PASOS edita, nº 19
Juan Martínez Torvisco
Gevisa la Rocca
(Coords.)
En torno al riesgo
Contribuciones de diferentes disciplinas
y perspectivas de análisis
Revista de Turismo y Patrimonio Cultural
Pasos Edita, 19
www.pasosonline.org
Este es un trabajo que recopila las contribuciones
del grupo de investigación interdisciplinario e inter-
nacional “Rischio, comunicazione e società/Riesgo,
comunicación y sociedad”.
Gracias a todos los Colegas que participaron en él.
En torno al Riesgo. Contribuciones de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis / Juan
Martínez Torvisco y Gevisa La Rocca (coord.) / Tenerife: PASOS, RTPC / 2018/ 352 p. incluida
bibliografía.
1. riesgo psicosocial 2. riesgo económico 3. comunicación de riesgos 4. riesgo y nuevas tecno-
logías. I Juan Martínez Torvisco y Gevisa La Rocca. II “En torno al Riesgo. Contribuciones de
diferentes disciplinas y perspectivas de análisis”. III PASOS, Revista de Turismo y Patrimonio
Cultural. IV Colección PASOS Edita
Sistema de Clasificación Decimal Dewey: 300
Edita:
PASOS, Revista de Turismo y Patrimonio Cultural
P.O. Box 33.38360 · El Sauzal
Tenerife (España)
www.pasosonline.org - Colección PASOS Edita, 19.
Diseño Portada: Jesús H. Martínez Sánchez
ISBN (e-book): 978‐84‐88429‐35‐3
En torno al riesgo
ÍNDICE
Prólogo. Bernardo Hernández Ruiz 5
Acercamiento general al riesgo. Juan Martínez Torvisco 9
Percepción y aceptabilidad del riesgo. Juan Martínez Torvisco 35
Los riesgos psicosociales. Tiziana Ramaci 67
La teoría cultural del riesgo. Juan Martínez Torvisco y Gevisa La Rocca 97
La comunicación social del riesgo. Una disciplina en evolución. Gevisa 117
La Rocca
El riesgo económico-financiero: aspectos definitorios y enfoques para su 157
gestión. Francesca Bernini y Fabio La Rosa
Relaciόn entre riesgo y sistema de control interno. Un enfoque integra- 181
do para la creaciόn y la difusiόn de valor. Elisa Rita Ferrari
Evaluación y gestión del riesgo extremo en los mercados financieros. 199
Fabio Aiello y Giovanni Bonaccolto
El constante riesgo ligado al factor de género en la pérdida del trabajo. 229
Alessia Gabriele
Natech: percepción del riesgo y enfoque multidisciplinario. Marcella 247
Giacomarra
Riesgo en la conducción. Juan Carlos Ubero Guerrero 271
El autor inesperado. Fenomenologías del riesgo en el cine y en los me- 289
dios audiovisuales. Gino Frezza
El riesgo como juego. Youtube como punto de observación de la diver- 319
sión extrema entre los jóvenes. Gevisa La Rocca y Cosimo Miraglia
SOBRE LOS AUTORES 341
Prólogo
Bernardo Hernández Ruiz
El concepto riesgo es tan viejo como la humanidad (Garaczi, 2013, p.1),
entre otras razones porque el riesgo es inevitable y está siempre presente en
nuestra vida. Existen a cierto nivel en todas las actividades que realizamos:
corremos un riesgo al conducir un automóvil, al invertir dinero en la bolsa de
valores o al tomar un medicamento. Todas estas actividades conllevan impor-
tantes beneficios, pero también pueden tener consecuencias negativas con di-
ferente grado de gravedad. Según McKenna “es difícil imaginar una actividad
que no comporte algún riesgo” (1988, p. 469). Todos los días nos enfrentamos
en alguna medida a riesgos personales. Nadie puede vivir en un entorno to-
talmente libre de riesgos y siempre ha habido preocupación por los mismos
(Covello y Mumpower, 1985). Ni el ser humano ni las organizaciones o so-
ciedades a las que pertenece pueden vivir mucho tiempo sin correr riesgos.
Desde una perspectiva personal, todas las decisiones o acciones comportan
riesgos que varían en su nivel de gravedad, desde pérdida de estatus, dinero,
empleo, salud y libertad hasta la pérdida de la vida misma. Desde una pers-
pectiva global las preocupaciones relacionadas con el riesgo asociado a temas
como la sobrevivencia, la contaminación ambiental, la producción de energía,
la escasez de agua, el cambio climático, la sobrepoblación etc., han adquirido
gran presencia, tanto en discusiones científicas como públicas. Los últimos
grandes accidentes a escala industrial producen gran preocupación respecto
de la seguridad pública, del manejo del riesgo y de la comunicación del mis-
mo. Sin embargo, los riesgos, a pesar de su carácter negativo, son elementos
normales de la vida, cuyo impacto está mediatizado por procesos psicológicos
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
6 Prologo
(Martínez-Torvisco et al., 2017) y cuya adecuada gestión conlleva como con-
secuencia una mejora de las condiciones de vida.
La aceleración de los cambios, la complejidad de ciertas situaciones y la glo-
balización, entre otros ha incrementado la preocupación de la sociedad actual
respecto del riesgo. Asimismo, el desarrollo histórico de las sociedades industria-
les modernas ha creado expectativas respecto de los continuos progresos científi-
cos y tecnológicos y de la capacidad organizativa que llevan a mejoras en la salud
pública, en la seguridad, en la riqueza, y en la libertad. Sin embargo, el acelerado
ritmo de innovaciones ha producido modificaciones que han producido ajustes
provocando gran inquietud en la sociedad. El ritmo actual de cambios reduce
la estabilidad social e institucional a largo plazo, afecta la facultad de predecir el
futuro y aumenta la incertidumbre. Las sociedades organizadas que dependen de
un desarrollo científico y tecnológico de avanzada, requieren de organizaciones
efectivas y fiables en la gestión del riesgo, por tener mayor necesidad de basarse
en los conocimientos y consejos de especialistas y expertos (Abreu-Santos et al.,
2017). La velocidad en la transmisión de la información, la cantidad disponible
de la misma, el número de interesados y la cobertura global de los eventos, au-
menta la complejidad de la situación general y disminuye la capacidad de los
individuos o de los países en el control y en la influencia sobre los acontecimien-
tos. Esto plantea no solo preguntas relacionadas con la naturaleza del riesgo -una
pregunta que pueden ser respondidas de manera diferente por diferentes perso-
nas- sino también cuestiones relacionadas con el estudio de los riesgos, la per-
cepción del riesgo, el riesgo y la sociedad y la aceptabilidad de los riesgos, gestión
de riesgos, evaluación de riesgos o comunicación de riesgos.
A estas dos características, ser algo cotidiano y al mismo tiempo generar in-
certidumbre, se une otra característica como es la diversidad de los acercamien-
tos al estudio del riesgo. Por un lado, es un tema central en una amplia gama de
campos como la ingeniería, la medicina, las ciencias de la vida, la economía, la
psicología o la tecnología. Por otro lado, se estudia desde diferentes perspectivas
y por personas con diferentes antecedentes disciplinarios. Por lo tanto, el estu-
dio del riesgo se ha generalizado y es abordado desde las más diversas ópticas,
aunque todas ellas tienen como denominador común analizar la probabilidad de
ocurrencia de un peligro y los efectos tanto en la población como en el ambiente
del citado peligro o riesgo (Breakwell, 2007). Asimismo, esta diversidad ha con-
tribuido a que no haya acuerdo sobre la definición del término riesgo (Aven y
Renn, 2009), aunque con cierta frecuencia se focalizan en el ámbito de la salud y
de la seguridad las definiciones más comunes del riesgo (Berry, 2004).
La diversidad señalada también se ve reflejada en el uso y en la terminología
utilizada para hablar del concepto “riesgo”. Todos los días se unen al vocabulario
palabras nuevas que incorporan aspectos no tenidos en cuenta anteriormente.
Estos conceptos provienen en muchos casos del desarrollo de nuevas tecnolo-
gías. Pareciera que la palabra “riesgo” es uno de esos términos nuevos que apa-
Bernardo Hernández Ruiz 7
rece en lo cotidiano y que recibe un tratamiento social mediatizado, entre otros,
por factores personales (por ej. experiencias previas) y por factores culturales
como las creencias o la ideología (Levenson, 1990).
Este libro, producto de la colaboración entre investigadores de Italia y Espa-
ña, es un ejemplo de las características que acompañan a la investigación sobre
riesgo. A lo largo del libro se puede ir viendo diferentes enfoques del análisis del
riesgo en diferentes ámbitos. Por ejemplo, para expresar el concepto riesgo de
modo completo se relacionará primero con el concepto asociado de exposición
a un peligro y la idea de voluntariedad frente a involuntariedad o se analiza la
evolución del interés de las ciencias sociales por el concepto de riesgo y como
se ha plasmado este interés en distintas disciplinas. El lector podrá encontrar la
íntima relación existente entre riesgos personales, sociales y para el medio am-
biente. También es de destacar el tratamiento que se hace desde distintos niveles
de análisis, de manera que se incluyen perspectivas económicas, tecnológicas,
psicológicas, psicosociales, culturales y cinematográficas. Por último, en diferen-
tes capítulos se analiza situaciones como la pérdida del puesto de trabajo, las per-
didas, económicas, sin olvidar la gestión y evaluación del riesgo.
Catedrático de Psicología Social
Bibliografía
Abreu-Santos, I., Vasconcelos, L., y Pires, I. (2017). Learning from risk: lessons
from L’Aquila and Japan. Psyecology, 8(1), 107-147.
Aven, T, y Renn, O. (2009). On risk defined as an event where the outcome is
uncertain. Journal of Risk Research, 12, 1-11.
Berry, D. (2004). Risk, Comunication and Health Psychology. Maidenhead:
Open University PressBerry.
Breakwell, G. (2007). The psychology of the risk. Cambridge, UK: Cambridge
Univesity Press.
Covello, V. T., y Mumpower, J. (1985). Risk Analysis and risk management: An
historical perspective. Risk Analysis, 5(2), 103-120.
Garaczi, I. (2013). Kockázati modellek és társadalmi mozgások (Risk Models
and Movements in Society). Gazdaságetika, 5.
Levenson, M. R. (1990). Risk taking and personality. Journal of Personality and
Social Psychology, 58, 1073-1080.
McKenna, F. P. (1988). What role should the concept of risk play in theories of
accident involvement?. Ergonomics, 31(4), 469-484.
Martínez-Torvisco, J., La Rocca, G., y Wichrowska, M. (2017). Comparative
exploratory study of the cultural variable in risk assessment. XIV Congresso
de Psicologia Ambiental – PSICAMB Espaços e Comportamento Humano:
do local ao global. Universidade de Évora, Portugal, 21 a 24 Junho. Presen-
tació oral.
Capítulo 1
Acercamiento general al riesgo
Juan Martínez Torvisco
Solum certum nihil esse certi.
(Plinio el Viejo, Historia naturalis)
1. Introducción: El concepto de riesgo en las ciencias sociales
El riesgo ocupa un lugar relevante en la agenda de la sociedad actual ya
que se encuentra íntimamente ligado a la existencia misma de los individuos,
de las organizaciones y de las sociedades. Siguiendo el ritmo de las preocupa-
ciones que se plantean a nivel global respecto de temas como la sobrevivencia,
la contaminación ambiental, la producción de energía, la escasez de agua, el
cambio climático, la sobrepoblación etc., el tratamiento de los temas relaciona-
dos con el riesgo ha adquirido gran presencia, tanto en discusiones científicas
como públicas. Los últimos grandes accidentes a escala industrial produjeron
gran preocupación respecto de la seguridad pública, del manejo del riesgo y de
la comunicación del mismo. Los riesgos, a pesar de su carácter negativo, son
elementos normales de la vida, por lo que todo lo que se hace para reducirlos
es un esfuerzo que lleva como consecuencias una mejora de las condiciones
de vida. El estudio del riesgo se ha generalizado y es abordado desde las más
diversas ópticas: desde las ciencias naturales, la filosofía, las ciencias políticas,
la geografía, la sociología, antropología social o psicología. Todas ellas tienen
un denominador común analizan la probabilidad de ocurrencia de un peligro
y los efectos tanto en la población como en el ambiente del citado peligro o
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
10 Acercamiento general al riesgo
riesgo (Breakwell, 2007). Asimismo, con cierta frecuencia se focalizan en el
ámbito de la salud y de la seguridad las definiciones más comunes del riesgo
(Berry, 2004).
La aceleración de los cambios, la complejidad de ciertas situaciones y la
globalización, entre otros ha incrementado la preocupación de la sociedad
actual respecto del riesgo. Asimismo, el desarrollo histórico de las socieda-
des industriales modernas ha creado expectativas respecto de los continuos
progresos científicos y tecnológicos y de la capacidad organizativa que llevan
a mejoras en la salud pública, en la seguridad, en la riqueza, y en la libertad.
Sin embargo, el acelerado ritmo de innovaciones ha producido modificaciones
que han producido ajustes provocando gran inquietud en la sociedad. El rit-
mo actual de cambios reduce la estabilidad social e institucional a largo plazo,
afecta la facultad de predecir el futuro y aumenta la incertidumbre. Las so-
ciedades organizadas que dependen de un desarrollo científico y tecnológico
de avanzada, requieren de organizaciones efectivas y fiables en la gestión del
riesgo, por tener mayor necesidad de basarse en los conocimientos y consejos
de diversos especialistas y expertos. La velocidad en la transmisión de la infor-
mación, la cantidad disponible de la misma, el número de interesados y la co-
bertura global de los eventos, aumenta la complejidad de la situación general
y disminuye la capacidad de los individuos o de los países en el control y en la
influencia sobre los acontecimientos. Esto también se ve reflejado en el uso y
en la terminología utilizada para hablar del concepto “riesgo”.
Todos los días se unen al vocabulario palabras nuevas que incorporan as-
pectos no tenidos en cuenta anteriormente. Estos conceptos provienen en mu-
chos casos del desarrollo de nuevas tecnologías. La palabra “riesgo” es uno de
esos términos nuevos que aparece en lo cotidiano y que recibe un tratamiento
social mediatizado, entre otros, por factores personales (por ej. experiencias
previas) y por factores culturales (creencias, ideología, etc.) (Levenson, 1990).
Por tanto, un riesgo es en términos generales, la posibilidad de que ocurra algo
con consecuencias negativas.
Los riesgos nos rodean en la vida diaria y existen a cierto nivel en todas
las actividades que realizamos: corremos un riesgo al conducir un automóvil,
al invertir dinero en la bolsa de valores o al tomar un medicamento. Todas
estas actividades conllevan importantes beneficios, pero también pueden te-
ner consecuencias negativas con diferente grado de gravedad. A lo largo del
capítulo iremos viendo diferentes enfoques del análisis del riesgo. Pero para
expresar el concepto riesgo de modo completo hay que comprender primero
que el concepto lleva asociado la exposición a un peligro. La exposición a un
peligro puede ser voluntaria: por ejemplo, el esquiar o saltar con un paracaídas
son actividades peligrosas en las cuales se decide libremente correr el riesgo de
llegar a sufrir un accidente. Pero también existe la exposición involuntaria a
Juan Martínez Torvisco 11
un peligro, como lo es por ejemplo la exposición a sustancias tóxicas presentes
en el medio ambiente, en el aire que respiramos o en el agua y alimentos que
tomamos. Los efectos negativos de una exposición de este tipo dependerán de
la toxicidad de la sustancia, de la dosis, y del tiempo y frecuencia de la expo-
sición.
Garaczi, sostiene que “el concepto riesgo es tan viejo como la humanidad”
(Garaczi, 2013, p.1), y es un tema central en una amplia gama de campos, que
varían de la ingeniería a la medicina, de las ciencias de la vida a la economía.
No hay acuerdo sobre la definición del término riesgo (Aven y Renn, 2009). Es
un tema que se está estudiando desde diferentes perspectivas y por personas
con diferentes antecedentes disciplinarios. Esto plantea no solo preguntas re-
lacionadas con la naturaleza del riesgo -una pregunta que pueden ser respon-
didas de manera diferente por diferentes personas- sino también cuestiones
fundamentales relacionadas con el estudio de los riesgos, la percepción del
riesgo, el riesgo y la sociedad y la aceptabilidad de los riesgos, gestión de ries-
gos, evaluación de riesgos o comunicación de riesgos. El riesgo es inevitable y
está siempre presente en nuestra vida. Todos los días nos enfrentamos en algu-
na medida a riesgos personales. Nadie puede vivir en un entorno totalmente
libre de riesgos y siempre ha habido preocupación por los mismos (Covello
y Mumpower, 1985). Ni el ser humano ni las organizaciones o sociedades a
las que pertenece pueden vivir mucho tiempo sin correr riesgos. Desde una
perspectiva personal, todas las decisiones o acciones comportan riesgos que
varían en su nivel de gravedad, desde pérdida de estatus, dinero, empleo, salud
y libertad hasta la pérdida de la vida misma.
Según McKenna “es difícil imaginar una actividad que no comporte algún
riesgo” (1988, p. 469). Por otro lado, la exposición a los riesgos y la variedad de
los mismos hace que exista un amplio abanico de consecuencias, tales como
enfermedades infecciosas, accidentes mortales, desastres económicos, ham-
bre, guerras nucleares, etc. Dichas consecuencias, en muchos casos originadas
por el propio ser humano, producen también daños irreparables al medio am-
biente y a los sistemas ecológicos (Ansell y Wharton, 1992). Con el propósito
de contextualizar este capítulo revisaremos el concepto de riesgo y la evolución
del interés de las ciencias sociales por este tema.
2. Aproximaciones al concepto de riesgo
Etimológicamente, el origen de la palabra riesgo no está claro. Se cree que
procede o bien del término árabe risq o bien del latín risicum. El término risq
significa “cualquier cosa que nos ha sido dada por Dios y de la que nosotros
obtenemos algún beneficio “y el resultado final posee connotaciones favora-
bles y fortuitas. Un derivado de risq fue usado en el siglo XII y parecía referirse
a la casualidad de los resultados en general y no tenía implicaciones positivas
12 Acercamiento general al riesgo
ni negativas (Wharton, 1992). Sin embargo, el término risicum, aludía origina-
riamente a la dificultad que una barrera de arrecifes presentaba a los marineros
y tenía connotaciones claras de circunstancias desfavorables, pero del mismo
modo fortuitas.
Otros autores hablan de la palabra riesgo como “asombroso” y sitúan el
origen en el término griego rhiza (raíz); de rhiza derivó en rhizikon: parecido
a un risco (Mathieu-Rosay, 1985).
La Real Academia Española (Alvar Ezquerra, 1992) define en su Dicciona-
rio de la Lengua el término riesgo como “una contingencia o proximidad de
un daño”.
Según Rosa (1998) riesgo es: una situación o evento en el que se ha puesto
en juego algo de valor humano (incluidos los humanos) y donde el resultado
es incierto. Esta definición expresa según Jaeger et al. (2001), en primer lu-
gar, una cuestión ontológica del mundo donde se une la dualidad humana de
entornos inciertos, de un lado los naturales de otro los construidos por el ser
humano. También esta definición explica estados inciertos, pero con partici-
pación humana que están conceptualizados de modo adecuado como riesgo.
En tercer lugar, lleva consigo la definición convencional de riesgo, como el
producto de la probabilidad de una ocurrencia o un evento por el valor del
resultado del evento. Finalmente, de modo consistente, subsume los riesgos
indeseables y los riesgos deseables (interés dominante del ámbito), tales como
como emprendimientos arriesgados o inversiones en las que se incurre en ries-
gos con emociones o satisfacciones similares.
Según Hannson (1989) la palabra “riesgo” tiene dos significados relaciona-
dos estrechamente. En primer lugar, se refiere a la probabilidad estimada de
que un suceso desfavorable ocurra. En segundo lugar, se utiliza para referirse a
una situación en un sentido más general, donde es posible pero no seguro que
un suceso desfavorable tenga lugar. Es decir, hablamos por un lado de proba-
bilidad y por otro del carácter desfavorable del suceso.
Analizando la investigación contemporánea sobre el riesgo, Vlek y Stallen
(1981) propusieron una clasificación de seis definiciones de los riesgos. Diez
años más tarde, Vlek y Keren (citado en Pidgeon et al., 1992) establecen una
taxonomía de diez definiciones del riesgo.
1) Probabilidad de consecuencias no deseadas.
2) Gravedad de la máxima consecuencia posible no deseable.
3) Suma ponderada multiatributo de los componentes de las posibles con-
secuencias no deseadas.
4) La probabilidad por gravedad de consecuencias no deseables (pérdida
esperada).
Juan Martínez Torvisco 13
5) Probabilidad ponderada de la suma de todas las posibles consecuencias
no deseables (“pérdida esperada” media).
6) Ajuste de la función por medio del gráfico de puntos que relacionan las
probabilidades con las consecuencias no deseables.
7) Semivarianza sobre el término medio de cada una de las consecuencias
no deseadas posibles.
8) Varianza sobre la consecuencia media esperada en todas las consecuen-
cias probables.
9) Combinación ponderada de diversos parámetros de la distribución de
probabilidad de todas las posibles consecuencias.
10) Ponderación de todas las posibles consecuencias no deseables (pérdi-
da) relacionadas con las posibles consecuencias deseables (ganancia).
Según Penning-Rowsell y Handmer (1990) las definiciones de “riesgo” ge-
neralmente se clasifican en tres grupos.
(i) Aquellas que se centran solamente en la probabilidad del suceso de un
hecho perjudicial, es decir, un concepto estadístico.
(ii) Aquellas que abarcan la probabilidad del suceso y el grado y tipo de
daño posible. El riesgo se ve en este grupo como el producto de la probabi-
lidad del suceso por la gravedad del efecto.
(iii) Por último, el tercer grupo de definiciones serían aquéllas con un perfil
económico, donde el énfasis está puesto en la distribución de los costos y
los beneficios. Dicho de otro modo: quién soporta el riesgo y quién lo causa
o establece.
Lowrance (1980) considera el riesgo como una medida compuesta por la
probabilidad y la magnitud de un efecto desfavorable, de tal manera que la
descripción de riesgo está formada por la probabilidad y las consecuencias de
un efecto nocivo. En este sentido, el riesgo se puede expresar de diversas ma-
neras: número de muertes por año, grado de pérdida de la audición, promedio
de reducción del ciclo vital, etc.
Desde la perspectiva de la toma de decisiones, el riesgo se define como
“pérdida esperada” al elegir una alternativa (Oppe, 1988). En la investigación
realizada en ámbito español, hay que destacar la dificultad de definición del
concepto riesgo dentro del marco de la toma de decisiones (Viladrich, 1986;
Fauquet, 1991). Los distintos puntos de vista en torno a la definición de riesgo
y su medida asumen un desequilibrio entre la evaluación del riesgo predomi-
nante y el posible riesgo (Kates, 1985).
Muchas de las definiciones del riesgo lo expresan como algo a lo que se
puede asignar un valor numérico. Uno de los procedimientos consiste en mul-
14 Acercamiento general al riesgo
tiplicar la probabilidad de un riesgo por la magnitud de su gravedad. Este re-
sultado se conoce como valor de la expectativa, que se utiliza después en la
comparación de riesgos. En algunos casos el valor de la expectativa se identi-
fica con “el riesgo”; otras veces se toma como una medida de “la gravedad del
riesgo”. En ambos casos, el concepto de riesgo se reduce a una única dimensión
(Hansson, 1989).
3. Diferencias entre riesgo y peligro o amenaza
A veces el término riesgo es equiparado a peligro o amenaza. Los diccio-
narios ingleses frecuentemente igualan riesgo con peligro. El Oxford English
Dictionary (Fowler y Fowler, 1978), por ejemplo, define riesgo como “peligro;
exposición al peligro de daño o pérdida...”. Otros establecen una distinción en-
tre ambos conceptos: riesgo como posibilidad de que suceda un daño y peligro
como el hecho dañino en sí. Por ejemplo, el Collins Cobuild English Language
Dictionary (Sinclair, 1988) define el término riesgo como la “posibilidad de
que algo desagradable o no deseable pudiera suceder” (p. 1254) y el término
peligro como “algo que podría ser nocivo para uno, para su salud y seguridad,
para sus planes futuros o para su prestigio” (p. 669).
El estudio del riesgo ha sido casi exclusivo de las ciencias físicas para ser
tratado por las ciencias sociales también en la medida que existía un compo-
nente subjetivo en la valoración que los seres humanos hacíamos del peligro.
En contra de lo que ha ocurrido hasta ahora el estudio del riesgo ha sido ca-
pitalizado por filósofos, politólogos, sociólogos, geógrafos, antropólogos so-
ciales y psicólogos, que han aportado sus propios planteamientos críticos a la
conceptualización del riesgo. Sin embargo, a nadie se le escapa que el ámbito
del riesgo debe evaluarse y estimarse cuantitativamente, es decir se debe desa-
rrollar herramientas adecuadas de análisis del riesgo.
En la literatura sobre el riesgo, estos términos están claramente diferencia-
dos. Hohenemser et al. (1983) definen a los riesgos con términos probabilísti-
cos y a los peligros de modo más general, como “amenazas a los seres humanos
y la forma en que éstos las valoran”. Starr y Whipple (1991) definen el término
riesgo como “la posible exposición a una pérdida creada por un peligro o ame-
naza” y el término peligro como aquella “situación (física o social) que, si se
presenta, podría desatar un conjunto de consecuencias indeseables” (p. 53).
En otra línea, Suter et al. (1987) resaltan los “efectos o influencias” al definir el
peligro y no se centran en la probabilidad de ocurrencia. La Royal Society ha
definido el riesgo como “la probabilidad de que ocurra un hecho adverso du-
rante un período de tiempo establecido” y “hecho adverso” como “un aconte-
cimiento que produce daño” (p. 22). Peligro según la Royal Society se establece
como una “situación que en circunstancias específicas podría producir daño”
(Royal Society, 1983). En suma, la Royal Society define riesgo como “la proba-
Juan Martínez Torvisco 15
bilidad de que ocurra un peligro durante un período de tiempo establecido”.
Por lo tanto, la diferencia entre el término riesgo y el término peligro apunta a
que el segundo es un concepto mucho más amplio que el primero. Si decíamos
que el riesgo es la medida de la probabilidad de ocurrencia de una amenaza, el
término peligro o amenaza abarcaría, además, las consecuencias del impacto
del suceso en el individuo, en la sociedad y en el ambiente.
A veces se utiliza el término riesgo como sinónimo de peligro. El riesgo se
define alrededor de dos dimensiones, generalmente de modo simultáneo, aun-
que no necesariamente. El primero se refiere a las probabilidades. El segundo
se refiere a los efectos. Es decir, el riesgo es la probabilidad de que ocurra un
evento adverso particular durante un período de tiempo establecido. En tér-
minos de probabilidad, el riesgo se refiere a la probabilidad de algún evento
negativo específico (delineado lo más cerca posible en términos de cantidad,
intensidad y duración) como resultado de una exposición a un peligro. El pe-
ligro se define como cualquier cosa (animada o inanimada, producto natural
o humano) que pueda causar daño (a las personas o su entorno). En térmi-
nos de efectos, el riesgo se refiere a la extensión del detrimento (la estimación
numérica del daño) asociado con el evento adverso. El riesgo utilizado para
referirse a detrimento se centra en la gravedad o la escala de las consecuen-
cias. Está claro que estas dos dimensiones de riesgo (probabilidad y efecto)
son conceptualmente bastante diferentes. No tiene ninguna connotación ex-
traña usar dos palabras diferentes para referirse a estas dos dimensiones. Sin
embargo, de hecho, la costumbre durante muchos años ha dado lugar a que se
utilice el riesgo para referirse a ambos. Puede generar confusión y, a menudo,
solo al observar el contexto en el que se utiliza la palabra “riesgo” es posible
adivinar qué dimensión realmente está involucrada. Véase la frase “Hoy existe
el riesgo de lluvia”, Podría asociarse con una interpretación de la probabilidad
de ocurrencia de lluvia, o podría asociarse con las consecuencias negativas de
la lluvia de hoy (por ejemplo, inundaciones o, quizás peor aún, el abandono de
un partido de fútbol).
En la práctica, las dos dimensiones (probabilidad y efecto) tienden a exa-
minarse en conjunto. Para ser influyente en la dirección de las decisiones, una
declaración de riesgo informa de manera óptima tanto la probabilidad como
el efecto. Este conjunto de definiciones articula claramente la diferencia entre
riesgos y peligros. Sin embargo, el lenguaje común no. Un peligro a menudo
se denomina riesgo. Entonces, por ejemplo, a veces hablamos sobre el fumar
como un riesgo o el consumo de alcohol como un riesgo. Fumar es un peligro.
El consumo de alcohol es un peligro. Se puede estimar el alcance y la probabi-
lidad de tener consecuencias negativas, es decir, el riesgo asociado a cada uno.
También Hohenemser et al. (1985) diferencian entre riesgo y peligro. Con-
ciben el peligro como amenaza a los seres humanos y la valoración que éstos
16 Acercamiento general al riesgo
hacen, y el riesgo como la probabilidad de experiencias nocivas, es decir, de
las consecuencias provocadas por los peligros. Por ejemplo, pensamos en la
conducción como un peligro, pero decimos que el promedio europeo de ries-
go de morir en un accidente de automóvil se sitúa entre un 2% y un 3%. Los
peligros son una secuencia de hechos conectados causalmente, que se inicia en
las necesidades humanas y los deseos, continúa en la elección de tecnología, la
posible liberación de materiales y energía, la exposición humana y eventual-
mente termina en consecuencias dañinas.
En palabras de Susan Cutter, “los riesgos siempre están presentes, pero no
se convierten en peligros hasta que el ser humano o el entorno entran en con-
tacto con ellos” (1993, p. 2). Fischhoff, Watson y Hope (1984) resaltan la multi-
dimensionalidad del riesgo y proponen el uso de vectores para caracterizar los
riesgos asociados a diferentes tecnologías. Cada componente del vector repre-
senta el valor de la expectativa de una cierta consecuencia, tal como el número
esperado de muertes de trabajadores, el número esperado de muertes de la
población en general, el número esperado de personas incapacitadas por día,
etc. Estos autores analizan alguna de las principales fuentes de controversia
en esta definición. Sostienen que no hay ninguna definición avanzada como
la correcta, porque no hay una definición única que sea adecuada para todos
los problemas. Más bien, la elección de la definición es política, expresando las
opiniones de alguien con respecto a la importancia de los diferentes efectos
adversos en una situación particular. Tales determinaciones no deberían ser
competencia exclusiva de los científicos, que no tienen una visión especial de
lo que la sociedad debería valorar.
Entre las dimensiones asociadas a riesgos destacan: la objetividad frente a
la subjetividad. Los expertos técnicos a menudo distinguen entre riesgo objeti-
vo y riesgo subjetivo. El primero se refiere al producto de la investigación cien-
tífica, principalmente estadísticas de salud pública, estudios experimentales,
encuestas epidemiológicas, valoraciones de riesgos tecnológicos y análisis de
riesgos probabilísticos. Este último se refiere a las percepciones no expertas de
ese análisis, adornadas por cualquier otra consideración que atrape la mente
del público. Esta distinción es controvertida en la forma en que caracteriza
tanto al público como a los expertos. Es frecuente atribuir desacuerdos entre
el público y los expertos a la ignorancia pública o irracionalidad, un examen
más detenido a menudo sugiere una situación más complicada. Las diferen-
cias se encuentran en los desacuerdos no reconocidos sobre el tema, incluido
lo que se entiende por riesgo. Cuando el público se muestra desinformado,
a menudo es por buenas razones, como recibir información defectuosa (no
clara, desequilibrada) a través de los medios informativos o de la comunidad
científica (Lichtenstein et al., 1978). En algunos casos, el público lego puede
incluso comprender mejor los problemas específicos y llegar a conocerlos me-
Juan Martínez Torvisco 17
jor definitivamente que el conjunto de individuos expertos (Cotgrove, 1982;
Wynne, 1983). Por lo tanto, la objetividad siempre debe ser una aspiración,
pero nunca puede ser un logro de la ciencia. Cuando el público y los expertos
no están de acuerdo, es un encuentro entre dos conjuntos de opiniones con
información diferente. Las ciencias, los científicos y las definiciones de riesgo
difieren mucho en la forma explícita en que reconocen el papel del juicio. Se
ha constatado que las valoraciones subjetivas, intuitivas, implican una mayor
diversidad de consideraciones que las estimaciones objetivas.
Sintetizando, los riesgos existen en relación a un conjunto de valores y de
estándares. El fenómeno del riesgo requiere la interpretación tanto objetiva
como la evaluación subjetiva. La conceptualización frecuentemente utilizada
de riesgos objetivos versus riesgos subjetivos, describe diferentes métodos de
evaluación de los riesgos, basándose la primera evaluación objetiva en datos
estadísticos disponibles y en cálculos matemáticos, mientras que el riesgo sub-
jetivo está relacionado con juicios intuitivos. Diversos tipos de estudios dife-
rencian entre riesgo objetivo y riesgo subjetivo considerando distintas pers-
pectivas teóricas. Los juicios intuitivos sobre el riesgo están relacionados tanto
con estructuras personales, cognitivas, afectivas, emocionales y de motivación,
como con los ambientes sociales, culturales y políticos. Además de la dimen-
sión objetiva-subjetiva encontramos como factor el interés para las personas.
Es decir, aquellos eventos que amenazan la salud y seguridad de las personas
tienen un costo, incluso si nunca suceden.
La inquietud por los accidentes, las enfermedades y el desempleo preocu-
pan a las personas incluso cuando ellas y sus seres queridos viven una vida
larga, robusta y asalariada. Aunque están asociados con los riesgos, estas con-
secuencias son certezas virtuales. Todos aquellos que los conocen responderán
de alguna manera. En algunos casos, esa respuesta beneficia al encuestado,
incluso si su fuente es un evento aversivo. Por ejemplo, las preocupaciones
financieras pueden llevar a las personas a expandir sus habilidades persona-
les o crear innovaciones socialmente útiles. No obstante, sus recursos se han
desviado de otras actividades, quizás preferidas. Además, el estrés que acom-
paña puede contribuir a una variedad de efectos negativos para la salud, par-
ticularmente cuando es difícil controlar la amenaza (Elliott y Eisdorfer, 1982).
Los factores de estrés no solo precipitan problemas propios, sino que pueden
complicar otros problemas y desviar los recursos psicológicos necesarios para
enfrentarlos. Por lo tanto, la preocupación por un riesgo puede acelerar el fin
de un matrimonio al ofrecer a la pareja una cosa más por la que luchar y mu-
cha menos energía para buscar soluciones. Otra de las cuestiones que se refleja
en la controversia es la cuestión de la dimensionalidad de los riesgos, es decir
los riesgos su costo y su beneficio.
18 Acercamiento general al riesgo
Es habitual que las tecnologías peligrosas pueden suscitar tal preocupación
incluso cuando funcionan perfectamente. Algunas de las respuestas pueden
enfocarse y tener un propósito, como los intentos de reducir el riesgo a través
de acciones personales y colectivas. Sin embargo, incluso ese esfuerzo debe
considerarse como un costo de la tecnología porque ese tiempo y energía po-
drían invertirse en otra cosa (por ejemplo, tiempo libre, planificación finan-
ciera, mejora de las habilidades profesionales) si no fuera por la tecnología.
Cuando muchas personas están expuestas al riesgo (o están preocupadas por
la exposición de sus compañeros), entonces los costos pueden ser muy exten-
sos.
Aquellas dimensiones seleccionadas refieren Fischhoff, Watson y Hope
(1984) son: la necesidad de cuantificar o de expresar de modo numérico el va-
lor de los riesgos, el número de personas expuestas, las personas fallecidas, etc.
Los límites de la tecnología se pueden considerar también parte importante
en la valoración de los riesgos, asuntos como el principio de precaución tratan
de ayudar en este análisis, por ejemplo, en el ámbito ambiental exige tomar
medidas que reduzcan la posibilidad de sufrir un daño ambiental grave a pesar
de que se ignore la probabilidad precisa de que éste ocurra. El principio de
“precaución” o también llamado “de cautela” exige la adopción de medidas de
protección antes de que se produzca realmente el deterioro del medio ambien-
te, operando ante la amenaza a la salud o al medio ambiente y la falta de certeza
científica sobre sus causas y efectos (Jiménez-Arias, 2008).
Otras de las cuestiones que aparecen de modo reiterativo según Fischhoff,
Watson y Hope (1984) es la preocupación que puede tener un impacto aún
mayor que los efectos reales de salud y seguridad. Irónicamente, debido a que
los signos de estrés son difusos (por ejemplo, algunos divorcios más, proble-
mas cardiovasculares algo agravados), es bastante posible que el tamaño de
los efectos sea tanto intolerablemente grande (teniendo en cuenta los benefi-
cios) como inmensurable (según las técnicas actuales). Incluir la preocupación
entre las consecuencias de una tecnología arriesgada inmediatamente plantea
dos cuestiones adicionales controvertidas. Una es lo que constituye un nivel
apropiado de preocupación. Se podría argumentar que la preocupación debe
ser proporcional al riesgo físico. Sin embargo, hay una variedad de razones por
las que los ciudadanos pueden estar razonablemente preocupados por los ries-
gos que ellos mismos reconocen que son relativamente pequeños (por ejem-
plo, sienten que se está estableciendo un precedente importante, que las cosas
empeorarán si no se controlan, o que las posibilidades de una acción efectiva
son excelentes). Otra cuestión a resolver es, si compartiendo el mejor cono-
cimiento técnico disponible se mantendrían las tecnologías responsables que
producen preocupación evocada por las percepciones de las personas sobre
sus riesgos. Realmente se desconoce esta cuestión. Es el primero el que deter-
Juan Martínez Torvisco 19
mina la preocupación real; sin embargo, usarlo significaría penalizar algunas
tecnologías para evocar preocupaciones injustificadas y recompensar a otros
por haber escapado al ojo público.
Según lo anterior, peligro se expresa como amenaza posible a los seres hu-
manos y a su bienestar, mientras que riesgo expresa la probabilidad de suceso
de un peligro (Smith, 1992). Asimismo, Kaplan y Garrick (1981) entienden
el término peligro como origen del problema y riesgo como posibilidad de
perjuicio o la probabilidad del mismo. Esta distinción entre peligro y riesgo ha
sido ilustrada de igual modo por Okrent (1980), que presentaba el ejemplo de
dos personas cruzando un océano, una de ellas en un transatlántico y la otra en
una barca de remos. El peligro (morir ahogado) es el mismo en ambos casos,
pero el riesgo (probabilidad de ahogarse) es bien distinto en un caso que en
otro. Si la persona se ahoga, esto podría ser denominado tragedia o desastre.
Por lo tanto, un desastre o tragedia se puede ver como la consecuencia de un
peligro. De modo que, peligro, riesgo y desastre actúan con valores distintos.
El concepto riesgo es utilizado para el ámbito individual, para el grupal y
para el social. El término exposición lleva consigo una o más consecuencias
posibles del riesgo. Esto implica la existencia de una o más cadenas de sucesos
o trayectoria causal, desde la iniciación del suceso hasta los efectos nocivos
para las personas u objetos expuestos. Las consecuencias directas de un ries-
go se denominan efectos. A veces resultan beneficiosos, aunque esto no sea
lo corriente, es más probable que los efectos resulten nocivos. Hay algunas
circunstancias para las cuales es adecuado resaltar los efectos negativos de un
riesgo. Estas circunstancias están presentes en lo que se denomina evaluación,
análisis y gestión del riesgo.
En términos de sujeto afectado por los peligros, se pueden reconocer las
siguientes amenazas.
1. Peligros para las personas: muerte, daño, enfermedad, stress.
2. Peligros para las cosas: daños a la propiedad, pérdida económica.
3. Peligros para el medio ambiente: pérdida de flora y fauna, contaminación
y pérdida de vistosidad y atractivo.
Como se observará, no hay homogeneidad en lo que a definiciones se re-
fiere, aunque priman los elementos económicos y probabilísticos. Acerca de
la diferencia entre riesgo y peligro nosotros optamos por la explicación dada
por Glendon (1987): los peligros son observables, mientras que los riesgos no
son directamente observables y están mediatizados por entornos y cognicio-
nes; por último, los efectos son directamente observables y pueden ser a largo
plazo, como las enfermedades, o a corto plazo, como los accidentes y heridos.
20 Acercamiento general al riesgo
4. Perspectivas en el ámbito del estudio del riesgo
Diferentes campos de investigación se han interesado por el estudio del
riesgo: la ingeniería, la economía, la ciencia política, la sociología, la psicología
y también la filosofía por citar unos cuantos campos. Möller (2012) establece
tres amplios acercamientos al ámbito del riesgo. De un lado, presenta la pers-
pectiva científica al riesgo. La idea de la que parte es que el riesgo es un fenó-
meno que debe ser estudiado como la gran mayoría de los temas científicos, es
decir, utilizando el método científico. El riesgo es algo que en principio puede
ser medido de modo sistemático y la principal tarea del investigador es encon-
trar el método que sea lo suficientemente preciso para que permita calcularlo
y de este modo reducirlo a valores mínimos. La segunda perspectiva del riesgo
es la psicológica. El principal interés de la misma es el estudio de la percepción
del riesgo, con un gran despliegue de métodos desde los más cognitivos hasta
los más sociales. Desde el punto de vista cognitivo se analizan las creencias
de la gente sobre los riesgos y su modo de afrontarlo. El principal método de
estudio de la percepción de riesgo es el psicométrico, donde los sujetos deben
evaluar, en un rango bidimensional establecido, la cantidad percibida de la
dimensión determinada,
Con el modelo psicométrico se ha analizado los factores destacados en la
adaptación del ser humano a las amenazas tanto naturales como tecnológicas.
Se ha utilizado el laboratorio para resolver problemas complejos donde se re-
lacionan la probabilidad de que algo suceda y la frecuencia del suceso. Desde
la perspectiva psicométrica se han analizado atributos propios de los riesgos
relacionados con la aceptabilidad o inaceptabilidad de los mismos. Hance et
al. (1988) desarrollan un modelo en el que, ante dos riesgos de igual magni-
tud, es más aceptable uno voluntario que uno involuntario; uno bajo control
individual que uno bajo control institucional; uno distribuido de forma re-
gular que uno distribuido irregularmente; uno natural que uno exótico; uno
detectable que uno que no se pueda detectar; uno conocido por la ciencia que
uno desconocido; uno asociado a un hecho no destacado que uno asociado a
un hecho destacado. También de cuáles son los riesgos que consideramos más
importantes (Slovic, 2000; Hansson, 2010).
La tercera perspectiva la denomina enfoque cultural, en este caso el inte-
rés principal se centra en establecer cómo nuestras concepciones estás cultu-
ralmente mediatizadas, dicho de otro modo, cómo éstas se forman mediante
contextos sociales en nuestra sociedad, tales como la identidad social o los
estereotipos. Todos los riesgos suceden en un espacio cultural influido por
muchas cuestiones, además de las predisposiciones individuales todas aque-
llas relacionadas con el entorno. El modelo cultural (Douglas y Wildavsky,
1982, Thompson, Ellis y Wildavsky, 1990) donde distintas culturas perciben
Juan Martínez Torvisco 21
modos desiguales de evaluar los peligros. El acercamiento cultural sostiene
que las evaluaciones de los peligros que hacen los sujetos son un reflejo de
las preferencias de éstos en diversos tipos de organización social o modos de
vida culturales. Estas preferencias se refieren a menudo como cosmovisiones
culturales. Según esta teoría antropológica, las visiones del mundo pueden ca-
racterizarse por su ubicación dentro de un espacio bidimensional, denomina-
do por Douglas y Wildavsky (1982) como “grupo” y “rejilla”. Al combinar, las
dimensiones del grupo y de la rejilla se genera una matriz 2x2 donde aparecen
cuatro “estilos de vida o visiones”: igualitarismo, individualismo, jerarquismo
y fatalismo (Ripp, 2002; Thompson et al., 1990; Xue et al., 2014).
4.1. El enfoque formal en el estudio del riesgo
El primer enfoque formal, el racional (también llamado, enfoque experto
o técnico) engloba tres variantes. La variante actuarial, tiene como base de
análisis el concepto de Valor Esperado. Este concepto economicista utiliza la
frecuencia relativa como medio de especificar las probabilidades. Utiliza la
extrapolación de datos estadísticos procedentes de accidentes mortales que
hayan sucedido con anterioridad, lo cual requiere que haya suficientes datos
de accidentes para realizar las predicciones oportunas y que los agentes que
causan las catástrofes permanezcan estables más allá del período previsto.
La probabilidad promedio esperada de eventos que tienen un efecto ne-
gativo e indeseable en los humanos y su entorno es la unidad básica de ries-
go. En este caso, los riesgos y los efectos se pueden medir objetivamente, y la
magnitud del riesgo puede determinarse aplicando ponderaciones de proba-
bilidad a los efectos negativos. Este enfoque es principalmente característico
de la medición actuarial, sanitaria, ambiental y probabilística del riesgo, pero
también proporciona las bases para el análisis de riesgos en general. Como la
crítica clave de este enfoque hace referencia a la ausencia de una comprensión
objetiva del riesgo y la medición objetiva del riesgo: el concepto de efecto inde-
seable y los parámetros para medir las probabilidades dependen de decisiones
subjetivas. En la mayoría de los casos, también hay problemas con el subya-
cente concepto de la realidad de que el futuro es la continuación del pasado; al
mismo tiempo, esta es una de las principales críticas a las técnicas de análisis
de riesgos. Según Bernstein (1998) no podemos estar 100% seguros de que
el sol saldrá mañana por la mañana: los antiguos que predijeron ese evento
estaban trabajando con una muestra limitada de la historia del universo. De
acuerdo con los enfoques técnicos, el mundo está predestinado, y aunque la
probabilidad y el riesgo de las cosas se pueden determinar, las cosas inevita-
blemente ocurrirán. La previsión perfecta es alcanzable. Con eventos de baja
probabilidad que implican graves consecuencias tal enfoque es menos viable.
Otra crítica es que comprimir la magnitud del riesgo en una sola dimensión
22 Acercamiento general al riesgo
puede ser engañoso: nuestra evaluación de un riesgo de baja probabilidad con
un efecto severo puede ser diferente de la de un riesgo de mayor probabilidad
con un efecto menos severo. Los enfoques descritos en el siguiente intento
intentan responder a estas críticas.
Una segunda variante, la de evaluación probabilística del riesgo utiliza
como método para calcular los efectos de los riesgos el “análisis del árbol de
sucesos” y el “análisis del árbol de fallos” en los sistemas. Dado que evalúa la
probabilidad de fallos en los componentes del sistema, intenta predecir la pro-
babilidad de fallos en la seguridad de los complejos sistemas tecnológicos. Al
contrario de la actuarial, esta perspectiva lleva a cabo el análisis aún sin tener
todos los datos del sistema en su conjunto (Morgan, 1990; Lowrance, 1976).
Finalmente, la variante epidemiológico-toxicológica del riesgo evalúa tan-
to la salud como los riesgos ambientales mediante encuestas de sanidad. Los
resultados de las investigaciones sobre personas que han estado expuestas a
los riesgos pueden ser extrapolados a la población en general. Se trata de iden-
tificar y cuantificar la relación entre un posible agente nocivo y el daño físico
apreciado en la población o en organismos vivientes.
Estas tres variantes del enfoque racional, experto o técnico se anticipan al
posible daño físico causado a los seres humanos o al medio ambiente. Utilizan
las frecuencias relativas como medio de especificar las probabilidades y el ries-
go normalmente se refiere a la posibilidad de obtener pérdidas o beneficios.
Desde este enfoque, el análisis del riesgo es realizado por el experto. Los ex-
pertos señalan la falta de información y la falta de comprensión acerca de las
características reales de una tecnología nueva como causas de la irracionalidad
de los legos en la interpretación del riesgo. Del mismo modo, los expertos afir-
man que los legos basan sus estimaciones en juicios y valoraciones más que en
hechos objetivos, achacándolas de sesgadas, faltas de rigor y subjetivas, amén
de irracionales.
Una segunda perspectiva, dentro del enfoque formal en el estudio del ries-
go es la económica, según la cual el riesgo es una parte integrante del bino-
mio costo-beneficio y considera a los riesgos como la parte resultante de las
pérdidas de utilidad esperadas que llevaría consigo un hecho concreto o una
actividad. El fin último sería el obtener los recursos necesarios, de manera que
se pueda maximizar su utilidad para la sociedad. El enfoque económico es uno
de los más intuitivos de la conducta humana: antes de realizar una actividad
comparamos los costos de realizarla con los beneficios derivados de la reali-
zación. Si los beneficios sobrepasan a los costos, entonces la actividad se con-
sidera racional. Por ello podemos, considerar a la teoría económica del riesgo
como un enfoque racional o formal, al igual que el técnico.
Juan Martínez Torvisco 23
Los enfoques económicos siguen siendo los más cercanos a los técnicos. La
diferencia es que el efecto no deseado es reemplazado por la utilidad subjetiva.
Una unidad de utilidad expresa satisfacción o insatisfacción con un evento en
particular. La ventaja es que no solo los efectos negativos son mensurables, y
los así llamados riesgos puros son reemplazados por riesgos complejos (espe-
culativos): además de los efectos negativos, también entra en juego la posibi-
lidad de obtener ganancias (utilidad positiva) (Pálinkás, 2011). La medida del
riesgo en este caso es la utilidad esperada de los eventos. La aplicación de dicho
enfoque permite la clasificación de productos, lo que permite mantener los be-
neficios del mayor modo posible, al tiempo que se mitiga el riesgo mediante la
asignación más eficiente de los recursos disponibles, es decir, para maximizar
la utilidad de la sociedad. Sin embargo, es imposible determinar la utilidad
de la sociedad, ya que las utilidades individuales no pueden agregarse debido
a diferencias en escalas subjetivas y problemas éticos. El juicio de probabili-
dades sigue siendo de naturaleza técnica y objetiva. A principios del siglo 20,
nuevas ideas fueron formados sobre el concepto de incertidumbre (Bernstein,
1998; Bélyácz, 2011). Keynes descartó la posibilidad de determinar la proba-
bilidad pura objetiva. En su libro A Treatise on Probability, publicado en 1921,
demuestra que, aunque la probabilidad objetiva existe un evento futuro, no
se puede determinar debido a la ignorancia humana, dejando nosotros con
simples estimaciones (subjetivas) en este sentido.
La principal diferencia entre las perspectivas técnica y económica radica en
el objeto de análisis. En el primer caso, es el daño físico u otros efectos nocivos;
en el segundo, las utilidades esperadas, es decir, el grado de satisfacción o in-
satisfacción relacionado con un posible intercambio o transacción. El criterio
destacado en la perspectiva económica es la satisfacción subjetiva con las po-
sibles consecuencias más que una lista prefijada de efectos desaconsejables. El
paso o cambio de daño o perjuicio esperado a la utilidad esperada cumple dos
propósitos. Primero, la satisfacción o insatisfacción subjetiva se puede aplicar
para todos los resultados considerados desfavorables, incluido los efectos psi-
cológicos o los sociales. Segundo, y más importante, el denominador común
satisfacción permite una comparación directa entre diferentes riesgos y bene-
ficios (Merkhofer, 1987).
4.2. El enfoque no formal
El enfoque no formal, denominado así por la menor formalización en el
tratamiento de las variables, agrupa dos perspectivas: psicológica y socioló-
gica. La primera enfatiza el papel del procesamiento de la información en los
procesos de percepción del riesgo mientras que la segunda resalta la influencia
de las variables estructurales y culturales.
24 Acercamiento general al riesgo
4.2.1. La perspectiva psicológica
Para explicar la primera, la psicológica, necesariamente debemos mencio-
nar los estudios realizados en Psicología Cognitiva encaminados a conocer
cómo razonan las personas bajo unas condiciones específicas, por ejemplo,
frente a la incertidumbre del conocimiento o a una decisión (Kahneman y
Tversky, 1973; 1974). La perspectiva psicológica del riesgo, basada en los jui-
cios subjetivos, según Renn (1992) aborda la naturaleza del riesgo y su mag-
nitud de tres modos: primero, por medio del estudio de las probabilidades
en relación a las preferencias personales, con el fin de explicar por qué los
individuos no basan sus juicios en los valores esperados; segundo, se ocupa del
estudio de las probabilidades en la toma de decisiones, identificando diversas
tendencias de los individuos en el momento de realizar inferencias basándose
en la disponibilidad de la información; tercero, dentro de la perspectiva psico-
lógica se resalta el papel de las variables contextuales para la formación de esti-
maciones individuales de riesgo. En este acercamiento psicológico resaltamos,
de un lado, el papel de los heurísticos y sesgos en la evaluación del riesgo y de
otro, el uso del modelo psicométrico.
4.2.1.1 La influencia de los heurísticos en el riesgo
Los psicólogos cognitivos y otros investigadores han analizado el patrón
subyacente de las percepciones individuales del riesgo y han logrado identifi-
car una serie de estrategias mentales, empleadas por las personas para dar sen-
tido a la incertidumbre que rodea el mundo, que influyen en las percepciones
de riesgo (Slovic, 1987; Vlek y Stallen, 1981). Cuando a las personas corrientes
se les pide que evalúen unos riesgos, casi nunca tienen a mano información es-
tadística sobre los mismos. Por esto deben hacer inferencias basadas en lo que
recuerdan o han observado sobre los riesgos en cuestión. Esta tarea es selecti-
va, dada la cantidad de información a la que tenemos acceso, tanto es así que
prestamos más atención a unas cosas que a otras. Pero, como señalan Eiser y
van der Pligt (1988), sin tener el completo conocimiento de las circunstancias
que rodean a un suceso, tenemos que interpretar la información disponible y
esto hace que no podamos, por tanto, tomar ninguna decisión ni actuar con
ningún propósito.
El punto de partida del estudio del riesgo con una perspectiva cognitiva
fueron los trabajos de laboratorio de Amos Tversky y Daniel Kahneman (1973;
1974). En los primeros experimentos, Tversky y Kahneman estaban interesa-
dos en conocer los factores que influían en las personas a la hora de realizar
estimaciones del riesgo. Esos primeros ensayos de laboratorio determinaron
de manera considerable el desarrollo de la teoría psicológica en la percepción
del riesgo. Estos autores manejaron una serie de reglas utilizadas por los in-
dividuos cuando se enfrentaban a una tarea de estimación de probabilidad o
Juan Martínez Torvisco 25
estimación de la frecuencia de los sucesos, es decir, a la hora de realizar un jui-
cio a partir de una información previa. Estas reglas de uso son los heurísticos,
estrategias de economía del pensamiento o estrategias cognitivas elementales
que permiten de forma rápida la solución de un problema. Hemos de decir
que, aunque en algunos casos son válidas para la simplificación de la tarea
mental, en otros conducen a errores. Estos errores son conocidos como sesgos.
Este término es utilizado por los psicólogos para referirse a un tipo de selec-
tividad de información. Si la selectividad es acertada o errónea es algo que se
ha de juzgar con otros criterios. Sin embargo, las personas no son conscientes
del alcance y del modo en que realizan la selectividad en la interpretación de
los hechos.
De modo general, se conoce como heurístico a cualquier principio operati-
vo que simplifique la información para solucionar un problema o para formar
un juicio (Nisbett et al.,1982). Cada heurístico representa un método diferen-
te de simplificación de los procesos de decisión mediante la limitación de la
cantidad de información y/o mediante la facilitación del procesamiento. Los
heurísticos se hacen más patentes cuando las personas tratan con información
probabilística, de manera que los sesgos o parcializaciones aparecen alejadas
de los principios normativos del razonamiento estadístico. La consecuencia
directa de lo anterior nos lleva a pensar que el razonamiento humano es bá-
sicamente erróneo y que necesitamos diseñar métodos que nos prevengan de
los sesgos a los que estamos expuestos (Nisbett y Ross, 1980). Contrarios a esta
explicación de las reglas informales de procesamiento, se manifiestan autores
como Hogart (1981), quien defiende que los heurísticos no son esas reglas tan
insulsas que se pueden considerar dentro del laboratorio psicológico.
Entre los heurísticos utilizados en el estudio del riesgo, cabe destacar el de
disponibilidad (Tversky y Kahneman, 1973) que se emplea cuando las per-
sonas tienen que comparar la frecuencia de ciertos sucesos, la probabilidad
de ocurrencia y la combinación de ambos. Los sucesos serán juzgados con
mayor probabilidad de ocurrencia si es más fácil para las personas imaginarlos
(Tversky y Kahneman, 1973; 1974; Kahneman et al., 1982). Los juicios de pro-
babilidad de las personas dependen de la facilidad con que cierta información
aparece en la mente. Hay trabajos que cuestionan esta tendencia, al entender
que la disponibilidad de información está influenciada más por la relevancia
que ésta tenga para el perceptor que por otros elementos (Stapel et al., 1994).
El segundo heurístico es el de representatividad, que hace referencia a la
tendencia a juzgar la probabilidad de que un estímulo pertenezca a una clase
particular basándose en cuán representativo o típico de la clase parezca. Esta
regla cognitiva incluye dos heurísticos diferentes: uno para construir modelos
y otro para juzgar la probabilidad del estímulo.
26 Acercamiento general al riesgo
Según el heurístico de representatividad, el modelo subyacente debería
comparar estrechamente las características estructurales de los datos obser-
vados con la población origen. Además, un estímulo es más probable si su es-
tructura es más parecida a la que asume el modelo subyacente. Como señalan
Huici y Moya, “el heurístico de representatividad es básicamente un juicio de
relevancia o similitud que produce una estimación de probabilidad” (1994, p.
278). Más precisamente se pronuncian Rodríguez y Quiles al señalar que “el
heurístico de representatividad alude al grado de correspondencia entre un
elemento y una categoría; un acto y un actor; una muestra y una población”
(1994, p.17).
El tercer heurístico se conoce como de anclaje y ajuste. En muchas situacio-
nes los individuos realizan estimaciones al empezar con un valor inicial que
está ajustado para desarrollar la respuesta final. Diferentes puntos de partida
desarrollan diferentes estimaciones, que están sesgadas hacia los valores ini-
ciales. Este fenómeno se conoce como anclaje y ajuste. Los sesgos de anclaje y
ajuste se refieren al fallo de las personas por no revisar sus estimaciones ade-
cuadamente cuando se presenta una nueva información. Es decir, tenemos di-
ficultades para modificar nuestras creencias ante una información nueva que
las contradiga (Leyens y Codol, 1990).
Sherman y Corty (1984) sugirieron que una consecuencia de la utilización
del heurístico de anclaje y ajuste en la construcción de límites de confianza, en
la estimación de cantidades, es que estos intervalos son demasiado pequeños.
Los juicios con incertidumbre hacen que busquemos algún punto de referen-
cia o ancla donde poder fijarnos, y éste nos permite solucionar la ambigüedad
de la información que se nos presenta. A pesar de que a este heurístico no se le
haya dedicado tanta atención como a los de representatividad y disponibilidad
o accesibilidad, no cabe duda que hay fenómenos sociales que han de ser ana-
lizados contando con este heurístico, tal es el caso del falso consenso o el efecto
de primacía (Huici y Moya, 1994).
Si los fallos en el procesamiento de la información pueden explicar el des-
ajuste, entonces es razonable preguntar si el ajuste se puede mejorar a través de
la manipulación que afecta al procesamiento. Utilizamos la información inicial
de la que disponemos como anclaje para la estimación y posterior ajuste. A la
hora de realizar inferencias, éstas se verán sesgadas como consecuencia de la
información previa.
Por último, otro heurístico referido en la literatura y que nos permite ex-
plicar la manera en que los sujetos establecen ciertos juicios referidos a los
riesgos, es el exceso de confianza. A partir de sucesos ambientales, permite
explicar en algunos casos el desajuste entre la realidad objetiva y la subjetiva.
Las recientes investigaciones sobre los juicios sociales señalan que el exceso
Juan Martínez Torvisco 27
de confianza aparece tanto en los juicios de otros como en los de uno mismo
(Vallone et al., 1990).
Una pregunta que se han hecho algunos autores es si se podría reducir el
exceso de confianza y ubicar a los sujetos en un nivel de confianza óptimo.
Lichtenstein y Fischhoff (1980) encontraron que las personas inicialmente
confiadas en exceso podían adecuar su nivel de confianza después de realizar
200 juicios y recibir una aplicación intensiva de feedback. Asimismo, Arke et
al. (1987) encontraron que el exceso de confianza podría ser eliminado pro-
porcionando a los sujetos feedback después de cinco problemas difíciles. Estos
estudios muestran que el exceso de confianza puede ser desaprendido, aun-
que su poder explicativo es limitado. Los estudios de exceso de confianza a
menudo se han dedicado a la estimación del valor real de una variable, por
ejemplo, la mortandad anual por homicidio de un país, después se toma como
referencia el valor exacto de la variable y se pide que se establezca un intervalo
de confianza, por ejemplo, del 98% alrededor del valor real. En otras palabras,
los sujetos tienen que establecer el valor de la cantidad con un riesgo de equi-
vocarse del 2% por encima o por debajo de la cantidad real. Cuando se com-
paran la estimación y los intervalos de confianza con el valor real, más del 2%
permitido de los valores reales caen fuera del intervalo de confianza del 98%.
Las estimaciones de probabilidad están influidas por el signo de los efectos,
es decir, por el sentido positivo o negativo de los mismos. Ya desde los años
cincuenta, se viene constatando que cuando todos los elementos son idénticos,
los resultados positivos son vistos por las personas de modo más probable que
los negativos.
Una manifestación del exceso de confianza se conoce como optimismo no
realista que comprende tres términos conceptuales: el optimismo o tenden-
cia básica a percibir que los sucesos positivos tienen una mayor probabilidad
de ocurrencia que los negativos; el optimismo comparativo que presenta dos
signos, el primero que sostiene que los sucesos positivos son más probables
que le ocurran a uno que a los otros y el segundo que afirma que los sucesos
negativos son más probables que le sucedan a otros antes que a uno. El tercer
concepto, u optimismo no realista, al igual que el anterior presenta una doble
tendencia. La primera sería la tendencia a percibir los sucesos positivos como
más probables de lo que en realidad son y la segunda que sería la tendencia
a percibir los sucesos negativos como menos probables de lo que en realidad
son.
El sesgo optimista considera que unas personas están menos expuestas a
los riesgos que otras de las mismas características (Holtgrave et al., 1994). Esta
modalidad ha sido estudiada entre otros, por Weinstein, Perloff y Fetzer, No-
rem y Cantor, etc. Este sesgo fue constatado por Neil Weinstein en 1980 en un
28 Acercamiento general al riesgo
estudio realizado con estudiantes del Cook College de la Universidad Rutgers
en Nueva Jersey. Weinstein preguntó a los estudiantes la siguiente cuestión
“Comparándote con otros estudiantes del Cook College del mismo sexo que
tú, ¿qué posibilidades tienes de que te sucedan a ti los siguientes hechos? a
los sujetos se les facilitó una lista de 18 sucesos positivos y 24 negativos. Con
esta lista, debían indicar en términos porcentuales qué probabilidad tenían (en
relación con otros estudiantes de la Universidad) de que les ocurriera a ellos.
Weinstein encontró que, en término medio, los sujetos puntuaron alrededor
de un 15% más probable que a ellos le sucedieran los hechos positivos que a los
otros y un 20% menos probable, con relación a los otros, que se vieran implica-
dos en los sucesos negativos. Más datos de este estudio realizado por Weinstein
en 1980, nos indican que los sujetos se puntuaron con un 42% más probable
que los otros de recibir un buen sueldo después de obtener la licenciatura y un
44% más probable que los demás de poseer casa propia; sin embargo, conside-
raron un 58% menos probable de convertirse en alcohólicos y un 38% menos
probable de sufrir un ataque al corazón antes de cumplir los cuarenta años.
Weinstein (1980) demostró que muchos sucesos de la vida futura podían ser
explicados mediante el sesgo optimista. Por ejemplo, relacionado con otras
personas del barrio, las personas se creen menos expuestas a los peligros de
padecer cáncer de pulmón a causa de la exposición al radón (Weinstein, 1987;
Weinstein y Sandman, 1992). Otra forma de sesgo optimista se conoce como
“a mí no me ocurrirá”. Se refiere al hecho de que las personas tienden a consi-
derarse personalmente ajenas a muchas amenazas. Estas amenazas, según los
individuos que piensan así, serían fácilmente reconocibles por ellos en caso de
aparecer. De entre todos los sesgos revisados, el optimista es el que a nuestro
juicio permitiría explicar mejor las decisiones conductuales de exposición o
protección que los sujetos realizan frente a los riesgos.
4.2.2. La perspectiva sociológica
La segunda perspectiva dentro del enfoque no formal en el estudio del
riesgo es la sociológica. La sociología del riesgo es una disciplina que en los
últimos años ha dado un gran salto gracias a dos trabajos publicados en 1984,
uno de Charles Perrow y otro de James Short. Desde el enfoque sociológico,
los riesgos son parte de la gran estructura social o institucional. Se basa en fac-
tores estructurales que van de la realidad construida hasta la realidad objetiva.
Los temas de riesgo se desarrollan dentro de un proceso evolutivo donde el
conocimiento sobre el ambiente social y natural se organiza en grupos e insti-
tuciones. Mediante la comunicación, estos grupos comparten su conocimiento
con otros sistemas sociales.
A diferencia de los enfoques psicológicos, las perspectivas sociológicas se
centran en las interacciones sociales en el contexto de los riesgos. Común a los
Juan Martínez Torvisco 29
muchos enfoques sociológicos es el hecho de que “la gente no ve el mundo a
través de ojos ‘vírgenes’ sino filtrados a través de significados sociales y cul-
turales, que son transmitidos por fuentes primarias como la familia, amigos,
superiores y colegas” (Dietz et al., 1993). En tales enfoques, la definición de
eventos indeseables, la percepción de incertidumbre e incluso la realidad se
construyen socialmente. En su investigación, Douglas y Wildavsky (1982) en-
contraron que las reacciones de los individuos se reflejan en su posición social
y en sus oportunidades de ejercer poder, según las cuales pueden pertenecer al
centro o a la periferia.
Mientras que los primeros muestran una preferencia por los valores in-
dividualistas y jerárquicos, estos últimos se caracterizan más por la cultura
sectaria, la visión pesimista, la indefensión y una mayor vulnerabilidad a los
riesgos. Con base en la cohesión grupal y la aceptación de reglas asimétricas
(grill), Renn (1992) enumera cinco prototipos culturales básicos, que coexis-
ten en sociedades humanas En los enfoques antropológicos, la evaluación de
la incertidumbre y, por lo tanto, la asunción de riesgos también se ve influida
por el trasfondo cultural además de los efectos sociales.
En este contexto, Braunné (2011) revisa la investigación de Hofstede (1984),
donde a las cuatro dimensiones culturales identificadas Renn (1992) se incor-
pora los factores sociales que determinan la percepción del riesgo:
1) desigualdades sociales, actitud hacia la autoridad, distancia de poder;
2) individualismo vs. colectivismo;
3) masculinidad vs. feminidad;
4) métodos de gestión de la incertidumbre: evitación de la incertidumbre
fuerte vs. débil.
Se ha constatado una carencia de estudios acerca del riesgo desde un punto
de vista sociológico. Este vacío viene dado por la ausencia de teorías unifica-
doras y de definición y uso de conceptos claves. La falta de teorías unificadoras
produce una sensación de que hay tantas perspectivas dentro de la sociología
como sociólogos. Douglas (1985) señala el tejido social como el crisol donde
los riesgos son evaluados y que el objetivo de toda sociedad es detectar esos
riesgos y valorar la aceptabilidad de los mismos. El riesgo se ha definido mayo-
ritariamente en términos económicos de costos y beneficios para la vida y para
la salud y las contribuciones de la ciencia social al estudio del riesgo han sido
ampliamente ignoradas hasta hace poco tiempo (Short, 1984).
Renn (1992) lleva a cabo una revisión de estas modalidades dentro de la
perspectiva sociológica. Para explicarlas, este autor recurre a dos dimensiones:
30 Acercamiento general al riesgo
la dimensión individualista frente a estructural y la dimensión objetivo frente
a constructivo o subjetivo. La primera resalta que los complejos fenómenos
sociales no pueden ser explicados mediante conductas individuales, ya que se
basan en los efectos interindividuales y también entre grandes grupos, sien-
do de tipo interactivo y a menudo no intencionados. En cuanto a la segunda
dimensión, los conceptos objetivo frente a constructivo se diferencian en la
concepción de la naturaleza del riesgo y en sus formas de manifestación. El
primero implica que el riesgo y sus manifestaciones son reales, observables;
el segundo afirma que el riesgo y sus manifestaciones son “artefactos sociales”
llevados a cabo por grupos e instituciones sociales.
Entre las modalidades sociológicas que destaca Renn (1992) está la pers-
pectiva del ser humano como “actor racional”, concepto ampliamente utilizado
en las ciencias sociales y en economía. Dentro de esta visión lógico-racional,
las acciones de un grupo están determinadas por el mayor o menor riesgo
subjetivo percibido por el mismo, se realizan de forma intencionada y tienen
como fin los intereses del grupo. Si éstos se ven amenazados, el grupo llevará a
cabo las acciones pertinentes para reducir y eliminar los riesgos.
El análisis sociológico aporta más información referida a factores sociales
y organizacionales (Turner, 1982; Clarke y Short, 1993). Algunos estudios se
centran en la capacidad de las instituciones para enfrentarse a los riesgos a
gran escala y en función de diversas demandas de los grupos (Freudenburg,
1988; Clarke, 1989). Otros han intentado identificar las influencias sociales
en la formación y cambio de actitudes hacia las actividades y tecnologías que
comportan riesgos (Gould et al.,1988). Estudios más teóricos enfatizan la
construcción social de las interpretaciones del riesgo y su relación con dife-
rentes maneras de adquirir el conocimiento, los intereses sociales y los valores
culturales (Otway y Winterfeltd, 1982). Estos estudios sociológicos han servi-
do para la comprensión de la variabilidad en las interpretaciones de los riesgos
entre distintos grupos y también para resaltar el problema organizacional que
impide el manejo efectivo del riesgo y del control del mismo, por lo que se
agravan las consecuencias posibles de las amenazas (Freudenburg, 1988).
El auge en los últimos tiempos de la sociología del riesgo viene a cerrar un
vacío que había sido cubierto por otras disciplinas, entre ellas la geografía y la
psicología. Recientemente se han desarrollado dos acercamientos dentro de
la sociología que han contribuido a la comprensión del riesgo: la teoría de la
amplificación social del riesgo (ASR) y el enfoque cultural.
4.2.3 La teoría de la amplificación social del riesgo
Este modelo sale a la luz en 1988 de la mano de Roger E. Kasperson y sus
colaboradores, entre ellos Ortwin Renn y Paul Slovic. Éstos presentaron una
Juan Martínez Torvisco 31
nueva forma de entender el estudio de la experiencia social del riesgo, si bien
fue un año antes cuando Kasperson presentó su primer esbozo de este modelo.
Se basaba en la idea de que muchos sucesos referidos a amenazas interactua-
ban con los procesos culturales, psicosociales e institucionales, de tal forma
que el riesgo percibido se veía aumentado o disminuido. Incluso riesgos con
consecuencias físicas menores, producían a menudo preocupaciones graves
en la población y niveles importantes de impacto social no anticipados por el
análisis convencional de los riesgos.
En el marco de la teoría de la amplificación social del riesgo (en adelante
ASR), el riesgo se conceptualiza como un constructo social (Pidgeon, 1995)
y al mismo tiempo como una propiedad objetiva de una amenaza o un suce-
so (Short, 1989). El hecho de plantear el riesgo tanto como constructo social
como característica objetiva, evita caer en un relativismo total por un lado y en
un determinismo tecnológico por otro (Renn, 1992). La experiencia del ries-
go es el resultado de un proceso mediante el cual los individuos y los grupos
aprenden a adquirir o a crear las interpretaciones de los riesgos. Estas inter-
pretaciones proporcionan la pauta de selección, ordenación y explicación de
las señales del mundo físico.
Las fuentes de riesgo crean una compleja red de efectos directos e indirectos
que son susceptibles de cambio a través de las respuestas sociales. El concepto
de ASR proporciona en principio la base teórica necesaria para un análisis del
riesgo y de la gestión del riesgo en la sociedad moderna. En este sentido, no se
puede aún presentar una teoría totalmente desarrollada de la ASR, aunque sus
autores proponen un sugerente marco teórico que puede guiar los esfuerzos
continuos por desarrollar, probar y aplicar tal teoría a una amplia serie de pro-
blemas acuciantes sobre el riesgo. La teoría de la ASR pasa por dos etapas: la
primera donde se presenta un modelo sin la influencia de las variables cultura-
les (Kasperson et al., 1988) y una etapa donde las variables culturales influyen
a todo el proceso de amplificación social (Kasperson, 1992; Renn et al., 1992).
La ASR utiliza nociones de la teoría de la comunicación. En la teoría de la
comunicación, la amplificación indica el proceso de intensificación o atenua-
ción de las señales durante la trasmisión de información desde una fuente a los
trasmisores intermedios y finalmente al receptor (De Fleur, 1966). Las señales
son decodificadas por el transmisor o el receptor, de modo que el mensaje
puede ser entendido. Cada transmisor altera el mensaje original por medio
de la amplificación o la atenuación de algunas señales entrantes, añadiendo o
borrando otras y mandando un nuevo grupo de señales hacia el nuevo trans-
misor o hacia el receptor último donde tiene lugar la decodificación.
32 Acercamiento general al riesgo
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Capítulo 2
Percepción y aceptabilidad del riesgo
Juan Martínez Torvisco
1. Introducción
A la hora de revisar los componentes del análisis del riesgo, hemos
constatado que, en los estudios sobre interpretación y significado del ries-
go, los acercamientos se han centrado en el análisis de la percepción de los
riesgos y su aceptabilidad. En este capítulo estudiamos estos dos enfoques,
de un lado la percepción del riesgo como se ha sugerido anteriormente, es
decir, como sinónimo de juicio del nivel de riesgo, dicho de otra forma, el
grado de “peligrosidad de los riesgos” y de otro su relación con el concepto
de aceptabilidad, presentándose los métodos que se utilizan habitualmen-
te para medir ambos elementos.
2. La percepción del riesgo
Cuando las personas hablan de cómo perciben los riesgos que suponen al-
gunas tecnologías o actividades, ¿cuál es el sentido real de esta percepción?,
¿se están refiriendo al proceso fisiológico ocular?, ¿equivale el concepto riesgo
al número de víctimas que puede producir una acción determinada?, ¿cuáles
son las condiciones que hacen que algo parezca arriesgado?, ¿por qué algunas
personas eligen acciones arriesgadas en lugar de otras que no ofrecen riesgos?
Estas y otras incógnitas son las que nos encontramos al tratar el concepto de la
percepción del riesgo.
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
36 Percepción y aceptabilidad del riesgo
La definición de la percepción del riesgo no es tan fácil como parece a sim-
ple vista. Nos encontramos, en primer lugar, con un proceso, la percepción, y
en segundo lugar, una posibilidad, el riesgo. Desde una perspectiva psicoló-
gica de análisis, entendemos que el estudio de la percepción del riesgo ha de
realizarse de manera global, para no caer en reduccionismos. Detenerse en
los procesos asociados a la percepción sensorial limita la vinculación con la
investigación aplicada. De la misma forma, tratar el fenómeno exclusivamente
desde la perspectiva aplicada implicaría, a nuestro modo de ver, descartar que
la percepción del riesgo tenga influencia directa en la evaluación de posibili-
dades de que algo ocurra.
Podemos adelantar que la percepción del riesgo es el juicio subjetivo que las
personas realizamos en función de las características del riesgo y en función de
la gravedad del mismo. En cuanto a las formas de explicar por qué las personas
hacemos diferentes valoraciones de la gravedad del riesgo, al menos podemos
enumerar tres planteamientos teóricos (Lavino y Neumann, 2010):
a) acercamiento psicológico (heurísticos y ámbito cognitivo),
b) acercamiento antropológico (teoría cultural),
c) acercamiento interdisciplinar (teoría de la amplificación social del riesgo).
Pugh (1977) considera las percepciones como un enlace entre el entorno y
la conducta. Utiliza un modelo interaccionista de dos fases, una primera que
estudia las percepciones divididas en varios componentes y una segunda que
se centra en el análisis de los resultados conductuales en función del ambiente
percibido. Según este autor las percepciones “medidas mediante juicios indivi-
duales, ocupan una posición central en el análisis de los efectos ambientales so-
bre las conductas. Los juicios son expresiones de los estados experienciales que
se relacionan con medidas externas con el fin de determinar cómo los estados
externos afectan a los estados internos o experienciales” (p.184). Por otro lado,
Ittleson (1973) resalta tres maneras de evaluar las percepciones: primera, las per-
cepciones se podrían identificar con alguna característica del entorno que precise
el grado de exactitud de la misma; segunda, el acuerdo que alcance un grupo de
observadores determinará la relevancia de una percepción; y tercera, el valor de
adaptación de las percepciones se puede evaluar correlacionando éstas con el
resultado de las conductas.
Nuestro interés en este punto radica en el análisis de la valoración que los
sujetos realizan de una situación peligrosa. Para Thomas (1981) la percepción
del riesgo, “al igual que todas las percepciones, es un proceso idiosincrásico de
interpretación, un proceso de darle sentido a un complejo mundo para planifi-
car, escoger y actuar en él” (p. 36). Como se puede observar, Thomas entiende
la percepción del riesgo como una más dentro de los tipos de percepciones que
Juan Martínez Torvisco 37
nos podemos encontrar, léase percepción de objetos, de personas o de control de
una situación.
Según T.R. Lee, la percepción es un proceso en construcción que dota de sig-
nificado a las sensaciones. La percepción del riesgo se entiende como la evalua-
ción combinada que un individuo realiza de la probabilidad de que un suceso
adverso ocurra en el futuro y de sus consecuencias posibles (Lee, 1981; 1983).
La percepción del riesgo se apoya en un conjunto de creencias que están com-
puestas no solamente por sinsentidos, temores irracionales y emociones, sino
que también poseen contenidos (Wandersman y Hallman, 1993) y dicha percep-
ción lleva aparejada la constatación de que éste existe y que podemos proveerle
de significado, dotándole de diversos grados de peligrosidad y de aceptación. La
percepción del riesgo es tan importante como su cuantificación, por eso la per-
cepción subjetiva del riesgo es la base de la tolerancia o la evitación del mismo, al
margen de la cuantificación de su magnitud.
Los estudios de percepción del riesgo se han llevado a cabo en una serie de
disciplinas académicas, pero las principales son la Psicología y las ciencias socia-
les, entre otras la Antropología Social, Sociología o Filosofía. Estas disciplinas
buscan investigar cómo las actitudes, creencias y sentimientos individuales de
las personas afectan sus reacciones ante el riesgo, junto con las influencias de
factores culturales y de pertenencia grupal más amplios. A pesar de que utilice-
mos el término percepción del riesgo para referirnos al estudio de la reacción de
las personas frente a diversos riesgos, de hecho, es probable que sea más cierto
afirmar que las personas reaccionan ante los peligros en lugar del concepto más
impreciso de riesgo. Como apuntábamos en el primer capítulo existe equipara-
ción en muchos casos de riesgo como sinónimo de peligro. Estas reacciones tie-
nen varias dimensiones y no son simplemente reacciones a ningún riesgo físico
en sí mismo, sino que están determinadas por los sistemas de valores que poseen
los individuos y los grupos de referencia del entorno. Esto se complica aún más
por el hecho de que la mayoría de nosotros pertenecemos a más de un “grupo
de referencia”. La pertenencia a estos grupos no es mutuamente excluyente, y
tampoco nuestras reacciones al peligro percibido. Podemos tener más de una
opinión sobre la aceptabilidad o probabilidad de un riesgo según el grupo con
el que nos identifiquemos en ese momento. Por lo tanto, no podemos reducir la
percepción del riesgo a una función de probabilidad estrictamente matemática,
ni a ningún modelo psicológico, antropológico o sociológico; de ahí la naturaleza
multidisciplinaria de la investigación de la percepción del riesgo.
Como decíamos más arriba, el concepto de percepción de riesgo se ha
asociado a diferentes corrientes o perspectivas, como la cognitiva o la socio-
cultural.
38 Percepción y aceptabilidad del riesgo
a) Perspectiva cognitiva
La cognitiva representada por las investigaciones del psicólogo americano
Paul Slovic y sus colaboradores (1985; 1987) en la Universidad de Oregón y en
trabajos de la Royal Society (1983). El grupo de Oregón resalta la importancia
de los procesos psicológicos asociados a procesos cognitivos (heurísticos) y a
procesos psicosociales relacionados con valores y creencias. Slovic (1987) en-
tiende por percepción del riesgo los juicios que la gente hace cuando se le pide
que evalúen actividades, sustancias o tecnologías peligrosas. El estudio de la
percepción del riesgo se ocupa de la comprensión de juicios vinculándolos con
la peligrosidad de diversas amenazas. La Royal Society (1992) especificó cuatro
tendencias principales recogidas en la literatura de percepción del riesgo:
- la separación tradicional entre la visión del riesgo como un fenómeno
objetivo, es decir, susceptible de ser medido de modo preciso, por tanto,
no puede mantenerse la visión de que es un fenómeno puramente sub-
jetivo;
- que el estudio de la percepción del riesgo se ha convertido en “ciencia
normal”. En el sentido que apunta Thomas Kuhn quien propuso que la
ciencia avanza a través de un proceso de “revolución científica” mediante
el cual se desarrollan nuevos enfoques científicos y paradigmas hasta el
punto en que se los acepta como “ciencia normal” hasta que se desarrolla
el siguiente paradigma. Este nuevo paradigma derroca al anterior y se
establece como la próxima “ciencia normal” (Kuhn, 1996);
- que los enfoques sociales y culturales han jugado un papel cada vez más
importante en la investigación de percepción del riesgo, superando a los
enfoques individuales en los que se había centrado previamente;
- La comunicación de riesgos se está convirtiendo en un tema de creciente
preocupación.
b) Perspectiva social y cultural
La segunda corriente considera que la percepción del riesgo depende, so-
bre todo, de factores sociales y culturales que determinan lo que significa el
riesgo. Según Merkhofer (1984) la percepción del riesgo depende del nivel de
información a la que las personas están expuestas, de la información que han
decidido creer, de las experiencias sociales a las cuales tienen acceso, de la di-
námica de los grupos inversores, de la legitimación de las instituciones, del ca-
pricho del proceso político y del momento histórico. Siguiendo la línea de esta
segunda perspectiva, Johnson y Covello (1987) defienden que la percepción
del riesgo se construye socialmente por medio de las inferencias que realizan
los individuos y alcanzando conclusiones que dan sentido a la información
ambigua e incierta. Según Kasperson et al. (1988), esta información se obtie-
Juan Martínez Torvisco 39
ne en la comunicación con los demás. Para Douglas y Wildavsky (1982), la
construcción de la percepción del riesgo se debería encuadrar en un contexto
cultural y tales percepciones se pueden sesgar con influencias culturales, eco-
nómicas o políticas.
Pocos autores resaltan los factores personales que influyen en la percepción
del riesgo. Una representante de esta minoría es Vaughan (1993), quien señala
que la percepción de riesgo está influida por las características personales de
los perceptores y el contexto de su percepción. A la hora de realizar juicios de
probabilidad de las amenazas, los sujetos utilizan una serie de mecanismos
cognitivos de simplificación, que normalmente se basan en la experiencia o en
la práctica, para dar coherencia a la información que poseen. Asimismo, para
Johnson y Tversky (1983) tendemos a realizar juicios que se corresponden con
nuestro estado de ánimo.
c) Perspectiva multidimensional
Nuestra postura, de acuerdo con lo ya planteado, considera que la per-
cepción del riesgo es un constructo multidimensional, que incluye elementos
socio-culturales y cognitivos, es decir, que las personas no perciben el riesgo
de forma unidimensional, tal y como postula el modelo económico del riesgo,
en el sentido de considerarlo un producto de las consecuencias por las pro-
babilidades. Dicho de otra forma, las personas elaboran su juicio perceptivo
en virtud de una serie de elementos o características de los riesgos junto con
algunos factores subjetivos como es la gravedad de las consecuencias, la propia
aceptabilidad de los riesgos o su grado de controlabilidad.
2.1. Elementos que determinan la percepción del riesgo
La percepción del riesgo depende de distintos factores, características o
cualidades de las amenazas. Para Hadden (1991) los determinantes del riesgo
entre otros son: la naturaleza del riesgo en sí misma (familiaridad, costo/bene-
ficio, comprensibilidad); las circunstancias de identificación del riesgo; valores
de la comunidad, etc..
En la misma línea, hay otras clasificaciones de elementos que determinan la
percepción del riesgo. Starr (1979) establece tres factores en la percepción del
riesgo. Primero, y más importante, la controlabilidad del riesgo, mediante la cual
un individuo se siente más seguro en la medida en que ejerce un mayor control
personal sobre la actividad generadora de la amenaza. Segundo, la gravedad de
las consecuencias, que combina los efectos de la catástrofe y la probabilidad de
que esta ocurra. Tercero, la naturaleza episódica de algunos riesgos.
Las personas responden a una situación de amenaza en función de cómo la
perciban. Para Sally Macgill (1989) la percepción del riesgo viene determinada,
40 Percepción y aceptabilidad del riesgo
por una parte, por la interiorización de los actos que realizan los individuos me-
diante la experiencia personal; por otra parte, por las interacciones que realizan
los individuos en el medio social, mediante redes de comunicación tanto forma-
les como informales. Macgill (1989) considera que “las percepciones del riesgo
están determinadas por la interpretación que hacen los sujetos de lo que ellos
reconocen como los atributos, el material y el simbolismo de la fuente de riesgo
(...); los atributos que las personas identifican y lo que éstos significan depende
de los valores y prejuicios de las personas, y de sus experiencias económicas y
sociales en la vida diaria” (p. 57).
Uno de los objetivos, por tanto, en el estudio de la percepción del riesgo se
centraría en identificar las variables que influyen en la misma y determinar su
importancia relativa. Por ejemplo, en un trabajo realizado por Otway y Fishbein
(1977), se encontró que las actitudes hacia el uso de la energía nuclear se expli-
caban a partir de cuatro dimensiones: creencias acerca de los beneficios, riesgos
ambientales, factores psicológicos y aspectos sociopolíticos. Asimismo, han re-
sultado determinantes en la percepción del riesgo “la experiencia con riesgos
específicos” y “la capacidad de los sujetos de colocarse en las situaciones arries-
gadas” (Otway y Fishbein, 1977).
En un estudio llevado a cabo por Swaton et al. (1976), se encontró que un
importante determinante de la percepción de riesgo es la dimensión activo-pa-
sivo. Este es un resultado significativo apoyado en teorías que sostienen que la
implicación activa en las situaciones diarias es un factor psicológico básico. Este
estudio muestra también diferencias significativas entre hombres y mujeres en
la percepción de riesgo; los hombres tienden a percibir una situación dada de
forma menos arriesgada.
Smith (1992) resalta que la percepción del riesgo está influida por diversos
factores interrelacionados, entre ellos se encuentran las experiencias pasadas, las
actitudes actuales, los valores y la personalidad, junto a las expectativas futuras.
De los factores anteriores, el haber tenido contacto directo con un hecho pro-
porciona una visión precisa de la posibilidad de hechos futuros. La experiencia
directa permite la reducción de la amenaza por parte de los individuos.
Para Burton (1972), hay dos pautas de respuestas arquetípicas que determi-
nan las amenazas. La primera, denominada preindustrial o popular, confía po-
derosamente en los ajustes del pequeño grupo o desde un nivel individual. Las
respuestas preindustriales están frecuentemente unidas a invocaciones a poderes
mágicos o a las reglas de conducta. Mientras que la respuesta del tipo prein-
dustrial es efectiva en la reducción de los impactos de amenazas menores, las
culturas que confían en esta respuesta arquetípica consideran los efectos devasta-
dores de las grandes catástrofes como cuestiones propias del destino. La segunda,
Juan Martínez Torvisco 41
conocida como respuestas modernas o industriales a las amenazas, depende en
gran medida de la ciencia y la tecnología para controlar el medio ambiente. El
tratamiento del desastre implica a menudo respuestas a gran escala y una gran
inversión de capital. Como apunta Burton, los sistemas tecnológicos pueden ser
válidos para el control de las pequeñas variaciones del ambiente, sin embargo,
pueden fallar a la hora de proteger a la sociedad de las grandes catástrofes. Más
aún, la confianza en los sistemas tecnológicos puede llevar a un falso sentimiento
de seguridad que evita la toma de precauciones “mínimas”.
Para Cutter (1993), entre los factores que determinan la percepción del riesgo
cabe destacar la experiencia, los valores transculturales, la filosofía ambiental, el
estatus socioeconómico, la raza y el género y, por último, la distancia de la fuen-
te del riesgo. En el caso del uso del cinturón de seguridad, la experiencia se ha
mostrado útil para salvar vidas humanas en el caso de accidentes de tráfico y esto
se ha traducido en una mayor aceptabilidad del uso del cinturón por cuestiones
de seguridad (Martínez-Torvisco y Hernández, 1993). En cuanto a la filosofía
ambiental, Cutter (1993) se refiere a que “la ideología ayuda a moldear los puntos
de vista de los individuos hacia la tecnología y la naturaleza” (p. 26). Esta autora
defiende que si se colocara en un continuo las filosofías ambientales, en un polo
se colocaría el ecocentrismo y en el otro el tecnocentrismo. El primero obedece a
una visión del mundo basada en el equilibrio entre los seres humanos y la na-
turaleza, desde una perspectiva sistémica de la que los seres humanos forman
parte. La segunda tiene un carácter marcadamente utilitarista de los recursos: la
tecnología sirve para tomar de la naturaleza aquello que nos interese, sin respetar
el equilibrio de ésta. También parece ser que las variables sociodemográficas tie-
nen una influencia directa sobre la percepción del riesgo (Gardner et al., 1982).
Finalmente, la distancia ha resultado ser un buen predictor de la percepción del
riesgo. El trabajo de Maderthaner et al. (1978) sugería que los individuos que
vivían muy alejados (10 kms.) o muy cercanos (500 mts.) de la fuente de riesgo,
percibían éste en menor medida que aquellos que vivían a una distancia interme-
dia (1.4 kms.) y no tenían contacto visual frecuente con la misma. Adicionalmen-
te, en una encuesta realizada por estos autores, encontraron que las personas que
vivían en comunidades cercanas a tres centrales nucleares eran más favorables a
la energía nuclear y estaban menos preocupadas por los posibles riesgos que el
público en general. Al objeto de conocer las percepciones del riesgo y explicar
las variaciones de las respuestas de los sujetos en virtud de factores contextua-
les, variables de personalidad y diferencias en el tipo de lugar, se han realizado
comparaciones transculturales, mediante estudios de distintas poblaciones y han
mostrado resultados consistentes entre ellos. Por ejemplo, se han analizado, en-
tre otras, las poblaciones de Polonia, Francia, Noruega, Hungría, China, Hong-
Kong, Rusia, Japón y Estados Unidos.
42 Percepción y aceptabilidad del riesgo
2.2 Aportación de las ciencias sociales a la Percepción del Riesgo
2.2.1 Influencia de la psicología a la percepción del riesgo
Específicamente, desde la Psicología se ha intentado explicar los procesos
que tienen lugar en la percepción del riesgo. Los rasgos principales de la inves-
tigación psicológica de la percepción del riesgo pueden sintetizarse en cuatro
puntos que se ofrecen a continuación.
En primer lugar, la investigación psicológica ha sugerido que las personas
a menudo sobreestiman los riesgos que pueden tener resultados dramáticos,
como la muerte (por ejemplo, accidentes de aviación). Tal sobreestimación se
debe específicamente a la mayor imaginabilidad y memorabilidad de los suce-
sos (Lichtenstein et al., 1978). Cualquier factor que convierta en inusual a un
riesgo y que permita su imaginabilidad y su recuerdo, como la amplia cobertu-
ra informativa de un siniestro, puede distorsionar las percepciones del riesgo.
Un segundo hallazgo relevante de la literatura psicológica sobre la percep-
ción del riesgo es que los legos, a menudo, tienen dificultades con la interpre-
tación y comprensión de la información probabilística, especialmente cuando
las probabilidades son pequeñas y los riesgos son poco familiares (Slovic et
al., 1980; Covello, 1984). Los expertos plantean dificultades similares en la
interpretación de información probabilística, aunque el conocimiento exper-
to puede reducir los efectos de diferentes sesgos (Kahneman y Tversky, 1979;
Fischhoff et al., 1981). Lo que esta investigación no señala, sin embargo, es la
fuerte influencia de los factores sociales y culturales en los juicios sobre riesgos
y en la interpretación de los expertos.
Un tercer hallazgo se refiere a la manera en la que se presenta la informa-
ción sobre los riesgos, por ejemplo, si la información está estructurada como
costos o como beneficios. Esto puede ejercer una poderosa influencia sobre
la selección del riesgo, las percepciones y los intereses (Kahneman y Tvers-
ky, 1984). Sin embargo, la definición de lo que constituye un beneficio o un
costo está también fuertemente influenciada por factores culturales y sociales.
Por ejemplo, factores económicos e inversión de capitales pueden, en ciertas
circunstancias, supeditar o someter los intereses acerca de los riesgos (Carl-
son y Millard, 1987). De igual modo, existen factores relacionados con la cre-
dibilidad de las instituciones y con la fiabilidad de las mismas (Walsh, 1987;
Bronstein, 1987; Gale, 1987) y con la ideología (Gerlach, 1987) que pueden
aumentar o reducir las preocupaciones por riesgos específicos.
Finalmente, una de las tesis más importantes que se deriva de la literatura
psicológica sobre la percepción del riesgo es que las personas tienen en cuenta
un gran número de factores a la hora de evaluar la gravedad del riesgo (Slovic
Juan Martínez Torvisco 43
et al., 1980; Covello, 1983; 1984). Estos factores incluyen, entre otros, a la fa-
miliaridad del riesgo, la gravedad de las consecuencias, el control, etc. Este ha-
llazgo postula que a la hora de realizar la evaluación del riesgo los individuos
se basan en gran medida en estas características cualitativas y, parcialmente, en
otro tipo de atributos, como las tasas de mortandad esperadas. Existen otros
factores cualitativos, que son rara vez estudiados en la literatura consultada,
como: la afiliación, las dinámicas comunitarias, los contextos institucionales,
la ideología y las interacciones sociales con amigos, compañeros de trabajo y
con los vecinos (para una revisión de estos factores véase Johnson y Covello,
1987).
La integración de estos y otros factores sociales y culturales con los factores
psicológicos presenta un reto para futuras investigaciones (Covello y Johnson,
1987). En resumen, lo que se echa en falta en la literatura actual sobre selección
de riesgos y percepción de los mismos, es el análisis riguroso y sistemático del
amplio conjunto de factores que determinan la percepción del riesgo.
2.2.2 Aportaciones de la Sociología a la Percepción del riesgo
La literatura sociológica sobre el riesgo ha establecido diversos enfoques. Mu-
chas de las publicaciones sociológicas aún se refieren a la idea de la Sociedad del
Riesgo desarrollada por Ulrich Beck (Beck, 1992; 2009).
La percepción de riesgo generalmente se plantea como una estrategia valo-
ración refiriéndose a la racionalidad instrumental. Pero se interpreta como una
estrategia para transformar la incertidumbre con respecto a las expectativas fu-
turas. En esta perspectiva, el futuro se define como incierto en principio y la
pregunta es por qué estrategias podría ser manejado es te futuro incierto.
Otra parte de la literatura sociológica se refiere a las ideas de la Teoría Cultu-
ral, ya hemos referido en otras de este texto el enfoque antropológico desarro-
llado por Mary Douglas y Aaron Wildavsky. Originalmente trajo mucha discu-
sión el esquema de cuadrícula/grupo descrito por Douglas y Wildavsky (1982).
Mientras que la investigación cuantitativa estandarizada del riesgo y la cultura
enfoque no ha llevado a nuevos desarrollos en sociología, más investigación bajo
la etiqueta de cultura de riesgo (Lash, 2000) o enfoque sociocultural (Tulloch y
Lupton, 2003) podría entenderse como el seguimiento de esta temprana y un
enfoque influyente sobre la cultura y el riesgo en sociología. Problemas de iden-
tidad y las relativas a la emoción, el afecto y la idea positiva del riesgo tiende a
aumentar principalmente en el contexto de esta corriente de investigación. Todo
esto se complementa con algunos desarrollos en el campo de la investigación de
los medios propuestos en un principio separadamente de los principales discur-
sos sobre el riesgo en sociología.
44 Percepción y aceptabilidad del riesgo
La sociología ha producido diferentes impactos en la investigación de riesgos
y de la percepción del riesgo, una contribución específica puede ser apenas seña-
lada. Sin embargo, el tributo más importante de la sociología a este tema ha sido
sin duda la vinculación de los problemas de riesgo con la sociedad en general. El
reconocimiento de que los problemas de riesgo están profundamente arraigados
en la sociedad en la que vivimos y que no pueden ser abordados mediante una
evaluación objetiva y técnica del riesgo fue el desencadenante inicial de la socio-
logía del riesgo. En este contexto, especialmente los fallos de la gestión de riesgos
gubernamentales han demostrado que existe una sociedad que debe tenerse en
cuenta.
Se ha constatado que el conocimiento de riesgo múltiple está disponible en la
sociedad, y el conocimiento científico del riesgo no es necesariamente anterior al
conocimiento local y de los legos (Wynne, 1987; 1996). Por lo tanto, la gestión de
riesgos tiene que reconocer las diferentes formas y niveles de conocimiento para
poder alcanzar un desarrollo adecuado.
La sociología también contribuye a la investigación del riesgo a una distancia
crítica de nuestras implicaciones normativas. Descubre la idea normativa, que las
incertidumbres deben ser transformadas en certezas por estrategias racionales,
como una ideología moderna con algunos resultados imprevistos y también pe-
ligrosos. El problema de los “peligros de segundo orden”, la gestión de la ignoran-
cia y la incertidumbre al menos insoluble en el desarrollo social son cuestiones
centrales que aseguran que la investigación de riesgos se refleje en sus suposicio-
nes implícitas que reducen su perspectiva. La sociología muestra que no se puede
recomendar un aumento unilateral de precauciones ni un desarrollo científico
no amortiguado.
3. La aceptabilidad del riesgo
Para empezar, habría que distinguir entre riesgo aceptable para la población
y riesgo aceptado o tolerado por la misma. Un ejemplo lo tenemos con el hábito
de fumar o con el consumo de alcohol, considerados como riesgos aceptados o
tolerados, pero catalogados como inaceptables. Como sostiene el grupo de inves-
tigación de la Royal Society (1983, p.157) “el hecho de que un riesgo sea aceptado,
en absoluto es una garantía de su aceptabilidad. La muerte es un hecho aceptado
por los individuos, pero no es aceptable para ellos”. El enfoque que adoptamos
radica en utilizar niveles de aceptabilidad adecuados y revisar los riesgos acepta-
dos. Los estudios sobre aceptabilidad del riesgo se han basado mayoritariamente
en dos enfoques: el cognitivo (Slovic et al., 1980), y el enfoque conductual (Starr,
1969), según se indicó en el capítulo anterior.
Rowe (1979) considera aceptable un riesgo, si éste no afecta mucho tiempo
a las personas o el temor al mismo es mínimo. Para O’Riordan et al. (1985), al
Juan Martínez Torvisco 45
analizar el término aceptabilidad hay que tener en cuenta ciertos criterios: que
el riesgo sea desconocido, que la probabilidad de ocurrencia sea tan baja que no
provoque ningún interés, que el riesgo sea lo suficientemente bajo como para
asumirlo a condición de percibir el beneficio que proporciona a la sociedad y,
finalmente, que el riesgo no se pueda reducir fácilmente.
En relación con la aceptabilidad, O’Riordan et al. (1985) distinguen tres tér-
minos: inaceptable, aceptado, y aceptable. Primero, un nivel de riesgo cuya pro-
babilidad asociada es manifiesta y suficientemente grave como para producir la
alarma general, es inaceptable. Segundo, un nivel de riesgo que es o bien total-
mente desconocido (y, por tanto, ignorado) o bien socialmente permitido, es am-
pliamente aceptado. Tercero, un nivel intermedio entre el riesgo inaceptable y el
aceptado, se denomina riesgo aceptable.
Rowe (1979) defiende que existen condiciones que ayudan a la aceptabilidad
de los riesgos. Entre ellas se encuentra: la condición umbral (un riesgo se perci-
be poco amenazante y puede llegar a ser ignorado); condición de status quo (un
riesgo es incontrolable o inevitable y no produce alteraciones en el estilo de vida
de las personas); condición reguladora (el nivel de aceptabilidad del riesgo es es-
tablecido a través de una institución dedicada a la salud o seguridad); condición
de facto (la habituación a un riesgo pasado llega a convertir éste en aceptable);
condición de equilibrio voluntario (un riesgo es aceptable si al asumirlo las perso-
nas obtienen beneficios).
El concepto de tolerabilidad difiere del de aceptabilidad. Un riesgo tolerable
no quiere decir que sea aceptable, sino que se refiere a la conformidad de vivir
con el riesgo teniendo en cuenta unos criterios máximos y asegurando la obten-
ción de beneficios, en la certeza de que es controlado y reducido de manera ade-
cuada. Tolerar un riesgo significa tenerlo bajo supervisión y tratar de reducir sus
efectos al máximo posible. La tolerabilidad implica, por tanto, dos elementos: la
reducción o equilibrio de su peligrosidad dentro de niveles tan razonablemente
prácticos como sea posible (principio ALARP: As Low as Reasonable Practical) y
los beneficios obtenidos (Pidgeon et al., 1992).
Uno de los rasgos fundamentales de la aceptabilidad del riesgo es que está
ampliamente influenciada por las características de los riesgos (Starr, 1969; Fis-
chhoff et al., 1978; Slovic et al., 1980; 1986; Johnson y Tversky, 1984). Por el con-
trario, la tolerabilidad se refiere al nivel de riesgo y no se ocupa de los factores que
determinan la aceptación o rechazo del mismo.
Otro rasgo característico de la aceptabilidad es que implica juicios de valor
personales y sociales y la identificación de los efectos nocivos que puede tener
una amenaza sobre aquello que los sujetos consideramos importante (Fischhoff
et al., 1984). En este sentido, la ciencia no proporciona información relevante
46 Percepción y aceptabilidad del riesgo
sobre lo que la sociedad debería valorar como amenaza.
Hance et al. (1988) sostienen, sin embargo, que las personas no renuncian a
la información sobre el riesgo suministrada por expertos. Según ellos, las perso-
nas utilizan esta información, junto a la información de las características socia-
les, políticas y éticas de los riesgos para tomar decisiones sobre su aceptabilidad.
Hance et al., (1988) llamaron a estas características “factores violentos” para di-
ferenciarlos de las dimensiones de las amenazas, que son una medida cualitativa
típica obtenida por medio de la evaluación del riesgo. Cuanto más violentos son
los factores que rodean a un riesgo, más probable es que las personas se preocu-
pen por ellos, aun cuando los datos objetivos indiquen que el riesgo es bajo. En
este sentido, Douglas (1985) señala que la aceptabilidad del riesgo es una cues-
tión que implica libertad además de justicia.
Vlek y Stallen (1980) sugieren que la aceptabilidad de los riesgos varía en
función de la voluntariedad de la exposición, la controlabilidad de las consecuen-
cias, la distribución de las consecuencias en el tiempo y en el espacio. También
el contexto de la evaluación de la probabilidad y de la evaluación del accidente
influye en la aceptabilidad. Otros factores que la afectan son la combinación de la
probabilidad de accidente y la gravedad del mismo, el conocimiento de las acti-
vidades que conllevan riesgo, la condición del sujeto, las consideraciones sociales
y la confianza/seguridad de los expertos o reguladores.
Por último, Fichhoff et al. (1981) plantean la pregunta: ¿Cuánto es suficiente-
mente seguro? (How safe is safe enough?) en su libro Riesgo Aceptable. En primer
lugar, estos autores critican la definición de riesgo aceptable que se hace desde la
teoría de la decisión. Consideran que la ausencia de una adecuada metodología
de toma de decisiones conduce a inconsistencias e indecisiones. El libro ofrece
una revisión de los procedimientos de decisiones de los riesgos aceptables. Del
exhaustivo análisis de los métodos podemos extraer las siguientes conclusiones:
la elección de un riesgo aceptable requiere de diferentes alternativas donde esco-
ger; la elección depende entre otros factores de creencias, valores, estas creencias
y valores se obtienen mediante la experiencia etc; ninguno de los acercamientos
estudiados permite un análisis general de la aceptabilidad del riesgo; el factor
determinante de las decisiones en la aceptabilidad de muchos riesgos es la defini-
ción del problema según las consecuencias y opciones que se tengan en cuenta;
los riesgos objetivos conllevan un alto porcentaje de subjetividad.
En lo referente a la relación que existe entre percepción del riesgo y acepta-
bilidad del mismo, la mayoría de los trabajos defienden que hay al menos dos
factores claves que determinan si un riesgo es aceptable o no. El primero es la
percepción del riesgo y el segundo los beneficios percibidos.
Desde distintos enfoques se ha intentado encontrar cuáles de los dos fac-
Juan Martínez Torvisco 47
tores anteriormente mencionados juega el papel más importante. Para Starr
(1969), desde una perspectiva conductual, el nivel de riesgo que ha sido tolera-
do en el pasado se puede utilizar como criterio para evaluar la aceptabilidad de
los riesgos actuales. Este autor planteaba que las tecnologías que se percibían
con más peligro eran aquellas de las que se obtenían mayores beneficios. Estos
beneficios esperados se relacionaban con el nivel de riesgo aceptable. Se han
alcanzado conclusiones similares en el modelo psicométrico al estudiar la re-
lación entre percepción y aceptabilidad del riesgo. Vlek y Stallen (1981) han
encontrado correlaciones positivas más altas entre aceptabilidad y beneficios
obtenidos que negativas entre peligrosidad y aceptabilidad.
Sin embargo, en estudios recientes se ha encontrado que la percepción del
riesgo influyó de manera más contundente en las actitudes hacia el riesgo que
los beneficios percibidos. En un trabajo de Flynn et al. (1992) se comprobó que
la actitud frente a la instalación de un vertedero radiactivo estaba más relacio-
nada con la percepción del riesgo en sentido negativo que con la percepción de
beneficios en sentido positivo.
El enfoque de la aceptabilidad del riesgo ha recibido algunas críticas, fun-
damentalmente las dirigidas al propio concepto debidas al reduccionismo de
su definición, su limitación en la forma de entender la relación entre percep-
ción y aceptabilidad y el hecho de no tener en cuenta la aceptabilidad indivi-
dual de los riesgos y la aceptabilidad social (Puy, 1994).
4. Técnicas utilizadas en el estudio de la percepción y aceptabi-
lidad del riesgo
En este apartado adoptamos la división realizada por Shrader-Frechette
(1985) sobre los métodos que han tenido mayor repercusión en el análisis de la
percepción y aceptabilidad del riesgo. Coincide al igual que decíamos en el ca-
pítulo uno la misma denominación: métodos objetivos o formales y métodos
subjetivos o no formales. Los métodos formales fijan los patrones que determi-
nan la percepción y aceptabilidad del riesgo basándose en criterios estándar
establecidos. Por el contrario, los métodos no formales basan sus cálculos en
estimaciones subjetivas e interpretaciones de los riesgos, excluyendo los crite-
rios de los expertos. Por ello, los métodos no formales establecen criterios para
cada contexto, dado que criterio que es válido para un contexto determinado,
pero puede no serlo para otro. Si nos referimos al estudio de las variables, un
método se diferencia del otro en la formalización de las variables.
4.1. Métodos formales
Dentro de los métodos formales se distingue entre el método del análisis
del costo-beneficio y el de estándares naturales. El primero, análisis del costo/
48 Percepción y aceptabilidad del riesgo
beneficio del riesgo responde a la cuestión de si los beneficios esperados de una
determinada actividad sobrepasan a sus costos y se desarrolla siguiendo una
pauta de cuatro pasos.
Primero, el problema del riesgo se define mediante el listado de tenden-
cias alternativas y el conjunto de las consecuencias posibles asociadas a cada
acción. El alcance de estas listas de tendencias de acción es un determinante
crítico de la adecuación y aceptabilidad del análisis.
En segundo lugar, se describen las relaciones entre estas alternativas y sus
consecuencias. Se pueden utilizar diversos modelos matemáticos, económicos
y sociales en las descripciones, con el objeto de alcanzar la razón cuantitativa
de las relaciones entre las dosis y la respuesta, las conductas en los mercados y
las probabilidades de los hechos.
En una tercera fase, todas las consecuencias de las decisiones alternativas
de riesgo son evaluadas en términos de unidad común. En el análisis de cos-
to-beneficio del riesgo, el dinero es una medida de valor, mientras que en el
análisis decisional la unidad que se utiliza es la utilidad, como medida de la
probabilidad de una consecuencia y del valor asociado a ella.
Por último, todos los elementos que componen el análisis son integrados
al objeto de proporcionar un número simple que represente el valor de cada
alternativa. En el análisis de costo-beneficio del riesgo, este número representa
la diferencia entre beneficios de la decisión alternativa, por un lado, y sus cos-
tos y riesgos por otro lado. En el análisis de la decisión, el final representa las
opciones de utilidad esperada (Fischhoff et al., 1981; Shrader-Frechette, 1985).
Si interpretamos el análisis del costo/beneficio del riesgo como un método que
es suficiente por sí solo para determinar los riesgos aceptables, entonces se
debería adoptar la opción que se considere de mayor utilidad y de proporción
costo-beneficio más alta.
Una importante ventaja de los métodos que utilizan para su aplicabilidad
criterios de proporción costo/beneficio es que se pueden examinar en detalle
fácilmente. Por el contrario, tienen la desventaja de que algunas veces es impo-
sible cumplir algunas de estas tareas, las consecuencias sociales no se conocen
en muchos casos y cuando se conocen resulta difícil calcular su probabilidad.
Por ello, debemos confiar en que los juicios humanos guíen nuestros métodos
formales. La población tiene gran dificultad para hacer inferencias adecuadas
a partir de la información de que disponen y para entender la complejidad y la
incertidumbre de ésta.
Una de las críticas a este modelo proviene de Douglas y Wildawsky (1982) y
Douglas (1985), quienes consideran muy tecnocrática la evaluación del riesgo
desde una perspectiva costo-beneficio; también acusan a este enfoque de no
Juan Martínez Torvisco 49
tener en cuenta los diversos matices que existen en la sociedad. El valor de una
vida perdida no puede considerarse fuera de contexto y éste, en la mayoría
de los casos, lleva consigo la consideración de los valores de la sociedad. La
paradoja que ha enfrentado a los economistas con poco interés por el contexto
social es que el valor añadido de salvar una vida varía según el tipo de muerte
que consideremos.
El segundo método utilizado desde la óptica formal es el de los estándares
naturales, según el cual los expertos deben fijar los patrones que determinen
la aceptabilidad del riesgo basándose en criterios tanto geológicos como bio-
lógicos. Los criterios biológicos y geológicos especifican los niveles de riesgo a
los que estuvieron expuestas las especies durante su evolución. El uso de estos
criterios presupone de forma implícita que el nivel óptimo de exposición a
diversos riesgos es el que ha tenido lugar de forma natural.
Con el uso de este método es probable que se produzcan prácticas consis-
tentes mientras dura el riesgo, ya que se requiere el mismo nivel de aceptabili-
dad en muy diferentes contextos de aparición del riesgo. Otra característica de
los estándares naturales es que los niveles de exposición pueden ser fijados sin
conocer las relaciones de dosis de respuesta.
El método de los estándares naturales tiene ciertas ventajas, una de las cua-
les es que evita convertir los riesgos en moneda de cambio como normalmente
ocurre en el método de costo-beneficio. También tiene inconvenientes para
los cuales no hay soluciones claras, entre los que destacan: no tiene en cuenta
los beneficios, dado que algunos riesgos producen grandes beneficios y otros
no los producen; no proporciona base para evaluar los beneficios que supon-
drían la sustitución de viejas tecnologías por tecnologías modernas y menos
contaminantes; para algunas sustancias nuevas no existe intolerancia histórica.
El problema real con el método de los estándares naturales, sin embargo, no
es que el hecho de defenderlo nos conduzca a aceptar equivocadamente un alto
número de muertes. Más bien, la dificultad con este método es que, con fre-
cuencia, los asesores se olvidan de los postulados metodológicos que limitan
la validez de sus conclusiones en la valoración del riesgo. Dicho de otro modo,
la dificultad real no es que una de las tres etapas en la evaluación del riesgo
(identificación, estimación y valoración del riesgo) implique suposiciones me-
todológicas, sino que éstas son a menudo ignoradas. Como consecuencia de
ello, la valoración del riesgo es vista, a menudo, de forma más objetiva de lo
que en realidad es.
4.2. Métodos no formales
Para la evaluación no formal de la percepción y aceptabilidad del riesgo se han
utilizado casi todas las técnicas de medida propias de la Psicología, pero algunas
50 Percepción y aceptabilidad del riesgo
como: las encuestas, la técnica de la rejilla, el escalamiento multidimensional ha
recibido especial atención. No obstante, hay dos procedimientos específicos den-
tro de este campo, el método de preferencias manifiestas y el método psicométrico.
Uno de los métodos no formales más simples para recoger información acer-
ca de las percepciones sociales del riesgo es mediante encuestas. Un ejemplo lo
tenemos en el trabajo de Gould et al. (1988). Estos autores presentaron 300 pre-
guntas a 1320 sujetos. En esta encuesta se presentaban seis tecnologías, con el
fin de que valoraran su nivel de peligrosidad: viaje en automóvil, viaje en avión,
armas nucleares, energía nuclear, armas de fuego e industrias químicas. Como
refiere Lee (1983) en estas encuestas, el hecho de analizar las opiniones compar-
tidas en diferentes contextos permite conocer los puntos de vista de “la mayoría
silenciosa” y contrastarla con los grupos de poder. Asimismo, la distribución geo-
gráfica tiene gran valor para conocer cómo se comportan los sujetos con aquellos
riesgos que se encuentran lejos. Hay que resaltar que, con estos métodos, lo que
destaca no es la profundidad de la información, sino la extensión o alcance de la
misma. Otro trabajo que utiliza la técnica de encuestas es el realizado por Zaller
y Feldman (1992), quienes defienden que la investigación a través de encuestas
de opinión pública parte de la suposición de que los ciudadanos poseen actitudes
razonablemente bien formadas y que las encuestas son medidas pasivas de estas
actitudes.
Dentro de los métodos no formales Lee (1983) señala la técnica de la rejilla,
(basado en la Teoría de los Constructos Personales; Kelly, 1956). Esta teoría de-
fiende que los sujetos construyen los elementos de su mundo de forma activa
mediante el desarrollo de “constructos personales” que se componen de dos ele-
mentos bipolares. Fue utilizada en 1968 por Bannister y Mair. La diferencia de
esta técnica frente a las demás es que ésta no conoce de antemano los constructos
que se van a explorar, sino que los sujetos los van elicitando en una fase prelimi-
nar. A los sujetos se les presentan grupos de tres riesgos y deben contestar en qué
medida dos de los riesgos son similares entre sí y distintos del tercero. Con los
datos obtenidos pueden efectuarse análisis factoriales, de clúster o análisis de va-
rianza. La finalidad es conseguir un mapa con las estructuras de las percepciones
subjetivas de los aspectos estudiados. El inconveniente que plantea esta técnica
es que, si bien es cierto que se consigue conocer los constructos de los sujetos, es
muy difícil unir los sujetos para poder generalizar los resultados a la población.
Green y Brown (1985) utilizan la técnica de la rejilla de Perusse (1980) para
elicitar las cualidades que las personas atribuyen a las diferentes amenazas. He-
mos de decir que algunos estudios realizados por este grupo, presentan defectos
que hacen que se cuestionen sus resultados, por ejemplo, el uso de muestras pe-
queñas, casi siempre con estudiantes. También faltan elementos básicos descrip-
tivos de los instrumentos utilizados.
Juan Martínez Torvisco 51
También se han utilizado técnicas de escalamiento multidimensional, que tie-
nen la ventaja de reproducir las interrelaciones de un conjunto de variables en un
espacio n-dimensional por medio de la ubicación en ese espacio de las variables.
Vlek y Stallen (1981) hicieron un estudio de campo sobre juicios personales, en
la zona portuaria de Rotterdam, a una muestra de 700 sujetos, utilizando dicho
procedimiento.
Otro método no formal es el de preferencias manifiestas. Los usuarios de este
método utilizan el nivel de riesgo que ha sido tolerado en el pasado como base
para evaluar la aceptabilidad de los riesgos actuales. Este acercamiento ha sido
encabezado por Chauncey Starr y seguido, entre otros, por Chris Whipple y Co-
lin Green.
La investigación llevada a cabo por Otway y von Winterfeldt (1982) y Slo-
vic et al. (2000), muestran algunos de los atributos negativos de los peligros que
influyen en la percepción del riesgo individual que influye directamente en su
aceptabilidad. En otras palabras, estos atributos de un peligro tienden a hacer
que los riesgos parezcan menos tolerables.
• Exposición involuntaria a un peligro.
• Falta de control personal del peligro y/o sus resultados de la exposición
al peligro.
• Efectos inmediatos de un peligro.
• Incertidumbre sobre las probabilidades o las consecuencias de la expo-
sición a los peligros.
• Falta de experiencia personal con el peligro y/o un resultado que es
difícil de imaginar.
• Consecuencias graves, que incluyen grandes cantidades de víctimas.
• Beneficios que no son visibles, o ir a otras personas que no toman el
riesgo.
• Peligros que resultan de fallos humanos, por tanto, no son “naturales”.
• Peligros que pueden provocar consecuencias crónicas, p. afectando a
las generaciones futuras.
• Consecuencias que provocan temor, ej. cáncer o muerte violenta.
• Peligros que no son bien entendidos por “ciencia”.
Por ejemplo, Starr (1969) calculó la probabilidad de muerte en un conjunto
de actividades y posteriormente asumió que esos niveles de los riesgos son una
adecuada medida para conocer la aceptabilidad de los mismos, porque eran el
resultado de un proceso acumulado de toma de decisiones y de acciones que
surgían cuando se alcanzaba un punto de indiferencia hacia el riesgo. Starr ha
sido duramente criticado por hacer esta suposición. El uso de la observación de
la conducta como procedimiento para mostrar las diferencias en la forma en que
la gente responde a diversos tipos de riesgo es bastante cuestionable (Hale, 1984).
52 Percepción y aceptabilidad del riesgo
Por el contrario, la Royal Society (1983) señala que en este campo se necesitan
estudios sobre conducta real, con el fin de reducir el sesgo potencial de informes
poco contrastables acerca de las creencias de los sujetos.
Starr (1969) estudió las actividades arriesgadas que la población ha aceptado
históricamente. También analizó la relación entre los riesgos a los que las perso-
nas están expuestas y los beneficios derivados de cada uno de ellos. Este autor
asume, al margen del tiempo, un equilibrio óptimo entre los riesgos y los bene-
ficios que éstos producen. Por tanto, estas “preferencias sociales manifiestas” son
bastante consistentes para permitir su uso con propósitos predictivos.
Utilizando informes estadísticos, Chauncey Starr definió el riesgo como el
número de muertes que se esperaban después de la exposición a una hora de
actividad y midió el beneficio obtenido en función de la estimación de la can-
tidad media de dinero gastada en esa actividad por un sujeto individual, o el
incremento medio que la actividad produce en los ingresos de una persona. Los
resultados de esta comparación permitieron el desarrollo de varios estudios refe-
ridos a la voluntad de las personas para aceptar riesgos, es decir, la manifestación
o revelación de sus preferencias. Aunque desarrollan cálculos explícitos y reglas
de decisión específicas con el fin de interpretar los niveles históricos de riesgo,
los defensores de este método no creen que las políticas de riesgo (las cuales se
han desarrollado sin unos análisis cuantitativos cuidadosos), sean incorrectas o
rechazables. Para ellos, las políticas históricas pueden tener un peso prescriptivo,
incluso aunque no se hubieran desarrollado ni fueran justificables de acuerdo
con reglas de decisiones formales y racionales.
Muchos autores utilizan tablas que pueden determinar el riesgo asociado con
cualquier actividad, desde fumar 1.4 cigarros a comer 100 filetes a la brasa. El
propósito de tales tablas, como apuntan Cohen y Lee (1979), es asegurar que el
orden de prioridades de la sociedad para la reducción del riesgo sigue el orden
presentado en las tablas, desde actividades de mucho riesgo a aquéllas con un
riesgo menor.
Muchos factores pueden haber determinado los niveles aceptables de riesgo
en el pasado, entre otros, los ingresos económicos, la estructura social, etc. Por
tanto, no podemos saber si la sociedad tomó una decisión libre, racional y con
total conocimiento cuando aceptaba presumiblemente un cierto nivel de riesgo.
Incluso si la sociedad pasada hubiera llegado a decisiones correctas acerca del
riesgo, ello no conlleva necesariamente que esas decisiones deban ser tomadas
como referentes para el presente o el futuro. Los usuarios de este método defien-
den la idea de que se debe continuar con las decisiones sobre riesgo del pasado.
Haciendo esto se suscriben a un presupuesto dudoso: que los valores no cambian
y que las normas sociales no son dinámicas.
Juan Martínez Torvisco 53
Starr (1969) examinó la relación entre el riesgo de muerte y el beneficio eco-
nómico asociado a un número de hechos, tecnologías y actividades. Asimismo,
ha postulado algunos determinantes para explicar las conductas arriesgadas ba-
sados en el análisis de las estadísticas de accidentes nacionales, como se dijo más
atrás. Este trabajo desarrolla una base para la evaluación del riesgo. En función de
esta investigación formuló tres hipótesis sobre la naturaleza del riesgo aceptable.
Estas proposiciones se han denominado leyes universales del riesgo aceptable: el
público está dispuesto a aceptar voluntariamente riesgos aproximadamente mil
veces más grandes que los riesgos impuestos involuntariamente; el riesgo estadís-
tico de muerte por enfermedad parece ser un criterio psicológico para establecer
el nivel de aceptabilidad de otros riesgos; la aceptabilidad de los riesgos parece ser
proporcional al tercio del valor de los beneficios (reales o imaginados).
El conocimiento de los beneficios de una actividad influye directamente en
la aceptación de su riesgo. También Starr afirma que la cantidad de riesgo que
se considera aceptable para las actividades involuntarias es aproximadamente la
misma que el riesgo de muerte atribuible a las enfermedades. Un cierto número
de autores han estado en contra de este método de cálculo de la cantidad de ries-
go, entre otros el grupo de Oregón. Por ejemplo, Fischhoff et al. (1978) sostienen
que, aunque el método de las preferencias manifiestas de Starr aporta el benefi-
cio de examinar conductas más que actitudes, presenta tres deficiencias básicas.
En primer lugar, rechazan la suposición de Starr de que la conducta pasada sea
una medida válida de las preferencias actuales. En segundo lugar, arguyen que el
enfoque de las preferencias manifiestas solamente descubre lo que ha sido tradi-
cionalmente aceptado en términos de mercado. Es decir, este método no refleja
necesariamente lo que es “mejor” para la sociedad o las preferencias del público
con respecto a la seguridad. En tercer lugar, el acercamiento de las preferencias
manifiestas presupone que el público posee información completa de los riesgos
derivados de esas actividades.
Como señala Torry (1979), hay bastantes sectores de la población que tienen
poca experiencia o entendimiento de las amenazas o riesgos. Incluso cuando los
individuos son totalmente conscientes del riesgo, no hay garantías de que la gente
sea capaz de utilizar la información que posee o que actúe en consecuencia a la
información que tiene.
También se ha revisado la metodología utilizada, intentando reproducir los
resultados conseguidos por Starr (Harry et al., 1975). Los resultados obtenidos
por Harry et al. no pudieron contrastar ni justificar la base del análisis empleado
por Starr. Se podría concluir que la relación matemática que indica la importan-
cia relativa de los determinantes se debe considerar improbable.
El método de preferencias manifiestas no ha estado exento de críticas. Una
de las carencias más importantes de este método de es la limitación del grupo
54 Percepción y aceptabilidad del riesgo
en la expresión de su preferencia de riesgos. Una forma de superar esta limita-
ción o dificultad es tener un patrón de medida del nivel de peligrosidad de cada
riesgo, que sea independiente de las creencias de una sociedad determinada.
Otra crítica que se ha argüido a este enfoque es que no sirve para distinguir lo
que es mejor para la sociedad de lo que es tradicionalmente aceptable (Starr,
1969). También Philipson (1986) criticó el enfoque de Starr, por varias razones.
Primera, es posible que muchas de las personas que corren riesgos no entendie-
ran los riesgos que estaban corriendo. Segunda, el hecho de que las actividades
que suponen riesgo fueran aceptadas en el pasado, no significa que éstas mismas
sean aceptadas en el presente; Philipson sostiene que a medida que pasa el tiem-
po, se pueden desarrollar nuevas alternativas y que los riesgos presentados por
una actividad dada son susceptibles de cambio. Tercera, muchas de las personas
que realizaron actividades de riesgo, de forma voluntaria, pudieron haber tenido
pocas oportunidades donde elegir. Cuarta, el acercamiento de Starr, que utiliza
el riesgo medio y los beneficios medios, encubre la posibilidad de que quienes
corren el máximo riesgo pueden no ser quienes reciban los máximos beneficios.
Parecía claro que hacía falta una alternativa de medida de las percepciones socia-
les del riesgo. El interés se centraba en qué tipo de medida. En vez de confiar en
la lógica deductiva y en la inferencia, ¿por qué no preguntar a los individuos la
opinión que les merecían los riesgos de la sociedad moderna?
De este modo, las preferencias manifiestas dieron paso a las preferencias ex-
presadas, técnica con la cual cerramos el conjunto de métodos no formales. El
método de preferencias expresadas, o modelo psicométrico, estudia la forma en
que la gente piensa, clasifica y evalúa las situaciones peligrosas. En los últimos
años han aparecido gran número de trabajos en el área del riesgo subjetivo, de las
actitudes individuales y la respuesta a la amenaza, así como de su medida (Hale
y Perusse, 1978; Fischhoff et al., 1981; Vlek y Stallen, 1981; Covello, 1983; Royal
Society, 1983; Green y Brown, 1980; Hale, 1984; Slovic et al., 1985; Engländer et
al., 1986; Teigen et al., 1988; Keown, 1989; Puy, 1994).
Fischhoff et al. (1978) utilizaron el acercamiento psicométrico de las preferen-
cias expresadas para valorar la percepción del riesgo de actividades, sustancias o
tecnologías y los beneficios obtenidos mediante su utilización. Los sujetos pun-
tuaban los riesgos específicos y los beneficios que éstos reportaban para la socie-
dad asociados a cada una de las treinta actividades, sustancias o tecnologías dife-
rentes. Los sujetos también valoraban la aceptabilidad de la tecnología, sustancia
o actividad dado su nivel real de riesgo y su posición sobre nueve dimensiones de
riesgo. Estas dimensiones fueron: la voluntariedad del riesgo, la inmediatez de los
efectos, la medida de conocimiento de los riesgos por aquellas personas expuestas
a los mismos, la medida en que los riesgos son conocidos para la ciencia, la canti-
dad de control personal que uno tiene para evitar la muerte mientras desempeña
la actividad, la novedad de la amenaza, la medida en que los riesgos son crónicos
Juan Martínez Torvisco 55
o catastróficos, la medida en que el riesgo es común o temido y la gravedad de las
consecuencias del riesgo.
Hohenemser, Kates y Slovic (1983) trataron de identificar también las carac-
terísticas distintivas de los riesgos tecnológicos. Utilizaron para ello un inventa-
rio de 93 amenazas que debían ser puntuadas sobre 12 escalas descriptivas. Estos
autores describieron las amenazas tecnológicas como una secuencia de eventos
ligados de manera causal. Estos hechos comienzan con las necesidades y el deseo
humano y la selección de una tecnología que reúna los dos elementos. En esta
etapa, la intencionalidad diferencia a los riesgos. El siguiente paso en la secuencia
causal es la liberación de los materiales o energía. En este momento, los riesgos
se distinguen por su espacio de influencia, por su concentración, su persistencia
y su recurrencia. El siguiente paso es la exposición a las sustancias o a la energía.
Aquí, los riesgos son diferenciados en función de la población expuesta y del
retraso de las consecuencias. Finalmente, después de la exposición, existen dos
tipos de efectos: uno que afecta a los seres humanos y otro que afecta a animales
y al entorno. En esta etapa, los riesgos se distinguen por la mortandad humana
máxima al año, por el impacto transgeneracional y la posible mortandad de ani-
males y plantas.
5. El Paradigma Psicométrico
Otro ámbito específico de estudio del riesgo ha sido el riesgo relacionado
con el medio ambiente, aunque no ha recibido tanta atención como los ám-
bitos individual y social. Entre los autores que se han centrado en el medio
ambiente como ámbito de estudio se encuentran Smith (1992), Flynn et al.
(1992), Zhang (1994) y McDaniels et al., (1995). Hay quien dentro del medio
ambiente se ha centrado, por ejemplo, en el compromiso o responsabilidad
ambiental (Fridgen, 1994; Suárez, 1995).
Según Plough y Krimsky (1987) y Mazur (1987), centrarse en el individuo y
sus estimaciones subjetivas es la principal debilidad de la técnica psicométrica.
La amplitud de las dimensiones que las personas utilizan para hacer juicios, el
uso de heurísticos, las preferencias individuales y el conocimiento anecdótico
hacen difícil, si no imposible, encontrar un denominador común para compa-
rar las percepciones individuales de riesgo.
Los estudios realizados bajo el procedimiento psicométrico fallan a la hora
de explicar por qué los individuos seleccionan ciertas características de riesgo
e ignoran otras. En este sentido, aunque los estudios de preferencias expresadas
mejoran nuestro conocimiento de cómo las personas perciben el riesgo y el
beneficio, no predicen cómo responden en realidad bajo condiciones reales de
elección con alternativas limitadas (Starr y Whipple, 1984).
56 Percepción y aceptabilidad del riesgo
Asimismo, el estudio de las características de los riesgos en conjunción con
los juicios de evaluación de los mismos ha producido críticas metodológicas.
Entre ellas, destacamos la utilización de las puntuaciones medias de los riesgos
en lugar de las puntuaciones directas de los sujetos para cada riesgo, lo que
conlleva la pérdida de variabilidad individual de los sujetos (Gardner et al.,
1982; Harding y Eiser, 1984; Cutter, 1993; Puy, 1994). También se cuestiona
que el modelo factorial no pueda ser interpretado de modo general o universal.
Para solucionar estos inconvenientes, se ha sugerido, como sustituto a este
procedimiento de reducción de variables, utilizar modelos basados en la supo-
sición de que el riesgo se percibe a partir de las características específicas de las
amenazas que son comparadas, y no en términos de comparación de las amenazas
en un número de dimensiones comunes. No obstante, Johnson y Tversky, (1984)
encontraron que tipos diferentes de técnicas de análisis, bien análisis factorial,
o escalamiento multidimensional o análisis de conglomerados, producían pers-
pectivas diferentes en relación con la representación de la percepción del riesgo.
Johnson y Tversky (1984) utilizaron puntuaciones de similitud entre dieciocho
amenazas para comparar las representaciones cognitivas del riesgo derivadas de
diversos métodos de análisis: análisis factorial, escalamiento multidimensional
y análisis de conglomerados. Estos autores encontraron que los resultados del
análisis factorial coincidían con otros estudios que utilizaban la misma metodo-
logía. Pero el modelo que derivaba del escalamiento multidimensional difería de
la solución factorial. Dos amenazas que se juzgaron de forma bastante similar
en la representación del escalamiento multidimensional, diferían en las dimen-
siones de riesgo halladas por el análisis factorial. El análisis de conglomerados,
por su parte, reveló otra representación de similitudes entre riesgos. Este análisis
desarrolló una estructura de cinco clusters que Johnson y Tversky denominaron:
enfermedades (tales como cáncer o infarto de miocardio), desastres tecnológicos
(accidentes nucleares,..), actos violentos (guerra, homicidios,..), accidentes (caí-
das, accidentes aéreos,..) y riesgos (fuego, electrocución,..).
Para el desarrollo de la técnica psicométrica se utilizan puntuaciones bipola-
res que permiten identificar las similitudes y las diferencias entre los grupos con
respecto a las actitudes y la percepción de riesgo. El objetivo de este procedimien-
to bipolar es la ordenación de una serie de ítems en función de una condición
que se suministra a los individuos. El hecho de utilizar métodos que garantizan
la unidimensionalidad de las respuestas, en principio, ha permitido poder com-
parar la peligrosidad de una amenaza A frente a una B en una única dimensión.
Entre las ventajas del procedimiento bipolar hay que resaltar el que haya per-
mitido la cuantificación de la percepción del riesgo. Con esta cuantificación po-
demos establecer similitudes y diferencias entre los grupos. Hay una abundancia
de trabajos que siguen el modelo psicométrico. Por ejemplo, Slovic et al., 1980,
1985; Englander, et al., 1986; Teigen et al., 1988; Keown, 1989; Mechitov y Rebrik,
Juan Martínez Torvisco 57
1989; Zhang, 1994; MacGregor et al., 1994; Sparks y Shepherd, 1994; McDaniels
et al., 1995; Jenking, 2006; Priest, 2010.
Como aporte del procedimiento escalar al estudio de la percepción del riesgo
hay que destacar el rechazo de los niveles unidimensionales del riesgo por con-
siderarlos inadecuados (ej. la probabilidad anual de víctimas o la reducción de la
expectativa de vida). Pero, a pesar de seguirse utilizando, no por ello está exento
de críticas desde varios frentes. Una de ellas tiene que ver, sin duda como otras
pruebas de papel y lápiz, con la validez externa. El emplear un espacio reducido
o dominio específico constriñe las respuestas que podría elicitar un riesgo. La
cuestión de la extrapolación se hace difícil en muchos casos dado que frecuente-
mente se utilizan muestras pequeñas, casi siempre estudiantes, con lo que se hace
cada vez más acusada la contaminación de variables al tratarse en la mayoría de
los casos de sujetos que han adquirido destrezas a la hora de cumplimentar las
pruebas.
En cuanto a los resultados del procedimiento bipolar, son puramente des-
criptivos y no proporcionan información de cómo los sujetos realizan los juicios
sobre el riesgo. Los análisis de los juicios sólo se refieren a individuos aislados.
Hartenian et al. (1993) replicaron el estudio de Fischhoff et al. (1978) pero apli-
cando escalas unipolares. Concluyeron que la unipolaridad permitía afinar en la
interpretación de los factores extraídos en el estudio de 1978. No obstante, el uso
de escalas unipolares plantea un inconveniente y es la complejidad que supone
para los sujetos contestar a un estímulo como “voluntariedad” en una pregunta y
otro estímulo como “involuntariedad” en la siguiente cuestión. Además, se em-
plea un mayor tiempo en la realización de pruebas basadas en escalas unidimen-
sionales. Hartenian et al. (1993) proponen, si se va a utilizar esta técnica, pasar la
prueba en días distintos, con el fin de facilitar la tarea a los sujetos.
Estos autores señalan que, en relación con la elicitación de las amenazas, se
produce un sesgo en la selección de los riesgos cuando se presenta a los sujetos
una lista cerrada; para ser lo más objetivos posible, deberían ser los sujetos los
que definieran la lista de riesgos que consideran más peligrosos. Sin embargo, en
muchos de los trabajos publicados, no se producen diferencias relevantes entre
la lista de riesgos utilizadas cuando es el investigador el que define el tipo de
situaciones que se presentan a los sujetos para que ellos las evalúen y las que los
sujetos seleccionan previamente (Hartenian et al., 1993).
El paradigma psicométrico es un enfoque centrado en identificar las carac-
terísticas que influyen en la percepción de riesgo de las personas (McDaniels et
al., 1995). El enfoque asume que el riesgo es inherentemente multidimensional,
con muchas características distintas de la probabilidad de daño afectada por los
juicios individuales. Se ha utilizado el modelo psicométrico para analizar la per-
cepción del riesgo en diversos ámbitos, entro otros el de la salud y dentro de este
58 Percepción y aceptabilidad del riesgo
entorno se incluye: la elaboración de una lista de elementos peligrosos dentro de
los eventos, las tecnologías y las prácticas de riesgo incluidos todos los peligros
potenciales; el desarrollo de una serie de escalas psicométricas que reflejan ca-
racterísticas de riesgos que son importantes para moldear la percepción humana
y la respuesta a diferentes peligros; la valuación por parte de las personas de una
lista de ítems en cada una de las escalas con diferentes riesgos o peligros; el uso
de métodos estadísticos multivariados para identificar e interpretar un conjunto
de factores subyacentes que capturan la variación en las respuestas individuales
y grupales.
Sin embargo, este enfoque no ha estado exento de críticas, ha habido quien ha
criticado la forma de recogida de datos, por establecer comparaciones de riesgos
poco comunes o por pretender que se evalúen las actividades que comportan
riesgo sin tener en cuenta los factores contextuales y los beneficios que se obtie-
nen a veces por el hecho de exponerse a la amenaza.
Sjoberg (1996) plantea algunas deficiencias del paradigma psicométrico, por
ejemplo, el constatar que los datos analizados de un modo adecuado arrojan que
el modelo representa, como mucho, entre el 20 y el 25% de la varianza del riesgo
percibido y la tolerancia al riesgo. El potente poder explicativo que algunos auto-
res defienden de este modelo se basa en un análisis de datos inexactos utilizando
los medios. El mismo método que se utilizó en el documento de 1978 de Slovic
y colegas todavía se utiliza para las afirmaciones actuales sobre las poderosas
propiedades de un modelo similar de riesgo ecológico (McDaniels et al., 1997).
No obstante, el paradigma psicométrico deja algunas preguntas importan-
tes sin respuesta. Según Kraus y Slovic (1988) consideran que el modelo no
ha considerado adecuadamente cómo y por qué las personas difieren en sus
juicios de riesgo. Vlek y Stallen (1981) concluyeron que el uso de calificaciones
medias grupales solo muestra parte de la historia sobre percepción de riesgo y
sugirieron que los análisis agregados de las puntuaciones medias de riesgo en
una muestra completa pueden tergiversar el espectro de opiniones que mues-
tran las personas que componen esa muestra. Marris et al. (1997) encontra-
ron que algunas de las altas correlaciones observadas entre las características
de riesgo a nivel agregado no son compatibles cuando los mismos datos se
analizan a nivel de individuos. A pesar de estos hallazgos, se encontró que la
relación entre las características de riesgo y las percepciones de riesgo infe-
ridas por el paradigma psicométrico era cierta a nivel de individuos, para la
mayoría, pero no para todas las características. En particular, la relación entre
la falta de conocimiento de los peligros expuestos y las percepciones de riesgo
parece ser compleja.
También en el foco de las críticas se encuentra los comentarios planteados
por Wahlberg (2001) quien señaló que el modelo psicométrico no cumplía
Juan Martínez Torvisco 59
los criterios de falibilidad y de hipótesis probables de modo global. Concluye
que el enfoque psicométrico es un modelo, es decir, una descripción de los
datos, sin poder explicativo. El enfoque psicométrico no tiene capacidad de
predicción, por lo tanto, su utilidad es bastante limitada. Sin embargo, no se
cuestiona su validez.
Otra crítica es el uso de medidas numéricas de incertidumbre. Puede lle-
var a las personas hacia un pensamiento más deliberado y basado en reglas.
Sin embargo, a menudo, las preferencias, decisiones y comportamientos de las
personas son predominantemente influencias del sistema intuitivo más asocia-
tivo (Windschitl y Wells, 1996). Esto puede proporcionar un reflejo sesgado de
cómo las personas piensan acerca de la incertidumbre en algunas situaciones.
Al analizar los grupos, se han identificado relaciones que en pocos casos
reflejan cuál es el sentir de la sociedad con respecto a los riesgos. Por otro lado,
el riesgo ha sido estudiado como un aspecto genérico de la actividad humana
mediante la cual la gente compara ciertas actividades, tecnologías o sustancias,
aunque nosotros entendemos que no hay universalidad en las dimensiones
utilizadas en la evaluación del riesgo, sino que éstas varían dependiendo, entre
otros, de factores situacionales, individuales, sociales y culturales. Por último,
cabe resaltar que la sociedad aceptaría actividades y tecnologías, pero en modo
alguno riesgos
A pesar de algunas deficiencias planteadas y de sus sesgos cognitivos a la
hora de la cumplimentación de las escalas, el paradigma psicométrico se ha
convertido en una base atractiva para la mayoría de los trabajos sobre la per-
cepción del riesgo, tanto de investigación como de consultoría (Sandman et
al., 1993). La cuestión que nos planteamos es por qué se utiliza el paradigma
psicométrico. Sjoberb, Moen y Rundmo (2004) ofrecen algunas sugerencias
respondiendo a esta cuestión.
• El modelo es muy simple. Es muy fácil de entender y está cerca del “sen-
tido común”.
• El modelo proporciona respuestas que son políticamente deseables. El
público se describe como emocional e ignorante, tal como lo han sospe-
chado siempre los responsables políticos. Por el contrario, se dice que los
expertos hacen los juicios de riesgo objetivamente correctos.
• El modelo parece proporcionar una respuesta final. Como hemos visto
anteriormente, el modelo se ha popularizado con la ayuda de un tipo
de análisis de datos que no puede dejar de dar la impresión de que se
explica la percepción del riesgo. Además, proporciona datos replicables,
probablemente porque se beneficia de la semántica común del riesgo y
conceptos relacionados en varios grupos e incluso naciones o culturas.
60 Percepción y aceptabilidad del riesgo
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Capítulo 3
Los riesgos psicosociales
Tiziana Ramaci
1. Introducción
El riesgo psicosocial es el riesgo de deterioro del bienestar psicológico o
físico de un trabajador, que deriva de la interacción entre la proyección y la
gestión de la actividad laboral en el interior del contexto organizativo y social
(Cox y Griffiths, 2005, p. 553).
La posibilidad de profundizar temáticas sobre los riesgos psicosociales
constituye un área rica de experiencias y prácticas adquiridas y en continua
evolución. En las últimas décadas, rápidos y profundos cambios han afectado
el mundo laboral; la crisis internacional ha producido transformaciones com-
plejas en las distintas organizaciones, comprometidas, actualmente más que
en el pasado, en enfrentar varios desafíos, generados por el progreso tecnoló-
gico, por la globalización de los mercados y por la reducción de los recursos
económicos. Cox (1993) ha detectado que los factores laborales relacionados
con los riesgos psicosociales comprenden una carga y un ritmo de trabajo ex-
cesivos, la precariedad del trabajo, la falta de flexibilidad en los horarios de
trabajo, que pueden ser variables, imprevisibles o incompatibles con una vida
social normal, escasas relaciones interpersonales, la falta de participación, un
rol poco claro en la organización, la falta de comunicación, pocas perspectivas
de desarrollo profesional y una situación de conflictividad entre las exigen-
cias domésticas y las laborales. Además, algunos riesgos pueden ser específi-
cos de algunas organizaciones particulares y se pueden individuar mediante
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
68 Los riesgos psicosociales
evaluaciones de riesgo periódicas, y podrían surgir nuevos con la evolución y
la transformación de los lugares de trabajo. Esta situación ha tenido repercu-
siones sobre temas como la calidad del trabajo y la salud del trabajador, ele-
mento fundamental para la funcionalidad, integridad, y sobre todo “bienestar”
de cada organización.
Un primer factor objetivo de naturaleza global que puede generar una re-
modelación de los dispositivos de organización está constituido por las evi-
dencias empíricas producidas en las últimas décadas sobre el tema del estrés
relacionado con el trabajo y, de manera más específica de los riesgos psicoso-
ciales. Uno de los resultados concretos de esta actividad científica es la reali-
zación de distintos métodos e instrumentos de evaluación del riesgo de estrés
psicosocial, y la producción legislativa europea (y posteriormente italiana) en
materia (Magnani y Majer, 2011). A partir de los años ‘90, en efecto, las políti-
cas relativas a la tutela de la salud de los trabajadores, culminan con la norma-
tiva sobre la seguridad en los lugares de trabajo que impone la obligación para
el empleador de evaluar el riesgo laboral (Ley 626/94), y luego el D. Lgs 81/08
establece que la evaluación “[…] se debe referir a todos los riesgos […], entre
los cuales los relacionados con el estrés psicosocial” (art. 28). En este sentido el
empleador se compromete para la actividad de evaluación de los riesgos, con
finalidad de programación, de vigilancia sanitaria, de implementación de me-
didas para la tutela, para el mantenimiento de la integridad psicofísica de los
trabajadores y para la predisposición y valoración de programas de promoción
de la salud y prevención del riesgo, según los principios de responsabilidad
social.
1.1 Factores que generan Riesgos Psicosociales
Desde el primer pronunciamiento de la Organización Mundial de la Salud
(OMS, 1948; art. 2, apartado 1, let. O), así también como a las más recientes
determinaciones integradas en la International Classification of Functioning,
Disability and Health (ICF, 2001), la cultura de la salud y de la seguridad en los
lugares de trabajo ha paulatinamente transformado al trabajador de actor pasi-
vo, en donde prevalecía un fuerte componente racional y prescriptivo, a sujeto
activo en donde emergen con gran fuerza dimensiones y factores individuales
estrictamente relacionados al contexto laboral.
La identificación de estos factores ha requerido de esta manera la apertu-
ra a perspectivas de análisis e intervención que orientan la atención hacia las
contribuciones (en términos de rol y funciones) que los recursos humanos
aseguran con finalidad de supervivencia y desarrollo de la organización.
La perspectiva de la salud organizativa , definida: “el conjunto de los nú-
cleos culturales, de los procesos y de las prácticas organizativas que promue-
Tiziana Ramaci 69
ven la convivencia en los contextos de trabajo promoviendo, manteniendo y
mejorando el bienestar físico, psicológico y social de las comunidades labora-
les” (Avallone y Paplomatas, 2005, p. 11), y considerada por muchos relaciones
útiles para la reducción de estados de malestar en el interior de las organiza-
ciones (Griffin et al., 2000), se propone en este sentido enfatizar la necesidad
de la empresa de conjugar el bienestar de los trabajadores con los resultados de
los rendimientos laborales. Garantizar el bienestar de los trabajadores significa
por lo tanto crear las condiciones en donde los mismos puedan expresar de la
mejor manera la capacidad y la potencialidad, con consiguientes recaídas po-
sitivas en términos de calidad de los rendimientos individual y reducción del
riesgo (De Nisi y Griffin, 2008).
1.2 Riesgos psicosociales: la normativa de referencia
Una lectura de la normativa que adhiere a las indicaciones de las direc-
tivas europeas, emanadas a partir del año 1989 en materia de prevención y
protección de los trabajadores de los riesgos en ámbito laboral, tendría que
haber considerado desde la entrada en vigor de la Ley 626/94, la necesidad de
evaluar los riesgos de naturaleza psicosocial, relacionados con la organización
del trabajo. De todas maneras, la emanación de la Ley 39 del 01/03/2002, que
modificaba el art. 4 de la Ley 626, precisaba que la evaluación se debe referir
a “todos” los riesgos y debería haber eliminado todas las dudas acerca de la
obligación de evaluación. Pero evidentemente en materia específica muchas
perplejidades e incertidumbres no han permitido definir y encuadrar las dis-
tintas problemáticas (estrés, agotamiento, acoso moral), no han permitido in-
dividualizar instrumentos válidos y suficientemente “objetivos” de evaluación
y no han podido sostener la definición de medidas coherentes de prevención
y tutela aplicables. Era necesario preparar un “bagaje” cultural que de alguna
manera fuera reconocido y compartido por todos los actores sociales (emplea-
dores, trabajadores y sus delegados).
Decisivo, al respecto, ha sido el acuerdo europeo sobre estrés de trabajo,
firmado por el sindicato europeo y por las asociaciones empresariales euro-
peas en fecha 08/10/2004. Este acuerdo se ha aplicado en Italia 4 años después
(09/06/2008). Sin embargo en nuestro País, poco antes del acuerdo europeo,
se había promulgado la Directiva 24/03/2004 (Departamento de Función Pú-
blica de la Presidencia del Consejo de Ministros) que contiene las “Medidas
finalizadas a la mejora del bienestar organizativo en la administración pública”
y, confirma la voluntad del Gobierno de llevar a cabo un proceso de cambio
radical en la Administración Pública, mediante la “construcción de un con-
texto y de un ambiente de trabajo inspirado en principios y valores claves,
como confianza, desarrollo compartido y asistido”, valorizando al máximo los
recursos humanos.
70 Los riesgos psicosociales
Posteriormente el D. Lgs 106/09 añade que “La evaluación de estrés psico-
social se realiza en cumplimiento con las indicaciones elaboradas por la Co-
misión Consultiva Permanente para la salud y seguridad en el trabajo, y la
relativa obligación comienza con la elaboración de dichas indicaciones y de
todas maneras [...] a partir del 1° de agosto de 2010” (art. 28, apartado 1-bis).
La atención también a nivel europeo en relación a los riesgos psicosocia-
les por parte de European Agency for Safety and Health at Work (EU-OSHA,
2010) demuestra cómo y cuánto esta problemática se considera importante
para la tutela del trabajador, de su seguridad y de su salud psicofísica.
El Observatorio Europeo de Riesgos (OER, 2014) remarca algunas critici-
dades, como consecuencia de transformaciones en el mercado laboral, como,
por ejemplo: precariedad del trabajo, envejecimiento de la fuerza de trabajo,
aumento de la presión y de la carga de trabajo, alta demanda emocional en el
trabajo, desequilibrio entre trabajo y vida privada.
Dicha reorganización, junto con los cambios relacionados con el desarrollo
de las tecnologías de la información y la globalización, plantea nuevos retos a
las empresas y a cada trabajador puesto que las transformaciones en los con-
textos laborales en toda Europa son normalmente seguidas por problemas cre-
cientes, como el del estrés relacionado al trabajo.
2. El estrés en el puesto de trabajo
La Comisión Europea ha definido el estrés relacionado al trabajo como “un
modelo de reacciones emotivas, cognitivas, conductuales y fisiológicas de as-
pectos adversos y nocivos del contenido de la organización y del ambiente
de trabajo”. El estrés está relacionado por lo tanto con la discordia entre sí
mismos y el propio trabajo, con conflictos entre el rol desarrollado en el tra-
bajo y fuera del mismo y con un grado insuficiente de control en el trabajo
y en la vida privada”. El estrés psicosocial se configura por lo tanto como un
“estado que comporta trastornos y disfunciones de naturaleza física, psicoló-
gica o social y crea efectos en los individuos que se consideran incapaces de
colmar las lagunas con sus propios requisitos o con las expectativas puestas
en ellos” (Magnani y Majer, 2011, p. 89). Esta definición desplaza el foco de
interés sobre las causas del estrés ocupacional y sobre las medidas de control
necesarias (Zoli, 2011). El estrés de hecho es una característica implícita de
la vida organizativa, a menudo relacionada con aspectos personales e inter-
personales de la situación laboral, produce efectos significativos tanto desde
el punto de vista individual como organizativo. Durante estas últimas déca-
das han aparecido muchas definiciones (Selye, 1946; 1976; Buckingham et al.,
1997; Cassidy, 2002; Mason, 1971; 1975; Toates, 1995). En general, podemos
identificar el estrés como el conjunto de las respuestas, fisiológicas y conduc-
Tiziana Ramaci 71
tuales que el organismo proporciona a los estímulos que, en una determinada
contingencia, recibe. Las condiciones internas pueden convertir al estrés en
crónico e irreversible, dando por sentado la existencia de una interacción entre
las modalidades de respuesta (fisiológica, biológica, psicológica), normalmen-
te genérica y diferente, tanto por las causas que lo preceden (eventos) como
por las consecuencias (patologías) (Di Nuovo et al., 2000; Di Nuovo y Rispoli,
2011). Desde este punto de vista, por lo tanto, estos mecanismos internos
se revelarían fundamentales para comprender como los trabajadores afrontan
la inseguridad debido a las transformaciones radicales en sus vidas laborales
(Lazarus y Folkman, 1984; Mc Crae y Costa, 1986; Connor-Smith y Flachsbart,
2007; Solberg Nes y Segerstrom, 2006; Carver y Connor-Smith, 2010), con la
consecuencia que la calidad del rendimiento laboral (Santisi y Di Nuovo, 2013)
resulta ser fuertemente dependiente de una multiplicidad de variables subje-
tivas, como el rol de género (Diehl y Hay, 2010; Tafyla et al., 2013; Gaunt y
Orly, 2007; Frankenhaeuse, 1996; Bergmana et al., 2003; Miller et al., 2000) y
los rasgos de personalidad (Fontana y Abouserie, 2011; Vollrath, 2001; Carver
y Connor-Smith, 2010; Pick y Leiter, 1991; Cavanaugh y Noe, 1999).
Si se relaciona con el trabajo, el estrés representa uno de los desafíos prin-
cipales para favorecer una nueva cultura basada en la prevención del malestar
y la implementación de la seguridad en el trabajo (Magnani y Majer, 2011).
2.1 Medidas preventivas ante los riesgos psicosociales
El D.lgs del 9 de abril de 2008, n. 81 (Texto Único sobre la Salud y la Se-
guridad en el trabajo) en materia de tutela de la salud y de la seguridad en los
lugares de trabajo, en consonancia con un panorama en donde crece cada vez
más el interés por la tutela y el bienestar de la salud del trabajador, donde se
convierte en una exigencia prioritaria crear condiciones para la participación
de todas las partes interesadas en las problemáticas presentes en los contextos
laborales y su resolución, establece que todas las Administraciones Públicas
deben realizar periódicamente estudios para detectar el estado de bienestar de
los trabajadores y el clima empresarial y en caso que se detecten situaciones
críticas se deben programar intervenciones específica, dirigidas a mejorar la
calidad de vida del trabajador y el incremento de la productividad. La nor-
mativa define la prevención como “el conjunto de las disposiciones o medidas
necesarias incluso según la particularidad del trabajo, la experiencia y la téc-
nica, para evitar o reducir los riesgos profesionales respetando la salud de la
población y la integridad del ambiente externo” por lo tanto resulta necesario
reducir los factores de riesgo e intervenir en la prevención (Zoli, 2011).
Al adoptar medidas de prevención es necesario actuar mediante estrategias
de intervención tanto a nivel individual, potenciando los recursos individuales
necesarios para afrontar con mayor eficacia las situaciones estresantes; como
72 Los riesgos psicosociales
a nivel de la relación individuo-organización, actuando en las relaciones in-
terpersonales, en los roles, en la participación, aumentando la compatibilidad
entre persona y medio ambiente; incluso a nivel de la organización, buscan-
do favorecer los cambios de la estructura organizativa o los factores físicos
y medio ambientales. Se distinguen intervenciones de “prevención primaria
y secundaria”. La prevención primaria se refiere al nivel organizativo. Tiene
la finalidad de reducir al máximo los agentes que pueden causar respuestas
de estrés mediante acciones como la redefinición de la actividad laboral, la
reestructuración de los roles y la instauración de un clima organizativo mayor-
mente orientado a la cooperación entre colegas (Cooper y Cartwright, 1994).
Será fundamental definir itinerarios de desarrollo, crear efectivas oportunida-
des de crecimiento y desarrollo, contemplar adecuados programas formativos,
que contribuyan a la prevención del estrés puesto que, crean un itinerario fu-
turo para los trabajadores el cual estimulará y los hará más autónomos. La pre-
vención secundaria se refiere al nivel individual. Está finalizada a la reducción
del estrés y de los riesgos psicosociales en las personas que evidencian estos
síntomas; son eficaces a corto plazo, puesto que si no hay un cambio en las
condiciones de trabajo que exponen al estrés, las ventajas decaen. El objetivo
principal de las estrategias de prevención secundaria es formar y modificar las
reacciones que el individuo tiene en las distintas situaciones que causan estrés,
identificando para dichas tipologías de intervención un número restringido
de destinatarios en el interior de la estructura, que interactuando con el res-
to de los empleados puedan difundir las competencias adquiridas durante el
proceso de intervención (Ramaci et al., 2017). En relación con las estrategias
que se pueden implementar, las mismas se centran principalmente en la esfera
emotiva: abrirse a los demás, exteriorizar sus sentimientos y los estados de
ánimo a un colega de confianza, a un amigo o simplemente a su compañero,
para descargar todas las emociones negativas. Esta técnica es muy importante
incluso porque ofrece la posibilidad al individuo de poder encontrar sentido
al evento vivido; la esfera física: se hace referencia al masaje terapéutico, a las
técnicas de relajación y al ejercicio físico llevado a cabo con regularidad (por
ejemplo: durante las pausas de trabajo bajar la tensión muscular acumulada);
y por último en la esfera cognitiva: estas estrategias se concentran en la fase
de evaluación que precede a la respuesta de estrés. Entre las técnicas princi-
pales de este ámbito se encuentran la relajación física-somática, la relajación
mental-cognitiva, como la hipnosis, la meditación y la respiración (Fraccaroli,
2011; Ramac et al., 2016).
3. El burnout
Cada uno de nosotros construye en su mente una representación de la rea-
lidad externa (Kelly, 1955), es decir tiene lentes perceptivos mediante los cua-
les interpreta el entorno del cual forma parte, actuando de manera creativa y
Tiziana Ramaci 73
transformativa en los distintos eventos; tratando de encontrar una adecuada
coherencia entre los mismos y sus propias exigencias. Sin embargo, sucede que
las expectativas, las esperanzas, el esfuerzo y la motivación de la subjetividad
laboral se pueden disgregar a pesar de formar parte de un sistema “intersub-
jetivo” (Avallone y Farnese, 2005), de una comunidad de prácticas (Wenger,
1998). Percibir una sensación de vacío, las propias energías completamente
consumidas y absorbidas por los compromisos laborales; iniciar una jornada
de trabajo con la sensación de sentirse ya cansados y sin recursos o peor aún
percibiendo una especie de inutilidad de su trabajo frente a las dificultades
cotidianas, bajo la indiferencia de los colegas y de los pedidos apremiantes
de la organización hasta el punto de sentirse totalmente insensibles frente a
la dificultad y a los pedidos de ayuda de los demás. Cuando esta condición,
no es temporal sino que se hace crónica en el tiempo convirtiéndose en una
costumbre consolidada, entonces se convierte en causa de un estado de males-
tar intenso para el trabajador impidiéndole, al mismo tiempo, ser profesional-
mente eficaz. El mismo término, burnout, traducido literalmente, adquiere el
significado de “quemado fuera” y remite a algo que está consumido, fundido,
reventado. No es casualidad que una de las metáforas a las cuales a menudo
hacen referencia los mismo trabajadores afectados por el síndrome sea la de
un fuego que, un tiempo estaba encendido y quemaba con energía, ahora se ha
apagado, dejando lugar a cenizas frías (Borgogni y Consiglio, 2006). Contessa
(1982), utilizando la metáfora eléctrica del cortocircuito, escribe: “electrocuta-
do es el operador que a la pregunta sobre su disponibilidad a estar dentro de
diez años en el mismo puesto realizando el mismo trabajo, responde: ¡Prefiero
estar muerto!” (p. 29). El burnout se considera un proceso transaccional, cau-
sado por un desequilibrio entre recursos y demandas que persiste en el tiempo,
y como resultado provoca sensaciones de tensión y de ansiedad, y un cambio
de actitud en relación con los usuarios. En este proceso el trabajador, que an-
teriormente había demostrado profesionalidad y participación, se desliga de
su trabajo como respuesta al estrés y a la tensión experimentada, en caso que
dicho estrés no pueda ser aliviado mediante una solución activa (Santinello et
al., 2007). El burnout se instaura cuando los niveles de tensión profesional son
excesivos y prolongados. Esta tensión provoca en el individuo un esfuerzo su-
perior a sus posibilidades. El proceso alcanza el apogeo en el momento en que
el sujeto, para afrontar la tensión profesional, se aparta psicológicamente del
trabajo mismo y se hace apático, cínico y rígido. Se asiste, como afirman Ede-
lwick y Brodsky (1980) a la pérdida del impulso motivacional, que antes em-
pujaba a responder de manera más eficaz posible a los pedidos de los usuarios.
Pines, Aronson y Kafry (1981) afirman que el burnout está caracterizado por
agotamiento físico, sensación de falta de ayuda, desesperación, vacío emotivo,
así como por el desarrollo de un concepto negativo de sí mismo y de actitudes
igualmente negativas en relación con el trabajo, con la vida y con las personas.
Por lo tanto, dolor, insatisfacción y fracaso en la búsqueda de ideales serían las
74 Los riesgos psicosociales
palabras claves para comprender esta condición. El cambio importante desde
el punto de vista de la definición operacional del concepto puede atribuirse a la
propuesta de Christina Maslach (1982): “es el síndrome de agotamiento emo-
tivo, de despersonalización, de reducida realización personal, que se puede
manifestar en operadores que trabajan en contacto con la gente” (p. 3).
La reflexión sobre el concepto de burnout ha producido con los años de-
sarrollos teóricos consistentes. En particular, Maslach y Goldberg (1998) han
afirmado la necesidad de pensar en el burnout en términos no sólo de sínto-
mas negativos sino como un continuum, en cuyo extremo positivo estaría la
construcción de la dedicación al trabajo (engagement)1, es decir la propensión
del individuo a trabajar con mucha energía (energy), estar emocionalmente
involucrado (involvement) y sentirse eficaz en su trabajo (efficacy). Este nuevo
fermento científico parece haber llevado el concepto de burnout hacia una si-
tuación de indeterminación general.
El burnout se diferencia del estrés por algunos motivos; en primer lugar es
un proceso que se desarrolla a largo plazo, se prolonga en el tiempo y se hace
crónico; sólo raramente desvanece espontáneamente. Además está caracteri-
zado por una dimensión interpersonal con el usuario (Ramaci, 2016; Pellerone
et al., 2016).
El modelo de Maslach divide el síndrome de burnout en tres fases: Agota-
miento emotivo, es decir la sensación de estar en continua tensión, emocio-
nalmente agotado y sin energías para realizar el trabajo; el individuo siente
haber superado los límites, cree haber dado lo mejor y no poseer ni siquiera
las fuerzas para retomar el control de la situación; despersonalización, es de-
cir la escasa sensibilidad, comprensión y participación en los problemas de
los usuarios que puede causar un comportamiento abiertamente agresivo; el
individuo asume actitudes cínicas, hasta parecer frío, distante, convencido, de
esta manera, de defenderse del agotamiento y de las decepciones; reducida
realización personal, por lo que el operador desarrolla la sensación de menor
competencia, escasa consideración de los resultados obtenidos y un menor
1 El Engagement ha sido definido como una gratificante, positiva percepción de los trabaja-
dores en relación con su trabajo caracterizado por vigor, dedicación, y absorción (Schaufeli
et al., 2002). Schaufeli y Bakker (2004) describen el vigor como caracterizado por elevados
niveles de energía y resistencia; la dedicación caracterizada por un sentido de entusiasmo e
inspiración; por último la absorción se caracteriza como un estado que induce a estar com-
pletamente concentrado y satisfecho en su trabajo. El engagement parece relacionado al buen
estado de salud, a los resultados positivos en el trabajo, incluso en términos de esfuerzo y
vinculado con la percepción de auto-eficacia y los rendimientos en el trabajo (Salanova at al.,
2005; Schaufeli y Bakker, 2004): bajos niveles de burnout (Schaufeli y Bakker, 2004; Schau-
feli et al., 2002.) y de estrés (Britt et al., 2005), reducido turnover (Saks, 2006; Schaufeli y
Bakker, 2004); mayor esfuerzo organizativo y productividad, rendimientos satisfactorios y
satisfacción del cliente (Richman, 2006; Saks, 2006).
Tiziana Ramaci 75
deseo de mejorarse profesionalmente (Lo Piccolo, 2008, p. 50).
Folgheraiter (1994) ha introducido un cuarto elemento descrito como pér-
dida de la capacidad de control, es decir pérdida del sentido crítico que permite
atribuir a la experiencia laboral la justa dimensión. La profesión termina asu-
miendo una importancia desproporcionada en el ámbito de la vida de relación
y el individuo no puede desprenderse mentalmente, tendiendo a abandonarse
incluso a reacciones emotivas, impulsivas y violentas. Recientemente Maslach
y Leiter (2000) han perfeccionado los componentes del síndrome mediante
tres dimensiones: deterioro del esfuerzo en relación con el trabajo, deterioro
de las emociones inicialmente relacionadas con el trabajo y un problema de
adaptación entre la persona y el trabajo, a causa de las excesivas exigencias de
este último. En este sentido el burnout se convierte en un síndrome de estrés
no sólo exclusivamente de las profesiones de ayuda sino probable en cualquier
organización de trabajo.
Aunque el burnout ha sido estudiado principalmente como condición que
depende de factores organizativos, “algunos estudios han evidenciado que in-
cluso las variables de personalidad pueden representar elementos predispo-
nentes para la manifestación del síndrome” (Di Nuovo y Commodari, 2004, p.
45). Los factores individuales comprenden los rasgos de personalidad, metas
de carrera (influyendo en la motivación), las experiencias pasadas (la persona
que ya ha afrontado una situación de estrés podrá manejar mejor un nuevo
malestar). Entre los rasgos de personalidad se deben considerar también las
características como el desarrollo de ansiedad neurótica por parte de algunos
sujetos; el lugar de control, la introversión o la extroversión, la flexibilidad o la
rigidez del sujeto. Según algunos estudios los sujetos más expuestos al burnout
serían los más empáticos, idealistas y tendientes a identificarse con los demás,
pero también los más introvertidos, ansiosos, obsesivos y muy entusiasmados.
Maslach y Jackson, en uno estudio del año 1986, evidencian una relación entre
las características de la personalidad, expectativas personales, motivaciones
laborales y burnout. Según los autores la persona de mayor riesgo es débil y
sumisa en las relaciones con los demás, sometida y ansiosa, propensa a ceder a
los pedidos del usuario, a veces es impaciente e intolerante, en estado de rabia
y frustración, hostil hacia los demás, a menudo sin confianza en sí misma,
reservada, convencional y complaciente.
En relación con las características socio-demográficas, de algunas inves-
tigaciones se ha demostrado que la edad, el género, la antigüedad y el estado
civil representan algunos de los elementos predisponentes para la manifesta-
ción del síndrome (Rich y Rich, 1987; Valerio et al.,1998; Clanton et al., 1992;
Neubauer, 1992; Williams, 1994; Linn, 1986).
Por último, recientes estudios evidencian que el burnout se puede com-
76 Los riesgos psicosociales
prender y enfrentar sólo si se considera como un problema que involucra a
toda la organización en la cual se manifiesta. Las disfunciones organizativas
pueden tener un peso muy relevante en la manifestación del síndrome, la or-
ganización, en efecto, define los vínculos y los recursos que las personas tienen
a disposición. Es en el contexto laboral donde se estructuran las relaciones con
los demás y se definen las reglas que las sostienen. Por lo tanto existen aspectos
– estructurales, culturales, relacionales y de rol – que tienen un fuerte impacto
en la incidencia y en el grado de burnout en una organización.
Maslach y Leiter (2000) han identificado seis discrepancias que se pueden
experimentar en la vida organizativa: sobrecarga de trabajo, falta de control,
insuficiente gratificación, caída del sentido de pertenencia comunitaria, ausen-
cia de equidad, valores contrastantes.
La carga de trabajo (workload), que representa para el trabajador la activi-
dad requerida cada día, se convierte en sobrecarga y es por lo tanto considerada
la señal más visible de la discordancia entre la persona y el trabajo, cuando las
tareas y los roles no son claros, cuando el individuo percibe como excesivos los
pedidos de la organización, cuando los ritmos frenéticos pueden perjudicar la
calidad. “No se trata de empujar al máximo para perseguir nuevos y elevados
desafíos, sino superar los límites humanos para hacer mal las cosas. Raramente
el re dimensionamiento en el interior de una organización causa la reducción
de su compromiso total y un número inferior de personas debe desarrollar la
misma cantidad de trabajo, y además en un tiempo menor […] El ritmo más
rápido perjudica la calidad, arruina las relaciones entre colegas, destruye la
innovación y, finalmente, conduce al burnout” (Maslach y Leiter, 2000, p. 18).
La falta de sentido de comunidad (sense of community) se verifica cuando las
personas pierden las relaciones emotivas que permiten al individuo sentirse
parte integrante de un grupo o de una organización; cuando la estima, el bien-
estar y el sentido del humorismo se comparten con otros individuos hacia los
cuales se siente simpatía y respeto, las personas, en efecto, rinden lo máximo.
A menudo los trabajadores están en cambio aislados a causa del mismo tra-
bajo, a causa de la tecnología y de las prohibiciones implícitas. “En todo caso,
la cosa en absoluto más negativa para el sentido de comunidad es el conflicto
crónico y no resuelto. El conflicto impregna el lugar de trabajo de frustración,
rabia, miedo, ansiedad, falta de respeto y sospecha. Crea contrastes en el tejido
de relaciones informales, que hacen improbables las ayudas mutuas entre las
personas en momentos de dificultad” (Maslach y Leiter, 2000, p. 21).
En esta óptica, en términos preventivos con respecto a los riesgos psico-
sociales, se deben enfocar todas las intervenciones formativas e informativas
para el personal, no sólo a nivel individual sino también como acciones orga-
nizativas. La actual organización del trabajo, en efecto, impone ritmos apre-
miantes y modelos fuertemente competitivos. La imagen de la organización
Tiziana Ramaci 77
como “máquina” racionalmente orientada al alcance de finalidades predeter-
minadas, así como la mencionada por el modelo organicista, principalmente
dirigido hacia dinámicas puramente adaptadoras en relación con el ambiente
de referencia, desde más de diez años ha dado paso a una representación del
fenómeno organizativo como un proceso conducido por prácticas dirigidas a
gobernar la imprevisibilidad, la discontinuidad, el imprevisto (Weick y Sutcli-
ffe, 2009).
Esta importante característica de las organizaciones en acción ha llevado
recientemente a los estudiosos a poner particular atención en los modelos de
análisis y gestión de las turbulencias organizativas fundadas en la capacidad
de los actores a superar las criticidades mediante la resiliencia, es decir la ca-
pacidad de “continuar las actividades en curso o volver rápidamente a una
condición de estabilidad durante o después de un accidente o en presencia de
continuos estrés significativos” (Wreathall, 2006, p. 276). Por una parte una
subjetividad en búsqueda de un rol en organizaciones cada vez más precarias;
por otra un sistema laboral que no puede permanecer más insensible frente
a la carga de significados y valores pertenecientes a la persona, esto podría
causar un cronicismo del estrés en la persona y el surgimiento de fútiles capa-
cidades organizativas (Ramaci, 2016).
4. Mobbing o Acoso en el Trabajo
El mobbing se puede definir como un proceso degenerativo, caracterizado
por un conjunto de comportamientos hostiles llevados a cabo sistemáticamen-
te y durante un período de tiempo significativo, por uno o varios trabajadores
en relación a uno o más colegas (independientemente de las recíprocas posi-
ciones jerárquicas), finalizado a la marginación o exclusión de las personas que
sufren dichas acciones. La palabra mobbing deriva del verbo inglés “to mob”
(asaltar levantando tumulto, agruparse contra alguien)2. Leymann, ha sido el
primero que ha utilizado el término mobbing haciendo referencia a las agre-
siones sufridas en el lugar de trabajo (Leymann y Gustavsson, 1984; Leymann,
1993; 1996; 1997), pero ya muchos años antes Brodsky (1976) había descrito,
si bien con otros términos, este fenómeno.
El mobbing es un proceso evolutivo que se manifiesta en una constelación
de comportamientos humillantes (Nonnis et al., 2011). Leymann (1992), ha
2 El término ha sido originalmente utilizado por el etólogo Konrad Lorenz para describir el
comportamiento agresivo, de ataque, que algunas aves muestran en relación de otros pájaros
que pretenden invadir su nido (Ege, 1996). En síntesis, los distintos estudios sobre evolución
del fenómeno se focalizan en las siguientes etapas: el conflicto generalizado; el conflicto
personalizado y el inicio del proceso de mobbing; el espiral de agravamiento de la víctima, la
falta o errada intervención del área del personal; la salida o la marginación de la víctima del
contexto de trabajo (Depolo, 2003).
78 Los riesgos psicosociales
identificado cinco categorías: ataques contra los contactos humanos y la posi-
bilidad de comunicar, aislamiento sistemático, cambios de las tareas, ataques a
la reputación, violencia y amenazas.
Las consecuencias de las reiteradas violencias psicológicas y morales en
ámbito laboral, están principalmente a cargo de la o de las víctimas. La litera-
tura (Ege, 1998; Liefooghe et al., 2001; Favretto, 2005; Marini y Nonnis, 2006)
se enfoca principalmente en el síndrome ansioso y en el síndrome de estrés;
a partir de la constatación que, respecto al encuadramiento del DSM-V (AA.
VV., 2013) predomina el trastorno pos-traumático de estrés y en menor pro-
porción el trastorno de la adaptación con ansiedad o con alteración del tono
del humor (De Risio, 2002).
Desde el punto de vista cronológico, los primeros estudios sobre el mob-
bing, se han enfocado en los rasgos de personalidad de los actores involucra-
dos: la víctima, el mobber. A pesar que este ámbito de investigación no ha
podido demostrar un nexo causal entre personalidad y probabilidad de inter-
pretar el rol de víctima o agresor, es prudente y adecuado hablar de fragilidad
o mayor riesgo psicosocial de acontecimiento de situaciones de hostilidad, en
presencia de determinadas condicionas subjetivas y objetivas individuales. Por
lo que respecta a las víctimas, según Huber (1994) están en riesgo de mobbing:
las personas solas (por ejemplo, una mujer sola en una oficina de hombres); las
personas “extrañas”, de alguna manera consideradas distintas por los colegas
(por ejemplo, los discapacitados o los extranjeros); las personas de éxito que
reciben ascensos o elogios por parte del jefe y como consecuencia provocan
celos a los colegas; las personas nuevas (por ejemplo, más cualificadas o más
jóvenes). Se han puesto de manifiesto dos tipologías: la pasiva y la provocado-
ra. La primera se caracteriza por la falta de autoestima, débil y dependiente de
los demás. Generalmente ansiosas, las víctimas pasivas manifiestan carácter
inseguro y falta de firmeza. Son incapaces de dominar el conflicto y mani-
fiestan necesidad de protección. La víctima provocadora en cambio, necesita
sentirse en el centro de la atención y termina inevitablemente entrando en la
órbita del mobber provocando la reacción (Brodsky, 1976; Leymann, 1996;
Mameli y Marini, 2006; Pedditzi, 2010).
En relación con el mobber (Walter, 1993), se puede individuar: el tipo agre-
sivo, decidido, fuerte, emprendedor y listo para vencer cualquier que obsta-
culice su carrera profesional; el ansioso aparentemente fuerte y seguro de sí
mismo, es en realidad inseguro; el pasivo, participa en el mobbing de manera
pasiva y complaciente hacia las figuras dominantes. Hirigoyen (2000) ha pro-
puesto un cuarto perfil del mobber, el tipo narcisista perverso, que siente y
persigue placer al causar sufrimiento a los demás. Probablemente este perfil de
mobber manifiesta historias de sufrimiento y abuso sufridas, en la fase evolu-
tiva por otras personas.
Tiziana Ramaci 79
El mobbing puede ser de distintos tipos: se habla de mobbing vertical – el
más común – cuando las vejaciones las realiza el empleador o, generalmente,
un jefe hacia un empleado. Cuando sucede esto, implementando una engañosa
estrategia expulsiva, asistimos a una ulterior especialización del fenómeno, el
denominado bossing.
En cambio, otro tipo es el mobbing horizontal, es decir el implementado
por los colegas de la víctima; en este caso no existe siempre una razón espe-
cífica que puede determinar la marginación, sino que es suficiente una forma
de antipatía, incompatibilidad caracterial o una ideología política diferente; o
incluso puede suceder que el grupo, aunque inconscientemente, elija un de-
terminado sujeto como chivo expiatorio sobre el cual descargar las tensiones
laborales (Gilioli, 2000). Por último, bastante raro, tenemos el mobbing as-
cendente, término usado para indicar las vejaciones llevados a cabo por los
empleados, a menudo en grupo, hacia el jefe para deslegitimarlo, como en una
especie de motín.
En el panorama italiano una de las figuras más importantes es el psicólogo
Harald Ege, fundador de la Asociación Italiana contra Mobbing y Estrés Psico-
Social, que ha traducido los estudios de Leymann y los ha elaborado para po-
derlos aplicar a la situación social italiana.
Según Ege (1998; 2005) el mobbing es “Una situación laboral de conflicti-
vidad sistemática, persistente y en constante progreso, en la cual una o varias
personas son objeto de acciones de alto contenido persecutorio por parte de
uno o varios agresores de posición superior, inferior o de igualdad, con la fina-
lidad de causar a la víctima daños de distinto tipo y gravedad. La persona que
sufre el mobbing se encuentra en la imposibilidad de reaccionar de manera
adecuada ante dichos ataques y con el paso del tiempo manifiesta trastornos
psicosomáticos, relacionales y de humor que pueden incluso causar discapaci-
dades psicofísicas permanentes de distinto genero y porcentaje” (p. 37).
El mobbing presenta aspectos delicados de carácter social, político y jurídi-
co y, en un clima de gran sobre exposición mediática, es muy alta la posibilidad
de malentendido en el reconocimiento de situaciones de mobbing, esto hace
aún más obligatoria la necesidad de adoptar un enfoque multidisciplinario
frente al problema (Giorgi y Majer, 2009).
En la perspectiva sociológica y económica el estudio del mobbing en Italia
encuentra sus raíces a partir de los años Noventa. “Es la traducción espontá-
nea de la flexibilidad en precariedad que, transformando el mundo laboral en
mercado, el trabajador-persona en mercadería humana, favorece la explosión
de este tipo de violencia, destacando la conexión íntima entre mobbing y mo-
dernidad” (Giorgi y Majer, 2009, p. 37).
80 Los riesgos psicosociales
Algunas dinámicas de naturaleza macrosocial y cultural determinan pro-
fundos y amplios cambios de las estructuras organizativas. Estas modificacio-
nes, a veces más lentas, otras veces más rápidas, tienen un efecto en algunos
casos directos, en otros mediado, sobre las dinámicas organizativas incluso por
lo que concierne al tema del mobbing. El primer factor es atribuible a las di-
námicas de mercado de globalización de la competencia, intensificadas en los
últimos veinte años (Santisi y Ramaci, 2012). Esta configuración tiene algunas
consecuencias en las organizaciones y en los trabajadores, entre las más im-
portantes podemos mencionar: la búsqueda de nuevos mercados y contextos
de producción ventajosos en términos económicos (deslocalización); la ne-
cesidad de una flexibilización de la oferta de trabajo y la creación de nuevos
paradigmas contractuales (Rutelli et al., 2007; Santisi y Ramaci, 2012); la ne-
cesidad de hacer eficientes y ágiles los procesos organizativos e institucionales
(outsourcing); la dificultad, como consecuencia de estas dinámicas, para las
organizaciones y los servicios que tutelan a los trabajadores, de reformar las
modalidades de ayuda en relación a los mismos.
Un segundo factor se puede en cambio identificar con las dinámicas demo-
gráficas. La primera, en cierto modo interna al País, está relacionada con el
potencial conflicto generacional entre paradigmas laborales distintos con los
más jóvenes, tendencialmente mejor formados, con una perspectiva de carrera
laboral segmentada, sin una línea de continuidad y coherencia (boundaryless
and protean careers), Cortini et al., 2011; Ramaci et al., 2014; Formica et al.,
2017) y con la dificultad de independizarse de las familias de origen; los se-
gundos, más ancianos, más garantizados y más protegidos que se presentan
como potencial amortiguador social difundido y por un tiempo prolongado
de sus hijos. La segunda, por así decirlo externa, se puede atribuir al creciente
carácter multiétnico de nuestro País. Esto plantea, internamente a las organi-
zaciones la cuestión de la convivencia organizativa y del diversity management
(Avallone, 2006; Magnano et al., 2015).
Los factores hasta aquí expuestos, influyen en el tema de la hostilidad en
los contextos organizativos desde distintos ángulos, en efecto si es verdad que
el conocimiento, desde el punto de vista científico, de las formas del malestar
organizativo de naturaleza psicosocial es una ventaja indudable, las dinámicas
de mercado y las demográficas descritas sintéticamente favorecen una condi-
ción de riesgo para los trabajadores y una posible debilidad de los organismos
de su tutela, sobre todo si la comunidad y el tejido social no han madurado una
sensibilidad adecuada y una atención a esta temática y a su prevención.
Los estudios sobre mobbing en ámbito económico han evidenciado la in-
cidencia en el procedo productivo empresarial, buscando definir el costo en
términos monetarios que recaen sobre las empresas y sobre la sociedad. Según
las investigaciones realizadas, el mobbing se refleja en la eficiencia empresa-
Tiziana Ramaci 81
rial puesto que crea un cortocircuito que reduce la productividad del trabajo.
Produce ausentismo, muchas veces por enfermedad, y apaga toda forma de co-
laboración entre los empleados, creando conflicto organizativo. Genera, ade-
más, un daño a la imagen empresarial y a cada uno de sus empleados. Además,
no se debe subestimar que, cuando se presentan causas legales por mobbing,
las empresas deben enfrentar considerables gastos.
En ámbito estrictamente social, en cambio, se producen efectos extremada-
mente negativos en el producto bruto interno.
Las investigaciones sociológicas
y económicas por lo tanto ayudan a comprender algunas causas y las posibles
manifestaciones del fenómeno, sin embargo resultan por el momento aún po-
cas y no exhaustivas, también porque son llevadas a cabo en pequeñas pobla-
ciones y con la ayuda de instrumentos estadísticos poco consolidados y por lo
tanto difícilmente generalizables.
Desde el punto de vista psicológico, en el año 1976 Brodsky distinguía entre
una forma de agresión subjetiva (subjective harassment), centrando el enfo-
que del análisis en la percepción de la víctima de ser acosada, y una de tipo
objetiva (objective harassment), siempre que se hallaba la evidencia objetiva
de las molestias. Algunos factores motivadores pueden determinar la elección
de un framework de interpretación/representación de la situación. Cualquier
elección presenta seguramente componentes subjetivos (por ejemplo, deter-
minadas costumbres o experiencias pasadas, factores de vulnerabilidad) que
influencian las consecuencias. Según Brodsky, la tensión y el estrés laboral
pueden ser percibidos por el individuo como síntomas de mobbing, si se atri-
buyen a acciones hostiles por parte del Management. En la conceptualización
del mobbing subjetivo particularmente significativos resultan los estudios
sobre estrés organizativo (Favretto, 2005). A partir del concepto de mobbing
como forma extrema de estrés en el trabajo (Zapf et al., 1996) ha sido legítimo
sostener que entre estrés y mobbing subsista una continuidad lógica y tempo-
ral (Favretto, 2005). Frese y Zapf (1988) definen un estrés subjetivo como un
evento directamente influenciado por procesos cognitivos y emotivos de una
persona, mientras que un estrés objetivo se manifiesta independientemente
del proceso cognitivo y emotivo de una persona. Obviamente en la mayoría
de los casos existe una superposición entre los dos. Acciones negativas que
pueden ser consideradas poco ofensivas por un individuo en cambio pueden
ser percibidas como graves y perjudiciales por otro. La característica de perci-
bir la situación como perjudicial y persecutoria está fuertemente relacionada
a la evaluación individual del evento (appraisal) y las estrategias que permi-
ten afrontar de manera adecuada los estímulos que causan estrés (coping). La
persona involucrada en el proceso vejatorio se preguntará “qué ha sucedido
y por qué” (event appraisal) y “qué se puede hacer” (action appraisal). Si la
persona interpreta la experiencia como amenazadora para su bienestar y cree
82 Los riesgos psicosociales
tener poco control (mastering) sobre la situación en relación con el agresor, es
más probable que viva los acontecimientos con un sentido aún más negativo,
usando un coping poco eficaz o inadecuado, con consecuencias disfuncionales
sobre su estado de salud psicofísico. Una ulterior explicación de mobbing sub-
jetivo se puede encontrar en la teoría de las representaciones sociales (Mosco-
vici, 1961): la víctima reconstruye de manera activa la situación, tratando de
entender si los comportamientos positivos existentes en relación con ella son
intencionales y busca mayor información, generando luego su representación
de los eventos. La activación de una representación social de la situación de
mobbing es un proceso dinámico y subjetivo, en donde también las caracterís-
ticas de personalidad de los actores involucrados desarrollan un rol relevante
en la percepción subjetiva de mobbing, así como distintos estilos de compor-
tamiento, necesidades y experiencias pasadas pueden hacer a la persona más
o menos vulnerable. La misma frecuencia de acciones de mobbing, en efecto,
puede llevar a un individuo a sentirse víctima de mobbing en función del nivel
de susceptibilidad (Mikkelsen y Einarsen, 2001).
También se ha profundizado el estudio de variables organizativas que si
se consideran individualmente, o en interacción entre sí, pueden favorecer
comportamientos vejatorios en el trabajo. Los resultados de las investigaciones
examinadas evidencian como justamente sea el “appraisal” de las condiciones
organizativas que determina la manifestación de comportamientos de mob-
bing. El mobbing, por lo tanto, incluso en su forma subjetiva puede ser causa-
do, o concausado, principalmente, por vivencias relativas a condiciones espe-
cíficas y particulares de la actividad y de la organización del trabajo (Giorgi y
Majer, 2009). Las vivencias de los miembros se estructuran en la interacción
con la organización y sus distintas partes y determinan el comportamiento
de los individuos, de los grupos y por lo tanto de la organización en su con-
junto. Cada acontecimiento organizativo es interpretado por sus miembros:
los mismos forman y transforman juicios, percepciones y evaluaciones de los
eventos organizativos sobre la base de las interacciones con otros miembros
de la organización y, más en general, de las interacciones que tienen con otros
individuos en el ambiente circunstante. Los trabajadores responden a las si-
tuaciones, en las cuales están incluidos, en base al significado que las mismas
asumen para ellos: la interpretación que deriva determina y condiciona lo que
los miembros de la organización piensan, y, sobre todo, su comportamiento y
el funcionamiento de la organización (D’Amato y Majer, 2005).
4.1 Otro “comportamiento negativo en el trabajo”: Acoso sexual y
Violencia física
Siguiendo los estudios del sexual harassment de Lengnick-Hall (1995), los
numerosos conceptos incluidos bajo la etiqueta “comportamientos negativos
Tiziana Ramaci 83
en el trabajo” (p.288) en los últimos años han suscitado un creciente interés
por parte de los investigadores de la psicología del trabajo y de las organiza-
ciones. Dichos comportamientos se pueden definir como “acciones hostiles
ejercidas, más o menos intencionadamente, por un sujeto hacia un individuo
o una organización, que violan las normas, el contrato psicológico y los valo-
res propios de la dignidad humana” (Giorgi y Majer, 2009, p. 75). Aunque las
definiciones presentadas describen un fenómeno caracterizado por una mala
relación interpersonal entre trabajadores que ponen en práctica acciones nega-
tivas con respecto a individuos u organizaciones, un aspecto crucial distintivo
de los conceptos examinados es la naturaleza y la especificidad de dichos com-
portamientos que hacen los fenómenos sustancialmente distintos.
Sobre la base de las definiciones examinadas emergen, en efecto, diferentes
categorías de acciones hostiles en el puesto de trabajo: la persecución psicoló-
gica y moral, la violación de la integridad física y la agresión física, la violación
de las normas de la organización (Giorgi y Majer, 2009). Otra clasificación
puede ser la de Buss (1961) sobre los comportamientos agresivos, que se dis-
tinguen en físicos y verbales, directos e indirectos y activos y pasivos. Inves-
tigaciones realizadas recientemente por Neuman y Baron (1998) y Keashly y
Jagatic (2000) han destacado que los comportamientos hostiles más comunes
en el trabajo son verbales, pasivos e indirectos. También el concepto de gra-
vedad e intensidad de los comportamientos negativos en el trabajo (Keashly
y Jagatic, 2003) es un índice significativo. Por ejemplo, comportamientos que
se reconocen en los conceptos de mistreatment y workplace incivility se ca-
racterizan por baja intensidad y gravedad, mientras que los que se refieren al
generalized workplace abuse y a la workplace violence se pueden considerar
comportamientos negativos extremos puesto que pueden desembocar en agre-
siones físicas muy violentas. Los comportamientos de mobbing se caracteri-
zan, en cambio, por ser de media gravedad-intensidad.
Los comportamientos negativos en el trabajo, por lo tanto, pueden presen-
tar una amplia gama de matices y presentar problemáticas diferentes. Por esta
razón ha surgido la necesidad de individuar criterios base, precisos y que se
puedan compartir por la mayor parte de los investigadores, para establecer
cuales son las acciones negativas y cuales las características que las mismas
deben tener para poder ser definidas con el término mobbing o para entrar en
otros significados.
Los comportamientos negativos en el trabajo pueden ser menos frecuentes,
más o menos sistemáticos y de menor duración respecto al mobbing, en los
comportamientos negativos en el trabajo la disparidad de poder juega un rol
determinante, pero no necesario.
En caso de comportamientos negativos en el trabajo puede existir casuali-
84 Los riesgos psicosociales
dad y el objetivo no está necesariamente bien definido. Por lo que respecta a
los efectos de la salud, algunos estudios sobre el estrés organizativo, han desta-
cado que trastornos psicosomáticos manifestados por las víctimas de mobbing
resultan más graves respecto a los de las personas que habían sufrido otros
comportamientos vejatorios. Además, es interesante recordar como Schneider
et al. (2003) afirma que la persona que ha sufrido una forma de harassment es
más probable que sufra también otras formas de harassment. Por lo tanto es
posible suponer un proceso de espiral de los comportamientos negativos en el
trabajo, en donde, por ejemplo, de comportamientos inciviles o episodios de
socio desviación laboral se pueden generar conflictos que pueden aumentar la
intensidad de las acciones negativas por parte de un sujeto hacia otro, creando
procesos de intensificación en dirección del mobbing (Keashly y Jagatic, 2003;
Zapf, 1999).
Haber identificado algunos comportamientos vejatorios, que no entran en
el concepto de mobbing pero que pueden de todas maneras facilitar la mani-
festación, es extremadamente útil para la comprensión del fenómeno, tanto
para un análisis diferencial, como para intervenciones de naturaleza preventi-
va. La toma de conciencia de que no todas las acciones vejatorias en el lugar de
trabajo son acciones de mobbing, pero que existen también otros comporta-
mientos hostiles, contribuye a una definición más precisa del fenómeno, para
que el mismo no sea utilizado de manera inadecuada, como aún en la actuali-
dad sucede, para describir y etiquetar todo (o casi) lo negativo que sucede en
el trabajo.
La posible y deseable difusión del conocimiento de las formas de molestia
que no entran en el mobbing puede evitar a las potenciales víctimas aquella
percepción subjetiva de sentirse sufrir mobbing. La conciencia de comporta-
mientos negativos no atribuibles al mobbing podría, además, ayudar a algunas
personas a racionalizar las representaciones sociales excesivamente negativas
de la experiencia de vejación que están viviendo.
También en este caso existen consecuencias a las cuales siguen las interven-
ciones. La exposición prolongada a comportamientos agresivos de naturaleza
psicológica, además de perjudicar la salud y el bienestar de los trabajadores,
determina también una serie de efectos negativos a nivel organizativo (Fa-
vretto, 2005). Entre los costes que recaen sobre toda la sociedad encontramos
los gastos que el sistema sanitario nacional debe enfrentar por las largas au-
sencias del trabajo y por los frecuentes períodos de enfermedad a los cuales
está obligado el sujeto que sufre mobbing. Se agregan además algunos casos de
jubilación anticipada. Actualmente en el panorama jurídico italiano - a pesar
de los progresos que sin duda se han realizado en los últimos años - no hay una
norma que garantice seguridad de derecho y de tutela, sobre todo en tema de
indemnización y liquidación del daño. Por otra parte, se intensifica el debate
Tiziana Ramaci 85
sobre dos problemas imprescindibles estrictamente relacionados con el con-
cepto de mobbing: uno inherente a la definición teórica del daño de mobbing
y el otro respecto a la necesidad de encontrar criterios objetivos de evalua-
ción que, empíricamente, garanticen una tutela adecuada y apropiada para las
víctimas. A nivel organizativo, las intervenciones deberían perseguir algunos
objetivos importantes como la institución de políticas claras de anti-mobbing,
la evaluación periódica de los factores de riesgo mobbing-psicosocial y la me-
jora de la organización del trabajo (Hoel y Salin, 2003). En los últimos años,
dada la expansión de dicha problemática en el interior de las organizaciones,
se ha advertido la necesidad de instituir comisiones antimobbing tanto para
las empresas privadas, como para las públicas, para facilitar a los empleados la
adaptación y la superación de dicha problemática.
5. La necesidad de evaluar los riesgos psicosociales
Promover una cultura de prevención de los riesgos psicosociales y del es-
trés relacionado con el trabajo en el interior de las organizaciones, prevé la rea-
lización de acciones y políticas según esquemas más flexibles de organización
del horario de trabajo y una gestión de los recursos humanos más individual
y mayormente orientada hacia el resultado, estos cambios están finalizados
también al aumento de la productividad (CCE, 2002).
El estrés no es una enfermedad sino una exposición prolongada a agentes
que causan estrés que puede reducir la eficiencia en el trabajo y causar proble-
mas de salud. Y además, dado que los efectos del estrés psicosocial en el tra-
bajo, repercuten en la productividad de la empresa, este riesgo se debe evaluar
como factor dañoso tanto en términos económicos, como en términos legales,
puesto que están previstas sanciones civiles y penales para los empleadores que
no cumplan con las normas.
Por lo tanto, el objetivo es ofrecer a toda la organización (management y
trabajadores) un modelo que permita identificar, prevenir y gestionar los pro-
blemas de estrés psicosocial en el trabajo (Acuerdo Europeo en SLC, 2004).
Por lo tanto, la evaluación del riesgo de estrés en las organizaciones, se debería
considerar como una oportunidad para enfrentar los aspectos disfuncionales
de las mismas y no como obligación para cumplir. Realizar un análisis sobre
el bienestar organizativo equivale a identificar un “Instrumento de escucha
organizativo”. “Proyectar una investigación-acción sobre la salud organizativa
significa activar un procedimiento, vinculado a un esquema teórico de refe-
rencia, finalizado a alcanzar en las personas, en los grupos de trabajo y en toda
la organización, un nuevo conocimiento sobre el modo en que las variables
consideradas contribuyen a constituir el estado de bienestar, sobre las condi-
ciones de malestar en el interior de la organización y sobre las áreas de posible
mejora” (Avallone y Paplomatas, 2005, p. 105). Los resultados de dichas condi-
86 Los riesgos psicosociales
ciones de malestar pueden reducir la eficiencia, influenciar el estado de salud
psicofísica y causar accidentes y enfermedades profesionales.
El análisis de los riesgos psicosociales en el interior de las organizaciones
se puede realizar mediante un análisis de factores como la organización y los
procesos de trabajo (planificación del horario de trabajo, nivel de autonomía,
carga de trabajo, etc.); las condiciones y el ambiente de trabajo (exposición
a comportamientos ilícitos, al ruido, al calor, a sustancias peligrosas, etc.); la
comunicación (incertidumbre sobre las expectativas respecto al trabajo, pers-
pectivas de ocupación, cambios futuros, etc.); los factores subjetivos (presiones
emotivas y sociales, sensación de no poder enfrentar la situación, percepción
de falta de ayuda, etc.); y se puede efectuar en diferentes niveles: 1) Nivel in-
dividuo–lugar de trabajo: incluye factores vinculados con la tarea (carga de
trabajo, ritmo de trabajo, estructura temporal de la jornada, activación psi-
cológica, nivel de atención requerido, niveles de autoeficacia y autoestima re-
queridos, gratificación personal y afectiva obtenida); factores vinculados con
el contexto físico-medio ambiental (efectos directos e indirectos de ruido,
microclima, sustancias peligrosas); factores vinculados con la relación de tra-
bajo (condiciones contractuales, correspondencia entre expectativas de rol y
expectativas personales, tipo de relaciones con interlocutores externos, niveles
de responsabilidad personal, nivel de innovación); 2) Nivel individuo–grupo:
incluye factores vinculados con relaciones interpersonales (clima de grupo,
apoyo social, respecto de las diversidades, identificación en el grupo, participa-
ción afectiva, estilo de comunicación, credibilidad del líder); factores vincula-
dos con las relaciones con jefes y subordinados (estilo gestional y de liderazgo,
grado de disponibilidad recíproca y del reconocimiento recíproco, sentido de
recíproca responsabilidad); 3) Nivel individuo–organización: incluye factores
vinculados con el contexto organizativo (tipo/calidad de la estructura organi-
zativa, estabilidad organizativa, sistemas de gestión de los horarios de trabajo,
sistemas de comunicación interna, sistema de retribuciones, sistema de pre-
mio); factores vinculados con procedimientos y políticas organizativas (regla-
mentos y procedimientos, políticas de inversión en la formación e instrucción,
políticas del personal respecto a contrataciones y trabajo precario, desarrollo
de carrera y oportunidad de obtener ascensos).
A partir de las evaluaciones efectuadas se pueden realizar según la norma-
tiva vigente, itinerarios de prevención y formación específicos, que fomenten
una cultura de seguridad que se puede difundir sólo mediante estructuras y
personal altamente cualificados y de gran profesionalidad y con salud y, una
vez pasada la prevención del malestar, incluso mediante la concepción de un
trabajo que no sea sólo factor de producción de cosas o servicios, sino sobre
todo productor de valores para el individuo, en el interior de una red de rela-
ciones interpersonales, que siempre es bueno considerar el instrumento privi-
legiado para conseguir el bienestar (Amerio y Croce, 2000).
Tiziana Ramaci 87
6. Conclusiones
De lo descrito en el presente trabajo se destaca una consideración impor-
tante sobre los riesgos psicosociales como resultado de la interacción dinámica
entre la persona y el contexto en el cual trabaja la misma: el riesgo psicológico,
por lo tanto, se debe evaluar, no sólo considerando las dificultades relaciona-
das con el ambiente o el rol profesional sino también considerando los factores
personales que pueden predisponer al sufrimiento emocional. Toda relación
humana está influenciada por fantasías, expectativas, respuestas emocionales,
temores y actitudes defensivas, reacciones vinculadas con esquemas psico-
lógicos subconscientes construidos sobre la base de las experiencias pasadas
que se hacen evidentes, influenciando el comportamiento, sobre todo en las
condiciones de inseguridad (estrés o peligro). Las manifestaciones de estrés
constituyen sólo un segmento de las posibles manifestaciones de malestar la-
boral en el interior de estructuras donde son particularmente insidiosas puesto
que debilitan selectivamente la capacidad de sentir y relacionarse con el otro.
El estrés psicosocial en el trabajo no se puede considerar más un problema
ocasional e individual. El mismo está asumiendo proporciones típicas de un
fenómeno global, con costes crecientes para las empresas y para la sociedad y
se debe afrontar con medios eficaces e innovadores privilegiando estrategias
para la identificación y la eliminación de las causas más que al tratamiento de
sus consecuencias.
La ausencia de intervenciones preventivas precoces reduce la posibilidad
de una gestión adecuada del recurso humano y de sus problemáticas relativas
al estrés ocupacional y al burn-out, con el riesgo de forzar la estructura ha-
cia políticas de defensa. El fracaso de una política de prevención determina,
de hecho, un cortocircuito institucional en donde la estructura de referencia
corre el riesgo de fracasar su misión de promoción y tutela de la salud de sus
empleados. En cambio una mayor inversión en políticas de prevención e inter-
venciones en la persona, tanto en ámbito social ampliado como en el interior
de los lugares de trabajo, evitaría la marginación de los sujetos que presentan
un malestar o son portadores de instancias que provocan malestar.
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Capítulo 4
La teoría cultural del riesgo
Juan Martínez Torvisco
Gevisa La Rocca*
1. Introducción
El riesgo ha sido el escenario de algunos de los debates más interesantes en
las ciencias sociales de los últimos años. De hecho, el riesgo ha dejado de ser
propiedad exclusiva de las ciencias físicas, donde fue tratado como algo que
debería evaluarse y estimarse cuantitativamente solo si se pudieran desarrollar
herramientas adecuadas. En cambio, ha sido abordado por filósofos, politó-
logos, sociólogos, geógrafos, antropólogos sociales y psicólogos, quienes han
aportado sus propias visiones críticas a la conceptualización del riesgo. Frente
a definiciones cuantitativas del peligro o riesgo existen, o enfoques psicológi-
cos como el paradigma psicométrico de la escuela de Oregón existen otros en-
foques como el de los antropólogos Mary Douglas y Aaron Wildavsky (1982)
quienes defienden la perspectiva cultural. Desde esta perspectiva el riesgo está
determinado entre otros factores por el contexto sociocultural en el que nos
encontramos. En su libro Risk and Culture: Ensayo sobre la selección de peligros
tecnológicos y ambientales, Douglas y Wildavsky (1982) propusieron una teo-
ría cultural del riesgo que proporciona una explicación convincente para esta
variación. Según la teoría, los individuos poseen distintas preferencias sobre
* Juan Martínez Torvisco y Gevisa La Rocca son los directores del grupo de investigación
internacional e interdisciplinario. Los dos trabajaron juntos para desarrollar esta primera fase
del análisis de riesgos. Por esta razón y por la estrecha colaboración y el denso intercambio
de ideas, es imposible dividir la atribución del capítulo.
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
98 La teoría cultural del riesgo
cómo debería estructurarse la sociedad, es decir, visiones culturales del mun-
do, lo que a su vez influye en cómo evalúan y responden a los riesgos ambien-
tales. El libro de Douglas y Wildavsky ha sido citado más de 7600 veces según
Google Scholar (12-2-2018), y ha servido como base teórica para un número
sustancial de estudios empíricos.
Las personas tenemos percepciones diversas y varían considerablemente
sobre los riesgos ambientales y sus creencias de cómo se deben gestionar estos
riesgos. Algunos están muy preocupados por cuestiones como el cambio cli-
mático, la calidad del aire y la eliminación de desechos nucleares, mientras que
otros expresan escepticismo o indiferencia. Algunos prefieren que la gestión
del riesgo quede en manos de los llamados expertos y otros defienden solucio-
nes que implican un aporte y control sustancial de la comunidad.
2. La Teoría Cultural (TC)
Las teorías de corte cultural centradas en el riesgo tienen sus orígenes en la
antropología, tanto por su metodología como por sus planteamientos y sostie-
nen que las reacciones a los riesgos están determinadas por patrones de creen-
cias culturales. Los estudiosos sitúan el origen de la teoría cultural del riesgo,
en un trabajo monográfico de la antropóloga social británica Mary Douglas
(1966) sobre contaminación cultural y su desarrollo posterior, como una de las
alternativas a la perspectiva psicológica ortodoxa de la percepción del riesgo,
en la década de los ochenta (Pidgeon et al., 1992).
La TC asume la construcción social del riesgo centrándose en: la posición
filosófica en la que se sustenta el concepto de tendencias culturales, una teoría
de la selección y distribución de riesgos basada en las relaciones sociales; y los
modelos operativos que sirven de enlace entre las variables sociales y las acti-
tudes y estrategias conductuales individuales hacia el riesgo (Krimsky, 1992).
Veamos cada caso por separado.
Primero, respecto a la filosofía o ideología del riesgo hay dos posiciones
contradictorias: el riesgo que conllevan algunas actividades es una medida
objetiva o, por el contrario, es un valor cambiante influido por el contexto.
Según Rayner (1987) hay que observar en el análisis de la realidad cultural: el
relativismo y el universalismo cultural. El primero, resalta que la validez del
conocimiento depende de su relación con el contexto. El hecho de negar la
posibilidad de la comparación directa del conocimiento con la naturaleza, no
niega la existencia de bases de validación del conocimiento social ya que el co-
nocimiento científico en sí es una forma de conocimiento social. El segundo,
defiende que el conocimiento científico es independiente del contexto social y
cultural que rodea a la actividad humana que se conoce como ciencia (Agassi,
1984).
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 99
Después de Mary Douglas, las personas más influyentes con respecto al
desarrollo de la TC son Michael Thompson, Richard Ellis y Aaron Wildavsky.
En su libro Cultural Theory (1990) ellos comienzan definiendo el concepto de
cultura, debido a su imprecisión y a que no hay acuerdo sobre su contenido o
significado.
Cuando hablamos de aspectos culturales, normalmente asumimos que el
rechazo del universalismo cultural conlleva en algunos casos la aceptación del
relativismo cultural. Esta afirmación sólo sería válida, si el número de formas
en que las personas se enfrentan a las cosas fuera infinito. Thompson y Wil-
davsky (1982) sostienen la idea de que no hay tantas formas distintas de ha-
cer las cosas, sino que hay patrones de conducta que son accesibles y factibles
de descripción. Esta afirmación no debe entenderse como una síntesis de las
tradiciones relativista y universalista, sino como el rechazo de ambas. Thomp-
son y Wildavsky rechazan la fluidez culturalista, es decir, consideran la cultura
como una especie de reflexión o racionalización de la acción social. También
rechazan que la cultura sea ese libro de reglas de la vida social, transmitida de
generación en generación y que no está sujeto a modificaciones. Ellos señalan
que la cultura es moldeable y variable: “nosotros somos individuos creativos,
entiéndase constructivos, tanto física como mentalmente, para quienes la cul-
tura es una cosa bastante provisional que necesita ser hecha de nuevo todas las
mañanas, o al menos arreglada y modificada” (p.146). Asimismo, defienden
que hay algunas tendencias culturales o sesgos, correspondientes a creencias y
valores compartidos, que justifican diversos comportamientos. Estas tenden-
cias son estables, limitadas, diversas, contradictorias y pueden ser identifica-
das en diferentes contextos y sociedades, aunque de manera precaria, por su
cosmología (worldviews). Se entiende cosmología como sinónimo de creencias
y describe las convicciones que posee el grupo acerca de la forma en que la
sociedad protege y justifica los juicios morales. Según estos autores la percep-
ción del riesgo se podría predecir con instrumentos que contuvieran los cinco
sesgos culturales o cosmovisiones.
Dake utilizó veinte ítems (cinco por cada sesgo cultural) de la edición bri-
tánica del cuestionario Dake’s Cultural Biases Questionnaire (Dake, 1992), fue-
ron traducidos al español e incluidos en el cuestionario. Estos ítems se enu-
meran en la Tabla 1 y se calificaron como Escala de 5 puntos de totalmente en
desacuerdo a totalmente de acuerdo. Los cinco ítems para cada sesgo cultural
se usaron para construir, por adición, cuatro escalas enteras separadas, cada
una con un puntaje mínimo de 5 y un puntaje máximo de 25.
La TC explica la construcción social del riesgo refiriéndose a tres dominios
fuertemente entrelazados: las tendencias culturales, las relaciones sociales y las
estrategias conductuales. Desde la teoría cultural, el contexto social determina
en los individuos su particular tendencia o sesgo cultural y les lleva a justifi-
100 La teoría cultural del riesgo
Tabla 1 - Factores utilizados por Dake (1992)
car su cosmología (conjunto de creencias compartidas acerca del mundo). La
hipótesis de la relación del individuo y su contexto social está diseñada para
entender al mismo no como una entidad aislada, sino como un ser social. Esta
teoría postula que las percepciones de riesgo reflejan y refuerzan las preferen-
cias de los individuos por varios tipos de organización social o modos de vida
culturales. Estas preferencias a menudo se conocen como cosmovisiones cultu-
rales. Por tanto, Thompson et al. (1990) proponen una definición que combina
las existentes y divergentes y que consta de tres elementos mencionados: 1.
Sesgos culturales, que se refieren a valores y creencias compartidos. Los sesgos
son las teorías implícitas que las personas tienen sobre el mundo, lo que les
permite dar sentido a una variedad de información que de otro modo sería
desconcertante. Un sesgo cultural se refiere al piloto automático que es respon-
sable de muchas decisiones que se toman en la vida cotidiana y es comparable
a los heurísticos tal como lo definen los teóricos de la decisión. 2. Relaciones
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 101
Figura 1 - Teoría cultural del riesgo (TCR). Modelo basado en Thompson
et al. (1990)
sociales, que se refieren a patrones de relaciones interpersonales 3. Formas de
vida, que son combinaciones de prejuicios culturales y relaciones sociales y
comparables con nuestra comprensión de las perspectivas y la comprensión de
Douglas de las estructuras sociales.
De acuerdo con la teoría, las cosmovisiones pueden caracterizarse por su
ubicación dentro de un espacio bidimensional, al que Douglas y Wildavsky
(1982) se refieren como grupo (group) y rejilla o cuadrícula (Grid). La dimen-
sión de grupo refleja la medida en que los individuos se comprometen con
estructuras sociales que fomentan fuertes lazos sociales, identidad colectiva y
cooperación (grupo alto) en lugar de enfatizar las diferencias individuales, la
autosuficiencia y la competencia (grupo bajo). La dimensión rejilla refleja un
compromiso con la estratificación social basada en roles o clases (cuadrícula
alta) versus la creencia de que no se debe excluir a todos los individuos de la
sociedad de los roles sociales en función de su sexo, edad o color (cuadrícula
baja). Cuando se combinan, las dimensiones de grupo y rejilla o cuadrícula
generan una matriz de 2 X 2 reflejando cuatro cosmovisiones culturales: iguali-
tarismo, individualismo, jerarquismo y fatalismo (Thompson et al., 1990; Ripp.
2002; Xue et al., 2014). Asimismo, los posibles daños ambientales asociados a
algunas iniciativas tecnológicas han comportado la consideración de nuestro
contexto social en términos de sociedades del riesgo (Beck, 2009).
102 La teoría cultural del riesgo
Dake (1991) sostiene que las medidas y sus variaciones representan el en-
foque dominante para evaluar las visiones del mundo propuestas por la TC
y se han empleado en docenas de estudios centrados en riesgos ambientales,
tecnológicos y de otro tipo. Según Wildavsky y Dake (1990), los igualitaristas
están se caracterizan por altos niveles de preocupación por la injusticia social,
sospecha de autoridad, alta tolerancia a la desviación social y muestran un
fuerte apoyo a la democracia participativa y la toma de decisiones basada en
el consenso. Los individualistas tienden a temer restricciones a su autonomía y
favorecen la desregulación, soluciones de mercado libre y oportunidades para
que las personas maximicen sus ganancias personales. También tienden a te-
ner una visión ilimitada de la naturaleza en la cual el suministro de energía y
recursos de la Tierra es prácticamente inagotable, particularmente a la luz de
los avances continuos en tecnología para exploración y extracción.
Los defensores del modelo jerárquico defienden mantener las estructuras
de poder existentes que protegen sus intereses. Temen la desviación social que
amenaza el statu quo y se someten a los expertos, que también son miembros
de los órdenes sociales dominantes, al evaluar la magnitud de los riesgos. Fi-
nalmente, los fatalistas sostienen altos niveles de desconexión y creen que gran
parte de lo que sucede en la sociedad está fuera de su control (Dake, 1992). Un
principio clave de la TC es que las personas exhiben riesgo percepciones que
generalmente son consistentes con su estructura preferida de organización so-
cial (Kahan, 2012). Es decir, los individuos perciben las cosas como peligrosas
si amenazan su modo de vida cultural preferido. Por ejemplo, los individua-
listas tienden a desdeñar los riesgos medioambientales y tecnológicos porque
dan crédito a tales los riesgos invitarían a restricciones en el comercio y la
industria, dos aspectos de la sociedad moderna que valoran. Del mismo modo,
los que amparan el punto de vista jerárquico también tienden a descontar los
riesgos ambientales y tecnológicos, dado que reconocer ese peligro podría con-
siderarse como acusaciones implícitas de competencia y autoridad de las élites
sociales (Kahan, 2012). Los igualitarios ven el comercio y la industria como
importantes fuentes de desigualdad social y, como tales, son más propensos
a considerar que los riesgos ambientales y tecnológicos asociados con estos
esfuerzos son inaceptables. Dado su nivel generalmente alto de desconexión y
locus de control externo, los fatalistas tienden a ser indiferente al riesgo.
La TC podemos decir que permite explicar la percepción e interpretación
del riesgo, por esta misma regla deberíamos esperar que produjera una inves-
tigación sólida y de alta calidad para respaldar las explicaciones hipotéticas
(Boholm, 1996). Sin embargo, el apoyo empírico para esta teoría ha sido sor-
prendentemente escaso (Raynes, 1992; Sjöberg, 1987; 1998).
Un buen trabajo de revisión de la literatura de la teoría cultural desarrolla-
do por Oltedal et al. (2004) concluyó que el apoyo a esta teoría no había sido
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 103
todo lo destacado que cabría esperar. Algunas críticas a la TC fueron realizadas
por Boholm (1996). Este autor analizó a fondo algunos puntos críticos sobre
la TCR. La primera crítica es que algunas de las conclusiones relacionadas con
las predicciones de tipología pueden estar contenidas en las premisas y, por lo
tanto, tales predicciones no pueden considerarse como hipótesis apropiadas.
La teoría también presupone una correspondencia entre el modo de vida y la
orientación individual. A pesar de que se abstiene de utilizar la personalidad
como concepto exploratorio. Según Boholm (1996) la TC se relaciona clara-
mente con la personalidad como un concepto explicativo. Además, la teoría
presupone una meta-racionalidad al elegir entre formas de vida. Sin embar-
go, muy poca evidencia respalda la idea de que los individuos elijan delibera-
damente sus entornos institucionales (Bourdieu, 1977). Una segunda crítica
plantea que, no nos encontramos extensa evidencia empírica de la TCR. Segu-
ramente la causa de escasa explicación empírica, es artefactual y viene deter-
minada por los instrumentos de medición utilizados. Quizás el instrumento
de medición no mida los aspectos relevantes de la cultura y deba ampliarse
para incluir otros aspectos. La capacidad explicativa de la TC puede ser fácil-
mente sobreestimada. La teoría describe tendencias, disposiciones y cosmovi-
siones. Es poco probable que la TC pueda predecir las percepciones de riesgo
en situaciones específicas. Los estudios deberían probar la teoría a través de
las situaciones para ver si aparece alguna pauta o alguna tendencia que nos
permita extraer conclusiones duraderas. Para determinar si la cosmovisión y la
cultura pueden predecir la percepción del riesgo, se necesitará una agregación
sistemática de las situaciones de riesgo. En los estudios llevados a cabo, dada
la deficiencia artefactual, el concepto cultura no queda suficientemente claro
y es labor de los investigadores acotar dicho concepto. Además, los instru-
mentos de medición deben ser desarrollados y comparados con los hallazgos
de estudios en diferentes áreas. Se beneficiarían de una comparación de una
manera que permita ver si las visiones del mundo reflejan diferentes patrones
de percepciones de riesgo, no simplemente centrarse en quién obtiene el ni-
vel más alto de varianza explicada. Asimismo, enriquecería la investigación si
se desarrollaran algunos instrumentos de corte cualitativo, donde permitiría
aprehender las citadas cosmovisiones sin el carácter cerrado de las encuestas
cuantitativas.
3. La Teoría Cultural del Riesgo
Como se ha apuntado más arriba, la teoría cultural explica la construcción
social del riesgo en virtud de tres elementos entrelazados. El segundo elemento
hacía referencia a las relaciones sociales (en la medida que éstas plantean for-
mas de organización social con diferentes pautas de comportamiento ante el
riesgo) y la selección y distribución del riesgo.
Los teóricos del modelo cultural presentan una teoría general de la selec-
104 La teoría cultural del riesgo
ción del riesgo que se basa en el enfoque funcionalista de la supervivencia
cultural: las actividades denominadas arriesgadas son percibidas de manera
diferente por unas personas que por otras en función de su sistema de creen-
cias. Este sistema actuaría de manera operativa con la TCR, facilitándole el
enlace causal o estructural entre lo social y la elección de riesgos. También este
sistema de creencias define las afiliaciones, tanto culturales como organizacio-
nales, de los individuos. Es decir, el análisis de la estructura social y la norma
social permite explicar la conexión entre la selección individual de riesgos, la
afiliación organizacional y el contexto social.
La TCR ha identificado algunos aspectos relevantes del tejido social (social
fabric en palabras de Short, 1984), para la mejor comprensión de la aceptabili-
dad y la percepción del riesgo. No obstante, ha habido, además de esta teoría,
otros intentos de explicar la conexión entre la percepción del riesgo y perspec-
tivas más holísticas (véase el caso de Buss, Craik y Dake, 1986, o el de Cotgro-
ve, 1982). Por otro lado, aunque esta perspectiva de estudio de la construcción
social del riesgo mejora el conocimiento que tenemos de los fenómenos rela-
cionados con el riesgo, resulta por si sola insuficiente. No obstante, estamos de
acuerdo con Douglas y Wildavsky (1982) cuando afirman “la orientación cul-
tural permite resolver las principales cuestiones planteadas por la controversia
individual/contextual sobre el riesgo y muestran la inadecuación de dividir el
problema entre riesgos físicos calculados de forma objetiva y riesgos físicos
basados en sesgos de las percepciones subjetivas” (p.194).
Douglas y Wildavsky (1982) afirman que las personas definen y perciben
a los riesgos de forma diferente en distintos contextos culturales. Por ello, en
sociedades modernas tan complejas como las occidentales se espera que haya
considerables desacuerdos entre los distintos grupos humanos, de acuerdo con
la perspectiva cultural, las creencias culturales y la visión del mundo determi-
nan cómo experimentan e interpretan los riesgos las personas. Según esto exis-
ten diferentes tipos de personas, en función de la interpretación que hagan del
mundo. Las respuestas al riesgo son una función de los sistemas culturales de
creencias. Las variables sociológicas permiten distinguir entre el acercamien-
to individualista (estructura cognitiva) y el contextualista (estructura social o
cultural). Douglas y Wildavsky (1982) afirman que las principales cuestiones
planteadas por la controversia individual/contextual sobre el riesgo muestran
la inadecuación de dividir el problema entre riesgos físicos calculados de for-
ma objetiva y riesgos físicos basados en sesgos de las percepciones subjetivas
(p. 194).
Desde la TC, el contexto social determina en los individuos su particular
tendencia o sesgo cultural y les lleva a justificar su cosmología (conjunto de
creencias compartidas acerca del mundo). La hipótesis de la relación del indi-
viduo y su contexto social está diseñada para entender al mismo no como una
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 105
Tabla 2 - Modelos de las cuatro culturas. Adaptado de Douglas 1970 y
1982
entidad aislada, sino como un ser social. El tercer elemento hace referencia al
vínculo entre comportamiento y preconcepciones. El desarrollo de modelos
operativos que enlazan las variables sociales del riesgo con las variables in-
dividuales, ha permitido la proliferación de estudios empíricos donde se re-
lacionan las creencias representativas de los diferentes prototipos culturales
con las actitudes de los sujetos hacia los riesgos (Wildavsky y Dake, 1990). Sin
embargo, no existe unanimidad en el número ni naturaleza de los patrones
culturales, encontrando conceptualizaciones que enfatizan que debe obviarse
la preocupación por unos contenido necesariamente cambiantes y centrar la
investigación en su estructura y relaciones funcionales, por ejemplo Douglas
y Wildavsky (1982) distinguen entre patrones culturales centrales y periféricos;
mientras que en otras ocasiones se ha recurrido a los contenidos, por ejemplo
Cutter (1993) distingue entre tecnocéntricos y ecocéntricos y Cotgrove (1982)
entre catastrofistas y optimistas. También se ha diferenciado los puntos de vista
culturales en relación con la percepción del riesgo ambiental atendiendo a una
organización dimensional que combine estructura y contenidos. Por ejemplo,
Rayner (1987) señala cuatro patrones o prototipos culturales: empresario, je-
rárquico, fatalista e igualitario y Thompson (1980) presenta cinco patrones
culturales: jerárquico, individualista, igualitario, fatalista y autónomo. Por tan-
to, es Thompson (1980) quien ha propuesto la clasificación más elaborada de
organización social, con estos cinco patrones culturales o pautas de comporta-
miento en lugar de los cuatro ya descritos. Los tipos de patrones culturales se
generan cuando utilizamos dos dimensiones del contexto social, en este caso
utilizamos la terminología de Dake (1992): una de ellas denominada normas
sociales (`grid’ en la versión original), representa y ordena las creencias de los
individuos sobre cómo organizarse una sociedad, bien desde un punto de vista
altamente estratificado y con roles muy diferenciados, en un extremo, a po-
siciones más igualitarias y con una ausencia total de jerarquía en el otro. Por
tanto, se ocupa de la medida en que aceptamos y respetamos un sistema jerár-
quico de normas sociales o reglas de actuación impuestas. La otra dimensión
llamada agrupamiento (`group’ en la versión original), es una recta en el que
106 La teoría cultural del riesgo
se sitúan los individuos en función de la valoración que dan al individualismo.
En un extremo, la meritocracia e independencia del individuo, en el otro el
reconocimiento de la interdependencia y codependencia de las personas en
una sociedad. Es decir, indica el grado de interacción del grupo. En algunos
casos esta última dimensión coincide con la identificación de los sujetos con
el grupo. Esta dimensión está centrada en cómo los individuos se ubican con
respecto al grupo. Los tipos de patrones se diferencian en el grado en que estas
dos dimensiones están presentes (Figura 1).
Los patrones obtenidos por Thompson (1980) de relaciones interpersona-
les para definir las relaciones sociales, al unir las dimensiones normas sociales
/agrupamiento son los siguientes: Los denominados jerárquicos (altos niveles
en apoyo a la norma social y alta agrupamiento), también conocidos por bu-
rócratas por algunos autores, confían en reglas y procedimientos para resolver
la incertidumbre. Los jerárquicos o burócratas creen en la efectividad de las
prácticas y habilidades organizacionales. Confían en las instituciones, por ello
no hay necesidad de preocuparse por los riesgos, dado que las instituciones
son eficaces para controlar los mismos. Para este modelo cada organización
social es un complejo entramado jerárquico de distinción de estatus, órdenes,
prácticas restrictivas, canales adecuados y procedimientos.
Los llamados individualistas (bajos niveles de apoyo a la norma social y
bajos niveles de agrupamiento), también conocidos como empresarios. La
estrategia de los individualistas en cuanto al control del riesgo es la falta de
normas, ya que priman las decisiones que proceden del juicio personal más
que del control colectivo (Rayner, 1988). Los individualistas están libres de las
obligaciones grupales y se colocan en el centro de una red personal extensa que
él mismo ha creado. Los individualistas son el resultado de su propia gestión
económica y consideran negociable cualquier cosa (se dice algunas veces de
este tipo de individuos que venderían a su madre si fuera preciso). Estos indi-
viduos son considerados materialistas y pragmáticos.
Un tercer grupo son los conocidos como igualitarios (bajos niveles de nor-
mas social y altos niveles de agrupamiento). Los individuos igualitarios resal-
tan la cooperación y la igualdad antes que la competencia y la libertad. Los
grupos igualitarios son muy críticos con la racionalidad de los procedimientos
asociada a la jerarquía, ya que prefieren acercamientos a las políticas de riesgos
que fomenten la igualdad de resultados. Promueven la construcción de temas
relacionados con el riesgo en términos éticos, ya que esto les permite centrarse
en las dimensiones sociales y políticas de las tecnologías y criticar a las institu-
ciones responsables del control del riesgo.
Una cuarta categoría o fatalista (altos niveles de norma social y bajos nive-
les de agrupamiento), son individuos con poco control sobre los hechos en el
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 107
espacio y en el tiempo. Este es el contexto social del eclecticismo inconsistente
y sobre todo de la Diosa Fortuna, como la proveedora y mantenedora de todos
los recursos. Los fatalistas pueden haber sido excluidos de las otras formas
de organizar la vida social, es decir, aquellos que no pueden competir con lo-
gros en mercados, que no reúnen los mínimos patrones sociales de los grupos
jerárquicos, y que no pueden conseguir el tiempo, la energía o los recursos
necesarios para la participación política (Thompson et al., 1990). Los fatalistas
perciben la vida como una lotería en la cual ninguna estrategia específica de
control del riesgo es mejor que otra.
Por último, se encuentran los autónomos o solitarios (niveles intermedios
de norma social y niveles intermedios de agrupamiento). Este es el quinto
grupo de individuos, producto del modelo bidimensional analizado, a veces
ausente en la literatura científica occidental. En este espacio se encuentran los
individuos que han decidido deliberadamente implicarse al mínimo en las re-
laciones sociales obligatorias. Renn (1992) cree que los individuos autónomos
son los posibles mediadores de los conflictos de riesgos, puesto que establecen
alianzas con los otros cuatro grupos. Thompson (1980) describe a los autó-
nomos como evaluadores a corto plazo del riesgo. La TCR ha sido analiza-
da desde diversas perspectivas. En el año 1998 se analizó en una muestra en
Francia (Brenot et al., 1998). Martínez-Torvisco et al. (2017) presentaron un
trabajo que comparaba tres países, por un lado, Italia, también Polonia, junto
con participantes de España con el objetivo de replicar los estudios previos y
de contrastar si existían diferencias en los modos de percibir el peligro entre
los países del norte frente a los del sur. Para ello se compararon un total de 552
participantes (186 participantes polacos, 180 italianos y 186 españoles, quienes
contestaron a la Escala de la TCR (Dake, 1992).
Los resultados obtenidos en términos de comparación de tres muestras de
contextos culturales diferentes. Estos resultados se discuten en términos re-
producción del espacio factorial original, así como de las diferencias posibles
en la evaluación del peligro en los tres países y se comparan con otros estudios
realizados al respecto. Los resultados apuntaban a que en el factor igualitaris-
mo Italia es significativamente más igualitaria que España e Italia y entre los
polacos y los españoles no hay diferencias significativas en la dimensión igua-
litarismo. En cuanto al factor fatalista, Italia es significativamente más fatalista
que España. Entre los polacos y los españoles no hay diferencias significativas
en la dimensión fatalismo. Pero en ambos países las medias de fatalismo son
bajas. Es decir son poco fatalistas. En cuanto a la dimensión individualista,
hay diferencias significativas en el concepto individualista en los tres países.
Siendo Polonia la más individualista, seguida de España y en tercer lugar Italia
con poco individualismo. Por último, el factor jerarquía, Italia es altamente
jerárquica habiendo diferencias con Polonia y España. Entre España y Polo-
108 La teoría cultural del riesgo
nia no existen diferencias en el concepto jerarquía. Siendo España la menos
jerárquica.
4. Teoría de los modelos relacionales
Una teoría que plantea en gran medida elementos equivalentes a las rela-
ciones sociales descritas por Thompson (1980), es la teoría de los modelos re-
lacionales. Esta teoría defiende que la cognición social se puede reducir a mo-
delos básicos de sociabilidad. Las personas construyen complejas y variadas
maneras de relación utilizando cuatro modelos (Fiske, 1992): ordenación au-
toritaria (Authority ranking), mercantilismo (Market pricing), reparto comu-
nitario (Communal sharing), y comparación equitativa (Equality matching).
El modelo ordenación autoritaria se basa en la asimetría entre las personas
que están linealmente ordenadas en una dimensión jerárquica. Las personas
que están más arriba en la jerarquía tienen un mayor prestigio, privilegios y
prebendas. La teoría de los modelos relacionales defiende que cuando las per-
sonas piensan en términos jerárquicos, aquellos situados en la parte alta de la
jerarquía son vistos como poseedores de mejor estatus. El segundo modelo,
mercantilismo se basa en la proporcionalidad en las relaciones sociales. Es un
modelo de intercambio voluntario y negociado, en el cual se emplea una mé-
trica sencilla, como la utilidad o el dinero. El tercer modelo, o reparto comuni-
tario, es un modelo en el cual las personas son miembros del colectivo de una
forma equivalente e indiferenciada. Los miembros del grupo se relacionan de
forma equitativa, se centran en las comunalidades y no tienen en cuenta las
diferencias individuales. El cuarto modelo se conoce como comparación equi-
tativa y se basa en el equilibrio de correspondencia uno por otro. Las personas
están especialmente interesadas en si las relaciones están equilibradas, valoran
la igualdad y prefieren tener tanto o tan poco como el resto de sus compañeros
en una relación.
No obstante, la clasificación que ha tenido una mayor operacionalización
y un mayor desarrollo empírico ha sido la de Rayner (1987). Concretamente,
en un estudio llevado a cabo en el servicio de Radiología de un Hospital (Ray-
ner, 1987; Rayner y Cantor, 1987) se puso a prueba los elementos del modelo
descrito anteriormente. Este autor establece cuatro categorías de individuos
utilizando la combinación de elementos procedentes de las dimensiones nor-
mas sociales/agrupamiento. Estas son: individualista, jerárquico, igualitario y
fatalista. Todas estas categorías han sido identificadas entre otros por Marris,
Langford y O’Riordan 1998; Slovic, 1992; Brenot et al. 1998; Steg y Sievers,
2000; Rippl, 2002; Sjoberg, 2003 y 2004; Kahan et al. 2007; Xue et al., 2014) por
científicos sociales, aunque no han sido tratadas en su totalidad ni tampoco de
una forma sistemática. Del mismo modo estas categorías son dinámicas, los
individuos pasan de unas a otras y por lo tanto son de algún modo dueños de
su propio destino.
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 109
5. La Cognición Cultural
Cuando ya estábamos acostumbrados a hablar de cognición social aparece
una nueva cognición, la cultural. Este nuevo concepto se está poniendo a prue-
ba por científicos sociales esta cognición cultural plantea que los individuos
están motivados por una diversidad de procesos psicológicos para elaborar
creencias sobre actividades supuestamente peligrosas que coinciden con las
evaluaciones culturales que ellos realizan. Al igual que la nomenclatura de
Thompson (1990) las personas que sostienen valores relativamente individua-
listas, para valorar el comercio y la industria y son propensos a no creer que
tales actividades presenten serios riesgos ambientales. Serían personas que mi-
nimizarían los efectos de actividades peligrosas. Sin embargo, las personas que
defienden valores relativamente igualitarios y comunitarios, según la división
realizada por Kahan (2006) suscribirían fácilmente las amenazas de los riesgos
ambientales, lo que es consistente con su sospecha moral del comercio y la
industria como fuentes de desigualdad y símbolos de auto asistencia excesiva
(Kahan, 2006; 2010).
Según Kahan (2008) la cognición cultural de las percepciones del riesgo
plantea tres mecanismos: la asimilación o polarización de los sesgos culturales;
el heurístico de credibilidad cultural y finalmente la cognición protectora de
la identidad (Kahan et al., 2007) En un estudio realizado por el propio Dan
Kahan con una muestra representativa de 1.850 adultos encontró evidencias
de las cosmovisiones culturales, así como en otro estudio con 1.500 sujetos
mostró las cosmovisiones culturales: jerarquía-igualitarismo e individualis-
mo-comunitarismo. Las nuevas escalas creadas al margen de las desarrolla-
das en la TC consisten en dos medidas continuas. La primera, denominada
como jerarquismo-igualitario, evalúa la preferencia de los individuos por las
orientaciones culturales de la rejilla baja y alta. El segundo, etiquetado como
individualismo-comunitarismo, (ver Figura 2) refleja las preferencias por una
orientación grupal débil frente a una fuerte. Kahan (2012) argumentó que sus
escalas de cognición cultural tienen varias ventajas en relación con las medi-
das de Dake (1992). En particular, exhiben niveles más altos de consistencia
interna, trazan un mapa más directamente sobre las dimensiones de grupo y
rejilla o cuadrícula de Douglas y Wildavsky, y evitan problemas relacionados
de indeterminación lógica. La escala de cognición cultural evita este problema
al proporcionar a cada encuestado un puntaje único para grupo y un puntaje
único para la rejilla o cuadrícula, generando un conjunto único de coordena-
das en el espacio cultural bidimensional definido por la teoría.
La cognición cultural presenta algunas evidencias apoyadas por estudiosos,
la primera consiste en los datos obtenidos de encuestas generales que sugieren
que los valores de los individuos predicen con mayor fuerza sus percepciones
110 La teoría cultural del riesgo
de riesgo que otras características como la raza, el género, el estado económi-
co y las orientaciones políticas (Kahan y Braman, 2006; Kahan et al., 2006).
El segundo tipo de evidencia consiste en experimentos que identifican pro-
cesos psicológicos discretos que conectan los valores de los individuos con
sus creencias sobre el riesgo y los hechos relacionados. Tales experimentos
sugieren, por ejemplo, que los individuos de forma selectiva defienden o des-
cartan la información de una manera que refuerce creencias compatibles con
sus valores. También muestran que los individuos tienden a ser más proclives
a ser persuadidos por los expertos en políticas que perciben que tienen valores
similares a los suyos en lugar de aquellos que perciben que tienen valores dife-
rentes de ellos (Kahan et al., 2010).
De la cognición cultural del riesgo se derivan tres implicaciones: 1) la posi-
tiva o falacia de iluminación espontánea; 2) la normativa o cognición cultural
como sesgo y 3) la prescriptiva o evitación del sesgo deliberativo. Pero la cog-
nición cultural no aparece de la nada, es un descendiente de otras dos teorías
de la percepción del riesgo. La primera aportación viene de la mano de la TCR
Figura 2 - Esquemas de las cosmovisiones de la cognición cultural
(Kahan, 2006)
vinculada a Mary Douglas y con Aaron Wildavsky (Rayner, 1992). Tiene su
origen en la afirmación que los individuos asisten selectivamente a los riesgos
de una manera que expresa y refuerza su modo de vida preferido (Douglas y
Wildavsky, 1982). La hipótesis de la cognición cultural descansa en el contro-
vertido libro de dichos autores, Risk and Culture: An Essay on the Technical and
Environmental Dangers.
La segunda teoría viene de la Escuela de Oregón, es el paradigma psico-
métrico, al cual Paul Slovic, miembro del Proyecto de Cognición Cultural, ha
hecho contribuciones significativas. El paradigma psicométrico vincula las
percepciones de riesgo con varios mecanismos cognitivos y sociales que gene-
ralmente evaden los modelos de elección más simples y racionales asociados
con la economía (Slovic 2000; Kahneman et al., 1982), La teoría de la cogni-
ción cultural postula que estos mecanismos median o conectan, los valores
culturales de los individuos con sus percepciones de riesgo y otras creencias
relevantes para la política.
Juan Martínez Torvisco; Gevisa La Rocca 111
La cognición cultural sostiene que la combinación de elementos de la TCR
y el paradigma psicométrico, subsana las dificultades o las deficiencias de cada
uno de ellos de modo aislado. Los mecanismos presentados en el paradigma psi-
cométrico (y en la psicología social en general) proporcionan una explicación
convincente de por qué los individuos adoptan estados mentales que se ajustan y
promueven los objetivos de los grupos, incluidos los que figuran en la TC. Lo ha-
cen, además, de una manera que evita el funcionalismo, una forma criticada de
análisis que identifica los intereses del grupo, en lugar de los individuales, como
una causa para la acción humana. Boholm (1996) y Kahan y Braman (2006) de-
fienden que la TC, promueve un papel orientador de los valores, explica cómo
los mecanismos presentados en el paradigma psicométrico pueden dar lugar a
diferencias en la percepción del riesgo entre personas que tienen valores diferen-
tes. La interrelación entre los valores individuales y las percepciones de riesgo
también pone en duda la descripción de las percepciones de riesgo derivadas de
estos mecanismos como productos de irracionalidad o defecto cognitivo.
Como cualquier teoría o modelo la cognición cultural no está exenta de crí-
ticas y de anotaciones. La crítica más completa y furibunda de la cognición cul-
tural hasta la fecha se debe a van der Linden et al. (2017), quien sugiere que la
cognición cultural carece de una verdadera dimensión cultural, que la mayoría
de sus constructos teóricos no están definidos y diferenciados adecuadamente
(ej. valores han sugerido que la cognición cultural plantea falsos dilemas en sí
misma. Van der Linden (2015) argumenta además que la cognición cultural es un
extraño bucle autorreforzante donde la polarización cultural se predice en virtud
a la observación de que la polarización cultural está presente para comenzar y
se analiza escalando artificialmente a los individuos en dos grupos polarizado-
res. También sostiene que el grado en que los mecanismos cognitivos propuestos
son generalizables (por ejemplo, el razonamiento motivado) entre los grupos es
muy exagerado en la tesis de la cognición cultural vs. cultura vs. cosmovisiones)
dando como resultado un llamado bucle extraño. Mary Douglas (2003) ha criti-
cado la cognición cultural por una concepción de valores que está modelada con
demasiada fuerza en las disputas políticas estadounidenses y que implícitamente
menosprecia la cosmovisión jerárquica. Otro autor que se muestra crítico con
la cognición cultural es Sustein (2006) quien afirma que la cognición cultural se
usa como un mecanismo heurístico, imperfecto, sin una explicación más pro-
funda del papel de la cultura. Asimismo, argumenta que, por definición, la idea
de la cognición cultural es iluminar las percepciones de riesgo solo para aquellos
riesgos que son culturalmente impugnados (p. 17). Un cuarto autor crítico con el
planteamiento de la cognición cultural es Sjöberg (1998) quien también sugirió
que la teoría (y otros basados en la teoría cultural del riesgo en general) explica
solo una pequeña fracción de la variación en las percepciones populares de ries-
go.
112 La teoría cultural del riesgo
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Capítulo 5
La comunicación social del riesgo. Una
disciplina en evolución
Gevisa La Rocca
1. Introducción
El concepto de riesgo es, sin duda, fundamental en los estudios sobre la tar-
domodernidad (Giddens, 1991; Beck, 2002) y se ha convertido en un concepto
clave para explicar las sociedades contemporáneas, vinculándose al modo en
que estas gestionan y afrontan el cambio (Furedi, 2002). El riesgo y su eva-
luación tienen que ver con el modo en que las sociedades organizan el cono-
cimiento y el papel que este juega dentro del sistema social; tienen que ver
también con: los procesos de toma de decisiones y las decisiones políticas, la
previsión de los efectos colaterales o indeseados de las decisiones y, sobre todo,
con su actualización en el futuro (Cerase, 2017). Entendido de esta manera, el
concepto de riesgo adquiere un papel fundamental en el ámbito de las ciencias
sociales, de hecho, son muchas las definiciones que se han dado de este, como
también son muchas las líneas de estudio e investigación; se ha convertido en
una especie de metateoría capaz de explicar los distintos fenómenos que se
abaten sobre las sociedades. Se utiliza para describir la fuerza y el impacto de
los eventos naturales, el cambio climático, las consecuencias de las tecnologías
nucleares y las biotecnologías, la tutela de la salud pública y hasta el terrorismo
fundamentalista y las subculturas juveniles anómalas (Lupton, 1993; Petersen,
1996; Whyne, 2002; Schehr, 2005). Es evidente que el concepto de riesgo es
una especie de paraguas teórico capaz de explicar el conjunto de aquellos fe-
nómenos que ponen en peligro a nuestra sociedad. Por tanto, tiene razón Gar-
Martínez Torvisco, J. y La Rocca, G. (Coords.) (2018) En torno al Riesgo. Contribuciones
de diferentes disciplinas y perspectivas de análisis. La Laguna (Tenerife): PASOS, RTPC.
www.pasososnline.org. Colección PASOS Edita nº 19.
118 La comunicación social del riesgo
land (2003) cuando se refiere al riesgo entendiéndolo como un problema, una
amenaza, una fuente de inseguridad, pero también como “el medio con el cual
colonizamos y controlamos el futuro” (2003, p. 49). Esto abre la posibilidad
de que el futuro se vea de alguna manera alterado por la intervención huma-
na (Zinn, 2008), postura que se enfrenta con otras acepciones del riesgo y su
impacto en el futuro, según las cuales, si el futuro estuviese, de alguna manera,
condicionado por las acciones humanas no tendría ningún sentido asociarle
un concepto de riesgo (Markowitz, 1991; Renn, 1998). Parece evidente que las
definiciones de riesgo y sus implicaciones afectan a campos semánticos y en-
foques teóricos diferentes, así como a múltiples fenómenos relacionados con
él. Este crisol polisémico ha dado vida a los risk studies, un campo de estudio
e investigación nacido a principios de los años ochenta del siglo XX (Krimsky,
1992), que poco a poco se ha ido consolidando y que trata de integrar – desde
un único punto de vista – enfoques, líneas teóricas y diferentes conocimientos
disciplinares (Burgess, 2016).
La perspectiva adoptada en este trabajo para analizar el riesgo es la de la
comunicación, en concreto, la realidad que los medios de comunicación cons-
truyen sobre este fenómeno. De aquí se desprende – como consecuencia di-
recta – que el paradigma teórico al que aquí se hace referencia es el propuesto
por Luhmann (1991), que es interesante porque profundiza en la categoría
conceptual del riesgo al distinguir entre riesgo y peligro. El peligro depende
de factores que, en cualquier caso, son o se perciben como externos respecto
a un sistema o a un campo de posibilidades definidas, haciéndolo depender el
autor del ambiente, y el riesgo, sin embargo, depende de las propias decisiones
del sistema y, por tanto, es inherente a su funcionamiento. El estudioso dedica
su trabajo a la construcción de la realidad por parte de los medios de comuni-
cación (1996) y a la capacidad de los medios de comunicación, como sistemas
observadores, de distinguir entre autorreferencia y heterorreferencia, concep-
tos mediante los cuales concluye que los medios de comunicación no pueden
simplemente considerar que ellos son la verdad, sino que tienen que construir
una realidad y construir también otra diferente de la propia. Este punto de vis-
ta permite reconocer no solo la función de los medios de comunicación, sino
también admitir la existencia de frames, es decir, marcos de interpretación,
existentes en la comunicación de la noticia y en la mente del público. Los me-
dios de comunicación no se limitan a comunicar solo el riesgo, sino que ofre-
cen una interpretación de este. La comprensión de la comunicación del riesgo
pone, por tanto, en tela de juicio: las teorías y los efectos de la comunicación,
las características de los medios de comunicación, los modelos de represen-
tación social y psicológicos vinculados a la percepción del riesgo, así como la
propia idea de democracia y participación.
Gevisa La Rocca 119
2. Riesgo y comunicación en Luhmann
La utilización y el estudio de la categoría conceptual de riesgo entra dentro
del ámbito de las observaciones de Luhmann (1991), que dedica al riesgo una
obra completa tratando de aclarar los motivos por los que se ha convertido
en un concepto relevante para describir el reciente desarrollo de la sociedad
moderna. En su descripción, Luhmann entiende la sociedad moderna como
un sistema social autorreferencial y autopoiético que, a través de selecciones,
establece cierres con el fin de tratar la complejidad ambiental. Se trata de un
proceso evolutivo que produce un aumento progresivo de dicha complejidad
interna y la consiguiente implementación de nuevos órdenes emergentes en
el sistema social. El mecanismo que permite la evolución de este proceso es
la diferenciación funcional, es decir, la formación dentro del sistema social de
sistemas parciales autorreferenciales que, a través de la reintroducción en el
sistema de la diferenciación originaria entre sistema y ambiente, se basan en
la adopción de un código específico y de funciones específicas a desarrollar a
nivel sistémico (Luhmann y De Giorigi, 1991). La evolución de la modernidad
sería consecuencia de la división de un sistema social en una pluralidad de
sistemas parciales diferenciados, no interconectados jerárquicamente entre sí,
y de un gran cambio estructural, que se manifiesta con claridad al pasar de una
diferenciación social premoderna de carácter estratificador a una diferencia-
ción moderna de carácter funcional. Dicho cambio estructural ha provocado
la pérdida de relevancia de todas las distinciones – como alto y bajo, centro y
periferia, simétrico y asimétrico, etc. – en las que se basaba el orden de las so-
ciedades precedentes y, en concreto, la pérdida de los centros reguladores del
sistema social. Es la aparición de esta articulación morfológica compleja, ca-
rente de una arquitectura jerárquica, la que marca el origen del carácter arries-
gado de las sociedades tardomodernas. En la teoría de Luhmann, complejidad
quiere decir necesidad de selección, y esta última quiere decir contingencia,
que a su vez significa riesgo. La sociedad contemporánea es, por tanto, incierta
y arriesgada pero la presencia de riesgo es una necesidad ineludible, en cuanto
dirigida a la creación de órdenes emergentes. La naturaleza arriesgada, incier-
ta y compleja de la sociedad contemporánea está vinculada – para Luhmann
(1991) – a la “sensación”. La sensación para Luhmann es un producto de la evo-
lución de los sistemas psíquicos y sociales y es producto de la selección de las
numerosas referencias contenidas en el ambiente. Se trata de un aspecto clave,
dicha referencialidad de la sensación, que permite experimentar la realidad y
ordenar la experimentación de todo aquello que al mismo tiempo se presenta
como actual y potencial. La sensación es una especie de gran reserva simbólica
de significados, que siempre supera al sistema que los actualiza. La sensación
es un médium, producto de un exceso de referencias a otras posibilidades. Se
trata, por tanto, de considerar la sensación como una manera de elaborar la
experimentación de eventos que se leen e interpretan en función de los estados
120 La comunicación social del riesgo
de un sistema, que opera y decide seleccionar unos y no otros, creando, de esta
manera, información. En consecuencia, la información asume los rasgos de la
experiencia de algo que es por definición irrepetible y que constituye la unidad
de los procesos de relación entre sistema y ambiente.
Según esta visión, la sensación correspondería a un exceso de posibilida-
des, que en nuestros sistemas sociales es una necesidad evolutiva: un requisito
fundamental para cada innovación y transformación. El revés de la medalla
es que la sensación – entendida de esta manera – aumenta la complejidad y
la incertidumbre de la sociedad contemporánea. Luhmann (1991) considera
los procesos de “selección”, “comunicación”, “decisión” y “prevención” como
las cuatro cuestiones clave con las que gestionar los riesgos en las sociedades
contemporáneas. Pero también está vinculada a la sensación la cuestión de
la creación de la realidad por parte de los medios de comunicación que, por
extensión, se asocia a la comunicación y al riesgo. De hecho, Luhmann (1996)
sostiene que, dado que la sensación es comunicable solo dentro de un contexto
de generalizaciones, lo mismo sucede también en el caso de la “causalidad”, la
cual necesita ser representada mediante la extrapolación de algunas causas y
algunos efectos. Es en esta selección de los puntos de vista sobre la causalidad,
donde se pueden originar los malentendidos, es decir, puede ocurrir que el se-
leccionador escoja su punto de vista – como único y posible – y lo comunique
a los demás haciéndolo así universal y generalizado. Los medios de comuni-
cación juegan aquí un papel fundamental, ya que parece que determinan el
modo en que interpretamos el mundo. La descripción de la sociedad que pasa
por las noticias y los reportajes no es, sin embargo, la única eficaz, ya que tam-
bién la publicidad y el entretenimiento hacen su aportación, y la hacen de for-
ma indirecta, transmitiendo a los espectadores actitudes y disponibilidad ante
unos argumentos en vez de otros. Al seleccionar eventos e informaciones los
medios de comunicación contribuyen a generar una moral compartida, o me-
jor su sensación. Ello es debido a que la categorización requiere que se deter-
mine una barrera, un límite, una frontera que establezca lo que es moralmente
deplorable o perseguible y que se transmita en televisión. De esta manera se
crea la sensación de la moral compartida. Por extensión, podemos sostener
que, si ya no nos indignamos por los fallecimientos de los inmigrantes en el
mar o por el creciente número de muertos debido a las sustancias químicas y
cancerígenas, es a causa de los medios de comunicación y de su capacidad de
crear en nosotros un límite, que establece lo que es socialmente aceptable o no,
también en términos de riesgo. Los medios de comunicación contribuyen a
crear experiencias compartidas, ya que quien acepta el contenido de un espec-
táculo, una película, un libro puede hacerlo suyo y comunicarlo a los demás,
casi como si hubiera sido una experiencia. Lo que se genera es una especie de
reflejo hipotético, en el que los medios de comunicación contribuyen a crear
una realidad social, los individuos la incorporan como propia y la traducen
Gevisa La Rocca 121
en acciones cotidianas y, a su vez, los medios de comunicación se apropian de
ella para poderla compartir con la colectividad a través de sus representacio-
nes. Precisamente en este sentido: como transformación de todo y de todos,
también la cultura es un producto de los medios de comunicación y al mismo
tiempo su coartada.
3. La comunicación del riesgo
La evolución de los modelos y de los paradigmas vinculados a la comuni-
cación del riesgo sigue el cambio de los enfoques de estudio e investigación
adoptados en el campo de la comunicación, de carácter más amplio. De hecho,
en un primer periodo prevalecieron los modelos lineales – el deficit model y
el decide-anuncia-defiende (conocido con el acrónimo DAD) –, para llegar en
un segundo momento a la teoría de la amplificación social del riesgo (ASR).
Los modelos lineales son consecuencia directa de la aplicación a la comu-
nicación del riesgo del modelo comunicativo de la teoría de la información de
Shannon y Weaver (1949). De la misma manera, en los modelos sucesivos se
puede observar siempre el contacto inevitable con las teorías comunicativas,
que se iban elaborando y con los estudios sobre los efectos de los medios de
comunicación propios de la communication research. El estudio y la práctica
de la comunicación del riesgo es relativamente reciente, la mayor parte de la
literatura hizo su aparición en los años ochenta y es consecuencia del creciente
interés por este argumento concreto de los científicos sociales.
En un trabajo de 1992 Renn acepta la definición de comunicación del ries-
go propuesta por Covello et al. (1986), para los cuales la comunicación del
riesgo es:
“cualquier intercambio intencionado de información sobre la salud o los
riesgos naturales entre partes interesadas. Más en concreto, la comunicación
del riesgo consiste en vehicular o transmitir información entre varias partes en
relación con: a) el nivel de riesgo para la salud o el ambiente; b) el significado
o el sentido de estos riesgos para la salud o el ambiente; c) las decisiones, las
acciones, o las políticas dirigidas a gestionar o controlar los riesgos sanita-
rios o ambientales. Las partes interesadas o actores implicados incluyen las
agencias públicas, las corporaciones y los grupos industriales, pero también
los sindicatos, los medios de comunicación, los científicos, las organizaciones
profesionales, los grupos de interés público y los propios ciudadanos” (p. 172)1.
Dicha definición evidencia claramente que la comunicación del riesgo se
inserta dentro de las definiciones clásicas de comunicación, que la interpretan
1 La traducción es nuestra.
122 La comunicación social del riesgo
como un intercambio intencionado de información entre actores del mismo
sistema social con el fin de compartir significados. Como en cualquier de-
finición de comunicación, en la transmisión que se produce entre emisor y
receptor, hay que distinguir entre el ruido y el mensaje dotado de objetivo o
finalidad. Si se trata de enviar un mensaje está claro que el objetivo del emi-
sor es exponer al receptor, entendido como público destinatario o target, a un
sistema de señales significativas. Está claro, además, que un envío de señales
significativas tiene como fin el alcance de un objetivo, que en este caso consiste
en la posibilidad de modificar la percepción de un problema o la imagen del
emisor. Si se acepta la premisa de que la comunicación del riesgo implica una
transferencia intencionada de información, hay que especificar – según Renn
(1992) – qué tipo de intenciones y objetivos están asociados a la comunicación
del riesgo. Hay numerosas definiciones y diferencias al respecto en la literatura
sobre qué es lo que debemos entender como objetivos propios de la comunica-
ción del riesgo. Dichas definiciones en unos casos atribuyen el objetivo al emi-
sor, es decir, al ente que se ocupa de gestionar el riesgo, y en otros al target, es
decir, a la consecución del objetivo de la comunicación en su público objetivo
(Covello et al., 1986; Zimmerman, 1987). Obviamente el objetivo específico de
la comunicación del riesgo ha planteado numerosas controversias, pero existe
acuerdo en que el objetivo de la comunicación del riesgo no puede limitarse
exclusivamente a una lista de peligros, sino que debe también influir en la per-
cepción que tienen del mismo los individuos que componen el posible público
e inducirlos a un cambio de percepción o de actitud. De acuerdo con Zimmer-
man (1987) y con el National Research Council (1989), Renn (1992) enumera
tres tipos de objetivos para la comunicación del riesgo: 1) asegurarse de que to-
dos los destinatarios del mensaje son capaces de comprenderlo y descodificar
su significado; 2) inducir a los destinatarios del mensaje a cambiar de actitud o
comportamiento respecto a una determinada causa o clase de riesgo; 3) sentar
las premisas para un debate racional sobre las causas de riesgo de manera que
todas las partes implicadas puedan participar en su resolución.
A estos tres puntos, ya que ha transcurrido cierto tiempo desde su formu-
lación, habría que añadir un cuarto punto relativo a la comprensión y correcta
utilización de los medios de comunicación como instrumentos de aumento o
reducción del propio riesgo.
La comunicación del riesgo tiene como principales actores a las institucio-
nes, los grupos y los individuos. El flujo de comunicación puede ser, por tanto,
entendido como un intercambio unidireccional, bidireccional o multidirec-
cional entre estos actores, pero también como una metacomunicación que se
desarrolla dentro de cada sistema. Cabe pensar que en esta pirámide de actores
los individuos ocupan el micronivel, los grupos el mesonivel y la sociedad el
macronivel.
Gevisa La Rocca 123
La clasificación de las situaciones comunicativas ofrece un enfoque siste-
mático para vincular las funciones de la comunicación social del riesgo con
la estructura de la comunicación y evitar concentrarse exclusivamente en el
proceso de información entre agencias e individuos. Cruzando los niveles se
obtiene una matriz dentro de la cual es posible organizar y presentar la comu-
nicación inter-nivel e intra-nivel. En cada celda de la matriz se dibujan inter-
cambios comunicativos en los que el emisor o el destinatario se encuentran en
uno de los tres niveles de análisis: individuos, grupos sociales o instituciones
políticas (véase la tabla 1).
Si se observa la primera línea se pueden ver todas las acciones en las que
los individuos pueden verse envueltos en el ámbito de la comunicación del
riesgo. Los individuos pueden interactuar entre sí con el fin de informar a los
demás sobre los peligros potenciales, inducirles a que se protejan o ejercer su
influencia personal para mitigar la percepción de las posibles consecuencias
derivadas de la introducción de un agente de riesgo, como por ejemplo los
alimentos genéticamente modificados. Además, las personas pueden intentar
convencer a sus conciudadanos de que vale la pena correr un riesgo. Los indi-
viduos, cuando se dirigen a grupos organizados, lo hacen para influenciarles,
informarles sobre un peligro, pedir ayuda, reducir los riesgos o emprender
acciones políticas creando masa crítica. Los pocos casos en que los individuos
tratan de interactuar directamente con las instituciones o los agentes públicos
lo hacen para influir en las políticas de riesgo o transmitir su percepción del
problema a las instituciones.
Los grupos o los movimientos sociales ejercen una mayor influencia res-
pecto a los individuos cuando se ocupan de la comunicación del riesgo. Sus
destinatarios son los individuos, otros grupos y las instituciones políticas. Los
grupos sociales se dirigen directamente a las personas para informarles y edu-
carlas sobre los riesgos, pueden dar consejos sobre cómo reducir el impacto de
los eventos adversos, en concreto en las emergencias, por otra parte, su acción
puede ir dirigida también a mejorar la percepción de un riesgo y, por tanto, a
la creación de una imagen positiva. La instrucción y la información recíproca
son solo uno de los objetivos de esta comunicación. Con frecuencia, los grupos
utilizan este tipo de comunicación para mejorar su posición estratégica en la
sociedad, buscando a través de esta un reconocimiento de sus competencias
y un aumento de confianza. Además, la comunicación del riesgo puede ser
necesaria para elaborar y proyectar compromisos en situaciones de conflicto.
El flujo de información entre grupos e instituciones públicas tiene como
objetivo prioritario modificar las políticas de riesgo o regular una fuente de
riesgo. La persecución de cambios normativos puede llevar a otros cambios es-
tructurales dentro de las instituciones políticas o incluso alterar las tendencias
de los partidos políticos.
124 La comunicación social del riesgo
Tabla 1 - Objetivos de comunicación y niveles de análisis de riesgo
De ► Micro Nivel Meso Nivel Macro Nivel
A▼ Individuos Grupos Sociedad
Persuasión para la
Influencia en la deci- Cambio de políticas
educación sobre el
sión grupal de riesgo
riesgo
Individuos Solicitud de apoyo Solicitud de soporte
Aceptación del riesgo
Educación Información
Educación
Información
Educación Influencia de las políti-
Educación
Coalición cas de riesgos
Apoyo
Resolución de con- Adquisición de recur-
Persuasión para la
flictos sos sociales
reducción del riesgo
Prestigio Cambio en la cultura
Grupos Aceptación de la
Aceptación de la ges- del riesgo
gestión del riesgo
tión de riesgos Cumplimiento de las
Confianza en la com-
Confianza en la com- normas de riesgo
petencia del grupo
petencia del grupo Desarrollo de incen-
tivos para el cambio
estructural
Estrategias para la
Educación
Educación gestión y regulación
Reducción de riesgos
Reducción de riesgos del riesgo
Respuesta de emer-
Respuesta de emer- Agenda para agencias
gencia
gencia de riesgo
Aceptación de gestión
Aceptación de la ges- Reforma institucional
de riesgos
tión de riesgos Desarrollo de nuevos
Legitimación de agen-
Sociedad Confianza en las agen- paradigmas de riesgo
cias de riesgos
cias de riesgos Cambios en la cultura
Lealtad con respecto
Lealtad con respecto del riesgo
a la capacidad de
a la capacidad de Influencia de las políti-
gestión de riesgos de
gestión de riesgos de cas de riesgo interna-
la sociedad
la sociedad cionales y globales
Mediación en la reso-
Resolución internacio-
lución de conflictos
nal de conflictos
Fuente: Renn, 1991, p. 293.
Cuando son las instituciones las que se ocupan de la comunicación del ries-
go, pueden dirigirse tanto a los ciudadanos como a los grupos o los movimien-
tos, o a otras instituciones públicas que se convierten en sus interlocutores
en la gestión del riesgo. Además de la educación, la persuasión y el fomento
de la confianza, uno de los objetivos más relevantes es el de garantizar a los
individuos y los grupos que el sistema político y normativo tiene capacidad y
Gevisa La Rocca 125
está cualificado para afrontar situaciones y eventos adversos. En muchos ca-
sos, la comunicación del riesgo puede también desempeñar una función de
mediación en los conflictos surgidos en el seno de los grupos. Merece especial
atención la interacción entre dos o más instituciones públicas. No es la presión
de la opinión pública la única que lleva a cambios estructurales dentro de la
configuración del gobierno. Las dinámicas internas de las instituciones y la
naturaleza cambiante de los problemas son también factores relevantes en los
procesos de cambio interno. En este caso se consideran agentes de cambio los
descubrimientos científicos, las modificaciones dentro de las corrientes po-
líticas, los resultados de elecciones políticas o referéndums. Además, hay un
componente internacional y global del riesgo que en este caso influye en las
instituciones más que los grupos o los individuos.
La taxonomía propuesta por Renn (1991) es útil porque señala que la co-
municación del riesgo tiene entre sus objetivos principales, además de la edu-
cación, la información y la persuasión, fomentar la confianza y tranquilizar
a los individuos y grupos en relación con la capacidad de gestión del sistema
político y normativo. Teniendo en cuenta las funciones y los objetivos de la
comunicación del riesgo no es difícil detectar puntos de contacto con: 1) la
comunicación de la institución pública cuando comunica y defiende su propia
imagen frente a los ciudadanos, y 2) con la comunicación de utilidad social
cuando fomenta o tutela la salud o comportamientos individuales necesarios
para la salvaguardia de la vida de los ciudadanos, por ejemplo: dejar de fumar,
ponerse el cinturón de seguridad, etc.
De hecho, si consideramos los riesgos para la salud o la tutela del ambiente,
no parece difícil identificar el vínculo entre los ámbitos de comunicación de
las instituciones públicas y la comunicación social del riesgo que acabamos
de citar. En este sentido, es posible imaginar una escala de objetivos en la co-
municación del riesgo por parte de las instituciones, que va del más “simple”,
entendido como necesidad de un bajo grado de implicación del destinatario,
al más “complejo”, que requiere un alto grado de implicación del destinatario.
En el primer nivel encontramos el informar y sensibilizar, que consiste en
dirigir la atención del target hacia un tema concreto aumentando el interés y la
sensibilidad por la temática afrontada.
En el segundo nivel encontramos el educar y motivar, que consiste en pro-
poner al target mensajes dirigidos a modificar un comportamiento conside-
rado perjudicial para sí mismo o para la colectividad. Para poder modificar el
comportamiento de un individuo es necesario seleccionar argumentos sólidos
que lo motiven y empujen al cambio.
En el último nivel se sitúa el impulso a la acción, que se consigue cuando el
126 La comunicación social del riesgo
individuo, el target, fuertemente motivado pone en práctica las modificaciones
solicitadas por el mensaje de comunicación (La Rocca, 2015). Cambiar no es
sencillo. Poner en práctica un cambio que llega al individuo desde fuera lo es
todavía menos. Por ejemplo, las campañas de comunicación social que piden
el uso del cinturón cuando se va al volante o no conducir en estado de embria-
guez. A pesar de que las imágenes de las campañas de comunicación son muy
explícitas sugiriendo que las consecuencias de la vulneración de dichas indica-
ciones pueden ser fatales para el individuo, a menudo el único disuasorio son
las sanciones administrativas y penales aplicables a dichos comportamientos.
Es, por tanto, difícil producir un cambio, para poder ponerlo en práctica es
necesaria una progresión de acciones que predisponga al individuo, lo haga
consciente, lo sensibilice y lo motive a llevar a cabo el cambio solicitado.
3.1 Los modelos tecnocráticos de la comunicación del riesgo
En la literatura se pueden identificar al menos cuatro enfoques conceptua-
les sobre la comunicación del riesgo. Gabrill y Simmons (1998), los agrupan
en dos categorías, por una parte, la que definen como los enfoques “tecnocrá-
ticos” – tomando prestado el término de Waddell (1996) – y por la otra la de
los enfoques “negociales”, queriendo indicar con este término un conjunto de
enfoques de estudio nacido como una crítica a las propuestas tecnocráticas.
Dentro de la macro categoría de los enfoques tecnocráticos, hay dos modelos
de tipo lineal que definen la comunicación del riesgo dentro de una comunica-
ción de tipo técnico y, por tanto, en términos de transmisión de arriba abajo o
unidireccional de la información vehiculada por un “experto” a un “no exper-
to”, siendo este último el destinatario de la comunicación.
Hay también dos enfoques más recientes: uno que subraya no solo el inter-
cambio de información entre los actores, sino también contextos institucio-
nales y culturales más amplios, dentro de los que se formulan los mensajes de
riesgo; y otro que considera explícitamente la comunicación del riesgo como
parte de procesos políticos de mayor amplitud que operan (o deberían operar)
dentro de una democracia. Aquí la comunicación se considera un requisito
previo esencial para capacitar y responsabilizar a los grupos de riesgo en la
sociedad, de modo que puedan participar con más eficacia en los procesos de
toma de decisiones sobre dichos riesgos.
Los modelos técnicos de comunicación del riesgo se inspiran en el enfoque
de Shannon y Weaver (1949), dentro del ámbito del modelo comunicativo de
la teoría de la información. En este enfoque el intercambio de información se
considera al mismo nivel que una transmisión óptima de una señal/mensaje.
Los elementos que lo componen son: la fuente de transmisión que emite el
mensaje y lo vehicula utilizando un canal, el sistema de recepción de la señal,
Gevisa La Rocca 127
en el que puede intervenir una fuente de ruido, y, por último, el destinatario.
La finalidad de esta teoría es hacer pasar, a través del canal, el máximo de
información con el mínimo efecto de distorsión, minimizando las pérdidas
de tiempo y energía (Wolf, 1985). Ciertamente, no tiene en cuenta la posi-
bilidad de que el emisor y el destinatario no compartan el mismo sistema de
significación, es decir, da por descontado que la fuente y el destinatario tie-
nen la misma capacidad de descodificar el mensaje. Aunque este es uno de los
mayores límites de este enfoque, durante mucho tiempo ocupó una posición
predominante, porque define el proceso de transmisión en término lineales.
Este proceso de comunicación lineal entra dentro del esquema del modelo de-
ficitario de la comunicación del riesgo, que – en sus inicios – participa en el
debate sobre la comprensión de la ciencia y la tecnología por parte de la opi-
nión pública (Ziman, 1991; Wynne, 1991). El deficit model basa sus hipótesis
en las características de los modelos de la comunicación científica, estando
envuelta esta última por un escepticismo alimentado por el público no experto
frente a lo científico, a lo que se añade la escasa preparación del público para
afrontar temas de carácter científico y el sensacionalismo que los medios de
comunicación confieren a estos temas cuando los transmiten al gran público.
La consecuencia de estas premisas es la creación de “miedos irracionales”, de
los que serían víctimas tanto los ciudadanos como los policymakers (Wynne,
1992; Sturgis y Allum, 2004; Bucchi, 2006; Cerase, 2017). Este modelo traslada
esencialmente una visión tecnocrática de las relaciones entre ciencia y socie-
dad y los elementos sobre los que se basa son: el presuponer un escepticismo
de los ciudadanos ante los temas relacionados con la ciencia, acompañado de
una hostilidad perjudicial hacia la ciencia y la investigación; la escasa alfabeti-
zación científica y la desinformación de los ciudadanos sobre estos temas; y la
distorsión de la ciencia operada por los medios (Bucchi, 2006; Cerase, 2017).
Aunque este modelo reconoce la importancia de los medios de comunicación
para construir representaciones sociales de la ciencia, ve en ellos un peligro –
percibido, sobre todo, por los científicos – cuando los medios se convierten
en traductores y divulgadores de los descubrimientos científicos. Se considera
que los medios de comunicación tienen capacidad para provocar la deflagra-
ción o la banalización de los descubrimientos científicos o los riesgos, pero
también para convertirse en una lente que deforma dichos temas (Sturloni,
2006). El modelo deficitario de la comunicación del riesgo presupone un flujo
de información que va de arriba abajo. En la cúspide del proceso comunicativo
se sitúan los expertos, los científicos que representan la fuente y tienen la mi-
sión de comunicar los eventos adversos y su mensaje está sujeto a unas fuentes
de distorsión que son los medios de comunicación. Los medios de comuni-
cación pueden minar la comprensión por parte de los “profanos” del mensaje
originario sobre el riesgo. Este modelo lineal y deficitario de la comunicación
del riesgo presenta algunos límites, que están determinados por las caracterís-
ticas atribuidas al público al que el mensaje va destinado. De hecho, el público
128 La comunicación social del riesgo
no es una masa uniforme dotada del mismo conocimiento del mundo y de las
mismas competencias científicas. El público se relaciona con la información
proveniente de los medios de comunicación utilizando la información que ya
posee y la percepción del mundo que se ha construido a lo largo del tiem-
po. Además, la credibilidad que el destinatario da a la fuente del mensaje es
también subjetiva y no uniforme. A pesar de estos límites, este modelo sigue
siendo utilizado todavía hoy, sobre todo, por la idea – que encierra – de que
la brecha de conocimiento entre científicos y público en materia de riesgo y
ciencia puede salvarse con una dosis mayor de información científica (Frewer
et al., 2003).
Este primer modelo está vinculado al decide–anuncia–defiende que propo-
ne una acentuación de los aspectos tecnocráticos y centralizadores del deficit
model. En el fondo, tampoco este modelo toma en consideración el aspecto del
feedback entre emisor y receptor, ni el aspecto de la percepción personal del
público y las consiguientes estructuras de mediación y percepción del riesgo.
El principal objetivo de este modelo es hacer digerir, o incluso inocular, las
evaluaciones e iniciativas de los expertos – incluida también las autoridades
públicas en esta categoría – en la población expuesta a un cierto tipo de riesgo
(Gabrill y Simmons, 1998; Beierle, 1999; Wojtecki y Peters, 2000; Covello et al.,
2001). La fuente representa aquí una auctoritas, a la que los individuos deben
someterse, ya que tiene mayores competencias. De ello se desprende la habi-
tual pasividad del público ante la fuente del mensaje. Sin embargo, este modelo
con una concepción tan autorreferencial de la comunicación del riesgo y de las
instituciones públicas ha mostrado límites evidentes que han sido subrayados
por diversos teóricos – entre los cuales Belsten (1996) – pero ha fracasado es-
trepitosamente también ante la evidencia de los hechos, es decir, ante la mala
gestión por parte de las instituciones públicas del medio ambiente.
3.2 Los enfoques negociales: la importancia del contexto social
El desarrollo de las tecnologías ha contribuido al crecimiento económico
de las sociedades occidentales y ha supuesto, sin duda, también una mejora de
las condiciones de vida y salud. La contrapartida de este progreso tecnológico
ha sido la aparición de multitud de nuevos riesgos, como la contaminación,
los accidentes en centrales nucleares, las radiaciones electromagnéticas o el
aumento de la exposición a agentes infecciosos. Para afrontar las preocupacio-
nes vinculadas a estos riesgos ha sido necesario – y sigue siéndolo – entablar
un debate continuo entre las instituciones y los ciudadanos. Belsten (1996),
por ejemplo, sostiene que la comunicación del riesgo ambiental ha “fallado
estrepitosamente”, y este fallo se ha debido a la exclusión de los ciudadanos
en el proceso de toma de decisiones sobre el riesgo operado por instituciones
Gevisa La Rocca 129
públicas y privadas. El fallo reside en la adopción por parte de estos sujetos – es
decir, las instituciones públicas y las empresas – del modelo decide-anuncia-
defiende, que supone una política y un proceso de toma de decisiones del y
sobre el riesgo a puerta cerrada, en el que los comunicadores del riesgo tienen
como misión defender las decisiones de las autoridades ante los ciudadanos.
En este modelo de comunicación, la exclusión del público del proceso de toma
de decisiones hace que la única posibilidad que a este le queda es oponerse a
decisiones ya tomadas. De hecho, no siempre estos dos grupos están de acuer-
do sobre qué se debe entender por riesgo o por tutela del ambiente y de la salud
pública o sobre las estrategias de contención de dicho riesgo. Belsten suscribe
que el único recurso que los ciudadanos tienen en su mano es el de oponerse
a decisiones ya tomadas por ellos, una oposición que tiene como escenario a
los tribunales o que se manifiesta ejerciendo presión sobre los políticos, y que
resulta dispendioso en términos de tiempo y, a menudo, ineficaz en relación
con los procesos de toma de decisiones (pp. 31-32).
El gran público, es decir, los ciudadanos son cada vez más reacios a dejar
el destino de la salud humana y el ambiente en manos de los expertos de la
administración pública o de los científicos. Las comunidades han comenzado
a hacerse oír a través de manifestaciones, peticiones, movimientos y grupos de
presión, pidiendo cada vez con más insistencia explicaciones sobre los riesgos
presentes y sobre cómo hacer para controlarlos. A raíz de estos cambios, que
por fin ven el abandono de los modelos tecnocráticos de comunicación del
riesgo, parece resquebrajarse también la posibilidad de una comunicación de
tipo lineal o formulada sin tener en cuenta el feedback y, sobre todo, el feedback
in itinere.
Emisor y receptor, convertidos ambos en fuentes de comunicación, pueden
entrar con frecuencia en conflicto sobre la medida en que los resultados de
las decisiones adoptadas pueden considerarse apropiados o sobre los niveles
aceptables de riesgo. De este modo los riesgos ahora se ven como construccio-
nes sociales, lo que constituye un peligro depende “de quien esté hablando con
quién” (Cutter, 1993; Lupton, 1999). Pero “quién habla”, es decir, qué indivi-
duos están legitimados para hablar, a menudo depende de procesos politizados
que dan prioridad a determinadas formas de discurso sobre el riesgo respecto
a otras (Masuda y Garvin, 2006). La comunicación del riesgo se convierte así
en una yuxtaposición de universos de significado dirigidos a dar un sentido al
mundo y una prioridad a las cosas del mundo. Admitir la posibilidad de varios
universos de significado, abre los estudios sobre el riesgo a un enfoque cultu-
ralista2, y admite que cada grupo trate de defender su visión propia del riesgo
derivada de su manera de ver el mundo. Integrar la comunicación del riesgo
2 Hace sin duda referencia a los trabajos de M. Douglas y A. B. Wildavsky (1982), que ha sido
ya tratado en este trabajo a lo largo del capítulo n. 4.
130 La comunicación social del riesgo
en un enfoque culturalista se ha convertido en uno de los caminos a seguir,
ampliando el enfoque de los estudios sobre la percepción del riesgo con las
características del contexto social (Pidgeon et al., 2010).
Los enfoques negociales son importantes porque reconocen que las insti-
tuciones públicas son participantes importantes en los procesos de toma de
decisiones, llamados a ejercer su función y a expresar su opinión. Algunos es-
tudiosos (Rowan, 1994) basan su trabajo en las teorías de la actividad comuni-
cativa y la esfera pública de Habermas (1962; 1981). Habermas (1990) sostiene
que las decisiones tomadas dentro de ámbitos técnicos como, por ejemplo, la
administración burocrática, deberían acordarse públicamente (Blyler, 1994).
El trabajo de Habermas, reinterpretado dentro de los enfoques negociales,
representa un intento para debatir las cuestiones de interés cívico dentro de
un marco basado en la ética del debate público, con el fin de prevenir actos
coercitivos. Habermas (1990) sostiene que cuando una decisión surge de la
argumentación expuesta por el debate público, esta se adapta a las reglas prag-
máticas del discurso político, el resultado del encuentro de los dos enfoques
puede definirse como una “norma” y en consecuencia está justificado racional-
mente y es aceptado por ambas partes. El procedimiento que el autor diseña
está vinculado a las reglas del “discurso práctico”, y garantiza que todos los
interesados, en principio, participen libremente y con la misma modalidad en
una búsqueda cooperativa de la verdad. Sin embargo, el sistema de argumen-
tación propuesto por Habermas representa una idealización, porque los parti-
cipantes, las personas afectadas por un riesgo “real”, no viven en una situación
libre e igual, sino que viven en un estado de peligro a menudo imprevisible.
De esta manera, dejan de cumplirse los requisitos éticos en los que se asienta
la comunicación normativa diseñada por Habermas. Además, la idea de que
el poder se distribuya dentro de una sociedad a través de la práctica del debate
libre y que este proceso tenga un efecto sobre la producción del conocimiento
y la configuración de la verdad abre los estudios sobre el riesgo al enfoque de
la gubernamentalidad, elaborado a partir de los trabajos de Foucault (1991).
El término gubernamentalidad nace del compuesto formado por la unión
de dos palabras: gobernar y mentalidad, y para llegar a definirla Foucault efec-
túa, no de forma casual, un atento análisis de las decisiones tomadas por El
Príncipe, una obra de Maquiavelo (1532). En su acepción foucaultiana, la gu-
bernamentalidad remite a un concepto más amplio de poder y de dominio y
a las prácticas a través de las que las instituciones – consideradas individual-
mente o como conjunto – construyen la realidad social y definen su significado
(Zinn y Taylor-Gooby, 2006). El riesgo se entiende, por tanto, como una técni-
ca de producción de conocimiento que ha ganado terreno con la institución de
los estados-nación modernos, es decir, cuando los gobiernos han comenzado
a tratar a los súbditos como ciudadanos y como población. El ciudadano se
Gevisa La Rocca 131
ha visto cada vez menos obligado a una obediencia inmediata y, sin embargo,
se ha visto empujado a aplicar determinadas normas a través de reglamentos
indirectos basados en los cálculos del riesgo y en el reconocimiento de la capa-
cidad de autorregulación de los individuos. Las relaciones entre conocimiento
y poder se definen así en función de determinadas necesidades históricas. El
análisis gubernamental del riesgo identifica cuatro elementos principales, que
son: el conocimiento (y el discurso), el poder, la subjetividad y los modos del
gobierno (Cerase, 2017). El riesgo y su análisis producen un tipo específico
de conocimiento aplicado en varios contextos de la sociedad, que define el
comportamiento y las probabilidades medias y, por consiguiente, sugiere qué
es lo normal, qué acciones se pueden emprender y cuáles hay que evitar. Las
normas creadas observando la sociedad y el cálculo de probabilidades defi-
nen, a su vez, una medida, que determina la normalidad o un valor medio,
que se convierte en una estructura normativa de referencia (Zinn, 2007). Sin
embargo, un riesgo nunca se observa de forma aislada. Los cálculos del riesgo
siempre se integran en determinados contextos socioculturales. Analizar las
propuestas sobre el riesgo significa, en consecuencia, interrogarse sobre las
modalidades mediante los cuales se definen los problemas, en relación con los
valores, los estilos de vida y las emociones, pero, sobre todo, significa analizar
las relaciones de poder que subyacen a los riesgos definidos como reales y su
gestión (Zinn, 2008). Rotman-Zelizer (1983), por ejemplo, en su estudio sobre
la introducción del seguro de vida en los Estados Unidos a finales del siglo
XIX, demostró que las reservas morales obstaculizaron la difusión de las pó-
lizas de seguros de vida. Solo tras disminuir, gracias a una comunicación ade-
cuada, las reservas morales contra las previsiones de muerte y los beneficios
financieros derivados de la pérdida de una persona de la familia o de un ser
querido, el seguro de vida logró penetrar en el mercado americano. Este enfo-
que subraya que no existe una sola tecnología de riesgo única e infalible, pero
nos dice que es posible aplicar las técnicas de cálculo del riesgo en contextos
diferentes (Dean, 1999). Cada práctica está vinculada a un objetivo específico,
por ejemplo: minimizar los riesgos (evaluación del riesgo), distribuir sus da-
ños (seguro), mejorar la salud, optimizar el tratamiento de las enfermedades
o aumentar las probabilidades de supervivencia. El cambio social en este en-
foque es incierto. Según Foucault (1991), es una expresión de los cambios no
inevitables derivados de numerosos factores y conflictos de intereses que coin-
ciden. Desde este punto de vista, el cambio social siempre es el resultado de la
acción humana y, por tanto, siempre puede producirse de una manera distinta.
La gubernamentalidad por una parte presupone un futuro incierto limi-
tando los análisis principalmente a la descripción y la reconstrucción y, por
otra parte, implica que el buen gobierno debe obtener beneficio del deseo de
autodeterminación de los individuos, si el objetivo es lograr cambios de com-
portamiento.
132 La comunicación social del riesgo
3.3 La teoría de la amplificación social del riesgo
El examen de los distintos enfoques que hemos propuesto hasta aquí mues-
tra de qué forma se han ido sucediendo debates y escuelas de pensamiento que
privilegian unas veces un enfoque del riesgo objetivista y otras veces subjeti-
vista, teorías estructuralistas o individualistas, el predominio en el análisis del
fenómeno unas veces de los científicos otras veces de los sociólogos. Dentro
de las ciencias sociales las opiniones tampoco han sido unánimes, puesto que
los psicólogos ven las raíces de la explicación del riesgo en un comportamien-
to cognitivo individual, los antropólogos privilegian el contexto y la cultura
como elementos que moldean las percepciones y las cogniciones, los analistas
se ocupan de los efectos tecnológicos, y además hay quien ve la interacción en-
tre las partes interesadas (stakeholders) como un campo de competición en el
que se enfrentan valores y prioridades diferentes. Para Kasperson et al. (1988)
no se puede dejar de observar que estas interpretaciones se invalidan mutua-
mente, a pesar de que cada una de ellas ilumina distintos aspectos del debate
sobre el riesgo. Lo que falta es una teoría que sea capaz de integrar el análisis
técnico del riesgo y las estructuras de respuesta cultural, social e individual
que moldean la experiencia pública del riesgo. De hecho, el riesgo y el contexto
social se manifiestan e interactúan mediante procesos psicológicos, sociales y
culturales de manera que pueden aumentar o atenuar la percepción pública
del riesgo y de los comportamientos asociados a este último. Para responder a
estas necesidades nace la escuela y la teoría de la amplificación social del riesgo
(ASR). Se trata de un grupo interdisciplinario de estudiosos, reunidos en torno
a las figuras de Roger Kasperson y de su mujer a finales de los ochenta en la
Clark University de Werster en Massachussets.
El objetivo de la ASR es poner a disposición de los estudiosos un conjunto
de instrumentos para identificar clasificar y ordenar los fenómenos individua-
les y sociales relevantes usados por las instituciones, los grupos y los indivi-
duos para definir el riesgo y actuar frente a él. Se trata, por lo tanto, de un
marco analítico - un framework - que permite una fácil comprensión de los
procesos comunicativos relacionados con el riesgo (Pidgeon, 1999).
La social amplification of risk postula que: el acontecimiento físico peligro-
so en sí mismo y también la identificación de un posible efecto adverso tie-
nen que considerarse como señales, que pueden amplificarse o atenuarse, en
función de la manera en que las instituciones, los grupos o los individuos los
perciban. También es necesario tener en cuenta la experiencia social del riesgo
y los particulares procesos culturales y comunicativos a través de los cuales la
señal se distribuye, se elabora y se convierte en mensajes dotados de significa-
do (Kasperson et al., 1988). La ASR toma prestada de la teoría de las señales
elaborada en electrónica la idea de considerar los eventos adversos o negativos
como señales y como tal es importante considerar de qué forma la metáfora
Gevisa La Rocca 133
de la amplificación social del riesgo no afecta solamente a los procesos sociales
y psicológicos capaces de intensificar el riesgo, sino que también considera
aquellos que tienen la capacidad de producir una atenuación de los mismos.
Renn (1991) sostiene que:
“La amplificación social del riesgo indica el fenómeno a través del cual la
información, los procesos, las estructuras institucionales, los comportamien-
tos de los grupos sociales y las respuestas individuales plasman la experiencia
social del riesgo, contribuyendo de este modo a determinar las consecuencias
del propio riesgo” (p. 289)3.
Esta definición lleva intrínsecos los distintos factores que esta metateoría
toma de referencia como mecanismos de amplificación y atenuación social
del riesgo. La teoría de la amplificación social del riesgo tiene en cuenta tanto
los canales formales de la interacción socio-comunicativa como los informa-
les. En los primeros se incluyen: los medios de comunicación, las acciones
fomentadas por movimientos o grupos de presión; en los segundos, a saber,
los informales están: la interacción dirigida al interior de una red social de re-
ferencia y también aquella en la que intervienen las tecnologías. Los medios de
comunicación aquí son un elemento central y se califican como “estaciones de
amplificación”, cuya finalidad es difundir noticias y elaborar señales, alimen-
tando el imaginario social del riesgo; en consonancia con lo sostenido por Lu-
hmann (1996). De hecho, aquí el riesgo se considera como una construcción
social y no como una propiedad objetiva de un peligro o de un acontecimiento
(Renn, 1992).
En el modelo de amplificación social, tal y como lo proponen Kasperson et
al. (2003) y en Pidgeon et al. (2010), se llegan a integrar y explicitar algunos
elementos que ya se encontraban en Renn (1992) y Kasperson et al. (1988); se
puede sostener que se trata de una integración de elementos y perspectivas a
las que han contribuido todos los colaboradores de este grupo de investiga-
ción.
A partir del sujeto/evento adverso se perfilan unas estaciones de amplifi-
cación o de atenuación del riesgo; estas se identifican en: las fuentes de infor-
mación, los canales de información, en las llamadas “social stations”, con las
que se entienden las redes informales y formales, en las “individual stations”,
compuestas por estaciones de filtro de la información propias del individuo, en
los comportamientos sociales e individuales. Las interacciones entre fuentes,
mensajes y canales contribuyen de forma decisiva a la percepción de un peli-
gro que así puede enfatizarse o minusvalorarse de distintas formas, generando
los “efectos dominó” (rippler effects), o sea los efectos en cadena, que a su vez
3 La traducción es nuestra.
134 La comunicación social del riesgo
pueden aumentar o disminuir el propio riesgo o incluso crear otros nuevos. Al
final de este circuito se colocan los impactos que el fenómeno o evento adverso
comunicado y filtrado de este modo puede producir.
El proceso de amplificación social del riesgo puede descomponerse en tres
macro categorías: la de las estaciones de recepción4, de los efectos en cadena y
de los impactos.
Las estaciones de recepción pueden intervenir en la señal de riesgo de dos
modos: 1) intensificando o reduciendo las señales, la información que los in-
dividuos y los grupos sociales reciben sobre el riesgo; 2) filtrando el conjunto
de señales que reciben mediante la atribución de un orden de importancia al
riesgo y a los diversos eventos relacionados con este último. Las estaciones de
amplificación social generan y transmiten información por medio de distintos
canales de comunicación, representados por los medios de comunicación tra-
dicionales - tv, prensa, radio - pero también por los instrumentos propios de la
comunicación interpersonal, comunicación telefónica, conversaciones, cartas
y hoy podemos añadir las redes sociales. Además, cada destinatario se involu-
cra personalmente en el proceso de amplificación o atenuación, actuando por
lo tanto como una estación de recepción para la información relacionada con
el riesgo.
En el proceso de amplificación o atenuación los pasos fundamentales son
siete.
1) La fase de filtrado o selección de las señales de riesgo, la información puede
considerarse relevante en función o del conocimiento directo o indirecto
de esta. El conocimiento directo se basa en la experiencia personal, que
permite al individuo valorar la señal de riesgo y atribuir más importancia
o menos a la misma. En ausencia de una experiencia directa, esta se sus-
tituye con la indirecta que la proporcionan los medios de comunicación
y las representaciones que estos últimos ofrecen del riesgo. Renn (1991)
sostiene que en esta fase los mensajes pueden sufrir un proceso de ampli-
ficación/atenuación debido a: el efecto volumen, que intensifica o atenúa
el tono y la intensidad del mensaje; el efecto filtro, que intensifica o atenúa
la información contenida en el mensaje; el efecto generado por el hecho de
añadir o de eliminar porciones del mensaje que no modifican necesariamen-
te el contenido; el efecto mix, debido a las modificaciones en el orden de
la información del mensaje; el efecto ecualización, que tiene en cuenta la
porción de texto en el interior del cual el mensaje está introducido; si por
ejemplo este se encuentra entre los comentarios o en el caso de la prensa en
las últimas páginas de un periódico, el efecto que tendrá sobre el público
4 Kasperson et al. (1988) los definen stereo receivers.
Gevisa La Rocca 135
será menor, del mismo modo la introducción de imágenes positivas o ne-
gativas acompaña, en el público, la creación de sentimientos de miedo o de
alegría y amplifica el propio contenido del mensaje; el efecto estéreo, que se
refiere a la multitud de canales que pueden utilizarse en la transmisión de
mensajes. Un mensaje puede penetrar en el mercado de la información y
dominar: periódicos, televisión, revistas y otros medios de comunicación.
Por otra parte, una combinación del efecto volumen junto con la cobertura
multicanal contribuye a asignarle una mayor importancia y credibilidad
al propio mensaje. En particular, si el efecto estéreo está bien orquestado
y las fuentes de información consiguen utilizar distintos canales de forma
gratuita, el mensaje tendrá más probabilidades de llegar hasta el público al
que está destinado.
2) La descodificación de las señales y su clasificación se sirve de información que
procede de varios canales, como las redes sociales, los profesionales de la
comunicación del riesgo, etc.
3) El papel de la interacción social se refiere al modo en el que los individuos
valoran los riesgos. Este proceso está influido por el contexto social de refe-
rencia y por lo marcos cognitivos y de valoración (frames) que predominen
en este. De ello se desprende que en contextos diferentes el mismo riesgo
pueda ser valorado de distinta manera.
4) Las heurísticas y los valores con los se evalúan los mensajes. Los individuos
para orientarse frente a la complejidad social y frente a los múltiples riesgos
en los que están implicados en la vida cotidiana utilizan mecanismos de
simplificación, con el fin de evaluar rápidamente el riesgo y moldear las res-
puestas. Estos procesos, mientras que permiten a los individuos enfrentarse
a un mundo peligroso, a veces pueden introducir prejuicios que causan
distorsiones y errores.
5) Las interacciones sociales y la construcción de significado en el interior del am-
biente cultural de referencia y del grupo de los iguales, genera un mecanismo
que sirve para valorar el significado de los mensajes, puesto que son los fra-
mes éticos compartidos los que determinan qué acciones deben emprender
el grupo y el individuo frente a eventos adversos.
6) La formulación de intenciones específicas sobre el comportamiento que hay
que observar frente al riesgo por parte de las instituciones, de los grupos, de
los individuos y sobre la atribución de los papeles y de las responsabilidades
para definir quién tiene que tomar las decisiones en situaciones de riesgo.
7) La intervención individual o de grupo para realizar acciones dirigidas a com-
probar, ignorar o tolerar el riesgo. Se trata de acciones que se manifiestan en
respuestas comportamentales o comunicativas que pueden tanto amplificar
136 La comunicación social del riesgo
como reducir el riesgo, poniendo en marcha unos efectos en cadena que
pueden provocar cambios en el sistema.
Las amplificaciones/atenuaciones sociales del riesgo generan unos com-
portamientos o respuestas, que, a su vez, se traducen en impactos secundarios.
Los impactos secundarios incluyen efectos: 1) sobre las percepciones mentales
y sobre las actitudes, por ejemplo se pueden manifestar actitudes anti-tecnoló-
gicas, puede aparecer un sentimiento de alienación respecto al ambiente físico
y social o la estigmatización de un sector productivo o económico; 2) pérdidas
en los mercados locales, relacionadas con las ventas empresariales, de vivien-
das, con los valores de los inmuebles y más en general con toda la actividad
económica; 3) presión política y social; 4) cambios en la gestión del proceso de
toma de decisiones respecto a la contención del riesgo; 5) cambios en la for-
mación y en la instrucción; 6) actos de disturbios sociales, como las protestas,
las revueltas, el sabotaje y en las formas extremas el terrorismo; 7) cambios en
el seguimiento y en la reglamentación de los riesgos; 8) repercusiones en las
instituciones sociales, por ejemplo la erosión de la confianza.
El elemento de la confianza es un factor determinante en la teoría de la
amplificación social del riesgo, y se entiende aquí como la confianza que los
ciudadanos otorgan a las instituciones, creyendo y confiando en ellas. En situa-
ciones de incertidumbre la confianza entendida como el reconocimiento de la
competencia y de la buena fe en las instituciones facilita no solo la gestión del
riesgo sino también su propia percepción. Sin embargo, en el lado opuesto, los
fallos o la mala gestión y el hecho de no asumir responsabilidades por parte
de las instituciones pone en peligro este vínculo indispensable entre las partes
sociales, abriéndole el camino a otro mecanismo, el de la estigmatización, es
decir, el de etiquetar a personas, grupos, organizaciones, tecnologías, como
peligrosos para la salud y para el medioambiente.
4. El papel de los medios de comunicación: los medios de comu-
nicación tradicionales
Mucho se ha escrito sobre el papel que ejercen los medios en la comunica-
ción del riesgo, valorando: los medios de comunicación, la intencionalidad en
la transmisión del mensaje y los efectos. Prevalentemente y como se despren-
de del conjunto de estudios conducidos por Wählberg y Sjöberg (2000) existe
la tendencia de sostener que los medios de comunicación exageran algunos
riesgos e ignoran otros (Slovic, 1986), sacrificando la objetividad en beneficio
del sensacionalismo, o como escribían Johnson y Covello (1987) “existen con-
siderables pruebas de que los medios de comunicación se implican en relacio-
nes selectivas y tendenciosas que enfatizan el drama, el mal y el conflicto” (p.
179). Otros estudios (Soumerai et al., 1992) se centran en la tendencia de los
Gevisa La Rocca 137
medios de comunicación de privilegiar riesgos raros y dramáticos y de consi-
derar “noticia” solamente accidentes de tráfico u otros acontecimientos en los
que se cuentan más fallecimientos. Con esta tesis, muchos de estos estudiosos
(Karpowicz-Lazreg y Mullet, 1993; Singer y Endreny, 1987) se inspiran en un
artículo de Combs y Slovic (1979), en el que los autores sostenían que existe
un prejuicio de los medios de comunicación cuando seleccionan las noticias.
Los estudiosos en un trabajo de investigación - que de todas formas incluye
pocos casos de estudio - ponían en relación las noticias sobre las causas de
muerte con las estimaciones sobre las causas de muerte y con la percepción de
las personas respecto a cuáles pueden ser las causas de muerte más frecuentes,
y demostraban que existe una relación positiva muy alta entre el contenido
de los medios de comunicación y la percepción que tienen las personas, pero
no con las estimaciones efectivas de las causas de muerte. A pesar de que los
resultados de este estudio hacen que la balanza se incline a favor del papel que
juegan los medios de comunicación en la construcción de la imagen del riesgo,
hay que ser cautos al generalizar los resultados del estudio y sacar conclusiones
precipitadas, porque aunque es verdad que los medios de comunicación cons-
truyen unos marcos interpretativos en torno a las noticias, siempre hay que
valorar también el tipo de influencia que consiguen ejercer sobre el público.
Según Tuchman (1978) es correcto considerar que los periodistas atribuyen
a las noticias un marco interpretativo, a partir de los acontecimientos, como,
por ejemplo: un accidente de tráfico, la declaración de un hombre político, el
naufragio de inmigrantes en el mar; los periodistas construyen sobre ellos un
framing, es decir les atribuyen un significado, una clave de lectura y luego los
comunican al público. Existe, según Gitlin (1980), un frame de los medios de
comunicación, con el que el autor se refiere al conjunto de los principios de
selección, de presentación y de teorías que los medios de comunicación utili-
zan cuando comunican. ¿Por qué los medios de comunicación “hacen” frame
y utilizan framing? Según Etman (1993), mediante la atribución de framing
además del evento se proporciona una particular definición del problema, una
indicación sobre de qué manera el público debe percibir la información comu-
nicada y al mismo tiempo la noticia se vuelve más interesante.
Hay quien afirma que los medios de comunicación dan prioridad solo a las
noticias que proceden de quien ostenta el poder, es decir de la clase dominante,
según un enfoque estrictamente marxista (Freudenburg et al., 1996), que ve a
los medios de comunicación como marionetas manejadas por el capitalismo.
Según Sharlin (1986; 1987) hay una diferencia entre comunicar en términos
de riesgos macro y micro determinados por la manera en que los medios de
comunicación presenten la noticia al público. La perspectiva macro se produce
cuando los medios de comunicación utilizan las estimaciones sobre el número
de muertos de una población debidos a un peligro particular y aconsejan a las
personas que eviten una determinada sustancia o un determinado producto,
pero sin ayudarles a comprender lo que está ocurriendo realmente y cuál es el
138 La comunicación social del riesgo
impacto cotidiano en sus vidas. De hecho, las personas se preocupan, tienen
interés por conocer lo que significan las cifras en términos de consecuencias
reales sobre sus vidas. Esta perspectiva macro la adoptan a menudo los medios
de comunicación cuando muestran los peligros sin encuadrarlos en un con-
texto u ofreciendo una perspectiva concluyente, sin explicar la terminología
técnica y sin ofrecer posibles soluciones. Al público se le deja solo en la crea-
ción de una opinión sobre el riesgo, que se basa en una información más bien
escasa (Freimuth et al., 1984). En cambio, cuando los medios de comunicación
adoptan una perspectiva micro, es decir cuando se dirigen directamente al
público aumentan su impacto.
Los medios de comunicación, cuando se dirigen al público utilizan diferen-
tes lenguajes5.
1) Sentimental que puede ser conmovedor o patético. Recurre a imágenes de
fuerte impacto emocional con el fin de sacudir las conciencias del público.
Retrata a las personas en situación de desamparo o sufrimiento causados
por haberse producido un riesgo, recordemos por ejemplo la explosión de
la central nuclear de Chernobyl, caracterizándolas como indefensas a tra-
vés de sus rostros llorosos, tristes, demacrados. Pretende suscitar una iden-
tificación y participación con los tristes sucesos que presentan, utiliza tonos
oscuros, dramáticos, se apela al sentimiento de piedad.
2) Dramático que puede ser violento e impactante. Retrata a personas en si-
tuaciones difíciles y los propone en contextos de tal naturaleza que susci-
tan miedo, ansiedad, consternación, horror en quien mira. Mediante es-
tas representaciones y un tono general extremadamente negativo lo que
se pretende provocar en quien mira es un “golpe directo al corazón”, un
sentimiento de miedo y de desconcierto. Una muestra de esto son las imá-
genes relacionadas con los accidentes de tráfico causados por conductores
en estado de embriaguez.
3) Agresivo que puede ser acusador o de denuncia. Se encuentra en escenarios
que se caracterizan por una atmósfera violenta y llena de tensión y al es-
pectador, a menudo, se le acusa de “no hacer nada”, no ayudar, no respetar
el ambiente y por lo tanto de ser la causa de la situación de malestar pre-
sentada. Pensemos en los temas relacionados con la contaminación am-
biental y con el incumplimiento de las leyes relacionadas con el reciclaje o
la ausencia de denuncias de la vulneración del propio código por parte de
las empresas.
5 Se trata de una adpactación de los lenguajes de la publicidad social, identificados por G.
Gadotti y R. Bernocchi (2010) a través del análisis de miles de anuncios aparecidos en la
prensa italiana desde principios de los años Setenta hasta el 2010 y que los estudiosos han
clasificado en ocho grupos.
Gevisa La Rocca 139
4) Tranquilizador que puede ser gratificante o positivo. Cuando se recurre a
este lenguaje se dirigen al destinatario de una forma más ligera respecto al
tono de los lenguajes anteriores y se plantean las soluciones al problema. Se
trata de mensajes cargados de esperanza, cuya finalidad es infundir fe en
la posibilidad de resolver un problema mediante la acción del destinatario.
En este tipo de comunicaciones se encuentra el “final feliz” (Gadotti, 2000)
típico de los mensajes de la publicidad comercial, donde al final - mediante
la compra del bien o del producto - todo acaba de la mejor manera.
5) Divertido que puede ser humorístico o irónico. Se proponen los temas de
la comunicación del riesgo impulsando y enfatizando el lado positivo de lo
que se presenta. Se trata de una acentuación de la tranquilidad, que subya-
ce al mensaje, con tanta fuerza que empuja al destinatario a sonreír, apos-
tando por la ironía. Representa lo opuesto al lenguaje que se centra en el
miedo. Por ejemplo, los mensajes relacionados con el uso del preservativo y
dirigidos a los jóvenes se caracterizan por este tipo de lenguaje.
6) Responsabilizador que puede ser paternalista o prescriptivo. Este lenguaje
explota el sentido del deber y, las responsabilidades propias del destinata-
rio. La publicidad, y especialmente la fuente (entendida como promotor)
se atribuye a sí misma tal grado de autoridad que puede “decir” al público
lo que se debe o no se debe hacer, asociando su comunicación al sistema
de valores compartido socialmente. Los tonos son sosegados, sin excesos
emocionales, apelando a la racionalidad y al sentido común de las personas.
7) Provocador que puede ser irreverente y transgresor. Se considera el lenguaje
más eficaz para atraer la atención del destinatario. Utiliza imágenes drás-
ticas construidas a través de exageraciones, metáforas provocadoras y un
tono de comunicación irreverente ante el cual el destinatario no consigue
permanecer indiferente.
8) Informativo, que puede ser descriptivo o documental. A través de argumen-
tos racionales aspira a generar una consciencia en el destinatario respecto
a un tema, apelando a la razón y a la inteligencia del público, al que no se
le pide una implicación emocional, sino que reflexionen sobre lo que se les
propone.
Sin embargo, hay que distinguir entre una comunicación llevada a cabo por
actores institucionales - y que ante un riesgo le pide al individuo que cambie
su comportamiento - respecto a la simple visión en televisión de un accidente
de tráfico, de un descarrilamiento de un tren o de la explosión de una central
nuclear.
140 La comunicación social del riesgo
4.1. El papel de los medios de comunicación: Internet y las redes
sociales
La comunicación del riesgo también cambia su piel como consecuencia de:
la introducción de la Web 2.0, del nacimiento de una cultura participativa y
de los hábitos en las relaciones dentro de las redes sociales. La Web 2.0 - de-
finición creada por Tin O’Reilly durante una conferencia celebrada en 2004
- ofrece una estructura totalmente nueva a las posibilidades de producir y ma-
nipular los contenidos de los medios de comunicación por parte del usuario.
Mientras antes el público se percibía a sí mismo solamente como consumidor
pasivo, hoy los individuos juegan un papel central en la producción comuni-
cativa (Boccia Artieri, 2006). La consecuencia del paso de una web estática en
la que el usuario solo podía hacer eso, utilizarla - a una dinámica, en la que el
usuario es a la vez el beneficiario y el productor de los contenidos implica que
en el paso de la Web 1.0 a la 2.0, los desarrolladores diseñan y los usuarios usan
tecnologías web para tareas y funciones que antes se basaban en otras platafor-
mas, lo cual representa para los usuarios acceder cada vez con mayor frecuen-
cia a software de datos que están en la red, mientras que antes se hallaban en el
propio ordenador (Cosenza, 2004). A lo que asistimos es a una digitalización
y personalización masivas de los contenidos, que se convierten en objeto de
reelaboración por parte de los usuarios y de una utilización cada vez más li-
bre de fronteras espacio-temporales. Los mecanismos top-down, bottom-up y
horizontales de producción mediática se entrecruzan cada vez más dentro del
marco del refuerzo comunicativo y de la convergencia cultural teorizada por
Jenkins (2006).
De hecho, los individuos conectados en la red participan activamente en
este proceso de transmediatización creciente gracias a las nuevas prácticas de
user generated content y a la constante difusión de dispositivos y software. Si
las empresas ya tienen claro cómo utilizar estas nuevas posibilidades, debemos
preguntarnos cuál puede ser el uso para los individuos y los grupos y para la
administración pública. El diálogo entre Administración pública y ciudadanos
se sirve de distintas herramientas de comunicación cuyas técnicas y modali-
dades se han ido afinando con el paso del tiempo. El siguiente paso se refiere
a una comunicación del riesgo promulgada por el ente, que pueda valerse de
forma eficaz del diálogo y de la interactividad que ofrecen estas nuevas herra-
mientas.
A partir de la teorización del concepto de esfera pública de Habermas
(1962) y del concepto de espacios públicos entendidos como lugares terceros,
que se encuentran a medio camino entre los espacios del poder institucional y
los espacios privados, es posible considerar los lugares virtuales al mismo nivel
que los nuevos sitios en los que el debate público, el intercambio de ideas, la
afirmación de los derechos civiles tienen su colocación y por esto la comunica-
Gevisa La Rocca 141
ción del riesgo también se puede servir de ellos.
La difusión de issues de carácter político ya utiliza las redes sociales y la
Administración pública hace tiempo que cuenta con ventanillas on line, sitios
web para poder dialogar con el ciudadano; es distinta la perspectiva del tipo
de relación que estas herramientas mediáticas requieren. De hecho, los diez
últimos años han presenciado cómo la Administración pública afrontaba el
tema de la interactividad y de la multicanalidad, y obviamente no faltan ex-
periencias positivas y locales de algunas administraciones que han abierto un
perfil en Facebook y que están intentando sacar provecho del potencial de la
Web 2.0. Sin embargo, frente a la gratuidad de estas herramientas es necesario
que se actualicen continuamente, sin omitir información o censuras.
Las redes sociales pueden ser utilizadas por las instituciones, los individuos
y los grupos, cada uno con sus peculiaridades. Si se mira al usuario particular
bien informado que intenta convencer, persuadir a alguien para que se adhiera
a los temas relacionados con la comunicación del riesgo necesariamente hay
que considerarlo como un experto, un early adopter (Rogers, 2003), al igual
que sucede en la comunicación interpersonal cuando se habla de los opinión
leader (Katz y Lazarsfeld, 1955), que son capaces de generar confianza respecto
a aquello que patrocinan. Su honestidad y su capacidad no se ponen en duda
y se transmiten al contenido de la comunicación. En el caso del proceso de
transmisión de este tipo de comunicación, quien la transmite se presenta como
conocedor, como un experto local del fenómeno y transforma el mensaje en
una “novedad” caliente caliente, recién salida del horno, y por lo tanto casi
secreta. Además, el boca a boca que se genera en las redes sociales amplifica
rápidamente la cadena de transmisión del mensaje.
Pensemos en todos aquellos que, tras grabar un video amateur lo cuelgan
en YouTube. El video luego es visualizado por otros usuarios que pueden de-
cidir publicarlo en cualquier red social y compartirlo con los amigos. Quien
visualiza este video puede, a su vez, compartirlo acompañándolo de comenta-
rios o añadirlos al post de la primera persona que lo ha compartido, generan-
do un efecto de contagio y en cierto modo corroborando con su comentario
o desmintiendo el contenido del video. Al proponerlo en las redes sociales
quien lo hace se convierte en el “garante” o “promotor” de dicho video para su
grupo de amigos. Los comentarios que acompañan al mensaje colaboran en la
construcción de la “reputación” del propio video. De hecho, como sostienen
Sutton et al. (2008) en su estudio, los medios sociales están amplificando las
oportunidades de participación del público, entendiendo este o como perso-
nas individuales o como grupos, difundiendo por el ruedo información de los
fenómenos asociados al riesgo. En su estudio Sutton et al. (2008) examinan los
hábitos de información por parte de los ciudadanos y de los grupos durante los
incendios forestales de California del sur en octubre de 2007 y se dan cuenta
142 La comunicación social del riesgo
de cómo estos hábitos favorecen la activación de canales alternativos y ocultos
a las instituciones. Los medios apoyan las comunicaciones “backchannel”, per-
mitiendo la interacción a amplia escala por parte de grupos e individuos con
el fin de obtener información que sería difícil conseguir de otra manera. Sin
embargo, con relación a este tipo de información surge la preocupación por
parte de los funcionarios de las instituciones públicas acerca de su benignidad
y legitimidad. Aunque estas prácticas emergentes asociadas a los medios so-
ciales son las precursoras de futuros y más amplios cambios institucionales y
sobre las posibles disposiciones organizativas sobre las respuestas inmediatas
en caso de desastres o catástrofes, aún permanece la duda acerca de la veraci-
dad de dichas informaciones, puesto que no han sido comprobadas antes de su
transmisión. La ampliación de las posibilidades comunicativas pero también
la imposibilidad de controlar las informaciones que circulan por ellas es un
tema que también ha abordado Krimsky en un trabajo de 2007. El estudioso,
observando que los canales de comunicación del riesgo han crecido en núme-
ro y en complejidad a raíz del aumento de los espacios comunicativos en la red,
examina la difusión de noticias relacionadas con un agente químico particular,
el ácido perfluorooctanoico (PFOA). Sus análisis le llevan a concluir que es
cierto que los artículos y la información que se encuentran on line, median-
te una búsqueda a través de uno de los buscadores más acreditados, Google,
crean más oportunidades para el aprendizaje de los ciudadanos, pero también
es cierto que la forma en la que estos mensajes circulan dejan espacio libre a
las partes interesadas para influir en los propios contenidos de la información.
La democratización de la información no crea necesariamente una mayor con-
cordancia entre la valoración cultural y técnica del riesgo, tanto es así que el
autor – tomando prestada la definición acuñada por Merton (1975) “escepti-
cismo organizado” – se refiere a lo que se comunica en la red a propósito del
riesgo y a los efectos que genera como “escepticismo desorganizado”. Si, se-
gún los estudios de Merton, los científicos no aceptan a priori unos resultados
científicos solamente por el hecho de que los mismos son comunicados, pero
se interrogan sobre su validez mediante la investigación científica que analiza
sus resultados y comprueba los experimentos, en la red sucede lo contrario: es
decir, un escepticismo desorganizado debido a la cantidad ingente de informa-
ción que puede encontrarse y que muchas veces es contradictoria entre sí. De
manera que al usuario no le queda más remedio que volver atrás y confiar en
sus creencias e informaciones iniciales. Si sobre el riesgo de las dioxinas – por
ejemplo – se dice todo y lo contrario de todo - ¿cómo puede uno fiarse más de
un punto de vista que de otro? El usuario no tiene más remedio que seleccio-
nar la información que está en consonancia con sus convicciones iniciales que
de este modo se ven reforzadas, y preferir la opinión transmitida por aquellas
fuentes a las que anteriormente ya les había otorgado credibilidad. De esta
forma muchos sitios Web de organizaciones no gubernamentales han pasado
a ser más fiables para el público que los sitios gubernamentales oficiales.
Gevisa La Rocca 143
5. Comunicación del riesgo y comunicación research: interde-
pendencias
Ya se trate de los primeros modelos de comunicación lineal del riesgo o
bien se hable de los más recientes, resultan obvias las interdependencias con
los estudios de la communication research. Se pueden contemplar estos ele-
mentos de continuidad creando una taxonomía basada en una distinción entre
los medios tradicionales y los medios sociales, articulada por modelos y efec-
tos (véase la tabla 2).
Tabla 2 – Comunicación social de riesgo e investigación en la comunicación:
interdependencias
Comunicación social de Communication Research Communication Research
riesgo Modelos Efectos
Medios tradicionales de comunicación
Modelo deficitario de comu- Modelo lineal de comuni- La teoría
nicación cación hipodérmica
Decidir-Anunciar-Defender Selectores La teoría de los diferenciales
de conocimiento
Amplificación El flujo de la Los medios de comunica-
social del riesgo comunicación en dos esta- ción social y la construcción
dios social de la realidad
Redes sociales
Canal trasero Informacionalismo Contenido Generado por el
usuario
Escepticismo desorganizado Autocomunicación masiva Noticias falsas, Post verdad
Fuente: Datos propios.
Con el término “efectos” de los medios de comunicación nos referimos a
las consecuencias de la actividad, intencionada o no, de los medios de comu-
nicación de masas. La expresión “poder de los medios de comunicación”, en
cambio, indica, la capacidad de los medios de provocar efectos. La “eficacia
de los medios de comunicación” se refiere a su eficiencia para alcanzar un de-
terminado objetivo e implica en cualquier caso intencionalidad o un objetivo
preestablecido (McQuail, 1983).
A lo largo de los años se han dicho muchas cosas sobre la relación entre
los medios de comunicación y la sociedad, sobre su poder y sus efectos. En
el análisis y en la presentación de los efectos de los medios de comunicación
144 La comunicación social del riesgo
se registran dos tendencias: la primera es la que reconstruye los efectos de
los medios por “ciclos” y es característica de un autor como McQuail (1983);
la otra es por “copresencia” que Wolf (1992) hizo suya. El análisis por ciclos
subraya el desarrollo en el tiempo de una evolución cíclica, una sucesión de
teorías que enfatizan el poder de influencia de los medios de comunicación y
de teorías, que por el contrario lo relativizan. Para McQuail (1983) se pueden
distinguir un determinado número de estadios en la historia de este fenómeno
que indican un cuadro ordenado de progresión y acumulatividad. El primer
ciclo se concluye en torno a los años Treinta y se caracteriza por la convicción
generalizada de que existe un poder de influencia ejercido por los medios de
comunicación: estamos en la fase de los medios omnipotentes. A finales de
los años Treinta y luego durante los años Cuarenta, nos desplazamos a una se-
gunda fase en la que se procede con una comprobación empírica de las teorías
de los medios omnipotentes. Se trata de verdaderas y auténticas investigacio-
nes empíricas cuyo objetivo es comprobar la incidencia de los medios en el
público. Los resultados obtenidos en este tipo de investigaciones asignaron a
los medios de comunicación un papel mucho más modesto en provocar efec-
tos intencionados o involuntarios. La consecuencia fue una proliferación de
estudios que atribuían a los medios de comunicación un efecto limitado en
el tiempo. Este enfoque apenas tuvo tiempo de afirmarse cuando un nuevo
medio de comunicación – la tv – empezó a ganar terreno y necesitó un nuevo
estudio más exhaustivo. Para McQuail (1983) se trata de una tercera fase de los
efectos de los medios de comunicación en la que se redescubre el poder de los
medios. Hasta la cuarta fase no se empieza a aceptar y a afirmarse la idea de
una influencia negociada de los medios de comunicación, en la que se sostiene
que los medios construyen unas formas sociales y pueden actuar en este senti-
do porque estructuran las imágenes de la realidad proporcionando un modelo
previsible de esta; además, los miembros del público ya no se conciben como
pasivos, se les reconoce la posibilidad de construirse una visión de la realidad
social y de la posición que ocupan en ella a través de un proceso de “interac-
ción” entre lo que estos piensan, lo que pasa a su alrededor y lo que los medios
de comunicación ofrecen.
Al lector no le resultará difícil encontrar dentro de esta valoración puntos
de contacto entre la teoría social del riesgo y la communication research: basta
con mirar también a esta última fase donde se observa claro el eco de la teoría
de la amplificación social del riesgo que atribuye en efecto una fuerza a los
medios de comunicación pero también a los individuos como instrumentos,
ellos mismos, de amplificación o atenuación del riesgo.
En cambio, los primeros modelos de comunicación del riesgo presentados
aquí, han sido el deficit model y el decide-anuncia-defiende (DAD), y ya hemos
señalado de qué forma estos se refieren al modelo elaborado por Shannon y
Gevisa La Rocca 145
Weaver (1949). Por la manera en la que estos modelos presentan a los medios
de comunicación y su gestión puede sostenerse que se está en una fase en la
que, a estas herramientas de comunicación, incluso cuando se ocupan de los
temas del riesgo, se les atribuye una gran importancia. De ello se desprende
que producen unos efectos en el orden de importancia que ha de atribuirse a
los eventos de riesgo y en cómo leer estos fenómenos.
El proceso de agenda setting es una de las formas en las que se construye
un marco de referencia para observar la realidad. Shaw (1979) nos dice que, a
consecuencia de la acción de los periódicos, la televisión y los demás medios
de información, el público es consciente o ignora, presta atención o bien pasa
por alto, enfatiza o minimiza, elementos específicos de los escenarios públicos.
Subrayando esta creciente dependencia cognitiva de los medios de comuni-
cación (Wolf, 1985); en el supuesto de agenda setting se detecta un impacto
directo, aunque este puede no ser inmediato, sobre los destinatarios. El impac-
to se configura a dos niveles: 1) en el orden del día de los temas, argumentos,
problemas que los medios de comunicación presentan y 2) en la jerarquía de la
importancia que ha de atribuirse a estos.
La capacidad de influencia de los medios de comunicación varía en función
de los temas tratados. Sobre algunos esta es mayor, sobre otros no, depende
de la “centralidad” que se convierte en un factor de mediación de la influencia
de los medios. Sustancialmente: cuanto menor sea la experiencia directa que
tienen los individuos de las noticias, mayor será la influencia de los medios;
cuanto mayor sea la experiencia que tienen los individuos de lo que proponen
los medios, menor será la influencia que estos conseguirán ejercer en el públi-
co (Zucker, 1978).
No necesitamos que los medios de comunicación nos informen de la crisis
económica y política que está atravesando España, tenemos la experiencia di-
recta; no tenemos experiencia directa de la guerra en Irak, y nos servimos de
las informaciones difundidas por los medios de comunicación para formarnos
una idea al respecto.
El modelo DAD, en cambio, asigna una superioridad a la fuente que trans-
mite el mensaje, dándole una connotación de “experto” de la comunicación del
riesgo y de su conocimiento y en cierto modo le asigna a la fuente la tarea de
convencer al público para que acepte la información que ya han seleccionado
los expertos. En este contexto la fuente asume las connotaciones de un verda-
dero y auténtico gatekeeper. Los gatekeepers (White, 1950), los guardianes, des-
empeñan la función de los porteros, que deciden a quién dejar pasar y a quién
no. La selección que llevan a cabo sirve para superar los contrastes de conoci-
miento, aunque según sus puntos de vista. Es decir, ejerciendo la función de
seleccionadores de la información, no solamente eligen cuáles transmitir sino
146 La comunicación social del riesgo
también el flujo y la intensidad que hay que atribuir a las noticias. La teoría de
las diferencias del conocimiento se convierte en la premisa mediante la cual se
arrogan este derecho, o sea presuponen que saben más y en este sentido se atri-
buyen la connotación de expertos y de depositarios del propio conocimiento.
En su formulación originaria (Tichenor et al., 1970), esta teoría sostiene que
a medida que va aumentando la penetración de la información en un sistema
social, los segmentos de población con el status socio-económico más elevado
(los gatekeepers) tienden a obtener la información de forma más rápida respec-
to a los que tienen una renta y una cultura inferior. De este modo la diferencia
de conocimiento entre “expertos” y “no expertos” tiende a aumentar.
Con el paso a los modelos de la amplificación social del riesgo se tiende
a subrayar la influencia de los medios de comunicación en la construcción
social de la realidad. Es posible asociar esta teoría al modelo de los dos flujos
de comunicación de Katz y Lazarsfeld (1955), porque con esta teoría se recu-
pera tanto la influencia ejercida por los individuos entendidos como líderes de
opinión dentro de un grupo, como el papel de los medios de comunicación.
Siempre se trata de estaciones de amplificación o de atenuación social del ries-
go. Así pues, los medios de comunicación contribuyen a la creación de la reali-
dad social porque pueden construir contextos de significado más amplios que
encuadran la esfera de la experiencia en el ámbito de la vida cotidiana, pero en
este proceso no actúan solos. Hay que reconocer el poder de los hábitos de las
personas como fuente de mediación y amplificación.
¿Pero qué ocurre cuando nuevos medios de comunicación, con diferentes
niveles de interacción aparecen en la escena social? Si se acepta el análisis por
copresencias de Wolf (1992) es mucho más fácil comprender lo que ocurre.
Las redes sociales y las conexiones móviles amplifican los procesos de re-
lación conduciendo hacia un estado de conexión permanente (Boccia Artieri,
2012). Con los medios sociales se gana la posibilidad de la interacción, es decir
la posibilidad de que sea el propio usuario quien produzca los contenidos. En
opinión de Castells (2009) estas formas revolucionarias de autocomunicación
de masas se han originado gracias al compromiso de jóvenes usuarios que se
han transformado en productores. Se trata de una comunicación que ha sur-
gido con el desarrollo de la Web 2.0, o sea de un racimo de tecnologías, dispo-
sitivos y aplicaciones que sostienen la proliferación de los espacios sociales en
Internet gracias a la mayor capacidad de la banda ancha, al innovador software
open source y al perfeccionamiento de las interfaces.
El público tradicionalmente expuesto a los mensajes se convierte en genera-
dor de contenidos (user generated content), es capaz él mismo de producirlos,
compartirlos y colaborar en su creación. El efecto que se produce está relacio-
nado con la sobrecarga informativa, una sobrecarga que impide comprobar un
Gevisa La Rocca 147
flujo de noticias tan abundante. Además, al haber desaparecido los gatekeepers
se generan fenómenos relacionados con las noticias falsas y los consiguientes
alarmismos que transportan a los usuarios de la red a experimentar una espe-
cie de escepticismo desorganizado.
6. Conclusiones
La comunicación, sea del riesgo o de cualquier otra cosa, siempre está si-
tuada socialmente. Por los estudios sobre la comunicación verbal y también
por aquellos que abordan las comunicaciones de masas resulta evidente que
existe cierta asimetría informativa entre los dos sujetos de la comunicación,
identificados o bien en la fuente o bien en el destinatario. La comunicación
del riesgo no es ajena a estos aspectos. Cuando se manifiestan dificultades re-
lacionadas con un plan de comunicación que tiene por objeto el riesgo, la con-
testación pública que se genera nace de la búsqueda de una “verdad” sobre lo
que está ocurriendo. Las controversias sobre el riesgo se caracterizan por las
interacciones entre sujetos portadores de intereses diferentes y con un grado
de poder desigual. El fracaso derivado de la pérdida de poder decisorio sobre
el significado que ha de atribuirse al riesgo y sobre lo que hay que hacer para
contenerlo produce como consecuencia una opresión por parte de las institu-
ciones sobre los ciudadanos. Por un lado, para frenar el sentido de inseguridad
social, por otro para evitar crisis en los mercados financieros y accionarios y
también para no perder poder político. Es importante conceptualizar el riesgo
como construido socialmente por dos razones: primero subraya el papel del
conocimiento en los procesos de comunicación y también pone en evidencia
las consecuencias de las asimetrías informativas y comunicativas derivadas de
un desequilibrio en el ejercicio de poder en la relación entre ciudadanos e ins-
tituciones. Se trata también de comprender cuál es el grado de confianza que
los unos depositan en los otros e igualmente comprender si los actores socia-
les, considerados como fuente de los mensajes de comunicación del riesgo,
gozan de credibilidad.
“La confianza en la comunicación se refiere a la expectativa generalizada de
que el mensaje recibido sea verdadero y fiable y que el comunicador demuestre
competencia y honestidad transmitiendo informaciones precisas, objetivas y
completas” (Renn, Alvine, 1991, p. 179)6.
A pesar de que la confianza y la credibilidad a menudo se utilizan de forma
intercambiable, la credibilidad de una fuente puede ser distinta de la confian-
za y puede derivarse del reconocimiento de una mayor experiencia y compe-
tencia por su parte demostradas a lo largo del tiempo y sedimentadas en el
6 La traducción es nuestra.
148 La comunicación social del riesgo
público de referencia. En consecuencia, la credibilidad denota la expectativa
subjetiva de recibir información verdadera de una persona o de una institu-
ción. Las personas consideran a una fuente fiable si una inversión de confianza
anterior no acabó en decepción, o sea si en el transcurso del tiempo la fuente
siempre ha dicho la verdad. Credibilidad, fiabilidad y confianza implican un
juicio sobre la calidad del mensaje o de la propia fuente, basándose en lo que
esta haya construido en el transcurso del tiempo. De manera que todos se ba-
san en percepciones (Midden, 1988). Estas percepciones, sin embargo, pueden
estar relacionadas con características estructurales y de prestaciones de las ins-
tituciones, que también se construyen a través de un diálogo constante con su
público de referencia, representado a veces por los ciudadanos, otras por otras
instituciones o por los grupos.
Si miramos al excursus llevado a cabo en este trabajo se puede detectar la
presencia o la ausencia de un proceso comunicativo circular del que se des-
prende una apertura o bien un cierre del diálogo entre instituciones y ciuda-
danos.
En los modelos definidos como lineales el conocimiento del riesgo y de sus
efectos está excluido del proceso de comunicación; lo que se comunica son las
decisiones ya adoptadas en materia de riesgo. El objeto de la comunicación no
es encontrar una estrategia participativa de contención del riesgo, sino que el
objeto de la comunicación es hacer aceptar a los ciudadanos las elecciones es-
tratégicas que ya se han adoptado y que se han seleccionado como las mejores
posibles. Por esta razón es por la que ya en 1988 Covello y Allen formularon
las siete reglas para una correcta comunicación del riesgo, entre las cuales la
primera precisamente es: aceptar e involucrar al público como partner, esto
significa crear un público informado, no simplemente esforzarse para apaci-
guar las reacciones del público respecto a controversias relacionadas con el
riesgo o debilitar las acciones de protesta. Es necesario, además: planificar cui-
dadosamente y valorar los esfuerzos, puesto que objetivos, públicos y medios
de comunicación diferentes requieren acciones distintas; escuchar las preocu-
paciones específicas del público, dado que las personas a menudo se preocu-
pan más de la confianza, de la credibilidad, de la competencia, de la equidad
y de la empatía que de las estadísticas y de los detalles técnicos. Ser honestos
y abiertos, dado que la confianza y la credibilidad son difíciles de obtener y
una vez perdidas son casi imposibles de recuperar. Trabajar con otras fuentes
o instituciones creíbles, satisfacer las exigencias de los medios de comunica-
ción, teniendo en cuenta que los medios a menudo están más interesados en
la política que en el riesgo, en la sencillez que en la complejidad, en el peligro
más que en la seguridad. Hablar claramente y con compasión, si ocultar nunca
las dificultades y el dolor causados por la tragedia de una enfermedad, de un
accidente o ante la muerte. Las personas son capaces de comprender la infor-
mación sobre los riesgos, pero podrían no estar de acuerdo con las decisiones
Gevisa La Rocca 149
adoptadas por las instituciones y algunos podrían quedar insatisfechos. Se tra-
ta de proceder hacia una comunicación del riesgo integrada desde el punto de
vista de los actores.
La visión positivista ya ha cuestionado la idea según la cual la ciencia des-
cubre verdades objetivas mediante procesos racionales y lineales. Autores
como Kuhn (1970) y Latour (1996) han sostenido que el conocimiento no es
una acumulación de hechos que progresan hacia la verdad sino más bien un
conjunto de percepciones acordadas por una comunidad mediante hábitos
discursivos.
La misma idea positivista podría o debería tomarse prestada en las pro-
puestas relativas al riesgo, avanzando así hacia un aumento de la implicación
del público en el proceso de toma de decisiones sobre el riesgo (Gabrill y Sim-
mons, 1998). Pero esto exige que el concepto de conocimiento científico se des-
place hacia una comprensión negociada, una creación de un espacio dentro de
la “comunidad” de los evaluadores del riesgo para “los demás”. De este modo,
lo que algunos ven como una simple protesta pública contra las valoraciones o
las políticas de riesgo, se convierte ella misma en un aspecto fundamental en
la construcción del “riesgo”.
D esta forma, la comunicación del riesgo se transforma en una compleja
red de problemas y actores que trabajan juntos para construir una política de
valoración y contención del riesgo. Waddel (1996) afirma que: “la comunica-
ción (…) es un intercambio de información interactivo durante el cual todos
los participantes comunican, apelan y comprometen valores, creencias y emo-
ciones. A través de este proceso, las decisiones de política pública se constru-
yen socialmente” (p. 142)7.
En lugar de un flujo lineal de información técnica del y sobre el riesgo, la
comunicación del riesgo debería convertirse en una red, en un proceso in-
teractivo de intercambio de información, opiniones y valores entre todas las
partes implicadas. En contraste con todos los modelos lineales, este enfoque
equipara la jerarquía entre “experto” e “inexperto” y considera que la valora-
ción del riesgo tiene que incorporar los elementos técnicos y las evaluaciones
sobre el riesgo dentro de un marco más amplio, que incluye el marco social.
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