Hermann Hesse, Demian
El profesor había hablado del Gólgota. El relato bíblico de la Pasión y Muerte del Salvador me
había impresionado mucho ya desde niño; cuando mi padre nos leía en Viernes Santo la
historia de la Pasión, yo vivía profundamente emocionado en ese mundo dolorosamente
hermoso de Getsemani y del Gólgota, pálido y fantasmal pero tremendamente vivo. Cuando
escuchaba La Pasión según San Mateo, de Bach, el sombrío y poderoso fulgor del dolor que
irradiaba aquel mundo misterioso me inundaba con estremecimientos místicos. Aun hoy esta
música y el Actus tragicus son para mí la quintaesencia de la poesía y la expresión artística.
Este culto a Beatrice transformó del todo mi vida. Todavía ayer un cínico precoz, era ahora
sacerdote de un templo, con el deseo de convertirme en un santo. No sólo renuncié a la mala
vida, a que me había acostumbrado, sino que intenté cambiar en todo e imbuir de pureza,
nobleza y dignidad hasta el comer, el beber, el hablar y el vestir. Empezaba la mañana con
abluciones frías, que en un principio me costaron gran esfuerzo de voluntad. Me comportaba
seria y dignamente, andaba muy derecho, con paso lento y parsimonioso. Para un espectador
todo aquello debía resultar ridículo; para mí, era puro culto divino.
¿No había vivido yo en la embriaguez y en el lodo, aturdido y perdido hasta que un nuevo
instinto vital había despertado en mí precisamente lo contrario: el ansia de pureza, la nostalgia
de la santidad?
Mi padre volvió a escribirme en el tono de antes, sin reproches ni amenazas. Pero yo no sentía
la necesidad de explicarle a él o a quien fuera cómo se había producido aquel cambio. Era pura
casualidad que hubiera coincidido con los deseos de mis padres y profesores. El cambio no me
acercó más a los compañeros; no me acerco a nadie: sólo me hizo más solitario.
Estaba siempre muy preocupado conmigo mismo. Deseaba desesperadamente vivir de una vez
algo de la vida, dar algo de mi persona al mundo, entrar en relación y lucha con él. A veces,
cuando caminaba por las calles al anochecer y no podía regresar a casa hasta media noche,
creía que en aquellos momentos encontraría a mi amada, que aparecería tras la próxima
esquina, que me llamaría desde la próxima ventana. Todo esto solía parecerme angustioso e
insoportable y pensaba que algún día acabaría quitándome la vida.
Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener
ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del Instituto de Herrnhut puede
recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro.
¡Pero él no lo sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los
casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se
convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle
son hombres sólo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí?
Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En
cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando
aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.
Desde aquel día empecé a entrar y salir en la casa como un hijo y un hermano, pero también
como un enamorado. Cuando cerraba la verja detrás de mí, cuando veía aparecer a lo lejos los
altos árboles del jardín, me sentía rico y dichoso. Fuera quedaba la «realidad»: las calles y las
casas, los hombres y las instituciones, las bibliotecas y las aulas; dentro, sin embargo, reinaba
el amor y el alma, el cuento maravilloso y el sueño. Pero no vivíamos en absoluto cerrados al
mundo; a menudo vivíamos en nuestros pensamientos y conversaciones en medio de él, sólo
que en otro campo: no estábamos separados de la mayoría por barreras, sino por una manera
diferente de ver las cosas. Nuestra labor era formar una isla dentro del mundo, quizá dar
ejemplo, en todo caso vivir la anunciación de otra posibilidad de vida. Yo, solitario tanto
tiempo, conocí la comunión que es posible entre seres que han conocido la completa soledad.
Nunca más me sentí atraído a los banquetes de los dichosos, ni a las fiestas de los alegres;
nunca más tuve envidia o nostalgia de la amistad de los demás. Y, lentamente, fui iniciado en
el misterio de los que llevan «el estigma».
Nosotros, los marcados, parecíamos con razón extraños, incluso locos y peligrosos. Habíamos
despertado, o estábamos despertando, y nuestro empeño estaba dirigido a una mayor
conciencia; mientras que el empeño y la búsqueda de los demás iba a subordinar, cada vez con
más fuerza, sus opiniones, ideales y deberes, su vida y su felicidad, a los del rebaño. También
entre aquellos había empeño, y fuerza y grandeza. Pero mientras nosotros, los marcados,
creíamos representar la voluntad de la naturaleza hacia lo nuevo, individual y futuro, los
demás vivían en una voluntad de permanencia. Para ellos la humanidad -a la que querían con
la misma fuerza que nosotros- era algo acabado que había que conservar y proteger. Para
nosotros, en cambio, la humanidad era un futuro lejano hacia el que todos nos movíamos,
cuya imagen nadie conocía, cuyas leyes no estaban escritas en ninguna parte.