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La cólera de Aquiles y la Tierra

El autor expresa su cólera hacia los habitantes de los mundos jóvenes llamados Amistosos, comparando su situación con la de Aquiles en la Ilíada. A pesar de que los habitantes de los mundos jóvenes son más altos, fuertes e inteligentes, el autor afirma que los hijos de la Tierra tienen una fuerza interior debido a los cientos de miles de años de historia humana en el planeta. Insta a los demás a no subestimar el espíritu de los hijos de la Tierra.
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La cólera de Aquiles y la Tierra

El autor expresa su cólera hacia los habitantes de los mundos jóvenes llamados Amistosos, comparando su situación con la de Aquiles en la Ilíada. A pesar de que los habitantes de los mundos jóvenes son más altos, fuertes e inteligentes, el autor afirma que los hijos de la Tierra tienen una fuerza interior debido a los cientos de miles de años de historia humana en el planeta. Insta a los demás a no subestimar el espíritu de los hijos de la Tierra.
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Así

es cómo empieza la «Ilíada» de Homero, una historia de hace treinta


siglos: «Ésta es la historia de la cólera de Aquiles». Y ésta es la historia de
mi cólera; yo, un hombre de la Tierra, contra los habitantes de dos mundos a
los que se llama Amistosos, los reclutas, los fanáticos soldados vestidos de
negro de Armonía y Asociación. Y no es una historia que hable de una cólera
menor. Yo, al igual que Aquiles, también soy un hombre de la Tierra.
No se rían si comparo mi cólera con la de Aquiles, solo y amargado entre los
navíos de sus mirmidones, bajo los muros de Troya. Porque tenemos otras
semejanzas. Mi nombre es Tam Olyn y la mayor parte de mis antepasados
son irlandeses; pero fue en Grecia, en el Peloponeso donde, como Aquiles,
me convertí en lo que soy.

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Gordon R. Dickson

Soldado no preguntes
Futurópolis 14: Ciclo Dorsai - 3

ePub r1.0
XcUiDi 16.05.18

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: Soldier, ask not
Gordon R. Dickson, 1967
Traducción: Francisco Arellano

Editor digital: XcUiDi


Digitalización y OCR: Grupo de digitalización de exvagos
ePub base r1.2

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Colección Futurópolis
En 1987 una pequeña librería madrileña se lanza al mundo editorial inaugurando una
colección de fantasía y ciencia ficción. Con un formato de 195×130 mm,
encuadernación en rústica, y un diseño general en el que en un color de tapa en azul-
morado, se inserta una ilustración referida a la novela. La que inaugura la colección
es Almuric de Robert E. Howard, el creador de Conan el bárbaro, con una portada de
Frank Frazzetta.
Desde el año 1987, y durante 8 años hasta 1995, la colección Futurópolis publicó
un número total de 40 títulos encuadrados en los géneros de la ciencia ficción y el
fantástico más general. Ese primer año son sólo tres títulos los que se publican, pero a
partir de 1988 ya se editan 7 libros y en el siguiente año 10. La cadencia de salida es
variable y no siempre se mantiene en torno a la media docena de volúmenes al año.
La colección fue dirigida en un primer momento por Francisco Arellano, que actuó
también de traductor en muchos de los títulos.
Futurópolis cuenta entre sus autores a plumas tan conocidas como las Roger
Zelazny, Michael Moorcock, Gordon R. Dickson, Philip J. Farmer, Jack Vance o Poul
Anderson. En muchas ocasiones se publican sagas como la de Dorsai de Dickson o la
serie de Ambar de Zelazny que entre las dos suman la cantidad de once títulos.
Títulos más que interesantes se publican en estos años: Los clanes de la Luna Alfana
de Philip K. Dick, Por el tiempo de Robert Silverberg o La gran cruzada de Poul
Anderson, son una muestra de los contenidos publicados. En el año 91, y hasta el
final, se editan casi exclusivamente a autores españoles. Aquí debutaría, por ejemplo,
Rodolfo Martínez con su libro de ámbito cyberpunk La sonrisa del gato. Estos
autores son los que en esos años están en plena actividad creadora: Rafael Marín, que
publica cuatro títulos, Ángel Torres Quesada que vé su continuación de las Islas del
infierno con Whiarga, Elia Barceló con la controvertida Consecuencias naturales,
Saiz Cidoncha y su space opera Memorias de un merodeador estelar, Gabriel
Bermúdez también publicará dos títulos y finalizará la colección en el número 40
Juan Carlos Planells con su primera novela El enfrentamiento, una ucronía de
excelente factura.

Títulos que forman la colección:

1. Almuric (Almuric) de Robert E. Howard (1939).


2. Criaturas de luz y tinieblas (Creatures of Light and Darkness) de Roger Zelazny
(1969).
3. El perro de la guerra y el dolor del mundo (The War Hound and the World’s
Pain) de Michael Moorcock (1981).
4. Los nueve príncipes de Ámbar (Nine Princes in Amber) de Roger Zelazny

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(1970).
5. Las armas de Avalón (The Guns of Avalon) de Roger Zelazny (1972).
6. Emphyrio (Emphyrio) de Jack Vance (1969).
7. El signo del Unicornio (Sign of the Unicorn) de Roger Zelazny (1975).
8. El caballero de espadas (The Knight of the Swords) de Michael Moorcock
(1971).
9. La reina de las espadas (The Queen of Swords) de Michael Moorcock (1971).
10. El rey de espadas (The King of the Swords) de Michael Moorcock (1971).
11. La mano de Oberon (The Hand of Oberon) de Roger Zelazny (1976).
12. Las cortes del Caos (The Courts of Chaos) de Roger Zelazny (1978).
13. Dorsai (Dorsai!) de Gordon R. Dickson (1959).
14. Soldado no preguntes (Soldier, Ask Not) de Gordon R. Dickson (1967).
15. Nigromante (Necromancer) de Gordon R. Dickson (1962).
16. Las ballenas volantes de Ismael (The Wind Whales of Ishmael) de Philip José
Farmer (1971).
17. La estrategia del error (The Tactics of Mistake) de Gordon R. Dickson (1970).
18. La estrella escarlata (The Ginger Star) de Leigh Brackett (1974).
19. Los perros de Skaith (The Hounds of Skaith) de Leigh Brackett (1974).
20. Piratas de Skaith (The Reavers of Skaith) de Leigh Brackett (1973).
21. Las máscaras de los illuminati (Masks of the Illuminati) de Robert Anton
Wilson (1981).
22. Pesadillas y Geezenstacks (Nightmares and Geezenstacks) de Fredric Brown
(1961).
23. Por el tiempo (Up the Line) de Robert Silverberg (1969).
24. El espíritu de los dorsai (The Spirit of Dorsai) de Gordon R. Dickson (1979).
25. Los clanes de la Luna Alfana (Clans of the Alphane Moon) de Philip K. Dick
(1964).
26. El dorsai perdido (Lost Dorsai) de Gordon R. Dickson (1980).
27. La gran cruzada (The Great Crusade) de Poul Anderson (1960).
28.
29. Eterno oscuro (Eterno oscuro) de Miguel Ángel Lladó (1991).
30. El síndico (The Syndic) de C. M. Kornbluth (1993).
31. Crisei (Crisei) de Rafael Marín Trechera (1992).
32. Arce (Arce) de Rafael Marín Trechera (1992.)
33. Génave (Génave) de Rafael Marín Trechera (1992).
34. Salud mortal (Salud mortal) de Gabriel Bermúdez Castillo (1993).
35. Wyharga (Wyharga) de Ángel Torres Quesada (1993).
36. Instantes estelares (Instantes estelares) de Gabriel Bermúdez Castillo (1994).
37. Consecuencias naturales (Consecuencias naturales) de Elia Barceló (1994).

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38. Memorias de un merodeador estelar (Memorias de un merodeador estelar) de
Carlos Saiz Cidoncha (1995).
39. La sonrisa del gato (La sonrisa del gato) de Rodolfo Martínez (1995).
40. El enfrentamiento (El enfrentamiento) de Juan Carlos Planells (1996).

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Capítulo 1

Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος


Así es cómo empieza la Ilíada de Homero, una historia de hace treinta siglos. Ésta es
la historia de la cólera de Aquiles. Y ésta es la historia de mi cólera; yo, un hombre
de la Tierra, contra los habitantes de dos mundos a los que se llama Amistosos, los
reclutas, los fanáticos soldados vestidos de negro de Armonía y Asociación. Y no es
una historia que hable de una cólera menor. Yo, al igual que Aquiles, también soy un
hombre de la Tierra.
¿No les impresiona? ¿No les impresiona siquiera en estos días en que los hijos de
los mundos jóvenes son más altos, más fuertes, más hábiles e inteligentes que
nosotros, los que pertenecemos al Viejo Mundo? Si no les impresiona, es porque,
conocen muy poco la Tierra y a sus hijos. ¡Ah! Dejen sus jóvenes mundos aunque
sólo sea por una vez y acérquense a tocar el Planeta Madre. Siempre está allí,
semejante a sí mismo. El sol sigue brillando sobre las aguas del mar Rojo, el mismo
que se dividió ante los hijos del Señor. El viento sigue soplando en el desfiladero de
las Termópilas, donde Leónidas y Trescientos espartanos rechazaron al ejército de
Jerjes, rey de los persas, y cambiaron la Historia. En ella los hombres han combatido,
muerto, multiplicado, han sido enterrados y han construido durante más de quinientos
mil años antes de que vosotros, los mundos jóvenes, fueseis siquiera soñados por el
hombre. ¿Creéis que esos centenares y centenares de siglos en los que las
generaciones se han sucedido entre el mismo cielo y el mismo suelo no han dejado
ningún rastro en nuestra sangre, en nuestros huesos, en nuestras almas? Poco importa
que los guerreros de Dorsai sean guerreros fuera de lo común. Poco importa que los
Exóticos, Mará y Kultis, sean magos que pueden darle la vuelta a un hombre hasta
encontrar las respuestas que hay más allá de la filosofía. Poco importa que los
investigadores de ciencias exactas de Newton y Venus hayan viajado más allá de los
límites franqueados por los humanos ordinarios y nos hablen de todo ello titubeantes.
Pero nosotros, los hombres de la Vieja Tierra, que somos, sin embargo, más
apagados, más pequeños y sencillos que todos ellos, siempre tendremos algo que a
ellos les falta. Nosotros representamos la propia esencia del hombre, un núcleo del
que ellos no son más que elementos refinados: elementos finamente estructurados,
resplandecientes. Pero solamente elementos.
Si son de los que, como mi tío Matías Olyn, nos creen completamente obsoletos,
les aconsejo que vayan al Enclave que dirigen los exóticos en St. Louis, donde, hace
ya cuarenta y dos años, un terrestre llamado Mark Torre, un hombre que veía muy por
delante suyo en el porvenir, empezó a construir lo que dentro de cien años será la
Enciclopedia Final. Dentro de sesenta años, la Enciclopedia será tan grande, compleja
y delicada que no podrá ser sostenida por la superficie de la Tierra. Entonces, será
puesta en órbita alrededor del Planeta Madre. De aquí a cien años, hará algo… pero

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nadie sabe exactamente el qué. La teoría de Mark Torre es que desvelará el fondo de
nuestras almas: algo oculto en el alma humana terrestre y esencial para los que
pertenecen a los mundos jóvenes, que lo han perdido y son incapaces de reconocer.
Pero, véanlo ustedes mismos. Vayan ahora mismo al Enclave de St. Louis y
métanse en uno de esos circuitos que recorren las diferentes salas y laboratorios de
investigación del Proyecto Enciclopedia; finalmente, llegarán a la prodigiosa Sala de
índices, en la que los vastos muros redondos ya están cargados con los elementos que
facilitan las enseñanzas de varios siglos. Cuando todo el interior de aquella inmensa
esfera esté completamente cargado, dentro de cien años, se establecerán conexiones
entre fragmentos de saber que nunca han sido relacionados anteriormente por la
mente humana… y que no podrían serlo. Y, en ese saber final, veremos… ¿el qué?
¿El fondo de nuestras mentes?
Pero, como ya he dicho, de momento no nos ocupamos de ello. Simplemente,
visitamos la Sala de índices… y eso es cuanto les pido que hagan. Visítenla junto con
los otros participantes de la gira. Pónganse en el centro y hagan lo que les pida el
guía.
Escuchen.
Escuchen. Guarden silencio y escuchen atentamente. Escuchen… no oirán nada.
Entonces, el guía romperá el silencio, un silencio casi insoportable, y les dirá por qué
les ha pedido que escuchen.
Sólo un hombre o una mujer entre millones consigue escuchar algo; sólo un ser
entre millones… de los que han nacido en la Tierra.
Pero nadie —nadie— de los que han nacido en los mundos jóvenes y se pone a
escuchar ha oído nunca nada.
¿Creen que eso no demuestra nada? Pues se equivocan, amigos míos. Yo soy uno
de los que han escuchado —lo que había que escuchar—, y eso cambió mi vida; y la
prueba es que ello me armó con un autoconocimiento del poder que más adelante se
transformaría en furor para conseguir la destrucción de los dos mundos Amistosos.
No se rían si comparo mi cólera con la de Aquiles, solo y amargado entre los
navíos de sus mirmidones, bajo los muros de Troya. Porque tenemos otras
semejanzas. Mi nombre es Tam Olyn y la mayor parte de mis antepasados son
irlandeses; pero fue en Grecia, en el Peloponeso donde, como Aquiles, me convertí
en lo que soy.
En la sombra de las ruinas del Partenón, que se eleva blanco y brillante por
encima de Atenas, nuestras almas se oscurecieron por mi tío que debería haberlas
dejado libres para disfrutar del sol. Mi alma… y la de mi hermana pequeña, Eileen.

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Capítulo 2
Fue ella —mi hermana Eileen— quien tuvo la idea de ir aquel mismo día a visitar
conmigo la Enciclopedia Final, utilizando mi recién estrenado permiso de circulación
de agente de Comunicaciones.
En una situación ordinaria, quizá me habría preguntado por qué quería ir allí. Pero
en aquella ocasión —en el mismo momento en que la sugirió— la idea suscitó en mi
interior un sentimiento pesado y profundo, semejante al súbito tañido de un gong —
un sentimiento que nunca antes había experimentado—, algo parecido al temor.
Pero no era únicamente temor; no era tan sencillo. No era ni siquiera
completamente desagradable. Parecía, sobre todo, en lo más profundo, una tensión
que sólo se siente cuando uno es sometido a un importante examen. Aquello existía,
estaba claro, pero había algo más. La impresión que tenía era que en mitad de mi
camino había un dragón.
Lo sentí durante un segundo; pero fue bastante. Y, como la Enciclopedia
representaba teóricamente toda la esperanza para los nacidos en la Tierra y mi tío
Matías ya había representado para nosotros el papel de la desesperanza, asocié aquel
sentimiento con él, con el desafío que me llevaba lanzando durante todos los años que
pasamos juntos. Y aquello fue lo que me determinó súbitamente a ir destruyendo
todas las pequeñas razones que habría podido tener para no hacerlo.
Además, el viaje era casi como una celebración. No solía llevar a Eileen a
ninguna parte muy a menudo; pero yo acababa de firmar un contrato de trabajo para
efectuar un cursillo en el Servicio de Noticias Interestelares de Ginebra. Y sólo dos
semanas después de haber obtenido el diploma en la Universidad de Comunicaciones
de Ginebra. Lo cierto es que aquella Universidad era la primera de su tipo en los
catorce mundos habitados por los hombres, incluida la Tierra; y mi expediente
universitario era el mejor de toda su historia. Pero una oferta como aquélla no se
hacía directamente a los jóvenes recién salidos de la Universidad, sino hasta que
cumplían los veinte años… ¡si no era más!
Ni me molesté en preguntarle a mi hermana, que entonces tenía diecisiete años
por qué razón quería que la llevase a la Enciclopedia Final, en el día y hora
especificados concretamente por ella. Supongo, si vuelvo a pensar en ello, que lo que
quería era escapar durante todo un día de la oscura casa de nuestro tío. Y aquélla, en
si misma, era razón más que suficiente para mi.
Fue Matías, el hermano de mi padre, quien se encargó de nosotros, tanto de
Eileen como de mí, dos pobres huérfanos, tras la muerte de nuestros padres en el
mismo accidente aéreo. Y fue él quien destrozó los años de nuestra adolescencia. No
es que nos levantara la mano continuamente, ni que diera muestras de clara crueldad
de forma deliberada. No hacía falta que lo hiciera.
Si nos hubiera dado la más lujosa de las casas, las mejores comidas, la educación
y las ropas más elegantes, lo cierto es que lo habríamos tenido que compartir con él,

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cuyo corazón era tan poco soleado como su propia casa sin ventanas, oscura como
una gruta subterránea que nunca hubiera conocido la luz del día y cuya alma era tan
fría como una piedra arrancada del seno de aquella caverna.
Su biblia eran los escritos de aquel viejo santo o diablo del siglo XXI, Walter Blunt
—su divisa era ¡DESTRUIR!—, y cuya Fundación Religiosa dio nacimiento, más
adelante, a la cultura exótica de los jóvenes mundos de Mará y Kultis. Importaba muy
poco el hecho de que los exóticos hubieran leído los escritos de Blunt de un modo
muy diferente, descubriendo en ellos un mensaje que aconsejaba suprimir las raíces
del presente para dar paso a las flores del futuro. Nuestro tío Matías veía poco más
allá de la destrucción; y todos los días, en su oscura casa, nos llenaba la cabeza con
todo aquello.
Pero ya hemos hablado bastante de Matías. En su nada, era perfecto; lo mismo
que aquella creencia que tenía acerca de que los jóvenes mundos nos habían dejado a
los hombres de la Tierra a sus espaldas, haciéndonos de menos y dejándonos morir
como un miembro muerto o inutilizado. Pero ni Eileen ni yo podíamos seguirle en
aquella fría filosofía pese a todos los esfuerzos que hicimos mientras éramos niños.
Por ello, cada uno de nosotros a su modo, combatimos para escapar de él… de él y de
su filosofía; y el camino que tomamos para huir nos llevó juntos hasta el Enclave
Exótico de St. Louis y a la Enciclopedia Final.
Tomamos una línea que recorría el trayecto Atenas-St. Louis, y el metro de
St. Louis hasta el Enclave. Un airbús nos llevó hasta la Plaza de la Enciclopedia;
recuerdo que fui el primero en dejar el airbús. Cuando puse pie en el círculo de
cemento, sentí de nuevo la misma pesada aprensión. Me detuve bruscamente, como
un hombre en estado de éxtasis.
—Perdóneme —dijo una voz a mis espaldas—. Forma usted parte del grupo,
¿verdad? ¿Quiere reunirse con los demás? Soy su guía.
Me volví bruscamente y descubrí a una joven con ojos de color avellana y vestida
con la túnica azul de los exóticos. Era tan fresca como la luz del sol que la bañaba,
pero había algo que desentonaba en su conjunto.
—¡Usted no es exótica! —dije bruscamente. Y no lo era. Los indígenas exóticos
tienen un carácter muy marcado. Sus rostros son menos gesticulantes que los de los
demás. Sus ojos le escrutan a uno aún más profundamente. Se parecen a los Dioses de
la Paz, siempre sentados con una mano apoyada en un rayo dormido cuya existencia
parecen ignorar.
—Soy coagente —respondió—. Me llamo Lisa Kant. Y tiene usted razón: no soy
exótica de nacimiento.
No pareció extrañada porque lo hubiera adivinado pese al traje que llevaba. Era
más baja que mi hermana, quien era muy alta, lo mismo que yo lo soy entre los
hombres de la Tierra. Eileen tenía el cabello de un color rubio plateado y el mío, en
aquel tiempo, era castaño. Mi pelo tenía el mismo color que el suyo cuando murieron
nuestros padres, pero se oscureció con el paso de los años en casa de Matías. Pero la

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joven, Lisa, era morena, alegre y sonriente. Me intrigaba tanto por su belleza como
por su traje exótico… y también me irritaba ligeramente. Parecía muy segura de sí
misma.
La observe mientras se dirigía a las otras personas que esperaban el momento de
visitar la Enciclopedia; una vez empezada la visita, caminé a su lado y me puse a
conversar con ella entre dos explicaciones.
No manifestó reticencia alguna en cuanto a hablar de sí misma.
Había nacido en el Medio Oeste de los Estados Unidos, en los alrededores de
St. Louis, o eso me dijo. Fue a la escuela primaria y a la secundaria en el Enclave y se
sintió cautivada por la filosofía de los exóticos. Había adoptado su trabajo y sus
conceptos. Pensé que era una pena en una chica tan bonita como ella… y se lo dije
sin más rodeos.
—¿Por qué una pena? —dijo sonriente—. ¿Porque empleo toda mi energía… y
sirvo a los mejores designios?
Pensé que se burlaba de mí ligeramente. No me gustaba aquello. Incluso en aquel
tiempo, no era alguien de quien la gente se pudiera burlar.
—¿Qué designios son ésos? —pregunté, lo más brutalmente que pude—.
¿Mirarse el ombligo?
La sonrisa de la joven desapareció y me miró de un modo extraño, tan extraño
que, desde entonces, siempre recuerdo su mirada.
Se habría podido decir que súbitamente se había dado cuenta de mi presencia… la
presencia de alguien que flotaba a la deriva sobre un mar nocturno más allá de la
firme orilla rocosa sobre la que ella se encontraba. Extendió la mano como queriendo
tocarme, luego, la dejó caer como si de pronto hubiera recordado dónde nos
encontrábamos. Se encontró con la mía y, súbitamente, el presentimiento que me
había ido invadiendo acerca de la Enciclopedia llegó a su apogeo. Una helada
impresión, casi de terror, me dominó y me puse tenso.
—Ahora —prosiguió Lisa mientras nos acercábamos—, les pido por favor que
permanezcan completamente en silencio durante sesenta segundos; y escuchen.
Escuchar, eso es todo; luego díganme si oyen algo.
Los otros dejaron de hablar y el vasto silencio inaccesible de la inmensa
habitación se cerró sobre todos nosotros. Nos envolvió; y aquel sentimiento que tenía
en mi interior creció rápidamente hasta alcanzar una alta cota de ansiedad. Las alturas
o las distancias no me habían ocasionado nunca ningún problema, pero, en aquellos
momentos, era terriblemente consciente del gran vacío que había por debajo de la
plataforma, de todo el espacio que me rodeaba.
Mi cabeza empezó a dar vueltas, mi corazón latió atropelladamente. Sentí la
amenaza del vértigo.
—¿Y qué tenemos que oír? —dije en voz alta, no para hacer ninguna pregunta,
sino para poner un rápido fin a la sensación de vértigo que parecía querer
controlarme. Estaba casi junto a la espalda de Lisa cuando pronuncié aquellas

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palabras. La joven se volvió y me miró. De nuevo había en sus ojos la sombra de
aquella extraña mirada que me dirigiera antes.
—Nada —dijo. Luego, sin dejar de mirar de aquel raro modo, titubeó—. Puede
que algo, aunque sólo existe una probabilidad entre miles de millones de que
escuchen cualquier cosa. Lo sabrán si lo oyen, y les explicaré de lo que se trata
cuando hayan pasado los sesenta segundos. —Me tocó ligeramente el brazo y añadió
—: Ahora, por favor, cállese… Aunque sólo sea por los otros, si es que no quiere
escuchar.
—Oh, voy a escuchar —le dije.
Me aparté de ella. Y, mirando por encima de su hombro, detrás de nosotros, por
encima de mí, lejos, cerca de la entrada de la Sala de índices, vi que mi hermana no
estaba con el grupo. Sólo la reconocí a aquella distancia por sus claros cabellos y
elevada estatura. Hablaba con un hombre moreno y delgado, vestido todo de negro,
cuyo rostro no podía ver desde tan lejos.
Estaba sorprendido y súbitamente irritado. El espectáculo de aquella flaca silueta
masculina vestida de negro parecía casi una afrenta. La idea de que mi hermana se
hubiera rezagado del grupo para hablar con aquel individuo, alguien a quien no
conocía y con un ardor que se podía adivinar, incluso a aquella distancia, a causa de
la tensión de su cuerpo y de los movimientos de las manos, después de tanto rogarme
que la llevase hasta allí, me parecía una falta de cortesía cercana a la traición.
Después de todo, había sido ella quien me persuadió para que fuésemos.
Se me erizaron los cabellos de la nuca y una helada oleada de cólera nació en mí.
Era ridículo; a aquella distancia, incluso los mejores oídos humanos que hubieran
existido no habrían podido sorprender la conversación, pero me encontré a mí mismo
intentando forzar el silencio que invadía la enorme habitación para descubrir lo que
podrían estar hablando.
Luego —imperceptiblemente pero cada vez más fuerte— empecé a oír algo.
No era la voz de mi hermana, ni la del desconocido. Era la voz lejana y ruda de
un hombre que hablaba en un idioma que parecía vagamente latín, pero cuyas vocales
escamoteadas y las «r» arrastradas convertían su charloteo en un murmullo parecido
al trueno de una tormenta estival. Y aquel ruido, aunque no aumentaba, parecía
acercarse… luego, oí una voz que le respondía.
Luego otra voz. Y otra y otra y otra más.
Rugiendo, bramando, vertiéndose como una avalancha las voces cayeron sobre
mí desde todas partes, más numerosas a cada segundo, doblando y redoblando…
todas las voces en todos los idiomas del mundo entero, todas las voces que hayan
existido en el mundo… y más que eso. Más… muchas más… todavía más.
Aullaban junto a mi oído / balbuceaban, lloriqueaban, reían, juraban, ordenaban,
acataban, pero no se fundían en un sordo trueno, en un único rugido atronador, como
debería haber ocurrido.
A medida que se multiplicaban, sin embargo, seguían siendo distintas. ¡Escuchaba

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cada una de ellas! Cada uno de aquellos millones, de aquellos miles de millones de
hombres y mujeres que gritaban individualmente a mi oído.
Y aquel tumulto acabó por arrastrarme como una pluma cogida en un huracán,
llevándome en un torbellino, haciéndome perder todas las facultades para conducirme
al fin hasta una catarata de inconsciencia desencadenada.

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Capítulo 3
Recuerdo que no deseaba despertar. Me parecía que había hecho un largo viaje, que
había estado ausente mucho tiempo. Pero, cuando al fin abrí los ojos con desgana, me
encontré tendido en el suelo; sólo Lisa se inclinaba sobre mí. Algunos miembros del
grupo todavía no se acababan de volver para ver lo que me había pasado.
Lisa me levantó la cabeza.
—¡Lo ha escuchado! —dijo con voz apremiante, en voz baja, hablándome casi al
oído—. ¿Qué ha oído?
—¿Oído? —Sacudí la cabeza, aturdido, mientras me volvía la memoria, casi
esperando oír de nuevo la riada de innumerables voces que me habían asaltado. Pero,
en aquel momento, sólo reinaban el silencio y la pregunta de Lisa—. ¿Oído? —dije
—. Sí, a ellos.
—¿Ellos?
Parpadeé para mirarla, y súbitamente se hizo la luz en mi mente. Me acordé de
pronto de mi hermana Eileen; e intenté ponerme de pie a duras penas, mirando hacia
la lejanía de la entrada en la que la había visto discutir con el hombre vestido de
negro. Pero la entrada y el espacio circundante estaban vacíos. En cuanto a ellos
dos… habían desaparecido. Me erguí, confuso, dolorido, privado enteramente de la
seguridad en mí mismo por la catarata de voces en la que me había hundido,
turbándome por el misterio de la desaparición de mi hermana de un modo irracional.
No contesté a Lisa y empecé a correr a lo largo de la rampa hacia la entrada en que
viera a Eileen por última vez conversando con el hombre de negro.
Yo tenía las piernas muy largas y podía avanzar muy deprisa, pero, por veloz que
fuera, Lisa era todavía más rápida que yo. Incluso con la larga túnica azulada, iba a la
velocidad de una estrella fugaz. Me alcanzó, me adelantó y dio media vuelta para
cerrarme el paso al tiempo que yo llegaba a la salida.
—¿Dónde va? —gritó—. No puede irse así… ¡todavía no! ¡Si ha oído algo,
tendrá que ir a ver a Mark Torre en persona! ¡Él tiene que hablar con cualquiera que
haya oído algo!
Apenas la oía.
—Déjeme pasar —gruñí, y la empujé a un lado sin más miramientos—. Atravesé
la entrada que conducía a la sala circular llena de equipo. En ella había atareados
técnicos ataviados con batas de colores, realizando tareas incomprensibles con
inconcebibles utensilios de metal y vidrio… pero ni rastro de Eileen o del hombre de
negro.
Salí de la sala a toda velocidad para llegar al corredor. Pero también estaba vacío.
Lo atravesé y entré por la primera puerta que me encontré a mano derecha. Las
miradas de algunas personas que había sentadas, leyendo o transcribiendo, se posaron
en mí sorprendidas, pero ni Eileen ni el desconocido estaban entre ellos. Lo intenté en
otra habitación, y luego en otra, pero sin éxito.

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Cuando iba a entrar en la quinta, Lisa me alcanzó de nuevo.
—¡Pare! —dijo. Y me detuvo con una fuerza que resultaba sorprendente en una
chica de su tamaño—. ¿Va a detenerse? ¿Va a reflexionar un instante? ¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? —grité—. Mi hermana… —Pero me detuve y cerré la boca.
Me pareció que iba a quedar como un idiota delante de Lisa si le contaba lo que
andaba buscando: a una chica de diecisiete años que charlaba con alguien y que había
dejado la gira acompañada por un hombre a quien su hermano no conocía, cosas que
no bastaban para justificar una persecución tan desenfrenada y unas investigaciones
tan frenéticas… al menos en nuestros días, en nuestra era. Y no estaba de humor para
explicarle a Lisa nuestra triste y mísera educación en casa de nuestro tío Matías.
Guardé silencio.
—Tiene que venir conmigo —continuó con voz apremiante, un segundo más
tarde—. No puede imaginarse lo raro, lo aterradora e inconcebiblemente raro que
resulta que alguien escuche algo en el Punto de Tránsito. No sabe lo que puede
significar para Mark Torre —Mark Torre en persona— descubrir a alguien que haya
escuchado.
Sacudí la cabeza, aturdido. No quería hablar con nadie de lo que acababa de
experimentar, y todavía menos deseaba ser examinado como un animal de
laboratorio.
—Tiene que hacerlo —repitió Lisa—. Es muy importante. No únicamente para
Mark, sino para el proyecto entero. ¡Piénselo un poco! ¡No se vaya sin más! ¡Piense
antes en lo que tiene que hacer!
La palabra «piense» se abrió camino en mí. Lentamente, la luz creció en mi
cabeza. Lo que decía Lisa era verdad. Tenía que pensar y no escabullirme como
alguien que hubiera perdido completamente la cabeza. Eileen y el desconocido
vestido de negro podían estar en cualquiera de aquellas docenas de habitaciones o
pasillos… incluso podían estar saliendo del Proyecto y aun del Enclave. Por otra
parte, ¿qué les diría si daba con ellos? ¿Le habría pedido al hombre que se presentara
y me explicara cuáles eran sus intenciones acerca de mi hermana? Más valía que no
les encontrase.
Y, además, había otra cosa. Trabajé muy duro para conseguir el contrato que
firmase unos días antes nada más salir de la Universidad con el Servicio de Noticias
Interestelares. Pero todavía me quedaba mucho camino que recorrer para lograr mis
ambiciones. Porque lo que más deseaba —durante tanto tiempo y con tanta pasión
que el deseo parecía apoderarse de mí, desgarrándome con uñas y dientes— era la
libertad. Una verdadera libertad, de ésa que poseen únicamente los miembros de los
gobiernos planetarios… y un grupo especial: los miembros del Sindicato de los
Servicios de Noticias Interestelares. Los empleados de comunicaciones prestaban
juramento de imparcialidad y eran, técnicamente, personas que no pertenecían a
ningún mundo, como garantes de la imparcialidad de los Servicios de Noticias que
hacían funcionar.

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Los mundos habitados por la raza humana se hallaban divididos —como lo
venían estando desde hacía doscientos años— en dos bandos, uno que ligaba a sus
habitantes con contratos «cerrados», y otro que creía en contratos más abiertos. Los
que estaban a favor de los contratos cerrados eran los mundos Amistosos de Armonía
y Asociación, Newton, Cassida y Venus, y el gran nuevo mundo de Ceta en Tau Ceti.
Por la parte «abierta» podían contarse la Tierra, Dorsai, los Mundos Exóticos de
Mará y Kultis, Nueva Tierra, Freilandia, Marte y el pequeño mundo católico de Santa
María.
Lo que les dividía era un conflicto de sistemas económicos… heredado de una
Tierra dividida que les colonizase en sus orígenes. En nuestra época, la moneda
interplanetaria sólo era de un tipo: divisas encarnadas en técnicos especializados.
La raza humana se había convertido en algo demasiado importante para que un
solo planeta formase a todos sus especialistas, particularmente cuando otros mundos
los formaban mejores. La instrucción que la Tierra, o cualquier otro mundo, pudiera
dar no bastaría para crear un soldado profesional que le llegara a los talones a un
soldado de Dorsai. Ningún físico se podía comparar con los de Newton, ningún
psicólogo con los de los exóticos, ninguna compañía mercenaria podía conseguirse
por un precio tan moderado y tan pocas bajas como en Armonía o Asociación… y así
sucesivamente. Consecuentemente, cada mundo formaba una categoría concreta de
profesionales cuyos servicios alquilaba mediante contrato a los otros mundos según
las necesidades de estos últimos.
Y la división entre los dos bandos era muy clara. En los mundos «abiertos», el
contrato de un individuo le pertenecía parcialmente; no podía ser vendido o
negociado en otro mundo sin su consentimiento… salvo en casos de extrema
importancia o urgencia. En los mundos «cerrados», el individuo vivía bajo las
órdenes de las autoridades… que podían vender o negociar su contrato en cualquier
momento. Cuando llegaba el caso, sólo se podía hacer una cosa… ir a trabajar a
donde le mandasen a uno.
En todos los mundos había gente que era libre, y algunos lo eran parcialmente. En
los mundos «abiertos», entre los que se contaba la Tierra, la gente como yo era
parcialmente libre. Pero yo quería una libertad total, como la que no podía obtener
más que siendo miembro del Sindicato. Una vez me hubieran aceptado en el
Sindicato, gozaría de esa libertad. Porque el contrato por mis servicios le pertenecería
al Servicio de Noticias durante el resto de mi vida. Y, en consecuencia, ningún mundo
podría juzgarme o vender mis servicios en contra de mi voluntad a algún planeta al
que le debiera personal especializado. Es cierto que la Tierra, al contrario que
Newton, Cassida, Ceta y otros planetas, estaba orgullosa de no haber tenido nunca
que cambiar a sus diplomados universitarios en gran cantidad por miembros de
formación especializada de los mundos jóvenes. Pero como todos los planetas, la
Tierra se reservaba el derecho a hacerlo en caso de necesidad… y había un montón de
ejemplos de cambios de individuos conocido por todos. Así que no podía satisfacer la

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ardiente sed de libertad (que los años pasados bajo el techo de Matías habían
alimentado) más que consiguiendo que me admitieran en el Servicio de Noticias.
Pero, por brillante que fuera mi expediente universitario, todavía era un objetivo muy
distante, tanto que no estaba seguro de conseguirlo. No podía despreciar nada que
sirviera para ayudarme; y me parecía que no ver a Mark Torre sería como rechazar
una posibilidad de ayuda.
—Tiene razón —le dije a Lisa—. Iré a verle. Naturalmente. Iré a verle. ¿Dónde
tengo que ir?
—Le llevaré yo misma —respondió—. Pero déjeme llamar antes por teléfono.
Se alejó unos pasos y habló tranquilamente por el inter-comunicador que llevaba
en el dedo anular. Luego, volvió junto a mí y me hizo una señal para que la siguiera.
—¿Y los otros? —dije, recordando de pronto al resto del grupo en la Sala de
índices.
—Ya le he pedido a alguien que se ocupe de ellos durante el resto de la visita —
me contestó Lisa sin mirarme—. Por aquí.
Me hizo franquear una puerta para encontrarme de pronto en el vestíbulo de un
pequeño laberinto de luz. Aquello me sorprendió durante un instante, hasta que
comprendí que Mark Torre, como toda la gente que está constantemente en público,
debía protegerse de los eventuales locos y maníacos peligrosos. Al salir del laberinto,
llegamos a una pequeña habitación vacía en la que nos detuvimos. La habitación se
movió —no sé decir en qué dirección— y, después, se detuvo.
—Por aquí —repitió Lisa guiándome hacia una de las paredes de la sala. La tocó,
y una parte del muro se plegó para darnos paso a una habitación amueblada como
oficina, pero equipada con consolas tras las cuales se sentaba un hombre de cierta
edad… Era Mark Torre, cuya foto viera tan a menudo en los diarios.
No parecía tan viejo como debería por su edad —en aquella época tenía más de
ochenta años—, pero su rostro era grisáceo y tenía mal aspecto. La ropa flotaba sobre
su ancha osamenta como si en otro tiempo hubiera sido más grueso. Sus dos manos,
verdaderamente enormes, yacían blandamente sobre el pequeño espacio liso que
había delante de las consolas, con las articulaciones grises abultadas y deformadas
por —lo supe más tarde— una oscura enfermedad de las articulaciones llamada
artritis.
No se levantó para recibirnos, pero su voz sonó extrañamente clara y joven
cuando habló y sus ojos brillaron al mirarme, manifestando una alegría apenas
contenida. Nos hizo sentar y esperar hasta que, algunos minutos más tarde, se abrió
una puerta y entró un hombre de cierta edad, un hombre natural de los Mundos
Exóticos, de ojos penetrantes color avellana en un rostro liso y sin arrugas, con
cabellos blancos muy cortos y la misma túnica azul que Lisa.
—Señor Orlyn —dijo Mark Torre—, éste es Padma, Delegado de Mará en el
Enclave de St. Louis. Él ya sabe quién es usted.
—¿Cómo está? —le dije a Padma.

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Sonrió.
—Es un honor conocerle, Tam Olyn —dijo, y se sentó. Sus ojos claros no
parecían mirarme, y, sin embargo, me hacían sentir a disgusto. No había nada extraño
en él; aquél era el problema. Su mirada, su voz, incluso la manera de sentarse,
parecían implicar que me conocía mucho mejor que nadie y mejor de lo que yo
mismo querría que me conociera alguien de quien yo apenas supiera nada.
Pese a todo lo que hubiera dicho durante años en contra de lo que mi tío defendía,
noté que crecía en mí la amargura que Matías sentía por los habitantes de los jóvenes
mundos, una especie de rebelión contra la tácita superioridad de Padma, Enviado de
Mará en el Enclave de St. Louis, Tierra. Me arranqué de su mirada y planté la mía en
los ojos más humanos, más terrestres, de Mark Torre.
—Ahora que Padma está aquí… —dijo el anciano inclinándose excitado hacia mí
por encima de las consolas—. ¿Cómo fue? ¡Díganos lo que escuchó! —Sacudí la
cabeza, porque no encontraba un modo adecuado de describir lo que verdaderamente
había pasado. Miles de millones de voces, hablando todas a la vez y todas
separadamente es algo imposible.
—Escuché voces —dije—. Todas hablaban a la vez, pero distintamente.
—¿Numerosas voces? —preguntó Padma.
Tuve que mirarle de nuevo.
—Todas las voces que existen —me oí responder. E intenté describirlo. Padma
asintió; pero, mientras hablaba, miré a Torre y le vi hundirse en el sillón, como si se
sintiera confuso, o decepcionado.
—¿Solamente… voces? —dijo el anciano cuando terminé, hablando un poco
consigo mismo.
—Siempre es diferente —dijo Padma, a quien veía con el rabillo del ojo, con tono
suave.
Pero yo no le miraba. Mantenía la vista clavada en Mark Torre.
—Todos escuchan cosas diferentes.
Me volví hacia Padma.
—¿Qué escuchó usted? —le pregunté desafiante. Sonrió un poco tristemente.
—Nada, Tam —dijo.
—Sólo los que han nacido en la Tierra han oído algo —dijo Lisa secamente,
como si yo debiera saberlo sin que tuvieran que decírmelo.
—¿Y usted? —le pregunté.
—¿Yo? ¡Claro que nada! —replicó la joven—. ¡Apenas media docena de
humanos han oído algo desde el principio del Proyecto!
—¿Menos de media docena? —repetí como un eco.
—Cinco —concluyó—. Mark, evidentemente. De los otros cuatro, uno ha muerto
y los otros tres… —dudó un momento y me observó—… no estaban a la altura.
Su voz tomó un matiz diferente que percibía por primera vez. Pero lo olvidé por
completo cuando las cifras que había mencionado empezaron a hacer efecto.

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¡Cinco personas en cuarenta años!
Como si me hubieran dado un golpe, comprendí con cierto embarazo que lo que
me había pasado en la Sala de índices no era un incidente menor y que aquella
entrevista con Torre y Padma tampoco lo era, ni para ellos ni para mí.
—¿Oh? —dije; y miré a Torre. Pude hablar un poco más tranquilo a costa de un
gran esfuerzo—. Entonces, ¿qué significa que alguien escuche algo?
No me respondió directamente.
En lugar de ello, se inclinó hacia adelante mientras sus ojos oscuros volvían a
brillar vivamente, y me señaló con los dedos de su enorme mano derecha.
—Apriétela —dijo.
Extendí la mano y estreché la suya… sentí las hinchadas articulaciones. Me
apretó la mano muy fuerte y la sostuvo, mirándome fijamente a los ojos durante un
largo rato, mientras el brillo de su mirada palidecía hasta desaparecer; luego, la soltó,
y se derrumbó de nuevo en el asiento como si estuviera vencido.
—Nada —dijo tristemente volviéndose hacia Padma—. Otra vez… nada. Casi se
podría creer que sentiría algo… o que yo lo sentiría.
—Sin embargo —dijo Padma tranquilamente, mirándome—, ha oído algo.
Me quedé clavado en el asiento bajo la mirada de sus ojos exóticos color avellana.
—Mark está turbado, Tam —dijo—, porque has oído voces que no transmitían ni
un mensaje ni un sentido inteligible.
—¿Qué mensaje? —pregunté—. ¿Qué sentido?
—Eso —continuó Padma— es lo que tú nos tendrías que decir. —Su mirada
puesta en mí tenía tal brillo que me sentía como un pájaro, un búho, paralizado por un
proyector. Sentí que las plumas de mi cólera se erizaban de furor.
—Y a usted, ¿qué le va en ello? —pregunté.
Sonrió ligeramente.
—Nuestros fondos exóticos —dijo— proporcionan la mayor parte de los créditos
necesarios para la realización del Proyecto Enciclopedia. Pero, compréndalo, no es
nuestro proyecto. Es el Proyecto de la Tierra. Tenemos un sentido de nuestras
responsabilidades sobre los estudios relativos a la comprensión del Hombre por el
Hombre, eso es todo. Además, nuestra filosofía y la de Mark están en desacuerdo.
—¿Desacuerdo? —dije. Tenía cierto olfato para las noticias, incluso en aquella
época, recién salido de la Universidad, y el olfato había sido excitado.
Pero Padma sonrió al leer mis pensamientos.
—No es nada nuevo —dije—. Un desacuerdo esencial que arrastramos desde el
principio. Para enunciarlo en pocas palabras, sin rodeos, los exóticos creemos que el
Hombre no puede ser mejorado. Nuestro amigo Mark cree que el Hombre de la Tierra
—el Hombre Esencial— ya ha sido mejorado pero de un modo tal que es incapaz de
revelar sus mejoras y servirse de ellas.
Le miré fijamente.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté. ¿Y con lo que he oído?

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—Se trata de saber si puede serle útil a él… o a nosotros —respondió Padma con
toda tranquilidad; y, durante un segundo, mi corazón se congeló. Si los exóticos o
alguien como Mark Torre le pedían mi contrato al gobierno de la Tierra, podía
despedirme de toda esperanza de entrar eventualmente en el Sindicato de los
Servicios de Prensa.
—No les creo a ninguno —dije con un tono tan indiferente como pude.
—Quizá. Ya veremos —dijo Padma. Extendió la mano y alzó el dedo índice—.
¿Ve este dedo, Tam?
Lo mire y, mientras miraba, el dedo se adelantó súbitamente hacia mí adquiriendo
enormes proporciones, impidiéndome ver cualquier otra cosa de la habitación. Por
segunda vez en el mismo día, dejaba el universo real y sus límites para entrar en un
lugar irreal.
Repentinamente, estuve envuelto en relámpagos. Me hallaba en la oscuridad, pero
proyectado por relámpagos en medio de algo parecido a un enorme universo a años
luz de distancia, de un punto a otro, como si participase en algún combate gigantesco.
En primer término, fui incapaz de comprender el combate. Luego, lentamente,
tomé conciencia del hecho de que todos aquellos súbitos relámpagos no eran más que
un desesperado esfuerzo de supervivencia y victoria ante la invasora oscuridad,
eterna y persistente, que se esforzaba por apagar y destruir los relámpagos. Tampoco
era una batalla fruto del azar. Pude ver todas las trampas, las derrotas, las estrategias,
la táctica, los golpes y los contragolpes entre la luz y la oscuridad.
Volvió a mí el recuerdo de los miles de millones de voces, inflamándose a mi
alrededor una vez más al ritmo de los relámpagos, para darme las claves de lo que
veía. De pronto, como un relámpago que ilumina la tierra que se extiende ante un
espectador en varios kilómetros a la redonda, comprendí con un brillo de intuición lo
que me rodeaba.
Era la batalla, de varios siglos de antigüedad, entablada por el hombre para la
supervivencia de su raza y la ofensiva en el porvenir, el combate eterno y encarnizado
de aquel organismo complejo —a la vez bestial y divino, primitivo, sofisticado,
salvaje y civilizado— que era la raza humana, combatiendo por sobrevivir y por
seguir adelante. Adelante, más arriba, más lejos, hasta conseguir lo imposible,
suprimir todas las barreras, dominar cualquier sufrimiento, poseer todos los talentos.
Hasta que no hubiera relámpagos… ni oscuridad.
Eran las voces de aquel combate continuo, sostenido durante centenares de siglos,
las que había oído en la Sala de índices. Era el mismo combate que libraban los
exóticos con la extraña magia de sus ciencias psicológicas y filosóficas. Aquel
combate que la Enciclopedia Final estaba destinada a establecer gráficamente a través
de los siglos pasados de la existencia humana, para que el camino del Hombre
pudiera ser calculado de modo significativo para el futuro.
Era aquello lo que dictaba la forma de comportarse de Padma, la de Mark Torre…
la de todo el mundo, incluida la mía. Porque todo ser humano estaba apresado en el

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engranaje de aquel inmenso combate de sus semejantes y no podía eludir la batalla de
la vida. Cada uno de los que vivimos en esta época participa en ello, como actor y
como juguete.
Pero yo fui consciente de golpe de que era diferente. No era simplemente uno de
los peones de aquella batalla. Yo representaba algo distinto… algo que poseía
virtualmente un poder en sí mismo, que podía dirigir de forma eventual sus actos. Por
primera vez, puse las manos en los relámpagos que me rodeaban e intenté guiarlos,
invertirlos y dirigir sus movimientos sometiéndolos a mis propios objetivos y deseos.
Y, sin embargo, fui derribado y proyectado a distancias inimaginables. Pero no
era ya como un navío que va a la deriva por un mar revuelto por la tempestad, sino
como un barco que navega cada vez más ligero empleando el viento para acelerar. En
aquel momento, por primera vez, fui invadido por el sentimiento de mi propia fuerza,
de mi propio poder. Porque vi que los relámpagos se plegaban a mi voluntad y
tomaban la forma que yo mismo les daba. Sentí aquella impresión de poder
desbordante, una sensación que sobrepasaba cualquier cosa que pueda imaginarse; y
me di cuenta repentinamente de que yo no era de esas personas que se dejan derribar
y someter. Yo era un caballero, un Maestro. Y tenía en mí el poder de recrear, al
menos en parte, lo que tocaba en aquella batalla entre los relámpagos y la oscuridad.
Fui consciente de la existencia de unas pocas criaturas semejantes a mí. Como yo,
caballeros y Maestros. También ellos cabalgaban por la tempestad representada por el
resto de la masa combatiente de la raza humana. Nos sentíamos proyectados todos
juntos durante un segundo para ser desgarrados por los eones insondables al minuto
siguiente. Pero les veía. Y ellos a mí. Y me di cuenta de que me llamaban, de que me
pedían que no combatiera solo, que me uniera a ellos en un esfuerzo común para dar
a aquella batalla una solución futura y conseguir que el orden naciera del caos.
Pero todo lo que era inherente a mí se rebelaba contra la llamada. Había estado
oprimido, había sido un maldito durante mucho tiempo. Me había sentido durante
demasiado tiempo presa indefensa de los rayos. Pero, al fin, conseguía acceder a la
alegría extrema de ser jinete tras haber sido montura, y me glorificaba con aquel
poder. No quería participar en el esfuerzo común que podía conducir a la paz;
únicamente deseaba que el torbellino rugiente, que aquellos remolinos, que aquellos
conflictos, continuasen mientras yo, como una furia, los domaba. Había estado
encadenado y sometido a la esclavitud por la oscuridad de mi tío, pero, finalmente,
era libre, era un Maestro. Nada podría convencerme para que me volvieran a
encadenar. Me vi un poco más dueño de los relámpagos y sentí que mi abrazo era
más extenso y fuerte, cada vez más extenso y fuerte.
Abruptamente, volví a encontrarme en el despacho de Mark Torre.
Mark, con el rostro marcado por los años y tan inexpresivo como si fuera de
madera, me miraba fijamente. Lívida, tampoco Lisa apartaba de mí su mirada. Pero,
sobre todo, era Padma quien me miraba directamente a los ojos, sin variar su
expresión anterior.

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—No —dijo lentamente—. Tiene razón, Tam. En la Enciclopedia no puede ser de
ninguna ayuda.
Se escuchó un débil sonido emitido por Lisa, un pequeño sobresalto, casi un
ligero grito de dolor. Pero se perdió ante el rugido de Mark Torre. El rugido de un oso
mortalmente herido, caído, pero dándose la vuelta para incorporarse sobre las patas
traseras y enfrentarse a sus enemigos.
—¿No puede? —dijo Torre. Se había incorporado tras la mesa y se volvía hacia
Padma. Su hinchada mano derecha estaba crispada, formando sobre la mesa un puño
de color grisáceo—. Tiene que hacerlo… ¡es imprescindible que lo haga! Hace veinte
años que nadie oye nada en la sala… ¡y me estoy haciendo viejo!
—Sólo ha oído las voces, pero no han encendido en él ninguna llama. Usted no
ha sentido nada cuando le ha tocado —dijo Padma. Habló en voz baja, fríamente; las
palabras salían de su boca una por una, como soldados que desfilasen ante un
superior—. Y es porque no hay nada. No hay en él ningún carácter identificable a
algún rasgo de sus semejantes. Existe el mismo mecanismo… pero no empatia… ni
ninguna fuente de poder a la que agarrarse.
—¡Usted puede fijarlo! ¡Maldita sea! —La voz del anciano resonaba como la
campana de una iglesia, pero era carraspeante, como si estuviera a punto de echarse a
llorar—. ¡En los Mundos Exóticos, podrían curarle! —Padma sacudió la cabeza.
—No —dijo—. Nadie más que él mismo puede ayudarle. No está enfermo, ni
loco. Simplemente, no se ha desarrollado. Un día, cuando era joven, se apartó de los
demás para meterse en algún desfiladero solitario y oscuro, suyo propio, y durante
todos estos años el desfiladero se ha ido vaciando, oscureciéndose y encogiéndose
hasta el punto de que ya nadie puede bajar a él para ayudarle. Ningún otro espíritu
puede atravesarlo y sobrevivir… incluso puede que ni siquiera el suyo. Pero, hasta
que salga por el otro extremo, no nos servirá de nada, ni a nosotros ni a la
Enciclopedia; y eso es todo lo que representa para los hombres, tanto de la Tierra
como de otros mundos. No sólo es que no nos serviría de nada, sino que ni siquiera
aceptaría la tarea si se le encargara. Mírelo.
La insistencia de su mirada durante todo el tiempo, la manera lenta y tranquila en
que pronunciaba las palabras, como si hubiera estado tirando piedrecillas a un
estanque sin fondo una tras otra, me habían paralizado, tanto que ni siquiera le
respondía aunque hablaba de mí, como si yo estuviera ausente. Pero, con sus últimas
palabras, la tensión desapareció y fui capaz de recuperar la voz.
—¡Me ha hipnotizado! —le increpé—. ¡No le he dado permiso para ponerme
bajo… para paralizarme!
Padma sacudió la cabeza.
—Nadie le ha hipnotizado —respondió—. Sólo he abierto una ventana para que
viera usted su yo más profundo. Y no ha sido psicoanalizado.
—¿Y qué era todo eso? —dije conteniéndome prudentemente.
—Lo que ha visto y sentido —dijo— era su propia consciencia y sus sentimientos

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traducidos a sus propios símbolos. No sé en lo más mínimo lo que era… ni tengo
modo de saberlo a menos que usted me lo diga.
—Pero, entonces, ¿cómo ha llegado a tomar esa decisión, sea cual sea? —le
pregunté con tono furibundo—. Lo ha decidido muy deprisa. ¿Cómo ha descubierto
el motivo que le ha llevado a decidirse?
—Procedía de usted —respondió—. De su actitud, sus actos, su voz mientras me
habla, incluso ahora. Una docena de otros signos inconscientes. Todo eso me
informa, Tam. Un ser humano comunica con todo su cuerpo y toda su alma, no
simplemente con la voz o la expresión del rostro.
—¡No me lo creo! —dije irritado… luego, mi cólera se enfrió bruscamente, la
prudencia retornó a mí con la certidumbre de que debían existir razones ciertas,
aunque no pudiera imaginarlas en aquel momento, para que no le creyera.
—No me lo creo —añadí más tranquila y fríamente—. Tiene que haber algo más
que le haya hecho tomar esa decisión.
—Sí —respondió—. Naturalmente, he tenido ocasión de consultar los informes.
Su historia personal, como la todo ser humano nacido en la Tierra y vivo actualmente,
ya está en la Enciclopedia. La he consultado antes de entrar.
—Hay más que eso —dije con voz severa, porque sentía que yo estaba ganando
terreno—. Todavía hay algo más. Ya lo veo. ¡Ya lo sé!
—Sí —contestó Padma, que añadió con voz lenta—. Supongo que, llegados a
este punto, debería saberlo. De todos modos, lo descubrirá enseguida sin ayuda.
Levantó la cabeza para mirarme muy fijo a los ojos, pero, en aquella ocasión, me
enfrenté a él sin ningún sentimiento de inferioridad.
—Sucede, Tam —dijo—, que es usted lo que llamamos un Aislado, una rara
fuerza que actúa como pivote bajo la forma de un individuo único… una fuerza que
actúa como pivote en el sistema de desarrollo de la sociedad humana, no simplemente
en la Tierra, sino en los catorce mundos, en su camino hacia el porvenir del Hombre.
Usted es un hombre dotado de un don terrible capaz de influenciar en ese porvenir…
para bien o para mal.
Al oír aquello, recordé cómo tomé los rayos en las manos, y esperé, conteniendo
el aliento, a oír más. Pero no continuó.
—Pero… —dije finalmente, con la voz seca.
—No hay peros —cortó Padma—. Eso es todo. ¿Ha oído usted hablar de la
ontogénesis?
Sacudí la cabeza.
—Es el nombre de una de las técnicas de cálculo exóticas —dijo—. En resumen,
hay un sistema de hechos que evolucionan continuamente en el que participan todos
los seres humanos vivos. En masa, las aspiraciones y los deseos de esos individuos
determinan el modo en que se desarrollará el sistema en el futuro. Pero, considerados
como individuos, casi todo el mundo es parte del juego del sistema y no son capaces
de manipularlo.

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Se calló y me miró a los ojos, como para preguntarme si le había seguido hasta
allí. Le había entendido. ¡Oh, le había entendido perfectamente! Pero no quería que lo
supiera.
—Continúe —le dije.
—Sólo de vez en cuando —prosiguió—, en algún raro individuo encontramos
una combinación particular de factores concernientes al temperamento y posición
particular del individuo en el seno del Sistema que le hacen extremadamente más
eficaz que sus congéneres. Cuando pasa eso, como es su caso, tenemos un Aislado:
un temperamento que actúa como pivote, un individuo que tiene una gran libertad
para manipular el sistema sin ser manipulado él mismo más que en un grado mínimo.
Se calló de nuevo. Y, en aquella ocasión, cruzó las manos. El gesto indicaba que
la conversación había terminado; inspiré profundamente para calmarme el desbocado
corazón.
—Bien —dije—; ya sé todo eso; y sin embargo usted no quiere que haga lo que
quieren que haga.
—Mark quiere que usted le suceda eventualmente como Controlador en la
elaboración de la Enciclopedia —dijo Padma—. Y también lo queremos en los
Mundos Exóticos. La Enciclopedia es un dispositivo tal que su objetivo final y su
empleo, una vez haya sido terminada, no podrán ser comprendidos más que por muy
pocos individuos; y ese concepto no podrá ser traducido constantemente a términos
ordinarios más que por un único individuo. Sin Mark, o alguien como él, para
supervisar la construcción de la Enciclopedia, al menos hasta que sea lanzada al
espacio, el común de los mortales perderá todo el sentido de las posibilidades del
Proyecto cuando haya sido acabado. Todo el trabajo se perderá en medio de la
incomprensión y las frustraciones. Se hará más lento, se detendrá bruscamente y
acabará por disgregarse.
Volvió a guardar silencio y levantó los ojos hacia mí con una mirada casi
siniestra.
—Nunca se construirá —dijo— si no se encuentra sucesor para Mark. Y, sin ella,
sin la Enciclopedia, el hombre terrestre podría llegar a degenerar y morir. Y si el
hombre nacido sobre la Tierra desaparece, las razas humanas de los jóvenes mundos
quizá no sean viables. Pero nada de todo esto tiene importancia para usted, ¿verdad?
Es usted el que no quiere tener nada que ver con nosotros, no al contrario.
Me observó fijamente a través de la habitación con unos ojos que ardían con un
fuego color avellana, desafiándome.
—Usted no quiere —repitió—. ¿Verdad, Tam?
Me defendí contra la intensidad de su mirada. Pero, al mismo tiempo, entendí a
dónde quería llegar y supe que tenía razón. En el mismo momento, me vi sentado en
la butaca frente a las consolas, encadenado a ellas durante el resto de mi vida. No, no
quería nada de esos hombres, ni de los trabajos en la Enciclopedia. No quería nada de
aquello.

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¿Había trabajado tan duramente y durante tanto tiempo con el fin de liberarme de
Matías para tirarlo todo por la borda y convertirme en esclavo de aquella gente
impotente… de todos aquéllos que en la gran masa de la raza humana eran demasiado
débiles para enfrentarse solos a la tormenta? ¿Iba a abandonar toda perspectiva de
tener mi propio poder, mi propia libertad, para trabajar con la vaga promesa de
conseguir algún día la libertad… trabajar para ellos, que no podían obtener para sí
mismos la libertad que ofrecían mientras que yo podía obtenerla y de hecho ya la
había obtenido? No, no me metería en aquello; no, no quería tener nada que ver ni
con Mark ni con su Enciclopedia.
—No —dije con voz carraspeante. Y Mark Torre se aclaró la garganta como si
hiciera ecos de los gimoteantes sollozos que se le habían escapado anteriormente.
—De acuerdo —dijo Padma, asintiendo—. Ya ve que, como le dije antes, no tiene
usted ni empatia ni alma.
—¿Alma? —pregunté—. ¿Qué es eso?
—¿Puedo describir el color del oro a un hombre que es ciego de nacimiento? —
Sus ojos brillaban al mirarme—. Lo sabrá si la descubre, pero sólo la descubrirá si se
abre paso a través del desfiladero que antes mencioné. Si lo consigue, finalmente,
puede que descubra su propia alma humana. Pero sólo lo sabrá cuando la haya
encontrado.
—Un desfiladero —dije como un eco—. ¿Qué desfiladero?
—Usted lo sabe, Tam —dijo Padma, muy tranquilo—. Usted lo sabe mejor que
yo. Ese desfiladero del alma y del espíritu en cuyo seno toda su fuerza creadora se ha
dirigido, pervertida y deformada, hacia la destrucción.

¡DESTRUIR!

La palabra tronaba al ser pronunciada por mi tío, resonando en el umbral de mis


recuerdos, citando, como siempre hacía Matías, los escritos de Walter Blunt.
Súbitamente, como si se escribiera con letras ardientes en el interior de mi cráneo, vi
el poder y las posibilidades de aquella palabra para el camino que quería seguir.
Y, bruscamente, se habría podido decir que el desfiladero de que hablaba Padma
se había convertido en realidad a mi alrededor. Altos muros negros se alzaban a cada
lado. Ante mí se estiraba mi estrecho camino… descendiendo hacia el abismo.
Súbitamente tuve miedo de que algo estuviera escondido en lo más profundo del
abismo, invisible en la oscuridad del pozo: alguna manifestación amorfa de vida, más
oscura que las tinieblas, que esperaba mi llegada.
Incluso temblando, intentando apartar aquel pensamiento, de una parte de mi ser
se elevó una inmensa y oscura alegría, una alegría terrible al pensar en aquel futuro
encuentro. En el mismo momento, como una campana cansina que hubiera resonado
a lo lejos, por encima de mí, llegó a mis oídos la voz de Mark Torre que se dirigía
tristemente, con tonos lúgubres, a Padma.

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—En ese caso, ¿no hay ninguna esperanza? ¿No hay nada que podamos hacer?
¿Y si no vuelve nunca ni a nosotros ni a la Enciclopedia?
—Todo lo que puede hacer usted es esperar, y confiar en que lo haga —respondió
la voz de Padma—. Si es capaz de proseguir su camino, descender, recorrer lo que se
ha creado para sí mismo, es posible que vuelva. Todo lo que él tiene que hacer es
elegir entre el cielo y el infierno, como todos nosotros. Pero su elección es mucho
más importante que la nuestra.
Las palabras tintineaban en mis oídos como el sonido de un ligero chaparrón
sobre una superficie tan insensible como la piedra o el cemento, y me parecían
absurdas. Tuve una súbita necesidad de alejarme de ellos, de encontrarme solo y
poder reflexionar. Me puse trabajosamente en pie.
—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté con voz pastosa.
—Lisa —dijo Mark Torre tristemente. La vi levantarse.
—Por aquí —me dijo. Su rostro era pálido pero inexpresivo cuando cruzó su
mirada con la mía. Luego, se dio la vuelta y echó a andar.
Me sacó de la habitación y me hizo seguirla por el mismo camino por el que
habíamos llegado. Atravesamos el laberinto luminoso, las habitaciones y los pasillos
del Proyecto de la Enciclopedia Final, luego, el pasillo exterior del Enclave donde se
encontró con nuestro grupo por primera vez. No pronunció una sola palabra durante
todo el tiempo; pero, cuando al fin la dejé, me detuvo de un modo inesperado
poniéndome una mano en el brazo. Me volví para mirarla.
—Seguiré aquí —dijo. Y vi que, para mi sorpresa, tenía los ojos llenos de
lágrimas—. Aunque no quede nadie, seguiré aquí.
Luego se dio la vuelta y casi se escapó. La seguí con la vista, emocionado. Pero
habían pasado tantas cosas en la última hora que no tuve ni tiempo ni ganas de
descubrir, o adivinar, lo que había querido decir la joven al pronunciar tan extrañas
palabras… casi un eco de las que pronunciase anteriormente.
Tomé el metro para St. Louis y monté en una nave que me llevó a Atenas sin que
dejara de pensar en muchas cosas.
Estaba tan sumido en mis pensamiento que entré en casa de mi tío y me dirigí a la
biblioteca sin saber si había alguien.
No sólo estaba mi tío, sentado en un sillón de orejas, con un viejo libro
encuadernado en cuero y olvidado en sus rodillas boca abajo, y no sólo estaba mi
hermana, que había vuelto, evidentemente, antes que yo, de pie a su lado, frente a él.
También se encontraba en la habitación un hombre delgado y joven, moreno, que
mediría unas pocas pulgadas menos que yo. Para alguien que, como yo, hubiera
estudiado en la Universidad los orígenes étnicos, resultaría imposible olvidar su
bárbara ascendencia. Iba vestido completamente de negro, llevaba los negros cabellos
cortados casi al rape y casi parecía una espada medio desenvainada.
Era el desconocido a quien había visto charlar con Eileen en el Enclave. Y la
oscura alegría del encuentro prometido en las profundidades del desfiladero saltó de

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nuevo en mi interior. Allí tenía, esperando, sin que tuviera que llamarla, la primera
oportunidad de poner a prueba la comprensión y la fuerza que acababa de descubrir.

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Capítulo 4
Era un terreno de conflicto.
Una gran parte del descubrimiento que había realizado en el lugar en que reinaban
los relámpagos ya estaba en marcha en mi mente consciente. Pero casi de inmediato,
aquella nueva agudeza de mi percepción fue interrumpida momentáneamente por el
hecho de que era capaz de darme cuenta de que estaba de un modo personal metido
en la situación.
Eileen, al verme, posó en mí una mirada vacía, luego miró de nuevo,
directamente, a Matías, que no parecía ni molesto ni turbado. Su rostro inexpresivo,
como la hoja de un cuchillo, con las gruesas cejas y espesos cabellos, que seguían
negros pese a que se acercaba a la sesentena, era tan frío y cortante como de
costumbre. También él me miró, pero con cierta indolencia, antes de volverse para
encontrar la mirada emocionada de Eileen.
—Simplemente digo —le dijo a mi hermana— que no veo por qué me lo pides.
Nunca os he impuesto condiciones, ni a ti ni a Tam. Haz lo que quieras. —Y sus
dedos se cerraron sobre el libro que tenía en las rodillas, como si fuera a recogerlo
para seguir leyendo.
—¡Dime lo que hay que hacer! —gritó Eileen.
Casi estaba a punto de llorar y crispaba los puños y los apretaba contra las
caderas.
—No hay ninguna razón para que te diga lo que hay que hacer —respondió
Matías con voz distante—. Hagas lo que hagas, te dará lo mismo, a mí también, y lo
mismo a ese joven. —Se calló y se volvió hacia mí—. ¡Oh! De hecho, Tam, Eileen se
ha olvidado de las presentaciones. Nuestro visitante es Jamethon Black, de Armonía.
—Jefe de Unidad Black —dijo el joven, volviendo hacia mí un rostro delgado e
inexpresivo—. Trabajo de agregado.
Cuando oí aquello, le identifiqué. Procedía de uno de esos mundos a los que
llamaban, con un poco de humor negro, los «amistosos». Era uno de aquellos
espartanos fanáticos que componían la población de aquellos planetas. Era raro, muy
raro, o eso me parecía entonces, que entre los centenares de tipos de sociedades
humanas que se habían implantado en los mundos jóvenes, tal sociedad de fanáticos
religiosos se hubiese revelado como una de las culturas principales de los Mundos
Divididos que se repartían y prosperaban como colonias humanas en medio de las
estrellas, entre la raza militar de Dorsai, los filósofos exóticos y los rigurosos
científicos de Newton y Venus.
Y era realmente una Cultura Dividida distinta. No constituían una cultura de
soldados de las que los otros doce mundos oyeran hablar a menudo. Los dorsai eran
soldados… hombres de combate hasta la médula de los huesos. Los amistosos eran
hombres devotos —aunque fuera una siniestra devoción de cilicio— que se
alquilaban a sí mismos, porque sus mundos eran tan pobres en recursos que tenían

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pocas cosas para exportar que, según las balanzas contractuales, les permitieran
obtener a cambio los servicios de los técnicos de otros planetas.
La demanda, en lo concerniente a evangelistas, era muy limitada… y era lo único
de que disponían los amistosos en sus yermos terrenos pedregosos. Pero podían
disparar y obedecer órdenes… hasta la muerte. No resultaban muy caros. El
Eclesiarca Bright, Presidente del Consejo de Iglesias que gobernaba Armonía y
Asociación, podía ofrecer mercenarios a un precio inferior al que pudiera plantear
cualquier otro gobierno. Pero no se podía exigir mucho talento militar de aquellos
mercenarios.
Los Dorsai eran verdaderos guerreros. Las armas de combate caían en sus manos
como perros amaestrados y les sentaban como guantes. El soldado ordinario de los
Mundos Amistosos sostenía el fusil como un hacha o como una hoz… como una
herramienta blandida por su pueblo o por su iglesia. Los que entendían del tema
decían que era Dorsai el que facilitaba soldados a los catorce mundos. Los Mundos
Amistosos ofrecían carne de cañón.
Pero yo no especulaba en aquello por entonces. En aquel momento me limitaba a
identificar a Jamethon Black. Su aspecto y sus ropas oscuras, la inmovilidad de sus
rasgos, aquel aire lejano e inaccesible, en cierto modo semejante al de Padma… con
todo lo que reconocía claramente en él, incluso sin la presentación de mi tío, podía
considerarse como uno de los representantes superiores de los jóvenes mundos. Era
uno de aquéllos con los que, como Matías nos había demostrado, era imposible
competir siendo terrestre. Pero la sobrenatural vivacidad de la experiencia que
acababa de pasar en el Proyecto de la Enciclopedia volvió a mí y me pareció, con la
misma sorda alegría interior, que había otros medios de competir con él.
—El Jefe de Unidad Black —decía Matías— ha seguido cursos nocturnos de
Historia de la Tierra… los mismos que siguió Eileen en la Universidad de Ginebra. Él
y Eileen se encontraron de nuevo hace un mes. Tu hermana cree que quiere casarse e
irse con él a Armonía cuando vuelva allí el fin de semana que viene.
Los ojos de Matías se dirigieron a Eileen.
—Ya le he explicado lo que representaba —terminó.
—Pero yo quiero que alguien me ayude… ¡que alguien me ayude a decidir lo que
hay que hacer! —exclamó Eileen penosamente.
Matías sacudió la cabeza con lentitud.
—Ya te he dicho —respondió con su tranquila voz habitual— que no hay nada
que decidir. Que aunque te decidas por una cosa u otra, siempre llegaras al mismo
sitio. Que te vayas o no con este hombre, dará lo mismo tanto para ti como para los
demás. Puedes insistir tontamente en que tu decisión afectará el curso de los
acontecimientos. Yo no… y, lo mismo que te doy libertad para que hagas lo que
quieras y te diviertas tomando decisiones, insisto en que a mí me des libertad para
hacer lo que yo quiera y no me obligues a participar en tamaña farsa.
Con aquellas palabras, tomó el libro, como si estuviera dispuesto a seguir

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leyendo.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Eileen.
—Pero no sé… no sé qué hacer —dijo con voz alterada.
—No hagas nada —replicó Matías, volviendo una página del libro—. Por otra
parte, es la única decisión civilizada.
Eileen seguía allí plantada, llorando en silencio. Jamethon Black se dirigió a ella.
—Eileen —le dijo; y mi hermana se volvió. Le habló en voz baja, tranquilamente,
apenas con la sospecha de un ritmo diferente—. ¿No quieres casarte conmigo y
venirte a vivir a Armonía?
—Sí, sí, Jamie —exclamó—. ¡Sí!
La esperaba, pero mi hermana no avanzó hacia él. Siguió con el mismo
torniquete:
—Pero no estoy segura de que eso esté bien. ¿Me entiendes, Jamie? Quiero estar
segura de lo que hago. Y no lo sé… ¡No lo sé!
Se dio la vuelta violentamente y me miró.
—¡Tam! —dijo—. ¿Qué debo hacer? ¿Debo ir?
Su pregunta resonó en mis oídos como los ecos de las voces que me habían
invadido en la Sala de índices. Bruscamente, la biblioteca en la que me encontraba y
la escena que en ella se desarrollaba parecieron alejarse y brillar con un resplandor
desconocido. Las altas paredes cubiertas de estanterías, el rostro inundado en
lágrimas, me pedían ayuda; el silencioso joven vestido de negro… y mi tío que leía
tranquilamente como si el halo de luz que le rodeaba, emanando de las estanterías
situadas a su espalda, fuese alguna isla mágica que le aislase de todos los problemas y
de todas las responsabilidades… todo aquello pareció revelarse súbitamente en una
nueva dimensión.
Se hubiera dicho que veía a través de ellos y alrededor de ellos al mismo tiempo.
Comprendí bruscamente a mi tío; le comprendí como no le había comprendido antes;
comprendí que, por mucho que fingiera leer, ya había calculado de qué lado me
inclinaría al responder a la pregunta de Eileen.
Sabía que si le hubiera dicho «quédate» a mi hermana, la habría hecho marcharse
a la fuerza. Sabía que, por instinto, me opondría a él en cualquier tema. Así, no
haciendo nada, no me dejaba nada contra lo que sublevarme… Se apartaba a su
demoníaca (o divina) indiferencia, me dejaba la preocupación de ser falible, un
atributo del ser humano, y libertad de decidir. Y, naturalmente, creía que apoyaría el
deseo de Eileen de marcharse con Jamethon Black.
Pero, en aquella ocasión, andaba descarriado. No veía el cambio que se había
producido en mí, la nueva luz que me mostraba el camino. Para él, la palabra
¡Destrucción! No había sido más que un caparazón vacío en el que podía refugiarse.
Pero yo, al fin, en una visión febril o algo parecido, lo veía como algo mucho más
grande, un arma capaz de volverse incluso contra aquellos demonios superiores de los
jóvenes mundos.

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Miré a Jamethon Black, y no me inspiraba más temor que Padma, que no me
inspiraba mucho. Por el contrario, estaba impaciente por medir mis fuerzas con él.
—No —le dije a Eileen tranquilamente—. Creo que no debes ir.
Mi hermana me miró fijamente y comprendí que, de un modo inconsciente, ella
había razonado como mi tío, pensando que acabaría por decirle lo que en su fuero
interno deseaba hacer. Pero la había frustrado; y continué celosamente basando mi
juicio con ayuda de argumentos en los que ella misma creía, eligiendo
cuidadosamente las palabras.
Me vinieron fácilmente a la mente.
—Armonía no es un mundo para ti, Eileen —le dije suavemente—. Ya sabes
hasta qué punto sus habitantes son distintos de los terrestres. No te sentirías en tu
elemento. No podrías adaptarte a ellos, ni a su modo de vida. Además, este hombre es
Jefe de Unidad.
Me obligué a mí mismo a mirar con cierta simpatía a Jamethon Black, y su rostro
impasible me devolvió una mirada tan desprovista de rencor o súplica como el filo de
un hacha.
—¿Sabes lo que significa eso en Armonía? —dije—. Es un oficial de las fuerzas
armadas. Su contrato puede ser vendido en cualquier momento, y le alejarían de ti.
Pueden enviarle a sitios donde no podrías seguirle. Puede no volver en años… o,
hacer que le maten, lo que es bastante posible. ¿Quieres lanzarte a esa aventura? —
Brutalmente, añadí—: ¿Eres lo bastante fuerte como para soportar todas esas
emociones, Eileen? Me he pasado la vida entera a tu lado, y creo que no. No sólo
Raquearías, sino que abandonarías a este hombre.
Me callé. Mi tío no había levantado la vista del libro ni una sola vez y seguía con
la cabeza baja; pero pensé —y de ello obtuve una secreta satisfacción— que sus
dedos, que agarraban la cubierta del libro, temblaban imperceptiblemente,
traicionando así unos sentimientos que nunca había demostrado.
En cuanto a Eileen, me miró con incredulidad mientras hablaba. Luego, hipó, casi
sollozando, y se volvió a Jamethon Black. Su mirada era bastante elocuente. La
observé; a él también, intentando descubrir en su rostro cierta traza de emoción; pero
se limitó a ensombrecerlo un poco, de un modo muy suave. Avanzó dos pasos hacia
ella, hasta llegar casi a su lado. Me tensé, dispuesto a interponerme entre ellos si era
necesario y así mantener mi punto de vista. Pero el amistoso se dirigió a ella con
mucha dulzura, con una versión salmodiada del idioma del que había oído hablar
pero que no había escuchado hasta entonces.
—¿No vendrás conmigo, Eileen? —preguntó.
Mi hermana temblaba como un frágil tallo en un suelo incierto cuando alguien se
acerca pisando fuertemente, y apartó la cabeza.
—No puedo, Jamie —murmuró—. Ya has oído lo que ha dicho Tam. Es cierto. Te
abandonaría.
—Eso no es verdad —dijo, sin alzar la voz—. No me has dicho más que no

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puedes. Dime que no quieres y me iré.
Esperó. Pero ella siguió evitando su mirada, negándose a mirarle a los ojos.
Luego, finalmente, sacudió la cabeza.
Inspiró profundamente. No había vuelto a mirarnos ni a Matías ni a mí desde que
acabé de hablar; y no lo hizo entonces. Con el rostro desprovisto de toda emoción de
tristeza o furor, Jamethon Black se apartó de ella y salió tranquilamente de la
biblioteca, desapareciendo para siempre de la casa y de la vista de mi hermana.
Eileen se volvió y salió corriendo de la estancia. Miré a Matías, pero mi tío se
limitó a pasar una página del libro sin levantar la cabeza. Nunca volvió a referirse ni a
Jamethon Black ni a aquel incidente.
Eileen tampoco.
Pero, menos de seis meses más tarde, ella asumió tranquilamente las funciones
que le asignaba su contrato en Cassida y se marchó. Algunos meses después de su
llegada, se casó con un joven nativo del planeta, llamado David Long Hall. Matías y
yo nos enteramos bastante tiempo después de la boda, y no por ella. No nos escribió.
Pero en aquellos momentos no me preocupaba por aquellas noticias más que
Matías, porque mi triunfo sobre Jamethon Black y mi hermana en la biblioteca me
había indicado el camino que tenía que seguir. Mi nuevo poder de percepción
empezaba a afirmarse en mí. Había empezado a elaborar técnicas que se podían
emplear para manipular a las personas, lo mismo que había manipulado a Eileen para
obtener lo que quería; avanzaba decididamente por el camino que conducía al poder y
la libertad.

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Capítulo 5
Más tarde, se demostró que la escena de la biblioteca se iba a grabar en mi mente de
un modo indeleble.
Durante cinco años, mientras trepaba por los diversos peldaños del Servicio de
Información como un hombre nacido para el triunfo, no recibí ninguna noticia de
Eileen. No escribía a Matías; ni me escribía a mí. Las pocas cartas que le dirigí no
obtuvieron respuesta. Conocía a mucha gente, pero no se puede decir que tuviera
amigos… y Matías no era nada. Desde algún recóndito rincón de mi mente me vino a
la cabeza lentamente la noción de que estaba solo en el mundo y, con la primera febril
excitación al descubrir que tenía poder para manipular a la gente, quizá elegí un
objetivo distinto de la única persona que, entre los seres que poblaban los catorce
mundos, habría podido tener alguna razón para amarme.
De aquel modo, cinco años más tarde, llegué a la cima de una colina de Nueva
Tierra, recientemente devastada por la artillería pesada. Bajé por las pendientes de la
loma que formaba parte de un campo de batalla que no había sido ocupado más que
durante unas pocas horas por las tropas conjuntas de las Secciones Norte y Sur de
Altland, en Nueva Tierra. Las fuerzas armadas del Norte y el Sur no eran más que un
núcleo de contingentes indígenas. Las del rebelde Norte estaban compuestas en un
ochenta por ciento por comandos mercenarios contratados en los Centros Amistosos.
Las del Sur estaban compuestas por un sesenta y cinco por ciento de reclutas de
Cassida, contratados en firme por las autoridades de Nueva Tierra… lo cual me había
llevado hasta allí, abriéndome paso por aquella tierra devastada, entre troncos de
árboles pulverizados por los obuses. Entre los efectivos de aquella unidad se
encontraba un joven Jefe de Grupo llamado Dave Hall… el hombre con quien se
había casado mi hermana en Cassida.
Mi guía era un infante de las Fuerzas Leales de la Sección Sur. No había nacido
en Cassida, sino en Nueva Tierra. Era un individuo delgado, de unos treinta años, de
natural agrio —como pude comprobar al ver el secreto placer del que parecía
disfrutar al hacerme salir, entre la tierra y los escombros, con mis zapatos de ciudad y
la capa de Periodista—. Seis años después de mi experiencia en la Enciclopedia
Final, mis talentos personales habían empezado a perfeccionarse y le habría podido
hacer cambiar de opinión sobre mí en breves minutos. Pero no valía la pena.
Me llevó al fin hasta un pequeño centro de transmisiones al pie de la colina y me
dejó en manos de un oficial de mandíbula cuadrada, de casi cuarenta años, que tenía
bajo los ojos grandes bolsas oscuras. El oficial era demasiado mayor para asumir
funciones en un teatro de operaciones y las fatigas de la edad se reflejaban en su
rostro. Además, las siniestras legiones de los Centros Amistosos se habían cebado
últimamente con los reclutas de Cassida, de formación incompleta, que se
enfrentaban a ellas. No era sorprendente que me mirase con un aire tan desprovisto de
simpatía como mi guía.

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Pero, al tratarse del comandante, su actitud podía ser un problema. Si quería
obtener lo que deseaba, tendría que hacerle cambiar… Y la dificultad, si quería que
cambiase, era que no tenía dato alguno sobre aquel hombre. Pero se había hablado de
un nuevo ataque de los Centros Amistosos y, como el tiempo apremiaba, me dejé
llevar por la inspiración del momento. Tendría que elaborar mis argumentos durante
la conversación.
—¡Comandante Hal Frane! —Se presentó sin esperar a que hablara, y tendió
hacia mí, bruscamente, una mano cuadrada bastante sucia—. ¡Sus papeles!
Se los di. Los miró sin que su expresión mejorase.
—¿Oh? —dijo—. ¿En pruebas?
La pregunta equivalía a un insulto. Que fuera un miembro de pleno derecho del
Sindicato del Servicio de Información o un simple Aprendiz no era asunto de su
incumbencia. Lo que decía daba a entender que yo era posiblemente tan novato que
representaba un peligro en potencia para él y para sus hombres en las primeras líneas
de combate.
Sin embargo, no se daba cuenta de que al hacer aquella pregunta no había atacado
uno de mis puntos sensibles, lo que constituía una debilidad por su parte.
—Bien —dije tranquilamente, recuperando mis papeles. Y, a partir de entonces,
improvisé lo que pude con lo que acababa de revelarme de si mismo—. Ahora,
veamos, en lo que concierne a su ascenso…
—¡Mi ascenso!
Me echó una ojeada. El tono de su voz confirmaba todo lo que había deducido;
uno de esos detalles con los que la gente se traiciona eligiendo las acusaciones que
dirigen a los demás. El hombre que sugiere que uno es un ladrón, casi con toda
seguridad está provisto de una zona vulnerable de deshonestidad en su yo más íntimo;
y, en aquel caso, la tentativa que había hecho Frane de insultarme al hablar de mi
condición, procedía sin duda de que me creía vulnerable en los mismos puntos que él.
Aquel modo de intentar herirme, añadido al hecho de que ya había pasado la edad de
su puesto, indicaba que por lo menos habían olvidado ascenderle una vez y que aquél
era uno de sus puntos vulnerables.
No era más que una primera abertura, pero aquello bastaba después de llevar
cinco años practicando mis capacidades en las mentes de los del…
—¿No está usted en la lista de oficiales que serán ascendidos al grado de
comandante? —pregunté—. Creía que… —Me callé de golpe y esbocé una sonrisa
—. Debo haberme equivocado. Le habré confundido con otro. —Mirando la loma,
cambié de tema—. He visto que usted y sus hombres han pasado un mal rato hace
unas horas.
Me interrumpió.
—¿Dónde ha oído que iba a ser ascendido? —preguntó poniendo cara de mal
humor. Vi que había llegado el momento de dar el primer golpe.
—Bueno, a decir verdad, no me acuerdo, comandante —dije, mirándole a los

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ojos. Permanecí en silencio durante un minuto para dar tiempo a que hicieran efecto
las palabras. Luego, añadí—: Y, aunque me acordara, creo que no tendría derecho a
decírselo. Las fuentes de un Periodista son secretas… en nuestro caso, es necesario.
Lo mismo que los militares deben tener sus secretos.
Aquello le sometió un poco. Se acordó de pronto de que yo no era uno de sus
infantes. No podía ordenarme que le dijese nada que yo no quisiera decirle. Le sería
necesario aplicar la táctica del guante de terciopelo antes que la de mano de acero si
quería obtener algo de mí.
—Sí —dijo, luchando por transformar su aspecto de irritación en una sonrisa tan
amable como le fuera posible—. Sí, naturalmente. Perdóneme. Hemos sufrido el
fuego del enemigo con cierta intensidad.
—Ya lo he visto —dije, simpático—. Claro, no son ésas las cosas que le dejan a
uno tranquilo.
—No. —Consiguió sonreír—. Entonces, ¿no puede decirme nada acerca de esa
promoción?
—Me temo que no —le dije. Nuestras miradas volvieron a cruzarse. Se quedaron
prendidas la una en la otra.
—Ya veo. —Se volvió con cierta amargura—. ¿Qué puedo hacer por usted,
Periodista?
—Puede hablarme un poco de usted —respondí—. Me gustaría tener algunos
datos suyos.
Se dio la vuelta bruscamente hacia mí.
—¿De mí? —preguntó, desorbitando los ojos.
—Sí —dije—. Es una de mis ideas. Una historia de interés humano… la campaña
vista por uno de los oficiales del campo de batalla. Ya ve lo que quiero decir.
Lo veía a la perfección. Pensé que lo entendía. Noté que la luz volvía a sus ojos y
que el «motor» de su mente empezaba a girar. Habíamos llegado al punto en que un
hombre que tuviera la conciencia tranquila habría vuelto a preguntar: ¿por qué yo
para una historia de interés humano en vez de un oficial de mayor graduación o con
más condecoraciones?
Pero Frane no iba a hacer aquella pregunta. Sabía por qué se la hacía a él. Sus
propias esperanzas sepultadas le habían conducido a sumar dos y dos para obtener lo
que pensaba que eran cuatro. Creía merecer el ascenso… un ascenso por su conducta
en el campo de batalla. En cierto modo, aunque él no pudiera comprenderlo en aquel
momento, su reciente conducta en el frente debía haberlo situado en la lista de
personal con posibilidades de ascender; y yo había ido hasta allí para crear, a partir de
todo aquello, mi historia de interés humano. Como yo no era más que un civil, se
diría Frane, no podía pensar que él mismo todavía no hubiera oído hablar del ascenso;
y mi ignorancia me había conducido a meter la pata en cuanto le vi.
Era bastante repugnante ver hasta qué punto habían cambiado su voz y su actitud
hacia mí cuando acabó de combinar todo aquello… a su antojo; como ciertos seres de

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capacidades poco desarrolladas, se había pasado la vida acumulando razones y
excusas que demostrasen que estaba dotado verdaderamente de cualidades
extraordinarias, y que el destino y los prejuicios se habían aliado contra él para
privarle de sus merecidas recompensas.
Empezó a darme un montón de razones y excusas para informarme sobre sí
mismo; si verdaderamente le hubiera estado entrevistando para hacer un reportaje,
habría podido mostrarle, a partir de sus propias palabras, la mezquindad de su alma y
lo poco que valía más de una docena de veces. Su historia, al contarla, era casi un
quejido. Las verdaderas ganancias de un soldado estaban en trabajar como
mercenario, pero todas las buenas oportunidades como tal eran para los hombres de
los Mundos Amistosos, o para los dorsai. Frane no tenía ni tripas ni convicciones
suficientes para llevar una vida de cilicio o ser oficial de enlace entre los amistosos.
Y, naturalmente, el único modo de ser un dorsai era haber nacido entre ellos. Sólo le
quedaba el trabajo de guarnición, trabajo de cuadro, mandando tropas de apoyo de
mundos o áreas políticas… solo para verse desplazado de los puestos de mando,
cuando llegase la guerra, por mercenarios —nacidos o hechos— importados para el
conflicto.
Y el trabajo de guarnición, no es necesario decirlo, estaba muy mal pagado
comparado con los salarios de los mercenarios. Cualquier gobierno podría firmar
contratos de larga duración por material como Frane, con bajos salarios y con
cláusula de posible prescindibilidad. Pero cuando el mismo gobierno buscaba
mercenarios, necesitaba mercenarios; y cada vez que los necesitaba, prescindía de un
modo normal de los que estaban en oficinas, o los colocaba por dinero, en baratas
manadas.
Pero ya hemos hablado bastante del comandante Frane, que no era un personaje
tan importante. Sólo él mismo estaba convencido de que se le reconocería como tal,
al fin, en el seno del Servicio de Informaciones Interestelares. Como la mayor parte
de los seres de su especie, tenía una idea muy exagerada de la utilidad de la
publicidad en el éxito de un hombre. Me dio todos los detalles posibles acerca de su
persona, me enseñó las posiciones en las que se ocultaban sus hombres en la colina;
y, en el momento de partir, ya había conseguido hacerle responder como una máquina
perfectamente ajustada a todas mis sugerencias. Por ello, en el mismo momento en
que iba a retirarme a retaguardia, le hice… la única sugerencia verdadera que deseaba
hacer.
—¿Sabe? Acabo de tener una idea —le dije, volviéndome hacia él—. El Estado
Mayor me ha dado autorización para seleccionar a uno de los reclutas para que me
asista durante el resto de la campaña. Iba a elegir a alguno de los hombres del Cuartel
General, pero, a mi entender, creo que sería mejor que me llevase a uno de los
hombres de su Unidad.
—¿Uno de mis hombres? —Parpadeó.
—Así es —dije—. Luego, si quisieran un artículo sobre usted, o si desearan más

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detalles de los que usted me ha dado sobre su punto de vista acerca del combate,
podría obtenerlo de ese hombre. No me resultaría muy cómodo seguirle a usted por el
campo de batalla; me bastaría con enviar un mensaje constatando la imposibilidad de
seguir adelante con el desarrollo del artículo.
—Ya veo —dijo, y su rostro se aclaró. Pero volvió a fruncir el ceño—. Necesitaré
una semana o dos para reemplazar al hombre que se fuera con usted. No veo cómo…
—Oh, si sólo se trata de eso —dije, sacando un papel del bolsillo—, puedo elegir
a quien quiera sin necesidad de esperar el reemplazo… si el comandante está de
acuerdo, naturalmente. Está claro que sólo tendrá un hombre menos durante unos
días…
Le dejé reflexionar. Y reflexionó durante un momento —sin pensar más tonterías
—, como cualquier comandante que se hubiera encontrado en la misma situación.
Todos los puestos de mando de aquel sector estaban debilitados después de los
combates de las últimas semanas. Un hombre menos significaba que habría un
agujero en la línea de Frane, y reaccionaba ante aquella perspectiva con los mismos
reflejos condicionados de todos los oficiales que actuaban en el campo de batalla.
Pero la perspectiva del ascenso y la publicidad volvieron a su mente y en su
cráneo estalló una lucha doble.
—¿Quién? —dijo, al fin, dirigiéndose más a sí mismo que a mí. Lo que se
preguntaba es si podría prescindir de alguien en concreto. Pero actué como si la
pregunta se dirigiera a mí especialmente.
—Hay un hombre en su unidad llamado Dave Hall…
Levantó la cabeza de golpe y la sospecha se empezó a abrir camino por su mente,
una sospecha atroz y no disimulada que se pintaba en sus facciones.
Hay dos modos de tratar la sospecha: uno consiste en protestar clamando por la
inocencia, el otro en reconocerse culpable de un delito menos grave.
—He visto su nombre en la lista de efectivos mientras le buscaba a usted en el
Estado Mayor antes de venir a verle —dije—. A decir verdad, es una de las razones
por las que le he elegido —insistí un poco en aquella palabra para que no se le pasase
por alto— para este artículo. Ese tal Dave Hall es como un pariente lejano mío, y
creo que así podría matar dos pájaros de un tiro. La familia me ha estado presionado
para que hiciera algo por el chico.
Frane no me quitaba ojo.
—Claro está que —agrega— conozco la falta de personal que sufre usted. Si la
persona que solicito tiene tanto valor para usted… —Si tiene tanto valor para usted,
sugería mi voz, ni siquiera se me pasará por la cabeza el que me lo ceda. Por otra
parte, voy a hacer de usted, con mi artículo, un héroe del que oirán hablar los
catorce mundos, pero si me siento en el despacho a pensar que usted podría haber
sacado a mi pariente del frente y no lo hizo…
Lo entendió.
—¿Quién? ¿Hall? —dijo—. No, puedo prescindir de él perfectamente. —Se

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volvió hacia el puesto de mando y rugió—. ¡Enlace! Que venga Hall, con todo su
equipaje, armas y equipo. —Frane se volvió hacia mí mientras se alejaba el
mensajero—. Tardará unos cinco minutos en prepararse y llegar hasta aquí —me
informó.
De hecho, fueron diez. Pero me daba lo mismo esperar. Doce minutos más tarde,
guiados por nuestro guía Jefe de Grupo, Dave y yo nos pusimos en marcha hacia el
Estado Mayor.

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Capítulo 6
Dave no me había visto nunca, naturalmente. Pero Eileen debía haberle hecho una
descripción mía y no podía negarse que me reconoció en el mismo instante en que el
comandante lo puso en mis manos. Pero tuvo la inteligencia suficiente como para no
hacer ninguna pregunta estúpida antes de que llegásemos al Estado Mayor y nos
libráramos del Jefe de Grupo que nos guiaba.
Tuve ocasión de observarle durante el camino. No me impresionó mucho a
primera vista. Era más bajo que yo y parecía mucho más joven de lo que nuestra
diferencia de edad debería haber mostrado. Tenía una de esas caras redondas y
francas coronada por un cabello color caramelo, un cabello que le proporcionaba
cierto aspecto de adolescencia a una edad casi madura. La única cosa que parecía
tener en común con mi hermana era algo semejante a una inocencia y gentileza
innatas… inocencia y gentileza propias de los seres frágiles que son demasiado
débiles para combatir por sus propios derechos y vencer, y que deben salir adelante lo
mejor que puedan sometiéndose a la buena voluntad de los demás.
O quizá yo era demasiado duro.
Yo no soy de los que se quedan en el redil. Se me encontraba a menudo fuera,
acechando furtivamente a lo largo de las verjas, dirigiendo pensativas miradas hacia
los vecinos.
Pero es cierto que Dave no me parecía extraordinario en cuanto a su aspecto y
carácter. Mentalmente, tampoco me pareció nada del otro mundo. Era un
programador ordinario cuando Eileen se casó con él, y trabajó a media jornada,
mientras mi hermana lo hacía a jornada completa, durante cinco años para conseguir
que le admitieran en un programa de mecánica de la Universidad de Cassida. Le
quedaban todavía tres años cuando, en un examen, obtuvo menos del setenta por
ciento de la media requerida. La suerte quiso que ocurriese justo cuando Cassida
reclutaba efectivos que vender a Nueva Tierra para la campaña que se desarrollaba en
aquellos momentos destinada a reducir a los rebeldes de la Sección Norte. Se marchó
de uniforme.
Lo lógico habría sido que Eileen recurriera a mí en el acto. Pero no hizo nada…
lo que me extrañó bastante cuando me enteré. Y, sin embargo, no tendría que
haberme sorprendido. Mi hermana me habló de ellos y el relato dejó mi alma al
descubierto, devastada por un viento de cólera y locura. Pero aquello no pasó hasta
más tarde. De hecho, descubrí que Dave se iba a reunir con los efectivos que se
dirigían a Nueva Tierra porque nuestro tío Matías falleció de modo inesperado, y me
pidieron que me pusiese en contacto con Eileen, en Cassida, para solucionar el tema
de la herencia.
Su pequeña porción de la herencia (con desprecio, incluso con sarcasmo, Matías
había dejado la mayor parte de su considerable fortuna al Proyecto de la Enciclopedia
Final, demostrando con ello la inutilidad que representaba para él cualquier proyecto

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relacionado con la Tierra o los terrestres pese a la ayuda que pudiera dársele) no le
valdría de nada a menos que pudiera cerrar por ella un trato con algún cassidiano que
trabajase en la Tierra pero que todavía tuviera familia en Cassida. Sólo los gobiernos
o las grandes corporaciones podían transferir bienes planetarios mediante contratos
de trabajo humanos transferibles de un mundo a otro. En fin, de ese modo me enteré
que Dave les había dejado, a ella y a su mundo natal, para ir a la refriega que asolaba
Nueva Tierra.
Ni siquiera en aquellos momentos Eileen me pidió que la ayudase. Fui yo quien
pensó que Dave podía ser mi asistente durante la campaña y también fui yo quien dio
los primeros pasos, escribiendo a Eileen para informarla de mis proyectos. Una vez
lanzado de cabeza al asunto, no estaba muy seguro de hacer lo correcto, y me sentí un
poco a disgusto cuando Dave intentó agradecérmelo al librarnos al fin del guía, en el
camino de Molón, una gran ciudad, la más cercana hacia retaguardia.
—Es inútil —le respondí bruscamente—. Lo que he hecho hasta ahora ha sido
fácil. Tendrás que acompañarme en calidad de no combatiente, sin llevar armas. Y,
para hacerlo, será necesario que tengas un salvoconducto firmado por los dos bandos
beligerantes. No será fácil para alguien que apuntaba con el fusil a los soldados de los
Centros Amistosos hace menos de ocho horas.
Se calló al oírlo. Estaba disgustado. Le hería que no le dejase agradecerme lo que
había hecho. Pero aquello le hizo callar, y era todo lo que quería.
Recibimos las órdenes de su Estado Mayor asignándolo de modo permanente a
mi persona; acabamos el trayecto hasta Molón en la plataforma volante; le dejé en la
habitación del hotel con todo mi equipaje y le expliqué que volvería a buscarle a la
mañana siguiente.
—¿Debo quedarme en la habitación? —me preguntó cuando me marchaba.
—¡Haz lo que quieras, por amor de Dios! —le dije—. No soy tu Jefe de Grupo.
Lo único que tienes que hacer es estar aquí mañana a las nueve cuando vuelva a
recogerte.
Salí. Sólo cuando hube cerrado la puerta a mis espaldas me di cuenta de lo que le
impulsaba a actuar así, y me irritaba. Pensaba que podríamos pasar unas horas juntos,
conociéndonos como cuñados, pero había algo que me hacía chirriar los dientes con
sólo pensarlo. Le había salvado la vida por el bien de Eileen, pero no veía razones
aparentes para entablar una amistad.
Nueva Tierra y Freilandia, como sabe todo el mundo, son dos planetas hermanos
bajo el sol de Sirio. Eso los relaciona —no tanto, evidentemente, como el grupo
Venus-Tierra-Marte— pero basta para que a partir de una órbita alrededor de Nueva
Tierra se pueda uno encontrar en órbita alrededor de Freilandia en un solo
desplazamiento.
De modo que me marché y, dos horas después de haber dejado a mi cuñado,
enseñaba mi invitación (obtenida con bastantes dificultades) al centinela apostado en
la entrada de la casa de Hendrik Galt, Primer Mariscal de las Fuerzas Armadas de

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Freilandia.
La carta me invitaba a una recepción que se ofrecía a un hombre que no era tan
conocido entonces como lo sería más adelante, un dorsai (lo mismo que Galt), Jefe de
Subpatrulla Espacial llamado Donal Graeme. Era la primera vez que Graeme aparecía
en público. Acababa de triunfar en un ataque absolutamente temerario contra las
defensas planetarias de Newton, con unos cuatro o cinco navíos… un ataque que
había conseguido liberar Oriente de la opresión de Newton (Oriente era un planeta
hermano, deshabitado, de Freilandia y Nueva Tierra) y, de paso, sacado a Galt de una
mala posición táctica.
Era, lo decidió en aquel momento, un audaz estratega de ojos perdidos —como lo
suelen ser los hombres de su clase—. Pero, afortunadamente, no tenía nada que hacer
con él y sólo quería hablar con algunos personajes influyentes que también estarían
en la recepción.
En particular, quería la firma del Jefe del Servicio de Información de Freilandia
en los papeles de Dave… sin que aquello implicase que los Servicios de Información
le concedieran ningún tipo de protección a mi cuñado. Sólo se facilitaba tal
protección a los miembros del Sindicato y, con algunas reservas, a agentes en período
de pruebas, como yo. Pero el no iniciado, como por ejemplo un soldado en el campo
de batalla, podía pensar que el papel implicaba aquella cobertura de seguridad.
Además, quería la firma de alguien que tuviera mando entre los mercenarios de los
Centros Amistosos para proteger a Dave en caso de que nos las tuviéramos que ver
con sus soldados en el teatro de operaciones durante la batalla.
No me costó trabajo encontrar al jefe del Servicio de Información, un amable y
razonable terrestre llamado Nuy Snelling. No puso ningún impedimento para firmar
el salvoconducto de Dave, pues el Servicio de Información estaba de acuerdo en que
Dave me asistiera y se firmara el pase.
—Bueno, ya sabrá —me dijo— que esto no vale un pimiento —me miró con
curiosidad y me tendió el pasaporte—. Ese Dave Hall, ¿es amigo suyo?
—Mi cuñado —respondí.
—Hmm —dijo, enarcando las cejas—. Bien, buena suerte. —Y dándose la vuelta
se puso a hablar con un exótico vestido con una túnica azul. Me llevé casi un susto al
reconocer a Padma.
La impresión fue tan violenta que cometí una imprudencia que no cometía desde
hacía varios años, la de hablar sin reflexionar.
—Padma —dije; las palabras se me escapaban de la boca—. Delegado, ¿qué hace
aquí?
Snelling, retrocediendo para poder vernos a los dos al mismo tiempo, volvió a
fruncir el ceño. Pero Padma respondió antes de que mi superior pudiera reprenderme
por haber cometido una grosería tan evidente. Padma no tenía obligación alguna de
responderme de sus hechos y gestos. Pero no parecía irritado por mi falta de cortesía.
—Le podría preguntar lo mismo, Tam —dijo, sonriendo.

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Pero yo ya había recuperado la cordura.
—Voy a donde hay noticias —respondí. Era la respuesta típica del Servicio de
Información. Pero Padma decidió tomarla al pie de la letra.
—En cierto sentido, también yo —dijo—. ¿Recuerda lo que le dije un día acerca
de una trama, Tam? Este lugar y este momento constituyen la escena de la misma.
Yo no sabía de lo que hablaba, pero tras haberme lanzado a aquella conversación,
no veía muy bien el modo de cortarla.
—¿De verdad? —dije con una sonrisa—. Espero que no tenga nada que ver
conmigo.
—Sí —contestó. Y, súbitamente, fui consciente una vez más de sus ojos color
avellana que me miraban y escrutaban—. O, más bien, con Donal Graeme.
—Es bastante justo, supongo —dije—, pues la recepción es en su honor. —Y me
reí, intentando descubrir una excusa para escapar. La presencia de Padma me ponía la
carne de gallina. Era como si ejerciera sobre mí algún control mágico, impidiéndome
pensar claramente cuando estaba ante él—. A propósito, ¿qué ha sido de la joven que
me llevó hasta el despacho de Mark Torre? Se llamaba… creo que Lisa… Kant.
—Sí, Lisa —dijo Padma sin quitarme la vista de encima—. Está aquí conmigo.
Ahora es mi secretaria personal. Imagino que se encontrara con ella dentro de poco.
Desea mucho salvarle.
—¿Salvarle? —repitió Snelling con voz distante pero interesada. Entraba dentro
de sus atribuciones, como en las de todos los miembros del Sindicato, observar a los
Aprendices para averiguar todo lo que pudiera afectar a su aceptación en el seno del
Sindicato.
—De sí mismo —respondió Padma, que me observaba todavía con una mirada
tan brumosa y amarilla como la de un dios o un demonio.
—Será mejor que la busque yo mismo —repliqué con tono distraído,
aprovechando aquella ocasión para escapar—. Les veré más tarde.
—Quizá —dijo Snelling. Y me aleje.
En cuanto me perdí entre la multitud, me dirigí hacia una de las escaleras que
conducían a los balconcillos situados alrededor de las paredes de la sala, como si
fueran los palcos de algún teatro de ópera. No tenía ninguna intención de que la
joven, Lisa Kant, me atrapase, pues la recordaba de un modo neblinoso. Cinco años
atrás, después de la aventura que viví en la Enciclopedia Final, fui turbado
ocasionalmente por el deseo de volver al Enclave y poder verla. Pero, en cada
ocasión, un sentimiento que se parecía vagamente al temor me lo impidió.
Sabía a qué correspondía aquel temor. En el fondo de mi corazón sentía el ilógico
sentimiento de que aquella percepción, aquel talento que me permitía manipular a la
gente, como hice por primera vez con mi hermana y Jamethon Black en la biblioteca
y que seguí empleando con todos los que se cruzaban en mi camino, incluido el
comandante Frane, en el fondo de mi corazón, repito, tenía el temor de que algo me
privaría de aquel poder si alguna vez intentaba manejar con él a Lisa Kant.

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Descubrí una escalera ascendente que conducía a un balconcillo desierto en el que
había algunas sillas dispuestas alrededor de una mesa redonda. Desde allí podría
observar al Eclesiarca Bright, el Jefe del Consejo de Iglesias Unificadas que
gobernaba los dos mundos Amistosos de Armonía y Asociación. Bright era Militante
—uno de esos hombres de iglesia de los Centros Amistosos que creían a pies juntillas
que la guerra era lo único que permitía resolver todos los problemas— y había
realizado una corta visita a Nueva Tierra para ver cómo trabajaban los mercenarios de
los Centros Amistosos con sus jefes de Nueva Tierra. Cualquier garabato que
estampara en el pase de Dave proporcionaría mucha más protección para mi cuñado
frente a las tropas Amistosas que cinco Unidades armadas de Cassida.
Di con él apenas unos minutos después de ponerme a atisbar entre la multitud que
hormigueaba quince pies por debajo mío. Estaba al otro lado del salón, discutiendo
con un hombre de cabellos blancos… un venusiano o un newtoniano, a juzgar por su
aspecto. Sabía cuál era la apariencia del Eclesiarca Bright lo mismo que conocía la
apariencia de los principales personajes de los catorce mundos habitados. Si había
llegado a Aposición que ocupaba gracias a mis talentos naturales, no por ello había
dejado de trabajar para aprender mi oficio. Pero, a pesar de mis conocimientos, la
primera vez que vi al Eclesiarca Bright me impresioné.
No había supuesto que, siendo un clérigo, pudiese dar una imagen tan clara de
poderío físico. Era más alto que yo, con unos hombros como la puerta de una granja
y, aunque ya hubiera alcanzado una edad más que madura, tenía todo el aspecto de un
atleta. Estaba allí, totalmente vestido de negro, dándome la espalda, con las piernas
ligeramente separadas, haciendo que el peso de su cuerpo descansase en las puntas de
los pies como si fuera un boxeador bien entrenado. En aquel hombre brillaba algo
parecido a una negra llamarada de fuerza que me helaba y me abrasaba
simultáneamente por el deseo de medirme mentalmente con él. Una cosa era segura:
no sería ningún comandante Frane quien se pusiera a bailar después de haberle
adulado con algunas palabrejas.
Me di la vuelta para bajar y reunirme con él… pero el azar me detuvo. Si es que
era el azar. Nunca lo sabré con certeza. Quizá yo estaba hipersensibilizado desde que
Padma observó que aquel lugar y momento eran una escena elegida por el sistema de
desarrollo humano cuya responsabilidad asumía él mismo. Yo ya había tratado a
mucha gente con aquellas sugerencias sutiles y apropiadas como para empezar a
dudar acerca del hecho de que él hubiese podido actuar del mismo modo con migo.
De lo que sí fui claramente consciente era de un pequeño grupo de personas por
debajo mío.
En aquel grupo se encontraba William de Ceta, Contratista en Jefe de aquel
enorme planeta comercial de baja gravedad en órbita alrededor de Tau Ceti. También
estaba una alta y hermosa joven rubia llamada Anea Marlivana, que era la Elegida de
Kultis en su generación, joya de las generaciones de la raza exótica. Se hallaban entre
ellos, igualmente, Hendrik Galt, impresionante, vestido con uniforme de Mariscal, y

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su sobrina Elvine. Finalmente, había otro hombre que no podía ser más que Donal
Graeme.
Era un hombre joven que llevaba uniforme de Jefe de Sub Patrulla:
evidentemente un dorsai, de cabellos negros y con la rara eficacia de movimientos
que caracteriza a la gente que ha nacido para la guerra. Pero parecía muy bajo para
ser un dorsai —no me habría sobrepasado de haberme puesto a su lado—, delgado,
casi insignificante. Sin embargo, consiguió llamar mi atención entre todo el grupo; y,
en el mismo instante, alzando los ojos, también él me vio.
Nuestras miradas se encontraron durante un segundo. Estábamos lo bastante cerca
para que pudiera distinguir el color de sus ojos. Y aquello me detuvo. Porque aquel
color no era un color, no era el color de los ojos de nadie. Sus ojos eran grises, verdes
o azules según el tinte que se quisiera encontrar en ellos. Graeme apartó la mirada
casi al instante. Pero mis ojos se quedaron fijos en él, retenidos por la sorprendente
mirada, atrapados en un momento de sorpresa, con la atención puesta en él; y aquel
momento de retraso fue suficiente.
Cuando me sacudí para salir de aquel estado hipnótico y volví a mirar hacia el
lugar en que estuviera Bright, descubrí que había sido apartado de la compañía del
hombre de blancos cabellos por la aparición de un ayudante, cuya silueta y actitud me
eran extrañamente familiares, que hablaba animadamente con el Jefe de los Centros
Amistosos.
Y, mientras yo le seguía observando, Bright se dio la vuelta bruscamente;
siguiendo al ayudante cuya silueta me resultaba familiar, salió rápidamente de la sala
por una puerta que, yo lo sabía, conducía a la entrada de la residencia de Galt. Se iba:
y con él mi oportunidad de abordarle. Me volví para bajar a toda prisa la escalera del
balconcillo y seguirle antes de que desapareciera.
Pero el camino no estaba libre. Aquel momento en que había mirado fijamente a
Donal Graeme, poniendo en él toda mi atención, había resultado un error. Porque,
subiendo la escalera y llegando al balconcillo en el momento en que me disponía a
partir, venía Lisa Kant.

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Capítulo 7
—¡Tam! —dijo—. ¡Espere! ¡No se vaya!
No podía hacerlo a menos que la apartase, pues bloqueaba la salida de la estrecha
escalera. Me detuve, indeciso, echando un vistazo a la puerta situada al otro extremo
de la sala por la que habían desaparecido Bright y su ayudante. No tardé en darme
cuenta de que ya era demasiado tarde. Habían desaparecido a toda prisa.
Naturalmente, podía bajar y cruzar la sala llena de gente, pero ellos ya habrían
alcanzado su vehículo y se habrían marchado. Tal vez si me hubiera apresurado en el
mismo segundo en que vi que Bright empezaba, a moverse… Pero, alcanzarle en
aquellos momentos quizá no valiera para nada. No había sido la llegada de Lisa, sino
mi propio momento de distracción, cuando tropecé con la extraña mirada de Donal
Graeme, lo que me había hecho perder la oportunidad de obtener la firma de Bright
en el pase de Dave.
Me volví hacia Lisa. Era curioso, pero una vez había conseguido alcanzarme, y
cuando ya estábamos cara a cara una vez más, sentí que no me alegraba verla, pues
temía volverme algo ineficaz con su contacto.
—¿Cómo sabía que estaba aquí? —pregunté.
—Padma me ha dicho que intentaría evitarme —respondió—. No era muy fácil
en la planta en que se encontraba todo el mundo. Tenía usted que huir a algún lugar
apartado y ese sitio sólo podía ser estos balcones. Le vi acodado en éste hace un
instante, mientras miraba lo que pasaba abajo.
La faltaba un poco el aliento tras haber subido corriendo por la escalera, y
hablaba con la voz entrecortada.
—Muy bien —dije—. Me ha encontrado. ¿Qué es lo que quiere?
Recuperó el aliento, pero el esfuerzo había enrojecido sus mejillas. Vista así, era
bella, y aquél era un hecho que no podía ignorar. Pero la seguía temiendo.
—¡Tam! —dijo—. ¡Mark Torre quiere hablarle!
El temor que me inspiraba creció agudamente en mi interior como el estridente
sonido de una sirena de alarma. Y entonces fue cuando comprendí el peligro que
podía representar para mí. O el instinto o un buen conocimiento de la situación eran
la causa de que hablara de aquel modo. Cualquier otra persona habría planteado la
pregunta con algunos preámbulos. Pero aquella sabiduría instintiva que había en ella
le dijo cuáles eran los peligros que habrían existido si me hubiera dado tiempo para
apreciar una situación y ajustaría a mis propios fines.
Pero también yo sé ser directo. Intenté pasar a su lado sin contestar, pero se cruzó
en mi camino y me tuve que detener.
—¿Sobre qué? —pregunté bruscamente.
—No me lo ha dicho.
Vi el medio de contestar a su ataque. Me puse a reír en su cara. Me miró durante
un instante, luego se ruborizó y pareció encolerizarse realmente.

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—Estoy desolado —dije. Me costaba mucho contener la risa, pero, al mismo
tiempo, realmente, estaba desolado. Porque, por forzado que me viera a luchar con
Lisa Kant, la amaba demasiado para reírme de ella de aquel modo—. ¿De qué
podríamos hablar sino de esa vieja historia según la cual yo me pondría al frente de la
Enciclopedia Final? ¿No lo recuerda? Padma dijo que no podrían utilizarme porque
estoy orientado completamente hacia… —Saboreé la palabra mientras me salía de los
labios—… la Destrucción.
—Será necesario que corramos ese riesgo. —Tenía aspecto testarudo—. Además,
no es Padma quien decide sobre lo relacionado con la Enciclopedia. Es Mark Torre, y
está envejeciendo. Sabe mejor que nadie hasta qué punto sería peligroso que dejase
las riendas sin que hubiera nadie para recogerlas. En un año, en seis meses, el
proyecto se vendría abajo. O quizá resultase un proyecto frustrado por culpa de
personas que no estuvieran a la altura de la tarea. ¿Cree usted que su tío es el único
hombre del mundo que tiene esas ideas sobre la Tierra y los habitantes de los jóvenes
mundos?
Me tensé, y un cierto frío me invadió la mente. Lisa había cometido un error al
mencionar a Matías. Mi rostro cambió; lo supe por el cambio de expresión del suyo
mientras me miraba.
—¿Qué ha dicho? —La cólera me invadió súbitamente—. ¿Me ha estado
vigilando? ¿Ha estado espiando mis idas y venidas? —Avancé un paso hacia ella y la
vi retroceder instintivamente. La tomé del brazo y la obligué a mirarme—. ¿Por qué
me persigue ahora, después de cinco años? ¿Cómo sabía que iba a estar aquí?
No intentó librarse de la presa y se quedó digna e inmóvil.
—Suélteme —dijo tranquilamente. Lo hice y ella retrocedió—. Padma me dijo
que estaría usted aquí. Me dijo que sería mi última oportunidad. ¿Recuerda lo que le
dijo sobre la ontogénesis?
La miré durante un segundo, luego reí amargamente.
—Vamos —repliqué—, ya me he tragado muchas cosas sobre los exóticos. ¡No
me diga que pueden calcular exactamente dónde se encontrará un habitante
cualquiera de los catorce mundos en un momento dado!
—No se trata de cualquiera —me respondió encolerizada—. Se trata de usted. De
usted y de algunas personas como usted… porque usted es un creador y no una parte
creada del sistema. Las influencias que se ejercen sobre la gente que está englobada
en un sistema tienen demasiado alcance y son demasiado complicadas para poder ser
calculadas. Pero usted no se encuentra a merced de las influencias exteriores. Usted
posee la elección, sin que haga falta considerar las presiones ejercidas por las
personas o los acontecimientos. Padma se lo dijo hace ya cinco años.
—¿Y eso permite descubrir mis intenciones más fácilmente que si fuera al
contrario? Es un preciosa historia.
—¡Oh, Tam! —me dijo con voz exasperada—. Claro que así es más fácil.
Prácticamente, no ha sido necesario recurrir a la ontogénesis. Casi se puede hacer

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solo. Lleva usted cinco años para entrar en el Sindicato de Periodistas, ¿verdad?
¿Piensa que no era evidente?
Tenía razón, naturalmente. Yo no mantenía mis intenciones en secreto. No había
ninguna razón para ello. Por mi expresión, vio que admitía aquel punto de vista.
—Bien —prosiguió—. Por ahora ha llegado al grado de Aprendiz. ¿Cuál es el
medio más seguro y más rápido de que un Aprendiz consiga ser un miembro con
plenos derechos del Sindicato? Acostumbrarse a estar donde pasan las cosas más
interesantes, ¿sí o no? Y, ¿cuál es la cosa más interesante —por no decir la más
importante— que pasa en los catorce mundos en estos momentos? La guerra entre las
Secciones Norte y Sur de Nueva Tierra. Las noticias relacionadas con la guerra son
siempre sensacionales. Estábamos seguros de que se las arreglaría para ocuparse de
ésta. Y parece que hasta ahora ha sido capaz de conseguir cuanto deseaba.
La observé atentamente. Todo lo que estaba diciendo era verdad, y parecía
razonable. Pero en aquel caso, ¿por qué no se me había ocurrido que mis actos
pudieran ser calculados? Me sentí como si me hubiese dado cuenta súbitamente de
que era observado por alguien que poseyera unos gemelos de largo alcance, alguien
de quien nunca hubiera podido sospechar que me espiase. Lo comprendí.
—No ha hecho más que explicar por qué me podría encontrar en Nueva Tierra —
dije lentamente—. ¿Por qué aquí, en Freilandia, en esta reunión en concreto?
Por primera vez, dudó. Ya no parecía tan segura de lo que decía.
—Padma… Padma dijo que este lugar y este momento representaban una
situación crítica. Y, debido a su propia naturaleza, Tam, usted puede percibir las
situaciones de este tipo y ser atraído por ellas llevado por el mismo deseo de que
resulten útiles a sus propios intereses.
La estudié mientras sus palabras se abrían paso en mi interior lentamente. Luego,
tan bruscamente como un rayo que me cruzase la mente, la relación entre lo que la
joven acababa de decir y lo que yo mismo oyera antes me iluminó de un modo
repentino.
—Situación, sí —dije con voz agitada, adelantándome hacia ella llevado por la
excitación—. Padma dijo que aquí se producía una situación crítica. Para Graeme,
¡pero también para mí! ¿Por qué? ¿Qué significa él para mí?
—Yo… —dudó—. No lo sé exactamente, Tam. No creo que lo sepa ni el propio
Padma.
—¡Pero hay algo sobre él, y sobre mí, que les ha traído a ustedes hasta aquí! ¿Es
verdad? —Casi gritaba. Mi mente perseguía la verdad como un zorro cuando caza un
conejo—. ¿Por qué ha venido a por mí? ¡A este lugar y a este momento en concreto,
como dice usted! ¡Dígamelo!
—Padma… —me dijo con voz temblorosa. Entonces vi, en la luz casi cegadora
de la verdad que me iluminaba, que a ella le habría gustado mentir, pero que había
algo que se lo impedía—. Padma… no ha accedido a todo lo que sabe ahora más que
por la ayuda que le ha prestado la Enciclopedia. Ella le ha proporcionado datos

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suplementarios que puede emplear en sus explicaciones. Y, recientemente, cuando ha
utilizado esos datos, los resultados han demostrado que todo era más complejo e
importante de lo que se suponía. La Enciclopedia es más importante para la raza
humana entera que lo que él suponía hace cinco años. De modo que el riesgo de que
la Enciclopedia no pueda terminarse es muy elevado. Y su poder de destrucción,
Tam…
Se interrumpió y me miró casi dirigiéndome una súplica, como si pidiera permiso
para no terminar la frase. Pero mi mente avanzaba a toda velocidad y el corazón me
latía excitado.
—Continúe —le dije abruptamente.
—Ese poder de destrucción que hay en usted es también más grande de lo que
Padma imaginó. Pero, Tam… —Se interrumpió de golpe, casi con frenesí. Luego,
prosiguió—. Hay otra cosa: recordará que, hace cinco años, Padma pensó que usted
no tenía otra elección que continuar por ese valle sombrío interior hasta llegar al
final. Bueno, eso no es completamente cierto. Hay una oportunidad… en este punto
concreto del sistema, en esta situación dada. Si reflexiona sobre ello y toma una
decisión, encontrará un estrecho camino que le permitirá escapar de la oscuridad.
Pero hay que desviarse inmediatamente. ¡Tiene usted que renunciar a sus funciones,
sin preocuparse de lo que le cueste, y volver a la Tierra para hablar con Mark Torre
ahora mismo!
—¡Ahora mismo! —rezongué, pero no hacía más que repetir sus palabras sin
reflexionar, sin escuchar otra cosa que mi propiamente acelerada—. No —dije—. No
hablemos de eso. ¿A qué le tengo que dar la espalda? ¿A qué poder de destrucción en
particular se refiere? No pienso en nada de ese estilo por el momento.
—¡Tam!
Sentí vagamente el contacto de su mano en mi brazo; vi cómo me miraba su
pálido rostro con insistencia, como si intentase llamar mi atención. Pero era como si
todo aquello se me grabase en la mente desde larga distancia. Porque, si yo tenía
razón —si yo tenía razón—, incluso los cálculos de Padma testimoniaban aquella
fuerza con la que yo estaba dotado, aquel poder que había elaborado en los últimos
cinco años para retener y ordenar a los demás. Y si aquel poder era mío
verdaderamente, ¿qué era lo que no conseguiría hacer?
—Pero no es eso lo que usted tiene intención de hacer —dijo Lisa con
desesperación—. Usted no lo comprende. Un revólver no tiene intención alguna de
matar a nadie. Pero lo que hay en usted, Tam, es parecido a un revólver a punto de
disparar. Usted no puede permitirlo. Puede cambiar mientras todavía haya tiempo.
Puede disparar y la Enciclopedia…
Aquella última palabra resonó en mi mente con los ecos de un millón de voces.
Como aquellas voces innumerables que escuchase cinco años antes en el Punto de
Tránsito de la Sala de índices de la Enciclopedia. Súbitamente, a través de toda
aquella excitación que se había apoderado de mí, la palabra me alcanzó y me tocó

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con tanta agudeza como la punta de una lanza. Como un rayo luminoso, atravesó las
oscuras murallas que se habían alzado triunfales a cada lado de mi pensamiento en
aquel lejano día en que estuve en el despacho de Mark Torre. Como una insoportable
iluminación, desgarró durante un instante la oscuridad y me mostró una imagen —yo,
bajo la lluvia, y Padma frente a mí— y un hombre muerto que yacía entre nosotros.
Pero me aparté violentamente de aquel momento de imaginación para refugiarme
en la reconfortante oscuridad; y volvió a mí el sentimiento de mi propia fuerza y
poder.
—¡No necesito la Enciclopedia! —dije en voz alta.
—¡Sí! Todos los que han nacido en la Tierra la necesitan… y, si Padma tiene
razón, todos los habitantes de los catorce mundos también la necesitarán. Y sólo
usted puede conseguir que obtengan los beneficios, Tam; tiene usted la obligación
de…
—¿Obligación?
Fui yo quien dio un paso atrás entonces. La cólera intensa me hacía palidecer, la
misma cólera que suscitó en mí en una ocasión mi tío Matías, pero que en aquellos
momentos se mezclaba con un sentimiento de triunfo y poderío.
—¡No estoy obligado a hacer nada! ¡No me meta en el mismo saco que a todos
esos humanos! ¡Puede que ellos, ellos, sí necesiten la Enciclopedia, pero yo no!
Cuando acabé de hablar me aparté de ella; empleando finalmente la fuerza para
hacerla a un lado. La oí llamarme mientras bajaba por la escalera, pero me negué a
escuchar o reconocer su voz. Incluso ahora ignoro las últimas palabras que
pronunció. Percibí cada vez más débilmente sus llamadas y me abrí paso entre los
invitados para llegar hasta la puerta por la que Bright había desaparecido. El Jefe de
los amistosos se me había escapado y no tenía razón alguna para seguir allí. Además,
con el reavivado sentimiento de fuerza interior, no pude seguir soportando a toda
aquella gente a mi alrededor. La mayor parte de ellos venían de los jóvenes mundos;
y la voz de Lisa no dejaba de resonar en mis oídos, o eso me parecía, diciéndome que
yo necesitaba la Enciclopedia, como un eco de la amarga lección de Matías
discurriendo sobre la ineficacia y la relativa impotencia de los terrestres.
Como había sospechado, cuando me encontré al aire libre, en la fría noche sin
luna de Freilandia, el Eclesiarca Bright y el personaje que había acudido a buscarle
habían desaparecido. El guardián del aparcamiento me confirmó su marcha.
Volví al puerto espacial y tomé la primera lanzadera con destino a Nueva Tierra.
Entonces, mientras estaba en camino, tuve tiempo de recuperarme un tanto
mentalmente. Me di cuenta de que seguía siendo necesaria una firma en el pase de
Dave. Quizá tuviera que enviarle a él solo a alguna parte por una u otra razón. Un
accidente podría separarnos en el campo de batalla. Había muchos factores que
podrían ponerle en dificultades en un lugar en que yo no estuviera a su lado para
sacarle adelante.
Con el Eclesiarca Bright todo había salido mal; sólo me quedaba la solución de ir

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al Estado Mayor de las Tropas Amistosas en la Sección Norte para obtener una firma
en el pase de Dave. Consecuentemente, en cuanto me encontré en órbita alrededor de
Nueva Tierra, cambié el billete por otro a Contrevale, una ciudad de la Sección Norte
situada justo en la retaguardia de las líneas de los mercenarios amistosos.
Me llevó cierto tiempo. Era más de media noche cuando llegué finalmente a
Contrevale, al C. G. de las Fuerzas de la Sección Norte. Mi pase de periodista me
permitió entrar en una zona militar que parecía extrañamente desierta, incluso a
aquellas horas de la noche. Pero, cuando llegué por fin ante el puesto de mando, me
sorprendió ver el alto número de flotadores aparcados en aquel sector propiedad de
los oficiales.
Una vez más, el pase me permitió franquear el obstáculo de un impasible
vigilante vestido de negro, con un fusil de agujas listo para disparar. Entré en la sala
de recepción que un largo mostrador partía en dos y cuyos altos muros transparentes
permitían ver el aparcamiento entero bajo la luz de la noche. Petras del mostrador no
había más que un hombre sentado, un Jefe de Grupo apenas un poco mayor que yo
pero cuyo rostro tenía ya la expresión dura y disciplinada, severa e implacable, que se
puede observar en ese tipo de personas.
Se levantó y se digirió al otro lado del mostrador mientras se acercaba a donde yo
me encontraba.
—Soy Periodista del Servicio de Noticias Interestelares —dije—. Busco…
—¡Tus papeles!
Me interrumpió con voz brusca y nasal. Los ojos negros en el rostro huesudo me
observaban atentamente; y la arcaica elección del tuteo me había sido lanzada como
un desafío. Una expresión de desprecio que casi parecía odio brotó como un
relámpago en mí nada más verle, mientras él extendía la mano para tomar los papeles
que reclamaba… y, como un león despertado de la siesta por el rugido de un
enemigo, mi propio odio saltó como respuesta, instintivamente, antes de que yo
tuviera tiempo de moderarlo con cierta reflexión y sabiduría.
Había oído hablar de aquella categoría de amistosos, pero nunca me había
encontrado hasta entonces con ninguno de sus miembros. Era uno de esos habitantes
de Armonía y Asociación que utilizaban la versión salmodiada de su idioma no sólo
entre ellos, sino con cualquiera. Era una de esas criaturas que evitaban en la vida toda
alegría personal, lo mismo que evitaban las camas confortables y la tripa llena. Su
existencia no era más que un período de pruebas, la antecámara de la vida futura, una
vida que no se realizaría para ellos más que conservando la fe verdadera… Y además
se tenían por los Elegidos del Señor.
Aquel hombre se preocupaba muy poco por el hecho de no ser más que un
suboficial no comisionado, un funcionario de ínfima categoría entre los millares que
pertenecían a un planeta pobre y árido, mientras que yo era uno de los apenas
doscientos personajes de los catorce mundos habitados que habían recibido una
educación y formación intensivas para obtener el privilegio de llevar la capa de

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Periodista. Para él poco importaba que yo fuese miembro o Aprendiz del Sindicato y
pudiera conversar abiertamente con los gobernantes de los planetas. Se burlaba de
que supiera que él estaba medio loco, y sin duda conocía el hecho de que yo
representaba un producto de una educación y formación muy superiores a las suyas.
Nada de aquello tenía importancia, porque él era uno de los Elegidos de Dios y yo no
estaba bajo la zarpa de su Iglesia; me miraba como un emperador que contemplara un
perro al que va a quitar de en medio de una patada.
Yo también le miré. Existe una respuesta para cada golpe emocional humano
dado deliberadamente. ¿Quién lo sabe mejor que yo? Y sabía lo que había que hacer
con alguien que te desprecia. Se empieza con la risa. No hay un trono tan alto que no
pueda resquebrajarse por la base con una risotada. Pero, mientras miraba a aquel Jefe
de Grupo, no pude reír.
No podía reírme por una razón muy sencilla. Por limitada y estrecha que fuera la
mente de aquel medio loco, se dejaría quemar en la hoguera antes que renunciar a la
más nimia de sus convicciones; por mi parte, yo no habría podido mantener un dedo
sobre una cerilla durante un minuto para sostener la más firme de las mías.
Y él sabía que yo era consciente de aquella faceta de su personalidad y yo sabía
que él lo era de la misma porción de la mía. Era tan evidente como el mostrador que
nos separaba. No podía reírme y volver a mirarme a la cara. Y le detesté por ello.
Le di los papales. Los echó un vistazo y me los devolvió.
—Tus papeles están en regla —dijo con su voz nasal—. ¿Qué te ha traído hasta
aquí?
—Un pase —dije, guardando mis papeles y sacando los de Dave—. Para mi
ayudante. Vamos y venimos por los dos bandos del campo de batalla y…
—Detrás de nuestras líneas y cuando las hayáis atravesado, no será necesario
ningún pase. Tus papales de Periodista son suficientes. —Se volvió para volver a
sentarse frente al escritorio del que se había levantado.
—Pero, mi ayudante… —Procuré no alzar la voz—… no tiene papeles de
periodista. Le he tomado hoy mismo a mi servicio y no he tenido tiempo para
arreglarlo. Me gustaría tener un pase temporal firmado por uno de los Oficiales del
Estado Mayor.
Volvió al mostrador.
—¿Tu ayudante no es Periodista?
—No, oficialmente no. Pero…
—En ese caso, no tiene permiso para penetrar en nuestros campos de batalla. No
se puede dar pase alguno.
—¡Oh, yo no estaría tan seguro! —dije prudentemente—. Iba a hablar con el
Eclesiarca Bright hace unas horas en una recepción, en Freilandia, pero se marchó
antes de que tuviera ocasión de pedírselo. —Me callé, y el Jefe de Grupo sacudió
severamente la cabeza.
—El Hermano Bright —matizó, y la elección de aquel título me indicó cuán

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implacable sería. Sólo los fanáticos amistosos desprecian los imperativos de su rango.
El Eclesiarca Bright podía ordenar que el Jefe de Grupo que estaba ante mí atacase un
territorio estratégico enemigo completamente desnudo, y él no dudaría en obedecerle.
Pero aquello no significaba que el Jefe de Grupo considerase la opinión de Bright
sobre lo que había que hacer como más reputada que la suya propia…
La razón era muy simple. El título y el rango de Bright pertenecían a esta vida y
no representaban para mi Jefe de Grupo más que irrisorias e inútiles migajas. Como
Hermanos del Elegido, cosa que Bright y él mismo eran, resultaban iguales ante Dios.
—El Hermano Bright —dijo— no habría podido dar un pase a alguien que no
está cualificado para ir y venir entre nuestras unidades y que puede ser un espía a
sueldo de nuestros enemigos.
Quedaba una carta por jugar, aunque yo sabía que era una carta perdedora; pero
no podía hacer otra cosa que probar.
—Si no ve inconveniente —dije—, me gustaría obtener la respuesta de sus
oficiales superiores. Si me hace el favor, llame a uno de ellos… incluso al que esté de
servicio, si es que no hay otro.
Pero se contentó con alejarse y sentarse al escritorio.
—Ese oficial —dijo con un tono que no admitía réplica, mientras revolvía un
poco en sus papeles— no puede darte ninguna respuesta. No voy a apartarle de sus
obligaciones para que te repita lo mismo que te acabo de decir.
Era como si una puerta corrediza de hierro se hubiera cerrado de golpe entre mis
posibilidades y el proyecto de que me firmasen un pase. Pero no tenía nada que ganar
si seguía discutiendo con aquel hombre. Me di media vuelta y me marché.

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Capítulo 8
Mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, me detuve en la escalinata para
reflexionar sobre lo que podía hacer. Lo que podía hacer en aquel preciso momento.
Había sobrepasado a menudo barreras de la decisión humanas que parecían
infranqueables, por encima o por debajo, o rodeándolas, para rendirme tan
fácilmente. En alguna parte debía haber un medio para acceder a lo que deseaba, una
trampa, una fisura en el muro. Miré una vez más el aparcamiento de oficiales, lleno
de flotadores.
De pronto, súbitamente, se hizo la luz. De golpe, todos los pequeños fragmentos y
elementos se reunieron para darme una imagen completa y me maldije por no haberlo
entendido antes.
En primer lugar, el extraño aspecto familiar del ayudante que había ido a buscar
al Eclesiarca Bright a la recepción ofrecida en honor de Donal Graeme. En segundo,
la precipitada marcha de Bright tras la aparición del ayudante. En fin, la zona del
C. G. extrañamente desierta mientras que el aparcamiento de oficiales estaba
atestado, las oficinas vacías y el rechazo del Jefe de Grupo a llamar al oficial de
servicio.
El propio Bright, o su presencia en la zona de combate, había desencadenado un
plan estratégico poco habitual por parte de los mercenarios amistosos: una operación
por sorpresa que aplastase a las fuerzas de Cassida y pusiera un brusco fin a la guerra
sería una publicidad excelente para los intentos del Eclesiarca por alquilar los
servicios de sus comandos mercenarios, cuya conducta y costumbres fanáticas
suscitaban la enemistad pública entre los otros mundos.
Podía apostar lo que fuera a que Bright se encontraba en aquel preciso momento
en el puesto de mando, rodeado por sus oficiales superiores, preparando alguna
maniobra que permitiera coger por sorpresa a las tropas de Cassida. Y apostaría lo
mismo a que estaba en compañía del ayudante que había ido a buscarle a la recepción
de Donal Graeme… y, si mi memoria profesional tan bien entrenada no me inducía al
error, no dudaba de la identidad del ayudante.
Volví rápidamente a mi propio vehículo flotador, me metí en él y conecté el
teléfono. La central de Contrevale apareció en la pantalla, con un primer plano
ampliado del rostro de una hermosa joven rubia. Le di el número de mi vehículo de
localización.
—Me gustaría hablar con Jamethon Black —dije—. Es oficial de las Tropas
Amistosas y creo que se encuentra en el puesto de mando cercano a Contrevale. No
estoy seguro de su graduación… por lo menos debe ser Jefe de Unidad y hasta puede
que Comandante. Es urgente. Si puede localizarle, ¿podría pasarme la comunicación?
—Sí, señor —dijo la joven—. No cuelgue. Le contesto en un minuto. —El rostro
desapareció de la pantalla y la voz fue reemplazada por un ligero zumbido que
indicaba que la vía de comunicación seguía abierta.

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Me apoyé en el respaldo del asiento del flotador y esperé. Menos de cuarenta
segundos más tarde, el rostro reapareció.
—Tengo contacto, y estará en línea en unos segundos. Por favor, siga sin colgar.
—De acuerdo.
—Gracias, señor. —El rostro desapareció. Sonó un zumbido durante treinta
segundos, luego, la pantalla se iluminó una vez más y el rostro de Jamethon se dibujó
en ella.
—Buenas noches, Jefe de Unidad Black —dije—. Probablemente no se acuerda
de mí. Soy el Periodista Tam Olyn. Conocía usted a mi hermana Eileen.
Yo ya había visto en sus ojos que se acordaba de mí. O yo no había cambiado
tanto como creía o él tenía muy buena memoria. Por encima de las insignias adosadas
a la pechera de su uniforme, que me indicaron que su categoría seguía siendo la
misma, su rostro era firme y huesudo. Pero era la misma cara impasible que viera en
la biblioteca de mi tío.
Me acordé de lo que pensé de él en aquellos pasados momentos: que parecía un
adolescente. Pero ya no lo era, ni lo volvería a ser jamás.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Olyn? —preguntó. Su voz era monocorde y
tranquila, un poco más profunda que la de mis recuerdos—. La operadora me ha
dicho que se trataba de una llamada urgente.
—En cierto modo, así es —dije. Guardé silencio durante un instante y proseguí
—. Si está haciendo ahora mismo algo importante, no querría molestarle; estoy en el
Cuartel General, en el aparcamiento de oficiales, justo enfrente del puesto de mando.
Si no está muy lejos, quizá podríamos vernos para charlar unos instantes. —Dudé de
nuevo—. Si no está de servicio, claro…
—Podré salir unos minutos —dijo—. ¿En qué parte del aparcamiento se
encuentra?
—En la zona norte, a bordo de un vehículo de localización verde de techo
transparente.
—Bajo ahora mismo, señor Olyn.
La pantalla se oscureció.
Esperé. Dos minutos más tarde, la puerta del puesto de mando que yo mismo
cruzase para hablar con el Jefe de Grupo de guardia en recepción se abrió. Una
silueta delgada se recortó en la luz. Descendió por los peldaños de la escalinata y
avanzó hacia el aparcamiento.
Abrí la puerta del vehículo cuando Jamethon Black se acercó y me cambié de
asiento para que pudiera sentarse.
—¿Señor Olyn? —dijo, metiendo la cabeza.
—Soy yo. Pase.
—Gracias.
Entró y se sentó, dejando abierta la puerta. Era una noche cálida para la época del
año y la latitud en que nos encontrábamos en Nueva Tierra, y los perfumes de los

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árboles y la hierba me hormigueaban ligeramente en la nariz.
—¿Cuál es ese asunto tan urgente? —preguntó.
—Tengo un asistente para el que necesito un pase. —Y le expuse la situación,
pero mentí cuidadosamente al ocultar que Dave era el marido de Eileen.
Cuando hube terminado, se quedó en silencio durante un momento. Su silueta se
recortaba entre las luces del aparcamiento y el puesto de mando, y las dulces brisas
de la noche soplaban tras él.
—Si su ayudante no es Periodista —dijo con voz tranquila finalmente—, no veo
cómo podríamos autorizarle a ir por nuestras líneas e incluso franquearlas.
—Es un periodista… al menos, mientras dure esta campaña —dije—. Yo soy el
responsable y el Sindicato responde por mí lo mismo que por cualquier otro
periodista. Nuestra imparcialidad entre las estrellas está garantizada. Esta
imparcialidad se aplica igualmente a mi ayudante.
Sacudió la cabeza lentamente en la oscuridad.
—Le resultaría fácil librarse de él si resultase ser un espía. Podría decir que se lo
impusieron como ayudante y que no estaba al corriente de sus intenciones Giré la
cabeza y miré su rostro entre las sombras. Le había llevado a que dijera aquello
voluntariamente.
—No, no sería tan fácil —dije—, porque no me lo han impuesto. He tenido
muchas dificultades para conseguirle a él especialmente. Es mi cuñado. Es el
muchacho con quien por fin se casó Eileen. Al tomarle como asistente, le aparto de
las líneas de combate, donde acabaría por hacerse matar. —Me callé unos segundos
para que tuviera tiempo de digerir mis palabras—. Intento salvarle la vida en favor de
Eileen, y le pido que me ayude a hacerlo.
Ni se movió ni me contestó inmediatamente. En la oscuridad, no podía ver en su
rostro ningún cambio de expresión. Pero no creo que lo hubiera conseguido ni
siquiera a plena luz, pues era un producto de su propia cultura espartana y yo le
acababa de golpear por partida doble.
Negarle el pase a Dave una vez le había dicho lo anterior, equivaldría a llevarle al
matadero y, ¿quién se creería que no lo haría de un modo específico, una vez le
mostré a Jamethon el circuito emotivo que unía todo aquello con su orgullo y su amor
perdido?
—Deme el pase, señor Olyn —dijo por último—. Veré lo que se puede hacer.
Se lo di y se marchó.
Volvió diez minutos más tarde. No penetró en el vehículo y se contentó con
inclinarse hacia el interior y pasarme el documento.
—No me dijo —añadió con voz tranquila— que ya había pedido un pase y que se
lo habían negado.
—¿Quién? ¿Ese Jefe de Grupo de recepción? ¡Es sólo un subalterno! Usted no es
solamente un oficial superior, sino también ayudante.
—Sin embargo —replicó—, ya se lo han negado, y no puedo modificar una

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decisión anterior. No sabe cuánto lo siento. No se le puede dar ningún pase a su
cuñado.
En aquel instante me di cuenta de que el papel que me entregaba no estaba
firmado. Lo miré como si quisiera leerlo en la oscuridad e inscribir con mi voluntad
una firma en el lugar virgen donde debería haber figurado. Me dominó un acceso de
cólera que no pude controlar. Arrancándome de la contemplación del documento,
levanté los ojos y estudié a Jamethon Black.
—¡Ahora me sale con ésas! —grité—. ¡Ésa es su forma de pedir perdón por
enviar a la muerte al marido de Eileen! ¡No se crea que no sé lo que piensa, Black!
Daba la espalda a la luz y no pude ver ni su rostro ni el cambio que pudiera haber
ocurrido en él. Pero emitió algo parecido a un suspiro y me respondió con una voz
átona:
—Usted no ve más que al hombre, señor Olyn, y no al Instrumento del Señor.
Tengo que volver a mis obligaciones. Adiós.
Cerró la puerta del vehículo, dio media vuelta y echó a andar hacia la entrada del
puesto de mando. Su oscura silueta se dibujó en ella durante un instante, luego
desapareció llevándose la luz mientras la puerta se cerraba. Solté el vehículo y salí de
la zona militar.
Cuando llegué a la verja estaban cambiando la guardia por el turno de las tres.
Los que acababan de ser relevados se reunían en una oscura masa armada, sumidos
en una especie de ceremonia de adoración oficiada según sus ritos.
Mientras les adelantaba, empezaron a cantar —a salmodiar, más bien— uno de
sus himnos. No escuché toda la letra, pero las tres primeras palabras llegaron hasta
mis oídos… Soldado, no preguntes… Eran las tres primeras palabras de lo que —lo
supe más adelante— era un canto de guerra que ya se cantaba en épocas pasadas,
cuando se celebraba algo especial o en vísperas de una batalla.
Soldado, no preguntes… Continuó resonando en mis oídos de un modo que me
pareció sarcástico mientras me alejaba con el pase de Dave sin firmar metido en el
bolsillo. Y, una vez más, la cólera se inflamó en mi interior. Dave no necesitaría
ningún pase. Le mantendría a mi lado constantemente durante todo el tiempo que
estuviéramos entre las líneas de combate, y, de aquel modo, gozaría en mi presencia
de protección y seguridad.

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Capítulo 9
Eran las seis y media de la madrugada cuando salí del metro que me llevó del puerto
hasta el vestíbulo de mi hotel en Dhores. Tenía los nervios ligeramente alterados, y
los ojos y la boca un poco secos, porque llevaba sin pegar ojo veinticuatro horas. El
día que nacía iba a ser un gran día, y probablemente no podría descansar en otras
veinticuatro horas. Pero prescindir del sueño durante dos o tres días es algo muy
normal cuando se forma parte del Servicio de Información. A veces uno da con algo
que puede ocurrir en un solo segundo; lo que hay que hacer, lo único que hay que
hacer, es esperar a que pase.
Estaría atento y, si llegaba al límite, tenía medicinas que me ayudarían a aguantar.
Pero, finalmente, una vez en mi despacho, encontré algo que me quitó de golpe todas
las ganas que tuviera de dormir.
Era una carta de Eileen. Abrí el sobre, desdoblé la carta y leí:

Querido Tam:
Acabo de recibir tu carta en la que me dices que vas a retirar a Dave del
frente para, tomarle como ayudante. Estoy tan feliz que no te puedo describir
lo que siento. Nunca habría imaginado que alguien que viniera de la Tierra,
que todavía no es más que Aprendiz en el Sindicato de Periodistas, tuviera
poder suficiente para hacer algo así por nosotros.
¿Cómo agradecértelo? ¿Y cómo podrías perdonarme el modo en que me he
portado contigo, sin escribirte y sin querer saber nada de lo que te ha pasado
estos últimos cinco años? No he sido muy buena hermana. Pero sólo se ha
debido a mi convencimiento de que no valía para nada y que no te seria de
ninguna ayuda; desde la niñez, siempre he sentido que te avergonzabas
secretamente de mí.
Cuando me dijiste en la biblioteca que no funcionaría mi matrimonio con
Jamethon Black… supe que tenías razón. No hacías más que decirme mi
propia verdad, y, aunque fuera verdad, no por ello dejé de despreciarte. Me
pareció que te sentías orgulloso al impedirme marchar con Jamie.
Hasta qué punto estaba equivocada… me lo demuestra lo que has hecho por
Dave. Y no sabes cuánto siento, lo mucho que lamento, haber dudado de tus
sentimientos. Eras la única persona a la que debía amar después de la muerte
de papá y mamá, y te quería, Tam. Pero la mayor parte del tiempo tenía la
impresión de que tú no lo deseabas, lo mismo que el tío Matías no quería que
nadie le apreciase. De cualquier modo, todo ha cambiado desde que conocí a
Dave y me casé con él. Un día tendrás que venir a Alban, en Cassida, y

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conocer nuestra casa. Hemos tenido suene al dar con una bastante grande.
Es mi primera casa de verdad, y creo que te sorprenderá un poco cuando
veas cómo la hemos decorado. Dave te lo contará si se lo pides… ¿No te
parece que es alguien formidable para una personilla tan insignificante como
yo? Es muy bueno y muy fiel. ¿Sabes que quiso que te anunciáramos nuestro
matrimonio en cuanto nos casamos, en contra de mi opinión? Pero no se lo
permití. Y, sin embargo, él tenía razón. Siempre la tiene, y yo, casi siempre,
me equivoco… ya lo sabes, Tam. Pero, gracias, muchas gracias por lo que
has hecho por Dave. Os mando todo mi cariño a los dos. Dile a Dave que le
escribo al mismo tiempo que a ti: supongo que el correo del ejército no será
tan rápido como el privado.
Con todo cariño, Eileen

Volví a doblar la carta y la metí en el sobre, que me guardé en el bolsillo; luego,


me dirigí al ascensor. Tenía intención de enseñarle la carta a Dave, pero, una vez en la
cabina, me sentí embarazado de un modo inesperado al pensar en el agradecimiento
de Eileen y el modo en que se acusaba de no ser la mejor de las hermanas. Yo
tampoco había sido el mejor de los hermanos. Lo que hacía por Dave podía parecerle
enorme, pero no era realmente nada extraordinario. Apenas era poco más de lo que
hubiera hecho por algún desconocido que me hubiese prestado servicios
profesionales.
De hecho, mi hermana me había avergonzado y al mismo tiempo reconfortado al
darme noticias suyas. Quizá acabásemos por vivir como personas normales. Vistos
los sentimientos que Dave y ella sentían mutuamente, ya me veía algún día con
sobrinos y sobrinas. Y, quién sabe, quizá yo mismo llegase a casarme (el pensamiento
de Lisa flotaba de un modo inexplicable en mi mente) y tener hijos. Y todos
acabaríamos teniendo familia en una docena de mundos, como la mayor parte de los
grupos familiares de nuestro tiempo.
Y así rechazo a Matías, pensaba. Y también a Padma. Soñaba despierto de aquel
modo absurdo pero agradable cuando alcancé la puerta de mi apartamento. Me sacudí
y pensé de nuevo en enseñarle la carta a Dave. Luego me dije que sería preferible
dejar que primero leyera la suya, pues no tardaría en llegar. Abrí la puerta y entré.
Estaba de pie, vestido, con sus cosas preparadas. Sonrió al verme. Aquello me
sorprendió durante un cuarto de segundo, luego me di cuenta de que yo mismo estaba
con la sonrisa en los labios.
—He recibido noticias de Eileen —dije—. Apenas unas líneas. Me dice que te ha
escrito, pero la carta ha debido ser remitida a tu unidad y tardará un día o dos en
llegar.
Se alegró al oírlo y bajamos a desayunar. Comer me ayudó a despertarme.
Cuando hubimos terminado, nos dirigimos al Estado Mayor de las tropas cassidianas

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y locales. Dave llevaba el material de grabación y el resto de mi equipo. No era ni
pesado ni molesto. A menudo yo mismo lo había llevado sin el menor problema.
Pero, teóricamente, el hecho de tener las manos libres me permitiría concentrarme en
detalles más sutiles de los reportajes.
El Estado Mayor me había prometido un vehículo aéreo militar, un pequeño
modelo biplaza de reconocimiento. Sin embargo, cuando llegué a la Dirección de
Transportes, me dijeron que iba detrás de un Comandante de Campo que esperaba a
que se adaptase un equipo especial a su aparato. Mi primer impulso fue montar algún
escándalo porque me estaban haciendo esperar. Pero, tras pensarlo un rato, decidí
abstenerme. No se trataba de un Comandante ordinario.
Era un hombre alto y delgado, de cabellos negros ligeramente ondulados, con un
rostro de maciza osamenta pero abierto y sonriente. Ya he dicho antes que soy alto
para ser un terrestre. El Comandante de Línea era alto para ser un dorsai, que era su
caso. Además, evidenciaba esa indefinible cualidad que constituye su herencia racial,
algo superior a la fuerza, al miedo y al valor. Algo que es casi lo opuesto a las tres
cualidades conjugadas. Precisamente: era la calma; algo que va más allá de la
discusión, del tiempo, de la misma vida. He ido a Dorsai algunas veces a partir de
entonces y he observado el mismo fenómeno entre los adolescentes y entre algunos
niños. Esos hombres pueden morir —y todos los seres que nacen de una mujer son
mortales—, pero transpira de ellos algo así como un tinte que les concede la
apariencia, innegablemente, tanto en bloque como de modo individual, de no poder
ser conquistados. En nada. La conquista del carácter dorsai no es sólo impensable. Es
en cierta medida imposible.
Aquello era con lo que automáticamente contaba mi Comandante de Línea,
además de con su magnífico cuerpo y su magnífico espíritu militar. Pero había algo
extraño que dominaba en todo aquello. Algo que no parecía pertenecer al carácter
dorsai.
Era un calor intenso del carácter, raro y poderoso, que irradiaba hasta mí, que me
encontraba a varios metros de él y fuera del círculo de oficiales que le rodeaban,
como los matojos que crecen a los pies de un antiguo roble. Y me afectaba, pese a
mantenerme apartado y no ser normalmente —debo decirlo— propenso a tal tipo de
influencias.
Pero quizá la carta de Eileen me había dejado más vulnerable aquella mañana.
Seguramente era eso.
Había algo más que mi mirada profesional detectó casi inmediatamente, y que no
tenía nada que ver con un rasgo del carácter. Su uniforme era de color azul militar y
la capa estrecha, cosas ambas que caracterizaban no a los soldados de Cassida, sino a
los de las Fuerzas Exóticas. Los exóticos, ricos, poderosos e impulsados por su
filosofía de no cometer por sí mismos ningún acto violento, contrataban las mejores
tropas mercenarias que existían entre las estrellas. Naturalmente, aquello significaba
una tasa extremadamente elevada de dorsais entre sus tropas, al menos entre los

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oficiales. ¿Qué hacía un Comandante de Campo dorsai, con una hombrera de Nueva
Tierra en el uniforme exótico, rodeado por oficiales de Nueva Tierra y Cassida? Si
acababa de llegar a las tropas homicidas de la Sección Sur de Nueva Tierra, era
realmente una afortunada coincidencia. Aparecía la mañana posterior a una larga
noche que el Estado Mayor en Contrevale se había pasado haciendo planes.
Pero ¿era realmente una coincidencia? Era difícil creer que los cassidianos
hubieran descubierto que los amistosos habían celebrado una sesión táctica. Los
cuadros de Información de Nueva Tierra, entre los que se contaban hombres como el
Comandante Frane, no estaban muy dotados en lo referente a espionaje; y el Código
de los Mercenarios que regía los contratos de todos los soldados profesionales
prohibía que un soldado operara sin su uniforme durante el curso de una misión
secreta. Pero admitir la coincidencia era una solución excesivamente fácil.
—Quédate aquí —le ordené a Dave.
Me adelanté y me mezclé con la pequeña multitud de oficiales de Estado Mayor
que rodeaban al desconocido Comandante de Campo dorsai, para saber de sus
propios labios algo más sobre él. Pero en aquel preciso instante, su aparato apareció.
Se instaló en él y el vehículo se alejó antes de que pudiera acercarme. Observé que se
dirigía hacia la zona de combate.
Los oficiales que le rodeaban se dispersaron. Les deje alejarse, reservándome para
hacer las preguntas a un suboficial uniformado de Nueva Tierra que pilotaba mi
propio vehículo aéreo. Ciertamente, él no sabría tanto como los oficiales, pero sería
menos circunspecto en sus explicaciones. El Comandante de Campo, me dijo, había
sido asignado el día anterior a las Fuerzas de la Sección Sur, bajo las órdenes de un
enviado exótico llamado Patma, o Padma. Y, lo que resultaba curioso era que aquel
oficial exótico era un pariente del mismo Donal Graeme por quien se había
organizado la recepción a la que asistí la noche anterior… aunque Donal estuviera,
por lo que sabía, sobre Freilandia bajo las órdenes de Henrik Galt y no al servicio de
los exóticos.
—El nombre de éste es Kensie Graeme —me dijo el suboficial del Cuadro de
Transportes—. Y tiene un gemelo, ¿lo sabía? Bueno, veamos, ¿sabe usted cómo se
manejan estos vehículos?
—Sí —dije. Yo ya estaba a los mandos y Dave se sentaba en el asiento trasero.
Apreté el botón de arranque y nos elevamos sobre el cojín de aire unos veinte
centímetros—. ¿Y también está aquí el gemelo? —pregunté.
—No. Me parece que sigue en Kultis —respondió el suboficial—. Es tan arisco
como éste es jovial, o eso dicen. Cada uno tiene una doble dosis de tales
disposiciones. Aparte de por eso, no se les distingue… los dos son Comandantes de
Campo.
—¿Cómo se llama el otro? —pregunté, con las manos en los mandos, dispuesto a
despegar.
—No me acuerdo —contestó—. Una palabra corta… Ian, me parece.

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—Gracias, de todos modos —dije, y arranqué el motor. Intenté dirigirme al sur,
en la misma dirección que tomase Kensie Graeme; pero mis planes los tracé por la
noche mientras regresaba del C. G. de los amistosos. Cuando se tiene sueño, no es lo
más indicado modificar los planes sin tener muy buenas razones para hacerlo. Esa
lasitud de mente que se experimenta cuando no se ha dormido lo suficiente basta para
hacer olvidar las razones que se tuvieron en un principio. Y esas decisiones a menudo
se suelen lamentar demasiado tarde.
Tengo por uno de mis principios nunca cambiar mis planes por ningún impulso
momentáneo, a menos que esté totalmente seguro de que mi mente se encuentra en
plena forma. Es un principio que habitualmente funciona. Aunque, claro está, ningún
principio es perfecto.
Hice subir el vehículo hasta una altura de unos seiscientos pies, luego lo enfilé
hacia el norte, a lo largo de las líneas cassidianas, con los colores del Servicio de
Informaciones brillando en el casco a la luz del sol y el señalizador modulando al
mismo tiempo una señal de neutralidad.
Aquello debía ser suficiente, me decía, para confirmar nuestra seguridad a aquella
altura hasta que empezaran los tiroteos. Cuando el combate se desatase, más valdría
buscar un sitio donde meterse.
De momento, mientras todavía era posible seguir en el aire, tenía la intención de
seguir, en primer término, las líneas hacia el norte —donde se bifurcaban hacia el
C. G. de los amistosos en Contrevale—, luego hacia el sur, e intentar descubrir lo que
Bright y sus oficiales vestidos de negro pretendían hacer.
Entre los dos campamentos enemigos de Contrevale y Dhores, se podría haber
trazado una línea recta de norte a sur. La línea de combate real se cruzaba con la
imaginaria norte-sur en cierto ángulo, con el extremo norte en Contrevale y el C. G.
de los amistosos, y el extremo sur llegando hasta la periferia de Dhores, una ciudad
de unos sesenta mil habitantes.
La línea de combate estaba más cerca de Dhores que de Contrevale, lo que
resultaba desventajoso para las tropas de Cassida y Nueva Tierra. No podían
replegarse al extremo sur de la ciudad, pero tenían la posibilidad de conservar un
frente en línea recta y las comunicaciones necesarias para la defensa. Las tropas de
los amistosos ya habían situado a sus adversarios en una posición relativamente
crítica.
Por otra parte, el ángulo que formaban las líneas de combate era bastante agudo,
de modo que una gran parte de las tropas Amistosas se encontraban agrupadas en el
extremo norte de la línea cassidiana. Pensé que con tropas de reserva y con un
comandante lo bastante audaz, los cassidianos, practicando salidas determinadas a
partir del extremo norte de sus líneas, podrían cortar las comunicaciones entre los
elementos del sur y las avanzadas de la línea de amistosos y su Estado Mayor cerca
de Contrevale. Aquello, al menos, habría tenido la ventaja de sembrar el desorden
entre las filas amistosas, de lo que se sabría aprovechar el comandante cassidiano.

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Pero no se veía que fueran a hacer nada parecido. Sin embargo, con un dorsai
como Comandante de Campo, los cassidianos aún estaban a tiempo de intentarlo… si
todavía era el momento propicio y si contaban con los suficientes hombres
disponibles. Pero me parecía improbable que los amistosos, tras haberse pasado toda
la noche elaborando planes, estuvieran dispuestos a permanecer inactivos durante
todo el día mientras los cassidianos se esforzaban por cortar sus líneas de
comunicación.
La cuestión principal era saber lo que los amistosos pretendían hacer. Concebí
que podía tratarse de una táctica prevista por los cassidianos. Pero no veía cómo los
amistosos podrían sacar ventaja de las posiciones del momento y de su situación
táctica.
El extremo sur de la línea, en los suburbios de Dhores, discurría entre campos,
plantaciones de maíz y terrenos en los que pastaba el ganado, rodeados de cimas
cubiertas de hielo. Al norte, había también colinas, pero eran más boscosas.
Aparecían cubiertas de bosquecillos de jóvenes abedules amarillos y muy altos que
habían encontrado un terreno propicio para su crecimiento en aquellas alturas
glaciales y húmedas y que alcanzaban de aquel modo el doble de su talla terrestre:
más de doscientos pies. En consecuencia, aquellos sotobosques constituían una
región un tanto oscura, un país al estilo del de Robín de los Bosques, con grandes
troncos de árbol de seis pies de diámetro con la corteza gris y plateada, que se
alzaban como columnas en aquella semioscuridad creada por la bóveda sombría de su
follaje que incluso al sol le costaba trabajo atravesar.
Sólo tras haber observado aquella especie de bóveda y recordar lo que ocultaba,
me vino a la mente que las tropas podían operar bajo su cobertura sin que, desde el
vehículo aéreo que ocupaba, pudiera ver el menor reflejo en un fusil o un casco.
Resumiendo, los amistosos podían preparar un asalto importante a la sombra de
aquellos árboles sin que yo pudiera siquiera sospecharlo.
Atribuía a la falta de sueño el hecho de no haber pensado en ello antes. Dirigí el
vehículo hacia un bosquecillo detrás del cual se perfilaba un fortín cassidiano del que
emergía el tubo de un cañón sónico. En aquel lugar despejado había demasiado sol
para que creciera la clase de musgo que cubría el suelo por doquier, pero crecía una
hierba propia de aquella zona sur de Nueva Tierra, que llegaba hasta las rodillas y se
inclinaba ante el impulso del viento, arrugando la superficie del suelo como si fuera
la de un lago.
Descendí del vehículo y me abrí paso entre la hierba hasta llegar a los ramajes
que camuflaban el lugar en que se encontraba el cañón. Empezaba a hacer calor.
—¿No hay signos de movimientos de los amistosos ni aquí ni en los bosques? —
le pregunté al Jefe de Grupo que vigilaba la zona.
—No, por lo que sé —respondió. Era un hombre delgado y nervioso, con una
calvicie incipiente. Llevaba desabotonado el cuello del uniforme—. Han salido
patrullas para verificarlo.

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—Hmmm —dije—. Intentaré adelantarme un poco. Gracias.
Volví al vehículo y despegué, volando a pocas pulgadas por encima de los
obstáculos para penetrar en los bosques. En ellos se estaba más fresco. El grupo de
árboles bajo el que había penetrado me llevó a otro, luego a otro. En el tercero, me
detuvieron y descubrí que había dado con una de las patrullas cassidianas. Los
miembros de la patrulla estaban tendidos en el suelo, invisibles y amenazándonos,
probablemente, con sus armas. No vi a nadie hasta el momento en que un Jefe de
Unidad de rostro cuadrado apareció casi al lado del vehículo, con el rifle de agujas en
la mano y la visera del casco bajada.
—¿Qué se les ha perdido por aquí? —preguntó al tiempo que levantaba la visera.
—Soy Periodista. Tengo autorización para entrar en las líneas de combate y
atravesarlas. ¿Quiere ver mis papeles?
—¿Quiere que le diga lo que puede hacer con sus papeles? Si de mí dependiera…
No es que su presencia turbe nuestra fiestecilla, pero ya tenemos bastantes
dificultades para que los hombres se porten como soldados en una zona de combate
sin que tipos como ustedes se paseen por los alrededores.
—¿Por qué? —pregunté inocentemente—. ¿Tiene otros problemas? ¿Cuáles?
—No hemos visto un solo casco negro desde el amanecer. ¡Ése es nuestro
problema! —respondió—. Sus posiciones estratégicas de avanzada están vacías… y
ayer no lo estaban. Si introduce una antena en el suelo y escucha durante cinco
segundos, oirá los blindados… blindados pesados, en gran número, que se desplazan
a menos de quince o veinte kilómetros de nosotros. ¡Ésos son nuestros problemas!
Ahora, ¿por qué no se da la vuelta y se pone detrás de las líneas, camarada, para que
no tengamos también que ocuparnos de ustedes?
—¿De qué dirección proviene el ruido de blindados?
Extendió un brazo y señaló el territorio amistoso.
—Bien, pues es hacia allí a donde vamos a dirigirnos —dije, aplastándome en el
asiento y alzando el brazo para cerrar el techo corredizo.
—¡Espere! —Su voz detuvo mi movimiento—. Si está decidido a ir hacia el
enemigo, no puedo impedirlo. Pero mi deber es advertirle que lo hace bajo su propia
responsabilidad. Le quiero decir que cuando se encuentren entre las líneas, ahí
adelante, tienen muchas oportunidades de ser abatidos por los disparos de las armas
automáticas.
—De acuerdo, de acuerdo. Considere que estamos advertidos. —Cerré el techo
con un movimiento seco. Quizá era la falta de sueño lo que me ponía irritable, pero
me pareció que aquel hombre quería inquietarnos inútilmente. En el momento de
arrancar le vi mirarme con aspecto siniestro.
Pero fui injusto con él. Me deslicé bajo los árboles y, tras unos segundos, le perdí
de vista. Penetré en otros bosques en miniatura, atravesé otros claros y descendí por
suaves pendientes durante media hora sin encontrar nada. Estaba a punto de decirme
que debíamos encontrarnos a menos de dos o tres kilómetros del lugar del que

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procedía, según el Jefe de Unidad, el ruido de los blindados, cuando ocurrió. Se
produjo un súbito ruido y un golpe que pareció proyectarme el tablero de mandos a la
cara y me sumí en la inconsciencia. Parpadeé, luego abrí los ojos. Dave había dejado
su asiento e, inclinado sobre mí, me soltaba el cinturón de seguridad. La inquietud era
patente en su rostro redondo.
—¿Qué es lo que…? —murmuré. Pero no prestó atención a lo que le decía, pues
estaba ocupado en soltarme para sacarme del vehículo.
Quería que me tendiese en el musgo; pero, en cuanto descendimos de la nave me
recuperé. He quedado aturdido, pensaba, pero no me he llegado a desvanecer. Sin
embargo, al volverme para mirar el vehículo, me alegré por haber salido con bien.
Acabábamos de ser víctimas de una mina vibradora. Naturalmente, el vehículo
contaba, como todos los que están destinados a volar sobre campos de batalla, con
tallos sensoriales que emergían del casco en todas direcciones. Uno de aquellos tallos
había alterado las vibraciones de la mina cuando nos encontrábamos aún a una
docena de pies de ella, y el vehículo se había convertido en un montón de chatarra.
Mi cabeza había golpeado contra el tablero de mando, y lo que más me sorprendía es
que ni siquiera me hiciera un rasguño que diera prueba de ello. Sólo tenía un buen
hematoma, bastante grande.
—¡Vaya! —le dije a Dave irritado. Luego insulté al vehículo durante unos
minutos para tranquilizarme.
—¿Qué hacemos ahora? —me preguntó Dave cuando recuperé la calma.
—Vamos a dirigirnos a pie hasta las líneas de los amistosos. Son las más
próximas —rezongué. Los consejos del Jefe de Unidad me vinieron a la cabeza y juré
de nuevo. Luego, como tenía a alguien de quien ocuparme, le dije a Dave—: Estamos
aquí para conseguir material para un artículo. Te acuerdas de eso, ¿verdad?
Di media vuelta y me puse en marcha. Probablemente habría otras minas
vibradoras en los alrededores, pero el peso de un hombre y las vibraciones
provocadas por su marcha eran insuficientes para detonarlas. Un instante más tarde,
Dave me alcanzó y marchamos juntos y en silencio sobre el suelo cubierto de musgo,
entre los enormes troncos de los abedules. Tras un momento, me volví. El vehículo
ya no estaba a la vista.
Sólo en aquel momento —cuando ya era demasiado tarde— me asaltó la idea de
que había olvidado controlar en mi indicador direccional de muñeca las indicaciones
que figuraban en el del vehículo. Parecía que las líneas Amistosas estaban muy cerca.
Si las indicaciones estaban en correlación con el indicador del vehículo, todo iba
bien. En caso contrario… Entre los inmensos pilares que formaban los troncos de los
árboles, sobre aquella uniforme alfombra de musgo, suave e indeterminada, era
imposible orientarse.
Pero volver sobre nuestros pasos para consultar el indicador del vehículo sería
probablemente nuestra perdición en el sentido más literal del término.
No había nada que hacer. Lo importante era continuar avanzando en línea recta a

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través de la oscuridad y el silencio del bosque. Ajusté el indicador sobre la dirección
que tomábamos, esperando que todo fuera bien. Seguimos avanzando hacia lo que yo
esperaba que fuesen las líneas Amistosas, estuvieran donde estuviesen.

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Capítulo 10
Había visto del terreno lo suficiente desde el vehículo aéreo para estar seguro de que
lo que pasaba (lo que fuese) entre las Fuerzas Armadas de los amistosos y las de
Cassida no tenía lugar en terreno descubierto. Nos quedamos al abrigo de los árboles,
pasando de un bosquecillo a otro.
Nos dirigimos en la dirección indicada por el Jefe de Unidad al mando de la
patrulla, pero zigzagueando, a lo que nos obligaban los bosquecillos que
atravesábamos. A pie, el trayecto era largo.
Hacia el mediodía, descorazonado, me senté junto con Dave para comer el
tentempié que llevábamos. No habíamos visto a nadie desde que abandonamos a la
patrulla cassidiana, ni nada habíamos oído, ni descubierto. Habíamos recorrido unos
tres kilómetros, pero, en razón de la disposición de las zonas boscosas, estábamos
desviándonos sensiblemente hacia el sur.
—Quizá hayan vuelto a casa… hablo de los amistosos —sugirió Dave.
Bromeaba. Alzando la nariz del sándwich, vi que una amplia sonrisa le iluminaba
el rostro. Conseguí sonreír yo también, sintiendo que al menos le debía aquello. A
decir verdad, se había revelado como un asistente especialmente eficaz, que guardaba
silencio y evitaba hacer sugerencias… consciente de su ignorancia en los terrenos de
la guerra y la información.
—No —respondí—. Se está cociendo algo, y me he portado como un auténtico
idiota al perder el vehículo. No podremos cubrir a pie el terreno necesario. Los
amistosos se han retirado por cualquier razón, al menos de esta parte del frente. A mi
entender, para llevarse tras ellos a las tropas cassidianas. Si hasta ahora no hemos
visto uniformes negros al contraataque…
—¡Escucha! —me cortó Dave.
Había vuelto la cabeza y levantado la mano para hacerme callar. Cerré la boca y
escuché. Oí claramente, a poca distancia, un sonido apagado, algo así como un womp
parecido al que produciría una alfombra al ser azotada por una hábil criada.
—¡Los sónicos! —exclamé, poniéndome de pie y echando por tierra lo que
quedaba del bocadillo—. ¡Buen Dios! ¡Al fin han entrado en acción! Vamos a echar
un vistazo. —Giré sobre mí mismo, intentando descubrir la dirección de los ruidos.
Los womps explotaban a nuestra derecha, a una distancia que consideré sería de unos
doscientos metros—. Si… No acabé la frase. Dave y yo fuimos absorbidos
súbitamente por un trueno. Me encontré tendido sobre el musgo, sin saber lo que
había pasado. Dave yacía en el suelo a poca distancia de mí, y a menos de quince
metros de nosotros había un cráter poco profundo rodeado de árboles que parecían
haber explotado bajo los efectos de alguna presión exterior y que mostraban la blanca
madera del interior de sus troncos.
—¡Dave! —Fui hasta él y le di la vuelta. Respiraba y vi que abría los ojos. Los
tenía inyectados en sangre; también le sangraba la nariz. Ante la visión de la sangre,

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se apoderó de mí la sensación de mi propia boca húmeda y pastosa. Alzando la mano,
sentí cómo la sangre me goteaba de la nariz.
Me limpié con la manga, luego ayudé a Dave a incorporarse.
—Tiro de limpieza —dije—. Vamos, Dave. Tenemos que irnos de aquí. —Por
primera vez pensé en cuál sería la reacción de Eileen si no le sacaba de todo aquello
sano y salvo.
Tenía plena confianza en la protección que mi inteligencia podía darle a Dave
entre las líneas de combate. ¡Pero, de aquello a discutir con un cañón sónico que
dispara a kilómetros de distancia!
Se levantó. Se encontraba más cerca que yo del punto de «explosión» de la
cápsula sónica pero, afortunadamente, la zona de eficacia de una explosión sónica
tiene la forma de una campana plantada en el suelo, y aquélla nos había encontrado a
los dos en un terraplén entre dos desniveles del terreno. Estaba, sencillamente, un
poco más atontado que yo. Recuperándonos a marchas forzadas, nos alejamos a toda
prisa, dirigiéndonos hacia el lugar en el que, por los datos del indicador que llevaba
en la muñeca, debían encontrarse en principio las líneas cassidianas.
Finalmente, nos detuvimos, sin aliento, y nos sentamos jadeantes un instante.
Seguimos oyendo los womps de los disparos y el ruido de las cápsulas que seguían
explotando no lejos de nosotros.
—Todo va bien —le dije a Dave intentando recuperar el aliento—. Pronto
detendrán el bombardeo para enviar la infantería por delante de los blindados. Serán
tropas con las que podremos discutir. Si no hubiera otra cosa que cañones sónicos y
blindados, no tendríamos ninguna oportunidad. Lo mejor será que nos quedemos
sentados y nos recuperemos antes de avanzar por un flanco de las líneas para
reunimos o con los cassidianos o con la primera oleada de amistosos… los que
encontremos antes.
Me miró con una expresión que no pude juzgar en primera instancia. Luego, para
mi sorpresa, vi que era de admiración.
—Me has salvado la vida —dijo.
—Salvado la… —Me callé. Luego, seguí—: Escucha, Dave. Soy el primero en
conceder mi reconocimiento cuando alguien hace algo meritorio. Ahora bien, en
cuanto a ese proyectil sónico que nos ha alcanzado hace unos segundos…
—Pero sabías lo que había que hacer en el momento indicado —dijo—. Y no sólo
pensaste en hacerlo por ti. Me ayudaste a ponerme en pie y a salir de allí.
Sacudí la cabeza y no insistí más. Si me hubiera acusado de haber intentado
salvarme yo primero, tampoco hubiese considerado útil el intento de hacerle cambiar
de opinión. Si pensaba así, ¿para qué esforzarme en contradecirle? Si le gustaba
considerarme como un héroe generoso, allá él.
—Porque te hacía falta —dije—. Ahora, vámonos.
Nos levantamos un tanto temblorosos —la explosión nos había sacudido bastante
— y nos pusimos en marcha hacia el sur, siguiendo un ángulo que debería cruzar la

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línea defensiva cassidiana, si es que estábamos lo bastante lejos de sus puestos
principales como nuestro precedente encuentro con la patrulla indicaba.
Un instante más tarde, los womps del tiro de limpieza se alejaron a la derecha y
acabaron por desvanecerse en la lejanía. A mi pesar, me encontré sudando y
confiando en encentar a los cassidianos antes que la infantería de los amistosos
cayera sobre nosotros. El asunto de la cápsula sónica me había recordado la gran
importancia de la suerte en los campos de batalla en todo lo relacionado con los
muertos y los heridos. Me habría gustado dejar a Dave a salvo, bajo el abrigo
protector de un emplazamiento fortificado antes de hablar con los hombres de
uniforme negro con los que pudiera encontrarme, antes de que empezaran las
descargas de las armas de asalto.
Para mí, personalmente, no había ningún peligro. Mi capa de Periodista, de un
blanco y rojo centelleantes, me identificaba como un no combatiente de forma
claramente visible. Dave, por el contrario, seguía llevando el uniforme cassidiano de
color gris. Simplemente lo llevaba sin insignias ni condecoraciones y sólo un
brazalete blanco indicaba que era igualmente no beligerante. Crucé los dedos para
conjurar la suerte y me puse en manos de la providencia.
La suerte nos favoreció, pero no hasta el punto de llevarnos hasta un
emplazamiento fortificado que contara con un cañón cassidiano en su interior.
Nuestro camino entre los bosques nos llevó hasta la cima de una colina. En el
momento en que la alcanzamos, un fuego parpadeante de un color amarillo
anaranjado explotó bajo los árboles a una decena de metros delante mío, a modo de
advertencia. Aplasté a Dave contra el suelo y, obligándole a quedarse inmóvil con la
presión de una mano contra su espalda, alcé el otro brazo y agité la mano.
—¡Periodista! —aullé—. ¡Periodista! ¡Soy un no combatiente!
—Ya sé que eres un jodido Periodista —respondió una voz cargada de cólera
sofocada por la prudencia—. Avanzad los dos y dejad de ladrar.
Ayudé a Dave a levantarse y nos dirigimos, medio cegados por la explosión
luminosa, hacia la voz. Mi vista se normalizó mientras avanzábamos. Tras unos
veinte pasos nos encontramos, detrás de un tronco enorme, frente a frente una vez
más con el Jefe de Unidad cassidiano que me había prodigado tantos consejos cuando
manifesté mis intenciones de dirigirme hacia el frente amistoso.
—¡Otra vez vosotros! —exclamamos a la vez, mirándonos. Luego tuvimos
reacciones diferentes. Empezó a decir, con voz baja, ferviente, determinada, lo que
pensaba de los civiles que se metían en los campos de batalla. Por mi parte, no presté
atención alguna a sus palabras, contentándome con recuperarme. La cólera es un
lujo… quizá el Jefe de Unidad fuera un buen soldado, pero todavía no había
aprendido esta elemental lección que es válida para todas las profesiones. Finalmente,
concluyó todos sus argumentos.
—Ahora —dijo—, os tengo en mis manos. ¿Qué puedo hacer por los dos?
—Nada —le respondí—. Estamos aquí asumiendo nuestro propio riesgo, como

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observadores. Y observamos. Sólo díganos cómo podemos salir de su camino y será
la última vez que nos vea.
—¡Ojalá fuera verdad! —dijo con voz de pocos amigos. Pero fue la última
llamarada de cólera—. De acuerdo. Vayan hasta allí, con los hombres que hay entre
los árboles. Y, cuando hayan elegido un agujero, quédense dentro.
—Entendido —contesté—. Pero, antes de irnos, ¿querría contestar una pregunta?
¿Qué se supone que tiene que hacer en esta colina?
Me miró iracundo y pensé que no me iba a responder. Pero la emoción que casi le
estrangulaba le obligó a hablar.
—¡Defenderla! —dijo. Me dio la impresión de que quería escupir para sacarse de
la boca aun el sabor de aquellas palabras.
—¿Defenderla? ¿Con una simple patrulla? —Le miré con sorpresa—. No podrá
aguantar con una docena de hombres cuando le ataquen los amistosos.
—Ya lo sé —replicó. En aquella ocasión sí que escupió—. Pero vamos a
intentarlo. Más vale que ponga la capa en algún sitio donde los del casco negro
puedan verla cuando suban por la colina. —Se volvió hacia el soldado que llevaba las
insignias de mensajero—. Ve hasta el C. G. —le dijo—. Diles que tenemos por aquí
dos periodistas.
Obtuve de él el nombre de su unidad y los de los hombres que formaban la
patrulla; luego, arrastré a Dave hasta el lugar que nos había indicado y nos
esforzamos para cavar un agujero individual, igual al que habían hecho los soldados.
No olvidé el extender la capa ante nuestros refugios, como nos había aconsejado el
Jefe de Unidad. Él orgullo es algo que va después del deseo de supervivencia.
Desde nuestros agujeros, cuando nos hubimos metido en ellos, podíamos ver la
base de la escarpada colina, en dirección al frente de los amistosos. Toda la pendiente
era boscosa, como la de la colina vecina. Pero, a mitad de la ladera, había rastros de
un deslizamiento del terreno, una especie de acantilado en miniatura que rompía la
uniformidad de la bóveda de árboles. Gracias a aquella solución de continuidad,
teníamos una vista panorámica de la pendiente boscosa y del terreno descubierto, en
dirección al verde horizonte bajo el que probablemente se hallaba camuflado el cañón
sónico de los amistosos que cuyo disparo habíamos huido Dave y yo.
Era nuestra primera percepción real del terreno de operaciones desde que el
vehículo fuera derribado, y lo examiné con los gemelos cuando detecté un ligero
indicio de movimiento entre los árboles que formaban los límites de demarcación de
las dos colinas. Aquel movimiento no pareció excesivamente importante para que
pudiera localizar nada en él, pero en el mismo momento vi que algo se movía en los
dos claros que se extendían ante nosotros. Supe así que los soldados habían sido
alertados por el que transportaba el aparato de detección de la patrulla, un aparato que
reaccionaba frente al calor. La pantalla del aparato debía mostrar las manchas
luminosas correspondientes al calor humano, mezcladas con las manchas más
características del calor de la vegetación y del suelo.

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Los amistosos nos habían descubierto. No lo dudé ni un instante en cuanto vi a
través de los gemelos algunas sombras negras: los uniformes de los soldados
amistosos. En el mismo instante, las armas de los soldados de la patrulla cassidiana
empezaron a crepitar.
—¡Pégate al suelo! —le dije a Dave.
Había intentado levantarse para mirar. Supongo que al ver como me incorporaba
para observar mejor, exponiéndome al peligro, se imaginó que podría hacer otro
tanto. Lo cierto era que mi capa de Periodista estaba extendida delante de nuestros
refugios y nos protegía del ataque directo de la infantería, al igual que las cintas, de
los mismos colores de la capa, que llevaba en la boina y que no me quitaba de la
cabeza. Además, tenía más confianza en mi poder de supervivencia que en el suyo.
Todos los hombres conocen momentos en que se sienten vulnerables. Aquel día yo
estaba en ese caso, hundido en una madriguera, esperando el ataque de los soldados
amistosos.
Sin embargo, no esperaba que el asalto que estaba a punto de desencadenarse
sobre nosotros se detuviera completamente.
Pero aquello fue lo que pasó.

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Capítulo 11
Aquel momento de descanso en pleno ataque de los amistosos no era difícil de
explicar. Lo que acababa de ocurrir no era más que una escaramuza. Los hombres que
habían atacado tenían por misión hostigar a los adversarios cassidianos hasta que se
ocultaran e hicieran ademán de combatir. Cuando la primera reacción defensiva se
produjo, la primera línea del grupo combatiente retrocedió, como se podía suponer,
pidió refuerzos y esperó.
Era una táctica militar más vieja que Julio César. Pero aquéllas y las otras
circunstancias que nos habían llevado a Dave y a mí hasta aquel lugar, en aquel
preciso momento, me permitieron extraer dos conclusiones fundamentales.
La primera era que todos nosotros —las fuerzas Amistosas, las de Cassida, y los
individuos, como Dave y yo mismo, involucrados en aquel asunto— éramos llevados
de un lado a otro por decisiones de fuerzas exteriores que nos sobrepasaban. Y no
costaba mucho imaginarse quiénes constituían aquellas fuerzas. Una de ellas,
evidentemente, era el Eclesiarca Bright y su preocupación por descubrir si los
mercenarios amistosos eran capaces de ocultar sus inclinaciones naturales para atraer
los intereses de otros contratistas. Bright, como un jugador de ajedrez enfrentado a
una dura partida, había concebido y puesto en marcha un movimiento destinado a
terminar con la guerra de un único golpe basado en una arriesgada estrategia.
Pero el golpe ya había sido previsto, incluso quizá antes de que él lo hubiera
pensado, por su adversario. Y aquel adversario no podía ser otro que Padma con su
ontogénesis.
Porque si Padma, con sus cálculos, podía prever que yo aparecería en la recepción
ofrecida en honor de Donal Graeme en Freilandia, habría podido igualmente, gracias
siempre a la ontogénesis, calcular que Bright realizaría algún rápido desplazamiento
de las tropas Amistosas para destruir las unidades de Cassida a las que se
enfrentaban. El hecho de que hubiera prestado a uno de sus mejores estrategas de las
Fuerzas Exóticas, Kensie Graeme, para desarbolar los planes de Bright probaba que
todo aquello ya lo había previsto. Además, sin aquella explicación, la aparición de
Kensie en el campo de batalla en el momento crucial no tenía ningún sentido.
Pero para mí, la pregunta más interesante que se ocultaba detrás de todo aquello
era saber por qué razón Padma debía oponerse a Bright de un modo tan automático.
Por lo que sabía, los exóticos no tenían ningún interés en la guerra civil que se libraba
en Nueva Tierra. Era importante para el mundo en que se combatía, pero significaba
un acontecimiento menor si se comparaba con los problemas que se planteaban en los
catorce mundos y en las estrellas.
La respuesta podía estar en alguna parte del amasijo de acuerdos contractuales
que controlaban las fluctuaciones del personal entrenado en los diferentes mundos.
Los Exóticos, al igual que la Tierra, Freilandia, Marte, Dorsai, el pequeño mundo
católico de Santa María y Coby, el mundo minero, no enrolaban en bloque a sus

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jóvenes diplomados y no negociaban sus contratos con otros mundos sin adecuarse a
los deseos de cada individuo. Se les consideraba como «abiertos», automáticamente
opuestos a los mundos «cerrados» como Ceta, los Amistosos, Venus, Newton y todos
los mundos que cambiaban a su personal especializado sin preocuparse en lo más
mínimo de sus derechos o de sus deseos individuales.
Los Exóticos, pertenecientes a uno de los mundos «abiertos», estaban en franca
oposición con los mundos «cerrados» de los amistosos. Pero aquello no bastaba para
explicar la razón por la cual tomaban partido gratuitamente en un conflicto que
concernía a un tercer mundo. Quizá hubiera una rivalidad secreta entre los contratos
relativos a los exóticos y los amistosos de la que yo lo ignoraba todo. Si aquél no era
el caso, me veía en la más completa incapacidad de comprender la intervención de
Padma en el asunto.
Pero aquello me demostraba —me lo demostraba a mí, que me preocupaba por
manipular mi entorno utilizando a las personas más próximas— que se podían
encontrar en juego dos fuerzas exteriores al círculo mágico creado por mis palabras,
lo que podía destrozar todos mis planes, simplemente porque procedían del exterior.
En resumidas cuentas, en la manera de tratar a los hombres y los acontecimientos
subyacía algún fin individual que conducía a posibilidades mayores de las que me
hubiera imaginado antes.
Me guardé aquel descubrimiento en la mente con la intención de utilizarlo más
adelante.
La segunda conclusión que extraje hacía referencia al urgente tema de nuestra
defensa de la colina en cuanto los amistosos encontrasen refuerzos. No era un lugar
que se pudiera defender con dos docenas de hombres… incluso un civil como yo
podía darse cuenta.
Y si yo podía darme cuenta, los amistosos también lo harían, lo mismo que el Jefe
de Unidad que estaba al mando de la patrulla. Mantenía las posiciones, era evidente,
para obedecer las órdenes de su Estado Mayor, muy lejos en la retaguardia. Empecé a
descubrir por primera vez cierta excusa para su actitud poco grata hacia mí y Dave.
Estaba claro que también él tenía problemas, y entre ellos uno de los más importantes
era el que representaban sus superiores del Estado Mayor, que le habían pedido que
defendiera con la patrulla el emplazamiento que ocupaban en la cima de la colina.
Empecé a mirarle con mejores ojos.
Fueran sensatas o una locura, el hombre era tan profesional que pondría el alma
para ejecutar las órdenes lo mejor que pudiera.
Podría escribir un artículo de lujo si describía su desesperada tentativa para
defender la colina, sin el menor apoyo, teniendo frente a él a todo el ejército
amistoso. Y entre líneas, también daría mi opinión sobre el Comandante que le había
dejado en la estacada.
Miré a mi alrededor y vi que los hombres de la patrulla se camuflaban lo mejor
que podían. Un sentimiento helado y nauseabundo me hizo un nudo en el estómago.

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Estaban allí embarrancados y no sabían qué precio tendrían que pagar para conseguir
el derecho a convertirse en héroes y que su nombre apareciera en un artículo.
Dave me tocó el brazo levemente.
—Mira allí —me murmuró al oído. Volví la cabeza y eché un vistazo hacia donde
me señalaba.
Los amistosos ocultos entre los árboles la pie de la colina empezaban a dar
muestras de cierta actividad. Evidentemente, estaban agrupándose para atacar la
cima. Durante varios minutos no pasaría nada y se lo iba a decir a Dave cuando éste
me dio un codazo.
—No es eso —dijo en voz baja y con voz apremiante—. Mira más lejos… al
horizonte.
Miré y comprendí de qué se trataba. A lo lejos, donde los árboles se unían con un
cielo azul y brillante, a unos diez kilómetros de distancia, en el cielo, se veía algo
parecido a parpadeantes luciérnagas: eran pequeños rayos amarillos mezclados con
verde luz y, a veces, una especie de penacho blanco y negro que se elevaba y se
disipaba llevado por la brisa.
Pero ninguna luciérnaga brilla lo bastante para que se la pueda ver de día y a tanta
distancia. Lo que veíamos eran rayos caloríficos.
—¡Los blindados! —murmuré.
—Vienen hacia aquí —dijo Dave, que miraba los rayos con cierta fascinación;
unos rayos que, vistos desde tan lejos, parecían insignificantes. Rayos que eran en
realidad espadas ardientes cuyo centro alcanzaba una temperatura de cuarenta mil
grados centígrados y que podían segar los troncos gigantes de los árboles con la
misma facilidad que una navaja de afeitar cortaría un espárrago.
Los blindados se acercaban sin encontrar oposición, pues ninguna infantería digna
de tal nombre se encontraba allí para contenerles con ayuda de armas cortas, plásticas
o sónicas. Los misiles, las armas clásicas de lucha contra blindados, habían sido
abandonados cincuenta años antes, cuando los antimisiles fueron perfeccionados
hasta el punto de hacer imposible su utilización sobre superficies planetarias.
Avanzaban lentamente pero sin que se les pudiera detener, calcinando, por principio,
cualquier escondrijo donde la infantería pudiera camuflarse.
Su llegada hacía ridícula nuestra defensa de la colina. Si la infantería Amistosa no
se nos echaba encima antes de la llegada de los blindados, pereceríamos abrasados en
nuestras madrigueras. Aquello me parecía un hecho evidente… y también lo era para
los hombres de la patrulla, pues oí un ligero murmullo que se difundía por el flanco
de la colina en el momento en que los soldados descubrían la existencia de los rayos.
—¡Silencio! —dijo el Jefe de Unidad bruscamente—. ¡Quedaos donde estáis o…!
No tuvo tiempo de acabar la frase, pues en aquel preciso instante se desató el
primer asalto serio de la infantería Amistosa. Un proyectil disparado por un fusil de
agujas le alcanzó en el pecho, precisamente en la base del cuello, y se derrumbó hacia
atrás, ahogándose con su propia sangre.

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Pero los hombres de la patrulla no tuvieron tiempo de notarlo pues la infantería
asaltante, en oleadas sucesivas, estaba ya a media pendiente. Los cassidianos,
refugiados en sus agujeros, abrieron fuego. No sé si fue por lo desesperado de su
situación o por una inusual experiencia de combate que se puso a su favor, pero no vi
a ninguno que fuese incapaz de disparar. Contaban con todas las ventajas tácticas,
pues la pendiente se hacía más escarpada a medida que se llegaba a la cima. Los
soldados amistosos avanzaron cada vez más lentamente y fueron rechazados a
medida que iban apareciendo. Huyeron en desbandada y descendieron por la colina a
la carrera. Una vez más, hubo una pausa.
Salí de la conejera y corrí hacia el Jefe de Unidad. Todavía estaba vivo. Pero fue
una completa idiotez exponerme de aquel modo, llevase o no la capa de periodista, y
lo pagué inmediatamente. Los amistosos, que se batían en retirada, habían perdido
amigos y camaradas durante la incursión. Uno de ellos reaccionó. Mientras me
incorporaba, algo me golpeó la pierna derecha y caí boca abajo.
Cuando me desperté, estaba acostado en el agujero que albergaba el puesto de
mando, junto al Jefe de Unidad herido. Dave se inclinaba sobre mí. Otros dos
hombres llenaban la angosta trinchera: dos suboficiales, probablemente los ayudantes
del jefe de la patrulla.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, intentando ponerme en pie. Dave trató de
impedírmelo, pero yo ya había conseguido apoyar parte del peso en la pierna
izquierda. Un vivo dolor la recorrió y caí pesadamente, medio desvanecido y
empapado en sudor.
—Hay que replegarse —le dijo uno de los suboficiales a su camarada—. Akke,
hay que salir de aquí. Cuando ataquen otra vez nos cogerán, y, si por casualidad no lo
hacen, lo harán los blindados.
—No —dijo el Jefe de Unidad, tendido a mi lado, con voz entrecortada. Le creía
muerto, pero, cuando volví la cabeza para mirarle, vi que alguien le había puesto una
venda de presión alrededor del cuello y la había tensado, cerrando la herida y
cortando la hemorragia. Pero aquello no impedía que se estuviera muriendo… se veía
en sus ojos. El suboficial no le prestó la menor atención.
—Escúchame, Akke —dijo—. Tú estás ahora al mando. Tenemos que
marcharnos de aquí.
—No —repitió el Jefe de Unidad con una voz casi inaudible—. Las órdenes…
hay que aguantar… a toda costa…
El suboficial llamado Akke parecía indeciso. Tenía la cara pálida y apartó la
cabeza para mirar hacia el puesto de transmisiones. El otro suboficial vio su mirada y
el fusil de agujas que tenía apoyado en las rodillas se disparó como por casualidad.
Hubo una explosión y un tintineo en el interior del aparato y la señal del panel se
apagó.
—Os ordeno… —empezó a decir el Jefe de Unidad; y, en aquel momento, el
terrible dolor me atravesó una vez más la rodilla y la cabeza empezó a darme vueltas.

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Cuando recuperé la lucidez, vi que Dave me había cortado la pernera del pantalón y
me había protegido la rodilla con una venda blanca muy limpia.
—Todo irá bien, Tam —dijo—. La aguja ha salido.
Eché un vistazo a mi alrededor. El Jefe de Unidad seguía tumbado a mi lado, pero
había sacado el arma que llevaba a la cintura. Tenía otra herida —en la frente— y
estaba muerto. Los dos suboficiales habían desaparecido.
—Han huido —dijo Dave—. También nosotros tenemos que salir de aquí —
señaló con el brazo hacia el pie de la colina—. Los amistosos han decidido que no
vale la pena atacarnos. Se han marchado. Pero los blindados se acercan… y tú no
puedes avanzar muy deprisa con esa herida. Intenta levantarte.
Procuré incorporarme. Tenía la sensación de que apoyaba la rodilla en una pica
afilada, pero conseguí ponerme en pie. Dave me ayudó a salir del agujero y a
ponerme la capa, y empezamos a retirarnos a trompicones, bajando la otra ladera de
la colina para escapar del fuego de los blindados.
Albergaba la insensata esperanza de encontrar un espacio amplio y abierto, pues
los blindados que flotaban a nuestras espaldas atacaban las zonas boscosas y no los
claros. Si nos podíamos esconder entre la hierba que nos llegaba hasta las rodillas
ningún piloto de blindado sería capaz de vernos. Pero, evidentemente, nos
encontrábamos en una zona dominada por los bosques. Y, como había observado en
cuanto partimos, todas las direcciones se parecían. El único modo de saber que no
dábamos vueltas en redondo y que seguíamos una línea recta era fiarnos del indicador
que llevaba en la muñeca.
Pero avanzábamos tan lentamente a causa de mi rodilla que incluso los blindados,
que se desplazaban muy lentamente, no tardaron en alcanzarnos. Estaba muy
maltrecho por la explosión de la cápsula sónica y los incesantes pinchazos que sentía
en la pierna me mantenían en un frenético estado febril. Era como si padeciese una
tortura sabiamente dosificada… y no soy precisamente un estoico.
Tampoco soy un cobarde… sólo un poco más valiente que el resto de los
mortales. Mi reacción ante un dolor muy fuerte es el furor. Cuanto más agudo es el
dolor, más aumenta mi cólera. Quizá haya algún berseker entre mi descendencia
irlandesa… si es que quieren darle a todo esto un aspecto romántico. Pero, sea como
sea, el hecho es ése. Mientras nos desplazábamos penosamente por el eterno
crepúsculo del sotobosque, deslizándonos entre los árboles gigantes de corteza dorada
y plateada, exploté interiormente.
En mi cólera, no temía a los blindados amistosos. Tenía la certidumbre de que los
pilotos verían mi capa blanca y escarlata con la antelación suficiente para que no
disparasen contra mí. Y, si disparaban, estaba seguro de que los rayos calóricos serían
desviados por los árboles que me rodeaban. En resumidas cuentas, creía en mi propia
invulnerabilidad, y la única cosa que me preocupaba era saber que frenaba el avance
de Dave y que, si algo le pasaba, Eileen nunca se recuperaría.
Le grité que se fuera, le insulté. Le imploré que salvara la piel, asegurándole que

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yo no estaba en peligro. Me respondió sencillamente que yo no le había abandonado
cuando fuimos sorprendidos por la explosión sónica, y que no me dejaría atrás. De
todos modos, yo era el hermano de Eileen, y era su deber ocuparse de mí. Aquello
encajaba con lo que mi hermana me dijera en la carta… era muy fiel. ¡Muy fiel, santo
Dios! Un maldito y fiel imbécil. Se lo dije, adornando la frase con algunas groserías.
Intenté soltarme de su brazo, vanamente, porque no se puede hacer nada parecido
saltando sobre una sola pierna. Me dejé caer al suelo y me negué a ir más adelante,
pero forcejeó conmigo y me echó sobre sus hombros. Intentó avanzar de aquella
manera.
Era peor. Debí prometer acompañarle y me dejó en el suelo. Él también
trastabillaba por la fatiga. En aquel momento, medio loco por el dolor y la rabia, yo
estaba dispuesto a hacer lo que fuera para salvarle de sí mismo. Empecé a aullar y a
pedir ayuda desgañitadamente, pese a sus esfuerzos para que me callase.
Aquello funcionó. Menos de cinco minutos más tarde nos encontramos frente a
las bocas, tan pequeñas como puntas de alfileres, de dos fusiles de agujas de dos
infantes amistosos, atraídos por mis gritos, que nos apuntaban amenazadoramente.

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Capítulo 12
Yo ya esperaba que aparecieran, incluso antes de que lo hiciesen. Los fusileros
amistosos nos rodearon en cuanto salimos de la colina y abandonamos al Jefe de
Unidad y a sus hombres muertos. Los dos hombres que nos amenazaban pertenecían,
sin duda, al grupo que había descubierto a la patrulla cassidiana, que la atacó en
primer lugar. Siguieron su camino y bajaron la pendiente opuesta en pos nuestro. Su
papel consistía, probablemente, en descubrir los focos de resistencia cassidiana y en
pedir refuerzos para neutralizarlos. Llevaban aparatos de escucha. Poco les importaba
que los aparatos detectasen a dos hombres discutiendo… dos hombres eran una presa
muy pequeña en comparación con lo que andaban buscando. Pero un hombre
pidiendo ayuda deliberadamente era algo bastante poco habitual si se estudiaba
detenidamente. Un Soldado del Señor no debía dar tales muestras de debilidad,
necesitase o no ayuda. ¿Y por qué iba a pedir ayuda un combatiente cassidiano en una
zona donde no se combatía? Salvo los Soldados del Señor y sus enemigos, ¿quién
más podía encontrarse en aquella zona de combate?
Pero ya habían descubierto que se trataba de un Periodista y de su ayudante. Eran
no beligerantes… se lo hice ver. Los fusiles de agujas no dejaron de apuntarnos.
—¡Idiotas! —les dije—. ¿No veis que necesito cuidados médicos? ¡Llevadme lo
antes posible a una ambulancia de campaña!
Me miraron con unos ojos que eran la viva imagen de la más sorprendida
inocencia en medio de unos rostros lisos y jóvenes. El de la derecha llevaba al cuello
la medalla de soldado de primera clase, el otro era un simple infante sin graduación.
No debían tener más de veinte años.
—No tenemos autorización para pedir una ambulancia de campaña —respondió
el soldado de primera clase—. Lo más que puedo hacer es llevarle al lugar en que
estamos concentrando a los prisioneros, donde, sin duda, tomarán las medidas
necesarias. —Retrocedió, todavía apuntándonos—. Ayuda al otro hombre a
transportar al herido, Greten —le dijo a su compañero con el tono extrañamente
cantarín de los Soldados del Señor—. Os seguiré llevando las armas.
El otro soldado le pasó el fusil y, sostenido por Dave y por él, empecé a caminar
más cómodamente. Pero la rabia fermentaba y hervía en mi interior. Llegamos a un
lugar descubierto: no un verdadero claro a la luz del sol, sino una pequeña superficie
revelada por la caída de dos árboles gigantes. Una veintena de cassidianos, de aspecto
abatido, habían sido reunidos en él. Desarmados, eran vigilados por jóvenes
amistosos que se parecían, como si fueran hermanos, extraordinariamente a los que
nos habían capturado.
Dave y el joven soldado me ayudaron a sentarme con precaución, apoyándome en
el tronco de uno de los enormes árboles caídos. A Dave le empujaron para reunirle
con la tropa de prisioneros, que se apoyaban en el otro tronco, chisporroteante,
vigilados por cuatro amistosos armados. Señalé el brazalete blanco sin insignias de

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Dave y les grité que debía quedarse conmigo, pues no era un combatiente. Pero los
seis hombres de uniforme negro no prestaron ninguna atención a mis palabras.
—¿Hay alguien con graduación superior por aquí? —le preguntó el soldado de
primera clase a los cuatro centinelas.
—No —respondió uno de ellos—, pero yo soy el mayor.
Era un simple soldado pero, visiblemente, tenía más edad que sus compañeros y
su rápida y clara respuesta llevaba la marca del soldado experimentado que ya ha
aprendido a no presentarse nunca voluntario.
—Este hombre es Periodista —dijo el soldado de primera clase señalándome con
el dedo— y dice que el otro está bajo su protección. El Periodista necesita cuidados
médicos. No nos resulta posible llevarle a una ambulancia de campaña, así que haced
el favor de someter este caso a vuestros superiores por el comunicador.
—No tenemos —respondió el soldado mayor—. Pero el centro de
comunicaciones está a doscientos metros.
—Me quedaré aquí con Greten mientras uno de vosotros va al centro de
comunicaciones.
—No hay ninguna orden que nos permita alejarnos de aquí —respondió el vigía
con aspecto tenaz.
—Pero se trata de algo muy especial.
—No está previsto en nuestras órdenes.
—Pero…
—¡Te repito que nuestras órdenes no lo prevén y que son muy estrictas! —aulló
el soldado—. No podemos hacer nada hasta que llegue un oficial o un suboficial.
—¿Tardará mucho? —preguntó el soldado de primera clase, desanimado por la
vehemencia de las objeciones del otro. Me miró con ojos inquietos y empecé a
decirme que quizá comenzaba a creer que había cometido un error diciendo que
necesitábamos ayuda médica. Pero le subestimaba. Su rostro estaba un poco pálido,
pero hablaba con un tono tranquilo y monocorde.
—No lo sé —respondió el soldado mayor.
—En ese caso, iré yo mismo al centro de comunicaciones. Greten, espérame aquí.
Se pasó por el hombro la correa del fusil y se alejó. No le volveríamos a ver.
Pero la adrenalina de mi cuerpo y la cólera que me habían ayudado a combatir el
dolor causado por la herida dejaban de producir efecto. No sentía más que el terrible
pinchazo que me atacaba cada vez que intentaba mover la pierna, pero mucho más
fuerte que antes… un dolor constante que iba empeorando y que transmitía oleadas
de sufrimiento desde el pie al muslo, y que me hacía apartar la cabeza. Empezaba a
preguntarme si lo podría soportar durante más tiempo cuando, súbitamente, con la
impresión de estupidez que le invade a uno a la vez que se da cuenta bruscamente de
que lo que buscaba estaba desde siempre al alcance de la mano, me acordé de mi
cinturón.
Colgando del cinturón, como del de todos los soldados, llevaba un botiquín. Con

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ciertas ganas de reír, pese a los dolores, tanteé para alcanzarlo y abrirlo. Tomé de él
dos píldoras octogonales. Inexplicablemente, empezaba a oscurecer bajo los árboles,
y no pude ver si las pastillas eran rojas, pero su forma me permitía reconocerlas. Se
las había adecuado a aquel fin.
Las mastiqué y me las tragué sin agua. A lo lejos, me pareció escuchar la voz de
Dave que gritaba, no sé por qué. Pero, tan rápido como una cucharada de cianuro, el
componente anestésico y calmante de las píldoras hizo efecto en mí. El dolor
desapareció y me sentí ileso, limpio, renovado, sin más preocupación que no fuera la
comodidad de mi propio cuerpo.
Una vez más oí gritar a Dave. En aquella ocasión, entendí lo que decía, pero la
naturaleza de su mensaje no tenía poder alguno para turbarme. Decía que ya me había
dado píldoras en dos ocasiones cuando estaba desvanecido. Aullaba que yo había
tomado una dosis peligrosa y que era necesario ayudarme. Bajo los árboles la
oscuridad era completa y hubo un trueno que resonó sobre mí. Luego escuché, lo
mismo que se escucha una maravillosa sinfonía lejana, el crepitar de millones de
gotas de lluvia sobre los millones de hojas que se cerraban por encima de mi cabeza.
Me sumí en una nada beatífica y reconfortante.
Cuando recuperé la consciencia, no presté atención por unos momentos a lo que
me rodeaba. Sentía vómitos y náuseas por la elevada dosis de píldoras que había
ingerido. La rodilla no me hacía sufrir si permanecía inmóvil, pero estaba inflamada y
tan dura como un trozo de acero. El menor movimiento producía un dolor agudo que
me afectaba como si me hubieran dado un golpe.
Vomité y me sentí mejor interiormente. La consciencia de lo que ocurría a mi
alrededor volvió a mí lentamente. Estaba empapado por la lluvia que, retenida unos
instantes por el follaje de los enormes árboles, al fin nos alcanzaba. Los prisioneros y
los guardias que les vigilaban chorreaban también. Había alguien nuevo, vestido con
un uniforme negro, un Jefe de Grupo de mediana edad, delgado, de rostro anguloso.
Se había llevado aparte a Greten y discutía con él.
Por encima de nosotros, por la abertura dejada por los dos grandes árboles caídos,
veía el cielo limpio de nubes, teñido de púrpura por las luces del sol poniente. Mi
vista, deformada por el abuso de píldoras, me hacía ver aquel color rojo que caía del
cielo como si fuera un tinte que irisase las siluetas de los prisioneros vestidos de gris
e hiciese centellear el negro uniforme de los amistosos.
Rojo y negro, negro y rojo, parecían los personajes bajados de un vitral al cuadro
gigantesco formado por las sombras inmensas y fantasmales de los árboles. Me quedé
allí, helado, envuelto en mis ropas pesadas y húmedas, mirando fijamente al Jefe de
Grupo y al soldado que discutían. Y, poco a poco, sus palabras, pronunciadas en voz
baja para que no llegasen hasta los prisioneros, pero audibles para mí, empezaron a
cobrar significado.
—¡Eres muy tierno! —decía el Jefe de Grupo con voz airada. La vehemencia de
su emoción le hizo levantar ligeramente la cabeza y el sol poniente coloreó su rostro

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de sombras rojizas. Le vi claramente por vez primera: con sus rasgos afilados y
cincelados, con el mismo fanatismo total y encarnizado que encontré en el Jefe de
Unidad que, en el Estado Mayor de los amistosos, se negó a facilitarme un pase para
Dave.
—Eres muy tierno —repitió—. Eres joven. ¿Qué sabes del combate que se libra
por la supervivencia de generación en generación en nuestros rocosos mundos? ¿Qué
sabes del hambre y la miseria que reinan entre los Hijos del Señor? ¿Qué sabes de los
designios de los que nos han enviado a luchar para que nuestro pueblo pueda vivir y
prosperar mientras por todas partes a los demás hombres les gustaría vernos muertos,
y nuestras muertas creencias enterradas con nosotros?
—No sé nada —respondió el soldado, cuya voz temblorosa traicionaba su
extrema juventud—. Sé que tenemos el deber de hacer lo que es justo, que hemos
prestado el juramento sobre el Código de los Mercenarios y que…
—¡Cierra esa boca llena de leche! —replicó con desprecio el Jefe de Grupo—.
¿Qué son todos esos Códigos frente al Código del Todopoderoso? ¿Qué son todos los
juramentos frente al juramento prestado ante el Señor de los Combates? El Eclesiarca
del Consejo de Ancianos, el que es llamado Bright, ha dicho que este día está
marcado para señalar el destino de nuestro pueblo y que la victoria es una necesidad
imperiosa. Consecuentemente, ganaremos la batalla. Eso es todo. —Pero, no
obstante, insisto en que…
—¡No tienes nada que decir! ¡Soy tu superior! Soy yo quien va a decirte algo.
Tenemos órdenes para reagruparnos y prepararnos para otro ataque. Tú y los cuatro
soldados que están contigo debéis presentaros ahora en el centro de comunicaciones.
Poco importa que formes parte o no de la unidad. ¡Te lo ordenan y debes obedecer!
—En ese caso, nos llevaremos a los prisioneros con nosotros…
—¡Obedecerás! —El Jefe de Grupo llevaba al brazo el fusil de agujas. Lo
empuñó bruscamente, apuntó con el cañón al soldado y, con el pulgar, lo puso en
posición de tiro automático. Vi que los ojos de Greten se cerraban por un segundo y
que se le crispaba la garganta, pero, cuando habló, su voz seguía siendo tranquila y
firme.
—Toda mi vida he caminado a la sombra del Señor, que es Verdad y Fe… —dijo.
Vi cómo se alzaba el cañón del fusil.
—¡Eh! —grité—. ¡Eh, ustedes, Jefe de Grupo! Dio un salto como el de un lobo
gris que oye cómo se rompe una rama bajo la bota de un cazador… y me encontré a
mí mismo siendo apuntado por el cañón de su arma. Avanzó hacia mí lentamente, con
el arma lista y mirándome con su rostro torturado por el fanatismo.
—¿Has recuperado el sentido? —me preguntó sarcásticamente. Aquellas palabras
expresaban el desprecio que sentía por un ser tan débil que necesitaba tomar un
anestésico para soportar el dolor físico.
—Lo bastante como para decirle algunas cosas —le respondí con voz áspera.
Tenía la garganta seca y la pierna volvía a dolerme, pero me venía bien como

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revitalizadora de la cólera. El dolor, que iba en aumento de forma paulatina, podía
alimentar aquella cólera que tan fácilmente se despierta en mí—. Escúcheme. Soy
Periodista. Usted ya tiene experiencia suficiente como para saber que nadie puede
llevar esta capa y esta boina sin la autorización correspondiente. Pero, para que esté
más seguro… —Me rebusqué en el bolsillo y saqué mi documentación—…
verifíquelo usted mismo.
La tomó y la echó un vistazo.
—Muy bien —le dije una vez me la hubo devuelto—. Soy Periodista y usted Jefe
de Grupo. No le pido nada, ¡le doy una orden! Quiero ser transportado
inmediatamente hasta una ambulancia de campaña y quiero que mi asistente —señalé
a Dave con el dedo— me sea devuelto. No dentro de diez minutos, ni de dos,
¡inmediatamente! Los soldados que nos vigilan pueden pensar que no están
autorizados a llevarnos hasta una ambulancia, pero usted sabe perfectamente que
pueden hacerlo. ¡Exijo que mis órdenes sean cumplidas de inmediato!
Me miró fija y siniestramente. Su mirada era la de un hombre que se libra de la
presa de los hombres que le conducen al tormento y avanza solo, con pasos firmes y
largos, por su propio pie hacia el lugar en que será ejecutado.
—Eres Periodista —dijo, inspirando profundamente—. ¡Ay! Perteneces a la raza
de Anarc. Eres uno de esos que, gracias a las mentiras y a los falsos testimonios,
difunden el odio de nuestro pueblo y nuestra fe por el mundo de los humanos. ¡Qué
bien te conozco, Periodista! —Siguió mirándome fijamente con impenetrables ojos
negros—. Estos papeles para mí no son más que veleidades sin valor, pero te voy a
hacer pasar un buen rato y a enseñarte lo poco que valéis tú y tus infames mentiras.
Te daré una historia para que la escribas, y la escribirás, y verás que tiene menos
importancia que las hojas secas que levantan los Ungidos del Señor cuando desfilan.
—Haz que me lleven a una ambulancia —repetí.
—Tendrás que esperar —dijo—. Además… —Me arrancó los papeles que yo
todavía tenía en la mano y los agitó delante mío—… tú puede que tengas un pase,
pero no llevas ningún documento firmado por nadie autorizado que permita que ése al
que llamas «tu asistente» pueda circular libremente. No podrá ir contigo y se quedará
con los otros prisioneros a esperar la decisión de Dios sobre ellos.
Dejó que los papeles me cayeran entre las rodillas, dio media vuelta y avanzó con
pasos largos hacia los prisioneros. Le grité que volviera pero no me prestó la menor
atención.
Súbitamente, Greten echó a correr detrás de él, le agarró por la manga y le
murmuró algo al oído, haciendo muchos gestos con la mano libre y señalando a los
prisioneros. El Jefe de Grupo le apartó con una bofetada que estuvo a punto de
derribar al soldado.
—¿Forman parte de los Elegidos? —aulló—. ¿Forman parte de los Elegidos de
Dios?
Agitó el fusil de forma enfurecida, amenazando no sólo a Greten sino a también a

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los otros soldados.
—¡A formar! —vociferó.
Lenta o precipitadamente, los soldados abandonaron a los prisioneros y formaron
ante el Jefe de Grupo.
—Todos, inmediatamente, presentaos en el centro de comunicaciones —ordenó
—. Atención, derecha, ¡ar!
Los soldados se alejaron hasta desaparecer entre los árboles.
El Jefe de Grupo les miró un segundo, luego pivotó sobre los talones y apuntó
con el arma a los prisioneros cassidianos. Ellos retrocedieron y vi que el rostro blanco
e indistinto de Dave se volvía hacia mí.
—Ahora, vuestros guardianes se han ido —dijo el Jefe de Grupo con voz siniestra
—. Un nuevo combate que barrerá vuestras unidades está a punto de empezar. Para
esta batalla necesitaremos a todos los Soldados del Señor, pues el Eclesiarca de
Nuestro Consejo de Ancianos nos llama a todos. Yo mismo he de participar en ella, y
no puedo dejar enemigos detrás de nuestras líneas para que actúen contra nosotros.
Voy a enviaros a un lugar, en él ya no podréis causar problemas a los Ungidos del
Señor.
Sólo entonces comprendí lo que tenía en mente. Abrí la boca para aullar, pero no
salió de ella ningún sonido. Intenté desesperadamente levantarme, pero la pierna,
rígida, me lo impidió. Me quedé con la espalda apoyada en el árbol, con la boca
abierta, dominado por la parálisis.
El Jefe de Grupo abrió fuego y los soldados cayeron y murieron… y Dave con
ellos.

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Capítulo 13
No sé que pasó después de un modo exacto. Recuerdo que cuando los cuerpos que
atestaban el suelo dejaron de moverse, el Jefe de Grupo se volvió y avanzó hacia mí,
con el arma en la mano.
Parecía desplazarse parsimoniosamente, pero lo hacía con pasos largos y rápidos,
lenta pero inexorablemente. Tomaba cada vez mayores proporciones a medida que
avanzaba, con el negro fusil en la mano, con el cielo rojo a sus espaldas. Finalmente,
se detuvo ante mí, dominándome.
Intenté en vano escapar de él, pero me lo impedían la pierna herida y el grueso
tronco de árbol al que me hallaba pegado. Pero ni me apuntó ni llegó a disparar.
—Observa —dijo, mirándome. Su voz era profunda y tranquila, pero sus ojos
tenían un brillo muy raro—. Ya tienes tu historia, Periodista. Y vivirás para escribirla.
Quizá te permitan volver cuando me lleven ante un pelotón de ejecución, a menos
que el Señor decida que muera en la batalla que está a punto de entablarse. Pero
aunque me ejecutasen un millón de veces, tus escritos no te servirían para nada. Yo,
que represento los dedos del Señor, he escrito Su voluntad en esos hombres, y ésas
son palabras que no podrás borrar. Así sabrás, al fin, la poca importancia que tienen
tus palabras si las comparas con lo escrito por el Dios de los Combates.
Retrocedió un paso, sin volverse. Se hubiera dicho que yo representaba algún
oscuro altar del que se alejara con cierto respeto irónico.
—Ahora, adiós, Periodista —dijo con una sonrisa que le deformó los labios—.
No temas nada, te encontrarán. Y te salvarán la vida.
Dio media vuelta y se alejó. Le seguí con la mirada, era una mancha oscura en la
penumbra, hasta que me quedé solo.
Solo con las hojas que todavía goteaban y chapoteaban en el suelo del bosque.
Solo con el cielo, cuyo tinte rojizo se ensombrecía, solo con el final del día y con los
muertos.
No sé cómo lo conseguí, pero un momento más tarde me encontraba arrastrando
penosamente la pierna inútil. Repté hasta que llegué al montón de cadáveres. Con la
poca luz que quedaba removí entre los muertos buscando a Dave. Las agujas le
habían alcanzado en la base del pecho y la parte inferior de sus ropas estaba
empapada en sangre. Pero sus párpados se movieron cuando le pasé un brazo por los
hombres y le levante para apoyar su cabeza en mi rodilla sana. Tenía el rostro tan
blanco y liso como el de un niño dormido.
—Eileen… —murmuraba débil pero claramente mientras le levantaba. Pero no
abrió los ojos.
Abrí la boca para decir algo pero no salió de mis labios sonido alguno. Y, cuando
conseguí que funcionaran mis cuerdas vocales, produjeron un raro sonido.
—Va a venir —dije.
La respuesta pareció calmarle. Se quedó inmóvil, respirando débilmente. Tenía el

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rostro tranquilo, como si no sintiera ningún sufrimiento. Escuché un ruido regular
semejante al de las gotas de agua que caían de los árboles, luego estiré la mano y
sentí que la palma se humedecía y se ponía pegajosa. Era la sangre que le chorreaba
de la ropa, en un lugar en que el musgo del suelo había sido arrancado por los
soldados mientras morían.
Sin molestar a Dave, apoyado en la rodilla, tanteé a mi alrededor para buscar las
vendas que pudieran llevar los cadáveres que nos rodeaban. Encontré tres y las utilicé
para intentar cortar la hemorragia, pero sin éxito. Sangraba por media docena de
heridas. Al intentar taponarlas, le turbé y recuperó vagamente la conciencia.
—¿Eileen? —repitió.
—No tardará —le dije de nuevo.
Más tarde, cuando hube renunciado a salvarle y me limitaba a sujetarle por los
hombros, preguntó por tercera vez:
—¿Eileen?
—Ya viene, Dave.
Pero, cuando la luna estuvo lo bastante alta en el cielo y empezó a difundir su
claridad plateada en el pequeño claro entre los árboles, me incliné sobre él para verle
la cara. Ya estaba muerto.

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Capítulo 14
Me encontraron nada más salir el sol; no fueron las tropas amistosas sino soldados
cassidianos. Kensie Graeme había retrocedido hasta el extremo sur de la línea de
combate para enfrentarse así al plan de ataque establecido por Bright destinado a
destrozar las defensas de Cassida y diezmar a sus combatientes en las calles de
Molón. Pero Kensie, que había previsto aquella estrategia,^ desguarneció la parte sur
del frente y envió los blindados y la infantería libres de aquel turno de guardia a
reunirse en la zona norte y reforzar el frente por el que Dave y yo nos habíamos
movido.
Aquello tuvo como resultado que sus líneas giraban alrededor de un punto central
que se encontraba en el sitio exacto en que le viera por primera vez. Las tropas
reforzadas del extremo norte del frente se reagruparon al día siguiente, por la mañana,
cortando las comunicaciones de los amistosos y aplastando sus tropas por la
retaguardia, mientras que las tropas de Armonía y Asociación pensaban que las
unidades de Cassida estaban completamente dispersas.
Molón, que era el peñón contra el que las tropas de Cassida serían destruidas, fue
testigo del aplastamiento de los amistosos. Los fanáticos vestidos de negro
combatieron con el feroz ardor que les caracterizaba y un valor temerario fruto del
hecho de verse acorralados. Se encontraban entre los fuegos cruzados del cañón
sónico de Kensie y el de los soldados de refuerzo que se acumulaban en retaguardia.
Finalmente, el Estado Mayor de los amistosos, antes que perder una gran cantidad de
valiosos soldados, prefirió capitular. Así terminó la guerra civil entre las zonas Norte
y Sur de Nueva Tierra… una guerra que ganaron las tropas de Cassida.
Pero a mí me importaba un bledo todo aquello. Medio inconsciente por las drogas
que me habían administrado, me llevaron hasta Dhores, donde fui hospitalizado. La
herida de la rodilla se había agravado al no ser curada a tiempo. No conozco muy
bien los detalles pero, mucho antes de ser maravillosamente tratada, la rodilla se
quedó rígida. El único modo de arreglarlo, me dijeron los médicos, era proceder a la
ablación y reemplazar la rodilla completa por una prótesis totalmente artificial, pero
me advirtieron en contra de aquella decisión. La carne y la sangre originales, me
dijeron, eran mucho mejores que cualquier cosa que pudiera crear el hombre para
reemplazarlas.
En cuanto a mí, no me preocupaba nada todo aquello. Habían arrestado y juzgado
al Jefe de Grupo responsable de la masacre de los prisioneros y, como él mismo había
predicho, fue condenado a muerte y ejecutado por no haber respetado las
disposiciones del Código de los Mercenarios sobre el trato debido a los prisioneros de
guerra. Pero tampoco aquello me preocupaba.
Porque, como él mismo había dicho, su ejecución no cambiaría las cosas. Lo que
había escrito sobre Dave y los otros prisioneros con su fusil de muelles nadie podría
borrarlo.

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Yo era como un reloj al que se le ha roto un resorte; no deja de funcionar, pero se
escucha cómo gira ruidosamente cuando se sacude el péndulo. Me habían destrozado
interiormente, y los elogios que me brindó el Servicio de Información Interestelar y
mi nominación para miembro de pleno derecho del Sindicato no me ayudaron a
recuperar el aplomo.
Pero al fin tenía a mis espaldas toda la riqueza y el poder del Sindicato, e hicieron
por mí lo que muy pocas organizaciones privadas habrían sido capaces de hacer: me
enviaron a Kultis —el mayor mundo exótico— para que me cuidaran los nativos
especialistas en enfermedades mentales.
En Kultis me convencieron para dejarme curar, pero sin imponerme ningún
método en particular. En primer lugar, porque no tenían poder suficiente para curarme
(me pregunto si se dieron cuenta de su impotencia en mi caso en particular), y, en
segundo, porque su filosofía esencial les prohibía el uso de la fuerza o cualquier
medio coactivo para intentar controlar la voluntad de los individuos. No podían hacer
otra cosa que indicarme el camino que deseaban que siguiera.
Y el instrumento que eligieron para incitarme a seguir aquel camino parecía el
más eficaz. Era Lisa Kant.
—¡Pero usted no es psiquiatra! —exclamé con sorpresa cuando apareció por
primera vez en el lugar al que me llevaron, uno de esos edificios complejos que
tienen elementos interiores al aire libre. Acababa de tenderme bajo el sol, cerca de la
piscina, y me estaba relajando cuando ella apareció a mi lado. Como respuesta a mi
pregunta, argumentó que Padma le había recomendado que me ayudase a recuperar la
fuerza emotiva.
—¿Cómo sabe lo que soy? —me dijo secamente y con todo el autocontrol que es
la herencia de los exóticos de nacimiento—. Hace cinco años que le encontré por
primera vez en la Enciclopedia y, por entonces, ya llevaba varios más estudiando.
Me quedé tumbado, parpadeando para mirarla, pues se encontraba encima de mí.
Lentamente, algo que dormía en mi interior empezó a latir y agitarse. Me levanté. Yo,
que había sido capaz de elegir las palabras adecuadas para que los hombres bailaran a
mi antojo como marionetas, ¡acababa de meter la pata hasta el fondo con una
observación tan desastrosa!
—Entonces, ¿realmente es psiquiatra? —pregunté.
—Sí y no —me contestó tranquilamente. Luego, súbitamente, sonrió—. De todos
modos, no necesita un psiquiatra.
Cuando dijo aquello, me di cuenta de que era exactamente lo mismo que yo
pensaba, lo que siempre había pensado pero que, encerrado en mi propia desgracia,
había permitido que el Sindicato sacase sus propias consecuencias. Acto seguido, a
través del mecanismo de mi conciencia, pequeños relés motores empezaron a
funcionar, reanimando mis percepciones.
Si sabía tantas cosas, ¿qué era lo que ella no sabía? Inmediatamente, los
dispositivos de alarma resonaron en la ciudadela mental que llevaba construyendo

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desde hacía cinco años y las barreras defensivas bajaron a ocupar su lugar.
—Puede que tenga razón —dije, súbitamente prudente. Luego, sonreí—: ¿Por qué
no nos sentamos a discutirlo?
—¿Por qué no? —repuso ella.
Nos sentamos para hablar. Al principio, fue una conversación artificial sin
importancia… la estaba juzgando. Había extrañas resonancias a su alrededor. No
puedo expresarlo de otro modo. Todo lo que decía, todos sus gestos, todos sus
movimientos parecían tomar un sentido especial cuyo significado no podía entender
por completo.
—¿Por qué Padma suponía que usted podría… quiero decir, que tenía que venir a
verme? —pregunté prudentemente al poco rato.
—No es sólo para verle… es para trabajar con usted —respondió. No llevaba
ropa exótica, sino un traje normal de color blanco. Sus ojos parecían así más
hermosos que nunca. Me lanzó una rápida mirada de desafío, tan penetrante como
una lanza.
—Porque cree que yo represento una de las dos puertas por las que todavía puede
alcanzársele a usted, Tam.
Aquella mirada y aquellas palabras me desanimaron. Si no hubiese existido
aquella extraña resonancia, habría podido creer que me estaba dirigiendo una
invitación. Pero el tema era más importante.
Habría podido preguntarle sobre lo que entendía de lo que estaba diciendo; pero
yo acababa de recuperarme y adopté una posición circunspecta. Cambié de tema —
creo que la invité a nadar conmigo— y no volví a hablar de todo aquello hasta unos
días más tarde En aquellos momentos, bien despierto, atento, tuve ocasión de mirar a
mi alrededor para averiguar de dónde provenían aquellas resonancias y descubrir lo
que me estaban haciendo los métodos exóticos. Actuaban en mí sutilmente, por
medio de una hábil coordinación basada en una total presión del entorno, una presión
que no intentaba llevarme a ninguna dirección concreta, sino que me incitaba a que
yo mismo tomase continuamente el timón de mi propia existencia. En resumidas
cuentas, el edificio en el que me encontraba, el clima que reinaba en él, las paredes,
los muebles, los colores y las formas que lo ocupaban habían sido concebidos para
incitarme sutilmente a vivir… no sólo a vivir, sino a hacerlo activa, plena y
alegremente. No se trataba simplemente de una casa que rezumara optimismo… era
un lugar excitante, un entorno estimulante en el que me hallaba inmerso.
Y Lisa era uno de sus elementos más activos.
Mientras salía poco a poco de la depresión, empecé a notar que no sólo los
colores y las formas de los muebles de la casa se alteraban cada día, sino que también
cambiaban los temas de conversación, el tono de la voz de Lisa, su risa, continuando
el ejercicio de presión máxima sobre mis propios sentimientos, para transformarlos y
desarrollarlos.
No creo que la propia Lisa comprendiese de qué modo se combinaban aquellos

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elementos para producir aquel efecto de fusión. Habría que ser un verdadero exótico
para entenderlo. Pero ella sabía —consciente o inconscientemente— cuál era su papel
en toda la historia. Y lo interpretaba muy bien.
A mí me daba lo mismo. Automática, inevitablemente, mientras me curaba, me
fui enamorando de ella.
No había tenido problemas para encontrar mujeres desde que escapase de casa de
mi tío y empecé a experimentar con los poderes de mi cuerpo y de mi mente. Y,
especialmente, con las mujeres hermosas, que a menudo parecen tener una fuerte sed
de afecto, la mayor parte de las veces insatisfecha. Pero ante Lisa todas aquellas
mujeres, hermosas o no, desaparecían o palidecían. Se hubiera podido decir que yo
no dejaba de capturar los pájaros cantores que llevaba en mí sino para descubrir que
eran simples gorriones a la mañana siguiente, y que sus alegres gorjeos se habían
convertido en simples pitidos.
Pero Lisa no me dejó como habían hecho las otras cuando me hube enamorado de
ellas. Planeó conmigo y planeó sola nuevamente. Entonces, por primera vez,
comprendí por qué razón ella era diferente, por qué razón no se derrumbaba como las
demás.
Era porque ella había construido su propio territorio antes de que yo pudiera
encontrarlo. No necesitaba mi ayuda para llegar a aquel país encantado, pues ella
tenía alas propias. Aunque nuestros países fueran diferentes, nos reuníamos en el
cielo.
Fue aquella diferencia lo que me detuvo y lo que al fin quebrantó el caparazón
exótico. Porque, cuando quise mostrarme cariñoso, ella me detuvo.
—No, Tam —me dijo apartándose—. Todavía no.
«Todavía no» podía significar «ahora no» o «no, hasta mañana», pero al ver el
cambio que se había operado en su rostro, el modo en que sus ojos se apartaron un
poco de los míos, supe que no se trataba de aquello. Algo nos separaba, algo parecido
a una verja entreabierta, y mi espíritu daba saltos para intentar encontrarle un nombre.
—La Enciclopedia —dije—. Quieres que vuelva a trabajar en ella. —Le miré a
los ojos—. De acuerdo. Pídemelo de nuevo.
Sacudió la cabeza.
—No —replicó en voz baja—. Padma me dijo, antes de que te siguiera en la
recepción de Donal Graeme, que no vendrías sólo porque yo te lo pidiera. Pero
cuando me lo dijo, no lo creí. Ahora sí me lo creo. —Volvió la cara para mirarme
fijamente a los ojos—. Si te lo pidiera ahora y me dijeras que querías pensarlo unos
momentos antes de contestar, incluso ahora, dirías de nuevo que no.
Sin dejar de mirarme, se sentó en el borde de la piscina, con un arbusto lleno de
rosas amarillas bañadas en luz a su espalda.
—¿No ves la verdad, Tam?
Abrí la boca; la volví a cerrar. Porque, como la mano de piedra de algún dios
pagano, todo lo que había olvidado mientras me recuperaba, todo lo que Matías y el

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Jefe de Grupo de los amistosos me habían grabado en el alma, volvió a convertirse en
una cruz para mí.
La verja entreabierta se cerró bruscamente entre Lisa y yo y su chasquido resonó
por las más secretas profundidades de mi corazón.
—De acuerdo —admití con voz sorda—. Tienes razón. Diría que no.
Miré a Lisa, sentada entre los escombros de nuestro sueño mutuo. Y recordé algo.
—Cuando llegaste aquí —dije lentamente pero sin miramientos… casi se había
convertido en mi enemiga— mencionaste algo acerca de Padma, algo que te había
dicho sobre que tú eras una de las dos puertas por las que se podía llegar hasta mí.
¿Cuál es la otra? Hasta ahora no te lo había preguntado.
—Pero ahora no quieres esperar más tiempo para cerrarla, ¿verdad, Tam? —me
dijo, quizá amargamente—. De acuerdo. Dime una cosa. —Tomó un pétalo caído de
una de las flores que había tras ella y lo arrojó a las tranquilas aguas de la piscina,
donde flotó como un frágil barco amarillo—. ¿Te has puesto en contacto con tu
hermana?
Sus palabras me golpearon como si lo hubiera hecho con una barra de hierro.
Toda la historia de Eileen y Dave y la muerte de Dave cuando le había prometido a
mi hermana que se lo devolvería sano y salvo, todo aquello volvió a mi mente
simultáneamente. Me encontré de pie sin saber cómo e inundado por una corriente de
sudor helado.
—No he podido… —empecé, aunque me faltó voz para continuar: se me
estranguló en la garganta y me encontré cara a cara con mi alma y con el sentimiento
de mi cobardía.
—¡Ellos le han comunicado ya la muerte de Dave! —aullé mientras me volvía
furioso hacia Lisa, que seguía sentada, observándome—. ¡Las autoridades de
Casssida se lo han contado todo! ¿Qué pasa? ¿Te crees que no sabe lo que le ha
pasado a Dave?
Pero Lisa no dijo nada. Se quedó sentada, sin dejar de mirarme. No fue hasta más
tarde que me di cuenta de que seguiría sin decir nada. Los exóticos la habían
entrenado casi desde que salió de la cuna y por ello no me diría lo que tenía que
hacer.
Pero no hacía falta que lo hiciera. El diablo se había hecho dueño de mi alma
nuevamente; y ella estaba allí, riéndose al otro lado de un río de ardientes carbones,
desafiándome a que me reuniera con ella. Y ni los hombres ni el diablo me habían
nunca desafiado en vano.
Me aparté de Lisa y me fui.

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Capítulo 15
Como miembro de pleno derecho del Sindicato, no tenía que verificar mi destino para
conseguir el dinero necesario para viajar. La moneda de uso corriente entre los
mundos era el saber y las aptitudes envueltas en los embalajes humanos que los
transportaban. Del mismo modo, un crédito que podía ser fácilmente convertido en
aquel tipo de moneda estaba representado por los datos reunidos y transferidos por
los miembros especializados de Comunicaciones del Sindicato del Servicio de
Informaciones Interestelares… lo que no era menos necesario a los mundos
individuales que había entre las estrellas. El Sindicato no era en absoluto nada pobre;
y los aproximadamente doscientos miembros que lo formaban podían retirar fondos
en cada uno de los catorce mundos cuyo montante podría suscitar la envidia de un
presidente de gobierno.
El curioso resultado de todo aquello, en mi propio caso, era que el dinero como
tal dejó de tener cualquier sentido para mí. En algún rincón de mi mente que antes se
preocupaba de los gastos había tan sólo un agujero… y los recuerdos se apresuraban
a llenar aquel vacío en el trayecto de Kultis a Cassida. Eran recuerdos relacionados
con Eileen.
No había pensado que ella representase una parte tan importante de mi juventud
después de la muerte de nuestros padres. Pero en aquellos momentos, mientras el
navío espacial saltaba de un planeta a otro, los instantes y las escenas se apretujaban
en mi mente y yo seguía sentado solo en mi compartimento de primera clase, o en el
salón, porque no estaba de humor para tratar con la gente.
No eran recuerdos extraordinarios: los regalos que me hizo en tal o cual
aniversario, los momentos en que me ayudó a sobrellevar la insoportable presión que
Matías ejercía sobre mi alma… Había momentos que resultaron desgraciados para
ella y de los que también me acordaba, y comprendía hasta qué punto ella había
estado sola y vivido desdichadamente… lo que entonces no me importó. Me vino la
idea súbita de que ella ya tenía sus propios problemas para ocuparse además de los
míos; por el contrario, nunca —no podía recordar ni un solo caso— me había
olvidado de los míos para considerar los suyos.
Y, mientras todo aquello pasaba por mi mente, se me hizo un nudo en el
estómago, un nudo helado, y la culpabilidad y el malestar me invadieron. Entre dos
saltos espaciales intenté darme cuenta de si podría o no olvidarme de todo aquello
bebiendo. Pero comprendí que no me gustaba el alcohol, o, al menos, que no me
apetecía como medio para obtener el olvido.
Así llegué a Cassida. Era un planeta relacionado con Newton, de los más
pequeños y de los más pobres, que pertenecía al mismo sistema solar que los otros
doce planetas pero que estaba desprovisto de los lazos académicos con que contaba el
otro mundo y, por ello, de la provisión de mentes científicas y matemáticas cada vez
más raras que habían hecho de Newton, colonizado antes que Cassida, un mundo

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muy rico. En el puerto espacial de la capital, Moro, tomé una lanzadera hasta Alban,
la universidad apadrinada por Newton donde Dave estudió mecánica de
desplazamiento y donde Eileen y él mismo habían trabajado para que mi cuñado
pudiera terminar sus estudios.
Tomé un marcador direccional en la estación de lanzaderas y lo ajusté para que
me llevara directamente a las señas que Eileen me indicara en la carta que recibí la
misma mañana que mataron a Dave. El camino se marcó a lo largo de una serie de
conductos y corredores verticales y horizontales que me llevaron a un complejo de
apartamentos situado justo por encima del nivel del suelo: es sólo una forma de
hablar, pero es imposible describirlo de otro modo.
Mientras me metía por el último corredor que conducía al domicilio que buscaba,
la verdadera emoción que me había impedido incluso pensar conscientemente en
Eileen hasta que Lisa me obligó a hacerlo, comenzó a bullir en mí por primera vez.
La escena en el claro del bosque de Nueva Tierra empezó a revivir a mi alrededor con
la misma intensidad que una pesadilla; y el temor y la rabia empezaron a abrasarme
como si tuviera fiebre.
Durante un momento, flaqueé… me quedé casi paralizado. Pero la fuerza que
había acumulado durante el largo viaje me llevó hasta la puerta y pude tocar el
timbre.
Esperé durante un segundo que me pareció una eternidad. Luego, la puerta se
abrió y el rostro de una mujer de cierta edad se enmarcó en ella. La miré fijamente
con estupor, porque no era la cara de mi hermana.
—Eileen… —farfullé—. Quiero decir… ¿la señora de Dave Hall? —Me di
cuenta entonces de que aquella mujer podía no saber quién era yo—. Soy su
hermano… de la Tierra. El Periodista Tam Olyn.
Llevaba la capa y la boina, y en alguna medida aquello era un pasaporte. Pero,
por la impresión, me había olvidado de todo. Lo recordé mientras la mujer se agitaba.
Probablemente, nunca había visto antes a un miembro del Sindicato en carne y hueso.
—¡Ah! Se marchó —me dijo—. El apartamento era muy grande para ella sola.
Está a unos cuantos niveles de aquí, al norte. Espere un minuto, le daré su número.
Se fue como una flecha. La oí hablar unos instantes con alguien que tenía voz
masculina, luego volvió con un trozo de papel en la mano.
—Tome —me dijo, un poco sin aliento—. Le he escrito la nueva dirección. Siga
ese corredor… ¡oh, ya veo que lleva un marcador direccional! Ajústelo con estas
indicaciones. No está muy lejos.
—Gracias —dije.
—De nada. Nos alegra tanto… ¡Oh! Tendrá prisa, sin duda —dijo, porque yo ya
me iba—. Nos alegra haberle ayudado. ¡Adiós!
—Adiós —murmuré. Ajusté el marcador y seguí el corredor. Me condujo más
lejos y hacia abajo, de modo que la puerta cuyo timbre toqué estaba claramente por
debajo del nivel del suelo.

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Esperé más tiempo en aquella ocasión. Luego, la puerta se corrió y apareció mi
hermana.
—Tam —dijo.
No parecía haber cambiado. No observé ninguna alteración en su rostro y mi alma
saltó esperanzada. Pero cuando vi que se quedaba inmóvil, mirándome, la esperanza
se ensombreció. No podía hacer otra cosa que esperar, y allí me quedé sin moverme.
—Entra —me dijo finalmente con una voz átona. Se apartó y entré en su
apartamento. La puerta se cerró a mis espaldas.
Miré a mi alrededor, y la emoción se disipó cuando vi todo aquello. La
habitación, con grises cortinas, no era más grande que el camarote de primera que
había ocupado en el navío espacial.
—¿Por qué vives aquí? —exploté.
Me miró sin perder la calma.
—Es mucho más barato —me dijo con indiferencia.
—¡No necesitas economizar! —exclamé—. He cerrado un trato para que recibas
la herencia de Matías… un cassidiano que trabaja en la Tierra te pasará los fondos
por mediación de su familia. ¿No irás a decirme —aquel pensamiento todavía no se
me había pasado por la mente— que no ha sido así? ¿No te ha pagado su familia?
—Si —dijo con calma—. Pero ahora tengo que ocuparme también de la familia
de Dave.
—¿De su familia? —repetí, mirándola estúpidamente.
—La hermana pequeña de Dave todavía está estudiando. —Eileen seguía en pie,
y no me había invitado a sentarme—. ¡Oh! No hablemos de eso, sería muy largo.
¿Por qué has venido, Tam?
La miré a los ojos.
—Eileen —dije con voz suplicante. Ella seguía esperando—. Escucha —volví al
tema del que acabábamos de hablar—. ¡Aunque ayudes a la familia de Dave, no hay
ningún problema!. Ahora soy miembro de pleno derecho del Sindicato. Puedo darte
todo el dinero que necesites.
—No. —Sacudió la cabeza.
—En nombre del cielo, ¿por qué? Te digo que dispongo de crédito ilimitado.
—No quiero nada de ti, Tam —me respondió—. Pero, de todos modos, gracias.
Nos las apañamos muy bien yo y la familia de Dave. Tengo un buen trabajo.
—Eileen…
—Te lo vuelvo a preguntar, Tam —insistió impasible—. ¿Por qué has venido?
Si se hubiera convertido repentinamente en piedra no habría cambiado tanto. No
se parecía a nadie a quien yo conociera. Era como una desconocida.
—Para verte —dije—. Pensé que te gustaría saber…
—Lo sé todo —me cortó sin la menor emoción—. Me lo han dicho todo. Me
dijeron que tú también resultaste herido; pero ya estás bien, ¿verdad, Tam?
—Sí —dije, desamparado—. Ahora estoy bien. La rodilla un poco rígida, pero me

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han dicho que no habrá mayores consecuencias.
—Es una pena —me dijo.
—¡Oh! ¡Ya basta! —exploté súbitamente—. ¡No te quedes ahí parada mirándome
como si no me conocieras! ¡Soy tu hermano!
—No. Los únicos parientes que tengo ahora —a los únicos que reconozco como
tales— son los de Dave. Me necesitan. Tú no. Tú nunca me necesitaste. Tú siempre te
has bastado a ti mismo.
—Eileen —imploré—, sé que me haces responsable —al menos en parte— de la
muerte de Dave.
—No —me contestó—. Tú eres así y no se puede hacer nada. Me equivoqué
durante muchos años antes de convencerme de que eras de otro modo. Creí que había
en ti algo que Matías nunca había entendido, algo que esperaba la ocasión de
manifestarse. Contaba con ello cuando te pedí que me ayudases a decidir lo que tenía
que hacer con respecto a Jamie. Y cuando me escribiste para decirme que ibas a
ayudar a Dave, estuve segura de que lo que siempre había visto en ti al fin saldría a la
luz. Pero en los dos casos, me equivoqué.
—¡Eileen! —grité—. ¡No fue culpa mía que Dave y yo nos encontrásemos con un
loco! ¡Quizá pude haber actuado de otro modo… pero intenté obligarle a que me
abandonara antes de que nos alcanzaran, y se negó! ¿No comprendes que no fue
culpa mía de ninguna forma?
—Lo sé, Tam. —La miré sorprendido—. No eres responsable de nada. No eres
responsable, lo mismo que no lo es un perro policía entrenado para atacar a
cualquiera que se mueva. Eres lo que el tío Matías hizo de ti, Tam: un destructor. No
es culpa tuya, pero eso no cambia nada. A pesar de todas las luchas contra Matías, sus
enseñanzas sobre la Destrucción han entrado en ti y no han dejado sitio para nada
más.
—¡No digas eso! —aullé—. No es verdad. ¡Dame una oportunidad y te lo
demostraré! ¡No es verdad, te lo repito!
—Sí que es verdad —dijo—. Te conozco mejor que nadie, Tam. Y lo sé desde
hace mucho tiempo, aunque me negase a reconocerlo. Pero ahora tengo que
hacerlo… porque la familia de Dave me necesita. No te puedo ayudar, Dave, pero
puedo ayudar a sus padres… siempre que me asegures que no volverás a verme. Si te
acercas a ellos por mediación mía, también los destruirás.
Se calló y me observó. Abrí la boca para contestar, pero no encontré nada que
decir. Nuestras caras estaban separadas por treinta centímetros, pero aquella distancia
era un espacio, un abismo tan grande y profundo como nunca antes había visto.
—Será mejor que te vayas, Tam —me dijo finalmente.
Sus palabras me despertaron ligeramente.
—Sí —dije con una voz sin expresión—. Supongo que será lo mejor.
Me aparté de ella. Mientras me dirigía a la puerta, esperé a que me detuviera.
Pero no hizo ningún movimiento, ni ningún sonido se escuchó a mi espalda. Al

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cruzar la puerta, volví la cabeza y la miré por encima del hombro.
No se había movido. Seguía inmóvil, como una desconocida, esperando a que me
fuese.
Me marché. Volví yo solo al puerto espacial.

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Capítulo 16
Embarqué en el primer navío que zarpaba con rumbo a la Tierra. Tenía prioridad
sobre todo el mundo por mi estatuto diplomático, y lo utilicé. Me dieron un lugar
reservado a algún otro y me encontré una vez más yo solo en un camarote de primera
clase. Luego siguió la rutina habitual: un salto del navío en el espacio, una parada
para calcular la posición, un nuevo salto entre las estrellas.
El camarote era para mí como un santuario, la celda de un ermitaño, una crisálida
en la que podía encerrarme y rehacerme antes de entrar de nuevo en los mundos
humanos en una dimensión diferente. Había sido desnudado completamente y no me
quedaba, por lo que podía sentir, ninguna ilusión visible con la que poder vestirme.
Matías había arrancado en otro tiempo casi toda la carne de ilusión que cubría mis
huesos. Pero, en algunos lugares, un trozo se había quedado prendido… como el
recuerdo diluido por la lluvia de las ruinas del Partenón que miraba desde las
pantallas, siendo niño, cuando la destructiva dialéctica de Matías arrancaba un nuevo
trozo de nervio o tendón. Por su sola presencia que dominaba la sombría casa sin
aberturas, el Partenón parecía configurar, para mi joven mente, el rechazo completo
de todos los argumentos de Matías.
Aquello había existido antes… consecuentemente, Matías tenía razón; así me
reconfortaba. El Partenón había existido, había sido creado, y, si los hombres de la
Tierra no tenían más poder que el que decía Matías, no habrían podido construirlo.
Pero había existido… así lo veía yo. Porque finalmente no eran más que ruinas y el
sombrío fatalismo de Matías era lo que quedaba de todo aquello. Al fin llegaba a
alguna conclusión… permanecía en mí la imagen de Matías y, también, en cierto
modo, los sueños de gloria y justicia, porque, los que han nacido en la Tierra, a pesar
de esos chicos diferentes y más altos de los jóvenes mundos, eran ruinas, como el
Partenón, clasificadas con otras ilusiones infantiles, alineadas y olvidadas bajo la
lluvia.
¿Qué había dicho Lisa? Si hubiera entendido lo que me decía, pensaba, habría
podido prever aquel momento y ahorrarme el dolor de esperar que Eileen me hubiese
perdonado por la muerte de Dave. Lisa había mencionado dos puertas, sólo me
quedaban dos puertas y ella era una. Entendí lo que representaban aquellas puertas.
Eran las puertas por las que el amor podía llegar hasta mi.
El amor… una enfermedad morbosa que les arrebata la fuerza a los hombres. No
solamente el amor carnal, sino el menor deseo de afecto, de belleza, la menor
esperanza de que se produzcan maravillas. Recordé entonces una cosa que nunca fui
capaz de hacer. Nunca pude herir a Matías, avergonzarle o incluso turbarle. ¿Por qué?
Porque tenía la misma salud que un cuerpo esterilizado. No amaba a nadie, ni nadie a
él. Y así, renunciando al universo, había triunfado, porque el universo era la nada; y,
en aquella perfecta simetría de la nada en el seno de la nada, él permanecía como una
piedra satisfecha de ser lo que era.

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Tras comprender todo aquello, descubrí súbitamente que iba a ponerme a beber.
No había sido capaz de hacerlo durante el viaje de ida a causa de mis sentimientos de
culpabilidad y esperanza al ver los fragmentos de carne corruptible y receptiva de
amor que se agarraban todavía al esqueleto desnudo de la filosofía de Matías que
había en mí. Pero…
Me eché a reír a carcajadas en el vacío camarote al descubrir que, mientras
viajaba a Cassida y necesitando entonces mucho más la anestesia del alcohol, no fui
capaz de recurrir a él. Y, una vez dejaba de necesitarlo, podía nadar en él si quería.
Naturalmente, tenía que mantener la apariencia respetable de mi profesión y no
dar en público ningún espectáculo. Pero nada me impediría emborracharme yo solo
en el camarote. De hecho, tenía razones de sobra para hacerlo. Había algo que
festejar: la hora de la liberación de la debilidad de la carne y el espíritu que provoca
dolor en individuos ordinarios.
Pedí una botella, un vaso y hielo, y brindé a mi salud mirándome en el espejo
mural. Luego, me senté frente al espejo, con la botella al alcance de la mano.
—Slainte, Tam Olyn bach! —me dije a mí mismo, porque había encargado
escocés, y toda la sangre escocesa e irlandesa de mis ancestros espumeaba
metafóricamente en mis venas. Bebí generosamente.
El buen alcohol me quemó y se difundió gratamente en mí; un poco más tarde,
mientras seguía bebiendo, las paredes del camarote que me rodeaban parecieron
retroceder y alejarse mientras me invadía el poderoso recuerdo del modo en que había
dominado los rayos, bajo la influencia hipnótica de Padma, aquel lejano día en la
Enciclopedia.
Una vez más, sentí el poder y la furia que me poseyeron en aquel momento y, por
primera vez, me di cuenta de que no existían debilidades humanas en mi interior que
pudieran retener y controlar el uso que le diera a los rayos. Por primera vez, vi las
posibilidades de su uso y el poder de Destruir. Unas posibilidades ante las cuales lo
que Matías hubiera hecho o lo que hubiese hecho yo mismo hasta entonces no eran
más que juegos de niños.
Fue un sueño en el que me sumí sin transición tangible. Me encontraba allí
abajo… allí abajo era un lugar en una colina rocosa, entre las montañas y el mar
Occidental, una casita de piedra labrada y lamida por el musgo. Una casita que tenía
una sola habitación sin chimenea y un primitivo fogón y, a cada lado del mismo, un
tabique que se alzaba hasta un agujero del techo para que saliera el humo. Cerca del
fogón, en la pared, sujeta por dos trozos de madera clavados y consolidados con
piedras, había la única cosa de valor que poseía.
Era el arma de la familia, la verdadera y original espada escocesa, claidheamh
mor, la «gran espada». Tenía más de cuatro pies de largo, con una hoja recta y larga
de doble filo, cuya punta no estaba afilada. Su empuñadura eran dos simples
gavilanes de extremo curvo. Era, en resumidas cuentas, una espada de dos manos,
envuelta cuidadosamente en unos trapos grasientos, porque no tenía vaina y reposaba

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en los pitones de madera.
Pero, en mi sueño, la tomé y la quité los trapos, porque había de encontrarme con
un hombre tres días más adelante a media jornada de marcha. Durante dos días, el
cielo estuvo despejado, el sol brillante y frío, y me quedé sentado en la casita,
afilando los bordes de la espada con una piedra gris, pulida por el mar, que recogí de
la playa. Al amanecer del tercer día, el cielo apareció ya cubierto y una ligera lluvia
empezó a caer. Envolví la espada en un trozo del largo tartán rectangular que llevaba
enrollado a la cintura y me puse en marcha para dirigirme a la cita.
Sentí la lluvia fría sobre la cara, pero bajo la lana espesa y casi aceitosa del tartán,
la espada y mi cuerpo estaban secos, y una feroz alegría nació en mí, un sentimiento
increíble, como no había sentido antes. Podía saborearlo, como un lobo que saborea
la sangre fresca que corre por su garganta, y no había sentimiento que se pudiera
comparar con aquél… porque iba a conseguir la revancha. Entonces me desperté y vi
la botella casi vacía y sentí la impresión pesada y aplastante de la embriaguez; pero la
alegría de mi sueño todavía se albergaba en mí. Me instalé confortablemente en la
butaca y me dormí de nuevo.
En aquella ocasión, no soñé.
Cuando me desperté, estaba tan fresco como si sólo hubiera bebido agua. Tenía la
mente fría, clara y libre. Podía acordarme, como si acabara de soñarlo allí mismo, de
la terrible alegría que había descubierto al ir con la espada en la mano a la cita bajo la
lluvia. Y vi que mi camino se perfilaba ante mí claramente.
Había cerrado las dos puertas que quedaban… lo que significaba la supresión de
la esperanza del amor. Pero, para reemplazarlo, había descubierto la embriagadora
alegría de la venganza. Me eché casi a reír al pensarlo, pues recordaba lo que el Jefe
de Grupo de los amistosos me dijo antes de abandonarme con los cadáveres de los
hombres a los que acababa de masacrar: «Lo que he escrito sobre estos hombres no
podrá ser borrado, ni por ti ni por nadie».
Era verdad. No podía borrar aquella inscripción precisa y particular. Pero yo —el
único en los catorce mundos habitados— tenía el poder y la facultad de borrar algo
mucho mayor que aquello. Podía borrar los instrumentos que habían producido
aquellos escritos. Era el jinete y señor de los rayos; aquello me permitía destruir la
cultura y los habitantes de los dos mundos amistosos. Ya tenía alguna idea sobre el
método que debía emplear.
Cuando el navío espacial llegó a la Tierra, el esquema básico de mis planes estaba
ya trazado.

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Capítulo 17
Mi objetivo inmediato era volver en el acto a Nueva Tierra, donde el Eclesiarca
Bright, tras haber pagado el rescate de las tropas capturadas por las fuerzas de Kensie
Graeme, las reforzó inmediatamente. La unidad reforzada fue apostada en las afueras
de Moretón, la capital del Sector Norte, como fuerza de ocupación que reclamaba los
créditos interestelares que se debían a los Mundos Amistosos por las tropas
alquiladas por el gobierno rebelde, ya desaparecido.
Pero tenía que resolver un asunto antes de ir directamente a Nueva Tierra. En
primer lugar, para lo que pensaba hacer, necesitaba una autorización y un sello.
Porque, cuando uno es miembro de pleno derecho del Sindicato de Periodistas, no se
depende de ninguna autoridad superior —a excepción de los quince miembros que
forman el Consejo Superior del Sindicato y cuyo papel consiste en vigilar el Credo de
la Imparcialidad, nuestro credo, y establecer el código del Sindicato al que todos sus
miembros debían atenerse—. Tenía una cita con Piers Leaf, Presidente del Consejo.
Era una preciosa mañana del mes de abril, en St. Louis, muy cerca de la Enciclopedia
Final, el día en que me encontré frente a él ante una enorme mesa de roble totalmente
vacía, en su despacho instalado en la planta más alta del edificio del Sindicato.
—Ha recorrido un camino muy largo en muy poco tiempo para ser alguien tan
joven, Tam —dijo cuando nos trajeron el café que pidió. Era un hombre pequeño, de
unos sesenta años, de maneras secas que no dejaba nunca el sistema solar y muy
raramente la Tierra por las relaciones públicas a que le obligaba su cargo de
Presidente—. ¿No me irá a decir que no está satisfecho? Ahora, ¿qué es lo que
quiere?
—Quiero un puesto en el Consejo —dije.
Se llevaba la taza de café a los labios cuando le formulé mi respuesta. Siguió
levantándola imperturbablemente, pero la mirada que me dirigió por encima de la
taza era tan penetrante como la de un halcón. Sin embargo, no dijo más que:
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Se lo diré —contesté—. Puede que ya haya notado ya que tengo el don de
aparecer donde haga falta para poder escribir los mejores artículos.
Dejó la taza en el centro del plato.
—Eso obedece a una Tizón, Tam —me dijo en voz baja—. Usted lleva la capa de
modo permanente. Exigimos algunas cosas a nuestros miembros, eso ya lo sabe.
—Sí —dije—, pero me parece que me salgo un poco de lo corriente. Oh —añadí
mientras él levantaba bruscamente las cejas—, no pretendo tener el don de la
presciencia. Simplemente creo que lo que pasa es que tengo algo más de intuición
que los otros miembros del sindicato a la hora de analizar las posibilidades de
cualquier situación.
Sus cejas bajaron y las frunció ligeramente.
—Ya sé —le dije—, que parezco un presumido. Pero supongamos que tuviera

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realmente ese don. Un talento como ése, ¿no le sería útil al Consejo cuando llegase la
hora de tomar decisiones que afectasen a todo el Sindicato?
—Quizá —respondió—. Si fuera verdad… si funcionara siempre y si se reunieran
otras circunstancias.
—Pero, si pudiera convencerle en todos los puntos, ¿me apadrinaría en la
siguiente reunión del Consejo?
Se echó a reír.
—No es imposible —contestó—. Pero ¿cómo lo demostraría?
—Haré una predicción —continué—. Una predicción que exigirá, si se cumple,
una decisión capital por parte del Consejo.
—De acuerdo —replicó. Todavía sonreía—. Vamos a oírla.
—Los exóticos —dije— están trabajando para destruir a los amistosos.
La sonrisa desapareció. Me miró fijamente durante un momento con los ojos
transformados en dos finas rendijas.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó—. Es imposible que los exóticos
quieran destruir a nadie. No sólo porque vaya en contra de lo que pretenden creer,
sino porque nadie puede destruir dos mundos habitados por completo y toda su forma
de vida. ¿Qué entiende usted por «destruir»?
—Lo mismo que usted —contesté—. Arrancar a los amistosos su cultura
teocrática, y destrozar financieramente sus dos mundos para que sólo quede de ellos
dos planetas áridos poblados por gente que se estaría muriendo de hambre y a la que
no le quedaría otra solución que cambiar de forma de vida o emigrar a otros mundos.
No me apartó la vista. Durante un largo rato, ninguno de los dos habló.
—¿Quién le ha dado esa fantástica idea? —me preguntó al fin.
—Es un presentimiento. Intuición —contesté—. He de añadir el hecho de que un
Comandante de Campo, Kensie Graeme, fue prestado a las tropas de Cassida en
última instancia y que fue él quien venció a las tropas amistosas.
—Pero —dijo Piers—, ésas son las cosas que pasan en cualquier guerra, en
cualquier parte, entre cualesquiera ejércitos.
—No exactamente —dije—. La decisión que tomó Kensie de rodear la parte
septentrional de las tropas amistosas y tomarlas por la retaguardia no habría valido de
nada si el Eclesiarca Bright no hubiese tomado el mando de las operaciones el día
anterior y ordenado un ataque amistoso en la parte sur del frente de Kensie. Se
produjo una doble coincidencia. Un Comandante exótico aparecía y hacía
exactamente lo preciso cuando las tropas amistosas se dedicaron a una acción que las
hacía vulnerables.
Piers volvió la cabeza y echó mano al teléfono que había encima de la mesa.
—No vale la pena que lo compruebe —dije—. Ya lo hice yo. La decisión de
prestar a Kensie a los exóticos fue tomada independientemente por una inspiración
momentánea del Comandante cassidiano; los servicios de información de Kensie no
tenían forma de saber anticipadamente que Bright había ordenado el ataque.

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—Una coincidencia —dijo Piers con aspecto iracundo—. O un efecto del genio
táctico de los dorsai, algo que todos conocemos.
—¿No le parece que el genio dorsai ha sido un poco sobrevalorado? —pregunté
—. En cuanto a la coincidencia, no estoy de acuerdo. Es demasiado notable.
—En ese caso, ¿cómo se lo explica? —quiso saber.
—Mi presentimiento —mi intuición— sugiere que los exóticos tienen un modo
de predecir lo que van a hacer los amistosos. Usted ha mencionado el genio militar de
los dorsai… ¿qué piensa del genio psicológico de los exóticos?
—Sí, pero… —Piers se calló, súbitamente pensativo—. Toda esa historia es
demasiado fantástica. —Me miró de nuevo—. ¿Usted qué sugiere?
—Déjeme que investigue todo esto más de cerca —le ofrecí—. Si tengo razón, de
aquí a tres años veremos que las tropas exóticas combaten con las amistosas. No
como mercenarios en una guerra en otro planeta, sino en combate directo. —Me callé
un instante y, luego continué—: Y si mi razonamiento es cierto, le pido que entonces
me apoye para reemplazar al siguiente miembro del Consejo que muera o se retire.
Una vez más, el ajado hombrecillo me miró a la cara fijamente.
—Tam —me dijo finalmente—, no creo ni una sola palabra de lo que me dice.
Pero investigue cuanto desee; velaré para que el Consejo le apoye… si llegan a
exponer alguna duda. Y, si pasa algo de ese tipo, venga a verme.
—Así lo haré —dije, levantándome y sonriendo. Se quedó en su silla sin decir
nada, contentándose con mover la cabeza.
—Espero volver a verle dentro de poco —añadí. Le saludé y salí.
Era un minúsculo alfiler lo que había clavado en su mente, tanto para irritarle
como para hacerle seguir por la senda en la que deseaba que especulase. Pero Piers
Leaf tenía el infortunio de poseer una mente brillante y un gran poder creativo; de
otro modo, nunca habría sido Presidente del Consejo. Tenía una mente que se negaba
a abandonar un problema antes de encontrarle alguna solución. Si su mente no podía
negar algo, intentaba, generalmente, encontrar argumentos a favor… incluso en los
casos en que los demás no veían modo alguno de comprobar nada. Y aquel alfiler iba
a tardar más de tres años en engancharse y pasar a formar parte del sistema de visión
de las cosas de Leaf. Tendría que esperar hasta entonces ocupándome de otras cosas.
Tenía que pasar dos semanas en la Tierra para poner en orden todos mis asuntos
personales. Cuando terminé, volví a montar en una nave que se dirigía a Nueva
Tierra.
Los amistosos, como ya he dicho, tras recomprar sus efectivos hechos prisioneros
por las tropas cassidianas al mando de Kensie Graeme, los reforzaron
inmediatamente y los apostaron alrededor de la capital de la Sección Norte, Moretón,
como fuerza de ocupación para exigir los créditos interplanetarios que les debían.
Los créditos eran una deuda, naturalmente, de los gobernantes rebeldes de la
Sección Norte (vencidos e inexistentes) que eran quienes habían contratado aquellas
tropas. Aunque no fuera muy legal, era bastante habitual entre los planetas hacer

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pagar a un mundo un rescate como compensación de las deudas contraídas en el
exterior por cualquiera de sus habitantes.
Era una rémora del uso de la particular moneda que se empleaba entre los mundos
y que se representaba con los servicios de ciertos individuos, como psiquiatras o
como soldados. Una deuda contraída por tales servicios prestados a determinado
mundo debía ser pagada por el mundo deudor y no podía ser rechazada aduciendo un
cambio en el gobierno. Los gobiernos habrían cambiado muy fácilmente si de aquel
modo hubieran conseguido condonar las deudas interplanetarias.
De hecho, era el vencedor quien lo pagaba todo si los intereses en conflicto de un
mundo particular contrataban los servicios de efectivos procedentes de otro mundo.
Tal cuestión era inversa a una demanda para recuperar fondos cuando el perdedor
debía pagar los gastos del proceso. Lo ocurrido oficialmente se resumía en que el
gobierno de los amistosos, que no había sido pagado por los servicios de los soldados
que alquilara al gobierno rebelde, había declarado la guerra a Nueva Tierra como
mundo hasta que este planeta pagase la deuda contraída por algunos de sus
habitantes.
Pero, en la práctica, no habría hostilidad y, tras algún tiempo de ofertas y
contraofertas, el pago sería efectuado por los gobernantes de Nueva Tierra más
directamente implicados. En este caso en concreto, serían principalmente los de la
Sección Sur, que habían ganado la guerra. Pero, entre tanto, las tropas amistosas
ocupaban el suelo de Nueva Tierra, y se me confió la misión de escribir una serie de
artículos sobre la situación. Así desembarqué de nuevo en el planeta ocho meses
después de haberlo abandonado.
Pude ver al Comandante de Campo sin problemas. Por el ambiente que reinaba en
los edificios hinchables de plástico, instalados en terreno abierto, se veía que las
fuerzas militares amistosas habían recibido la orden de irritar lo menos posible a los
no-amistosos. No oí que ningún soldado hablase con voz salmodiada desde la verja
del acantonamiento al despacho del Comandante de Campo en persona. Pero, a pesar
del hecho de que me trató de usted en vez de tutearme, no parecía muy contento de
verme.
—Comandante de Campo Wassel —dijo, presentándose—. Siéntese, Periodista
Olyn. He oído hablar de usted.
Era un hombre que rondaría los cincuenta años o poco más, de cabellos grises y
muy cortos. Era delgado como la parte inferior de una puerta holandesa y tenía la
mandíbula cuadrada y fuerte gracias a la cual no le costaba trabajo aparentar un aire
severo. En aquel momento era lo que pasaba —aunque se esforzaba por permanecer
impasible—, y yo sabía que la naturaleza de sus problemas convertía su expresión en
algo contrario a sus intenciones.
—Me lo imaginaba —contesté, severo también pero a mi manera—. Debo
recordarle la prerrogativa de Imparcialidad de que da pruebas el Servicio de
Información Interestelar.

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—Lo sé —dijo sentándose—, y no quiero dar a entender que pueda usted tener
nada en contra nuestra, Periodista. Lamentamos la muerte de su cuñado y sus propias
heridas. Pero me gustaría que entendiera que el Servicio de Información, al elegirle a
usted para redactar los artículos sobre nuestra ocupación de este territorio de Nueva
Tierra…
—Lo entiendo perfectamente —le corté—. Yo mismo, Comandante, elegí este
destino.
Su cara se convirtió en una máscara tan siniestra como las facciones de un
bulldog, y no hizo ningún esfuerzo para disimularla. Le miré igual de siniestramente
por encima de la mesa.
—Ya veo que no lo entiende, Comandante —dije, dando a mi voz resonancias
metálicas… que, al oírlas, me resultaron satisfactorias—. Mis padres murieron
cuando yo era muy joven. Fui educado por un tío y el objetivo de mi vida era
convertirme en Periodista. Para mí, el Servicio de Información es más importante que
cualquier institución o cualquier ser humano de los catorce mundos civilizados. Llevo
en el corazón el Credo de los miembros del Sindicato, Comandante. Y la clave
fundamental de ese Credo es la Imparcialidad… la desaparición total, la destrucción
de todo sentimiento personal que pudiera entrar en conflicto con el trabajo de un
Periodista o influenciarle, por poco que lo hiciera.
Siguió mirándome con aspecto meditativo y, gradualmente, o eso me pareció, la
sombra de la duda se dibujó en su cara de hierro.
—Señor Olyn —dijo finalmente, y aquel título, más neutro, parecía un intento por
su parte para aligerar la atmósfera tradicionalmente combativa en la que había
empezado la conversación—, ¿intenta decirme que está aquí para redactar esos
artículos y así demostrar su falta de prejuicios ante nosotros?
—Ante ustedes y ante cualquiera —respondí, conforme al Credo de los
Periodistas—. Los artículos darán fe públicamente de nuestro Credo y, en
consecuencia, servirán a todos los que llevan la capa.
Incluso en aquel momento, seguía sin creerme. Su buen sentido entraba en
conflicto con lo que le decía y aquel desinterés de que me vanagloriaba debía sonarle
muy raro en boca de un no-amistoso.
Además, yo hablaba en la misma lengua que él. La dura alegría de la
autosuficiencia, la amputación estoica de mis propios sentimientos personales en
favor de mi deber encajaban con las creencias a las que él había dedicado toda su
vida.
—Ya veo —dijo por fin. Se levantó y extendió la mano por encima de la mesa,
mientras yo también me levantaba—. Bien, Periodista, no puedo decir que nos alegre
tenerle por aquí, ni siquiera ahora. Pero cooperaremos con usted todo lo posible.
Aunque una serie de artículos que reflejen el hecho de que estamos aquí como
visitantes inoportunos sobre un planeta extraño puede buscarnos más de un problema
a los ojos de los habitantes de los catorce mundos.

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—No creo que sea ése el caso —dije secamente estrechándole la mano. Apretó la
mía y me miró con una súbita mirada de sospecha.
—Quiero redactar una serie de editoriales —expliqué—, titulados La ocupación
de Nueva Tierra por tropas amistosas, que se dedicará a examinar por completo las
actitudes y posiciones mantenidas por usted y por sus nombres durante el período de
ocupación.
Me miró sorprendido.
—Adiós —dije.
Salí y escuché su propio «adiós» murmurado a mis espaldas. Le dejaba sumido
por completo en la duda, sin saber si estaba o no sentado sobre una caja de bombas.
Pero, como había previsto, empezó a cambiar de opinión cuando el primer
artículo de la serie apareció en las publicaciones del Servicio de Noticias
Interestelares. Hay mucha diferencia entre un artículo normal y un editorial. En un
editorial, uno puede exponer cualquier cosa; y en el momento en que uno está
totalmente disociado, puede preservar su reputación de imparcial libertad.
Presenté el caso de los amistosos empleando sus propios términos y expresiones.
Era la primera vez desde hacía años que se hablaba de los soldados amistosos en el
Servicio de Información Interestelar sin criticarlos; y toda crítica implicaba para los
Amistosos una prevención hacia ellos. Su modo de vida no conocía las medias tintas
y no admitía las de los demás. Cuando hube redactado la mitad de la serie de
artículos, el Comandante de Campo Wassel y todos los miembros de sus fuerzas de
ocupación me demostraban en su corazón severo los mejores sentimientos que
pudieran sentir por un no-amistoso.
Los artículos consiguieron, evidentemente, que rugieran los habitantes de Nueva
Tierra, que pretendían que se debía hablar de forma prioritaria de su posición. Y el
Sindicato delegó para ello a un excelente Periodista llamado Moha Skanosky.
Pero yo había logrado ganarme el interés del público; y aquellos artículos
produjeron tal efecto que casi estuvieron a punto de convencerme a mí, que era su
autor. Cuando uno emplea sabiamente las palabras éstas resultan mágicas y, cuando
terminé la serie, casi estaba listo para descubrir alguna excusa y algún motivo de
simpatía en aquellos inflexibles espartanos.
Pero, colgando de los muros de piedra de mi alma, mi claidheamh mor, ni afilada,
ni en calma, no se dejaría apaciguar por tales debilidades.

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Capítulo 18
Mis compañeros del Sindicato me vigilaban estrechamente; cuando volví a St. Louis,
en la Tierra, me encontré en el correo una misiva de Piers Leaf.

Querido Tam:
Sus artículos son formidables. Pero en función de lo que hablamos la última
vez que nos vimos, creo que unos simples reportajes serían más ventajosos
desde el punto de vista profesional que más investigaciones de ese mismo
estilo.
Con mis mejores deseos en cuanto a su porvenir,
P. F.

Era una advertencia bastante clara para que no me mezclase personalmente en la


situación que había ido a estudiar, o eso le había dicho. Aquello habría podido
retrasar un mes el viaje que tenía proyectado realizar a Santa María. Pero, justo en
aquel momento, Donal Graeme, que había aceptado el puesto de Ministro de la
Guerra de los amistosos, realizó el increíble ataque —los historiadores lo califican
como «increíblemente brillante»— contra Oriente, un planeta deshabitado
perteneciente al mismo sistema solar que los mundos exóticos. El resultado de
aquella incursión, como los catorce mundos descubrieron casi inmediatamente, fue
que forzó a casi toda la fuerza espacial de los exóticos a rendirse y redujo a la nada la
reputación y las pretensiones de Geneve bar-Colmain, por entonces Comandante
exótico de las Vías de Navegación y el Espacio.
Como resultado, se generó una reacción contra los amistosos que borró
completamente el efecto que produjeron mis artículos, porque los exóticos eran
bastante apreciados en los catorce mundos. Me sentí feliz. Lo que había esperado
ganar con su publicación lo había conseguido por la enemistad y las sospechas que
tenían de mí el Comandante de Campo Wassel y sus fuerzas de ocupación.
Me dirigí a Santa María, un mundo pequeño, pero fértil que, con Coby, el mundo
minero, y algunos peñascos deshabitados como Oriente, compartían el sistema solar
de los mundos exóticos de Mará y Kultis. El fin oficial de mi visita era constatar qué
efecto había tenido el desastre militar en aquel planeta suburbano con una población
predominantemente rural y especialmente de religión católica romana.
Como no había ninguna relación oficial entre ellos, sino sólo un pacto de ayuda
mutua, Santa María era, por las necesidades de la geografía espacial, casi un barrio de
los mundos exóticos, más grandes y poderosos. Como cualquiera entre sus ricos y
poderosos vecinos, Santa María caminaba más o menos al mismo ritmo que los
planetas exóticos, compartiendo su prosperidad o sus desgracias en el terreno político

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y en el de los negocios. Sería interesante para los lectores de los catorce mundos ver
cómo el revés exótico en Oriente había podido cambiar los vientos de opinión y
políticos en Santa María.
Como casi todo el mundo habría podido prever, había cambiado de un modo
adverso. Tras tirar de las cuerdas de las campanas durante cinco días, conseguí
finalmente una entrevista con Marcus O Doyne, antiguo Presidente y poderoso
político caído en desgracia de Santa María. No hacía falta mirarle dos veces para ver
que estallaba por la alegría difícilmente contenida.
Nos encontramos en su apartamento de un hotel de Blauvain, la capital de Santa
María. Era de talla media, pero su cabeza parecía desproporcionada, con una pesada
osamenta y rasgos muy marcados bajo un cabello blanco y rizado. La cabeza se
plantaba un tanto desmadejadamente sobre unos hombros estrechos y redondeados, y
tenía la manía de hacer resonar su voz como un orador incluso en la más corriente de
las conversaciones, cosa que no me gustó mucho. Sus ojos, de un azul acuoso, le
brillaban cuando se ponía a hablar.
—… Los despertó, ¡por San Jorge! —dijo cuando nos hubimos sentado en los
sillones quizá excesivamente mullidos del salón, con una copa en la mano. Se detuvo
para recuperar un poco el aliento antes de acentuar aquel ¡por San Jorge!, como si
quisiera que yo supiera que había estado a punto de blasfemar y se había logrado
contener a tiempo. Era, me di cuenta, uno de sus trucos, un modo de escapar por los
pelos tanto de la blasfemia como de la obscenidad.
—La gente corriente, los rurales —continuó, inclinándose hacia mí
confidencialmente—, estaban dormidos. Dormían desde hacía muchos años.
Acunados por los hijos del… Belial de los exóticos. Pero el asunto de Oriente les ha
despertado. ¡Les ha abierto los ojos!
—¿Acunados… cómo? —pregunté.
—¡Con cantos y danzas, cantos y danzas! —contestó O Doyne balanceándose en
el asiento—. ¡La magia del teatro! Una táctica de los reductores de cabezas,
Periodista. ¡No se lo podría creer!
—Mis lectores sí —le dije—. ¿Por qué no me da unos ejemplos?
—¡Oh… chitan para sus lectores! —Siguió balanceándose y mirándose de un
modo orgulloso—. Lo que me preocupa es el individuo medio de mi propio mundo.
El conoce los ejemplos, las contrariedades, las equivocaciones. No damos un buen
espectáculo, señor Olyn, contrariamente a lo que usted pudiera creer, y… chitan
también para usted. No quiero tener problemas de ningún tipo de con esos… bebés de
traje largo citando casos concretos.
—En ese caso, no me da usted mucha información para que pueda escribir un
artículo —dije—. Supongamos que cambiamos un poco de tema. Veo que sostiene
que los miembros del actual gobierno están en el poder sólo por las presiones
exóticas sobre Santa María.
—Son puros y sencillos pacificadores, señor Olyn. El gobierno… ¡No, no!

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¡Llamémosle el Frente Verde, eso es lo que es! Esa gente pretende representar a toda
la población de Santa María. Ellos… ¿Conoce usted la situación política?
—Sé —dije— que su constitución dividió originalmente el planeta en dos
regiones políticas de igual superficie, con dos representantes de cada región en el
seno de un gobierno planetario. Ahora comprendo por qué su partido pretende que el
incremento de la población en las ciudades ha permitido que el distrito rural dirija las
ciudades, pues una ciudad como Blauvain, con medio millón de habitantes, no está
mejor representada que un distrito con una población de tres o cuatro mil personas.
—Exactamente, exactamente. —O Doyne se inclinó hacia adelante y me hizo una
confidencia con su voz tonante—. La necesidad de un nuevo reparto se está dejando
sentir sensiblemente, como siempre sucede en las ocasiones históricas. ¿Pero va a
votar el Frente Verde su exclusión del poder? ¡No hay peligro! Sólo un golpe audaz
—una revolución de base— puede expulsarles del poder y colocar en el gobierno a
nuestro propio partido que representa al individuo medio, al hombre ignorado, al
hombre de las ciudades que no vale más que para votar.
—¿Cree usted que tal revolución de base es posible actualmente? —pregunté,
bajando un poco el volumen del aparato grabador.
—Antes de lo de Oriente, habría dicho… ¡no! Pese a todos mis deseos de ver
realizado algo parecido, ¡no! Pero desde lo de Oriente… —Se calló y se balanceó
triunfal mente de adelante hacia atrás mirándome con aire de complicidad.
—¿Desde lo de Oriente? —repetí para incitarle a seguir, pues las miradas y los
silencios de entendimiento no me valen para nada cuando estoy haciendo un
reportaje. Pero O Doyne poseía toda la prudencia del político para evitar verse
acorralado.
—Bueno, desde lo de Oriente —dijo—, se ha visto a la perfección —cualquier
habitante de este mundo que haya pensado en ello lo habrá visto— que Santa María
puede avanzar sola. Que se podría actuar sin el control parasitario de los exóticos.
¿Habría hombres capaces de hacer avanzar este barco turbulento de Santa María a
través de las tormentosas pruebas del porvenir? ¡Los habría en las ciudades,
Periodista! Sí: en las filas de aquellos de nosotros que han estado combatiendo por el
individuo normal. En nuestro partido del Frente Azul.
—Ya entiendo —dije—. Pero, según su constitución, un cambio de
representantes, ¿no exigiría nuevas elecciones? ¿Pueden celebrarse elecciones cuando
no lo exige así la mayoría de los representantes? Y, el Frente Verde, ¿no tiene
actualmente la mayoría, lo que bloquea la posibilidad de unas elecciones que casi
seguro perderían?
—¡Todo eso es verdad! —rugió—. ¡Es verdad! —Se balanceaba de atrás
adelante, mirándome con ojos brillantes, con el mismo aspecto de inteligencia.
—En ese caso —dije—, señor O Doyne, no veo cómo es posible esa revolución
de base de que me habla.
—Todo es posible —respondió—. Para el hombre normal, no hay nada imposible.

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Los rumores están en el aire, también los vientos del cambio. ¿Quién puede negarlo?
Detuve la grabadora.
—Veo —dije— que no llegamos a nada. Quizá lo llevásemos mejor si no grabara
la conversación.
—Eso no tiene importancia —dijo alegremente—. Estoy tan dispuesto a contestar
sus preguntas cuando el aparato graba como cuando no, Periodista. ¿Entiende por
qué? ¡Por que a mí, que me graben o no, me da lo mismo!
—Bien —seguí—. Entonces, hábleme de esos rumores que circulan por ahí. Sin
grabarlo, ¿puede darme algún ejemplo?
Se balanceó y bajó la voz.
—Hay… reuniones, incluso en las zonas rurales —murmuró—. Focos de
agitación, es todo lo que le puedo decir. Si pretende que le diga el nombre de esos
lugares —nombres—, no puedo. No puedo decirle nada.
—Entonces me deja sin nada, sólo vagas alusiones. No puedo emplear todo eso
para escribir un artículo. Sin embargo, supongo que le gustaría que escribiera uno
sobre la actual situación, ¿verdad?
—Sí, pero… —La fuerte mandíbula se contrajo—. No le diré nada. No voy a
correr riesgos… no le diré nada.
—Ya veo —dije. Esperé durante un minuto. Abrió la boca, la cerró y luego se
movió en el asiento.
—Quizá —añadí lentamente— exista un medio de arreglar todo esto.
Me miró con ojos casi llenos por la sospechas bajo unas cejas blanquecinas.
—Quizá podría decirlo yo —agregué tranquilamente—. Usted sólo tiene que
confirmarlo. Y, naturalmente, mis propias opiniones no quedarán grabadas.
—¿Decírmelo… usted? —Me miró fijamente.
—¿Por qué no? —dije con tono ligero. Estaba muy acostumbrado a la vida
pública para reconocerse derrotado, pero no dejó de mirarme—. En el Servicio de
Informaciones tenemos nuestras propias fuentes; y, a partir de esas fuentes, podemos
elaborar un esquema general aunque nos falten algunos elementos. Ahora, desde un
punto de vista hipotético, naturalmente, la situación de Santa María tal y como la
vemos parece encajar con la que ha descrito usted. Focos de agitación, reuniones y
voces descontentas contra el gobierno actual, al que se podría calificar de títere.
—Sí —musitó—. Ésa es la palabra adecuada. Es un maldito gobierno de
pacotilla.
—Pero, al mismo tiempo, ese gobierno títere es muy capaz de dominar todo el
gobierno local y está muy lejos de querer organizar unas elecciones que les
excluyeran del poder y —si toda posibilidad de elección queda descartada— parece
que no habría ningún medio constitucional de cambiar la situación. Los líderes de
Santa María, que son a la vez muy competentes y desinteresados, podrían —digo
podrían, y pretendo ser imparcial— encontrarse entre los miembros del Frente Azul,
legalmente capacitados para ocupar el poder y convertirse en simples ciudadanos, sin

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poder para salvar a su mundo de las influencias extranjeras.
—Sí —murmuró sin dejar de mirarme—. Sí.
—Consecuentemente, ¿qué queda como única solución para los que quieran
salvar a Santa María de su actual gobierno? Puesto que todos los medios legales son
impracticables, el único modo que les queda a hombres fuertes y valientes es saltar
por encima del procedimiento legal en un período de pruebas como éste. Si no existe
medio constitucional alguno de retirar del gobierno a los hombres que llevan
actualmente las riendas, habrá que descubrir alguna solución que permita librarse de
ellos, por su bien, por el del mundo de Santa María y por su población.
Siguió mirándome. Sus labios se movieron un poco pero no dijo nada. Bajo las
blancas cejas, sus ojos azul acuoso parecían un poco fuera de las órbitas.
—Resumiendo, un golpe de Estado sin derramamiento de sangre, una supresión
directa mediante el uso de la violencia de esos malos dirigentes parece la única
solución viable para los que creen que este planeta necesita ser salvado. Ahora bien,
sabemos que…
—¡Espere! —dijo la tonante voz de O Doyne—. Tengo que decirle ahora mismo,
Periodista, que mi silencio no debe ser interpretado, como el consentimiento de tales
especulaciones. No puede decir que…
—Por favor —le interrumpí alzando una mano. Se calmó más fácilmente de lo
que se podría haber esperado—. Todo esto sólo son especulaciones, suposiciones
teóricas por mi parte. No creo que nada de todo esto tenga que ver con la situación
actual —titubeé—. El único problema de esta proyección de la situación —situación
teórica— es la cuestión de la ejecución del encargo. Nos damos cuenta de todo lo
concerniente al número y equipo de las fuerzas del Frente Azul, que representa la
centésima parte de las fuerzas planetarias del gobierno de Santa María en las últimas
elecciones. La situación no es comparable.
—Nuestro apoyo… Nuestro apoyo de base…
—Oh, claro —dije—. Pero siempre está el problema de una verdadera acción.
Eso exigiría equipo y hombres… sobre todo, hombres. He oído hablar de militares
capaces de entrenar a hombres sin ninguna experiencia militar, o que toman ellos
mismos la dirección de las operaciones…
—Señor Olyn —intervino O Doyne—, debo protestar por tales palabras. Debo
rechazarlas. Debo… —Se había levantado y deambulaba por la habitación agitando
los brazos—. Debo negarme a escuchar semejantes palabras.
—Perdóneme —dije—. Como he dicho antes, estoy especulando con una
situación hipotética. Pero a donde quiero llegar…
—¡A dónde quiera llegar me importa un bledo, Periodista! —dijo O Doyne
deteniéndose delante de mí, el rostro iracundo—. Todo esto no nos concierne a los
miembros del Frente Azul.
—Claro que no —repliqué con voz tranquilizadora—. Sé que no es asunto suyo.
Pero, claro, todo esto es imposible.

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—¿Imposible? —O Doyne se puso rígido—. ¿Qué es imposible?
—Bueno, toda la historia del golpe de Estado —contesté—. Es evidente. Algo
parecido exigiría ayuda exterior… por ejemplo, hombres que hubieran recibido
formación militar. Tales militares deberían venir de otro mundo… ¿y qué otro mundo
estaría dispuesto a prestar valiosas tropas con fines especulativos a un oscuro partido
político de Santa María que ni siquiera está en el poder?
Deje que mi voz muriera poco a poco, luego me senté y le miré sonriente, como si
esperase que contestara a la última pregunta. Él también se sentó, devolviéndome la
mirada, como esperando que fuera yo quien contestara. Nos quedamos así durante
veinte segundos, en la expectativa, hasta que, levantándome, rompí nuevamente el
silencio.
—Evidentemente —dije con cierto lamento en la voz—, ninguno. Cabe concluir
que no veremos ningún cambio significativo de gobierno o alteración de las
relaciones con los exóticos en Santa María en un futuro próximo. Bien… —Le tendí
la mano—, debo pedirle que me perdone por terminar yo mismo esta entrevista, señor
O Doyne. Pero veo que he perdido la noción del tiempo. Debo dirigirme al Palacio
del Gobierno, al otro lado de la ciudad, para entrevistar al Presidente y estudiar la otra
parte del problema; luego, tendré que largarme a toda prisa al espacio-puerto para
partir esta misma noche hacia la Tierra.
Se levantó como un autómata y me estrechó la mano.
—Sus conclusiones no son ciertas del todo —dijo. La voz resonaba de nuevo;
luego, empezó a bajar hasta adquirir un tono normal—. No del todo… Ha sido un
placer ponerle al corriente de la verdadera situación, Periodista. —Me soltó la mano,
casi lamentándolo.
—Bueno, adiós —dije.
Di media vuelta. Estaba a medio camino de la puerta cuando su voz rompió otra
vez el silencio a mis espaldas.
—Periodista Olyn…
Me detuve y me volví.
—¿Sí? —le pregunté.
—Me parece… —Su voz resonó de nuevo súbitamente—… me parece que tengo
el deber ante usted, ante el Frente Azul, ante mi partido, de preguntarle si ha oído
hablar alguna vez, por poco que sea, de un mundo —cualquier mundo— que
estuviera dispuesto a ayudar al mejor gobierno de Santa María. Nosotros también
somos sus lectores, Periodista. También a nosotros tiene que darnos información. ¿Ha
oído hablar de un mundo que estuviera… dispuesto a ayudar a un movimiento
popular en Santa María para librarse del yugo exótico y asegurar una representación
equitativa de nuestro pueblo?
Le devolví la mirada y le dejé esperando unos segundos.
—No —dije—. No, señor O Doyne, no he oído hablar de ellos.
Se quedó inmóvil como si mis palabras le hubieran paralizado, con las piernas

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ligeramente separadas y desafiándome con el mentón.
—No sabe cuánto lo siento —concluí—. Adiós.
Salí. No recuerdo haber escuchado su despedida.
Me dirigí al Palacio del Gobierno y pase en él veinte minutos llenos de bromas
corteses y educadas mientras entrevistaba a Charles Perrini, presidente del gobierno
de Santa María. Luego volví, por Nuevo San Marcos y la ciudad de José, al
espaciopuerto, donde embarqué en un navío que se dirigía a la Tierra.
Me detuve en la Tierra para recoger el correo y partí inmediatamente hacia
Armonía y al lugar de aquel planeta en que residía el Consejo de Iglesias Unificadas
que gobernaba los mundos amistosos de Armonía y Asociación. Me quedé allí cinco
días, esperando en las antecámaras de los despachos, entre oficiales subalternos que
formaban lo que se llamaba el Servicio de Relaciones Públicas.
Al sexto día, una nota que dirigí al Comandante de Campo Wassel logró su
objetivo. Me llevaron al edificio del Consejo y, tras registrarme por si llevaba armas
(había violentas diferencias sectarias entre los grupos religiosos de los mundos
amistosos, y no hacían diferencias entre un Periodista y cualquier otra persona) fui
admitido en un despacho de techo muy alto, paredes desnudas y un suelo de baldosas
cuadradas blancas y negras. El único mueble era una mesa de trabajo muy grande,
rodeada de sillas de respaldo recto. Detrás de la mesa de trabajo había un hombre
vestido completamente de negro. Sólo dejaba al descubierto su rostro y sus manos,
quedando el resto de su cuerpo oculto bajo sus oscuros ropajes. Pero sus hombros
eran tan cuadrados y anchos como la puerta de una granja y, por encima de sus
hombros, su rostro blanco tenía unos ojos tan negros como sus ropas, y parecían arder
cuando me miraron. Se levantó, rodeó la mesa y se acerco a mí para estrecharme la
mano. Me sacaba media cabeza.
—Dios sea con usted —dijo.
Nuestras manos se tocaron. Había una sospecha de cáustica diversión en la
delgada línea de su seria boca; y sus ojos parecían sondearme como dos escalpelos.
Me retuvo la mano entre las suyas y me hizo sentir una fuerza con la que, intuí, podía
aplastarme los dedos si lo deseaba, como si fuera un cepo.
Al fin estaba frente a frente con el Eclesiarca del Consejo de Ancianos que
gobernaba las Iglesias Reunidas de Armonía y Asociación, el llamado Bright, el
amistoso más importante.

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Capítulo 19
—Viene usted muy recomendado por el Comandante de Campo Wassel —dijo tras
estrecharme la mano—. Algo muy poco corriente para un Periodista. Era una
constatación y no un sarcasmo; obedecí su invitación (que más parecía una orden) de
sentarme, mientras él hacía lo mismo. Se puso frente a mí.
Emanaba de aquel hombre la promesa de una negra llamarada. Como la promesa,
recordé súbitamente, de aquella llama latente en la pólvora del cañón guarnecido por
los turcos en 1867 en el Partenón cuando un obús enviado por la armada veneciana
bajo las órdenes de Morosino hizo explotar los granos negros y reventó el centro del
blanco templo. Siempre había conservado en mí un recodo especialmente oscuro y
particular de odio hacia aquel obús y aquel ejército, pues si el Partenón era la
refutación viviente de la siniestra actitud de Matías cuando yo era pequeño, la
destrucción causada por el obús produjo que aquellas tinieblas fueran las más fuertes,
aún en el seno de la luz.
Así, al ver al Eclesiarca Bright, le relacioné mentalmente con aquel viejo odio, e
intenté disimular mis sentimientos. Sólo en los ojos de Padma me había tropezado
antes con una mirada tan penetrante… y detrás de la mirada que me observaba,
también había un hombre.
Aquellos ojos eran los de un Torquemada, el primer pilar de la Inquisición en la
vieja España… como ya otros habían notado antes que yo; pues a las Iglesias de los
amistosos no les faltaban sus agentes de represión y los destinados a suprimir la
herejía. Pero detrás de aquellos ojos funcionaba la inteligencia política de un mundo
que sabía cuándo podía contratar o perder los poderes de dos planetas. Por primera
vez, comprendí los sentimiento de alguien que, entrando solo en la jaula de los
leones, oye cómo se cierra la puerta con un chasquido.
—… La mayor consideración por parte del Comandante de Campo Wassel y sus
hombres de Nueva Tierra —dije—. Lo he apreciado en el más alto grado.
—También yo —dijo Bright con voz tosca, quemándome con los ojos— aprecio a
un periodista que no molesta con los detalles. De otro modo, no estaría usted aquí, en
mi despacho, entrevistándome. La obra del Señor entre las estrellas me deja poco
tiempo para distraer a los impíos de siete mundos. Ahora, ¿cuál es la razón de la
entrevista?
—Deseo mostrar —dije— a los amistosos bajo un mejor prisma a los habitantes
de los otros mundos…
—¿Para probar su lealtad al Credo de su profesión… como me dice Wassel? —
preguntó Bright, interrumpiéndome.
—Pues, bien, sí —respondí. Me puse ligeramente rígido en el asiento—. Quedé
huérfano muy joven; y el sueño de mi adolescencia fue entrar en el Servicio de
Información…
—¡No me haga perder tiempo, Periodista! —La dura voz de Bright hizo saltar

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como cortada a hachazos el final de mi frase. Se levantó una vez más, bruscamente,
como si su energía interior fuese demasiado grande para reprimirla, con los pulgares
pasados por el cinturón que le ceñía la estrecha cintura, y su rostro macizo de cierta
edad inclinado hacia mí—. ¿Qué es su Credo para mí, que evoluciono a la luz de la
palabra del Señor?
—Todos evolucionamos según nuestras propias luces, a nuestra manera —dije.
Estaba tan cerca de mí que hubiera podido levantarme y hacerle cara, como me pedía
el instinto. Pero era como si él me retuviera pegado al asiento—. Si no fuera mi
credo, no estaría aquí. ¿Quizá no sabe lo que nos pasó, a mí y a mi cuñado, cuando
caímos en manos de uno de sus Jefes de Grupo en Nueva Tierra?
—Lo sé. —Las dos palabras sonaron implacables—. Ya se le pidieron excusas
por ello. Escúcheme, Periodista. —Sus delgados labios esbozaron una sonrisa agria
—. ¿No es usted un Ungido del Señor?
—No —respondí.
—Los que siguen la palabra de Dios actúan guiados por una fe que sobrepasa sus
egoísmos. Pero los que no están en la luz, ¿cómo pueden creer en algo que no sea en
sí mismos?
El esbozo de sonrisa en sus labios se burlaba de sus propias palabras, se burlaba
del tono salmodiado que empleaba para tratarme de mentiroso… y me desafiaba a
negar la sutileza que le había permitido ver a través mío.
Me erguí con mirada ultrajada.
—Se burla de mi Credo de Periodista porque no es el suyo —le dije, cortante.
Mi explosión ni le emocionó ni borró el esbozo de sonrisa.
—El Señor no elegiría a un imbécil para ser Eclesiarca del Consejo de Iglesias —
replicó y, dándome la espalda, se fue a sentar una vez más—. Habría tenido que
pensarlo antes de venir a Armonía, Periodista. Pero, de todos modos, ahora ya lo
sabe.
Le miré fijamente, casi cegado por el súbito brillo de mi comprensión. Sí, ya lo
sabía… y sabiéndolo veía súbitamente hasta qué punto se había preparado para caer
en mis manos.
Había temido que quizá no tuviera ninguna debilidad de la que pudiera sacar
partido como solía hacer con mis palabras frente a hombres y mujeres inferiores a él.
Y era verdad… no encontré una debilidad ordinaria. Encontré una extraordinaria,
pues su debilidad era su fuerza, aquella sutileza que le había elevado al rango de
gobernador y jefe de su pueblo. Su debilidad consistía en que se había convertido en
lo que era y que era el más fanático de todos ellos… pero también había algo más.
Era necesario que tuviera una fuerza suplementaria que le permitiera apartar su
fanatismo cuando éste pudiera interferir en sus relaciones con los jefes de otros
mundos… con sus iguales y sus adversarios entre las estrellas. Era aquello, aquello,
lo que acababa de admitir sin saberlo delante mío.
Cuando se encontraba con personajes vestidos de negro, de mirada violenta, no se

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limitaba a ofrecer una visión fantástica del universo, pintándolo todo de blanco o de
negro, sin matices. Era capaz de percibir los tonos entre los dos colores y desplazarse
por ellos… incluso por los grises. De hecho, podía comportarse como un hombre
político cuando quería y como hombre político podía ocuparme de él. Si actuaba
como político, podía obligarle a cometer un error de político.
Me aseguré al asiento. Dejé que la sensación de agarrotamiento me abandonase y
luego, bruscamente, me encontré con que sus ojos me miraban de un modo distinto.
Inspiré larga y estremecidamente.
—Tiene usted razón —le dije con voz áspera. Me levanté—. Bueno, si no sirve
para nada, lo mejor es irse…
—¿Irse? —Su voz resonó como un disparo para detenerme en seco—. ¿He dicho
que la entrevista haya terminado? Siéntese.
Apresuradamente, me volví a sentar. Procuré ponerme pálido y creo que lo
conseguí.
Lo había entendido todo repentinamente: estaba en la jaula del león, y el león
estaba dentro.
—Ahora —dijo, mirándome fijamente—, dígame, ¿qué espera conseguir de mí…
y de nosotros, los Elegidos del Señor?
Me humedecí los labios.
—Hable —continuó. No alzaba la voz pero su tono bajo y autoritario prometía
represalias si no le obedecía.
—El Consejo… —rezongué.
—¿El Consejo? ¿El Consejo de Ancianos? ¿Y qué?
—No, ése no —dije, bajando la vista—. El Consejo del Sindicato de Periodistas.
Quería un puesto en él. Los amistosos pueden ayudarme a conseguirlo. Después de…
después de lo que pasó con mi cuñado… podía seguir cumpliendo con mi tarea
incluso con los suyos, y así se lo demostré a Wassel… y aquel hecho hizo que el
Sindicato se fijase en mí. Si conseguía continuar mi tarea —si conseguía que la
opinión pública de los otros siete mundos se pusiera de parte de ustedes—, yo
también ascendería para el público. Y, por tanto, en el seno del Sindicato.
Me callé. Levante lentamente los ojos hacia él. Me miraba con cierto aire
sarcástico.
—La confesión purifica el alma, incluso la de seres como usted —dijo burlón—.
Dígame, ¿ha pensado mejorar nuestra imagen entre los abandonados del Señor en los
demás mundos?
—Bueno, eso depende —respondí—. Tendría que rebuscar en todo el material
que reuniera aquí. En primer lugar…
—¡No nos ocupemos de eso ahora!
Se levantó una vez más de detrás de la mesa y sus ojos me ordenaron que hiciera
lo mismo… y lo hice.
—Nos veremos dentro de unos días —me dijo. Su sonrisa de Torquemada me

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despidió—. Eso es todo por hoy. Adiós, Periodista.
—Adiós —conseguí articular. Me volví y salí temblando.
No todo había sido simulado.
Vagué por la ciudad durante los días siguientes reuniendo material, de modo
ostensible, para llenar los artículos que necesitaba. Cuatro días después de la visita al
Eclesiarca Bright, me llamaron una vez más a su despacho. Estaba de pie cuando
entré y se quedó así, a medio camino entre la puerta y su mesa de despacho.
—Periodista —dijo sin preámbulos cuando entré—, me parece que no podrá
favorecernos en sus reportajes sin que lo noten sus compañeros del Sindicato. Si llega
a pasar, ¿de qué nos serviría?
—No he dicho que les fuera a favorecer —observé indignado—, sino que si me
enseñaba algo favorable sobre lo que escribir, lo haría.
—Sí. —Me miró fijamente con las negras llamaradas que eran sus ojos—. En ese
caso, venga a ver a nuestro pueblo.
Me hizo salir del despacho y tomar un ascensor hasta un garaje donde nos
esperaba un coche de servicio. Entramos en él, y el chófer nos condujo fuera de la
Ciudad del Consejo, atravesando una región desnuda y rocosa pero dividida
claramente en granjas.
—Observe —me dijo secamente Bright mientras pasábamos por una pequeña
ciudad, algo más grande que un villorrio—. En nuestros pobres mundos sólo
conseguimos recoger una cosecha… no nos queda más remedio que contratar los
servicios de nuestros jóvenes como soldados para evitar que el pueblo se muera de
hambre y podamos seguir sosteniendo nuestra Fe. ¿Qué es lo que desfigura a estos
jóvenes, y a las demás personas que vemos, hasta el punto de que sean tratados con
tanto rigor por los habitantes de los otros mundos, incluso cuando alquilan sus
servicios para que combatan y mueran en sus guerras extranjeras?
Me volví hacia él y vi una vez más sus ojos fijos en mí con una mirada sarcástica.
—Sus… actitudes… —dije prudentemente.
Bright se echó a reír, como un león que tose, y su risa le salió del fondo del
pecho.
—Actitudes —repitió con dureza—. Llame a las cosas por su nombre, Periodista.
No hable de actitudes… hable de orgullo. ¡Orgullo! Por miserable que sea este
pueblo, únicamente capaz del trabajo manual y el manejo de las armas, puede mirar
como si estuviera sobre altas montañas a las babosas que se arrastran por el polvo y le
contratan, porque sabe que sus jefes pueden ser ricos en los bienes de esos mundos,
cebados con alimentos terrestres y ataviados con ricos ropajes, pero también sabe
que, cuando todos terminen en la sombra de la tumba, los que se hayan revolcado en
el poder y la riqueza no tendrán derecho ni siquiera a estar ante las verjas de oro y
plata que nosotros cruzamos cantando: nosotros, que hemos sufrido y somos los
Ungidos del Señor.
Me sonrió con su salvaje sonrisa de predador, desde el rincón del coche de

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servicio en que se había instalado.
—¿Qué puede usted descubrir en todo lo que ve? —dijo—. ¿Algo que denota la
verdadera humildad y la bienvenida dada a los que alquilan los servicios de los
Llamados por el Señor?
Se burlaba de mí nuevamente. Pero yo ya había visto en él claramente la primera
vez que nos encontramos en su despacho, y el sutil camino que conducía a mis
propios fines se iba aclarando cada vez más. Sus bromas me molestaban cada vez
menos.
—No puedo actuar ni con el orgullo ni con la humildad —dije—. Además, no es
eso lo que necesitan. Ustedes no se preocupan de lo que piensen los contratistas de
sus tropas, pues las siguen contratando. Y los contratistas lo seguirán haciendo
mientras ustedes les ofrezcan gente medianamente soportable… no digo que se ganen
la simpatía de nadie, sino que sean soportables.
—Deténgase aquí, chófer —interrumpió Bright; el coche se detuvo.
Estábamos en una pequeña ciudad. Personas sobriamente vestidas de negro iban y
venían entre los edificios de plástico hinchable: unas estructuras temporales que, en
otros mundos, habrían sido reemplazadas mucho antes por moradas más sofisticadas
y agradables.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En una pequeña ciudad llamada Recordada-del-Señor —me respondió, y bajó
el cristal de la portezuela—. Aquí hay alguien a quien conoce.
En ese momento, una delgada silueta con uniforme de Jefe de Unidad se acercaba
al coche. Llegó hasta nosotros, se inclinó ligeramente y el rostro de Jamethon Black
nos miró tranquilamente.
—¿Señor? —le dijo a Bright.
—Este oficial —comenzó Bright— parecía estar calificado, en otro tiempo, para
ocupar un puesto importante en las filas de los que sirven a Dios. Pero hace cinco
años, fue atraído por una chica de otro mundo que no quiso saber nada de él; desde
entonces parece que ha perdido el interés por los ascensos. —Se volvió hacia
Jamethon—. Jefe de Unidad —dijo—, usted ha visto a este hombre dos veces. La
primera en la Tierra, hace cinco años, cuando pidió a su hermana en matrimonio; y,
de nuevo, el año pasado, en Nueva Tierra, cuando quería obtener de usted un pase
para proteger en el frente a su ayudante. Dígame, ¿qué sabe sobre él?
Los ojos de Jamethon se posaron en los míos.
—Sólo que amaba a su hermana y deseaba para ella una vida mejor que la que yo
podría ofrecerla —dijo con una voz tan tranquila como su cara—, y que deseaba el
bien de su cuñado y quería protegerle. —Se volvió para mirar a Bright directamente a
los ojos—. Creo que es un hombre honesto y bueno, Eclesiarca.
—No le he preguntado lo que cree —dijo Bright secamente.
—Como usted diga —replicó Jamethon, que no perdía la calma ante su superior;
y sentí cómo me invadía la rabia, hasta tal punto que estaba dispuesto a estallar sin

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preocuparme por las consecuencias.
Era rabia contra Jamethon. No sólo tenía la desvergüenza de recomendarme ante
Bright como un hombre honesto y bueno, sino que en su actitud se perfilaba algo tan
ofensivo como una bofetada. Por un momento, no pude comprenderlo. Luego, lo
entendí. Él no tenía miedo de Bright. Y yo lo había tenido la primera vez que nos
vimos.
Sin embargo, yo era Periodista, con toda la inmunidad del Sindicato a mis
espaldas; él un simple Jefe de Unidad frente a su Comandante en Jefe: el Jefe
supremo de dos mundos, y él sólo un habitante de uno de ellos. ¿Cómo se atrevía? Lo
entendí en un momento y casi me rechinaron los dientes por la rabia y la frustración.
Porque Jamethon no actuaba de un modo distinto al del Jefe de Grupo de Nueva
Tierra que me negó un pase que protegiera a Dave. Aquel Jefe de Grupo habría
estado dispuesto a obedecer de inmediato las órdenes de Bright como Eclesiarca, pero
nunca le habría saludado por lo que representaba como hombre.
Del mismo modo, en aquel momento, Bright tenía la vida de Jamethon en sus
manos como había tenido la mía, y controlaba la parte inferior de la sustancia del
joven antes que la parte más importante de su ser.
—Su permiso ha terminado, Jefe de Unidad —dijo Bright bruscamente—. Diga a
su familia que envíe sus cosas a la Ciudad del Consejo y que se queda con nosotros.
A partir de ahora, está asignado como ayudante de este Periodista. Y, para que el
puesto valga la pena, le vamos a ascender a Comandante.
—Señor —aceptó Jamethon con aspecto impasible e inclinando la cabeza. Se fue
hacia la cúpula de la que había salido y se reunió con nosotros unos momentos
después. Bright ordenó que el coche diera media vuelta y volvimos a la ciudad y a su
despacho.
Cuando nos encontramos de nuevo en él, Bright me dejó solo con Jamethon para
que me informara de la situación de los amistosos en la ciudad y sus alrededores.
Consecuentemente, Jamethon y yo visitamos bastantes lugares y, finalmente, volví al
hotel.
No había que dar pruebas de mucha intuición para ver que Jamethon me había
sido adjudicado para desempeñar el papel de espía y cumplir con las funciones de
ayudante. Sin embargo, no dije nada y Jamethon tampoco, de modo que, de un modo
bastante extraño, recorrimos la Ciudad del Consejo y el vecindario en los días
siguientes como dos fantasmas o como hombres que han hecho voto de no dirigirse la
palabra. Era un silencio extraño, mutuamente consentido, que reconocía que las
únicas cosas que podíamos discutir entre nosotros —Eileen, Dave y todo aquello—
sólo nos transmitirían una penosa sensación que no haría viable la conversación.
De vez en cuando, me llamaban al despacho del Eclesiarca Bright. Me veía más o
menos rato en aquellas ocasiones y hablaba muy poco de mis razones para escribir
sobre los amistosos. Era como si esperase que E asara algo. Y acabé por comprender
lo que era. Había enviado a Jamethon a vigilarme mientras él mismo vigilaba la

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situación interestelar a la que se enfrentaba en solitario como Eclesiarca de los
Mundos Amistosos, intentando descubrir la situación y el momento favorables para
utilizar lo mejor posible a aquel Periodista interesado que se había ofrecido para
mejorar la imagen más difundida de su pueblo.
Una vez lo entendí, me tranquilizó ver cómo, después de cada entrevista, se
acercaba cada vez más, día tras día, al fondo del problema… como yo quería que
hiciese. El fondo del problema era el momento en que me pediría mi opinión, o en el
que me pediría que le dijera lo que debía hacer conmigo y de mí.
De día en día, de entrevista en entrevista, se iba haciendo cada vez más libre y
confiado en lo qué me decía… y formulaba más preguntas.
—^¿Qué les gusta leer en los otros mundos, Periodista? —me preguntó un día—.
¿Por qué se interesan más?
—Por los héroes, naturalmente —respondí con una voz tan ligera como la suya
—. Por eso los dorsais proporcionan muy buenos artículos… y también los exóticos,
hasta cierto punto.
Una sombra, intencionada o no, cruzó por su rostro cuando mencioné a los
exóticos.
—Impíos —murmuró. Pero aquello fue todo. Un día más tarde, volvió al tema de
los héroes.
—Ante el público, ¿cómo se convierten en héroes? —quiso saber.
—Habitualmente —respondí—, venciendo a algún individuo que se haya labrado
anteriormente una reputación basada en la fuerza, villano o héroe. —Me miraba
amablemente y me atreví a decir—: Por ejemplo, si sus tropas amistosas se
enfrentasen a un número igual de dorsais y los vencieran…
Su aspecto jovial desapareció bruscamente y fue reemplazado por una expresión
que nunca antes había visto en su cara. Durante un segundo, me miró con la boca
abierta. Luego me lanzó una mirada tan espumeante y ardiente como el basalto
líquido que surge de un volcán.
—¿Me toma por loco? —dijo insultante. Su rostro volvió a cambiar y me miró
con curiosidad—. ¿O lo está usted?
Me mantuvo la mirada un largo momento. Al fin acabó por inclinar la cabeza.
—Sí —concluyó, casi hablándose a sí mismo—. Eso es… este hombre esta loco.
Un loco nacido en la Tierra.
Se dio la vuelta y nuestra entrevista diaria terminó allí mismo.
Me daba lo mismo que me tomase por loco. Aquello no me daría más que
seguridad cuando me dedicase a confundirle. Pero, por nada del mundo, podía
comprender lo que había desencadenado en él una reacción tan poco habitual. Y
aquello me preocupaba. ¿Resultaba tan sacado por los pelos lo que dije sobre los
dorsais? Intenté preguntarle a Jamethon, pero la parte esencial del valor es la
prudencia, de modo que acabé por no decir nada.
Llegó el día en, que Bright llegó a la pregunta que algún día me tenía que hacer.

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—Periodista —dijo. Estaba de pie con las piernas abiertas, las manos cruzadas a
la espaldas, mirando por la ventana que iba del suelo al techo del despacho del
Palacio de Gobierno. Me daba la espalda.
—¿Sí, Eclesiarca? —contesté. Me había llamado nuevamente al despacho y yo
acababa de entrar. Giró al oír mi voz y me observó intensamente.
—Me dijo una vez que los héroes se convierten en tales porque han vencido a
otros héroes anteriores. Mencionó que hay dos héroes muy claros a los ojos del
público: los dorsais… y los exóticos.
—Así es —repliqué, adelantándome hacia él.
—Los exóticos son impíos —dijo, como si estuviera soñando—. Emplean tropas
de alquiler. ¿Para qué vencer mercenarios aunque sea posible y fácil?
—¿Por qué no ayudar a alguien con problemas? —añadí suavemente—. Eso les
proporcionaría una reputación totalmente nueva. Los amistosos nunca han dado que
hablar por ese tipo de acciones.
Me miró duramente.
—¿A quién podríamos ayudar? —preguntó.
—Bueno —proseguí—, siempre hay pequeños grupos de individuos que, con
razón o equivocadamente, creen que son explotados por grupos más importantes.
Dígame una cosa: ¿no se les acercan a veces pequeños grupos disidentes que quieren
contratar a sus soldados en previsión de una revuelta contra su gobierno? —Me callé
un segundo—. Sí, claro que pasa. Olvidaba Nueva Tierra y la Sección Norte de
Altland.
—No nos ganamos mucho mérito ante los otros mundos aliándonos con la
Sección Norte —dijo Bright con tono seco—. Usted lo sabe perfectamente.
—Oh, pero las oportunidades eran prácticamente iguales para ambos bandos —
dije—. Lo que tienen que hacer es ayudar a una verdadera minoría contra algún
gigante mayoritario… por ejemplo, a los mineros de Coby contra los propietarios de
las minas.
—¿Coby? ¿Los mineros? —Me miró con severidad, pero era una mirada a la que
me había acostumbrado a lo largo de aquellos días y la pude aguantar sin pestañear.
Se volvió y se dirigió con largas zancadas hasta la mesa. Se inclinó y recogió una
hoja de papel… que parecía una carta—. He recibido una llamada de ayuda fundada
en bases puramente especulativas de un grupo…
Se calló, dejó el papel y levantó la cabeza para mirarme.
—¿Un grupo como los mineros de Coby? —pregunté—. ¿No serán los propios
mineros?
—No —contestó—. Los mineros, no. —Se quedó silencioso durante un minuto,
hasta que dio la vuelta a la mesa y me tendió la mano—. Me han dicho que estaba a
punto de marcharse —dijo.
—¿Sí? —respondí.
—¿Me han informado mal? —preguntó Bright. Sus ojos se clavaron en los míos

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—. He oído decir que se marchaba a la Tierra esta noche a bordo de un correo
espacial. Creo que ya tiene plaza reservada.
—Oh… sí —concluí, comprendiendo lo que quería decir por el tono de su voz—.
Lo había olvidado. Sí, me voy.
—Buen viaje —dijo Bright—. Me alegra que hayamos llegado a entendernos.
Puede contar con nosotros en lo sucesivo. Y nosotros contaremos con usted.
—Por favor —repliqué—. Y cuanto antes mejor.
—Será pronto —dijo Bright.
Nos dijimos adiós una vez más y volví al hotel. Al llegar, me encontré con que
mis cosas estaban preparadas; y, como Bright había dicho, tenía plaza reservada en el
correo que partía aquella misma noche hacia la Tierra. En cuanto a Jamethon, diré
que se volvió invisible.
Cinco horas más tarde me encontraba de nuevo entre los planetas, rumbo a la
Tierra.
Cinco semanas después, el Frente Azul de Santa María recibió secretamente
armas y hombres de los Mundos Amistosos, y se lanzaba a una corta pero sangrienta
revuelta que reemplazó al gobierno legal por los líderes del Frente Azul.

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Capítulo 20
No pedí ser recibido por Piers Leaf. Fue él quien me llamó. Mientras atravesaba el
vestíbulo del Sindicato y penetraba en el ascensor que conducía a su despacho, las
cabezas de los miembros se volvían a mi paso. Desde que tres años antes los líderes
del Frente Azul se hicieran con el poder en Santa María, las cosas habían cambiado
mucho para mí.
Conocí la hora del tormento durante la entrevista con mi hermana. Y tuve,
mientras me volvía a la Tierra después de visitarla, una primera imagen de mi
venganza. Luego, adopté dos medidas —una en Santa María, la otra en Armonía—
para organizar la venganza. Sin embargo, incluso después de haberlo hecho, no
cambié interiormente. Cambiar requiere mucho tiempo.
Había soñado con primitivas imágenes de venganza, en las que me veía con una
espada en la mano, dirigiéndome a una cita bajo la lluvia. Allí, por primera vez, había
sentido que era atraído por algo, pero la realidad que percibía era mucho más fuerte,
más fuerte que el alimento, la bebida o el amor… más fuerte que la propia vida.
Hay imbéciles que creen que la riqueza, las mujeres, el alcohol o incluso la droga
pueden comprar la mayor parte de los pesares del alma de un hombre. Esas cosas no
ofrecen más que pálidos placeres si se las compara con el mayor placer de todos, la
tarea que requiere toda la fuerza, que le absorbe a uno por completo, con huesos,
nervios, cerebro, esperanzas y temores, sueños… y que todavía pide más.
Hay imbéciles que ven las cosas de otro modo. Ningún gran esfuerzo ha podido
nunca ser comprado. Ninguna pintura, ninguna melodía, ningún poema, ninguna
catedral de piedra, ninguna iglesia, ningún Estado ha podido nunca valer ningún tipo
de precio. Ningún Partenón, ningún desfiladero de las Termópilas, ha sido erigido en
el lugar del combate por dinero o por gloria. Ninguna Bukhara saqueada, ni China
aplastada bajo los pies mongoles por el solo amor del botín. El valor de las cosas
reside precisamente en el hecho de hacerlas.
El hecho de valerse de uno mismo —de valerse de uno mismo como si uno fuese
una herramienta— y así recrear o romper lo que nadie más puede construir o
destruir… ése es el mayor placer que el hombre puede conocer. El que ha sentido en
sus manos el cincel y ha liberado al ángel prisionero en el bloque de mármol o el que
ha sentido la espada en sus manos y ha enviado a la nada el alma que un momento
antes vivía en el cuerpo de su más mortal enemigo… ésos conocen el sabor de un
delicado manjar que sólo existe para los demonios y para los dioses.
Aquello era lo que me había sucedido durante los tres años que acababan de
pasar.
Había soñado con tener entre mis manos los rayos, y los blandía por encima de
los catorce mundos, y los doblaba a mi antojo. Sostenía el rayo firmemente y leía sus
significados. Mi poder se había endurecido; y sabía lo que el fracaso de las cosechas
de Freilandia podía representar a la larga para los que necesitaban una formación

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profesional en Cassida y que no podrían pagar por obtenerla. Veía evolucionar a los
individuos como William de Ceta, Project Blaine de Venus y Sayona el Delegado de
los dos mundos exóticos… que transformaban y plegaban a su voluntad el curso de
las cosas que ocurrían entre las estrellas… y leía claramente lo que pasaría con ellos.
Y, sabiéndolo, me dirigía allí donde había noticias y las escribía aunque sólo se
tratase de simples indicios, aunque mis colegas del Sindicato hubieran llegado a
pensar que era un poco diablo o un poco profeta.
Pero no me importaba lo que pudieran pensar. Sólo me preocupaba del secreto
sabor de mi venganza, del sentimiento de la espada oculta… ¡de la herramienta de mi
Destrucción! De momento, sin embargo, estaba en la oficina de Piers Leaf. Me
esperaba junto a la puerta, pues le debían haber advertido desde la planta baja que
estaba subiendo. Me estrechó la mano y me la sujetó hasta que entramos en su
despacho y cerró la puerta. No nos sentamos ante la mesa de su despacho, sino un
poco más lejos, en los cojines hinchables de un sofá y una silla muy mullida. Llenó
unas copas con dedos que parecían adelgazados por la súbita vejez.
—¿Conoce la noticia, Tam? —preguntó sin más preámbulos—. Morgan Chu
Thompson ha muerto.
—Ya lo sabía —respondí—. Hay una plaza libre en el Consejo.
—Sí. —Bebió un sorbo y dejó el vaso. Se pasó una mano por la cara con aire
cansado—. Morgan era uno de mis mejores amigos.
—Ya lo sé —dije, aunque no sentía nada por él—. Debe haber sido muy duro
para usted.
—Teníamos la misma edad… —Se interrumpió y me sonrió levemente—.
Supongo que espera que apoye su candidatura para esa plaza, ¿verdad?
—Creo —respondí— que los miembros del Sindicato encontrarían un poco raro
que no lo hiciera, sobre todo, si tenemos en cuenta cómo me han ido las cosas
últimamente.
Asintió, pero, al mismo tiempo, pareció como si apenas me escuchase. Tomó de
nuevo el vaso y bebió otra vez sin darle importancia, luego, lo dejó.
—Hace casi tres años —dijo—, vino usted a verme para hacer una predicción.
¿Se acuerda?
Sonreí.
—Suponía que a lo mejor la había olvidado —dijo—. Bien, Tam… —Se detuvo y
suspiró sonoramente. Parecía que le costaba trabajo decirme lo que quería. Pero yo
había aprendido con la edad y estaba habituado a ser paciente. Esperé—. Hemos
tenido tiempo para ver evolucionar las cosas y parece que usted a la vez tenía razón…
y se equivocó.
—¿Me equivoqué? —repetí.
—Pues, sí —dijo—. Su teoría era que los exóticos iban a destruir la cultura
amistosa de Armonía y Asociación. Pero sólo tiene que ver cómo han ido las cosas
desde entonces.

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—¡Oh! —repliqué—. ¿Cómo…? ¿Por ejemplo…?
—Bueno —continuó—, resulta evidente desde hace casi una generación que el
fanatismo de los amistosos —actos de violencia carentes de razón, como esa masacre
que le costó la vida a su cuñado en Nueva Tierra hace tres años— ponían a los trece
mundos en contra de los amistosos. Hasta tal punto que perdieron toda oportunidad
de alquilar sus servicios como soldados mercenarios. El caso es que los amistosos
actúan como lo hacen porque son como son. No se puede culpar por ello a los
exóticos.
—No —dije—. Supongo que no.
—Naturalmente que no. —Bebió un poco más, algo más interesado—. Creo que
lo que me dejó más perplejo fue cuando me dijo que los exóticos iban a intentar
destruir a los amistosos. No me parecía muy verosímil. Pero luego llegaron las tropas
amistosas para apoyar la revolución del Frente Azul en Santa María, justo en la
retaguardia de los exóticos bajo los soles de Procyón. Y tengo que admitir que algo
parecía que iba a pasar entre los amistosos y los exóticos. —Se calló y me miró.
—Gracias —dije.
—Pero el Frente Azul no duró mucho —continuó.
—Parecía contar con una fuerte base popular al principio —le interrumpí.
—Sí, sí. —Con un gesto, Piers olvidó mi objeción—. Pero ya sabe usted cómo
son esas situaciones. Siempre se busca pelea cuando el mundo de uno es más rico e
importante… o cuando lo es el vecino. El problema es que los habitantes de Santa
María no tardaron mucho en comprender las verdaderas intenciones de los miembros
del Frente Azul y los expulsaron… y los han convertido en un partido ilegal. Los
miembros del Frente Azul eran sólo un puñado y la mayor parte de ellos están locos.
Además, Santa María no puede aguantar sola ni financieramente ni en cualquier otro
campo si no es a la sombra de dos mundos tan ricos como Mará y Kultis. El Frente
Azul estaba condenado al fracaso… cualquiera que estuviera fuera de todo ello
podría verlo.
—Me lo supongo —dije.
—¡Lo sabe! —exclamó Piers—. No me diga que alguien dotado de las facultades
de percepción de que usted ha dado muestras no podía verlo desde el principio, Tam.
Pero, lo que yo no vi —y aparentemente usted tampoco— fue que, inevitablemente,
una vez el Frente Azul hubiera caído en desgracia, los amistosos llevarían a Santa
María sus fuerzas de ocupación para sostener sus reivindicaciones, exigiendo del
gobierno legal el pago de los servicios prestados al Frente Azul. De acuerdo con el
tratado de ayuda mutua existente entre los exóticos y el gobierno legal de Santa
María, los exóticos estarían obligados a responder a la petición de auxilio de Santa
María para expulsar a los amistosos… pues Santa María no podía pagar la factura que
éstos presentaban.
—Sí —contesté—. También me previne contra eso.
Me dirigió una penetrante mirada.

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—¿Sí? —dijo—. Pues, entonces, ¿cómo supone que…? —Pensativo, se quedó
callado.
—El problema —añadí con voz natural—, es que las fuerzas expedicionarias
exóticas no han tenido muchos problemas para reducir y diezmar las fuerzas
amistosas. Los combates se han detenido por el invierno; pero si el Eclesiarca Bright
y su Consejo no envían refuerzos, los soldados que tienen en Santa María se rendirán,
probablemente, a los exóticos en primavera. No pueden enviar refuerzos, pero
tendrán que hacerlo de todos modos…
—No —dijo Piers—, no lo harán. —Me miró de un modo raro—. Está usted a
punto de afirmar, supongo, que toda esta situación proviene de una maniobra de los
exóticos para derramar sangre amistosa dos veces… primero, dejándoles ayudar al
Frente Azul, luego haciendo que les envíen refuerzos.
Sonreía en mi fuero interno porque él estaba llegando al punto que yo mismo
había decidido alcanzar tres años antes… pero quería que él me lo dijera y que yo no
tuviera que sacar el tema.
—¿No es así? —pregunté, fingiendo sorpresa.
—No —dijo Piers firmemente—. Es exactamente lo contrario. Bright y el
Consejo tienen intención de dejar a sus tropas expedicionarias para que las capturen o
las masacren… preferiblemente esto último. El resultado será tal que ocurrirá lo que
usted dijo que pasaría en los trece mundos. El principio según el cual todo mundo
puede ser considerado como rehén por las deudas contraídas por sus habitantes es
esencial —aunque no esté legalmente reconocido— en la estructura financiera
interestelar. Pero los exóticos, conquistando a los amistosos de Santa María, van a
rechazarlo. El hecho de que los exóticos estén obligados por tratado a acudir a la
llamada de auxilio de Santa María no modificará las cosas. Bright sólo tendrá que ir a
buscar ayuda en Ceta, Newton y los otros mundos de contratos «cerrados» para
formar una liga que ponga a los exóticos de rodillas.
Se calló y me miró fijamente a los ojos.
—¿Ve a dónde quiero ir a parar? ¿Comprende ahora por qué tenía razón —en su
idea de venganza de los exóticos y los amistosos— y a la vez se equivocaba? ¿Ve
hasta qué punto está ahora equivocado?
Le miré de un modo deliberado durante un momento antes de contestar.
—Sí —dije, e incliné la cabeza—. Ahora lo veo. No son los exóticos los que
destruirán a los amistosos. Serán los amistosos los que destruyan a los exóticos.
—Exactamente —dijo Piers—. La riqueza y los conocimientos especializados de
los exóticos han representado el pivote de la asociación de mundos de contrato
«abierto», lo que les permitía compensar las ventajas de negociar con técnicos como
si fueran sacos de trigo, lo cual, a su vez, ha proporcionado la fuerza a los mundos
«cerrados». Si los exóticos son vencidos, el equilibrio de poder entre los dos grupos
de mundos quedará destruido. Y ese equilibrio es lo que permite que nuestro Viejo
Mundo de la Tierra aguante entre ambos grupos. Si tal cosa sucede, seremos atraídos

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a uno u otro de esos grupos… sea cual sea al que vayamos, éste se querrá asegurar el
control de nuestro Sindicato y la Imparcialidad que ha reinado hasta ahora en nuestro
Servicio de Informaciones.
Guardó silencio y se deslizó en el asiento como si estuviera agotado. Luego se
incorporo de nuevo.
—¿Sabe qué grupo se hará con la Tierra si ganan los amistosos? —preguntó—. El
grupo de mundos de contratos «cerrados», naturalmente. Bueno. En ese caso…
¿dónde estamos ahora como miembros del Sindicato, Tam?
Le miré, dándole tiempo para que pensara que sus palabras causaban en mí algún
efecto. Pero, en realidad, paladeaba el primer sabor, muy ligero todavía, de la
venganza. Porque él había llegado al punto en que le quería tener, un punto en el que
pareciera que el Sindicato se enfrentaría a la negación de su importante principio de
imparcialidad y tendría que tomar partido contra los mundos amistosos o ser
capturado por el grupo de mundos a los que pertenecían los amistosos y sus
«cerrados» contratos. Le dejé esperando en silencio, para que se creyera impotente
durante un momento. Luego, lentamente, le contesté:
—Si los amistosos pueden destruir a los exóticos —dije—, entonces, los exóticos
también pueden destruir a los amistosos. Tal situación presenta las mismas
oportunidades de fracaso y triunfo para las dos partes. Pero si ahora, sin comprometer
nuestra imparcialidad, pudiera ir a Santa María para presenciar la ofensiva de
primavera, puede que este talento que poseo viera un poco más allá que los demás en
cuanto al desenlace de la situación.
Piers me miró atentamente, con el rostro ligeramente pálido.
—¿Qué quiere decir? —preguntó finalmente—. No puede usted tomar partido
abiertamente por los exóticos. ¿No tendrá semejante intención?
—Claro que no —le respondí. Pero podría, fácilmente, descubrir algo que poner a
nuestro favor para salir con bien de esta historia. En ese caso, podría asegurarme de
que también ellos lo vieran. No está usted seguro de que lo consiga, pero, como dice
usted, ¿qué más podemos hacer?
Titubeó. Extendió la mano para tomar el vaso de encima de la mesa y, mientras lo
agarraba, su mano temblaba un poco. No se habría necesitado mucha capacidad de
penetración para adivinar lo que pensaba. Lo que yo le sugería significaba una
violación del espíritu de la ley de imparcialidad del Sindicato. Tomaríamos partido…
pero Piers estaba pensando que deberíamos hacerlo por el bien del Sindicato, pues
nos era dado el poder de elegir.
—¿Tiene usted pruebas de que el Eclesiarca Bright quiera abandonar a sus
fuerzas de ocupación? —pregunté cuando le vi más dudoso—. ¿Estamos seguros de
que no va a enviar refuerzos?
—Estoy en contacto con personas de Armonía que intentan obtener esa prueba en
este momento —empezaba a contestarme cuando el teléfono de su despacho sonó.
Pulsó un botón y el rostro de Tom Lassiri, su secretario, apareció en pantalla.

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—Señor —dijo Tom—, es una llamada de la Enciclopedia Final para el Periodista
Tam Olyn. Es de parte de la señorita Lisa Kant. Dice que se trata de un caso de
extrema urgencia.
—Pásemela —dije, mientras Piers asentía con la cabeza. Mi corazón saltó en el
pecho por alguna razón que todavía no había tenido tiempo de descubrir. La pantalla
se iluminó y el rostro de Lisa se dibujó en ella.
—¡Tam! —dijo sin preámbulos—. Tam, ven deprisa. Mark Torre ha sido víctima
de un asesino. Se está muriendo y los médicos no pueden hacer nada. Quiere
hablarte… quiere hablar contigo, Tam, antes de que sea demasiado tarde. ¡Oh, Tam,
ven deprisa! ¡Apresúrate!
—Ya voy —aseguré.
Y me fui. No tuve tiempo para preguntar por qué debía atender su llamada. El
sonido de su voz me hizo levantar del asiento y salí del despacho de Piers como si
una mano poderosa me hubiera empujado de los hombros. Me fui, eso es todo.

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Capítulo 21
Lisa vino a mi encuentro en el vestíbulo de la entrada de la Enciclopedia Final, donde
la vi por primera vez tantos años antes. Me llevó a los cuarteles de Mark Torre
pasando por el extraño laberinto y la habitación móvil que atravesara en otra ocasión;
y, por el camino me contó lo que había pasado.
Era el peligro inevitable en previsión del cual se había instalado el laberinto y el
resto de los dispositivos de seguridad… el azar fatal, injustificado pero previsto, que
había caído sobre Mark Torre. La construcción de la Enciclopedia Final había
desencadenado desde el principio temores latentes en las mentes de las personas más
inestables de los catorce mundos civilizados. Como el objetivo de la Enciclopedia era
revelar un misterio que no podía ser ni definido ni expresado fácilmente, había
despertado el terror entre los psicópatas de la Tierra y de otros mundos.
Y uno de ellos había terminado por alcanzar a Mark Torre… un pobre paranoico
que había ocultado su enfermedad incluso a su familia mientras que, en su espíritu,
albergaba y alimentaba la ilusión de que la Enciclopedia Final sena un gran cerebro
que reemplazaría las voluntades de toda la Humanidad. Lisa y yo pasamos junto a su
cuerpo, que yacía en el suelo del despacho, cuando finalmente llegamos: era un
hombre viejo y muy delgado, de cabellos blancos, rostro dulce y sangre en la frente.
Le habían dejado entrar equivocadamente, me dijo Lisa. Se hizo pasar por un
médico nuevo que iría para visitar a Mark Torre a lo largo de la tarde. Ahora bien, fue
aquél el hombre que entró en su lugar, un hombre de rostro amistoso, correctamente
vestido. Había disparado dos veces contra Mark y una contra sí mismo, matándose de
forma instantánea. Mark, que recibió los dos proyectiles en los pulmones, todavía
seguía con vida, pero ésta se extinguía a toda prisa.
Lisa me llevó junto a él; yacía, inmóvil, de espaldas sobre un edredón manchado
de sangre encima de una cama muy grande, en una habitación aneja al despacho. Le
habían quitado la ropa y un gran vendaje blanco le ceñía el pecho. Tenía los ojos
cerrados y apretados, y la prominente nariz y el mentón duro parecían proyectarse
hacia adelante, como en un acceso de furioso resentimiento contra la muerte, que
acabaría por llevarse su combativo espíritu bajo las aguas sombrías.
Pero no es la cara lo que recuerdo mejor. Era la anchura inesperada de su pecho y
hombros, y la longitud del brazo que tenía ante mí, un brazo de gigante. Aquello me
recordó súbitamente los manuales de historia que leía de joven, olvidados hacía
mucho tiempo, en los que se veía a Abraham Lincoln asesinado, apoyado, herido y
moribundo, en un diván ante un testigo sorprendido por el poder de los huesos y
músculos que desvelaba la parte superior desnuda del cuerpo del Presidente.
Lo mismo ocurría con Mark Torre. En su caso, los músculos se habían ablandado
por la larga enfermedad que padecía y la falta de ejercicio, pero la anchura y longitud
de los huesos demostraban la fuerza física que debió poseer aquel hombre cuando era
joven. Había varias personas en la habitación; algunas eran médicos, pero nos dejaron

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pasar mientras Lisa me llevaba al lecho del moribundo.
Se inclinó sobre él y le habló en voz baja.
—¡Mark! —dijo—. ¡Mark!
Durante algunos segundos, pensé que no respondería. Incluso recuerdo que pensé
que quizá ya estuviera muerto. Pero sus ojos oscuros se abrieron al fin, vagaron un
momento, y se plantaron en Lisa.
—Tam está aquí, Mark —dijo. Se apartó para que me acercase a él y me miró por
encima del hombro—. Agáchate, Tam. Acércate a él —me sugirió.
Me acerqué y me incliné. Sus ojos se clavaron en mí. No estaba muy seguro de
que me reconociese; sus labios se movieron y escuché una sospecha de murmullo que
resonaba en las profundidades de la caverna de su amplio pecho.
—Tam…
—Sí —dije. Me di cuenta de que le había tomado una de sus manos entre las
mías. Las largas falanges estaban frías y sin fuerza.
—Hijo… —murmuró, tan débilmente que apenas le escuché. Pero, al mismo
tiempo, como un rayo, sin mover un músculo, yo también me puse rígido y frío, frío
como si me hubieran metido en hielo, y una rabia repentina me invadió.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba llamarme «hijo» a mí? No le había dado
permiso, no tenía derecho o méritos para hacerme aquello… apenas me conocía. Yo,
que no tenía nada en común con él, ni con su trabajo, ni con nada que pudiera
representar. ¿Cómo se atrevía a llamarme «hijo»?
Pero seguía murmurando. Tenía que añadir una palabra a aquella injusta y terrible
primera palabra con que se había dirigido a mí.
—… Sucédeme…
Sus ojos se cerraron y sus labios dejaron de moverse aunque el aliento y un suave
movimiento de su pecho indicaban que seguía con vida. Dejé caer la mano, di media
vuelta y salí de la sala. Me encontré en el despacho; allí me detuve, con gran
esfuerzo, perplejo, buscando la salida camuflada y oculta.
Lisa me alcanzó.
—¿Tam? —Me puso una mano en el hombro y me obligó a mirarla. Su rostro me
hizo comprender que había escuchado lo que Mark me pidiera y quería saber lo que
iba a hacer. Quería gritar que no iba a hacer nada de lo que el viejo me había pedido,
que no le debía nada, ni a ella tampoco. Pero ni siquiera era una pregunta lo que me
había planteado. Me había dicho que tomase la sucesión… me había dicho que lo
hiciera.
Pero ninguna palabra salió de mis labios. Tenía la boca abierta, pero parecía que
no podía hablar. Ahora creo que debía estar jadeando como un lobo en la trampa. El
teléfono sonó sobre la mesa de Mark Torre y rompió el encanto que nos mantenía
prisioneros.
Lisa estaba de pie al lado de la mesa; extendió la mano automáticamente para
tomar el aparato y conectarlo, aunque ni siquiera miró la cara que se dibujó en la

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pantalla.
—¿Hola? —dijo la voz que salía de la pantalla—. ¿Hola? ¿Hay alguien? Me
gustaría hablar con el Periodista Tam Olyn… si es que está ahí. Es urgente. ¿Hola?
¿Hay alguien?
Era la voz de Piers Leaf. Arranqué mi mirada de la de Lisa y me incliné hacia el
aparato.
—¡Ah, está ahí, Tam! —dijo Piers—. Escuche. No quiero que pierda tiempo
informando acerca del asesinato de Torre. Tenemos un montón de gente que puede
hacer ese trabajo. Creo que debería ir a Santa María inmediatamente. —Se detuvo y
me miró de un modo significativo—. ¿Lo entiende? Los datos que esperaba acaban
de llegar. Yo tenía razón; ya se ha dado la orden.
Súbitamente, todo volvió a mí, barriendo lo que me había retenido preso durante
los minutos anteriores… mi plan largamente madurado y mi sed de venganza. Como
una potente oleada, todo cayó sobre mí una vez más, haciendo desaparecer la petición
que Mark Torre y Lisa me acababan de endosar, amenazando con encerrarme allí para
siempre.
—¿No hay más envíos? —dije, cortante—. ¿Qué es lo que dice la orden? ¿No hay
otras llegadas a la vista?
Inclinó la cabeza.
—Y creo que debería partir inmediatamente, porque las previsiones
meteorológicas anuncian que el tiempo va a empeorar de aquí a una semana —dijo
—. Tam, ¿le parece…?
—Me voy ahora mismo —corté—. Envíe mi documentación y mis cosas al
espaciopuerto.
Colgué y me volví hacia Lisa una vez más. Me miraba con ojos cuya mirada me
impresionó tanto como si hubiera recibido un golpe; pero yo era ya demasiado fuerte
para ella, y me sacudí del efecto de aturdimiento que parecía provocar en mí.
—¿Cómo se sale de aquí? —pregunté—. Tengo que irme. ¡Inmediatamente!
—¡Tam! —exclamó.
—Ya te digo que tengo que irme. —La aparté de mi camino—. ¿Dónde está la
puerta? ¿Dónde…?
Se deslizó a mi lado mientras yo empezaba a golpear en las paredes y tocó algo. A
mi derecha se abrió una puerta y me deslicé por la abertura a toda prisa.
—¡Tam!
Su voz me detuvo una última vez. Volví la cabeza y la miré por encima del
hombro.
—Volverás —dijo. No era una pregunta. Hablaba con el mismo tono que había
empleado Mark Torre. No me hacía una pregunta, me decía que volvería y por última
vez aquello me— sacudió hasta lo más profundo de mi ser.
Pero el oscuro poder que crecía en mí, aquella ola que representaba mi sed de
venganza, me desgarró de nuevo y me hizo franquear a toda velocidad la salida que

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llevaba a la siguiente habitación.
—Volveré —prometí.
Era una mentira simple y fácil. Luego la puerta se cerró a mi espalda y toda la
habitación se empezó a mover para conducirme a otra parte.

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Capítulo 22
Cuando salí del navío espacial y puse pie en Santa María, sentí en la espalda la
pequeña brisa provocada por la presión más elevada de la atmósfera del aparato como
una mano que emergiera de la oscuridad detrás mío empujándome en medio de aquel
día oscuro y lluvioso. La capa de periodista me envolvía a la perfección. El frío
húmedo me rodeada pero no penetraba en mí. Era como la desnuda espada escocesa
de mis sueños, envuelta y oculta en el tartán, afilada en una piedra y llevada al fin a
aquel lugar de encuentro para el que me llevaba preparando durante tres años.
Un encuentro bajo una fría lluvia de primavera. La sentía tan fría como la sangre
sobre mis manos o su sabor en mis labios. Por encima de mí, el cielo parecía muy
bajo y estaba cubierto de nubes que navegaban hacia el este. La lluvia caía de un
modo discontinuo.
Producía un ruido de tambores cuando descendí por los peldaños que llevaban al
nivel del suelo; era una multitud de gotas que marcaban su propio fin sobre el
inquebrantable cemento. Recubrían la tierra hasta perderse de vista, ocultándola, y
dejaban el suelo estaba tan desnudo y limpio como la última página de un libro de
cuentas. En uno de sus extremos, las construcciones de los hangares se alzaban como
una única piedra caída del cielo. Las cortinas formadas por el agua al caer entre los
edificios y yo se aclaraban y oscurecían como el humo de una batalla, pero nunca
conseguían ocultarlos de mi vista completamente.
Era la misma lluvia que cae en todas partes y en todos los mundos. Caía lo mismo
en Atenas, sobre la oscura y triste casa del tío Matías, que sobre las ruinas del
Partenón, como tuve ocasión de comprobar muchas veces desde la ventana de mi
cuarto.
Escuchaba su sonido mientras descendía la escalera, tamborileando sobre el navío
con el que me había desplazado libremente entre las estrellas —desde la Vieja Tierra
hasta aquel mundo que era el penúltimo en importancia, un pequeño planeta de
naturaleza terrestre bajo los soles de Procyón—, resonando huecamente en la valija
llena de documentos que se deslizaba por la cinta transportadora a mi lado. Aquella
maleta no significaba nada para mí… ni tampoco lo representaban mis papeles que
atestiguaban mi Imparcialidad, unos papeles que llevaba desde hacía cuatro años y
que tanto me había costado ganar. Me importaban menos que el nombre del individuo
con quien me iba a encontrar distribuyendo los coches destinados a transportar a los
pasajeros hasta los edificios del astródromo. Si es que era el hombre que me habían
indicado mis informadores en la Tierra. Y si no habían mentido.
—¿Sus maletas, señor?
Emergí de mis pensamientos y de la lluvia. Había llegado al suelo de cemento. El
oficial de desembarco me sonreía. Tenía más edad que yo, aunque parecía más joven.
Mientras me sonreía, las gotas de lluvia que perlaban la visera de su gorra cayeron y
rodaron como lágrimas sobre la lista de embarque que llevaba en la mano.

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—Lleve mis maletas al complejo amistoso —dije—. El maletín, no. Lo llevaré yo
mismo.
Lo tomé de la cinta transportadora y me di la vuelta para alejarme. El hombre
uniformado que había junto al primer coche de la fila encajaba en la descripción.
—¿Su nombre, señor? —preguntó—. ¿Está en Santa María por asunto de
negocios?
Si me lo habían descrito, también habrían hecho lo mismo conmigo. Pero yo
estaba dispuesto a complacerle y satisfacer sus deseos.
—Periodista Tam Olyn —dije—. Residente en Vieja Tierra. Representante del
Sindicato del Servicio de Informaciones Interestelares. Vengo a informar sobre el
conflicto entre los amistosos y los exóticos. —Abrí el maletín y le enseñé mis
papeles.
—Muy bien, señor Olyn. —Me los devolvió, mojados por la lluvia. Se volvió
para abrir la puerta del coche detenido junto a él y ajustó el piloto automático—. Siga
la autorruta hasta la ciudad de José. Coloque los mandos en «automático» cuando
llegue a los suburbios y la nave le llevará hasta el centro de los amistosos.
—Entendido —dije—. Un momento.
Se dio la vuelta. Tenía la cara joven y agradable, con un pequeño bigote, y me
miraba con aire a la vez vivo y desenvuelto.
—¿Señor?
—Ayúdeme a entrar en el coche.
—Oh, no sabe cuánto lo siento, señor. —Se acercó a mí apresuradamente—. No
había visto su pierna…
—La humedad la pone rígida —dije. Colocó el asiento y metí la pierna izquierda
por detrás de la dirección. Se dispuso a irse.
—Un momento —repetí. Había perdido la paciencia completamente—. ¿Es usted
Walter Imera?
—Sí, señor —dijo suavemente.
—Míreme —insistí—. Tiene algo que comunicarme, ¿verdad?
Se volvió lentamente para quedarse mirándome. Su rostro seguía siendo
inexpresivo.
—No, señor.
Esperé un buen rato sin dejar a mi vez de mirarle.
—De acuerdo —concluí, estirando la mano para cerrar la portezuela del vehículo
—. Supongo que sabe que conseguiré lo que quiero de algún otro modo. Y creerán
que me lo ha proporcionado usted de todas formas.
Su bigotillo empezó a parecer caído.
—Espere —dijo—. Tiene que entenderlo. Esos informes no son las noticias que
usted tiene que hacer públicas, ¿verdad? Tengo familia y…
—Y yo no —le corté. No me preocupaba por él.
—Usted no lo comprende. Me matarían. Los del Frente Azul es lo que hacen aquí

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en Santa María. ¿Por qué quiere saber algo sobre ellos? No entendí lo que quería
decirme…
—De acuerdo —dije. Me dispuse a cerrar la portezuela.
—¡Espere! —Me tendió una mano bajo la lluvia—. ¿Cómo puedo estar seguro de
que conseguirá impedir que me busquen líos si le digo lo que quiere?
—Pueden volver al poder un día u otro —le dije—. Incluso algunos grupos
políticos fuera de la ley no se divertirían mucho irritando al Servicio de Noticias
Interestelares. —Me dispuse otra vez a cerrar la portezuela.
—Conforme —dijo inmediatamente—. Conforme. Vaya a Nuevo San Marcos…
A los joyeros de la calle Wallace. Un poco más allá de la ciudad de José, donde se
encuentra el complejo de los amistosos al que se dirige. —Se lamió los labios—.
¿Les hablará de mí?
—Sí. —Le miré. Por encima del cuello azul del uniforme, en la derecha, vi una
pulgada o dos de una fina cadena de plata que brillaba sobre su pálida piel. El
crucifijo debía quedar oculto bajo la camisa—. Los soldados amistosos llevan dos
años por aquí. ¿Le gustan a la gente?
Sonrió levemente. El color volvió a su rostro.
—Oh, como cualquier otro —respondió—. Hay que comprenderles. Tienen sus
propias maneras de actuar.
Sentí dolor en la pierna rígida, donde los médicos de Nueva Tierra habían
extraído el proyectil del fusil de agujas tres años antes.
—Exactamente —dije—. Cierre la puerta. —Obedeció y se alejó.
Había una medalla con la efigie de San Cristóbal en el panel de mandos. Un
soldado amistoso la habría arrancado y tirado, o se habría negado a tomar aquel
coche. Me procuró un placer especial dejarla donde estaba, aunque tampoco
representase nada para mí. No era sólo por Dave y los otros prisioneros que habían
sido abatidos en Nueva Tierra. Era simplemente porque algunas tareas tienen un
cierto elemento de placer. Cuando las ilusiones de la infancia desaparecen y sólo
quedan los deberes, tales placeres son bien recibidos. Los fanáticos, a fin de cuentas,
no son peores que los perros rabiosos.
Pero hay que eliminar a los perros rabiosos; es una cuestión de buen gusto.
Atravesé durante media hora una región de colinas boscosas y campos de
labranza. Los surcos parecían negros bajo la lluvia. Encontré que aquel color oscuro
era menos siniestro que otros colores parecidos que había visto. Llegué, finalmente, a
los suburbios de la ciudad de José.
Los mandos automáticos del vehículo me permitieron atravesar a toda velocidad
una ciudad pequeña y muy limpia, típica de Santa María, de unos cien mil habitantes.
Llegué al otro extremo, y a un terreno impreciso en cuyo final se alzaban los muros
macizos de cemento, ligeramente inclinados, de un complejo militar.
Un soldado amistoso detuvo mi coche en la verja de entrada alzando el fusil
negro y abriendo la puerta izquierda.

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—¿Quién eres y qué vienes a hacer aquí?
Su voz era rasposa y nasal. Las insignias de Jefe de Grupo rodeaban su cuello. El
rostro de unos cuarenta años que emergía del traje era delgado y marcado por las
arrugas. Su cara y sus manos, las únicas partes de su cuerpo que quedaban al
descubierto, parecían de un blanco anormal al contrastar con el negro tejido de su
uniforme y el negro color del arma.
Abrí el maletín y le di mis papeles.
—Mis credenciales —dije—. Estoy aquí para ver al Jefe en funciones de las
Fuerzas Expedicionarias, el Comandante Jamethon Black.
—Aparta —dijo con voz nasal—. Te llevaré yo.
Me desplacé en el asiento. Penetró en el vehículo y tomó los mandos.
Franqueamos la entrada y giramos tomando una vía de acceso. Vi una plaza interior
al extremo del patio. Los muros de cemento que la rodeaban resonaron cuando
pasamos. Oía las órdenes de maniobra subiendo de volumen a medida que nos
acercábamos a la plaza. Cuando llegamos a ella, unos soldados la ocupaban alineados
para el ejercicio del medio día, bajo la lluvia.
El Jefe de Grupo me dejó y cruzó la entrada de lo que parecía una oficina
excavada en uno de los muros que rodeaban la plaza. Observé a los soldados en
formación. Presentaban armas, en lo que era su actitud de rezo en el campo de
batalla; mientras los observaba, un oficial que había frente a ellos, pegado a uno de
los muros, les hizo entonar su canto de batalla:
Soldado, no preguntes, ni ahora ni nunca Hacia qué guerra, tus banderas van.
Legiones de anarquistas nos rodean. ¡Golpea! ¡Y no cuentes los golpes!
Intenté no escuchar. No había acompañamiento musical, ni ornamentos ni
símbolos religiosos a excepción de la fina silueta de una cruz pintada con cal en la
pared que había a espaldas del oficial. Las numerosas voces masculinas se alzaron
para caer lentamente cantando aquel himno triste y siniestro que no prometía a los
soldados más que dolor, sufrimientos y tristeza. Finalmente, la última estrofa elevó
sus lamentos —celebraba la muerte en combate—, y los soldados descansaron las
armas.
Un Jefe de Grupo hizo romper filas mientras el oficial pasaba a mi lado sin
mirarme y franqueaba la entrada por la que mi guía había desaparecido. Reconocí a
aquel oficial. Era Jamethon Black.
Un momento más tarde, el guía volvió a buscarme. Cojeando ligeramente a causa
de la pierna rígida, le seguí a una habitación interior en la que una luz iluminaba un
único pupitre. Jamethon se levantó y me saludó mientras la puerta se cerraba detrás
mío. Llevaba descoloridas insignias de Comandante en las vueltas del uniforme.
Mientras le pasaba las credenciales por encima de la mesa, la luz me dio de lleno
en los ojos y me cegó. Retrocedí y miré su diluida imagen parpadeando. Cuando pude
distinguirle de nuevo con claridad, me pareció, en una primera impresión, más viejo,
más estropeado, alterado y marcado por años de fanatismo, como un rostro que

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recordara y que permaneciera aún atado a los prisioneros asesinados en Nueva Tierra.
Luego, mis ojos pudieron acomodarse a la luz y le vi como era realmente. Su
rostro era sombrío, pero con la delgadez de la juventud más que con la de las
privaciones. No coincidía con la cara que llevaba grabada en la mente. Sus rasgos
eran regulares hasta el punto de que llegaban a ser hermosos, sus ojos parecían sin
embargo cansados y ensombrecidos; observé la recta y cansada línea de su boca por
encima de su cuerpo inmóvil, tieso, totalmente dominado, más pequeño y ligero que
el mío.
Sostenía mis credenciales sin mirarlas. Tenía un ligero temblor en la comisura de
los labios.
—Sin duda alguna, señor Olyn —dijo—, tendrá un montón de autorizaciones de
los exóticos para entrevistar a los soldados y oficiales mercenarios que han
contratado en Dorsai y una docena de mundos para oponerse a los Elegidos de Dios
en esta guerra.
Sonreí. Era agradable encontrarle tan fuerte. Aquello aumentaría el placer de
destrozarle.

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Capítulo 23
Le miré, inmóvil a tres metros de mí. El Jefe de Grupo amistoso que había asesinado
a los prisioneros también nos habló de los Elegidos de Dios.
—Si busca entre todos los papeles que tiene por ahí —le dije—, los encontrará. El
Servicio de Informaciones y sus miembros son imparciales. No tomamos partido.
—La Verdad —sentenció el joven rostro que me miraba— toma partido.
—Sí, Comandante —le respondí—. Tiene usted razón. Sólo que a veces es
necesario discutir para saber dónde está la verdad. Usted y sus tropas representan a
los invasores en este mundo de un sistema planetario que sus antepasados no llegaron
a colonizar. Y tienen frente a ustedes a tropas mercenarias contratadas por dos
mundos que no sólo pertenecen a los soles de Procyón, sino que han recibido como
tarea la misión de defender incluso los mundos más pequeños de su sistema… entre
ellos Santa María. No estoy muy seguro de que la Verdad esté de su parte.
Sacudió la cabeza ligeramente y dijo:
—No esperamos mucha comprensión por parte de los que no han sido Elegidos.
—Apartó la vista de mí y la plantó en los papeles que todavía conservaba en la mano.
—¿Puedo sentarme? —pregunté—. Tengo una pierna en mal estado.
—Por favor. —Me señaló un asiento al lado de la mesa y, mientras lo ocupaba, él
también se sentó. Miré los documentos amontonados sobre la mesa y me llamó la
atención, a un lado, el solidógrafo de una iglesia sin vitrales, con un campanario
espigado, de las que solían construir los amistosos. Era muy normal que tuviera uno,
pero no lo eran tanto los tres personajes que aparecían en ella en primer plano: un
hombre de cierta edad, una mujer y una chica de unos catorce años. Los tres se
parecían mucho a Jamethon. Levantando la vista de mis credenciales, me sorprendió
observándoles. Su mirada fue hasta el solidógrafo varias veces, como si quisiera
protegerlo.
—Me piden —dijo, obligándome a mirarle— que le ayude y le facilite todo lo
que me pida. Le encontraremos un alojamiento aquí mismo. ¿Necesita un coche y
chófer?
—Gracias —respondí—. El utilitario que tengo fuera me bastará. Yo mismo lo
conduciré.
—Como quiera. —Tomó los papeles que iban dirigidos a él especialmente y me
devolvió los demás; luego, se inclinó sobre una rejilla encastrada en la mesa—. ¡Jefe
de Grupo!
—Señor —respondió una voz inmediatamente.
—Alojamiento para un civil soltero y aparcamiento para un vehículo personal.
—Sí, señor.
La voz se calló y Jamethon Black, levantando la cabeza, me miró. Noté que
esperaba mi marcha.
—Comandante —dije mientras volvía a guardar los papeles en el maletín—, hace

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dos años, sus Eclesiarcas de las Iglesias Reunidas de Armonía y Asociación
descubrieron que el gobierno planetario de Santa María no estaba en regla en lo
relativo a ciertas balanzas de pago sobre las que existía alguna controversia; enviaron
un contingente de ocupación para que exigiera el pago de la deuda. De aquella
expedición, ¿cuántos hombres han sobrevivido y cuánto queda del equipo?
—Eso, señor Olyn —me contestó—, es una información de carácter estrictamente
militar.
—Sin embargo —cerré el maletín—, con su grado de Comandante, usted está
desempeñando el papel de jefe de lo que queda de los hombres de su expedición.
Ahora bien, esta situación exige que a su cabeza haya alguien que tenga por lo menos
cinco grados más que usted. ¿Cree que se incorporará algún oficial de esas
características para ocupar el mando?
—Me temo que tendrá que hacerle la pregunta al Estado Mayor de Armonía,
señor Olyn.
—¿Cree que recibirá refuerzos de armas y hombres?
—Si lo creyera —su tono era continuo—, lo tendría que considerar como un dato
secreto.
—Ya sabrá que se ha difundido bastante la noticia de que su Estado Mayor de
Armonía había considerado esta expedición contra Santa María como una causa
perdida. Pero, para mantener el tipo, prefiere que usted y sus hombres se hagan
pedazos antes que ordenarles la retirada.
—Ya veo —dijo.
—¿No desea hacer ningún comentario?
Su rostro joven y sombrío, sin expresión, no se alteró.
—No; no, si se trata de rumores, señor Olyn.
—Una última pregunta. ¿Tiene intención de retirarse al oeste o rendirse cuando
llegue la primavera y empiece la ofensiva de las tropas mercenarias de los exóticos?
—Los Elegidos para la Guerra no se baten en retirada —respondió—. Nunca
abandonan a sus Hermanos en el Señor, ni son abandonados por ellos. —Se levantó
—. Tengo que volver a mi trabajo, señor Olyn.
—Cuanto tenga un rato libre, volveré para que sigamos hablando —le dije.
—Claro. —Oí que la puerta del despacho se abría a mis espaldas—. Jefe de
Grupo —dijo, dirigiéndose a alguien detrás mío—, ocúpese del señor Olyn.
El Jefe de Grupo al que se me confiaba me encontró un pequeño cuarto de
paredes de cemento con una sola ventana, muy alta, una cama de campaña y un
armario lleno de uniformes. Me dejó durante un momento y volvió con un
salvoconducto firmado.
—Gracias —dije, tomando el documento—. ¿Dónde está el Estado Mayor de las
Fuerzas Exóticas?
—Por los últimos datos que poseemos, señor —me informó—, se encuentra a
unos noventa kilómetros de aquí, hacia el este. En Nuevo San Marcos. —Era de mi

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estatura pero, como la mayor parte de ellos, tenía media docena de años menos que
yo, con una inocencia que contrastaba con la extraña sangre fría que todos ellos
poseían.
—San Marcos. —Le miré—. Supongo que ya sabrán todos ustedes que el Estado
Mayor de Armonía no va a enviarles refuerzos, ¿verdad?
—No, señor —dijo. Reaccionó a mis palabras como si se hubiera tratado de algún
comentario sobre el tiempo. Aquellos chicos todavía estaban fuertes e intactos—.
¿Hay algo más que quiera saber? —me preguntó.
—No, gracias.
Salió. Yo también salí para tomar el coche y dirigirme hacia el este, a Nuevo San
Marcos. Me llevó tres cuartos de hora llegar. Pero no fui directamente al Cuartel
General de los exóticos. Tenía otras cosas más importantes que hacer.
Fui a los joyeros de la calle Wallace. Allí, tres pequeños peldaños por debajo del
nivel de la calle, una puerta opaca se abrió ante mí y entré en una larga habitación
débilmente iluminada, llena de cajas de cristal. Había un hombrecillo de cierta edad
al fondo de la tienda, detrás de la última caja, y le vi que miraba mi capa de
Periodista y la boina mientras me acercaba a él.
—Señor —dijo cuando me detuve a su lado. Levantó para mirarme unos viejos y
estrechos ojos grises en una cara extrañamente sin arrugas.
—Creo que sabe lo que represento —dije—. Todos los mundos conocen el
Servicio de Informaciones. No nos ocupamos de la política local.
—¿Señor?
—De todos modos, va a descubrir cómo he dado con su dirección. —No dejé de
sonreír—. Le tengo que decir que ha sido un mensajero del espaciopuerto, un tal
Imera, quien me la ha dado. Le prometí protegerle. Nos gustaría que no le tocaran.
—Me temo que… —Puso las manos en la parte superior de una caja. Las venas
de la vejez se veían en ellas—. ¿Quiere comprar algo?
—Estoy dispuesto a pagar sin discutir —le aseguré— por los informes que se me
den.
Las manos se deslizaron para apartarse de la tapa.
—Señor… —suspiró ligeramente—, me temo que se ha equivocado usted de tienda.
—Claro —le dije—, pero su tienda tendrá que bastarme. Vamos a dar por
supuesto que es ésta y que estoy hablando con un miembro del Frente Azul.
Sacudió la cabeza y se escondió detrás de la caja.
—El Frente Azul es ilegal —se protegió—. Adiós, señor.
—Dentro de un rato. Tengo que decirle varias cosas.
—No sabe cuánto lo siento. —Retrocedió hacia unas cortinillas que ocultaban
una puerta—. No puedo escucharle. No vendrá nadie a oírle si sigue diciendo esas
cosas, señor.
Se ocultó entre las cortinillas y desapareció. Miré la amplia y vacía habitación.
—Bueno —dije un poco más alto—. Tendré que hablar con las paredes. Creo que

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las paredes podrán escucharme.
Me detuve. No oí ningún sonido.
—Muy bien —empecé—. Soy corresponsal. Todo lo que me interesa es conseguir
datos. Lo que sabemos de la situación militar de Santa María —y en aquello sí decía
la verdad— nos demuestra que las fuerzas expedicionarias amistosas han sido
abandonadas por su Cuartel General y que serán rebasadas por las tropas exóticas en
cuanto el terreno esté lo bastante seco como para que pueda desplazarse el material
pesado.
Seguía sin haber respuesta, pero noté que alguien a mi espalda me estaba
escuchando.
—Consecuentemente —proseguí, y mentía, aunque no tuvieran modo de saberlo
—, consideramos que es inevitable que el mando de los amistosos entre en contacto
con el Frente Azul. El asesinato de los comandantes enemigos es una violación
formal del Código de los Mercenarios y de los Artículos de la Guerra Civilizada, pero
los civiles podrían hacer lo que los soldados no están autorizados a realizar.
No se produjo ni un movimiento detrás de la cortinilla.
—Un Periodista —añadí— lleva siempre consigo los documentos que testifican
su Imparcialidad. Usted sabe hasta qué punto son respetados. Todo lo que quiero es
hacer algunas preguntas. Y las respuestas serán consideradas como confidenciales.
Escuché por última vez, pero siguió sin responderme nadie. Di media vuelta,
crucé la larga sala y salí. Una vez en la calle, sólo allí, me dejé invadir y calentar por
un sentimiento de triunfo.
Morderían el anzuelo. La gente de su clase siempre lo hace.
Tomé el coche y me dirigí al Estado Mayor de los exóticos.
Estaba fuera dé la ciudad. Cuando llegue, un Comandante mercenario llamado
Janol Marat se ocupó de mí. Me condujo hasta el complejo hinchable en que se había
instalado el Estado Mayor. En él reinaba una atmósfera de eficacia, un ambiente de
alegre actividad. Los hombres iban bien armados, y parecían bien entrenados. Tras
haber visto a los amistosos, no pude dejar de notarlo. Saltaba a la vista, y así se lo dije
a Janol.
—Tenemos un Comandante dorsai y nuestros efectivos son más numerosos que
los de la oposición. —Me sonrió. Tenía una cara amplia y muy morena que se
arrugaba cuando fruncía los labios—. Eso hace que todo el mundo se muestre muy
optimista. Además, nuestro Comandante ascenderá si sale victorioso. Volverá entre
los exóticos, formará parte del Estado Mayor y no combatirá nunca más. Si ganamos
le irá muy bien.
Me reí y él se rió.
—Dígame algo más —dije—. Quiero muchas cosas que poder decir cuando envíe
mis artículos al Servicio de Informaciones.
—Bueno —respondió al saludo de un Jefe de Grupo con quien nos cruzamos,
aparentemente un cassidiano—. Creo que podrá mencionar la costumbre… el hecho

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de que nuestros jefes exóticos no se permiten actuar con violencia y, en consecuencia,
son muy generosos cuando llega la hora de pagar a los hombres y comprar material.
Y el Enviado… es el propio Embajador exótico en Santa María, ¿sabe?
—Lo sé.
—Reemplazó al antiguo Enviado hace tres años. De todos modos, es un personaje
bastante singular, incluso para alguien de Mará o Kultis. Es un experto en cálculos
ontogénicos. No sé si eso querrá decir algo para usted. Para mí no. —Janol extendió
el brazo y señaló algo—. Ése es despacho del Comandante de Campo. Se llama
Kensie Graeme.
—¿Graeme? —dije, frunciendo las cejas. Podría haber admitido que ya había
oído hablar de Kensie Graeme, pero quería las reacciones de Janol—. El nombre me
resulta familiar. —Nos acercamos al despacho—. Graeme…
—Debe pensar en otro miembro de la misma familia —dijo Janol, mordiendo el
anzuelo—. Donal Graeme. El sobrino. Kensie es tío de Donal. No es tan espectacular
como el joven Graeme, pero le apuesto lo que quiera a que le caerá mejor que su
sobrino. Kensie posee el encanto de dos hombres. —Me miró y sonrió ligeramente.
—¿Significa eso algo en especial? —pregunté.
—Sí —dijo Janol—. Su propio encanto y también el de su hermano gemelo. Si
algún día va por Blauvain, no deje de conocer a Ian Graeme. Representa allí lo
mismo que aquí el Embajador exótico Ian es un hombre taciturno.
Penetramos en el despacho.
—No puedo acostumbrarme —dije— al hecho de que haya tantos dorsais de la
misma familia.
—Yo tampoco. Supongo que es porque no son muy numerosos.
Dorsal es un mundo pequeño y los que viven por encima de cierta edad… —Janol
se detuvo ante un Comandante sentado a una mesa—. ¿Podemos ver al Viejo, Hari?
El señor es un Periodista del Servicio de Noticias Interestelares.
—Creo que sí. —El Comandante miró un panel fijo en la mesa—. El Enviado
está con él, pero está a punto de irse. Entre.
Janol me indicó el camino entre las mesas. Una puerta, al fondo de la sala, se
abrió antes de que llegásemos a ella y apareció un hombre de cierta edad, rostro
tranquilo, cabellos blancos cortados al rape y vistiendo el traje azul de los exóticos.
Sus extraños ojos de color avellana se encontraron con los míos.
Era Padma.
—Señor —le dijo Janol a Padma—, le presento a…
—Tam Olyn. Le conozco —dijo el hombre en voz baja. Siguió mirándome,
sonriendo y sus ojos parecieron iluminarse durante unos instantes cegadoramente—.
He sentido mucho saber lo que le pasó a su cuñado, Tam.
Sentí que me congelaba. Me disponía a seguir mi camino, pero me quedé clavado.
Le miré.
—¿Mi cuñado? —dije.

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—El joven que murió cerca de Molón en Nueva Tierra.
—Oh, sí —exclamé, con la boca pastosa—. Me sorprende que lo sepa.
—Lo sé por usted, Tam. —Una vez más, los ojos de color avellana de Padma
parecieron iluminarse—. ¿Lo ha olvidado? Le dije un día que teníamos una ciencia
llamada ontogénesis, con la ayuda de la cual calculamos las probabilidades de los
actos humanos en las situaciones presentes y futuras. Desde hace un tiempo, usted es
parte muy importante de nuestros cálculos. —Sonrió—. Por eso esperaba encontrarle
aquí en este preciso momento. Hemos previsto su actual situación en Santa María.
—¿De verdad? —dije—. Es muy interesante.
—Creí que lo sería —dijo Padma en voz baja—. Especialmente para usted. Un
Periodista, como usted, debería encontrarlo interesante.
—Es interesante —repetí—. Parece que sabe bastante de mí y de lo que voy a
hacer por aquí.
—Hemos hecho cálculos —dijo Padma con su habitual tono de tranquilidad—.
Cálculos adecuados para eso. Venga a verme a Blauvain, Tam, y se lo enseñaré.
—Lo haré —le dije.
—Será bienvenido. —Padma inclinó la cabeza. Se oyó crujir la parte inferior de
su túnica mientras se daba la vuelta y se alejaba.
—Por aquí —dijo Janol tocándome en el codo. Me sobresalté como si me acabase
de despertar de un sueño profundo—. El Comandante está dentro.
Le seguí automáticamente hasta un despacho interior. Kensie Graeme se levantó
en cuanto franqueamos la puerta. Por primera vez estaba frente a frente con aquel
hombre alto y delgado, embozado en el uniforme de campaña, con su rostro de fuerte
estructura pero abierto y sonriente bajo una cabellera negra y ligeramente rizada.
Aquel entrañable calor que emanaba de él —algo extraño en un Dorsai— parecía
correr a raudales cuando dio la vuelta a la mesa y vino a mi encuentro. Su mano
poderosa de dedos largos se tragó la mía completamente cuando la estrechó.
—Entre —dijo—. ¿Qué le pongo de beber? —Volvió la cabeza—. Janol —le dijo
al Comandante mercenario de Nueva Tierra que me acompañaba—, no serviría de
nada que se quedase aquí. Váyase a tornar algo. Y diga a los que hay ahí afuera que
dejen el trabajo.
Janol saludó y se marchó. Me senté mientras Graeme se volvía hacia un mueble
bar situado detrás de su mesa. Y, por primera vez en tres años, ante el encanto que
poseía aquel combatiente tan poco corriente, algo de paz me invadió el alma. Con
alguien así a mi lado, no podía perder.

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Capítulo 24
—¿Sus credenciales? —me pidió Graeme en cuanto nos hubimos acomodado, con un
vaso de whisky dorsai (un buen whisky) en la mano.
Se las entregué. Las recorrió con la vista, seleccionando las cartas dirigidas por
Sayona, Enviado de Kultis, al «Comandante de las Fuerzas de campaña en Santa
María» y, poniéndolas aparte, me devolvió las demás.
—¿Ha ido primero a la ciudad de José? —preguntó.
Incliné la cabeza. Vi que me miraba y lo seria que se ponía su expresión.
—A usted no le gustan los amistosos —dijo.
Sus palabras me cortaron el aliento. Estaba preparado incluso para pelear por
encontrar un medio de decírselo. Pero era demasiado súbito. Aparté la vista.
No me atreví a contestarle de forma inmediata. No podía. Había mucho o poco
que decirle si hablaba sin reflexionar. Luego me recuperé.
—Si hubiera de realizar una sola cosa a lo largo de mi vida —dije lentamente—,
está consistiría en hacer lo que estuviera en mi mano para destruir en lo posible a los
amistosos y todo lo que ellos representan en la comunidad de humanos civilizados.
Alcé de nuevo la vista hacia él. Me observaba, con uno de sus grandes codos
apoyado en la mesa.
—Es un punto de vista bastante duro, ¿no?
—No más que el suyo.
—¿Eso le parece? —dijo con seriedad—. No soy de la misma opinión.
—Creía —repliqué— que se enfrentaba a ellos.
—Claro que sí. —Sonrió ligeramente—. Pero todos somos soldados.
—No creo que ellos consideren las cosas de igual manera.
—¿Qué le hace decir eso? —preguntó.
—Les he visto actuar —contesté—. Me apresaron en el frente de Molón, en
Nueva Tierra, hace tres años. Recordará aquel conflicto. —Me di una palmada en la
rígida rodilla—. Me dispararon y ya no pude volver a pilotar. Los cassidianos, a mi
alrededor, empezaron a retirarse. Eran mercenarios y las tropas que tenían enfrente
eran amistosos empleados como mercenarios.
Me callé y bebí un trago de whisky. Cuando dejé el vaso, Graeme no se había
movido.
Se quedó inmóvil, como si esperase algo.
—Había conmigo un joven cassidiano —dije—. Quería redactar una serie de
artículos sobre la campaña desde un punto de vista individual, y le elegí a él para
representar aquel punto de vista. Era una elección normal. Mire… —Alcé de nuevo el
vaso y lo vacié—… mi hermana se había marchado a Cassida con un contrato de
contable dos años antes y allí se casó. Era mi cuñado.
Graeme me tomó el vaso de entre las manos y lo llenó en silencio por segunda
vez.

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—No era un militar, a decir verdad —dije—, pero había obtenido muy malos
resultados en un examen en el preciso momento en que Cassida resultaba deudor con
Nueva Tierra en lo referente a los contratos de efectivos. —Inspiré profundamente—.
Bien, resumiendo, llegó a Nueva Tierra en medio de aquella campaña que le estaba
diciendo. Hice que le pusieran a mi cargo. Los dos pensamos que era lo mejor para él
y que así estaría más seguro. —Bebí un poco de whisky y continué—. Pero usted ya
sabe que los mejores artículos se consiguen más fácilmente cuanto más se mete uno
en la zona de combate. Nos atraparon en el frente cuando las tropas de Nueva Tierra
empezaron a retirarse. Recibí un disparo en la rótula. Los blindados amistosos
avanzaban y las cosas se empezaban a poner muy serias. Los soldados que había a
nuestro alrededor retrocedían, pero Dave intentó trasladarme porque pensaba que los
blindados de los amistosos nos asarían antes de que pudieran ver que yo no era
combatiente. —Tomé aliento otra vez—. En fin, la Infantería de los amistosos nos
hizo prisioneros. Nos llevaron a un claro donde ya había otros prisioneros y nos
dejaron largo rato por allí. Luego, un Jefe de Grupo, uno de sus fanáticos, un gran
diablo de pinta innoble que tendría mi edad, llegó con nuevas órdenes, diciendo que
las tropas debían reagruparse para un nuevo ataque.
Me callé y vacié el vaso. No encontré ningún sabor en el whisky.
—Aquello significaba que no podían dejar hombres en retaguardia para que
vigilasen a los prisioneros. Éstos tenían que dirigirse por sí solos hasta las líneas
amistosas. Pero el Jefe de Grupo pretendía que aquello era imposible. Había que
asegurarse de que los prisioneros no se salvaran.
Graeme seguía observándome sin decir nada.
—Yo no entendía nada de nada. Ni siquiera supe lo que pasaba cuando los demás
amistosos empezaron a protestar. —Dejé el vaso sobre la mesa y miré la pared,
viendo todo lo que había pasado tan claramente como si estuviera en el cine—.
Recuerdo el modo en que se estiró el Jefe de Grupo. Vi sus ojos. Parecía como si las
protestas de los otros fueran insultos pare él. «¿Son los Elegidos de Dios?», aullaba.
«¿Son los Elegidos?».
Miré a Kensie y vi que seguía inmóvil, observándome, con un vaso que parecía
de miniatura en su inmensa mano.
—¿Me entiende? —le dije—. Era como si los prisioneros no fuesen seres
humanos porque no eran amistosos. Como si se tratase de miembros de una especie
inferior a los que se podía matar. —Empecé a temblar súbitamente—. ¡Los mató! Yo
estaba allí, apoyado en un árbol, totalmente seguro gracias a la capa de Periodista y
los distintivos que llevaba, y le vi matarlos. A todos. Yo estaba sentado y miraba a
Dave, y Dave me miraba mientras el Jefe de Grupo le disparaba.
Me callé de pronto. No había pretendido ser tan directo. Si actué de aquel modo
fue tan sólo porque no había podido describir nunca la impotencia que sentí en
aquella situación. Pero Graeme tenía algo que me había hecho pensar que lo
entendería.

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—Sí —dijo, tras unos momentos, tomando el vaso y llenándomelo por tercera vez
—. Esas acciones son abominables. ¿Encontraron al Jefe de Grupo y le juzgaron
según el Código de los Mercenarios?
—Cuando ya era demasiado tarde, sí.
Agachó la cabeza, apartó de mí la vista y observó la pared.
—No son todos así, naturalmente.
—Pero eso es suficiente para crearse una reputación.
—Desgraciadamente, si. Bien. —Me miró de nuevo y me esbozó una sonrisa—.
Intentaremos evitar ese tipo de cosas en la actual campaña.
—Dígame algo —dije, soltando el vaso—. ¿Les han ocurrido esas cosas, como
usted dice, a los propios amistosos?
Algo invadió súbitamente la atmósfera de la habitación. Hubo un corto silencio
antes de que me contestase. Sentí que mi corazón latía lentamente, tres veces,
mientras esperaba a que hablase.
Al fin lo dijo:
—No, no ocurren.
—¿Por qué? —pregunté.
La atmósfera de la sala se hizo más densa y me di cuenta de que estaba yendo
muy deprisa. Le había hablado como a un hombre, olvidando todo lo que
representaba. Al fin, empezaba a olvidar que era un hombre y tomaba conciencia de
su naturaleza dorsai: un individuo tan humano como yo pero que ha tenido un
entrenamiento muy duro durante toda su vida, un producto engendrado por
generaciones dotadas de un carácter diferente. No se movía, no modificaba el tono de
su voz; pero parecía alejarse de mí en cierta medida hasta encontrarse en algún otro
rincón más frío y árido al que no podría aventurarme sin afrontar sus riesgos y
peligros.
Recordé lo que se decía de los hombres de su raza, procedentes de aquel mundo
pequeño, frío, de montañas rocosas: si los dorsais se decidían a privar a los otros
mundos de los servicios de sus combatientes y desafiarlos, los mundos civilizados no
podrían resistirles ni siquiera reuniendo todas sus fuerzas. Nunca antes me lo había
creído. Nunca antes había reflexionado sobre ello. Pero allí, sentado en aquel
despacho, todo aquello cobró forma real ante mis ojos a causa de lo que pasaba.
—Porque —dijo Kensie Graeme— ese tipo de cosas están prohibidas en todas
partes por el artículo dos del Código de los Mercenarios.
Luego, sonrió bruscamente y la extraña atmósfera que había notado se disipó.
Respiré de nuevo.
—Bueno —dijo, dejando en la mesa el vaso vacío—, ¿quiere venir a la mesa de
oficiales a comer algo?
Cené con ellos y la comida fue agradable. Querían que pasase la noche en su
acantonamiento, pero me atraía el edificio frío y lúgubre de la ciudad de José, donde
lo que me esperaba era una satisfacción amarga y fría ante la idea de encontrarme en

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medio de mis enemigos.
Les dije adiós y me marché.
Eran casi las once de la noche cuando franqueé la verja del edificio; aparcaba
justo en el momento en que una silueta salía del C. G. de Jamethon. La plaza estaba
débilmente iluminada por algunas fuentes luminosas adosadas a los muros, cuya luz
se perdía en la húmeda calzada. Durante un momento, no reconocí aquella silueta,
luego vi que se trataba del propio Jamethon.
Habría pasado sin verme a menos de tres metros de mí, pero salí del coche y fui a
su encuentro. Cuando me vio, se detuvo.
—Señor Olyn —dijo tranquilamente. En la oscuridad, no podía adivinar la
expresión de su rostro.
—Tengo que hacerle una pregunta —le dije, sonriendo en la oscuridad.
—Es muy tarde para hacer preguntas —replicó.
—No llevará mucho tiempo. —Hacía esfuerzos para adivinar la expresión de su
cara, pero se ocultaba en la más completa penumbra—. He estado en el campamento
exótico. Su Comandante es un dorsai. ¿Lo sabía?
—Sí. —Apenas pude distinguir el movimiento de sus labios.
—Hemos estado hablando. Salió una pregunta a la luz y quería hacérsela también
a usted, Comandante. ¿Ordenaría usted a sus hombres que matasen a los prisioneros?
Un corto y extraño silencio se interpuso entre nosotros; finalmente, contestó:
—La ejecución o los malos tratos infligidos a los prisioneros de guerra están
prohibidos por el artículo dos del Código de los Mercenarios. —Su voz no
demostraba ninguna emoción.
—Pero ustedes no son mercenarios en esta ocasión, ¿verdad? Son soldados de su
propia raza al servicio de su Iglesia verdadera y sus Eclesiarcas.
—Señor Olyn —dijo, mientras yo seguía intentando, pero sin éxito, discernir la
expresión de su cara; me pareció que las palabras salían dificultosamente, aunque el
tono de la voz que las pronunciaba seguía siendo muy tranquilo—, mi Señor ha hecho
de mí Su servidor y un jefe entre los guerreros. No faltaría a mis compromisos con
ningún acto semejante.
Tras aquellas palabras, dio media vuelta, con el rostro todavía en la penumbra, me
adelantó y siguió su camino.
Volví solo a la celda, me desvestí y me tendí en la cama dura y estrecha que
habían puesto a mi disposición. La lluvia, fuera, había dejado de caer. Por la ventana
sin cristales distinguí algunas estrellas.
Me quedé tumbado, preparándome a dormir, esbozando una lista mental de lo que
tendría que hacer al día siguiente. El encuentro con Padma me había ayudado
bastante. Era extraño, pero casi me las había arreglado para olvidar los cálculos a los
que se dedicaba con el fin de prever actos de individuos que pudieran concernirme a
mí personalmente. Aquello me turbó mientras lo recordaba. Tendría que averiguar
más cosas sobre el alcance de sus conocimientos y previsiones de su ciencia

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ontogenésica. Y, si era necesario, del propio Padma. Pero, en primer término,
empezaría por las fuentes normales de referencia.
Nadie, pensaba, alimenta de un modo normal la idea fantástica de que un hombre
como yo pudiera destruir una cultura propia de las poblaciones de dos mundos.
Nadie, salvo quizá Padma. Por lo que sabía, podía haberlo descubierto por sus
cálculos. Los mundos amistosos de Armonía y Asociación se encontraban
enfrentados a una decisión que ocasionaría la supervivencia o la muerte de su modo
de vida. El menor incidente podía desequilibrar las balanzas que se empleaban.
Repasé mis planes mentalmente.
Se había levantado un nuevo viento que soplaba entre las estrellas.
Cuatrocientos años antes, todos nosotros habíamos sido hombres de la Tierra…
de la Vieja Tierra, del planeta madre que es mi patria natal. Sólo formábamos un
único pueblo.
Pero, con el movimiento hacia nuevos mundos, la raza humana había «estallado»,
por emplear un término exótico. El menor fragmento social y psicológico se había
aislado y reunido con otros que se le parecían para evolucionar hacia tipos
especializados. Hasta el presente, teníamos media docena de especímenes humanos:
el guerrero de Dorsai, el filósofo de los mundos exóticos, el científico riguroso de
Newton, Cassida y Venus, y así sucesivamente.
El aislamiento había provocado el nacimiento de caracteres específicos. Las
comunicaciones entre los jóvenes mundos eran cada vez más numerosas, la tasa de
avance tecnológico aumentaba cada vez más, la especialización era algo impuesto. El
comercio entre los mundos era realizado sobre la base de mentes especializadas. Los
generales de Dorsai valían como los psiquiatras exóticos cuando se comerciaba con
ellos. Los agentes de los Servicios de Informaciones, hombres como yo, se
cambiaban en Cassida por especialistas en navegación estelar. Y así venía siendo
desde hacía cien años.
Pero, por el momento, los mundos tenían tendencia a reunirse. La economía hacía
converger las razas para que formasen una sola. Y, en cada mundo, el objetivo era
ganar en las ventajas de aquella fusión intentando conservar lo más posible sus
propias peculiaridades.
Era necesario un compromiso… pero la rígida y dura religión de los amistosos
prohibía los compromisos y se había ganado muchos enemigos. La opinión pública
estaba en contra de los amistosos en todos los mundos que no fuesen el suyo. Si se
lanzaba el descrédito sobre ellos, si se les mancillaba públicamente durante aquella
campaña, nunca más podrían contratar los servicios de sus soldados.
Descompensarían la balanza comercial que tanto cuidaban para poder contratar a los
especialistas de otros mundos que reunieran las condiciones requeridas; y no podrían
asegurar la supervivencia de sus dos mundos pobres en recursos naturales. Morirían.
También el joven Dave había muerto. Lentamente. En la oscuridad.
Mientras lo pensaba, la imagen creció en mi interior una vez más. Fue al

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mediodía cuando fuimos hechos prisioneros, pero cuando el Jefe de Grupo llegó y
ordenó a nuestros guardianes que se fueran, el sol casi había desaparecido.
Recordaba el modo en que trepé sobre los cuerpos tendidos en el claro cuando
todo hubo terminado y me quedé solo. Y el modo en que descubrí a Dave entre ellos.
Estaba herido y no conseguí detener la hemorragia.
Aquello no habría servido para nada, aunque lo hubiera conseguido, me dijeron
después. Pero, en aquel momento, parecía que cualquier cosa podría valer para algo.
Lo estuve intentando hasta que, por último, renuncié. En aquel momento ya era de
noche. Me contenté con sostenerle, y no supe que estaba muerto hasta que me di
cuenta de que empezaba a enfriarse. Y en aquel preciso momento empecé a
convertirme en lo que mi tío siempre había intentado transformarme.
Permanecía tumbado en la construcción amistosa, incapaz de dormir, sumido en
mis propios recuerdos. Y, un instante más tarde, oí que los soldados desfilaban,
reuniéndose en la plaza para la guardia de medianoche.
Continué tendido, escuchándolos. El ruido de sus pasos cesó finalmente. La única
ventana de la alcoba estaba por encima de la cama, muy alta en la pared en la que se
apoyaba el lado izquierdo del camastro, y el aire de la noche con todos sus sonidos
entraba débilmente en unión de la frágil luz de la plaza, que dibujaba un pálido
rectángulo en el muro opuesto de la habitación. Me quedé tumbado observando aquel
rectángulo y escuchando el cambio de guardia del exterior, oyendo al oficial de
servicio que pedía a los soldados que rezaran una plegaria.
Luego, cantaron de nuevo su himno de batalla, y aquella vez lo oí completo.

Soldado, no preguntes, ni ahora ni nunca.


Hacia qué guerra tus banderas van.
Legiones de anarquistas nos rodean.
¡Golpea! ¡Y no cuentes los golpes!

Gloria, honor, alabanzas y provecho,


Son sólo juguetes de oropel.
Cumple con tu deber sin preguntar,
Deja la arcilla humana en la Tierra.

Sangre y tristeza, dolor sin fin.


Son todos nuestros tesoros.
Empuña la desnuda espada hacia tu enemigo.
Alégrate en la batalla.

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Así estaremos, como soldados ungidos,
Al fin ante el Trono.
Bautizados con nuestras heridas, el rojo torrente,
Con el sello de nuestro Señor, ¡solos!

Poco después se dispersaron para irse a sus barracones y lechos de campaña


semejantes al mío.
Me quedé allí, escuchando el silencio que reinaba en la plaza y las gotas que
caían lentamente de un canalón, cerca de la ventana, una por una, innumerables en la
oscuridad.

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Capítulo 25
La lluvia cesó completamente al día siguiente de mi aterrizaje. Los campos se
secaban paulatinamente. Muy pronto, estarían lo bastante firmes como para aguantar
la masa de los pesados vehículos de superficie, y todos sabíamos que la ofensiva de
primavera de los exóticos no tardaría en desencadenarse. En aquel intervalo, las
tropas exóticas y amistosas se estuvieron entrenando.
Había oído decir que los soldados amistosos no se entrenaban habitualmente,
pues la táctica suicida de sus oficiales hacía que siempre hubiera soldados novatos.
Pero los que estaban allí representaban los supervivientes de una fuerza
expedicionaria que había sido seis veces más importante que en aquel momento.
Todos eran veteranos, aunque la mayoría de ellos no tuviera ni siquiera veinte años.
Sólo ocasionalmente, entre los no combatientes y, sobre todo, entre los oficiales
titulados, me encontraba con el prototipo de no combatiente que ordenó la ejecución
de los prisioneros en Nueva Tierra. Allí, los hombres de la guarnición eran como
feroces lobos grises con mezcla de perros jóvenes bien entrenados y apenas
maleados. Era tentadora la idea de que sólo ellos representaban lo me proponía
destruir.
Para combatir aquella tentación, me dije que Alejandro el Grande había
conducido sus expediciones contra las tribus montañesas, gobernado en Pella, capital
de Macedonia, y condenado hombres a muerte cuando sólo tenía dieciséis años. Pero
los soldados amistosos me parecían muy jóvenes. No podía dejar de ver el contraste
con los mercenarios adultos y llenos de experiencia de las fuerzas de Kensie Graeme.
Porque los exóticos, conforme a sus principios, no contrataban nunca tropas sueltas ni
soldados que no llevasen su uniforme de buen grado.
Pero no recibía noticias del Frente Azul. Sin embargo, dos semanas más tarde,
conseguí mis propias relaciones en Nuevo San Marcos y, a principios de la tercera
semana, uno de aquellos contactos me hizo saber que la joyería de la calle Wallace
había cerrado, corrido las persianas y vaciado la larga sala de mercancías, y que sus
propietarios se habían retirado de los negocios. Era todo lo que necesitaba saber.
Durante los días siguientes, me quedé cerca de Jamethon Black y, en el fin de
semana, recibí el pago a mis esfuerzos.
El viernes por la noche, a las diez, estaba observando en un corredor justo encima
de mi celda, por debajo de los centinelas que estaban de turno en los muros, cuando
tres civiles cuya apariencia gritaba que pertenecían al Frente Azul, penetraron en la
plaza interior, salieron del coche y entraron en la oficina de Jamethon.
Permanecieron allí durante más de una hora. Cuando salieron, fui a acostarme.
Aquella noche dormí estupendamente.
Al día siguiente me levanté muy pronto. Tenía correo. Había llegado un
mensajero en nave espacial enviado por el director del Servicio de Información de la
Tierra. Me felicitaba por mis éxitos. Tres años antes, habría tenido vital importancia

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para mí. Pero, en aquel momento, me inquietaba el temor de que decidieran que,
como la situación era tan interesante, valdría la pena mandar a gente para que me
ayudara. No podía arriesgarme a que otros Periodistas observaran lo que hacía.
Tomé el coche y me dirigí al este, por la autorruta que conducía a Nuevo San
Marcos y al cuartel general de los exóticos. Las tropas amistosas ocupaban ya el
campo de batalla. A dieciocho kilómetros de la ciudad de José, fui detenido por una
patrulla de cinco jóvenes soldados que llevaban insignias de no combatientes. Me
reconocieron.
—En el nombre de Dios, señor Olyn —dijo el primero, inclinándose por la puerta
izquierda cuyo cristal estaba bajado—. No puede usted pasar.
—¿Por qué? —pregunté.
Se irguió y señaló con el dedo un pequeño vallado entre dos colinas boscosas a
nuestra izquierda.
—Maniobras militares.
Miré el valle. Habría unos cien metros de distancia entre las laderas cubiertas de
árboles de las dos colinas, y el vallado torcía hacia la derecha hasta desaparecer. Al
pie de las colinas había macizos de lilas cuyas flores se habían abierto hacía tan sólo
unos días. El propio valle era verde y hermoso, con la hierba muy fresca de color
chartreuse que contrastaba con el blanco y violeta de las lilas. Los primeros olmos, a
los pies de las colinas, de formas variadas, aparecían lacios con sus hojas recientes.
En medio de todo aquello, en el centro de la pradera, había siluetas vestidas de
negro que, provistas de aparatos, evaluaban y medían y calculaban los riesgos de
muerte por cada ángulo. En el centro exacto de la pradera, por alguna razón que sólo
ellos sabían, habían colocado unos mojones: un mojón único alineado con otro por
delante, dos por detrás y un quinto cerrando el grupo. Mas lejos, había otro mojón
aislado, plantado en la hierba como si hubiera caído y se hubiese puesto en pie.
Alcé los ojos y miré fijamente el joven rostro anguloso del soldado.
—¿Se están preparando para vencer a los exóticos? —dije.
—Sí, señor —respondió seriamente, como si no hubiera adivinado la ironía de
mis palabras. Seguí mirándole y luego mi mirada resbaló de uno a otro por los rostros
firmes y los ojos claros de sus cuatro compañeros.
—¿Han pensado en el hecho de que podrían perder?
—No, señor Olyn. —Sacudió la cabeza solemnemente—. Ningún hombre que va
a la guerra en nombre del Señor puede perder. —Vio que necesitaba convencerme y
prosiguió apresurado—: Él ha puesto Su mano sobre los soldados, y ellos sólo
pueden vencer… o, a veces, morir. ¿Qué es la muerte?
Miró a sus compañeros y todos inclinaron la cabeza.
—¿Qué es la muerte? —repitieron como el eco.
Les miré. Estaban allí, preguntándome y preguntándose lo que representaba la
muerte, como si hablasen de un deber penoso pero inevitable.
Tenía una respuesta que darle, pero no lo hice. La muerte era un Jefe de Grupo,

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un hombre de su propia raza, dando la orden a los soldados —soldados como ellos—
de que asesinaran a los prisioneros. Aquello era la muerte.
—Llamen a un oficial —sugerí—. Mi pase me permite continuar.
—Lo siento, señor —dijo el que había hablado—, pero no podemos abandonar
nuestros puestos para llamar a un oficial. Hay uno que no tardará en venir.
Desconfiaba un poco de lo que pudiera significar aquel «no tardará», y no me
equivocaba. Era pasado mediodía cuando un Jefe de Unidad apareció por allí; les dijo
que se fueran a comer y me dejó pasar.
Cuando llegué al C. G. de Kensie Graeme, el sol ya estaba bajo y las sombras de
los árboles se estiraban desmesuradamente por el suelo. Sin embargo, era como si el
campamento acabase de despertar. No había que ser un gran estratega para ver que
los exóticos empezaban al fin a avanzar contra Jamethon.
Fui a buscar a Janol Marat, el Comandante nativo de Nueva Tierra.
—Tengo que ver al Comandante de Campo Graeme —le dije.
—Ahora no, Tam. No sabe cuánto lo siento.
—Janol —repliqué—, no es para hacerle una entrevista. Es una cuestión de vida o
muerte. Estoy hablando en serio. Es imprescindible que vea a Kensie.
Me miró fijamente. Le devolví la mirada.
—Espéreme aquí —dijo. Nos hallábamos en los despachos del Estado Mayor.
Salió y estuvo ausente unos cinco minutos. Me quedé solo, escuchando el tic-tac del
reloj de pared. Volvió.
—Por aquí —dijo.
Me hizo pasar por detrás, rodeando los edificios hinchables de plástico,
totalmente redondos, y me condujo hasta un pequeño edificio medio oculto por los
árboles. Cuando franqueamos la puerta de entrada, me di cuenta de que me
encontraba en las dependencias personales de Kensie. Atravesamos un pequeño salón
y penetramos en una habitación que servía de dormitorio y contaba con cuarto de
baño. Kensie acababa de salir de la ducha y se estaba poniendo el uniforme de
campaña. Me miró con curiosidad, luego volvió la vista hacia Janol.
—Muy bien, Comandante —dijo—. Puede volver a su puesto.
—Sí, señor —dijo Janol sin mirarme. Saludó y se fue.
—Bien, Tam —dijo Kensie abotonándose los pantalones—. ¿De qué se trata?
—Sé que están a punto de empezar las operaciones —declaré.
Me miró divertido mientras se abrochaba la cinturilla de los pantalones. Todavía
no se había puesto la camisa, y en aquella pequeña habitación adquiría las
proporciones de un gigante, como si fuera alguna fuerza natural irresistible. Su
cuerpo era moreno, con el color de la madera oscura, y sus músculos cintas que le
recorrieran su pecho y los hombros. Su caja torácica era amplia y los tendones de los
brazos se movían de un lado para otro cuando los alzaba. Una vez más, sentí esa
vibración particular, especial, de los dorsai. No era sólo el hecho de que me las viera
con alguien que desde el nacimiento había sido entrenado para la guerra, alguien

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criado para la batalla. No, era algo viviente pero intocable… la misma cualidad
diferenciadora que se podía encontrar en los exóticos puros, como Padma, el
Delegado, o en algunos investigadores de Cassida o Newton. Algo que estaba por
encima y más allá del resto de los mortales y que se podría describir como serenidad,
como un sentido de la convicción tan completo que en sí mismo se convertía en algo
inquebrantable, intocable, inconquistable.
Vi la delgada y oscura sombra de Jamethon con los ojos de la mente y cómo se
oponía a aquel hombre; y el pensamiento de la victoria de Jamethon, cualquier
victoria, pareció impensable, era una imposibilidad. Pero siempre existe peligro.
—En primer lugar, le diré por qué he venido —le dije a Kensie—. Acabo de
descubrir que Black se ha puesto en contacto con el Frente Azul, un grupo local de
terroristas cuyo estado mayor se encuentra en Blauvain. Tres de sus miembros le
estuvieron visitando la noche pasada. Les vi.
Kensie tomó la camisa y metió uno de los largos brazos en una manga.
—Ya lo sabía —dijo.
Le miré, con los ojos muy abiertos.
—¿No lo entiende? —pregunté—. Son asesinos. El crimen es su moneda de
cambio. Y el hombre al que Jamethon y ellos desearían quitar de en medio es usted.
Se metió la otra manga.
—Ya lo sé —contestó—. Quieren librarse del actual gobierno de Santa María y
hacerse con el poder… lo que no es posible mientras el dinero de los exóticos nos
siga pagando para que continuemos manteniendo la paz.
—No tenían la ayuda de Jamethon.
—¿La tienen ahora? —preguntó, abotonándose la camisa con el pulgar y el
índice.
—Los amistosos están desesperados —respondí—. Pues, aunque los refuerzos
llegasen mañana, Jamethon sabe que su única oportunidad es deshacerse de usted.
Los asesinatos pueden estar proscritos por las Convenciones de Guerra y el Código
de los Mercenarios, pero usted y yo conocemos muy bien a los amistosos.
Kensie me miró con un raro aspecto y tomó la chaqueta.
—¿Sí? —me dijo.
Le miré a los ojos.
—¿No le parece?
—Tam. —Se puso la chaqueta y la abotonó—. Conozco a los hombres con
quienes debo combatir. Ésa es una parte de mis obligaciones. Pero ¿qué es lo que le
hace creer a usted que también los conoce?
—Igualmente es una de mis obligaciones —dije—. Puede que lo haya olvidado.
Soy Periodista. Las personas es de lo que debo preocuparme en primer y último
término, perpetuamente.
—Usted no tiene nada que ver con los Amistosos.
—¿Eso cree? —pregunté—. He viajado por todos los mundos. He visto al

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contratista de Ceta… quiere su margen, pero es un ser humano. He visto a los
habitantes de Newton y Venus… están en las nubes, pero si se les tira de la manga lo
bastante fuerte pueden volver a la realidad. He visto a los exóticos, como Padma, con
sus juegos de mesa mentales, y a los de Freilandia, metidos en burocracia hasta el
cuello. He visto hombres de mi propio mundo, la Vieja Tierra, de Coby, de Venus e
incluso de Dorsai, como usted. Todos ellos tienen algo en común. Bajo su caparazón,
todos son humanos. Cada uno de ellos es humano… sólo que se han especializado en
determinado campo que tiene más valor.
—¿Y no es lo mismo en el caso de los amistosos?
—¿Qué valor tiene el fanatismo? —dije—. Es exactamente lo contrario.
—Quizá algunos sean capaces —dije—. Quizá los jóvenes, si el veneno no se ha
infiltrado en ellos. ¿Para qué vale su cultura?
Un brusco silencio invadió la habitación. Kensie me preguntó:
—¿De qué me está hablando?
—Usted quiere coger a los asesinos —contesté—. No a las tropas amistosas.
Demuestre que Jamethon Black ha violado las Convenciones de Guerra tramando su
asesinato con ellos y se hará con Santa María para los exóticos sin tener que disparar
una sola vez.
—¿Y cómo los atraparía?
—Empléeme —dije—. Tengo un modo de acercarme al grupo político que
representan los asesinos. Déjeme ir a buscarles como representante suyo para
ofrecerles cosas más interesantes que las de Jamethon. Puede ofrecerles el
reconocimiento del actual gobierno. Padma y los miembros del gabinete de Santa
María le apoyarían si pudiera librar al planeta tan fácilmente de amistosos.
Me miró de un modo totalmente inexpresivo.
—¿Cómo lo haríamos? —preguntó.
—Mediante un testimonio bajo juramento afirmando que les contrataron para
asesinarle a usted. Testimoniarían todos los que hicieran falta.
—Ningún Tribunal Interplanetario creería a gente como ésa —dijo Kensie.
—¿No? —repliqué, y no pude dejar de sonreír. A mí sí me creerían, a un
representante del Servicio de Informaciones, si confirmase lo que ellos dijeran.
Hubo un nuevo silencio. Su rostro seguía sin expresión.
—Ya veo —dijo.
Pasó cerca mío para ir al salón. Le seguí. Fue al teléfono, pulsó un botón y
empezó a hablar ante una pantalla de color gris opaco.
—Janol —llamó.
Se apartó de la pantalla y cruzó la habitación para ir hasta una panoplia llena de
armas. Empezó a equiparse con todo el material de guerra. Lo hacía con una
concentración absoluta y ni miraba en mi dirección ni me dirigía la palabra. Tras unos
largos minutos, la puerta de entrada se corrió a un lado y Janol entró.
—¿Señor? —dijo el oficial de Freilandia.

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—El señor Olyn permanecerá aquí hasta nueva orden.
—Sí, señor —dijo Janol.
Graeme salió.
Me quedé completamente absorto, mirando la puerta por la que había salido. No
podía creer que violase hasta aquel punto las Convenciones, sin preocuparse por mí, y
manteniéndome prisionero para que no pudiera actuar.
Me volví hacia Janol. Me miraba con una expresión de sarcástica simpatía pintada
en su cara bronceada.
—¿Está el Delegado en el campamento? —pregunté.
—No. —Se acercó a mí—. Ha vuelto a la embajada exótica de Blauvain. Pero,
haga el favor de sentarse. Podemos matar el tiempo muy agradablemente.
Estábamos uno frente al otro. Le lancé un puñetazo al estómago.
Cuando era estudiante, practicaba el boxeo. Lo digo, no para convertirme en
ningún tipo de héroe muscular, sino para explicar la razón por la que no le golpeé en
la mandíbula. Probablemente, Graeme habría encontrado la zona adecuada para
dejarle fuera de combate sin pensar siquiera en ello; pero yo no era un dorsai. La
región situada por debajo del esternón es generalmente blanda, cómoda y muy
adecuada para los aficionados.
Pero Janol no estaba desvanecido. Cayó a tierra y se quedó acurrucado, con los
ojos muy abiertos, pero comprendí que tardaría sólo unos momentos en recuperarse.
Me aparté de él y salí.
El campamento estaba dominado por la actividad. Nadie me prestó la menor
atención. Me metí en el coche y me encontré en libertad cinco minutos después, en la
carretera que llevaba a Blauvain, envuelto por la noche que empezaba a caer.

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Capítulo 26
Desde Nuevo San Marcos a Blauvain, donde se encontraba la embajada de Padma,
había mil cuatrocientos kilómetros. Los debería haber recorrido en seis horas, pero un
puente había sido derribado y necesité catorce.
Eran más de las ocho de la mañana del día siguiente cuando llegué a la embajada,
que era la vez un edificio y un parque.
—Quiero ver a Padma —dije—. ¿Está aquí todavía…?
—Si, señor Olyn —respondió la recepcionista—. Le espera.
Sonreía, vestida con un traje azul. Aquello me era indiferente. Me sentí muy
contento porque Padma se encontrase todavía allí… porque todavía no se hubiera
marchado a la zona del conflicto.
La joven me hizo bajar, luego torcer, hasta que me dejó en manos de un joven
exótico que se presentó como uno de los secretarios de Padma. Me guió un corto
trecho, me presentó a otro secretario, un hombre de cierta edad, que me hizo pasar
por varias habitaciones, atravesar un corredor y me dijo que al final del mismo
encontraría la entrada al despacho de Padma. Luego, me dejó solo.
Seguí sus instrucciones. Pero, cuando franqueé la entrada, no me encontré con
una habitación, sino con otro pasillo. Me quedé helado por el estupor y el miedo. Creí
ver a Kensie Graeme avanzando a mi encuentro rápidamente… Kensie Graeme, con
la cabeza llena de ideas asesinas.
Pero el hombre que se parecía a Kensie se contentó con mirarme al pasar a mi
lado y siguió su camino sin ocuparse de mí. Entonces, lo comprendí.
Naturalmente, no era Kensie. Era su hermano gemelo, Ian, el Comandante de la
guarnición de exóticos de Blauvain. Me alejé a toda prisa, pero seguía impresionado.
Creo que cualquiera en mi lugar se habría impresionado lo mismo que yo. En
varias ocasiones, conversando con Janol, había oído decir que era una réplica… no el
complemento de Kensie. Pero no en el sentido militar; en tales términos, ambos eran
espléndidos especímenes de oficiales dorsai, pero en lo que concernía a sus
personalidades… la cosa cambiaba.
Kensie había causado una profunda impresión en mí desde el principio, con su
carácter alegre y el calor humano que hacían pasar a un segundo plano el hecho de
que fuese un dorsai. Cuando no estaba directamente bajo la presión de los problemas
militares, Kensie parecía arder; y uno sentía que se podría calentar en su presencia
como bajo la luz del sol. Ian, su réplica física, que se había cruzado conmigo dando
grandes zancadas como si fuera un Odín con dos ojos, parecía muy taciturno.
La leyenda dorsai cobraba vida. Era un hombre triste con el corazón de hierro y el
alma oscura y solitaria. La poderosa fortaleza de su cuerpo era lo que hacía que Ian
viviese tan asilado como si lo hiciera en la ermita de una montaña. Era el orgullo y la
soledad de sus ancestros de las Highlands que volvían a la vida en él.
Nada valían para él la ley, o la ética, sino la confianza de la palabra clara y las

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deudas pagadas de los feudos de sangre. Era un hombre que pasaría descalzo por el
infierno para cobrar una deuda, fuese justa o no; y, en aquel momento, cuando le vi
avanzar hacia mí y le reconocí finalmente, agradecí a los dioses firmemente no tener
nada pendiente con él.
Pasamos uno al lado del otro, y le perdí de vista al doblar un recodo.
Tenía fama, me acordé, de vivir rodeado de una sombra que sólo se aclaraba en
presencia de Kensie; era realmente la otra «mitad» de su gemelo. Y comentaban que,
si perdía alguna vez el brillo que le daba la luminosa presencia de Kensie, sería
condenado a permanecer para siempre en su propia oscuridad.
Era un juicio del que debía acordarme más adelante, como debía acordarme del
hecho de haberle visto avanzar hacia mí un momento antes.
Pero lo olvidé casi al instante de haber cruzado otra entrada que conducía a una
sala parecida a un invernadero donde vi el rostro amable y los blancos y cortos
cabellos de Padma, vestido de azul.
—Entre, señor Olyn —me dijo, levantándose—; entre y venga conmigo.
Se volvió y pasó bajo una bóveda de clemátides en flor. Le seguí y descubrí un
pequeño patio ocupado con la forma elíptica de un vehículo aéreo. Padma se sentó en
uno de los asientos y se puso a los mandos. Se inclinó y mantuvo la puerta abierta
para que yo mismo pudiera pasar.
—¿Dónde vamos? —pregunté.
Tocó el panel de mandos automáticos; el aparato se elevó por los aires. Dejó que
se dirigiera él solo y se volvió en el asiento para mirarme.
—Al Estado Mayor del Comandante Graeme en el campo de batalla —respondió.
Sus ojos seguían teniendo el mismo color avellana, pero parecieron teñirse con el
color del sol que atravesaba el techo transparente del vehículo cuando tomamos
altitud para dirigirnos hacia el horizonte. No podía leer nada ni en sus ojos ni en su
cara.
—Ya veo —dije—. Sé que una llamada del Estado Mayor de Graeme puede
llegarle antes de que pudiera hacer yo lo mismo a bordo de un vehículo terrestre. Pero
espero que no me quiera dejar en sus manos, o algo parecido. Tengo cartas
credenciales de Imparcialidad que me protegen como periodista, y las autorizaciones
de los mundos amistosos y exóticos. No quiero que me hagan responsable de las
conclusiones que haya sacado Graeme de la conversación que hemos mantenido esta
mañana los dos… solos.
Padma permanecía inmóvil en el asiento, frente a mí. Tenía las manos cruzadas:
comparadas con la túnica azul, parecían pálidas, pero sus poderosos tendones se
dibujaban bajo la piel.
—Si está conmigo ahora, es por decisión exclusivamente mía; la decisión no
proviene de Kensie Graeme.
—Quiero saber por qué —dije.
—Porque es usted peligroso —me respondió pausadamente. Siguió mirándome

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con tranquilidad.
Esperé a que siguiera, pero no lo hizo.
—¿Peligroso? —apunté—. ¿Peligroso para quién?
—Para el futuro de todos nosotros.
Le eché un vistazo y me puse a reír. Estaba encolerizado.
—Ya basta —dije.
Sacudió la cabeza lentamente, sin dejar de mirarme. Yo estaba desconcertado. Sus
ojos parecían inocentes y francos como los de un niño, pero no podía ver nada del
hombre que era su dueño a través de ellos.
—Muy bien —proseguí—. Dígame por qué soy peligroso.
—Porque quiere usted destruir un elemento vital de la raza humana. Y sabe cómo.
Hubo un corto silencio, durante el cual el vehículo prosiguió avanzando
silenciosamente por el cielo.
—Es una idea curiosa —dije lenta y serenamente—. No le preguntaré a dónde ha
ido a buscarla.
—Me lo han dicho los cálculos ontogenéticos —respondió Padma con una voz
tan tranquila como la mía—. Y no es una idea, Tam. Usted sabe que no lo es.
—Oh, sí —dije—. La ontogénesis. Me disponía a documentarme sobre todo eso.
—Ya lo ha hecho, ¿no es así, Tam?
—¿Lo he hecho? —dije—. Sí, supongo que sí. Pero, de todos modos, no lo veo
muy claro. Se trata de algo relativo a la evolución.
—La ontogénesis —me replicó Padma— es el efecto del estudio de la evolución
sobre las fuerzas conjugadas de la sociedad humana.
—¿Soy una de esas fuerzas?
—Durante los últimos años y en este momento, sí —contestó Padma—. Y quizá
durante algunos años en el futuro. Pero no es seguro.
—Parece una amenaza.
—Lo es, en cierta medida. —Los ojos de Padma captaban la luz mientras los
observaba—. Es usted capaz de destruirse a sí mismo igual que puede destruir a los
demás.
—Me horroriza hacerlo.
—Vamos —dijo Padma—, será mejor que me escuche.
—Naturalmente —respondí—. Es mi turno de escuchar. Hábleme de la
ontogénesis… y de mí mismo.
Ajustó los mandos e hizo bascular el asiento para mirarme de nuevo a la cara.
—La raza humana —dijo— se dividió durante una explosión evolucionista en un
momento de la Historia en que la colonización interestelar comenzó a ponerse en
práctica. —Me observaba y continué con el mismo aspecto de dispuesta atención—.
Ocurrió por una serie de razones propias del instinto racial, cuyo gráfico exacto aún
no hemos trazado pero que, esencialmente, por su propia naturaleza, es un instinto de
autoconservación.

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Me eché mano al bolsillo de la chaqueta.
—Será mejor que tome algunas notas —dije.
—Hágalo si quiere —respondió Padma, impasible—. De esta explosión nacieron
culturas consagradas individualmente a aspectos aislados de la personalidad humana.
La faceta combativa y agresiva formó Dorsai. La faceta que abandonó la entidad
individual en favor de una fe cualquiera se convirtió en los Mundos Amistosos. La
faceta filosófica creó la cultura exótica a la que pertenezco. A eso lo llamamos
Culturas Divididas.
—Sí —dije—. He oído hablar de las Culturas Divididas.
—Puede que haya oído hablar de ellas, Tam, pero no las conoce.
—¿No?
—No —aseguró Padma—, porque usted, como todos nuestros antepasados, viene
de la Tierra. Usted es un hombre de espectro completo. Los hombres de los Mundos
Divididos han alcanzado un estado evolutivo superior al suyo.
Sentí un ligero acceso de amarga cólera que se incrustaba en mí súbitamente. Su
voz despertaba los mismos ecos que la voz de Matías en mi conciencia.
—¿Oh? Me temo que no lo entiendo.
—Porque no quiere entenderlo —replicó Padma—. Si quisiera, tendría que
admitir que son diferentes a usted y que deben ser juzgados según criterios diferentes.
—¿Diferentes? ¿Cuáles?
—Diferentes en cierto sentido, eso es todo. Los habitantes de los Mundos
Divididos, entre ellos yo mismo, comprenden instintivamente al hombre de espectro
completo, pero el hombre de espectro completo debe extrapolar para imaginar. —
Padma se movió ligeramente en el asiento—. Se podrá hacer una idea, Tam, si piensa
que un miembro de una Cultura Dividida es un hombre como usted, pero con una
monomanía que le impulsa a representar únicamente un solo modelo de individuo.
Con una diferencia: en lugar de que todas las partes de su personalidad física y
mental exteriores a esa monomanía sean ignoradas y permanezcan atrofiadas, como
pasaría en su caso…
Le interrumpí.
—¿Por qué yo especialmente?
—Digamos que como con cualquier hombre de espectro completo —dijo Padma
tranquilizador—. Esas partes, en lugar de atrofiarse, se modifican para actuar de
acuerdo con la monomanía y sostenerla para que no tengamos a un enfermo entre las
manos, sino a un individuo distinto pero totalmente cuerdo.
—¿Cuerdo? —pregunté, volviendo a ver en el interior de mi mente al Jefe de
Grupo amistoso que mató a Dave en Nueva Tierra.
—Cuerdo en lo relativo a su cultura. No se trata de un enfermo aislado
perteneciente a esa cultura, sino de la cultura como entidad propia.
—Lo siento —dije—. No me lo creo.
—Pues es así, Tam —insistió Padma en voz baja—. Inconscientemente, usted

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cree en ello. Lo demuestra el hecho de que quiera aprovecharse de las desventajas
que presenta ese tipo de cultura para destruirla.
—¿Qué tipo de debilidad podría ser ésa?
—La debilidad, totalmente evidente, que es recíproca de la fuerza —dijo Padma
—. Las Culturas Divididas no son viables.
Parpadeé. Estaba totalmente absorto.
—¿No viables? ¿Quiere decir que no pueden vivir solas?
—Naturalmente que no —dijo Padma—. Frente a una expansión en el espacio, la
raza humana reaccionó ante el desafío de un entorno diferente y desconocido
intentando adaptarse a él. Y para hacerlo, probó separadamente todos los elementos
de su personalidad para saber cuál era el más adecuado para sobrevivir. Ahora que
todos esos elementos —las Culturas Divididas— han sobrevivido y se han adaptado,
es tiempo de que vuelvan a fundirse en uno solo para producir un ser humano más
resistente y orientado hacia el universo.
El vehículo aéreo empezó a descender. Nos acercábamos a nuestro destino.
—¿Qué tiene que ver conmigo todo eso? —pregunté al fin.
—Si neutraliza una de las Culturas Divididas, ésta no podrá adaptarse por sí sola
como haría un hombre de espectro completo. Morirá. Y, cuando la raza se convierta
en un todo, ese elemento, ese valioso elemento, se habrá perdido para siempre.
—Quizá no sea una pérdida —dije suavemente.
—Una pérdida vital —replicó Padma—. Y puedo demostrarlo. Usted, un hombre
de espectro completo, tiene en sí un elemento de cada Cultura Dividida. Si lo admite,
puede identificar en su interior a aquéllos a quienes quiere destruir. Puedo darle
algunas pruebas. ¿Quiere verlas?
El aparato aterrizó. Las puertas se abrieron y bajamos. Kensie estaba allí,
esperándonos.
Aparté la mirada de Padma para ver a Kensie, de pie, a nuestro lado, sacándome
una cabeza a mí y dos a Padma. Kensie me devolvió la mirada sin ninguna expresión
especial. Sus ojos no eran como los de su gemelo… pero, en aquel momento, por una
u otra razón, no pude mirarle a la cara.
—Soy Periodista —indiqué—. Ya ven que tengo la mente abierta a todo.
Padma se volvió y empezó a dirigirse a los cuarteles del Estado Mayor. Kensie se
unió a nosotros y creo que Janol y algunos otros nos siguieron, aunque no me volví
para comprobarlo. Padma, Kensie y yo entramos en el despacho en que viera a
Kensie por primera vez. Había un archivo en la mesa de Kensie. Lo abrió y sacó la
fotocopia de un documento y me lo pasó mientras avanzaba hacia él.
Tomé el documento. No se podía dudar de su autenticidad.
Era una nota del Eclesiarca Bright, el más alto cargo de los gobiernos unificados
de Armonía y Asociación, dirigida al Comandante en Jefe de los Amistosos en el
Centro de Defensa X, en Armonía. Tenía fecha de dos meses antes. Estaba escrita con
ese material de molécula única que impide que los documentos pueden ser alterados o

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borrados.

Le informo en el Nombre de Dios…


… Puesto que parece que es la voluntad del Señor que nuestros Hermanos en
Santa María no consigan el éxito, se ordena que en lo sucesivo no se envíen
más refuerzos de personal o material a los mismos. Si nuestro Capitán desea
que logremos la victoria, lo haremos sin más gastos. Y si es Su voluntad que
no la consigamos, sería un acto de impiedad malgastar así la sustancia de las
Iglesias de Dios intentando contradecir su poderosa voluntad.
Se ordena igualmente que nuestros Hermanos de Santa María no sean
informados de que no recibirán ayuda en lo sucesivo, para que conserven la
fe en la batalla y las Iglesias de Dios no sean quebrantadas. Obedeced esta
orden en el nombre del Señor.
Por orden del llamado…
Bright Eclesiarca entre los Elegidos

Alcé los ojos. Graeme y Padma me estaban mirando.


—¿Cómo ha llegado este documento a su poder? —pregunté—. No, claro que no
me lo dirán. —Las palmas de las manos se me humedecieron en el acto; tanto, que la
delgada hoja que tenía entre los dedos empezó a resbalar. La sujeté firmemente y me
puse a hablar para que me siguieran mirando—. ¿Qué pasa? Sabíamos, como todo el
mundo, que Bright les había abandonado. ¿Para qué enseñarme este documento?
—Creía —dijo Padma— que esto le quebrantaría un poco. Lo bastante para
obligarle a ver las cosas desde otra perspectiva.
—No he dicho que no fuera posible —repliqué—. He dicho que un Periodista
tiene la mente abierta a todo. Naturalmente —elegí las palabras cuidadosamente—, si
pudiera estudiarlo…
—Pensé que se llevaría el documento —dijo Padma.
—¿Pensó?
—Si lo examina atentamente y comprende realmente lo que quiere decir Bright,
podría cambiar de idea sobre los amistosos. Podría cambiar de opinión sobre todo
esto.
—No creo —aseguré—. Pero…
—Me permito pedirle que lo intente —continuó Padma—. Llévese la nota.
Me quedé quieto un instante, frente a Padma, con la silueta de Kensie a sus
espaldas, dominándole, hasta que me encogí de hombros y me guardé la nota en un
bolsillo.
—De acuerdo —dije—. Me la llevaré y pensaré en todo esto. Tengo un vehículo
terrestre en alguna parte, ¿no es así? —Miraba a Kensie.

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—A diez kilómetros de aquí —contestó el dorsai—. Pero, de todos modos, no
llegará. Estamos maniobrando para atacar y los amistosos lo hacen para encontrarnos.
—Tome un vehículo aéreo —dijo Padma—. Los pabellones de la Embajada le
ayudarán.
—Conforme —acepté.
Salimos juntos y nos acercamos al vehículo aéreo. Pasé junto a Janol al cruzar el
último despacho y el hombre me miró muy fríamente. No podía culparle. Alcancé el
vehículo aéreo y lo abordé.
—Devuelva el vehículo cuando no le haga falta —me dijo Padma mientras yo
entraba por la portezuela de la parte superior del aparato—. Es un préstamo de la
Embajada, Tam. No me preocuparé.
—No —dije—, no hace falta que se preocupe.
Cerré el pestillo y me puse a los mandos.
El aparato era realmente un sueño. Se alzó en el aire tan ligero como el
pensamiento y, en un segundo, estaba a dos mil pies de altura y muy lejos del lugar
del que había despegado. Me obligué a calmarme antes de sacar la nota que llevaba
en el bolsillo.
La miré. La mano me temblaba un poco.
Al fin la tenía en mi poder. Aquélla era la prueba de que Piers Leaf me había
hablado en la Tierra y que yo había intentado conseguir desde un principio. Y el
propio Padma había insistido para que me la llevara.
Era la palanca; la palanca de Arquímedes que desplazaría no sólo un mundo, sino
dos. Y que llevaría a los amistosos al borde del abismo de la nada.

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Capítulo 27
Me esperaban. Cuatro soldados rodearon el vehículo aéreo cuando aterricé en la plaza
interior del complejo amistoso, con sus negros fusiles dispuestos a disparar.
Aparentemente, eran los únicos que quedaban. Jamethon parecía haber enviado al
campo de batalla a todos los hombres que quedaban de su unidad de combate. Y,
todos los hombres a los que pude distinguir desde el aparato, eran veteranos
endurecidos por la guerra. Uno de ellos era el Jefe de Grupo que estaba en el
despacho la primera noche, cuando volví del campamento exótico y entré para hablar
con Jamethon, preguntándole si ordenaría a sus hombres que matasen a los
prisioneros. También había un Jefe de Unidad de unos cuarenta años, el grado más
bajo de los oficiales comisionados, pero que ejercía las funciones de Comandante —
lo mismo que Jamethon, un simple Comandante, ejercía las de Comandante de
Campo de la Fuerza Expedicionaria amistosa, un puesto que equivalía al de Kensie
Graeme—. Los otros dos eran suboficiales. Les conocía a todos. Ultrafanáticos. Y
ellos me conocían a mí.
Nos entendíamos.
—Tengo que ver al Comandante —dije, saliendo de la cabina del vehículo antes
de que pudieran empezar a hacerme preguntas.
—¿Para qué? —preguntó el Jefe de Unidad—. No hay ninguna razón para que
este vehículo aéreo se encuentre aquí. Ni tú tampoco.
—Tengo que ver al Comandante Black inmediatamente —insistí—. Si me
encuentro aquí a bordo de un vehículo con el pabellón de la Embajada exótica, es
porque era necesario.
No podían arriesgarse a considerar que la razón que tuviera para ver a Black
careciera de importancia, y yo lo sabía. Discutieron un poco, pero no dejé de insistir
en que tenía que ver al Comandante. Finalmente, el Jefe de Unidad me llevó hasta el
despacho exterior, donde esperé a Jamethon cada vez que le quise ver.
Finalmente, me encontré a solas con Black.
Se estaba vistiendo para la batalla, como viera que hacía Graeme un poco antes.
En Graeme, la coraza y las armas parecían juguetes. En el delgado cuerpo de
Jamethon eran algo casi desproporcionado.
—Señor Olyn —saludó.
Me adelanté hacia él, tomé la nota del bolsillo. Se volvió ligeramente para
mirarme a la cara. Sus dedos abrocharon las últimas correas y las armas claquetearon
suavemente contra las partes metálicas de la armadura.
—Va a entrar en combate con los exóticos —le dije.
Asintió con la cabeza. Nunca me había encontrado tan cerca de él. Desde el otro
extremo de la habitación, creí que mantenía la misma expresión carente de
sentimientos de siempre, pero, al verle a menos de un metro, observé que la sombra
de una sonrisa desfloraba las comisuras de la seria boca durante una fracción de

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segundo.
—Es mi deber, señor Olyn.
—Curioso deber —dije. Curioso deber cuando sus jefes de Armonía ya le han
borrado del mapa.
—Ya se lo dije —replicó—. Los Elegidos nunca son traicionados por el Señor,
sólo por sus semejantes.
—¿Está seguro? —le contesté.
De nuevo, vi una sombra de sonrisa en su rostro joven y taciturno.
—Es un asunto, señor Olyn, que conozco mejor que usted.
Le miré con fijeza a los ojos. Su rostro parecía cansado pero tranquilo. Aparté la
vista y la dirigí hacia la mesa de despacho, en la que aún permanecía el solidógrafo
de la iglesia, con sus figuritas representando a un hombre mayor, a una mujer y a una
niña.
—¿Su familia? —pregunté.
—Sí —me dijo.
—Me parece que tiene que pensar en ella en estos momentos.
Lo hago muy a menudo.
—Y, sin embargo, va a que le maten.
—Naturalmente.
—¡Naturalmente! —exclamé—. ¡Será para usted! —Había llegado tranquilo y
capaz de controlarme. Pero, en aquel momento, sentí como si hubieran echado el
telón sobre todo lo que había acontecido en mí desde la muerte de Dave. Empecé a
temblar—. Los amistosos son todos unos hipócritas. Mienten tanto, dependen tanto
de sus asquerosas mentiras que, si se las quitaran, no quedaría nada de ustedes, ¿o no
es verdad? Y prefieren morir antes que admitir que cometer tal suicidio no es la cosa
más gloriosa del universo. Prefieren morir a admitir que están tan llenos de dudas
como todos nosotros, e igual de asustados.
Me acerqué hasta casi tocarle. No se movió.
—¿A quién quiere engañar? —le pregunté—. ¿A quién? Leo en usted como lo
hago en cualquier persona de cualquier mundo. Sé que se da cuenta de que sus
Iglesias Unificadas no son más que ídolos, objetos de un culto grotesco. Sé que se da
cuenta de que su modo de vida, siempre cantando y alabando a Dios, no es lo que
pretenden que sea. Sé que su Eclesiarca Bright y su colegio de viejos de mente
cuadriculada no son más que una banda de tiranos hambrientos de poder universal,
que se burlan de la religión y de cualquier cosa que se les antoje con tal de conseguir
lo que quieren. Estoy convencido de que lo sabe… ¡y le voy a obligar a admitirlo!
Le planté la nota ante las narices.
—¡Lea! —le ordené.
Tomó el documento. Retrocedí unos pasos para intentar dominar los temblores
que me recorrían y le observé mientras leía.
Lo hizo lentamente, y retuve el aliento durante un minuto; luego, me devolvió el

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documento.
—¿Quiere ver a Graeme? —le pregunté—. Podemos cruzar las líneas en el
vehículo aéreo del Delegado. Podrá rendirse antes de que empiece el fuego.
Sacudió la cabeza. Me miraba con un aspecto calmado pero especial, con una
expresión que no podía comprender.
—¿Cómo… se niega?
—Haría mejor en quedarse aquí —dijo—. Aún con las marcas de la Embajada, su
vehículo podría ser derribado al cruzar las líneas. —Dio media vuelta, cruzó la
habitación y atravesó el umbral.
—¿Dónde va? —le grité. Salté, me coloqué ante él y le puse la nota otra vez ante
los ojos—. Este documento existe. No puede negarlo.
Se detuvo y me miró. Luego extendió el brazo, me tomó de la muñeca y me
apartó el brazo y la mano que sostenía la nota. Sus dedos eran delgados, pero mucho
más fuertes de lo que aparentaban; sin yo quererlo, mi brazo bajó.
—Sé que existe. Le advertí que haría muy bien en no mezclarse en mis asuntos,
señor Olyn. Ahora, tengo que irme. —Dio un paso hacia adelante.
—¡Es usted un mentiroso! —le grité. Siguió avanzando. Tenía que detenerle.
Salté hacia la mesa de despacho, tomé el solidógrafo y lo tiré al suelo. Saltó echó
pedazos.
Se volvió con la agilidad de un gato y miró los trozos que había a mis pies.
—¡Mire lo que ha conseguido! —grité, señalando los trozos.
—Si mi deber —me dijo con la voz baja y controlada— no me impusiera que en
este mismo instante…
Se calló y me miró. Lentamente, vi que sus ojos cambiaban y que la expresión
airada se ablandaba hasta convertirse en algo parecido a la sorpresa.
—¿Tam, —me dijo suavemente—, no tiene fe?
Había abierto la boca para hablar, pero lo que dijo me detuvo en seco. Me quedé
como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago, sin poder decir una palabra.
Me observó.
—¿Qué le ha hecho pensar —me preguntó— que la nota me haría cambiar de
opinión?
—La ha leído —le dije—. Bright afirma que son una causa perdida y que no
recibirán más ayuda. Y que más vale que no le pidan permiso para rendirse.
—¿Ha interpretado la nota de ese modo? —me dijo.
—¿Cómo, si no?
—Como ha sido escrita. —Estaba erguido frente a mí y sus ojos no dejaban los
míos—. La ha leído sin fe, dejando a un lado el Nombre y la Voluntad del Señor. El
Eclesiarca Bright no ha escrito que quiera abandonarnos, sino que nuestra causa está
tan fuertemente comprometida que nos deja en manos de nuestro Capitán y nuestro
Dios. Y, más adelante, escribe que no se nos debía decir, que ninguno de nosotros
debía saberlo para que no buscásemos la vanidad de desear la corona de los mártires.

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Lea bien, señor Olyn. Lo pone en blanco y negro.
—¡Eso no es lo que quería decir!
Sacudió la cabeza.
—Señor Olyn, no puedo dejarle con tales ilusiones.
Le miré sorprendido, pues en su cara veía que me miraba con simpatía.
—Su propia ceguera le confunde —continuó—. No ve nada, y cree que nadie
puede ver. Nuestro Señor no es sólo un nombre, sino todas las cosas. Por eso no
tenemos ornamentos en nuestras iglesias, porque despreciamos toda pantalla que se
interponga entre nosotros y él. Señor. Escúcheme, señor Olyn. Las iglesias no son
más que tabernáculos de la Tierra. Nuestros Mayores y nuestros Jefes, aunque sean
Elegidos y Ungidos por el Señor, son sólo hombres mortales. Nosotros no oímos a
ninguno de esos seres ni ninguna de sus cosas, sólo oímos la voz de Dios que está en
nosotros.
Se calló. Tragué saliva sin poder articular palabra.
—Suponga que las cosas son como usted piensa —prosiguió; su voz mostraba
todavía más simpatía hacia mí—. Suponga que todo lo que dice es verdad y que
nuestros Mayores son tiranos avariciosos, que nos han abandonado aquí por su propio
egoísmo y que no valemos más que para cumplir con sus deseos llenos de mentiras y
orgullo. —La voz de Jamethon se elevó un tono—. Déjeme que le hable por mí nada
más. Suponga que puede darme una prueba de que nuestros Mayores han mentido, de
que nuestro Pacto es falso. Suponga que puede demostrarme —su rostro se elevó
hacia el mío y su voz se hizo apremiante— que todo es perversión y mentira, y que
ninguno de los Elegidos, ni siquiera en casa de mi padre, tiene fe y esperanza. Si
pudiera demostrarme que ningún milagro me salvaría, que no tendría a nadie a mi
lado y que me enfrentaría yo solo a todas las legiones del universo, entonces, yo solo,
señor Olyn, iría a luchar contra ellas porque así me lo han ordenado; hasta el fin del
universo, hasta el apogeo de la eternidad. Porque, sin la fe, soy sólo polvo del
camino. Pero con ella, no hay poder capaz de detenerme.
Se calló y dio media vuelta. Le miré mientras se alejaba.
Me quedé inmóvil, como si me hubieran clavado al suelo, hasta que escuché, en
el exterior, el ruido de un vehículo aéreo militar que se preparaba para despegar. Salí
de la inmovilidad y me precipité al patio del complejo. El vehículo acababa de
encender los motores. Corrí hacia él. Tras la esclusa transparente pude distinguir a
Jamethon y a sus cuatro fanáticos subordinados. Le aullé:
—Eso en cuanto a usted, ¿y en cuanto a sus hombres?
No podían oírme, y yo lo sabía. Lágrimas que no pude contener me corrieron por
las mejillas, pero seguí gritando:
—¡Manda a sus hombres a la muerte para demostrar que tiene razón!
¡Escúcheme! ¡Está asesinando a sus hombres sin darles una oportunidad!
El vehículo despegó e, indiferente, tomó altura y se alejó hacia el suroeste, donde
esperaban las fuerzas armadas de los beligerantes. Y los pesados muros de cemento

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del complejo vacío me devolvieron los ecos huecos, impetuosos y burlones, de mis
propias palabras.

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Capítulo 28
Tenía que volver al espaciopuerto. En lugar de hacerlo, monté en el vehículo de la
embajada y me dirigí a buscar el puesto del Comandante Graeme.
En aquellos momentos me preocupaba tan poco de mi vida como un amistoso de
la suya. Pienso que me dispararon una o dos veces, a pesar de los pabellones de la
Embajada que ondeaban sobre el aparato, pero no me acuerdo muy bien. Descubrí el
puesto de mando de los exóticos y descendí.
Soldados mercenarios me rodearon cuando bajé del aparato. Enseñé mis papeles y
me dirigí a la pantalla en la que figuraba el plano de la batalla que iba a entablarse y
que habían instalado al aire libre, a los pies de una colina, a la sombra de unos
enormes robles. Graeme, Padma y el Estado Mayor en pleno estaban reunidos
alrededor del plano, observando el movimiento de las tropas propias y de las
amistosas. Había un rumor de continua conversación en voz baja y una corriente de
datos fluía del centro de comunicaciones situado a pocos metros.
Los rayos del sol incidían oblicuamente a través del follaje. Era casi media
mañana y el día era claro y cálido. Durante cierto tiempo, nadie se ocupó de mí;
luego, Janol, apartándose de la pantalla, me vio de pie junto a un ordenador táctico.
Su rostro se ensombreció, y prosiguió con lo que estaba haciendo. Pero no debía
verme en muy buena forma porque, un instante después, se acercó a mí con una taza
en la mano y la puso encima de la consola.
—Bébase esto —me dijo brevemente, luego, se alejó. Tomé la taza y descubrí que
estaba llena de whisky dorsai. Me lo tragué. No podía apreciar el sabor, pero me sentó
bien pues, en pocos minutos, el mundo empezó a ponerse en orden a mi alrededor y
pude volver a pensar. Me acerqué a Janol.
—Gracias —dije.
—De nada —no me miró y continuó examinando los documentos colocados en
una oficinilla portátil.
—Janol —pregunté—, dígame lo que pasa.
—Ya lo ve —respondió sin levantar el rostro de los papeles.
—No puedo ver nada, ya lo sabe. Escuche… No sabe cuánto siento lo que hice,
pero no podía hacer otra cosa. ¿No puede decirme lo que pasa? Luego le daré todas
las explicaciones que quiera.
—Usted sabe perfectamente que no debo hablar con los civiles. —Su rostro se
distendió rápidamente—. Muy bien —dijo levantándose—. Venga.
Me llevó hasta la pantalla y me enseñó una especie de triangulillo oscuro entre
dos líneas de luz muy sinuosas. Las rodeaban puntos y otras formas luminosas.
—Las líneas sinuosas —dijo—, son ríos. Macintok y Sarah. Confluyen aquí, a
unos diez kilómetros de la ciudad de José. El terreno es bastante alto, las colinas
llenas de arbustos, pero hay muchos espacios abiertos entre ellas. Es un lugar
estratégico para una adecuada defensa… un maldito lugar si a uno lo cogen en una

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trampa.
—¿Por qué?
Me señaló de nuevo las dos líneas que representaban los ríos.
—Si se retrocede, uno se encuentra con un corte a pico sobre el río. No es fácil
atravesarlo y es imposible que tropas que se retiran puedan esconderse. Todo el resto
del camino son campos de cultivo al descubierto, desde las orillas del río hasta la
ciudad de José.
Retiró el dedo del lugar en que las líneas que simulaban ríos convergían, atravesó
un pequeño espacio oscuro y llegó a los círculos luminosos.
—Por otra parte, para acercarse a esa zona, cuando se proviene del lugar en que
ahora nos encontramos, es preciso hacerlo por terreno descubierto… por estrechas
bandas de tierras de labranza que serpentean entre las marismas y los pantanos. Será
una situación muy delicada para los comandantes de los dos frentes si tenemos que
luchar ahí. El primero que tenga que retirarse se encontrará en muy serios problemas.
—¿Van a meterse por ahí?
—Depende. Black ha enviado blindados ligeros de avanzada. Ahora retrocede
desde las alturas que hay entre los dos ríos. Somos muy superiores a ellos en número
y en material. No veo por qué tendríamos que lanzarnos tras sus fuerzas; él solo ya se
ha metido en la trampa.
—¿No tienen ninguna razón para hacerlo? —pregunté.
—Desde un punto de vista táctico, no —Janol observó la pantalla y frunció el
ceño—. No podríamos encontrarnos en dificultades más que si nos tuviéramos que
batir en retirada precipitadamente. Y no lo haremos a menos que Black consiga
rápidamente alguna ventaja táctica que nos haga completamente imposible la
permanencia.
Le miré de perfil.
—La pérdida de Graeme, por ejemplo —dije.
Se volvió hacia mí, con el ceño fruncido.
—No hay peligro de que eso ocurra.
De pronto percibimos cierto cambio en los movimientos y en las voces de los que
nos rodeaban. Los dos nos volvimos para mirar.
Todo el mundo se apretujaba ante una pantalla. Nos acercamos y, mirando entre
los hombros de dos oficiales del Estado Mayor de Graeme, vi en la pantalla la imagen
de una pequeña pradera verdosa rodeada de colinas boscosas. En el centro de la
pradera ondeaba la bandera de los amistosos, con una delgada cruz negra sobre fondo
blanco. Cerca de ella se encontraba una larga mesa. Los amistosos ponían sillas a
cada lado de la mesa, pero había alguien que permanecía inmóvil en su extremo —un
oficial amistoso— y que parecía esperar. Había matas de lilas en la base de las
colinas, donde se unían con la pradera, junto a los primeros robles y hayas de
variadas formas. Las flores de lavanda empezaban a dorarse y oscurecerse, pues la
estación estaba terminando para ellas. A la izquierda de la pantalla se podía distinguir

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el cemento gris de una autorruta.
—Conozco ese lugar —empecé a decir, volviéndome a Janol.
—¡Silencio! —dijo, levantando un dedo. A nuestro alrededor, todo el mundo se
había callado. En la parte delantera del grupo que formábamos, se elevó una única
voz.
—Es una mesa de negociaciones —decía.
—¿Nos han convocado? —dijo la voz de Kensie.
—No, señor.
—Entonces, vamos a ver. —Hubo cierta agitación por delante de nosotros. El
grupo empezó a dispersarse y vi que Kensie y Padma se alejaban hacia el lugar en
que estaban aparcados los vehículos aéreos. Como un ordenanza, me abrí paso entre
la multitud de oficiales, corriendo tras ellos.
Oí que Janol gritaba a mi espalda, pero no le presté atención. Me reuní con los
dos hombres que se volvieron hacia mí.
—Quiero ir con ustedes —les dije.
—De acuerdo, Janol —aceptó Kensie, mirando por encima de mis hombros—.
Puede dejarle venir con nosotros.
—Sí, señor. —Oí cómo Janol daba media vuelta y se alejaba.
—Así que quiere acompañarme, señor Olyn —dijo Kensie.
—Conozco la zona —aseguré—. Ayer mismo pasé por ella. Los amistosos
estaban tomando medidas defensivas en la pradera y las colinas que la rodean. No
parecían los preliminares de ninguna embajada de paz.
Kensie me miró durante un largo rato, como si estuviera realizando estimaciones
tácticas.
—Venga, entonces —dijo. Se volvió hacia Padma—. ¿Va a quedarse aquí?
—Será mejor. Es una zona de combate. —Padma dirigió hacia mí sus lisas
facciones—. Señor Olyn —me dijo como despedida, y se alejó. Observé su silueta
vestida de azul que parecía deslizarse sobre la hierba y luego me volví. Graeme ya
estaba a medio camino del vehículo aéreo más próximo. Me apresuré para reunirme
con él.
Era un vehículo militar, ni de lejos tan lujoso como el que el Delegado había
puesto a mi disposición. Kensie no tomó altura cuando despegamos, sino que lo hizo
evolucionar entre los árboles, a pocos pies por encima del suelo. El casco era estrecho
y el cuerpo de Graeme, desbordando el asiento, se aplastaba contra el mío. Sentía el
metal de su pistola de agujas clavado en las costillas cada vez que se movía para
pilotar el aparato.
Al fin llegamos al claro de la pradera triangular rodeada de colinas que ocupaban
los amistosos y escalamos una pendiente, ocultos por el follaje de los robles.
Los robles eran tan grandes que habían destruido toda la vegetación a ras del
suelo. Entre sus troncos, parecidos a pilares, el suelo era sombrío y estaba lleno de
hojas muertas. Al llegar a la cima de la colina vimos un destacamento de soldados

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exóticos, descansando, que esperaba la orden de avanzar. Kensie posó el aparato,
saltó al suelo y saludó al Jefe de Unidad que los mandaba.
—¿Han visto esa mesa que han montado los amistosos? —preguntó.
—Sí, Comandante. Y su oficial sigue allí, esperando. Si sube hasta el final de la
cresta, podrá verle.
—Muy bien —dijo Kensie—. Que sus hombres no se muevan de aquí, Jefe de
Unidad. El Periodista y yo vamos a subir a echar un vistazo.
Trepamos hasta la cima de la colina, atisbando entre los árboles. Desde allí se
podía ver toda la pradera, cuyas lindes estaban a doscientos metros de nosotros, y, en
el centro, la mesa y la inmóvil silueta del oficial amistoso.
—¿A usted que le parece, señor Olyn? —preguntó Kensie mirando a través del
follaje.
—¿Por qué no le ha disparado nadie? —pregunté. Volvió la cabeza y me miró. —
Hay tiempo de sobra para dispararle antes de que se pueda esconder en alguna parte
—dijo—. Siempre que sea preciso disparar contra él.
Que es lo que quisiera saber. Usted ha visto al Comandante de las Fuerzas
Amistosas recientemente. ¿Le daba la impresión de que estuviera dispuesto a
rendirse?
—No —respondí.
—Ya veo —concluyó Kensie.
—¿No creerá que tiene intenciones de rendirse? ¿Qué le hace creer eso?
—Cuando se monta una mesa de negociaciones, generalmente es para negociar la
rendición —dijo.
—¿Le ha pedido que se reúna con él?
—No. —Kensie observaba la silueta del oficial amistoso, inmóvil bajo el sol—.
Puede que vaya en contra de sus principios solicitar una discusión sobre estos
términos, pero no discutirlos, si nos encontramos por casualidad en una mesa
adecuada.
Se volvió e hizo un gesto con la mano. El Jefe de Unidad, que esperaba al pie de
la pendiente subió y se reunió con nosotros.
—¿Señor? —le dijo a Kensie.
—Al otro lado, en los árboles, ¿hay fuerzas amistosas?
—Cuatro hombres, señor, eso es todo. Los localizadores detectan el calor de sus
cuerpos muy claramente. No intentan ocultarse.
—Entiendo. —Se quedó silencioso durante un segundo—. ¿Jefe de Unidad?
—¿Señor?
—Descienda a la pradera y pregúntele al oficial amistoso lo que significa todo
esto.
—Sí, señor.
Observamos al Jefe de Unidad mientras descendía por la pendiente entre los
árboles encogiendo las piernas. Llegó a la pradera y, muy lentamente, o así me lo

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pareció, se dirigió al oficial amistoso. Se detuvo a unos metros de él.
Estuvieron hablando, pero resultaba imposible oír lo que decían. El pabellón
blanco con la delgada cruz negra ondeaba suavemente movido por la brisa. Poco
después, el Jefe de Unidad dio media vuelta y regresó.
Se detuvo ante Kensie y saludó.
—Comandante —dijo—, el Comandante de las tropas de los Elegidos de Dios
quiere verse con usted para discutir los términos de una rendición. —Se detuvo para
recuperar el aliento—. Le pide que se muestre a un extremo de los árboles y que él
hará lo mismo al otro; luego, se acercarán a la mesa al mismo tiempo.
—Gracias, Jefe de Unidad —dijo Kensie. Apartó la cabeza y miró la pradera y la
mesa—. Creo que voy a bajar.
—No tiene intenciones de rendirse —le recordé.
—Jefe de Unidad —dijo Kensie—, que sus hombres estén preparados en la
retaguardia, justo al bajar la pendiente. Si se rinde, insistiré para que me acompañe
junto a ustedes.
—Sí, señor.
—Si no ha propuesto antes las conversaciones, será porque quiere rendirse
primero y transmitir luego la noticia a sus tropas. Que sus hombres estén preparados.
Si Black quiere poner a sus oficiales ante un hecho consumado, no seremos nosotros
los que demos al traste con sus intenciones.
—No va a rendirse —repetí.
—Señor Olyn —dijo Kensie volviéndose hacia mí—, sugiero que vuelva a la
cima de la colina. El Jefe de Unidad velará para que no le pase nada.
—No —respondí—. Bajo. Las conversaciones que van a celebrarse son acerca de
una rendición, y no hay combates por ahora. Tengo derecho a encontrarme allí. Si no,
¿qué va a hacer usted solo ahí abajo?
Kensie me miró de un modo raro durante unos momentos.
—De acuerdo —dijo—. Venga conmigo.
Empezamos a bajar la escarpada pendiente entre los árboles. Las suelas de las
botas se deslizaban hasta que frenábamos con los talones con cada paso que dábamos.
Al pasar a través de las lilas sentí el débil y suave perfume de las flores.
Al otro lado de la colina, en línea con la mesa, cuatro siluetas vestidas de negro se
adelantaron al mismo tiempo que nosotros. Reconocí a uno de ellos por su forma de
andar: Jamethon Black.
—¿Comandante Black? —dijo Kensie.
—Sí, Comandante Graeme. Le agradezco mucho que haya querido reunirse
conmigo.
—Es un deber, pero también un placer, Comandante.
—Me gustaría discutir los términos de una rendición.
—Puedo ofrecerle —dijo Kensie— las condiciones que habitualmente se aplican
a tropas en su situación, conforme al Código de los Mercenarios.

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—No me entiende, señor —dijo Jamethon—. Quiero negociar su rendición.
La bandera flotaba en la brisa.
Súbitamente vi a varios hombres de negro que empezaban a deambular por el
terreno, lo mismo que hicieran el día anterior. Se encontraban en los mismos lugares
que entonces.
—Me temo que el malentendido es mutuo, Comandante —dijo Kensie—. Mis
tropas se encuentran en una posición táctica superior y su derrota es casi segura. No
necesito rendirme.
—¿No va a rendirse?
—No —contestó Kensie con firmeza.
Entonces observé de pronto que los cinco mojones junto a los cuales se habían
colocado los amistosos no combatientes, los oficiales y el propio Jamethon, caían a
tierra.
—¡Cuidado! —le grité a Kensie; pero mi advertencia llegó ligeramente tarde,
pues las cosas ya estaban en marcha. El Jefe de Unidad que había esperado detrás de
la mesa dio un salto y se colocó delante de Jamethon. Los cinco amistosos
desenfundaron. Oí un chasquido en la bandera causado por un golpe de viento.
Luego, por primera vez en mi vida, vi a un dorsai en acción.
La reacción de Kensie fue tan rápida que pareció como si misteriosamente
hubiera leído los pensamientos de Jamethon justo antes de que los amistosos sacasen
las armas. Pues apenas sus dedos se habían acercado a las culatas, cuando Graeme ya
estaba encima de la mesa, con la pistola de agujas en la mano. Se lanzó directamente
contra el Jefe de Unidad y ambos cayeron al suelo, pero Kensie continuó avanzando.
Se separó dando vueltas, y tras dejar a su adversario inmóvil en la hierba, se apoyó en
la rodilla, disparó y se lanzó hacia adelante, girando siempre sobre sí mismo.
El Jefe de Unidad que estaba a la derecha de Jamethon cayó. Jamethon y los otros
dos amistosos casi habían girado en redondo para poder mantener a Kensie a la vista.
Los dos amistosos de la izquierda se colocaron ante Black, sin apuntar a nadie.
Kensie se detuvo en seco como si fuera a colisionar con un muro de piedra, se
acuclilló y disparó dos veces. Los dos amistosos se derrumbaron a uno y otro lado de
Jamethon.
Black se enfrentaba al fin a Kensie. Había alzado el arma y estaba apuntando.
Disparó y una línea azul claro cortó el aire, pero Kensie ya se había dejado caer de
nuevo sobre la hierba. Tendido, apoyado en un codo, apuntó y disparó dos veces.
Jamethon bajó el arma. Estaba al lado de la mesa, y extendió la mano para
apoyarse en ella. Realizó un esfuerzo para levantar de nuevo la mano que sostenía el
arma, pero fue en vano. Se le cayó. Se apoyó en la mesa un poco más y se dio casi
media vuelta; su mirada se encontró con la mía. Su rostro se mostraba tan impasible
como siempre, pero en sus ojos había algo distinto cuando me reconoció… algo que
se parecía bastante a la mirada que dirige un hombre a un oponente con el que acaba
de combatir y que nunca representó un verdadero peligro. Una ligera sonrisa se

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dibujó en la comisura de sus labios… una sonrisa que expresaba algo semejante a un
triunfo interior.
—Señor Olyn… —murmuró. E, inmediatamente, la vida abandonó su rostro y se
derrumbó bajo la mesa.
Unas explosiones hicieron que el suelo temblara bajo mis pies. Desde la cresta de
la colina, a nuestras espaldas, el Jefe de Unidad que Kensie había dejado allí,
disparaba obuses de humo para cubrir la zona de pradera que quedaba libre entre
nosotros y los amistosos, y un muro de neblina gris se elevó en el acto, ocultándonos
de las miradas del enemigo. Se alzaba como una infranqueable barrera y, detrás de
aquella masa en movimiento, Kensie y yo nos quedamos solos.
La sonrisa no había abandonado el rostro muerto de Jamethon.

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Capítulo 29
Abotargado, como en una bruma, observé a las tropas amistosas que se rendían. La
situación había llegado a un extremo en que sus oficiales vieron justificado el
hacerlo.
Ni siquiera los Eclesiarcas esperaban que sus subordinados luchasen en una
situación desesperada creada por un Comandante de Campo, muerto, por razones
tácticas que no se molestó en explicar a sus oficiales. Y los soldados que quedaban
todavía con vida valían más que las indemnizaciones que pudieran pagar por ellos los
exóticos.
No esperé a que la situación se aclarase. No había nada que esperar. Durante un
momento, la situación del campo de batalla había gravitado sobre nuestras cabezas
como una ola gigante e irresistible, dominándonos, elevándose y cayendo como si
fuera a estallar con un golpe que impactaría en todos los mundos del Hombre. Al fin,
bruscamente, ya no estaba sobre nosotros. Sólo había un impresionante silencio que
empezaba a formar parte de los archivos del pasado.
Para mí no quedaba nada. Nada.
Si Jamethon hubiera conseguido matar a Kensie —con lo que, consecuentemente,
hubiese logrado la rendición sin necesidad de verter sangre—, yo habría sido capaz
de hacer algo con todo el incidente de la mesa de negociaciones. Pero sólo lo había
intentado, encontrando la muerte en el intento. En aquel caso, ¿quién se iba a cebar
con los hostiles sentimientos de los amistosos?
Como un sonámbulo, abordé un navío que partía hacia la Tierra sin dejar de
preguntarme cosas.
Una vez en la Vieja Tierra, les dije a mis editores que no estaba en muy buena
forma física. Me echaron un vistazo y me creyeron. Me tomé unas vacaciones
ilimitadas y me pasé días y más días en la Biblioteca General de los Servicios de
Información de La Haya hojeando sin objetivos concretos las pilas de escritos sobre
los amistosos, los dorsai y los exóticos. Para qué, lo ignoraba. También examiné los
informes que llegaban de Santa María sobre el cese de las hostilidades, y bebí
demasiado mientras estudiaba.
Tenía el difuso sentimiento que experimenta un soldado condenado a muerte por
haber faltado al deber. Más tarde, al leer los partes, supe que el cuerpo de Jamethon
había sido devuelto a Armonía para ser enterrado; y entendí súbitamente que era eso
lo que estaba esperando: aquellos honores poco justificados que los fanáticos le
rendían al fanático que, con cuatro acólitos, había intentado asesinar al solitario
comandante enemigo amparados bajo una bandera de tregua. Todavía se podía
escribir algo sobre el tema.
Me afeité, me duché, recobré el aplomo que necesitaba y encargué un billete para
«Armonía», fingiendo que me dirigía allí para informar de los funerales de Jamethon.
Las felicitaciones de Piers y mi nombramiento para el Consejo del Sindicato —

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noticias de las que me enteré en Santa María un poco antes— me ayudaron mucho.
Obtuve una plaza prioritaria en el primer navío espacial con aquel destino.
Cinco días más tarde, estaba en Armonía, en la misma pequeña ciudad llamada
Recordada-del-Señor a la que ya me llevara en una ocasión el Eclesiarca Bright. Los
edificios de la ciudad seguían siendo de cemento y plástico hinchado… no habían
cambiado en tres años. Pero el terreno rocoso de las granjas que rodeaban la ciudad
había sido labrado, lo mismo que vi hacer en los campos de Santa María mientras
permanecí en el planeta, pues Armonía y su hemisferio norte acababan de entrar en la
primavera. Y llovía, como había llovido también en Santa María. Pero los campos
amistosos que veía no presentaban el rico color pardo de los de Santa María, sino
sólo uno negro intenso que, en medio de la humedad, se asemejaba al color de los
uniformes amistosos.
Llegué en la iglesia en el momento en que empezaba a acudir la gente. Bajo el
cielo sombrío y cargado de agua, el interior del edificio estaba casi en penumbra; los
templos amistosos no tienen ventanas ni iluminación artificial alguna. A través de la
única abertura rectangular del techo se filtraba una luz grisácea que iluminaba el
cadáver de Jamethon tendido en una grada que reposaba sobre unos caballetes. Para
protegerle de la lluvia que caía por la abertura del techo, le habían cubierto con una
manta de plástico transparente. Pero el celebrante que dirigía el servicio funerario y
todos los que se reunían ante el cuerpo estaban expuestos a la lluvia.
Ocupé un lugar en la fila de personas que esperaban su turno para inclinarse ante
el cadáver. A mi derecha e izquierda, unas barandillas tras las que se reunían los fieles
durante el servicio se perdían en la oscuridad. Las vigas del alto techo resultaban
invisibles en las tinieblas. No había música y el silencio no era turbado más que por
un murmullo de voces que rezaban individualmente, mezclándose entre ellas hasta
formar un coro rítmico lleno de tristeza. Como Jamethon, los habitantes del
pueblecito eran muy morenos, ya que todos ellos eran de procedencia norteafricana.
Oscuros en la oscuridad, se apretujaban sin que pudiera distinguirlos entre sí.
Avancé hasta pasar al lado de Jamethon. Seguía como le recordaba. La muerte no
parecía haber sido capaz de alterarle. Yacía de espaldas, con las manos a los costados
y los labios tan firmes y rectos como siempre. Pero sus ojos estaban cerrados.
Cojeaba ostensiblemente a causa de la humedad y, mientras me apartaba del
cadáver, sentí que me tocaban el codo. Me volví bruscamente. No llevaba el uniforme
de corresponsal… iba vestido de civil para no hacerme notar.
Volví la cabeza y me encontré con la joven cuya representación viera en el
solidógrafo de Jamethon. En la débil luz gris que nos envolvía, su rostro liso era
como el de una imagen del vitral de alguna iglesia de Vieja Tierra.
—¿Fue usted herido? —me preguntó en voz baja—. Usted debe ser uno de los
mercenarios que conoció Jamethon en Newton antes de que le enviaran a Armonía de
nuevo. Sus padres, que también son los míos, encontrarían el consuelo del Señor si
pudieran verle.

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El viento proyectaba sobre mí la lluvia que entraba por el techo y su gélido
contacto me afectó; estaba helado hasta los huesos.
—No —dije—. No soy uno de esos mercenarios. No le conocía. —Me aparté
bruscamente y me abrí camino entre la gente a lo largo de la nave de la iglesia.
Tras haber recorrido unos metros, me di cuenta de lo que estaba haciendo y aflojé
el paso. La joven se había perdido en la oscuridad y entre la multitud a mis espaldas.
Avancé más lentamente hacia el fondo de la iglesia. Me quedé allí, observando a la
gente que entraba. Eran cada vez más numerosos y se amontonaban en la nave
hablando entre ellos o rezando en voz baja.
Permanecí inmóvil, un poco antes de la salida, medio aturdido por el frío y la
fatiga que acumulaba desde la Tierra. Las voces zumbaban a mi alrededor y sentí que
estaba a punto de dormirme de pie. No podía recordar lo que me había llevado hasta
allí.
Luego, una voz de mujer surgió de la mezcolanza de voces y me hizo recuperar el
sentido.
—… Lo ha negado, pero estoy segura de que es uno de los mercenarios que
estuvieron con él en Newton. Cojea, y eso es porque sólo puede ser un soldado
herido.
Era la voz de la hermana de Jamethon, hablando con un tono todavía más
salmodiado que el que había empleado para dirigirse a mí, un desconocido. Me
desperté por completo y la vi de pie junto a la entrada, a unos pasos de mí, hablando
con dos personas de edad a quienes reconocí como la pareja que aparecía en el
solidógrafo de Jamethon. Un rayo de helado horror me recorrió por completo.
—¡No! —conseguí gritar—. No le conocía. Nunca le conocí. ¡No sé de qué está
hablando! —Di media vuelta y me precipité a la lluvia para ocultarme en ella.
Corrí unos quince metros. Cuando ya no oía nada a mis espaldas, me detuve.
Estaba yo solo en el exterior de la iglesia. El día parecía aún más sombrío y la
lluvia empezaba a caer con más fuerza, oscureciéndolo todo a mi alrededor con una
especular y retumbante cortina. Ni siquiera podía ver los vehículos terrestres
alineados en el aparcamiento ante el que me encontraba, y estaba seguro que no se
me podría ver desde la entrada de la iglesia. Alcé la cara al cielo y dejé que la lluvia
corriera por mis mejillas y párpados cerrados.
—Así —dijo una voz a mis espaldas— que no le conocía.
Las palabras parecieron cortarme en dos y sentí lo mismo que un lobo en un cepo.
Y, como un lobo, me volví.
—Sí, le conocía —dije.
Frente a mí estaba Padma, vestido con ropas azules que la lluvia parecía no poder
mojar. Sus manos vacías, manos que nunca habían sujetado un arma, se entrelazaban
pacíficamente frente a su abdomen. Pero el lobo que había en mí sabía que Padma
estaba tan armado como un cazador.
—¿Usted? —exclamé—. ¿Qué hace aquí?

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—Estaba previsto que usted vendría —dijo Padma en voz baja—. Así que
también he venido yo. Pero ¿por qué está usted aquí, Tam? Entre toda esta gente,
habrá algún fanático que haya oído los rumores sobre su responsabilidad en lo
relativo a la muerte de Jamethon y la rendición, de los amistosos.
—¿Rumores? —pregunté—. ¿De dónde han salido?
—De usted mismo —dijo Padma—. Por lo que pasó en Santa María. —Me miró
fijamente—. ¿No sabía que se jugaba la vida si venía hoy aquí?
Abrí la boca para negarlo. Luego me di cuenta de que lo sabía.
—¿Qué pasaría —preguntó Padma— si alguien descubriera que Tam Olyn, el
Periodista de la campaña de Santa María, está aquí de incógnito?
Le miré con mi anterior aspecto de lobo atrapado.
—¿No puede encajar todo eso en sus principios exóticos?
—No se nos comprende —respondió Padma con voz tranquila—. Contratamos
soldados para que combatan por nosotros a causa de nuestros principios morales, y
porque perderíamos toda perspectiva emotiva si participásemos personalmente.
No había temor en mí, sólo un sencillo sentimiento de vacío.
—Llámeles —dije.
Los extraños ojos color avellana de Padma me observaban bajo la lluvia.
—Si fuera eso lo que quisiéramos de usted —me dijo—, habría podido mandar
una nota. No habría tenido que venir yo mismo.
—¿Por qué está aquí? —La voz me salía a duras penas de la garganta—. ¿Por que
se preocupan por mí los exóticos?
—Nos preocupamos de todos los individuos —me replicó Padma—. Pero nos
preocupamos más particularmente de la raza. Y usted sigue representando un peligro
para ella. Es usted un idealista al que no se puede convencer, Tam, deformado por los
objetivos de la destrucción. Hay una ley de la conservación de la energía en el
sistema de causas y efectos lo mismo que existen sus semejantes en otras ciencias. Su
poder destructor fue vencido en Santa María. ¿Qué pasaría si ahora se volviera hacia
usted mismo e intentase destruirse, o hacia el exterior y lo pretendiera hacer con la
raza humana entera?
Me reí y escuché la dureza de la risa.
—¿Qué va a hacer ahora? —le pregunté.
—Demostrarle que el cuchillo que sujeta puede llegar a cortarle la mano. Tengo
algunas noticias para usted, Tam. Kensie Graeme ha muerto.
—¿Muerto? —La lluvia pareció rugir a mi alrededor y tuve la impresión de que el
suelo se movía bajo mis pies.
—Fue asesinado por tres hombres del Frente Azul hace cinco días.
—¿Asesinado? —murmuré—. ¿Por qué?
—Porque la guerra había terminado —dijo Padma—. Porque la muerte de
Jamethon y la rendición de las tropas amistosas en los preliminares de una guerra que
habría desgarrado el país dejaba a la población civil con un punto de vista muy

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favorable hacia nuestras tropas. Y, por ese sentimiento favorable, el Frente Azul se
situaba más lejos del poder que nunca. Esperaban, matando a Graeme, provocar
represalias por parte de sus tropas contra la población civil, para que el gobierno de
Santa María se viera forzado a expulsar a los exóticos y se enfrentasen sin protección
a una revolución del Frente Azul.
Le miré insistentemente.
—Todas estas cosas están íntimamente ligadas —prosiguió Padma—. Kensie
estaba en la lista de ascensos y debía obtener un despacho en el alto mando de Mará o
Kultis. Él y su hermano Ian no habrían vuelto a poner los pies en un campo de batalla
en toda su vida. A causa de la muerte de Jamethon, que consiguió que sus tropas se
rindieran sin combatir, se creó una situación que incitó al Frente Azul a asesinar a
Kensie. Si Jamethon y usted no hubiesen entrado en conflicto en Santa María, y si
Jamethon no hubiera ganado, Kensie estaría todavía con vida. Así lo demuestran
nuestros cálculos.
—¿Jamethon y yo? —Se me secó bruscamente la garganta y la lluvia redobló su
fuerza.
—Sí —dijo Padma—. Usted fue el factor que ayudó a Jamethon a adoptar aquella
solución.
—¿Le ayudé? —dije—. ¿Yo?
—Vio en usted —continuó Padma—. Atravesó esa superficie destructiva llena de
amargura y venganza que usted piensa que es usted mismo y llegó al núcleo creador
que hay en su fondo, tan arraigado que ni siquiera su tío fue capaz de arrancar.
La lluvia caía a mares sobre nosotros. Y cada palabra de Padma penetraba en mí
profundamente.
—¡No le creo! —aullé—. ¡No creo nada de todo eso!
—Ya le dije —respondió Padma— que no había apreciado completamente los
avances evolucionistas de nuestras Culturas Divididas. La fe de Jamethon no era una
fe que se quebrantase con acontecimientos exteriores. Si usted hubiese sido como su
tío Matías, Jamethon ni siquiera le habría escuchado. Le habría rechazado como un
ser desprovisto de alma. La situación era como era, y le juzgaba como a un hombre
poseído, un hombre que, por emplear las mismas palabras que él habría empleado,
hablaba con la voz de Satanás.
—¡No lo creo! —grité.
—Lo cree —dijo Padma—. Además, no tiene elección. Sólo por ello pudo
encontrar Jamethon una solución.
—¡Una solución!
—Era un hombre dispuesto a morir por su fe. Pero, como Comandante, reconocía
el absurdo de que sus hombres fueran a la muerte sin ningún motivo razonable. —
Padma me observó y la lluvia bajó de intensidad durante un momento—. Pero usted
le ofreció algo en lo que él reconoció una oferta del Demonio… su vida debía ser
ofrecida sin renunciar a su fe para evitar un conflicto que llevaría a sus hombres a la

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muerte.
—Esos razonamientos no tienen base —respondí. En el interior de la iglesia, las
plegarias habían terminado y una única voz, firme y profunda, empezó con el servicio
funerario.
—No es inverosímil —continuó Padma—. En el momento en que lo comprendió,
la respuesta de Jamethon parecía muy sencilla. Todo lo que tenía que hacer era
negarse a recibir lo que Satanás pudiera ofrecerle. Debía aceptar la absoluta
necesidad de su propia muerte.
—¿Y a eso lo llama usted una solución? —Intenté reír, pero el nudo que tenía en
la garganta me lo impidió.
—Era la única solución —respondió Padma—. Una vez lo hubo decidido, vio que
la única posibilidad de que sus hombres consideraran como justificada la rendición
sería en caso de su muerte y en una situación insostenible en el campo de batalla…
por unas razones que él era el único en conocer.
Sentí que las palabras me atravesaban.
—¡Él no tenía intención de morir! —protesté.
—Dejó que Dios lo decidiera —dijo Padma—. Se las arregló para que sólo un
milagro pudiera salvarle.
—¿Qué me está contando? —dije, mirándole a los ojos—. Montó una mesa de
negociaciones con una bandera. Luego, puso a cuatro hombres…
—No había bandera. En cuanto a los hombres, todos eran mayores y candidatos
para el martirio.
—¡Se llevó a cuatro! —exclamé—. Cuatro y uno… ¡son cinco! Cinco contra
Kensie… ¡solo! ¡Yo estaba allí y lo vi! ¡Cinco contra…!
—¡Tam!
Aquella palabra me hizo callar. Empezaba a tener miedo. No quería oír lo que iba
a decirme. Tenía miedo de saber lo que me iba a decir, porque yo lo sabía desde hacía
mucho tiempo. Y no quería oírlo.
La voz de Padma empezó a retumbar en mis oídos como la lluvia, y me vi
invadido súbitamente por un sentimiento que se parecía a esa sensación de
impotencia que uno siente cuando es dominado por la fiebre.
—¿Cree que Jamethon se hizo ilusiones siquiera un minuto, lo mismo que usted?
Era un producto de una Cultura Dividida. Reconoció lo mismo en Kensie. ¿Piensa
que él y sus cuatro fanáticos creyeron por un momento que podrían matar a un
hombre armado, alerta y vigilante, un dorsai, un nombre como Kensie Graeme, antes
de morir?
Ellos… ellos… ellos…
Aquellas palabras me condujeron lejos del triste día y de la lluvia. Como la lluvia
y el viento que empujan las nubes, las palabras me alzaron y me llevaron hacia lo
lejos, hacia la tierra dura y rocosa que vi cuando le pregunté a Kensie Graeme si
alguna vez había permitido el asesinato de prisioneros amistosos. Era aquella región

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que siempre había evitado pero a la que al fin había llegado.
Y lo recordé.
Desde el principio, en lo más profundo de mí mismo, había sabido que el fanático
que mató a Dave y a los otros prisioneros no era la imagen de todos los Amistosos.
Jamethon no era un asesino accidental. Intenté convertirle en ello para ocultar mis
propias mentiras… para mantener los ojos apartados del espectáculo del único
hombre de los catorce mundos al que no podía mirar cara a cara. Y aquel hombre no
era el Jefe de Grupo que asesinó a Dave y a los prisioneros; ni siquiera era mi tío
Matías. Era yo.
Jamethon no era un fanático ordinario, ni Kensie un soldado ordinario, ni Padma
un filósofo ordinario. Representaban mucho más que eso, como yo sabía
secretamente desde hacía mucho tiempo en lo más profundo de mí mismo. Por eso no
habían actuado como yo esperé que lo hicieran cuando intenté manipularles. Por eso.
La dura y rocosa tierra elevada que había percibido a lo lejos no existía solamente
para los dorsai. Existía para todos. Era una tierra en la que los retazos de mentira e
ilusión eran arrancados por el frío viento de la fuerza y las convicciones sinceras, una
tierra en la que las pretensiones caían y morían y donde todo lo que conseguía vivir
era sencillo y puro.
Estaba allí para ellos, para todos aquéllos que personificaban el puro metal de las
Culturas Divididas. Y era con aquel puro metal con lo que conseguían su verdadera
fuerza. Habían sobrepasado el estado de las dudas… de aquello se trataba; y, por
encima de todos los talentos de la mente y del cuerpo, aquello exclusivamente les
hacía invencibles. Porque un hombre como Kensie no podría ser vencido… jamás. Y
Jamethon no renunció a su fe.
¿No me lo dijo Jamethon claramente? ¿No dijo: «Déjeme que le hable por mí
nada más» y siguió diciéndome que, aunque su universo se derrumbara y aunque su
Dios y su religión fuesen falsos, lo que llevaba en su interior no se apagaría?
¿No me dijo Kensie que si los ejércitos que le rodeaban le hubieran dejado solo
no renunciaría a su deber ni abandonaría su puesto? Se habría quedado solo
combatiendo aunque le hubieran echado encima todos los ejércitos del universo.
Podían matarle, pero nunca podrían vencerle.
E, igualmente, aunque los cálculos exóticos y las teorías de Padma pudieran
derribarse en un minuto —si se conseguía demostrar que eran falsas y carentes de
justificación— no abandonaría por ello sus creencias sobre la evolución ascendente
del espíritu humano por las que estaba trabajando.
Avanzaban con pleno derecho por la tierra rocosa… todos. Los dorsai y los
amistosos y los exóticos. Y yo había sido lo bastante loco como para penetrar en
aquella región para intentar combatir con ellos como si fuera parte de su grupo. No
era sorprendente que me hubieran vencido, como Matías siempre me dijo. Nunca
tuve la menor oportunidad de ganar.
Volví al día y a la tormenta como un hombre roto. Las rodillas se me doblaban

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bajo el peso del cuerpo. La lluvia empezaba a disminuir y Padma me sostenía. Como
me pasó con Jamethon, la fuerza de sus manos me sorprendió.
—Suélteme —protesté.
—¿Dónde va a ir, Tam? —preguntó.
—A cualquier parte —murmuré—. Voy a salir de todo esto. Voy a enterrarme en
cualquier parte y a olvidarme de todo. —Sentí que las piernas volvían a sostenerme.
—No es tan fácil —replicó Padma, soltándome—. Una medida adoptada no deja
de tener repercusiones. Una causa nunca deja de provocar efectos. Ahora no puede
acobardarse, Tam. No puede más que cambiar de bando.
—¿De bando? —dije. La lluvia era cada vez más débil—. ¿Qué bando? Le miré
con la fija estupidez de un borracho.
—No puede abandonar otro bando que el del hombre que lucha contra su propia
evolución… era el de su tío Matías —me informó Padma—. Y optar por el bando de
los evolucionistas… el nuestro. —La lluvia apenas caía y el día empezaba a
iluminarse. Un pálido sol se filtraba a través de las nubes y comenzaba a iluminar el
cercano aparcamiento—. Los dos bandos son como vientos poderosos que curvan la
trama de los asuntos humanos. Se lo dije hace mucho tiempo, Tam: para alguien
como usted no hay más elección que actuar sobre el sistema de un modo u otro.
Puede elegir, pero no tiene libertad para no hacerlo. Decida sencillamente si dirigirá
su poder hacia el viento de la evolución o si lo hará contra la fuerza que lucha contra
ella.
Sacudí la cabeza.
—No —murmuré—. No vale la pena. Ya lo sabe. Lo ha visto. He movido cielo y
tierra y manejado la política de los catorce mundos en contra de Jamethon… y, pese a
todo, ganó él. No puedo hacer nada. Déjeme tranquilo.
—Aunque quisiera dejarle tranquilo, los hechos no lo harán —respondió Padma
—. Tam, abra los ojos y mire las cosas cara a cara. Usted es parte del sistema.
Escúcheme. —Durante un momento, sus ojos reflejaron la luz del cielo—. Una fuerza
se ha inmiscuido en el sistema de Santa María bajo la forma de un elemento falseado
por las desgracias personales que fue orientado hacia la violencia. La fuerza era
usted, Tam.
Intenté sacudir otra vez la cabeza, pero sabía que tenía razón.
—Estaba bloqueado en la dirección de sus esfuerzos conscientes en Santa María
—continuó Padma—, pero no pudo oponerse a la conservación de la energía. Cuando
Jamethon se cruzó en su camino, la fuerza que había puesto usted en marcha para
influir en la situación no fue destruida. Simplemente se transformó y dejó aquel
sistema en manos de otro individuo, también engañado por una pérdida personal y
dispuesto a actuar violentamente ante la situación.
Me pasé la lengua por los labios.
—¿Qué otro individuo?
—Ian Graeme.

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Me quedé como de piedra, mirándole.
—Ian ha encontrado a los tres asesinos de su hermano escondidos en un hotel de
Blauvain —dijo Padma—. Los mató él mismo… y, al hacerlo, ha calmado a los
mercenarios y desbaratado los planes del Frente Azul para sacar algo en claro de la
situación. Pero, inmediatamente, Ian ha dimitido y ha vuelto a Dorsai. Padece los
mismos sentimientos de amargura y pérdida que usted sentía cuando llegó a Santa
María. —Padma titubeó—. Ahora existe un gran potencial de causas. Queda por ver
cómo se empleará en el sistema futuro.
Se callo de nuevo, observándome con sus ojos color avellana de los que no podía
escapar.
—Ya ve, Tam —continuó un poco más tarde—, que alguien como usted no puede
evitar influir en la trama de los acontecimientos. Me he limitado a decirle que podía
cambiar de bando. —Su voz se ablandó—. Debe recordar que ahora está siendo
dominado por una fuerza, pero una fuerza diferente. Ha recibido el efecto y la
impresión de la muerte de Jamethon para salvar a sus hombres.
Sus palabras eran como puñetazos en el estómago… Un golpe tan fuerte Como el
que le di a Janol cuando escapé del campamento de Kensie en Santa María. A pesar
del sol todavía húmedo que se filtraba hacia nosotros, empecé a temblar.
Era así. No podía negarlo. Jamethon, al sacrificar su vida por una creencia,
mientras que yo las despreciaba todas para realizar el plan que deformaría las cosas y
las haría deslizarse hacia donde yo quería, me había derribado y transformado como
un rayo que funde y transforma el filo de una espada. No podía negar lo que me había
pasado.
—No vale la pena —dije, temblando otra vez—. No hay diferencia. No soy lo
bastante fuerte para poder hacer nada. Ya se lo he dicho, hice de todo para luchar
contra Jamethon… y me venció.
—Pero Jamethon era sincero; y usted luchaba contra su propia naturaleza al
luchar contra él —me dijo Padma—. ¡Míreme, Tam!
Le miré. Los imanes avellana de sus ojos capturaron y encauzaron los míos.
—El motivo por el que en los Mundos Exóticos hemos calculado que debería
venir a encontrarme con usted aquí, todavía nos espera —dijo—. ¿No se acuerda
Tam, cuando en el despacho de Mark Torre me acusó de haberle hipnotizado?
Asentí con la cabeza.
—No era hipnosis… al menos, no del todo, —continuó—. Todo lo que hice fue
ayudarle a abrir un canal entre su yo consciente y su yo inconsciente. Después de ver
lo que hizo Jamethon, ¿tendrá valor para dejar que le ayude a abrirlo de nuevo?
Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire que nos separaba; y, como una
sobreimpresión, escuché la fuerte y orgullosa voz que rezaba en el interior de la
iglesia. Veía al sol intentando atravesar las nubes que se iluminaban por encima de
nosotros; y, al mismo tiempo, veía en mi mente los sombríos muros del valle que
Padma me describió aquel día, hacía ya tanto tiempo, en la Enciclopedia Final.

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Todavía estaban allí, altos y cerrados a mi alrededor, interceptando el sol. No había,
muy lejos, por delante de mí, más que una sola puerta estrecha de la que emanaba una
luz que no proyectaba sombras. Pensé en los rayos que había visto cuando Padma
levantó el dedo hacia mí en aquella ocasión; y —débil, roto y vencido como estaba en
aquellos momentos— el pensamiento de volver a entrar en aquella zona conflictiva
me llenó de una morbosa desesperanza. No era lo bastante fuerte para hacer frente a
los rayos. Quizá no lo había sido nunca.
—Fue un soldado de su pueblo, el Pueblo del Señor, y un soldado del Señor. —La
voz que rezaba en la iglesia llegaba a mis oídos débilmente—. De alguna manera, no
abandonó al Señor, que es nuestro Señor y el Señor de toda fuerza y toda justicia.
Dejemos que abandone nuestras filas para unirse a las de aquéllos que, tras
despojarse de la máscara de la vida, son bienvenidos en casa del Señor.
Escuchaba y, súbitamente, el sabor del regreso al hogar, el sabor de un regreso
innegable a una morada eterna acompañado de una certeza inquebrantable sobre la fe
de mis mayores me llenaron con su fuerza. Las filas de los que nunca {laquearían se
apretaban a mi alrededor de un modo reconfortante; y yo, que nunca había flaqueado,
entré en sus filas y avancé con ellos. En aquel instante, durante un segundo, sentí lo
que Jamethon debió sentir al enfrentarse a mí, obligado a decidir entre su vida y su
muerte en Santa María. Sólo lo sentí durante un momento, pero fue suficiente.
—Siga —oí que le pedía a Padma. Vi su dedo alzado hacia mí.
Me sumí en la oscuridad; en la oscuridad y en el furor; en un lugar lleno de
rayos… no rayos luminosos, sino explosiones turbulentas y oscuras. Sacudido por
todas partes, arrastrado por un torbellino, abatido por la rabia y la violencia que me
rodeaban, luchaba para alzarme, para abrirme paso hacia la luz y los relámpagos que
había por encima de las nubes. Pero mis propios esfuerzos me hacían caer, girar
salvajemente y hundirme hacia lo profundo en lugar de ayudarme a subir… y, al fin,
entendí.
La tempestad era mi propia tempestad interior, la que yo mismo había creado. Era
la furia interior de violencia, venganza y destrucción que había acumulado a lo largo
de los años; y, por el mismo proceso que había empleado para dirigir la fuerza de los
demás contra sí mismos, la mía se volvía contra mí, hundiéndome cada vez más
profundamente, cada vez más dentro de la oscuridad, hasta que toda luz se hubo
perdido para mí.
Me hundía, porque su poder era más grande que el mío. Me hundía cada vez más;
pero, cuando al fin estuve perdido en la oscuridad total y renuncié incluso a luchar,
descubrí que no podía. Había algo en mí que no quería rendirse, que seguía
combatiendo. Y comprendí también lo que era.
Era lo que Matías había sido incapaz de matar en mí cuando era un niño. Era toda
la Tierra y el hombre que luchaba para ascender. Era Leónidas y sus Trescientos en
las Termópilas. Era la marcha errante de los israelitas por el desierto y el paso del
Mar Rojo. Era el Partenón en Acrópolis, blanco por encima de Atenas, y la oscuridad

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sin ventanas de la casa de mi tío.
Aquello estaba en mí —el espíritu que todo hombre se niega a perder— y no
cedería. Súbitamente, en mi mente maltratada y atormentada que se hundía en la
oscuridad, algo saltó de alegría. Porque, abruptamente, había descubierto que también
para mí era aquella tierra alta y rocosa en la que el aire era puro y los retazos de
avaricia y maldad eran arrastrados por el implacable viento de la fe.
Había atacado a Jamethon donde más fuerte era… justo al salir de su propia
debilidad. Era aquello lo que Padma quería decir al mencionar que había luchado
contra mí mismo al enfrentarme a Jamethon. Por ello había perdido aquel conflicto en
que enfrenté mi incredulidad a sus fuertes creencias. Pero mi derrota no significaba
que yo no poseyera alguna fuerza interior. Estaba allí, estaba allí desde siempre,
oculta en mí.
La veía muy claramente. Y resonaba como las campanas que tañen por la victoria,
y me pareció escuchar una vez más la seca voz de Mark Torre resonando hacia mí
triunfalmente; y la voz de Lisa que, lo veía al fin claramente, me había entendido
mejor que lo que me entendía yo mismo y nunca me abandonó. Lisa. Y, al pensar en
ella de nuevo, empecé a entenderles a todos.
Los millones, los miles de millones de voces que murmuraban… las voces de
todas las razas humanas desde que el hombre se irguió por primera vez y adelantó a
sus antepasados. Me rodeaban una vez más como lo hicieron en el Punto de Tránsito
de la Enciclopedia Final; y se cerraban sobre mí como si fueran alas, levantándome,
invencible en las tinieblas, con el estimulante valor que era el mismo de Kensie, una
fe que era madre de la de Jamethon, una búsqueda que era hermana de la de Padma.
Con todo aquello, mi ansiedad y mi temor, inspirados por Matías, por los
habitantes de los jóvenes mundos, desaparecieron de una vez para siempre. Por fin lo
veía todo claramente. Si ellos sólo tenían una cosa, yo lo poseía todo en potencia.
Como terrestre que era, formaba parte de todas las razas de los jóvenes mundos y no
había ninguna que no pudiera encontrar en mí claros ecos de sí misma.
Emergí al fin de la oscuridad a la luz del día… en el lugar de los primeros rayos,
al vacío insondable donde la verdadera batalla se celebraba, la batalla de los hombres
sinceros contra la oscuridad secular y hostil cuyo objetivo era dejarnos para siempre
en el estado de los animales. Y, a lo lejos, como al extremo de un largo túnel, vi a
Padma bajo la luz que se afirmaba, en una lluvia casi inexistente… Padma, que se
dirigía a mí.
—Ahora ve —me dijo— por qué la Enciclopedia debe tenerle. Sólo Mark Torre
era capaz de llevarla al punto en que ahora se encuentra; y sólo usted puede terminar
la tarea, pues la gran mayoría de los habitantes de la Tierra todavía no puede tener
una visión completa del futuro. Usted, que ha conseguido establecer un puente entre
los habitantes de las Culturas Divididas y los hombres de la Tierra, puede hacer que
su visión penetre en la Enciclopedia para que, cuando esté terminada, sea útil para los
que ahora no ven en ella ninguna utilidad; así ayudará a la transformación que se

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producirá cuando los habitantes de las Culturas Divididas deshagan lo andado para
volver al fondo esencial de la Tierra y crear de ese modo una nueva forma
evolucionada de Hombre.
Su poderosa mirada pareció endurecerse un poco en la luz que se acentuaba. Su
sonrisa se convirtió en una mueca triste.
—Vivirá para ver algo más que yo. Adiós, Tam.
Sin advertencias, lo vi. Súbitamente, en mi mente, corrieron y se juntaron la
visión y la Enciclopedia… y cobraron un aspecto real. Y, en el mismo momento, mi
espíritu al galope se encontró en el camino de la oposición que hallaría al ayudar a
nacer aquella realidad.
Y empezaban ya a tomar forma en mi mente, a partir de los conocimientos que
tenía de mi propio mundo, aquellas posiciones y métodos a los que me tendría que
enfrentar. Mi mente calculaba a toda velocidad, retenía los cálculos y comenzaba a
trazar planes para superar la adversidad. Veía que tendría que trabajar con métodos
distintos a los empleados por Mark Torre. Mantendría su nombre como emblema y
me limitaría a pretender que la Enciclopedia seguía por los cauces marcados por él.
Pretendería ser un miembro del Consejo de Gobernadores, cuyos poderes, en teoría,
serían igual a los míos.
Pero, en realidad, yo les conduciría, tan sutilmente como fuese posible; y estaría
libre de todas las molestas protecciones que había tenido Torre en contra de locos
como el que le había asesinado. Podría moverme por la Tierra y dirigiría, al mismo
tiempo, la elaboración de la Enciclopedia, para localizar y deshacer los esfuerzos de
los que intentasen actuar contra ella. Y ya empezaba a ver cómo hacerlo.
—Espere —le pedí a Padma. Se detuvo y se volvió. Era difícil hablar, pero había
que hacerlo—. Usted… —Tragué saliva—. Usted nunca ha renunciado. Todo el
tiempo ha confiado en mí.
—No —dijo. Entorné los ojos, pero sacudió la cabeza—. Tenía que creer en el
resultado de mis cálculos. —Sonrió ligeramente, casi con tristeza—. Y mis cálculos
no le daban a usted muchas esperanzas. Incluso en el crucial momento de la
recepción de Donal Graeme en Freilandia, con cinco años de datos acumulados
procedentes de la Enciclopedia, la posibilidad de su salvación parecía tan pequeña
que no se podía casi tener en cuenta. Incluso en Mará, cuando le curaron, nuestros
cálculos no daban esperanzas.
—Pero… usted se quedó a mi lado —murmuré mirándole fijamente.
—Yo no. Ninguno de nosotros. Sólo Lisa —dijo—. Ella no le ha abandonado
desde la primera vez que le vio en el despacho de Mark Torre. Ella nos dijo que había
visto algo —como una chispa que saliera de usted— cuando le habló durante la
visita, incluso antes de que llegaran a la Sala de Tránsito. Ella creyó en usted. Y,
cuando decidimos que le curaran en Mará, ella insistió en ser parte del proceso para
que pudiéramos unirla a usted mediante algún lazo emotivo.
—¿Unirla? —No lo entendía.

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—Sellamos sus relaciones emotivas en el mismo proceso que le permitió
restablecerse. Para usted no había diferencia, pero le unió a ella irrevocablemente.
Ahora, si ella le perdiera, sufriría tanto, puede que más, como lo que ha sufrido Ian
Graeme por la muerte de Kensie.
Guardó silencio y me observó.
Pero yo seguía sin entender.
—No entiendo nada —repliqué—. Dijo que lo que le hicieron no la afectó.
Entonces, ¿para qué…?
—Oh, por lo que pudimos calcular, aquello no afectaba en nada a lo que
interpretamos después. Si ella estaba unida a usted, usted también lo estaba a ella.
Pero era como colgar un gorrión con un hilo del dedo de un gigante si se consideraba
la importancia relativa de sus efectos en el sistema con relación a la de ella. Sólo Lisa
pensaba que le vendría bien.
Dio media vuelta.
—Adiós, Tam —dijo. En el aire todavía brumoso que empezaba a aclararse, le vi
avanzar solo hacia la iglesia, de donde provenía la voz del celebrante que anunciaba
el inicio del himno final.
Me quedé allí plantado, absorto. Pero, súbitamente, empecé a reír sonoramente,
porque acababa de darme cuenta abruptamente de que yo era más sabio que él. Todos
sus cálculos exóticos no habrían sido capaces de revelar por qué razón aquel lazo que
existía entre Lisa y yo podía salvarme.
Todo fluía en mí en aquellos momentos; incluso el poderoso amor que sentía por
ella; y reconocí que durante todo aquel tiempo, el individuo solitario en qué me había
convertido le había dado a Lisa todo su amor, pero me había negado a admitirlo. Y
por aquel amor deseaba la vida. Un gigante puede llevar un pájaro cantor sin
esfuerzo, aunque aletee. Pero si siente algún sentimiento por el pajarillo, quizá sea
transformado por el amor, cosa que la fuerza no habría conseguido.
De aquel mismo modo, a lo largo del hilo invisible que nos unía, la fe de Lisa se
había aliado con la mía, y no podía apagar la mía sin hacer lo mismo con la suya.
¿Por qué razón fui junto a ella cuando me llamó para decirme que habían asesinado a
Mark Torre? Incluso en aquel lejano momento me aparté de mi camino para reunirme
con ella.
Mientras descubría todo aquello, la aguja de la brújula de mi destino empezó a
desplazarse bruscamente ciento ochenta grados, y todo apareció ante mí bañado por
una súbita luz totalmente nueva, con limpieza y claridad. Nada había cambiado en
mí, ninguna de mis ansias, de mis ambiciones y júbilos, pero yo sí lo había hecho. Me
eché a reír ante la simplicidad de los acontecimientos; al fin vi que los objetivos eran
completamente opuestos:

DESTRUIR : CONSTRUIR

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CONSTRUIR… la respuesta pura y simple que tanto había deseado encontrar
durante todos los años en que me opuse a la nada de Matías. Para ello había nacido,
porque aquello era lo que estaba en el Partenón, en la Enciclopedia y en todos los
hijos de los hombres.
Había nacido, como todos nosotros —incluso Matías— si no nos apartamos de
nuestro camino, para crear cosas antes que para destrozarlas, creador antes que
destructor. Al fin, como un trozo de metal desprovisto de impurezas, resonaba a
través de los átomos y las fibras de mi ser de acuerdo con la profunda e inmutable
frecuencia del objetivo verdadero de la vida. Atontado y débil, me aparté por fin de la
iglesia y me dirigí hacia el vehículo. Ya casi no llovía y el cielo empezaba a
iluminarse rápidamente. La débil bruma húmeda caía más dulcemente y el aire era
fresco y parecía renovado.
Baje las ventanillas del coche y salí del aparcamiento para tomar la larga ruta que
me llevaría al espaciopuerto. Y, por la abierta ventanilla, les oí entonar el himno final
en el interior de la iglesia. Era el Canto de Guerra de los soldados amistosos.
Mientras me alejaba por la carretera, las voces parecieron perseguirme con un sonido
que no era ni triste ni lúgubre, y que no expresaba un adiós, sino que era poderoso y
triunfal… el canto de los seres que entonan un himno de marcha al empezar un nuevo
día.
Soldado, no preguntes, ni ahora ni nunca. Hacia qué guerra tus banderas van.
El canto me fue siguiendo mientras me alejaba. Y, a medida que lo hacía, todas
las voces parecieron fundirse hasta que sólo fueron una voz que cantaba muy alto.
Por encima de mí, las nubes se desgarraron. El sol se filtraba a través de sus jirones y
el cielo azul que se veía por ellos se parecía a esas banderas ondeantes, como los
estandartes de un ejército que se dirigiera a tierras desconocidas.
Los observé mientras avanzaban, hasta el momento en que se confundieron con el
cielo, y escuché sus voces a mis espaldas durante mucho tiempo. Las oí durante todo
el camino que me conducía al espacio-puerto, donde embarcaría en el navío que me
llevaría a la Tierra donde, bajo el sol, me esperaba Lisa.

FIN

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Gordon Rupert Dickson nace en Edmonton, Alberta (Canadá) el 1 de noviembre de
1923 y a la edad de 13 años se muda a Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra
Mundial sirve tres años en el ejército, a la vuelta de los cuales retoma sus estudios en
la Universidad de Minnesota y comienza a escribir. Fue director de la SFWA desde
1969 a 1971. Muere el 31 de enero de 2001. Poco antes de su muerte había sido
incluido en el Salón de la Fama de la ciencia ficción.
Escribió numerosas historias que fueron publicadas en diferentes revistas y por las
que ganó tres veces el premio Hugo.
Su principal aportación fue el ciclo childe o ciclo de dorsai, iniciado con El general
genético (1960) (reeditada en 1976 como Dorsai!) y que trata sobre la carrera militar
de un joven soldado en una civilización alienígena y que se extiende a lo largo de sus
principales obras hasta su novela póstuma, Antagonist.
Colaboró con autores como Poul Anderson, Keith Laumer y Harry Harrison.

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