Letras de Canciones Infantiles Cortas
Letras de Canciones Infantiles Cortas
LA CANCIÓN DE LA PANCITA
Desde que yo estaba en la
pancita de mamita
tu me veías, tu me veías.
1
LA CANCIÓN PALMAS PALMITAS
Palmas, palmitas,
higos y castañitas,
azúcar y turrón
para mi niño/a son.
Palmas, palmitas,
que viene papa
palmas palmitas
que luego vendrá
Palmas, palmitas,
que viene papa
palmas palmitas
que en casa ya está
2
son los números
si, si, si
CINCO RATONCITOS
3
LA CANCIÓN ESTRELLITA DÓNDE ESTÁS
En el cielo o en el mar
un diamante de verdad.
Estrellita dónde estás
me pregunto quién serás.
En el cielo o en el mar
un diamante de verdad.
Estrellita dónde estás
me pregunto quién serás.
4
AL CORRO DE LA PATATA
Al corro de la patata
comeremos ensalada
como comen los señores
naranjitas y limones
¡Achupé! ¡Achupé!
¡Sentadita me quedé!
EL COCHERITO, LERÉ
El cocherito, leré
me dijo anoche, leré,
que si quería, leré
montar en coche, leré.
Y yo le dije, leré
con gran salero, leré,
no quiero coche, leré
que me mareo, leré.
El nombre de María
que cinco léteas tiene:
la M, la A, la R,la I, la A.
MA-RÍ-A.
5
TENGO UNA MUÑECA VESTIDA DE AZUL
La lleve a la playa
se me constipó,
la lleve a la casa
la niña lloro.
Brinca la tablita
yo ya la brinque
brincala de nuevo
yo ya me cansé.
6
EL BURRO ENFERMO
A mi burro, a mi burro
le duele la cabeza,
el médico le ha puesto
una corbata negra.
A mi burro, a mi burro
le duele la garganta,
el médico le ha puesto
una corbata blanca.
A mi burro, a mi burro
le duelen las orejas,
el médico le ha puesto
una gorrita negra.
A mi burro, a mi burro
le duelen las pezuñas,
el médico le ha puesto
emplasto de lechuga.
A mi burro, a mi burro
le duele el corazón
el médico le ha dado
jarabe de limón.
A mi burro, a mi burro
ya no le duele nada
el médico le ha dado
jarabe de manzana.
7
CANCIÓN DE LA VACUNA
María Elena Walsh
¿No?
Todas las brujerías
del brujito de Gulubú
se curaron con la vacú
con la vacunaluna lunalú.
La vaca de Gulubú
no podía decir ni mú.
El brujito la embrujó
y la vaca se enmudeció.
¿No?
Todas las brujerías
del brujito de Gulubú
se curaron con la vacú
con la vacuna
luna luna
lú.
8
Se olvidaban la lecció
no sufrían de sarampión.
¿No?
Todas las brujerías
del brujito de Gulubú
se curaron con la vacú
con la vacuna
luna luna
lú.
Ha sido el brujito el ú,
uno y único en Gulubú
que lloró, pateó y mordió
cuando el médico lo pinchó.
¿No?
Todas las brujerías
del brujito de Gulubú
se curaron con la vacú
con la vacuna
luna luna
lú.
9
DEBAJO DE UN BOTÓN
EL BARQUITO CHIQUITITO
10
que no sabia, que no podía, que no podio, navegar…..
etc
LAS MANOS
11
MAMBRU SE FUE A LA GUERRA
La Trinidad se pasa,
mire usted, mire usted, qué guasa.
La Trinidad se pasa.
Mambrú no viene ya,
Do-re-mi,
do-re-fa.
Mambrú no viene ya.
12
Do-re-mi, do-re-fa,
son tristes de contar.
En caja de terciopelo,
¡qué dolor, qué dolor, qué duelo!,
en caja de terciopelo,
y tapa de cristal.
Do-re-mi, do-re-fa,
y tapa de cristal.
Y detrás de la tumba,
¡qué dolor, qué dolor, qué turba!,
y detrás de la tumba,
tres pajaritos van.
Do-re-mi, do-re-fa,
tres pajaritos van.
Cantando el pío-pío,
¡qué dolor, qué dolor, qué trío!,
cantando el pío-pío,
cantando el pío-pá.
Do-re-mi, do-re-fa,
cantando el pío-pá
13
PARA MIS PATITOS
14
PIRULÍN PIRULÓN
Una me da leche,
otra me da lana,
y otra me mantiene
toda la semana.
Caballito blanco
llévame de aquí.
Llévame hasta el pueblo
donde yo nací.
16
UNO DE ENERO
Uno de Enero,
dos de Febrero,
tres de Marzo,
cuatro de Abril,
cinco de Mayo,
seis de Junio,
siete de Julio San Fermín.
17
-Oye china que no quiero discutir tir tir.
-Soy un chino capuchino mandarin rin rin.
18
LA VACA LECHERA
Un cencerro le he comprado
Y a mi vaca le ha gustado
Se pasea por el prado
Mata moscas con el rabo
Tolón, tolón
Tolón, tolón
EL PATIO DE MI CASA
El patio de mi casa
es particular.
Cuando llueve se moja
como los demás.
Agáchate,
y vuélvete a agachar,
19
que los agachaditos
no saben bailar.
Hache, I jota, ka
ele, elle, eme, a,
que si tú no me quieres
otro amante me querrá.
Hache, I jota, ka
ele, elle, eme, o,
que si tú no me quieres
otro amante tendré yo.
Levántate
y vuelve a levantar,
que los levantaditos
si saben bailar.
20
QUE LLUEVA QUE LLUEVA
Ya lo llevan a enterrar
por la calle del pescado,
marramiau, miau, miau, miau,
por la calle del pescado.
22
De Cataluña vengo
de servir al Rey
¡ay! ¡ay!,
de servir al Rey,
de servir al Rey,
y traigo la licencia
de mi Coronel,
¡ay! ¡ay!,
de mi Coronel,
de mi Coronel.
Al sacar el anillo
saqué un tesoro,
¡ay! ¡ay!,
saqué un tesoro,
saqué un tesoro:
una Virgen de plata
y un Cristo de oro,
¡ay! ¡ay!,
y un Cristo de oro,
y un Cristo de oro.
23
¿DONDES ESTÁN LAS LLAVES?
Yo tengo un castillo,
matarile, rile, rile.
Yo tengo un castillo,
matarile, rile, ron chimpón.
Irá Carmencita,
matarile, rile, rile.
Irá Carmencita,
matarile, rile, ron chimpón.
Le pondremos peinadora,
matarile, rile, rile.
Le pondremos peinadora,
matarile, rile, ron chimpón.
EL MOLINO DE SAL
Está leyenda nórdica cuenta que hace muchos años existía un gigante que tenía un
molino mágico. El molino era pequeño y podía producir sal. Un día, el gigante se lo
regala a una mujer viuda y a su pequeña hija. Ambas trabajan con el molino y obtienen
tanta sal que pueden venderla al pueblo. Desafortunadamente un duende, celoso del
molino, lo roba y lo arroja al mar. Y por está razón el agua del mar es tan salada.
26
ROBIN HOOD
También conocido como el “príncipe de los ladrones”, Robin Hood es de los personajes
ingleses más conocidos en las leyendas de la cultura occidental. Su historia se ha
inspirado en distintos personajes, aunque uno de los más mencionados es Ghino di
Tacco, héroe italiano de siglo XIII. Los registros escritos sobre Robin Hood se han
ubicado desde el siglo XIII, aunque ganó popularidad a partir del siglo XV.
Se trata de un hombre que se enfrentaba con los ricos para defender a los pobres. Sin
que se dieran cuenta, le quitaba pertenencias a los primeros para dárselas a quienes
las necesitaban más; siempre en compañía de su traje verde, su arco y sus flechas.
LA LLORONA
La Llorona es una leyenda de origen latinoamericano, especialmente popular en
México. La versión más difundida cuenta la historia de una mujer que había sufrido el
rechazo de su marido, y ella, en señal de despecho, asesinó a sus hijos. La culpa la
hace regresar por las madrugadas en la forma de un fantasma que grita “¡Ay mis
hijos!”.
Otras versiones cuentan que se trata de una representación de La Malinche, mujer
que ejerció como traductora e intérprete de Hernán Cortés durante “la conquista” de
América. En este caso, el grito de sufrimiento tiene que ver con que algunas versiones
del proceso de colonización, han atribuido injustamente a la Malinche la
responsabilidad sobre lo ocurrido.
27
TANABATA
En esta leyenda japonesa, Orihime (que significa princesa que teje) era hija de de
Tentei, el señor del Cielo. A este último le encantaba la ropa que Orihime tejía; pero
ella, en cambio, se encontraba desanimada porque gracias a su duro trabajo, no había
tenido la oportunidad de enamorarse. Tentei, preocupado, le presenta a Hikoboshi, de
quien se enamoró perdidamente. Al casarse, ambos dejaron de cumplir con los
mandatos de Tentei, con lo cual el señor del Cielo termina por separarlos.
Ante las lágrimas de Orihime, Tentei les permitió encontrarse al séptimo día, una vez
terminadas sus responsabilidades (por eso el nombre de Tanabata, que significa
“Noche del séptimo”). Pero para esto tenían que atravesar un río donde no había
puente. Ella lloró tanto que una bandada de urracas se acercó para hacer de
puente con sus alas. Actualmente, existe un festival en Japón que se llama Tanabata,
o Festival de la Estrella. Según la leyenda este es el día en que los amantes que han
sido separados se reencuentran.
28
KRAMPUS
Personaje popular en el este de Europa, que ha sido descrito como mitad cabra, mitad
demonio: tiene un par de cuernos gigantes, patas muy grandes y un cuerpo peludo.
Cada navidad, Krampus viene a sancionar a los niños que se han portado mal; en
contraste con San Nicolás, Santa Claus o Papa Noel, que viene a premiar a quienes
han sido muy educados. Se trata de un persona cuyo origen está vinculado a la
cultura religiosa anterior al cristianismo.
7. EL HOMBRE LOBO
El hombre lobo es probablemente una de las leyendas que más ha inspirado cuentos
y películas en Europa. Cuentan que a finales del siglo XIX, un hombre con licantropía
asesinó a 17 personas. La explicación que él mismo dio es que por las noches, se
transformaba inevitablemente en un lobo cuya necesidad insaciable era asesinar. En
otra versión, de origen guaraní, existe un humano de aspecto desgarbado y olor
desagradable que se transforma en lobo durante las noches de luna llena, y se dedica
a atacar granjas y buscar carroña.
29
POPOCATEPETL E IZTACCIHUATL
Cuenta la leyenda que en el imperio Azteca había un importante guerrero llamado
Popocatépetl, que amaba a la hija de uno de los jefes: Iztaccihuatl. Antes de irse a
una guerra, Popocatépetl se despide de Iztaccihuatl prometiéndole que volvería por
ella. Desgraciadamente, otro de los soldados que también estaba enamorado de
ella, difundió la falsa noticia de que Popocatépetl había muerto en combate.
Cuando Iztaccíhuatl se enteró, decidió quitarse la vida. Tiempo después el guerrero
vuelve por ella, y al encontrarse con que estaba muerta; no aguantó la tristeza y murió
también. Ante esto, los dioses se conmovieron y los transformaron en dos de los
volcanes más grandes del centro de México, que actualmente llevan sus nombres.
EL HOLANDÉS ERRANTE
Una leyenda que se remonta al siglo XVII, donde un capitán holandés llamado Hendrik
Van Der Decken hacía un viaje en barco con rumbo a la India. En eso, una fuerte
tormenta azota su barco, a lo que el capitán se resistió con fuerza y determinación.
Esto desafió la autoridad de Dios, quien condenó al capitán a vagar, junto con su
barco, sin rumbo por todo el océano. Desde entonces, cuenta la leyenda que el
30
fantasma del holandés errante se aparece a media noche junto con otras almas en
pena. Su aparición es además sinónimo del mal augurio para los capitanes que lo
avistan.
31
BUENOS DÍAS SU SEÑORÍA
32
ARRÓZ CON LECHE
Arróz con leche, me quiero casar
con una señorita de San Nicolás.
que sepa coser, que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta para ir a jugar.
JUGUEMOS EN EL BOSQUE
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
Me estoy bañando.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
Me estoy poniendo los pantalones.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
Me estoy poniendo un saco.
33
Me estoy poniendo un sombrero.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
Me estoy poniendo las medias.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
Me estoy poniendo los zapatos.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está.
¿Lobo estás?
¡Aquí voy para fuera a jugar con ustedes no se vayan!
LA GALLINA TURULECA
Yo conozco una vecina,
que ha comprado una gallina,
que parece una sardina enlatada.
Tiene las patas de alambre,
porque pasa mucho hambre,
y la pobre está todita desplumada.
Pone huevos en la sala,
y también en la cocina,
pero nunca los pone en el corral.
La gallina, turuleca,
es un caso singular.
La gallina, turuleca,
está loca de verdad.
La gallina turuleca,
ha puesto un huevo,
ha puesto dos,
ha puesto tres.
34
La gallina turuleca,
ha puesto cuatro,
ha puesto cinco,
ha puesto seis.
La gallina turuleca,
ha puesto siete,
ha puesto ocho,
ha puesto nueve.
¿Dónde está esa gallinita?
Déjala, la pobrecita,
déjala que ponga diez.
35
La gallina busca
el maíz y el trigo,
les da la comida
y les presta abrigo.
Bajo sus dos alas
acurrucaditos,
duermen los pollitos
hasta el otro día.
Cuando se despiertan
dicen, mamacita
tengo mucha hambre
dame lombricita.
UN ELEFANTE SE BALANCEABA
Un elefante se balanceaba
sobre la tela de una araña,
como veía que resistía
fue a llamar a otro elefante.
Dos elefantes se balanceaban
sobre la tela de una araña,
como veían que resistía
fueron a llamar a otro elefante.
Tres elefantes…
Cuatro elefantes…
Cinco elefantes…
Seis elefantes…
36
CÚ CÚ CANTABA LA RANA
Cú cú cantaba la rana.
Cú cú debajo del agua.
Cú cú paso un caballero.
Cú cú con capa y sombrero.
Cú cú paso una senora.
Cú cú con traje de cola.
Cú cú paso un marinero.
Cú cú vendiendo romero.
Cú cú le pedí un ramito.
Cú cú no me quiso dar.
Cú cú me puse a llorar.
ASERRÍN ASERRÁN
Aserrín aserrán
los maderos de San Juan
piden pan no les dan
piden huesos y les dan queso
piden vino y si les dan
se marean y se van.
Aserrín aserrán
los maderos de San Juan
piden pan no les dan
piden huesos y les dan queso
piden vino y si les dan
se marean y se van.
37
SI TE SIENTES HOY FELIZ
Si te sientes hoy feliz, aplaude a̮ sí. (2 aplausos.)
Si te sientes hoy feliz, aplaude a ̮ sí. (2 aplausos.)
Si te sientes muy feliz, tu rostro no podrá mentir.
Si te sientes hoy feliz, aplaude a ̮ sí. (2 aplausos.)
Se desenreda el pelo,
con peine de marfil, de marfil,
y aunque se da tirones
no grita y dice ¡uy!, dice ¡uy!
38
pues come con cuidado
como un buen colegial
39
EL NIÑO QUE QUERÍA VER A SU ÁNGEL
Todo niño tiene un ángel que se llama igual que él y que lo cuida
mañana, tarde y noche. Son los ángeles de la guarda que no comen, ni duermen, ni
descansan nunca. Pero ciertas noches de verano, cuando sus niños están durmiendo
muy cansados y tranquilos, sus ángeles salen de puntillas de su pieza y salen a
juntarse en el árbol más grande del vecindario. Y allí, reunidos a la luz de las estrellas
como una bandada de pájaros nocturnos y transparentes, se cuentan unos a otros las
maravillas, alegrías y desastres de sus niños. Como tienen el oído finísimo, cada ángel
oye respirar a su ahijado aunque este duerma a cuatro cuadras de distancia; y si
alguna pesadilla o algún dolor lo
despierta, el ángel de la guarda vuelve a su lado en un suspiro.
Los ángeles adoran al niño o niña que Dios les confió, aunque sea feo o bonito, bueno,
egoísta o mentiroso. Y aunque con su mirada de ángel nunca dejan de darse cuenta
de las debilidades de su ahijado, siempre encuentran algo bueno, único y precioso que
solo tiene su niño y que comentan en sus juntas nocturnas sobre los árboles.
Así, una noche estrellada, uno de los treinta y tres ángeles de la guarda posados en la
copa del árbol más alto del barrio, contó la historia del niño que quería ver a su ángel.
—¿Dónde está mi ángel, mamá? ¿Por qué no lo veo? ¿Tiene alas como los pájaros o
manos como nosotros? Y cuando yo corro, ¿vuela para seguirme? ¿Y cuando duermo,
se pone a dormir también o solo me cuida?
—Sé que todos los niños hacen ese tipo de preguntas —siguió el ángel de Simón—, y
sé que los padres contestan con respuestas vagas que
12 al poco tiempo se olvidan. Pero mi ahijado no. Él siguió preguntando y
preguntando a tal punto, que su mamá, desesperada, acabó por prohibirle que
mencionara mi nombre.
40
—Sí, si eres muy bueno podrás verlo.
Desde ese día Simón cambió por completo. De egoísta que era, se puso generoso.
Sus juguetes, que antes guardaba cuidadosamente y no se los
prestaba a nadie, ahora estaban desparramados por toda la casa como si fueran de
sus hermanos menores; de rabioso que era, se puso manso; en la casa no volvió a
gritarle a nadie y de flojo que era se puso estudioso.
¿Pero creerán, hermanos ángeles, que yo no estaba contento con los cambios de
Simón, sino que me asustaban? Porque Simón se portaba así de bien, no porque
quisiera de verdad ser bueno, sino porque calculaba que portándose bien yo me
sentiría obligado a mostrarme.
—Ángel ¿viste cómo Juan me empujó a la salida del colegio y yo no le pegué? —me
preguntaba en la noche antes de dormirse—. ¿No te parece que estoy más bueno?
¿Cuándo te voy a ver?
Y pasó al fin lo que tenía que pasar. Sus compañeros se aburrieron de él y le dijeron
que era un tonto que no sabía defenderse; los profesores dejaron de interrogarlo
cansados de que siempre supiera el doble que los otros; sus hermanos perdieron
interés en sus juguetes. Simón se fue poniendo triste, perdió el apetito, enflaqueció y
finalmente cayó en cama, enfermo.
—¿A qué has venido? —me preguntó, mirándome con los soles brillantes de sus
ojos—. ¿Acaso tu ahijado ha dejado de vivir en la tierra y tu guardia llegó a su fin?
—¡No, no señor! Mi ahijado vive todavía, pero está muy mal. Es por eso que he venido
a pedirte permiso para aparecerme ante él…
Don Gabriel se quedó mirándome, como si no entendiera lo que había venido a pedirle,
pero había entendido muy bien, porque luego de un rato, que se me hizo eterno, me
dijo:
41
—¡No, querido ángel! ¡Nada de apariciones! Lo siento mucho. Vas a tener que
descubrir algún modo completamente natural de ayudarlo, para que nadie pueda ni
siquiera sospechar que lo ayudaste.
Al oír esto, mi desaliento fue tan grande que hasta mis alas se opacaron.
¿Cómo iba a ayudar a un niño enfermo de ganas de verme si no me 15
permitían aparecer ante él?
Me quedé ahí con la cabeza agachada y en silencio ante el trono de nuestro jefe, hasta
que se compadeció de mí y me dijo:
—¡Ánimo, ángel! Tu ahijado Simón es un caso raro, pero han existido algunos aun más
raros en la larga historia humana. ¿Por qué no vas a consultar a los ángeles de los
muertos? Más de uno debe haber pasado lo mismo que tú.
Los millones de ángeles se miraron; luego diez mil dieron un paso adelante; después
cien avanzaron otro poco; finalmente diez quedaron frente a mí y se miraron; y el último
paso hacia donde yo estaba lo dio un solo ángel. Era alto y calvo, de ojos penetrantes,
una enorme barba blanca y unas alas con un toque de rojo italiano en sus plumas.
18
—Mi ahijado —comenzó— vivió en la tierra hace unos cinco siglos y sus ansias por
verme eran muy parecidas a las del tuyo. Y creyendo equivocadamente que le bastaba
con ser más bueno para poderme ver, no solo se dejaba maltratar por sus pequeños
amigos, sino que hacía sacrificios como caminar a pie pelado por un campo de ortigas
hasta que se llenaba de heridas o sobre la nieve hasta que se ponía azul de frío. Y
noche tras noche me preguntaba: “¿No soy bueno, acaso? ¿Cuándo te veré? ¡Quiero
verte, quiero verte!” Entonces yo, desesperado igual que tú, pedí permiso a don Gabriel
para mostrarme. Pero también me lo negó. Volví a la tierra, desilusionado, pero no
vencido. Y pensé y pensé con verdadera furia hasta que encontré una manera. Y un
día, después de un fuerte temporal, cuando mi niño estaba solo en el patio de muros
de adobe de su casa, me puse a soplar la gran pared que estaba empapada por la
42
lluvia. Donde yo soplaba, el barro de la superficie se secaba y aparecía una mancha
más clara. Y soplando por aquí y por allá, fui dejando solamente algunas partes
húmedas, las que vistas desde el lugar donde
estaba sentado mi ahijado formaron una silueta de un hombre con dos inmensas alas
oscuras. Luego di un brinco hasta el cielo, soplé las nubes, se abrió un claro azul y los
rayos del sol cayeron e iluminaron la figura del muro. Mi ahijado levantó la vista, abrió
desmesuradamente los ojos y comenzó a gritar: “¡El ángel, el ángel!” Toda la familia
salió al patio, alarmada por sus gritos, pero ya las manchas húmedas del muro se iban
evaporando y nadie alcanzó a distinguir la figura alada. Sus padres los atribuyeron a
la imaginación, los hermanos se burlaron y los primos le dijeron que era un loco. Pero
ese fue su remedio, porque sin importarle lo que le decían, desde ese día se dedicó
con increíble perseverancia a pintar el muro trasero del patio para rehacer el ángel que
ciertamente había visto. Nunca más me interrogó ni trató de hacerme aparecer con
sacrificios, pero con sus óleos y pinceles me hizo aparecer muchas veces a lo largo
de su vida. ¡Fue un gran artista mi ahijado Leonardo da Vinci!
Esa fue la historia que me contó Leonardo, el ángel calvo con alas de aire
italiano. Y apenas terminó su relato, una idea brilló en mi cabeza. Me 19
despedí con tres besos que sonaron a música y partí volando monte abajo. Crucé otra
vez la costa de chispas, descendí entre estrellas y atravesé las nubes hasta llegar junto
al rostro flaco y pálido de mi ahijado dormido. Y por primera vez en mucho tiempo
sonreí junto a él: ¡al fin tenía un remedio!
Los treinta y dos ángeles que lo escuchaban posados en el árbol ni se movían, tan
atentos estaban al relato. Entonces el ángel de la guarda de Simón, igual que si fuera
un mago, hizo aparecer entre sus alas un enorme cuaderno que se elevó agitando sus
hojas por el aire, hasta quedar posado en la punta del árbol.
—Este cuaderno, que les mostraré, lleva un importante título —dijo entre tímido y
orgulloso— y en él podrán apreciar el final de mi historia.
—Les voy a contar lo que sucedió: mi niño estaba enfermo en cama, y en el lugar no
había muros de barro ni lluvia, como en el caso de Leonardo. ¡No se me ocurría qué
hacer! Hasta que una mañana, al ver la bandeja blanca en que la mamá de Simón
traía el desayuno, se me ocurrió que la bandeja podía hacer de muro y la leche con
chocolate de lluvia. Esperé que la mamá saliera de la pieza y cuando mi niño, después
de haberse comido una tostada con miel se llevó el tazón a los labios para beber el
43
primer sorbo, rocé su nariz con un aire del grosor de una pelusa. Instantáneamente,
Simón estornudó y un chorro del líquido se derramó sobre la bandeja blanca. Entonces
yo, más rápido que el rayo, fui soplando de aquí para allá hasta que la leche fue
formando una figura con alas color chocolate. Mi ahijado miró la bandeja, abrió mucho
los ojos y un poco la boca, se puso más pálido de lo que ya estaba y gritó con todas
sus fuerzas: “¡Mamáaa: mi ángel, este es mi ángel!” Pero en su excitación dobló una
pierna, la bandeja se movió y el líquido corrió hasta el borde. Cuando su mamá y
hermanos, asustados por los gritos, llegaron a la pieza, del ángel no quedaba más que
una sombra oscura sobre el cubrecamas. Demás está decirles que sus hermanos se
rieron de él y la mamá lo retó por haber derramado la leche y además gritar como un
loco, asustándola. Pero cuando al día siguiente lo sorprendió dibujando en la bandeja
con el dedo untado en el tazón del desayuno, en vez de retarlo fue y le compró un
cuaderno y lápices. Fue así cómo mi ahijado comenzó a pintar y el ánimo volvió a su
vida.
Los treinta y dos ángeles sonrieron: la historia los había llenado de alegría, aunque
luego de un rato uno preguntó:
—Pero… ¿cómo puedes estar seguro de que sanó? ¿Cómo sabes que no te va a
volver a pedir que te aparezcas?
Y volvió a abrir el cuaderno de Simón. Pasó rápidamente unas hojas con borrones
color chocolate y otras con unas figuras torcidas, hasta llegar a una página donde
había un dibujo casi perfecto.
—¡Es precioso!
—¡Sí! —dijo el ángel de Simón, enrojeciendo hasta sus alas de puro contento.
22
Bajo el título Mi ánjel de la huarda, había dibujado, tan bien que parecía vivo, un
colorido pájaro, parecido a un queltehue, con las alas desplegadas.
44
AMORES DE PERROS
Hay amores que matan, se los digo con una pata en mi corazón.
Hubiese preferido ahorrarme el dolor y este agujero que siento en el pecho y me tiene
suspirando como si me faltara el aire.
Ahora es tarde para lamentarse. O, tal vez, es demasiado temprano,
¿cómo saberlo? He escuchado que el principio de cualquier cosa también es su final,
pero ¿cuándo comienza y cuándo termina? Grrr. Ustedes saben que hay preguntas
que son imposibles para un perro y no es que quiera aburrirlos, de hecho, soy de pocos
ladridos. Así es que al grano: la culpa de este lamento, esta historia que me veo
forzado a contar, la tuvo una cachorra café rojiza. Una preciosura de ojos como la
noche, orejas interminables y cola en punta que me robó el corazón y cambió mi vida
animal para siempre. Tan dramático como se lee. Ella y su engreída forma de mirarme
a los ojos, abrir el hocico y mostrar sus caninos impecablemente blancos para emitir
un gruñido de gato. No miento. Era una chica de mi raza, pero al mostrar sus dientes
lo hacía como una gata.
45
El asunto me llevó a plantearme otras preguntas difíciles, por ejemplo:
¿Existe eso del amor-perro-a-primer-olfato? O, ¿qué tiene una perrita que no tenga
otra? Porque ella tenía cuatro hermanas que se mostraron mucho más simpáticas
conmigo, podría haberme gustado cualquiera,
¿no? Y sin embargo. También surgieron dudas ingratas que podría resumir en las
palabras del poeta: ¿Qué se ama cuando se ama? Dicho de otra manera, ¿cómo es
posible que haya caído a sus pies si ella no me dio ni ladrido?
Guau.
Pero no quiero hablar de mí, aunque uno termine hablando de uno. La historia que
quiero contarles es otra y tiene que ver conmigo, pero de una manera, ¿cómo llamarla?
Cruel. La verdadera protagonista, la que se robó la película fue ella. Ella que pestañeó
y caí fulminado, ella que se acurrucó en la falda de su ama y no se dignó a mirarme.
Sucedió así:
Hará cosa de un mes nos invitaron a un asado. Digo “nos” porque fui con mis amos,
los Rojas. Yo estaba entusiasmadísimo con el paseo, de hecho, era la primera vez que
salía fuera de Santiago y quería verlo todo, por eso apenas me subí al auto peleé un
asiento al lado de la ventana. El viaje se me hizo eterno, los paisajes tan distintos y los
olores, ¡guau! Una deliciosa mezcla agridulce con toques de sabores desconocidos.
Para cuando llegamos, quería recorrer cada rincón.
No hice nada.
Me explico: bajé del auto de un salto, el pasto me llegaba hasta las orejas así es que
di botes como un conejo. Alcancé a reconocer un gran
estanque de agua, los Rojas iban con traje de baño y flotadores y se 27
bañaron mucho rato, yo también lo hubiera hecho de no ser porque al cuarto brinco
tropecé con ella.
Ella.
Escuché música. Para que sepan, los perros también nos ponemos cursis, así es que
escuché una melodía que era como el sonido tranquilo del viento de la tarde, y ella:
pestañeó y pestañeó. Mareado, caminé en puntillas como si mi cuerpo fuera de
plumas, y ella: pestañeó y pestañeó. La música seguía sintiéndose entre los dos
cuando llegué a su lado, y ella: pestañeó y pestañeó. Mi hocico alcanzó a rozar el suyo,
46
pero entonces el tiempo se aceleró: como una karateca, corrió su cara, su cuerpo y
mostró sus caninos.
Lo que siguió fue una crónica del desastre. Dio media vuelta y corrió desalada (¡qué
chica más veloz!), llegó a la terraza y de un salto se instaló en la falda de su ama.
Intenté imitarla, incluso alcancé a doblar mis piernas para el rechazo, me elevé por los
aires. ¡Paf! La señora me atajó de un solo manotazo. Caí al suelo, literalmente, a sus
pies.
Lloré. Sí, duele confesarlo, pero lloré a los pies de su ama con sus pestañas en mi
retina. La muy ingrata corrió la vista. Hubiese jurado que era sorda de no ser porque
atendía cualquier cosa que dijera la señora. A mí, en cambio, solo los caninos. Entre
tanto, los Rojas se pusieron trajes de bañoy chapoteaban en medio del estanque. Los
escuché llamarme, y en otro momento, hubiese corrido hacia ellos sin dudarlo, pero
estaba enfermo, preso de una agitación que desconocía. Quise decirle, confesarle mis
sentimientos, así es que volví a intentar el salto. Pero
30 esta vez la señora me dio una patada. Lo normal hubiese sido retirarme,
hacerme de rogar. Y sin embargo. Lloriqueé como un niño a los pies de la antipática
que me separaba de mi amada.
En algún momento se acercaron sus hermanas. Era la novedad, digo, el perro recién
llegado y sus hermanas comprendieron lo que ella se negaba a aceptar: teníamos que
conocernos. Nos olisqueamos tal como lo exigen nuestras reglas. Incluso, una de ellas
me invitó a jugar. ¡Había tanto que ver! Estuve a punto de correr, de dejarla atrás,
cuando la insufrible llegó a nuestro lado. Pensé que el corazón se me escapaba por el
hocico. Que quizás.
Me equivoqué.
Cuando intenté olfatearla, me tiró un tarascón. Por suerte soy ágil, un perro muy
atlético, y logré esquivarlo sin salir malherido.
—¡Guau! —alegué.
—Grrr, ¿por qué? —pregunté, pero ella me miró con esos ojos suyos e inclinó sus
pestañas.
Awww.
47
No dijo nada.
Un señor con sombrero de paja repartió unos huesos entre los perros que estábamos
ahí. Miré mi porción apetitosa y humeante. Me sonaron las
32 tripas y se me humedeció el hocico. Pero. Quería una explicación. Tomé el
hueso entre mis caninos y me fui hacia ella, la miré a los ojos, ella
gruñó como gata con su lomo engrifado. Sin reclamar, coloqué el manjar a sus pies.
Por un segundo algo en su mirada se suavizó, o eso creí.
La tarde transcurrió entre mis lloriqueos y sus gruñidos. Así es que cuando los Rojas
me subieron al auto y me instalé en la ventana para verla por última vez, pensé que
jamás olvidaría aquel momento ínfimo en que me miró sin gruñir. Mucho más tarde, ya
en mi casa, pensé que quizás ese primer encuentro no fue el principio ni el final, sino
un paréntesis y que nuestra historia en otro tiempo se escribiría de otra manera…
Eso le gustó mucho a los geniecillos, que ya estaban un tanto aburridos de la lluvia y
del frío. Atrás quedaron los días oscuros del invierno, y se dispusieron a realizar sus
tareas de todos los años: avisar a las abejas y a los pájaros que ya era primavera,
invitar a los abejorros, enviar mensajes por el aire a los colibríes, en fin, a todos
aquellos que ayudarían a que las flores no se extinguieran.
En una planta de maravilla que crecía junto a un hermoso huerto, vivía la familia de
genios Flor de Maravilla. Grande, inmenso, brillaba el disco floral, rodeado por una
corona de amarillos pétalos.
48
La familia Flor de Maravilla estaba orgullosa de vivir allí, y no era para menos. La casa
donde habitaban, es decir, la flor de la maravilla, tenía
toda una trayectoria: artistas famosos la habían pintado en sus cuadros. También el
sol, viejo amigo de la familia, contaba que la maravilla era un símbolo importante entre
los indios aztecas.
A los geniecillos les entretenía escuchar todo esto. Estaban orgullosos, porque las
semillas que ellos ayudaban a formar cada año servían para alimentar a las aves y
para que las vacas dieran más leche que nunca. Últimamente habían oído decir que
los seres humanos las ocupaban para hacer unos aceites muy especiales.
Todos estaban contentos, menos Mara Villa, la geniecillo menor, que encontraba
espantoso vivir en una flor como esa. Temía decir “común”, por miedo a que el papá
geniecillo se enojara demasiado.
Cuando asistía a la escuela de las flores que una familia de chinitas había instalado
cerca de allí, trataba que no se enteraran dónde vivía, y
36 jamás invitaba a nadie, ni tampoco aceptaba la invitación que le hacían las otras
genios.
Un día, el papá Genio Maravilloso terminó por perder la paciencia, al escuchar siempre
las mismas quejas de su pequeña hija; que ojalá se fueran a vivir a otra flor, que había
demasiado pétalo, y que la superficie un tanto áspera que formaban los estambres le
rozaba sus delicadas alas. Ni qué decir del tallo largo y espinoso por el que tenía que
bajar cada mañana para ir a la escuela.
—Está bien —dijo papá Maravilla—. Buscaremos otra flor. Quizás tengas razón. Tú
misma me dirás cuál es la flor en la que quieres vivir.
Así fue como la geniecillo, muy contenta, decidió aceptar las invitaciones que tantas
veces había recibido.
Primero visitó a la geniecil lo Botón de Rosa, que era tan simpática, y que por supuesto,
vivía en un hermoso botón de rosa, todo pintado de rojo, tapizado con terciopelo floral
muy fino. Mara Villa se quedó con la boca abierta, porque en verdad, el lugar era muy
bello. Pero cuando quiso tocar el terciopelo de los pétalos, la mamá Botón de Rosa le
advirtió:
La pequeña Botón de Rosa era feliz allí, pero Mara Villa decidió irse donde otra de sus
amigas.
La elegida fue la genio Hortensia Azul, quien de inmediato la invitó por todo el fin de
semana. Mara Villa quedó fascinada con las pequeñas flores que conformaban la
residencia de su amiga. Sin embargo, hubo un problema. Cuando llegó la noche, y los
Hortensia Azul se fueron a dormir, cada uno en una flor distinta, Mara Villa se sintió un
poco sola.
Algunos días después, Mara Villa aceptó la invitación a tomar néctar que le hiciera
Diente de León, una de las más inquietas de la escuela. Al llegar, creyó, por fin, haber
encontrado la casa soñada, pero cambió de opinión cuando una ráfaga de viento
arremetió contra la flor y todos tuvieron que abrir sus paracaídas para volar en
búsqueda de otra flor.
—Siempre lo mismo —dijo la mamá Diente de León—. Menos mal que es solo en
algunas épocas del año.
A la semana siguiente, Mara decidió ir donde su amiga Nomeolvides, que era muy
calladita y algo tímida. La casa resultó ser muy hermosa, pero un tanto pequeña. Los
genios Nomeolvides vivían bastante apretados y una familia numerosa como la que
tenía ella no iba a caber en una flor como esa.
¡Qué difícil era encontrar algo adecuado! Todas las casas eran bellas, sus habitantes
se veían contentos, sin embargo, la pequeña Mara Villa
siempre les encontraba un pero: las petunias eran muy pegajosas; los lirios se
marchitaban pronto; en las azucenas, se resbalaba; las violetas eran muy oscuras, en
fin, siempre había algún problema.
Su papá, algo preocupado por esta hija que salía todos los días, le preguntó qué había
decidido. Mara Villa le contestó resignada:
—Creo que no hay más que hacer. Tendré que vivir aquí para siempre. La mamá
intervino, y dijo:
—Está bien, pero creo que es hora que tú invites a todas tus amigas. Han sido tan
cariñosas contigo.
50
Mara Villa arriscó la nariz ¿Qué iban a pensar sus compañeras?
Mamá Maravilla insistió y se dedicó a preparar una rica sopa de néctar con polen. A
Mara Villa no le quedó más que hacer lo que se le decía.
Las amigas aceptaron, encantadas, y esa tarde llegaron las geniecillos de visita.
—Es un tanto áspera —les advirtió la pequeña, con las mejillas intensamente
amarillas, pero a ninguna de sus amigas le importó realmente.
Y cuando ya creían que iba a oscurecer, sucedió lo que pasa todos los días: el papá
Genio Maravilloso miró hacia arriba y lentamente la flor se dio vuelta hacia el sol.
Las geniecillos se despidieron bastante tarde y, antes de irse a casa, le dieron las
gracias a los Maravilla por un día tan entretenido.
—Invítanos más a menudo —le rogaron a Mara—. Aquí en tu casa se puede jugar
hasta tarde y no hay el problema de que algo se dañe. Mara Villa estaba muy contenta,
y, por fin, reconoció que vivir en una maravilla es, en verdad, ¡una maravilla!
•••
51
EL JABÓN PARLANTE
El científico Hans Fritz Chukrut era uno de los inventores más geniales del mundo
mundial. Había inventado las espiroquetas taiwanesas, los multiformes demenciales y
el hoyúsculo volátil
(y también el agua en polvo), que eran inventos que nadie sabía para qué servían,
pero que sonaban muy ingeniosos.
Hasta que un día se le ocurrió otra idea, una que lo haría famoso: el jabón parlante. Y
llegó y lo hizo.
El pobre Hans Fritz no sabía cómo hacer callar a su jabón. Y tampoco podía mandarlo
al colegio para educarlo, porque si iba en un día con lluvia iba a terminar deshecho
antes de aprender.
Entonces guardó su invento jabonoso y, por suerte, como era tan inventivo, se le
ocurrió otro. El problema es que esta vez fue un papel confort parlante.
Y esta vez, Hans Fritz tuvo que arrancar muy lejos después que la gente lo usó.
•••
52
LA EXTINCIÓN DEL FLOJOSAURIO
••••••••••••••••••••••••••••••••••••
En buscan en los museos, justo en la sección de los fósiles, nunca encontrarán alguna
huella del desaparecido Flojosaurio. ¿Por qué? se preguntarán ustedes. Porque era
un dinosaurio tan, pero tan,
pero tan flojo que sus huesos no quisieron transformarse en fósiles, de puro flojos.
Estos son los estudios del Flojosaurio del profesor Alf Eñique, al que las mamás del
mundo le pagaron para que inventara esta mentira fósil y con tanta moraleja.
53
LAS VACAS QUE DAN LECHE CON SABOR
ustedes conocen esa canción de las vacas que dan leche con chocolate y leche
condensada. Bueno, hay muchos científicos que han quedado traumados desde niños
intentando lograr
esto, hasta que llegó Hans Fritz Chucrut para solucionar este problema. “Solucionar”,
esa era su idea.
El profesor Chucrut investigó el tema durante muchos años, mientras destacaba por
otros inventos. Alimentó a una vaca solo con chocolate, pero no dio resultado y quedó
súper acelerada la pobre. A otra le dio kilos de azúcar, pero solo le salieron caries. A
otra la llenó de manjar hasta que se volvió vegetariana de puro odio al manjar.
Entonces pintó a una vaca de color frutilla, pero nada. Después pintó a una amarillo —
por la vainilla, no por el plátano—, pero tampoco. Entonces subió a una vaca a un
helicóptero, para ver si después daba leche batida. Pero no. La pobre vaca se mareó
y nada más. La leche salió normalita y el pobre animal no pudo pararse durante dos
días.
Fue entonces que las vacas se organizaron para protestar, porque estaban aburridas
de los abusos del profesor.
Y desde ese día declararon una huelga y dieron pura leche en polvo.
54
HARRY HOUDINI EN EL BARRIO
Si míster Houdini nos llamó la atención fue por un hecho totalmente inesperado. Un
lunes por la mañana, en uno de los bancos en el extremo
del barrio, tres hombres armados entraron a asaltarlo y llevarse el dinero. Para que los
clientes del banco no molestaran mientras robaban, decidieron amarrarlos y
encerrarlos. Entre ellos estaba el señor Houdini. Pero apenas los ladrones cerraron la
puerta del banco y huyeron, Houdini, en dos rápidos movimientos, logró desamarrarse
y ayudar a los demás. Llamaron a la policía y atraparon a los ladrones. La historia
recorrió el barrio y muchos incrédulos que no sabían que el gran Harry Houdini estaba
entre nosotros comenzaron a creer y a contar sobre sus hazañas del pasado en teatros
de todo el mundo. Algunos, cuando se lo volvieron a encontrar en la calle, comenzaron
a hacerle pequeñas reverencias o saludos, que el señor Houdini contestaba llevándose
los dedos al sombrero.
55
Llegaron las vacaciones y como siempre los primos de la capital, y con ello las
novedades. Los primos siempre parecían más informados que nosotros. Entre ellos,
Dante era quien más leía. Cuando le contamos
52 de Harry Houdini en el barrio, él meditó, se llevó las manos al mentón y nos
contó algunas de las hazañas del escapista. En su mejor época Houdini tenía distintas
pruebas. Se hacía colgar de cabeza a una altura de treinta metros desde una grúa,
amarrado con cadenas y candados. Pero en menos de cinco minutos, todavía
colgando de la grúa, lograba sacudirse y quitarse las amarras. Su principal número,
uno que repitió cientos de veces en los teatros más importantes del mundo, consistía
también en amarrarlo con cadenas, candados y sogas. Dos asistentes lo introducían
adentro de un baúl, luego cerraban el baúl con un grueso candado. Su principal
asistente, de nombre Bessie, que años después se transformó en su mujer, cerraba
unas cortinas por delante, pero solo por algunos minutos o segundos. Volvían a abrir
la cortina, pero la asistente no estaba, en su lugar aparecía saludando el mismo
Houdini, como si nada, sin cadenas, sin amarres, sin sogas. Para comprobar que no
existía un doble de Houdini —asunto que siempre se sospechó—, abrían entonces con
una llave el candado del baúl, pero en su interior encontraban, amarrada con sogas y
cadenas, a Bessie, su asistente.
Después de escuchar lo que Dante, nuestro primo, nos contó, nos quedamos
impresionados, francamente impresionados por aquel viejito delgado que veíamos
caminar por la cuadra.
Quisimos averiguar algo más y nos presentamos en su casa. Nos recibió la señora
Nena, quien le cocinaba y le barría la casa. Nos dijo, sin muy buena cara, que estaba
ocupado. Le insistimos que nos contara algo del gran Houdini. Ella dijo que no sabía
nada del gran Houdini sino de don Harry, el que le parecía un hombre extremadamente
común, que hablaba poco, más bien casi nada, y que usaba calcetines negros y
camisas blancas todo el tiempo. Solo al final, desde la puerta de la casa en la mitad
de la cuadra, nos contó algo curioso. Un día, cuando ambos llegaron de hacer
compras, descubrieron que la llave de la casa se les
había quedado adentro. La señora Nena se lamentó y pidió disculpas. Míster Houdini
le dijo que no se preocupara, y con dos movimientos abrió la puerta sin la llave.
Cada vez que Houdini aparecía por la vereda, los niños nos echábamos hacia atrás,
era respeto mezclado con temor. No faltó entonces quien dijo que tenía un pacto
secreto con el diablo, que si nos miraba fijamente a los ojos podía hechizarnos o algo
así, por lo tanto nadie lo miraba. El único que se encargaba de él era Pausa, le ladraba
y lo seguía toda la cuadra, hasta que se aburría, volvía contento y cansado, moviendo
la cola para que aprobáramos su esfuerzo. Por supuesto, Pausa era incapaz de morder
a míster Houdini o a cualquiera porque era un perro tranquilo, por eso le llamaban
Pausa.
56
Como suele suceder, los rumores del señor Houdini se hicieron algo fantasiosos. No
me consta, esto me lo contó Guille, el de los diarios, a él se lo contó la señora Aurora
Palacio que es la que vende joyas y hace almuerzos. Pero quien realmente participó
fue Pitica, la secretaria del contador, el señor Arena. Pitica contó que, como todos los
días a la hora del almuerzo, bajó del edificio consistorial donde trabajaba el contador
Arena, pensaba comer algo rápido porque tenía trabajo atrasado. El ascensor que
bajaba del séptimo piso venía repleto de gente, entre ellos el señor Houdini, que,
justamente, acababa de reunirse con el contador Arena para que le ayudara en un
trámite con sus ahorros. Pitica también era del barrio, muy amiga de la señora Aurora,
que luego le contó esto a Guille y de ahí lo supo todo el barrio. Mientras descendían,
entre el piso cuarto y el quinto, el ascensor se detuvo y quedó completamente a
oscuras. La gente que iba adentro comenzó a gritar de pánico. Algunos rezaban y
pedían perdón por sus faltas y juraban que nunca más lo harían. Otros gritaban
“mamá”, aunque tuvieran más de cincuenta años de edad. Otros gritaban groserías en
contra de los administradores del edificio por el ascensor en malas condiciones.
Quince minutos después la situación estaba un poco más calmada, y solo lloraba una
señora gorda
que prometió que no volvería a comer en exceso si se salvaba. Finalmente los bajaron.
Cuando llegaron al primer piso y abrieron la puerta, además de ver luz, Pitica vio afuera
del ascensor, un poco más allá, a míster Houdini, paseándose por la galería como si
nada. Se acercó y le preguntó cómo lo había hecho si ella lo había visto adentro del
ascensor, él sonrió, se llevó un dedo a su sobrero y con ese saludo se despidió.
Entonces ocurrió un hecho increíble, nada tuvo que ver con magia, escapes, o
ilusionismos. Lo presenciamos todos y quedamos atónitos. Y otra vez participó el señor
Houdini. Una mañana lo vimos salir de la casa con su sombrero, su ropa antigua y su
bastón. Pausa se sintió obligado a ladrarle a cierta distancia, tal vez solo para no perder
la costumbre y porque todos los niños estábamos mirando. En ese momento, desde
una camioneta municipal bajaron tres hombres con un largo listón que en el extremo
llevaba un alambre con el que atraparon por el cuello a Pausa.
Le amarraron las patas con dos sogas de plástico. Y así quedó, hecho un
ovillo, con cara de sorpresa y miedo por lo que vendría a continuación. 57
Los municipales se reían, le decían que se lo llevarían a la perrera y con seguridad en
una semana más le enterrarían una inyección para mandarlo al otro lado. Con “el otro
lado” se referían a que hasta ahí no más llegaba Pausa. O para decirlo apoyándonos
en su nombre: la pausa de Pausa sería para siempre.
Por supuesto, los niños del barrio corrimos a ayudar a nuestro perro, el que no tenía
dueño, pero que en realidad no necesitaba tener ninguno. Pero se sabe que los niños
nunca han ganado una discusión con municipales, así que no hubo modo de
convencerlos de que lo liberaran. En ese momento vimos un bastón que detenía la
mano del empleado municipal que recogía a Pausa. El bastón de Harry Houdini. El
municipal se echó para atrás con miedo y explicó, casi temblando, que por decreto
municipal todos los perros vagos debían llegar a la perrera, por órdenes del alcalde. El
57
señor Houdini entonces dijo —y fue la primera vez que lo escuchamos hablar— que
eso no era necesario, que por ahora Pausa no
iría a ningún lado sino a su casa, que en realidad era el barrio entero, y que él se
sentiría muy mal si al día siguiente, cuando procediera a dar su paseo o a dirigirse a
hacer trámites, no le ladrara el perro. Tampoco los municipalesalcanzaronareplicar.
Elseñor Houdini, comoensusmejores tiempos de artista del escapismo, movió los
amarres que aprisionaban a Pausa y lo liberó con una rapidez asombrosa. Nuestro
perro, con la cola entre las patas, se retiró sin dar las gracias, llorando como lo hacen
los perros. Solo Guille, el de los diarios, más tarde consiguió calmarlo un poco
regalándole parte del sancochado que preparaba para almorzar en su quiosco.
Los municipales se fueron furiosos diciendo que volverían. Desde ese día redoblamos
el cuidado de Pausa. Por supuesto, en los días siguientes, cuando el perro veía salir
de su casa a míster Houdini, volvía a ladrarle, pero ahora esos ladridos los
interpretábamos no como de amenaza sino de agradecimiento. El señor Houdini, como
si no se diera por enterado, seguía su camino moviendo su bastón y llevando dos
dedos al ala de su sombrero como saludo.
Cuando acabó el verano los primos volvieron a la capital, contentos de las vacaciones,
de las caminatas al cerro, de bañarnos en el río, de jugar fútbol en las cancha del Bajo,
y, de lo que fue nuestra principal ocupación esa temporada: tratar de hacer los trucos
que nos contaron del señor Houdini. Por supuesto, casi ninguno nos dio resultado.
Incluso en una ocasión tuvimos que ir de emergencia a buscar al señor Estuardo, que
era cerrajero y gásfiter, para que sacara de un baúl a Luisito, uno de nosotros, que
llevaba dos horas sin poder salir probando un truco de escapismo nunca antes visto.
Cuando por fin salió estaba empapado de traspiración. Si no es por un pequeño orificio
en la parte superior del baúl se nos hubiera ahogado. El señor Estuardo y Guille, el del
diario, nos advirtieron que si seguíamos tratando de imitar al señor Houdini podría
ocurrirnos un accidente.
En otoño decidimos que no podíamos esperar más, debíamos hablar con Harry
Houdini en su casita de madera en mitad de la cuadra. La señora Nena nos dijo que
era difícil, remoto, casi imposible que él nos recibiera. Al parecer no quería hablar, no
quería recordar sus viejos tiempos cuando era un famoso ilusionista. Cuando le
preguntamos una razón, la señora Nena nos dio una respuesta misteriosa: “Don
Houdini no quiere saber nada de ilusiones”.
Guille nos avisó. La verdad fue que Santis, el de la carnicería, le dijo a Yolanda García
de la sastrería, quien le contó a don Ismael, el bombero, este corrió dos cuadras y casi
sufre un ataque cardíaco antes de contarle a Guille, el del diario, quien nos contó a
nosotros. Había llovido intensamente durante la noche, el río se desbordó y parte del
58
barrio amaneció inundado. Los de la municipalidad aprovecharon la confusión,
recorrieron calle a calle recogiendo a los perros vagos. Al final de la recogida la
camioneta no logró salir del barrio porque el río cortó el paso por el único puente que
unía al resto de la ciudad. Y allí estaba, lo comprobamos cuando vimos la camioneta
detenida con su carrocería llena de perros vagos, incluido el Pausa. Teníamos que
actuar con rapidez. Alguien sugirió asaltar la camioneta, pero los dos empleados en la
cabina no parecían dispuestos a entregarnos a nuestro perro y al resto de los prófugos.
Mientras tanto, llovía de una forma bestial. El río seguía poderoso y rugiente. Cuántas
veces lo habíamos visto igual en invierno, violento y peligroso, tan distinto a cuando
nos bañábamos en él durante el verano.
Houdini, el mago, ilusionista, escapista, amigo lejano de Pausa. Si una vez se enfrentó
a los municipales podría hacerlo de nuevo, pensamos. Yo fui el encargado de correr a
la casa de la mitad de la cuadra para avisarle lo que ocurría. Esta vez no me recibió la
señora Nena, tal vez porque ese día no le correspondía limpieza, sino el mismo
Houdini, vestido de camisa y pantalones. Nunca antes lo habíamos visto así, sin su
sombrero ni su bastón de punta extraña. Entonces, en medio de la lluvia, mojado, casi
llorando, le conté lo que sucedía. Él pareció no entender y pensamos que nos cerraría
la puerta. Movió la cabeza, suspiró y siguió moviendo la cabeza y suspirando. Sin su
traje, sin su sombrero, se notaba delgado y viejo. Entonces preguntó:
Ni siquiera tomó su sombrero, tampoco su vestón viejo, y menos el bastón o las llaves
de su casa, aunque esto último poco importaba si podía abrir lo que quisiera.
Caminamos los cinco niños, míster Houdini, Guille el de los diarios, la señora Aurora,
el señor Santis y el bombero Ismael, es decir, una buena cantidad de vecinos. Nos
dirigimos al puente, donde los municipales esperaban que se abriera el paso.
En ese momento el río creció de pronto, arrastrando barro y piedras, y como si diera
un mordisco a una torta de cumpleaños, derribó la defensa de tierra del camino que
llegaba al puente. Entonces las dos ruedas traseras de la camioneta comenzaron a
deslizarse hacia el río, muy lentamente. Los empleados en la cabina tuvieron tiempo
para bajar. La camioneta se inclinó y comenzó a caer en cámara lenta. Al principio
flotó como si fuera un barco. Giró y se movió hacia el centro del cauce. Entonces
comenzó a hundirse.
59
Los que veíamos esa escena no lo podíamos creer. Escuchamos los ladridos
desesperados de los perros en el interior de la camioneta. Eran ladridos de miedo por
lo que ocurría. Algunos de los niños se cubrieron la cara, otros lloraban.
Entonces vimos al viejo Houdini correr por la orilla del río. Se quitó los zapatos. Estiró
las manos al cielo como si fuera uno de sus actos de escapismo visto por miles de
personas. Se echó aire a los pulmones. Realizó dos flexiones de rodillas. Y se arrojó
al río. Un momento después lo vimos aparecer adelante de la camioneta, justo cuando
se hundía completamente echando humo. Los ladridos de los perros desaparecieron
de pronto. También Houdini se sumergió. No quedó nada sobre la superficie del río.
Pero solo fue un minuto o tal vez menos. Enseguida comenzamos a ver aparecer las
cabezas de los perros, uno tras otro, hasta que apareció Pausa. Al final, cuando los
vecinos comenzaron a lamentarse de que el míster se había ahogado, también
apareció la cabeza de Houdini echando un chorro de agua.
Fue su último acto de escapismo, uno que nos impresionó y que nunca olvidamos en
el barrio. Los municipales se paseaban sorprendidos diciendo que era imposible que
abriera la carrocería de la camioneta porque solo ellos tenían la llave. Por supuesto,
sabían muy poco de quién era Harry Houdini.
casera. La señora Nena no me dejó decir nada más. Entró en silenció con el frasco en
las manos mientras yo me quedé afuera. Un rato después regreso con el siguiente
recado: “Don Houdini dice que gracias, y que le encanta la mermelada de
albaricoques”.
En ese momento no supe qué más decirle a la señora Nena, hasta que ella me
preguntó:
—¿Algo más?
Moví la cabeza y me di vuelta, entonces se me ocurrió lo que consideré una idea genial.
Le dije a la señora Nena que en realidad lo único que deseaba era conocer algunos
de los trucos o secretos del señor Houdini, que nada le costaba contármelos sobre
todo ahora que él no los utilizaba. La señora Nena otra vez movió la cabeza y dijo:
—Espera.
60
Entonces, a través de la señora Nena, conocí algunos de los trucos de Houdini, al
menos dos o tres, los que ahora no le servían de nada porque estaba retirado de la
profesión de mago, escapista, e ilusionista. Después de contármelo agregó algo más
la señora Nena, más bien era un consejo que me enviaba el míster si es que yo
pretendía convertirme en un mago, ilusionista o escapista, y este era que no podía
revelar a nadie esos trucos, eso era una ley entre magos. Y es por eso que, aunque
no me faltan las ganas de hacerlo, no puedo ahora decir nada al respecto.
En la entrada del cementerio me esperaba un viejo sepulturero, que me guió sin decir
una palabra. Cuando llegamos al lugar solo encontramos un gran hoyo abierto y nada
adentro. Traté de hablar pero no me salió la voz. El sepulturero entonces dijo:
Después de un rato que no paraba de reír, el sepulturero me dijo que solo bromeaba,
estaban cambiando de lugar esa tumba y otras del sector. Al parecer el río socava en
esa parte del cementerio y tenían miedo de que las tumbas se las llevaran las aguas.
No era la primera vez. Cada vez que lo hacían coincidían con que alguien preguntaba
por Houdini, entonces el sepulturero disfrutaba con la misma broma.
Cuando estuve frente a la nueva tumba del señor Houdini, me pasé un buen rato sin
decir nada, pensando en otras cosas, problemas y desafíos futuros. Finalmente me
levanté y le dejé unas flores. Antes de irme me acerqué a la lápida, entonces le susurré
61
bajito que había cumplido mi promesa, que nunca revelé sus secretos, y que tampoco
pensaba hacerlo ahora que escribía sobre él, el Gran Houdini.
EL VENDEDOR DE LLUVIAS
La tienda se encontraba al fondo de una calle serpenteante
escondida y sin salida ubicada en la zona vieja de la ciudad. Era uno de esos lugares
que sin buscarse se encuentran y cuando aparecen, así, tan inesperadamente, se
adueñan de la situación como si
siempre hubieran estado entre nuestras preocupaciones.
En la vitrina había una gruesa pátina de polvo color ladrillo molido que también se
pegaba en los frascos que exhibían una curiosa mercancía, y para qué decir al interior
de la tienda; parecía que por allí había pasado una tormenta de arena como esas
fabulosas del desierto del Sahara.
Antes de entrar me volví a fijar en la frasquería de la vitrina: ¿Qué podría significar esa
extraña cantidad de frascos cubiertos con polvo viejo? ¿Por qué tenían esas etiquetitas
escritas a mano y en su interior, brumas azules, verdes, amarillas, rojas? ¿Por qué
62
esas brumas se desplazaban como si lo hicieran de acuerdo a la acción de minúsculos
vientos invisibles? Los frascos estaban llenos y sellados, a excepción de uno que se
encontraba abierto y con su tapa en el piso de la vitrina. Muy cerca del frasco vacío
había un letrero donde se podía leer: “Vendo todo tipo de lluvias”.
—¿Es verdad que vende lluvias? —dije como saludo, incrédulo. Pero también
pensando en mi pueblo que sufría una sequía de meses.
El cielo estaba arrebolado, con los tintes rojizos propios del atardecer y se apreciaba
prácticamente despejado, como hacía tanto tiempo
70 en todos estos lugares y también en mi pueblo. “¿Esperando?”, pensé. “¿De
dónde, si ni siquiera tenía la intención de llegar a este callejón sin
salida?” Pero como creo en los momentos mágicos, en esos instantes que surgen
inesperadamente y que generan territorios nuevos por explorar, le respondí como si
estuviera diciendo la cosa más natural del mundo:
—Necesito suficiente lluvia como para apagar la sed de mi pueblo, de los animales, de
las plantas, en fin, de la gente…
Yo abrí tamaños ojos cuando vi que tomó una gran caja y abriendo la puerta interior
de la vitrina que daba a la calle, comenzó a tomar algunos de los frascos que allí se
exhibían, mientras murmuraba entre dientes, como esas personas que están
acostumbradas a vivir en soledad y hablan solas:
Después siguió seleccionando frascos y mientras lo hacía iba remarcando sus actos
como si estuviera dictando la receta más sabrosa y exclusiva.
Mi pregunta debió haberle sonado tan estúpida, pero quise asegurarme; es que estaba
tan entusiasmado con todo eso de los vientos y las nubes. El anciano sonrió mientras
echaba los frascos en la caja y me pasaba la boleta de pago.
Cuando en el cielo ya aparecían las primeras estrellas, salí de la tienda cargando una
enorme caja. Tenía que apresurarme para tomar el último bus que me llevaría a mi
pueblo. Mientras, sentía en mi pecho un arrobamiento como los que experimenté
siendo niño, cuando apresuré el sueño para despertar con la Navidad a la mañana
siguiente, o cuando me instalé en el tren que me llevaría por primera vez a ver el mar,
o cuando llegó mi padre con una canasta repleta con frutas, y, además,
todos esos otros “cuandos” que guardaba en mi alma como el mejor de los tesoros.
De pronto, no sé por qué se me ocurrió mirar hacía la tienda y juraría que un vapor
azulino se metía en el frasco vacío, ese que estaba olvidado en un rincón de la vitrina,
muy cerca de donde se encontraba el letrero que anunciaba la venta de lluvias.
64
LAS COSAS RARAS
Algo o alguien en su sueño, o quizás entre sus sueños, le había soplado la pregunta,
y la idea la atraía tanto como la aterraba.
—Bien, bien —contestó ella, pero no logró sonreír, aunque lo intentó bastante.
65
—Okey —le dijo inseguro su papá—, en quince minutos te esperamos para desayunar.
Si bien tenía todo el día para llevar a cabo su plan, la mañana era una parte
muyimportante, porquesilosobjetosdeverdadteníanmemoria, pensaba, serían
justamente los objetos de su casa los que más la “conocerían”.
Decidió que lo mejor sería intentar engañarlos y, a la vez, estar increíblemente atenta
a sus reacciones, para ver si hacían algo que indicara su desconcierto.
Todo esto mientras se sacaba las lagañas, se tropezaba con los muebles de su pieza
buscando su ropa y echaba cualquier cosa dentro de su
mochila para el colegio, porque sabía que el tiempo era limitado y tenía que actuar
rápido.
A poco andar se dio cuenta de que, por apurona, había perdido la batalla con los
objetos de su propia pieza, que eran los más familiares. Pero ni modo, ya la habían
visto despertarse, así que la batalla estaba perdida de antemano.
Después de vestirse (con la polera del uniforme de atrás para delante), decidió que lo
mejor sería sacar de su cajón de disfraces el sombrero más raro que tenía y una nariz
con bigote, anteojos y supercejas. El uniforme también había que esconderlo, así que
se puso encima una túnica que alguna vez había usado para disfrazarse de uno de los
reyes magos. Estaba segura de que así nadie podría reconocerla.
Entró al baño como si nada, pero detrás de esos hermosos anteojos de plástico, sus
ojos captaban cada detalle, cada pequeño movimiento. Se puso frente al espejo atenta
a cualquier arruguita, a cualquier tufo espejístico que pudiera delatar la sorpresa del
antiguo espejo que siempre había estado allí.
Pero nada.
No se dio por vencida. Siguió arreglándose las megacejas como si nada. Quizás los
objetos eran más lentos.
—Ati, hoy estás un poco rara —le dijo—. En veinte minutos te pasa a buscar el
transporte escolar, y sospecho que no te van a dejar entrar así al colegio.
No quería que nada la distrajera, aunque estaba difícil entre los ruidos
80 del gato, el llanto de la guagua y la risa de la mamá.
Se sentó a propósito en una silla que no era la que usaba siempre, pero no sintió
ningún movimiento especial, ningún acomodo que delatara que la silla no entendía lo
que pasaba. Tomó su cuchara y se la puso delante hasta encontrar su propio reflejo
(de verdad se veía muuuy fea con bigotes, anteojos plásticos y cejas de señor, más
encima deformada por la cuchara), pero la cuchara ni se dobló, ni se opacó… Claro
que no pudo saber si hizo algún ruido, porque la guagua seguía llorando.
Cuando sonó el timbre, Ati ni siquiera había alcanzado a terminar su desayuno. Corrió
a su pieza tragándose el cereal, se sacó el disfraz y el sombrero tan rápido que quedó
más despeinada que nunca, se puso la mochila llena de cosas que no necesitaba y
corrió a la puerta.
67
El resto del día no logró concentrarse nunca en su plan de distraer a los objetos porque
todo lo que escuchó fue “¡Ati!”, “¡Ati!”, “¿Qué es ese
peinado?” “¿Qué te pasa?”, “Por favor pon atención”, “Date vuelta la polera”, “Ese no
es tu banco”, “Esa no es tu percha”, “Ese no es el libro que tenías que traer”, “A la
inspectoría”, “Fuera de la sala”.
Todo estaba en silencio, salvo por los pajaritos que cantaban y los autos que pasaban
a lo lejos.
Se sentó en el banco y suspiró.
Y entonces, muy despacito, le pareció que el banco también suspiró, un suspiro como
de roca antigua, imperceptible al oído humano, una especie de latido de un corazón
que late una vez cada cien años.
Llegó a la casa cansada y sobre todo desanimada, y los intentos que hizo por
sorprender a los objetos ya no fueron con tantas ganas. Hizo las tareas en el escritorio
de su mamá en el vez del suyo, tiró el papel higiénico en el basurero en vez de en el
wáter, se lavó los dientes sin pasta, comió en el plato de la guagua, no miró tele, leyó
(nunca leía) sentada en el suelo del pasillo.
Pero nada.
Cuando se fue a dormir, ya tenía claro que había sido un sueño, y que
afortunadamente los objetos no tenían memoria. Aunque algo en ella habría preferido
que sí la tuvieran. Los únicos que la miraban raro eran sus papás y el gato. La guagua
estaba dormida.
Decidió, como último intento, dejar la luz encendida durante la noche. Y trató de olvidar
ese pequeño suspiro, el de la banca de piedra del colegio.
Finalmente lo logró.
68
Después se durmió muy rápido. Estaba agotada.
84
La polera, porque estaba muy mareada (como si hubiera tenido un día al revés).
Cuando llegó la mañana, solo algunos habían alcanzado a completarlo: Qué día tan
raro.
EL GANSO DE ORO
Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más joven de los tres lo
llamaban Tontín, y era despreciado, burlado, y dejado de lado en cada
ocasión.
Un día, quiso el hijo mayor ir al bosque a cortar leña, su madre le dio una
deliciosa torta de huevos y una botella de leche para que no pasara hambre
ni sed. Al llegar al bosque se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy
viejo que lo saludó cortésmente y le dijo:
— Por favor dame un trozo de torta y un sorbo de tu leche, pues estoy
hambriento y sediento.
—Si te doy pastel y leche, me quedaré sin qué comer —respondió el hijo
mayor—. Y dejó plantado al hombrecillo para seguir su camino. Pero cuando
comenzó a talar un árbol, dio un golpe equivocado y se lastimó el brazo con
el hacha, por lo que tuvo que regresar a casa. Con ese golpe, pagó por su
comportamiento con el hombrecillo.
69
A continuación, partió el segundo hijo al bosque y como al mayor, su madre
le dio una deliciosa torta y una botella de leche. También le salió al paso el
hombrecillo gris y le pidió un trocito de torta y un sorbo de leche. El segundo
hijo le contestó con desprecio:
—Si te doy, me quedo sin qué comer—. Sin más, dejó al hombrecillo y siguió
su camino hacia el árbol más frondoso. El castigo no se hizo esperar; no
había dado más que unos pocos hachazos, cuando se golpeó la pierna y
tuvo que regresar a casa.
En ese momento, dijo Tontín—: Padre, déjame ir a cortar leña.
El padre contestó: —Tus hermanos se han hecho daño, así que déjalo ya.
Tú no entiendes nada de esto.
Pero Tontín insistió tanto, que finalmente el padre dijo: —Anda, ve; ya
aprenderás a fuerza de golpes.
La madre le dio una torta que había hecho con agua y harina y una botella
de leche agria. Cuando llegó al bosque, se tropezó con el viejo hombrecillo
gris que lo saludó y le dijo:
— Por favor dame un trozo de torta y un trago de tu botella, pues tengo
mucha hambre y sed.
Tontín le respondió: —Sólo tengo una torta de harina y leche agria, pero si
te apetece, sentémonos y comamos.
Los dos hombres comieron y bebieron y luego dijo el hombrecillo:
—Como tienes buen corazón y te gusta compartir, te voy a hacer un regalo.
Allí hay un árbol viejo, córtalo y encontrarás algo en la raíz. Dicho esto, el
hombrecillo se despidió.
Tontín se dirigió hacia el árbol, lo taló y cuando este cayó, encontró en la raíz
un gran ganso que tenía las plumas de oro puro. Lo sacó de allí, llevándoselo
consigo y se dirigió a una posada para pasar la noche. El posadero tenía tres
hijas que, al ver el ganso, sintieron curiosidad por conocer qué clase de
pájaro maravilloso era aquel. La mayor pensó: «Ya tendré ocasión de
arrancarle una pluma.» Tan pronto Tontín había salido, tomó al ganso por
un ala, pero el dedo y la mano se le quedaron allí pegados. Poco después
llegó la segunda, que no tenía otro pensamiento que arrancar una pluma de
oro; pero apenas tocó a su hermana, se quedó pegada a ella. Finalmente
llegó la tercera con las mismas intenciones. Entonces gritaron las dos
hermanas:
—¡No te acerques, por tu bien, no te acerques!
Pero ella no entendió por qué no tenía que acercarse y pensó: «Si ellas están
ahí, también puedo estarlo yo», y se acercó dando saltos; pero apenas había
tocado a su hermana se quedó pegada a ella. Así que tuvieron que pasar la
noche pegadas al ganso.
70
A la mañana siguiente Tontín tomó el ganso en brazos sin preocuparse de
las tres jóvenes que estaban pegadas. Ellas tuvieron que correr detrás de él,
a la derecha o a la izquierda, según se le ocurriera ir.
En medio del campo se encontraron con el cura y, cuando este vio el cortejo,
dijo:
—¿Pero no les da vergüenza muchachas, seguir así a un joven por el
campo? ¿Creen que eso está bien?
Con estas palabras, tomó a la más joven de la mano con el fin de separarla,
pero se quedó igualmente pegado y tuvo que correr también detrás. Poco
después llegó el sacristán y vio al señor cura seguir a las jóvenes. Se
asombró y gritó:
—¡Ay, señor cura! ¿Adónde va con tanta prisa? No olvide que hoy todavía
tenemos un bautizo.
Se dirigió hacia él y lo tomó del abrigo, quedando también allí pegado. Iban
los cinco corriendo uno tras otro, cuando se aproximaron dos campesinos
con sus azadones. El cura los llamó y les pidió que lo liberaran a él y al
sacristán. Pero apenas habían tocado al sacristán, se quedaron allí pegados
y de ese modo ya eran siete los que corrían tras Tontín y el ganso.
Pronto llegaron a una ciudad, donde el rey que gobernaba tenía una hija que
era tan seria que nadie podía hacerla reír. Para ese entonces él había
firmado una ley diciendo que el hombre que fuera capaz de hacerla reír podía
casarse con ella. Cuando Tontín escuchó esto, fue con su ganso y todo su
tren de seguidores ante la hija del rey. Tan pronto ella vio a las siete personas
correr sin cesar, uno detrás del otro, de aquí para allá, comenzó a reír a
carcajadas y sin cesar. Tontín se ganó el corazón de la princesa al haberle
devuelto su risa. Los dos se casaron y fueron felices para siempre.
71
En un día soleado, Ratón de Campo recibió la visita inesperada de su primo,
Ratón de Ciudad.
Feliz de contar con la compañía de alguien, Ratón de Campo sirvió la cena,
la cual consistía de tres nueces y unos pequeños restos de queso. Al llegar
la noche, preparó una cama con hojas secas en el sitio más calientito y
seguro de su humilde agujero.
Ratón de Ciudad sorprendido por la pobreza en la que vivía Ratón de Campo
dijo:
—Primo, no entiendo cómo puedes comer unas cuantas nueces y dormir en
una cama de hojas secas. Ven conmigo a la ciudad y te mostraré cómo
debes vivir. Ratón de Campo estaba tan feliz que no pudo dormir esa noche
A la mañana siguiente, los dos ratones viajaron a la ciudad escondidos en el
baúl de un coche. Ya era de noche cuando llegaron a la lujosa casa donde
vivía Ratón de Ciudad.
—Mira dónde duermo —dijo Ratón de Ciudad—, señalando una cómoda
cama hecha de algodón. —Pero antes de dormir, busquemos algo de comer.
Ratón de Ciudad llevó a Ratón de Campo hacia la cocina, al poco tiempo se
encontraban comiendo restos de pasta, pastel y helado de chocolate. De
repente, escucharon un alarmante gruñido.
—¡Es el gato de la casa! —dijo Ratón de Ciudad—. En un abrir y cerrar de
ojos, el gato se abalanzó sobre ellos. Los dos ratones lograron escapar,
atravesando la enorme mesa hasta llegar a un hueco en la pared.
Ratón de Campo estaba tan asustado que sentía sus patitas temblar:
—Apenas se vaya el gato, me devuelvo para mi casa— dijo sin vacilar.
—¿Por qué quieres irte tan pronto? —preguntó Ratón de Ciudad.
—Porque es mejor comer nueces en un lugar seguro, que pastel con helado
de chocolate y estar siempre en peligro—respondió Ratón de Campo,
todavía muy tembloroso.
72
LA LECHERA Y SU CÁNTARO
Había una vez una joven lechera que caminaba con un cántaro de leche para
vender en el mercado del pueblo. Mientras caminaba pensaba en todas las
cosas que haría con el dinero de la venta:
—Cuando me paguen —se dijo—, compraré de inmediato unas gallinas,
estas gallinas pondrán muchísimos huevos y los venderé en el mercado. Con
el dinero de los huevos me compraré un vestido y zapatos muy elegantes.
Luego, iré a la feria y como luciré tan hermosa, todos los chicos querrán
acercarse a hablar conmigo.
Por andar distraída con sus pensamientos, la lechera tropezó con una piedra
y el cántaro se rompió derramando toda la leche. Con el cántaro destrozado
se fueron las gallinas y los huevos, también el vestido y los zapatos.
73
En un día muy caluroso, una zorra sedienta se topó con un racimo de uvas
grandes y jugosas que colgaban en lo alto de una parra. La zorra se paró
de puntillas y estiró sus brazos intentando alcanzar las uvas, pero estas se
encontraban muy lejos de su alcance.
Sin querer darse por vencida, la zorra tomó impulso y saltó con todas sus
fuerzas una y otra vez, pero las uvas seguían muy lejos de su alcance.
Esta vez, la zorra se sentó a mirar las uvas con desagrado.
—Qué ilusa he sido —pensó—. Me he esforzado en alcanzar unas uvas
verdes que no saben bien. Y se marchó muy, pero muy enojada.
Un viejo león, tenía los dientes y garras tan gastados que ya no le resultaba
fácil conseguir alimentos. Sin más que hacer, fingió estar enfermo. Luego,
se encargó de avisar a todos los animales vecinos acerca de su pobre estado
de salud y se acostó en su cueva a esperar sus visitas. Cuando los animales
se presentaban a ofrecerle su simpatía, él los devoraba de un solo bocado.
La zorra también acudió a visitarlo, pero ella era muy astuta. Estando a una
distancia segura de la cueva, le preguntó cortésmente al león cómo se
encontraba de salud. El león respondió que estaba muy enfermo y le pidió
74
que entrara por un momento. Pero la zorra se quedó afuera, agradeciendo
al león por la amable invitación:
—Me encantaría poder hacer lo que me pides — dijo la zorra—, pero veo
que hay muchas huellas de los que entran a tu cueva y ninguna de los que
salen. Por favor, dime, ¿cómo encuentran tus visitantes la salida?
El león no dijo nada, pero la astuta zorra tampoco se quedó a esperar la
respuesta y así evitó ser devorada.
EL CABALLO Y EL ASNO
Había una vez un hombre que tenía un caballo y un asno. Una tarde, cuando
iban de camino a la ciudad, el asno muy agotado por llevar toda la carga le
dijo al caballo:
—Por favor, amigo tú no llevas nada, ayúdame con una pequeña parte de
esta carga.
El caballo, siendo muy egoísta, se hizo el sordo.
75
En la mitad del camino, el asno se desplomó víctima de la fatiga. El dueño
le echó toda la carga al caballo, incluyendo al asno enfermo. El caballo,
suspirando dijo:
— ¡Qué mala suerte tengo! Por no haber querido ayudar ahora tengo que
cargar con todo, y hasta con el asno.
El Viento del Norte y El Sol tuvieron una discusión sobre cuál de los dos era
el más fuerte y poderoso. Mientras discutían vieron a un caminante que
llevaba puesto un abrigo.
—Esta es la oportunidad de probar nuestro poder y fortaleza—dijo el Viento
del Norte—. Veamos quién de nosotros es lo suficientemente fuerte como
para hacer que este caminante se quite el abrigo. Quien lo logre será
reconocido como el más poderoso.
76
—De acuerdo — dijo el Sol. — Comienza tú.
Entonces, el Viento comenzó a soplar y resoplar. Con la primera ráfaga de
viento, los extremos del abrigo se agitaron sobre el cuerpo del caminante.
Pero cuanto más soplaba el Viento, más fuerte el hombre sujetaba su abrigo.
Ahora, era el turno del Sol y él comenzó a brillar. Al principio sus rayos eran
suaves, y sintiendo el agradable calor después del amargo frío del Viento del
Norte, el caminante se desabrochó el abrigo. Los rayos del Sol se volvieron
más y más cálidos. El hombre se quitó la gorra y enjugó su frente. Se sintió
tan acalorado que se quitó el abrigo y, para escapar del ardiente sol, se arrojó
en la acogedora sombra de un árbol al borde del camino. ¡El Sol había
ganado!
77
El dios se encontraba tan maravillado con los hermosos paisajes que siguió
caminando hasta que el cielo se oscureció y se llenó de estrellas. Cansado
y hambriento, se detuvo al lado del camino.
Un conejo pasó por su lado y le preguntó:
—¿Estás bien?
—No, me siento muy cansado y hambriento—respondió el dios.
Sin saber que estaba hablando con una deidad, el conejo rápidamente se
ofreció a compartir su comida con Quetzalcóatl.
—Gracias, pero no como plantas— le dijo el dios al conejo.
El pequeño animal sintió mucha pena por el viajero:
—No tengo nada más que ofrecerte, soy una criatura insignificante y tú
necesitas recuperar tus fuerzas, por favor cómeme y reanuda tu viaje.
El dios conmovido por el noble gesto de pequeña criatura regresó a su forma
de serpiente emplumada y sostuvo al conejo tan alto que su reflejo quedó
plasmado para siempre en la luna.
Luego, regresó al conejo a la tierra y dijo:
No eres una insignificante criatura, tu retrato pintado en la luz de la luna
contará a todos los hombres la historia de tu bondad.
78
Un día se encontraba contemplando las olas cuando divisó en Staffa, una
isla escocesa, a otro gigante; su nombre era Benandonner, mejor conocido
como el gigante rojo. Benandonner era un ser extraordinariamente feo,
peludo y buscapleitos. Al percatarse de la presencia de Finn MacCool gritó:
—Quisiera poder pelearme contigo, pero desgraciadamente no sé nadar, así
que nunca sabremos cuál de los dos es el más fuerte.
Finn MacCool, nunca tomaba un desafío a la ligera, así que tomó unas
enormes rocas hexagonales que encontró en la costa y construyó desde
Irlanda, una calzada en el mar que llegaba hasta Escocia.
Cuando Finn comenzó a cruzar la calzada, se dio cuenta de que el gigante
rojo era muchísimo más grande que él y se devolvió a Irlanda corriendo.
—¡Ay!, Oonagh, ayúdame a esconderme —le dijo a su esposa al llegar a la
puerta de su casa.
Ooonagh, era una mujer muy astuta e inmediatamente ideó un plan:
—Haz exactamente lo que te pido —dijo la mujer.
La mujer empujó la bañera y la dejó en medio de la sala y le pidió a Finn que
se metiera en ella, cubriéndolo hasta los ojos con un edredón azul celeste.
A los pocos minutos, Benandonner, golpeó la puerta preguntando por Finn y
Oonagh le respondió:
—Mi esposo acaba de salir, pero entra a esperarlo si quieres.
Cuando el gigante se sentó en la sala, Oonagh le ofreció una taza de té y
una barra de pan… la astuta mujer había horneado la barra de pan con una
sartén de hierro adentro.
—Acabo de hornear este pan para Finn, es su preferido.
Cuando el gigante pegó el primer mordisco se rompió la mitad de los dientes
al morder la sartén de hierro.
— ¡Ay, ay, ay! —gritó el gigante muy adolorido.
—Te pido por favor no hagas tanto ruido, vas a despertar al bebé en su cuna
—dijo Oonagh.
—¿En esa enorme cuna duerme tu bebé? —dijo Benandonner mirando el
armatoste en medio de la sala.
—Claro que sí, apenas cabe en ella. —dijo Oonagh—. Finn regresará a casa
pronto, siéntate y come estos pastelitos de mora.
Oonagh le sirvió un plato lleno de los pasteles que había horneado, pero
dentro de estos había una plancha de hierro.
79
Benandonner dio un mordisco, y dejó escapar un chirrido tan fuerte que toda
Irlanda se sacudió. Se había roto la otra mitad de los dientes cuando mordió
una pieza de la plancha.
—¿Qué hay en estos pastelitos? — preguntó entre lágrimas de dolor.
Oonagh se encogió de hombros:
—Estos son los preferidos del bebé, los hago con mantequilla, azúcar,
huevos, harina y mermelada de mora —respondió.
Y le dio uno de los pasteles a Finn, que estaba acostado en la cuna actuando
como bebé, pero este era un pastel como los demás: suave y esponjoso.
Finn se lo tragó de un bocado.
El gigante rojo observó con asombro y sintiéndose apoderado por el miedo
pensó:
—Si ese bebé es tan grande y tiene dientes de piedra, no quiero imaginarme
qué tan grande es su papá.
Sin despedirse, se fue corriendo por donde llegó, destruyendo la calzada
para evitar la visita de tan temible enemigo.
Hasta el día de hoy, los dos fragmentos de la calzada permanecen intactos,
uno en la costa del norte de Irlanda y el otro en la isla de Staffa.
JUANITO MANZANAS
81
QUETZALCÓATL Y EL MAÍZ
Cuenta la historia que muchos siglos atrás, antes de la existencia del dios
Quetzalcóatl, el pueblo azteca solo se alimentaba de raíces y animales.
Sin embargo, detrás de las enormes montañas vecinas, yacía un tesoro
imposible de alcanzar; ese tesoro era el maíz. Otros dioses intentaron sin
triunfo dividir las montañas para que los hombres pudieran atravesarlas.
Fue entonces que apareció Quetzalcóatl.
Quetzalcóatl prometió a los aztecas que les entregaría el preciado maíz, pero
no mediante el uso de la fuerza, sino de la inteligencia. Fue así como se
transformó en una hormiga negra y acompañado de una hormiga roja que
conocía el camino, se marchó hacia las montañas.
En el recorrido encontró innumerables obstáculos, pero estos no lo
detuvieron. Él mantuvo en sus pensamientos las necesidades del pueblo
azteca, y siguió avanzando.
Pasaron muchos días antes de que Quetzalcóatl llegara a cima de la
montaña y encontrara el maíz. Tomó un grano entre sus mandíbulas y
emprendió el camino de regreso. Al llegar, les entregó a los aztecas el grano
de maíz prometido.
Desde ese día, el pueblo azteca prosperó bajo el cultivo y cosecha del maíz.
Se hicieron poderosos, llenos de riquezas y construyeron las más
imponentes ciudades, palacios y templos.
Y por esto, veneraron con fervor a Quetzalcóatl; el dios que les trajo el maíz.
82
LAS ABEJITAS JUGUETONAS
En un panal había tres abejitas, que por primera vez iban a buscar néctar de las flores
del campo. La reina de las abejas le dio un cántaro vacío a cada una y les ordenó
traerlos bien llenos al caer la tarde. Las abejitas partieron volando a cumplir su tarea.
La abeja mayor empezó inmediatamente. La del medio, se dedicó a escuchar las
historias que le contaban las flores y los insectos. La más pequeña juntó muestras de
todos los colores que encontraba en las florecillas. Sin que se dieran cuenta, de lo
entretenidas que estaban, llegó la hora de volver al panal. En la entrada las esperaba
la reina y su corte.
La abejita mayor entregó su cántaro lleno y fue felicitada por todas las abejas. Luego
le tocó a la del medio. Cuando mostró su cántaro con solo la mitad con néctar, la reina
le dijo enojada: “¿Eso es todo lo que traes?” “No”, dijo la abejita. “Además tengo
muchas noticias y chismes que me contaron las flores y los insectos.” Y así
entretuvo a la reina y al panal por mucho tiempo. Las abejas también la felicitaron.
Al final le tocó a la más pequeña. La reina le preguntó: “¿Y tú, cuánto néctar traes?”,
la chiquita dijo: “Yo, traigo un tercio del cántaro con néctar y muchos colores,
para que todas nos pintemos y nos veamos muy lindas...”las abejas se pintaron e
hicieron una fiesta.
Ese día aprendieron que todos los talentos
83
OSCAR EL PINGÜINO DIFERENTE
Los pingüinos son mundialmente conocidos por lo elegantes que son. Siempre visten
de etiqueta y su andar es estirado y pomposo.
Un día estando Oscar, el pingüino, mojando sus patitas en el helado mar, notó que
flotando llegaba hasta él una hermosa caja. Rápidamente Oscar la abrió y maravillado
observó su contenido. No podía creer lo que sus ojos de pingüino veían... ¡la caja
contenía muchos frascos llenos de alucinantes colores!. Y Oscar aprovechó la ocasión.
Pintó su elegante frac de fuertes azules y amarillos, su pechera blanca terminó siendo
anaranjada con puntos verdes. Se dibujó una corbata celeste y lila y sus pies los pintó
rojos con rayas moradas. Oscar resplandecía, porque el sol había salido a iluminar
tanto colorido, en la siempre blanca, nevada y helada antártica.
Entonces Oscar empezó su triunfal paseo. Los demás pingüinos quedaron
asombrados. Reían. Saltaban. Silbaban. Aplaudían. Ese día fue el gran día de Oscar.
Por fin, aunque fuera por poco tiempo, era diferente. Y la diferencia, lo hizo feliz.
Entonces, Oscar cambió su nombre, ahora se llama Arcoiris, porque, aunque volvió a
vestir de etiqueta, lleva todos los colores en su corazón.
Había una mamá coneja que tenía muchos conejitos. Todos eran muy blancos, y
también, como todos los niños, eran muy juguetones y un poquito locos. Así que
siempre estaban jugando por el campo.
Pero, un día, todo el paisaje apareció también blanco. ¡Había nevado!
Cuando la mamá coneja fue a buscar a sus pequeños, no los podía encontrar, porque
como eran blancos, se confundían con la nieve. Entonces fue a buscar pinturas y pintó
84
a sus conejitos de todos los colores. ¡Ahora sí podía verlos, fácilmente, jugando en la
nieve blanca!.
Todo anduvo bien, hasta que un día, al mirar al campo, no pudo encontrar nuevamente,
a sus conejitos queridos. ¡Había llegado la primavera con todo su esplendoroso
colorido!.
Llamó a sus niños y uno a uno los lavó y los volvió a su color natural, el blanco. Ahora
los podía observar tranquilamente como corrían por el florido campo. Estaba muy feliz.
Pero, un día, pasado el tiempo... ¡volvió a nevar!
...y este cuento vuelve a comenzar.
85
MOTITA,LA NUBE PORFIADA
Un día, de entre las grandes nubes que habían en el cielo, salió corriendo y jugando
una pequeña nube. Su mamá, una gran nube blanca y esponjosa la llamó
dulcemente... ¡Motita!, ¡Motita! ¡no te alejes mucho!. Pero Motita era una nubecita un
poquito porfiada y no hizo caso a los llamados de su mamá y siguió jugando en el
amplio cielo y poco a poco se fue alejando.
El aire, lejos de su mamá, empezó a ponerse muy helado. Motita empezó a tiritar.
Tiritaba y tiritaba.
De pronto notó que su cuerpo se empezaba a transformar en cientos de gotitas y
empezó a caer hacia la tierra. ¡Se había transformado en lluvia!.
Al caer sobre el pasto de la pradera se unieron las gotitas en un pequeño charco y
motita se sentía muy rara transformada en agua.
Afortunadamente para Motita salió el sol y empezó a sentir un rico calorcito. El calor
aumentó y aumentó. Motita empezó a transpirar y se empezó a transformar en vapor.
Entonces empezó a subir y subir, y a medida que subía se convertía de nuevo en una
nube.
Motita estaba feliz, y más feliz estuvo cuando abrazó a su mamá y le prometió no
alejarse de ella ni siquiera para jugar a ser lluvia...
86