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Cuentos Harry

El documento narra varias historias que enfatizan la importancia de la unión, la humildad y la perseverancia. A través de relatos sobre tres hermanos que aprenden a trabajar juntos, una mujer avara que se transforma tras un encuentro sobrenatural, y la vida de los chilalos que simbolizan la esperanza y la resiliencia, se transmiten lecciones sobre la comunidad y el respeto por la naturaleza. Cada historia resalta valores culturales y morales, mostrando cómo las experiencias compartidas pueden llevar a la prosperidad y la paz.

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Jeyson Roa Mejia
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Cuentos Harry

El documento narra varias historias que enfatizan la importancia de la unión, la humildad y la perseverancia. A través de relatos sobre tres hermanos que aprenden a trabajar juntos, una mujer avara que se transforma tras un encuentro sobrenatural, y la vida de los chilalos que simbolizan la esperanza y la resiliencia, se transmiten lecciones sobre la comunidad y el respeto por la naturaleza. Cada historia resalta valores culturales y morales, mostrando cómo las experiencias compartidas pueden llevar a la prosperidad y la paz.

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LOS TRES HERMANOS

Habían tres hermanos: Pedro, Segundo y Carlos que quedaron huérfanos, sus
padres les habían dejado tres terrenos pero no sabía cuál era de cual, así que
deciden realizar un sorteo.

Hecho el sorteo, cada uno de los hermanos recibió con mucha alegría su
terreno, pero se despidieron.

Sucedió que a Carlos le tocó un terreno pedregoso donde para poder sembrar
tenía que limpiarlo totalmente. Fue a conversar con sus hermanos para que lo
ayuden, pero ellos le contestaron que no podían porque sus terrenos estaban
llenos de hierbas malas y tenían que limpiarlos.

Muy entristecidos regresó Carlos y trató de sembrar su chacra y Segundo


también trataron se sembrar sus tierras, pasó un buen tiempo y se volvieron a
encontrar, los tres se dieron cuenta que no habían podido sembrar y por tanto
no cosecharon nada. Un anciano que los había estado escuchando se acercó a
ellos y les comentó que su padre había sido muy unido con sus hermanos y es
por esos que siempre había prosperado y nunca le había faltado nada y que
debían darse cuenta que muchas veces “la unión hace la fuerza” y que solos
cada uno por su cuenta no iban a lograr nada.

Al escuchar esto, los hermanos se dieron cuenta que habían estado trabajando
mal y decidieron desde ese entonces ayudarse mutuamente para poder
sembrar y cosechar.

Pasó el tiempo y éstos tuvieron buenas cosechas, los tres juntos prosperaron
mucho y vivieron muy felices unidos.
LA AVARIENTA
A la señora “Meche” le gustaba vender chicha y piqueos de viernes a
domingos. Esta mujer era muy avarienta porque peleaba con sus vecinos, para
ellos no vendieran, quería ser la única vendedora del pueblo.

Un día domingo llegó un hombre vestido de blanco en su caballo era un


desconocido pidió chicha y piqueos y como había llegado sólo pidió a la dueña
que tomara con él, como era muy avara para que le siguiera gastando, acepto.
Luego la invitó a bailar y así continuaron toda la noche.

Unos niños que estaban jugando dentro del negocio se metieron debajo de una
mesa a mirar a los que bailaban. Así vieron que al hombre le iba saliendo un
bulto detrás y se le iba formando un rabo, intentaron decirle a la mujer pero ella
grito para que los botaran.

Candado de bailar con el hombre desconocido le preguntó de dónde era, él


empezó a reírse y le dijo que era del lugar donde ella iba a parar por mala y
ambiciosa, estaba hablando hasta que el rabo del hombre reventó, la señora al
ver esto cayó desmayada, el resto de personas vieron que el hombre
desapareció.

Desde aquel día la mujer iba todos los domingos a misa, antes de abrir su
negocio y pidió perdón a todos por haber peleado con ellos y les permitió
vender igual que ella diciéndoles ¡PARA TODOS AMANECE DIOS!
El canto de los chilalos

Desde la verdísima copa de un sauce, de un faique, de un arrayán o de


un aliso, crecidos junto al Zamora o al Malacatos, los madrugadores
chilalos, macho y hembra, cantan a dúo y enamorados anuncian el
amanecer de un nuevo día, con su trino fuerte y repentino
¡inconfundible!. No he oído otro pájaro que cante con tanta alegría y a
dúo con su pareja, como exultando a su Creador. ¡Cuando los escucho
me inunda la naturaleza!

Con qué afán tan propio hacen sus nidos; eligen el mejor árbol, la mejor
rama, y lo defienden; se pasan días y días haciendo su casa, recogiendo
materiales para construir el nido donde van a nacer sus polluelos, estos
pajaritos tan propios de nuestra tierra lojana, son pequeñitos, de color
rojizo y pecho claro, alas cortas y cola larga, con pico largo, más largo
que la cabeza. Tienen la particular característica de hacer pareja una
sola vez en su vida y con ella comparten la construcción del nido, la
incubación de los huevos, el cuidado de los pichones. Mientras uno de
los chilalos incuba, el otro va en busca de alimento, anunciando su
regreso y el relevo a su compañero por medio del canto. ¡Fantástico!
¿Verdad?

El trabajo de hacer el nido empieza cuando se acaban las lluvias en Loja.


Baten el lodo con las alitas y hacen un nido en forma de horno, del
tradicional horno de barro. Cuando estos hábiles “pájaros arquitectos”
han terminado de hacer su nido, la hembra pondrá los huevos para ser
encubados por los dos.

Cuentan los viejos de mi tierra que los chilalos saben si el año será
lluvioso o no. Si ubican sus nidos en las copas de los árboles, entonces
el año será seco, con pocas lluvias; pero si el nido está entre las ramas
más tupidas y debajo de las hojas, es porque se avecina un año lluvioso.
¿Y cómo saben esto los chilalos? Ellos son sabios y por eso preguntan
a sus ancestros: preguntan de madrugada con su impetuoso trinar a los
últimos rayos de la luna, beben el agua de sus ríos y cantan al amanecer
preguntando al Villonaco. Que les envía la respuesta en los bravos
vientos de agosto cuando viene la Churona.

Cuando éramos niños, nuestros padres nos advertían no romper los


nidos de los chilalos para evitar atraer tormentas y otras catástrofes. Y
cuando desobedientes capturábamos un chilalo, este moría entre
nuestras manos porque no soportaba perder su libertad.

Cuando el viento fuerte, la lluvia torrencial, un depredador que llega, o si


se tala el árbol, cualquiera de estos son riesgos que pueden votar al
suelo un nido de chilalos que con tanto esfuerzo fue construido. ¿Qué
hacen los chilalos ante esta adversidad? ¿Se amedrentan?,
¿abandonan la tarea? ¡No!, ¡Jamás! Con toda su paciencia y cuantas
veces sea necesario vuelven a comenzar, a construir su casa. Cuando
su nido es destruido los chilalos se callan, se callan por un momento,
pero en seguida vuelven a cantar, y a traer lodo, y ramitas para empezar
de nuevo a hacer su nido.

¡Que afán tan esperanzado el de los chilalos! Los admiro y quiero


aprender de ellos a tener fe, a tener paciencia y esperanza, que no es
sino el modo interior de creer en la vida.

Cuando un sueño se frustra recordemos que tenemos muchos,


muchísimos motivos para empezar de nuevo, aunque ni siquiera
sepamos por dónde empezar. Mantengámonos de pie y firmes;
pongamos la esperanza al frente y, si nuestra vida se hizo pedazos,
juntemos con paciencia la esperanza y los pedazos de nuestra vida para
construirla de nuevo y volver a empezar. Y sobre todo... nunca dejemos
de cantar.
Almas en pena
En la provincia de Sullana, la Perla del Chira, donde el canto del chilalo alegra las mañanas, el
sol aparece con todo su esplendor y las aguas del río corren alegrando los días, ocurrió la
siguiente historia.

-Ya vengan, la comida está lista- decía María llamando a sus tres hermosas hijas: Araceli, Luisa
y Pilar.

Las niñas llegaban al comedor entre risas y juegos. La cena estaba riquísima, era cabrito con
tamales, propio de la región, y las niñas no tardaron en comer todo lo servido. María, sin
embargo, no probó bocado pues estaba preocupada por su esposo que aún no llegaba de la
chacra y la lluvia aumentaba cada vez más.

-¿Dónde andará el Raúl?, ¡ya es hora de que se aparezca! ¿por qué no asomará las narices? –
decía María mientras aguaitaba por la ventana la llegada del Raúl.

En ese momento, en medio del silencio, se escuchó el canto de la lechuza y la pobre María,
víctima de sus miedos y supersticiones exclamó estremecida:

-¡Ay mi taitita! ¿A quién se querrá llevar esa lechuza panteonera?

Empezó a resondrarla, pues dicen que cuando alguien escucha el canto de una lechuza tiene
que hacerlo para que no se lleve a nadie, es decir, que nadie de la familia, muera.

La pobre María, un poco más calmada, decidió sentarse en el petate tendido a un lado de la
sala. Sin embargo, en ese momento, vio una sombra que entraban en su cuarto. Ya se
imaginarán cómo se puso Maria. Se tornó pálida su cara y el corazón le latía fuerte, parecía
que la noche de ese martes trece se había propuesto atemorizar a la ingenua Maria, pero ella
armándose de valor se dirigió al cuarto a ver lo que pasaba y al ver que allí nadie había
entrado, se arrodilló y con mucho temor empezó a rezar. La oración más o menos fue así:

- Señor de Chocán, taitita lindo, no sé si me estau portando mal contigo, pero por favor no me
castigues así, tú sabes que soy bien miedosa, por favor Taitita acompáñame….y la oración
seguía pero ya no entendí más, pues María de los nervios, empezó a tartamudear.

Ya eran las diez de la noche cuando recién apareció el Raúl, todo empapado y al ver a la María
con cara de haber visto al mismísimo diablo, le preguntó:

-¿Qué tienes mujer, por qué estás así, tan asustada?

-Ay Raúl, no sabes lo que me ha pasau- le dijo María contándole lo que había ocurrido.

-Yo, mañana mismo, me voy donde mi compadre Mujica pa pedirle de favor que venga a la
casa y me le eche agua bendita, pues pa mí que aquí hay algún enterrau.

-Oye María, tú estás mal de la cabeza, cómo se te ocurre que aquí hay un muerto enterrau.

-Bueno, aunque digas que estoy loca, yo mañana mismito me voy a ver a mi compadre.- dijo
María dirigiéndose al cuarto.

Pero, ustedes no se imaginan lo que le sucedió al Raúl, mientras dormía. Sintió que alguien le
jalaba la colcha y pensando que era María, volteó a verla. María dormía como un tronco,
entonces el Raúl empezó a creer en lo que María le había dicho y lleno de miedo dijo:
-Mañana, yo mismo iré donde mi compadre Mujica. No le diré nada a María pa que no se
asuste más.

Al amanecer, cuando María se levantó, Raúl ya no estaba, pero pensó ¡seguro se ha ido
temprano a la chacra! y empezó a realizar sus quehaceres como de costumbre. Cuando
terminó de hacerlo, escuchó que llamaban a la puerta y fue a ver quién era.

Su compadre Mujica, estaba ahí, en persona.

-Qué gusto verlo por aquí, compadrito, hace tiempos que no lo veo y justito hoy día quería ir a
visitarlo -dijo María emocionada.

-Ay comadrita, es que decidí venir a darles una vuelta, porque siempre es bueno visitarse entre
compadres, pa ayudarnos y pa charlar un poco, y además hace tiempazos que no nos veíamos
ni las narices -decía el compadre Mujica tratando de explicar su extraña visita. Y es que en
realidad su presencia no había sido más que el cumplimiento de don Mujica al pedido del Raúl:

- Dese un tiempito y límpieme la casa, le había dicho el Raúl.

María lo hizo sentar en las sillas tejidas de la salita y empezó a contarle lo que había ocurrido.

Don Mujica fingiendo asombro le dijo:

-Oye María qué cosas tan extrañas están pasando en tu casa .Pero cómo es Dios, justo se me
ocurrió traer mi botellita de agua bendita, y bueno pues, ya que estoy aquí, aprovechemos pa
bendecir tu casita, porque para mí que aquí hay algún finau que anda penando.

Y empezó a bendecir la casa, mientras oraba tres credos, tres padrenuestros y tres ave Marías.

María lo seguía reverente cuando, de repente, escucharon unas voces que provenían debajo
de la cama, eran voces de niños.

El miedo, de nuevo, ganó a María y empezó a temblar.

- Cálmese, comadrita. Seguro son las ánimas que están saliendo de la casa. ¿No oye cómo
dicen ¡gracias, gracias! porque ahora sí van a poder descansar en paz?

Pero la cosa empeoró, la cama empezó a temblar, ahora ya no era María la única miedosa, sino
que el compadre Mujica, también empezó a tartamudear, de purito miedo.

Pero don Mujica se armó de valor y empezó a rezar más fuerte, invocando. a todos los santos.
Pasados treinta minutos y todo empezó a volver a la normalidad, María trataba de
tranquilizarse.

-María cálmate, ya pasó, lo único que falta es sacar al enterrau, para darle cristiana sepultura,
para que nunca más vuelva a penar.

-Pero….¿cómo sabremos en qué lugar está?- preguntó María

-No te preocupes, el muerto está enterrau debajo de tu cama, pues ahí se ha manifestau. A
más tardar mañana mismo, en la noche, lo sacamos, aprovechando que hay luna nueva. Hoy,
no se puede.

-Ay compadrito, háganlo lo más pronto posible, porque si esto sigue así me vu a volver loca,
compadre.
Cuando llegó Raúl, María corrió a contarle todo lo que había pasado.

-Si es necesario que saquemos al enterrau, yo mismo me ofrezco como ayudante de mi


compadre.

A día siguiente María estaba muy preocupada por lo que sucedería en la noche, sin embargo la
tranquilizaba el saber que después de darle la debida sepultura todo estaría mejor y ya nada la
asustaría.

La noche había llegado, ya estaban en casa: el compadre Mujica, el sacristán del pueblo, Raúl,
María y algunos vecinos que se habían ofrecido ayudar en el desentierro.

-Hermanos, no tengan miedo, esta alma necesita descansar en paz-decía el sacristán mientras
los demás iban desenterrando con palanas.

Por fin hallaron el cuerpo, había sido de una mujer, que por las marcas en el cuello, había
muerto ahorcada.

-Es Lourdes… sí, ya me acuerdo, cuando yo la encontraba en el mercau, siempre me decía, que
sufría mucho con su marido y que estaba harta de su vida ¿la mataría él o ella se ahorcó? -dijo
una vecina.

-Por eso, desapareció, sin dejar rastros -murmuraban los vecinos, que no salían de su asombro.

Al día siguiente, el sacristán bendijo el cuerpo con agua bendita y en la noche se hizo un rezo,
por el alma.

-Quién se iba imaginar, que debajo de la cama había un enterrau, y que era la Lourdes-decía
María, todavía impresionada.

Y enterraron el cuerpo en el cementerio del pueblo, y por fin el alma dejó de penar. La María y
el Raúl hasta ahora le ponen flores todos los domingos.
Cuando éramos churres
A las tres de la tarde, nos esperaban impacientes: “Lagartijo Mocho” y la “Guanga Ramírez”.
Uno con la pelota y el otro malhumorado con las camisetas.-Que jodienda. Si no vienen, nos
íbamos al río-. Nosotros sonrientes: No sean cojudos, no ven que la demora no es culpa de
nadie. Esa tarde teníamos un partido de fútbol en el colegio” Santa Rosa”. Recién habíamos
formado el club “Flamengo” y era nuestra primera presentación en público. Jugaríamos con el
Club “Los Aguiluchos”, que tenían como punta de lanza al “Flaco Dioses”, el mejor jugador del
Alianza Atlético y de la Selección de Sullana. Pero no importaba, confiábamos en la velocidad
de “Lagartijo” y en las arremetidas del “Chino” Arca. Esa tarde empatamos y contentos fuimos
a la plazuela Checa. “Gaña”, el raspadillero, nos había guardado hielo y jarabe de tamarindo.

-Once raspadillas-cabeza de abanico. Y “Gaña”, con su acostumbrada voz temblorosa:


Palomillas de M…Nosotros queríamos a “Gaña”; borrachito proyectaba un alma de infante, a
pesar de sus sesenta años. Era un hombre calvo y nos sorprendía cuando decía la hora
exactamente. En varias oportunidades lo observamos que miraba el sol y a veces hablaba
consigo mismo; pero nunca supimos cómo se llamaba y si tenía mujer o hijos. “Gaña”, era para
nosotros un viejo amigo que nos vio crecer por la plazuela desde churres. A mí una vez me
dijo: “Que grande que estás manetito.

Al oscurecer nos pedía que le ayudáramos a empujar su carreta celeste. Pesaba como
200 libras y una vez que tomaba viada, se iba solito hasta cruzar la plazuela Checa y perderse
de nuestra vista.

Al día siguiente muy temprano otra vez el raspadillero. Con su delantal marrón, nos dio
siempre la impresión que tenía pinta de carnicero. Durante el día raspaba con vocación el
hielo, trabajito diario que lo transformaba en un laboratorio, hombre apacible y patriarcal, lo
notábamos así hasta que aparecía tristona la tarde. Se le veía cansado y triste, con una palidez
sobresaliente. Si se emborrachaba al medio día nos fiaba la raspadilla. Y nosotros muy
campantes, le decíamos: 8,000 soles de raspadilla con todos los jarabes. “Gaña”, nos replicaba:
churres de M…

1958, nos tomó de sorpresa, a pesar de tener las primeras gilas del barrio Sur y de la
calle Bolívar. Había conocido a Griselda y era como si hubiese descubierto la emoción más
grande de mi vida. Cuando la veía gordita, con su colita de caballo y sus sandalias de verano,
me parecía una muñeca linda, salida de esos cuentos que me había contado la maestra cuando
era un elemental estudiante de primaria, con la timidez propia de los niños.

Ahora en el verano, podríamos distinguir mejor las sorpresas. Por aquellos días quise
tanto a Griselda, que la buscaba día y noche en la casa de Melitina. Los muchachos de la calle
Bolívar la enamoraban; pero estoy seguro que nunca les hizo caso. Cuando Griselda viajó a
Tumbes a pasar sus vacaciones, supe que “La Guango Ramírez”, la fue siguiendo enamorando
como un adulto. En Abril, supimos que había rebotado. Griselda, tenía su personalidad y era
muy emotiva; pero se ponía con una cara de vieja, cuando le hablaban de besos y abrazos.
Situaciones y cosas que las considerábamos las más hermosas del mundo. Era nuestra edad.

En su ausencia frecuentamos los chicheríos del barrio Buenos Aires; estuvimos casi todo
el verano escuchando en las chinganas a Lucho Barrios, nuestro cantante preferido con su
bolero “Marabú”. Siempre escuchábamos llorar a la señora que nos vendía la chicha.
Su hija mayor nos dijo: “Es por el desgraciado de mi papá “¿Y dónde está tu papá? No sé,
creo que con otra mujer. No te preocupes también el mío tiene otra, dijo “Buche Pavo”. Ese no
es un problema eterno. En Sullana, es común que un marido tenga su querida. La chica sonrió
y me dijo:- Mejor vamos a bailar merecumbé - Y yo como un alucinado botando mis energías
hasta las cuatro de la madrugada. A esta hora salíamos todos los machitos, después de haber
ingerido cinco tinajas de chicha y claro de maíz, el verano pasado.

Poco a poco, sinceramente nos sentíamos hombrecitos y lo supimos cuando estuvimos en


la casa de “Josecito”. Mi primo Mario había estado de lo lindo con una ecuatoriana y nos
contaba maravillas. El burdel mal pintado y hediendo anclado en la arena, nos causó
desilusión. Estuvimos como nunca inseguros; pero entramos y lo recorrimos minuciosamente
durante cuatro horas. La ecuatoriana del cuarto número ocho, toda desnudita tendida en una
cama rosada. Nos guiñaba el ojo y nosotros sacando pecho: ¿Lindura cuánto cobras? Y ella
empecinada guiñándonos el ojo izquierdo, ahora con más fuerza. Nos miramos y decidí entrar.
Para que no se diera cuenta de mi inexperiencia y del nerviosismo le dije. ¿Te gusta la Feria?.
Más o menos chico me respondió. Sin darme cuenta me había desvestido y todo flacuchento
frente a un espejo, miraba su agradable cara, sus voluminosos seños, su poderosa figura
morena, toda provocativa y tremendamente agresiva.

Estuve casi un siglo y me acarició tanto que me atreví a confesarle mi amor por Griselda.
Al final, me olvide por algunos momentos de la gila y descubrí que el sexo a mi edad costaba
treinta soles. Tenía catorce años.

Los muchachos estaban en el corralón de atrás y todos estaban asustados, porque la


policía se acercaba por la Gran Unidad escolar “Carlos Augusto Salaverry”. Nos jodimos
repetía”Lagartijo Macho”. No te preocupes. Total no nos van a encontrar a dentro de los
cuartos. Después de media hora, no había pasado nada. Nos contaron que los tombos iban en
busca de dos rateros que habían asaltado a un comerciante ecuatoriano. Los lunes y los
sábados bajábamos al río por la loma del canal, íbamos a buscar una playa y a jugar pelota con
los churres de la calle Córdova. Regresábamos al atardecer, justo cuando los gallinazos
tomaban democráticamente la sangre que salía de un tubo grande y oxidado, incrustado en
una peña. El camal, frente al puente se le veía, como una casa de campo rodeada de
frondosos y añejos algarrobos.

El valle del Chira, apetitoso, tropical y afrodisíaco, dejaba pasar por su territorio el agua
que se perdía para siempre en la bocana de Colán. Los pescadores sabían que en el mar se
enfrentaban día y noche y a toda hora con el río que, rencoroso llegaba acompañado de palos,
cerdos muertos y aves de toda clase. El Chira, venía torrentoso con sus víctimas y su furia.
Nosotros sabíamos que era un criminal y malvado, que no respetaba ninguna invocación, ni
cosa parecida. El Chira era temible y en Marzo traía toda la furia reprimida y violenta. Su cauce
era monstruoso y asustaba a todos los distritos cercanos. Y no era para menos. Una noche
entró sin permiso al pueblo de Amotape y en un par de horas destrozó el cuarto de todas las
casas que con mucho esfuerzo habían sido levantadas por los campesinos del lugar. En Febrero
del año anterior la lluvia fue inmensa y larga que aumentó el caudal asombrosamente. Cinco
millones de litros por segundo era el promedio de los aforos. La lluvia, dañina formó inmensos
charcos de agua en la calle Tarapacá, a la altura del local del club “Jorge Chávez”.
Al comienzo se pensó que era un aguacero pasajero y oportuno. A mediados del mes, el río
fue ensanchándose y como buscando el mal sacaba de raíz los primeros cocoteros que
encontraba a su paso. Pero sus víctimas eran niños y jóvenes que inocentemente se metían en
busca de sus aguas. Su deseo era provocar duelos y sentirse odiado. Siempre creyó tener
dentro un alma antigua y maldita.

Nadie podía detener su rugido y su velocidad. Ni como desviarlo a otro cauce. Nosotros
desde las lomas amargas y molestísimo, requintándole por las playas. Nos retirábamos
mentándole la madre, como si la tuviera. Empecinados en desafiarlo, nos tirábamos del mismo
puente que miedoso se moría de nervios. El Chira, con sus remolinos entre nuestras piernas
como jugando, como diciéndonos: No tengan miedo. Vengan más acá. No les haré nada. Pero
sabíamos que iríamos a la muerte. Nunca logró convencernos, por eso cada vez aumentaba su
rabia.

Nosotros sabíamos que Marzo era el tiempo de duelo y de la muerte. “Gaña”, se


preocupaba, cuando nos veía sin zapatos y con la pelota debajo del brazo. Él sabía que iríamos
al río a jugar cerca de su orilla y que luego teníamos que darnos nuestro acostumbrado baño
de verano. De tanto replicarnos, se encariñó con nosotros. Siempre nos decía: Cuidado con el
río.

En el primer trimestre del año, era una costumbre hablar del Chira, hablar de ahogados y
de tragedias; era también una buena razón para prolongar la conversación después de la
comida. En otoño, sin embargo el río era diferente. Su crueldad se reducía a producir un lento
ruido sobre el cauce. En esta época, solían las familias de Sullana, irse a pasar un día de campo,
junto a sus orillas y tomaban fotografías desde el pasamayito, donde el valle era deslumbrante
e infinito como un cuadro de Van Gogh.

Pero el Chira, ahora crecido y temible era distinto, atormentado, como un loco se
proponía arrasar a quien lo desafiara. Pasaba debajo del puente con sus traumas y silbaba
rencoroso al pie el puente; por las noches se reía sarcásticamente y agazapado no podía
ocultar sus malas intenciones. No le importó nunca que lo conociéramos así. Y nunca se
arrepintió que la gente sufriera o que los campesinos tuvieran que pagar tantos daños
causados por su furia.

El “Gorila”, que tenía fama de ser el mejor buceador del río en los últimos veinte años,
nunca pudo atraparlo. Y cuando hizo para tenderle una tradición. Hasta en el otoño quiso
sorprenderlo cuando las aguas eran mansas. El “Gorila”, era su presa número uno y no lo
quiso nunca, lo odiaba y lo maldecía. Y es que nunca le dio la oportunidad de caer en la
trampa.

Era una tristeza encontrar la noticia en la casa “Se ahogó tu amigo Yarlequé”

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