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Paleoambiente del Bajo Guadalquivir

Este documento resume el estudio de la secuencia sedimentaria de la vega del bajo Guadalquivir para extraer conclusiones paleoambientales sobre el área ocupada por el complejo funerario de Valencina-Guzmán durante la Edad del Cobre. Los autores identificaron cuatro fases de sedimentación separadas por períodos de estabilidad entre 4833-3206 a.C., 3130-1989 a.C., 1620 d.C.-siglo XI d.C. y los últimos 500 años. Sólo la primera fase entre el Calcolítico y la Edad del Bron
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Paleoambiente del Bajo Guadalquivir

Este documento resume el estudio de la secuencia sedimentaria de la vega del bajo Guadalquivir para extraer conclusiones paleoambientales sobre el área ocupada por el complejo funerario de Valencina-Guzmán durante la Edad del Cobre. Los autores identificaron cuatro fases de sedimentación separadas por períodos de estabilidad entre 4833-3206 a.C., 3130-1989 a.C., 1620 d.C.-siglo XI d.C. y los últimos 500 años. Sólo la primera fase entre el Calcolítico y la Edad del Bron
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CAPÍTULO 2.

EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO


GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO
MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO
HUMANO Y NIVEL DEL MAR
Francisco Borja Barrera1 y César Borja Barrera2

Resumen:

El estudio de la secuencia edafo-sedimentaria de la vega del bajo Guadalquivir permite extrapolar conclusiones
paleoambientales en relación al área ocupada por el complejo funerario de la Edad del Cobre de Valencina-
Guzmán (Sevilla). Para ello se han estudiado los archivos aluviales aledaños al emplazamiento del tholos de
Montelirio (sector Santiponce-Sevilla), poniendo especial énfasis en el análisis de los factores climáticos,
hidro-geomorfológicos, antrópicos y eustáticos registrados durante la segunda mitad del Holoceno. Los
resultados permiten establecer la existencia de cuatro grandes fases caracterizadas por un predominio de la
sedimentación (4833-3206 cal BP; 3130-1989 cal BP; 1620 cal BP-siglo XI AD; y últimos 500 años), separadas
por otros tantos episodios de estabilidad favorable al desarrollo de suelos aluviales. A nivel paleoambiental se
concluye que sólo la primera de dichas fases de aluvionamiento, la desarrollada entre el Calcolítico y la Edad
del Bronce, puede asociarse inequívocamente a unas condiciones áridas y frías, entendiendo que tales rasgos
climáticos podrían ser los más adecuados para una mayor incidencia de las crecidas y la acumulación de
sedimentos. No obstante, el importante impacto antrópico registrado en dicho periodo en la vega hispalense,
hace pensar que parte de este escenario de aridez y esta tendencia a la acumulación sedimentaría, en buena
parte, tiene que ver también con el impacto humano sobre la cubierta vegetal y los suelos.

Palabras clave: Bajo Guadalquivir, Aluvionamientos, Suelos Aluviales Reconstrucción Paleoambiental.

CHAPTER 2. THE ALLUVIAL ARCHIVE OF THE LOWER GUADALQUIVIR


DURING THE MIDDLE-RECENT HOLOCENE. PALEOCLIMATE, HUMAN
IMPACT AND SEA LEVEL
Abstract:

The study of the edafo-sedimentary sequence of the low Guadalquivir floodplain allows extrapolating
Palaeoenvironmental conclusions to the neighboring funerary complex of the Copper Age of Valencina-Guzmán
(Seville). For that purpose, the alluvial archives adjacent to the Montelirio tholos site (Santiponce-Seville sector)
have been studied, with special emphasis on the analysis of climatic, hydro-geomorphological, anthropic and
eustatic factors recorded during the second half of the Holocene close the mouth of the Guadalquivir. Results allow
to establish the existence of four large phases characterized by a predominance of alluvial sedimentation (4833-
3206 cal BP; 3130-1989 cal BP, 1620 cal BP-XI century AD, and last 500 years), separated by as many episodes of
stability favorable to the development of alluvial soils. From the Palaeoenvironmental point of view, it is concluded
that only the first of these alluvial phases, (between the Chalcolithic and the Bronze Age), can be unequivocally
associated with arid and cold conditions, assuming that these climatic features could be the most adequate for
a higher incidence of floods and the accumulation of sediments. However, the strong anthropic impact recorded
in this period in the Guadalquivir valley suggests that part of this aridity conditions and this tendency towards
sedimentary accumulation also has to do with the human impact on vegetation cover and soils.

Palabras clave: Guadalquivir Floodplain, Sedimentation Events, Alluvial Soils, Palaeoenvironmental


Reconstruction.

1 Universidad de Huelva. Facultad de Humanidades. Departamento de Historia, Geografía y Antropología. Campus de El Carmen, Avda. de
las Fuerzas Armadas s/n, 21071, Huelva. [[email protected]]
2 Universidad de Sevilla. Facultad de Geografía e Historia. Departamento de Geografía Física y Análisis Geográfico Regional. C/ Doña María
de Padilla s/n, 41004, Sevilla. [[email protected]]

MONTELIRIO. UN GRAN MONUMENTO MEGALÍTICO DE LA EDAD DEL COBRE // PP. 41-66. ISBN 978-84-9959-236-7 // PARTE PRIMERA. INTRODUCCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN 41
FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

1. INTRODUCCIÓN

Después de atravesar prácticamente toda la región


andaluza, el Guadalquivir desemboca en el océano
Atlántico haciendo frontera entre las provin-
cias de Huelva y Cádiz. Su valle forma parte de la
cuenca cenozoica de antepaís del sistema Bético,
teniendo como límite noroccidental el Macizo Ibé-
rico (Figura 1). Las cordilleras Béticas componen el
segmento más occidental de la parte europea de la
orogénica alpina, cuyas estructuras responden al
proceso de colisión generado por la convergencia
entre una cuña de la corteza continental pertene-
ciente al Dominio de Alborán, y la margen sur del
Macizo Ibérico (Paleozoico), que actúa como borde
pasivo. El frente meridional de la meseta hispana
que limita el tramo inferior de la Depresión del Gua-
dalquivir está compuesto por terrenos del Paleo- Figura 1: Marco geológico general del bajo Guadalquivir entre
zoico pertenecientes a la Unidad Surportuguesa el Macizo Ibérico y las cordilleras Béticas, con la ubicación del
dolmen de Montelirio (Castilleja de Guzmán), la llanura aluvial del
(Devónico-Carbonífero), en la que se incluye una Guadalquivir y otros ámbitos de referencia de la Depresión Bética.
de las provincias metalíferas más importantes del
mundo (Faja Pirítica Ibérica), algo que no pasó des-
apercibido ni para oriundos ni para colonos desde la
más remota Antigüedad.

Los materiales que componen el relleno marino


de este tramo inferior de la Depresión del Gua-
dalquivir pertenecen exclusivamente al Neógeno,
más concretamente a la serie del tránsito Mio-
ceno superior-Plioceno inferior (Sierro Sánchez et
al., 1996; Civis Llovera et al., 1987). Descontando
los materiales del Tortoniense, que afloran única-
mente en el borde de los relieves paleozoicos, el
resto de la secuencia marina se aprecia de manera
completa en la cornisa de El Aljarafe, una pequeña
meseta inclinada en sentido norte-sur (3-7 %) de,
aproximadamente, 23 x 17 km, que se alarga desde
las estribaciones meridionales de la depresión
periférica de la Sierra Morena, donde alcanza su
cota máxima (187 m), hasta las Marismas del Gua-
dalquivir, viéndose limitada a oriente y occidente
por los escarpes estructurales correspondientes
a las fallas del bajo Guadalquivir y del Bajo Gua-
diamar (Figura 2). En la base de dicha secuencia
afloran unas arcillas de gran espesor conocidas
localmente con el nombre de Margas Azules (Mes- Figura 2: Marco geográfico y principales unidades litológicas del bajo
siniense superior), una formación marina carbona- Guadalquivir en el tramo Santiponce-Puebla del Río. [Leyenda. 1:
Arcillas marinas carbonatadas con yeso y óxidos de hierro, conocidas
tada de tonalidad gris azulado, rica en concrecio- localmente como Margas Azules (Mioceno superior, Mesiniense); 2:
nes de yeso así como en óxido de hierro, la cual “Facies de Transición” de arcillas y areniscas (Plioceno inferior),
culminadas por la Unidad de arenas y limos amarillentos (Plioceno
conforma, más al Este, en el labio hundido de la inferior); 3: Depósitos detríticos de las Terrazas fluviales del
falla del bajo Guadalquivir, el muro de los materia- Guadalquivir (Pleistoceno medio-superior); 4: Materiales finos
de la llanura aluvial del Guadalquivir (Holoceno medio-superior);
les continentales de la vega bética, al tiempo que el 5: Canales activos y canales abandonados].

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

nivel de base del acuífero regional. Por encima de


este potente estrato arcilloso aflora una alternan-
cia rítmica de capas arcillo-limosas entre las que
se intercalan bancos de arenas, unas veces sueltas
y otras cementadas (areniscas), correspondientes
al Mioceno superior que, en su conjunto, se cono-
cen como las “facies de transición”, por encon-
trarse entre las Margas Azules y los términos cul-
minantes de la serie neógena (Mayoral y González,
1987). Por su parte, estos últimos materiales están
compuestos por limos arenosos amarillentos,
también carbonatados, originados al comienzo del
Plioceno, a cuyo techo evolucionan, durante todo el
Cuaternario, los típicos suelos ferruginosos medi-
terráneos (rojos-pardos) de la comarca, al tiempo
que se incide una red no muy desarrollada de arro-
yos y cañadas que drenan directamente al Gua-
dalquivir o a sus marismas (Pudio, Majaberraque,
etc.). Estas series del final del Terciario se presen-
tan afectadas por una compleja malla tectónica,
cuyas principales lineaciones prolongan su activi-
dad, en ocasiones, hasta el Holoceno, influyendo
así de manera decisiva en el modelado y la evolu-
ción reciente tanto del tramo final de las cuencas
fluviales (Guadalquivir, Guadiamar, etc.), como de
su frente litoral (Goy et al., 1996; Zazo et al., 2005;
Rodríguez-Ramírez et al., 2014b). Figura 3: Localización de sitios de la vega de Sevilla referidos en el texto.
El sombreado anaranjado corresponde a la superficie ocupada por la
terraza fluvial de la margen izquierda del Guadalquivir."
El Cuaternario del tramo final de la Depresión del
Guadalquivir está compuesto esencialmente por
materiales detríticos pertenecientes a los niveles sistema de cauces del Guadalquivir (Figura 3.1 y 3.2),
más bajos de su sistema de terrazas fluviales, los se han detectado restos de una formación arcillosa
cuales, según Baena (1993), corresponderían al rica en materia orgánica (facies turbosas) (Borja et
ciclo Tardiglacial-Holoceno. Sin embargo, la última al., 2008), la cual, entre -3,10 y -0,60 m de cota abso-
de estas unidades morfotopográficas, sobre la que luta, ha arrojado unas fechas de 8740-8410 cal BP y
encaja la serie marino-continental correspondiente 8010-7770 cal BP en la Puerta de Jerez (Fig. 3.14), de
al último interglacial, ha sido datada recientemente 7850-7610 cal BP en la calle San Fernando (Fig. 3.1),
en el subsuelo del actual casco urbano hispalense y de 7575-7433 cal BP en el Edificio La Florida (Fig.
(en torno a -2,10 m de cota absoluta) a comienzos 3.10), siendo posible vincularla con el límite interno
del OIS 3 (oxygen isotope stages), en concreto en de la gran ensenada que dominó la desembocadura
62 ka BP (Borja Barrera et al., 2015a). Por encima del Guadalquivir a partir de máximo transgresivo
de estos niveles de terraza, en el entorno de Itálica, del Holoceno, después del cual la vega recibe una
allí donde aparecen, o si no directamente sobre la compleja serie de aportes aluviales (Figura 5), y la
formación de Margas Azules, se documenta la pre- ensenada empieza a convertirse, poco a poco, en las
sencia de un espeso banco de arcillas grises (2,5Y/5Y marismas que hoy conocemos, separadas del océano
según Munsell Soil Color Chart) de evidente lamina- Atlántico a consecuencia de la evolución de la flecha
ción paralela (remarcada por pasadas milimétricas litoral de Doñana y su sistema dunar asociado (Borja
de arenas micáceas muy finas), cuya datación se ha Barrera, 2013).
establecido en ca. 30 ka cal BP a una cota absoluta
en torno a -1 m (Borja Barrera et al., 2012). Más al En lo que sigue nos proponemos abundar en la
sur, también bajo el asfalto de la ciudad de Sevilla, en caracterización paleoambiental del sector inferior de
ambientes resguardados de la dinámica lateral del la cuenca del Guadalquivir, en especial, en lo que se

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

Figura 4: Reconstrucción tentativa de la evolución del conjunto de la desembocadura del Guadalquivir durante la segunda mitad del Holoceno
[Leyenda. a: Periodo Neolítico, máximo transgresivo del Holoceno, ambiente marino salvo en el entorno de Itálica (ca. 6500 a B.P.); b: Periodo
Bronce Final, gran expansión de planicies mareales y avance de la flecha litoral; llanura aluvial consolidándose a la altura de Coria del Río
(ca. 3300-2800 a cal BP); c: Periodo Turdetano-Romano, consolidación de las marismas supramareales y la llanura aluvial, avance de la
flecha litoral y el sistema dunar (ca. 2390-1600 a cal BP); d: Últimos siglos, generalización de marismas aluviales, llanura aluvial desnatura-
lizada y cierre de la flecha litoral y expansión de dunas]. Delimitación cartográfica basada en regionalización ecológica de Montes et al. (1989;
2007); y restitución morfo-topográfica a partir de la cartografía de Menanteau (1998).

refiere al ámbito aledaño a la cornisa oriental de El ni en referencia al sector concreto de El Aljarafe, ni


Aljarafe y al periodo cronológico correspondiente a la en particular al emplazamiento ocupado por la Zona
segunda mitad del Holoceno (últimos seis mil años, Arqueológica calcolítica de Valencina de la Concep-
aproximadamente), al objeto de caracterizar el con- ción-Castilleja de Guzmán (Llergo López y Ubera
texto natural en el que se desenvolvieron las comu- Jiménez, 2002; Llergo López et al., 2013). No obs-
nidades calcolíticas que construyeron y utilizaron el tante, una revisión de los datos regionales nos per-
tholos de Montelirio. Desgraciadamente, los datos mite realizar una primera aproximación a la recons-
directos con los que contamos para ello no abundan, trucción paleoclimática del área en cuestión, así

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

Figura 5: Resumen de la secuencia crono-sedimentaria de la vega urbana de Sevilla en el entorno Puerta de Jerez-calle San Fernando. Cro-
nologías basadas en registro arqueológico y dataciones 14C calibradas (Localización: figura 3.1 y 3.14).

como a las respuestas dadas por los paisajes tanto Desde este punto de vista, el análisis de los archivos
a los cambios del clima como al impacto derivado de aluviales del bajo Guadalquivir permite establecer
la acción humana sobre el territorio. Por otra parte, cuatro grandes fases de relleno sedimentario, sepa-
y asumiendo que la secuencia edafo-sedimentaria radas por otros tantos episodios de estabilidad que
de la vega del bajo Guadalquivir es un reflejo, como propician la formación de suelos aluviales. A media-
es lógico pensar, de los cambios paleoambientales dos del Holoceno, esta alternancia empieza estando
registrados por su cuenca y, en este caso concreto, controlada exclusivamente por factores climáticos
también de las variaciones del nivel de base regio- y eustáticos, siendo con la entrada del Calcolítico
nal (Pope y van Andel, 1984; Nanson y Croke, 1992), cuando el factor humano empieza a intervenir y a
hemos utilizado dicha secuencia con el fin de obtener cobrar un paulatino protagonismo, hasta convertirse
datos extrapolables al vecino sector de El Aljarafe. en decisivo en los últimos tiempos.

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

2. LA SEGUNDA MITAD DEL HOLOCENO ni mucho menos en el espacio. Por el contrario, lo


EN EL SUROESTE DE IBERIA. SÍNTESIS que verdaderamente caracteriza al Holoceno es la
PALEOAMBIENTAL sucesión de cambios climáticos rápidos y contrasta-
dos (Abrupt Climate Change, según W. S. Broecker,
El Holoceno es, por el momento1, el último de los 2000), cambios que, por lo demás, no tienen por qué
periodos geológicos de la evolución del planeta Tie- ser ni del mismo signo ni simultáneos en todos los
rra y abarca unos 11.700 años (Walker et al., 2009)2. ámbitos del Planeta. La reciente investigación coin-
En términos generales, y en tanto que episodio inter- cide en señalar que, por ejemplo, en lo que atañe
glacial, se trata de una etapa caracterizada por una a las temperaturas, no hay registros en el medio
recuperación sistemática de las temperaturas globa- terrestre que permitan argumentar de manera
les, una expansión de la flora termófila y un ascenso categórica sobre la existencia de un “óptimo climá-
relativo del nivel del mar. Sin embargo, desde una tico” durante el Holoceno, como tradicionalmente se
perspectiva estrictamente paleogeográfica, es nece- venía refiriendo; no así en lo que concierne al punto
sario añadir que se trata también del periodo en el de vista pluviométrico, desde el que, en cambio, sí
que la incidencia de la actividad humana sobre el parece que la primera parte del actual interglacial
funcionamiento del sistema natural terrestre se fue bastante más húmeda que su segunda mitad. En
convierte, sobre todo durante su segunda mitad, el caso del sur de Iberia, el periodo más húmedo fue
en un factor morfogenético de primer orden (e.g. el comprendido entre hace 8000 y 6000 años, el cual
Neboit-Gilhot, 1983; Brückner, 1986; Casana, 2008; dio paso a unas condiciones generales bastante más
Martini y Chesworth, 2010). áridas (Pérez y Boscolo, 2010).

Desde el punto de vista paleoclimático, según Trabajando sobre sondeos marinos del Atlántico
resume Zazo (2015), la elevación térmica de la Norte, fueron Bond et al. (1997; 1999) quienes ini-
superficie planetaria que trae consigo la última gran cialmente formalizaron la existencia de ocho even-
deglaciación, y la entrada del Holoceno, se cifra en tos climáticos rápidos, en general de carácter frío,
torno a unos 10±4 ºC con respecto a las frías tem- intercalados entre las temperaturas relativamente
peraturas del Último Máximo Glacial (LGM, GS-2.1b, cálidas del Holoceno. Aun así, de acuerdo con Ibá-
21-17, 5 ka BP) (Rasmussen et al., 2014), cuyo final ñez et al. (1995), en determinadas regiones dichos
coincide con el enfriamiento conocido como H1, o eventos también podrían indicar picos de aridez,
primer evento Heinrich3 datado por regla general habida cuenta de que, aunque el incremento de la
entre 18 y 15 ka BP (Heinrich, 1988; Hemming, 2004). misma suele deberse a la disminución de las preci-
Este recalentamiento global tuvo su origen en los pitaciones totales, también hay que tener en cuenta
cambios registrados por la órbita terrestre y la acti- el papel que juegan a este respecto la subida de los
vidad solar, cuyos efectos combinados provocaron niveles de evapotranspiración, los cambios en la
un brusco desplazamiento del Frente Polar hacia las frecuencia e intensidad en los episodios lluviosos,
altas latitudes del hemisferio norte y un descenso de o el afianzamiento de procesos de degradación del
la insolación estacional, lo que trajo consigo en poco suelo, todo lo cual redunda en una merma de las
tiempo un aumento generalizado de la humedad y tasas de infiltración y un aumento de la escorren-
la proliferación de coníferas y caducifolios. No obs- tía (Lavee et al., 1998). La denominación aceptada
tante, no cabe referirse a esta transición climática para referirse a estos cortos periodos fríos es la de
en términos de un proceso mantenido en el tiempo, Eventos Bond, los cuales se nombran y se fechan,

1 El “Antropoceno”, término acuñado inicialmente por Crutzen, P.J. y Stoermer, E.F. (2000) (“The Anthropocene". Global Change Newsletter,
41, pp. 17-18) para reflejar la intensidad de la actividad humana sobre la superficie terrestre, está siendo evaluado desde el año 2009 por
el Anthropocene Working Group (AWG), al objeto de que pueda constituirse como una nueva unidad, tras el Holoceno, dentro de la Tabla
Cronoestratigráfica Internacional. Puede que cuando estas páginas vean la luz en forma de libro, el Antropoceno sea oficialmente la era
geológica del presente.
2 Este dato procede del análisis del sondeo sobre hielo North GRIP (Groenlandia), el cual ha sido aceptado recientemente como estratotipo a
nivel mundial (Global Stratotype Section and Point. GSSP). El límite Pleistoceno-Holoceno se sitúa exactamente a una profundidad de 1492, 45 m.
3 “H1” hace referencia al más reciente de los conocidos como “Eventos Heinrich”, seis periodos cortos de frío intenso detectados por Hartmut
Heinrich durante las últimas decenas de miles de años. El científico alemán los define en 2015 diciendo que los HEs se corresponden con “co-
lapsos catastróficos de las capas de hielo continentales ocurridos durante el último glacial [que influyeron notablemente] en el clima global
durante su ocurrencia y, en consecuencia, [controlaron] los procesos físicos y biogeoquímicos tanto en el continente como en el océano, así
como en todo tipo de vida conocido” (Extracto y traducción de los autores).

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

en a cal BP, como sigue: EB8 (11100), EB7 (10300), bajas latitudes, correspondiéndose a grandes ras-
EB6 (9400), EB5 (8100), EB4 (5900), EB3 (4200), EB2 gos con el periodo frío conocido como la Pequeña
(2800), EB1 (1400). En la Figura 6.a se han incluido Edad del Hielo (vid. infra). Así parece que ocurre,
los tres últimos de estos eventos, al efecto de ir por ejemplo, en la campiña andaluza, donde, a par-
contrastándolos con otros datos climáticos de la tir de los registros lacustres de la laguna de Zóñar
segunda mitad del Holoceno, en relación con nues- (Córdoba), Martín-Puertas et al. (2008 y 2011) han
tro ámbito de estudio. Así se ha hecho también, documentado, además, la existencia de tres epi-
por ejemplo, con la curva de las temperaturas de sodios de marcada aridez durante el Holoceno
las aguas superficiales del mar de Alborán, esti- medio-reciente (Figura 6.d). El más antiguo de ellos
madas en el testigo MD95-2043 por Cacho et al. afecta al periodo Calcolítico y al comiendo de la
(2001) (Figura 6.b), comprobándose que la mejor Edad del Bronce, coincidiendo con una importante
correlación entre ambas series se produce en torno crisis poblacional que se sustancia ca. 4200 cal BP
a EB1 (ca. 1400 cal BP), y que, dependiendo de los según subrayan Lillios et al. (2016). Esta fase árida
lugares concretos y/o de los indicadores utilizados coincide, como hemos visto, con lo planteado por
por los diferentes investigadores, este abatimiento Jalut et al. (2000) y Fletcher et al. (2007), así como
térmico puede coincidir bien con condiciones de con otros trabajos realizados cerca de la desem-
carácter árido (Martín-Puertas et al., 2010), o bien bocadura del Guadalquivir, como por ejemplo los
de carácter húmedo (Nieto-Moreno et al., 2013). Por llevados a cabo en la costa portuguesa del Algarve
su parte Jalut et al. (2000), comparando registros por Schneider et al. (2016), quienes identifican un
polínicos repartidos en este caso por la fachada marcado periodo árido entre 5000 y 3300 cal BP.
mediterránea franco-española, encuentran que los Sin embargo, las crisis de aridez ocurridas durante
principales intervalos de aridez de la segunda mitad el Holoceno reciente en el sur de Portugal según
del Holoceno se registran en este sector entre: estos últimos autores (de 1300 a 1050 cal BP, y de
5300-4200, 4300-3400, 2850-1730 y 1300-750 cal BP 700 a 500 cal BP) tienen peor encaje con el registro
(Figura 6.c). Cortos periodos de aridez relacionados lacustre de Zóñar, donde se indica la existencia de
con enfriamientos de la superficie marina, también dos fases áridas recientes (Figura 6.d): la primera
han sido descritos en torno a 4800, 3100 y 1700 cal de ellas, la denominada Fase Árida Republicana-Al-
BP en el valle portugués del Guadiana (Fletcher et toimperio (FARA), se fecha entre 190 a.C. y 150 d.C.
al., 2007). Entretanto, en 2004, Mayewsky et al., tras y, en cierto modo, supone una anomalía hídrica
estudiar medio centenar de registros paleoclimáti- negativa dentro del denominado Periodo Húmedo
cos repartidos por todo el Globo, llegan a la con- Ibero-Romano (PHIR) (2600-1600 cal BP); mientras
clusión de que son seis los “periodos de acusado que la segunda, el Periodo Árido-Frío Altomedie-
cambio climático rápido” (rapid climate change) val (PAFAM), se ha datado después de 1600 cal BP,
que interrumpen la tendencia térmica general del justo al acabar la antes mencionada fase húmeda
Holoceno (Figura 6.a). Medidos también en a cal BP, Ibero-Romana, abarcando el tránsito Tardorroma-
dichos periodos se corresponderían con los interva- no-Altomedieval. Finalmente, los dos últimos even-
los: 9000-8000, 6000-5000, 4200-3800, 3500-2500, tos reseñables de la evolución de la segunda mitad
1200-1000 y 600-150. Sin embargo, mientras que del Holoceno se corresponden con las fases cono-
para estos últimos autores tales episodios com- cidas como la Anomalía Climática Medieval o ACM
portan (salvo en el último caso) un enfriamiento en (ca. 800/900 – 1250/1300 d.C.) y la Pequeña Edad del
las zonas polares y un incremento de la aridez en Hielo o PEH (ca. 1350/1850 d.C.). En términos gene-
los trópicos, para Wanner et al. (2008) es aconse- rales, la primera puede caracterizarse como cálida
jable separar dos tipos de comportamientos entre y árida, y la segunda como fría y húmeda, si bien,
ellos: de manera que los episodios anteriores a a detalle se han identificado eventos menores con-
4200 cal BP (EB3) mantendrían la dicotomía gene- trastados tanto en una como en otra (Nieto-Moreno
ral polo-trópico antes indicada, mientras que los et al., 2013) (Figura 6.b).
posteriores a dicha edad, en los trópicos podían
ser de rasgos húmedos o secos, dependiendo de si Por otra parte, una de las condiciones directas
se localizan o no en las fachadas orientales de las del incremento térmico y de humedad registrado
grandes masas continentales. En cualquier caso, durante la primera mitad del Holoceno en el sur de
para ambos equipos de investigadores, el episodio Iberia, y en particular en la cuenca del bajo Gua-
final siempre presenta un carácter húmedo en las dalquivir, fue la expansión generalizada de los

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

ecosistemas mediterráneos. Este proceso alcanza De manera correlativa con este doble proceso, cli-
su máxima expresión coincidiendo con el Neolí- mático y antrópico a la vez, en las cuencas de la baja
tico, y supone, en términos generales, un auge del Andalucía tiene lugar un incremento de la erosión
género Quercus (acompañado de mesófitos como de los suelos (Borja Barrera, 1989) y, consecuente-
Betula, Corylus, Ulmus, etc.) y un reacondiciona- mente, la llegada de una gran cantidad de materia-
miento de Pinus, que se refugia, dependiendo de las les finos tanto a las vegas fluviales (Díaz del Olmo
especies, en los litorales o en determinados ámbi- y Borja Barrera, 1991) como a la desembocadura
tos montanos (Fierro et al., 2011). A partir de este del Guadalquivir, donde, entre ca. 3000 – 2400 BP,
momento, conforme avanza la Edad del Cobre, la se detecta una expansión acelerada de las planicies
aridez climática se generaliza en el bajo Guadalqui- mareales que dará paso al paisaje de marismas que
vir (e.g. Pantaleón-Cano et al., 1996; Porras y Díaz hoy conocemos (Dabrio et al., 2000; Zazo et al., 2008)
del Olmo 1997; Santos et al., 2003; Yll et al., 2003; (Fig. 4.c). No obstante, este proceso de acomodo de
Goy et al., 2003; Zazo et al., 2008; Oliva et al., 2010; materiales finos en las llanuras aluviales no es uni-
Jiménez-Moreno et al., 2015), aunque a veces sea forme ni presenta un carácter gradual a lo largo del
extremadamente dificultoso separar sus efectos tiempo, sino todo lo contrario. Independientemente
de los provocados por el incremento de la actividad de que, en efecto, factores tales como el clima, la
humana sobre el medio natural (Llergo López et al., tectónica, los cambios del nivel de base y el impacto
2013; Lillios et al., 2016), la cual se intensifica poco antrópico suelen imprimir un sesgo particular al
a poco como consecuencia de la expansión del modo registro edafo-sedimentario de los sistemas fluvia-
de producción agropecuario y las prácticas mine- les a nivel regional, lo habitual es que se conformen
ro-metalúrgicas, una vez se pasa del Calcolítico a secuencias de relleno en las que alternan fases de
la Edad del Bronce (López et al., 2011; Waterman et aluvionamiento (con un saldo positivo a favor de la
al., 2016). Como norma general, en lo que se refiere acumulación sedimentaria) y fases de estabilidad en
a los principales cambios registrados por los paisa- las que impera la formación de suelos aluviales.
jes, se aprecia un retraimiento del alcornocal, cuyos
antiguos dominios empiezan a ser ocupados por En el establecimiento de este tipo de secuencias
carrascales y brezales, lo cual ha llegado a inter- aluviales, los tradicionales análisis morfo-sedi-
pretarse como el arranque de las primitivas dehe- mentarios se han visto enriquecidos en las últimas
sas de la Baja Andalucía (e.g. Stevenson y Harrison, décadas por el uso de una gran variedad de indica-
1992; Díaz del Olmo et al., 1993). Este fenómeno dores geoquímicos (aluminio, titanio, potasio, silicio,
también se comprueba, ayudado igualmente por calcio, molibdeno… así como isótopos estables del
el impacto humano sobre la cubierta vegetal, en el oxígeno, hidrógeno o nitrógeno, son los habituales).
propio entorno del sitio calcolítico de Valencina de Entre ellos, la variación de los contenidos en materia
la Concepción-Castilleja de Guzmán, cuyo diagrama orgánica, hierro, fosfato…, así como los cambios de
polínico arroja, a mediados del III milenio a.C., la la susceptibilidad magnética de baja frecuencia en
imagen de un herbazal nitrófilo (85% de las espe- masa específica (χLF), quizá sean los más extendi-
cies identificadas) (Llergo López et al., 2013); así dos, en lo que atañe a los contextos intervenidos por
como en los cercanos registros de las marismas la acción humana (Verosub y Roberts, 1995; Goldberg
del Guadalquivir (Yll et al., 2003; Ortiz et al., 2007; y Macphail, 2006). La comparación de este último
Jiménez-Moreno et al., 2015), donde se aprecia que indicador paleoambiental con la secuencia de relleno
la retirada del alcornoque coincide plenamente con de las llanuras aluviales de Andalucía occidental y
el mencionado incremento de la aridez (ca. 4350 del norte de África permite extraer conclusiones cla-
BP). Según el registro polínico de la vega de Sevilla rificadoras acerca de la evolución del paisaje aluvial
(e.g. Martín-Consuegra et al., 1998; Borja Barrera del Bajo Guadalquivir y su entorno.
et al., 2008), los primeros efectos de la incidencia
humana aparecen igualmente durante el Calcolítico Fuertes incrementos en la susceptibilidad mag-
(Figura 6.f), haciéndose mucho más evidentes con nética en los depósitos aluviales del río Guadalete,
el inicio de la dominación romana en los inicios de por ejemplo, han sido relacionados con episodios de
la era cristiana, cuando la mayoría de los registros estabilidad y desarrollo de procesos de edafización in
exhiben una importante caída del polen arbóreo a situ, así como, indirectamente, con la sedimentación
favor de herbáceas (pasturaje) y plantas cultivadas de materiales previamente edafizados, erosionados
como olivos, castaños, avellanos, etc. y transportados hasta la llanura aluvial (“soil sedi-

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

Figura 6. Síntesis paleogeográfica de la segunda mitad del Holoceno relativa al SO de Iberia, según diversos autores (ver referencias): datos
paleoclimáticos globales y regionales (a), (b), (c) y (d); fases de aluvionamiento vs. edafización en diversas llanuras aluviales, incluida la del
Guadalquivir (en este trabajo) (e); síntesis del registro polínico de la vega del Guadalquivir (f); susceptibilidad magnética y nivel de aguas del
lago Sidi Ali de Marruecos (g); episodios de inestabilidad morfo-hidrográfica del bajo Guadalquivir (en este trabajo) (h); variaciones del nivel
del mar en el Golfo de Cádiz durante la segunda mitad del Holoceno (i). Siglas: FHN: Fase Húmeda del Neolítico; FACB; Fase Árida del Calco-
lítico-Bronce; FFEH: Fase Fría de la Edad del Hierro; PHIR: Periodo Húmedo Ibero-Romano; FARA: Fase Árida de la República-Altoimperio;
PAFAM: Periodo Árido Frío Alto-Medieval. ACN: Anomalía Cálida Medieval (límites según autores); PEH: Pequeña Edad del Hielo (límites
según diferentes autores).

ment”) (Grimley et al., 2004; Wolf et al., 2014). Por su Guadalquivir (media pluviométrica de 500 mm/año;
parte, curvas continuas de susceptibilidad magnética temperaturas del mes más cálido entre 29ºC y 38ºC,
sobre sedimentos lacustres se han levantado, al otro y del mes más frío entre 2ºC y 7ºC), aunque con algo
lado del estrecho de Gibraltar, en Sidi Alí (Lamb et más de continentalidad debido a su altitud. La com-
al., 1999), un lago situado en el Atlas medio marro- paración de dicha curva de la susceptibilidad magné-
quí, cerca de Mequínez, en un ámbito climático de tica con la correspondiente a la evolución de la pro-
rasgos termo-pluviométricos similares a los del bajo fundidad del lago aporta una secuencia contrastada

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

a la que, como veremos más adelante, se le puede tica de Lamb et al. (1999) con la secuencia alternante
conceder un cierto alcance regional, incluyendo el entre fases de aluvionamiento y fases de formación
suroeste peninsular (Figura 6.g). Siguiendo la citada de suelos establecida por Zielhofer et al. (2009) en
investigación, se entiende que la primera de estas la llanura aluvial de la Medjerda (Túnez), éstas últi-
curvas permite hacer una lectura indirecta de los mas coinciden coherentemente con las etapas de
procesos de edafización-erosión de la cuenca, con- altos niveles relativos del citado indicador (Figura
siderando como causa fundamental de los procesos 6.e). Lo que, por otra parte, resulta bastante lógico
desencadenantes únicamente a las variaciones cli- si se tiene en cuenta que, como ya se ha indicado,
máticas, ya que el impacto humano sobre la cuenca una elevada susceptibilidad magnética suele coinci-
del lago Sidi Alí sólo es reconocible a partir del siglo dir con un incremento de la humedad y, por tanto,
XX (Barker et al., 1994); mientras que la segunda de con una mayor posibilidad de desarrollo de la edafo-
aquellas curvas, la referida a las variaciones de la génesis. Esta correlación cobra mucho más alcance
profundidad del lago, informaría expresamente sobre si se tiene en cuenta que, como han planteado Mar-
la disponibilidad hídrica (o sea, sobre las variaciones tín-Puertas et al. (2010), la evolución del clima en la
de la humedad). Pues bien, comparando ambas lec- región suroeste del Mediterráneo durante el Holo-
turas se deduce que las fases de baja susceptibilidad ceno tardío se correlaciona bastante bien con la del
magnética coinciden, en términos generales, con el Norte de África, mucho mejor que con la del Medite-
abatimiento de la superficie del lago, lo que cabría rráneo oriental.
relacionar con episodios de aridez (sombreado azu-
lado en la Figura 6.g). Sin embargo, la corresponden- El panorama que acabamos de describir, relativo a
cia más clara que puede establecerse entre ambas la evolución paleoambiental de la cuenca baja del
curvas es la que vincula los episodios de mayor pro- Guadalquivir durante la segunda mitad del Holoceno,
fundidad del lago, y por tanto de mayor humedad, con puede ser refinado si se abunda en el análisis de la
las fases de incremento de la susceptibilidad magné- secuencia aluvial de la vega bética. Como se señaló
tica, una norma que se cumple a lo largo de los últi- más arriba, se trata de establecer los hitos princi-
mos 5500 años, salvo en tres ocasiones: a mediados pales de dicha evolución a partir de la contrastación
del IV milenio a.C., durante la segunda mitad del II entre etapas de aluvionamiento (morfogénesis) y de
milenio a.C. y, finalmente, al comienzo de la Pequeña formación de suelos (edafogénesis), así como de
Edad del Hielo. No obstante, en este último caso, plantear las oportunas correlaciones de dicha diná-
dicha correlación cambia radicalmente de signo con mica aluvial con los factores que propician los cam-
respecto a las otras dos anomalías, ya que, en torno bios de comportamiento, fundamentalmente con las
al comienzo de la Edad Moderna, el comportamiento variaciones del clima y el impacto antrópico, sin olvi-
de las curvas es exactamente el opuesto al registrado dar los reajustes post-Flandrienses del nivel del mar
en aquellas otras, exhibiéndose aquí el mayor anta- en el Golfo de Cádiz.
gonismo entre ambas, o sea, la mayor elevación de
las aguas del lago coincide con los menores niveles
de susceptibilidad magnética. Curiosamente, estos 3. LA VEGA DEL BAJO GUADALQUIVIR.
tres periodos anómalos concuerdan plenamente con ALUVIONAMIENTO VS. FORMACIÓN DE
las cronologías de los Cambios Climáticos Rápidos SUELOS
(RCC) detectados por Fletcher y Zielhofer (2013) en el
Mediterráneo occidental, quienes, basándose en los Establecer qué tipo de vínculos mantienen en las
trabajos de Steinhilber et al. (2009), Mayewski et al. vegas la sucesión alternante morfogénesis/edafogé-
(1997), Meeker y Mayewski (2002) y Bond et al. (2001), nesis, con la evolución paleoambiental de su entorno
sostienen que se trata de tres situaciones fuerte- más inmediato requiere, indispensablemente, de una
mente contrastadas desde el punto de vista hidroló- aproximación integral al estudio de los archivos alu-
gico, caracterizando como eventos de aridez los dos viales (Benito et al., 2015; Díaz del Olmo et al., 2016).
primeros intervalos (6000-5000 y 3500-2500 cal BP) Desafortunadamente este enfoque apenas comienza
y como evento húmedo el último de ellos, al que vin- a plantearse en el caso del Guadalquivir, a pesar de
culan con la Pequeña Edad del Hielo. Por otra parte, que tanto para la vega de este sistema fluvial (Borja
sin salir de la rivera meridional del Mediterráneo, Barrera et al., 2008; Uribelarrea y Benito, 2008;
resulta de gran interés comprobar cómo, al compa- Borja Barrera, 2013; Borja Barrera, 2014; Wolf y
rar los datos marroquíes de susceptibilidad magné- Faust, 2015; Borja Barrera et al., En Prensa 1), como

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

para otros ámbitos aluviales del suroeste andaluz hofer et al. (2004; 2009), quienes fechan entre 4700
(e.g. ríos Piedras, Dehesilla, Rivera de la Nicoba y y 3600 cal. BP una de sus fases de aluvionamiento.
Candón en la provincia de Huelva; ríos Guadiamar No ocurre así, sin embargo, con los datos obtenidos
y Corbones en la provincia de Sevilla; o ríos Salado por Wolf y Faust (2015) para al valle medio del Gua-
de Conil y Barbate en la provincia de Cádiz) hace ya dalquivir, cuyos “primeros resultados” apuntan a la
varias décadas que se conocen secuencias edafo-se- existencia de una larga etapa favorable a la estabili-
dimentarias que, a pesar de estar generalmente bien dad y a la formación de suelos que abarca desde 4600
contrastadas, posiblemente no hayan sido valoradas a 1800 cal BP, algo para lo que no hemos encon-
desde la perspectiva más adecuada (Borja Barrera, trado correlato en ninguna otra secuencia disponi-
1989; 1992; Borja Barrera y Díaz del Olmo, 1994; Díaz ble a nivel regional, ya concierna ésta a la evolución
del Olmo y Borja Barrera, 1991). paleoclimática o a cualquier otro indicador de los que
se manejan habitualmente a este respecto.
Como hemos avanzado más arriba, el análisis de
la secuencia edafo-sedimentaria de la llanura alu- Asociado a un más que probable episodio de migra-
vial del bajo Guadalquivir (Borja Barrera et al., En ciones laterales del cauce (Figura 6.h), así como a una
Prensa 1), permite establecer la existencia, durante importante caída del nivel de base regional (Figura
la segunda mitad del Holoceno, de cuatro grandes 6.i), quizá la más profunda de las registradas durante
fases de acumulación neta de sedimentos (4833- la segunda mitad del Holoceno en el Golfo de Cádiz
3206 cal BP; 3130-1989 cal BP; 1620 cal BP-siglo XI (Luque, 2002), el hiato que separa esta primera fase
AD; y últimos 500 años), las cuales aparecen separa- de acumulación sedimentaria de la siguiente (Figura
das por otras tantas etapas de estabilidad hidro-geo- 6.e.B) viene a coincidir con la Edad del Bronce Final
morfológica que propician el desarrollo de suelos (ca. 1250 - 850 BC). Durante este periodo, en la lla-
aluviales (Figura 6.e). No obstante, las fases de alu- nura aluvial del Guadalquivir se ha documentado el
vionamiento marcadas como A, C y D en la Figura 6, desarrollo de horizontes edáficos empardecidos de
podrían, tentativamente, subdividirse cada una de estructura A(B)/Bg (o aún más simple), cuyos vesti-
ellas en otras dos subfases de sedimentación, entre gios se localizan a cotas en torno +1,50 m tanto en
las que igualmente quedarían intercaladas sendas la vega de Itálica (Figura 7) como en la de Sevilla
etapas de estabilidad, con tiempo suficiente como (Figura 3.1; Figura 5) (Borja Barrera, 2014). Contras-
para propiciar un cierto desarrollo edáfico (Zielhofer tando este tramo de la secuencia con la curva sobre
et al., 2008). susceptibilidad magnética obtenida por Lamb et al.
(1999) en el entorno de Mequínez (Marruecos), esta
Según las dataciones de las que disponemos en la primera fase de sedimentación de la llanura aluvial
vega de Itálica (Figura 6.e.A), la más antigua de del Guadalquivir concuerda con unos bajos niveles
las fases de intensificación de la dinámica aluvial relativos de la susceptibilidad magnética (lo que
habría tenido lugar entre el Calcolítico y la Edad del equivale a unas condiciones regionales de predomi-
Bronce (ca. 4800-3206 cal BP), tras la etapa húmeda nio de la aridez), mientras que el episodio durante
del Neolítico que Martín-Puertas et al. (2008; 2011) el que se elaboran los suelos aluviales coincidiría,
alargan hasta poco antes del comienzo del III mile- en torno a 3000 BP (Edad del Bronce Final), con uno
nio a.C. (Figura 6.d FHN). Desde el punto de vista de los picos más elevados registrados por dicho
paleoclimático, dicha fase de agradación concuerda indicador (o sea, con un repunte de la humedad, el
con dos de los periodos de aridez detectados para el cual, indirectamente se instala entre las fases áridas
occidente del Mediterráneo por Jalut et al. (2000), los recogidas por otros autores (Jalut et al., 2000; Mar-
cuales se extienden, respectivamente, entre 5300- tín-Puertas et al., 2008; 2011).
4200 y 4300-3400 cal BP, e incluye el evento frío EB3.
Fases de aluvionamiento relacionadas igualmente Sin embargo, esta fase inicial con la que arranca la
con este periodo de aridez han sido señaladas, para secuencia aluvial estudiada en las vegas de Itálica y
el conjunto peninsular, por Benito et al. (2008), en Sevilla parece mostrar en su seno una solución de
4820-4440 cal BP, y más concretamente para el río continuidad, un momento de relajación de los pro-
Jarama, por Wolf et al. (2013) en 5100-3300 cal BP. cesos de aluvionamiento. En el caso concreto del
De igual modo, este primer tramo sedimentario de la perfil de la gravera del Viaducto (Figura 7.6), en el
secuencia del Guadalquivir es coherente con lo plan- sector italicense, en torno a una cota de +1 m, este
teado en el valle tunecino de la Medjerda por Ziel- hiato divide dicha fase sedimentaria en dos etapas

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

Figura 7: Sección transversal de la llanura aluvial del Guadalquivir en el entorno de Itálica a partir de la información proveniente de sondeos
rotatorios y zanjas diversas (a). Localización de sondeos y zanjas en la vega italicense (b) y, a mayor detalle, en el ámbito del teatro romano (c).
[Leyenda (a). 1: Margas Azules (Mesiniense sup.); 2: Arcillas grises laminadas (Pleistoceno superior); 3: Gravas y arenas gruesas (Pleisto-Ho-
loceno?); 4: Limo-arcillas de llanura de inundación (Holoceno superior); 5: Forma-ción superficial antrópica (Cambio de Era); 6: Formación
superficial antrópica ocupa-cional (Romana-imperial); 7: Formación superficial antrópica ocupacional (post-Romana); 8: Banco de arcillas
de relleno de canal (tardo-romano / altomedieval); 9: Banco de limo-arcillas de llanura de inundación (post-Romano?); 10: Bancos de gravas
y arenas de fondo de canal (pre-siglo XIX); 11: Limo-arcillas de abandono de canal (si-glos XX-XXI)].

diferentes separadas por una leve edafización de más que probablemente a la situación contraria, de
rasgos hidromorfos (10YR5/1). Este episodio de for- acuerdo con el posible descenso del nivel de base
mación de suelos habría tenido lugar entre el final que detectan Borja Barrera et al. (1999) entre 4700
del Calcolítico y el paso a la temprana Edad del y 4400 cal BP.
Bronce, y su existencia vendría apoyada, en primer
lugar, por el pequeño repunte de la susceptibilidad La segunda de las fases de sedimentación de la lla-
magnética que muestran tanto la curva obtenida por nura aluvial del Guadalquivir, ocuparía, en su horqui-
Lamb et al. (1999) en Sidi Ali (ca. 4300 BP), como la lla máxima, toda la Edad del Hierro y el final de la
elaborada por Boski et al., (2008) a partir del relleno época Romana republicana, entre ca. 3130-1989 cal
del cercano estuario del Guadiana (4408 cal BP); en BP (Figura 6.e.B). Ésta también habría tenido lugar,
segundo término, porque es coetáneo con el tránsito de acuerdo con Jalut et al. (2000) y Cacho et al. (2001)
entre las dos fases de aridez establecidas por Jalut y, en parte, con Mayewsky et al. (2004), bajo condi-
et al. (2000) (ca. 4300-4200 BP); y, finalmente, por- ciones áridas y frescas, como asimismo refuerza el
que, a diferencia de como se comporta la fase gene- hecho de que sus inicios coincidan con el EB2 (2800
ral en relación al nivel del mar, que empieza y acaba cal BP), justamente a partir del momento cuando en
coincidiendo con altas posiciones del mismo, la dis- el conjunto peninsular se registra un incremento de
continuidad edáfica de la que hablamos se ajustaría la frecuencia de grandes inundaciones (Thorndycraft

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CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

y Benito, 2006). Mientras que si, en cambio, segui- ción al final del s. I a.C.) (Figura 7.1, 7.2 y 7.3) (Jimé-
mos a Martín-Puertas et al. (2008 y 2011), esta fase nez y Borja, 2015). Estos nuevos acúmulos aluviales
de agradación de la llanura aluvial habría arrancado sotierran los suelos aluviales de época Romana,
con la denominada Fase Fría de la Edad del Hierro como puede verse, por ejemplo, en los perfiles de la
(FFEH), pero se habría visto afectada por condicio- necrópolis de La Vegueta o la gravera del Viaducto
nes algo más húmedas entre ca. 2600 y 2200 cal BP (Figura 7.4 y 7.6), e incorporan, como asimismo
(primera parte del Periodo Húmedo Ibero-Romano ocurre en el tramo superior del perfil de la Madre
que abarca de 2600 a 1600 cal BP –PHIR–, en el cual Vieja (Figura 7.5), abundantes restos arqueológicos
las condiciones de aridez habrían reaparecido entre correspondientes al periodo tardoantiguo. Dicho
los inicios de la dominación romana en Andalucía y el material incluye piezas de cerámica común, algún
reinado de Antonio Pio, esto es, entre el 190 a.C. y el trozo de material latericio antiguo y un fragmento de
150 d.C. –FARA–). Sea como fuere, el caso es que el plato de ARSW (African Red Slip Ware) de la variante
final de esta fase de aluvionamiento coincide, como D. Este último elemento nos permite concretar de
ocurriera con la primera, con una alta posición del manera relativa la cronología del relleno, pues se
nivel del mar y con una reactivación de la migración trata de una importación procedente de los alfares
lateral del canal del Guadalquivir (Borja Barrera, de la costa del noreste tunecino, donde esta clase
2014; Borja Barrera et al., En Prensa 2). El estadio de cerámica barnizada de mesa se fabricó entre los
siguiente, caracterizado por un desplome del nivel siglos IV y VII d.C. Dicho fragmento no presenta borde,
de base, induce un cierto encajamiento del cauce y fondo o decoración de los que obtener criterios para
el desarrollo de suelos aluviales, lo cual se habría una datación más precisa, pero el aspecto del barniz
visto beneficiado además por el inicio de la decaden- de la pieza remite a ejemplares relativamente inicia-
cia de la ocupación romana de la Betica, algo que les de la producción de la mencionada serie D de las
sería bastante coherente, especialmente en el caso ARSW, esto es, a los utensilios fabricados durante
de la vega de Sevilla, con una leve mejoría ambiental, los siglos IV o V d.C., datación que, por otra parte,
como anuncia el paso de un paisaje constituido bási- es perfectamente coherente con el resto de las cerá-
camente por un herbazal nitrófilo a otro de carácter micas comunes que completan el registro (Borja
seco (Figura 6.f). Los horizontes edáficos represen- Barrera et al., En Prensa 1). En estos mismos térmi-
tativos de esta época (situados ahora en torno a +3 nos cabe leer también la cronología de 1620-1380 cal
m de cota absoluta) exhiben unas características BP (siglos IV-VI), obtenida mediante 14C en la vega de
similares a las descritas para el caso anterior, pero Sevilla (Fig. 3.5), relativa a los primeros sedimentos
algo más evolucionadas al haberse visto favorecidos que sellan allí los suelos romanos (Borja Barrera,
por el repunte húmedo del final del citado Periodo 2014). Es por ello que ésta es la edad que hemos
Ibero-Romano (siglos II a IV d.C.; PHIR+). También tomado para fechar el inicio de esta tercera fase
como en el caso anterior, se trata de un evento aso- aluvionamiento de la llanura aluvial. Su final es algo
ciado a un repunte de la susceptibilidad magnética más complicado de establecer, pues aunque tene-
según la curva de Lamb et al. (1999) y, en compara- mos una ocupación de finales del siglo XI sellando
ción con otros periodos de formación de suelos en sus depósitos correlativos, el hecho de que el perfil
llanuras aluviales cercanas, podría hacerse coinci- correspondiente pertenezca al antiguo barrio de San
dir, al menos parcialmente, tanto con los registrados Juan de Acre (Figura 3.7) (Borja Barrera y Barral,
en el Guadalete por Wolf y Faust (2015), como con los 2007; Rodríguez Azogue y Aycart Luengo, 2007), el
que Zielhofer et al. (2009) encuentran en el norte de cual quedó poco después incluido dentro de la cerca
África (río Medjerda) (Figura 6.e). islámica, nos impide asegurar categóricamente que
en el resto de la llanura aluvial, fuera de la cápsula
Entre el periodo Tardorromano y el final de la Alta amurallada, la sedimentación cesara también antes
Edad Media se registra una nueva fase de acumu- de la llegada de los almohades en torno a 1150 d.C.
lación sedimentaria en la llanura aluvial del Gua-
dalquivir (Figura 6.C). En el área de Itálica, dichos Desde el punto de vista paleoclimático, esta tercera
aportes elevan la topografía de referencia de la vega fase aluvial del bajo Guadalquivir coincide plena-
hasta enrasar en torno a +5 m (salvo en el área ocu- mente con un periodo de carácter frío que abarca
pada por el Teatro, cuyo realce de cotas corresponde los siglos IV-V a X-XI (Cacho et al., 2001), en el que
a una formación superficial antrópica aportada de también se incluye el primero de los eventos Bond
manera intencionada en el momento de su construc- (EB1). Sin embargo, dependiendo de los autores y

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

los indicadores utilizados en cada caso, dicha etapa tenía la zona en la época Romana, cuyos restos
se describe más árida (e.g. Martín-Puertas et al., habrían sido sepultados por los sedimentos corres-
2010; Jalut et al., 2000) o más húmeda (Nieto-Mo- pondientes a la primera parte de la fase aluvial que
reno et al., 2013). Menos controversia plantea su comentamos (Rodríguez y Rodríguez, 2003; Borja
correlación con las variaciones del nivel del mar y Barrera, 2014). El tramo sedimentario final y cie-
los episodios de reactivación hidrodinámica de la rre definitivo de esta tercera fase aluvial de la vega
llanura favorables al desplazamiento lateral de los bética, situado en torno al cambio del I al II milenio
cauces. En este sentido, y a diferencia de como se d.C., se relaciona ya, según todos los autores con-
planteó hace más de una década (Barral, 2004), en la sultados, con una nueva etapa climática caracteri-
vega de Sevilla se ha constatado cómo los aluviona- zada en el sur de Iberia por un declive de las preci-
mientos comienzan y terminan con altas posiciones pitaciones y unas condiciones generales más secas.
de la rasante marina, y cómo su final (posiblemente A nivel internacional este nuevo episodio climático
en torno al cambio entre los siglos X-XI) concuerda es conocido como el Pequeño Optimo Climático, el
además con un momento de cambios en el trazado Periodo Cálido Medieval (Medieval Warm Period)
del Guadalquivir (Figura 6.h). o, como se refirió anteriormente, la Anomalía Cli-
mática Medieval (Medieval Climatic Anomaly). A
Pese a ello, y al igual que ya vimos para la primera detalle, y según los autores o el ámbito regional
de las fases de aluvionamiento descritas, en esta que se considere (e.g. Nieto-Moreno et al., 2013;
nueva ocasión también se detecta una cierta com- Bradley et al., 2003), dicho periodo abarca desde
plejidad interna, causada por la existencia de una el 600/700/900 al 1250/1300 d.C., o bien desde el
posible discontinuidad edáfica que separaría dos 1150 al 1300 d.C., y sus efectos han llegado a rela-
fases menores de acumulación de sedimentos. cionarse, por ejemplo, con las sequías registradas
Esta pausa se habría producido entre el final del entre el 800 y el 1000 d.C. en la península de Yuca-
Periodo Árido-Frío Altomedieval de Martín-Puertas tán y el colapso del Imperio Maya (Gill, 2000).
et al. (2008 y 2011) (momento con el que igualmente
coinciden tanto el EB.1 como el pico más frío de la En lo concerniente a la continuación de la secuen-
curva establecida por Cacho et al. (2001) para el Mar cia de la vega del bajo Guadalquivir, el tránsito de
de Alborán), y el comienzo de la última de las fases la Baja Edad Media a la Edad Moderna coincide
áridas establecidas por Martín-Puertas et al. (2010), con un nuevo mínimo relativo del nivel del mar y,
Jalut et al. (2000), Mayewsky et al. (2004) y Wan- consecuentemente, con una fase gobernada por
ner et al. (2008). Sin embargo, Nieto-Moreno et al. la estabilidad hidro-geomorfológica y la forma-
(2013) otorgan a este periodo un carácter húmedo, ción de suelos. Esta etapa abarca desde el siglo
lo cual sería más adecuado de cara al desarrollo de XI hasta los inicios de la Pequeña Edad del Hielo,
procesos edafogenéticos. Pero además, la existen- justo antes de que dé comienzo el periodo de reduc-
cia de este corto episodio de formación de suelos ción de la actividad solar conocido como el Mínimo
en la llanura bética en torno al siglo VII no sólo es de Spörer (Eddy, 1976) (Fig. 6.d). Coincidiendo con
coherente, como se vio para los casos anteriores, el tránsito de la Anomalía Climática Medieval a la
con un rebaje de la rasante marina y un repunte de Pequeña Edad del Hielo, fuera del valle del Guadal-
la susceptibilidad magnética, sino que asimismo quivir, también se ha detectado una tendencia a la
concuerda plenamente con otros periodos de esta formación de suelos en las vegas de otros colec-
misma índole edáfica detectados tanto en el curso tores fluviales cercanos. Así ocurre en las ya cita-
medio del río Guadalete, en la provincia de Cádiz das secuencias del Guadalete (Cádiz) y, en menor
(Wolf y Faust, 2015), como en la llanura aluvial de medida, en la de la Medjerda (Túnez); no obstante,
la Medjerda, en Túnez (Zielhofer et al., 2009), donde tanto en un caso como en otro, las condiciones que
este suelo ha sido datado entre 1400 y 1200 cal BP. favorecen la edafogénesis no parecen darse hasta
Estas son exactamente las mismas fechas que pro- la llegada del siglo XIII, coincidiendo nuevamente
ponemos para el caso del Guadalquivir (Figura 6.e), con un repunte (el mayor de toda la serie) de la sus-
según las dataciones obtenidas en la excavación ceptibilidad magnética de la curva norteafricana de
de las calles Butrón y Gallos (Figura 3.6), donde, Lamb et al. (1999), una vez que la Anomalía Climá-
después del siglo V d.C. se detecta una importante tica Medieval toca a su fin y se recupera una cierta
discontinuidad sedimentaria, aprovechada por sus humedad ambiental (Martínez-Puertas et al., 2010;
habitantes para retomar el uso funerario que ya Nieto-Moreno et al., 2013).

54 MONTELIRIO. UN GRAN MONUMENTO MEGALÍTICO DE LA EDAD DEL COBRE // PP. 41-66. ISBN 978-84-9959-236-7 // PARTE PRIMERA. INTRODUCCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN
CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

Finalmente, la última de las fases de acreción sedi- 1989; Borja Barrera, 1992). Fases de sedimentación
mentaria reconocidas en la vega bética se corres- similares a la que acabamos de describir se detectan
ponde plenamente con el desarrollo de la Edad tanto a un lado como al otro del Estrecho de Gibral-
Moderna (Figura 6.e.D), sin que sepamos, por el tar. En el caso de la secuencia norteafricana de la
momento (posiblemente por carecer de una perspec- Medjerda varias veces mencionada, la analogía se
tiva temporal suficiente), si ésta podría haber tocado extiende tanto a la fase de sedimentación como a
a su fin con el cierre de la Pequeña Edad del Hielo o la discontinuidad edáfica que se abre en su interior
a mediados del siglo pasado, como consecuencia del entre los siglos XVII-XVIII (Figura 6.e).
cambio climático inducido y la entrada del Antropo-
ceno (Stephen et al., 2007; 2011; Zalasiewicz et al.,
2015). En cualquier caso, el arranque de la misma 4. CAMBIOS DEL NIVEL DEL MAR
coincide, según se adelantó, con la Pequeña Edad del
Hielo, periodo caracterizado en términos generales Durante el presente interglacial (OIS 1), el nivel del
por una caída de las temperaturas y, en lo que atañe mar registra una remontada global cercana a los
al ámbito mediterráneo, por un incremento de la 120/130 m, la cual se hizo plenamente efectiva entre
humedad, especialmente durante el periodo que va el Último Máximo Glacial (LGM) (ca. 19000 BP) y
desde 1540 a 1700 AD (Martín-Puertas et al., 2008). mediados del Holoceno (ca. 7000 BP) (Pirazzoli, 1996).
Conocido por sus siglas en inglés como LIA (Little A partir de este momento, y como consecuencia del
Ice Age), no es éste un periodo paleoclimático sobre cese de la componente glacioeustática (Mörner,
el que reine el consenso entre los investigadores ni 1986), tiene lugar una repentina desaceleración de
acerca de cuándo empieza ni de cuándo termina, las tasas de subida marina, pasándose así de la fase
como tampoco está claro que deba considerarse transgresiva al actual periodo de alto nivel del mar
un verdadero cambio climático global, sincrónico y (highstand) en el que nos encontramos desde enton-
homogéneo (Bradley y Jones, 1993). De cualquier ces (Zazo, 2006). Este ascenso y parada de la superfi-
forma, durante estos últimos siglos de la evolución cie del océano no es un proceso lineal sino que mues-
de la llanura aluvial del bajo Guadalquivir, sí ha que- tra importantes desajustes espacio-temporales, los
dado constatado que las grandes inundaciones cre- cuales dependen, según Lambeck et al. (2002), de los
cen tanto en su frecuencia como en su intensidad, plazos de reacción de la superficie terrestre frente
sobre todo a partir de finales del siglo XVI (Vanney, a las variaciones de la carga hielo-agua registradas
1972). No obstante, es difícil saber si este hecho con- durante la deglaciación, así como del cambio del
siste en una respuesta directa al estímulo pluviomé- potencial gravitacional del sistema continente-océa-
trico de la LIA (Benito et al., 1996) o si, ampliando no-hielo, asunciones éstas últimas no exentas de dis-
los términos de la interpretación, nos encontramos puta científica (Pirazzoli, 2004).
ante un incremento de la sensibilidad de una cuenca
fuertemente transformada, desde el punto de vista La determinación de las fluctuaciones meno-
de los usos del suelo, frente al incremento de las res registradas por la rasante marina durante la
escorrentías y la concentración de los flujos (Macklin segunda mitad del Holoceno, una vez desactivado el
y Lewin, 2003). De una forma u otra, en el transcurso factor glacio-isostático (Mörner, 1996; Zazo, 2006)
de esta última etapa de aluvionamiento, en concreto tampoco es un asunto libre de controversia, espe-
desde mediados del siglo XVII hasta el último tercio cialmente si se trabaja al margen de las variacio-
del siglo XVIII, también se percibe una atenuación nes temporales de la señal isotópica del oxígeno u
de los procesos de sedimentación en la vega, como otros indicadores químicos contenidos en los sedi-
parece indicar la presencia de horizontes levemente mentos oceánicos (Lambeck et al., 2014). No obs-
edafizados en los perfiles del sector de la Cartuja de tante, a pesar de su escaso rango temporal y sus
Santa María de las Cuevas (Sevilla) (Figura 3.8). Aquí reducidas magnitudes (pues sólo excepcionalmente
los suelos se labran sobre depósitos que incorporan superan el orden decímetro), se trata de variaciones
material cerámico del tipo Blue on White (siglo XVI) con una gran repercusión en el funcionamiento de
y se ven decapitados y sepultados por nuevos depó- los ambientes litorales y fluvio-litorales (Goy et al.,
sitos de llanura de inundación, en este caso repletos 2003; Morhange y Pirazzoli, 2005; Zazo, 2006; Zazo
de restos de la porcelana producida por la factoría et al., 2008), matizando la historia particular de los
Pickman tras su instalación en el antiguo monaste- cambios del nivel del mar en cada sitio concreto
rio cartujo en 1840 (Borja Barrera y Díaz del Olmo, (Vacchi et al., 2016).

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FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

En lo que atañe a la llanura aluvial del bajo Guadal- de manifiesto, entre otros, Stouthamer y Berendsen
quivir, queda claro que, junto a la influencia de las (2007), para quienes los mecanismos que controlan
variaciones del clima y de la actividad humana sobre el desarrollo de los meandros y los fenómenos de
la cuenca, la denominada transgresión Flandriense avulsión se intensifican durante los episodios de alto
constituye igualmente, según hemos podido consta- nivel del mar; o Blum y Törnqvist (2000), quienes sos-
tar, un factor decisivo en la evolución de su modelado tienen que los episodios de altas posiciones relativas
y su secuencia edafo-sedimentaria. A este respecto, del nivel del mar serían favorables a la agradación
la investigación de las últimas décadas concluye que, sedimentaria en las llanuras aluviales, mientras que
una vez iniciada la deglaciación (Hernández-Molina las etapas coincidentes con un abatimiento de la
et al., 1994 y 2002; Lobo et al., 2002), la fase princi- rasante marina serían, por el contrario, proclives al
pal de ascenso del océano sumergió los tramos bajos encajamiento de la red fluvial, así como a una cierta
de los valles fluviales del Golfo de Cádiz entre ca. estabilidad hidrodinámica y al consiguiente desa-
13000-10000 BP y 7000-6500 BP (Zazo et al., 1994; rrollo de suelos aluviales. En el caso de la vega baja
Zazo et al., 1996; Goy et al., 1996; Dabrio et al., 1999; del Guadalquivir, según hemos planteado anterior-
Dabrio et al., 2000; Boski et al., 2002; Boski et al., mente, serían tres los episodios menores de caída
2008; Zazo et al., 2008; Borja Barrera et al., 2008; del nivel de base registrados durante la segunda
Delgado et al., 2012; Lario et al., 2015; 2016). Esta mitad del Holoceno (Figura 6.i): uno habría tenido
invasión marina provocó, además de la inundación lugar próximo a la Edad del Bronce Final (3350 cal
de los valles y la configuración sobre los mismos BP), otro avanzada la época Romana imperial (1870
de ámbitos estuarinos, un sensible retranqueo de la cal BP) y el tercero al comienzo de la Baja Edad
línea de costa y, con ello, la aparición de llamativos Media (en torno al siglo XII d.C.). Estos tres eventos
tramos acantilados como los de El Asperillo, locali- coinciden plenamente con sendas fases de estabili-
zados en la costa oriental de la provincia de Huelva dad en la vega y, por consiguiente, con otras tantas
(Borja Barrera y Díaz del Olmo, 1992; Dabrio et al., etapas activas desde el punto de vista edafogenético.
1996; Borja Barrera et al., 1997). Por su parte, las Otro tanto ocurre con las discontinuidades edáficas
fluctuaciones post-Flandrienses del nivel del mar de menores que hemos detectado en el seno de varias
la fachada atlántica andaluza se dedujeron a partir de las fases de aluvionamiento (Figura 6.e A, C y D),
de la observación de la dinámica geomorfológica las cuales coinciden de igual modo con pulsacio-
y el modelado de la línea de costa, asumiendo que nes negativas del nivel de base, en concreto con las
la sucesión de fases de erosión y progradación del registradas en el tránsito del Calcolítico a la Edad del
conjunto de las flechas litorales del Golfo de Cádiz Bronce (ca. 4600 y 4300 cal BP), en torno a la Alta
se correspondían con la alternancia de subidas y Edad Media (siglos VI-VII), y en Plena Edad Moderna
bajadas del nivel de base regional (Zazo et al., 1994; (siglos XVII-XVIII).
Lario, 1996; Rodríguez-Ramírez et al., 1996; Borja
Barrera et al., 1999; Zazo et al., 2008). En general, No obstante, la dificultad que entraña la determina-
estas variaciones recientes del nivel del mar habrían ción de posiciones relativas del nivel del mar a partir
sido de orden decimétrico y, en el caso concreto de de la secuencia morfosedimentaria de las flechas
la desembocadura del Guadalquivir, no sólo habrían litorales, ha hecho que este enfoque se circunscriba
influido en la configuración de la flecha litoral de cada vez más a tramos costeros donde se pueda
Doñana-La Algaida, sino también en el proceso final garantizar al máximo tanto su estabilidad tectónica
de colmatación de la ensenada costera (Dabrio et como la continuidad y la conservación de sus regis-
al., 2000; Borja Barrera et al., 2015b), así como en tros (Goy et al., 2003), ya que, como en el caso de
la configuración morfo-sedimentaria del tramo infe- las concernientes a la desembocadura del Guadal-
rior de la llanura aluvial (Borja Barrera, 2014; Borja quivir, dichas formaciones sedimentarias pueden
Barrera, et al. En Prensa 1 y 2). haberse visto afectadas por efectos recientes de la
neo-tectónica (Rodríguez-Ramírez et al., 2014b), y/o
Cabe, aún, insistir algo más en el alcance de este por eventos de oleaje extremo (e.g. Ruiz et al., 2005;
último aspecto, en particular en el determinante Lario et al., 2010; Rodríguez-Vidal et al., 2011; Rodrí-
papel que juegan los cambios de posición del nivel guez-Ramírez et al., 2014a). Aún así, en otros pun-
del mar, por exiguas que sean sus magnitudes, en la tos del litoral español pueden encontrarse algunos
migración lateral de los cauces de las vegas pre-lito- paralelos, bastante coherentes con las variaciones
rales (Leigh y Feeney 1995), como así lo han puesto del nivel del mar registradas en la desembocadura

56 MONTELIRIO. UN GRAN MONUMENTO MEGALÍTICO DE LA EDAD DEL COBRE // PP. 41-66. ISBN 978-84-9959-236-7 // PARTE PRIMERA. INTRODUCCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN
CAPÍTULO 2. EL ARCHIVO ALUVIAL DEL BAJO GUADALQUIVIR DURANTE EL HOLOCENO MEDIO-RECIENTE. PALEOCLIMA, IMPACTO HUMANO Y NIVEL DEL MAR

del Guadalquivir durante los últimos miles de años La primera de estas secuencias hace referencia al
(Borja et al., 1999; Zazo et al., 2008). Tal es el caso proceso de relleno aluvial de la vega del bajo Guadal-
del litoral valenciano, donde el nivel del mar, des- quivir, cuya dinámica muestra un marcado carácter
pués de alcanzar las posiciones actuales en torno a intermitente, dando lugar a una alternancia entre
6000-5000 BP, se ha medido a -0,9 m en 3400 BP fases de aluvionamiento, por una parte, y episodios
y a -0,3 m en 1100 BP (Vacchi et al., 2016), coinci- de estabilidad hidro-geomorfológica que favorecen
diendo así con el primero y el último de los episodios el desarrollo de suelos aluviales, por otra. Desde
de abatimiento del nivel de base registrados en el este punto de vista se ha planteado la existencia de
suroeste andaluz. cuatro grandes fases sedimentarias (4833-3206 cal
BP; 3130-1989 cal BP; 1620 cal BP-siglo XI AD; y últi-
mos 500 años), que pueden pasar a ser siete si las
5. CONCLUSIONES analizamos a detalle, considerando que tres de ellas
(la primera, la tercera y la cuarta según un orden de
La reconstrucción paleoambiental de un determinado antigüedad) pueden subdividirse a su vez dado que
ámbito requiere, en términos generales, de aproxi- asimismo incluyen interrupciones edáficas de índole
maciones integrales basadas en la combinación de menor. Por su parte, la segunda de las secuencias
referencias continuas y variadas y, a ser posible, de paleogeográficas detectadas en la evolución reciente
carácter complementario. Los archivos aluviales, en del ámbito aluvial bético tiene que ver con el paleo-
particular los correspondientes a los tramos bajos modelado fluvial, y en ella se aprecia cómo existen
y las desembocaduras fluviales, han incremen- cortos episodios proclives a la variación del trazado
tado enormemente su significación paleoambiental de los cauces, caracterizadas por la presencia de
durante las últimas décadas (Macklin et al., 2012). procesos de avulsión, desplazamiento de meandros,
Ello ha sido factible, entre otros aspectos, gracias a etc. (comienzos de la segunda mitad del II Milenio
que en su seno se incorpora una gran diversidad de a.C.; finales del I Milenio a.C.; y finales del I Milenio
indicadores, los cuales, una vez analizados con los d.C.), separados por otros periodos de tiempo más
métodos pertinentes, adecuadamente fechados y prolongados, con una duración cercana al milenio,
contrastados con el comportamiento de los factores en los que el diseño hidrográfico tiende a permane-
con los que se relacionan directa o indirectamente cer más o menos estable.
(paleoclima, impacto humano sobre la cuenca, nive-
les marinos, etc.), informan bastante fielmente de la Cruzando la información proporcionada por estas
historia de los acontecimientos, naturales y antrópi- secuencias y atendiendo a sus respectivos condicio-
cos, ocurridos en su entorno, particularmente en lo nantes podemos concretar que, durante el periodo
que se refiere a los últimos miles de años. Calcolítico y buena parte de la Edad del Bronce, el
ámbito aluvial de la vega baja del Guadalquivir y,
La evolución paleoambiental de la segunda mitad por extensión, la cornisa oriental de El Aljarafe, se
del Holoceno concerniente a los archivos aluviales caracterizó, en contraste con el final del Neolítico,
del bajo Guadalquivir se ha contrastado con mode- por una marcada tendencia a la aridez, así como por
los regionales de Andalucía occidental y el norte de un notable incremento de la presión humana sobre
África (y, en su caso, de otros ámbitos extra-peninsu- la cubierta vegetal. Durante este largo periodo de
lares como el mar Mediterráneo o el Atlántico norte), tiempo, las temperaturas medias cayeron en torno
referidos tanto a la evolución paleoclimática como a a un grado centígrado (de 19, 5 a 18, 5 ºC, según los
la incidencia humana sobre la cubierta vegetal, y a registros del Mar de Alborán) y tuvo lugar el evento
la posición relativa del nivel del mar. Los resultados frío EB3 (ca. 4200 cal BP). También por entonces
revelan la existencia de dos secuencias paleogeográ- (mediados del II milenio a.C.), la llanura aluvial pudo
ficas interdependientes que tienden a manifestarse registrar importantes cambios en el trazado de sus
a escala de milenio o inferior. De la interpretación cauces, así como una importante acumulación sedi-
de tales secuencias se pueden obtener conclusiones mentaria, la cual (a tenor de datos indirectos como la
extrapolables sin mayores dificultades al resto de la caída del nivel del mar o el repunte de la susceptibili-
cuenca baja bética, en la que se incluiría la comarca dad magnética registrada en los estuarios del sur de
de El Aljarafe y, en concreto, el enclave ocupado por Portugal), sólo parece quedar interrumpida en torno
el tholos de Montelirio, interés principal de la pre- a ca. 4700 y 4400 cal BP. Este conjunto de circuns-
sente monografía. tancias hacen del Calcolítico del suroeste peninsular

MONTELIRIO. UN GRAN MONUMENTO MEGALÍTICO DE LA EDAD DEL COBRE // PP. 41-66. ISBN 978-84-9959-236-7 // PARTE PRIMERA. INTRODUCCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN 57
FRANCISCO BORJA BARRERA Y CÉSAR BORJA BARRERA

un periodo caracterizado por la pérdida neta de la etapas climáticas coincidiría con una fase de acu-
cubierta arbórea, lo cual es mucho más evidente en mulación sedimentaria en la llanura, si bien, en su
el entorno de los ámbitos ocupados, donde se asiste seno cabría incluir una nueva discontinuidad edáfica
además a una generalización de los paisajes herbá- (siglos VI y VII) asociada a un rebaje del nivel mar. Un
ceos que, en determinados casos pueden consistir posterior ascenso de éste indujo, durante siglos X-XI,
en pastizales manejados por el ser humano. una nueva reordenación del trazado fluvial del Gua-
dalquivir; y una última caída de aquél (siglos XI-XII),
El paso de la Edad del Bronce a la Protohistoria se la fijación del cauce, el cual se mantiene práctica-
salda con un recrudecimiento de las condiciones mente en la misma posición desde época almorávide
frías y áridas, seguido del desarrollo en la vega de hasta la actualidad. La etapa cálida de la plena época
una primera etapa de estabilidad y la consiguiente islámica coincide con la fase de estabilidad de la lla-
aparición de horizontes edáficos (Edad del Bronce nura en la que, favorecidos por una posición baja del
Final), los cuales se verán sepultados por una nueva nivel del mar, se elaboraron los últimos suelos alu-
fase de aluvionamiento. Esta última se registra viales dignos de ser considerados como tales. Final-
durante un periodo en el que las condiciones climá- mente, la Pequeña Edad del Hielo supone una impor-
ticas cambian de muy frías y áridas (EB2 en ca. 2800 tante caída de las temperaturas, pero, sobre todo, un
cal BP), a húmedas (Edad del Hierro II) y a áridas incremento de la humedad: es la época en la que las
nuevamente (época Romana-republicana). Señal de riadas se convierten en el “azote de Sevilla”.
que, a diferencia de lo ocurrido con la anterior etapa
sedimentaria, para estos momentos ya la influencia
humana sobre la cuenca empieza a dejarse sentir en 6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
tanto que factor de control de los procesos de aluvio-
namiento, en detrimento de la causa climática, algo BAENA, R. (1993): Evolución Cuaternaria (3.M.a.) de
que se agudizará en las fases posteriores. El final de la Depresión del Medio-Bajo Guadalquivir y sus
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esta época coincide, justo antes del cambio de Era,
Inédita, Universidad de Sevilla, Sevilla.
con un importante reajuste del trazado del cauce del
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el punto de vista climático, supone un incremento de
la humedad, trae consigo la aparición de nuevos sue- BARRAL, M.A. (2004): Estudio Geoarqueológico de
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en el contexto de la evolución paleogeográfica
se suceden en el entorno de la cuenca baja del Gua- del meandro de Sevilla durante los dos mil
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ras medias por debajo de los 18ºC en el Mediterrá- Azogue, A. y Aycart Luengo, V., eds.), Ayunta-
neo y con el EB1 en ca. 1400 cal BP); la fase cálida del miento de Sevilla, Sevilla, pp. 91-99.
pleno periodo medieval islámico (Anomalía Calidad BENITO, G., MACHADO, M. J. y PÉREZ-GONZÁLEZ,
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raturas que, desde hace ya más de un siglo, y espe- A. G., Gregory, K. J., eds.), Geological Society,
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cialmente desde mediados de la centuria pasada, se
proyectan de modo ascendente hasta nuestros días BENITO, G., THORNDYCRAFT, V. R., RICO, M.,
(Antropoceno). Grosso modo, la primera de estas SÁNCHEZ-MOYA Y. y SOPEÑA, A. (2008):

58 MONTELIRIO. UN GRAN MONUMENTO MEGALÍTICO DE LA EDAD DEL COBRE // PP. 41-66. ISBN 978-84-9959-236-7 // PARTE PRIMERA. INTRODUCCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN
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