UNIVERSIDAD DE LAS FUERZAS ARMADAS-ESPE
PEPARTAMENTO DE CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES
APRECIACIÓN DE LA LITERATURA
DOCENTE: MGTR. DENICE BARRIONUEVO
MICROCUENTOS
EL DINOSAURIO
(Augusto Monterroso)
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”
Edgar Allan García
Augusto Monterroso leyó su cuento considerado el más pequeño del mundo: “Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”
La gente del auditorio aplaudió encantada, sorprendida ante un objeto tan frágil y refulgente
como una miniatura china. Temblando de envidia un escritor entre el público le increpó: “Eso
no es un cuento, ¿cómo se le ocurre decir que es un cuento?”
Augusto pareció dudar un segundo, pero en seguida respondió con aplomo: “Tiene razón,
señor, no es un cuento, es una novela”. Bajo el estruendo de las risas el envidioso despertó;
para su sorpresa, Augusto Monterroso todavía estaba ahí.
Edgar Allan García
Era la primera vez que entraba a una iglesia, toda su familia había sido de ateos militantes
salvo una tía segunda que se había metido a monja por despecho y de la que abominaron
como de un engendro. Había vagado por las calles durante horas y, cuando estaba por
derrumbarse, la iglesia le pareció de pronto un buen refugio. Ahora se sentía más y más
ridículo. Estaba a punto de levantarse cuando escuchó una voz que retumbó en el cascarón
vacío de la iglesia. El hombre tembló de miedo ante aquel “Hola” de tenor y, a su manera, oró
con todas sus fuerzas hasta que sintió que un fardo se le quitaba de encima, mas al disponerse
a salir, escuchó de nuevo la voz resonando en toda la iglesia: “Hola… Hola… Probando…
Probando…”
Edgar Allan García
Hombre fue alcanzado por un rayo, decía la prensa, pero el titular era inexacto. Solo unos
cuantos sabíamos que cada vez que se desataba una tormenta sobre la ciudad, el vecino de la
casa de al lado se desnudaba, salía al patio y corría alrededor de un grueso eucalipto gritando
y cantando hasta que la lluvia cesaba. Era un ritual extraño del que mi familia disfrutaba como
si asistiera al circo. Por eso les digo que el titular en el fondo no decía la verdad: a él no lo
alcanzó un rayo, no, fue mi vecino quien finalmente alcanzó lo que siempre había buscado.
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EL DISFRAZ
(Luis Aguilar Monsalve)
Desde niño he soñado con asistir a una fiesta de disfraces, nunca lo he hecho. Ahora que tengo
85 años, veo difícil que llegue algún día a vestirme de algo diferente. Estoy frente al espejo.
Acabo de verme cómo soy: egoísta, desleal, mentiroso, chantajista, burlón, cobarde e
infinitamente engañoso. ¡Qué mejor disfraz que el que llevo para un hombre tan respetado
como yo!
LA RANURA FINAL
(Luis Aguilar Monsalve)
Se mira en el espejo. Está roto. Abre una de las rendijas y se da cuenta de que ya no existe.
LA PERMUTA
(Luis Aguilar Monsalve)
Inicié desempacando mi valija en el cuarto del hotel. Se me ocurrió que desarmaba mi propia
vida que había cabido en una maleta de cuero viejo. Todo lo que se encontraba eran migajas
pretéritas, como si con una lupa analizara mi cuerpo y mi existencia toda en cuestión de
minutos. Los artículos recién adquiridos eran otras páginas agujereadas para formar una pieza
nueva, un yo distinto quizá.
DESDE LOS HEMISFERIOS
(Luis Aguilar Monsalve)
Son íntimos amigos. Tienen un buffet jurídico en el último piso del edificio Los
Hemisferios. Rolando Cordero es más exitoso que César Casares. Ambos, divorciados y con
una vida social agitada. Los muebles de sus oficinas están colocados exactamente para que
den hacia los grandes ventanales que miran a la ciudad. Las noches son majestuosas. Cuando
la luna se cuelga de su enigma, todo se cubre de un manto transparente de color azul marino y
las personas que miran esa inmensidad brillante se sienten embrujadas.
Es un lunes de una semana imprecisa. Enfundados en sus ternos oscuros y corbatas
más vivas, se saludan ocultando un malestar borroso. Han salido a almorzar con otras
personas. En la tarde no se encuentran y uno de ellos evita toparse con el otro. Por la noche,
con sigilo, va a su oficina y cambia el orden de los muebles. Toma el teléfono y marca con
sorna el número de la casa de su amigo:
-Me siento enfermo, no puedo caminar. Estoy en mi oficina. ¿Puedes venir a recogerme para
que me lleves al hospital? La voz es moribunda.
-¿Qué te ha pasado? -le dice muy preocupado.
-No sé. No puedo moverme bien, las manos y piernas las tengo adormecidas -la voz seguía
igual.
-Voy enseguida.
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-Aguarda, no he podido prender la luz, algo pasa con la electricidad de mi oficina y de mi
salón de espera. Cuando entres, hazlo con cuidado. Yo trataré de movilizarme. La voz se iba
opacando.
-No, no hagas nada, quédate donde estás –le dijo inquieto y preocupado.
Después de unos veinticinco minutos llega a paso rápido. Lo umbrío es dominante.
Quiere encender la luz y no funciona. Se tropieza con los muebles. Se siente confundido.
Llama a su amigo, no responde. Trata de encontrar un teléfono y no lo halla. Por uno de los
ventanales la brisa penetra amenazante. Sigue llamando al amigo y nadie contesta. Se deja
guiar por la ventisca porque quiere cerrar la ventana. De pronto, un leve empujón y César cae
al abismo. La luna sigue caminando y moviendo su cola.
EL TRANSPORTE QUE NO CUMPLIÓ SU DESTINO
(Luis Aguilar Monsalve)
Débora toma a su hijo Telmo y se embarcan para los Estados Unidos. Está cansada de la vida
de París. No quiere que el niño siga el ejemplo de Dionisio, el esposo. Sus valores, considera,
son vanos y llenos de complejos sociales y de alta aristocracia. Él la encontró en una avenida
de Nueva York, la hizo su esposa y la cambió.
Reacciona ahora porque ve que su hijo podría ser la copia de Dionisio y ella no está dispuesta
a permitirlo. Se siente humillada y se da cuenta de que hizo mal al aceptar los falsos intereses
de su marido. Dejó una nota parca en el flamante escritorio de caoba, estilo Luis XVI. Él, al
encontrarla, reaccionó con violencia. Se adelantó y llegó antes de que el barco partiera. No
tenía boleto, pero el dinero lo compra todo. Preguntó por el camerino de la señora McKein y
se dirigió a él, pero antes, pasó por el Tailor’s Shop del barco y adquirió un nuevo
guardarropa.
Madre e hijo se encontraban en uno de los comedores sirviéndose algo ligero. Telmo alcanzó
a verlo. Sonrió con una alegría inesperada, pero el rostro de Débora se quebrantó por el azar,
la angustia y la desilusión. Dionisio caminó con su acostumbrada altivez y seguridad. Tomó
asiento después de besarlos, cogió uno de los claveles blancos de la mesa y se lo puso en el
ojal de la solapa izquierda. El niño pidió permiso, quería investigar qué más había en su
nuevo mundo. Se dejaba sentir una brisa quisquillosa y amodorrada. Dionisio le ordenó que
terminara su taza de café. Ella la llevó a los labios. Inmediatamente él la enfrentó con energía,
rabia y poder. “¿Qué pretendes con esta charade?”. Débora se sobresaltó levemente, lo miró y
también asintió con firmeza. “Voy a rescatar a mi hijo de ti”. Se miraron de igual a igual. Los
ojos mecanografiaban semánticas que tendrían que ser, de alguna manera, descifrables, pero
por el momento las cartas estaban en la mesa y el perdedor podía ser cualquiera de los dos.
Dionisio iba a dar un puñetazo, se contuvo, él no podía ser ocasión de escándalo; era vulgar,
no iba con su personalidad. No se quitaban la vista de encima. Decidieron ir a la habitación.
Cerraron la puerta. “Si tú crees que por alguna razón infantil podrías secuestrar a mi hijo para
quien ya tengo planes, no habrá corte en el mundo que pueda quitármelo” -afirmó con
profunda convicción. Ella contestó con altivez aprendida de su maestro. “No habrá tampoco
corte en el mundo que pueda dártelo”. A lo que él respondió: “Soy un buen jugador y sé
cuando alguien tiene un buena carta: juégala”. Débora lo miró con el mismo dejo cuando lo
vio entrar al comedor del barco. El silencio se prolongaba en un ajuar de suspense. “¡No,
ahora! Hablaremos cuando lleguemos a Nueva York”. Era su última palabra, se dio la vuelta
para salir. Dionisio sintió que un velo de cólera le subía a la cabeza. Tomó el brazo derecho de
ella y la viró con violencia. Otra vez estaban frente a frente. “¡No, ahora!” –demandó
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frenético. Débora no tenía otra alternativa. “Telmo no es tu hijo” y se deslizó abriendo la
puerta hacia el corredor que daba a todos los puntos del buque. Dionisio permaneció parado
en completo estado de pérdida.
CALEIDOSCOPIO
(Luis Aguilar Monsalve)
Tres colegiales emprenden un viaje por la costa del país. El océano deja entrever un azul
fornido cubierto por espumas transparentes. Las olas imperan y su grito de protesta se silencia
tras unos peñascos hirsutos de pequeña altura. El convertible rojo claro se lanza sobre un
pavimento tórrido a una velocidad sin precedentes. Son viajeros listos para tomar sus
vacaciones y comenzar sus primeras aventuras fuera de casa. La vitalidad es obvia. Ríen, se
embroman y están de caza. En el balneario, y ya con traje de baño, se lanzan en la arena
encima de unas toallas refulgentes, de colores chillones. Las muchachas, risueñas y coquetas,
caminan mostrando generosas sus mercancías libres de impuestos –es un duty free, uno
asume. Hay un grupo de cuatro que los atrae: tres de ellas son esculturales y una, pelirroja, de
lentes y pecas. Pasan oliscándolas y ellas devuelven con sonrisas los avances de los mozos.
Los tres se ríen a hurtadillas de la feúca. Otros conquistadores más acérrimos se acercan a
ellas primero y se las llevan. Entonces, los muchachos deciden tomar una lancha que los
transporta y los deja en un lugar manso, con la advertencia de que no pasen más de treinta
minutos bajo el agua; el oxígeno del tanque tiene su límite. Sin mayor preocupación toman
sus lentes protectores, colocan el tubo en sus bocas y se meten en el mar; están listos para
hacer snorkeling. Después de unos veinte minutos de divertirse con un centenar de peces
diferentes que pasan junto a ellos, los tres ven muy claramente a una sirena de espaldas que se
divierte con unos caballitos marinos. Sin dudarlo, se acercan a toda prisa. Ella, sorprendida,
da la vuelta lista para defenderse. Al contemplar su rostro, la sirena tiene pecas, lentes y es
pelirroja.
EN UNA DE LAS RENDIJAS DEL COSMOS
(Luis Aguilar Monsalve)
Los intelectuales están sentados en la terraza de un restaurante popular. Hay sol. De pronto, el
cielo se ennegrece y las sombrillas se colocan para protegerlos de una lluvia que se avecina.
Están por terminar el almuerzo. El postre es magnífico: crepes con jarabe de chocolate y
helado de vainilla. La novelista dialoga sobre su último trabajo. Derrocha información
pertinente a su investigación. Sorprende. La poeta lee los versos. Son excelentes a pesar de su
tono monótono. El ensayista expone la conclusión fulminante contra un ministro de estado. El
articulista está enojado porque el editor ha suprimido, sin su autorización, la queja que él
juzga es el sentir de todos. El escritor acaba de leer un relato y todos lo asocian, de alguna
manera, con los de Julio Cortázar. Se siente feliz porque el argentino-belga es su favorito.
Piensa para sí que nuevamente se debe propagar su trabajo excelso. El filósofo propone que la
muerte debe ser un proceso de felicidad y no de tristeza, porque según él hay que vivir para
morir, asume que el tambo actual de nuestra existencia no puede ser más efímero. La
oscuridad se petrifica en un cosmos sin importancia.
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LA RANA AUTÉNTICA
(Fábula de Augusto Monterroso)
Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello...
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada
autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora,
hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor está en la opinión de la gente y
comenzó a peinarse y a vestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la
aprobaban y reconocían que era una rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de
manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y
sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la
consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían y ella
todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que ¡qué buena rana que parecía pollo!