ocultos y silenciosos
y llevar mis sentimientos, a fuerza de perfección formal,
hasta el punto de ser la vida en su curso natural;

si pudiera exhalar mi alma y confesar


los más íntimos secretos de mi ser.

114
alcanzaría la grandeza; pero nadie me ha enseñado
un lenguaje capaz de reflejar mi angustia.

El día y la noche me murmuran cosas


que la noche y el día se llevan...
¡Oh!, ¡sólo una palabra, una fiase en la cual arrojar

todo lo que pienso y siento y así despertar


al mundo! Pero soy mudo, no sé cantar.
M udo com o vosotras, nubes, antes de que estalle el trueno.

Las cosas, la voz. Decir la pluralidad de las cosas y para ello en­
contrar una voz que sea la voz de la naturaleza: éste es el programa de
Search que sólo cum plirá Caeiro diez años más tarde, después
de encontrar en su camino a W hitman.

Com o Charles R. Anón, Alexander Search está atormentado


por el miedo a enloquecer o por la sensación de estar ya loco. Toda
una serie de poemas del período 1906-1908 se titula Flashes o f
M adness (Relámpagos de locura). Una de las manifestaciones de
esta locura es la «m anía de la duda» (es precisamente el nombre
de un poema); otra, la impresión de que el mundo es falso, de una
mentira universal; por ejemplo, la máscara de la comedia, vista en
un teatro, se revela como un rostro «espantoso» que «se retuerce de
dolor». Al poeta le in^^de un deseo erótico desencarnado, un «fe­
tichismo ultrasensual», por una mujer generalmente ausente. Por
todas partes se siente desbordado por sí mismo.

N o me ames, a mí
que tengo en mí demasiado de lo que es mayor que yo,
dem asiado de lo que no puedo llamar yo [...]

Se da cuenta confusamente de que la desmesura es su verdade­


ra medida humana. El poeta inteligente y delicado al que acabamos

115
de oír cantar la imposibilidad de ahuecar su voz para responder al
desafío del mimdo se siente por momentos arrastrado por un torbe­
llino mental que lo hace extraño no sólo a los otros sino a sí mismo.
Algunos textos en prosa de esta época estaban destinados a un libro,
Documentos sobre la decadencia mental. Parece que de este momen­
to data la intuición que llevará a Pessoa a rechazar a Search y a orien­
tarle en otras direcciones. Sin duda comprendió que su mal no era
fundamentalmente psicoI<%ico sino cultural. Sin duda intentó cu­
rarse. Q>nsultó a psiquiatras, pues pensó que era un «enfermo men­
tal». Pero una idea comienza a abrirse camino en su interior: no es
el cerebro el que está enfermo, sino lo que éste contiene: el saber, la
visión del mundo y la memoria. Lo que le hace sufrir no es un mal
funcionamiento de sus neuronas sino las «locas» ideas que nuestra
cultura occidental, la cultura judeoctistíana, le ha im p r^ a d o .

A diferencia de Charles Anón, que es un loco furibundo,


Search es un depresivo prudente. Él expresa con mayor claridad
que los otros heterónimos la relación que Pessoa establece entre
poesía y neurosis. Anón y Search representan la parte del diablo y
toman partido por él. Pero lo que es puramente negativo en el au­
tor de Excomunión se convierte en mensaje positivo en Search.
Ante el derrumbamiento de todos los valores trascendentales en
los que había creído de niño, quiete restablecer en él la humani­
dad. Propone una forma de humanismo paradójico, basado en la
experiencia de la nada y del mal. Su texto más conocido es el de su
pacto con el diablo, por el cual se compromete solemnemente a
hacer siempre el bien:

«Pacto celebrado por Alexander Search, residente en el Infier­


no, en Ninguna Parte, con Jacobo Satán, amo pero no rey del
mencionado lugar:
1. N o renunciar o eludir nunca el proyecto de hacer el bien a
la humanidad.
2. N o escribir nunca nada sensual o de cualquier manera
malo que pueda hacer daño o perjuicio á quienes lo lean.

116
3. N o olvidar nunca, al atacar la religión en nombre de la ver­
dad, que la religión es difícil de reemplazar y que los pobres seres
humanos gimen en la tiniebla.
4. N o olvidar nunca los sufrimientos y males de los hombres.
Satán, 2 de octubre de 1907. Su garra, Alexander Search»^.

Este diablo es el «buen diablo» al cual Pessoa en su momento


hará decir «N o temáis, pues soy realmente el Diablo y, por tanto,
no hago el mal... Shakespeare, a quien inspiré a menudo, me ha
hecho justicia: ha dicho que yo era un gentleman»^. El diablo de
Pessoa, no obstante, tiene un humor del que todavía carece
Search, que no tiene humor propiamente dicho sino una ironía
amarga, chirriante, para ser más exactos.

En la persona de Search Pessoa encuentra a W hitman, tan de­


cisivo como los encuentros reales con Nicholas y Sá-Carneiro. De
Nicholas conserva el espíritu griego, en su doble aspecto «pagano»
y «órfico». Sá-Carneiro le revelará la sensualidad y la modernidad
en su forma más radical: la vanguardia. W hitman le enseña la N a­
turaleza.

Pessoa adquirió uno tras otro dos volúmenes con las obras del
poeta estadounidense. Uno es la edición relativamente antigua de
una recopilación llamada simplemente Poemas de 'Walt Whitman,
que contiene sobre todo la mayor parte de Canto a m í mismo. El
otro es una edición posterior que reúne el conjunto de Leaves o f
Grass (H ojas de hierba). Com o sabemos, W hitman (1819-1892)
es autor de un solo libro, que comenzó hacia 1850 y que fue in­
crementando toda su vida, desde la primera edición de 1855, que

2 O , VIH, p. 349.
^ Uheure d i diable, p. 25.

117
no 1 1 ^ a las cien páginas, hasta la décima, llamada «del lecho de
muene», que es una obra ingente.
£1 volumen más a n t ^ o no perteneció en rigor a Pessoa sino
a su preheterónimo. Este ejemplar, que leyó y releyó empuñando
su pluma, con un entusiasmo que se comprueba examinando la
cantidad de versos que subrayó, que enmarcó con vigorosos trazos
o comentó en los márgenes, lleva en la portadilla el nombre de su
propietario: Alexander Search. En el otro volumen también hay
anotaciones, pero esta vez de Pessoa. Evidentemente hay que evi­
tar extrapolar estas reacciones de Pessoa/Search. La lectura que de
W hitman hizo en 1908 no es, desde luego, la m ism a que hará
en 1913, cuando el proceso que desemboca en Caeiro y Campos esté
más a\^uizado. Tampoco hay que descartar que ciertas anotaciones
que figuran en el ejemplar de Poemas de Walt Whitman sean obra
del propio Pessoa tras la desaparición de su doble.
Todo cuanto puede hacerse, con relación a este período, es in­
tentar dilucidar lo que de entrada le impresionó más en la prime­
ra lectura del libro. Si se examinan de cerca los pasajes que subra­
yó en Canto a m í mismo, en Calam os, en Arroyuelos de otoño o en
Susurros de la muerte divina, se advierte que todos estín relaciona­
dos con los grandes temas que configuran el mensaje que Search
ha recibido de W hitman: el espectáculo y el contacto de la natu­
raleza campestre, la abolida distinción entre sujeto y objeto, la se­
paración entre el alma y el cuerpo, la distancia entre el yo y los
otros; en definitiva: la aceptación del mundo tal cual es, la alegría
de vivir y la benevolencia universal.

Creo que podemos hacernos u iu idea de la impresión que


produjo en Search la lectura de W hitman recordando el efecto
que le causó Los alimentos terrestres de André Gide al joven héroe
de Los Thibaultác Martin du Gard. Hablamos de una conversión.
Pero no será el joven Search el que viva esta subversión de todas las
perspectivas intelectuales, espirituales y morales. Pessoa, aplastado
por su personaje, va a darle un descanso, del mismo modo que se
desembarazará luego de Caeiro haciéndolo morir, y de Reis, en­

118
viándolo al exilio. Search «muere», pues, a finales de 1908 o a co­
mienzos de 1909, no sin antes componer su propio epitafio:

Yace aquí Alexander Search


que D ios y los hombres dejaron caer
y que la naturaleza agobió de desdichas para burlarse de él.
N o creía en el Estado ni en la Iglesia
ni en D ios ni en la mujer, ni en el hombre ni en el amor,
ni en la tierra, aquí abajo, ni en el cielo, allá arriba.
Cuanto sabía es
que nada es verdad en ninguna parte,
salvo el dolor, el odio, el miedo y la lujuria,
y todo lo demás es peor todavía
de lo que podem os pensar.

M urió a los veinte años.


Su últim o pensamiento fue:
«M alditos sean la Naturaleza, el Hom bre y D ios».

Una vez que despejó el terreno, Pessoa quedó disponible para


nuevas aventuras intelectuales. Él también tiene veinte años.

119
8

L a m ayoría de ed ad
(1908)

La literatura francesa ha erigido todo un m ito alrededor de los


veinte años. «Hacéis valer terriblemente vuestra edad», dice Arsi-
noe a Celimena (en E l misántropo, de Moliére), que no quiere «ser
gazmoña a los veinte años». Rimbaud exclama: «Ir mis veinte años
si los otros van veinte años...». Y Paul Nizan: «No permitiré que
nadie diga que es la edad más bella de la vida». Etcétera.
Los veinte años de Pessoa no son la flor de su vida ni le causan
ningún orgullo. Una parte de él tiene más de veinte años; y otra,
muchos menos. Durante toda su vida necesitará manejar ese dese­
quilibrado artefacto compuesto por una inteligencia madura, pro­
pia del anciano que nunca será, y por un carácter inmaduro, inca­
paz de evolución. Algunos años más tarde dirá: «He pasado por la
vida como el flmtasma de mi propia vida [...] hermano gemelo de
la negación de mí mismo». Hay en él, desde siempre, algo que no
acababa de armonizar y de lo cual es cada vez más consciente
conforme pasa el tiempo. D e ahí sus perpetuos lamentos: «Nunca
hubo alma más tierna y amorosa que la mía, más desbordante de
bondad, de piedad, de todas las manifestaciones de la ternura y
del amor. Y sin embargo, no hay alma más solitaria que la mía
(solitaria, adviértase, por circunstancias interiores, no exteriores).
Quiero decir: junto a mi bondad y mi ternura inmensas, en mi ca­
rácter se ha filtrado un elemento de naturaleza totalmente contra-

120
ría... que ha tenido el doble efeao de pervertir y obstaculizar el de­
sarrollo y la eclosión intem a de esas otras cualidades, como tam­
bién de impedir su eclosión extema, su manifestación, bloquean­
do mi voluntad. Esto habré de analizarlo algún día, cuando escm-
te los rasgos de mi carácter, porque mi curiosidad por todo me
impulsa a intentar comprender mejor mi propia personalidad»’ .
Queda claro que Pessoa, con veinte años, en lugar de lanzarse ha­
cia los otros, se hunde y se pierde en el laberinto de su ser. En esas
páginas del diario de 1908 (escritas en inglés) anota también; «En­
tre el número de mis complicaciones mentales, más atroz de lo
que podría decir, figura el miedo a la locura, que es una forma de
locura [...]. Unos impulsos, a veces criminales, a veces dementes, se
reúnen, en el curso de mi agonía, con una horrible necesidad de
acción, una terrible muscularidad, quiero decir una sensación que
se percibe en los músculos...»^. Quizá esté aquí, en esta obsesión
por pasar a la acción, la clave: sólo la inhibición, la timidez, la au-
toconsciencia excesiva, como un freno, como una irrisoria pru­
dencia, le impiden adoptar actitudes más insensatas.

La mayoría de edad marca tradícionalmente la «entrada en la


vida», que consiste, para quien abandona su condición de adoles­
cente, en elegir un oficio, unos estudios encaminados a desempe­
ñar un oficio y a fundar una femilia, o al menos en definir la pro­
pia sexualidad escogiendo un único amor. Es asumir la propia
vida y aceptar responsabilidades. En general, es el momento en
que el inmenso árbol de las posibilidades se reduce a una sola
rama. Se sacrifican todas las aptitudes potenciales salvo una para
que al menos ésta pueda actualizarse y hacer de la vida un destino.
Pero es justamente esta restrictiva elección la que obstinadamente
rechaza Pessoa, o quizá se siente incapaz de ella. Él, cuya divisa
será «sentir todo de todas las maneras» (pero también creer, pen-

‘ O, VIII, p. 354.
^ ídem, p. 355.

121
sar y decir todo), él, que desea rastrillar todo el espacio del ser,
nunca se resignará a trazar un único surco. Quiere permanecer
disponible para todo combate intelectual asumiendo el riesgo de
sacrificar por ello la riqueza de la vida realmente vivida.

A menudo nos hemos preguntado en qué consistía exacta­


mente su empleo de encargado de correspondencia extranjera. Lo
que empaña en la actualidad la idea que podemos tener de él es la
transposición novelesca que al respecto hace en el Libro del desaso­
siego. El personaje de Bernardo Soares, que anota en su diario las
observaciones y los pensamientos destinados al Libro, no es Pessoa.
Este vulgar empleado (un asistente contable), obligado a tareas
aburridas, sometido a la autoridad de un jefe mediocre, este pro­
letario cuyo único horizonte es el despacho que da a la calle dos
Douradores, en la Baixa, es un Pessoa diezmado, lo mismo que
Caeiro, Reis y Cam pos serán un Pessoa mejorado. Soares encarna
una suerte de grado cero de la condición social, lo que permite
contrastar de manera asombrosa su grandeza espiritual e intelec­
tual. Pero Pessoa no es ni un verdadero oficinista ni un verdadero
proletario, ni siquiera, tal vez, un verdadero asalariado. Sólo acep­
tó este trabajo, cuando tenía veinte años, con la condición de no
cumplir horarios ni tener que acudir a diario. M ás que un oficinis­
ta cualquiera, es un experto que pone su conocimiento comercial
y lingüístico al servicio de una empresa. Su trabajo consiste en tra­
ducir al portugués el correo que viene del extranjero, en inglés y
en hancés, o, a veces, en redactar directamente en la máquina de
escribir, al menos en sus últimos años. Cumple sus tareas casi
como si desempeñase una profesión liberal. A menudo trabaja
para distintas firmas a la vez. En su «carrera» pasó por varias cuyos
nombres se conocen: Lavado, Pinto y compañía; Xavier Pinto Li­
mitada; M oitinho de Almeida; M artins da Hora; etc. Com o bien
ha señalado Alfredo M argarido, este tipo de actividad profesional
no afecta para nada a su condición de burgués heredada de sus pa­
dres y que es importante para él. Es cierto que no siempre le pro­
porcionó unos medios de subsistencia decentes. A menudo tuvo

122
que pedir prestado: a los empresarios, a sus padres, a sus amigos.
Gaspar SimÓes, al revelar en su biografía la «miseria» del poeta, es­
candalizó a su íámilia, aunque más protestas suscitó su clara refe­
rencia al alcoholismo de Pessoa.

Ya desde hace tiempo nadie discute que Pessoa bebía mucho


vino y aguardiente en sus años de madurez. Pero ¿cuándo empezó
a beber? ¿Fue realmente un borracho? José Blanco, que conoce
perfectamente su biografía, asegura que no debemos tomar dema­
siado en serio una carta de agosto de 1907 a Teixeira Rebelo, es­
crita en una fonda, en Portalegre, bajo los efectos de un vino «que
es bueno, pero no de aquí, y decididamente muy subido de alco­
hol». Para Blanco se trata sólo de «una facecia». Habrá que esperar
hasta 1920, o sea, cuando tiene treinta y dos años, para encontrar,
en sus famosas cartas de amor a Ofelia, el primer testimonio irre­
cusable del poeta sobre sus excesos con la bebida (se trata, en este
caso, de una botella de oporto). Blanco añade que, de todas ma­
neras, aguantaba bien el alcohol. «Es notorio que nunca se lo vio
ebrio. Podía permanecer imperturbable después de haber ingerido
cantidades que a cualquiera le habrían dejado tirado en el arro­
yo»^. Pero eso no quita que la embriaguez se manifíeste en Pessoa
de otra manera, por ejemplo — como cuenta su hermana, que no
creía en su alcoholismo— cuando imitaba el comportamiento de
un borracho y a propósito iba dando traspiés en la calle.

Algunos indicios permiten pensar que a los veinte años ya está


inmerso en la pendiente que lo llevará, si no a la decadencia, como
a Baudelaire o Verlaine, al menos a una muerte prematura. El tra­
to frecuente que mantenía con el hermano de su padrastro, el ex­
céntrico general retirado Henrique Rosa, poeta alcohólico, fue tal
vez fimesto. Rosa, a los cincuenta y ocho años, soltero, vive solo en
un amplio apartamento donde pasa casi todo el tiempo acostado.

PP, p. 38.
123
casi confinado en su cama, rodeado de libros y botellas. Según su
sobrino Joáo Rosa, hermano de Pessoa, había contraído en las co­
lonias una enfermedad vírica que lo había discapacitado, aunque
era, básicamente, un hipocondríaco. Gaspar Simoes nos ofrece un
retrato del personaje: «Durante los períodos de enclaustramiento
voluntario, leía y leía, incansablemente y de todo: poesía, novela,
ciencia, filosofía...». A veces sentía deseos de salir. Lograba levan­
tarse y reunirse con sus jóvenes amigos en un café. «Se sentaba a
su mesa y los trataba tan familiarmente como si fuera un estudian­
te más, discutiendo a grandes voces, sin comedimiento, porque ya
había bebido varias copas de aguardiente (lo bebía en cantídad) o
porque el tema de discusión lo excitaba especialmente hasta hacerle
perder el control. Su visión del mundo era de un espantoso pesimis­
mo, y sus ¡deas sobre sus congéneres, poco halagadoras para la espe­
cie humána...» La única foto que se conserva de él, reproducida en
Fotobiogn^, fue tomada mucho antes, cuando aún estaba en acti­
vo. Lo que llama la atención, aparte de su enorme mostacho negro,
es la extraña mirada de sus desorbitados ojos glaucos.

Este oso misántropo, muy culto, apasionado por la poesía y la


filosofía, gran conocedor de los autores contemporáneos, flxe sin
duda para su joven sobrino, al cual parece haber tratado como un
compañero, una especie de Sócrates, cuyas enseñanzas se plasma­
rán en los preceptos de sabiduría inmoralista del Libro del desaso­
siego: «En todo, vive al día. Es inútil hacer hoy lo que mañana
tampoco harás. No hace falta hacer nada, ni hoy ni mañana [...].
Se puede aprender con cualquiera. Algunas de las cosas más serias
de la vida se pueden aprender de los charlatanes y los bandidos;
hay filosofías que nos enseñan los imbéciles...»'^. Esta inversión sis­
temática de los valores nos traslada a Nietzsche, Gide, Laforgue,
Corbiére y Jarry, a quienes sin duda leyó Pessoa en aquella época
por consejo del general.

O, III, pp. 251 y 93.

124
Con o sin él, Pessoa empieza por entonces a frecuentar los que
se irán conviniendo poco a poco en sus lugares predilectos. Cum ­
plirán dos fimciones en su vida. Algunos serán espacios de en­
cuentro con sus amigos; otros servirán sólo para calmar su sed de
alcohol, tan urgente a veces que le obliga a dejar de trabajar, cuan­
do está en la oficina, y dirigirse a Abel, un despacho de bebidas
cercano. Pero el testimonio de Luís Pedro Moitinho de Almeida,
hijo de uno de sus patrones, data de 1985 y se refiere al perío­
do 1923-1930. H acia el final de su vida es sobre todo Alvaro de
Cam pos quien asumirá, en su obra, esta pane alcohólica de su
personalidad. Se puede suponer que en 1908, en pleno despenar
de su vida de adulto, beber no se ha convertido todavía en una
costumbre para Pessoa, ni mucho menos en un vicio o una pa­
sión.

Podemos, llegados a este punto, preguntarnos qué fueron el


vino y el ¡^ ard ien te para él; sin duda, no un placer. A Alvaro de
Cam pos apenas le preocupa la naturaleza ni la calidad de lo que
bebe. Evoca «el vino del bonacho cuando ni siquiera la náusea le
impide beber». ¿Habrá que decir del alcohol lo que dice del opio,
que «es un remedio?»^. Pessoa no es glotón ni sibarita. Tam poco
es sensual. Incluso beber es para él sin duda una actividad cere­
bral, destinada a regular su relación con el mundo y consigo mis­
mo. «Soy», dice Cam pos, «una formidable dinámica obligada a un
contenido equilibrio corporal, sin poder desbordar mi alma»^.
Cam pos, el alcohólico, es el único de la camarilla que logra vencer
sus inhibiciones. En un ser tan dividido, tan disperso, la bebida
permite quizá restablecer una unidad, hacer de la consciencia una
esfera giratoria, viviente; aún más: fundir en una sola impresión
central las innumerables sensaciones entre las cuales se dispersa y
a las que «nunca sabe poner fin», según dice en un poema. Cier-

5 O, IV, p. 146.
^ ídem, p. 119.

125
tos psicoanalistas piensan que el alcohol es un sustituto de la ma­
dre y que el borracho encuentra en la botella un equivalente del
seno materno. ¿N o sería mejor considerar el alcohol, como Ber­
nardo Soares hace en Libro del desasosiego a propósito del amor, del
sueño y de la droga, una form a de arte elemental o, m ejor di­
cho, una manera elemental de producir los mismos efeaos que
los del arte? Pero Soares dice, un poco antes, que «hacer arte» es,
para él, expresar «la emoción banal que produce, en las almas ba­
nales, la misma emoción que en la mía», y esa emoción es «la nos­
talgia de la infencia perdida»^.

En la mitología de la madurez el vigésimo año marca la etapa


decisiva de la vida amorosa. Tendremos más ocasiones a lo largo
del libro de plantearnos cómo fue la de Pessoa. Trataremos de des-
c ih ^ sus declaraciones y sus silencios; de reunir los escasos testi­
monios de lo que hizo, dijo, sintió y pensó; de sorprenderlo en la
trampa de sus confesiones, premeditadas o involuntarias. Las eta­
pas de esta investigación se ilustran con algunos textos que conser­
van la huella aún ardiente de su deseo o su fervor: «O da maríti­
ma», Fausto, Antínoo, Epitalam io, «Nuestra Señora del Silencio»,
sus cartas de amor, etc., donde descubriremos todo dpo de mani­
festaciones del amor, desde el amor platónico hasta el amor bes­
tial, desde el amor desviado (homosexual) hasta el amor perverso
(masoquista), desde el amor impotente hasta el amor solitario.

¿Dónde se halla a los veinte años.^ Probablemente no ha evo­


lucionado desde el «desfloramiento mental» que experimentó a los
catorce años, y no cambiará mucho más en los veintisiete que le
quedan de vida. Deseó mucho e imaginó mucho. Pero sus textos
eróticos, por expresivos y aun violentos que puedan ser, no pare­

7 O, III, p. 256.

126
cen, si se considera el conjunto de su obra, más que una espuma
burbujeante en la superficie de un mar muerto. En las tres cuartas
partes de sus escritos, tanto en prosa como en verso, el cuerpo está
ausente. N i siquiera en E l pastor amoroso de Caeiro o en las Odas
llamadas báquicas de Reis encontramos, paradójicamente, ningu­
na mención. Caeiro dice a la bien amada: «Pienso en ti, murmu­
ro tu nombre y no soy yo, soy la dicha». Y Reis dice a Cloe, a Li­
dia o a Nerea que debemos amarnos. Pero ambos hablan como
eunucos. ¿Qué experiencia o inexperiencia del amor encubre la
«sexualidad blanca» de la mayor parte de su obra? Está más o me­
nos admitido que Pessoa murió virgen. Recuerdo haber leído hace
tiempo en un periódico portugués una entrevista a Francisco Pei-
xoto Bourbon, cercano a Pessoa, en la que aseguraba que el poeta,
como cualquier soltero de su entorno, frecuentaba un burdel del
Bairro Alto. Esta declaración me recuerda un episodio de Doktor
Faustas en que el héroe, que nunca había tenido relaciones sexua­
les, se acuesta por primera y única vez en su vida con una mujer,
una joven prostituta judía sifilítica. Se sabe que el principal mode­
lo del personaje de Thom as Mann es Nietzsche, cuya vida amoro­
sa es tan enigmática como la de Pessoa. Me complace pensar que
el autor de la «trí^edia subjetiva» Fausto, gran lector de Nietzsche
desde los veinte años, trató al menos una vez de saborear el fruto
que consideraba le estaba prohibido. Este episodio apócrifo de su
vida podría situarse tanto al comienzo de su madurez como justo
al % al, cuando se disponía a despedirse de ese mundo que tanto
había amado y odiado. Encontraríamos un reflejo de este episodio
en la escena de Fausto en que el personaje sale de un prostíbulo y
se pregunta: «¿Es esto el amor? ¿Sólo esto?»®.
Parece contradictorio rechazar en Pessoa todo atisbo de sensua­
lidad cuando se define, a través de Campos, como «sensacionista» y
cuando el propio Bernardo Soares, que nos invita al «ensueño», re­
toma por su cuenta el postulado de Condillac: por alto que suba­

0 ,I V ,p . 156.

127
mos, por bajo que descendamos, nunca salimos de nuestras sensa­
ciones. Soares hace, en un capítulo de Libro del desasosiego titulado
«Educación sentimental», una profesión de fe de sensorialidad casi
proustiana que José Gil comenta así en su libro Pessoa o la m etc^i-
ca de las sensaciones: «Saber poner en la taza de té que se saborea la
voluptuosidad extrema que el hombre normal sólo puede encontrar
[...] en los gestos fínales y camales del amor...»^. Pero justamente en
ese momento la sensación se multiplica y transfigura por un exceso
de autoconsdencia que la mata. Pessoa, como Soares, siente «abs­
tractamente». Lo que Uama sensación es en realidad una impresión,
registrada por el espíritu, que la sustrae, por así decir, al cuerpo.

La vista predomina en Caeiro, como el oído en el propio Pes­


soa y el tacto en Cam pos. Pero en todos los casos la sensación nace
muerta y, por lo tanto, no puede ser fuente de gozo. Tampoco es
un vínculo entre los seres; antes al contrarío, establece entre ellos
una distancia infinita. Pessoa, sin duda, conocía el dicho de Aris­
tóteles en Ética a Nicómaco: el sentido del tacto es vergonzoso. Si
beber es un acto cerebral, estrechar a una mujer en los brazos, «be­
sarla», también lo es. La caricia, dada o recibida, está prohibida o
es inimaginable. H a de ser representada de un modo irreal, no
como un gesto posible. En toda su obra no se encuentra la menor
mención a un deseo compartido, a una auténtica unión de los
cuerpos. El amor físico sólo puede ser vivido como fimtasma, y el
único camino posible al acto es la masturbación. El cuerpo de la
mujer amada (o del muchacho deseado) es una isla lejana a la que
el poeta se resigna a no Uegar jamás.

Tu carne apacible
presente no tiene ser.
M is deseos son laxitudes.
Lo que quieren abrazar
es la idea de poseerte*®.

5 O, III, p. 158.
0 ,I ,p . 113.

128
M ás tarde, extraerá de esta comprobación del fracaso toda una
filosofía idealista de la relación amorosa monosexual o bisexual,
como entre los griegos:

£1 amor es lo esencial.
El sexo es sólo un accidente".

Com o el amor le está prohibido, ya de joven se recluye en su


soledad, que será la experiencia dominante a lo largo de su vida.
Desde el principio, desde la «pérdida» de su madre, se sintió como
un ser privado de afecto. Experimenta, ante todo, un sentimiento
de total abandono intelectual y espiritual. El 25 de julio de 1907
anota: «No tengo a nadie en quien confiar. Mi familia no com­
prende nada. N o puedo importunar a mis amigos con esto. N o
tengo ningún amigo verdaderamente íntim o en el sentido habi­
tual de la expresión, y si tuviera alguno, no sería íntimo tal y como
yo entiendo la intimidad. Soy tímido y no me gusta hablar de mis
desdichas [...]. Me siento tan solo como los restos de un nauñragio.
Soy los restos de un naufragio»^^. Y, dándose cuenta, de repente,
del carácter «literario» de estos lamentos, añade que su dolor no es
auténtico, y no porque construya bellas frases y esmere su estilo.
«Un hombre puede sufnr tanto vestido de seda como de harapos.»

Tener alguien en quien confiar, extraer belleza de su dolor: son


éstos, quizá, los dos pilares de su incierta sabiduría en el despertar
de su madurez. A falta de un amigo, un hermano o una esposa,
será su propio confidente y su propio confesor. Y, como dirá más
tarde en un fragmento del Libro titulado «Estética del desencan­
to», cuando no puede «extraer belleza de la vida», intentará «ex­
traer belleza de la propia impotencia de extraerla de la vida»'^.

" O, I, p. 160.
" PP,p.71.
" O, III, p. 261.
129
A los cinco años, se dirigía a sí mismo las cartas del caballero
de Pas. A los diecinueve, escribe las de Faustino Antunes a Geerdts
y a Belcher en las que habla de sí mismo. Así, trata de ser para sí
mismo xx ntú oun él. Estos ejercicios de despersonalización para
salir de sí mismo y verse desde fuera son cada vez más frecuentes.
Se ha encontrado recientemente un ejemplo sorprendente, proba­
blemente escrito un poco después de los veinte años. Este texto
ilustra perfectamente la visión casi alucinada que Pessoa tenía de sí
m ism o. Se trata de la carta de una joven contrahecha y tubercu­
losa, M aría José, a un joven llam ado António. Fue publicada
en 1990 por Teresa Rita Lopes, que la define como la metáfora de
«un alma en la ventana», refiriéndose a un pasaje de Libro del de­
sasosiego donde el autor elogia dicha postura, que permite al suje­
to ver el exterior sin salir de su casa, sin salir de sí mismo.
«Señor António [...], usted no sabe quién soy [...] usted me ve
en la ventana cuando pasa por la calle para ir a la oficina; estoy allí
para verlo pasar; espero su llegada, sé exactamente a qué hora su­
cederá [...]. Lo amo porque lo amo, y querría ser otra mujer, con
otro cuerpo y otra apariencia [...]. Jam ás podría ser amada como
las personas que tienen un cuerpo digno de ser amado, pero ten­
go derecho a amar sin que me amen y también tengo detecho a
llorar...
Usted, que es hermoso y tiene buena salud, no puede imagi­
nar lo que es haber nacido y no ser nadie y leer en los periódicos
lo que hace la gente, los ministros que viajan a las provincias y al
extranjero, los que tienen una vida social y se casan [...] los que ro­
ban y los que presentan demandas, los que cometen crímenes y los
que escriben artículos, usted no imagina lo que es eso para un ha­
rapo como yo, olvidado en el alféizar de la ventana [...].
Adiós, señor António, sólo me quedan unos días de vida, y
únicamente le escribo esta carta para guardarla en mi seno, como
si fuera una carta que usted me ha escrito a mí en li^ar de ser una
carta que yo le he escrito a usted...»
Los comentarios que suscita este texto diabólicamente sutil se­
rían interminables. Señalemos simplemente la aparición de un

130
tema que orientará toda una parte de la obra y que volveremos a
encontrar sobre todo en el Libro del desasosiego: la consciencia
da de «no ser alguien», de «no ser nadie». Sobre este vacío se cons­
truirá el vertiginoso edificio de la heteronimia.

3ÍC * ♦

Los últimos poemas ii^ e se s anteriores a 1908, al igual que los


primeros poemas poitugueses de ese afio y los siguientes, inaugu­
ran una nueva poética, que se define por el rechazo a la realidad y
a la sentimentalidad. El nuevo arte, dirá pronto Pessoa, es un arte
de la inteligencia y del ensuefio. Sus más antiguos poemas ingleses
recogidos en The M ad FiddJer datan del final de su «tercera ado­
lescencia», por ejemplo «El abismo», donde todo se juega entre
«yo y mi consciencia» y donde «las ideas de Dios, del M undo / de
M í M ismo y del Misterio [...] son llevadas» a un espacio inaccesi­
ble. Los primeros poemas portugueses datan del comienzo de su
madurez y fueron compuestos para integrar Cancionero, como la
serie de seis sonetos En busca de la belleza donde el joven poeta
descubre que «la belleza no existe en el mundo», sino únicamente
fuera de él o en sus intersticios, y que incluso la idea que tenemos
de esta belleza» nos lleva muy lejos, fuera de nosotros mismos. Los
especialistas coinciden en sefialar que es por las mismas fechas, o
justo antes o justo después, cuando empieza a escribir los prime­
ros firagmentos de Fausto y Libro del desasosiego, en los que desplie­
ga esta estética metafísica, aunque ambos textos quedarán incon­
clusos.

En el momento en que emprende la edificación de esa inmen­


sa obra cuya arquitectura global aún no concibe (morirá antes de
hallarla definitivamente) pero cuyo alcance y estilo sin duda per­
cibe, su cultura es vastúima. E n s^u id a declarará que lo ha leído
todo. Tendremos ocasión de sefialar de paso algunas de las innu­
merables referencias que contienen sus escritos, pues nunca ocul­
ta sus influencias sino que, al contrario, las cultiva. Practica a me­

131
nudo lo que ciertos críticos denominan intertextualidad. Podría
haber proclamado irónicamente, como otro gran poeta portu­
gués, Ramos Rosa: «Soy un plagiario». El fílósoíb Michel Alexan-
dre dice que el espíritu consigue su forma original en la imitación;
Claude Aveline, que «es gran cosa hallar a un maestro para recibir
su ejemplo». Pessoa asegura que el talento es una iniciación y que
precisa intermediarios. El artista sólo extrae de su interior una
confiasa intuición que, en el \^cío estético, sólo podría generar gri­
tos o silencios. Es todo el aparato del saber el que proporciona los
medios de expresión mediante conceptos, figuras y formas.

Sin entrar en detalle en esta biblioteca que el poeta de veinte


años lleva ya en su cabeza, lo cual sería harto cansado, podemos al
menos resumir las secciones que la componen. Se distinguen cua­
tro principales. De entrada, y como base, una biblioteca filosófica
completa, que abarca desde los antiguos g r ifo s hasta los franceses
y alemanes contemporáneos. Luego un interminable estante poé­
tico inglés, de Chaucer a Yeats, Chesterton y Oscar W ilde, a los
que se añaden, como ya se ha visto, los norteamericanos. Un es­
tante francés casi tan bien provisto como el anterior, que incluye,
junto a los escritores franceses propiamente dichos, obras traduci­
das, pues Pessoa leerá casi siempre en fiancés a los autores alema­
nes, escandinavos y rusos. A propósito de la literatura francesa, re­
cordemos que al ferviente admirador de Shakespeare no le gustan
Corneille ni Racine, insignificantes falsificadores, según su opi­
nión, de los verdaderos clásicos, que son los g rifo s. La literatura
francesa que le interesa empieza en los románticos. Ya veremos la
importancia que para su evolución tuvo la poesía francesa de fina­
les del siglo XIX, desde Baudelaire hasta el simbolismo.

El último gran conjunto de esta biblioteca ideal lo constituye


la literatura p o rti^ e sa . Relativamente reducido hasta 1905, se
convertirá, a partir de 1908, en la parte más importante de su bi­
blioteca. Esta «renaturalización», como dice Gaspar Simóes, coin­
cide con la revolución.

132
L a p a tria portu guesa
(1 9 0 8 -1 9 1 0 )

Tras la muerte del rey don Carlos, la agonía de la monarquía


durará todavía cerca de tres años. El nuevo rey, M anuel II, tie­
ne dieciocho años. Lleva el nombre del más ilustre soberano por­
tugués, M anuel I el Afortunado (1495-1521). Pero no estaba
destinado ni preparado para reinar, ni nada deseoso de hacerlo. Se
cuenta que, después del atentado, en el coche que lo llevaba al pa­
lacio, dijo a su madre: «¡Vámonos, vámonos!». Quería abdicar,
huir. Pero la reina madre Amelia se negó al exilio. «H ijo mío, de­
bes cumplir tu deber hasta el final», le contestó. Según todos los
testimonios, era demasiado amable, demasiado indeciso, tierno y
conciliador como para gobernar. Quiso mejorar las condiciones
de vida del pueblo, lo que le restó apoyos en las filas conservado­
ras y no le ganó la estima de los republicanos, opositores irreduc­
tibles. Sueña con una concordia cívica, pero es un muchacho de
buena voluntad sin ninguna posibilidad de éxito. Los odios están
demasiado arraigados. Después del asesinato de su padre, se abrió
una suscripción popular para mantener a las fiunilias de los regici­
das, convertidos en héroes cuyas tumbas siempre estaban cubier­
tas de flores.

Al día siguiente del atentado, el 2 de febrero de 1908, el rey


reunió al Consejo de Estado y propuso a liberales y conservadores

133
que llegaran a un acuerdo para constituir un gobierno de unidad
nacional. Pero la tregua dura poco y se reanudan los enfrenta­
mientos entre monárquicos. En menos de dos años se suceden seis
gobiernos. Los monárquicos están tan desacreditados que los republi­
canos podrán derrocar fácilmente al raim en. La revolución de oc­
tubre de 1910 es tan rápida y casi tan poco sangrienta como la de
abril de 1974, lo que se debe sin duda, en buena medida, a las ca­
racterísticas del temperamento portugués. El pretexto es el asesina­
to, el 3 de octubre, a manos de un loco, de un jefe republicano, el
profesor de medicina Miguel Bombarda. Igual que sucederá en abril
de 1974, no es exactamente el pueblo quien se subleva, sino una
parte del ejército y de la armada. Ese mismo día, el almirante repu­
blicano Carlos Reis, creyendo que el movimiento ha fracasado, se
suicida; aunque quizá fuese también asesinado. Pero el presidente
del gobierno, Teixeira de Sousa, no reacciona, por debilidad de ca­
rácter o por convicción republicana, o quizá porque fuese, como
apuntan ciertas versiones, sobornado por los republicanos. El 4 de
ocmbre el rey se retira al palacio de M afia. El 5 se embarca con su
madre hacia Ericeira, con destino a Plymouth. Ese día, en el balcón
del ayuntamiento lisboeta, es proclamada la república.

Es de imaginar que Pessoa siguió estos acontecimientos con el


interés, a la vez divertído y apasionado, que manifestará hasta su
muerte por la vida política de su país. Sobre ella escribirá centena­
res, quizá miles de páginas destinadas a libros que nunca conclu­
yó y a veces apenas esbozó: De la eiictadura a ¡a república. Consi­
deraciones postrevolucionarias, república y monarquia, etc. Desde el
mes de octubre de 1908 anota en su diario, todavía en ingfés, la
emoción que ocperimenta al asistir al desgarramiento de Ponugal.
«Sufro, en el extremo de la locura, lo juro, como si esmviera en mi
poder hacerlo todo, remediarlo todo, y yo fuera incapaz, por falta
de voluntad [...]. Nadie imagina mi amor patriótico, más intenso
que el de cualquiera de los que haya conocido...»^ Y algunas líneas

0,VIII,p.355.
134
más abajo alude a su proyecto de escribir L a república portuguesa
para «provocar aquí una revolución». Escribe esto dos años antes
de que suceda, y el acontecimiento lo satisfará y lo decepcionará
cruelmente.

En los fragmentos de este libro, escritos mucho después de los


acontecimientos y publicados póstumamente, se puede intentar
una lectura de este episodio tan embrollado de la historia portu­
guesa, que él vivió con el fervor frustrado de un neófito. Todo lo
que sucede en Lisboa durante esos casi treinta meses que separan
el regicidio de la revolución consolidan definitivamente su inte­
gración a la «patria p o rti^ e sa », de la cual llegará a decir que es
«un concepto místico».
Muchas veces retomó el análisis de las causas de la caída de la
monarquía y trató de delimitar la responsabilidad de este fracaso.
«La monarquía portuguesa cayó por tres razones: 1) Porque esta­
ba ligada consustancialmente al catolicismo. 2) Porque no llegó a
desarrollar un modelo que pudiese considerarse auténticamente
portugués [...] e importó, a través de Francia, la forma externa de
la monarquía constitucional inglesa. 3) Porque no Ic ^ ó confor­
mar verdaderos partidos políticos, sino sólo clanes desprovistos de
convicciones y, como siempre que no manda la inteligencia, regi­
dos por el mero instinto y la política de los caciques.» Distribuye
desigualmente las responsabilidades. Exime casi completamente al
jefe del gobierno: «Decir que Teixeira de Sousa fue el responsable
de la caída de la monarquía es como concluir que la muerte de un
enfermo fue causada por el estado de coma que la precedió...». El
mal, a su juicio, tiene raíces más profundas: la monarquía no mu­
rió por un accidente, sino por una «enfermedad colectiva».

Entre 1908 y 1910 no tiene todavía la visión dara y exaltada


de una historia portuguesa partida en dos: la gloria y la grandeza
seguidas de la decadencia. La tendrá cuando asuma por su cuenta
los mitos del sebastianismo y del «Quinto Imperio». Entonces
considerará como centro de referencia de la historia de su país la

135
fatídica fecha del 4 de agosto de 1578, día en que el rey Sebastián
fue derrotado y muerto. D e momento, observa con dolor la pará­
lisis del poder, la inconsciencia de los encargados de defenderlo, la
ausencia de prudencia y de fervor entre sus adversarios. Reprocha­
rá a los republicanos su falta de espíritu nacional. La república,
como la monarquía constitucional, es un sistema basado en mo­
delos extranjeros. N o es dudoso, a pesar de todo, que en aquellos
años, a despecho de sus reservas, Pessoa esperase la necesaria rege­
neración del Partido Republicano. Ya que la monarquía fue infiel a
su misión, sueña con una república auténticamente portuguesa,
un Portugal plenamente republicano.

Esta adhesión apasionada a su recuperado país pasa, como sa­


bemos, por el uso de su lengua. Se ha descubierto entre sus pape­
les el esquema de un tratado dtulado Defensa e ilustración de la
lengua portuffiesa y de un Diccionario ortográfico, prosódico y eti-
m oló^o de la lengua portuguesa, además de varios fíagm entos dis­
persos sobre ortografía, diferencias entre lengua hablada y lengua
escrita, la posibilidad y la utilidad de una lengua universal, etc. N o
es un lingüista. ¿Podría serlo un poeta? Su interés por el funciona­
miento de la lengua no va más allá del que manifiesta un músico
por la acústica o un pintor por la química de los colores. El tono
de sus escritos sobre la lengua es el de un ensayista, no el de un es­
pecialista. Y además son textos relativamente tardíos y las nuevas
ideas que propone sobre la lengua portuguesa están ligadas a su
concepción profética de un «Quinto Imperio» cultural, uno de
cuyos pilares sería Portugal y su lengua. Ése será el resultado de
una reflexión ferviente que se inicia en 1908. El portugués, dirá,
es a la vez la más rica de las lenguas romances, una de las cinco len­
guas «imperiales» y la más universal, «después del inglés y, en cier­
to modo, el francés». N o está «aislada», sino integrada en dos sis­
temas solidarios: uno con el resto de la Península Ibérica y otro
con Brasil y los territorios de ultramar.

136
Una de las paradojas de esta apología del portugués es el pu­
rismo conservador que exhibe Pessoa, quien, sin embargo, entre
todos los poetas de su país, es el que utiliza con mayor libertad su
lengua. Propugna un retorno a las fuentes y la fidelidad a las nor­
mas de la época clásica, que encarna principalmente el padre An-
tónio Vieira, el «Emperador de la lengua portuguesa»^ (1608-
1691), que fue el gran descubrimiento de su infancia. Su admira­
ción por él le llevó precisamente a situar el arte de la prosa muy
por encima del verso. «Hay p ^ n a s de prosa que me han hecho
llorar. Recuerdo [...] la noche en que, niño aún, leí por primera
vez (en una antología) aquel célebre pasaje de Vieira sobre el rey
Salomón [...]. Y seguí leyendo hasta el final, trémulo, confuso; des­
pués rompí a llorar con lágrimas felices [...]. Esa hietática progre­
sión en una lengua clara y majestuosa, esa expresión de las ideas
con palabras inevitables, ese curso natural del agua que se desliza
por la pendiente, esa fascinación por las sonoridades que se con­
vierten en colores ideales, todo ello me embriagó por instinto
como una gran emoción política...»^. Hay que subrayar que dice
política, no poética, como podríam os pensar. La continuación
del texto, donde se encuentra la famosa frase, delimita su idea:
«No tengo ninguna convicción política o social. En cierto sentido,
tampoco un profundo sentimiento patriótico. M i patria es la len­
gua portuguesa, y seguiría siéndolo aunque invadieran o conquis­
taran Portugal... Pero odio, con un odio profundo, con el único
odio del que soy capaz, no a quien escribe mal en portugués [...]
sino la propia página mal escrita, como si fuera una persona, y los
errores sintácticos, com o si fuesen gente con la que hay que ba­
tirse...».
Eduardo Louren^o, comentando la frase con que Pessoa iden­
tifica patria y lengua, la compara con una de Hólderlin: «Habita­
mos esta tierra poéticamente». La lengua, y no el suelo, es el ins-

2 O, II. p. 135.
^ O. III, p. 102; FPP, p. 21.
137
truniento y el ám bito de nuestro arraigo a un pueblo, una nación,
una patria.

La profesión de fe atribuida por Pessoa a Bernardo Soares data


de 1931: son casi los últimos estertores de una pasión y un com­
bate por la lengua a cuyos comienzos hemos asistido. N o hay que
perder de vista su gusto por lo paradójico y su humor. Sin embar­
go, creo que debe tomarse todo lo que dice al pie de la letra. Pes­
soa profesó un amor extraño a esa lengua que, precisamente por­
que había estado a pim to de perderla, consideró en s^ ^ id a que era
la suya. £1 uso del portugués es una suerte de liturgia mediante la
cual celebra su unión con su antigua y nueva patria. Está dispues­
to a encontrarle todas las virtudes. Sin duda suscribiría el elogio
que el poeta Rodrigues Lobo hizo de ella en 1619, en su Corte na
aldeia, que Pessoa tal vez leyera. «Realmente no considero grosera
nuestra lengua [...]. En el habla se vale de maneras señoriales; es
dulce en el canto, y con cierto sentimiento que se presta a la mú­
sica; en el rezo es sustanciosa y de una gravedad que hace consis­
tentes las razones y sentencias; para escribir cartas no tiene esa
abundancia infinita que perjudica ni esa concisión estéril que li­
mita; para contar historias no es tan florida como para caer en el
alarde, ni tan árida como para echar mano de otras»^. N o se po­
dría expresar mejor. El portugués, manejado por Cam oes, Viei-
ra, Brandáo o Pessoa, posee efectivamente esas cualidades, que
contribuyen a dar a sus obras una opción de eternidad.
Pese a amar esta lengua, especialmente su mesura, como ates­
tiguan los clásicos, no vacilará en deformarla e incluso ttan^tedir-
la para hacerla más expresiva, y justificará algunos de sus excesos.
«La gramática es sólo una herramienta, nunca una ley. Suponga­
mos que veo a una muchacha de aspecto masculino [...] Yo diría:
este chico... La gramática, que define el uso, establece divisiones le­
gítimas pero erróneas. Distingue, por ejemplo, los verbos transiti­

Georges Le Gentil, Littérature portugaise, p. 97.

138
vos e intransitivos; sin embargo, el hombre de buen decir deberá,
a menudo, transformar un verbo transitivo en intransitivo...»^.
M ás a menudo, Pessoa empleará los verbos intransitivos con un
objeto directo, volviéndose intraducibie, como en ese verso de
«Pasos de la Cruz» (1915) cuya traducción literal sería «el imperio
que morí»^. Todo esto, tanto k teoría como la práctica, lo veremos
mucho más tarde. Solamente he querido anticiparme a sus auda­
cias y subrayar k importancia que tienen para su arte las nupcias
con la lengua portuguesa que celebra a sus veinte años.

* * 5ít

También en 1908 Pessoa entra espiritualmente en la comuni­


dad virtual de los escritores de su país. Desde entonces se siente
solidario con todos los que, desde los orígenes, han dado cuerpo a
la literatura portuguesa. Se preguntó por aquello que, a través de
temperamentos tan diversos como los de Cam oes, Garrett, Ame­
ro de Quental, António Nobre y Guerra Junqueiro, otorgaba uni­
dad a dicha literatura. En un texto de 1915 contesta: el rasgo de
carácter común, típicamente portugués, es «cierta ternura» que
tom a diferentes formas: «heroica» en Camóes, «metafísica» en
Quental, «espontánea, con un deje de tristeza» en Nobre, etc.
En k época en que Pessoa se convierte en poeta portugués el
paisaje literario está dominado por el recuerdo todavía muy cerca­
no de dos grandes figuras del (xtstromanticismo: Antero de Quen­
tal y António Nobre. Quental (1842-1891), aristócrata originario
de las Azores, como lo era Pessoa por parte de madre, y uno de los
máximos exponentes, en 1865, de la llamada «escuela de Coim -
bra», estuvo marcado por la filosofía alemana, de H ^ e l a Scho-
penhauer. Según G e o r ^ Le Gentil, es «el verdadero pensador de
su generación, a k que imprimió su sello»^. El propio Pessoa, en

’ O, IX, p. 16.
FPP, p. 46.
Littérature portugaise, p. 162.

139
un texto de 1934, dirá que fue él «quien fundó entre nosotros la
poesúi metafísica». Los Sonetos, publicados al final de su vida, tesri-
monian con fuerza lo que Pessoa denomina su «martirio moral»,
«que es la duda». El joven casi alegremente rebelde del que se dice
que, como Juan Tenorio, durante una tempestad desafió a Dios,
reloj en mano, a que lo fulm inara en un plazo de cinco m inu­
tos, se convirtió en un cuarentón enfermo y deprimido pero sere­
no. Dice Le Gentil que «de su alma irradiaba tal bondad que sus
am igos lo habían rebautizado san Antero». Retirado a su isla
natal, se suicidó de un disparo un día en que el calor era inso­
portable.
La figura de António Nobre (1867-1900) no es menos dolo-
rosa. Llegado a la LJniversidad de G jim bra desde su aldea de pes­
cadores, tuberculoso (como el padre de Pessoa), desgarrado entre
el vernaculismo de su arte y su deseo de universalismo, entre la tra­
dición y la vanguardia, escribió en el Barrio Latino de París un poe-
mario llamado Só (Solo) (1892), en que se expresan sus sentimientos
sobre el exilio, una ridiculización de sí mismo y la vaga aspira­
ción a un más allá. «Poesía jadeante y adormecedora de nervios hi­
pertrofiados, de sensaciones mórbidas y sobreagudas», dice Le
Gentil, quien agrega que toda la generación moderna (la del pri­
mer tercio del siglo x x ) creció bajo el signo de este poeta que,
tras el firacaso del movimiento revolucionario de 1865, fue el
«gran profesor del desaliento»®. A Pessoa le gustaba menos que
Antero, Cesário Verde o Pessanha, pero se le parece mucho más
que a ellos.
O tros poetas, de una notoriedad comparable a la de los ante­
riores, influyeron mucho en Pessoa en distintos momentos, pero
acabó por distanciarse de ellos y los ju ^ ó severamente al hacer un
balance de la literatura de su tiempo. Guerra Junqueiro (1850-
1923), poeta muy popular, a veces diplomático y a veces viticul­
tor, republicano ferviente y anticlerical feroz, quiso ser a la vez

Littérature portugaise, p. 176.

140
Víctor Hugo y Tolstoi. Tuvo una influencia literaria y hasta polí­
tica que hoy parece increíble. Le Gentil llega a decir que la Coro­
na fue derrocada en 1910 por la cólera que Guerra había desenca­
denado. Ya hemos comentado que el joven Pessoa había leído en
Durban L a vejez ¿id Padre Eterno (1885), fuente del poema VIII
de E l guardador de rebaños, que renueva, profanándola, la figura
del Niño Jesús, modelo del espíritu de la infancia; para Susan
Brown hay que buscar aquí el centro de toda la creación hetcroní-
mica. Tras su regreso a Lisboa leyó Patria (1896), una especie de
drama simbólico que fue comparado con Los castigos de Hugo,
con la dinastía de los Braganza en lugar de la de los Napoleón.
M ás tarde renegará de Junqueiro. «M urió el día de su muerte.» Y
comenta; «Tuvo su tiempo, y quien tiene su tiempo no puede te­
ner otros tiempos». De él, como de todos los poetas «más célebres
que inmortales», no se puede decir que no quede nada: «Quedan
unos poemas; pero no una obra». Éste es un tema de reflexión re­
currente que desarrollará extensamente en Eróstrato.

El poeta portugués de la época más conocido fuera de su país


es Eugénio de Castro (1869-1944). Vivió en su juventud en Parfe,
donde frecuentó los círculos simbolistas y decadentes. Regresó a
Portugal pero siguió en contacto con varios escritores franceses
pertenecientes al movimiento simbolista, por ejemplo con Philéas
Lebesgue, poeta campesino, su principal admirador, pero también
con Paul Fort, Henri de Régnier, Albert Samain, Maurice Maeter-
linck y aun el mismo Mallarmé. A pesar de que se alejó posterior­
mente del simbolismo, contribuyó más que nadie a difundirlo en
Portugal. Fundó en 1889 una revista que publicó a Baudelaire,
Verlaine, Rimbaud, Moréas, etc. Su drama Belkiss (nombre de una
reina de Saba), publicado en 1894, lleva la impronta de sus lectu­
ras fi:ancesas, com o Axel de Villiers de TIsle-Adam, A contrapelo de
Huysmans y Herodias de Mallarmé. Ese mismo año fixe ordenado
caballero rosacruz por el sar Péladan, que había refundado la or­
den poco antes. Veremos luego la importancia que esta tradición
tuvo en la concepción del esoterismo iníciático de Pessoa. Puede

141
aceptarse que Eugénio de Castro, sin ser un poeta de primera lí­
nea, tuvo el mérito de facilitar el acceso de Pessoa y otros escrito­
res de su tiempo a la literatura entonces considerada como la más
brillante del mundo^.

Los dos poetas portugueses que, por distintos motivos, más


influyeron en Pessoa son Teixeira de Pascoaes y Cesário Verde.
Pascoaes (1877-1952) era todavía joven en aquel momento pero
ya había publicado varios poemarios importantes. En los años si­
guientes fundará el «saudosismo», encamará mejor que nadie el espí-
rim del «renacimiento portugués» y será el doctrinario del llama­
do «arte portugués». Pessoa se iniciará en su revista A Á guia (E l
Águila). Será uno de sus admiradores más fervientes, hasta el pun­
to de que en 1912 dirá en Sobre la literatura portuguesa moderna
(escrito en inglés) que Pascoaes «es el más grande poeta lírico eu­
ropeo de nuestros días». Mucho más tarde renegará de esta pasión
juvenil y ejecutará a su antiguo ídolo de manera feroz diciendo:
«Junqueiro ha muerto» y «Pascoaes está moribundo». De hecho su
glorioso hermano mayor lo sobrevivirá más de quince años, pero
para Pessoa había ya desaparecido tiempo atrás.
Todo lo contrario sucede con Cesário Verde (1855-1886), to­
talmente ignorado en vida, que expresa en su poema «Sentimen-
talidad de un occidental» una forma de saudade intimista radical­
mente diferente de la tumultuosa de Pascoaes. El arte de Verde es
objetivo, aunque a veces se lo vincule con la estética parnasiana;
pero expresa la emoción, alegre o dolorosa, que le produce el es­
pectáculo de la vida urbana o campestre, lo que convierte su serie
de poemas en una especie de diario del paseante de Lisboa, un
poco lo que ocurre, aunque en prosa, con el Libro del desasosiego
de Bernardo Soares. La inspiración bucólica de Caeiro y la ciuda­
dana de Cam pos deben mucho a su ejemplo. La admiración de

^ Sobre la influencia del sim bolism o en Pessoa, cfr. Teresa R ita Lopes, Fer­
nando Pessoa et le dmme symholiste.

142
Pessoa por Verde no fue quizá inmediata pero sí profunda y du­
radera. Es la del hermano menor por el mayor, del cual se siente
muy cerca.

♦ ♦ *

En 1932, en respuesta a una encuesta del sociólogo António


Sérgio, uno de los maestros intelectuales de su tiempo, Pessoa re­
cuerda que vivió, al volver a Lisboa, «en el ambiente de los poetas
decadentes franceses», pero que su influencia «fue barrida un buen
día por la gimnasia sueca y la lectura del libro de Nordau sobte la
Degeneración». El irónico comentario de sus sucesivos entusias­
mos no debe enmascarar su importancia. N o debió interesarse
gran cosa por la gimnasia sueca. En cambio, la influencia de los de­
cadentes y, en sentido contrario, la de Nordau fueron duraderas.
¿Quiénes fueron esos «decadentes» que tanto lo marcaron? En
verdad, este movimiento representó sólo un instante fr^az en la
historia literaria de aquel fin de siglo. Supuso para el «simbolismo»
(en el sentido estricto de escuela literaria) lo que el dadaísmo para
el surrealismo u Orpheu para el modernismo portugués: un tiem­
po de negación y de ruptura que precede al establecimiento de
nuevos valores estéticos y va unido fatalmente a provocaciones y
escándalos. La breve etapa de la «decadencia» va desde la funda­
ción de la revista L a Nouvelle Rive Gauche (1882) hasta el M ani­
fiesto del simbolismo (1886). En Montparnasse, que tiende a susti­
tuir a M ontmartre, se reúne un grupo de escritores franceses y
extranjeros, de los cuales los más conocidos son Jean Moréas,
Maurice Maeterlinck, Francis Vielé-Griffin, Gustave Kahn y
Remy de Gourm ont. Publican en la Reme Indépendante de Félix
Fénéon o en la Reme Wagnérienne de Edouard Dujardin. Casi to­
dos, algo después, se definirán como «simbolistas». Reconocen
como maestros a Villiers de Tlsle-Adam, Mallarmé, Rimbaud,
Corbiére (ya muerto), Laforgue y Nouveau. Sus epígonos acaba­
rán siendo más célebres que ellos: Valéry, Claudel, Milosz, Jam-
mes, Fort, Gide, Jarry y Apollinaire, que pertenecen ya al siglo xx .

143
¿Se les atribuyó el calificativo de «decadentes» en tono irónico
o lo eligieron ellos? En todo caso, lo reivindicaron con orgullo si­
guiendo a su santo patrono, Paul Verlaine, quien en 1884 ensalzó
en un libro a los Poetas malditos, entre ellos a Baudelaire, Mallar-
mé y Rimbaud, entonces apenas conocido. Fue Verlaine quien de­
finió mejor el término: «M e gusta la palabra decadencia, toda es­
pejeante de púrpura y oro. Supone pensamientos refinados de
extremado civismo, una profunda cultura literaria, un alma capaz
de intensas voluptuosidades. Proyecta estallidos de incendio y Rd-
gores de pedrería. Huele a afeites de cortesanas, juegos de circo,
aliento de domadores, saltos de fieras, a la desaparición entre lla­
mas de las razas consumidas por la fuerza de los senados, al tiem­
po que las invade el clamor de las trompetas enemigas». El parale­
lismo entre ese fin del siglo X K y la caída del Imperio Romano se
convirtió en un tópico. Verlaine dice en 1885 en un soneto: «Soy
el Imperio al final de la decadencia», verso al que le hace eco, algo
más tarde, el de Fernand Gregh: «Somos los romanos del año tres­
cientos cincuenta».
Toda esta literatura decadente del París de 1880 fue para el jo ­
ven Pessoa de 1908-1910 un espejo de su propia alma sumergida
en las contradicciones y los juegos estériles de una poesía postro­
mántica en la que ya apenas creía. En ese clima de final de civili­
zación se encontrará, en 1912, con los amigos de Orpheu, en es­
pecial con Sá-Carneiro, el más «decadente» del grupo. Pero aun­
que evoca ocasionalmente a Maeterlinck, Verlaine, Mallarmé y
otros poetas de la época, sorprende que apenas mencione a Huys-
mans, cu)^ novela A contrapelo (1884) fiie la Biblia de los deca­
dentes. Las analogías entre Bernardo Soares, el narrador del Libro
del desasosiego, iniciado hacia 1908 o 1909, y Des Esseintes, el hé­
roe de Huysmans, son sorprendentes. Soares parece el doble ple­
beyo del aristócrata Des Esseintes, uno de cuyos modelos es Ro-
bert de M ontesquiou, que también inspiró a Proust para crear el
personaje del barón de Charlus. Sus planteamientos vitales son los
mismos: soñar la vida, vivir el ensueño, refinar (requintar) las sen­
saciones, quintaesenciarlas, pensarlas, sentir los pensamientos, etc.

144
Pessoa tampoco habla de Paul Boui^et, salvo para insultarlo
en Ultimátum (1917) a través de Cam pos: «psicólogo para aristo­
cracias de pacotilla». Se burla de su esnobismo y de su academicis­
m o bien pensante^®. Me parece imposible que no haya leído E l
discípulo (1889), una novela en que Bourget, para condenar la
perniciosa influencia de Taine y exaltar la tradición católica, na­
cionalista y monárquica, hizo el más bello retrato del héroe deca­
dente. El joven preceptor Robert Greslou, «discípulo» descarriado
del impío filósofo Adrien Sixte, es una síntesis del «egotismo»
postromántico, de Stendhal a Nietzsche. Lo que lo aproxima extra­
ñamente a Soares y Pessoa es su experiencia del desdoblamiento de
la consciencia. «Siempre ha habido en mí dos personas distintas:
una que iba, venía, actuaba y sentía, y otra que miraba a aquélla ir,
venir, actuar y sentir con una curiosidad impasible [...]. Mi verda­
dero yo no es, hablando con propiedad, ni el que sufre, ni el que
mira. Está compuesto por los dos...» Y la consciencia inquieta, in­
tranquila, desasosegada, del joven lo conduce a querer, como dirá
Pessoa, «levantar otro vuelo». Se convierte en lo que el poeta defi­
nirá como un fingidor, el que representa, como un comediante, lo
que no puede rím e n te vivir (y h asu lo que vive realmente).
«Cuando era niño experimenté a menudo el extraño placer de la
simulación desinteresada [...]. Se me ocurría dar a mis compañe­
ros todo tipo de detalles inexactos de m í mismo [...] no para jac­
tarme sino, simplemente, para ser otro [...]. Instintívamente tenía
la sensación de que definirse a través de un carácter, una creencia
o una pasión es limitarse.»

«Sentirlo todo de todas las maneras»: aunque no formulada, la


divisa de Cam pos y Soares orienta ya la vida del héroe de Paul
Bourget. Y ése es, a ojos de los bien pensantes, el pecado por exce­
lencia, la fuente de la «decadencia»: esa m ptura de los diques mo­
rales y religiosos que asignaban a cada ser y a cada cosa su lugar

FPA, p. 189.
145
dentro de un orden inmutable. A la «ola pasional» del romanticis­
mo sucedió la indefinición del deseo del decadentismo. La niebla
(nevoñro), omnipresente en los poemas de Cancionero, y que todo
lo envuelve, al final de M ensaje, es la niebla de la decadencia. Será,
para Pessoa, a la vez, el deleite de la creación poética y la enferme­
dad mortal de la cultura. Es el veneno y su antídoto. La aventura
mental de Pessoa empieza donde termina la de Bourget. Éste, por
todo remedio, propone al lector la fe ingenua de la madre de Gres-
lou, a quien Sixte ve rezar, arrodillada ante el cadáver del joven.
Por el contrario el poeta no reconstruirá un universo espiritual
dando la espalda a la decadencia, sino penetrando en el fondo de
la crisis, en el fondo de la bm m a y de la noche, siguiendo el ejem­
plo de los navegantes portugueses de la época de los descubri­
mientos. El hecho de que no le satisfagan los juegos mórbidos de
la «decadencia» no le sirve para tranquilizar ni para tranquilizarse,
para encontrar la com odidad intelectual de una dimensión huma­
na, sino para marcharse cada vez más lejos en espíritu. Su «moder­
nidad» está en esa distancia, en este infinito de diferencia.

El mérito de Nordau es que le hizo ver con claridad la exte­


nuación de la cultura occidental, que tocaba a su fin tras dos
milenios de historia. M ax Nordau, médico judío húngaro de
cultura alemana, se instaló en París en 1880, a la edad de treinta
años, para abrir una consulta. En la capital francesa escribió pri­
mero Las m entiras convencionales de nuestra civilización (1883) y
luego los dos volúmenes de Entartung (Degeneración, 1892) que
lo hicieron célebre en toda Europa y que enseguida fueron tra­
ducidos al francés. D iscípulo del fundador del sionism o, Theo-
dor Herzl, evolucionará hacia un profetism o apocalíptico que le
hará predecir, con cuarenta años de anticipación, la tragedia de
la Shoah sin que nadie quiera escucharle^*. En su libro de 1892

" Cfr. W illiam M . Johnston, Lesprit viennois, Presses Universitaires de


France, pp. 422 y 509.

146
apela a Lom broso — que había apasionado al jovencísim o
Pessoa cuando lo leyó en Durban— , aunque en él no encontra­
mos los matices que introducía en sus análisis el fundador de la
crim inología. Está más cerca de Bourget que de Verlaine. Para
él, la «degeneración» excluye el «talento». Sólo el talento es pro­
ductivo; la degeneración es m ortífera para la civilización. El ta­
lento es racional, objetivo, hum anista, moral. La degeneración
es fruto de lo irracional, del sentim entalism o, de la sensualidad,
el misticism o y la inm ortalidad. Entre los artistas «degenerados»
que Nordau estigm atiza se encuentran todos aquellos de los que
se siente cercano Pessoa. Paradójicamente, será H itler quien lle­
gará hasta el extremo de la lógica de este intelectual judío y sio­
nista.

El error de Nordau es no haber visto la ambigüedad de la «de­


cadencia», cuyo lado negativo es la «degeneración». Pero incluso
este error ilumina a Pessoa. Es entonces cuando tiene la intuición
que orientará su estética y la conducirá, tras el encuentro con Sá-
Carneiro, a la creación de Orpheu: la historia de la cultura procede
por ciclos sucesivos, a través de crisis que marcan a la vez el fin
de un mundo antiguo y el comienzo de un mundo nuevo. Si la se­
milla no muere... Se sitúa en esa bisagra de la evolución de nues­
tra cultura que es al tiempo una fractura y una juntura. Su hipó­
tesis es que «todo progreso se funda en una degeneración». Asume
la herencia del pasado, del cual toma como modelos sus manifes­
taciones más celebradas, pero reivindica, al menos provisional­
mente, entre 1914 y 1916, su lado más provocativo: esa enferme­
dad infantil de nuestra cultura que es la vanguardia. «Nordau co­
metió el error clásico [...]. Tomó un movimiento de progreso
real [...] por un movimiento de r^ e sió n ; tomó los inicios indecisos
y vacilantes, como todos los inicios, de una nueva forma de arte por
un arte superado [...]. Supo distinguir los elementos de decaden­
cia que contenía el movimiento simbolista — ^lo que no era muy
meritorio porque destrozaban los ojos— pero no vio lo que se
ocultaba tras esos elementos y que hace de Dante Gabriel Rosset-

147
ti o Paul Verlaine grandes poetas»*^. Pessoa vivió el drama de la de­
cadencia en su espíritu y podría decirse que hasta en su carne, en
su doble dimensión de muerte y renacimiento. En los poetas y ar­
tistas decadentes, lo que detesta y lo que admira forman un con­
junto; son la misma cosa, pero también lo que admira y detesta de
sí mismo, de su propio gusto, su inspiración y su estilo.

Si tenemos en cuenta la suma de pensamientos, preguntas,


emociones e intuiciones que agitan el espíritu del joven Pessoa
en este período de transición, no podem os menos de sentirnos
casi decepcionados ante la prudencia de los poemas portugueses
datados en esos años. Toman el relevo de los poemas ingleses de
Alexander Search, pues exhalan el mismo idealismo neoplatónico,
que refuta la duda, apenas dolorosa, como una anestesia del alma;
limbos donde todas las impresiones parecen fundirse en un tinte
neutro: una pesadilla climatizada, como dirá Henry Miller. Y todo
ello enunciado con una claridad ambigua, y revestido con una for­
ma mallarmeana. Aparecen las figuras estilísticas caracterísdcas de
Pessoa, que ordenan esos versos regulares conforme a una discreta
y sabia retórica. La serie de sonetos que ya he citado, titulada,
como un eco del nombre de Search, En busca de la belleza, co­
mienza con un oxímoron: el poeta es un «epicúreo sufriente»; ter­
mina con una redundancia: el «último círculo del hastío infinito»
es «no volver a aspirar a tener aspiraciones». Se trata, por lo demás,
de un «imposible jardín» del que «sentir y desear / están exclui­
dos», donde «el amor no es amor», donde «no se sueña ni se vive».
Pero el poeta sólo conoce la ilusión, que es lo real. Para «el alma
derrotada», «el dolor se extasía por no ser». Pessoa, a sus veintiún
o ventidós años, está ya sumido en las ciénagas, en las cuales pron­
to lo veremos construir provisionalmente su morada. Pero hay nu-

0,VII,p. 105.
148
merosas señales que permiten presentir, más allá de ese limbo o ese
infierno, lo que él llamará, veinticinco años más tarde, «la puerta
abierta» que «nos librará de esta Alma cerrada» y por la cual, «sin
ver, escuchamos más allá de la alcoba del sen>*^. Un poema data­
do el 6 de noviembre de 1909, «Nueva ilusión», que invoca a «los
dioses antiguos» resucitados bajo la forma lejana de ideas puras,
hace tabla rasa de todos los ritos y todos los dogmas para que sur­
ja, «más allá de los seres», la visión de «la ilusión universal», que
conduce a los iniciados a la verdad oculta detrás de todas las apa­
riencias.

* ♦

Hacia 1910-1911 el joven, como le sucederá con frecuencia,


está cansado, deprimido, sin horizontes. En un diario que lleva
muy irregularmente — ^y que nada tiene que ver con el Libro del
desasosiego— anota (todavía en inglés) su profiinda inapetencia, su
odio por los «actos decisivos» y los «pensamientos definidos», las
finalizaciones y las conclusiones. N o consigue definir sus ideas.
«Lx>s pensamientos [...] pasan por mí; no son mis pensamientos,
son pensamientos que me atraviesan. No medito, sueño; no estoy
inspirado, deliro. Soy capaz de pintar, pero nunca he pintado; de
componer música, pero nunca la he compuesto [...]. Tengo una
forma de espíritu que me hace detestar el comienzo y el fin de las
cosas porque son puntos precisos...» Dice también que ha dejado
de leer, salvo los periódicos y la literatura de evasión. «En cuanto
a la literatura propiamente dicha, prácticamente la he abandona­
do. Podría leerla para aprender o por placer. Pero nada tengo que
aprender de ella, y el tipo de placer que se obtiene de los libros se
sustituye muy ventajosamente por el que proporcionan el contac­
to directo con la naturaleza y la observación de la vida...»'^.

O, II, p. 51.
O, VIII, p. 358.
149
Esta laxitud, que aquí tom a el aspecto de un retorno a la na­
turaleza y a la vida como en Rousseau, Thoreau y W hitman, es
una forma de disponibilidad total. Cuando lo veo así, desprovisto,
a la espera de no se sabe qué, me hace pensar en esos «místicos de
la hora fatal» de los cuales dirá en Libro elel desasosiego que «se han
vaciado de todo el vacío del mundo».

150
10

L a v ía p ortu guesa de ¡a p o esía


(1910- 1912)

Q jm o recuerda Albert-Alain Bourdon, el Portugal de 1910


es, junto con Suiza y Francia, el tercer Estado republicano de una
Europa todavía m onárquica'. Se adelanta a ciertos países — ^por
ejemplo, Italia— en cuarenta años y a otros — ^por ejemplo, Gre­
cia— en sesenta. Los dirigentes del Partido Republicano forman
un gobierno provisional que se esforzará por reorganizar la ad­
ministración, sanear la economía y emprender reformas sociales.
Está presidido por uno de los más ilustres intelectuales del país,
el filósofo positivista Teófilo Braga (1843-1924), que había sido el
líder de la escuela de Coim bra junto con Antero de Quental. Pero
el hombre fuerte del nuevo régimen es el joven ministro de Justi­
cia Afonso C osta (1871-1937), al que imagino como un Gambet-
ta o un Clemenceau portugués: vehemente, dinámico, republica­
no fanático, anticlerical, capaz de arriesgarse a ir a la cárcel o a ba­
tirse en duelo por su honor o sus ideas. Curiosamente, Pessoa, que
comenta extensamente los acontecimientos de este primer año
de república, nada dice de Braga, y reserva todas sus críticas para
Costa, al que enseguida detestará tanto como a Joáo Franco, has­
ta el punto de tratarlo de «Judas» algunos años más tarde, cuando

Cfr. H istoire du Portugal, editada por M . Chandeigne, p. 125.

151
el antiguo ministro se oponga al dictador Sidónio Pais. Y es que el
joven Pessoa, que esperaba mucho de la revolución, se decepcionó
enseguida. Su frustrado fervor lo llevará a preguntarse por las ra­
zones del «fracaso» de la república, lo que supondrá el comienzo
de una interminable reflexión sobre el gobierno de las sociedades.
Se puede intentar resumir su pensamiento. La caída de la mo­
narquía es ya de por sí un síntoma favorable, pues prueba que la
energía nacional no estaba muerta sino solamente adormecida. En
la perspectiva dialéctica de la decadencia y del renacimiento, no
hay que inquietarse por el desgarro del 5 de octubre: «¿Esto va
mal? Tanto mejor, es nuestra opormnidad». La monarquía blo­
queaba todo atisbo de progreso. La república crea una situación
favorable, aun cuando no suscite una inmediata mejoría. Será «no
la causa sino la condición de un ulterior progreso». Es verdad
que la revolución tuvo carencias, porque la emprendieron unos
pocos, y no toda la sociedad, que del^aron el poder en sus represen­
tantes; la hizo gente realista, mientras que la república deben cons­
truirla los idealistas. El primer paso es el que más cuesta, dice la sa­
biduría popular, pero «el segundo cuesta todavía más». Las cuali­
dades necesarias para hacer la revolución no son las que precisan
quienes deberán consolidar la república. Pessoa distingue ense^;ui-
da, entre los gobernantes republicanos, a los moderados, que ya
están en la segunda fase y quieren terminar de establecer un t o ­
rnen republicano que íuncione armoniosamente, y los radicales,
que creen estar siempre en una revolución permanente y que, de
hecho, ponen en peligro la república. Afonso Costa ejemplifica a
este falso republicano.
Pessoa era partidario de un gobierno de caráaer provisional
que no durase más de tres o cuatro meses. «El gobierno provisio­
nal es una prolongación de la revolución. La revolución echa aba­
jo el edificio; el gobierno provisional barre los escombros y el so­
lar; la asamblea nacional, ya sobre un terreno despejado, reedifi­
ca.» De hecho, el gobierno provisional permaneció en el poder
casi un año, hasta septiembre de 1911; y no se contentó con barrer,
sino que también quiso construir. En opinión del joven poeta

152
comprometido tomó demasiadas iniciativas peligrosas. La prime­
ra, la más «radical», a juicio de todos, fue la ruptura con la Iglesia:
expulsión de las c o n d ic io n e s religiosas, confiscación de sus bie­
nes y separación entre Iglesia y Estado. Pessoa reprocha a los diri­
gentes que imitaran la política anticlerical fiancesa y reprodujeran
sus errores. «Som os portugueses, no fianceses. El vago misticismo
propio de nuestro carácter, y que está totalm ente ausente del es­
píritu francés, no puede ignorarse so peligro de provocar una terri­
ble reacción. Inculcar el positivismo al alma portuguesa es querer
matarla. Puede que el portugués no necesite creer, pero siempre
necesitará soñar.»
El resto de las medidas tomadas durante esos once meses de
gobierno provisional son igualmente radicales: reforma fiscal, des­
centralización, derecho de huelga, reforma de la universidad y
la ortografía, reorganización del ejército, ley del divorcio, etc. El
21 de agosto de 1911 la Asamblea constituyente vota la constitu­
ción de la república p o rti^ esa, calcada de la de la Tercera república
fi^ ce sa, que instaura un ré^m en parlamentario. La nueva asam­
blea elige a Manuel de Arriaga como presidente de la República.
M uy pronto, los republicanos se enfi^ntan entre sí, como lo ha­
bían hecho los monárquicos, y se dividen en tres facciones: el Par­
tido Democrático, también llamado «afonsista» por el nombre de
su líder Afonso Costa, bestia negra de Pessoa; el Partido Evolucio­
nista, a veces también llamado «almeidista», dirigido por António
José de Almeida, uno de los artífices de la revolución, aunque más
conservador que Costa; y el Partido Unionista de Brito Camacho,
también moderado. La historia de los primeros años de la repúbli­
ca es casi tan agitada como la de los últimos años de la monarquía:
maiúfestaciones, huelgas, violentas campañas de prensa, inestabi­
lidad gubernamental, todo concurre para desacreditar al r^ m e n .
Pessoa asiste con estupor y disgusto a esta degradación del clima
político y social de su país. Al principio, no cuestiona el sistema
sino a los hombres. «El país estaba listo para la anarquía, no para
la república; hacen falta las grandes virmdes de concordia y dulzu­
ra del pueblo portugués para que esta anarquía que impera en las

153
almas no se transmita a las cosas. Bandidos de la peor especie (lo
que no impide que con frecuencia en lo personal sean buenos mu­
chachos y buenos amigos, porque estas contradicciones, que no lo
son en rigor, existen en la vida), rateros con su faceta de auténti­
cos idealistas, anarquistas temperamentales con su oculto patrio­
tismo: de todo hemos visto en este guiso que dim os en llamar re­
pública por contraste con la monarquía que la había precedido.»
Pero enseguida acabará por cuestionar, si no el propio principio
republicano, al menos su forma democrática y parlamentaria, a la
que sólo más tarde volverá. En los primeros años del régimen re­
publicano cree que la salvación está en la creación de un nuevo
partido, capaz de encarnar «nuestro lado verdaderamente regene­
rador». Este partido debe ser «rigurosamente individualista, des­
deñoso de todo lo que en el actual tumulto representa, aunque
bajo una apariencia progresista, la degeneración y la debilidad so­
ciales...».

* ♦ *

Pessoa escucha el eco de esta llamada a un «renacimiento por­


tugués» en la vida literaria de su tiempo. En la atmósfera «deca­
dente», que se ha mantenido por influencia de los últimos simbo­
listas franceses, que se manifiestan en el Mercure de France, se al­
zan nuevas voces para exaltar la lusitanidad, en un doble impulso
de retorno al pasado lejano y de proyección hacia un futuro igual­
mente lejano. Es la originalidad del movimiento caracterizado por
la iniciativa de Teixeira de Pascoaes de asociar estrechamente dos
ideas aparentemente opuestas: la saudade y el renacimiento. La
saudade, que para Pessoa es la esencia de la Weltanschaung portu­
guesa y g a ll^ , está atestiguada desde los orígenes. Es un senti­
miento complejo. La nostalgia y el tierno lamento que designa la
palabra se tiñe de melancolía. Pero a partir del siglo x v el rey don
Duarte (Eduardo) descubre en ella una mezcla de alegría y triste­
za. Garrett invoca la «Saudade, amargo sabor del desdichado. / De­
licioso aguijón de acerada punta». Basándose en esta ambigüedad,

154
dice Jacinto do Prado Q>elho en su libro sobre L a ori^n alidad de
la literatura portuguesa, «Pascoacs, poeta visionario, creyó descu­
brir en la saudade no sólo la clave de la psique portuguesa sino
también el fermento necesario para un resurgimiento nacional...
Tiene una cara vuelta hacia el pasado y otra hacia el porvenir, es
deseo y memoria, melancolía y, a la vez, impulso a la acción».

Tras un período de incubación, el movimiento nace oficial­


mente en O porto en enero de 1912 en forma de «asociación cul­
tural». D os años antes, el periodista Alvaro Pinto había fundado la
revista A Á guia, carente de una orientación definida pero que se
presentaba com o una «revista de literatura, arte, ciencia, filoso­
fía y crítica social». Será, durante cuatro años, el órgano del «re­
nacim iento portugués» donde se expresarán los «saudosistas».
¿Quiénes son esos jóvenes intelectuales reunidos por poco tiem ­
po en tomo a Pascoaes? Ante todo, ayunos poetas. Jaim e G jrtesáo
(1884-1960) fue médico, político y profesor; el joven Pessoa, a
menudo adulador a ultranza (y quizá irónicamente), como
Proust, le escribe en 1913: «Usted es, amigo mío, el mejor poeta
de toda la nueva generación... que surgió tras la de Pascoaes». Má-
rio Beirao (1892-1965), entonces casi un adolescente, no había
publicado todavía ningún libro cuando Pessoa, en 1912, alaba la
«perfección artística» de su poesía y su «prodigiosa interioridad».
António Correia d’Oliveira (1879-1960) intentó conciliar el «sau-
dosismo» nacionalista de los intelectuales con la tradición de la
poesía popular. Afonso Duarte (1884-1958) también quiso enrai­
zar el movimiento «saudosista» en una tradición todavía más anti­
gua, la de las «canciones» de la época trovadoresca, escribiendo
unos poemas tan breves como «el instante en que la flor se abre
para morir».
Paradójico resulta que los representantes del «renacimiento
pom ^ués» de 1912 considerados en la actualidad como ios más
ilustres fueran ideólogos republicanos reunidos de manera fortui­
ta únicamente por su afinidad política. H más cercano a Pascoaes
y el más fiel al espíritu del saudosismo es el mayor del grupo, el fi­

155
lósofo neoplatónico Sampaio Bruno (1857-1915), interesado
por el esoterismo y el mesianismo del «Q uinto Imperio». A él se
dirige Pessoa en 1914 para documentarse sobre el mito sebastia-
nista. Leonardo Coim bra (1883-1936), filósofo bergsoniano, fu­
turo ministro de Instrucción Pública, evolucionará hacia un neo-
tomismo muy alejado del pensamiento de Pessoa. António S éi^ o
(1883-1968), historiador, sociólogo y crítico literario, también fu­
turo ministro, no tardará en apartarse del «renacimiento portu­
gués» para adherirse a un movimiento de crítica social cuyo órga­
no de expresión desde 1921 será la revista Seara nova (Nueva cose­
cha). M ás tarde será el guía intelectual de varias generaciones de
intelectuales marxistas opuestos al salazarismo; se lo considera el
más grande pensador político de su país. Su amigo Raúl Proen^i
(1884-1941), también ensayista político, es conocido sobre todo
por haber publicado, a partir de 1925, una imponante G uía de
Portugal.

AI comienzo, Pessoa permanece al margen de esta agitación


intelectual. Es un desconocido, todavía no ha publicado, tiene po­
cos amigos. Pero sigue desde lejos lo que se hace, se escribe y se
dice en el círculo del «renacimiento portugués». Lo imagino le­
yendo los poemas y artículos que aparecen en. A A ^ ia o en otros
medios, animado por esa pasión lúcida y crítica con la que recoge
las nuevas verdades. El «saudosismo» es para él un descubrimien­
to y una confirmación. Adepto al patriotismo como a una reli­
gión, se adhiere al «renacimiento» como a una iglesia, cuyo dog­
ma es una visión escatológica de la historia portuguesa. Pero el
«saudosismo» de Pascoaes refuerza su deseo de superar sus contra­
dicciones por medio de la creación poética, de fusionar sujeto y
objeto, de unir ardientemente «alma» y cuerpo, de expandirse
com o ser único en la diversidad y de descansar de la m ultiplici­
dad en la unidad original. Un año después de su adhesión formal,
en 1913, recapitula de esta manera la situación de la poesía portu­
guesa de su tiempo: «Para afrontar este nuevo estadio de la civiliza­
ción se abren tres vías: 1) Abandonarse al mundo exterior, dejarse

156
absorber por d mundo que nos rodea, aceptar k vida ociosa y ruido­
sa, el culto al esfuerzo y la imagen sim plista de la Naturaleza que
nos da; es k vía que s ^ e n Nietzsche, W hitman y Verhaeren [...].
2) Mantenerse distante, al margen de esta corriente, en un ensue­
ño individual y enteramente aislado y oponerse inerte y pasiva­
mente a k vida moderna por medio de una fuga hada espacios le­
janos, hacia lo que la vida tiene de lejanía. Es la vía que escogieron
Poe, Verlaine, Baudelaire y Rossetd. 3) Encerrar ese ruidoso mun­
do, la Naturaleza y el resto, en elpropio interior mismo del ensueño
y huir de la realidad en dicho ensueño. la vía portuguesa, típi­
camente pormguesa [...] desde Antero de Quental hasta nuestra
más reciente poesía»^.

La influencia de Pascoaes y del «saudosismo» no es la única


que se ejerce sobre él en esos años cruciales. O tros poetas porm-
gueses ocupan u ocuparán su lugar en su panteón personal junto
a Quental, António Nobre y Cesarlo Verde. El poeta vivo al que
más admira por entonces es Cam ilo Pessanha (1867-1926), cuyo
talento discreto y hasta se diría que secreto es contrario al de Pas­
coaes, abundante y extravertido. António Sérgio dijo de Pascoaes
que era el más «nórdico» de los románticos portugueses. Pessanha,
por su parte, es el más oriental de los postsimbolistas. Pasó casi
toda su vida en M acao, donde se casó y echó raíces. El director de
cine Paulo Rocha, en su película L a isla de b s amores, lo muestra
en compañía de otro poeta p o r ti^ é s del Extremo Oriente, Wen­
ceslao de Moraes (1854-1929), que se marchó de Macao al Japón,
donde murió. El general Henrique Rosa se lo presentó a Pessoa en
Lisboa, en el café Suisse. En una carta enviada a M acao en 1915,
en tiempos de Orpheu, le recuerda este encuentro: «Usted me hizo
el honor y me otorgó el placer de recitarme algunos de sus poe­
mas. Conservo religiosamente el recuerdo de aquelk hora de arre­
bato intelectual»^. Pessanha escribía en efecto unos versos de extre-

^ O.VlI.p. 105.
3 PP, p. 163.
157
ma fluidez, como ningún otro poeta portugués de entonces, pero
no se tomaba el trabajo de publicarlos ni incluso, las más de las ve­
ces, de transcribirlos. Se los sabía de memoria y se los recitaba a sus
íntimos. Así que sus poemas circulaban de boca en boca o en oc­
tavillas en los círculos literarios, sobre todo en los cafés, hasta que
un día un amigo acabó por reunirlos para publicar su única reco­
pilación, Clepsidra (1920). La lectura y el encuentro con Pessanha
ayudaron sin duda a Pessoa a desprenderse del «saudosismo» un
tanto elemental de Pascoaes y a superar el simbolismo francés, a
depurarlo, a volverlo más cerebral y evanescente. El ejemplo de
Pessanha contribuyó a encaminarlo hacia lo que acabaría siendo el
«modernismo». También fue determinante en este aspecto su
amistad con Sá-Carneiro.
Entre las otras influencias que recibió en los primeros mo­
mentos de su irúciación hay que mencionar al menos la de Gomes
Leal (1848-1921), del cual el gran crítico Vitorino Némésio dijo
que es «el más extraño genio poético» portugués desde Camóes.
Feroz anticlerical convertido en católico místico, poeta maldito
que vivía en la miseria, debió de conmover a Pessoa, cuarenta años
menor, tanto por su destino como por el carácter visionario y pro-
fético de su obra. Tras su muerte, en 1924, le dedicará uno de sus
más enigmáticos poemas esotéricos, donde saluda al iniciado, al
elegido cuya grandeza fue pagada con «la soledad, y la desdicha, y
la amargura»'^.

La obra en prosa de Pessoa es más abundante que su obra pro­


piamente poética, pero no es, salvo excepciones (como Libro del
desasosiego y Eróstraw), más que su gjlosa y también, a menudo, su
dimensión teórica. La poesfei precede l<%ica y aun cronológica­
mente a la prosa. Antes de darse a conocer por sus artículos sobre

O, II, p. 27.
158
poesía de su tiem po, escribió, entre finales de 1909 y m ediados
de 1912, muchos poemas reveladores de las etapas de su itinerario in­
terior. «Estado de alma» y «Visión», datados en enero y marzo
de 1910, siguen siendo fieles al modelo sim bolista y decadente de
un doloroso lirismo, cuyo tema dominante es la distancia interior.
Todo Cancionero, cuyas primeras páginas debían abrirse con di­
chos poemas, está lleno de esos signos que no señalan nada visible:
el viento, el aire marino, el sonido de una campana; como «el ru­
mor de una fiesta lejana de la que nada nuestro participa, salvo la
imaginación». «Hastío», escrito el 19 de junio de 1910, añade al
tema un motivo esencial que será la marca distintiva del lirismo
elegiaco de Cancionero: la excesiva autoconsciencia, que revela y
agrava la ausencia de ser. Si la verdadera vida está ausente, no es
por una razón externa. El poeta, que exhala su queja, reconoce
que, «desgraciadamente», carece de motivos para quejarse. Su mal
es ser «totalmente consciente de ello en esas horas dolorosas y se­
renas».

El paradójico poema de amor titulado «Análisis», fechado en


diciembre de 1911, renueva completamente el tema e inaugura lo
que he denominado «lirismo crítico». Es el primer poema típica­
mente pessoano; por eso lo situé encabezando el primer volumen
de la edición fiiancesa de las O bra^.

Tan abstracta es la idea de tu ser


que me asalta al mirarte que, al dejar
mis ojos en los tuyos, los pierdo de vista,
y nada queda en mi mirada, y tu cuerpo
se va tan lejos de mi vista,
y la ¡dea de tu ser permanece tan cerca
del pensamiento que te mira, y de un saber
que me hace saber lo que eres, que, por el solo hecho de ser
consciente de ti, pierdo hasta la sensación de mí mismo.

O, I, p. 63.
159
Así, en mi obstinación de no verte, miento
la ilusión de la sensación y sueño:
no te veo, no veo nada, no sé
que te veo ni siquiera que soy, sonriendo
desde el íbndo de este triste ocaso interior
donde siento que sueño lo que siento ser.

Si no se lo supiera escrito antes que los otros, se podría casi


creer que este poema resume, después, la poética de Pessoa. Todo
está en él: la abstracción, el exceso de autoconsciencia, la imposi­
bilidad de la sensación y de la relación, la e stra t^ a de «fingir», el
desdoblamiento del pensamiento y la persona, la dialéctica pie-
sencia/ausencia, sueño/vida, etc. La teoría de toda ella la hallare­
mos en la parte de su primer ensayo en prosa dedicada a «la esté­
tica de la nueva poesía portuguesa» y lu ^ o , en consecuencia y
convertida en obra, en gran número de textos de Cancionero, The
M ad Fiddler, Fausto y en los Sonetos. A los veintitrés años, pues,
Pessoa ha encontrado su voz (y su camino) de poeta elegiaco inte­
ligente, en quien el simbolismo se cuestiona a sí mismo y la efu­
sión amorosa deja su lugar a una negatividad ferviente.

Pero hay, casi al mismo tiempo, otro Pessoa, animado por un


sentimiento de reconocimiento y esperanza; y este poeta coexisti­
rá hasta el fin con el otro, el que no tiene el diablo en el cuerpo
sino en la inteligencia. Los cantos de inocencia, menos abundan­
tes, cabe admitir, que los de experiencia, seguirán replicando a és­
tos. H asta el más luciferino del grupo, Alvaro de Cam pos, escribi­
rá con pocos días de diferencia, en 1933, el desesperado grito
de «Pecado original»^ y el canto de esperanza de «Magnifican)^. En
1912 Pessoa escribe uno de sus muy infrecuentes poemas en pro­
sa, «Plegaria», que es como la expresión de acción de gracias que
un niño dirige a Dios. Pero tras el aparente (e indiscutiblemente

6 O, IV, p. 234.
^ ídem, p. 295.

160
sincero) fervor, se adivina una teología que nada tiene de «católi­
ca»; «Señor [...] eres el sol y la luna, y el viento. Eres nuestros cuer­
pos y nuestras almas y eres también nuestro amor. Resides donde
no hay nada, y donde hay todo, en tu templo, está tu cuerpo...». Y,
un poco como se lo pedía Alexander Search al demonio, ruega a
Dios que lo ayude a ser puro y bueno, si es preciso contra sí mis­
mo. «Dame un alma para servirte y un alma para amarte [...].
Hazme puro como el agua y alto como el cielo [...]. Que mi vida
sea digna de tu presencia, que mi cuerpo sea digno de la tierra, que
es tu lecho [...]. Señor, protégeme y ayúdame. H az que me sienta
tuyo. Señor, líbrame de mí.»

161
11

Los inicios
(1912)

A comienzos de 1912 Pessoa envía al joven director de A


Á piia, Alvaro Pinto, un artículo titulado «La nueva poesía portu­
guesa considerada desde un punto de vista sociológico», que apa­
rece en abril, en el número cuatro de la revista. Con este texto de
siete pininas hace su presentación como escritor. Podemos consi­
derarlo el punto de partida de su «carrera» literaria, aunque la ex­
presión no se corresponda con su atípico itinerario. Prefiero decir
que abril de 1912 marca el paso de su vida oculta a su vida públi­
ca. Desde entonces, aunque condenado a no ser plenamente reco­
nocido en vida, no dejará de participar en la vida literaria portu­
guesa, sea tras las candilejas, como en los tiempos de Orpheu, sea
en retirada, como en los años veinte, cuando cayó en un relativo
olvido antes de ser redescubierto por los jóvenes escritores de Pre-
senga.

Para quienes lo admiran y lo quieren, las circunstancias de esta


primera publicación resultan desconcertantes. Decepciona verlo
debutar tan tarde y tan mal. Lleva escribiendo quince años. A
su edad, con casi veinticuatro años, Rimbaud había terminado su
obra, Byron era célebre y Büchner ya había muerto. Para colmo,
se da a conocer como prosista, lo que Sá-Cam eiro le reprochará.
Durante al menos dos años no se sabrá que es sobre todo poeta.

162
aparte de crítico. Al menos, podría haber ofrecido a A Aguia, para
debutar, una muestra de esa gran prosa lírica de la que está llena de
ejemplos Libro del desasosiego, que acaba de empezar a escribir,
pero no es el caso: a pesar de que al artículo se lo bautiza con el
rimbombante nombre de ensayo, se trata de una prosa demostra­
tiva con sus elementos claramente marcados: «En primer lugar...
En principio llamará la atención. Lo segundo señala... El tercer y
último hecho...». Esta fórmula, que seguirá siendo la que impere
en miles de páginas en prosa hasta su muerte, sobre todo tipo de
temas, es la fórmula de la disertación latina, en la que el espíritu
obedece a la lógica y el estilo a la retórica y que su profesor de
Durban le había enseñado diez años antes.

Un poco más tarde teorizará sobre la oposición entre la prosa


del glosador y la poesía en verso del creador, distinguiendo, en el
arte de escribir, las «palabras» y «la voz». Las palabras son portado­
ras de ideas; la voz transmite emociones. «La prosa, que es esen­
cialmente la expresión de las ideas, nace directamente de las pala­
bras. El verso, que es esencialmente la expresión de las emociones,
nace directamente de la voz. Por eso, la poesía fue en sus orígenes
oral, cantada. La expresión de una idea se llama explicación: co­
municar una idea es explicarla. La expresión de una emoción se
llama ritmo: comunicar una emoción es dejarla desprovista de la
idea sin quitarle la expresión, es vocalizaría...» Esta dicotomía sos­
laya un campo inmenso de la escritura. Así, a esas dos categorías,
verso poético y prosa prosaica, Pessoa añadirá en ocasiones dos
más: Caeiro hablará de «la prosa de [sus] versos» y Soares dirá que
por encima de cualquier poesía él prefiere la verdadera prosa, «que
engloba todo el arte», es decir, que devuelve a la explicación su
emoción. «En un mundo civilizado ideal, no habría otro arte [de
escritura] que no fuese la prosa... La poesía sólo serviría para ense­
ñar a los niños a acercarse a la prosa fiitura...»L

O, III, p. 100.

163
Hay que admitir que Pessoa no debuta con una obra de arte
poética. El mismo advierte al lector, desde el principio, que su
propósito es «intentar comprender, por medio de razonamientos y
de an álisis estrictos, el actual movimiento poético portugués».
Subrayo estas palabras porque justifican la pesadez del estilo, que
por otra parte ya el título podía hacer presentir. De hecho, el au­
tor se burla de estar haciendo arte. Tiene que sostener una tesis.
Actúa como defensor y procurador. Tiene una idea radicalmente
nueva, inaudita, escandalosa, que debe comunicar al público. En
el fondo, este artículo es menos una obra que un acto. En este sen­
tido, se puede decir que nuestro héroe debuta con extraordinaria
brillantez. Los lectores no se engañaron. El nombre de Pessoa fue
conocido de la mañana a la noche en el microcosmos literario por­
tugués, alabado por unos, vilipendiado por otros. Su tesis provocó
un verdadero estupor. Evidentemente su debut no habría provo­
cado tanto alboroto si hubiera publicado unos versos o un frag­
mento de prosa poética. Eduardo Louren^o dice que es «un ángel
exterminador caído del cielo (o del infierno) de la cultura anglosa­
jona, que aparece de modo espectacular, en 1912, tnA Á guia»^.

Reservo para el final, lo mismo que Pessoa, la ¡dea más impor­


tante. Su método para que el lector pueda guiarse por él es, como
anuncia el título, sociológico, lo que ya resulta inhabitual en la
época. Puesto que se trata de valorar y situar el papel del movi­
miento del «renacimiento portugués» en la historia literaria del
país, parte de la noción de «corriente literaria», que define como
«el tono particular que comparten los escritores de un período de­
terminado», lo que hoy llamaríamos mentalidad, espíritu o «am­
biente que va con los tiempos». Pessoa se plantea la relación exis­
te entre una «corriente literaria» y el ambiente social y el momen-

PEA, p. 128.
164
to histórico en que surge. ^Puede la literatura ser un «indicador so-
ciol<%ico», «la aguja que nos dice qué hora marca la civilización»?
Y para reforzar su argumentación opta por centrar su razonamien­
to en dos ejemplos: los de la literatura inglesa y la francesa.

Este razonamiento, que para Pessoa debe ser tan metódico co­
mo sea posible, «m atem ático», s^ ú n dice, es un silogism o. La
primera proposición es que hay, en todos los casos, una relación
directa entre el estado de una sociedad y la calidad de su literatu­
ra. Las grandes literamras nacen cuando, tras un período de decli­
ve, la sociedad entra en fase ascendente y se aferra con fuerza a su
identidad nacional, como ocurrió en Inglaterra en la época isabe-
lina y en Francia durante el romanticismo; surgen entonces figu­
ras como las de Shakespeare o Victor Hugo (al cual critica Pessoa
pero que, para cubrir el razonamiento, encama la grandeza poéti­
ca). La segunda proposición es que P o ro tal se halla precisamente
en una fase similar de su historia; un clima político deletéreo, un
poderoso movimiento de renovación espiritual y la aparición de
fuertes personalidades, que son los precursores. D e aquí la «inevi­
table conclusión», que «salta a la vista»: la literatura portuguesa
está en los umbrales de su período más glorioso. ¿Que el nuevo
movimiento carece todavía de su Shakespeare o su Hugo? Pacien­
cia. La aparición de una gran figura también es «inevitable». Y «fa­
tídicamente el gran Poeta que surgirá de ese movimiento despla­
zará a un segundo plano a la figura, hasta ahora predominante, de
CamÓes». Tras haber profetizado la llegada de un «súper-Camóes»,
Pessoa termina con un acto de fe y un aleluya: «Tersam os el coraje
de abandonarnos a esta alaría desbocada... Se prepara en Portugal
un extraordinario renacimiento, una resurrección prod^osa»^.

Se han hecho varias lecturas de este texto extravagante. Cres­


po, con razón, subraya su ironía, pero parece no ver en el texto

OC, I, p. 87.

165
más que una broma. Gaspar Simóes lo entiende como una ampli­
ficación oratoria que anuncia a Orpheu y el modernismo. La verdad
es más simple y más chocante. H inmenso genio cuya lib ad a inmi­
nente anuncia Pessoa, que hará sombra a cuatro siglos de poesía
portuguesa y por el cual P o r t i^ se simará, en el ámbito literario,
en el ra n ^ de las primeras naciones del mundo es evidentemente él
mismo, el joven escritor desconocido. Si no es así, lo que escribe ca­
rece de sentido. A veces hemos fingido, quizá por pudor, creer que
Pessoa se consideró el Bautista que clama en el desierto y prepara
el camino para el Otro, el más grande, que está por venir. Pero no: él
es ese Otro. En consecuencia todo en su obra lo mostrará retrospec­
tivamente imbuido desde el comienzo de la certeza de tener una mi­
sión sobrehumana que realizar. Este artículo un tanto caígante de
1912 es un primer «mensaje» al que responderá el altivo M ensa­
je de 1934. Así leído adquiere una grandeza singular. Pessoa da los tres
golpes de costumbre antes de levantar el telón de su teatro particu­
lar. La escena representa el interior de una consciencia. Ya hemos
visto pasar a los figurantes más o menos mudos, desde el caballero
de Pas hasta Alexander Search. Ens^juida, en menos de dos años,
aparecerán y tomarán la palabra los protagonistas.

Quede claro que nosotros, tres cuartos de siglo después, pode­


mos entender el sentido de esta profecía, pero que los contempo­
ráneos, en cambio, fueron incapaces de hacerlo, y mucho menos,
desde luego, los primeros lectores del artículo de A Á guia y los crí­
ticos que dieron razón de él en los periódicos. Las reacciones fue­
ron, en general, desfavorables. A Pessoa parece haberle molestado
en especial una anónima «Carta de Coim bra» publicada en el co­
tidiano O D ia que acusaba a su artículo de ser «de una lectura pe­
nosa», y a sus argumentos, de falsos. Replicó por medio de otro
texto titulado simplemente «Recidiva», aún más exaltado que el
anterior y que apareció en el número 5 de A Aguia, correspon­
diente al mes de mayo.

166
Pule su anterior análisis distinguiendo, en la evolución de las
literaturas, cuatro fases sucesivas, cada una de las cuales correspon­
de a un estado de la sociedad y de la civilización. El gran período
creador es anunciado, mucho antes, por los precursores; luego, por
los iniciadores; sigue un período de decadencia, que puede ser bri­
llante. Lo más interesante, en este artículo, es la descripción de­
tallada que el autor hace de esas grandes épocas, que, s^ ó n él, ade­
más, son las únicas «creadoras de civilización». Se definen por tres
características muy evidentes: «la novedad, la elevación y la grande­
za». Al lado de estas características «exclusivamente literarias», las
grandes épocas creadoras tienen rasgos distintivos propios del
«alm a del pueblo que las produce». Toda gran literatura es eli­
tista, provocativa y nacional. N o puede ser popular. N o «ecpresa» el
alma del pueblo sino que la «representa» o la «interpreta». A pesar
de que el propio Pessoa intentó en su juventud recuperar la vena
popular en sus Cuartetas, hace en A Á guia una profesión de fe re­
sueltamente aristocrática. Una gran obra es «impopular». N o le
gusta ni el folclore ni el arte ingenuo. La gran poesía es necesaria­
mente difícil, intelectual, sofisticada. No nos debe sorprender su
ardor al combatir toda manifestación de poesía «popular», a no ser
que olvidemos que siempre y en todas partes ha sido la coartada
de talentos mediocres. En Francia, en la época de Hugo, Vigny,
Baudelaire y Nerval, el gran poeta del pueblo era Béranger. En
tiempos de Claudel, Éluard y Michaux, lo fue Paul Géraldy.

La conclusión retoma, con otras palabras, la del primer artícu­


lo. «Se prepara en Portugal una gloriosa resurrección, un período
de creación literaria como pocos ha conocido el mundo.» Pessoa
corrige lo que dijo sobre el futuro gran poeta. Anunciarlo como
un «súper-Camóes» es insuficiente. Será más bien un nuevo Sha­
kespeare (obsérvese que no se atreve a hablar de un «súper-Shakes-
peare»). Pero el artículo no concluye aquí. En abril el joven poeta
se había limitado a esgrimir consideraciones históricas y «socioló­
gicas». En mayo añade un razonamiento político. «Habiendo na­
cido el movimiento literario portugués con el movimiento repu­

167
blicano y yendo a la par c»n él, el glorioso porvenir se hará por y
en el republicanismo. Son dos aspectos de un mismo fenómeno
creador. Anotemos esto: hoy, ser monárquico en Portugal es trai­
cionar al alma nacional y el porvenir de la Patria Portuguesa.» Pero
la república que debe construir la gloria del país no es «la del se­
ñor Costa» o de «los diversos subhombres sindicalistas, socialistas
y demás». Y, por primera vez, el que sueña con una «república aris­
tocrática» apela a un salvador, es decir a un dictador, que estará a
la altura del súper-Camóes o el nuevo Shakespeare. La hora no ha
llegado todavía, pero «tengamos confianza [...] la transformación
tendrá lugar, la creación empezará, si es posible suavemente» y, si
no es posible, por la fuerza. El texto termina con un voto o una
profecía que anuncia el final de M ensaje, veintidós años más tarde,
sólo que entonces el esperado salvador será don Sebastián, mien­
tras que en el artículo de 1912, el dictador evocado adopta la som­
bría figura de Cromwell, Napoleón, Cavaignac o Gallifíét, el au­
tor de la matanza de la Com una de París. En el fondo, a quien
Pessoa espera, aunque no lo diga, es a un Pericles o a un Augusto
a la medida del Sófocles o el Virgilio que él pretende ser'*.

♦ ♦ *

Sólo unas semanas después de la publicación de ambos artícu­


los en A Á guia y quizá a causa de la polém ica que habían susci­
tado, un periodista de Lisboa, Boavida Portugal, em prende en
el cotidiano república una vasta encuesta cuyo tema coincide
exactamente con el de Pessoa. Las preguntas formuladas a una
serie de escritores e intelectuales conocidos son: «¿Hay un rena­
cimiento literario en Portugal? ¿Cuáles son sus orientaciones?
¿Quiénes las representan mejor?», república publica en septiem­
bre las primeras respuestas, muchas de las cuales son hostiles al
movimiento «saudosista» y a su jefe Tebceira de Pascoaes, a los que

OC, I, p. 100.

168
se acusa sobre todo de estar dem asiado influidos por el sim bolis­
mo francés. Algunas de estas críticas son educadas, pero otras
son groseras, como las de un tal Júlio Brandáo, que trata a Pas-
coaes de «Tartufo [...] vanidoso e ignorante» que escribe «bu­
rradas en una prosa de colegial». Pero este tipo de cum plidos no
es infrecuente en la vida literaria portuguesa. En cierto sentido,
se trata de un juego de sociedad, y el propio Pessoa también se
complacerá en él.

El propio autor de los artículos de abril y mayo es citado a me­


nudo en las respuestas, a veces favorablemente, a veces con severi­
dad. Cuando se inició la encuesta era dem asiado poco conoci­
do como para ser interrogado por Boavida Portugal. Por ello,
toma como pretexto la respuesta de un eminente profesor univer­
sitario, Adolfo Coelho, quien se habfe burlado de las pretensiones de
los saudosistas y de la «m ^alom anía» de su defensor, sin por otra par­
te suponer, aparentemente, que al anunciar al nuevo Camóes o al
nuevo Shakespeare pensaba en sí mismo. Pessoa redacta una «Ré­
plica al señor Adolfo Coelho», que aparece el 21 de septiembre en
república. Este texto, que empieza reiterando los ai^^mentos ya
esgrimidos en los artículos de A Águia y con el mismo estilo argu­
mentativo, cambia de golpe su punto de vista y expone nuevos ra­
zonamientos que a nosotros, sus lectores póstumos, nos interesan
mucho más. El estilo se vuelve de repente más claro y ligero. Tras
un fulgurante recorrido por la historia cultural europea desde la
Edad M edia, Pessoa se plantea la esencia de sus dos grandes mo­
mentos culminantes: el Renacimiento y el romanticismo. Para el
Renacimiento, la única realidad es el alma: la naturaleza no es
fuente de inspiración. Por el contrario, el romanticismo considera
que la única realidad es la naturaleza: «del alma, cada uno sólo co­
noce su alma individual», lo que explica la ausencia de epopeya y
drama románticos o su escasa repercusión. Esta diferencia se ma­
nifiesta en la manera de pensar: «Los poetas del Renacimiento
piensan en ideas o en abstracciones; los románticos piensan en
imágenes».

169
Se adivina la conclusión: la originalidad de la joven poesía sólo
podrá venir «de una fusión del psiquismo del Renacimiento con el
psiquismo romántico». Para este nuevo Renacimiento, «la realidad
tendrá que ser la fusión de la naturaleza y el alma». La realidad será
«naturaleza-alma»^. Pessoa finge justificar así el «panteísmo tras­
cendental» de Pascoaes y de su movimiento, pero enuncia más
bien uno de los temas futuros de su propio lirismo. La sensibilidad
poética europea, desde hace dos siglos, está desgarrada por dos im­
pulsos contradictorios: hacia el mundo exterior y hacia el espacio
interior. A la frase de Novalis «El camino va hacia el interion> res­
ponde la de Théophile Gautier «Soy un hombre para el cual exis­
te el mundo exterior». Bernardo Soares, el narrador del Libro del
desasosiego, realizará la «fusión» anunciada en esta réplica a Coel-
ho: «Soy un hombre para el cual el mundo exterior es una realidad
interior»'^.

Después de su «Recidiva» en A Águia, Pessoa, retomando el


hilo de su argumentación, comenzó a redactar un tercer artículo,
titulado: «La nueva poesía portuguesa en su aspecto psicológico».
Debía ser la segunda tabla de un tríptic»: después de haber anali­
zado su época primera desde un punto de vista sociológico y lue­
go psicológico, quedaba por examinar su aspecto puramente «lite­
rario». Pero, al igual que la «carta de Coim bra» había venido a
perturbar el desarrollo de su programa, la encuesta de república y
la «Réplica al señor Adolfo Coelho» interfirieron en la redacxión
del artículo central, que será, de hecho, el final. El joven autor tra­
baja en él durante todo el verano de 1912, sin conseguir terminar­
lo a tiempo de ser publicado en una sola e n t r ^ áe A Águia. El di­
rector, Alvaro Pinto, lo publica en tres en tr^as, en los números de
septiembre, noviembre y diciembre.

5 OC, I, p. 128.
^ O, III, p. 258.

170
Este estudio en tres partes es mucho más largo que los pre­
cedentes (cerca de cincuenta páginas en total), menos polémico,
más elaborado y, finalmente, más original. £1 comienzo retoma,
con distinta perspectiva, pero siempre con el mismo gusto escolás­
tico por la sistematización, por las divisiones ternarias y las oposi­
ciones simétricas, la distinción entre la poesía del alm a y la poe­
sía de la naturaleza, cuya síntesis ha de ser la nueva poesía. La poesía
del alma es «vaga» (suponemos que como la de Verlaine), «sutil»,
es decir, analítica (el autor cita como ejemplo a Albert Samain), y
«compleja», capaz de superarse a sí misma y de «descubrir en todo
un más allá» (cabe pensar en Mallarmé). La poesía de la naturale­
za tiene la «nitidez» del epigrama, la «plasticidad» que permite
captar el mundo por los sentidos — el oído o la vista (más tarde
descubriremos que la oposición entre Caeiro y el propio Pessoa re­
side en parte en la importancia que se conceda a uno u otro senti­
dos— y finalmente la «im an ació n » que permite al espírim ver o
sentir directamente. La poesía nueva consiste en «la espiritualiza­
ción de la materia» y en «la materialización del espíritu». Es la
«dispersión del ser en un espacio exterior que no es la naturídeza
sino el alm a», lo que hace a una poesía «esencial y totalmente me­
tafísica», es decir, en definitiva, «religiosa». La conclusión de esta
primera parte de la demostración es ésa: toda gran poesía es reli­
giosa.
Esta «metafísica» o «esu religión» (Pessoa emplea indistinta­
mente am bos términos) supera todas las antinom ias que nos
llevan a oponer lo ideal a lo real, el dualismo al monismo, el ma­
terialismo absoluto al absoluto esplritualism o, el panteísmo
«materialista» de Spinoza y Goethe, para el cual «todo es Dios», al
panteísmo «espiritualista» de Malebranche o de Shelley, según el
cual «Dios es todo». La metafísica de la nueva poesía es también,
a su manera, una forma de panteísmo, pero «trascendentalizado».
Sería lógico esperar que en este momento se hubiese citado a
Emerson o W hitman. Pero Search ha muerto y Caeiro todavía no
ha aparecido. El «trascendentalism opanteista... tiene un solo ejem­
plo, eterno. Es esa catedral del pensamiento: la filosofía de Hegel».

171
De modo que en 1912, sorprendentemente, vemos a Pessoa
convertido, por algún tiempo, en h^elíano. Es interesante leer su
correspondencia en ese verano con Alvaro Pinto, a quien prome­
tió su artículo para A Águia. En su carta del 24 de junio le pide
una prórroga; «A pesar de mi deseo de cumplir lo prometido y en­
viar mi aru'culo el día convenido, me he encontrado con dificulta­
des argumentativas para redactarlo [...]. Cuando el artículo esté
terminado te lo enviaré. Sucede que es el más difícil e importante,
porque contiene la definición de una nueva corriente literaria».
Dos meses más tarde, el 29 de agosto, nueva carta excusándose
por el retraso, seguida después por el manuscrito, que espera que
sea fragmentado lo menos posible. Habla de su «pasión por la per­
fección dialéctica» y añade: «He demorado el final de este artícu­
lo. Lo he pensado, y, al pasarlo a limpio, me he puesto a pensar lo
contrario. Lo he reescrito y repensado. Finalmente, he llegado a
los razonamientos que te envío»^.

Esta confesión es capital. En ella advertimos que la dificultad que


mvo para formular sus ideas proviene de su dificultad para pensarlas.
Fue la redacción de este tercer artículo la que llevó al joven teórico de
la poética, tras una repentina inspiración, a dar un gjro radical. Sin
duda se aprestaba a enunciar el aspecto más positivo de una nueva
poética cuando descubrió que estaba basado en una negatividad.
Este texto representa en su obra lo que el Discuno sobre ¡as cienciasy
las artes representó en la de Rousseau: si creemos el testimonio de Di-
derot, el futuro autor del Emilio había sostenido la tesis contraria a la
que se proponía defender cuando comenzó la obra, y tuvo que man­
tenerla durante toda su vida. Pessoa ren tará después de estos ensa­
yos de A Águia por ser, a su juicio, «demasiado optimistas». Sin em­
bargo en ellos se despide de su juvenmd sentimental, soñadora y
romántica, y también formula los principios de su arte poética. Ve­
remos más adelante cómo se ilustran y desarrollan en toda su obra.

PP, p. 84.
172
«El trascendentalismo panteísta contiene y trasciende todos
los sistemas: materia y espírim son para él a la vez reales e irreales,
esencialmente D ios y no Dios. Decir que la materia y el espíritu
existen es tan cierto como decir que no existen. La mayor verdad
que se puede decir de una cosa es que, al mismo tiempo, es y no
es. En efecto, dado que la esencia del universo es la contradicción
— ^la irrealización de lo real, que es lo mismo que la realización de
lo irreal— , una afirmación es más verdadera cuanto más contra­
dictoria. N o es falso decir que la materia es material y el espíritu es
espiritual; pero más cierto es decir que la materia es espiritual y
que el espíritu es material. Y así se puede seguir indefinidamen­
te...»

Nunca aceptará la concepción hegeliana de la historia, pero en


cierto sentido va más lejos que Hegel al aplicar la dialéctica, siste­
máticamente, a todas las creaciones del espíritu. Aunque en 1912
no tenga todavía una idea clara del futuro «Q uinto Imperio», ya
sabe que su fuerza no residirá en las armas ni en las leyes, sino en
lo que está hecho «con la materia de los sueños». Los futuros con­
quistadores portugueses serán poetas. Su líder será el gran poeta
anunciado, émulo de Homero y de Shakespeare. «Y nuestra gran
raza partirá en busca de una nueva India, que no existe en el es­
pacio, en naves construidas con la materia de los sueños. Y su
verdadero destino, su destino suprem o, pues la obra de los nave­
gantes sólo fue su preludio oscuro y carnal, se verá divinamente
cumplido»®.

OC, I, p. 121.

173
12

E l am igo
(1912)

£1 acontecimiento más importante de este período de su vida


es el encuentro con Sá-Carneiro. Se ignoran la fecha precisa y las
circunstancias de esta conjunción de dos destinos excepcionales.
Probablemente se conocieron en enero o febrero de 1912, en el
círculo de jóvenes escritores que Pessoa, introducido por su «tío»
el general Rosa, frecuentaba hacía poco tiempo y w io s de cuyos
miembros, como el propio Sá-Cam eiro, participarían poco des­
pués en la aventura de Orpheu. Su amistad duró sólo tres años y
medio, la mayor parte del tiempo estuvieron separados, en comu­
nicación y comunión epistolar, pues Pessoa estaba en Lisboa y Sá-
Carneiro en París. Pero bastó para iluminar toda la existencia del
supérstite y, más allá de su muerte, todo el siglo. Sólo se puede
comparar a la que unió a M ontaigne y La Boétie, casi tan breve
(apenas seis años, dos de ellos sin verse), pero igualmente honda y
total y celebrada asimismo desde ultratumba con majestuoso fer­
vor. «Nos buscábamos antes de habernos visto [...], nos besábamos a
través de nuestros nombres [...] nuestras almas han bromeado tan
francamente juntas, se han profesado un afecto mutuo tan ardien­
te [...] que no sólo yo conocía la suya como la mía sino que de ver­
dad me hubiese hado tranquilamente más de él que de mí»^ A es-

Essais, I, p. 28.

174
tas palabras, escritas diez años después de la muerte de La Boétie,
parecen hacer eco, con tres siglos y medio de diferencia, estos ver­
sos de 1934, dieciocho años después de la muerte de Sá-Carneiro:

Hoy me faltas, soy dos a estar solo [...]


Gimo éramos uno al hablar. Éramos
como un diálogo dentro de un alma [...]
Ah, mi incomparable amigo, nunca más
en el fúnebre paisaje de esta vida
conoceré un alma tan apegada
a las cosas que para mí son reales [...]
Nunca más, nunca más, y desde que saliste
de esta estrecha prisión que es el mundo
mi corazón está inerte e infecundo
y apenas soy un sueño triste...

Cabe preguntarse si, en uno y otro caso, esta singular am is­


tad no era tam bién un tanto «particular». Pero no es así. M on­
taigne dice repetidamente que «la licencia griega es claramente
aborrecida por nuestras costum bres», y si bien en Pessoa y, más
aún, en Sá-Carneiro se descubren, indiscutiblemente, tenden­
cias homosexuales, su relación fue solamente la de dos «alm as»,
por usar su propio vocabulario. Descubro incluso, en el tono de
sus cartas, una decencia, una contención y casi un tinte de afec­
tación que debía presidir también los intercambios entre M on­
taigne y La Boétie. Evidentemente, nada que ver con el tono cra­
puloso de la correspondencia entre Verlaine y Rim baud («queri­
do y gentil Rimbe [...] me escribes todo el tiem po sobre tus
Ardenas, te escribo todo esto desde mi m ierda...»). Por otra par­
te, si en el poem a a Sá-Carneiro del que he citado algunos ver­
sos se emplea el tú poético y enfático, en la correspondencia y,
sin duda, también en la conversación ambos am igos se hablaban
en tercera persona y recurrían al pronombre vocé, más fam iliar
que las fórmulas habituales del tipo «mi am igo sabe que...» o
«M ário dice que...» pero mucho menos que el tuteo. Sabemos
que el portugués, como otras lenguas latinas, carece de plural de

175
cortesía, lo que com plica la cuestión del trato que se dispensa­
ban los interlocutores.
He hecho referencia a la correspondencia entre los amigos,
pero ésta no existe, o apenas quedan muestras de ella. Se escribie­
ron mucho, pero aunque se conservan las ciento catorce cartas de
Sá-Carneiro, casi todas las de Pessoa se han perdido. Estaban, al
parecer, en el baúl que su amigo tenía en su habitación de París, y
que desapareció después de su muerte. Es una pérdida irreparable.
Sá-Carneiro, en uno de sus relatos, habla de esas «admirables car­
tas» de su amigo «Fernando Passos». En 1913 se hace eco de algo
que Pessoa le ha escrito: «Estoy tentado de creer [...] que, en cuan­
to concierne al sentimiento artístico, en P o rtu ^ sólo existimos
nosotros dos». En otra carta le dice: «Tiene usted razón, ¡qué sen­
sacional novedad literaria será la publicación, en 1970, de la corres­
pondencia inédita entre Fernando Pessoa y M ário de Sá-Carnei-
ro!». Desgraciadamente no la leeremos, salvo un milagro (algu­
nos han ocurrido).

Al igual que hay un caso Pessoa, hay también un caso Sá-Car­


neiro, que es el inverso. La obra de Pessoa ocultó su vida; la vida y
sobre todo la muerte de Sá-Carneiro hicieron olvidar su obra, que
algunos consideran, sin embargo, tan ^ n ia l como la de su amigo.
Se ha tendido a leerlo y juzgarlo en relación con Pessoa, del cual
parecía ser una suerte de heterónimo suplementario, con un esta­
tuto, sin embargo, un tanto diferente del de Caeiro, Reis o Cam ­
pos. Cuando se conocen, nadie, ni siquiera él, sabe que sólo le
quedan cuatro años de vida; pero nosotros lo sabemos, y ese final
cercano dota a esta vida y a esta amistad de un tono trágico. Por
su parte, Sá-Cam eiro podía sentirse l^ítim am ente amenazado y
pensar que el destino tenía una deuda pendiente con él: su breve
existencia, tanto antes como después de su encuentro con Pessoa
en 1912, está plagada de episodios fúnebres, de los cuales los más
penosos son la muerte de su madre en 1892, cuando él tenía dos

176
años, y el suicidio de su mejor amigo, en su presencia, en 1911,
cuando contaba veinte años, y al que es imposible no considerar
como una prefiguración del suyo. Todo ello dota a su destino y su
personalidad de un aura incomparable. Su último exégeta opone la
«superpersonalidad» de Sá-Carneiro a la «impersonalidad» de Pes-
soa. Reprocha a todos los críticos e historiadores de la literatura que
hasta ahora han estudiado su obra haber hecho «una lectura mi­
tológica» de ella. Él se propone desmidfícarla y devolverla a la histo­
ria literaria para demostrar que la aportación personal de Sá-Camei-
ro a lo que se llamó «modernismo» portugués es tan importante
como la de Pessoa. Este crítico revisionista. Femando Cabral Mar-
tins, en la actualidad profesor y escritor y antes actor aficionado, en­
camó a Pessoa en la película Conversación terminada, de Joáo Botel-
ho, en la cual Andró Gomes interpretaba a Sá-Cameito.

Es el propio Pessoa el que se encarga de dar a conocer la obra


de su amigo tras su muene. Los jóvenes poetas de Presenta toma­
ron el relevo en 1937. Las ediciones Auca, que empezaron a pu­
blicar las obras completas de Pessoa en 1942, emprendieron
en 1945 las de Sá-Carneiro. El primer estudio importante es el de
M aria Aliete Galhoz y data de 1963. Los mejores estudiosos ac­
tuales del poeta son la portuguesa Marina Tavares Dias y el francés
Fran90Ís Castex. El apego de Sá-Carneiro a París, presente conti­
nuamente en su obra, se recuerda en diversas placas conmemora­
tivas: en el Café de la Paix (bulevar des Italiens) que solía frecuen­
tar, y en el Hótel de Nice (calle Victor-Massé), al pie de Montmar-
tre, donde se suicidó el 26 de abril de 1916. Puso en boca de uno
de sus personajes, el poeta Ricardo, esta declaración de amor por
París: «¡París! ¡París! — exclamaba el poeta— . ¿Por qué te quiero
tanto? N o lo sé... ¡París! ¡Cóm o me gustan sus calles, sus plazas, sus
avenidas! [...]. De París lo amo todo con el mismo amor: los mo­
numentos, los teatros, los bulevares, los jardines, los árboles...
Todo París es para mí heráldico, litúrgico»^. Es el mismo Ricardo

La confession de Lúcio. La DifFérence, p. 55.

177
quien explica a su amigo Lucio su terrible dificultad de vivir: «No
he logrado entrar en la vida, en la vida simple con V mayúscula,
en la vida social, si usted prefiere llamarla así. Es curioso: soy un
ser marginal que conoce la mitad del mundo, un desclasado sin
deudas ni oprobios, considerado por todos, pero no admitido en
ninguna parte [...]. Nunca me he visto admitido en ningún sitio.
En los pocos círculos que he frecuentado, no sé por qué, siempre
me he sentido extranjero [...]. No sería capaz en absoluto de con­
cebirme viejo, ni tampoco enfermo, o agonizante. Ni siquiera sui­
cidado [...]. Puede usted creerme: es más que una superstición: si no
supiera que todos hemos de morir, yo, que no me “veo” muerto, no
creería en m i propia muerte»^. Estas líneas fueron escritas en sep­
tiembre de 1913, un año y medio después del encuentro con Pes-
soa, dos años y medio antes de la «apoteosis» final (es el título de
un poema expresionista de 1915 que termina en una serie de ono-
matopeyas que se supone que el poeta grita en medio de su locu­
ra: «Zing-tang... Zing-tang... Tang... Tang... Tang... Tang... Prá á
K K ...»)1

M ário de Sá-Carneiro, dos años menor que Pessoa, nació en


Lisboa el 19 de mayo de 1890, en el barrio elegante, y tanto su pa­
dre como su madre pertenecían a la burguesía acomodada. Huér­
fano de madre, fue criado por su joven padre, un tanto lunático,
casi siempre de viaje, y por una nodriza igualmente joven en la
quinta de sus abuelos paternos. A los siete años, cuando su padre
se establece un poco más, su vida se reparte entre la ciudad y el
campo. A los nueve años empieza a escribir breves piezas de teatro
que representa en la quinta con los sirvientes de la casa. A los diez
años ingresa en un liceo de Lisboa. A los doce, comienza a escribir
poemas. En agosto de 1904 su padre lo lleva por primera vez de

^ La confession de Lúcio, pp. 48-50.


* Poésies computes. La DifFérence, p. 259.

178
viaje y le descubre París. Se alojan en el Grand Hótel (en los altos
del Café de la Paix). Luego van a los baños de Trouville y de ahí a
Lucerna. Recorten Suiza e Italia, haciendo escalas en Veneda,
Rom a y Nápoles. Al volver a Lisboa, en diciembre, edita con sus
compañeros de liceo, a costa de su padre o quizá de su abuelo, un
diario satírico, O Chinó («la peluca» o, más bien, «el mpé»), que su
padre Carlos Augusto hace retirar de la venta por temor a la reac­
ción de los profesores en él ridiculizados. Lee mucho, sobre todo
a escritores fianceses y alemanes del siglo xrx. Traduce a Victor
H ugo... y a Dérouléde, Goethe, Heine y Schiller. Sigue escribien­
do prosa y verso. Se incorpora a una compañía de teatro que re­
presenta comedías, una de ellas suya, escrita con el seudónimo de
Sirconera, que es el anagrama de su nombre. En 1907 pasa sus va­
caciones en París con su padre. Publica poemas y cuentos en la re­
vista. Azulaos.

Aunque es un escritor precoz, sin embargo, y a causa de sus


ausencias, va retrasado en sus estudios. Hasta 1910, con veinte
años, no inicia el último curso en el liceo Camóes. Se relaciona
con su compañero Thom az Cabreira júnior, cuatro años menor.
Escriben juntos una pieza de teatro útxAaóai Amistad. El 9 de ene­
ro de 1911, en las escaleras del liceo, Thom az se dispara un bala­
zo en la cabeza. Algunos meses más tarde, M ário escribe un poe­
m a a la memoria de su amigo, «A un suicidado». En el curso si­
guiente se inscribe en la facultad de derecho de la Universidad
de Coim bra, pero no soporta los estudios ni la vida universitaria
provinciana. Con la anuencia de su padre, vuelve a Lisboa. En 1912,
en la época en que conoce a Pessoa, A m istad es representada y
publicada. Edita una colección de relatos titulada Prim icias que
dedica a su padre, su mecenas. En octubre vuelve a marcharse a
París, esta vez solo, y allí se instala por una larga temporada, pri­
mero en un hotel de la rive droite y, luego en el Barrio Latino,
donde se supone que sigue cursos de derecho. Com ienza enton­
ces a cartearse con Pessoa. Su primera carta es del 20 de octubre
de 1912.

179
Tiene veintidós años. Lo que llama la atención, en esta perso­
nalidad extraordinariamente inestable y compleja, es la relación,
aún más difícil que la de Pessoa, que mantiene consigo mismo. Se
observa demasiado y no se quiere lo bastante. Es un «hijo de
papá», inútil y gordito; las pocas fotografías que se conservan de él
muestran esa «casi» obesidad, que le hace describirse como «una
esfinge gorda». N o está s^ p ro de nada, ni siquiera de su identi­
dad, y menos aún de sus creencias, sus gustos y sus apetencias. A
los seis meses de su llegada a París escribe el poema «Dispersión»,
que dará título a su primer poemario;

Me he perdido en mí
porque era un laberinto,
y ahora, en mí,
sólo siento nostalgias [...]

Com o se llora a un amante


me lloro a mí mismo:
he sido el amante inconstante
que se traicionó a sí mismo^...

Estos versos tienen tal similitud con los de Pessoa, tanto en su


inspiración como en forma, que obligatoriamente se impone la
pregunta: ¿quién es el inspirador y quién el imitador? ¿O es que su
amistad no es el origen sino el resultado de estas sorprendentes
convergencias?

En 1912 Sá-Carneiro, el más joven de los dos, recién salido


del liceo, está sin embargo más introducido en la carrera literaria.
H a publicado poemas, cuentos y una pieza de teatro. Empieza a
ser conocido. Pessoa, por su parte, no publicará ninguna obra en
prosa hasta 1913, y ningún poema hasta 1914. Seguiría siendo un

^ /íüm, p. 51.

180
desconocido de no ser por los artículos de A Águia, publicados,
conviene recordarlo, en O porto y no en Lisboa. Sin embargo, la
relación entre ellos no es tan desigual como se podría creer cuando
leemos los testimonios de admiración que el menor prodiga al
mayor. Es verdad que Sá-Carneiro se confia a Pessoa como a
un hermano mayor o a un padre y, a veces, como en una carta
de 1914, como a su antigua y querida nodriza: «Tú, el amigo, el
compañero de juegos de mi talento, el que asistió a su nacimien­
to, y a su infancia [...], a quien siempre apelé con toda confianza,
a quien mostré corriendo mis obras, como corría hacia mi no­
driza para que me acostara, sin dejar que se marchase antes de
que me hubiese dormido...»'’. Hay algo admirable en esta fe que
profesa a su amigo, cuya excepcional grandeza fue el primero y,
durante cierto tiempo, el único en reconocer. Sin duda, Pessoa es
su maestro, casi su dios. Y sin embargo Teresa Rita Lopes, en el
prefacio a la edición francesa de las Poesías de Sá-Carneiro, no se
equivoca cuando sostiene que al menos tuvo tanta influencia
sobre su amigo como éste sobre él. «Fueron discípulos el uno del
otro», dice. «Y si se admite que Pessoa fue el maestro intelectual de
Sá-Carneiro, habría que añadir que Sá-Carneiro fue el maestro
sentimental de Pessoa.»

Y es verdad que la diferencia entre los dos jóvenes poetas era


exactamente ésa. Pessoa es todo inteli^ncia; Sá-Cam eito es todo
sensibilidad. Uno es incapaz de sentir la presencia del mundo, de
las cosas, de los seres camales; el otro es incapaz de comprenderse y
de comprender el mundo. El arte de Pessoa, com o hemos visto
y como veremos más detalladamente, es una poética de la inteli­
gencia, como atestiguan el título y el tema de su primer gran poe­
ma de amor, «Análisis». El arte de Sá-Carneiro, tal como lo define
un personaje de L a confesión de Lucio, es un «arte de la voluptuo­
sidad»: «Ah, ¡qué grande es el artista que elige com o materia pri-

Poésies completes, p. 8.

181
ma la voluptuosidad! [...] Tendría el fuego, la luz, el aire, el agua,
los sonidos, los colores, los olores, los narcóticos, las sedas — tan­
tas sensualidades nuevas por explorar...»^. Es sin duda la relación
con el amigo, primero en Lisboa, en las terrazas de los cafés o en
casa de Sá-Carneiro padre, y luego por carta, la que conducirá a
Pessoa a integrar el inmenso dom inio de las sensaciones dentro
de su poética, hasta el punto de definirse, por boca de Cam pos,
como «poeta sensacionista», de crear una escuela literaria denomi­
nada «sensacionismo» y de elegir como divisa (común a Cam pos,
Bernardo Soares, Ricardo Reis y el propio Pessoa): «Sentirlo todo
de todas las maneras».

Imaginémoslos a ambos, en ese verano de 1912, en el Chiado


o en el Rossio, conversando interminablemente, bebiendo, en la
exaltación de su juventud a la vez ansiosa y confiada. En ese mo­
mento, sin duda, se está gestando lo que será el «modernismo», de
una manera aún confusa, ya que ninguno de los dos se ha encon­
trado todavía a sí mismo. En París, Sá-Carneiro llegará a ser quien
es, y transmitirá a su amigo, a través de sus cartas, algo de ese «aire
de los tiempos»: el cubismo, el futurismo, los ballets rusos, todo lo
que pronto serán el dadaísmo, el «espíritu nuevo» de Apollinaire o
el surrealismo. Le imbuirá también de una consciencia cosmopK)-
lita europea que trascienda las dos culturas entte las que se repar­
te Pessoa. Pero, sobre todo, Sá-Carneiro, febrilmente en busca de
su ser, le ofrecerá el modelo del poeta que querrá ll^ a r a ser en su
momento, empeñando sin compromiso en la búsqueda de lo ab­
soluto hasta la locura y la muerte. Por su parte, Pessoa sólo entra­
rá en la completa posesión de su espacio interior dos años más tar­
de, el «día triunfal». Sá-Cam eiro le escribirá entonces: «Ya ves por
qué, mi querido Fernando Pessoa, si esmviéramos en 1830 y yo
fuera Honoré de Balzac, te dedicarú todo un libro de L a comedia
humana en el cual serías el Hombre-Nación, el Prometeo que

^ La confession de Lucio, p. 28.

182
arrastraría de sí, en su mundo interior de genio, a todo un pueblo;
una raza y una civilización».

Sá-Carneiro es más esteta que Pessoa, está más resueltamente


inclinado a la vanguardia, más atento a la moda. Su prosa y su ver­
so destilan una imaginería postsimbolista que recuerda la pinmra
de Burne-Jones, de Gustave Moreau o de Klimt. El oro es la me­
táfora de la belleza, valor supremo y única redentora. Hay algo de
Oscar Wilde en él, pero el erotismo que ilumina toda la obra con
su luz glauca, contrastando con el brillo de las sedas, la pedrería y
la carne desnuda, es mucho más ambivalente y enigmático en el
portugués que en el inglés. La confesión de Lucio sugiere todo y no
dice nada de ese deseo secreto, salvo el vértigo existencial que pro­
voca en el narrador. Ricardo, que ama a Lucio con un alma y un
cuerpo que no son los suyos sino los de Martha, su amante com­
partida, acaba diciendo: «¿Qué son para mí los otros comparados
con tu amistad? Nada, ¡absolutamente nada! [...] Por tu amistad lo
daría todo, todo, hasta mi secreto»®.

La confession de Lucio, p. 136.

183
13

Paulares

(1 9 1 3 )

El período de la vida de Pessoa que va desde la partída de Sá-


Carneiro, el 13 de octubre de 1912, hasta el «día triunfal», el 8 de
marzo de 1914, tiene algo que lo hace extrañamente irreal. En
apariencia, es un año y medio de actividad incesante y aun de agi­
tación. Nunca tuvo más ideas, proyectos y relaciones. Q>mienza
por mudarse después de una fuerte gripe. Lo aloja su tía Ana Lui­
sa, a quien llamaba Anica. Empieza a ser conocido, incluso en
Francia, porque Philéas Lebesgue publica en enero, en el Mercure
de Frunce, un artículo sobre el «renacimiento portugués» donde
cita los artículos de A Águia. A la vez que conoció a Sá-Carneiro,
se vinculó con otros jóvenes escritores y artistas. Se reúnen en los
cafés, las redacciones de periódicos y revistas y los teatros. Pessoa
se aleja en seguida de algunos, demasiado comprometidos con el
saudosismo, con el cual romperá poco después. Pero frecuenta
con asiduidad a Armando Cortes-Rodrigues, Luís de Montalvor,
Alfredo Pedro Guisado, que son de su ^n eradón o de la de Sá-Car­
neiro, y a otros aún más jóvenes: Almada Negreiros, que tiene
apenas veinte años, António Ferro, que tiene dieciocho, etc. La
cuadrilla cada vez se parece más a una «escuela» literaria, cuyo lí­
der es Pessoa. A pesar de su timidez, su reserva y su pudor, tiene
ascendiente sobre sus amigos. Uno de ellos, más tarde, ofrecerá un
curioso testimonio sobre su comportamiento en ese círculo de ar-

184
tistas jóvenes. Insiste en esa faceta regular, metódica, casi mecáni­
ca, de sus peregrinajes por Lisboa. Aparecía en el café, al volver de
la oficina, siempre a la misma hora, y luego se marchaba a otro
café, también a una hora fija. Se sentaba con sus amigos, se despe­
rezaba, los observaba en silencio «con irónico brillo en los ojos» y
luego «se eclipsaba melancólicamente». Se lo veía sumido en sus
pensamientos. «Pessoa no era realmente un filósofo, sino más bien
un sutil analista de los detalles, un escrutador de las cosas invisi­
bles...» Es la impresión que causará hasta el final. Fierre Hourca-
de, en los años treinta, evoca su «mirada que se avivaba de golpe»,
su «sonrisa maliciosa», su cara «desbordante de vida secreta».
Enseguida, añade, uno se sentía dispensado de llamarle «querido
maestro» o de confesarse su «gran admirador», pues él se burlaba
de todo eso.

Sólo dos veces en su vida llevó un libro de a bordo, esa espe­


cie de cuaderno donde no se escriben reflexiones, sino donde uno
anota lo que ha hecho durante el día. Una, precisamente, desde el
15 de febrero hasta el 9 de abril de 1913. ¿Qué sentido tiene este
ejercicio? ¿Es una suerte de ascesis? La lectura de ciertas páginas da
vértigo, pues anota gran cantidad de detalles sin interés. ¿Se burla
de sí mismo? Sin embargo, a veces, de la yuxtaposición de cosas
vistas o hechas, se desprende una especie de encanto. «15 de febre­
ro. Desde las doce y treinta hasta las catorce y treinta, en casa de
Ponce de León. Hablam os sobre todo de Sá-Carneiro. M e ha leí­
do y hecho leer cartas suyas, densas y dolorosas. M e ha hablado de
la pieza que está escribiendo. Me ha manifestado su desacuerdo
con Renascen^a. De cuánto me quiere Sá-Carneiro. Pero ¿quién no
te quiere?, me dice. Un rayo de sol. Fui a la oficina de Mayer, lue­
go, a buscar el certificado de matrimonio de M aria en el tercer dis­
trito.» Etcétera.

M ás o menos al mismo tiempo, pero en otro estilo, en hojas


sueltas y en inglés, anota algunas reflexiones de orden práctico que
también podrían pertenecer a un diario. Proyecta un «plan de

185
vida». Necesita sesenta dólares para sus gastos y sólo gana treinta
(escribiendo en inglés y en Lisboa, no calcula en escudos o en li­
bras sino en dólares)... Le haría falta también una casa adecuada,
lo suficientemente grande para poner «orden» en sus libros y pa­
peles. Este debate interior, muy trivial, concluye por algo que no
se sabe si es una ocurrencia o un pensamiento nietzscheano: «El
camino que el destino elige es el camino que deberíamos seguir»^

D etrás de esta agitación un tanto febril, de este «desasosie­


go» que quedará pronto adm irablem ente plasm ado en el Libro
de Bernardo Soares reina en su interior una paz que no es la de
la profundidad, ni la inm ovilidad del eje en torno al cual gira
la rueda de la vida cotidiana, sino más bien una calma chicha,
un ambiente de marasm o, el estado que los teólogos denom i­
nan «lim bo» y que él mismo después definirá com o «ni guerra
ni paz». Tam bién se podría decir: ni muerte ni vida, ni dicha ni
desgracia, ni el ser ni la nada. Pero ocurre que este am biente le
va a inspirar; escribe entonces sus primeras obras verdadera­
mente originales, buscando expresarse con la mayor inteligen­
cia y sensibilidad, para responder a la vez a su propia exigencia
y a aquella cuyo m odelo le ha proporcionado Sá-Carneiro. In­
venta una estética, crea sin quererlo una escuela literaria y abre
la vía de lo que serán el «m odernism o» y el movimiento de
Orpheu.

El núcleo central es una serie de poemas que tienen en común


sugerir, por medio de imágenes barrocas sin relación entre sí, lo
que Michaux denominará «los lugares inexpresables», momentos
y situaciones igualmente inexpresables. A la «ola pasional» del ro­
manticismo se opone ahora la ola de impresiones, típica del sim­

O , VIII, p. 361.

186
bolismo. Viene de \feriaine, del primer Mallarmé, de Samain y so­
bre todo de Maeterlinck. Por su exceso decorativo, esta poesía
hace pensar en los prerrafelistas ingleses. Está hecha de afirmacio­
nes que se desdicen, de sensaciones que se anulan, de falsas defini­
ciones, de comparaciones torpes, de metonimias y metáforas ab­
surdas, de oxímoros, en fin, que serán las figuras características de
la retórica modernista. En la forma, estos poemas de 1913 están
repletos de numerosos puntos suspensivos, que materializan la
suspensión del tiem po, toda una m etafísica de la ausencia y de
la espera, y muchas palabras, sobre todo abstractas, se escriben con
mayúscula, lo que produce un efecto litúrgico.

Veamos uno de esos poemas, «H ora absurda», perteneciente a


CancionenP': es claramente representativo del manierismo de la
época, con sus blancos, sus oraciones sin verbo, sus palacios y sus
princesas:

¡Ah, y tu silencio es un perfil de cumbre al sol!


Todas las princesas se sintieron con el seno oprimido...
Desde la última ventana del castillo sólo un girasol
se ve, y soñar otros trae brumas a nuestro sentido...

¡Ser y no ser más!... ¡Oh leones nacidos en la jaula!...


Repique de campanas allá, en el Otro Valle... ¿Cercano?...

Esta nueva estética, que provoca el entusiasmo de sus amigos,


es lo que ellos denominan «paulismo». En efecto, el poema que la
inaugura, escrito el 29 de marzo de 1913, no publicado hasta el
año siguiente pero que circuló entre aquéllos con anterioridad,
«Impresiones del crepúsculo», empieza con la palabrapauis, plural
de paúl, que significa «pantano, paular», aunque hubo la tenden­
cia, en el seno del grupo, a evocarlo con ese título, «Paular», tan
propio del simbolismo y del movimiento decadente que da nom­

0 ,I ,p .2 2 5 .

187
bre a un relato de André Gide, Paltides. El poema es difícilmente
traducible y hoy resulta casi ilegible. Es importante para la histo­
ria literaria y para la biografía de su autor, porque lo convierte en
líder de un movimiento que cambiará la sensibilidad de toda una
época aunque no aporte gran cosa a su gloria. Felizmente, en el
mismo período, de marzo a diciembre de 1913, escribió otros
poemas, más breves, en los que la misma impresión fundamental
— ^la de patalear en la ciénaga del ser, en vez de lanzarse a la verda­
dera vida— se manifiesta de una manera mucho menos alambica­
da. En «Heme aquí absorbido sin saberlo»^, en «M is gestos no son
yo»^, en el famoso «Oh, campana de mi aldea»^, el poeta renueva
el tema de la saudade, esa nostalgia de no se sabe qué, típicamen­
te portuguesa, poniendo el acento en la autoconsciencia. Consi­
gue dar el tono del lirismo crítico que caracteriza Cancionero, que
con el tiempo agrupará todos los poemas elegiacos del Pessoa or-
tónimo.

En julio de 1913, la misma inspiración y la misma estética «pau-


listas» se plasman en el primer texto de creación (o, si se prefiere, «poé­
tico») en prosa de toda su obra, «En la floresta del enajena­
miento» (en la traducción de Cam pos Pámpano, sueño es enaje­
nam iento). Se lo envía a Alvaro Pinto, que lo publica en otoño,
en A Aguia con la nota: «extraído del Libro del desasosiego en pre­
paración». Es pues uno de los fragmentos más antiguos del Libro,
cuyo contenido, forma, e incluso su atribución evolucionarán
considerablemente a lo laigo del tiempo. Firmado, en un principio,
con su propio nombre, será luego atribuido a Vicente Quedes y, de­
finitivamente, a Bernardo Soares. A los largos firagmentos de esa
prosa llana y lenta, de imágenes diáfanas o vaporosas, que reflejan*

3 O, I, p. 68.
* ídem , p. 70.
’ ídem , p. 65.

188
un pensamiento y una sensibilidad de un refinamiento extremo,
sucederán otros más directos, más concretos, de un sonido más
cercano al del diario íntimo, sin por ello excluir una dimensión
novelesca, porque el narrador no es exactamente el autor, sino un
personaje.

«En la floresta del ennajenamiento» es un poco a Libro deldesaso­


siego lo que «Impresioes del crepúsculo» («Paulares») es a Cancionero:
un entremés m ¿ delicado que consistente, más armonioso que con­
tundente. Pero esta primera muestra del Libro, un poco empalaga­
da, tiene al menos el mérito de introducir reiteradamente uno de
los grandes temas de la obra de Pessoa, hasta ahora sólo intuido
fugazmente: el del «sueño» o «ensueño», pues ambos caben en la
palabra portuguesa sonho. «En una lúcida torpeza, densamente in­
corpórea, me paralizo, entre sueño y vigilia, en un ensueño que
sólo es una sombra de ensueño. M i atención flota entre dos mun­
dos y ve ciegamente la profundidad de un océano a la vez que la
hondura de un cielo; y estas profundidades se mezclan, se interpe­
netran, y ya no sé ni dónde estoy ni lo que sueño. Un viento lleno
de sombras aventa las cenizas de proyectos muertos sobre mi par­
te despierta. De un firmamento desconocido cae una llovizna
templada de hastío. Una angustia inmensa e inerte manipula mi
alma desde el interior y confW m ente me altera, como la brisa al­
tera el contorno de las copas de los árboles»^.

Sueño de un sueño, sueño en el sueño, sueño más allá del sue­


ño: todas esas situaciones de la consciencia a la vez adormecida y
lúcida serán descritas, en verso y en prosa, a lo largo de la obra fu­
tura. Pero aquí, aparte del sueño propiamente dicho, se trata de
otra cosa. El título portugués. N a Floresta do Alheamento (las ma­
yúsculas son del autor), es casi intraducibie literalmente debido a
la ambigüedad de la palabra alheamento, que significa a la vez
«alienación» (en el sentido negativo de la palabra) y «entusiasmo»

O , III, p. 129.

189
y «éxtasis». La traductora francesa del frí^paento en la edición de
La Différence, Dom inique Touati, opta por absence^ (ausencia).
Conviene, para com prenderlo, apelar a Baudelaire y Rim baud:
alheamento es a la vez «la verdadera vida ausente» y «anywhere out
ofthe worLl». Michel Chandeigne propone traducirla por extranéité
(extrañeza).

* ★ *

Donde mejor plasmó Pessoa su ideal estédco «paulista» fue en el


teatro; por lo demás, consagró la mejor parte del año 1913 al teatro.
El periodista Boavida Portugal (el responsable de la encuesta para re­
pública), del que se hizo amigo, fundó una revista especializada, Tea­
tro, en la cual el poeta— hasta ahora es sólo conocido como aftioo—
colaboró a su manera, satírica e impertinente. De otra revista teatral
de la competencia, escrita por aaores, dijo que lo bueno de ella era
que mientras los cómicos escriban, al menos no actuaban. Pero
— ^añade— , al leerlos, la opinión cambia: tal vez fuera mejor que re­
presentaran en vez de escribir. De una tercera revista opina: «Si la ho­
jeas, no es desagradable, pero, desde luegp, no hay que leerla». Etcé­
tera. Mantendrá hasta el final ese gusto de la provocación chirriante.

Del tono de esas crónicas no hay que concluir que el teatro no


le interese realmente. Al contrario. Su más rendida admiración es
para Shakespeare, del que se considera émulo. N o dejará nunca de
poner el acento sobre el carácter dramático de su propia poesía.
Intentó en numerosas ocasiones escribir tragedias, la mayoría de
las veces sin resultado. Pero el conjunto de escritos de los heteró-
nimos y del propio Pessoa, respondiéndose unos a otros, confor­
man una suerte de inmenso drama que Teresa Rita Lopes define
como «teatro del ser»®.*

7 OC, I, p. 143.
* Fem ando Pessoa, le Théútre de l ’É tre, La DiíFérence, cfr. introducción,
pp. 7-42.

190
De momento, con sus amigos de la revista, emprende una lu­
cha contra el «teatro-espectáculo» — «teatro de bulevar»— , caracteri­
zado por una intriga que se com plica y se resuelve, por «carac­
teres» tipo, por «parlamentos», buenas palabras, etc. Propone otra
clase de teatro, sin psicología ni decorados realistas, que llevado al
extremo prescinda incluso de personajes y de actores, y cuya tra­
ma no sea una acción que vaya progresando sino «la revelación
paulatina de las almas a través de las palabras intercambiadas y las
situaciones». En distintas ocasiones se refiere a Mallarmé, Villiers
de risle-Adam, Ibsen y Wagner. Pero su principal modelo es Mae-
terlinck, no el del período final, convertido en un prudente hu­
manista, sino el simbolista de los comienzos, el de L a princesa M a-
¡eina (1889) y la primera versión de PelUasy M elisenda (1891). El
tono balbuciente, onírico y extraviado del diálogo desaparece, en
efecto, en gran parte de las piezas siguientes, incluida la versión
definitiva de Pelleas de 1912.

N o se advierte, al menos en apariencia, en su concepción del


teatro, ninguna influencia nacional. Los portugueses, a pesar de
su unamuniano sentimiento trágico de la vida, carecen de una
gran tradición teatral. Desde G il Vicente y António Ferreira en
el siglo XVI, Antonio José da Silva en el x v i n y Garrett a com ien­
zos del XIX, no surgió ningún autor dram ático digno de reseña.
Algunos intentos de poetas portugueses por escribir dramas sim ­
bolistas no resultan felices. Junto a Eugénio de Castro, cuya obra
Belkiss ya he mencionado, hay que destacar a António Patricio
(1878-1930), del que se dijo que era «una verdadera figura
del Renacimiento» (el del siglo xv i). Su primera pieza. E l fin
(1900), cercana a la estética sim bolista, ha caído en el olvido.
Luego recuperó la estética de la trs^edia, que com porta una ac­
ción violenta. Retomó en 1918, tres siglos y m edio m ás tarde
que Ferreira, el gran tema trí^ico de la historia portuguesa, el de
la «reina muerta» Inés de Castro, que inspiró a muchos escrito­
res, entre ellos Henri de M ontherlant. En Pedro el Cruel, Patri­
cio ofrece una versión «saudosista» del tema. En efecto, el rey

191
D on Pedro se define a sí mismo como «el rey saudade», lo que le
da un tinte pessoano^.

A Pessoa le bastaron dos días, el 11 y el 12 de octubre de


1913, para escribir E l marinero, «drama estático» en prosa que
ilustra perfectamente su teoría de un «teatro de las almas» y cues­
tiona toda la tradición dramática contemporánea. Propuso a Alva­
ro Pinto publicarla en A Águia. N o sorprende que el direaor de la
revista «saudosísta» no haya entendido la obra en absoluto. Su re­
chazo servirá de pretexto a Pessoa para romper con la publicación
y con toda la corriente del «renacimiento» portugués. El joven au­
tor dramático concedía tal importancia a su pieza que la escogerá,
antes que cualquier obra suya en verso o en prosa, para publicarla
dos años después y firmarla con su nombre en el primer número
de Orpheu. Contrariamente a otros textos dejados a medias. E l
marinero, a pesar de la rapidez con que fue escrita, es una obra aca­
bada, tan perfectamente en su punto, en su género irrealista, in-
manentista, inmóvil, como una comedia de Feydeau en el género
realista y apresurado de bulevar.

E l marinero nunca se representó en vida del autor. Incluso en


la actualidad, aunque ha sido llevada a escena > ^ ias veces — ^tam­
bién— , en Francia sigue siendo una obra maestra desconocida.
Casi nadie ha advertido su originalidad. Gaspar Simóes la conside­
raba una piececita sin im portancia. Crespo se lim ita a citar una
de las opiniones de Pessoa sobre su drama, pata acreditar su carác­
ter vaporoso y evanescente: «En comparación, la sutileza y nebu­
losidad de Maeterlinck resultan groseras y camales.» Durante mu­
cho tiempo yo mismo la subestimé, al considerarla un ejercicio de
acrobacia intelectual, donde todo estaba dicho sin ser dicho. Ad­
miré esa manera de escribir como una goma, que consigue repro­
ducir con palabras el equivalente del silencio. Pero E l marinero es

Cfr. Fem ando Pessoa et le dram e symboUsté, p. 72.

192
mucho más que una demostración de virtuosismo o, como se ha
pretendido, un pastiche de M aeterlincL Es una obra profunda
que, en el momento en que Pessoa la escribe, casi en vísperas del
«día triunhd», marca una etapa importante de su evolución: resu­
me todo lo que le había inspirado el sentimiento «paulista» de la
vida y anuncia la aparición en él de «voces» nuevas.

El escenario representa una habitación en la tone de un viejo


castillo a orillas del mar. Tres m uchadias velan el cadáver de una
compañera. Es el momento que precede a la aurora. Las mucha­
chas hablan, aparentemente para no decirse nada, durante unas
veinte páginas, que se leen en diez minutos pero cuya duración es­
cénica interrumpida por ocho largas pausas e innumerables suspi­
ros (marcados por puntos suspensivos, como en «Paulares»), es in­
definida. Al final, canta un gallo y amanece. Es todo'^.

E l marinero es ante todo el espectáculo de un espacio sin loca­


lización, de un no lugar, un lugar mental más que terrenal, como
si estuviera situado en el interior de un cerebro, y la sensación de
un tiempo fuera del tiempo, un tiempo en suspenso que nunca
pasa: el pasado es irreal; el futuro, prohibido; y el presente, impo­
sible, porque queda abolido conforme pasa. Este lugar en el cual
la verdadera vida está ausente y ese tiempo de una espera sin espe­
ranza definen una situación espiritual que sustituye en la obra a la
acción dramática. Se parece a la que describen otras dos piezas,
cuya similitud con ella han señalado los críticos: una es Los ciegos
de Maeterlinck (1890), que sirvió de modelo formal; la otra. Es­
perando a Godot (1953), parece su réplica metafísica, aunque pro­
bablemente Beckett no leyese nunca a Pessoa.

Las muchachas hablan entonces, como para conjurar el riesgo


de vivir, porque «el único mal es vivin>. Hablan con una voz idén-

10 O . II, pp. 189-205.

193
tica, monótona, sin hacer gestos: «cada gesto interrumpe un sue­
ño». Pero hablan también para conjurar el silencio, que es la ame­
naza del no ser, o de ser otro, que es un espantoso misterio. «Ah,
hablemos, hermanas, hablemos bien alto, hablemos todas a la
vez... El silencio toma cuerpo, se convierte en cosa... Siento que
me envuelve com o una brum a... Ah, hablad, hablad...» Entonces
se proponen sucesivamente contarse primero historias verdaderas
— ^pero no existen— , cantar, im i^inar, soñar. La s^ u n d a mucha-
d ia, que desempeña el papel de corifea, cuenta que soñó con un
marinero abandonado en una isla lejana; el propio marinero sue­
ña con una |>atria que construye poco a poco en su imaginación y
que resulta más verdadera que aquella en la que nació, a la cual ya
ha olvidado. Pero cuando la muchacha está a punto de entender y
explicar el signifícado de su sueño, se intermmpe, aterrada: ha lle­
gado al límite que le está prohibido atravesar. «Ningún sueño ter­
mina... ¡Sé acaso si no lo estoy soñando todavía, si no lo sueño en
este momento sin saberlo y si soñar no es eso que llamo vivir? N o
me habléis... Empiezo a tener la certeza de algo de lo cual ignoro
todo. O igo acercarse a mí, a través de una noche que no es esta
noche, los pasos de un horror desconocido... ¿A quién he ido a
despenar con este sueño? Tengo el m onstruoso tem or de que
D ios haya prohibido mi sueño... Sin duda es más real de lo que Dios
perm ite...»".

Aparecen aquí dos temas cuya importancia ya se pudo apre­


ciar en los escritos de la adolescencia. Primero, el que Soares ex­
presará pronto en Libro: «Estam os dorm idos, y esta vida es un
sueño, no en sentido m etafórico o poético, sino en sentido ver­
dadero»^^. L u ^ o , el tema del miedo a la Vferdad, presente de un
extremo a otro de la obra, de Search a Cam pos:

" O , II, p. 200.


O . III, p. 172.

194
Dejadme vivir sin saber nada y morir sin saber nunca nada:
saber por qué hay ser, por qué hay seres, por qué todo existe,
debe provocar una locaira mayor que el espacio
entre las almas o entre las estrellas'^.

Es entonces cuando lo que ocupa el lugar de la acción en esta


tragedia mental da un giro y se resuelve. Ese momento, en el cual
la segunda veladora siente que ha llegado a un umbral, es la cul­
minación. Renuncia a proseguir su búsqueda, y se asiste entonces
como a una descompresión psíquica. Ellas y sus compañeras se re­
signan a continuar soñando sin saber nada. «Sólo el sueño es eter­
no y bello», dice. Una de sus «hermanas» le pregunta: «¿Por qué se
muere?». Ella contesta: «Quizá por no soñar bastante...».

Sería lícito creer que todo acaba ahí. Está a punto de salir el
sol. Pero se plantean dos nuevas peripecias, asimismo mentales. La
segunda veladora, invirtiendo la perspectiva del sueño, pregunta:
«¿Por qué no puede ser el marinero lo único verdadero de todo
esto, y nosotras y todo lo demás, un mero sueño suyo?». La prime­
ra veladora, a su vez, pregunta: «¿Y si nada existiera, hermanas
mías? ¿Si, de alguna manera, todo fuera absolutamente nada?». Y,
justo después, nota que se produce una disociación entre ella y su
voz, que le es confirmada por sus compañeras. «¿Qué voz es esa
con la que habláis? Es la voz de otra... Viene de una especie de le­
janía...» Y ella: «No sé... Un abismo se ha abierto entre mi voz y
yo... Me parece que ya no tengo mi voz...». La segunda veladora, a
su vez, sufre la misma experiencia: «¿En quién me estoy convir­
tiendo?... ¿Quién está hablando con mi voz? ¡Oh, qué horror, qué
íntimo horror separa del alma ¡nuestra voz!... ¿Quién es entonces
esa quinta persona que se encuentra en esta habitación, que ex­
tiende su brazo y nos interrumpe cada vez que vamos a sentir su
presencia?». Por fin, la tercera muchacha: «Sí, alguien se ha desper-

'3 O , IV, p. 189.

195
tado. Alguien se despierta... En cuanto alguien entre, todo acaba­
rá...». La trí^edia termina con este suspense «metafísico», análogo
al de las novelas policíacas (recordemos que Pessoa era lector asi­
duo del género). «Canta un gallo. La luz parece aumentar de
pronto. Las tres muchachas permanecen en silencio, sin mirarse.
En alguna parte a lo lejos, un coche chirría y gime»: sonidos pro­
cedentes de un mundo real que es como un más allá, aquí, en la
tierra. De la realidad sólo podemos captar ecos, reflejos, signos. Y
esto quizá nos autorizaría a ver en E l marinero una alegoría de la
creación literaria. La segunda veladora es el propio poeta, el poiéú,
que crea lo que debe brotar de la existencia.

Para Teresa Rita Lopes el desenlace de E l marinero marca el


paso del «drama estático» al «viaje extático». Bloqueado dentro de
sí mismo, encerrado en un yo que es a la vez prisión y laberinto,
el ser se inventa una voz, otras voces, para escaparse. «En la impo­
sibilidad de reunirse con su cuerpo real (el que no existe pero cuya
sombra se percibe)... Pessoa intenta alcanzar la Unidad por otra
vía: la de pluralidad»^'*.

Para José Augusto Seabra el sentido profundo del drama apa­


rece cuando la veladora advierte la presencia de una «quinta per­
sona» (aparte de las tres muchachas y la muerta) en la habitación.
Esta persona es «otro Pessoa». Recordando el significado de «Pessoa»
y «persona», que significan «m áscara» (persona en latín), aña­
de: «Lo que importa aquí es la emergencia de la máscara, de las
máscaras, en tanto sujetos múltiples de una tragedia sin acción...
Las voces poéticas se separan poco a poco de las veladoras, convir­
tiéndose en un coro lejano e indefinido»*^.

O , II, p. 184.
Le mañn, José Q m i, p. 14.

196
La vocación dramática de Pessoa quedará satisfecha, a partir
de 1914, en el juego heteronímico, mediante la creación de esas
«otras» voces que son Caeiro, Reis y Cam pos. Pero el interés que
en 1913 manifiesta por el teatro propiamente dicho no desapare­
ce. Teresa Rita Lopes asegura que empezó más de quince dramas,
de los que quedan pocos ejemplos. En el anexo de su tesis recopi­
ló y dio a conocer fragmentos de varios de estos esbozos'^. M ás re­
cientemente, hizo un montaje de estos textos, titulado ElpriviU -
^0 de los caminos, que es una fi-ase tomada de una réplica de Salo­
mé en la obra que lleva su nombre: «Los gatos frotan sus cuerpos
en mis piernas y se sienten tigres hasta en el sexo. Los pájaros can­
tores se callan cuando paso, y las malvarrosas acarician mi rostro
porque tengo el privilegio de los caminos»'^.
Con los mismos materiales ordenados de otra forma. Luís M i­
guel Cintra produjo una pieza diferente, titulada, como el esbozo
de donde se obmvo la mayor parte de los fiagmentos. L a muerte
del principe. La puso en escena y la representó, junto a M aria de
Medeiros, en 1988 en la Carm ja de Villeneuve-lés-Avignon para
conmemorar el centenario del nacimiento de Pessoa. Los que tu­
vieron la suerte de asistir a este espectáculo no olvidarán la singu­
lar belleza de su lenguaje dramático, lo que nos lleva a lamentar
aún más que el poeta no concluyese todas las piezas teatrales que
empezó. «Todo este universo es un libro en el que cada uno de no­
sotros es sólo una frase. Ninguno, por separado, produce otro
efecto que un mínimo de sentido, sólo un fragmento de sentido;
sólo considerando en conjunto lo que se dice se comprende lo que
cada individuo quiere decir realmente [...]. Com o somos niños,
no sabemos nada de nada, vivimos de cuentos [...]. Es posible que
haya oído a otros dioses, y aún oiré a muchos más. El último será
siempre el primero, pero en lo más profundo de mí siempre seré
el que ignora y arrastra un cuerpo bajo la quietud de las estre-

Femando Pessoa et le árame symboliste, pp. 515-550.


Leprivitége des chemins, ed. por Rolin, p. 60.

197
Uas»^*. Este universo, como vemos, está cerca del de E l marinero,
pero también de los de Reis y Soares.
Para conmemorar su recuerdo, en la velada de Avignon eleva­
ban alternativamente este canto un hombre y una mujer, encarna­
dos por dos de los mejores actores de Europa (ambos totalmente
bilingües), y cada uno de ellos trataba de aproximarse a sí mismo,
a su cuerpo, a su «alma», al otro y a su pareja, a la vista del autor
que tendrían, al mundo, a la nada y a los dioses.

Si E l marinero es una obra acabada, escrita en dos días, Faus­


to, por el contrario, quedó inconclusa, aunque Pessoa trabajó en
ella más de veinticinco años, de 1908 a 1935, mientras paralela­
mente escribía el Libro del desasosiego. ¿Y por qué hablar de ello
ahora, al mismo tiempo que de los poemas y textos en prosa que
datan de 1913? Porque, de creer a la especialista que ha organiza­
do el texto, Teresa Sobral Cunha, en 1913 el proyecto cambió de
naturaleza. En un principio, Pessoa quiso escribir una verdadera
tragedia, tratar, a su vez, después de Marlowe y Goethe, el tema de
Fausto, su debate con D ios y el diablo. Se le ocurrió incluso reto­
mar el mito desde su origen, y convertir a fray G il de Santarém,
cabalista portugués del siglo xiii, en precursor del sabio doctor de
W ittenberg, el héroe de su drama, pero poco a poco el proyecto se
fue poblando, por la masa de reflexiones, en sentido literal, que
nacían de su propia actividad creadora. £1 Pessoa «paulista», nar-
cisista, atrapado, como él mismo decía, en la telaraña de su exceso
de autoconsciencia y de su inteligencia crítica, evidentemente no
puede establecer con su personaje la ingenua relación que M arlo­
we con el suyo, y aún menos el vínculo objetivo y soberano que
Goethe mantuvo con su Fausto. Eduardo L ou ren ^, en su prefa­
cio Fausto o el vértigo ontológko, dice: «A la singular aventura re­

ís La morí duprime, Christian Bourgois éditeur, p. 15.

198
presentada por el cuerpo a cuerpo con el mito de Fausto — que
pertenece ya, en su esencia, al orden de la creación— , se superpo­
ne un segundo desafío que pretende dar cuerpo, dotar de exis­
tencia a la escritura cuya apuesta se reduce a cuestionar el propio
poder de la escritura»’^. En resumen: la tragedia de Fausto se convier­
te en la tragedia de la tragedia. El tormento de Fausto/Pessoa es no
saber cóm o expresar su tormento.

Parece ser que en cierto momento se propuso escribir dos o


tres piezas distintas, lo que explica que en algimas notas garrapa­
teadas en sus proyectos se hable de un «Prim er Fausto, escrito a
medias». Sá-Carneiro, en carta del 14 de mayo de 1913, le acon­
seja publicarlas por separado. Se comprende así que, tras la muer­
te de Pessoa, en 1952, su primo Eduardo Freirás da Costa, al pu­
blicar una selección — por otra parte arbitraria— de fragmentos
encontrados en el baúl de los tesoros manuscritos, la haya titulado
Prim er Fausto. No sabía que Pessoa había pensado hacer una sola
obra con las dos series de los fragmentos ya escritos, los que tienen
un carácter marcadamente dramático, con situaciones y persona­
jes, y los que son sólo soliloquios en los que Fausto Pessoa exhala
el lamento de una consciencia sumida en sí misma a fuerza de re­
flexión. H asta 1988, más de cincuenta años después de su muer­
te, Teresa Sobral Cunha no consigue recomponer el presunto tex­
to del Fausto, una «tragedia subjetiva» en cinco actos, en versos li­
bres, en la que se alternan ambas series de fragmentos. Este Fausto
recompuesto a base de conjeturas fue representado por Aurélien
Recoing en el teatro de Aubervilliers, en Vienne, y, en otra versión
muy diferente, por Patrick Quiliier y su Teatro de la Paradoja.
Quillier ha definido perfectamente lo que es este Fausto: «M ás de
doscientas páginas de esbozos [...] destinadas a constituir una tra­
gedia subjetiva, es decir, una tragedia del sujeto. Una mezcolanza:
escenas animadas, interminables monólogos, bruscos arrebatos.

” 0,V I,p.9.

199
incomprensibles meditaciones metafísicas, confesiones de parálisis
amorosa frente a los parlamentos más conmovedores que jamás
hayan sido puestos en boca de una mujer, grandes coros filosófi­
cos o m itológicos, entremeses en los que se convoca a Goethe,
Shakespeare o Cristo, didascalias cuyo objeto es instaurar un dis­
positivo escénico mental que sea de modo alterno sim bolista y ex­
presionista; en resumen: un material diverso y disperso que no
permite en ningún caso la reconstrucción de una pieza como es
debido, pero que traduce con sombrío resplandor, sin duda teñi­
do de intranquila ironía, las ansias, ataques de asma y demás ma­
rasmos de un Pessoa que intenta, s^ ú n la fórmula de Eduardo
Louren^o, convencerse en el Fausto de sí mismo»^®.

D e todo ello, lo que parece más cercano a los escritos del pe­
ríodo «paulista» de 1913 es una serie de fragmentos de monólogos
con los cuales se podría hacer un florilegio que sería una confe­
sión:

Perdido
en el laberinto de m í m ism o,
no sé ya cuál es el camino que me lleva
de aquí a la realidad clara y humana,
a la realidad plena de luz donde podría
encontrar a mis hermanos...
[...]
¡Ah, dejar de pensar un instante! Poner un límite
al m isterio posible...
[...]
Cuanto m ás daro veo
dentro de mí, más oscuro es lo que veo...
[...]
N o son el vicio
ni la experiencia los que desfloran el alma:
es sólo el pensamiento...

20 Faust, ed. por M. Chandeigne, p. 7.

200
¡Pensar, pensar y no poder vivir!
[...]
Sólo la inocencia y la ignorancia son
felices, pero no lo saben...
¿Qué es entonces ser sin saberlo? Ser, com o una piedra,
un lugar, nada m ás...

Dividido así entre la nostalgia de la inocencia feliz, que es su


sueño, y la necesidad de autoconsciencia, que es su droga, Fausto-
Pessoa siente intensamente su condición de extranjero:

¡Oh, falseado sistema del universo,


estrellas de la nada, soles irreales,
con qué ensordecedor odio carnal
OS odia mi ser exiliado!
Soy el infierno. Soy el Cristo negro
clavado en la cruz calcinada de m í mismo^^..

En esta larga queja casi indistinta hay dos temas que aparecen
con mayor claridad que los otros. Se encuentran en otros poemas
de 1913. Uno es el tema de la unión de los cuerpos; el otro, el del
más allá de Dios.

Las escenas eróticas de Fausto contienen las confesiones más


ardientes que Pessoa hizo nunca sobre su impotencia. Su incapa­
cidad para practicar «el contacto carnal de las almas» le impide
realizar su sueño de amor.

Dulce sería amar, ceñir a mí


un cuerpo de mujer, más frío y grave
y hecho en todo trascendentalmente.
El pensamiento me agrada, más me oprim e [...]

21 O, VI, pp. 46, 56, 90,112,138 y 162.

201
Para amar haría íálta extinguir la consciencia, demasiado
consciente de la consciencia de la amada.

¡El pavor a una consciencia ajena


cual un dios atisbándome!

Para amar habría que olvidar, olvidarse, darse.

¡Oh d horror metahsico de ti! [...]


Entre tu cuerpo y m i desearlo
hay el abismo de que tú eres consciente.
¡Si pudiera amarte sin que tú existieras
y poseerte sin que ahí estuvieses!
Ah, que el hábito reduso de pensar
tanto destierra al anim al que osar no oso
lo que la [bestia más vil] del mundo vil
por maqum ism o obra

Algunas escenas antes, Fausto-Pessoa ha precisado que, aun­


que es incapaz de hacer el amor, ni siquiera de pensarlo, ello no se
debe a una «virginal timidez» o al «pudor ideal» de su «alma deli­
cada». Lo que le repugna «en el espectáculo de la lujuria» es otra
cosa. Se trata de «un sentimiento más negro», aún más «íntimo»
que la pureza y «más ligado a... lo que denomino mi alma».

Pessoa, al escribir Epitalam io, pretendía «liberarse» de sus ob­


sesiones «por el recurso más simple, que consiste en expresarlas
con fiierza»^^. Este largo poema inglés, compuesto enteramente en
mayo de 1913 (aunque s^;ún Crespo, se limitó a comenzarlo), se­
ría, pues, una operación de catarsis, de purificación del yo por me­
dio del exceso, la violencia, el riesgo y el espanto. Esta explicación
me parece insuficiente. Supongo que el poeta quiso más bien pro-

22 FPP, pp. 82-83.


23 PR p. 256.

202
barse a sí mismo que, por una vez, podía enfrentarse a lo que se­
gún él se puede núrar fijamente; com o el sol o la muerte. Lo que
llama la atención es que Epitalam io será, junto con el otro gran
poema erótico, Antinoo, una de las primeras obras que Pessoa
publicará con su nombre, en 1921. En una carta a Gaspar SimÓes
de 1930 afirmará desconocer el motivo que le llevó a escribir ese
poema «crudo y bestial» en inglés. Pero todo indica que esta len­
gua, que es, para su público (el libro se publicó en U sboa), una
lengua extranjera, y que también lo es para él, en cierta medida,
dado el tiem po transcurrido, le dispensa de recurrir a un seudó­
nimo. £1 obsceno Pessoa inglés autor de Epitalam io es ya una suer­
te de heterónimo del casto Pessoa portugués, al que los excesos de
su doble debían hacer temblar.

«Epitalam io (de thálamos, alcoba); poema lírico compuesto en


celebración de una boda», dicen los diccionarios. Ilustración del
amor heterosexual para los latinos, según el autor, el poema, den­
tro del conjunto de Poemas ingleses publicados, responde a Anti­
noo, que exalta el amor homosexual griego. Evoca en veintiún mo­
mentos sucesivos, tantos como estrofas, la jornada de una recién
casada, desde que se levanta hasta la noche de bodas. Se prepara
mentalmente para su deber y su placer de esposa, y esta reflexión
se expresa en su cuerpo:

That she would be a bride in bed with man


The parts where she is woman do insist
And send up messi^es that shame doth ban
From being dreamed but in a shapeless mist.

(Va a ser desposada en el lecho de un hombre,


sus repliegues de mujer se lo repiten sin cesar
y la inundan de mensajes que sólo en sueños,
y envueltos en la bruma, toleraría su pudor)^'^.

24 O , VIII, p. 269.

203
Ella imagina su himen desgarrado, y recuerda sus virginales
masturbaciones; lu ^ o se levanta, se quita el camisón y, con la ayu­
da de sus sirvientas, se enfunda el traje nupcial. Fuera, las campa­
nas de la iglesia repican en la soleada mañana mientras se forma el
cortejo nupcial. Todas las miradas intentan adivinar, bajo el vesti­
do de la novia, «esa cosa hendida que se oculta». Pero aparece el
novio, que se «retuerce» por el deseo de poner su mano «en los ac­
cesos de la cavidad carnosa», la fortaleza que tomará con ayuda de
«su ariete» repentinamente gmeso, que siente «latir de deseo». En
el cortejo, los niños sólo piensan en «el acto líquido» que se va a
consumar, del cual únicamente conocen su equivalente «seco», y
los viejos recuerdan sus acoplamientos de otrora. Entonces, como
en la Kermesse á t Rubens («la gran hora flamenca»), todo el corte­
jo parece ponerse en ruta, en una «explosión báquica de pensa­
mientos».

jio! ¡lo! Entonces destila el zumo de un rabioso placer..


[...]
Creemos ver que todas las cosas se acoplan entre sí,
carne fírme sobre carne tierna, hasta aplastarla,
mujeres y piernas velludas endurecidas para separar
las blancas piernas...

Uno de los invitados, un viejo, incita a una «doncella ruboro­


sa» a «manipular esa carne que él exhibe», y ella experimenta pla­
cer «al sentir cómo trabaja su mano el dardo protuberante». Pero,
abandonando toda esta vana agitación amorosa, el poeta se dirige
a todos los recién casados varones cuyo acto, conforme a las «in­
tenciones de la naturaleza», participa eficazmente en la reproduc­
ción de la especie humana.

¡Acoplaos con amor para que recrudezca el amor!


¡Relinchad! !Mugid! ¡Sed toros o potros que piafan
al alcanzar el hueco de su semilla!

204
En la última estrofa se dirige a la joven pareja cuya unión ha
cantado para desearle una alegre y fecunda noche de bodas e invi­
tarlos «a desafiar» su «bello porvenir»:

Labios pegados, brazos desnudos, senos eiguidos, órgano potente,


¡cum plid debidamente vuestra labor en esta noche de alegría!
¡Enséñales esas cosas, oh día de ardor y de gran pompa!
¡D éjalos sum idos en aquellos pensamientos que hacen inevitable
y natural el sublime evento de amor, como
mear cuando apura la necesidad!

Los invita a la repetición hasta el exceso, hasta la extenuación:

H asta que la carne, contacto tras contacto, m is que rota


en el ardor por gozar, se adormezca ebria de sí, cuando se apaguen
las estrellas y a oriente el cielo palidezca y tiemble^^...

De haber querido respetar estrictamente el orden cronológico,


habría que haber mencionado el poema «M ás allá de Dios» antes
de los escritos «paulistas» de 1913. En efecto, fue compuesto a co­
mienzos del año. Los poemas «paulistas» describen la situación de
un ser indefinido, no circunscrito, cuya identidad es problemáti­
ca, flotando entre la idea de una trascendencia mentirosa y la rea­
lidad de una inmanencia alienante. Lo infinito es un laberinto; lo
finito, una prisión. Enseguida se abrirán dos vías. Una desem­
boca en una inmanencia feliz, con la aparición de Caeiro y la afir­
mación del paganismo. La otra, en una trascendencia verdadera,
es decir, cuya infinitud se asume como tal, con el descubrimiento
de la teología gnóstica, la teosofía, los rituales iniciáticos de los
templarios y de los rosacruces. Al rechazo de lo infinito que enun­
cia perentoriamente Caeiro se opone la aceptación del «infinito
infinito» que Fausto reivindica en nombre de Lucifer:

» O , VIII, p. 291.

205
D ios es eterno e infinito [...] lo es todo, sí,
a pesar del todo que es. D ios lo trasciende [...]
H e clam ado contra D ios más allá de D ios^...

«M ás allá de Dios» inaugura, en la obra de Pessoa, a la vez una


inspiración y una forma nuevas. Es el primero de sus poemas de­
nominados «esotéricos» u «ocultistas». También se los ha definido
como «poesía sacra». Los textos más importantes de esta tenden­
cia, en verso o prosa, datan del período 1932-1935; pero «M ás
allá de Dios» es, en su estilo, muy diferente de los otros poemas re­
ligiosos de Pessoa. Su composición en cinco fragmentos breves, el
caráaer abrupto de las frases, los vacíos de significado, anuncian
más bien los poemas del período «interseccionista» que sigue in­
mediatamente al «paulismo». Es una obra barroca, que Sá-Carnei-
ro adm iraba muy especialmente. En una carta del 3 de febrero
de 1913 escribe: «Tus versos, mi querido Fernando, son una maravi­
lla, créeme... “Brazo sin cuerpo” es una de las cosas más fuertes,
más turbadoras y sobrehumanas... que yo conozca. Los dos pri­
meros versos de las dos primeras estrofas son cosas extrañamente
admirables, pero sobre todo la última estrofa me provoca un estre­
mecimiento alucinado de belleza y de misterio». El estilo del joven
poeta es caígante, pero Sá-Carneiro ha descubierto claramente el
lado más pessoano, más original, de «M ás allá de Dios». «Brazo sin
cuerpo blandiendo un gladio» (tal es el título completo), que Sá-
Carneiro menciona, es el último poem a de la serie o la última par­
te del poema, y los cuatro versos a los que alude expresan en imá­
genes una de las ideas maestras del Pessoa de la madurez:

Entre el árbol y el verlo,


¿dónde está el sueño?
[...]
Entre lo que vive y la vida,
¿hacia qué lado va el río?

O , VI, p. 57.

206
Y la última estroíá, que según Sá-Carneiro supera al resto,
vuelve sobre la misma idea:

D ios es un gran intervalo,


pero, ¿entre qué y qué?...
Entre lo que digp y callo,
¿existo? ¿Quién es el que me ve?
Errar de mí....^^.

Aquí, en cierto sentido, el poeta está siempre del lado de los


«paulares». No ha encontrado todavía la vía para salir de ellos.
Pero ya ha comprendido que la salvación no está en la búsqueda
de una plenitud, de un absoluto, de cualquier positividad; está,
por el contrario, en la desaparición, el vacío, la nada, el hueco del
ser. Se puede comparar este poema con otro inglés, sin duda algo
posterior, recogido en 1917 en The M ad Fiddler. Se llama «El rey
de las fallas». Ese «rey desconocido» gobierna un «extraño reino»:

Era el Señor de lo que existe entre cosa y cosa,


de los seres interpuestos, de esta parte nuestra
que se despliega entre nuestra vigilia y nuestro sueño, entre nuestro
silencio y nuestra palabra, entre
nosotros y nuestra consciencia...

La breve crónica de este rey del intersticio, del intervalo, o sea,


de la nada, introduce, al fín del poema, el esbozo de una teología
negativa que se volverá a encontrar en la parte «esotérica» de la
obra de Pessoa:

...Es el misterio que


reina entre el ojo y la visión, ni vidente ni ciego.
Carece de fin y de comienzo,
más allá de su nula presencia, vitrina vacía.
Todo entero no es nada m ás que un abism o en su ser.

27
FPP, p. 39.

207
el cofre sin tapa que contiene el no tesoro, el no ser.
M enos él, todos piensan que es D ios^.

* ♦ ♦

El poema llamado «Gladio», escrito el 21 de julio de 1913, es


la primera manifestación en la obra de Pessoa de un esfuerzo he­
roico del espíritu por establecer lo que he denominado una tras­
cendencia verdadera. Si «M ás allá de Dios» es el germen de futu­
ros poemas «esotéricos», de inspiración iniciática y gnóstica, «Gla­
dio» es el origen de futuros poemas nacionalistas, de inspiración
épica y mística, recogidos en 1934 en Mensaje. Por otra parte, y
después de tener prevista su aparición, junto con «M ás allá de
D ios», en el sumario de un número de Orpheu que las circunstan­
cias no permitieron publicar en 1916, se integrará definitivamen­
te en M ensaje con un nuevo título: «El príncipe Fernando, Infan­
te de Portugal».

Una de las causas de la dificulud de ser del poeta, como del


héroe, radica en tener «demasiada alma» pata su yo, sus condicio­
nes y circunstancias. La salvación consiste en entregarse entera­
mente a una misión que trasciende ese yo, esas circunstancias y
esta condición humana, demasiado humana. Siguiendo el mode­
lo de los navegantes y conquistadores portugueses, elige la «locu­
ra» del «gladio», similar a la de la cruz.
Arrancándose a sí mismo y sobrepasándose perpetuamente, el
héroe escapa de la indeterminación, del anonimato, al desasosie­
go, y arriba a las costas de la verdadera vida. El D ios desconocido
le revela su nombre, que «resuena» en su interior. El estallido de
un destino finalmente afrontado le permite conocer, en lugar del
desasosiego, la calma soberana de quien domina su destino en lu­
gar de sufrirlo.

28 O, VIII, p. 199.

208
N o está claro que cuando escribió su poema Pessoa estuviese
ido, desde el principio, en el príncipe Fernando, pero hoy
resultan inseparables. Fernando, hijo del rey Juan I y de Feli-
de Lancaster, rehén de los moros, murió en cautividad en
.
1443 El Infante, denominado «el Santo», encarna la «fiebre del
iHás allá»... y la «aspiración a la grandeza» que canta el poeu de
Mensaje.

Colm ado de D ios, no temo lo que vendrá:


sea lo que fuere, jam ás será
más grande ni más vasto que mi alma^^.

La sobriedad del soneto titulado «Abdicación» contrasta con


d estilo barroco de «M ás allá de Dios» y elpath osác «Gladio». ¿Es,
como pretende Eduardo Louren^o, una alegoría de la impotencia
del poeta de veinticinco años? La abdicación del rey caballero, que
depone, sucesivamente, su espada, su cetro, su corona, su cota de
malla y sus espuelas, representa, ante todo, la renuncia y el despo-
jamiento previos a todo compromiso en la vía de la iniciación a la
verdad. Ya no se trata de «paulares» ni de «fiebre del más allá» ni
de «infinito infinito». Tampoco de fortificar o multiplicar un yo
demasiado pequeño para un alma demasiado grande, sino de per­
derlo. Se puede comparar esta ascesis del rey con la de los místicos
de los que habla Libro del desasosiego^, que «se vaciaron de todo el
vacío del mundo», o con el rito al cual, según el poema «Inicia­
ción» (1932), se somete el adepto, dejándose despojar de su cuer­
po por «los Arcángeles del Cam ino», para oírse decir, en el mo­
mento de morir: «Pues, neófito, no hay muerte»^’ .

El año 1913 representa, en la vida de Pessoa, un período de


transición. Un tamiz entre la búsqueda desordenada proseguida,
como la de Perceval, durante toda su juventud, y las revelaciones

O , II, p. 115.
^ 0 , 111, p. 246.
F P P ,p .61.

209
de la madurez. Creo que en este pasaje conviene ver no sólo una
evolución espiritual, sino también un progreso propiamente poé­
tico, que atañe a la creación artística. Es inevitable pensar en Rim-
baud: «Yo que me dije mago o ángel...». Pero Pessoa, aunque re­
nuncia a ciertas ambiciones, no abandona por ello la poesía. Sólo
que va a empezar de cero, intentando recobrar la desnudez del ser,
la inocencia primigenia, la evidencia de la verdad inmediata, al al­
cance de la vista y de la vida.

H e despojado a la realeza de su cueqx> y su alma,


para reencontrarme en la noche calma y antigua
así com o en el día que m ata al paisaje^^.

32
O, II, p. 24.

210
14

E l d ía triu n fal
(1 9 1 4 )

«Un día — era el 8 de marzo de 1914— me arrimé a una có­


m oda de cierta altura, tomé una hoja de papel y me puse a escri­
bir de pie, como hago cada vez que puedo. Escribí más de treinta
poemas s^ ^ id o s, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no
consigo definir. Fue el día triunfal de mi vida, y jam ás volveré a
sentir nada parecido. Comencé por el título. E l ^tardador de reba­
ños. Lo que ocurrió luego es que apareció dentro de mí alguien a
quien di enseguida el nombre de Alberto Caeiro. Disculpen lo ab­
surdo de la expresión: quien apareció en m í íiie mi maestro» ^

Este relato ha sido citado, traducido y comentado infinidad


de veces. Es la parte central de la carta más conocida de Pessoa, la
que escribió, pocos meses antes de morir, el 13 de enero de 1935,
a su joven «camarada» Casais Monteiro en respuesta a sus pregun­
tas sobre el origen de los heterónimos. Este testimonio, veinte
años después, sobre el fenómeno de la multiplicación en varias
personalidades diferentes es valiosísimo; ¿pero es fiable? Por mi
parte me inclino a creer que sí, a reserva de admitir alguna peque­
ña inexactitud, muy comprensible después de tanto tiempo. Pero

0 , V I I ,p . 155.

211
a ^ n o s exégetas son rigurosos y piensan que Pessoa, al evocar su
trance creador de marzo de 1914, si bien no lo se inventó todo, al
menos sí transformó, exageró y embelleció casi todo, no por falta
de memoria sino por necesidad de convertir su vida en leyenda.
Él, que se consideraba como un anti-Napoleón, tal vez quiso de­
cir, en su momento: «¡Qué novelesca es mi vida!». Sabemos que
gustaba de lo secreto, de las novelas policíacas; le apasionaban las
representaciones que desconciertan a los espectadores. Ya veremos
con qué cuidado preparó, en 1930, la más hermosa de sus bro­
mas, que fue la comidilla en Lisboa e incluso en otros lugares.

Evidentemente, hoy resulta imposible investigar sobre un he­


cho que tuvo lugar en el interior del cerebro de un hombre que
murió hace sesenta años. Aun cuando ciertos poemas de Caeiro
fueron escritos en 1911 y 1912, cuando aún no existía, y otros
datan de 1920, mucho después de su presunta muerte, lo mejor
es creer básicamente lo que cuenta su creador. En consecuencia,
hablaré del «nacimiento» de los heterónimos siguiendo el relato
que el propio Pessoa ofrece en su carta a Casais Monteiro.

La idea de escribir poemas «de carácter pagano» se le ocurrió


al propio Pessoa en 1912, pero el «vago retrato» de la persona a la
que prestaba su mano y que se esbozaba en una penumbra toda­
vía «mal definida» se parecía más a quien acabaría siendo Ricardo
Reis que a Caeiro. M uy poco antes del 8 de marzo de 1914 — sin
que esto tenga que ver, al menos conscientemente, con la expe­
riencia anterior— se le ocurrió inventar «un poeta bucólico, del
género complicado», con objeto de gastarle una broma a Sá-Car-
neiro, haciéndole creer que se trataba de un escritor. Hizo varios
intentos fallidos durante varios días hasta que le sobrevino el tran­
ce del «día triunfal». Escribió, entonces, uno detrás de otro, como
en trance, un gran número de poemas de E l guardador de rebaños.
«M ás de treinta», le dice a Casais Monteiro. En realidad, si cree­
mos a Ivo Castro, autor de una edición crítica de los poemas de
Caeiro, sólo diecinueve de los cuarenta y nueve de la edición defi­

212
nitiva y póstuma; otros diez, escritos con anterioridad, enseguida
le fueron atribuidos a Caeiro e integrados en E l guardador de reba­
ños; el resto sería posterior^. Pero poco importa; lo esencial radica
en ese rapto, que semeja una conversión, una metanoia, es decir,
una subversión total de las ideas y los valores. Porque, según vere­
mos, aun cuando la aparición de Caeiro en la consciencia de Pes-
soa es, en principio, un fenómeno poético, y por ello una expe­
riencia relacionada con la escritura, supera ampliamente el ámbi­
to literario: es toda la vida del espíritu, y la vida a secas, lo que está
en juego.

Al cabo de un rato, que carece de medida, el trance creador


continúa pero cambia bruscamente de objeto y de sujeto. «Apenas
escritos estos treinta y pico poemas, tomé rápidamente otra hoja
de papel y escribí, también de un tirón, los seis poemas que com­
ponen el conjunto de Lluvia oblicua, de Femando Pessoa. Inme­
diata e ínt^ram ente [...]. Era el retorno de Femando Pessoa/Al-
berto Caeiro a Fernando Pessoa en solitario, o más bien era la
reacción de Fernando Pessoa a su inexistencia en tanto Alberto
Caeiro.» Volveremos sobre estos poemas que, com o Pauis, tuvie­
ron gran importancia en la carrera entonces incipiente del poeta y
en la historia del «modernismo». Contentémonos por el momen­
to con señalar que la creación de Lluvia oblicua, en un impulso de
inspiración, es bastante más que un simple «retorno» de Pessoa a
«sí mismo». Es, en realidad, la invención de un nuevo Pessoa «or-
tónimo», casi tan diferente del Pessoa «paulista» como los propios
heterónimos.

El relato sigue, pero no es seguro que la continuación de la ex­


periencia vivida por el poeta haya ocurrido también el 8 de mar­
zo. «En cuanto nació Alberto Caeiro me ocupé enseguida (de ma­
nera instintiva y subconsciente) de encontrarle discípulos. Arran-

2 Cfr. OC, 4, p. 137.

213
qué a Ricardo Reís, todavía latente, de su falso paganismo, le en­
contré un nombre y se lo adapté a su medida, porque en ese mo­
mento ya lo veía. Y he aquí que de repente, por una derivación
completamente opuesta a la que dio origen a Ricardo Reís, apare­
ció impetuosamente un nuevo individuo. De un tirón, en la má­
quina de escribir, sin pausas ni correcciones, surgió la “O da triun­
fal” de Alvaro de Cam pos, la oda con su título y el autor con el
nombre que lleva.»

De modo que, en esa primavera de 1914 todo está listo para


que se levante el telón del «teatro» donde las diversas personalida­
des de Pessoa van a interpretar sus papeles y a dialogar, encarnan­
do sus diferentes virtualidades. «Entonces creé una cam arilla ine­
xistente. La situé en un marco muy real. Gradué las influencias,
conocí a las amistades, escuché en mi interior las discusiones y las
divergencias de opinión, y me parece que en todo este proceso se­
guía siendo yo, el creador del conjunto, el que tenía menos pre­
sencia. Podría decirse que todo ocurrió, y sigue ocurriendo, con
independencia de n r u . . . » En esta situación pirandelliana, finge no
controlar los discursos y las acciones de sus personajes. Sólo es ac­
tor de la obra cuando representa el papel de autor «ortónimo».
Tampoco es el director de escena. M ás bien es la propia escena, al
tiempo que espectador.

¿De qué naturaleza es el fenómeno heteronímico? Se han


propuesto varias explicaciones, ninguna de las cuales me satisface ple­
namente, porque todas son un poco restrictivas. Los primeros exé-
getas estuvieron tentados de considerar a Pessoa un enfermo o un
fitrsante. Com o señala Eduardo Louren90, sus interpretaciones
proceden de una reacción de malestar o espanto ante su «extrañe-
za» congénita^. Sienten la necesidad de reducir esta experiencia,
que no se parece a ninguna otra, a un caso, que pueda ser defini­

PEA, p. 13.

214
do, nombrado o catalogado. A decir verdad, las explicaciones que
el mismo poeta proporciona a Casais Monteiro en la carta de
1935 permiten todo tipo de hipótesis.

La parte de la carta que he citado va precedida por un párrafo


en que sugiere un diagnóstico de su estado mental. Su caso com­
pete a la neuropsiquiatría: «El origen de mis heterónimos se sitúa
en la tendencia profundamente histérica de mi carácter. N o sé si
soy simplemente un histérico o más bien un histero-neurasténi-
co [...]. Sea como fuere, el origen mental de mis heterónimos se halla
en mi tendencia, orgánica y constante, a la despersonalización y la
sim ulación». A continuación relata su «historial», desde el caba­
llero de Pas, «mi héroe cuando tenía seis años, para quien yo escri­
bía cartas que él me enviaba». Cuenta cómo, en la madurez, hizo
«am igos y entabló conocim ientos» que jam ás existieron: «A ve­
ces se me ocurría una ingeniosidad muy extraña [...] viniendo de
quien soy o creo ser. La decía inmediata y espontáneamente,
como si viniera de uno de mis amigos, cuyo nombre inventaba so­
bre la marcha, además de recrear su historia, y de ver enseguida,
ante mis ojos, su porte, su rostro, su altura, su vestimenta y hasta
sus gestos». Observemos que en el proceso hay tres estadios suce­
sivos: el caballero de Pas es para el sujeto Pessoa un tú; cada uno
de sus amigos ficticios, más bien un él; y Caeiro, por su parte, será
en principio un yo, aunque pronto acabará siendo una segunda
persona, porque Pessoa lo llamará «maestro», e incluso una terce­
ra, cuando Alvaro de Cam pos haga su elogio.
Com o se ha podido advertir, la «tendencia» neurótica o psicó-
tica se manifiesta por dos tipos de síntomas: los de la «despersona-
lización» y los de la «simulación». Entre los ex^etas, los partida­
rios de la explicación psiquiátrica del fenómeno heteronímico ha­
cen hincapié en unos u otros, lo que ha originado una abundante
literatura sobre estos dos grandes temas: el «poeta plural» (título
del volumen colectivo publicado con motivo de la exposición or-
^m izada en el Centro Pompidou en 1985 para conmemorar el
cincuentenario de la muerte de Pessoa) y el «rostro enmascarado»

215
(título de la antología publicada por Armand Guibert en 1978).
Pero la cuestión que se plantea es saber en qué medida el fenóme­
no es compulsivo, como ocurre en los casos de posesión o de des­
doblamiento de la personalidad registrados en los anales de la psi­
quiatría. Es evidente que el trance del 8 de marzo nada tiene que
ver con el caso de la joven estadounidense — cuya biografía leí—
que tenía una docena de personalidades diferentes, cada una de las
cuales ignoraba a las demás. Pessoa tampoco tiene nada del doctor
Jekyll, aunque algunas actitudes de Alvaro de Cam pos, en 1929,
durante su idilio con Ofelia, puedan hacer pensar en M ister Hyde.
¿Estamos entonces ante un caso de mediumnidad? A Pessoa le in­
teresaban mucho los fenómenos parapsicológicos. En una carta
de 1916 a su tía Anica, con la que había partícipado en sesiones de
espiritismo, le anuncia: «¡Me he vuelto médium!»^. En 1934 pu­
blica en un «semanario» un artículo titulado «El hombre de Por-
lock», en el que recordaba las circunstancias en que Coleric^e ha­
bía escrito el «semipoema» «Kubla Khan»: se había limitado a
transcribir lo que recordaba de un poema compuesto en sueños^.
Pero todo esto parece muy distinto de la heteronimia. Ser mé­
dium, para él, consiste en practicar la «escritura automática», no
como los surrealistas sino más bien como Victor Hugo, que escri­
bía al dictado del «espíritu» de un muerto más o menos claramen­
te identífícado.
Si Pessoa no es Proteo, ¿es Fregoli el transformista? Algunos
críticos dudan de la autenticidad de los fenómenos relatados en la
carta a Casais Monteiro y ven en la invención de los heterónimos
una mera mistííicación, lo cual, en cierto sentido, es lo contrario
de la m itom ank. Para ellos, en suma, la heteronimia no es la hibu-
lación de un enfermo, sino la fábula de un novelista. La ficción
que da origen a Caeiro es de la misma naturaleza que la que hace
sentir al poeta ortónimo lo que no experimenta o a veces, pero de

^ 0 , V I I ,p . 138.
5 O C , I ,p . 4 6 l .

216
modo diferente, lo que en realidad ha vivido. Gaspar Simóes, par­
tidario de la explicación biográfica y psicológica del origen de los
heterónimos, considera la heteionimia un «expediente mendaz» al
que recurrió el poeta para superar su dificultad de ser. Pero otros
críticos renuncian a plantearse preguntas sobre el origen de los he­
terónimos porque, en su opinión, no existen. Si su invención es un
juego carente de importancia, que no compromete la esencia del poe­
ta, nada impide leer el corpus de sus escritos más diversos como la
obra de un único escritor. Mientras que los primeros exégetas ha­
cían hincapié en la diversidad del hombre y de la obra, otros se
ajanan por restablecer su unidad. El hecho, probado, de que Pes-
soa dudase a la hora de atribuir un texto a tal o cual heterónimo,
parece avalar esta tesis. Nadie ha ido tan lejos en esta dirección
como Dalila Pereira da Costa en su libro E l esoterismo de Pessoa,
donde pasa por alto la heteronimia. Para Armand Guibert, el 8 de
marzo de 1914 se produjo «la primera explosión atómica r a s tr a ­
da en un cerebro humano, con el resultado del nacimiento de los
heterónimos»^. Para Dalila Pereira da Costa, aquel día no pasó
nada. En su estudio alude indistintamente a Pessoa y a Cam pos (a
los que habría añadido, sin duda, el nombre de Soares si lo hubie­
se conocido) y deja de lado a Reis y Caeiro, que no le interesan.
Para quienes se toman en serio la heteronimia, Caeiro, el «maes­
tro», es el personaje central de la «camarilla». Para quienes consi­
deran el fenómeno una broma de Pessoa, Caeiro no cuenta. «Todo
ocurre», dice Dalila Pereira da Costa, «como si en la obra de Pes­
soa la plenitud de la existencia fuera revelada por su propia voz y
por la de Alvaro de Cam pos; los otros dos heterónimos revelan
únicamente [...] un vacío carente de significado».

Eduardo lx)uren90, que renovó los estudios pessoanos en 1973,


jiu ^ a esta postura «radical» tan insostenible com o la postura
contraria, que reduce a Pessoa a un caso clínico y termina por

Vüage avec masques, p. 10.

217
«confiscar» en su provecho «toda la atención que se le debe a la
poesía». N o es el hombre Pessoa el que es «múltiple» o «plural»,
sino su inspiración, su estilo, su prosodia. «La solución que encon­
tró para sus dificultades personales — ^la famosa proliferación de
poetas— nos interesa sólo en la m edida en que es, de principio
a fin, creación poética»^. Louren9o reconstruye el proceso creativo a
la inversa. Los heterónimos — Caeiro, Reis, Cam pos— no han
creado sus poemas, sino que los poemas han creado a sus autores
ficticios. Basta con leer el relato del «día triunfal»; es el texto de
guardador de rebaños lo que aparece en primer lugar, de manera
anónima, y sólo luego figura el presunto autor, con su nombre y
su «personalidad». Una de las consecuencias de la postura tomada
por Louren^o es la de rechazar también la idea de que cada hete-
rónimo es un fiagmento de una totalidad que se puede recompo­
ner por suma o yuxtaposición. «Los heterónimos son la Totalidad
fragm entada, y ninguna exégesis, por sutil que sea, la puede re­
construir a partir de ellos.»

Renunciemos, pues, a «explicar» la heteronimia, es decir a


buscar sus causas y sus efectos, a recorrerla. La obra de Pessoa, que
se inaugura con los sucesos del 8 de marzo, es abierta, indefinida,
infinita.
Para intentar entender mejor no el origen o la naturaleza del
fenómeno sino su significado hay que dar marcha atrás y averiguar
a qué preguntas responde, a qué bloqueo mental sirve de salida.
Para ello basta con retomar algunos de los temas que ya han apa­
recido en la obra del joven poeta. N os servirán de balizas para ac­
ceder a este misterio.

£1 primero es la consciencia dolorosa de no ser nadie, de «no


ser alguien» o, simplemente, de «no ser», que expresa, por ejem-

7 PEA. p. 16.

218
pío, la muchacha jorobada y tuberculosa, María José, en su carta
al joven que ama. Esta ecperiencía aparece en todas partes, en
Cam pos, en Soares y en Pessoa ortónimo, hasta el fin de sus días,
lo que muestra que el éxtasis del 8 de marzo, aunque abre nuevas
vías al espíritu del poeta, no es una solución definitiva. En ningún
otro sitio se la describe con tanta fuerza como en una p ^ ín a de
Libro del desasosiego íédiada el 1 de diciembre de 1931: «Hoy he
llegado de golpe a una conclusión absurda y justa. Me he dado
cuenta, en un relámpago, de que no soy nadie, absolutamente na­
die [...]. Soy el arrabal de una ciudad inexistente, el comentario
prolijo de un libro que nadie escribió jam ás. No soy nadie, nadie.
Soy el personaje de una novela que aún no se ha escrito, y floto,
aéreo, disperso, sin haber sido, entre los sueños de un ser que no
supo concluirme...».

^•De dónde proviene esta consciencia de un vacío interior? Del


exceso de actividad mental desencarnada. Esta consciencia es au-
toconscíencia, o sea, consciencia de nada. N o deja huella en las co­
sas. Y Soares enuncia su cogito inverso: pienso, luego no existo.
«Pienso, pienso sin cesar; pero mi pensamiento no está hecho de
razonamientos, mi emoción no contiene emociones [...]. M i alma
es un torrente negro, vasto vértigo que gira en torno al vacío, mo­
vimiento de un océano infinito, alrededor de un agujero en la
nada [...]. Y yo, lo que es realmente mi yo, soy el centro de todo
esto, un centro inexistente, a no ser por geometría del abismo; soy
esa nada en torno a la cual gira el movimiento...»®.

La primera función de la heteronimia consistirá en vaciar la


consciencia de ese «vacío». Se trata de poblar ese desierto, de con­
sumar esta creación de sí mismo que el sujeto siente incompleta,
de escribir la «novela» de la que es apenas el esbozo. Se trata nada
menos que de refundar su ser, de celebrar un nuevo pacto ontoló-

O , III, p. 36.

219
gico. En el poema XLI de E l guardador de rebaños, el poeta se
compromete a ser en adelante fiel, no a su cultura, que ha produ­
cido en él ese vacío, sino a la naturaleza, que es su verdadero ori­
gen:

Procuro decir lo que siento


sin pensar que lo siento. [...]
Procuro desnudarme de lo que aprendí,
procuro olvidar el modo de recordar que me enseñaron,
y raspar la pintura con que me pintaron los sentidos,
desempaquetar mis emociones verdaderas,
desatarme y ser yo, no Alberto Caeiro,
sino un animal humano producido por la Naturaleza...^.

Y concluirá: «Así, no soy nada». El fenómeno heteronímico


es, en principio, ese desempaquetar, ese balanceo que va del uni­
verso intelectual al sensorial y emocional, del vacío mental a la ple­
nitud vital. Ser es sentir, y no pensar.

Lo contrario de no ser nada ni nadie no es ser alguien, hacer


de sí mismo el más irreemplazable de los seres, sino ser muchos,
mucho, todo el mundo. W hitman dice que es, a la vez, «el actor,
la actriz, el elector», etc. Pessoa, Reis y Cam pos encuentran que
esta diversidad no es fabulosa, sino normal. Todos somos así, sin
saberlo, y debemos c u lti\^ este don de multiplicar nuestro ser.

Viven en nosotros innúmeros;


si pienso o siento, ignoro
quién es que piensa o siente.
Soy tan sólo el lugar
donde se siente o piensa.

’ FPP, p. 218.

220
Tengo más que una.
H ay m ás yos que yo mismo...*®.

D ejo al ciego y al sordo


las fronteras del alma,
pues quiero sentirlo todo
y de todas las m an eras...".

Pero ¿qué significa estrictamente esta pluralidad de las «al­


mas»? En una segunda carta a Casais Monteiro, escrita una sema­
na después de la del 13 de enero, Pessoa precisa lo que quiere de­
cir. «N o cambio, sino que v ia jo [...] enriquezco mi capacidad de
crear personalidades nuevas, nuevas maneras de fingir que entien­
do el mundo o, más bien, de fingir que es posible entenderlo. Por
ello he comparado esta marcha dentro de m í no a una evolución,
sino a un viaje...»*^.
Michaux, su contemporáneo, su hermano desconocido, dice
lo mismo: «Escribo para recorrerme. Pintar, componer, escribir:
recorrerme. Ésta es la aventura de estar vivo». Viajar, como Pessoa,
o recorrerse, como Michaux, es actualizar por medio de la escritu­
ra creativa, es decir en el lenguaje del mundo, de un modo ficti­
cio, las virtualidades latentes en cada uno. Todos atesoramos in­
mensas posibilidades mentales inexploradas. Los neurólogos dicen
que apenas utilizamos una ínfima parte de nuestra capacidad ce­
rebral. La heteronimia es un método experimental para tener pen­
samientos, sensaciones, emociones y creencias nuevas, capaz de
hacernos salir de la personalidad inmóvil que han configurado
nuestro carácter, nuestra educación, nuestra herencia cultural, el
lugar, el momento, las circunstancias. Cam pos, en Ultimátum
(1917), expone su teoría de la «adaptación artificial», que supone
la eliminación de «tres prejuicios, dogmas o actimdes instilados

‘® FPP, p. 170.
" O , I, p. 124.
O , VII, p. 162.

221
por el cristianismo en la sustancia misma del espíritu humano»: la
personalidad, la individualidad y la objetividad. La idea de que te­
nemos una personalidad distinta de las ajenas es «una ficción teo­
lógica».

Me llevó mucho tiempo comprender la profunda verdad que


encierra la heteronimia. Creemos tener opiniones formadas,
creencias fundadas y hasta una fe que se suele considerar la única
verdadera, pero los demás están igualmente seguros de sus opinio­
nes, sus creencias y su fe, diferentes de las nuestras. Se vive y a ve­
ces se muere por ciertas «ideas» que no nos son consustanciales,
porque pueden cambiar. Todos los conversos, apóstatas, ren da­
dos, adeptos, los que incineran aquello que adoraron, hacen sin
saberlo el mismo viaje interior que el que menciona Pessoa, salvo
que el suyo, a partir de cierto punto, está orientado y guiado.
¿Quién no ha soñado con sentir lo insensible, creer lo increíble o
pensar lo impensable? Se puede intentar com prender desde
dentro las razones de quien a nuestro juicio estaba equivocado. Se
puede querer ser, sucesiva o simultáneamente, de derechas y de iz­
quierdas, creyente e incrédulo, clásico y romántico, pero también
tímido y audaz, tierno y cruel, humilde y orgulloso, ftierte y débil.
Se puede vivir dejándose arrastrar por la pendiente o tratando
de remontarla. Halévy ha demostrado que Nietzsche nunca dejó de
pensar contra sí mismo; su obra no es el producto de su inclina­
ción natural y espontánea, sino de su esfuerzo por negarla. Zara-
tustra no es Nietzsche, sino ese doble heroico que forjó o fingió
forjar en su interior. Del mismo modo, Caeiro, Reis y Cam pos
son posturas de la consciencia de Pessoa diferentes de la suya na­
tural. Paradójicamente, cuando remonta la pendiente es cuando
consigue descender por ella hasta llegar a ese suelo desnudo del ser
que es el universo de Caeiro. Si la asciende, se eleva hacia el cielo
metafisico, hacia D ios o más allá de Dios.

Después de la Segunda guerra mundial, un extraordinario


pensador, Stefán Lupasco, algo olvidado en la actualidad, elaboró

222
una lógica que incluía la contradicción. En su dialéctica, cada cosa
es más actual cuanto menos virtual, y viceversa. Esta filosofía le
habría gustado a Pessoa, quien la ilustró sin conocerla. Porque, se­
gún veremos, por alejadas que parezcan las posturas de Caeiro,
Reis, Cam pos y el Pessoa ortónimo, queda siempre en cada uno
de ellos a^ o de la sustancia del otro. Cada uno es, para el poeta
hundido en los «paulares», una promesa que no puede mantener­
se del todo. Y a veces lo dominan la em bri^;uez o el vértigo y se
pierde, no tanto en un vacío interior como en un espacio del
adentro que, por el contrarío, está demasiado atascado de seres ad­
venticios;

¡Cuántas vueltas, cuántas cosas


a través de mi alm a que siento
habitada por gente de paso!*^.

Aunque los heterónimos sean sólo «visiones del mundo» expe­


rimentales (en el sentido de Weltanschauung), Pessoa, en cualquier
caso, los presentó como personas; si queremos serle fieles, hemos
de tener en cuenta esta voluntad tantas veces expresada. Los retra­
tos que hace de ellos pueden parecer arbitrarios; sin embargo, si se
los mira de cerca, resultan perfectamente congruentes: por un
efecto de su imaginación que sigue siendo un misterio ha visto a
Caeiro, Reis y Cam pos, como Balzac, Proust y Tolstoi veían a sus
héroes, con la única diferencia de que en el caso de Pessoa sus apa­
riencias físicas están en la glosa (la carta a Casais Monteiro) y no
en el texto. Pero el texto revela sus «personalidades».

Al autor, al editor y al lector se les plantean dos preguntas.


¿Qué relaciones mantienen, en el juego heteronímico, Caeiro,

>3 0 ,I ,p . 111.

223
Reis y Cam pos con Pessoa ortónimo o cada uno de ellos con el
poeta (Fernando Pessoa) que los contiene a todos? ¿Cómo dar
cuenta de esta situación al presentar sus obras?

N i Caeiro, ni Reis, ni Cam pos ni cualquier otro heterónimo


es por sí mismo Pessoa, pero tampoco lo es el Pessoa ortónimo (el
autor de Cancionero, Fausto o M ensaje). El poeta que llamamos
Pessoa, el Pessoa global que ha creado a los demás o en el cual han
aparecido, ¿es entonces la suma de todos ellos? Ya hemos visto que
Louren^o discute esta tesis, porque cada heterónimo es más un re­
flejo que un fragmento, más una voz que una vida. La lista de las
«personalidades» adventicias que han participado en la elabora­
ción de la obra es interminable y abierta como la propia obra. En
general se reconocen tres «grandes» heterónimos además de Soa­
res, que es un «semiheterónimo», a los que hay que añadir un nú­
mero indeterminado de «pequeños» heterónimos o «personali­
dades literarias», como António Mora, Rafliel Baldaya, Vicente Gue-
des, etc. Armand Guibert, en 1978, aseguró haber descubierto
«hasta catorce». Teresa Rita Lopes elaboró en 1990 una lista de se­
tenta y dos. Y quizá no sea exhaustiva. Pero nii^juna de estas cifras
tiene importancia. Algunos de estos semiheterónimos sólo han es­
crito algunas frases o un proyecto de libro. Si mañana se descu­
brieran otros nuevos, el equilibrio general del sistem a no se al­
teraría.

¿Qué son entonces los tres verdaderos heterónimos, Caeiro,


Reis y Campos? A veces Pessoa contesta: los personajes de su «dra­
ma». Él es Caeiro, Reis o Cam pos en la misma medida en que
Shakespeare es Hamlet, Macbeth o Lear. Pero esta función «dra­
mática» de los heterónimos no agota el sentido de su existencia en
tanto creadores de textos poéticos, tan admirables los unos como
los otros y sin embargo diferentes. Armand Guibert ha compara­
do las «personas» metafóricas que componen a Pessoa con las «hi-
póstasis» de la Sagrada Trinidad: cada una es Pessoa, ninguna lo
es completamente, pero él no es tampoco la simple suma de ellas; es

224
el misterio de su convergencia hacia un foco central del que irra­
dian el sentido y la belleza de todo el resto.

En un poema de 1932 recientemente recuperado Pessoa dice;


«Soy una antología». Imaginemos que entre 1910 y 1920 un solo
y mismo hombre, oculto bajo distintas «máscaras», hubiera sido
Valéry, Cocteau, Cendrars, Apollinaire y Larbaud: podríamos ha­
cernos una idea de la aventura vivida en Portugal por las mismas
fechas por quien escribió, solo, la obra de al menos cinco escrito­
res de talento, tan disantos a primera vista unos de otros como los
citados poetas ftanceses. Y casi cabe lamentar que su gusto por la
mistificación no lo haya llevado a guardar el secreto de su unidad.

Estuvo tentado de hacerlo, de editar sus obras por separado, fir­


madas sin otro nombre que el fictício. El sumario del primer núme­
ro de Orpheu (enero-marzo de 1915) anuncia toctos de Montalvor,
Sá-Cameiro y Ronald de Carvalho, E l marinero de Pessoa, l u ^ tres
textos de Córtes-Rodrigues, Almada Negreiros y Guisado y final­
mente el «Opiario» y la «Oda triunfal» de Alvaro de Campos, sin que
se establezca ningún vínculo entre Pessoa y Campos. Sin embargo,
en págjnas interiores, «Opiario» y «Oda triunfal» se presentan de ma­
nera ambigua como «dos composiciones de Alvaro de Campos pu­
blicadas por Fernando Pessoa». El número 4 de la revista Athena,
en 1925, contiene una selección de poemas de Alberto Caeiro,
exaaída de E lguardador de rebaños, un artículo de Campos y otro de
Mario Saa sobre el propio Campos. Durante este tiempo se suceden
los escritos de Pessoa sobre Reis, de Reis sobre Campos y de Campos
sobre Caeiro, que aparecen en periódicos y revistas sin que el públi­
co, en principio, sospeche que se nata del mismo escritor. Esto no le
impide reivindicar su paternidad. Cada vez que proyeaó una edición
conjunta de sus obras, previó reunir los escritos de todos esos autores
que llevaba dentro de sí.
Esta ambigüedad es, entonces, voluntaria. En una carta del 28
de junio de 1932 explica a Gaspar Simóes: «Comienzo [...] a cla­

225
sificar y revisar mis papeles [...] con el fin de publicar, hacia fina­
les de afio, uno o dos libros N o sé si te he dicho alguna vez
que los heterónímos (es mi último propósito al respecto) deben
ser publicados por mí con mi propio nombre (es demasiado tarde
y, en consecuencia, absurdo tratar de disimular completamente).
O jnform arán una serie llamada Ficciones del in t e r lu d io ..Pero
fue mucho antes, quizá en 1915, cuando intuyó claramente la ar­
quitectura global de su obra, en la cual los escritos de los heteró-
nimos serían presentados como obra suya y a la vez de otros. Tal
vez su iluminación íiie comparable a la de Balzac cuando descu­
brió «una buena mafiana de 1833» el principio del retorno de los
personajes, que convertiría una masa de novelas heteróclitas en la
inmensa estructura de L a comedia humana. Pero Balzac pertenece
a la raza de los constructores, y Pessoa, a la de los sofiadores. Se han
hallado en su baúl cantidad de proyectos de organización de su
obra. Pero aun cuando hubiese dispuesto del tiempo necesario,
creo que nunca se habría decidido a adoptar uno definitivo.

Uno o dos afios después del «día triunfij», cuando la parte


esencial de E l guardador de rebaños, una gran parte de las Odas de
Reis y muchas de las grandes odas de Campos ya estaban escritas, re­
dacta un Prefacio a lasficciones del interludio, que permaneció inédi­
to, donde establece con precisión su relación con esos poetas que
son él sin ser él: «Usted debe adoptar, lector, ante estas obras, la acti­
tud que mantendría si no hubiese recibido ninguna explicación y
si las hubiera comprado una a una tras cogerlas de las estanterías
de una librería [...]. Debe usted suponer que yo le he mentido, y
que va usted a leer las obras de diferentes poetas, y que puede us­
ted, a través de esas obras, recoger emociones o ensefianzas de to­
dos estos poetas distintos con los que nada tengo en común, ni he
colaborado en absoluto salvo para editar sus escritos [...]. ¿Finjo?
¡No! Si quisiera fingir, ¿para qué escribir todo esto? Todas estas co-

PP, p. 286.
226
sas han ocurrido realmente, se lo garantizo a usted; desconozco el
li^ ar donde se han desarrollado, pero todo ha sido tan real como
lo que ocurre en este mundo, en casas muy reales, cuyas ventanas
se abren a paisajes bien visibles. Nunca estuve allí, pero ¿soy yo
quien escribe? [...] La realidad, siendo verdadera, es tal como ellos
me la han descrito [...]. No venga usted a decirme que soy el mé­
dium de unos espíritus extraterrestres. Estoy bien ligado a la tierra,
y a su esfera azul. El horizonte abarca todo lo que yo abarco; el res­
to son los malos sueños que tiene cualquiera cuando se queda
solo»'^. Pessoa se presenta pues como el editor de esos textos o
como el paridor de esos seres, nacidos en él sin que los haya crea­
do realmente. «En esta visión conservo, con total nitidez, la fiso­
nomía, los rasgos de carácter, la vida, la ascendencia y a veces la
muerte de todos esos personajes [...]. Algunos llegaron a conocer­
se, otros no. Por lo que a mí respecta, nunca tuve un encuentro
personal con ninguno de ellos, salvo con Alvaro de Cam pos. Pero
si mañana, con ocasión de un viaje por América, me topase de re­
pente con la persona física de Ricardo Reis, que vive allí, mi espí­
ritu no dejaría que mi cuerpo trasluciese ningún gesto de sorpre­
sa; todo sería tal como debe ser; como lo era antes de ese encuen­
tro. ¿Qué es la vida?»*^.

♦ 3*C

En consecuencia, los heterónimos existen, pero en el interior


de Pessoa. Son los rostros (las «máscaras») que adopta sucesiva­
mente para expresar más completamente su ser. Pata el lector de
buena fe, cada uno tiene su personalidad autónoma, pero se pue­
de, a poco que se haga una lectura crítica de los textos, deseiunas-
catarlos fácilmente, y el poeta quiso que así fuese. Es lícito verse
tentado a leerlos en un primer estadio y creer en la inocencia de
Caeiro, en la serenidad de Reis, en la a la ría de vivir de Campos.*

'5 O.VII.p. 172.


** ídem, p. 178.

227
Pero el lector atento percibe enseguida que estos textos tienen
trampa. Por ejemplo: los primeros versos del primer poema de E l
guardador de rebaños, que abre las Ficciones del interludio, anun­
cian su color:

Nunca guardé rebaños,


y es como si los guardara.
M i alma es como un pastor...'^.

El propio autor nos previene; todo lo que sigue debe ser leído
en un segundo estadio. Las personalidades de los heterónimos son
a la vez auténticas y metafóricas. Son Caeiro, Reis y Cam pos quie­
nes nos hablan, y en seguida nos acostumbramos a reconocer la
manera de pensar, la escritura, el tono, la «voz» de cada uno, que
no se parece a ninguna otra. Pero, sin embargo, se oye nítidamen­
te la «voz» de Pessoa presente en todas esas voces. La inocencia, la
serenidad o la alegría son efecto de un repliegue de su consciencia
en sí misma, y sólo gracias a un desdoblamiento suplementario
consigue componer el poema que nos es dado ver y escuchar. Sé
de lectores que se niegan a entrar en el juego y prefieren, hacien­
do una lectura ingenua, quedarse en compañía de Caeiro, Reis o
Cam pos, solos, tal como se supone que son: inocente, sereno, ale­
gre. Dichos lectores pierden así lo que otorga a esta parte de la
obra de Pessoa su encanto incomparable y tal vez su verdad: es
como si el poeta heterónimo cantase y su creador lo acompañara
en sordina, como un «bajo machacón», para evitar que se olvide.

Se puede preferir a un miembro de la «camarilla» o a otro. El


poeta más puro (el que, de ser francés, pertenecería al linaje que va
de Villon y Ronsard a ApoUinaire y Éluard) es el Pessoa ortónimo,
el autor de Cancionero pero también á t M ad Fiddler. El más refi­
nado, el más sutil, quizá el más inteligente, es Reis. El más con­
movedor, porque es el más humano, es Cam pos. Pero el más ori-

FPP, p. 95.

228
gínal, el más depurado, aquel cuya obra no se parece a ninguna
otra, es Caeiro. Es, evidentemente, el preferido del propio Pessoa,
que parece que nunca dejó de sorprenderse por haber dado a luz a
semejante genio. «Los astrólogos atribuyen los efectos que se pro­
ducen en las cosas a la acción de los cuatro elementos: el fuego, el
aire, el agua y la tierra [...]. Ciertos seres actúan sobre los hombres
como lo hace la tierra, escondiéndolos y aboliéndolos, y son los
amos de este mundo. Otros actúan sobre los hombres como hace
el aire, envolviéndolos y ocultándolos mutuamente, y son los
amos del más allá. También hay otros que actúan como el agua,
embebiendo a los hombres y convirtiéndolos en su propia sustan­
cia; éstos son los ideólogos y los filósofos [...]. O tros, finalmente,
actúan como el fiiegp, que quema todo lo que es accidental en los
hombres para dejarlos reales y desnudos, tal como son en sí mis­
mos, verídicamente: son los libertadores. Caeiro es de esta raza,
tuvo este poder. ¿Qué importa que Caeiro venga de mí, si Caeiro
es así?»'®.

O, VII, p. 174.

229
15

E l m aestro C aeiro y e lpagan ism o

(1 9 1 4 -1 9 1 5 )

El azar me hizo abordar otrora la obra de Pessoa desde Caeiro y


no sabría decir si fue una ventaja o un inconveniente. De todos los
heterónimos, grandes y pequeños, es el más radicalmente distinto
del Pessoa ortónimo autor y del Pessoa biográfico. Podemos sentir
rechazo ante esta poesía porque carece de los atributos habituales del
género: canto, emoción, inspiración, elevación de espíritu, metro,
rima, ornamentos, imágenes. N o hay en ella metáforas, metonimias
ni sinécdoques, sino muchas tau tolog^: «Las estrellas no son más
que estrellas / y las flores no son más que flores... La mariposa es, sin
más, mariposa / Y la flor, flor sin más... D e la piedra S g o : es una
piedra / De la planta digo: es una planta / De mí digo: soy yo...». Se
puede advertir cierta provocación en esta afectada sencillez. Pero es
justo aquí, en esa «prosa» de sus versos, donde se capta mejor lo que
constimye la esencia del talento de Pessoi^ es por boca de Caeiro o
empuñando su pliuna como Pessoa consigue producir un estreme­
cimiento nuevo. Si lo leemos antes que el resto, sin conocer los pro-
l^óm enos que son Cancionero, Fausto y Libro del desasosiego, nos si­
tuamos de golpe en el centro del debate.

Saludo a cuantos me leyeren [...]


...Y que aJ leer m is versos piensen
que soy una cosa natural...^

FPP, pp. 96-97.


230
Pessoa ortónimo, en sus poemas «esotéricas», en M ensaje, en
los ensayos sobre la iniciación, intentará sondear los límites supre­
mos y celestiales de la condición humana. Caeiio, por su parte,
quiere explorar sus cimientos, su frontera terrenal. Su contempo­
ráneo John Cowper Powys dice que debemos salir de nuestra cx>n-
dición «por los dos extremos de nuestra naturaleza», eliminando
en nosotros lo que es simplemente humano, para dar cabida tanto al
animal y al v^etal como al divino. Pessoa no está lejos de este antihu­
manismo, y es lo que vuelve áspero este pensamiento prosaico, en
apariencia pulido. Es ascesis, un guante de crin para la razón, des-
mitificación de las ideas recibidas sobre el mundo. La poesía de­
viene crítica de la poesía, pero también de la filosofía, la teología,
la moral, la política, el arte y la cultura. Entabla un proceso cen­
tra todo lo que, en nuestra vida, nos parece habitualmente más
humano: los sentimientos, las ideas, los valores, la verdad, la belle­
za, la bondad. ¿Qué nos queda, cuando la ironía del poeta limpia
la casa de su consciencia? Todo aquello que la insistente palabra
fetiche de Caeiro designa: la naturaleza, cualidad de todo lo que
pertenece al mundo sensible, visible, infrahumano; la N aturale­
za con mayúscula, el ser inmanente que sostiene y dota de vida
el resto.
Pero incluso la propia palabra. Naturaleza, es mendaz, y no
debemos dejarnos engañar. Caeiro pretende ser «D escubridor
de la Naturaleza», dice «am ar la Naturaleza», se propone «can­
tarla». Pero añade que «no la conoce», que «no sabe lo que es»;
y, finalmente, en uno de los últim os poem as de E l guardador de
rebaños, él, que siem pre ha negado toda significación trascen­
dente y oculta del m undo, entrevé «lo que quizá sea el gran se­
creto» o «el fam oso gran M isterio del que hablan los falsos poe­
tas»:

Vi que no hay Naturaleza,


que la Naturaleza no existe,
que hay montes, valles, llanuras,
que hay árboles, flores, hierbas.

231
que hay ríos y piedras,
pero que no hay un todo al que eso pertenezca;
que un conjunto real y verdadero
es enfermedad de nuestras ideas.

La Naturaleza es partes sin un todo.


Éste es tal vez el misterio del que hablan^.

En otro poema, al describir «una hilera de árboles a lo lejos»,


retoma el argumento:

Pero ¿qué es una hilera de árboles? Arboles, solamente.


Hilera y el plural árboles no son cosas, son nombres...^.

Llevado al límite, entonces, un «poema» debería ser apenas


una enumeración de «cosas» reales, como un paisaje o un bodegón
donde todo se ofrece únicamente a la vista. El poema perfecto se­
ría pura denominación, sin nada que conmueva, sugiera, haga
pensar, imaginar o soñar. El método de Caeiro — ^para tomar par­
tido por las cosas— consiste en ponerse frente a ellas, sin que nada
se interponga entre éstas y su mirada «azul como el cíelo», cuya
perfecta transparencia acepta, como un dato fundamental, su per­
fecta opacidad. Las cosas no tienen entrañas, se resumen en su
apariencia. Tampoco el poeta tiene entrañas, se resume en su mi­
rada. Ve un mundo diáfano, sin sombras, sin obstáculos, sin fallas:
todo lo contrario del mundo del Pessoa ortónimo, que está hecho
de ecos y reflejos donde todo envía a otra cosa y del que sólo se
pueden captar los signos. El universo de Caeiro es plano, sin hon­
dura, sin significado, pero también sin vacíos de sentido, porque
cada cosa se significa plenamente y solamente a sí misma.

Así, en relación inmediata con las cosas en su pura inmanen­


cia, la consciencia del poeta sólo puede aceptarlas como son. El ser

^ FPP,p. 119.
^ ídm ,p. 117.

232
es el único valor posible. Todo lo que es es necesariamente bueno.
Esta aceptación afirmativa de la creación es la única felicidad; la
concordia con el mundo lleva implícita la paz. Y esta aceptación
de la vida es también aceptación de la muerte. M uchos poemas de
Caeiro son «testamentos» donde canta la alegría de ser en el orden
de las cosas.

Si supiera que m añana iba a morir


y que la primavera vendría pasado mañana»
moriría contento por lo que sería pasado mañana.
Si ése es su momento, ¿por qué debería venir en otro momento?
M e gusta que todo sea real y todo sea exacto;
y me gusta porque todo sería así aunque no me gustara.
Por eso, si muero ahora, muero contento,
porque todo es real, todo es exacto"^.

* * 3 |f

Llegar a esta depurada visión de las cosas, despojada de toda


subjetividad, de toda ilusión lírica, de todo pensamiento de «pre­
mundo», como diría Nietzsche, no es evidentemente algo inme­
diato. Supone una formación, una ascesis:

Eso exige un esm dio profundo,


un aprendizaje de desaprender...^.

E lffiardador de rebaños, defensa e ilustración de esta nueva vía


para alcanzar lo real, es ante todo el manual de este aprendizaje o
el breviario destinado a guiar los ejercicios espirituales de los discí­
pulos que deben permitirles despojarse de toda espiritualidad.
Esta especie de método de no meditación está basado en un prin­
cipio de negatividad. Nunca acabaríamos de citar todos los ejem-

^ O, V. p. 88.
5 FPP,p. 111.
233
píos de cariz negativo que dan al estilo de Caeiro su tonalidad (o
atonalidad) propia:

El único sentido íntimo de las cosas


es el de no tener íntimo sentido alguno,..^.

¿Qué te dice el viento al pasar? [...]


El viento sólo habla del viento../.

...Belleza es el nombre de una cosa que no existe


y que doy a las cosas a cam bio del agrado que me dan.
N o significa nada...®.

...Encuentro tan natural que no se piense


que me pongo a reír [...]
N ada piensa en nada...^.

Pero al leer este manual del «desaprender» asalta una duda.


Caeiro, el «maestro», parece interiorizar al discípulo (Pessoa), de la
misma manera que Pessoa, para escribir estos poemas, interiorizó
al maestro. Él es perfectamente consciente de esta incertidumbre
o ambigüedad:

N o siempre logro sentir lo que sé que yo debo sentir.


M i pensamiento sólo muy despacio cruza el río a nado
porque le pesa el traje que los hombres le han hecho usar^® [...]

Sí, incluso hasta a mí, que vivo solamente de vivir,


vienen invisibles a encontrarme las mentiras del hom bre...

6 FPP, p. 100.
^ ídem, p. 107.
» ídem,p, 112.
9 0,V,p. 57.
FPP,p. 118.
ídem, p. 112.
234
¿Quién habla así? ¿El maestro, tan seguro de sí mismo como
pata atreverse a confesar su debilidad? ¿El discípulo, tan avanzado
en su estudio como para asumir el papel del maestro? Pero surge
otra duda: ¿no es siempre, de principio a fin, el discípulo, Pessoa,
quien habla en lugar del maestro? La mayor paradoja de esta poe­
sía radica en que es sólo la glosa de sí misma. El p>oeta nos dice que
«ve» y «siente» las cosas, pero los lectores sabemos de sobra que él
sólo piensa que ve lo que querría ver, y que se siente pensar que
vive, más de lo que realmente vive. Hay, en sus versos, «cosas», «ár­
boles», «flores», pero nunca una cosa en particular, un árbol con su
descripción y su nombre, una flor con su forma y su color. Esto
también es consciente y voluntario. Esta inadecuación entre pala­
bras y cosas es la compuerta abierta por k cual, en este universo de
la denotación y de la tautología, se leintroduce la poesía, que ha-
b k por medio de im ^enes y figuras. El arte poético de Caeito ex­
cluye en principio la metáfora, pero su obra es, de un extremo al
otro, metafórica.

Soy un guardador de rebaños.


El rebaño es mis pensamientos
y mis pensamientos son, todos, sensaciones...'^.

Es un falso pastor quien así cuenta las parábolas de un arte de


vivir que le fue revelado en el trance del «día iriunfiJ». Toda su
obra, ha dicho un crítico, es una suerte de sueño despierto, como
el que Robert Desoille convirtió alguna vez en instrumento de
una terapia de la angustia y el dolor. Gesticula esta manifestación
de inocencia que es el rechazo de nuestra cultura judeocristiana,
basada en la creencia del pecado original, y cuya tradición clásica,
a k que el estudiante de Durban había tenido acceso, busca su ins­
piración en la Grecia clásica.. E t ego in A rcadia... Rechazar el «tra­
je» que le pesa, recobrar k desnudez física y mental es escapar al

FPP, p. 106.
235
sentimiento de culpa que lo envenena. Pero ocurre que la renun­
cia del poeta «pagano» de E lguardador de rebaños, de manera ino­
pinada y significativa, se une a la del poeta «gnóstico» o «crístico»
de «Gladio», «Iniciación» y «Subsuelo». H asta la relación maestro-
discípulo es sim ilar en ambos casos. El principio que rige la Orden
de Cristo, «la más sublime de las órdenes del mundo», queda ex­
presado en la frase: «Cuando el discípulo está preparado, el maes­
tro también lo está»^^. ¿No podría decirse lo mismo de esa orden
«pagana» en la que Caeiro es maestro y Pessoa discípulo? Las dos
vías, la «pagana» y la «esotérica», son, aunque opuestas, las vías si­
milares de una misma salvación, terrenal o celestial, cuya búsque­
da colma la vida y la obra del poeta «multiplicado»: ¿cómo hacer
para que la vida no haya sido vivida en vano?

«Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915; nació en Lis­


boa, pero pasó casi toda su vida en el campo. No tenía profesión, y
prácticam ente carecía de instrucción [...]. Era de estatura media
y, aunque frágil (murió de tuberculosis), no parecía tan débil
como era realmente [...]. Tenía el pelo de un rubio pálido y los
ojos azules... Caeiro, como he dicho, recibió una instrucción casi
nula, porque no pasó de los estudios primarios; de joven perdió a
sus padres, y vivió de unas modestas rentas, retirado entre cuatro
paredes. Vivía con una tía abuela, ya vieja...»^^.

Es así como Pessoa, en su carta de 1935 a Casais Monteiro,


describe al «m aestro». Pero ya había hecho su presentación
e n l 9 l 4 o l 9 1 5 , a través de los retratos que sus otros discípulos, Reis
y Campos, habían trazado de él. El conjunto de sus texms sobre
Caeiro, en verso pero sobre todo en prosa, forma una saga que se ex-

O. VII, p. 388.
ídem, p. 158.

236
tiende por varios centenares de páginas. Lx)s principales capítu­
los de esta leyenda, aunque es imposible ajustarse a ima cronolo­
gía estricta, son: diversos textos del ortónimo Pessoa, entre ellos
un proyecto de prefecio en inglés a una traducción de E l ^tard a­
dor de rebaños y otros poemas; un extensísimo estudio de Ricardo
Reis, que es igualmente un proyecto de prefacio y que también
permaneció inédito; y dos textos de Alvaro de Cam pos que cons­
tituyen el testimonio más original y conmovedor sobre el «maes­
tro», desaparecido mucho tiempo atrás: Notas en memoria de mi
maestro Caeiro y el poema de 1928 «Maestro, mi muy querido
maestro...». Cam pos es más bien retratista y biógrafo; Reis, en
cambio, es crítico del arte y el pensamiento del poeta «pagano».
En medio de todo ello su figura s u i^ con una extraordinaria ni­
tidez; se podría jurar, si no se supiera que es falso, que sus discípu­
los lo acompañaron realmente, lo rodearon y se reunieron con
ocasión de su muerte. Hablan de él como Platón y Jenofonte ha­
blan de Sócrates y como los apóstoles hablan de Jesús, con afecto
y respeto.

La idea de reproducir entero el maravilloso retrato póstumo


que hace Cam pos es muy tentadora. He aquí algunos rasgos, «Lo
veo, y quizá lo vea eternamente, tal como lo vi la primera vez.
Ante todo, sus ojos azules de niño que nada teme... y ese extraño
aspecto griego, que venía de dentro y que era una gran calma... y
él hablaba como un hombre que trata simplemente de decir lo
que quiere decir, con una voz ni alta ni baja, sino ciara, sin so­
breentendidos, vacilaciones ni correcciones...»
Siguen algunas anécdotas que refieren los hechos y gestos del
maestro, sus opiniones, sus ocurrencias; y, en este caso, es inevita­
ble pensar en Eckermann anotando al vuelo los pensamientos de
Goethe.
«Me refería [...] que no sé quién le había llamado un día «poe­
ta materialista». Aun sin encontrar justa la frase, porque mi maes­
tro Caeiro no es definible con ninguna frase justa, le dije, sin em­
bargo, que no resultaba del todo absurda tal atribución. Y le expli­

237
qué [...] qué es el materialismo clásico. Caeiro me oyó, con una
atención dolorosa en su rostro, y después me dijo bruscamente:
— Pero eso es muy estúpido. Eso es una cosa de curas sin reli­
gión, y por tanto sin ninguna excusa [...]. Esa gente materialista es
d e ^ . T ú dices que ellos dicen que el espado es infinito. Y eso,
¿dónde lo han visto en el espacio.^
Yo, desconcertado:
— ^¿Pero no concibes el espacio como infinito? ¿No puedes
concebir el espacio como infinito?
— No concibo nada como infinito. ¿Cómo he de poder con­
cebir cualquier cosa como infinita?
— ^Hombre — le dije— , supón un espacio. M ás allá de ese es­
pacio hay un espacio, más allá aún hay más, y después más, y más,
y más... No se acaba...
— ¿Por qué? — p r^u n tó mi maestro Caeiro.
Sobrevino en mí un terremoto mental.
— Supón que se acaba — grité— . ¿Qué hay después?
— Si se acaba, después no hay nada — repuso.
Este género de argumentación, acumulativamente infantil y
femenina, y por tanto incontestable, me ató el cerebro durante un
momento.
— Pero, ¿lo concibes? — dejé caer, al fin.
— ¿Concibo el qué? ¿Que una cosa tenga límites? ¡No fiJtaba
más! Lo que no tiene límites no existe. Existir es que haya otra cosa
cualquiera, y por tanto que cada cosa sea limitada. ¿Qué cuesta
concebir que una cosa es una cosa, y que no está siendo siempre
otra cosa que está más adelante?
Entonces sentí carnalmente que estaba discutiendo, no con
otro hombre, sino con otro universo. H ice una últim a tentati­
va [...]
— Mira, Caeiro... Considera los números... ¿Dónde acaban
los números? Tomemos cualquier número: el 34, por ejemplo.
Después tenemos el 35, el 36, el 37, el 38, y así sin parar. N o hay
un número grande para el que no haya un número mayor...
— ^Pero eso es tan sólo números — ^protestó mi maestro Caeiro.

238
Y añadió después, mirándome con formidable infancia:
— Y, ¿qué es el 34 en la Realidad?»

Una última palabra: «Hablábamos, no recuerdo a propósito


de qué, sobre las relaciones que cada imo puede tener consigo
mismo. Y de pronto pregunté a mi maestro Caeiro:
— ¿Está usted satisfecho de usted mismo? Y él me contestó:
— ^No: estoy satisfecho. Y era como la voz de la tierra, que es
todo y no es nadie»*^.

En ningún lugar Caeiro se refiere explícitamente al paganismo


antiguo. A lo sumo invoca a «los dioses», en plural, en los que «el
cuerpo [...] ocupa el lugar del alma», pero en uno de los Poemas
inconjuntos, escritos bastante después de E l guardador de reba-
ños^^, Ricardo Reis, cuyo juicio es más crítico que los de Cam pos
y Pessoa, reprocha al maestro no haber liquidado del todo sus an­
tiguas creencias. Quiso «rasgar las brumas cristianas que disimula­
ban la naturaleza», pero no lo consiguió, porque «su alm a con­
tenía, lo mismo que la nuestra, y a pesar de su aspiración a la
objetividad, el fermento subjetivista cristiano que, sin saberlo no­
sotros, forma parte consustancial de la esencia de nuestro ser espi­
ritual». Reis reconoce que: «el más pagano de nosotros tiene que
expresarse en un lenguaje cristiano, porque las palabras [...] están
cristianizadas»*^.

Un poco más tarde se constituye en torno a la obra de Caeiro,


pero ya sin su persona, un cuerpo de doctrina llamado «neopagfi-
nismo portugués», defendido sobre todo por Ricardo Reis y por
un recién ll^ d o , el filósofo António Mora, que será el principal

O, VII, pp. 205-206.


0,V ,p . 105.
0,V II,p. 191;FPP,p.92.

239
teórico del paganismo moderno. Mientras tanto Caeiro, según se
nos dice, ha muerto, pero su ejemplo sobrevive en el seno de la
«familia» o «camarilla». Antes de morir, y quizá también después de
su «muerte», escribió, aparte de los Poemas inconjuntos, muchos
de los cuales son obras maestras comparables a los de E l guarda­
dor de rebaños, los poemas breves, más anodinos, de E lpastor amo­
roso. El conjunto de estas tres recopilaciones, de importancia desi­
gual, conforma las Obras completas de Caeiro, de las cuales sólo se
hicieron, hasta fecha reciente, ediciones incompletas y poco fia­
bles. Dos especialistas, Ivo Castro y Teresa Sobral Cunha, han he­
cho ediciones nuevas.

Volvamos ahora a uno de los poemas de E lgiard ad or de reba­


ños, el VIII. Desentona por su tono provocador, en medio de la
obra de Caeiro, el cual, no obstante ser típicamente ibérico, con­
serva una flema más bien británica, como lo pm eba el testimonio
de Cam pos. Años más tarde, en 1930, Pessoa propone a Gaspar
Simóes publicarlo en Presenta, y le explica que no lo hizo en Athe-
na junto con los demás poemas de Caeiro «por lo que tiene de
ofensivo contra la Iglesia católica»'®. Es aquí donde mejor se apre­
cia el esfuerzo del poeta, que Reis, a pesar de todo, considera insu­
ficiente, por desterrar la fe cristiana de su infancia y preparar su
paso al ps^anism o, fe de la madurez que ha asimilado el espíritu
infantil. Este poema VIII, inspirado en L a vejez del Padre Eterno,
obra de Guerra Junqueiro que el joven Pessoa había leído en Dur-
ban, opera la metamorfosis del «N iño Jesús» en «Niño Nuevo», de
D ios en dios, del D ios único y trascendente en pequeño dios pró­
xim o, privado, compañero de trabajos y días, de risas y juegos.

Vive conm igo en la casa, mediado ya el otero.


Es el Eterno N iño, es el dios que faltaba.
Es lo humano natural,
es lo divino que sonríe y juega.

PP. p. 259.

240
[...]
Duerme dentro de mi alma
pero de noche a veces se despierta
y juega con mis sueños.
Vuelve patas arriba a algunos,
pone a unos encima de los otros,
y a solas palmotea
sonriendo a mi dormir...'^.

El paganismo es, en principio, esta experiencia personal por la


cual la consciencia del poeta introvertido se invierte para explorar
la faz desconocida de sí mismo, vuelta no hacia el adentro sino ha­
cia el exterior, hacia el mundo de las formas. Es la ocaltación de la
realidad visible percibida por los sentidos, opuesta al ideal conce­
bido por el espíritu. Es la opción del límite contra lo infinito. Es
una religión sin inquietud ni fantasma; supone la fe en la existen­
cia del mundo sensible, diferente del saber que da la ciencia. El pa­
ganismo es lo contrario del deísmo, pero también del ateísmo. No
n i ^ la dimensión divina del mundo, del hombre y de la vida,
pero transfiere lo divino desde lo lejano hasta lo cercano, desde la
profundidad hasta la superficie, desde el misterio hasta la existen­
cia y desde el espíritu hasta el cuerpo. N o hay un Dios oculto, mo­
tor del mundo, que adorar; es la propia apariencia, con su acari­
ciante presencia, con su innumerable y divina diversidad, la que es
divina.

António M ora anuncia pues en E l retomo de los dioses: «Los


dioses no han muerto: lo que ha muerto es nuestro verlos. N o se
fueron: dejamos de verlos [...]. Subsisten, viven como vivieron,
con la misma divinidad y la misma calma [...]. La tradición griega
es la más antigua de nuestra civilización. Hay que reconectar con
ella [...]. La religión pagana es politeísta. Pero la naturaleza es plural.
La naturaleza no se nos aparece como un conjunto sino como

'5 FPP, pp. 104-106.


241
muchas cosas [...]. Lo que el pagano acepta de mejor grado dei
cristismo es la íe popular en los milagros y los santos, el rito, las ro­
m e ra Un p ífan o acepta con gusto una romería pero da la es­
palda a santa Teresita del Niño Jesús. La interpretación cristiana
del mundo le causa náuseas, pero una fiesta con luces, flores y can­
tos seguidos de una romería la admite como cosa buena dentro de
una cosa mala, porque esa cosa es en verdad humana y constituye
la interpretación pagana del cristianismo...»^®.

Junto con M ora, es Reis quien, a propósito de Caeiro, mejor


habla del paganismo, aunque en una perspectiva algo diferente:
mediante una ojeada de conjunto sobre la historia universal.
M uestra en qué medida el paganismo grecorromano, que quiere
restaurar, es diferente de todos los dem ^. Lo que lo distingue no
es el hecho de ser politeísta. «Politeísmos hay muchos, de muchas
especies y de calidad humana desigual. Politeísta es el sistema de
los pueblos nórdicos de Europa; igualmente politeístas son, a pe­
sar de que parezcan tener un fundamento monoteísta [...], los sis­
temas egipcio, indio y el actual sistema llamado católico [...]. El
paganismo grecorromano tampoco se distingue por esa caracterís­
tica que es costumbre atribuirle: la alegría y la sensualidad [...]. Lo
distingue el carácter resueltamente objetivo que de él se traslu­
ce... Reconstruir el paganismo supone, por tanto, como primer
acto intelectual, impulsar el renacimiento del objetivismo puro de
griegos y romanos...» Demuestra la vanidad de las tentativas pre­
cedentes, como «las podredumbres cristianas de pretensión paga­
na de Matthew Arnold, Oscar W ilde y Walter Pater». Se burla de
Chesterton, para el cual el «cristismo» es más alegre que el paga­
nismo. «El cristismo es, de hecho, más triste y más aleare que el
paganismo.» Y, en una imagen grandiosa. Reís evoca el adiós del
decadente Imperio Romano a ese paganismo que él nos invita a
resucitar, por encima de los siglos que nos separan de él:

“ O, VII, p. 209; FPP, pp. 137 y 91.

242
«Cuando, en los juegos del circo, los que iban a morir elevaban
sus gritos al César, representaban, sin quererlo, un sím bolo terri­
ble: era como si, en ese decorado de decadencia, se representara
el mayor drama de la Historia, la muerte del paganismo, y eleva­
ran hacia ese César — representante típico anticipado del impe­
rialismo abyecto que es el núcleo del cristismo— sus lamentacio­
nes de muerte, sollozo de una civilización que se llevó consigo el
secreto humano de la vida»^K

O, Vil, p. 226.

243
16

E l doctor R icardo R eís, estoico epicúreo

(1 9 1 4 -1 9 1 5 )

A diferencia de Caeiro, Ricardo Reis es más romano que grie­


go. Ama a Lucrecio, a Virgilio, a Propercio y, sobre todo, a Hora­
cio, cuyas Odas remeda y cita a veces en latín. Intenta imitar su
tono jovial. Tom a la actitud de un poeta báquico, coronado de
pámpanos o de rosas, con una copa de vino en la mano, recosta­
do junto a Cloe, Lidia o Nerea. Pero todo ello es meramente exte­
rior. N o hay nada dionisíaco en su poesía cerebral y sofisticada,
nada carnal ni sensual, sino sólo una elegante y exigente medita­
ción sobre el destino, una suerte de apuesta pascaliana pero al re­
vés: hay que vivir como si cada instante fuera el último, y sin de­
jar atrás más que una total y definitiva ausencia.

«Ricardo Reis nació en O porto en 1887. Es médico, un poco


más bajo que Caeiro, también más robusto, pero d elu d o, con el
pelo de un castaño apagado y mate... Fue educado en un colegio
de jesuitas. Desde 1919 vive en Brasil, adonde se expatrió volun­
tariamente por ser monárquico. Por la educación que recibió es la­
tinista, y por la que se procuró a sí mismo, semihelenista...» Éste
es el retrato que Pessoa hace de Reis en su carra de 1935^ Lo esen-

‘ O, VIII, p. 157.

244
cial de su obra es un conjunto de unas doscientas cincuenta Odas,
de las cuales unas treinta fueron publicadas en las revistas Athena
y Presenga en vida de su verdadero autor, al cual, como veremos,
sobrevivirá el presunto autor un tiempo indeterminado.

Lo que más llama la atención en una primera lectura de las Odas


es la extremada distinción del lenguaje, el refinamiento del estilo, la
nobleza del tono, la nitidez de lo que se podrfei llamar, como en mú­
sica, elfiaseo: todo lo que Campos, en la Discusiónfam iliar oi^aniza-
da por Pessoa entre sus heterónimos, condensa en la palabra altura.
Campos, por lo demás, se la reprocha tanto como la admira: juzga
«un tanto estrecha» una poesía que se reduce «al espacio fotzosamen-
te limitado que rodea las cumbres» y dice no comprender qué rela­
ción puede haber entre dicha «altura» y las complicaciones rítmicas y
estilístícas propias de la poética de Reis^. Pero el poeta se le ha adelan­
tado en la breve oda donde ya aparece la palabra abura:

Impongo a mi altivo espírim la exigencia asidua


de la altura, y al azar y sus leyes
dejo el verso;
porque, cuanto más soberano y alto sea el pensamiento,
sumisa lo busca la frase
y esclavo lo sirve el ritmo^.

José Augusto Seabra comenta esta poética refiriéndose a Va-


léry y a Hjelmslev, para quienes el sentido ya tiene forma. «Esta
poética supone que hifim na del contenido determina la form a de la
expresión.» Analiza los procedimientos por los cuales el artista del
verso produce efectos de lenguaje capaces de extraer ese carácter
«altivo» del pensamiento. «Alterando, a veces bmtalmente, el or­
den sintagmático normal del discurso, por medio de osadas inver­
siones, una de cuyas figuras retóricas recurrentes es el hipérbaton,

2 0,V II,p. 182.


5 0,V ,p . 123.

245
Reis obtíene construcciones poéticas que le permiten imitar los
sistemas métricos y estróficos antiguos»^. El poeta, para escribir la­
tín en portugués, multiplica las disyunciones, las elipsis, los encar
balgamientos, los quiasmos y toda suerte de figuras.
En estos versos tan densos, cada palabra cuenta, y conmueve.
Casi todos los temas que confieren a la poesía de Reis su «altiva»
plenitud aparecen reunidos en este poema. Están vinculados a dos
tradiciones en principio opuestas, pero que ya en la Antigüedad,
por ejemplo en Lucrecio, aparecen fusionadas. La divisa del poeta
de las Odas es tanto el Sustíne et abstine de los estoicos como el
Carpe diem de Horacio y los epicúreos.

La filosofía de Reis es un nihilismo radical. Repite incansable­


mente, con el mismo tono decepcionado, sin emoción aparente,
sin el menor temblor en la voz, que el ser es sólo un tenue resplan­
dor fugaz al borde de la nada.
N ada queda de nada. N ada som os.
Un poco al sol y al aire retrasamos
la irrespirable tiniebla en que nos pese
la humilde tierra impuesta,
cadáveres aplazados que procrean.

Leyes hechas, estatuas vistas, odas acabadas:


todo tiene hoyo propio. Si nosotros, carnes
a las que un sol íntimo da sangre, tenemos
ocaso, ¿por qué no ellas?
Som os cuentos contando cuentos; nada^.

Nada somos, nada tenemos, nada perdurable hacemos. La


vida es un breve plazo. Reis tiene una intensa consciencia de la
brevedad de todo, de la perpetua amenaza del tiempo que corre,
de la fragilidad de nuestras obras, que se deshacen en polvo o
humo como nuestros cuerpos. Supo encontrar imágenes grandio-

ídem, p. 113.
ídem, p. 168.

246
sas para cantar la vanidad de todo y el olvido, la miseria de la con­
dición humana, sometida al destino y a los dioses.
El poeta levanta su copa:
C on mano mortal elevo a m ortal boca
en hágil copa el pasajero vino,
turbios los ojos hechos
para dejar de ver®.

Luego besa a Cloe:


Com o si cada beso
fuera el del adiós...

£ imagina
Ya el frío de la som bra
en la que no tendré ojos.
La calavera pre-siento que seré**.

El hombre es «doquiera un extranjero» y lo es para sí mismo.


Su vida es una espera de no se sabe qué (resulta inevitable pensar
en E í desierto de los Tártaros):
Centinelas absurdos, vigilam os ignorándolo
todo sobre los asaltantes^.

Envidia a los
seres que no están ligados a la vida por la consciencia:
Feliz el bruto que en los verdes campos
pace para sí mismo anónim o y se adentra
cual en casa en la muerte...^®.

® FPP, p. 161.
^ O.V.p. 121.
* FPP, p. 159.
’ O, V, p. 205.
'* FPP, p. 161.

247
Esta visión nihilista del mundo y de la condición humana es
el asp eao más clásico y quizá más banal de la obra de Reis. Y po­
dría haberle inspirado un sentimiento trágico de la vida, hacer de
él un rebelde y un imprecados Pero, por el contrario, Reis funda
sobre tal pesimismo una ética de la total aceptación. Por una vía
muy diferente de la de Caeiro, también encontrará la única dicha
posible en decir «sí» a la creación. Un «sí» más ambiguo que el de su
compañero, más cargado de prejuicios y de restricciones mentales,
sin ningún atisbo de la pretendida inocencia del poeta bucólico. Lo
más original de Reis es esta estrat^ia de una sabiduría paradójica
que sitúa la libertad en el corazón mismo de la servidumbre, y la ale­
gría en el corazón mismo de la desgracia de existir. Libertad y a l^ ía
adquieren la forma de la «serenidad», la ataraxia de los griegos: la in­
movilidad del eje en torno al cual gira la rueda del tiempo.

El hombre no dispone de ningún espacio de libertad. En la


«ergástula del ser» que es su vida, está som etido a la presencia
«obligatoria» de los dioses, quienes también están sujetos al destino.
Todo está clausurado y nada puede preverse, porque nada tiene sen­
tido. «Nada se debe al mérito.» Los dioses nada hacen en considera­
ción a nuestra existencia, actúan «s^ q n un distinto / designio divi­
no fortuito.» El mundo está regido por los Números, cuyo sistema
se nos escapa. Por tanto no tenemos opción, salvo de lo que nos es
impuesto. Pero es justamente esa «libre» elección de lo inevitable la
que va a determinar la dignidad humana. Es un juego, pero un jue­
go que transforma la relación entre el espíritu y el mundo.

Sólo esta libertad nos conceden


los dioses: someternos
a su dom inio por propia voluntad.
Vale más así hacerlo,
porque sólo en la ilusión de libertad
la libertad existe".

FPRp. 151.

248
Este am orfa ti es bien diferente del adético combate de Nietz-
sche contra sí mismo. M ás bien hace pensar en la técnica de un
yudoca: al elegir «libremente» la servidumbre, el poeta desequili­
bra, por así decirlo, el destino y lo arrastra con él en su caída. Las
imágenes que describen su actim d sugieren ligereza, levedad: el
trigo que «se inclina ante el viento», como el junco de la fábula, o
el propio viento, «que no es nada».

Este abandono a las fuerzas desconocidas que nos constriñen


es una suerte de dejación de sí mismo. Tomar partido por la pro­
pia debilidad es desertar dejando en manos del vencedor un dese­
cho, un despojo, una som bra. A este movimiento de repliegue
en sí mismo Reis — como el Pessoa «esotérico» de 1913— lo lla­
m a «abdicación». Tal renuncia es la condición necesaria y suficien­
te para reconquistar xm poder, espirimal o más bien mental, que
es un poder sobre sí mismo. El espacio de libertad, que no existe
en el mundo, se encuentra en la consciencia.

N o tengas nada en las manos [...]


Siéntate al sol. Abdica
y sé rey de ti m ism o’^.

La vida carece de camino.


Abdica, y sé
rey de ti solo*^.

Fuera de mí, extraño a cuanto pienso,


el destino se cumple. Pero yo me cumplo
en el breve cuadro
de lo que, siendo m ío, me es acordado*'^.

Altos y poderosos señores de nosotros m ism os, obtengam os


beneficio de la existencia...’ ^.

FPP, p. 148.
0 ,V ,p . 192.
ídem, p. 193.
ídem, p. 161.

249
Reinar sobre uno mismo supone una concentración de todos
los pensamientos en uno solo, o la expansión del pensamiento
único en todas sus virtualidades. Hay que «estar entero», y ser
«todo en cada cosa», hacer «de modo supremo» cuanto se haga. Se
ha de suprimir del campo de la consciencia todo corolario, toda
eventualidad, para que el pensamiento de sí ocupe todo el lugar.

Para el m arino, el mar oscuro es una ruta data.


T ú, en la soledad confusa de la vida,
elígete tu propio
(no conoces otro) puerto de matrícula*®.

Las vías de esta ascesis egotista, en la que el yo renuncia a sí


mismo para poseerse, son, entre otras, la exaltación de la vida bre­
ve, el vacío del espíritu, la abstención de todo deseo y la discre­
ción, que el poeta denomina «silencio».

Muchas odas son variaciones sobre el tema de la brevedad del


tiempo que nos es dado para vivir. La originalidad de Rds es cdebtar-
la en lugar de deplorarla, como tantos poetas, entte ellos Ronsard.

¿Qué puede darme el destino que fuese mejor


que esc breve lapso sensual que es la vida?...*^.

Para Reis el tiempo que lo separa de la nada nunca es lo bas­


tante veloz.

18
H agam os de nuestra vida un día..

Breve el día, breve el año, breve todo.


¡Que nos ocurra pronto no ser m ás nada!'**.

O, p. 230.
ídem, p. 259.
'* ídem, p. 118.
ídem, p. 220.

250
Uno de los efectos del tiempo fugaz es que hace de cada uno
de nosotros, en lugar de un solo ser, una sucesión de seres. Sólo la
memoria los reúne, pero la memoria es una fentasmagoría.

Q uien fui es alguien que am o,


empero solamente en sueños^®.

Som os quienes somos, y quienes ñximos


sólo es una cosa vista dentro de nosotros^*.

N o hace falta cultivar la memoria de «quien fui», sino por el


contrario conducir vivamente a «quien soy» hacia su inclinación
natural, para cumplir el destino. N o porque sea necesario preocu­
parse por el porvenir, tener la «absurda preocupación por el futu­
ro». N o podemos saber quién será «el muerto / en quien pronto
moriremos». La consciencia del momento presente sólo es gozo
porque puede ser el último. La vida del sabio transcurre así, en
equilibrio inestable al borde del abism o, como la de un jugador
insensato que arriesga a cada instante toda su puesta.

H e hablado de consciencia. Pero la consciencia del sabio, se­


gún Reis, es una consciencia lúdica, que en su impulso de adhe­
sión A fatum incorpora la inconsciencia. Él exalta la «insciencia vo­
luntaria», quiere convertirse en el «alm a de las bestias... gracias
al pensamiento». Puesto que la vida es «un juguete o un juego» al
que no se puede ^mar, toma el único partido posible:

Feliz aquel en quien se despierta la consciencia


del ju ^ o , pero no entera, sino sólo
la que consiste en saber perder^^.

2® FPP, p. 164.
2' O,V,p.209.
“ ídem , p. 262.

251
La «insciencia» es sólo una de las modalidades de esta ascesis
pagana que conduce al estoico epicúreo, como a los místicos que
evoca Libro del desasosiego, a «vaciarse de todo el vacío del mun­
do». Ne quid nim is: «N ada demasiado». Esta divisa de los estoicos
ex^e mucho más que el respeto de la «mesura», típicamente grie­
go, o la exploración de lo «posible» que exalta Píndaro. La r ^ a de
Reis es no desear más de lo que se tiene, no esperar nada, no amar
y, sobre todo, no ser amado, porque, como le dice a Cloe, «tu
amor, [...] me oprime / porque me exige amor». N o provocar al
destino es vivir discretamente, secretamente, sin ser advertido por
los dioses.

De donde duerme no despertemos a la Erinia


que cada gozo traba.
Cual un regato, mudos pasajeros,
gocemos escondidos.
Suerte es envidiosa, Lidia. Enmudezcamos^^.

Hay momentos, como hemos visto, en que el epicureismo de


Reis parece aproximarse al quietismo cristiano. La priora de D iá­
logos de carm elitas de Bernanos dice a Blanche: «H ija mía, sed
siempre esta cosa dulce y manejable en las manos de Dios...». Serfci
lícito creer que Reis dice lo mismo:

Haz que m corazón sea digno de los dioses y deja


que esta vida incierta sea lo que es.
Lo que te ocurra
acéptalo.. 24

Pero no, dice todo lo contrario. He hablado de estrategia o de


juego. El poeta habla de fingimiento, pero fingimiento oculto,
imphcito, comparable al que los discípulos de %nacio de Loyola

^ FPÍp. 159.
O, V, p. 283.

252
utilizaban para hacer la verdad cóm plice de la mentira o a la in­
versa.

Estás solo. N adie lo sabe. Sé silencio y ficción,


pero ficción sin espíritu de ficción...^^.

Por este «fingimiento» la entrega de sí sirve de parapeto a la


posesión de sí, la extrema humildad, al orgullo supremo. «Cada
cual en presencia de sí mismo es todo.» En definitiva, Reis insiste
sobre cuanto separa su religión plural de una fe monoteísta. Acep­
ta a Cristo pero como a un dios suplementario de su panteón, un
dios que tiene el privilegio de ser el últim o y que, quizá, antes
«faltaba». H a aportado «cierta nueva belleza». Pero esto no altera
en nada lo fundamental. El místico, como Planche de la Forcé o
Ignacio de Loyola, ama a Dios, y Dios lo ama. Un amor así, para
el poeta pagano, carece de sentido. Los dioses son y le siguen sien­
do indiferentes.

Este ascético gozo de la sustancia volátil del tiempo se disuel­


ve instantáneamente. Volvería a la nada sin su inscripción ri­
tual, solemne, en una materia sólida, la del lenguaje poético que,
en Reis, com o en los parnasianos, evoca los metales preciosos o el
mármol. Sólo el arte fija y retiene en el espacio las obras del
tiempo.

Dentro de la piedra así el instante exterior graba


su ser, perdurando en ella^^.

Esta imagen del «grabado» es muy recurrente. La oda «gra­


ba» así «una sonrisa», la de la am ada desaparecida. En una vi­

O, V, p. 237.
2^ ídem, p. 117.

253
sión que evoca a la vez a Ronsard y a Baudelaire, el poeta puede
decir a su compañera:

M añana todas estas palabras en las cuales te amo


estarán vivas, y tú, muerta.
Cuerpo, estabas en la vida para no estarlo más,
¡tan bella fuiste! Sólo quedan estos versos^^.

La última palabra permanece en las palabras. La obra de Reis


es una exaltación de la escritura poética. Convoca a esta celebra­
ción de la palabra a todos los grandes poetas, desde Homero y
Píndaro hasta Mallarmé (sin citarlo expresamente).

Podemos preguntarnos si esta poesía que pretende ser fría,


cincelada, martillada, lleva la marca de Pessoa. La respuesta es la
misma que para Caeiro: el «desasosiego» está presente en huecogra­
bado en este discurso de la serenidad. Reis es Pessoa, aun cuando
sea todo lo contrario de Pessoa. N o puedo leer ese canto tan puro,
como tampoco E l guardador de rebaños, sin oír en sordina a la an­
gustia imponiendo un ritmo machacón. Quizá, por otra parte, de
no ser así estos versos demasiado llanos resultarían un tanto ano­
dinos. Releamos ciertas «debilidades» en algunos poemas en los
que el falso pagano indiferente se traiciona. Se oye temblar su voz
cuando evoca esos ojos, «lagos que la muerte seca», «turbios los
ojos hechos para dejar de ver», o cuando se deja llevar por la nos­
talgia lamartiniana, tan poco estoica o epicúrea, de un tiempo que
suspendería su vuelo:

No canto la noche, porque en mi canto


el sol que canto ha de acabar en noche.
No ignoro lo que olvido.
Por olvidarlo, canto.

0,V ,p.256.

254
¡Pudiera suspender, aun fuese en sueño,
el Apolíneo curso, y conocerme,
aunque loco, gemelo
de una imperecedera hora’?®.

28
FPRp. 157.

255
17

E l ingeniero A lvaro de Cam pos,


p o eta sen sacion ista

(1 9 1 4 -1 9 1 6 )

Pasar de la elegante concisión de Reis a la logorrea tronante,


eructante, exclamativa de Cam pos es como escuchar, después de
una suave música de cámara, el estampido de una gran orquesta,
con instrumentos de viento y percusión. El poeta in gl^ Roy
Campbell dijo que la «O da marítima» de 1915 era el poema más
ruidoso que jam ás se había escrito (the loudestpoem ever wñtten).
El ataque de la «O da triunfal», que brotó espontáneamente, s^ ú n
el relato de Pessoa, no de su pluma, como los de Caeiro o Reis,
sino de su máquina de escribir, después del 8 de marzo de 1914 y
como reacción a la aparición de los otros heterónimos, imprime el
tono de toda esa parte de su obra anterior a 1917.
A la dolorosa luz de las grandes bom billas de la fábrica tengo fíebre y
cribo.
Escribo con rechinar de dientes cual fiera ante toda esta belleza,
ante toda esta belleza que desconocían por completo los antiguos.
¡Oh ruedas, oh engranajes, r-r-r-r-r eterno!
[...]
...O h, grandes ruidos m odernos...
[...]
¡Ah, poder expresarme entero como un m otor se expresa!
¡Ser tan completo com o una m áquina!...'.

' FPP, pp. 181-182.


256
D e entrada, Cam pos se presenta como el cantor de la era in­
dustrial, de la violencia de la vida y del expresionismo m is concre­
to. Al volver la espalda a la Antigüedad que apasiona a Reis, Cam ­
pos se reconoce decididamente moderno. A la belleza apolínea
opone la belleza dionisíaca, que los surrealistas llamarán luego
«convulsa». Al abandono del juicio y al rechazo de todo pacto con
lo real, prefiere el compromiso total en el espacio y en el tiempo.
Quiere «vivir al límite», conocer el «estado supremo del vértigo» y,
por encima de todo — ^será su divisa— , «sentirlo todo de todas las
maneras». Pero esta embriaguez de vivir es ambigua: la luz es «do-
lorosa», hace «chirriar los dientes»; vivir es una enfermedad que
extirpa el ser de esta muerte que es la existencia cotidiana.

«Alvaro de Cam pos nació en Tavira el 15 de octubre de 1890


(a la una y media de la tarde) [...]. Es ingeniero naval en Glasgow,
pero actualmente se encuentra inactivo en Lisboa [...]. Es alto
(mide 1,75 m, o sea, dos centímetros más que yo), flaco y con ten­
dencia a encorvar el cuerpo [...]. Tiene la piel más bien clara, y un
aspecto que recuerda vagamente al de un judío portugués, aunque
con el pelo lacio y peinado habitualmente con raya al lado; usa
monóculo [...]. Recibió la instrucción típica de un liceo; lu ^ o fue
enviado a Escocia para formarse com o ingeniero, al principio en
mecánica, lu ^ o en materia naval. Aprovechó sus vacaciones para
hacer un viaje por Oriente, de donde trajo escrito su poema
“Opiarium”. Un tío suyo que es cura en Beira fiie quien le enseñó
latín»^.

D e este modo se le apareció «el ingeniero» a Pessoa, el día en


que compuso, «de un tirón y en la máquina de escribir, sin pausas
ni correcciones», como al dictado, la «O da triunfel». ^En qué fe­
cha? Sin duda, no el 8 de marzo. ^Los días siguientes o las sema­
nas siguientes? Todo lo que sabemos, por Sá-Carneiro, es que la

O.VII.p. 157.
257
«O da triunfal» ya estaba escrita el 20 de junio de 1914. Las cir­
cunstancias de esta «aparición» son confusas. Lo cierto es que lo
prímero que surgió fue el texto del poema, imponiendo su aplas­
tante presencia al poeta. ¿Venía realmente incorporada a la oda la
personalidad del autor ficticio? Teresa Rita Lopes afirma que en
las primeras manifestaciones de la experiencia heteronímica los
poemas de unos y otros autores no están todavía netamente dife­
renciados. Pessoa, en un primer momento, estuvo tentado de atri­
buir a Caeiro no sólo los poemas de E l ^m rdador de rebaños sino
también las grandes odas entonces en proyecto, que serán escritas
y firmadas por Cam pos, y también Lluvia oblicua, cuya paterni­
dad asumirá finalmente. Por fin, según la misma fuente, la apari­
ción de Reis sería posterior a la de Cam pos, aunque Pessoa diga lo
contrario. Pero poco importa. Cabe pensar que a finales de la pri­
mavera de 1914, como muy tarde, todo el sistema está en marcha.
El poeta puede ya guiar su triple o cuádruple tiro de paso desigual
sin equivocarse, aun cuando, en algún caso, se haya visto obleado
a rectificar la atribución de algunos textos.

La escritura de la «O da triunfal» y de las otras odas libera en el


joven enclenque, inhibido, tímido, casto y hogareño unas increí­
bles energías que debemos admitir que ya poseía. Porque, a fin de
cuentas, aunque no haga más que «fingir», ¿no se precisa la misma
fuerza para aullar de dolor o de gozo imaginarios que para expre­
sar un dolor sincero o un gozo verdadero? Cam pos es el doble ex­
travertido de Pessoa. Los gritos, las injurias, las «palabrotas» y las
«palabras altisonantes» que el autor «ortónimo» no podrá escribir
con su pluma o hacer salir de sus labios el ingeniero los profiere a
cada rato, sin ninguna contención. Ya en la «O da triunfal», que no
es la más estruendosa ni la más violenta, se habla del «girar lúbrico y
lento de las grúas», la «gracia femenil y fidsa de los pederastas», la «de­
liciosa entrega de mujer poseída», el «masoquismo a través de me­
canism os», el «sadism o de no sé qué moderno», de las niñas
que, «a los ocho años [...] masturban a hombres de decente aspec­
to»; y el ardor extático del poeta enamorado de toda la mecánica

258
moderna sólo puede expresarse eficazmente por onomatopeyas y
exclamaciones:

¡Ea, túneles! ¡Ea, canales, Panamá, Kiel, Suez!


¡Ea todo el pasado dentro del presente!
¡Ea todo el futuro ya dentro de nosotros, ea!
¡Ea! ¡Ea! ¡Ea!
[...]
¡Ea, y los raib, y los cuartos de m áquinas, y Europa!
¡Ea y hurta por mí-en-todo y por todo, máquinas en marcha, ea!
¡Saltar con todo por encima de todo! ¡Hup-LU
¡H up-lá!¡Hup-lÁl¡Hup-U-hd, hup-ld!
¡Hé-lá! ¡He-hó! ¡Ho-o-o-o-o!
¡Z-z-z-z-z-z-z-z!^.

Esta «O da triunfal», que será publicada en el primer número


de la revista Orpheu, tiene una estructura relativamente simple. El
poeta, presa de la fiebre de la modernidad, proclama todas sus be­
llezas con un creciente furor. Por sí sola, una estrofii entre parén­
tesis, de apenas diez versos, produce una ruptura del tono, al in­
troducir el tem a de la nostalgia de la infancia y del mundo an­
tiguo, tema que Cam pos volverá a desarrollar, casi de manera
idéntica, en muchas de las otras grandes odas.

(En la noria del quintal de mi casa


el burro gira, gira,
y el misterio del mundo tiene esta dim ensión ...)!

Y tal bocanada de ternura, surgida en el clima frenético de esta


epopeya de la civilización tecnológica y mercantil, es como un so­
llozo que revela la íntima debilidad del «ingeniero», tan poco «for­
zudo», a pesar de sus ínfulas, como su maestro W hitman.

^ FPA, p. 25.
^ ídem, p. 24.

259
Por otra parte, curiosamente, poco después, al final de esa pri­
mavera de 1914, emprende la redacción de una obra toda melan­
colía y ternura, en la que la intensa nostalgia, confinada en una
sola estrofe de la «O da triunfal», va a ocupar ahora todo el espa­
cio. ¿Una obra o dos? N o se sabe. Los editores, después de muer­
to el poeta, conservaron el título que él había adoptado, sin duda
provisionalmente: «Dos extractos de odas (fin de dos odas, natural­
mente)». Evidentemente no es un verdadero título, aun cuando
ninguno de los sucesivos editores se atrevió a cam biarlo. Se tra­
ta de dos fragmentos en parte compuestos a imitación del Allegro y
del Penseroso de M ilton, cuya influencia sobre el estudiante de
Durban ya señalamos en su momento. Cabe pensar que estos dos
fragmentos estaban destinados a incorporarse en la composición
de una obra única que habría podido llamarse, por ejemplo, «O da
a la noche». Sea como fuere, este doble poema exhala una dulzu­
ra punzante que no volveremos a descubrir en Cam pos. Es como
si tras la violenta explosión de la «O da triunfiil» y antes de insistir
algunos meses m ás tarde triplicando o cuadruplicando la apuesta,
tuviese un momento de descompresión. Sin dejar de ser Cam pos,
reconocible por su desbordante emoción, sus imágenes grandio­
sas, su estilo elocuente, a la vez amplio y convulso, recobra la sen-
timentalidad metafísica que lo habitaba en otro tiempo, hasta su
período «paulista», con ese agudo sentido del misterio del mundo
del que Caeiro, por su parte, pretendía haberse liberado.

La primera parte (que es la segunda en la mayoría de las edicio­


nes) es una meditación sobre el tema baudeleriano del crepúsculo,
también recurrente en Bernardo Soares, y cuyo modelo hay que
buscar en Cesário Verde, a quien Campos llama, en este poema,
«maestro». N o describe la puesta de sol ni la l l^ d a de la noche,
sino que analiza los sentimientos y los pensamientos que este espec­
táculo le inspira: la inquietud, la tristeza, el hastío y el deseo, tam­
bién baudeleriano, «de otras cosas [...] tal vez de otros modos de es­
tados de alma». Los versos más fuertes de este primer fragmento son
los que se inspiran directamente en Milton, y que ya he cicado:

260
Cuando yo muera [...]
que sea en esta hora digna de los tedios que tuve,
en esa hora m ística y espiritual y antiquísima,
en esta hora en que tal vez, hace mucho más tiempo del que nos parece,
vio Platón en sueños la ¡dea de D ios
que esculpía cuerpo y existencia netamente plausibles
dentro de su pensamiento, exteriorizado com o un campo^.

Aquí Cam pos está cerca del Pessoa gnóstico que construirá,
poco después, toda una teoría dualista del universo* Pero después
de esta intuición metafísica fulgurante, retomo la expresión de esa
suerte particular de esplín que comparte con el autor de Libro del
desasosiego; y esta primera parte termina en un apóstrofe a la ine­
xistente mujer amada, parecida a la que vive en «En la floresta del
enajenamiento» o en «Nuestra Señora del silencio»^.

La segunda parte (o el segundo poema) es un nocturno, que


estructura la invocación, repetida unas quince veces, a la Noche,
personificada y divinizada:

Nuestra Señora
de las cosas im posibles que buscam os en vano [...]

Ven solemnísima,
solemnísima y plena
de un oculto afín de sollozar,
tal vez porque el alma es grande y la vida pequeña
y no todos los gestos nos salen del cuerpo
y tan sólo alcanzamos hasta donde el brazo llega
y tan sólo vemos hasta dónde llega el mirar.

Ven, dolorosa
M ater Dolorosa de las Angustias del Tím ido [...]

5 FPA, p. 30.
^ O, IV, p. 33; cfr. O, III, pp. 129 y 137.
261
Ven, desde el fondo
del lívido horizonte,
ven y arráncame [...]

Ven maternal [...]

Ven, Noche silenciosa y extática


a envolver en la noche, m am o blanco,
mi corazdn..7.

Descubrimos aquí, junto a muchos temas románticos, sim bo­


listas y paulistas, uno de los temas típicos de Pessoa, que se en­
cuentra también en Liiftv del desasosiego: la desproporción entre la
inmensidad de la consciencia del hombre y el espacio estrecha­
mente limitado de su vida real; lo que expresará más tarde dicien­
do, en Eróstrato, que Leonardo da Vinci o Shakespeare tenían «un
alma demasiado grande para que pudiera realizarse»^. £1 encanto
singular de esta invocación a la Noche procede de la alianza im­
prevista de im a n e s cósmicas grandiosas y de sentimientos íntimos,
cuya confesión ocupa todo el poema. Se parece mucho menos, en
este aspecto, a las grandes odas del joven Cam pos conquistador de
los años 1914-1916 que a los poemas dolorosos del Cam pos en­
vejecido y derrotado del final, salvo que la ironía punzante de «Es­
tanco», de 1933, está aquí totalm ente ausente. C on todo, se
puede advertir en estos fragmentos una premonición de su trági­
co destino.

* * ♦

Después de la «O da triunfal» y de los «Dos extractos de odas»,


en menos de dos años, entre el verano de 1914 y la primavera
de 1916, Alvaro de Campos escribirá, sucesiva o simultáneamente.

^ FPA, pp. 26-28.


* O, VIII, p. 441.
262
cinco graneles odas más, dos de las cuales, «Oda marítima» y «Sa­
ludo a Walt W hitman», tienen mil versos cada una, y las otras,
«O da marcial», «Paso de las horas» y «Partida», varios centenares.
Si tenemos en cuenta que, por la misma época, Caeiro termina su
obra y Reís continúa la suya, Soares trabaja en Libro del desasosie­
go y Pessoa ortónimo escribe una veintena de poemas para Can­
cionero, otros tantos para The M ad FiddUr (en inglés) y varias es­
cenas de Fausto, sin contar las innumerables páginas de ensayos fi­
losóficos, políticos y críticos, podemos hacernos idea del increíble
íiitor por escribir que se apoderó del joven escritor tras el «día
triunfiJ», un furor que no lo abandónala hasta la muerte de Sá-
Cam eiro. Es el período más fecundo y, como veremos, el más bri­
llante de su vida, cuando con sus amigos funda la revista Orpheu,
que causa escándalo y, durante cierto tiempo, lo aproxima a la ce­
lebridad. N o se sabe cómo distribuye el trabajo entre los miem­
bros de la «camarilla» durante este período de tan intensa produc­
ción, o si esto se hace solo. Lo cierto es que, si Cacito es teórica­
mente el «maestro», ausente y pronto desaparecido, y si Pessoa
ortónimo es el supervisor o gestor del grujjo. Cam pos es el perso­
naje más clarividente y ruidoso. Ninguno de los otros — y Reis, el
más discreto, menos aún que sus compañeros— puede ri\alizar
con él en abundancia y potencia creadoras.

Desgraciadamente, de las cinco grandes odas que he mencio­


nado Cam pos sólo acabó la «O da marítima». Pessoa la publicó en
el segundo número de Orpheu. Todas las demás aparecieron pós-
tumamente: en 1944, «Saludo a Walt W hitman», «Paso de las ho­
ras» y una pequeña parte de «O da marcial»; «Partida», muy recien­
temente, casi medio siglo después. Pero el estatuto de estos textos
es muy controvertido. La organizadora de la edición crítica oficial
de las obras de Cam pos, Cléonice Bérardinelli, agrupó por ejem­
plo los fragmentos de «Saludo...» y «Paso de las horas» para con­
formar auténticos poemas, lo que le reprocha Teresa Rita Lopes,
que publicó una contraedición crítica, en la que los textos figuran
por separado, como meros esbozos. Pero, como repetiré a menu­

263
do a lo largo del libro, el editor de Pessoa siempre se enfrentará a
este tipo de dificultades. Su opción es presentar un puñado de
fragmentos cuya discontinuidad los hace ilegibles o configurar
«obras que se sabe que no son auténticas».

La «O da marítima», al menos, no ofrece en este asp eao nin­


guna dificultad. El texto fue establecido de principio a fin por el
autor. Es una de sus obras más conocidas. Existen varias traduc­
ciones francesas. H a sido muchas veces recitada en público o re­
presentada en teatro. Yo he asistido personalmente a varias repre­
sentaciones de la oda, adaptadas al francés por diferentes actores,
como Richard Demarcy en París o Yves Gourmelon en distintas
ciudades. El propio Pessoa, en 1916, la consideraba su obra maes­
tra. En un proyecto de presentación de los «poetas sensacionistas»,
destinado a un público inglés, escribió: «La O da m arítim a, que
ocupa no menos de 22 páginas de Orpheu, es una auténtica mara­
villa de organización. Ningún regimiento alemán m ostró nunca la
disciplina interior de esta composición, a pesar de que, desde el
punto de vista tipográfico, se la pueda considerar un ejemplo de
negligencia futurista». Esta marejada aparentemente desordenac^
de elocuencia lírica, en versos libres, sigue un esquema establecido
que, si creemos a Cam pos, es el de la oda griega, y más concreta­
mente el utilizado por Píndaro y cuyo secreto había descubierto
M ilton, modelo del autor. Pero al leer la oda y, sobre todo, al es­
cucharla, llegamos a pensar que se trata más bien de una compo­
sición musical. La oda se parece a uno de esos gigantescos movi­
mientos típicos de las sinfonías tardorrománticas, las de Bruckner
o Mahler, en las que la masa orquestal arrastra todo un patetis­
m o, con una tonalidad a veces expresionista y a veces intimista.
Contrariamente a la «O da triunfal», empiezapianissim o y termina
también pianissim o, con un tono meditativo tras violentos accesos
y estridencias inauditas. Efectivamente, com o la «O da a la noche»,
es una meditación, no ya crepuscular o nocturna, sino matinal.
Todo empieza poco después del alba, en un muelle del puerto de
Lisboa donde el poeta gusta de pasear para penetrarse del ambien­

26 4
te de k «vida marítima» y soñar con viajes a lejanas tierras, barcos
y marineros hechos a la mar. Ve a lo lejos un paquebote entrando
en el estuario del Tajo, y ese navio, al acercarse, se convierte en
el soporte de su meditación: una especie de sueño despierto en el
que el dinamismo de la vida marítima quedará simbolizado por
«una rueda» que «empieza a girar» dentro de él. Pero los senti­
mientos que le provoca este espectáculo y ese sueño son ambiguos,
poique le traen «el misterio a l^ e y triste de quien 1 1 ^ y parte». El
propio simbolismo del puerto, el navio y el mar es ambiguo, como
todo lo que, a la vez, despierta y perturba (y, como veremos en
The M adFiddler, todo lo que despierta perturba).

¡Ah, todo el muelle es una saudade de piedra!


[...]
'|Ah, quién sabe, ¿quién sabe
si no partí antaño, antes de mí,
de un muelle...?^.

Toda la condición humana es cuestionada y, especialmente, el


destino del pueblo portugués.

jAh, el Gran Muelle del que partim os en Navíos-Nadones!


¡El Gran Muelle Anterior, el eterno y divino!...*®

Poco a poco, en un lento crescendo, la voz del poeta se hace


más vehemente. Enumera todas las im ^enes que k idea de nave­
gación evoca, y tras páginas y más páginas en que se suceden este
tipo de imágenes diversas, vibrantes y coloridas, de toda dase de
viajes, navios y marineros, un nombre propio que surge en mi­
tad de un verso orientará la meditación del poeta hacia otras imá­
genes, radicalmente diferentes, que representan otras formas de
energía que la vida marítima infunde en quienes la viven.

®FPA, pp. 32-34.


p. 35.
'® ídem,

265
T ú, marinero ingl&, Jim Barns am igo, fiiiste tú
quien me enseñó aquel grito antiquísim o, inglés...
[...] ^ ^
Ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-yyyy...
Schooner ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-yyyy...
[...]
Al pensar en esto — ^¡oh rabia!— , al pensar en eso — ^¡oh finia!— ,
al pensar en esta estrechez de m i vida llena de ansiedades [...]
irrumpe en mí silbando, sibilando, vertiginando,
el celo som brío y sádico de la estridente vida marítima..

Toda la parte central del poema es una serie de fantasmas cons­


truidos en torno a la figura del «Gran Pirata», extraída de las
lecturas de infancia, y en primer lugar, sin duda, de L a isla del te­
soro. Fantasmas a veces sádicos, a veces masoquistas, y a veces in­
distintamente sadomasoquistas. Cuando imagina los abordajes de
navios, el poeta se identifica con el propio pirata, con sus víctimas,
con su mujer, que lo espera en un puerto; y la magia de todas es­
tas imágenes de matanzas y violaciones le infunde finalmente el
sentimiento de vivir una existencia violenta comparada con la cual
la vida cotidiana le parece insoportablemente insulsa.

¡Ah, qué salvajismo el de este salvajismo! ¡A la mierda


toda vida como la nuestra, porque no es nada de eso! [...]
¡Dios! ¡Y que no pueda actuar de acuerdo con m¡ delirio!
¡Dios! ¡Y que siempre ande agarrado a las faldas de la civilización!
[...]
¡Ah, los piratas! ¡Los piratas! [...]
¡Humilladme y golpeadme! [...]
...¡oh mis señores! ¡Oh mis señores! [...]
¡Haced de mí algo así com o un ser
arrastrado — ¡oh placer, oh besado dolor!—
arrastrado por colas de caballos fustigados por vosotros...,
¡pero esto en la mar, en la mar, en la MA-A-A-ARl'^.

FPA,pp. 40-41.
pp. 52-54.
íderriy

26 6
Este grito, que identifica el orgasmo sadomasoquista con el
universo marino, marca el clímax del poema. Durante un mo­
mento (unos quince versos), el poeta, atontado, sólo puede profe­
rir onomatopeyas. Y es la brutal caída de la tensión, que lo devuel­
ve a su estado, a su naturaleza, a su sentimentalídad y a su nostal­
gia. El tempo del poema se ralentiza, y se atenúa la intensidad de
las sensaciones y del estilo. Mediante un repliegue de la memoria,
parecido al de la «O da triunfal» pero mucho más amplío, se recu­
pera la infancia, que se identificará, a su vez, con la vida marítima
y el grito del pirata.

A ^ o en mí ahora se rompe. En lo rojo ya es noche.


Tanto he sentido que no es posible continuar sintiendo. [...]
Resurge el pasado como sí ese grito marítimo
fuera un aroma, una voz, el eco de una canción
venida pata llamar en mí pasado
una felicidad que nunca volveré a tener

Era en la vieja casa s o s ^ d a , tan próxim a a la ría...


(Las ventanas de mi cuarto, y las del comedor también,
daban, por encima de unas casas bajas, a la ría cercana,
al Tajo, a ese mismo Tajo, pero en otro punto, más abajo..

El antiguo niño piensa en la vieja tía que le cantaba romances


populares como la Ñ au Catrineta. Se reprocha su sensiblería, sus
vanos lamentos y, «pata salir de esta emoción», trata de evocar nue­
vamente «la canción del Gran Pirata». En principio la m t^ia ya no
funciona. De pronto, «aún más de pronto que la otra vez», resue­
na «la vieja voz del marinero inglés Jim Barns», convertida en la
«Voz Absoluta», que lo llama y desaparece. Es el fin del fantasma
y del sueño:

...y de pronto abro los ojos que no había cerrado. [...]


¡He aquí de nuevo el mundo real, tan bondadoso para con los nervios!

FPA, p. 55.

267
H elo aquí a esta hora mañanera, cuando entran los trasadánticos que He-
gan temprano 14

D e ahora en adelante, en tanto el navio antes atisbado en el


horizonte se aproxima lentamente al puerto y deja de interesarle,
el poeta mira por fin el mundo que lo rodea, ese mundo marítimo
real, cercano, el de las mercancías, las máquinas, las compañías na­
vieras y las agencias de viaje. Por fin ha amanecido. Lx>s hombres
ya están trabajando aquí y allá. Y todo ello es poético, los talleres,
las oficinas, las cartas comerciales, las facturas:

Todo esto no sólo es humano y limpio, sino que también es bello [...]
¡Venir a decirme a mí que no hay poesía en el comercio, y en las oficinas!
Vam os..., si entra por todos los poros... En este aire marino la respiro.
[...]
... porque las facturas y las cartas comerciales son el principio de la historia
y los navios que llevan las mercancías por la mar eterna son el fin*^.

Lo que ahora mira no es el barco que se acerca a puerto, ni el


propio puerto, sino otro barco que, a su vez, zarpa y navega hacia
alta mar, un viejo tram psteam er que va, «pasando tranquilamente
por donde estuvieron los veleros antaño», hacia CardifF, Liverpool
o Londres. Y este barco consigue emocionarle. Sigue con la mira­
da la silueta achaparrada del barcucho que se aleja y desaparece
tras el horizonte.

En nada después, y sólo yo y mi tristeza


y la gran ciudad ahora a pleno sol
y la hora real y desnuda com o un muelle sin navios
y el lento girar de la grúa, com o un com pás que al girar
traza el semicírculo de no sé qué emoción
en el silencio conmovido de m i alma**’.

FPA, p. 60.
ídem , pp. 62-63.
ídem , p. 65.

268
H hecho de que los actores que recitan o representan la «O da
marítima» puedan ofrecer interpretaciones muy diferentes se debe
a que el propio texto puede hablarnos de distintas maneras según
el sentido que le demos. Entre los numerosos comentarios que ha
suscitado me quedaré con dos, contradictorios o quizá comple­
mentarios, pero en cualquier caso igualmente pertinentes y pene­
trantes. Se pueden resumir los dos puntos de vista diciendo que
para José Gil la «O da marítima» es el poema del análisis de las sen­
saciones, y para Eduardo Louren^o, el de la culpabilización del de­
seo.

Según José Gil, la «sensación de cosa mínima» que es, justo al


principio, la vista del paquebote todavía lejano se irá descompo­
niendo en todos sus elementos a lo largo del poema. Este «movi­
miento de análisis» es doble. Su objeto es la distancia, que separa
la sensación de la cosa, la sensación como realidad interior de la
cosa como realidad exterior. Se trata, para el poeta, de encajar las
cosas unas en otras para llegar a un «centro» infinito en el corazón
de lo finito. Debe transformar un «infinito profundo» en un «in­
finito superficial», construyendo un «plan de coexistencia» de to­
das las sensaciones en que el yo se disuelve a fiivor del cuerpo, que
se convierte en un «espacio de metamorfosis», un «cuerpo sintien­
te», a la vez «cuerpo de dolor», «cuerpo de placer» y «cuerpo de éx­
tasis». Todas las sensaciones se convierten en energía y se integran en
una consciencia despreocupada de un sujeto único, convertido
en «espacio abstracto» y en armonía con el mundo^^.

Lo que interesa a Louren^o, tanto en la «O da marítima» como


ya, por otra parte, en la «O da triunfal», es «el carácter pasivo de las
imágenes a través de las cuales penetra una voluntad de autopuni-
ción verdaderamente trágica». Se pregunta cuál es la fuente del
conflicto entre Eros y Thánatos, del cual la obra de Cam pos ofre-

Femando Pessoa ou la métaphysique des sensatums, pp. 45-92.

269
ce una versión violenta y eicacerbada, pero que se expande por to­
dos los rincones de la poesía de Pessoa y cuya puesta en escena es
el propio fenómeno heteronímico. «Algo misterioso y sin duda in­
justo hizo de él un extraño para el universo entero en su faz huma­
na.» El secreto que lo mantiene amarrado hay que buscarlo evi­
dentemente en su infancia perdida, prohibida. «Lo que lo sepa­
ra de su infancia y convirtió ésta en un reino cerrado, por siempre
inaccesible y ante el cual siempre se considerará culpable, indigno
de acceder a él, es un gesto, un aao o una veleidad vinculados a su ex­
presión erótica, gesto o acto que él nunca pudo integrar en la ima­
gen inmortal de sí mismo.» Toda la literatura occidental, s^qi^
Louten^o, se organiza en torno a dos temas: el amor, que domina
el lirismo elegiaco, y el terror, que rige la epopeya y la tr^edia.
Pero la obra de Pessoa es «a la vez elegiaca y trágica. Su canto es
manifestación del terror instalado en el centro del amor, acompa­
ñado por un esfuerzo sobrehumano para no sucumbir a su propio
sortilegio»'®.

★ *

«Saludo a Walt W hitman», donde Cam pos resarce su deuda


con el poeta que contribuyó sin lugar a dudas a hacer de él lo que
es, puede ser considerado como su arte poética. Ese gigantesco
poema, del que sólo conocemos fragmentos sueltos, es ante todo
un canto de liberación, cuyo tema central se plasm a en la ober­
tura.

¡Abrid ante mí las puertas!


¡Por fuerza he de pasar!
¿Contraseña? ¡Walt Whitman!
Pero no voy a daros contraseña.
Pasaré sin explicar.
Si es preciso forzaré las puertas.

PEA,p. lio.
2 70
Sí: yo, cenceño y civilizado, forzaré las puertas,
porque en este momento no soy cenceño ni soy civilizado,
soy YO, un universo pensante en carne y hueso que ahora quiere pasar
y que por fuerza ha de pasar, ¡porque cuando quiero pasar soy DÍos!*^.

Esta reivindicación de una libertad soberana, expresada a gri­


tos de un extremo al otro del poema, adquiere toda suerte de for­
mas, se reviste de toda suerte de figuras y se expresa mediante toda
suerte de imágenes: cabalgatas, saltos, piruetas, danzas y comba­
tes; todo lo que traduce esa «furia abstracta del cuerpo haciendo
maelstroms en el alma». Cuerpo que, al contrario que el de Pessoa,
siempre aislado de su entorno, está ávido de contactos.

¡N o quiero intervalos en el mundo!


¡Quiero la contigüidad penetrada y material de los objetos!
¡Quiero que los cuerpos físicos sean los unos de los otros, com o lo son
las alm as...

Cuerpo oífeddo en un «g)zo masoquista de la vida». Cuerpo, en


definitiva, y sobre todo, que es la vía de la identificación con el Todo.

H e calis Walt:

Puerta h ada todo!


Puente hacia todo!
Cam ino hacia todo!^’ .

Esta vía supone la despersonalización. Es necesario, por así de­


cirlo, distribuirse entre un gran número de personas.

Sentirlo todo de todas las maneras.


Sentirlo todo excesivamente.

FPA, p. 69.
ídem , p. 71.
ídem , p.72.

271
porque todas las c»sas son, en verdad, excesivas,
y toda la realidad es un exceso, una violencia [...]
Cuanto más sienta, cuanto más sienta como varias petsonas...^^.

El poema sigue con el mismo tono «excesivo», sin ruptura ni


paréntesis ni retomo a las imágenes de la infancia, como en las
otras dos odas. Cam pos, aunque no la concluyese, quiso manifíes-
tamente que esta invocación a su «gran camarada», que guía «la
orgía báquica de sensaciones en libertad», sea digna de él, «cantor
de los concretos absolutos [...] gran pederasta [...] ciclópeo y muscu­
loso», cuya actim d ante el universo, ante cada brizna de hierba,
cada piedra o cada hombre, «era la de una mujen>. Nada de vano
sentimentalismo, pues, en este «himno» a la vida vivida totalmen­
te, violentamente, «vertiginosamente».

«Paso de las horas», otro enorme poema de la vida totalmente


vivida, contiene a la vez la más ferviente profesión de fe «sensacio-
nista» que podamos encontrar en Cam pos y las más conmovedo­
ras confesiones de debilidad y fracaso. Claramente posterior a las
cuatro grandes odas de 1914-1915 (sin duda, la parte principal
fue escrita en 1916), anuncia ya en ciertos aspectos los poemas do­
lorosos del segundo Cam pos. Ya no se trata de un paréntesis más
o menos largo que interrumpe el flujo torrencial de una palabra
llena de sí misma, como en la «O da triunfal» o la «O da marítima».
Todo el poema, que se plantea en principio como un elogio de la
potencia y la velocidad, está carcomido por la duda y la inquietud.
La profesión de fe sensacionista suena, sin embargo, como
una provocación:

Sentirlo todo de todas las maneras,


vivirlo todo por todos los lados,
ser una misma cosa de todos los modos posibles y al tiempo,
realizar en mí toda la humanidad de todos los momentos

22 FPA, pp. 159-160.

272
en un solo m om ento difuso, profuso, com pleto y lejano. [...]
Sentirlo todo de todas las maneras,
tener todas las opiniones,
ser sincero contradiciéndose a cada minuto...^^.

El resto del poema es, en gran parte, la interminable enume­


ración de todo aquello o todos aquellos con quienes el poeta coin­
cide. Él es todo: la nodrÍ2a, el policía» el niño, el paisaje, la plaza,
la taza, la carta, la ventana... En una suerte de cabalgada «panteís'
ta» fantástica, recorre en su imaginación el universo entero; y ese
dinamismo de su identificación con todo se expresa con un tipo
de escrimra automática que ya anuncia el surrealismo:

Rum or tráfico carro tren coches siento sol calle


aros cajones troUey tienda calle vitrines falda ojos
velozmente carriles carros fiudos calle que se cruza calle...^^.

En este tono continúa la «cabalgata» de su «ser elástico», que


es «un muelle, una aguja, trepidación».
Pero como contrapunto a este canto de alegría se oye, de un
extremo al otro del poema, una queja, siempre la misma: el poeta
se siente injustamente descolocado en el mundo, inadaptado, ex­
tranjero, y devana la letanía de todas las modalidades de esta difi­
cultad de ser. Pero lo original, con respecto a la mayor parte de
los textos anteriores, en los que se describe dicha dificultad, es que
aquí intenta comprenderla. El poeta se plantea la cuestión esen­
cial: conocer la respuesta explicaría el sentido de su obra y de su
vida.

N o sé si la vida es poco o demasiado para mí.


N o sé si siento de más o de menos...^^.

» F P A ,p p .7 8 y 8 3 .
^ ídem , p. 91.
^5 ídem , p. 75.

273
Pero no hay respuesta. Cam pos sólo puede constatar los efec­
tos de su enfermedad existencial, uno de los cuales es su arraigada
«inhumanidad».

Hazme humano, oh noche, hazme fraterno y solícito.


Sólo humanitariamente es posible vivir.
Sólo amando a los hombres, a la acción, a la trivialidad del trabajo [...]
Sólo así, oh noche, ¡y yo nunca podré ser así!
[...]
No sé sentir, no sé ser humano, convivir
desde dentro del alma triste con los hombres mis hermanos en la tierra
[...]
Yo, que soy más hermano de un árbol que de un obrero,
que siento más el imaginado dolor del mar al azotar la playa
que el dolor real de los niños cuando son azotados...^*^.

En toda la obra de Pessoa y de sus heterónimos encontramos


declaraciones similares, que ciertos críticos han interpretado sesga­
damente, como si se jactara de no amar a sus semejantes. Pero no
es así: él sufre por ello. Le frita el sentido del «prójimo». Mucho
más tarde, en diciembre de 1934, Cam pos, de vuelta de todo, es­
cribirá un poema anecdótico, que es uno de los más sorprenden­
tes de toda su producción. Cuenta que en el cuarto de un hotel
encontró una Biblia en la mesilla de noche y, tras abrirla, sin duda
al azar, leyó la Primera Epístola a los Corintios.

Leía a la luz de una vela súbitamente antiquísima


y se oía el gran mar de la emoción dentro de mí... [...]
«Si no tengo caridad»...
Y la soberana luz envía, desde lo alto de los siglos,
el gran mensaje que hace libre al alma...
«Si no tengo caridad»...
¡Dios mío, ¡y no tengo caridad!^^.

“ FPA, pp. 77 y 83.


ídem , p. 149.

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La «O da marcial» testímonia sin embargo una sensibilidad
por las desdichas de los hombres que parece desmentir su inhu­
manidad. La empezó el 2 de agosto de 1914, como resultado de la
emoción que le inspiró el anuncio de la declaración de guerra, y
nunca la terminó. Se conserva una docena de fiagm entos breves
que no son más que esbozos. Son suficientes para concluir que el
poema, más cercano, por su tono, a la epopeya que cualquier otro
de Pessoa, habría sido un elocuente manifiesto contra la guerra,
único en su género en la literatura europea. Parece que el autor,
sometido a otras obligaciones y comprometido con otras tareas,
fue poco a poco perdiendo el interés en su proyecto. M ás tarde to­
mará partido en el conflicto europeo, y se sentirá más cerca de
Alemania que de Francia; y acabará olvidando su pasajero antimili­
tarismo: una de sus escasas obras publicadas en vida es Defensa y
justificación de la dictadura m ilitar en Portugal, escrita tras el gol­
pe de Estado del 28 de mayo de 1926 que instaló a Salazar en el
poder (de la que, a decir verdad, renegó). El poema empieza en
sordina evocando un clamor de clarines en la noche.

Clarines en la noche,
clarines en la noche, clarines de repente distintos en la noche...
(¿Y el rumor lejano de cabalgata, cabalgata, cabalgata?).

Y entonces aparecen figuras míticas: valquirias, brujas y ama­


zonas que galopan a lomos de sus caballos.

Vienen del fondo del mundo,


vienen del abism o de las cosas,
vienen de donde parten las leyes que rigen el universo;
vienen de donde la injusticia viene a abatirse sobre los seres,
vienen de donde se ve la inutilidad del am or y el deseo,
y donde la guerra y el mal son el anverso y el reverso del m undo...

Después de esta visión apocalíptica, el poeta recupera la me­


moria histórica, la memoria de las batallas de antaño. Luego ima­

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gina los desastres de la guerra, sus víctimas inocentes. Y opta por
asumir la responsabilidad de todas las matanzas.

Cristo absurdo de la expiación de todos los crímenes y todas las violencias,


llevo yerta la cruz dentro de mí, y me abrasa y desgarra,
y todo me duele en el alma, extensa como un Universo...^®.

Otro fragmento de la oda recientemente recuperado tiene un


tono que es extraño en Cam pos y en Pessoa, quienes a menudo,
por falta de «caridad», se muestran poco sensibles ante la injusticia
social:

Si arranco brutalmente
el bocado de pan de un niño pobre,
¿dónde podré hallar justicia en el m undo,
dónde podré ocult