La Analogía
La Analogía
El primer estudio monográfico sobre la analogía fue publicado en 1498. Su autor, Tomás de
Vio, cardenal Cayetano, deja claro desde el inicio la importancia de esta obra, cuando sostiene
que el conocimiento de la analogía «es tan necesario, que sin él no podría aprenderse metafísica
alguna, y su ignorancia haría brotar muchos errores en la otras ciencias» [De nominum analogia:
1].
La obra fue muy pronto punto de referencia obligada de todos los estudios, y ha incidido
significativamente en el desarrollo doctrinal del concepto de analogía hasta nuestros días. Por ello
es obligado detenerse en su doctrina; pero antes conviene presentar las fuentes principales de su
pensamiento: Aristóteles y santo Tomás de Aquino.
Índice
1. La analogía aristotélica
2. La analogía tomista
5. El razonamiento analógico
6. Bibliografía
1. La analogía aristotélica
El uso originario del término analogía pertenece al ámbito de la ciencia matemática, con el
significado de proporción o igualdad de dos razones (1/2=3/6). La filosofía griega hizo propio el
término, y extendió su uso para significar tanto la relación entre cuatro términos cuantitativos (el
dos es al uno, como el seis es al tres) como la relación entre cuatro términos cualitativos (así
Platón enseña que el Bien y el sol son análogos porque el Bien es al mundo inteligible, como el
sol es al mundo visible [República VI, 507 D - 508 C]). El nombre analogía adquirió así un nuevo
significado: el de proporción de relaciones.
Aristóteles hizo propio este uso filosófico del término analogía, y en diversos lugares la define
como el hecho de que el segundo término sea al primero como el cuarto al tercero; por ejemplo,
la copa es a Dioniso como el escudo a Ares [Poética, 21, 1457 b 18; Poética, 22. 1459 a 5-
10; Retórica, III, 10, 1411 a 1-5; Retórica, III, 2, 1405 a 10-15; Retórica, III, 11, 1411 b 20-1412
a 10; Ética a Nicómaco, I, 6, 1096 b 27-29].
En virtud de la analogía se da una unidad entre cosas muy diversas, incluso entre cosas que no
están bajo el mismo género:
«Lo que es uno lo es, o según el número, o según la especie, o según el género,
o según la analogía [...]. Y siempre los modos posteriores acompañan a los
anteriores; por ejemplo, todo lo que es uno por el número lo es también por la
especie; pero lo que es uno por la especie, no siempre lo es también por el
número. Por el género, en cambio, es uno todo lo que lo es por la especie; pero
lo que lo es por el género, no siempre lo es también por la especie, sino por
analogía; pero lo que es uno por analogía, no siempre lo es por el género»
[Metafísica, V, 6, 1016 b 30-1017 a 5].
«el ente se dice en varios sentidos, aunque en orden a una sola cosa y a cierta
naturaleza, y no equívocamente (mera homonimia), sino como se dice también
todo lo sano en orden a la sanidad: esto, porque la conserva; aquello, porque la
produce; lo otro, porque es signo de sanidad, y lo de más allá, porque es capaz
de recibirla; y lo medicinal se dice en orden a la medicina (pues esto se dice
medicinal porque tiene el arte de la medicina; lo otro, por estar bien dispuesto
por naturaleza para ella; y lo de más allá, por ser obra de la medicina); y de
manera semejante a éstas hallaremos que se dicen también otras cosas. Así
también el ente se dice de varios modos; pero todo ente se dice en orden a un solo
principio. Unos, en efecto, se dicen entes porque son substancias; otros porque
son afecciones de la substancia; otros, porque son camino hacia la substancia, o
corrupciones o privaciones o cualidades de la substancia, o porque producen o
generan la substancia o las cosas dichas en orden a la substancia, o porque son
generaciones de alguna de estas cosas o de la substancia» [Metafísica, IV, 2, 1003
a 33-1003 b 11].
La unidad de analogía posee también una importante valencia cognoscitiva. Para Aristóteles
«todas las cosas tienen entre sí cierto parentesco, y constituyen una unidad analógica. En cada
categoría del ente se da, en efecto, lo análogo: como lo recto en la longitud, así es lo plano en la
latitud, y quizá lo impar en el número, y, en el color, lo blanco» [Metafísica, XIV, 6, 1093 b 17-
21]. Gracias a esta unidad no es preciso buscar una definición de todas las cosas para conocer su
naturaleza, sino «que basta contemplar la analogía». Por ejemplo, para indagar la naturaleza del
acto y de la potencia es posible partir de la relación entre ambos, «pues en la misma relación que
lo que edifica con lo que puede edificar está también lo despierto con lo dormido y lo que ve con
lo que está con los ojos cerrados pero tiene vista, y lo segregado de la materia con la materia, y
lo totalmente elaborado con lo no elaborado. Y, de esta diferencia, quede el acto separado a una
parte y, a la otra, la potencia» [Metafísica, IX, 6, 1048 a 35 – 1048 b 10].
2. La analogía tomista
Santo Tomás desarrolla el concepto de analogía a partir de las fuentes aristotélicas que posee
a través de la mediación de la filosofía árabe; pero es original en algunas cuestiones capitales. En
sus escritos se encuentran dos usos diversos del término analogía: el de la unidad de analogía y el
de los nombres analógicos.
La unidad analógica de proporción se da entre las cosas en cuanto «tienen una proporción
mutua por el hecho de tener una distancia determinada u otra relación recíproca, como por
ejemplo el dos respecto a la unidad por el hecho de ser su doble». La unidad analógica de
proporcionalidad tiene lugar cuando «se considera la conveniencia recíproca no de dos cosas que
son entre sí proporcionadas, sino más bien la conveniencia de dos proporciones entre sí, como
por ejemplo el seis conviene con el cuatro por el hecho de que lo mismo que el seis es el doble de
tres, así el cuatro es el doble de dos; la primera relación es de proporción, la segunda en cambio
es de proporcionalidad» [De veritate, q. 2, a. 11, c.].
Al igual que Aristóteles, sostiene que esta unidad se da entre cosas incluso más distantes de la
unidad genérica. Por ejemplo, cuando expone las distintas clases de unidad entre las cosas,
escribe: «algunas cosas son lo mismo numéricamente, como Sócrates y este hombre, tratándose
de Sócrates. Otras son diversas en número, pero son lo mismo en cuanto a la especie, como
Sócrates y Platón, que conviene en la especie humana, aunque difieran numéricamente. Otras son
diversas en la especie, pero son lo mismo en cuanto al género: como el hombre y el asno conviene
en el género animal. Y otras son diversas en cuanto al género, pero son lo mismo sólo según la
analogía: como la sustancia y la cantidad, que no convienen en género alguno pero convienen
sólo según analogía; pues ambos convienen sólo en ser entes, y el ente no es un género» [De
principiis naturae, c. 6.]. O al describir la unidad entre Dios y la criatura enseña: «uno no se dice
sólo según el número, la especie o el género, sino también según analogía o proporción; y así es
la unidad o conveniencia de la criatura a Dios» [S. Th., I, q. 93, a. 1, ad. 3].
Santo Tomás recurre así al empleo de la analogía para explicar lo que Aristóteles considera un
nombre homónimo relativo. De este modo aparece un uso de la analogía extraño al Estagirita: el
de la denominación analógica, es decir, un modo de predicar un nombre de diversas cosas que se
encuentra entre la univocidad y la pura equivocidad. Además especifica que la analogía equivale
a proporción, porque cada concepto incluye la relación a una cosa.
La definición que el Aquinate ofrece de denominación según analogía en todas sus obras es
siempre la misma que la enunciada en el Comentario a la Metafísica. Así, en Los principios de
la naturaleza, afirma que «se predica analógicamente aquello que se predica de muchas cosas
cuyas nociones son diversas, pero se atribuyen a algo uno y lo mismo: como sano se dice del
cuerpo del animal, de la orina y de la bebida, pero no significa exactamente lo mismo en todos.
Pues de la orina de predica en cuanto es signo de la salud, del cuerpo en cuanto es sujeto, y de la
bebida en cuanto es causa» [De principiis naturae, c. 6]. Y en la Suma Teológica dice que en «los
nombres que se dicen analógicamente no hay un solo concepto, como sucede con los nombres
unívocos, ni conceptos totalmente distintos, como sucede con los equívocos; porque el nombre
que se dice analógicamente de muchas cosas significa diversas proporciones a algo uno, como el
nombre “sano”, dicho de la orina, expresa el signo de salud del animal, y dicho de la medicina,
en cambio, expresa la causa de la misma salud» [S.Th., I, q. 13, a. 5, c.].
Santo Tomás, en armonía con su filosofía realista, señala que la denominación analógica de
los nombres, si bien su ámbito inmediato es el orden lógico, tiene un fundamento real. En
el Comentario a la Metafísica escribe que «también hay que tener en cuenta que aquel algo uno
al que se refieren las diversas relaciones, es uno en número, y no sólo uno conceptualmente, como
aquel uno que se designa con el nombre unívoco. Y por ello el “ente”, aunque se diga de muchas
maneras, sin embargo no se dice equívocamente, sino con relación a algo uno; pero no a algo uno
que sea sólo uno conceptualmente, sino a lo que es uno como una cierta naturaleza» [In IV Met.,
l. 1, n. 8]. A continuación, tomando los ejemplos sacados de Aristóteles de los nombres “sano”,
“medicinal” y “ente”, especifica tres relaciones a una misma cosa, y el modo en que comparece
en cada caso el uno real. El uno real del primer ejemplo es el animal que posee la salud; en el
segundo, el médico que posee el arte de la curación; y en el último, la substancia que tiene un ser
firme y sólido, como existente per se [In IV Met., l. 1, nn. 9-11].
Según esta clasificación tomista de los modos en que comparece el uno real, podría concluirse
que el orden real, fundamento de la denominación analógica, no especifica por sí mismo diversos
géneros de nombres analógicos. Aunque se dan dos clases distintas de unidad de analogía entre
las cosas, la de proporción y la de proporcionalidad, la denominación analógica es una y la misma.
Sin embargo, en Sobre la verdad, el Aquinate distingue dos géneros de nombres analógicos.
Esta enumeración aparece cuando responde a una objeción presentada por quienes niegan que un
mismo nombre pueda predicarse de Dios y de las criaturas. La objeción es la siguiente: la
conveniencia entre las cosas de las que un nombre se atribuye analógicamente debe ser de
proporción, puesto que una de ellas entra en la definición del nombre predicado de las demás,
pero la conveniencia entre Dios y lo creado es de proporcionalidad. El Aquinate responde que la
«argumentación procede sobre la base de la comunidad de analogía que se toma según una
determinada relación de un término a otro; en este caso, en efecto, es preciso que uno de los
términos entre en la definición del otro» [De veritate, q. 2, a. 11, ad. 6]. La interpretación
inmediata de esta respuesta es que, en el caso de un nombre analógico fundado en la conveniencia
de proporcionalidad, se excluye que uno de los términos entre en la definición del otro. En
consecuencia, el concepto del nombre analógico será diverso si la unidad entre las cosas de las
que se predica el nombre es de proporción o de proporcionalidad. Ahora bien, en todos sus escritos
no se encuentra rastro alguno en el que santo Tomás defina este género de nombre analógico
fundamentado en la unidad de proporcionalidad.
Entre las tres clases, «según la verdadera propiedad del vocablo y el uso que de él hace
Aristóteles, solamente la analogía de proporcionalidad constituye la analogía, y la analogía de
desigualdad es totalmente ajena a la misma» [De nominum analogia: 3].
El nombre analógico, según la analogía de desigualdad, se caracteriza por poseer una razón
significada unívoca, desigualmente participada por cada cosa de la que se predica el nombre.
Cayetano observa que todo nombre genérico puede considerarse como análogo de este tipo, pues
el concepto es unívoco, pero cada especie participa diversamente del género al realizarla según el
modo propio de la naturaleza específica [De nominum analogia: 4-5]. Por ejemplo, el nombre
“animal” se predica unívocamente del hombre y del caballo; pero en el orden real una es la
animalidad del hombre, diversa de la animalidad del caballo, que es una y diversa de cualquier
otra especie animal [De nominum analogia: 13]. El nombre “ente” —Cayetano precisa— no
pertenece a esta especie de analogía, pues no es un género.
Sin embargo, Cayetano especifica que esta última condición ha de entenderse formal y no
materialmente [De nominum analogia: 11], es decir, según la razón formal o concepto significado
por el nombre, y no según la razón objetiva o realidad significada inmediatamente por el nombre
a través del concepto formal. En el caso del término sano, se da coincidencia entre el orden formal
y objetivo; no así, por ejemplo, en el orden trascendental: «Aunque todos los entes sean buenos
por las bondades formalmente inherentes a ellos, se denominan buenos por la bondad primera que
es causa eficiente o ejemplar. Todas las demás cosas se llaman buenas solamente con
denominación extrínseca: por aquella misma bondad por la cual Dios es formalmente bueno en sí
mismo» [De nominum analogia: 11]. De este modo se rechaza que, con el conocimiento de la
bondad creada causada por Dios, se conozca formalmente la bondad inherente a Dios y, en
consecuencia, parece salvaguardada la trascendencia divina.
La razón común o terminal, continúa Cayetano, se abstrae tan sólo del primer analogado, es
decir, de aquella cosa que formalmente considerada posee la razón intrínsecamente. Puesto que
los demás analogados reciben la predicación del mismo nombre por la relación extrínseca
establecida con la razón común, el primer analogado se pone en la definición de los demás. No
hay por tanto —ni formal ni objetivamente— una sola razón significada, pero se da formalmente
la reductio ad unum tanto según la razón significada como según el número. Mientras en la
analogía de desigualdad tan sólo se da la reductio ad unum lógica, en la analogía de atribución se
da la reductio ad unum real y lógica [De nominum analogia: 12-16].
Cayetano escribe que son análogas según proporcionalidad aquellas cosas cuyo nombre es
común, y la razón significada por ese nombre es proporcionalmente la misma o semejante según
proporción [De nominum analogia: 23].
El concepto, en el caso de la univocidad, posee una única e indistinta razón formal que se
corresponde perfecta y adecuadamente en cada uno de los sujetos de los que se predica el mismo
nombre. Así el nombre “animal” se predica unívocamente del perro, del gato o del hombre, porque
la idea general de animal se abstrae de estas realidades distintas, sin incluir aquello que está en
uno y no está en otro: lo común abstrayendo todo lo diverso, es decir, la diferencia específica [De
nominum analogia: 36].
Por el contrario, en la analogía de proporcionalidad hay que distinguir varias razones formales
[De nominum analogia: 36 y 38]. En primer lugar, no se aprehenden los analogados en sí mismos
considerados, sino una relación proporcional intrínseca a cada uno de ellos. Así, analogados del
ente son la sustancia y la cantidad [De nominum analogia: 96], pero en la abstracción del ente «se
aprehenden en cuanto tales por relación a su propio ser; (y en esto se alcanza la semejanza
proporcional) y no se aprehenden propiamente, sin más, la sustancia o la cantidad» [De nominum
analogia: 46]. Por tanto hay que distinguir entre los analogados en sí mismos considerados, y las
razones significadas de cada uno de ellos —una proporción intrínseca— que expresa el nombre
analógico.
Ahora bien, entre las razones significadas hay semejanza proporcional, de modo que
convienen en una sola forma significada [De nominum analogia: 36], que es propiamente el
concepto análogo. Esta razón significada es imperfecta, confusa o proporcional, pues, aunque los
analogados convienen en que cada uno de ellos es conmensurado o proporcionado —aunque de
forma diversa—, no debe creerse que de estas proporciones particulares se abstrae un
proporcionado en común, que se expresa mediante el nombre análogo. Según esto, continúa
Cayetano, el análogo tendría un concepto único en el cual, confusamente y en potencia, se
incluirían todas las proporciones particulares de los analogados: como si se pudiera obtener un
concepto de ente que fuera la proporción entre esencia y acto de ser. Entonces, concluye, sería un
nombre unívoco, perdiendo la razón formal y objetiva de proporcionalidad [De nominum
analogia: 53-54]. De este modo, «el ente se distingue de la sustancia y de la cantidad no porque
significa cierta realidad común a ambos, sino porque la sustancia indica solamente la esencia de
la sustancia; y de forma semejante, la cantidad significa propiamente la esencia de la cantidad;
sin embargo, el ente significa ambas esencias como semejantes según sus proporciones a sus
propias existencias. Y esto es decir que las significa confusamente o proporcionalmente» [De
nominum analogia: 39].
Al concepto análogo, igual que al unívoco, le conviene una razón significada más común y
superior que a las razones significadas correspondientes a cada analogado, poseyendo una
identidad propia [De nominum analogia: 68]. Sin embargo, y a diferencia de los unívocos, todas
esas diversas razones significadas se hallan contenidas intrínsecamente en la razón significada
del nombre análogo [De nominum analogia: 96], por lo que su identidad es proporcional, y no
absoluta como en el unívoco. Por esa identidad, prosigue Cayetano, «ha de negarse que en los
analogados no se predique lo mismo de uno y de otro analogado, porque de todos los analogados
se dice lo uno y lo mismo proporcionalmente». Sin embargo, y precisamente por la
proporcionalidad, esta identidad proporcional que se predica de cada analogado no se convierte
con ninguno de ellos: «la cantidad, por más que se adecue al ente como cantidad, verificado según
una razón significada que es una absolutamente, no se adecua según aquella razón significada
tomada proporcionalmente: porque es la razón significada de ente y no otra la que se extiende
proporcionalmente a la sustancia y a la cantidad» [De nominum analogia: 69]. El nombre análogo,
afirma entonces Cayetano, expresa diversas razones significadas que, al ser idénticas
proporcionalmente, se expresan simultáneamente mediante una razón significada, que es una
proporcionalmente [De nominum analogia: 96].
Cayetano añade que entre los analogados cabe establecer un orden. Para que exista una
comparación —explica—, «se requieren y bastan estas tres cosas, a saber: la distinción de los
extremos, la identidad de aquello en virtud de lo cual se hace la comparación y el modo de ser
particular de la comparación en los extremos, esto es, de igualdad o de mayor o menor perfección»
[De nominum analogia: 87]. En la analogía encontramos los analogados —que son esencialmente
distintos entre ellos—, la identidad proporcional del concepto análogo, y los modos diversos de
este mismo en cada análogo —las razones formales—. Por lo tanto, se pueden ordenar los
analogados según un orden de superioridad e inferioridad. En particular, puesto que la relación
de la sustancia con su propio ser es más perfecta que la relación del accidente con el suyo propio,
la sustancia en cuanto ente es superior al accidente en cuanto ente.
Cayetano sostiene que ésta es la analogía en sentido propio porque, a diferencia de las de
desigualdad o de atribución, «predica, en cada uno, aquellas cosas que les son inherentes» [De
nominum analogia: 27], conociendo las entidades, las bondades, las verdades, etc., inmanentes a
las cosas [De nominum analogia: 29]: cada uno de los analogados posee intrínsecamente la razón
significada del nombre análogo. Al ser la razón una y proporcional, cada analogado posee la razón
de modo diverso, según la razón significada perfecta que le corresponde de entre todas las
contenidas en el concepto análogo; además, lo que se predica de uno es proporcionalmente lo
mismo de lo que se predica de otro [De nominum analogia: 66-68]. Por todo ello, «las cosas que
fundamentan la analogía son de tal manera semejantes, que el fundamento de la semejanza en una
es, en sí mismo considerado, de diversa razón que el fundamento de ella en la otra» [De nominum
analogia: 33].
Así, las esencias de la sustancia, la cantidad, la cualidad, etc., aunque sean diversas, es más,
son totalmente incomunicables por ser diversos géneros supremos de ser,
«retienen la semejanza en aquello en lo cual cada una de ellas tiene el ser según
su proporción. Por esta razón, en el plano de la naturaleza, ellas fundan una
semejanza análoga, esto es, proporcional, no según una cierta esencia con una
razón significada idéntica que se encontrase en los extremos, sino según sus
propias esencias, entendidas como conmensuradas proporcionalmente por el ser
que les es propio.
En la metáfora el nombre común «tiene absolutamente una razón formal, que se salva en uno
de los analogados y se dice del otro metafóricamente: como reír que tiene en sí mismo una razón
significada, sin embargo es análogo metafóricamente cuando el motivo de la risa verdadera se
aplica al campo cubierto de flores o al éxito de la fortuna» [De nominum analogia: 25].
Según Cayetano, la analogía de proporcionalidad «no impide el proceso formal para concluir,
de Dios y de las criaturas, algún predicado que sea común a ambos [...], porque la semejanza entre
Dios y la criatura no es unívoca, sino análoga o proporcional» [De nominum analogia: 110]. Y se
señala una doble vía de acceso al conocimiento de Dios en concordancia con la doble división de
la analogía de proporcionalidad establecida: a partir del conocimiento de las perfecciones puras
o de las perfecciones mixtas.
3.4.1. A partir de las perfecciones puras o simples
Las perfecciones puras son aquellas que según la cosa significada, y no según el modo de
significar, no contienen ninguna imperfección o limitación. Estas perfecciones se pueden predicar
formalmente de Dios y de las criaturas según analogía de proporcionalidad propia. Cayetano
insiste entonces que la razón significada del nombre análogo es una y proporcional: lo que se
predica de Dios es una semejanza proporcional y no la perfección divina en sí misma.
Las perfecciones mixtas son aquellas que consideradas formalmente, por más despojadas que
estén de las imperfecciones y limitaciones, siempre encierran alguna imperfección: son aquellas
que incluyen formalmente algún elemento potencial o material. Estas perfecciones sólo pueden
atribuirse a Dios —acto puro— de forma metafórica [De nominum analogia: 111].
Este debate sobre la prioridad de uno u otro género de analogía se ha prolongado a lo largo de
los años, y todavía continúa abierto (Véase la voz La predicación de los nombres de
Dios: analogia entis vs. analogia Christi). Entre los defensores de la primacía de la analogía de
proporcionalidad propia se encuentran, por ejemplo, Juan de Santo Tomás, Santiago Ramírez en
sus primeras obras, Maurillo T.-L. Penido, Jacques Maritain y Gallus Maria Manser; y entre los
sostenedores de la primacía de la analogía de atribución intrínseca están Santiago Ramírez en sus
últimas obras, Cornelio Fabro y Bernard Montagnes. Tampoco faltan voces aisladas, como Pierre
Descoqs o Ralph M. MacInerny, que contestan la legitimidad de la misma división tradicional,
sosteniendo que no se encuentra en santo Tomás.
Entre quienes aceptan la división de los nombres analógicos establecida por Cayetano, muchos
sostienen que la posición del Aquinate sobre el primado metafísico de una u otra analogía sufre
variaciones a lo largo de sus escritos. Por ejemplo, Enrico Berti explica que en las obras juveniles
—Los principios de la naturaleza y el Comentario a las Sentencias— santo Tomás sostiene la
primacía de la analogía de atribución, entendida como expresión de una gradación existente entre
los entes, es decir, de una perfección común poseída en grados diversos. En cambio, en Sobre la
verdad, atribuye el primado a la analogía de proporcionalidad por el descubrimiento de la tesis
aristotélica según la cual “el infinito no está en alguna relación con el finito”. En las dos Sumas y
en el Comentario a la Metafísica regresa al primado de la analogía de atribución, y ello porque
en estas últimas obras no se entiende el ser como forma sino como acto, y la causalidad divina ya
no es vista como causalidad ejemplar o formal sino esencialmente como causalidad eficiente
[Berti 1994: 19-21].
Toda esta discusión no debe hacer perder el horizonte ontológico de la filosofía realista en la
que se origina: la metafísica de la participación, porque la analogía es su correlato lógico, su
expresión semántica. Y más en concreto, el primado corresponde a la analogía que expresa el
estatuto ontológico de la participación trascendental ya que ésta sustenta la participación
predicamental.
5. El razonamiento analógico
Además de la cuestión de los nombres analógicos, en la filosofía moderna y contemporánea
—tanto en el ámbito realista como en algunas corrientes filosóficas que rechazan la metafísica—
se aprecia un creciente interés por el estudio de la analogía como una modalidad propia y distinta
de razonar.
Existe diversidad de pareceres sobre su lugar específico entre los tipos de razonamiento. Kant
sostenía que la inducción y la analogía eran dos modos diversos de inferencia del juicio. La
analogía concluye de la semejanza particular de dos cosas a la semejanza total conforme al
principio de especificación: las cosas de un mismo género de las que se conocen muchas notas en
armonía, se armonizan también en aquello que conocemos en algunas cosas de aquel género, pero
que no vemos en otros. La inducción, en cambio, concluye del particular al universal conforme
al principio de generalización: aquello que conviene a muchas cosas de un género convienen
también a las demás [Logik: § 84].
Muchos autores sostienen que el razonamiento por analogía combina los caracteres de la
inducción y de la deducción. Peirce, en cambio, lo describe como un razonamiento que combina
los caracteres de la inducción y de la abducción [Peirce 1931-1958: 1.65 y 5.277]. Esta última la
define como un razonamiento hipotético, es decir una forma de inferencia que establece una
hipótesis que da razón de una serie de hechos. Al contrario de la inducción y de la deducción, la
conclusión del razonamiento abductivo —la hipótesis— no está contenida en los datos a partir de
los cuales se establece; por eso señala que la abducción no es más que una conjetura. [Peirce
1931-1958: 7.219]. Entre la abducción descrita por Peirce y el razonamiento por analogía existe
una gran afinidad, e incluso algunos autores sostienen su identidad. Ambos razonamientos tienen
en común las siguientes características: a) entre las premisas y la conclusión no se da necesidad
lógica sino un grado de probabilidad o verosimilitud; b) ambos introducen nuevas ideas, abren la
ciencia a nuevos conocimientos; c) manejan semejanzas y comparaciones; d) están basadas en la
proporción o proporcionalidad entre características de las cosa; y, por último, e) implican cierta
universalización [Domínguez Prieto 2006: 46-53].
Por último, en el ámbito científico, puede advertirse la admisión del razonamiento por analogía
como parte integrante de la génesis de una teoría, en la medida en que se acepta que las
proposiciones de una hipótesis deben ser semejantes a otras leyes ya conocidas. Uno de los
principales autores que ha propuesto una justificación del recurso de las ciencias al razonamiento
por analogía es Max Black, sosteniendo que «toda metáfora es manifestación de un modelo
sumergido» [Black 1993: 30]. Para Black, el científico se ve abocado al empleo de la metáfora en
los casos en que, por el momento, esté descartada la precisión de enunciados científicos. Entonces,
la afirmación metafórica no es ningún sustituto de una comparación en toda regla, ni de ningún
otro enunciado literal, sino que posee una capacidad y un rendimiento propio y peculiar. Black
propone así lo que denomina enfoque interactivo de la metáfora [Black 1966: 47-56]. Según este
enfoque en todo enunciado metafórico se conectan dos cosas o, mejor dicho, dos “sistemas de
cosas” —el principal y el subsidiario— en una actividad simultánea, mediante la cual se
comprende el sistema principal por medio de un sistema de “implicaciones acompañantes”
característico del subsidiario. La metáfora entonces selecciona, acentúa, suprime y organiza los
rasgos característicos del sistema principal, al implicar enunciados sobre él, que normalmente se
aplican al subordinado, y que producen algunos desplazamientos de significado de ciertas
palabras pertenecientes a la misma familia o sistema de la expresión metafórica, algunos de los
cuales, aunque no todos, pueden consistir en transferencias metafóricas.
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