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VArgas-Ugarte Histo Compa JEsus-tmII

El historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte nos adentra en la historia de la Compañía en su llegada a Sudamérica. Este tercer tomo aborda lo logrado por la Compañía desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII, antes de la expulsión de la orden.

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VArgas-Ugarte Histo Compa JEsus-tmII

El historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte nos adentra en la historia de la Compañía en su llegada a Sudamérica. Este tercer tomo aborda lo logrado por la Compañía desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII, antes de la expulsión de la orden.

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HISTORIA DE LA COMPAÑIA DE JESUS

EN EL PERU

POR

RUBEN V A R G A S LIGARTE, S J.

TOMO |Yf

BURGOS
1 9 64
ES PROPIEDAD

Prtnted in Spain • Inpreio en España


CON LAS LICENCIAS NECESARIAS

Depósito leftal: BU. - 171. — 1963 (IV) N.» R.° B U - 216/63

18297
INDICE

Págs.

BIBLIOGRAFÍA XI

CAPÍTULO I. — La Misión de los Mojos. Sus orígenes 1


1. Descripción de la tierra. — 2. Carácter y manera de ser de estos
indios. — 3. Primeras entradas en tierras de los Mojos. — 4. Llega
hasta ellas el P. Jerónimo de Andión. — 5. Expediciones posteriores.

CAPÍTULO II. — Primeras exploraciones 17


1. El H. Juan de Soto entra en relación con los Mojos: expedición del
Maese de Campo, Juan de la Hoz Otálora (1667-1668). — 2. Entrada
del H. José del Castillo: su relación. — 3. El P. Provincial, Hernando
Cavero envía a esta Misión a los PP. Pedro Marbán y Cipriano Barace.
Junta de los Misioneros. — 4. Es enviado a Lima el H. Castillo. Viene
en calidad de Visitador el P. Luis Otelo. — 5. El P. Hernando Saave-
dra decide impulsar la Misión.
' • "fi IJ
CAPÍTULO III. — Nuevas fundaciones 33
1. Fundación de Trinidad. Excursiones misioneras. — 2. Funda el
P. Orellana la reducción de S. Ignacio y llega hasta el Benl. — 3. Fun-
dación de S. Javier, S. José y S. Borja. — Excursiones por tierras de
infieles. Fundación de 8. Pedro y S. Luis. — 5. Memorial del P. Mar-
bán. Visita del P. Diego Francisco Altamirano
y.-m
CAPÍTULO IV. — Progresos de la Misión 61
1. Estado de la Misión en los primeros años del siglo x v m . Ayuda eco- ~
nómica. — 2. Venida de misioneros extranjeros. — 3. Martirio del
P. Cipriano Barace. — 4. Fundación de las reducciones de S. José y
S. Pablo. — 5. Martirio del P. Baltasar de Espinosa. Fundaciones en-
tre los baures.
«- ,» -••"n^p
CAPÍTULO V. — La vida religiosa y social en Mojos 65
1. Carácter y cualidades de los indios mojos. — 2. Su religiosidad. —
3. Las Reducciones. — 4. Su organización y vida diaria. — 5. Con-
tratiempos que sobrevinieron.
VI INDICE

Págs.

CM-ITUI.0 VI. — rrogrcsos y contrastes en la Misión 81


1. Procresos de la Misión. — 2. Visita del P. Antonio Garriga y de-
marcación de las Reducciones. Superiores de la Misión. — 3. Medidas
adoptadas para contrarrestar los avances de los portugueses. — 4. VI-
sltan lns Misiones algunos Obispos de Santa Cruz. — 5. Excursiones
apostólicas del P. Pascual Ponce y nuevas incursiones de los lusitanos
del Brasil.

C*rlTui.o VII. — La Misión de los Mojos 107


1. Situación de la Misión de 1750 a 1767. Estado próspero de las Re-
ducciones. — 2. Visita del P. Manuel Vergara. Informe que presenta
sobre las mismas. Diferencias con el Obispo de Santa Cruz, D. Francis-
co de Herboso y Pigueroa. — 3. Expedición contra los portugueses. —
4. Final de esta tentativa y retiro de D. Juan de Pestaña. — 5. I n -
signes misioneros.

CAPITÜIO VIII. — La expulsión 129


1. La ejecución del extrañamiento en las Misiones. — 2. Inventarlos
de los pueblos. — 3. Son trasladados a Lima. — 4. Su embarque pa-
ra la Península.
"i
CAPÍTULO IX. — Decadencia de la Misión 143
1. Paulatino desmoronamiento de la Misión. — 2. Disminuye la po-
blación. — 3. Estado de sus templos. — 4. Reparos puestos a los Mi-
sioneros.

ATONMCÍ 153
N.» 1. Relación que el Padre Julián de Aller de la Compañía de
Jesús de la provincia del Perú y superior de la nueva misión de los
Indios gentiles de las dilatadas tierras de los Mohos (slc) que confinan
con lns de Santa Cruz de la Sierra y se dio principio por el año de
1008 a instancias de el Exmo. Señor Conde de Lemos, virrey de dicho
reyno le linse al P. Luis Jacinto contreras, provincial reelecto de dicha
provincia de el Perú, su fecha a 9 de setiembre de 668.
N." 2. Copla de la relación que envió el P. Cipriano Barace sobre la
conversión de los Infleles. Sta. Cruz. 10 Sept. 1680
N.» 3. Relación de lo sucedido en la jornada de los Mojos el año de
1867, por el Hermano Juan de Soto.
N.» 4. Carta al P. Provincial del Hermano Juan de Soto. 3 nov. 1668.
N." 5. Carta del P. José Bermudo al P. Provincial 26 Jun. 1669.
N.» (i. Informe de D. Alonso Verdugo, gobernador de Sta. Cruz que
en el año 17G0 visitó las misiones. S. Lorenzo, 8 enero 1761.
Págs.

N." 7. Catálogo de las reducciones de las misiones de los Mojos de


esta provincia del Perú de la Compañía de Jesús, año 1748.
N° 8. Carta al P. Provincial Baltasar de Moneada, 1751.
N.° 9. Carta que el P. Alberto Quintana remitió a su hermano José,
relatando su viaje a la misión de los Mojos. Exaltación 16 de Mayo
de 1756.
N.° 10. Carta del Padre Miguel de Irigoyen al Padre Baltasar de
Moneada, San Pedro 22 Abril 1757.
N.° 11. Carta del P. Juan José de Zabala al P. Baltasar de Mon-
eada. Trinidad 26 de dic. 1757.
XKDICE DE NOMBRES 193
SIGLAS MAS USADAS

A. de I. Archivo de Indias. Sevilla.


A. Rom. S. J. Archivo R o m a n o de la Compañía de Jesús.
A. Vice Prov. Per. Archivo de la Vice Provincia del Perú.
A. H. N. Madrid Archivo Histórico Nacional. Madrid.
A. H. N. Lima Archivo Histórico Nacional. Lima.
A. H. Sucre Archivo Histórico. Sucre.
A. H. N. Santiago Archivo Histórico Nacional. Santiago de Chile.
A. Col. de S. Ignacio Archivo del Colegio de S. Ignacio. Santiago de Chile.
A. Col. de S. Calixto Archivo del Colegio de S. Calixto. La Paz.
B. N. Madrid Biblioteca Nacional. Madrid.
B. N. Lima Biblioteca Nacional. Lima.
C. V. Colección Vargas.
J. L. P y B. Juicio de límites con el Perú y Bollvia
R. H. Revista Histórica. Lima.
R. A. B. y M : Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Madrid.
BIBLIOGRAFIA

Mss. Roma. Archivo de la Propaganda Fide. Relación de la Misión de


i los Moxos presentada a S. S. Clemente XI por el P. Alonso Messia Bedoya,
Provincial de la Provincia del Perú. Año 1713.
¿ Arch. Provincia de Toledo S, J. Leg. 3, N.° 7. Descripción de los Moxos
que están a cargo de la Compañía de Jesús de la Provincia del Perú. A ñ o
1754. 4.° 47 p. s. n. y 9 en bl.
Arch. Nacional. Florencia. Nuovl Acquisti. 151. Diario de un Jesuíta des-
terrado desde su salida de Lima... tom. m . p. 797 y s. Mapa y Cuadro Es-
tadístico de Moxos etc.
Arch. Nacional Sucre. Col. R e n é Moreno. Archivo de Mojos y Chiquitos.
ANTONIO Historia de la Compañía
ASTRAIN. de Jesús en la Asistencia de
España. Vol. VI. Madrid, 1920. Vol. VTL
J U L I Á N DE A L L E R . Relación que el P. Julián de Aller de la Compañía de
Jesús y Superior de la Nueva Misión de los Indios Gentiles de las dilatadas
tierras de los Mohos (sic) ...y s e dio principio por el a ñ o de 668 a i n s t a n c i a s
del Excmo. Sr. Conde de Lemos... h a c e al P. Luis J a c i n t o de Contreras, P r o -
vincial de dicha Provincia del Perú, s u fecha a 9 de Setiembre d e 668. fol.
4 f f . Lima, 1669.
D I E G O DE E G U I L U Z . Relación de la Misión Apostólica de los Mojos en la
Provincia del Perú de la Compañía de Jesús que remite su Provincial P.
Diego... a N. M. R. P. Tirso González. (1696). Pub. por E: Torres S a l m a n d o .
Lima, 1884.
^ E S T A N I S L A O A R L E T . Epístola P. Stanislai Arlet a Soc. Jesu qui anno 1694
ex Prov. Bohemiae transivit ad Missionem Regni Peruani quo pervenit anno
1697, data ad P. Generalem, prima Decembrisr 1698. fol. 2 f f . Edlc. c a s t e l l a n a
e n Madrid. Fol. men. 4 pp.
DIEGO F R A N C I S C O A L T A M I R A N O . Breve Noticia de las Misiones de Infieles que
tiene la Compañía de Jesús de esta Provincia del Perú en las Provincias de
los Moxos. 1699. Pub. por Manuel Vicente Ballivián e n Documentos Históricos
de Bolivia. La Paz, 1891.
A N T O N I O GAIIIUGA, Linderos de. loa pueblos de las Misiones de Mojos de-
clarados 11 confirmados por el P. Antonio... en su visita de 10 de Octubre
de 1715. Hrvisla de la Oficina Nacional do Inmigración. N.° 1. La Paz, 1897.
K. Torres Saltlamando comenzó a imprimir en Lima, en la Imprenta de Car-
los Prlnce, este escrito del P. Garriga, pero cedió las páginas Impresas a
BnlllviAn que lns reeditó en La Paz. Reimpr. en Juicio de Límites con B o -
livln. Prueba Peruana. Tom. X p. 34 y 7. Barcelona, 1906.
Primo M A R B A N . Relación de la Provincia de la Virgen del Pilar de Mojos.
1076. Pub. por Manuel Vicente Ballivián en Boletín de la Soc. Geográfica
de La Paz. 1898.
ANTONIO DE O R F L L A N A . Relación Sumaria de la Vida y dichosa muerte del
V. P. Cipriano Barace de la Compañía de Jesús. Lima, 1704. Reimpresa en
Madrid 1711. Mis. C. V.
ANTONIO DE O R E L L A N A . Carta sobre el Origen de la Misión de los Mojos de
13 de Octubre de 1687. Pub. en el t o m o X de la Prueba Peruana en el Juicio
de Límites con Bollvia. pág. 1 y s. Barcelona, 1906.
FRANCISCO JAVIER E D E R . Descriptio Provinciae Moxitarum in Regno Peruano.
Budae, 1791. Versión castellana del P. Fr. Nicolás Armentia o. f. m. La Paz, 1888.
xt
JORE Relación de la Provincia
DEL CASTILLO. de Mojos. Pub. por Manuel
Vicente Ballivián en Documentos para la Historia Geográfica de la Repúb.
de Bollvia. Tom. 1, La Paz 1916.
GABRIEL RENE MORENO. Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos. San-
tiago, 1888.
G . D E S D E V I S E S DÜ D E Z E R T . Les Missions des Mojos et des Chiquitos de 1707
a 1808. Rcvue Hispanique. Agosto 1918.
JOSÉ CIIAVEZ SUAREZ. Historia de Moxos. La Paz, 1944.

MAPAS

Misión do Mojos de la Compañía de J H S del Perú. Mapa m a n d a d o grabar


por el P. Francisco de Rotalde, Procurador de la Provincia. Leyenda a u n o
y otro lado y dibujos en la parte superior e inferior, estos a ambos lados de
la leyenda. P. Gutierre scrip. JHS. Año de 1715.
Mapa de la Misión de Moxos de la Compañía de Jesús en la Provincia del
Perú dibujado para señalamiento de linderos por el P- Antonio Garriga, Pro-
vincial de dicha Provincia. Escala de 40 leguas.
Musro Británico. Additional 17671. Mapa de Mojos. Al pie cuadro e s t a -
dístico. Es el N.° 23 de una Colección de Mapas y Planos del Perú.
Musco Británico. Additional 17674. Mapa de Mojos y c a m i n o que hizo
lik tropa, en Setiembre y Octubre de 1766, bajo el comando del Brigadier
D. J u a n de Pestaña con destino a desalojar y apoderarse del fuerte de la
Concepción (perfil y plano del mismo) en el pueblo antiguo de Sta. R o s a . . .
según las observaciones de los PP. Misioneros.
Mapa de las Misiones de la Compañía de Jesús en el territorio de Moxos
y Chiquitos en la Governación y Comandancia Gral. de S a n t a Cruz de la
Sierra, marcando en él, el terreno de S. M. C. que ocupan los portugueses,
según las m á s exactas noticias, adquiridas por los oficiales que h a n servido
e n la Expedición de Moxos. Ciudad de la Plata 27 de Junio de 1764. D. A n -
tonio de Aymerich y Villajuana. Mapa a dos tintas de 49 por 49 cms. Arch.
de Indias. Sevilla. 125-4-12. N.° 3. Charcas. Existe u n duplicado en Madrid,
Depósito de la Guerra. Estado Mayor del Ejército. V. también. Bib. Nac.
de S a n t i a g o de Chile. Jesuítas, tom. 296. N.° 2.
Mapa de las Misiones de Moxos y Chiquitos trazado por el Capitán Miguel
Blanco y Crespo, m a r c a d o el territorio de S. M. Católica que o c u p a n los
Portugueses, según las observaciones hechas en las dos expediciones de 1763
y 1766. Plata, 1 de Agosto de 1769. Mapa de 62 por 66 cms. en colores. En
u n ángulo u n diseño del Fuerte de la Concepción levantado por los Por-
tugueses. Arch. de Indias. Indiferente General. 120-7-15.
Francisco Javier Eder. Descriptio Provinciae Moxitarum. Budae, 1791. Trae
u n Mapa de Mojos.
Lettres Edifiantes et Curieuses... tom. XII. M a p a de Mojos.
Diego. Davin. Cartas Edificantes y Curiosas... tom. XVI. Mapa de Mojos.
José Stocklein. Well Bott. Cartas Edificantes. Trae u n Mapa de Mojos.
CAPITULO I

La Misión de los Mojos. Sus orígenes

1. Descripción de la tierra. — 2. Carácter y m a n e r a de ser de estos


Indios. — 3. Primeras entradas e n tierras de los mojos. — 4. Llega h a s t a
ellos el P. Jerónimo de Andión. — 5. Expediciones posteriores.

1. El lector que h a y a seguido nuestra narración y haya recorrido


las páginas de los dos tomos precedentes habrá caido en la cuenta
de la actividad misional de los Jesuítas del Perú y del empeño que
pusieron en tener misiones vivas entre infieles, aun cuando todas
sus tentativas por lograrlo no dieran resultado. No por esta razón
permanecieron ociosos, pues en el Perú conquistado habia indios de
sobra, a quienes se hacia necesario catequizar y evangelizar. Todas
las Provincias que se separaron de la del Perú, como las del P a r a -
guay, Quito y Chile, llegaron a tener misiones estables entre indios
gentiles y la del Perú no alcanzó a tenerla h a s t a fines del siglo
X V I I . Quiso la Providencia que en el Oriente del Alto Perú, hoy Bo-
llvia, se le abriese u n a puerta por donde se habia de llegar a campos
ya dispuestos para la mies, y esta fue la llamada Provincia de los
Mojos de la cual se tenía noticia desde fines del siglo xvi.
De esta gloriosa misión que le cupo en suerte a la Compañía del
Perú se h a hablado poco. Mucho más conocidas son las Misiones del
Paraguay y con alguna razón, aunque h a n contribuido a su notorie-
dad lo que h a n fantaseado sobre ella los enemigos de los Jesuítas,
atribuyéndoles el proyecto de crear entre los ríos Paraná y Uruguay
un reino de utopía. De esta Misión de los Mojos apenas se halla
mención en las Historias Generales de la Orden y en las colecciones
d o Cartas Edificantes y Curiosas escritas desde lejanas tierras, pero
la labor r e a l i z a d a entre estos indios por los misioneros jesuitas es
muy digna de ser conocida y tanto más de admirar cuanto que t r a -
bajando en una región más insalubre que el mismo Paraguay y sin
mayores i ocursos obtuvieron opimos frutos en el corto espacio de
ochenta afios. Desde 1682 en que podemos fijar sus comienzos h a s t a
el de 17G7 en que tuvo lugar el extrañamiento de la Compañía, lle-
garon a erigir unos veinte pueblos y redujeron a vida social y cris-
tiana más de cuarenta mil infieles. Resultado a todas luces notable,
si se atiende a las circunstancias del lugar, a la relativa escasez de
misioneros y a las muchas dificultades que hubo que vencer p a r a
obtener la conversión de los indios.
Los capítulos que se siguen nos darán a conocer los trabajos em-
prendidos por los jesuitas del Perú en este campo, y en ellos, con
la extensión que requiere la índole de este libro, resumiremos la histo-
ria de esta gloriosa misión, de sus orígenes y desenvolvimiento, de-
jando a un lado los pormenores que dilatarían nuestro relato.
La misión de los Mojos abarcó el territorio comprendido hoy en
los Departamentos del Beni y Santa Cruz al Noroeste de Bolivia y
en parte del Estado de Matto Grosso, al Sudoeste del Brasil. "Dila-
tándose uniformemente sin asperidades, desde la orilla del Itenes,
del Beni y de una intermedia sección transversal del Mamoré al
Norte, desenvuelven los llanos de Mojos una superficie de 13.750 le-
guas cuadradas hasta tocar por el sudoeste la planta de los últimos
contrafuertes andinos de Yuracares y hasta ir a perderse al Sur
en las gigantescas selvas que separan a Mojos de las llanuras, al-
gunos peldaños más altas y cien grados más bellas de S a n t a Cruz
de la Sierra" 1 . Tan desmesurada extensión hay que atribuirla no
1
Gabriel Rcné Moreno. Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos. San-
tiguo, 1BH8. Introducción, p. 12. La Bibliografía del tema que podemos llamar
básica es la siguiente: Antonio Astrain. Historia de la Compañía de Jesús
en ln Asistencia de España, vol. VI, Madrid, 1920. — Julián de Aller. Relación
que el P. Julián de Aller de la Compañía de Jesús... y Superior de la Nueva
Misión de los Indios Gentiles de las dilatadas tierras de los Mohos (sic)...
y so dio principio por el a ñ o de 668 a instancias del Excmo. Sr. Conde de
I«rinns... lineo ni P. Luis Jacinto de Contreras, Provincial de dicha Provincia
del Perú, su fecha n 9 de Setiembre de 668. Fol. 4 ff. (Lima). — Diego
Francisco Altnmlrano. Breve Noticia de las Misiones de Infieles que tiene la
Mapa de la Misión de Mojos
Año 1713
solo a lo diseminado y raro de la población sino también al hecho
de haberse visto precisados los misioneros a escalonar las reduccio-
nes a lo largo de las principales arterias fluviales que cruzan el
territorio de Mojos, a fin de contar con u n medio fácil de comunica-
ción entre ellas y a buscar los lugares altos y salubres que las p u -
sieran a cubierto de las inundaciones. Estas, como veremos m á s
adelante, fueron u n continuo azote de la misión y se comprende el
daño que podían causar en sabanas extensas regadas por innume-
rables ríos, algunos de ellos muy caudalosos.
Sin detenernos a citar los tributarios y de menor cuantía vamos
a dar alguna noticia de los tres más principales, siguiendo al cos-
mógrafo D. Cosme Bueno en sus Efemérides del año 17711. El pri-

Compañía de Jesús de esta Provincia del Perú en l a s Provincias de los Moxos.


(Lima, 1699) pub. por Manuel Vicente B a l l i v á n en Documentos Históricos de
Bolivia. La Paz, 1891. — Estanislao Arlet e Soc. Jesu qui a n n o 1694 ex
Prov. Bohemiae transivit ad Mlssionem Regni Peruani quo pervenlt a n n o
1697, data ad P. Generalem prima Decembris, 1698. Pol. 2 f f . Edic. c a s t e l l a n a
en Madrid en 4 p. fol. men. Diego de Eguiluz. Relación de la Misión Apos-
tólica de los Mojos en la Provincia del Perú de la C o m p a ñ í a de Jesús que
remite su Provincial P. Diego... a N M R. P. Tirso González... (1696) P u b .
por E. Torres Saldamando, Lima, 1884. — Francisco Javier Eder. Descriptio
Provinciae Moxitarum in R e g n o Peruano. Budae, 1791. — Existe u n a versión
castellana de esta obra: Descripción de la Provincia de los Mojos en el
R e i n o del Perú, traducida por el P. Fr. Nicolás Armentia O. M. La Paz, 1888.
Antonio Garriga. Linderos de los pueblos de las Misiones de Mojos declarados
y confirmados por el P en su visita de 10 de Octubre de 1715. Revista
de la Oficina Nacional de Inmigración... N." 1. La Paz, 1897, p. 93-120. —
Pedro Marbán. Relación de la Provincia de la Virgen del Pilar de Mojos.
1676. Pub. Manuel Vicente Ballivián en Boletín de la Sociedad Geográfica
de La Paz. 1898. — Antonio de Orellana. Relación S u m m a r i a de la Vida y
dichosa muerte del V. P. Cipriano Barace de la Cia. de Jesús. Lima, 1704.
Reimp. de Madrid. 1711. — Id. Carta sobre el Origen de la Misión de los
Mojos de 13 de Octubre de 1687. Pub. En el tom. X, p. 1 y s. de la Prueba
Peruana en el Juicio de Límites con Bolivia. — José del Castillo. Relación
de la Provincia de Mojos pub. por Man. Vicente Mallivlán en D o c u m e n t o s
para la Historia Geográfica de la República de Bolivia. Tom. 1. La Paz,
1906. — Gabriel R e n é Moreno. Biblioteca Boliviana. Catálogo del Archivo
de Mojos y Chiquitos. Santiago de Chile, 1888. M. G. Desdevises du D e -
zert. Les Missians des Mojos et des Chiquitos de 1707 a 1808. Pub. en Revue
Ilispanique. Agosto 1918.
2
V. ibid. Descripción del Obispado de S a n t a Cruz de la Sierra.
moro es el Mamoré que tiene su origen en la cordillera que divide
la Provincia de Santa Cruz de la de Cochabamba. Corre primero al
Oriente y revuelve al Norte, en cuya dirección recibe otros muchos
rios, entre ellos el de San Miguel o Apire y el Río Grande o Guapay,
que dan una gran vuelta por la parte oriental de Santa Cruz. El
segundo es el Itenes que también llaman Guaporé. Nace al poniente
de las lagunas de los Jarayez, de las serranías que caen al Norte
de la Provincia de Chiquitos... Su dirección es sudeste-noroeste. Re-
cibe en su curso algunos otros, entre ellos el río de los Baures. J u n t a
sus aguas al Mamoré, al fln de esta Provincia, que se a u m e n t a n al
Norte con las del Rio Beni, desde donde toma el nombre de río de
la Madera. El tercero es el rio Beni, a la parte occidental de esta Pro-
vincia. Forman sus primeros raudales las aguas de La Paz y de la
Provincia de Slcasica, se a u m e n t a n con las del río de los Léeos,
las del Tuichi y otros que le entran de las Misiones de Apolobamba.
Su dirección es al Nordeste y, dividiendo de estas misiones la Pro-
vincia de Moxos, pasa inmediato al pueblo de Reyes y caminando
muchas leguas y, recibiendo otro gran rio por el poniente... e n t r a
en el Mamoré e Itenes juntos, tomando el nombre de rio de la
Madera, como se h a dicho, el cual va a desembocar al Marañón".
En cuanto al clima, todos los autores que se h a n ocupado de Mo-
jos, asi antiguos como modernos, aseguran que es de los más in-
sanos, debido al excesivo calor, acompañado de humedad. Como bien
advierte D. Cosme Bueno, estas molestias se hacen más penosas en
la temporada de lluvias que suele comenzar en Octubre y durar h a s -
ta Mayo, porque entonces aumenta el caudal de los rios, estos se
desbordan, inundan los llanos, cubiertos de maleza y el calor unido
a la falta de corriente da origen al estancamiento y putrefacción
de las aguas. Como ya advertía el P. Antonio de Orellana en la Re-
lación que escribió de la Vida y Muerte del P. Cipriano Barace, estas
inundaciones impedían las comunicaciones de unos pueblos con otros,
a no ser en balsas y contribuían junto con el ardor del clima a la
producción de un sinnúmero de insectos y sabandijas que no cau-
saban pequeña molestia. Esta misma humedad hacía estéril el te-
r r e n o y l o inutilizaba p a r a que en él pudieran germinar el trigo o
l l o r e c e r la vina e impidiendo inclusive la propagación del ganado
lanar, aunque el vacuno llegó a multiplicarse con ventaja. Otras
noticias curiosas sobre este país pueden verse en la obra del P. F r a n -
cisco Javier Eder o en el Viaje a la América Meridional de Alcides
d'Orbigny. Aquí solo añadiremos como remate lo que a p u n t a el pri-
mero de los autores citados y advierte también el P. Orellana y es
que en los meses de Marzo, Abril y Mayo suele soplar con frecuencia
el viento sur, el cual por ser bastante frío hace que descienda la
temperatura notablemente y cuando es seco hace bastante daño a
la salud y aflige a los indios que por estar desabrigados y mal co-
midos no pueden resistir el cambio 3 .

2. Cuando en el año 1676 entraron los primeros misioneros a


Mojos, según la relación del Hermano José del Castillo, se calculaba
que vivían en Mojos unos 6000 indios, distribuidos en más de ochenta
pueblezuelos, con 30 o más habitantes, aunque algunos pasaban de
100 y aun 200. A las tribus de indios que poblaban la región se las
denominaba generalmente Mojos, pero estos no constituían sino u n a
de las muchas, acaso la más numerosa, que vagaba por aquellas sel-
vas, diferenciándose unas de otras por algunos usos y costumbres y,
sobre todo, por la lengua. Estas eran muchas y, según el testimonio
del P. Orellana, se contaban h a s t a 39, pero en la Relación del H. J o -
sé del Castillo, que suscribieron j u n t a m e n t e con este los primeros
Misioneros, P. Pedro Marbán y P. Cipriano Barace, en 1676, cinco
eran las que se hablaban en la zona por ellos visitada, a saber; la
Morocosi, la Manesono, la Mopesiana, la Jubirana y la Iapimono, "pe-
ro con ser t a n t a s las lenguas que hay en esta Provincia, una es como
general que es la Morocosi, la cual usan como las tres cuartas p a r -
tes de la Provincia, aunque en diversas partes son muy diversos los
modos de hablar y usan muchas palabras que no usan las otras; en
las que usan las otras hay muchos que entienden ésta y no h a r á
mucha falta el no saberlas; nosotros hemos procurado aprender la
más importante, para lo cual nos aprovechó mucho el Arte que de
ella hizo el P. Julián de Aller, que esté en gloria. Mas como el P a d r e
estuvo poco tiempo entre estos indios y su comunicación era de or-
dinario con los intérpretes, que eran unos muchachos, no pudo el a r t e
3
Dice el P. Eder en su obra (pág. 53, Lib. n , Cap. 1) que aconteció c u a -
jarse el aceite de la lámpara del S a n t í s i m o algunas veces, a causa de la
frialdad del aire y entumecerse las aves de manera que apenas podían volar.
estar tan acabado ni tan fiel que no haya necesitado de mucho
examen..."
En la citada Descripción de D. Cosme Bueno se dan los nombres
de 29 tribus, pero las más principales fueron las siguientes: los Ito-
namas, a orillas del rio Itenes; los Baures, a uno y otro lado de este
rio; los Guarayos, en el rio de la Magdalena; los Tapacuras y Yura-
cares en el alto Mamoré; los Mojos, al oeste de este rio y el Beni;
los Cayubabas, cerca de la confluencia del Mamoré y Guaporé y los
Mobimas, Chiribas, Chúmanos y Toromonas más al poniente, a en-
trambas orllas del Beni. En la Relación del H. Castillo se nos habla
también de las naciones tecinas y se las enumera en esta forma:
Los Chiquitos hacia el Oriente y al sur de Santa Cruz, que se ex-
tienden bastante y tienen f a m a de indios belicosos; los Mujanaes o
Mujuonos, que no son tantos, hacia el Norte; los Cañacures, al po-
niente; los Cafiacures y Raches, hacia el sur, en el camino que sale
a Cochabamba y, finalmente, entre el Norte y el Oriente los Toros,
que habitan tierras altas y de mejor temple.
T a n t a diversidad de naciones y de lenguas habia de ser un obs-
táculo a la propagación y al buen régimen y gobierno de los pueblos
que se f u e r a n formando y de ahí que, desde un principio se pensara
en extender el uso de una sola y para este fin escogieron la moja,
dulce y sonora, más perfecta que las usadas por las tribus vecinas
y cuya gramática tiene alguna semejanza con la lengua quechua.
El primero que trató de componer un arte de ella fue el P. Julián de
Aller, uno de los primeros misioneros de Mojos, pero quien le dio
su perfección y se a f a n ó más por difundirla fue el P. Pedro Marbán,
do tal manera que a poco de fundarse el primer pueblo de Nuestra
Sofiora de Loreto, ya todos sus habitantes la entendían y la habla-
ban, como escribe el P. Diego de Eguiluz en su Relación4.
Digamos ahora algo acerca de sus costumbres, entresacado de
lo que anotaron los primeros Padres que entraron en la Provincia.
Son estos indios ordinariamente bien agestados y por naturaleza
blandos y alegres y no saben enojarse entre sí sino cuando están
borrnchos. No suelen tener más de una mujer, pero algunos tienen
dos, pero con facilidad se descasan y buscan otra. Quieren mucho
4
Pedro Mnrbán S. J. Arte de la Lengua Maxa con su Vocabulario y Cate-
cismo. 1.1 mn, 1701. Reimpresa en Leipzig, 1894.
a sus hijos pero no tienen gran cuidado de ellos ni los educan, de
modo que se crían libremente y en toda rusticidad. Viven agrupados
por familias y no tienen otro superior sino el cacique, a quien en
algunas cosas se sujetan. Son muy hospitalarios y no reparan en el
número de los huéspedes. Son muy codiciosos, aunque con bien poca
cosa se les contenta; inclinados a la borrachera, como casi todos los
de su raza y también les gusta mucho salir a guerrear con otras tri-
bus, con ánimo de hacer algunas presas que luego venden por esclavos.
Aun cuando tienen noticia de un Ser Supremo, pero tienen de
esto u n a idea muy vaga. Al espíritu del mal le dan el nombre de
demonio y veneran al Sol y a la Luna, pero tienen sus dioses p a r t i -
culares o pacarinas, que puede ser o un animal o una planta. Al ti-
gre o puma le rendían un culto supersticioso y, de ordinario, asi
p a r a emprender su caza como para celebrar su muerte ayunaban,
es decir, se abstenían de comer pescado o del acto conyugal. Su
religión era, pues, muy rudimentaria y esto hubo de facilitar su
conversión.
Andaban generalmente desnudos pero los hombres se cubrían con
u n a s camisetas de algodón y las mujeres con unas camisas un t a n t o
largas y sin mangas que entre ellos como entre los guaraníes lla-
m a b a n tipoy. Vivían de la caza y de la pesca que no faltaba en la
selva y en los ríos y lagunas de la región y, además, cosechaban a b u n -
dante yuca, la cual les servía de p a n y también de bebida, más o
menos fermentada. Cogen también bastante algodón y con él tejen
telas vistosas; de su habilidad en esta parte se valieron los misio-
neros para establecer entre ellos u n a especie de industria que les
servia para arbitrarse recursos. Sus casas son grandes, especialmente
aquellas en donde viven, que son redondas y bastantes a albergar dos
o tres familias y aun más. Los techos son de palma y h o j a s resisten-
tes y los hacen con mucha curiosidad. Tienen otras casas cuadradas
y más pequeñas que les sirven de cocina. Duermen sobre hamacas,
tejidas por ellos mismos y, para prevenir las inundaciones construyen
el piso de sus habitaciones con alguna elevación y echando m a n o
para ello de cañas fuertes entrelazadas.
Aunque el calor era grande y mucha la humedad, de m a n e r a que
las telas, especialmente de lana y los zapatos se pudrían al poco
tiempo —a todo esto se añadía una plaga intolerable de zancudos— los
misioneros comprendieron que era posible vivir entre ellos y que
no habrían do faltar mantenimientos, pues, fuera de los patos y
gallinas, había ciervos en abundancia, puercos silvestres, agutíes o
capihuaras y luego abundancia de yuca, camotes, mani, plátanos y
papayas. Esto unido a la calidad de la gente los movió a acometer
esta empresa en la cual no habrían de faltar dificultades y desabri-
mientos pero que había de traer muchas almas a Dios.

3. Según Garcilaso, el cual en esta parte merece poca fe, los


Incas llegaron en sus conquistas h a s t a las tierras de los Musus o
Moxos, siendo Tupac Yupanqui el que intentó sujetarlos a su do-
minación 5. En hecho de verdad estos indios no fueron dominados por
dinastía alguna y entre ellos no se halla vestigio de la cultura in-
caica. Tampoco existen restos arqueológicos que en alguna m a n e r a
nos den a conocer la extensión del Imperio por esta parte, de modo
que con certeza puede afirmarse que los reyes peruanos no llegaron
a orillas del rio Grande. Durante la dominación española, el primero
que asomó por esta zona fue el capitán Ñuílo de Chavez, lugarteniente
del Gobernador del Paraguay, Domingo Martínez de Irala, el cual lo
envió hacia el Norte a explorar los ríos que desaguaban en el P a -
raguay. Ñufio de Chavez echó los cimientos de la primera población
de españoles en la que más tarde se llamó gobernación de S a n t a
Cruz de la Sierra en 1557. No consta que penetrara h a s t a las tierras
habitadas por los Mojos, pero alguna noticia tuvo de ellos, porque
en las capitulaciones hechas por Gonzalo de Solis Holguin con el
Virrey, Principe de Esquilache, sobre la jornada que intentaba hacer
al Paititi se hace memoria de una relación del capitán Ñuflo de
Chavez, en la cual se habla de estos indios 6 .
Lo cierto es que, después de él, varios trataron de hacer esta
5
Comentarios Reales. Primera Parte. Lib. VH, Cap. XIV. Edic, de Lisboa.
6
A. de I. Charcas. Cartas y Expedientes de dicha Audiencia. 1561-1589,
74-4-1 al 10. Carta de la Aud. a S. M. La P l a t a 24 de Dic. 1563. Se refieren a
la disputa que surgió entre el Capitán Ñuflo de Chavez, venido del Paraguay
y el Capitán Andrés Manso, venido del Perú y el modo que se h a tenido para
quietarlos y añaden: "se tiene por nueva cierta venian 300 hombres del rio
del Parnituny o de la Plata, no se sabia cierto si a proseguir la conquista
de los Mojos que tenía a su cargo Ñuflo de Chave./ o a esta tierra que pre-
tenden que es su derecho conquistar, muy bien armados...".
entrada, aunque sin resultado, cumpliéndose a la letra lo que h a l l a -
mos escrito en una relación antigua, probablemente anterior a 1574,
escrita por alguno de los expedicionarios: "Este descubrimiento y
gobernación de los Mojos, Excmo. Sr., es la dama muy hermosa por
quien h a de hacer la guerra a los Chiriguanos el que la quisiere con-
quistar" 7 . Entre esas expediciones merecen citarse la de Diego Ale-
m á n y la de Francisco de Hinojosa. El primero partió de Cochabamba
y luego del pueblo de Izo el 14 de Junio de 1564 con ocho soldados
y algunos indios. Estos le dijeron que le hablan de conducir por
el camino del Inca al famoso Paititi, del cual se hablaba hacia tiempo
como un nuevo el Dorado. El Conde de Nieva le habia dado comisión
p a r a ello en 1563 y llegó a penetrar unas 60 leguas en el interior,
sin hallar rastro del camino prometido y al fln vino a morir en
manos de los indios, logrando huir el que les servia de guía. No f u e
m á s afortunado Hinojosa. A este le había encomendado esta e n t r a -
da el Virrey Toledo, pero como decía el Conde de Nieva, teniendo
todo a punto se opuso el Dr. Barros, Presidente de la Audiencia de
Charcas, con lo cual llegó a perder unos 20000 pesos. El 17 de Julio
de 1572 escribía desde La Plata al Conde y este dio orden para que
no le estorbasen la entrada. Llegó a j u n t a r nuevamente unos 30
hombres y envió en la delantera a Pedro Vélez de Guevara con a l -
gunos de ellos, pero este echó por su lado con algunos indios y los
demás que siguieron sus huellas a pocas jornadas se volvieron a Co-
chabamba, anunciando que los demás habían sido muertos».
El hecho es que en 1682 los Oidores de Charcas respondían a la
cédula de 25 de Noviembre de 1680, en la cual se les pedia informe
sobre la reducción de los indios del gran Paititi que llevaban a cabo
el Maese de Campo, Antonio López de Quiroga y D. Benito de Ribera
y Quiroga, los cuales habían obtenido u n a provisión del Conde de
Lemos en 11 de Julio de 1669 para emprenderla. Dicen los Oidores
que el primero siendo Gobernador de Santa Cruz habia gastado más
de doscientos mil pesos en la empresa, la cual venía a sumarse a

7
R. G. de I. vol. 2, p. 154 a 161. Relación verdadera del a s i e n t o de S t a .
Cruz de la Sierra.
8
V. A. de I. Charcas. 74-4 y B. N. Madrid. Ms. j. 53, f. 364 a 365. Relación
de lo sucedido en la entrada de los Mojos. La Plata, 17 Julio 1582. Suscribe
Francisco de Hinojosa. Pub. R. A. B y M. 3.' época, tom. 2, p. 311 y s .
las di07. y sois entradas que hasta entonces se hablan intentado,
todas las cuales resultaron vanas. Con esta ocasión avisan que h a n
pasado a los Mojos cuatro religiosos de la Compañía, fuera de los
tres que ya se encontraban en sus tierras y añaden sentenciosamen-
te: "Poro en conquista de armas sobre perderse el trabajo, el soco-
rro y aun la gente con que se hace la entrada solo sirven de impo-
sibilitar más el suceso..."'.
Vino a comprobarse aquí lo que había sucedido en otros descu-
brimientos, esto es que estas conquistas estaban reservadas a los
misioneros. Sin embargo, el gobernador de S a n t a Cruz, D. Lorenzo
Suarez de Figueroa, obtuvo del Marqués de Cañete, en 1592, el permiso
necesario para hacer esta jornada de los Mojos y comunicaba a la
Audiencia el 15 de Setiembre que con este fln había dado orden a
J u a n Pérez Palomino para que levantase 300 hombres para ella. El
resultado práctico fue el haber fundado la ciudad de S. Lorenzo de
la Frontera y luego la llamada Santiago del Puerto. Por este tiempo,
el mismo Suarez de Figueroa, escribía al Provincial del Perú, P. J u a n
de Atienza, cómo estaba determinado de hacer el descubrimiento de
los Mojos y otras provincias al oriente de S a n t a Cruz y le suplicaba
le concediese algunos Padres que fueran con los soldados a predicar-
les el santo evangelio. No se realizaron sus desos de entrar a los Mo-
jos, pero en cambio alcanzó a penetrar en la comarca habitada por
los Chiquitos, acompañándole en esta jornada los PP. Diego Martínez
y Diego de Samaniego. Malogróse la empresa al poco tiempo, por h a -
berse alzado en armas los indios y hubo que desamparar la nueva po-
blación de Santiago del Puerto, retirándose todos a Santa Cruz. No
desmayó el bueno de D. Lorenzo y el año 1594 volvió a instar al P.
Martínez, Superior de la Residencia de Santa Cruz, a fln de que le
diese, por lo menos, un Padre que acompañase a los soldados que
iban a entrar a este descubrimiento. Fue señalado para esta empresa
el P. Jerónimo de Andión y del éxito de la misma hablaremos más
adelante.
Bien resumía el Intendente de S a n t a Cruz de la Sierra, D. F r a n -
cisco de Viedma, todo cuanto se había hecho por descubrir a los Mo-

* A. N. Suero. Informo sobre la Conquista del Gran Piaititi. La Plata, Agosto


21 do 10R2. Firman el Lic. Bartolomé González de Poveda y el Dr. Nicolás
Matías del Campo y Lai-rlnaga.
jos, en su Informe inédito de dicha Provincia: "Los indios Mojos
fueron descubiertos el año de 1562, según consta de la carta que es-
cribió el Cabildo de Santa Cruz en 2 de Junio de 1682 al P. Provincial
de la Compañía, quejándose del Hermano Josef del Castillo y para
ello f u n d a r o n u n a ciudad en sus límites con el nombre de la S a n t í -
sima Trinidad, donde los Gobernadores ponían sus tenientes, quie-
nes visitaban y sujetaban aquellos pueblos que fueron encomendados
por dos vidas a Gonzalo de Solis Holguin, en virtud del titulo librado
en 2 de Octubre de 1607, por ante Pedro de Arteaga, escribano público,
en cuyo estado se mantuvieron h a s t a que en el año 1671 fueron e n -
tregados a los Jesuítas" 1 0 .

4. El primer jesuíta que entró en contacto con los Mojos f u e


el P. Jerónimo de Andión, que en 1593 había sido enviado a la misión
de S a n t a Cruz junto con los PP. Moni tola, Miranda y el Hermano
Sánchez. En el año 1595 se dispuso la entrada a los Mojos y aunque
los Padres de S a n t a Cruz no eran partidarios de ir a estas entradas
no pudieron oponerse en la ocasión y fue señalado el P. Andión p a r a
que acompañase a los expedicionarios. Por el mes de Julio se dio co-
mienzo a la empresa y el 17 de dicho mes escribía el Padre lo si-
guiente. El Gobernador envió en un batel a un capitán con diez y
ocho soldados y hasta cuarenta indios y estos se embarcaron en
el Guapay y siguieron río abajo. En los primeros días no hallaron
rastro de gente h a s t a llegar a otro río muy grande en donde hallaron
dos canoas y como unos catorce indios, los cuales estaban en la pla-
ya asando como cuarenta arrobas de carne de puerco que habían
cazado. Los sorprendieron y los indios, dice el Padre, m a t a r o n a casi
todos, excepto uno porque como se defendieron con las macanas los
remataron. El sobreviviente fue llevado a S a n t a Cruz y allí murió.
Un poco más abajo de aquel punto encontraron otra canoa pero se
fugó. Al otro día vieron muchos fuegos alrededor, señal que usan los
indios para anunciar la proximidad del enemigo. Esto les obligó a
dar la vuelta.

10
B. N. París, Fond Espagnol 178, La entrada de Solis Holguin f u e t a n
efímera como las mencionadas en el texto. No es del todo cierto c u a n t o dice
Viedma. Lo de la fundación de Trinidad lo verá el lector en párrafo s i -
guiente.
En otra carta do 14 de Setiembre, decía que con no poco trabajo,
por estar la Morra Inundada, habían llegado a la tierra do los Moro-
cosis y ol capitán que continuó río abajo halló el 1 de Setiembre a
cinco indios y a uno de ellos lo envió con regalos para que atrajese
a sus compañeros. El resultado f u e que se presentaron como unos
trescientos, armados con arco y flechas y el día siguiente vinieron
más. Como se acercasen demasiado hubo que ahuyentarles y en el
entrevero mataron a algunos y un soldado español resultó herido,
muriendo luego de resultas. Alcanzaron a descubrir unos siete pue-
blos, donde tenían sús casas bien labradas alrededor de una plaza.
Se tomó noticia de algunas otras naciones, entre ellas de los Baures
y se pensaba pasar allí el invierno h a s t a que otra cosa disponga el
Gobernador cuya venida se esperaba. Esto último no tuvo lugar por-
que D. Lorenzo Suarez de Figueroa falleció en Agosto de aquel año.
El 13 de Diciembre de 1595 escribía el P. Samaniego y repetía lo
del descubrimiento de estas tribus, añadiendo que por las piezas de
plata con que se adornaban suponía que existía este metal en sus
tierras. Hasta aquí las noticias que trae el Anua del año 1595.
En la del año 159G se cita también una carta del P. Andión de
este año en la cual refiere los trabajos sufridos en esta entrada y
dice cómo después de permanecer como uno o dos meses entre los
morocosis pasaron con alguna gente a los saboyonos, quienes los re-
cibieron de paz aunque con algún recelo al principio. Sobrevino el
tiempo de aguas y, habiendo subido las aguas, empezaron a padecer
hambre porque la yuca que era el principal sustento de la gente co-
menzó a faltar. Tuvieron que recurrir a toda suerte de alimañas para
calmar el hambre y aun al cuero de las petacas. No faltaron enfer-
medades, especialmente calenturas, por lo que resolvieron volver a
Santa Cruz. Con esto y con la noticia de la muerte del Gobernador,
se abandonó la empresa. La única v e n t a j a obtenida f u e el cercio-
rarse que la región se hallaba habitada y algunos bautizos de párvulos
que hizo el P. Andión.

5. Las entradas a Mojos volvieron a repetirse, porque asi los


Gobernadores como los españoles de Santa Cruz se forjaban la ilusión
do que en sus tierras se había de hallar un nuevo Potosí. Es cierto
que on la provisión por la cual se confería el título de Gobernador
se encargaba el llevar a cabo este descubrimiento, pero en cambio
no se daban los medios Así se explica que en 1603 D. J u a n de Men-
doza Mate de Luna recluíase gente en Charcas y Potosí y se deci-
diese a hacer esta jornada. Los comienzos fueron felices, pero pronto
sobrevinieron disgustos. D. J u a n , según parece, fundó u n a población
a la cual se dio el nombre de Trinidad y envió adelante a su hijo
D. Luis de Mendoza para que con cincuenta y ocho hombres explo-
rase la tierra. A este se le rebelaron los soldados y resolvieron vol-
verse a S a n t a Cruz, quejándose de los agravios que se les h a b l a n
hecho y de que la tierra no era como se les habia pintado. Solo ocho
permanecieron fieles a D. Luis y los demás emprendieron la vuelta,
aunque más adelante se alcanzó a reducir a algunos, pero no pudo
evitarse la dispersión. El Virrey Velasco aludía, en un informe que
dio a su sucesor el Conde de Monterrey, a algunos de ellos, unos 16,
los cuales se echaron en u n a barca con el capitán Meló y no se vol-
vió a saber de ellos.
Entre tanto D. J u a n , agobiado por la falta de alimentos, pidió so-
corro a San Lorenzo y el 12 de Junio de 1603 salió el Capitán Pedro Ló-
pez Lorenzo con ocho hombres y algunos víveres. Hicieron alto media
legua más allá del río Todos Santos, el 29 de Junio y despacharon a
dos indios con cartas para el Gobernador y al cabo de seis días vol-
vieron, diciendo que habían hallado rastros de la expedición pero
no a ésta. Preguntados algunos indios de aquellos p a r a j e s dijeron que
habían continuado río abajo. Consultaron sobre lo que habían de h a -
cer y resolvieron volverse, dejando en p a r a j e visible los víveres, por
si llegaban los soldados de D. Juan 1 2 . El mismo D. J u a n de Mendoza,
escribiendo el 13 de Diciembre al Presidente de la Audiencia de C h a r -
cas, desde San Lorenzo, le refería los grandes trabajos padecidos y
la falta de mantenimientos. Tuvo que ordenar se matasen algunos
caballos, pues de lo contrario todos perecerían. Con la creciente de
los ríos salieron a buscar provisiones y socorrer a los que habia de-
11
Así consta e n las Reales Cédulas por las que se otorgaba dicho t í t u l o
a D. J u a n de Mendoza y a G o n z a l o de Solis Holguin. V. A. de I. Charcas.
74-4-13.
12
Carta de D. J u a n de Mendoza a la Aud. de la Plata. 8. Lorenzo 13 de
Dic. d e 1603. A. N. Sucre- Reales Cédulas y Cartas, vol. V. Actas de la e x -
pedición del Capitán Pero López Lorenzo a los Moxos. Pueblo de Siriono,
Prov. de Mojos, 4 de Julio 1603.
judo en ol fuerte del Espíritu Santo y trató de proseguir el descubri-
miento, poro ol 2 de Julio se produjo un motín encabezado por Fray
Juan Lozano de la Orden de la Merced y un soldado, López, por lo
cual y la mala voluntad de la gente decidió trasladar la población
f u n d a d a a un sitio más conveniente, donde fuera más fácil hallar
lo necesario para el sustento y lo halló entre los Aperionos, sobre
el río Guapay. Tuvo noticia de que en S a n t a Cruz habían ocurrido
algunos desórdenes y resolvió encaminarse allá. Llegado a San Lo-
renzo el 27 de Noviembre se sintió con tan poca salud que no pudo
continuar su viaje y proveyó por Teniente General a J u a n de Mon-
tenegro. Entre tanto, su hijo D. Luis permanecía entre los Mojos y
pedía se le enviase un sacerdote p a r a consuelo de la gente El so-
corro fue enviado y con él pasó el P. Angel Monitola, porque h a s t a
entonces los PP. de Santa Cruz, como dice el P. Barrasa, habían des-
confiado del éxito de esta expedición. Llegados al lugar adonde se
habían retirado los que acompañaban al Gobernador, hallaron que
de los cincuenta que eran, solo quedaban con vida trece de ellos y
los más enfermos y desalentados. En cuanto a los que habían pe-
netrado más allá, éstos se vieron cercados por los indios y tuvieron
que defenderse tras la empalizada que habían construido a m a n e r a
de fuerte. Tal vez habrían sucumbido todos a no haber llegado en
tan aflictivas circunstancias el socorro que traía el P. Monitola. A
pesar de esto, juzgaron todos que convenía retirarse y, después de
tres meses de penosa marcha, durante la cual no cesaron de hosti-
garles los indios, llegaron a Santa Cruz, despesados y maltrechos 14.
A esta infructuosa tentativa se sucedieron otras llevadas a cabo
por D. Antonio Paniagua, D. Gonzalo de Solis Holguin y D. Cristóbal
de Rojas y Sandoval, Gobernadores de Santa Cruz en los años 1615,
1619 y 1634, respectivamente; todas las cuales, dice el P. Barrasa,
"pararon más en asonadas y apercibimientos y otras en sumas in-
comodidades sin f r u t o " En alguna de estas expediciones, como en

" V. la carta antes citada de D. Juan.


14
La Audiencia de La Plata daba cuenta a S. M. del infeliz suceso de
esta Jomada en carta de 15 de Febrero de 1608. A. de I. Charcas 74-4-3.
" V. en confirmación de lo dicho lo que escribe el Gobernador Ñuño de
lu Cueva a S. M. sobre el descubrimiento de Gonzalo de Solis a 20 de Enero
de 1021 v primero de Marzo de 1623. A (le X. Charcas. 74-4 12 y 38.
la realizada por Solis Hloguin, acompañó a los soldados un P a d r e
de la Compañía, Jerónimo de Villarnao; en las demás no consta
que fuera alguno de los nuestros. Posteriormente hubo otras dos:
la u n a fue solicitada por Pedro de Iriarte, según lo dice en una car-
ta a S. M. el Presidente de la Audiencia de la Plata, D. J u a n de Li-
zarazu 16; la otra tuvo por cabeza al Adelantado D. Benito de Rivera
y Quiroga, el cual, según se dice en la leyenda de un m a p a antiguo
de Mojos "emprendió con grande aparato de gentes y dinero la con-
quista de estas naciones, no tanto por ellas quanto por hacerse paso
en busca de las riquezas decantadas de el gran Paititi. Pero las mis-
mas dificultades del pais desbarataron su gente y desvanecieron sus
intentos". El hecho es que en 25 de Noviembre de 1680 se enviaba u n a
Real Cédula a la Audiencia de la Plata y en ella se decía que D. Be-
nito hacía nueve años que entendía en la conquista de el Paititi,
adonde había entrado su tío, Antonio López de Quiroga con despachos
que le dio el Conde de Lemos y había gastado como trescientos cin-
cuenta mil pesos en la empresa y el mismo D. Antonio habia escrito,
expresando sus servicios y pidiendo alguna ayuda de costa y el tí-
tulo de Conde de Pilaya y Paspaya 1 7 . No sabemos lo que respondería
la Audiencia pero todo debió quedar en nada, pues la reducción de
los Mojos la destinaba la Providencia a los hijos de Ignacio.
16
A. de I. Charcas 74-4-6.
17
A. de I. Charcas 74-4-10.
CAPITULO II

Primeras exploraciones

1. El H. J u a n de Soto entra en relación con los Mojos: expedición del


Maese de Campo J u a n de la Hoz Otálora (1667-1668) — 2. Entrada del
H. José del Castillo: su relación. — 3. El P. Provincial, H e r n a n d o Cavero
envía a esta Misión a los PP. Pedro Marbán y Cipriano Barace. J u n t a de
los Misioneros. — 4. Es enviado a Lima el H. Castillo. Viene en calidad d e
Visitador el P. Luis Sotelo. — 5. El P. Hernando Saavedra decide impulsar
la Misión.

1. El comienzo de la misión vino por donde menos se esperaba.


Algunos indios habían comenzado a entablar relaciones comerciales
con algunos vecinos de San Lorenzo y como, por fortuna, los acogían
de buen grado, no faltó quien los animase a pasar a S a n t a Cruz, en
donde podrían con más facilidad negociar los productos que saca-
ban de sus tierras. Algunos de estos indios trabaron amistad con el
Hermano J u a n de Soto que hacía oficio de enfermero en aquella re-
sidencia y, viendo su buen natural, pensó en volverse con ellos y
conocer sus tierras. Pidió licencia a los Superiores y con su bene-
plácito se dirigió a ellas en compañía de los indios y de algunos es-
pañoles que también deseaban conocerlas. Según parece, alcanzó a
reconocer sus pueblos en donde fue bien recibido, atrayéndolos el
Hermano con algunas baratijas y, u n a vez informado de su condi-
ción y estado, se volvió a S a n t a Cruz. No mucho después algunos in-
dios amigos que venían a esta ciudad, trataron de que se les ayudase
en la guerra que sostenían con los Cañacures o Cañacuries, cosa que
no repugnaron los vecinos, pues por este medio se consolidaban las
buenas relaciones que mantenían con los Mojos y se ofrecía la oca-
slón rio cautivar a algunos Indios. Organizóse la expedición, en la
cual hablan de tomar parte como unos ochenta soldados y se puso
a las órdenes del Maese de Campo D. J u a n de la Hoz Otálora y del
Sargento Mayor D. J u a n de Arredondo.
Era superior de la residencia de Santa Cruz el P. J u a n Polanco y,
habiéndole pedido que el H. J u a n de Soto los acompañase, accedió a
ello, poro dispuso que fuera también en su compañía el P. José Ber-
m u d o S a l i e r o n todos de Santa Cruz el 10 de Setiembre de 1668
llevando como unos treinta indios yanaconas y hasta trescientas
treinta muías de caballería y carga. Siguieron el mismo rumbo que
en la entrada precedente y, llegados al Río Grande o Guapay, se em-
barcaron en canoas, b a j a n d o por el mismo h a s t a su encuentro con
el Yapacani. A partir de este punto les salieron al encuentro los
Mojos, trayendo en sus canoas bastante agasajo, con t a n buena vo-
luntad que no hay palabras para ponderarlo, dice el H. Soto en su
carta al P. Provincial 2 . Continuaron su ruta hasta hallar un sitio
a propósito para población y lo encontraron en el pueblo del cacique
Meru, el cual cedió gustoso el terreno y se pasó a vivir en otro cer-
cano. A esta nueva población pusieron por nombre Trinidad y desde
ella escribía el Hermano el 3 de Noviembre. Dejaron allí algunos sol-
dados y al P. Bermudo y el Maese de Campo con el H. Soto y los
demás pasaron a los indios Motilones, llamados así por tener el ca-
bello corto, los cuales se defendieron valientemente y dieron mues-
1
El H e r m a n o S o t o envió al P. Provincial Luis J a c i n t o d e Contreras, u n a
relación de e s t a e n t r a d a , f h a . e n La P l a t a el 30 de E n e r o de 1668. (V. A p é n -
dice n.° 1) D i c e el H e r m a n o que salió de S a n t a Cruz el 25 de A g o s t o de
1667 c o n algunos soldados que i b a n a las órdenes del M a e s e de C a m p o D.
Antonio de Coca y Aguilar y del C a p i t á n T o m á s A l f o n s o de Sosa. C o n d u c í a n
el b a g a j e unos 40 indios c o n 300 muías. Llegados al R í o Grande, b a j a r o n por
él en c a n o a s y les salieron al e n c u e n t r o a l g u n o s indios amigos. Con s u a y u d a
llegaron al M a m o r é y de aquí p a s a r o n a h a c e r u n e s c a r m i e n t o e n t r e los
Cafincurcs; entre t a n t o el H e r m a n o a p r o v e c h ó el t i e m p o p a r a catequizar a
los indios. U n a vez castigados los C a ñ a c u r e s d e d o n d e « a c a r ó n b a s t a n t e s
indios cautivos, volviéronse a S a n t a Cruz. E n S a n Lorenzo recibió o r d e n de
pasar a La P l a t a a dar c u e n t a al P r e s i d e n t e de la Audiencia de lo h e c h o y
desde anuí escribió al Provincial, r e m i t i é n d o l e u n m a p a que por i n d i c a c i o n e s
suvns I1I7.0 el P. de Guevara.
!
Curta del II J u a n de S o t o al Provincial. Trinidad de Mojos, 3 de Nov.
lCfiH. (V. Apéndice N.° 2).
Mapa de la Misión de Mojos ¡¡« / . charco».
Año 1764 1S5—4 — W3.
tras de gran coraje, de modo que los mismos españoles estaban ad-
mirados. Apresaron a unos doscientos cuarenta, incluyendo mujeres
y niños. Satisfechos con este botín, se volvieron todos a Trinidad,
desde donde se hicieron algunas excursiones para reconocer la tierra.
El P. Bermudo logró bautizar algunos párvulos y aun moribundos,
pero a los ocho meses de su estancia allí, tuvo por conveniente e n -
viar al H. Soto a Santa Cruz, con una carta para el P. Provincial, en
la cual le daba cuenta del éxito de la entrada y de la buena dispo-
sición en que se hallaban los indios para recibir el evangelio. (V.
Apéndice N.° 3). En ella le decía lo siguiente: "Habiendo visto toda
la Provincia de los Mojos que tiene de distancia, desde el primer
pueblo hasta el último, setenta leguas por el rio, poco más o menos,
hallé que hay en esta distancia ochenta pueblos y en ellos habién-
dolos contado, hallé que había cuatro mil ochocientos noventa y cinco
personas y todas a una desean tener a los Padres en sus pueblos para
que los instruyan y confío en Dios que por el natural dócil y blando
de estos indios, con facilidad abrazarán en breve nuestra s a n t a re-
ligión. Lo que yo ruego a V. R. es que haga la caridad de enviarme
Padres misioneros fervorosos y los que vinieren por aquí traigan al-
t a r portátil".
Mientras esto se escribía ya el P. Provincial, Luis Jacinto de Con-
treras, así por la relación que tenía de los nuestros como por el inte-
rés que mostró el Conde de Lemos en que fuese adelante esta misión,
había resuelto que pasase a ella en calidad de Superior el P. Julián
de Aller, que estaba en Chuquisaca. Dirigióse este Padre a Santa Cruz
y allí le encontró el H. Soto, con cuya ayuda comenzó a disponer su
entrada en los Mojos. El 28 de Julio de 1668 llegó el Padre a la ciudad
y ese mismo dia llegó el Hermano, que había traído en su compañía,
en diez canoas a muchos indios y entre ellos a los caciques más cer-
canos al pueblo de Trinidad, a quienes así en San Lorenzo como en
S a n t a Cruz se trató de agasajar. Pudieron hacer sus rescates, como
se decía entonces, o sea negociar las telas y otros objetos que ha-
bían traído para vender y, hecho esto, volviéronse al puerto a fln de
embarcarse. En cinco canoas se retiraron y dejaron las otras cinco
para que en ellas pudiesen hacer su viaje el Padre y el Hermano y
los que les acompañaban. Cuando el P. Aller llegó al puerto el 4
de Agosto, ya no quedaban sino cuatro canoas y unos once indios,
pues los demás no hablan querido aguardar por la impaciencia de
volver a sus tierras.
Apresuró el Padre el embarque de los indios y del bagaje que
traían y por falta de lugar no fue posible que le acompañaran u n
cabo y cuatro soldados que el Gobernador de San Lorenzo, D. Sebas-
tián de Salavarrieta, había dispuesto que pasasen con él a Mojos,
por haberlo ordenado así el mismo Virrey. Fue especial providencia
de Dios el que asi sucediese, para desvirtuar la especie que corría
entre los indios, de ser nosotros como avanzadas de los españoles.
El 5 de Agosto pasaron por las tierras de los Chiquitos y siete días
más tarde llegaron al río Piray, de donde continuaron río abajo, re-
cibiendo en el trayecto muchas muestras de aprecio de los indios
ribereños. Por ün, en los últimos días de Agosto llegaron a Trinidad,
saliendo a recibir al P. Aller el P. Bermudo, convaleciente de una
larga enfermedad. Muy gratas fueron las primeras impresiones que
del trato y costumbres de los Mojos recibió el Superior. En su Re-
lación dice: "Desde que puse los pies en esta tierra, es t a n t a la m u -
chedumbre de lenguas y naciones que h a n venido, t a n seguras por
el agasajo que se había divulgado, que no podré significar a V. R.
lo que vi". (V. Apéndice N.° 4). El 9 de Setiembre, o sea, cuando solo
llevaba en la comarca unos veinticinco días, como él mismo dice en
su Relación, escribe ésta, dando cuenta de lo que h a visto y de las
costumbres y carácter de los Mojos. Se muestra francamente opti-
mista y, dándose cuenta de la necesidad de conocer su lengua, se
entrega de lleno a esta tarea, de modo que en once dias sabe lo
bastante para darse a entender. "Tiene cinco clases de verbos, dice,
los cuales se reconocen, no por la final en que acaban sino por una
de las notas en que comienzan, que son na, ne, ni, no, nu; tiene
todos los modos y tiempos, partículas muchas y grande frecuencia
de vocales... La lengua que más me h a ayudado para esto es la chi-
rlguana o guaraní... ella es hermosísima y copiosa, menos para cosas
sagradas...". Hizo catecismo y las oraciones en ella y todo se lo leyó
a un indio muy entendido, el cual le oyó con mucha atención y al
ílnal le dijo que todo estaba muy bien.
Pese a tan halagüeños principios pronto se empezaron a experi-
mentar las dificultades que siempre lleva consigo la conversión de
estas gentes. Empezaron los indios a alejarse y aunque se trató de
retenerlos, pero no se consiguió del tod (luyó poco en el des-
bande la conducta de algunos soldados "S que llegaron a Tri-
nidad para servir de presidio. Según dii Antonio de Orellana,
en la carta que escribió al P. Martín de Jáuregui y reproducen las
Anuas de 1685 a 1688, por influjo de los hechiceros llegaron h a s t a
querer a t e n t a r contra la vida de los misioneros. Estos tuvieron por
conveniente el retirarse y el P. Aller alcanzó a encontrar canoa que
lo condujese al puerto, de donde pudo pasar a San Lorenzo 3 . Sin
embargo, él y sus compañeros estaban persuadidos que esta tormenta
pasaría y que la empresa no debía abandonarse. Visitaba por enton-
ces la Provincia del Perú el P. Hernando Cavero y, juzgando por las
noticias que se le dieron, que era de la gloria de Dios continuar esta
obra de la evangelización de los Mojos, resolvió enviar el año 1674
dos buenos operarios, a cuyos esfuerzos se debería el llevar a feliz
término la empresa.

2. A entrambos les precedió un humilde Hermano Coadjutor,


José del Castillo, cuyo nombre hay que asociar al de los PP. Pedro
Marbán y Cipriano Barace, pues todos vinieron a ser los verdaderos
fundadores de esta gloriosa misión.
El P. Pedro Marbán era natural de Tiedra, en la Provincia de Va-
lladolid y, habiendo perdido a su madre de corta edad, quedó al
cuidado de una tía suya. Su padre lo envió a estudiar a Villagarcía y,
una vez que terminó las humanidades, lo encaminó a Salamanca,
donde tenía algún pariente. En esta ciudad se determinó a e n t r a r
en la Compañía y, aprobada su vocación, pasó al Noviciado de Vi-
llagarcía. Los estudios de artes los hizo en Soria y al fln de ellos fue
enviado a Bilbao a enseñar gramática, después de lo cual pasó a
Valladolid a oir teología. Ya entonces manifestó a los Superiores sus
deseos de pasar a las Indias, pero solo en el cuarto año le fue con-
3
El P. Aller hubo de retirarse a La Paz, por el delicado estado de su
salud. E n este Colegio falleció el 26 de Octubre de 1673, siendo Rector del
mismo. Había nacido en Valencia y vino al Perú en la expedición que trajo
el P. Bartolomé T a f u r en 1646. Llegado a Lima f u e enviado a Juli, donde
aprendió el aymara y fue superior de aquella casa. P a s ó a regir el Colegio
de Potosí y, según parece, se le envió a Chuquisaca con el m i s m o cargo. D e
aquí pasó a Mojos. Murió a los 55 años de edad, 40 de Compañía y 20 de
Profesión. Escribió su Carta de Edificación el P. J u a n de Manzanedo.
cedida esta gracia. Había venido a España en calidad de Procurador
el P. J u a n d o Ribadeneira y este llamó al Hermano Marbán a Sevilla,
donde se preparaba la expedición. En esta ciudad recibió las órdenes
sagradas y celebró su primera misa. Aquí vino a juntársele otro jo-
ven navarro, Cipriano Barace, natural de Isaba en el valle del Ron-
cal, donde naciera en 1641. Todavía niño fue enviado a Valencia, a
casa de un hermano suyo y con su ayuda empezó la carrera ecle-
siástica. Faltábale poco para ordenarse cuando Dios lo llamó a la
Compañía y el ya citado P. Ribadeneira lo admitió, con licencia que
tenía de nuestro General para la Provincia del Perú. En tanto que
salía la expedición fue enviado al noviciado de Tarragona y al cabo
de algunos meses fue también llamado a Sevilla, de donde partió
con sus demás compañeros en el año 1672. En Lima terminó su no-
viciado y, como tenía ya los estudios necesarios para poder ordenarse,
recibió en esta ciudad la unción sagrada. Tan grande era su deseo
de consagrarse a la evangelización de los indios que su primer pen-
samiento fue pedir lo enviasen a Chile donde la Compañía tenía
misiones vivas, pero el P. Visitador, Hernando Cavero, lo retuvo por-
que pensaba emprender la reducción de los Mojos.

En efecto, el año 1674 escogió el Padre a los PP. Antonio Moro,


Cipriano Barace y al Hermano José del Castillo para esta misión.
Hallándose en Arequipa por el mes de Junio, redactó unas instruc-
ciones que debían servir de norma a los misioneros y vamos a ex-
tractar. Por entonces se decidió sustituir al P. Moro por el P. Marbán,
pues en la tercera de las instrucciones, donde se dice: Será supe-
rior desta Misión el P. Moro, aparece este nombre tachado y sobre
la tacha se lee Pedro Marbán. He aquí las instrucciones: "1. Aviendo
en años pasados intentado hazerse esta misión y entrado varios P a -
dres para este efecto y por accidentes contrarios no surtido el su-
ceso que se deseava, ha parecido se vuelva a intentar, haviendo sido
informado de la esperanza que desta misión ay y de su estado y
consultándolo varias veces y para que se consiga lo que se pretende
doy la instrucción siguiente. 2. El fln principal que h a n de llevar los
que van a esta misión es ir por exploradores para que con las noticias
que dieren de lo que vieren y experimentaren se tome la resolución
conveniente.
3. Será superior desta Misión el P. Pedro Marbán, independien-
temente del Superior de Santa Cruz. Doile j u n t a m e n t e facultad en
lo espiritual en los casos reservados que se sueleh o pueden ofrecer...
y todo lo que se ofreciere lo consulte con dichos compañeros... 4. Han
de observar lo siguiente: la disposición de los pueblos, su número y
el de la gente que cada uno tiene y el que tiene toda la Provincia.
5. La disposición que ay en ellos para recivir la doctrina del Evan-
gelio... 6. Si toda la nación de los Moxos es u n a lengua o muchas y
para que con más facilidad pueda aprenderla, desde luego llevará
V. R. el Arte y Vocabulario que hizo el P. Julián de Aller y está en
S a n t a Cruz... 11. Qué esperanzas se puede tener de fruto, empren-
diendo la Compañía la dicha Misión y, pareciendo ser a propósito,
qué número de sujetos será menester de presente. 12. En dicha mi-
sión h a n de gastar el tiempo necesario por lo menos u n año o más
para recorrer todo lo dicho y reconocerlo por experiencia... 13. P a r a
esta misión acude el Colegio de Chuquiabo con mil pesos de los ré-
ditos de diez mil pesos de principal que dejó u n a persona de Potosi
para misiones de indios de infieles y, no haciéndose, los goce dicho
Colegio con que si se entabla proseguirá dando quinientos pesos en
cada un año... y asi mesmo se cobrará del P. Superior de S a n t a Cruz
todo lo que quedó el año pasado por cuenta de la Misión, cuya memo-
ria lleva el H. José del Castillo... 14. Después de haverlo visto todo
despacio, hagan consulta los tres e i n f o r m a r á n de todo lo que con-
tiene esta instrucción al P. Provincial con toda claridad... Hecho
dicho informe, salga el H. Castillo a Chuquisaca o Cochabamba con
él. En Santa Cruz pidan favor al Gobernador y las dos lenguas que
hay pagadas por S. M. Al Obispo pidan las licencias y no lleven sol-
dados consigo. Arequipa, 25 de Junio de 1674. Hernando Cavero 4 .
El Hermano José del Castillo que muchas veces había oído hablar
al Hermano Soto de los Mojos y de la buena disposición que habla
en ellos, había concebido hacía tiempo el plan de entrar en sus
tierras y este deseo se había avivado al tropezar en Santa Cruz con
muchos de ellos, cuando venían a la ciudad a sus rescates. Alcanzó
a verse con el P. Cavero en tiempo que este realizaba la visita y
este le dio buenas esperanzas. Habiendo salido de Lima los dos P a -
4
B. N. Lima Ms. 0012. — Copia en el Arch. Rom. S. J. Peruana. Histo-
ria. 11. N.° 155.
ilrrs antes citados llegaron a Santa Cruz y aquí comenzaron a tratar
de su entrada. Pasaron, según parece, al puerto del Guapay, distante
como unas seis leguas de la ciudad y aquí hallaron algunas canoas
ele los Mojos. Como estas eran frágiles embarcaciones, no creyeron
prudente los misioneros arriesgarse en ellas y poner en peligro la
carga que traían. El Hermano José, se ofreció entonces a acompañar
a los indios, a fin de obtener que enviasen canoas a propósito para
la conducción de los Padres y del bagaje. Partió el Hermano por el
mes de Mayo, acompañado de un mojo que le servía de intérprete y
habia conocido en S a n t a Cruz. Llegó felizmente a sus tierras y con
su buena gracia y algunas baratijas que había llevado consigo se
logró atraer la voluntad de los caciques y les persuadió cuán conve-
niente era que fuesen en busca de los Padres que venían a vivir en-
tre ellos logrando convencerlos. Reuniéronse h a s t a una docena de
canoas con sus respectivos remeros y al punto partieron para el
puerto, adonde llegaron a mediados de Junio.

4. Embarcáronse los misioneros el día de San Pedro y todos co-


menzaron a b a j a r el rio Guapay hasta su confluencia con el Mamoré.
Después de once días de navegación, pusieron los pies en el primer
pueblo de Mojos, en el año 1G75 5. El recibimiento prometía más de lo
que en adelante se vio, porque el pueblo en donde se establecieron
estaba metido en la selva, un tanto alejado del río y los habitantes
apenas llegaban a un centenar. Los misioneros empezaron a sentir
los efectos del clima y de la alimentación, pero con todo no se des-
alentaron y, cumpliendo las órdenes recibidas, salieron a explorar
el terreno y conocer la tierra. En esto pasaron algunos meses y,
mudaron de habitación, buscando lugar más cómodo, pero no consi-
guieron que todos los indios los siguiesen. Pasó de esta manera cerca
de un año y, de acuerdo con una de las instrucciones del P. Cavero,
redactaron todos tres una extensa relación, la cual firmaron el 20
de Abril de 1G76 y entregaron al Hermano Castillo para que este la

' Dicc el P. Altamirano que llegaron el día de S. Pedro Apóstol, pero t a n t o


el P. Marbán como el P. Orellana dicen que en ese día se embarcaron en
el C'.unpny. V. Breve Noticia de las Misiones de Infleles que tiene la Com-
pañía do Jesús desta Provincia del Perú en la Provincia de los Moxos, com-
puesta por el P. Marbán. A. de I. Lima 71-5-32. Cartas y Expedientes del
Virrey de Lima. 1077-170G.
condujese al P. Provincial 6 . La relación empieza con estas palabras:
"Ya, Padre mío, se h a llegado el tiempo en que para cumplir con
el órden de V. R. nos vemos obligados a darle relación muy por ex-
tenso de lo que habernos oido y experimentado en esta Provincia de
los Mojos, p a r a que, sabiendo V. R. lo que pasa, determine lo que de-
lante de Dios pareciere más conveniente para el servicio de su Divi-
n a Magestad...*'.
Por lo que hace al clima y a la naturaleza del terreno el P. Marbán
no hace sino repetir lo que ya tenemos indicado. De sus costumbres
dice que parecen más morigeradas que las de otros indios bárbaros,
siendo menos frecuentes entre ellos la embriaguez y la poligamia,
a u n cuando algunas veces practican el infanticidio. Acerca de Dios
tienen una idea muy vaga y en cuanto vivir a órdenes de otro, es cierto
que tienen sus caciques, pro estos apenas sí hacen uso de su dominio
en ocasiones de guerras. La población la calculaban en unas seis mil
almas, al menos en la zona por ellos visitada. En punto a enfermeda-
des, todos las h a n padecido, empezando por un muchacho que t r a -
jeron de S a n t a Cruz. Siguióle luego el P. Barace que estuvo muy malo
con unas calenturas, mas al fin con unas sangrías y algunas purgas
se vió libre de ellas. El último en caer fue el P. Marbán que también
logró convalecer. Respecto a su disposición para recibir la fe, decían
así: "En muchas partes se les preguntó si gustarían de que viniesen
Padres a sus tierras y respondieron que si; esto dicen con la boca, pe-
ro qué es lo que dicen con el corazón, solo Dios lo puede saber... Una
cosa me parece que podemos decir con seguridad y es que en el pueblo
en que estamos... no habrá repugnancia ninguna en dejar bautizar
los hijos moribundos ni ellos dejarán de recibir el bautismo, cuando
estuvieren para morir, si no es que las cosas se muden, pero que de
comunidad se hagan cristianos en vida no lo podemos asegurar... Has-
ta ahora no habernos bautizado más que dos, porque no se nos ha
ofrecido ocasión para más. El uno fue un niño de pocos días... el otro
f u e un cacique de un pueblo, llamado de Jatiruenos; estaba este bien
enfermo cuando pasamos por su pueblo, pero hicimos juicio que no

" La entregó en Lima el H. José al P. Cavero. Aquí se sacó copia de ella.


Pub. en el Bol. de la Soc. Geográfica de La Paz. Año 1, N. 1 (Enero 1 de
1898) por Man. Vicente Ballivián. La remitió a R o m a el P. Cavero y puede
verse en Arch. Rom. S. J. Copia en Mss. C. V. 50.
moriría tan aprisa. Pasamos adelante y, después de un mes volvi-
mos y le hallamos muy al cabo. Procurárnosle persuadir que reci-
biese el bautismo y se hiciese hijo de Dios si no quería ir al infierno.
Al principio decía que no quería pero hicimos juicio que no nos en-
tendía. Al fin nos entendió. Fuímosle instruyendo en las cosas de la
fe y es cosa admirable que los que le asistían le persuadían que cre-
yese cuanto le decíamos. Bautizóse al fin y fue tanto el gozo que
recibió que 110 se cansaba de repetir que ya era hijo de Dios.
En cuanto a la seguridad de la vida, dicen que hasta entonces no
se han visto en peligro, pero confiesan que no por eso pueden con-
siderarse seguros, pues, desde la salida del P. Aller h a n sucedido dos
o tres casos que demuestran que en ocasiones no vacilan en quitar
la vida a los que penetran en sus tierras. Por último, advierten que
si su Paternidad tiene por conveniente el que prosiga la misión con
el envío de cuatro Padres y un Hermano habrá bastante por entonces.
Esta relación la llevó a Lima el Hermano José y allí se vio despacio
todo cuanto decían los misioneros. Estos quedaron solos en Mojos y
allí ambos hubieron de sufrir bastante, en especial el P. Barace, que
gran parte del tiempo la hubo de pasar tendido sobre los lechos de
carrizos que se usaban en la misión. El P. Marbán aprovechaba el
tiempo para perfeccionarse en la lengua y en parte lo imitaba el
P. Barace, valiéndose de los muchachos que acudían a nuestra casa.
El P. Cavero no envió por el momento refuerzo alguno, pero dispuso
que pasase a Mojos el Superior de S a n t a Cruz, P. Martin de Lituria
o Leturia. Ignoramos si al Padre llegó a emprender este viaje, pero
nos inclinamos por la negativa, porque de él no h a quedado rastro.
En cambio el sucesor del P. Cavero, el P. Francisco del Cuadro re-
solvió que pasasen a Mojos el P. Clemente de Igarza y el P. Luís
Sotelo, este último en calidad de Visitador.

5. Entre tanto, el Hermano Castillo había emprendido la vuelta


a su querida misión y sin detenerse en Santa Cruz partió para Mo-
jos, llevando algunas provisiones y también aquellos utensilios que eran
tan del gusto de los indios, como machetes, cuchillos etc. Mucho se
alegraron los Padres Marbán y Barace de la vuelta de su compañero
y también los indios dieron muestras de su complacencia. No mucho
después arribaron al pueblo asi el P. Sotelo como su compañero P.
Igarza. Este pudo tocar con la mano las diflcultads que se oponían
al progreso de la misión, pero no quiso resolver por si mismo y, después
de algunos meses, celebró una j u n t a con los misioneros y de común
acuerdo firmaron un dictámen, que había de ser enviado al P. Pro-
vincial, en el Pueblo nuevo de Moxos el 28 de Julio de 1678. (V. Apén-
dice N.° 5) Empiezan los Padres por dar noticia de los pueblos que se
encuentran desde el puerto del Guapay h a s t a el Mamoré y a u n m á s
abajo de este río, calculando los días que se necesitan para ir de u n
pueblo a otro. Respecto al clima repiten lo que ya era conocido, pero
advierten que con el tiempo y habitación continuada h a n de dismi-
nuir las molestias derivadas del calor, la humedad y los mosquitos.
En cuanto al punto si había seguras esperanzas de que creciera el n ú -
mero de indios que habitaban en pueblo donde residían los Padres,
el P. Marbán aseguró que dentro de tres o cuatro meses el número de
habitantes llegaría a 200, el P. Igarza fue de la misma opinión, a u n -
que con lo pasado parecía todo ir muy despacio, el P. Visitador que se
detuvo unos días más, pudo comprobar que en efecto se iban agregan-
do algunos y había ya veinte casas; el P. Cipriano no negó que habla
alguna esperanza, pero en vista de lo pasado tenía alguna duda. En
cuanto a si recibían bien o mal lo que se les predicaba todos fueron
de parecer que les habían oído con docilidad, salvo, según el P. Barace
en un pueblo de Ayaboronos, Si a esto se añadía el que habían m a n i -
festado que cumplirían con las obligaciones de cristianos y pedían
ser bautizados, no se podía desconfiar de su conversión.
Este informe fue enviado al Provincial y el resultado lo veremos
después. Mientras tanto, el P. Sotelo decidió que el P. Barace le acom-
pañase a S a n t a Cruz, por el mal estado de su salud. Las fuertes t e r -
cianas que lo habían aquejado, habían debilitado bastante su organis-
mo y una calentura casi continua lo incapacitaba para el trabajo. An-
tes de su partida o sea el 7 de Mayo de 1680 escribía al P. Provincial
una carta, en la cual se mostraba bastante pesimista respecto a la mi-
sión. Por lo pronto decía abiertamente que el número de h a b i t a n t e s
que se señalaban a la Provincia de los Mojos era pura f a n t a s í a del
Hermano Castillo, a quien no se debía creer, pues exageraba de todo
punto en lo que escribía. En su sentir había pocas esperanzas de que
esta misión fuese adelante y diese f r u t o y juzga que el P. Sotelo, leídos
los informes de los misioneros, era también de este parecer, pero con
lodo habla resuelto que se prosiguiese con esperanza de que las cosas
hablan de mejorar. Leído atentamente su informe, que reproducimos
en el Apéndice (N.° G) colegimos que debió influir mucho en este do-
cumento su estado de ánimo y la enfermedad que lo aquejaba y h a -
bla debilitado notablemente. Pasó a S a n t a Cruz y desde esta ciudad
volvía a escribir el 10 de Setiembre. Aquí mejoró notablemente, de m a -
nera que, pasado algún tiempo, pudo ser enviado a los Chiriguanos
en compañía del P. Clemente de Igarza, que había dejado también
la Misión. Tuvo su origen esta entrada en la decisión que tomó el
Gobernador, D. Jerónimo de la Riva Agüero, de hacer algunos prisio-
neros en el pueblo más próximo, a los cuales se siguió causa y se les
condenó a muerte. Sabedores los indios de esto, vinieron a pedir Padres
a Santa Cruz, ofreciendo que se harían cristianos, pero en realidad
únicamente para ver si de esta manera evitaban la muerte de sus
compañeros. Entraron los dos Padres en el año 1680 pero pronto se
convencieron que estaban lejos de querer aceptar la fe y a los
ocho meses dejaron ese campo. El P. Clemente de Igarza vino a falle-
cer en Santa Cruz el 17 de Febrero de 1683 y en cuanto al P. Barace,
este, una vez repuesto de sus males y, sabiendo el sesgo favorable
que iban tomando las cosas en Mojos, volvió a ellos, donde como ve-
remos habia de perder la vida, después de algunos años de fecunda
labor.
En Mojos solo quedaban el P. Marbán y el Hermano Castillo y
tanto la perseverancia de estos dos buenos misioneros como el te-
mor de que los desamparasen del todo y les faltase-su ayuda, fue
ablandando poco a poco sus corazones e hizo que creciese el número
de los que habían hecho sus casas en el pueblo donde residían los
Padres. Corría por entonces el año 1681 y el P. Hernando de Saavedra
que había sucedido como Provincial al P. Francisco del Cuadro, re-
solvió enviar un refuerzo a la misión y parece que dio a conocer su
propósito a íln de que se ofrecieran voluntarios. Muchos respondieron
a su llamamiento y entre ellos algunos sujetos insignes de la Pro-
vincia, pero el P. Saavedra escogió por entonces solo dos: los PP. An-
tonio de Orellana y José de Vega, el primero de los cuales se encon-
traba entonces en el Colegio del Cuzco. J u n t a m e n t e con esto y, des-
pués de haberlo consultado con algunos Padres graves, decidió auto-
rizar a los misioneros para que administrasen el Bautismo a los ya
instruidos en la doctrina cristiana.
Pusiéronse en camino ambos Padres y llegaron a la misión en los
primeros días del año 1682. Su venida llenó a todos de contento y
empezaron los preparativos para la solemne ceremonia del Bautismo
de los neófitos, escogiendo para esto el día 25 de Marzo, fiesta de la
Anunciación. Bautizáronse más de 500 almas y f u e grande el con-
suelo de los misioneros, al ver cómo habían ganado para Cristo a
los que antes vivían en la esclavitud del Demonio. Diose a este primer
pueblo el nombre de Loreto, en razón del día, y vino a sér uno de
los principales de esta conquista. Por el libro de Bautismos, que, de-
teriorado, se conserva en el Archivo de nuestro Colegio de La Paz
y se abrió en este día, aparece que los primeros en recibir el agua
regeneradora fueron los Caciques y la anotación es esta: "Llaman
Yucu; llamóse D. Ignacio... su nieta se llamaba... Fue su padrino el
P. Pedro Marbán..." 7 . Alentados por este triunfo, continuaron los
misioneros su labor y el siguiente año lograron que se redujesen tres
parcialidades y que los bautizados llegasen a 750, fuera de los p á r -
vulos que se bautizaban entre año. De este modo la reducción de
Loreto iba en aumento y había que pensar en proveer de sustento
a todos sus habitantes. El remedio fue introducir en esos llanos el
ganado vacuno, como ya lo habían sugerido en la carta que enviaron
al P. Francisco del Cuadro, a raiz de la visita del P. Sotelo. Tomó a
su cargo esta empresa el animoso P. Barace y se encaminó a S a n t a
Cruz a fin de traer el número de cabezas necesario para su multipli-
cación en el país. Llegado a la ciudad, empezó a reunir algún ganado

7
Es un libro en folio men. forrado en cuero. En una de las cubiertas
a la vuelta se lee: Libro de 106 B a u t i s m o s que se hizo en este pueblo de
Loreto a los principios de su fundación por los años de 1682 y corre hasta
el presente siglo, a ñ o de 1700. Los bautizados aparecen agrupados por p a r -
cialidades y las primeras Armas son las de los PP. Marbán, Orellana y Barace,
pero en el a ñ o 1684 ñgura la del P. Vega. En 1689 Arma el P. J u a n d e Espejo
y luego el P. Agustín Zapata y el H e r m a n o Gregorio de Solis. E n 1690 el
H. Alvaro de Mendoza. En 1692 el P. Lorenzo Legarda; en 1693, Ignacio de
Sotomayor; en 1697 José Javier de Leyden; en 1698 Estanislao Arlet; este
mismo a ñ o Diego Antonio Morillo: en 1699 José de Vargas y Antonio G a -
rriga; en 1700 los PP. Mayorana y Diego Ignacio Fernández.
y ni mismo tiempo púsose a aprender el oficio de tejedor a fin de
adiestrar a los indios en el oficio y enseñarles los procedimientos más
perfectos que se usaban en el Perú. Habiendo juntado hasta doscien-
tas roses, pidió algunos indios prácticos para que le ayudasen a con-
ducirlas y a la cabeza de todos salió de S a n t a Cruz. No era fácil
salvar las 70 leguas que era forzoso cruzar hasta la reducción de
Loreto y por caminos llenos de arbustos y maleza y habiendo de es-
guazar ríos de rápida corriente, pero todas estas dificultades las ven-
ció su constancia y, aunque sufrió algunas pérdidas, después de cin-
cuenta y cuatro días de penosa marcha llegó a Loreto con ochenta y
seis cabezas de ganado. Este se multiplicó en breve tiempo, como h a -
bia sucedido en el Paraguay y creció tanto su número que bastaba
con mucho a satisfacer las necesidades de los habitantes de Mojos.

Solo un obstáculo se ofrecía a la prosperidad de la misión y este


no era otro sino las inundaciones, las cuales anegaron a Loreto. Por
esta causa hubo que pensar en trasladarlo y, después de recorrer
los alrededores, se escogió un p a r a j e algo más al Norte, en la con-
fluencia de los ríos Guapay y Mamoré, en donde se hizo el trazado
del pueblo, con calles anchas y bien alineadas, dejando en medio
lugar bastante para una espaciosa plaza, en uno de cuyos frentes se
había de levantar la Iglesia. Hízose este traslado el año 16$8j y el
alma de toda esta obra fue el P. Marbán, el cual, no obstante la es-
casez de medios, logró con habilidad ver el pueblo terminado, ayu-
dándole los indios que fueron los primeros en gozar de las ventajas
del traslado. El templo quedó pronto concluido. Era todo de adobes
y ele tres naves con unas sesenta varas de largo por veinte de ancho;
las paredes gruesas y toda ella entablada por dentro; el techo de
cedro, cubierto de palmas y con cinco altares muy bien aderezados.
En el año 1700 decia el P. Marbán que se habrían gastado en ella más
de cien mil pesos, suma elevada para aquel entonces y que toda h a -
bla procedido de la Provincia. Esta circunstancia no debe olvidarse,
porque en estos primeros años todo el gasto de la misión corrió a
nuestro cargo, de modo que el P. Jáuregui en la Carta Anua de los
años 1681 a 1084, enviada al P. General, Carlos de Noyelle, podía de-
cirlo: "La Provincia ha trabajado entre los Mojos diez y ocho años,
con más de trescientos mil pesos de gasto. Asistiendo cuatro Padres
y bautizándose más de mil seiscientos adultos. Fundóse la reducción
primera con cuatro pueblos (parcialidades) y se va dando comienzo a
la segunda con dos mil catecúmenos". De este modo vino a ser una
realidad lo que tanto se había deseado y había costado no pocos es-
fuerzos. La trocha estaba abierta y el celo de los misioneros la iría
ensanchando y una nueva cristiandad habría de surgir en aquellas
vastas llanuras, antes sumidas en las tinieblas del error.
CAPITULO III

Nuevas fundaciones

1. Fundación de Trinidad. Excursiones misioneras. — 2. F u n d a el P.


Orellana la reducción de S. Ignacio y llega hasta el Beni. — 3. Fundación
de S. Javier, S a n José y S a n Borja. — 4. Excursiones por tierras de i n f i e -
les. Fundación de S. Pedro y S. Luis. — 5. Memorial del P. Marbán. Visita
del P. Diego Francisco Altamirano.

1. Mientras estos progresos se hacían en tierra de Mojos, los j e -


suítas del Colegio de La Paz intervinieron en u n a entrada más al
Norte, por las tierras de los indios Léeos, que ya en otro tiempo hablan
sido el objetivo de las infaustas expediciones en que perdieron la
vida los PP. Urrea y Bernardo Reus. Por una carta del P. Tomás F r a n -
cisco Pérez al P. Provincial, Martín de Jáuregui, de 8 de Diciembre
de 1684, sabemos que el Maese de Campo, D. Pedro de Valverde, que
poseía un ingenio en la proximidad de aquellos indios dispuso u n a
entrada en la cual tomaron parte unas veintinueve personas y entre
ellas el dicho Padre y otro a quien se llama Bernardino, pero sin
a p u n t a r el apellido. Recorrieron algunos pueblos, como los de Chi-
ripico, Tuiche, Achiquiri, Juyo, Sicota y otros, habitados por unos
mil indios. La insalubridad del clima fue causa de que murieran siete
de los expedicionarios y el fruto vino a reducirse al bautismo de u n a
criatura que a poco falleció. Según dice el Padre en su carta, los
indios querían sacerdotes pero no que e n t r a r a n los españoles. Entre
las poblaciones visitadas una fue la de Tuyapo, donde se decía que
habían muerto al P. Urrea.
Entablada la reducción de Loreto pudieron los misioneros exten-
der sus conquistas a fin de atraer a nuevas tribus a la fe. Visitaron
en especial la región situada al Sur y al oriente y, tras no pocos
trabajos, se introdujo el P. Barace entre los Mayuruanas o Mayu-
manas. Algún tiempo antes y, en conformidad con lo dispuesto por
el P. Martín de Leturia, Vice Rector de S a n t a Cruz, a quien había
enviado el Provincial, P. Saavedra, pareció conveniente explorar el
camino que descubrió el General D. Benito de Quiroga, el cual h a -
bla emprendido la conquista de los indios Raches, desde Cochabam-
ba, los cuales se habian comunicado un tiempo con los Mojos. Pa-
reció que si se encontraba un camino en esa dirección se evitaría
el rodeo que había que hacer para llegar h a s t a Mojos, saliendo de
S a n t a Cruz. Luego que el Hermano José se dio cuenta de las ventajas
que ofrecía esta ruta no ocultó sus deseos de acometer esta empresa,
dice el P. Marbán en la Carta de Edificación que, desde Loreto, es-
cribía el 15 de Mayo de 1683. Diéronle licencia los Superiores y al
punto comenzó a hacer sus preparativos y a buscar los indios que
le hablan de acompañar. Fueron estos unos ochenta y por el mes de
Abril salió de Loreto. Llegaron al primer pueblo de Raches y estos
huyeron a esconderse en el monte. Trató el Hermano de asegurarlos
y poco a poco volvieron. Les habló de su propósito y prometieron
ayudarle, pero manifestaron que la época no era la más propicia
por las muchas lluvias y que sería mejor esperar hasta el mes de
Agosto. Los Mojos comenzaron a vacilar y algunos se volvieron. Con
ellos envió u n a carta al P. Marbán con fecha 5 de Mayo.
Solo cuatro de los indios que sacó de Loreto quedaron en su com-
pañía, pero el Hermano José no perdió el ánimo y confiaba en que
el cacique de los Amonos cumpliría con enviarle diez indios de su
parcialidad. Desde el lugar donde se encontraba había diez días de
camino hasta Cochabamba, según la relación que le dieron y esto
le alentó a continuar. A poco vino a quedarse solo con un indio r a -
che, pues los cuatro mojos también le desampararon. Después de
esto no se volvió a tener noticia de él. Se presume que perecería
en el paso de algún río o bien que le quitaron la vida. Lo primero
parece míis verosímil, por las declaraciones que a algunos Indios to-
maron ios PP. Barace y Orellana que llegaron hasta estos parajes.
Habla nacido en Zaragoza y vino a América a buscar fortuna. Se
acomodó de criado en la villa de Saña y, habiendo enfermado, vino
a Lima y se hospitalizó. Aquí le conoció el santo P. J u a n de Alloza y
por su medio lo llamó Dios a la Compañía. Sirvió como estanciero en
algunas de las haciendas vecinas a Lima y luego fue enviado a La
Paz como maestro de escuela y Procurador. De aquí pasó a S a n t a
Cruz, donde también se hizo cagro de la Escuela, h a s t a que el P. Ca-
vero lo llamó a Chuquisaca p a r a que administrase la hacienda de
Jesús del Valle, perteneciente al Colegio de Potosí. De aquí pasó a
los Mojos, siendo el primero que entró en sus tierras en esta tercera
tentativa por entablar la misión
En el año 1687 el P. Barace fundó la segunda reducción, llamada
Trinidad, sobre el Río Grande, cinco leguas más abajo del punto en
que desemboca el río Chenesi y como a doce leguas de Loreto. Lo
poblaron los indios Mayumanas a quienes se procuró enseñar la len-
gua moxa. El pueblo varió de posición porque la experiencia y el
tiempo vinieron a señalarles el más favorable. Con el ejemplo de
estos dos pueblos otras tribus se inclinaban también a formarlos,
siguiendo las indicaciones de los misioneros. Por esta razón y siendo
ellos pocos, hubo que pedir un refuerzo. No desatendió el Provincial,
P. Martin de Jáuregui, su demanda y envió a los PP. J u a n de Espejo
y J u a n de Montenegro y a los Hermanos Alvaro de Mendoza y Ber-
nabé Domínguez, que, de vuelta de los Chiriguanos, se encontraban
en S a n t a Cruz y no mucho después les siguieron el P. Agustín Zapa-
t a y el Hermano Gregorio de Solis.

2. Con t a n oportuno socorro pudo el P. Orellana emprender la


conversión de los P u r u a n a s y Cañacures y tras no pocos esfuerzos
alcanzó a reunir u n buen número de ellos en las pampas, al poniente \
y como a unas catorce leguas de Trinidad. Fundóse el pueblo a ori-
llas del río Eseneru, el año 1689, siendo Provincial el P. Francisco
Javier Grijalva, el día 1 de Noviembre y se le dio por nombre S a n
Ignacio. Acompañaron en la fundación al P. Orellana el P. J u a n de
Espejo y el Hermano Alvaro de Mendoza. Creció esta población en
breve tiempo, de modo que el año 1691, con ocasión de la visita que
hizo a las reducciones el Gobernador D. Benito de Ribera y Quiroga,
1
Fuera fie la Relación que hemos citado, el H José, que era aficionado
a escribir, dejó dos vols. manuscritos sobre las Obras de Misericordia.
so empadronó al vecindario y se halló que lo habitaban tres mil
cuarenta y una personas, de las cuales setecientas veintidós habían
ya recibido el bautismo. Como la región parecia bastante poblada,
consultó el P. Orellana con el Superior, P. Marbán, si convendría
penetrar más adentro, pues posiblemente habría lugar para f u n d a r
nuevas poblaciones siempre que no escasearan los misioneros. Vino
en ello el P. Marbán y le dio por compañero al P. José de Vega, en-
cargándole al mismo tiempo que explorase hacia el oeste la región
que confina con Cochabamba por si se hallaba alguna vía que p u -
siese en fácil comunicación aquella villa con las misiones 2 .
Partió, pues, el P. Orellana y, fuera de haber descubierto en su
viaje muchas tribus de indios, llegó a dar con el camino que comu-
nicaba con Cochabamba y en vano trató de hallar el Hermano José
del Castillo. No fue este el único fruto de su excursión, pues h a -
biendo penetrado hasta la cuenca del rio Beni, entró en tratos con
los indios que poblaban esa zona y, aunque no pudo reducirlos a po-
blación ni tuvo tiempo para catequizarlos, pero consiguió que en-
tregasen muchos Idolillos y algunos mates pintados y otros utensilios
que les servían en sus adoratorios y, "reuniendo, dice el P. Eguiluz,
hasta cincuenta cabezas de tigres y, haciéndoles una plática, ala-
bando su docilidad, lo quemó todo en una gran hoguera". Con t a n
alegres nuevas volvió a su misión que había dejado a cargo del P.
Juan de Espejo y del H. Alvaro de Mendoza. Cuando el P. Marbán
tuvo noticia de todo esto, se resolvió a pedir nuevos operarios, por-
que con los que t r a b a j a b a n entonces en Mojos, no era posible aco-
meter nuevas empresas. Escribió al P. Provincial y este envió a la
misión a los Padres, Francisco de Borja, Rector que habia sido de
los Colegios de Trujillo y de Huancavelica, Ignacio de Sotomayor,
Félix de Porres, Francisco Javier Granados y Lorenzo Legarda.

3. En este mismo año comenzó a echar los cimientos de la re-


ducción de San Javier, a unas ocho leguas más abajo de la de Tri-
nidad, el P. Agustín Zapata. Con este fin se trasladaron a aquel pues-
to, próximo al lugar en donde el río Tiamuchu vierte sus aguas en
el Mamoré, a unos 500 indios cristianos de Trinidad y a estos se
• Curia ilcl P. Oréllana al P. Martín de Jáuregui, 19 de Julio de 1681.
11. N. Unía. Mss. 0012.
j u n t a r o n como unos dos mil que habían reclutado entre los Baures,
Tapacuras y Guarayos los PP. Barace y Montenegro. Entre los G u a -
rayos el P. Barace fue muy bien recibido, gracias al conocimiento
que tenía de su lengua, bastante parecida a la chiriguana que había
aprendido. Consiguió que las tribus mojeñas los acogieran de buena
voluntad, porque eran de estos generalmente aborrecidos por su c a -
rácter belicoso y sanguinario. Recorrió puede decirse casi toda la
zona habitada por ellos y se extendió luego por la que ocupaban los
Baures y Tapacuras y habría penetrado h a s t a los Yuquegares (Yu-
racares?) si no se hubiese visto obligado a volver a Trinidad, que
había quedado al cuidado del P. Granados. El día 26 de Mayo de
1691 fundóse San Javier, quedando a su cuidado el P. Zapata y el
P. Legarda.
Ese mismo año 1691, por el mes de Agosto, visitó la reducción el
Gobernador Rivera y se halló por padrón que el pueblo tenía dos
mil trescientas setenta y u n almas, número que f u e creciendo con
el tiempo. Por entonces ocurrió también la fundación de San José,
pueblo situado en los llanos del Norte, al pie de la cordillera y dis-
t a n t e como unas 16 leguas, al poniente, de la reducción de San I g -
nacio y como sesenta o setenta leguas de la villa de Cochabamba.
El territorio había sido visitado por los PP. Orellana y José de Vega
y fueron ellos los que indujeron a los indios a erigir u n a población.
La tomó a su cargo el P. J u a n de Espejo, ayudado por el H. Bernabé
Domínguez y en la visita hecha por el Gobernador Rivera se halló
que lo habitaban dos mil treinta y seis personas. Fuera de tres p a r -
cialidades mojeñas que formaron el núcleo del pueblo, acudieron
también muchos Churimas y algunos Chiquitos que hablaban otra
lengua. El P. Espejo aprendió la de los primeros e hizo gramática y
catecismo a fln de facilitar su conversión. En todos estos trabajos le
ayudaba el P. Félix de Porres, jóven misionero que empezaba en-
tonces a ejercitar su celo, pero a quien Dios arrebató de esta vida el 27
de Febrero de 1694, siendo el primero que falleció en la misión. E r a
n a t u r a l de Tomina y había deseado mucho dedicarse a la conversión
de los gentiles. Desde un principio se consagró con ardor a su minis-
terio y llegó a aprender la lengua moja. Fue muy sentida su muerte
y más por su compañero el P. Juan Espejo que había sido testigo de
sus virtudes.
Mientras osto ocurría en Mojos la Providencia nos deparaba en
ol Perú un bienhechor de estas misiones en la persona del Bachiller
Antonio de Encinas el cual legó para su sostenimiento una hacienda
y una estancia de ganado, avaluadas en doce mil pesos, por lo cual
el P. Tirso ordenó que se le dijesen dos misas en toda la Asistencia
de España y tres en la Provincia. No pudlendo la Misión tener ren-
ta estable, determinó el dicho Padre General que se aplicasen los
bienes a algún Colegio, el cual procuraría con liberalidad ayudarla 3 .
Y pues hablamos de los bienhechores, no es posible pasar en silencio
el nombre del Arzobispo de Charcas, D. J u a n Queipo de Llano y Val-
dés, el cual favoreció a estas misiones con largueza digna de un
Príncipe de la Iglesia, de modo que nuestro P. General Tirso dispuso
que se le hiciesen sufragios en toda la Compañía, pues aunque no
dio por junto una cantidad gruesa, por muchos años no cesó de pro-
digarles profusamente sus socorros.
La sexta reducción de S. Borja la fundó el P. J u a n de Espejo
entre los Churimanas, provincia muy numerosa, a quienes visitó re-
petidamente. Hállase situada en las faldas de la cordillera a corta
distancia del río Manique y distante como unas doce leguas de la
reducción de S. José. Eran estos indios indóciles y de natural re-
belde, como lo demostraron luego, huyendo y abandonando al misio-
nero, pero se hacía necesario reducirlos por estar en relación con
otras naciones y, sobre todo, porque se creía que por sus tierras se
podría pasar fácilmente a la provincia de Apolobamba y Larecaja
del corregimiento de La Paz. El P. Espejo empezó a atraerlos con
donecillos y bautizó a un buen número de chiquillos. Les corres-

3
Carta del P. Tirso al Provincial del Perú, 30 Agosto 1692. En la m i s m a
fccha le decía que la Provincia n o había tenido hasta entonces misión de
gentiles y luego añadía: "Dejaron W . RR. la Misión de los Chiriguanos por
haber dado muerte al H. Francisco Ruiz y estado e n peligro... los PP. J u a n
de Espejo y Juan de Montenegro... En carta de 25 de Junio de 689 di orden
cié que ofreciéndose ocasión y amansados aquellos bárbaros se volviese a
ella..." No lo hizo la Provincia por diversas razones y, entre otras, porque
los PP. del Paraguay tomaron a su cargo esta empresa, pero s i n resultado
alguno. No ern del todo cierto tampoco que la Prov Peruana no hubiese te-
nido misiones entre Gentiles; las tuvo entre los P a n a t a g u a s y en Chavin y
en Cnjnmnrqullln, pero no fueron estables. Arch. Colegio de S. Ignacio. S a n -
llano de Chile. Cartas del P. Tirso González.
pondió a los PP. Francisco de Borja e Ignacio de Sotomayor h a c e r
la fundación, la cual se llevó a cabo en el mes de Diciembre de
1693. La habitaban dos parcialidades, con lengua distinta cada u ñ a
de ellas, de modo que hubo de aprender entrambas. El número de h a -
bitantes se calculaba en unos tres mil, de los cuales, al llevarse a
cabo la fundación, era reducido el número de bautizados 4 .

4. Estas fundaciones no impedían el que los misioneros hiciesen


correrías por el territorio en busca de nuevas tribus indígenas. Ya
nos hemos referido a las que realizó el P. Barace, repitiéndolas en
los años 1694 y 1695 y, avanzando hacia el oriente, h a s t a llegar a
ponerse en contacto con los Toros, Chumacacas y Pundurayes. Por
su parte, el P. Agustín Zapata hizo en el año 1693 un atrevido viaje
a las tierras de los Canisianos, que distaban como unas veinticuatro
leguas, más abajo de San Javier. Visitó no menos de cuarenta y ocho
pueblezuelos de esta parcialidad y, a j u s t a n d o la cuenta de los que
podían ser, con los datos que le proporcionaron los caciques, juzgó
que pasarían de cinco mil. Estos Canisianos le dieron noticia de los
Cayubabas que eran sus enemigos, a los cuales no pudo acudir el
P. Zapata hasta después que entraron las aguas. Mostráronse al prin-
cipio rebeldes, pero luego se fueron amansando, con los donecillos
que les hizo el Padre, de cuchillos y chaquira y a los caciques de
hachas y machetes. El principal de todos ellos obsequió al P. Zapata
un lanzón de chonta con p u n t a de hueso, muy adornado de plume-
ría, que era como insignia de su dignidad y esto sirvió para que
los demás se rindiesen. Después de haber permanecido dos días e n -
tre ellos volvió el Padre a S. Javier y, pasadas las aguas, reanudó
i
sus correrías. Se encaminó hacia el Norte y llegó a descubrir h a s t a
tres nuevas parcialidades, a las cuales indujo a formar un solo pue-
blo, estableciéndose en la barranca de un hermoso rio, llamado Aper-
cé o Aperé. Nuevamente salió el año 1695 y en este viaje se dio de
manos a boca con la numerosa nación de los Canisianos que se h a -
bían reunido con intención de formar u n pueblo y llamar a los P a -
4
Este número fue diminuyendo con el tiempo pero n o se precisan l a s
causas. En 1700 solo había unos 1200. El P. Sotomayor hubo de abandonar
la misión en 1696 por sus dolencias, de modo que el P. Francisco de Borja
quedó solo hasta que vino el P. Borinlé.
drcs. El P. Zapata los animó a hacerlo y les prometió que en cuanto
fuese posible vendrían Padres a ayudarles. Continuó hacia los Ca-
yubabas, quo ya había visitado y halló que vivían en un pueblo grande
y bien dispuesto, pero en circunstancias de ofrecer sacrificios a sus
ídolos, los cuales hablan colocado a las puertas de un bohio que
servia de templo. Ante ellos había sobre mates u hojas anchas di-
versos géneros de comidas y una hoguera que ardía constantemente.
Así que vieron asomar al P. Zapata acompañado de sus indios cris-
tianos, mandaron los caciques que fuesen algunos a recibirlo y a
entretenerlo en t a n t o que ponían término a su ceremonia. Luego se
acercaron todos y el Padre, ignorando su lengua, por señas hubo de
entenderse con ellos; les obsequió con algunas cosas que traía y les
pidió que le diesen un muchacho hábil a fin de que aprendiese la
lengua moja y sirviese de intérprete. Con esto se despidió, anuncián-
doles su pronta vuelta. Volvió a San Javier, pasando por los Cani-
slanos, que le hicieron nueva instancia porque se quedase entre ellos.
No pudo detenerse sino un día y, al salir a la m a ñ a n a siguiente, le
siguieron muchos indios principales y le acompañaron hasta S. J a -
vier, a fin de volverse con algún Padre. No se pudo satisfacer su
deseo por entonces, pero se les agasajó en lo posible. Años más tarde
se logró f u n d a r u n a reducción entre ellos, que se denominó de San
Pedro, y Dios parece que quiso premiar su constancia én pedir misio-
neros, pues el pueblo creció rápidamente y vino a ser como la capi-
tal de todos los Mojos.
También los misioneros de San José, PP. J u a n de Espejo y Loren-
zo Legarda, se entraron por la selva en busca de infieles y con feiiz
resultado, pues en el año 1694, consiguieron ganarse la voluntad de
dos parcialidades enemigas de los Mojos y los indujeron a abandonar
los lugares en que vivían y a venir a establecerse en un p a r a j e vecino
a la reducción, cosa que parecía en cierto modo muy difícil, pero
se consiguió, de modo que aun los más ancianos emprendieron el via-
je que no había de durar menos de seis días. Más fructuosa puede
decirse que fue la pesca hecha por el P. J u a n de Montenegro entre
los Chiquitos, indios que se señalaban por su valor y destreza en las
armas aunque su índole era buena y su trato apacible. Habían acu-
dido algunos de ellos a Santa Cruz en demanda de misioneros y fue-
ron señalndos los PP. Montenegro, que conocía su lengua y el P. José
de Vargas. Sin mucho trabajo igoraron que se reuniesen como unos
seis mil indios, estableciéndose en p a r a j e s más altos y de mejor
temple que los de Mojos y allí se dio comienzo el año 1694 a u n a nue-
va población. El P. Montenegro penetró más adelante en busca de
la tribu de los Purácis, vecinos de los Chiquitos y también logró que
le siguiesen como unos tres mil, los cuales vinieron a engrosar el
número de los precedentes.
Estas misiones de los Chiquitos se hallaban en territorio depen-
diente del Gobernador de S a n t a Cruz y de la Audiencia de Charcas
y bastante próximas a la capital de la Gobernación, de modo que
lo natural era que de ellas se hiciesen cargo los PP. de la Provincia
del Perú. Uno de los Gobernadores, D. Agustín Arce de la Concha,
había invitado a los Padres de Santa Cruz a que las tomasen por
su cuenta, pero la falta de personal no lo permitió. En cambio los
PP. del Paraguay que ya se habían establecido en T a r i j a y habían
emprendido la conversión de los Chiriguanos, cuando se dieron cuen-
t a de la inutilidad de sus esfuerzos con estos indios, decidieron e n t r a r
en el territorio de los Chiquitos, cosa que la Provincia Peruana no
objetó en forma alguna. Fundáronse allí algunos pueblos y solo quedó
dependiendo de los nuestros del Perú el pueblo de Desposorios 5 .
5
El P. Tirso e n carta al Provincial del Paraguay que cita el P. Astraln
(Hist. de la C. de J. e n la Aist. de España, vol. VI, Lib. m , Cap. X H , p. 742)
toca el punto que se le había sometido sobre si la reducción entre los C h i -
quitos habría de quedar por aquella Provincia o por la del Perú y responde
que se inclina m á s porque la retengan los PP. del Paraguay. Esto n o obstante,
m á s adelante la cosa n o debía ser t a n clara, cuando encomendó al P. D i e g o
Francisco Altamirano, Visitador del Perú, el que examinase por sí m i s m o
el asunto y le diera su parecer. El lector h a l l a r á la respuesta de aquel pru-
d e n t e Padre en el texto, párrafo 5. E n lo que nos parece que exageraba el
P. General es en decir, como dice en su carta, que e n el Perú n o se abrazaba
c o n entusiasmo este ministerio de las Misiones. Por lo pronto el Perú n o era
el Paraguay. En esta Provincia, sacando a Córdoba y a lo m á s a S a n t a F e
y Buenos Aires, n o habia ciudades de españoles de l a s de la categoría del
Perú. Con 11 Colegios, 2 Universidades, 3 Colegios Mayores, 2 Casas de
Estudios, 2 Noviciados, 2 Colegios de Caciques y 2 Residencias, ya era m u c h o
que pudiese dedicar, como dedicaba entonces, u n a veintena de sujetos a la
Misión de los Mojos. Ahora bien, para proveer a los Colegios de Maestros,
de Catedráticos a las Universidades, de hombres de gobierno y de consejo,
n o era posible que se dedicara el personal a misiones entre gentiles. Habría
que decir en esta ocasión lo que años a n t e s h a b í a dicho el P. Alvarez de
El ancho campo que se ofrecía a los misioneros fue causa de que
se pidieran nuevos refuerzos y en el año 1G95 fueron enviados a Mo-
jos los PP. Francisco de Ugarra, Pedro Mallavia, J u a n Ascanio y J u a n
Josó de Veinza. Bien pronto hallaron ocupación, pues a las reduccio-
nes ya fundadas vinieron a unirse otras dos: la de S. Pedro y la de
San Luis. La primera se estableció, como hemos dicho, entre los Ca-
nisianos y para su emplazamiento se eligió una meseta a orillas del
Mamoró, de mejor temple que otros lugares y como a unas catorce
leguas de S. Javier y algo más de Trinidad. Sus comienzos nos lo
refiere el P. Estanislao Arlet en u n a carta que escribió al P. Tirso
González el siguiente año. "Entramos, dice, en el país de estos pobres
bárbaros, sin armas ni soldados, acompañados solamente de algunos
indios que nos servían de intérpretes. Quiso Dios que nuestra expe-
dición fuese más feliz de lo que pudiéramos esperar, pues apenas
llegamos, cuando salieron de los bosques más de mil doscientas per-
sonas para venir con nosotros a echar los cimientos de una nueva
población. Como nunca habían visto caballos ni hombres semejantes
en el color y vestido, fue de no poca diversión ver el asombro que
mostraron a primera vista. De puro miedo se les caían de las manos
los arcos y las flechas. Estaban fuera de sí, no sabiendo qué decir ni
pudiendo adivinar de dónde hablan podido venir a sus bosques tales
monstruos, porque pensaban, según nos lo h a n confesado después,
que el hombre, el sombrero, el vestido y el caballo en que iba montado
era un monstruo prodigioso y extraordinario, compuesto de las dichas
piezas y que la vista de una t a n monstruosa naturaleza los tenía a t u r -
didos e inmobles" 6 .

Quedaron al cuidado de estos indios los PP. Legarda y Arlet y la


fundación se hizo el año 1697, siendo Provincial el P. Diego de Egui-
luz. Los primeros en poblarla pasaban de mil trescientos, pero con
el tiempo fue creciendo este número h a s t a sobrepasar a las demás

Pnz, escribiendo ni General y m a n i f e s t á n d o l e que era necesario reprimir


el excesivo deseo de consagrarse a los ministerios con los indios, porque de
otro modo la Provincia pronto carecería de los sujetos bien formados que
se necesitaban para lo demás.
6
Epístola Pntrls Stanislai Arlet... V. la n o t a bibliográfica del Cap. I. El
oriRinnl en el Arch. Prov. Toletanae S. J. Leg. 3, N.° 3 bis. — V. Cartas
Edificantes y Curiosas del P. Diego Davin. vol. 1 p. 155 y s.
reducciones. La octava reducción fue la de S. Luis, fundada el a ñ o
siguiente por el P. Francisco Javier Granados, a quien ayudaba el
H. Alvaro de Mendoza. Distaba como unas siete leguas de Borja y
doce de S. Ignacio. Los indios eran en su mayor parte de la parcia-
lidad de los Mobimas y también de los Erirunas. En sus comienzos no
pasaban entre todos de ochocientos, pero también se pensó en que
habrían de ir en aumento. La experiencia demostró lo contrario y
su suerte fue mezquina, de tal modo que más adelante llegó a des-
aparecer, pasando sus habitantes a vivir en otros lugares. Sin e m -
bargo, cuando el P. Diego Francisco Altamirano visitó las reducciones
en el año 1700, S. Luis llegaba a numerar unas dos mil almas, pero
u n a peste que sobrevino y otros accidentes fueron causa de que
todavía en ese año no se hubiese podido edificar la casa y la Iglesia.
I
5. La Misión de Mojos prosperaba, sin duda, pero no f a l t a b a n
contratiempos. Por vía de compensación Dios, entre los convertidos a
nuestra fe, derramaba abundantes gracias, que se traducían en gran
fervor y devoción. El P. Marbán, escribiendo al P. Fernando Tardío,
Socio del Provincial, el 12 de Marzo de 1696 le refería algunos hechos
que demostraban lo que venimos diciendo. Luego pasaba a decirle
cómo se había celebrado la fiesta de Navidad en S. Ignacio: "Algunos
meses antes, escribe, llamé a un indio de genio alegre y le dije que
previniese a otros y ensayasen unas danzas para la noche buena.
Ofreciéronse a porfía e hicieron dos compañías, la una de muchachos
pequeños y la otra de mocetones, ambas al uso de Santa Cruz, cu-
yas danzas con que celebran el Corpus h a n aprendido muy bien. Otra
f u e a su usanza gentílica, acompañada de flautas y fue la que m á s
me enterneció, por ver consagrados a Dios bailes que servían de
festejo al demonio. Compúsose un pequeño nacimiento que ador-
naron con quantas flores silvestres hallaron por estos montes. A
media noche salí por el pueblo con el Santo Niño a despertarles y
al ruido de las danzas salían a arrodillarse a sus puertas y luego
me seguían. Así se juntó el pueblo en breve en la Iglesia, donde re-
zaron las oraciones y después les platiqué del misterio y, antes de
empezar la misa, les avisé que en oyendo una se podían ir a dormir
los que quisiesen, pero nadie se fue antes de oir las tres misas que
dije seguidas. Mientras las misas se decían cantaban los muchachos
algunas letras en su lengua y después empezaron lok bailes hasta
amanecer..."
En otra de esta misma fecha le pedía al P. Tardio, que tenía a
su cargo la Congregación de la O, le inscribiese entre los del piadoso
convenio. Se disponía por entonces a salir a u n a excursión y, fuera
de representar las necesdiades de la misión, hacía hincapié porque
se le enviase el prometido Hermano Carpintero, pues se hallaba la
Iglesia todavía sin puertas ni ventanas y lo que es más de lamentar
sin Sagrario 7 . Escribiendo al P. Eguiluz, desde Loreto el 13 de Agos-
to de 1696, le decía que la Misión se veía cercada de peligros, porque
los Mocobíes que hablan dado muerte a un religioso dominico hablan
inquietado a los Maniquíes, y los Mamelucos, por su parte, hablan
vuelto a e n t r a r en tierras de los Chiquitos. A 17 de Octubre volvía
a escribir, insistiendo en el peligro creado por las irrupciones de los
Mamelucos del Brasil y la necesidad de introducir el uso de las a r -
mas de fuego y echar mano del arbitrio propuesto por el Provincial
del Paraguay. En Diciembre tomaba nuevamente la pluma y le decia
al Provincial que el Gobernador de Santa Cruz, D. Benito de Rivera
y Quiroga, le habla pedido Padres para la pacificación de unos indios
e ignora si se h a realizado. Indicaba que para evitar las incursiones
de los Mamelucos convendría f u n d a r un pueblo en el puerto de los
Chiquitos, por donde entran con gente del Paraguay y la proveen de
armas, medio que también h a sugerido el Superior de Chiquitos. La
reducción que mudó de lugar con motivo de la irrupción de los P a u -
listas no está bien situada y convendrá que la atiendan los Padres
de S a n t a Cruz. El P. Vargas, misionero de los Chiquitos, h a fundado
otro pueblo más cerca y lo h a puesto bajo el patrocinio de San Miguel.
Cree conveniente que en Mojos haya ropería y quien cuide de ella,
porque no es justo que los misioneros anden hechos sastres de si
mismos y sabe Dios cómo. Finalmente pedía que se le relevara del
oficio de Superior, pues ya llevaba muchos años esa carga y con la
venida de nuevos misioneros se le acrecentará.
Por entonces, en efecto, entraron en Mojos los PP. Antonio Ga-
rriga, Antonlno Mayorana y Francisco de Ugarra. El Superior, escri-
7
En carta al P. Eguiluz del nño 1691 le decia sin embargo que el H. M a -
nuel hnbin enseñado a los indios el ensamblaje y era muy útil e iba ador-
n a n d o la Iglesia de Loreto muy bien.
biendo al P. Egulluz, en Mayo del 1697, le anunciaba su llegada a Lo-
reto el día 19 de Enero. Al primero lo envió a Trinidad, al segundo a
S. Ignacio y al tercero a S. José. Unos meses más tarde, en Julio del
mismo año le decía que hablan llegado a Cochabamba otros cinco
Padres, la víspera de San Pedro y los había distribuido de esta m a n e -
r a : al P. Francisco Borlnié lo habia enviado a S. Borja; al P. Esta-
nislao Arlet lo destinó a los Chiquitos a ser compañero del P. Vargas,
al P. Morillo lo envió a S. Javier, en t a n t o que el P. Francisco Javier
de Leyden y el H. Miguel quedaron en Loreto. En la misma carta se
refiere al pedido de armas de fuego p a r a defenderse de los Mame-
lucos y dice que sabe que el Virrey se niega a concederlo, pero e n -
tiende que será necesario ver el modo de defenderse de sus Incursio-
nes 8 .
En este año 1698 el P. Marbán hubo de dirigirse al Virrey del
Perú, Conde de la Monclova, a fin de que se dignase señalar algún
sínodo a cada uno de los pueblos fundados en Mojos, pues h a s t a
entonces la Provincia había tenido que correr con los gastos que
exigía la conversión de estos indios, f u e r a del viático que el Rey
solía conceder a los religiosos que venían a América, destinados a la
conversión de los naturales. Este Memorial que importa conocer, em-
pieza por estas palabras: "Excmo. Señor: El P. Pedro Marbán de la
Compañía de Jesús, su Procurador de la Misión de los infieles de los
Moxos en los confines de Santa Cruz de la Sierra, dice que en dichas
misiones están entendiendo veinte religiosos, los diez y ocho sacer-
dotes y dos coadjutores y tienen formados cinco pueblos con cinco
Iglesias y otros cuatro nuevos pueblos con cuatro capillas y bauti-
zadas en dichos diez pueblos más de diez mil almas y en los fcuatro
restantes catecúmenos y por bautizar más de otras cuatro mil y son
t a n t a s las naciones descubiertas, reducidas y amistadas y que piden
el santo bautismo que aunque fuesen otros veinte sacerdotes más no
bastarán para satisfacer a todos y reducir la multitud de gente que
ofrece el país, donde tiene gastados la Compañía más de cien mil
pesos con la conducción de sujetos, herramientas, ganados, etc. y
otras cosas que h a n conducido para la mayor facilidad en admitir
nuestra santa fe y en adornar las Iglesias y, sin embargo, están t a n
destituidas que en algunas su mayor adorno se reduce a unas es-
8
A. de I. Lima (72-2-30) 540.
tampas de papel, porque en sólo costear un sujeto hasta dichas mi-
siones se gastan mil pesos por la gran distancia y difíciles caminos
y respecto de ser bárbaros dichos indios y sin comercio de otras
gentes, precisa favorecerlos con las herramientas que necesitan para
sus sementeras, hacer su casa, edificar las Iglesias y se les dan ca-
ballos, vacas, para que hagan crías, para que se vayan reduciendo a
vida política..."
Añadía que el cuidado que se dispensaba a los cristianos había
movido a muchas naciones circunvecinas a pedir el santo bautismo,
pero como no era razón desamparar a los ya bautizados por los que
no lo están, exponiéndose a perder lo adquirido, h a hecho instancias
a sus superiores porque se envíen nuevos operarios y se h a n ofrecido
seis sacerdotes a pasar a las misiones y otros muchos que están p a r a
ordenarse, pero sólo se dificultan los medios porque la religión no
los tiene. La Misión no h a recibido limosna considerable si no son
seis mil pesos que h a recibido en varias ocasiones, en los que e n t r a n
los dos mil que S. E. se sirvió darle los años pasados. Por todo lo cual
pide se asigne alguna cantidad a cada una de las Iglesias fundadas,
a fin de que con este subsidio pueda ir adelante obra de tanto servicio
de Dios".
Para mayor comprobación de todo lo dicho mandó hacer una in-
formación de todo cuanto se había ejecutado desde el año 1675 en
la misión y no pudiendo hacerla ante ministros reales por distar casi
cien leguas los más próximos, dispuso que cada uno de los Padres
que están al cuidado de las reducciones depusiese con juramento del
número de familias que había en cada una de ellas, de la forma de
la Iglesia etc. y para el caso nombró secretario al P. José de Leyden,
9
Informe del P. Pedro Marbán. Loreto de Mojos, 8 de Setiembre de
1698. A. de I. Lima 71-5-32. Cartas y Expedientes del Virrey de Lima. 1877-
1700. La demanda del P. Marbán no f u e desatendida. El Conde de la M o n -
clova escribió al Rey, como advertimos y, según parece, a u n antes de esto
lo había hecho, porque el 31 de Diciembre de 1698 se firmaba en Madrid una
Real Cédula que se envió al Virrey y a la Audiencia de Charcas, en la cual
se decía que, informado el Rey de la nueva cristiandad que surgía en los
llanos de Mojos, ordenaba que puestos de acuerdo, el Virrey, el Arzobispo y
la Audiencia se proveyese del remedio. En cuanto al primero, éste, en carta
de 3 de Mayo de 1700 le decía a S. M. que en el acuerdo, visto lo represen-
tado por el Fiscal, se había resuelto conceder a la Misión 8000 pesos en las
cajas de Potosí. A. de I. Lima 71-5-32.
ordenándole que intimase este auto a los curas de los pueblos y, sir-
viendo de testigos el P. Cipriano Barace y el P. José de Vega le exigió
juramento de que en todo lo que fuere de su cargo diría la verdad.
Este auto lo firmó el P. Marbán en Loreto el 24 de Junio de 1698. El
día 20 de Julio se abrió la información en Loreto y prosiguió por
todos los demás h a s t a el de S. José de los Moroyenos, terminándose
los autos el 8 de Setiembre de dicho año. A 25 de Octubre se presentó
la información ante el Gobernador de S a n t a Cruz, D. José Robledo
de Torres y, a fln de hacerla más verídica, pidió se pidiese el testi-
monio de los vecinos de Santa Cruz que h a n estado en dichas mi-
siones, a lo cual tuvo por bien acceder el Gobernador. Presentáronse
algunos, empezando por el Maese de Campo, D. José de Montenegro
y ratificaron las declaraciones hechas por los Misioneros, con lo cual
se acabó la información y se remitió al Virrey de Lima. El cuadro si-
guiente resume los datos obtenidos en los cinco pueblos ya bien sen-
tados, aunque existían por entonces otros cuatro que aún estaban
en sus comienzos, a saber: S. Luis, S. Borja, S. José y S. Miguel.
Pueblos Familias Bautizados Curas
Loreto 650 José de Vega y Francisco Borinle.
Trinidad 482 2893 Antonio Garriga y Diego Antonio Morillo.
S. Ignacio 561 3202 Antonio Orellana y Antonio María Mayorana.
S. Javier 507 1363 Agustín Zapata y Diego Ignacio Fernández.
S. José 322 2288 J u a n de Espejo y Francisco de Ugarra.

Vino a dar nuevo impulso a esta Misión la visita que llevó a cabo
el P. Diego Francisco Altamirano, Visitador de la Provincia, el cual
no obstante su avanzada edad, pues contaba entonces setenta y cua-
tro años, quiso por sí mismo conocer las reducciones y ver lo que
podía hacerse por su adelantamiento. El 13 de Junio de 1700 llegó
con su compañero el P. Nicolás de Figueroa a Santa Cruz y, sin de-
tenerse mucho en aquella residencia, emprendió el viaje a Mojos,
embarcándose en el río Guapay 11. Surcó sus aguas sin mayor tro-
piezo y en los primeros días de Julio llegaba a Loreto, donde fue re-
10
En el Arch. del Coleg. de La Paz se conserva el Libro de Bautismos del
pueblo de Loreto, forrado en cuero y bastante bien conservado.
11
V. la carta que el P. Figueroa escribió al P. Juan Martínez de Ripalda,
Procurador a R o m a por la Prov. de Nueva Granada, suscrita en La Paz el
18 de Dic. de 1700, donde hace una sucinta Relación de la Misión de los
Mojos. V. Arch. Prov. Toletanae S. J. Leg. 3, N.° 7. Aunque n o hemos podido
cibido por los indios con singulares muestras de regocijo. De esta
reducción pasó a las de Trinidad, S. Javier y S. Pedro que por estar
situadas a lo largo del Mamoré se podían más fácilmente visitar.
Desde esta última retornó a Loreto, adonde llamó a los curas de
las demás reducciones, a fln de consultar con ellos lo que podría y
deberla hacerse para el adelanto de las mismas. Oídos sus pareceres
redactó una copiosa instrucción en la cual resumió todo cuanto le
pareció necesario para el buen ser de la misión. En primer término
creyó que era conveniente el que se generalizase el uso de la lengua
moja, para lo cual ayudaría mucho la impresión del Arte, Vocabu-
lario y Catecismo compuestos por el P. Marbán, todo lo cual llevó a
Lima el Visitador y lo dio a la imprenta, saliendo a luz la obra en
los talleres de José Contreras en 1701. A fln de que ella saliese
más perfecta, al salir de Mojos, se llevó consigo al autor, como se
desprende de una carta del dicho P. Marbán y de la que escribió a
S. M. el Conde de la Monclova, de 3 de Mayo de 1700, en donde le
decía cómo había venido el Padre a Lima y le había entregado u n
extenso Memorial, pidiendo se socorriese a la misión con algún si-
tuado l2. El P. Marbán, como ya lo hemos indicado, deseaba ser re-
levado del cargo de Superior y el P. Altamirano atendió sus razones
y tuvo también en cuenta la edad del Padre y nombró para reem-
plazarle al veterano misionero, el P. Antonio de Orellana.
Se hacia necesario también, puesto que ya en muchos de los pue-
blos se habla entablado la vida social y política, que se diese u n a
organización estable y segura a estas poblaciones, instituyendo ca-
bildos y regimientos y escogiendo de entre los mismos indios a los
más fieles y capaces para que hiciesen oflcio de alcaldes y regidores
y ayudasen al misionero a mantener el órden, la policía y buenas
costumbres entre sus subordinados. Era una medida sabia que había

hacer el confronte, es muy posible que esta Relación sea la m i s m a que


publicó Ballivián, como Apéndice a la Histoira de la Misión de los Mojos
del P. Altamirano y fue impresa en Lima, según Saldamando, sin nombre
de autor ni f e c h a y lugar de la impresión. Saldamando se la facilitó a
Ballivián, utilizando el único ejemplar conocido que existia entonces en la
Biblioteca de Lima. Como dice este autor la Relación hubo de escribirse
después del nño 1G99 y, por lo que se añade sobre el Ingreso de nuevos misio-
neros en Mojos, es verosímil que sea del P. Figueroa.
" A. de I. 71-5-32. V.
de ir acostumbrando al indígena a regirse por sí mismo y a salir de
su estado de mera dependencia. No menor falta hacía asegurar el
sustento de la población hecha anteriormente a vivir al azar, sin
prevenir las necesidades del m a ñ a n a y satisfecha con lo que les podía
proporcionar la caza y la pesca y algún que otro producto de la
selva. En parte se había procurado el remedio, introduciendo en la
misión el ganado vacuno, pero esto no bastaba y el P. Altamirano dis-
puso que se enseñase a los indios la labor del campo y se les pro-
veyese de los instrumentos necesarios, utilizando los arados de bue-
yes y propagando el cultivo de algunas semillas que en Mojos podrían
cultivarse como el arroz, la caña de azúcar y aun el trigo y la vid,
si era posible. De la yuca, el maní y otras f r u t a s comestibles, podía
obtenerse buena cosecha y, por tanto, no habría de f a l t a r el sus-
tento si se ponía alguna diligencia en procurarlo. También convenía
fomentar el cultivo del algodón para que todos anduviesen vestidos
y cubiertos y no en la desnudez en que solían vivir.
El P. Altamirano trató de suplir la falta de HH. Coadjutores, acon-
sejando a los misioneros el adiestramiento de algunos indios en cier-
tos oficios y también para que atendiesen a las necesidades domés-
ticas. Sobre todo hacían falta cocineros, labor que entre los Mojos
estaba exclusivamente reservada a las mujeres, pero como éstas no
convenía que viviesen en casa, hubo necesidad de enseñarles el oficio
a algunos mozos. De esta m a n e r a se atendía a procurar al misionero
u n a alimentación más apropiada y más nutritiva, teniendo en cuenta
el desgaste que sufría el organismo en u n clima t a n enervante co-
mo el de Mojos.
El P. Visitador no desatendió el problema que se habia creado
con la evangelización de los Chiquitos, de los cuales se había ya f o r -
mado un pueblo. Quedaban otros muchos a punto de erigirse y en
ellos, con la venia de los Padres del Perú hablan entrado, como diji-
mos, los PP. del Paraguay, pero pronto se palparon algunos incon-
venientes. En primer lugar estas misiones se vieron más expuestas
a las incursiones de los mamelucos del Brasil, los cuales ya por este
tiempo entraron a saco en sus tierras pero, sobre todo, esta misión
distaba muchísimo del centro de la Provincia del Paraguay que era
Córdoba en el Tucumán y se hacía muy difícil visitarla y socorrerla,
de manera que ya había ocurrido el que los misioneros pasaran me-
scs enteros sin celebrar la s a n t a misa por carecer de hostias y de
vino. Desde el Perú era más fácil remediar su necesidad y por esta
causa se debió escribir al P. General Tirso González, el cual se había
inclinado a que los PP. del Paraguay se hiciesen cargo de estos pue-
blos, pero, vistas todas las cosas, escribió al P. Altamirano estudiase
el asunto y le propusiese lo que fuera más conveniente. El P. Visitador,
como lo dice en su Historia de la Misión de Mojos, no tenía per-
sonal bastante para suplir de u n a vez a todos los que t r a b a j a b a n
entre los Chiquitos, pero, sobre todo, comprendía que de improviso
no era fácil que los que e n t r a r a n aprendieran su lengua. Por este
motivo propuso al Provincial del Paraguay que en cada pueblo que-
dase un sujeto de su Provincia, en tanto que los venidos del Perú se
familiarizasen con el idioma de los indios. No le pareció conveniente
al Provincial el aceptar este medio t a n razonable y las cosas queda-
ron como hasta entonces.
El 17 de Agosto de 1700 salló el P. Visitador de Loreto en compañía
de su socio el P. Figueroa y del P. Marbán y tras breve estancia en
S a n t a Cruz, llegó al Colegio de La Paz el 10 de Octubre del mismo
año. La misión cumplía entonces cinco lustros y aunque con increí-
bles trabajos, pues como dice el P. Orellana "la habitación, el sitio,
el pueblo, el temple y todas las demás circunstancias se conjuraron
para acrecentar el mérito en las ardientes fiebres, sin médico ni me-
dicinas y sin más consuelo que el que les podía venir del cielo", sur-
gía una floreciente cristiandad con nueve reducciones y una población
que pasaba de diez y nueve mil almas. No todos estaban bautizados,
porque la catequización no se aceleraba, pero a los adultos que h a -
bían recibido el agua del bautismo había que añadir los muchos pár-
vulos que habían recibido el sacramento en el artículo de la muerte
y a quienes so había abierto de este modo las puertas del cielo. Se-
gún los cálculos del P. Figueroa, la población total de Mojos podía
fijarse en aquel tiempo en setenta mil almas y, por tanto, un tercio
de la misma había sido ya ganada para Jesucristo. La Provincia del
Perú podía ufanarse con razón de t a n magnífico resultado ,3.

11
V. la carta antes citada del P. Figueroa. V. también la Relación que
el P. Antonio de Orellana dirigió al P. Martin de Jáuregui, con fecha de
18 de Octubre de 1681. Existía original en el legajo 3 de Mss. de la B. N.
do Lima.
Casa de los Padres. Trinidad.
A principios del Siglo.
CAPITULO IV

Progresos de la Misión

1. Estado de la Misión e n los primeros años del s. x v m . Ayuda e c o n ó m i -


ca. — 2. Venida de Misioneros extranjeros. — 3. Martirio del P. Cipriano
Barace. — 4. Fundación de las reducciones de S. José y S Pablo. — 5. M a r -
tirio del P. Baltasar de Espinosa. Fundaciones entre los Baures.

1. Al comienzo del s. x v m el estado de la misión era más que


halagüeño. El P. Visitador, Diego Francisco Altamirano la dejó com-
placido y sus impresiones las hallaremos reflejadas en estas palabras
que copiaremos de la Brevis Notitia que escribió el P. Nicolás de
Figueroa, su compañero en la visita, al volver al Perú. "De estas
nueve reducciones, fuera de las dos primeras, las otras siete se h a n
fundado en el gobierno del Excmo. Sr. Conde de la Monclova, a cu-
ya generosa y cristiana liberalidad deben gran parte de sus aumentos
y esperan crecer con mayor número las conversiones de estas mi-
serables almas de ciegos gentiles, con los socorros fáciles de los fie-
les; pues con un cuchillo rescatarán el alma de un indio de la es-
clavitud del demonio y con una sarta de cuentas o chaquiras el
alma de una india que por t a n corto interés se viene a recibir la fe
y el bautismo y se forman tan crecidas como bien formadas cris-
tiandades; pues es de grande gloria de Dios y singular consuelo de
los misioneros como lo debe ser de cualquier redimido con la sangre
de Jesucristo, el ver que los que poco h a eran esclavos del demonio y
eternamente se condenaban por sus abominaciones e idolatrías, ya
conocen a Dios, le alaban, le honran y piden misericordia, ejercitán-
dose en todos los empleos de virtudes cristianas, pues no solo asisten
todos los domingos y días de fiesta a las Iglesias a oir misa, la ex-
plicación de la doctrina y sermón y confesar y comulgar cada año,
sino que muchos indios e indias oyen misa todos los días y comulgan
en todas las festividades de Cristo N. S. de la Santísima Virgen y
de muchos Santos.
Los domingos, por la tarde, salen todos en procesión con una imá-
gen de la Sma. Virgen, cantándole su santísimo rosario por todo el
pueblo. El dia de Corpus se solemniza con muchas confesiones y co-
muniones, misa cantada que ofician los muchachos, con lindas voces
y canciones varias. Asisten al sermón del misterio, después a la pro-
cesión solemne por las plazas y calles de los pueblos, con altares
en las esquinas que adornan con hermosas plumas y flores, feste-
jando el dia con muy alegres danzas. Los lunes se canta la misa de
difuntos y se hace la procesión acostumbrada con sus responsos can-
tados. Los viernes se dice la misa al alba del Santo Cristo, en que se
c a n t a la pasión del Señor en devotos versos compuestos en su idioma,
concluyendo con un acto de contrición cantado. Los sábados, por
la m a ñ a n a , se canta la misa de la Sma. Virgen con variedad de to-
nos músicos; por la tarde su salve y letania, rezando después el ro-
sarlo a coros. Todos los días se enseña la doctrina a todos los m u -
chachos del pueblo y vienen a rezar el rosario a las oraciones.

En la Cuaresma y Semana Santa es de grande edificación y con-


suelo verlos acudir a todas las ceremonias de la Iglesia, celebrar los
ayunos, frecuentar los sacramentos sin apartarse de sus iglesias jue-
ves y viernes santo, asistiendo a los divinos oficios y empleando estos
días en ejercicios de piedad y devoción, cantando los pasos de la
pasión en tiernas lamentaciones, salir de penitencia en la procesión
que se hace el Viernes Santo, azotándose hombres y mujeres en gran
número, muchos empalados, otros con cruces a los hombros, los in-
diecitos con sogas a la garganta y corona de espinas a la cabeza que,
de verlos, se enternece el corazón de los Padres que de sus inmensas
fatigas tienen esto por fruto, alivio y premio y no cesan de alabar
la misericordia de Dios que t a n t o se extrema en favorecer y comu-
nicarse a estos miserables que poco antes ni le conocían, como es-
clavos del demonio.
Y no es de menor edificación y ejemplo ver a los misioneros, per-
sonas las más de grandes letras y talentos, emplearse en humildes
ministerios y oficios por enseñar y aliviar a estos pobres. Los Padres
son los médicos y cirujanos que los curan, los barberos que los san-
gran, sus enfermeros que los cuidan, visitando dos veces al día los
enfermos del pueblo y asistiendo persosonalmente a la aplicación
de las medicinas. Los Padres les enseñan todos los oficios; q u e - l a
caridad de Cristo es muy hábil maestra de todas las artes: son a l a -
rifes, carpinteros, doradores, zapateros, sastres, músicos, herreros;
los Padres les señalan sus chacras y se las ayudan a sembrar, les
dan anzuelos para sus pescas en los ríos, hachas p a r a cortar m a d e -
r a en los montes... y al fln cada misionero se hace todo a todos, padre
y madre de los indios, para ganarlos por estos medios p a r a Cristo.
Pero es gran dolor que muchísimas naciones que están a la vista de
esta cristiandad se condenen por falta de ministros y de medios" 1 .
Esto escribía en 1700 el P. Figueroa, refiriendo lo que habían visto
sus ojos y sin caer en exageraciones, como la que él mismo cita del
P. Fr. Baltasar Campuzano O. S. A., que en su Planeta Cathólico
(Discurso III, p. 25) decía: "Que el distrito de los indios Moxos con-
tiene no menos de ciento y setenta provincias que ocupan cuatro mil
leguas de tierra, como consta por relación de sus habitadores". Mucho
creer fue este, dice el P. Figueroa y ¿a dónde íbamos a p a r a r con t a n -
tas leguas y provincias? Tal vez se refería a los ayllos o parcialidades
en que andan divididos estos indios, pero además cuatro mil leguas
no caben en la geografía del mundo.
Prácticamente, la mayor parte de las naciones que habitaban es-
tos llanos eran ya conocidas de los misioneros. Los Mobimas, Chu-
rimanas y Cayubabas se habían reducido casi en su totalidad; a
la banda del oriente los Guarayos, que hablan el chiriguano, los T a -
pacuras, que entienden la moja, y los Baures, los más dóciles y racio-
nales, dice el P. Figueroa, y entre los cuales h a s t a los niños a n d a n
vestidos, estaban a punto de convertirse y tras estos los Itenes y
otras solo esperaban la entrada de los Padres. Escaseaban los medios
y por esto se acudió a la Hacienda Real. Con sobrada razón escribía
el P. Marbán al P. Francisco Javier, Provincial del Perú el 20 de
1
Breve Noticia de las Misiones de Moxos. Apéndice a l a Historia de las
Misiones de Moxos del P. Diego Francisco Altamirano... La Paz, 1891.
Marzo de 1G90: "Yo no só por qué estas misiones no h a n de gozar del
sínodo do que gozan todas las demás misiones de la Compañía, ¿siem-
pre habernos de ser soldados voluntarios? ¿Nunca habernos de tener
estipendio? ¿Toda la vida habernos de vivir de merced y de limos-
na?"2.
Ya el P. Orellana, encontrándose en Chuquisaca, por asuntos de
la misión, había informado al Presidente de la audiencia, D. Diego
Cristóbal Messia, la necesidad de las reducciones y este escribió a
S. M. el 3 de Setiembre de 1690, dándole cuenta de todo y rogándole
se señalara a los misioneros alguna ayuda de costa, pues hasta en-
tonces sólo se les hablan librado en las cajas de Potosí tres mil pe-
sos por el Conde de Castellar y dos mil por el Duque de la Palata 3 .
Vióse la carta en el Consejo de Indias y se escribió al Conde de la
Mondo va para que ayudase a los misioneros de Mojos con el sub-
sidio que prescribían las leyes 4 . No tuvo efecto por entonces esta
resolución, h a s t a que el Memorial del P. Marbán logró que se asignase
una suma en las cajas de Potosí, como ya hemos visto. Sin embargo,
no debió recibir regularmente la Misión este subsidio, porque todavía
en 1712 se hacía sentir su falta.
Dios en cambio nos deparó algunos bienhechores, fuera de los ci-
tados en el capítulo anterior. El uno fue el presbítero D. J u a n de
Solórzano, fundador del Colegio de Cochabamba, el cual solo por
esta razón se debía contar entre los bienhechores, pues aquel Cole-
gio empezó por ser un Hospicio para los PP. que pasaban a Mojos
o volvían de la Misión y luego sirvió de punto de enlace con ella.
Más hizo en su favor, porque en su testamento dejó del remanente
de sus bienes cuatro mil pesos y una mina con ingenio para moler
metales, la cual, no pudiéndola beneficiar los nuestros, se sacó a re-
mate, pero el P. Altamirano, de quien tomamos esta noticia, dice
que todavía en su tiempo no había aparecido comprador y por eso
no se sabía lo que podría valer. A este se siguió el canónigo de Chu-
quisaca, D. Pedro Vásquez de Velasco, obispo después de Santa Cruz
de la Sierra, el cual nos favoreció mucho e interesó también en nues-

2
Arch. Rom. S. J. Perú 21, Historia 111.
1
A. de 1. Charcas 74-3-37.
4
V. ln RC. que se le dirigía con fha. 4 de Setiembre de 1692. en A. de
I. Lima. Indiferente General. Reales Ordenes y Decretos del Consejo.
tro favor a su h e r m a n a Da. Magdalena. Por fin D. Luis de Miranda,
caballero sevillano y Corregidor de la villa de Oruro, no se contentó
con ser insigne bienhechor del Colegio de este lugar sino que durante
muchos años hizo donaciones a las Misiones, acudiendo a lo que
necesitaban las Iglesias y pueblos y comprometiendo de este modo
nuestra gratitud 5 .

2. Pero si los recursos eran necesarios, mayor f a l t a hacían los


misioneros. Aunque la Provincia del Perú habia cedido con genero-
sidad los sujetos que h a s t a entonces habían roturado este campo, era
forzoso acudir también al auxilio de las Provincias de Europa. Con
este fin el P. Jáuregui, en cumplimiento de lo dispuesto por la Con-
gregación Provincial del año 1686, solicitó el envío de algunos, pero
el socorro se retrasó por diversas causas y solo en el año 1694 a n u n -
ciaba el P. Tirso la salida de Cádiz de diez sujetos de diferentes Pro-
vincias de España, Italia y Alemania. De estos solo ocho pasaron a
Mojos y en el año 1697 tres de ellos se presentaban en Loreto. Más
tarde se hizo posible el envío de nuevos operarios, gracias a una real
cédula que obtuvo el P. Nicolás de Miraval, Procurador de la P r o -
vincia del Perú, el 5 de Mayo de 1700 para que pudiese llevar h a s t a
5
En el A. N. Sucre. Archivo de Mojos de G. R e n é Moreno, se h a l l a u n
Inventario de los Bienes que poseía la Misión, al sobrevenir el extrañamiento.
Se reducían a la Hacienda de S. Ignacio de Humay, en el valle de Pisco;
unos censos en la Hac. Chiquito y en el valle d e Chicama, propiedad d e
D. Valentín del Risco; id. e n otras haciendas, como la de S. Francisco d e
Buenos Aires, e n Trujillo etc. todos los cuales ascendían a la suma de
81.325 pesos y redituaban al a ñ o 2439. Poseía también otras dos Haciendas,
Chalguani y Abarani en Mizque. El Procurador de la Misión vendía los productos
de la m i s m a o sea muías, sebo, arroz, cera, azúcar, chocolate y tejidos d e
algodón y palillo. Les correspondían a las reducciones lo siguiente, por su
orden:

Loreto 1500 S. Pedro 3000 Magdalena 1000


Trinidad 1500 Sta. Ana 800 Concepción 1000
S. Javier 2500 Exaltación 2300 S. Joaquín 1000
S. Martín 800 S. Nicolás 500 S. F. Borja 1500

La reducción de S. S i m ó n se m a n t e n í a de limosna y la de R e y e s sólo producía


500 arrobas de cacao. No es, pues, de extrañar que el ejecutor del e x t r a ñ a -
miento, Aymerich, en carta al Presidente de la Aud. de La P l a t a de 28 Agosto
1768 le dijese que los pueblos no se sostenían por sí mismos.
cuarenta sacerdotes y cuatro coadjutores, pero con la calidad de
que solo la tercera parle pudiese ser de extranjeros. Esto último era
una consecuencia de lo que el Consejo, en vista del informe del
Fiscal, había determinado, condicionando el pase de misioneros de
otras Provincias a América, arbitrio que por f o r t u n a fue revocado a
instancias del General, dándose la R. C. de 27 de Junio de 1723 que
solo obligaba a mantener en las Misiones el número de sujetos co-
rrespondiente y a dar aviso al Vice Patrono del destino que se diese
a los religiosos extranjeros. Al P. Miraval se le concedieron cuarenta
y cuatro sujetos, como hemos dicho, pero no parece que hiciera uso
de esta autorización porque en el año 1716, el Procurador de Indias,
P. J u a n Francisco Castañeda, volvió a pedir se le concediesen los
dichos sujetos y con los Procuradores, P. Francisco Rotalde y Fer-
mín Irisarri, fueron enviados catorce sacerdotes y tres coadjutores.
De la Provincia de Castilla vinieron los PP. Alonso Arguelles, Ber-
nardo Sandoval e Ignacio Antonio Fernández y los HH. J u a n Anto-
nio Baca, Antonio Vila y Miguel de Hierro. De la provincia de Ba-
viera, los PP. Francisco Javier Dirrheim, natural de Augsburgo, Do-
mingo Mayr, Sebastián Schmidt, Gaspar de Prato, Pedro Pirón, y
José Schleimer. De Italia, el P. J u a n Bta. Bussoni y el Hermano
Jorge Liparo, muy entendido en arquitectura. De estos el P. Pirón
falleció antes de embarcarse.
En el año 1723 por una Real Cédula de 20 de Febrero se conce-
dieron otros 25, de los cuales algunos Padres y Hermanos, así estu-
diantes como coadjutores procedían de Alemania, a saber: José Bo-
dar, Simón Schmidt, J u a n Rehr, Francisco Faltrick, José Reyter;
tres Estudiantes 4 : Nicolás Meges, José Reysner, José Mayer y cuatro
HH. Coadjutores: Miguel Herold, Mateo Munegast, Carlos Schmidleh-
ner, Adalberto Marterer; de Italia los PP. Francisco Javier Pozobo-
nelll y Nicolás Altogradi, los HH. Escolares Pablo Pecci, Cristóbal
Bussi y los HH. Coadjutores, Genaro Bari y Alejandro Fusco; de Cas-
tilla el P. Antonio Laris y los Escolares J u a n Calvo, Francisco Conde
y Francisco Maldonado y los Coadjutores: J u a n Checa y Rafael Fer-
nández \
La Real Hacienda pagó los gastos del viaje de estos misioneros
hasta el Callao y por una Real Cédula de 12 de Octubre de 1716 que
6
A. de I. Charcas 76-5-8.
alcanzó a obtener el P. Procurador Francisco de Rotalde, se resolvió
que a cada uno de los curas que t r a b a j a b a n en Mojos sé les diese
por vía de sínodo doscientos pesos anuales. Con esta ayuda se hizo
más fácil atender a las necesidades de la misión. Como todavía sub-
sistían los prejuicios contra los religiosos extranjeros hubo que acu-
dir muchas veces al engaño, a ñn de obtener que se les diese el per-
miso para pasar al Perú. Con frecuencia vemos que en las listas
de embarque se supone que son de los estados de Flandes, sometidos
al Rey Católico, los alemanes, bávaros o bohemios, inocente ardid
del que nos hubimos de valer para que no se impidiese su embarque.

3. Este refuerzo fue de mucho valer, porque las provincias de


Germania enviaron excelentes sujetos. Los tres primeros fueron los
PP. Estanislao Arlet, Francisco Borinie y Francisco Javier de Leyden,
todos ellos de la Provincia de Bohemia. Los t r a j o al Perú el P. Joa-
quín de Velasco y arribaron a Lima el 28 de Junio de 1697 y luego
partieron a Mojos. El P. Arlet habla nacido en Oppeln en Silesia en
1663 e ingresó en la Compañía el 30 de Octubre de 1679. Fue en
1713 Rector del Colegio de la Plata. El P. Borinie nació el 31 de
Mayo de 1663 en Malonitz o Malowitz en Bohemia e ingresó en la
Compañía el 2 de Enero de 1680. Fue incansable operario y, como
decía el P. Arlet, suplía por veinte misioneros. Levantó templos e
inició en la enseñanza de la música a los indios. Mereció que el Rey
por medio de su lugarteniente en el Perú le agradeciese lo que h a -
cía por el bien de los naturales. Falleció en 1722. El P. Leyden nació
en Viena de Austria de familia noble. Llegado a Mojos el P. Marbán
lo retuvo en Loreto. Se señaló por sus virtudes y vino a morir en
Potosí en 1713, dejando f a m a de santo. Su cuerpo fue sepultado en
nuestra Iglesia.
3. A las pérdidas sufridas con la muerte del H. Castillo y del
P. Félix de Porres vino a añadirse la del P. Ignacio de Sotomayor que
por sus dolencias hubo de dejar la misión. A ellas se sumó la m á s
dolorosa del P. Cipriano Barace. Había salido este Padre de Trinidad
el 17 de Agosto de 1702 en compañía de algunos indios con ánimo de
penetrar por las tierras de los Guarayos y Baures. Fue bien recibido
en los primeros pueblos, ya visitados por él, pero a medida que fue
avanzando en el interior y por terreno desconocido se le recibía con
más frialdad y sus compañeros empezaron a recelarse y a mostrar
inquietud por no creerse seguros. Dieron a entender al Padre que
sería conveniente retroceder, pues la actitud de los Baures no Ins-
piraba confianza, pero el animoso Padre les infundió aliento y con-
tinuaron su marcha. Entraron en un pueblo que hallaron al paso y
el ruido de una especie de tambor sobresaltó a los neófitos, porque
sabían muy bien que este Instrumento no se tocaba sino en ocasio-
nes de guerra o de una alerta de enemigos. Aun cuando el P. Barace
se dio cuenta del peligro, pensó que era mejor mostrar ánimo y avan-
zó hacia el caserío, pero a los pocos pasos dio en un grupo de indios
armados con arco y flechas que le miraban con fiereza. Adelantóse
uno de ellos que debía ser el cacique y le indicó que se detuviese.
El Padre, conociendo que no estaba seguro entre ellos, manifestó su
propósito de seguir adelante, pues le llamaban a otros puntos. Lo
dejaron ir pero al poco tiempo sus acompañantes notaron que los
seguían los indios. Temiendo entonces por su vida, corrieron a inter-
narse en los bosques cercanos, en tanto que la muía del Padre lle-
gaba a una ciénaga llena de maleza. Allí fue donde le dispararon sus
v' flechas los infieles, alcanzando a herirle tanto en el muslo como en
un brazo. La muía recibió también un flechazo y, al sentirse herida,
despidió al Padre. Corrieron entonces los indios sobre él, disparán-
dole sus flechas y, arrebatándole uno de ellos la cruz que tenía en
las manos, le asestó un fiero golpe de macana en la cabeza que le
arrebató la vida.
Era el día 1G de Setiembre de 1702. Los mojos que habían huido
antes del lance lograron por sendas extraviadas llegar a Trinidad
y allí dieron cuenta de lo ocurrido. De este modo vino a terminar su
carrera aquel apostólico varón, uno de los fundadores de esta misión,
en la cual habla trabajado ejemplarmente durante veintisiete años,
regándola con su sangre como antes lo había hecho con sus sudores.
Cuando llegó la nueva de su glorioso martirio a Santa Cruz era Go-
bernador y Vicario General del Obispado, D. N. Ibañez de la Rente-
ría y de acuerdo con el General D. Agustín Arce de la Concha, se
resolvió celebrar en la Dominica segunda de Noviembre una Misa
solemne en acción de gracias a Dios por su feliz muerte 7 . La nueva

7
P. Du Halle. Lettres Edlflnntes et Curieuses... vol. X, Prólogo.
de su martirio lejos de amilanar a los misioneros fue un nuevo esti-
mulo para que se dedicasen con más ardor a la evangelización de
los infieles. El P. Orellana, Superior de la Misión, escribió la vida del
atleta de Cristo, la cual se imprimió en Lima en 1704 y luego en
Madrid en 1711.
El P. Barace, cuyos rasgos biográficos ya hemos trazado, no logró
reducir a los Baures pero su muerte dio motivo para que se pusiese
más empeño en llevar a cabo su conquista, como en efecto se hizo,
logrando que toda esta nación, bastante numerosa aceptase la fe
cristiana. Como su muerte no debía quedar sin castigo, desde S a n t a
Cruz se envió al General D. Félix Cortés con una escuadra de solda-
dos y un millar de indios cristianos, para que, entrando en los Bau-
res, aprehendiese a los que habían dado muerte al P. Barace. Dos
Padres acompañaron a la expedición a fin de que no se cometiesen
excesos y fuese el escarmiento moderado. Se tomaron como unos dos-
cientos cincuenta en calidad de rehenes y se ahorcó a uno de los
principales actores del delito. Con esto se volvieron todos a S a n t a
Cruz.

4. La misión continuó prosperando durante el gobierno del P.


Orellana y nuevas reducciones se unieron a las antiguas, pero la f u n -
dación que en primer lugar ocurre citar es la de Cochabamba. El
camino que enlazaba esta villa con los Mojos acortaba mucho la dis-
tancia, aunque tal vez no t a n t o como afirmaba el Procurador General
de ella, J u a n de Morales Malpartida, cuando en un memorial decía
que se abreviaba en más de la mitad la distancia que habia por el
antiguo camino 8 . Los vecinos favorecían la fundación y ya en 1692
se había solicitado la licencia, pero en el año 1694, habiendo llegádo
a Cochabamba el P. José de Aguilar, el ayuntamiento y otras perso-
nas reunieron u n a suma bastante a sustentar a algunos de la Com-
pañía y con este f u n d a m e n t o se pensó en erigir por lo pronto u n
Hospicio, en el cual podían vivir hasta cuatro sujetos. Más adelante
se ofreció fundador y el General lo aceptó por tal, de modo que solo
faltaba obtener la autorización del Rey. Con este fin escribió el Ca-
bildo una carta a S. M. el 20 de Enero de 1704, alegando los motivos

8
A. de I. Charcas 76-1-17.
que había para que se pudiera abrir un Colegio'. Transcurrieron to-
davía algunos años, por la lentitud con que se procedía en estos
casos y solo en 171G se expidió en Madrid una Real Cédula, a 14 de
Diciembre, concediendo la ansiada licencia 10. Asi el primitivo Hos-
picio como el Colegio fueron de verdadera utilidad para la Misión.
Ahora nos vamos a referir a las dos fundaciones de S. José de
Chiquitos y S. Pablo en las pampas mojeñas. S. José surgió como a
unas cuarenta leguas de Sta. Cruz y S. Pablo, a mitad de camino
entre S. Borja y la reducción que más tarde se denominó Santos Re-
yes. La primera tuvo sus comienzos en los últimos años del siglo XVH
y se estableció como a unas cuarenta leguas de S a n t a Cruz, hacia el
Oriente, a orillas del rio de San Miguel. Los Chiquitos eran gente
despierta y valerosa y de costumbres sanas y poco dados a la idola-
tría. La reducción comenzó bajo buenos augurios y se hicieron cargo
de ella los PP. José de Vargas y Francisco Javier de Leyden. Esta
Misión que el P. Altamirano llama de San José, parece haber sido
la misma que también fue conocida por San Miguel de los Parabas
y, que, más adelante, se llamó Desposorios y tuvo a su cuidado el
P. J u a n de Montenegro. Estos diversos nombres se explican por los
traslados que experimentó debido a las incursiones de los mamelucos
de Matto Grosso. Pero aun antes de esta fecha, como dice el P. Al-
tamirano, fueron los vecinos de Sta. Cruz los que obligaron a los
misioneros a alejarse de esta ciudad, pues con frecuencia hacían
entradas los españoles en sus tierras, a fln de llevarse a algunos in-
dios para el servicio de sus casas y haciendas. Por lo que toca a la
llamada reducción de S. Miguel de Parabas, esta se habla fundado en
1696, como a unas cuarenta leguas al sur de Loreto, pero no mucho
tiempo después entraron los mamelucos y esta circunstancia hizo
que los indios se dispersasen, aunque se logró reunir como unos qui-
nientos. Estos pasaron a Loreto en el año 1697 y, por último, se les
dio lugar en S. José de Mojos.
S. Pablo se fundó el año 1703, a orillas del rio Santa Ana o, por
otro nombre, Yacuma, pues en la misma época a que nos referimos,
o sea unos diez años más tarde, tenía 1390 cristianos bautizados.
Situada entre S. Borja y la de Reyes no llegó a prosperar y a ello
» A. d e T Charcas 76-5-7.
10
Ibid. 75-6-37. En otro lugar se dice que a 5 de Noviembre.
debió contribuir la proximidad de los Mobimas que por largo tiempo
se mostraron rebeldes. El hecho es que en el año 1758 sus poblado-
res pasaron a S. Borja.

5. Más al Norte de S. Pablo habitaban los feroces Mobimas. Es-


tos se extendían entre el Mamoré y el Benl y entre ambos corrían
otros dos ríos de menor caudal el Aperé y el Maniquí. La zona era
bastante húmeda, por lo llana y estar expuesta a inundaciones y a
estas dificultades uníase el ser los Mobimas muy bárbaros e incultos.
Con todo, en su vecindad se fundaron los pueblos de S. Borja y de
San Pablo. Sus pobladores dieron bastaste qué hacer asi por su in-
constancia como por su indocilidad, pero al fin se logró que adopta-
r a n el modo de vida político y cristiano introducido en los demás.
Hacia el año 1709 un jóven misionero, el P. Baltasar Espinosa, que
en 1705 había llegado a Mojos y que en 1707, al menos por unos
meses, estuvo en Loreto pues su nombre figura en el Libro de Bau-
tismos de este pueblo, intentó reducir a algunos de ellos y formar
u n pueblo que denominó de San Lorenzo. En un principio parece
que le escucharon y se resolvieron a vivir a su lado, pero pronto
por instigación de uno de los caciques se sublevaron y dispersaron.
Hallábase ausente el Padre Baltasar y, según parece, en la reducción
de S. Pedro, donde se confesó como quien se preparaba para morir.
Siguió adelante en compañía de algunos catecúmenos de más con-
fianza el Lunes infraoctava del Corpus y se dedicó a buscar a los
fugitivos durante tres días, sin encontrar otra cosa, dice el P. Al-
tamirano que una soledad sospechosa. Al fin, el día 26 de Junio,
Octava del Corpus, avistó un grupo de estos Mobimas, los cuales
en cuanto le vieron se acercaron blandiendo sus arcos y hallándose
ya a tiro del Padre descargaron sobre él una nube de flechas, en
medio de u n a gritería espantosa. Cayó el Padre Baltasar atravesado
por seis saetas y con él cayeron también hasta trece catecúmenos,
logrando huir algunos otros para contar el suceso. Cuando los p a -
rientes de los muertos tuvieron noticia del hecho, se resolvieron a
vengarlos y, sin más dilación, emprendieron el ataque, con lo cual
se suscitó una lucha bastante encarnizada y se turbó la paz.

Tenía a la sazón el P. Baltasar Espinosa treinta años y había n a -


cido en Pisco, de familia noble. Se educó en el Real Colegio de San
Martin, adonde ingresó el 21 de Junio de 1G92, siendo de edad de
trece años. Asi en letras h u m a n a s como en filosofía hizo notables
progresos, de modo que se le pudo encomendar un acto de toda esta
última ciencia que defendió con todo lucimiento. Llamado por Dios
a la Compañía, vistió la sotana del jesuita a los diez y nueve años
de edad y, luego de terminar su noviciado, pasó al Colegio de S. P a -
blo donde se aplicó al estudio de las ciencias sagradas. Ordenado de
sacerdote fue enviado a hacer su Tercera Probación al Colegio de
Guamanga y ya desde entonces comenzó a desear le aplicasen al
ministerio de las misiones. Cedieron a sus ruegos y en el año 1704
se encaminó a Mojos. Aquí trabajó no como bisoño sino como vetera-
no, pues le encomendaron la difícil tarea de reducir a los Mobimas.
Con este fin empezó a echar los cimientos de la reducción de San
Lorenzo, pero, además, hubo de recorrer toda la zona habitada por
esta nación, reconociendo sus pueblos e invitando a todos a concen-
trarse en el que se iba a fundar.
Después de haber edificado a todos con sus virtudes y regado aque-
lla tierra todavía estéril con sus sudores, quiso Dios que la fertili-
zase con su sangre y permitió que los infieles le quitasen la vida.
Fue la segunda víctima que la Misión de los Mojos ofreció a Dios
en holocausto. La reducción de los Mobimas no tuvo vida estable y
la tarea de convertir a estos bárbaros quedó reservada al P. Pascual
Ponce de León, uno de los últimos superiores de Mojos y Provincial
también de la Provincia Peruana
Casi por el mismo tiempo se t r a t a b a de f u n d a r una reducción
entre los Baures, pero antes era preciso encontrar camino hacia
ellos desde S. Pedro. Por esta razón el P. Orellana dispuso que el
P. Legarda se hiciese cargo de esta empresa. El Misionero empezó por
confiar esta tarea a uno de los capitanes indios que le obedecían, a
fin de que con la ayuda de otros pasase a brujulear la región. La
tentativa no dio resultado y por este motivo se decidió el P. Legarda
a ir en persona. Confiando en Dios y prometiendo a la Virgen si su
viaje tenía éxito el dar el nombre de Concepción al primer pueblo,
salió de S. Pedro a caballo bien acompañado y como a las veinte
11
Creemos que era hermano del P. Baltasar el Cura de Moquegua en
1758, D. Francisco de Espinosa y Mendoza. En el Colegio de La Paz se con-
serva en un tosco relicario un hueso del insigne mártir d e Cristo P. Baltasar.
leguas entró en los primeros pueblos de Baures. Estos recibieron
bastante bien al misionero y los indujo a formar una o dos pobla-
ciones, en lo cual vinieron con gusto. Continuó adelante hasta dar
con el núcleo principal de estos indios y en el mismo señaló el lu-
gar que había de servir de emplazamiento a la nueva reducción.
No halló resistencia alguna, de modo que pudo emprender la vuelta,
dejando marcada la senda, para poder entrar de nuevo. A la vuelta,
sin embargo, le salieron al encuentro algunos Baures armados, t r a -
tando de oponerse a su paso. El Padre ordenó entonces a los que le
seguían que, poniendo espuelas a los caballos, se lanzasen sobre los
enemigos y los atropellasen. Esta medida fue su salvación, pues se
consiguió poner en fuga a los contrarios.
Informado el P. Orellana de todo lo ocurrido, decidió e n t r a r él
mismo y en compañía de veinte hombres a caballo partió de S. Pe-
dro. Llevaba consigo en calidad de intérprete a un indio a quien había
cautivado el P. Legarda y a quien se t r a t ó de agasajar para ganarle
la voluntad. En los cinco primeros días de viaje no hubo mayor di-
ficultad, pero en llegando al p a r a j e en donde habían acometido al
P. Legarda, empezaron a desconfiar los que le seguían. Precedíalos
el intérprete, el cual t r a t a b a de explicar la razón del viaje del Padre
y en un pueblo en que estaban de fiesta y dados a la embriaguez,
obtuvo que dejaran las armas, pero fue cosa momentánea, porque
luego siguieron a los expedicionarios y flecharon al Padre, el cual
trató de ocultarse para no ser blanco de sus tiros. Los demás t r a t a r o n
de hacer frente a los contrarios y, desbocándose uno de los caballos
que llevaban de remuda y metiéndose por entre ellos, los espantó y
dispersó. Volvieron sobre sus pasos y hallaron al Padre con otros
dos de los compañeros y en el p a r a j e se detuvieron a pasar la noche.
Ocurría esto un jueves, dia 27 de Setiembre y el siguiente dia prosi-
guieron su camino, llegando a los siete de su salida a los Baures y
dejando atrás a los Itonamas que se habían opuesto a su paso.
El 29 de Setiembre de 1708, día de S. Miguel Arcángel, llegaron al
pueblo que recibió al Padre con gran regocijo y muestras de amor.
Le alojaron en la mejor casa "del pueblo y tuvo el consuelo de bau-
tizar a una niña recién nacida a la cual puso el nombre de María.
Dos días más tarde llegó al lugar que el P. Legarda habla escogido
para la reducción proyectada, donde también fue muy alegre el
recibimiento y luego el misionero enarboló en la plaza el signo de
nuestra redención y con los indios cristianos que llevaba consigo rezó
el santo rosario y las letanías. Visitó otras poblaciones y en todas fue
muy bien recibido, siendo los primeros los caciques en ponerse a su
disposición. El día 10 de Octubre se unieron a él los tres misioneros
que había dispuesto le siguiesen para dar comienzo a la conversión
de los Baures, a saber los PP. Pedro Rada, Pedro Blanco y Miguel
Sánchez. J u n t a m e n t e con ellos vinieron cuatro intérpretes, conoce-
dores de la lengua de los Baures, que habían sido apresados cuando
los españoles de Santa Cruz entraron a castigar la muerte del P. Ba-
race. Trajeron también los Padres cuarenta y cinco cabezas de ga-
nado vacuno para el sustento de la gente, cuya presencia no dejó de
causar admiración a los Baures. Empezóse, pues, con felices auspicios
Ja conversión de estos indios y el P. Orellana dispuso que se f u n d a r a n
tres reducciones, Concepción, San Joaquín y S. Martín, todas ellas
se fundaron en los afluentes del Baures. Aunque estas reducciones
v
se vieron amagadas por los Mamelucos, no vinieron a ser presa de
ellos, de modo que se pudo mantenerlas en buen pie hasta la ex-
pulsión, llegando a contar cada una de ellas unas dos mil almas.
El P. Orellana, dejando en manos de sus súbditos esta empresa, se
volvió a S. Pedro, pero para no dar ocasión a encuentros con los
que se habían cruzado en su camino, de acuerdo con los guías tomó
otra vía para llegar a S. Pedro.
CAPITULO V

La vida religiosa y social en Mojos

1. Carácter y cualidades de los indios mojos. — 2. S u religiosidad. —


3. Las reducciones. — 4. S u organización y vida diarla. — 5. Contratiem-
pos que sobrevinieron.

1. Como hemos indicado anteriormente, desde el comienzo, los


Jesuítas se dieron cuenta de la buena Indole de estos indios Mojos
y comprendieron que había en ellos un material humano, susceptible
de ser elevado a un nivel de cultura más alto. La transformación
se llevó a cabo pero se equivocaría lamentablemente el que pensase
que esta obra fue hacedera y fácil. De ningún modo; f u e obra de
paciencia, de constancia y de trabajo que se prolongó por algunos
años. Los que por vez primera entraron en sus tierras tenían ya
algún conocimiento de lo que era t r a t a r con indios y en la Provincia
del Perú existía ya lo que podíamos llamar una tradición, f r u t o de
la experiencia. La Misión de Juli, entablada por la Compañía, aun
cuando en la parte material de la población hallamos ya un caserío
formado, sirvió de modelo a las que luego hubo ocasión de crear
en Chavin de Pariarca y luego en Cajamarquilla. Con esta base los
misioneros que pasaron a Mojos pudieron ir formando las reduccio-
nes, adaptándolas a las circunstancias del clima y a las condiciones
de la vida en una región fuertemente castigada por el sol y la lluvia
y expuesta a frecuentes inundaciones.
Facilitó la tarea la docilidad que mostraron estos indios, que sin
violencias fueron amoldándose a las costumbres que les enseñaron
los misioneros, olvidando su antigua manera de ser y los hábitos in-
veterados. Esta suave y dúctil condición de los Mojos no se vio des-
mentida en lo sucesivo y, salvo en algún caso y en determinada par-
cialidad más rebelde, no se lamentó el que volvieran a incidir en los
errores en que vivían. El P. Antonio Orellana dice en su relación que
de 1682 a 1687 solo supieron los nuestros de dos indios que hubieran
cometido el infanticidio, siendo así que antes era frecuente que al
niño que nacia deforme o enfermo o bien al que llegaba a perder a
su madre en el período de la lactancia o al nacer, le quitaban la vida
sin el menor escrúpulo. Asimismo solo se supo de tres que hubiesen
dejado a sus mujeres para enlazarse con otras, aun cuando sea cierto
que entre ellos no era común ni mucho menos la poligamia. Por lo
que toca a las borracheras a la que son t a n proclives los indios, des-
aparecieron casi por entero, aun cuando no se les prohibió del todo
el uso de la chicha, pero mientras antes de su conversión se gasta-
ban en las fiestas y convites doce o catorce t i n a j a s de esta bebida,
después bastaban dos o tres para alegrar a los invitados.
Entre otras buenas cualidades que se pudo reconocer en ellos,
u n a fue el respeto por todo lo ajeno, de manera que apenas se co-
nocía entre ellos el hurto, si no es tratándose de cosas muy peque-
ñas y esto ocasionalmente. Respetaban la propiedad, aunque fuese
cierto que era bien poco lo que poseían y casi sin ninguna diferencia
todos venían a tener lo mismo. Tampoco fueron muy dados a ido-
latrías y vanas observancias. Su teogonia era sencillísima y no mul«
tiplicaban las deidades a las cuales se h a de rendir culto. Por lo
mismo, sus prácticas religiosas se reducían a bien poco y aun la
hechicería no estaba entre ellos t a n difundida, reduciéndose a los
casos de enfermedad o cuando algún grave peligro les amenazaba y
solo entonces llamaban al hechicero.

2. A estas cualidades se unió luego su inclinación a la piedad y


el fervor con que abrazaron la fe cristiana. El ya citado P. Orellana
nos habla de la tierna devoción que concibieron para con la Sma.
Virgen, a la que solían llamar Nuestra Madre. "Acuden, dice, todos
los sábados a la Iglesia, a toque de campana, a la Salve y Letanía
y después rezan a coro el santísimo r o s a r i o I n v ó c a n l a en sus n e -
cesidades y si cuando andan cazando les amenaza el agua, princi-
palmente cuando viene del sur, viento al que mucho temen por ser
muy frío y desapacible, llaman luego a la Virgen a voces... Algunos
con toda sinceridad, antes de salir a arar, vienen a despedirse en
la Iglesia de su s a n t a Madre y en voz alta con su mal limada retó-
rica le proponen su necesidad, pidiéndole les ayude...".
Unos años más tarde el P. Arlet, escribiendo al P. Tirso González,
se hacía eco de su fervor religioso. "Es u n encanto, decia, verlos ve-
nir alegres en tropas por la m a ñ a n a a la explicación del catecismo
y, por la tarde, a las oraciones, que les hacemos decir en comunidad:
disputar los niños entre sí sobre quién de ellos h a aprendido antes
de memoria lo que les enseñamos: corregirnos cuando se nos escapa
alguna mala palabra en su lengua y, apuntándonos en voz baja, con
disimulo, cómo se h a de decir: pedir con apretadas instancias los
adultos más adelantados el santo bautismo..." Todo esto era un in-
dicio de la estima que hacían de la fe recibida y, como añade el
mismo Padre, aunque entre ellos no estaba extendida la poligamia,
cuando los Padres les manifestaron que el cristiano no podia tener
sino u n a sola mujer, todos asintieron sin vacilar y no por eso r e -
chazaron el bautismo salvo en dos o tres casos.
Aficionados como lo son todos los indios al fausto y la pompa en
las ceremonias del culto y a todo cuanto les entra por los ojos, los
misioneros procuraron valerse de este a p a r a t o exterior para a t r a e r -
los y confirmarlos en la fe. De ahí que en los pueblos de Mojos se
celebraran con inusitado esplendor las fiestas religiosas y que estas
constituyeran dentro de la vida apacible que en ellos se hacia u n
verdadero acontecimiento. Con antelación se preparaban para ellas
y, llegado el momento, el regocijo era general. Vamos a referir u n a
de ellas casi con las mismas palabras con que lo hace el P. Agustín
Zapata, cura de S. Javier, en u n a carta al P. José de Buendía 2 . I b a n -
se a estrenar en esta reducción unos cuadros que dicho Padre habla
hecho venir de Lima para los altares de la Iglesia y con este fln dls-

1
E n S. Pedro el rosario se rezaba delante de u n a pequeña capilla, l e v a n -
tada en uno de los ángulos de la plaza y dedicada a Nra. Sra. de Cocharcas.
l m á g e n muy popular en el Perú.
2
S. Javier de Mojos, 20 de Julio de 1696. B. N. Lima Ms. 12, f. 331.
puso una solemne fiesta, a la cual convidó a otros misioneros, acu-
diendo siete do los más próximos. Se barrió y limpió la anchurosa
plaza y se alzaron en ella unos arcos de palmeras, formando calle
en todo el derredor. En las esquinas se levantaron cuatro altares
que los indios engalanaron con plantas, flores y pájaros a su gusto.
"A la noche, dice el P. Zapata, se armaron muchas candeladas en
todo el cementerio de la Iglesia, coronada de luminarias pintadas.
Hubo variedad de cohetes, voladores etc. Fue noche alegrisima por
la novedad y multitud de gente que se juntó, pues la trajeron aquí
los Padres de otras reducciones con sus danzas que, juntos todos,
con la variedad de cascabeles, flautas y tambores, que duraron toda
la noche, no daba lugar a la melancolía".
Al día siguiente se cantó una misa solemne con sermón en lengua
castellana y moja para que entendiesen los indios y luego se sacó
la procesión, llevando en andas muy adornadas la lmágen de S.
Francisco Javier. "Seguían tras ellas, dos indiecitas vestidas de á n -
geles, que pudieran parecer en esa corte de Lima, con sus canas-
titas de flores, regando el suelo por donde pasaba el Santísimo Sa-
cramento. Este salió debajo de palio, que me lo prestó el P. Superior
de la Misión, pues lo tiene muy rico en su Iglesia. Diose vuelta a
toda la plaza, parándose el Santísimo en los altares de las bocacalles
y el coro de muchachos entonaba el T a n t u m Ergo... Después de aca-
bada la procesión, se dio órden para que se m a t a r a n varias reses
y comiese toda la gente del pueblo y los huéspedes..."
Como esta fiesta eran las demás, pero algunas de las del ciclo
litúrgico revestían mayor solemnidad. El P. Francisco Javier Eder,
jesuíta húngaro que nos h a dejado una Descripción de la Provincia
de los Mojos, escrita en su país natal, después de la expulsión decre-
tada por Carlos III, nos refiere el modo de celebrar la de la Epifanía
o Santos Reyes en el libro V de su obra 3 . Después de la misa solem-
ne, dice, acudían a casa del Alcalde de la población todos los que
habían de tomar parte en la cabalgata preparada, guiando sus ca-
ballos lujosamente enjaezados con plumas de varios colores, casca-
beles y otros arrequives. De allí salían en buen orden camino de la
Iglesia, yendo delante los músicos y detrás de ellos el abanderado o
3
Dcscrlptlo Provinclae Moxitarum in Regno Peruano... Buda, 1791. Trad.
espafiola del P. Fr. Nicolás Armentia o. f. m. La Paz, 1888.
alférez con unos cuantos mulos que conducían del cabestro unos
negros. Iban estas muías cargarlas con los presentes, metidos dentro
de unos capachos de cuero. Consistían en f r u t a s del país, aves, tor-
tas de maíz muy bien aliñadas y huevos. Las seguían los regidores y
oficiales, vestidos de gala, cerrando la comitiva el Alcalde en medio
de dos indios principales. Llegados a la puerta de la Iglesia desmon-
t a b a n y venían a ofrecer al Cura las ofrendas y este, después de
dirigirles la palabra, los despedía.
A la vuelta recorrían las calles del pueblo en medio de general
algazara, pues todos acudían a presenciar el desfile y solia terminar
la fiesta, haciendo algunos ginetes evoluciones y mostrando su des-
treza en el manejo del caballo por todo el ámbito de la plaza.
Pero entre todas las solemnidades ninguna tenía el esplendor y
pompa de la del Corpus Christi. P a r a ella se esmeraban los vecinos
en adornar la plaza principal, con arcos de follaje y vistosas colga-
duras y especialmente ponían todo su conato en adornar los cuatro
altares que se levantaban en las esquinas y que en algunos pueblos,
como en S. Pedro, eran verdaderas capillas de mamposterla. Rompían
la procesión, después de la cruz alta y los ciriales, las comparsas de
danzantes, muy engalanados y luego niños y niñas vestidos de ange-
les que iban regando de flores el trayecto. Todos iban cantado con
devoción las estrofas del himno eucarístico y lo hacían con t a n t o
entusiasmo y espíritu de fe que las personas que por vez primera
presenciaban la fiesta no podían menos de admirarse.
Como es natural este fervor subía de punto en la Semana Santa.
El ya citado P. Arlet confiesa que le conmovió extraordinariamente
la disciplina que más de 500 indios tomaron en la Iglesia un Viernes
Santo y más todavía el espectáculo que ofrecía un buen número de
niños y niñas que "con los ojos clavados en el suelo, la cabeza coro-
nada de espinas, los brazos tendidos sobre estacas en forma de cruz,
imitaron por más de una hora en esta postura los sufrimientos de
Nuestro Señor en la cruz, al cual tenían delante de los ojos.
Por lo mismo, los Padres pusieron empeño en labrar en todos los
pueblos buenas Iglesias. Así los Gobernadores de S a n t a Cruz que
penetraron en Mojos, como los viajeros que con posterioridad a la
salida de los Jesuitas visitaron la región, todo ellos se hacen lenguas
de los templos edificados por los misioneros con la ayuda de los ln-
dios y de algunos HH. Coadjutores, muy diestros en arquitectura.
Véase, por ejemplo, lo que nos dice el P. Eguiluz de la Iglesia de
S. Javier, que no era por cierto una de las mejores. "El P. Agustín
Zapata, dice, levantó su Iglesia de adobe, de tres naves, con noventa
pasos de largo y treinta de ancho; los techos de tumbadillo y la casa
bastante y religiosa en forma de claustro; un carpintero del Perú
labró un sagrario de cedro curiosamente y bancos con airosas mol-
duras. En el altar mayor se puso un nicho grande para la estatua
de S. Francisco Javier con sus andas muy curiosas y pintadas, para
cuando saliese en procesión; tres puertas de cedro labradas, un púl-
pito y cómoda para los ornamentos en la sacristía".
Se procuró que la habitación de los Padres o el convento co-
mo se le llamaba en Mojos, fuese suficientemente amplia y cómoda
y dispuesta de manera que en ella se pudiese observar la vida reli-
giosa. También se levantaron los edificios que habían de servir de
oficinas públicas y los almacenes en donde se habían de depositar
los productos de la cosecha sea para el consumo de la población
sea para exportarlos y venderlos en el Perú. Hizose también hospe-
dería y el caserío en general se distribuyó en forma regular y de
modo que todos vivieran con comodidad.

3. Para el emplazamiento de los pueblos se escogió siempre un


sitio elevado y sano, pero no pocas veces se hizo necesario mudar
de sitio, así por haber hallado otro más ventajoso como por haber
obligado a ello alguna inundación u otro accidente físico. Así San
Pedro, abandonó su primer emplazamiento que conservó el nombre
de Pueblo Viejo para situarse en la márgen derecha del Mamoré,
pero algo hacia el interior y en p a r a j e por donde se podia pasar
a las tierras de los Itonamas y Baures. Otro tanto y a u n más suceHió
con el de Reyes, fundado en un principio en la márgen derecha del
rio Beni, en un paraje que hoy se conoce con el nombre de Peña del
Guarayo, pero trasladado más tarde a un lugar cercano a la ribera
del rio y vecino a San Pablo. La razón de este traslado fue en un
principio fijar la frontera que debía dividir las misiones de Mojos de
las de los franciscanos del Beni, pero en otras ocasiones, como ocu-
rrió con Santa Ana, el motivo fue haberlo situado en terreno bajo,
expuesto a las inundaciones, por lo que se trasladó a otro de mayor
elevación en la confluencia del Maniquí con el Yacuma y a unas tres
leguas del Mamoré. Otros como San Miguel y Santa Rosa, fundados
en la márgen derecha del Itenes debieron pasar a la izquierda, a
consecuencia del tratado de límites con Portugal que fijaba ese rio
como línea divisoria entre los dominios de u n a y otra corona.
La f a l t a de piedra en Mojos, pues, como dice el P. Figueroa, por
cosa extraordinaria se señalaban tres peñas grandes en la cuenca
del Mamoré, fue causa de que todas las casas se hicieran de madera,
cañas y palmas entretejidas y en algunos edificios se empleara el
adobe, como más sólido. Careciendo de toda clase de metales, la
riqueza de la tierra estaba en la agricultura. Antes de la e n t r a d a
de los jesuitas, los indios no se dedicaban a ella sino que d e j a b a n
este cuidado a las mujeres, las cuales cultivaban el espacio que bas-
taba para sus necesidades mientras sus maridos se entregaban a la
caza o la pesca. Los Padres les enseñaron el uso del arado y otros
utensilios y con la introducción del ganado vacuno y caballar se
hizo más fácil el cultivo del campo. A cada u n a de las familias se
les señalaba el espacio que habían de labrar y de la cosecha reser-
vaban lo que necesitaban y el resto servía para constituir un fondo
común. De este modo mejoró notablemente su situación, pues ase-
guraron así el sustento y contaban con reservas para los años m a -
los. En moderada escala pudieron exportar el sobrante de los pro-
ductos de la región y con ello podían adquirir otros elementos que
necesitaban.

4. En cuanto al gobierno de los pueblos si bien el Cura venia a


ser la primera autoridad, él la delegaba en el que hacia de Alcalde
y en otros funcionarios, sea regidores o indios fiscales, encargados de
m a n t e n e r el órden, de señalar a cada uno las tareas comunes y de
castigar los delitos en que pudieran incurrir los vecinos. Fue el P. Al-
tamirano el que dispuso se adoptase este sistema, a u n cuando a n t e s
de él ya se servían los Padres de algunos indios más fieles y capaces
para estos menesteres.
No fue corta ventaja el haberse aplicado los Padres a enseñar a
todos los indios la lengua moja, logrando generalizarla y extenderla
en casi todos los pueblos. Esto permitía y facilitaba las comunica-
ciones de unos con otros y el intercambio de especies, en los casos de
necesidad. J u n t a m e n t e con esto los adiestraron en los diversos ofi-
cios mecánicos para los cuales tenían mucha disposición los indí-
genas, pues vemos que los muchachos de Loreto dirigidos por el
Hermano Manuel Carrillo, tallaron los altares y otros enseres con
toda perfección. Aunque los Padres hacían oficio de médicos o de
enfermeros, cuando no les suplía ningún Hermano experto en la m a t e -
ria, procuraron que algunos aprendieran a aplicar las primeras curas y
atender a los enfermos, para lo cual fue de mucha utilidad el Her-
mano Diego Urbe, francés de nación, que con mucha caridad y es-
píritu ejerció su oficio en Mojos y sacó buenos discípulos.
No desconocían el arte de tejer, pero los Padres hicieron lo posible
porque se perfeccionasen y adoptasen los métodos usados en el Perú,
a fin de que todos tuviesen telas para cubrir su desnudez. Otros ofi-
cios se fueron introduciendo poco a poco, como los de herrero, en-
tallador, escultor, albañil etc. y, según el testimonio del P. Eder,
sabían los carpinteros y tallistas Imitar con t a n t a perfección cual-
quiera obra de talla, que no era fácil distinguir la obra importada y
la ejecutada en Mojos, como a él mismo le sucedió, teniendo delante
un Cristo atado a la columna, obra de un indio y otra semejante la-
brada en Nápoles. Llegaron a ser t a n buenos herreros y fundidores
que lograron fabricar escopetas y fusiles y a fundir primorosas cam-
panas, como lo testifica el escritor boliviano, José Chavez Suárez, en
su Historia de Mojos, el cual vio varias campanas fundidas en el
siglo xviii, las cuales ostentaban el nombre de los fundidores, todos
ellos indígenas. Más todavía, cuando a fines de esa centuria entró la
expedición española a fln de desalojar a los portugueses de la Es-
tacada de Santa Rosa, por indicación de un capitán, llegaron a fundir
algunas piezas de artillería de pequeño calibre que salieron más per-
fectas que las traídas de S a n t a Cruz. De su habilidad como músicos
y cantores no hay que decir, pues, como advierte el P. Eder, no
hubo Instrumento que no aprendieran los indios a tocar con r a r a
destreza.
Alcides d' Orblgny en su Descripción Geográfica, Histórica y Es-
tadística de Bolivia... impresa en París en 1845 y también en su
Voyagc a l' Amérique Meridionale, no regatea a los Jesuitas los elo-
gios que merecían su obra y, refiriéndose a sus esfuerzos por mejorar
la condición social y material de los indios, dice: "No se puede menos
de admirar el resultado a que habían llegado... cambiando t o t a l m e n -
te el aspecto del país y reformando los usos y costumbres de unos
hombres enteramente salvajes... El primer cuidado de los religiosos
f u e consolidar la existencia de sus misiones, introduciendo todas las
mejoras posibles; con este ñn t r a j e r o n de Santa Cruz numerosos
ganados; estimularon los t r a b a j o s del campo; perfeccionaron los
tejidos, ya conocidos de los Baures; enseñaron toda clase de oficios
manuales y multiplicaron las fiestas religiosas como para dar con
ellas un intervalo de agradable reposo a los trabajadores. Enseñá-
ronles la música y el uso de los Intrumentos de Europa, aunque s a -
caron algún partido de los que ellos usaban antes de su llegada..."
A este tenor continúa encareciendo la labor de los misioneros y no
deja de observar que, gracias al comercio que entablaron con los pro-
ductos de su suelo, pudieron hacerse del oro y la plata que enrique-
cieron sus Iglesias y de otros artefactos para el uso diario. Casi en
vísperas de la expulsión los productos de Mojos daban u n a renta de
sesenta mil pesos anuales y el estado de las poblaciones era prós-
pero.
Otro autor, Gabriel René Moreno, que como n a t u r a l de S a n t a
Cruz se interesó en recoger toda la documentación que existía en
su tiempo sobre Mojos, no es menos explícito en su juicio sobre la
obra jesuítica: "Nadie estaba ocioso allí, dice, todos t r a b a j a b a n b a j o
la vigilancia de sus curas... Producían todo lo necesario para el pro-
pio consumo y, además, una variedad de efectos apetecidos, que
por Santa Cruz se sacaban y que en el Alto Perú se vendían a cargo
de los Procuradores de la Compañía... Además de las producciones
naturales algo elaboradas... las provincias altas se proveían de toda
la mantelería, lencería basta, talabartería, sombrerería pajiza etc.,
provenientes de la industria mojeña..." Pudieran citarse otros testi-
monios, pero con lo dicho hay bastante para que el lector se forme
idea del grado de prosperidad que aún en lo material llegó la misión,
pero no estará de más alegar el testimonio de un Obispo de S a n t a
Cruz, el limeño D. Bernardino de la Fuente y Rojas, el cual escri-
biendo a S. M. desde Mizque el 29 de Marzo de 1735, le anunciaba que
había pasado a los Mojos y añadía: "Aquí quisiera tener yo don de
claridad para expresar lo que es aquella tierra y que se pudiese hacer
juicio de lo que aquellos varones apostólicos sirven a V. M.... En más
de doscientas leguas cuentan oi veinte poblaciones de las quales al-
gunas pasan de tres mil almas y ninguna baja de mil, todas tan bien
Instruidas y con tan fervorosa devoción que más parecen comunida-
des de recoletos que de gentiles convertidos... Protesto a V. M. que
aun no me explico lo que he visto..." 4 .
Respecto a los mantenimientos, véase lo que decia el P. Agustín
Zapata en carta al P. José de Buendía, fecha en San Javier el 8
de Mayo de 1G95, (Bib. Nac. Lima 0013, pub. en J. de L. P. y B. Prueba
Peruana, vol. X). "En nuestras cinco reducciones que están corrientes,
hay trapiche que muele con bueyes y miel y azúcar muy buena y
a los indios se les festeja con guarapo, pero de manera que no se les
ofrezca el embriagarse, porque las borracheras de la chicha están ya
quitadas. Los mantenimientos que tenemos nosotros son de vaca, yuca
y maíz y pescado, por tiempo en grande abundancia; las estancias
son gruesas y fuera de que continuamente todos los días se reparte a
los enfermos carne, se da también a todos los necesitados, viudas y
huérfanos y de más a más, cada año se da cuatro veces de comer a
todo el pueblo, que son las Pascuas de Navidad y Resurrección y
San Javier y Corpus y en otras partes dan más, el día de San Javier
lo conmutan en el día de la advocación del pueblo.
Trigo no se da, aunque alguna vez que han traído alguna semilla
ha salido y espigado; flores, ninguna de las de por allá y aunque se
h a n traído, todas se mueren o ya con las muchas aguas en su tiempo
o ya con los ardentísimos soles, que todo es extremo en esta tierra;
tamarindos se h a n dado y yo tengo un arbolito de tres años, cua-
jado ya de vainilla de ellos que ya están casi de sazón; uvas se dan
y buenas y a los dos años de plantadas los sarmientos me dieron
veintiún racimos; naranjas, cidras, limones reales, toronjas y limon-
cillos han probado bien y hay muchos piñales, hay muchas y hermo-
sísimas lúcumas silvestres, plátanos guineos y de la sierra, en a b u n -
dancia, pero son madres de las calenturas, como todo género de f r u t a
en esta tierra; el P. Espejo tiene una higuera pequeña y dice que
le dio el año pasado u n a breva; de hortalizas se da bastantemente,
como lechugas, frijoles, cebollas etc...".
Bueno es también recordar que, a más de la pesca, abundante en
los rios y lagos de la región, otra fuente de su alimentación, sobre
4
A. de I. Cimrcos 70-5-10.
todo antes de reducirse a pueblos, fue la caza así de volatería como
de algunos animales, como el cerdo salvaje o agutí y los monos. Esta
costumbre de entregarse a la caza de algún venado u otra especie
comestible, no la abandonaron y de esta manera atendían a su sus-
tentación.

5. Estos indios podían considerarse felices bajo la tutela de los


Jesuitas pero no faltaron calamidades que los afligieran. Fuera de
las incursiones de los portugueses del Brasil, de las cuales hablare-
mos más adelante, los principales contratiempos tuvieron su origen
en el hambre y la peste. Los mantenimientos no escaseaban en Mo-
jos, pues, fuera del pescado que abundaba en los ríos y de la caza
de ciervos, venados, agutíes y volatería, casi todos los pueblos po-
seían sus rebaños de ganado vacuno y se hacían además buenas se-
menteras de yuca, fríjoles, arroz y maíz. Mas en la época de lluvias,
sobre todo cuando estas arreciaban, se inundaban los terrenos y
en la extensión de muchas leguas quedaba todo convertido en u n
inmenso lago. Si las provisiones almacenadas venían a consumirse,
la necesidad se dejaba sentir y hubo ocasiones en que las aguas
tardaron bastante en b a j a r y desocupar la tierra y se llegó a padecer
falta de alimentos. Citaremos por vía de ejemplo lo que se dice en
la Carta Anua de esta Misión del año 1751: "Se h a n mudado el pue-
blo de San Javier y el de Loreto, el más antiguo de todos, por verse
expuesto a las inundaciones y este año de 1751 fue t a n t a el agua
que los Padres se embarcaban en las gradas de la Iglesia en canoa
grande para llevar el viático a los enfermos. El riesgo que corrían
casa e Iglesia y los daños de las chácaras de los indios fue más que
ordinario. Quiso Dios se hallase no muy lejos sitio alto para cons-
truir las casas y otros lugares a propósito para las chácaras y se
comenzó el traslado, quedando cerca del río. S. Javier no habla su-
frido tanto por las inundaciones pero el Mamoré se acercaba a él
cada vez más. Era el sitio de Iglesia y casa muy húmedo y se pensó
en el traslado. En 1751 cayó u n a pared de la Iglesia y otras de la
casa amenazaban y así hubo que ponerlo por obra..." 5 .
Mayores estragos causó la peste. En todas las reducciones bien
entabladas, los Padres cuidaron de que hubiese algún sujeto práctico
5
Arch. Rom. S. J. Perú 18 c. Cartas Anuas.
en el arte de curar y las proveyeron de las medicinas más corrientes
y más necesarias, pero a veces por descuido de los mismos Indios que
no tomaban a tiempo las precauciones precisas, y, sobre todo, por
su predisposición a contraer las pestes, el resultado era que en ellos
venia a cebarse el contagio. Pueblos enteros como los de S. José de
las Pampas, S. Miguel de Itenes, S a n t a Rosa y más tarde, en 1758,
San Luis y San Pablo, fueron diezmados por u n a enfermedad maligna
y hubo que trasladar a los sobrevivientes a p a r a j e s más benignos y
sanos. Escribiendo el P. Fernando Tardío al P. Baltasar Rubio desde
Lima, le habla de su sobrino el P. José de Segovia que se hallaba
el año 1713 de misionero entre los Baures y le refiere cómo en el
espacio de un mes había enviado al cielo a más de trescientas almas
que había bautizado y a quienes una peste a f r e b a t ó de entre los
vivos.
Esta mortandad a consecuencia de las epidemias tenía su origen
en la falta de defensas orgánicas bastante común entre los n a t u r a -
les de este Nuevo Mundo, como se observó en el Perú cuando en él
se introdujo la viruela y también la afección que entonces se deno-
minaba trancazo o tabardillo y ahora denominamos gripe. En la Car-
ta Anua del año 1701 escrita por el P. Diego Francisco Altamirano,
se dice que en aquel año murieron a consecuencia de las viruelas
más de mil cien personas y que el mal de costado, que también hizo
entonces su aparición arrancó la vida a unas trescientas, solo en
la reducción de S. Javier. En la de Loreto las viruelas causaron tres-
cientas treinta defunciones, doscientas cincuenta de párvulos. En
Snn Luis quinientas y unos ochocientos indios huyeron a los bosques,
temiendo el contagio. En San Borja hubo sus muertes y los indios
quisieron imitar a los de S. Luis pero felizmente se les contuvo. El
Hermano Alvaro de Mendoza salió a buscar a los fugitivos de S. Luis
y estuvo a punto de ser muerto por los indios. En San Pedro cundió la
alarma y no faltaron defunciones y como el Capitán y otros indios
oficiales hicieran lo posible por evitar el desbande les dieron muerte
y hasta el mismo Cura, P. Lorenzo Legarda, a quien ciertamente a m a -
ban, estuvo a punto de perecer. Al fln con harto trabajo se les con-
tuvo. Todo esto era consecuencia de la Idea muy arraigada en ellos
de que un mal espíritu era causa de la epidemia y que para librarse
de ella no había otro remedio sino alejarse del lugar en donde ese
maligno espíritu residía.
No dejaron de sufrir algunas vejaciones de parte de los vecinos
de santa Cruz, hechos de tiempo atrás a la costumbre de maloquear o
ranchear, como ellos decían, es decir a penetrar en las tierras de
los infieles únicamente para hacerlos cautivos, así fuesen hombres
o mujeres, adultos o niños. Este abuso trató de cortarlo el Príncipe
de Santo Buono, Virrey del Perú, porque en el año 1718 expidió en
Lima u n a provisión, prohibiendo a los vecinos de Sta. Cruz e n t r a r
en las tierras de infieles. Hízolo sin duda por indicación del Pro-
vincial, el P. Antonio Garriga, que había estado en la Misión, y f u e
testigo del abuso cometido por el Gobernador, Cayetano Hurtado
Dávila, que entró a los Itonamas y sacó de entre ellos cerca de dos
mil cautivos, no obstante las protestas de los misioneros. El Rey al
saberlo dispuso que se escribiese a la Audiencia de La Plata p a r a
que se castigase el desmán y con este fin se le dirigió una Real Cédula
con fecha 13 de Marzo de 1720-1721.
Mayores daños causaron las Incursiones de los portugueses, los
cuales amagaron ya nuestras misiones a fines del siglo xvn. La
comarca habitada por los Chiquitos fue u n a de las más castigadas y
obligó a emigrar a las poblaciones que habían empezado a formarse.
En 1722 salieron del P a r á como unos ciento treinta portugueses en-
tre blancos, indios y negros con cuarenta bocas de fuego y a las
órdenes de Francisco de Meló Palleta. Por lo que dijeron más tarde,
su objeto era explorar el río Madera y ver si habla posibilidad de
establecer relaciones comerciales con los pueblos sujetos al dominio
español. El P. Tomás Delgado, Superior de las Misiones de Mojos,
escribió desde Trinidad al Gobernador de S a n t a Cruz, Luis Gui-
llermo Alvarez Gato, dándole la noticia de haber llegado el 8 de
Agosto de 1723 a Exaltación los portugueses. Estos pretendieron pasar
adelante pero los Padres lo impidieron a fin de no alborotar los pue-
blos y al cabo principal cedió ante sus razones, indicando que vol-
vería el año siguiente. Escribió también el lusitano al Gobernador,
explicándole el por qué de su presencia en Mojos y pidiéndole im-
pidiese el paso de los españoles aguas arriba de la confluencia del
Baures y el Itenes, por ser aquellas tierras del Portugal 6 . Esta vi-
6
A. de I. Charcas 75-6-18. Carta fha. e n Trinidad el 25 de Agosto de 1723.
sita de los portugueses puso en alerta a los Padres y los confirmó
en la necesidad de poseer algunas armas de fuego y adiestrar a los
indios en su manejo, por si era necesario defenderse, pues de otra
m a n e r a podían los contrarios hacer riza entre ellos, encontrándolos
desarmados.
Este fue el motivo por el cual el Procurador de la Provincia del
Perú, P. Diego Ignacio Fernández, algún tiempo antes, o sea en 1720,
había en Madrid presentado al Consejo un Memorial, pidiendo licen-
cia para embarcarse con algunos misioneros y al mismo tiempo auto-
rización para que en cada pueblo hubiese, por lo menos, doce bocas
de fuego, a fin de precaver una invasión de los portugueses del Bra-
sil 7 . Vióse su petición en el Consejo y el Fiscal fue de parecer que
no se concediesen las armas, apoyándose en lo dispuesto en la Ley
treinta y uno Libro VI de la Recopilación de Indias, por lo cual el
Consejo resolvió que se consultase el asunto con el Virrey. Hizo nue-
va instancia el Procurador y el Fiscal opinó porque no se dejase la
resolución al Virrey, pues no entraba en sus atribuciones. Por fin,
Su Magestad resolvió que se pidiese informe al Arzobispo D. Diego
Morcillo y que se le facultase, para que, de no haber inconveniente,
se concediese el uso de armas a los indios, dando cuenta de todo al
Rey 8 . El 28 de Abril de 1723, desde Aranjuez, se le pedía al Virrey el
informe de que hemos hablado y en Setiembre 17 del mismo año,
desde S. Ildefonso, se expedía la Real Cédula en la cual se le facul-
taba para que, de no haber inconveniente, diese licencia a los Misio-
neros de Mojos para el uso de armas de fuego 9 .
Esta autorización llegó a Lima, gobernando el Marqués de Cas-
telfuerte y este funcionario, que a su entereza unía una clara visión
de las cosas, otorgó el permiso solicitado. Desde S. Ildefonso el 25
de Julio de 1725 se aprobaba su modo de proceder, justificado a to-
das luces por la entrada de los portugueses al territorio de Mojos.
El Marqués había visto el asunto en el Real Acuerdo y habia tenido
presente la cédula antes citada, en que se le concedía esta facultad.
Por lo mismo, dio órden para que se remitiesen a Santa Cruz dos-

7
Ibld. Charcos 76-5-8. V. también 75-0-17.
' Ibid. Clínicas 75-G-17.
« Ibld. Charcas 75-6-40.
cientos fusiles y la pólvora suficiente ,0. No influyó poco en su de-
terminación lo que por escrito y de palabra le expuso el Procurador
de la Misión en Lima, P. Nicolás de Figueroa, como también las di-
ligencias que el Procurador de Indias, J u a n Francisco Castañeda,
hizo en Madrid en vista de la carta que el Provincial, P. Antonio G a -
rriga le había escrito el 24 de Diciembre de 1724. En esta carta h a y
algunos pormenores que no debemos omitir. Era cura de Exaltación,
al presentarse en el pueblo los portugueses, el P. Miguel Sánchez y
éste se opuso al alojamiento de los invasores en él, alegando la mi-
seria del mismo. Traían consigo un clérigo de misa y a este se le
permitió decirla en la Iglesia y al Cabo de la fuerza lusitana el
venir a oiría. Este mensaje se lo envió con el Hermano Oliverio, que
era su compañero y, como ambos viniesen, el Padie los invitó a co-
mer. El cabo portugués se mostró deferente y explicó el motivo de
su viaje. Los soldados que con él venían eran veinticinco y estos
eran los únicos que llevaban armas; venían también unos cien indios
y algunos zambos o mulatos, criados del Sargento Mayor, que lle-
vaban unas bolsas de pólvora. Todo esto lo vino a saber el P. Garriga
por la carta que le envió el P. Delgado, el 25 de agosto de 1723,
el cual, suspendió la visita que habla emprendido y vino a Loreto, con
ánimo de dirigirse a Exaltación

10 Ibid. Charcas 75-6-40. V. en 76-1-35 el Memorial del P. Figueroa fho.


Los Reyes, 19 de Octubrr de 1724.
" Ibid. Charcas 76-2-25. Carta del P. S á n c h e z al P. Delgado de 8 de Agosto
1723. El Cabo portugués decía que habían salido de Pará a descubrir.
CAPITULO VI

Progresos y contrastes en la Misión

1. Progresos de la Misión. — 2. Visita del P. Antonio Garriga y d e -


marcación de las Reducciones. Superiores de la Misión. — 3. Medidas a d o p -
tadas para contrarrestar los avances de los portugueses. — 4. Visitan l a s
Misiones algunos Obispos de S a n t a Cruz. — 5. Excursiones apostólicas del
P. Pascual Ponce y nuevas incursiones de los lusitanos del Brasil.

1. Con la venida de nuevos operarios se hizo posible extender


las conquistas de indios infieles. En los años 1709 y 1710 tres nuevas
reducciones surgieron en Mojos: Exaltación y S a n t a Ana, a orillas
del Mamoré entre los Cayubabas y la de Reyes en las pampas de
Mojos, hacia el Norte. Las dos primeras d a t a n del año 1709 y alcan-
zaron gran prosperidad con el tiempo, en especial Exaltación que
disfrutaba de un sitio más ventajoso. En una relación escrita por u n
testigo ocular, algunos años antes de la expulsión, se dice de ella:
"que ocupa la mejor situación de todos los pueblos del Mamoré, asi
por el terreno que es de una greda blanca y fuerte como también por
su elevación... Su planta es hermosa y bien dispuesta así en las ca-
lles como en su plaza que unas y otra tienen mucha semejanza con
la Misión de S. Pedro... También se asemejan la casa e Iglesia, con
la diferencia de ser menores, pero de igual adorno y hermosura... El
crecimiento de su población da motivo a esperar que en lo f u t u r o
sea el pueblo más numeroso del Mamoré..."
En la ribera de este río y, a medio camino entre Exaltación y
S. Pedro, quedó establecida la reducción de Santa Ana, pequeña en
1
Relación h e c h a por el Gobernador de Sta. Cruz, Alonso Verdugo, Fha.
S. Lorenzo, 8 Enero 1761. A. de I. Charcas 120-4-19.
sus comienzos, pues, habiéndose fundado en 1709, cuatro años des-
pués el número de los bautizados era apenas de doscientos, pero fue
creciendo con el tiempo, debido en gran parte al celo del P. Sebas-
tián Schmidt, misionero alemán nacido en Rottenburg y venido al
Perú en 1716. En esta misión tuvo por compañero al célebre orador,
P. Francisco Javier Salduendo, que había sido catedrático de Filo-
sofía en Lima y de Teología en Chuquisaca. El mismo pidió a los
Superiores lo enviasen a Mojos y aquí t r a b a j ó por algunos años, vi-
niendo a fallecer en 1718 en esta misión el 25 de Agosto, cuando ape-
n a s contaba cincuenta y ocho años de edad. El P. Salduendo era
limeño; el P. Garriga lo tomó por socio, al ser elegido Provincial y
con él pasó a Mojos.
Reyes tuvo principio en el año 1710 y f u e con S. Pablo la más
septentrional de las reducciones, distando t a n solo de la primera
unos dos dias de camino por entre inmensos pajonales y marismas
encharcadas. Las tribus vecinas pertenecían a las parcialidades o
tribus de los Chiribas, Chúmanos etc. a quienes procuraron atraer
entre otros misioneros, el P. Tomás de la Roca, natural del Callao,
que vino a morir en 1709, un año antes de la fundación del pueblo,
después de haber evangelizado también a los Cayubabas y el P. Ber-
nardo del Castillo, de quien daremos algunos rasgos por haber sido
Superior de la Misión. Había nacido en Lima y, terminada su Tercera
Probación, fue enviado a estas reducciones y se le destinó primero a
S. Pedro, donde estaba en 1707 y luego a Reyes que entonces se h a -
llaba reducido a unos cien habitantes y contó luego cerca de dos
mil. Aqui edificó la Iglesia y hacia el año 1740 fue nombrado Superior
de toda la Misión. Vino a morir u n Viernes Santo, el 13 de Marzo
de 1751 después de cuarenta y cuatro años de ministerio. Escribió su
carta de edificación el P. Altogradi, en Concepción el 4 de Agosto
del mismo año. Pronto se redujeron las tribus citadas, de modo que
a los tres años ya se contaban unos mil quinientos indios bautizados,
Fue creciendo en importancia, por su proximidad al rio Beni, del
cual solo distaba unas ocho leguas y por ser el más septentrional de
todos los pueblos. Es de notar que estos indios y los de S. Miguel,
que se fundó después hablaban la lengua quechua.
En este mismo año y en el alto Ubai se fundó con unos cuatrocien-
tos indios Tapacuras y algunos Guarayos la misión de S. J u a n Bau-
tista. Aunque en un principio se creyó con algún fundamento que
estos indios se amoldarían a la vida de las reducciones y llegaron a
contarse en el pueblo más de un millar, pronto dieron muestras los
Guarayos de su indocilidad y en el año 1718 todos ellos huyeron a
los bosques, viéndose obligados los Padres a abandonar la reducción,
llevándose a Patrocinio a los Tapacuras 2 .
Por estos años o sea en 1713 el cuadro de las reducciones era el
siguiente, según la Relación y m a p a que el P. Francisco de Rotalde,
Procurador de la Provincia presentó a S. M. el año 1716.
Reducciones Bautizados Casados Solteros Catecúmenos
Loreto 2000 360 230 903
Trinidad 1700 338 265 1106
S. Javier 2000 375 215
S. Pedro 1900 348 246 926
S. José 2105 375 250
Sta. R o s a 1600 295 140
Exaltación 1400 245 139
S. Joaquín 1206 268 109
S. J u a n Bta. 1304 284 125
S. Ignacio 1505 327 158 1328
S. José 1460 260 144 1717
S. Luís 1630 300 134
S. Borja 1924 332 185
S. Pablo 1390 140 136
Reyes 1500 323 157
Sta. Ana 200 71 39
Total 24914 4732 2704 6000

Esta Relación parece haberse impreso y el P. Rotalde la presentó


al Consejo de Indias j u n t a m e n t e con el mapa y fue causa de que
se concediese un subsidio a los misioneros, como ya hemos dicho.
Todavía vinieron a agregarse a estos pueblos otros dos, San Mar-
tín entre los Itonamas y Magdalena entre los Baures. El primero se
f u n d ó en 1717, a orillas del alto Baure y Magdalena en 1720, en las
márgenes del río Ubai que también se llamó Río de S. Miguel. Fundó
este pueblo el P. Gabriel Ruiz, "en u n a campiña muy espaciosa y
despejada de árboles en la extensión de muchas leguas". Su situación
2
A los Tapacuras entró e n 1702 el P. Ignacio de O s u n a y, posiblemente
el P. Mayorana, con el Hermano Miguel Egidio (Gilíes ?); bautizaron a l -
gunos párvulos y se buscó sitio cerca de Loreto.
y el haber venido a habitarlo muchos Indios Itonamas, fue causa de
su prosperidad, como lo acredita el que de ordinario residiesen en
él tres misioneros.
Por entonces se produjeron algunas bajas en el personal, fuera
de las ya citadas. En el año 1702 falleció el Hermano Alvaro de Men-
doza, uno de los primeros que vinieron a la Misión. Era natural de
Lima y fue primeramente enviado a los Chiriguanos, donde estuvo
cuatro años y aprendió su lengua. Pasó a Mojos y aquí permaneció
diez y seis, t r a b a j a n d o incansablemente, porque era hombre de mu-
cha virtud. Aprendió también la lengua moja, de modo que se pudo
entender fácilmente con los indios. El año 1708 dio su alma al Señor
el veterano P. José de Vargas, nacido en el Cuzco, siendo solo de
cuarenta años de edad y ventitres de Compañía, habiendo ingresado
en ella el año 1681. Fue casi todo el tiempo misionero de los Chi-
quitos. Un año más tarde fallecía también el P. Tomás de la Roca,
nacido en el Callao y misionero de los Chúmanos y Cayubabas. Pero
la más sensible pérdida fue la del fundador de la Misión, el P. Pedro
Marbán, que vino a entregar su alma a Dios el 25 de Noviembre de
1713 en la reducción de Loreto, después de treinta y ocho años de
misionero, pues no quiso abandonar este campo de sus afanes aun
cuando los Superiores se lo propusieron 3 .
P a r a suplir estas pérdidas en el año 1736 el P. Felipe del Castillo,
Procurador de la Provincia solicitó permiso para conducir cincuenta
religiosos. Casi igual número se habla concedido al P. Miraval, pero
en las dos expediciones que salieron en 1716 y en 1723 no se com-
pletó esa cifra. Esta vez no llegaron a embarcarse en el navio "Nues-

3 En el Album de Melchor María Mercado (Bibllot. Nac. Sucre. Archivo


R u c k . 486) se copia la inscripción que ostenta una caja e n la cual se guar-
daban los restos del P. Marbán y otros. Dice así: "Aquí yace el V. P. Pedro
Marbán de la Compafiia, Fundador de estas Misiones, entró a fundarlas a
X X I I I de Junio de MDCLXXV. Murió a X X V m de Noviembre de MDCCXIII..."
En otra caja se dice que así los restos del P. Marbán y de los PP. Diego Mo-
rillo, Fermín Velasco, Pedro Pirón e Ignacio de Vargas se guardan en ella y
fueron trasladados de la Iglesia Vieja de Loreto a la nueva por disposición
del Gobernador D. Francisco Javier Velasco el 20 de Noviembre de 1820.
La copla de estas inscripciones se hizo el 25 de Julio de 1859. En el Colegio
de La Paz y en un relicario parecido al del P. Baltasar de Espinosa se c o n -
serva una reliquia del V. P. Cipriano Barace.
tra Señora del Buen Aire" que zarpó de Cádiz el 6 de Julio de 1736
sino veinticuatro religiosos, fuera del Procurador y de su compañero
el Hermano J u a n Torres. Los Sacerdotes eran cinco: Atanaslo Theo-
dori, de Nápoles, Miguel Gallego de Huesca, Feliciano Gutiérrez de
León, Francisco Gutiérrez de León, Francisco Martínez de Buendia,
José Corzos de Sanabria; estudiantes, catorce: Bartolomé Bravo de
Torre Don Jimeno, Ramón Laínez de Pamplona, Buenaventura de
S. Vicente, de Alava, J u a n Brand de Irlanda, J u a n Ventura Ros de
Gerona, J u a n Rodríguez de Jerez, Agustín Granel de Burgos, Gaspar
Francés de Valencia, Pedro Campamar de Mallorca, Miguel Calvo de
Muro, Claudio Fernández de Cádiz, Francisco del Castillo de Burgos,
Agustín de Monteserin de Oviedo, Manuel Romero de Marchena y
tres HH. Coadjutores: José Santos Balbas de Madrid, Manuel de S.
Vicente de Alava y J u a n de Mesanza de Alava 4 .
4
A. de I. Contratación 45-2-5/8. En esta expedición vino también u n
H. C. del B e a r n llamado Arnaldo Maribaig. En 1738 los PP. Mateo de Arcaya
y Francisco de Larreta trajeron 28 PP. y 3 HH. CC. de los 50 concedidos
en 1734. PP. Jaime Andrés, de Alguer, Francisco M.' Salís, de Cerdeña, A n -
tonio Maggio, de Alguer, Jaime Pérez de Valencia, Francisco Espi, de id.
Javier de Sierra, de Zaragoza, Manuel de Bustos de Sevilla, Gabino Seguí,
d e Cerdeña. Escolares: José Sánchez Manjón, de Toledo, Antonio Claramunt,
de Arbós, Nicolás de Medinilla, de Sevilla, Diego Jurado de Hinojosa, F e r -
n a n d o Doncel de Becerril de Campos, Carlos Pastoriza de Vigo, Gabriel Díaz
de Val de Soto, Pedro González d e Orense, Manuel Rodríguez de Placencia,
T o m á s Rodríguez de Toledo, J u a n B o n e t de Gerona, Pedro Cerujeda de
Zaragoza, Miguel de León de León, Alonso B l a n c o de Córdoba y José Ruiz
de Osuna. HH. CC. Antonio Ballesteros de Monreal del Campo, Francisco
Quiroga de Oviedo y Andrés S a l l e n t de Barcelona. (Contratación. 45-2 - 5 / 8 ) .
En el a ñ o 1746 el Procurador de Indias, P. Altamirano pidió 30 misioneros
para Mojos, ofreciéndose a gastar e n su remisión mil pesos por cada uno.
Por R. C. de 27 de Mayo de 1747 se concedieron 27 PP. y 3 HH. CC. Trajeron a
los expedicionarios los PP. José Alzugaray y Alonso Carrillo. 9 PP. y E E.
con u n H e r m a n o se embarcaron para Cartagena c o n el P. Carrillo en el
navio S a n t o Cristo de la Columna el 16 de Junio de 1750. Los d e m á s con
el P. Alzugaray en el navio Nra. Sra. del Rosario el 12 de Octubre. PP. R o -
berto Júnele de Treveris, Carlos H e l m s de Maguncia, Carlos Hirschko de B r e s -
lau, Francisco Trarbach de Coblenza, Nicolás Sustch de Fiume, José Wibmer
de Gratz. EE. Francisco Luque de Ecija, Diego Wolf, de Puerto de Sta. María,
J u a n Schereter de Ratisbona que falleció en 1763, a los 37 de edad, 13 de
Compañía y 3 de Misionero y el H. Wilibaldo Gumperberger de Ingolstadt,. —
PP. Ignacio Masala de Cáller, Javier Lenz de Maguncia, J u a n Zacharlas de
2. Al abandonar la misión de los Mojos el Visitador, P. Diego
Francisco Altamirano se llevó consigo al P. Garriga, a fin de que
cuidara de la Impresión del Arte y Vocabulario de la Lengua Moja,
compuesto por el P. Marbán. En Lima le nombró ministro del Colegio
Máximo, puesto que desempeñó a satisfacción de todos. El, sin em-
bargo, suspiraba por volver a sus queridos indios y, dos años después,
el P. Manuel de Hería, nombrado Provincial, satisfizo sus deseos de-
volviéndolo a la misión, adonde se encaminó con algunos compañeros.
Deseoso de reducir a los Cayubabas que habla comenzado a atraer
v' el P. Agustín Zapata, dedicóse el P. Garriga a esta tarea y obtuvo
que le siguieran, f u n d a n d o con ellos el pueblo de Exaltación, a orillas
del Mamoré y en lugar a propósito. Por desdicha no mucho tiempo
después la peste hizo estragos entre sus neófitos y como él mismo
decía en u n a carta, "por justos juicios de Dios esta misión que tenia
más de cuatrocientas almas, quedó con solas ciento veinte".
Hungría, Wolfgang Baycr de Schlesslitz, Juan Antonio Panlagua de P a l e n -
cla. EE. Antonio Gal lino de Sácer, Antonio Andrés Usay de Cerdeña, F r a n -
cisco J. Eder de Schemnitz, Bernardo de Arana de Urgel, Miguel Rodríguez
de Santiago, Manuel Adrián de Burgos, Francisco Mercier de Granada, F r a n -
cisco Toda de Tarragona, J u a n Borrego de Eclja, Nicolás de Fuentes de
Morón, Marcelo de Osuna de Córdoba, Francisco Martínez de La Guardia,
J u a n de S a n t i a g o de Sta. Marina y CC. S a n t i a g o Cambiaso de Toledo y
Jacinto Guerra de Santiago. (Contratación 45- 2 - 5 / 8 ) .
Por R. C. de 7 de Octubre de 1757 se concedieron para la Misión 30 PP.
y 3 HH. CC. Trájolos el P. Francisco Martínez que se embarcó e n al navio
Nra. Sra. del Rosario el 18 de Dic. de 1757 con 25 PP. y 3 H H . CC. P P . Pedro
Mellon de Antequera, Luis González de Moral de Calatrava. EE. y Novicios
22, todos ellos españoles y HH. CC. algunos de ellos novicios (3). E s t a expe-
dición fue desgraciada. A poco d e salir de Cádiz la tripulación se alteró,
primero, por n o haber embarcado la carne necesaria y luego por el exceso
de ella. Hubo que echar al mar alguna parte pero como el viento fuese c o n -
trario s e resolvió retroceder y el 2 de Enero d e 1758 dio el navio e n u n
bajo al oeste de Sonlúcar y se hizo pedazos. D e las 150 personas que con-
ducía solo se salvaron 30 y de los jesuítas 9, u n o de los cuales falleció en la
playa. De éstos, 4 quedaron inútiles y los otros los destinó a México el
P. General. (A. de I. Lima 542). Por último en el año 1763 los P P . José
Pérez de Vargas y Bartolomé Jiménez se embarcaron en el navio S. F r a n -
cisco Javier el 26 de Enero con los PP. J u a n R o y o y Nicolás Velasco y 25
estudiantes, de los cuales uno el H. J u a n Lencini, pertenecía a la Prov. R o m a -
na y los d e m á s eran españoles m á s 2 HH. CC. J u a n Hefele o Heserle de
Constanza y F e m a n d o Mittermaier de Germanla. (Contratación 4 5 - 2 - 5 / 8 ) .
Hallábase ocupado en reparar las pérdidas sufridas cuando en
el año 1708 el P. General, Miguel Angel Tamburini, lo eligió Visitador y
Vice Provincial del Paraguay. El 20 de Abril de 1709 empezó su go-
bierno, que había de prolongarse cuatro años y solo en abril de
1713 lo entregó a su sucesor. Pensaba tornar a los Mojos, pero el
P. General le ordenó que pasase a Lima, donde se le anunciarla el
cargo p a r a el cual había sido destinado. Llegado a la capital del
Virreinato, el Provincial, P. Alonso Messia Bedoya, le manifestó que
no había recibido comunicación alguna relativa a su persona, pero
le aconsejó que aguardase la llegada del correo. Pasados algunos
meses, llegó el término del Provincialato del P. Messia y, como no
se hubiese recibido aviso del que le había de suceder, se abrieron
los pliegos secretos que se remiten para estos casos. Abierto uno de
ellos se vio que venia designado Provincial del Perú el P. Garriga.
Tomó posesión de su cargo el 14 de Agosto de 1714 y algunos dias
después emprendió la visita de la Provincia en compañía de su socio
el P. Nicolás de Sarricolea 5 . El P. Garriga no podia dejar de visitar
la Misión y por tanto del Alto Perú se trasladó a S a n t a Cruz y de
aquí continuó h a s t a los Mojos, adonde debió llegar casi u n año des-
pués de su salida de Lima, en 1715. En Octubre de este año ñrmaba
la demarcación de los linderos de las reducciones, a fln de evitar con-
flictos entre sus pobladores. Dicha demarcación empieza por estas
palabras: "Porque pide la justicia y equidad que cada pueblo se con-
tenga en los límites y términos de su jurisdicción, no se permitirá
que indios o pueblo alguno ocupe tierras, corte palma, cera o m a -
deras, arranque p a j a o saque bálsamo o aceite de María, en los dis-
tritos de la jurisdicción de pueblo ajeno y, para que sean conocidos
de todos, los distritos y términos de cada pueblo, declaro, expreso y
confirmo en este papel sus linderos" 4 .
Los pueblos cuyos linderos se fijan son en total dieciséis, empe-
zando por Loreto y terminando en Desposorios. En general los rios
o arroyos venían a servir de límites o bien los parajes conocidos o
que en otro tiempo habian sido sedes de alguna ranchería o pueblo
5
Asi dice Saldamando pero, según parece, el socio f u e el P. Francisco
Javier Salduendo.
6
Revista de la Oficina Nacional de Inmigración y Estadística... La Paz,
1897 N.° 1.
de Indios. Al mismo tiempo mandó trazar un mapa de toda la Misión,
el cual, según refiere el viajero francés Alcides d'Orbigny, se conser-
vaba en el pueblo de Exaltación, pintado en un muro de la casa
de los Padres y allí se mantuvo h a s t a después de la expulsión, pero
un Gobernador ignorante lo mandó borrar 7 . Hallándose todavía en
Mojos Don Cayetano Hurtado Dávila cometió el desafuero de que
hemos hablado en el capitulo anterior, invadiendo las tierras de los
Itonamas y apresando a algunos cientos de ellos. Reclamó el Padre
y alcanzó que por una Real Cédula se prohibiese bajo graves penas
el cometer tales excesos.
Vuelto a Lima el P. Garriga, al poco tiempo o sea en 1716, lle-
garon los pliegos del gobierno de la Provincia y en ellos venia nom-
brado Provincial el P. Francisco de Arancibia. El 14 de Julio de aquel
año se hizo cargo del gobierno y el P. Garriga pasó a ser Rector
del Colegio de San Pablo. No habla pasado un año y, por muerte del
P. Arancibia, hubo de volver a hacerse cargo de la Provincia en cali-
dad de Vice Provincial el 31 de Julio de 1717. El 8 de Diciembre de
1720 recibió la patente de Provincial y su gobierno se prorrogó h a s t a
el año 1725. No alcanzó a volver a la Misión, como lo hubiera desea-
do, pero hizo por ella cuanto estuvo a su alcance y antes de termi-
n a r su segundo periodo de gobierno escribió una carta a todos sus
súbdltos, exhortándolos a ofrecerse para este ministerio de la con-
versión y evangelización de los infieles.
Vamos a trascribir algunos párrafos de esta carta, pues ella nos
descubre el espíritu que animaba al P. Provincial y su vivo deseo de
promover las Misiones de los Mojos. Después de mostrar cómo el
pedir este ministerio a los Superiores no se opone a la indiferencia
que debe haber en los súbditos, continúa de esta manera:
"El segundo impedimento que embaraza a no pocos para que bus-
quen a quellas pobres almas, estriba en el mismo zelo de las almas,
porque muchos atraídos de los ministerios que aquí ejercen, juzgan
son acreedores de mejor derecho a sus trabajos las almas que aquí
manejan y el fruto que aquí esperan lograr en los pecadores lo con-
ciben de más sazón que el que pudieran lograr entre los gentiles
convertidos.
7
Según Saldamando D. Manuel V. Ballivian pósela entre los D o c u m e n -
tos de su Archivo un dibujo original de este mapa.
En este pensamiento que no es menos afortunado que el antece-
dente creo yo se verifica lo que dijo el Apóstol Santiago: falientes
vosmetipsos. Supongo lo cierto, que no somos nuestros y que nos
debemos enteros y sin partirnos a las almas de nuestros prójimos,
sean estas o aquellas: Graecis et Barbaris sapientibus et insipientibus
debitor sum. Pues si todos son nuestros acreedores, por donde son de
menor derecho a nuestra enseñanza aquellos pobrecitos insipientes.
¿Por ventura porque no tienen las caras blancas o porque no son
políticos ni cortesanos? porque no ruedan calesas ni coches? porque
no respiran perfumes ni ámbares? porque por estos derramó Cristo
su sangre a mares y por aquellas la sudó a gotas? O es acaso porque
se complace Dios menos en aquella simplicidad atildada que en esta
advertida observancia o relajación cortesana? De m á s noble n a t u r a -
leza que los hombres eran los Angeles, m á s entendidos y alumbrados
y aunque nacieron en la Corte y los tuvo Dios a su lado, ñus quam
Angelos apprenhendet sed semen Abrahae, no se dedicó a predicador
de los Angeles sino que misit Deus Filium suum ut eos que sub
lege erant remideret. Vino misionero enviado de su Padre a enseñar
a los hijos de la tierra, pobres, viles y desterrados en estas distancias
tan apartadas de su cielo. Mucho fuera de llorar que este mayor dere-
cho que se quiere discurrir se fundase en no querer salir de nuestro
apacible cielo para buscar las almas en aquella distante y desgraciada
tierra y que nuestras repugnancias en abrazarnos con la cruz de Cris-
to y sus trabajos los estofásemos con celo de las almas.
Pero desmenucemos la materia para aclararla. Nuestros ministerios,
según su todo deben comprender dos partes: la una mira a nosotros
mismos que los practicamos y consiste en atender y buscar la salva-
ción y perfección de las almas propias con la gracia divina; pues es
innegable que en las misiones, caeteris paribus, se hace más consegui-
ble nuestro aprovechamiento, porque allí los trabajos nos purifican,
las enfermedades nos perficionan, el afán continuo nos preserva, la
falta de lo necesario nos acaudala, la soledad nos recoge y hasta el
temperamento nos ayuda. No hay allí humanos respetos que vicien;
no hay qué dirán que impida, no hay rato ocioso que huelgue. Todo
lo ocupa el minsiterio, porque el tiempo se lo llevan todo Dios y los
prójimos; el recurso a Dios se hace como forzoso y el buen ejemplo a
los convertidos como necesario. Y en fin allí experimentamos que
abunda la gracia y, por lo general, no en grado remiso. Esto es lo que
allí vemos, mas lo que aquí vemos es que cuando llega la muerte y a
la luz de aquella candela se ven las cosas de su tamaño, todos que-
rrían morir en un rincón de las Misiones, cercados de pobrecitos indios
convertidos y que le saliesen a recibir las muchas almas que saldrán
agradecidas a nuestros olvidados misioneros. En aquel último lance,
cuando ya no tienen las cosas remedio, suelen ser los votos y promesas
de lo que en vida se quería dar a entender no era lo que más nos
importaba. Entonces lo que más suele congojar el ánimo es ver la
poca sustancia de nuestros pasados ministerios, cogidos por vanidad,
apetecidos por dependencia, huidos con repugnancia o ejercitados más
con amor propio que de Dios. Vuélvese la vista a recorrer la cosecha
de almas que se ha cogido en una corta vida y apenas se halla paja
sin fruto ni grano que ofrecer a Dios. Pues si lo primero que debe
atesorar el jesuíta en sus ministerios es su mayor aprovechamiento,
claramente se conoce no deberse preferir estos de aqui ni posponer
los de allí.
La segunda parte o constitutivo de nuestros ministerios mira al
procurar ayudar a la salvación y perfección de las almas de nuestros
prójimos y es a mi ver demostrable que nos ejecutan incomparable-
mente más las de aquellos pobrecitos convertidos que cuantas acá
se pueden imaginar. Razón de esto podrá ser la desigualdad de fruto
que en una y otra parte se logra, porque vemos con experiencia la-
mentable que la más semilla que aquí arrojamos nos la pisan, otra
como en piedras apenas brota y luego se nos seca, otra cae entre
abrojos y espinas que nos la sofocan, siendo la que allá se arroja,
por más benigno influjo del cielo, más afortunada, rindiendo por eso
a centenares y aun a millares el fruto y el celoso operario como el
diestro labrador debe preferir el campo en que segure más abundante
cosecha. Esta vemos fue la ansia de S. Pablo en sus trabajos.
Pero paso a la razón que tengo por fundamento y que nos dejó
casi asentada el Apóstol, escribiendo a los Gálatas: Operemur bonum
máxime autem ad domésticos fldei. En beneficio de todos debemos
trabajar, pero los mejores acreedores de nuestras fatigas deben ser
los domésticos de la fe; y con razón porque el Padre de familias,
primero debe atender a los que tiene a su cargo y Dios le ha enco-
mendado. Pues si estos pobres indios convertidos son los que Dios
a nosotros con especialidad nos ha encomendado, si estos son los de
nuestro particularísimo cargo y los que más rigurosamente son nues-
tros domésticos y familiares de la fe por avérsela nosotros mismos
enseñado, quién podrá dudar que máxime a estos debe aplicar su
desvelo en mantenerlos y alimentarlos?
Y si se instase que los fieles que acá tenemos, por ser cristianos,
son también domésticos de la fe y por tanto les debemos contar en-
tre los familiares de la casa, no les cerraré las puertas, pero, suponien-
do que en una casa hay distintas jerarquías de comensales, que eje-
cutan más o menos asistencias, cuánta queremos que sea la relación
de estos domésticos de acá con nosotros? Ha de fundarse necesaria-
mente en sangre? Bastará que sean nuestros hermanos? Precisamente
han de ser nuestros hijos? Pues S. Pablo cuyo texto aquí comentamos,
abiertamente contradice este parentesco y cuando m á s les concede el
título de discípulos o pupilos y a nosotros el de pedagogos que crian
hijos ajenos, no queriendo el Santo Apóstol reconocer más hijos entre
los domésticos de su casa que a los gentiles que había convertido a
la fe, pues solo a ellos los había engendrado en Cristo...
Cuando yo me considero cercado de tantos millares de indios co-
mo son los gentiles que yacen esparcidos por aquellos estirados de-
siertos, me contemplo a la manera de Cristo cuando se vio rodeado en
aquel otro desierto de cinco mil hombres, fuera de niños y mujeres.
Porque viendo la necesidad extrema que los congoja, la total falta de
alimento que padecen, conozco que si así los dejo, cierta y lamenta-
blemente se condenan. Echo la vista por los misioneros de donde po-
día sacar la providencia, mas viéndolos tan menoscabados es preciso
exclamar: sed hoc quid inter tantos? Confieso que esta consideración
me derrite el alma y me llena como a Cristo de una tierna y sentida
lástima, entrañablemente compadecido de ver que perece tanta mul-
titud de almas. En este pues tan apretado desconsuelo, no hallo otro
resquicio a la esperanza, o Padres mios amantisimos, que arrojar a
Vuestras Reverencias, entre suspiros del alma, este mi despedazado
corazón..."
Falleció el P. Garriga el 20 de Noviembre de 1733 poco después de
habérsele confiado por tercera vez el oficio de Provincial.
En Mojos había sucedido en 1700 al P. Marbán el P. Antonio
de Orellana que ejerció con gran celo y actividad este oficio h a s t a
el año 1712. Gobernaba entonces la Provincia el P. Alonso Messia
Bedoya y, conociendo las cualidades del P. Orellana y la edificación
que darla en el Colegio de San Pablo, lo llamó para que hiciese allí
el oficio de Rector. Obedeció el P. Antonio y no sin pesar abandonó
sus queridas reducciones, emprendiendo el largo viaje que era preciso
hacer para llegar h a s t a la capital del Virreinato. Dios dispuso las
cosas de otro modo, porque a una jornada de Arequipa vino a ter-
minar su carrera mortal. Por esta causa el Rector de este Colegio,
P. José Vélez de Valverde, escribió su Carta de Edificación y la sus-
cribió el 16 de Julio de 1712. Este insigne misionero había nacido en
Lima o más bien en Pisco, de donde procedían dos hermanos suyos
que fueron colegíales de San Martín y luego ingresaron también en
la Compañía. Habla entrado en la Misión de los primeros y en ella
perseveró cerca de veinte años.
Al P. Orellana le debió suceder el P. Tomás Delgado y a éste el
P. Diego Antonio Morillo. El P. General Miguel Angel Tamburini, lo
había escogido para suceder al P. Garriga que el 8 de Diciembre de
1723 terminaba su período, mas, por desdicha, el P. Morillo falleció
antes de tomar posesión y entonces hubo de continuar el P. Garriga
h a s t a que llegase el segundo designado que era el P. Miguel Sánchez,
Superior también de la Misión de Mojos. A este Padre le sucedió en
la Misión el P. Luis de Benavente, el mismo que había de escribir la
Carta de Edificación de su predecesor, porque el P. Sánchez, en
cuanto pudo dejar el oficio de Provincial, volvió a las reducciones,
en donde falleció en 1733. Había nacido en Arica en 1668 y era hijo
de J u a n Sánchez y de Ana López de Santana. Entró en la Compañía
en el Cuzco el 25 de Noviembre de 1684 y, una vez ordenado sacer-
dote, fue enviado a Mojos. Aquí t r a b a j ó con mucho fervor h a s t a que
f u e llamado a gobernar la Provincia.
Los Superiores que se siguieron en el gobierno de esta Misión fue-
ron los que a continuación indicamos, aunque por la escasez de
documentación no nos es posible dar u n a lista exacta. El primero que
hallamos citado es el P. Diego Ignacio Fernández, elegido en 1718
Procurador a Roma, el cual, a su vuelta, t r a j o una nutrida expe-
dición al Perú y volvió a las reducciones, en donde ya se encontraba
el año 1730. El P. Nicolás de Vargas le llama en la Carta de Edifi-
cación, "columna y honor de las misiones", pues en ellas empleó
gran parte de su vida o sea cincuenta y dos años, falleciendo en S.
Pedro el 29 de Setiembre de 1749 a los ochenta de edad y sesenta y
seis de Compañía. Como bien advierte el P. Astrain el solo hecho
de haber vivido por tantos años en Mojos supone u n a virtud que
recuerda la de San Pedro Claver. Siendo Superior, escribió la Carta
de Edificación del P. Antonio Laris. Le debió suceder el P. Luis de
Benavente, natural de Lima, el cual, siendo ya sacerdote, pidió ser
enviado a Mojos. Accedieron los Superiores, pero estando de paso en
S a n t a Cruz se le ordenó permanecer allí. Como Procurador de aque-
lla residencia emprendió la construcción de la nueva Iglesia y en
dos años la acabó. Al mismo tiempo enseñaba la gramática a los
alumnos del pequeño colegio que tenía allí la Compañía. Por fin
pudo pasar a la Misión y fue enviado a S. Ignacio como compañero
del P. Orellana. Este se encaminó a los Baures y quedó solo el
P. Luis. Una epidemia de viruelas vino a afligir al pueblo y f u e causa
de su dispersión. Pasó a Trinidad y aquí le sobrevino un nuevo per-
cance. Una crecida del río arrasó la población y f u e necesario t r a s -
ladarlo a otro lugar, donde hubo que construir casa e Iglesia. No
fue este el último constraste, porque un incendio destruyó ambos
edificios y fue necesario emprender de nuevo la obra. No se desalentó
el P. Luis, antes se propuso edificar un templo más capaz. Hallándose
en esto, se le dio órden de pasar a Santa Cruz, a donde habían sido
conducidos violentamente más de mil Itonamas, sacándolos a la f u e r -
za de sus tierras. Logró libertar a unos trescientos y con estos puso la
base de u n a nueva población. Nombrado Superior de las Misiones,
acompañó al Obispo de Santa Cruz, D. Miguel B. de la Fuente en la
visita que hizo a las reducciones y en uno de los recorridos estuvo
a punto de perecer. Redactó unas ordenaciones que el P. Provincial
aprobó y, lleno de méritos, falleció en Trinidad el 9 de Diciembre
de 1737, a los sesenta y tres años de edad, cuarenta y ocho de Com-
pañía y treinta de misionero. Debió regir la Misión desde el año 1730
h a s t a su muerte y en 1735 escribió las Cartas de Edificación de los
Padres José Tenllado y J u a n José de Torres.
Al P. Benavente le sucedió, según parece, otro limeño, de quien
ya nos hemos ocupado como fundador del pueblo de Reyes y a éste
el P. Nicolás de Vargas, cuya biografía extractaremos aquí, tomán-
dola de la Carta de Edificación que escribió el P. Pascual Ponce.
Nació el P. Vargas en Lima y desde sus primeros años se inclinó a
consagrarse a la conversión de los infieles. Era sacerdote y el P.
Garriga que conocía su vocación lo envió a lea de misionero y, poco
después, a Santa Cruz, de donde pasó a S. Pedro a ser compañero del
P. Lorenzo Legarda. A la muerte de este quedó de cura en la reduc-;
ción y se dedicó a mejorarla. Empezó por trasladarlo a sitio más
alto y allí edificó iglesia y casa. La primera vino a ser una de las me-
jores de Mojos: tenía cinco altares y dos confesonarios. La fachada
con tres puertas tenía muy buen aspecto y la torre de cantería cons-
truida al lado abrigaba once campanas, una de ochenta y u n a arro-
bas. Mucho le amaban sus feligreses y estos estorbaron el que los
dejase para pasar a Roma como Procurador de la Provincia, cargo
para el cual fue elegido el año 1752. Vino a morir en S. Pedro, des-
pués de 36 años de misionero, el 30 de Setiembre de 1756, siendo de
sesenta y tres años de edad y cuarenta y ocho de Compañía.
Los inmediatos fueron los PP. Mateo de Arcaya, Nicolás Altogradi,
Pascual Ponce y J u a n de Beingolea, de los cuales daremos una su-
cinta biografía, salvo del último, de quien nos ocuparemos al t r a t a r
de la expulsión. El P. Arcaya, antiguo misionero de S. Borja entregó
el gobierno al P. Altogradi en 1744 y vino a fallecer en 1756, escri-
biendo su carta de edificación en Lima el P. Alonso Lobera. El P. Ni-
colás había nacido en Luca el 1 de Setiembre de 1688. Siendo todavía
joven, pasó a Génova a servir como p a j e en el palacio de la Duquesa
de Doria. Estando en esta ciudad Ingresó en la Compañía el 23 de
Octubre de 1706. Después del noviciado pasó a los colegios de Pavia
y de Milán y en esta última ciudad hizo sus estudios teológicos. Había
aprendido el castellano y de ahí que pudiera tener clases de Cate-
cismo con los soldados españoles del Castello. Una vez ordenado
sacerdote, fue enviado a Bastía, a enseñar filosofía y hallándose en
esta ciudad pidió ser enviado a la Misión de los Mojos. Vino al Perú
en la expedición del año 1723 y j u n t o con el P. Rado se le destinó
a Concepción entre los Baures. Fue incansable misionero y se le
nombró superior de las Misiones hacia el año 1744,8 residiendo en
S. Pedro, en donde escribió entre otras la Carta de Edificación del

» V. la biografía que le dedica Saldamando al P. Garriga en la Revista


antes citada, N.° 1. La Paz, 1897.
P. Leonardo Valdivia. En su tiempo se fundó la reducción de S. Simón
y como los pueblos de Baures se hallaban un t a n t o alejados de la
sede del Superior, se decidió nombrar un Vice Superior y uno de
ellos o el primero fue el P. Altogradi. El P. Ponce que escribió su
elogio, nos habla de sus virtudes y especialmente de su mortificación.
Falleció el 7 de Febrero de 1759. De su sucesor el P. Ponce ya hemos
apuntado algunos rasgos. El P. Onofre P r a t de Saba tejió una bio-
grafía bastante extensa en su libro: Vicennalia Sacra Peruviana sive
de Viris Peruvianis religlone illustribus, impreso en Ferrara en 1788.
Habiendo salido de Mojos para tomar el gobierno de la Provincia no
volvió más a la misión y el decreto de extrañamiento le alcanzó en
Lima, donde era Prepósito de la Casa de los Desamparados. Aunque
lleno de días salió con sus demás hermanos camino del destierro,
dando a todos un gran ejemplo de amor a la vocación y, colmado de
méritos, se extinguió en Ferrara el 22 de Junio de 1784. Le sucedió
en 1760 el P. J u a n de Beingolea, nacido en Guamanga el 12 de No-
viembre de 1701, de nobles padres, D. Sllverio Beingolea y Da. Ana
Gutiérrez de Quintanilla, descendiente esta de los primeros pobla-
dores de la ciudad, los cuales tenían entierro propio en la Iglesia
de la Merced. Un pariente ejercía el cargo de Alférez Real en el año
1717. Ingresó el P. J u a n en la Compañía el 7 de Abril de 1725. Or-
denado ya de sacerdote se le destinó a Mojos, donde t r a b a j ó varios
años h a s t a que en el 1760 pasó a ser Superior de estas misiones, cuyo
acabamiento le correspondió presenciar.
En dicho año ya lo vemos en S. Pedro, suscribiendo las mortuo-
rias de sus subditos. Tanto a él como al P. Altogradi le tocaron años
borrascosos, a consecuencia de las invasiones portuguesas y de la
amenaza de guerra entre ambas coronas. Hicieron lo que estuvo en
su mano por alejar la tormenta, pero no llegaron a disiparla. La
inquietud empezó ya en 1744, como se colige de la carta que el P.
Altogradi escribió al Gobernador del Paraguay, D. Rafael de la Mo-
neda, el 2 de Abril de aquel año. En ella le dice que los portugueses
tienen dos pueblos en la orilla derecha del Guaporé y otro a la iz-
quierda, quedando este último al Sur, vecino a los Chiquitos y po-
drán ser como doscientos. Han intentado pasar a Sta. Cruz en busca
de vacas pero se lo h a n estorbado. (A. de I. 76-5-10 Charcas). No lo
dice el P. Altogradi pero los únicos que se oponían al avance de estos
portugueses eran los misioneros. Las autoridades estaban adverti-
das, pero no dieron importancia a la cosa.
Durante este tiempo los misioneros de Mojos no estuvieron ocio-
sos. El P. Borinié se propuso explorar las comunicaciones del Beni y
sus afluentes con la ciudad de La Paz y tuvo éxito en su empresa.
Llegó a aquella ciudad y emprendió luego la vuelta, acompañado por
unos pocos indios, no sin haber visto su vida en peligro a la venida.
Llegó a Coroico y desde este lugar tardó cuatro dias en jjrribar a los
Sipiboconos, de cuyas tierras pasó a las de los Mobimas, no muy
distantes de Reyes. Con esta vía que no fue utilizada venían a ser
tres los caminos que podían seguirse para llegar al Perú: el conocido,
tomando las canoas en el puerto de Paila, hasta llegar a Loreto y
el que, por tierras de los Raches permitía aproximarse a Cochabamba,
después de cruzar la cordillera. Estos trabajos del P. Borinie no p a -
saron inadvertidos y el Virrey en nombre de Su Magestad le dio las
gracias por sus esfuerzos en favor de las misiones, en las cuales per-
severó h a s t a su muerte el año 1622.
También el P. Tamburini, sabedor de lo que se hacia en Mojos, i
se mostró satisfecho de la labor de sus hijos en estas regiones y, es-
cribiendo al P. Tomás Cavero, el 12 de Febrero de 1729 le decía: "Ma-
yor contento del que pudiera explicar me h a n ocasionado las noticias
que V. R. me da de las Misiones, del fervor de los nuestros en sus
apostólicas tareas y del copioso f r u t o que en aumento de la cristian-
dad y conversión de los indios se recoge".
3. Dos nuevas fundaciones se lograron por este tiempo, la de San
Miguel y Patrocinio. La primera se debió a los esfuerzos del P. Gas-
par Vonderweib o de Prato, como aquí se le llamaba, nacido en Sui-
za, en el cantón de Unterwalden, el 10 de Diciembre de 1681. Ingresó
en la Compañía, en la Provincia de Germania Superior, el 22 de Di-
ciembre de 1704 y en el año 1717 vino destinado a esta Misión. Ha-
llándose en Sevilla hizo tanto f r u t o entre los extranjeros que allí
residían, mientras esperaba embarcación, que el Provincial de la
Bética lo pidió al General. Llegado a Buenos Aires, tomó la ruta de
Potosí y de esta ciudad se trasladó a Mojos. Fue enviado a la re-
ducción de San Martín que estaba entonces en sus comienzos y lue-
go se consagró a evangelizar a las tribus del Itenes. Alcanzó a redu-
cir a los Guarayos y con estos llevó a cabo la fundación de San Mi-
guel. Esto sucedía en los años 1725 a 1727. San Miguel estaba situado
en una de las revueltas del río Baures, no lejos de su confluencia
con el Itenes, pero dos veces mudó de emplazamiento: primero, se
trasladó a u n p a r a j e situado entre el Itenes y la laguna Topio y por
fin mudóse al Palmar en las riberas del río Baures. La fundación de
Patrocinio en 1730 fue aún más efímera. No debía distar mucho de
Loreto y aun duraba en el año 1736, pues este año, el 14 de Abril, el
misionero P. J u a n Pascual Calvo administró el santo bautismo a al-
gunos párvulos, hijos de infieles. En 1748 había desaparecido, pues
no figura en el Catálogo de las Reducciones que remitió a Madrid
el Provincial, P. Baltasar de Moneada. Según dicen algunos docu-
mentos de la época, habiendo fallecido el cura de esta reducción,
huyeron los indios y aunque se consiguió que algunos volviesen, por
temor a las invasiones de los portugueses se les trasladó a otro pueblo.
Los lusitanos que en el año 1722 se presentaron en Mojos h a s t a
cierto punto en son de paz, ya desde entonces alegaron derechos al
Guaporé desde su confluencia con el Baures y a toda su ribera dere-
cha. Con aquel tesón que fue su característica y, fiados en la poca o
ninguna resistencia que habían de encontrar en las autoridades es-
pañolas y también en las argucias de su diplomacia, no solo insistie-
ron en su propósito sino que fueron aun más allá. El Gobernador de
S a n t a Cruz, D. Francisco Antonio de Argamosa y Zevallos, informado
por nuestros Padres, acudió al Virrey y a la Audiencia de la Plata,
solicitando armas de fuego, por lo que pudiera ocurrir, pues en S a n -
ta Cruz apenas había unas cincuenta escopetas en manos de particu-
lares. El Virrey no pudo proveerle de las necesarias porque no las
había en Lima y la Audiencia de Charcas contestó que le enviarla
unos quince arcabuces antiguos y alguna pólvora y plomo. Esta pe-
nuria de armas justificaba la medida que adoptaron los Superiores de
Mojos, a saber, proveer a cada pueblo de las que se supuso bastarían
para repeler u n a agresión.
Los portugueses volvieron años más tarde y, advertido el Consejo
de Indias, resolvió que visitase la misión el Gobernador de S a n t a Cruz,
Argamosa. Este pasó a ella en 1725 y en 1727, desde S. Lorenzo de
la Barranca, enviaba su informe el 6 de Febrero. Decía en el mismo
que en Mojos había veintiún pueblos con una población de treinta y
cinco mil doscientas cincuenta almas y se extiende en referir las
buenas costumbres que en todos los pueblos h a hallado entabladas
y, aludiendo al uso de la chicha que los indios preparan, dice que
usan de ella con t a n t a templanza que en los pueblos antiguos no
h a n quedado ni resabios de embriaguez, con ser los indios por lo ge-
neral tentados a ese vicio y se debe contar esto por u n a de las m a r a -
villas que obra en ellos la gracia de los sacramentos. No puede menos
de encarecer el t r a b a j o de los Misioneros y sus padecimientos, ori-
ginados por la insalubridad del clima y las pestes que casi cada año
se presentan. "Ha habido epidemia tan voraz que en solo dos reduc-
ciones quitó la vida a más de mil doscientas personas". De los mi-
sioneros h a n fallecido en estos últimos años diez y por este motivo
cree necesario se remitan nuevos operarios.
Argamosa volvió a escribir al Consejo el 8 de Enero de 1739 y en
vista de ello, resolvió éste proponer a S. M. una visita de los Gober-
nadores de Sta. Cruz y del Paraguay a los p a r a j e s en donde se habla
visto a los portugueses y prorrogar al citado Argamosa a quien se
había pensado darle sucesor en la persona de D. Cristóbal de Retes».
Pobláronse, no obstante, las márgenes del Itenes y del Baures y se
f u n d a r o n los pueblos de S. José de Itenes, S. Simón y otro S. Miguel,
Sta. Rosa y S. Nicolás. Estas fundaciones se llevaron a cabo a partir
del año 1740 por la confianza que había de u n a paz entre España y
Portugal, pero la codicia de los mamelucos brasileños obligó a los
Padres a retirarse más al Oeste. S. José, S. Miguel y Sta Rosa se
hallaban en la banda oriental o márgen derecha del Itenes o Gua-
poré y fueron los primeros en ser abandonados. Sta. Rosa fue fundado
en 1743 por el P. Atanasio Teodori, napolitano, no legos del punto en
que desemboca el río Ubal en el Guaporé. Los portugueses se apode-
raron del mismo en el año 1752 y levantaron allí una estacada en
donde se hicieron fuertes y se conoció desde entonces con el nombre
de Estacada de S a n t a Rosa, pero con posterioridad al año 1761 mudó
este nombre por el de Príncipe de Beira.
Componían la población las tribus de Pocoronas, Guarayos, Mures
etc. y buena parte de estos indios fue reducida a esclavitud, otros
pasaron a establecerse en la ribera opuesta pero ni aun allí se vieron
libres de la amenaza de los vecinos, los cuales con uno u otro pretex-

" A. de I. Chaveas 120-4-7. Consultas 1720-1771.


to invadían sus tierras a fln de hacerlos esclavos, razón por la cual
en 1760, el Superior de la Misión, P. J u a n de Beingolea, ordenó se
trasladasen los sobrevivientes a San Pedro. La última en crearse f u e
la reducción de S. Simón y S. Judas, en el alto Baures, en el año 1744.
No fueron los indios los únicos en caer cautivos, también de S a n Mi-
guel se llevaron a los PP. J u a n Rodríguez y Francisco Espi, el primero
de los cuales murió en la prisión. La situación de las reducciones en
el año 1748 la exponía al Conde de Superunda, Virrey del Perú el
Provincial, P. Baltasar de Moneada, en c a r t a de 28 de Noviembre de
1749. Decía así: "Reduciéndolo todo a suma, digo que los pueblos asi
antiguos como novísimos son 21; los PP. sacerdotes y pocos HH.
Coadjutores son por todos cuarenta y seis y el número de almas de to-
das edades, asi de los ya cristianos como de los que de nuevo se sacan
de las grutas y bosques donde viven... es de 33.270 almas. Cerca de
este número debo prevenir dos cosas: la primera que en los pueblos
ya antiguos son pocos los catecúmenos, pero en los pueblos reciente-
mente formados como el de S. Nicolás y S. Miguel son muchos más
los catecúmenos que los ya bautizados, pues en el primero son los
catecúmenos 442 y en el segundo 622 y en dos últimos pueblos de
Sta. Rosa y S. Simón, como actualmente se están formando... no tie-
nen hasta ahora número determinado..." 10 .
Por su parte, el Virrey, escribía el 8 de Junio de 1750 lo siguiente,
en contestación a la R. C. de 19 de Junio de 1747. "La Compañía t r a -
b a j a en este Reino con fervor y procura cumplir con su Instituto y
si tuviere más obreros juzgo fuera más copioso el fruto, porque a u n -
que tiene la Provincia bastante número de sujetos, como necesita
de suficiente en sus Colegios, porque está a su cuidado la enseñanza

10
A. de I. Lima (72-2-22) 532. Fuera del subsidio o sínodo que el P. R o -
talde obtuvo para los curas d e Mojos por R. C. del 12 de Octubre de 1718,
otro de los Procuradores, el P. Ignacio Fernández consiguió que por otra
R. C. de 28 de Abril d e 1723 se facultase a la Misión a establecer u n obraje
con 12 o m á s telares para fabricar bayetas, paños burdos, cordellates etc.
para el gasto de los indios, a m u c h o s de los cuales los misioneros h a b í a n de
vestir, n o obstante que se les obligaba a hacer sembríos de algodón y se les
enseña a tejerlo. El obraje se entabló en la hacienda de la A v a n a y Pojo, en
el c a m i n o de la ciudad de La Plata a Sta. Cruz.
de la juventud y se dedica a predicar y confesar en las ciudades, les
quedan pocos que emplear en las misiones..."

4. Estas calan bajo la jurisdicción de los Obispos de Santa Cruz


y así no es de admirar que algunos las visitaran. El primero que
ocurre citar es el dominico D. Fray Jaime Mimbela, el cual, escri-
biendo a S. M. desde Lima el 24 de Octubre de 1713 le decia que tenía
noticia de hallarse muy floreciente la Misión de los Mojos, con más
de treinta y un mil almas de confesión y por lo mismo se halla falta
de operarios, los cuales deben venir de Europa. Dice que los PP. fla-
mencos y alemanes no son de recelar, pero esto no obstante juzga
que los españoles son más a propósito 12 . Más tarde, desde Mizque,
escribe a S. M. el 3 de Noviembre de 1714 y en su carta dice sin
ambajes que la misión está por ahora floridísima y que hay u n a s
treinta mil almas por confirmar. Añade que piensa escribir al Ge-
neral de los Jesuítas para que envíe refuerzo de gente y repite su
juicio sobre los misioneros extranjeros. Como era de humor algo raro
y más tarde lo demostró en Trujillo en sus controversias con el Vi-
rrey, no es extraño que abrazase la idea de exigir el diezmo a los
indios de las reducciones. Fue necesario salir en su defensa pues no
había motivo para abrogar la exención que justamente gozaban. Hi-
zola el P. Diego Antonio Morillo, aunque Saldamando se inclina por
el P. Garriga. En la Biblioteca Nacional de Lima se conservaba en
un cuaderno en 4.° de 23 páginas el: "Parecer fundado en razón y
derecho para que los recién convertidos en las misiones que tiene
a su cargo la Provincia del Perú no deben ser, por ahora, compelidos
a pagar diezmo, como intenta el Sr. Obispo de S a n t a Cruz". En sínte-
sis el parecer demostraba que los indios por derecho natural estaban
exentos del pago del diezmo por su pobreza, que era notoria, pero,
además, ellos apenas cultivaban especies de Castilla y no se dedica-
ban a vender el excedente de sus cosechas. "Los que se reducen de
nuevo vienen, dice el autor, desnudos del todo. Vístenlos los Padres
como pueden y no les cuesta poco dar de comer y vestir a 1000 ó
2000 indios, siendo preciso al poco tiempo renovarles las camisetas,
porque el temple y su natural desaseo y rusticidad las consume, fuera

» A. de I. Lima 72-2-22.
12
A. de I. Charcas 76-5-14.
del sudor, en breve. Estos indios, si perseveran asi, mas están p a r a
ser objeto de lástima y conmiseración que p a r a gravarlos con pen-
sión alguna..." Por fortuna la idea fue abandonada e, informado el
Virrey, Príncipe de Santo Buono, envió al Obispo u n a órden para que
informase acerca del memorial de que hemos hablado y, en t a n t o
que no se resolviera otra cosa, debía dejar a los Mojos en posesión
del derecho de no pagar diezmo
Más favorable fue la intervención del Sr. D. J u a n Cavero de To-
ledo. Este digno Prelado visitó las reducciones y desde Mizque le
escribía al Rey una carta el 28 de Febrero de 1718. Habla terminado la
visita por diciembre de 1717 y habia hecho más de dos mil confirmacio-
nes. Quedaba muy satisfecho del gobierno espiritual de las reducciones,
que había visitado enteramente, pues del pueblo de S. J u a n de G u a -
rayos, al oriente, en tres días pasó al de Concepción y de allí en
medio día a S. Joaquín, en donde terminan, aunque más adelante se
estaba disponiendo otro pueblo con nombre de S. Martin 1 4 . Otros dos
Obispos llegaron a penetrar en Mojos, el uno fue D. Miguel Bernar-
dino de la Fuente, de quien ya nos hemos ocupado y el otro D. J u a n
Pablo de Olmedo. El primero le hablaba de su entrada a ellas al
Obispo de P a n a m á , D. Agustín Rodríguez Delgado, por estas palabras:
"Yo logré visitar las Misiones de Moxos y Chiquitos sin quiebra en la
salud, haviéndome Dios asistido visiblemente y aunque en más de
mil leguas que andube de caminos asperísimos y temples t a n ardientes
como V. S. I. no ignora, pasé t r a b a j o s imponderables. Todos los
doi por bien empleados, así por haver cumplido con mi obligación co-
mo por haver visto las profundas raíces que h a hechado en la fe
aquella nueva cristiandad, de que estol cierto coge Dios un copioso
f r u t o de almas predestinadas..." 15 .

" Lima Bib. Nac. Ms. 075.


14
A. de I. Charcas 76-5-1. Remitía la Breve Noticia de las Misiones d e
Mojos del P. Pigueroa y un Estado de las Reducciones. En otra carta f h a . e n
S. Lorenzo de la Barranca el 26 de Nov. de 1717 dice que había confirmado
en Sta. Cruz y en las Misiones de Mojos y Chiquitos a u n a s 17000 personas.
Del estado temporal de la Provincia h e c h o por el P. Francisco de Larreta
el año 1748 se deduce que la Misión tenía a su favor 144.700 pesos de capital
y dos estancias de ganado vacuno. Fuera de esto u n a viña en l e a que
producía 5450 pesos de renta y cuyo dominio tenia el Colegio de S. Pablo.
15
A. de I. P a n a m á 22. Carta fha. Mizque 26 de Set. 1735.
Unos quince años más tarde, el segundo le escribía al Rey, elogiando
la labor de los jesuítas y ponderando el fruto obtenido. En su sentir
se debían agregar a Mojos las misiones que en el Benl tenían los
franciscanos, que se encontraban muy decaídas. No se accedió a su
demanda por las razones que exponía el Marqués de Valdelirios, en
carta de 20 de noviembre de 1755, pero t a n t o éste como la Audiencia
de Charcas, consultada sobre el caso, reconocían que la Misión de
los Mojos se encontraba en muy buen estado ,6.

5. En los últimos veinte años no f u e posible llevar a cabo nue-


vas fundaciones, pero esto no impidió el que algunos audaces misio-
neros emprendiesen correrías por las zonas menos conocidas en busca
de tribus o parcialidades por convertir. Uno de ellos fue el P. Pascual
Ponce de León. Habla nacido en Lima en 1707 de nobles padres e
hizo sus primeros estudios en el Colegio de San Martín, de donde pasó
a vestir la sotana de la Compañía el 29 de Noviembre de 1723. Ya
sacerdote, pidió con instancia le destinasen a las Misiones de Mojos
y, cediendo a sus ruegos, lo enviaron a ellas los Superiores. Lleno de
celo se entregó por entero a su labor, cabiéndole la dicha de ganar
para Cristo a algunas tribus h a s t a entonces rebeldes, entre los Ca-
yubabas y Mobimas. Visitó también la de los Tibois y Pacabaras y
repitió las proezas que en otro tiempo realizaran los PP. Barace y
Orellana. Hallábase en la reducción de San Pablo cuando fue llamado
a Lima donde recibió la patente de Provincial del Perú. Gobernó con
acierto y deseó volver a Mojos, pero la obediencia lo colocó al f r e n t e
del Colegio de San Pablo. Todavía aspiraba a reanudar su vida de
misionero, aunque ya estaba gastado por los años, como se deduce
de una carta del P. Lorenzo Ricci, General de la Compañía, al P.
Claramunt, Provincial entonces, en la cual le insinuaba la Idea de
que volviese con cargo de Superior a Mojos, "pues su presencia ayu-
darla no poco para su más florido y buen estado". No fue así y pasó
a la Casa Profesa de los Desamparados, en donde le alcanzó la orden
del destierro.

16
A. de I. Charcas 76-1-6. A la Aud. de La Plata se le envió cédula fha. en
Buril Retiro el 12 de Set,. 1754 para que se agregasen dhas. misiones francis-
c a n a s a las de Mojos, en vista de lo representado por el Obispo. El informe
del mismo puede verse en A. de I. Charcas 76-1-26.
Entre tanto, los portugueses proseguían en su avance hacia el
oeste y unas veces, por la fuerza, como lo hizo Antonio de Almeida
en la misión de S. Nicolás, otras, valiéndose de un ardid, como el
vestirse de sotana para Inspirar confianza a los indios, procuraban
cautivar el mayor número de indios posible. Hacia el año 1760 el
Procurador de Mojos de la ciudad de La Plata dio aviso a la Audien-
cia de haber arribado a Santa Rosa, el 21 de Febrero siete canoas
portuguesas, de las cuales cuatro continuaron rio abajo hacia el
Madera. Venia al frente el Gobernador de Matto Grosso, D. Antonio
Rollin y éste, a pesar de las protestas del misionero, se apoderó del
pueblo, o sea de Sta. Rosa la Vieja, pues él residía en la Nueva. La
Audiencia ordenó entonces al Gobernador de Sta. Cruz que con a l -
guna gente pasase a intimar la retirada al portugués. El 31 de Julio
salió de Sta. Cruz en compañía del Maestre de Campo D. José Núñez
Cornejo, del Teniente Coronel, D. Pedro Ramos, de un clérigo, diez
soldados y algunos indios de servicio. B a j a n d o por el Mamoré, visitó
los pueblos ribereños y en S. Pedro se entrevistó con el Superior,
P. Beingolea. Aquí halló también al misionero de Sta. Rosa, P. Ni-
colás Sarmiento, el cual habla abandonado la reducción en compañía
de unos cien indios. De sus labios oyó cómo el lusitano no contento
con ocupar Sta. Rosa, el Viejo había inquietado a los que poblaban
el Nuevo y en varias irrupciones nocturnas habla pretendido llevarse
cautivos a sus habitantes, en especial a las mujeres, por lo cual m u -
chos habían huido a los bosques.
Con estas noticias dióse prisa en llegar al término de su viaje y
llegó a Sta. Rosa de donde ya se habla retirado D. Antonio Rollin,
dejando al frente del destacamento a un Alférez. Verdugo le entregó
la carta dirigida al Gobernador, en la cual le pedia los motivos de
la invasión. Aguardó la respuesta y como pasaron dieciocho días, re-
solvió enviar a Matto Grosso al Maestre de Campo en persona p a r a
que se avistase con Rollin. La respuesta de éste f u e decir que estaba
en terreno propio y que si Sta. Rosa el Nuevo se habia despoblado
la causa no era otra sino haber los Padres hecho pasar a los indios
de una a otra banda a la fuerza. Que la estacada se habia construido
para defenderse de un posible ataque de los Padres. El Gobernador
Verdugo se volvió a Sta. Cruz para dar cuenta a la Audiencia de lo
actuado, pero la naciente reducción de Sta. Rosa quedó despoblada,
aunque por entonces contaba con unos cuatrocientos habitantes 1 7 ,
El gobernador de Matto Grosso dirigió a D. Alonso Verdugo el
25 de Octubre una carta en la cual vindica su conducta y al mismo
v
tiempo da las razones del avance portugués. Por este motivo vale la
pena extractarla. Empieza por decir que el tratado de límites cele-
brado entre España y Portugal otorga a este último toda la banda
oriental del Guaporé, excepto los pueblos de Sta. Rosa, S. Miguel y
S. Simón, los cuales no serían entregados h a s t a la llegada de los
Comisarios de ambas coronas. En el mismo tratado se estipulaba que
a los indios se debía dejar en libertad para permanecer en sus pue-
blos o mudarse. Ahora bien, los Padres, según el Gobernador brasi-
leño, decidieron abandonar dichos pueblos en 1754, dejándolos de-
siertos y quemados, aunque esto se dice que fue un hecho casual. Lo
último lo dice para justificar la ocupación de esos pueblos antes de
la venida de los Comisarlos. Al mismo intento refiere que en 1755 el
P. Ramón Lainez, entró con doscientos indios armados-por tierras de
Portugal y sacó unos setecientos indios bárbaros y se volvió con ellos,
alegando que ocho años antes los habían prendido los portugueses
dentro de su jurisdicción. Se quejó al Vice Superior, P. Nicolás Al-
togradi, en Junio de 1756 y, no recibiendo respuesta, la repitió en
Diciembre, al saber que se preparaba otra entrada y el portador halló
la respuesta en S. Miguel, donde la habla detenido tres meses el
P. J u a n Rodríguez. El P. Altogradi le prometió que no pasaría a la
otra banda, pero como recelase que no lo había de cumplir, se vio
forzado a poner un presidio de soldados en Sta. Rosa lí .
Pese a estas manifestaciones pacíficas la irrupción de los brasi-
leros no se detuvo y no mucho tiempo después tuvieron los Padres
que pedir el auxilio de la Audiencia de Charcas. No habiendo hecho
la demarcación convenida los Comisarios, era ciertamente un abuso
el crear un fortín en una zona todavía en disputa. La única provi-

17
A. de I. Charcas. 120-4-19. El I n f o r m e de Verdugo fha. en S. Lorenzo
de la Barranca el 8 de Enero de 1761, reviste algún interés por las n o -
ticias que da d e cada u n o de los pueblos que visitó. El lector lo h a l l a r á en
el Apéndice. Docum. N." 6.
18
A. de I. Charcas 120-4-19. Suscribe la carta e n Vlllavieja de la Sma. Tri-
nidad, 25 de Oct. de 1760.
dencia que se adoptó fue el levantar u n a estacada en el pueblo n u e -
vo de Sta. Rosa distante dos leguas y media del antiguo y próximo
por t a n t o al fuerte enemigo. Los invasores intentaron tomarlo por
asalto en Junio de 1763, según refiere D. Pedró José Tibaute, en carta
de 6 de Julio, pero fueron rechazados. Los defensores apenas llega-
ban a cien hombres y muchos de ellos enfermos, pero, ayudados por
los indios de S. Pedro y los crucefios, a las órdenes del Maestre de
Campo, D. Matías Bauten, les hicieron como unas cuarenta bajas,
entre ellas tres oficiales, siendo así que de su parte solo hubo doce
españoles muertos y unos once indios
Como en el año 1761 quedó anulado el tratado de 1750, la Corona,
al saber el avance de los portugueses en Mojos dio orden de desalo-
jarlos, así al Virrey como a la Audiencia, de Charcas. El 20 de Octubre
de 1761 se desaprobaba la lenidad con que se habia procedido h a s t a
entonces, pero aunque se expidieron las órdenes del caso a D. Alon-
so Verdugo éste no pudo disponer de los elementos necesarios. El
hecho es que se abandonó el pensamiento de fortificar el pueblo de
S. Miguel y el mismo Superior de Mojos, P. Beingolea, fue de pare-
cer que se retirasen las tropas, porque, fuera de ser gravosas a los
indios, a nada conducía el mantenerlas inactivas f r e n t e al invasor 2 0 .
Más adelante y en vista de nuevas representaciones, el Presidente
de la Audiencia de Charcas D. J u a n de Pestaña resolvió encabezar
él mismo la expedición destinada a desalojar a los portugueses de
Sta. Rosa, pero de la misma y de su resultado nos ocuparemos al
hablar de la expulsión de la Compañía en todos estos territorios.
" A. de I. Charcas 120-4-23. F h a . Fuerte de Sta. Rosa la nueva, 6 d e
J u l i o 1763.
20
A. de I. Indiferente General 120-4-23. E n la carta del P. Beingolea,
f h a . en S. Pedro el 4 de Oct. de 1763, le dice que l a m e n t a los contratiempos
sufridos por la tropa que h a tenido que replegarse a Magdalena y representa
los inconvenientes que traería consigo establecer u n fuerte e n el rio d e
Baures, la dificultad de abastecerlo por la escasez de los pueblos y c ó m o
los portugueses tratarían de sacar partido de todo esto para atraerse a los
Indios, por lo que le parece m á s prudente su vuelta a Sta. Cruz.
Sin embargo el P. n o dejó de tomar sus precauciones y entre otras m a n d ó
construir en S. Pedro dos cañones de a seis libras de oalibre y otros 5 de 3
libras y 1/2, m á s otros cinco de 1 libra. Estas noticias las daba el m i s m o
Gobernador Verdugo y añadía que de Lima se podría remitir m e t r a l l a y esta-
ño para que se hicieran balas en la m i s m a Misión.
CAPITULO VII

La Misión de los Mojos

1. Situación de la Misión de 1750 a 1767. Estado próspero de las r e d u c -


ciones. — 2. Visita del P. Manuel Vergara. Informe que presenta sobre l a s
mismas. Diferencias con el Obispo de S a n t a Cruz, D. Francisco de Herboso
y Figueroa. — 3. Expedición contra los Portugueses. — 4. Final de e s t a
tentativa y retiro de D. J u a n de Pestaña. — 5. Insignes misioneros.

1. La Misión de los Mojos continuó prosperando y, gracias a los


refuerzos venidos de Europa, especialmente de extranjeros y a la
cooperación de escogidos sujetos de la Provincia, la fe se f u e confir-
mando en los indios ya convertidos y se fueron formando nuevos pue-
blos con algunas parcialidades de infieles. SI las pestes y las invasiones
de los portugueses no hubiesen ocasionado b a j a s u n t a n t o conside-
rables, esta cristiandad habría sobrepasado el número de treinta mil
que era el calculado en el año 1751. En este año, según las Anuas co-
rrespondientes, eran cuarenta y uno los sujetos que vivían en Mojos,
de los cuales treinta y ocho eran sacerdotes y tres Coadjutores. Los
pueblos estaban divididos en tres sectores, Pampas, el Mamoré y
Baures; el sector menos poblado era el de Pampas, a la izquierda del
río y había contribuido a su escaso crecimiento la mala calidad del
sitio en que se establecieron los pueblos, razón por la cual algunos se
habían mudado últimamente. En este año falleció el P. Bernardo del
Castillo, el más antiguo de los misioneros de Mojos, pues llevaba cua-
r e n t a y cuatro años en la Misión. Fue fundador y el alma del pueblo
de Reyes y en él reunió a todos los indios de las cercanías que eran
de la misma lengua y a estos se agregaron otros de lengua diversa.
No siendo la tierra buena para hacer adobes, levantó de madera una
buena iglesia y la adornó con retablos y otras alhajas. Fue muy que-
rido de los indios y un tiempo ejerció el cargo de Superior de toda
la misión.
El misionero de San Pablo, sabiendo que a pocos dias de camino
vivían algunos indios bárbaros salió a fines de 1749 con algunos cris-
tianos y recogió como unos cincuenta Tibois, cuya lengua es parecida
a la de los Mobimas. Se informó de ellos de los parajes en que vivían
los demás y a fines de 1750 volvió de su excursión trayendo como unos
ciento sesenta Tibois, de manera que en dos años la población de
S. Pablo se acrecentó con más de doscientas personas. En Desposorios
también hubo aumento, debido a haberse acogido a este pueblo unos
centenares de Chiriguanos. La escasez de alimentos los obligó a a b a n -
donar sus tierras y se refugiaron en este pueblo, donde los de esta
nación pasaban ya de setecientos. En Baures, el misionero de San
Simón, logró también en 1750 atraer a una tribu numerosa que habi-
taba la margen derecha del Itenes, sacándolos de tres poblados, don-
de fuy muy bien recibido. Plantó allí cruces y bautizó a los párvulos
que le ofrecían sus padres y ofreció volver. En la misma región, cerca
de Santa Rosa, se descubrió un pueblo de indios fieros, de los cuales
se sospechaba la existencia, por haber flechado a los Indios reducidos
que surcaban en canoa el río Itenes. En 1750 flecharon a algunos Ito-
namas que pasaban sin recelo y, ya tierra adentro, a un indio de
Sta. Rosa; con esto se halló el rastro y se encontró que a menos de
un día de camino de la ribera del río tenían su pueblo. Se ignoraba
si habría otros. Se dispuso una expedición para conquistarlos, pero
sin resultado, aunque no hubo desgracia alguna.
Fuera de estos progresos las Anuas señalan que en San Pedro se
habla Instalado una fundición, con lo cual se podría proveer a los
pueblos de campanas y trapiches etc. que no se podían traer del Pe-
rú. Como más adelante veremos, en esta fundición llegaron a fundirse
algunas piezas de artillería, cuando se trató de desalojar a los por-
tugueses de la estacada de Santa Rosa y en opinión de los jefes y
cabos del ejército dieron excelente resultado.
Es también muy rica en pormenores la carta que el P. Juan José
de Zabala le escribió al P. Provincial Baltasar de Moneada, que lo
había enviado a visitar las Misiones. En 1751 le escribía y le m a n i -
festaba que había alcanzado a visitar los pueblos de Pampas y del
Río, pero no había llegado a pasar a Baures, por la distancia y malos
caminos y también por impedírselo sus achaques. (V. Apéndice. Do-
cum. N.° 8) Empieza por decir que, desde años atrás, los misioneros
se h a n esforzado por uniformar la vida de los cristianos en todos los
pueblos, sujetándose a unas Instrucciones que dejó el P. Altamirano,
de este modo hoy la vida que se hace en todos ellos es muy parecida.
Después de la oración y misa el primer ministerio de los curas
es el de la visita a los enfermos, en la cual se gastan dos horas, u n a
en la m a ñ a n a y otra en la tarde. No habiendo médicos en los pue-
blos, el misionero tiene que suplir por ellos y, por esta razón, el Mi-
sionero debe tener algún conocimiento de la medicina y m a n e j a r los
libros que t r a t a n de ella. En cuanto a cirujía los indios, bajo su direc-
ción, la practican y se adiestran en ella. Hay botica, más o menos
surtida y el cura o su ayudante preparan los medicamentos. A los
enfermos, cuando no tienen quien les provea, se les facilitan los ali-
mentos y algún regalo, preparándolos en casa. Se hace necesario vi-
sitar de vez en cuando las oficinas, carpintería etc. y ver si se d a n
todos al trabajo. También requieren atención especial las estancias
de ganado, pues de él se abastece la casa de carne y otros que lo
necesitan, pues al común no se le da sino en las fiestas principales o
cuando falta la caza o la pesca. Estas estancias de ganado caballar
y vacuno son bastantes en los pueblos de Pampas, que son los menos
poblados, excepto Reyes que tiene mil setecientas treinta y dos almas.
En todos hay chacras de algodón, maíz, caña de azúcar, arroz, para
el sustento. En algunos pueblos h a disminuido la gente, como en
Exaltación que es de Cayubabas. En otros se halla estacionaria. En
los de Pampas, la disminución es notable y se da por motivo la con-
dición de los parajes. En la actualidad no hay gentiles en sus cerca-
nías, salvo en S. Pablo, al cual se h a n agregado como unos doscientos
Tibois. También se recogen en Reyes gentiles de la serranía y de los
ríos que desaguan en el Beni.
Esto por lo que toca al órden externo y buen régimen de los pue-
blos. De su piedad y fervor habría mucho qué decir y más adelante
aduciremos el testimonio de un misionero recién llegado. En este
Informe el P. Zabala nos indica la distribución que guardan durante
el año y el grande aprecio que hacen de los sacramentos. Las Igle-
sias tienen mucho adorno y 110 les faltan a l h a j a s de plata y buenos
ornamentos. En los pueblos de Pampas, S. Luis y S. Ignacio que se
mudaron ha poco, 110 había entonces Iglesia. Otro tanto habría que
decir de Loreto y San Javier, en el rio, por la misma razón. En cuanto
a la música, en todas partes está bien entablada; se adiestra a los
niños desde la escuela y hay hermosos órganos y toda clase de ins-
trumentos: harpas, violines, violones, oboes, chirimías y dulzainas.
Del largo camino que separaba estas misiones de la Provincia nos
habla el P. Alberto Quintana en una carta que dirigió a su h e r m a n o
y que no carece de interés. Por ella se ve el cariño que mostraban los
Indios a sus curas y la buena acogida que prestaban a los recién ve-
nidos. Mayor interés ofrece la que en el año 1757, casi por el mismo
tiempo en que escribía el P. Quintana, dirigía al P. Baltasar de Mon-
eada el P. Miguel de Irigoyen. (Apéndice. Docum. N.° 9 y N.° 10) Em-
pieza por decirle que el P. Altogradi lo h a señalado por compañero
del P. Nicolás de Vargas, cura de San Pedro y se considera dichoso por
estar a su lado. Había sido elegido Procurador por la Congregación
Provincial, pero el mismo Padre hizo cuanto pudo porque le exone-
rasen de esta carga. El P. Moneada accedió y el P. Nicolás quedó en
las Misiones. Sobre este particular el P. Irigoyen nos cuenta que el
P. Nicolás "a todos socorre en sus necesidades, enfervoriza, alienta y
cuida con maternal afecto a los enfermos, a que se agrega su cono-
cimiento de la medicina y su experiencia de treinta y un años, por lo
que todos acuden a S. Pedro a curarse de sus achaques y h a n recobrado
la salud cuando poca esperanza tenían de ello". Refiere luego lo que
hace por el adelantamiento de sus feligreses y dice así: "Desde Sep-
tuagésima h a s t a el sábado de Carnaval acude el pueblo a la Iglesia
a confesar y comulgar y el Domingo siguiente y los dos son innume-
rables los que lo hacen y este año se acabaron dos cazoletas de hostias
bien colmadas. A las cinco de la m a ñ a n a se descubre el Señor con
toda solemnidad, repartiéndose velas a los indios principales que asis-
ten en el presbiterio y todo el día lo acompañan hasta la tarde en
que se encierra, rezando antes el rosarlo... El Miércoles de Ceniza se
hizo la ceremonia de costumbre con todo el pueblo y por la tarde se
sacó en procesión a un devoto Señor Crucificado que sale solo por
este tiempo y aunque se le saca en secreto acude t a n t a gente que es
preciso a p a r t a r a la multitud, a fin de que lo coloquen en sus a n d a s
y desde este día es difícil sacar a los Indios de la Iglesia. Los viernes
les hace un sermón el P. Nicolás en lengua canisiana en el que es
muy perito... Se llena nuestra casa con los ayes y llantos de los oyen-
tes y al fin del sermón cantan algunas coplas relativas a la Pasión...
En la Semana Santa echan el resto a su devoción. El Domingo de
Ramos, en la tarde, sacan en procesión al Señor por las cuatro cua-
dras de la plaza y hacen un esterado de palmas cubriéndole con sus
mejores ropas para tener el consuelo de que el Señor pase sobre ellas.
El Jueves Santo se da la comunión al pueblo en la Misa Solemne y
en la tarde predicó el sermón del Mandato el P. Nicolás, después del
lavatorio de doce pobres, a quienes se dieron vestidos y a otros que
no tienen mujer o a los indios huérfanos. Este día se lo pasan en la
Iglesia, acompañando al Señor... También me quedé asombrado de
ver al P. Nicolás ordenando a cuatro indios Alcaldes recogiesen por
la noche a los que se desmayaban por las calles al rigor de sus mor-
tificaciones. El Monumento aparecía muy adornado de luces y a ello
se agrega estar allí muy compuestas las andas de los pasos del Sal-
vador para la procesión del día siguiente, cantando cánticos de la
Pasión, disciplinándose. Al día siguiente son los Oficios y en la noche
hay sermón de Pasión con la escena del Descendimiento. A esto se
levantó un gran clamor en toda la Iglesia que parecía se hundía y
se atropellaban todos, queriendo besar al Señor hasta que se le puso
en el sepulcro. Después de esto salió la procesión devotísima, alum-
brando con velas más de mil personas que acompañan todos los pasos
de la Pasión. Salió también el Cristo del cual hablé, el cual acom-
p a ñ a n los principales con sus canastas de flores que esparcen por
el suelo. Hácese con mucho silencio lágrimas y devoción. Al volver
a la Iglesia adoran la Cruz en que estuvo enclavado el Señor. Los
soldados que llevan las armas arrastrando se quedan de guardas del
sepulcro y tocan sus instrumentos destemplados y la gente se queda
h a s t a las 9 de la noche y allí permanecieran si el P. Nicolás no m a n -
d a r a que por la fuerza la echaran a sus casas...".

Después de esto pasa el Padre Irigoyen a referir cuánto agrade-


cieron los indios la quedada del P. Nicolás. "Llegó la noticia el Jue-
ves Santo, a las cinco de la mañana, dice y, después de los oficios
se supo en todo el pueblo y los indios principales vinieron a besar la
mano al Padre y por ser Semana S a n t a no hicieron demostraciones
de regocijo, pero el Lunes de Pascua acudieron a casa vestidos de
gala y llevando sus instrumentos de música y, en apareciendo el P a -
dre, se pusieron de rodillas con ánimo de besarle los pies y diciendo:
Gracias a Dios que te quedas. Si tú te fueras ¿quién nos predicara,
quién nos enseñara, quién nos atendiera y mirara por nosotros con
el amor que tu lo haces? El Padre hubo de hacerse fuerza para no
enternecerse y luego, al salir a la plaza, a visitar los enfermos, hi-
cieron otro tanto las mujeres, clamando de rodillas del mismo modo".
Escenas como estas no eran raras en Mojos, donde la fidelidad, amor
y adhesión de los indios hacia los Padres fue casi siempre constante
En otra carta del P. J u a n José de Zabala, al mismo P. Moneada,
escrita desde Trinidad el 26 de Diciembre de 1757, hallamos también
algunos pormenores dignos de mención. Refiriéndose al modo como
disponen todo para el viático a los enfermos, dice que barren la casa,
echando en el suelo ropas bordadas, flores y perfumándola con za-
humerio y por todo el camino van echando flores, acudiendo en gran
número a acompañar al Señor. El Cura que era la máxima autoridad
en el pueblo ejercía también el oficio de juez en las diferencias que
se suscitaban entre ellos y con el gran respeto que le tenían y el
concepto que se hablan formado de su rectitud, acataban sus fallos
sin vacilar y sin sentirse agraviado el que llevaba la peor parte". (V.
Apéndice. Docum. N.° 11).

2. Aunque no tenemos documento alguno que lo acredite, supo-


nemos que el P. Manuel Vergara, Visitador de la Provincia, se ex-
tendió también a las Misiones de Mojos. Por lo menos, en el año 1765,
por el mes de Marzo, extendió un largo informe sobre ellas, que va-
mos a transcribir en gran parte. La primera reducción en el Mamoré
era Loreto, f u n d a d a en el año 1682. Sus habitantes en este año eran
822 y cuidaban de ella los PP. José Reysner y Manuel León. La se-
1
U n a excepción la constituye el caso ocurrido en S a n Martín. Siendo cura
de esta reducción el P. Francisco de Olaza, u n Indio por venganza incendió
la Iglesia y casa de los Padres. El P. Olaza era natural de Huánuco. T u v o
un hermano en la Compañía, el cual falleció de novicio en 1733, dejando
f a m a de santo. Fue misionero e n Exaltación, en S. Joaquín y por último e n
S a n Martín. Falleció el 4 de Agosto de 1753, después de 25 años de misionero.
S u Carta de Edificación la escribió el P. Ponce.
gunda era Trinidad, f u n d a d a en 1687 que contaba con 866 almas y
estaba al cuidado de los PP. Gustavo Seguí y Antonio Ribadeneyra.
La tercera S. Ignacio, fundada en 1689, con 865 habitantes y con el
P. Claudio Fernández por Cura. La cuarta S. Javier, f u n d a d a en 1691,
con 1480 habitantes y al cuidado de los PP. Buenaventura Galván y
J u a n Manuel de Iraizos. La quinta San Borja, que databa de 1699
y tenia 1050 moradores y por curas a los PP. Alonso Blanco y J u a n
Borrego. La sexta Desposorios o Buenavista, f u n d a d a en 1694 y con
400 habitantes, al cuidado de los Padres Miguel Rodríguez, Tomás
Arias y Gabriel Díaz. Distaba como unas 17 leguas de S a n t a Cruz y
había tenido su origen en una entrada que hicieron los cruceños por
tierras de los Chiquitos, a los cuales pertenecían los indios de la re-
gión. El P. José Feo. de Arce escogió en 1691 para su asiento el p a r a j e
llamado Rinconada de Cotoca, a 6 leguas de Santa Cruz, pero varió
tres veces de emplazamiento, pues su proximidad a S a n t a Cruz le
era nociva. Por fln, en 1723, siendo misionero el P. José de Casas, se
trasladó al lugar, que hoy ocupa. A ella se agregaron muchós Chi-
riguanos de la Cordillera. De su Iglesia decía el Gobernador, D. Alon-
so Verdugo que ya quisiera el Cabildo Eclesiástico de S a n t a Cruz
que su Iglesia Catedral fuese como ésta.
San Pedro, f u n d a d a en 1697 era la capital de las Misiones y el
lugar en donde ordinariamente residía el Superior. Sus habitantes
eran 1697 y en ella moraban el P. J u a n de Beigolea y el P. Francisco
Javier Quiros. Reyes, en las Pampas de Mojos, habia surgido en 1710
y tenía 1201 almas. Sus curas eran los PP. Martin Valverde y Nico-
lás Sarmiento. Concepción, en los Baures, f u n d a d a en 1708 tenía
1115 habitantes y cuidaban de ella los PP. Esteban Troconis y Alejo
Uria. Siguióse Exaltación que habitaban 1821 indios que tenían por
Curas a los PP. Sebastián García y Alberto Quintana. Del mismo
tiempo era San Joaquín, con solo 732 habitantes y al cuidado del
P. Antonio Usay. Venía luego San Martín, f u n d a d a por el P. Agustin
Ferrer con 709 moradores y con el P. Francisco Javier Eder por cura.
Santa Ana era posterior y tenía 1123 almas, de las cuales cuidaba el
P. Francisco Javier Corro. Santa Magdalena, f u n d a d a por el P. G a -
briel Ruiz era como la capital de los pueblos de Baures y allí residía
el Vice Superior P. José Reyter con los PP. José Ignacio del Rio y
Nicolás Susich. Siguióse S. Miguel con 878 almas, a r r u i n a d a por los
portugueses, que apresaron a los misioneros PP. J u a n Rodríguez y
Francisco Espí. Este último murió en la prisión y solo sobrevivió su
compañero. S. Nicolás, fundado por el P. Francisco del Valle era uno
de los postreros, pues se había fundado en 1740 y contaba con 602
habitantes, de los cuales tenía cargo el P. Antonio Maggio. Por últi-
mo, en 1744 se fundó S. Simón y S. Judas que apenas tenía 200 al-
mas y tenía por cura al P. Ramón Laynes.
Fuera de las citadas en Mojos había tenido la Compañía otras
ocho reducciones, a saber, S. José, f u n d a d a en 1691 con más de mil
almas, pero las pestes fueron diezmando a la población y los que
sobrevivieron se agregaron al pueblo de San Luis en 1752. Hubo otra,
llamada también S. Miguel, f u n d a d a en 1696 y que llegó a contar con
unas cuatro mil almas. Una epidemia acabó con unos dos mil, los
demás huyeron a las montañas y solo doscientos pudieron ser trasla-
dados a otro pueblo. S. Luis, fundado en las Pampas en 1698 con más
de ochocientas almas, fue paulatinamente disminuyendo por las pes-
tes y en 1758 los sobrevivientes se agregaron a S. Borja. S. Pablo f u n -
dóse en 1703 y contó con unos dos mil trescientos indios bautizados,
pero las mismas causas determinaron su agregación a S. Borja. En
el año 1710 se fundó S. J u a n Bautista con unos cuatrocientos Tapa-
curas y otros tantos Guarayos, pero en el año 1718 estos últimos h u -
yeron y los Tapacuras fueron agregados a Patrocinio. Esta reducción
fue f u n d a d a en 1730, pero, habiendo fallecido su cura, los indios re-
solvieron huir y abandonaron al Padre que vino a reemplazar al
difunto. Pasado un tiempo volvieron algunos por temor a los portu-
gueses y a estos se les envió a otro pueblo. Santa Rosa, f u n d a d a en
1705 por el P. Gabriel Rulz y Esteban Arroyo, decreció mucho por
las pestes y así los que quedaron fueron enviados a Loreto. Otra re-
ducción del mismo nombre se fundó en 1743 en el Itenes, en la ri-
bera oriental o derecha, pero de ella se apoderaron los portugueses y
levantaron el fuerte de la Estacada, llevándose algunas familias, lo-
grando otras huir a otros pueblos en 1762.
Por idénticos motivos la residencia de S. Simón había decrecido
bastante, en la banda occidental o izquierda del Itenes y no se había
abandonado con la esperanza de atraer a ellas a los gentiles de la
comarca, pero los desmanes de los portugueses, uno de los cuales se
presentó entre los indios con sotana para atraerlos, fueron causa
de su retroceso, pues a muchos Indios se los llevaron acollarados y
otros, temiendo igual suerte, huyeron. El P. Vergara expresa que
las reducciones h a n perdido bastante en estos últimos años por las
enfermedades y las recién f u n d a d a s las componen en su mayor p a r t e
neófitos. La salud de los misioneros no era tampoco envidiable y a
algunos era preciso sacarlos de la misión y enviarlos a restablecerse
a las casas del Perú 2 . Esto último de las pestes lo confirman otros
testimonios. Por el año 1753 y 1754 asi en Baures como en el Rio
u n a peste gripal hizo estragos, especialmente entre las criaturas. De
este modo el número de los difuntos era mayor que el de los nacidos
y solo de un modo lento vino a obtenerse alguna v e n t a j a en los naci-
mientos.
Fuera de estos contratiempos, ejerciendo aun el oficio de Visita-
dor, el Sr. Obispo de S a n t a Cruz, D. Francisco Ramón de Herboso,
comenzó a no entenderse con los nuestros. El Obispo era natural de
Lima y aunque su carrera eclesiástica la empezó en Charcas, en don-
de su padre fue Presidente de la Audiencia, pasó más tarde a Lima,
donde llegó a ser maestrescuela y chantre del coro de la Catedral. G a -
nóse también la confianza del Virrey, Conde de Superunda y f u e su
asesor durante catorce años. Si bien tuvo de su parte al Virrey, en
cambio no tuvo entrada con el Arzobispo, el cual en sus c a r t a s se
quejaba amargamente de este prebendado. No podríamos culpar a
éste, por el genio díscolo del Prelado, pero no hay duda que la larga
duración de un cargo t a n importante como el de Asesor del Vlceso-
berano, engrieron un t a n t o al f u t u r o Obispo de S a n t a Cruz. Las Mi-
siones de Mojos calan bajo su jurisdicción y a D. Francisco le debió
parecer que los Jesuítas t r a t a b a n de sustraerse de ella. El hecho es
que, escribiendo desde Tarata al P. Vergara el 15 de Noviembre de
1764, se quejaba de la actitud del P. Beingolea. El Visitador respondió
el 26 de Marzo de 1765 y por el tenor de esta carta, vemos que el
Obispo se mostraba algo quisquilloso, quejándose de que el Padre S u -
perior no le hubiese dado la bienvenida al tomar posesión del Obis-
pado. El P. Vergara, como es natural, excusa a su súbdito y satisface
al Obispo, diciéndole que el santo viejo apenas tenia hombros p a r a

2
El I n f o r m e lo suscribe en Lima el 26 de Marzo d e 1765. B. A. de l a
H. Madrid. Jesuitas 11-11-1/92.
llevar u n a carga que hablan agravado las circunstancias de la guerra
con el portugués. Pasa luego a t r a t a r del capítulo principal y m a n i -
fiesta que no está en lo cierto si piensa que algunos misioneros h a -
cen suya la opinión de que las misiones son nullius dioeceseos y que
son de este sentir el Provincial, P. Antonio Claramunt y algunos de
los Consultores. Le invita a pasar a visitar los pueblos de las Misiones
donde se le recibirá con todo agrado y dará orden para que los Cu-
ras que no las posean, soliciten de él las necesarias licencias. Envióle
también un cuadro general de los pueblos y con este motivo le expresa
que algunos h a n quedado con solo un misionero, por haber m u e r t o
cuatro con los trabajos de la guerra, a saber los PP. Ignacio de Var-
gas, Felipe Ponce, Francisco Javier Iraizos y Francisco Espi. A estas
pérdidas había que añadir la de los PP. J u a n Brandt y J u a n Schret-
ter, que fallecieron de achaques ordinarios. Para suplir a estas va-
cantes se enviaron de Lima otros siete sujetos, pero de estos, cuatro
enfermaron en el camino y no h a n podido llegar a Mojos. Los tres
restantes continuaron a su destino, a donde las seguirán otros a
fln de completar el número de los misioneros. Esto supuesto, espera
que Su Señoría informe sobre la situación de las Misiones 3 . No sabe-
mos que el Obispo visitara los pueblos, pero en cambio vemos que
en el año 1766, escribiendo a S. M. en carta de 25 de Octubre, insi-
n ú a la conveniencia de que los indios paguen el diezmo. Esto solo
habla faltado para hacer más aflictiva la situación de las Misiones,
a u n no repuestas del todo de la calamidad de la peste y con el
peso de tener que sostener a la tropa enviada contra los portugueses
y de servir de auxiliares a los expedicionarios. Sin duda que el Obis-
pado de S a n t a Cruz era pobre y el Obispo debió sufrir u n amargo
desengaño si creyó que entraba en posesión de u n a pingüe mitra,
pero no era justo que a los indios de Mojos que si disfrutaban de
algún bienestar, lo debían a su trabajo y a los esfuerzos de los Mi-
sioneros, se les añadiesen nuevas cargas. Por fortuna, el Obispo n o
Insistió y, además, la expulsión de los Jesuitas vino a poner término
a esta situación 4 .

5
A. cié I. Lima 110-3-7. Correspondencia de Virreyes y Gobernadores.
1755-1772.
4
A. de I. Ibld.
Como vemos, estos últimos años de la Misión fueron abundantes
en desdichas y solo podemos anotar en su v e n t a j a el nuevo camino
abierto desde Cochabamba, por el Capitán J u a n de Borda, según el
derrotero formado por Nicolás de Castro 5 . Sobre el camino nos s u -
ministra abundantes datos el Informe que el Capitán, Francisco de
Medina, hizo al Presidente de Charcas, suscrito en Cochabamba el
4 de Abril de 1766. El 27 de Febrero de dicho año salió a reconocerlo
y en Tarata, por las lluvias, hubo de detenerse h a s t a el 15 de Marzo.
Reanudó su marcha y como a tres jornadas se halló en lo más alto
de la cordillera, de donde hubo de encaminarse a pie en dos jornadas
h a s t a la ceja de la montaña, llegando a un sitio llamado Buenavista
en donde acampó. Aguardó a que abonanzase el tiempo, pero como
no fuese así, hubo de desistir de la continuación del viaje. Desde
aquel lugar alcanzó a descubrir la tierra y vio que de la cordillera
nacía un río que corría hacia el Noreste y al cual se j u n t a b a n otros
dos, todos navegables y que a su juicio debían formar el Mamoré,
por los cuales piensa se podía llegar hasta Loreto. De Cochabamba
a Buenavista hay unas treinta y cinco leguas y de este lugar a Lo-
reto cree que podrán ser cuarenta, descendiendo primero la cordi-
llera y luego navegando por el río 6 .
En otra carta del mismo al Obispo de S a n t a Cruz hallamos datos
que completan lo dicho. La expedición la compusieron ciento diez y
ocho hombres, que fue difícil hallar, porque con ocasión de la leva
que se había hecho poco antes para hacer f r e n t e a los portugueses,
muchos se habían ahuyentado. Hacía el 7 de Agosto llegaron al p u n t o
denominado S. Ignacio, en donde terminaba la apertura del camino
y el 24 llegaron a la j u n t a de los ríos Chepare y Mesubo, en donde
reconoció que el rio era navegable con canoas. No se pudo continuar
por causa de la deserción de la gente y se resolvió volver a Tarata,
a donde llegó el 9 de Setiembre. Desde la j u n t a dicha hasta Loreto
se conoce el derrotero por el que formó D. José Pascal, aun cuando
por otra carta del Obispo al Presidente de Charcas de 16 de Setiembre
de 1766, el verdadero autor del derrotero era el P. Francisco Javier
Izquierdo. Pascal había salido de Loreto con D. Anselmo Salazar el

5
V. R e n é Moreno. Archivo de Mojos. T o m o 2, Carta del Obispo de S a n t a
Cruz al Presidente de Charcas. Tarata, 25 de Set. 1766.
6
A. de I. Lima 110-3-7.
16 de Mayo y, por el Mamoré, llegaron al punto en que desemboca en
éste rio el Cliepare y el 26 arribaron a la j u n t a del Chepare con el
Mesubo. Dos días más tarde decidieron buscar el camino de D. J u a n
de Borda, pero inútilmente, aun cuando por los Informes de los
indios Yuracarcs que habitaban la región supieron que hablan a n -
dado por allí algunos españoles. Todavía en el año 1767 el Obispo,
respondiendo al Virrey, que le había agradecido el Interés tomado
por la apertura de este camino, proponía que se hiciese un pueblo
en el Chepare, aun cuando no hallaba quien se hiciera cargo de esta
fundación y como entre los de su clero no había quien entendiese la
lengua de los Yuracares proponía que se nombrase al P. Miguel Iri-
goyen, que por enfermo había salido de Mojos pero ya se encontraba
restablecido en Cochabamba. Pese a todos estos esfuerzos, al sobre-
venir la expulsión, las cosas estaban en el mismo estado y las comu-
nicaciones con el territorio de Mojos continuaron por algunos años
haciéndose por la ruta ordinaria de Sta Cruz a Paila y de este puer-
to por el Río Grande al Mamoré 7 .

3. El tratado de Madrid de 1750 había sido anulado, pero, como


decían muy bien los marinos españoles Jorge J u a n y Antonio de Ulloa,
refiriéndose a la política de los portugueses, estos una vez que ponían
el pie en un terreno que no era suyo no lo desalojaban sino por la
fuerza y, por consiguiente, los tratados entre ambas Coronas venían
a ser papel mojado. Asi sucedió con la anulación de este tratado; en
virtud de este acuerdo los lusitanos debieron abandonar los pueblos
fundados en la ribera oriental del Itenes y, entre ellos Santa Rosa,
pero no lo hicieron, antes bien en 1762 avanzaron más allá, inquie-
tando a los indios, a quienes hacían cautivos y aliándose con los in-
fieles que eran enemigos de los convertidos. El Gobernador de S a n t a
Cruz, D. Alonso Verdugo, que, por sí mismo se había dado cuenta de
las invasiones portuguesas, informó al Presidente de la Audiencia de
Charcas y este a su vez lo comunicó con el Virrey D. Manuel de Amat.
Decidióse entonces en J u n t a de Guerra que se organizase una expe-
dición al Itenes y al frente de ella puso al mismo Presidente, D. J u a n
de Pestaña, por tratarse de un oficial de graduación. No fue cosa f á -
cil reunir la gente necesaria y el primero en penetrar en la reglón
7
A. de I. Ibid.
fue el mismo Gobernador de Santa Cruz, D. Alonso Verdugo el cual,
ayudado por los indios, llegó hasta la ribera del Itenes y después
de algunos encuentros con los invasores, obligó a éstos a abandonar
la ribera occidental del río, donde hablan f u n d a d o un nuevo pueblo
llamado S a n t a Rosa». D. Alonso, asi por el rigor del clima como por
la falta de tropa, decidió volverse en busca de auxiliares. No mucho
después los lusitanos trataron de recobrar lo perdido y atacaron la
estacada, pero sus defensores, a las órdenes del Maese de Campo,
D. Matías Bauten, resistieron valientemente y los obligaron a reti-
rarse. Los indios de San Pedro que habían venido a reforzar el desta-
camento se distinguieron por su valor.
Véase cómo daba cuenta del asalto del 26 de Junio el Maese de
Campo D. Pedro José Cibante, en carta a D. Alonso Verdugo de 6
de Julio del 63. El 4 de Julio había llegado a la fortaleza y halló que
todos los hombres de la guarnición parecían esqueletos, sin que se
hallase uno del todo sano. Los lusitanos acometieron, por m a r y por
tierra, intempestivamente y mientras uno de sus barcos t r a t a b a de
introducirse por entre las canoas de los españoles, el grueso de los
enemigos en número de doscientos acometió la estacada y comenzó a
a r r a n c a r los palos que la formaban, pero los sitiados, aunque apenas
se podían tener en pie, ayudados por los indios de San Pedro, los
obligaron a volver las espaldas vergonzosamente, esparciéndose por
el monte, de manera que de haberles podido seguir el alcance no
habría quedado uno solo vivo. Dejaron tendidos en el campo unos
treinta y siete, fuera de los que cayeron en el río y de su parte hubo
doce bajas en la tropa y once de los indios de S. Pedro que ayudaron
briosamente. Para desgracia de los heridos muchos h a n venido a pe-
recer por falta de medicinas y de cirujanos. El Maestre de Campo,
Baulén, no desmayó un momento, animando a todos y, a su ejemplo,
procedieron de igual m a n e r a sus oficiales.
D. Alonso aprovechóse del suceso para urgir a D. Antonio Rollin de
Moura, el cumplimiento del Tratado y en especial el desalojo del
pueblo de San Miguel asi como la devolución de los PP. Rodríguez y
Espí que hablan sido conducidos a Mattogrosso. El lusitano, siguien-
do su táctica, no hizo sino responder con evasivas, pretextando que
8
S a n t a Rosa la nueva se fundó en la márgen occidental del Itenes a dos
leguas y media de la vieja. Sobre lo dicho anteriormente V. A. de I. Charcas 437.
mientras no recibiera órden expresa de su Soberano no podía abando-
nar teritorios que les pertenecían y que en cuanto a la entrega de
los Padres, lo haría en cuanto se le devolviesen los prisioneros por-
tugueses. Casi por el mismo tiempo y desde S a n t a Rosa, escribía t a m -
bién al Presidente de la Plata y en su carta, después de dar cuenta
del eflcaz auxilio prestado por los Padres y los indios, así para el
abastecimiento de la tropa como para la construcción del fuerte, le
representaba el estado lastimoso de los hombres de la expedición, la
deserción casi continua de muchos de ellos y el mal trato que, por
desdicha, hablan dado los oficiales, comenzando por el Maese de Cam-
po, Bautén, a los soldados. Por todo ello y por las razones que le ha-
bia dado el P. Superior J u a n de Beingolea, era de parecer que la
tropa debía retirarse a S a n t a Cruz, hasta que pasasen las aguas y
entre t a n t o estar a la mira de lo que pudiese acontecer.
El P. Beingolea, en efecto, desde S. Pedro, le habia puesto por
escrito lo que ya le había manifestado de palabra, esto es que, en
su sentir y el de la mayor parte de los Padres, convenía cesar las hosti-
lidades y desamparar el fuerte de Santa Rosa, tirando del mismo las
seis piezas de fuego que habían servido para artillarlo. Todo estaba
indicando que era mejor buscar otra vía de arreglo. Los pueblos co-
menzaban a sentir la falta de víveres, por el aprovisionamiento de
la tropa. Las enfermedades inutilizaban a la gente y habían postrado
a los mismos Padres, y las artimañas de los lusitanos que con done-
cilios y bujerías procuraban ganarse la voluntad de los indios pro-
ducía sus efectos. D. Alonso atendió estas razones y la retirada a
Santa Cruz de los sobrevivientes de la expedición se realizó. El P.
Beingolea hablaba por experiencia y con conocimiento de todo lo
ocurrido, pues personalmente había marchado a S a n t a Rosa en com-
pañía del P. Ramón Lalnes y con doscientos indios de refuerzo. Bue-
na parte de sus cuidados y los del P. Laínes los hubo de emplear en
asistir a los muchos enfermos que habia en la fortaleza y a los
cuales, con grave falta de caridad, desatendía el Maese de Campo
Bautén.
Prodújose un compás de espera pero en el año 1764 volvieron a
la carga los portugueses y obligaron a tomar una resolución. A los
Padres no les cogió desprevenidos este nuevo intento, porque bien
conocían la táctica de los mamelucos del Brasil y, precisamente por
esto habían insistido hacía tiempo en la necesidad de a r m a r a los
indios y de proveerlos de fusiles y balas, porque solo el hecho de la
resistencia que se les podría oponer en Mojos habría detenido a los
contrarios. Sus instancias fueron desatendidas y hubo que equipar
u n a nueva expedición. D. J u a n de Pestaña, a quien el Virrey enco-
mendó el negocio, pensó en levantar cuatro compañías de a seis-
cientos hombres cada una, fuera de cuatro mil indios Chiquitos y de
los necesarios para conducir el bagaje, pero hubo de reducir sus pre-
tensiones. Amat, sabiendo lo ocurrido en la antecedente expedición,
aconsejó reclutar la gente entre los cruceños hechos al clima ardiente
de Mojos, pues de otras provincias, aun de Cochabamba, desmayaban
y no continuaban en la empresa. Púsose en movimiento Pestaña y
el 11 de Abril de 1766 le escribía al Virrey Amat, desde el campo de
Arani, a escasa distancia de Cochabamba y a tres jornadas de S a n t a
Cruz, que llevaba consigo setecientos sesenta y siete hombres con sus
oficiales, incluyendo la Compañía de Granaderos de Chuquisaca y
que tenía aviso del Gobernador de Oruro que a esa villa hablan lle-
gado nueve cañones con destino al ejército, los cuales habla dispues-
to se remitieran a Cochabamba. Advertía de paso que en S. Pedro
de Mojos había una fundición y había ordenado viniese un fundidor,
el cual, según las instrucciones dadas al Coronel Aymerich, fundirla
piezas del calibre ocho y c u a t r o ' . Unos meses más tarde, el 3 de No-
viembre de 1766, escribía a D. Francisco Bucareli, desde el campo del
Agua Dulce, manifestándole cómo el ejército se había reducido de
setecientos cincuenta y ocho (setecientos sesenta y siete eran los n u -
merados en Arani) a seiscientos cincuenta y cuatro y que escasea-
ban los víveres por lo que se hacía imposible continuar, como se lo
escribe al Virrey.
En otra carta suscrita por el mismo Pestaña, el 19 de Octubre de
1766, dirigida a D. Pedro Cevallos, le daba cuenta de lo hecho h a s t a
entonces y de las incidencias de su encuentro con los portugueses.
Escribía desde el Campo del Corral Alto y decía cómo en la márgen
occidental del Itenes y como a dos cuadras de la estacada de S a n t a

9
A. de I. Charcas 120-4-19. V. la carta de Pestaña a A m a t , fha. Plata
30 de Nov. 1763, por la cual se deduce que D. Juan, con d e m a s i a d o optimis-
mo, pensaba nada menos que en apoderarse de Mattogrosso y desalojar de
aquel puesto a los portugueses.
Rosa habla levantado una batería con dos cañones de a ocho y dos
de a cuatro para batirla, pero habiendo tenido noticia de la llegada
a Río Janeiro del navio mercante San Lorenzo, el Consejo de Guerra
por 61 convocado, decidió que la batería se deshiciese, porque de lo
contrario los portugueses echarían mano de este motivo para apo-
derarse del valioso cargamento que conducía aquella nave. A esto
añadía que el ejército sufría los rigores del clima y abundaban los
enfermos. Que en aquel p a r a j e y en Sta. Rosa la Nueva habría unos
setecientos cincuenta y ocho hombres, a los que había que agregar
otros cien, del destacamento de los pueblos de Baures que en total
eran ciento cincuenta y siete. Como se acercaba la época de las llu-
vias iba a ser imposible permanecer en aquellos lugares. Se refiere
luego a la ventajosa posición que ocupan los portugueses y a lo bien
defendida que la tienen, a lo que se añade que solo puede ser atacada
de Agosto a Noviembre, porque el resto del año se inunda todo el
terreno en aquella banda. Como una prueba de la cooperación pres-
tada por los indios, advierte que en San Pedro habla dejado a Ayme-
rich y que, excepto el fundidor, todos los demás oficiales eran de los
nativos l0.
Entre tanto la presencia de t a n crecido número de soldados en
tierras de Mojos venia a ser muy onerosa a las poblaciones, t a n t o
más que se mostraban exigentes en demasía. Por esta razón y porque
preveían los misioneros que, después de t a n t a s andanzas y prepa-
rativos, no resultaría nada, como lo mostró el tiempo, deseaban viva-
mente que la expedición se retirase.
Mientras esto ocurría en Mojos, en Madrid, al tenerse noticia de
hallarse el Presidente de La Plata previniendo para pasar al recobro
1
del fuerte de Santa Rosa que indebidamnte hablan levantado los
portugueses, amenazando la existencia de los pueblos de Baures, se
le envió una Real Orden, suscrita en Aranjuez el 4 de Julio de 1766,
10
A. de I. Ibid. Es de notar que, fuera de la ayuda prestada por los indios,
el Virrey A m a t dispuso que se remitiesen a Pestaña 500 fusiles con sus b a -
yonetas, de modo que pudiera armar unos mil hombres. En la balandra de
Otaegui y bajo la custodia del Tte. de artillería Piquemans, se enviaron estos
pertrechos a Arica, de donde debían ser conducidos a Cochabamba. (Nov.
1765). Amnt, en carta de 3 de Enero 1766, Juzgaba que a Pestaña le so-
braban elementos para tener éxito en la empresa, pero sus cálculos resultaron
fallidos.
en la cual se le ordenaba suspender Cóáo acto de fuerza y, dejando
las cosas en el estado en que se hallaban, ver de obtener amistosa-
mente lo que se pretendía, teniendo en cuenta que todo dependerá
del acuerdo recíproco que Su Magestad habrá de celebrar con Su
Magestad fidelísima. Una vez más el gabinete de Madrid cedía a n t e
las influencias de la diplomacia lusitana y refrendaba el avance por-
tugués por tierras que sin duda pertenecían a la Corona de España.
Los contratiempos sufridos por la expedición vinieron a darse la
mano con la resolución tomada en Madrid, pero entre t a n t o la pre-
sencia de las tropas pesaba casi toda sobre los pueblos de Mojos,
bastante exhaustos con las pestes que habían sobrevenido y la pérdida
de las cosechas. Por esta razón y porque, después de tantos inten-
tos vanos y tantos alardes de fuerza, no se había conseguido nada,
asi el Superior de la Misión como los demás misioneros juzgaron que
era más conveniente el retiro de las fuerzas expedicionarias. En r e a -
lidad, si exceptuamos a los cruceños que estaban hechos al clima de
Mojos, era manifiesto que con gente advenediza, traída un poco a
la fuerza de Chuquisaca, Cochabamba, Valle Grande u otras provin-
cias no habría de tener éxito expedición alguna. Mucho más práctico
habría sido a r m a r a los mismos indios mojeños y poner a su f r e n t e
a algunos oficiales expertos y aguerridos.

4. La órden dada en Aran juez el 4 de Julio fue trasmitida al


Virrey del Perú, el cual no tuvo más remedio que confirmarla, a u n -
que su colega de Buenos Aires, D. Pedro Cevallos, que conocía mejor
a los lusitanos, no parece que estuvo de acuerdo. D. J u a n de Pes-
t a ñ a , un tanto desilusionado y con la salud quebrantada, presentó la
dimisión de su cargo y fue nombrado en su lugar el Coronel D. J u a n
Victorino Martínez de Tineo. En Mojos habia quedado el Coronel de
Ingenieros D. Antonio Aymerich y en calidad de segundo el Teniente
Coronel, D. Joaquín de Espinosa y Dávalos, los cuales debían efectuar
la evacuación de las tropas. En otra R. C. de 20 de Agosto de 1767,
dada en S. Ildefonso, se aprobaba su retiro, aunque no se hubieran
obtenido los fines por los cuales se habia organizado la expedición
y se hubiesen gastado muchos miles de pesos. A Aymerich y sus su-
balternos que permanecieron en las tierras de Mojos, les cupo la po-
co envidiable tarea de promulgar el decreto de expulsión a los mi-
sloneros y de arrancarlos de aquellas poblaciones que hablan fecun-
dado con sus sudores y donde había surgido una cristiandad feliz.
SI los que experimentaron las molestias causadas por la expedición
quedaron muy mal impresionados de los que formaban parte de ella
y los vieron salir con regocijo, también los soldados dejaron sin pe-
sar una tierra que les habla sido ingrata. Uno de ellos, preciándose
de poeta, compuso unas décimas que, como una curiosidad, conservó
uno de los misioneros. Decían asi:

Es Mojos en pocas voces


unas pampas pantanosas,
unas aguas cenagosas,
unos Padres vicedioses,
unos caimanes feroces,
dos telares de algodón,
tal cual caballo rabón,
una maligna terciana,
unas indias con sotana
y unos indios sin calzón.
Es u n a región sin trigo,
es un perenne hormiguero,
es un terrible tigrero,
un Sur, cruel enemigo,
es la muerte, poco digo,
es un infierno a los ojos,
es murciélago con piojos
y si bien lo he de decir
cuanto mal puede venir
es definición de Mojos

5. Pondremos término a este capítulo, dando las biografías de


algunos insignes misioneros que vinieron a fallecer en este último
período de t a n apostólica misión. Sea el primero el P. Gaspar Von
der Weib o de Prato, como se le llamaba comúnmente. Habla nacido
11
Diario de un Jesuíta Desterrado... Florencia. Bib. Nac. Nuovi Acquisti,
151. Vol. 3, í. 822. Ha sido publicado en buena parte este Diarlo en la B i -
blioteca Hist. Peruana, vol. V, Lima, 1947.
en un cantón de la Suiza alemana y había ingresado en la Provincia
de Baviera el año 1704. Ordenado de sacerdote se ocupó en dar
misiones rurales, pero, deseando t r a b a j a r , en las de infieles, pidió le
enviaran a ellas. Aceptóse su oferta y pasó a Sevilla, en donde se
ocupó con mucho celo y notable éxito en ganar p a r a Dios a los ex-
tranjeros que allí acudían a sus negocios. T a n t o bien hizo entre
ellos que el P. Provincial de Andalucía quiso retenerlo. En 1717 se
embarcó en compañía del P. Francisco Rotalde y habiendo llegado a
Buenos Aires, se encaminó al Alto Perú. Una vez en los Mojos se
le destinó al pueblo de San Martin que estaba en sus comienzos y
desde este puesto se dedicó a la reducción de las tribus infieles del
Itenes. Comenzó por los Guarapos y entre ellos fundó el pueblo de
San Miguel. Estos indios eran de los más bárbaros que se conocían
y tenían el vicio de comer carne h u m a n a . Estaba el Padre ocupado
en catequizarlos, cuando supo que habían desenterrado a u n a india,
muerta hacía dos días, para comérsela y tuvo que estorbarlo. Mudó
de sitio el pueblo, levantándolo entre el rio Itenes y la laguna Topio.
Más adelante volvió a variar de lugar y pasó a ocupar un sitio en el
Palmar cerca del río Baures.
Después de conquistar a los Guarapos, continuó el rio Itenes arri-
ba, en busca de los Mures, a los cuales no fue fácil reducir, por su in-
constancia. Como por otra parte estas tribus de Baures eran rivales
entre sí, era costoso unirlas en una sola población, pero el Padre con
gran paciencia y con el conocimiento que tenía de su lengua los
fue dominando poco a poco. Se hallaba, además solo y por la dis-
tancia no se le podía socorrer con lo necesario. Alguna vez, no t e -
niendo qué comer, se fue a la Iglesia a pedir al Señor el remedio y,
al salir, una india desconocida le t r a j o una cesta de cacao y se alejó.
Todos estos trabajos los llevaba con grande ánimo y, aunque desti-
tuido de todo, no le arredraba cosa alguna. Una erisipela maligna lo
fue consumiendo y en la cuaresma del año 1755 se agravó su estado
con el trabajo y quedó paralítico de medio lado. No duró mucho tiem-
po, pues el 27 de Marzo de dicho año entregó su bendita alma a Dios,
a los setenta y tres años de edad y treinta y siete de Misionero. Es-
cribió su Carta de Edificación el P. Pascual Ponce.
El P. J u a n José de Zabala, natural de Lima donde había nacido
el 26 de Mayo de 1696, abrazó nuestro Instituto el 15 de Noviembre
de 1712 y, hechos los estudios y ordenado de sacerdote, mostró de-
seos de consagrarse a la conversión de los infieles, no obstante su
poca salud. Pasó a La Paz e hizo allí su Tercera Probación y luego
fue enviado a Mojos, tomando la vía de Corolco, que ya había sido
explorada. Fue nombrado compañero del P. Espejo que había f u n -
dado la reducción de San José, adonde se hablan dado cita indios
de diversas tribus. Al mismo tiempo atendían ambos misioneros al
anexo de San Miguel, que se convirtió en el campo de sus activida-
des. Un incendio destruyó su Iglesia y el Padre con grande ánimo
entró en ella, desafiando las llamas y logró salvar el Sacramento. De-
bido a la carestía, se presentó una epidemia en el pueblo y hubo que
trasladar a los sobrevivientes a otro lugar. El P. Espejo fue enviado a
Desposorios y el P. Zabala debió trasladarse a S. Pedro, pero en el
año 1750, el P. Moneada le encomendó la visita de la misión ya que
a él no le era posible hacerlo. Fruto de esta visita fue la carta que
escribió el P. Zabala en 1751 y reproducimos en el Apéndice. Diez años
más tarde vino a fallecer el P. Zabala, posiblemente en San Pedro y
el P. J u a n de Beingolea escribió su Carta de Edificación. Había vi-
vido en Mojos treinta y seis años.
Merece también citarse al P. Pedro de Rado, hijo de D. Pedro de
Rado y Mollinedo, Gobernador de Tarija, villa en la cual nació el P.
Pedro. Fue enviado al Cuzco por sus padres y estudió en el Colegio de
S. Bernardo y en la Universidad de S. Ignacio. Ordenóse de sacerdote
y el Obispo le nombró cura de Checacupe. Una enfermedad le asaltó
mientras desempeñaba este oficio y prometió a Dios e n t r a r en la
Compañía si recobraba la salud. Se la concedió Dios y entró en el
Noviciado. Pidió pasar a la Misión de los Mojos y el Provincial, P. Die-
go de Cárdenas, se lo concedió. Un año lo pasó en Jesús María, adies-
trándose y luego con otros dos misioneros fue enviado a la región de
los Baures, campo que comenzaba a ser roturado. Fundó entre ellos
a San Joaquín y luego pasó a Concepción. Aquí le esperaban algunos
trabajos, por estar formado el pueblo de diversas parcialidades y no
avenirse a residir de un modo permanente. Hubo de hacer frecuentes
salidas para obligarlos a volver y con no pocos esfuerzos alcanzó a
reunir cerca de dos mil. Construyó casa e Iglesia y se señaló por sus
virtudes. Como esta región se encontraba bastante alejada del cen-
tro de ella, hubo que nombrar un Vice Superior para Baures y el
P. Rado fue uno de ellos. Falleció el 30 de Setiembre de 1749, a los
setenta y ocho años de edad y cuarenta y seis de Misionero. Su Car-
ta de Edificación la escribió el P. Nicolás de Vargas.
P a r a terminar diremos algo acerca del Hermano Adalberto Mar-
terer.
Este Hermano fue uno de los que más contribuyeron al floreci-
miento de la Misión. Nunca en Mojos abundaron los HH. Coadjutores,
parte por la escasez de ellos, parte porque de no tener alguna espe-
cialidad no se hacían t a n necesarios. De este Hermano basta repetir
lo que el P. Ponce anota en su Carta de Edificación: "Fue útilísimo a
estas nuestras misiones, cuyas Iglesias se hallan adornadas de h e r m o -
sos retablos, pulpitos, confesionarios y otras obras magnificas que
ejecutó, ya personalmente ya dirigiéndolas por medio de pitipiés y
dibujos..." Humilde, trabajador y amigo de la oración y del silencio,
dio de si cuanto podía a gloria de Dios y provecho de las almas de
aquellos nuevos cristianos. Su Carta de Edificación la escribió el P.
Ponce. Falleció el Hermano Marterer el 20 de Octubre de 1753.
CAPITULO VIII

La expulsión

1. La ejecución del extrañamiento en las Misiones. — 2. Inventarios de


los pueblos. — 3. S o n trasladados a Lima. — 4. S u embarque para la
Península.

1. Se avecinaba en t a n t o el año 1767 que había de ver la des-


trucción de las Misiones. En la Audiencia de Charcas habla sustituido
a D. J u a n de Pestaña, que habia presentado su dimisión, el Coronel
D. J u a n Victorino Martínez de Tineo y en el gobierno de Mojos se
estaba t r a t a n d o de enviarle sucesor al anciano P. J u a n de Beingolea.
El General Lorenzo Ricci en carta al P. Antonio C l a r a m u n t de 9 de
Julio de 1766, habia designado por Superior al P. Gabriel Díaz, que
no hacía mucho había entrado en Mojos y en aquel tiempo se hallaba
en Desposorios. El cambio no llegó a producirse por la noticia del ex-
trañamiento de la Compañía, pero, impedido como estaba el P. Bein-
golea de visitar las reducciones, parece que encomendó esta t a r e a al
P. Francisco Javier Quirós, su compañero en San Pedro.
El Presidente de la Audiencia aprovechó la presencia del Coronel
Aymerich y de unos doscientos cincuenta, entre oñciales y soldados,
resto de la malhadada expedición que habia de desalojar a los p o r -
tugueses de la Estacada, para encomendarles la ingrata t a r e a de ex-
pulsar a los Padres de las Misiones. Algún bochorno debió experimen-
t a r la tropa al recibir este encargo, pues, por u n a parte, no habia
logrado el principal intento para el que fuera enviada y, por otra,
tenían que estar agradecidos a los Padres, sin cuyo auxilio apenas
habrían p o d i d o s u b s i s t i r . La presencia de este destacamento hubo de
facilitar la tarea, pero la cosa no fue tan llana como a primera vista
pudiera parecer y conviene advertir que sin la buena voluntad de los
Padres y su cooperación habría sido muy difícil por no decir imposi-
ble sacar de las reducciones, sobre todo de las más distantes de S a n t a
Cruz, a los misioneros. A ello habría que añadir la excitación que la
noticia tenía que producir entre los indios, los cuales, a no haberse
aquietado con las razones que les dieron los Padres, se habrían opues-
to a que abandonasen sus tierras.
Basta para convencerse de ello el hecho siguiente. La expulsión
se había verificado en Santa Cruz el dia 4 de Setiembre y pronto t r a s -
cendió a Mojos. Se hallaban en el puerto de Paila unos indios Cani-
sianos que habían venido trayendo el equipaje de la tropa y no bien
se enteraron del suceso, decidieron volverse sin haber dado término
a su comisión. Uno de los que hacía de jefe de ellos intentó detener-
los pero fue herido en la refriega y la mayoría se puso en fuga. Al
llegar a las reducciones esparcieron la noticia y en Loreto los indios
comenzaron a aprestarlo todo para huir y esconderse en los bosques.
Hubo de calmarlos el misionero y con su autoridad los hizo desistir.
En Trinidad se repitió la escena y el doctrinero hubo de citar a todos
a la Iglesia y allí desde el púlpito les explicó el hecho y alegó los
motivos por los cuales no debían desamparar el pueblo. La alarma
llegó hasta San Pedro y la efervescencia de los indios llegó a oídos
de Aymerich. Este no se atrevió a continuar su viaje h a s t a recibir del
Superior las seguridades del caso.
Habia recibido la Real Orden en carta de 19 de Julio de 1767 y
solo el 5 de Octubre pudo intimarla al P. J u a n de Beingolea. Decíale
así: "R. P. Superior. El Real Decreto de S. M. (q. D. g.) fecha de pri-
mero de Marzo de este año, copiado a la letra, incluyo a V. R. para
que lo haga saber a todos los PP. Doctrineros de estas misiones, quie-
nes con la mayor brevedad y sin demora alguna tengo por cierto
se conformen en todo lo que S. M. manda y respecto de haver llega-
do a este pueblo, por lo pronto, seis sacerdotes que deben sustituir
y entrar al cuidado de estos habitantes, ordenará V. R. a los PP. que
se hallan con el cuidado de los pueblos de la Santísima Trinidad, San
Javier, San Pedro, Santa Ana y la Exaltación que, sin pérdida de
instante, formen un Inbentario de todos los efectos y estancias per-
teneclentes cada uno a su pueblo, créditos y débitos que tengan en
las Procuradurías y cajas de seculares, correspondientes a lo que, co-
mo Procuradores que h a n sido cada uno del pueblo de su Doctrina,
sea también perteneciente a los indios de ella: plata labrada, sellada
y, generalmente, alhajas, hornamentos y demás de la Iglesia y S a -
cristía, archivos y librerías, con separación estas a quienes pertenecen
o si todo es del pueblo que h a n doctrinado, de modo que se evidencie
con la mayor claridad lo que es de cada pueblo, el que firmará bajo de
j u r a m e n t o cada uno de los PP. Doctrineros, a cuyo cuidado esté la
misión y me lo entregará en este de Loreto, al tiempo de su retirada,
dejando todos los efectos cerrados y entregadas las llaves a los indios
de confianza, si la tienen y las de las a l h a j a s de sacristía e Iglesia se
t r a e r á n consigo, para que no haya alguna irreverencia y p a r a que se
le entreguen al nuevo cura, dejando impuestos a los Indios sacris-
tanes que las manejan, dónde se halla cada cosa para quando llegue
el cura propietario.
En el término de seis días u a lo más ocho, contados desdé el dia
8 del presente mes, los PP. Doctrineros que ocupaban las expresadas
doctrinas de Trinidad, San Javier, San Pedro, S a n t a Ana y Exaltación,
se pondrán en m a r c h a para esta de Loreto, conduciéndose cada uno
en canoa del pueblo que deja, con los víveres necesarios, cocineros y
algunos sirvientes para su asistencia en el viaje h a s t a Loreto, desde
donde se transportarán por tierra a Santa Cruz y regresarán las ca-
noas a su pueblo. También t r a e r á n en su compañía otra canoa con
algunos indios principales y justicias del pueblo, cocineros y sirvien-
tes para que en este pueblo reciban a su nuevo cura, pues, como f a l -
tos los indios de idioma castellano, se hace preciso les explique el
Padre que sale el recivo y demás que conduzca, quando se les entre-
gue el nominado cura, para que lo conduzcan al pueblo, dejándolos
bien impuestos antes de su salida en la resolución de S. M. y que,
como a fieles y leales vasallos suyos, deben conformarse con sus r e a -
les disposiciones y poniéndolos también en que serán asistidos y cui-
dados, sin experimentar el menor perjuicio en su trato, f r a n c o co-
mercio con todos los españoles, cuyo idioma deberán aprender y úl-
timamente cuanto comprenda cada doctrinero pueda ser favorable
a los intereses de S. M. para quietud y sosiego de estos sus pueblos y
vasallos, a favor de quienes, por conservarlos en reposo y libertarlos
de ser Invadidos, ha hecho los grandes gastos y expendios de condu-
cir tropas y demás que a ellos les consta
Igualmente encargarán a los que queden cuidando el pueblo, en
la ausencia suya y del cura. propietario, la obediencia, quietud y so-
siego, Interin la expresada demora que será lo más breve que sea f a c -
tible. También para que con motivo de la salida de la expedición
enviada a las Misiones les falte los auxilios acostumbrados en cada
pueblo, noticiaré al Sr. Presidente de Charcas y le suplicaré haga se
remita a los pueblos los efectos que estén en Paila, respecto a que con-
sidero estarán escasos, por no haber salido cuasi efectos a las Pro-
curadurías ni haber entrado en estas misiones, por falta de canoas,
con la ocupación que han tenido en la salida y entrada de tropas y
pertrechos del Rey por la expedición.
Ordenará V. R. que cada doctrinero deje un apunte del método
y distribución en los oficios de los empleados en la casa, Iglesia y
demás oficinas que en el dia tienen, a fin de que sigan sin innovar
cosa alguna como también que formen un confesonario de castellano
y lengua del pueblo, para que no les falte el pronto auxilio que es
tan justo y devido, ínterin se hace práctico en el idioma el nuevo
cura y para desimpresionar a todos los PP. Jesuitas de las noticias,
que con motivo de lo acontecido en Santa Cruz, en la estancia de
Palla, con la tropelía y ningún método con que quisieron prender a
los Indios de las canoas, que conducían equipajes de los oficiales y
demás hechos, alborotando los que hicieron fuga a los pueblos, quan-
do llegaban, consternando todas estas misiones con algunas cartas
de Santa Cruz, según tengo entendido, inserto en esta los artículos
de la Instrucción que dicen...
Por todo lo cual espero cumpla V. R. y que estén prevenidos los
demás PP. Doctrineros de estas misiones, para que a proporción que
lleguen los sacerdotes, espero vayan sin demora ni dilación evacuando
1
La expedición enviada a Mojos, a fin de contener el avance de los por-
tugueses n o hubiera podido llevarse a cabo sin la eficaz y valiosa ayuda de
los Misioneros y los Indios, como ya se h a dicho. A fin de cuentas, nada se lo-
gró de positivo fuera de las molestias y vejaciones de parte de la soldadesca.
En esta ocasión, como en otras, los lusitanos se salieron con la suya y, des-
pués de apoderarse de los pueblos de S a n t a Rosa y S a n Miguel, de donde
echaron a los Jesuítas, allí se quedaron, con ánimo de proseguir su avance,
vista la incuria con que las autoridades españolas defendían su territorio.
los pueblos y practicando lo propio que los mencionados, en inteli-
gencia que desde el dia que reciban este requerimiento deben apron-
tarse para el primero aviso que se les de. Y, respecto que los que
ocupan las misiones de Baures deberán salir en canoa por el rio
Itenes, por ser impracticable por tierra h a s t a San Pedro, remito a
V. R. el a d j u n t o pliego, para que haga lo pasen los indios Cayubabas
de esa misión para el Gobernador de la Estacada portuguesa, a fln
que deje libre la navegación, para lograr por este medio la más p r o n -
ta retirada, quando se les avise, comodidad indispensable de los PP.
y el más breve cumplimiento de la real voluntad. Dios guarde a V.
R. muchos años. Misión de Loreto en Mojos, 5 de Octubre de 1767" J .
Como se ve el ejecutor del extrañamiento adoptaba todas las
precauciones que parecían convenir para el logro de su intento y,
para conseguirlo, contaba con la indispensable cooperación de los
mismos a quienes iba a desterrar de aquellos parajes. Prometía mi-
rar por el bien espiritual de las poblaciones y también por la como-
didad de los desterrados, pero todo ello, como vamos a ver, no pasó
de promesas. Los Jesuitas, no bien entraron en Mojos, se aplicaron
a aprender la lengua o lenguas de los indios y algunos, como el P.
Marbán, escribió el Arte de la lengua Moja y el P. Antonio Mae;gio,
años después, componía el Arte de la Lengua Baure. En cambio de
los nuevos curas baste citar lo que en su Informe decía D. Lázaro
de Ribera, sucesor de Aymerich: "No se hallará en toda la Provincia
un cura que sepa una de estas lenguas para explicarse en el púlpito,
por lo que j a m á s oyen estos naturales una plática. Y quando tienen
que auxiliar a alguno van a t a r t a m u d e a r con un quaderno de o r a -
ciones que dejaron los Jesuitas". Esto se escribía el año 1790, o sea
unos veintidós años después de la salida de los hijos de Ignacio.
La respuesta a la orden que acabamos de trascribir merece t a m -
bién ser conocida. He aqui lo que decía el veterano misionero: "Ilus-
tre Sr. Gobernador. Después de saber es V. S. el que da principio a

2
Arch. Nacional. Sucre. Archivo de Mojos. Tom. 1 y 23. V. t a m b i é n
R e n é Moreno. Archivo de Mojos, vol. 2. Carta del Presidente de Charcas al
Obispo de S a n t a Cruz, Herboso. En ella le dice que es preciso activar la
salida de los misioneros y para apremiarlos convendría privarles de celebrar
la S a n t a Misa, porque "teme que baste un solo Jesuíta para sublevar a los
indios."
este nuevo gobierno, del que espero pase V. S. a aquellos mayores
puestos dignos de su grande mérito y de lo que tendré singular con-
suelo, digo que haviendo llegado el pliego de V. S. oy ocho del corrien-
te, entre las nueve o diez del día y visto lo que decreta nuestro Rey,
que Dios guarde y según lo que él nos ordena... ya oy mismo por la
tarde ba un propio, llevando el dicho decreto y órden a los PP. de
Exaltación para que, visto, lo remitan a Santa Ana y, luego que vuel-
va, irá a San Javier y al pueblo de Trinidad y para que mientras
b a j a no ignoren lo que pasa, en este propio que vino de la Trinidad,
que digo saldrá luego, escribo al Padre y a los demás... por mayor lo
que contiene la órden y así avisen de todo lo que tiene el pueblo de
a l h a j a s de Iglesia haciendo como su inbentario y todo lo demás que
dejan en el pueblo.
También remití el pliego del Gobernador de Mattogrosso, para
que luego se conduzca a la fortaleza portuguesa. Quedo rogando al
Señor por la importante salud de V. S.... S. Pedro y Octubre 8 de
1767. J u a n de Beingolea.
No era cosa fácil el trasladarse de u n a reducción a otra, asi por
la distancia como por la falta de canoas, como el mismo Aymerich re-
conoce en su carta, pero todo esto no fue parte para que el 15 de
Octubre, o sea unos seis o cinco días, después de recibida la órden,
se presentasen en Loreto los PP. Rivadeneira de Trinidad y José Ig-
nacio del Río y J u a n Manuel Iraizos de San Javier. Cinco días más
tarde, o sea el 20 de dicho mes eran enviados a Santa Cruz, bajo la
custodia del Subteniente D. José Franco, los citados misioneros y los
dos de Loreto, José Reysner y Buenaventura Galván. El P. Reysner,
anciano de setenta y cuatro años, preveía que no le Iba a ser po-
sible arrostrar las molestias del viaje que le esperaba y había su-
plicado a Aymerich que, encontrándose achacoso e impedido de
montar a caballo, le dejase en el convento de la Merced de S a n t a
Cruz. Así lo escribía Aymerich al Gobernador interino D. Luis de
Nava 3 . Conducido en una hamaca por los indios que le hablan traído
en canoa, llegó a Santa Cruz j u n t a m e n t e con sus compañeros en los

1
Bib. Nnc. Chile. S a n t i a g o de Chile. Mss. Jesuítas, vol. 15, f. 13. En este
misino vol. pueden verse los autos seguidos por los nuevas curas contra los
indios que, disgustados por la expatriación de los Jesuítas, intentaron su-
blevarse contra ellos.
primeros días de Diciembre. No obstante lo que había representado,
se le obligó a encaminarse a Chuquisaca con los demás, pero al ir
a montar a caballo, le sobrevino un fuerte insulto y, habiendo llegado
el hecho a noticia del Obispo, este pidió que suspendiese su m a r c h a *.
Repuesto un tanto de su mal, hubo de proseguir la penosa r u t a en
compañía de otros desterrados, hasta morir piadosamente en C a r t a -
gena el 14 de Mayo de 1768, de los cuales había pasado en Mojos trein-
ta y cuatro.
No fue más venturosa la suerte de otro anciano, el P. José Reyter,
Vice Superior de las Misiones y cura del pueblo de Magdalena e n t r e
los Baures. Hallábase enfermo en cama cuando recibió la órden de
salir al destierro. El mismo Aymerich, a quien no se ocultaba el
estado del Padre, le escribía al Teniente Coronel Joaquín de Espinosa,
desde Loreto el 5 de Enero de 1768, que dispusiese todo lo necesario
para que saliesen los dos Padres del pueblo y fuesen conducidos a
Paila y por el río Machupo debían continuar a San Pedro y refirién-
dose al P. Reyter, le decía: "le animará V. S. a que siga con su com-
pañero, pues no puede quedarse ninguno y espero lo aliente V. S. con
su buen modo... pero nada menos que quedarse, aunque haya de mo-
rirse por el camino..." 5 . Por lo crecido de los rios no pudo el P. Rey-
ter y su compañero, Nicolás Susich, salir tan pronto como queria el
comisionado, pero el 15 de Febrero alcanzaron a llegar a San Pedro,
donde hubo de detenerse dos días el anciano misionero. Por fln el
7 de Marzo de 1768 abandonaban la reducción de Loreto en compañía
de los doctrineros de San Ignacio y de Reyes.
El 1 de Noviembre de 1767 salían de San Pedro el Superior, P.
J u a n de Beingolea, su compañero el P. Francisco Javier Quirós y los
doctrineros de Exaltación, García y Quintana y Troconiz y del Co-
rro, de Concepción y S a n t a Ana respectivamente. Todos estos fueron
entregados a la custodia del Subteniente Lorenzo Miranda. A su vez
de Loreto salieron el 7 de Marzo, los misioneros de Magdalena y los
de S. Ignacio (P. Claudio Fernández y Tomás Arias) y Nicolás S a r -

4
Ibid. Mss. Jesuitas. vol. 315. V. Bib. Nac. Sucre. Colee. R e n é Moreno.
Arch. de Mojos, vol. 1.
5
Ibid. Mss. Jesuitas. vol. 326. fol. 90.
miento de Reyes, todos ellos conducidos por el capitán Francisco
Ubago. Los doctrineros de Baures, los más distantes, abandonaron
aquel campo de sus fatigas el 7 de Marzo y se concentraron en Lore-
to, de donde zarparon el 17 de Abril a cargo del Teniente D. F r a n -
cisco Durán. Eran los PP. Uria de Concepción, Maggio de San Nico-
lás, Eder de San Martin, Usay de S. Joaquín, León de San Simón, a
los cuales se unieron los PP. Blanco y Borrego de San Borja 6 .
Todos ellos siguieron a Chuquisaca y desde esta ciudad se enca-
minaron a Oruro, de donde fueron remitidos a Arica, lugar en el cual
tomaron el barco que habla de conducirlos al Callao. En Santa Cruz
se incorporaron a los misioneros de Mojos algunos de la Provincia
del Paraguay, procedentes de Chiquitos, uno de los cuales, el P. Chue-
ca, nos h a dejado una especie de Diario del viaje que hubieron de
hacer h a s t a Lima. Según este escrito, salieron de S a n t a Cruz el 22
de Mayo y el 2 de Julio llegaron a Cochabamba, de aquí pasaron el
22 de Agosto a Oruro, adonde arribaban el 30. Tras doce días de
descanso reanudaron la jornada el 12 de Setiembre y el 30 pernoc-
taban en Tacna, logrando al fln embarcarse en Arica para el Callao
el 22 de Octubre. El 7 de Diciembre arrojaban el ancla en este puer-
to y el 9 hacían su entrada en Lima, siendo alojados en el Hospital
de San J u a n de Dios. Para quien tenga alguna idea de la insalubri-
dad de aquellos temples, aspereza de los caminos y molestias que
ocasiona el viaje a caballo o muía, no será difícil formarse algún con-
cepto de las penalidades, privaciones y trabajos que hubieron de so-
portar aquellos abnegados misioneros, a quienes se arrancaba ino-
pinadamente de la paz y relativo bienestar que disfrutaban entre sus
indios sin más razón que la voluntad del monarca. Algunos de ellos,
aunque hechos a la ruda vida de la selva, no sobrevivieron a esta
prueba y entre las víctimas que sucumbieron en el viaje, podemos cl-

6
Los primeros en llegar a S a n t a Cruz fueron los de S a n t a Rosa y B u e -
navista o Desposorios, como más cercanos, a los cuales intimó el decreto el
Gobernador D. Luis Alvarez de Nava el 8 y 12 de Setiembre.
t a r entre los misioneros de Chiquitos a los PP. J u a n Esponella, I g -
nacio Chome y J u a n Messner 7 .

2. Antes de abandonar los pueblos tuvieron los misioneros que


proceder a hacer el Inventario de los bienes que poseía la Iglesia y
la casa de los Padres. En San Pedro se terminó esta diligencia el
día 13 de Octubre y se registraron setenta y cuatro arrobas y ventiuna
libras y media de plata o sea tres mil setecientos cuarenta y tres m a r -
cos y tres libras y trece onzas de oro. La Casa de S a n Pedro tenia
catorce aposentos y poseía una buena librería. En Loreto se hallaron
tres coronas de plata, tres cruces altas del mismo metal, diez cá-
lices y dos copones, otras muchas piezas para diversos usos, de modo
que el total vino a sumar once arrobas y diez libras y media, o sea
quinientos setenta y un marcos. En la Librería había seiscientos
ochenta y seis volúmenes impresos, más treinta y seis manuscritos
y otros papeles. En Trinidad el total de la plata labrada llegó a ser
de dos mil quinientos ochenta y dos marcos y la Librería contába con
quinientos setenta volúmenes fuera de ciento cuarenta y cuatro que
se hallaron en el aposento del Doctrinero. En San Ignacio los libros
inventariados fueron doscientos noventa y seis y se hace constar
que el pueblo poseía tres estancias de ganado vacuno con nueve mil
seiscientas cabezas, mil seiscientos caballos terreros, ciento sesenta
y nueve mansos y unas trescientas ovejas. La plata labrada ascendió
a mil doscientos noventa y cuatro marcos.
Según el Inventario de Magdalena de Itonamas, el pueblo tenia u n a
estancia de cuatrocientas cabezas de ganado vacuno y unos dos mil ca-

7
El P. Esponella falleció en el convento de Dominicos de Cochabamba el
11 de Julio de 1768; el P. Chome dejó de existir en el de S a n Francisco de
Oruro el 7 de Setiembre del m i s m o a ñ o y el P. Messner, rindió la vida en
Palca, el 27 de Abril de 1769. S u cuerpo fue sepultado en Pachía. El a n ó n i m o
autor del Diario de un Jesuíta Desterrado, que Insertamos en el vol. V de la
Biblioteca Histórica Peruana, dice que, h a l l á n d o s e el P. Messner Impedido
de continuar el viaje por sus dolencias, el i n h u m a n o conductor lo obligó a
continuar y a fin de evitar que cayese del caballo, pues apenas podia soste-
nerse en la silla, hizo que u n hombre montase a las ancas y lo sostuviese.
Pudo así llegar al pueblo de Palca, pero cuando avistaron el pueblo ya el
Padre había expirado. Al siguiente día se celebraron sus funerales en la
modesta Iglesia del lugar.
ballos. La custodia de una vara de alto, tenía el sol de oro y estaba
enriquecida con piedras preciosas. La librería no tenía sino setenta
y dos volúmenes. Mucho más rica era la Librería de S. Javier, pues
se contaron en ella hasta setecientos cincuenta y nueve tomos y en
los aposentos se hallaron otros ciento cincuenta. En Santa Ana, don-
de realizó el Inventario el P. Francisco Javier del Corro y lo suscri-
bió el 1G de Octubre de 1767, se hallaron doscientos noventa y tres
marcos de plata y tres onzas de oro, dos láminas romanas de cobre,
seis lienzos de pintura, doscientos catorce volúmenes en la Librería y
cuatro aposentos con todo el menaje correspondiente. Todas las ofi-
cinas, la herrería y carpintería contaban con los necesarios instru-
mentos y también los había de música de diverso género, más dos
monocordios. En el pueblo de Exaltación los libros de la Biblioteca
eran doscientos noventa y dos y en Reyes la plata dio mil setecientos
cincuenta y seis marcos de plata, a lo cual había que añadir diez y
seis libras y nueve onzas de oro 8 . Como ve el lector las Iglesias de Mo-
jos podían rivalizar en riqueza con las del Perú, aun cuando no entren
en cuenta los retablos e imágenes de rica talla que las embellecían
y muchos de los cuales hablan sido obra de los mismos indios, diri-
gidos por algunos Hermanos hábiles en el oficio de entalladores y
carpinteros. Aun cuando según la relación del viajero francés Alcides
d'Orbigny, que recorrió el territorio de Mojos en el primer tercio del
siglo xix, todavía en algunos pueblos se conservaban muchos obje-
tos de plata y los altares resplandecían con el oro que los cubría y
las Imágenes ricamente estofadas, buena parte de lo dejado por los
Jesuítas fue desapareciendo con el tiempo.

3. Los jesuítas de Mojos llegados al Callao el 7 de Diciembre f u e -


ron trasladados a Lima y hospedados en el Colegio Máximo de San
Pablo que por entonces se encontraba vacio. Aquí fueron visitados
por muchas personas amigas de la Compañía y agasajados con la
proverbial generosidad de los limeños. El P. Francisco Javier Eder,
doctrinero de San Martin, apuntó en su Diario lo mucho que habían
hecho en su favor en Lima, enviándoles exquisitas viandas y cuenta
que un dia se presentó el administrador de un magnate y entregó a
los jesuítas un doblón de oro que equivale a diez y seis escudos de

" Bib. Nnc. Sucre. R e n é Moreno. Arch. de Mojos, vol. 4.


plata y a los misioneros, como más pobres, les entregó el doble. No
se mostraron menos solicitas las religiosas de clausura, antes por
el contrario hicieron cuanto estuvo a su alcance por remediar la si-
tuación de los desterrados. No haremos mención de ellas pero si va-
mos a trascribir la carta que el P. Sebastián García, misionero del
pueblo de Exaltación dirigió a la Madre Priora de las Capuchinas de
Jesús María, desde la Casa de los Desamparados, en donde se hallaba
alojado, el 15 de Junio de 1768. Ella nos revela cuáles eran los senti-
mientos que embargaban el ánimo de los expulsos y cuál era su ver-
dadero dolor al abandonar estas tierras de América. Dice asi:
"Mi muy venerada Madre Priora, en ocasión que el mundo a r r o -
jándonos de sí nos da el empellón para ahogarnos en el torrente de
t a n gran tribulación, bien se que las Madres Capuchinas avrán pro-
curado con sus oraciones darnos la mano, para que no perezca la
S a n t a Compañía de Jesús en t a m a ñ a corriente de enemigos y t r a b a -
jos. No dudamos los Misioneros de los Mojos que por W . RR. h a
derramado el Señor sobre nosotros sus misericordias, pues aviendo
salido de nuestros pueblos al principio de las aguas, no hemos t e -
nido un aguacero ni río alguno que nos haya afligido ni impedido el
caminar, conservándonos su piedad con toda salud, quando sallamos
a las punas más frías de los ardentísimos temples de Moxos; con-
tentándose su Divina Magestad con nuestro sacrificio y llevándose
solamente a un santo, que se nos murió del frió, tres jornadas a n t e s
de llegar a Tacna, caminando sobre la m u í a ' .
Con esto puedo asegurar a VV. RR. que h a sido grande la con-
formidad de mis con-misioneros y solo hemos derramado las lágrimas
(como al escribir esto van corriendo) con la tierna compasión de
aver desamparado aquellas tiernas plantltas t a n amadas del Señor
y que tanto sudor y sangre h a n costado a los hijos de la Compañía.
Este sí es dolor, venerada Madre. Esta si es tribulación y no los
trabajillos del cuerpo. Es incapaz el tiempo de secar nuestros ojos
ni de borrar t a n tierna memoria. Por t a n t o acudimos por alivio de
nuestra pena a las madres capuchinas, t a n queridas de Dios p a r a
que nos ayuden con sus virginales oraciones a poner cerco al Cora-
zón Divino y rendirlo a compasión de aquellas pobrecitas almas, ver-

' El P. Messner, misionero de Chiquitos.


daderamente como las de los primitivos cristianos en la inocencia
que, sin duda, veremos perderse, pues ellos mismos conocían y llora-
ban el riesgo. Pues ¿cómo ha de ser posible que unos corazones en-
cendidos en caridad como los de VV. RR. no se enternezcan al ver
que se le cierra la puerta al Gentilismo y no acudan por el remedio
a su adorado esposo?
Este h a sido pues, mi venerada Madre, el motivo de ponerme por
esta a los pies de V. R. que es suplicarle por la sangre del Cordero
y por los dulces corazones de Maria y de Joseph, se hagan VV. RR.
cargo de remediar con sus fervorosas oraciones y buenas obras la
pérdida de más de 500000 almas que quedan en las Misiones de la Com-
pañía en toda la América; persuadiéndose que al presente no pue-
den W . RR. hacer mayor obsequio a Nuestro Señor que pidiéndole
por la S a n t a Compañía y sus amadas Misiones.
Será por último gran merced que V. R. nos haga el ponernos a
todos los misioneros a la obediencia de toda su amable comunidad.
Nuestro Señor la abrase en su amor y guarde a V. R. muchos años...
Desamparados y Junio 15 de 1768. Muy rendido siervo de V. R. Se-
bastián García" ,0.
Estas atenciones que se prodigaron a los misioneros de Mojos las
llevaron a cabo también con los jesuitas chilenos que aportaron al
Callao a fln de embarcarse para la Península. Por cartas de sus p a -
rientes y conocidos muchos hablan tenido noticia de la buena acogida
que se habia dispensado a los jesuitas del Perú a su paso por Val-
paraíso y del abundante socorro con que habían remediado su ne-
cesidad y en justa retribución de esta obra de caridad, los limeños
llenaron de atenciones a los jesuitas chilenos, cosa que no pudo
menos de consolar a estos.

4. Los misioneros fueron enviados al Callao y algunos ya se en-


contraban en Lima en Junio del 68, pero otros tardaron algo más y
arribaron el 5 de Diciembre, siendo alojados en el Hospital de San
Juan de Dios. Por fln, el 22 de Diciembre, se embarcaron en el Callao
10
El P. Gnrcfa habia nacido en Lima el 31 de Marzo del a ñ o 1714 y entró
en la Compañía el primero de Abril de 1728. Enviado a Mojos, se hallaba
de cura en Exaltnctón, cuando sobrevino la orden de destierro. Falleció en
Ferrara el 5 de Abril de 1775. V. Mss. C. V. 12.
en dos embarcaciones con rumbo a P a n a m á , llegando a este puerto
el 29 de Enero de 1769. Aquí se unieron con siete jesuitas de la Pro-
vincia de Quito, procedentes de Mainas y también con algunos mi-
sioneros de Chiquitos, a los cuales se había agregado el jesuíta m e n -
docino, J u a n José Godoy, de la Provincia de Chile, el cual, escri-
biendo a su hermano, el Pbro. D. Ignacio Godoy, le decia: "Estóy en
vísperas de embarcarme aquí en Lima con otros diez y seis jesuitas
de los Misioneros de Mojos y Chiquitos, hoy 21 de Diciembre, p a r a
ir por vía de Panamá. Me junté con dichos Padres en Oruro, sesenta
leguas más acá de Chuquisaca y vinimos por tierra h a s t a Arica, en
donde nos embarcamos y haciendo escala en lio y otra en la Nazca,
llegamos al Callao el 5 de dicho mes y nos h a n hospedado en el Hos-
pital de San J u a n de Dios y asistido por los religiosos con mucha c a -
ridad. Han sucedido cosas que no están escritas y otras, aunque estén
escritas, son de los tiempos muy antiguos" Los misioneros de Mo-
jos que salieron el 22 de Diciembre eran los siguientes: El Superior,
P. J u a n de Beingolea, José Ignacio del Río, Francisco Javier Eder,
J u a n Borrego, José Reyter, Nicolás Susich, Alfonso Blanco, Claudio
Fernández, Manuel de León, Tomás Arias, Nicolás Sarmiento, Anto-
nio Rivadeneira, Antonio Usay, Esteban Troconiz, Alejo Uria, José
Reysner y Sebastián García.
En P a n a m á se detuvieron cerca de un mes y luego salieron para
Chagres adonde llegaron el 5 de Marzo, sufriendo los rigores de aquel
ardiente clima y en u n a balandra pasaron a Portobelo, en donde
se encontraban el 11. Dos días hubieron de aguardar en este puerto y
al fin salieron en la embarcación que los había conducido h a s t a alli
y era propiedad de un mercader francés de apellido Surville. Zar-
paron rumbo a Cartagena pero el viaje fue accidentado: encallaron
11
V. Informe al Director General de Temporalidades. Papeles remitidos de
La Paz y Potosí. Bib. Nac. Lima. Ms. 0004 f. 479 y s. 'y M s . 0003 f . 353 y
s. El P. J u a n José Godoy que había de distinguirse más tarde por sus ideas
en pro de la emancipación americana, llegado a Italia, solicitó su seculariza-
ción y como tal residía en Massacarrara, en Octubre d e 1711. M á s tarde
huyó de Italia y aparece como prófugo en la lista de los expatriados desde
el año 1782. Tiempo antes había emigrado a los Estados Unidos, donde se
encontraba en ese año. Pensó en trasladarse a los dominios españoles de A m é -
rica y en 1785 se expidió un decreto, ordenando su prisión, en c a s o de aportar
a Indias, como se temía.
en unas rocas y perdieron el timón; frente a Bocachica les cogió u n
temporal muy fuerte y con bastante trabajo lograron dar fondo en
la bahía el 25 de Marzo. Aquí tuvieron también que aguardar la
salida del barco que había de conducirlos a la Habana y en el entre
tanto falleció el cura de Loreto, P. José Reysner. Aprovechando los
navios que conducían tropas a Cuba, salieron el 11 ó 12 de Mayo y
llegaron a la Habana el 13 de Junio. No se les permitió b a j a r a tierra
y unas dos semanas más tarde fueron trasbordados casi todos a la
urca, denominada la "Sueca" en la que atravesaron el océano, lle-
gando a Cádiz el 24 de Agosto de 1769, poco más de año y medio des-
o de su salida de las misiones.
El ya citado J u a n José Godoy, escribiendo a su hermano, desde
el Puerto de Santa María, el 28 de Octubre, le dice: "He padecido
innumerables trabajos, peligros y sustos, desde Lima h a s t a este puer-
to... De Lima pasamos a Huanchaco, puerto de Trujillo, de aquí a
Palta y de aqui a P a n a m á : de P a n a m á a Chagres, Portobelo y Car-
tagena... de aqui nos embarcamos en siete navios grandes con más
de mil soldados que se transportaban de P a n a m á y a los dos meses
hemos llegado. Hay aquí en el Puerto de Santa María cerca de tres-
cientos sujetos de todas las Provincias de Indias, entre viejos y mo-
zos y de ellos casi cincuenta de nuestra Provincia (de Chile). Hace
más de ocho meses que no sale ninguno para Italia y h a s t a ahora
no se le h a hecho cargo a ninguno de los que están como presos o
apartados y con menos comunicación que los demás".
A los jesuitas extranjeros se les concedió volver a su país de ori-
gen y en efecto muchos de ellos pudieron volver a su patria. Los es-
pañoles y americanos pasaron a Italia y allí corrieron la suerte de
sus hermanos, siendo distribuidos en las legaciones de Bolonia o Fe-
rrara, salvo los llamados disidentes que permanecieron en el terri-
torio de Génova.
CAPITULO IX

Decadencia de la Misión

1. Paulatino desmonoramlento de la Misión. — 2. Disminuye la pobla-


ción. — 3. Estado de sus templos. — 4. Reparos puestos a los Misioneros.

1. El cuadro que hemos trazado de la Misión de los Mojos que-


darla incompleto si no echásemos una mirada sobre la suerte que
corrieron todos los pueblos levantados por los Jesuitas, después de
la expulsión de los que habían sido hasta entonces los verdaderos
Padres de los indios. Su salida marcó el comienzo de la ruina de
aquella floreciente misión, en donde los jesuitas del Perú hablan re-
ducido a vida civilizada a cerca de treinta mil indígenas. En vano se
trató de suplirlos por religiosos o curas seglares, en vano se procuró
conservar los usos y costumbres entablados por los misioneros de la
Compañía; el Informe que en 1788 daba un sucesor de Aymerich, D.
Lázaro de Rivera, es en realidad d e s a s t r o s o G a b r i e l René Moreno,
el erudito investigador de la Historia de Mojos, sintetiza muy bien
el momento en que empieza a operarse una transformación en el
territorio habitado por estos indios, al desampararlo los Jesuitas.
"Es aquel, dice, un momento importante para la historia. Marca con
sus minutos y segundos en las tablas del tiempo el vértice de la
prosperidad de Mojos. Hasta allí subieron y desde allí descendieron
h a s t a su actual ruina aquellos nobles indígenas" 2 .

1
R e n é Moreno. Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos. S a n t i a g o 1888.
2
Ob. cit.
Es verdad que a los principios los Jesuitas fueron reemplazados
por curas seculares, algunos de los cuales llegaron a los pueblos a n -
tes de la salida de los misioneros y de sus manos recibieron cuanto
pertenecía a las Iglesias, pero ni en número ni en calidad podían
compararse con estos. Se señalaron dos para los pueblos más impor-
tantes, el uno con seiscientos pesos de sínodo y el otro con cuatrocien-
tos, suma bastante halagadora para aquel tiempo, de modo que el
primero atendiese a la administración temporal de la doctrina y el
otro al bien espiritual de los indios. Los nombrados fueron diez y siete
o diez y ocho, escogidos acá y allá y tan precipitadamente que algu-
nos no habían recibido todavía el órden de presbiterado. Se les dieron
las debidas instrucciones, pero bien pronto empezaron las defeccio-
nes. Ignorantes del idioma y desprovistos del celo que solo atiende
al bien de las almas, se malquistaron con sus ovejas, que no podían
menos de recordar a sus antiguos Padres y, antes de un año, el 20
de Enero de 17G8, el Obispo de Santa Cruz, D. Francisco Ramón de
Herboso, hubo de intervenir en los litigios que se suscitaron de u n a
y otra parte. Hubo alguna honrosa excepción y entre ellas merece
citarse al beneficiado de S a n t a Cruz, el Licenciado Andrés del Campo,
que se consagró a su ministerio con ardor apostólico y en el año 1783
penetraba por las tierras de los infieles Yuracares y fundó entre ellos
en 1791 el pueblo de San Carlos.
Pese al Reglamento que formuló el Obispo Herboso y mereció ser
aprobado por el Monarca el 15 de Setiembre de 1772, la escasez de
clero y la inercia de muchos fue causa de la decadencia de los pue-
blos y del abandono en que muchos de ellos quedaron, si se excep-
túa algunos de los mayores, como Loreto, Trinidad, Reyes y San Pedro.
El gobierno español trató de que no se introdujese mudanza alguna
en el régimen civil y político de las doctrinas, pero faltando el misio-
nero que era el alma de toda esta organización, las cosas tenían que
tomar otro rumbo. Buen testigo de esta decadencia f u e el Intendente
D. Francisco de Viedma, el cual en su Informe al Virrey de Buenos
Aires del año 1788, no vacila estampar estas palabras: "En los je-
suitas causaron la prosperidad de los pueblos (los medios adopta-
dos), en los curas la desolación... el saqueo de los templos en los ricos
y exquisitos adornos que quedaron por la expulsión... abandonada la
industriosa actividad de los indios, perdida la inocencia en el ocio y
perversidad de costumbres..." y unas líneas antes habla dicho: "Es-
tos religiosos, a impulsos de una fina política y dedicada aplicación,
consiguieron poner en aquellos pueblos en el mayor grado de pros-
peridad..." 3 .
Casi por el mismo tiempo D. Lázaro de Rivera, Gobernador de Mo-
jos, remitía también una extensa información sobre el territorio que
le había sido encomendado y en ella se expresaba así: "Quince pue-
blos llenos de felicidad y opulencia dejaron los jesuítas al tiempo de
la expatriación con una población de 30000 almas, aproximadamen-
te. En el día se han reducido los límites de la Provincia a solo once
pueblos, los más sin fondos, sin ganados y en su última declinación,
contando una población de 20000 almas... El ganado vacuno y caballar
que ofrecía un manantial inagotable de riquezas no se h a n conten-
tado con destruirlo en las multiplicadas matanzas que h a n hecho
para lucrar el sebo, privando a los indios de su principal subsistencia
sino que h a n abierto a los portugueses todos los caminos para que
entren a la parte de este despojo a cambio de oro... Las caballadas
pasaron enteras al fuerte del Príncipe de Beira y a la famosa ciudad
de Santa Cruz... No es fácil concebir cómo una provincia que ofrece
t a n t a s ventajas a nuestro estado se halle abandonada en estos tér-
minos. Los indios más industriosos, hábiles y obedientes que el Rey
tiene en estos dominios son los Mojos..." 4 .
El Fiscal de la Audiencia de Charcas, Villaurrutia, examinó este
informe y aun cuando, cediendo a las ideas de entonces y mirando
celosamente por el crédito de las disposiciones reales, no deja de
advertir que el gobierno jesuítico de las misiones encerraba algunos
absurdos políticos, con todo se ve obligado a confesar que "la de-
cadencia que h a n tenido los bienes, la industria, los productos, la
enseñanza y las costumbres de los indios en el trascurso de 22 años,
que h a n mediado se pone de manifiesto en los inventarios hechos al
tiempo del extrañamiento y las noticias y cálculos arreglados del
Gobernador Rivera..." Y añade: "a la salida de los Regulares que-

3
Bib. Nac. de París. Fond Espagnol. 178. Informe General de la Prov.
de S a n t a Cruz de la Sierra. N.° 801.
4
Acad. de la Historia. Madrid. Col. Mata Linares, tom. IX, f. 551. V. en
este mismo códice la respuesta del Fiscal de Charcas, Villaurrutia, f h a . La
Plata 1 de Agosto de 1789.
daron 15 pueblos y ya no existen más que once; dejaron 18304 m a r -
cos de plata labrada, 42 temos, 630 ornamentos, 54345 cabezas de
ganado vacuno; 26361 de caballar. Véase en el Informe general del
Gobernador la triste pintura del estado a que se h a reducido t a n t a
riqueza" 5 .
Los Jesuitas hablan impedido que los cruceños y otros, asi f u e r a n
españoles o criollos, negociaran con los indios para evitar el que
estos fuesen victimas de las trapacerías de aquéllos, pero, al des-
aparecer los Padres, abrióse la puerta a este tráfleo y sobre los incon-
venientes del mismo se expresaba así el Gobernador de Chiquitos,
Diego Martínez, en carta al Presidente de Charcas, suscrita en San
Javier el 12 de Abril de 1768. "El comercio, dice, de estos indios con
los cruceños, más convendría no le tuvieran. Vienen a este pueblo
y los demás y se reduce a traerles carne seca, tasajo o quesos y en
estos rescates, que así les llaman, sale por punto general engañado el
indio. Ha llegado la maldad a m a t a r las reses de sus dueños y ven-
derles el tasajo... En cuantos viajes hacen procuran robarles de vuel-
t a cuantos caballos y muías pueden...". Otro tanto podía decirse de
los Mojos, aunque estos, por más distantes, no t e n t a b a n t a n fácil-
mente la codicia de los cruceños. El mismo Martínez no deja de
hacer una pintura lamentable de los curas que habían sucedido a los
Jesuitas. En su sentir las misiones no podrían durar en manos de
estos clérigos que, sobre creerse cada uno un Rey, sus manejos en lo
económico son totalmente diferentes a los que tenían los Jesuitas.
Todos ellos tiran a sacar el sínodo antes que llegue y van al que
más puede exprimir la n a r a n j a . A eso se agrega que son ignorantí-
simos e inaplicados, en tanto modo que los indios llegan a conocer-
los y hacen burla de ellos..." 6 .

2. También se dejó sentir, como era natural, la disminución de


los indios. Ya al sobrevenir el extrañamiento, la población había su-
5
El Fiscal que bien podía saberlo dice que algunos curas habían sido pro-
cesados por usurpación de bienes, comercio ilícito con los portugueses, escán-
dalos y otros desórdenes, por lo cual proponía la fundación de un Seminario
en S a n t a Cruz, donde se educase convenientemente a los clérigos y se pre-
firiese en las prebendas y pingües curatos del Arzobispado de Charcas a los
que hubieren servido bien en estas doctrinas.
6
Bib. Nac. Sucre. Archivo de Mojos y Chiquitos, vol. 23, f. 21 y s.
frldo algún desmedro así por las pestes como por la invasión de los
portugueses y destrucción de algunos pueblos de Baures. No obs-
tante, si se compara el censo llevado a cabo por Aymerich en el
año 1768 y el formado por D. Lázaro de Rivera en 1790, se echa de
vez algún aumento en la población, pero es preciso tener en cuenta
que habían transcurrido veintidós años y que en este espacio de
tiempo el crecimiento vegetativo tenía que suplir con creces las b a -
jas que se habían experimentado. Ahora bien, el número de h a b i -
t a n t e s de Mojos, según Aymerich, llegaba a la cifra de 18535, re-
partidos en quince pueblos; en 1790 se contaban, según el Gober-
nador Rivera, 22111 almas, en los once pueblos que abarcaba su
jurisdicción. El aumento, como se ve, no era de consideración y es
posible que influyera el hecho de haber abandonado algunos los
pueblos, al ver que se les privaba de sus curas. En el año 1803, el
Gobernador Alvarez de Sotomayor levantaba u n nuevo censo y ob-
tenía la cifra de 24.471 habitantes diseminados en trece pueblos.
Unos años más tarde el viajero francés, Alcides d'Orbigny, Seducía
del estudio del Archivo de Mojos que la población era de 22883
indios. En 1874, otro viajero, D. Ramón Correa, la estimaba en unos
12000 y en 1879, el inglés Mathews, que visitó estos lugares, calcu-
laba que los indios mojeños apenas alcanzaban a ser unos 8000 7 .
Por los datos apuntados la población de Mojos fue mermando con
el tiempo y una de las consecuencias de esta disminución fue el que
desapareciesen algunos pueblos como San Borja, al cual le siguie-
ron en el año 1772 los de San Simón y San Nicolás. Es verdad que con
el excedente de Magdalena pudo f u n d a r el Gobernador Zamora en
1791 el pueblo de San Ramón y dos años más tarde surgía también
el de Carmen de Mojos, pero la postración se hizo general.

3. Esta alcanzó, y no podía menos de ser así, a los edificios reli-


giosos y a las casas cúrales, que eran en todos los pueblos los más
sólidos y mejor construidos. Alcides d'Orbigny que visitó la región en
los primeros años del siglo xix, cuando aun no se habia extinguido
la memoria de los misioneros jesuítas, nos h a dejado en sus notas de
viaje un elocuente testimonio de la admiración que produjo en su
ánimo la magnificencia y riqueza de algunos de estos templos, que
7
Up the Amazon & Madeira rivers through Bollvia and Perú. London, 1879.
todavía conservaban restos de su pasado esplendor. En el Capitulo
xxxiv de su obra, dice que los Jesuitas habían concentrado en San
Pedro lo mejor de su tesoro artístico. Por el número de las estatuas
de Santos, por las joyas que adornaban a las Vírgenes y al Niño J e -
sús, por las planchas de plata que decoraban los altares y, sobre t o -
do, por las hermosas tallas de madera, San Pedro no tardó en ri-
valizar con las Catedrales de Europa y con las más ricas Iglesias del
Perú. Se refiere luego a las muchas piezas de plata que se inventa-
riaron al tiempo de la expulsión y calcula que su valor aproximado
podría llegar a cien mil francos.
Bastantes años después, un viajero español hizo u n recorrido por
algunos de estos pueblos mojeños y, refiriéndose a Trinidad, que
visitó en 1897, dice lo siguiente: "La ménsula del altar mayor es de
plata maciza y aun encima del tabernáculo se muestra una pintura
de la Santísima Trinidad bastante aceptable, pero retablo, presbi-
terio, púlpito, la Iglesia toda está embadurnada de cal y yeso de
suerte que lo de más mérito que son los tallados y molduras de m a -
dera, ni se ven ni pueden apreciarse... Hay en la Iglesia del pueblo
de Exaltación tres cajones, como los llaman o retablos en armarios,
que representan el Nacimiento de Jesús, la Purificación de la Virgen
y la Degollación de los Inocentes. Los tres son obras acabadas de
imaginería. Tendrá cada uno cuatro varas de alto por tres de ancho
y en tan pequeño espacio el artista h a amontonado figuras y escenas
talladas en miniatura con perfección t a n t a como los cuadros buri-
lados de Durero... Del pueblo de San Nicolás h a s t a el recuerdo se
ha perdido. San Borja fue abandonado por los curas que sucedieion
a los jesuitas. Magdalena, pueblo de mucho fuste, como le apellidó
el Gobernador Rivera, con ser todavía el mejor conservado de Mojos,
no tiene arriba de mil almas. Loreto y San Pedro, t a n populosos y
florecientes en los anales de la Misión, ya no tienen calles y al se-
gundo ya le falta su f u e n t e de la plaza..."®.
Este desmonoramiento de la gran obra civilizadora que la Com-
pañía del Perú realizó en los llanos de Mojos es el mejor argumento
de los trabajos y afanes que demandó el crear esa floreciente cris-
tiandad en las márgenes de los ríos Mamoré y Guaporé. La paciente
y abnegada labor del misionero desbrozó la selva, fabricó viviendas
• Ciro Bayo. El Peregrino en Indias. Madrid. Sucesores de Hernando.
sanas, fertilizó los campos e hizo que en torno de la Iglesia y de la
casa cural se agrupasen cientos de pobladores, a los cuales enseñanron
los más variados oficios y a vivir la vida propia de los hombres civi-
lizados. El trabajo, el buen orden y administración de las riquezas
del suelo hicieron que no escasearan los alimentos y que se pudiera
procurar a todos un más que mediano bienestar. Por esta razón las
doctrinas florecieron y la vida en ellas se hizo h a s t a cierto p u n t o
agradable. La escena mudó rápidamente con el éxodo de los Padres
y las consecuencias de esta medida las experimentaron en primer lu-
gar los pobres indios. Por eso no es de extrañar que ellos añorasen
siempre a los que habían sido sus pastores y padres y que no pudie-
r a n olvidarlos, trasmitiendo a sus hijos el vivo sentimiento que hubo
de causarles su partida.
De ello nos quedan diversos testimonios y sea el primero el que
transcribe el ya citado viajero español en su Peregrino en Indias.
Refiriéndose a la estima en que tienen sus Iglesias, dice: "Los in-
dios asisten con regularidad al templo, con el cariño con que u n hijo
visita la casa solariega. Es el único lugar donde se les ve e n t r a r
confiados, arrogantes, con el corazón tranquilo, como si se envane-
cieran de la obra de sus mayores y se deleitaran con las ceremonias
de un culto cuyos altos misterios si bien no comprenden, elevan su
espíritu"'. Casi medio siglo antes, otro viajero francés, el Conde
de Castelnau, dedica estas frases a los indios mojeños. "El respeto
que muestran a las autoridades y a sus curas es sin duda grande,
pero con frecuencia se quejan de que unos y otros no entran en sus
tierras sino con el fin de enriquecerse... Entonces hablan con a m a r g a
pena de aquellos buenos Padres que los gobernaban solo atendiendo
a su bien y sin ningún interés. Aludían, con los ojos bañados en
lágrimas, a aquellos sacerdotes, ilustrados y humanos, que venían
a pasar su vida en estos desiertos". Este sentimiento, añade este
autor, es general en todos los pueblos que doctrinaron los jesuitas
y por eso la mejor alabanza que pueden hacer de un cura secular
que tiene cuidado de ellos, es decir: este es un verdadero Padre de
la Compañía 1 0 .

' Ibid.
10
Expedition dans les Parties Centrales de VAmerique du Sud. Histoire du
Voyage. T o m . 3. p. 213. Paris, 1851.
4. Los detractores de la Compañía, entre los cuales habría que
citar a G. Dcsdevlses du Dezert, que modernamente ha estudiado el
último período de la Misión de Mojos", no h a n dejado de señalar
algunos lunares en la obra misionera, como tampoco h a n faltado las
criticas a las reducciones del Paraguay. No negamos que hubiera
adolecido de algunos defectos la evangelización y organización de
las tribus de Mojos, pero, analizando con Imparcialidad los hechos,
hay que reconocer que ellos desaparecen ante el resultado obte-
nido. Por otra parte, es algo problemático el que con otro sistema se
hubiese conseguido más de lo que se obtuvo y, bajo algunos aspectos,
es indudable que los Jesuitas acertaron, como, por ejemplo, en ce-
r r a r la puerta de las misiones a los españoles y advenedizos, aunque
se t r a t a r a de súbditos de la Corona de España. No bien se abrió la
puerta a los tales, los abusos y las tropelias se dejaron sentir y los
primeros en lamentarlo fueron los mismos indios. Se dice que los
Padres, ejerciendo una autoridad omnímoda en los pueblos y tenien-
do en su mano todo el poder, acostumbraron al indio a vivir bajo u n a
especie de tutela y con una libertad muy restringida, pero sería el
caso de examinar si fue posible obrar de otro modo y si habría re-
sultado ventajoso el sistema opuesto.
A estos y a otros que ponen tacha en la labor de los jesuitas mi-
sioneros, habrá que responder, como lo hizo un notable jurista y
hombre público de Bolivia. "Lo cierto es, dice, que la obra a r r a n c a d a
a esta Orden se desmedró rápidamente. Por mantenerla durante más
de un siglo trabajaron estérilmente la gobernación del Rey con sus
Leyes de Indias y la administración republicana con su derecho públi-
co de Salas. Todo fracasó. Sus tribus que habían florecido a la sombra
de u n a suave tutela se ahogaron en el ambiente oficinesco. El je-
suíta los había incorporado a la marcha de la humanidad en su con-
dición de familias laboriosas, hábiles, de costumbres puras, acudien-
do a la vida, sin comprender todavía lo egoísta de la lucha que ella
suscita e impone" , 2 .

" Les Missiams des Mojos et des Chiquitos de 1707 a 1808. Revue Hispanique.
Agosto 1918.
12
Mariano Baptlsta. Proemio a las Cartas de un Jesuíta.
P a r a terminar, copiaremos el dato que el P. Lorenzo Sanvlcente
S. J. trascribe en su folleto: La Misión del Ñapo, (Quito, 1894). Un
ministro de la Corte Suprema de La Paz, (Bolivia) le refería que,
desterrado su padre a Mojos, en su juventud, mediado el siglo x i x ,
cuando aun perduraba en aquellas tierras el recuerdo de los Jesuí-
tas, solía preguntar en su viaje al indio que le servía de guía, cuan- 1
do tropezaba con alguna Iglesia, un puente u otra obra notable ¿quiéft
hizo esto? y el indio, conmovido por el recuerdo, contestaba, dete-
niendo su paso, descubriéndose y derramando lágrimas: el Padre.
Por eso no es de extrañar que en las dos o tres ocasiones en que a l -
gunos hijos de la Compañía, llegaron a penetrar en Mojos, pese a
los años trascurridos y a que las nuevas generaciones no conserva-
ban sino un débil recuerdo de los que habían levantado aquellos
pueblos, con todo, eran extraordinarias las manifestaciones de apre-
cio que les prodigaban y se sentían felices de conocer a los sucesores
de los antiguos Padres.
Entre ellas merece especial mención, por haber sido la primera,
después del restablecimiento de la Compañía, la misión dada por los
PP. Gumersindo Gómez de Arteche, Gabino Astrain y Manzanedo en
el año 1887. En Setiembre de 1871 hablan llegado al Perú los primeros
jesuítas, destinados al Seminario de Huánuco. Diez años más tarde
arribaron a la ciudad de La Paz, en la cual se les hizo un magnifico
recibimiento y, con la ayuda del Excmo. Sr. Obispo de la Diócesis,
pudo abrirse un Colegio. La noticia se extendió por toda la república
y llegó hasta las regiones del Oriente. El Comandante General del
Beni, Sr. Urdininea, invitó a los Padres a pasar a aquellos territorios,
antes cultivados por la Compañía y donde no se había perdido la me-
moria de los Jesuítas. El Primer Vice-Presidente de la República,
D. Mariano Baptista, apoyó decididamente el proyecto y obtuvo del
Gobierno toda clase de facilidades. Pasaron a Cochabamba y de esta
ciudad salieron el 4 de Julio, llegando a Loreto el 30, víspera de San
Ignacio. Celebróse allí la fiesta del Santo Fundador con toda solem-
nidad y luego pasaron a Trinidad, adonde llegaron el 13 de Agosto.
Sucesivamente fueron misionando los Padres, los pueblos de S. Pedro,
San Javier, San Ignacio, adonde arribaron el 25 de Setiembre y de
este punto volvieron a Trinidad, en donde ya se encontraba el primero
de Octubre. Tomaron las canoas el 3 de Octubre y el 22 tomaban tie-
rra en Puerto Coni, de donde salieron el 1 de Noviembre para Co-
chabamba. El fruto recogido fue abundante y se despertó el fervor
religioso de aquellos pobres habitantes de la selva, faltos de cultivo
religioso. La tarea fue penosa, pero los Padres dieron por bien em-
pleados tantos trabajos, por haber podido reconocer un campo en
que tantos otros hermanos suyos habían vertido sus sudores y algunos
hasta su sangre.
APENDICE
; ; . •• > •> > r! I
N.° 1. RELACION QUE EL PADRE / JULIAN DE ALLER DE LA COM-
PAÑIA DE JESUS DE LA / PROVINCIA DEL PERU Y SUPERIOR DE
LA NUEVA MI/SION DE LOS INDIOS GENTILES DE LAS DILATA-
DAS TIERRAS / DE LOS MOHOS (SIC) QUE CONFINAN CON LAS
DE SANTA / CRUZ DE LA SIERRA Y SE DIO PRINCIPIO POR EL
AÑO DE 1668 A INSTANCIAS DE EL EXMO. SEÑOR CON/DE DE LE-
MOS VIRREY DE DICHO REYNO LE HASE AL / P. LUIS JACINTO
CONTRERAS, PROVINCIAL / REELECTO DE DICHA PROVINCIA DE
EL / PERU, SU FECHA A 9 DE SETIEMBRE / DE 668.

•- . - II n vf <r . 1
Aunque solos 25 días h a que estoy en esta Provincia de los Mojos
daré en esta breve relación a V. R. de lo singular y digno de noticias
que he observado para que si pareciere conveniente, V¡ R. la pueda
comunicar. , ..,,., t i
A los 28 de Julio llegué a Sta. Cruz y este mismo dia llegó el H.
J u a n de Soto, cuya detención avia ocasionado en los de S. Lorenzo
mucho cuidado y a mí no me le diera poco el ver que quantos e n -
contré desde Chilón a S. Lorenzo, sobre el no dar noticias, a ñ a d í a n
recelos de algún caso aciago. Vino el Hermano con diez canoas, m u -
chos indios y entre ellos los principales caciques de los pueblos más
cercanos al nuestro y de el nuestro, a quienes asi en nuestra casa
como en S. Lorenzo, los agasajaron todos. Concluyeron ellos con los
rescates que por las piezas de sus tejidos buscavan y sin m á s esperar
salieron de Sta. Cruz y se fueron en 5 de las 10 canoas; las otras 5
apenas se pudieron detener, porque una de ellas con su gente salió
para su tierra 6 horas antes que nosotros llegásemos al puerto, con
que cuando llegamos al rio, que fue a 4 de Agosto, aviendo salido de
S. Lorenzo a 3, solas 4 canoas y 11 indios hallamos que nos esperavan;
dispúsose el embarcar el avio y las petacas, pero no pudo ser hasta
cerca de medio día, porque las carretas que llegaron desde S. Loren-
zo solo pudieron entrar hasta la Laguna del Totoral, que está del
puerto como media legua.
Dispuesto todo para partir se reconoció ser imposible el que se
embarcasen en la ocasión 4 soldados y un Cabo que el Gobernador de
S. Lorenzo D. Sebastián de Salavarrieta y Arancibia nos avia dis-
puesto para el seguro y para lo que allá en la Provincia se ofreciese,
todo por disposición del Sr. Virrey que escribió se le encargaba y, sin
duda fue, si para nosotros acaso, para la altísima Providencia de
N. S. acertadísimo consejo, porque de unos cristianos fugitivos que
dicen fueron 2 Indios se esparció u n a hablilla que nosotros íbamos a
engañar y a descuidar las gentes, para que después con el seguro
entrasen los españoles y se apoderasen de ellos. Esta es la voz que
esparcen los viejos y no les falta razón, por lo que en esta Prov. en
que estamos sucedió años h a y hay Indios viejos que lo cuentan; y
en esta ocasión hubo cacique que lo creyó t a n de veras que de hecho
embló a su pueblo para que los suyos se retirasen al monte y no nos
recibiesen, pero N. S. lo dispuso mejor, con que empezamos a navegar
por el rio abajo; a 5, día de Nra. Sra. de las Nieves, pasamos por las
tierras de los Chiquitos y después ya con más seguridad se caminó
por espacio de 7 días h a s t a llegar al Píray; todo el camino es muy
apacible, a una y otra parte variados, amenos, los tornos del río muy
penosos; caminóse cazando y pescando; encontráronse tigres, ga-
mos, monos, pavas, capiguaras, lagartos ó caimanes grandes y aun-
que todo servía de alivio para los soles y calor que en las cajas del
rio es grande la pesca de una capiguara fue sazonadísima.
Es ella animal que pace en tierra y se recoge al río del t a m a ñ o y
cuerpo de un gran marrano, el pelo es algo alazán, raso y muy áspero,
el rostro y cara flerísima y la cabeza y boca disforme; tiene dos dien-
tes arriba y dos abajo, tan fuertes y tan grandes que parecen 4 de
caballo; las muelas y colmillos a proporción y por el miedo de los
bocados, quedaban con grande cautela los indios en la caza de ella.
Llegáronse con la canoa a la orilla donde ella estaba y aunque al p u n -
to que los columbró se arrojó al río no fue tan a su salvo que no le
hubiesen ya clavado una flecha. Yo juzgué que estaba ya segura y
habíamos perdido el lance, cuando se pusieron como en ala las ca-
noas y esperando como 4 credos que es el espacio que ella puede
detener el resuello debajo del agua, vimos que salía la pluma de la
flecha que le habían clavado allí asestaron la puntería y apenas sacó
el hocico cuando le clavaron otra vez. De esta suerte ella a zambulli-
dos y los indios a flechazos le emplumaron h a s t a con 8 flechas; r e n -
dida ella ya del dolor, quedó algo sobre aguada; asiéronla de un pie
y no la sacaron hasta que se ahogó; luego la sacaron a f u e r a y la
vimos; partióse y a la noche se hicieron las barbacoas y se asó la
carne y se repartió; es de la misma laya que el marrano, t a n gorda y
tan grande, aunque el olor de marisco causa alguna ofensión, pero
no ofende cuando hay hambre.
Llegamos al Piray en donde tuvimos la mayor batería de z a n -
cudos que espero tener en mi vida; en toda la noche se pudo dormir;
al amanecer con el fresco se retiraron y nosotros hubimos de partir
y aunque en la canoa se podía compensar la falta del sueño, asi por
lo apacible de la embarcación y su seguridad como por el fresco de
la m a ñ a n a . A poco trecho entró el calor y con él el sudor que no dio
lugar al alivio que se buscaba. En fin con esta penalidad fuimos ca-
minando h a s t a entrar en la Provincia: fui viendo algunos pueblos,
pero no pudo ser despacio porque los indios bogadores no velan la
hora de llegar a sus casas. Pasamos el río de las Palometas seco y
llegamos al gran Mamoré, digno de este nombre, porque el rio grande
que llamamos en el Perú, en su comparación es del tamaño de u n a
acequia: no lo creyera si no lo hubiera visto. Entra apacibilísimo,
el agua clara como el cristal (ya desde aqui comienza lo numeroso y
fuerte de nuestros Mojos) Llegamos entre otros a un pueblo de un
famoso cacique llamado Yucu; salieron indios, niños y niñas, u n a
chusma inmensa; llegaron a mi canoa que estaba en el rio, algo dis-
t a n t e de la orilla y solo el Yucu se llegó a mi y me cargó en brazos
con tanto desembarazo como si cogiera un niño; al subir del rio al
pueblo que está como los demás sobre barrancas nos salieron a re-
cibir con varios géneros de plátanos, yucas, frutas, aves y pescados y
queriendo t r a t a r de hacernos de comer no lo admitimos por pasar
adelante. Llegamos a los pueblos de los famosos Meoje y Mateo, a
cuyas instancias y petición y más de Machir estamos hoy en los Mo-
jos. Era a boca de noche y no paramos; luego navegando toda la no-
che llegamos a casa a 20 de Agosto, al rayar el día, en donde me sa-
lieron a recibir el P. José Bermudo, casi muerto, convaleciente de
una larga enfermedad; y hoy cuando escribo ésta está bueno y alen-
tado, gracias a N. Señor. Después de haber caminado por el río 120
leguas, desde que puse los pies en tierra hasta ayer 8 de Setiembre,
la muchedumbre de naciones y lenguas que h a n venido, hasta gentes
enemigas, tan seguras por el agasajo que se había divulgado, que no
podré a V. R. significarle lo que vi. Caminóse por estas llanadas in-
mensas con t a n t a seguridad y solo uno de nosotros, como pudiéramos
por Guayapacha, San J u a n ó el Callao, a todos los agasajé, les di
de lo poco que traía, porque j a m á s pensé lo que vi y les hablé por el
intérprete que tenía y les dije que en sabiendo la lengua, iría a sus
pueblos, a que todos respondieron que con mucho gusto me recibirían.
Lo más raro es que una nación bravísima y enemiga de estos Mo-
jos, envió un cacique amigo para que viniese en su nombre a que les
admitiésemos por amigos y que u n a Señora les enviaba que se les
había aparecido de noche y les habla dicho que fuesen al P. J u a n ,
que sabía ella que los admitiría. Este recaudo nos le dieron en se-
creto, por miedo de los Mojos; yo insté por el intérprete que en qué
t r a j e se les había aparecido y me respondieron que no la vieron, por
que era de noche; pero que les había hablado y que así venían a ofre-
cerles la paz y ir a sus tierras que están distantes de esta Provincia,
de la cual, a más de algunos indios niños que llevó al cielo, por pri-
micia de esta nueva mies, murió Macusino, asistido del P. José Ber-
mudo y supimos por lo menos de u n a buena lengua y un español que
atestiguan murió con grandísimas muestras de su salvación, porque
le bautizaron y en breve murió.
Asimismo fue de mucho consuelo la muerte del Cacique Ybre, a
quien asistió el P. José Bermudo que ya a V. R. dá cuenta del caso;
a nadie se ha bautizado sino in articulo mortis y hoy aun no hay
adulto alguno bautizado; es la primera sola u n a india que está en
este pueblo, muy vieja, estando ya a muerte, que asegurándome el
H. J u a n que solas 2 horas podía tener vida, porque ya le roncaba el
pecho, la bautizé y pasó en esta forma. Vinieron a avisar de que se
moria la vieja; yo, echando mano del Catecismo, que h a días tengo
hecho, envié al P. José, pero desde mi ventana oí que lo decía t a n
mal que no era posible formarse la India concepto de lo que le pro-
ponía. Con esto dejé lo que estaba haciendo y fui allá y yo mismo
catequizé a la india; ella era viejísima, pero tan dispuesta del inge-
nio que percibió lindisimamente todo cuanto se le propuso y de más
a más le hize hacer actos de Fé, de Esperanza, de amor y de con-
tricción; repetidas veces la dispuse y antes de bautizarla le volví a
preguntar al Hermano J u a n si le parecía mucho el riesgo. Dijome:
Padre, dentro de dos horas será muerta; bautizela y púsela por
nombre Lucía; pues la que esperaba para enterrar dentro de 5 horas
por su pie me vino a buscar y hoy lo está en nuestra cocina; si ello
fue milagro no lo sé, lo que puedo asegurar es que yo la bautlzé y no
hice el milagro.
Están ya tan hechos los indios en cualquier achaque a llamar, que
luego para ellos, hijos e hijas, piden el Evangelio y que les toquemos
las cabezas; asi se hace y todos s a n a n : sea N. Señor bendito.
El temple de la tierra es húmedo y caliente, pero sin moscas ni
pulgas ni piques, ni vinchucas ni garrapatas ni gegenes; sólo hay zan-
cudos; ahora dicen que 3 meses en el año los hay en cantidad, allá
lo veremos. El cielo es muy alegre hasta las 10 del día, en el mayor
calor se pasa bien; de allí hasta las 5 de la tarde es un horno; las
noches muy apacibles y claras como las del rio Grande; a causa de
este calor tan excesivo los indios y indias andan todos desnudos, las
mujeres de 8 a 10 años se ponen un tipoy que les cubre solo lo que pi-
de la decencia; piernas, muslos y vientre todo vá al aire; en corriendo
el Sur que es violentísimo y frígidísimo todos y todas remanecen ves-
tidos con sus camisetas y tipoyes y es necesario poner 3 ó 4 frazadas
en la cama, pero lo más raro es que dentro de 2 ó 3 horas que cese el
sur luego vuelve el calor como antes.
La gente es muy dócil, apacible y muy doméstica, el gentío y na-
ciones increíble. En fin es un Nuevo Mundo dilatadísimo; en las
llanadas, en toda esta tierra no hay una piedra, el rio corre t a n se-
reno y sosegado que apenas se percibe hacia dónde vá la corriente,
todo el t r a j í n es en canoas; la comida de estos es yuca, mote, maíz,
mani, plátanos, pescado y venados que cazan, víboras de cascabel y
otras áspides; hay tigres en grandísima abundancia, avestruces, ga-
mos, venados, jabalíes, conejos, antas y otros animalejos, sin los que
les sirven para el plato.
La lengua es fácil; en 11 días la aprendí y, al Señor las gracias;
sólo me falta copia que el tiempo y Dios la dará, en quien he hallado
espocialisimo socorro para comprender su armonía que es extraña.
Tiene cinco clases de verbos los cuales se reconocen ño por la final
en que acaban sino por una de las notas en que comienzan que son
na, ne ni, no nu; tiene todos los modos y tiempos, partículas muchas
y grande frecuencia de vocales; los vocablos largos pomposos, no tie-
nen en su lengua L ni R fuerte sino ligera, con verso de muda y
liquida; tampoco D, pronuncian por T; todos los versos acaban en
vocal. Tienen un estilo para cosas racionales, otro para todo lo que
es no racional, aunque sea Invisible y otro para las mujeres; y asi-
mismo tiene por nombres propios para cada estilo; la lengua que más
me h a ayudado para esto es la chiriguana ó guaraní; tiene muchos
hispanismos, las transiciones son muy fáciles. Dos cosas solas la h a -
cen difícil; la falta del verbo sum y el comerse los indios muchas
sílabas y el tropiezo donde ofende la lengua guaran! que en los tiem-
pos do los verbos hay mucha mudanza de letras, si bien es verdad
que queda siempre invariable la primera sílaba del verbo y la nota
que le antecede; ella es hermosísima y copiosa menos para cosas sa-
gradas.
No tienen rastro de idolatrías ni adoración alguna; conocen a Dios
y confiesan su Divinidad; a Dios le llaman Maymona, que según la
frase de su lengua es el que lo mira. Nuestro Señor me h a dado tal
presteza en percebirla que la puedo hoy enseñar; la copia no la tengo,
esa costará t r a b a j o pero es poco en habiendo reglas.
Según ellas he hecho las Oraciones y Catecismos y todo lo demás
tocante a los misterios de la Fé y hecho todo, se lo leí a un indio
muy entendido, el cual lo escuchó con grandísima atención y acaba-
do dijo: Tluri, tiuricucha, que es bueno, muy bueno. Entonces le hice
decir por el intérprete que a enseñarles aquellas cosas había venido,
que viese si quería que se las enseñásemos los Padres y que para eso
estábamos en sus tierras. Respondió que sí, de muy buena gana y ya
empiezan en su lengua a saber los niños los Misterios y Catecismo de
nuestra santa Fé y en sabiendo el H. J u a n de Soto, cuidaré yo de
la escuela y los adiestraré en las oraciones y resto del Catecismo.
Entre las gentes que quieren ser cristianas, hay dos naciones y
cada una de ollas tiene su lengua; no me embaraza eso, porque en
dejando yo aquí padres que hablen la lengua Moja, y solo con 2 6 3
indios partiré allá y en breve la aprenderé con la gracia de N. Señor.
Vamos ahora a su política. Los Caciques que en su lengua llaman
Chechaco no tienen jurisdicción alguna sobre la gente de sus pue-
blos, solo en la ocasión de guerra es cuando gobierna capitanes y
manda; en el resto de estas acciones todo es lo que cada cual quiere;
verdad es que siempre les tienen respeto. Las cortesías entre ellos son
cuando llega una tropa de indios a un pueblo, siéntase el cacique ó
principal de los que vienen en un asiento de madera, los demás en
el suelo y cuando van viniendo a darles la bienvenida a cada uno,
señalándole con el dedo, les dicen: Bechuacam quedaos sentados y
él responde una palabra entre dientes que jamás he podido percebir;
cuando se encuentran por la m a ñ a n a se dan los buenos días con esta
frase: Piamigopoy que vale, ya has abierto los ojos; en el resto del
día se dan y saludan con decir: Pitiari, ahí estás, ó Pitiapoy, ya h a s
venido: continuamente se están alabando, cosa ridicula y me causa
extraña novedad en gente t a n ruda, t a n t a y tan vana locura.
Viven con grandísima paz y raro es el indio que tiene 2 mujeres
y si alguno las tiene es a escondidas; las indias casadas, por r a r a
maravilla se sabe h a g a n traición a sus maridos; ello es cierto, que
está la Provincia muy dispuesta para la luz del Evangelio.
Todos estos pueblos ó rancherías están sobre las barrancas de los
ríos, pero ellos crecen tanto y por otra parte las lagunas que tienen
de la banda del mediodía los pueblos, se extienden de suerte que en
casi todos los pueblos entra cada año el rio. Son las casas de b a j a -
reques, limpísimas, las en que duermen están siempre como u n a
plata, porque sólo hay hamacas en que duermen y hasta a los en-
fermos les obligan a f u e r a a socorrer a la naturaleza en sus necesi-
dades; en otra casa grande viven, hilan y guardan sus trasteemos:
su labor es algodón; tejen y hilan con mucho primor y en S. Lorenzo
tienen mucha codicia de los tejidos de este y otros pueblos; las galas
son sartas de chaquiras, visotes y clavos de plata ó estaño, en sus
narices y labio inferior y por esto desde que nacen, luego les labran
labio, narices y orejas; otras tienen planchas grandes de p l a t a en
los pechos, pendientes del cuello; las cunas de los niños son muy
hermosas, hechas de cañas, con unas ristras de caracolillos de las
lagunas que sirven como cascabeles y con eso adormecen al niño;
acostumbran a darles de mamar hasta 4 6 5 años. En todos los pue-
blos es Increíble la chusma que hay. Estas son, mi Padre Provincial,
las noticias que en tan breve tiempo como h a que estoy he adquirido,
p a r a el año que viene irán más y mejores. Entre tanto V. R. como
a Padre de esta Misión no la olvide sino que la encomiende a N.
Señor. Mojos, 9 de Septiembre de 1669. Julián de Aller.
A. de la H. Madrid. Papeles de Jesuitas. Tom. 4

N.° 2. COPIA DE LA RELACION QUE ENVIO EL P. CIPRIANO BA-


RACE SOBRE LA CONVERSION DE LOS INFIELES. STA. CRUZ.
10 SET. 1680

M. A. P. Provl. - P. X. ... En esta respondo a una sola de VR de 30


de Nov. del año de 79, que fue la que recivi de resulta de la visita,
t a n templada como amorosa, por la caridad que me haze en oir mis
informes, que nunca an sido siniestros y porque aunque miserable
delante de Dios, procuro decir la verdad para mayor agrado suyo.
Acertado me h a parecido que VR aya dilatado la última resolu-
ción h a s t a tener noticias más aventajadas y mejores, que las tendrá
verdaderas y ciertas, quando venga persona desapasionada, de juicio
y satisfacción que visite despacio los pueblos, distancias y número
de gente desta Provincia y los circunvecinos della y entonces se le
embiará a VR el último informe cumplido y cabal, firmado de todos,
con toda distinción y claridad pa que vea VR si será misión de sus-
tancia, antes que se empeñe la Provincia y si no h a de ser empresa
de tomo y lomo, escusado será t a n gran empeño porque no podrá
conseguir su efecto.
Harto corto es el número de los Moxos, siendo este el punto esen-
cial de la misión, que por mi cuenta y por 3 bueltas que e dado a la
Provincia con mediana cabilación, escasamente llegan a 3000 y 600
almas entre chicas y grandes que es el número que puse a la re-
lación del P. Luis Sotelo y en estos están incluidos los de diversas
lenguas que son 4; gente apenas bastante pa un razonable pueblo,
quando veo en la Conquista del Paraguay que en poco tiempo se j u n -
tavan en cada reducción, 5, 6, 7 y 8000 almas y tarde o nunca se
verá aquí u n a reducción o pueblo de 2000 personas y si hasta aora
he dicho que los Moxos eran hasta 6000, ha sido por el dicho del
H. Jph. del Castillo, que quando nos traxo a esta misión como a bi-
soños nos hizo tragar muchas cosas apócrifas y el primer Informe
que se embió al P. Provincial Hdo. Cavero fue por dirección suya
con aparato de muchas gentes y naciones y sin f u n d a m e n t o 1 . Una
de sus cosas fue decir que los Moxos eran 6000 almas, echando a cada
casa o familia 10 personas, pero aora experimento yo lo contrario,
que a lo sumo a cada casa o familia corresponden 6 personas y a u n
el P. Marbán anda más corto que a u n a familia con otra echa 4 al-
mas y así me retracto de lo dicho asta aora, con propósito de no
fiarme más en el dicho Hermano como tampoco VR se deve fiar
en él ni en sus secuaces, como también querer embocar a los supe-
riores como cosa constante que al rededor de los Moxos ay más de
70000 almas. Las cosas deste Hermano son pa perder el juicio y las
arenas quisiera convertir en hombres para apoyo de su empeño.
Gente ay alrededor de los Moxos pero que sea poca o mucha no
se puede saber de cierto el número ni las distancias de las tierras,
porque estos indios no saben dar razón ni saben contar y pasando
de 5 dicen muchos; y así al H. Castillo pedirá VR los fundamentos
que tiene pa defender su proposición tan constante de más de 70000
almas, porque aqui no los tenemos. Solo este punto se a consultado
conmigo desta suerte, por si acaso se escriviere de otra manera. No
dudo que ay alguna gente, nacioncillas y parcialidades en la circun-
ferencia de los Moxos pero no tan grande campanada que suene h a s t a
más de 70000 almas y acomodándome yo al modo de hablar de estos
indios juzgo que no es cosa de mucha importancia ni tengo f u n d a -
mento pa 10000, quanto más pa 70000 y quando estos bárbaros ban
a la guerra solamente llegan a los primeros pueblos sin penetrar
adelante. Los Canacures que se tiene por nación dicen estos indios
que son 5 pueblos y si son como estos de los Moxos quando mucho
tendrán 500 almas y si son mayores tendrán a lo sumo mil y a este
tono deven de ser las demás nacioncillas o parcialidades y si esto
de los Moxos que avía de ser lo principal de la misión es cosa t a n
1
En esto se equivocó el P. Barace, pues más de dos y m á s de tres pueblos
pasaron de dos mil almas.
corta que apenas ay pa comenzar, qué será lo accesorio y en buen
sentido es comenzar a buscar misión y quererse empeñar a la ventura
dexando lo cierto por lo incierto y verdaderamente es cosa sensible
pa mi ya que la Provincia se quiera empeñar en misión de gentiles
el no escoger una nación numerosa y de una mesma lengua, la
qual por si sola sea suficiente pa una gloriosa misión, como son esa
nación de los Chiriguanas que está dentro de casa y son 12000 almas
fuera de los muchos esclavos que tienen y de una mesma lengua; los
Itatines, otra nación también de un mismo labio con los Chiriguanos:
la lengua es la guaraní, la universal del Paraguay; los Chañes, otra
nación, confinan también con los Chiriguanos, de diversa lengua y
son también 12000 almas y de las 2 naciones se compone el n ú -
mero de 24000 almas y esto es cierto porque he leído la relación de
los PP. que allí estuvieron y contaron esta gente y cualquiera de
estas naciones por si sola es bastante pa u n a honrada misión más
cómoda y de muchas más conveniencias y esta es u n a de las razones
porque no me atrevo yo empeñar a la Provincia en cosa tan corta
y tan incierta que de una misma lengua serán h a s t a 2000 y 800 al-
mas y las demás de diversa. Sabe Dios que no miro más que el mayor
servicio de N. S. f r u t o de las almas y bien de la Provincia. A todas
estas razones responde el P. Marban que bastante gente ay pa co-
menzar. No me satisface porque la Religión no se deve empeñar so-
lamente pa comenzar sino pa proseguir y perseverar y si basta solo
comenzar en otra parte se puede comenzar.
No puedo dexar de advertir aquí 2 cosas ciertas: la una es que
cada paso y cada pueblo ay diferente lengua que parece que la
confusión de Babel se derramó en estas tierras y este es inapeable,
porque pa que aya misión es forzoso que alguno tenga don de len-
0 guas o que vengan muchos sugetos para aprenderlas o que se mez-
clen todos ellos con los Moxos y qualquiera destas cosas es bien t r a -
bajosa y casi moralmente imposible. La segunda es que el número de
gente que en el Informe del P. Visitador fue firmado de todos es cier-
to que fueron 3600 y las que f a l t a n h a s t a 6000 que es la quenta del
H. Castillo pienso que aun están por nacer ni subsiste su respuesta
en decir que los que f a l t a b a n en los pueblos que los PP. no avían
visitado y que la parte baxa de la Provincia estaba más poblada, no
subsiste. Digo lo primero porque ya se an visitado menos un pueblo
que está en la pampa llamados P u n u a n a s que dicen que es buen
pueblo. Lo segundo si los PP. no avian visitado muchos pueblos, por
donde puede constar ciertamente que la Provincia baxa estaba más
poblada o menos, porque por eso afirmamos que esta parte alta era
de poca gente porque los PP. la a n corrido y andado. Luego pa decir
que la parte baxa era más poblada era necesario averia corrido.
Dice el Hermano que no se podia saber con certidumbre que fuese
más poblada o no.
Toda la Provincia está arto despoblada y quando se dice que la
parte baxa es más poblada, el sentido es que los pueblos no están
t a n distantes y que entre pueblo y pueblo no ay t a n t a distancia y
dudo que sea rica misión la que llega a estas angustias de a n d a r
mendigando gente de otras partes remotas; unos pueblos de dis-
tinta lengua que están 13 días de camino por un río arriba también
los quiere bautizar por Moxos pa amplificar esta empresa.
Del estado de la misión diré brevemente. Ya en estos indios no
reconozco t a n t a resistencia como antes; en juntarse en pueblos me-
dianos, cada parcialidad en su territorio, porque con la venida del
P. Visitador temieron grandemente los aviamos de dexar, que avian
de perder sus conveniencias y que el español avia de dar en ellos y
reconociendo algún amparo en nosotros se van con el tiempo des-
engañando, que no los recogemos pa llevarlos cautivos y asi van
perdiendo el miedo aunque siempre con recelo. Pero el imán que m á s
los atrae es el mucho agasajo que se les hace, pagándoles las cosas,
comprándoles canoas y dándoles herramientas pa hacer sus casas y
sementera (que será esta perpetua pensión).
En esta conformidad y con estos medios humanos se h a n f u n d a d o
4 pueblos: el primero que está rio arriba es de los Aracureonos y
tendrá hasta 230, chicos y grandes y con muchos que faltan por ve-
nir, quando todos estén juntos serán hasta 380. Los de esta parcia-
lidad, me quisieron echar en el rio, como lo apuntaré más abajo; aquí
en este pueblo ay muchos casados con 2 mujeres y he oido decir a los
indios que se an separado oyendo que las an de dejar, no se si es
verdad. Bajando de aquí por el río el año pasado se les señaló sitio
a los Subereonos, que oy están 10 días de camino, por el río arriba
pero repugnan de bajar y no an dado paso. Más abajo, río abajo,
se encuentra otro de los Casayobonos y tiene de gente 160. Prosi-
guiendo río abajo está el centro dentro de un monte y tiene de gente
400; estos 3 lugares son de una misma lengua, más abajo andando
el rio, se encuentra otro de los Manesenos, de distinta lengua y se
compone de 280.
El centro se va catequizando, los otros también h a n participado
algunas noticias; estos pueblos se an de quedar en esta forma y tér-
mino de magnitud, lo uno por la incapacidad de los puestos, lo otro
porque no ay de donde sacar gente; quando mucho el centro lle-
gará al número de 500 con algunos que f a l t a n venir de la Pampa.
En la parte baxa de la Provincia también se les an señalado sitios
pa que hagan lo mismo y me parece que lo h a r á n , porque dexán-
dolos en sus tierras no muestran t a n t a repugnancia. Las distancias
de los pueblos con todo lo demás irán demarcadas en la última re-
lación. En este estado está la misión conforme yo siento y esto me
atrevo a afirmar y no más.
Añade el Padre que el motivo por el cual vienen es su convenien-
cia y asi piden esto y lo otro y lo dicen, que si vienen a vivir entre
nosotros es por eso y no hay quien diga que viene por ser cristiano &
Refiere lo que le pasó con los Aracureonos, los cuales conspiraron
contra él porque no les daba lo que pedían y resolvieron echarlo en
el rio y quitarle lo que llevaba y a no estorvarlo un buen viejo lo
hicieran. En otra ocasión yendo con el P. Clemente, los de un pue-
blo mandaron a los remeros que nos echaran en el río; y a poco que
yendo el P. Marbán con el H. Castillo a visitar el rio abajo los qui-
sieron echar al rio y flechar a los remeros, unos dicen porque les
quemaron las alajas de sus borracheras (en lo cual menester era
más prudencia) y otros porque les iban a m a n d a r que se juntasen.
Dice que advierte estos casos porque aunque son públicos el P. Mar-
bán los callará pa que no sean de estorbo a la misión.
Acerca de la conversión destos indios ya sé qua a VR le an es-
crito cosas grandes y le escrivlrán; que están fervorosos y que quie-
ren ser cristianos pero yo no tengo f u n d a m e n t o pa decir tanto, ni me
atrevo a hablar t a n largamente, ni alcanzo claramente en qué con-
siste este querer ser cristianos, porque en ellos no he visto cosa es-
pecial ni demostraciones que me convenzan. Claro está que a todo
dicen que si, porque bien saben que sí dicen de no, les hemos de
dexar y a n de perder sus intereses y asi procuran tenernos gratos.
(Añade que si él viera otras muestras de su adhesión a la fe, si pi-
diesen el bautismo, si ofreciesen sus hijos para que fuesen bautizados
& se convencerla de ello, como se h a visto entre los chiriguanos y
más, sobre todo después de t a n t a comunicación con nosotros y cin-
co años de continua asistencia).
De aquí es que no tengo yo principios p a r a dar aquellas a b u n d a n -
tes esperanzas que suelen dar el P. Marbán y el H. Castillo, ni acabo
de penetrar en qué se f u n d a este querer ser cristianos ni cómo h a
de ser esta conversión y el desear yo algunas destas señales no es
pedir que hagan milagros, porque en este punto me confundo cuando
leo algunas relaciones y en la Conquista del Paraguay las admirables
acciones de aquellos gentiles en órden a la conversión y salvación
de sus a l m a s -
Cada día vienen a nuestra casa de otros pueblos, traen yuca,
maíz, patos y ropa y llevan chaquiras, estaño, cuchillos y de lo que
ellos aman. Aquí está la feria pa ellos y en este exercicio de comprar
y vender sus cosas 5 años a que estamos, que es lo que ellos quieren.
Bien oyen el Catee, pero no causa moción en ellos; aquí en casa h a n
visto bautizar 5 ó 6, pero tampoco se mueven a emulación ni aspiran
a ser bautizados. Claro es que todo esto nace de su tibieza y f r i a l -
dad y del poco aprecio que hacen, que como no les sale de suyo, no
se les da nada y así tengo echo juicio que si esto h a de pasar ade-
lante h a de ser machando en hierro frió y con fuerza de dádivas y
me parece que a los miserables los sujetaremos a nuestro querer y
a nuestra Sta. Fe, aunque esto mismo se pudiera hacer en otra p a r -
te de gentiles. Esto es lo que yo siento desta misión; otros sentirán
de otra manera.
Añade que el P. Sotelo convenia en que de los informes que habla
leído los más se inclinaban a que se dejase la misión, con todo re-
solvió que continuásemos, por la esperanza que tenía de que m e -
joraría, pero con perdón del mismo dice que no se formó concepto
de ella, pues no hizo sino entrar y salir y si pensó que presto se
mudarían las cosas debió quedarse a empezar la misión.
Agradece el envió de chaquiras, estaño & que es la moneda de por
acá, como sea cosa menuda, pero cree que no debe gastarse t a n t a
plata como se h a gastado y si quieren ser cristianos, que lo sean pero
no comprándolos con plata. Añade que en el pueblo donde están,
no beben chicha h a 8 meses ni tienen borracheras, salvo los que van
a otros pueblos, pero esto es causa de que no quieran venir con nos-
otros y asi mejor parece abrazar un buen medio. A persuasión del
P. Marban y H. Castillo hacen una r a m a d a grande y se escribe que
tienen Iglesia. Algunos de este pueblo que tenían 2 mujeres se con-
t e n t a n ahora con una. En Sta. Cruz e n t r a n puestas sus camisetas,
pero aquí andan desnudos y por un cuchillo venden la camiseta. A
v
veces se reúnen a rezar las oraciones y seria bien hacer la experien-
cia de que guardasen el Domingo y Fiestas. D. g. a VR. Desde Mojos
7 de Mayo de 1680. Cipriano Barace.

N.° 3. RELACION DE LO SUCEDIDO EN LA JORNADA DE LOS


MOJOS EL AÑO DE 1667, POR EL HERMANO JUAN DE SOTO

Después que salí de los Mojos y llegué a S. Lorenzo con salud me


ordenó el P. Juan Polanco, Rector desta casa de residencia diese par-
te a V. R. de lo sucedido en la jornada, por entender le sería de con-
suelo al entender la buena disposición que parece aver'por la mise-
ricordia de Dios para que los Ministros del Evangelio echen la hoz
de la palabra divina en esta copiosísima mies que ya se descubre a
los ojos, no t a n verde como antes, sino que va blanqueando...
No parece que agora se irá todo en señas y amagos, porque segón
V. R. podrá ver y ponderar... según esta Relación irá todo distinto
desde que se trató de la Armada h a s t a que estube de vuelta en S.
Lorenzo, de donde por órden del P. Rector vine a la ciudad de La
Plata a dar cuenta al Sr. Presidente de lo sucedido y escribir a V.
P. de nuevo, poniendo en mejor forma lo que desde Sta. Cruz es-
cribí.

& 1. Trátase en S. Lorenzo de la jornada y causas para ella.


Dice que, quitarles a los pocos vecinos de S. Lorenzo los indios es
quitarles la vida, porque de ellos se sirven asi en la ciudad como en
los lnRcnios de azúcar. Por otra parte, los indios, hechos a la vida
libre y descansada de sus bosques, en cuanto hallan ocasión para
huir lo hacen. Años hacia que algunos indios cristianos lo h a b l a n
hecho así y por su falta decidieron los vecinos irlos a buscar a los
Mojos, donde se guarecen. El Procurador de la ciudad General D.
Gabriel de Guevara, presentó una petición para que se concediese
licencia para esta entrada, a fin de reducir a esos indios fugitivos,
por cuya falta padecían los vecinos.
El Gobernador y el Cabildo con parecer del P. J u a n de Malpartida,
Comendador de la Merced y el P. J u a n Blanco, Rector del Colegio
de la Compañía aprobaron la entrada, señalando por Maese de C a m -
po a D. Antonio de Coca y Aguilar, por Sargento Mr. al Capitán
Tomás Alfonso de Sosa y por capitanes a D. José López Roca y a
D. J u a n Arredondo de Guzmán. Se alistaron voluntariamente unos
90 hombres y se señaló mediados de Julio del 67 para la partida. No
se realizó porque los soldados se echaron atrás, diciendo que se les
habla de dar algún premio, pues rescatar piezas para que las go-
zasen los vecinos no les bastaba. Llegó en esto un indio cristiano de
los fugitivos dijo al Gobernador D. Diego de Ampuero que dos ca-
ciques pedían entrasen los españoles a castigar a los indios Turuca-
sies que les hacían mucho daño y que el tiempo era propicio, pues
los cogerían desprevenidos. Así lo aseguraban otros 2 indios que
vinieron con el primero y eran parientes de dichos caciques. Esto
dio ánimo a los soldados y se pregonó la jornada para el 25 de Agosto.

& 2. Sale de Sta. Cruz el Maese de Campo.

Salió dicho día el Maese de Campo y llevóme consigo. Hicimos


alto en el Río de los Sauces que corre 10 leguas de Sta. Cruz. Aquí
esperamos a los soldados y al bagaje que conducían 40 indios ya-
naconas y unas 300 muías. Iban todos los hombres bien armados con
escopetas, espadas y machetes &.
Pasaron adelante e iba abriendo camino Xbal. Pérez de Lelva con
algunos soldados y llegaron al rio Joros, que dista del de las Palo-
mitas unas 5 ó 6 leguas y de aquí se enviaron otros hombres que
ayudasen a Pérez de Leiva. Tropezaron con una madre de agua o
ciénaga honda que dejan los rios en la creciente y no atreviéndose
a cruzarla, avisaron al M. de Campo el cual pasó con 40 hombres y
algunos indios a ver por si el mal paso. Tuvo este mejor suerte y
halló camino libre de ciénagas y dio vista al Rio Grande y m a n d ó
avisar le siguiesen, como se hizo.

& 3. Caminan hasta llegar al Río Grande, el que se describe.


Llegaron todos al Rio Grande con no poco contento. Después de
15 días que fueron caminando rio abajo un soldado que iba a la des-
cubierta vio 5 canoas grandes pero sin gente que se habla entrado
al monte y volvió a dar parte al Capitán quien dio órden de apode-
rarse de las canoas. A poco vinieron los indios y admirados de ver
otra gente, quisieron huir, pero les hicieron señas que venían de paz
y un indio intérprete les dijo que no les h a r í a n daño y que eran de
S. Lorenzo. Se acercaron algunos más confiados.

& 4. Da cuenta un indio al Maese de Campo de aquella tierra.


Entre los indios habla uno mejor dispuesto y de buena estatura.
Este dio órden que 3 canoas bajasen el rio y otra fuese río arriba,
tal vez a dar noticia de nuestra llegada a los de su pueblo. El se
quedó en el real con un compañero y una canoa. Llamábase Yoromo
y venido el M. de Campo se le preguntó por la tierra y las naciones
que la habitaban. Dijo que a la derecha y después de la j u n t a del
Guapay y el Mamoré vivían los Mojos o Morocosies que también así
se llaman. No tienen rey estos indios sino que en cada ranchería h a y
un cacique. Poco después el indio atemorizado por el sonido de los
tambores huyó con su compañero en la canoa.

& 5. Encuentran más indios y viaje hasta los pueblos dellos.


Poco después de esto, vinieron 30 canoas con muchos indios y
entre ellos el Yoromo y algunos de los que estaban con él, trayendo
f r u t a s y comida de la tierra. Venia con ellos un cacique viejo llamado
Moye que era el que habla llamado a los de S. Lorenzo. Llegamos al
Mamoré donde esperaba el cacique Moye con gallinas, patos y puer-
cos asados. En canoas pasamos el Mamoré tardando 3 días en pasar
la gente. Pasaron al pueblo del Cacique Moye que tenía unas 100
casas. Se alojaron los soldados en un monte como a un cuarto de
legua del pueblo y en lugar fresco y el cacique les proveyó de todo
con abundancia.
& 6. Plática y acuerdo del Maese de Campo y resolución que se tomó.
Reunió el Maese de Campo a los capitanes y a los caciques y al-
gún otro y se trató de lo que h a r í a n en favor de los que los hablan
llamado y preguntaron a los Indios de quiénes habían recibido mayor
agravio y unos decían que de los Torocosles y otros de los Cañacuries
y estando en esto vinieron unos indios llamados Mariquiones a que-
jarse de estos últimos y de la muerte que habían dado a 6 de ellos
y de otros vejámenes. Y asi se determinó salir contra estos. En estos
días fui con el indio lengua y el cacique Moye a su pueblo a hablarles
de la fe cristiana y la oyeron con gusto y se ofrecieron a hacerse
cristianos y me rogaron me quedase entre ellos.

& 7. Descrlvese la disposición que tienen estos Mojos o Morocosies.


para hacerse cristianos.
Estos Indios viven con sola u n a m u j e r y no se conoce entre ellos
el adulterio, detestan la mentira y el hurto y dicen que así se lo en-
señaron los Incas. El Hermano se volvió al real aquella noche y al
día siguiente volvió a platicar con los indios que le oían con gusto y
le rogaban se quedase entre ellos. De aquí pasamos al río Chenesi,
adonde llegaron 10 ó 12 canoas con los 2 caciques y mucha vitualla
y más de 200 indios para pasarnos. Desde aquí se ordenó la gente
y en son de guerra avanzamos por tierra de los Cañacuries, ene-
migos de los Mojos.

& 8. Corren los españoles la tierra y sucesos de estas malocas.


Asaltaron dos o tres pueblos y cautivaron buen número de i n -
dios, escondiéndose los demás por los bosques. El Hermano dice que
no t r a t a de justificar estos rescates, pero lastima ver perder su li-
bertad a estos hombres y apartarlos de sus padres, hermanos, hijos
y mujeres para ser conducidos a tierra extraña a vivir como escla-
vos, a u n cuando también es reprobable el que ellos acometan a i n -
dios amigos y los maten y hagan otros daños.
Dice que los Mojos le recibieron con cariño y que mostraban muy
buena disposición para recibir la fe. Repite lo de que t r a s unos m o n -
tes hay otras naciones de indios, donde abunda el oro y la plata.
JjCuenta unas apariciones que los indios hablan tenido etc...
Nos volvimos porque las aguas no r e t a r d a r a n nuestra vuelta. Dice
que acompaña el mapa o topografía, delineado por el P. J u a n de
Guevara. Añade que se ha de escoger para Maese de Campo de esta
empresa a un hombre práctico en la milicia y que los Indios con-
quistados se encomienden perpetuamente, obligándose los encomen-
deros a pagar las tasas que deban sus encomendados. & La Plata y
Enero 30 de 1668. S. humilde de V. R. J u a n de Soto.

N.° 4. CARTA AL P. PROVINCIAL DEL HERMANO JUAN DE SOTO.


3 NOVIEMBRE 1668.

Dice que el 10 de Setiembre salieron de S. Lorenzo el P. José


Bermudo y él en compañía del Maese de Campo D. J u a n de Araoz
y Otalora, con 2 capitanes y 80 soldados con 2 capellanes y más de
30 indios yanaconas y 330 muías de caballería y carga. El rumbo, el
mismo del pasado año h a s t a el Río Grande y por este h a s t a su en-
cuentro con el Yapacani. Salieron a nuestro encuentro muchos Jo-
ries y Mojos en sus canoas con víveres y durante todo el camino
nos servían y guisaban. Atravesamos el rio y por la otra banda, ca-
minando por el monte, llegamos a la pampa donde viven los Indios
Tusones o Motilones, por tener el cabello corto. Pensamos pasar a
los pueblos de los caciques que la vez pasada habían hecho instancia
porque nos quedáramos entre ellos, pero al Maese de Campo le p a -
reció el p a r a j e poco a propósito y así fuimos adelante h a s t a que
hallamos un p a r a j e bueno en el pueblo de u n cacique llamaro Meru.
En una canoa ful a ver el puesto y me agradó mucho y el cacique
nos ofreció el pueblo y se pasó a vivir a otro cercano y nos atendió
con todo lo necesario. Aquí quedó el P. Bermudo porque el Maese
de Campo quiso le acompañase a los Motilones. Estos se defendieron
bravamente y mostraron gran coraje de modo que los españoles es-
taban admirados. Tomaron 240, incluyendo mujeres, niños y niñas
con que a cada uno le cabían 2 piezas. Cuenta cómo bautizó a un
niño enfermo que halló en el pueblo y, luego de bautizado, murió.
Volviéronse al Real donde dejaron las cargas y asistidos por 500
indios mojos y otros amigos y el Hermano pasó a unirse con el Padre
Bermudo que estaba muy contento viendo la buena disposición de
los indios. Añade que los pueblos serán más de 80 y en cada uno habrá
200 almas. Pide pasen por lo pronto 4 ó 6 PP. que ayuden a entablar
esa cristiandad. También h a acudido al P. J u a n de Guevara a Chu-
quisaca para que les envíe algunas chaquiras, cuchillos, anzuelos y
otras baratijas del gusto de los indios. Y que se podrá establecer co-
municación con Sta. Cruz para lo que servirán las muías que se
trajeron. Que había consultado si podia bautizar algunos adultos
en el articulo de la muerte y el P. Rector de S. Lorenzo, J u a n Blanco,
le contestó que lo podia hacer. Después acá h a oido decir que de nada
les servirá, si no se les da a entender lo que reciben. De este pueblo de
la Sma. Trinidad de las Provincias de los Mojos. 3 Noviembre 1668.
J u a n de Soto.
Arch. Rom. S. J. Peruana. Historia. II n.° 164.

N." 5. CARTA DEL P. JOSE BERMUDO AL P. PROVINCIAL 26


JUN. 1669.

En la carta pasada escriví a V. R. mi entrada a esta Provincia de


los Mojos por Octubre y el buen recibimiento que a mi y al H. J u a n
de Soto nos hicieron los indios. Ahora le diré el estado que tiene esta
misión, número de pueblos y la gente y disposición de la misma, co-
mo me lo encargó. Salimos en canoa por el Río Mamoré yo, el Her-
mano y un mozo y en espacio de 22 leguas hallamos como 31 pueblos
y en cada uno nos detuvimos un dia y hallé que en todos h a b r í a como
2538 almas. A estos dimos a entender el fln con que veníamos por
medio del intérprete y todos decían que sabiendo nosotros su lengua
h a r í a n lo que les dijésemos. Hallamos cruces en muchos de ellos y
las tienen para que Dios los defienda, por la noticia que tienen de
los cristianos. El natural de estos indios Mojos es dócil y hacen c u a n -
to les decimos y en el tiempo de 8 meses que estamos aqui siempre
h a n venido a socorrernos con frutos de la tierra y se muestran con-
tentos de tenernos en sus pueblos.
Se les ha ganado la voluntad repartiéndoles algunas cosillas que
estiman mucho, como cuchillos, agujas, chaquira & y conviene que
el P. Procurador nos envíe cantidad de estas cosas, porque sirven pa-
ra el sustento nuestro y para atraerlos. Todos se dan cuenta del fln
v- con que venimos y desean vengan más Padres para convertirse a la
íe. Aquí donde estamos h a n hecho Iglesia y casa bien capaz para que
vivamos en ella. A los niños hemos comenzado a enseñar la doctrina
en lengua española y vienen con mucha ansia de aprender y a p r e n -
den algunas de memoria y las repiten y c a n t a n en sus casas. Vamos
aprendiendo la lengua y es fácil en la pronunciación. El temple es
húmedo y caliente. En febrero y marzo llueve mucho y en estos casos
los ríos entran en sus pueblos y tienen que hacer unas barbacoas en
alto como 2 varas, donde se refugian y guardan la yuca que es su
pan. La comunicación con Sta. Cruz se h a de hacer por el rio, y en
los meses de Mayo a Diciembre porque el resto del año llueve mucho
y crecen los ríos.
Vamos bautizando a los niños que están para morir. Dice que
por lo menos se necesitan 3 PP. Dice que piensa que el H. J u a n debe
pasar a Sta. Cruz y si es posible a Chuquisaca para que si S. R. viene
a la visita pueda hablarle y decirle de palabra lo que es esta Misión.
Añade que en las 70 leguas que h a b i t a n estos Mojos habrá unas 4600
y t a n t a s personas. 26 de Junio 1669.
Arcli. Rom.., S. J. Peruana, Hist. II n.° 149.

N." 6. INFORME DE D. ALONSO VERDUGO, GOBERNADOR DE


STA. CRUZ QUE EN EL AÑO 1760 VISITO LAS MISIONES. S. LO-
RENZO, 8 ENERO 1761

"...El pueblo de Loreto está situado a una legua corta de la ri-


bera occidental del Mamoré, en una hermosa y despejada llanura que,
por levantarse algo el terreno que ocupa su población, libre de que
la inunde el Mamoré; razón porque se trasladó a este sitio pocos años
ha, aviendo antes ocupado otro 7 leguas río arriba en donde padeció
u n a formidable irrupción de dicho río... Al presente logra tan bella
situación... Su plaza muy capaz y calles bien derechas e iguales y
en todo se nota una gran limpieza; tiene aora una Iglesia solo In-
terina y se entiende en fabricar otra casa regular de los PP. es de
bastante capacidad como también la de los Indios, guardando estas
entre sí en figura y proporción u n a agradable uniformidad y la asis-
ten los PP. José Reissner y Pedro Ignacio de Vargas, de Lima...
Trinidad. Este se ve situado a u n a legua del rio Mamoré y a la
misma ribera que el de Loreto, vecino a u n zanjón de cauce muy
ancho, de profundidad constante, de mucha pesca... el terreno que
ocupa esta reducción ni con mucho es t a n bueno como el de Lo-
reto; es muy ahondado y en el todo no se liberta de la inundación,
haviendo llegado la última h a s t a su misma plaza. Esta es bien ca-
paz y sus calles bien anchas... Tiene esta misión u n a muy hermosa
Iglesia de 3 naves sostenidas sobre columnas de curiosa talla; se ve
adornado su cuerpo con buenas pinturas, colocadas en marcos de
pulida obra y de la misma son los retablos que tiene la Iglesia; en
el medio de ella se levanta un airoso púlpito, situación que guarda
esta pieza en todas las Iglesias de misiones, para que así sea igual-
mente escuchado el predicador de ambos sexos, ocupando los hom-
bres el espacio que hay desde el púlpito al presbiterio y las mujeres,
empezando desde la puerta h a s t a la vecindad del púlpito... Los asis-
ten el P. J u a n José Zavala, nativo de Lima y el P. Gabino Segui, de
Cáller...
S. Javier. El pueblo se halla situado a media legua corta del Ma-
moré: el tereno que ocupa es fértil y asi se ve circundado de varias
huertecillas que hacen divertida su estación. Es grande y lo más de
él está cubierto de teja. La plaza es de competente magnitud y las
calles ordenadas. Las casas de los indios están construidas sobre u n a
barbacoa de palos, sostenidos en horcones de media vara de alto p a r a
evitar lo húmedo del sitio... suple ahora por Iglesia una capilla inte-
rina, por avérseles arruinado la que antes tenían y que pasava por
una de las mejores. Cuidan de él los PP. Manuel de la Sota, de G u a -
manga y Buenaventura Galván del Callao.
S. Pedro. Este pueblo está situado a un cuarto de legua del rio
en una campaña abierta y despejada; es el mejor de todas las misio-
nes; su formación es muy política... Entrase a la población por u n a
calle muy ancha y dilatada, toda cubierta a uno y otro lado de
portales, sostenidos de columnas labradas de madera, las casas son
altas y de gran comodidad y todas las que forman esta hermosa ca-
lle se ven cubiertas de tejas de palmas; la plaza es grande y las
casas o cuadras que forman sus tres lienzos son de la misma especie
que los de la calle ya dicha y solo tienen de mejoría estar cubiertas
de tejas de barro. El otro lienzo de la plaza ocupa la Iglesia y casa
regular de los PP. la Iglesia es la mayor y más hermosa de misiones;
es de 3 naves sostenidas de 48 columnas de primorosa talla; las del
medio de la nave que están doradas mantienen airosos muchos nichos
para Nuestro Redentor, su Madre Santísima, los Apóstoles y Evangelis-
tas, efigies de cuerpo entero y de insigne escultura. El púlpito muy bien
trabajado, igualmente los cinco retablos de r a r a pulidez e idea; el
ventanaje de la Iglesia de vidrieras de varios colores. Finalmente to-
da la Iglesia parece una ascua de oro... De esta obra de talla admiré
dos confesionarios, cuatro portadas interiores de la Iglesia y tres
retablos de la Sacristía, obras que pudieran asombrar al más perito
oficial de talla. Por último es tal la Iglesia que pudiera servir de ca-
tedral en la ciudad más política. En su exterior le da mucha majes-
tad una hermosa portada y a u n a esquina se levanta una torre de cal
y ladrillo muy airosa y de muchas y grandes campanas. El resto del
lienzo es un bien formado Colegio con claustros así bajos como altos
y todas las demás oficinas que se ven en las casas de la Compañía.
A las cuatro esquinas de la plaza están otras t a n t a s capillas donde
hace mansión el Venerado Sacramento y la una dellas es un devoto
santuario de bello adorno dedicado a la milagrosa imágen de Cochar-
cas, donde todas las tardes acude numeroso gentío a rezar el rosario...
Tiene contra sí la plaga casi anual de las inundaciones, de que p a r a
libertarse tiene el trabajo de reparar todos los años un dique o muro
que lo circunda... Asisten a esta misión el Superior P. J u a n de Bein-
golea y los PP. Francisco Quiros y Francisco Javier Iraizos.
Exaltación. Este pueblo establecido en la ribera occidental del
Mamoré así por el terreno que es de u n a greda blanca y fuerte como
también por la altura... de planta hermosa y bien ordenada así en
calles como en su plaza, siendo en u n a y otras muy semejante a la
misión de S. Pedro., le son también semejantes casa e Iglesia, solo
con la diferencia de ser menores, pero de igual adorno y hermosura.
Este pueblo logra las ventajas de su bella situación en el aumento
anual de sus neófitos.. Cuidan de él los PP. Sebastián García, del
Callao y Alberto de Quintana de Guamanga.
Magdalena. Está situado a dos cuadras del rio Guaporé, a la ban-
da occidental, en una campaña muy espaciosa y despejada por la
extensión de muchas leguas. Su situación por el ventajoso terreno que
ocupa es de las mejores., el pueblo es asimismo el mayor no solo en
la extensión material sino también en el número crecido de neófitos
que lo forman; estos son todos de la nación Itomana... Tiene u n a
airosa y bella Iglesia de tres naves en todo semejante a las antece-
dentes y solo distinta en la talla de su columnaje que no es de m a -
dera sino de una mezcla parecida al yeso; el retablo grande, los
colaterales y el púlpito como también los medallones que adornan las
naves y en cuyo centro se ven de bello pincel los pasos de la vida de
la Sta. Patrona son de una idea muy particular y sobresaliente...
Asisten los PP. José Reyter, Nicolás Susich y Francisco Espi.

A. de I. Charcas, 120-4-19.

N.° 7. CATALOGO DE LAS REDUCCIONES DE LAS MISIONES DE


LOS MOJOS DE ESTA PROV. DEL PERU DE LA COMPAÑIA DE
JESUS, AÑO 1748

Pueblos i nombres de los PP. Misio- Casados Viudos Viudas Solteros Solieres Nlflot NlAal Beutlri- No bauti-
SUMI
neros que en ellos habltsn doi zados

Desposorios
P. Diego Jurado, P. S i -
món Rodríguez, H.
Francisco Giraldo. 728 28 50 46 39 121 107 1119 8 1199
N.' S.' de Loreto
P. José Reisner, P. P e -
dro de Vargas. 610 29 25 18 20 188 164 todos 1054
Sma. Trinidad
P. J u a n José Zabala, P.
Ventura Galván, P.
Gabino Secchi. 912 19 28 6 31 364 360 todos 1720
Pueblo* y nombres de PP. Misio- Casados Viudos Viudas Solteros Solieras Niños •litas Bautiza- No bauti- SUMA
neros que on ellos habilan dos zados

S. Francisco Javier
P. Diego Ign.° Fernán-
dez, P. Feliciano G u -
tiérrez, P. Manuel de
Sota. 936 27 33 74 71 303 266 todos 1710

S. Pedro
P. Nicolás de Vargas,
J u a n Beingolea, Feo.
Quirós, H. Alberto
Marterer 1472 39 40 19 23 846 857 todos 3296

Sta. Ana
P. Felipe Ponce, P. Cris- i

tóbal de Velasco, H.
Manuel de Espinosa. 726 36 40 108 86 193 183 1372 22 1394

Exaltación
P. Leonardo d e Valdivia,
Sebastián García. 694 79 97 133 80 264 246 todos 1593

5. Ignacio
P. Bartolomé Bravo, P.
Claudio Fernández. 418 3 2 15 6 99 50 602 19 621

S. José
P. J u a n Rodríguez. 382 21 11 31 22 114 105 todos 688

San Borja
P. Feo. Javier de Sie-
rra, P. Idelfonso B l a n -
co. 566 9 7 23 12 190 182 989 9 998

S. Pablo
P. Pascual Ponce, P.
Bernardino Gutierrez. 626 40 53 7 12 242 251 todos 1324
Santos Reyes
P. Bernardo del Castillo,
P. Martín de Valver-
de. 1114 6 7 9 7 344 295 todos 1782
Pueblos y nombres de PP. Misio- Casados Viudas Viudas Solteros Solteras Ninas Ninas Bautiza- No bauti- SUMI
neros que en ellos habitan dos zados

Sta. María Magdalena


P. José Relter, P. F r a n -
cisco Espí. 1262 54 55 203 89 828 621 todos 3112

La Concepción
P. Nicolás Altogradi, P.
Pedro Rado, J u a n J o -
sé Coronel. 1342 95 123 140 65 554 484 todos 2803

S. Joaquín
P. F r a n c i s c o M." Salis,
P. R a i m u n d o Laínez. 970 57 80 98 60 484 372 todos 2112

S. Luis Gonzaga
P. J u a n Rodríguez. 346 5 6 26 11 59 51 504 19 523

S. Martin
P. F r a n c i s c o Olaza. P.
J u a n Brand. 700 17 13 62 20 208 202 todos 1222

S. Nicolás
P. A n t o n i o Maggio, P.
Gaspar Fracer. 768 15 17 72 23 284 205 1374 442 1816

S. Miguel
P. Gaspar de Prato, Feo.
Javier Pozobonelll. 1198 42 80 173 58 672 509 2822 622 3444

Sta. Rosa'
P. A t a n a s l o Theodorl. 388

S. Simón2
P. N i c o l á s de Medinllla,
P. Gabriel Díaz. 493

1 Pueblo que se está fundando. Bvma TOTAL: 33290


2
Pueblo que se está fundando.
N." 8. CARTA AL P. PROVINCIAL BALTASAR DE MONCADA. 1751

Acabo de concluir en parte la visita de estas Misiones que por


estar divididas en 3 regiones distintas: Río, Pampas y Baures y no
ser posible el tránsito de unos pueblos a otros en varias estancias del
año, si no es por rodeos dilatados y trabajosísimos y muy penosos
caminos, me ha sido preciso hasta ahora detenerme solo en la visita
del Río y Pampas, sin aver tocado en los Baures y como en una mia
avisé ya a VR, excusándome por mis males el no visitarlos.
Y por no referir demasiado el informe de los pueblos que he visto »
y visitado, según el encargo que VR me haze, apuntaré algunas co-
sas pertenecientes al estado y sistema de ellos, advirtiendo: 1." que
en los años antecedentes, desde que se fundaron estas Misiones h a n
trabajado los PP. unánimes en conformar todos los pueblos a u n igual
modo de vivir, distribuciones y costumbres, arreglándose en todo lo
posible a la instrucción y órdenes que dexó escritos el P. Diego F r a n -
cisco Altamirano. Por esto se hallan ahora todas las reducciones de
estos Moxos tan parecidas entre sí y tan semejantes que lo particu-
lar de cada una viene a ser costumbre general de todas. Así para no
repetir informes singulares, diré en general y en común los Minis-
terios. ..
Después de la oración y misa el primer Ministerio es visitar los
enfermos, en lo cual se gastan dos horas, una en la m a ñ a n a y otra
en la tarde. Dice cómo los Misioneros necesitan poseer algunos cono-
cimientos de medicina y además m a n e j a r los libros que t r a t a n de
ella y asimismo de cirujía para lo cual adiestran algunos indios, quie-
nes bajo su dirección la practican. Hay además botica donde se pre-
paran los medicamentos y corre con ella un misionero, pues esto no
puede fiarse a los indios. También se les provee de alimentos, que
se preparan en nuestra cocina y de algunas cosas de regalo cuando
lo necesitan. i
Las oficinas de carpintería & necesitan también ser visitadas de
cuando en cuando, a fln de que se den todos al trabajo y lo hagan
como se debe. El beneficiar el azúcar en los trapiches es otra ocu-
pación en algunos meses del año. Otra ocupación es la visita de las
estancias de ganado que h a de hacerse por lo menos una vez por
semana y teniendo para ello que recorrer grandes distancias, cual-
quiera que sea el tiempo que haga y luego repartir al pueblo su ración
de vaca a los de casa y otros, pues al común se les reparte en las
fiestas principales, o cuando no hay caza o pesca. Todas las sema-
nas hay 3 misas solemnes: Lunes a las ánimas y luego 3 responsos
contados; viernes, en el altar del Santo Cristo y luego se tiene el
ejercicio de la Buena muerte, asistiendo el Padre con todos los con-
gregantes y sábado en el altar de Nuestra Señora, f u e r a de otras que
se c a n t a n en las fiestas del año. Sermones se predican todos los Do-
mingos y fiestas del año y Misión p a r a el Jubileo de las 40 horas y
ejemplo en la semana.
Las Iglesias están con mucho adorno y a l h a j a s de plata y provis-
tas de ornamentos. En los pueblos de Pampas, S. Luis y S. Ignacio
que se mudaron h a poco, no hay Iglesia. Lo mismo sucede este año
en dos del río, Nuestra Señora de Loreto y San Javier que se están
mudando a mejor paraje. La música bien entablada; hermosos ór-
ganos y harpas, violines, oboes, chirimías y dulzainas y a los niños
se les adiestra desde la escuela.
Las estancias de ganado caballar y vacuno son bastantes en los
pueblos de Pampas que son cortos, excepto SS. Reyes que es n u m e -
roso pues tiene 1732 almas y de aquí se h a sacado ganado para los
de Baures y ahora para los pueblos de San Simón y S a n t a Rosa que
ahora empiezan. Hay chacras de algodón, maiz, azúcar, arroz p a r a
la manutención. En algunos pueblos ha disminuido la gente, como en
los Mojos y en Exaltación que es de Cayubabas. En otros se mantiene
el número. La disminución es notable en los pueblos de Pampas, pues
todos tienen menos gente que la con que se fundaron, t a n t o que en
alguno se h a n reducido a la 6." parte. Cuando entré el afio 1725, los
pueblos tenían este número:
S. Ignacio 2000 S. Borja 1800
S. Jph. 1B00 S. Pablo 3000
S. Luis 1700 Reyes 600

ahora en 1751
S. Ignacio 600 S. Borja 965
S. Jph. 189 S. Pablo 564
S. Luis 300 Reyes 1791
D" ^sta disminución no se ha hallado la causa, pero h a debido influir
Ir: mdición del sitio, porque ahora que se h a n mudado a mejor p a r a -
je . ha notado el aumento. En un principio se unieron a los pueblos
partidas de gentiles, pero muchos murieron de pestes y otras enfer-
medades. Ahora no los hay en su proximidad, salvo en S. Pablo, don-
de hay puerta abierta a la dilatada nación de los Tibois, de los cua-
les se agregaron a él unos 200, por obra del P. Pascual Ponce. T a m -
bién en Reyes se recogen gentiles de la serranía y de los rios que
desaguan en el Beni, por lo que h a aumentado. En los pueblos de
Pampas hay pocos, por la distancia, pero h a n venido algunos G u a -
rayos, gente caribe y trashumante,
jj' No se halla rastro de idolatría o superstición gentílica en estos
publos. A los muchachos se enseña la doctrina 2 veces cada dia y
a los adultos los sábados y fiestas. Durante la cuaresma, después de
la plática que tienen a prima noche, la recitan todos. Con esto es-
t á n los indios en condiciones de saber sus obligaciones de cristianos
y lo prueba lo bien que saben exhortar a sus subditos los Governa-
dores, Alcaldes & de cada una de las parcialidades. Muestran el apre-
cio que hacen del bautismo en la diligencia que ponen en traer sus
hijos al P. para que los bautize apenas nacidos y si mueren bauti-
zados, se consuelan mucho, sabiendo que van al cielo. Frecuentan
los Sacramentos en las fiestas principales del año y en las Pascuas,
de modo que en pueblos numerosos hay que señalar varios días p a r a
las confesiones. Ponen también cuidado, cuando están enfermos de
cuidado, en recibir el Santo Viático y confesarse. Conflésanse gene-
ralmente cuando se hacen Misiones o se asientan en algunas de las
Hermandades que hay en los pueblos, la Congregación de Nuestra
Señora y la del Cristo de la Buena muerte. Los más oyen misa todos
los días y después del Credo recitan la Doctrina. Por la noche, en la
Iglesia o en la plaza delante de una hermosa cruz rezan el rosario.
Los sábados, después de la Salve, salen con el rosario por las calles,
llevando una imágen de Nuestra Señora bien adornada, la acompa-
ñan con música, voces e instrumentos. En cada cuadra entonan una
copla a la Virgen, y el Padre que va con ellos, con sobrepelliz y estola
canta una oración a Nuestra Señora.
En cuaresma los Viernes, después del sermón toman disciplina de
sangre y en otras ocasiones. En los pueblos de Mojos: Loreto, Trini-
dad, San Ignacio, San Javier y San José están establecidas la Con-
gregación de la Buena muerte y la de la Anunciata y he dado órden
se f u n d e n en los demás. Los congregantes cuidan del aseo de las
Iglesias y de su adorno y tejen esteras muy finas y curiosas y proveen
de ropa a los huérfanos del pueblo. Visten también a algunos pobres
y visitan los enfermos, proveyéndoles de lo necesario. Moxos 1751.
Arch. Rom. S. J. Perú. 21 a.

N.° 9. CARTA QUE EL P. ALBERTO QUINTANA REMITIO A SU


HERMANO JOSE, RELATANDO SU VIAJE A LA MISION DE LOS
MOJOS. EXALTACION 16 DE MAYO DE 1756.

MI hermano Joseph: Por más que los jesuitas de la Provincia del


Perú hayan indagado qué pais sea este, con el trato de muchos su-
jetos que del salieron, por enfermedad o porque el Superior asi lo
ordenaba, nunca se podrá tener una idea cabal de lo que es, pues
son y serán espacios imaginarios. Siento mucho no poder citar u n a
llanura en todo el Perú (digo Perú, porque estas misiones no se
reputan por Perú), que pueda servir como ejemplar de lo que son
estos países. (Dice que todo es una extensa llanura, uniforme como
un grande mar y solo en Baures y en Pampas se ven algunos cerros
poco elevados, y continúa).
"Los caminos desde el Cuzco a Oruro son suficientemente buenos
y en casi todos ellos pueden rodar los coches, fuera de u n a que-
brada algo escabrosa, llamada Puno y la subida que hay desde Oro-
pesa hasta el pueblo de Santa Rosa, llamado Ouaralpata, de donde
trae su origen el rio Pisac; pero no es tan penoso y escabroso como
el de Apurimac, Pachachaca y Pampas, por ser menos calurosas y
más tendidas y mucho más divertidas por los muchos pueblos, g r a n -
jas y fecundidad del país a quien riega el Pisac. Y aunque la grande
distancia del Vilcanota a Oruro es toda llana, no es toda Igual o
homogénea como la de Moxos, sino que para la diversión de la vista
varía frecuentemente de aspecto, sin variar notablemente el plano
de sus caminos, siendo así que a poca distancia por ambos lados se
descubren cerros, pero todos poblados de ganado de la tierra y de
Castilla, bien que los árboles están casi sin hojas por ser todo puna.
Abundan estos montes de perdices y de ichu: los más elevados se
ven coronados de nieve, cuyas copiosas vertientes forman los 3 gran-
des rios de Ayavíri, Juliaca e llave, fuera de otros menores y muchos
arroyos. Ninguno de los 3 se puede vadear en tiempo de aguas, sino
que es preciso valerse de balsas de totora para pasarlos como los
pasé yo. Estos ríos son mucho más rápidos que los de Moxos, por
tener algo más de declinación la madre de estos ríos que los de
Moxos. Todos estos ríos y arroyos desembocan en la grande y espa-
ciosa laguna de Chuquito, por cuya orilla caminé 40 leguas, dexando
a ella a la izquierda, mas no siempre a la vista, por no seguir el
camino línea recta por sus márgenes sino que a trechos la impiden
promontorios o puntas muy altas que formando penínsulas se ex-
tienden muy adentro de la laguna, causa de que ella pierda una parte
de su hermosura. Tiene de circuito según la más común opinión 100
leguas, según otros 80. ...En el márgen de dicha laguna está nuestro
Juli, en un alto que domina una gran parte de ella.
Desde el Cuzco a Oruro se duerme siempre baxo tejado, lo que no
sucede del Cuzco a Lima. De Oruro nada tengo que decir por no aver-
io visto, pues lo dexé a un lado y continué mi viaje para Cochabamba.
(Añade que desde Cochabamba h a s t a Totora, que son 30 leguas,
el camino es tolerable, pero de aquí a Santa Cruz que son 90, es de
lo más escabroso y difícil, de modo que parecen el costillar de la Amé-
rica).
Hablando de Sta. Cruz, dice: "De esta ciudad solo digo que el
pueblo más desdichado del Perú está mucho mejor, es más bien or-
denado en todo, porque la plaza no se puede llamar plaza sino corral
de ovejas, es la peor que he visto. Nuestra casa es lo mejor, siendo
muy mala. Sus habitadores en medio de ser blancos y muy dóciles
son todos campestres, viven muy lexos del lugar, cada cual en su
granja, cuidando de su ganado, sembrados, caballos, muías & de que
abundan y solo los Domingos y fiestas se j u n t a n en la ciudad pa oir
misa".
De Sta. Cruz a Buenavista hay 15 legs. y se pasa el río Plray. El
camino no es muy llano, pues regularmente corre por las faldas de
los cerros, pero bueno para las bestias. 3 días me detuve en Buena-
vista donde hallé de cura al P. Domingo Jurado y de su compañero al
P. Simón Rodríguez. Los indios que goviernan son Chiquitos y Chi-
riguanos y cada nación habla diferente idioma, por cuyo motivo los
curas se ven obligados a saber y hablar en 2 lenguas. Pasados los
3 días me bolvi a Sta. Cruz y por el camino tuve la noticia de que
hablan llegado las canoas que me avian de conducir.
De Sta. Cruz a Paila, adonde se llega en un día o doce horas. Este
camino de 9 leguas es muy cómodo e interpuesto de arboledas. En
el tránsito hay algunos cañaverales de los vecinos de Sta. Cruz y
muchos caballos y vacas. El 10 de Setiembre de 1752 habiendo dicho
misa en la capilla que tiene la casa de Paila y oidola los indios re-
meros, comenzamos la navegación hacia el pueblo a que habla sido
destinado. Sentí mucha alegría al ver a los Indios y ellos al verme
a mi y me mostraron su amor que es grande pues miran a los mi-
sioneros como a padres. A los 8 días de navegación llegué a S. Pedro,
cabeza de todas las misiones, en cuyo lugar reside el Superior que
lo era el P. Pascual Ponce. Este, el P. Nicolás de Vargas, el P. J u a n
de Beingolea y demás jesuitas me recibieron con tales demostraciones
de alegría y caridad, que no tengo proporcionadas expresiones para
explicarme.
En S. Pedro el Mamoré causa horror solo el mirarle. En S. Pe-
dro estuve algunos días y huvíera podido estar más si yo no huvlera
pedido al P. Superior me señalase para el pueblo que más gustase.
Me destinó a Exaltación porque el P. Sebastián Oarcia estaba sin
compañero. Dista poco de San Pedro y en menos de 2 días llegué a él.
Los indios demostraron su contento al verme entre ellos y todos se
a f a n a b a n por besarme la mano. Al día siguiente, visité el pueblo con
el P. García. Tiene 6000 almas y hallé todas las casitas de los indios
pobres pero con limpieza. No cesaba de alabar al Señor por h a b e r m e
traído entre ellos. Me puse a aprender la lengua y a los 2 meses con-
versaba aunque con dificultad con estas gentes... El árbol de la qui-
n a es muy abundante, cuyo fruto, hojas y corteza es contra toda
especie de calenturas, como lo muestra la experiencia...".

La Exaltación 16 de Mayo de 1756. Su Hermano Alberto.

B. N. Florencia. Nuovi Acqulsti. 1517. Tom. 3, Cap. 42, p. 786 y s.


N." 10. CARTA DEL PADRE MIGUEL DE IRIGOYEN AL PADRE
BALTASAR DE MONCADA, SAN PEDRO 22 ABRIL 1757

Le dice haberle destinado al P. Altogradl a la Misión de San Pe-


dro donde se halla no muy bueno pero si muy gustoso y especial-
mente por tener por compañero al P. Nicolás de Vargas que es el
auxilio y amparo de las Misiones, habiendo a todos regocijado el
que haya revocado S. R. el precepto de que saliese de ellas, pues
es increíble lo que perderían las Misiones sin él, pues él a todos so-
corre en sus necesidades, enfervoriza, alienta y cuida con m a t e r n a l
afecto a los enfermos a más que su conocimiento de la medicina y
su experiencia de 31 años, por lo que todos acuden a San Pedro a
curarse de sus achaques y h a n recobrado la salud cuando poca es-
peranza tenían de ello. "En fin no hay pueblo en todas las misiones
que no tenga gran confianza en el celo del P. Nicolás y no recurra
a él para cuanto h a menester". Por lo dicho ya se entenderá el cui-
dado con que mirará por el de San Pedro, pero sólo referiré lo que
hace por su adelantamiento en lo espiritual. Desde Septuagésima
hasta el Sábado de Carnaval acude el pueblo a la Iglesia a confesar
y comulgar y el Domingo siguiente y los dos son innumerables los
que lo hacen y este año se acabaron 2 cazoletas de hostias bien col-
madas. A las 5 a. m. se descubre el Señor con toda solemnidad,
repartiéndose velas a los Indios principales que asisten en el presbi-
terio y todo el día le acompañan h a s t a la tarde en que se encierran,
rezando antes el rosario. El último día de las 40 horas me asaltó la
enfermedad de que hablaré después, que provino de la mucha a t e n -
ción que puse en las confesiones como novicio en la lengua. El Miér-
coles de Ceniza se hizo la ceremonia de costumbre con todo el pue-
blo y por la tarde se sacó en procesión a un devoto Señor Crucificado
que sale solo por este tiempo y aunque se le saca en secreto acude
t a n t a gente que es preciso apartar a la multitud, a fin de que lo
coloquen en sus andas y desde este dia se hace difícil sacar a los
indios de la Iglesia. Los viernes les hace un sermón el P. Nicolás
en lengua canlsiana en el que es muy perito, con gran provecho y
f r u t o de los indios. Se llena nuestra casa con los ayes y llantos de
los oyentes y al fln del sermón c a n t a n algunos coplas relativas a la
Pasión. Añade que cerca de la semana santa muy temprano se le-
v a n t a n y se están en la puerta de la Iglesia hasta que la abren. Du-
r a n t e la Cuaresma son más frecuentes las confesiones de modo que
el t r a b a j o se hace mayor. En la Semana Santa echan el resto a su
devoción. El Domingo de Ramos en la tarde sacan en procesión al
Señor por las 4 cuadras de la plaza y hacen un esterado de palmas
cubriéndola a trechos con sus mejores ropas para tener el consuelo
de que el Señor pase sobre ellas. Acabada se reparte de la palma
que llevó el Señor unas cruces que se forman. El Jueves Santo se
da la comunión al pueblo en la misa solemne. En la tarde hubo
sermón del Mandato que predicó el P. Vargas, después del lavatorio
de 12 pobres a quienes se dieron vestidos y asimismo a otros que
no tienen mujeres ó a los indios huérfanos. Este dia se lo pasan
en la Iglesia, acompañando al Señor y en rezar las estaciones por
las 7 capillas que se adornan en el pueblo. Estas las andamos tam-
bién nosotros y volví muy edificado de ver t a n t a penitencia y devo-
ción. También me quedé asombrado de ver al P. Nicolás ordenando
a 4 indios alcaldes recogiesen por la noche a los que se desmayaban
en las calles al rigor de sus mortificaciones. El Monumento aparecía
muy adornado de luces y a ello se agrega estar allí muy compuestas
las andas de los pasos del Salvador para la procesión del día si-
guiente. Nosotros nos retiramos, pero los indios quedan velando toda
la noche, rezando las estaciones, cantando cánticos de la Pasión, dis-
ciplinándose. Al día siguiente son los oficios y en la noche hay sermón
de Pasión con la escena del descendimiento. A esto se levantó u n
gran clamor en toda la Iglesia que parecía se hundía y se atropella-
ban todos queriendo besar al Señor h a s t a que se le puso en el se-
pulcro. Después de esto salió la procesión devotísima, alumbrando con
velas más de mil personas que acompañan todos los pasos de la
Pasión. Salió también el Cristo del cual hablé, al cual acompañan los
principales con sus canastas de flores que esparcen por el suelo.
Hácese con mucho silencio, lágrimas y devoción. Al volver a la Igle-
sia adoran la Cruz en que estuvo enclavado el Señor. Los soldados
que llevan las armas arrastrando se quedan de guardas del sepulcro
y tocan sus instrumentos destemplados y la gente se queda h a s t a
las 9 de la noche y allí permanecieran, si el P. Nicolás no m a n d a r a
que por la fuerza la echaran a sus casas. Esa noche murió una India
que cayó enferma al principio de la Cuaresma, pero el día de la
Anunciación fue a comulgar a la Iglesia y luego tornó a la cama,
agravándose su mal, pero duró h a s t a el Viernes Santo, como se lo
dijo el P. Nicolás, en premio del mucho fervor con que lo celebraba
siempre y de su mortificación. "Se refiere luego a los puñetazos que
se dan en el rostro los indios, de modo que a alguno le h a quedado
la huella del golpe, por derrame sanguíneo. A ello se añade las disci-
plinas secretas que toman. Pondera luego el t r a b a j o que en todo este
tiempo tiene el P. Nicolás en confesiones, sermones etc., pero el Se-
ñor le da fuerzas para todo". Y con sinceridad pienso que 6 misio-
neros no harían en S. Pedro lo que hace el P. Nicolás. Y así vuelvo
a agradecer a V. R. le haya dado órden de quedarse aquí. Llegó la
noticia el Jueves Santo a las 5 a. m. y después de los oficios se
supo en todo el pueblo y los Indios principales vinieron a besar la
mano al Padre y por ser Semana Santa no hicieron demostraciones
de regocijo, pero el Lunes de Pascua acudieron a casa vestidos de
gala y llevando sus Instrumentos de música y en apareciendo el
Padre se postraron de rodillas con ánimo de besarle los pies y di-
ciendo: Gracias a Dios que te quedas, si tú te fueras quién nos pre-
dicara, quién nos enseñara, quién nos atendiera y mirara por nosotros
con el amor que tu lo haces. El P. hubo de hacerse fuerza para no
enternecerse y luego, al salir a la plaza a visitar los enfermos, hi-
cieron otro tanto las mujeres, clamando de rodillas del mismo
modo". Pasa luego a dar cuenta de la enfermedad que le asaltó el
último dia de las 4ó horas y que se vio era terciana, la cual le tuvo
con calentura bastante tiempo, pero los cuidados del P. Nicolás le
hicieron recobrar la salud. Termina diciendo que es poco cuanto h a
dicho del P. Nicolás. S. Pedro 22 Abril 1757. Miguel de Irigoyen.
N.° 11. CARTA DEL P. JUAN JOSE DE ZABALA AL P. BALTASAR
DE MONCADA. TRINIDAD 26 DE DIC. 1757 ^ 1 $1

Se refiere al modo cómo disponen todo para el Viático a los en-


fermos. Barriendo la casa, echando en el suelo ropas bordadas, flo-
res y perfumándola con sahumerio y por todo el camino echan flores
y acuden en gran número a acompañar al Señor. Cómo ejercitan la
caridad entre sí y con los necesitados y los huérfanos y los niños
recién nacidos que pierden a sus padres, a los cuales, les buscan amas
de leche y otros los prohijan. El respeto que tienén a los PP. es
grande sin que por ello dejen de tener gran confianza, consultándoles
todas sus cosas y basta una palabra del Padre para que si hay alguna
diferencia entre ellos se aquieten y cuando se disputa alguna cosa
de hacienda aquel la posee a quien el Padre la adjudica, sin que la
parte opuesta se agravie y cuando se perdonan alguna injuria, h a -
cen especial agasajo al ofendido y sirve esto para afirmarse en la
amistad. Si entre casados h a habido alguna causa de resentimiento
se perdonan mutuamente y basta que uno de ellos haya recibido los
sacramentos para que el otro se mueva a perdonarle. Cuando t r a t a n
de dar estado a sus hijos se remiten al juicio del Padre pues consi-
deran que lo que él determine será un acierto. Muestran el a m o r
que tienen a los PP. cuando llega alguno nuevo al pueblo y lo a g a -
sajan, escogiendo para él lo mejor que tienen y lo mismo en el sen-
timiento que muestran cuando un Padre se ausenta ó bien cuando
alguno cae enfermo, interesándose por su salud, acudiendo a la Igle-
sia a pedir por él y evitando cualquiera demostración de regocijo y
mucho más cuando fallece, porque entonces no pueden contener su
dolor.
SUPERIORES D E LA MISION D E MOJOS

P. Julián de Aller 1668.


P. Luis Sotelo Visitador 1676.
P. Pedro Marbán 1681.
P. Antonio de Orellana 1700.
P. Antonio Morillo 1712.
P. T o m á s Delgado 1720.
P. Miguel S á n c h e z 1724.
P. Bernardo del Castillo 1730.
P. Luis de Benavente 1734.
P. Diego Ignacio Fernández 1739.
P. Nicolás de Vargas 1740.
P. Nicolás Altogradi 1752.
P. Pascual Ponce. 1755.
P. J u a n de Belngolea 1760.

D A T O S BIOGRAFICOS D E ALGUNOS MISIONEROS D E MOJOS

Mateo de Arcaya. Nació en Lima. Después de la Tercera Probación fue


enviado a S. Luis de Mojos, pasando luego a S a n Borja. Siendo cura de este
pueblo lo trasladó a mejor emplazamiento. Logró atraer a la nueva población
a muchos Ínfleles, entre ellos a los feroces Tibois de cabezas piramidales y
o otras tribuí. En el año 1734 la Congregación Provincial lo eligió Procurador
a Roma en primer lugar, después de 24 años pasados en la Misión. Falleció
en Lima el 4 de Mayo de 1756, a los 72 años de edad y 62 de Compañía.
J u a n Ascanlo. Nnció en Caracato en la Provincia de La Paz. Al terminar su
Tercera Probación fue destinado a la misión de Jesús María en Mojos.
Aquí levantó la Iglesia y la Casa de los Padres y formó u n a estancia de g a -
nado vacuno para el sustento de los indios. Después de haber trabajado diez
años en este puedo recibió órden de entregarlo a los religiosos de Sto. D o -
mingo. lo cual no impidió que viniese a menos y desapareciese. El P. Ascanio
pasó a Cochabamba y falleció en esta ciudad en 1715, siendo de 44 años de
edad y 30 de Compañía. Escribió su Carta de Edificación el P. Ginés de
Tébar y la suscribió en La Paz el 14 de Enero de 1716.
Bartolomé Bravo. Nació en Torre Don J l m e n o el 20 de Agosto de 1712.
Entró en la Provincia de Andalucía y fue enviado al Perú, siendo teólogo.
Se ordenó de Sacerdote en P a n n m á y terminó sus estudios en el Colegio de
S a n Pablo. La Torcera Probación la hizo en el Colegio del Cercado y en
el a ñ o 1739 fue enviado a S a n Ignacio de Mojos. Por muerte del P. Francisco
Conde pasó al pueblo de S. S i m ó n y S. Judas y logró atraer a muchos indios
infieles, los cuales se Incorporaron en S. Joaquín y S. Nicolás y entre ellos
a los Herisebocomos que h a b í a n desamparado la doctrina de Patrocinio.
Volvió luego a S. Ignacio y en 1749 trasladó el pueblo a un lugar más apro-
piado, construyendo Iglesia y Casa. Falleció el 15 de Noviembre de 1754, de
42 años de edad y 25 de Compañía y 15 d e Misionero.
J u a n Bta. Bussoni. Nació en Turín y v i n o al Perú c o n el P. Rotalde en
el a ñ o 1716. Se le envió a la Misión de los Mojos, pero hubo de salir por
una enfermedad de la vista y se le destinó al Colegio de La Paz, en donde
falleció el 24 de Febrero de 1729, a los 43 años de su edad y 27 de Compañía.
Escribió su Carta de Edificación el P. S a n t i a g o Mafíel.
Francisco Javier Dirrheim. Nació e n Augsburgo e ingresó en la Provincia
de Germanla el 28 de Setiembre de 1695. P a s ó a la Misión de Suiza, depen-
diente de aquella Provincia, pero en 1718 pidió ser enviado al Perú. Llegado
a esta Provincia fue enviado a la doctrina d e S a n Pablo, en calidad de com-
pañero. Fue trasladado a S a n t a A n a y siendo cura del mismo lo trasladó
y formó con n o pequeño trabajo. Hizo a l g u n a s excursiones por tierras de
infieles, conquistando a algunos. Falleció el 26 de Noviembre de 1747, de 68
años de edad y 52 de Compañía. Había pasado 29 años en la Misión. Escribió
su elogio el P. Nicolás de Vargas y lo suscribe en S. Pedro el 2 de Diciembre
de 1747.
Francisco Javier Iraizos. Nació en Cochabamba en el año 1725 y entró
en la Compañía, de quince años de edad. U n a vez terminados sus estudios
f u e enviado al Alto Perú y luego a los Mojos. Le tocó la región de los Baures
y hallándose en S a n t a Rosa f u e enviado c o n 100 soldados y 200 Canlslanoe
al fuerte que Iba a construirse en la ribera izquierda del Itenes, para c o n -
tener los avances de los portugueses. Esta tarea n o pudo menos de o c a -
sionarle grandes molestias. Recibió de los Superiores el encargo de escribir
la Historia de la Misión, pero n o parece que llegara a culminar la obra.
Después de la toma de S a n t a R o s a la Antigua por los lusitanos, hubo de
hacerles frente en cuanto estaba en sus manos. Falleció el 5 de Agosto d e
1763 y escribió su necrología el P. J u a n de Beingolea. Tenía entonces 38 a ñ o s
de edad y 23 de Compañía.
Antonio Maggio. Nació en Alguer en Cerdefia el 10 de Abril de 1710.
Entró en la Compañía el 11 de Febrero de 1736. Dos años m á s tarde, e n
1738 vino al Perú en la expedición que trajo consigo el P. Mateo de Arcaya.
Hizo casi todos sus estudios en el Colegio de San Pablo y en el año 1751
a 8 de Diciembre la Profesión de cuatro votos. Parece que en u n principio
se le destinó al pueblo de Concepción en los Baures. Al sobrevenir la órden
de destierro se encontraba en S a n Nicolás. El Padre Maggio aprovechó su
estancia entre estos indias para escribir su "Arte de la Lengua Baure", des-
pués de muchos años de Misionero y muchísima aplicación y estudio a dicha
lengua en las reducciones la Concepción, S a n Martin y S a n Nicolás, donde
últimamente lo escribió. 1749. Tal es el título de su manuscrito, el cual
parece haber sido hallado por d'Orbigny y fue publicado por L. Adam y
Ch. Leclerc en París el año 1880 (Maisorineuve). Es un libro en 8.° con 4
págs. de preliminares y 118 de Texto. Al Arte del P. Maggio se sigue en esta
edición, otra Gramática que suscribe u n Francisco de Asis Caparcari, tal
vez obra de algún indio ladino o bien de alguno de los curas que sucedieron
a las jesuítas. El Vocabulario que ocupa las págs. 112 a 118 parece ser obra
del mismo d'Orbigny.
Francisco Javier Pozobonelli. Nació en Milán e hizo sus estudios en P a d u a
y en Bolonia. Entró en la Compañía en el Noviciado de R o m a y en el
Colegio Romano estudió las ciencias eclesiásticas. Fue enviado al Colegio d e
Ancona, pero estando en teología pidió las Misiones y lo enviaron a Cádiz
en donde se preparaba u n a expedición. Hubo de esperar aquí algún tiempo
y al fin se embarcó para el Perú. Hizo en el Cercado la Tercera Probación y
pasó a los Mojos en compañía del P. Pedro Blanco, destinado a la reducción
de S. Joaquín que estaba entonces en sus comienzos. De aquí pasó a S. N i -
colás, también en los albores y de donde h a b í a n huido algunos indios. Esto
lo obligó a hacer algunas excursiones para atraerlos y con éxito pues pronto
los neófitos llegaban a mil. S e le dio órden de pasar a otra doctrina pero
los indios que deseaban retenerlo enviaron a algunos de los principales para
que solicitasen del Superior la quedada del P. Francisco Javier. Recorrió
todos los pueblos de Baures y volvió a S. Joaquín. El P. Pozobonelli fue pri-
m o de un Cardenal Arzobispo de Milán y deudo del Cardenal Archinto que
f u e secretario del Papa. El Padre falleció en el año 1760 y el Superior, P.
Belngolea, escribió su Carta de Edificación que suscribe en S. Pedro en O c -
tubre de dicho año.

Leonardo Valdivia. Nació en 1683. En el Catálogo de la Provincia d e


1715 se dice que era natural de Oruro y que había nacido el 6 de Noviembre
de 1683. Ingresó el 2 de Julio de 1699 e hizo sus primeros votos el 5 de Agosto
de 1701. Una vez terminados sus estudios fue enviado el a ñ o 1714 a Mojos,
a la Misión de S a n Luis, aunque estaba señalado para Catedrático de Artes.
De S. Luis pasó a la recién f u n d a d a doctrina de S a n t a Ana por el P. F r a n -
cisco Javier Salduendo. Habiendo sido llamado a regir la Provincia el P.
Miguel Sánchez vino a sustituirlo entre los Cayubabas el P. Valdivia. En u n a
de sus excursiones descubrió el Río Maniquí, afluente del Mato que p a s a
cerca de S. Pablo. Pasó luego a visitar la Residencia de S a n t a Cruz, y volvió
a Exaltación, en donde parece haber fallecido el 31 de Julio de 1752 d e
edad de 69 años y 53 de Compañía, 35 de Profesión y 38 de Misionero.
Cristóbal Velasco. Nació en Guamanga, el 25 de Julio de 1685. Entró e n
la Compañía el 21 de Julio de 1701 e hizo sus primeros votos el 25 del m i s m o
mes del a ñ o 1703. U n a vez terminados sus estudios, pasó a la Misión de
los Mojos en el a ñ o 1712, destinado a S. Ignacio, que había crecido un t a n t o
c o n la agregación de algunas tribus... Vino a fallecer el 30 de Octubre de
1751, siendo de 68 años de edad y 51 de Compañía, de los cuales pasó 39 en
la Misión.
INDICE DE NOMBRES
Aguilar, José de, 59. Calvo, Juan Pascual, 97.
Alemán, Diego, 9. Carrillo, Manuel, 72.
Aller, Julián de, 5, 6, 19, 20, 21, 23, 26. Casas, José de, 113.
Altamirano, Diego Francisco, 43, 47, 48, Castañeda, Juan Francisco, 56, 79.
49, 50, 51, 54, 60, 61, 71, 76, 86. Castelfuerte, Marqués de, 78.
Altogradi, Nicolás, 82, 94, 95, 104. Castillo, Bernardo del, 82, 107.
Alvarez Gato, Luis G., 77. Castillo, Felipe del, 84.
Amat. D. Manuel de, 118, 121. Castillo, José del, 5, 6, 11, 21, 22, 23, 24,
Andión, Jerónimo de, 10, 11, 12. 26, 27, 28, 34, 35, 36.
Arcaya, Mateo de, 94. Cavero, Hernando, 21, 22, 23, 24, 26, 35.
Arce, José Francisco de, 113. Cavero, Tomás, 96.
Arce de la Concha, Agustín, 58. Cavero de Toledo, D. Juan, 101.
Argumosa, Francisco Ant. de, 97, 98. Cevallos, D. Pedro, 121, 123.
Arias, Tomás, 11, 135. Claramunt, Antonio, 102, 116, 129.
Arlet. Estanislao, 42, 45, 57, 67, 69. Contreras, Luis Jacinto de, 19.
Arroyo, Esteban, 114. Corro, Francisco Javier, 113, 138.
Ascanio, Juan, 42. Cortés, Félix, 59.
Atienza, Juan de, 10. Chaves, Nuflo de, 8.
Aymerich, Antonio, 121, 122, 123, 129, Chome, Ignacio, 137.
130, 134, 135, 143, 147.

Delgado Tomás, 77, 79, 92.


Baptista, Mariano, 150, 151. Desdevises du Dezert, G. 150.
Barace, Cipriano, 4, 5, 21, 22, 25, 26, 28, Díaz, Gabriel, 113, 129.
29, 30, 34, 35, 37, 39, 47, 57, 58, 59. Domínguez, Bernabé, 35, 37.
Bautén, Matías, 105, 119, 120. D' Orbigny, Alcides, 5, 72, 88, 138, 147.
Bayo, Ciro, 148, 149.
Beingolea, Juan de, 94, 95, 99, 103, 105,
113, 115, 120, 126, 129, 130, 134, 135, 141. Eder, Francisco Javier, 5, 68, 72, 113,
Benavente, Luis de, 93. 136, 138, 141.
Bermudo, José, 18, 19, 20. Eguiluz, Diego de, 6, 36, 42, 44, 45, 70.
Blanco, Alonso, 113, 136. Encinas, Antonio de, 38.
Blanco, Pedro, 64. Espejo, Juan de, 35, 36, 37, 38, 40.
Borda, Juan de, 117, 118. Espi, Francisco, 99, 114, 116.
Borinié, Francisco, 45, 57, 95, 96. Espinosa, Baltasar, 61, 62.
Borja, Francisco de, 36, 39. Espinosa, Joaquín de, 135.
Borrego, Juan, 113, 136. Espinosa y Dávalos, Joaquín, 123.
Bueno, Cosme, 3, 4, 6. Esponella, Juan, 137.
Fernández, Claudio, 113, 135. Maggio, Antonio, 114, 133, 136.
Fernández. Diego Ignacio, 78, 92. Mallavia, Pedro, 42.
Fcrrcr, Agustín, 113. Marbán, Pedro, 5, 6, 21, 23, 25, 27, 29,
Flgueroa, Nlcolíis de, 47, 50, 51, 52, 71, 30, 34, 36, 43, 45, 47, 48, 50, 53, 84, 133.
' 79. Marterer, Adalberto, 127.
Fuente y Rojas, D. Bernardlno de la, Martínez, Diego, 10, 146.
73, 93, 101. Martínez de Irala, Domingo, 8.
Martínez de Tineo, D. Juan V. 123, 129.
Mayorana, Antonio, 44.
Medina, Francisco de, 117.
Galván, Buenaventura, 113, 134.
Meló Palleta, Francisco, 77.
García, Sebastián, 111, 136, 137, 138. Mendoza, Alvaro de. 35, 36, 43, 76, 84.
Garcilaso, Inca, 8, 113. Mendoza, Luis de, 13, 14.
Gnrrlga, Antonio, 44, 77, 79, 86, 87, 88, Mendoza Mate de Luna, Juan, 13.
92, 94. Messia, Diego Cristóbal, 54.
Godoy, Juan José, 141, 142. Messia, Bedoya, Alonso, 87, 92.
Granados, Francisco Javier, 36, 37, 43. Messner, Juan, 137.
Grijalva, Francisco Javier, 53. Mimbela, D. Fr. Jaime, 100.
Miranda, Luis de, 55.
Mira val, Nicolás de, 55, 56, 84.
Herboso, D. Francisco R. de, 115, 144. Moneada, Baltasar de, 97, 99, 110.
Hinojosa, Francisco de, 9. Monclova, Conde de la, 45, 48, 51, 54.
Moneda, Rafael de la, 95.
Hoz. Otálora, Juan de la, 18.
Moni tola. Angelo, 14.
Hurtado Dávila, Cayetano, 77, 88.
Montenegro, Juan de, 14, 35, 37, 40, 60.
Moreno, Gabriel René, 73, 143.
Morillo, D. Antonio, 92, 100.
Igarza, Clemente de, 26, 27, 28. Morillo, P. 45.
Iraizos, Francisco Javier, 114. 7 Moro, Antonio, 22.
Iraizos, Juan Manuel, 111, 132. •
Irigoyen, Miguel de, 108, 109, 116.
Irisarri, Fermín, 56. Olmedo, D. Juan Pablo de, 101.
Izquierdo, Francisco Javier, 116. Orellana, Antonio de, 4, 21, 28, 29, 35,
37, 48, 54, 59, 62, 63, 64, 66, 92, 93.

Jáuregui, Martin de, 21, 30, 33, 35, 55. Pérez Tomás Francisco, 33.
Pérez Palomino, Juan, 10.
Pestaña, Juan de, 105, 118, 121, 122, 123.
Lafncz, Ramón, 104, 114, 120. Pirón, Pedro, 56.
Legarda, Lorenzo, 36, 37, 40, 42, 62, 63, Polanco, Juan, 18.
76, 94. Ponce, Felipe, 116.
León, Manuel, 112, 136. Ponce, Pascual, 62, 94, 49, 102, 125, 127.
Leturia, Martín de, 26, 34. Porres, Félix de, 36, 37, 57.
Lcyden, Francisco Javier de, 45, 46, 57, Prat de Saba, Onofre, 95.
60. Prato, Gaspar de, 96, 124.
Llzárazu, D. Juan de, 15.
López, Lorenzo, Pedro, 13. Queipo de Llano y Valdés, D. Juan, 38.
López de Quiroga, Antonio 9. Quintana, Alberto, 110, 113.
Lozano, Fr. Juan, 14. Qulrós, Francisco Javier, 113, 129, 135.
Rada, Pedro, 64. Superunda, Conde de, 99.
Rado, Pedro de 126, 127. Susich, Nicolás, 113.
Reysner, José, 112, 134, 141.
Reyter, José, 113, 135.
Ribadeneira, Antonio, 113, 134. Theodori, Atanasio, 85, 98.
Ribadeneira, Juan de, 22. Tibaute, Pedro José, 105.
Ribera y Quiroga, Benito de. 9, 15, 34, Torres, Juan, 85.
35, 37, 44. Troconis, Esteban, 113.
Río, José Ignacio del, 113, 134.
Riva Agüero, Jerónimo de la, 28.
Rivera, Lázaro, 143, 145, 147. Ugarra, Francisco de, 42, 44.
Robledo de Torres, José, 47. Uria, Alejo, 113, 136.
Roca, Tomás de la, 82, 84. Usay, Antonio, 113.
Rodríguez, Juan, 99, 104, 114.
Rodríguez, Miguel, 113.
Rollin de Moura, Antonio, 103, 119. Valle, Francisco del, 114.
Rotalde, Francisco, 56, 57, 83. Valverde, Martín, 113.
Ruíz, Gabriel, 83, 113, 114. Vargas, Ignacio de, 116.
Vargas, José de, 41, 44, 60, 84.
Vargas, Nicolás de, 93, 94, 110, 111, 127.
Saavedra, Hernando de, 28. Vázquez de Velasco, Pedro, 54.
Salduendo, Francisco Javier, 82. Vega, José de, 28, 29, 36, 37, 47.
Samaniego, Diego de, 10, 12. Veinza, Juan José de, 42.
Sánchez. Miguel, 64, 79, 92. Velasco, Joaquín de, 57.
Santo Buono, Príncipe de, 77, 101. Velez de Guevara, Pedro, 9.
Sanvicente, Lorenzo, 151. Verdugo, Alonso, 103, 104, 105, 113, 118
Sarmiento, Nicolás, 113, 135. 117.
Schmidt, Sebastián, 82. Vergara, Manuel, 112, 115.
Segovia, José de, 76. Vledma, D. Francisco de, 10, 144.
Segui, Gustavo, 113. Villarnao, Jerónimo de, 15.
Solis, Gregorio de, 35. Villaurrutia, Antonio, 145, 146.
Solis Holguin, Gonzalo de, 8, 11, 14, 15.
Solórzano, Juan de, 54.
Sotelo, Luis, 26, 27, 29. Zabala, Juan José de, 108, 109, 112,
Soto, Juan de, 17, 18, 19. 125, 126.
Sotomayor, Ignacio de, 36, 39, 57. Zapata, Agustín, 35, 36, 37, 39, 40, 67
Suáres de Figueroa, Lorenzo, 10, 12. 68, 70, 74, 86.

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