100% encontró este documento útil (3 votos)
450 vistas66 páginas

Proceso de Amparo en Perú: Análisis Jurídico

Este documento presenta un análisis del proceso de amparo en Perú desde la teoría general del proceso. Discute la naturaleza procesal del amparo, sus presupuestos y objeto, los sujetos involucrados, el procedimiento y la sentencia. Concluye que es necesaria una reforma legislativa que dote al amparo de mayor agilidad y eficacia, inspirándose en los lineamientos de la teoría general del proceso para suplir vacíos en la legislación actual.

Cargado por

ClauDiah YamIleh
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (3 votos)
450 vistas66 páginas

Proceso de Amparo en Perú: Análisis Jurídico

Este documento presenta un análisis del proceso de amparo en Perú desde la teoría general del proceso. Discute la naturaleza procesal del amparo, sus presupuestos y objeto, los sujetos involucrados, el procedimiento y la sentencia. Concluye que es necesaria una reforma legislativa que dote al amparo de mayor agilidad y eficacia, inspirándose en los lineamientos de la teoría general del proceso para suplir vacíos en la legislación actual.

Cargado por

ClauDiah YamIleh
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

INTEGRANTES:

LEITA DAVILA GONZALES


SANDRO CARBAJAL DE LA CRUZ
AMELIA HUARILLOCLLA MAMANI
MARIANELLA ACOSTA SALAS
ALEXANDER CUTIPA COHAILA

DOCENTE:

PROCESO DE ABOG. BRAULIO JULI

AMPARO
DERECHO CONSTITUCIONAL
Contenido
EL PROCESO CONSTITUCIONAL DE AMPARO EN EL PERÚ: UN ANÁLISIS
DESDE LA TEORÍA GENERAL DEL PROCESO ................................................................ 3
I. INTRODUCCIÓN ............................................................................................................ 3
II. AMPARO Y TEORÍA GENERAL DEL PROCESO .................................................... 4
III. NATURALEZA PROCESAL DEL AMPARO .......................................................... 7
1. ¿Acción, juicio o recurso? ..................................................................................... 7
2. El amparo como proceso constitucional ........................................................... 8
IV. PRESUPUESTOS DEL AMPARO. OBJETO DEL PROCESO ......................... 10
1. Derechos constitucionales objeto de protección .......................................... 10
2. Acto lesivo a los derechos constitucionales .................................................. 12
A. En función del tiempo de su realización ...................................................... 13
B. En función del modo de afectación ............................................................... 14
3. De acuerdo con su reparabilidad ....................................................................... 15
C. De acuerdo con la subsistencia de la lesión .............................................. 16
D. Según la evidencia de la lesión ...................................................................... 16
E. De acuerdo con su consentimiento................................................................... 17
4. Ausencia de vías administrativas para la tutela del derecho. Opción
entre el amparo o la vía judicial paralela ................................................................. 18
A. La necesidad de agotar la vía administrativa ............................................. 19
B. La opción por la vía paralela ........................................................................... 19
5. Exclusiones ............................................................................................................. 20
V. SUJETOS EN EL PROCESO DE AMPARO ............................................................ 22
1. Las partes en el amparo ....................................................................................... 22
2. Legitimación activa ................................................................................................ 23
C. Legitimación de terceros.................................................................................. 29
D. Legitimación del defensor del pueblo .......................................................... 30
E. Legitimación y derecho al medio ambiente .................................................... 30
3. Legitimación pasiva ............................................................................................... 32
4. Intervención de terceros en el proceso............................................................ 32
5. Órgano jurisdiccional competente .................................................................... 35
6. El Ministerio Público.............................................................................................. 40
VI. EL PROCEDIMIENTO DE AMPARO .................................................................... 41
1. La demanda de amparo ........................................................................................ 41
2. Suplencia de la queja deficiente ........................................................................ 42

1
3. Plazo para interponer la demanda ..................................................................... 45
4. Improcedencias. Rechazo in limine de la demanda ...................................... 47
5. Medida cautelar....................................................................................................... 51
6. Contestación de la demanda ............................................................................... 52
7. Excepciones ............................................................................................................ 52
8. La prueba en el amparo ........................................................................................ 53
VII. LA SENTENCIA DE AMPARO. RECURSOS Y EJECUCIÓN .......................... 56
1. Sentencia .................................................................................................................. 56
2. Recursos impugnativos........................................................................................ 56
3. Cosa juzgada ........................................................................................................... 58
4. Ejecución de sentencias, costas y sanción al agresor ................................ 60
VIII. CONCLUSIONES ..................................................................................................... 63
IX. BIBLIOGRAFIA ......................................................................................................... 65

2
EL PROCESO CONSTITUCIONAL DE AMPARO EN EL PERÚ: UN
ANÁLISIS DESDE LA TEORÍA GENERAL DEL PROCESO

I. INTRODUCCIÓN

El amparo, institución procesal de origen mexicano, se introduce en el


ordenamiento jurídico peruano en la constitución de 1979 (artículo
295) y se mantiene en la carta vigente de 1993 (artículo 200, inciso 2).
Ha sido concebido como una "garantía constitucional" destinada a
proteger los derechos constitucionales distintos a la libertad individual,
vulnerado o amenazado por cualquier autoridad, funcionario o
persona.

Con anterioridad, si bien existieron algunos antecedentes nacionales,


como el llamado habeas corpus civil previsto por el decreto ley 17083,
que era una ampliación de la clásica figura inglesa a la tutela de
derechos distintos a la libertad individual y que se tramitaba ante
magistrados civiles, sólo puede hablarse del amparo como figura
autónoma e integral a partir de la vigencia del texto constitucional de
1979.

Durante la vigencia del amparo peruano, breve si la comparamos con


experiencias como la mexicana o argentina para referirnos a dos
países que le sirvieron de fuente de inspiración, se han suscitado
diversos problemas en su funcionamiento que lejos de flexibilizar su
tramitación y acercarla a los justiciables la han tornado lenta y distante.
De ahí que sea necesario pensar en una necesaria reforma legislativa
que contribuya a dotarlo de la cuota de agilidad y eficacia que requiere
una institución de esta naturaleza.
Un aspecto crucial para iniciar esta empresa reformadora, consiste en
entender algo que todavía no penetra profundamente en un sector de
la doctrina. Nos referimos a la necesaria consideración del amparo
como un proceso constitucional y la consiguiente inspiración en los
lineamientos que brinda la teoría general del proceso para regular y

3
suplir los vacíos que la legislación de amparo presenta, aspectos a los
que el profesor Fix-Zamudio les ha dedicado profundas
reflexiones. Precisamente, el objeto de este ensayo es contribuir a
aclarar los aspectos procesales del amparo peruano, como paso
previo para su indispensable reforma legislativa.

II. AMPARO Y TEORÍA GENERAL DEL PROCESO

En las últimas décadas viene fortaleciéndose y tomando carta de


ciudadanía tanto en la doctrina como en la cátedra universitaria, la
llamada teoría general del proceso. Esta teoría "tiene su punto de
partida en la unidad del derecho procesal" y por ella "ha de
entenderse, lato sensu, el estudio y exposición de los conceptos,
instituciones y principios comunes a las distintas ramas procesales, es
decir, los componentes del tronco de que todas ellas arrancan". Se
trata de "llegar en la unidad científica hasta allí a donde sea posible,
sin forzar la esencia de los conceptos".

Desde esta perspectiva, se acepta pacíficamente que las distintas


disciplinas procesales tienen elementos comunes que pueden
agruparse sintéticamente y ser de aplicación a todas ellas. No estamos
pues ante materias alejadas entre sí y totalmente desvinculadas.
Existe entre ellas un tronco común que las identifica.

Esta unidad de principios comunes aceptada cuando hablamos del


derecho procesal civil y penal, no ha sido tan desarrollada cuando nos
referimos al derecho procesal constitucional, y en concreto a una de
sus figuras más conocidas, el amparo.

Una explicación de este distanciamiento entre la teoría general del


proceso y el amparo nos la brinda la simple constatación del momento
en que aparece el amparo.

4
En apretada síntesis podemos recordar que el amparo nace en México
en la Constitución del Estado de Yucatán vigente desde el 16 de mayo
de 1841, a través de la intervención de Manuel Crescencio Rejón. A
nivel federal se introduce en el acta de reformas de 1847, que se nutrió
de las ideas de Mariano Otero, y se mantiene en la Constitución
Federal de 1857 y en la vigente de 1917, que cuenta con varias
reformas. La primera ley de amparo data de 1861 y desarrolló los
artículos 101 y 102 de la constitución de 1857.

Si sólo nos detenemos en las fechas antes indicadas podemos


constatar que el amparo mexicano nace en una época en la que el
procesalismo científico aún no se había consolidado, es decir, cuando
imperaba en el ambiente el procedimentalismo.

En efecto, como ha anotado Niceto Alcalá-Zamora el procesalismo


científico se inicia en Alemania en una fecha cierta: 1868, cuando
Óscar Bulow publica su libro La teoría de las excepciones procesales
y los presupuestos procesales. Es más, como indica el citado autor,
en el desarrollo del procesalismo científico pueden distinguirse cuatro
sectores: la escuela germánica con Wach como fundador; el
procesalismo italiano con Giusseppe Chiovenda a la cabeza cuando
aborda en 1903 el tema de la acción en el sistema de los derechos,
aunque con valiosos trabajos previos; el procesalismo español pero
sólo a partir de 1920; y el derecho iberoamericano donde "el mejor
procesalismo americano se encuentra en Sudamérica y más
concretamente en Brasil, Uruguay y Argentina". En consecuencia,
ningún país europeo ni de América Latina había escapado de las
ataduras del procedimentalismo, cuando el amparo comienza a dar
sus primeros pasos.

Esto explica que el denominado juicio de amparo mexicano haya


nacido desprovisto del arsenal de categorías e instituciones que viene
desarrollando el procesalismo científico y, en concreto, la teoría
general del proceso. Tal afirmación se confirma cuando se examinan

5
algunas denominaciones clásicas, que como anota Alfonso Trueba
han eludido el empleo de las voces propias del derecho procesal.7 Así,
por ejemplo, la llamada "fórmula Otero" no es más que el principio de
relatividad de las sentencias; la suspensión del acto reclamado no es
otra cosa que una medida cautelar; el quejoso y la autoridad
responsable en rigor son las partes del proceso (demandante y
demandado), entre otros aspectos.

No obstante, esto que puede resultar excusable en el momento en que


aparece el amparo, hoy no puede ser aceptado pues significaría
desconocer la existencia de una teoría general del proceso y la
naturaleza procesal del amparo.

En tal sentido, compartimos la opinión de Alfonso Noriega quien


considera que "es necesario encuadrar el amparo [...], dentro del
marco del derecho procesal y hacer que la institución se nutra y
beneficie de los principios de [...] la disciplina que se ha denominado
teoría general del proceso". De igual modo, acogemos la autorizada
opinión de Fix-Zamudio quien afirma que debe relacionarse la
naturaleza del amparo con la teoría general del proceso con el fin de
establecer "los lineamientos de nuestra institución que hasta muy
recientemente sólo era examinada desde el punto de vista sustantivo
o constitucional".
Y es que para aproximarnos a determinar la naturaleza, concepto,
alcances y características fundamentales del amparo es preciso acudir
a una metodología que necesariamente vincule al amparo con la teoría
general del proceso. Hay pues que reivindicar la naturaleza procesal
del amparo. Esto no significa desconocer la influencia del derecho
constitucional en el estudio del amparo, por ejemplo, para ir
acomodando los principios procesales a la defensa de los derechos
constitucionales de la persona, sino tan sólo destacar la autonomía del
amparo, en tanto figura procesal, de la disciplina sustantiva o derecho
constitucional. Sólo así podremos contar con una mejor perspectiva
para su análisis.

6
III. NATURALEZA PROCESAL DEL AMPARO

Cuando tratamos de introducirnos en el concepto procesal del amparo


con frecuencia nos encontramos con el empleo de una terminología
variable. En efecto, si acudimos a la experiencia mexicana que lo
informa, se le atribuye el carácter de "juicio" así lo dispone el artículo
107 de su constitución; en Argentina, se prefiere la expresión "acción"
-artículo 1 de la ley 16986-; en España se le califica como "recurso"
artículo 53.2 de la constitución de 1978.

En el Perú, tanto la constitución de 1979 como la de 1993 han utilizado


la voz acción. Sin embargo, cabe preguntarnos ¿en realidad estamos
ante una acción, un juicio o un recurso?, ¿se tratan acaso de
conceptos similares? Como se sabe, los términos mencionados han
merecido especial atención del derecho procesal.

1. ¿Acción, juicio o recurso?


La "acción", cuya definición ha variado conforme se han ido
consolidando los estudios de derecho procesal y de acuerdo con
las diversas teorías que sobre ella se han elaborado, podemos
entenderla como "el derecho de acudir a los órganos
jurisdiccionales para ejercitar pretensiones o para oponerse a
ellas". Hoy se reconoce su carácter unitario que niega la posibilidad
de clasificar las acciones en civiles, penales o constitucionales,
pues como lo explica Fix-Zamudio se trata de una única figura
desligada del derecho material que con ella puede discutirse.

Por otro lado, conforme lo ha señalado Alcalá Zamora, la expresión


"juicio" históricamente ha sido concebida como sinónimo de
sentencia, aunque posteriormente en hispanoamérica se ha
seguido un concepto más amplio que lo identifica con el término
proceso.

7
En verdad, creemos siguiendo a Véscovi, que aquella expresión
"se refiere más bien al trabajo del juez que pone fin al proceso [...],
enfatiza más la actividad intelectual (del magistrado) que el
desarrollo de los actos".

Finalmente, el término "recurso" constituye un medio de


impugnación de los actos procesales destinado a promover su
revisión y eventual modificación.

Ahora bien, si examinamos el amparo a la luz de tales categorías


podemos afirmar que de ser calificado como acción, juicio o recurso
estaríamos aplicando una terminología inadecuada. En efecto,
mientras por un lado no existe "una multiplicidad de acciones", por
otro tampoco es coherente denominarlo juicio pues de hacerlo sólo
estaríamos incidiendo en aquella actividad del juez que pone fin al
proceso, salvo que empleemos dicha expresión como sinónimo de
proceso, y finalmente no resulta apropiado llamarlo recurso pues
aquél se restringe a la fase impugnativa del proceso, y el amparo
peruano cuenta con un alcance mucho mayor. Por ello, no estamos
de acuerdo cuando la constitución de 1979 y la de 1993 optan por
denominarlo "acción de amparo".

2. El amparo como proceso constitucional


Para nosotros, el amparo destinado a la defensa de derechos
constitucionales es un proceso cuya peculiaridad descansa en su
naturaleza constitucional, por ello preferimos calificarlo de ésa
manera. Este proceso es objeto de estudio de una disciplina que
paulatinamente viene consolidando su autonomía respecto del
derecho sustantivo, nos referimos al derecho procesal
constitucional.

En consecuencia resultará lógico y necesario acudir a la teoría


general del proceso. Su particularidad estará dada porque se
encuentra inspirado por el valor y especialidad propios de las
8
normas constitucionales que debe instrumentar. De esta manera,
sólo en un sentido "amplio" no estrictamente procesal, se sigue
empleando una terminología distinta para identificarlo -acción,
juicio y recurso-, aunque no sean las expresiones más adecuadas.

En este sentido, debemos acudir a esta teoría para determinar la


clase de pretensión manifestada en el amparo. De acuerdo con
ello, descubriremos algunas de las características fundamentales
de este proceso. Antes, debe recordarse que con frecuencia se ha
confundido la acción con la pretensión. La primera, explica Fairén,
es un derecho de naturaleza constitucional de acudir a los
tribunales para "ponerlos en movimiento, aunque no se determine
claramente su dirección". La pretensión, en cambio, "es una
petición fundada que se dirige a un órgano jurisdiccional, frente a
otra persona, sobre un bien de cualquier clase que fuere".

Al hilo de esta afirmación, podemos afirmar que la pretensión


manifestada a través del amparo es una "declarativa de condena",
es decir, persigue una declaración judicial que debe ponerse en
práctica obligando al emplazado a que haga, deshaga, no haga o
entregue algo al afectado. De acuerdo con ello, puede
caracterizarse al amparo como un proceso que combina una fase
de conocimiento (declarativa) y otra de ejecución, es decir, aquél
en que el juez declara el derecho y prosigue luego con la etapa de
cumplimiento de lo resuelto.

En resumen, concebimos al amparo como un proceso de


naturaleza constitucional cuya pretensión es obtener la protección
jurisdiccional frente a los actos lesivos (amenazas, omisiones o
actos stricto sensu) de los derechos constitucionales distintos a la
libertad individual y a los tutelados por el habeas data, cometidos
por cualquier, autoridad, funcionario o persona.

9
IV. PRESUPUESTOS DEL AMPARO. OBJETO DEL PROCESO

Ni la constitución ni la ley enumeran de modo ordenado y sistemático


los presupuestos del proceso constitucional de amparo. Efectivamente
el texto constitucional (artículo 200, inciso 2) se limita a señalar que el
amparo procede contra el hecho u omisión, por parte de cualquier
autoridad, funcionario o persona, que vulnera o amenaza los derechos
reconocidos por la constitución distintos a la libertad individual y a los
derechos tutelados por el habeas data. Pese a ello, y fortalecidos por
las herramientas que nos brinda la doctrina, resulta posible hilvanar
los distintos presupuestos del proceso de amparo que a lo largo de los
textos normativos subyacen.

1. Derechos constitucionales objeto de protección


La constitución de 1993 es muy precisa al disponer que el amparo
protege los derechos que ella reconoce, es decir, los derechos
constitucionales, distintos a la libertad individual y a los tutelados
por el habeas data. El texto vigente emplea la categoría derechos
fundamentales pero lo hace para denominar a los derechos
incluidos en el capítulo I del título I de la carta. Los restantes
derechos constitucionales, si bien en estricto no son
fundamentales, gozan de la protección reforzada de las garantías
constitucionales.

Desarrollando similar precepto previsto por la constitución de 1979,


el artículo 24 de la ley 23506, ley de habeas corpus y amparo
(diciembre de 1982), establece una enumeración abierta de
derechos susceptibles de ser tutelados, y el artículo 25 del mismo
texto legal dispone que no dan lugar al amparo los derechos a que
se refiere la sexta disposición general y transitoria de la
constitución, vale decir, aquellos que para su cumplimiento
requieren un gasto o inversión por parte del Estado.

10
Por su parte, el artículo 15 de la ley 25398 (febrero de 1992)
establece que:
 Los derechos protegidos por las acciones de garantía deben
entenderse e interpretarse dentro del contexto general de la
Constitución Política del Perú, los Convenios
Internacionales de Derechos Humanos ratificados por la
República y los principios generales del derecho y
preferentemente, los que inspiran el derecho peruano.
 En el mismo sentido, la 4a. disposición final y transitoria de
la constitución de 1993 señala que
 Las normas relativas a los derechos y a las libertades que la
Constitución reconoce se interpretan de conformidad con la
Declaración Universal de Derechos Humanos y con los
tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas
materias ratificados por el Perú.
 De acuerdo con las normas citadas, entendemos que
nuestra carta fundamental ha optado por una tesis
intermedia en lo que respecta a la protección de los
derechos fundamentales a través del amparo.
 En efecto, pueden distinguirse siguiendo a Sagüés, tres
posibles opciones, una tesis amplia, otra intermedia y
finalmente una posición restrictiva.
 La tesis amplia no sólo protege los derechos
constitucionales distintos a la libertad individual, sino
también derechos que no gozan de aquel rango pero que
llegan a ser tutelados debido, muchas veces, a una
interpretación extensiva de una norma constitucional. Esta
posición ha sido acogida en la experiencia mexicana,
cuando admite la procedencia del llamado "amparo-
casación" o "amparo-recurso" en defensa de la legalidad de
las resoluciones judiciales, es decir, de la exacta aplicación
de la ley.

11
 La tesis restrictiva, en cambio, no protege todos los
derechos constitucionales, sino prioriza algunos de ellos y
excluye otros. Esto sucede en la experiencia española pues
el artículo 53 de la carta de 1978 sólo concede el amparo en
defensa de los derechos contenidos en el artículo 14 y la
sección primera del capítulo II relativo a los derechos
fundamentales y libertades públicas. Por otro lado, en
doctrina, el argentino Sánchez Viamonte postulaba desde
mucho tiempo atrás que el amparo sólo debía encaminarse
a tutelar los derechos constitucionales que no tengan
contenido patrimonial, pues éstos últimos pueden ventilarse
a través de los procedimientos ordinarios.

Finalmente, la tesis intermedia, a la cual se afilia el ordenamiento


peruano, habilita el amparo en resguardo de todos los derechos
fundamentales. Esta perspectiva, excluye a aquellos derechos que
no gozan de raíz constitucional, e incluye a los derechos de
naturaleza patrimonial.

2. Acto lesivo a los derechos constitucionales


El derecho mexicano suele denominar al acto violatorio de
derechos constitucionales susceptible de ser cuestionado a través
del amparo como "acto reclamado". Así lo disponen tanto la
constitución como la ley reglamentaria. La experiencia argentina,
en cambio, acostumbra calificarlo como "acto lesivo". En ambos
casos suele acudirse a un concepto amplio de la expresión "acto".

En el Perú, no se acostumbra emplear expresiones similares. Ello,


no nos impide utilizarlas pues resultan particularmente didácticas y
esclarecedoras, dado que a través de ellas determinaremos cuáles
son los requisitos que el acto debe reunir para que sea susceptible
acudir al proceso de amparo. En caso que no esté presentes la
demanda será improcedente.

12
En este orden de ideas, podemos distinguir el acto lesivo o
reclamado de acuerdo con los siguientes criterios fundamentales
inspirados tanto en la experiencia mexicana como argentina.

A. En función del tiempo de su realización

a) Actos pasados.
Cuando el acto se ha llevado a cabo, o en conocida
expresión mexicana, cuando aquél se encuentra
"consumado", sólo será viable acudir al amparo si a través
de él pueden reponerse las cosas al estado anterior a la
lesión o amenaza de violación del derecho. Ello se encuentra
estrechamente ligado a la exigencia de "reparabilidad" del
acto cuestionado; por lo demás, así lo señala el artículo 1 de
la ley 23506. En otras palabras, para que un acto "pasado"
pueda ser considerado como "acto reclamado" deberá ser
susceptible de ser reparado a través del amparo.

b) Actos presentes.
Son aquellos que se vienen realizando al momento de acudir
al amparo. En este caso aquél tendrá por objeto impedir la
continuación de la lesión.

c) Actos futuros.
Se trata de actos que aún no se han realizado en su
totalidad. Como precisa la doctrina y jurisprudencia
mexicanas, no todo acto futuro habilita el empleo del
amparo, pues aquél debe ser "cierto e inminente". De tal
forma, los actos futuros "remotos o probables" quedan
descartados de la protección constitucional. La ley 23506 no
fijó estos requisitos, sin embargo, ellos fueron
recepcionados por la jurisprudencia. La ley 25398 ha
precisado en su artículo 4 que "Las acciones de garantía, en
el caso de amenaza de violación de un derecho

13
constitucional, proceden cuando ésta es cierta y de
inminente realización".

d) Actos de tracto sucesivo.


En ellos se está en presencia de una lesión continuada en
la que se unen sin solución de continuidad las categorías
antes mencionadas, pues el acto se ha estado realizando
(acto pasado), se viene llevando a cabo (acto presente) y
seguramente seguirá realizándose (acto futuro o amenaza).
A juicio de Burgoa, estos actos son "aquellos cuya
realización no tiene unicidad temporal o cronológica, esto es
que para la satisfacción integral de su objeto se requiere una
sucesión de hechos entre cuya respectiva realización medie
un intervalo determinado. En estos supuestos, dada la
unidad del acto, el objeto del amparo estará destinado no
sólo a evitar su continuación, sino también a reparar los
agravios realizados en tanto ello sea posible. La ley
reglamentaria (23506) no se refirió a este tipo de actos. En
cambio, la ley complementaria (25398) alude indirectamente
a ellos al regular lo referente a la caducidad (artículo 26,
párrafo final).

B. En función del modo de afectación

a) Actos positivos.
La lesión normalmente se lleva a cabo a través de actos
comisivos, es decir, aquellos que implican un hacer, o una
amenaza de hacer algo por parte del agresor. En otras
palabras, se trata de determinadas conductas o actividades
de una autoridad, funcionario o persona que resultan lesivas
a los derechos constitucionales.

14
b) Omisiones.
La lesión también puede producirla a través de un no hacer
o una abstención, es decir mediante una omisión del
agresor. No toda omisión habilitará el empleo del amparo.
Ella estará constituida por una abstención a realizar algo
que el agresor "deba" cumplir. Es decir, se trata de la
omisión de un acto de cumplimiento obligatorio, que tiene
ese carácter porque así lo impone el ordenamiento jurídico.
La ley 23506 al referirse a la omisión de un "acto debido"
(artículo 4o.), así lo reconoce.

3. De acuerdo con su reparabilidad

a) Actos reparables.
El acto reclamado para ser tal ha de ser reparable, es decir,
sólo será viable acudir en amparo si el acto cumple tal
presupuesto. Debemos anotar que este concepto no alude a
una posible reparación económica pues todo agravio es
susceptible de ser reparado de esa manera, sino a la
reparación que puede brindarse a través del proceso
constitucional. Recordemos que el objeto de aquél es
reponer las cosas al estado anterior a la lesión o amenaza
de lesión de un derecho fundamental. Esta expresión exige,
entonces, que a través del amparo se pueda "restituir al
quejoso en el goce y disfrute de la situación jurídica o de la
garantía contravenidas".

b) Actos irreparables.
Si el acto no es susceptible de ser reparado a través del
proceso constitucional, no podrá ser tutelado en esta vía
especial. Así lo indica expresamente el primer inciso del
artículo 6 de la ley 23506.

15
C. De acuerdo con la subsistencia de la lesión

a) Actos subsistentes.
La vigencia de la lesión o su amenaza cierta e inminente es una
característica fundamental del acto lesivo. Al momento de
resolver el conflicto ha de subsistir la agresión, de lo contrario el
juez desestimará la demanda.

b) Actos no subsistentes.
Si el acto reclamado no cumple con el requisito anterior, es
decir, si ha cesado y carece de vigencia, la demanda será
improcedente. En este sentido se pronuncia el primer inciso
del artículo 6 de la ley 23506. Así también sucede en la
experiencia argentina pues si se presenta una "cuestión
abstracta" -en caso de haber cesado la lesión, el amparo
será rechazado.

D. Según la evidencia de la lesión

a) Actos de arbitrariedad manifiesta.

El acto para poder ser cuestionado ha de ser


manifiestamente arbitrario, es decir, la lesión o amenaza al
derecho fundamental debe ser indubitable, clara o evidente,
o en todo caso a través de un breve debate probatorio
congruente con la sumariedad del trámite del amparo, la
agresión pueda ser acreditada. Este requisito, característico
del acto lesivo en la experiencia argentina así lo reconoce la
ley 16986 (artículo 1), no ha sido contemplado por nuestra
ley reglamentaria. No obstante, creemos que a aquél
podemos arribar a partir de una interpretación sistemática,
pues la ley no contempla un periodo probatorio, lo cual
denota que la demanda para prosperar o debe ser desde el

16
inicio manifiesta o la agresión puede ser susceptible de ser
acreditada en virtud de una prueba mínima.

b) Actos no manifiestos.

Si el agravio imputado al acto lesivo, no es manifiesto o


palmario aquél podrá ser cuestionado a través de los demás
procedimientos judiciales más no mediante la vía
constitucional de amparo.

E. De acuerdo con su consentimiento

a) Actos consentidos.

El derecho mexicano distingue dos supuestos de


consentimiento del acto reclamado, uno tácito y otro
expreso. La consecuencia en ambos casos es la
improcedencia del amparo. El consentimiento tácito lo
constituye básicamente la caducidad, es decir, si el afectado
no interpone la demanda en el plazo establecido por la ley
se entenderá que ha consentido y no podrá acudir al
amparo. En cambio, el segundo supuesto sólo puede
funcionar cuando el quejoso demuestra por actos
indubitables su consentimiento con la lesión, en otras
palabras, "cuando se manifiesta verbalmente, por escrito o
por signos inequívocos". Entre nosotros, la ley 23506 sólo
contempla la caducidad (artículo 37), lo cual no genera
mayor discusión pues si bien quedará cerrada la vía del
amparo podrá acudirse a los demás procesos judiciales. En
cambio, no se ha previsto el caso de un consentimiento
expreso. Ello, independientemente de que resulte
cuestionable el consentimiento respecto a la lesión de un

17
derecho que en todo caso será materia de un análisis al
caso concreto, impide a nuestro juicio incluir tal figura en el
amparo.

b) Actos no consentidos.

Si no está presente el supuesto de haberse vencido el


término establecido para interponer la demanda previsto por
el artículo 37 de la ley 23506 el consentimiento expreso no
ha sido regulado, podrá acudirse al proceso de amparo.

4. Ausencia de vías administrativas para la tutela del derecho.


Opción entre el amparo o la vía judicial paralela

Es frecuente en doctrina, al abordar la naturaleza del amparo, que


se afirme que se trata de un remedio excepcional, residual y hasta
heroico, pues si existen vías distintas (administrativas o judiciales)
para proteger los derechos afectados el amparo no procede. Esta
problemática, en el derecho mexicano se aborda a partir del
llamado "principio de definitividad" y en el derecho argentino a partir
de lo que se conoce como la necesidad de agotar las vías previas
y las vías paralelas.

El ordenamiento peruano ha tomado posición al respecto


distinguiendo la procedencia del amparo cuando existen
procedimientos administrativos para reparar el acto lesivo a los
derechos constitucionales, de la presencia de otros procesos
judiciales (civiles, laborales, administrativos) que puedan tutelar al
justiciable.

18
A. La necesidad de agotar la vía administrativa

El artículo 27 de la ley 23506 dispone que sólo procede acudir


al amparo si se han agotado las vías previas, es decir, el
procedimiento administrativo previsto legalmente para
impugnar el acto lesivo cometido por la administración.

Esta regla, no obstante, tiene cuatro excepciones que han sido


reguladas por el artículo 28 de la ley 23506 y que permiten
acudir al amparo sin necesidad de agotar la vía administrativa:
a) una resolución que no es la última en la vía administrativa,
es ejecutada antes de vencerse el plazo para que quede
consentida;
b) por el agotamiento de la vía previa pudiera convertirse en
irreparable la agresión;
c) la vía previa no se encuentra regulada, o si ha sido iniciada,
innecesariamente sin existir obligación de hacerlo; y
d) si no se resuelve la vía previa en los plazos establecidos.

B. La opción por la vía paralela

El artículo 6 inciso 3 de la ley 23506 dispone que no procede el


amparo "cuando el agraviado opta por recurrir a la vía judicial
ordinaria". La doctrina y jurisprudencia nacional han asimilado
esta expresión a lo que la experiencia argentina ha denominado
"vías paralelas".

Se ha entendido por vía paralela a todo proceso judicial distinto


al amparo (civil, laboral, administrativo, etc.) que puede proteger
el derecho constitucional afectado. Además, la jurisprudencia
ha interpretado que el referido inciso establece un derecho de
opción pues el demandante puede escoger entre presentar un
amparo o acudir a la vía paralela. Lo que es obvio es que si el

19
afectado acude a la vía paralela ya no podrá interponer una
demanda de amparo.

5. Exclusiones

De acuerdo al artículo 200 inciso 2 de la constitución, el proceso


de amparo procede contra el hecho o la omisión de cualquier
autoridad, funcionario o persona que vulnera o amenaza derechos
distintos a la libertad individual y a los que son tutelados por
el habeas data. La carta agrega que no procede contra normas
legales ni contra resoluciones judiciales emanadas de un
procedimiento regular.

No resulta conveniente que desde el plano constitucional se impida


el empleo del amparo frente a normas legales. Esto debió estar
sujeto a una opción legislativa y no a una petrificación
constitucional. En efecto, existen claros supuestos de normas
legales de ejecución inmediata conocidas en doctrina como
"normas autoaplicativas", que no requieren de ningún acto que las
aplique o reglamente, pues desde su vigencia lesionan derechos
fundamentales; así por ejemplo una ley que cesa a partir de su
vigencia a las autoridades elegidas de una universidad o que deja
sin efecto un contrato privado. En estos casos, creemos, debió ser
posible utilizar directamente el amparo. Así por ejemplo, en
Europa, el derecho alemán lo admite, y en América Latina tanto la
experiencia mexicana como la costarricense lo habilitan en tales
supuestos.

Por cierto, una interpretación que trate de armonizar este inciso con
el que reconoce el control difuso (artículo 138, constitución),
permite sostener que si bien no procede el amparo contra normas
legales, sí cabe frente a los actos de aplicación de tales normas en
la medida que sean inconstitucionales.

20
De otro lado, al disponerse que el amparo no procede contra
resoluciones judiciales emanadas de un procedimiento regular
reitera lo señalado por el artículo 6 inciso 2 de la ley 23506. En
consecuencia, consideramos que puede asumirse la expresión
procedimiento regular como aquél en el cual se han respetado las
pautas esenciales de un debido proceso, y por tanto si ellas de
modo manifiesto no se respetan no habría impedimento para acudir
al amparo. Más aún, si la nueva carta reconoce determinados
derechos fundamentales a las personas sometidas a un proceso
judicial, concretamente el debido proceso o el derecho a la tutela
judicial efectiva (artículo 139, inciso 3); derechos que se ejercen y
vulneran también en un proceso judicial. Por todo ello, creemos que
resultaba innecesario incluir esta expresión en el texto
constitucional pues ella ya había sido prevista por la ley 23506.

Además, se establecen zonas exentas de control judicial,


asumiendo en el plano constitucional que determinados actos
constituyen "causas no justiciables", doctrina que en la actualidad
se encuentra en franco retroceso. En efecto, según el artículo 142
"no son revisables en sede judicial las resoluciones del Jurado
Nacional de Elecciones en materia electoral, ni las del Consejo
Nacional de la Magistratura en materia de evaluación y ratificación
de jueces".

Desarrollando parcialmente este dispositivo, el artículo 23 de la Ley


Orgánica del Jurado Nacional de Elecciones, ley 26486, ha
señalado que contra sus resoluciones "no procede recurso ni
acción de garantía alguna".

La experiencia de la aplicación de la décimo tercera disposición


transitoria de la constitución de 1979 evidenció notorios excesos
respecto a la ratificación de magistrados, que pudieron ser
subsanados a través del proceso de amparo. La norma actual, en

21
términos generales impide tales cuestionamientos, lo que nos
parece inadecuado pues no concebimos un sistema al que le sea
ajeno la búsqueda de limitar y controlar el poder. Y es que "el
control es un elemento inseparable del concepto de Constitución",
no siendo concebible "la Constitución como norma [...], si no
descansa en la existencia y efectividad de los controles. De ahí que
éstos se hayan ampliado y enriquecido en la teoría y en la práctica
constitucional de nuestro tiempo".

El artículo 142 se aparta de la idea de judicializar estos actos. No


obstante, tratándose de las decisiones del Consejo podría
interpretarse que procede el amparo, de modo excepcional, sólo
cuando se imponga una sanción inmotivada y sin previa audiencia
del interesado. El artículo 154 inciso 3 de la constitución le otorga
carácter inimpugnable a las decisiones del Consejo, cuando la
resolución final reúna tales requisitos.

V. SUJETOS EN EL PROCESO DE AMPARO

1. Las partes en el amparo


Cuando ingresamos al examen de las partes en el proceso de
amparo no podemos dejar de abordar la concepción que sobre
ellas utiliza el derecho procesal. Tradicionalmente suele citarse a
Chiovenda para quien "es parte aquel que demanda en propio
nombre la actuación de una voluntad de la ley y aquél frente al cual
esa voluntad es demandada". En otras palabras, se trata de un
concepto básicamente procesal alejado de un sustrato material o
sustantivo pues "lo que da la condición de parte (procesalmente
hablando) es la posición en el proceso, independientemente de la
calidad del sujeto del derecho (sustancial) o de la acción
(pretensión)".

Ahora bien, si nos detenemos en el análisis de algunos conceptos


de raíz procesal podemos distinguir siguiendo a Vescovi tres

22
calidades diferentes: parte (procesal), sujetos del derecho (de la
relación sustancial) y legitimados para pretender (legitimación en
la causa).

Los términos "parte" y "legitimación" si bien se encuentran


relacionados no pueden ni deben ser confundidos. Mientras el
primero alude a un aspecto esencialmente procesal, el segundo
trata de "determinar quiénes son los sujetos idóneos para entablar
un proceso de modo que la sentencia pueda producir frente a ellos
sus efectos característicos", es decir, vincula a dichos sujetos con
la relación jurídica sustancial deducida en el proceso permitiendo
un pronunciamiento sobre el fondo y operando por tanto como un
presupuesto procesal. La legitimación, por cierto, puede ser activa,
según quien pueda interponer la demanda correspondiente, o
pasiva, es decir, contra quien habrá de plantearse la respectiva
pretensión.

Al trasladar tales categorías al proceso de amparo, caracterizado


por su bilateralidad y respeto al principio del contradictorio, no se
encuentra mayor discusión respecto al concepto de partes -
demandante o demandado-, a los que el derecho mexicano
denomina agraviado o quejoso y autoridad responsable,
respectivamente. Incluso, nuestra jurisprudencia ya ha tenido
ocasión de pronunciarse al respecto. Así, por ejemplo, la Segunda
Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia en la demanda
presentada por Joel Rooz Durand contra una autoridad judicial
precisó: "son partes en la acción de amparo el afectado y el autor
de la infracción".

2. Legitimación activa
El artículo 26 de la ley 23506, con la adición (párrafo final)
dispuesta por el decreto legislativo 611, dispone: Tienen derecho a
ejercer la acción de amparo el afectado, su representante, o el
representante de la entidad afectada.
23
Sólo en casos de imposibilidad física para interponer la acción, sea
por atentado concurrente contra la libertad individual, por hallarse
ausente del lugar, o cualquier otra causa análoga, podrá la acción
de amparo ser ejercida por tercera persona, sin necesidad de poder
expreso, debiendo el afectado, una vez que se halle en posibilidad
de hacerlo ratificarse en la acción.

Cuando la acción se interponga por violación o amenaza de


violación de derechos constitucionales de naturaleza ambiental,
podrá ser ejercida por cualquier persona, aun cuando la violación
o amenaza no lo afecte directamente. Igual atribución tiene las
organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro, cuyo objeto
es la defensa del medio ambiente.

De acuerdo con la norma citada, se encuentran legitimados para


iniciar el proceso de amparo:
a) el afectado,
b) la entidad afectada,
c) un tercero sin representación sólo en caso de imposibilidad
física del afectado, y
d) cualquier persona así como las organizaciones no
gubernamentales sin fines de lucro tratándose de atentados a
derechos de naturaleza ambiental (párrafo agregado por el
decreto legislativo 611). Asimismo, la reciente ley orgánica de
la Defensoría del Pueblo concede legitimación al defensor para
interponer el amparo. Analicemos, con mayor detenimiento los
casos mencionados.

A. El afectado
La norma se refiere a las personas naturales o físicas y exige
que aquéllas se encuentren "afectadas" en sus derechos
fundamentales para estar legitimadas y poder iniciar el
respectivo proceso constitucional, ya sea directamente o a
24
través de su representante. Entendemos que la afectación
sufrida por el actor o quejoso "no tiene que concretarse
necesariamente en un desconocimiento del derecho, sino que
se dará, también, cuando se menoscabe o se obstaculice,
aunque sea indirectamente su ejercicio".

Además, debe tomarse en cuenta, conforme se desprende de la


redacción del artículo 22 de la ley 25398, que si la persona
afectada no reside en el Perú, el amparo deberá ser interpuesto
por apoderado acreditado que goce de residencia en el país o
por tercera persona, supuesto que examinaremos en líneas
posteriores.

B. La entidad afectada
El texto constitucional de 1979 siguiendo la experiencia
alemana, introdujo un dispositivo según el cual los derechos
fundamentales también rigen para las personas jurídicas en
cuanto les sean aplicables (artículo 3). De tal manera, se
permitía en forma expresa que ellas a través de su
representante puedan iniciar el correspondiente proceso de
amparo. Por tal razón, no resulta extraño que la ley
reglamentaria (ley 23506) les otorgue legitimación en tales
casos.

La constitución vigente ha eliminado el artículo 3 del texto


anterior, que reconocía titularidad en materia de derechos
fundamentales a las personas jurídicas. De ahí que se plantee
la interrogante respecto a si tales sujetos se encontrarían
legitimados para interponer una demanda de amparo.

Algunos podrían interpretar que a partir de la vigencia de la


nueva constitución las personas jurídicas no pueden
interponerlo pues carecen de derechos constitucionales,
aunque sí estarían legitimadas las personas naturales que la
25
conforman. No obstante, creemos que la propia constitución
reconoce en puntuales dispositivos derechos a las personas
jurídicas. Esto, por ejemplo, sucede cuando se refiere a la
imposibilidad de disolución administrativa de las asociaciones
(artículo 2, inciso 13) o a la autonomía universitaria (artículo
18). Además, nada impide que la ley reguladora establezca que
las personas jurídicas pueden interponer una demanda de
amparo en favor de las personas que la integran vía la llamada
legitimación por sustitución, por ejemplo, un sindicato que
interviene en defensa de los derechos laborales de sus
integrantes.

Pero además, lo particularmente relevante descansa, por un


lado, en examinar los supuestos en los cuales una persona
jurídica puede gozar de derechos y, por otro, preguntarnos si
las personas jurídicas de derecho público -organismos
estatales- también se encuentran legitimadas para ello.

En Alemania, la ley fundamental (artículo 19-III) otorga


derechos fundamentales a las personas jurídicas "según su
esencia". Al respecto, la doctrina dominante -aunque existen
opiniones distintas- ha entendido que, sólo pueden tener
derechos fundamentales aquéllas cuando debajo se esconden
personas humanas, cuyos derechos fundamentales de ejercicio
corporativo sean susceptibles de amparo constitucional, porque
-y en la medida que- se está preservando los derechos de los
miembros de la Corporación. El Tribunal Constitucional alemán
ha acogido plenamente esta tesis.

En España, el artículo 162 de la constitución dispone en forma


expresa que está legitimados para iniciar el recurso de amparo
toda persona natural o jurídica que invoque un interés legítimo.
En estos casos, reconoce Oliver Araujo, es evidente que
algunos derechos fundamentales, estrechamente inherentes a

26
la naturaleza de la persona humana (como es el caso del
derecho a la vida, a la integridad física, a la libertad de
expresión, a la intimidad familiar, a la libertad personal, al
sufragio, etc.), aunque estén incluidos en el ámbito
genéricamente protegido por el recurso de amparo, no podrán
ser invocados ante el Tribunal Constitucional por las personas
jurídicas, por la sencilla razón de que las mismas ex natura
rerum no pueden ser sus titulares.

Entre nosotros, como hemos indicado, aunque ya no existe el


artículo 3 de la constitución anterior que reconocía derechos
fundamentales a las personas jurídicas "en cuanto les sean
aplicables"; creemos que bien puede interpretarse que cuentan
con legitimación para iniciar el amparo en caso de atentados a
sus derechos constitucionales. Es más, la ley 23506 así lo
dispone. Creemos, además, que es posible efectuar una
interpretación amplia del artículo 26 de la indicada ley que no
sólo incluya la afectación directa de los derechos de la persona
jurídica, sino también permita el amparo en tutela de los
derechos para cuya defensa aquella se ha constituido.

Un tema más cuestionable es el relativo a la legitimación activa


de las personas jurídico-públicas. Al respecto, existen dos
posiciones definidas:

a) Aquella que no les reconoce titularidad en el goce de los


derechos fundamentales, y por tanto rechaza la posibilidad
que acudan en amparo ante los tribunales, con base en los
criterios siguientes:
 Ni histórica ni jurídicamente son titulares de derechos
constitucionales. Históricamente los derechos
humanos fueron reconocidos o consagrados a través
de exigencias hechas al propio Estado, por ello no
puede ser sujeto de los derechos que a él mismo le

27
exigieron. Tampoco lo puede ser desde un punto de
vista jurídico, pues la consagración y reconocimiento
de determinados derechos se revela como una
autolimitación del propio Estado a favor de los
individuos; en consecuencia si aquél se autolimitó no
fue a favor de él sino de los particulares.
 Incluso cuando la administración pública actúa en
forma privada carece de derechos fundamentales,
pues "nunca se encuentra la Administración en la
misma situación de los particulares, porque aún en
forma privada goza de privilegios en materia de
policía, en materia fiscal y (agrega que) el influjo que
en el mismo procedimiento administrativo interno
cabe ejercer siempre a la Administración [...] no existe
una actividad privada pura de la Administración,
siempre está conectada a un fin público".

b) Una segunda postura reconoce derechos fundamentales a


las personas jurídico-públicas en determinadas
circunstancias, y en consecuencia en tales casos les
confiere legitimación en materia de amparo. Esta posición se
fundamenta en que cuando aquéllas actúan en relaciones
de derecho privado y no soberanamente, regulan su
actividad por ese derecho y se encuentran en iguales o
similares condiciones que un particular, por lo que no habría
razón para negarles acudir al amparo. En doctrina, tal
opinión ha sido asumida por Sagüés, Lazzarini, Gimeno
Sendra, y Oliver Araujo. En el derecho comparado, tanto
Argentina, México, España, con algunas precisiones
jurisprudenciales, en determinados supuestos puedan iniciar
el proceso de amparo.

A nuestro juicio, por regla general las personas jurídico-


públicas no gozan de derechos fundamentales. Solamente,

28
como excepción, podrían ser titulares de aquéllos cuando
actúen sujetas al derecho privado o cuando se trate del
debido proceso legal. Por tanto, únicamente en tales
ocasiones se les podría reconocer legitimación activa para
interponer el amparo.

C. Legitimación de terceros
La ley otorga legitimación a cualquier persona para interponer
demanda de amparo en caso de imposibilidad física del
afectado. Este supuesto ha sido regulado por el deseo de
brindar mayores facilidades a los justiciables para la defensa de
sus derechos fundamentales. Se trata de una ampliación de la
legitimación activa hacia un tercero, aunque no tan generosa
como la contemplada en materia de habeas corpus.

Nuestros tribunales ya han tenido ocasión de pronunciarse


sobre sus alcances. En este sentido, en el amparo iniciado
contra el Primer Juzgado de Paz Letrado de Lima, por Manuela
Ruiz de Romero a favor de Yolanda Romero de Ruiz, quien se
encontraba fuera del país, el TGC por sentencia de fecha 30 de
mayo de 1984 anuló la resolución de la Corte Suprema pues
entendió que, para los efectos de la presentación de una
demanda de amparo por un tercero y su respectiva
admisibilidad, no se requiere el acompañamiento de poder
alguno [...]. El legislador, dada la naturaleza y fines de la acción,
ha advertido que ésta puede quedar ineficaz por imposibilidad
del agente para ejecutarla, dado que existen plazos perentorios
en la ley que deben cumplirse y, por ello, ha autorizado a tercera
persona a hacerlo, directa e inmediatamente, en favor de los
derechos del afectado.

La ley 25398 no hace más que ratificar dicho criterio


jurisprudencial, pues el primer párrafo de su artículo 22 dispone
que: "Tratándose de personas no residentes en el país, la
29
acción de amparo debe ser ejercida por apoderado acreditado
y residente en el país, o por tercera persona. En este último
caso la acción deberá ser ratificada expresamente por el
afectado."

D. Legitimación del defensor del pueblo


Una institución positiva introducida por la constitución de 1993
es precisamente la Defensoría del Pueblo (artículos 161 y 162).
Ha sido configurada como un órgano autónomo distinto del
Ministerio Público, al que le corresponden tres funciones
básicas:
a) defender los derechos constitucionales y fundamentales de
la persona y la comunidad;
b) supervisar el cumplimiento de los deberes de la
administración estatal; y
c) supervisar la prestación de los servicios públicos a la
ciudadanía.

Desarrollando sus atribuciones constitucionales, la ley 26520,


ley orgánica de la Defensoría del Pueblo, publicada el 8 de
agosto de 1995, concede legitimación activa al defensor del
pueblo para interponer entre otros procesos constitucionales, el
de amparo (artículo 9, inciso 2). Se trata de una facultad positiva
que también le ha sido concedida a otrosombudsmen o
defensores del pueblo, en países como España y Colombia.

E. Legitimación y derecho al medio ambiente


El artículo 140 del decreto legislativo 611 (1990), Código del
Medio Ambiente y los Recursos Naturales, agregó un párrafo
final al artículo 26 de la ley 23506, reconociendo legitimación
activa para la tutela de derechos fundamentales de naturaleza
ambiental: a) a cualquier persona así no haya sido afectada
directamente, y, b) a las organizaciones no gubernamentales

30
sin fines de lucro (ONG) cuyo objeto sea la defensa del medio
ambiente.

El derecho al medio ambiente, que goza de naturaleza


constitucional (artículo 2, inciso 22), constituye uno de aquellos
derechos que la doctrina procesal agrupa bajo la denominación
de intereses difusos, colectivos o supraindividuales. En efecto,
tales intereses -ha señalado Lino E. Palacios- tienen dos rasgos
esenciales:
 Pertenecen a un grupo indeterminado de personas de
difícil o imposible determinación, cuyos miembros no se
encuentran vinculados por una relación jurídica concreta,
y
 Están referidos a un bien indivisible, es decir, no son
susceptibles de partirse en fracciones que puedan ser
adjudicadas a los interesados.

Algunos de estos intereses difusos, sostiene Almagro


Nosete, pueden cristalizarse en normas de rango
constitucional, tal como sucede entre nosotros con el derecho
al medio ambiente o el derecho a la salud, etcétera. En tales
casos resulta legítimo habilitar el amparo para su defensa, el
mismo que en algunos países ha contado con una interesante
evolución jurisprudencial. Ello, creemos, hubiera justificado
una normatividad procesal general respecto a los sujetos
legitimados que pueda ser aplicable a todos los supuestos en
que sea necesaria o viable su protección. Esto no ha sucedido
pues se ha circunscrito su tutela a través del amparo a los
casos en que se vean afectados derechos constitucionales de
naturaleza ambiental.

De otro lado, autores del prestigio de Mauro Cappelletti,


postulan como el más eficaz tipo de solución para la tutela
jurídica de estos intereses, aquella que conjuga tanto el control
31
por organismos gubernamentales (Ministerio
Público, ombudsman), con la iniciativa de los individuos y de
los grupos privados directa o indirectamente interesados. De
ahí que haya resultado positivo haber concedido legitimación al
defensor del pueblo para iniciar este tipo de procesos.

3. Legitimación pasiva
En general, como reconoce Oliver Araujo, la legitimación pasiva en
el amparo, es decir "la determinación de la entidad frente a la que
ha de deducirse la pretensión, no suscita problemas de especial
interés", pues la constitución es muy clara al permitir su
procedencia frente a cualquier autoridad, funcionario o persona
que vulnere o amenace un derecho fundamental.

En cambio, sí merece especial atención determinar en qué casos


resulta viable acudir en amparo frente a tales sujetos legitimados,
es decir si procede utilizarlo contra todos los actos de una autoridad
-por ejemplo la judicial-, o sólo en algunos supuestos; aspectos
que, por cierto, escapan a los alcances del presente ensayo.

4. Intervención de terceros en el proceso

A. Terceros: Derecho procesal y amparo

Hemos visto que en el amparo, como en todo proceso, existe


una parte demandante y otra demandada. Sin embargo, podría
suceder que otros sujetos, conocidos en doctrina como
terceros, también estén en condiciones de ingresar al proceso
por contar con legítimo interés para ello.

En efecto, el derecho procesal permite la presencia de terceros


en el proceso, distinguiendo una intervención voluntaria

32
(principal o excluyente, adhesiva simple o coadyuvante, y
adhesiva autónoma o litisconsorcial) y otra obligada o forzosa.

Este aporte del procesalismo científico se ha visto reflejado en


las legislaciones que regulan el amparo. Así sucede en el
derecho mexicano, en el cual no sólo el "quejoso" y la "autoridad
responsable" deben intervenir en el proceso sino también
puede hacerlo un sujeto conocido como "tercero perjudicado".
En rigor, anota Fix Zamudio, hay dos tipos de terceros que
intervienen en el amparo mexicano. Aquel que participa en las
demandas de amparo contra resoluciones judiciales (amparo
casación o amparo recurso) en el que el tercero es una
verdadera parte; y en el amparo-proceso en el que el ter- cero
interviene como el coadyuvante de la autoridad responsable.

Del mismo modo, en España, la LOTC (artículo 47.1) dispone


que: "Podrán comparecer en el proceso de amparo
constitucional, con el carácter de demandado o con el de
coadyuvante, las personas favorecidas por la decisión, acto o
hecho en razón del cual se formule el recurso o que ostenten
un interés legítimo en el mismo."

B. Su falta de regulación por la ley 23506. La jurisprudencia

La norma original (ley 23506) no contemplaba la posible


intervención de terceros en el amparo. Ello permitió que en
varias ocasiones se presenten situaciones de indefensión, pues
sujetos con legítimo interés para intervenir por ejemplo si se
impugnaba una resolución administrativa que les favorecía, no
lo podían hacer. Esto, por ejemplo, se presentó en el caso
"Miguel A. Iglesias Silva". En tal ocasión, el accionante se
encontró imposibilitado de intervenir en el amparo iniciado
contra la resolución judicial expedida por el 9o. Juzgado

33
Privativo de Trabajo que garantizaba el pago de sus beneficios
sociales, pues la Corte Superior de Lima no le permitió intervenir
y defender sus derechos por "no ser parte en dichos autos".
Frente a ello, y ante el notorio interés con que contaba, máxime
porque la decisión judicial que le favorecía había quedado
suspendida por mandato de la corte, interpuso erróneamente
un habeas corpus que llegado al Tribunal Constitucional fue
desestimado.

Esta situación de indefensión suscitada por no permitirse la


intervención de terceros en el proceso bien pudo ser salvada
jurisprudencialmente. En efecto, como lo recuerda Fix Zamudio,
en Brasil tampoco la ley 1533 los menciona, sin embargo la
jurisprudencia llegó a admitir su intervención "de acuerdo con el
principio procesal que exige la citación de todos aquellos que
tienen interés en la decisión de la causa".

Empero, la tendencia de nuestros tribunales se mostraba reacia


a reconocer una institución no prevista legalmente y, por tanto,
no permitía la intervención de terceros en el amparo. No
obstante, un caso excepcional y de singular importancia, fue el
resuelto por el TGC en los seguidos por "Cooperativa de
Vivienda Villa Mercedes Ltda. c/ Alcalde del Concejo Provincial
de Lima". En tal ocasión se sostuvo:. el Asentamiento Humano
José Carlos Mariátegui, como beneficiario directo de la
Resolución de Alcaldía No. 1044, de 6 de junio de 1986, contra
la cual, precisamente, se dirige la acción de amparo de autos,
constituye lo que en doctrina se denomina el tercero del
amparo, y, por ello, de conformidad con el artículo sexto del
Título Preliminar del Código Civil, tenía -y tiene- pleno derecho
para participar en la acción de amparo llegada en casación, de
modo que la decisión del juez de Primera Instancia de no
aceptar su apersonamiento y de devolver, una y otra vez, sus

34
escritos, viola el mencionado dispositivo y, así mismo, los
derechos constitucionales de defensa.

Este criterio habilitó la intervención de terceros en el amparo,


evitándose así una situación de indefensión.

C. Su regulación por la ley 25398


La nueva ley, complementaria de la LHCA, incluye una norma
mediante la cual se permite la intervención de terceros. En
efecto, el artículo 25 dispone que "El juez está obligado a admitir
el apersonamiento de terceros que tengan legítimo interés en la
resolución del amparo". De esta manera, el legislador ha
contemplado la necesaria participación de los terceros en un
proceso constitucional.

La norma no ha fijado un trámite especial. En este sentido,


creemos que la celeridad propia del amparo impide la apertura
de un incidente procesal. A nuestro juicio, el juez debe resolver
de plano la solicitud de un tercero de ingresar al proceso,
decisión que ha de ser apelable en un sólo efecto.

Finalmente, entendemos, siguiendo a Vescovi, que "el tercero,


una vez admitido en el proceso, se convierte en parte y tendrá
los derechos, deberes y cargas de ésta".

5. Órgano jurisdiccional competente


La imposibilidad que el ejercicio de la función jurisdiccional se
atribuya a un sólo tribunal exige su distribución en distintos
organismos jurisdiccionales. En efecto, señala Fairén Guillén, "de
un lado, la complejidad de los trabajos jurisdiccionales (civiles,
laborales, sobre la Administración, penales) y de otro, la extensión
geográfica y la gran población de casi todos los Estados, impone
una distribución de la jurisdicción entre diversos tribunales".

35
Conforme a ello, la competencia "supone un examen de la
distribución jurisdiccional entre los diferentes órganos de la misma,
dentro de cada orden jurisdiccional, habida cuenta de su
pluralidad".
Este aspecto, que es tradicional apreciarlo en las diversas materias
conocidas por los órganos jurisdiccionales (civil, penal, laboral,
etcétera), no es ajeno al área procesal constitucional -en concreto
al amparo- y por eso se hace necesario regularla.

A. La competencia según la ley 23506


La LHCA, en su versión original, distinguió dos supuestos al
respecto:

En primer lugar, la regla aplicable a todo tipo de casos,


excepción hecha de lesiones originadas en una orden judicial,
disponía que el amparo debía presentarse ante el juez de
Primera Instancia en lo Civil del lugar donde se afectó el
derecho, o aquel del domicilio del afectado, o donde domicilia
el autor de la infracción.

En segundo lugar, si la afectación se hubiera originado en una


orden judicial el órgano competente sería la Sala Civil de la
Corte Superior respectiva la cual debería encargar a otro juez
su trámite.

Resultaba razonable otorgar competencia a los jueces de


Primera Instancia en lo Civil, facilitándose así el acceso de los
justiciables al aparato judicial, y dejándose de lado la
experiencia brindada por el llamado habeas corpus civil, que se
planteaba ante la Corte Superior del Distrito Judicial respectivo.

Esta norma, además, dispuso que el agraviado podía elegir


entre el juez del lugar donde se afectó el derecho, aquél del
36
domicilio del demandado, o el de su domicilio, tuvo en la
práctica un desenvolvimiento inadecuado. Se entendió
equivocadamente que al no precisarse que la causa debía
tramitarse ante el juez de turno, aquel requisito no era exigible.
En efecto, uno de los debates procesales presentados durante
la vigencia de este dispositivo fue el relativo a la exigencia del
turno en el amparo. En tal ocasión, ratificando criterios
anteriores, se entendió que ante el "vacío" de la LHCA al no
regular lo referente al turno, aquél no era indispensable. Esta
errada interpretación, atentaba contra el principio de
imparcialidad del juzgador pues uno podía escoger su propio
juez.

Por lo demás, en doctrina el requerimiento del turno se


encuentra pacíficamente reconocido. En este sentido, el
profesor argentino José Luis Lazzarini entiende que. El hecho
de que se tenga que acudir al Juez que por turno corresponde
trae apareado una mayor seguridad de imparcialidad e impide
la especulación que debe evitarse, con el conocimiento que se
tenga por parte del litigante de la posición del Juez frente a las
distintas cuestiones de hecho o de derecho.

En el segundo caso, es decir, cuando se trata de lesiones


nacidas de una orden judicial, se otorgaba competencia
originaria a la Sala Civil de la Corte Superior, la que encargaría
al juez de Primera Instancia el trámite respectivo.

Con esta particular regulación se buscaba evitar que los jueces


de Primera Instancia resuelvan las demandas interpuestas
contra sus pares, reservándose tal competencia a las cortes
superiores y a la Corte Suprema. Al ser órganos colegiados se
consideraba que estarían sujetos a menos presiones y a una
responsabilidad compartida. Cabe anotar que la corte sólo
puede encargar al juez de Primera Instancia el trámite del

37
procedimiento, más éste no puede resolver la litis por no tener
competencia para ello. De hacerlo, se habría excedido en el
encargo y la resolución expedida indebidamente sería nula.

B. La reforma dispuesta por la ley 25011


La referida norma, como consecuencia de la experiencia judicial
precedente que olvidaba la exigencia de respetar el turno para
determinar la competencia, introdujo expresamente algo que
bien pudo por resuelto por la jurisprudencia. La norma exigía el
respeto al turno en el amparo ("se ejercerá ante el juez de
Primera Instancia en lo Civil de turno en la fecha del acto
violatorio del derecho constitucional"), y aún más creaba un
turno especial, distinto al ordinario, para el caso de este proceso
constitucional. Aquel debía ser establecido por la Sala Plena de
la Corte Superior del Distrito Judicial respectivo. De esta
manera, ya era posible evitar la existencia de posibles
maniobras de las partes para escoger al juez que creyeran que
iba a satisfacer mejor sus pretensiones.

C. La reforma establecida por la ley 25398


El artículo 29 de la LHCA, conforme a la modificación prevista
por la ley 25398, es la siguiente: Son competentes para conocer
de la acción de amparo los Jueces de Primera Instancia en lo
Civil del lugar donde se afectó el derecho o donde se cierne la
amenaza, o donde tiene su domicilio el afectado o amenazado,
o donde tiene su domicilio el autor de la infracción o amenaza,
a elección del demandante.

La acción de amparo se interpone, indistintamente:


a) Ante el Juez de turno al momento de producirse la amenaza
o el acto violatorio del derecho constitucional; o,

38
b) Ante cuales quiera de los Jueces cuyo turno esté
programado para los treinta días siguientes a la fecha antes
señalada.

Si la afectación de derechos se origina en una orden judicial la


acción se interpone ante la Sala Civil de turno de la Corte
Superior de Justicia respectiva, la que encarga su trámite a un
Juez de Primera Instancia en lo Civil.

La norma en cuestión mantiene la regla general de brindar un


amplio margen de opciones competenciales al agraviado, así
como aquella relativa a las afectaciones que tiene su origen en
una orden judicial.

Dos son las novedades que el artículo contiene. Por un lado,


deroga la exigencia de un turno especial para el amparo; y, por
otro, especifica y amplía el número de jueces de turno a los que
se puede acudir. En este último caso, la afectada cuenta con un
margen de maniobra para "escoger" al juez de turno que
prefiera pues cuenta con treinta días para ello. Si se toma en
consideración que en Lima los turnos son semanales, se puede
afirmar que el afectado por lo menos puede escoger uno de
cada cuatro jueces.

D. La competencia según la cuarta disposición transitoria de


la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional
La Constitución de 1993 dispone que el Tribunal Constitucional
conocerá en última y definitiva instancia las resoluciones
denegatorias de las acciones de habeas
corpus, amparo, habeas data y acción de cumplimiento
(artículo 202, inciso 2). Esto significa que no conocerá en
casación conforme disponía la carta de 1979. De ahí que haya
sido necesario establecer transitoriamente las instancias en las
que se tramitará el proceso de amparo en tanto no se apruebe
39
la nueva ley de garantías o procesos constitucionales; de lo
contrario, podría pensarse que el tribunal se convertiría en una
cuarta instancia.

Esto explica que la cuarta disposición transitoria de la ley 26435,


Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, haya determinado que
por regla general el amparo se interpondrá ante el Juzgado Civil
que corresponda y que la Corte Superior respectiva conocerá
en segunda instancia. En caso que la resolución sea
denegatoria, se acudirá directamente al Tribunal Constitucional,
evitando el paso por la Corte Suprema. De esta manera,
estamos ante una especie de per saltum fijado por vía legal. La
excepción a este trámite se presentará cuando el acto
cuestionado sea una resolución judicial, pues en este caso
conocerá en primera instancia la Corte Superior y, en segunda,
la Corte Suprema.

Este dispositivo motivó diferentes interpretaciones respecto al


momento de su aplicación. Algunos sostuvieron que la norma
se aplicaba de inmediato, incluyendo a los procesos en trámite,
otros consideraron que debía aplicarse a los procesos iniciados
a partir de la vigencia de la ley del Tribunal Constitucional. La
Sala Constitucional y Social de la Corte Suprema acogió la
primera interpretación. Ante esta situación, el Congreso aprobó
la ley 26446, publicada el 20 de abril de 1995, interpretando que
la norma en cuestión sólo se aplicaba a las acciones de garantía
iniciadas a partir del momento de la vigencia de la ley del
Tribunal Constitucional.

6. El Ministerio Público
El Ministerio Público, cuya intervención ha sido cuestionada por
retardar la tramitación del amparo, participa en el proceso de
amparo en dos momentos distintos:

40
Durante el trámite para conceder una medida cautelar. El decreto
ley 25433 (artículo 3), dictado a los pocos días del golpe del 5 de
abril de 1992, regula el procedimiento para conceder una medida
cautelar. Dispone que de la solicitud se corre traslado por el término
de un día, tramitando el pedido como incidente en cuerda
separada, con intervención del Ministerio Público. A nuestro juicio,
en esta etapa no era necesario contar con la intervención del
Ministerio Público. Ello, por cierto, se ha establecido con la finalidad
de tornar más engorroso el trámite procesal del amparo.

Antes que la Corte Superior y la Corte Suprema dicten sentencia.


De acuerdo con lo previsto por la ley 23506, el Ministerio Público
emite dictamen antes que el expediente sea resuelto por tales
órganos jurisdiccionales.

Cabe finalmente anotar que la intervención del Ministerio Público


en ninguno de los casos anteriores se produce en calidad de parte.

VI. EL PROCEDIMIENTO DE AMPARO

1. La demanda de amparo
Entendemos por demanda "el acto procesal que proviene del actor
e inicia el proceso", de amparo. Se trata de un acto de postulación
destinado a obtener el dictado de una resolución judicial. En virtud
de ella se ejercita el derecho (abstracto) de acción a través de una
pretensión (concreta) de tutela de un derecho constitucional
vulnerado o amenazado por parte de cualquier autoridad,
funcionario o persona, para que el juez competente resuelva
conforme a derecho.

Se ha previsto que el amparo se inicia a impulso de la parte


afectada, nunca de oficio, ello constituye una manifestación del

41
principio dispositivo, que como veremos se atenúa con la llamada
"suplencia de la queja".

A diferencia del habeas corpus, la demanda ha de formalizarse por


escrito, no cabe interponerla verbalmente, y deberán tomarse en
cuenta los requisitos generales que exige toda demanda, salvo lo
referente a la identificación del agresor pues aquí esta exigencia se
atenúa. Basta la existencia de una agresión para que la vía del
amparo se habilite y proteja los derechos del afectado. Así, por
ejemplo, lo informa la tendencia de la jurisprudencia argentina
desde el caso Ángel Siri (1957), e incluso lo reconoce su respectiva
ley reglamentaria al indicar que la demanda contendrá "la
individualización, en lo posible, del autor del acto u omisión
impugnados" (artículo 6, inciso b).

2. Suplencia de la queja deficiente


Pese a haber expresado que la exigencia de presentar una
demanda para iniciar el proceso de amparo constituye una
manifestación del principio dispositivo, aquél se ve matizado por la
presencia de una institución a la que el derecho mexicano
denomina "suplencia de la queja". Ella brinda una activa
participación al juzgador quien de percatarse que la demanda es
deficiente deberá enmendar el error sin hallarse limitado a lo
expresamente indicado por el actor. Cabe precisar que en la
experiencia mexicana la suplencia no se restringe a la demanda
sino también abarca a los recursos impugnativos (Ley de Amparo,
artículo 76 bis).

El derecho mexicano distingue dos supuestos, por un lado la


"suplencia del error" y por otro la "suplencia de la queja". El primero
alude al error del demandante en la cita del derecho constitucional
vulnerado, y entre nosotros se resuelve a través del principio iura
novit curia previsto por el artículo VII del título preliminar del Código
Civil. El segundo constituye la figura procesal que nos interesa. A
42
juicio de Burgoa: suplir la deficiencia de la queja implica no ceñirse
a los conceptos de violación expuestos en la demanda de amparo,
sino que, para conceder al quejoso la protección federal, el órgano
de control puede hacer valer oficiosamente cualquier aspecto
inconstitucional de los actos reclamados. Por otra parte, la
suplencia de la queja no opera cuando el amparo es improcedente
por cualquier causa constitucional, legal o jurisprudencial, ya que
no tiene el alcance de sustituir o de obviar tal improcedencia.

En el terreno normativo, la primera parte del artículo 7 de la ley


23506 parece haberse inspirado en dicha institución aunque como
veremos con notorias diferencias. En efecto, la referida norma
dispone que "El juez deberá suplir las deficiencias procesales en
que incurra la parte reclamante, bajo responsabilidad".

Como hemos indicado, la figura mexicana de la suplencia de la


queja está referida a aquel supuesto en que el afectado no fue lo
suficientemente explícito en su pretensión, ya sea por error o
ignorancia. En tal caso, el juez no ha de limitarse a lo expresamente
mencionado por el actor sino que de percatarse de otra agresión
deberá intervenir y hacer efectiva su protección. Hay que distinguir
la deficiencia en el pedido concreto de la improcedencia de la
demanda, y así lo hace el derecho mexicano. En el caso peruano,
la norma no parece recoger tal temperamento pues se circunscribe
a las "deficiencias procesales"; pero ¿qué ha de entenderse por tal
concepto?

En ocasiones, al determinar sus alcances se han generado algunos


inconvenientes y efectuado discutibles interpretaciones
jurisprudenciales. Así por ejemplo, el Tribunal de Garantías
Constitucionales en su sentencia de 26 de enero de 1984, declaró
sin lugar el recurso de casación pues consideró que pese a que la
pretensión del actor se había canalizado a través del habeas
corpus cuando debía acudirse al amparo no podía suplirse este

43
error pues la demanda era improcedente. En cambio, en una
distinta ocasión, un Tribunal Correccional aplicando la referida
norma dispuso la remisión de los actuados a un juez civil pues la
pretensión del demandante no era un habeas corpussino un
amparo.

Adoptando una posición al respecto, el artículo 9 de la ley 25398


ha señalado que. Si el actor incurre en error al nominar la garantía
constitucional (acción de habeas corpus o acción de amparo) que
de conformidad con el artículo 295 de la Constitución Política del
Perú, quiere ejercer, el juez ante quien ha sido presentada se
inhibirá de su conocimiento y la remitirá de inmediato al
competente, bajo responsabilidad, para los efectos de la
sustanciación y resolución correspondientes.

En realidad, creemos, el artículo 7 de la ley original no ha seguido


exactamente la influencia mexicana. Efectivamente, una
interpretación extensiva de la norma en cuanto se refiere a
"deficiencias procesales" comprendería precisamente aquellos
supuestos (v.gr. improcedencias) que el derecho mexicano
rechaza. Más aún, la ley complementaria reitera tal actitud al
otorgar la posibilidad al juez de encaminar una demanda que no
corresponde a su competencia (por ejemplo, amparo cuando en
realidad es habeas corpus).

Esta atribución de encaminar y "corregir" un presupuesto procesal


inexistente (competencia) desborda los cánones tradicionales de la
suplencia. En tales casos debía operar la institución del rechazo de
plano de la demanda, que debió gozar de carácter general y no
estar limitada a determinadas improcedencias. Sin embargo, de
acuerdo con nuestra normatividad actual, la falta de un
presupuesto procesal como el mencionado competencia, habilita la
suplencia más no el rechazo de plano de la demanda. Bien cabe
preguntarnos ¿qué pasaría si el juez a quien se remite la demanda

44
no se cree competente para tramitarla? ¿Podrá inhibirse de
hacerlo? no se podrá a través de esta figura propiciar serios
conflictos de competencia. La norma, creemos, termina siendo no
sólo incoherente sino técnicamente inadecuada, por ello debería
ser reformada.

En todo caso, propugnamos que este dispositivo debe interpretarse


acudiendo a un concepto restringido de la frase "deficiencias
procesales", es decir, limitándolo a aquellas deficiencias que
puedan ser sustituidas o superadas dentro del propio proceso a
través de la intervención del juez y que no impliquen su traslado a
otra autoridad judicial para imponerle una competencia no
originaria. Finalmente, ha de mencionarse que al igual que en
México, estamos ante una obligación que el juez no puede
graciosamente desestimar.

3. Plazo para interponer la demanda


La ley reglamentaria prevé un plazo al que denomina de caducidad
para interponer la demanda de amparo. Ello no significa que la
lesión permanezca impune, sino que luego de vencido el término
establecido no podrá acudirse al proceso constitucional pues el
agraviado deberá buscar la protección a sus derechos en los
restantes procesos establecidos (civiles, penales, laborales,
etcétera). Así lo disponen tanto el artículo 37 de la ley 23506 como
las normas complementarias:

Artículo 37. El ejercicio de la acción de amparo caduca a los


sesenta días hábiles de producida la afectación, siempre que el
interesado, en aquella fecha, se hubiese hallado en la posibilidad
de interponer la acción. Si en dicha fecha esto no hubiese sido
posible, el plazo se computará desde el momento de la remoción
del impedimento.

45
Artículo 26. El plazo de caducidad a que se refiere el artículo 37
de la ley se computa desde el momento en que se produce la
afectación, aun cuando la orden respectiva haya sido dictada con
anterioridad.

Si la afectación y la orden que la ampara


son ejecutadas simultáneamente, el cómputo del plazo de la
caducidad se inicia en dicho momento. Si los actos que constituyen
la afectación son continuados, el plazo se computa desde la última
fecha en que se realizó la agresión.

Las razones que justifican la existencia de un término determinado


para interponer la demanda, se fundamentan principalmente en el
respeto al valor seguridad jurídica, la existencia de un
consentimiento tácito por parte del demandante o la naturaleza
excepcional del amparo. Aquél ha sido previsto, entre otras, por las
legislaciones de México, Argentina y España.

Es de suma importancia determinar a partir de cuándo empieza el


cómputo de este plazo. La ley original como la norma
complementaria dispone que aquél se inicia a partir de "producida
la afectación". Ello alude tanto a los actos positivos, es decir actos
comisivos que implican un hacer del agresor, y a las omisiones (no
hacer), pues la "afectación" puede producirse tanto por una acción
como por una abstención en los términos ya mencionados. Sin
embargo, ¿sucede lo mismo tratándose de las amenazas si aún no
se ha producido la afectación? En tal supuesto ella no se ha llevado
a cabo pues precisamente la amenaza constituye un acto futuro
aunque de cierta e inminente ejecución. Como esto es así,
entendemos que en estos casos no podrá efectuarse el cómputo
del plazo de caducidad. Aquél sólo se iniciará cuando la amenaza
deje de ser tal, es decir, cuando ella se ejecute, o en otras palabras
cuando se produzca la agresión.

46
Finalmente, debe indicarse que el término ha de computarse desde
que el acto reclamado sea firme y definitivo, en otras palabras,
luego de haberse agotado las vías previas correspondientes. Así lo
ha determinado la jurisprudencia, por ejemplo, en el amparo
interpuesto por el teniente general FAP Hardy Montoya Álvarez
resuelto por la Segunda Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia
el 23-12-87. En dicha ocasión ante un supuesto de silencio
administrativo el afectado interpuso demanda de amparo. La corte,
reiterando un criterio ya esgrimido en sentencias anteriores
sostuvo que en la situación anotada [...], no hay inicio del término
de caducidad de la acción y en el supuesto que hubiese duda al
respecto [...] habría que aplicar el criterio más favorable a la
persona presuntamente agraviada por la violación de derechos
constitucionales.

4. Improcedencias. Rechazo in limine de la demanda


A lo largo de la vigencia de la LHCA, se ha apreciado su frecuente
interposición en casos en que ello no era viable. Ha existido una
amplitud de causas finalmente rechazadas luego de agotarse las
instancias correspondientes.

De un estudio jurisprudencial elaborado durante el periodo


comprendido entre 1983-1986, se constata que el 64 por ciento de
acciones de habeas corpus y el 77.7 por ciento de acciones de
amparo fueron desestimadas por improcedentes. Es decir, luego
de un trámite teóricamente breve que en la práctica ha sido mucho
más extenso, las pretensiones no encontraron acogida favorable.
Independientemente de que en muchas ocasiones los criterios
interpretativos de nuestros tribunales evitaron una adecuada
protección de los derechos afectados, en otras causas era evidente
que las demandas planteadas resultaban manifiestamente
improcedentes. ¿O es que acaso podía admitirse un amparo frente
a un proyecto de ley? ¿O un amparo contra una resolución
expedida en otro procedimiento de amparo? ¿O por qué admitirlo
47
si el plazo de caducidad se encontraba vencido? En tales
ocasiones, bien hubiera podido desestimarse de plano la acción
por ser manifiestamente improcedente. Sin embargo, como no
había norma que lo permita, ella se seguía tramitando pese a que
de antemano se podía anticipar una derrota.

En la actualidad, la ley 25398 permite en sus artículos 14 y 23 que


el juez rechace de plano las demandas manifiestamente
improcedentes. Con ello, se pretende evitar un congestionamiento
excesivo de causas ante nuestros tribunales, y además creemos
debería ser pretexto para ir encaminando una doctrina
jurisprudencial orientadora respecto a los supuestos en los cuales
cabe utilizar las acciones de garantía. Pero también, como
necesario correlato, exige una importante madurez y ponderación
en nuestra judicatura para evitar que a través de su empleo
indiscriminado puede llegarse a atentar contra el "derecho a la
jurisdicción" de las personas. Las referidas normas, disponen:

Artículo 14. Cuando la acción de garantía resultase


manifiestamente improcedente por las causales señaladas en los
artículos 6 y 37 de la ley, el Juez puede rechazar de plano la acción
incoada. En tal caso procede el recurso de apelación, el que se
concede en ambos efectos y el recurso de nulidad.

Artículo 23. Cuando la acción de amparo resulte manifiestamente


improcedente por la causal señalada en el artículo 27 de la ley y no
fueran aplicables las excepciones del artículo 28 de la ley, el Juez
denegará de plano la acción. Contra esta resolución proceden los
recursos de apelación, el que se concede en ambos efectos y el de
nulidad.

A. Causas que permiten el rechazo de una demanda


De la concordancia de los artículos citados, se concluye que las
causales que permiten el rechazo de plano son aquellas
48
contenidas en los artículos 6 (modificado por la ley 25011), 27
y 37 de la ley 23506, es decir:

a) Si ha cesado la agresión o aquella resulta irreparable,


b) Si la resolución judicial impugnada ha emanado de un
procedimiento regular,
c) Si se optó por acudir a la vía judicial ordinaria o paralela,
d) Si los actos regulares de los poderes del Estado o de los
órganos constitucionales han sido cuestionados por
dependencias administrativas o empresas públicas,
e) Si el plazo de caducidad para interponer la acción de
amparo ha vencido,
f) Si no se han agotado las vías previas.

No siempre resulta satisfactorio el método de señalar


taxativamente las causales que pueden producir determinada
consecuencia o sanción. Esto ha sucedido con la referida
relación de motivos de improcedencia que no es lo
suficientemente exhaustiva pues olvida mencionar otros
supuestos previstos a lo largo de la ley reglamentaria. Así, por
ejemplo, si se presenta una demanda contra una ley que no es
de aplicación inmediata y que no se encuentra dentro del
supuesto a que se refiere el artículo 3 de la ley 23506, o si se
interpone el amparo para defender una derecho que no goza de
rango constitucional, o probablemente si se utiliza una acción de
amparo por persona no legitimada para ello, las respectivas
demandas no podrán ser rechazadas de plano pese a ser
manifiestamente improcedentes. En todo caso, lo que debió
establecer la ley fue una relación abierta y no cerrada de causas
que ameritan el rechazo de plano. Las normas actuales sólo
terminan sirviendo para que un sector de casos sea rechazado
más no otros que también deberían serlo.

49
B. Manifiesta improcedencia y etapa procesal
No basta la presencia de una "probable" causal de
improcedencia para desestimar de plano la pretensión. Ella
debe ser manifiesta. Entendemos por tal concepto, que la sola
lectura de la demanda permita constatar sin mayor debate
probatorio la evidencia de que la pretensión pueda ser
canalizada a través del amparo. En consecuencia, si hay duda
sobre su viabilidad debe continuarse con el trámite para que la
sentencia definitiva resuelva lo pertinente.

Por otro lado, ¿en qué momento o etapa procesal podrá


disponerse el rechazo? ¿Tan pronto haya sido recepcionada la
demanda? ¿Con la contestación de ella? ¿Antes de dictar
sentencia? La norma no ha sido lo suficientemente precisa al
respecto, sin embargo compartimos la opinión de Sagüés en el
sentido que ello sólo podrá suceder "inmediatamente después
de interponerse la demanda".

C. ¿Obligación o facultad del juez?


Si examinamos detenidamente las normas citadas, podremos
apreciar que mientras el artículo 14 dispone que el juez "puede"
rechazar de plano una demanda manifiestamente
improcedente, el artículo 23 establece, con un tinte de
imperatividad, que aquél "denegará" la acción en tal supuesto.
En buena cuenta, el juez ¿puede o debe rechazarlas? ¿Y por
qué en un supuesto sí puede hacerlo y en otro no? Imaginemos
que se interpone una demanda de amparo contra una
resolución judicial expedida en otro proceso de amparo. En tal
supuesto pese a que la demanda es improcedente el juez podrá
o no desestimarla de plano. En cambio, si se presenta un
amparo sin haber agotado la vía previa el juez "deberá"
rechazarla. ¿Por qué tal distingo? ¿Por qué en un caso se
podría seguir tramitando la demanda si se sabe que es
improcedente y en el otro no?
50
Realmente, nos parece contradictorio dar un tratamiento
diferenciado obligación y facultad a dos supuestos que en
esencia son idénticos, pues en ambos casos se trata de
causales de improcedencia. En nuestra opinión, hubiera sido
más coherente establecer una norma que contenga supuestos
idénticos para ambos artículos. Más aún, creemos que el
rechazo de plano de demandas notoriamente improcedentes
constituye una obligación del juez, pues ¿para qué seguir
tramitando una causa si de ella fluye su manifiesta
improcedencia? ¿Por qué sobrecargar más a nuestros
tribunales con procedimientos innecesarios? Pensamos, pues,
que acá tampoco la norma brinda una solución plenamente
satisfactoria.

5. Medida cautelar
El D.L. 25433 (publicado el 17 de abril) modificó el artículo 31 de la
ley 23506, referente a la suspensión del acto reclamado o medida
cautelar en el amparo. Como lo enseña el derecho procesal, se
trata de una institución destinada a paralizar o detener los actos
lesivos a derechos constitucionales, pues de esperar a que ello
suceda con la sentencia, el agravio podría tornarse irreparable.
Dada la tradicional lentitud de los procesos judiciales, incluido el de
amparo, es evidente la importancia de una medida suspensiva
urgente y rápida, que al emitirse antes de dictar sentencia, pueda
evitar posibles daños irreparables a los derechos de las personas.

El indicado decreto restringió irrazonablemente la posibilidad de


suspender rápidamente los actos lesivos a derechos
fundamentales. Ha complicado de modo innecesario el trámite para
su expedición, exigiendo previamente la audiencia al agresor, la
intervención del Ministerio Público y, precisando que de ser
otorgada, su ejecución sólo procederá luego de resuelta la
respectiva apelación por la instancia superior. De esta manera,
51
ante situaciones que requieren una solución urgente y rápida la
medida cautelar, debido a un trámite intencionalmente engorroso,
no otorga al afectado una solución eficaz, en otras palabras no
garantiza una tutela judicial "efectiva". En la actualidad, hasta la
medida cautelar prevista por el Código Procesal Civil (artículos 608
y siguientes) cuenta con un trámite más ágil.

Además, para impedir la creatividad y el razonamiento judicial que


podría permitir dejar de lado dicha norma, el decreto dispuso la
destitución inmediata de los jueces o fiscales que incumplan lo
señalado en la norma.

6. Contestación de la demanda
La contestación, entendida como "la respuesta que el demandado
da a la demanda del actor", debe efectuarse en el plazo de tres
días. Así lo indica el artículo 30 de la ley 23506. Por su parte, el
artículo 32 agrega que con contestación de la demanda o sin ella,
se resolverá la causa dentro de los tres días de vencido el término
respectivo. Estamos pues ante un proceso bilateral que respeta el
principio del contradictorio.

Por lo demás, si se emplaza con la demanda al Estado o a un


funcionario o autoridad pública, su defensa correrá a cargo del
Procurador Público correspondiente (artículo 10, ley 23506). Sin
embargo, ello no obsta para que la propia entidad estatal o
funcionario demandado sea notificado e intervenga directamente
en el proceso (artículo 12, ley 25398).

7. Excepciones
Uno de los cuestionamientos suscitados durante la vigencia de la
ley original fue el relativo a la posibilidad del agresor de deducir
excepciones aplicando supletoriamente las normas del Código
Procesal Civil. A nuestro juicio, una pretensión de ese carácter no

52
era viable por la naturaleza especial del amparo y por la
sumariedad de los plazos para ser resuelto. En todo caso, de
plantearse debería ser entendida como un argumento de defensa
que el juez resolvería en la sentencia. Así lo entendió la
jurisprudencia, en concreto la resolución de 10 de septiembre de
1984 de la Segunda Sala Civil de la Corte Suprema, que en los
seguidos por "Álvaro Collantes Tejada el Rector y el Consejo
Universitario de la Universidad Nacional San Agustín de
Arequipa", consideró: el capítulo segundo del título tercero de la ley
23506 señala el procedimiento especial al que debe sujetarse la
acción de amparo, en el que sólo cabe contestación de la demanda
con arreglo al artículo 32 de ella, por lo que no procede la
deducción de excepciones con base en los dispositivos
establecidos en el Código de Procedimientos Civiles en este tipo
de acción que es especial y de trámite sumario, ni menos aún
tramitarlas dilatando el breve procedimiento establecido en la
citada ley;

Este criterio ha sido ratificado por el párrafo final del artículo 13 de


la ley 25398 al indicar que "Las excepciones sólo podrán deducirse
en la acción de amparo y como medio de defensa. De ellas no se
correrá traslado y se resolverán en la resolución que ponga fin a la
instancia".

De esta manera, se conjugan correctamente la necesaria celeridad


del trámite del amparo con el indispensable ejercicio del derecho
de defensa del emplazado manifestado en este caso a través de
las excepciones.

8. La prueba en el amparo
La prueba consiste en "la actividad de las partes encaminada a
convencer al juez de la veracidad de unos hechos que se afirman
existentes en la realidad". En efecto, en la demanda de amparo se
afirma que el actor ha sido lesionado, está siéndolo o se encuentra
53
amenazado de ser lesionado en sus derechos constitucionales por
determinados actos, omisiones o amenazas de una autoridad,
funcionario o persona. Tal afirmación, ha de ser debidamente
acreditada por el demandante, a quien corresponde la carga de la
prueba, para que el juez pueda conceder la protección
constitucional solicitada.

La función de la prueba, en general, trata de obtener la verdad de


los hechos. Tratándose del amparo la búsqueda de esta verdad se
encuentra enmarcada dentro de los lineamientos de un
procedimiento que cuenta con plazos muy breves y perentorios.
Recordemos que luego de interpuesta la demanda, el juez ha de
correr traslado a la otra parte por el término de tres días, y cuenta
con tres días adicionales para resolver la causa. Es decir, el breve
trámite previsto para este proceso no contempla la existencia de
una etapa procesal definida en la cual puedan ofrecerse y actuarse
las pruebas correspondientes. Todo ello ha sido producto de la
intención del legislador de regular una determinado procedimiento
en el cual la pretensión para ser acogida favorablemente sea
susceptible de acreditarse sin necesidad de un intenso debate
probatorio. En otras palabras, si se requiere amplio material
probatorio, el actor deberá acudir a un procedimiento diferente,
obviando al amparo.

Tal actitud del legislador es consonante con lo dispuesto en la ley


argentina (ley 16986), cuyo artículo 2 considera que el amparo no
será admisible cuando "d) La determinación de la eventual
invalidez del acto requiriese una mayor amplitud de debate o de
prueba [...]".

Por ello, el derecho argentino exige como requisito consustancial


para la admisibilidad del amparo que la agresión sea "clara y
manifiesta", es decir, ella ha de ser susceptible de acreditarse sin
mayor debate probatorio. Con tal efecto, regula expresamente los

54
medios probatorios que puedan aplicarse, como son los
instrumentos, testimoniales que no pueden exceder de cinco por
cada parte y rechaza la prueba de absolución de posiciones
(artículo 7). Como lo indica Sagüés, la norma "erradica del instituto
a los hechos complejos y de difícil acreditación, cuya dilucidación
es propia de los juicios ordinarios, o más amplios que el amparo".

Entre nosotros, la ley 23506 olvidó referirse al tema probatorio, lo


que ha generada dudas y cuestionamientos en el terreno práctico.
Por ello, se explica que el artículo 13 de la ley 25398, haya tratado
de solucionar tal omisión al disponer en su primer párrafo que. En
las acciones de garantía no existe etapa probatoria, lo que no
impide la presentación de prueba instrumental o la actuación de las
diligencias que el juez considere necesario realizar sin dilatar los
términos, no requiriéndose notificar previamente a las partes sobre
la realización de las diligencias.

Sin duda, la norma en referencia cuenta con singular importancia,


no tanto porque aclare que en el amparo no existe etapa probatoria,
aspecto al cual se llegaba a partir de una interpretación sistemática
de la ley reglamentaria, sino especialmente porque admite que el
juez puede disponer la realización de las diligencias que aquél
considere convenientes. Esto significa que la norma trata de
acercarse al principio inquisitivo -que en materia constitucional
cobra especial relevancia- al permitir que el juez pueda disponer la
realización de las diligencias probatorias que repute necesarias
para llegar a la verdad de los hechos. Todo ello sin alterar la
brevedad del proceso constitucional, pues de lo contrario habrá
que acudir a los demás procedimientos establecidos.

Finalmente, esta falta de etapa probatoria, y la necesidad de


acreditar determinados hechos, puede ser parcialmente suplida a
través de diligencias preparatorias o preliminares iniciadas antes

55
de interponer el amparo, lo cual por cierto no suspende el plazo de
caducidad previsto legalmente.

VII. LA SENTENCIA DE AMPARO. RECURSOS Y EJECUCIÓN

1. Sentencia
La sentencia es una resolución judicial que pone fin al proceso, o
a un estadio del mismo (instancia o casación). En tal sentido, es
indiscutible que la resolución con la que culmina el amparo
constituye una sentencia y no un auto, como algunos han
señalado.

El juez al momento de dictarla debe efectuar un doble análisis de


la pretensión. En primer lugar, ha de examinar si aquélla cumple
con los requisitos de procedibilidad que le exige el ordenamiento
procesal (juicio de procedibilidad); y, en segundo lugar, sólo si los
supera, declarará que la pretensión es fundada o infundada (juicio
de mérito). De acuerdo con ello, la sentencia podrá reputar
improcedente, infundada (sentencia desestimatoria) o fundada la
demanda (sentencia estimatoria). En este último caso, es decir, si
acoge la pretensión la decisión será una declarativa de condena.

La sentencia deberá expedirse dentro del plazo de tres días de


vencido el término para la contestación. Además, con el fin de
garantizar su publicidad y el adecuado conocimiento de la
jurisprudencia, el artículo 42 de la ley 23506 señala que una vez
consentida y ejecutoriada la sentencia será obligatoriamente
publicada en el Diario Oficial de la Federación.

2. Recursos impugnativos
De acuerdo con la constitución, la ley 23506 y la cuarta disposición
transitoria de la constitución, la demanda de amparo se presentará
ante el juez civil (primera instancia), pudiendo acudirse en recurso

56
de apelación (segunda instancia) a la Corte Superior (Sala Civil).
Si la resolución es denegatoria procede interponer recurso
extraordinario ante el Tribunal Constitucional que actuará como
última instancia.

Sólo si se cuestionan resoluciones judiciales la demanda se


presentará ante la Sala Civil y conocerá en apelación (segunda
instancia) la Sala Constitucional y Social de la Corte Suprema.
Contra ésta última decisión cabe acudir al Tribunal Constitucional.

De otro lado, un problema surgido durante el desarrollo


jurisprudencial del amparo ha sido el relativo a la concesión de los
recursos de oficio en aplicación de la Ley de Defensa Judicial del
Estado (Decreto ley 17537). Al respecto, la Segunda Sala Civil de
la Corte Suprema, en su resolución de 28 de diciembre de 1984,
expedida en el amparo iniciado por "Julio Villafuerte Jurgens
Supremo Gobierno", sostuvo acertadamente que:

contra dicha resolución no se interpuso el oportuno recurso de


nulidad, a que se contrae el artículo 35 de la ley 23506 [...]; que la
antes citada es una ley especial, cuyo objeto es el reponer las
cosas al estado anterior a la violación o amenaza de violación de
un derecho constitucional [...]; que la ley 17537 es, en cambio, una
ley general que se refiere a la defensa del Estado en juicio como
sujeto de derechos y obligaciones, más no cuando resulte agresor
por violación o amenaza de violación de derechos constitucionales
que asisten a personas individuales o jurídicas [...]; que la
institución procesal del recurso de nulidad de oficio, a que se
contrae el artículo 22 de la ley general 17537, no se compadece
con las normas de procedimiento a que se sujeta la acción de
amparo [...], por lo que no cabe oficiosamente en este tipo de
acción la concesión de dicho recurso;.

57
Este correcto criterio jurisprudencial ha sido recogido en el artículo
12 d) de la ley 25398 al disponer que "Cuando el demandado es el
Estado, no proceden de oficio los recursos de apelación y nulidad".

3. Cosa juzgada
La ley 23506 al regular los efectos y alcances de la cosa juzgada,
adoptó un sistema peculiar pues dispuso que ella estará presente
sólo cuando sea favorable al afectado (artículo 8), en
consecuencia, si la sentencia no acoge la pretensión no existirá
cosa juzgada. Así lo entendió el TGC en el caso "Sindicato de
Trabajadores Municipales del Distrito de Lince Alcalde del Concejo
Distrital de Lince y otra acción de amparo", resuelto el 22 de junio
de 1987, al sostener que:

El artículo 8 de la ley 23506 es muy claro sobre cosa juzgada en


casos de habeas corpus y amparo; estatuye que la resolución final,
en este caso la sentencia no apelada del Vigésimo Cuarto Juzgado
Civil de Lima, constituye cosa juzgada, únicamente si es favorable
al recurrente; en este caso, la supradicha sentencia no es favorable
al Sindicato de Trabajadores de la Municipalidad de Lince y en
consecuencia, no constituye cosa juzgada para el Sindicato, el que
ha tenido expedito su derecho para iniciar la demanda de autos
contra el mismo Alcalde y por el cumplimiento de sus derechos
emanados de las mismas actas de trato directo.

El tema de atribuirle carácter de cosa juzgada a la sentencia de


amparo ha sido muy debatido en el derecho argentino. Por un lado,
algunos autores le reconocen efectos de cosa juzgada material
mientras que otros consideran que constituye cosa juzgada formal.
Tal discusión se ha basado por lo general en el hecho que se trata
de un procedimiento sumario en el cual dado el breve debate
probatorio el conocimiento de los hechos no es pleno. En efecto,
Néstor Sagüés, por ejemplo, se inclina por la tesis de la cosa
juzgada formal admitiendo que el conflicto puede replantearse en
58
la vía ordinaria, aunque precisa que ello no obsta a que tienda a
"derivar hacia la cosa juzgada material, si el agraviado por ella no
acredita en el juicio ordinario posterior que el déficit cognoscitivo
del amparo le causó perjuicio".

Como ha sostenido Fairén Guillén, la cosa juzgada formal y


material aunque distintas se encuentran muy vinculadas, "la cosa
juzgada formal se refiere al interior del proceso (de un proceso
determinado) y la cosa juzgada material se refiere a las relaciones
de ese proceso ya resuelto; de vincular a otro proceso en curso;
efecto exterior al primer proceso".

De acuerdo con ello, debemos comenzar por tomar en


consideración que el amparo es un proceso en el cual, dada su
indispensable celeridad y urgencia en resguardar el derecho del
afectado, la cognición y los medios de prueba se encuentran
limitados. Asumiendo tal afirmación, podemos concluir que la
sentencia que lo resuelve ha de tener efectos de cosa juzgada
material "en el ámbito que en ellos fue tratado y sobre los medios
de prueba admitidos y con la amplitud con que se admitieron". Ello
no impedirá que en un juicio ordinario posterior el examen del
conflicto sea "total" con una mayor amplitud de pruebas que
puedan dar lugar a una sentencia que "absorva" a la anterior e
incluso la modifique.

Pensamos, entonces, que la sentencia de amparo que ingresa al


fondo de la cuestión (fundada o infundada), debería producir
efectos de cosa juzgada material, lo cual no impide el inicio de un
proceso ordinario que -como indica Fairén "absorba" al anterior.
Por ello, no estamos de acuerdo con lo dispuesto por el artículo 8
de la ley 23506 y tampoco con la sentencia del TGC antes citada
pues en realidad desconoce el valor firme y definitivo de una
sentencia de amparo, atentando contra el principio de seguridad
jurídica.

59
4. Ejecución de sentencias, costas y sanción al agresor
La ley original no reguló un trámite determinado para la ejecución
de sentencias que acogen la pretensión del demandante. Ello ha
permitido que en varias ocasiones los fallos de los tribunales no
sean cumplidos, lo sean parcialmente o en todo caso luego de un
largo periodo. Ante tal situación, la ley 25398 ha introducido
algunas normas sobre el particular.

Según el artículo 27, la sentencia consentida y ejecutoriada, será


ejecutado por el órgano que conoció en Primera Instancia, en el
modo y forma establecidos en los títulos XXVIII y XXX, Sección
Segunda, del Código de Procedimientos Civiles se refiere al
Código anterior de 1911, en cuanto sean compatibles con su
naturaleza.

De acuerdo con el artículo 28, en caso de omisiones se notificará


al responsable de la agresión concediéndose para su cumplimiento
el término de 10 días, siempre que aquél no perjudique los
derechos del reclamante, bajo apercibimiento de ejercitarse el
respectivo proceso penal. Además, será responsable de los daños
y perjuicios que resulten de este incumplimiento.

En verdad, las normas previstas no resultan plenamente


satisfactorias, no sólo por haber tratado de subsumirse en el
procedimiento de ejecución de sentencias propio de un
ordenamiento civil orientado a regular cuestiones patrimoniales, sin
indicar de manera precisa cuáles de sus disposiciones eran
aplicables, sino además porque ha olvidado tomar en cuenta otras
figuras existentes en el derecho comparado, que pueden ser
particularmente eficaces. En tal sentido, hubiera sido conveniente
que el legislador adopte la institución angloamericana del desacato
disciplinario contempt of court que ante el incumplimiento del
emplazado permita al propio juez que dictó sentencia disponer su
inmediata detención o arresto, o también la posibilidad de

60
imponerle multas de aumento progresivo (astreintes), o alguna otra
modalidad prevista por el amparo mexicano, cuya ley en sus
artículos 104 al 113, regula lo referente al procedimiento de
ejecución de sentencias (título primero, capítulo XII).

Tampoco parece adecuado el modo de regular el cumplimiento de


sentencias en caso de omisiones, pues establecer un plazo de diez
días como principio general puede resultar un plazo excesivo y
exagerado. Creemos que la sentencia de amparo debe cumplirse
de inmediato, lo cual exige una especial atención del juez para así
determinarlo y permitir la tutela del derecho fundamental vulnerado.

En lo referente a la responsabilidad del agresor y a la concesión de


costas, el primer párrafo del artículo 11 de la ley original dispone
que si luego de concluir el proceso se ha identificado al
responsable de la agresión, se ordenará abrir la instrucción
correspondiente. Tratándose de alguna autoridad o funcionario
público, además de la pena respectiva, se le impondrá la de
destitución en el cargo y no podrá ejercer función pública hasta
pasados dos años de cumplida la condena principal. Además, se
impondrá al responsable el pago de las costas del juicio y una
indemnización por el daño causado.

El proceso de amparo peruano no tiene por objeto determinar la


responsabilidad del agresor, pues la pretensión constitucional se
concentra en obtener la tutela del derecho vulnerado o amenazado
y disponer la restitución de las cosas al estado anterior o evitar que
la amenaza se concrete. Ello justifica pues que la sanción penal
sea impuesta luego de un proceso posterior. Sin embargo, no
vemos que exista impedimento alguno para no disponer la
imposición de costas en favor del demandante. En tal sentido,
parece conveniente la norma argentina (artículo 14) que así lo
autoriza, salvo que antes del plazo fijado para la contestación del
demandante cese la agresión que motivó el amparo, o la

61
disposición española que permite al tribunal imponer costas a la
parte que haya mantenido posiciones infundadas de existir
temeridad o mala fe (LOTC, artículo 95.2). Además, creemos que
hubiera sido conveniente permitir que el juez cuando se percate de
la interposición de un amparo con "temeridad o abuso de derecho"
pueda imponer una sanción (multa) por su indebida interposición
tal como sucede en la experiencia española (LOTC, artículo 95.4).

62
VIII. CONCLUSIONES

Al momento de diseñar el modo como deberá reformarse el amparo


peruano, cuya vigencia en términos generales no ha sido plenamente
satisfactoria, debe partirse de considerar que se trata de un verdadero
proceso constitucional. En tal sentido, habrá que acudir a la disciplina
procesal para acoger los instrumentos conceptuales que ella nos
brinda en procura de contribuir a dotar de eficacia a este instrumento.
Y es que para aproximarnos a determinar la naturaleza, concepto,
alcances y características fundamentales del amparo es preciso acudir
a una metodología que necesariamente lo vincule con la teoría general
del proceso.

Resultan por ello cuestionables aquellas interpretaciones, vigentes en


ciertos sectores, que se resisten o tratan de evitar esta influencia con
base en argumentaciones basadas en el derecho sustantivo,
motivadas a veces por un mal entendimiento de las raíces históricas
del amparo, o por el hecho que se trata de una figura prevista por los
textos constitucionales y no por un código procesal.

En la actualidad, ha de aceptarse que el amparo ha logrado su


autonomía respecto al derecho sustantivo que protege. De ahí que
muchas expresiones "clásicas" que aún se utilizan en la legislación
vigente deban ser revisadas y acomodarse a esta concepción procesal
del amparo.

Esto no significa desconocer la influencia del derecho constitucional,


por ejemplo, para ir acomodando los principios procesales a la defensa
de los derechos constitucionales de la persona, sino tan sólo destacar
la autonomía del amparo, en tanto figura procesal, de la disciplina
sustantiva o derecho constitucional. Sólo así podremos contar con una
mejor perspectiva para su análisis.

63
En la mira de contribuir a la construcción de una disciplina, todavía
reciente, como es el derecho procesal constitucional se torna
imprescindible rescatar la naturaleza procesal de uno de sus
principales objetos de análisis, el amparo. A partir de ello podrá ir
fortaleciéndose los cimientos que permitan la construcción de un futuro
Código Procesal Constitucional en el Perú.

64
IX. BIBLIOGRAFIA

 https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/derecho-
comparado/article/view/3401/3965
 http://www.tc.gob.pe/tc/private/adjuntos/transparencia/pdf/mar
co_legal/Codigo_Procesal.pdf
 https://www.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/e9f441004999b2fda3
6af3cc4f0b1cf5/El+Proceso+constitucional+de+amparo+en+el
+peru_.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=e9f441004999b2fda
36af3cc4f0b1cf5
 https://www.monografias.com/trabajos16/accion-de-
amparo/accion-de-amparo.shtml

65

También podría gustarte