XXX Domingo T. O.
(C)
Domingo XXX del tiempo ordinario (ciclo C)
No tenemos ninguna razón para pensar que el fariseo del evangelio de
hoy mentía; más bien hemos de suponer que decía la verdad y que
verdaderamente él se esforzaba por cumplir los mandamientos, daba al Templo
el diez por cien de sus ganancias y ayunaba dos veces por semana. Todas
estas cosas son, sin duda alguna, buenas obras, y lo inquietante de este
evangelio es que el Señor nos dice que este hombre bajó a su casa sin ser
justificado por Dios. Pero, como advierte el evangelista, Jesús dijo esta
parábola por algunos que, “teniéndose por justos, se sentían seguros de sí
mismos y despreciaban a los demás”. Si las buenas obras nos conducen a
alimentar nuestro ego y a despreciar a los demás, entonces lo que en sí es un
bien (las buenas obras), se convierte para nosotros en un mal, en un desastre
espiritual: nos aleja de Dios.
Dice Benedicto XVI, comentando este evangelio, que todo depende de la
orientación de la mirada: el fariseo de este evangelio se mira a sí mismo y le
dice a Dios que le mire, que contemple ese espectáculo tan maravilloso que es
el de su persona, cumplidora de todos los mandamientos; el publicano, en
cambio, mira a Dios y, al contemplar la Bondad y la Pureza que es Dios, se ve
a sí mismo pecador e impuro, indigno de comparecer ante Él y por eso,
humildemente, le ruega que tenga compasión de él, que es un pecador.
La mirada, queridos hermanos, depende del corazón. Uno mira según lo
que lleva en su corazón. Amor meus, pondus meum decía san Agustín: mi
amor es mi “peso”, mi fuerza de gravedad, lo que marca mi tendencia, mi
dinamismo. El amor del fariseo es él mismo: su corazón está centrado en sí
mismo y prendado de sí mismo; el amor del publicano, en cambio, es Dios: su
corazón está prendado de Dios. Por eso el publicano baja a su casa
“justificado”, es decir, “hecho justo” por Dios, porque, al igual que dirá el Señor
de la pecadora que le ungió los pies con perfume y los enjugó con sus
lágrimas, “sus muchos pecados quedan perdonados, porque ha mostrado
mucho amor” (Lc 7,47). Lo que nos hace justos ante Dios es el arrepentimiento,
por el que lloramos nuestros pecados, y pedimos humildemente perdón,
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creyendo que Dios es bueno y nos perdonará. “Tu fe te ha salvado. Vete en
paz”, le dirá el Señor a la pecadora (Lc 7,50), como afirma ahora que el
publicano “bajó a su casa justificado”.
San Pablo desarrollará la enseñanza de esta parábola explicando que
“el hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo” y
que “por las obras de la ley nadie será justificado” (Ga 2,16-17). “Pues habéis
sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino
que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie pueda
presumir” (Ef 2,8-9). San Juan lo explicará diciendo: “Si decimos: «No tenemos
pecado» nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos
nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos
de toda injusticia” (1Jn 1,8-9).
El fariseo está convencido de que él se salvará por las buenas obras que
hace: su corazón está lleno de sí mismo y no cree que tiene necesidad de
arrepentimiento. Por eso “los publicanos y las prostitutas os precederán en el
Reino de los cielos” (Mt 21,31), porque ellos sí que saben que necesitan
arrepentirse y pedir perdón, saben que ellos son una calamidad y que sólo Dios
es bueno.
Entonces ¿qué hacemos? ¿Hacemos o no hacemos buenas obras? Por
supuesto que sí, cuantas más mejor, pero cuidando nuestro corazón, porque,
como le dijo el Señor a Samuel, “la mirada de Dios no es como la mirada del
hombre, porque el hombre ve las apariencias (las obras), pero Dios ve el
corazón” (1S 16,7). Lo que nos salvará no son nuestras obras sino la calidad
de nuestro corazón. “Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a
las llamas, si no tengo caridad nada me aprovecha” (1Co 13,3). Lo decisivo es
que en nuestro corazón haya o no haya caridad. Y la caridad “no es
jactanciosa, no se engríe” (1Co 13,4), es humilde y “se alegra con la verdad”
(1Co 13,6). Y la verdad es que hemos pecado y debemos arrepentirnos y pedir
perdón, como el publicano. Que el Señor nos lo conceda.
Rvdo. Fernando Colomer Ferrándiz