1. Introducción.
2. Normas de acentuación. Dictados.
3. Uso de mayúsculas.
4. Reglas de ortografía. Dictados.
5. Palabras juntas. Palabras separadas.
6. División de palabras en final de renglón.
7. La escritura de los números.
8. Signos de puntuación.
9. Abreviaturas y tratamientos de cortesía.
1. INTRODUCCIÓN
Léase detenidamente estos dos textos y reflexiona sobre los problemas
que plantean: la importancia de la ortografía y la conveniencia o no de una
reforma ortográfica.
LA REFORMA ORTOGRÁFICA
¿Es o no importante la hortografía? ¿Se trata de una cuestión esencial o es una
creasión de la mente umana para complicar laz cozas y dificultar el acseso al
conosimiento?¿Se trata de huna consecuensia de la espesialisasión o es un inbento
para fastidiar?
Si hemos comprendido este texto, ¿para qué perder el tiempo con el
aprendizaje de las reglas?
Martínez de Sousa considera que es "absurdo que los jóvenes pierdan el tiempo
dedicados al estudio de una normativa que no sirve para nada", y que, añade, su
desconocimiento consigue que la gente se sienta avergonzada.
Muchos estudiosos del tema opinan que las consonantes homófonas podrían
simplificarse y ser eliminados los sonidos parecidos o inexistentes. Así los grupos:
"v,w,b"; "g,j"; "ll,y,i"; "c,z"; "k,q", y la "h".
Escritores conocidos como Pío Baroja, J. Ramón Jiménez, Andrés Bello y hasta
Unamuno, en más de una ocasión dieron muestras de su inconformismo frente a unas
reglas impuestas tantas veces arbitrarias y fuera de toda lógica.
El autor francés Roland Barthes escribe en 1976 que no se debería excluir a
nadie por culpa de la ortografía.
Pero ¿qué opina la Real Academia? Naturalmente está a favor de mantenerlas.
Gregorio Salvador considera que es inviable una reforma, entre otras cosas porque
hay otras 22 entidades afectadas dada la expansión de nuestro idioma castellano.
La Real Academia, creada en 1714, hasta 1779 acometió reformas muy
importantes como la supresión de las grafías "ph, th, rh, ch", por "j, t, r, c". En el
inglés y francés todavía subsisten estas formas. En lo que va de siglo escasamente ha
habido modificaciones, sobresaliendo la eliminación de la "p" de términos como
'psicología', aceptar dos formas acentuadas para una misma palabra, eliminación de
las consonantes dobles por imperativo comunitario y permisiones de escritura con o
sin determinadas letras. Académicos como Julio Casares y Dámaso Alonso se
mostraron favorables a cambios, pero hoy parece que se está en contra de una
reforma significativa. Tal vez el alumnado, la clase docente y la "gente de ciencias",
sean los mejor predispuestos a la reforma, pero parece que la sociedad no está por
esas cosas. Dado que la lengua evoluciona y cambia como la vida misma tal vez
conviniese plantearse la cuestión como un tema nacional, de interés general y objeto
de debate, como ha ocurrido en Francia donde existe una Asociación para
Información e Investigación de la Ortografía y los Sistemas de Escritura (AIROE).
En cualquier caso, situando el contexto en el terreno de las posibilidades,
vamos a describir rápidamente algunos considerandos.
RAZONES PEDAGÓGICAS
Una lengua que contenga excesivas reglas será más difícil de enseñar y
requerirá mayor dedicación de tiempo por parte de los profesores y alumnos. Se
quejan los profesores de BUP de que los alumnos no saben escribir. Desde los
tribunales de acceso a la función pública se observa el escaso dominio de la lengua.
Cuando se trata de seleccionar profesores esta circunstancia adquiere caracteres
dramáticos. ¿Cómo podrá a enseñar correctamente un maestro que no domina él
mismo la ortografía? En la universidad también se quejan del deterioro de la lengua.
Por otra parte, la mayoría de los métodos ortográficos son memorísticos y se
basan en "argumentos de autoridad", teniendo apenas la noción de frecuencia de uso,
que debería imponerse a todas las demás. El famoso manual de Miranda Podadera
menciona hasta 54 reglas y 88 sílabas iniciales para la "b-v", de las cuales 51
contienen excepciones.
En este campo cabe partir de unos considerandos como los siguientes: si la
sociedad, las autoridades políticas y las educativas no valoran esta enseñanza, ¿por
qué obligar al profesor que se dedique a tan "ingrato tema" (sic)? El empirismo
pedagógico va en contra del proceso adquisitivo experiencial del alumno, y una
ortografía de aprendizaje experiencial todos sabemos el tiempo que conlleva; tiempo
que, sin duda, no se le dedica en la escuela, entre otras cosas porque los programas
están confeccionados con otros parámetros.
Por si fuera poco, en los centros de formación y en los cursos de actualización
del profesorado, raramente se aprecia el estudio sistemáticos de la ortografía.
RAZONES FONÉTICAS
Nebrija era partidario de escribir como se hablaba y de hablar como se
escribe. La ortografía ha de ser un vehículo clarificador de la comunicación. Como
dicen los políticos, cuando una norma se la saltan todos, lo mejor es cambiarla. Si la
ortografía se diferencia excesivamente de la fonética, difícilmente podrán combinarse
y fijarse argumentos facilitadores de corrección. Imaginemos este problema en las
lenguas monosilábicas y comprenderemos por qué se dominan tan pocos signos y
resulta tan difícil la expresión gráfica.
Parece fácil pensar que lo ideal sería una ortografía fonética de manera que
las letras equivaliesen a sus sonidos. Es el modelo utilizado por la mayoría de
personas que hasta hace poco todavía escribían cartas. El teléfono y la tecnología han
acabado con esas cartas que, por otra parte, volverían a revivir si desaparecieran los
medios de comunicación oral. La mayoría de los pueblos de nuestra geografía con
más de 30 años se volverían obligados a acudir a imágenes fonéticas para escribir
cualquier documento.
Para Mendenhall el 75 por ciento de los errores ortográficos proceden de
errores fonéticos. Forster, Horn, Reed, Carroll, estiman igualmente que este problema
afecta mucho a la condición escriba del inglés, que tiene sonidos distintos para una
misma grafía.
RAZONES DE PRESTIGIO SOCIAL
La sociedad marca el flujo de las correcciones. Las modas y las exigencias
sociales determinan gran número de ingredientes. Para que uno de ellos sea la
ortografía, es preciso que así lo requieran los cánones sociales. Por ahora, nuestra
sociedad no parece preocuparse por esta cuestión. No así ocurre con nuestros vecinos
franceses para los que una simple encuesta de Jacques Leconte ha originado un
debate que dura hasta nuestros días y que colapsó los medios de comunicación y dio
pie a un manifiesto de diez relevantes lingüistas publicado en febrero de 1989.
¿Le preocupa a nuestra sociedad que el 90% se plantee la cuestión de si
conviene o no reformar la ortografía? ¿Realmente sería contestada por el 100% una
encuesta de este tipo? ¿Tiene algún sentido social el escribir correctamente?
Para José Polo estamos en una situación de clara "disortografía nacional". Es
pesimista frente a que la lengua alcance un valor formal correcto en relación al
deterioro palpable en la expresión hablada y escrita, ya que, añade, en la sociedad no
"se aprecia el trabajo bien hecho", siendo lo único importante "ganar dinero" y
"triunfar a cualquier precio" (Galán, 1989). Una sociedad así no se plantea la reforma
ortográfica; más bien "pasa" de ella.
RAZONES POLÍTICAS
Parece normal que a un político le interese el orden y el control. Dice Jean-
Pierre Chevénement, otrora ministro de Educación en Francia, citando a
Jankèlèvitch: "Hay que ser conformista en las pequeñas cosas y rebelde en las
grandes". Una vez que tuve ocasión de presenciar la meticulosidad con que se
enseñaba en una escuela suiza la caligrafía, recuerdo la respuesta que obtuve al
significarle al profesor mi curiosidad. Me miró con extrañeza al mismo tiempo que me
decía: "¿No aprecia el clima de orden y disciplina que reina en la clase?"
Otra razón que también puede mover a los políticos es la del predominio. En
la competencia internacional por expandir ese dominio está la lengua. Así en la URSS,
después de la revolución de Octubre, tiene lugar una importante reforma ortográfica,
iniciándose una fase de latinización de la escritura rusa que culmina hacia 1940 en
una imposición generalizada de los caracteres cirílicos prohibiendo los de tipo árabe.
En 1928 los turcos inician una campaña de "occidentalización" que conlleva la
sustitución del alfabeto árabe por el turco-latino. A mediados del siglo pasado la
policía francesa perseguía a los autores de textos mal escritos.
De modo menos radical, el nacional-socialismo alemán recreó el gusto por los
caracteres góticos como una prueba más del racismo. Todavía en Hungría se
rememora una escritura del siglo IX, como recurso histórico-cultural.
Actualmente la expansión del inglés es innegable, pero ante la inadmisión --
precisamente por razones políticas-- de una lengua común como podría ser el
esperanto, cabe pensar que las lenguas más sencillas contarán con ventajas sobre las
demás a la hora de generar adeptos. Hacer la ortografía cada vez más fonética
ayudaría. Como nos dice Ignacio de Cuadra, "si queremos difundir nuestra cultura en
el mundo actual resulta urgente simplificar nuestra ortografía en esta época de la
prisa y del mínimo esfuerzo".
RAZONES TECNOLÓGICAS
En pleno apogeo de la informática, parece absurdo discutir ciertos
argumentos. La simplicidad y lógica funcional del ordenador y su uso cada vez mayor
como aglutinador y procesador de datos, hace imprescindible la equivalencia de los
signos y su simplicidad. Esto nos obliga a pensar en la ortografía como un sistema de
convencionalismos gráficos que deberían simplificarse al máximo, para facilitar su
manejo. Por contra, también hemos de caer en la cuenta de que una vez establecidos
los códigos de equivalencia simbólicos, renovarlos afectaría a un número cada vez
mayor de elementos. Hay como una pugna entre la simplificación de "imputs" y la
dificultad de procesarlos en forma de "outputs". Dado que esta segunda operación no
es difícil, es previsible pensar que habría de tenderse a facilitar la primera,
eliminando los signos inútiles. Por ejemplo, el francés utiliza el 25% más de signos
tipográficos que el inglés.
Algunos podrían pensar que la máquina tiene que doblegarse a la ortografía y
no al revés. Los que piensan así se hallan todavía en la época romántica de la
tecnología.
Hay otras razones como las estilísticas y/o etimológicas que podrían alargar
este artículo, pero con las que hemos apuntado queda clara la casuística en torno a la
cual deberá girar cualquier intento de reforma ortográfica.
Vicente Barberá Abalat. Doctor en Ciencias de la Educación.
REFORMAS ORTOGRÁFICAS
En Francia ha vuelto a lanzarse la idea de la reforma de la ortografía. El proyecto
data de principios de siglo. No ha encontrado buena acogida. La sociedad francesa
ama su idioma y es consciente de que los cambios en la lengua escrita resultan
siempre muy delicados, máxime en idiomas como el francés cuya evolución profunda
respecto al latín encuentra en una ortografía "conservadora" garantías de
estabilidad.
La menor evolución del español sitúa la cuestión en un nivel distinto, no tan
problemático. No obstante, los problemas existen. La ortografía castellana es
consecuencia de la concurrencia de dos tradiciones: la tradición etimológica, cuya
referencia es el latín, y por eso escribimos "hombre" con una "h" que nunca hemos
pronunciado, o distinguimos entre "b" y "v", que es una distinción inexistente en el
sistema consonántico del español moderno, y la tradición fonética, que pretende
igualar la pronunciación a la escritura.
La Academia Española dictó sus últimas normas en 1959. Fueron novedosas
en algunos aspectos, con la tendencia a la supresión de determinadas tildes (acentos
gráficos) y la adopción de criterios sustancialmente fonéticos, como la posibilidad de
eliminar la letra "p" en palabras como "psicología" o "psuedónimo". Desde entonces,
la Academia ha seguido trabajando en esta dirección. Y lo ha hecho con prudencia,
consciente de que la palabra escrita es ante todo una imagen visual y cualquier
alteración topa con los hábitos arraigados de millones de usuarios. Este es el gran
problema de las reformas ortográficas. Si las modificaciones son radicales
encuentran el rechazo de la inmensa mayoría de los hablantes alfabetizados y sólo la
problemática adhesión de los niños que aún no han aprendido a leer. Piénsese en el
rechazo general suscitado por la grafía "güisqui", propuesta por la Academia.
La ortografía es un instrumento esencial de cohesión y unidad del idioma. El
español, como todas las grandes lenguas de implantación mundial, presenta una
inmensa variedad en su pronunciación. Establecer una ortografía que dé cuenta de
tal diversidad resulta a todas luces imposible. Por otra parte, ninguna ortografía
reproducirá nunca con exactitud los sonidos. La ortografía castellana es una de las
más fonéticas de Europa. Su aprendizaje, con una escolarización normal, puede darse
por concluido a los catorce años. Si nuestros estudiantes y los que no lo son tienen
problemas con la ortografía, se debe a la falta de lecturas. No es cierto que la
ortografía sea "clasista": sería ofender a las clases menos dotadas económicamente
pensar que se debe destruir la ortografía actual para que puedan escribir
correctamente. Pero los partidarios de las reformas drásticas aducen el argumento
de la complejidad ortográfica como agente hostil a la erradicación de las grandes
bolsas de analfabetismo y como causa de inútiles discriminaciones.
Es escasa la viabilidad de los proyectos radicales de reforma. No obstante, las
normas vigentes de la Academia pueden simplificarse. Es posible eliminar acentos,
aligerar a veces grupos vocálicos (escribir "rembolso") o consonánticos (escribir
"trasmitir"); desterra dualidades innecesarias ("cinc", "zinc"); suprimir las palabras
biacentuales eligiendo una sola forma ("policíaco" o "policiaco"); aglutinar elementos
("deprisa", mejor que "de prisa"); generalizar la pérdida de "h" en algunas palabras
(sabiondo", preferible a "sabihondo"), etcétera. Pero no se debe ir más lejos.
Fenómeno convencional, como todos los hechos lingüísticos por otra parte, la
ortografía garantiza la unidad de la lengua y preserva su memoria histórica, su
condición de patrimonio cultural recibido y que debe ser entregado a las futuras
generaciones.
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