CRISTALES
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Célebre Médico Alemán que vivió hacia finales del siglo XVI. Dejó un gran número de obras
tratando materias Filosóficas, Metalúrgicas y Medicinales. Se le cree discípulo de Basilio
Valentín, Religioso Benedictino de Alemania. Paracelso quiso reformar la teoría y la práctica
de la Medicina, y a este efecto es que publica unos principios muy simples, de los cuales
parecía tener un gran conocimiento. Siempre hizo admirables curas, incluso de las
enfermedades más desesperadas. Esta novedad, su ciencia y el éxito lo hicieron objeto de la
envidia y, en consecuencia, de numerosísimos enemigos. Sus obras, escritas en un estilo
metafórico, son hoy casi ininteligibles, a pesar de las claves que con esmero se han aplicado
para descifrarlas. Pese a todo, se han recuperado un gran número de sus remedios, los cuales
aún hoy son usados. Cambió los nombres de los ingredientes y sustituyó por barbarismos y
palabras inventadas el nombre ordinario de los mismos. Como este Autor es muy seguido por
aquellos que se aplican al estudio de la Filosofía Hermética, he creído deber rendirles servicio
explicando en este Diccionario la mayor parte de esos nombres bárbaros, siguiendo a Beccher,
Johnson, Rullandus y algunos otros Autores. La Medicina Paracélsica es la misma que la
Medicina Hermética, si creemos a Blanchard.
PermalinkThursday, 17. November 2005, [Link]
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El éxito obtenido al curar a un editor de Basilea, amigo de Erasmo de Rotterdam, le valió ser
nombrado médico de la ciudad de Basilea, con derecho a dictar cursos en la universidad. Su
desprecio por la tradición y su fe en el poder curativo de los productos químicos le
mantuvieron en conflicto con las autoridades académicas, hasta que en 1528 se vio obligado a
huir tras perder un litigio por una cuestión de honorarios. Empezó entonces un nuevo período
de peregrinación, hasta que, en 1541, halló refugio en el arzobispado de Salzburgo.
La personalidad de Paracelso, de ánimo exaltado y propenso a la charlatanería, hace difícil
estimar su papel en el desarrollo de la ciencia y de la medicina. Pese a insistir en el valor de
la experiencia por encima del respeto a las enseñanzas tradicionales, sus teorías están
fundadas en la antigua idea de una correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos.
Su medicina está construida sobre cuatro columnas, que son la filosofía, la astrología, la
alquimia y la virtud. Con todo, parece haber influido sobre el pensamiento de su tiempo al
proporcionar a la alquimia una nueva orientación hacia la preparación de productos
medicinales. Su insistencia en la necesidad de utilizar compuestos puros en lugar de mezclas
indeterminadas preparó el camino a la idea de composición elemental de los productos
químicos.
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Filectio
La Edad Media conoció grandes epidemias; la más espantosa fue la Muerte negra, tipo de
peste que se manifestaba por la aparición de manchas oscuras en el cuerpo. Estas manchas
eran originadas por numerosas y pequeñas hemorragias internas. Partiendo de Asia,
tradicional lugar de origen de la peste, en el año 1333 la Muerte negra provocó veinticinco
millones de muertes, antes de invadir Europa por el sur de Rusia. En 1342 causa estragos en
Constantinopla; devastó Roma en 1348 y luego se extendió por todas partes. Según el cronista
Froissard, “murió la tercera parte del mundo”. Se calcula que causó tantas víctimas en
Europa como en Asia, es decir veinticinco millones.(1) La peste invadió periódicamente
Europa durante todo el Renacimiento: entre 1528 y 1533 asola Italia y Francia; vuelve a París
en 1544 y de nuevo en 1568, 1580, 1606 y 1607, diezmando la población.
Comparadas con la espantosa peste, las otras enfermedades parecen anodinas, incluso la
lepra y la sífilis, esa “alta y poderosa señora” que, se decía, Cristóbal Colón trajo de las
Américas. Los moralizadores pueden afirmar que es el justo castigo que recibieron los
conquistadores españoles. Sin embargo, la realidad resulta muy distinta: la rápida expansión
de la enfermedad coincide con la expedición que, en 1494-1495, el rey de Francia, Carlos VIII,
llevó a Italia: “Hubo varios caballeros que no trajeron nada bueno de Nápoles. Algunos
trajeron algo que sufrieron toda su vida: una especie de enfermedad que tuvo varios
nombres; unos la llamaban mal de Nápoles, gran viruela, y otros mal francés.”(2)
En aquella época los médicos creían en la astrología: el equilibrio de los cuerpos sublunares
dependía de las influencias celestes y era necesario calcular estas influencias antes de pensar
en restablecer la armonía perturbada y curar al enfermo. Algunos afirmaban que la
conjunción de Júpiter y Saturno, el 25 de marzo de 1484, bajo el signo de Escorpión
(domicilio de Marte), era la causa directa de la epidemia de sífilis, puesto que este signo
gobierna los órganos genitales. La influencia maléfica del siniestro Saturno y del terrible
Marte había derrotado al buen Júpiter. Además, afirmaban que un eclipse de sol que tuvo
lugar un año más tarde, el 26 de marzo de 1485, contribuyó a complicar las cosas.(3)
Por evidentes motivos de simpatía y antipatía los remedios de origen mineral eran
inconcebibles, pues lo vivo sólo podía ser curado por lo vivo. La carne de víbora mezclada con
más de un centenar de plantas proporcionaba la célebre triaca, cuya preparación llevaba
meses. Como se ha señalado a menudo, la medicina es una ciencia esencialmente
conservadora, hecho que aún hoy podemos constatar: la mayoría de los remedios son
químicos, siguiendo las prescripciones de las teorías materialistas del siglo XIX, ya superadas.
Sin embargo, el espíritu innovador del Renacimiento afectó a la medicina tal como había
afectado a otros campos del conocimiento. En 1500, G. Brunschwygk había propuesto la
utilización de los destilados minerales como remedios, pero su idea pasó desapercibida,
contrariamente a lo sucedido con Paracelso.
Las informaciones dignas de fe sobre la vida de Paracelso son escasas comparadas con la
cantidad de volúmenes consagrados a este misterioso personaje. Su nombre, Paracelso, se
presta a discusión; su padre, hijo natural de un caballero de San Juan, le dio el apellido
Bombast d’Hohenheim; usaba el nombre Teofrasto, pero también se hacía llamar Felipe; al
parecer, Paracelso era un sobrenombre, quizá la latinización de Hohenheim; no sabemos si él
mismo utilizaba el nombre Teofrasto, pero es indiscutible que sus contemporáneos lo
usaron.(4)
(4) Citamos dos de los mejores volúmenes que pueden conseguirse en francés, W. Pagel:
Paracelse, introduction à la médecine philosophique de la Renaissance (París, 1963) y O.
Bechtel: Paracelse et la naissance de la médecine alchimique (París, C.A.L., 1970).
Paracelso nació en 1494 en la Suiza alemana. Desde su más tierna infancia se familiarizó con
las ideas alquímicas sobre los metales que viven y se transmutan en las minas. En su Gran
Cirugía, señala: “Desde mi juventud, deseoso de aprender, he estudiado diligentemente con
maestros excelentes, muy versados en la filosofía más secreta. Mis maestros han sido, en
primer lugar, mi padre, que se preocupó mucho por mí, y varios más que me enseñaron
fielmente, sin ocultar nada. Me han ayudado también los escritos de grandes personajes, cuya
lectura he aprovechado: Scheyt, obispo de Sergach; Ehrardt de Lavanthal; Nicolás, obispo de
Bona; Mathieu Schacht, obispo de Freyssingen; el abad Spanheim y otros grandes
alquimistas.” (5)
(6) En particular el doctor R. Allendy que, en su Paracelse, le Médecin maudit (París, 1937),
imagina (pp. 26 a 34) los estudios de Paracelso en casa del padre Tritheim como si hubiese
sido un testigo ocular.
Así, la educación de Paracelso fue muy esmerada; no se trataba de un autodidacta como
Bernard Palissy. Escribió en alemán por gusto personal, pues sabía latín perfectamente.
Paracelso tuvo la suerte inestimable de recibir, a la vez, la cultura clásica teórica y la
enseñanza experimental práctica. La Escuela de minas dirigida por su padre formaba
ingenieros y técnicos; los alumnos hacían prácticas, manipulaban los crisoles en el laboratorio
y respiraban los humos. La enorme originalidad de Paracelso se explica por esta formación
excepcional, tan distinta a la de las agonizantes universidades medievales.
Sin embargo, ¿se inscribió en alguna de esas universidades para recibir el título de médico?
¿En la de Verona? ¿En la de Ferrara? Él mismo se atribuye el calificativo de Doctor in utraque
medicina, título que otorgaban las escuelas de Italia del Norte. No obstante, en ningún
archivo figura el lugar donde recibió el título académico. Más tarde viaja. Siempre viajó
mucho, sin permanecer largo tiempo en el mismo sitio. En 1515 le encontramos de nuevo en
Schwaz, en el Tirol, trabajando en las minas y descubriendo las propiedades medicinales del
bismuto.
La guerra había estallado en Europa y Paracelso se hizo médico militar, recorriendo “España,
Portugal, Inglaterra, Bielorusia, Lituania, Polonia, Panonia, Valaquia, Transilvania, Croacia e
Iliria”.(7) Cura heridos en todas partes y perfecciona sus conocimientos médicos. En 1525
abandona el servicio de la República de Venecia: su reputación de médico que realiza
curaciones excepcionales ya se ha difundido por toda Europa.
En 1527, Paracelso asiste y cura al editor Froben, a quien los médicos universitarios querían
cortar una pierna. Este encuentro fue una suerte excepcional para el enfermo y para el
cirujano errante. Froben apoyaba el movimiento humanista de Basilea y, agradecido, él y sus
amigos hicieron que Paracelso fuera nombrado médico municipal de la ciudad, cargo que
ofrecía una curiosa particularidad: su titular, sin depender de la Universidad, tenía derecho a
enseñar en ella. Paracelso se convierte rápidamente en un motivo de escándalo: enseña en
idioma alemán en lugar de hacerlo en latín y critica enérgicamente a sus colegas:
“Vocingleros, desarrapados lúbricos, médicos cojos, ignorantes, lameculos, impostores, útiles
para lisiar, idiotas, cabras, médicos de madera...”(8) En otra ocasión, en medio de un
desorden estudiantil, echa a la hoguera el Canon de la medicina de Avicena, base sacrosanta
de la enseñanza académica.
Pero las nubes se acumulan en el horizonte. Froben muere repentinamente y algunas almas
piadosas insinúan que los remedios de Paracelso tienen algo que ver con ello. Un canónigo
influyente se niega a pagar sus servicios y lo lleva ante la justicia. Paracelso se deja llevar por
la ira e insulta a sus jueces; la consecuencia de ello es que tiene que huir de noche,
abandonando todo, al cabo de diez meses de estancia en Basilea. Así recomienza su vida
errante: Colmar, en Alsacia; Esslingen, al borde del Neckar; Nuremberg; San Gall; Appenzel.
En todas partes trabaja, anota sus observaciones y publica sus ideas.
Johann van der Lupnick, gran mariscal de Bohemia, solicita sus servicios y el emperador
Fernando de Austria le recibe suntuosamente. Siente nostalgia y quiere ver de nuevo su
Villach; no tarda en volver a Carintia. El príncipe arzobispo de Salzburgo invita a un Paracelso
desgastado por la vida errante; muere en esta ciudad, en el albergue del “Caballo Blanco”, el
24 de septiembre de 1541, dejando simplemente “una Biblia, los Evangelios con un
comentario de san Gerónimo y un libro de medicina”, según precisa el inventario realizado
por el notario Johann Kalbsorn y, naturalmente, obras manuscritas desperdigadas por toda
Europa.
Un testimonio de primera mano nos habla del hombre Paracelso: se trata de una carta dirigida
por Oporin (1507-1568) a Juan Wier, en 1555. Oporin era un alumno particularmente
apreciado por el maestro, pero se mostró incapaz de comprender a ese genio y se sorprendió
ante sus extravagancias: “Durante todo el tiempo que viví con Paracelso, nunca se desvistió
para acostarse. En general, regresaba totalmente borracho a altas horas de la noche. Se
dirigía entonces a su cama y se acostaba, totalmente vestido, con la espada al lado, espada
que se jactaba de haber recibido de un verdugo. Solía levantarse bruscamente a medianoche
y se precipitaba con la espada desenvainada en la mano, dando repetidos golpes en las
paredes y el suelo de la habitación; reconozco que, más de una vez, cuando se encontraba en
este estado, temí que me cortara la cabeza.” Oporin insiste con respecto a su alcoholismo,
señalando: “Para divertirse, se acercaba a las mesas donde había campesinos y desafiaba a
los bebedores más intrépidos a medirse con él. Cuando estaba borracho, introducía un dedo
en su garganta para deshacerse de la excesiva cantidad de vino que sobrecargaba su
estómago y, a continuación, empezaba de nuevo.” El redactor de la carta se ve obligado a
reconocer honestamente que su maestro, “al volver a casa tenía la costumbre, aunque
estuviera completamente borracho, de dictarme parte de su filosofía. Sus ideas seguían una
lógica tal que parecía que el hombre más sobrio no podría haberlo hecho mejor”.
Seguramente Oporin respiró éter, narcótico que Paracelso sabía preparar “impregnando el
alcohol de ácido sulfúrico y destilándolo a continuación”.(9) Debemos agregar a sus logros
este importante descubrimiento químico y médico.
(10) B. Huser editó estas obras en alemán (Basilea, 1589). K. Sudhoff comenzó la edición de
una crítica moderna (Munich y Berlín, 1922 a 1931, 14 vol.) que fue terminada por K.
Goldhammer (Wiesbaden, 1955, 1961, 4 vol.). Las traducciones francesas son muy
fragmentarías: Grillor de Givry: Traité des Trois Essences Premieres (París, 1903); doctor M.
Haven: Les Sept Livres de l’Archidoxe magique (París, 1909); J. Weber-Marshall: Le Prognostic
(París, 1948); B. Corceix: Oeuvres médicales choisies (París, 1968).
El Paragranum explica que el arte de la medicina reposa sobre cuatro columnas. En primer
lugar, la filosofía natural: hay que conocer a fondo la Naturaleza (el Macrocosmo) si se quiere
comprender y, por lo tanto, curar al hombre (el Microcosmo): “El filósofo no descubre en el
cielo ni sobre la tierra nada que no encuentre en el hombre, y el médico no descubre en el
hombre más que lo que el cielo y la tierra contienen.”
La segunda columna es la astronomía, que estudia las relaciones entre los cuerpos celestes y
los seres sublunares. Hoy hablaríamos de astrología, no la de los charlatanes constructores de
horóscopos cuyas irrisorias pretensiones rechaza el brillante médico sino de la astrología
filosófica que explica “el doble cielo, uno encima de nosotros y otro en cada cuerpo. Estos
cielos están ligados entre sí por concordancia mutua y no por dependencia unilateral”.(11)
En pleno acuerdo con los alquimistas griegos y los grandes escolásticos, en el Paragranum
afirma que “la Naturaleza no produce nada que no esté totalmente adaptado a su fin; el
hombre produce la perfección final, y ese perfeccionamiento se llama alquimia. El alquimista
es como el panadero que cuece el pan, el viñador que prensa la uva y fabrica el vino o el
tejedor que teje lino y paño. Cuando la Naturaleza ha preparado algo que puede ser útil al
hombre, el alquimista termina la preparación y la deja lista para servir”. Y agrega: “La
preparación de los remedios es el gran secreto y el fin principal. En efecto, cuando se
dominan la filosofía y la astronomía [léase astrología], es necesario saber aplicar todos estos
conocimientos [...]. La alquimia es el procedimiento con el que se preparan los remedios, en
concordancia con los astros. El verdadero objetivo de la alquimia es preparar los arcanos [los
remedios].”
Al principio del proceso cosmogónico, todas las cosas existían en estado indiferenciado en la
Materia Primera, el Mysterium magnum cuya organización posterior es el resultado de un
poder estructurante general y de virtudes específicas capaces de separar lo individual de lo
general. Paracelso utiliza los nombres Iliaster y de Arqueo para designar este proceso. La
separación en el seno de la Materia Primera equivale a una decadencia. Los seres creados
inician una lucha egoísta para afirmar su existencia individual. El Cagastrum es este proceso
nefasto de disgregación y decadencia que se perpetúa a través de las generaciones siguientes
de todas las cosas. Cada generación presupone semillas y también influencias favorables. El
Astrum o, mejor dicho, los Astra, animan esas semillas adormecidas y la vida surge del seno
de la putrefacción.
Sin duda, a Teofrasto le gustaba inventar palabras nuevas: lliaster, Cagastrum y tantas otras,
rompiendo así con el pasado. Sin embargo, a menudo olvida que los sabios tropiezan con la
pobreza de las lenguas vulgares, incluso la del latín, que resultaba muy insuficiente. Lucien
Febvre,(13) al estudiar esta época, señala la ausencia de una serie de palabras: absoluto,
relativo, concreto, causalidad, complejo, criterio, intrínseco, deducción, inducción y muchas
más sin olvidar, naturalmente, todas las palabras científicas: lupa, motor, termómetro, etc.
Nos encontramos, pues, con grandes dificultades para interpretar en lenguaje moderno el
pensamiento de estas épocas pasadas. Cuando Paracelso escribe: “El Alquimista habita en el
ventrículo”,(14) ¿qué quiere decir? Dios, que ha dado a cada cosa lo bueno y lo malo, deja
que el alquimista –hoy diríamos el principio de separación– escoja. El ventrículo entonces no
designaba una parte del corazón, sino, de forma general, tanto la boca como el estómago.
¿No nos habla en ese caso de digestión, con alquimistas que trabajan para asimilar los
elementos por digestión en el estómago y luego en los intestinos? ¡Cuán difícil resulta la
interpretación para no traicionar las palabras imperfectas que se ven obligados a utilizar los
filósofos del siglo XVI!
El tercer principio
Dios vive en la Trinidad. En virtud de la gran ley de analogía, el hombre también se muestra
triple: alma, espíritu y cuerpo, todo ello en perfecta concordancia con la teoría platónica: ¿la
Trinidad cristiana no es acaso hija directa de las ideas del hombre de las anchas espaldas?
Aspecto éste que algunos apologistas cristianos han intentado explicar afirmando que Platón
había leído las obras de Moisés.(15)
Este análisis trinitario sorprende al hombre del siglo XX. Como máximo, reconoce un alma
inmaterial y un cuerpo material, lo cual sorprendería profundamente a Paracelso y a todos los
que le habían precedido, pues para ellos era indispensable un mediador para asegurar la
coherencia entre alma y cuerpo. El espíritu aparecía como semimaterial y semiespiritual o, de
forma más precisa, como una materia más sutil que el cuerpo y menos sutil que el alma. La
Iglesia fiel, guardiana de la tradición, conserva esta idea con la creencia en el cuerpo glorioso
que revestirán las almas después de la resurrección de los muertos y el retorno triunfal de
Cristo, a pesar de que estos viejos dogmas ya no tengan ningún sentido para nuestros
modernos católicos.
Dado que la divinidad es triple, dado que el pequeño mundo del hombre es triple también, la
analogía y las correspondencias exigen que el gran mundo del Universo se analice también
según este esquema; Paracelso toma de la Alquimia tradicional los nombres de los principios
Azufre y Mercurio y añade el principio Sal. El médico reformador criticó la clásica teoría de
los Cuatro Elementos. Como de costumbre, empieza vertiendo insultos y llama a Aristóteles
“ilusionista artificioso que se ha extraviado, ignorante sumergido en las tinieblas debido a las
constelaciones desfavorables que predominaban en su tiempo”.(16) La experiencia, para
Paracelso la experienta, es una revelación que relaciona el espíritu del hombre con los Astra
que gobiernan las generaciones de todas las cosas; la experiencia demuestra claramente qué
son los tres principios.
(16) Das Buch der Gebürung der empfind fichen Dingen in der Vernunft (El libro del origen de
las cosas sensibles en la razón).
Cualquier cuerpo natural, y no sólo cualquier metal, oculta algo que le hace ser más o menos
combustible, que le da cuerpo, sustancia y estructura: el Azufre. La fluidez y la capacidad de
evaporarse, la fuerza y la potencia, son el resultado del principio Mercurio. El principio Sal
solidifica, da color e incorruptibilidad. Cuando se arranca la envoltura basta de los mixtos,
sometiéndolos a ese agente todopoderoso que es el fuego, se ponen de manifiesto estos
principios invisibles. Al arder la madera, por ejemplo, da Azufre (la llama), Mercurio (el
humo) y Sal (las cenizas infusibles). Para Paracelso, como para todos sus predecesores, no hay
un único Azufre, Mercurio o Sal sino que cada objeto contiene principios específicos más o
menos puros, más o menos bastos. La interpretación relativamente concreta que da de los
principios se separa cada vez más de la metafísica aristotélica y favorece el nacimiento ya
cercano de la química propiamente dicha.
Dado que la especificidad de un cuerpo natural resulta de los tres principios, éstos son
anteriores a los Cuatro Elementos: afirmación que constituye una importante innovación en
relación con la teoría alquímica clásica. Paracelso cree, por otro lado, que en todo mixto hay
un elemento privilegiado que él compara, relativamente, con la quintaesencia de Llull y de
Rupescissa. Separando las quintaesencias y exaltando su virtud, el médico alquimista preparó
remedios tan eficaces como, por ejemplo, la tintura de yodo, que empleaba para aliviar a los
enfermos.
Plagiado y calumniado
Durante su vida, Paracelso había pisado a tantos que sus enemigos se encarnizaron con su
memoria. Se afirmó, fundamentalmente, que la idea del principio Sal pertenecía a Basilio
Valentín. Esta calumnia se hizo tan famosa que en el siglo XVIII el gran médico Boerhave
(1668-1738) no dudaba en declarar que él “se atrevía a llamarle [a Basilio Valentín] maestro
de todos los químicos de hoy y de todas las doctrinas de Paracelso y de Van Helmont
[discípulo de Paracelso]”.(17) Calumnia, en efecto, pues parece que el pseudo Basilio Valentín
no es más que un artilugio montado por algunos envidiosos adversarios de Paracelso que
intentaron, por odio, manchar la integridad intelectual del gran médico.
En 1603 y 1604, el consejero Juan Tholden publicó, en Leipzig, obras atribuidas a un tal
Basilio Valentín: El Carro triunfal del Antimonio, El Tratado de las Cosas naturales y
sobrenaturales, La Revelación de los Misterios de las Tinturas esenciales de los siete metales.
El nombre de este alquimista era, hasta entonces, totalmente desconocido, no habiéndose
hallado en las bibliotecas ningún manuscrito anterior a las ediciones impresas. Naturalmente,
la cuestión no acabó allí y, como en el caso de Nicolás Flamel, la supuesta obra de Basilio
aumentó: las Doce Llaves de filosofía,(18) el Tratado de las Sales y muchos otros.
La leyenda se perfeccionó aún más. Jean Gudenius afirma que se trata de un monje de Erfurt
que vivió en 1413.(19) Resulta arriesgado dar demasiados detalles y ningún erudito ha
encontrado alguna mención a este Basilio Valentín en los archivos del monasterio en cuestión.
Es más sensato creer lo que dice el alquimista Sendivogius que, a propósito del Carro Triunfal
del Antimonio, señala: “Como dice este gran filósofo nativo de Alsacia superior, nuestro
compatriota alemán Basilio Valentín vivía en mi patria, hace aproximadamente cincuenta
años”,(20) es decir hacia 1550, después de Paracelso.
Los escritos de Basilio Valentín tienen algún valor, puesto que reproducen ciertas ideas de
Paracelso, pero es inútil detenerse en el pseudo monje; es mejor estudiar directamente a su
inspirador, que acababa de pasar una de las últimas páginas de la visión alquímica del mundo
con la invención de la Sal y la afirmación de que los tres principios precedían a los Cuatro
Elementos.
¿Cómo aplicaba Paracelso sus ideas en la práctica? ¿Cómo preparaba, de forma alquímica, sus
remedios minerales? Se muestra muy discreto sobre este tema. Si hubiese divulgado sus
habilidades técnicas, su prestigio habría disminuido, pues hubiera dado a todos los elementos
para realizar curaciones maravillosas. Su tratado de juventud de los Nueve Libros de los
Archidoxes revela que la preparación de los magisterios y arcanos siempre exige mucho
tiempo. “Las hierbas deben ser maceradas y fermentadas en alcohol durante un mes.
Destílalas a continuación al baño María, añade de nuevo y empieza nuevamente como antes,
hasta que la cantidad de alcohol se vea reducida a una cuarta parte del jugo de las plantas.
Destila nuevamente el producto al baño María, durante un mes, añade plantas, luego rectifica
y así poseerás el magisterio de la hierba tratada.”
(21) Trad. francesa en el manuscrito francés 19982, f.º 24, 25 (B. N. de París).
El oro fulminante, compuesto químico complejo bastante mal definido,(*) explota en contacto
con el calor. Basilio Valentín enseña a disolver este oro fulminante en vinagre de miel para
preparar el vitriolo de oro potable. El disolvente utilizado en las primeras operaciones es una
mezcla de ácido clorhídrico y de ácido nítrico (agua regia). Para ser más activa, esta mezcla
ácida debía ser destilada múltiples veces, profusamente, en otras palabras, “circulada”.
(*) Parece referirse al fulminato de oro, que se prepara por la acción del ácido nítrico sobre el
alcohol en presencia de nitrato de oro. Es muy peligroso y debe conservarse bajo agua. (N.
del Editor.)
Así preparada, la sal de oro “apacigua todos los accidentes, provengan de donde provengan.
Fortalece el corazón y renueva la sangre, alegra y aparta la melancolía, da buena memoria,
fortalece el cerebro y todos los miembros”. ¡Una verdadera panacea! El oro coloidal de la
farmacopea moderna tiene menos virtudes: la industria farmacéutica no tiene paciencia para
proceder con lentitud y repetir decenas de veces los mismos procesos. ¡Eficacia y rendimiento
antes que nada!
El «homonculus» y el «cloning»
Bacon había propuesto la idea de la medicina alquímica universal capaz de prolongar la vida
del adepto hasta hacerle sobrepasar los mil años. Pero la imaginación del Doctor Admirable no
va más lejos que la de Paracelso: uno de los mayores prodigios de la alquimia es la producción
artificial de un ser humano, fermentando esperma: el homonculus que nace se parece a un
hombre pequeñito.
Veamos cómo hay que proceder: “Encerrad en un alambique, durante cuarenta días, licor
espermático de hombre; que fermente hasta que comience a vivir y a moverse, hecho fácil de
reconocer. Después de este tiempo, surgirá una forma parecida a la de un hombre, pero
transparente y casi sin sustancia. Si después de esto se le alimenta todos los días, prudente y
cuidadosamente, con sangre humana, y se le conserva durante cuarenta semanas con un calor
constante igual al del vientre de un caballo, este joven producto se convierte en un
verdadero niño viviente, con todos sus miembros, como el que nace de mujer, aunque mucho
más pequeño. Hay que criarle con mucha diligencia y cuidados hasta que crezca y empiece a
manifestar su inteligencia. Este es uno de los grandes secretos que Dios ha revelado al
hombre mortal y pecador”. El médico alquimista añade: “Nacidos por el arte, llevan el arte
dentro y no hay nada que enseñarles. Se les llama hijos de los sátiros y de las ninfas porque su
género les eleva por encima de los hombres y les acerca a los espíritus”.(22)
Los contemporáneos proscribieron estas ideas considerándolas blasfemias y los positivistas del
siglo XIX se burlaron de ellas. ¿Cómo era posible producir artificialmente un hombre? Hoy nos
reímos menos; los progresos de lo que se ha dado en llamar engineering genético resultan
verdaderamente estremecedores.
Hace tiempo que se ha conseguido fecundar una célula sexual femenina y desarrollarla hasta
producir animales vivientes, siempre hembras, ya que ningún macho puede nacer por
partenogénesis.
Actualmente se ha logrado tomar una célula viva cualquiera y, a partir de sus ácidos
nucleicos, repetir el proceso de multiplicación de las células: así se obtienen, por cloning
(ésta es la palabra), seres rigurosamente idénticos al que ha proporcionado la célula inicial.
Mañana se conseguirá extender el proceso de cloning al hombre y veremos unos seres que
serán, a la vez, nuestros hijos y nuestros hermanos gemelos.
Pero esto no es todo.
(23) D. Bouanchaud: Transplantation d'un gène, en “La Recherche” (enero de 1972, p. 76).
¿Hasta dónde se llegará?
Algunos suponen, en principio, que el hombre se ocupará de su propia evolución física. ¿Por
qué no crear trabajadores con seis manos o seres adaptados a tal o cual función? ¿Nacerán los
monstruos lunares de H. G. Wells en los tubos de ensayo de los científicos? Según Paracelso, la
cuarta columna del Arte es la integridad de los médicos. ¿Qué decir de la responsabilidad que
contraen aquellos que se dedican a estos estremecedores ensayos genéticos?
¿Acaso la integridad del científico es ahora más indispensable que en el siglo XVI?
PermalinkThursday, 17. November 2005, [Link]
Filectio
Registered: Sep 2005
Location: Zbengnyyn
Posts: 40
... Paracelso fue el primero en definir la vida del hombre como un proceso químico y en
afirmar la necesidad de superar por procedimientos químicos los fallos en el desarrollo de
este proceso, en los que veía la causa de las enfermedades. Todo aquel que hoy en día toma
una pastilla o se deja poner una inyección, acepta, de hecho, esta idea del alquimista
Paracelso...
Por lo que se refiere a Paracelso como hombre, al lector le queda en cualquier caso la
alternativa de considerarle como un ignorante megalómano o como una naturaleza
prometeica. En realidad, es posible que fuera ambas cosas.
Un año más tarde pidió al Consejo de Basilea un sueldo como médico, cosa que no le fue
concedida, y como después se dedicara a organizar escándalos, fue expulsado rápidamente de
la ciudad. A partir de entonces vagó por Europa Central, generalmente sin dinero y con
aspecto de pordiosero, y con toda seguridad, la mayoría de los intelectuales de su época no
vieron en él nada de particular.
Paracelso define su postura con las palabras: «No seas criado de nadie, si puedes ser tu propio
señor.» Una sentencia de carácter general que, no obstante, él concretó en una polémica
contra sus rivales en medicina de forma tan brillante como lógica.
«Vosotros habéis puesto de manifiesto vuestra ignorancia, toda vez que no sabéis ni siquiera
de qué muerte morirá Teofrasto, o a qué está destinado: no al fuego, no de acuerdo con
vuestro deseo, no de acuerdo con vuestra ambición, sino que morirá de la muerte que él
mismo eligió; así morirá Teofrasto, pues bienaventurados son aquellos que eligen su propia
muerte.» (Fragmenta medica.)
Paracelso o Philippus Aureolus Theophrastus Paracelsus Bombastus von Hohenheim (no se sabe
si él se hacia llamar efectivamente así, o si todos estos nombres le fueron asignados
posteriormente, ya que él se llama a sí mismo Teofrasto), nació el año 1493 cerca de
Einsiedeln, Suiza, como hijo de un médico y perito en metalurgia. En 1502 su padre marchó
con la familia a Karnten en calidad de médico; más tarde, como ingeniero de minas, a
Schwaz, en el Tirol. Paracelso aprendió de su padre. No es seguro que después estudiara en
una universidad. En ocasiones se ha dicho que a los dieciséis años acudió a la universidad de
Basilea, pero esto es más bien improbable y no sólo a causa de sus escasos conocimientos de
latín. Su terca y monomaniática actitud responde a un autodidacta. En el prólogo del
Spittalbuch dice textualmente:
«Crecí en jardines en los que sé podar los árboles, y no fui gloria pequeña de la alta escuela.»
Pero no dice dónde ocurrió esto; además, en otro pasaje se vanagloria de no haber mirado un
solo libro durante los largos viajes que hizo entre los años 1515 y 1525 y, no obstante, regresó
a Alemania como médico famoso. Puede pensarse que el padre de Paracelso proporcionó a su
hijo todos los conocimientos necesarios para la profesión médica. En aquellos tiempos, las
universidades se limitaban a la lectura de autores griegos y árabes. En ellas no se enseñaba
anatomía. En 1569 la universidad de Heidelberg consiguió el primer esqueleto humano por el
importe de cincuenta guineas. No obstante, más de trescientos años antes, Mondini de Luzzi,
médico particular del emperador Federico II, había realizado ya dos disecciones en público.
En cualquier caso, como podemos ver, no fue la alquimia el único campo del saber en el que
no se realizó progreso alguno durante siglos.
Las circunstancias que movieron a los médicos de tendencia conservadora a llevar a cabo una
pertinaz campaña contra Paracelso, sus seguidores y continuadores fueron tres: por una
parte, que no reconocía ninguna otra autoridad por encima de él que la naturaleza y, a lo
sumo, la de Hipócrates; por otra, que utilizaba extraños remedios; así, por ejemplo, ya
entonces trataba la sífilis con mercurio y prescribía preparados de mercurio y de antimonio
para tratamiento interno, método que era tenido por evidente envenenamiento; por último, y
ello es aún más grave, obtuvo efectivamente resultados favorables en los tratamientos.
A estos tres factores se debe que perdiera su cátedra en la universidad de Basilea y que tanto
él como sus seguidores fueran considerados unos charlatanes durante siglos, cosa
evidentemente injusta. Hoy en día no podemos enjuiciar si efectivamente los medicamentos
de Paracelso curaban a los enfermos o eran todo obra de su fuerza sugestiva. De lo que no
cabe duda es de que el método de Paracelso de buscar en el mundo mineral sustancias
altamente curativas, hizo escuela desde entonces y encontró una amplia difusión y, por otra
parte, poseer fuerza sugestiva no es ninguna vergüenza. Gustav Richard Heyer menciona en su
libro Praktische Seelenheilkunde, publicado en Munich en 1935 y 1959, un «tipo de médicos»
al que sin duda debió pertenecer Paracelso. Como dice Heyer, estos médicos son «criaturas
extraordinariamente poco frecuentes, nobles y justas por naturaleza. Son médicos natos, no
de oficio. Quiero creer que Kneip fue así (...) acaso se debieran buscar también aquí los
éxitos de un Zeilei. En mi lengua particular, yo los llamo rectificadores de corriente natos.
Esto quiere decir que uno no se debe llamar a engaño en cuanto a la irradiación de tales
personas, de su campo y su atracción, y, en cualquier caso, no como antes. Un algo se
orienta, se fija en ellos como en un electroimán o en un faro. Ellos constituyen "diapasones
activos". Con frecuencia se les trata injustamente cuando sus teorías (que también las tienen)
y sus métodos de trabajo son críticados sin tener en cuenta este mágico y efectivo núcleo
vital. Y carecerá totalmente de sentido que un tercero, admirado ante los éxitos que
obtienen tales seres, pretenda imitar sus métodos sin ser como ellos.»
Lo realmente nuevo en los métodos curativos del médico al que sus enemigos no sólo definían
como vagabundo, sino también como hereje, era que él, siguiendo estrictamente el método
alquimista, probaba el efecto curativo de todas las materias suministradas por la naturaleza y
ello de acuerdo con un sistema elaborado por él, dentro de la línea de Geber y Avicena. Como
dice su Fragmenta medica, el objeto de la alquimia (y alquimia es para Paracelso el
equivalente de química) no es transformar metales innobles en plata u oro, sino crear un
remedio contra todas las enfermedades. «Muchos han hablado de la alquimia –dice Paracelso–,
y afirman que con su ayuda se puede fabricar plata y oro. Pero para nosotros no es esto lo
más importante. Lo importante es únicamente fabricar remedios que, efectivamente, curen
(...), sí, esto es lo importante; fabricar arcanos y emplearlos contra las enfermedades.»
Según Paracelso, los cuatro elementos aristotélicos son básicos en todas las cosas. Al igual que
Geber, combinó éstos con los tres principios sulfuro, mercurio y sal. El principio del sulfuro
define lo que es mutable mediante el fuego; el principio del mercurio, todo lo efímero, que
no cambia mediante el calor, y el principio de la sal, todo lo que no cambia mediante el
fuego.
También las ideas de Paracelso sobre la alquimia, en sentido riguroso, se contradicen. Lo que
dijo sobre la posibilidad de la transmutación dio nuevos ánimos a los alquimistas en los siglos
subsiguientes. Por lo que parece, no hizo nada para salir al paso de su fama de alquimista y
fabricante de oro. En vida de Paracelso, este rumor no encontró mucho eco, pues, como es
sabido, con frecuencia carecía de dinero y sus enemigos respondían a la afirmación de que
Paracelso era capaz de fabricar oro, diciendo que vivía como un auténtico vagabundo. A lo
que él respondía: «¿Cómo puedo ser yo señor de una situación, de la que me es imposible ser
señor, y qué puedo yo tomar o dar a la Providencia?»
«Parece ser que a la edad de veintiocho años obtuvo la llamada piedra filosofal y que sabía
fabricar oro; por lo que derrochaba tanto dinero que con frecuencia no tenía ni un cuarto,
aun cuando por la mañana tenía el bolsillo lleno de dinero (...). Se dice que estaba aliado con
el demonio.»
«Dios ha dado a determinadas personas especial talento para trabajar minerales y metales;
estas personas conocen un método sencillo para hacer oro y plata, sin que haya necesidad de
instalar fundiciones y elaborar el mineral.»
Paracelso da incluso la receta de la transmutación, pero, al igual que todos los adeptos, la
formula de modo confuso y considera necesario fundamentar concretamente su postura con
estas palabras:
«Dios ha dispuesto, y yo así lo creo, que no todos deban ser ricos, pues Dios sabe muy bien
por qué no dejó que creciera demasiado la cola de la cabra. Es cierto que se podría ayudar a
muchos con pocas palabras, pero como quiera que la riqueza corrompe al pobre, le roba la
humildad y la castidad, le hace falso y temerario y le convierte en una afilada tijera, por ello
es mejor guardar silencio y dejar que siga siendo pobre.»
La Reforma y las guerras de los campesinos, contra las que se pronunció el propio Lutero,
parece ser que impidieron la publicación de la receta alquimista; en otro pasaje, Paracelso
afirma categóricamente que es totalmente factible hacer oro y plata de plomo, mercurio y
zinc.
«El método es tan sencillo –dice–, que no es ni siquiera necesario escribir un libro o hablar
mucho sobre ello.»
La leyenda pretende que Paracelso aprendió el arte de la alquimia durante uno de sus viajes a
Constantinopla, de boca de Salomón Trismosin, un mago nacido hacia 1490 en Alemania.
Trismosin es autor de una obra titulada Aureum vellus, que fue publicada en Rorschach y
Basilea en los años 1598 y 1604, bajo el título de Guldene Vliess. Se trata de un compendio de
obras, de las cuales sólo la primera pertenece a Trismosin. El autor explica en ella haber
encontrado la piedra filosofal, siendo ya de avanzada edad, y haberse rejuvenecido con sólo
medio grano de esta sustancia; de este modo, su piel arrugada y amarillenta se volvió tersa y
blanca; las mejillas, sonrosadas; el cabello gris recobró su color; la curvada espina dorsal, se
enderezó y en el aspecto decisivo se volvió de nuevo un hombre joven. Desde entonces, sigue
diciendo, han transcurrido ciento cincuenta años y él se siente tan joven y fuerte como
entonces; por lo demás, está en su poder vivir tanto tiempo como quiera. En el Guldene
Vliess se dice textualmente:
«Yo, Trismosin, junto con otros hombres honestos, he llegado a conocer este secreto, y si uno
quisiera, siempre que no estuviera en contra de la eterna sabiduría de Dios, con ayuda de
este arcano podría vivir hasta el día del juicio final.»
«Salomón Trismosin, que tal vez se llamaba en realidad Pfeifer, fue el alquimista más famoso
de aquella época. Según sus propias palabras, escribió en 1490 (...) [por lo tanto no nació en
1490, como se dice en otro pasaje]. Era alemán, posiblemente de Sajonia, y trabajó como
laborante. Teniendo en cuenta el gran número de aficionados a la alquimia que había
entonces y que, si bien leían febrilmente, no les gustaba ensuciarse las manos con carbón,
sino que preferían que los ayudantes trabajaran para ellos, el trabajo de laborante químico
podía resultar rentable. Al menos, todo el que a él se dedicaba y sabía hacerse respetar,
encontraba buena acogida y cobijo, y también dinero durante algún tiempo, mientras el señor
conservara la fe en él; luego el alquimista continuaba su viaje.
»De este modo, el camino llevó a Trismosin hasta Venecia, donde trabajó para diversos
señores. Cada uno de ellos tenía sus propios manuscritos, de acuerdo con los cuales quería
que se trabajara. Estos manuscritos eran unas veces latinos, otras griegos y otras árabes Pero,
en todas partes, lo único que se obtenía eran el oro y la plata sofísticos. Trismosin reconoce
abiertamente que por entonces se encontraba muy lejos de la verdad, así como que entre sus
compañeros se producían con frecuencia engaños y fraudes. La casualidad quiso que cayeran
en sus manos ciertos escritos árabes que no supo leer. Pero después de hacérselos traducir,
trabajó con ellos, los encontró interesantes y fue maestro en el arte incluso en una edad
avanzada. Según parece, marchó a Constantinopla, donde conoció a Paracelso. Estas
peripecias, con excepción de la última, son narradas por Trismosin en el capítulo "Peregrinaje
de Trismosin", que aparece en la primera parte del "Sueldene Vliess".
»Trismosin se manifiesta en sus escritos como decidido adepto y asegura haber obtenido gran
cantidad de oro con su tintura. Reconoce que todas las tinturas de los alquimistas proceden
de una misma raíz, pero que la diversidad de ingredientes y manipulaciones dan como
resultado productos de muy diversa naturaleza y poder. Por otra parte, los escritos de los
alquimistas proceden, en la mayoría de los casos, de copias plagadas de errores. Su grito de
victoria, unido al reconocimiento de anteriores errores, le proporcionaron la confianza de
numerosos partidarios que le eligieron como caudillo. Es cierto que realizó toda suerte de
procesos, pero sin admitir categóricamente que figure entre ellos el auténticamente árabe, lo
cual constituye un argumento de peso para pensar que no era sino un normal laborante. Sin
embargo, hay que reconocer que expuso con claridad su proceso. Trismosin demostró la
efectividad médica de su tintura no sólo en general, como hicieron otros antes que él, sino
que además presentó casos concretos en lo que se había puesto de manifiesto el prodigio de
la panacea (otro nombre del arcano). El mismo se rejuveneció con medio gramo de ella...
Mujeres de setenta años volvieron a dar a luz, después que él les dio del león rojo...
»Las exageraciones, que siempre provocan la mofa, fueron culpables de que los que las
motivaron se vieran perjudicados a los ojos de los sensatos que terminaron por rechazar por
igual a panaceístas y alquimistas. Otros, por el contrario, no se dejaron influenciar por tales
sospechas y conjeturas. Una leyenda, no muy digna de crédito, asegura que gracias a su
medicamento, Trismosin alcanzó la edad de ciento cincuenta años, creencia compartida
especialmente por los discípulos de Paracelso.»
Paracelso llama también a la alquimia arte espagírico; la palabra espagírico está formada a
base de los verbos griegos spagein, que significa separar, y ageirein, que significa unir, con lo
que corresponde al viejo lema alquimista solve et coagula (disuelve y coagula); en el tratado
De tinctura physicorum, en el que se refiere a la piedra que se obtiene de las materias
naturales, Paracelso se extiende en detalles sobre el «arte espagírico» y defiende la postura
de mantenerlo en secreto, basándose en la teología secreta de los judíos, cuyas fuentes cita
con objeto de cimentar sus tesis.
«Si no entiendes lo que acostumbraban a hacer corrientemente los cabalistas y los antiguos
astrólogos, ello significa que Dios no te ha destinado a la alquimia ni a la obra de Vulcano
(metalurgia).»
Es evidente que Paracelso debía encontrar fuerte oposición en los partidarios de la antigua
escuela médica. Estos llegaron a afirmar que los remedios que detalló Dioscórides en el siglo I
de nuestra era en su registro, base inamovible de la medicina de su tiempo, son totalmente
suficientes para combatir todas las enfermedades. Menor oposición encontraron sus ideas
acerca de la alquimia. En el siglo XVI se creía comúnmente en la posibilidad de la
transmutación y sólo en raras ocasiones ocurría que un intelectual manifestara sus dudas
sobre este particular. El más destacado representante de los escépticos de aquella época fue
Georg Agrícola, nacido en Glauchau, en Sajonia, director de escuela en Zwickau y Leipzig.
Después de terminar sus estudios de medicina en Italia, ejerció como médico en Joachimstal
y Chemnitz fue, por tanto, coetáneo de Paracelso. Agrícola fue primeramente perito en
minería y por ello colega de Paracelso por partida doble. Por ello resulta tanto más digno de
mención que se manifestara decididamente en contra de la doctrina de los tres principios de
Paracelso; azufre, mercurio y sal, aun cuando, por otra parte, creyera en los cuatro
elementos aristotélicos y en sus especialidades se atuviera a los escritos de los antiguos.
Agrícola pone en duda que sea realizable una transmutación de metales, pero es lo bastante
precavido como para no criticar a las autoridades alquimistas de la antigüedad. En su opinión,
sus coetáneos no tienen ningún conocimiento acerca de cómo producir oro artificialmente,
porque se basan estrictamente en griegos y árabes.
El nombre Elías Artista se encuentra en Paracelso por primera vez; se basa en la tradición
judía, según la cual el profeta Elías volverá poco antes de la aparición del Mesías; a su llegada
será aclarado todo lo que hasta entonces estaba oculto. En el tratado De mineralibus,
Paracelso menciona ocasionalmente con más detalle a Elías Artista en relación con el vitriolo
y dice que Dios ha permitido que fuera mostrado lo secundario, concretamente la
transformación de hierro en cobre mediante vitriolo, pero mantiene oculto lo importante, o
sea, la transmutación de metales no nobles en oro y plata. La revelación de este secreto está
reservada a Elías, o sea a Elías Artista, pues, al igual que la religión, las artes tienen también
su Elías.
Esto no significa en modo alguno una degradación de la religión. En su obra cumbre Volumen
Paramirum, Paracelso da testimonio de su religiosidad, especialmente en relación con su
campo, la medicina. En los once tratados del origen, causas, signos y curación de las distintas
enfermedades, contenidos en el Volumen Paramirum, dice textualmente:
«Sabed que todas las enfermedades y toda salud de Dios procede; tened presente que Dios
nos ha puesto en nuestras enfermedades un castigo y un ejemplo para que veamos que todas
nuestras cosas nada son. Por ello, debéis saber que Dios nos da salud y enfermedad, así como
los remedios para nuestras dolencias.»
Por remedios, Paracelso entiende no sólo los remedios médicos, sino toda la terapéutica en
general, y a ella se refiere cuando dice: «el arte médico no se vuelve contra mí, pues es
inmortal y está basado en un hecho imperecedero hasta el punto de que antes desaparecerán
el cielo y la tierra que la medicina.»
Aquí se refiere Paracelso a la salvación (curación) universal que la Iglesia ofrecía a los
hombres del Medioevo. Nosotros ya sabemos que hemos superado la Edad Moderna, que se
inició con el Humanismo, la Reforma, la comunicación entre los hombres y el descubrimiento
de que la tierra es redonda. Mediante la experiencia de que incluso lo indivisible podía ser
descuartizado por efecto de fuerzas insospechadas, la tierra se convirtió en tema de
discusión, junto con el cielo y el hombre. Actualmente observamos la Edad Moderna con una
especie de comprensiva compasión; e igual hacemos con aquella nueva ilusión por ordenarlo
todo, con el verdadero inicio de la fe en el progreso, con aquel mundo aún cerrado en sí
mismo, con el que el hombre vivía y moría en armonía consigo mismo, con Dios y con la
historia. «En tanto que sólo conoce el cielo exteriormente –dice Paracelso–, es sólo un
astrónomo o astrólogo; pero así que lo ordena todo en él, adquiere el conocimiento de los
cielos». Esto significa que el microcosmos, el hombre, es una imagen del macrocosmos, el
mundo. Lo que le ocurre es consecuencia del acontecer del mundo, del curso de los planetas.
Por este motivo, el médico tiene que ser también astrólogo; tiene que conocer las
constelaciones, la hora justa para los medicamentos, o sea, la hora precisa en que deben
obtenerse los remedios medicinales, y la hora en que puede producirse la curación; para
comprender el alma, el médico debe aprender a comprender a Dios, pues Dios es el alma del
mundo, y el alma de cada hombre no es sino una porción de aquélla; esta alma no puede ser
sana, no puede estar en armonía con el todo, en tanto que no se conozca a sí misma. Esta
doctrina concuerda sorprendentemente con la tesis formulada por Freud de que el alma se
cura tan pronto como descubre las raíces de su mal.
En su obra Arznei und Aluhemie-Paracelsus Studien, publicada por Karl Sudhoff y Henry E.
Sigerist, formando parte de Studien zur Geschicte der Medizin, Ernst Darmstaedter expone de
forma convincente esta concepción de Paracelso. Aquí el concepto de alquimia es entendido
de forma muy amplia. El alquimista de la naturaleza, por ejemplo, deja que crezca el grano
de simiente; el segundo alquimista, el hombre, en este caso molinero y panadero, fabrica
luego el pan; el tercer alquimista está en el cuerpo humano concretamente en el estómago,
que es su laboratorio. Allí separa lo bueno de lo malo, allí tiene él su cocina. Lo bueno es
ennoblecido en forma de tintura, o sea, los alimentos asimilados se convierten en sustancia
del cuerpo. Hoy llamamos a este proceso digestión y asimilación; pero, ¿qué es sino una
concatenación del proceso intuido por Paracelso? El organismo no permite que entren en el
cuerpo materias ajenas al cuerpo; él las descompone y las forma de nuevo. Siguiendo la
tradición de Zósimo, Paracelso hubiera podido decir: solve et coagula. Disuelve la materia y
crea una nueva unión. En su opinión, las enfermedades surgen cuando el alquimista del
cuerpo se hace achacoso y por lo tanto no es capaz de separar limpiamente lo malo de lo
bueno.
Paracelso habla con dureza cuando dice: «Si Cristo bajara del cielo, no encontraría a nadie
con quien poder hablar. Si descendiera Júpiter de su planeta, no encontraría a ningún
investigador, sino únicamente escuelas que repiten la antigua sabiduría de los astros. Pero
estas viejas escuelas están muertas y sus seguidores están ciegos a la luz inextinguible.»
Paracelso desarrolló en torno a la inmortalidad ideas que fueron sacadas a la luz siglos más
tarde. En su opinión, el hombre surgió del polvo de los astros, y a la luz de las estrellas de
que fue formado tiene que agradecer su razón. Pero la luz de las estrellas es caduca; la luz
imperecedera procede únicamente de Dios, o, más concretamente, fue enviada en su día por
Dios y se esconde ahora en la naturaleza, donde permanece encerrada. La naturaleza tiene
dispuesto un remedio para cada enfermedad; sólo hay que encontrarlo, publicarlo y
perfeccionarlo. Aquí podría aplicarse la fórmula del vitriolo de Basilius Valentinus: «Investiga
el interior de la tierra; mediante la destilación, encontrarás la piedra oculta.» Según
Paracelso, el secreto de la naturaleza está ligado a la materia, como dicen los químicos aún
hoy en día. Pero indudablemente, para Paracelso, «ligado» no era meramente un término
técnico, sino que significaba tanto como «atado», del mismo modo que para él el «cielo de
los sabios» no era únicamente sinónimo de «destilación», sino también de sublimación, o sea,
del ennoblecimiento, así como el procedimiento empleado y su resultado, o sea la piedra
filosofal. En otras palabras, una perfecta armonía de esferas, esto es, el cielo de los sabios.
Asimismo, para Paracelso, los órganos del cuerpo no eran meros instrumentos funcionales,
sino habitáculos del alma cósmica. El hombre no era para él sino un caparazón en el que se
cobija por algún tiempo el alma cósmica.
Encarnación del alma cósmica es el humor vitae, el jugo de la vida, que se manifiesta en la
tierra, así como en el cuerpo humano. En la tierra, el humor vitae hace crecer las plantas de
acuerdo con sus fuerzas; en el cuerpo humano, hace llegar materias provechosas y nocivas a
determinados puntos y, por supuesto, también hace llegar los medicamentos a los puntos del
cuerpo que lo necesitan. Paracelso formuló esta doctrina cien años antes que William Harvey,
que en 1628 habló a sus discípulos más allegados de la circulación sanguínea. Paracelso que,
al igual que Zósimo, veía en la experiencia la gran maestra, enseñó la existencia del jugo de
la vida, basándose no en experimentos sino en especulaciones que Aristóteles y Geber ya
habían apuntado.
Según Paracelso, cada materia contiene los cuatro elementos, pero sólo uno de ellos rige su
composición interna, y este elemento dominante, o sea, lo caliente, lo seco, lo húmedo, o lo
frío es la quintaesencia. Si se quiere llevar a cabo la transmutación hay que separar
primeramente unos elementos de otros. Paracelso encuentra el elemento capaz de realizar
esta operación en el agua fuerte, hecha de alumbre, vitriolo y salitre destilados. Luego, el
ácido nítrico, ya que su agua fuerte no puede ser otra cosa, se devuelve a su estado primitivo
y se destila por segunda vez.
Paracelso dice asimismo que es necesario que el médico conozca la salud y la enfermedad del
elemento; entonces, hombre y elemento se hallarán más cerca uno de otro y serán más
amigos entre sí que hombre y mujer.
Paracelso considera a los minerales como algo que ha crecido y, por lo tanto, como algo que
tiene vida. Por el contrario, para él, las materias que se obtienen de cuerpos de animales
muertos y de plantas que han sido cortadas están muertas. Sin embargo, Paracelso utiliza
tales sustancias para producir remedios medicinales; destila carne podrida y pescado podrido,
elabora la orina y la leche y obtiene cristales, probablemente nitratos; utiliza espíritu de vino
y materias aromáticas de almizcle y algalia; recomienda la tintura de almizcle,
probablemente en frascos, contra los desmayos. También parece ser que produjo, trescientos
años antes que Liebig, una especie de extracto de carne, hecho de carne que dejaba cocer
lentamente durante tres días, después de lo cual destilaba su jugo. Pero, para Paracelso,
tales remedios no son ningún arcano, sino recetas de maestro, específicos, elixires y
elementos extrínsecos.
Las recetas no se obtienen por disección de los elementos. Un ejemplo de cómo concibe
Paracelso estas recetas lo constituye el vinagre que, vertido en vino, lo hace agrio. Entre las
recetas de Paracelso figuran los preparados de oro disueltos en alcohol o perlas pulverizadas
en vinagre. Los específicos son preparados de gran eficacia; deben producir sudor o servir de
purgante; además, se pueden utilizar igualmente como somníferos y sales olorosas. De este
modo, Paracelso describe la composición y fabricación de un somnífero a base de canela,
claveles, ámbar, quintaesencia del oro y opio, posiblemente único componente efectivo.
Paracelso trata la carne podrida y las llagas purulentas con un específico corrosivo entre
cuyos ingredientes figura el ácido nítrico. La finalidad de los elixires es proteger el cuerpo de
la podredumbre. El elixir de bálsamo se compone de bálsamo, quitaesencia de oro y elixir de
sal (obtenido de la sal común). Los remedios extrínsecos son para uso externo, especialmente
para la curación de heridas; parece ser que Paracelso empleó en este caso ácido tánico.
Por el contrario, obtiene los arcanos exclusivamente de minerales: metales, marcasita, sales,
piedras y joyas, como la quintaesencia de antimonio que considera remedio ideal contra la
lepra; y la quintaesencia de coral que emplea como contraveneno y para purificar la sangre;
probablemente se trataba de un medicamento con contenido de hierro.
Paracelso distingue cuatro clases de arcanos. El arcano de la materia prima es con toda
seguridad el remedio secreto de Trismosin, el «león rojo» que rejuvenece el cuerpo. El arcano
de la piedra filosofal purifica el cuerpo y le proporciona nuevas fuerzas. La tintura transforma
el cuerpo del mismo modo que el metal innoble es transformado en oro, y el arcano de
mercurio de la vida renueva las uñas y el cabello, y en definitiva, a todo el hombre y a todo
ser sensitivo, incluidos los metales. La fórmula de Paracelso para la fabricación de este
arcano es:
Según Paracelso, todos los procesos de la naturaleza, incluidos aquellos en los que interviene
el hombre, son fases de un proceso continuo que mantiene en movimiento el alquimista en su
triple apariencia fenoménica; el alquimista de la naturaleza, el alquimista hombre, que
fabrica, por ejemplo, pan, o sea, una materia prima, y el alquimista en el hombre que
produce la materia última, la sustancia del cuerpo y, también (en el proceso de digestión) la
materia prima. Paracelso dice de su alquimista que en líneas generales, utiliza la medicina tal
como se debe.
«Este ciclo, con su devenir y transcurrir –dice Ernst Darmstaedter–, con su cambiante
elaboración, aplicación y transformación de la materia, en una palabra, el ciclo de la
conservación de la materia, fue intuido con claridad, expuesto en la misma forma por
Paracelso; materia prima es putrefacción, pero, también, consumición; materia última es
polvo y tierra. Así procede la naturaleza en nosotros, criaturas de Dios. Con toda seguridad es
ésta una de las más bellas e interesantes teorías de Paracelso. Su amplia visión y acusada
sensibilidad para captar vastas relaciones, para definir la posición del hombre en el conjunto
de la naturaleza y su conocimiento de la pluralidad y relatividad de las cosas explican muchas
de sus contradicciones.»
En torno a este predecir el futuro, Paracelso se mostró más escéptico que con respecto a la
alquimia, pues consideraba la cambiante naturaleza del hombre como el más importante
factor de la inseguridad. Para él, la imaginación es condición indispensable para la profecía, y
dice textualmente:
«La imaginación es como el sol, cuya luz no es aprehensible, pero que puede, no obstante,
prender fuego a una casa. Ella dirige la vida del hombre. Cuando el hombre piensa en el
fuego, arde; cuando piensa en la guerra, provoca la guerra; y es únicamente cosa de
imaginación del hombre ser incluso sol, o sea, el hombre tiene que hacer totalmente suyo el
concepto de aquello que realmente quiere.»
En este punto, Paracelso concuerda totalmente con Agrippa van Nettesheim y con lo que éste
escribió en su libro Leidenschaften der Seele. No cabe duda de que Paracelso fue influenciado
por el abad de Würzburg, Trithemius, promotor de Agrippa, pues hizo suya la conclusión
analógica de Trithemius que él formula con las siguientes palabras:
«Debes saber que el hombre puede prever el futuro basándose en los libros del pasado y del
presente.»
«El hombre –prosigue– posee también la facultad de ver a sus amigos y las circunstancias en
que viven, aun cuando se encuentren a mil millas de distancia.» Aquí se refiere a la telepatía,
y de este modo prepara el camino al teósofo sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772).
Swedenborg, ingeniero, matemático y teósofo, expuso en su obra Arcana coelestia, 1749-
1756, la doctrina de las relaciones suprasensoriales en la naturaleza y citó ejemplos prácticos
de sus facultades telepáticas, que sus seguidores, organizados en la secta de la Nueva
Jerusalén, siguen considerando fidedignas hasta nuestros días.
La figura de Paracelso ha dado lugar a diversas leyendas y sagas. Una de las últimas, surgida
en la región de Salzburgo, define la situación y la obra de Paracelso con bastante certeza:
Paracelso marchó al bosque en busca de plantas medicinales; llegó hasta un árbol hueco, en
el que descubrió una araña. La araña se convirtió en un espíritu que le entregó dos frascos,
uno amarillo y el otro blanco; en el amarillo se hallaba la tintura para la transformación de
los metales y en el blanco, el arcano contra todas las enfermedades menos una. Después de
algún tiempo, durante el cual Paracelso utilizó estos medicamentos y realizó muchos
prodigios con ellos, un envidioso puso un diamante en una bebida y ello provocó la única
enfermedad de Paracelso contra la que el arcano no tenía eficacia alguna. Entonces, cuando
Paracelso vio que iba a morir, entregó los dos frascos a su ayudante, con el encargo de que
vertiera su contenido en el río Salzach. El ayudante regresó diciendo que había
cumplimentado el encargo, pero entonces Paracelso le preguntó qué había ocurrido al
hacerlo, y como el ayudante respondiera que nada, Paracelso le dijo que no había arrojado al
río los dos frascos. El ayudante marchó de nuevo y llevó a cabo el encargo del maestro.
Entonces el Salzach creció y se volvió amarillo, y desde aquel día, arrastra oro entre sus
aguas.
PermalinkThursday, 17. November 2005, [Link]
Filectio
... El representante más ilustre de la alquimia del siglo XVI es Paracelso. Jamás ningún
reformador fue tan violento, jamás hombre alguno tuvo tantos amigos entusiastas y tantos
enemigos encarnizados. Un volumen entero no sería suficiente para enumerar las obras de sus
discípulos y los panfletos de sus detractores. Los más conocidos paracelsistas fueron
Thurmeysser, Croll, Dorn, Roche-le Baillis, Bernard Penot, Quercetanus y, sobre todo,
Libavius...
... Los primeros alquimistas no tenían otra meta que la transmutación de los metales, pero
más tarde se plantearon muchos otros problemas. En su orgullo, creían poder igualarse a Dios
y crear toda suerte de seres animados. La idea parte de la leyenda de Alberto Magno que
había construido un autómata de madera, un androide al cual le había dado la vida por medio
de poderosos conjuros. Paracelso fue más lejos y pretendia poder crear un ser vivo de carne y
hueso, el homunculus. En su tratado De natura rerum (Paracelsi opera omnia medico chimico
chirurgica, vol. II) encontramos la manera de proceder. En un recipiente se colocan diferentes
productos animales que no nombraremos por vergüenza ajena; las influencias favorables de
los planetas y un suave calor son necesarios para el éxito de la operación. Pronto un ligero
vapor se elevará en el recipiente y tomará poco a poco la forma humana; la pequeña criatura
se agita, habla, el homunculus ha nacido. Paracelso indica muy seriamente el servicio que nos
puede dar y la forma de alimentarlo...
... La sal fue introducida como un tercer principio, sobre todo por Basilio Valentín, Khunrath,
Paracelso, en una palabra: por los alquimistas místicos. Roger Bacon, antes que ellos, ya
había hablado de la misma, pero incidentalmente y sin atribuirle ninguna cualidad especial,
sin ocuparse mucho de ella; por el contrario, Paracelso arremete contra sus predecesores
porque no conocían la sal. «Ellos han creído que el Mercurio y el Azufre eran los principios de
todos los metales, y ni en sueños han mencionado el tercer principio» (en El tesoro de los
tesoros). Pero la sal se revela de una importancia insignificante y, poco después de Paracelso,
la mayoría de los alquimistas la ignorarán con su silencio...
... Los alquimistas reconocían, unánimemente, la acción de los planetas sobre los metales.
Paracelso va más lejos y especifica esta acción. Según él, cada metal debe su nacimiento al
planeta del cual lleva el nombre, los seis planetas unidos cada uno a dos constelaciones
zodiacales le dan diversas cualidades. Así, «La Luna [plata] debe a Aries, Piscis y Marte su
dureza y su sonoridad agradable. Debe a Venus, Géminis y Libra su resistencia a la fusión y su
maleabilidad. En fin, Saturno, Escorpio y Capricornio le dan su densidad y un cuerpo
homogéneo, etc.» (Paracelso: El Cielo de los Filósofos)...
... La Alquimia heredada de los Griegos estaba, en razón mismo de su origen, mezclada con la
magia y la teurgia. Mas tarde, gracias a los filósofos árabes, esta ciencia se depura para,
entre los siglos XV y XVI, volver a aliarse de nuevo a las ciencias ocultas propiamente dichas.
Mientras que sus predecesores o contemporáneos, Calid, Valois, Blaise de Vigenère, admitían
simplemente la acción de los astros en la generación de los metales, Paracelso iba más lejos y
pretendía calcular cuándo y cómo los planetas influían sobre los metales. Siguiendo esta
doctrina, algunos alquimistas se aliaron íntimamente a la astrología y al hermetismo y no
comenzaban jamás una operación sin estar seguros, de antemano, que los planetas les serían
favorables.
Esto nos obliga a hablar de la Cábala. Esta ciencia consiste en descomponer las palabras
adicionándoles el valor numérico de las letras y de ahí se extraen, según unas reglas
especiales, todas las deducciones posibles. Así, el número cabalísto del oro en hebreo es 209,
es el ornamento del reino mineral, y corresponde a Jehovah en el mundo de los espíritus.
Antes que él, Basilio Valentín había hecho algunos ensayos en el mismo sentido,
descomponiendo el término Azoth de la siguiente manera: «Azoth, comienzo y fin, pues él es
A y O, presente en todo lugar. Los filósofos me han adornado con el nombre de Azoth, los
latinos A y Z, los griegos a y ?, los hebreos aleph y thau, todos los cuales significan y forman
Azoth» (El Azoth de los filósofos).
Después de Paracelso, no se encuentran apenas que sólo dos autores que hayan tratado
especialmente la Cábala alquímica. Estos son Panthée, sacerdote veneciano, y Jean Dee,
alquimista y matemático inglés. Panthée ha escrito dos tratados; uno es el Arte y Teoría de las
transmutaciones metálicas, y el otro: Voarchadumia. En ellos uno encuentra que el número de
la generación es 544, el de la putrefacción es 772, que el mercurio, el oro y la plata
corresponden a las letras hebreas seth, he, vau, y otras tonterias parecidas. Jean Dee, en su
tratado la Mónada jeroglífica, ha ensayado de constituir una cábala particular con la ayuda de
los símbolos alquímicos. Así, para él, el símbolo del mercurio representa la Luna
(semicírculo), el Sol (círculo) y los cuatro elementos (cruz). Además, el signo del Sol
representa la mónada figurada por el punto en torno al cual el círculo simboliza el Mundo.
Este curioso tratado se encuentra impreso en el segundo volumen del Theatrum chimicum.
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