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Anterograde Tomorrow

Kyungsoo tiene amnesia a corto plazo y encuentra notas de un hombre llamado Jongin en su habitación describiendo momentos íntimos entre ellos. Jongin le dice que se enamoraron ayer y que hoy volverá a enamorarse de él. El prólogo presenta su extraña relación.

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Anterograde Tomorrow

Kyungsoo tiene amnesia a corto plazo y encuentra notas de un hombre llamado Jongin en su habitación describiendo momentos íntimos entre ellos. Jongin le dice que se enamoraron ayer y que hoy volverá a enamorarse de él. El prólogo presenta su extraña relación.

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[exo fanfic trans] anterograde tomorrow - prólogo

Title: Anterograde Tomorrow

Pairing: kaisoo, broken!lukai

Rating: (prólogo: pg-13)

Genre: Romance, Tragedy, slight!angst

Length: three-shot (Prólogo/3)

Summary: Kyungsoo está atrapado en las horas mientras que Jongin ruega a los
segundos, porque el tiempo se detiene para los que no pueden recordar y vuela para
los que no pueden perder el último tren.

(t/n): He de decir que estoy histérica con esta traducción porque nunca me parece lo
suficientemente buena... así que espero que os guste ;__; ¡Feliz Kaisoo day! ♥ beta'ed
por darkkaya /no repostear.

[prólogo: margaritas]

La luz del sol flota en el sueño de Kyungsoo, deriva en algo frío y salado y que tal vez
implica talones hundiéndose en la blanda franja de arena que hay entre el océano y la
playa. Se gira, y la arena húmeda se convierte en cálidas sábanas.

Cuando abre los ojos, el cóctel de alas de gaviota y tonos de azul es sustituido por un
techo un par de metros demasiado bajo, una pequeña ventana al fondo de una
habitación estrecha y tablas de madera astilladas bajo alfombras gastadas. Es su
habitación, aunque no está exactamente igual a como estaba cuando despertó ayer,
porque hay post-its verdes pegados por cada centímetro de cada pared que él no
recuerda haber puesto. Es como una segunda piel de coloridos textos, diagramas,
números y fechas. La brisa mueve las cortinas y hace que las notas se muevan,
sacando una melodía de aplausos del papel ligeramente húmedo.

La vista es desconocida pero no extraña, como si fuera algo que ya debe de haber
ocurrido antes pero que escapa a su memoria. A lo mejor ha pasado un día entre hoy
y ayer. O tal vez más de uno. Por alguna razón, no tiene que leer las notas para saber
que explicarán cuántos días han pasado, y lo que tiene que hacer hoy.

Pero las pequeñas motas de post-its amarillos sobre el verde, algunos de ellos
pegados en el suelo, en las paredes, en la mesa e incluso en la almohada que hay
junto a él, son tanto desconocidas como extrañas. La letra es diferente. No hay
fechas. Sólo palabras.

Kyungsoo se incorpora lentamente, extendiendo la mano como de costumbre para


apoyarse en la mesita de noche al deslizarse fuera de la cama. Nota la alfombra
áspera bajo sus pies desnudos, siente en el paladar el aroma suave a café recién
hecho, el que preparan a las seis de la mañana de la cafetería de abajo. Coge el post-
it amarillo que hay en la almohada y lo lee:

“Te llamas Do Kyungsoo. Tienes pérdida de memoria a corto plazo (aunque tiene un
nombre más complicado) así que no recordarás lo que pasó anoche. Pero déjame
ayudarte.”

Coge el post-it de la otra almohada:

“Anoche puse mi cabeza sobre esta almohada, y mis brazos alrededor de tu cintura.
Mi nombre es Kim Jongin. Te llamo hyung. Ayer me amabas. Hoy me amarás otra
vez.”
Kyungsoo da un paso atrás, con los ojos y la boca abiertos de par en par por la
sorpresa. Oye el crujido de otro post-it bajo su talón.

“Aquí es donde me desnudaste.”

“Aquí es donde te desnudé yo”, está pegado en la pared, justo encima de una nota en
verde que dice ‘Mijin ya no prepara pasteles de arroz — 05/05/2008’.

Hay otra a unos centímetros de esa que dice:

“Aquí te levanté contra la pared y te besé apasionadamente (más o menos, estaba un


poco oscuro) y pensamos que deberíamos hacerlo.”

Encima de la mesa hay otra nota.

“Aquí te sentaste, con las piernas colgando. Puse la palma de mi mano sobre tu
rodilla, y tú te inclinaste hacia mí y me besaste primero.”

En el cofre que hay a los pies de su cama:

“Hablamos de ballet. Tarareaste una melodía y mis dedos hicieron un arabesque aquí
(porque tu techo es demasiado bajo y preferiría no darme un golpe en la cabeza,
¿vale?), aquí hice un grand jeté hasta el suelo, fouetté en tournant y después sissonne
en el dorso de tu mano. Pas de valse subiendo rápidamente por tu brazo y tú
sonreíste.”

En la puerta de su habitación:
“Me apoyé aquí y leí tus post-its verdes mientras tú ibas de un lado para otro
limpiando líos invisibles. Se me ocurrió que todas estas notas verdes parecían césped,
y el césped es aburrido sin margaritas. Así que espero que te guste el amarillo.”

Al abrir la puerta, un post-it acaba pegado de un golpe en su frente.

“Y aquí está Kim Jongin. ¿Me dices hola?”

Kyungsoo mira hacia arriba, con la mirada recorre rápidamente los contornos de unas
clavículas afiladas, piel morena, una mandíbula definida. Un milímetro detrás de otro.
La necesidad de dar un portazo y llamar a la policía porque hay un extraño en su casa
y ese extraño le ha dejado unas notas indudablemente raras lo invade.

Tiene el pulso acelerado y está algo mareado, la cabeza le da vueltas y siente como si
el estómago se le hubiera vuelto del revés. No se siente los dedos, es más, tampoco
siente las rodillas. Pero todo vuelve a estabilizarse – casi como si tuviera que ser así –
cuando sus ojos atisban una sonrisa estúpida y un par de ojos brillantes.

—Hola, hyung —dice Jongin, las comisuras de sus labios rompen la sonrisa, aunque
sus rasgos siguen pareciendo suaves. Su voz es nueva, desde luego, y Kyungsoo no
puede recordar con precisión cuándo la ha oído antes… si es que la ha oído.

Y sin embargo, es casi demasiado natural corresponder a la sonrisa de Jongin con un


“hola” en voz bajísima; y de algún modo las sílabas suenan perfectas en su lengua,
quizás porque ya las ha dicho miles de veces. Quizás porque están destinadas a
serlo.

[parte uno: perdido y atrapado]

(~7274 palabras)
Kyungsoo tiene un libro de recortes con caras y fechas. Un collage de polaroids con
frases cortas escritas debajo. Este es Zitao, el nuevo camarero chino que hace el
turno de los miércoles por la noche (6 de junio de 2008); este es Yifan, un modelo que
pide Rhapsody in Blue* con un whisky seco todos los domingos (19 de diciembre de
2009); Baekhyun, se mudó (4 de marzo de 2010).

Es una sinopsis de Do Kyungsoo: vecinos, conocidos, viejos amigos, nuevos


desconocidos, todos presentados con precisión militar.

Hacia el final hay una instantánea de una figura encorvada, apoyada en un muro de
ladrillos, con una rodilla doblada y aguantando todo el peso de su cuerpo sobre la otra.
Sostiene perezosamente un cigarro entre unos dedos largos y delgados, un gris
monocromático flota junto a su semblante. El humo blanco sale girando de las
comisuras de sus labios, difuminándose entre el pelo y la llovizna, y da una extraña
sensación de soledad.

Bajo la fotografía hay dos palabras garabateadas. Vecino, fumando.

La fecha del periódico es el 12 de julio de 2012. Pero dejando aparte el hecho de que
Kyungsoo juraría que ayer fue 24 de noviembre de 2008, su camiseta ocupa más de
un cuarto de la foto de la portada. Su camiseta favorita. La que le habían regalado al
nombrarle “empleado de la semana”, con un logo de Pororo torcido, cosido a mano;
mostrándose en su magnificada gloria en la noticia de primera página.
Ojeando rápidamente los titulares de “caos masivo en el centro de Seúl causado por
una lluvia de dinero”, Kyungsoo vuelve a centrarse en la fotografía. Es su camiseta
con toda seguridad, la misma que lleva puesta ahora mismo y con la que se ha
despertado en su cama hace veinte minutos, de hecho. Para ser más exactos, es la
misma camiseta que no recuerda haber llevado a ningún ático carísimo, donde
parecía que se había tomado la fotografía.

Según el artículo, “el aclamado novelista Kim Jongin acaba de quedar en libertad bajo
fianza por alteración del orden público, tras causar literalmente una tormenta de
billetes de cien mil wons desde la ventana de su ático en Seúl, junto con un cómplice
cuyo nombre se desconoce. Con lo que han llamado ‘confeti de millones de wons’, ha
causado el atasco más grande de la historia de Seúl, que ha bloqueado
completamente las calles en un radio de dos kilómetros cuando los residentes se han
apresurado a salir a recoger el dinero.”

Pero según dice Kyungsoo mientras le pone a Minseok el periódico bajo las narices:

—A la prensa nacional cada vez se le ocurren bromas más elaboradas… ¿pero de


dónde han sacado mi camiseta?

Minseok frunce el ceño mirando el artículo, y lo frunce aún más al mirar a Kyungsoo, y
entonces vuelve la mirada a la otra punta del bar. Kyungsoo está demasiado ocupado
mirando el artículo y asegurándose de que es su camiseta la que sale como para
darse cuenta de la mirada de Minseok, o de que hay alguien excepcionalmente bien
vestido sentado al final de dicha mirada. Alguien que intenta esconder cómo sus labios
se retuercen en una sonrisa divertida tras un vaso de whisky.

Se conocen por primera vez, según Kyungsoo, en el ascensor de su edificio. Es


viernes, a primera hora de la mañana de un 13 de julio, una hora en la que el mundo
consiste en farolas inseguras, gritos de borrachos y ocasionales golpes de risa. A esa
hora, sólo están ellos dos y un silencio sepulcral.

Acaba de volver del bar, y Kyungsoo intenta luchar contra el cóctel de humo metálico y
el fuerte olor a alcohol que hay en su pelo. Las últimas notas del saxofón anidan sobre
sus dedos y el ritmo del cinquillo permanece bajo su piel, pero ninguna de esas dos
cosas consigue llenar el abismo que hay entre él y el desconocido.

El desconocido, que sostiene un cigarro apagado entre los dientes, se gira primero. La
luz poco favorecedora del ascensor envuelve su piel con un tono cetrino y un pesado
velo de letargo. Kyungsoo se pregunta, con el ritmo del cinquillo martilleando en sus
venas, si la piel del hombre será tan de plástico como parece.

—Qué calor. La temperatura… Hace calor —dice, extendiendo una mano que
Kyungsoo estrecha con vacilación. Su apretón es de dedos largos y
sorprendentemente fríos, uñas cortas y limadas y una piel curtida y tirante sobre unos
nudillos huesudos.

—Um —responde Kyungsoo, en cuanto ve al desconocido casi taladrándolo con la


mirada. De repente, el apretón de manos parece más un juicio deliberado que un
saludo repentino. Más aterrador que tenso, más horrible que incómodo.

Entre los chirridos del ascensor llegando al piso y el parpadeo de la bombilla


fluorescente, se oye la voz de Kyungsoo, dos octavas más aguda de lo normal:

—Sí… Hace calor hoy.

El desconocido no dice nada, apoya la espalda contra la pared del ascensor y lo


observa, recorriendo a Kyungsoo de arriba abajo con los ojos. Es la clase de mirada
que hace que Kyungsoo se encoja dentro de su chaqueta, aunque una fina capa de
cachemir poco puede hacer para esconderlo de las pupilas fijas del otro. Parece que
el tiempo se para hasta que las puertas del ascensor se abren, y Kyungsoo suelta una
bocanada de aire que no sabía que estaba conteniendo.

Sólo después, cuando Kyungsoo ya está caminando por los pasillos del edificio y nota
que el extraño lo está siguiendo, se da cuenta de que probablemente no sea la
primera vez que se ven.

—¿Te conozco de algo? —pregunta al fin, y su voz retumba intranquila por los largos
pasillos. El desconocido se ha parado en la puerta contigua, y está girando un llavero
en torno a su dedo índice. Un rayo de luz de luna atraviesa la verja y arranca un
destello de algo que hay en su traje. Kyungsoo ve un par de gemelos, brillantes y
aparentemente caros. Demasiado caros como para pertenecer a alguien que vive en
este tipo de residencia.

—¿Tú crees? —los labios del desconocido se retuercen lentamente, formando una
sonrisa.

Kyungsoo se arranca las pelusas del bolsillo, nervioso. No recuerda haber visto la cara
del desconocido cuando ha comprobado su libro de recuerdos antes. Pero a lo mejor
se ha saltado una página. Ya le ha pasado en otras ocasiones. Se apresura a buscar
en su mochila, pero una risa más parecida a un ladrido lo interrumpe.

—Así que lo de la amnesia no iba de coña.

—¿Qué?

—Qué interesante. Guay. De verdad. ¿Qué es lo último que recuerdas haber hecho? –
le vuelve a interrumpir el desconocido. Al parecer no tiene ninguna prisa, se apoya
contra su puerta y mira cómo Kyungsoo se pelea torpemente con la cerradura.
Incluso en la oscuridad, se puede distinguir el guiño de sádica diversión que hay en su
sonrisa. Le hace parecer más mayor de lo que es, casi da pena.

Kyungsoo está esforzándose tanto por pensar que se le olvida responder, y para
cuando se vuelve a mirar otra vez, el desconocido ya no está.

Se conocen de nuevo por primera vez en las escaleras. La salida del sol anuncia el
comienzo de un lunes, y una ráfaga de verano disipa los últimos rayos de luz de luna.
Kyungsoo baja las escaleras a toda prisa para llegar a su trabajo en la fábrica y el
hombre con un cigarro apagado entre los labios está subiendo. Sus miradas chocan, y
tal vez sus hombros se rozan, y eso es suficiente para que Kyungsoo se quede parado
a mitad de un paso.

Pero el hombre no malgasta ni un segundo en devolver la mirada atónita de


Kyungsoo. Simplemente sigue subiendo, respirando entrecortadamente, con la cara
pálida y perlada de sudor. Kyungsoo ve cómo las piernas le tiemblan y se tambalean
con cada paso, como si ya no fueran lo suficientemente fuertes para soportar el
enorme e invisible peso que carga sobre los hombros. Como si fuera a tropezar y
derrumbarse sólo con el más leve roce de la brisa. Es casi sobrecogedor lo rota que
parece su espalda desde ese ángulo, con la tela cediendo sobre huesos como
cuchillas, ángulos afilados y líneas demacradas. La idea de hacerle una foto a ese
hombre le pasa por la cabeza, pero Kyungsoo no sabe cómo etiquetaría la foto, y
además llega tarde al trabajo, así que sigue su camino.

Para Kyungsoo, los veranos en los suburbios de Seúl están hechos de medias voces
que se entrelazan a medianoche, cajas de cartón de juguetes sobrantes que arrastra
una cinta transportadora, granizados de azuki y periódicos arrugados bajo leves besos
del atardecer. Ahora hay más páginas escritas en sus libros de recortes. Su vida va
construyéndose con columnas de notas negras; Zitao y Yifan ya son más que amigos,
Minseok ha encontrado un tono nuevo, hay un desconocido viviendo en el
apartamento vacío a la izquierda del suyo, y tal vez hayan hablado antes.
*

Se conocen por la última de las primeras veces cuando Kyungsoo abre su puerta y se
encuentra cara a cara con unas pupilas enormes y dilatadas.

—Hola —dice el hombre con una sonrisa, de la que cuelga un cigarro—. Me llamo
Jongin. Soy escritor. Novelista. Me mudé al piso de al lado hace una semana. En
nombre de la inspiración, el arte, descubrir la pobreza, evitar las aglomeraciones de
periodistas en la puerta de mi casa, etcétera. El caso es que ya hemos hablado antes.
Dos veces.

—Oh —Kyungsoo recurre inmediatamente a su respuesta habitual—. Lo siento, tengo


amnesia anterógrada así que…

—No me recuerdas. Ya lo sé. Se te olvida todo al final del día, así que mañana
tampoco me recordarás.

Jongin da un paso atrás, abre su zippo, arrancándole una llama para encender su
cigarro, le da una larga calada y deja que el humo escape, viscoso y blanco, por entre
sus dientes.

—Bueno, eso da igual. Escucha. Tengo que entregarle un manuscrito a mi editor, Oh


Sehun, si lo conocieras sabrías lo gilipollas que es; pero el caso es que si no le doy
algo en un mes me va a echar una bronca del quince… y sinceramente, estoy sin
ideas. Bueno, en realidad no. Tengo una idea. Y la idea implica…

Kyungsoo no se da cuenta de que ha estado aguantando la respiración hasta que se


pone a toser por el humo.
—Um, sí. ¿Implica…?

—Te implica a ti —Jongin sonríe.

Lo que pasa con la sonrisa de Jongin es que es sólo su boca la que se mueve, así que
Kyungsoo sólo ve la preciosa imagen de carísimas camisas blancas almidonadas y
una sonriente tristeza. Un montón de sufrimiento envuelto en dientes expuestos y ojos
entrecerrados. Los adjetivos más hermosos para salpicar un alma abandonada, los
epítetos más delicados para atravesar un corazón hermético.

Eso es lo que apunta Kyungsoo en la polaroid que le hace a Jongin esa noche. Este
es Jongin, nuevo vecino, novelista, de sonrisa triste. (17 de julio de 2012). Tendremos
entrevistas. Quiere escribir un libro sobre mí.

Durante la cena del miércoles, Kyungsoo decide que aunque sus rituales diarios son
simples y repetitivos, es mejor así. Su memoria no dura lo suficiente como para que
pueda seguir el ritmo de los cambios a largo plazo, y de todas formas, tampoco puede
cansarse de hacer algo que no recuerda haber hecho.

—Bueno, ¿a qué te dedicas? —le pregunta Jongin, con un bolígrafo colocado detrás
de la oreja y otro entre sus dedos.

Kyungsoo le cuenta que trabaja en una fábrica de juguetes cercana de nueve a cinco,
pegando pequeños ojos de cristal brillante en peluches de personajes de dibujos
animados. Un soplo de artificialidad por una chispa de vida. Ese trabajo es puramente
para tener un soporte económico, aunque Kyungsoo piensa que tal vez ha acabado
por cogerles cariño a sus compañeros y la suavidad de los peluches, las telas, sus
sonrisas eternamente alegres. El trabajo le proporciona lo justo para pagar el alquiler y
cubrir sus necesidades. Aun así, está bien, porque todo se arregla cuando llegan las
siete. A las siete, se dirige al bar, a extraer cuidadosamente melodías efímeras de su
alma. Técnicamente, esa es la hora de recoger monedas tímidamente en medio de un
caos de embriaguez, pero para Kyungsoo, es la de moldear palabras de la nada, la de
las bocanadas de humo y vibraciones de la música, ojos cerrados y leves suspiros que
abrazan las pequeñas virutas de serrín que hay sobre la moqueta. La hora en la que
las musas se deslizan entre los dedos de sus manos y se enroscan alrededor de sus
pies. Las siete es la hora de la pasión. Un sueño.

Kyungsoo deja que los doscientos seis huesos de su cuerpo se recoloquen mientras
respira hondo.

—Supongo que puede parecer algo deslucido. Pero es difícil saber cuándo algo
parece deslucido si nunca has sentido la luz. Si nunca te has sentido vivo, quiero
decir.

—¿Así que eres como un muerto viviente?

—Más bien un fósil viviente.

Minseok, su amigo de la infancia y que también es cantante en el bar, siempre bromea


diciendo que como el tiempo se paró para Kyungsoo hacía cuatro años, tendría veinte
años eternamente. Aunque la verdad es que no era una broma, y hacía mucho tiempo
que la gente había dejado de reírse.

—Pues a mí me parece divertido —señala Jongin, dejando caer la colilla en la lata de


cerveza y dando un trago agradecido después. Kyungsoo intenta no pensar en cómo
sabrá eso, la nicotina y el tabaco ahogándose en un mar de trigo burbujeante. En
lugar de eso, echa un vistazo al cuaderno de Jongin, a las pequeñas e ilegibles líneas
de tinta negra que hay esparcidas por los bordes. Jongin le explica que son para un
libro que está escribiendo. Una romántica historia sobre un hombre que se borra a sí
mismo al final de cada día. Kyungsoo pregunta dónde está el romanticismo ahí. Jongin
le dice que no se preocupe, que los escritores son unos fanfarrones de categoría: sólo
tienen que matar a alguien, y la historia ya queda romántica.

Se habían conocido por segunda vez hacía veinte minutos, cuando Jongin golpeó la
puerta con un paquete de seis latas de Hite y un cigarro sobresaliendo entre sus
dedos relajados.

—Hola, soy Jongin, tu nuevo vecino. Ya nos hemos conocido antes… —en ese
momento, Kyungsoo se apresura a coger su libro y Jongin comenta—: Estoy en la
última página, creo. Soy el tío que va de traje.

Kyungsoo observó la fotografía, y luego a Jongin, y aquí están, veinte minutos


después: sentados en la escalera de incendios, hablando sobre altas filosofías y
romances sub-ideales que en realidad Kyungsoo no consigue imaginar. Sus nudillos y
sus hombros chocan, lo que hace que Kyungsoo esté incómodo, y aún más lo hace el
hecho de que a Jongin no parece importarle. De hecho, Jongin parece más del tipo de
hombres a los que no les importa nada.

—¿Qué quieres decir con que “te parece divertido”?

—Lo más importante: ¿cómo se siente uno al tener veinte años perpetuamente?

Kyungsoo se lo piensa.

—Bien.

—¿Pero no te parece terrible? Estás atrapado en el tiempo, pero el tiempo sigue


pasando. No recuerdas a la gente que viene ni a la que se va. El mundo disminuye a
tu alrededor mientras tú estás atascado en el centro. Todos tus viejos amigos se
marchan o mueren y no puedes hacer amigos nuevos. No puedes amar. No puedes
odiar.

—¿Entonces qué es lo que te parece divertido?

—Es tan triste que es divertido —dice Jongin, encogiéndose de hombros—. La gente
tiende a sentir compasión por las pobres almas inofensivas como tú. Que cargan con
un peso sobrehumano y tienen ambiciones minúsculas. Es como ver a una hormiga
morir quemada bajo una lupa y dar grititos de alegría de lo triste que resulta todo. Es
divertidísimo. Bueno, quiero decir, yo me gano la vida exprimiendo esas sensaciones
hasta la última gota, pero sigue siendo divertidísimo.

Jongin tira la colilla que llevaba entre los dedos y ambos ven cómo las cenizas caen
durante tres tramos de escalera juntos. Una brisa. Jongin inhala el verano y exhala
toxinas. Kyungsoo se toquetea los dedos de las manos y los pies y rasca las
pequeñas partes oxidadas de la escalera de hierro antes de decir, decididamente, algo
que no está seguro de que quisiera decir.

—Suenas tan deprimido...

—Todos los novelistas lo estamos.

—¿Es por eso que fumas tanto?

Jongin escribe “inexplicablemente Buen Samaritano y en consecuencia, cotilla” en la


columna que lleva por título Rasgos de la personalidad en su libreta. Fingiendo no
verlo, Kyungsoo le da un toquecito para que le conteste y al final, Jongin obedece con
una mueca.
—No necesitas saberlo. ¿Por qué no hablamos un poco más de cómo llevas cuenta
de...

—No —espeta Kyungsoo con firmeza—. No, quiero saberlo.

—Oye, el libro es sobre ti...

—Esta conversación es sobre nosotros.

Jongin agacha la cabeza, murmurando algo sobre tocapelotas antes de volver a


alzarla con una sonrisa neutra que hace que las entrañas de Kyungsoo se remuevan.

—De acuerdo. Sobre nosotros.

—De todas formas, mañana no lo recordaré —le dice Kyungsoo.

Jongin hunde sus mejillas, aspirando el humo del cigarro hasta que el pequeño titileo
naranja desaparece, y luego deja que las palabras se derramen de su boca con
blanca vehemencia.

—Te diré lo que me hace estar deprimido —Jongin mira a un punto en la distancia, y
es cuando todo se viene abajo—. Tengo fibrosis pulmonar idiopática. Eso quiere decir
que mis pulmones se están inundando de mocos. Me estoy muriendo. Eso es lo que
me hace estar jodidamente deprimido, ¿vale?

De repente el ruido de los vendedores ambulantes y los niños jugando se vuelve


insoportablemente leve. Kyungsoo mira fijamente sus nudillos y nota como la sangre
se le va de la cara.
—Lo… Lo siento… No sabía que estabas…

—En otras palabras, Dios está asfixiándome a cámara lenta. En tres años, mi corazón
se torcerá por el esfuerzo de bombear oxígeno para todo mi cuerpo. Tendré un fallo
multiorgánico. Comer me será imposible porque ¿cómo voy a comer mientras intento
respirar a través de un tubo? ¿Que por qué fumo? Por qué fumo. Por qué.

Kyungsoo ve como sus nudillos se vuelven cada vez más blancos. Quiere que esto
termine. Lo siente. Lo siente y no entiende nada… pero Jongin tampoco quiere que lo
haga.

—Fumo para morir cuanto antes. Fumo para que cuando esté sedado en el hospital
me vaya con un susurro en lugar de con un chasquido —Jongin asiente, habla de la
tristeza con cursiva gris—. Pero eso no es divertido, ¿sabes? Es simplemente triste.
Soy la persona más triste del puto planeta. Deprimido, ¿no era eso? —suena una
carcajada seca, para acentuar su ira monocromática—. Nah, te estoy tomando el pelo.
Es divertido. Es divertido porque mi vida está llena de esto: crees que estás
escapando, y de repente te chocas contigo mismo. Y veintitrés años después me doy
cuenta de que el camino más largo es el camino más corto a casa, y de que he estado
corriendo en círculos desde la salida. Es la monda, ¿eh?

Ninguno de los dos se ríe, aunque Jongin suelta un bufido cuando Kyungsoo acaba
con la conversación musitando “mañana lo habré olvidado”.

Su entrevista continúa hasta las siete. Kyungsoo canta esta noche, como cualquier
otra noche, pero las palabras y los tonos salen de su boca, no de su corazón; y lo
único que recuerda es humo. El dolor líquido que se filtra por las costuras de Jongin.

Vuelve a casa pasada la medianoche y pega un post-it en la pared, uno de color


amarillo brillante en medio de todos los demás, para que no se le pase por alto
mañana: “Coger un peluche del trabajo. Dejarlo en la puerta del apartamento de al
lado. (19 de julio de 2012)”.

Kyungsoo vuelve a casa del bar, dos días después, para encontrarse un Pororo de
peluche en su puerta. Es el mismo peluche que él cose en el trabajo, y si lo mira muy
fijamente está casi seguro de que fue él mismo el que pegó esos ojos porque él es el
único que maneja el superglue con tanta maestría. Hay una tarjeta de agradecimiento
debajo de Pororo que dice, con una rabiosa tinta negra: “La compasión es un regalo
jodidamente caro cuando viene de alguien a quien no le puede importar nada.”

No tiene ni idea de lo que significan esas palabras, pero el pinchazo que siente en el
corazón es demasiado fuerte como para pasarlo por alto. De repente todas las
melodías y los ritmos se desvanecen en un silencio sobrecogedor. Esta noche hay un
escándalo de risas estridentes e irregulares, que casi parecen sollozos, en el
apartamento de al lado. Una multitud de voces y cháchara, con gritos vagos de Luhan
Jongin Sehun bajo el zumbido de las botellas nunca vacías de whisky y vodka. Al
pasar por delante del apartamento para sacar la basura, Kyungsoo capta la imagen
fugaz de tres caras hermosas flotando tras las cortinas, unas velas en un candelabro,
el aroma áspero a alcohol y colonia y lujo.

Su propio apartamento parece particularmente desolado a esta hora. La oscuridad se


traga todas las paredes y las esquinas. Reescribe todos sus post-its en verde en lugar
de en azul, y el viernes pasa con los chasquidos silenciosos del bolígrafo sobre el
papel color neón.

Aunque técnicamente Kyungsoo no puede recordar haber conocido al escritor que


está apurando el que debe ser su quincuagésimo cigarro de la hora, la carta que tiene
en las manos dice que se supone que tienen que mantener entrevistas regulares.
Además de la carta, él sabe que se han conocido antes. Y esa idea no le resulta
sorprendente (nada, en realidad, le resulta sorprendente), tal vez a causa de la neblina
de humo de tabaco que hace que todo se vea desenfocado: las tazas de café, las
ventanas empañadas, y las esquinas desgastadas y manchadas del cuaderno del
escritor; lo ralentiza todo, oscurece todos los destellos en resplandores y todas las
esquinas se vuelven curvas.

El escritor fuma, un cigarro inmediatamente detrás de otro, y Kyungsoo siente esta


sensación de vacío ajeno que lo observa. Como si algo estuviera derrumbándose
lenta, profunda e irreversiblemente dentro de él.

La cafetería durante la tarde-noche del 21 de julio es un murmullo sordo de tazas de


porcelana chocando entre ellas, el continuo zumbido de estudiantes cansados, crema
batida murmurando en capuccinos. No es especialmente ruidoso, pero el sonido es
del tipo que acaba atrapándote como en arenas movedizas, ahogándote lentamente
sin dejar nada excepto puntas de los dedos aferrándose desesperadas a la tierra y
burbujas de aire rompiendo la superficie.

Kyungsoo construye una pregunta a medias sobre si todos los escritores tienen ese
aspecto, con unos círculos oscuros ensombreciendo sus ojos y una tez a medio
camino entre el blanco y el amarillo, y con tics ocasionales en una ceja. La pregunta
se desmorona tan pronto como el escritor apaga su cigarro y atrapa la mirada de
Kyungsoo. Hay una línea larga y rígida que va de un par de ojos hasta el otro.

—¿Estás bien? —el escritor, que se había presentado como Jongin, le pregunta
bruscamente.

Parece que Jongin no tiene ni el tiempo ni la paciencia para aceptar cualquier otra
alternativa, así que Kyungsoo se limita a asentir:

—Sí, estoy bien.


—Háblame del accidente de hace cuatro años. O bueno, de ayer, según como lo
recuerdas tú —le insta Jongin. Hay un atisbo de ansiedad en su voz. Kyungsoo no
puede evitar darse cuenta del horrible surtido de tiritas que había sobre sus nudillos.
Las manchas verdes y violáceas alrededor de su muñeca. Y entonces se pregunta si
eso será cosa de escritores, esos ojos furiosos y los nudillos ensangrentados y esos
estremecimientos involuntarios.

—Fue un accidente bastante típico —dice Kyungsoo. Aunque no recuerda que han
pasado días desde esa tarde en particular, de algún modo ya no tiene grabado el
shock—. Estaba volviendo a casa de la fábrica, la misma en la que trabajo ahora, y
me atropelló un camión de fruta. Llevaba manzanas. Manzanas rojas.

—¿Siempre has estado trabajando en esa fábrica?

—Sí, desde que cumplí dieciocho. Entré en cuanto terminé el instituto. Mi madre murió
y mi padre estaba enfermo, así que tuve que pagar su...

—Sí, vale —interrumpe Jongin. Kyungsoo ve el gesto de exasperación en su cara y


quiere protestar, porque no, no es la típica historia trágica de otro niño más
haciéndose el héroe. Es una historia de familia, de calidez, de galletas ganadas con
mucho esfuerzo junto a la cama y de contar las gotas que caen del gotero a la vía, y
de rezar a dibujos animados para que le traigan la felicidad.

Pero Jongin no está de humor para considerar aclaraciones.

—Así que, si no fueras un ser humano tan responsable, ¿habrías sido cantante?

—Supongo.
—Y entonces te atropelló un camión. Tienes una suerte espectacular —bromea
Jongin, y anota algo en su cuaderno. Furiosamente.

Kyungsoo se muerde el labio inferior, un mal hábito que tiene.

—¿Estás… enfadado?

—No —espeta Jongin, un segundo demasiado rápido. Kyungsoo se queda callado


mientras Jongin lee la siguiente pregunta, sin apartar apenas la vista de su bolígrafo.

—¿Cómo sigues el ritmo de lo que ocurre en tu vida? Con todos los detalles.

—Normalmente, le hago fotos a la gente nueva con la que me encuentro, las pego en
un cuaderno y hago una lista sobre las cosas que he aprendido de ellos. Lo releo todo
al principio de cada día y lo pongo al día por la noche. Otras cosas… escribo en las
paredes, y en mi agenda. Los asuntos temporales los escribo en post-its y los pego en
cualquier parte. Habitualmente, en las paredes —Kyungsoo mira su taza de café, y
otra vez a Jongin cuando no recibe más respuesta que el sonoro chirrido del bolígrafo
contra el papel.

—¿Consideras que tienes que aprender las cosas varias veces? Por ejemplo, si hoy
aprendes cómo llegar a esta cafetería, ¿mañana habrías olvidado cómo volver?

—Bueno, no. Recuerdo las respuestas. Pero no recuerdo haberlas aprendido. Mañana
no recordaría haber venido aquí contigo, sólo sabría dónde está este lugar.

—Conveniente.

—¿De verdad que no estás molesto por algo?


—No.

—¿Por nada?

—Oye. Estamos escribiendo sobre ti. Una novela sobre ti. No hablemos de mí, ¿vale?

—¿Por qué estás enfadado?

Los hombros de Jongin se hunden y suelta el cuaderno, el bolígrafo, todo con un


estrépito. Se pasa una mano áspera por la cara, frotándose sus rasgos tristes, y mira
a Kyungsoo con exasperación exhausta. A lo mejor hiede un poco a arrogancia
culpable mientras susurra:

—Problemas, ¿vale? Las personas con memoria de verdad tenemos problemas.

Kyungsoo no se rinde a los toquecitos impacientes de los dedos de Jongin.

—Si necesitas hablar con alguien sobre esos problemas, sabes que yo...

—Eres la persona perfecta para echárselo todo encima, por supuesto, ya que nada te
supone una puta carga porque nunca podrías recordarlo, ¿verdad?

Kyungsoo siente en su interior, de manera vaga, que a lo mejor ya ha dicho esa


misma frase demasiadas veces. A lo mejor ya han vivido esta situación antes: Jongin
frustrado y en el límite entre el arte y la realidad; Kyungsoo confuso y preocupado,
intentando ayudar a Jongin pero sin tener ni idea de cómo puede hacerlo.
—Lo siento —dice, al fin, cuando Jongin ha dejado de jadear para tratar de absorber
algo de oxígeno. No puede apartar la vista de la forma en que los dedos de Jongin
tiemblan—. Tienes razón. Lo siento si ya te he preguntado esto antes y si te estoy
recordando algo desagradable, de verdad que no es mi intenc...

—Son manos —decide Jongin súbitamente. A Kyungsoo le lleva bastante tiempo


reconocer la voz de Jongin porque es baja, monótona y terriblemente tranquila. No se
parece en nada a su voz habitual, y se dispersa en el aire como éter—. Escucha. Mi
vida va de manos. De meter a la fuerza tus manos cubiertas de anillos de diamantes
en mi garganta cubierta de bilis. De hacer mi alma jirones con un par de esos guantes
caros tuyos. Todo va de manos. Uñas que dibujan medialunas sangrientas. Huellas
digitales manchadas de tinta que bajan por unos muslos. Nudillos que agrietan reflejos
tras una fina capa de pintura y cristal. Manos, manos, manos.

Un trago de café y Kyungsoo le muestra una sonrisa de disculpa.

—De verdad, yo aún no…

—Me estoy muriendo, ¿vale?

Kyungsoo siente cómo su corazón se desploma mientras Jongin continúa, con la


insensibilidad de un hombre que ya ha anunciado lo mismo un millar de veces.

—En tres años, tal vez dos, estaré muerto. Incluso puede que en menos tiempo. Pero
¿sabes?, la gente no me amará cuando esté muerto. Es un hecho. Tal vez me
compadezcan. Me admiren. Puede que digan que fui un genio, que se deleiten con la
gran obra de arte que supuso mi vida. ¿Y qué hago yo con todo eso? ¿Puedo
venderlo? ¿Puedo tener un futuro y una casa blanca y discutir sobre qué plantas
pongo en el jardín delantero con su puta compasión?

Los ojos de Jongin están rojos. Sus labios, blancos. El silencio es negro.
—¿Sabes lo que creo? —Kyungsoo no tiene ni idea de lo que está diciendo, pero sí
tiene la impresión de que sería mejor si no hubiera abierto la boca; sin embargo, las
palabras salen solas—. Creo que simplemente tienes miedo.

Jongin se queda en silencio un largo rato, y cuando vuelve a hablar, ya no levanta la


mirada de su cuaderno.

—Así que si puedes retener recuerdos de cómo hacer algo, ¿puedes retener también
sentimientos? Si te enamoraras de una mujer hoy, ¿seguirías amándola mañana?

—No lo sé —Kyungsoo vuelve a mordisquearse el labio inferior—. Pero supongo que


si no puedo recordar haber hecho nada con ella, realmente no podría… No puedes
amar a una persona de la que no tienes recuerdos, ¿no? ¿Acaso el amor no se basa
en recuerdos y acciones?

—¿Es así?

Kyungsoo juguetea con las mangas de su camiseta.

—Sigues molesto.

—No.

—Tú… Yo… yo no soy tu amigo, ni tu médico… ni… supongo que ni siquiera entro
dentro de la categoría de conocidos, pero… Jongin –balbucea Kyungsoo, otra vez
inseguro de lo que está diciendo–. Puedes hablar conmigo. No te voy a juzgar. No
puedo prometerte que lo vaya a entender todo, pero yo… no sé… ¿No te sentirías
mejor si...
—Cállate —le espeta Jongin, con los ojos aún fijos, taladrando la libreta con sus
pupilas—. No me des lecciones. Cállate. Cá-lla-te.

—No, Jongin, yo sólo…

—No tienes ningún derecho a asumir lo que me hace sentir mejor porque tú no
entiendes el dolor, ¿o no? ¿Qué te hace pensar que puedes juzgarme? Ni siquiera
puedes amar. Tú mismo lo dijiste. No puedes amar así que no pueden herirte,
¿verdad? Mañana te despertarás y todo estará jodidamente bien. Todo será
maravilloso como siempre ha sido y eh, ¿te has planteado que siempre eres así de
feliz, cada día, porque has olvidado todas las veces que les has hecho daño a los
demás? ¿Alguna vez has pensado en eso? ¿Y si le hiciste daño a alguien ayer? No
puedes sentir nada, no puedes entender una mierda, Do Kyungsoo, porque… no,
eres, más, que, un, cadáver, que, anda.

Cuando Kyungsoo nota algo acumulándose en sus ojos, Jongin ya ha cerrado su


cuaderno de un golpe y salido de la cafetería, hecho una furia.

Y resulta que en realidad el cuaderno no tiene nada escrito, sólo un entramado de


líneas de tinta hechas una bola entre páginas rasgadas.

—Pareces deprimido —le comenta Minseok un día de finales de julio, cuando ni


siquiera el granizado de azuki es suficiente para combatir el calor. Mientras esperan a
que los músicos terminen de montar sus instrumentos y afinen, se vuelve hacia
Kyungsoo con las cejas arqueadas—. ¿Qué ha pasado?
Kyungsoo frunce el ceño, y piensa en todo lo que ha hecho desde que salió de la
cama por la mañana.

—Nada. He tenido un día bastante normal. ¿Por?

—No lo sé —dice Minseok, encogiéndose de hombros—. Parece que estás un poco…


solemne. Es todo.

Mientras Kyungsoo se mordisquea el labio y le da vueltas a cómo podría estar


solemne cuando todo el mundo se ha comportado de manera perfectamente amigable
con él, Minseok charla con Zitao sobre el escritor rico que ya lleva unos cuantos días
sin aparecer por el bar.

Cantan la canción habitual, con un par de líneas nuevas, improvisadas, y entonces


Kyungsoo se da cuenta de que Minseok tiene razón. Su corazón no está en la música.

La noche se pinta de jirones de humo de las motocicletas y de charlas humanas sobre


la figura inmóvil de Kyungsoo. La medianoche pasó hace horas, y sus ojos arden por
la fatiga, pero Kyungsoo no podía dormir. Así que aquí está, mordisqueándose el labio
y hojeando su libro de recortes.

En algún momento, sin darse cuenta, ha empezado a contar el número de fotos


nuevas y el de fotos marcadas con una cruz. Y, para decepción suya, casi todos sus
viejos amigos del instituto se han mudado, y no ha anotado nada sobre ellos en años.
Intenta llamar al antiguo número de Baekhyun, pero por supuesto, está fuera de
servicio. Probablemente lo ha estado durante meses, o años. ¿Cuánto tiempo?
—Hey —una voz sale de la nada, en la oscuridad. Kyungsoo da un salto de un metro y
medio y casi suelta un chillido.

Pero, de algún modo, la persona que está en el balcón de al lado no le resulta del todo
desconocida. Tiene una sonrisa extraña, incómoda, como si le doliera físicamente
mover la cara de esa manera.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Kyungsoo duda sobre si decirle la verdad, pero aún así lo hace.

—Contar el número de personas con las que he perdido el contacto.

—¿Y?

—Hay muchas —dice, y tiene unas ganas terribles de sollozar. Los ecos distantes de
amistad, risas y camaradería hacen brotar sus lágrimas y gira la cabeza hacia las
fotos tachadas de su libro. Las viejas y desvanecidas sonrisas, y el dolor se derrama,
una molécula tras otra. No quiere llorar, y no sabe por qué está llorando—. Ayer, sin ir
más lejos, yo… era amigo de todos ellos, pero… aquí dice que… ¿Se han mudado?
¿Se han marchado? ¿Ya no están aquí? ¿Por qué? ¿De verdad estoy solo?

El chico del balcón de al lado exhala niebla y nubes brillantes, disimulando una risa
ahogada.

—Sí. Estás jodidamente solo. Todos estamos solos, simplemente no vivimos lo


suficiente como para darnos cuenta.
Kyungsoo entierra la cabeza en sus brazos y llora como nunca antes ha llorado, y
sabe que es así porque este no es el tipo de dolor que mañana estará olvidado.

No ve la expresión neutra del otro hombre, no oye cómo su cigarro cae de entre sus
dedos hasta el suelo, tres pisos más abajo.

A la mañana siguiente, Kyungsoo se levanta con los ojos hinchados y un sabor


amargo en la boca. Tiene un libro de recortes en los brazos, pequeños cortes hechos
con papel en los dedos, y ver la pared cubierta de post-its verdes le pone enfermo.

—No soy un ser humano demasiado bueno. Nunca lo he sido —un desconocido
empieza a hablarle en el ascensor cuando Kyungsoo entra al mismo. Kyungsoo casi
se estremece, pero de alguna manera no se siente sorprendido de escuchar esa voz.
El timbre bajo y cómo se rompen las sílabas cuando habla. Una especie de reticencia,
de mala gana, de ingenuidad tímida a pesar de las palabras que emplea–. Les he
hecho daño a todas las personas que de verdad se han esforzado por mí. Incluso a mí
mismo. Soy un cobarde, y lo pago con los demás porque… me da miedo admitirlo.

Kyungsoo asiente, y absorbe todos los detalles sobre el hombre que hay ante él: la
corbata aflojada, las profundas ojeras bajo sus ojos y las mejillas hundidas, la espalda
encorvada, la forma dolorida en que se eleva su pecho, atrapado tras una camisa
blanca. Sus ojos hinchados, el sabor del ácido de batería que no saltaría ni con varias
tazas de leche desaparecen con facilidad. Su corazón se encoge cuando extiende la
mano y toca el brazo del hombre.

—Estarás bien.
—Mi nombre es Jongin.

Tal vez Kyungsoo no ha oído la última sílaba. Aún así, su nombre se siente familiar en
sus labios cuando lo repite:

—Jongin.

—Soy escritor —dice Jongin, y las puertas del ascensor se abren, como si alguien les
hubiera indicado que debían hacerlo.

Kyungsoo no se mueve. Se deleitan en la quietud, en el zumbido del ventilador y en


sus respiraciones, ruidosas y sonoras. Y cuando las puertas se cierran de nuevo,
Jongin empieza a contar la historia de un chico que se enamoró del baile, y de un
bailarín, y que cayó demasiado fuerte, demasiado rápido. La historia de alguien
llamado Jongin, al que las expectativas y la presión acabaron pisoteando y que
finalmente se rindió, dejó de amar a los demás, a sí mismo, de tener pasiones,
aspiraciones. No es una historia larga, y acaba con una historia nueva.

—Así que se convirtió en escritor, y escribió sobre ese bailarín al que amaba y de ese
amor que naufragó. De la inocencia que se desmoronó entre sus dedos,
inevitablemente. La gente se aglomeraba y pagaba a causa de la compasión que
inspiraba, y eso le hizo rico y famoso y triste. Una vez alguien lo llamó “deprimido”. Y
escribió aún más, sobre sueños corrosivos y desesperanza y sobre mirar a la luna
desde el fondo de un pozo, y eso le hizo aún más rico, y aún más triste, y aún más
famoso, y al final dios decidió que era hora de que sus miserias acabaran. Pero tenía
que escribir un libro más, porque se ha convertido en la clase de cabrón que vive de la
miseria. Que tiene una dependencia parásita en absorber la agonía de los huesos de
otros.
El ascensor se abre. Esta vez, Kyungsoo da un paso adelante, y arrastra a Jongin con
él. Sus pasos dan forma a un agradable ritmo.

—Y estaba esta persona particularmente interesante que conoció, que prácticamente


estaba suplicando que alguien escribiera sobre ella. Encarnaba todo lo que es triste,
pero era muy feliz persiguiendo sueños imposibles. Trabajaba en una fábrica y quería
ser cantante, aunque no podía recordar una mierda. Era un amnésico forzado a
olvidarse a sí mismo al final de cada día y que se negaba a resignarse. Alguien que
luchaba contra los apabullantes designios del destino para llegar a un callejón sin
salida. Era divertido en cierto modo, como ver a un hámster corriendo como loco en su
rueda para llegar a una salida que no existe. Se conocieron un día de julio. El día que
el escritor descubrió que iba a morir. Invitó a ese chico a su apartamento, donde
encendieron un ventilador gigante e hicieron que nevara dinero desde las ventanas.
Billetes grandes. Ese día el escritor estaba enfadado con el mundo, y celoso, y quería
mostrarle al amnésico que sus sueños nunca se cumplirían. Que convertirse en
cantante era la idea más estúpida del puto planeta para alguien que ni siquiera podía
vivir, que no podía experimentar amor o pérdida o agonía o felicidad. Que el que él
fuera cantante equivalía a que un robot hablara de escribir canciones de amor.
Absurdo y jodidamente divertido. Jongin quería presumir de lo rico que era, de lo
fantástica que podía ser la vida después de perderse a sí mismo y rendirse en todo.
Era alguien a quien le interesaba más proteger su orgullo vacío que su propia vida. La
gente decía que las fiestas por todo lo alto, con torres de botellas de champán y
fuentes de chocolate, bastan para hacer feliz a una persona; así que Jongin aclaraba y
repetía todas esas cosas, y la gente decía que estaba feliz. Que estaba jodidamente
feliz y… El amnésico era incapaz de verlo. Ahí estaba él, ese tío que ni siquiera podía
recordar haber perdido a sus mejores amigos y a sus padres, el chico que vivía de las
propinas y de contar céntimos, la clase más patética de gusano, y no podía entender
cuándo le estaban lanzando la gloria a la cara. Gloria, fama, riqueza, poder, estatus.
Todo por lo que Jongin… Todo por lo que yo… he trabajado siempre.

Jongin se pasa una mano por el pelo, temblando a pesar del calor.

—En ese momento fue cuando me di cuenta de que no era porque tú fueras estúpido.
Era porque yo, Kim Jongin, soy un gilipollas. Todo el tiempo estaba intentando
demostrarme a mí mismo que era feliz, que tirar a la basura todo lo que siempre quise
ser, regodearme en mi desgracia y convertir lo que quedaba de mí en un espectáculo
era lo correcto. Me mudé a esa mierda de apartamento en el edificio en el que tú
vivías no para inspirarme, sino para verte sufrir. Para confirmar que estabas sufriendo.
Te veía cantar noche tras noche y rezaba porque la cagaras y desafinaras y te tiraran
a la cara una jarra de cerveza. Intenté bombardear tu pequeña crisálida de felicidad
porque… porque… yo… sólo quería que hubiera alguien conmigo. En las arenas
movedizas. Pero no te hundiste. Me equivoqué. Estoy equivocado, y soy un puto
gilipollas.

—Pero tú no eres gilipollas —interrumpe Kyungsoo.

Están apoyados en la barandilla del diminuto balcón de Kyungsoo. Kyungsoo está


inclinado sobre el metal, calculando las sombras esparcidas sobre el césped, con los
brazos cruzados sobre el pecho y moviendo la cabeza arriba y debajo de vez en
cuando. Jongin está junto a él, apoyado sobre sus hombros y mirando en dirección
contraria, con las piernas cruzadas y la mirada fija en las estrellas cuando Kyungsoo
dice:

—Es sólo que estás perdido.

Jongin lo mira por primera vez, de verdad, por debajo de sus pestañas. Las luz de la
luna baña su rostro, destacando todas las suaves arrugas y su piel de plástico, y
Kyungsoo cree que Jongin parece tan extraordinariamente frágil así, tan
extraordinariamente hermoso…

—Voy a estar cada vez más perdido. Perdido, y más perdido, y entonces… —susurra
Jongin—. Un día, puf, desapareceré. Seré para el mundo lo que las fotos de tu libro
son para ti. El mundo no recordará haberme perdido.

La voz de Kyungsoo se quiebra y sus uñas están levantando el robín de la barandilla,


hasta que al final habla.
—No. No, no hagas puf.

Jongin suelta una risa, la clase desdeñosa de burla que gruñe sólo son palabras, y
hace que Kyungsoo quiera cogerlo por los hombros y gritarle que de verdad le
importa, que está hablando en serio. Do Kyungsoo no dejará que Kim Jongin haga
puf. Salvo porque no tiene ni idea de por qué le importa, y quizás Jongin está en lo
cierto. Tal vez sólo sean palabras. Podría no importarle. En realidad ni siquiera conoce
a este Kim Jongin, después de todo, no tiene ningún recuerdo de lo que ha pasado
entre ellos dos.

—De verdad, sólo quiero recordarte, aunque sea sólo durante un minuto más…

Pero si fuera tan simple como eso, el pecho no le dolería ni una décima parte de lo
que le duele ahora.

Sus hombros se tocan, pero ninguno de ellos se aparta.

[parte dos: muros invisibles] ~8175 palabras

[antes de leer, sería conveniente que vieseis esto y tal vez esto también, no dudo que
el 99% de vosotr@s lo habrá visto ya pero aviso]

—Soy Jongin, y estoy aquí para...

—Escribir.
Jongin se queda boquiabierto, la sorpresa se refleja lentamente en sus cejas
arqueadas. Los segundos vienen y van, escabulléndose a lo largo de una delgada
línea de vacilación. En el exterior, la hierba se difumina con el cielo, colores romos y
brillante caos. Kyungsoo espera.

Y no es hasta que Jongin ve el libro de recortes que está abierto sobre la encimera de
la cocina que se relaja y se apoya contra el marco de la puerta.

—Oh. ¿Así que ya has leído tus notas?

—Síp —asiente Kyungsoo, y no se da cuenta del fugaz destello de decepción en la


expresión de Jongin.

Hoy, la conversación se reanuda en el apartamento de al lado, el de Jongin. Es una


caja encalada llena de papeles hechos una bola, latas de cerveza medio vacías, una
miríada de formas acromáticas. Sábanas frágiles y arrugadas sobre el colchón
desnudo, cortinas que cuelgan flácidas, como banderas de rendición. Hay pequeñas
colillas y unas pastillas amarillas organizadas sobre la mesa, formando una palabra:
“KYUNGSOC”. Todo ello con un revestimiento de blanca fragilidad, que apenas
consigue alejar el amianto post-moderno. Kyungsoo se siente aislado, pero asimila
todo lo que tiene que ver con Jongin, acoge con entusiasmo cada uno de sus pasos
letárgicos y sus largas pestañas.

Kyungsoo cree que Jongin es la viva imagen de todo lo que hay en la habitación.
Tirado en el sofá, Jongin es el tipo de tío que pertenece a esta clase de lugar con toda
probabilidad, o el tipo de hombre que ya se ha acostumbrado a la superficialidad de la
clase alta. Una especie de hombre relleno y aún así hueco, con sombras que caen
entre la emoción y la reacción.

—No te gusta este lugar, ¿verdad?


—Es todo blanco y negro. No parece el hogar de una pers...

—Toma —dice Jongin, de repente.

A Kyungsoo casi no le da tiempo a girarse lo suficientemente rápido como para coger


el paquete aún precintado de post-its amarillos que le tira Jongin.

—¿Qué es esto?

—Venga, vamos. Tienes que reconocer lo que son.

—No, quiero decir, ¿para qué me los das?

—Tú eres el que ha dicho que mi habitación es toda en blanco y negro —Jongin se
encoge de hombros, y se reclina en el sofá hasta que la base de su cuello está
completamente expuesta, y de repente es todo bordes afilados de la barbilla, cartílago,
codos, nudillos, uñas—. Así que coloréala. Apuesto lo que quieras a que lo estás
deseando. Y mira, son del color del sol. Te hacen sentirte vivo, ¿a que sí?

—Eres horrible.

—Tu mirada de reprobación —comienza Jongin con una sonrisa— es mi favorita.

Así que Kyungsoo se rinde, aunque sólo después de darle una orden a Jongin.

—De ahora en adelante, llámame hyung. Es hasta ridículo lo maleducado que eres.
Jongin se echa a reír, quitándole importancia, el humo explota como nubes de
purpurina sobre su cabeza, su sonrisa amplia de júbilo. Kyungsoo acerca una silla a la
pared más cercana y se sube en ella, tambaleándose un poco a la vez que abre el
primer paquete y desliza el pulgar bajo el primer post-it. Lo alinea en un ángulo
perfectamente perpendicular, y pasa su pulgar sobre los bordes, estirando las
esquinas. La pared está cálida por el sol que entra y la voz de Jongin le llega como un
murmullo tranquilizador desde atrás, una neblina de pequeñas e insignificantes
palabras que flota sobre muecas melancólicas.

—¿Alguna vez te has preguntado cuántas veces has hecho precisamente lo mismo, a
la misma hora, con la misma pistola de cola y el mismo cubo de ojos de cristal y el
juguete del día anterior al día anterior al día anterior de todos los ayeres? ¿Cuántas
veces te has sentado a la mesa para cenar solo y te has preguntado si mañana
recordarás lo que ha pasado hoy?

Con el tiempo, Kyungsoo se da cuenta de que Jongin no está haciendo preguntas


realmente. Las está contestando. Siguiendo las huellas que Kyungsoo ha ido dejando
atrás. Suaves y fascinantes, las consonantes, puntos finales rotos y las vocales
reducidas a infinito. Su vista se hunde lejos, muy lejos, perdida en algún punto de la
de Kyungsoo mientras éste deja en llamas sus paredes con un campo de dorada
conflagración.

—¿Alguna vez te has planteado si no puedes recordar porque, en realidad, no hay


nada que recordar? Si haces lo mismo cada día de la semana, cada semana del mes,
los doce meses del año, la memoria pierde su propósito, ¿no te parece? ¿Qué crees
que pasaría si empezaras a romper esa rutina?

Se pasan la noche así. Kyungsoo no va al bar y no canta, sólo escucha el curso de los
susurros de Jongin y los murmullos del pergamino bajo su piel, los latidos de su pulso
que se derraman en las grietas invisibles de la blanca habitación. El proceso de dejar
que Jongin acabe con su rutina es casi demasiado fácil.
En algún momento, Kyungsoo termina con los post-its y Jongin con sus preguntas.
Están en el mismo sitio en el que estaban antes, en el sofá y en el sillón, disfrutando
del atardecer, cuando una melodía se establece entre ellos. Crece, fluida y sin
esfuerzo, empieza con el final y termina en el principio, y crea un hilo invisible que va
desde la lengua de Kyungsoo hasta los dedos de Jongin, y los levanta como si fueran
marionetas sobre su regazo.

Antes de quedarse dormidos, Kyungsoo moldea esas líneas melódicas, el la bemol, el


si sostenido, el mira Jongin tus manos están bailando, el Jongin me gustas mucho;
Jongin define el compás, el cuatro por cuatro, el tres por cuatro, el hyung ¿estás feliz?,
el hyung fosilízame en tu tiempo.

La última pregunta de Jongin es en voz baja, la murmura mientras los ojos de


Kyungsoo se rinden al sueño.

—¿Cuántas veces has abandonado algo que es muy importante?

Julio es el mes más cruel, y su último día, el más amargo.

—La gente —dice Kyungsoo, y hoy está exhausto. Le duelen los huesos y las costillas
se le clavan en los pulmones y no puede respirar y todo duele, gira, duele, gira—. La
gente se ha ido. Todos se han ido.

Jongin le mira fijamente. Kyungsoo tiembla y se aferra a su libro de recortes como si


de él dependiera su vida, el papel se desgarra bajo sus uñas pero tal vez es que él
quiere desgarrarlo. Tal vez no quiere recordar, en realidad. Tal vez podría tener otro
accidente y acabar con todo esto.

—Baekhyun… yo… intenté encontrarle… eso dice aquí —abre el libro y señala una
página gastada, la cara que hay en la foto apenas discernible después de haberla
tocado demasiadas veces—. Dice que se mudó. Mira, dice que su número ya no está
en uso, pero Baekhyun era mi amigo del instituto. Mi mejor amigo. Yo sólo… sólo
quería saber por qué se mudó. A dónde se mudó. Sólo quería arreglar las cosas con
él en caso de que hubiéramos tenido una pelea. Así que llamé a su madre, y puedo
recordar cómo me abrazó durante nuestra graduación y que me dijo que era como un
hijo para ella, y que me portaba mucho mejor que Baekhyun, y que si algún día
necesitaba un consejo materno, que podría acudir a ella… y Baekhyun me dio un
puñetazo en el hombro y todo el mundo se reía y… Pero cuando he llamado hoy,
ella… aún era ella, pero sonaba… como… cansada. Frustrada. Jongin, estaba harta
de mí.

—No —Jongin palidece—. No le habrás preguntado por Baekhyun, ¿verdad?

—Y se puso a gritarme, me dijo que no la volviera a llamar nunca, y después pidió


perdón. A mí. Porque ni siquiera podía culparme por llamarla para recordarle que
Byun Baekhyun está muerto. Que murió en el mismo accidente que tuve yo. Que yo
sobreviví en lugar de él.

—Hyung, escúchame, no es culpa tuya...

—¿Cuántas veces he hecho esto ya, Jongin? ¿Cuántas veces la he llamado para
preguntarle a dónde se ha ido su hijo muerto? Jongin, ¿qué es lo que he estado
haciendo? Por qué nadie… ¿Por qué no lo tengo apuntado? ¿Por qué?

Jongin no contesta. Se mueve, un poco apenas, y se hace un ovillo contra la


barandilla de la escalera.
—¿Tú sabías esto? —pregunta Kyungsoo, al fin, después de que los segundos se
hayan convertido en minutos, y sus nervios entran en erupción y se vuelven un grito
desesperado cuando Jongin vuelve a quedarse en silencio—. Lo sabías, ¿verdad?
¿Cómo has podido dejarme hacer esto?

Con un suspiro, Jongin le quita el libro de recortes a Kyungsoo de las manos.

—No planeabas anotarlo hoy, ¿verdad, hyung? Estás molesto pero eso no quiere
decir que vayas a hacerlo, ¿no es así? ¿Crees que todo esto desaparecerá cuando
vuelvas a despertarte?

Aunque Kyungsoo hace un sonido de protesta, la verdad es que no tiene nada que
decir. Probablemente Jongin tiene razón. El peso de la culpa, y quizá un poco de
rabia, se precipitan de la humedad que hay en sus palmas.

—Miedo. Tienes miedo. Es mejor reabrir las heridas de otra persona que correr el
riesgo de abrir las tuyas, porque el tiempo cura un dolor como el de ella, pero desde
luego que no curará el tuyo. Mientras que el resto de nosotros seguimos adelante, tú
te quedarás aquí, atascado y solo, llorando por lo mismo todos los días. Lo sabes. Y te
odias por saberlo y… —Jongin atrapa la muñeca de Kyungsoo, baja el tono de voz
hasta que es apenas un murmullo—. No es culpa tuya. Intentar protegerte no es algo
malo.

Kyungsoo aspira de forma irregular, y antes de que Jongin pueda volver a empezar,
libera su muñeca y recupera su libro de recortes. Se traga el ardor que siente en la
nariz y escribe: “murió hace cuatro años (31 de julio de 2012)” sobre la alegra sonrisa
de Baekhyun. Tal vez la caligrafía está un poco borrosa, algo temblorosa, empañada
con pequeñas gotas de líquido salino. Tal vez Jongin está negando con la cabeza. Tal
vez se va a arrepentir de esto todas y cada una de las mañanas que le quedan por
delante.
Pero al menos, no se quedará atrás.

Jongin entra en la primera mañana de agosto con dos bolsas de papel marrón
manchadas de aceite, las tira descuidadamente sobre la diminuta mesa de la cocina
de Kyungsoo y se gira para explicarse.

—Me diste una copia de las llaves de tu apartamento ayer.

—Lo sé —dice Kyungsoo, y señala un post-it de la pared, aunque piensa que podría
haberlo sabido incluso sin la nota. Todo sobre Jongin es nuevo, pero familiar, abrupto
en cierto sentido, como algo evasivo para su mente pero que está fosilizado en la
savia de su alma.

—¿Qué más sabes? —pregunta Jongin, sacando unas tostadas francesas de las
bolsas y sirviéndose con total confianza en la cocina.

—Te llamas Jongin, eres mi vecino —Kyungsoo sigue el recorrido que Jongin hace
desde los armarios de la cocina hasta el comedor—. Solías bailar, pero lo dejaste para
ser novelista, tienes una sonrisa triste y siempre están fumando porque… porque te
estás mu...

El sonido del papel arrancado del metal, cuando Jongin agarra el libro de la encimera
de la cocina, lo abre por la última página y la arranca, es casi demasiado duro para el
oído. Kyungsoo se queda callado y ve cómo Jongin saca un zippo y prende con su
llama la esquina de la página.
—No necesitas saber todo eso. Yo soy una de las páginas que quedará abandonada
un día de estos. Ni siquiera seré una página bonita. Será sangre y lágrimas sobre
pulpa y papel y, sinceramente, es mejor que no tengas una página de mí en absoluto.

—Pero…

—Olvídalo.

Cuando Jongin se va, Kyungsoo reescribe la página a escondidas, barre las cenizas y
las pone en un frasco. Hace esto no porque quiera recordar al Jongin de hoy, sino
porque quiere que el Kyungsoo de mañana conozca al chico que hay detrás de las
sonrisas reservadas del Jongin de hoy. Quiero que el Kyungsoo de mañana sepa que,
tras el Jongin que deambula entre colillas, que se traga las pastillas con vasos de
leche, hay un Jongin que puede reírse con toda su cara y su cuerpo. Un Jongin que se
pone las gorras con la visera hacia atrás y que hincha las mejillas en los momentos
menos esperados. Es un niño con las cicatrices de un hombre mayor, el romántico
más dulce escondido tras un escudo de duro cinismo.

Aunque Kyungsoo no tiene foto esta vez, cree que en realidad, no la necesita. Las
palabras salen solas, deseos al final de cada pasada del bolígrafo sobre el papel, y
Kyungsoo piensa que son mucho más representativos de ese extraño encanto que
brilla en los ojos de Jongin de lo que cualquier fotografía podría serlo. De la manera en
que lo llama hyung. De la manera en que coge las gorras de ambos y les pone las
viseras hacia atrás, señalando después lo mucho que pegan el uno con el otro.

No escribe que Jongin se está muriendo.

*
El hombre que hay en la última página de su libro de recortes es Jongin algunos días,
un escritor en otros, y un extraño durante sus breves subidas y bajadas en el
ascensor. Los días buenos tiene un rostro oliváceo y suave; los días malos, lleva el
color amarillento sobre la piel como si fuera un castigo. A veces es un chico que está
sentado en el balcón contiguo, con las piernas colgando de la cornisa y un cigarro
pendido de sus labios secos, sus brazos sobresalen por las vallas oxidadas. A veces
es el hombre cansado que está apoyado contra la pared, empapado por la lluvia con
el pelo húmedo y la espalda encorvada. A veces comparten un instante silencioso en
el pasillo, otras, incontables horas en las que hablan con ojos entrecerrados, entre
gruesos jirones de humo índigo y tonos de blues. A veces duele verlo, hace que el
pecho de Kyungsoo palpite con algo más pesado que la compasión; pero la mayor
parte del tiempo, ver a ese hombre hace que Kyungsoo se sienta ligero y mareado.

Y aunque Kyungsoo no registra los detalles, siempre hay algo cuando contactan de
algún modo. Cada vez que sus ojos se encuentran, cuando están tirados en el suelo
bajo el cielo nocturno y sus nudillos se acarician, delatores, entre respiraciones
irregulares. Es algo inexplicablemente cálido, ligero, efímero. Un poco como las
luciérnagas. Ese tipo de algo que permanece en sus palmas y que desaparece para
cuando se da cuenta de que quiere. Ese tipo de algo que le dice que esto ya ha
pasado antes, y que la próxima vez también se desvanecerán. Se deslizarán entre sus
dedos como escurridizos recuerdos.

Pero probablemente este tipo de algo no es nada romántico. “Te quiero” son dos
palabras que nunca pronuncian. Son demasiado definitivas, demasiado abruptas sin
motivo, sin pruebas sólidas, sin explicaciones racionales porque al final del día, a
veces Jongin es un desconocido, a veces Jongin es un libro, pero nunca es más que
un amigo. El tiempo los mantiene a distancia, divididos por un muro invisible pero
impenetrable.

Los días vienen y van y Kyungsoo encuentra la frontera entre no te vayas y buenas
noches. Por supuesto, Kyungsoo siempre está deseando alargar el brazo y arrastrar a
Jongin de vuelta. Piensa que han cabido otras veces, aunque entre ellos no haya
roces entre los dedos de sus pies ni laberintos de dedos entrelazados. Sólo el tsunami
del texto y la lenta ola de la música. Y quizá eso es todo lo que son.

Con un tic de la segunda manecilla, siempre vuelve al “Buenas noches”.

Con Kyungsoo y Jongin probablemente no haya romance, no según la definición


habitual de la palabra. Pero quizá sí que haya un poco de otra cosa, entre comodidad
y necesidad, entre esperanza y fe, entre la nuca de Kyungsoo y las líneas de la mano
de Jongin.

Son dos almas flotando en el tejado de la Torre Samsung, setenta y tres pisos en lo
alto de la noche, casi tan alto como para poder soplar y convertir las estrellas en
constelaciones, y aún así, demasiado cerca de la Tierra. Kyungsoo cuenta las pastillas
que quedan en el bote de plástico naranja de Jongin, mientras que Jongin observa el
humo ondear en el aire y disiparse poco a poco.

—¿Qué se siente?

—¿Qué se siente qué?

—Al ser olvidado.

Jongin se pone las manos detrás de la cabeza, y ambos alzan la vista hacia la luna
semioculta y las estrellas engastadas en las nubes. Aprieta y afloja la mandíbula en
silencio durante un par de segundos hasta que la respuesta sale, al fin, como un
graznido.

—Es como si te mataran. Como si te borraran, te eliminaran en contra de tu voluntad.


¿Y qué se siente al olvidar?

Kyungsoo deja que su mirada se pierda en el cielo.

—También es como morir —y nunca antes ha deseado tanto poder vivir un poco más.
Sus rodillas se tocan. Kyungsoo inhala el humo que Jongin exhala. Esta noche, huelen
a tinta y a lluvia y a algodón y a comida rápida de la que venden en la calle, a otoño
metálico, huelen el uno como el otro.

—Sabes —Jongin se gira, con un brillo de ausencia en su expresión— hyung, cuando


bailaba, me gustaba el ayudante. Era chino. Luhan. Mi primer amor, supongo. Lo
respetaba, seguí sus pasos y él cuidó de mí. Y entonces, un día, estallé. Me derrumbé
bajo la presión y el dolor y estaba harto de todo. Lo pagué con él. Él intentó
repararme, todos lo intentaron. Pero ya sabes, reparar a una persona no es como
reparar un juguete. Cuando reparas a una persona, te arriesgas a que te rompan a ti
también.

Uno de los dos traga saliva, y suena más alto que los susurros de Jongin.

—Y yo lo rompí en demasiados trozos. Mi editor, Oh Sehun, es un gilipollas. Pero es


eficiente. Consigue recomponerme aunque sea de mala manera, como si me pegara
la cabeza del revés. El caso es que reconstruye todos mis trozos para que no pierda
nada. Nos mantenemos unidos. Me cuida como a un perro abandonado, supongo, es
bueno para mí. Y entonces, un día me dice que está saliendo con alguien de una
compañía de ballet. Yo digo, bueno, guay, pero los bailarines pueden ser muy
melodramáticos. Y él dice, no, éste es genial, se llama Luhan, deberíais conoceros,
¿no me dijiste que tú antes bailabas?
— Oh...

—Así que nos conocimos. Era inevitable. ¿Pero sabes qué? Aún recuerda qué clase
de café bebía. Ocho años, y ni siquiera había intentado olvidarme. Está hecho una
mierda aunque esté enamorado de Sehun, ¿y sabes por qué? Es por los recuerdos.
Lo están matando. Yo no puedo salvarlo de ellos, y tampoco Sehun —Jongin hace
una mueca, y de repente, el humo ya no fluye, sino que sale a borbotones de entre
sus dientes—. Nadie puede salvar a otra persona de sus recuerdos.

Está claro a dónde quiere llegar Jongin. Kyungsoo intenta luchar contra las palabras
que vendrían a continuación, pero es básicamente imposible.

—Es genial que no vayas a recordarme, de verdad, porque así es como puedo
salvarte. Así, cuando la cague, no tendrás que aguantarlo. Que te olviden no es algo
insoportable si lo comparas con que te recuerden. Puedo soportar morir al final de
cada día, hyung, está bien que me olvides.

Kyungsoo no oye el sonoro “voy a morirme de todas formas” de Jongin, que de algún
modo se pierde entre las estrellas; en su lugar oye el mudo “no me dejes morir” que
hay en los dedos que Jongin entrelaza con los suyos. Así que se inclina y presiona su
nariz contra la de Jongin, le da su oxígeno y el aroma de Tic-Tacs que hay en su
lengua, y le quita una bocanada de sombras de nicotina y de analgésicos molidos y de
opiáceos amargos.

—¿Sabes por qué siempre pareces tan mayor? Porque piensas que no merece la
pena recordar nada, porque nada es ideal, y tienes razón… nada es ideal. Pero cada
momento merece ser recordado, Jongin. Cada vez que la cagues podré ver a un
humano, cada vez que te hundas podré ver el amor arrastrándote hasta la orilla… y no
me importa si en ocho años yo mismo estoy hecho una mierda. Podría ser porque no
tengo recuerdos, y porque nada puede hacerme daño realmente, pero… para mí…
amar, sentir dolor, y romperme en pedazos por alguien que lo merece…
Jongin coge la cara de Kyungsoo entre sus manos e inclina su barbilla, y su primer
recuerdo es de uno de ellos borrando con un beso el desasosiego del otro. Y
extrañamente, es un recuerdo que Kyungsoo no consigue registrar.

—Escucha, una vez te dije que quería escribir sobre ti –dice Jongin. La arena se
mueve bajo los dedos de sus pies, los murmullos distantes del mar se llevan su voz–.
El caso es que, en realidad, no quería escribir sobre ti. Quiero decir, que no estaba
intentando escribir en absoluto. Escribir es observar, pero lo que yo estaba intentando
era persuadir y… esta vez quiero observar de verdad. Quiero saber cosas sobre ti.

Kyungsoo espera que Jongin termine de toser para responder.

—Pero he estado contándote cosas sobre mí. Toda la tarde. Y si he estado


hablándote de mí durante dos meses, no estoy seguro de qué otras cosas podría...

Su frase se detiene en un verbo cuando Jongin le pone una mano en el cuello. Jongin
la retoma con una conjunción cuando Kyungsoo mira hacia arriba, sorprendido. Una
sonrisa ilumina su cara entera, no es muy amplia y aún así es de oreja a oreja, sin
dientes, pero más brillante que la luna y que todas las estrellas, mientras Jongin habla.

—Pero aún hay un montón de cosas que no me has contado. Me has contado cosas
sobre el Kyungsoo que tenía 20 años. Kimchi spaghetti, chistes irónicos, almuerzos
bajo un árbol. El que murió. Sin embargo, no me has hablado de mi hyung, del que
vive, que canta canciones perfectamente desafinadas en un bar, que vive todos y
cada uno de sus días como si fuera el primero y el último.
— Yo… —comienza Kyungsoo, y es cuando se da cuenta de que no tiene nada que
decir. La mano de Jongin es cálida y pesada y perfecta sobre su cuello.

—Quiero aprender cosas sobre ti, hyung. No del tú de ayer, ni del tú de mañana. Del
de hoy. Quiero saber cómo te sientes, por qué no has ido al bar hoy, cuál ha sido tu
primer pensamiento al despertarte, si tienes cosquillas…

—Sí.

—¿Qué?

—Tengo cosquillas —y Kyungsoo no tiene ni idea de lo que está haciendo cuando


pone su mano sobre la de Jongin, y siente el flujo de calidez en su palma—. Y me
gusta que tu mano esté aquí. Es horrible. En el buen sentido.

Probablemente lo que Jongin quería era reírse, pero en algún punto su risa se
descompone en toses que hace que los dos se doblen sobre sí mismos. Y mientras se
tumban con los brazos en cruz en la playa, el uno junto al otro, con arena en el pelo y
el océano entre los dedos, Kyungsoo acaricia el cuello de Jongin, siente cómo el aire
entra y sale, silbante, y cierra los ojos.

—Yo también quiero saber cosas sobre ti. Hoy no quiero olvidarte.

Así que Jongin lo ayuda a recordar, traza todas las líneas, ángulos, pasados y futuros
de Kim Jongin sobre la piel de Kyungsoo con labios y pestañas. El sueño es como
cera, poliéster, poliestireno, lana, grafito, y lo envuelve antes de que pueda extender la
mano e intentar aferrar las puntas de los dedos de Jongin.

—Mañana —dice Kyungsoo, en la periferia del sueño y la realidad. La mano de Jongin


roza sus clavículas, sosegando sus plegarias— quiero verte bailar.
—¿Por qué?

—Cuando hablas sobre eso, es como si te iluminaras un poco… Quiero ver cómo te
iluminas del todo. Brillando. Inundado de luz. ¿Como las luciérnagas?

Cuando Kyungsoo vuelve a despertarse, tiene arena entre los dedos de los pies, el
océano en las puntas de su pelo, y hay luciérnagas en su habitación. Docenas de
pequeñas luciérnagas en la oscuridad antes del amanecer, resplandeciendo como
estrellas sobre el agua, brillando en su pequeña habitación con el techo demasiado
bajo y las paredes demasiado estrechas. Las mira, perplejo por su presencia, pero
aún más por la extraña necesidad que siente de volver a hundir la cabeza en su
almohada y echarse a reír.

—He venido a recogerte —dice el hombre que hay en la puerta. Se llama Jongin,
piensa Kyungsoo, pero no puede recordar dónde ha oído ese nombre antes. Y cuando
frunce el ceño y se pone a comprobar sus notas, Jongin lo atrae hacia sí y le da un
breve beso en los labios—. Creo que eso debería ser un mejor recordatorio.

Antes de que Kyungsoo tenga la oportunidad de apartarlo, aunque no se sabe si


realmente lo habría apartado o no, Jongin echa el brazo sobre sus hombros y lo
arrastra fuera del apartamento.

—Venga, vámonos.
—¿Pero a dónde… —se queja Kyungsoo cuando Jongin prácticamente lo tira por
encima de la ventanilla de un descapotable de apariencia asquerosamente cara, una
cosa traicionera aparcada junto al bordillo, todo exteriores negros e interiores blancos
acolchados, sin molestarse ni en abrir la puerta— …vamos?

—A ver luciérnagas —dice Jongin, escondiendo las toses en sus mangas, y sólo
cuando Kyungsoo alza la vista se da cuenta de que el chico tiene una sonrisa de oreja
a oreja—. Luciérnagas de verdad.

—¿Pero a dónde? ¿Hay algún campo por aquí cerca? —pregunta, pero Jongin no le
dice mucho, sólo enciende la radio y pone música pop a todo volumen para llenar el
aire, y quizá para disimular su sonrisa de obscena satisfacción.

El coche pasa a toda velocidad por callejones maltrechos, bajo la sombra de los
rascacielos y por los suburbios llenos de hierba, cada vez era más de noche. En un
momento dado, Kyungsoo se da cuenta de que Jongin saca el brazo por la ventanilla y
lo deja colgando, y reúne el valor para hacer lo mismo. El viento acaricia los nervios
de su piel, sopla chispas en sus cabellos. Es una emoción pequeña, pero lo
suficientemente grande como para hacer que su corazón lata un poquito más rápido.
Kyungsoo empieza a cantar, con la voz excitada y perceptible sobre el sonido de la
radio, y sabe que Jongin está mirando cómo las corrientes invisibles se arremolinan
tras sus dedos. Altibajos del color de sus melodías errantes.

Salvo porque en lugar de ir a un campo, o a un parque, Jongin detiene el coche frente


a un almacén abandonado. Kyungsoo se gira hacia él, mirándolo boquiabierto.

—Creía que habías dicho que íbamos a ver luciérn...

—Espera —lo interrumpe Jongin, y Kyungsoo entiende que no le va a decir nada de


todo esto hasta que haya pasado, así que deja que Jongin lo saque del coche con sus
dedos entrelazados casi demasiado fácilmente con los suyos, haciéndole promesas
de humo colorido y luz y magia que parecen tener muy poco que ver con luciérnagas
reales.

De hecho, no tiene prácticamente nada que ver con insectos, y mucho más con un par
de guantes transparentes y una explosión de llamas a su alrededor, y una sonrisa
traviesa e irregular en los labios de Jongin cuando le pide a Kyungsoo que preste
atención. La puerta se cierra de golpe, la luz de la luna se minimiza y Kyungsoo se
queda sin aliento.

Jongin es un atisbo fugaz de músculos en tensión y gracia fluida deslizándose por el


espacio, pero por encima de todo eso, hay verdaderas líneas de luz saliendo de sus
manos. Ríos de verde y azul y amarillo brillante que se derraman de sus manos y
flotan como humo color neón y agua. Pinta sus dedos con una precisión milimétrica y
deslumbrante.

No hay música, sólo la melodía susurrante de sus pulmones: las inhalaciones infinitas
de Kyungsoo, largos diminuendos (y eso cuando se acuerda de respirar); las rápidas
exhalaciones de Jongin, crescendos agudos cuando sus talones húmedos se deslizan
sobre el cemento mojado y sus palmas cortan la fluorescencia líquida de la noche.

Y entonces Jongin le hace un gesto a Kyungsoo para que se acerque, un simple


movimiento de su dedo índice en realidad, pero Kyungsoo siente su corazón latiendo
furiosamente mientras se acerca torpemente, y casi se le sale del pecho cuando de
repente, Jongin recorre con una mano la parte delantera de su camiseta, un barrido
desde su cuello hasta su pecho con las palmas abiertas. Aunque los colores son
etéreos y se desvanecen en el aire, el tacto de Jongin permanece sobre él, cálido e
inolvidable.

—Las luciérnagas de verdad —dice Jongin con una amplia sonrisa— iluminan a la
gente desde dentro.
—¿Pero qué estás diciendo? —ríe Kyungsoo, y aún se ríe más cuando ve que Jongin
empieza a sonrojarse.

La respuesta de Jongin empieza como un tartamudeo, pero desaparece bajo un


ataque de tos intermitente y entre sus hombros inclinados y temblorosos. Hay gotas
de sudor en su frente.

De alguna manera, no parece nada bueno.

Hay ciento veintidós kilómetros que separan la mansión en el aire de Jongin del
ruinoso bar de Kyungsoo, y en algún punto intermedio Kyungsoo agarra la mano que
Jongin tiene sobre el volante y lleva el coche hacia un lado.

—¿Estás bien?

—¿Qué quieres decir?

—Las pastillas… Perlas de benzonatato, Phenergan, Codeína... ¿y cómo se pronuncia


este otro? Y tus toses, ¿y qué…? —Kyungsoo señala un objeto pequeño, de plástico y
con forma de media luna que hay en la guantera—. Tú… ¿Esto es… para el vómito?

Jongin palidece.

—No. No lo es.
—Estás enfermo, ¿verdad?

El silencio que sigue a la pregunta es lo más ruidoso que ha escuchado Kyungsoo en


su vida. Finalmente, Jongin mira hacia otro lado, en la distancia. Kyungsoo observa
cómo su nuez sube, vacila un momento y vuelve a bajar; y de repente, se arrepiente
de haber preguntado. Todo se desmorona, se desgarra por las costuras cuando
musita débilmente.

—¿Qué es? No es terminal, ¿n...

—Mis pulmones.

No hay nada más en el aire que respiraciones pesadas, y tal vez el sonido de un
sollozo en la garganta de Kyungsoo.

—Cuántos… ¿Cuántos meses… días…? –pregunta, sin energías, está más cansado
que las cenizas que se derrumban al final del cigarro de Jongin. Encendiéndose, y
desvaneciéndose hasta que quedan grises. Encendiéndose y desvaneciéndose.
Desvaneciéndose.

—El médico dijo que dos años —y Jongin intenta sonreír, con el cigarro entre los
labios, colgando entre la broma y la tristeza—. Es bastante tiempo, considerando que
sólo he estado vivo durante veint...

—No. Deja de fumar.

Jongin parpadea lentamente, y su voz se vuelve un hilo de risillas disimuladas. La


incomodidad es palpable.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? Me voy a morir de todas formas. Dos años, dos
años y medio, ¿cuál es la diferencia? Es cuestión de tiempo, y tampoco es que te
vaya a importar tanto, al fin y al cabo, no puedes recordar lo que hicimos...

Su mandíbula es cortante y dura contra los nudillos de Kyungsoo, y Kyungsoo casi no


puede creerse que le acabe de pegar un puñetazo a Jongin mientras que la cabeza de
éste choca contra el reposacabezas. Se le cae el cigarro, y aterriza en el asiento.

—Esto —temblando, con los dientes castañeteando unos contra otros, Kyungsoo coge
el cigarro y ve cómo el humo sale de él— es lo que voy a hacer al respecto —dicho
esto, se lo mete en la boca. Aún está encendido, y el dolor cuando quema el interior
de su boca no es abrasador, sino punzante. La clase de dolor que desgarra la carne
de Kyungsoo, del tipo que rebana todos los nervios y duele, duele muchísimo.

Los ojos de Jongin miran impasibles cómo Kyungsoo mastica y se traga el cigarro, las
hebras de tabaco, el papel y el filtro duelen como cuchillos contra las quemaduras. El
humo desciende por su garganta y Kyungsoo tose un poco, frías lágrimas se
acumulan en sus ojos. El tabaco sabe a basura y a medicina, y sabe aún peor bajo la
mirada inexpresiva de Jongin.

—La próxima vez que te vea fumando —Kyungsoo se lo traga todo, su lengua grita de
agonía al presionarse contra su paladar— haré esto otra vez. Porque sí, sí, el tiempo
no tiene importancia para mí. La verdad es que daría lo mismo si me muero hoy o
mañana, ¿no es así? Si crees que tienes el derecho de distanciarte así de mí, ¿por
qué no podría hacerlo yo?

—Eres un puto idiota, hyung.

Kyungsoo siente demasiado dolor como para responder, pero en cierto modo está de
acuerdo.
*

—Qué raro, el escritor ese ya no fuma nunca —señala Minseok la primera noche que
Kyungsoo aparece por el bar en semanas, al parecer. Toma un rápido trago de agua y
mira a los músicos antes de volverse hacia Kyungsoo—. Antes se fumaba los cigarros
a puñados, te lo juro. Y luego están los trajes caros que solía llevar, no sé, parece que
es un tío completamente diferente.

Kyungsoo retuerce la lengua distraídamente para acariciar con ella la quemadura que
se había hecho hacía un tiempo, y sigue la mirada de Minseok hasta un hombre que
está disimulando una amplia sonrisa condescendiente, sentado al otro lado de la
habitación. Son las doce y media, y el bar está a rebosar de gente que charla
animadamente, pero en el segundo en que sus ojos se cruzan lo único que Kyungsoo
puede ver es a ese hombre y la forma de sus labios, el brillo oscuro que hay bajo sus
pestañas. La habitación entera se vacía en un abrir y cerrar de ojos hasta que lo único
que queda es Kyungsoo y el hombre de la chaqueta de cuero. Silencioso, incoloro,
surrealista.

En algún momento, la música empieza a sonar y Minseok mantiene un tono


melodioso. Kyungsoo mueve su mandíbula arriba y abajo instintivamente, porque sabe
que es la señal de que tiene que unirse a la canción. El micrófono pesa en sus manos
y espera a su voz, pero no sale nada. Graznidos secos y parpadeos veloces y entra
en pánico, aún más cuando escucha cómo Minseok da golpecitos con el pie en el
suelo en señal de impaciencia.

El hombre al otro lado de la sala arquea las cejas, mueve los labios formando unas
palabras que Kyungsoo no llega a entender, y levanta una mano con indecisión.
Perplejo, Kyungsoo ve cómo sus dedos bailan en el aire, y entonces el sonido de un
piano aparece de ninguna parte, brilla alto y claro y todo se arregla, ya lo entiende
todo. La melodía viaja a través del cuerpo del hombre, guiándola hasta que forma
curvas por todas las esquinas y Kyungsoo cree que es el hombre más hermoso, el
artista más hermoso del planeta. Las notas fluyen de las puntas de los dedos del
hombre hasta su corazón como si ese fuera el único propósito de su existencia.

Es una noche de un mes de septiembre, o tal vez de octubre, cuando Kyungsoo


realiza su mejor actuación para un bailarín con una chaqueta de cuero. Y después,
mientras Kyungsoo espera que Minseok reparta las propinas, el bailarín se abre paso
hacia él por entre las mesas con una sonrisa tímida.

—No tengo paraguas.

Kyungsoo parpadea, acaba de darse cuenta de que la lluvia está golpeteando contra
la ventana. Minseok le da un suave codazo.

—Dice que no tiene paraguas.

Kyungsoo sigue parpadeando, hasta que al final el bailarín suspira y pasa su brazo
alrededor del cuello de Kyungsoo despreocupadamente, un gesto claro de que lo ha
hecho más de una vez antes, y empieza a arrastrarlo hacia el exterior.

—Vamos, vamos. Acompáñame a casa, hyung.

Cuando oye la palabra “hyung”, Kyungsoo piensa inmediatamente en la última página


de su libro de recortes, la que no tiene foto, la que habla de un hombre que en
realidad es un chico, un escritor que en realidad es bailarín, un vecino que en realidad
es mucho más. Kim Jongin. En un lado de la página había una nota que decía que
tenía que fingir no haberla leído nunca, porque Kim Jongin no quería ser recordado.

Así que Kyungsoo finge que no sabe que Jongin es su vecino.


—¿Dónde vives?

—Sé que lo sabes.

—Te juro que no lo sé.

—En tu apartamento.

—No es así.

—Sí es así.

Kyungsoo gruñe, Jongin sonríe, y Kyungsoo sabe que no le queda más opción que
llevarlo allí.

Seúl a la una de la madrugada huele a tierra húmeda, a abrigos empapados y al


suavizante de Jongin. Kyungsoo se ofrece a sostener el paraguas, quizá para que sus
nudillos puedan rozar el hombro de Jongin cuando las líneas no paralelas que forman
sus caminos se acercan demasiado. Su relación puede resumirse en dos siluetas
esbeltas, hombros que apenas se tocan, pisadas en la acera húmeda en algún punto
entre el anochecer y el amanecer. Es una imagen llena de ingenuidad adolescente,
sonrojos adolescentes y frases repentinas como “me gustas” y “pero qué dices”, y “voy
a besarte” y labios ásperos, caricias suaves, bocas que sonríen y se mueven a tientas
entre nudillos y muñecas.

*
—¿No es un poco aburrido utilizar siempre el mismo color? —señala Jongin mientras
Kyungsoo va de un lado de la habitación a otro, arreglando y reorganizando y quitando
motas de polvo de todo lo que ve porque todo parece un desastre cuando hay un
invitado.

—Sería un quebradero de cabeza si lo hiciera de otra manera —responde Kyungsoo,


alisando con las manos las últimas arrugas de su edredón.

—Sí, pero así no puedes distinguir lo que es importante de lo que no. Todo es verde,
como la hierba. Tienes césped en la pared —Jongin se ríe incómodamente de su
propio chiste, mientras que Kyungsoo abandona la limpieza y se sienta en la
alfombra—. Ah, hoy no pillas el humor, ¿eh?

—Así que… ¿qué… eres? —Kyungsoo no sabe exactamente cómo abordar el tema,
porque ya sabe la respuesta y en realidad todo esto son formalidades, fingir que no
conoce a Jongin cuando siente que sí que lo conoce y cuando ha memorizado cada
línea que hay escrita en el libro de recortes sobre él.

—Soy escritor.

—¿Pero no eras bailarín?

—Antes lo era —Jongin camina a través de la habitación, inclinando el cuello


ligeramente porque el techo es demasiado, y se deja caer junto a Kyungsoo. Sus pies
pegan perfectamente juntos, sus dedos apenas se tocan y todo son líneas rectas—.
Cuando era joven, hice algo de ballet.
Kyungsoo le pide a Jongin que le explique cómo es el ballet, porque nunca lo ha visto
antes, y Jongin decide hacerle una demostración en vivo con sus dedos.

—Aquí está la cabeza y esto son las piernas; uno, dos, y tres —un arabesque, lo
llama— y cuando saltan así, se llama grand jeté, y… dame tu palma —un giro de la
muñeca, sus uñas giran y arrancan una risa de la palma de Kyungsoo—, fouetté en
tournant —y su sonrisa desaparece y se convierte en una curiosa fijación cuando los
dedos de Jongin se escabullen por el borde de su palma y van hacia el dorso—, aquí
un sissonne, uno, y dos, y… —los dos dejan de respirar momentáneamente, cuando
sus dedos cruzan la muñeca de Kyungsoo y suben por su antebrazo, su brazo,
hombro, clavícula, cuello, labio inferior, y se detienen.

Jongin saca una amplia sonrisa de la boca de Kyungsoo con su pulgar, y se inclina
para borrarla con la suya propia y es un beso dulce y casto al que Kyungsoo se
entrega.

Pero cuando la mano de Jongin se desliza por su cintura para atraerlo aún más cerca,
Kyungsoo se separa de él jadeando.

—Espera. No.

Aún aturdido, Jongin mantiene la mirada fija en la boca de Kyungsoo mientras éste se
levanta rápidamente y se apoya en el borde de su escritorio, incómodo.

—Yo ni siquiera… No te conozco. Quiero decir… Quiero decir, la verdad es que no


recuerdo… —y pierde el hilo de lo que dice cuando Jongin se levanta, lo agarra de la
mano y la pone sobre su pecho. Siente los atronadores latidos del corazón de Jongin,
el débil pulso de Jongin, y los susurros de Jongin sobre el lóbulo de su oreja.

— Escucha —dice Jongin—. Este soy yo, enamorado de ti —y lleva sus manos al
pecho de Kyungsoo, y de repente éste se da cuenta de lo rápido y lo fuertemente que
le está latiendo el corazón en su pecho, y del repentino calor que siente en las
mejillas—. Y esto… suena como algo conocido, ¿verdad?

Hay un juego en los ojos de Jongin, y un reto en la leve separación entre sus labios y
Kyungsoo no tiene ni idea de lo que está haciendo, pero en el momento en que
Jongin pone la mano sobre su rodilla todo se prende, se convierte en dedos que se
hunden en nucas y un enredo de lenguas y falta de aliento y rodillas que chocan
contra caderas. Es casi natural cómo se derrumban todos los muros invisibles que hay
entre ellos, cómo extienden las manos para tocar la realidad en la piel del otro. Manos
que se guían sobre manos y labios sobre labios y encajan de manera tan perfecta,
líneas rectas contra curvas y rapidez contra vacilación. Caen el uno en el otro
infinitamente hasta que tocan fondo, hasta que Jongin lo tiene levantado contra la
pared, y sus piernas chocan contra las costuras internas de sus muslos y su aliento
arde sobre la base de su cuello.

A Kyungsoo se le olvida respirar cuando Jongin rompe el silencio, abriendo la


cremallera de su pantalón de golpe y bajándole los vaqueros y la ropa interior de una
sola vez. No sabe a dónde mirar, la verdad, porque nunca ha hecho esto antes, y
Jongin parece conocer perfectamente el procedimiento cuando envuelve su miembro
con una mano, acariciándolo con unos dedos cálidos hasta que Kyungsoo está tan
duro que casi duele. Mueve las caderas instintivamente, y parece que Jongin se da
cuenta de cómo se está conteniendo y estudia a Kyungsoo por debajo de sus
pestañas.

—Está bien, iremos despacio.

Aunque la definición de “despacio” puede ser subjetiva, Kyungsoo está absolutamente


seguro de que Jongin está sobrepasando los límites cuando abre la boca y después la
cierra en torno a su miembro para inmediatamente deslizarse hacia abajo, sus labios
furiosos y ardientes y embriagadores, su lengua se mueve rápidamente sobre la punta
y presiona de forma impaciente la parte inferior de su miembro. Inclinando la cabeza
hacia atrás, Kyungsoo embiste en la boca de Jongin, vacilante, aunque la vacilación
se esfuma en el momento en que Jongin gime y el nudo de placer se desata en su
interior. A partir de ahí, todo es calor y gemidos, uñas arañando nucas, suspiros
prefijos de jadeantes y agudos “Jongin, Jongin”, y gemidos graves sufijos de
estremecimientos silenciosos entre dientes apretados.

Cuando Kyungsoo está a punto de eyacular, Jongin se retira y lo estampa contra la


pared, su boca ferviente susurra veloces instrucciones de “quítame los pantalones”
entre, “ahora mismo” corrientes de, “con los” electricidad, “dientes”. Mientras
Kyungsoo sigue sus instrucciones sílaba por sílaba, Jongin se quita la camiseta y la
tira a un lado antes de premiar a Kyungsoo con una hilera de besos desde su boca
hasta su mandíbula, y más abajo, bajando por su cuello hasta llegar a su hombro y
desde ahí desciende a lo largo de su brazo hasta que encuentra la unión de sus
dedos. Lentamente, con los ojos fijos en los de Kyungsoo, lame sus dedos unidos.
Mientras Kyungsoo se abandona a la calidez de la lengua de Jongin, éste lo empuja
sobre la cama.

El primer dedo que Jongin introduce dentro de Kyungsoo duele, el segundo es una
agonía ciega, y Kyungsoo espera que Jongin le quite el dolor a besos, pequeños
mordisquitos que lo distraen por todo su cuello. Se relaja cuando Jongin empuja aún
más adentro, y entonces es cuando sus caderas se mueven solas para sentirlo mejor.
Una fuerte ola de placer lo deja atontado, abre la boca pero no sale ningún sonido.
Jongin recuerda dónde está ese punto, y cuando sustituye sus dedos por su miembro
es ese mismo punto el que toca, el mismo punto que hace que Kyungsoo pierda el
control. Un sonido entre un gruñido y un grito sale de su garganta, y Jongin le aprieta
el muslo antes de embestir otra vez, más fuerte y más rápido, y sigue y sigue hasta
que Kyungsoo eyacula sobre su estómago, y continúa hasta que de repente, él mismo
suelta un intenso gemido.

Ambos caen juntos sobre la cama, y Kyungsoo se preocupa por si debería levantarse
a plegar las prendas que Jongin ha ido tirando por todas partes, y Jongin por envolver
la cintura de Kyungsoo con sus brazos de la manera más perfecta. El borde de la
camisa de Kyungsoo, impregnada con el olor a humo de tabaco y con la húmeda
transición entre el otoño y el invierno, se arruga en el lugar donde sus caderas se
juntan. Jongin desliza lentamente su mano por los botones, desabrochando cada uno
de ellos, tomándose su tiempo y con el zumbido sordo del placer en su garganta.
—Sabes, no te he dicho en ningún momento que me llamo Jongin. ¿Cómo lo has
recordado?

Kyungsoo se sonroja, su cara pasa de ser rosa a rojo e intenta hundir su rostro en la
almohada.

—Lo sabías, ¿verdad? Que tengo una página sobre ti en mi libro.

—Por supuesto que lo sabía —murmura Jongin, y Kyungsoo se pregunta por qué
parece que está resollando… como si hubiera estado respirando así, con dificultad, tal
vez desde el principio—. Tengo una llave de tu apartamento, y ni una pizca de sentido
de la intimidad o de la obediencia. Pero parece que tú tampoco lo tienes, puesto que
has escrito sobre nosotros aunque te pedí que no lo hicieras.

—Pero lo habría seguido escribiendo —dice Kyungsoo—. Quiero recordar esto. De


verdad, yo… Quiero tener… Sólo quiero… una relación. Quiero tener una relación real
contigo, en la que podamos hablar de lo que hicimos ayer o antes de ayer…

Jongin no dice nada, sólo oculta su nariz en la nuca de Kyungsoo, aún respira
pesadamente.

—Mañana, mañana, por favor, no dejes que te olvide, Jongin. Quiero recordar esto,
quiero recordar lo que somos.

—No te preocupes, hyung. Soy escritor. Me gano la vida recordando cosas.


Se mantienen despiertos toda la noche. Jongin prepara tazas de té aguado y se las
toman en el balcón de Kyungsoo, con las piernas extendidas y cruzadas con las del
otro, los dedos de sus pies se tocan. Kyungsoo intenta hablar de todo lo que se le
ocurre, cualquier cosa para mantenerse despierto porque cuando se quede dormido,
todo se acabará; las hermosas estrellas y esa sensación cálida que hay en su interior
y la increíble suavidad de la piel de Jongin deslizándose sobre la suya, los tremendos
contrastes. Divaga sobre lo genial que se veía Jongin mientras bailaba en el bar de
esa manera, sobre lo perfectamente que encajaban sus voces y movimientos, sobre lo
claro que estaba el cielo y sobre que el hombre del tiempo había dicho que mañana
llovería.

Pero finalmente, los párpados de Kyungsoo se vuelven insoportablemente pesados y


se acurruca junto a Jongin, consciente sólo a medias de la fría brisa que envuelve su
piel y de las líneas que Jongin dibuja sobre su cuello. Jongin coloca su cabeza en su
regazo, y le acaricia el pelo, continuando con las palabras de Kyungsoo como si nunca
se hubieran detenido, porque quizá las cosas no tienen por qué acabar tan pronto.
Porque él también tiene esperanza.

Pero el sueño se lleva a Kyungsoo, al fin y al cabo.

En los últimos segundos del verano, las horas siempre son demasiado cortas y los
segundos demasiado largos. Los días cada vez duran menos y aunque Kyungsoo no
puede decir que tiene prueba alguna, la inquietud lo atenaza con cada puesta de sol y
puede sentir cómo permanece en el aire en torno a él. Rellenando las arrugas de su
piel, deslizándose por su columna, derramándose por los dedos de sus pies. Un
anhelo. Un temor. El frío del invierno, la lluvia sin comienzo, las mismas horas que
sabe que ya han pasado antes. Y entonces llega la noche y lo pinta todo de blanco.

[parte tres: mañana](~9,143 palabras)


La luz del sol flota en el sueño de Kyungsoo, deriva en algo frío y salado y que tal vez
implica talones hundiéndose en la blanda franja de arena que hay entre el océano y la
playa. Se gira, y la arena húmeda se convierte en cálidas sábanas.

Cuando abre los ojos, al cóctel de alas de gaviota y tonos de azul los sustituye un
techo un par de metros demasiado bajo, una pequeña ventana al fondo de una
habitación estrecha y tablas de madera astilladas bajo alfombras gastadas. Es su
habitación, aunque no está exactamente igual a como estaba cuando despertó ayer,
porque hay post-its verdes pegados por cada centímetro de cada pared que él no
recuerda haber puesto. Es como una segunda piel de coloridos textos, diagramas,
números y fechas. La brisa mueve las cortinas y hace que las notas se muevan,
sacando una melodía de aplausos del papel ligeramente húmedo.

Aunque a Kyungsoo no le sorprende el estado de su habitación, sí le pilla


desprevenido el apabullante número de post-its amarillos. Sin embargo, la confusión
se convierte automáticamente en sonrisa cuando sale al balcón y se encuentra con
una figura apoyada sobre la barandilla de al lado.

—¿Has leído los amarillos? —pregunta abruptamente el desconocido, con un brillo en


sus pupilas que se vuelve travieso al observar la mirada mate de Kyungsoo—. Entra y
léelos. Y ábreme la puerta cuando toque.

Así que Kyungsoo entra, los lee y abre la puerta cuando Jongin toca. Diez minutos
más tarde, están ocupados preparando el desayuno en la cocina, mientras Jongin se
palpa el estómago, contando las montañas que son sus costillas y arruinándolo todo
de la manera más perfecta. La incomodidad se marcha y todo avanza con paso suave,
deslizándose entre brazos alrededor de cinturas y barbillas hundidas en los hombros
del otro.

A lo mejor esto puede repetirse para siempre, piensa Kyungsoo. Tal vez un día se
despertará siendo un anciano y Jongin seguirá hincándole el dedo en el estómago,
susurrando provocaciones incoherentes en su oído, y convirtiéndolo todo en un
desastre, como hoy. Se comerán el desayuno juntos en el balcón, con sus pies
arrugados enfundados en unas mullidas zapatillas de estar por casa y su pelo cano
demasiado ralo como para esconder sus radiantes sonrisas. Eso le gustaría.

La forma de hacer el amor de Kyungsoo y Jongin se resume en insulsos grabados


sobre páginas raídas, compilados en una pequeña lista que Jongin ha titulado Cosas
que a Do Kyungsoo le ponen. En contadas ocasiones ocurren combustiones
espontáneas al caerse un bolígrafo, y normalmente, Jongin amolda sus manos a los
escalofríos de Kyungsoo.

Por norma general, están hechos de noches normales y corrientes en el bar, cuando
todos los demás los han abandonado, con un vaso de whisky sin tocar como árbitro.
Kyungsoo se descubre a sí mismo mirando fijamente de forma estúpida el rostro de
Jongin mientras canta, reflexionando sobre cómo es posible que alguien pueda
parecer tan perfecto y tan destrozado a la vez. Hermoso como un dibujo a tinta, con la
felicidad derramándose por sus contornos como té envejecido, Jongin es como un
artefacto de perfección perdida… Aunque la parte perfecta muerde el polvo en cuando
alza la vista y, al encontrarse con la mirada de los enormes ojos de Kyungsoo, le lanza
un guiño.

Hay algo en el guiño de Jongin que hace que a Kyungsoo esté a punto de caérsele el
micrófono y de perder el ritmo de la canción. No pasa mucho tiempo hasta que
Kyungsoo se pierde por completo, porque Jongin ha acortado la distancia que los
separa, sus preciosos labios respiran blues sobre transpiración brillante. El corazón de
Kyungsoo golpea con fuerza su pecho cada vez que sus muñecas chocan de forma
semi-intencional, y con cada susurro de “te reto, atrévete”.

El juego de desafíos se vuelve letal cuando la puerta del salón se cierra y deja a
Jongin estampando a Kyungsoo contra la pared.

—Di eso otra vez. ¿Que me retas?

Las palmas de sus manos y sus rodillas se deslizan sobre los muslos del otro,
susurros incoherentes puntúan cada gemido y cada jadeo. La urgencia acaba con
todo lo demás y la frustración guía sus manos cuando bajan la cremallera. O tal vez
no es la frustración.

Tal vez es sólo la urgencia, porque siempre tienen prisa, porque los granos de arena
se desvanecen de las líneas de sus manos. Porque a medida que el invierno se
convierte en primavera, su forma de hacer el amor se aleja de las embestidas bruscas
y de las miradas ardientes, y se parece más a silencios húmedos atrapados en las
sábanas en el apartamento de Jongin. Porque cuando la primavera llega, las
montañas desaparecen y sólo dejan un rastro constante de depresiones.

Kyungsoo se despereza sobre la cama de Jongin, viendo cómo las cortinas inyectan
soplos de vida en los post-its amarillos que cubren las paredes, mientras que Jongin
une sus dedos pulgares sobre la base de su garganta. Un susurro distraído fractura la
calma.

—Lo siento.
El aire resuena, no por la pequeña disculpa de Jongin, sino por las bocanadas de aire
que silban al entrar a sus pulmones. Kyungsoo desliza una mano bajo la camisa de
Jongin, y cuenta con el dedo índice sus costillas. Va dejando atrás pequeñas huellas
de sudor pegajoso y semen, murmurando tranquilizadores “una, dos, tres…”. Jongin
se sobresalta, sorprendido, y Kyungsoo le da un beso en los labios para borrar su
sorpresa.

—Sshh. No lo sientas.

A Jongin le lleva un rato muy largo relajarse a pesar de las caricias de Kyungsoo, y
deja que el otro presione las palmas de sus manos contra sus costados y lo pinte de
calidez y comodidad.

—Es sólo que ni siquiera puedo… amarte como es debido.

Kyungsoo resopla, le clava un dedo entre las costillas, y Jongin estalla en carcajadas.
Kyungsoo le sujeta hábilmente la cara entre sus manos y se inclina para darle un beso
más largo y más profundo. Hay una sombra desvaída y violeta bajo sus cuerpos
cuando Kyungsoo se separa, dejando que los matices de su vista se muevan a la
deriva, de forma letárgica.

—Jongin, escucha. No me importa el sexo. Ya está mejor que bien así. Ya estamos
haciendo el amor.

Jongin hunde su rostro en la almohada. Kyungsoo lo hace levantarlo a la fuerza.


Jongin desvía la mirada. Kyungsoo le coge la cara para obligarlo a que lo mire. Al
final, Jongin rompe en una risa ahogada.

—Me estás matando, hyung. De verdad, me estás matando.


—¿Por qué?

No hay respuesta, así que Kyungsoo piensa que tal vez es otra de esas cosas que
Jongin dice sin razón. Una de esas cosas que viene y va. Conforme el cielo se
oscurece, la pregunta se disipa junto con la luz, y ya no regresa.

—¿Adónde va un pensamiento cuando lo olvidas?

—No lo sé. ¿Lejos?

—Eso es muy vago.

—Yo no soy escritor.

—No seas tan vago.

—Bueno, se muere. El pensamiento se muere.

—¿Y si no quiero? —Jongin abre y cierra su zippo, viendo cómo la lengua de fuego
titila en torno a la tapa de hierro—. No me dejes morir, hyung. Prométeme que me
recordarás.
—Vale. Te lo prometo. Te recordaré.

—Para siempre.

—Para siempre.

A veces la verdad duele más que la mentira, y a veces la propia mentira es lo


suficientemente dolorosa como para destrozar a Kyungsoo.

—¿Me amarás mañana?

—Por supuesto.

—Prométemelo.

—Te amaré mañana, y te recordaré para siempre. Ahora dame el mechero antes de
que le prendas fuego a mi casa.

Jongin le escribe una nota para asegurarse de que mantiene su promesa. “Me llamo
Jongin, soy el escritor que vive en el piso de al lado. Nos vemos mañana, hyung. ¡No
lo olvides!”. Kyungsoo se echa a reír al ver los signos de exclamación, Jongin le
golpea en el hombro y ambos ruedan bajo las sábanas, sintiendo una ligera
esperanza. Kyungsoo imagina que las mentiras también son lo que mantiene a Jongin
entero, así que a lo mejor puede permitirse mentir un poco.

Pero al final, la esperanza se acaba y las mentiras se quiebran. La voz de Jongin es


bajísima y triste cuando susurra en el pelo de Kyungsoo.
—Sólo tengo dos cosas en este mundo, hyung. Tú y el baile. Eso es todo lo que
tengo, y pronto me arrancarán el baile de los huesos, y finalmente también me
separarán de ti…

Kyungsoo deja que Jongin deslice una mano por su cuello y lo atraiga hacia sí para
abrazarlo. El fuego se apaga y la oscuridad lo inunda todo. Afuera está lloviendo, las
gotas repiquetean en el alféizar de la ventana.

Hay momentos en los que Kyungsoo está viendo a Jongin bailar y se da cuenta de
que los movimientos de Jongin llevan cierto retraso, no demasiado significativo, pero
retraso al fin y al cabo. Sacudidas dubitativas de las articulaciones, miedo y deseo
mezclados en esa vacilación delatora. Es como si sus músculos estuvieran
esforzándose por llegar a algo pero sus tendones los retuvieran, como si estuviera
condenado perpetuamente a perseguir una melodía que siempre va un tiempo más
rápido que él. Probablemente el mismo Jongin también se ha dado cuenta, el brillo de
frustración y aflicción que se dilata en sus pupilas es inconfundible.

Pero al final, incluso esos momentos desaparecen. Ya no hay frustración ni pena, no


hay movimiento, no hay más esfuerzos, nada. Sólo una aparición que se sienta en la
otra punta del bar, desintegrándose lentamente y convirtiéndose en partículas de
polvo y luz.

Entonces están los momentos en los que Kyungsoo, mientras canta, se da cuenta de
cómo Jongin aprieta y afloja un puño, de las marcas de mordiscos en su labio inferior,
de sus ojos apagados, sus hombros hundidos. Todo se derrumba pero no con un grito,
sino con un ineludible jadeo al intentar tomar aire. Suavemente, sin pausa,
inevitablemente.

Y finalmente, la frase que describe a Jongin como bailarín en la última página de su


libro de recortes se convierte en algo parecido a una mentira, porque Jongin ya no
puede bailar. Y tampoco es un escritor, en realidad. No parece que sea el hombre que
describe la página. No parece un humano en absoluto, sino un cadáver que repite al
final de cada hora: “Hyung, ¿recuerdas cuando…?”

Kyungsoo está a medio camino entre sofocado y escaldado por el calor de la noche de
verano cuando entra en el ascensor de su edificio. Es 12 de julio, una hora en la que
el mundo consiste en farolas inseguras, gritos de borrachos y ocasionales golpes de
risa. A esa hora, sólo están ellos dos y una excesiva paz.

Acaba de volver del bar, y Kyungsoo intenta luchar contra el cóctel de humo metálico y
el fuerte olor a alcohol que hay en su pelo. Las últimas notas del saxofón anidan sobre
sus dedos y el ritmo del cinquillo permanece bajo su piel, pero ninguna de esas dos
cosas consigue llenar el abismo que hay entre él y el desconocido.

El desconocido, que sostiene un cigarro apagado entre los dientes, se gira primero. La
luz poco favorecedora del ascensor envuelve su piel con un tono cetrino y un pesado
velo de letargo. Kyungsoo se pregunta, con el ritmo del cinquillo martilleando en sus
venas, si la piel del hombre será tan de plástico como parece.

—Qué calor. La temperatura… Hace calor —dice, extendiendo una mano que
Kyungsoo estrecha con vacilación. Su apretón es de dedos largos y
sorprendentemente fríos, uñas cortas y limadas y una piel curtida y tirante sobre unos
nudillos huesudos. Pero por encima de todo eso, está temblando, advierte Kyungsoo.
Sus dientes castañetean y apenas puede mantener el contacto visual.
—Um —responde Kyungsoo. Quiere preguntarle al desconocido si se encuentra bien,
por qué está temblando de esa manera, pero las palabras se pierden entre los
chirridos del ascensor llegando al piso y el parpadeo de la bombilla fluorescente—.
Sí… Hace calor hoy.

El desconocido no dice nada, apoya la espalda contra la pared del ascensor y deja
que sus ojos se deslicen a lo largo de la figura de Kyungsoo, como si estuviera
esperando que lo reconozca. Es la clase de mirada que hace que Kyungsoo se encoja
dentro de su chaqueta, aunque una fina capa de cachemir poco puede hacer para
esconderlo de las pupilas fijas del otro. Parece que el tiempo se para hasta que las
puertas del ascensor se abren, y Kyungsoo suelta una bocanada de aire que no sabía
que estaba conteniendo.

Sólo después, cuando Kyungsoo ya está caminando por los pasillos del edificio y nota
que el extraño lo está siguiendo, se da cuenta de que probablemente no sea la
primera vez que se ven.

—¿Te conozco de algo? —pregunta al fin, y su voz retumba intranquila por los largos
pasillos. El desconocido se ha parado en la puerta contigua, y está girando un llavero
en torno a su dedo índice. Un rayo de luz de luna atraviesa la verja y arranca un
destello de algo que hay en su traje. Kyungsoo ve un par de gemelos, brillantes y
aparentemente caros. Demasiado caros como para pertenecer a alguien que vive en
este tipo de residencia.

—¿Tú crees? —el desconocido frunce el ceño, y lo que dice suena mucho más a
súplica que a pregunta.

Kyungsoo se arranca las pelusas del bolsillo, nervioso. No recuerda haber visto la cara
del desconocido cuando ha comprobado su libro de recuerdos y los post-its verdes de
sus paredes antes. Pero a lo mejor se ha saltado una página. Ya le ha pasado en
otras ocasiones. Se apresura a buscar en su mochila, pero una risa más parecida a un
ladrido lo interrumpe.
—Así que no te acuerdas. ¿De nada en absoluto?

—¿Qué? ¿Qué se supone que tengo que recordar?

—Nada. En serio, nada —el desconocido se ríe, o quizá solloza, mientras que se
apoya contra la puerta del piso contiguo y se deja caer. Incluso en la oscuridad, el
brillo del miedo que destila su sonrisa torcida es distinguible. Hace que parezca más
joven de lo que es, de una forma que casi da lástima.

La sandía sabe a ventanas sucias y al aire de una melodía oscura e invisible que se
descompone en las venas. A Kyungsoo le resulta difícil tragar. Todo es imperceptible
hoy, todo se balancea en el borde de la existencia.

—Jongin —dice, cogiendo las semillas negras con dedos cuidadosos—. ¿Por qué
estás tan callado?

—Siempre he sido callado —responde Jongin.

Están sentados con las piernas cruzadas en el balcón de Kyungsoo, con las paredes
mohosas tras ellos y un país de suburbios infinito y eterizado por delante. Kyungsoo
se siente como si estuviera en el decorado de una película, construido con polvo y
sueños agrietados. Debe de haber un mundo real en algún lugar ahí fuera, donde la
risa no parece algo imposible en la desolación yerma del rostro de Jongin.
—No, no es cierto.

—Y cómo lo sabes, si no puedes recordar.

—¿Por qué estás enfadado?

—No lo estoy.

—Sí lo estás.

Jongin le da un mordisco furioso a un trozo de sandía. Le caen gotas de jugo de la


sandía por las comisuras de la boca y se las restriega bruscamente con el dorso de la
mano. Está enfadado, eso está claro, piensa Kyungsoo. Quizá un poco más que
enfadado. Kyungsoo espera pacientemente, escuchando el ruido que hace Jongin al
morder, masticar, tragar, jadear en busca de aire. Pero Jongin no se sale de la rutina,
continúa comiendo cada vez más rápido.

—Mira, ¿he dicho algo malo? Jongin, quiero tener una relación contigo pero no
puedes ser así...

—No, hyung. Sí que puedo, porque ni siquiera tenemos una puta relación —espeta
Jongin de repente, frío y crispado—. Y nunca la tendremos. No lo entiendes, ¿verdad?
Puedes seguir intentándolo, pero nunca vas a recordarme. Así es como están las
cosas.

Kyungsoo no quiere llorar, pero un pequeño sollozo rompe la fachada de su cara de


póquer y con eso, la situación se tuerce aún más. Jongin se enfada todavía más.
—Tú ni siquiera tienes derecho a estar enfadado. Te levantas cada mañana y estás de
puta madre pero ¿qué pasa conmigo?

—Lo sient...

—Estoy enamorado de ti, joder, y aún así tengo que presentarme cada puta mañana
y… ¿es que no te haces una idea de lo que duele eso? No. Seguro que no, porque en
realidad no me quieres. Sin todas esas notas que te dejo, no hay nada. En realidad no
hay nada. Sólo soy un desconocido para ti, y esta relación no es más que un teatro.
Es otra novela más. Inventado. Todo. Ni siquiera es que esté escribiendo una puta
novela, joder, la estoy viviendo.

Después de una larga pausa, se oye un “lo siento”, de uno de ellos. Tal vez de ambos.

—Hace dos noches, entré a tu casa y quité todos los post-its que decían algo sobre
nosotros de las paredes, intenté comprobar si recordarías la noche que nos
encontramos por segunda vez, aunque fuera una diminuta chispa de reconocimiento…
pero por supuesto…

Jongin entrelaza sus dedos con los de Kyungsoo y los sostiene, las manchas
pegajosas del jugo de la sandía se extienden por sus palmas sudorosas.

—Los hechos son estos. Me voy a morir. Un día, nos olvidarás. Y entonces, el día
después de eso, me olvidarás a mí. Y ya ni siquiera será por tu amnesia, sólo por el
tiempo. Porque eso es lo que hace el tiempo, se lleva las pequeñas cosas. Primero las
insignificantes, y entonces se cuela hasta que se lleva las que importan también… Y
para cuando quieras darte cuenta, habrán desaparecido, y no sabrás qué es lo que
falta hasta que...

—No, no, Jongin, no es así… Mi cabeza está mal, pero mi corazón —Kyungsoo
aprieta las manos entrelazadas de ambos contra su pecho y respira hondo, como si el
aire pudiera llenar el vacío que hay entre ellos. La calidez de Jongin traspasa su
camiseta y hace que su estómago flote, desbloquea las palabras que aguardan en un
sitio que no sabía que existía– mi corazón está bien. Te recordaré ahí. No puedo
recordar nada sobre ti, pero cuando algo te duele, el corazón también me duele.
Cuando ríes, mi corazón también ríe. Puedo amarte aunque no tenga recuerdos, así
que aguanta. Aguanta, por favor.

Después de un largo esfuerzo, Jongin consigue forzar una sonrisa pero tiembla, y por
fin se rompe mientras dice de forma pensativa, brutal.

—Esto no es una novela romántica, hyung. No funciona así —inspira, y el último clavo
llega, no con un estallido, sino con un susurro lastimero—. ¿No lo ves, hyung?
Nuestro final está claro. Todo estaba escrito desde el mismo principio, desde antes de
que nos conociéramos.

Aunque Jongin está esperando una réplica, aunque los dos están esperando una
réplica, Kyungsoo no tiene nada que decir. Los sollozos destruyen su cuerpo, pesados
y terribles y no consigue articular ni la más mínima protesta cuando Jongin continúa
hablando.

—Sabes… Llegará el día en que no pueda tocarte la cara, ni hablarte. Simplemente…


estaré ahí tumbado, viéndote llorar con los ojos abiertos de par en par, con el cuerpo
entumecido y, y mi mano… en torno a la tuya… Sostendrás mi mano como ahora
mismo, pero estará fría, y dolerá, mucho más de lo que duele ahora. Y cuando llegue
ese día, hyung, quiero que me prometas que me dejarás ir. Te irás a casa, llévate las
margaritas...

—No.

—Porque, escucha, hyung. No mereces… —la nuez de Jongin asciende, se detiene,


no vuelve a bajar. Su voz se quiebra. Kyungsoo se da cuenta de repente de que
Jongin también ha estado llorando. Ha estado llorando todo el tiempo, tal vez incluso
desde antes de que Kyungsoo despertara—…ver cómo las margaritas se marchitan…

—No —Kyungsoo agarra más fuerte las dos manos de Jongin, recoge los huesos que
se desmoronan y los tendones hechos jirones, y reza en voz baja en los débiles
nudilllos—. No, no, no.

Entre los meses y los segundos, Kyungsoo pierde la noción de las horas y olvida
cómo leer relojes y calendarios. A veces se le olvida la fecha. Otras veces mira por la
ventana y se pregunta en qué estación están. Su libro de recortes ya no está al día y
no está seguro de si tiene veinte años o veinticinco porque de todas formas ya no
importa. Siempre estará atrapado en el mismo punto, así es como son las cosas.

Pero cuando llega Jongin, todo vuelve a encajar. Es en los últimos meses del otoño.
2013. Tiene veinticinco años, veintiséis en tres meses, y está tan profundamente
enamorado que duele. Duele porque ya son los últimos meses del otoño, porque el
verano ha acabado y no puede siquiera recordarlo, pero siente ese tipo de amor que
lo vuelve avaricioso y lo hace estar enfadado y triste por todo lo que no puede tener.

El tipo de amor que le hace aferrarse a Jongin al final de cada noche, y rogar poder
recordarlo todo el día de hoy, y de ayer, y...

—Mañana —interrumpe Jongin. Kyungsoo cree que huele un poco a yodo o a


antisépticos, a sábanas de hospital—. Puedes acordarte de mañana. Recordaré todos
nuestros ayeres, y tú puedes recordar todos nuestros mañanas. Será genial.

Kyungsoo responde de forma inexpresiva.


—Eso no tiene sentido. ¿Cómo se recuerda el mañana?

—Bueno —Jongin se relaja en los brazos de Kyungsoo, deja que su espalda llene la
curva del pecho de Kyungsoo y que su mejilla se deslice junto a la del otro—.
Recuerdo que mañana iremos a la playa, ¿y?

—¿Y qué?

—¿Y qué recuerdas que haremos?

—Jongin, ¿pero qué estás diciendo, cómo vas a recordar algo que nunca ha
sucedido...

—Calla. Vamos a ver. Recuerdo que el agua parecerá estar en llamas de luz. El sol se
estará poniendo, todas las nubes estarán pintadas de violeta y rojo. Pero estará
tranquilo, sólo se oirá el sonido del agua y el viento, y tu voz. Cantarás My Lady y
enterrarás tus pies en la arena mientras me ves bailar dentro del agua. Bailaré, tú
cantarás. Me tropezaré, sacarás tus pies de la arena e intentarás cogerme. Me daré
cuenta de lo guapo que estás, y sentiré la repentina urgencia de ponerte en una
posición comprometida. Te haré el amor en ese mismo momento y en ese mismo
lugar, así que luego estaremos llenos de arena y te volverás loco, por supuesto, y
lavarás la ropa cuatro veces, lo frotarás todo… Pero eso después, claro… Primero
cenaremos sentados en el techo del coche, perezosos, lentamente. Podemos comer
hamburguesas, con mucho queso…

Kyungsoo se queda pensando.

—Y veremos el anochecer. Seguiré cantando y me cogerás de la mano, me bajarás


del coche. Bailaremos juntos. Reiremos. Tú te reirás más fuerte pero yo me reiré
durante más tiempo. Habrá mosquitos por todas partes, seguro. Yo querré irme, pero
tú querrás quedarte más tiempo, porque tú eres así, e intentaré arrastrarte pero te
librarás de mí y al final te rendirás, porque te pegaré. O tal vez seré yo el que se rinda,
cuando me cojas de la mano y me atraigas hacia ti y me beses apasionadamente.

Jongin le coge la mano y lo atrae tan cerca que Kyungsoo puede sentir su aliento en la
lengua.

—¿Así?

—¿En qué estás pensando ahora mismo?

—En lo mucho que quiero quedarme así.

Hay preguntas que Kyungsoo no le hace a Jongin. No le pregunta a Jongin si pueden


quedarse así para siempre, o cuántos mañanas quedan en realidad, porque a veces la
verdad es demasiado deslumbrante. Sólo puede depender de los segundos, de cada
gesto, cada contacto, cada sílaba. Jongin viene en segundos. Todo viene en
segundos.

Ojalá los segundos duraran más.

Sin embargo, cuando Kyungsoo se despierta al día siguiente, no van a la playa. De


hecho, no hay un “ellos”. No hay post-its amarillos en las paredes, ni palabras en la
última página de su libro de recortes, ni posiciones comprometidas ni hamburguesas
en el techo de un coche. Sólo está Kyungsoo, bajando a toda prisa por las escaleras
de la fábrica, cenando en una mesa vacía, esperando que lleguen las siete con los
ojos pegados en el balcón contiguo y con la extraña sensación de que, tal vez, algo
falta.

Entona melodiosamente bajo las luces difusas del escenario, mira el asiento vacío que
hay al otro lado del bar y reflexiona sobre lo que podría significar el vacío que hay en
su pecho, por qué cada nota que canta no sale afinada del todo. Minseok intenta
ajustar su volumen para cubrir cada error de Kyungsoo. Se rinde cuando llega el
descanso.

—¿Pero qué te pasa?

—No lo sé —murmura Kyungsoo. Hoy no le ha pasado nada fuera de lo normal. Todo


ha ido de acuerdo a las notas de su libro.

—¿Dónde está ese tío, el escritor? ¿Kim Jongin?

“¿Qué escritor?” es lo que quería preguntar Kyungsoo, pero de algún modo acaba
saliendo una especie de grito ahogado de inexplicable pánico y dolor. Instintivamente,
echa mano de su libro de recortes, pasa las páginas una vez, y otra, y otra, con el
mismo quejido tembloroso.

—No conozco a ningún escritor.

Un ramito de margaritas secas cae de la tapa trasera. Kyungsoo se derrumba, y esta


vez no hay nadie para sostenerlo.

*
Se despierta en octubre y lo recibe el verde de sus paredes, el color del césped
sintético que nunca muere. Octubre marchita el mundo con cada puesta de sol, hasta
que apesta a hojas en descomposición y promesas olvidadas. Con octubre llega la
lluvia infinita que limpia huellas inmortales y trae nuevos clientes al bar.

Se despierta en noviembre y lo recibe un montón de espesa nieve que se ha apilado


en su ventana. Una conocida urgencia por hundir la cara en la almohada y llorar como
si no hubiera mañana le revuelve las tripas. Noviembre trae días que desaparecen de
repente y noches que se convierten en el principio del fin y en el fin del principio. En
noviembre, los mañanas dejan de llegar. En noviembre se pregunta cuánto tiempo
lleva viviendo así, cuando tiempo más tiene que seguir viviendo así, cuántos mañanas
quedan antes de que el tiempo lo deje ir.

Se despierta en diciembre, a cuatro días de Navidad, cuando llaman a su puerta. La


oscuridad se traga su apartamento mientras se abre paso por los pasillos, con los
dedos extendidos para leer las paredes mientras descorre el pestillo y abre y...

— Hyung —lloriquea el chico que hay ante su puerta. Lo que Kyungsoo ve es una
combinación de labios cenicientos y ojos hinchados, temblando bajo una fina bata de
hospital y sin nada más que copos de nieve en el pelo y unas zapatillas de plástico en
los pies. Tal vez el chico está intentando sonreír, y los restos de esa sonrisa tiran
tristemente de las comisuras de sus labios, pero todo se descongela cuando intenta
mover la mandíbula otra vez—. Hyung —y es un sollozo— hyung, hyung…

Una enorme, inexplicable y cálida marea de alivio recorre a Kyungsoo, pero no es


suficiente como para evitar que hable con voz ronca y vacilante.

—¿Quién eres?
Una pausa.

—Pues claro, claro que lo ibas a olvidar. Qué tonto he sido…

Kyungsoo ve algo que se acumula en los ojos ya enrojecidos del chico con curiosidad
y sin aliento, o quizá con un pinchazo de indefinible empatía. Es espantoso lo
fácilmente que esta perfecta construcción de huesos se desmorona a cámara lenta. El
chico tiembla, deshaciéndose por los costados, con una erupción de lamentos
inaudibles. Se frota con los antebrazos para borrar las lágrimas y su pecho entero se
sacude con una pena inconsolable, hasta que al final se lo traga todo con dificultad.

Hace un pequeño gesto con la mano, y parece muy frágil.

—Perdón por molestarte. Sólo pensaba… en caso de que recordaras… pero bueno,
da igual, yo…

No se oye nada salvo el susurro de los copos de nieve que caen, pequeñas esferas de
luz brillante, como luciérnagas, y Kyungsoo envuelve con la mano la muñeca del
chico. No piensa en fragilidad cuando atrae al chico más cerca de la puerta. De hecho,
no está seguro de lo que está pensando cuando dice:

—No, está nevando. Deja que te preste una chaqueta. Vas a coger un resfriado.

—Un resfriado —repite el chico, y su risa suena como lo más triste del universo—Voy
a coger un resfriado.

*
De camino al hospital, el chico se presenta como Jongin. Le da a Kyungsoo cuatro
datos en el asiento de atrás de un taxi. Uno, es escritor. Dos, ya se conocían. Tres, se
está muriendo. Cuatro, ha borrado todo lo que había sobre él en los post-its y en el
libro de Kyungsoo a causa de esos datos.

—Me dijeron que me quedaban seis meses. Quizá un año, si me portaba bien —dice
Jongin, sus ojos reflejan el amanecer que pasa volando por las ventanas—. Así que
quise hacerme el héroe. Dejarme olvidar, ahorrarte todos los ayeres y dejarte con
todos los mañanas pero… entonces me dijeron que tenía neumonía. Ya no eran seis
meses. Me quedaban cuatro semanas, tal vez tres. Y me derrumbé. De repente,
quedarme atrapado con todos los ayeres mientras que tú seguías adelante sin mí ya
no me resultaba tan atractivo y… de verdad, lo siento. Mentí. No soy un héroe, sólo
soy un cobarde.

Sus rodillas se tocan. Kyungsoo no se aparta.

—Yo… ¿te gusto?

—Gustarme —se hace eco el chico, y se ríe otra vez al continuar—. No, sólo quiero
estar en todos tus mañanas. Quiero que me recuerdes.

Kyungsoo sabe la verdad, y juraría que Jongin también la sabe. Los deseos son sólo
deseos, las oraciones no son más que oraciones. La ciudad que pasa a toda velocidad
por las ventanillas puede brillar con las luces de Navidad y la calidez de Año Nuevo,
pero eso no cambia el hecho de que demasiado es demasiado. Algunas cosas son
simplemente imposibles.

—Quiero decir, no tienes que recordarme. No intento engañarme a mí mismo. De


verdad, me puedes dejar en el hospital y… sólo… Yo sólo quería verte otra vez, y
supongo que ya lo he hecho, así que… Lo siento muchísimo por molestarte —Jongin
se ríe, y cada vez que lo hace Kyungsoo piensa que suena más a lamento—. Debes
de pensar que estoy loco o algo, apareciendo en tu puerta porque sí.

—No creo que estés loco —interrumpe Kyungsoo, y la tensión disminuye un poco
cuando consigue forzar una sonrisa—. Creo que eres un idiota, por huir del hospital
vestido así cuando está nevando.

El coche se para. A ambos les lleva unos instantes darse cuenta de que ya han
llegado a la entrada, y de que ha llegado el momento de que Kyungsoo se marche y
de que Jongin se quede ahí. En su último segundo, son todo sonrisas educadas e
inclinaciones torpes de cabeza, como si se acabaran de conocer por primera vez y los
ojos rojos de Jongin no significaran nada.

—Pues… —dice Jongin, sin llegar a temblar con la chaqueta de Kyungsoo sobre los
hombros, pero estremeciéndose igualmente—. Sólo… ¿Puedo pedirte una última
cosa?

—¿Sí?

—¿Puedes decir mi nombre? Una última vez.

Kyungsoo se aclara la garganta e intenta reproducir las sílabas, pero de algún modo
están atascadas en los laterales de su garganta, y a pesar de que abre la boca, no
sale sonido alguno. Para cuando levanta la mano y se toca la garganta, se da cuenta
de que está temblando y de que algo va mal. El mundo se le está cayendo encima a
cámara lenta y el corazón le duele, le duele muchísimo.

—Jong… —Kyungsoo se traga las dudas y se concentra en las sílabas—. Jongin.


—Gracias. Gracias —y el segundo “gracias” lo dice de forma suave, como si tuviera
un significado más importante. Tal vez algo como “Gracias por conocerme, por
encontrarme, por desenterrarme de entre las ruinas, de los pedazos rotos. Gracias por
darme vida, lágrimas, deseos, filas y filas de post-its amarillos que iluminan mi
habitación cuando las cortinas bloquean el sol. Gracias por enseñarme lo mucho que
pueden brillar las luciérnagas.”

Pero Kyungsoo no oye nada de eso. Sólo oye Seúl al amanecer, los silbidos de la
brisa y cómo Jongin lucha por tomar oxígeno.

—De nada —responde, tenso. Hoy hace frío. Jongin no tiembla cuando sale casi
arrastrándose del coche, cierra la puerta y mira hacia atrás.

Kyungsoo baja la ventanilla y se pregunta por qué parece que el mundo entero está
viniéndose abajo. Afuera, con el frío lijándole los huesos y atravesando su pelo, Jongin
sonríe dócilmente. Kyungsoo asiente. Un par de copos de nieve caen desde el cielo, y
desaparecen.

—Bueno.

—Bueno.

Ya se han resignado a no usar palabras, porque hay un entendimiento mutuo entre


ellos que les dice que las palabras son torpes. Las palabras son como pequeños
cometas, pasan como un rayo tras ellos, dejando una estela de lágrimas y dudas. No
pueden permitirse usar palabras. No hay lágrimas, ni cometas ni dudas en este
intercambio entre un desconocido y un recuerdo, sólo destellos de nieve. Kyungsoo
extiende la mano, incómodo, y la saca fuera de la ventanilla. Jongin la estrecha,
riéndose de algo gracioso que Kyungsoo no puede entender, y entonces se gira y
echa a andar. Sus piernas son demasiado delgadas, su espalda está demasiado
encorvada, va con la cabeza demasiado alta a pesar de sus dedos temblorosos.
Kyungsoo se gira hacia el conductor con una sonrisa dos tonos demasiado brillante.

—Lléveme de vuelta, por favor.

Está intentando fingir que todo es natural, porque lo es. Después de todo, no conoce a
este Jongin. No entiende el significado de mañanas o ayeres y encima, llega tarde al
trabajo. Kyungsoo toma una profunda bocanada de aire invernal y se dice a sí mismo
que no quiere echar a correr, para nada, que no hay lágrimas amenazando con caer
de sus ojos, que no hay lágrimas empañando su visión aunque...

Caen, de todas formas, una a una, igual que Jongin. Kyungsoo grita tan fuerte que no
reconoce su propia voz.

Kyungsoo está de pie en un rincón de la habitación, y le llegan algunas palabras de


los médicos. Algo sobre que los tratamientos de oxígeno no son suficientes, que usan
antibióticos pero que el hígado los está rechazando, que lo dejan en la UCI pero que
eso no cambiará nada, al menos bajarle la fiebre con un baño de hielo, pero sus
pulmones no lo soportarían. No entiende algunas de las palabras, la multisilábica
Symbicort, o Teofilina o corticosteroides, pero entiende el tic tac del segundero entre
líneas, el incesante pitido de los monitores, las disculpas anodinas sobre “no hay nada
más que podamos hacer”.

—No quiero morir —dice Jongin, el sonido de su voz ahogado por la máscara de
oxígeno. Kyungsoo se sienta en el taburete que hay junto a su cama y estudia las vías
que salen de los tobillos de Jongin. De alguna forma parece diminuto, todo ángulos
demacrados.

—No te vas a morir. Han dicho que te ibas a poner bien.

—Mentiroso —ríe Jongin, moviendo la cabeza y apartando la mirada de Kyungsoo, y


entonces es cuando éste se da cuenta de que en realidad no se está riendo. De que
está llorando—. Habrá alguien nuevo en esta cama en tres semanas. Cuatro, como
mucho. Tengo neumonía. Además de la fibrosis, tengo una puta neumonía.

—Te pondrás bien —insiste Kyungsoo, aunque Jongin está equivocado sobre lo de las
tres semanas, porque en realidad son algo así como dos—. No te pasa nada.

—No —Jongin cierra fuertemente los ojos. Kyungsoo no sabe qué otra cosa hacer,
además de levantarse y rozar con los dedos el pecho de Jongin.

Jongin se encoge rápidamente.

—¿Qué pasa ahora?

—Le estoy escribiendo una nota a Dios. No puede llevarse estos pulmones. Los
necesitas —decide Kyungsoo, acercándose más a Jongin para seguir garabateando
frases invisibles en su piel—. Los necesitas de verdad.

El silencio cae sobre ellos, y después de caer, no vuelve a levantarse. Los murmullos
de Jongin sólo son fantasmas bajo el zumbido del aire acondicionado.

—Cuando supe que iba a morir, pensé “por fin, gracias”, pero ahora, ahora yo… Sólo
quiero un minuto más, un milisegundo más… Quiero más tiempo, contigo, hyung… No
te he amado todavía, no he acabado… —y sus ojos se cierran antes de que Kyungsoo
tenga la oportunidad de cogerle de la mano y decirle que aún tienen tiempo. Que no
hay prisa, que estarán bien, porque va a volver a casa y anotar todo esto (Kim Jongin,
ala oeste, habitación 2-20, Hospital de Seúl, que el taxi entre por la entrada del sur,
aún no hemos acabado) para poder volver mañana, y el día después, y el siguiente…
*

—Mmm… Podemos intentar tatuar mi nombre… en tu cara —dice Jongin, tomando


una larga bocanada de oxígeno de la máscara. La enfermera le había dejado sentarse
en una silla de ruedas antes, le había dicho que estaba mucho mejor y que debería
salir de la habitación. Intentar caminar por los pasillos, había dicho. Así que aquí
están, dos pequeñas figuras envueltas en varias capas de lana y cachemir, respirando
hondo el aire viciado de los interminables pasillos. El golpeteo regular de los talones
de Kyungsoo es reconfortante, casi un testimonio de la realidad de su existencia. Aún
están juntos, los dos, están saliendo adelante un día más.

—Pero yo no puedo ver mi propia cara.

—Bueno, pues en la mía no puede ir. Estaría… horrible con mi propio nombre en la…
cara —se ríe Jongin, balbuceando en su intento de tomar aire y apartando la mano
preocupada de Kyungsoo—. Quiero decir, la prensa ya piensa que… soy un
narcisista. Imagínate… si se dieran cuenta de que llevo ese puto… tatuaje… ja.

No dicen nada, se limitan a mirar a los otros pacientes pasar. Es un tipo de paz
bienvenida, de la que ya no tienen miedo, aunque al final Jongin vuelve a romperla.

—¿Vas a ir al… bar esta noche?

Kyungsoo se encoge de hombros.

—A lo mejor esta noche no.

—Ayer… dijiste… lo mismo —Jongin sonríe, con los ojos un poco melancólicos bajo el
ocasional quejido del tanque de oxígeno—. Mañana, ve al bar. Tienes… que cantar.
Es… lo que haces. Cantar. Vivir la vida.
—La estoy viviendo contigo —protesta Kyungsoo—. Puedo cantar ahora mismo.

—No, no me tomes por idiot...

Pero Kyungsoo canta, las melodías se escarchan, delicadas y traslúcidas a pesar del
ambiente sofocante, cortando las protestas de Jongin al momento. Con vacilación, los
dedos de Jongin empiezan a golpetear el reposabrazos de la silla de ruedas.

No le lleva mucho tiempo darse cuenta de que Jongin no sólo está siguiendo un ritmo,
sino que sus dedos están bailando al son de algún tipo de magia, en el frío. Y cuando
Kyungsoo se arrodilla ante él, cara a cara, mirándose a los ojos, todo en perfecta
sincronía, las puntas de los dedos de Jongin dan saltos sobre sus nudillos, ligeros y
ágiles.

—Arabesque —susurra, y las palabras salen a la superficie como niebla blanca bajo el
pláticos. Su mano da un pequeño salto—. Grand jeté —un giro de la muñeca, sus
uñas giran y arrancan una risa de la palma de Kyungsoo—, fouetté en tournant —los
dedos de Jongin se escabullen por el borde de su palma y van hacia el dorso—, aquí
un sissonne, uno, y dos, y… —los dos dejan de respirar momentáneamente, cuando
sus dedos cruzan la muñeca de Kyungsoo y suben por su antebrazo, su brazo,
hombro, clavícula, cuello, labio inferior, y se detienen.

Comparten una sonrisa, durante la cual Kyungsoo presiona sus labios contra los
dedos de Jongin, amoldándolos fácilmente bajo la carne fría y demacrada. El rubor de
Jongin es casi demasiado fuerte en contraposición al telón de fondo de su bata de
hospital. Kyungsoo piensa que podría estar brillando, quizá un poco como una
luciérnaga.
Con el tiempo, su canción acaba, y la enfermera llama a Jongin para que vuelva a la
habitación porque el aire sin filtrar no es bueno para sus pulmones. Nada es bueno
para sus pulmones.

—Buenas noches, hyung —exhala Jongin, mientras le inyectan su dosis diaria de


morfina. Sus ojos empiezan a cerrarse, y Kyungsoo sabe que se está aferrando a los
segundos cuando dice—: Te amo.

—No, Jongin. Dime que nos veremos mañana.

—Hyung, a lo mejor no llego a…

—Tú. Dime. Que —y a Kyungsoo le falla la voz de repente, sus palabras y sus
pensamientos colapsan. Recuerda la forma en que los dedos de Jongin habían
bailado con devoción subiendo por su brazo apenas unos minutos antes, como si
hubieran nacido expresamente para ese único propósito, y ahora parece tan irreal ver
a Jongin sedado bajo las mantas de la luz fluorescente, este Jongin que
probablemente nunca volverá a bailar…—… mañana. Mañana…

Jongin pone la mano en el cuello de Kyungsoo, lo acerca un poco más a él y le enjuga


las lágrimas con el pulgar.

—De acuerdo. Nos vemos…

Las gotas de líquido que caen en sus vías se lo llevan antes de que pueda decir la
última palabra.

*
Ya no hay más ayeres, y gradualmente, tampoco hay más “hoy”, sólo mañanas. Se
está acabando el tiempo. Las sombras se están volviendo demasiado largas, las luces
parpadean demasiado lentamente, la canción del monitor siempre está a punto de
convertirse en fuga. Siempre surgen risitas bajo el ceño fruncido de Jongin, y poco a
poco se inflaman hasta ser una risa ronca. Demasiado alta. Demasiado apresurada.
Se está riendo como si tuviera miedo de no volver a tener una oportunidad de reír.
Como si tuviera miedo de que todas las luces se apaguen si no mantiene su fachada.
Así que Kyungsoo envuelve su cintura con un brazo, cuando nadie los ve, y presiona
su frente contra la de Jongin. Le dice a Jongin que está bien. Que no tiene que
esforzarse tanto por reír. Que lo entiende, sea lo que sea.

—Estoy viviendo un tiempo prestado… ¿Cuánto crees que me cobrarán de intereses?


—piensa Jongin un día, reflexionando sobre ello mientras la enfermera desliza un tubo
de metal enorme en su espalda. Toma una larga bocanada de oxígeno y lo mantiene
dentro a la vez que la sangre y el pus caen en un contenedor de plástico.

—No lo sé —contesta Kyungsoo en voz baja.

—En los últimos momentos es cuando empiezas a… rezar… ¿llegaré al invierno…?


Podemos preparar kimchi juntos…

—¿Quieres kimchi?

—Y entonces quieres más… ¿Llegaré a… besarte bajo el muérdago? Y… ¿llegaré


a… Año Nuevo? Porque quiero, quiero comer… pasteles de arroz, contigo. ¿Llegaré…
a nuestro cumpleaños?... Quiero ver… el lunar de tu oreja… cuando me incline,
para… susurrarte al oído… Enseñarte… luciérnagas de verdad…

—Ya basta, Jongin, llegarás a hacer todo eso. Ya hemos llegado al muérdago, hoy –
insiste Kyungsoo, señalando las cajas envueltas con colores neón al otro lado de la
habitación–. Tenemos Navidad. Si hemos llegado a Navidad, podemos llegar a Año
Nuevo también, y a nuestros cumpleaños, y puedo enseñarte mi lunar ahora mismo si
tú...

—Y nunca es suficiente porque… cuando más tengo… más me doy cuenta de que…
aún sigo sin tener…. Tantas cosas de ti… de nosotros…

—Podemos celebrarlo juntos —interrumpe Kyungsoo—. Lo celebraremos todo juntos,


¿vale? ¿De acuerdo? Pero por favor, no llores, Jongin...

—Eres tú… el que está llorando, hyung.

—Cállate.

—No quiero morir aún, hyung —dice Jongin, con una risa seca y gotitas de líquido
desprendiéndose de sus ojos. Kyungsoo no está seguro de si son las lágrimas que
han caído sobre él, o si están saliendo de él.

Ya no puede hablar, le explica la enfermera jefe entre susurros, como si fuera un


secreto terrible. Sus pulmones no le proporcionan suficiente oxígeno de por sí, y es
mejor no agitarlo. Pero a Kyungsoo en realidad no le importa, porque no necesita oír
hablar a Jongin. Tampoco necesita tocarlo, ni verlo. Lo único que necesita es estar
cerca de él. Saber que Jongin aún respira, que Jongin aún puede oírlo cantar para él,
que sus labios aún pueden curvarse un poco con cada chiste tonto que Kyungsoo le
cuenta.
Kyungsoo no acaba de entender por qué conoce a este chico, o por qué las rodillas le
tiemblan automáticamente al ver el número de la habitación del desconocido. Pero
bueno, no entiende un montón de cosas. Y a juzgar por el número de preguntas que
Jongin le pasa, garabateadas torpemente sobre post-its amarillos, Jongin tampoco
entiende.

“Un día mirarás al balcón de al lado y ya no verás a un gilipollas fumándose un cigarro


tras otro. Durante esos días, ¿estarás triste?”

Kyungsoo levanta la vista del post-it, parpadeando con desgana.

—Ya estoy triste. Echo de menos verte en ese balcón —y no se le escapa la sorpresa
que se refleja en la expresión de Jongin.

“¿Cómo sabes que era yo?” escribe Jongin, tan rápido que la letra es ilegible pero
Kyungsoo sabe lo que está preguntando, porque él mismo se está haciendo esa
pregunta.

—Era sólo una impresión —Kyungsoo sonríe, y está muy contento de por fin, haber
retenido algo en su memoria. A lo mejor, después de todo, tienen esperanza. A lo
mejor mañana Jongin recuperará sus pulmones y Kyungsoo su memoria, y al día
siguiente podrán hablar de lo que hicieron mañana. Sobre notas tontas, manos
temblorosas, ojos húmedos.

Esa noche, vuelve a casa con el nombre de Jongin en los labios. Repitiéndolo como si
rezara, una y otra y otra vez hasta que es tan natural como respirar. Se lo lleva
consigo en sueños, suplica un millón de veces que dios por favor le deje quedarse al
menos con el nombre. Que por favor, al menos le deje tener a Jongin, que le deje
atravesar sus sueños sin dejar a Jongin atrás. No necesita saber nada, ni de su
pasado ni de su futuro ni de sus cosas buenas o malas. Lo único que quiere es un
nombre. Cualquier pequeño pedazo de Kim Jongin.
*

Cuando Kyungsoo despierta, se encuentra con un repertorio de post-its arrugados en


sus bolsillos, cubiertos de garabatos apenas legibles de boli y lápiz. Los ha escrito una
mano experta, pero temblorosa, con líneas que se convierten en espirales y apenas se
mantienen enteras. Alisa el primer post-it sobre la palma de su mano, estirando
cuidadosamente las arrugas.

“¿Crees que existe dios?”

“Si hay un dios, ¿crees que me daría algo de tiempo extra? No tiene por qué ser
mucho. Sólo una semana extra, o incluso un día. Cualquier cosa. No me importaría
que fuera una hora. O un segundo. Quiero más tiempo. Sólo quiero más tiempo.”

“Estás llorando.”

“Tendría que haber dejado de fumar antes, ¿verdad?”

“Deja de ser tan valiente, hyung.”

El último post-it es verde, con los bordes desgastados, las esquinas dobladas y ya
está amarilleando. Es claramente más viejo que los otros dos. La letra es más
decidida, escrita con tanta fuerza que las palabras están grabadas físicamente en el
papel. Sin embargo, siguen siendo lo suficientemente claras como para que lo
reconozca.
“Me llamo Jongin. Soy el escritor que vive en el piso de al lado. Nos vemos mañana,
hyung, ¡no lo olvides!”

A veces, cuando Kyungsoo mira a Jongin en la cama del hospital, no está seguro de si
está viendo al original o a un reflejo. Es casi como si el tiempo lo hubiera desgastado
por fuera, como si lo hubiera vuelto transparente, y sólo hubiera dejado de él lo
suficiente para ser una sombra. Kyungsoo quiere hablar con él, pero la enfermera dice
que es poco probable que Jongin pueda hacerlo, así que tiene que contentarse con
mirar el “Jongin” que hay escrito apresuradamente en el dorso de su mano, y
emparejarlo con la placa de “Kim Jongin” que hay colgada a los pies de la cama.

Los segundos se refractan en almas caleidoscópicas sobre las sábanas, y Kyungsoo


los cuenta uno a uno mientras Jongin da vueltas. Unos quejidos débiles y silbantes
llenan el silencio entre ellos cuando Jongin levanta un brazo, que Kyungsoo agarra
inmediatamente con ambas manos.

Los primeros murmullos de Jongin son casi indiscernibles bajo el soplo de aire que
sale de su máscara de plástico, y repite lo que ha dicho con una determinación férrea
hasta que Kyungsoo lo capta, “¿Estarás aquí mañana?”

—¿Por qué?

—Ven mañana, es trece —dice el hombre, negociando por cada sílaba con profundas
inhalaciones de aire—. Nuestro cumpleaños… mañan… media… doce… catorce…
trece…
Kyungsoo rehúsa. Jongin le guiña un ojo. Todo llega a su fin tan fácilmente… pero lo
mantienen unido con un fino hilo de esperanza. Kyungsoo no vuelve a casa esa
noche. Les suplica a las enfermeras que le dejen quedarse a pasar la noche y
milagrosamente, ellas acceden, aunque le dicen que tiene que estar callado, que
Jongin necesita descansar. Porque la vida de Jongin ya no depende de nada más que
un fino hilo de esperanza.

Intenta pasar toda la noche despierto, poder mirar a Jongin a los ojos a la mañana
siguiente y ser el primero que diga “Feliz cumpleaños a Kim Jongin y Do Kyungsoo”,
sin tener que mirar ninguna nota. Mañana, tiene que salvar a Jongin. Tiene que
salvarlo. Recordarle.

La luz del sol flota en el sueño de Kyungsoo, deriva en algo frío y salado y que tal vez
implica talones hundiéndose en la blanda franja de arena que hay entre el océano y la
playa. Se gira, y la arena húmeda se convierte en sábanas frías.

Cuando abre los ojos, y al cóctel de alas de gaviota y tonos de azul lo sustituyen una
frágil línea verde que salta a través de una pantalla negra, una pequeña ventana al
final de una estrecha habitación de hospital, y baldosas de plástico. Todo de plástico.
No es su habitación, y no tiene ni idea de por qué se ha despertado junto a la cama de
un desconocido. Hay unas palabras escritas en el dorso de su mano, un débil y
borroso “acuérdate de Jongin, es nuestro cumpleaños mañana (13 de enero de
2014)”.

Kyungsoo se incorpora, la espalda le cruje y le duele el cuello de haber estado


apoyado en el borde de la cama toda la noche. Y entonces se da cuenta de que el
desconocido de la cama ha estado mirándolo, con un atisbo de sonrisa en sus
facciones.
—¿Hola? —Kyungsoo parpadea. El desconocido no responde, pero tal vez el borde
de uno de sus ojos se encoge. Tal vez su pulgar tiembla. Kyungsoo mira la placa que
hay al final de la cama. Kim Jongin.

Hay un torrente de aire perturbadoramente regular que sale de un extraño aparato de


metal que hay junto a la cama. Kyungsoo recorre con su mirada el plástico que sale de
él y entra en la nariz de Kim Jongin. Está a punto de hacer una pregunta,
probablemente sobre el extraño mensaje que tiene en la mano, pero de repente,
suelta un “Feliz cumpleaños, a nosotros.”

El desconocido llamado Kim Jongin parece tomar una bocanada de oxígeno extra
profunda. Su mano se estremece entre el agarre de Kyungsoo, y gradualmente, se
vuelve a quedar dormido.

Kyungsoo casi empieza a pensar que es normal, que probablemente el desconocido


está cansado; pero el pitido constante del monitor con las líneas verdes se detiene, y
algún tipo de alarma se activa, muy alta y ruidosa, y un montón de médicos y
enfermeras entran a toda prisa y lo apartan, muy lejos, mientras intentan volver a
despertar al desconocido. Y se da cuenta de que está mal. Todo esto está mal. Mal.

—Kim Jongin, hora de la muerte, las nueve y veintisiete del trece de enero, año dos
mil trece. Lunes.

Mal.

Y no es hasta que Kyungsoo ha salido del hospital que las lágrimas le dan de lleno en
la cara, lo cogen con la guardia baja y destrozan su cuerpo entero hasta que no es
más que un millar de pedazos irreparables. No tiene idea de por qué parece que el
mundo se ha acabado en un día de enero tan hermoso, o de por qué está llorando a
lágrima viva en medio de la calle, como si no hubiera mañana. De por qué el nombre
que hay escrito en el dorso de su mano le quema más que cualquier despedida.

Es viernes, a primera hora de la mañana de la segunda semana de julio, una hora en


la que el mundo consiste en farolas inseguras, gritos de borrachos y ocasionales
golpes de risa. A esa hora, sólo están ellos dos en el ascensor.

Acaba de volver del bar, y Kyungsoo intenta luchar contra el cóctel de humo metálico y
el fuerte olor a alcohol que hay en su pelo. Las últimas notas del saxofón anidan sobre
sus dedos y el ritmo del cinquillo permanece bajo su piel, pero ninguna de esas dos
cosas consigue distraerlo. Pero hoy se siente terriblemente vacío, como si alguien lo
hubiera abierto en canal mientras dormía, le hubiera robado algo de dentro y lo
hubiera vuelto a cerrar.

El desconocido, que sostiene un cigarro apagado entre los dientes, se gira primero. La
luz poco favorecedora del ascensor le hace parecer cansado, y demasiado delgado, y
en general, horrible. Kyungsoo se pregunta, con el ritmo del cinquillo martilleando en
sus venas, si la piel del hombre será tan de plástico como parece.

—¿Eres Do Kyungsoo? —pregunta el desconocido, girándose justo a la vez que las


puertas del ascensor se abren.

—Sí —responde Kyungsoo, dando un paso vacilante hacia fuera del ascensor, con el
otro justo detrás—. ¿Nos conocemos?

—No, la verdad es que no —sonríe el desconocido, extendiendo una mano—. Soy Oh


Sehun, era el editor de Kim Jongin.
Algo dentro de Kyungsoo se retuerce, pero no lo suficiente.

—Encantado.

—Estoy algo ocupado, así que seré breve —dice Sehun, sacando algo voluminoso de
su maletín y entregándoselo a Kyungsoo. Es una libreta, advierte Kyungsoo, una vieja
y desgastada por el uso, llena de tinta corrida y grafito por todas partes—. Esta es la
última novela de Kim Jongin. Escrita a mano y todo. Para ti.

Finalmente, Sehun desaparece por el pasillo y Kyungsoo se encuentra a sí mismo


sentado en el balcón, con la luz de la luna acariciando la libreta que hay sobre su
regazo. La abre por la última página, sólo para comprobar si tiene un final triste,
porque no le gustan los finales tristes.

“Me llamo Jongin. Soy el escritor que vive en el piso de al lado. Nos vemos mañana,
hyung. ¡No te olvides!”

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