Cosas de Papá y Mamá
Cosas de Papá y Mamá
Y MAMÁ
ALFONSO PASO
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Personajes:
Bolt
Elena
Luisa
Leandro
Julio
PROLOGO PRIMERO
Una mujer vestida con sobria elegancia, surge por el centro del pasillo de butacas. Tal vez se
haya levantado de una de ellas, aunque al principio, por su aspecto corriente y normal, no nos
hayamos dado cuenta. Se dirige al público repitiendo con cierta frecuencia un ademán
“personal e intransferible”: la mujer se quita y se pone las gafas, de gruesa montura, con
relativa insistencia. Es, por tanto, mujer nerviosa, gran lectora y, a pesar de su aparente
desenvoltura, una persona tímida.
BOLT: Buenas noches. Disculpen que me presente así. Quería haberme puesto
una ropa más seria. Pero siempre me sucede lo mismo. Como buena española,
llego tarde al teatro. Soy Juana G. Bolt. Eso de la G punto es un truco que
hemos importado de Norteamérica, junto al aceite de soja y las ventas a plazos.
La G punto da importancia. ¿Cómo se llama usted? Juana G punto. ¡Anda! G
punto. La gente tiembla. ¿Qué hay detrás de la G punto? A las G punto les pasa
como a las viejas, que casi siempre esconden una tontería. En este caso, la
tontería es Gómez. Juana Gómez Bolt. Española, médica y lo suficientemente
rica como para no tener coche, ni nevera ni cocina eléctrica. Médica. En
realidad, vengo a contarles un caso clínico, sin más importancia. Figura en lo que
llamo Carpeta B. En esta carpeta incluyo los enfermos sin más ni más. ¿Qué
enfermos son esos? Bueno. Tratase de unos seres que acuden a las consultas
diciendo que les duele el hígado, los riñones, el pecho, la espalda. Se les
examina. No hay motivo. “Usted no tiene nada”, se les dice. “Doctora que estoy
muy malo. Doctora que me muero”. “¿Pero cómo va usted a morirse si no tiene
nada?” “Doctora que me acabo como una velita”… “Que no hombre, que no puede
usted morirse porque no tiene nada.” Un día, el médico, caminando tras el
féretro donde va su cliente, solo acierta a repetirse: “Pues se ha muerto. Y no
tenía nada”. Yo era de esas médicas. Pendientes de la pantalla. Sacando sangre
a diestro y siniestro… ¡He llegado a analizar hasta las uñas de mis enfermos!
Hubo una cosa que no analicé nunca: el alma. Y a la vista de una señora que se
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había ido al barrio ese, gracias a Dios, poco comunicado, se me ocurrió
preguntar una tontería a la familia: “¿Tuvo algún disgusto serio con su marido?”
La respuesta fue terrible. “Hace seis meses que la dejo” Diagnostiqué a la
velocidad del rayo. “¿De qué ha muerto doctora?” “De pena”. “¿Como de pena?”
“Tenía una infección” “Tenía ganas de cogerla”.- repuse- “Pero hay unos
microbios”. “Si el marido hubiera estado junto a ella, se ríe de los microbios”.
Hoy firmo actas de defunción diciendo: “Fulanito de tal murió a causa de cinco
letras con gastos”. “Menganito de cual ha fallecido a causa de la jubilación”.
“Zutanito nos dijo que estaba cansado de ir a la oficina y tener broncas con su
mujer y que viviéramos nosotros porque él no estaba para eso”. Así
sucesivamente. Porque vivir representa un tremendo esfuerzo de voluntad.
Hace dos años tuve ocasión de comprobarlo en la más extraña, divertida y
fantástica historia de mi Carpeta B. (Ha subido al escenario y se sitúa junto al lateral
derecho) El asunto empezó como empiezan las cosas poco respetables: un día de
primavera. Estaba yo en mi despacho, pasando la consulta…
SE ALZA EL TELON
PROLOGO SEGUNDO
El foro, ocupado por una gran cortina de “Americana”. Hacia la derecha, dejando a la izquierda
tres cuartos de escenario aproximadamente, hay – en esquina – una puerta que da paso al
despacho de G. Bolt. En la derecha, una mesa – leve y fácilmente transportable -, un sillón tras
ella y una silla delante. En la izquierda, - casi la totalidad del escenario, como hemos advertido
-, hay un sofá, dos silloncitos y una mesa redonda, con periódicos, sobre la que advertimos un
búcaro de cristal con una rosa casi seca.
(Al alzarse el telón G. Bolt, ha quedado, pues, incluida es su despacho. Sentada en el sofá,
ELENA. Ya no cumple los cincuenta. Vestida con desgana y absoluta dejadez. Un poco
descuidado el pelo. Junto a ella, LUISA. Veinte años, atractiva, bonita. Viste al modo
“utilitario”, según los usos de la época. No por ello resulta menos femenina, aunque, preciso es
confesarlo, si menos dulce, lejana o misteriosa. G Bolt ha desaparecido momentáneamente por
la derecha)
ELENA: (Repentinamente lanza un suspiro largo y profundo) Ayyy... (Luisa la mira con
impaciencia mientras ojea el periódico)
LUISA: Bueno...
ELENA: (En un bisbiseo) bis, bis, bis, bis…
LUISA: ¡Mamá levanta la voz no hay forma de oírte!
ELENA: (Muy débil, muy desinteresada) ¿Que ha hecho hoy Corea del Norte?
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LUISA: Es muy largo de contar, se opone a la conferencia de desarme
ELENA: ¿Qué van a desarmar?
LUISA: Desarme mama, hay que rebajar las fuerzas armadas de todos los
países. Europa tiene que garantizarse una paz duradera. Si Europa.
ELENA: Hija, me importa un pito Europa.
LUISA: Entonces ¿para qué preguntas...?
ELENA: Porque si te pregunto la hora me dices las cinco, y se acabo.
LUISA: ¡Mamá!
ELENA: ¡No me quieres Luisita! ¡No me quieres......!
LUISA: ¡Bueno!
ELENA: Estoy más sola que un hongo. Desde que murió tu padre más sola que un
honguito. Apenas te veo.
LUISA: Tengo que trabajar.
ELENA: No te hace falta pero tienes que trabajar. Mi hija es licenciada en
Filosofía y Letras. Da clases. Y siempre está con las clases
LUISA: Me redimiré de eso. Ya sabes que las academias te explotan. Algún día
pondré mi propia academia.
ELENA: Pero si no lo necesitas, con mi renta…
LUISA: ¡Hay que garantizarse un porvenir! El hombre se justifica trabajando,
creando riquezas.
ELENA: Si ni siquiera te casas. ¡Si te casaras por lo menos yo tendría un yerno
con quien distraerme peleándome! ... ¡Me muero Luisita, te lo advierto, me
muero!
LUISA: ¿Quieres leer otra vez la carta del Dr. Aguirre? (Blande un papel en su
mano.) No tienes nada en el hígado.
ELENA: ¿No? Pero me mareo y me duele aquí (se señala el abdomen, hacia la derecha)
LUISA: Tampoco tienes nada en el estomago
ELENA: ¿No...? Pues me late. Si, si me late el estomago
LUISA: ¿Pero cómo te va a latir el estomago? ¡Lo que late es el corazón!
ELENA: (Confidencial) Si yo te dijera que lo que no me late es el corazón…
LUISA: ¡Mama!
ELENA: ¿Y por qué se me duermen las piernas? Eh? ¿Y por qué en cambio, yo no
me duermo?
LUISA: Estas sana mama, estas perfectamente sana. Lo dice el Dr. Aguirre que
ha estudiado 7 años para decirlo.
ELENA: Me las piro Luisita. Te dejo.
LUISA: ¡Ay, mamá que agonía! Si tienes 47 años.
ELENA: ¡¡50!!
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LUISA: Bueno 50, Eres joven.
ELENA: Soy una vieja. Y tú lo sabes. Estoy mandada a retirar y en cuanto
termine los cien lunes a San Cipriano, me retiro.
LUISA: ¿Que quieres, un viaje? Te llevo a Alicante, al mejor hotel.
ELENA: (Sin ilusión). Alicante…
LUISA: A Paris.
ELENA: (Despectiva) ¡Paris!
LUISA: Mama, es una cosa inolvidable Paris en primavera.
ELENA: (Con un gesto de desdén) Primavera…
LUISA: ¡Dios mío! He dejado una clase por acompañarte, ahora voy a telefonear
dejando otra, estoy a tu lado, me tienes contigo. (Irritada ya) Esto no puede
seguir así. ¿Qué más quieres mama? Tienes dos casas, una renta magnifica.
Puedes vivir como un rajá.
ELENA: ¡Niña no me faltes!
LUISA: Bueno ¡como una reina! El otro día te tocan los ciegos.
ELENA: (Con su habitual desdén) Los ciegos…
LUISA: Y en la penúltima Navidad coges 20.000 euros del gordo.
ELENA: Yo no las cogí, me las dieron. De sobra sabes que tu madre no tiene
fuerzas ni para coger un lápiz.
LUISA: Donde pones la mano brota dinero.
ELENA: La pongo en tan pocos sitios.
LUISA: Y para colmo estas mejor de salud que yo.
ELENA: (Ofendida) ¿Mejor? Tú no sabes lo que dices.
LUISA: Lo dice el Dr. Aguirre.
ELENA: El Dr. Aguirre es una tortuga con bata blanca.
LUISA: ¡Mama por favor!
ELENA: ¡Ah las batas blancas de algunos médicos! Como se refugian en ellas
para impresionarnos. Porque no recetan de paisano eh? ¿Por qué se tienen que
vestir de uniforme para recetar?
LUISA: Estas diciendo una sarta de tonterías.
ELENA: ¿Yo?
LUISA: Si, tu.
ELENA: ¿Tu madre? Demasiado sabes que no tengo fuerzas más que para decir
cosas sensatas. ¡No me quieres...!
LUISA: ¡Ayyyy, señor...!
ELENA: Me muero, vaya que si me muero.
LUISA: ¡¡¡¡Ya basta mamá!!!!
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(Ha sostenido este dialogo en voz alta, llegando a acalorarse. De pronto ELENA muy dulce,
musita)
(Por la izquierda, entra JULIO, tirando del las manos de LEANDRO. JULIO es un muchacho
que acaba de cumplir los 25 anos. Aspecto serio, formal. Arrastra como ya he dicho a
LEANDRO. Es su padre. Ronda los 55. La verdad, está hecho una lástima. Vestido con desgana,
con descuido. El pelo le cae como una cascada sobre las orejas. Lleva un lastimoso bigote con
las guías caídas y lacias)
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(Se retira fastidiada, en el momento en que JULIO ha sentado a su padre en el sofá. ELENA
y LEANDRO ofrecen un aspecto lastimoso. Miran ambos al frente con la vista fija en el vacío)
ELENA: Hija si estaré mal, que creo que tengo un señor al lado.
LUISA: Es que tienes un señor al lado.
ELENA: (Mirando) Pues es verdad. Buenas tardes. (LEANDRO no contesta) Buenas
tardes. (Un poco quemada) ¡Buenas tardes! ¡Qué grosero!
LEANDRO: No, es que soy sordo. Y me ha cogido usted del lado malo. ¡De ese
oído no oigo nada!
ELENA: ¿Y del otro?
LEANDRO: Muy poco. Le parecerá a usted una tontería, pero de este cuando
oigo mejor son los lunes, miércoles y viernes.
ELENA: ¡Ah!
LEANDRO: Si pudiese conseguir que se me arreglara este los martes, jueves y
sábados…
ELENA: Los domingos, ninguno, así no oye los resultados de los partidos.
LEANDRO: Eso.
ELENA: Bueno, pues perdone usted.
LEANDRO: Disculpe, no la oigo.
ELENA: ¡Que perdón!
LEANDRO: Ah, nada, nada.
(Se callan. JULIO ha tomado una revista y lee. LUISA le imita. Un silencio. Suspiro largo,
tremendo de ELENA. LUISA echa una mirada a su madre por encima del periódico. De pronto
LEANDRO empieza a toser de una manera terrible. Es una tos bronca, continua, con silbidos al
aspirar el aire, que lo agitan convulsivamente. JULIO se levanta con resignación, se acerca a
su padre y le alza el brazo derecho. En el acto cesa la tos. JULIO le baja el brazo con
cuidado. A mitad de camino LEANDRO empieza a toser de nuevo y JULIO el vuelve a subir el
brazo. Cesa de toser LEANDRO. JULIO le baja el brazo con precaución y luego se sienta.
Consulta el reloj.)
(Se estrechan la mano. Los padres observan fijamente, sin decir nada)
(ELENA y LEANDRO empiezan a hacer “sus cosas” para que los muchachos les atiendan.
ELENA repite su suspiro con el soniquete de “Ay Jesús mío, que poca cosa somos y como todo
se termina” mientras LEANDRO se pone a toser con un entusiasmo digno de mejor causa, todo
ello bajo el dialogo de los muchachos y sin que ellos les hagan el menor caso).
JULIO: ¡Y lo que son en algunas academias! Que si se llega diez minutos tarde…
LUISA: A mi me descuentan los retrasos.
JULIO: Ah pues eso debe denunciarlo al colegio de licenciados.
LUISA: No crea, muchas veces he pensado en poner mi propia academia. Es un
negocio redondo.
JULIO: Bueno, pues avíseme, aquí tiene un socio.
LUISA: Pues seria cosa de atreverse.
JULIO: ¿Dinero?
LUISA: Al cincuenta.
JULIO; Para empezar, veinte mil euros.
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LUISA: Sobra. El material a crédito.
JULIO: ¿Descuento?
LUISA: En Bankia.
JULIO: En Banesto. Yo empiezo a moverme. Hay una planta en Leganitos que
conviene.
(Han sacado dos cuadernitos y sin encomendarse a nadie empiezan a apuntar sus teléfonos).
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LUISA: Sí, a la entrada.
(Y desaparecen por la izquierda. Los dos padres los han visto marchar. Se inclinan suavemente
para no perder detalle. Luego sonríen pálidamente)
(LEANDRO lo toma)
(Se abre un poco el escote e invita con un gesto a LEANDRO para que apoye su oído en el
pecho. LEANDRO se queda mirando el escote atónito, perplejo. Lo mira con simpatía, con una
sonrisa agradable en los labios)
LEANDRO: Yo…
ELENA: Acérquelo. (LEANDRO obedece y coloca su oído en el escote de ELENA) Que,
¿nada verdad?
(Va a retirarse)
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ELENA: Lo ve usted. (LEANDRO retira la cabeza a su pesar) El doctor Aguirre dice
que sí, que late. ¿Cómo andamos del hígado?
LEANDRO: Muy mal.
ELENA: ¿Drenol?
LEANDRO: Yo me voy tirando con la Eparema.
ELENA: A mí la Eparema no me hace nada. En cambio me entona mucho el Calcio
Geve con vitamina D.
LEANDRO: ¡Ah sí! Unas pastillas así color mesa de despacho.
ELENA: Depende de cómo sea el despacho.
LEANDRO: Clarito.
ELENA: Esas. ¿Le molesta el estomago?
LEANDRO: Del estomago, prefiero no hablar.
ELENA: Hectonona Orba… Un polvillo blanco. Después de cada comida. Hágame
caso… ¡Extraordinario! Todas las que hacemos la novena a San Roque lo
tomamos. Lo recomendé yo. ¡Atención! Ahora vuelve a latir.
LEANDRO: ¡A ver, a ver!... (Ha acercado el oído con tanto interés que ELENA se
sorprende. Lo mira. LEANDRO lo nota descubierto y la mira a su vez. Algo acaba de nacer.
Algo extraño, tremendamente tierno y tragicómico. ELENA lentamente, decide acceder. Con
lentitud, abre un poco su escote, y LEANDRO, como un crío culpable, acerca su oído al pecho
de ELENA). Si, si ahora sí.
(Se retira. Ambos se miran. LEANDRO sonríe y ELENA instintivamente comienza a retocar su
pelo, mientras dice)
ELENA: Ahora mismo no me circula la sangre en las piernas. (Se da un masaje con
vigor. LEANDRO se dispone a apuntar pero la ira con el rabilo del ojo las piernas. ELENA se
siente mirada. LEANDRO ha terminado de apuntar)
LEANDRO: Ya está. Iodopipelis… (Lee de nuevo) ¿Que he escrito yo?
ELENA: Iodamelis!
LEANDRO: Eso. Iodamelis!
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ELENA: (De pronto) ¿Casado?
LEANDRO: Viudo y ¿Usted?
ELENA: Viuda (Y empieza a arreglarse el pelo con más decisión e intensidad que antes. De
pronto, dispara) ¿Sin compromiso?
(A LEANDRO le da un golpe de tos. ELENA le levanta el brazo rápidamente. Cesa la tos. Y ella
deja caer el brazo lentamente)
(Pausa)
ELENA: ¿Guapa?
LEANDRO: Muy guapa. (ELENA tuerce el gesto) Mire… esta fotografía se la hizo
cuando…
(Se la tiende. El la coge. Se miran con una intensidad tremenda. G. Bolt ha abierto la puerta)
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BOLT: ¡Que pase el primero! (Los observa. No oyen nada) El primero.
ELENA: Sí, soy yo. (Da dos pasos hacia la puerta. En un susurro) ¡Iodamelis!
LEANDRO: ¡Iodamelis!
ELENA: ¡Y Drenol!
LEANDRO: Y Drenol.
ELENA: Calcio Geve con Vitamina D.
LEANDRO: Calcio Geve con Vitamina D.
(¿Qué ocurre? Los nombres de estas medicinas cobran en los labios de ambos la sustancia de palabras
amorosas. Parecen arrullarse con nombres de medicamentos. ELENA andando con lentitud hacia la
puerta y el mirándola fijamente).
(Va a entrar ELENA en la consulta. Se detiene. Se vuelve hacia LEANDRO y dice suavemente)
(Cae lentamente el telón. G. BOLT ha aparecido, casi de inmediato, por la derecha. Se dirige al
público mientras realiza un ademán automático de despojarse de las gafas para cabalgarlas
segundos después sobre la nariz)
(G. BOLT desaparece por la derecha, al tiempo que empieza a alzarse el telón).
ACTO PRIMERO
Salón en casa de LEANDRO. Un arco, al foro, que abre paso a un corredor con salida a la
izquierda. En el foro también, hacia la derecha, ventanal con terracita y balaustrada. En
frente, terracita gemela con parecido ventanal, pertenecientes al comedor de ELENA.
Derecha e izquierda puertas. Mobiliario corriente, de buen gusto, sin excesos. Un sofá,
butacas, bar, mesita. En un búcaro, unas rosas algo ajadas y caídas por el calor. Tocadiscos.
Algo nos extraña, sin embargo. Tratase de los colores. Del color, mejor dicho, porque todo lo
que hay en escena absolutamente todo, es verde. El tapizado de los muebles, las pantallas, las
cortinas, la alfombra, la moqueta, las puertas, hasta los tiestos de la terraza, pasando por el
teléfono y el tocadiscos.
Una pausa. Por la derecha, sale LEANDRO. Notable cambio en su aspecto. Rebosa lozanía,
buen color y firmeza. Ha peinado sus cabellos de sabia manera. El bigote enhiesto y arrogante.
Va vestido de pies a cabeza de verde. Un verde peligrosamente parecido al que reina en todo
el cuarto. Se muestra un poco nervioso. Otea la terracita de enfrente con interés. Saca un
enorme pañuelo verde y lo perfuma con un esenciero de bolsillo. JULIO hace su aparición por
la izquierda.
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JULIO: A esta habitación. Parece un poema a la clorofila. De verdad, me va a
dar algo.
LEANDRO: Será que estas pocho. Porque yo me encuentro perfectamente aquí.
JULIO: Pero, bueno ¡qué locura te ha entrado de pronto! En tres días has hecho
que pintaran el salón, que tapizaran… los muebles, hasta el teléfono… mira como
lo has puesto.
LEANDRO: Esta precioso. Cuando lo coges, parece que te llevas al oído un junco.
JULIO: De verdad. Pon algo colorado o azul. Esto es de obsesión. ¡Hasta el
traje!
LEANDRO: ¡Me gusta el verde!
JULIO: ¡Pero tanto!...
LEANDRO: Estas anticuado. No sé si has oído que se lleva el “Tout d’une meme
facon”. Vamos, todo de amarillo, o de blanco… el saloncito persa, el saloncito
árabe… Esto es lo de hoy, lo nuevo. (Le da la mano) Buenas noches.
JULIO: No me voy todavía.
LEANDRO: (Inquietísimo) Oye Julito, estás haciendo esperar a esa muchacha. Un
caballero, y más si se interesa por una señorita…
JULIO: ¿Qué estás diciendo?
LEANDRO: Que si un caballero se interesa por una señorita...
JULIO: ¿Que dices? ¿Interesa, como?
LEANDRO: Como se interesan los hombres por las mujeres…
JULIO: Oye papá… ¿Que es lo que ocurre? ¿Has sido tú el que me has
combinado esta cita?
LEANDRO: ¿Yo?
JULIO: Sí tú. Te has empeñado en que salga esta noche.
LEANDRO: Hijo mío. Yo me hago cargo de lo que es la juventud.
JULIO: ¡Qué juventud, ni que porras! Desde ayer me estabas preparando esta
salida.
LEANDRO: Julio a mi no me tienes que explicar nada. ¡La chica es una
preciosidad!
JULIO: Tengo mucho que hacer como para preocuparme de esas cosas. La
semana que viene abrimos la academia.
LEANDRO: (Picaron) Bueno, pero la noche...
JULIO: ¿Qué pasa con la noche?
LEANDRO: (Guiñando el ojo) ¡La noche...!
JULIO: ¡Qué haces con el ojo!
LEANDRO: ¡Lo guiño, no te das cuenta! (picaron) ¡La noche…!
JULIO: Papá…, crees que estamos en tus tiempos. ¿Qué tiene que ver la noche?
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Tú dices “la noche” y yo te contesto “las ocho de la mañana que es la hora que
tengo que levantarme todos los días.
LEANDRO: Pero mañana, no.
JULIO: Mañana a las siete y media. Llegan las mesas y el material al piso y
tenemos que disponerlo.
LEANDRO: (Fastidiado) ¡Cuerno! ¡Alguna vez echarás una canita al aire!
JULIO: El domingo pasado nos fuimos a la sierra en moto.
LEANDRO: (Sonriente) ¡Ah, el campo!
JULIO: Es difícil llevar la moto con tanto tráfico por la carretera. Que si un
claxon por aquí, que si por allá se te mete un camión…
LEANDRO: (Picaron, insinuante) Pero luego, el campo…
JULIO: Al llegar tienes los nervios desechos. Nos tomamos un café y nos
volvimos. Vuelves con los nervios destrozados.
LEANDRO: ¿Y eso es una cana al aire?
JULIO: (Sin mucho entusiasmo) Hombre, se va uno de la ciudad.
LEANDRO: Tal como tú lo cuentas, parece el desembarco de Alhucemas.
JULIO: Se toma el aire.
LEANDRO: ¡Gustándole a la chica!...
JULIO: Quiero advertirte que la chica es un socio comercial. Y sólo eso. Ni yo
le intereso como hombre, ni ella a mí como mujer. Tenemos que trabajar. Eso es
todo.
LEANDRO: Pero teniéndola tan cerca… la cintura… ¡esos bracitos estupendos…!
JULIO: ¿Tiene los bracitos estupendos?
LEANDRO: Si.
JULIO: De verdad que no me había fijado. No tengo tiempo para eso. Hay que
trabajar.
LEANDRO: Ya. Pues, nada, a trabajar.
JULIO: Eso.
LEANDRO: ¡Deja, deja! (Se atusa el bigote y responde con cierto aire mundano.) ¿Aló...?
(Con desencanto) ¡Ah ah, sí! En seguida se pone. (A Julio) El socio.
JULIO: Si. (Mientras habla echa bicarbonato en un vaso mediado de agua, lo agita y bebe
después) Iba a hora a recogerte. Si ya sé, a las siete y media. Bueno, daremos un
paseo y volveremos en seguida. O te vienes aquí a tomar café… ¿Cómo? ¿Que tu
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madre te ha sacado entradas para el cine? ¡Pero si no hay humor para ver cine!
(LEANDRO teclea en la mesita, como ajeno a la cuestión) ¡Qué idea tan descabellada!
¿“El Puente sobre el río Kwai”? ¿Quiere que vayamos a ver esa película? ¡Eso
termina a la una y media! (LEANDRO tose discretamente.) Bueno. ¡Se pueden
devolver las entradas y ya está!
LEANDRO: ¡Te prohíbo que lo hagas!
JULIO: Espera. ¿Qué pasa ahora...?
LEANDRO: ¡La ilusión con que esa pobre mujer habrá sacado las entradas!.... Me
la figuro comprándolas "Dos de la fila 12, pasillo. Que sean mulliditas, que estén
muy bien” Y luego con la voz temblorosa: “¿A qué hora empieza? ¿A las once? A
las once estarán aquí. Mi hija no se queda sin ver El puente sobre el río Kwai”. ¡Y
luego de vuelta con sus dos entraditas en la mano, tarareando: “Ta, ta, ta, ta…!
A qué hora sale el Crucero. ¡Es un crimen lo que hacéis con esa pobre mujer!
JULIO: ¡Pero papá hay que trabajar!
LEANDRO: Tú tienes un injerto alemán. ¡Qué manía has cogido con el trabajo!
JULIO: Pero…
LEANDRO: Lo comprendo, ¡hay que trabajar! ¿No he sido yo el primero en
garantizarte los créditos y las letras y esas garambainas para que trabajes?
Pero es que lo tuyo no es trabajar, lo tuyo es complejo. Supongo que el trabajo
puede ser compatible con la galantería. Acuérdate de lo que digo: "Si no vais al
cine se va a armar una gorda, pero bien gorda". ¡Qué desagradecimiento! La
pobre mujer. “Ta, ta, ta, ta” Y tú, “Hay que trabajar, hay que trabajar”
JULIO: Esta bien. (Al teléfono) Oye vamos a ver esa condenada película.
LEANDRO: Además, en el descanso podéis hablar del trabajo.
JULIO: (Al teléfono). Sí yo paso a recogerte. Conseguí a 30, 60 y 90 días. Sopena
no hace descuento, pero es el mejor material que he encontrado. Ya te contare.
¿Tienes jaqueca? Me lo explico. ¡Con estos trajines!... ¿Mi ulcera? Igual hija,
¿Tu madre? (Asombrado) ¿Haciendo gimnasia? ¿Qué ha estado haciendo
gimnasia? ¿Y el corazón? ¿Bien gracias? Bueno, mejor es así. Hasta ahora.
(Cuelga) No me lo explico. ¡Qué cosas tan raras! Hace unos días estaba
muriéndose. La doctora Bolt debe ser una maravilla.
(Y sin más rodeos, lo echa de la escena por el arco. Se atusa el bigote y se pone a mullir el
sofá. En tal operación lo encuentra JULIO que vuelve y observa a su padre con cierto recelo)
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JULIO: ¿Y tus piernas?
LEANDRO: ¡Ya te he dicho que me encuentro mucho mejor! He subido silbando.
Un hombre enfermo no silba.
JULIO: Lo terrible no es que silbaras, si no que estabas silbando la marcha de
“El puente sobre el río Kwai”
LEANDRO: ¿Ah, sí?
JULIO: Me lo ha dicho el portero.
LEANDRO: Está de moda. Como ser tonto. No voy a ir contra la corriente.
JULIO: Que raro me suena todo esto.
LEANDRO: Son casi las once. Vais a llegar empezado, y te pierdes las
inundaciones en California. Hala, hala, a padecer. El mundo es de los jóvenes.
¡Venga! (Y lo echa de nuevo por el arco. Suena una puerta. LEANDRO retorna a escena.
Consulta el reloj. Apaga la luz general y deja la escena alumbrada por tres pantallas, que
prestan a la habitación una luminosidad intima y difusa. Sonríe satisfecho. Da de nuevo la luz
general. Toma unos discos, los revisa. Se muestra satisfecho. Ahora toma un pulverizador y se
dedica a esparcir perfume por el aire. En el búcaro donde reposan las rosas, echa cuatro
Aspirinas que ha sacado de un tubo. Mientras, consulta un libro de tamaño regular. Repite
como intentando aprenderlo). “La vida es el espacio que hay entre dos inscripciones
en el Registro Civil. El amor es el espacio que hay entre un “dile que me pongo en
seguida y un dile que no estoy”. (Y suena el timbre de la puerta. LEANDRO se atusa el
bigote. Cuando sale por el arco, casi pide el acompañamiento de la marcha de Guillermo Tell.
Una pausa. Vuelve a entrar. Se sitúa junto al sofá y dice triunfante) . ¡Adelante!
(ELENA penetra por el arco. Del cambio que se ha producido en esta mujer nos gustaría
hablar mucho. Ha cuidado su atavío, nuevo y elegante, hasta la exageración. Nos admira el
peinado, a la moda, y el calzado de tacón alto y esbelto. Se maquilló el rostro sabiamente.
Mentiríamos, sin embargo, si no dijéramos que todo en ella tiene un aire conmovedoramente
“demodé”. Esta graciosa, atractiva; pero un poco pasada de época. Nada más entrar, medrosa
y pálida, se tambalea y exclama)
(Todo esto resulta ridículo. Es una tierna escena de conquista, de amor con sabor antañón. Tal
vez como hubiera podido ocurrir en 1915.)
ELENA: ¿Estamos...?
LEANDRO: Solos...
ELENA: ¿El servicio...?
LEANDRO: ¡Le di permiso!
ELENA: ¿Usted será...?
LEANDRO: ¡Un caballero!
ELENA: ¿Puedo...?
LEANDRO: Fiarse...
ELENA: Mañana...
LEANDRO: Hoy no es mañana. Elena. Mañana será otro día.
ELENA: Eso lo he oído yo en alguna parte.
LEANDRO: Me gusta decir frases. No tema.
ELENA: Preguntaba, que va a pensar de mi mañana.
LEANDRO: Esto no es ni mucho menos un pecado. Hemos querido vernos,
charlar un poco en la intimidad, sin moscones… se le ocurrió mandar a su chica al
cine…Combinamos todo con el mayor respeto. Me costó una barbaridad que me
entendiese por teléfono. Cuando yo le decía: “Nos veremos en mi piso”. Usted
entendía: “Estoy en Torrelodones”. No sé por qué. No hay nada indecente, como
ve.
ELENA: ¡Pero esta es la casa de un hombre!
LEANDRO: Lo dice Usted como si fuera el Molino Rojo.
ELENA: Estoy con un hombre a solas. Esa es la situación. ¡Si mi marido me viera!
El, tan serio, tan formal, tan probo…
LEANDRO: ¿Era probo?
ELENA: ¡Pobrísimo! Ayúdeme usted a tenerlo siempre presente. Como si
estuviera aquí, entre los dos. ¡Usted, él y yo!
LEANDRO: ¿Los tres?
ELENA: ¿Va a ser mucha gente, verdad?
LEANDRO: No. La ayudare a tenerlo presente.
ELENA: Yo le ayudare a tener presente a Julita. ¿Era una santa, verdad?
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LEANDRO: ¡Un ángel!... ¡Cosía!
ELENA: ¿Bien?
LEANDRO: No hacía más que eso. ¡Por la mañana, coser; por la tarde, coser; por
la noche, coser! A veces se levantaba de madrugada… ¿A qué, dirá usted?
ELENA: ¿A coser?
LEANDRO: A coser.
ELENA: ¡Qué señora! Y ¿a qué santo tenia devoción?
LEANDRO: A San Luís.
ELENA: Influencia francesa, ¿eh?
LEANDRO: Se había educado en Saint Louis des Francais…
ELENA: Pues desde ahora estaremos siempre los cuatro juntos.
LEANDRO: Usted manda. (Acercándose a ella, atusándose el bigote.) ¿Cómo tiene
usted el corazón?
ELENA: Oh! ¡Bien, perfectamente!
LEANDRO: Ya ve…, a mi me parecía que…
ELENA: Llevo unos días muy mejorada.
LEANDRO: ¿De verdad no necesita que se lo escuche?
ELENA: Le aseguro que no. (Por las rosas) ¡Ah, rosas!
LEANDRO: Pero un poco secas.
ELENA: Pero huelen más.
LEANDRO: La que usted me dio la he guardado dentro de un libro.
ELENA: ¿Un libro respetable?
LEANDRO: La “Historia de España” yo soy muy tradicional. Pero si no le gusta,
la cambio de libro.
ELENA: Las rosas son mi capricho. Soy muy caprichosa, muy antojadiza. Cuando
estaba en estado interesante, que es ese estado en que las mujeres estamos
menos interesantes…, bueno, no se puede usted hacer una idea de los antojos
que me daban. La gasolina…
LEANDRO: Ya estaba cara.
ELENA: No. Fíjese que tontería: tenía que aspirar un pañuelo mojado en
gasolina.
LEANDRO: ¿Un pañuelo mojado en gasolina?
ELENA: O no daba un paso. Eso me ocasiono muchos disgustos, porque el barrio
se tiro medio año llamándome “La Wolsvagen”. Cosas de la gente baja, dada a la
frase chabacana.
LEANDRO: ¡Vaya!
ELENA: Y si es el merengue… oh! ¡Lo del merengue era terrible! Se me antojaba
un merengue. Bueno, pues si no me lo traían me mareaba y me caía redonda al
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suelo.
LEANDRO: Así que usted, en estado interesante, gasolina y merengue, gasolina
y merengue.
ELENA: A veces merengue y gasolina.
LEANDRO: Ya…
ELENA: ¡Muy, muy antojadiza!... pero en cambio, guiso muy bien. Y soy una
excelente mujer de hogar. (Mirando la habitación) Ah! No hay nada como el hogar,
por verde que lo hayan puesto.
LEANDRO: ¿Que hogar, Elena?
ELENA: El suyo.
LEANDRO: Al mío le falta lo principal, una mujer.
ELENA: ¿Una mujer?
LEANDRO: Una esposa.
(Pausa)
(Se sienta. Cruza las piernas. LEANDRO se atusa los bigotes. Saca el pañuelo y empieza a
agitarle con bastante ingenuidad, por cierto. ELENA cree que esta saludando a alguien y
vuelve la cabeza. LEANDRO sonriente, le pasa el pañuelo por las narices. Y ELENA prorrumpe
en una serie de estornudos interminables.)
LEANDRO: ¡Vaya!
ELENA: ¡Cloroformo no! ¡Cloroformo no! ¡Atchis!
LEANDRO: Pero si es un perfume muy delicioso. “Primavera verde”.
ELENA: ¡Atchis! Me da alergia. ¡Atchis!
LEANDRO: Lo siento.
ELENA: Guárdese el pañuelo. ¡Atchis, atchis!
LEANDRO: Eso se arregla con un traguito. (Acude al mueble bar y saca dos copas y
una botella de champagne). Bebamos.
ELENA: (Mas serena) ¿Por qué?
LEANDRO: Hay que festejar la subida a mi casa por primera vez.
ELENA: ¿Cree que voy a subir más?
LEANDRO: Déjeme creerlo.
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(Coloca una copa frente a ella)
ELENA: ¿Champán?
LEANDRO: Si, Champán. ¿Ocurre algo?
ELENA: Prefiero no tomarlo. ¡El Champán es una inmoralidad!
LEANDRO: Este no, es catalán.
ELENA: ¿Seguro?
LEANDRO: ¿Me cree usted capaz de ofrecerle champán francés?
ELENA: No; eso no. Siempre me ha parecido usted un hombre digno.
LEANDRO: Vea la etiqueta. “San Sadurni de Noya” (Recalcando) San, eh, San.
ELENA: Siendo San…
LEANDRO: (Con el taponazo) ¡Viva! Su copa, pronto. (La escancia champán)
ELENA: Hace años que no bebo champan, desde que murió mi marido...
LEANDRO: Por favor, no recordemos cosas tristes. El está aquí y se alegra
mucho de que beba.
ELENA: ¡Con esta copa bastaría para marearme!
LEANDRO: Le aseguro que no. (Se la ofrece). ¡Elena!
ELENA: (Turbada) ¡Me la da usted de un modo…! ¿Quién se resiste?
LEANDRO: (Insinuante) ¿Para qué resistir? (ELENA toma la copa con cierto temblor en
las manos. LEANDRO brinda) ¡Por usted!
ELENA: Por los cuatro.
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ELENA: Treinta y ocho, los cumplo en Septiembre.
LEANDRO: No los aparenta. Se lo aseguro.
ELENA: He sufrido tanto que no me extrañaría aparentar... cuarenta y cinco.
LEANDRO: ¡Que disparate!
ELENA: La vida es una cosa tan rara…
LEANDRO: El espacio que hay entre dos inscripciones en el registro civil.
ELENA: ¿Y el amor?
LEANDRO: El espacio que hay entre un “dile que me pongo en seguida” y un “dile
que no estoy”.
ELENA: Es usted muy listo.
LEANDRO: Abogado, como es la obligación.
ELENA: (Animándose) ¿Me haría daño un poco más de San Sadurni?
LEANDRO: Todo lo contrario, la entonara.
ELENA: Si. Yo, normalmente estoy siempre hablando de muertos, como todos
los españoles. ¡Y este maldito San Sadurni!... me encuentro muy rara.
LEANDRO: (Mientras la echa champán) ¿Qué tiene usted en los ojos?
ELENA: ¿Se me ha metido algo?
LEANDRO: No. Si digo espiritual. Un brillo, un fuego extraño.
ELENA: Esas palabras...
LEANDRO: Son sinceras. Esta usted tan bonita, Elena. Tan bonita...
(Escancia champán en la copa de ELENA. Ella se lo bebe ya como agua. Está empezando a hipar
y se halla, sin duda, en los prolegómenos de una borrachera imponente. LEANDRO acude,
haciendo alguna ese discreta, al interruptor de la luz general. La apaga. Y al tiempo enciende
los portátiles.)
(Lo ha dicho con la lengua un poco estropajosa, abanicándose con un periódico y metiéndole el
rostro en la cara a LEANDRO, que se desplaza en el sofá otro poquito.)
LEANDRO: Si.
ELENA: (Acercándose) A que… ¿le gustan los huevos fritos?
LEANDRO: Me encantan.
ELENA: (Metiéndole la cara) ¿Usted sabe como hago yo los huevos fritos a la
Cubana?
LEANDRO: (Retrocediendo ya a la esquinita del sofá) No…
ELENA: (Metiéndole la cara muy melosa, como quien está contando una historia de Paris
Canaille). Frío los huevos con mucho, muchito aceite… Pongo agua a hervir lentito,
y cuando hace glu, glu… echo el arroz, con unas gotitas de aceite para que no se
pegue…
LEANDRO: (Que tiene los labios de ella muy cerca) Mejor… ¿para qué se va a pegar
nadie?
ELENA: Los tengo siete minutos cociendo. Luego cojo un colador … (Y le toma la
mano a LEANDRO, que se ha puesto nerviosísimo) . Rocío el arroz con agua fría, lo dejo
reposar dos horas y después lo rehogo con unos ajitos fritos… ¿le gusta así?
LEANDRO: Me encanta.
(Ponése en pie para salvar la situación. ELENA bebe mas champan. Hipa ya francamente.
LEANDRO ha colocado un disco en el tocadiscos. Empieza a sonar el vals de “La viuda alegre”)
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(ELENA le tiende una copa)
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cuanta seriedad…cuanto cosido, que mujer de hogar!, pero que petardo… ¡madre
de mi alma…que petardo!
ELENA: (Anhelante) Está terminando “La viuda alegre”.
LEANDRO: Si, eso parece.
ELENA: (De pronto) Béseme, oiga.
LEANDRO: ¡Caray!
ELENA: ¡Béseme Leandro! Como aquel hombre en el baile, desesperadamente.
¡Béseme!
LEANDRO: Una mujer debe…
ELENA: (Cogiendo la botella de champan por el cuello) ¡O me besa, o tenemos un
disgusto!
LEANDRO: Si se empeña…
(La besa suavemente. Luego con más fuerza. Luego con una intensidad tremenda)
(Y se besan de nuevo)
(Y la pobrecita mía, entona con una voz débil y ridícula, un poquito desafinada)
ELENA:
Pobre Rafael,
Sufres aun por mí,
Sin pensar que mis locuras,
Te han traído aquí. ¡Calla corazón, si aquel amor no puede ser!
Alma mía…
(Y sigue con el dúo de “La Dolorosa”. Suena el timbre de la puerta. LEANDRO se inquieta. Pero
ELENA esta con la música y no se da cuenta de nada. LEANDRO acude al foro).
ELENA:
Maldito el canalla
Que mancho mi frente
Que niega y miente
¡Cariño y pan a este angelito!
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dentro. Si, si. Luego seguimos con “La rosa del azafrán”. ¡Calla por Dios! No se
te ocurra salir y no te tambalees. Tengo una lámpara de cristal de roca que me
costó un dineral. Escucha. Elena, trata de serenarte. ¡Voy!
(La introduce en la derecha y cierra la puerta. El timbre es urgente. Cuando LEANDRO inicia
el camino del arco, la puerta de la derecha se abre y aparece ELENA, bebida por completo,
que canta.)
(Un silencio en la habitación. LEANDRO corre al arco. Desaparece para entrar de nuevo,
seguido de LUISA y JULIO. En la mirada del muchacho hay recelo y cierta indignación).
JULIO: Papá…
LEANDRO: (Nerviosísimo) Es que…veras, ha estado aquí quien menos puedes
figurarte... Tu tío Enrique.
JULIO: Padre, el tío Enrique murió el año pasado.
LEANDRO: ¿Ves? Ya te he dicho que quien menos podías figurarte.
LUISA: (Riendo, después de observar las copas) ¿El tío Enrique se pintaba los labios?
LEANDRO: Pues, a veces…, yo creo que…
JULIO: ¡Papá esto es repugnante! ¡Has traído aquí a una pájara!
(LUISA está riendo con todas sus ganas. Y al término del párrafo de JULIO se escucha la voz
de ELENA, que canta dentro).
ELENA:
¡Ay, de mi, ay de mí!
Si acabare llorando,
Yo que siempre me reí.
LUISA: ¡Ma…má!
ELENA: (Con su imponente borrachera encima) Vaya, Luisita, tanto bueno por aquí.
Hija de mi vida… como te quiero. Motorizada y todo, como te quiero…
LUISA: Virgen Santa (Volviéndose a LEANDRO) ¿A usted no le da vergüenza?
ELENA: No, no le da vergüenza ninguna. Porque he venido a eso, a estar a solas
con él. A hacer lo que me da la gana… ¡Porque le quiero! ¿Te enteras?... ¡¡¡Le
quiero con toda mi alma!!!
(Y se abraza a LEANDRO)
(Una pausa. A los ojos de ELENA asoma una lágrima suave. Asiente despacio)
ELENA: Cincuenta… (Mira de reojo a LEANDRO y, con una impresionante dulzura, como
pidiendo perdón por algo terrible que ha hecho) Cincuenta Leandro.
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LEANDRO: (Lleno de ternura) ¡Que parecen doce!
ELENA: Cuarenta y cinco. Y no me canso de preguntarle a San Nicolás de Bari, a
Santa Bibiana, a Santa Margarita, a San Antonio de Padua… ¿por qué? ¿Por qué
tengo cincuenta años....? ¿Por qué está horrible broma del paso del tiempo? ¿Por
qué, si todo mi cuerpo me pide querer y vivir, tienen que ir jubilándome poco a
poco... los años y la gente? (Se deja caer en el sofá. Su mirada se nubla). Creo… que el
corazón me late poco.... muy poquito. ¡Y estas condenadas piernas! ¿Me escucha
usted Leandro?
LEANDRO: (Conmovido, con cansancio). Es que de este oído…, ya sabe usted, Elena,
no suelo oír bien.
SEGUNDO ACTO
Al alzarse el telón, G. Bolt está junto al lateral derecho sobre la cortina de “americana”.
Celebra una conferencia telefónica. El hilo del teléfono se pierde por la caja.
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ese modo viví personalmente uno de los más grotescos lances de aquellas dos
fichas sin importancia de mi Carpeta B.
El mismo decorado del primer acto. Las pantallas han sido substituidas por otras azules, rojas,
que rompen un tanto la monotonía del verde de paredes y muebles. Unos cojines sobre el sofá
logran el milagro de la nota cambiante en aquella sonata verde realmente insoportable.
(LEANDRO está sentado en el sofá. El rostro sin expresión. La mirada perdida. El cabello
revuelto y los bigotes caídos de nuevo, a lo chino. Sobre la mesita una botella de agua mineral
de la que bebe LEANDRO, en ocasiones, con desmayo y apatía. JULIO esta al teléfono.)
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pongas las manos en la oreja porque oyes perfectamente!
LEANDRO: ¡Por lo que más quieras, Julio! Yo no me he negado a nada de lo que
me has pedido. Te he dado dinero para que enseñes a los niños quien fue el
General Espartero, que es una tontería muchísimo mayor… ¡Cinco minutos solo!
JULIO: ¡Eso se ha acabado, papá! ¡Qué ideas! ¡Coger una cámara fotográfica,
irse los dos correr mundo… y a darse besitos… a vuestra edad! ¡Vamos, si parece
de folletín!
LEANDRO: La vida es un folletín, más o menos caro. Depende de lo que quieras
comprar.
JULIO: ¡No! ¡No te lo aguanto! Esa frase no es tuya. Te has comprado una
antología de pensamientos y se los soltabas a ella como si fueran tuyos, para
impresionarla. “Las mujeres siempre terminan pareciéndose a sus madres”.
LEANDRO: Mío.
JULIO: De Oscar Wilde. “La mujer se viste, sobre todo para las otras
mujeres”.
LEANDRO: Mío.
JULIO: De Miguel de Unamuno. “El amor es el espacio que hay entre dos
frases: Dile que me pongo en seguida y dile que no estoy”.
LEANDRO: Mío.
JULIO: De Alfonso Paso.
LEANDRO: ¡Pero si no se van a enterar!...
JULIO: Todo esto son chiquilladas. Boberías, que tienen justificación a los
veinte años; pero a tu edad… Además, ¿qué has podido ver en esa mujer? Tiene
arrugas.
LEANDRO: Como la tierra buena.
JULIO: Y esos ojos… son pequeños.
LEANDRO: Te advierto que hay poco que ver.
JULIO: Y se pinta los labios muy mal.
LEANDRO: Estilo abstracto. A la moda.
JULIO: Bueno. Hemos acabado de hablar de ella. No consigo entenderlo. Pero
me parece absurdo, ridículo y poco respetable.
LEANDRO: ¡Cinco minutos solo!... Al menos, di que se ponga al teléfono.
JULIO: Por si no lo sabias, pongo en tu conocimiento que se la van a llevar.
LEANDRO: (Aterrado) ¿Donde?
JULIO: Fuera de la capital.
LEANDRO: ¿Pero lejos?
JULIO: Muy lejos. Esta con la misma perra que tu. Quiere verte, hablarte…
¡Chocheces!
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LEANDRO: Si se la llevan, yo… yo…
JULIO: ¿Qué?
LEANDRO: ¡Armo la tremolina! Me doy de baja en el Círculo de Bellas Artes…
Compro un aparato de televisión. (Va dominando sus ímpetus)
JULIO: Es cosa de su hija.
LEANDRO: ¡Qué se lleven a la hija!
JULIO: ¡Está bien! No puedo meterme en eso. Sólo te digo que de seguir ella
aquí, os van a hacer un homenaje en el barrio. Y eso, ¡no!
LEANDRO: Julio, ¡que me muero!...
JULIO: Pero papá, ¡si estas con la misma canción hace diez años!
LEANDRO: Que ahora no asusto, que te lo firmo en un papel. ¡Me muero!
JULIO: Y por si acaso, tú te vas a ir al campo. Un mes de vida sana.
LEANDRO: Julio, que hay que estar muy bien de salud para aguantar la vida
sana.
JULIO: Te vas a ir a Cuenca.
LEANDRO: ¿Desterrado?
JULIO: A Cuenca, con la tía Pura.
LEANDRO: Julio, Cuenca a solas, puede ser una crueldad; pero con la tía Pura al
lado, es ya sadismo.
(Suena el timbre)
(Apura el bicarbonato).
LUISA: (Oprimiéndose la frente, con ademán de fatiga). No sé qué me pasa hoy. Parece
que voy a estallar. En fin… Me han traído el permiso del ministerio. Podemos
abrir perfectamente mañana. (Le entrega unos papeles). Desinfecctación.
Acondicionamiento. Informe de la Inspección. Mañana vence la primera letra.
JULIO: (Mientras se sirve bicarbonato). Ya. (Lee). “Para mejor cumplimiento de estas
normas, véase Decreto de 19 de Noviembre 1947”.
LUISA: Lo he visto.
JULIO: ¿Y qué?
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LUISA: Te remite al decreto del 8 de febrero de 1941.
JULIO: ¿Y qué?
LUISA: Ese te remite a la Ley de 12 de junio de 1939.
JULIO: Bueno, ¿y qué?
LUISA: Esa ley te remite al Código Mercantil. Articulo 56.
JULIO: ¿Y qué?
LUISA: No dice nada. La verdad no he querido seguir buscando porque he visto
que terminaba en el fuero juzgo. La explicación de todo viene abajo, donde dice:
“Precio de este impreso, sesenta pesetas”. (JULIO apura el bicarbonato y se acaricia,
con gesto de dolor, el estomago). Traigo aquí…
JULIO: ¿Más papeles?
LUISA: No. Tu padre ha mandado a casa una cartita con unos versos. He
logrado hacerme con ella. Creo que es mejor que la guardes tú. (Ha sacado un papel
y lee). “Amor mío: (Risas de ambos) No me dejan verte. Apenas si puedo escribirte;
pero sigo queriéndote como antes de ayer como hace cuarenta días, cuando nos
vimos en la consulta. Paloma mía… (Risas) para que no estés sola te mando un
verso que he hecho pensando en ti. Espero que te guste: ¿Que es poesía? Me
preguntas clavando en mi pupila tu pupila azul. ¿Y tú me lo preguntas? Poesía,
eres tú.
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como lo suelta. (Risas de ambos, perdonando la vida). Me ha pedido cinco minutos solo
para verle. ¡Cinco minutos! Y me gustaría que la hubieras oído. La voz le
temblaba en el “le”. “Déjame ver-le” Y en ese “le”… ¡Demonio!... Nunca he oído
tantas cosas dentro de una silaba.
JULIO: Pues échale una mirada a la carta que ha mandado.
LUISA: ¿A tu padre?
JULIO: Si, ayer. Se la he encontrado dentro de un libro, junto a una flor seca.
Es conveniente que la leas tú. A mi francamente me hace una gracias tremenda.
Es para tumbarse de risa. ¡A los cincuenta años!
LUISA: (Leyendo en voz alta) “Tesoro mío”…
JULIO: ¿Eh? Tesoro mío… ¡Buen principio!... ¡Tesoro! ¡Ya verás lo de tesoro!...
LUISA: “No puedo dormir”.
JULIO: Señora, ¡tome una pastilla de Quadronox! Eso es lo que yo hago cuando
tengo insomnio.
LUISA: Bueno… ¿me dejas leerla?
JULIO: Sigue, sigue. ¡Es para tumbarse! Ya verás…
LUISA: “No puedo dormir. Quisiera tenerte cerca…
JULIO: ¡A mi padre! ¡Ja, ja, ja!
LUISA: “La chica no me siente. Todos están en los brazos de Morfeo…
JULIO: ¡Ja, ja, ja!
LUISA: Despacito, como un ladrón, me he levantado y estoy en el escritorio.
Amor de mis amores…
(Algo ocurre. Una extraña cosa que no podíamos esperar. A LUISA le están sentando mal las
carcajadas de JULIO. No sabe porque. Pero hay algo de su corazón, en definitiva del corazón
de cualquier mujer en aquella carta. Mira a JULIO con fastidio).
LUISA: ¡Tesoro…!
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JULIO: ¡Y dale!
LUISA: (Mas fuerte). “Tesoro. Ahora me gustaría estar en tus brazos, ¡fuertes y
nervudos!
JULIO: ¡Fuertes y nervudos! (Riendo). ¡Es para mondarse!
LUISA: “Protegida en ti, sabiendo que tu peleas por nuestro amor”. (La voz de
LUISA comienza a temblar ligeramente) . “Solo eso merece la pena en la vida. La
ilusión del amor. Para eso tenemos que vivir, para eso fui creada. Para amar,
amar siempre, amar con todas mis fuerzas y morir por ese amor. Te quiero…”
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las tradicionales cosas para que yo te de la tradicional bofetada.
JULIO: Supongo que teniendo que…
LUISA: Trabajar, claro. ¡Teniendo que trabajar como va a quedar tiempo para
intentar nada!
JULIO: Pero esas cosas son boberías.
LUISA: Estoy segura a tu lado. Tristemente segura. Ninguna emoción puede
venirme de ti, como no sea que nos vence mañana una letra. Pero, ¿qué puedo
inspirar yo, si pongo en marcha un motor?
JULIO: Oye…
LUISA: (Frenética) Sí. Esta piernecita femenina da una patada y la moto se pone
en marcha.
JULIO: Pero es lógico, si la moto es buena.
LUISA: Me encuentro horrible. Y cuando saco la mano para decir que tuerzo a
la izquierda, me rechinan los dientes.
JULIO: Tuerce a la derecha.
LUISA: Tengo una cintura que no está mal, eh?
JULIO: Pues sí, supongo.
LUISA: ¿Cómo me coges la cintura cuando vas en el asiento posterior de la
moto?
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JULIO: Mi padre. Viene así en el Documento Nacional de Identidad. Sexo: V.
LUISA: No me he reído.
JULIO: Así que cuando yo leía: “Amor mío” y “Paloma mía”, tú no te reías…
LUISA: Y tú.
JULIO: Pero tú también.
LUISA: No.
JULIO: ¡Que cinismo!
LUISA: Si me he reído no fue de esas palabras.
JULIO: Resumamos. Tú puedes reírte de mi padre. Y yo no puedo reírme de tu
madre.
LUISA; No son tu padre y mi madre.
JULIO: ¿Qué son? ¿Dos tranvías? (Y se echa a reír)
LUISA: ¡Ah, no! ¡No te aguanto! ¡No lo soporto! Tus estúpidas burlas, tus
chistecitos de niño despistado… (En la cara de él) ¡No! ¿Sabes? Nuestras
relaciones van a ser puramente comerciales. ¡No te tolero otra cosa!
JULIO: Pero ¿quién ha intentado otra cosa?
LUISA: No, claro tu qué vas a intentar. ¡Pero no te lo tolero!
JULIO: ¿Qué?
LUISA: ¡Lo que no intentas!
JULIO: ¡Ay Dios mío! ¿Qué os ha pasado? ¡Os habéis vuelto todos locos!
LUISA: (Rompiendo a llorar) ¡Voy a llevarme a mi madre lejos! Donde no pueda
sentir y escribir esas maravillas. Quiero ser tratada como una mujer,
¿comprendes? En mis ratos libres. Y sentir miedo del hombre. Y parar pies.
JULIO: Bueno, Luisa…
LUISA: Quiero que valgan las mismas palabras de siempre. Y hacer una locura
muy gorda. ¡Muy gorda! Contigo no, claro; contigo nos pasaríamos la noche
trabajando.
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derecha. Esta hecho un trapo. JULIO hace mutis por la izquierda). ¿Se siente con
fuerzas de avanzar hasta ese sillón y sentarse? (LEANDRO lo hace, andando como un
pajarillo). Ya. Sé todo lo ocurrido. Incluso la juerguecita que se preparo aquí.
LEANDRO: Doctor…, quisiera que lo comprendiera. La juerga tiene su
justificación. Junto a esa mujer… no se…, se me quitan los dolores, oigo de
maravilla y me siento capaz de todo.
BOLT: La quiere… ¿no?
LEANDRO: (Ruboroso) ¿Está prohibido decir que sí?
BOLT: A mí, no.
LEANDRO: Pues, sí.
BOLT: ¿Y ella?
LEANDRO: Según dice, me adora.
BOLT: ¿Y bien?...
LEANDRO: No hay nada que hacer, doctor. Los chicos no nos dejan vernos.
Todo el mundo se burla de nosotros. Estoy en la situación del gamberro de
veinte años que ha cometido una fechoría.
BOLT: ¿Qué va a hacer?
LEANDRO: ¿Qué quiere que haga? Dejarlo, claro. A mi edad es ridículo. Mi hijo
tiene razón. Yo estoy para sopitas y buen vino. Lo que necesito es un
medicamento que me alivie y…
BOLT: Bueno. Vaya encargándose la sepultura.
LEANDRO: ¡Oiga!
BOLT: Y el habito y todo eso.
LEANDRO: (Horrorizado) ¿Es que estoy tan grave?
BOLT: No tiene usted ninguna enfermedad. Las enfermedades vienen luego. Son
como la póliza que se pone en la instancia para darle curso. Pero la instancia ha
sido escrita antes.
LEANDRO: (Aterrado) ¿Y si no la escribimos?
BOLT: La instancia se llama desengaño, complejo de jubilación… La póliza puede
ser una arterioesclerosis. ¿Qué quiere que le recete?
LEANDRO: (Horrorizado) ¡Oiga!
BOLT: (Con el recetario y la pluma en la mano). ¿Ceregumil?... es muy barato. O
penicilina. El ochenta por ciento de los muertos están llenos de penicilina.
LEANDRO: Yo quiero una receta que me cure.
BOLT: Se llama Elena.
LEANDRO: No me dirá que…
BOLT: Elija. Con ella puede usted durar mucho tiempo. Sin Elena, se muere
usted dentro de dos años, a lo mejor del hígado.
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LEANDRO: Eso de a lo mejor…
BOLT: ¿Ceregumil, no?
LEANDRO: No.
BOLT: O Perborato…
LEANDRO: ¡O sifón!
BOLT: Lo que le apetezca. Da igual. (Va a escribir. LEANDRO la detiene)
LEANDRO: Aguarde, ¿qué quiere que haga?
BOLT: Pelear.
LEANDRO: Pero, ¿cómo pelear?
BOLT: Por encima, Don Leandro. Cuando la vida no tiene sentido, empezamos a
morir un poco. Ese es el valor de la ilusión. Hacernos vivir de nuevo. La vida nos
hace, a veces, renunciar a la ilusión. Pero no es un adiós, don Leandro. Es un
hasta pronto. Porque la ilusión llega cuando menos se piensa, y hay que cogerla
sea como sea y caiga quien caiga. Eso le pido. Pelee por la ilusión. Recobre a esa
mujer.
LEANDRO: Pero mi hijo…
BOLT: Los hijos comprenden a sus padres cuando les faltan. Y esos dos
muchachos están ahora en una edad especial: la de cosas de papa y mama.
Cualquier deseo, cualquier ilusión de ustedes no son deseos ni ilusiones, son
cosas de papa y mama. Si no le comprende, peor para él. Tampoco
comprendemos el sueco, y se habla. ¡Al diablo con su hijo!
LEANDRO: Pero si me acoquina. No sé qué contestarle. Me da sus razones y yo
me callo.
BOLT: Llévesela.
LEANDRO: La tienen encerrada. No querrá que escale la fachada.
BOLT: Si la escalara con ilusión…
LEANDRO: Sí, pero a lo mejor me caigo con ilusión y me rompo la cabeza con
ilusión.
BOLT: Escuche. ¿Está dispuesto a plantear el combate? ¿Sí o no?
LEANDRO: Yo…
BOLT: Ceregumil…
LEANDRO: No, no. Estoy dispuesto.
BOLT: ¿Seria usted capaz de casarse con ella?
LEANDRO: Lo estoy deseando.
BOLT: Bien. Voy a ayudarles yo. Con mis clientes, tengo la obligación, en cierto
modo.
LEANDRO: Mi hijo no se va a conformar. Armará el escándalo.
BOLT: (Mira por donde hizo mutis JULIO). ¿Tiene teléfono dentro?
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LEANDRO: En mi despacho.
BOLT: Vamos. Hay que llamar a Elena. Es necesario que nos pongamos los tres
de acuerdo.
LEANDRO: ¿De acuerdo con Elena por teléfono? Esta usted listo.
BOLT: No se preocupe. Le repetiré el disco tres o cuatro veces. Déjelo en mis
manos. Levante esos hombros. (Le da un golpe en la espalda). La barbilla alta. (Le sube
la barbilla). El pecho fuera (Golpe en el pecho). Las circunstancias nos favorecen.
Hay discrepancias en el bloque joven. (Otro golpe). Los brazos tensos. Es usted
un hombre que nació un poco antes. Solo eso. ¡Los ojos!
LEANDRO: ¿Me los quito?
BOLT: Deles vida, animación. Va usted a librar un combate corto, pero muy
fuerte.
LEANDRO: Doctora… Eso que vamos a hacer, ¿no será una barbaridad?
BOLT: Si. Pero ya es hora de que hagamos barbaridades. ¡Llevamos tantos años
de sentido común! (LEANDRO ha desaparecido por la derecha.) (Bolt queda apoyado en la
caja, sonriente, fuera de escena, se dirige al público) . Lo que ideamos fue la más
extraña y fantástica de las diabluras. Hoy, al recordarlo, no logro explicarme
como salió bien. Supongo que porque era tan increíble, tan poético… después de
veinticinco años de ciencia, tengo que reconocer que no hay modo de vencer a la
poesía. Que cuanto más increíble, mas fantástico, más poético es lo que
imaginamos, mas dentro esta de la lógica humana y obra con mucha más fuerza
sobre el hombre que la ciencia. Así, la ciencia ha quedado reducida a investigar
las intuiciones poéticas del hombre. Estuve cerca de una hora hablando con don
Leandro, dándole ánimos. Poco a poco, aquel trapo cobro vida, se irguió y se
apresto a la lucha, sin más armas que la ilusión y media botella de coñac que le
hice tomar. (JULIO surge nervioso por la izquierda). El pobre muchacho no sabía lo
que una hora más tarde le esperaba. Como no saben lo que les espera todos los
que hacen frente a la ilusión donde aparezca y como aparezca. Creo que el
pobre se decidió a llama al socio de la manera más lastimosa.
JULIO: Luisa… ¿eres tu Luisa? Oye. Voy a comunicarte una cosa. Tienes unos
brazos estupendos. (Lo ha dicho con tal falta de sentimiento, con tal absoluta frialdad,
que podemos suponer lo que ocurre al otro lado del teléfono). No es ninguna idiotez.
Tienes unos bracitos estupendos. Oye… y el campo, eh? El campo. Tu
comprendes, eh? (Serio). No. Ni yo tampoco. Pero el campo… (Furioso). Demonios
no sé qué tiene que ocurrir con el campo, ¡pero se dice eso! Y la noche, eh? Si.
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La noche, eh? Luisa, si trabajamos juntos, es preciso que tengamos una absoluta
armonía y no discuta… no, no te he dicho lo de los bracitos por eso. (Furioso).
¡Deja de llamarme pingüino! Un negocio no puede estar a expensas de cualquier
idiotez y es preciso que tú y yo nos enamoremos para ganar dinero. No. No solo
para ganar dinero, sino… ¡Oye!... ¡Oye! (Cuelga, está furioso. Y acierta a salir LEANDRO
en ese momento, vestido de verde nuevamente y con el bigote erguido. Se dirige al arco) .
¿Dónde vas?
LEANDRO: A hablar con el cura.
JULIO: Padre, deja ya las neurastias. No estás tan mal como para...
LEANDRO: No lo has entendido. Voy a hablarle para ir preparando la boda. Mi
boda. Me caso con la viuda. ¿Pasa algo?
JULIO: Ese tono…
LEANDRO: El que quiero. ¿Te ocurre algo?
JULIO: Bueno, ¿pero es que aun no te has dado cuenta de lo que has hecho?
LEANDRO: Me doy cuenta de todo lo que no he hecho en todos estos años. De
la vida que he llevado. De cómo he aguantando tu insulsa e insoportable
juventud.
JULIO: Ya está bien. ¡Ni una palabra más! Por esa puerta no sales.
LEANDRO: Salgo.
JULIO: Échame el aliento. (LEANDRO lo hace). ¡Dios mío! ¡Ahora coñac! ¿Pero es
que encima vas a beber? ¿Qué quieres? Arruinar mi academia, claro. Tengo que
ocuparme de eso papa. Por lo que más quieras. Ten un poco de juicio.
LEANDRO: En resumen: papá siéntate en una silla y dile adiós al mundo.
Prohibido enamorarse, prohibido divertirse.
JULIO: El amor entre viejos es ridículo.
LEANDRO: ¿Tú has visto un chico de veinte años diciéndole a la novia: “Quieres
una patata frita cariño?” ¿Qué? ¿Qué les niegas el derecho a los viejos de ser
tontos?... No, hombre, no.
JULIO: ¡No quiero oír hablar más de todo esto! En dos días parece como si la
humanidad se hubiera vuelto loca. ¡No, no, no! (Se interpone entre el arco y su padre) .
Papa, un favor, no vayas a verla. No des mas escándalos. Ya está bien. Esta
noche se la llevan.
LEANDRO: (Tras una pausa) Habrá que ponerle al lado un especialista.
JULIO: En cualquier parte de España hay buenos médicos.
LEANDRO: Pero no como el que ella necesita.
JULIO: Medicina general.
LEANDRO: (Como quien no dice nada). De ginecología.
JULIO: Ginecólogos hay buenos en… (Aterrado). ¿Qué?
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LEANDRO: Quiero decir, que necesita un ginecólogo.
JULIO: Pero ¿para qué?
LEANDRO: Para que le lea la mano.
JULIO: Escucha… ¿para qué necesita esa mujer un ginecólogo?
LEANDRO: Dentro de ocho meses va a tener un hijo.
JULIO: ¡Dios santo! tú has podido poner los ojos en una mujer que va a tener un
hijo así de cualquier manera…
LEANDRO: Hombre eso de cualquier manera...
JULIO: Sin casarse.
LEANDRO: una barbaridad. Cualquier ser humano puede hacerla, por mucho que
le pese.
JULIO: ¿Y se sabe quién es el padre?
LEANDRO: Un señor estupendo.
JULIO: ¿Quién?
LEANDRO: Yo.
JULIO: ¡No!
LEANDRO: Si.
JULIO: ¡Madre!
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exhalaba un perfume a hierba nueva. Fue inevitable.
JULIO: No, no. Si parece mentira…
LEANDRO: Hace poco me comunico la noticia. Íbamos a ser padres. Cuando
anteanoche nos sorprendiste estábamos celebrando las consecuencias de una
visita al Monasterio de El Escorial.
JULIO: ¡Vaya visita!
LEANDRO: La mayoría de los madrileños son productos de un veraneo en El
Escorial. Yo creo que es una réplica a Felipe II.
JULIO: (Sudoroso, atribulado). ¿Estás seguro de que ese niño?...
LEANDRO: Hermano tuyo. Puedes jurarlo.
JULIO: Tú no conoces a las mujeres.
LEANDRO: Quien no las conoce eres tú.
JULIO: (Frenético). ¿Pero te das cuenta de que esa fresca te ha seducido?
LEANDRO: Oye…
JULIO: (Dando un golpe sobre el sofá). Si, si. Seducido. Se refugió en ti. “Mira la
luna” es la estafa más repugnante que he conocido. Esto lo arreglo yo ahora
mismo. (Coge el teléfono). Pero a tu edad…
LEANDRO: No me quejo, no me quejo…
JULIO: (Tras marcar un numero en el teléfono) Si se cree que le va a resultar tan
fácil engañar al hijo como al padre, está equivocada de medio a medio. ¡Qué
diablos! ¿Por qué no contestan?
LUISA: (Plantada ante él, con ganas de pelea) Vamos a ver, ¿qué hacemos?
JULIO: ¿Cómo que qué hacemos?
LUISA: Si, por que esta infeliz, va a ser madre. (ELENA arrecia el llanto. LUISA se
vuelve a ella iracunda) Las lagrimas antes. ¡Antes! ¡Ahora no! (A JULIO) ¿Te das
cuenta que campanada? A ver…, tu padre… ¡Que responda! ¡Que cumpla! Que
diga algo, ¡lo que sea!
JULIO: ¡Poco a poco!
LUISA: ¿Cómo que poco a poco?
JULIO: ¡Es muy fácil decir que cumpla! Primero hay que ver si el muchacho… (Se
enmienda). Si mi padre…ha tenido la culpa. O la que ha tenido la culpa ha sido tu
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madre.
(Inician el mutis)
JULIO: Un momento. (Se pasa la mano por el cuello de la camisa) . Creo que…, creo que
se puede hablar de todo esto con un poco de calma. Pongamos que mi padre
responde económicamente de todo y…
ELENA: (Ofendida). ¿Qué es eso? Guárdese su dinero. Yo tengo suficiente. Para
mí y para el fruto. No hay más que una solución: ¡boda!
LEANDRO: ¡Muy bien!
JULIO: Pero…
LUISA: ¡Boda! (Coge a su madre de la mano e inicia de nuevo el mutis)
JULIO: Esperen. (Asiente a su pesar. Un ademán para que se sienten. ELENA corre a ver
si lo hace junto a LEANDRO, pero JULIO la detiene). Señora ya tendrá tiempo. Ahí.
(LEANDRO y ELENA se sientan en dos butacas frente a frente, aunque en los extremos de la
escena. JULIO y LUISA más cerca. Actitud grave por parte de los jóvenes) . Bueno, habrá
que pensar en casarlos.
LUISA: Si, hay que casarlos.
JULIO: A mí me duele porque he tenido una madre.
LUISA: Y yo he tenido un padre.
JULIO: Si, es lo normal… Puedo preguntarte, ¿qué es lo que lleva tu madre?
ELENA: Ahora, combinación de medio cuerpo nada más. Con el calor…
LUISA: Se refiere a lo económico, que es lo que parece interesarle más.
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JULIO: Hay que asegurarse de que, ocurra lo que ocurra, no van a quedarse en
la calle. Cualquier jaleo financiero los coge desprevenidos y dada su
inexperiencia…
(LEANDRO y ELENA están tirándose besos. LEANDRO hace el signo de la victoria, aludiendo
al triunfo que acaban de obtener. Todo ello sobre el dialogo. Como sobre el dialogo de los
muchachos procede ELENA a hacerle signos a LEANDRO de que se acerque y ambos con la
silla a cuestas van ganado terreno hasta que, en el momento oportuno, terminan muy cerca y
con las manos cogidas).
LUISA: Mama tiene una renta de ochocientas pesetas diarias, más o menos.
Valores. Y algunas propiedades.
JULIO: Pueden hacerse inversiones.
LUISA: De sobra.
JULIO: Papa sale por las mil. Y tiene casas en Alicante y en la costa de
Granada. Sin contar un par de usufructos que luego te detallare.
LUISA: No es necesario. ¿Fecha?
JULIO: Yo creo que para el otoño.
LUISA: Que quieres, ¿qué la boda de mi madre sea un espectáculo público?
Cuanto antes.
JULIO: Dentro de dos meses.
LUISA: Uno.
JULIO: Dos.
LUISA: Uno.
JULIO: Dos. (En este instante ya están cogidos de las manos LEANDRO y ELENA. JULIO y
LUISA lo advierten. Intervienen). Pero, ¿qué es esto? ¡Papá!
LUISA: ¡Mamá por Dios! ¡Un poco de paciencia!
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JULIO: ¿Tienen ustedes algo que opinar?
ELENA: La iglesia…
LUISA: ¿Qué pasa?
ELENA: Me gustaría que fuese San José. Allí fue donde firme el pacto de
amistad, no agresión y bostezo con tu padre.
LUISA: ¡Mamá! No te consiento…
ELENA: Además, conozco al párroco y me gustaría decirle que ya me he
desquitado.
LUISA: El párroco no puede escuchar esas cosas.
ELENA: ¡Si es muy amigo mío! Y le hacían mucha gracia mis antojos.
LUISA: Te casas en la parroquia y se acabó.
LEANDRO: Un momento.
JULIO: ¿Qué pasa ahora?
LEANDRO: Si quiere casarse en San José, ¿por qué no puede casarse en San
José?
LUISA: Porque la conocen hasta los monaguillos. Se ha hecho allí todas las
novenas existentes. Va a ser una corrida de toros.
JULIO: ¡Una indecencia!
LUISA: ¡Un escándalo!
(ELENA rompe a llorar como una niña. LEANDRO aprovecha la ocasión, se levanta, acude a ella
y la abraza como un oso polar. ELENA se abraza también a él).
JULIO: San José. Creo que no hay nada más que añadir.
LEANDRO: Un instante. Faltan los padrinos. Un sí de cada uno, la bendición de
juez y listo.
JULIO: Ya se buscaran.
LEANDRO: No lo entiendes. Quiero que tú, Julito, seas el padrino.
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JULIO: (Horrorizado). ¿Yo?
LEANDRO: ¿Puede concebirse algo más bonito?
JULIO: ¡De ninguna manera! ¡Paso por la boda, porque de alguna manera hay que
solucionar esto y porque la primavera os ha vuelto locos a todos, a todos! Pero
apadrinar semejante disparate, ¡no!
LEANDRO: O sea, que te niegas a ser el padrino de tu padre.
JULIO: Sí.
LEANDRO: (Con un pañuelo en la mano). Está bien. Todos los sacrificios que yo he
hecho por ti cuando te llevaba de pequeño a la verbena a que te pisaran…, se
merecen esto… ¡Señor!
(Y empieza a sollozar quedamente, con el pañuelo ante los ojos. ELENA aprovecha la ocasión,
salta de su silla y se abraza como unos alicates a su futuro)
ELENA: ¡No llores tú…, no llores! ¡No llores Leandro! (Pero como apoya su nariz cerca
del pañuelo de LEANDRO, empieza a estornudar con toda su alma ). ¡Atchis! ¡Atchis!
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LUISA: ¿Y lo otro?
ELENA: ¡Niña!...
LUISA: Aquí no hay mas niña que tu.
ELENA: En lo otro influye mucho el vino, Luisita. Te atreves a cosas que nunca
te hubieses atrevido estando serena. ¿No te has emborrachado nunca?
LUISA: No.
ELENA: ¿Nunca te has visto en peligro de…?
LUISA: Jamás…
ELENA: ¿No han querido en ningún momento…?
LUISA: No.
ELENA: (Asombrada) Pero hija, ¿qué quinta te ha tocado en suerte?
LUISA: Desde hace dos días, no ceso de preguntármelo mismo. (La besa) ELENA:
No me desprecias, ¿verdad Luisita? Era… ¿cómo explicártelo? Más fuerte que
yo misma. Era… No me desprecias, ¿verdad?
LUISA: (Confidencial) Un secreto. ¡Te envidio con todas mis fuerzas! (la vuelve a
besar. Se dirige a JULIO) Cuando quieras.
JULIO: Si, si. Un favor padre. Nada de escándalos. Nada de zarzuelas, escenas
románticas, etc. A partir de ahora. Quedan dos meses.
LEANDRO: Te lo prometo.
JULIO: Bueno. Hasta luego. La chica está en casa. Y es de Pamplona.
LEANDRO: Descuida.
JULIO: (A LUISA) ¿Vamos?
LUISA: Vamos.
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ELENA: Estoy muerta de miedo Leandro. Ellos se lo han creído, los chicos; pero
tú y yo sabemos que eso no es cierto, lo del… lo del niño.
LEANDRO: Bueno pero…
ELENA: No vamos a tenerlo. Salió bien la jugarreta del doctor, y eso es todo.
Los hemos cogido por sorpresa. Pero ¿y cuando vean que pasa el tiempo y no
pasa nada?
LEANDRO: Estaremos ya casados.
ELENA: Desde luego, desde luego. ¿No se enfadaran?
LEANDRO: pero se contentarán en seguida. Para esas fechas Julito estará
trabajando en la academia y cuando el niño trabaja es como si le estuvieras
operando de apendicitis: no se entera de nada.
ELENA: ¡Claro, claro! Sin embargo…
LEANDRO: ¿Qué te ocurre? ¿No estás contenta de que hayamos resuelto todo
en unas horas?
ELENA: Muy contenta. (De espaldas a él). ¡Leandro… con que gusto he hecho esa
comedia! ¡Con que alegría les iba mintiendo! Que feliz era diciendo lo de la caída
y…, sobre todo…, lo del niño… ¡lo del posible niño que no existe! ¿Sabes? ¡Estaba
llena de ilusión pensando en un Leandrito sabio, hijo de padres viejos, con tus
ojos azules, tu…pelo! (Se vuelve a él). Claro que siempre…, siempre cabe la
posibilidad de no defraudar a los chicos… (LEANDRO se agarra un mueble). No por
nosotros, claro. Nosotros no contamos.
LEANDRO: (Lentamente). No, claro. Tú lo dices por los chicos.
ELENA: Exactamente. Creo que…, creo que… Puede parecer una tontería, pero
me estoy asustando. (LEANDRO enciende un portátil)
LEANDRO: ¿Por qué?
ELENA: No me miras como siempre.
LEANDRO: Pues, ¿cómo te miro?
ELENA: En casa teníamos un gato rubio para que cazase los ratones. Cuando
veía uno se le agrandaba la pupila y se preparaba para saltar.
LEANDRO: ¿Y yo…?
ELENA: Eres todo ojos.
LEANDRO: (Que ha encendido otro portátil). Para verte mejor.
ELENA: Y esa nariz…
LEANDRO: ¿No te gusta?
ELENA: Se mueve al respirar, así; los hoyitos se agrandan…
LEANDRO: (Sacando una botella de champan y colocándola encima de la mesita) . Para
olerte mejor.
ELENA: ¡Tengo miedo! Abre esa ventana. He dicho muchas tonterías.
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LEANDRO: ¿Tú crees?
ELENA: ¡Por favor, Leandro…! ¿Qué haces ahora? (LEANDRO esta en el tocadiscos.
Ha colocado un disco)
LEANDRO: respeta el silencio. Elena. Y hazte cuenta que estas en Aranjuez…,
el sol quema. (Mueve el portátil, enfocándola a ella). La tarde radiante… (ELENA
entreabre los ojos) Los trigales… y ese Real Sitio cargado de historia, con tantos
recuerdos, con tanto ambiente…
(Empieza a sonar el vals de “La Viuda Alegre”. ELENA sentada en el sofá, siente a LEANDRO
muy cerca de si. Tiembla)
(G. BOLT ha aparecido por el primer bastidor. Trae en las manos una gran carpeta azul.
LEANDRO avanza hacia ELENA. BOLT grita hacia la izquierda)
CORTINAS
(LEANDRO aparece por la izquierda. Tiene un sombrero verde y unos guantes del mismo color
en la mano. Esta nerviosísimo)
LEANDRO: Ese niño es idiota, idiota… ¡Mira que haberse dejado los anillos en
casa! (Le sigue LUISA)
LUISA: No se preocupe papa. Se casa usted con este. (Le ofrece uno que lleva ella
misma) Era de mi padre.
LEANDRO: ¡Con ese te casas tú, guapa! Doctora, ¿usted está casada?
BOLT: No. Soy una persona normal. Pero puedo dejarle esta sortija. Le da usted
la vuelta y parece un anillo. Para salir del apuro. (Se la entrega)
LEANDRO: Gracias. Vale. ¡Este niño!... ¿Qué hora es? ¿Cómo se retrasa tanto?
Es capaz de no venir.
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BOLT: Descuide. Ninguna mujer falta a su boda. Es un caso de conciencia.
LEANDRO: ¡Que bromista esta! ¡Como se nota que no se casa usted! ¡Y de
verde!
BOLT: Con usted, don Leandro, se casan muchos hombres a los que los jóvenes
quieren jubilar. Con usted se casa una generación que no se resigna a morir. Con
usted me caso yo.
LEANDRO: Sin guasas…, eh?
JULIO: (Entrando) ¡Luisa…!
LEANDRO: Si. ¡Ya lo sabemos! ¡Te has dejado los anillos!
JULIO: ¡Con este ajetreo! Ese maldito turismo se nos ha parado dos veces.
LEANDRO: Como que teníais que haber venido en la moto de esta. Ya os lo decía
yo.
LUISA: Lo que hubiera necesitado es un coche en condiciones. (Por la derecha
entra ELENA.) Vamos mamá, ¡que ya está bien!
ELENA: (Muy sofocada) ¡Un pañuelo con gasolina, un pañuelo con gasolina!...
LEANDRO: ¿Pero dónde quieres que encuentre yo ahora un pañuelo con
gasolina?
LUISA: ¡Mamá déjate de antojos, que se os marcha el tren!
ELENA: ¡Un pañuelo con gasolina o no entro!
(Desde unos altavoces situados en el patio de butacas empieza a sonar la marcha nupcial)
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(Comienza a sonar la marcha nupcial)
(LUISA se coge del brazo de LEANDRO. ELENA, con el pañuelo pegado a la nariz, toma a
JULIO del brazo. Comienza a bajar las escaleras.)
(JULIO se vuelve y notifica a su padre, que camina detrás lentamente con mucho empaque)
JULIO: Un merengue.
LEANDRO: ¿Qué?
JULIO: Que se le ha antojado un merengue. Se está poniendo muy mala. (La
comitiva se ha detenido)
LEANDRO: Tu madre quiere un merengue.
LUISA: ¿Y dónde encontramos un merengue?
LEANDRO: Ahí al lado hay una pastelería. Sería cosa de un minuto.
JULIO: Que el cura dice que sigamos.
(La comitiva prosigue su marcha. ELENA tambaleándose, hasta desaparecer por la puerta de;
patio de butacas, hacia el vestíbulo. BOLT ha quedado solo en el escenario, diciéndoles adiós
con la mano. Sonríe. Abre la carpeta que traía en la mano e, introduciendo en ella dos fichas,
tamaño universal, dice al público, cerrando la carpeta)
BOLT: Como ven dos casos sin importancia de mi carpeta B. Ojala se hayan
entretenido con ellos. Salgan a la calle llenos de fe en la vida, en la ilusión, y
solo por eso me disculpen. Buenas noches…, o mejor, ¡hasta pronto!
TELÓN
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