La cólera de Aquiles y la Tierra
La cólera de Aquiles y la Tierra
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Gordon R. Dickson
Soldado no preguntes
Futurópolis 14: Ciclo Dorsai - 3
ePub r1.0
XcUiDi 16.05.18
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Título original: Soldier, ask not
Gordon R. Dickson, 1967
Traducción: Francisco Arellano
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Colección Futurópolis
En 1987 una pequeña librería madrileña se lanza al mundo editorial inaugurando una
colección de fantasía y ciencia ficción. Con un formato de 195×130 mm,
encuadernación en rústica, y un diseño general en el que en un color de tapa en azul-
morado, se inserta una ilustración referida a la novela. La que inaugura la colección
es Almuric de Robert E. Howard, el creador de Conan el bárbaro, con una portada de
Frank Frazzetta.
Desde el año 1987, y durante 8 años hasta 1995, la colección Futurópolis publicó
un número total de 40 títulos encuadrados en los géneros de la ciencia ficción y el
fantástico más general. Ese primer año son sólo tres títulos los que se publican, pero a
partir de 1988 ya se editan 7 libros y en el siguiente año 10. La cadencia de salida es
variable y no siempre se mantiene en torno a la media docena de volúmenes al año.
La colección fue dirigida en un primer momento por Francisco Arellano, que actuó
también de traductor en muchos de los títulos.
Futurópolis cuenta entre sus autores a plumas tan conocidas como las Roger
Zelazny, Michael Moorcock, Gordon R. Dickson, Philip J. Farmer, Jack Vance o Poul
Anderson. En muchas ocasiones se publican sagas como la de Dorsai de Dickson o la
serie de Ambar de Zelazny que entre las dos suman la cantidad de once títulos.
Títulos más que interesantes se publican en estos años: Los clanes de la Luna Alfana
de Philip K. Dick, Por el tiempo de Robert Silverberg o La gran cruzada de Poul
Anderson, son una muestra de los contenidos publicados. En el año 91, y hasta el
final, se editan casi exclusivamente a autores españoles. Aquí debutaría, por ejemplo,
Rodolfo Martínez con su libro de ámbito cyberpunk La sonrisa del gato. Estos
autores son los que en esos años están en plena actividad creadora: Rafael Marín, que
publica cuatro títulos, Ángel Torres Quesada que vé su continuación de las Islas del
infierno con Whiarga, Elia Barceló con la controvertida Consecuencias naturales,
Saiz Cidoncha y su space opera Memorias de un merodeador estelar, Gabriel
Bermúdez también publicará dos títulos y finalizará la colección en el número 40
Juan Carlos Planells con su primera novela El enfrentamiento, una ucronía de
excelente factura.
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(1970).
5. Las armas de Avalón (The Guns of Avalon) de Roger Zelazny (1972).
6. Emphyrio (Emphyrio) de Jack Vance (1969).
7. El signo del Unicornio (Sign of the Unicorn) de Roger Zelazny (1975).
8. El caballero de espadas (The Knight of the Swords) de Michael Moorcock
(1971).
9. La reina de las espadas (The Queen of Swords) de Michael Moorcock (1971).
10. El rey de espadas (The King of the Swords) de Michael Moorcock (1971).
11. La mano de Oberon (The Hand of Oberon) de Roger Zelazny (1976).
12. Las cortes del Caos (The Courts of Chaos) de Roger Zelazny (1978).
13. Dorsai (Dorsai!) de Gordon R. Dickson (1959).
14. Soldado no preguntes (Soldier, Ask Not) de Gordon R. Dickson (1967).
15. Nigromante (Necromancer) de Gordon R. Dickson (1962).
16. Las ballenas volantes de Ismael (The Wind Whales of Ishmael) de Philip José
Farmer (1971).
17. La estrategia del error (The Tactics of Mistake) de Gordon R. Dickson (1970).
18. La estrella escarlata (The Ginger Star) de Leigh Brackett (1974).
19. Los perros de Skaith (The Hounds of Skaith) de Leigh Brackett (1974).
20. Piratas de Skaith (The Reavers of Skaith) de Leigh Brackett (1973).
21. Las máscaras de los illuminati (Masks of the Illuminati) de Robert Anton
Wilson (1981).
22. Pesadillas y Geezenstacks (Nightmares and Geezenstacks) de Fredric Brown
(1961).
23. Por el tiempo (Up the Line) de Robert Silverberg (1969).
24. El espíritu de los dorsai (The Spirit of Dorsai) de Gordon R. Dickson (1979).
25. Los clanes de la Luna Alfana (Clans of the Alphane Moon) de Philip K. Dick
(1964).
26. El dorsai perdido (Lost Dorsai) de Gordon R. Dickson (1980).
27. La gran cruzada (The Great Crusade) de Poul Anderson (1960).
28.
29. Eterno oscuro (Eterno oscuro) de Miguel Ángel Lladó (1991).
30. El síndico (The Syndic) de C. M. Kornbluth (1993).
31. Crisei (Crisei) de Rafael Marín Trechera (1992).
32. Arce (Arce) de Rafael Marín Trechera (1992.)
33. Génave (Génave) de Rafael Marín Trechera (1992).
34. Salud mortal (Salud mortal) de Gabriel Bermúdez Castillo (1993).
35. Wyharga (Wyharga) de Ángel Torres Quesada (1993).
36. Instantes estelares (Instantes estelares) de Gabriel Bermúdez Castillo (1994).
37. Consecuencias naturales (Consecuencias naturales) de Elia Barceló (1994).
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38. Memorias de un merodeador estelar (Memorias de un merodeador estelar) de
Carlos Saiz Cidoncha (1995).
39. La sonrisa del gato (La sonrisa del gato) de Rodolfo Martínez (1995).
40. El enfrentamiento (El enfrentamiento) de Juan Carlos Planells (1996).
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Capítulo 1
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nadie sabe exactamente el qué. La teoría de Mark Torre es que desvelará el fondo de
nuestras almas: algo oculto en el alma humana terrestre y esencial para los que
pertenecen a los mundos jóvenes, que lo han perdido y son incapaces de reconocer.
Pero, véanlo ustedes mismos. Vayan ahora mismo al Enclave de St. Louis y
métanse en uno de esos circuitos que recorren las diferentes salas y laboratorios de
investigación del Proyecto Enciclopedia; finalmente, llegarán a la prodigiosa Sala de
índices, en la que los vastos muros redondos ya están cargados con los elementos que
facilitan las enseñanzas de varios siglos. Cuando todo el interior de aquella inmensa
esfera esté completamente cargado, dentro de cien años, se establecerán conexiones
entre fragmentos de saber que nunca han sido relacionados anteriormente por la
mente humana… y que no podrían serlo. Y, en ese saber final, veremos… ¿el qué?
¿El fondo de nuestras mentes?
Pero, como ya he dicho, de momento no nos ocupamos de ello. Simplemente,
visitamos la Sala de índices… y eso es cuanto les pido que hagan. Visítenla junto con
los otros participantes de la gira. Pónganse en el centro y hagan lo que les pida el
guía.
Escuchen.
Escuchen. Guarden silencio y escuchen atentamente. Escuchen… no oirán nada.
Entonces, el guía romperá el silencio, un silencio casi insoportable, y les dirá por qué
les ha pedido que escuchen.
Sólo un hombre o una mujer entre millones consigue escuchar algo; sólo un ser
entre millones… de los que han nacido en la Tierra.
Pero nadie —nadie— de los que han nacido en los mundos jóvenes y se pone a
escuchar ha oído nunca nada.
¿Creen que eso no demuestra nada? Pues se equivocan, amigos míos. Yo soy uno
de los que han escuchado —lo que había que escuchar—, y eso cambió mi vida; y la
prueba es que ello me armó con un autoconocimiento del poder que más adelante se
transformaría en furor para conseguir la destrucción de los dos mundos Amistosos.
No se rían si comparo mi cólera con la de Aquiles, solo y amargado entre los
navíos de sus mirmidones, bajo los muros de Troya. Porque tenemos otras
semejanzas. Mi nombre es Tam Olyn y la mayor parte de mis antepasados son
irlandeses; pero fue en Grecia, en el Peloponeso donde, como Aquiles, me convertí
en lo que soy.
En la sombra de las ruinas del Partenón, que se eleva blanco y brillante por
encima de Atenas, nuestras almas se oscurecieron por mi tío que debería haberlas
dejado libres para disfrutar del sol. Mi alma… y la de mi hermana pequeña, Eileen.
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Capítulo 2
Fue ella —mi hermana Eileen— quien tuvo la idea de ir aquel mismo día a visitar
conmigo la Enciclopedia Final, utilizando mi recién estrenado permiso de circulación
de agente de Comunicaciones.
En una situación ordinaria, quizá me habría preguntado por qué quería ir allí. Pero
en aquella ocasión —en el mismo momento en que la sugirió— la idea suscitó en mi
interior un sentimiento pesado y profundo, semejante al súbito tañido de un gong —
un sentimiento que nunca antes había experimentado—, algo parecido al temor.
Pero no era únicamente temor; no era tan sencillo. No era ni siquiera
completamente desagradable. Parecía, sobre todo, en lo más profundo, una tensión
que sólo se siente cuando uno es sometido a un importante examen. Aquello existía,
estaba claro, pero había algo más. La impresión que tenía era que en mitad de mi
camino había un dragón.
Lo sentí durante un segundo; pero fue bastante. Y, como la Enciclopedia
representaba teóricamente toda la esperanza para los nacidos en la Tierra y mi tío
Matías ya había representado para nosotros el papel de la desesperanza, asocié aquel
sentimiento con él, con el desafío que me llevaba lanzando durante todos los años que
pasamos juntos. Y aquello fue lo que me determinó súbitamente a ir destruyendo
todas las pequeñas razones que habría podido tener para no hacerlo.
Además, el viaje era casi como una celebración. No solía llevar a Eileen a
ninguna parte muy a menudo; pero yo acababa de firmar un contrato de trabajo para
efectuar un cursillo en el Servicio de Noticias Interestelares de Ginebra. Y sólo dos
semanas después de haber obtenido el diploma en la Universidad de Comunicaciones
de Ginebra. Lo cierto es que aquella Universidad era la primera de su tipo en los
catorce mundos habitados por los hombres, incluida la Tierra; y mi expediente
universitario era el mejor de toda su historia. Pero una oferta como aquélla no se
hacía directamente a los jóvenes recién salidos de la Universidad, sino hasta que
cumplían los veinte años… ¡si no era más!
Ni me molesté en preguntarle a mi hermana, que entonces tenía diecisiete años
por qué razón quería que la llevase a la Enciclopedia Final, en el día y hora
especificados concretamente por ella. Supongo, si vuelvo a pensar en ello, que lo que
quería era escapar durante todo un día de la oscura casa de nuestro tío. Y aquélla, en
si misma, era razón más que suficiente para mi.
Fue Matías, el hermano de mi padre, quien se encargó de nosotros, tanto de
Eileen como de mí, dos pobres huérfanos, tras la muerte de nuestros padres en el
mismo accidente aéreo. Y fue él quien destrozó los años de nuestra adolescencia. No
es que nos levantara la mano continuamente, ni que diera muestras de clara crueldad
de forma deliberada. No hacía falta que lo hiciera.
Si nos hubiera dado la más lujosa de las casas, las mejores comidas, la educación
y las ropas más elegantes, lo cierto es que lo habríamos tenido que compartir con él,
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cuyo corazón era tan poco soleado como su propia casa sin ventanas, oscura como
una gruta subterránea que nunca hubiera conocido la luz del día y cuya alma era tan
fría como una piedra arrancada del seno de aquella caverna.
Su biblia eran los escritos de aquel viejo santo o diablo del siglo XXI, Walter Blunt
—su divisa era ¡DESTRUIR!—, y cuya Fundación Religiosa dio nacimiento, más
adelante, a la cultura exótica de los jóvenes mundos de Mará y Kultis. Importaba muy
poco el hecho de que los exóticos hubieran leído los escritos de Blunt de un modo
muy diferente, descubriendo en ellos un mensaje que aconsejaba suprimir las raíces
del presente para dar paso a las flores del futuro. Nuestro tío Matías veía poco más
allá de la destrucción; y todos los días, en su oscura casa, nos llenaba la cabeza con
todo aquello.
Pero ya hemos hablado bastante de Matías. En su nada, era perfecto; lo mismo
que aquella creencia que tenía acerca de que los jóvenes mundos nos habían dejado a
los hombres de la Tierra a sus espaldas, haciéndonos de menos y dejándonos morir
como un miembro muerto o inutilizado. Pero ni Eileen ni yo podíamos seguirle en
aquella fría filosofía pese a todos los esfuerzos que hicimos mientras éramos niños.
Por ello, cada uno de nosotros a su modo, combatimos para escapar de él… de él y de
su filosofía; y el camino que tomamos para huir nos llevó juntos hasta el Enclave
Exótico de St. Louis y a la Enciclopedia Final.
Tomamos una línea que recorría el trayecto Atenas-St. Louis, y el metro de
St. Louis hasta el Enclave. Un airbús nos llevó hasta la Plaza de la Enciclopedia;
recuerdo que fui el primero en dejar el airbús. Cuando puse pie en el círculo de
cemento, sentí de nuevo la misma pesada aprensión. Me detuve bruscamente, como
un hombre en estado de éxtasis.
—Perdóneme —dijo una voz a mis espaldas—. Forma usted parte del grupo,
¿verdad? ¿Quiere reunirse con los demás? Soy su guía.
Me volví bruscamente y descubrí a una joven con ojos de color avellana y vestida
con la túnica azul de los exóticos. Era tan fresca como la luz del sol que la bañaba,
pero había algo que desentonaba en su conjunto.
—¡Usted no es exótica! —dije bruscamente. Y no lo era. Los indígenas exóticos
tienen un carácter muy marcado. Sus rostros son menos gesticulantes que los de los
demás. Sus ojos le escrutan a uno aún más profundamente. Se parecen a los Dioses de
la Paz, siempre sentados con una mano apoyada en un rayo dormido cuya existencia
parecen ignorar.
—Soy coagente —respondió—. Me llamo Lisa Kant. Y tiene usted razón: no soy
exótica de nacimiento.
No pareció extrañada porque lo hubiera adivinado pese al traje que llevaba. Era
más baja que mi hermana, quien era muy alta, lo mismo que yo lo soy entre los
hombres de la Tierra. Eileen tenía el cabello de un color rubio plateado y el mío, en
aquel tiempo, era castaño. Mi pelo tenía el mismo color que el suyo cuando murieron
nuestros padres, pero se oscureció con el paso de los años en casa de Matías. Pero la
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joven, Lisa, era morena, alegre y sonriente. Me intrigaba tanto por su belleza como
por su traje exótico… y también me irritaba ligeramente. Parecía muy segura de sí
misma.
La observe mientras se dirigía a las otras personas que esperaban el momento de
visitar la Enciclopedia; una vez empezada la visita, caminé a su lado y me puse a
conversar con ella entre dos explicaciones.
No manifestó reticencia alguna en cuanto a hablar de sí misma.
Había nacido en el Medio Oeste de los Estados Unidos, en los alrededores de
St. Louis, o eso me dijo. Fue a la escuela primaria y a la secundaria en el Enclave y se
sintió cautivada por la filosofía de los exóticos. Había adoptado su trabajo y sus
conceptos. Pensé que era una pena en una chica tan bonita como ella… y se lo dije
sin más rodeos.
—¿Por qué una pena? —dijo sonriente—. ¿Porque empleo toda mi energía… y
sirvo a los mejores designios?
Pensé que se burlaba de mí ligeramente. No me gustaba aquello. Incluso en aquel
tiempo, no era alguien de quien la gente se pudiera burlar.
—¿Qué designios son ésos? —pregunté, lo más brutalmente que pude—.
¿Mirarse el ombligo?
La sonrisa de la joven desapareció y me miró de un modo extraño, tan extraño
que, desde entonces, siempre recuerdo su mirada.
Se habría podido decir que súbitamente se había dado cuenta de mi presencia… la
presencia de alguien que flotaba a la deriva sobre un mar nocturno más allá de la
firme orilla rocosa sobre la que ella se encontraba. Extendió la mano como queriendo
tocarme, luego, la dejó caer como si de pronto hubiera recordado dónde nos
encontrábamos. Se encontró con la mía y, súbitamente, el presentimiento que me
había ido invadiendo acerca de la Enciclopedia llegó a su apogeo. Una helada
impresión, casi de terror, me dominó y me puse tenso.
—Ahora —prosiguió Lisa mientras nos acercábamos—, les pido por favor que
permanezcan completamente en silencio durante sesenta segundos; y escuchen.
Escuchar, eso es todo; luego díganme si oyen algo.
Los otros dejaron de hablar y el vasto silencio inaccesible de la inmensa
habitación se cerró sobre todos nosotros. Nos envolvió; y aquel sentimiento que tenía
en mi interior creció rápidamente hasta alcanzar una alta cota de ansiedad. Las alturas
o las distancias no me habían ocasionado nunca ningún problema, pero, en aquellos
momentos, era terriblemente consciente del gran vacío que había por debajo de la
plataforma, de todo el espacio que me rodeaba.
Mi cabeza empezó a dar vueltas, mi corazón latió atropelladamente. Sentí la
amenaza del vértigo.
—¿Y qué tenemos que oír? —dije en voz alta, no para hacer ninguna pregunta,
sino para poner un rápido fin a la sensación de vértigo que parecía querer
controlarme. Estaba casi junto a la espalda de Lisa cuando pronuncié aquellas
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palabras. La joven se volvió y me miró. De nuevo había en sus ojos la sombra de
aquella extraña mirada que me dirigiera antes.
—Nada —dijo. Luego, sin dejar de mirar de aquel raro modo, titubeó—. Puede
que algo, aunque sólo existe una probabilidad entre miles de millones de que
escuchen cualquier cosa. Lo sabrán si lo oyen, y les explicaré de lo que se trata
cuando hayan pasado los sesenta segundos. —Me tocó ligeramente el brazo y añadió
—: Ahora, por favor, cállese… Aunque sólo sea por los otros, si es que no quiere
escuchar.
—Oh, voy a escuchar —le dije.
Me aparté de ella. Y, mirando por encima de su hombro, detrás de nosotros, por
encima de mí, lejos, cerca de la entrada de la Sala de índices, vi que mi hermana no
estaba con el grupo. Sólo la reconocí a aquella distancia por sus claros cabellos y
elevada estatura. Hablaba con un hombre moreno y delgado, vestido todo de negro,
cuyo rostro no podía ver desde tan lejos.
Estaba sorprendido y súbitamente irritado. El espectáculo de aquella flaca silueta
masculina vestida de negro parecía casi una afrenta. La idea de que mi hermana se
hubiera rezagado del grupo para hablar con aquel individuo, alguien a quien no
conocía y con un ardor que se podía adivinar, incluso a aquella distancia, a causa de
la tensión de su cuerpo y de los movimientos de las manos, después de tanto rogarme
que la llevase hasta allí, me parecía una falta de cortesía cercana a la traición.
Después de todo, había sido ella quien me persuadió para que fuésemos.
Se me erizaron los cabellos de la nuca y una helada oleada de cólera nació en mí.
Era ridículo; a aquella distancia, incluso los mejores oídos humanos que hubieran
existido no habrían podido sorprender la conversación, pero me encontré a mí mismo
intentando forzar el silencio que invadía la enorme habitación para descubrir lo que
podrían estar hablando.
Luego —imperceptiblemente pero cada vez más fuerte— empecé a oír algo.
No era la voz de mi hermana, ni la del desconocido. Era la voz lejana y ruda de
un hombre que hablaba en un idioma que parecía vagamente latín, pero cuyas vocales
escamoteadas y las «r» arrastradas convertían su charloteo en un murmullo parecido
al trueno de una tormenta estival. Y aquel ruido, aunque no aumentaba, parecía
acercarse… luego, oí una voz que le respondía.
Luego otra voz. Y otra y otra y otra más.
Rugiendo, bramando, vertiéndose como una avalancha las voces cayeron sobre
mí desde todas partes, más numerosas a cada segundo, doblando y redoblando…
todas las voces en todos los idiomas del mundo entero, todas las voces que hayan
existido en el mundo… y más que eso. Más… muchas más… todavía más.
Aullaban junto a mi oído / balbuceaban, lloriqueaban, reían, juraban, ordenaban,
acataban, pero no se fundían en un sordo trueno, en un único rugido atronador, como
debería haber ocurrido.
A medida que se multiplicaban, sin embargo, seguían siendo distintas. ¡Escuchaba
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cada una de ellas! Cada uno de aquellos millones, de aquellos miles de millones de
hombres y mujeres que gritaban individualmente a mi oído.
Y aquel tumulto acabó por arrastrarme como una pluma cogida en un huracán,
llevándome en un torbellino, haciéndome perder todas las facultades para conducirme
al fin hasta una catarata de inconsciencia desencadenada.
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Capítulo 3
Recuerdo que no deseaba despertar. Me parecía que había hecho un largo viaje, que
había estado ausente mucho tiempo. Pero, cuando al fin abrí los ojos con desgana, me
encontré tendido en el suelo; sólo Lisa se inclinaba sobre mí. Algunos miembros del
grupo todavía no se acababan de volver para ver lo que me había pasado.
Lisa me levantó la cabeza.
—¡Lo ha escuchado! —dijo con voz apremiante, en voz baja, hablándome casi al
oído—. ¿Qué ha oído?
—¿Oído? —Sacudí la cabeza, aturdido, mientras me volvía la memoria, casi
esperando oír de nuevo la riada de innumerables voces que me habían asaltado. Pero,
en aquel momento, sólo reinaban el silencio y la pregunta de Lisa—. ¿Oído? —dije
—. Sí, a ellos.
—¿Ellos?
Parpadeé para mirarla, y súbitamente se hizo la luz en mi mente. Me acordé de
pronto de mi hermana Eileen; e intenté ponerme de pie a duras penas, mirando hacia
la lejanía de la entrada en la que la había visto discutir con el hombre vestido de
negro. Pero la entrada y el espacio circundante estaban vacíos. En cuanto a ellos
dos… habían desaparecido. Me erguí, confuso, dolorido, privado enteramente de la
seguridad en mí mismo por la catarata de voces en la que me había hundido,
turbándome por el misterio de la desaparición de mi hermana de un modo irracional.
No contesté a Lisa y empecé a correr a lo largo de la rampa hacia la entrada en que
viera a Eileen por última vez conversando con el hombre de negro.
Yo tenía las piernas muy largas y podía avanzar muy deprisa, pero, por veloz que
fuera, Lisa era todavía más rápida que yo. Incluso con la larga túnica azulada, iba a la
velocidad de una estrella fugaz. Me alcanzó, me adelantó y dio media vuelta para
cerrarme el paso al tiempo que yo llegaba a la salida.
—¿Dónde va? —gritó—. No puede irse así… ¡todavía no! ¡Si ha oído algo,
tendrá que ir a ver a Mark Torre en persona! ¡Él tiene que hablar con cualquiera que
haya oído algo!
Apenas la oía.
—Déjeme pasar —gruñí, y la empujé a un lado sin más miramientos—. Atravesé
la entrada que conducía a la sala circular llena de equipo. En ella había atareados
técnicos ataviados con batas de colores, realizando tareas incomprensibles con
inconcebibles utensilios de metal y vidrio… pero ni rastro de Eileen o del hombre de
negro.
Salí de la sala a toda velocidad para llegar al corredor. Pero también estaba vacío.
Lo atravesé y entré por la primera puerta que me encontré a mano derecha. Las
miradas de algunas personas que había sentadas, leyendo o transcribiendo, se posaron
en mí sorprendidas, pero ni Eileen ni el desconocido estaban entre ellos. Lo intenté en
otra habitación, y luego en otra, pero sin éxito.
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Cuando iba a entrar en la quinta, Lisa me alcanzó de nuevo.
—¡Pare! —dijo. Y me detuvo con una fuerza que resultaba sorprendente en una
chica de su tamaño—. ¿Va a detenerse? ¿Va a reflexionar un instante? ¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? —grité—. Mi hermana… —Pero me detuve y cerré la boca.
Me pareció que iba a quedar como un idiota delante de Lisa si le contaba lo que
andaba buscando: a una chica de diecisiete años que charlaba con alguien y que había
dejado la gira acompañada por un hombre a quien su hermano no conocía, cosas que
no bastaban para justificar una persecución tan desenfrenada y unas investigaciones
tan frenéticas… al menos en nuestros días, en nuestra era. Y no estaba de humor para
explicarle a Lisa nuestra triste y mísera educación en casa de nuestro tío Matías.
Guardé silencio.
—Tiene que venir conmigo —continuó con voz apremiante, un segundo más
tarde—. No puede imaginarse lo raro, lo aterradora e inconcebiblemente raro que
resulta que alguien escuche algo en el Punto de Tránsito. No sabe lo que puede
significar para Mark Torre —Mark Torre en persona— descubrir a alguien que haya
escuchado.
Sacudí la cabeza, aturdido. No quería hablar con nadie de lo que acababa de
experimentar, y todavía menos deseaba ser examinado como un animal de
laboratorio.
—Tiene que hacerlo —repitió Lisa—. Es muy importante. No únicamente para
Mark, sino para el proyecto entero. ¡Piénselo un poco! ¡No se vaya sin más! ¡Piense
antes en lo que tiene que hacer!
La palabra «piense» se abrió camino en mí. Lentamente, la luz creció en mi
cabeza. Lo que decía Lisa era verdad. Tenía que pensar y no escabullirme como
alguien que hubiera perdido completamente la cabeza. Eileen y el desconocido
vestido de negro podían estar en cualquiera de aquellas docenas de habitaciones o
pasillos… incluso podían estar saliendo del Proyecto y aun del Enclave. Por otra
parte, ¿qué les diría si daba con ellos? ¿Le habría pedido al hombre que se presentara
y me explicara cuáles eran sus intenciones acerca de mi hermana? Más valía que no
les encontrase.
Y, además, había otra cosa. Trabajé muy duro para conseguir el contrato que
firmase unos días antes nada más salir de la Universidad con el Servicio de Noticias
Interestelares. Pero todavía me quedaba mucho camino que recorrer para lograr mis
ambiciones. Porque lo que más deseaba —durante tanto tiempo y con tanta pasión
que el deseo parecía apoderarse de mí, desgarrándome con uñas y dientes— era la
libertad. Una verdadera libertad, de ésa que poseen únicamente los miembros de los
gobiernos planetarios… y un grupo especial: los miembros del Sindicato de los
Servicios de Noticias Interestelares. Los empleados de comunicaciones prestaban
juramento de imparcialidad y eran, técnicamente, personas que no pertenecían a
ningún mundo, como garantes de la imparcialidad de los Servicios de Noticias que
hacían funcionar.
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Los mundos habitados por la raza humana se hallaban divididos —como lo
venían estando desde hacía doscientos años— en dos bandos, uno que ligaba a sus
habitantes con contratos «cerrados», y otro que creía en contratos más abiertos. Los
que estaban a favor de los contratos cerrados eran los mundos Amistosos de Armonía
y Asociación, Newton, Cassida y Venus, y el gran nuevo mundo de Ceta en Tau Ceti.
Por la parte «abierta» podían contarse la Tierra, Dorsai, los Mundos Exóticos de
Mará y Kultis, Nueva Tierra, Freilandia, Marte y el pequeño mundo católico de Santa
María.
Lo que les dividía era un conflicto de sistemas económicos… heredado de una
Tierra dividida que les colonizase en sus orígenes. En nuestra época, la moneda
interplanetaria sólo era de un tipo: divisas encarnadas en técnicos especializados.
La raza humana se había convertido en algo demasiado importante para que un
solo planeta formase a todos sus especialistas, particularmente cuando otros mundos
los formaban mejores. La instrucción que la Tierra, o cualquier otro mundo, pudiera
dar no bastaría para crear un soldado profesional que le llegara a los talones a un
soldado de Dorsai. Ningún físico se podía comparar con los de Newton, ningún
psicólogo con los de los exóticos, ninguna compañía mercenaria podía conseguirse
por un precio tan moderado y tan pocas bajas como en Armonía o Asociación… y así
sucesivamente. Consecuentemente, cada mundo formaba una categoría concreta de
profesionales cuyos servicios alquilaba mediante contrato a los otros mundos según
las necesidades de estos últimos.
Y la división entre los dos bandos era muy clara. En los mundos «abiertos», el
contrato de un individuo le pertenecía parcialmente; no podía ser vendido o
negociado en otro mundo sin su consentimiento… salvo en casos de extrema
importancia o urgencia. En los mundos «cerrados», el individuo vivía bajo las
órdenes de las autoridades… que podían vender o negociar su contrato en cualquier
momento. Cuando llegaba el caso, sólo se podía hacer una cosa… ir a trabajar a
donde le mandasen a uno.
En todos los mundos había gente que era libre, y algunos lo eran parcialmente. En
los mundos «abiertos», entre los que se contaba la Tierra, la gente como yo era
parcialmente libre. Pero yo quería una libertad total, como la que no podía obtener
más que siendo miembro del Sindicato. Una vez me hubieran aceptado en el
Sindicato, gozaría de esa libertad. Porque el contrato por mis servicios le pertenecería
al Servicio de Noticias durante el resto de mi vida. Y, en consecuencia, ningún mundo
podría juzgarme o vender mis servicios en contra de mi voluntad a algún planeta al
que le debiera personal especializado. Es cierto que la Tierra, al contrario que
Newton, Cassida, Ceta y otros planetas, estaba orgullosa de no haber tenido nunca
que cambiar a sus diplomados universitarios en gran cantidad por miembros de
formación especializada de los mundos jóvenes. Pero como todos los planetas, la
Tierra se reservaba el derecho a hacerlo en caso de necesidad… y había un montón de
ejemplos de cambios de individuos conocido por todos. Así que no podía satisfacer la
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ardiente sed de libertad (que los años pasados bajo el techo de Matías habían
alimentado) más que consiguiendo que me admitieran en el Servicio de Noticias.
Pero, por brillante que fuera mi expediente universitario, todavía era un objetivo muy
distante, tanto que no estaba seguro de conseguirlo. No podía despreciar nada que
sirviera para ayudarme; y me parecía que no ver a Mark Torre sería como rechazar
una posibilidad de ayuda.
—Tiene razón —le dije a Lisa—. Iré a verle. Naturalmente. Iré a verle. ¿Dónde
tengo que ir?
—Le llevaré yo misma —respondió—. Pero déjeme llamar antes por teléfono.
Se alejó unos pasos y habló tranquilamente por el inter-comunicador que llevaba
en el dedo anular. Luego, volvió junto a mí y me hizo una señal para que la siguiera.
—¿Y los otros? —dije, recordando de pronto al resto del grupo en la Sala de
índices.
—Ya le he pedido a alguien que se ocupe de ellos durante el resto de la visita —
me contestó Lisa sin mirarme—. Por aquí.
Me hizo franquear una puerta para encontrarme de pronto en el vestíbulo de un
pequeño laberinto de luz. Aquello me sorprendió durante un instante, hasta que
comprendí que Mark Torre, como toda la gente que está constantemente en público,
debía protegerse de los eventuales locos y maníacos peligrosos. Al salir del laberinto,
llegamos a una pequeña habitación vacía en la que nos detuvimos. La habitación se
movió —no sé decir en qué dirección— y, después, se detuvo.
—Por aquí —repitió Lisa guiándome hacia una de las paredes de la sala. La tocó,
y una parte del muro se plegó para darnos paso a una habitación amueblada como
oficina, pero equipada con consolas tras las cuales se sentaba un hombre de cierta
edad… Era Mark Torre, cuya foto viera tan a menudo en los diarios.
No parecía tan viejo como debería por su edad —en aquella época tenía más de
ochenta años—, pero su rostro era grisáceo y tenía mal aspecto. La ropa flotaba sobre
su ancha osamenta como si en otro tiempo hubiera sido más grueso. Sus dos manos,
verdaderamente enormes, yacían blandamente sobre el pequeño espacio liso que
había delante de las consolas, con las articulaciones grises abultadas y deformadas
por —lo supe más tarde— una oscura enfermedad de las articulaciones llamada
artritis.
No se levantó para recibirnos, pero su voz sonó extrañamente clara y joven
cuando habló y sus ojos brillaron al mirarme, manifestando una alegría apenas
contenida. Nos hizo sentar y esperar hasta que, algunos minutos más tarde, se abrió
una puerta y entró un hombre de cierta edad, un hombre natural de los Mundos
Exóticos, de ojos penetrantes color avellana en un rostro liso y sin arrugas, con
cabellos blancos muy cortos y la misma túnica azul que Lisa.
—Señor Orlyn —dijo Mark Torre—, éste es Padma, Delegado de Mará en el
Enclave de St. Louis. Él ya sabe quién es usted.
—¿Cómo está? —le dije a Padma.
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Sonrió.
—Es un honor conocerle, Tam Olyn —dijo, y se sentó. Sus ojos claros no
parecían mirarme, y, sin embargo, me hacían sentir a disgusto. No había nada extraño
en él; aquél era el problema. Su mirada, su voz, incluso la manera de sentarse,
parecían implicar que me conocía mucho mejor que nadie y mejor de lo que yo
mismo querría que me conociera alguien de quien yo apenas supiera nada.
Pese a todo lo que hubiera dicho durante años en contra de lo que mi tío defendía,
noté que crecía en mí la amargura que Matías sentía por los habitantes de los jóvenes
mundos, una especie de rebelión contra la tácita superioridad de Padma, Enviado de
Mará en el Enclave de St. Louis, Tierra. Me arranqué de su mirada y planté la mía en
los ojos más humanos, más terrestres, de Mark Torre.
—Ahora que Padma está aquí… —dijo el anciano inclinándose excitado hacia mí
por encima de las consolas—. ¿Cómo fue? ¡Díganos lo que escuchó! —Sacudí la
cabeza, porque no encontraba un modo adecuado de describir lo que verdaderamente
había pasado. Miles de millones de voces, hablando todas a la vez y todas
separadamente es algo imposible.
—Escuché voces —dije—. Todas hablaban a la vez, pero distintamente.
—¿Numerosas voces? —preguntó Padma.
Tuve que mirarle de nuevo.
—Todas las voces que existen —me oí responder. E intenté describirlo. Padma
asintió; pero, mientras hablaba, miré a Torre y le vi hundirse en el sillón, como si se
sintiera confuso, o decepcionado.
—¿Solamente… voces? —dijo el anciano cuando terminé, hablando un poco
consigo mismo.
—Siempre es diferente —dijo Padma, a quien veía con el rabillo del ojo, con tono
suave.
Pero yo no le miraba. Mantenía la vista clavada en Mark Torre.
—Todos escuchan cosas diferentes.
Me volví hacia Padma.
—¿Qué escuchó usted? —le pregunté desafiante. Sonrió un poco tristemente.
—Nada, Tam —dijo.
—Sólo los que han nacido en la Tierra han oído algo —dijo Lisa secamente,
como si yo debiera saberlo sin que tuvieran que decírmelo.
—¿Y usted? —le pregunté.
—¿Yo? ¡Claro que nada! —replicó la joven—. ¡Apenas media docena de
humanos han oído algo desde el principio del Proyecto!
—¿Menos de media docena? —repetí como un eco.
—Cinco —concluyó—. Mark, evidentemente. De los otros cuatro, uno ha muerto
y los otros tres… —dudó un momento y me observó—… no estaban a la altura.
Su voz tomó un matiz diferente que percibía por primera vez. Pero lo olvidé por
completo cuando las cifras que había mencionado empezaron a hacer efecto.
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¡Cinco personas en cuarenta años!
Como si me hubieran dado un golpe, comprendí con cierto embarazo que lo que
me había pasado en la Sala de índices no era un incidente menor y que aquella
entrevista con Torre y Padma tampoco lo era, ni para ellos ni para mí.
—¿Oh? —dije; y miré a Torre. Pude hablar un poco más tranquilo a costa de un
gran esfuerzo—. Entonces, ¿qué significa que alguien escuche algo?
No me respondió directamente.
En lugar de ello, se inclinó hacia adelante mientras sus ojos oscuros volvían a
brillar vivamente, y me señaló con los dedos de su enorme mano derecha.
—Apriétela —dijo.
Extendí la mano y estreché la suya… sentí las hinchadas articulaciones. Me
apretó la mano muy fuerte y la sostuvo, mirándome fijamente a los ojos durante un
largo rato, mientras el brillo de su mirada palidecía hasta desaparecer; luego, la soltó,
y se derrumbó de nuevo en el asiento como si estuviera vencido.
—Nada —dijo tristemente volviéndose hacia Padma—. Otra vez… nada. Casi se
podría creer que sentiría algo… o que yo lo sentiría.
—Sin embargo —dijo Padma tranquilamente, mirándome—, ha oído algo.
Me quedé clavado en el asiento bajo la mirada de sus ojos exóticos color avellana.
—Mark está turbado, Tam —dijo—, porque has oído voces que no transmitían ni
un mensaje ni un sentido inteligible.
—¿Qué mensaje? —pregunté—. ¿Qué sentido?
—Eso —continuó Padma— es lo que tú nos tendrías que decir. —Su mirada
puesta en mí tenía tal brillo que me sentía como un pájaro, un búho, paralizado por un
proyector. Sentí que las plumas de mi cólera se erizaban de furor.
—Y a usted, ¿qué le va en ello? —pregunté.
Sonrió ligeramente.
—Nuestros fondos exóticos —dijo— proporcionan la mayor parte de los créditos
necesarios para la realización del Proyecto Enciclopedia. Pero, compréndalo, no es
nuestro proyecto. Es el Proyecto de la Tierra. Tenemos un sentido de nuestras
responsabilidades sobre los estudios relativos a la comprensión del Hombre por el
Hombre, eso es todo. Además, nuestra filosofía y la de Mark están en desacuerdo.
—¿Desacuerdo? —dije. Tenía cierto olfato para las noticias, incluso en aquella
época, recién salido de la Universidad, y el olfato había sido excitado.
Pero Padma sonrió al leer mis pensamientos.
—No es nada nuevo —dije—. Un desacuerdo esencial que arrastramos desde el
principio. Para enunciarlo en pocas palabras, sin rodeos, los exóticos creemos que el
Hombre no puede ser mejorado. Nuestro amigo Mark cree que el Hombre de la Tierra
—el Hombre Esencial— ya ha sido mejorado pero de un modo tal que es incapaz de
revelar sus mejoras y servirse de ellas.
Le miré fijamente.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté. ¿Y con lo que he oído?
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—Se trata de saber si puede serle útil a él… o a nosotros —respondió Padma con
toda tranquilidad; y, durante un segundo, mi corazón se congeló. Si los exóticos o
alguien como Mark Torre le pedían mi contrato al gobierno de la Tierra, podía
despedirme de toda esperanza de entrar eventualmente en el Sindicato de los
Servicios de Prensa.
—No les creo a ninguno —dije con un tono tan indiferente como pude.
—Quizá. Ya veremos —dijo Padma. Extendió la mano y alzó el dedo índice—.
¿Ve este dedo, Tam?
Lo mire y, mientras miraba, el dedo se adelantó súbitamente hacia mí adquiriendo
enormes proporciones, impidiéndome ver cualquier otra cosa de la habitación. Por
segunda vez en el mismo día, dejaba el universo real y sus límites para entrar en un
lugar irreal.
Repentinamente, estuve envuelto en relámpagos. Me hallaba en la oscuridad, pero
proyectado por relámpagos en medio de algo parecido a un enorme universo a años
luz de distancia, de un punto a otro, como si participase en algún combate gigantesco.
En primer término, fui incapaz de comprender el combate. Luego, lentamente,
tomé conciencia del hecho de que todos aquellos súbitos relámpagos no eran más que
un desesperado esfuerzo de supervivencia y victoria ante la invasora oscuridad,
eterna y persistente, que se esforzaba por apagar y destruir los relámpagos. Tampoco
era una batalla fruto del azar. Pude ver todas las trampas, las derrotas, las estrategias,
la táctica, los golpes y los contragolpes entre la luz y la oscuridad.
Volvió a mí el recuerdo de los miles de millones de voces, inflamándose a mi
alrededor una vez más al ritmo de los relámpagos, para darme las claves de lo que
veía. De pronto, como un relámpago que ilumina la tierra que se extiende ante un
espectador en varios kilómetros a la redonda, comprendí con un brillo de intuición lo
que me rodeaba.
Era la batalla, de varios siglos de antigüedad, entablada por el hombre para la
supervivencia de su raza y la ofensiva en el porvenir, el combate eterno y encarnizado
de aquel organismo complejo —a la vez bestial y divino, primitivo, sofisticado,
salvaje y civilizado— que era la raza humana, combatiendo por sobrevivir y por
seguir adelante. Adelante, más arriba, más lejos, hasta conseguir lo imposible,
suprimir todas las barreras, dominar cualquier sufrimiento, poseer todos los talentos.
Hasta que no hubiera relámpagos… ni oscuridad.
Eran las voces de aquel combate continuo, sostenido durante centenares de siglos,
las que había oído en la Sala de índices. Era el mismo combate que libraban los
exóticos con la extraña magia de sus ciencias psicológicas y filosóficas. Aquel
combate que la Enciclopedia Final estaba destinada a establecer gráficamente a través
de los siglos pasados de la existencia humana, para que el camino del Hombre
pudiera ser calculado de modo significativo para el futuro.
Era aquello lo que dictaba la forma de comportarse de Padma, la de Mark Torre…
la de todo el mundo, incluida la mía. Porque todo ser humano estaba apresado en el
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engranaje de aquel inmenso combate de sus semejantes y no podía eludir la batalla de
la vida. Cada uno de los que vivimos en esta época participa en ello, como actor y
como juguete.
Pero yo fui consciente de golpe de que era diferente. No era simplemente uno de
los peones de aquella batalla. Yo representaba algo distinto… algo que poseía
virtualmente un poder en sí mismo, que podía dirigir de forma eventual sus actos. Por
primera vez, puse las manos en los relámpagos que me rodeaban e intenté guiarlos,
invertirlos y dirigir sus movimientos sometiéndolos a mis propios objetivos y deseos.
Y, sin embargo, fui derribado y proyectado a distancias inimaginables. Pero no
era ya como un navío que va a la deriva por un mar revuelto por la tempestad, sino
como un barco que navega cada vez más ligero empleando el viento para acelerar. En
aquel momento, por primera vez, fui invadido por el sentimiento de mi propia fuerza,
de mi propio poder. Porque vi que los relámpagos se plegaban a mi voluntad y
tomaban la forma que yo mismo les daba. Sentí aquella impresión de poder
desbordante, una sensación que sobrepasaba cualquier cosa que pueda imaginarse; y
me di cuenta repentinamente de que yo no era de esas personas que se dejan derribar
y someter. Yo era un caballero, un Maestro. Y tenía en mí el poder de recrear, al
menos en parte, lo que tocaba en aquella batalla entre los relámpagos y la oscuridad.
Fui consciente de la existencia de unas pocas criaturas semejantes a mí. Como yo,
caballeros y Maestros. También ellos cabalgaban por la tempestad representada por el
resto de la masa combatiente de la raza humana. Nos sentíamos proyectados todos
juntos durante un segundo para ser desgarrados por los eones insondables al minuto
siguiente. Pero les veía. Y ellos a mí. Y me di cuenta de que me llamaban, de que me
pedían que no combatiera solo, que me uniera a ellos en un esfuerzo común para dar
a aquella batalla una solución futura y conseguir que el orden naciera del caos.
Pero todo lo que era inherente a mí se rebelaba contra la llamada. Había estado
oprimido, había sido un maldito durante mucho tiempo. Me había sentido durante
demasiado tiempo presa indefensa de los rayos. Pero, al fin, conseguía acceder a la
alegría extrema de ser jinete tras haber sido montura, y me glorificaba con aquel
poder. No quería participar en el esfuerzo común que podía conducir a la paz;
únicamente deseaba que el torbellino rugiente, que aquellos remolinos, que aquellos
conflictos, continuasen mientras yo, como una furia, los domaba. Había estado
encadenado y sometido a la esclavitud por la oscuridad de mi tío, pero, finalmente,
era libre, era un Maestro. Nada podría convencerme para que me volvieran a
encadenar. Me vi un poco más dueño de los relámpagos y sentí que mi abrazo era
más extenso y fuerte, cada vez más extenso y fuerte.
Abruptamente, volví a encontrarme en el despacho de Mark Torre.
Mark, con el rostro marcado por los años y tan inexpresivo como si fuera de
madera, me miraba fijamente. Lívida, tampoco Lisa apartaba de mí su mirada. Pero,
sobre todo, era Padma quien me miraba directamente a los ojos, sin variar su
expresión anterior.
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—No —dijo lentamente—. Tiene razón, Tam. En la Enciclopedia no puede ser de
ninguna ayuda.
Se escuchó un débil sonido emitido por Lisa, un pequeño sobresalto, casi un
ligero grito de dolor. Pero se perdió ante el rugido de Mark Torre. El rugido de un oso
mortalmente herido, caído, pero dándose la vuelta para incorporarse sobre las patas
traseras y enfrentarse a sus enemigos.
—¿No puede? —dijo Torre. Se había incorporado tras la mesa y se volvía hacia
Padma. Su hinchada mano derecha estaba crispada, formando sobre la mesa un puño
de color grisáceo—. Tiene que hacerlo… ¡es imprescindible que lo haga! Hace veinte
años que nadie oye nada en la sala… ¡y me estoy haciendo viejo!
—Sólo ha oído las voces, pero no han encendido en él ninguna llama. Usted no
ha sentido nada cuando le ha tocado —dijo Padma. Habló en voz baja, fríamente; las
palabras salían de su boca una por una, como soldados que desfilasen ante un
superior—. Y es porque no hay nada. No hay en él ningún carácter identificable a
algún rasgo de sus semejantes. Existe el mismo mecanismo… pero no empatia… ni
ninguna fuente de poder a la que agarrarse.
—¡Usted puede fijarlo! ¡Maldita sea! —La voz del anciano resonaba como la
campana de una iglesia, pero era carraspeante, como si estuviera a punto de echarse a
llorar—. ¡En los Mundos Exóticos, podrían curarle! —Padma sacudió la cabeza.
—No —dijo—. Nadie más que él mismo puede ayudarle. No está enfermo, ni
loco. Simplemente, no se ha desarrollado. Un día, cuando era joven, se apartó de los
demás para meterse en algún desfiladero solitario y oscuro, suyo propio, y durante
todos estos años el desfiladero se ha ido vaciando, oscureciéndose y encogiéndose
hasta el punto de que ya nadie puede bajar a él para ayudarle. Ningún otro espíritu
puede atravesarlo y sobrevivir… incluso puede que ni siquiera el suyo. Pero, hasta
que salga por el otro extremo, no nos servirá de nada, ni a nosotros ni a la
Enciclopedia; y eso es todo lo que representa para los hombres, tanto de la Tierra
como de otros mundos. No sólo es que no nos serviría de nada, sino que ni siquiera
aceptaría la tarea si se le encargara. Mírelo.
La insistencia de su mirada durante todo el tiempo, la manera lenta y tranquila en
que pronunciaba las palabras, como si hubiera estado tirando piedrecillas a un
estanque sin fondo una tras otra, me habían paralizado, tanto que ni siquiera le
respondía aunque hablaba de mí, como si yo estuviera ausente. Pero, con sus últimas
palabras, la tensión desapareció y fui capaz de recuperar la voz.
—¡Me ha hipnotizado! —le increpé—. ¡No le he dado permiso para ponerme
bajo… para paralizarme!
Padma sacudió la cabeza.
—Nadie le ha hipnotizado —respondió—. Sólo he abierto una ventana para que
viera usted su yo más profundo. Y no ha sido psicoanalizado.
—¿Y qué era todo eso? —dije conteniéndome prudentemente.
—Lo que ha visto y sentido —dijo— era su propia consciencia y sus sentimientos
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traducidos a sus propios símbolos. No sé en lo más mínimo lo que era… ni tengo
modo de saberlo a menos que usted me lo diga.
—Pero, entonces, ¿cómo ha llegado a tomar esa decisión, sea cual sea? —le
pregunté con tono furibundo—. Lo ha decidido muy deprisa. ¿Cómo ha descubierto
el motivo que le ha llevado a decidirse?
—Procedía de usted —respondió—. De su actitud, sus actos, su voz mientras me
habla, incluso ahora. Una docena de otros signos inconscientes. Todo eso me
informa, Tam. Un ser humano comunica con todo su cuerpo y toda su alma, no
simplemente con la voz o la expresión del rostro.
—¡No me lo creo! —dije irritado… luego, mi cólera se enfrió bruscamente, la
prudencia retornó a mí con la certidumbre de que debían existir razones ciertas,
aunque no pudiera imaginarlas en aquel momento, para que no le creyera.
—No me lo creo —añadí más tranquila y fríamente—. Tiene que haber algo más
que le haya hecho tomar esa decisión.
—Sí —respondió—. Naturalmente, he tenido ocasión de consultar los informes.
Su historia personal, como la todo ser humano nacido en la Tierra y vivo actualmente,
ya está en la Enciclopedia. La he consultado antes de entrar.
—Hay más que eso —dije con voz severa, porque sentía que yo estaba ganando
terreno—. Todavía hay algo más. Ya lo veo. ¡Ya lo sé!
—Sí —contestó Padma, que añadió con voz lenta—. Supongo que, llegados a
este punto, debería saberlo. De todos modos, lo descubrirá enseguida sin ayuda.
Levantó la cabeza para mirarme muy fijo a los ojos, pero, en aquella ocasión, me
enfrenté a él sin ningún sentimiento de inferioridad.
—Sucede, Tam —dijo—, que es usted lo que llamamos un Aislado, una rara
fuerza que actúa como pivote bajo la forma de un individuo único… una fuerza que
actúa como pivote en el sistema de desarrollo de la sociedad humana, no simplemente
en la Tierra, sino en los catorce mundos, en su camino hacia el porvenir del Hombre.
Usted es un hombre dotado de un don terrible capaz de influenciar en ese porvenir…
para bien o para mal.
Al oír aquello, recordé cómo tomé los rayos en las manos, y esperé, conteniendo
el aliento, a oír más. Pero no continuó.
—Pero… —dije finalmente, con la voz seca.
—No hay peros —cortó Padma—. Eso es todo. ¿Ha oído usted hablar de la
ontogénesis?
Sacudí la cabeza.
—Es el nombre de una de las técnicas de cálculo exóticas —dijo—. En resumen,
hay un sistema de hechos que evolucionan continuamente en el que participan todos
los seres humanos vivos. En masa, las aspiraciones y los deseos de esos individuos
determinan el modo en que se desarrollará el sistema en el futuro. Pero, considerados
como individuos, casi todo el mundo es parte del juego del sistema y no son capaces
de manipularlo.
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Se calló y me miró a los ojos, como para preguntarme si le había seguido hasta
allí. Le había entendido. ¡Oh, le había entendido perfectamente! Pero no quería que lo
supiera.
—Continúe —le dije.
—Sólo de vez en cuando —prosiguió—, en algún raro individuo encontramos
una combinación particular de factores concernientes al temperamento y posición
particular del individuo en el seno del Sistema que le hacen extremadamente más
eficaz que sus congéneres. Cuando pasa eso, como es su caso, tenemos un Aislado:
un temperamento que actúa como pivote, un individuo que tiene una gran libertad
para manipular el sistema sin ser manipulado él mismo más que en un grado mínimo.
Se calló de nuevo. Y, en aquella ocasión, cruzó las manos. El gesto indicaba que
la conversación había terminado; inspiré profundamente para calmarme el desbocado
corazón.
—Bien —dije—; ya sé todo eso; y sin embargo usted no quiere que haga lo que
quieren que haga.
—Mark quiere que usted le suceda eventualmente como Controlador en la
elaboración de la Enciclopedia —dijo Padma—. Y también lo queremos en los
Mundos Exóticos. La Enciclopedia es un dispositivo tal que su objetivo final y su
empleo, una vez haya sido terminada, no podrán ser comprendidos más que por muy
pocos individuos; y ese concepto no podrá ser traducido constantemente a términos
ordinarios más que por un único individuo. Sin Mark, o alguien como él, para
supervisar la construcción de la Enciclopedia, al menos hasta que sea lanzada al
espacio, el común de los mortales perderá todo el sentido de las posibilidades del
Proyecto cuando haya sido acabado. Todo el trabajo se perderá en medio de la
incomprensión y las frustraciones. Se hará más lento, se detendrá bruscamente y
acabará por disgregarse.
Volvió a guardar silencio y levantó los ojos hacia mí con una mirada casi
siniestra.
—Nunca se construirá —dijo— si no se encuentra sucesor para Mark. Y, sin ella,
sin la Enciclopedia, el hombre terrestre podría llegar a degenerar y morir. Y si el
hombre nacido sobre la Tierra desaparece, las razas humanas de los jóvenes mundos
quizá no sean viables. Pero nada de todo esto tiene importancia para usted, ¿verdad?
Es usted el que no quiere tener nada que ver con nosotros, no al contrario.
Me observó fijamente a través de la habitación con unos ojos que ardían con un
fuego color avellana, desafiándome.
—Usted no quiere —repitió—. ¿Verdad, Tam?
Me defendí contra la intensidad de su mirada. Pero, al mismo tiempo, entendí a
dónde quería llegar y supe que tenía razón. En el mismo momento, me vi sentado en
la butaca frente a las consolas, encadenado a ellas durante el resto de mi vida. No, no
quería nada de esos hombres, ni de los trabajos en la Enciclopedia. No quería nada de
aquello.
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¿Había trabajado tan duramente y durante tanto tiempo con el fin de liberarme de
Matías para tirarlo todo por la borda y convertirme en esclavo de aquella gente
impotente… de todos aquéllos que en la gran masa de la raza humana eran demasiado
débiles para enfrentarse solos a la tormenta? ¿Iba a abandonar toda perspectiva de
tener mi propio poder, mi propia libertad, para trabajar con la vaga promesa de
conseguir algún día la libertad… trabajar para ellos, que no podían obtener para sí
mismos la libertad que ofrecían mientras que yo podía obtenerla y de hecho ya la
había obtenido? No, no me metería en aquello; no, no quería tener nada que ver ni
con Mark ni con su Enciclopedia.
—No —dije con voz carraspeante. Y Mark Torre se aclaró la garganta como si
hiciera ecos de los gimoteantes sollozos que se le habían escapado anteriormente.
—De acuerdo —dijo Padma, asintiendo—. Ya ve que, como le dije antes, no tiene
usted ni empatia ni alma.
—¿Alma? —pregunté—. ¿Qué es eso?
—¿Puedo describir el color del oro a un hombre que es ciego de nacimiento? —
Sus ojos brillaban al mirarme—. Lo sabrá si la descubre, pero sólo la descubrirá si se
abre paso a través del desfiladero que antes mencioné. Si lo consigue, finalmente,
puede que descubra su propia alma humana. Pero sólo lo sabrá cuando la haya
encontrado.
—Un desfiladero —dije como un eco—. ¿Qué desfiladero?
—Usted lo sabe, Tam —dijo Padma, muy tranquilo—. Usted lo sabe mejor que
yo. Ese desfiladero del alma y del espíritu en cuyo seno toda su fuerza creadora se ha
dirigido, pervertida y deformada, hacia la destrucción.
¡DESTRUIR!
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—En ese caso, ¿no hay ninguna esperanza? ¿No hay nada que podamos hacer?
¿Y si no vuelve nunca ni a nosotros ni a la Enciclopedia?
—Todo lo que puede hacer usted es esperar, y confiar en que lo haga —respondió
la voz de Padma—. Si es capaz de proseguir su camino, descender, recorrer lo que se
ha creado para sí mismo, es posible que vuelva. Todo lo que él tiene que hacer es
elegir entre el cielo y el infierno, como todos nosotros. Pero su elección es mucho
más importante que la nuestra.
Las palabras tintineaban en mis oídos como el sonido de un ligero chaparrón
sobre una superficie tan insensible como la piedra o el cemento, y me parecían
absurdas. Tuve una súbita necesidad de alejarme de ellos, de encontrarme solo y
poder reflexionar. Me puse trabajosamente en pie.
—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté con voz pastosa.
—Lisa —dijo Mark Torre tristemente. La vi levantarse.
—Por aquí —me dijo. Su rostro era pálido pero inexpresivo cuando cruzó su
mirada con la mía. Luego, se dio la vuelta y echó a andar.
Me sacó de la habitación y me hizo seguirla por el mismo camino por el que
habíamos llegado. Atravesamos el laberinto luminoso, las habitaciones y los pasillos
del Proyecto de la Enciclopedia Final, luego, el pasillo exterior del Enclave donde se
encontró con nuestro grupo por primera vez. No pronunció una sola palabra durante
todo el tiempo; pero, cuando al fin la dejé, me detuvo de un modo inesperado
poniéndome una mano en el brazo. Me volví para mirarla.
—Seguiré aquí —dijo. Y vi que, para mi sorpresa, tenía los ojos llenos de
lágrimas—. Aunque no quede nadie, seguiré aquí.
Luego se dio la vuelta y casi se escapó. La seguí con la vista, emocionado. Pero
habían pasado tantas cosas en la última hora que no tuve ni tiempo ni ganas de
descubrir, o adivinar, lo que había querido decir la joven al pronunciar tan extrañas
palabras… casi un eco de las que pronunciase anteriormente.
Tomé el metro para St. Louis y monté en una nave que me llevó a Atenas sin que
dejara de pensar en muchas cosas.
Estaba tan sumido en mis pensamiento que entré en casa de mi tío y me dirigí a la
biblioteca sin saber si había alguien.
No sólo estaba mi tío, sentado en un sillón de orejas, con un viejo libro
encuadernado en cuero y olvidado en sus rodillas boca abajo, y no sólo estaba mi
hermana, que había vuelto, evidentemente, antes que yo, de pie a su lado, frente a él.
También se encontraba en la habitación un hombre delgado y joven, moreno, que
mediría unas pocas pulgadas menos que yo. Para alguien que, como yo, hubiera
estudiado en la Universidad los orígenes étnicos, resultaría imposible olvidar su
bárbara ascendencia. Iba vestido completamente de negro, llevaba los negros cabellos
cortados casi al rape y casi parecía una espada medio desenvainada.
Era el desconocido a quien había visto charlar con Eileen en el Enclave. Y la
oscura alegría del encuentro prometido en las profundidades del desfiladero saltó de
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nuevo en mi interior. Allí tenía, esperando, sin que tuviera que llamarla, la primera
oportunidad de poner a prueba la comprensión y la fuerza que acababa de descubrir.
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Capítulo 4
Era un terreno de conflicto.
Una gran parte del descubrimiento que había realizado en el lugar en que reinaban
los relámpagos ya estaba en marcha en mi mente consciente. Pero casi de inmediato,
aquella nueva agudeza de mi percepción fue interrumpida momentáneamente por el
hecho de que era capaz de darme cuenta de que estaba de un modo personal metido
en la situación.
Eileen, al verme, posó en mí una mirada vacía, luego miró de nuevo,
directamente, a Matías, que no parecía ni molesto ni turbado. Su rostro inexpresivo,
como la hoja de un cuchillo, con las gruesas cejas y espesos cabellos, que seguían
negros pese a que se acercaba a la sesentena, era tan frío y cortante como de
costumbre. También él me miró, pero con cierta indolencia, antes de volverse para
encontrar la mirada emocionada de Eileen.
—Simplemente digo —le dijo a mi hermana— que no veo por qué me lo pides.
Nunca os he impuesto condiciones, ni a ti ni a Tam. Haz lo que quieras. —Y sus
dedos se cerraron sobre el libro que tenía en las rodillas, como si fuera a recogerlo
para seguir leyendo.
—¡Dime lo que hay que hacer! —gritó Eileen.
Casi estaba a punto de llorar y crispaba los puños y los apretaba contra las
caderas.
—No hay ninguna razón para que te diga lo que hay que hacer —respondió
Matías con voz distante—. Hagas lo que hagas, te dará lo mismo, a mí también, y lo
mismo a ese joven. —Se calló y se volvió hacia mí—. ¡Oh! De hecho, Tam, Eileen se
ha olvidado de las presentaciones. Nuestro visitante es Jamethon Black, de Armonía.
—Jefe de Unidad Black —dijo el joven, volviendo hacia mí un rostro delgado e
inexpresivo—. Trabajo de agregado.
Cuando oí aquello, le identifiqué. Procedía de uno de esos mundos a los que
llamaban, con un poco de humor negro, los «amistosos». Era uno de aquellos
espartanos fanáticos que componían la población de aquellos planetas. Era raro, muy
raro, o eso me parecía entonces, que entre los centenares de tipos de sociedades
humanas que se habían implantado en los mundos jóvenes, tal sociedad de fanáticos
religiosos se hubiese revelado como una de las culturas principales de los Mundos
Divididos que se repartían y prosperaban como colonias humanas en medio de las
estrellas, entre la raza militar de Dorsai, los filósofos exóticos y los rigurosos
científicos de Newton y Venus.
Y era realmente una Cultura Dividida distinta. No constituían una cultura de
soldados de las que los otros doce mundos oyeran hablar a menudo. Los dorsai eran
soldados… hombres de combate hasta la médula de los huesos. Los amistosos eran
hombres devotos —aunque fuera una siniestra devoción de cilicio— que se
alquilaban a sí mismos, porque sus mundos eran tan pobres en recursos que tenían
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pocas cosas para exportar que, según las balanzas contractuales, les permitieran
obtener a cambio los servicios de los técnicos de otros planetas.
La demanda, en lo concerniente a evangelistas, era muy limitada… y era lo único
de que disponían los amistosos en sus yermos terrenos pedregosos. Pero podían
disparar y obedecer órdenes… hasta la muerte. No resultaban muy caros. El
Eclesiarca Bright, Presidente del Consejo de Iglesias que gobernaba Armonía y
Asociación, podía ofrecer mercenarios a un precio inferior al que pudiera plantear
cualquier otro gobierno. Pero no se podía exigir mucho talento militar de aquellos
mercenarios.
Los Dorsai eran verdaderos guerreros. Las armas de combate caían en sus manos
como perros amaestrados y les sentaban como guantes. El soldado ordinario de los
Mundos Amistosos sostenía el fusil como un hacha o como una hoz… como una
herramienta blandida por su pueblo o por su iglesia. Los que entendían del tema
decían que era Dorsai el que facilitaba soldados a los catorce mundos. Los Mundos
Amistosos ofrecían carne de cañón.
Pero yo no especulaba en aquello por entonces. En aquel momento me limitaba a
identificar a Jamethon Black. Su aspecto y sus ropas oscuras, la inmovilidad de sus
rasgos, aquel aire lejano e inaccesible, en cierto modo semejante al de Padma… con
todo lo que reconocía claramente en él, incluso sin la presentación de mi tío, podía
considerarse como uno de los representantes superiores de los jóvenes mundos. Era
uno de aquéllos con los que, como Matías nos había demostrado, era imposible
competir siendo terrestre. Pero la sobrenatural vivacidad de la experiencia que
acababa de pasar en el Proyecto de la Enciclopedia volvió a mí y me pareció, con la
misma sorda alegría interior, que había otros medios de competir con él.
—El Jefe de Unidad Black —decía Matías— ha seguido cursos nocturnos de
Historia de la Tierra… los mismos que siguió Eileen en la Universidad de Ginebra. Él
y Eileen se encontraron de nuevo hace un mes. Tu hermana cree que quiere casarse e
irse con él a Armonía cuando vuelva allí el fin de semana que viene.
Los ojos de Matías se dirigieron a Eileen.
—Ya le he explicado lo que representaba —terminó.
—Pero yo quiero que alguien me ayude… ¡que alguien me ayude a decidir lo que
hay que hacer! —exclamó Eileen penosamente.
Matías sacudió la cabeza con lentitud.
—Ya te he dicho —respondió con su tranquila voz habitual— que no hay nada
que decidir. Que aunque te decidas por una cosa u otra, siempre llegaras al mismo
sitio. Que te vayas o no con este hombre, dará lo mismo tanto para ti como para los
demás. Puedes insistir tontamente en que tu decisión afectará el curso de los
acontecimientos. Yo no… y, lo mismo que te doy libertad para que hagas lo que
quieras y te diviertas tomando decisiones, insisto en que a mí me des libertad para
hacer lo que yo quiera y no me obligues a participar en tamaña farsa.
Con aquellas palabras, tomó el libro, como si estuviera dispuesto a seguir
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leyendo.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Eileen.
—Pero no sé… no sé qué hacer —dijo con voz alterada.
—No hagas nada —replicó Matías, volviendo una página del libro—. Por otra
parte, es la única decisión civilizada.
Eileen seguía allí plantada, llorando en silencio. Jamethon Black se dirigió a ella.
—Eileen —le dijo; y mi hermana se volvió. Le habló en voz baja, tranquilamente,
apenas con la sospecha de un ritmo diferente—. ¿No quieres casarte conmigo y
venirte a vivir a Armonía?
—Sí, sí, Jamie —exclamó—. ¡Sí!
La esperaba, pero mi hermana no avanzó hacia él. Siguió con el mismo
torniquete:
—Pero no estoy segura de que eso esté bien. ¿Me entiendes, Jamie? Quiero estar
segura de lo que hago. Y no lo sé… ¡No lo sé!
Se dio la vuelta violentamente y me miró.
—¡Tam! —dijo—. ¿Qué debo hacer? ¿Debo ir?
Su pregunta resonó en mis oídos como los ecos de las voces que me habían
invadido en la Sala de índices. Bruscamente, la biblioteca en la que me encontraba y
la escena que en ella se desarrollaba parecieron alejarse y brillar con un resplandor
desconocido. Las altas paredes cubiertas de estanterías, el rostro inundado en
lágrimas, me pedían ayuda; el silencioso joven vestido de negro… y mi tío que leía
tranquilamente como si el halo de luz que le rodeaba, emanando de las estanterías
situadas a su espalda, fuese alguna isla mágica que le aislase de todos los problemas y
de todas las responsabilidades… todo aquello pareció revelarse súbitamente en una
nueva dimensión.
Se hubiera dicho que veía a través de ellos y alrededor de ellos al mismo tiempo.
Comprendí bruscamente a mi tío; le comprendí como no le había comprendido antes;
comprendí que, por mucho que fingiera leer, ya había calculado de qué lado me
inclinaría al responder a la pregunta de Eileen.
Sabía que si le hubiera dicho «quédate» a mi hermana, la habría hecho marcharse
a la fuerza. Sabía que, por instinto, me opondría a él en cualquier tema. Así, no
haciendo nada, no me dejaba nada contra lo que sublevarme… Se apartaba a su
demoníaca (o divina) indiferencia, me dejaba la preocupación de ser falible, un
atributo del ser humano, y libertad de decidir. Y, naturalmente, creía que apoyaría el
deseo de Eileen de marcharse con Jamethon Black.
Pero, en aquella ocasión, andaba descarriado. No veía el cambio que se había
producido en mí, la nueva luz que me mostraba el camino. Para él, la palabra
¡Destrucción! No había sido más que un caparazón vacío en el que podía refugiarse.
Pero yo, al fin, en una visión febril o algo parecido, lo veía como algo mucho más
grande, un arma capaz de volverse incluso contra aquellos demonios superiores de los
jóvenes mundos.
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Miré a Jamethon Black, y no me inspiraba más temor que Padma, que no me
inspiraba mucho. Por el contrario, estaba impaciente por medir mis fuerzas con él.
—No —le dije a Eileen tranquilamente—. Creo que no debes ir.
Mi hermana me miró fijamente y comprendí que, de un modo inconsciente, ella
había razonado como mi tío, pensando que acabaría por decirle lo que en su fuero
interno deseaba hacer. Pero la había frustrado; y continué celosamente basando mi
juicio con ayuda de argumentos en los que ella misma creía, eligiendo
cuidadosamente las palabras.
Me vinieron fácilmente a la mente.
—Armonía no es un mundo para ti, Eileen —le dije suavemente—. Ya sabes
hasta qué punto sus habitantes son distintos de los terrestres. No te sentirías en tu
elemento. No podrías adaptarte a ellos, ni a su modo de vida. Además, este hombre es
Jefe de Unidad.
Me obligué a mí mismo a mirar con cierta simpatía a Jamethon Black, y su rostro
impasible me devolvió una mirada tan desprovista de rencor o súplica como el filo de
un hacha.
—¿Sabes lo que significa eso en Armonía? —dije—. Es un oficial de las fuerzas
armadas. Su contrato puede ser vendido en cualquier momento, y le alejarían de ti.
Pueden enviarle a sitios donde no podrías seguirle. Puede no volver en años… o,
hacer que le maten, lo que es bastante posible. ¿Quieres lanzarte a esa aventura? —
Brutalmente, añadí—: ¿Eres lo bastante fuerte como para soportar todas esas
emociones, Eileen? Me he pasado la vida entera a tu lado, y creo que no. No sólo
Raquearías, sino que abandonarías a este hombre.
Me callé. Mi tío no había levantado la vista del libro ni una sola vez y seguía con
la cabeza baja; pero pensé —y de ello obtuve una secreta satisfacción— que sus
dedos, que agarraban la cubierta del libro, temblaban imperceptiblemente,
traicionando así unos sentimientos que nunca había demostrado.
En cuanto a Eileen, me miró con incredulidad mientras hablaba. Luego, hipó, casi
sollozando, y se volvió a Jamethon Black. Su mirada era bastante elocuente. La
observé; a él también, intentando descubrir en su rostro cierta traza de emoción; pero
se limitó a ensombrecerlo un poco, de un modo muy suave. Avanzó dos pasos hacia
ella, hasta llegar casi a su lado. Me tensé, dispuesto a interponerme entre ellos si era
necesario y así mantener mi punto de vista. Pero el amistoso se dirigió a ella con
mucha dulzura, con una versión salmodiada del idioma del que había oído hablar
pero que no había escuchado hasta entonces.
—¿No vendrás conmigo, Eileen? —preguntó.
Mi hermana temblaba como un frágil tallo en un suelo incierto cuando alguien se
acerca pisando fuertemente, y apartó la cabeza.
—No puedo, Jamie —murmuró—. Ya has oído lo que ha dicho Tam. Es cierto. Te
abandonaría.
—Eso no es verdad —dijo, sin alzar la voz—. No me has dicho más que no
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puedes. Dime que no quieres y me iré.
Esperó. Pero ella siguió evitando su mirada, negándose a mirarle a los ojos.
Luego, finalmente, sacudió la cabeza.
Inspiró profundamente. No había vuelto a mirarnos ni a Matías ni a mí desde que
acabé de hablar; y no lo hizo entonces. Con el rostro desprovisto de toda emoción de
tristeza o furor, Jamethon Black se apartó de ella y salió tranquilamente de la
biblioteca, desapareciendo para siempre de la casa y de la vista de mi hermana.
Eileen se volvió y salió corriendo de la estancia. Miré a Matías, pero mi tío se
limitó a pasar una página del libro sin levantar la cabeza. Nunca volvió a referirse ni a
Jamethon Black ni a aquel incidente.
Eileen tampoco.
Pero, menos de seis meses más tarde, ella asumió tranquilamente las funciones
que le asignaba su contrato en Cassida y se marchó. Algunos meses después de su
llegada, se casó con un joven nativo del planeta, llamado David Long Hall. Matías y
yo nos enteramos bastante tiempo después de la boda, y no por ella. No nos escribió.
Pero en aquellos momentos no me preocupaba por aquellas noticias más que
Matías, porque mi triunfo sobre Jamethon Black y mi hermana en la biblioteca me
había indicado el camino que tenía que seguir. Mi nuevo poder de percepción
empezaba a afirmarse en mí. Había empezado a elaborar técnicas que se podían
emplear para manipular a las personas, lo mismo que había manipulado a Eileen para
obtener lo que quería; avanzaba decididamente por el camino que conducía al poder y
la libertad.
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Capítulo 5
Más tarde, se demostró que la escena de la biblioteca se iba a grabar en mi mente de
un modo indeleble.
Durante cinco años, mientras trepaba por los diversos peldaños del Servicio de
Información como un hombre nacido para el triunfo, no recibí ninguna noticia de
Eileen. No escribía a Matías; ni me escribía a mí. Las pocas cartas que le dirigí no
obtuvieron respuesta. Conocía a mucha gente, pero no se puede decir que tuviera
amigos… y Matías no era nada. Desde algún recóndito rincón de mi mente me vino a
la cabeza lentamente la noción de que estaba solo en el mundo y, con la primera febril
excitación al descubrir que tenía poder para manipular a la gente, quizá elegí un
objetivo distinto de la única persona que, entre los seres que poblaban los catorce
mundos, habría podido tener alguna razón para amarme.
De aquel modo, cinco años más tarde, llegué a la cima de una colina de Nueva
Tierra, recientemente devastada por la artillería pesada. Bajé por las pendientes de la
loma que formaba parte de un campo de batalla que no había sido ocupado más que
durante unas pocas horas por las tropas conjuntas de las Secciones Norte y Sur de
Altland, en Nueva Tierra. Las fuerzas armadas del Norte y el Sur no eran más que un
núcleo de contingentes indígenas. Las del rebelde Norte estaban compuestas en un
ochenta por ciento por comandos mercenarios contratados en los Centros Amistosos.
Las del Sur estaban compuestas por un sesenta y cinco por ciento de reclutas de
Cassida, contratados en firme por las autoridades de Nueva Tierra… lo cual me había
llevado hasta allí, abriéndome paso por aquella tierra devastada, entre troncos de
árboles pulverizados por los obuses. Entre los efectivos de aquella unidad se
encontraba un joven Jefe de Grupo llamado Dave Hall… el hombre con quien se
había casado mi hermana en Cassida.
Mi guía era un infante de las Fuerzas Leales de la Sección Sur. No había nacido
en Cassida, sino en Nueva Tierra. Era un individuo delgado, de unos treinta años, de
natural agrio —como pude comprobar al ver el secreto placer del que parecía
disfrutar al hacerme salir, entre la tierra y los escombros, con mis zapatos de ciudad y
la capa de Periodista—. Seis años después de mi experiencia en la Enciclopedia
Final, mis talentos personales habían empezado a perfeccionarse y le habría podido
hacer cambiar de opinión sobre mí en breves minutos. Pero no valía la pena.
Me llevó al fin hasta un pequeño centro de transmisiones al pie de la colina y me
dejó en manos de un oficial de mandíbula cuadrada, de casi cuarenta años, que tenía
bajo los ojos grandes bolsas oscuras. El oficial era demasiado mayor para asumir
funciones en un teatro de operaciones y las fatigas de la edad se reflejaban en su
rostro. Además, las siniestras legiones de los Centros Amistosos se habían cebado
últimamente con los reclutas de Cassida, de formación incompleta, que se
enfrentaban a ellas. No era sorprendente que me mirase con un aire tan desprovisto de
simpatía como mi guía.
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Pero, al tratarse del comandante, su actitud podía ser un problema. Si quería
obtener lo que deseaba, tendría que hacerle cambiar… Y la dificultad, si quería que
cambiase, era que no tenía dato alguno sobre aquel hombre. Pero se había hablado de
un nuevo ataque de los Centros Amistosos y, como el tiempo apremiaba, me dejé
llevar por la inspiración del momento. Tendría que elaborar mis argumentos durante
la conversación.
—¡Comandante Hal Frane! —Se presentó sin esperar a que hablara, y tendió
hacia mí, bruscamente, una mano cuadrada bastante sucia—. ¡Sus papeles!
Se los di. Los miró sin que su expresión mejorase.
—¿Oh? —dijo—. ¿En pruebas?
La pregunta equivalía a un insulto. Que fuera un miembro de pleno derecho del
Sindicato del Servicio de Información o un simple Aprendiz no era asunto de su
incumbencia. Lo que decía daba a entender que yo era posiblemente tan novato que
representaba un peligro en potencia para él y para sus hombres en las primeras líneas
de combate.
Sin embargo, no se daba cuenta de que al hacer aquella pregunta no había atacado
uno de mis puntos sensibles, lo que constituía una debilidad por su parte.
—Bien —dije tranquilamente, recuperando mis papeles. Y, a partir de entonces,
improvisé lo que pude con lo que acababa de revelarme de si mismo—. Ahora,
veamos, en lo que concierne a su ascenso…
—¡Mi ascenso!
Me echó una ojeada. El tono de su voz confirmaba todo lo que había deducido;
uno de esos detalles con los que la gente se traiciona eligiendo las acusaciones que
dirigen a los demás. El hombre que sugiere que uno es un ladrón, casi con toda
seguridad está provisto de una zona vulnerable de deshonestidad en su yo más íntimo;
y, en aquel caso, la tentativa que había hecho Frane de insultarme al hablar de mi
condición, procedía sin duda de que me creía vulnerable en los mismos puntos que él.
Aquel modo de intentar herirme, añadido al hecho de que ya había pasado la edad de
su puesto, indicaba que por lo menos habían olvidado ascenderle una vez y que aquél
era uno de sus puntos vulnerables.
No era más que una primera abertura, pero aquello bastaba después de llevar
cinco años practicando mis capacidades en las mentes de los del…
—¿No está usted en la lista de oficiales que serán ascendidos al grado de
comandante? —pregunté—. Creía que… —Me callé de golpe y esbocé una sonrisa
—. Debo haberme equivocado. Le habré confundido con otro. —Mirando la loma,
cambié de tema—. He visto que usted y sus hombres han pasado un mal rato hace
unas horas.
Me interrumpió.
—¿Dónde ha oído que iba a ser ascendido? —preguntó poniendo cara de mal
humor. Vi que había llegado el momento de dar el primer golpe.
—Bueno, a decir verdad, no me acuerdo, comandante —dije, mirándole a los
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ojos. Permanecí en silencio durante un minuto para dar tiempo a que hicieran efecto
las palabras. Luego, añadí—: Y, aunque me acordara, creo que no tendría derecho a
decírselo. Las fuentes de un Periodista son secretas… en nuestro caso, es necesario.
Lo mismo que los militares deben tener sus secretos.
Aquello le sometió un poco. Se acordó de pronto de que yo no era uno de sus
infantes. No podía ordenarme que le dijese nada que yo no quisiera decirle. Le sería
necesario aplicar la táctica del guante de terciopelo antes que la de mano de acero si
quería obtener algo de mí.
—Sí —dijo, luchando por transformar su aspecto de irritación en una sonrisa tan
amable como le fuera posible—. Sí, naturalmente. Perdóneme. Hemos sufrido el
fuego del enemigo con cierta intensidad.
—Ya lo he visto —dije, simpático—. Claro, no son ésas las cosas que le dejan a
uno tranquilo.
—No. —Consiguió sonreír—. Entonces, ¿no puede decirme nada acerca de esa
promoción?
—Me temo que no —le dije. Nuestras miradas volvieron a cruzarse. Se quedaron
prendidas la una en la otra.
—Ya veo. —Se volvió con cierta amargura—. ¿Qué puedo hacer por usted,
Periodista?
—Puede hablarme un poco de usted —respondí—. Me gustaría tener algunos
datos suyos.
Se dio la vuelta bruscamente hacia mí.
—¿De mí? —preguntó, desorbitando los ojos.
—Sí —dije—. Es una de mis ideas. Una historia de interés humano… la campaña
vista por uno de los oficiales del campo de batalla. Ya ve lo que quiero decir.
Lo veía a la perfección. Pensé que lo entendía. Noté que la luz volvía a sus ojos y
que el «motor» de su mente empezaba a girar. Habíamos llegado al punto en que un
hombre que tuviera la conciencia tranquila habría vuelto a preguntar: ¿por qué yo
para una historia de interés humano en vez de un oficial de mayor graduación o con
más condecoraciones?
Pero Frane no iba a hacer aquella pregunta. Sabía por qué se la hacía a él. Sus
propias esperanzas sepultadas le habían conducido a sumar dos y dos para obtener lo
que pensaba que eran cuatro. Creía merecer el ascenso… un ascenso por su conducta
en el campo de batalla. En cierto modo, aunque él no pudiera comprenderlo en aquel
momento, su reciente conducta en el frente debía haberlo situado en la lista de
personal con posibilidades de ascender; y yo había ido hasta allí para crear, a partir de
todo aquello, mi historia de interés humano. Como yo no era más que un civil, se
diría Frane, no podía pensar que él mismo todavía no hubiera oído hablar del ascenso;
y mi ignorancia me había conducido a meter la pata en cuanto le vi.
Era bastante repugnante ver hasta qué punto habían cambiado su voz y su actitud
hacia mí cuando acabó de combinar todo aquello… a su antojo; como ciertos seres de
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capacidades poco desarrolladas, se había pasado la vida acumulando razones y
excusas que demostrasen que estaba dotado verdaderamente de cualidades
extraordinarias, y que el destino y los prejuicios se habían aliado contra él para
privarle de sus merecidas recompensas.
Empezó a darme un montón de razones y excusas para informarme sobre sí
mismo; si verdaderamente le hubiera estado entrevistando para hacer un reportaje,
habría podido mostrarle, a partir de sus propias palabras, la mezquindad de su alma y
lo poco que valía más de una docena de veces. Su historia, al contarla, era casi un
quejido. Las verdaderas ganancias de un soldado estaban en trabajar como
mercenario, pero todas las buenas oportunidades como tal eran para los hombres de
los Mundos Amistosos, o para los dorsai. Frane no tenía ni tripas ni convicciones
suficientes para llevar una vida de cilicio o ser oficial de enlace entre los amistosos.
Y, naturalmente, el único modo de ser un dorsai era haber nacido entre ellos. Sólo le
quedaba el trabajo de guarnición, trabajo de cuadro, mandando tropas de apoyo de
mundos o áreas políticas… solo para verse desplazado de los puestos de mando,
cuando llegase la guerra, por mercenarios —nacidos o hechos— importados para el
conflicto.
Y el trabajo de guarnición, no es necesario decirlo, estaba muy mal pagado
comparado con los salarios de los mercenarios. Cualquier gobierno podría firmar
contratos de larga duración por material como Frane, con bajos salarios y con
cláusula de posible prescindibilidad. Pero cuando el mismo gobierno buscaba
mercenarios, necesitaba mercenarios; y cada vez que los necesitaba, prescindía de un
modo normal de los que estaban en oficinas, o los colocaba por dinero, en baratas
manadas.
Pero ya hemos hablado bastante del comandante Frane, que no era un personaje
tan importante. Sólo él mismo estaba convencido de que se le reconocería como tal,
al fin, en el seno del Servicio de Informaciones Interestelares. Como la mayor parte
de los seres de su especie, tenía una idea muy exagerada de la utilidad de la
publicidad en el éxito de un hombre. Me dio todos los detalles posibles acerca de su
persona, me enseñó las posiciones en las que se ocultaban sus hombres en la colina;
y, en el momento de partir, ya había conseguido hacerle responder como una máquina
perfectamente ajustada a todas mis sugerencias. Por ello, en el mismo momento en
que iba a retirarme a retaguardia, le hice… la única sugerencia verdadera que deseaba
hacer.
—¿Sabe? Acabo de tener una idea —le dije, volviéndome hacia él—. El Estado
Mayor me ha dado autorización para seleccionar a uno de los reclutas para que me
asista durante el resto de la campaña. Iba a elegir a alguno de los hombres del Cuartel
General, pero, a mi entender, creo que sería mejor que me llevase a uno de los
hombres de su Unidad.
—¿Uno de mis hombres? —Parpadeó.
—Así es —dije—. Luego, si quisieran un artículo sobre usted, o si desearan más
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detalles de los que usted me ha dado sobre su punto de vista acerca del combate,
podría obtenerlo de ese hombre. No me resultaría muy cómodo seguirle a usted por el
campo de batalla; me bastaría con enviar un mensaje constatando la imposibilidad de
seguir adelante con el desarrollo del artículo.
—Ya veo —dijo, y su rostro se aclaró. Pero volvió a fruncir el ceño—. Necesitaré
una semana o dos para reemplazar al hombre que se fuera con usted. No veo cómo…
—Oh, si sólo se trata de eso —dije, sacando un papel del bolsillo—, puedo elegir
a quien quiera sin necesidad de esperar el reemplazo… si el comandante está de
acuerdo, naturalmente. Está claro que sólo tendrá un hombre menos durante unos
días…
Le dejé reflexionar. Y reflexionó durante un momento —sin pensar más tonterías
—, como cualquier comandante que se hubiera encontrado en la misma situación.
Todos los puestos de mando de aquel sector estaban debilitados después de los
combates de las últimas semanas. Un hombre menos significaba que habría un
agujero en la línea de Frane, y reaccionaba ante aquella perspectiva con los mismos
reflejos condicionados de todos los oficiales que actuaban en el campo de batalla.
Pero la perspectiva del ascenso y la publicidad volvieron a su mente y en su
cráneo estalló una lucha doble.
—¿Quién? —dijo, al fin, dirigiéndose más a sí mismo que a mí. Lo que se
preguntaba es si podría prescindir de alguien en concreto. Pero actué como si la
pregunta se dirigiera a mí especialmente.
—Hay un hombre en su unidad llamado Dave Hall…
Levantó la cabeza de golpe y la sospecha se empezó a abrir camino por su mente,
una sospecha atroz y no disimulada que se pintaba en sus facciones.
Hay dos modos de tratar la sospecha: uno consiste en protestar clamando por la
inocencia, el otro en reconocerse culpable de un delito menos grave.
—He visto su nombre en la lista de efectivos mientras le buscaba a usted en el
Estado Mayor antes de venir a verle —dije—. A decir verdad, es una de las razones
por las que le he elegido —insistí un poco en aquella palabra para que no se le pasase
por alto— para este artículo. Ese tal Dave Hall es como un pariente lejano mío, y
creo que así podría matar dos pájaros de un tiro. La familia me ha estado presionado
para que hiciera algo por el chico.
Frane no me quitaba ojo.
—Claro está que —agrega— conozco la falta de personal que sufre usted. Si la
persona que solicito tiene tanto valor para usted… —Si tiene tanto valor para usted,
sugería mi voz, ni siquiera se me pasará por la cabeza el que me lo ceda. Por otra
parte, voy a hacer de usted, con mi artículo, un héroe del que oirán hablar los
catorce mundos, pero si me siento en el despacho a pensar que usted podría haber
sacado a mi pariente del frente y no lo hizo…
Lo entendió.
—¿Quién? ¿Hall? —dijo—. No, puedo prescindir de él perfectamente. —Se
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volvió hacia el puesto de mando y rugió—. ¡Enlace! Que venga Hall, con todo su
equipaje, armas y equipo. —Frane se volvió hacia mí mientras se alejaba el
mensajero—. Tardará unos cinco minutos en prepararse y llegar hasta aquí —me
informó.
De hecho, fueron diez. Pero me daba lo mismo esperar. Doce minutos más tarde,
guiados por nuestro guía Jefe de Grupo, Dave y yo nos pusimos en marcha hacia el
Estado Mayor.
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Capítulo 6
Dave no me había visto nunca, naturalmente. Pero Eileen debía haberle hecho una
descripción mía y no podía negarse que me reconoció en el mismo instante en que el
comandante lo puso en mis manos. Pero tuvo la inteligencia suficiente como para no
hacer ninguna pregunta estúpida antes de que llegásemos al Estado Mayor y nos
libráramos del Jefe de Grupo que nos guiaba.
Tuve ocasión de observarle durante el camino. No me impresionó mucho a
primera vista. Era más bajo que yo y parecía mucho más joven de lo que nuestra
diferencia de edad debería haber mostrado. Tenía una de esas caras redondas y
francas coronada por un cabello color caramelo, un cabello que le proporcionaba
cierto aspecto de adolescencia a una edad casi madura. La única cosa que parecía
tener en común con mi hermana era algo semejante a una inocencia y gentileza
innatas… inocencia y gentileza propias de los seres frágiles que son demasiado
débiles para combatir por sus propios derechos y vencer, y que deben salir adelante lo
mejor que puedan sometiéndose a la buena voluntad de los demás.
O quizá yo era demasiado duro.
Yo no soy de los que se quedan en el redil. Se me encontraba a menudo fuera,
acechando furtivamente a lo largo de las verjas, dirigiendo pensativas miradas hacia
los vecinos.
Pero es cierto que Dave no me parecía extraordinario en cuanto a su aspecto y
carácter. Mentalmente, tampoco me pareció nada del otro mundo. Era un
programador ordinario cuando Eileen se casó con él, y trabajó a media jornada,
mientras mi hermana lo hacía a jornada completa, durante cinco años para conseguir
que le admitieran en un programa de mecánica de la Universidad de Cassida. Le
quedaban todavía tres años cuando, en un examen, obtuvo menos del setenta por
ciento de la media requerida. La suerte quiso que ocurriese justo cuando Cassida
reclutaba efectivos que vender a Nueva Tierra para la campaña que se desarrollaba en
aquellos momentos destinada a reducir a los rebeldes de la Sección Norte. Se marchó
de uniforme.
Lo lógico habría sido que Eileen recurriera a mí en el acto. Pero no hizo nada…
lo que me extrañó bastante cuando me enteré. Y, sin embargo, no tendría que
haberme sorprendido. Mi hermana me habló de ellos y el relato dejó mi alma al
descubierto, devastada por un viento de cólera y locura. Pero aquello no pasó hasta
más tarde. De hecho, descubrí que Dave se iba a reunir con los efectivos que se
dirigían a Nueva Tierra porque nuestro tío Matías falleció de modo inesperado, y me
pidieron que me pusiese en contacto con Eileen, en Cassida, para solucionar el tema
de la herencia.
Su pequeña porción de la herencia (con desprecio, incluso con sarcasmo, Matías
había dejado la mayor parte de su considerable fortuna al Proyecto de la Enciclopedia
Final, demostrando con ello la inutilidad que representaba para él cualquier proyecto
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relacionado con la Tierra o los terrestres pese a la ayuda que pudiera dársele) no le
valdría de nada a menos que pudiera cerrar por ella un trato con algún cassidiano que
trabajase en la Tierra pero que todavía tuviera familia en Cassida. Sólo los gobiernos
o las grandes corporaciones podían transferir bienes planetarios mediante contratos
de trabajo humanos transferibles de un mundo a otro. En fin, de ese modo me enteré
que Dave les había dejado, a ella y a su mundo natal, para ir a la refriega que asolaba
Nueva Tierra.
Ni siquiera en aquellos momentos Eileen me pidió que la ayudase. Fui yo quien
pensó que Dave podía ser mi asistente durante la campaña y también fui yo quien dio
los primeros pasos, escribiendo a Eileen para informarla de mis proyectos. Una vez
lanzado de cabeza al asunto, no estaba muy seguro de hacer lo correcto, y me sentí un
poco a disgusto cuando Dave intentó agradecérmelo al librarnos al fin del guía, en el
camino de Molón, una gran ciudad, la más cercana hacia retaguardia.
—Es inútil —le respondí bruscamente—. Lo que he hecho hasta ahora ha sido
fácil. Tendrás que acompañarme en calidad de no combatiente, sin llevar armas. Y,
para hacerlo, será necesario que tengas un salvoconducto firmado por los dos bandos
beligerantes. No será fácil para alguien que apuntaba con el fusil a los soldados de los
Centros Amistosos hace menos de ocho horas.
Se calló al oírlo. Estaba disgustado. Le hería que no le dejase agradecerme lo que
había hecho. Pero aquello le hizo callar, y era todo lo que quería.
Recibimos las órdenes de su Estado Mayor asignándolo de modo permanente a
mi persona; acabamos el trayecto hasta Molón en la plataforma volante; le dejé en la
habitación del hotel con todo mi equipaje y le expliqué que volvería a buscarle a la
mañana siguiente.
—¿Debo quedarme en la habitación? —me preguntó cuando me marchaba.
—¡Haz lo que quieras, por amor de Dios! —le dije—. No soy tu Jefe de Grupo.
Lo único que tienes que hacer es estar aquí mañana a las nueve cuando vuelva a
recogerte.
Salí. Sólo cuando hube cerrado la puerta a mis espaldas me di cuenta de lo que le
impulsaba a actuar así, y me irritaba. Pensaba que podríamos pasar unas horas juntos,
conociéndonos como cuñados, pero había algo que me hacía chirriar los dientes con
sólo pensarlo. Le había salvado la vida por el bien de Eileen, pero no veía razones
aparentes para entablar una amistad.
Nueva Tierra y Freilandia, como sabe todo el mundo, son dos planetas hermanos
bajo el sol de Sirio. Eso los relaciona —no tanto, evidentemente, como el grupo
Venus-Tierra-Marte— pero basta para que a partir de una órbita alrededor de Nueva
Tierra se pueda uno encontrar en órbita alrededor de Freilandia en un solo
desplazamiento.
De modo que me marché y, dos horas después de haber dejado a mi cuñado,
enseñaba mi invitación (obtenida con bastantes dificultades) al centinela apostado en
la entrada de la casa de Hendrik Galt, Primer Mariscal de las Fuerzas Armadas de
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Freilandia.
La carta me invitaba a una recepción que se ofrecía a un hombre que no era tan
conocido entonces como lo sería más adelante, un dorsai (lo mismo que Galt), Jefe de
Subpatrulla Espacial llamado Donal Graeme. Era la primera vez que Graeme aparecía
en público. Acababa de triunfar en un ataque absolutamente temerario contra las
defensas planetarias de Newton, con unos cuatro o cinco navíos… un ataque que
había conseguido liberar Oriente de la opresión de Newton (Oriente era un planeta
hermano, deshabitado, de Freilandia y Nueva Tierra) y, de paso, sacado a Galt de una
mala posición táctica.
Era, lo decidió en aquel momento, un audaz estratega de ojos perdidos —como lo
suelen ser los hombres de su clase—. Pero, afortunadamente, no tenía nada que hacer
con él y sólo quería hablar con algunos personajes influyentes que también estarían
en la recepción.
En particular, quería la firma del Jefe del Servicio de Información de Freilandia
en los papeles de Dave… sin que aquello implicase que los Servicios de Información
le concedieran ningún tipo de protección a mi cuñado. Sólo se facilitaba tal
protección a los miembros del Sindicato y, con algunas reservas, a agentes en período
de pruebas, como yo. Pero el no iniciado, como por ejemplo un soldado en el campo
de batalla, podía pensar que el papel implicaba aquella cobertura de seguridad.
Además, quería la firma de alguien que tuviera mando entre los mercenarios de los
Centros Amistosos para proteger a Dave en caso de que nos las tuviéramos que ver
con sus soldados en el teatro de operaciones durante la batalla.
No me costó trabajo encontrar al jefe del Servicio de Información, un amable y
razonable terrestre llamado Nuy Snelling. No puso ningún impedimento para firmar
el salvoconducto de Dave, pues el Servicio de Información estaba de acuerdo en que
Dave me asistiera y se firmara el pase.
—Bueno, ya sabrá —me dijo— que esto no vale un pimiento —me miró con
curiosidad y me tendió el pasaporte—. Ese Dave Hall, ¿es amigo suyo?
—Mi cuñado —respondí.
—Hmm —dijo, enarcando las cejas—. Bien, buena suerte. —Y dándose la vuelta
se puso a hablar con un exótico vestido con una túnica azul. Me llevé casi un susto al
reconocer a Padma.
La impresión fue tan violenta que cometí una imprudencia que no cometía desde
hacía varios años, la de hablar sin reflexionar.
—Padma —dije; las palabras se me escapaban de la boca—. Delegado, ¿qué hace
aquí?
Snelling, retrocediendo para poder vernos a los dos al mismo tiempo, volvió a
fruncir el ceño. Pero Padma respondió antes de que mi superior pudiera reprenderme
por haber cometido una grosería tan evidente. Padma no tenía obligación alguna de
responderme de sus hechos y gestos. Pero no parecía irritado por mi falta de cortesía.
—Le podría preguntar lo mismo, Tam —dijo, sonriendo.
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Pero yo ya había recuperado la cordura.
—Voy a donde hay noticias —respondí. Era la respuesta típica del Servicio de
Información. Pero Padma decidió tomarla al pie de la letra.
—En cierto sentido, también yo —dijo—. ¿Recuerda lo que le dije un día acerca
de una trama, Tam? Este lugar y este momento constituyen la escena de la misma.
Yo no sabía de lo que hablaba, pero tras haberme lanzado a aquella conversación,
no veía muy bien el modo de cortarla.
—¿De verdad? —dije con una sonrisa—. Espero que no tenga nada que ver
conmigo.
—Sí —contestó. Y, súbitamente, fui consciente una vez más de sus ojos color
avellana que me miraban y escrutaban—. O, más bien, con Donal Graeme.
—Es bastante justo, supongo —dije—, pues la recepción es en su honor. —Y me
reí, intentando descubrir una excusa para escapar. La presencia de Padma me ponía la
carne de gallina. Era como si ejerciera sobre mí algún control mágico, impidiéndome
pensar claramente cuando estaba ante él—. A propósito, ¿qué ha sido de la joven que
me llevó hasta el despacho de Mark Torre? Se llamaba… creo que Lisa… Kant.
—Sí, Lisa —dijo Padma sin quitarme la vista de encima—. Está aquí conmigo.
Ahora es mi secretaria personal. Imagino que se encontrara con ella dentro de poco.
Desea mucho salvarle.
—¿Salvarle? —repitió Snelling con voz distante pero interesada. Entraba dentro
de sus atribuciones, como en las de todos los miembros del Sindicato, observar a los
Aprendices para averiguar todo lo que pudiera afectar a su aceptación en el seno del
Sindicato.
—De sí mismo —respondió Padma, que me observaba todavía con una mirada
tan brumosa y amarilla como la de un dios o un demonio.
—Será mejor que la busque yo mismo —repliqué con tono distraído,
aprovechando aquella ocasión para escapar—. Les veré más tarde.
—Quizá —dijo Snelling. Y me aleje.
En cuanto me perdí entre la multitud, me dirigí hacia una de las escaleras que
conducían a los balconcillos situados alrededor de las paredes de la sala, como si
fueran los palcos de algún teatro de ópera. No tenía ninguna intención de que la
joven, Lisa Kant, me atrapase, pues la recordaba de un modo neblinoso. Cinco años
atrás, después de la aventura que viví en la Enciclopedia Final, fui turbado
ocasionalmente por el deseo de volver al Enclave y poder verla. Pero, en cada
ocasión, un sentimiento que se parecía vagamente al temor me lo impidió.
Sabía a qué correspondía aquel temor. En el fondo de mi corazón sentía el ilógico
sentimiento de que aquella percepción, aquel talento que me permitía manipular a la
gente, como hice por primera vez con mi hermana y Jamethon Black en la biblioteca
y que seguí empleando con todos los que se cruzaban en mi camino, incluido el
comandante Frane, en el fondo de mi corazón, repito, tenía el temor de que algo me
privaría de aquel poder si alguna vez intentaba manejar con él a Lisa Kant.
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Descubrí una escalera ascendente que conducía a un balconcillo desierto en el que
había algunas sillas dispuestas alrededor de una mesa redonda. Desde allí podría
observar al Eclesiarca Bright, el Jefe del Consejo de Iglesias Unificadas que
gobernaba los dos mundos Amistosos de Armonía y Asociación. Bright era Militante
—uno de esos hombres de iglesia de los Centros Amistosos que creían a pies juntillas
que la guerra era lo único que permitía resolver todos los problemas— y había
realizado una corta visita a Nueva Tierra para ver cómo trabajaban los mercenarios de
los Centros Amistosos con sus jefes de Nueva Tierra. Cualquier garabato que
estampara en el pase de Dave proporcionaría mucha más protección para mi cuñado
frente a las tropas Amistosas que cinco Unidades armadas de Cassida.
Di con él apenas unos minutos después de ponerme a atisbar entre la multitud que
hormigueaba quince pies por debajo mío. Estaba al otro lado del salón, discutiendo
con un hombre de cabellos blancos… un venusiano o un newtoniano, a juzgar por su
aspecto. Sabía cuál era la apariencia del Eclesiarca Bright lo mismo que conocía la
apariencia de los principales personajes de los catorce mundos habitados. Si había
llegado a Aposición que ocupaba gracias a mis talentos naturales, no por ello había
dejado de trabajar para aprender mi oficio. Pero, a pesar de mis conocimientos, la
primera vez que vi al Eclesiarca Bright me impresioné.
No había supuesto que, siendo un clérigo, pudiese dar una imagen tan clara de
poderío físico. Era más alto que yo, con unos hombros como la puerta de una granja
y, aunque ya hubiera alcanzado una edad más que madura, tenía todo el aspecto de un
atleta. Estaba allí, totalmente vestido de negro, dándome la espalda, con las piernas
ligeramente separadas, haciendo que el peso de su cuerpo descansase en las puntas de
los pies como si fuera un boxeador bien entrenado. En aquel hombre brillaba algo
parecido a una negra llamarada de fuerza que me helaba y me abrasaba
simultáneamente por el deseo de medirme mentalmente con él. Una cosa era segura:
no sería ningún comandante Frane quien se pusiera a bailar después de haberle
adulado con algunas palabrejas.
Me di la vuelta para bajar y reunirme con él… pero el azar me detuvo. Si es que
era el azar. Nunca lo sabré con certeza. Quizá yo estaba hipersensibilizado desde que
Padma observó que aquel lugar y momento eran una escena elegida por el sistema de
desarrollo humano cuya responsabilidad asumía él mismo. Yo ya había tratado a
mucha gente con aquellas sugerencias sutiles y apropiadas como para empezar a
dudar acerca del hecho de que él hubiese podido actuar del mismo modo con migo.
De lo que sí fui claramente consciente era de un pequeño grupo de personas por
debajo mío.
En aquel grupo se encontraba William de Ceta, Contratista en Jefe de aquel
enorme planeta comercial de baja gravedad en órbita alrededor de Tau Ceti. También
estaba una alta y hermosa joven rubia llamada Anea Marlivana, que era la Elegida de
Kultis en su generación, joya de las generaciones de la raza exótica. Se hallaban entre
ellos, igualmente, Hendrik Galt, impresionante, vestido con uniforme de Mariscal, y
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su sobrina Elvine. Finalmente, había otro hombre que no podía ser más que Donal
Graeme.
Era un hombre joven que llevaba uniforme de Jefe de Sub Patrulla:
evidentemente un dorsai, de cabellos negros y con la rara eficacia de movimientos
que caracteriza a la gente que ha nacido para la guerra. Pero parecía muy bajo para
ser un dorsai —no me habría sobrepasado de haberme puesto a su lado—, delgado,
casi insignificante. Sin embargo, consiguió llamar mi atención entre todo el grupo; y,
en el mismo instante, alzando los ojos, también él me vio.
Nuestras miradas se encontraron durante un segundo. Estábamos lo bastante cerca
para que pudiera distinguir el color de sus ojos. Y aquello me detuvo. Porque aquel
color no era un color, no era el color de los ojos de nadie. Sus ojos eran grises, verdes
o azules según el tinte que se quisiera encontrar en ellos. Graeme apartó la mirada
casi al instante. Pero mis ojos se quedaron fijos en él, retenidos por la sorprendente
mirada, atrapados en un momento de sorpresa, con la atención puesta en él; y aquel
momento de retraso fue suficiente.
Cuando me sacudí para salir de aquel estado hipnótico y volví a mirar hacia el
lugar en que estuviera Bright, descubrí que había sido apartado de la compañía del
hombre de blancos cabellos por la aparición de un ayudante, cuya silueta y actitud me
eran extrañamente familiares, que hablaba animadamente con el Jefe de los Centros
Amistosos.
Y, mientras yo le seguía observando, Bright se dio la vuelta bruscamente;
siguiendo al ayudante cuya silueta me resultaba familiar, salió rápidamente de la sala
por una puerta que, yo lo sabía, conducía a la entrada de la residencia de Galt. Se iba:
y con él mi oportunidad de abordarle. Me volví para bajar a toda prisa la escalera del
balconcillo y seguirle antes de que desapareciera.
Pero el camino no estaba libre. Aquel momento en que había mirado fijamente a
Donal Graeme, poniendo en él toda mi atención, había resultado un error. Porque,
subiendo la escalera y llegando al balconcillo en el momento en que me disponía a
partir, venía Lisa Kant.
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Capítulo 7
—¡Tam! —dijo—. ¡Espere! ¡No se vaya!
No podía hacerlo a menos que la apartase, pues bloqueaba la salida de la estrecha
escalera. Me detuve, indeciso, echando un vistazo a la puerta situada al otro extremo
de la sala por la que habían desaparecido Bright y su ayudante. No tardé en darme
cuenta de que ya era demasiado tarde. Habían desaparecido a toda prisa.
Naturalmente, podía bajar y cruzar la sala llena de gente, pero ellos ya habrían
alcanzado su vehículo y se habrían marchado. Tal vez si me hubiera apresurado en el
mismo segundo en que vi que Bright empezaba, a moverse… Pero, alcanzarle en
aquellos momentos quizá no valiera para nada. No había sido la llegada de Lisa, sino
mi propio momento de distracción, cuando tropecé con la extraña mirada de Donal
Graeme, lo que me había hecho perder la oportunidad de obtener la firma de Bright
en el pase de Dave.
Me volví hacia Lisa. Era curioso, pero una vez había conseguido alcanzarme, y
cuando ya estábamos cara a cara una vez más, sentí que no me alegraba verla, pues
temía volverme algo ineficaz con su contacto.
—¿Cómo sabía que estaba aquí? —pregunté.
—Padma me ha dicho que intentaría evitarme —respondió—. No era muy fácil
en la planta en que se encontraba todo el mundo. Tenía usted que huir a algún lugar
apartado y ese sitio sólo podía ser estos balcones. Le vi acodado en éste hace un
instante, mientras miraba lo que pasaba abajo.
La faltaba un poco el aliento tras haber subido corriendo por la escalera, y
hablaba con la voz entrecortada.
—Muy bien —dije—. Me ha encontrado. ¿Qué es lo que quiere?
Recuperó el aliento, pero el esfuerzo había enrojecido sus mejillas. Vista así, era
bella, y aquél era un hecho que no podía ignorar. Pero la seguía temiendo.
—¡Tam! —dijo—. ¡Mark Torre quiere hablarle!
El temor que me inspiraba creció agudamente en mi interior como el estridente
sonido de una sirena de alarma. Y entonces fue cuando comprendí el peligro que
podía representar para mí. O el instinto o un buen conocimiento de la situación eran
la causa de que hablara de aquel modo. Cualquier otra persona habría planteado la
pregunta con algunos preámbulos. Pero aquella sabiduría instintiva que había en ella
le dijo cuáles eran los peligros que habrían existido si me hubiera dado tiempo para
apreciar una situación y ajustaría a mis propios fines.
Pero también yo sé ser directo. Intenté pasar a su lado sin contestar, pero se cruzó
en mi camino y me tuve que detener.
—¿Sobre qué? —pregunté bruscamente.
—No me lo ha dicho.
Vi el medio de contestar a su ataque. Me puse a reír en su cara. Me miró durante
un instante, luego se ruborizó y pareció encolerizarse realmente.
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—Estoy desolado —dije. Me costaba mucho contener la risa, pero, al mismo
tiempo, realmente, estaba desolado. Porque, por forzado que me viera a luchar con
Lisa Kant, la amaba demasiado para reírme de ella de aquel modo—. ¿De qué
podríamos hablar sino de esa vieja historia según la cual yo me pondría al frente de la
Enciclopedia Final? ¿No lo recuerda? Padma dijo que no podrían utilizarme porque
estoy orientado completamente hacia… —Saboreé la palabra mientras me salía de los
labios—… la Destrucción.
—Será necesario que corramos ese riesgo. —Tenía aspecto testarudo—. Además,
no es Padma quien decide sobre lo relacionado con la Enciclopedia. Es Mark Torre, y
está envejeciendo. Sabe mejor que nadie hasta qué punto sería peligroso que dejase
las riendas sin que hubiera nadie para recogerlas. En un año, en seis meses, el
proyecto se vendría abajo. O quizá resultase un proyecto frustrado por culpa de
personas que no estuvieran a la altura de la tarea. ¿Cree usted que su tío es el único
hombre del mundo que tiene esas ideas sobre la Tierra y los habitantes de los jóvenes
mundos?
Me tensé, y un cierto frío me invadió la mente. Lisa había cometido un error al
mencionar a Matías. Mi rostro cambió; lo supe por el cambio de expresión del suyo
mientras me miraba.
—¿Qué ha dicho? —La cólera me invadió súbitamente—. ¿Me ha estado
vigilando? ¿Ha estado espiando mis idas y venidas? —Avancé un paso hacia ella y la
vi retroceder instintivamente. La tomé del brazo y la obligué a mirarme—. ¿Por qué
me persigue ahora, después de cinco años? ¿Cómo sabía que iba a estar aquí?
No intentó librarse de la presa y se quedó digna e inmóvil.
—Suélteme —dijo tranquilamente. Lo hice y ella retrocedió—. Padma me dijo
que estaría usted aquí. Me dijo que sería mi última oportunidad. ¿Recuerda lo que le
dijo sobre la ontogénesis?
La miré durante un segundo, luego reí amargamente.
—Vamos —repliqué—, ya me he tragado muchas cosas sobre los exóticos. ¡No
me diga que pueden calcular exactamente dónde se encontrará un habitante
cualquiera de los catorce mundos en un momento dado!
—No se trata de cualquiera —me respondió encolerizada—. Se trata de usted. De
usted y de algunas personas como usted… porque usted es un creador y no una parte
creada del sistema. Las influencias que se ejercen sobre la gente que está englobada
en un sistema tienen demasiado alcance y son demasiado complicadas para poder ser
calculadas. Pero usted no se encuentra a merced de las influencias exteriores. Usted
posee la elección, sin que haga falta considerar las presiones ejercidas por las
personas o los acontecimientos. Padma se lo dijo hace ya cinco años.
—¿Y eso permite descubrir mis intenciones más fácilmente que si fuera al
contrario? Es un preciosa historia.
—¡Oh, Tam! —me dijo con voz exasperada—. Claro que así es más fácil.
Prácticamente, no ha sido necesario recurrir a la ontogénesis. Casi se puede hacer
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solo. Lleva usted cinco años para entrar en el Sindicato de Periodistas, ¿verdad?
¿Piensa que no era evidente?
Tenía razón, naturalmente. Yo no mantenía mis intenciones en secreto. No había
ninguna razón para ello. Por mi expresión, vio que admitía aquel punto de vista.
—Bien —prosiguió—. Por ahora ha llegado al grado de Aprendiz. ¿Cuál es el
medio más seguro y más rápido de que un Aprendiz consiga ser un miembro con
plenos derechos del Sindicato? Acostumbrarse a estar donde pasan las cosas más
interesantes, ¿sí o no? Y, ¿cuál es la cosa más interesante —por no decir la más
importante— que pasa en los catorce mundos en estos momentos? La guerra entre las
Secciones Norte y Sur de Nueva Tierra. Las noticias relacionadas con la guerra son
siempre sensacionales. Estábamos seguros de que se las arreglaría para ocuparse de
ésta. Y parece que hasta ahora ha sido capaz de conseguir cuanto deseaba.
La observé atentamente. Todo lo que estaba diciendo era verdad, y parecía
razonable. Pero en aquel caso, ¿por qué no se me había ocurrido que mis actos
pudieran ser calculados? Me sentí como si me hubiese dado cuenta súbitamente de
que era observado por alguien que poseyera unos gemelos de largo alcance, alguien
de quien nunca hubiera podido sospechar que me espiase. Lo comprendí.
—No ha hecho más que explicar por qué me podría encontrar en Nueva Tierra —
dije lentamente—. ¿Por qué aquí, en Freilandia, en esta reunión en concreto?
Por primera vez, dudó. Ya no parecía tan segura de lo que decía.
—Padma… Padma dijo que este lugar y este momento representaban una
situación crítica. Y, debido a su propia naturaleza, Tam, usted puede percibir las
situaciones de este tipo y ser atraído por ellas llevado por el mismo deseo de que
resulten útiles a sus propios intereses.
La estudié mientras sus palabras se abrían paso en mi interior lentamente. Luego,
tan bruscamente como un rayo que me cruzase la mente, la relación entre lo que la
joven acababa de decir y lo que yo mismo oyera antes me iluminó de un modo
repentino.
—Situación, sí —dije con voz agitada, adelantándome hacia ella llevado por la
excitación—. Padma dijo que aquí se producía una situación crítica. Para Graeme,
¡pero también para mí! ¿Por qué? ¿Qué significa él para mí?
—Yo… —dudó—. No lo sé exactamente, Tam. No creo que lo sepa ni el propio
Padma.
—¡Pero hay algo sobre él, y sobre mí, que les ha traído a ustedes hasta aquí! ¿Es
verdad? —Casi gritaba. Mi mente perseguía la verdad como un zorro cuando caza un
conejo—. ¿Por qué ha venido a por mí? ¡A este lugar y a este momento en concreto,
como dice usted! ¡Dígamelo!
—Padma… —me dijo con voz temblorosa. Entonces vi, en la luz casi cegadora
de la verdad que me iluminaba, que a ella le habría gustado mentir, pero que había
algo que se lo impedía—. Padma… no ha accedido a todo lo que sabe ahora más que
por la ayuda que le ha prestado la Enciclopedia. Ella le ha proporcionado datos
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suplementarios que puede emplear en sus explicaciones. Y, recientemente, cuando ha
utilizado esos datos, los resultados han demostrado que todo era más complejo e
importante de lo que se suponía. La Enciclopedia es más importante para la raza
humana entera que lo que él suponía hace cinco años. De modo que el riesgo de que
la Enciclopedia no pueda terminarse es muy elevado. Y su poder de destrucción,
Tam…
Se interrumpió y me miró casi dirigiéndome una súplica, como si pidiera permiso
para no terminar la frase. Pero mi mente avanzaba a toda velocidad y el corazón me
latía excitado.
—Continúe —le dije abruptamente.
—Ese poder de destrucción que hay en usted es también más grande de lo que
Padma imaginó. Pero, Tam… —Se interrumpió de golpe, casi con frenesí. Luego,
prosiguió—. Hay otra cosa: recordará que, hace cinco años, Padma pensó que usted
no tenía otra elección que continuar por ese valle sombrío interior hasta llegar al
final. Bueno, eso no es completamente cierto. Hay una oportunidad… en este punto
concreto del sistema, en esta situación dada. Si reflexiona sobre ello y toma una
decisión, encontrará un estrecho camino que le permitirá escapar de la oscuridad.
Pero hay que desviarse inmediatamente. ¡Tiene usted que renunciar a sus funciones,
sin preocuparse de lo que le cueste, y volver a la Tierra para hablar con Mark Torre
ahora mismo!
—¡Ahora mismo! —rezongué, pero no hacía más que repetir sus palabras sin
reflexionar, sin escuchar otra cosa que mi propiamente acelerada—. No —dije—. No
hablemos de eso. ¿A qué le tengo que dar la espalda? ¿A qué poder de destrucción en
particular se refiere? No pienso en nada de ese estilo por el momento.
—¡Tam!
Sentí vagamente el contacto de su mano en mi brazo; vi cómo me miraba su
pálido rostro con insistencia, como si intentase llamar mi atención. Pero era como si
todo aquello se me grabase en la mente desde larga distancia. Porque, si yo tenía
razón —si yo tenía razón—, incluso los cálculos de Padma testimoniaban aquella
fuerza con la que yo estaba dotado, aquel poder que había elaborado en los últimos
cinco años para retener y ordenar a los demás. Y si aquel poder era mío
verdaderamente, ¿qué era lo que no conseguiría hacer?
—Pero no es eso lo que usted tiene intención de hacer —dijo Lisa con
desesperación—. Usted no lo comprende. Un revólver no tiene intención alguna de
matar a nadie. Pero lo que hay en usted, Tam, es parecido a un revólver a punto de
disparar. Usted no puede permitirlo. Puede cambiar mientras todavía haya tiempo.
Puede disparar y la Enciclopedia…
Aquella última palabra resonó en mi mente con los ecos de un millón de voces.
Como aquellas voces innumerables que escuchase cinco años antes en el Punto de
Tránsito de la Sala de índices de la Enciclopedia. Súbitamente, a través de toda
aquella excitación que se había apoderado de mí, la palabra me alcanzó y me tocó
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con tanta agudeza como la punta de una lanza. Como un rayo luminoso, atravesó las
oscuras murallas que se habían alzado triunfales a cada lado de mi pensamiento en
aquel lejano día en que estuve en el despacho de Mark Torre. Como una insoportable
iluminación, desgarró durante un instante la oscuridad y me mostró una imagen —yo,
bajo la lluvia, y Padma frente a mí— y un hombre muerto que yacía entre nosotros.
Pero me aparté violentamente de aquel momento de imaginación para refugiarme
en la reconfortante oscuridad; y volvió a mí el sentimiento de mi propia fuerza y
poder.
—¡No necesito la Enciclopedia! —dije en voz alta.
—¡Sí! Todos los que han nacido en la Tierra la necesitan… y, si Padma tiene
razón, todos los habitantes de los catorce mundos también la necesitarán. Y sólo
usted puede conseguir que obtengan los beneficios, Tam; tiene usted la obligación
de…
—¿Obligación?
Fui yo quien dio un paso atrás entonces. La cólera intensa me hacía palidecer, la
misma cólera que suscitó en mí en una ocasión mi tío Matías, pero que en aquellos
momentos se mezclaba con un sentimiento de triunfo y poderío.
—¡No estoy obligado a hacer nada! ¡No me meta en el mismo saco que a todos
esos humanos! ¡Puede que ellos, ellos, sí necesiten la Enciclopedia, pero yo no!
Cuando acabé de hablar me aparté de ella; empleando finalmente la fuerza para
hacerla a un lado. La oí llamarme mientras bajaba por la escalera, pero me negué a
escuchar o reconocer su voz. Incluso ahora ignoro las últimas palabras que
pronunció. Percibí cada vez más débilmente sus llamadas y me abrí paso entre los
invitados para llegar hasta la puerta por la que Bright había desaparecido. El Jefe de
los amistosos se me había escapado y no tenía razón alguna para seguir allí. Además,
con el reavivado sentimiento de fuerza interior, no pude seguir soportando a toda
aquella gente a mi alrededor. La mayor parte de ellos venían de los jóvenes mundos;
y la voz de Lisa no dejaba de resonar en mis oídos, o eso me parecía, diciéndome que
yo necesitaba la Enciclopedia, como un eco de la amarga lección de Matías
discurriendo sobre la ineficacia y la relativa impotencia de los terrestres.
Como había sospechado, cuando me encontré al aire libre, en la fría noche sin
luna de Freilandia, el Eclesiarca Bright y el personaje que había acudido a buscarle
habían desaparecido. El guardián del aparcamiento me confirmó su marcha.
Volví al puerto espacial y tomé la primera lanzadera con destino a Nueva Tierra.
Entonces, mientras estaba en camino, tuve tiempo de recuperarme un tanto
mentalmente. Me di cuenta de que seguía siendo necesaria una firma en el pase de
Dave. Quizá tuviera que enviarle a él solo a alguna parte por una u otra razón. Un
accidente podría separarnos en el campo de batalla. Había muchos factores que
podrían ponerle en dificultades en un lugar en que yo no estuviera a su lado para
sacarle adelante.
Con el Eclesiarca Bright todo había salido mal; sólo me quedaba la solución de ir
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al Estado Mayor de las Tropas Amistosas en la Sección Norte para obtener una firma
en el pase de Dave. Consecuentemente, en cuanto me encontré en órbita alrededor de
Nueva Tierra, cambié el billete por otro a Contrevale, una ciudad de la Sección Norte
situada justo en la retaguardia de las líneas de los mercenarios amistosos.
Me llevó cierto tiempo. Era más de media noche cuando llegué finalmente a
Contrevale, al C. G. de las Fuerzas de la Sección Norte. Mi pase de periodista me
permitió entrar en una zona militar que parecía extrañamente desierta, incluso a
aquellas horas de la noche. Pero, cuando llegué por fin ante el puesto de mando, me
sorprendió ver el alto número de flotadores aparcados en aquel sector propiedad de
los oficiales.
Una vez más, el pase me permitió franquear el obstáculo de un impasible
vigilante vestido de negro, con un fusil de agujas listo para disparar. Entré en la sala
de recepción que un largo mostrador partía en dos y cuyos altos muros transparentes
permitían ver el aparcamiento entero bajo la luz de la noche. Petras del mostrador no
había más que un hombre sentado, un Jefe de Grupo apenas un poco mayor que yo
pero cuyo rostro tenía ya la expresión dura y disciplinada, severa e implacable, que se
puede observar en ese tipo de personas.
Se levantó y se digirió al otro lado del mostrador mientras se acercaba a donde yo
me encontraba.
—Soy Periodista del Servicio de Noticias Interestelares —dije—. Busco…
—¡Tus papeles!
Me interrumpió con voz brusca y nasal. Los ojos negros en el rostro huesudo me
observaban atentamente; y la arcaica elección del tuteo me había sido lanzada como
un desafío. Una expresión de desprecio que casi parecía odio brotó como un
relámpago en mí nada más verle, mientras él extendía la mano para tomar los papeles
que reclamaba… y, como un león despertado de la siesta por el rugido de un
enemigo, mi propio odio saltó como respuesta, instintivamente, antes de que yo
tuviera tiempo de moderarlo con cierta reflexión y sabiduría.
Había oído hablar de aquella categoría de amistosos, pero nunca me había
encontrado hasta entonces con ninguno de sus miembros. Era uno de esos habitantes
de Armonía y Asociación que utilizaban la versión salmodiada de su idioma no sólo
entre ellos, sino con cualquiera. Era una de esas criaturas que evitaban en la vida toda
alegría personal, lo mismo que evitaban las camas confortables y la tripa llena. Su
existencia no era más que un período de pruebas, la antecámara de la vida futura, una
vida que no se realizaría para ellos más que conservando la fe verdadera… Y además
se tenían por los Elegidos del Señor.
Aquel hombre se preocupaba muy poco por el hecho de no ser más que un
suboficial no comisionado, un funcionario de ínfima categoría entre los millares que
pertenecían a un planeta pobre y árido, mientras que yo era uno de los apenas
doscientos personajes de los catorce mundos habitados que habían recibido una
educación y formación intensivas para obtener el privilegio de llevar la capa de
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Periodista. Para él poco importaba que yo fuese miembro o Aprendiz del Sindicato y
pudiera conversar abiertamente con los gobernantes de los planetas. Se burlaba de
que supiera que él estaba medio loco, y sin duda conocía el hecho de que yo
representaba un producto de una educación y formación muy superiores a las suyas.
Nada de aquello tenía importancia, porque él era uno de los Elegidos de Dios y yo no
estaba bajo la zarpa de su Iglesia; me miraba como un emperador que contemplara un
perro al que va a quitar de en medio de una patada.
Yo también le miré. Existe una respuesta para cada golpe emocional humano
dado deliberadamente. ¿Quién lo sabe mejor que yo? Y sabía lo que había que hacer
con alguien que te desprecia. Se empieza con la risa. No hay un trono tan alto que no
pueda resquebrajarse por la base con una risotada. Pero, mientras miraba a aquel Jefe
de Grupo, no pude reír.
No podía reírme por una razón muy sencilla. Por limitada y estrecha que fuera la
mente de aquel medio loco, se dejaría quemar en la hoguera antes que renunciar a la
más nimia de sus convicciones; por mi parte, yo no habría podido mantener un dedo
sobre una cerilla durante un minuto para sostener la más firme de las mías.
Y él sabía que yo era consciente de aquella faceta de su personalidad y yo sabía
que él lo era de la misma porción de la mía. Era tan evidente como el mostrador que
nos separaba. No podía reírme y volver a mirarme a la cara. Y le detesté por ello.
Le di los papales. Los echó un vistazo y me los devolvió.
—Tus papeles están en regla —dijo con su voz nasal—. ¿Qué te ha traído hasta
aquí?
—Un pase —dije, guardando mis papeles y sacando los de Dave—. Para mi
ayudante. Vamos y venimos por los dos bandos del campo de batalla y…
—Detrás de nuestras líneas y cuando las hayáis atravesado, no será necesario
ningún pase. Tus papales de Periodista son suficientes. —Se volvió para volver a
sentarse frente al escritorio del que se había levantado.
—Pero, mi ayudante… —Procuré no alzar la voz—… no tiene papeles de
periodista. Le he tomado hoy mismo a mi servicio y no he tenido tiempo para
arreglarlo. Me gustaría tener un pase temporal firmado por uno de los Oficiales del
Estado Mayor.
Volvió al mostrador.
—¿Tu ayudante no es Periodista?
—No, oficialmente no. Pero…
—En ese caso, no tiene permiso para penetrar en nuestros campos de batalla. No
se puede dar pase alguno.
—¡Oh, yo no estaría tan seguro! —dije prudentemente—. Iba a hablar con el
Eclesiarca Bright hace unas horas en una recepción, en Freilandia, pero se marchó
antes de que tuviera ocasión de pedírselo. —Me callé, y el Jefe de Grupo sacudió
severamente la cabeza.
—El Hermano Bright —matizó, y la elección de aquel título me indicó cuán
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implacable sería. Sólo los fanáticos amistosos desprecian los imperativos de su rango.
El Eclesiarca Bright podía ordenar que el Jefe de Grupo que estaba ante mí atacase un
territorio estratégico enemigo completamente desnudo, y él no dudaría en obedecerle.
Pero aquello no significaba que el Jefe de Grupo considerase la opinión de Bright
sobre lo que había que hacer como más reputada que la suya propia…
La razón era muy simple. El título y el rango de Bright pertenecían a esta vida y
no representaban para mi Jefe de Grupo más que irrisorias e inútiles migajas. Como
Hermanos del Elegido, cosa que Bright y él mismo eran, resultaban iguales ante Dios.
—El Hermano Bright —dijo— no habría podido dar un pase a alguien que no
está cualificado para ir y venir entre nuestras unidades y que puede ser un espía a
sueldo de nuestros enemigos.
Quedaba una carta por jugar, aunque yo sabía que era una carta perdedora; pero
no podía hacer otra cosa que probar.
—Si no ve inconveniente —dije—, me gustaría obtener la respuesta de sus
oficiales superiores. Si me hace el favor, llame a uno de ellos… incluso al que esté de
servicio, si es que no hay otro.
Pero se contentó con alejarse y sentarse al escritorio.
—Ese oficial —dijo con un tono que no admitía réplica, mientras revolvía un
poco en sus papeles— no puede darte ninguna respuesta. No voy a apartarle de sus
obligaciones para que te repita lo mismo que te acabo de decir.
Era como si una puerta corrediza de hierro se hubiera cerrado de golpe entre mis
posibilidades y el proyecto de que me firmasen un pase. Pero no tenía nada que ganar
si seguía discutiendo con aquel hombre. Me di media vuelta y me marché.
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Capítulo 8
Mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, me detuve en la escalinata para
reflexionar sobre lo que podía hacer. Lo que podía hacer en aquel preciso momento.
Había sobrepasado a menudo barreras de la decisión humanas que parecían
infranqueables, por encima o por debajo, o rodeándolas, para rendirme tan
fácilmente. En alguna parte debía haber un medio para acceder a lo que deseaba, una
trampa, una fisura en el muro. Miré una vez más el aparcamiento de oficiales, lleno
de flotadores.
De pronto, súbitamente, se hizo la luz. De golpe, todos los pequeños fragmentos y
elementos se reunieron para darme una imagen completa y me maldije por no haberlo
entendido antes.
En primer lugar, el extraño aspecto familiar del ayudante que había ido a buscar
al Eclesiarca Bright a la recepción ofrecida en honor de Donal Graeme. En segundo,
la precipitada marcha de Bright tras la aparición del ayudante. En fin, la zona del
C. G. extrañamente desierta mientras que el aparcamiento de oficiales estaba
atestado, las oficinas vacías y el rechazo del Jefe de Grupo a llamar al oficial de
servicio.
El propio Bright, o su presencia en la zona de combate, había desencadenado un
plan estratégico poco habitual por parte de los mercenarios amistosos: una operación
por sorpresa que aplastase a las fuerzas de Cassida y pusiera un brusco fin a la guerra
sería una publicidad excelente para los intentos del Eclesiarca por alquilar los
servicios de sus comandos mercenarios, cuya conducta y costumbres fanáticas
suscitaban la enemistad pública entre los otros mundos.
Podía apostar lo que fuera a que Bright se encontraba en aquel preciso momento
en el puesto de mando, rodeado por sus oficiales superiores, preparando alguna
maniobra que permitiera coger por sorpresa a las tropas de Cassida. Y apostaría lo
mismo a que estaba en compañía del ayudante que había ido a buscarle a la recepción
de Donal Graeme… y, si mi memoria profesional tan bien entrenada no me inducía al
error, no dudaba de la identidad del ayudante.
Volví rápidamente a mi propio vehículo flotador, me metí en él y conecté el
teléfono. La central de Contrevale apareció en la pantalla, con un primer plano
ampliado del rostro de una hermosa joven rubia. Le di el número de mi vehículo de
localización.
—Me gustaría hablar con Jamethon Black —dije—. Es oficial de las Tropas
Amistosas y creo que se encuentra en el puesto de mando cercano a Contrevale. No
estoy seguro de su graduación… por lo menos debe ser Jefe de Unidad y hasta puede
que Comandante. Es urgente. Si puede localizarle, ¿podría pasarme la comunicación?
—Sí, señor —dijo la joven—. No cuelgue. Le contesto en un minuto. —El rostro
desapareció de la pantalla y la voz fue reemplazada por un ligero zumbido que
indicaba que la vía de comunicación seguía abierta.
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Me apoyé en el respaldo del asiento del flotador y esperé. Menos de cuarenta
segundos más tarde, el rostro reapareció.
—Tengo contacto, y estará en línea en unos segundos. Por favor, siga sin colgar.
—De acuerdo.
—Gracias, señor. —El rostro desapareció. Sonó un zumbido durante treinta
segundos, luego, la pantalla se iluminó una vez más y el rostro de Jamethon se dibujó
en ella.
—Buenas noches, Jefe de Unidad Black —dije—. Probablemente no se acuerda
de mí. Soy el Periodista Tam Olyn. Conocía usted a mi hermana Eileen.
Yo ya había visto en sus ojos que se acordaba de mí. O yo no había cambiado
tanto como creía o él tenía muy buena memoria. Por encima de las insignias adosadas
a la pechera de su uniforme, que me indicaron que su categoría seguía siendo la
misma, su rostro era firme y huesudo. Pero era la misma cara impasible que viera en
la biblioteca de mi tío.
Me acordé de lo que pensé de él en aquellos pasados momentos: que parecía un
adolescente. Pero ya no lo era, ni lo volvería a ser jamás.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Olyn? —preguntó. Su voz era monocorde y
tranquila, un poco más profunda que la de mis recuerdos—. La operadora me ha
dicho que se trataba de una llamada urgente.
—En cierto modo, así es —dije. Guardé silencio durante un instante y proseguí
—. Si está haciendo ahora mismo algo importante, no querría molestarle; estoy en el
Cuartel General, en el aparcamiento de oficiales, justo enfrente del puesto de mando.
Si no está muy lejos, quizá podríamos vernos para charlar unos instantes. —Dudé de
nuevo—. Si no está de servicio, claro…
—Podré salir unos minutos —dijo—. ¿En qué parte del aparcamiento se
encuentra?
—En la zona norte, a bordo de un vehículo de localización verde de techo
transparente.
—Bajo ahora mismo, señor Olyn.
La pantalla se oscureció.
Esperé. Dos minutos más tarde, la puerta del puesto de mando que yo mismo
cruzase para hablar con el Jefe de Grupo de guardia en recepción se abrió. Una
silueta delgada se recortó en la luz. Descendió por los peldaños de la escalinata y
avanzó hacia el aparcamiento.
Abrí la puerta del vehículo cuando Jamethon Black se acercó y me cambié de
asiento para que pudiera sentarse.
—¿Señor Olyn? —dijo, metiendo la cabeza.
—Soy yo. Pase.
—Gracias.
Entró y se sentó, dejando abierta la puerta. Era una noche cálida para la época del
año y la latitud en que nos encontrábamos en Nueva Tierra, y los perfumes de los
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árboles y la hierba me hormigueaban ligeramente en la nariz.
—¿Cuál es ese asunto tan urgente? —preguntó.
—Tengo un asistente para el que necesito un pase. —Y le expuse la situación,
pero mentí cuidadosamente al ocultar que Dave era el marido de Eileen.
Cuando hube terminado, se quedó en silencio durante un momento. Su silueta se
recortaba entre las luces del aparcamiento y el puesto de mando, y las dulces brisas
de la noche soplaban tras él.
—Si su ayudante no es Periodista —dijo con voz tranquila finalmente—, no veo
cómo podríamos autorizarle a ir por nuestras líneas e incluso franquearlas.
—Es un periodista… al menos, mientras dure esta campaña —dije—. Yo soy el
responsable y el Sindicato responde por mí lo mismo que por cualquier otro
periodista. Nuestra imparcialidad entre las estrellas está garantizada. Esta
imparcialidad se aplica igualmente a mi ayudante.
Sacudió la cabeza lentamente en la oscuridad.
—Le resultaría fácil librarse de él si resultase ser un espía. Podría decir que se lo
impusieron como ayudante y que no estaba al corriente de sus intenciones Giré la
cabeza y miré su rostro entre las sombras. Le había llevado a que dijera aquello
voluntariamente.
—No, no sería tan fácil —dije—, porque no me lo han impuesto. He tenido
muchas dificultades para conseguirle a él especialmente. Es mi cuñado. Es el
muchacho con quien por fin se casó Eileen. Al tomarle como asistente, le aparto de
las líneas de combate, donde acabaría por hacerse matar. —Me callé unos segundos
para que tuviera tiempo de digerir mis palabras—. Intento salvarle la vida en favor de
Eileen, y le pido que me ayude a hacerlo.
Ni se movió ni me contestó inmediatamente. En la oscuridad, no podía ver en su
rostro ningún cambio de expresión. Pero no creo que lo hubiera conseguido ni
siquiera a plena luz, pues era un producto de su propia cultura espartana y yo le
acababa de golpear por partida doble.
Negarle el pase a Dave una vez le había dicho lo anterior, equivaldría a llevarle al
matadero y, ¿quién se creería que no lo haría de un modo específico, una vez le
mostré a Jamethon el circuito emotivo que unía todo aquello con su orgullo y su amor
perdido?
—Deme el pase, señor Olyn —dijo por último—. Veré lo que se puede hacer.
Se lo di y se marchó.
Volvió diez minutos más tarde. No penetró en el vehículo y se contentó con
inclinarse hacia el interior y pasarme el documento.
—No me dijo —añadió con voz tranquila— que ya había pedido un pase y que se
lo habían negado.
—¿Quién? ¿Ese Jefe de Grupo de recepción? ¡Es sólo un subalterno! Usted no es
solamente un oficial superior, sino también ayudante.
—Sin embargo —replicó—, ya se lo han negado, y no puedo modificar una
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decisión anterior. No sabe cuánto lo siento. No se le puede dar ningún pase a su
cuñado.
En aquel instante me di cuenta de que el papel que me entregaba no estaba
firmado. Lo miré como si quisiera leerlo en la oscuridad e inscribir con mi voluntad
una firma en el lugar virgen donde debería haber figurado. Me dominó un acceso de
cólera que no pude controlar. Arrancándome de la contemplación del documento,
levanté los ojos y estudié a Jamethon Black.
—¡Ahora me sale con ésas! —grité—. ¡Ésa es su forma de pedir perdón por
enviar a la muerte al marido de Eileen! ¡No se crea que no sé lo que piensa, Black!
Daba la espalda a la luz y no pude ver ni su rostro ni el cambio que pudiera haber
ocurrido en él. Pero emitió algo parecido a un suspiro y me respondió con una voz
átona:
—Usted no ve más que al hombre, señor Olyn, y no al Instrumento del Señor.
Tengo que volver a mis obligaciones. Adiós.
Cerró la puerta del vehículo, dio media vuelta y echó a andar hacia la entrada del
puesto de mando. Su oscura silueta se dibujó en ella durante un instante, luego
desapareció llevándose la luz mientras la puerta se cerraba. Solté el vehículo y salí de
la zona militar.
Cuando llegué a la verja estaban cambiando la guardia por el turno de las tres.
Los que acababan de ser relevados se reunían en una oscura masa armada, sumidos
en una especie de ceremonia de adoración oficiada según sus ritos.
Mientras les adelantaba, empezaron a cantar —a salmodiar, más bien— uno de
sus himnos. No escuché toda la letra, pero las tres primeras palabras llegaron hasta
mis oídos… Soldado, no preguntes… Eran las tres primeras palabras de lo que —lo
supe más adelante— era un canto de guerra que ya se cantaba en épocas pasadas,
cuando se celebraba algo especial o en vísperas de una batalla.
Soldado, no preguntes… Continuó resonando en mis oídos de un modo que me
pareció sarcástico mientras me alejaba con el pase de Dave sin firmar metido en el
bolsillo. Y, una vez más, la cólera se inflamó en mi interior. Dave no necesitaría
ningún pase. Le mantendría a mi lado constantemente durante todo el tiempo que
estuviéramos entre las líneas de combate, y, de aquel modo, gozaría en mi presencia
de protección y seguridad.
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Capítulo 9
Eran las seis y media de la madrugada cuando salí del metro que me llevó del puerto
hasta el vestíbulo de mi hotel en Dhores. Tenía los nervios ligeramente alterados, y
los ojos y la boca un poco secos, porque llevaba sin pegar ojo veinticuatro horas. El
día que nacía iba a ser un gran día, y probablemente no podría descansar en otras
veinticuatro horas. Pero prescindir del sueño durante dos o tres días es algo muy
normal cuando se forma parte del Servicio de Información. A veces uno da con algo
que puede ocurrir en un solo segundo; lo que hay que hacer, lo único que hay que
hacer, es esperar a que pase.
Estaría atento y, si llegaba al límite, tenía medicinas que me ayudarían a aguantar.
Pero, finalmente, una vez en mi despacho, encontré algo que me quitó de golpe todas
las ganas que tuviera de dormir.
Era una carta de Eileen. Abrí el sobre, desdoblé la carta y leí:
Querido Tam:
Acabo de recibir tu carta en la que me dices que vas a retirar a Dave del
frente para, tomarle como ayudante. Estoy tan feliz que no te puedo describir
lo que siento. Nunca habría imaginado que alguien que viniera de la Tierra,
que todavía no es más que Aprendiz en el Sindicato de Periodistas, tuviera
poder suficiente para hacer algo así por nosotros.
¿Cómo agradecértelo? ¿Y cómo podrías perdonarme el modo en que me he
portado contigo, sin escribirte y sin querer saber nada de lo que te ha pasado
estos últimos cinco años? No he sido muy buena hermana. Pero sólo se ha
debido a mi convencimiento de que no valía para nada y que no te seria de
ninguna ayuda; desde la niñez, siempre he sentido que te avergonzabas
secretamente de mí.
Cuando me dijiste en la biblioteca que no funcionaría mi matrimonio con
Jamethon Black… supe que tenías razón. No hacías más que decirme mi
propia verdad, y, aunque fuera verdad, no por ello dejé de despreciarte. Me
pareció que te sentías orgulloso al impedirme marchar con Jamie.
Hasta qué punto estaba equivocada… me lo demuestra lo que has hecho por
Dave. Y no sabes cuánto siento, lo mucho que lamento, haber dudado de tus
sentimientos. Eras la única persona a la que debía amar después de la muerte
de papá y mamá, y te quería, Tam. Pero la mayor parte del tiempo tenía la
impresión de que tú no lo deseabas, lo mismo que el tío Matías no quería que
nadie le apreciase. De cualquier modo, todo ha cambiado desde que conocí a
Dave y me casé con él. Un día tendrás que venir a Alban, en Cassida, y
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conocer nuestra casa. Hemos tenido suene al dar con una bastante grande.
Es mi primera casa de verdad, y creo que te sorprenderá un poco cuando
veas cómo la hemos decorado. Dave te lo contará si se lo pides… ¿No te
parece que es alguien formidable para una personilla tan insignificante como
yo? Es muy bueno y muy fiel. ¿Sabes que quiso que te anunciáramos nuestro
matrimonio en cuanto nos casamos, en contra de mi opinión? Pero no se lo
permití. Y, sin embargo, él tenía razón. Siempre la tiene, y yo, casi siempre,
me equivoco… ya lo sabes, Tam. Pero, gracias, muchas gracias por lo que
has hecho por Dave. Os mando todo mi cariño a los dos. Dile a Dave que le
escribo al mismo tiempo que a ti: supongo que el correo del ejército no será
tan rápido como el privado.
Con todo cariño, Eileen
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y locales. Dave llevaba el material de grabación y el resto de mi equipo. No era ni
pesado ni molesto. A menudo yo mismo lo había llevado sin el menor problema.
Pero, teóricamente, el hecho de tener las manos libres me permitiría concentrarme en
detalles más sutiles de los reportajes.
El Estado Mayor me había prometido un vehículo aéreo militar, un pequeño
modelo biplaza de reconocimiento. Sin embargo, cuando llegué a la Dirección de
Transportes, me dijeron que iba detrás de un Comandante de Campo que esperaba a
que se adaptase un equipo especial a su aparato. Mi primer impulso fue montar algún
escándalo porque me estaban haciendo esperar. Pero, tras pensarlo un rato, decidí
abstenerme. No se trataba de un Comandante ordinario.
Era un hombre alto y delgado, de cabellos negros ligeramente ondulados, con un
rostro de maciza osamenta pero abierto y sonriente. Ya he dicho antes que soy alto
para ser un terrestre. El Comandante de Línea era alto para ser un dorsai, que era su
caso. Además, evidenciaba esa indefinible cualidad que constituye su herencia racial,
algo superior a la fuerza, al miedo y al valor. Algo que es casi lo opuesto a las tres
cualidades conjugadas. Precisamente: era la calma; algo que va más allá de la
discusión, del tiempo, de la misma vida. He ido a Dorsai algunas veces a partir de
entonces y he observado el mismo fenómeno entre los adolescentes y entre algunos
niños. Esos hombres pueden morir —y todos los seres que nacen de una mujer son
mortales—, pero transpira de ellos algo así como un tinte que les concede la
apariencia, innegablemente, tanto en bloque como de modo individual, de no poder
ser conquistados. En nada. La conquista del carácter dorsai no es sólo impensable. Es
en cierta medida imposible.
Aquello era con lo que automáticamente contaba mi Comandante de Línea,
además de con su magnífico cuerpo y su magnífico espíritu militar. Pero había algo
extraño que dominaba en todo aquello. Algo que no parecía pertenecer al carácter
dorsai.
Era un calor intenso del carácter, raro y poderoso, que irradiaba hasta mí, que me
encontraba a varios metros de él y fuera del círculo de oficiales que le rodeaban,
como los matojos que crecen a los pies de un antiguo roble. Y me afectaba, pese a
mantenerme apartado y no ser normalmente —debo decirlo— propenso a tal tipo de
influencias.
Pero quizá la carta de Eileen me había dejado más vulnerable aquella mañana.
Seguramente era eso.
Había algo más que mi mirada profesional detectó casi inmediatamente, y que no
tenía nada que ver con un rasgo del carácter. Su uniforme era de color azul militar y
la capa estrecha, cosas ambas que caracterizaban no a los soldados de Cassida, sino a
los de las Fuerzas Exóticas. Los exóticos, ricos, poderosos e impulsados por su
filosofía de no cometer por sí mismos ningún acto violento, contrataban las mejores
tropas mercenarias que existían entre las estrellas. Naturalmente, aquello significaba
una tasa extremadamente elevada de dorsais entre sus tropas, al menos entre los
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oficiales. ¿Qué hacía un Comandante de Campo dorsai, con una hombrera de Nueva
Tierra en el uniforme exótico, rodeado por oficiales de Nueva Tierra y Cassida? Si
acababa de llegar a las tropas homicidas de la Sección Sur de Nueva Tierra, era
realmente una afortunada coincidencia. Aparecía la mañana posterior a una larga
noche que el Estado Mayor en Contrevale se había pasado haciendo planes.
Pero ¿era realmente una coincidencia? Era difícil creer que los cassidianos
hubieran descubierto que los amistosos habían celebrado una sesión táctica. Los
cuadros de Información de Nueva Tierra, entre los que se contaban hombres como el
Comandante Frane, no estaban muy dotados en lo referente a espionaje; y el Código
de los Mercenarios que regía los contratos de todos los soldados profesionales
prohibía que un soldado operara sin su uniforme durante el curso de una misión
secreta. Pero admitir la coincidencia era una solución excesivamente fácil.
—Quédate aquí —le ordené a Dave.
Me adelanté y me mezclé con la pequeña multitud de oficiales de Estado Mayor
que rodeaban al desconocido Comandante de Campo dorsai, para saber de sus
propios labios algo más sobre él. Pero en aquel preciso instante, su aparato apareció.
Se instaló en él y el vehículo se alejó antes de que pudiera acercarme. Observé que se
dirigía hacia la zona de combate.
Los oficiales que le rodeaban se dispersaron. Les deje alejarse, reservándome para
hacer las preguntas a un suboficial uniformado de Nueva Tierra que pilotaba mi
propio vehículo aéreo. Ciertamente, él no sabría tanto como los oficiales, pero sería
menos circunspecto en sus explicaciones. El Comandante de Campo, me dijo, había
sido asignado el día anterior a las Fuerzas de la Sección Sur, bajo las órdenes de un
enviado exótico llamado Patma, o Padma. Y, lo que resultaba curioso era que aquel
oficial exótico era un pariente del mismo Donal Graeme por quien se había
organizado la recepción a la que asistí la noche anterior… aunque Donal estuviera,
por lo que sabía, sobre Freilandia bajo las órdenes de Henrik Galt y no al servicio de
los exóticos.
—El nombre de éste es Kensie Graeme —me dijo el suboficial del Cuadro de
Transportes—. Y tiene un gemelo, ¿lo sabía? Bueno, veamos, ¿sabe usted cómo se
manejan estos vehículos?
—Sí —dije. Yo ya estaba a los mandos y Dave se sentaba en el asiento trasero.
Apreté el botón de arranque y nos elevamos sobre el cojín de aire unos veinte
centímetros—. ¿Y también está aquí el gemelo? —pregunté.
—No. Me parece que sigue en Kultis —respondió el suboficial—. Es tan arisco
como éste es jovial, o eso dicen. Cada uno tiene una doble dosis de tales
disposiciones. Aparte de por eso, no se les distingue… los dos son Comandantes de
Campo.
—¿Cómo se llama el otro? —pregunté, con las manos en los mandos, dispuesto a
despegar.
—No me acuerdo —contestó—. Una palabra corta… Ian, me parece.
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—Gracias, de todos modos —dije, y arranqué el motor. Intenté dirigirme al sur,
en la misma dirección que tomase Kensie Graeme; pero mis planes los tracé por la
noche mientras regresaba del C. G. de los amistosos. Cuando se tiene sueño, no es lo
más indicado modificar los planes sin tener muy buenas razones para hacerlo. Esa
lasitud de mente que se experimenta cuando no se ha dormido lo suficiente basta para
hacer olvidar las razones que se tuvieron en un principio. Y esas decisiones a menudo
se suelen lamentar demasiado tarde.
Tengo por uno de mis principios nunca cambiar mis planes por ningún impulso
momentáneo, a menos que esté totalmente seguro de que mi mente se encuentra en
plena forma. Es un principio que habitualmente funciona. Aunque, claro está, ningún
principio es perfecto.
Hice subir el vehículo hasta una altura de unos seiscientos pies, luego lo enfilé
hacia el norte, a lo largo de las líneas cassidianas, con los colores del Servicio de
Informaciones brillando en el casco a la luz del sol y el señalizador modulando al
mismo tiempo una señal de neutralidad.
Aquello debía ser suficiente, me decía, para confirmar nuestra seguridad a aquella
altura hasta que empezaran los tiroteos. Cuando el combate se desatase, más valdría
buscar un sitio donde meterse.
De momento, mientras todavía era posible seguir en el aire, tenía la intención de
seguir, en primer término, las líneas hacia el norte —donde se bifurcaban hacia el
C. G. de los amistosos en Contrevale—, luego hacia el sur, e intentar descubrir lo que
Bright y sus oficiales vestidos de negro pretendían hacer.
Entre los dos campamentos enemigos de Contrevale y Dhores, se podría haber
trazado una línea recta de norte a sur. La línea de combate real se cruzaba con la
imaginaria norte-sur en cierto ángulo, con el extremo norte en Contrevale y el C. G.
de los amistosos, y el extremo sur llegando hasta la periferia de Dhores, una ciudad
de unos sesenta mil habitantes.
La línea de combate estaba más cerca de Dhores que de Contrevale, lo que
resultaba desventajoso para las tropas de Cassida y Nueva Tierra. No podían
replegarse al extremo sur de la ciudad, pero tenían la posibilidad de conservar un
frente en línea recta y las comunicaciones necesarias para la defensa. Las tropas de
los amistosos ya habían situado a sus adversarios en una posición relativamente
crítica.
Por otra parte, el ángulo que formaban las líneas de combate era bastante agudo,
de modo que una gran parte de las tropas Amistosas se encontraban agrupadas en el
extremo norte de la línea cassidiana. Pensé que con tropas de reserva y con un
comandante lo bastante audaz, los cassidianos, practicando salidas determinadas a
partir del extremo norte de sus líneas, podrían cortar las comunicaciones entre los
elementos del sur y las avanzadas de la línea de amistosos y su Estado Mayor cerca
de Contrevale. Aquello, al menos, habría tenido la ventaja de sembrar el desorden
entre las filas amistosas, de lo que se sabría aprovechar el comandante cassidiano.
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Pero no se veía que fueran a hacer nada parecido. Sin embargo, con un dorsai
como Comandante de Campo, los cassidianos aún estaban a tiempo de intentarlo… si
todavía era el momento propicio y si contaban con los suficientes hombres
disponibles. Pero me parecía improbable que los amistosos, tras haberse pasado toda
la noche elaborando planes, estuvieran dispuestos a permanecer inactivos durante
todo el día mientras los cassidianos se esforzaban por cortar sus líneas de
comunicación.
La cuestión principal era saber lo que los amistosos pretendían hacer. Concebí
que podía tratarse de una táctica prevista por los cassidianos. Pero no veía cómo los
amistosos podrían sacar ventaja de las posiciones del momento y de su situación
táctica.
El extremo sur de la línea, en los suburbios de Dhores, discurría entre campos,
plantaciones de maíz y terrenos en los que pastaba el ganado, rodeados de cimas
cubiertas de hielo. Al norte, había también colinas, pero eran más boscosas.
Aparecían cubiertas de bosquecillos de jóvenes abedules amarillos y muy altos que
habían encontrado un terreno propicio para su crecimiento en aquellas alturas
glaciales y húmedas y que alcanzaban de aquel modo el doble de su talla terrestre:
más de doscientos pies. En consecuencia, aquellos sotobosques constituían una
región un tanto oscura, un país al estilo del de Robín de los Bosques, con grandes
troncos de árbol de seis pies de diámetro con la corteza gris y plateada, que se
alzaban como columnas en aquella semioscuridad creada por la bóveda sombría de su
follaje que incluso al sol le costaba trabajo atravesar.
Sólo tras haber observado aquella especie de bóveda y recordar lo que ocultaba,
me vino a la mente que las tropas podían operar bajo su cobertura sin que, desde el
vehículo aéreo que ocupaba, pudiera ver el menor reflejo en un fusil o un casco.
Resumiendo, los amistosos podían preparar un asalto importante a la sombra de
aquellos árboles sin que yo pudiera siquiera sospecharlo.
Atribuía a la falta de sueño el hecho de no haber pensado en ello antes. Dirigí el
vehículo hacia un bosquecillo detrás del cual se perfilaba un fortín cassidiano del que
emergía el tubo de un cañón sónico. En aquel lugar despejado había demasiado sol
para que creciera la clase de musgo que cubría el suelo por doquier, pero crecía una
hierba propia de aquella zona sur de Nueva Tierra, que llegaba hasta las rodillas y se
inclinaba ante el impulso del viento, arrugando la superficie del suelo como si fuera
la de un lago.
Descendí del vehículo y me abrí paso entre la hierba hasta llegar a los ramajes
que camuflaban el lugar en que se encontraba el cañón. Empezaba a hacer calor.
—¿No hay signos de movimientos de los amistosos ni aquí ni en los bosques? —
le pregunté al Jefe de Grupo que vigilaba la zona.
—No, por lo que sé —respondió. Era un hombre delgado y nervioso, con una
calvicie incipiente. Llevaba desabotonado el cuello del uniforme—. Han salido
patrullas para verificarlo.
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—Hmmm —dije—. Intentaré adelantarme un poco. Gracias.
Volví al vehículo y despegué, volando a pocas pulgadas por encima de los
obstáculos para penetrar en los bosques. En ellos se estaba más fresco. El grupo de
árboles bajo el que había penetrado me llevó a otro, luego a otro. En el tercero, me
detuvieron y descubrí que había dado con una de las patrullas cassidianas. Los
miembros de la patrulla estaban tendidos en el suelo, invisibles y amenazándonos,
probablemente, con sus armas. No vi a nadie hasta el momento en que un Jefe de
Unidad de rostro cuadrado apareció casi al lado del vehículo, con el rifle de agujas en
la mano y la visera del casco bajada.
—¿Qué se les ha perdido por aquí? —preguntó al tiempo que levantaba la visera.
—Soy Periodista. Tengo autorización para entrar en las líneas de combate y
atravesarlas. ¿Quiere ver mis papeles?
—¿Quiere que le diga lo que puede hacer con sus papeles? Si de mí dependiera…
No es que su presencia turbe nuestra fiestecilla, pero ya tenemos bastantes
dificultades para que los hombres se porten como soldados en una zona de combate
sin que tipos como ustedes se paseen por los alrededores.
—¿Por qué? —pregunté inocentemente—. ¿Tiene otros problemas? ¿Cuáles?
—No hemos visto un solo casco negro desde el amanecer. ¡Ése es nuestro
problema! —respondió—. Sus posiciones estratégicas de avanzada están vacías… y
ayer no lo estaban. Si introduce una antena en el suelo y escucha durante cinco
segundos, oirá los blindados… blindados pesados, en gran número, que se desplazan
a menos de quince o veinte kilómetros de nosotros. ¡Ésos son nuestros problemas!
Ahora, ¿por qué no se da la vuelta y se pone detrás de las líneas, camarada, para que
no tengamos también que ocuparnos de ustedes?
—¿De qué dirección proviene el ruido de blindados?
Extendió un brazo y señaló el territorio amistoso.
—Bien, pues es hacia allí a donde vamos a dirigirnos —dije, aplastándome en el
asiento y alzando el brazo para cerrar el techo corredizo.
—¡Espere! —Su voz detuvo mi movimiento—. Si está decidido a ir hacia el
enemigo, no puedo impedirlo. Pero mi deber es advertirle que lo hace bajo su propia
responsabilidad. Le quiero decir que cuando se encuentren entre las líneas, ahí
adelante, tienen muchas oportunidades de ser abatidos por los disparos de las armas
automáticas.
—De acuerdo, de acuerdo. Considere que estamos advertidos. —Cerré el techo
con un movimiento seco. Quizá era la falta de sueño lo que me ponía irritable, pero
me pareció que aquel hombre quería inquietarnos inútilmente. En el momento de
arrancar le vi mirarme con aspecto siniestro.
Pero fui injusto con él. Me deslicé bajo los árboles y, tras unos segundos, le perdí
de vista. Penetré en otros bosques en miniatura, atravesé otros claros y descendí por
suaves pendientes durante media hora sin encontrar nada. Estaba a punto de decirme
que debíamos encontrarnos a menos de dos o tres kilómetros del lugar del que
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procedía, según el Jefe de Unidad, el ruido de los blindados, cuando ocurrió. Se
produjo un súbito ruido y un golpe que pareció proyectarme el tablero de mandos a la
cara y me sumí en la inconsciencia. Parpadeé, luego abrí los ojos. Dave había dejado
su asiento e, inclinado sobre mí, me soltaba el cinturón de seguridad. La inquietud era
patente en su rostro redondo.
—¿Qué es lo que…? —murmuré. Pero no prestó atención a lo que le decía, pues
estaba ocupado en soltarme para sacarme del vehículo.
Quería que me tendiese en el musgo; pero, en cuanto descendimos de la nave me
recuperé. He quedado aturdido, pensaba, pero no me he llegado a desvanecer. Sin
embargo, al volverme para mirar el vehículo, me alegré por haber salido con bien.
Acabábamos de ser víctimas de una mina vibradora. Naturalmente, el vehículo
contaba, como todos los que están destinados a volar sobre campos de batalla, con
tallos sensoriales que emergían del casco en todas direcciones. Uno de aquellos tallos
había alterado las vibraciones de la mina cuando nos encontrábamos aún a una
docena de pies de ella, y el vehículo se había convertido en un montón de chatarra.
Mi cabeza había golpeado contra el tablero de mando, y lo que más me sorprendía es
que ni siquiera me hiciera un rasguño que diera prueba de ello. Sólo tenía un buen
hematoma, bastante grande.
—¡Vaya! —le dije a Dave irritado. Luego insulté al vehículo durante unos
minutos para tranquilizarme.
—¿Qué hacemos ahora? —me preguntó Dave cuando recuperé la calma.
—Vamos a dirigirnos a pie hasta las líneas de los amistosos. Son las más
próximas —rezongué. Los consejos del Jefe de Unidad me vinieron a la cabeza y juré
de nuevo. Luego, como tenía a alguien de quien ocuparme, le dije a Dave—: Estamos
aquí para conseguir material para un artículo. Te acuerdas de eso, ¿verdad?
Di media vuelta y me puse en marcha. Probablemente habría otras minas
vibradoras en los alrededores, pero el peso de un hombre y las vibraciones
provocadas por su marcha eran insuficientes para detonarlas. Un instante más tarde,
Dave me alcanzó y marchamos juntos y en silencio sobre el suelo cubierto de musgo,
entre los enormes troncos de los abedules. Tras un momento, me volví. El vehículo
ya no estaba a la vista.
Sólo en aquel momento —cuando ya era demasiado tarde— me asaltó la idea de
que había olvidado controlar en mi indicador direccional de muñeca las indicaciones
que figuraban en el del vehículo. Parecía que las líneas Amistosas estaban muy cerca.
Si las indicaciones estaban en correlación con el indicador del vehículo, todo iba
bien. En caso contrario… Entre los inmensos pilares que formaban los troncos de los
árboles, sobre aquella uniforme alfombra de musgo, suave e indeterminada, era
imposible orientarse.
Pero volver sobre nuestros pasos para consultar el indicador del vehículo sería
probablemente nuestra perdición en el sentido más literal del término.
No había nada que hacer. Lo importante era continuar avanzando en línea recta a
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través de la oscuridad y el silencio del bosque. Ajusté el indicador sobre la dirección
que tomábamos, esperando que todo fuera bien. Seguimos avanzando hacia lo que yo
esperaba que fuesen las líneas Amistosas, estuvieran donde estuviesen.
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Capítulo 10
Había visto del terreno lo suficiente desde el vehículo aéreo para estar seguro de que
lo que pasaba (lo que fuese) entre las Fuerzas Armadas de los amistosos y las de
Cassida no tenía lugar en terreno descubierto. Nos quedamos al abrigo de los árboles,
pasando de un bosquecillo a otro.
Nos dirigimos en la dirección indicada por el Jefe de Unidad al mando de la
patrulla, pero zigzagueando, a lo que nos obligaban los bosquecillos que
atravesábamos. A pie, el trayecto era largo.
Hacia el mediodía, descorazonado, me senté junto con Dave para comer el
tentempié que llevábamos. No habíamos visto a nadie desde que abandonamos a la
patrulla cassidiana, ni nada habíamos oído, ni descubierto. Habíamos recorrido unos
tres kilómetros, pero, en razón de la disposición de las zonas boscosas, estábamos
desviándonos sensiblemente hacia el sur.
—Quizá hayan vuelto a casa… hablo de los amistosos —sugirió Dave.
Bromeaba. Alzando la nariz del sándwich, vi que una amplia sonrisa le iluminaba
el rostro. Conseguí sonreír yo también, sintiendo que al menos le debía aquello. A
decir verdad, se había revelado como un asistente especialmente eficaz, que guardaba
silencio y evitaba hacer sugerencias… consciente de su ignorancia en los terrenos de
la guerra y la información.
—No —respondí—. Se está cociendo algo, y me he portado como un auténtico
idiota al perder el vehículo. No podremos cubrir a pie el terreno necesario. Los
amistosos se han retirado por cualquier razón, al menos de esta parte del frente. A mi
entender, para llevarse tras ellos a las tropas cassidianas. Si hasta ahora no hemos
visto uniformes negros al contraataque…
—¡Escucha! —me cortó Dave.
Había vuelto la cabeza y levantado la mano para hacerme callar. Cerré la boca y
escuché. Oí claramente, a poca distancia, un sonido apagado, algo así como un womp
parecido al que produciría una alfombra al ser azotada por una hábil criada.
—¡Los sónicos! —exclamé, poniéndome de pie y echando por tierra lo que
quedaba del bocadillo—. ¡Buen Dios! ¡Al fin han entrado en acción! Vamos a echar
un vistazo. —Giré sobre mí mismo, intentando descubrir la dirección de los ruidos.
Los womps explotaban a nuestra derecha, a una distancia que consideré sería de unos
doscientos metros—. Si… No acabé la frase. Dave y yo fuimos absorbidos
súbitamente por un trueno. Me encontré tendido sobre el musgo, sin saber lo que
había pasado. Dave yacía en el suelo a poca distancia de mí, y a menos de quince
metros de nosotros había un cráter poco profundo rodeado de árboles que parecían
haber explotado bajo los efectos de alguna presión exterior y que mostraban la blanca
madera del interior de sus troncos.
—¡Dave! —Fui hasta él y le di la vuelta. Respiraba y vi que abría los ojos. Los
tenía inyectados en sangre; también le sangraba la nariz. Ante la visión de la sangre,
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se apoderó de mí la sensación de mi propia boca húmeda y pastosa. Alzando la mano,
sentí cómo la sangre me goteaba de la nariz.
Me limpié con la manga, luego ayudé a Dave a incorporarse.
—Tiro de limpieza —dije—. Vamos, Dave. Tenemos que irnos de aquí. —Por
primera vez pensé en cuál sería la reacción de Eileen si no le sacaba de todo aquello
sano y salvo.
Tenía plena confianza en la protección que mi inteligencia podía darle a Dave
entre las líneas de combate. ¡Pero, de aquello a discutir con un cañón sónico que
dispara a kilómetros de distancia!
Se levantó. Se encontraba más cerca que yo del punto de «explosión» de la
cápsula sónica pero, afortunadamente, la zona de eficacia de una explosión sónica
tiene la forma de una campana plantada en el suelo, y aquélla nos había encontrado a
los dos en un terraplén entre dos desniveles del terreno. Estaba, sencillamente, un
poco más atontado que yo. Recuperándonos a marchas forzadas, nos alejamos a toda
prisa, dirigiéndonos hacia el lugar en el que, por los datos del indicador que llevaba
en la muñeca, debían encontrarse en principio las líneas cassidianas.
Finalmente, nos detuvimos, sin aliento, y nos sentamos jadeantes un instante.
Seguimos oyendo los womps de los disparos y el ruido de las cápsulas que seguían
explotando no lejos de nosotros.
—Todo va bien —le dije a Dave intentando recuperar el aliento—. Pronto
detendrán el bombardeo para enviar la infantería por delante de los blindados. Serán
tropas con las que podremos discutir. Si no hubiera otra cosa que cañones sónicos y
blindados, no tendríamos ninguna oportunidad. Lo mejor será que nos quedemos
sentados y nos recuperemos antes de avanzar por un flanco de las líneas para
reunimos o con los cassidianos o con la primera oleada de amistosos… los que
encontremos antes.
Me miró con una expresión que no pude juzgar en primera instancia. Luego, para
mi sorpresa, vi que era de admiración.
—Me has salvado la vida —dijo.
—Salvado la… —Me callé. Luego, seguí—: Escucha, Dave. Soy el primero en
conceder mi reconocimiento cuando alguien hace algo meritorio. Ahora bien, en
cuanto a ese proyectil sónico que nos ha alcanzado hace unos segundos…
—Pero sabías lo que había que hacer en el momento indicado —dijo—. Y no sólo
pensaste en hacerlo por ti. Me ayudaste a ponerme en pie y a salir de allí.
Sacudí la cabeza y no insistí más. Si me hubiera acusado de haber intentado
salvarme yo primero, tampoco hubiese considerado útil el intento de hacerle cambiar
de opinión. Si pensaba así, ¿para qué esforzarme en contradecirle? Si le gustaba
considerarme como un héroe generoso, allá él.
—Porque te hacía falta —dije—. Ahora, vámonos.
Nos levantamos un tanto temblorosos —la explosión nos había sacudido bastante
— y nos pusimos en marcha hacia el sur, siguiendo un ángulo que debería cruzar la
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línea defensiva cassidiana, si es que estábamos lo bastante lejos de sus puestos
principales como nuestro precedente encuentro con la patrulla indicaba.
Un instante más tarde, los womps del tiro de limpieza se alejaron a la derecha y
acabaron por desvanecerse en la lejanía. A mi pesar, me encontré sudando y
confiando en encentar a los cassidianos antes que la infantería de los amistosos
cayera sobre nosotros. El asunto de la cápsula sónica me había recordado la gran
importancia de la suerte en los campos de batalla en todo lo relacionado con los
muertos y los heridos. Me habría gustado dejar a Dave a salvo, bajo el abrigo
protector de un emplazamiento fortificado antes de hablar con los hombres de
uniforme negro con los que pudiera encontrarme, antes de que empezaran las
descargas de las armas de asalto.
Para mí, personalmente, no había ningún peligro. Mi capa de Periodista, de un
blanco y rojo centelleantes, me identificaba como un no combatiente de forma
claramente visible. Dave, por el contrario, seguía llevando el uniforme cassidiano de
color gris. Simplemente lo llevaba sin insignias ni condecoraciones y sólo un
brazalete blanco indicaba que era igualmente no beligerante. Crucé los dedos para
conjurar la suerte y me puse en manos de la providencia.
La suerte nos favoreció, pero no hasta el punto de llevarnos hasta un
emplazamiento fortificado que contara con un cañón cassidiano en su interior.
Nuestro camino entre los bosques nos llevó hasta la cima de una colina. En el
momento en que la alcanzamos, un fuego parpadeante de un color amarillo
anaranjado explotó bajo los árboles a una decena de metros delante mío, a modo de
advertencia. Aplasté a Dave contra el suelo y, obligándole a quedarse inmóvil con la
presión de una mano contra su espalda, alcé el otro brazo y agité la mano.
—¡Periodista! —aullé—. ¡Periodista! ¡Soy un no combatiente!
—Ya sé que eres un jodido Periodista —respondió una voz cargada de cólera
sofocada por la prudencia—. Avanzad los dos y dejad de ladrar.
Ayudé a Dave a levantarse y nos dirigimos, medio cegados por la explosión
luminosa, hacia la voz. Mi vista se normalizó mientras avanzábamos. Tras unos
veinte pasos nos encontramos, detrás de un tronco enorme, frente a frente una vez
más con el Jefe de Unidad cassidiano que me había prodigado tantos consejos cuando
manifesté mis intenciones de dirigirme hacia el frente amistoso.
—¡Otra vez vosotros! —exclamamos a la vez, mirándonos. Luego tuvimos
reacciones diferentes. Empezó a decir, con voz baja, ferviente, determinada, lo que
pensaba de los civiles que se metían en los campos de batalla. Por mi parte, no presté
atención alguna a sus palabras, contentándome con recuperarme. La cólera es un
lujo… quizá el Jefe de Unidad fuera un buen soldado, pero todavía no había
aprendido esta elemental lección que es válida para todas las profesiones. Finalmente,
concluyó todos sus argumentos.
—Ahora —dijo—, os tengo en mis manos. ¿Qué puedo hacer por los dos?
—Nada —le respondí—. Estamos aquí asumiendo nuestro propio riesgo, como
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observadores. Y observamos. Sólo díganos cómo podemos salir de su camino y será
la última vez que nos vea.
—¡Ojalá fuera verdad! —dijo con voz de pocos amigos. Pero fue la última
llamarada de cólera—. De acuerdo. Vayan hasta allí, con los hombres que hay entre
los árboles. Y, cuando hayan elegido un agujero, quédense dentro.
—Entendido —contesté—. Pero, antes de irnos, ¿querría contestar una pregunta?
¿Qué se supone que tiene que hacer en esta colina?
Me miró iracundo y pensé que no me iba a responder. Pero la emoción que casi le
estrangulaba le obligó a hablar.
—¡Defenderla! —dijo. Me dio la impresión de que quería escupir para sacarse de
la boca aun el sabor de aquellas palabras.
—¿Defenderla? ¿Con una simple patrulla? —Le miré con sorpresa—. No podrá
aguantar con una docena de hombres cuando le ataquen los amistosos.
—Ya lo sé —replicó. En aquella ocasión sí que escupió—. Pero vamos a
intentarlo. Más vale que ponga la capa en algún sitio donde los del casco negro
puedan verla cuando suban por la colina. —Se volvió hacia el soldado que llevaba las
insignias de mensajero—. Ve hasta el C. G. —le dijo—. Diles que tenemos por aquí
dos periodistas.
Obtuve de él el nombre de su unidad y los de los hombres que formaban la
patrulla; luego, arrastré a Dave hasta el lugar que nos había indicado y nos
esforzamos para cavar un agujero individual, igual al que habían hecho los soldados.
No olvidé el extender la capa ante nuestros refugios, como nos había aconsejado el
Jefe de Unidad. Él orgullo es algo que va después del deseo de supervivencia.
Desde nuestros agujeros, cuando nos hubimos metido en ellos, podíamos ver la
base de la escarpada colina, en dirección al frente de los amistosos. Toda la pendiente
era boscosa, como la de la colina vecina. Pero, a mitad de la ladera, había rastros de
un deslizamiento del terreno, una especie de acantilado en miniatura que rompía la
uniformidad de la bóveda de árboles. Gracias a aquella solución de continuidad,
teníamos una vista panorámica de la pendiente boscosa y del terreno descubierto, en
dirección al verde horizonte bajo el que probablemente se hallaba camuflado el cañón
sónico de los amistosos que cuyo disparo habíamos huido Dave y yo.
Era nuestra primera percepción real del terreno de operaciones desde que el
vehículo fuera derribado, y lo examiné con los gemelos cuando detecté un ligero
indicio de movimiento entre los árboles que formaban los límites de demarcación de
las dos colinas. Aquel movimiento no pareció excesivamente importante para que
pudiera localizar nada en él, pero en el mismo momento vi que algo se movía en los
dos claros que se extendían ante nosotros. Supe así que los soldados habían sido
alertados por el que transportaba el aparato de detección de la patrulla, un aparato que
reaccionaba frente al calor. La pantalla del aparato debía mostrar las manchas
luminosas correspondientes al calor humano, mezcladas con las manchas más
características del calor de la vegetación y del suelo.
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Los amistosos nos habían descubierto. No lo dudé ni un instante en cuanto vi a
través de los gemelos algunas sombras negras: los uniformes de los soldados
amistosos. En el mismo instante, las armas de los soldados de la patrulla cassidiana
empezaron a crepitar.
—¡Pégate al suelo! —le dije a Dave.
Había intentado levantarse para mirar. Supongo que al ver como me incorporaba
para observar mejor, exponiéndome al peligro, se imaginó que podría hacer otro
tanto. Lo cierto era que mi capa de Periodista estaba extendida delante de nuestros
refugios y nos protegía del ataque directo de la infantería, al igual que las cintas, de
los mismos colores de la capa, que llevaba en la boina y que no me quitaba de la
cabeza. Además, tenía más confianza en mi poder de supervivencia que en el suyo.
Todos los hombres conocen momentos en que se sienten vulnerables. Aquel día yo
estaba en ese caso, hundido en una madriguera, esperando el ataque de los soldados
amistosos.
Sin embargo, no esperaba que el asalto que estaba a punto de desencadenarse
sobre nosotros se detuviera completamente.
Pero aquello fue lo que pasó.
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Capítulo 11
Aquel momento de descanso en pleno ataque de los amistosos no era difícil de
explicar. Lo que acababa de ocurrir no era más que una escaramuza. Los hombres que
habían atacado tenían por misión hostigar a los adversarios cassidianos hasta que se
ocultaran e hicieran ademán de combatir. Cuando la primera reacción defensiva se
produjo, la primera línea del grupo combatiente retrocedió, como se podía suponer,
pidió refuerzos y esperó.
Era una táctica militar más vieja que Julio César. Pero aquéllas y las otras
circunstancias que nos habían llevado a Dave y a mí hasta aquel lugar, en aquel
preciso momento, me permitieron extraer dos conclusiones fundamentales.
La primera era que todos nosotros —las fuerzas Amistosas, las de Cassida, y los
individuos, como Dave y yo mismo, involucrados en aquel asunto— éramos llevados
de un lado a otro por decisiones de fuerzas exteriores que nos sobrepasaban. Y no
costaba mucho imaginarse quiénes constituían aquellas fuerzas. Una de ellas,
evidentemente, era el Eclesiarca Bright y su preocupación por descubrir si los
mercenarios amistosos eran capaces de ocultar sus inclinaciones naturales para atraer
los intereses de otros contratistas. Bright, como un jugador de ajedrez enfrentado a
una dura partida, había concebido y puesto en marcha un movimiento destinado a
terminar con la guerra de un único golpe basado en una arriesgada estrategia.
Pero el golpe ya había sido previsto, incluso quizá antes de que él lo hubiera
pensado, por su adversario. Y aquel adversario no podía ser otro que Padma con su
ontogénesis.
Porque si Padma, con sus cálculos, podía prever que yo aparecería en la recepción
ofrecida en honor de Donal Graeme en Freilandia, habría podido igualmente, gracias
siempre a la ontogénesis, calcular que Bright realizaría algún rápido desplazamiento
de las tropas Amistosas para destruir las unidades de Cassida a las que se
enfrentaban. El hecho de que hubiera prestado a uno de sus mejores estrategas de las
Fuerzas Exóticas, Kensie Graeme, para desarbolar los planes de Bright probaba que
todo aquello ya lo había previsto. Además, sin aquella explicación, la aparición de
Kensie en el campo de batalla en el momento crucial no tenía ningún sentido.
Pero para mí, la pregunta más interesante que se ocultaba detrás de todo aquello
era saber por qué razón Padma debía oponerse a Bright de un modo tan automático.
Por lo que sabía, los exóticos no tenían ningún interés en la guerra civil que se libraba
en Nueva Tierra. Era importante para el mundo en que se combatía, pero significaba
un acontecimiento menor si se comparaba con los problemas que se planteaban en los
catorce mundos y en las estrellas.
La respuesta podía estar en alguna parte del amasijo de acuerdos contractuales
que controlaban las fluctuaciones del personal entrenado en los diferentes mundos.
Los Exóticos, al igual que la Tierra, Freilandia, Marte, Dorsai, el pequeño mundo
católico de Santa María y Coby, el mundo minero, no enrolaban en bloque a sus
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jóvenes diplomados y no negociaban sus contratos con otros mundos sin adecuarse a
los deseos de cada individuo. Se les consideraba como «abiertos», automáticamente
opuestos a los mundos «cerrados» como Ceta, los Amistosos, Venus, Newton y todos
los mundos que cambiaban a su personal especializado sin preocuparse en lo más
mínimo de sus derechos o de sus deseos individuales.
Los Exóticos, pertenecientes a uno de los mundos «abiertos», estaban en franca
oposición con los mundos «cerrados» de los amistosos. Pero aquello no bastaba para
explicar la razón por la cual tomaban partido gratuitamente en un conflicto que
concernía a un tercer mundo. Quizá hubiera una rivalidad secreta entre los contratos
relativos a los exóticos y los amistosos de la que yo lo ignoraba todo. Si aquél no era
el caso, me veía en la más completa incapacidad de comprender la intervención de
Padma en el asunto.
Pero aquello me demostraba —me lo demostraba a mí, que me preocupaba por
manipular mi entorno utilizando a las personas más próximas— que se podían
encontrar en juego dos fuerzas exteriores al círculo mágico creado por mis palabras,
lo que podía destrozar todos mis planes, simplemente porque procedían del exterior.
En resumidas cuentas, en la manera de tratar a los hombres y los acontecimientos
subyacía algún fin individual que conducía a posibilidades mayores de las que me
hubiera imaginado antes.
Me guardé aquel descubrimiento en la mente con la intención de utilizarlo más
adelante.
La segunda conclusión que extraje hacía referencia al urgente tema de nuestra
defensa de la colina en cuanto los amistosos encontrasen refuerzos. No era un lugar
que se pudiera defender con dos docenas de hombres… incluso un civil como yo
podía darse cuenta.
Y si yo podía darme cuenta, los amistosos también lo harían, lo mismo que el Jefe
de Unidad que estaba al mando de la patrulla. Mantenía las posiciones, era evidente,
para obedecer las órdenes de su Estado Mayor, muy lejos en la retaguardia. Empecé a
descubrir por primera vez cierta excusa para su actitud poco grata hacia mí y Dave.
Estaba claro que también él tenía problemas, y entre ellos uno de los más importantes
era el que representaban sus superiores del Estado Mayor, que le habían pedido que
defendiera con la patrulla el emplazamiento que ocupaban en la cima de la colina.
Empecé a mirarle con mejores ojos.
Fueran sensatas o una locura, el hombre era tan profesional que pondría el alma
para ejecutar las órdenes lo mejor que pudiera.
Podría escribir un artículo de lujo si describía su desesperada tentativa para
defender la colina, sin el menor apoyo, teniendo frente a él a todo el ejército
amistoso. Y entre líneas, también daría mi opinión sobre el Comandante que le había
dejado en la estacada.
Miré a mi alrededor y vi que los hombres de la patrulla se camuflaban lo mejor
que podían. Un sentimiento helado y nauseabundo me hizo un nudo en el estómago.
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Estaban allí embarrancados y no sabían qué precio tendrían que pagar para conseguir
el derecho a convertirse en héroes y que su nombre apareciera en un artículo.
Dave me tocó el brazo levemente.
—Mira allí —me murmuró al oído. Volví la cabeza y eché un vistazo hacia donde
me señalaba.
Los amistosos ocultos entre los árboles la pie de la colina empezaban a dar
muestras de cierta actividad. Evidentemente, estaban agrupándose para atacar la
cima. Durante varios minutos no pasaría nada y se lo iba a decir a Dave cuando éste
me dio un codazo.
—No es eso —dijo en voz baja y con voz apremiante—. Mira más lejos… al
horizonte.
Miré y comprendí de qué se trataba. A lo lejos, donde los árboles se unían con un
cielo azul y brillante, a unos diez kilómetros de distancia, en el cielo, se veía algo
parecido a parpadeantes luciérnagas: eran pequeños rayos amarillos mezclados con
verde luz y, a veces, una especie de penacho blanco y negro que se elevaba y se
disipaba llevado por la brisa.
Pero ninguna luciérnaga brilla lo bastante para que se la pueda ver de día y a tanta
distancia. Lo que veíamos eran rayos caloríficos.
—¡Los blindados! —murmuré.
—Vienen hacia aquí —dijo Dave, que miraba los rayos con cierta fascinación;
unos rayos que, vistos desde tan lejos, parecían insignificantes. Rayos que eran en
realidad espadas ardientes cuyo centro alcanzaba una temperatura de cuarenta mil
grados centígrados y que podían segar los troncos gigantes de los árboles con la
misma facilidad que una navaja de afeitar cortaría un espárrago.
Los blindados se acercaban sin encontrar oposición, pues ninguna infantería digna
de tal nombre se encontraba allí para contenerles con ayuda de armas cortas, plásticas
o sónicas. Los misiles, las armas clásicas de lucha contra blindados, habían sido
abandonados cincuenta años antes, cuando los antimisiles fueron perfeccionados
hasta el punto de hacer imposible su utilización sobre superficies planetarias.
Avanzaban lentamente pero sin que se les pudiera detener, calcinando, por principio,
cualquier escondrijo donde la infantería pudiera camuflarse.
Su llegada hacía ridícula nuestra defensa de la colina. Si la infantería Amistosa no
se nos echaba encima antes de la llegada de los blindados, pereceríamos abrasados en
nuestras madrigueras. Aquello me parecía un hecho evidente… y también lo era para
los hombres de la patrulla, pues oí un ligero murmullo que se difundía por el flanco
de la colina en el momento en que los soldados descubrían la existencia de los rayos.
—¡Silencio! —dijo el Jefe de Unidad bruscamente—. ¡Quedaos donde estáis o…!
No tuvo tiempo de acabar la frase, pues en aquel preciso instante se desató el
primer asalto serio de la infantería Amistosa. Un proyectil disparado por un fusil de
agujas le alcanzó en el pecho, precisamente en la base del cuello, y se derrumbó hacia
atrás, ahogándose con su propia sangre.
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Pero los hombres de la patrulla no tuvieron tiempo de notarlo pues la infantería
asaltante, en oleadas sucesivas, estaba ya a media pendiente. Los cassidianos,
refugiados en sus agujeros, abrieron fuego. No sé si fue por lo desesperado de su
situación o por una inusual experiencia de combate que se puso a su favor, pero no vi
a ninguno que fuese incapaz de disparar. Contaban con todas las ventajas tácticas,
pues la pendiente se hacía más escarpada a medida que se llegaba a la cima. Los
soldados amistosos avanzaron cada vez más lentamente y fueron rechazados a
medida que iban apareciendo. Huyeron en desbandada y descendieron por la colina a
la carrera. Una vez más, hubo una pausa.
Salí de la conejera y corrí hacia el Jefe de Unidad. Todavía estaba vivo. Pero fue
una completa idiotez exponerme de aquel modo, llevase o no la capa de periodista, y
lo pagué inmediatamente. Los amistosos, que se batían en retirada, habían perdido
amigos y camaradas durante la incursión. Uno de ellos reaccionó. Mientras me
incorporaba, algo me golpeó la pierna derecha y caí boca abajo.
Cuando me desperté, estaba acostado en el agujero que albergaba el puesto de
mando, junto al Jefe de Unidad herido. Dave se inclinaba sobre mí. Otros dos
hombres llenaban la angosta trinchera: dos suboficiales, probablemente los ayudantes
del jefe de la patrulla.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, intentando ponerme en pie. Dave trató de
impedírmelo, pero yo ya había conseguido apoyar parte del peso en la pierna
izquierda. Un vivo dolor la recorrió y caí pesadamente, medio desvanecido y
empapado en sudor.
—Hay que replegarse —le dijo uno de los suboficiales a su camarada—. Akke,
hay que salir de aquí. Cuando ataquen otra vez nos cogerán, y, si por casualidad no lo
hacen, lo harán los blindados.
—No —dijo el Jefe de Unidad, tendido a mi lado, con voz entrecortada. Le creía
muerto, pero, cuando volví la cabeza para mirarle, vi que alguien le había puesto una
venda de presión alrededor del cuello y la había tensado, cerrando la herida y
cortando la hemorragia. Pero aquello no impedía que se estuviera muriendo… se veía
en sus ojos. El suboficial no le prestó la menor atención.
—Escúchame, Akke —dijo—. Tú estás ahora al mando. Tenemos que
marcharnos de aquí.
—No —repitió el Jefe de Unidad con una voz casi inaudible—. Las órdenes…
hay que aguantar… a toda costa…
El suboficial llamado Akke parecía indeciso. Tenía la cara pálida y apartó la
cabeza para mirar hacia el puesto de transmisiones. El otro suboficial vio su mirada y
el fusil de agujas que tenía apoyado en las rodillas se disparó como por casualidad.
Hubo una explosión y un tintineo en el interior del aparato y la señal del panel se
apagó.
—Os ordeno… —empezó a decir el Jefe de Unidad; y, en aquel momento, el
terrible dolor me atravesó una vez más la rodilla y la cabeza empezó a darme vueltas.
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Cuando recuperé la lucidez, vi que Dave me había cortado la pernera del pantalón y
me había protegido la rodilla con una venda blanca muy limpia.
—Todo irá bien, Tam —dijo—. La aguja ha salido.
Eché un vistazo a mi alrededor. El Jefe de Unidad seguía tumbado a mi lado, pero
había sacado el arma que llevaba a la cintura. Tenía otra herida —en la frente— y
estaba muerto. Los dos suboficiales habían desaparecido.
—Han huido —dijo Dave—. También nosotros tenemos que salir de aquí —
señaló con el brazo hacia el pie de la colina—. Los amistosos han decidido que no
vale la pena atacarnos. Se han marchado. Pero los blindados se acercan… y tú no
puedes avanzar muy deprisa con esa herida. Intenta levantarte.
Procuré incorporarme. Tenía la sensación de que apoyaba la rodilla en una pica
afilada, pero conseguí ponerme en pie. Dave me ayudó a salir del agujero y a
ponerme la capa, y empezamos a retirarnos a trompicones, bajando la otra ladera de
la colina para escapar del fuego de los blindados.
Albergaba la insensata esperanza de encontrar un espacio amplio y abierto, pues
los blindados que flotaban a nuestras espaldas atacaban las zonas boscosas y no los
claros. Si nos podíamos esconder entre la hierba que nos llegaba hasta las rodillas
ningún piloto de blindado sería capaz de vernos. Pero, evidentemente, nos
encontrábamos en una zona dominada por los bosques. Y, como había observado en
cuanto partimos, todas las direcciones se parecían. El único modo de saber que no
dábamos vueltas en redondo y que seguíamos una línea recta era fiarnos del indicador
que llevaba en la muñeca.
Pero avanzábamos tan lentamente a causa de mi rodilla que incluso los blindados,
que se desplazaban muy lentamente, no tardaron en alcanzarnos. Estaba muy
maltrecho por la explosión de la cápsula sónica y los incesantes pinchazos que sentía
en la pierna me mantenían en un frenético estado febril. Era como si padeciese una
tortura sabiamente dosificada… y no soy precisamente un estoico.
Tampoco soy un cobarde… sólo un poco más valiente que el resto de los
mortales. Mi reacción ante un dolor muy fuerte es el furor. Cuanto más agudo es el
dolor, más aumenta mi cólera. Quizá haya algún berseker entre mi descendencia
irlandesa… si es que quieren darle a todo esto un aspecto romántico. Pero, sea como
sea, el hecho es ése. Mientras nos desplazábamos penosamente por el eterno
crepúsculo del sotobosque, deslizándonos entre los árboles gigantes de corteza dorada
y plateada, exploté interiormente.
En mi cólera, no temía a los blindados amistosos. Tenía la certidumbre de que los
pilotos verían mi capa blanca y escarlata con la antelación suficiente para que no
disparasen contra mí. Y, si disparaban, estaba seguro de que los rayos calóricos serían
desviados por los árboles que me rodeaban. En resumidas cuentas, creía en mi propia
invulnerabilidad, y la única cosa que me preocupaba era saber que frenaba el avance
de Dave y que, si algo le pasaba, Eileen nunca se recuperaría.
Le grité que se fuera, le insulté. Le imploré que salvara la piel, asegurándole que
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yo no estaba en peligro. Me respondió sencillamente que yo no le había abandonado
cuando fuimos sorprendidos por la explosión sónica, y que no me dejaría atrás. De
todos modos, yo era el hermano de Eileen, y era su deber ocuparse de mí. Aquello
encajaba con lo que mi hermana me dijera en la carta… era muy fiel. ¡Muy fiel, santo
Dios! Un maldito y fiel imbécil. Se lo dije, adornando la frase con algunas groserías.
Intenté soltarme de su brazo, vanamente, porque no se puede hacer nada parecido
saltando sobre una sola pierna. Me dejé caer al suelo y me negué a ir más adelante,
pero forcejeó conmigo y me echó sobre sus hombros. Intentó avanzar de aquella
manera.
Era peor. Debí prometer acompañarle y me dejó en el suelo. Él también
trastabillaba por la fatiga. En aquel momento, medio loco por el dolor y la rabia, yo
estaba dispuesto a hacer lo que fuera para salvarle de sí mismo. Empecé a aullar y a
pedir ayuda desgañitadamente, pese a sus esfuerzos para que me callase.
Aquello funcionó. Menos de cinco minutos más tarde nos encontramos frente a
las bocas, tan pequeñas como puntas de alfileres, de dos fusiles de agujas de dos
infantes amistosos, atraídos por mis gritos, que nos apuntaban amenazadoramente.
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Capítulo 12
Yo ya esperaba que aparecieran, incluso antes de que lo hiciesen. Los fusileros
amistosos nos rodearon en cuanto salimos de la colina y abandonamos al Jefe de
Unidad y a sus hombres muertos. Los dos hombres que nos amenazaban pertenecían,
sin duda, al grupo que había descubierto a la patrulla cassidiana, que la atacó en
primer lugar. Siguieron su camino y bajaron la pendiente opuesta en pos nuestro. Su
papel consistía, probablemente, en descubrir los focos de resistencia cassidiana y en
pedir refuerzos para neutralizarlos. Llevaban aparatos de escucha. Poco les importaba
que los aparatos detectasen a dos hombres discutiendo… dos hombres eran una presa
muy pequeña en comparación con lo que andaban buscando. Pero un hombre
pidiendo ayuda deliberadamente era algo bastante poco habitual si se estudiaba
detenidamente. Un Soldado del Señor no debía dar tales muestras de debilidad,
necesitase o no ayuda. ¿Y por qué iba a pedir ayuda un combatiente cassidiano en una
zona donde no se combatía? Salvo los Soldados del Señor y sus enemigos, ¿quién
más podía encontrarse en aquella zona de combate?
Pero ya habían descubierto que se trataba de un Periodista y de su ayudante. Eran
no beligerantes… se lo hice ver. Los fusiles de agujas no dejaron de apuntarnos.
—¡Idiotas! —les dije—. ¿No veis que necesito cuidados médicos? ¡Llevadme lo
antes posible a una ambulancia de campaña!
Me miraron con unos ojos que eran la viva imagen de la más sorprendida
inocencia en medio de unos rostros lisos y jóvenes. El de la derecha llevaba al cuello
la medalla de soldado de primera clase, el otro era un simple infante sin graduación.
No debían tener más de veinte años.
—No tenemos autorización para pedir una ambulancia de campaña —respondió
el soldado de primera clase—. Lo más que puedo hacer es llevarle al lugar en que
estamos concentrando a los prisioneros, donde, sin duda, tomarán las medidas
necesarias. —Retrocedió, todavía apuntándonos—. Ayuda al otro hombre a
transportar al herido, Greten —le dijo a su compañero con el tono extrañamente
cantarín de los Soldados del Señor—. Os seguiré llevando las armas.
El otro soldado le pasó el fusil y, sostenido por Dave y por él, empecé a caminar
más cómodamente. Pero la rabia fermentaba y hervía en mi interior. Llegamos a un
lugar descubierto: no un verdadero claro a la luz del sol, sino una pequeña superficie
revelada por la caída de dos árboles gigantes. Una veintena de cassidianos, de aspecto
abatido, habían sido reunidos en él. Desarmados, eran vigilados por jóvenes
amistosos que se parecían, como si fueran hermanos, extraordinariamente a los que
nos habían capturado.
Dave y el joven soldado me ayudaron a sentarme con precaución, apoyándome en
el tronco de uno de los enormes árboles caídos. A Dave le empujaron para reunirle
con la tropa de prisioneros, que se apoyaban en el otro tronco, chisporroteante,
vigilados por cuatro amistosos armados. Señalé el brazalete blanco sin insignias de
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Dave y les grité que debía quedarse conmigo, pues no era un combatiente. Pero los
seis hombres de uniforme negro no prestaron ninguna atención a mis palabras.
—¿Hay alguien con graduación superior por aquí? —le preguntó el soldado de
primera clase a los cuatro centinelas.
—No —respondió uno de ellos—, pero yo soy el mayor.
Era un simple soldado pero, visiblemente, tenía más edad que sus compañeros y
su rápida y clara respuesta llevaba la marca del soldado experimentado que ya ha
aprendido a no presentarse nunca voluntario.
—Este hombre es Periodista —dijo el soldado de primera clase señalándome con
el dedo— y dice que el otro está bajo su protección. El Periodista necesita cuidados
médicos. No nos resulta posible llevarle a una ambulancia de campaña, así que haced
el favor de someter este caso a vuestros superiores por el comunicador.
—No tenemos —respondió el soldado mayor—. Pero el centro de
comunicaciones está a doscientos metros.
—Me quedaré aquí con Greten mientras uno de vosotros va al centro de
comunicaciones.
—No hay ninguna orden que nos permita alejarnos de aquí —respondió el vigía
con aspecto tenaz.
—Pero se trata de algo muy especial.
—No está previsto en nuestras órdenes.
—Pero…
—¡Te repito que nuestras órdenes no lo prevén y que son muy estrictas! —aulló
el soldado—. No podemos hacer nada hasta que llegue un oficial o un suboficial.
—¿Tardará mucho? —preguntó el soldado de primera clase, desanimado por la
vehemencia de las objeciones del otro. Me miró con ojos inquietos y empecé a
decirme que quizá comenzaba a creer que había cometido un error diciendo que
necesitábamos ayuda médica. Pero le subestimaba. Su rostro estaba un poco pálido,
pero hablaba con un tono tranquilo y monocorde.
—No lo sé —respondió el soldado mayor.
—En ese caso, iré yo mismo al centro de comunicaciones. Greten, espérame aquí.
Se pasó por el hombro la correa del fusil y se alejó. No le volveríamos a ver.
Pero la adrenalina de mi cuerpo y la cólera que me habían ayudado a combatir el
dolor causado por la herida dejaban de producir efecto. No sentía más que el terrible
pinchazo que me atacaba cada vez que intentaba mover la pierna, pero mucho más
fuerte que antes… un dolor constante que iba empeorando y que transmitía oleadas
de sufrimiento desde el pie al muslo, y que me hacía apartar la cabeza. Empezaba a
preguntarme si lo podría soportar durante más tiempo cuando, súbitamente, con la
impresión de estupidez que le invade a uno a la vez que se da cuenta bruscamente de
que lo que buscaba estaba desde siempre al alcance de la mano, me acordé de mi
cinturón.
Colgando del cinturón, como del de todos los soldados, llevaba un botiquín. Con
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ciertas ganas de reír, pese a los dolores, tanteé para alcanzarlo y abrirlo. Tomé de él
dos píldoras octogonales. Inexplicablemente, empezaba a oscurecer bajo los árboles,
y no pude ver si las pastillas eran rojas, pero su forma me permitía reconocerlas. Se
las había adecuado a aquel fin.
Las mastiqué y me las tragué sin agua. A lo lejos, me pareció escuchar la voz de
Dave que gritaba, no sé por qué. Pero, tan rápido como una cucharada de cianuro, el
componente anestésico y calmante de las píldoras hizo efecto en mí. El dolor
desapareció y me sentí ileso, limpio, renovado, sin más preocupación que no fuera la
comodidad de mi propio cuerpo.
Una vez más oí gritar a Dave. En aquella ocasión, entendí lo que decía, pero la
naturaleza de su mensaje no tenía poder alguno para turbarme. Decía que ya me había
dado píldoras en dos ocasiones cuando estaba desvanecido. Aullaba que yo había
tomado una dosis peligrosa y que era necesario ayudarme. Bajo los árboles la
oscuridad era completa y hubo un trueno que resonó sobre mí. Luego escuché, lo
mismo que se escucha una maravillosa sinfonía lejana, el crepitar de millones de
gotas de lluvia sobre los millones de hojas que se cerraban por encima de mi cabeza.
Me sumí en una nada beatífica y reconfortante.
Cuando recuperé la consciencia, no presté atención por unos momentos a lo que
me rodeaba. Sentía vómitos y náuseas por la elevada dosis de píldoras que había
ingerido. La rodilla no me hacía sufrir si permanecía inmóvil, pero estaba inflamada y
tan dura como un trozo de acero. El menor movimiento producía un dolor agudo que
me afectaba como si me hubieran dado un golpe.
Vomité y me sentí mejor interiormente. La consciencia de lo que ocurría a mi
alrededor volvió a mí lentamente. Estaba empapado por la lluvia que, retenida unos
instantes por el follaje de los enormes árboles, al fin nos alcanzaba. Los prisioneros y
los guardias que les vigilaban chorreaban también. Había alguien nuevo, vestido con
un uniforme negro, un Jefe de Grupo de mediana edad, delgado, de rostro anguloso.
Se había llevado aparte a Greten y discutía con él.
Por encima de nosotros, por la abertura dejada por los dos grandes árboles caídos,
veía el cielo limpio de nubes, teñido de púrpura por las luces del sol poniente. Mi
vista, deformada por el abuso de píldoras, me hacía ver aquel color rojo que caía del
cielo como si fuera un tinte que irisase las siluetas de los prisioneros vestidos de gris
e hiciese centellear el negro uniforme de los amistosos.
Rojo y negro, negro y rojo, parecían los personajes bajados de un vitral al cuadro
gigantesco formado por las sombras inmensas y fantasmales de los árboles. Me quedé
allí, helado, envuelto en mis ropas pesadas y húmedas, mirando fijamente al Jefe de
Grupo y al soldado que discutían. Y, poco a poco, sus palabras, pronunciadas en voz
baja para que no llegasen hasta los prisioneros, pero audibles para mí, empezaron a
cobrar significado.
—¡Eres muy tierno! —decía el Jefe de Grupo con voz airada. La vehemencia de
su emoción le hizo levantar ligeramente la cabeza y el sol poniente coloreó su rostro
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de sombras rojizas. Le vi claramente por vez primera: con sus rasgos afilados y
cincelados, con el mismo fanatismo total y encarnizado que encontré en el Jefe de
Unidad que, en el Estado Mayor de los amistosos, se negó a facilitarme un pase para
Dave.
—Eres muy tierno —repitió—. Eres joven. ¿Qué sabes del combate que se libra
por la supervivencia de generación en generación en nuestros rocosos mundos? ¿Qué
sabes del hambre y la miseria que reinan entre los Hijos del Señor? ¿Qué sabes de los
designios de los que nos han enviado a luchar para que nuestro pueblo pueda vivir y
prosperar mientras por todas partes a los demás hombres les gustaría vernos muertos,
y nuestras muertas creencias enterradas con nosotros?
—No sé nada —respondió el soldado, cuya voz temblorosa traicionaba su
extrema juventud—. Sé que tenemos el deber de hacer lo que es justo, que hemos
prestado el juramento sobre el Código de los Mercenarios y que…
—¡Cierra esa boca llena de leche! —replicó con desprecio el Jefe de Grupo—.
¿Qué son todos esos Códigos frente al Código del Todopoderoso? ¿Qué son todos los
juramentos frente al juramento prestado ante el Señor de los Combates? El Eclesiarca
del Consejo de Ancianos, el que es llamado Bright, ha dicho que este día está
marcado para señalar el destino de nuestro pueblo y que la victoria es una necesidad
imperiosa. Consecuentemente, ganaremos la batalla. Eso es todo. —Pero, no
obstante, insisto en que…
—¡No tienes nada que decir! ¡Soy tu superior! Soy yo quien va a decirte algo.
Tenemos órdenes para reagruparnos y prepararnos para otro ataque. Tú y los cuatro
soldados que están contigo debéis presentaros ahora en el centro de comunicaciones.
Poco importa que formes parte o no de la unidad. ¡Te lo ordenan y debes obedecer!
—En ese caso, nos llevaremos a los prisioneros con nosotros…
—¡Obedecerás! —El Jefe de Grupo llevaba al brazo el fusil de agujas. Lo
empuñó bruscamente, apuntó con el cañón al soldado y, con el pulgar, lo puso en
posición de tiro automático. Vi que los ojos de Greten se cerraban por un segundo y
que se le crispaba la garganta, pero, cuando habló, su voz seguía siendo tranquila y
firme.
—Toda mi vida he caminado a la sombra del Señor, que es Verdad y Fe… —dijo.
Vi cómo se alzaba el cañón del fusil.
—¡Eh! —grité—. ¡Eh, ustedes, Jefe de Grupo! Dio un salto como el de un lobo
gris que oye cómo se rompe una rama bajo la bota de un cazador… y me encontré a
mí mismo siendo apuntado por el cañón de su arma. Avanzó hacia mí lentamente, con
el arma lista y mirándome con su rostro torturado por el fanatismo.
—¿Has recuperado el sentido? —me preguntó sarcásticamente. Aquellas palabras
expresaban el desprecio que sentía por un ser tan débil que necesitaba tomar un
anestésico para soportar el dolor físico.
—Lo bastante como para decirle algunas cosas —le respondí con voz áspera.
Tenía la garganta seca y la pierna volvía a dolerme, pero me venía bien como
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revitalizadora de la cólera. El dolor, que iba en aumento de forma paulatina, podía
alimentar aquella cólera que tan fácilmente se despierta en mí—. Escúcheme. Soy
Periodista. Usted ya tiene experiencia suficiente como para saber que nadie puede
llevar esta capa y esta boina sin la autorización correspondiente. Pero, para que esté
más seguro… —Me rebusqué en el bolsillo y saqué mi documentación—…
verifíquelo usted mismo.
La tomó y la echó un vistazo.
—Muy bien —le dije una vez me la hubo devuelto—. Soy Periodista y usted Jefe
de Grupo. No le pido nada, ¡le doy una orden! Quiero ser transportado
inmediatamente hasta una ambulancia de campaña y quiero que mi asistente —señalé
a Dave con el dedo— me sea devuelto. No dentro de diez minutos, ni de dos,
¡inmediatamente! Los soldados que nos vigilan pueden pensar que no están
autorizados a llevarnos hasta una ambulancia, pero usted sabe perfectamente que
pueden hacerlo. ¡Exijo que mis órdenes sean cumplidas de inmediato!
Me miró fija y siniestramente. Su mirada era la de un hombre que se libra de la
presa de los hombres que le conducen al tormento y avanza solo, con pasos firmes y
largos, por su propio pie hacia el lugar en que será ejecutado.
—Eres Periodista —dijo, inspirando profundamente—. ¡Ay! Perteneces a la raza
de Anarc. Eres uno de esos que, gracias a las mentiras y a los falsos testimonios,
difunden el odio de nuestro pueblo y nuestra fe por el mundo de los humanos. ¡Qué
bien te conozco, Periodista! —Siguió mirándome fijamente con impenetrables ojos
negros—. Estos papeles para mí no son más que veleidades sin valor, pero te voy a
hacer pasar un buen rato y a enseñarte lo poco que valéis tú y tus infames mentiras.
Te daré una historia para que la escribas, y la escribirás, y verás que tiene menos
importancia que las hojas secas que levantan los Ungidos del Señor cuando desfilan.
—Haz que me lleven a una ambulancia —repetí.
—Tendrás que esperar —dijo—. Además… —Me arrancó los papeles que yo
todavía tenía en la mano y los agitó delante mío—… tú puede que tengas un pase,
pero no llevas ningún documento firmado por nadie autorizado que permita que ése al
que llamas «tu asistente» pueda circular libremente. No podrá ir contigo y se quedará
con los otros prisioneros a esperar la decisión de Dios sobre ellos.
Dejó que los papeles me cayeran entre las rodillas, dio media vuelta y avanzó con
pasos largos hacia los prisioneros. Le grité que volviera pero no me prestó la menor
atención.
Súbitamente, Greten echó a correr detrás de él, le agarró por la manga y le
murmuró algo al oído, haciendo muchos gestos con la mano libre y señalando a los
prisioneros. El Jefe de Grupo le apartó con una bofetada que estuvo a punto de
derribar al soldado.
—¿Forman parte de los Elegidos? —aulló—. ¿Forman parte de los Elegidos de
Dios?
Agitó el fusil de forma enfurecida, amenazando no sólo a Greten sino a también a
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los otros soldados.
—¡A formar! —vociferó.
Lenta o precipitadamente, los soldados abandonaron a los prisioneros y formaron
ante el Jefe de Grupo.
—Todos, inmediatamente, presentaos en el centro de comunicaciones —ordenó
—. Atención, derecha, ¡ar!
Los soldados se alejaron hasta desaparecer entre los árboles.
El Jefe de Grupo les miró un segundo, luego pivotó sobre los talones y apuntó
con el arma a los prisioneros cassidianos. Ellos retrocedieron y vi que el rostro blanco
e indistinto de Dave se volvía hacia mí.
—Ahora, vuestros guardianes se han ido —dijo el Jefe de Grupo con voz siniestra
—. Un nuevo combate que barrerá vuestras unidades está a punto de empezar. Para
esta batalla necesitaremos a todos los Soldados del Señor, pues el Eclesiarca de
Nuestro Consejo de Ancianos nos llama a todos. Yo mismo he de participar en ella, y
no puedo dejar enemigos detrás de nuestras líneas para que actúen contra nosotros.
Voy a enviaros a un lugar, en él ya no podréis causar problemas a los Ungidos del
Señor.
Sólo entonces comprendí lo que tenía en mente. Abrí la boca para aullar, pero no
salió de ella ningún sonido. Intenté desesperadamente levantarme, pero la pierna,
rígida, me lo impidió. Me quedé con la espalda apoyada en el árbol, con la boca
abierta, dominado por la parálisis.
El Jefe de Grupo abrió fuego y los soldados cayeron y murieron… y Dave con
ellos.
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Capítulo 13
No sé que pasó después de un modo exacto. Recuerdo que cuando los cuerpos que
atestaban el suelo dejaron de moverse, el Jefe de Grupo se volvió y avanzó hacia mí,
con el arma en la mano.
Parecía desplazarse parsimoniosamente, pero lo hacía con pasos largos y rápidos,
lenta pero inexorablemente. Tomaba cada vez mayores proporciones a medida que
avanzaba, con el negro fusil en la mano, con el cielo rojo a sus espaldas. Finalmente,
se detuvo ante mí, dominándome.
Intenté en vano escapar de él, pero me lo impedían la pierna herida y el grueso
tronco de árbol al que me hallaba pegado. Pero ni me apuntó ni llegó a disparar.
—Observa —dijo, mirándome. Su voz era profunda y tranquila, pero sus ojos
tenían un brillo muy raro—. Ya tienes tu historia, Periodista. Y vivirás para escribirla.
Quizá te permitan volver cuando me lleven ante un pelotón de ejecución, a menos
que el Señor decida que muera en la batalla que está a punto de entablarse. Pero
aunque me ejecutasen un millón de veces, tus escritos no te servirían para nada. Yo,
que represento los dedos del Señor, he escrito Su voluntad en esos hombres, y ésas
son palabras que no podrás borrar. Así sabrás, al fin, la poca importancia que tienen
tus palabras si las comparas con lo escrito por el Dios de los Combates.
Retrocedió un paso, sin volverse. Se hubiera dicho que yo representaba algún
oscuro altar del que se alejara con cierto respeto irónico.
—Ahora, adiós, Periodista —dijo con una sonrisa que le deformó los labios—.
No temas nada, te encontrarán. Y te salvarán la vida.
Dio media vuelta y se alejó. Le seguí con la mirada, era una mancha oscura en la
penumbra, hasta que me quedé solo.
Solo con las hojas que todavía goteaban y chapoteaban en el suelo del bosque.
Solo con el cielo, cuyo tinte rojizo se ensombrecía, solo con el final del día y con los
muertos.
No sé cómo lo conseguí, pero un momento más tarde me encontraba arrastrando
penosamente la pierna inútil. Repté hasta que llegué al montón de cadáveres. Con la
poca luz que quedaba removí entre los muertos buscando a Dave. Las agujas le
habían alcanzado en la base del pecho y la parte inferior de sus ropas estaba
empapada en sangre. Pero sus párpados se movieron cuando le pasé un brazo por los
hombres y le levante para apoyar su cabeza en mi rodilla sana. Tenía el rostro tan
blanco y liso como el de un niño dormido.
—Eileen… —murmuraba débil pero claramente mientras le levantaba. Pero no
abrió los ojos.
Abrí la boca para decir algo pero no salió de mis labios sonido alguno. Y, cuando
conseguí que funcionaran mis cuerdas vocales, produjeron un raro sonido.
—Va a venir —dije.
La respuesta pareció calmarle. Se quedó inmóvil, respirando débilmente. Tenía el
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rostro tranquilo, como si no sintiera ningún sufrimiento. Escuché un ruido regular
semejante al de las gotas de agua que caían de los árboles, luego estiré la mano y
sentí que la palma se humedecía y se ponía pegajosa. Era la sangre que le chorreaba
de la ropa, en un lugar en que el musgo del suelo había sido arrancado por los
soldados mientras morían.
Sin molestar a Dave, apoyado en la rodilla, tanteé a mi alrededor para buscar las
vendas que pudieran llevar los cadáveres que nos rodeaban. Encontré tres y las utilicé
para intentar cortar la hemorragia, pero sin éxito. Sangraba por media docena de
heridas. Al intentar taponarlas, le turbé y recuperó vagamente la conciencia.
—¿Eileen? —repitió.
—No tardará —le dije de nuevo.
Más tarde, cuando hube renunciado a salvarle y me limitaba a sujetarle por los
hombros, preguntó por tercera vez:
—¿Eileen?
—Ya viene, Dave.
Pero, cuando la luna estuvo lo bastante alta en el cielo y empezó a difundir su
claridad plateada en el pequeño claro entre los árboles, me incliné sobre él para verle
la cara. Ya estaba muerto.
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Capítulo 14
Me encontraron nada más salir el sol; no fueron las tropas amistosas sino soldados
cassidianos. Kensie Graeme había retrocedido hasta el extremo sur de la línea de
combate para enfrentarse así al plan de ataque establecido por Bright destinado a
destrozar las defensas de Cassida y diezmar a sus combatientes en las calles de
Molón. Pero Kensie, que había previsto aquella estrategia,^ desguarneció la parte sur
del frente y envió los blindados y la infantería libres de aquel turno de guardia a
reunirse en la zona norte y reforzar el frente por el que Dave y yo nos habíamos
movido.
Aquello tuvo como resultado que sus líneas giraban alrededor de un punto central
que se encontraba en el sitio exacto en que le viera por primera vez. Las tropas
reforzadas del extremo norte del frente se reagruparon al día siguiente, por la mañana,
cortando las comunicaciones de los amistosos y aplastando sus tropas por la
retaguardia, mientras que las tropas de Armonía y Asociación pensaban que las
unidades de Cassida estaban completamente dispersas.
Molón, que era el peñón contra el que las tropas de Cassida serían destruidas, fue
testigo del aplastamiento de los amistosos. Los fanáticos vestidos de negro
combatieron con el feroz ardor que les caracterizaba y un valor temerario fruto del
hecho de verse acorralados. Se encontraban entre los fuegos cruzados del cañón
sónico de Kensie y el de los soldados de refuerzo que se acumulaban en retaguardia.
Finalmente, el Estado Mayor de los amistosos, antes que perder una gran cantidad de
valiosos soldados, prefirió capitular. Así terminó la guerra civil entre las zonas Norte
y Sur de Nueva Tierra… una guerra que ganaron las tropas de Cassida.
Pero a mí me importaba un bledo todo aquello. Medio inconsciente por las drogas
que me habían administrado, me llevaron hasta Dhores, donde fui hospitalizado. La
herida de la rodilla se había agravado al no ser curada a tiempo. No conozco muy
bien los detalles pero, mucho antes de ser maravillosamente tratada, la rodilla se
quedó rígida. El único modo de arreglarlo, me dijeron los médicos, era proceder a la
ablación y reemplazar la rodilla completa por una prótesis totalmente artificial, pero
me advirtieron en contra de aquella decisión. La carne y la sangre originales, me
dijeron, eran mucho mejores que cualquier cosa que pudiera crear el hombre para
reemplazarlas.
En cuanto a mí, no me preocupaba nada todo aquello. Habían arrestado y juzgado
al Jefe de Grupo responsable de la masacre de los prisioneros y, como él mismo había
predicho, fue condenado a muerte y ejecutado por no haber respetado las
disposiciones del Código de los Mercenarios sobre el trato debido a los prisioneros de
guerra. Pero tampoco aquello me preocupaba.
Porque, como él mismo había dicho, su ejecución no cambiaría las cosas. Lo que
había escrito sobre Dave y los otros prisioneros con su fusil de muelles nadie podría
borrarlo.
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Yo era como un reloj al que se le ha roto un resorte; no deja de funcionar, pero se
escucha cómo gira ruidosamente cuando se sacude el péndulo. Me habían destrozado
interiormente, y los elogios que me brindó el Servicio de Información Interestelar y
mi nominación para miembro de pleno derecho del Sindicato no me ayudaron a
recuperar el aplomo.
Pero al fin tenía a mis espaldas toda la riqueza y el poder del Sindicato, e hicieron
por mí lo que muy pocas organizaciones privadas habrían sido capaces de hacer: me
enviaron a Kultis —el mayor mundo exótico— para que me cuidaran los nativos
especialistas en enfermedades mentales.
En Kultis me convencieron para dejarme curar, pero sin imponerme ningún
método en particular. En primer lugar, porque no tenían poder suficiente para curarme
(me pregunto si se dieron cuenta de su impotencia en mi caso en particular), y, en
segundo, porque su filosofía esencial les prohibía el uso de la fuerza o cualquier
medio coactivo para intentar controlar la voluntad de los individuos. No podían hacer
otra cosa que indicarme el camino que deseaban que siguiera.
Y el instrumento que eligieron para incitarme a seguir aquel camino parecía el
más eficaz. Era Lisa Kant.
—¡Pero usted no es psiquiatra! —exclamé con sorpresa cuando apareció por
primera vez en el lugar al que me llevaron, uno de esos edificios complejos que
tienen elementos interiores al aire libre. Acababa de tenderme bajo el sol, cerca de la
piscina, y me estaba relajando cuando ella apareció a mi lado. Como respuesta a mi
pregunta, argumentó que Padma le había recomendado que me ayudase a recuperar la
fuerza emotiva.
—¿Cómo sabe lo que soy? —me dijo secamente y con todo el autocontrol que es
la herencia de los exóticos de nacimiento—. Hace cinco años que le encontré por
primera vez en la Enciclopedia y, por entonces, ya llevaba varios más estudiando.
Me quedé tumbado, parpadeando para mirarla, pues se encontraba encima de mí.
Lentamente, algo que dormía en mi interior empezó a latir y agitarse. Me levanté. Yo,
que había sido capaz de elegir las palabras adecuadas para que los hombres bailaran a
mi antojo como marionetas, ¡acababa de meter la pata hasta el fondo con una
observación tan desastrosa!
—Entonces, ¿realmente es psiquiatra? —pregunté.
—Sí y no —me contestó tranquilamente. Luego, súbitamente, sonrió—. De todos
modos, no necesita un psiquiatra.
Cuando dijo aquello, me di cuenta de que era exactamente lo mismo que yo
pensaba, lo que siempre había pensado pero que, encerrado en mi propia desgracia,
había permitido que el Sindicato sacase sus propias consecuencias. Acto seguido, a
través del mecanismo de mi conciencia, pequeños relés motores empezaron a
funcionar, reanimando mis percepciones.
Si sabía tantas cosas, ¿qué era lo que ella no sabía? Inmediatamente, los
dispositivos de alarma resonaron en la ciudadela mental que llevaba construyendo
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desde hacía cinco años y las barreras defensivas bajaron a ocupar su lugar.
—Puede que tenga razón —dije, súbitamente prudente. Luego, sonreí—: ¿Por qué
no nos sentamos a discutirlo?
—¿Por qué no? —repuso ella.
Nos sentamos para hablar. Al principio, fue una conversación artificial sin
importancia… la estaba juzgando. Había extrañas resonancias a su alrededor. No
puedo expresarlo de otro modo. Todo lo que decía, todos sus gestos, todos sus
movimientos parecían tomar un sentido especial cuyo significado no podía entender
por completo.
—¿Por qué Padma suponía que usted podría… quiero decir, que tenía que venir a
verme? —pregunté prudentemente al poco rato.
—No es sólo para verle… es para trabajar con usted —respondió. No llevaba
ropa exótica, sino un traje normal de color blanco. Sus ojos parecían así más
hermosos que nunca. Me lanzó una rápida mirada de desafío, tan penetrante como
una lanza.
—Porque cree que yo represento una de las dos puertas por las que todavía puede
alcanzársele a usted, Tam.
Aquella mirada y aquellas palabras me desanimaron. Si no hubiese existido
aquella extraña resonancia, habría podido creer que me estaba dirigiendo una
invitación. Pero el tema era más importante.
Habría podido preguntarle sobre lo que entendía de lo que estaba diciendo; pero
yo acababa de recuperarme y adopté una posición circunspecta. Cambié de tema —
creo que la invité a nadar conmigo— y no volví a hablar de todo aquello hasta unos
días más tarde En aquellos momentos, bien despierto, atento, tuve ocasión de mirar a
mi alrededor para averiguar de dónde provenían aquellas resonancias y descubrir lo
que me estaban haciendo los métodos exóticos. Actuaban en mí sutilmente, por
medio de una hábil coordinación basada en una total presión del entorno, una presión
que no intentaba llevarme a ninguna dirección concreta, sino que me incitaba a que
yo mismo tomase continuamente el timón de mi propia existencia. En resumidas
cuentas, el edificio en el que me encontraba, el clima que reinaba en él, las paredes,
los muebles, los colores y las formas que lo ocupaban habían sido concebidos para
incitarme sutilmente a vivir… no sólo a vivir, sino a hacerlo activa, plena y
alegremente. No se trataba simplemente de una casa que rezumara optimismo… era
un lugar excitante, un entorno estimulante en el que me hallaba inmerso.
Y Lisa era uno de sus elementos más activos.
Mientras salía poco a poco de la depresión, empecé a notar que no sólo los
colores y las formas de los muebles de la casa se alteraban cada día, sino que también
cambiaban los temas de conversación, el tono de la voz de Lisa, su risa, continuando
el ejercicio de presión máxima sobre mis propios sentimientos, para transformarlos y
desarrollarlos.
No creo que la propia Lisa comprendiese de qué modo se combinaban aquellos
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elementos para producir aquel efecto de fusión. Habría que ser un verdadero exótico
para entenderlo. Pero ella sabía —consciente o inconscientemente— cuál era su papel
en toda la historia. Y lo interpretaba muy bien.
A mí me daba lo mismo. Automática, inevitablemente, mientras me curaba, me
fui enamorando de ella.
No había tenido problemas para encontrar mujeres desde que escapase de casa de
mi tío y empecé a experimentar con los poderes de mi cuerpo y de mi mente. Y,
especialmente, con las mujeres hermosas, que a menudo parecen tener una fuerte sed
de afecto, la mayor parte de las veces insatisfecha. Pero ante Lisa todas aquellas
mujeres, hermosas o no, desaparecían o palidecían. Se hubiera podido decir que yo
no dejaba de capturar los pájaros cantores que llevaba en mí sino para descubrir que
eran simples gorriones a la mañana siguiente, y que sus alegres gorjeos se habían
convertido en simples pitidos.
Pero Lisa no me dejó como habían hecho las otras cuando me hube enamorado de
ellas. Planeó conmigo y planeó sola nuevamente. Entonces, por primera vez,
comprendí por qué razón ella era diferente, por qué razón no se derrumbaba como las
demás.
Era porque ella había construido su propio territorio antes de que yo pudiera
encontrarlo. No necesitaba mi ayuda para llegar a aquel país encantado, pues ella
tenía alas propias. Aunque nuestros países fueran diferentes, nos reuníamos en el
cielo.
Fue aquella diferencia lo que me detuvo y lo que al fin quebrantó el caparazón
exótico. Porque, cuando quise mostrarme cariñoso, ella me detuvo.
—No, Tam —me dijo apartándose—. Todavía no.
«Todavía no» podía significar «ahora no» o «no, hasta mañana», pero al ver el
cambio que se había operado en su rostro, el modo en que sus ojos se apartaron un
poco de los míos, supe que no se trataba de aquello. Algo nos separaba, algo parecido
a una verja entreabierta, y mi espíritu daba saltos para intentar encontrarle un nombre.
—La Enciclopedia —dije—. Quieres que vuelva a trabajar en ella. —Le miré a
los ojos—. De acuerdo. Pídemelo de nuevo.
Sacudió la cabeza.
—No —replicó en voz baja—. Padma me dijo, antes de que te siguiera en la
recepción de Donal Graeme, que no vendrías sólo porque yo te lo pidiera. Pero
cuando me lo dijo, no lo creí. Ahora sí me lo creo. —Volvió la cara para mirarme
fijamente a los ojos—. Si te lo pidiera ahora y me dijeras que querías pensarlo unos
momentos antes de contestar, incluso ahora, dirías de nuevo que no.
Sin dejar de mirarme, se sentó en el borde de la piscina, con un arbusto lleno de
rosas amarillas bañadas en luz a su espalda.
—¿No ves la verdad, Tam?
Abrí la boca; la volví a cerrar. Porque, como la mano de piedra de algún dios
pagano, todo lo que había olvidado mientras me recuperaba, todo lo que Matías y el
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Jefe de Grupo de los amistosos me habían grabado en el alma, volvió a convertirse en
una cruz para mí.
La verja entreabierta se cerró bruscamente entre Lisa y yo y su chasquido resonó
por las más secretas profundidades de mi corazón.
—De acuerdo —admití con voz sorda—. Tienes razón. Diría que no.
Miré a Lisa, sentada entre los escombros de nuestro sueño mutuo. Y recordé algo.
—Cuando llegaste aquí —dije lentamente pero sin miramientos… casi se había
convertido en mi enemiga— mencionaste algo acerca de Padma, algo que te había
dicho sobre que tú eras una de las dos puertas por las que se podía llegar hasta mí.
¿Cuál es la otra? Hasta ahora no te lo había preguntado.
—Pero ahora no quieres esperar más tiempo para cerrarla, ¿verdad, Tam? —me
dijo, quizá amargamente—. De acuerdo. Dime una cosa. —Tomó un pétalo caído de
una de las flores que había tras ella y lo arrojó a las tranquilas aguas de la piscina,
donde flotó como un frágil barco amarillo—. ¿Te has puesto en contacto con tu
hermana?
Sus palabras me golpearon como si lo hubiera hecho con una barra de hierro.
Toda la historia de Eileen y Dave y la muerte de Dave cuando le había prometido a
mi hermana que se lo devolvería sano y salvo, todo aquello volvió a mi mente
simultáneamente. Me encontré de pie sin saber cómo e inundado por una corriente de
sudor helado.
—No he podido… —empecé, aunque me faltó voz para continuar: se me
estranguló en la garganta y me encontré cara a cara con mi alma y con el sentimiento
de mi cobardía.
—¡Ellos le han comunicado ya la muerte de Dave! —aullé mientras me volvía
furioso hacia Lisa, que seguía sentada, observándome—. ¡Las autoridades de
Casssida se lo han contado todo! ¿Qué pasa? ¿Te crees que no sabe lo que le ha
pasado a Dave?
Pero Lisa no dijo nada. Se quedó sentada, sin dejar de mirarme. No fue hasta más
tarde que me di cuenta de que seguiría sin decir nada. Los exóticos la habían
entrenado casi desde que salió de la cuna y por ello no me diría lo que tenía que
hacer.
Pero no hacía falta que lo hiciera. El diablo se había hecho dueño de mi alma
nuevamente; y ella estaba allí, riéndose al otro lado de un río de ardientes carbones,
desafiándome a que me reuniera con ella. Y ni los hombres ni el diablo me habían
nunca desafiado en vano.
Me aparté de Lisa y me fui.
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Capítulo 15
Como miembro de pleno derecho del Sindicato, no tenía que verificar mi destino para
conseguir el dinero necesario para viajar. La moneda de uso corriente entre los
mundos era el saber y las aptitudes envueltas en los embalajes humanos que los
transportaban. Del mismo modo, un crédito que podía ser fácilmente convertido en
aquel tipo de moneda estaba representado por los datos reunidos y transferidos por
los miembros especializados de Comunicaciones del Sindicato del Servicio de
Informaciones Interestelares… lo que no era menos necesario a los mundos
individuales que había entre las estrellas. El Sindicato no era en absoluto nada pobre;
y los aproximadamente doscientos miembros que lo formaban podían retirar fondos
en cada uno de los catorce mundos cuyo montante podría suscitar la envidia de un
presidente de gobierno.
El curioso resultado de todo aquello, en mi propio caso, era que el dinero como
tal dejó de tener cualquier sentido para mí. En algún rincón de mi mente que antes se
preocupaba de los gastos había tan sólo un agujero… y los recuerdos se apresuraban
a llenar aquel vacío en el trayecto de Kultis a Cassida. Eran recuerdos relacionados
con Eileen.
No había pensado que ella representase una parte tan importante de mi juventud
después de la muerte de nuestros padres. Pero en aquellos momentos, mientras el
navío espacial saltaba de un planeta a otro, los instantes y las escenas se apretujaban
en mi mente y yo seguía sentado solo en mi compartimento de primera clase, o en el
salón, porque no estaba de humor para tratar con la gente.
No eran recuerdos extraordinarios: los regalos que me hizo en tal o cual
aniversario, los momentos en que me ayudó a sobrellevar la insoportable presión que
Matías ejercía sobre mi alma… Había momentos que resultaron desgraciados para
ella y de los que también me acordaba, y comprendía hasta qué punto ella había
estado sola y vivido desdichadamente… lo que entonces no me importó. Me vino la
idea súbita de que ella ya tenía sus propios problemas para ocuparse además de los
míos; por el contrario, nunca —no podía recordar ni un solo caso— me había
olvidado de los míos para considerar los suyos.
Y, mientras todo aquello pasaba por mi mente, se me hizo un nudo en el
estómago, un nudo helado, y la culpabilidad y el malestar me invadieron. Entre dos
saltos espaciales intenté darme cuenta de si podría o no olvidarme de todo aquello
bebiendo. Pero comprendí que no me gustaba el alcohol, o, al menos, que no me
apetecía como medio para obtener el olvido.
Así llegué a Cassida. Era un planeta relacionado con Newton, de los más
pequeños y de los más pobres, que pertenecía al mismo sistema solar que los otros
doce planetas pero que estaba desprovisto de los lazos académicos con que contaba el
otro mundo y, por ello, de la provisión de mentes científicas y matemáticas cada vez
más raras que habían hecho de Newton, colonizado antes que Cassida, un mundo
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muy rico. En el puerto espacial de la capital, Moro, tomé una lanzadera hasta Alban,
la universidad apadrinada por Newton donde Dave estudió mecánica de
desplazamiento y donde Eileen y él mismo habían trabajado para que mi cuñado
pudiera terminar sus estudios.
Tomé un marcador direccional en la estación de lanzaderas y lo ajusté para que
me llevara directamente a las señas que Eileen me indicara en la carta que recibí la
misma mañana que mataron a Dave. El camino se marcó a lo largo de una serie de
conductos y corredores verticales y horizontales que me llevaron a un complejo de
apartamentos situado justo por encima del nivel del suelo: es sólo una forma de
hablar, pero es imposible describirlo de otro modo.
Mientras me metía por el último corredor que conducía al domicilio que buscaba,
la verdadera emoción que me había impedido incluso pensar conscientemente en
Eileen hasta que Lisa me obligó a hacerlo, comenzó a bullir en mí por primera vez.
La escena en el claro del bosque de Nueva Tierra empezó a revivir a mi alrededor con
la misma intensidad que una pesadilla; y el temor y la rabia empezaron a abrasarme
como si tuviera fiebre.
Durante un momento, flaqueé… me quedé casi paralizado. Pero la fuerza que
había acumulado durante el largo viaje me llevó hasta la puerta y pude tocar el
timbre.
Esperé durante un segundo que me pareció una eternidad. Luego, la puerta se
abrió y el rostro de una mujer de cierta edad se enmarcó en ella. La miré fijamente
con estupor, porque no era la cara de mi hermana.
—Eileen… —farfullé—. Quiero decir… ¿la señora de Dave Hall? —Me di
cuenta entonces de que aquella mujer podía no saber quién era yo—. Soy su
hermano… de la Tierra. El Periodista Tam Olyn.
Llevaba la capa y la boina, y en alguna medida aquello era un pasaporte. Pero,
por la impresión, me había olvidado de todo. Lo recordé mientras la mujer se agitaba.
Probablemente, nunca había visto antes a un miembro del Sindicato en carne y hueso.
—¡Ah! Se marchó —me dijo—. El apartamento era muy grande para ella sola.
Está a unos cuantos niveles de aquí, al norte. Espere un minuto, le daré su número.
Se fue como una flecha. La oí hablar unos instantes con alguien que tenía voz
masculina, luego volvió con un trozo de papel en la mano.
—Tome —me dijo, un poco sin aliento—. Le he escrito la nueva dirección. Siga
ese corredor… ¡oh, ya veo que lleva un marcador direccional! Ajústelo con estas
indicaciones. No está muy lejos.
—Gracias —dije.
—De nada. Nos alegra tanto… ¡Oh! Tendrá prisa, sin duda —dijo, porque yo ya
me iba—. Nos alegra haberle ayudado. ¡Adiós!
—Adiós —murmuré. Ajusté el marcador y seguí el corredor. Me condujo más
lejos y hacia abajo, de modo que la puerta cuyo timbre toqué estaba claramente por
debajo del nivel del suelo.
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Esperé más tiempo en aquella ocasión. Luego, la puerta se corrió y apareció mi
hermana.
—Tam —dijo.
No parecía haber cambiado. No observé ninguna alteración en su rostro y mi alma
saltó esperanzada. Pero cuando vi que se quedaba inmóvil, mirándome, la esperanza
se ensombreció. No podía hacer otra cosa que esperar, y allí me quedé sin moverme.
—Entra —me dijo finalmente con una voz átona. Se apartó y entré en su
apartamento. La puerta se cerró a mis espaldas.
Miré a mi alrededor, y la emoción se disipó cuando vi todo aquello. La
habitación, con grises cortinas, no era más grande que el camarote de primera que
había ocupado en el navío espacial.
—¿Por qué vives aquí? —exploté.
Me miró sin perder la calma.
—Es mucho más barato —me dijo con indiferencia.
—¡No necesitas economizar! —exclamé—. He cerrado un trato para que recibas
la herencia de Matías… un cassidiano que trabaja en la Tierra te pasará los fondos
por mediación de su familia. ¿No irás a decirme —aquel pensamiento todavía no se
me había pasado por la mente— que no ha sido así? ¿No te ha pagado su familia?
—Si —dijo con calma—. Pero ahora tengo que ocuparme también de la familia
de Dave.
—¿De su familia? —repetí, mirándola estúpidamente.
—La hermana pequeña de Dave todavía está estudiando. —Eileen seguía en pie,
y no me había invitado a sentarme—. ¡Oh! No hablemos de eso, sería muy largo.
¿Por qué has venido, Tam?
La miré a los ojos.
—Eileen —dije con voz suplicante. Ella seguía esperando—. Escucha —volví al
tema del que acabábamos de hablar—. ¡Aunque ayudes a la familia de Dave, no hay
ningún problema!. Ahora soy miembro de pleno derecho del Sindicato. Puedo darte
todo el dinero que necesites.
—No. —Sacudió la cabeza.
—En nombre del cielo, ¿por qué? Te digo que dispongo de crédito ilimitado.
—No quiero nada de ti, Tam —me respondió—. Pero, de todos modos, gracias.
Nos las apañamos muy bien yo y la familia de Dave. Tengo un buen trabajo.
—Eileen…
—Te lo vuelvo a preguntar, Tam —insistió impasible—. ¿Por qué has venido?
Si se hubiera convertido repentinamente en piedra no habría cambiado tanto. No
se parecía a nadie a quien yo conociera. Era como una desconocida.
—Para verte —dije—. Pensé que te gustaría saber…
—Lo sé todo —me cortó sin la menor emoción—. Me lo han dicho todo. Me
dijeron que tú también resultaste herido; pero ya estás bien, ¿verdad, Tam?
—Sí —dije, desamparado—. Ahora estoy bien. La rodilla un poco rígida, pero me
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han dicho que no habrá mayores consecuencias.
—Es una pena —me dijo.
—¡Oh! ¡Ya basta! —exploté súbitamente—. ¡No te quedes ahí parada mirándome
como si no me conocieras! ¡Soy tu hermano!
—No. Los únicos parientes que tengo ahora —a los únicos que reconozco como
tales— son los de Dave. Me necesitan. Tú no. Tú nunca me necesitaste. Tú siempre te
has bastado a ti mismo.
—Eileen —imploré—, sé que me haces responsable —al menos en parte— de la
muerte de Dave.
—No —me contestó—. Tú eres así y no se puede hacer nada. Me equivoqué
durante muchos años antes de convencerme de que eras de otro modo. Creí que había
en ti algo que Matías nunca había entendido, algo que esperaba la ocasión de
manifestarse. Contaba con ello cuando te pedí que me ayudases a decidir lo que tenía
que hacer con respecto a Jamie. Y cuando me escribiste para decirme que ibas a
ayudar a Dave, estuve segura de que lo que siempre había visto en ti al fin saldría a la
luz. Pero en los dos casos, me equivoqué.
—¡Eileen! —grité—. ¡No fue culpa mía que Dave y yo nos encontrásemos con un
loco! ¡Quizá pude haber actuado de otro modo… pero intenté obligarle a que me
abandonara antes de que nos alcanzaran, y se negó! ¿No comprendes que no fue
culpa mía de ninguna forma?
—Lo sé, Tam. —La miré sorprendido—. No eres responsable de nada. No eres
responsable, lo mismo que no lo es un perro policía entrenado para atacar a
cualquiera que se mueva. Eres lo que el tío Matías hizo de ti, Tam: un destructor. No
es culpa tuya, pero eso no cambia nada. A pesar de todas las luchas contra Matías, sus
enseñanzas sobre la Destrucción han entrado en ti y no han dejado sitio para nada
más.
—¡No digas eso! —aullé—. No es verdad. ¡Dame una oportunidad y te lo
demostraré! ¡No es verdad, te lo repito!
—Sí que es verdad —dijo—. Te conozco mejor que nadie, Tam. Y lo sé desde
hace mucho tiempo, aunque me negase a reconocerlo. Pero ahora tengo que
hacerlo… porque la familia de Dave me necesita. No te puedo ayudar, Dave, pero
puedo ayudar a sus padres… siempre que me asegures que no volverás a verme. Si te
acercas a ellos por mediación mía, también los destruirás.
Se calló y me observó. Abrí la boca para contestar, pero no encontré nada que
decir. Nuestras caras estaban separadas por treinta centímetros, pero aquella distancia
era un espacio, un abismo tan grande y profundo como nunca antes había visto.
—Será mejor que te vayas, Tam —me dijo finalmente.
Sus palabras me despertaron ligeramente.
—Sí —dije con una voz sin expresión—. Supongo que será lo mejor.
Me aparté de ella. Mientras me dirigía a la puerta, esperé a que me detuviera.
Pero no hizo ningún movimiento, ni ningún sonido se escuchó a mi espalda. Al
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cruzar la puerta, volví la cabeza y la miré por encima del hombro.
No se había movido. Seguía inmóvil, como una desconocida, esperando a que me
fuese.
Me marché. Volví yo solo al puerto espacial.
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Capítulo 16
Embarqué en el primer navío que zarpaba con rumbo a la Tierra. Tenía prioridad
sobre todo el mundo por mi estatuto diplomático, y lo utilicé. Me dieron un lugar
reservado a algún otro y me encontré una vez más yo solo en un camarote de primera
clase. Luego siguió la rutina habitual: un salto del navío en el espacio, una parada
para calcular la posición, un nuevo salto entre las estrellas.
El camarote era para mí como un santuario, la celda de un ermitaño, una crisálida
en la que podía encerrarme y rehacerme antes de entrar de nuevo en los mundos
humanos en una dimensión diferente. Había sido desnudado completamente y no me
quedaba, por lo que podía sentir, ninguna ilusión visible con la que poder vestirme.
Matías había arrancado en otro tiempo casi toda la carne de ilusión que cubría mis
huesos. Pero, en algunos lugares, un trozo se había quedado prendido… como el
recuerdo diluido por la lluvia de las ruinas del Partenón que miraba desde las
pantallas, siendo niño, cuando la destructiva dialéctica de Matías arrancaba un nuevo
trozo de nervio o tendón. Por su sola presencia que dominaba la sombría casa sin
aberturas, el Partenón parecía configurar, para mi joven mente, el rechazo completo
de todos los argumentos de Matías.
Aquello había existido antes… consecuentemente, Matías tenía razón; así me
reconfortaba. El Partenón había existido, había sido creado, y, si los hombres de la
Tierra no tenían más poder que el que decía Matías, no habrían podido construirlo.
Pero había existido… así lo veía yo. Porque finalmente no eran más que ruinas y el
sombrío fatalismo de Matías era lo que quedaba de todo aquello. Al fin llegaba a
alguna conclusión… permanecía en mí la imagen de Matías y, también, en cierto
modo, los sueños de gloria y justicia, porque, los que han nacido en la Tierra, a pesar
de esos chicos diferentes y más altos de los jóvenes mundos, eran ruinas, como el
Partenón, clasificadas con otras ilusiones infantiles, alineadas y olvidadas bajo la
lluvia.
¿Qué había dicho Lisa? Si hubiera entendido lo que me decía, pensaba, habría
podido prever aquel momento y ahorrarme el dolor de esperar que Eileen me hubiese
perdonado por la muerte de Dave. Lisa había mencionado dos puertas, sólo me
quedaban dos puertas y ella era una. Entendí lo que representaban aquellas puertas.
Eran las puertas por las que el amor podía llegar hasta mi.
El amor… una enfermedad morbosa que les arrebata la fuerza a los hombres. No
solamente el amor carnal, sino el menor deseo de afecto, de belleza, la menor
esperanza de que se produzcan maravillas. Recordé entonces una cosa que nunca fui
capaz de hacer. Nunca pude herir a Matías, avergonzarle o incluso turbarle. ¿Por qué?
Porque tenía la misma salud que un cuerpo esterilizado. No amaba a nadie, ni nadie a
él. Y así, renunciando al universo, había triunfado, porque el universo era la nada; y,
en aquella perfecta simetría de la nada en el seno de la nada, él permanecía como una
piedra satisfecha de ser lo que era.
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Tras comprender todo aquello, descubrí súbitamente que iba a ponerme a beber.
No había sido capaz de hacerlo durante el viaje de ida a causa de mis sentimientos de
culpabilidad y esperanza al ver los fragmentos de carne corruptible y receptiva de
amor que se agarraban todavía al esqueleto desnudo de la filosofía de Matías que
había en mí. Pero…
Me eché a reír a carcajadas en el vacío camarote al descubrir que, mientras
viajaba a Cassida y necesitando entonces mucho más la anestesia del alcohol, no fui
capaz de recurrir a él. Y, una vez dejaba de necesitarlo, podía nadar en él si quería.
Naturalmente, tenía que mantener la apariencia respetable de mi profesión y no
dar en público ningún espectáculo. Pero nada me impediría emborracharme yo solo
en el camarote. De hecho, tenía razones de sobra para hacerlo. Había algo que
festejar: la hora de la liberación de la debilidad de la carne y el espíritu que provoca
dolor en individuos ordinarios.
Pedí una botella, un vaso y hielo, y brindé a mi salud mirándome en el espejo
mural. Luego, me senté frente al espejo, con la botella al alcance de la mano.
—Slainte, Tam Olyn bach! —me dije a mí mismo, porque había encargado
escocés, y toda la sangre escocesa e irlandesa de mis ancestros espumeaba
metafóricamente en mis venas. Bebí generosamente.
El buen alcohol me quemó y se difundió gratamente en mí; un poco más tarde,
mientras seguía bebiendo, las paredes del camarote que me rodeaban parecieron
retroceder y alejarse mientras me invadía el poderoso recuerdo del modo en que había
dominado los rayos, bajo la influencia hipnótica de Padma, aquel lejano día en la
Enciclopedia.
Una vez más, sentí el poder y la furia que me poseyeron en aquel momento y, por
primera vez, me di cuenta de que no existían debilidades humanas en mi interior que
pudieran retener y controlar el uso que le diera a los rayos. Por primera vez, vi las
posibilidades de su uso y el poder de Destruir. Unas posibilidades ante las cuales lo
que Matías hubiera hecho o lo que hubiese hecho yo mismo hasta entonces no eran
más que juegos de niños.
Fue un sueño en el que me sumí sin transición tangible. Me encontraba allí
abajo… allí abajo era un lugar en una colina rocosa, entre las montañas y el mar
Occidental, una casita de piedra labrada y lamida por el musgo. Una casita que tenía
una sola habitación sin chimenea y un primitivo fogón y, a cada lado del mismo, un
tabique que se alzaba hasta un agujero del techo para que saliera el humo. Cerca del
fogón, en la pared, sujeta por dos trozos de madera clavados y consolidados con
piedras, había la única cosa de valor que poseía.
Era el arma de la familia, la verdadera y original espada escocesa, claidheamh
mor, la «gran espada». Tenía más de cuatro pies de largo, con una hoja recta y larga
de doble filo, cuya punta no estaba afilada. Su empuñadura eran dos simples
gavilanes de extremo curvo. Era, en resumidas cuentas, una espada de dos manos,
envuelta cuidadosamente en unos trapos grasientos, porque no tenía vaina y reposaba
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en los pitones de madera.
Pero, en mi sueño, la tomé y la quité los trapos, porque había de encontrarme con
un hombre tres días más adelante a media jornada de marcha. Durante dos días, el
cielo estuvo despejado, el sol brillante y frío, y me quedé sentado en la casita,
afilando los bordes de la espada con una piedra gris, pulida por el mar, que recogí de
la playa. Al amanecer del tercer día, el cielo apareció ya cubierto y una ligera lluvia
empezó a caer. Envolví la espada en un trozo del largo tartán rectangular que llevaba
enrollado a la cintura y me puse en marcha para dirigirme a la cita.
Sentí la lluvia fría sobre la cara, pero bajo la lana espesa y casi aceitosa del tartán,
la espada y mi cuerpo estaban secos, y una feroz alegría nació en mí, un sentimiento
increíble, como no había sentido antes. Podía saborearlo, como un lobo que saborea
la sangre fresca que corre por su garganta, y no había sentimiento que se pudiera
comparar con aquél… porque iba a conseguir la revancha. Entonces me desperté y vi
la botella casi vacía y sentí la impresión pesada y aplastante de la embriaguez; pero la
alegría de mi sueño todavía se albergaba en mí. Me instalé confortablemente en la
butaca y me dormí de nuevo.
En aquella ocasión, no soñé.
Cuando me desperté, estaba tan fresco como si sólo hubiera bebido agua. Tenía la
mente fría, clara y libre. Podía acordarme, como si acabara de soñarlo allí mismo, de
la terrible alegría que había descubierto al ir con la espada en la mano a la cita bajo la
lluvia. Y vi que mi camino se perfilaba ante mí claramente.
Había cerrado las dos puertas que quedaban… lo que significaba la supresión de
la esperanza del amor. Pero, para reemplazarlo, había descubierto la embriagadora
alegría de la venganza. Me eché casi a reír al pensarlo, pues recordaba lo que el Jefe
de Grupo de los amistosos me dijo antes de abandonarme con los cadáveres de los
hombres a los que acababa de masacrar: «Lo que he escrito sobre estos hombres no
podrá ser borrado, ni por ti ni por nadie».
Era verdad. No podía borrar aquella inscripción precisa y particular. Pero yo —el
único en los catorce mundos habitados— tenía el poder y la facultad de borrar algo
mucho mayor que aquello. Podía borrar los instrumentos que habían producido
aquellos escritos. Era el jinete y señor de los rayos; aquello me permitía destruir la
cultura y los habitantes de los dos mundos amistosos. Ya tenía alguna idea sobre el
método que debía emplear.
Cuando el navío espacial llegó a la Tierra, el esquema básico de mis planes estaba
ya trazado.
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Capítulo 17
Mi objetivo inmediato era volver en el acto a Nueva Tierra, donde el Eclesiarca
Bright, tras haber pagado el rescate de las tropas capturadas por las fuerzas de Kensie
Graeme, las reforzó inmediatamente. La unidad reforzada fue apostada en las afueras
de Moretón, la capital del Sector Norte, como fuerza de ocupación que reclamaba los
créditos interestelares que se debían a los Mundos Amistosos por las tropas
alquiladas por el gobierno rebelde, ya desaparecido.
Pero tenía que resolver un asunto antes de ir directamente a Nueva Tierra. En
primer lugar, para lo que pensaba hacer, necesitaba una autorización y un sello.
Porque, cuando uno es miembro de pleno derecho del Sindicato de Periodistas, no se
depende de ninguna autoridad superior —a excepción de los quince miembros que
forman el Consejo Superior del Sindicato y cuyo papel consiste en vigilar el Credo de
la Imparcialidad, nuestro credo, y establecer el código del Sindicato al que todos sus
miembros debían atenerse—. Tenía una cita con Piers Leaf, Presidente del Consejo.
Era una preciosa mañana del mes de abril, en St. Louis, muy cerca de la Enciclopedia
Final, el día en que me encontré frente a él ante una enorme mesa de roble totalmente
vacía, en su despacho instalado en la planta más alta del edificio del Sindicato.
—Ha recorrido un camino muy largo en muy poco tiempo para ser alguien tan
joven, Tam —dijo cuando nos trajeron el café que pidió. Era un hombre pequeño, de
unos sesenta años, de maneras secas que no dejaba nunca el sistema solar y muy
raramente la Tierra por las relaciones públicas a que le obligaba su cargo de
Presidente—. ¿No me irá a decir que no está satisfecho? Ahora, ¿qué es lo que
quiere?
—Quiero un puesto en el Consejo —dije.
Se llevaba la taza de café a los labios cuando le formulé mi respuesta. Siguió
levantándola imperturbablemente, pero la mirada que me dirigió por encima de la
taza era tan penetrante como la de un halcón. Sin embargo, no dijo más que:
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Se lo diré —contesté—. Puede que ya haya notado ya que tengo el don de
aparecer donde haga falta para poder escribir los mejores artículos.
Dejó la taza en el centro del plato.
—Eso obedece a una Tizón, Tam —me dijo en voz baja—. Usted lleva la capa de
modo permanente. Exigimos algunas cosas a nuestros miembros, eso ya lo sabe.
—Sí —dije—, pero me parece que me salgo un poco de lo corriente. Oh —añadí
mientras él levantaba bruscamente las cejas—, no pretendo tener el don de la
presciencia. Simplemente creo que lo que pasa es que tengo algo más de intuición
que los otros miembros del sindicato a la hora de analizar las posibilidades de
cualquier situación.
Sus cejas bajaron y las frunció ligeramente.
—Ya sé —le dije—, que parezco un presumido. Pero supongamos que tuviera
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realmente ese don. Un talento como ése, ¿no le sería útil al Consejo cuando llegase la
hora de tomar decisiones que afectasen a todo el Sindicato?
—Quizá —respondió—. Si fuera verdad… si funcionara siempre y si se reunieran
otras circunstancias.
—Pero, si pudiera convencerle en todos los puntos, ¿me apadrinaría en la
siguiente reunión del Consejo?
Se echó a reír.
—No es imposible —contestó—. Pero ¿cómo lo demostraría?
—Haré una predicción —continué—. Una predicción que exigirá, si se cumple,
una decisión capital por parte del Consejo.
—De acuerdo —replicó. Todavía sonreía—. Vamos a oírla.
—Los exóticos —dije— están trabajando para destruir a los amistosos.
La sonrisa desapareció. Me miró fijamente durante un momento con los ojos
transformados en dos finas rendijas.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó—. Es imposible que los exóticos
quieran destruir a nadie. No sólo porque vaya en contra de lo que pretenden creer,
sino porque nadie puede destruir dos mundos habitados por completo y toda su forma
de vida. ¿Qué entiende usted por «destruir»?
—Lo mismo que usted —contesté—. Arrancar a los amistosos su cultura
teocrática, y destrozar financieramente sus dos mundos para que sólo quede de ellos
dos planetas áridos poblados por gente que se estaría muriendo de hambre y a la que
no le quedaría otra solución que cambiar de forma de vida o emigrar a otros mundos.
No me apartó la vista. Durante un largo rato, ninguno de los dos habló.
—¿Quién le ha dado esa fantástica idea? —me preguntó al fin.
—Es un presentimiento. Intuición —contesté—. He de añadir el hecho de que un
Comandante de Campo, Kensie Graeme, fue prestado a las tropas de Cassida en
última instancia y que fue él quien venció a las tropas amistosas.
—Pero —dijo Piers—, ésas son las cosas que pasan en cualquier guerra, en
cualquier parte, entre cualesquiera ejércitos.
—No exactamente —dije—. La decisión que tomó Kensie de rodear la parte
septentrional de las tropas amistosas y tomarlas por la retaguardia no habría valido de
nada si el Eclesiarca Bright no hubiese tomado el mando de las operaciones el día
anterior y ordenado un ataque amistoso en la parte sur del frente de Kensie. Se
produjo una doble coincidencia. Un Comandante exótico aparecía y hacía
exactamente lo preciso cuando las tropas amistosas se dedicaron a una acción que las
hacía vulnerables.
Piers volvió la cabeza y echó mano al teléfono que había encima de la mesa.
—No vale la pena que lo compruebe —dije—. Ya lo hice yo. La decisión de
prestar a Kensie a los exóticos fue tomada independientemente por una inspiración
momentánea del Comandante cassidiano; los servicios de información de Kensie no
tenían forma de saber anticipadamente que Bright había ordenado el ataque.
Querido Tam:
Sus artículos son formidables. Pero en función de lo que hablamos la última
vez que nos vimos, creo que unos simples reportajes serían más ventajosos
desde el punto de vista profesional que más investigaciones de ese mismo
estilo.
Con mis mejores deseos en cuanto a su porvenir,
P. F.
DESTRUIR : CONSTRUIR
FIN