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CAPITULO 1

El paso de la niñez a la adolescencia pasaba sin mayor pena ni gloria, los chicos
tenían ya un par de años en preparatoria, comenzaban a estresarse con la
universidad, las carreras que elegirían o los destinos a que partirían, las parejas
formales ya se habían establecido así como las amistades que permanecerían
inalterables para toda la vida.

Cada uno de ellos ensimismado en su propio universo, preocupado por las materias
que tenían que acreditar para no perder el pase universitario o los sentimientos que
tenían que confesar para no quedar por siempre olvidados. Atrás quedaron las
inocentes inseguridades, los coqueteos nerviosos, la incertidumbre de
descubrimiento porque quien diría que llegaría un momento donde personajes como
Helga G. Pataki regresaban de las vacaciones Decembrinas transformada en toda
una mujer.

Sucedió, al igual que la tempestad, el paso de las estaciones y la voz gangosa de


todo chico que se convierte de la noche a la mañana en un suave o grueso barítono
que a toda fémina hacia suspirar. Fue un cambio brusco, en toda medida traumático
para los que tuvieron que sobrevivirlo junto al "Terror Pataki" ella se negaba
rotundamente a usar sostenes cursis y femeninos a pesar de que su pecho insistía
en reventar los tejidos y botones de toda camiseta, su cintura se acentuó como la
de una avispa, las piernas se tornearon debido el deporte que durante toda la
infancia había practicado. No es que fuera poseedora de una belleza romántica y
sensual como la de Lila o sinuosa, inocente y discreta como la de Phoebe, su belleza
era más dramática como toda ella. Salvaje en sus cabellos revueltos y los rasgos
fuertes pues aunque sus curvas eran femeninas, no pasaría por damisela de cuento
encantado jamás. Ella conservo sus modales bruscos y arrebatados, su conducta
irreverente y bendito sea el cielo por los sostenes deportivos que no eran para nada
finos o delicados, pero sostenían lo que tenían que soportar y ocultaban de la vista
y del morbo lo que no se tenía que observar.

La "uniceja" pasó a ser historia antigua, gracias a una intervención clínica de Miriam
y Olga, la sometieron a depilación láser en contra de su voluntad, pues afirmaban
que era el regalo perfecto para el despertar de su "muñequita adorada" Helga
amenazó con asesinarlas mientras dormían esa misma noche pero una llamada
telefónica de Phoebe le hizo creer que quizás, la nueva Helga podía conquistar al
nuevo Arnold.

Una promesa platónica, embaucadora y en cierta medida cruel pues cuando se


vieron, luego de una pausa de casi seis meses porque el paso de la secundaria a la
preparatoria no sucedía de manera tan inmediata si tenías el invierno más crudo de
los últimos ochenta años y se cerraban calles y escuelas de Hillwood hasta que se
derritiera todo vestigio de hielo.

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No hubo bromas, palabras hirientes, ni miradas secretas. Sólo un silencio
prolongado entre dos personas que creían conocerse perfectamente bien y que de
pronto descubren que se desconocen por completo.

Helga había chocado accidentalmente contra él, distraída como solía suceder ahora
con los mechones de sus cabellos que se quedaban atrapados por debajo de las
correas de su mochila, él se tardó más de cinco segundos en reconocerla, ella que
lo conocía a plenitud grabó en su memoria cada nuevo detalle: el cabello más largo
y peinado hacia atrás, la presencia de una barba ligeramente bohemia, la estúpida
gorra gracias a los Dioses había desaparecido y aunque seguía utilizando camisa
larga a cuadros, esta no parecía más una ridícula falda, los músculos de sus brazos
y pecho parecían un poco más marcados, en estatura seguía siendo un poco más
alta que él pero era una diferencia de escasos tres o cuatro centímetros, cuando
terminaron su evaluación visual, uno del otro Arnold sonrió con ligereza y se disculpó
por su torpeza.

Un simple: —Por favor discúlpame, Helga. —a pesar de que había sido ella la que
chocó contra él.

—Pierde cuidado, Arnold. —a pesar de que el chico la había observado de pies a


cabeza sin ninguna clase de recato.

Su voz, invariablemente de adolescente sería la fuente de inspiración para los


poemas de esa misma tarde y si ella no se desmayó ó dejó de respirar en ese preciso
segundo, se debió única y exclusivamente a que en ese momento sonaron las
chicharras anunciando el inicio de clases.

Escuela más grande, tres veces más alumnos de los que estaban acostumbrados,
ellos ya no compartían todas las clases pero se veían en las que consideraban
importantes.

Esto es, que él podía ver a la verdadera Helga en literatura y ella podía ver al
verdadero Arnold en historia, el encuentro con sus padres lo había llevado a querer
seguir sus pasos, aún no sabía si como antropólogo, historiador o arqueólogo pero
quería explorar tierras, encontrar mundos, conocer tribus y empaparse de toda clase
de cultura. Se decía entre voces que pasó cuatro de sus seis meses de vacaciones
en la Selva, que aprendió a escalar y sobrevivir en condiciones infrahumanas. Helga
podía apostar a que ya no era el mismo debilucho enclenque de antes, de hecho, si
pudiera sentir la fuerza de sus brazos al rededor de la cintura, no pediría más en la
vida.

Los clubes deportivos no cambiaron en absoluto, ella logró coronarse una vez más
como capitana de Béisbol, división femenina, lo que no le hizo demasiada gracia
pero las reglas impedían que jugara en las grandes ligas. Es decir: rodeada de un
montón de toscos, sudorosos y mal hablados hombres. Gerald era el capitán del
equipo de Baloncesto, Phoebe de Voleibol, Rhonda volvía a liderar a las

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animadoras, Harold participaba en Judo y Arnold, no lo iría gritando por los
corredores pero se había conseguido una posición respetable en el Fútbol Soccer.

Así pues, de manera lenta y segura las cosas terminaron de colocarse en su sitio,
hubo amistades que se rompieron y nuevas alianzas que se hicieron, ellos dejaron
atrás el Campo Gerald para acudir a otros sitios como bares, cafeterías, centros
comerciales y parques de diversiones ubicados a las afueras de su pueblo. Arnold,
ni bajo tortura china lo admitiría, pero en sus ocasionales encuentros solía extrañar
sus malos modos, su sonrisa embustera, el tono de voz grosero y altanero, su
violencia física y es que él tenía que tener el caso más extremo de síndrome de
Estocolmo, porque la veía jugar en el campo y era "Su Helga" la que recibía el
calificativo de guerrera amazona, pues se había llevado la copa de oro dos
Campeonatos seguidos.

Si la veían en la base, otros retadores se retiraban, las apuestas subían y el dinero


corría. Ella era un poco indiferente a todo esto aunque podía ver en sus
movimientos, la luz de sus ojos y la sonrisa sincera que se sentía libre, de una
manera en que no podía serlo con la literatura o cualquier otra clase de asignatura.
Su cabello largo trenzado por debajo de la gorra, la goma de mascar en los labios,
el uniforme ceñido a sus curvas y aquí tuvo que pellizcarse de manera mental
cuando asoció la palabra "curvas" con la imagen de Helga —su abusadora
personal— Pataki.

No siempre tenía oportunidad de verla, a decir verdad asistía al campo de Béisbol


únicamente cuando escuchaba que eran otros los que iban a verla, hasta Gerald
apostaba por ella y es que podría no soportarla, ni querer tenerla cera, pero…

—Viejo, está haciendo milagros por mi fondo Universitario.

Algunas ocasiones creyó verla en las gradas cuando era él quien jugaba pero
siempre que lograba identificarla, otras voces lo llamaban.

Él, era popular entre las chicas, de una manera en que nunca antes lo había sido,
le gustaba que fueran lindas con él y le tenía sin cuidado si eran morenas, rubias,
altas, delgadas o bajas, aunque si se podía elegir, se inclinaría por la que
consideraba el amor de su vida.

Lila, siempre estaba en la primera fila del campo de soccer para apoyarlo y a él le
bastaba con una sonrisa de su cara para olvidar lo que hacía y renovar fuerzas.

Su relación personal si quiera había mejorado, continuaban las palabras coquetas,


las miradas distantes, el servilismo que no terminaba en nada y las citas que se
prolongaban hasta elevadas horas de la noche dónde él intentaba besarla y la
pelirroja giraba el rostro para que el beso acabara en alguna otra parte de su cara.

Hablando de parejas, Sid pretendió declararse a Rhonda en la fiesta de fin de curso


del primer año pero tuvo que cancelarlo porque cuando la encontró, ella ya estaba
llegando a segunda base con Curly, Gerald le pidió matrimonio accidentalmente a
Phoebe en lugar de simplemente pedirle que fuera su novia, Eugene tuvo su
esperado encuentro con un grupo de sexis bomberos el mismo día que Sheena
decidió por fin invitarlo a salir, Harold se veía más de lo estrictamente necesario con
Patty y en cuanto a Helga, bueno ella se seguía resistiendo a participar en el

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"espectáculo" la primera vez que apareció una "carta de amor" sobre la puerta de su
casillero se esperó hasta que pasara él y lo interceptó en el camino.

—Disculpa que te moleste, querido amigo con Cabeza de Balón, pero si tuvieras la
gentileza de explicarme como funciona "esto" —y al mencionarlo le mostró la carta
con escritura burda que sin lugar a dudas debía pertenecer a cualquier chico de la
escuela. Él se encogió de hombros, no muy seguro de entender, qué era lo que le
pedía.

—Se supone que es un halago, Helga.

—Ya, esa parte la entiendo, sé leer desde el jardín de infancia, por si no lo recuerdas.
Mi punto es, ¿Si tú escribieras una carta para "halagar" a tu noviecita Lila, la dejarías
simplemente y te irías? ¿O esperarías a que la leyera y te diera alguna clase de
respuesta?

—Esperaría, por supuesto…

—Gracias, eso es todo lo que quería saber. —acto seguido sacó la goma de mascar
de sus labios. Un aroma a mango le llegó por lo alto, combinado con su perfume que
debía ser a flores o dulces, la goma terminó sobre la carta, luego la arrugó en el
interior de su puño y la arrojó al primer depósito que encontró en su paso. Él quiso
explicarle que quizás su admirador secreto era un chico tímido, tenía que ser
paciente. Ella era una romántica, ¿No es cierto? ¿Qué no era eso lo que les
apasionaba a todas las chicas desde Walt Disney?

—¿A ti te parece que seguimos en cuarto grado?

—¿Perdón…?

—Que si para ti está bien seguir suspirando por los pasillos y sostener su mano
cuando a Lila le dé la gana, por mi perfecto. Pero otras personas maduramos más
rápido y lo que queremos es una declaración formal, sin medias tintas, directo a la
cara. —su estómago se revolvió cuando escuchó todo eso. Vagamente fue
consciente de que no estaban solos ni en un sitio íntimo, estaban a medio pasillo
donde cualquiera los podía ver y peor aun escuchar. Nadie reparaba
específicamente en su charla, con excepción de los Beisbolistas que recién iban
saliendo de práctica.

Helga, arrebatada como siempre era, lo había tomado por las solapas de su camisa
y se había acercado a él, como en los viejos tiempos cuando cerraba el puño diestro
por lo bajo y amenazaba con tirarle los dientes por el simple acto de estar respirando.
Su pulso se aceleró al recordarlo, algo en su mente y su pecho reaccionó. Él tenía
que tener problemas de carácter clínico, si estaba ahí, deseoso de que Helga G.
Pataki, le rompiera la cara.

No sucedió nada de eso, ella lo liberó de su agarre y le acomodó las ropas, su


camisa de vestir a cuadros y algunos cabellos que se le habían desacomodado, él
tuvo el impulso de imitar la acción, los cabellos de Helga estaban por buena parte
de su cara, vestía con camisas holgadas de cuello redondo y generalmente en
diferentes tonos de rosa, jeans azules deslavados, rotos de abajo y ajustados por lo
alto, zapatos deportivos del mismo color rosado. Nunca la había visto con zapatillas,

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aunque sí solía verla en ausencia de todo calzado porque los pies se le hinchaban
luego de practicar demasiado.

Se despidió sin mayor ceremonia, giró el cuerpo y se perdió a lo largo del pasillo. A
partir de entonces, la escena de la carta se repetía y no solo con las notas de papel,
sino con lo que sea que dejaran en su casillero: números telefónicos, animales de
felpa diminutos y con chupón que se adhería a cualquier superficie, globos
multicolores y hasta chocolates y dulces. Esos últimos los desplazaba a los
casilleros de sus costados. Nadine, estaba especialmente feliz de tener golosinas
gratis, el chico del otro casillero, sólo tuvo que preguntar una vez, si a caso ella lo
estaba invitando.

—¡Por supuesto que no, tarado! ¡Dáselos a tu propia novia, la escuché quejarse en
los baños de que eres bastante tacaño!

Su resistencia a salir en citas, aceptar obsequios o responder coqueteos, la estaba


convirtiendo en una especie de reto a superar. Los que se decían Casanovas
juraban que antes de terminar el año, tendrían un beso de sus labios, los mas
osados, no sólo querían besarla, sino hacerla suya de las maneras menos
propias…Él tuvo que contar hasta cien, más de una vez en la cafetería, el campo de
soccer, laboratorio de química y donde quiera que escuchara esa clase de salvajada.

Helga podía cuidarse sola, él sabía que podía cuidarse sola, pero aún así, no le
gustaba lo que de un tiempo hacia acá se venía escuchando.

Gerald vomitó en la cafetería el miércoles, dos días antes de San Valentín, cuando
el capitán de Béisbol de la división masculina comenzó a gritar que estaba decidido
a acostarse con ella, describió detalladamente sus generosas curvas, mismas que
se adivinaban de manera perfecta cuando el uniforme deportivo se pegaba a sus
formas debido al sudor. Él le había enviado las cartas, los dulces, además de los
animales de felpa y comenzaba a sospechar que ella sabía que era él quién lo hacía.

—¡¿Oye viejo, no crees que deberías aceptar un no, como tal?! ¡Ninguno de esta
escuela le interesa! Pasó seis meses completos en Paris, ¿Cómo sabes que no
conoció a un Franchute contra el cual ni tú ni nadie, podría competir? —se quejó su
amigo luego de terminar de devolver el almuerzo que recién acababa de ingerir.

El aludido no le dio importancia, si quiera volteó a verlo. Capitanes de otros equipos


no se llevaban entre sí. Gerald era famoso y reconocido por sus estrategias
ofensivas y capacidad de líder, pero su equipo no había ganado ningún oro, sólo
platas. Jake, quien era el capitán de Béisbol, se levantó con la charola de alimento
en mano y sin más declaró.

—Si digo que tarde o temprano caerá, es porque lo hará…

Un mal sabor de boca se instaló en el interior de sus labios cuando escuchó ese
relato, sabía que Gerald se lo diría a Phoebe y que ésta a su vez se lo contaría a
Helga, lo que no terminaba de entender era por qué su mejor amigo sentía la
imperiosa necesidad de referírselo a él.

—¡Es que es Helga! ¡Y ese tipo me enferma!

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—¿Más que ella?

—Crecimos juntos, ¡Maldición! es como si hablaran de querer tirarse a mi propia


hermana.

—¿Perdón…?—por un segundo le pareció divertido que mirara a Helga como a su


hermana, luego consideró que al ser ella, la mejor amiga de su novia más que nada
sería cuñada.

—¿No entiendes?—interrumpió el moreno su línea de pensamiento. —¡No habla de


querer ser su novio, enamorarla, invitarla, sólo quiere…!

—Ya entendí…—y su estado de ánimo ensombreció, su estómago se revolvió, la


sangre al interior de sus venas, hirvió.

No hubo tiempo para indagar en eso, suponía que Phoebe, Rhonda, Nadine y las
demás estarían enteradas y cuidando de Helga. Era una tradición entre chicas,
flanquear distancias y mantener apariencias, cosa que no acostumbraban los
chicos, ellos simplemente se plantaban de frente y tiraban dientes.

La antigua Helga plantaría la cara y soltaría algunas patadas, la de ahora tenía otro
tipo de plan.

Llegó San Valentin, con sus declaraciones de amor, bailes improvisados y besos
apasionados en cualquier parte del edificio.

La tradición de su escuela indicaba que los chicos regalaban chocolates a las chicas
y si estas correspondían se comían la golosina. Lila ya estaba degustando una barra
enorme de chocolate blanco cuando él tuvo oportunidad de ir a buscarla. Le dejó el
suyo que era de chocolate negro y que además tenía forma de corazón.

Rhonda obligó a Curly a comprarle una decena de sus favoritos, los que eran
excesivamente caros y exclusivos, Harold llevó galletas de chocolate horneadas en
casa, Patty las devoró con ansias, a excepción de una, esa sería para su mamá.
Gerald le compró un enorme chocolate en forma de oso a Phoebe, de color blanco
y con coco. Eugene, le obsequió un pequeño chocolate a Sheena, la chica lo aceptó,
aunque no se lo comió.

Helga por su parte instaló un puesto de chocolates en la explanada principal. Colocó


un letrero fluorescente en el dónde decía. "No llores, sólo come" había chocolates
de todo tipo, las chicas "sin pareja" se abalanzaban por ellos en avalancha. Gerald
silbó por lo alto, ampliamente impresionado, Harold pidió que le recordaran si Helga
era hombre o mujer.

—¡Es una mujer, estúpido! —gruñó Rhonda, porque obviamente el centro de


atención ahora que tenía novio debía ser ella, y no la antigua uniceja. Reprendió a
Nadín sonoramente por estar ahí y tener las mejillas impregnadas de chocolate,
Pataki le dijo que la dejara en paz, todas tenían derecho de disfrutar este día.
Además no era obligación de los hombres repartir golosinas.

—¡Claro que lo es! Se llama tradición. —reclamó la pelinegra.

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—Pues tú celebras el amor, yo la liberación...—al comentar eso le dio una generosa
mordida a una barra de chocolate que curiosamente era de la marca que a él más
le gustaba. Su estómago sintió un nuevo estremecimiento. No podía creer que todos
sus admiradores, se abstuvieran traerle chocolates ese día. Pero más tardó en
pensarlo que en lo que Jake Cabot, estaba delante de todos armando un escándalo.

—¿Es esta tu respuesta?—preguntó temerario, aunque su tono de voz, no sugería


interrogación, sino más bien reclamación. —Helga, le arrojó una carta a la cara que
obviamente atrapó en su mano.

—Mi respuesta es que te olvides de la idea, estoy ocupada, no me interesas. —hubo


murmullos por todas partes, miradas indiscretas y algunas personas que optaron por
la retirada antes de que los ánimos se calentaran.

—Los chocolates…

—Te agradezco el gesto, pero no tenías que invertir tanto dinero. ¡No soy un objeto
que puedas comprar! pero si tanto te interesa aliviar tus "ansias" puedes intentar con
cualquiera de ellas. —las chicas con chocolate en las manos y cara tragaron duro,
no tenían idea de cual era el escenario completo.

Había de todo tipo, desde las inseguras que salieron corriendo, a las tímidas cuyas
mejillas se incendiaron y cabezas bajaron, Nadine sonrió esperanzada, levantó el
rostro además del pecho. Helga se terminó la barra de chocolate que sin lugar a
dudas debió comprar en la cafetería y se levantó de su asiento. Jake la destruyó con
la mirada, sobretodo por la exhibición y humillación pública.

Eso no se quedaría así, todos lo supieron, pero decidieron no pensar en eso.

—¡Hey! Phoebe, Cabeza de Cepillo, Balón, les guardé uno.

—¿Qué? —Gerald salió de su trance, las personas igualmente se dispersaron, la


mesa de chocolates aún tenía algunos que permanecieron intactos. Nadie, con
excepción del personal de limpieza se atrevió a tocarlos.

—Antes de dártelo necesito saber si no fuiste tacaño con Phoebe, Geraldo—


comentó la rubia mostrando tres barras de chocolate que sacó de su mochila, eran
de diferentes marcas. Los favoritos de Gerald, eran los chocolates amargos, los de
Phoebe eran los blancos, los suyos eran aquellos que Helga ya se había devorado,
pero quedaba otra barra que era de chocolate almendrado.

Pensó que esa sería para él y que constituía el sabor favorito de Helga…

—¡Por supuesto que no fui tacaño! Y disculpa si no me lo creo, pero tú jamás, en


diecisiete años de vida has tenido la intención de hacerme alguna clase de regalo.

—Tampoco te emociones tanto, zopenco. Supe de labios de Phoebe que me


defendiste en una especie de "situación incómoda" Así que tómalo como una forma
de agradecimiento, porque no iba a colgar cartulinas fluorescentes con tu nombre
escrito en alguno de los pasillos. —Gerald se sorprendió por completo, Phoebe
sonrió complacida. La rubia se tomó la libertad de recordarles que San Valentín, no
era el día exclusivo de los enamorados, sino también de la amistad.

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—Celebro por nosotros…—y al comentarlo le entregó el chocolate almendrado. La
siguiente clase comenzaba de inmediato, la chicharra además de las voces a grito
de algunos profesores se los recordaron, él fue directo a algebra y sobre el
chocolate, claro que se lo comió, pero por alguna razón, no se lo terminó. Helga
nunca les había regalado algo, hasta Phoebe decía que en su relación de mejores
amigas, no intercambiaban regalos.

"Helga, no cree en los obsequios, piensa que si quieres decirle a alguien que lo
quieres, lo demuestres con palabras o acciones. Nada que se compre con dinero"

Lo siguiente en la tradición de su escuela, sucedía el 1ero de marzo. Si los


sentimientos de ambos eran correspondidos e iban en serio, ese día las chicas
aceptaban salir con los chicos. Él invitó a Lila, la pelirroja aceptó —como amigos—
pues antes de su cita que podría ser después de las seis, iría a comer con otro chico
llamado Larry.

—¿No te molesta, cierto?

—En absoluto…—respondió resignado. —ya era el final de las clases, era viernes y
por consiguiente todas las citas se estaban planeando para un fin de semana
romántico. Tomó su chaqueta del interior de su casillero, Lila le siguió el paso, ella
traía unos libros sueltos en los brazos, él se ofreció a sostenerlos cuando una voz a
grito llamó la atención de ambos.

—¡Suéltame!

—Te estoy diciendo que saldrás conmigo en este momento.

—¡¿En qué idioma te debo decir que no me interesa?!

—En el único que de verdad importa…—Jake tenía a Helga acorralada en una


esquina, varias personas observaban, entre ellos sus amigos de Secundaria.
Rhonda, Curly, Stinky, Harold, Phoebe y Gerald. Resultaba impresionante, por no
hablar de indignante ver a la mujer que conocieron como una buscapleitos, abusona
y golpeadora, acorralada por un hombre que le superaba no solo en estatura sino
en masa corporal. Él sintió el impulso de separarlos, de hecho soltó los libros de la
pelirroja que cayeron como en cámara lenta, al mismo tiempo que Cabot tomaba el
rostro de Helga y la besaba a la fuerza.

Hubo un silencio sepulcral, a él la sangre se le congeló al interior de las venas, Lila


soltó un diminuto grito, se llevó las manos al rostro al igual que el resto de féminas.
Phoebe gritó el nombre de su amiga. La única que podía saberlo era ella, después
de todo eran amigas de toda la vida.

Lo único bueno que el gran Bob había hecho por sus dos hijas, era llevarlas a clases
de defensa personal. Él no era estúpido, era un patán, avaro, ensimismado en su
negocio que reconocía por sobre todas las cosas que también era un cerdo y como
tal, no quería que otros cerdos se tomaran libertades con sus hijas. Claro que no,
primero muerto que verlas sufrir por algún degenerado demasiado mañoso y fue por
eso que aún presa del horror, Helga escuchó su nombre y recordó quién era.

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Se afianzó firme sobre la planta de sus pies, reunió fortaleza, no supo de donde y le
descargó un codazo lo más fuerte que pudo en el pecho, Jake se fue hacia atrás,
levantando el rostro visiblemente indignado, tenía los labios rojos, húmedos de ella,
la imagen de él la devastó, así que después le dio un puñetazo que esperaba le
hubiera roto la nariz y tuvo que detenerse ahí porque obviamente, sus piernas
amenazaron con dejar de sostenerla. Phoebe era rápida, de hecho su velocidad era
algo que le daba ventaja a la hora de jugar voleibol. Antes de que su amiga
desfalleciera, ella ya estaba ahí y como la respetaba y protegía su dignidad, la obligo
a caminar en dirección de los baños. El silencio entre los presentes se prolongó aún
con un chico que gritaba indignado que Helga G. Pataki se arrepentiría de sus actos.
Muchos ya no fueron dueños de sí mismos, porque sí. Ella había convertido sus
infancias en un martirio, pero también había apoyado y participado en todos los
momentos que la necesitaron y sí, era una patada en el culo, con una actitud de los
mil infiernos, pero jamás…

Jamás, había hecho a ninguno de ellos llorar.

Y esa era la parte más vulnerable de todo esto, que mientras lo golpeaba, primero
en el pecho y después en el rostro, hubo lágrimas saliendo de sus ojos. Y ellos hasta
ahora, nunca la habían visto llorar. Ella daba la cara, peleaba sus batallas aun a
sabiendas de que no iba a ganarlas, si perdía se humillaba como la tradición
indicaba, pues Helga G. Pataki aceptaba la derrota cuando la misma llegaba. Arnold
quería ir con ese sujeto y repartirle su propia tanda de golpes, claro, él era un
pacifista, estaba en contra de la violencia física, pero…en este momento, en serio,
no sabía de lo que sería capaz en este momento, porque él sí la había visto llorar,
pero por sus padres, su historia personal, sus sueños de infancia, no por esto, y en
su corazón sentía que ninguna mujer tendría que llorar por esto.

Levantó el rostro y habría cumplido su cometido de poner en práctica las lecciones


de karate que no sabía si recordaba cuando fue Harold quien levantó la voz por
todos.

—Si la vuelves a molestar, el único que se arrepentirá de sus actos serás tú, mi
amigo. Y eso no va sólo por Helga, sino por cualquiera. Si una dama, te dice que
no. La respuesta es no, de lo contrario, voy a romperte los huesos y si me dices que
no…voy a ignorar por completo el sonido de tu voz…

Harold había llegado casi el metro ochenta de estatura, en masa corporal seguía
estando pasado de peso, pero no era grasa, sino músculo. El deporte, las artes
marciales que por consejo de Patty recién practicaba lo habían convertido en un ser
impresionante e imparable. Jake, se limpió la sangre del rostro, claro, él tenía el
apoyo de todo el equipo de Béisbol, pero después de Harold se unió Gerald, cuyo
equipo de Baloncesto no tendría problemas en romperse el alma contra ellos, Curly
no tenía demasiado que ofrecer pero ahí estaba, Eugene salió de la nada, sus
cabellos rojos al mismo tono de su indignación, comentó algo sobre abrirle el pecho
y bañarse en sus entrañas si otra vez la tocaba. Stinky se mostró de acuerdo y por
alguna razón, entre todo el barullo él no se movió.

Él, era al que Helga más había molestado, y también era el único a quien ella había
besado…

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.

CAPÍTULO 2

—Viejo, andando…

Gerald se le había unido de nuevo, después de que entre todos escoltaran a Jake
Cabot a la salida. Él tuvo que parpadear un par de veces antes de caer en la cuenta
de que efectivamente la puerta principal ya estaba libre de problemas. Las chicas
se habían retirado, Lila ya no estaba a su lado, ni ella o los libros que dejó caer en
su pequeño exabrupto.

—¿Gerald…?—el moreno rodó los ojos y comenzó a tirar de su brazo para obligarlo
a caminar junto a él.

—Si, Tierra llamando a Arnold. Sé que no es un espectáculo de todos los días, pero
ya no tenemos nueve años.

—¿Qué?

—Que defendiera a Helga no es para tanto, ¡No iba a estar enfadado con ella toda
la vida! y Phoebe tiene clases avanzadas los viernes. Si la conozco, como creo que
hago, Pataki no permitirá que arruine su historial académico por algo como "esto" —
él asintió mecánicamente con el rostro. Aún no procesaba lo que era "esto" ni
tampoco le llegaba la revelación de ¿En que momento de la vida Gerald aprendió a
conocer a Helga? pero ya estaban llegando a los baños y había un montón de
personas que cuando los vieron llegar discretamente se replegaron.

—¿Van a llevarla a su casa, cierto?—preguntó Rhonda como si fuera una orden,


además de la cosa más obvia. Gerald le mostró las llaves de su auto. Desde los
dieciséis años conducía un viejo mustang coupe rojo que perteneció a sus abuelos
y normalmente era Phoebe la única chica que se subía, pero por hoy haría una
excepción.

—De acuerdo, antes de irnos hagamos un pacto sobre esto, ¿Quieren?—sugirió


Rhonda ante la atenta mirada de todos.

Eran los mismos chicos que se reunían para jugar en el callejón del Barrio y el patio
de la escuela hace poco más de diez años, independientemente de sus relaciones
personales o de que se agradaran entre sí, asintieron a la petición de Rhonda y
esperaron a escuchar su propuesta.

Era algo simple, no iban a hablar sobre esto.

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Nadie tenia derecho a preguntar a Helga sobre sus sentimientos, esencialmente
porque apenas si se enteraban de que tenía sentimientos y que era una mujer, que
como tal y como todas, era sensible y vulnerable. Ellos no la tenían propiamente en
un pedestal de oro, pero no iban a mancillar la imagen de su bravucona por culpa
de un idiota. Todos se mostraron de acuerdo y luego de estrechar manos y
despedirse en pos de disfrutar con sus parejas del fin de semana se fueron.

Gerald llamó a la puerta del baño, tres veces seguidas, luego hizo una pausa y tocó
dos veces más.

—Es un toquido secreto —explicó.

—¿Para que despiertes a todos en casa de Phoebe o para qué?

—¡¿Ehh?! Claro que no es para eso, es más…¡No te interesa! —la puerta se abrió
luego de unos cinco minutos. Phoebe tenía el rostro un poco sucio debido al rímel.
Se le había corrido el maquillaje del rostro, sus cabellos negros los llevaba atados
en un sencillo moño, el color azul seguía siendo su preferido para vestir además de
las camisas holgadas que por más que lo intentaba delineaban sus discretas curvas:
la cintura breve, las caderas anchas, los pechos pequeños pero bien formados,
completaba el atuendo con una falda tableada a la altura media de los muslos,
medias transparentes, botas cortas de tacón cuadrado y gafas de montura gruesa,
su mochila era de tirantes y de color negro, la llevaba a la espalda, como una
extensión de sí pues los estudios, así como sus amigos eran de lo más importante
en su vida. Saludó a Arnold con un movimiento de mano y después dejó que pasara
Helga, la rubia había soltado sus cabellos y los había vuelto a atar con una liga en
una coleta floja que le caía sobre el hombro diestro, al lado contrario le pasaba la
correa de su mochila, un morral de color rosado con estampado de flores. Ella, aún
estaba dudando sobre cómo actuar, cómo reaccionar, cómo comportarse y
finalmente optó por gritar.

—¡Le tiraré los dientes al primero de ustedes que me mire con si quiera un poco de
compasión! —declaró mirando con furia tanto al Cabeza de Balón como al Cepillo,
Gerald levantó las manos en son de paz y respondió con el mismo tono elevado.

—¡Como si existiera un Universo en el que yo pudiera dedicarte algo como eso!

—Bien Geraldo, ¿Y tú? —sus ojos azules eran como centellas: coléricos y
electrizados, él los sintió invadir su cabeza, penetrar sus defensas pero también,
debajo de todo eso reconoció un poco de miedo. Negó con el rostro, guardando las
apariencias. No le correspondía a él juzgarla o criticarla. A decir verdad, no entendía
por qué Gerald lo había obligado a acompañarlo.

—Todo está igual entre nosotros, Helga…—comentó sin dejar de verla a la cara,
advirtiendo el conjunto completo de sus mejillas pálidas y los labios rosados,
húmedos, delineados por alguna clase de brillo o labial. Hasta ahora era consciente
de que Helga usaba maquillaje, aunque no era tan elaborado como el de Phoebe,
sus ojos no estaban delineados, ni sus pestañas rizadas. Solamente eran sus labios
y curiosamente eran esos los que habían provocado.

—¡Más te vale, cabezón! —lo amenazó como antaño y él sintió nostalgia, aunada a
un nuevo y desconcertante estremecimiento. el estómago vacío, la cabeza dando

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vueltas. Helga dio el asunto por terminado y giró el rostro en dirección de su amiga,
la asiática estaba un poco más calmada pero visiblemente afectada.

Le dolía la agresión que sufrió la rubia, la fachada de mujer ruda que hoy día aún
obligaba a sostener y le dolía de más que no pudiera ser honesta con sus
sentimientos, que siempre debiera mantenerse de pie, cuando lo único que quería
era derrumbarse en el piso y llorar.

Durante los breves minutos que se encerraron en el baño era eso lo que había
hecho. La dejó caer en lo que revisaba que el baño estuviera vacío y colocaba el
cerrojo en la puerta porque no quería las miradas indiscretas de Rhonda y su
comitiva. Helga lloró como la antigua niña, porque seguía siendo esa mujer
romántica y apasionada que guarda sus labios para la persona indicada. Ese beso,
"el que te toma desprevenida y de manera forzada hasta desvanecer tus defensas
y reclamar tu lengua" estaba destinado a Arnold. En su mente y su corazón, aún
tenía sentimientos por Arnold y mentiría si dijera que en sus fantasías recurrentes,
no era él quien tomaba la iniciativa y le dedicaba una carta, una sonrisa, una palabra.

Esa ilusión, del amante osado se terminó, ¡Ese maldito se la arrebató! y dolía,
porque Arnold, aparentemente ni se inmutó.

"Phoebe, acabo de darme cuenta, de que le importo menos que nada…"

"No digas eso Helga, él es un pacifista y la situación…la verdad es que a todos nos
tomó por sorpresa"

"No quiero que me canonicen, ni que me martiricen"

"¿Entonces qué es lo que quieres….?"

"No lo sé…"

Estaban discutiendo eso, cuando escucharon el llamado de Gerald a la puerta.


Helga se incorporó de inmediato y lavó su cara además de tomar un poco de agua
directo del grifo y escupirla en el lavabo. ¿Por estas cosas las niñas bien, llevaban
pasta dental y cepillo en sus bolsos? A ella jamás se le habría ocurrido incluir eso
como el contenido esencial de su bolso. Phoebe le ofreció una toalla facial que
llevaba extra para las prácticas de voleibol y después le regaló su brillo labial.

"Es de cereza, lo compre hace unos días"

"No me trates como Princesa"

"Jamás lo haría pero ni tú ni yo queremos que la boca de ese pelmazo sea lo último
que toque tus labios"

—Llegarás tarde a tu clase, Phoebe ¿No necesitabas todas las asistencias para
tener mas oportunidades de obtener el pase universitario?

—Sí, pero…
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—Pero nada, Cabeza de cepillo te esperará en las canchas de Baloncesto para
después llevarte a tu casa.

—E…espera, en realidad, yo…—Gerald tiró las llaves que olvidó sostenía en su


mano. Helga sonrió socarronamente pero no lo miró, seguía concentrada en su
mejor amiga, en el secreto que las dos compartían desde que decidió que amaba a
Arnold, mucho más de lo que lo odiaba. Phoebe la abrazó con fuerza, Arnold anotó
de manera mental que se estaba perdiendo de algo.

Helga parecía conocer los hábitos deportivos de Gerald así como el moreno parecía
conocer la vulnerabilidad de ella, ¿Desde cuando eran tan íntimos? Y más
importante que eso ¿Por qué le molestaba tanto? Phoebe rompió el abrazo, se
limpió unas lágrimas traicioneras del rostro y después se inclinó para recoger las
llaves y devolvérselas a su novio.

—¿Estás segura de que estarás bien?—preguntó por ultima vez, sin dejar de mirarlo
a él. Gerald sonrió con la misma complicidad que compartían ellas.

La respuesta a sus preguntas le llegó de manera inmediata.

Era Phoebe quien los había unido de alguna extraña y misteriosa manera. Ella
compartía cosas de su mejor amiga con su novio y viceversa. Ellos debieron terminar
por aceptarlo porque la querían.

—Ya te dije que si, y no me lo tomes a mal melenudo pero lo último que quiero en
este momento en encerrarme en algún sitio con cualquier clase de c-h-i-c-o, ¿Tú
eres un chico, cierto?—Gerald rodó los ojos y replicó.

—Si, Helga, soy todo un hombre pero no tan varonil como tú. —Helga le levantó el
puño cerrado, aunque tuvo que disimular el dolor, porque se le estaba inflamando.
Gerald sonrió y se abrazó a su novia para llevarla al salón de cálculo avanzado.

—¿La acompañas tú, viejo? —inquirió sin pensarlo Johanssen. Él aún estaba
estupefacto por la revelación. ¿Dónde tuvo la cabeza durante todo este tiempo?
Ellos eran "amigos-amigos" del tipo que se hace bromas pesadas y se apoya en
situaciones desesperadas. Él seguía siendo el chico de respaldo, a quien llamas
cuando no tienes a nadie mejor que llamar.

Helga dejó que se fueran los enamorados, sacó una goma de mascar del interior de
su bolso y la metió en su boca, "mango" pensó para sus adentros y de recordar la
vez que estuvieron tan cerca el uno del otro, con unas palabras de amor no
confesas, se le hizo agua a la boca. Ella giró sobre la suela de sus VANS
desgastados y emprendió la huida con paso calmo, él se movió por inercia. No sólo
por obligación o cortesía, sino porque quería estar dónde ella fuera.

—No tienes que acompañarme, Arnoldo puedo cuidarme sola.

—L…lo sé, —comentó de inmediato. Caminando un poco por detrás pero sin dejar
de mirarla en su totalidad, resuelta, plena y a pesar de todo ello, frágil y fémina. —
Pero vas a necesitar una venda y algo de hielo para eso…

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—¿Cómo…?—Helga detuvo sus pasos y así él pudo señalar el puño que tenía ya
bastante inflamado.

—Cuando se enfríe el músculo podría dolerte mucho. —ella resopló, porque ya le


dolía demasiado, pero estaba tan enfocada en no ponerse a llorar delante de él que
apenas si lo notaba.

—Tomaré analgésicos.

—Pero te puedo llevar...

—¡No voy a entrar a la enfermería…!—y eso lo dijo mas que nada porque si volvía
a pasar por ese lugar, todas sus defensas se derrumbarían. Arnold suspiró cansado,
ella se relajó, confiada de ganar esta batalla.

—¿Puedes venir entonces a la casa de huéspedes?

—¿Por qué…?

—Para que pueda curarte —y ella ya no dijo nada, pero accedió a que él la guiara.
Arnold no tenía auto como Gerald, tomaba el autobús al igual que el resto pero en
esta ocasión optaron por caminar. Uno junto al otro en ceremonioso silencio.

No se sentía incómodo, más bien un poco ansioso. Él hubiera querido tomar su


mano sana, sentir su calor y decirle algo como que un beso no era tan importante,
pero la verdad es que para él también lo era. Dejaron atrás la zona de la escuela,
algunas tiendas departamentales, cafeterías y negocios. Ahora estaban por el
parque y de pronto Helga sintió la necesidad de romper el momento.

—¿Entonces…así es como siempre te sientes…?—preguntó deteniéndose de


frente a él porque si había alguien que conocía todas sus facetas ese era él.

—¿Perdón?

—Hablo de las veces en que te besé por la fuerza y por…sorpresa —Arnold se


quedó de piedra, porque claro, él también había estado pensando en eso. En los
besos que compartieron durante toda su historia y es que ni siquiera se trataba de
uno, sino de cinco.

Tres en la tierna infancia, uno más a los doce años y el último antes de entrar en la
preparatoria.

Helga lo miraba de manera intensa. Siempre era así, no tenía otra forma de
describirla como no fuera "una mujer apasionada y directa" Estaba de cara a él,
como en el momento en que confesó sus sentimientos y le dio un largo y profundo
beso.

Al evocar el pasado, recuerda que se aterrorizó de inmediato, como es natural y


como era de esperarse al tratarse él de una inocente víctima en las afiladas garras
de su asesina. No movió un solo músculo y durante las primeras centésimas de
segundo pensó que estaba perdido. Ella lo mataría, o después de besarlo, lo
abusaría pero honestamente estaba exagerando y eso no fue lo que sucedió.

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Aquel, no era su primer beso, ni el segundo entre ellos, era el tercero y mientras lo
pensaba podía afirmar que los labios de Helga eran idénticos a los de la falsa Cecile,
pensó en su figura, su ternura, creyó que por fin se había apoderado de él la locura
heredada a su abuela, pero no era un invento. Era cierto, Helga y Cecile, eran la
misma persona que decía quererlo.

Cuando terminó el beso y su mente llegó a la conclusión de que este podría ser el
tercero de muchos o el último de pocos, Helga habló de "la locura del momento" No
era verdad que sintiera por él, algo como eso.

¿Amor?

¿Era eso, lo que "no" estaban sintiendo?

Él no se lo preguntó por demasiado tiempo, acababa de encontrar a sus padres y


de descubrir un nuevo mundo de posibilidades. Lo que lo llamaba a voz en grito era
la aventura y lo que menos le interesaba era esta nueva clase de estremecimiento.

El cuarto beso sucedió en otra obra de teatro.

Eso no estaba planeado así porque Helga ni siquiera participaba en la obra, era la
guionista y asistente de dirección. Él se quedó una vez más con el papel protagónico
porque en esta ocasión, sí sería Lila Sawyer a quien besaría, más en séptimo el
ensayo, (media hora antes del estreno) cuando la pelirroja seguía sin poder besarlo,
Helga perdió los estribos, arrojó sus papeles al suelo y se dirigió a él como una leona
en cacería.

Lo tomó de las ropas que por cierto ya eran las de la obra: un traje color negro de
corte inglés con chaleco y corbata grises a juego, tiró de las solapas de su saco, él
cerró los ojos y levantó rostro por acto reflejo, tan acostumbrado a la diferencia de
altura entre sus cuerpos, a la forma de sus labios y lo intempestivo de sus arrebatos,
separó los labios, contrario de las ocasiones en que aún eran niños, saboreó su
boca y sintió su lengua danzar junto a la suya.

Fue un beso breve que disfrutó en cierta medida y que se vio roto por la necesidad
de Helga de recalcarle a Lila lo fácil que era.

"Eso es un beso, Sawyer. Arnold no muerde y no se te van a caer la piel, los labios
o la cara por tocarlo. Son amantes, ¿Recuerdas?" —gritó señalando los papeles en
el piso. "Su esposa por fin murió de Tifoidea, la enterraron hace unas horas y él no
quiere llorarla, quiere recordarla a través de ti. Tú eres la razón de que le fuera infiel
en su lecho de muerte porque le recuerdas a la mujer que amó en los años que fue
verdaderamente bella…"

La obra fue todo un éxito, por el guión más no por la actuación. Al final, él terminó
besando a Lila un poco más abajo de los labios, inclinó el cuerpo para que no se
notara que sus bocas no se habían tocado. Siendo honestos, ahora que lo pensaba,
quizás la obra era una proyección de los sentimientos de Helga.

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"Tú eres la razón de que le fuera infiel, porque le recuerdas a la mujer que desde
siempre amó"

Su corazón dio un diminuto salto al llegar a esta conclusión, las imágenes de "la
falsa Cecile y Helga Pataki" revolotearon en su cabeza. ¿El estaba enamorado de
ella? Nunca antes se lo había preguntado. La rubia permanecía con él, aunque se
había dirigido a una banca en el límite del parque. Él la siguió, aún sin decir nada,
sospechaba que faltaba poco para que Helga se hartara, su relación se resumía en
esto:

Ella gritando, confesándolo todo y él quedándose mudo.

El ultimo beso, pudo ser interpretado como despedida.

Sabía por boca de todos que Olga tenía un puesto reconocido en una Universidad
Francesa, sus padres planeaban visitarla a finales del año, pero los rumores también
decían que si los Señores Pataki se divorciaban, Helga y su madre se quedarían
con ella.

Era el término de las clases, ultimo año de Secundaria, al regresar de vacaciones


estarían en Preparatoria y tampoco es como si muchas cosas de la actual Helga lo
hubieran tomado por sorpresa. Los jeans desgastados que vestía entonces ya se
ceñían a su cadera, las camisetas sin mangas daban una buena idea de la que sería
su sensual anatomía.

Y sí, lo dijo bien porque él ya conocía a Olga y la única palabra que tenía para
describir a su hermana mayor era "sexy" Obvio resultaba suponer que la menor de
los Pataki tendría una figura así de envidiable. Cuando se despidieron, Gerald ya
iba algunos metros por delante con Phoebe y el resto de sus amigos, también los
habían dejado a solas.

Se miraron por segundos que parecieron minutos, palabras murieron en aquel


momento y otras no pronunciadas nacieron. Sus ojos se buscaban con ansiedad y
a la vez se evitaban. ¿Qué le podías decir a una mujer que pasó de ser tu golpeadora
personal a una amiga distante pero sincera?

—¿Así que París…?—preguntó por curiosidad y cortesía. Ella se encogió de


hombros, el tirante de su hombro derecho cayó. Él lo acomodó en su sitio, como si
el roce de su mano sobre su piel pálida fuera algo común entre ellos, una caricia
espontánea, un gesto esperado. Helga no dijo nada, pero sus ojos por el contrario,
lo devoraban.

—¿Qué vas a hacer tú? ¿Explorarás todo el Continente?

—Sólo Perú y Ecuador

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—Trata de hacer que no te maten…

—Y tú trata de hacer que no te deporten…—Ambos sonrieron por el comentario,


luego ella le pidió que prestara atención al lugar dónde se habían parado. Era el
gimnasio de la escuela así que él no entendió a lo que se refería hasta que hizo
hincapié en los decorados navideños.

—Oh…

Un muérdago se elevaba por encima de sus cabezas. Y ahora tenía sentido que
todo el mundo los hubiera dejado solos. —cerró los ojos en el momento exacto que
sintió el roce de sus labios. Sabor a mango envió descargas eléctricas por todo su
cuerpo, separó los labios como en el teatro, la sintió abrirse paso en su boca, jugar
con su lengua. Un beso húmedo, ansioso y quizás un poco desesperado. Las manos
de Helga estaban una vez más en su cuello, él relajó los músculos, cerró un poco el
espacio entre sus cuerpos, sin tocarla…invadirla, lo importante para él, era
respetarla.

Y el beso acabó con una simple frase.

"Feliz Navidad…"

—Ar…nold…

Dejó de viajar por el mar de los recuerdos, Helga tenía el rostro rojo, húmedo de
llanto, su primer instinto fue pensar que la había lastimado al quedarse tanto tiempo
callado, pero después la miró doblarse del dolor y contempló el puño diestro que de
rojo comenzaba a ponerse morado.

—¿¡Te has estado aguantando todo este tiempo!?

—¡No me grites!

—¡Yo quería llevarte a la enfermería! ¡Y fuiste tú la que empezó a gritar!

—¡Eres tú, el que apagó su cerebro!

—¡Yo no apagué mi cerebro!

—Claro que sí, yo lo vi muy claro. Solo hizo falta preguntar lo obvio…

—¿Qué…?

—¡Me odias!

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—Helga…—él no tenía paciencia para ella. Es decir, siempre lo sacaba de sus
casillas pero para llevar la fiesta en paz y en pro del pacifismo no ahondaba de más
en la herida. La dejaba hacer sus rabietas, amenazarlo, golpearlo y sí, besarlo.

Se aclaró la garganta en lo que hacía un barrido visual del espacio a su alrededor


por si veía al vendedor de helados y como mínimo le compraba algo para ponérselo
en la mano. No vio nada, además de parejas que ya comenzaban a besuquearse y
toquetearse por los rincones. Helga terminó por levantarse, él la frenó tirando del
brazo sano.

—No te odio, y nunca pensé demasiado en los besos que me has regalado…

—¿Perdón…?

—Cuando éramos niños, decidí que eran cosas de niños y en el ensayo de la obra,
pensé que era sólo teatro…

—¿¡Así besaste a Lila…!?—preguntó con ojos enormes a lo que él, simplemente


negó.

—No nos besamos, pensé que le daba pena hacerlo delante de tantos, pero ha decir
verdad….ella y yo…nunca nos hemos besado.

—¿¡Qué!? Pero…si han estado saliendo desde…

—El origen de los tiempos, yo lo sé, pero no nos hemos besado y aún no he
terminado. Lo que "hiciste" nunca me pareció ofensivo o repulsivo. Sólo un poco
intimidante, porque…tú sabes. Se supone que somos los chicos los que besamos a
las chicas.

—Claro, soy el ejemplo viviente de eso…—señaló ofendida, Arnold se empeñó en


mirarla a los ojos. Verde sobre azul, las aguas calmas de él intentando mezclarse
con el profundo mar que habitaba en su ser.

—El ultimo beso fue diferente.

—¿Diferente, cómo?

—No era solo el muérdago, éramos nosotros. Se sintió correcto.

—¿Y entonces por qué…?—se atrevió a preguntar, a pesar de que estaba a punto
de ponerse a gritar de dolor. No cerró el puño correctamente al momento de soltar
el golpe. Sí, era una mujer atlética que se mantenía en forma, pero el calor del
momento, el traumatismo emocional de ser besada por otro sujeto, el nivel de su
enfado al ver la sonrisa prepotente de ese descarado, la llevaron a reaccionar sin
pensar y seguramente se había fastidiado un tendón, un dedo, un nudillo o dos.

—¿Por qué no dije nada desde que nos volvimos a ver…? —Helga asintió con el
rostro pero en esta ocasión no pudo evitar volver a doblarse del dolor. ¡Quería
drogas y de las fuertes! ¡Las necesitaba ahora! Arnold la levantó con soltura,
tomándola de la cintura. Un gesto involuntario y que honestamente se sintió de lo
mejor, comenzó a escoltarla hacia la casa de huéspedes. No estaban demasiado

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lejos y su abuela con toda seguridad tendría algo para calmar su dolor y bajarle la
hinchazón. Retomó la conversación a medida que adquirían un paso firme, relajado.
—Porque como te dije, nunca pensé demasiado en eso y ambos regresamos tan
diferentes…

—Y tan nosotros…

¿Existía un "nosotros" entre los dos?

La pregunta se quedó en el aire, pues lo siguiente que quería saber era lo que sintió
al ser besada por ese bastardo. Si se lo hubiera preguntado a él, le diría que lo que
sintió fue que se moría, que la persona que era se transformaba en otra pues desde
siempre, había sido ella la que lo besaba a él. La que decidía a quién querer, la que
encontraba formas de volver íntimo un espacio público, la que no tenía miedo, sólo
pasión y convicción.

Verla temblar entre las formas de Jake, verla llorar por causa de él, despertó algo
en su interior que no podía comprender, la sangre se congeló en el interior de sus
venas, algo en su mente se fragmentó. La imagen de Helga a los nueve años
diciendo que lo quería, que le gustaba con pasión y locura, que escribía decenas de
poemas inspirados en él y que hasta guardaba un altar en su alcoba.

Eso era lo que le impidió reaccionar, recomponerse de la impresión, porque esa niña
era asombrosa y no merecía ser tocada por un cualquiera.

—¡Santo cielo! ¡¿Pero qué fue lo que les pasó, Arnold?! —su abuelo estaba
barriendo las escaleras de la entrada principal, al sonido de su voz se unió la de su
abuela.

—¡¿Qué está…?! ¡Eleanor! —Helga levantó el rostro y por extraño que pareciera
corrió a reunirse con su abuela.

—¡Gertrude!

CAPÍTULO 3

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.

Phil tuvo que apartar a Arnold luego de que al chico casi se le cayera la mandíbula
con la imagen de su abuela y Helga apretándose en tremendo abrazo. Es decir,
sabía que Puki estaba algo loca y que Helga también, ¿¡Pero, esto!? Ninguna de las
dos lo abrazaba a él ¡Es más! Ninguna de las dos le mostraba ese "lado" a él.

Iba a comenzar a protestar a voz en grito, cuando de pronto su abuelo le hizo una
seña para que prestara atención al sonido.

Sollozos, leves y apenas perceptibles, que le hicieron guardar silencio y seguir


obedientemente a Phil hacia adentro.

—Déjalas unos minutos hombre pequeño y ahora que estamos aquí, dime ¿Qué
demonios fue lo que les pasó?

Estaban en la cocina, Arnold sacó una silla, se acomodó a la mesa y trató de


organizar sus ideas. Phil por su parte, estaba ocupado revisando alacenas de
manera aleatoria.

—¿Esa Eleanor, es la niña furiosa que golpeaste con tu bola de béisbol, cierto?

—Se llama Helga, abuelo.

—¿Helga Eleanor? ¡Pff! Con razón todo el tiempo se la pasaba gruñendo.

—No, su segundo nombre empieza con G

—¡¿Geleanor?! —se quejó. —Estos padres y sus nombres "modernos" arruinan la


infancia y el estado emocional de sus hijos… —Arnold suspiró para sus adentros,
resignado a que tu abuelo llamara a Helga como quisiera.

—Si, es ella.—interrumpió, antes de que Phil encontrara una forma de relacionar los
nombres modernos con la Segunda Guerra mundial.

—Oh, ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí.

—¿Qué?—Arnold levantó la vista. Su abuelo ya se había acomodado en la silla de


enfrente y colocado sobre la mesa un par vasos con whisky.

—Yo pregunté primero, soldado. Ahora, bebe

—Sabes que no bebo.

—Estás más pálido que la muerte, Arnold. Y esa chica tenía el rostro manchado de
llanto, tú la abrazabas por detrás como si quisieras protegerla de la vida misma. No
es que no seas caballeroso con todas las personas, pero creo identificar algo cuando
lo veo.

—¿Qué clase de algo?—inquirió interesado.

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—Dime lo que les pasó y luego te diré lo que yo creo que sucedió. —La mirada de
su abuelo debía ser la misma que usaba en el ejército ya que no admitía
vacilaciones. Arnold se rindió y aceptó el trago que le era entregado. Levantaron los
vasos como demandaba la tradición y después bebieron de un solo golpe.

El sabor amargo se le escurrió por la garganta como fuego líquido hasta aterrizar en
el estómago, luego observó la imagen del vaso vacío, como si poseyera las
respuestas a las preguntas que a penas y se estaba haciendo. Trató de pensar en
una forma cuerda narrar la situación, mientras su abuela y Helga entraban por la
puerta principal y se dirigían al salón de lectura.

Un cuarto privado, reservado exclusivamente para Gertrude. Cuando se metía ahí,


ni siquiera Phil se atrevía a molestar, era su santuario. Todos necesitaban uno, hasta
Arnold que seguía conservando la habitación del techo.

Él, nunca le habló a sus abuelos sobre la complicada relación que mantenía con
Helga. La intimidación a que era sujeto durante las clases y en los casilleros, los
extraños y contados momentos en que se trataron con respeto, la declaración de
amor y el apasionado beso. ¡Oh, no. Eso jamás! Ni a Gerald se lo contó, porque
seguramente él se lo diría a todos y pronto sería el hazmerreír de todo el vecindario
o peor aún, Helga se enteraría y no dudaría en volver a…

¿Golpearlo o Besarlo?

¿Fue tan malo, ese beso?

¿Por qué nunca pensó en ese beso? ¿O en el siguiente?

Definitivamente, cuando intentaba besar a Lila, pensaba en el ultimo. Quería saber


si los labios de Lila se abrirían de la misma manera que los de Helga, si su ternura
sería la misma, la textura de su lengua, el olor de su perfume, la calidez de su
piel…Creyó, que por ser más dulce y más linda, el beso sería distinto, como fresas
tiernas, derritiéndose en su boca, pero ese beso nunca llegó. Y a Helga…

Otro hombre la besó.

¿Sentiría distinto? ¿Querría volver a besarlo? ¿Estaría dispuesta a dejar que alguien
más la besara?

¿Y por qué le importaba ahora, a quién besara o quién la besara?

—¡Ahh…! ¡Simplemente, no lo entiendo! —gritó de pronto, dejando caer el vaso


junto con su cabeza sobre la mesa. Phil, lo miró de reojo se sirvió otro trago y lo
bebió.

—¿Qué tienes que entender si todo para mi es muy simple hombrecito? —Arnold
resopló pero permaneció tumbado en la mesa. —Su abuelo bufó con sorna y de ser
más joven o más hábil, desearía tener a mano una de esas cámaras digitales y
hacerle una fotografía. "Primer dilema de amor" así la pondrían en el álbum, pero
como no tenía nada de eso, se conformaría con guardar su estampa en la memoria.

—De acuerdo, si quieres una pista. Sólo habla con ella.

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—¿Para qué?—Levantó el rostro, mirando a su abuelo porque en serio. ¡Necesitaba
una explicación para lo que estaba sintiendo! ¿Pero a quién se la iba a pedir?
¿Gerald? Se desmayaría ante la contemplación de la idea, él se estaba quedando
sin oxígeno en el cerebro ante la contemplación de la idea. ¿¡Él y Helga!? ¿¡Él quería
besar a Helga!? ¿¡Y agarrarse a golpes con Jake por haberla besado!? No, no era
solo el beso, era que la había lastimado, ella estaba llorando. Y él no quería que
nadie la hiciera llorar.

Phil miró la tortura en la cara de su nieto, y mentiría si dijera que no disfrutó el


momento.

—¡¿Cómo que para qué?! La chica furiosa, te trae de cabeza. ¿Quién lo diría? Tal
vez la maldición se transfirió a ti y por eso no me morí.

—¿Otra vez vas a empezar con eso de que debías morir a los noventa y un años?

—No somos eternos, Arnold.

—Tú y la abuela, están perfectamente bien de salud.

—Claro que lo estamos, si tú vas a pagar la maldición viviremos hasta los doscientos
años.

—¿¡Qué maldición!?—preguntó entre fastidiado, interesado y desesperado por


cambiar el tema de conversación.

—¡Oh, ya déjalo en paz! —comentó Gertrude entrando en la cocina. Su abuelo se


emocionó al verla. Arnold, había pasado el suficiente tiempo con ellos, como para
reconocer que sus abuelos en verdad se querían. Eso lo relajó y tranquilizó.

—Ah, Galletita. ¿Me preguntaba cuando ibas a aparecer por aquí?—comentó Phil,
aún divertido.

—Cómo si extrañaras tenerme por aquí, viejo zorro. —respondió su abuela,


señalando la botella y los vasos de Whisky en la mesa. Acto seguido se dirigió a él.

—Dejé a Eleanor con el puño sumergido en una cubeta de hielos, el doctor Evans,
nuestro único inquilino dice que debe bajar la hinchazón para poder hacer una
valoración. Le sugerí que durmiera un poco, pero quizás aprecie más que la
acompañes un rato.

—Está bien.

—¿Qué tan fuerte golpeó ese poste de electricidad?

—¿¡Eh…!?

—El poste, Eleanor dijo que recibió una mala noticia y por la impresión, golpeó el
poste. —Arnold miró a su abuela como si por fin se hubiera vuelto totalmente loca.
El problema con eso era que no había locura en sus ojos. Helga le mintió y Gertrude
sabía que lo hizo, pero no la presionó. En su lugar, lo mandaba a él para que la
cuidara.
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—Creo...que lo golpeó lo más fuerte que pudo.

—¿Y esa noticia fue tan mala?

—Espantosa…

—Con razón tú estabas tan pálido y a la pobre le dio por llorar. Eleanor nunca baja
la guardia, trátala con respeto Arnold.

—Lo haré…—se levantó de su asiento dispuesto a reunirse con ella, pero cuando
alcanzó el umbral de la cocina, no se resistió a preguntar.

—¿Desde cuando ustedes dos, son tan cercanas?

—Oh, Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold

—Claro que no.—se quejó de inmediato.

—Claro que si. —se obstinó su abuela. —Siempre que tú no estabas, claro está.

—¿¡Qué!? ¿Y por qué…?

—No te pongas celoso, sabes que tengo cientos de libros en ese cuarto. Ella venía
a leer y a pasar tiempo con una pobre vieja que todos tienen por senil y loca.

—¿Está hablando en serio, abuelo? —preguntó sin creerlo. Phil asintió con una
enorme sonrisa como de tiburón. Ese gesto quería decir "Te trae de cabeza y ni
siquiera te habías dado cuenta" —roló los ojos cansado. Se suponía que con la edad
llegaba la madurez, pero sus abuelos descubrieron que con la edad, ya no les
importaba el daño colateral que producían sus actos. Retomó la huída y entonces
fue el turno de Gertrude. Se acercó misteriosa a él, susurrando a su oído.

—Espero que esa noticia, no sea que voy a ser Bisabuela…

—¡AHH! ¡ABUELAAAAAAAA! —Puki y Phil se comenzaron a reír a mandíbula


suelta, cómplices de su fechoría. Él escapó lo más rápido que pudo y se encerró en
el único cuarto silencioso de toda la Casa de Huéspedes.

—¿Arnold? —Claro, su cerebro de verdad se apagaba. ¿Cómo pudo olvidar que en


ese cuarto estaba Helga? —la miró nervioso, sintiendo el rostro caliente por la
vergüenza que le hicieron pasar sus abuelos.

—¿C…como te sientes, Helga?—preguntó, tratando de sonar normal, pero sonó


como alguien con neumonía. La garganta la sentía seca, las manos sudorosas, el
rostro ardiente, al tono de los cabellos de Eugene. ¿Qué más le faltaba? ¿Que

23
alguien viniera a ponerle el traje de conejo? Definitivamente, eso no fue tan
humillante como esto.

—Mm…mejor, el doctor me dio muchas, muchas muchas, drogas.

—¿Tantas?

—Creo, porque nunca te había visto tan colorado, Cabeza de Balón.

—Si, debe ser por eso.—mintió y se acomodó en el sillón a su lado.

—Espero, no te moleste la mentirilla piadosa.

—¿El doctor, no se dio cuenta?

—Aún puedo abrir y cerrar el puño, no es una fractura, a lo mucho un desgarre. Tú


practicaste artes marciales, sabes lo que pasa si no cierras el puño correctamente.

—Eso fue durante un mes, a los nueve años y no volví a practicar jamás

—Lo recuerdo, amas la paz y la vida…—respondió comenzando a quedarse medio


dormida.

—¿Ya llamaste a tus padres?—la pregunta la agarró desprevenida por lo que no


hubo oportunidad de ocultar el gesto amargo.

—No hay a quien llamar, Arnoldo

—No digas e…—ella lo interrumpió con una de sus miradas. Intensa, Helga estaba
volviendo a ser sincera con él.

—Miriam se quedó en Europa con Olga, y Bob se supone que debía estar conmigo
pero hace un tiempo que se fugó con una Secretaria de treinta y dos años que bien
podría pasar por mi hermana mayor.

—¿¡Qué...!?

—Fue cerca de las vacaciones de Verano, dijo que no le comentara nada a mi madre
porque tú sabes "No queremos que regrese a su problema de alcohol" Y si Olga lo
supiera, no pararía de llorar en semanas. Además de que me obligarían a volver, y
yo no quiero estar en París...

—¿Por qué no?—Helga cerró los ojos, Arnold supuso que no escuchó su pregunta,
ya que continuó hablando.

—El trato que hicimos fue este: Yo me quedaba callada y él seguía pagando mi
educación y los servicios de la casa.

—¿Llevas viviendo sola, todo este tiempo?—preguntó acercándose de más a su


cuerpo, Helga lo dejó hacer, acomodando la cabeza en su hombro, el puño herido
estaba sobre su muslo, el hielo en la cubeta ya casi se había derretido, por lo que

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no servía de nada que lo tuviera ahí. Su piel aún se veía roja y ligeramente hinchada.
Arnold quiso sostener su mano, enlazar sus dedos o en su defecto, acariciar la
superficie hasta que ya no sintiera ningún atisbo de dolor.

—No es como si hubiera mucha diferencia en realidad, ellos siempre se olvidaban


de mi. Mi nombre, mi cumpleaños, mi lugar en la mesa, mis alergias…

—Aún así, debió ser duro…—Y no es que la revelación fuera una sorpresa. Él ya
había visto los descuidos de sus padres, prácticamente desde que se conocieron,
pero esperaba que todo eso ya fuera agua pasada. Que encontraran una forma de
relacionarse ahora, que Helga, ya era prácticamente una adulta. Nunca se imaginó
que la dejarían sola, porque él jamás estaba solo. Creció sin sus padres, pero sus
abuelos, pocas veces lo hacían sentir solo.

—Sólo al principio, después te acostumbras…—lo estrechó, como solía hacer en


sus más íntimas fantasías. Para Helga esto era un sueño, ella debió quedarse
dormida en el sillón largo como le sugirió Gertrude, por tanto podía acomodarse con
él, sincerarse con él, olerlo a él...

—¿Ya no te duele…?—acarició finalmente su mano y secretamente agradeció el


contacto. Que ella lo abrazara, aún si era por el velo del medicamento.

—¿Hueles a Whisky?—inquirió sin mirarlo. Dormida, siempre hablaba dormida


hasta que finalmente se vencía.

—Helga…—la rubia ya no respondió. Sólo soltó un suave suspiro, evidenciando su


desconexión con el mundo. Quizás esto era un sueño. Uno demasiado extraño y de
un Universo Alterno, dónde sus cuerpos encajaban juntos y no eran necesarias las
palabras o los pretextos para estar unidos. Suspiró a su vez, perdiéndose en la
imagen de Helga y el momento.

El salón de lectura era verde en su mayoría. Tres paredes y media revestidas de


estantes a rebosar de libros. Un sillón largo a manera de diván que era el mismo
dónde se recargaban ellos, alfombra roja con motivos florales a sus pies y pequeñas
ventanas angostas por la parte alta, casi pegadas al techo, conferían una iluminación
tenue pero romántica. Phil insistió en poner mesitas de centro en las esquinas y
junto al sillón con lámparas de escritorio para que su Galletita no perdiera la vista,
pero Gertrude no acostumbraba encenderlas, por el contrario tenía candelabros y
velas de cera en diversas formas y tamaños. Arnold observaba todo eso, mientras
comenzaba a quedarse dormido.

Él y Helga nunca antes habían estado así de cerca. Ella contra su hombro, él
estrechando su mano, las piernas dobladas por la parte baja del sillón. Esta era una
situación irreal, totalmente ilusoria. Era un sueño, no podía ser real.

—Deja de espiarlos, Galletita.

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—¿Y qué se supone que estás haciendo tú, si se puede saber?—respondió
ofendida.

—¿Yo? Pues vine a quitarte de la puerta.

—Claro que vienes a eso, ya hiciste suficiente dándole a beber ese Whisky que
podría derribar hasta a un caballo.

—Es un Shortman, tiene que aprender a beber, y a tratar a una dama.

—¿Dama? ¿Entonces ya no es la maldición?

—¿Te dijo la chica furiosa, lo que en realidad pasó?

Cerraron la puerta y volvieron a la cocina. Los huéspedes habituales de la Casa,


hacía un par de años que se habían retirado. Su plan a futuro cercano era vender el
inmueble y mudarse a una casa más pequeña en el campo. Arnold se iría pronto a
la Universidad y su hijo continuaba viajando por el mundo, él y su esposa tenían su
propia casa en Brasil, así que ellos, disfrutarían sus últimos días en pareja viendo
crecer el pasto, florear las rosas, caer las hojas en el otoño. Era un plan agradable
para alguien que ha trabajado durante tantos años.

—No me dijo nada, pero te apuesto un riñón a que tuvo que ser cosa de algún otro
chico.

—¿Apuestas de órganos, eh?—preguntó divertido. Buscando su maza de cartas en


el armario. —Bueno, un pulmón a que volverán sus visitas a horas inapropiadas.

—¿Tu pulmón? ¿Para qué quiero esa cosa marchita de más de cincuenta años de
fumar? Ofrece tu cadera.

—La tuya está más buena. —respondió guiñándole un ojo a su esposa. Ella ya
estaba sacando lo necesario para preparar la cena.

—¿Qué había de malo con sus visitas a horas inapropiadas?

—Nada, desde que dejó de espiar a nuestro nieto mientras dormía a pierna suelta.

—Exageras, eso casi nunca pasó.

—¿Nunca? ¿Qué tu vives en la Luna?

—En Plutón, si tanto así quieres saberlo. Y sólo fueron unas cuantas veces.

—Las anoté en un diario, esas y las noches de declamación de poemario.

—Ah, si te molestaba tanto. ¿Por qué nunca subiste con una escoba a bajarla de
nuestro tejado?

—No quería despertar a Arnold.

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—¡Mientes! Esperabas que algún día despertara y la descubriera.

—Pero eso no iba a suceder jamás, si tú lo dejabas en coma con esas cenas
"especiales"

—Lo dice el que acaba de usar la misma estrategia.

—Fue para quitarle lo pálido.

—Pues lo mío era para que durmiera más cómodo.

—¿Siendo espiado?

—Tú me tuviste bajo vigilancia militar por los primeros tres años de relación.

—Es diferente, tú ya estabas por tu cuenta y yo tenía que protegerte de miradas


externas.

—¿Quién defendía a quién en las peleas callejeras?—preguntó señalándolo con la


punta de su cuchara de madera.

—¿Crees que fue una pelea callejera?—preguntó Phil, sumamente interesado.

Eso tendría sentido: Un bravucón los atacó a ambos y la chica furiosa terminó
rompiéndole la cara y rompiéndose la mano. Debió llorar por lo poco hombre que
era Arnold. Aceptaba la culpa, lo consintieron demasiado, nunca le enseñaron a ser
un hombre como demandaba la tradición, pero a decir verdad, tampoco con Miles
habían hecho un gran trabajo. Gertrude y él, eran más del tipo "vive y deja vivir"
además, la "maldición" de la familia decía que a todo Shortman le llega la suya.

Una mujer con carácter que ponía su universo de cabeza. Por la que dejaban de
andar en las nubes y se enfocaban en responsabilizarse, trabajar y sentar cabeza.

Ya le hacía falta a su hijo bajar de las nubes, pasaba demasiado tiempo soñando
despierto, aunque ha decir verdad. Él hubiera preferido una chica un poquito menos
"loca"

Gertrude lo sacó de sus cavilaciones, él se acababa de vencer a sí mismo en el


"Solitario"

—Ya te dije que sí, ahora sirve de algo y ve a comprar carne para el estofado.

El sol ya comenzaba a ocultarse en el cielo, ellos seguían juntos en la misma


habitación, pero Phoebe continuaba preocupada y distante. Sabía que no sería una
tarde "normal" con su chica, después de esa escena en la escuela. Jake era un idiota

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y todos ellos unos ingenuos. Aún eran chicos del vecindario, fueron criados con
valores, respetaban a sus mayores, ayudaban a las personas. Claro, sabían
defenderse y demás, pero nunca serían de los que se acercan directamente a besar
a una chica cuando la respuesta ya fue, no.

Si Phoebe lo hubiera rechazado cuando se declaró, él se habría retirado. No sólo


por orgullo sino por respeto. Él estaba enamorado de ella desde hacía años, aunque
no tenía entonces muy definida la parte de la fidelidad. Probó a salir con otras chicas
antes, pero finalmente se rindió porque a todas las terminaba comparando con
Phoebe. No eran tan listas, lindas, tímidas… No disfrutaban sus bromas, no
entendían nada de deportes, ni lo seguían a dónde fuera.

Su chica, era ella porque la quería y la pensaba por horas y horas a lo largo de los
días y como es natural y normal, justo ahora que estaba jugando nerviosa con la
pantalla táctil de su celular que permanecía negra porque Pataki no atendió una sola
de sus llamadas, ni había respondido los mensajes de texto, él sugirió que fueran a
visitarla.

—Se está haciendo tarde, así que podríamos ir un rato.

—¿Qué?

—Le diremos a tus padres que vamos por un helado y te traeré de vuelta antes de
las ocho como juré que haría el día que nos anunciamos como novios.

—¿Estás seguro?

—De lo que estoy seguro, es de que no dormirás tranquila hasta que la veas o hables
con ella. Yo no me preocupo tanto porque sé que es una chica ruda, seguramente
está ocupada aterrorizando parejas en los parques.

—No, ella no es así.

—Claro que si, estará entre los arbustos mascando su goma, intimidando pobres
diablos para que no se pasen de listos con sus novias. Tomándolos por la chaqueta
y colocándolos contra alguna reja…

—¡Gerald! —Phoebe pocas veces subía el tono de voz y cuando lo hizo, no tardó
demasiado en asomarse su padre por la puerta. Si, estaban juntos, en su habitación,
pero él estaba acostado en la cama, recargando el cuerpo contra la pared y ella
sentada en su bonita silla de escritorio. No se tocaban, no nada de nada. (hasta
cumplir la mayoría de edad)

—¿Todo bien, aquí dentro?—inquirió el mayor.

—Claro que si, padre. Sólo me alteré porque Gerald se muere por comprar un
helado, cuando es obvio que tú ya no vas a dejarnos salir otro rato. —el señor
Heyerdahl, miró su reloj de pulso. Él y su esposa confiaban demasiado en su hija.
(Diecisiete años de excelente comportamiento le habían ganado ciertas libertades,
como tener a su novio de visita en casa y en su recámara) Aún quedaban tres horas
para las ocho de la noche.

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—De acuerdo, pero si llegan un minuto tarde, se cancelan las salidas del fin de
semana. —los dos asintieron en tono militar. Su padre, regresó a sus asuntos, es
decir a mirar el televisor sobre el sillón de su sala, dónde lo esperaba su linda y
amada esposa.

—Traigan pan blanco para la cena. ¿Te quedas a cenar, Gerald?

—Seguro, muchas gracias por invitarme Señora Heyerdahl

El pueblo, no se había alterado demasiado con el paso de los años. Los edificios
seguían siendo los mismos y estando en su lugar, sólo que se habían modernizado
y ahora contaban con cosas como: Cafés Internets, centros de video juegos y esas
cadenas de mini-mercados que estaban por todos lados. La tienda de localizadores
del señor Pataki se había ido a la quiebra con la llegada de los teléfonos inteligentes.
Tuvo que renunciar a su orgullo y aceptar un contrato en la firma de su competencia,
ganaba más dinero que antes, eso era un hecho pero también lo era, que se había
sentido "menos hombre" al perder algo tan valioso como su negocio. Su casa seguía
estando al fina del vecindario, llegabas fácil en bicicleta, pero ellos iban a pie,
tomados de la mano y cortando por el mercado. Se encontraron con el abuelo de
Arnold al pedir el pan blanco y Gerald no dudó en saludarlo.

—¡Hola, Phil! ¿Ya preparando la cena?

—Si, esa mujer loca nos quiere tener a todos en engorda. ¿Pero bueno, ustedes
que hacen afuera tan tarde?

—Ibamos a casa de Helga, —respondió Phoebe. —No se sintió bien en la escuela


y quisiera saber si ya está mejor.

—¿Helga…? ¡Ah, hablas de Geleanor!

—¡Sip! —respondió animada. Gerald no entendía nada, pero un codazo en las


costillas lo obligó a mantenerse callado.

—Pues no vayan tan lejos, está en la Casa de Huéspedes, Arnold la llevó ahí,
porque la chica furiosa no quiso ir al médico.

—¿Y se encuentra mejor?

—Evans es un gran doctor, pero también un caballero. No quiso decirle la verdad a


ella.

—¿Significa que está peor?—preguntó Gerald, sintiéndose mal por haberse burlado.

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—Las lesiones en las manos suelen ser delicadas. Si no quiere tener futuras
complicaciones, debe estar fuera del deporte o las peleas callejeras como mínimo
dos meses.

—Oh…—comentaron al unísono.

—Si, ahora que lo saben y que se ve que son buenos muchachos. Vayan a decírselo
cuando la vean.

—¿¡Qué!?—gritaron asustados.

—Ya se los expliqué, el doctor no tuvo el valor de decirle la verdad a una chica "tan
bonita" entonces o lo hacen ustedes o se lo encomiendo a Arnold.

—¡Él es el que tiene complejo de buen Samaritano!—gritó el moreno, escudándose


detrás de su novia.

—¡Gerald!

—¿Qué, es la verdad? Si se lo digo yo, seguro me salta encima y me muerde el


cuello como hizo el de Walking Dead

—Ya te dije que Helga no es así.

—¿Si? Pues, mi abuela siempre decía "crea fama y échate a dormir"

—¡Eso qué!

—También me enseño, "más vale aquí corrió que aquí quedó" y yo prefiero ayudar
a tu madre en la cocina o enfrentar a tu padre en ajedrez a decirle a Helga que no
puede jugar más Béisbol. —salió corriendo por el mismo lugar que habían llegado.
Phoebe se disculpó con Phil, y si "Geleanor" seguía en su casa, le pedía de favor
que le diera sus saludos y le pidiera que atendiera su celular.

—Ah, eso debe ser por el medicamento. Tenía mucho dolor cuando llegó y por eso
Evans la durmió. Arnold la está cuidando así que no te preocupes por nada.

—¡Gracias!

—Ahora, ¿Tú que eres tan linda y amable, me vas a decir qué fue lo que pasó?

—Me encantaría, Señor Shortman pero tengo que alcanzar a mi novio antes de que
se caiga y aplaste el pan.

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El olor a estofado llegó a sus sentidos, también una sensación cálida y que nunca
antes había experimentado. Le trajo recuerdos de la más tierna infancia, antes de
las peleas, los llantos y el alcohol. Cuando se abrazaba a su madre y ella le decía
que la quería, que la amaba más que a nada y ella ingenuamente le creía porque
obviamente. Ni su padre o su hermana, eran nada.

Despertó, aún sin abrir los ojos, disfrutando el recuerdo y sintiendo un ligero
hormigueo en la mano lesionada. La sensación cálida se extendía por todos lados,
alguien la abrazaba y ella conocía su aroma, la loción para después de afeitar que
usaba. Era Arnold, y el conocimiento de ese hecho, único y extraordinario la llevó a
abrir los ojos y levantar el rostro.

Él estaba ahí, recostado junto con ella en el sillón largo de Gertrude, su mano estaba
enredada en la suya y sus ojos verdes, las musas inspiradoras de más de un soneto
o poema estaban en los suyos. Contrario de lo esperado, él no se quitó, la abrazó,
más fuerte, más firme, más íntimo y definitivamente, más real.

—¿Estoy soñando?—pregunta estúpida y desesperante porque él, no respondió. La


seguía mirando como siempre deseó que hiciera cuando tenía nueve años y
escapaba de su casa para buscarlo. Porque Olga no estaba y sus padres peleaban.
¡Porque no entendía de lo que se trataba! Si dos personas estaban casadas, era
porque se querían, porque se escogieron y decidieron pasar el resto de sus vidas
juntos. Eso decían las películas, los libros, los cuentos de hadas que desde que
aprendió a leer disfrutaba.

¡Pero no sucedía!

Miriam lloraba, Bob gritaba. No había besos al pie de la escalera, ratones que
hablaban, calabazas mágicas. Había reclamos furiosos, gritos aterradores, manchas
en prendas de vestir arrojadas a la cara, relojes, platos, todo lo que tocara sus
manos arrojado a las paredes o al piso.

Y entonces ella salía por la ventana y corría, se escapaba de esa vida y entraba en
alguna otra. Dónde los papeles se invertían porque no era ella la princesa dormida,
ni él el caballero galante.

Arnold, siempre parecía calmo al dormir, feliz, ajeno a las maldades y perversiones
del mundo. Por eso le gustaba tanto, porque él era amable y nunca prefería pelear.
Él no protagonizaría una escena de esas, no lastimaría a su pareja.

Él era la pareja ideal, para una persona irreal.

Ella, no podía aparecer como era delante de él. No podía ser la que era delante de
nadie. No podía dejar que todos en el pueblo supieran que Bob y Miriam no eran la
pareja feliz que decían ser. Y fue entonces que se colocó una coraza, ruda e
impenetrable, la misma que justo ahora parecía caer a sus pies, porque Arnold la
miraba a ella, la mujer que era. No la niña temerosa, egocéntrica, agresiva y furiosa.
Sino la chica que soñaba con el beso de su príncipe galante, que la miraría así y la
estrecharía así.

—¿Te estoy lastimando?—preguntó Arnold, soltando su mano, ella negó. Pero una
vez que empezaba a llorar, era difícil hacerla parar. Por eso no lo hacía, delante de

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nadie, que no fueran Phoebe o Gertrude. "la hermana y la madre que tanto
necesitaba"

—Helga…—se acomodó de nuevo, de manera correcta en el sillón. Haciendo caso


omiso de "esto" porque a ella no le pasaba algo como "esto" Ella no tenía citas, ni
recibía caricias, ni era abrazada o consolada por la persona que amaba.

Ella, no era una princesa. Eso desde hacía años lo tenía más que claro. Ella era la
que se quedaba fuera del cuadro, la que tomaba las fotos de las parejas envidiables,
la que escribía de deseos y pasiones ingobernables, porque eran las proyecciones
de todo lo que anhelaba, más no tenía.

Arnold la abrazó por detrás de nuevo, su primer instinto fue hacerlo a un lado pero
resistió.

Esto era un invento...

Esto era un sueño…

Esto no estaba sucediendo...

—Es real…—comentó la voz de Arnold, porque todo lo que creía que estaba
pensando, lo enunció en alto. El rubio buscó su mirada, limpió sus lágrimas ¿Quién
además de Arnold llevaba un pañuelo blanco en el bolsillo interno de su pantalón?
—Estamos en mi casa, en el salón de lectura y yo he decidido decirte, que en
realidad, me gustas, gustas…

CAPITULO 4

Helga se quedó tan quieta después de escuchar sus palabras, que por un momento
Arnold creyó que se había enfadado, que la había ofendido, que ese momento no
podía ser, sino el peor de todos para confesar sus sentimientos. Sin embargo dejó
de llorar y también de temblar. Sus ojos lo miraban con insistencia, él se esforzó por
mostrarle su cara más honesta.

Después de todo, escuchó su declaración.

"Ella no era una princesa, no era acariciada, protegida, valorada, amada"

Y descubrió que estaba de acuerdo con todo eso, porque a partir de ahora quería
ser quien lo hiciera. Acariciarla, protegerla, valorarla, amarla...

—¿Estoy siendo muy atrevido?—preguntó, sin dejar de verse en sus ojos, ella al
parecer haber perdido del todo la capacidad para hablar, así que prosiguió.

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—En la escuela dijiste que te gustan los hombres que dicen las cosas de frente y
sin medias tintas. Bien,…—suspiró y dejó caer un poco la cabeza hacia atrás. Eso
de confesar no era su fuerte, pero si recordaba la escena correctamente, cuando lo
dijo a parte de él, Jake estaba en el pasillo. Pensar en el beisbolista hizo que se le
congelara la sangre de nuevo. ¿Cabot escuchó sus palabras y pensó que era "esto"
lo que quería? ¿Una declaración directa y un beso robado a la fuerza?

¿A caso él no se moría por besarla de igual manera?

—Arnold…—levantó el rostro, dejando pasar su molestia, escapar los demonios de


su naturaleza.

Él la quería, pero de manera distinta. No se atrevería jamás a dañarla, ofenderla,


¿forzarla…? ¡Sería impensable!

—Helga…—sus miradas temblando, diciéndose mil cosas sin pronunciar ninguna.


Los ojos de ella. ¿Por qué tardó tantos años en reconocer que siempre lo miraba de
manera intensa? —Por favor déjame terminar.

—Pero no tienes que hacerlo. —interrumpió. —Yo, sé que no te gusto. Si crees que
me harías un favor con tu compasión…

—¡Es que no es eso! —casi saltó a su regazo, ella se replegó contra el respaldo y
desvió el rostro.

La habitación estaba a tenue iluminación. Sus abuelos encendieron algunas


lámparas de noche pero no todas para no despertarlos. Sus rostros se delineaban
por esa extraña combinación de luz y sombra, sus ojos destellaban con dramatismo,
los de Helga siempre tan expresivos, habían pasado del escepticismo a la tristeza y
ahora lo miraba con algo de recelo. Él intentaba ser honesto, no sabía si ella lo
comprendía pero tenía que decirlo, aclarárselo. Antes de que se fuera.

—Te lo digo en serio, lamento que tuviera que pasar algo como "esto" para que me
diera cuenta de mis sentimientos.

—¿Qué…?—preguntó levantando la mano diestra. Estaba a la defensiva, dispuesta


a soltar otro golpe, así se rompiera el puño en el intento.

—Helga...cuando lo vi besarte, dejé de ser yo mismo…—se levantó, porque no


podía decir todo esto teniéndola tan cerca. Cerró los ojos y de haber podido le daría
la espalda, pero eso ultimo no lo hizo porque sería una falta de respeto y además
se había comprometido a ser sincero.

—Me invadió un sentimiento, una sensación que no sé describir y que no pude


controlar. Por eso no me moví, porque ni yo mismo sabía de lo que sería capaz, si
me acercaba a los dos.

—¿Cómo dices…?—ella se levantó también, buscando su rostro porque sabía que


esto era difícil para él, pero también que le estaba diciendo la verdad.

—¡Que quería separarlos! —gritó. —En cuanto lo vi acorralarte y cuando te besó


quise más que golpearlo, asesinarlo…—confesó, de frente a su rostro. La diferencia

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de sus estaturas, tan mínima ahora, sus cabellos rubios, la palidez de su piel, sus
mejillas llenas, la gruesa línea de sus labios,…el labial se había esfumado, eran una
vez más sus labios rosados. Los observó a detalle, sin disculparse por estar siendo
tan osado.

—Arnold…—Helga lo escuchaba con fascinación o quizás, él estaba en medio de


alguna especie de alucinación. Como fuera sus manos se encontraron, la zurda de
ella y la diestra de él. —advirtió un tenue velo de preocupación en sus ojos, la adoró
por eso.

—Sabes que jamás haría algo como eso, pero por un momento desee ser la clase
de hombre que monta en cólera y se va a los golpes para defender a la mujer que
quiere.

—¿Qué…? —ella seguía sin creerlo pero la vacilación de su mirada hacía un rato
que se había esfumado. Arnold se acercó a su cuerpo, acechándola como si bailaran
pero en lugar de rodear su cintura, capturó su rostro con la mano libre.

—Me gustas Helga, me gustabas desde hace tanto, sólo que no quería aceptarlo.
Siempre encontraba excusas para evadir lo nuestro, pero se me acabaron cuando
lo vi...

—No…esto, no puede ser cierto…—Helga renegó para sus adentros, cerrando los
ojos mientras Arnold delineaba su labio inferior con uno de sus dedos, permitió el
roce, la caricia íntima y la desairó en su fuero interno. Él no podía estarle diciendo
eso porque había una línea demasiado fina entre su cordura y su locura.

Esa línea se estaba perdiendo y si ella no pasara el ochenta por ciento de sus días
soñando "con esto" tal vez podría creerlo.

—Mis pretextos…—prosiguió Arnold, invitándola a mirarlo de nuevo. —Los temores,


la venda en mis ojos se desprendió segundos después, cuando Phoebe gritó tu
nombre y tú te defendiste, pero había lágrimas en tus ojos…—la rubia quería llorar
de nuevo, golpearse en el rostro y despertar, mas no lo hizo porque el dolor en la
mano herida aún era constante. No paralizante pero si un aliciente para indicar que
no estaba durmiendo y que Arnold, por fin estaba diciendo lo que por más de siete
años había querido escuchar.

Más que eso la tenía tan cerca de su cuerpo, acariciando su rostro, en una
habitación a rebosar de libros, velas románticas y luz nocturna. Se sintió como una
"Princesa" Bella, bailando con la Bestia, aunque sinceramente, su príncipe de
cuento era más atractivo que el promedio.

—¿Todos lo vieron…?—preguntó por protocolo y también por orgullo. ¿Cómo la


verían Rhonda y las demás al saber que era una patética, cursi y débil mujer, que
en un momento de distracción fue sorprendida por el Lobo Feroz?

Arnold hizo caso omiso de la pregunta, aún no terminaba con su explicación.

—Helga, lo único que pensé entonces y que no he dejado de pensar hasta ahora,
es que tú eres la única mujer que de verdad me ha besado y que yo quiero ser el
único hombre que de verdad te haya besado…

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—"Acepto" —respondió sin palabras pues una vez más tenía la garganta seca. Las
piernas le temblaban, su estómago se revolvía. Si no la besaba ya, iba a ponerse a
gritar. Pero claro, su cabeza de balón, era tan propio y bien educado que aún no
culminaba la declaración.

—¿Quieres ser mi…?—ella no lo dejó terminar. ¡Claro que quería ser su novia, su
mundo y su vida! pero por sobre todas las cosas, lo que quería era besarlo. Húmedo
y hambriento, reclamó su boca sin violencia. Aunque milésimas de segundo después
el recuerdo de Jake la hizo vacilar y perder la concentración. Arnold debió suponerlo,
ya que la rodeó con su cuerpo, la mano que estaba en su rostro pasó a apoderarse
de su cintura y ella lo abrazó con el brazo herido, lo aferró hasta que el dolor le
aseguró que esto no era un sueño y que quien la besaba era él.

Su amado, por siempre, Arnold…

Eran sus labios, sus formas, texturas y Dios bendito, porque también era su sabor,
ella lo saboreo como una niña a la más exquisita golosina y él la saboreó a su vez,
como la más tierna y dulce de las fresas, iban a continuar por ahí, perdiéndose el
respeto mutuo pero entonces, la puerta del cuarto fue abierta de pronto, seguida de
un grito histérico de su abuela.

Ambos por acto reflejo se separaron del otro. Ella se lastimó el puño otra vez porque
obviamente era diestra y estaba acostumbrada a usar sus puños para
absolutamente todo. Chilló de dolor al abofetearlo y gritarle "mañoso" Arnold no
podía estar más confundido y avergonzado. Phil también entró aunque él lo hizo con
una jodida "escopeta" y preguntando a voz en grito por "dónde estaban los nazis"

El Doctor Evans, fue el último en unirse a la escena, pues si bien estaba


acostumbrado al escándalo de sus caseros esto era demasiado. Vio a su joven y
bonita paciente, más roja que una granada acariciando su puño, después vio al nieto
de los Shortman con el rostro igual de incendiado y se hizo una buena idea del
espectáculo.

Llamó a la calma e invitó a Eleanor (así la presentó Gertrude) a su consultorio.

Él estaba interesado en adquirir la Casa de Huéspedes. Aún no hacían el papeleo


formal pero los abuelos y él no tenían problema con esperar a que Arnold terminara
sus estudios e ingresara a la Universidad. De momento era el único inquilino, había
transformado tres cuartas partes del pabellón de las habitaciones en consulta, sala
de espera y una especie de quirófano. Helga estaba impresionada por todo esto,
ciertamente no tenía la más mínima o remota idea.

—No queremos correr la voz de la clínica hasta que todo esté pagado. La
Universidad de Arnold para ser mas exactos. —comentaron los ancianos. Ella
asintió con el rostro, aunque ese pequeño golpe de realidad ponía inquietos a sus
demonios.

Un año y medio…es lo que les restaba para partir a la Universidad, era lo que
podrían estar juntos, si es que lograban seguir juntos. Si Arnold no descubría lo rota
que estaba por dentro y decidía que no quería permanecer con ella…

35
—¿Hay dolor?—preguntó el doctor examinando su mano. Ella siseó un poco, pero
no le dolía la mano. Tenía miedo, pavor de estropear su sueño…

—Te enseñaré a vendarte, pon atención porque deberás explicarle a la persona que
vaya a ayudarte con la curación. Asintió con el rostro, esforzándose por obedecer.
Arnold se quedó en la consulta, sus abuelos se habían retirado a preparar la mesa.

—¿Te quedas a cenar, cierto? —preguntó Gertrude antes de salir por la puerta. Ella
asintió otra vez, pero Arnold podía ver la preocupación en sus ojos. ¿Quién iba a
ponerle las vendas? ¿Quién iba a quedarse con ella? A él le parecía sumamente
cruel que se quedara sola. ¿Si tenía dolor a mitad de la noche y no podía alcanzar
los vasos en la alacena...?

—No me mires así…—interrumpió las atenciones del médico la nítida voz de Helga.

—No te estoy mirando de ninguna manera.—respondió. —¿Y qué no estabas


poniendo atención?

—Lo hacía, pero tu mirada inquisidora, literalmente me mata. —el doctor suspiró.
Pensó, acertadamente que apenas se estarían conociendo.

—Puedes hacerlo tú misma, lo único importante es que no queden ni muy flojas o


demasiado firmes. No te cortes la circulación ¿De acuerdo?

—Lo capto, Doc

—Y esto último es para asegurarnos, de que no vuelvas a abofetear a tu novio…—


les guiñó un ojo a los dos. Arnold bajó la mirada, ella miró a la nada. Evans se retiró
un momento para abrir un anaquel y extraer de el una muñequera.

—Así no harás movimientos bruscos.

—Yo no…—la calló con una mirada. Ella se exasperó porque claro, el doctor no era
ningún estúpido y ya había captado que no golpeó ningún poste de luz. Le golpeó
la maldita, cuadrada y dura quijada a un hijo de puta, más insistente que una
cucaracha.

—Si hay dolor en la noche, tomate una de estas. —le entregó un frasco con píldoras,
además de una receta con los horarios de las curaciones. Debía cambiarlas cada
mañana o cada noche, dependiendo de cuando acostumbrara tomar su baño,
durante un mes entero.

—Entiendo que es tu mano dominante y que aún vas a la escuela, es probable que
tus compañeros puedan ayudarte con las tareas. La nota te excusará de las
actividades deportivas.

—¿Perdón…?—Arnold tragó en seco. Sería más fácil sacar agua de una roca que
decirle a Helga que no podía jugar Béisbol.

—Nada de actividades físicas, señorita…

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—Pataki —Helga se levantó un poco de su asiento, Arnold revisó que el doctor no
tuviera objetos punzo cortantes a mano.

—¿Eleanor Pataki?—preguntó para anotarla en su registro.

—En realidad, ese es un apodo entre la querida Gertrude y yo. Mi nombre es Helga
G. Pataki y quiero una segunda opinión.

—Claro que puedes tenerla, pero te apuesto mi cédula profesional a que todos los
médicos de este pueblo te dirán lo mismo. Reposo absoluto por lo menos quince
días.

—¿Pensé que era un mes?

—Lo ideal sería un mes, pero ya que eres tan insistente, te haré una segunda
evaluación en esa fecha para descartar que tengas complicaciones a largo plazo.

—¿Qué clase de complicaciones podría tener? Por si no lo notó Doc, yo no soy una
"muñeca" no me quiebro a la primera.

—Lo note, pero tampoco has tenido la mejor alimentación últimamente.

—¿¡Qué!? —Arnold y ella reaccionaron al mismo tiempo.

—Tienes varias uñas quebradas, se te cae mucho el cabello y no creo que este
"accidente" fuera tan aparatoso en sí, pero es obvio que no estás consumiendo
suficiente calcio, hierro o proteína a diario.

Helga no agregó nada porque obviamente, una chica de diecisiete años ¿Qué iba a
saber de alimentación balanceada? Cuando vivía con sus padres por lo menos se
hacían cargo de comprar la comida, ella la preparaba pero había de todo en su
cocina. Desde que combinaba los estudios con los deberes del hogar, se limitaba a
una comida diaria y normalmente eran hamburguesas, patatas fritas y sodas. Si no
fuera por el béisbol se pondría como vaca...

¡Oh, dios mío…Arnold la dejaría por ser una vaca!

Evans agregó vitaminas a la prescripción, además comer más frutas y verduras.

—Las complicaciones que te quiero evitar son que pierdas fuerza en el puño, que
no puedas sostener objetos o cerrarlo en su totalidad.

—¿¡Todo por golpearle la cara a ese bastardo!? —Evans miró a Arnold, el rubio
puso cara de "Mis papás ya estaban casados"

—¿Que tan cerca tenías al…"nacido fuera de matrimonio"?

—¿Importa?

—No soy policía, ni la Santa Inquisición, ¿De acuerdo? y en realidad esto es muy
sencillo, sólo aliméntate bien, ponte la curación junto con las vendas, usa la

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muñequera y evita la actividad física de "alto impacto" —eso ultimo lo dijo mirando
alternativamente a Helga y Arnold. Ninguno de los dos entendió la indirecta, sonrió,
eran tan lindos y jóvenes.

—Lo que ordene Doc. Ahora, dígame por favor que tiene una terminal para pagar
sus servicios.

—¿Terminal?

—Helga sacó una tarjeta de debito del bolsillo izquierdo de su pantalón y agregó que
sus padres trabajaban todo el día. Ella se hacía cargo de sus gastos, indirectamente,
claro.

—Pues no tengo nada de eso pero la consulta podría correr...

—A cuenta del depósito por la Casa de Huéspedes. —Declaró Arnold, Helga iba a
replicar pero el rubio fue mucho más rápido. Agradeció los servicios y la ayudó a
levantarse de su asiento.

—¡Pero…!

—Pero nada…—la arrastró al pasillo, Evans cerró la puerta de su consulta y volvió


a sus asuntos.

—¡Arnold, qué crees que…!

—Es parte de nuestro acuerdo con el Doctor, y si me permites cambiar de tema, tal
vez deberías dejar de mentir tanto.

—¿Perdón…?

—Que no está bien que le digas a todos que sigues viviendo con tus padres.

—Si se enteran de la verdad, me sacarán de la escuela. ¡Estoy demasiado cerca de


la independencia real!

—¡También de una hospitalización real…! —Oh, genial. La mirada de Arnold, era


diferente a todas las que conocía y que tenía almacenadas en su memoria. Estaba
molesto pero no porque ella le arrojara bolas de papel al cabello o se negara a
trabajar en equipo. ¿Le molestaba que no procurara su cuerpo? ella definitivamente,
no se esperaba esto. Intentó huir pero él la acorraló de nuevo. Sus manos al rededor
de su rostro, su cuerpo por delante del suyo, sus ojos mirándola sin permiso con
detenimiento, preocupación y sí…un ligero atisbo de amor.

—N…no es para tanto…—dijo sin mirarlo a los ojos. ¿Por qué le fascinaba y
asustaba tanto? No quería enamorarse más de él porque cuando supiera todo. Lo
frágil que era, lo abandonada que estaba, se decepcionaría de ella.

—Lo es, tú sabes que lo es. —sus ojos, entre furiosos y preocupados. ¿No lo hacían
ver endemoniadamente apuesto y peligrosamente sexy?

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—Cc…comeré verduras…—pronunció a media voz, porque si él seguía con eso,
ella se iba a desmayar. Una voz interna sugería que podría vivir de sus besos y
caricias locas. Para reafirmar este punto iba a demandar otro beso, pero una vez
más los interrumpieron.

—Todas las que quieras...—comentó su abuela que había ido a buscarlos para que
se sentaran a la mesa.

—Agradezco la invitación pero en realidad, creo que debería volver a mi casa...

—Si temes por tu virtud encerraré a Arnold en el baño…—el aludido volvió a


sonrojarse hasta las orejas. Helga también aunque por otro lado, podría
acostumbrarse a esto.

—No es por eso…en realidad…me están esperando…—Arnold la reprendió por la


mentira y entonces se separaron. Él, la tenía contra la pared, como el zorro a la
deliciosa oveja.

—¡Qué bien! Porque odiaría tener que castrarlo…

—¡AAAAAABUELA! ¡YO NO…! —Arnold corrió hacia ella tratando de defenderse,


Gertrude levantó el rostro y lo amenazó con la cuchara de madera.

—¡Estoy loca, no ciega! Sé muy bien lo que veo con mis ojos jovencito y eso es
ilegal a menos que me digas que ustedes dos ya son…

—¡Lo somos!—gritó él con las manos en son de paz para no recibir un cucharazo.

—¿Lo son? —preguntó la anciana, mirando ahora a Eleanor. La rubia estaba


encantada con esto. ¡No sabía, que no era la única que torturaba a Arnold! Adoraba
a su abuela, y sólo por eso se atrevió a cuestionar.

—¿Lo somos…? Arnold estaba ahora mas confundido y dolido que al principio. Si
una declaración de veinticinco minutos y dos pergaminos no eran suficientes para
Helga. ¿Entonces qué lo era? iba a darse la vuelta, gritar que las dos estaban locas
y encerrarse en su alcoba pero en ese momento Phil apareció de la nada, le sacó
una fotografía y casi lo deja ciego con el flash de su muy antigua y ostentosa
Polaroid.

—¡Por fin te atrapé, enano! Claro que son novios Galletita, sólo mira la miseria en
su rostro. —comentó mostrando la foto recién salida de la cámara. Gertrude estuvo
de acuerdo. Helga iba a ofrecerles las joyas de la corona a cambio de esa foto, pero
entonces el abuelo tuvo la mejor de las ideas.

—Geleanor, párate junto a él. —Arnold aún estaba viendo estrellas de colores,
cuando una malévola Helga se pegó a él y susurró a su oído, coquetamente como
si lo besara.

—Eres mío, Arnold Shortman. Tus días de paz y tranquilidad, se acabaron. —la vida,
el alma o mejor fuera dicho su instinto de conservación se le escurrieron por los pies.
Su abuelo eligió ese momento para sacar la foto y así es como aparecían: Él, más

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lívido que la muerte y ella más sonriente que un sensual gato con complejo de
asesino.

Se reunieron en la mesa a compartir la cena. Helga adoraba el estofado de Gertrude


y lo habría devorado con avidez de no ser por esa estúpida cosa en su mano diestra.

—¿Te ayudo?—sugirió Arnold, al verla sufrir por el hambre y su poca capacidad


para meter en su boca la cena.

—¡¿Crees que no puedo alimentarme a mi misma, melenudo?! —Lo amenazó igual


que Gertrude con su cuchara, Arnold roló los ojos y volvió a su plato. Phil hizo un
comentario acerca de los "sobre nombres modernos" ¿Qué había de malo con los
viejos apodos como Galletita y…?

—¿Horroroso adefesio?—lo llamó su esposa.

—Arpía desdentada.—contra atacó.

—Costal de huesos...

—Momia disecada…

Helga podía ver una suave sonrisa en el rostro de ambos cuando se insultaban, tan
diferente de como lo hacían sus padres y se rindió con la cuchara permitiendo que
Arnold la ayudara. En alguna carpeta dentro de los miles y miles de archivos que
tenía almacenados sobre fantasías con Arnold, había algo de ellos dos comiendo
en un Restaurante, dónde él le invitaba de su plato.

La escena real no era idéntica a esa, pero vaya ¡Se estaba desmayando de hambre!
y nunca antes había usado la mano zurda para nada mejor que sostener a un
individuo, antes de golpearlo con la diestra. Tendría que practicar el fin de semana.

Terminaron sobre las ocho treinta de la noche, pensó en que Phoebe estaría
despidiendo a Gerald en el umbral de su casa con un beso y quizás algunas palabras
sobre lo que harían en la mañana. Era el fin de semana romántico que todos estaban
esperando. Las tradiciones escolares siempre la habían molestado, la ponían
nostálgica pero no era el momento de pensar en esto. Agradeció la comida y le juró
a Gertrude que no es que no se quedara por temor a las manos largas de Arnold.

—Si ella es la que empieza…—comentó el rubio en un tono tan bajo que solo Helga
logró escucharlo.

—De acuerdo, pero eres bienvenida siempre que quieras. —le aseguró la anciana.

—¡Pero no quieras! —le gritó su abuelo, desde su sillón en la sala.

—La dejaré en su casa y regreso en seguida.

—Vayan con cuidado, este barrio ya no es tan seguro como antes.

—Lo haremos.

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.

Partieron a pie, él de su lado izquierdo para que ella pudiera abrazarlo o tomar su
mano, la verdad es que esto de caminar juntos era un poco extraño, pero en absoluto
incómodo.

—¿Qué dices de una tregua?—preguntó la rubia cuando ya habían avanzado un


considerable tramo.

—¿Perdón?—Helga se adelantó un poco más y caminó hacia atrás, para poder verlo
a los ojos.

—Tú no me delatas y yo prometo cuidar más mis hábitos alimenticios.

—No pensaba delatarte, sé que puedes cuidarte sola. Pero "esto" pudo ponerse más
feo…

—¿Más que sentir que me moría por dentro? ¡Tú querías matarlo! ¡Yo me estaba
muriendo! ¿Sabes que soy alérgica a las fresas?

—No…

—Bueno, si pruebo una, literal "me muero" y en ese momento sentí que me estaba
comiendo una fresa gigante...

—Helga…—él sabía que tenía tendencia a cambiar de tema y hablar de más cuando
se sentía acorralada. También sabía que era una chica lista y que al igual que él,
debió cruzarle por la cabeza la posibilidad de que se rompiera un hueso al jugar en
el campo. El béisbol no era un deporte de gran contacto pero aún así tenía sus
riesgos. Una bola perdida, o una bola lanzada a gran velocidad. ¿Si al robar la base
alguien la golpeaba demasiado fuerte…?

—¡No me mires así!—prohibió colérica, deteniéndose en seco por delante de él.


Arnold le devolvió la cortesía, igualmente colérico.

—¿Y cómo quieres que lo haga, si me preocupo por ti?—Su cabeza de Balón tenía
nuevamente esa mirada entre apasionada y furiosa. A la luz de la calle, se veía de
lo más fascinante pero ella no iba a dar su brazo a torcer.

—¿Porque soy tu novia, ya decidiste que soy de papel?

—No eres mi novia…—Helga casi deja de respirar ahí mismo, Arnold prosiguió con
una sonrisa un poco traviesa.

—Eres la mujer que me vuelve loco y no pienso que seas de papel. Creo que eres
arriesgada, apasionada e imprudente, además de la persona más valiente que he
conocido porque pocos a nuestra edad aceptarían el riesgo de vivir por su cuenta.
Y claro, te concedo el que no cuidaras tus hábitos alimenticios porque la única vez
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que nos dejó a solas la abuela, Phil y yo no pudimos hacer nada mejor que meter la
lata de frijoles al microondas y verlo explotar.

—¿¡Qué!?

—Vinieron los bomberos, él me culpo a mi, por cierto. Pero yo sólo sugerí abrir una
lata, él la metió al microondas. —su comentario aligeró la tensión del momento.

—Sé que pudo ponerse aún más feo. Que toda la escuela pudo enterarse que estoy
por mi cuenta y me enviarían a Servicios Sociales o de vuelta a París con mi
hermana y mi madre.

—¿Por qué no quieres estar con ellas?

—Por la misma razón que no quiero que me mires así

—¿Así cómo?

—¡Cómo si te importara! —explotó, volviendo a caminar sin él. Arnold la siguió a


corta distancia, luego la tomó por el brazo sano y la hizo detenerse a la sombra de
un árbol.

—Me importas…

—¿Y cómo es posible, si hasta antes de las tres de la tarde, tú y yo no éramos nada?

—Sabes tan bien como yo, que "nosotros" nunca hemos sido "nada"

—¡AHHHH! ¿POR QUÉ ERES TAN INSUFRIBLE?—preguntó para sus adentros,


aunque una vez más lo terminó gritando. Y era una suerte que no hubiera tanta
gente en la calle pues más de uno habría pensado que era él quien la acosaba.
Arnold sonrió por la declaración de su novia y luego la vio tratar de tirar de sus
cabellos con ambas manos pero no funcionó porque tenía la diestra vendada.

—¿Por qué eres tú tan difícil?! —preguntó acercándose de nuevo, en una silenciosa
tregua.

—Porque todas las personas a las que se supone que debía importarles, no hicieron
más que abandonarme…

Reanudaron la marcha sin agregar más nada, ya estaban en su calle y


prácticamente en su casa, las luces del pórtico estaban apagadas. Arnold no se
impresionó por el hecho pero a Helga le extrañó.

—Grandioso. Bob, por fin dejó de pagar la luz.

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—¿Dejas las luces encendidas?

—Sólo la de afuera…—subieron los escalones de dos en dos, al llegar al último


encontraron varios vidrios rotos.

—¿¡Pero qué….!? —Helga buscó apresuradamente las llaves en su bolso, Arnold


intentaba encontrar el origen de los vidrios.

—Creo que es tu foco…

—¿Y cómo…?

—¿Niños jugando a la pelota? —Helga encontró las llaves y las colocó en el cerrojo.
No era una teoría descartable, aunque dudaba que se atrevieran a lanzar piedras o
pelotas a la casa de "La señora loca" como ya la llamaban esos mocosos insufribles
de siete, nueve y doce años.

Encendieron la luz una vez adentro. Bob no dejó de pagar los servicios y el interior
estaba justo como ella creía recordarlo.

—Disculpa el desorden…—comentó en automático aunque no había demasiado


que disculpar. Salvo algunas prendas de vestir sueltas entre los sillones y las sillas,
todo lo demás estaba en su sitio. Helga se desprendió de su bolso, dejándolo sobre
el sillón de una pieza, él la observó, mientras entraba en la cocina, tomaba un plato
a medio llenar de croquetas y comenzaba a llamar a alguien llamado "mantecado"

—¿Es en serio?—cuestionó impresionado.

—Les dije que me estaban esperando.

—¿Y se puede saber qué es mantecado?—preguntó mirando por los rincones por
si se aparecía un conejo, un cuyo ó quizás fuera un Schnauzer, aunque jamás
imaginó que Helga fuera de mascotas pequeñas, rechonchas y adorables.

—Tu competencia...—respondió filosa, comenzando a subir las escaleras. Arnold


notó, sin querer que todos los marcos estaban de cara a la pared excepto uno dónde
aparecían sus padres, hermana y ella en una época mucho más vieja. Helga era
una niña de brazos, Olga parecía de seis o siete, su madre llevaba los cabellos
largos, casi a la misma altura que usaba ella. Su padre miraba a su madre y ella a
su vez lo miraba a él. Se veían felices, un cuadro perfecto.

—¿Competencia?—inquirió para no perder el hilo de sus pensamientos.

—Un rubio cenizo de ojos imposibles y bastante escurridizo.

—¿Esa es tu descripción de una mascota?

—Es mi descripción del amor de mi vida...—él se sonrojó por el comentario, ella


decidió echar más leña al fuego. —Por cierto, ¿A ti te parece bien, meterte de lleno
a la casa de tu novia herida, que por cierto vive sola?

—¿Eh...? Bueno, yo...—Helga soltó una carcajada y entró en su habitación.


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—No te emociones, Arnold. Hace años que deseché el altar y los libros de poemas.

—¿Qué...?

—Nada, ¿Te importaría...?—Arnold captó que quería que buscara a mantecado bajo
la cama.

—¿No va a morderme la cara, cierto?

—Es un tigre dientes de sable, ¿Qué esperas que haga?

—¿Tigre...? ¡Espera, tienes un gato!

—En efecto, Sherlock. —ella corrió las cortinas para revisar la ventana, encontró
más vidrios sueltos, además de a su gato.

—¡Mantecado! —el felino maulló en respuesta, parecía sucio, molesto, además de


entretenido. Estaba deshaciendo una pelota de béisbol con su boca. ¿¡De dónde
sacaste eso...!? —preguntó arrodillándose a la altura del pequeño que la miró con
unos filosos ojos asesinos. Verdes como los de Arnold y a decir verdad, su pelaje
era rubio, pero de un tono más oscuro que el de su enamorado.

Phoebe se lo regaló cuando supo que estaría por su cuenta. Según la asiática
necesitaba un guardián en su casa. "Valiente caballero estaba hecho" a parte de
apoderarse de la casa, "mantecado" (como decidió llamarlo en honor a su adorado)
no había hecho gran cambio en su vida, comía, dormía, montaba orgías o peleas
callejeras en su tejado y básicamente, hacía lo que quería.

—¡Entrégame esa pelota o voy a comerme tus croquetas! —mantecado la miró


como evaluando su amenaza. Ciertamente, habían más croquetas suyas que
comida para humanos. Luego vomitó la pelota, le siseó a su ama y notó a la otra
persona en su recámara, a él le siseó más feo y le mostró todos los dientes
completos. Arnold estaba impactado por la interacción entre "ama y gato" aunque lo
más importante para él, era la ventana rota en la habitación de Helga.

Creo que no fue un simple accidente...

—¡Mantecado! —las pisadas del gato dejaban un pequeño rastro de sangre. Claro,
a su bola de pelos le pareció genial la idea de quedarse ahí, sobre los vidrios
cortados devorando esa maldita pelota.

—¡Vuelve aquí para que te revise! —el gato siseó de nuevo pero caminó como un
rey de puntitas hasta la entrada del baño. Helga corrió detrás de él, el botiquín de
primeros auxilios estaba en el mueble del espejo, mantecado pareció comprender
el nuevo predicamento de su brazo, así que saltó al lavamanos y se acomodó de tal
forma que ella pudiera verle las patas.

—¡Un día de estos, juro que te echaré a la calle!

—¡Miau! Miaau Miaaau! (traducción: Un día de estos cambiaré la cerradura)

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Arnold decidió revisar el resto de la ventana, además del patio. No se veía gran cosa
con el foco destrozado, iba a ir por una escoba y recogedor para levantar los vidrios
pero en su lugar, decidió prestarle atención a la pelota.

Tenía una palabra escrita con marcador negro.

"Mía"

CAPITULO 5

"Jake"

El nombre del beisbolista apareció tan claro como el agua en la mente de Arnold,
quiso tomar la pelota en su mano y rumiar por lo alto pero en ese momento Helga lo
llamó desde el baño.

—¿Podrías ayudarme dos segundos, Arnold? —salió de su trance y corrió al baño.


Helga y Mantecado, no sólo parecían haberse duchado en el lavabo sino que justo
ahora sostenían un silencioso duelo a muerte. Músculos tensos, miradas intensas,
ella tenía las patas delanteras del animal en el interior de su puño izquierdo, el
diestro estaba doblado sobre su vientre, el agua oxigenada y las gasas esterilizadas
descansaban libres de pecado sobre el mueble a su lado.

—¿Qué necesitas que haga?—ella, obviamente no lo estaba mirando a él, trataba


de hipnotizar a su gato y aparentemente lo estaba logrando. El felino la miraba
embelesado y puede que se tratara de la "maldición" de su abuelo o de que él
efectivamente fuera un honorable nieto de Gertrude, pero por un instante imaginó a
Helga cuidando con esa clase de devoción a su hijo. —Se reprendió de manera
mental— Aunque pensando bien no era tan descabellada la idea, es decir, ella algún
día...

—¡¿Quieres apresurarte?!—gritó la rubia, pues Mantecado ya estaba siseando y


retorciéndose como gusano. Él tomó el agua oxigenada, humedeció una gasa y
después buscó donde aplicarla. La pata izquierda del felino tenía un pequeño corte
como de ocho milímetros, al presionar la superficie, siseó como loco y trató de salir
huyendo pero entonces Helga lo tranquilizó con el sonido de su voz.

No era un canto, ni el tarareo de una melodía, era un simple susurro para tranquilizar
al minino. Mantecado ronroneo complacido en contestación, dejó de retorcerse
como loco y luego ella le pidió que le vendara la pata.

—Come mejor que yo, así que sanará pronto…—el comentario no le hizo ni pizca
de gracia pero obedeció. En el mueble del espejo había algo de cinta, además de
tijeras. Notó otros objetos que eran imposibles de ignorar ya que eran cosas mucho,
muy, demasiado, bastante, femeninas. (tampones) las pasó de largo y ahora
entendía las prohibiciones del doctor y las amenazas de su abuela. Ellos ya no eran
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niños, ella era una mujer, malditamente hermosa y que hacía le sudara la piel. Cortó
algo de cinta, un pedazo de gasa, la humedeció en el agua oxigenada y después se
la puso al gato que sacó todas sus garras y a punto estuvo de arrancarle un dedo.

Helga se llevó la peor parte, ella recibió una mordida en la mano sana pero no fue
profunda, luego de terminar, el gato indignado y ofendido les regaló su respectiva
amenaza de muerte y se retiró cojeando a algún otro rincón de la casa.

—¿Estás bien?—preguntó porque en serio se asustó cuando la mordió.

—No fue su culpa, no está acostumbrado a que lo manoseen o le pongan cosas en


su preciosa, delicada y "Real" pata.

—Déjame ayudarte

—¿Te estás acostumbrando a esto, no es cierto?—preguntó extendiendo la mano


para que él la limpiara y le pusiera su propia gasa.

—¿A qué?—cuestionó entretenido. Era bueno con las manos, tenía un pulso firme
y un tacto agradable. Helga no pasó por alto el hecho de que se estaban tomando
de las manos. Era la primera vez que lo hacían (desde que eran novios) sin estar
huyendo, peleando o siendo observados.

—A rescatarme…—comentó cuando él terminó de curarla, su mano se quedó sobre


la suya, era más grande, cálida, fuerte. Intercambiaron miradas, ella sentía la
necesidad de sus labios, él por su parte sintió la necesidad de abrazarla.

Sucedieron ambas cosas, él tiró de su brazo acercándola a su cuerpo y besó sus


labios sin permiso pero con consentimiento. Había urgencia en los besos de ambos,
desespero en sus manos, se comieron la boca por los años perdidos, el tiempo
desperdiciado y también para borrar todo vestigio de aquel extraño.

Cuando se separaron, fue porque Helga necesitaba verlo otra vez. Sus ojos verdes
en ella, sus manos en su piel, tenía los labios húmedos de su boca, las mejillas
sonrojadas por estar con ella. La revelación la estremeció de gozo, de la cabeza a
los pies, luego Mantecado soltó un maullido breve, seguido de algo siendo roto.
Arnold recordó los vidrios, la pelota con esa palabra escrita y no dejó que se fuera.

—Helga…

—¿Qué pasa…?—su mirada. Había tantas cosas que él desconocía de ella y tantas
que ella desconocía de él. Siempre observó a distancia, creyó saber quien era o
como se comportaba pero al parecer, Arnold Shortman era una persona totalmente
diferente en privado.

—Hay algo que necesito que veas…—la condujo de regreso a su alcoba. Helga,
confiaba en él, lo amaba con toda su alma pero aún así, no pudo evitar ponerse
nerviosa.

—¿N…no piensas abusar de mi, cierto?—Arnold volteó a verla, más roja que nunca
y la verdad es que se veía adorable. Quiso cobrarse algunas cosas de la infancia y
por tanto en vez de soltar su mano la presionó con mas fuerza.

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—¿Sería abuso…?—Helga separó los labios, como pez fuera del agua, él sonrió de
esa forma que sabía ahora, le hacía temblar las rodillas. Sus manos sudaron, más
no se soltaron.

—Tt…—las palabras se atoraron en la garganta de la rubia, él liberó su mano y soltó


una carcajada.

—¡ARNOLD!

—Lo siento, pero debes admitir que me la pusiste muy fácil

—¡Pagarás por esto!

—Cuando quieras…—siguió abriéndose paso en su recámara. Ella titubeó un poco,


la familiaridad con que se trataban, la naturalidad con que se introducía en su
mundo.

Esa casa, había pasado tantos meses abandonada que honestamente, ya


comenzaba a ver "fantasmas" no que su demencia llegara a niveles alarmantes y lo
inventara a él, sino que a estas alturas, hasta extrañaba a su hermana.

Tenerlos, aún si ella y sus padres nunca se llevaron bien era una constante en su
vida. Miriam bebiendo sobre la mesa o dormida en el sofá, Bob rumiando en el
pasillo porque ella dejó encendida una vez más la luz de su recámara. "¿Qué no
sabía que tan altas llegaban las facturas?" ella lo sabía pero lo hacía a propósito
para que su padre recordara que existía.

Arnold estaba agachado junto a los vidrios que olvidó que debía levantar. ¿Era eso
lo que quería que viera? ¿Qué tan dañada quedó su ventana? ¿Cómo la tapaba?
¿Dónde se compraba un vidrio nuevo?

—Esto rompió tu ventana. —comentó él mostrándole una bola de béisbol. Tenía una
inscripción en ella que hizo que le corriera un ligero escalofrío por la espalda.

MÍA

No era una amenaza, ni siquiera significaba nada. Los niños del vecindario tal vez
tenían esa forma de recalcar la pertenencia sobre sus cosas, pero aún así, con todas
esas excusas, ella necesitó recostarse un momento.

—Creo que no fue un accidente…

—Desde luego…—interrumpió a su novio quien soltó la pelota y la miró de regreso.


Helga se sentó con las rodillas pegadas al pecho y la espalda recargada contra la
cabecera de la cama. Las cobijas estaban dobladas de la manera en que las dejó al
salir a la escuela esa mañana. Tres pares de tenis distintos, pero del mismo color
estaban en el piso, aunados a unas pantuflas verdes, pantalones de dormir grises y
una blusa larga del mismo color pero con un gato blanco estampado al frente. Todo
eso yacía entre la cama y la silla de su escritorio, sobre el mismo había un montón
de libros, libretas, hojas sueltas, lápices, pinturas y un pequeño portarretratos en
forma de corazón, con su foto…

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Era él, a los nueve años. ¿Desde entonces guardaba su foto? ¿Por qué le
sorprendía tanto? ¿A caso no fue esa la edad en que dijo estar perdidamente
enamorada de él? Escribir sonetos, poemas, seguirlo a luz y sombra por toda la
escuela. La voz le salió un poco ronca, él no creía estar a la altura o ser merecedor
de todo ese amor.

—Helga…

—Creo que deberías irte.

—Eso ni pensarlo

—Es tarde, tus abuelos están esperando y yo necesito…—el argumento de ella ya


no pudo ser concluido, el celular de Arnold comenzó a sonar en el bolsillo trasero de
su pantalón. Se disculpó y atendió la llamada, era Gerald.

—Viejo, tenemos problemas serios.

—Dímelo a mi…—bufó por lo bajo saliendo de la habitación, ahora que Helga había
aprovechado el interludio para esconder el rostro entre sus piernas.

—¿Tan mal lo tomó Pataki?—preguntó, recordando su breve encuentro con Phil en


el mercado.

—¿Qué sabes tú de ella?—inquirió caminando lo justo para sentarse al inicio de las


escaleras.

—Tal vez demasiado…—el tono de su amigo sonaba extraño. Falto de la antigua


jovialidad que añadía a cada uno de sus comentarios. Él no se exasperó, esperó a
que continuara. —…Hace unos cincuenta minutos estaba saliendo de casa de
Phoebe, tú sabes que mis padres solo me permiten sacar el auto de la casa a la
escuela y viceversa, así que iba a pie por la bien conocida avenida. Los audífonos
puestos, pensando en mi chica, todo normal hasta que un maldito auto rojo casi me
aplasta.

—¿¡Estás bien!?

—Por los pelos, viejo. Total que agité el puño y le grité barbaridades a ese
imprudente cuando me fijé en su reflejo en el espejo lateral izquierdo y noté que era
Cabot

—¿Jake?

—No, la chica bonita de la serie de Televisión. ¡Claro que era él! O mejor sea dicho,
lo que quedó de él, tenía una venda horrorosa a mitad de la cara. Creo que Helga
por fin la hizo buena, sé que fue en defensa personal, pero ese sujeto está enfermo.
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—¿Por qué lo dices?

—Iba a mas de cincuenta en dirección de su casa, como soy un caballero, además


de un chico de lo más intrépido decidí investigar por mi cuenta. Subí corriendo hasta
alcanzarlo, él efectivamente estaba ahí pero ella no estaba. O si lo hacía, no salió.
—Arnold bufó de nuevo, sintiendo como la sangre comenzaba a hervir en sus venas.
Gerald tosió un poco, se aclaró la garganta y prosiguió. —Estaba aporreando su
puerta como un demente, gritando igual que en la escuela, lo caro que pagaría.
Como no hubo respuesta, volvió a su auto. Pensé que eso era todo, el maldito loco
se iría, pero no. Sacó un bate de Béisbol además de una bola sobre la cual escribió
una maldición. Lo primero que hizo fue destrozar el foco de la entrada principal con
el bate, lo segundo lanzar la bola a la ventana. ¿Te acuerdas del árbol?

—¿Qué árbol?—preguntó un poco descolocado.

—El árbol, había uno frente a su casa muy grande y frondoso. Phoebe me dijo que
Helga solía escaparse por ahí cuando las cosas adentro se ponían densas…en fin.
Es la primera vez que noto que ese famoso árbol no está y eso solo porque la bola
se fue directo a la ventana. Escuché un grito en respuesta como un chillido
aterrorizado, creí que era ella, así que salí de mi escondite y me atreví a enfrentarlo.

—¡NO!

—Claro, antes de eso ya había marcado al 911 y levantado la denuncia pero tú


sabes. Hay algo con eso de que sea la "hermana" de mi chica que me hace cometer
cosas estúpidas. Le dije que se fuera, que esa no era su casa y además le mencioné
mi llamada a la policía. El tipo ni se inmutó, la locura en sus ojos, si en la escuela
parecía alarmante, ahora me pareció escalofriante, arrojó el bate al piso, cerró los
puños y dijo que se moría de ganas, desde hace un tiempo por patearme el trasero.

—Gerald…

—Sí, ya sé. Phoebe se pondrá como loca, peor que mi madre, porque puede que le
devolviera uno de tres golpes, pero el resultado dio asco.

—¡Por Dios! ¿¡Estás en tu casa!?

—Sip, me golpeó en la cara, pateó a mis futuros hijos y remató en el estómago. Es


un cobarde y por cierto, la patrulla nunca llegó, ni Helga…

—Ella estaba en mi casa…—interrumpió. Aunque no sabía si para defenderla o para


completar la información.

—¿Tan tarde, seguía ahí?

—Mis abuelos insistieron en que se quedara a cenar y antes de eso, bueno…las


cosas se complicaron un poco.

—Escuché por ahí que no jugará más béisbol. —se burló. Aunque otra parte suya
lo resintió. Verla jugar era como ver a Xena, la princesa Guerrera, aunque sin esas
cosas lesbicas que le producían sueños húmedos en la pre-adolescencia, claro.

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—¿Podrás jugar Baloncesto?—interrumpió su amigo la fantasía delirante.

—Claro que sí, lo que no podré es salir con mi chica mañana.

—Phoebe no es superficial como otras.

—¡Pero yo soy vanidoso! —comentó en un claro berrinche. —Además de que la


llamé antes que a ti y cancelé nuestra cita.

—¿Sin comentarle lo sucedido?

—¡Es para protegerla! Ahora escucha, esta es la verdadera razón por la que te
llamé. ¿Recuerdas que destituyeron a mi viejo y lo mandaron de la acción a pudrirse
detrás de un escritorio?

—Lo recuerdo, tu padre era el último policía honesto que quedaba en el pueblo.

—Bien, Jake Cabot es hijo del oficial que lo está reemplazando. Vinieron de otro
estado hace dos años y medio, en el momento exacto que iniciamos clases. En su
otra escuela fue fichado por conducta violenta, sus evaluaciones son un asco pero
siempre termina pasando por su excelente desempeño en deportes. Adora golpear
cosas con un endemoniado bate y su ultima novia, además de dejar la escuela,
levantó una orden de restricción en su contra, pero la retiró días antes de que se
mudaran a Hillwood.

—¿Cómo averiguaste todo eso?

—Phoebe me enseñó a hackear la base de datos de nuestra escuela.

—¿Para qué querría ella hacer algo como eso?

—Para demostrar que puede. Ya sabes, toma todas esas clases avanzadas y
eventualmente tenían que servir para algo.

—Es genial, pero ¿Por qué me lo estás diciendo?

—¡¿Qué no es obvio?! Ese demente tiene a la justicia de su parte y Helga le partió


la cara delante de toda la Preparatoria. Puede que antes quisiera…tú sabes...a-
costarse-con-ella, (Gerald seguía sintiendo escalofríos e inmensas ganas de vomitar
ante la idea de Helga y el sexo) ahora creo quiere matarla. ¡Oh, no sé, viejo! ¡No sé!

—Cálmate…

—¿¡Calmarme!? ¡Me arde la cara! ¡Las joyas de mi familia fueron devaluadas! Y por
si fuera poco, mis sensuales músculos resultan que no sirven para nada.

—Sólo descansa, mañana nos vemos y hablamos de esto.

—¿Y si ese demente regresa a su casa?

—Le avisaré…

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—Ya lo intenté pero su teléfono está desconectado. ¿¡Tienes idea de la cantidad de
películas violentas que comienzan con un teléfono descompuesto!? Ahora, si
involucro a mi viejo, tengo miedo de que lo degraden aún más en su empleo.

—Gerald…

—Ni siquiera les dije la verdad sobre los golpes, inventé un cuento sobre un asalto
"por la custodia de mi teléfono celular y ipod" ¿Pero, y si le pasa algo? ¿Si llama al
911 y la llamada vuelve a ser ignorada?

—¡Basta! —su amigo estaba al borde del paroxismo, así que esto lo mandaría a la
tumba pero irremediablemente tendría que decírselo. —Estoy en la casa de Helga.

—¡¿Qué?!

—Yo…—no sabía como hacerlo así que simplemente continuó hablando. —vine a
traerla hace un rato, encontramos los vidrios rotos, además de la bola. El grito que
escuchaste debió venir de su gato.

—¡MATÓ A SU GATO! ¡DIOOOOOOS POBRE GATO!

—¡NO! Mantecado está bien, sólo se lastimó una pata.

—¿Mantecado? —Gerald iba a profundizar en lo ridículo de ese nombre cuando


decidió echar un ojo a la pantalla de su celular y el bonito reloj que marcaba las
nueve treinta y tres de la noche.

—Si, Mantecado, ahora, puedes…

—¡NO! Tú puedes explicarme ahora, ¿Qué haces tan tarde en la casa de Helga?

—Ya te lo dije Gerald, vine a dejarla…

—Eso es en la puerta y te vas

—Había vidrios rotos y ella tiene la muñeca vendada

—¿Entonces…?

—¿Lo tienes que saber ahora?

—¿Prefieres mañana con té y galletitas? Le puedo pedir a mi hermana sus viejos


sombreros con flores, si gustas.

—De acuerdo, pero ¿Estás sentado?

—Recostado, a decir verdad

—¿Nauseas, mareos?

—¡HABLA YA, SHORTMAN!

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—Estoy en su casa porque en el transcurso de este día decidí y recordé que Helga
Pataki, en realidad me gusta, gusta.

—¡¿QUÉEEEEEEEE?! —al grito ensordecedor de Gerald se unieron los de sus


padres y hermana demandando que se callara o lo "callaban"

—Se lo dije a ella y justo ahora podría decirse que…

—¿¡Qué…!? —Gerald podría asegurar que estaba más pálido que la muerte, sus
manos temblaban, el teléfono celular estaba a nada de abandonar sus manos por el
sudor y del otro lado, Helga había temido que Arnold se hubiera ido y salió a
buscarlo. Escuchó su conversación al teléfono desde la parte en que le decía a
Gerald que había venido a dejarla, así que le arrebató el celular ahora que estaban
en la mejor parte.

—¿Qué, viejo? ¡No me dejes con el suspenso!

—Que es más mío que tuyo…—la voz de Helga al teléfono fue para Gerald como
escuchar la voz de Sadako (la niña del aro) y el conocido "Seven days" la llamada
se terminó en ese momento y el moreno pasó el resto de la noche preguntándose si
Jake Cabot, lo golpeo tan duro que su cerebro se le escurrió.

—¿Ya tan pronto dando las buenas nuevas?—preguntó la rubia devolviéndole su


teléfono. Arnold notó que se había puesto las ropas de cama, además de lavar sus
dientes y trenzar su larga cabellera.

—No pensé que fuera un secreto.

—No lo es…—le obsequió una sonrisa y él quiso besarla de nuevo. El momento


tendría que retrasarse, comenzaba a hacer frío y no tenían idea de con qué tapar la
ventana.

—Creo que hay focos en una caja de la cocina.

—Eso puede esperar…

—Y bolsas de plástico para la basura, con suficiente cinta debería de bastar.

—Déjame hacerlo.

—¿Ya llamaste a tu casa? —el reloj marcaba ahora quince minutos para las diez. Él
no era partidario de las mentiras, pero concedía que podían existir sus excepciones.

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—Llamaré, pero me niego a irme. No soy un pervertido, acosador, ni nada de lo que
puedas imaginar. Me quedo porque podrías necesitarme para tapar la ventana,
levantar los vidrios, cambiar tus vendas y averiguar dónde se metió tu gato.

—¿No lo haces por la bola de béisbol?

—Creí que no querías hablar de eso.

—Y no quiero, pero si vas a quedarte, hablaremos…

Helga regresó a su alcoba, él no tenía idea de para qué, pero llamó a sus abuelos.
Phil contestó más dormido que despierto, sorprendido de que no estuviera en su
cuarto.

—Hombrecito, creímos que hace horas que habías regresado.

—No, lo siento. Me encontré con la madre de Gerald en el camino, dijo que tuvo un
accidente y vine a verlo. Voy a quedarme en su casa.

—¡Santo Cielo! primero la chica furiosa y luego tu mejor amigo. ¡Es la maldición,
Arnold! ¡Te lo dije! ¡Nadie está a salvo!

—Por eso, n…—se sentía mal de mentirles. Él no acostumbraba mentirles, pero


ahora no se trataba de él, sino de Helga. —...No quisiera arriesgarme.

—Es más seguro así, regresa mañana a la hora que puedas. Confiamos en ti y los
Johanssen, salúdalos de nuestra parte.

—Claro, abuelo. Disculpa que te despertara. Buenas Noches. —Terminó la llamada


y le envió un mensaje de texto a Gerald.

"Mis abuelos creen que me quedo a dormir en tu casa, cúbreme"

"¿Es enserio? ¡Yo me llevo los golpes y eres tú el que le va a reventar su cherry!"

"No seas imbécil"

"¿Yo? Sólo te advierto que no voy a cuidar bebés cabezones con uniceja"

"Cállate"

"Jodete Shortman, quiero la exclusiva mañana, si es que puedes levantarte en la


mañana"

Iba a escribir que no pensaba acostarse con ella, pero en lugar de eso decidió borrar
los mensajes. No quería que Helga o sus abuelos los vieran. Hablando de la rubia
regresó con su ceño fruncido y los brazos cruzados a la altura del pecho.

—Elige ahora o sufre para siempre.

—¿Perdón?

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—Si vas a quedarte por temor a que vuelva el Lobo Feroz, pienso que es estúpido
que tu estés abajo y yo arriba.

—¿Por qué sería estúpido?

—¿A dónde supones que podría correr o que tan bien crees que me podría
esconder? El único acceso es la entrada principal y todas las habitaciones con
excepción de la mía y el cuarto de baño están cerradas con llave. Bob, no quiso que
rentara los cuartos a vagos o armara "fiestas demasiado locas" así que se aseguró
de que me sirviera para lo estrictamente necesario. El árbol que en años mejores
fue mi mejor amigo y secreto confidente fue talado hasta la raíz. No hay casas tan
cercanas a la mía como para que pretendas saltar al tejado vecino y en conclusión,
si brincaras en un acto de desespero a la nada te romperías una pierna, es una
caída de por lo menos seis metros. Así que, elige.

—¿El qué?

—Dormimos en mi cama o acampamos en la sala.

—La sala.

—Sabia elección. Ahora te dejé algunas cosas en el baño que creo…que te podrían
funcionar…—se ruborizó un poco al comentar lo último, luego le dio la espalda y
volvió a su cuarto.

—¿Qué haras tú?

—Revisar la cámara oculta para verte desnudo.

—¡¿Qué?!

—¡Voy a bajar las sábanas, a menos que quieras dormir sobre el piso!

—Yo lo hago

—¡Yo puedo!

—El doctor dijo que no hicieras esfuerzos

—ARNOLD

—¿QUÉ…? —Aparentemente, a Arnold Shortman le encantaba acorralar a su novia


con su figura, no es que ella se quejara, que no lo hacía. Su cabeza de balón tenía
un cuerpo delgado pero bien trabajado. No sabía si por los meses de vagar en la
selva o por jugar fútbol soccer, lo que fuera, le había formado unos brazos fuertes
aunados al torso duro y de atrayente musculatura, su loción ya se había esfumado
pero no tenía un aroma desagradable, era él, solo él y la tenía justo ahora
tambaleando a la orilla de su cama. Sus ojos llamándose a gritos, invitando al
pecado, como ella gustaba de jugar con fuego, se atrevió a besarlo, tirando de sus
ropas para ver cual era el resultado.

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Cayeron irremediables sobre la cama, comiéndose la boca y buscándose con manos
ansiosas, cuando los ánimos se calentaron y los dos sintieron la urgencia de hacer
desaparecer la ropa, él se quitó de encima y ella se levantó de un salto.

—Voy a buscar las bolsas de plástico y la cinta para tapar la ventana…

—Voy a usar tu baño…

La habitación, oficialmente estaba prohibida.

Helga desapareció más rápido que una exhalación. Él tenía las mejillas incendiadas
y el corazón latiendo al cien al interior de su pecho, le dio risa, lo rápido que se
"entendían" o quizás fuera mejor decir "encendían" siempre le gustaron los besos
de Helga, no por nada los recordaba con el pasar de los años. Tenerlos ahora
cuando quisiera, lo hacía sentir como un niño pequeño. Uno muy caprichoso y adicto
a las golosinas. Antes de encerrarse en el baño decidió levantar los vidrios pero cayó
en la cuenta de que Helga ya lo había hecho, también corrió las cortinas y de manera
improvisada colocó un pedazo de papel en la ventana. Era bastante autosuficiente,
no le gustaba depender de nadie, lo que en realidad le gustaba aunque pudiera
causarles problemas, debido a su complejo de buen Samaritano.

Suspiró para sus adentros, entrando en el baño, echó el cerrojo a la puerta y


encontró un cepillo de dientes nuevo, además de un juego de pantalón y camisa
rojos que podrían quedarle algo ajustados.

Su chica era única, lista e independiente, tomaba sus propias decisiones y el punto
aquí era, que le había dado a él a elegir.

"Elige ahora o sufre para siempre"

¿Significa que de haber votado por la cama, ellos…en realidad…lo estarían


haciendo?

—¡AHHHHH! ¡ESA MUJER SOLO TRATABA DE VOLVERLO LOCO! —lavó sus


dientes, su cara y se cambió de ropas. Los jeans, el cinturón y la camisa a cuadros
no serían cómodos para dormir. Además le estaba dando unas ropas deportivas que
debían venirle bastante grandes a ella. Olían a su perfume ¿flores, dulces? No,
Helga olía a mango y él ya quería un nuevo beso de sus labios.

Salió del baño ya cambiado, colocó sus ropas sobre la silla del escritorio, Helga le
dejó la bolsa de plástico negro además de una cinta plateada para que tapiara la
ventana. Lo hizo con cuidado y además de eso, colocó refuerzos en el resto del
marco. Creyó ver una silueta de negro sobre la acera mientras trabajaba pero
rechazó la idea.

Eran sobre las diez treinta de la noche. Jake Cabot no podía estar tan loco, ¿Oh, si?

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CAPITULO 6

Helga Pataki tenía muchas facetas. No que él no lo hubiera notado desde cuarto
grado. Estaba la chica ruda, la tímida, vulnerable, romántica y también la apasionada
que luchaba contra corriente y se enfrentaba a las "sombras" para devolverle a él
algo tan importante como sus padres.

Cuando supo que era ella quien se ocultaba bajo el disfraz, no pudo creerlo. La
acorraló, (como seguía haciendo) para dejarla sin argumentos pero también para
arrancarle las máscaras porque él necesitaba conocerla a ella, la verdadera Helga,
la que se escondía detrás de todas esas capas de hostilidad y mal genio. La chica
de sus "sueños" y puede que aquello hubiera sido una exageración o que estuviera
totalmente acertado porque la niña que decía "Que estaba bien" "Que lo hizo porque
no lo odiaba, en realidad lo amaba con pasión y locura desbordante" Sólo podía
pertenecer a sus sueños, luego esa misma niña lo besó, marcando el destino de los
dos.

¿Porque era destino, cierto?

Ellos estaban juntos porque sus mundos chocaron en ese momento y cada decisión
tomada desde entonces hasta ahora, los había llevado a admitir que irreparable e
innegablemente, estaban enamorados el uno del otro. No existía ninguna maldición
que él llevara en la sangre, ni tampoco estaban bajo el ojo inquisidor de ninguna
entidad malévola, ¿Cierto?

Jake Cabot, no estaba escudriñando en sus jardines a la espera de que Helga


saliera para hacer con ella lo que quisiera. Esa clase de cosas no sucedían en su
pueblo, en su mundo, en sus vidas.

Terminó con la ventana y volvió a cerrar las cortinas, hubiera preferido asegurarse
de que todas las ventanas estaban igualmente cerradas, pero se conformó con
verificar que las puertas de las habitaciones sí lo estaban, el cuarto de baño tenía
una pequeña y angosta ventana con vidrios esmerilados, no creyó posible que una
persona pudiera meterse por ahí, de hecho parecía ser la salida de emergencias de
Mantecado ya que el gato rubio y de ojos profundos, lo estaba observando de mal
modo cuando él terminó de hacer el recorrido de la planta alta.

—Hola pequeño…—el aludido lo destruyó con la mente o al menos eso le pareció a


él. La bola con pelos le daba ternura, tenía un nuevo objeto en la boca, intentó ver
lo que era y casi se va de espaldas cuando lo descubrió. Le arrojó un bendito "reloj"
que marcaba las once de la noche a los pies y luego siseó como advirtiendo que si
no salía por la puerta grande sus días en la tierra estarían contados. Él pasó saliva
por la garganta e intentó de nuevo. Los animales, normalmente lo adoraban, él era
el chico bueno que todos amaban pero más tardó en acercarse que en lo que
Mantecado le mostró la dentadura completa y saltó sobre su cabeza, como es
natural gritó de pavor, porque eso de ser desfigurado por un gato no debía sentirse

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nada bonito pero el felino solo escapó por el pasillo y se perdió en las escaleras.
Helga gritó desde abajo si estaba todo bien.

—¿Te viste en el espejo o por qué gritas tanto? —él roló los ojos y agradeció que
su humor negro no se hubiera visto afectado a causa de su "relación" Bajó los
escalones con cuidado luego de tomar las cobijas y almohadas de cama, estaba por
llegar a la sala cuando Mantecado se metió entre sus piernas y lo envió a rodar tres
escalones abajo.

Helga corrió en su auxilio, aunque más que preocuparse por él, le inquietaba que
hubiera aplastado a su gato.

—¿Estás bien, amor? —el felino subió a su regazo y maulló como si estuviera
ampliamente traumatizado. Él se levantó "sin ayuda" y señaló que había sido el gato
quien trató de asesinarlo.

—¿A caso te volviste loco?

—No le agrado.

—Por supuesto que no. —agregó sin mirarlo a los ojos, estaba ocupada haciéndole
cariñitos a la bola de pelos. Eso no le gustó y replicó.

—¿Por qué el es "amor" y yo Melenudo?

—Porque él es mi amor y tú un melenudo—para reafirmar este punto, Mantecado


se derritió entre sus brazos, ella lo apretujo amorosamente y tras besarle la frente le
dijo que lo sentía mucho pero que el cabezón feo de ahí se quedaba.

—Miau, miau, miau….—negoció, mostrando todo lo lindo, regordete y hermoooso


que era. Helga tenía debilidad por sus ojos verdes, le recordaban a los de Arnold y
ha decir verdad, todo en su mascota le hacía evocar al desgraciado.

—De verdad lo siento amor, se queda por hoy pero puedes "jugar" con él —esa
declaración fue suficiente para el felino que escapó de sus brazos y se perdió entre
las sombras.

Arnold no quiso preguntar las implicaciones de la palabra "jugar" pero sospechaba


que no pegaría el ojo en toda la noche. Volviendo a lo que les atañía, Helga ya había
acomodado los sillones largos de la sala de tal modo que quedaban uno frente al
otro.

—¿Qué entiendes tú, por no hacer esfuerzos con la mano lesionada?—preguntó,


porque en serio, si este era el trato, ella hubiera tapiado la ventana y él acomodado
los sillones.

—Tienen ruedas y no son tan pesados, Arnoldo.—agregó la "O" porque él no era su


padre, ni su madre, de hecho tenía como cuatro horas de ser su novio. Y eso no le
confería mayor derecho que besarla cuando a ambos les diera la gana. Cruzó los
brazos a la altura del pecho, su muñeca diestra la traicionó y dolió como una
puñalada, quizás si se había excedido pero para eso estaban las pastillas que le
obsequió el doctor.

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—¿Segura que no te lastimaste?—insistió, evaluándola con su mirada. Ella adoraba
esa expresión entre sombría y seductora pero el orgullo era más fuerte así que lo
mandó al carajo, dándole la espalda y buscando las pastillas en su bolso. Arnold
suspiró y regresó a levantar las sábanas y almohadas que dejó en el piso, acomodó
las "camas" también revisó la puerta principal, Helga ya lo había hecho, además de
asegurar todas las ventanas con cerrojo.

No había más vidrios rotos y la oscuridad de la calle era casi total.

Su casa vacía no le asustaba, estaba acostumbrada a la soledad, era una buena


compañera cuando te conoces a plenitud y crees estar satisfecho con lo que eres.
Ella había hecho las pases con sus demonios internos hacía largo tiempo. Luego
apareció Jake Cabot y su universo…lentamente se derrumbó.

Necesitaba que lo supiera Arnold, era una parte crucial para el éxito de su relación,
por no hablar de la "situación" pero honestamente, no se le ocurría por dónde debía
iniciar la conversación.

—¿Gustas algo, un vaso de leche, agua, cereal?—preguntó ahora que se servía un


poco de agua para ingerir las pastillas.

—Estoy bien, gracias.—se tomó dos, aunque la nota decía específicamente que
tomara una. Miró la mesa redonda de reojo, evocando la imagen de su madre, tantas
mañanas atrás. Sobre la única vez que la impresionó, por no decir que la aterrorizó,
Miriam tenía una botella de licor en una mano y un montón de pastillas, redondas y
pequeñas en la otra. Su estómago se revolvió de inmediato pero reprimió el impulso,
levantó el rostro, se armó de valor y como hacía cada mañana, de cada día de su
vida, se repitió que no moriría, sólo era otro día.

—Yo pido el sillón más largo.—comentó al ver que Arnold estaba por acomodarse
en el.

—Por supuesto.—se cambió de lugar, ella sonrió con sorna. Tan bobo, tan dócil y
tan lindo.

—Y también la palabra.—soltó un profundo suspiro, sus manos temblaron, el


estómago una vez más se quejó.

—Te estoy escuchando.—la miró a los ojos, ajeno a su infierno interno. ¿Debía trata
de explicarse o callar para siempre? ¿Qué fue lo que llevó a sus padres a la
inminente separación? La palabra o el silencio, ella tenía que tomar una decisión.

—¿Deberíamos poner música de fondo? ¿Un video? ¡Ya sé, una película de miedo!

Nerviosa, la notó Arnold. Helga una vez más estaba nerviosa y un poco histérica.
Esta era una situación irreal, tratándose de ellos pues si bien se conocían de casi

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toda la vida, nunca antes habían compartido esta clase de intimidad. Gerald y
Phoebe llevaban meses de novios y él dudaba que ya hubieran vivido una situación
similar.

¿Esto era porque Helga, siempre iba demasiado rápido? ¿O porque él era
demasiado lento? Tal vez, tenía que ver con el temor de que sus momentos juntos,
debido a lo diverso de sus temperamentos, jamás se repitieran.

Helga encendió el televisor y navegó entre canales hasta encontrar una película de
suspenso.

"Mírame"

A él no le parecía tan buena idea contemplar la escena en que el psicópata asesino


llama al teléfono de casa y comienza a describirle a la chica cada objeto que tiene a
su lado. Helga observaba atenta, acomodada ya en su sillón. Mantecado se adueñó
del restante y se hizo un ovillo sobre el bolso de su dueña, él se sentó junto a ella,
es decir.

Al parecer, aún no se iban a dormir.

Cuando el asesino de la película irrumpió de pronto, rompiendo los cristales de la


gran puerta de vidrio, Helga se impresionó y él la tranquilizó. ¿De eso se trataba ser
novios? Proteger, procurar, amar…rodeó sus hombros con un brazo, sus miradas
se encontraron, luego ella presionó el "mute" con el control remoto y se perdieron
en la mirada del otro. Por un momento deseó besarla, recostarla, contemplarla en
pijama de pies a cabeza pero, ella no lo dejó.

Colocó un dedo sobre sus labios, dijo que era importante, necesitaban hablar.

En su corta experiencia de chicas que solo salían con él para olvidarse o celar a
alguien más, la frase "necesitamos hablar" significaba, "vamos a terminar lo que ni
siquiera empezó porque ya cumpliste tu papel" Él no tenía papeles que interpretar
con Helga, sabía que lo amaba así que accedió.

En el televisor el asesino ya estaba destrozando la casa, la chica intentaba llamar a


emergencias pero él arrancó el cable de la pared, Katie salía del armario y corría
despavorida escaleras arriba, Melvin la seguía por detrás con el cuchillo en alto,
mientras tarareaba una estúpida tonada que no sabía por qué se sabía, pero se
sabía. Helga soltó un suave suspiro, apenas perceptible y de no ser porque él estaba
concentrado 50/en la pantalla y 50/en su novia, no lo habría notado.

—Pienso que esto de Jake, es mi Karma…—comentó serena, acomodándose de tal


manera que le daba la cara a él e ignoraba la película. Su declaración le pareció tan
descabellada y ha decir verdad estúpida que no pudo evitar replicar.

—¿De verdad, Helga…?

—Tú no lo sabes y en verdad esperaba que jamás lo supieras, pero hubo una época
en que…—suspiró de nuevo, él pudo notar, cómo se arrepentía y aferraba, todo en
el mismo respiro. —…te acosaba en serio.—concluyó. Evadiendo sus ojos,
ocultando su precioso rostro bajo la sombra de sus cabellos.

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—Lo sé…—respondió calmo. Si eso la torturaba, lo mejor es que parara.

—No, Arnold no lo sabes.

—Helga, dijiste que escribías poemas, que me seguías a todos lados en la escuela
y que hasta tenías un altar con mi imagen en tu armario.

—También me metía a tu cuarto, hurgaba entre tus cosas y te espiaba por la ventana
horas después de que te habías ido a dormir.

—¿¡Qué!?—la cara de Arnold, en las milésimas de segundo que la miró con horror
definitivamente marcaban un fin a su relación. Eso la atemorizó y se defendió por
instinto.

—¡No es tan horrible como suena! —lo hizo a un lado (por no decir que lo empujó
con ambos brazos para que se alejara lo más posible de ella) Mantecado volvió a
saltarle encima. No lo atacó, más bien lo pasó de largo para subirse al regazo de la
rubia que lo apretujó entre sus manos.

Él no se marchó de la sala, pero entendió que necesitaban retirarse a sus esquinas,


si es que pretendía escuchar el resto de la historia.

En la película, luego de una basta persecución y pelea Melvin tenía a Katie bajo sus
formas y le enterraba el puñal en el pecho una y otra y otra vez. Ella preguntaba con
escasas fuerzas los motivos, ¿Por qué le hacía algo como esto? Era porrista,
además de hermosa y la chica más rica y popular de la escuela. (En circunstancias
normales, Helga se habría burlado de la escena argumentando que ese sería el final
dramático de Rhonda) El asesino terminaba el trabajo y antes del pase a los créditos
decía que era porque ella, jamás lo había notado.

¿Jake Cabot asesinaría a Helga porque ella jamás lo había notado? No,
ciertamente, ella lo notó, lo rechazó y también lo humilló. Conocía los riesgos y las
consecuencias de sus actos, como hace unos minutos que lo besó, tirando de sus
ropas para cayeran en la cama.

Si le estaba diciendo esto, es porque creía en verdad que se trataba del "karma" en
su diccionario mental, eso era equivalente a un ajuste de cuentas, castigo divino o
mano a mano. Él no creía que Helga hubiera hecho algo tan terrible (como para
merecer a Jake Cabot)

Bueno, si lo besó a la fuerza, pero no pudiera decirse que él se resistió o que no le


gustó...miró su posición tensa, la vergüenza en su rostro. Si ella quería confesarse,
lo menos que podía hacer era escuchar. Se veía tan pequeña, atormentada por sus
secretos y no tendría por qué estarlo.

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Lo hecho, hecho estaba. Y ahora que lo pensaba, su presencia en la Casa de
Huéspedes podría explicar cosas que siempre quiso entender. "Envolturas de goma
de mascar y comida chatarra que aparecían de tanto en tanto en la azotea" "Objetos
que dejaba en un sitio y aparecían en otro" "Un relicario de oro que encontró alguna
vez y que su abuela abruptamente le arrebató"

Era eso, pensó para sus adentros.

Ambos parecían cómodos y acostumbrados a la presencia de Helga en la casa.

"…Ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí…"

¿Pero qué tan idiota podía ser?

Eso se lo dijo Phil, Gertrude comentó algo similar.

"…Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold. Siempre que tú no
estabas, claro está..."

La conexión en su mente, la revelación de hechos que le fueron confusos durante


buena parte de su infancia lejos de volver a enfadarlo, le hicieron querer
saber ¿Cómo o por qué es que lo hacía? ¿En verdad lo amaba? ¿O solo
estaba…ligera y enfermizamente, obsesionada?

Mantecado interrumpió el momento, ronroneando para su dueña. Un sonido suave,


repetitivo y calmo, ella acariciaba su pelaje y ambos se miraban a los ojos como si
compartieran los secretos místicos del universo.

Él se perdió en ella, la verdadera Helga, ¿A caso, no era esto lo que quería?


Contemplarla sin máscaras, palabras crueles, bromas que se tintaban con matices
de verdad.

El "por qué" se lo dio a conocer de a poco, en una narración de eventos desfasados.


La mente de Helga tendía a mezclar sucesos pasados con los presentes. Así que él
la escuchó con la misma fascinación con que se sumergía en una novela histórica.

Como si fuera otra persona y no ella, la que le decía que necesitaba aferrarse a
algún vestigio de amor en su tierna infancia y que fue él, el desdichado —o
afortunado— objeto de su adoración.

Las pasiones que no compartía, los sentimientos que tan inocentemente vertía, los
fue comprendiendo a profundidad a medida que iban creciendo. Sus abuelos
tuvieron que ver con eso, cansados ya de verla suspirar y llorar a elevadas horas de
la noche.

61
La invitaron a pasar, una ocasión que estaba lloviendo. Sus padres rebasaron el
límite de lo permisible y a ella ya no le importaban el frío, la lluvia o la noche. Sólo
quería escapar, gritar, llorar…Le abrieron las puertas de su casa, también de su
corazón, bajo la condición de que entendiera que lo que sentía por él, no era amor.

Siempre fue una chica lista, encontró en los libros de Gertrude historias crudas,
crueles y verdaderas dónde el amor se acaba, el príncipe abandona a la princesa o
ésta muere atravesada por cientos de agujas para que él pueda ser feliz en brazos
de otra.

Aceptó, que como en su casa no existía "el felices por siempre" y que ni ella ni él,
"estaban destinados a corresponderse" Después de todo, su confesión, el tercero y
que creyó sería el último de sus besos hacía un par de años que se había dado, sin
ninguna clase de resultado.

Estaban en secundaria, él salía con la perfecta de Lila y ella estaba más fascinada
por la literatura y el teatro. Escribió aquella obra que les obsequió su cuarto beso.
No había segundas intenciones en ese beso, aunque reconoció que sus labios se
abrieron y que él correspondió el beso.

El amago de las viejas costumbres, la nostalgia por la niña enamorada que fue, la
llevaron a volver a notarlo. Sin obsesión pero aún a distancia. Reconoció los
atributos que habían cambiado en él y las costumbres que permanecieron
inalterables en él. Su generosidad, cordialidad, galantería y optimismo. Le gustaba,
ya no el príncipe de sus sueños sino el verdadero Arnold, aunque honestamente ya
no aspiraba a tenerlo en sus brazos.

Apreciaba a Lila y también aprendió a llevarse bien con él, sin ocultar sus
sentimientos bajo una capa de hostilidad. Los sobrenombres permanecieron, los
modos arrebatados también, ella ya no visitaba la Casa de Huéspedes y es que si
de algo se había convencido en los últimos quince años de vida, eso era de que
Helga Geraldine Pataki, no era una "Princesa" a lo mucho sería escudera y por tanto
le tocaba forjarse un camino entre fuego y hierro.

Le dio oportunidad a otros chicos, salió con algunos, así como él alternaba sus citas
entre Lila y esas bobaliconas que sólo querían usarlo como reemplazo, pero no
funcionó porque sin importar lo que hicieran, ella terminaba comparándolos con él.

Sus ojos verdes, sus cabellos dorados, su estúpida cabezota de balón.

Si, quería conocer los misterios de una pasión, saber si su corazón podía
experimentar y merecer amor pero todo eso quería hacerlo con él, así que se retiró.
Ya no eran niños, ya no tenía miedo de los gritos de su padre o de los "comas
etílicos" de su madre. Ya no podía subir por la escalera de incendios y esconderse
detrás de alguna estructura para verlo.

Ahora tenían las horas de clase, los círculos de estudio y también los encuentros
inesperados que los seguían sorprendiendo a medio pasillo.

Su ultimo beso (previo al noviazgo) lo hizo definitivo.

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Lo disfruto y agradeció, pero a pesar de la diminuta flama de pasión que ardió en su
corazón no pudo negar que una vez más fue ella quien lo besó. La que se entregaba,
la única que amaba. Él correspondió, quizá por cortesía, tal vez siempre era así
como lo hacía. De la manera que fuera, lo alejó de su lado y se despidió.

Iba a olvidarlo, seis meses en Paris le harían superarlo pero esa era la Ciudad del
Amor que daba vida al fantasma de la falsa Cecile, así que en lugar de eso decidió
volver a escribir. No de manera platónica como acostumbraba hacer, sino como los
autores que crearon las novelas que le prestó Gertrude. Los mismos que amaron a
distancia y jamás fueron amados en respuesta.

Lo extrañaba, tanto al inventado y que nunca fue, como al apuesto rubio que ahora
es. Quería verlo, escucharlo, despedirse de nuevo.

Una ultima palabra, un ultimo beso.

Sólo uno.

Dejó que su madre y hermana la convirtieran en esta. La transformación no le


molestó tanto, luego de que Phoebe sugiriera que tal vez, así podría enamorarlo. Se
suponía que tendría que pasar algo, pero cuando se encontraron el primer día de
escuela ninguno de los dos se atrevió a hacer algo.

Él seguía saliendo con Lila y a ella, ya se le habían acabado las ganas de luchar.

El divorcio de sus padres fue devastador en más de un sentido, ella no tenía fuerzas,
además de que entre más pasaba el tiempo, más se iba enfrascando en la escuela,
el futuro, la vida...

Jake Cabot, la agarró por sorpresa, con la guardia baja porque Bob tenía poco de
haberla abandonado. Estaba distraída, pensando en todo y a la vez en nada.
Reconoció que al recibir la primer nota, su instinto natural la obligó a pensar en él,
pero no era él…nunca sería él.

—Helga…—interrumpió su alegato. Ella no lo miraba a los ojos, en todo este tiempo


lo más que había hecho era apagar el televisor y aferrarse aún más a su gato, los
ronroneos del peludo animal intentaban comprenderla, acompañarla, consolarla. Él
hubiera querido intervenir desde antes porque Helga se encontraba en un error.

Claro que merecía experimentar y poseer amor. Además de que él también la


extrañó. Nunca lo admitiría en alto, pero algunas noches, mientras vivió con sus
padres se descubrió a sí mismo pensando en ella…

—Déjame terminar…—su voz, apasionada como la recordaba se había


transformado en un leve susurro. Estaba cansada, como ella misma mencionó y eso
en verdad lo asustó. ¿Por eso no procuraba su cuerpo? ¿Una vez más, no le
importaban el frío, la lluvia o la noche?

No…, lo que no le importaba era comer, dormir, luchar por merecer amor…

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—Estoy en mi límite, Arnold. Acepto que me pasé de la raya al humillarlo
públicamente, pero si tú hubieras leído el resto de notas que me escribió, burdas,
obscenas y tan asquerosamente tórridas, probablemente habrías hecho lo mismo.

—¿¡Qué te escribió!?—preguntó entre colérico y preocupado. Las palabras de


Gerald se repitieron en su cabeza. "No habla de querer seducirla, enamorarla,
invitarla. Ese sujeto, sólo quiere…"

—¡No quiero recordarlo! —gritó. Mantecado salió huyendo por su arrebato. Ella
cambió de posición en el sillón y agregó. —¡Tampoco deseo ser vista, ni tratada de
esa manera! ¡Sigo siendo yo, Arnold! Una depilación, unas ropas nuevas y esta
estúpida "anatomía" no me convirtieron en otra. Por eso no te impresioné porque tú
me conoces bien.

—Me impresionaste…—confesó, esperando hacerlo con total sinceridad y


convicción.

—¡Cállate!—se ruborizó, porque él no la miraba con terceras intenciones, sino con


honestidad y puede que un poco de amor.

—Pero es la verdad.—insistió. Quiso acercarse a ella, pero lo rechazó.

—No he terminado. ¿Qué no ves lo difícil que esto es para mi? —lo veía, pero como
solía suceder con todo lo que le trataban de explicar, no lo entendía. ¿Por qué era
necesario desgarrar su alma, remontarse a la niña de su tierna infancia? Si quería
asustarlo, lo único que había logrado era enamorarlo.

Quería estar con ella, definitivamente quería ser quien cuidara de ella.

—Lo reté para que toda la escuela supiera que Jake estaba sobre mi y que yo no
iba a dar mi brazo a torcer. —sonrió con pesadez, al tocar su brazo herido. También
porque a media batalla, se le había metido él en la mente y la piel. Compró los
chocolates ese día para regalarle uno a él. Phoebe ya le había dicho lo que sucedió
en la cafetería. Hasta el cabeza de cepillo la defendía, pero y Arnold

¿Dónde estaba, su Arnold?

—El mensaje fue claro, todos nos preocupamos.—comentó el rubio, buscando sus
ojos, ella lo miró de vuelta. Una expresión entre desapasionada y resignada. Jamás
creyó que vería algo así en ella.

—Excepto yo…

Ella había estado más distraída ensamblando los fragmentos de su torturada alma.
Recordando la cantidad de poemas que le escribió, las veces que lo siguió entre
clases, cómo se colaba en su habitación cuando sus abuelos la dejaban entrar por
la puerta principal y entre un descuido suyo y un acto de gran osadía propio, lo
invadía.

Nunca le robó nada. —aclaró. (aunque omitió decir que ganas no le faltaron)
tampoco le dejó nada. Se sentía estúpidamente feliz con sólo estar ahí, tirada en su

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cuarto. Era su puerto seguro, a los nueve años de edad y cuando sólo quería gritar,
llorar y escapar, ese cuarto con "cielo" era su lugar favorito en el mundo.

Imaginarlo a él, en su serenidad, ambicionar o desear una familia así de ideal.

No era perfecta, sus padres estaban ausentes pero aún así se querían. Podía
reconocer el amor y el afecto que se tenían cuando se veían. En su casa, sólo hubo
lo mismo que reflejaba en la infancia: hostilidad, altanería, violencia.

Y ahora no quedaba, ni eso.

Pensó en el fin de semana romántico, imaginó que él y Lila bailarían a la luz de las
velas en el Chez Paris, ella nunca volvió a ese restaurante, ni a sentir la música o
aquel candor en su corazón, pensaba en todo eso cuando el gran imbécil la abordó.

"Vas a salir conmigo…" —¡Ni siquiera era una pregunta o una invitación! El hijo
de puta le estaba ordenando y aquello la enfureció. ¿¡Qué derecho tenían, de pasar
así de que quién era ella!?

Él, al ignorarla y Cabot al inventarla.

Le dijo que no, que estaba ocupada, lo mejor era que se fuera pero no la escuchó.
Colocó una mano a la altura de su cintura con la otra la tomó por el brazo.

"¡Suéltame!"

Arnold recordaba la escena desde ese punto, estaba con Lila, quien estaba
pensando en ese chico Larry o Barry, no le importaba. La voz de Helga hizo corto
circuito en su mente, fuego líquido, descarga eléctrica, la reacción que tuvo fue la
que ya comentó.

—¿Ahora lo entiendes…?—interrumpió la rubia las cavilaciones de su mente. Él solo


entendía que estaba loca. ¡Se arriesgó tanto, durante tantos años porque tenía la
estúpida idea de que no importaba lo que pasara con ella! ¿¡Cuantos accidentes
pudieron pasarle!? Un auto pudo golpearla, un loco asustarla o un maniaco
secuestrarla.

Sólo era una niña, una niña perdida y asustada. La misma que llegó por si misma a
su primer día de escuela porque sus padres olvidaron llevarla.

Se horrorizó entre más la escuchaba y también la entendió. Comprendía ahora el


amor con que ella y su abuela se abrazaron. Además de las reservas de su abuelo
a tenerla de vuelta.

Phil era más sobre protector con él, era su "hombrecito" le recordaba a su propio
hijo. No que Gertrude no lo quisiera, pero ella era como Helga, es decir que estaba
loca.

—Entiendo que tratas de convencerme de que todo esto es tu culpa, pero no lo es…

—¡No! Arnold, tú no puedes…—Helga volvía a sentir el rostro ardiendo,


amenazando con derramar llanto pero lo reprimió. Evocó una escena más del
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pasado y se convenció de que él, era su enamorado, su amado, por siempre,
Arnold…

En el recuerdo a que hacía referencia, se trataba de Gertrude, fue ella quien le dio
su mano, quien la invitó a pasar a su casa. Ella no entendía ¿Por qué no estaba
llamando a la policía o despertando a Arnold para decirle que su compañera de
escuela era una desquiciada, enferma, acosadora y loca? La anciana le colocó una
toalla sobre los hombros, comenzó a secarla y entre más lo hacía comentó.

"No sé que clase de culpa crees que estás pagando castigándote así, pero no tienes
que hacerlo" "Si no tienes a dónde ir, siéntete libre de venir aquí"

—¿Por qué...?

"No se lo diremos a Arnold, está claro que no quieres que se entere nuestro Arnold,
pero te dará pulmonía si sigues saliendo con este clima"

La abrazó, limpió sus lágrimas, además de sus ropas.

Esa noche, Bob había golpeado a Miriam y a ella le dio tanto pavor tener que
interponerse entre ellos, recibir un golpe o peor aún, tener que abrazar a su madre
después de que se hubiera ido su padre. Lloró hasta quedarse seca, hasta que Phil
se despertó y comenzó a rumiar sobre lo mucho que desde siempre había detestado
al inconsciente de Bob Pataki.

Hicieron un pacto silencioso, le dieron las llaves del salón de lectura. El santuario de
Gertrude, con todos los libros que la salvaron de cometer alguna clase de locura.

Arnold, era el hijo innegable de ambos, ¿Quién sino él podría disculparla por sus
actos?

—Helga, lo que sea que hicieras en el pasado, ya quedó en el pasado. Y lo que


sucedió en la escuela, no tendría por qué haber pasado. Tú le dijiste que no, él
insistió y te besó.

—Hizo más que eso…

—Te hirió…—y eso era algo que él, no podía tolerar. Se levantó de su asiento,
dispuesto a confortarla. —No eras tú y aún ahora creo que no eres tú…

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—¿Qué…? —respondió con voz medio rota. Las lágrimas no salieron de sus ojos,
pero su rostro seguía ardiendo. Él reprimió el impulso de besarla pues si la culpa
pertenecía a alguien, era a él.

—Que me estás dando todas las razones que se te ocurren por las cuales podría
dejarte, debido a que estás cansada de luchar. Has estado peleando contra el
mundo durante tanto tiempo que es lógico que ahora quieras descansar. Entiendo
que tienes miedo, que has esperado, imaginado o deseado tanto lo nuestro que
ahora que es verdadero, temes que se vaya a acabar. Y ese miedo, aunque con
fundamento, no es algo que vaya a pasar.

Te prometo, que no va a pasar. No voy a dejarte escapar. —se acomodó a su lado,


de rodillas frente a ella, tomando su mano izquierda entre las suyas, besó la
superficie, ella se sintió una vez más como la princesa de algún cuento encantado.

—Arnold…

—Dijiste que yo era tuyo, bueno tú eres mía. Y si quieres escuchar las razones por
las cuales podrías dejarme esas son mucho mas breves. ¡Soy un estúpido! Si me
hubiera dado cuenta antes, si te hubiera buscado antes, si te hubiera cortejado y
amado antes, nada de esto se habría suscitado.

"Amado" era la primera vez que él decía que la amaba…—el llanto que estaba
reprimiendo, finalmente escapó. Arnold la atrajo a su rostro, besando sus labios con
recato. Ella dudó al principio pero finalmente se rindió, disfrutaron del beso, de sus
temores, de verse a la cara sin máscaras u otra clase de maldiciones.

—¿Entonces, no estás molesto?—inquirió sin creer que no se hubiera marchado.

—Estoy impactado y molesto, sí, pero con tus padres y mis abuelos. No sé cual de
todos fue mas inconsciente. Tú necesitabas a alguien que estuviera a tu lado.

—Ellos me acompañaron…—comentó refiriéndose a sus abuelos.

—También te ocultaron.

—No estaba lista para dejar salir este lado mío al mundo...

—¿Y lo estás ahora?—inquirió, porque la Helga que estaba rota, era indeciblemente
hermosa: frágil y delicada cual muñeca de porcelana. Pero no era esa la mujer que
amaba.

Helga tenía muchas facetas y todas convergían en la misma asombrosa mujer. La


que le ayudó a superar sus miedos, la que se quedó con él cuando todos los que
decían apoyarlo ya se habían retirado. La que alguna vez lo abofeteó, humilló y
desairó porque su exceso de bondad y patetismo ya la estaban enfermando.

Ella lo levantó alguna vez de sombras, le ayudó a recuperar la confianza en sí


mismo. Y era hasta ahora es que se estaba enterando. Siempre quiso saber, ¿Por
qué estaba ella cuando más la necesitaba? Para darle una palmada en el hombro,
un puntapié, para hacerle olvidar a alguna otra mujer…

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Helga no respondió a su pregunta, comenzaba a quedarse dormida. Este había sido
un día demasiado largo, lo mejor que podían hacer era descansar. Mañana hablaría
con Gerald, ella sin lugar a dudas querría hablar con Phoebe, estaba pendiente el
asunto de Cabot, el cómo lograr protegerla de alguien que estaba claramente,
enfadado, obsesionado y desquiciado.

—Lo que me gustaría, es que te quedaras todas las noches a mi lado…—Dormida,


Helga decía cosas interesantes cuando comenzaba a quedarse dormida.

—Podría ser…—reconoció luego de recostarla en el sillón, la cubrió con las


sábanas, ella sonrió con sorna. Él estaba hablando en serio. No iba a dejarla sola,
así que tenían dos opciones. O ella se mudaba a la Casa de Huéspedes o él
conjuraba un hechizo místico que permitiera que sus abuelos lo dejaran quedarse
con ella.

—También te podría lastimar…—comentó a media voz y con los ojos ya cerrados.

—¿De qué estás hablando?

—Jake…

—¿Te amenazó en sus cartas?

—No…pero creo reconocer el peligro cuando lo veo. —y al comentarlo pensó en su


padre arruinando el bonito rostro de su madre.

Diecisiete años luchando por no convertirse en Miriam Pataki y esto era lo mejor que
lograba. Arnold no entendería. Era dulce que se quedara con ella, que aceptara su
locura y fantasía delirante pero no era eso lo que quería que supiera.

Al final del día, resultaba que no tenía tanta fuerza, no logró confesarse.

Ella no creía que ser el objeto de adoración de un desquiciado fuera consecuencia


obvia de haberlo acosado. El karma no funcionaba así. Te apuñalaba en la cara,
años después de haberle dado la espalda a tu madre.

Cuando escapó de su casa aquel día tormentoso, Miriam gritó su nombre pero ella
no la escuchó. No quería ser parte de todo eso. ¡No quería ver, escuchar, sentir!
Maldita sea, ¿Por qué tenía que sentir? ¿Por qué la maldijeron con un corazón que
se aferraba tanto a sentir? ¿Con una familia que no hacía más que herirla? Y
entonces corrió, hasta quedarse sin fuerzas, hasta volver a estar en el tejado de su
"adorado" el príncipe dormido, el caballero galante que jamás lastimaría a nadie.

—No dejaré que te haga daño.—prometió él, mirándola dormir.

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—Ni yo, que te lastime a ti…—Arnold se sorprendió al escucharla. Pensó que estaba
dormida, pero aún sonaba lúcida y coherente. Tal vez, sólo estaba agotada. Él
tendría que acostumbrarse a esto, ser mucho más paciente porque en su historial,
la que levantaba espadas y luchaba contra dragones era ella y no él.

¿Podría protegerla de Jake Cabot? ¿Cómo demonios iba a lograrlo?

—¿Arnold…?

—¿Sí…?—él ya se había acomodado en el otro sillón, se cubrió con las sábanas


hasta el pecho y el endemoniado gato volvió a hacer su aparición arrastrando una
manta que debía ser suya pues la hizo bolas y en ella se acostó. Marcando el
territorio virgen entre los dos, suponía que si intentaba moverse Mantecado le
arrancaría un brazo así que mejor no lo intentó.

—Prométeme ahora, en este instante, que no vas a dejar que te haga daño...

—Helga…—sus miradas se encontraron. Ya no había temor o inseguridad en la


suya, sólo convicción y súplica. ¿Por qué insistía en que importaban todos, excepto
ella? ¿A caso no veía lo mucho que se preocupaba por ella?

—No te rebajes a su nivel, júrame que no serás como él.

—Lo juro…ahora tú promete que no vas a dejarme fuera de esto. Si tienes algún
otro secreto, quiero saberlo. —Helga huyó de su mirada, es decir que sí había otro
secreto.

—Lo prometo…te lo diré, cuando pueda. ¿Y tú? ¿Tienes algún secreto?

—Te escribí una carta, mientras estaba con mis padres en la selva…

—¿A mi…?

—Y nunca pensaba dártela, pero ahora…te la cambio por tu dolor...

CAPITULO 7

—¿Tu carta por mi dolor…?—inquirió la rubia con voz desapasionada y quizás un


poco molesta. Él tuvo que reprenderse de manera mental y volver a recordarse que

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Helga, estaba acostumbrada a librar sus propias batallas y jamás mostrar su
debilidad.

—No tienes que…—intentó reparar el error pero ella levantó la mano sana en son
de paz.

—Cállate, Arnold. ¡Duérmete ya! —dicho esto se dio la vuelta y cubrió su cuerpo con
la sábana. El suspiró, buscando el apagador de la luz con la mirada. La casa de
Helga era bastante amplia, bellamente decorada pero no transmitía un ápice de calor
de hogar. Debió ser duro, demasiado difícil para ella, vivir siempre a la defensiva,
esperando lo peor de los demás.

Hizo a un lado la sábana que lo cubría, Mantecado abrió un solo ojo y él hubiera
querido patearlo o como mínimo enseñarle el dedo de en medio pero el gato ya
estaba sonriendo. Seguro, que si Helga tenía que elegir, el que dormiría en el baño
o en el patio sería él, así que continuó su camino y se encargó de apagar la luz. De
regreso, ya más relajado tuvo que escudriñar las sombras, no fuera a pisarle la "real"
cola al "amado" gato de su novia. No sucedió eso, lo que pasó es que Mantecado
se subió a su sillón y enroscó su osamenta en el lugar dónde él había estado
posando su cabeza.

—¡Baja! —le ordenó en un susurro.

—Ssss…—el desgraciado, le mostró las garras. Pero bueno, él era un pacifista, no


se iba a pelear con la bola de pelos mas desesperante del mundo, ni con nadie. Así
que hizo lo único lógico y "suicida" que alguien en su situación podría hacer, es decir:
se metió en el sillón con su novia.

—¡¿Ehhhhh?! ¡¿Qué crees…qué…?!—se quejó la rubia, dándole un codazo en las


costillas, él resistió el golpe y de todas formas se acomodó junto a ella. Ya habían
demostrado en la casa de huéspedes que podían compartir el mismo espacio.

—¡Arnold…!—volvió a golpearlo, él la rodeó con sus brazos. ¿Esto era una


canallada? ¿O un abuso de confianza? No lo sabía, pero se sintió feliz de ganarle
en su juego al gato.

—Mantecado me corrió del otro sillón y no pienso dormir en el piso.

—¡Usa una silla, súbete a la mesa, improvisa!

—Eso es lo que hago, aquí cabemos los dos…—le susurró al oído y ella
instantáneamente se relajó. Su aliento en el cuello enviando descargas eléctricas
por todo su cuerpo.

—Intenta lo que sea y te arrancaré los brazos, melenudo.

—¿Intentar? Si la única que tiene pensamientos macabros eres tú…—dicho esto


cerró los ojos y relajó cada uno de sus músculos. ¿Aroma a mango? No, mas bien,
era el aroma natural de su novia inundando sus pulmones, sus manos rodeando su
cintura, el brazo herido de Helga estaba por la parte alta de sus cuerpos, procuró no
moverlo demasiado para no lastimarlo.

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Mantecado permaneció con sus hermosos ojos perfectamente abiertos,
escudriñando las sombras, descifrando misterios en la oscuridad de la noche.

Helga, no soñó con nada nuevo.

Revivió escenas pasadas que la llenaban de vergüenza y algo de tormento, pero la


antigua desesperación que solía consumir sus fuerzas cada que rememoraba esos
eventos, no apareció. El roce de las manos de Arnold, la prisión de su cuerpo, el
calor de tenerlo, la hacía sentir segura, amada y acompañada.

La soledad, que usualmente derrocaba sus fuerzas y aplastaba su espíritu, ya no


estaba. La sintió desprenderse, al igual que todas las otras máscaras. Ella, ya no
era la chica ruda, orgullosa, malditamente atormentada por lo que pudieran decir o
juzgar de ella, porque cierto es que lo primero que aprendió de su padre era aquello
de que "es mejor ser temido que querido" y ella había preferido eso.

Para proteger su corazón, su vulnerabilidad, para salvarse a si misma de terminar


como Miriam.

En algún rincón de su mente aún tenía miedo de mirarse en el espejo y parecerse a


ella. Se dejó crecer los cabellos tanto como solía usarlos su madre, aunque no sabía
bien el por qué.

Eran como un espejo, una de la otra, pero aún así se atrevía a desafiar el destino, a
gritar al viento que era más orgullosa, valerosa y poderosa, que estaba por encima
de cualquier idiota que osara mostrar interés en su piel…

Nadie la tocaría, nadie la humillaría, nadie dejaría una cicatriz tan profunda que
buscaría sanar con alcohol o estupefacientes por el resto de sus días.

El destino, no la alcanzaría.

El karma, jamás la aplastaría.

Eso era lo que se repetía cada vez que jugaba en el campo. Cuando golpeaba la
pelota con todas sus fuerzas y corría como si su vida dependiera de ello, huyendo
de sus demonios, de sí misma, de la historia que según los profesores en materia,
existía para no repetirse.

Arnold la abrazó un poco más fuerte, como si presintiera la batalla que estaba
librando por dentro. A la sensación de su aliento en el cuello siguieron las descargas
eléctricas que se fundieron en la sangre que bombeaba su corazón.

Se sabía segura con él, por primera vez en mucho tiempo, quiso creer que todo
estaría bien.

71
.

Arnold, soñó con las sombras.

Estaba en San Lorenzo, en aquella selva nutrida de árboles y exótica fauna. Sus
pasos lo conducían al volcán que lo vio nacer en una escena similar al ritual que se
llevó a cabo cuando cumplió los catorce años de edad.

Para los "ojos verdes" esa era la edad en que se convertían en adultos y por tanto
paso de ser "niño" a "hombre milagro" le hicieron participar en ritos, bastante
impresionantes y que involucraban pruebas físicas, místicas y de inteligencia.

Todas las superó con creces, granándose el respeto de "su gente" además del amor
y orgullo de sus padres.

Regresando al sueño. Se encontraba solo, sentado en posición de loto ante una


gran fogata, detrás de él se levantaba su tienda fondeada por la frondosa selva.

Se suponía que debía meditar, centrar su cuerpo, su alma y su mente, aislar cada
componente externo hasta que no escuchara, ni el cantar de las aves, el susurro del
río o el crepitar del fuego. Lo fue haciendo de a poco, hasta que lo único que escuchó
fue el sonido relajado de su respiración y los latidos de su corazón...

—/—

SAN LORENZO,
DOS AÑOS Y MEDIO ATRÁS.

Como "niño milagro" se esperaban cosas asombrosas de él. Sus abuelos siempre
estaban diciendo las cosas maravillosas que algún día lograría hacer pero ha decir
verdad, todo en su vida se sentía como seguir las instrucciones de un manual. Era
educado, caballeroso y amable, porque se suponía que lo tenía que ser. Se
involucraba en los problemas de los demás porque decían que era él, quien sabía
mejor que nadie lo que tenían que hacer. Se la pasaba todo el tiempo soñando
despierto porque desde muy pequeño, le dijeron que existía otro lugar al que debía
pertenecer y aunque no era el mejor deportista, el mas arriesgado o el más
ingenioso, nunca le faltó el espíritu de la aventura porque sentía en su sangre que
efectivamente, había más cosas que tenía, podía y debía hacer.

El manual a seguir era muy simple:

72
"Sé la mejor versión posible de ti"

"Ayuda a otros, porque llegará el momento en que te despidas de todos" "Arriésgate,


goza, sufre, ríe, enójate, pero no te dejes gobernar por las emociones, porque tú
fluyes como el fuego. Eres lava ardiente durmiendo en un volcán y si estallas, cosas
terribles pasarán"

Él podía con todo eso, ya era un maestro dominando cada aspecto de ello y
ciertamente pocas personas ponían a prueba su temperamento.

Pocas, por no decir: Helga.

Al pensar en ella pasaban cosas que tenían que ver con los demonios internos de
su naturaleza.

Fuego, lo sentía arder al interior de sus venas, una descarga de energía que no
sabía bien como interpretar porque Helga lo ponía al límite, pero también le hacía
conocer sus limites.

Si lo pensaba con detenimiento. En los meses que pasó con la tribu de los ojos
verdes, aprendiendo sus costumbres y tratando de estrechar lazos con sus padres.
Él sólo se relajaba o enfadaba cuando la recordaba a ella. Y fue sugerencia de Miles,
luego de constantes gritos a mitad de la noche que se sentara al calor de la hoguera,
meditara como los nativos le enseñaron a hacer y se concentrara únicamente en lo
que hacía rabiar o estremecer a su corazón.

Mintió.

Cuando preguntaron ¿Por qué despertaba gritando? bañado en sudor y con el


corazón acelerado. Él sólo dijo que había visto sombras. Soñó con las sombras, más
nunca aclaró que entre ellas, la había visto a ella. Sus cabellos rubios, los ojos
celestes, la tez clara, su dedos delgados, la cintura estrecha, dónde había querido
colocar las manos la ultima vez que se besaron pero no se atrevió.

Miedo.

Era eso lo que carcomía su alma, lo que no le dejaba dormir de la noche al alba, así
que haciendo de tripas corazón y a sabiendas de que regresaría a la mañana
siguiente a Hillwood, obedeció.

Ataviado únicamente con el pantalón de cama, pues su camisa de dormir una vez
más se había pegado a sus formas por el sudor. Salió de su tienda y encendió una
hoguera. No quería más pesadillas, más pensamientos, más recuerdos, ¡más nada!
relacionado con Helga, así que meditó.

Una chica preciosa lo acompañó esa noche. Cabellos negros, piel morena y ojos
verdes que destellaban como luceros.

Ellos se conocieron durante aquella encomienda, se enfrentaron a las mismas


pruebas, tenían la misma edad y los "ojos verdes" no discriminaban entre un hombre
o una mujer. El rito, de manera general servía para convertirlos en guerreros.

73
Hombres y mujeres de gran valía que protegerían los secretos de la tribu y darían la
vida por su pueblo.

Él más que nada se convirtió en estratega. No usó sus músculos para combatir, ni
las herramientas para responder a la violencia. Se valía de su astucia para superar
cada prueba y esto de "Helga" se lo tomó como la ultima de ellas.

Anthea, ya había expresado sus sentimientos. Se sentía atraída por él y aunque le


halagó y sentía exactamente lo mismo (físicamente) rechazó su propuesta. Él no
viajó todos esos kilómetros para conseguirse una novia, lo hizo para afianzar lazos
con sus padres, para estar dónde le dijeron desde niño que debía estar, para
sentirse uno con la naturaleza porque cierto era que había algo que despertaba en
él cuando se sentaba a las faldas del volcán, pero aún así. Como toda fémina que
expresaba interés en él, era perseverante y terca.

No dijeron nada, él adoptó la posición de loto y ella lo imitó, de frente a él con la


hoguera ardiendo entre sus cuerpos. Vestía un conjunto de top y pantalón marrones
que la hacían lucir como alguna ninfa mística del bosque. Cerró los ojos, ignoraba
si ella lo efectuó a la vez pero como sea, se obligó a relajarse y pensar en su mayor
temor.

"El Terror Pataki"

Y al pensar en sus formas: el cuerpo de que niña comenzaba a transformarse en


mujer, la luz de sus ojos con todas esas cosas que él sabía que se moría por decir
pero que nunca más se atrevería a decir. Ese fuego interno que parecía dar vida a
la sangre que corría por sus venas, reaccionó.

—¿A dónde vas….?—preguntó Thea, cuando aclaró las cosas con los demonios
internos de su naturaleza y se levantó comenzando a juntar tierra para apagar la
hoguera. Ella a su vez se incorporó, arrodillándose a su lado, enlazando sus manos
una vez el fuego se hubiera apagado. Podía ver, gracias al resplandor de la luna y
la inmensidad de la noche una flama de pasión y deseo similares a los propios
ardiendo en sus ojos, pero aunque era preciosa. (con Dios de testigo que era una
de las mujeres más hermosas que había visto en su vida) él, no la siguió.

Lo invitó a pasar la noche en su tienda. Ante sus padres y la tribu de los "ojos verdes"
ya eran adultos, podían enlazar sus destinos, ser el uno del otro y a pesar de que
entendía lo que le ofrecía y su cuerpo lo quería, el corazón no lo sintió correcto y por
tanto no cedió.

Se encerró en su tienda, encendió una vela y escribió una carta.

Todo lo que le quería decir, todo lo que le hacía sentir, todo lo que por cuatro meses
no lo dejó dormir, lo expresó en letras. Nunca las diría en alto, jamás volvería a
leerlas, eso se lo prometió a sí mismo pues cuando concluyó, la dobló en cuatro,
anotó sus iniciales como todo nombre y la selló con cera.

"H.G.P"

74
—/—

Regresando al inicio y a su sueño. Él meditaba de nuevo, en total soledad, de frente


a la misma hoguera. Ya no había dudas en su corazón. Decidió a quién quería en
su corazón pero ahora necesitaba volver a ser lo que fue.

El guerrero, el estratega, el por algunos llamado. "Hombre milagro"

Era ya bastante entrada la mañana cuando ambos se levantaron, él abrió los ojos y
encontró la mirada intensa de ella. No decía nada, no se movía, pero lo miraba.
Hubo una discreta sonrisa en su cara cuando lo vio despertarse, él la correspondió.
Y hubiera sido maravilloso besar sus labios con devoción pero escucharon unos
cuantos golpes contra la puerta y eso los puso alerta.

Arnold se levantó primero, Mantecado ya estaba arañando y rumiando contra la


puerta. La persona al otro lado lo llamó con afecto.

—No te pongas así, Soy Phoebe…—la sangre se les congeló en el interior de las
venas a ambos. La pelinegra insistió, llamando ahora a Helga.

—¿Está todo bien ahí dentro? Nunca respondiste mis llamadas o mensajes de texto
y hay vidrios en tu pórtico. ¡Dios, mío! ¿Qué le pasó a tu ventana? —Helga le pidió
que no se moviera con un leve susurro, de nada serviría esconderse de Heyerdahl,
más que nada porque Gerald ya lo sabía y el rubio le pondría un altar a su mejor
amigo por haber protegido su secreto la noche entera. Pataki se apresuró a medio
acomodar sus cabellos y responderle a su amiga a voz en grito.

—¡Espera un segundo! No encuentro las llaves.

—Siempre las dejas detrás del televisor…

—¡Ya lo sé, Bob! —Phoebe soltó una risita, Mantecado rumio más, al parecer estaba
decidido a ser quien diera la exclusiva sobre las visitas indeseables en casa. Una
vez la llave entrara al cerrojo y la puerta se abriera, la bola con pelos escaló al regazo
de la morena, Phoebe se distrajo un poco con eso, cerró la puerta por detrás de su
cuerpo, después vio a su mejor amiga y por ultimo….se quedó de piedra.

—Oh…—dos cabezas rubias la miraban a los ojos con gestos avergonzados y


culposos, y aunque había evidencia de un campamento improvisado en la sala, se
obligó a sí misma a ser paciente y esperar una explicación. Los cabellos sueltos de
ambos no mentían, las ropas de cama tampoco, las sábanas estaban tiradas entre
ambos sillones, una almohada parecía haber sido usada por Mantecado, la otra
estaba en el sillón mas largo, el control remoto igualmente descansaba en el piso,
no había calzado a la vista o demás prendas que despertaran sospechas.
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—¿Sucedió algo aquí de lo que me debería preocupar a largo plazo?—ambos
negaron, aunque sus rostros se sonrojaron.

—¿Tiene que ver con lo que le pasó a tu pórtico y a la ventana?—ambos asintieron,


como chicos de tres años, atrapados con golosinas en la mano.

—¿Él es la razón de que no me respondieras una sola llamada?—Helga asintió,


avergonzada, sumamente culpable por haber dejado de lado a su mejor amiga y
como Phoebe la conocía y disfrutaba un poco con la tortura china, bajo al gato y
espetó.

—¡Toma tus cosas Mantecado, nos vamos! ¡Este lugar ya no es apto para criar a un
gato! —el peludo corrió por la sala en dirección de la cocina, tomó su tazón de
croquetas con la boca y siguió a la morena.

—¡E…espera, Phoebe…! ¡Mantecado…!—el gato, ni la miró se enroscó a los pies


de Phoebe quien simplemente cruzó los brazos a la altura del pecho y agregó.

—Helga, me has…decepcionado.

—¡No pasó nada! —se defendió.

—Pasó mucho por lo que puedo ver, dime si no durmieron en la sala o si Arnold no
trae el pants deportivo que te compró Bob y por el cual bramaste como loca durante
horas porque tu padre cree que eres tan gorda como una vaca…

—¡Puedo explicarlo!—insistió.

—Te doy veinte segundos…—la morena fingió tomar el tiempo mirando su reloj de
pulsera. Arnold no sabía si meterse en la línea de fuego o correr escaleras arriba y
volver a ponerse su ropa.

—Phoebe, por favor…—suplicó.

—Diecisiete, dieciséis…—comentó sin despegar la vista del reloj, luego volvió a


mirar a la rubia y enfatizó. —de acuerdo, sólo responde dos cosas y quedamos a
mano.

—Lo que quieras.

—¿Te rompiste la muñeca?

—No…—la culpa se le escurrió por los pies y descargó un suave escalofrío en su


espina dorsal. Claro que lo más importante para su amiga, no era la presencia de
Arnold en su sala, sino la muñequera que saltaba a la vista sin importar quien la
viera, acarició la maldita cosa que seguía en su sitio y al hacerlo sintió un hormigueo
que se extendió por el brazo completo. Phoebe lo notó, pero aún así prosiguió.

—¿Arnold y tú…?

—¡N…nosotros…estamos juntos…!—contestó el rubio y después se atoró un poco


con las palabras. —Quiero decir, que después de que salimos de la escuela, me di
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cuenta de lo mucho que me importa Helga y de que no quería…que la besara o
fastidiara otra vez, el idiota de Cabot...

—Ajá…—comentó la asiática con las gafas ligeramente empañadas y una sonrisa


ladina en el rostro. —¿Desde que salimos de la escuela hasta el momento de ahora,
tú no encontraste un solo momento en el cual pudieras hacerme una llamada?—
Helga se ruborizó por completo, estaba por tirarse a los pies de su amiga y suplicar
perdón. Mantecado ya estaba tratando de abrir la puerta, le dijeron que se iban, así
que él ya se iba, por la puerta grande, como los humanos cuando hacían de las
suyas.

—¡Es que no podía decírtelo por teléfono o mensaje de texto! ¡Es Arnold! ¡El que
dijo que le gusto y que quería estar conmigo es Arnold! No Stinky, Brainy, Eugene o
Alan ¡Tenía que decírtelo en persona, debes creerme, hermana…!—la
desesperación en su tono de voz era todo lo que necesitaba Phoebe para corroborar
que estaba siendo sincera. Se soltó a reír mientras abrazaba a su amiga y le
aclaraba que todo estaba como siempre. Arnold por su parte anotó los nombres de
los susodichos en su cabeza. ¿Todos ellos habían expresado su interés en
Helga? Sabía de Stinky, de hecho tenía entendido que su primer novio había sido
Stinky, ¿Pero, los demás? Brainy era su acosador personal…

—¿Eugene, no era gay? —preguntó en alto sacando a las féminas de su abrazo. —


Phoebe y Helga lo miraron como si le hubiera salido otra cabeza y después
rompieron a reír a mandíbula suelta.

—Es bisexual y no te traumes demasiado por eso, ¿Quieres?—sugirió la rubia, pero


la morena vio una oportunidad y la utilizó.

—No le mientas Helga, como hemos sido amigos durante toda la vida seré honesta
contigo, Shortman…—Heyerdahl, lo miró a los ojos, sus anteojos brillando con un
nuevo matiz de seriedad o maldad.

—¡Phoebe, no lo hagas…!—suplicó Helga tirando del brazo diestro de su amiga,


Phoebe sonrió mínimamente, la apartó con suavidad y continuó hablando.

—Tengo que hacerlo, es el mejor amigo de mi novio y además, no me es indiferente


del todo…

—¿Qué…?—se atrevió a preguntar él, mientras la pequeña asiática le guiñaba un


ojo. Phoebe era linda, no "linda, linda" pero linda, sus mejillas se colorearon.

—Te lo voy a decir una única vez así que mas te vale poner atención…—como mejor
amiga de la buscapleitos número uno de su escuela, Phoebe conocía el sutil arte de
la intimidación. No solía utilizarlo, claro. Ella era más elegante y sofisticada que eso.
Se bastaba de su inteligencia para derrotar a sus enemigos y Helga era una pieza
importante en su vida, era su Reina (porque siempre renegaba de ser Princesa) pero
era todo lo que por mejor amiga tenía, así que debía protegerla. Se aproximó a
Arnold, como si fuera a compartirle el más íntimo de los secretos y susurró a su
oído.—Todos menos Alan, tuvieron su oportunidad con Helga y la desperdiciaron,
trátala mal y voy a encargarme de que él sea el caballero de cuento encantado que
mi querida amiga cree que ve en ti.

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Te dejará tan mal parado que no quedará de ti, ni un recuerdo. ¿Y sabes cómo voy
a conseguir eso? Dándole mi apoyo al ciento por ciento. Soy prácticamente su
hermana, además de la chica más inteligente de la escuela, que no se te olvide que
podría destruir tu vida, si te atreves a herirla. —terminado el discurso besó su mejilla.
Un beso helado que se le antojó a él como el beso de la muerte.

Helga miró el espectáculo recordando la amenaza de muerte que le había susurrado


a "Geraldo" cuando osó pedirle a Phoebe que se convirtiera en su "esposa" la
pequeña descabellada había dicho que sí.

...Y toda la escuela estalló en aplausos y vítores, todos menos ella, claro está. Ella
permaneció en las sombras, detrás de una planta junto al baño de los caballeros y
esperó a que el Cabeza de Cepillo decidiera ir a deshacerse del "miedo"

Lo interceptó antes de que sacara a su amiguito del pantalón, (no quería traumas
futuros, aunque le hacía ilusión que mojara su entrepierna) le colocó una mano a la
altura del cuello, cortándole la respiración mientras gritaba a todo palurdo que
estuviera en el baño que saliera por la puerta grande o se preparara para el show.
Tres hombrecitos corrieron, dos con las prendas a medio colocar y uno con la
mercancía al aire, ella se ordenó no perder los papeles, Phoebe era más importante
que el trasero de nadie...

Suspiró por los viejos y buenos momentos, Arnold ya estaba más pálido que la parca
y su amiga, más sonriente que una serpiente.

Adoraba a su hermana.

—De acuerdo, antes de que te los encabezados del periódico, ¿Puedo saber a que
se debe el honor de tu visita? ¿No es hoy el gran fin de semana romántico? —
Phoebe acomodó sus gafas y jaló una silla de la mesa pues no le apetecía sentarse
en el sillón. Helga roló los ojos, comenzó a levantar las sábanas y almohadas
mientras gesticulaba en dirección de ella:

"que no hicimos nada"

"tendrás que conseguir otra sala, si pretendes que me siente como si nada"

Respondió su amiga, gesticulando de la misma manera. Tenían su propio idioma,


cosa que fastidiaba a Gerald y que próximamente fastidiaría a Arnold, al tirar de una
sábana rebelde, su mano volvió a doler así que siseó de dolor y Shortman salió de
su estupor.

—¿Estás bien…?—preguntó acercándose a su novia.

—¡Odio esta maldita cosa!—se quejó, golpeando su muñeca contra el piso.

—No deberías…—sugirió el rubio, ella lo mandó a callar con un juramento.

—¡Sé perfectamente bien lo que debería o no hacer, Arnoldo! —él suspiró e intentó
conciliar desde otro ángulo.

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—Platica con Phoebe, yo arreglo la sala y voy por mis…cosas…—el rubor fue
imposible de ocultar en el rostro de ambos. Heyerdahl sintió el impulso de tomar una
foto, llamar a su novio y contárselo todo, pero él era la razón de que estuviera ahí,
molestando a su mejor amiga en el fin de semana romántico.

—Se trata de Gerald…—anunció como si no hubiera habido interrupción. Helga se


olvidó de Arnold, porque resultaba fácil olvidar que llevabas como doce horas de
vida con novio cuando tenías trece años de ser la mejor amiga de alguien.

—¿¡Ese gusano se atrevió a dejarte!? ¿¡Voy a tener que matarlo!? —inquirió


levantando el puño que la hizo retorcer de dolor mal disimulado hasta que le lloraron
los ojos. Arnold suspiró de nuevo, dobló las sábanas, juntó las almohadas y buscó
al gato asesino pero ya se había escapado...subió escaleras arriba, esperanzado de
caer de nuevo.

—Primero estaba muy emocionado—continuó narrando Phoebe. —toda la semana


habló de eso…

—Ahórrate los detalles de "eso" ¿Quieres…?—comentó Helga, buscando en las


alacenas superiores algo para preparar de desayuno. Encontró carne seca y tenía
huevos en la nevera. Sería un desayuno campesino, a Arnold le gustaba lo
"campesino" —pensó para sus adentros, destruyendo un inocente huevo en el
interior de la mano vendada.

—¡Helga! —Phoebe miró lo que hacía, se levantó de inmediato buscando un trapo


limpio, la llevó al lavabo para atender su mano. —Tienes que tener más cuidado, sé
que no estás acostumbrada a usar la mano izquierda, pero…

—Sólo fue un accidente, ¿Si…?

—¿Esos accidentes han sido frecuentes? —le quitó la muñequera y comenzó a


levantar las vendas, su mano aún estaba inflamada y el dolor, era evidente que
seguía siendo materia constante.

—Escucha, cuando salimos de la escuela fuimos directo a la casa de huéspedes,


me encontré con Gertrude y me puse algo histérica, lloré como bebé hasta
quedarme dormida, luego resulta que estaba con Arnold y él estaba algo sensiblero,
se disculpó por haberse tardado en reaccionar tanto…

—¿Ves? ¿Te dije que había motivos!

—Fueron más que motivos, dijo que en ese instante se dio cuenta, de lo mucho que
me quería…—Phoebe reprimió un gritito de emoción, Helga se puso más roja que
una granada y continuó explicando. —Yo no lo creía, pero él insistió, luego nos
besamos y todo se salió de control…

—¿Dices que no estás feliz con su relación?

—¡NO! Sólo que…¡No sé como manejarlo! ¡No sé si la receta mágica de la felicidad


es la completa sinceridad o la ausencia de ella! ¡No sé si lo que llevó a mis padres
a la destrucción fue la verdad o el silencio!

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—Tranquila…—Phoebe, entendía sus temores y le hubiera gustado abrazarla, pero
respetaba su espacio. Buscó otra toalla para secarla, luego de haber limpiado y
examinado su mano, se veía bien, el daño profundo sin lugar a dudas debía ser
interno. —…Sabes que Gerald y yo nos contamos prácticamente todo, por eso es
que estoy aquí.

—Lo siento, te interrumpí…

—No importa, como te decía Gerald parecía muy emocionado antes, luego me llamó
a las nueve de la noche y canceló nuestra cita. Dijo que no podía explicarme ahora,
que surgió un imprevisto, pero no se me ocurre nada que…—Helga percibió un poco
de temor en el tono de voz de su amiga y se obligó a ser fría, sincera y lógica.

—Sabes que aunque deteste al Cabeza de Cepillo y siga creyendo que es muy poca
cosa para ti. Él te quiere en serio, no te lastimaría a propósito o yo cumpliría mi
palabra de sacarle la espina dorsal por la boca. —Phoebe sonrió. Debió agregar un
detalle de esos a la amenaza que le soltó a Shortman. —Si fuera el de antes, te diría
que seguramente cometió alguna estupidez como darle chocolates a otra chica al
mismo tiempo que a ti, pero Gerald ya no es así.

—¿Estás segura?

—¿Crees que he dejado de vigilarlo? Sólo tiene ojos para ti. No hay ninguna
atrevida, aparte de las fans locas que lo siguen en el baloncesto pero eso se
soluciona cuando el idiota dice por el micrófono "la plata que ganamos hoy, va por
mi chica" —Phoebe se sonrojó y reconoció que eso era cierto. —Eres su chica, él
está orgulloso de hacerle saber a todos en nuestra escuela que tiene algo serio con
el cerebrito, número uno en todo el estado, Heyerdahl.

—Tienes razón.

—Pero si estás preocupada por él, vamos a verlo…

—¿¡De verdad!?—esa era la verdadera razón de que fuera a buscarla. No tenía el


valor de ir a buscarlo, sola.

—Dame unos…veinte minutos para ducharme.—normalmente serían diez, pero con


la mano herida…

—De acuerdo, pero…—la mirada en su amiga una vez más cambio.

—¿Pero…?

—¿Si yo no hubiera llegado…los dos se habrían bañado…?—Arnold escogió ese


momento para regresar a la sala, escuchó sus palabras y volvió a caer por los
últimos tres escalones. Mantecado que sigilosamente lo había estado siguiendo lo
disfrutó, se subió a su cabeza cuando aterrizó. Phoebe se sorprendió por el golpe y
corrió a auxiliarlo, Helga ni se inmutó.

—¡Santo Dios! ¿Estás bien…?—preguntó la asiática dispuesta a levantarlo.

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—Está bien, así es como baja mis escaleras. —respondió la otra para molestia de
su novio.

—Que graciosa…

—Es la verdad…—Arnold ya llevaba sus ropas puestas, además del celular que se
quedó sin batería y por tanto no tenía manera de saber si alguien lo había estado
tratando de localizar.

—Toma el cargador del mío, debe estar en mi escritorio pero creo que sería mejor
si Phoebe te lo alcanza…

—Esperaré en la sala…—la pequeña Heyerdahl disfrutó la incomodidad de ambos,


escoltó a su amiga mientras el chico con cabeza de balón, encendía el televisor y
navegaba entre canales hasta encontrar algo entretenido.

—No respondiste mi pregunta, Helga…—insistió Phoebe, pues la rubia había


requerido asistencia para quitarse su maldito sostén deportivo.

—¡Claro que no! ¡Si no hubieras llegado, el cabezón se regresaba a su casa y yo te


llamaba para que vinieras a ayudarme!

—Ajá…—pronunció en un tono tan desapasionado que denotaba todo, menos que


le estaba creyendo.

—¡Es la verdad! ¡Cuando me trajo a casa encontramos los vidrios en el pórtico, luego
la ventana de mi alcoba rota y su paranoia aunada al espíritu de gran Samaritano le
impidieron volver a su casa.

—Te creo, sólo me estoy divirtiendo con esto.

—¡Phoebe!

—¿Qué? He esperado más de siete años a que suceda esto ¡Déjame


disfrutarlo…!—Helga tomó su toalla además de ropas y se encerró en el baño. La
morena buscó el cargador que estaba donde dijo, además del celular de su amiga,
traía su propio cargador en el bolso, supuso que apreciaría el detalle. Volvió a la
sala donde Arnold estaba aún incómodo, intercambiando miradas letales con
Mantecado.

—¿Entonces…?—cuestionó ofreciéndole el cargador.

—Te juro que lo único que hicimos durante toda la noche fue platicar.

—¿Sólo eso…?—Mantecado rumió, maullando como loco.

—De acuerdo, nos besamos unas cuantas veces…—reconoció luego de conectar y


encender su teléfono. No había llamadas perdidas o mensajes nuevos. Eso lo
tranquilizó.

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—¿Y que más…?—Phoebe conectó a la corriente el teléfono de la rubia pero no lo
encendió. Ella, pensó Arnold le daba un nuevo significado a la palabra "intimidación,
él estaba por confesar hasta cuantas veces fue al baño pero en su defecto comentó.

—Le dije que la amo, porque es cierto. Y eso de la ventana y el foco de la entrada,
sé que fue obra de Jake.

—¿Lo sabes? —él asintió. Pensando en si debía decirle la verdad a Phoebe o


esperar a que se enterara por sí misma. ¿Cuál era el protocolo para la novia de tu
mejor amigo? Gerald había protegido a Helga dos veces en el pasado, suponía que
el silencio era una forma de proteger a Phoebe, eso pensaba Gerald pero él no lo
creía así.

Los secretos impidieron que él y Helga estuvieran juntos hacía tanto…

—Si, lo sé. Pero creo que no soy yo quien debería decírtelo.

—¿A qué te refieres…? —escucharon ruidos en la parte de arriba y ella quiso


apresurarse por si la necesitaba su amiga. —¿La atendió un médico, cierto? ¿Qué
fue lo que dijo?

—Debe cambiar las vendas y ponerse una curación para desinflamar el músculo.

—¿La tienes?

—Debió quedarse en su bolso…—Phoebe buscó entre las cosas de Helga, encontró


lo que buscaba, además de la prescripción médica.

—Gracias por hacer todo esto, Arnold. —comentó antes de ir escaleras arriba.

—No has preguntado una sola vez por sus padres, así que asumiré que ya sabías
que estaba sola.

—Si, y como charlaron toda la noche voy a suponer que estás al tanto de lo delicado
de la situación.

—¿Existe alguna posibilidad de que alguien más lo supiera? —preguntó recordando


la silueta que creyó haber visto en el patio.

—¿Alguien como Jake?—inquirió y pensó la respuesta en lo que Helga parecía estar


peleando con el agua del baño. —Un poco de hackeo en la red y te darías cuenta
de que los pagos de servicios se hacen por transferencia electrónica, las compras
las hace Helga con tarjeta de débito, la gente del pueblo ya estaba acostumbrada a
verla solo a ella. Su madre no solía ir al mercado pero le daba una lista detallada,
probablemente noten que no está comprando como antes, pero lejos de eso…

—¿Qué pasó con la línea de teléfono?

—No lo sé exactamente, Helga dice que Bob decidió cancelarla porque ninguno de
los dos la usaba. Aunque ahora que lo mencionas, me parece raro que Bob
cancelara…

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—¿Por qué?

—Los teléfonos celulares destruyeron su negocio, así fuera sólo para fastidiar a
Helga, Bob optaría por llamar al teléfono fijo…—Helga llamó a Phoebe, la morena
se disculpó y corrió escaleras arriba. Él se acercó al teléfono, el cable estaba
desconectado. Helga lo desconectó

¿Por qué haría algo como eso?

La única razón que se le ocurrió, es que estaba recibiendo llamadas indeseadas.

"...Si tú hubieras leído las cartas obscenas que me escribió..."

¿Y si no se limitaba a escribirle? ¿Si consiguió su teléfono fijo? Como hijo de un


oficial de policía asumía que sería bastante sencillo.

Le marcó a Gerald.

—¡Hey! Si estás despierto, hombre con suerte…—saludó efusivamente el moreno.

—Cállate, Gerald.

—Qué genio, cualquiera diría que después de…

—Sólo hablamos, —interrumpió.

—Pfft, con razón tienes ese humor.

—¡Basta! Phoebe está aquí, te apuesto mil dólares a que convencerá a Helga de ir
a buscarte a tu casa.

—¿Qué? ¡No viejo! No puedes…

—¿Qué quieres que les diga? ¿Sabes que Phoebe puede soltar amenazas peor que
"El Padrino"

—Oh, te tocó esa cosa de "Lastima a mi hermana y te sacaré la espina dorsal por la
boca"

—A mi me amenazaron con destruir la totalidad de mi existencia sobre el planeta.

—Esa es mi chica.

—Bueno, quieras o no debemos charlar todos.

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—¡¿Por qué?!—inquirió comenzando a ponerse nervioso. Los golpes en su cara no
habían sido muchos pero aún se notaban, se veía como el saco de boxeo de
Pacquiao.

—Porque estamos involucrados todos. Tú, ya te metiste hasta las narices y anoche
creo haber visto una silueta observándonos por la ventana de su cuarto...

—¿Su cuarto?! ¿Qué no cerraron las...?

—¡QUE NO ME ACOSTÉ CON ELLA!

—¡Pues deberías, maldito amargado!

—¡GERALD!

—Oh, vamos, es tu primer novia. Tengo que sangrarte por esto.

—No es mi primer...

—Lo es...tú lo sabes, Helga lo sabe, Dios lo sabe...

—Tú no eres...

—Gracias, hermano. Me parezco pero acepto que no soy Dios. —Arnold bufó,
aunque ya no sabía ni porqué se molestaba por esto.—¿Algo más?

—Sí, ¿Qué tan fácil es conseguir el número telefónico de alguien?

—¿Por qué preguntas?

—Curiosidad, para los hijos de oficiales de policía, ¿Qué tan difícil es?

—Depende que tan cercano seas a tu viejo o que tanto aspires a seguir los pasos
de él... Mi padre nos enseñó hace años, mi hermano le sacó más jugo que yo.

—¿Por qué?

—Esas cosas de C.S.I, no son lo mío. ¿Te veo al rato?

—Sabes que si, no me perdería tu funeral.

—¿Tan mal crees que me va a ir?

—Escuché que Phoebe cree que le cancelaste por otra chica...

—¿¡QUE!?

—Helga te defendió...

—¡DIOS...! ¡Primero, yo la defiendo a ella, luego ustedes se hacen novios, ahora


ella me defiende a mi! ¿Es el fin del mundo y no me enteré?

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—Sí, no le digas a Phoebe que ya "sabías" no se tomó nada bien el no tener la
exclusiva y no creo que sea el fin del mundo, tal vez solo sea...

"Es la maldición Arnold, la maldición"

Evocó las palabras de su abuelo y un mal sabor de boca se instaló en sus labios.

CAPITULO 8

Helga y Phoebe regresaron a la planta baja en busca de Arnold, el rubio no se


encontraba donde la morena lo había dejado y eso llamó la atención de la otra,
revisaron a conciencia desde su posición el amplio espacio que se abría a su
alrededor. Paredes con cuadros que daban la espalda, papel tapiz neutro y con
algunos motivos florales que por el paso del tiempo ya se estaban desdibujando, los
sillones seguían siendo los mismos de siempre, la alfombra bajo la mesita de centro
también pero ahora que los miraba pensaba en él…

Sus mejillas se colorearon, sintió las rodillas temblar y algo como su niña interna de
uniceja y coletas desprendiéndose de su centro, revoloteando por la sala gritando y
bailando. "¡ES MÍO! ¡POR FIN LO LOGRÉ! ¡LO TUVE ENTRE MIS BRAZOS UNA
NOCHE ENTERA Y ES MÍO!" esa niña pequeña andaba saltando de sillón en sillón
mientras Phoebe encontraba a Mantecado mirando fijamente la puerta, como si
quisiera evitar que la misma se abriera y sonrió, a la vez que caminaba resuelta
hacia él.

—¿Qué estás haciendo travieso? —el minino evadió la pregunta, cambiando de


posición y lamiendo su pata diestra. "Aquí casual, tomando una ducha en la entrada.
¿Tú que tal? ¿Nuevas gafas?" sus ojos verdes la evaluaron minuciosamente,
Phoebe se inclinó dispuesta a abrazarlo pero el ágil caballero peludo escapó entre
sus piernas y se perdió escaleras arriba.

Segundos después se escucharon unos suaves golpes contra la madera.

—¿Helga…?—la rubia salió de su trance, luego de verse a sí misma de nueve años


arrojando pétalos por todos lados y aspirando el perfume de Arnold que
posiblemente quedara adherido a las telas del sillón. Se reprendió de manera
interna, aunque cierto desliz se le debía permitir luego de diez años de dedicación e
insana obsesión…Tendría que visitar al psicólogo escolar algún día, aunque por
ahora se conformaría con acercarse a sus amigos luego de que Heyerdahl abriera
la puerta para que entrara Arnold con cara de vergüenza.
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—¿Se te olvidó algo, cabezón?—preguntó con los brazos cruzados al frente porque
honestamente se le hacía de muy mal gusto que saliera por la puerta grande sin
despedirse.

—No se me olvidó nada porque no pensaba irme, Helga.

—¿Y que hacías afuera?—inquirió con una nueva inflexión en la voz. Phoebe
decidió salir de la línea de fuego y disfrutar el show detrás de la barra de la cocina.
Arnold miraba el piso y no a Helga, quien obviamente se molestó más por ese hecho.

—¿Dónde está?—preguntó aún sin mirarla

—¿El qué?—respondió sintiendo como comenzaba a hervirle la sangre por dentro.


Lo adoraba y todo, pero en serio que a veces le daban ganas de volver a golpearlo
por ser tan tarado.

—¡Tu gato me dejó afuera!

—¿¡QUÉ!?—gritó la rubia como si hablara de que la luna era de queso o que el


"hombre paloma" era ciento por ciento verdadero.

—Lo que oíste. —respondió mirándola por un momento para después dirigir sus
pasos a la escalera. Esa bola de pelos tenía que estar arriba, lo que estaba perfecto
porque el baño también estaba ahí y él iba a arrojarle un balde de agua helada. En
alguna ocasión leyó que los gatos odiaban el agua, ese pequeño aprendería. Helga
presintió sus intenciones o quizás solo estaba furiosa porque pensó que él era la
clase de hombre que se va después de…dormir con su chica.

Pataki le cerró el paso, Phoebe abrió una bolsa de patatas fritas que encontró en la
alacena de arriba.

—¿Oí que estás culpando a Mantecado?

—¡Eso fue lo que pasó!

—Es un gato: cuatro patas, cola, orejas puntiagudas. ¿Quieres que te dibuje un
esquema o qué?—Arnold roló los ojos, sintiendo exactamente lo mismo que ella:
que la sangre le hervía y que esa mujer era la única en el mundo que lo hacía perder
el control. Respiró hondo, como le enseñaron a hacer los nativos para mantener la
calma y después se explicó.

—Fui a la cocina a buscar la caja dónde tienes los focos, encontré uno y pensé en
cambiar el que se rompió en tu pórtico. Estaba haciendo eso, levantando los vidrios
y arrojándolos en el depósito de la basura cuando tu gato me cerró.

—¿Cómo sabes que fue él y no el viento? —preguntó acercándose de más a su


cuerpo. Un acto reflejo de años de peleas en el pasillo de la escuela.

—No había viento y además lo escuché.—él imitó la postura, quizás sujeto a la


misma predisposición.

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Phoebe que los conocía de siempre y que había atestiguado más de uno de sus
encuentros, encontró interesantes las diferencias de entonces a ahora. Ya no había
temor en los ojos de su amiga. (lo dijo bien porque regularmente Helga disfrazaba
la pasión que sentía por él con esa furia desmedida, pero era tan arrebatada en sus
actos que las más de las veces tenía temor de perder los papeles y sucumbir a la
tentación de besarlo) Siempre que peleaban ella quería besarlo. ¡Hacer que usara
su boca para algo más que decirle lo mucho que lo sacaba de quicio! Lo mal que
creía que estaba de la cabeza o lo equivocada que se encontraba en sus
argumentos. Por su parte, Arnold ya no la veía como a cualquier persona, no había
seriedad e indiferencia en su mirar, la veía con disfrute, de hecho ella estaba
dispuesta a apostar a que el rubio por fin estaba coladito de amor por su amiga.

—Claro, Mantecado es tan inteligente que en nuestra primer semana juntos le


enseñé a imitar una risa macabra, también hace malabares con cuchillos y oculta
una granada de humo en el tazón de croquetas.

—Muy graciosa…—respondió filoso, casi por encima de ella. La diferencia de


estaturas tan mínima ahora, que ha decir verdad, gozaría el momento en que fuera
más alto que ella. De momento sus alientos se mezclaban, las manos picaban, los
ojos evaluándose con descaro. Helga dibujó una sonrisa de superioridad. Él sintió
el impulso de reclamar sus labios.

—Lo sé, es un don…—Arnold levantó el cuello y besó su boca. Phoebe casi se


ahoga con una patata y se dio golpecitos contra el pecho a medida que se escurría
de la barra hasta alcanzar el piso porque claro, ella no era una fisgona.

Bueno, sí.

Pero, no...

Los novios se separaron tan abruptamente como se habían juntado. Arnold le


susurró a Helga que "ese" era su verdadero Don, ella se puso roja hasta las orejas
y él terminó la pelea argumentando que escuchó al gato "sisear"

—Las serpientes sisean, no los gatos.

—Lo que sea que haga tu gato para señalar su desprecio, sé que fue él porque me
detesta.

—Claro que lo hace, estás robando la atención de su única fuente de techo y comida.

—¿Entonces me crees?

—Creo que no te irías sin decir adiós…—Arnold tomó sus manos en el interior de
las suyas, teniendo especial cuidado de no lastimarla. Disfrutó la mirada que le
dedicaba ahora, lucía tan femenina y adorable que no entendía dónde podía existir
esa niña furiosa de antes.

—No lo haría…—respondió de inmediato. —Es decir, no después de…—Helga


presionó sus manos, el rubor de su rostro dando paso a otro tipo de sensación,
¿adrenalina?, ¿deseo?, ¿la necesidad de tenderse con él en el sillón de su sala otra

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vez? los ojos de Arnold parecían comprender lo que sin voz decía, más sin embargo
no era una mirada promiscua, descarada u obscena la que le obsequiaba.

Ellos estaban por encima de eso, lo que compartían era más grande que el sexo.

—Sé que no te irías después de eso…—cerró los ojos e inclinó el rostro dispuesta
a recibir otro beso pero entonces otra personita los interrumpió.

—¡¿E.S.O…?! —gritó Phoebe que había pasado de la barra a esconderse en el


lateral del sillón. Quería escuchar lo que decían. (Sí, tantos años siendo la secuaz
de Helga, de acompañarla en las sombras para perseguir a dónde fuera que el rubio
se metiera, le dejó sus propias secuelas y no pudo aguantar más)

Arnold soltó sus manos y se alejó lo más posible de Helga, sus rostros sonrojados
no dejaban una sola cosa a la imaginación, tampoco el beso recién compartido que
en el caso de ella, le había dejado el labio inferior ligeramente inflamado. Shortman
gustó en esta ocasión de morderle la boca. "Helga Pataki lo volvía loco, loco, loco,
cuando se ponía así de insufrible y necia, tanto que él quería demostrar que podía
con toda esa locura y terquedad desbordante" Phoebe que para estas alturas había
pasado del color normal de su piel a uno mucho más pálido demandaba respuestas
que ninguno de los dos se mostró dispuesto a otorgar.

—¡Lo sabía, Helga me mentiste! ¡Vámonos Mantecado! —el gato bajó como un rayo
de luz dorada y trepó por las piernas de la asiática hasta alcanzar su regazo. Phoebe
giró con dramatismo dispuesta a salir de la casa o comenzar a ser sobornada.

—¡Te compensaré! ¡Soportaré a tu estúpido novio toda la tarde sin decirle una
palabra ofensiva!

—¿Que hay de los apodos?

—Lo llamaré por su nombre, hasta seré dulce, tierna y amable, le diré lo "apuesto"
que se ha puesto con el pasar de los años…—la ultima parte le dio escalofríos pero
los disimuló bastante bien. Phoebe se mostró de acuerdo pero aún así no soltó a
Mantecado.

Si había un loco atacando la casa donde vivían, no quería que se quedara a solas,
le acarició la barriga y el peludo bigotón se derritió entre sus brazos. Se hacía un
poco tarde, lo mejor sería apresurarse.

—¿Ya están listos o van a comer algo?

—La mamá de Gerald prepara unos deliciosos….—comentó Arnold, para aligerar


las cosas.

—Wafles —concluyó Phoebe la oración por él y sonrió encantada con la idea.

Helga dijo que sólo tenía que encontrar su pequeño bolso entre todo lo
desparramado en el sillón de una pieza y tomar su chaqueta, los celulares de ambos
ya estaban cargados aunque el suyo permanecía apagado. Arnold tomó nota de eso
y del teléfono fijo desconectado. Si la línea hubiera sido cancelada el aviso
automático sería ese. "Suspendida o fuera de servicio" pero el número de Helga

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sonaba eternamente ocupado. Él le marcó desde su celular para corroborar la
"mentira" y al no saber como enfrentarla decidió "ponerse a trabajar" cambiar el foco,
limpiar los vidrios de la entrada, también le hecho una buena mirada a la puerta y la
cerradura. La suya, era una casa no tan vieja pero sí bastante descuidada, al menos
el Gran Bob, invertía en un buen trabajo de cerrajería.

La rubia encontró lo que buscaba debajo de una pila de libros, como era el "fin de
semana romántico" no les dejaron deberes. Así que por ese lado se podrían relajar,
le mandó un mensaje de texto a su mejor amigo en lo que Helga tomaba su
chaqueta, indicando que iban para su casa y que además de eso se morían de
hambre.

La respuesta le llegó en un escueto.

"NO INVENTES"

La familia de Gerald era bastante grande, acogedora y quizás un poco conflictiva


pero en la medida de lo posible hacían sentir bienvenidos a sus invitados.

Como no cabían todos en el comedor de la sala, les permitieron comer sus wafles
en la habitación del moreno, quien por cierto se encontraba un poco "indispuesto"
Arnold se sorprendió de que los señores Johanssen no comentaran nada sobre el
"asalto" quizás Gerald tenía mayor poder de convencimiento del que creía, pero
como fuera, lo encontraron en su alcoba, sentado a la sombra en una esquina de su
cama, jugando con las cuerdas de una guitarra.

Jamie' O, al igual que todo jovencito que recién llega a la pubertad había sentido el
impulso y deseo irrefrenable de "convertirse" en una alocada estrella de Rock, sus
padres le compraron la guitarra clásica porque antes de la eléctrica tenía que
dominar esa y como es natural el chico decidió que eso no era cool, ni estaba a la
moda, además de que le dolían los dedos después de practicar y simple y
sencillamente la abandonó.

Gerald por su parte tuvo el mismo impulso apenas comenzó a salir con Phoebe,
contrario de su hermano mayor, él no quería ser "nada" tan solo le gustaba
complacer y sorprender de vez en cuando a su chica y es así que al pensar en lo
sucedido entre ayer y hoy muchas cosas comenzaron a poblar su cabeza.

La primera, más importante y la que no lo dejó dormir a pierna suelta, fue la de


Arnold y Helga "juntos" el baile horizontal, en una cama, de la noche al alba y por
eso fue que comenzó a tararear poco después de saludarlos, aún bajo el manto
protector de las sombras y pedirles de favor que se acomodaran como quisieran
alrededor de su escritorio que fungiría como mesa.

Julian, (su madre) les había dejado todo puesto tan pronto como escuchó el llamado
a la puerta y fue así que comenzaron a repartirse la mantequilla, mermelada de

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moras y el jarabe de maple mientras Gerald decía con voz de trovador algo así
como…

"…La noche que se quisieron,


duró hasta lo que pudieron,
se arrancaron la piel,
perdiendo el norte en sus besos.

Saliendo de la escuela,
esa que fue testigo,
de un tupido cuento de bullying, acoso y delirio…"

—¡Voy a matarte Johanssen! —gritó Helga tan pronto como terminó de cantar,
provocándose un jadeo de dolor, porque claro, tenía que ser, aplastó la botella de
maple en el interior de la mano diestra. Arnold estaba más rojo que la granada y
Phoebe, sinceramente quería saber como es que su novio tenía facilidad para crear
"este tipo de cosas" pero sacaba seis en literatura y redacción. Suspiró atormentada,
cortando un trozo de wafle y metiéndolo en sus labios.

¡Estaba exquisito!

—Toma un número y has fila, gruñona. —respondió Gerald con poco de sorna y
mucho de molestia pues no le agradó para nada ver la muñequera en su mano. "Ese
tipo era un demente" Tenían que detenerlo y honestamente no se le ocurría el cómo,
entrevistó a su padre poco después de que volvió de su turno doble en la Comisaría.

James Cabot, ya no era solo su reemplazo, era el segundo al mando, mano derecha
del Comisario, es decir, un pez demasiado gordo para que lo pudieran atrapar. Dejó
la guitarra donde no se cayera y se dignó al fin a salir de las sombras. Phoebe ahogó
un nuevo grito, Helga se tragó el siguiente reclamo, Arnold se sintió impotente y
sumamente molesto. El rostro de su "hermano" estaba marcado en el pómulo diestro
por un golpe sin lugar a dudas dado con el puño cerrado y tenía además el labio
inferior roto e inflamado por la parte media.

Phoebe se levantó de su asiento corriendo a "revisarlo" sus atenciones fueron


respondidas con unos cuantos. "Estoy bien, nena" "No fue nada"

—¿Qué fue lo que pasó? ¡¿Por esto no querías que te viera?! —preguntó luego de
haber revisado a conciencia, sin permiso, ni pudor cada poro de su piel.

—No, no quería que me vieras porque soy demasiado apuesto y el mundo no


merece verme siendo "esto"

—Gerald…—Phoebe le regaló un beso que sorprendió al moreno pues su chica, por


lo general era sumamente reservada. Nada de contacto labio a labio a no ser que
estuvieran a solas. Respondió gustoso pero se lamentó de inmediato pues el labio
inferior le ardió. Heyerdahl se disculpó y procedió a acomodarse junto con él en la
cama.

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—¿Hey, tú estás bien?—preguntó Gerald con un tono que sugería verdadera
preocupación por ella. Helga sintió escalofríos, luego asintió restándole importancia
a su mano.

—Un par de semanas con esta cosa y quedaré como nueva.

—¿Tan dura tiene la cara ese idiota?

—Díselo tú…—interrumpió Arnold, pues no le gustó nada el diminuto lapsus de


camaradería que compartieron los dos. Gerald frunció el ceño, él se mostró firme en
su declaración.

—¿De qué están…?—inquirió Phoebe, su novio suspiró y dijo que estaba bien.

Les contó todo, desde que dejó la casa de su novia hasta que necesitó unos diez
minutos para levantarse y salir del jardín frontal de Helga.

Las dos estaban visiblemente alarmadas y sorprendidas por lo ocurrido.

—¡¿Pero cómo pudiste ser tan imbécil?! —gritó colérica Helga, levantándose de su
asiento y dirigiéndose a él.

—¿¡Imbécil!?—respondió en el mismo tono, levantándose a su vez. —¡No sé en que


clase de caverna oscura y primitiva te hayan criado, pero a mi me enseñaron que lo
que hice es correcto!

—¿Recibir una paliza por una mujer que ni siquiera te agrada te parece correcto?!
¡¿Y si estuviera armado?! ¡Si en lugar de los puños te hubiera golpeado con el bate
de béisbol! —gritó comenzando a ponerse un poco histérica.

Por suerte para todos, Jamie'O ya había reclamado el televisor de la sala y subido
el volumen a todo lo que daba. Sus padres estaban en la cocina lavando los platos
y haciendo limpieza, su abuela ya estaba prácticamente sorda y se había llevado a
Mantecado a su cuarto, tenía bolas de estambre que podría apreciar y en cuanto a
Timberly, ella estaba ocupada en la línea telefónica hablando de chicos y estrellas
de POP con su mejor amiga de la escuela.

Gerald contó internamente hasta diez. ¡Claro que consideró todas las cosas que la
rubia le estaba gritando! ¡No era tan idiota! y por las caras que tenían Arnold y su
novia, parecía que el consenso general era que él, era un idiota.

—Lo pensé, ¿De acuerdo? Y no, no soy del tipo estúpidamente heroico que se arroja
a una lluvia de balas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Lo escanee, soy
bueno midiendo a la gente, observando detalles. Les juro a los tres que estaba ciento
por ciento seguro de que no traía armas blancas o de fuego.

—¿Ahora resulta que tienes visión rayos "X"? —preguntó Helga a punto de perder
los estribos, el rostro le ardía los ojos amenazaban con ponerse a llorar.
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¡Ella no quería nada de esto! ¡Jamás lo quiso! ¡De verdad…!

—Te lo dije anoche, Arnold. —respondió dirigiéndose a su hermano, el cual tenía un


gesto de lo más desconocido en el rostro. ¿Qué era esa mirada de gánster asesino
serial y poco hablador que tenía su viejito? ¿Celos? ¡Claro! Helga y él prácticamente
estaban uno encima del otro mientras se gritaban, pero siempre estaban así cuando
se peleaban. Era para dar más énfasis a las amenazas. No porque se amaran o
secretamente…se desearan… —la contemplación de la idea le produjo un notorio
escalofrío que no pasó desapercibido por Phoebe.

—¡Gerald..!

—Todo está bien, nena. —le guiñó un ojo y le sopló un beso. Helga dobló los brazos
a la altura del pecho, apretando su estómago porque una vez más estaban ahí las
inmensas ganas de vomitar. Arnold resopló sin dejar de destruir a su amigo con la
mirada. "Los demonios internos de su naturaleza" "La lava ardiente de un volcán a
punto de hacer erupción"

Si así se ponía con Gerald, no quería ni pensar en cómo reaccionaría el lunes que
se topara con Jake en cualquier lugar de la escuela.

—Jamie'O es el de las cosas CSI, yo el de las intelectuales. —Helga dejó escapar


una sonora carcajada. Gerald la mandó a callar con un movimiento de mano y se
continuó explicando. —El punto es que sabía en lo que me metía y creo adivinar que
tú también. —declaró señalando a la rubia que estaba a nada de regresar al mundo
el par de wafles que había ingerido.

—No me señales con tu "atlética y musculosa mano" —respondió Pataki


apegándose a la promesa de ser gentil con el afro. Gerald enarcó una ceja, Arnold
sintió el impulso de alejar los cuchillos y tenedores de su campo visual porque no
fuera que los llegara a "utilizar"

—No te señalo pero quiero saber de una vez por todas la historia completa. —
Solicitó como todo un oficial al mando. Helga presionó sus manos, la diestra dolió,
una punzada profunda que comenzaba a necesitar de manera frecuente para
separar la realidad de la fantasía.

¿No decían en las novelas de Gertrude que las mentiras tarde o temprano salen a
la luz? ¿No decía su conciencia que todo lo malo que había obrado en algún
momento tendría que pagarlo? ¿A caso alguna vez dejo de ver el rostro maltratado
de Miriam en sus pesadillas? Se replegó hacia atrás, sin ser consciente de que
estaba comenzando a hiperventilar. No era asmática, ni tenía problemas de vías
pulmonares o nada por el estilo. Sólo era propensa al drama, la divina comedia que
era su vida completa, se dobló un poco más cuando choco con la silla y estuvo a
punto de caer irremediable a la nada. Arnold la atrapó a tiempo, la rodeo por la
cintura y después la atrajo a su cuerpo. Ella aceptó y agradeció el gesto
abrazándose a él, dejando de temblar y finalmente apartándose de él.

—Estás con nosotros, lo que sea que sucediera…—comentó el rubio, tratando de


tranquilizarla.

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—No vamos a juzgarte…—continuó Phoebe, acercándose también y Helga se
sentía como una pequeña oveja rodeada de un montón de zorros hambrientos. ¿Por
dónde empezaba?

—¿Qué hizo realmente para molestarte?—inquirió Gerald. —Sé que lleva meses
asechándote, usaría la palabra "cortejar" pero ambos sabemos que no era eso a lo
que se dedicaba. —Helga asintió, pasando de la silla de escritorio y adquiriendo una
posición mucho más cómoda en el piso. Junto a la puerta, con las rodillas dobladas
al frente, mismas donde le gustaría ocultar el rostro, pero no lo hizo.

—Si quieres saber la verdad, te diré que todo esto comenzó con el Béisbol…

Yo quería ser Capitán de la liga varonil, no femenil

¡No me miren así! Ustedes son las únicas niñitas que verdaderamente he entrenado
y para ser más honesta. No me gusta entrar a los vestidores con toda esa "pompa"
femenina. Perfumes, maquillajes, cremas correctivas compradas en todas partes del
mundo, lencería de diseñador. ¿¡Cuantos años se supone que tenemos!?
¿¡Diecisiete o veintidós!? luego toda esa cháchara innecesaria de muchachos y
citas, me tenía harta.

La liga varonil entrena una hora después de nosotras, Si conseguía un cambio de


"administración" podría usar los vestidores para mi sola. Diez minutos, no más. Sin
ser una Barbie, una Princesa o una Zorra cualquiera.

—¡Helga!—reprendió Phoebe su uso del lenguaje, pero esa era otra cosa, que
apreciaba de conducirse con un montón de palurdos. Los chicos no tienen
problemas con soltar palabrotas de vez en cuando. Se los hizo saber y continuó
narrando.

—El entrenador me dio por segunda vez en la historia un rotundo "NO" le reclamé
haber ganado dos oros para él, ¡Demostré mi capacidad, también mi valía como
Capitan! pero el señor Thompkins dijo que no era decisión suya, sino de Jake Cabot.

—¡¿Qué, tiene comprado al equipo ese imbécil?!—inquirió Gerald.

—Fue lo que pensé, así que ese mismo día lo encaré…—Helga dejó escapar un
suspiro. Sus amigos que bien la conocían imaginaban el tono y la disposición con
que decidió ir a encararlo.

—Lo encontré en los vestidores. Si Gerald, Phoebe, Arnold, me metí en los


vestidores a buscarlo. ¡No estaba pensando! Nunca estoy pensando, bueno sí, más
bien diría que nunca pienso en lo que debería estar pensando.

Solo sé, que quería ser Capitán y dejar de sentirme acomplejada entre tanta
"mujercita esplendorosa y perfecta" que me recordaba a Lila Sawyer…—Arnold
sudó frío por la mención de Lila, Gerald deseó por un momento que lo tragara la
tierra y lo escupiera en otra recámara.

La debilidad de Helga, era algo que si bien, venía conociendo y escuchando desde
que comenzó a salir formalmente con Phoebe, aún no le terminaba de caer bien. La
rubia concluyó esa parte de su discurso diciendo que si no podía tenerlo a él, por lo

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menos quería disfrutar a plenitud la tercer cosa que más amaba en la vida. Arnold
se sonrojó por completo, Gerald se burló arrojándole un cojín a la cara, Phoebe se
reprendió de manera interna por no estar al tanto de nada de esto.

Sí, seguían siendo amigas, y sí, se seguían viendo todos los días, pero desde que
tenía una relación formal, la amistad entre ellas se estaba enfriado. Helga nunca
trató de separarlos o boicotearlos, había sido una amiga excepcional que al saberse
vencida (en materia del amor) se retiraba a su esquina para no molestar. Le debía
tanto, su lealtad, honestidad, su fortaleza, porque cierto es, que si bien le dio el sí.
A las dos horas ya se estaba arrepintiendo. Sus padres eran demasiado
tradicionales, obligarían a Gerald a presentarse, puede que su padre hasta lo
pusiera a "prueba" y a todo eso Helga le dijo que estaba bien.

"¿Tienes alguna mínima y remota idea de lo cruel que eres?"

"¿Cruel, de qué estás hablando Helga?"

"De nuestros sueños de infancia, bueno. De los míos. El caballero galante, el alma
gemela, el hilo del destino. El chico que te conoce en la tierna infancia y que al llegar
a una edad madura decide que es a ti, a quien ama con locura"

"Helga..."

"Es cruel, porque es mi sueño. Pero al mismo tiempo es hermoso porque es


verdadero. Si se tratara de mi, no dudaría ni un segundo. Tus padres son
asombrosos, ¿Qué tiene de malo con que sean formales y tu padre quiera retarlo a
un duelo de espadas?"

"Papá ya no practica la esgrima"

"Lo que sea, tienes todo para ser feliz. No dejes que el miedo te venza" —y ahora
que lo recordaba, creía haber visto un ligero matiz de nostalgia en las facciones de
su amiga. Le hubiera gustado tanto en ese momento que sus historias fueran la
misma. Que no se hubiera dejado vencer por la oscuridad de su corazón y permitido
que Arnold solo la viera como una chica gruñona y molesta. Si conociera a la
verdadera, si alguien que no fuera ella llegara a conocer a la verdadera Helga, su
historia de amor surgiría...

Dejó de pensar en eso y volvió a prestar atención a la conversación.

—Me abrí paso entre un montón de pesados, no vi a nadie desnudo por si lo están
considerando. Era casi la hora en que entregan las instalaciones así que estaba
segura de que todo el mundo ya debería de estar entre un 60 o 70 por ciento vestido.
Pregunté a un pelirrojo por su Capitán de equipo. Me respondió cortésmente aunque
sus ojos me observaban como si me tratara yo de alguna especie de alucinación.
Dijo que el Capitán estaba revisando que estuvieran cerradas todas las duchas, así
que fui con paso firme hacia allá. —los tres chicos conocían las duchas y vestidores.
Mismas instalaciones tanto para chicos como para chicas, para alternar entre ambos
sexos estaban los horarios de tal modo que "supuestamente" no se cruzaban jamás.

Y aún así, Helga Pataki lo había logrado.

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—Jake Cabot, el gran bastardo en persona. Disculpa la palabra, Gerald.

—Di las que quieras.

—Correcto, él estaba ahí con su metro ochenta de estatura y unos noventa u


ochenta kilogramos de altanería y soberbia. No eres el único bueno estudiando a la
gente, Johanssen. Llevaba la chaqueta del equipo con su nombre bordado así que
lo llamé por tal. Giró en redondo, sorprendido de escuchar una voz femenina y me
evaluó sin consideración de la cabeza a los pies.

Yo, como ya aclaré, no estaba pensando. Sabía lo que quería, ser Capitán, nada
más.

Pero aparentemente, el mensaje que envié fue que quería ser la Diosa de todo ese
harem.

Phoebe ahogó un grito más prolongado entre ambas manos, Gerald silbó por lo alto,
obsequiándole una reverencia porque en serio, Helga Pataki si que sabía hacerlas
buenas. En cuanto a Arnold, bueno él necesitaba un poco de aire y algo que golpear.

—Claro, eso no lo supe entonces. Yo le hablé inmediatamente de Béisbol, de mis


intenciones de tomar su lugar como Capitán y la idea le provocó risa. No sólo a él,
sino a todos. Le repetí mis méritos, dijo que ya los conocía aunque claro, solo de
oídas. Al maldito jamás se le ocurrió que valiera de algo la liga femenil, teniéndolo a
él en la varonil, luego me dirigió una de esas miradas que hacen que quiera romperle
a cualquiera la cara e intentó tocar mi cabello y yo lo aparté de un manotazo.

Se burló de nuevo, yo lo llamé idiota. Preguntó, ¿Cómo es que una muñeca tan bella
tenía una lengua tan sucia? y le dije que se detuviera, porque no era eso lo único
que tenía...—Arnold sintió la sangre hervir en el interior de sus venas, Gerald y
Phoebe presintieron que el resto de la historia no sería placentera. Helga suspiró de
nuevo, escondiendo el rostro con la sombra de sus cabellos.

Evocó en su memoria la conversación completa.

—Puedo verlo,—escupió Cabot con un mediocre intento de coquetería. —Todos


pueden verlo,—insistió llamando la atención del equipo completo. La tenían rodeada
y hasta ahora era que se venía dando cuenta. No eran todos, suponía que solo los
patanes como él, se quedaban a observar la fiesta. —¿Cómo te llamas, amor?

—Helga Pataki, y no soy tu amor.—aclaró en un tono elevado que no admitía


réplicas y hasta cerró el puño diestro como acto reflejo.

—Lo serás,—respondió confiado, sonriendo como todo un idiota, pero según las
chicas de su propio equipo, sonreía como todo un galán. —Si yo lo digo, lo serás...—
hubo un escalofrío que le recorrió la espina. Al mirarlo ahí, por delante de ella,

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considerablemente más alto, ¿fuerte?, ni se diga y acompañado de sus amigos. Ella
no era tonta, nunca lo había sido y en todas las peleas que se había metido, por lo
menos tenía la certeza de estar en igualdad de condición "uno a uno y en la misma
media de peso" Exceptuando a Patty, pero esa fue una situación extraordinaria que
se salió de sus manos y no venía al caso porque la chica finalmente le terminó
agradando y adoraba la pareja que hacía con Harold.

No le convenía pelear, pero jamás, ¡Jamás! había aprendido cuando se tenía que
callar.

—¿Tienes el ego tan inflamado que no escuchas lo que te digo? —sugirió con sorna,
segura de una sola cosa y esa era de que era excepcional "huyendo" siempre
escapando. Le daría una patada en los bajos y saldría de ahí, no la atraparían. El
Gran Bob, nunca logró atraparla para darle una merecida paliza, así que ellos no lo
harían.

—Escucho que quieres un favor, amor. —sonrió de nuevo, dando una indicación con
las manos que aparentemente quería decir que lo tenía controlado y lo mejor era
que se fueran. Lo hicieron, aunque no sin antes decir unas palabras que por respeto
a la casa de Gerald, ella no iba a pronunciar.

—Favor con favor se paga…—quiso tocarla de nuevo, ella se apartó. No lo golpeo,


ni siquiera lo tocó. La idea de todo contacto le produjo asco, así que giró en redondo
y salió corriendo.

Escuchó risas, más palabras "prohibidas" y entonces podría decirse que se convirtió
en la favorita del "Diablo"

Jake Cabot, era el "Diablo" del campo de béisbol, así como ella era la "Guerrera
Amazona"

—¡Dios Santo, Helga! ¿Por qué nunca me lo dijiste?—inquirió Phoebe ahora que la
rubia parecía haber terminado.

Gerald y Arnold encontraron algo de sentido o relación con las salvajadas que a su
vez habían escuchado. Sobre lo atrevida, arrebatada y osada que era. Sobre los
lugares donde querían montarla y las posiciones en que querían colocarla.

A ninguno se le ocurriría jamás que la "Guerrera Amazona" había sido capaz de


meterse en el vestidor con todos los chicos del equipo de béisbol adentro. No que
no cometiera locuras en la secundaria o primaria. ¡Pero ya no eran niños! Ese era
su gran problema, que ella no aceptaba que ya no eran niños. No aceptaba que era
una mujer hermosa, que atrapaba miradas y despertaba pasiones. Helga, creían los
dos, se seguía viendo a sí misma como lo que fue.

La chica que algunas veces confundían con chico, por lo arriesgado de sus actos.

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Heyerdahl se abrazó a ella. Helga, no había terminado. Les habló de las cartas, que
no eran exactamente las mismas que de tanto en tanto aparecían pegadas en la
puerta de su casillero, les contó que en cada partido posterior a esa "entrevista" él
la seguía. Como capitán endiosado y aparentemente consentido del entrenador
Thompkins, se paseaba por todos lados, aguardaba detrás de las gradas, le cerraba
el paso cuando quería ir a cambiarse e inclusive le quitaba el agua, bajo sugerencia
de que la tomara de sus labios.

Interpuso una queja formal en Servicios Escolares pero no procedió.


Interpuso una ley de hielo, pero entonces otros ánimos fueron los que se levantaron.

Envidia.

De sus compañeras de equipo, las mosquitas muertas que ella había levantado para
convertirlas en jugadoras respetables le daban la espalda porque aparentemente
Cabot era un Dios en la tierra de humanos y ella era la única incapaz de notarlo.

—Pues, si es bastante atractivo pero, definitivamente no es nuestro tipo. —comentó


Phoebe a lo que recibió una sonrisa discreta de su amiga.

—Bueno, entonces ya no solo era él, sino "ellas" pero sé manejar a las "Rhondas"
del mundo desde hacía tanto que honestamente, me recordaron algunas de las
cosas para las que he venido al mundo.

—¿Trapeaste el piso con ellas?

—Soy la capitana, hermana. Es decir, que soy el "Rey Simon" y lo que yo digo se
hace. Creo que hice llorar a más de una y aunque sé que está mal, disfruté hacerlo.

—¡Me da mucho gusto, Helga!

—¿Verdad...?

—¿Y entonces, por qué no me dijiste nada?

—¿De qué serviría, Phoebs?

—¡¿Cómo que de qué, yo podría...?!

—Fastidiar a Gerald, por solo hablar de mi y destruir tu relación con el único idiota
que menos te merece en el mundo pero que te ama más que a su vida.

—¡Oye!—se quejó Gerald, pero ninguna de las dos lo escuchó. Estaban en "su
mundo" hablando en "su idioma" cosa que Johanssen detestaba pero respetaba,
porque ninguna de las dos tenía "hermanas" bueno, Pataki si, pero jamás entendería
¿Cómo es que puedes ser enemigo mortal de alguien de tu propia sangre? siendo
que él tenía una familia bastante grande y claro que se peleaban, pero a la vez se
adoraban.

—No importa que esté con Gerald, tú sabes que...

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—Lo sé, —interrumpió. —Y tú sabes, que tengo una sobrada tendencia a solucionar
mis problemas sola.

—¡Pero este no es un solo problema! —se metió Gerald. —¡Ese tipo está
desquiciado y demente!

—¡¿Crees que no lo sé?!—respondió la rubia, rompiendo el abrazo que sostenía


con su amiga y levantando el rostro de nuevo.

—Sé que sabes que es insistente, pero creo que hasta ahora te das cuenta de que
es peligroso. —Helga boqueo un poco, como pez fuera del agua. Arnold se sentía
apartado, una vez más era el que estaba de más en el cuadro.

Gerald sabía de antemano que ella vivía sola. ¡Por eso lo había llamado y estaba
tan preocupado! Al igual que Phoebe jamás hizo mención a sus padres. Cuando le
pidió consejo, lo hizo porque sabía, que estaba sola e indefensa.

¡Él era un idiota! Tan obsesionado con Lila, tan perdido en su mundo, soñando tanto
con pertenecer a otro lugar que finalmente no encontraba lugar dónde quería estar.
Miró a Helga, porque definitivamente era con ella donde quería estar y se atrevió a
declarar.

—Lo sabías desde antes, ¿No es cierto? —preguntó levantando la voz. —El teléfono
de tu casa no está suspendido sino desconectado.

—¿Estuviste hurgando?—inquirió fingiendo molestia, pero no tenía nada que


reclamar, siendo que ella se había metido hasta por debajo de sus cobijas.

—No sé cuantas veces te he dicho que lo único que hago...

—Es preocuparte por mi...—terminó la oración por él, aceptando la mano que le
ofrecía para levantarse del piso y ahora que estaba ante él, aparte de querer vomitar,
comenzaba a sentirse mareada.

—¿Era algo de esto, lo que no me podías decir?

—Tal vez...—mintió, él sabía que lo hacía porque no lo miró.

—Helga...—insistió buscando su mirada, verse en su mirada para consolarla,


abrazarla, besarla. ¡Todo lo que quería es que esta locura acabara! Como se
resistió, él tuvo que acorralarla contra la puerta de la habitación de Gerald y era una
suerte que el sonido del televisor siguiera rebasando los niveles de lo admisible.
Helga se quiso escapar, él no se lo permitió así que explotó.

—¡AÚN NO PUEDO DECIRLO! ¡¿POR QUÉ NO ACEPTAS QUE ES MI CASTIGO?!

—¡Porque no puedo creer que estar enamorada secretamente de mi, meterte a los
vestidores o humillarlo delante de toda la escuela sea la causa de esto!

—Pero lo es, ¡Todo esto es una consecuencia de eso! ¡Yo, nunca quise involucrar
a nadie más en esto! ¡Gerald, aunque diga que te odio, realmente no te odio...

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Yo...!—Helga decía incoherencias cuando se sentía acorralada, pero también, y lo
sabían los tres. Solía rendirse y confesar la verdad.

—¡Tú no hiciste nada malo! —insistió su novio y ella se soltó de su agarre para
colocarse en otra posición y gritar.

—¡LO HICE, ARNOLD! ¡LO HICE! ¡Bob golpeó un día a Miriam y yo estaba en el
medio! Pude decir algo, recibir los demás golpes o quizás tratar de detenerlo. Lo he
imaginado decenas de veces con una acción diferente, pero la única verdad es que
no quise hacerlo. ¡Ella me llamó a mi, dijo mi nombre! ¡Por una vez en la vida dijo
correctamente mi nombre y yo la dejé! ¡No quería ver, escuchar! ¡No quería estar
ahí, así que me fui!

¡Ahora estoy sola!

Pago el precio de mis actos.

¡Y ese golpe que tiene Geraldo, debería estar en mi cara!

¡Ahora que lo saben digan que me odian, que soy un ser cruel, miserable e ingrato
y que no quieren volver a verme jamás!

CAPÍTULO 9

Arnold se acercó a Helga después de escuchar lo disparatado de su discurso,


observó su cuerpo que temblaba en diminutos espasmos, las lágrimas manaban
como un caudal, mismas que intentaba retener con las manos sin poderlo lograr y
aunque Phoebe sintió el mismo impulso de envolverla en sus brazos y jurarle que
no había escenario, universo o mundo en el que la pudiera odiar, comprendió que
no era a ella a quien correspondía consolarla.

Shortman la abrazó con algo de resistencia porque la rubia atormentada y terca,


insistía en no merecer consuelo, consideración, amor. Jamás lo había recibido y a
estas alturas de la vida no esperaba comenzar a tenerlo.

Quizás "esto" era otra consecuencia…

Una condena…

Por pretender que por fin podría estar con él…

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Arnold la besó, tan pronto escuchó eso ultimo, la envolvió entre sus brazos,
presionándola contra la puerta que se quejó en sus goznes pero que
afortunadamente no cedió. Helga intentó apartarlo con esa voluntad férrea que
poseía pero finalmente correspondió, se abrazó a él, abrió sus labios para él, dejó
que mas lágrimas cayeran de sus ojos por él.

Gerald, sintió unas enormes ganas de abrir la ventana y tirarse en caída libre a la
nada. Phoebe tomó su mano, le pidió que mantuviera la calma, y aunque él lo sabía,
lo entendía, lo escuchó todo y tampoco la odiaba…la situación lo rebasaba.

Diez años…

Según Phoebe, Helga estaba enamorada de "alguien" de toda la vida. No era un


secreto a voces, todos lo sabían desde que estaban en sexto grado y el Director
Wartz tuvo la genial idea de revelar en el auditorio, frente a todo el cuerpo estudiantil,
la identidad de la ya tan famosa y aclamada "Señorita G"

Helga G. Pataki.

Los murmullos, gritos, señalamientos y hasta desmayos no se hicieron esperar. La


furiosa chica que él y sus amigos conocían estalló cual "anima del infierno" y saltó
de butaca en butaca hasta alcanzar en el estrado al Director.

—¡¿Cómo se atreve a decir mi nombre, si teníamos un trato?!

—¿Trato? Ah, claro. Pero como ya está en su ultimo año, "Señorita G" pensé que
sería prudente dar a conocer a todos su "identidad"

—¿Mi identidad? ¿¡Quién se cree que es para decidir eso, sin consultarme primero!?

—En este momento, no me creo nada. Soy el Director de su escuela y por tanto soy
responsable de mantener informado a todo el personal.

—¡Patrañas! Lo que quiere es vengarse porque no acepté representar a la escuela


en el maldito concurso de deletreo.

—Ese concurso, ahora que lo menciona era lo único que mantenía a flote la
"reputación" de nuestra escuela. En el área correspondiente, claro está.

Helga se puso aún más loca y al parecer ni a ella, ni a Wartz les importaba el
espectáculo que estaban dando. Algunos chicos de tercero y quinto grado
comenzaron a escaparse del auditorio, los profesores a su vez salieron intentando
retenerlos.

Esa, fue una junta "extraordinaria" y aparentemente el único asunto de interés era
ese.
100
Su "grupo" acorraló a Phoebe, entre Rhonda, Curly y prácticamente todos, rodearon
a la pequeña asiática que intentaba a duras penas mantener la calma. El rictus firme,
la barbilla en alto, defendiendo como siempre los intereses de su amiga, pero
obviamente, nadie la iba a dejar en paz, si no se atrevía a confesar.

—¡Habla ya Heyerdahl! Tu guardaespaldas personal, está muy ocupada ahora como


para venir a salvarte ¡Así que escupe! —demandó Rhonda en un tono que
definitivamente no le gustó pero hasta él "Gerald Johanssen" estaba sumamente
impresionado por la revelación del Director Wartz.

Phoebe ahogó un pequeño suspiro, inhaló profundo y sin más pronuncio.

—Dime lo que quieres saber, Rhonda

—¿Ella es la Señorita G?

—Pues…—en el estrado, Helga ya estaba siendo sometida por dos sujetos enormes
que él identificó como parte del personal de limpieza. Supuso que era eso, a falta
de verdadero personal de "seguridad" que le quitara a la pequeña lunática de encima
al Director, creyó que ahora sí la expulsarían de la escuela, pero no tenía tanta
suerte, él jamás tenía tanta suerte.

Phoebe dio otra respiración profunda y comentó.

—¿La han leído, cierto? Todos ustedes se sienten aireados y sumamente ofendidos
porque la han leído y disfrutado, profundizado o simplemente encontrado
identificación y sosiego en cada una de sus palabras y por tanto no conciben que
quien las escriba sea Helga.

"Su chica" que desde entonces ya hacía que se le llenara el estómago de mariposas,
descendiera su temperatura corporal, le sudaran las manos y prácticamente se
congelaran su cerebro y corazón. Logró que todos sus agresores se detuvieran en
seco, múltiples rostros miraron al piso, otros más suspiraron para sus adentros, los
más afectados parecían reflexivos.

Él por su parte, tenía ganas de vomitar porque ¡Claro que la había leído! y no
entendió un carajo, pero se leía bonito, era profundo, interesante, invitaba a la
meditación y no como las matemáticas o las ciencias exactas. Sino como algo que
te hacía pensar en la persona amada, porque era lógico que buscaras palabras
"para fantasear" cuando estabas atrapado en una edad que tu cuerpo comienza a
cambiar y no sabes si tirarte al piso, arrojar piedras a la ventana o gritar que la amas
y la odias porque sientes tantas cosas al mismo tiempo que crees que vas a explotar.

Y su bella pelinegra estaba en lo cierto. Resultaba imposible, que quien hiciera eso,
quien sintiera algo tan profundo e intenso fuera Helga.

Si lo recordaba correctamente, La Señorita G se volvió popular en su escuela, luego


de un concurso de poesía que ganó con dicho pseudónimo. Se publicó en el
periódico mural y apareció también en la página central de la Gaceta, los directivos
y profesores pretendían identificar a la autora.

El sobrenombre no les decía nada y tenían "propuestas" para ella.

101
Un mes después, la publicación se repitió. Nuevo poema, mismo alias.

La popularidad aumentó y comenzado el mes siguiente había un verso, poema o


pensamiento nuevo a la semana. Él no era un fan ¡Claro que no era su fan! Es más
volvería a casa y se lavaría el cerebro para olvidar todas esas cosas cursis y
metafóricas que le hacían suspirar como niña y pensar en la "hermosa Phoebe
Heyerdahl" como un idiota.

Se golpeó internamente. Basta de fantasías. ¡No podía ser Helga!

—¿¡Estás diciéndolo en serio!? —preguntó y gritó Rhonda, regresándolo a la


realidad.

El auditorio estaba vacío, supuso que se llevaron a Helga con camisa de fuerza o
como mínimo a rastras. El resto del profesorado debió llevarse a sus alumnos y
nadie reparaba en ellos puesto que el responsable de su grupo, también era
responsable del "Terror Pataki" silbó por lo alto, al menos le reconocía eso. Su
demencia no tenía límites.

—Creo que el mensaje del Director fue bastante claro,—respondió Phoebe. —


Además de que los "arrebatos" de Helga lo confirmaron.

—Pero, ¿¡CÓMO, CÓMO!? —Rhonda le quitó una Gaceta a Nadín de las manos,
arrancó las hojas, una tras otra hasta llegar a la página central y comenzar a recitar.

"Siempre tuyo,

nunca mío,

y por más que lo trato de evitar,

eterno.

Este sentimiento,

este dolor,

la dulzura disfrazada de indiferencia

pero que,

sin lugar a dudas es amor"

Stinky salió corriendo mientras lloraba y gritaba, que sentía exactamente lo mismo.
Por "ella" siempre sentiría lo mismo, Sid lo siguió, gritando que no cometiera alguna
locura como volver a salir con "ella", Harold y Patty se sonrieron de manera discreta,
Sheena miró por lo bajo a Eugene, éste estaba más ocupado tratando de no

102
apuñalarse los ojos con un lápiz que tenía Curly descansando en el oído mientras
que Arnold le decía a Lila que no entendía nada de lo que decían.

—¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene de malo que Helga sea poetiza? Es decir, ya
todos sabíamos que era bastante buena en esa materia.—la pelirroja suspiró
mirándolo como si fuera de otro planeta y comentó.

—No me lo tomes a mal, pero no lo entenderías Arnold. Los sentimientos de una


chica, son demasiado complicados. —acto seguido sacó un pañuelo de sabrá Dios
donde y comenzó a limpiarse las lágrimas imaginarias del rostro. Se disculpó con
todos porque tenía que irse. Se verían en la siguiente clase. Claro que para estas
alturas a nadie le importaba la clase.

—Te acompaño…—comentó Shortman.

—¿No te quedas a escuchar?

—Como dije, no entiendo por qué arman tanto escándalo. —salieron por donde
Stinky y Sid habían corrido. Él suspiró para sus adentros, porque en serio, a veces
no entendía a su hermano.

Phoebe se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y agregó.

—Lee entre líneas, Lloyd. Está bastante claro que la "Señorita G" escribe a un amor
no correspondido.

—¡PERO CÓMO! —gritó la morena, amante de la moda. —¡¿CÓMO PUEDE


ESCRIBIR ALGO COMO ESTO Y SALTAR COMO BASHEE DISPUESTA A
SACARLE LOS OJOS AL MISMÍSIMO DIRECTOR?! ¿QUÉ, TIENE MÚLTIPLE
PERSONALIDAD? ¿TRASTORNOS MENTALES? ¡¿ESTÁ MEDICADA Y
ABANDONA REGULARMENTE SU TRATAMIENTO?! —él prestó atención a eso
ultimo. Porque si estaba medicada explicaba taaantas cosas sobre su
comportamiento.

—Por supuesto que no. Ella es una persona perfectamente normal, sin ninguna
clase de trastorno emocional o mental. Se comporta de esa manera, porque como
señalé, su amor la rechaza y tortura diariamente.

—Un segundo,—interrumpió él. —¿Dices que es una loca, violenta e impulsiva


porque el chico que le gusta, le restriega en la cara, todos los días a su novia? —
preguntó evidenciando lo que todos estaban pensando. Phoebe se mordió el labio
inferior y segundos después asintió.

—¿De verdad?—inquirió sin creerlo, la asiática insistió. Dijo que sí, que Helga
estaba enamorada de él, desde hacía tanto que un día simplemente no logró
controlarlo.

—¿Y se desquita con nosotros? ¿Esa es su justificación? ¡Tienes que estar


bromeando, Phoebs! para que eso tuviera sentido ella tendría que estar enamorada
desde el jardín de niños porque no recuerdo un solo día de nuestras vidas en el que
Helga se haya comportado como una persona nor…m…al…—alargó la ultima

103
palabra porque el estoicismo de Heyerdahl era todo lo que necesitaba para
confirmar.

—¿¡Es en serio!? —insistió Rhonda, pero en esta ocasión Nadín la cayó.

—¡Si esa es la razón, es suficiente justificación para mi! Un amor no correspondido


lo explica todo.

—¡Así es!—confirmó Sheena y tanto Eugene como Curly las secundaron. Prosiguió
un debate entre un nuevo grupo y subgrupo de personas, hasta que Rhonda volvió
a levantar la voz.

—¡De acuerdo! Supongamos que creo que esa mujercita vulgar tiene sentimientos
en algún rincón retorcido de su alma. ¿Quién es él?

—¡¿Cómo?!—respondió Phoebe quien ya se había levantado dispuesta a irse.

—Su nombre, debo tenerlo para poder correr el chisme por la escuela completa.

—Alucinas si crees que te lo diré.—respondió su chica cruzando los brazos a la


altura del pecho.

—Bien, pues más vale que te prepares para algo que es demasiado bajo para mi,
pero que podría "costear" para que efectúe alguien más. —hizo el amago de traer
un fajo de billetes y Harold captó el soborno. Él se preparó para comenzar a gritar
como niñita, porque no iba a dejar que le pusieran las manos encima a su tierna y
dulce Phoebe.

—¿Rhonda, en serio te piensas rebajar a ese nivel? Creí que eras más sofisticada
que eso. —se burló Phoebs. —Además, sabes lo que te pasará si me haces lo que
sea a mi.

—Lo sé, lo sé, tu matona personal me saltará como araña en la primer esquina que
pase, pero aún así quiero saberlo.

—¿Conoces a Helga de toda una vida y crees que sería tan estúpida como para
decirme su nombre?

—Eres su mejor amiga, queridita.

—También soy una persona íntegra que respeta los sentimientos y secretos de los
demás. Helga no me ha dado un nombre y yo no se lo he pedido jamás. Pero si
quieres saber como lo referimos para hablar de él, su nombre "clave" es mantecado.

—¿¡Qué!?—gritó histérica. Sin creerlo.

—Así es, corre por los pasillos a decir que Helga G. Pataki tiene un amor no
correspondido por el mantecado de fresa. Lo ama tanto pero no puede tenerlo
porque es alérgica y si lo come, se muere. —Rhonda gritó frustrada, levantando los
puños en dirección de la pequeña morena. Phoebe levantó el rostro, segura de que
Helga la vengaría y trapearía el piso de toda la escuela con Lloyd.

104
—¡Pruébalo!—demandó prácticamente por encima de ella.

—Si te muestro una sola de nuestras conversaciones privadas, ¿Te das por bien
servida y juras no volver a tocar este tema?

—Lo juro, nadie volverá a hablar de Helga y su "amor no correspondido" —Phoebe


sonrió con un poco de superioridad, tomó su teléfono móvil y accedió a los mensajes.
No tuvo que buscar ninguno.

Los dejó leer el último.

"...Oh, mi dulce, cruel y tormentoso Mantecado yo debería tenerte en mis brazos…"

Harold suspiró al terminar de leer y comentó algo así como que "él también le
escribiría al mantecado" Patty agregó que su amor verdadero era la tarta de
manzana. Curly ovacionó al pie de queso con mermelada de frambuesa, Sheena al
pastel de chocolate, Rhonda gritó que todos eran idiotas y que no estaban hablando
de postres.

—¡HELGA NO LE ESCRIBE AL MANTECADO DE FRESA!

—Claro que si,—la interrumpió Patty. —Lo acabamos de leer, sufre, grita, maldice y
golpea porque en el fondo ella es como yo…

—¿Como tú?—preguntó Lloyd quien para estas alturas lucía sumamente alterada.

—¡Sí, por eso me buscó pleito en cuarto grado! ¡Es una gorda en pausa!

—¿¡QUE!?—gritó él, porque en serio. No podían creer eso. ¿Oh, si?

—¡SÍ, lo es…!—confirmó Phoebe tratando de aguantar la risa. Rhonda gritó otro


poco pero esa parte se la perdió porque el objeto de su adoración, es decir Phoebe
Heyerdahl se escapaba por donde lo hicieron todos y él prefirió seguirla.

La conclusión oficial de aquel altercado fue esa. Helga G. Pataki era una gorda en
pausa. Amaba las golosinas más que a la vida misma y maldecía diariamente porque
no podía consumirlas. Luego de su "espectáculo" con el Director Wartz la columna
de la Señorita G fue cancelada y todos se olvidaron del tema.

Él nunca había vuelto a pensar en el supuesto amor "no correspondido" de Helga,


en su eterno enamoramiento por el mantecado de fresa hasta este momento en que
los veía deshacerse a besos contra la bendita puerta de su cuarto que tendría que
incinerar, arrancar o como mínimo desinfectar porque en serio.

Jamás lograría verla de la misma manera.

105
Cuando la rubia se tranquilizó y su "amigo" dejó al fin de succionarle la boca, su
cerebro siguió procesando, conectando ideas y la revelación fue directa.

—Mantecado…—pronunció en un tono tan bajo, que ni siquiera Phoebe lo escuchó.


Unos segundos después en que Arnold se tomaba la libertad de limpiarle las
lágrimas a su chica con los dedos de ambas manos, se escucharon golpes contra
la mencionada puerta. "Romeo y Julieta" se hicieron a un lado, lo suficientemente
rápido como para que Jamie'O pudiera asomar su fea cabezota y escupir una
indirecta.

—¿Por qué tanto silencio? ¿Se están portando bien?—los escudriñó a todos, menos
a Helga porque la chica lista decidió darle la espalda a la puerta.

Su hermano lo taladró con sus ojos de medusa esperando convertirlo en piedra, él


resopló.

—Nos portamos bien. ¿Ves algo que no se encuentre bien? —Jamie'O hizo un
nuevo barrido ocular, Helga se recompuso en lo que aparentemente era un talento
innato y le dirigió a su hermano la mirada más plana y neutral que pudo mostrar.

—No lo sé, enano. Mi instinto dice que aquí hay demasiadas hormonas reunidas y
tu declaración no me convence del todo.

—¿Entonces piensas sentarte aquí? ¿No estabas viendo la tele?

—Mamá y papá fueron con Timberly al cine, la abuela se quedó dormida y yo estoy
a cargo de que ustedes "NO HAGAN BEBÉS"

—¿¡QUEEEEEE!? ¡PERO QUÉ….! ¡CÁLLATE! ¡LÁRGATE! —le arrojó a su


hermano lo primero que encontró, que fue una almohada, el idiota se comenzó a reír
y abrió de más la puerta.

—De acuerdo, no me quedaré con ustedes porque seguramente hablan de cosas


demasiado estúpidas e incoherentes pero sí les pondré un vigilante.

—¿Disculpa?—Gerald cruzó los brazos a la altura del pecho, el resto de invitados


tenían las mejillas incendiadas y no sabían dónde meter las caras por el bochorno.

Jamie 'O disfrutó su poder de mando y permitió que entrara como Faraón una
simpática bola de pelos que Gerald jamás había visto.

—Mr. "M" cuida que no hagan nada malo. —Mantecado "siseo" hizo ese sonido que
perseguiría a Arnold en sus más profundas y retorcidas pesadillas por el resto de
sus días y el hermano mayor de Gerald, tomó todos los platos sucios, junto a la
mermelada, mantequilla, jarabe de maple y salió por donde había entrado.

Dejó la puerta abierta, pero el gato la "cerro"

Hubo dos centésimas de segundo en las que cada uno procesó lo sucedido, Arnold
no soportó más porque claro, había "prioridades" en esta vida y ganarle la pelea a
su "enemigo jurado" era número uno en la lista.

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—¡Así fue como lo hizo! —le gritó a Helga quien tenía la misma expresión seria.
Phoebe comenzó a reír a carcajadas mientras Gerald, sentía cómo le temblaban las
rodillas porque evidentemente eso de "hacer bebés" era algún tipo de trauma que
les metieron sus padres cuando pequeños.

Arnold insistió en que el gato había hecho algo verdaderamente malo, Helga lo llamó
tarado y después comenzó a reír a la par de Phoebe, el Faraón, Mantecado alias
"Mr.M" se trepó con elegancia y dramatismo propios de un agente secreto o asesino
serial a la silla, pasó de ahí al escritorio y luego le mostró la dentadura completa a
Arnold para finalmente treparse en él.

Su amigo con cabeza de balón gritó como si lo estuviera atacando "Freddy Krueger"
las chicas volvieron a retorcerse de risa y él tuvo que imitarlas porque, viejo.

Esto era de otro mundo.

—¡Quítamelo, quítamelo, quítamelo! ¡Gerald, Phoebe, HELGA!

—¡Mantecado, basta! —pronunció la rubia una sola vez y el felino saltó de la cabeza
de balón al escritorio. Todo un caballero, bien sentado, como si nada hubiera
pasado, es más hasta se concentró en lamer su pata izquierda. Arnold lo miró como
si fuera la cosa más horrorosa de todo el poblado.

—¡Casi me…!—comenzó a quejarse.

—Tú empezaste,—interrumpió la rubia. —No deberías levantar cargos en presencia


del acusado.

—¡AHHHHHH! ¡¿Por qué siempre lo defiendes?!

—¡Porque no te hizo nada! —Helga buscó en el bolso que seguía teniendo a la altura
de la cintura y extrajo un espejo para que pudiera ver "que no tenía nada" a Arnold
lo único que le importaba es que le ardía la cara y que algún día….Algún día, le diría
a su abuela que preparara "estofado de mantecado" sí, eso es lo que haría.

—¿No estás feliz ?—preguntó Helga al ver el ceño fruncido de Arnold, el rubio bufó,
volvió a acomodarse en su silla y cruzó los brazos a la altura del pecho. Helga
suspiró resignada y se dirigió al faraón.

—Mantecado, discúlpate con él.

—¿Miau miau? (Traducción: Disculparme, yo)

—Discúlpate ahora o te quedarás aquí para siempre. Puede que tengas bolas de
estambre en abundancia pero yo te compro croquetas de la mejor marca.

—Miau... (Traducción: ¡Ja!)—desestimó el peludo, volviendo a lamerse las patas.

—Te dejo atrapar roedores, afilar tus garras en las patas de las sillas y el sofá,
también desayunar "canaritos" ¿Crees que alguien más te va a consentir de esa
manera? —Mantecado dejó de lamer y miró a su dueña como si estuviera "jugando"
Helga le sostuvo la mirada.
107
El resto de ellos creían que esto era una "broma" la interacción ama-gato no debería
ser así, pero sucedía.

Helga dibujó una sonrisa siniestra, el gato se bajó del escritorio y se convirtió
automáticamente en una "adorable" máquina de "ronronear" pasó junto a las piernas
de Arnold, trepó por las mismas hasta subir a su regazo y quedarse ahí, hecho bolita,
en "modo automático"

La expresión del rubio era la misma a que lo estuviera tocando un Demonio o un ser
abominable extraído de las profundidades del infierno. Mantecado temblaba como
todos los mininos que hacen ese ruidito que para él era algo así como un motor
encendido.

—¡Acarícialo, Arnold! Te está obsequiando su máxima muestra de afecto. —ordenó


Helga.

—No…—él honestamente quería que le quitaran esa cosa de encima antes de que
le hiciera la peor canallada de todas, es decir. Lo orinara.

—No va a hacer nada malo.

—Disculpa si no me lo creo.

Gerald miraba a su amigo y al gato, pasó de uno a otro con ojos expertos
encontrando las similitudes y diferencias como en esos cuadros que venían en las
tiras cómicas de antaño.

La luz que se había encendido previamente en su cabeza se volvió a prender.

—¡Él es mantecado!

—Brillante deducción, Sherlock —se burló Helga.

—No mantecado el gato, sino mantecado, mantecado. "El Mantecado" —las chicas
lo miraron sorprendidas, Helga señaló a su amiga a la vez que susurraba: "¿Cuánto
le has dicho de mi a este tarado?"

—Yo no le dije nada específico, Helga. —juró reacomodando sus gafas y saliendo
de la aparente línea de fuego. Gerald se levantó e insistió con una sonrisa de lo más
estúpida en la cara.

—Pero sí hubo algo cuando estábamos en sexto grado. ¡El día que descubrieron a
la Señorita G!

—¡Cállate Geraldo!—amenazó la rubia.

—¡NO, NO VOY A CALLARME! ¡EL RUMOR ERA CIERTO! —gritó a la vez que
corría para escapar de los golpes que le soltaba Pataki. Arnold que lo escuchó todo
y que una vez más volvía a sentirse fuera de la conversa trató de recordar.

—Tú eras la Señorita G y después corrió el rumor de que estabas obsesionada con
las golosinas y…¿el sobre peso…? —comentó y preguntó a su novia. Helga que ya
108
tenía a Gerald acorralado contra una pared se quedó de piedra, el moreno escapó
y miró una vez más al gato y a su hermano.

Eran idénticos, cabellos dorados, ojos verdes. El gato ganaba el concurso de


belleza, pero ¡Bah! El misterio de su infancia al fin estaba resuelto.

—¡TODO LO QUE ESCRIBIAS ERA PARA ÉL!

—¿Mantecado?—preguntó el rubio observando al gato. —Phoebe ahogó una


pequeña burla. "si que era lento" Gerald roló los ojos y comenzó a buscar en su
librero, tiró montones de cosas hasta que finalmente lo encontró.

—¡Sabía que guardé uno!

—¡GERALD, NO TE ATREVAS! —amenazó Helga con los puños en alto, el dolor


pasando desapercibido ante la amenaza de ser "humillada" Johanssen la ignoró
(como solía hacer) encontró la página que quería, luego se aclaró la garganta y
dedicó una reverencia a su amada.

"Dicen que no debo

dejarme llevar por el amor

Sé que no es un juego

pero a veces pierdo la razón.

Sé lo que me hago

y aunque me haga daño, aguantaré,

Por miedo a convertirme

en alguien que no sepa querer.

Quiero ver la luna caer,

Las estrellas del revés

aunque alguna se estrelle.

Quiero cosquillas en mi piel

quiero ver mi amanecer

sin condiciones.

Seré...

109
Un loco enamorado más

Qué más da si yo te quiero a rabiar

aunque después me duela más"

Phoebe aplaudió fascinada, Helga le arrebató la gaceta dispuesta a romperla en mil


pedazos pero el moreno la recuperó.

—¡Eso es mío, Pataki!

—¿Tú seguías a la Señorita G? —preguntó Arnold, ampliamente anonadado.

—¡Sí, me gustaba y qué! Tú eras el único de toda la escuela que no la leía. Lo que
le habría años de terapia a esta maldita lo…ca—Gerald paró su discurso al percibir
la sombra de la muerte en la gélida mirada de la rubia, quizás se había pasado. Un
poquito, no mas…corrió a esconderse a las espaldas de su novia y desde ahí
comentó.

—¿Ya dije que me gustabas? Bueno, no tú, tu talento, las palabras, es


decir…¡CLARAMENTE ERES UN TARADO! —Arnold se sintió ofendido por lo que
intentó levantarse para replicar pero "Mantecado" parecía, haberse ¿Dormido? entró
en pánico. Conocía historias de horror por "despertar" a los gatos así que
permaneció en su sitio y protestó.

—¿Por qué discutes con Helga y me insultas a mi? Es más, desde hace un rato, no
entiendo nada de lo que están hablando.

—Porque eres taaaan denso.

—¿Me estás diciendo lento de pensamiento, Gerald?

—Digo que no es posible…

—Déjalo así Johanssen, —comentó la rubia. —Lo que no le interesa, NO LE


INTERESA.

—¿De qué demonios están hablando?—insistió Arnold.

—¡POESÍA! —gritaron los tres.

—Helga es poeta, eso lo sabemos desde sexto grado ¿Cual es el misterio? —


Phoebe, quien era por muchos considerada la chica mas lista y paciente de la
escuela, hizo a un lado a su novio y se acercó al rubio.

—¡Que todo lo que escribía y sigue escribiendo te lo dedica a ti! Cada letra,
enunciado, párrafo. ¡Tú eres el "mantecado" de su vida! Ese gato se lo di porque se
parece a ti y ni siquiera de eso te has percatado.

110
Arnold se quedó de piedra, Gerald agradeció que no matara a su "viejito" si era un
poco lento para las cosas del amor, pero en general era un buen tipo, lo seguía
queriendo en su vida.

Helga por su parte, comentó algo como:

—¡Dios! ¿Así es como se supone que guardas mis secretos?

—No, así es como evito cometer, homicidio.

Mantecado despertó por los gritos de la morena, lo observó a los ojos,


destrozándolo, disfrutándolo.

Vergüenza.

¿La olían los gatos? él pensó que sí y examinó a la bola de pelos. "NO SE
PARECÍAN EN NADA" él no fue creado por Satanás, sólo consiguió que un volcán
no hiciera erupción, al momento de nacer pero no había nada de anormal o
extraordinario en eso. El gato le sostuvo la mirada, él recordó las palabras de su
novia al momento de preguntarle si era esa su descripción de una mascota. "es mi
descripción del amor de mi vida" sintió como la sangre coloreaba sus mejillas a
causa del bochorno. Helga trató de decírselo en todo momento, "él es el mi amor, tú
un melenudo" Claro, él era el idiota número uno de todo Hillwood porque jamás pudo
ver lo que tenía ante sus ojos.

Mantecado sonrió, como si leyera sus pensamientos. ¿Los gatos no podían hacer
eso, cierto? Decidió que en serio, odiaba a ese gato. Y sobre lo que leyó Gerald,
sobre lo que dijo Gerald.

Se sentía tan culpable…

Helga suspiró, aclaró su garganta y dijo que si ya habían terminado, cubrió su cuota
de humillación pública por una semana, mes o quizás hasta año.

—No, Helga. No hemos terminado —comentó Phoebe. —He estado analizando lo


que dijiste hace un momento, referente a tus padres. ¿Fue por eso que talaron el
árbol?

—Si…

—Pues si es así, teníamos diez años. Tú no puedes seguir castigándote por eso, y
aún si quisieras, si lo consintieras, asumo que perder tu "vía de escape" fue
suficiente condena.

—No para eso…

—Helga…—Phoebe miró a los chicos y decidió que necesitaban un poco de


intimidad, les ordenó que se fueran, porque eso de pedir no se hacía con el puño
cerrado y mirada asesina.

Gerald accedió, solo pidió que por lo que más quisiera, no la dejara "hurgar" en sus
cosas.
111
—¡Cómo si me interesaran las revistas de modas y chicas que tienes bajo la cama!

—¡Yo no tengo…!

—¡FUERA, LOS DOS AHORA!—interrumpió Phoebe porque sabía la habilidad que


tenían esos dos para empezar a pelear y olvidarse de lo importante. Cerraron la
puerta detrás de sus cuerpos. Mantecado se acomodó junto al umbral como todo un
soldado.

"Por aquí nadie pasa"

—Helga…

Phoebe sintió que aunque la conocía de toda la vida y creía ser la única testigo de
las múltiples facetas de su amiga, había demasiadas cosas que aún no sabía. ¿Por
qué no se lo decía? ¿A caso, alguna vez la hizo sentir incómoda? ¿No confiaba en
ella?

—No te lo dije por ninguna de las razones que sé que estás pensando…—comentó
Helga, como siempre. Leyendo sus pensamientos, viendo a través de sus miedos.

—¿Entonces?

—Tú, eres como lo mejor y más puro y bueno que he tenido en mi vida. Así que en
algún momento pensé que si te compartía todos los horrores con los que vivía, los
temores, el dolor. Te contaminaría y esa pureza, esa belleza tan característica tuya
se mancillaría.

—Helga…—Phoebe se abrazó a ella, porque sus sentimientos seguían siendo


nobles y hermosos. Porque se seguía preocupando por ella, cuando debía
preocuparse por sí misma. Y evocando el pasado, todo lo que supo de aquel
altercado, fue que sus padres "la descubrieron" la buscaron por todos lados y no la
encontraron.

Nunca le dijo donde pasó la noche, pero a la mañana siguiente contrataron a alguien
para que talara el árbol.

En las columnas de la "Señorita G" hubo toda una semana dedicada a la "naturaleza"
Harold adoró esas letras, Sheena, Lila y varias personas también. Creían que se
refería al viejo Pete, o que hablaba de la vida en sí.

Sólo ella logró leer entre líneas, sólo ella supo que las referencias al viejo amigo, el
secreto confidente, aquel que te acompaña en tus momentos más desesperados y
que finalmente se aparta, estaban dedicadas al árbol que le brindaba más que sus
brazos, alas para volar.

112
Concluyó el abrazo diciéndole a su amiga que no era ninguna clase de monstruo o
ser desalmado, que ni ella ni Gerald, y por supuesto Arnold, iban a dejarla. Que no
tenían motivos para odiarla, que los padres son los que deben proteger a sus hijos
y que si bien ella estaba decidida a ser la escudera y no la princesa de su cuento de
hadas.

Aún eran niños...

—Teníamos diez años, Helga. Tu madre no tenía ningún derecho a ponerte en el


medio, es más ni siquiera debió pronunciar tu nombre porque lo que ella tenía que
hacer, era protegerte de todo mal. Lamento que no sucediera así, que te hiciera
sentir culpable, porque supongo que con el alcohol y los estupefacientes, más de
una vez debió haberte culpado por las acciones de Bob.

—Así es…

—Pues no es tu culpa, mírame a los ojos Helga. ¡No lo fue! Tú no tenías porque
estar en el medio, no tenías porque escucharlos o verlos. No tenías por qué consolar
a tu madre cuando era ella quien consentía los maltratos de tu padre.

—Miriam le tenía tanto miedo…

—Lo sé, es una reacción natural tenerle miedo a aquellos que nos lastiman, pero tu
madre lo permitió…—Phoebe iba a continuar con su discurso hasta que unas cosas
llevaron a otras y fue una conclusión totalmente diferente a la que llegó.

"Jake" él estaba intimidando a Helga, la estaba presionando tanto que su amiga


llegó al límite, evocó su pasado, recordó a sus padres, cometió una estupidez detrás
de otra porque obviamente, estaba decidida a no repetir la historia de Miriam. Los
temores de Arnold estaban bien justificados. ¿Por qué desconectó la línea de
teléfono? ¿Por qué ya no respondía sus mensajes y llamadas a celular? Ella pensó
en eso a lo largo de toda la noche pues desde que salía con Gerald, asumía que
Helga decidió concederle intimidad pero no se trataba de eso.

¡Helga ya estaba siendo acosada por Cabot!

¡Lo mataría!

Bueno, ella no era así de imprudente, ambiciosa o visceral, pero sí descubriría lo


que Helga les estaba ocultando. Todas las llamadas telefónicas dejaban un registro
electrónico en algún lado, los mensajes también. Puede que Gerald pudiera
ayudarla o Jamie 'O ahora que trabajaba en el departamento de justicia de otro
condado porque la "situación" laboral de su padre no permitió que ingresara al de
Hillwoood, pero tenía acceso a claves y esas cosas que necesitaban.

La rubia sollozó otro poco, sin alarmarse por el silencio que recientemente se había
creado, la animó a que recompusiera su estado.

—Sé que fue duro, que intentas pagar alguna clase de culpa, pero no tienes qué
hacerlo…

—Phoebe…

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—No, Helga. Por esta vez en la vida hazme caso. —tomó el rostro de su amiga con
ambas manos, la miró a los ojos y comentó. —No eres un monstruo, no le debes
nada a tus padres porque si fuera así, no estarías sufriendo por esto. Tienes
sentimientos, corazón. Eres una persona maravillosa que no sé como es que ha
podido sobrevivir a todo esto, sin pedir ayuda a nadie. Pero ahora que lo haces, te
juro por nuestra amistad que no vamos a dejarte caer.

—Gracias.

—Eres fuerte, la persona más fuerte que he conocido y eso no va a cambiar. ¿Saber
por qué? Porque Arnold te ama…—Helga se ruborizó hasta las orejas y su amiga le
aseguró que era cierto. Su único defecto era el nulo interés por la poesía o literatura
en general, pero no todos los hombres podían ser perfectos. Gerald, coleccionaba
más revistas de modas que de deportes.

—Es una niña.

—Una que tarda en arreglarse más que yo…pero así lo amo.

—Yo también lo amo, —comentó refiriéndose a Arnold. —Aunque jamás, me haya


notado.

—Ahora te nota y el lunes en la escuela, todos lo comprenderán y aceptarán de la


misma manera en que hizo Gerald.

—Aún no te perdono por convertirme en una "gorda en pausa"

—Si lo hiciste, cuando te dije que a Rhonda le dio un tic nervioso que casi terminó
en parálisis facial, lo hiciste.

En la sala Jamie 'O observaba a los chicos con gesto reflexivo, se burló
internamente. "Problemas de chicas" jamás creyó que vería así a su hermanito y a
su amiguito.

—¿Qué pasa, gusanos? ¿Los corrieron por meter las manos donde no debían?

—¡NO! —gritaron los dos.

—¿Entonces los corrieron por no meterlas manos donde no debían?

—¡DIOS! ¿QUÉ ESA CLASE DE MIERDA ES LA ÚNICA QUE TIENES EN LA


CABEZA?—se quejó Gerald para deleite de su hermano.

—No, sólo quería comprobar que aún seguían respirando. Parece que llevan todos
los problemas del mundo sobre los hombros y si los conozco como creo que lo hago,

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diré que una vez más se metieron en más problemas de los que pueden controlar.
—Arnold y Gerald miraron a Jamie 'O como el adulto responsable que desde hacía
un par de años era. El moreno les pasó un par de cervezas. Atrás quedaron los años
de beber soda para olvidar el dolor.

—¿Qué es esta vez? ¿Tiene que ver con el asalto que no fue un asalto?—Gerald
tragó en seco, su hermano, no preguntaba. Afirmaba. —Tal vez puedas engañar a
mis padres, porque claro, sigues siendo su bebé. Pero para mi, eres un gusano en
la cuerda y nadie te golpea que no sea yo. —Gerald miró a su hermano como si
fuera lo que en realidad era. "un oficial de policía ampliamente calificado" y asintió.

—Entonces, "extraoficialmente" ¿Qué sucedió? La rubia que trajeron, no fue la que


te golpeó ¿Cierto?

—¡No! Al que golpeaba era a él. —se defendió señalando a Arnold quien se molestó
de inmediato. Jamie 'O sonrió, chocando su cerveza con la del rubio. —Y ahora te
golpea duro contra el muro. ¡Bien hecho! —Arnold casi se ahoga con el trago recién
dado, Gerald estalló a carcajadas chocando los cinco con su hermano.

—¡Que solo dormí en su sillón! —bramó, dejando la cerveza en la mesa de centro.

—Pues claro, con la mano que tiene lesionada ¿Cómo iba a pasar algo más…?—
comentó el mayor, dejando su cerveza vacía por igual.

—Eso no los detiene de estar como sanguijuelas. —comentó Gerald haciendo


ademanes con la lengua y las manos.

—¡BASTA LOS DOS!—gritó Arnold, sintiéndose mucho más molesto.

—Nop, quiero saber la verdad. ¿Quién te golpeo y a quien golpeo?

—Yo te daré la exclusiva porque creo que podríamos necesitar de tu ayuda. —


comentó Phoebe entrando en la sala y dejando en claro que tenían pocos minutos.
Su amiga estaba en el baño, no creía que se tardara demasiado.

—Cuñada…—saludó el moreno con efusión.

—¿No tienes cervezas para todos? Helga, podría sorprenderte.

—¿Helga…?—inquirió Jamie buscando en su base de datos mental. —¿El "Terror


Pataki"?

—La misma.—concedió con una sonrisa de lo más esplendorosa.

—¡Vaya! No sabía que le gustaban los…—Arnold puso tal expresión de fastidio que
el moreno no terminó la oración.

—¿Se puede saber cómo es que la conoces?—preguntó impresionado. Al parecer


todos la notaban, menos él.

—¡Tu chica, es una Diosa para las luchas! Siempre que vayas a la arena apuesta al
mismo que ella. ¡Jamás pierde! Bueno, si hubo una vez pero se enfadó tanto por el
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resultado que ella misma saltó al ring y fulminó al vencedor. El árbitro levantó su
mano y preguntó su nombre.

"Helga, el Terror Pataki" Todos le entregamos nuestro dinero, alguien hasta arrojó
su ropa interior. Fue épico.

—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Gerald.

—¿Cuánto llevas sin usar pañal?

—¡CONCENTRENSE!—gritó Phoebe.

—Tendremos tiempo, si el gruñón va a distraerla.—comentó el mayor. Arnold contó


hasta diez y se levantó. ¿Así sería cuando todos en la escuela lo supieran? ¿Cada
persona que conociera encontraría un momento para restregarle lo idiota y falto de
sentido común que era? Claro, por qué no. Hasta donde estaba entendiendo a Helga
solo le faltó pilotar un avión y escribir en el cielo cuanto lo amaba.

Fue escaleras arriba, hasta alcanzar la habitación de Gerald, ella ya estaba ahí con
la Gaceta en manos, releyendo sus letras.

—Lamento, no comprender la poesía.

—Si lo hicieras, tal vez no me gustarías tanto. ¿Dónde fueron Phoebe y Gerald?

—Nos están dando espacio.

—¿Más?

—¿A qué te refieres?—cerró la puerta detrás de sí. Seguro de que Phoebe ya habría
descifrado algo que conectaba a Cabot con el pasado de Helga, sus miedos, su
culpa. ¡Ese bastardo era el causante de todo esto!

—Estoy segura de que ni siquiera ellos, se han besado como nosotros en este
cuarto.

—Te volveré a besar así, cada vez que pienses que debes pagar un precio por estar
a mi lado.

—Arnold…

—Te amo, no lo supe hasta ahora. Pero eras tú, siempre tú.

—Y dices que no entiendes la poesía.

—No son metáforas, es la verdad. Quiero estar a tu lado, lo que abre el preámbulo
a otra cosa que te quería preguntar.

—¿Me vas a pedir matrimonio?—inquirió con sorna. No había diversión en el rostro


del rubio por lo que ella sintió que se le secaba la garganta y le temblaban las
piernas.

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—No, somos muy jóvenes para eso, además de que no hemos conversado en
absoluto de ello. Quiero que te quedes con nosotros, en la casa de huéspedes.

—¿Qué? —ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Es una casa de huéspedes, mi habitación es la más apartada del resto, pero si
aún así te parece incómodo, creo que podría convencer a mis abuelos de ponerte
una cama en el salón de lectura. Estarás segura y si intento cualquier cosa, ya sabes
"mi abuela va a castrarme"

—¿Estás hablando en serio?

—Si dices que no, será a la inversa. Convenceré a mis abuelos de quedarme
contigo.

—¡Espera! ¿Por qué…?

—Porque Jake sabe dónde vives, intentó hacerte salir rompiendo tu foco y ventana.
Además no creo que lo detenga el hecho de que seas una mujer.

—Sé defenderme…

—Lo sé y ese es el punto, que si vamos a estar juntos. Lo hacemos en todos los
sentidos, los dos defendemos, ninguno se esconde. No más.

CAPITULO 10

—Arnold…—el escepticismo en los azules ojos de la chica hicieron probable la idea


de tenerse que mudar. ¿Cómo se lo diría a sus abuelos? es más ¿Cómo lo tomarían
sus abuelos? Hasta donde ellos sabían, él y Helga solo llevaban un día de novios...

Un día y ninguno de los dos la llamaba por su verdadero nombre. Sonrió, evocando
la forma en que la referían.

Geleanor y Eleanor.

¿De dónde salió ese nombre? ¿A caso ella podía ser todas y a la vez ninguna?
¿Dónde estaba la verdadera Helga? La única, auténtica, la que hacía que sus

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sentidos se pusieran al máximo, la que ponía a prueba sus demonios internos, la
lava ardiente de su volcán.

La observó de nuevo, de pie ante él, la gaceta terminó sobre el escritorio de Gerald,
sus ojos lo estudiaban atentos, directos, emulando decisión cuando por dentro se
encontraba sufriendo.

—¿Aún no me crees?—preguntó, acercándose a ella. Acarició su mejilla, Helga


cerro los ojos agradeciendo el contacto, luego se tomó la libertad de llevar un
mechón rebelde de rubio cabello a la parte trasera de su oído. Pataki suspiró, tímida,
trémula. Él la disfruto, porque en verdad le gustaba verla así, trágica, dramática. La
princesa del cuento encantado.

Pero sabía bien, que ella era más que eso.

—¿No he logrado convencerte de que te amo? —preguntó colocando los dedos


sobre su barbilla, ella lo miró. La decisión permanecía en su mirar, junto al temor.

—No se supone que tengas que convencerme…—comentó mirándolo con una


nueva intensidad. —Creo en lo que veo y en lo que escucho. Sé que hablas en serio,
Arnold.

—¿Entonces? ¿Por qué siento que te estás alejando?

—Me pides que renuncie a mi…

—Eso no es…—Helga lo interrumpió, rehuyendo al contacto de sus manos,


apartándose lo mínimo para continuarse explicando.

—Mi casa, mis pesadillas, mi convicción. ¿Qué pasará cuando lo que quede, no sea
lo que quieres? —él no pensó exactamente eso, aunque ahora que lo
mencionaba ¿A caso estaba diciendo que necesitaba flagelarse día con día para
enfrentar el mundo con esa arrogancia tan característica suya? ¿Era posible que
esa fuerza que amaba en ella, esa seguridad y pasión, vinieran de la mano con el
dolor?

Por supuesto.

Pero ella negaba el dolor, rehuía a su pasado, lo enterraba junto al amor y por eso
en lugar de decir "te amo" pregonaba "te odio" la contempló a totalidad, no solo sus
cabellos desordenados, cayendo por buena parte de su cara, los ojos azules con
ese amor incondicional, irrefrenable, las mejillas sonrosadas, los labios llenos,
mismos que como siempre, ya se moría por probar. Admiró su fortaleza, ya que
cualquier otra persona, luego de confesar lo dicho o de vivir lo mismo, ya se habría
dejado derrotar. Se habría dado al alcohol o las drogas, en la preparatoria era
bastante sencillo acceder a ambas cosas, había grupos que te ofrecían, te invitaban
una probada o si querías más intimidad, bastaba acudir a las fiestas o bares
indicados.

Helga pudo caer en algo así, pero seguía aferrada a ser como es…ingobernable,
inquebrantable. Sus ganas de luchar se estaban desvaneciendo, pero en lugar de
rendirse, ser cobarde y huir, se mantenía en pie, por él…

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¿Cómo lo llamó anoche? El inventado y que nunca fue contra el apuesto rubio que
ahora es.

Aún si esto era karma. (Cosa que sinceramente, seguía sin creer) él quería
permanecer a su lado, luchar sus batallas, arrebatarle el dolor...

—Quiero todo de ti…—pronunció sin chistar. Helga lo miró impresionada,


ligeramente desconcertada. Lo supo porque hubo vacilación en sus ojos y una
maldición, no pronunciada en el temblor de sus labios.

Él le sonrió y continuó explicando. —Quiero que vivas conmigo porque soy yo el que
necesita sentirse tranquilo. Porque no lograría dormir una sola noche sabiendo que
hay otro tipo que te ha besado y que además de eso, desea hacerte daño. Nunca
dije que no llevaras las maletas, tus miedos, pesadillas, lo que quieras traer a
cuestas, te ayudaré a cargarlo.

La carta, por cierto. Sigue siendo parte del trato.

—¿La que nunca pensabas darme…?—inquirió con apenas un hilillo de voz. Arnold
sí que sabía como dejarla sin aliento, argumentos, pretextos…

La madurez propia de la adolescencia le había otorgado una seguridad notable. Ya


no se andaba por las ramas, decía lo que pensaba y le encantaba.

—Si…—hubo un silencio entre ambos, como si una vez más se retiraran a sus
esquinas para planear la siguiente estrategia. ¿Esto era una pelea? ¿Un duelo de
confesiones? ¿De voluntades? ¿Por qué todo con él…era tan diferente?

—¿Y por qué…?—preguntó recuperando el aplomo, viajando en su nube


haciéndose mil ilusiones porque quizás…quizás, él la amaba desde antes, pero no
se atrevía a confesarlo.

—Porque...honestamente, no tengo idea de lo que escribí en ella.

—¿¡Qué!?—gritó molesta. Él se rascó la nuca, sabía que se enfadaría, pero era la


verdad.

—Hay rituales,—explicó. —Ceremonias en las que participé para ganarme el


respeto y honor de la tribu. Una de esas incluía meditar frente a una hoguera, relajar
el cuerpo, aislar la mente…

—Tu mente siempre ha estado aislada Cabezón…—se burló. No porque deseara


interrumpirlo, sino porque "necesitaba" interrumpirlo. Su mente, hiperactiva desde
siempre creaba infinidad de escenarios. Las palabras "rituales" y "tribu" la llevaban
a pensarlo con muy, pero muy poca ropa.

—¿Me dejas terminar? —Pataki dijo que sí pero negó con el rostro. Él la miró sin
entender el bochorno en sus mejillas y la mirada esquiva. ¿Creía que esto, que le
decía era una broma?

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—Helga…—la llamó, porque aparentemente, en su relación. La única con derecho
a ponerse "seria" era ella. Y eso lo enloquecía, acrecentaba la lista de cosas en esa
mujer que lo sacaba de sus casillas.

—¡Te estoy escuchando!—se defendió, pero seguía sin mirarlo. —¿Por qué no lo
recuerdas? ¿Qué era lo que conseguías luego de meditar frente a una hoguera y
aislar tu mente?

—Volver a dormir…—respondió con un barítono que no sabía, ni de donde se sacó.

—¿¡Qué…!?—inquirió ahora si, mirando el conjunto completo. Porque no es que no


lo notara antes, ella siempre lo notó desde antes, pero Arnold Shortman era más
que un simple rubio apuesto. Estaba bellamente trabajado, muy bien esculpido, esos
músculos que había tenido en torno a su piel a lo largo de la noche entera,
aparecieron cuando volvió de la selva y su cerebro, entre más pensaba en eso,
estaba dejando de enviar la señal para que entrara el oxígeno necesario a su cuerpo.

La forma en que la miraba Arnold, esa oscuridad seductora que descubrió apenas
ayer que la volvía loca, estaba otra vez ahí, juzgándola, retándola…se mordió el
labio inferior y fingió sumo interés en lo que sea que le estaba diciendo.

—Tú me quitas el sueño, Helga…

—¿Qué…? —¡Dios, si que la ponía idiota! Nunca había repetido la misma palabra
tantas veces en un periodo tan reducido de tiempo. Shortman sonrió, acortando la
distancia entre sus cuerpos, ella sintió que si se acercaba más se moriría ahí mismo
y si la tocaba ¡Mejor que no la tocara! —se replegó hacia atrás, el chico se extrañó
por el acto. Pensó que estaba molesta o que su confesión aún le parecía una broma
pero nada de eso explicaba el nerviosismo y bochorno, la forma en que humedecía
sus labios, el cómo miraba su cuerpo, porque obviamente, él notaba cómo miraba
su cuerpo.

—¿Me estás escuchando o solo finges para tenerme ocupado?—Helga dio una
inhalación profunda, calmó sus impulsos, sus ansias. Tenía años de experiencia en
eso, lo tenía controlado. Si, controlado. —se mintió.

—Te estoy escuchando…—insistió, sin mirarlo a los ojos, porque esa mirada oscura,
peligrosa y sexy era lo que indudablemente la llevaría a la perdición.

—Mientes.—sentenció.

—¡No lo hago!—replicó.

—Puedo ver claramente que estás divagando.

—¡Tengo problemas de concentración! —gritó. —Aparecieron el primer día de


escuela, cuando fuiste estúpidamente amable y te convertiste en mi fantasía
delirante.

—¿Perdón?—se burló, agradecido y halagado por su honestidad.

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—¡Que te hagas a un lado! ¡Agotas el oxígeno en este cuarto, tan absurdamente
reducido, y por ultima vez. Sí te estoy escuchando!

—¿De verdad, que fue lo último que dije?

—¡Algo de que no puedes dormir! —respondió un poco furiosa, aunque sus mejillas
seguían rojas y sus labios humectados. Él se acercó otro poco más, Helga ya no
tenía a dónde escapar, chocó con el escritorio de Gerald, él prosiguió, quizás con
intención o gozo, de saberse su perdición.

—Así es, intento decirte que cuando estaba con mis padres, lejos de todos y todo lo
que había conocido. Despertaba alterado, (omitió el "gritando") pensando en ti.

—¿Por qué en mi…?—miró sus ojos, la sensualidad de esos ojos, el poderío, la


fortaleza, mezclándose con su alma noble. Sintió que se le secaba la garganta, que
se le encogía el estómago, que quería anclarse a él, arrancarle las ropas y fundirse
en su piel…¡No Helga! ¡No pienses en eso!—se gritó de manera interna. Pero otra
voz le contestó a esa, que fue él, quien empezó. ¡Tan apuesto, maduro, ardiente!
¡Tan, él…!

—No lo supe entonces pero estoy seguro de saberlo ahora…—confesó. Mirando el


adorable rubor de sus mejillas, el nerviosismo de sus ojos, el temblor de sus manos,
la intención…que le hizo recordar sus sueños.

Las pesadillas que la incluían a ella y al ultimo de sus besos. Ese que se dieron en
navidad, dónde saboreó su lengua y se entregó al clamor de sus labios, dónde supo
indudablemente que se trataba de ella y que podría besar a otras, pero que ninguna,
lo besaría como Helga.

Un beso lento, que se volvió apasionado. Un beso que parecía hablar de ellos, lo
inconcluso, lo confeso pero jamás vivido.

En la pesadilla, él se rendía. Dejaba caer sus barreras, mandaba al infierno a esa


voz que decía que debía separarse de ella. Porque sí, eran conocidos, eran amigos,
pero jamás habían compartido algo tan íntimo. Helga era su "bully" pese a haber
confesado amarlo, era la mujer que lo ponía contra las cuerdas y le hacía perder
toda pelea. Era la que le daba la mano y después volvía a tirarlo o patearlo. Era la
mujer que quería y a la vez temía porque si lo entregaba.

Helga G. Pataki, haría pedazos su corazón.

Él lo sabía, lo comprendió desde el principio, que sus pasiones eran desmedidas,


que ella era fuego y él viento. Que uno de los dos, si es que terminaban juntos
consumiría al otro, pero por alguna razón, no podían mantenerse demasiado lejos
del otro. Intentaba olvidarla, negarla, conformarse con ser su amigo, hacer caso
omiso de todo lo dicho.

Pero cuando lo estaba logrando, cuando conseguía avances con Lila o cualquier
otra chica, aparecía de nuevo. El encuentro inesperado a medio pasillo, el choque
de sus cuerpos, la pelea entre ambos, el movimiento de sus labios diciendo mil
maldiciones, cuando todo lo que pensaba él, era que quería besarlos.

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Más no se atrevería a tocarlos porque él, era el caballero, el muchacho amable, el
que siempre pedía permiso…Y ya estaba cansado, de seguir las reglas del manual.

La besó de la exacta manera en que habían hecho e hizo lo que en el sueño tanto
había repetido. Se abrazó con una mano a su barbilla, con la otra a su cintura, la
pegó de tal manera a su piel que la sintió entre sus formas con toda su fortaleza. Y
no tenía idea de qué era con lo que Helga había estado divagando pero debía estar
en la misma línea de pensamiento puesto que sus manos, lo aferraron de la exacta
manera, la muñeca herida en su cuello, la otra por la parte baja de su cintura,
pegando sus pechos, separando las piernas, acomodándose a él, moldeándolo a él.

Hubo un momento en que los alientos se agotaron y sus labios se separaron, él no


quería liberarla, dejarla…mordió el labio inferior de la mujer como hizo en su casa
pero en esta ocasión sí logró lastimarla. Helga lo dejó hacer, lejos de abofetearlo o
tirarlo y golpearlo, lamió la herida recién abierta y lo miró con desafío.

¿A caso no eran los dos jugando con fuego? ¿Deseando rebasar los límites,
conocerse, sentirse? Helga lo retó con un movimiento de rostro, en realidad no supo
si eso fue lo que hizo, pero él así lo sintió.

Su fuego, la lava ardiente del volcán.

La acorraló de nuevo y se olvidó de pensar. La levantó por los glúteos, sacándole


un grito que ahogó al reclamar su boca. Helga enredó las piernas en torno a su
cintura y se aferró a él para no caer, hubo tiempo para la sorpresa, para la vacilación,
para que le temblaran las rodillas puesto que este era un movimiento nuevo y jamás
había intentado levantar a su novia.

El equilibrio se fue al demonio, intentó apoyarla, pero no alcanzaron el escritorio o


la pared, chocaron contra el librero que sostenía sobre la parte mas alta un trofeo
de baloncesto que por el impacto de sus cuerpos juntos se fue irremediable a la
nada y se rompió en pedazos.

Helga gritó, él la bajó, o quizás fuera mejor decir que la dejó caer una vez recordó
donde estaba la cama de su amigo. Ambos tenían ahora las respiraciones agitadas,
los labios hinchados, las ropas fuera de sitio...

Gerald, iba a matarlo.

En la parte baja de la casa, Jamie 'O intentaba hacer algo con la información que
recientemente le habían dado. No le gustó lo primero, aborreció lo segundo y
definitivamente iba a rumiar durante horas por lo tercero, pensó en comenzar su
discurso diciéndole a Gerald que estaba "bien" que defendiera a su amiga, que
persiguiera a ese loco, pero que estaba tremendamente "mal" que lo hiciera sin estar
preparado.

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Tenía las palabras exactas en la punta de la lengua cuando se escuchó un sonoro
golpe, en la parte de arriba seguido del grito de la rubia.

Los tres se miraron con sorpresa. Obviamente el lobo feroz no estaba en la casa,
era imposible que Jake Cabot irrumpiera en "su" casa y por tanto la explicación era
solo una.

Se dibujó en sus labios, en la sonrisa bobalicona que hizo que Gerald se pusiera
más pálido que la misma muerte y Phoebe más incómoda que cuando sus padres
insistieron en que viera las fotos de Gerald de bebé.

Era un bebé lindo.

Y hablando de niños…

—¡ESTÁN HACIENDO BEBÉS! —gritó como lema de guerra, como el líder de los
Espartanos con escudo y lanza en mano. Su hermano saltó del sillón, subiendo las
escaleras lo más rápido que pudo gritando como era de esperarse a todo pulmón.

—¡NO PUEDEN HACERLO EN MI CUARTO! ¡NI SIQUIERA YO, LO HE HECHO


EN MI CUARTO!

Jamie'O estalló a carcajadas, Phoebe en serio que no encontraba dónde


esconderse. Su "cuñado" le dio golpecitos en la espalda para tranquilizarla
argumentando que Gerald era tan torpe, algunas veces, de verdad, le facilitaba tanto
el burlarse en su cara. Y si "lo estaban haciendo" el susto que se llevaría al abrir la
puerta, no tendría nombre, ni apellido.

Phoebe suspiró, Gerald obviamente no pensó en eso. Pensó en años de


psicoterapia para volver a dormir en su muy amada y pachoncita cama.

Abrió la puerta de un solo golpe y encontró a los culpables de su mal humor, los
morados en su cara y de que no tuviera un fin de semana "romántico" manoseando
"algo" en su escritorio.

—¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?! —los rubios levantaron las manos, como si aquello
fuera un arresto y mostraron el cuerpo del delito. Descansando sobre la madera
opaca, partido en tres partes que eran las mismas que lo conformaban.

Antes de que comenzara a gritar, porque como todo adolescente tenía su carácter
y su habitación era su templo, mismo del cual él era el Dios, absoluto, inquisidor y
quizás….muy en el fondo benévolo.

Helga lo cayó.

—Puedo repararlo, soy bastante buena de hecho. Años de experiencia destruyendo


y "reparando" los trofeos de Olga, sin jamás ser atrapada y antes de que lo digas.
No fue un acto premeditado, nosotros…

—NO ME HAGAS PENSAR EN USTEDES COMO UNA UNIDAD. —respondió


furioso. Y los obligó a separarse.

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Esta, no era la primera vez que ese trofeo se caía y se partía. Timberly lo había
botado accidentalmente cuando golpeo el librero con una pelota, porque la "señorita"
no entendía que el soccer se practicaba afuera y no "dentro" de la casa. Su madre
lo tiró cuando movió el librero para "levantar" su chiquero. Su padre y hermano lo
tiraron como seis veces más cuando su lugar no era ese, sino una de las mesas de
la sala.

No era "el gran trofeo" estaba hecho de resina y plástico, mal acabado y no
representaba un primer lugar o un oro. Era de color plata y decía segundo lugar,
pero hacía referencia a una competencia estatal y eso era lo que le gustaba de
tenerlo postrado.

Los "novios" lo miraron temerosos a la espera de su veredicto y él tuvo que tragarse


los argumentos al caer en la cuenta de que, la que estaba más "desvestida" era
Helga. Su camiseta tipo jersey estaba fuera de sitio, sus cabellos sueltos más
enmarañados que de costumbre, pero la cereza del pastel, no era esa, sino que
tenía una herida como la propia, en los labios.

Al "Terror Pataki" nadie la había marcado con un puñetazo en la boca. Su novio,


casi le arranca la boca. Y eso de verdad, le agotó la paciencia.

—¿Helga, por qué no bajas con Phoebs en lo que yo hablo con Arnold?

—En serio, puedo...

—¡NO ME IMPORTA EL TROFEO! ¿Puedes salir, antes de que me porte como un


verdadero tarado, contigo? —la rubia asintió, el bochorno visible en sus afilados
rasgos y antes de que atravesara el umbral por completo, Gerald comentó.

—Tal vez quieras acomodarte la ropa primero, mi hermano…

—Entiendo y de verdad, lo siento…—cerró la puerta y corrió a esconderse en el


baño con la vergüenza ardiéndole mucho más que los labios, además de la maldita
muñeca doliendo como el infierno porque le dio miedo y sorpresa y se aferró al cuello
de la camisa de Arnold con todas sus fuerzas temerosa de caer, aunque ahora no
sabía el por qué.

Él nunca la dejaría caer. Era fuerte, indómito, salvaje…

¡Dios…!

¿Y así, quería que se fuera a vivir con él?

Gertrude, iba a castrarlo.

124
—¿¡TE VOLVISTE LOCO!?—gritó Gerald, sumamente molesto. Porque las dos
veces que habían comprometido la santidad de su cuarto, el que comenzó fue
Arnold.

—Lo siento, Gerald.

—¡No! ¡No lo sientes, porque si fuera así, no la estarías provocando!

—¿Qué, tienes cámaras?—preguntó molesto, frustrado porque aparentemente


Gerald, se había auto proclamado el guardián de la virtud de Helga.

—No me hacen falta, sé leer a las personas y de los dos, ella era la única con los
labios rotos. Escucha, sé que es tu novia, entiendo que sea más que bonita…

—¿Que dijiste...?—inquirió con aún más molestia en la voz. Gerald supo por dónde
iba y le agradó la idea de arrojar más leña a la hoguera.

—Que no es bonita, es sexy…ardiente.

—Retráctate.

—Todos antes que tú ya lo habíamos notado. ¿Por qué otra razón crees que vamos
a verla jugar? Jake Cabot es un animal en celo, pero al menos es un animal honesto.
¿Cuál es tu pretexto?

—¿Estás comparándome con Cabot?—preguntó, ya no molesto. Sino furioso,


porque el dedo seguía en la yaga. El hecho de que todos vivían en este mundo,
menos él. ¿Qué le pasaba a su mente? ¿Se iba a Narnia y no regresaba? No era el
momento de pensar en eso. Era el momento de decirle a Gerald que bajara los
humos o él, le rompería lo que le quedaba de cara.

—Estoy tratando de entender, viejo. Sé que la loca era ella, la enamorada,


apasionada. Si sigues con esta "patética idea" sugiero que vayas a la P.S 118 y
pidas los números de las Gacetas donde publicó "La Señorita G" a todo nos hizo
reflexionar, amar, crecer…

—Gerald,—interrumpió. —¿A dónde quieres llegar con esto? ¿Y a qué te refieres


con patética idea?

—Me refiero a que puedo con el hecho de que siga enamorada de ti, pero ¿Cómo
esperas que crea que de la escuela a tu casa, te enamoraste también?

—¿Perdón?—inquirió pasando de la furia al deseo homicida. ¿Quién era él para


cuestionar sus sentimientos por la mujer?

—Por lo que veo y entiendo. Al igual que a Cabot, a ti solo te gusta su cuerpo…—
Arnold soltó el primer golpe, mismo que fue esquivado y respondido.

En sus años de amistad, varias veces se habían peleado y no en todas Shortman


salía bien librado. Esta vez era diferente, porque le ofendía y enloquecía todo lo que
el moreno decía. ¿A caso Gerald, guardaba más que sentimientos de amistad por
Helga?
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Se lo preguntó.

—¿No serás tú el que desea estar con ella?

—Tanto como desearía, pasar la eternidad en el infierno.

—Entonces, no entiendo…

—Porque eres denso, Arnold…—el calificativo le enfureció y en esta ocasión, sí lo


derribó y golpeo. Johanssen escupió un poco de sangre, el labio inferior se le volvió
a abrir y sonrió con dientes blancos, manchados de carmín.

—Helga, es la hermana de mi chica. Yo no pretendo otra cosa, más que llevarme al


altar a mi novia. Puede que no ahora, pero cuando terminemos nuestras carreras,
estemos titulados y tengamos muchos ceros en nuestra cuenta. Phoebe será mi
esposa y eso convierte a Pataki, en familia.

—¿Espera, qué...?

—Mi propia hermana, está convirtiéndose en una mujer de lo más hermosa y mi


trabajo es procurar que no existan "Jake Cabot's" en su vida. Cuidar de Helga, puede
que me ayude a proteger a Timberly, así que disculpa si debo insistir.

Arnold, que para estas alturas estaba encima del otro con los puños cerrados, en
espera de asestarle el golpe fatal se disculpó de manera interna por haberle abierto
el labio a su mejor amigo, por haber pensado cosas que no estaba permitido pensar,
por besar de manera arrebatada, alucinante y apasionada a su novia dentro de una
que "no era su alcoba" e iba a decirlo en alto, pero Gerald no era precisamente un
luchador honrado.

Le colocó un puñetazo en el ojo izquierdo, lo derribó al piso y preguntó de nuevo,


haciéndole una llave de lucha que seguramente todos conocían menos él, porque
no veía luchas, ni participaba en ellas, ni acostumbraba acabar de cara al piso con
un moreno que pesaba como el tormento rompiéndole los huesos.

—¡No fue de la escuela a mi casa! —replicó, golpeando el piso con la mano libre,
en espera de ser liberado. —¡Me gustaba desde antes, desde el Chez París, la
tercera vez que nos besamos!

—¿¡Tercera…qué!?—Gerald aligeró un poco la fuerza con que lo sometía, pero no


lo liberó. Ahora estaba molesto por no saber de qué diablos le estaba hablando. Al
Chez París, que él supiera. Sólo había ido con dos chicas: la primera era Cecile y la
segunda era Lila. ¿Dónde demonios encajaba Helga? ¿Y cuales fueron el primer y
segundo beso?

—No te lo dije nunca porque hablamos de Helga, mi bully personal, tú pensarías que
estoy loco.

—Ciertamente, eso es lo que pienso…—presionó un poco más el brazo que le


doblaba cruelmente hacia atrás y el rubio gritó.

—¡Gerald, basta! ¡Suéltame!

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—¡NO! —y fue su turno de convertirse en el vasallo del Diablo. Le susurró al oído,
como un sicario o un ser de lo más desalmado. —Me vas a decir todo lo que no sé,
supuesto "mejor amigo"

En la sala, Helga ya se había unido a Phoebe y Jamie 'O, el adulto responsable tuvo
la cortesía de disculparse e ir a meterse a la cocina. ¿Querían tacos?
¿Hamburguesas? Apostaba a que podía hornear un pastel.

—Hamburguesas estaría bien. —comentó Phoebs, recordando que Gerald, amaba


ese platillo en particular. Cuando quedaron a solas, Helga no sabía con qué taparse
la boca y eso le dio risa a su amiga. "¿Quien pensaría que esa era la forma de
mantenerla calladita y bien sentadita?"

—¿Sigues segura de que no han hecho nada de lo que te puedas arrepentir en no


sé, nueve meses aproximadamente?

—Totalmente segura…—respondió con la mano herida en la boca. La morena


disfrutó y picó otro poco.

—¿De verdad?

—¡Si!—se quitó la mano de ahí para darle más énfasis a su enojo. Ella sonrió de
lado y siguió.

—¿Aún no has contado los lunares que pueda tener en las abdominales y la espalda
baja?—inquirió. Porque lo intuía, entre más maduraban y la rubia insistía en seguir
pregonando su amor a los cuatro vientos. Ella sabía, que si llegaba a tenerlo, no se
podría controlar. Ya no eran fantasías, ya no eran poesías, ya no era la edad de los
unicornios rosas. Era la edad de las hormonas y la sorpresa era que aparentemente,
Arnold tampoco se podía controlar.

La envidió, porque Gerald era un caballero y ella estaba ligeramente…"interesada"


en algo más. Demasiado control parental en su vida, necesitaba portarse mal, lo
compensaba cuando salía con Helga, pero maldición.

La rubia se puso totalmente roja y volvió a taparse. Ya no la boca sino toda la cara.
Phoebe terminó por reír, soltó una risa afable, amigable. Helga la miró como si
estuviera loca. Sabía que Heyerdahl tenía el talento para reinar en el infierno, sin
jamás haber juzgado a nadie.

Sólo los picaría con su tenedor gigante, a la distancia prudente y sin sentirse
culpable.

Cuando iba a comenzar a molestarla también, escucharon los gritos en el piso de


arriba, los golpes que indudablemente hablaban de una pelea y las dos, junto con

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Jamie'O se miraron aleatoriamente como para decidir, ¿Quien iría a separar a los
niños?

—¡Tú tienes prohibido volver a salir de mi campo visual! —le comentó a Helga, quien
volvió a tomar un cojín del sofá y taparse la cara.

—Iré yo…—sugirió la morena.

—Pero si están peleando y te metes en el medio saldrás volando. —comentó Helga,


puesto que su amiga seguía siendo delgada y baja de estatura. Phobe no se ofendió,
sabía de sus nulas posibilidades en campo armado. A Jamie'O se le quemaba la
carne en la estufa, así que accedió a que subieran las dos.

—¡Pero más les vale que bajen los cuatro o los amarraré a una silla y los obligaré a
ver documentales de paternidad!

—¿¡QUÉ!?

—Si van a hacer bebés, deben saber como cuidarlos…

—¡NO ESTÁBAMOS HACIENDO BEBÉS!—gritó Helga, con el rostro incendiado


pero gracias al "beso" de Arnold, ninguno de los dos le iba a creer. Los gritos en la
parte superior aumentaron.

"¡YA SUELTAME!"

"¡JAMÁS!"

A las dos les dio pánico que de verdad se estuvieran golpeando, Gerald ya estaba
algo maltratado cuando llegaron y Arnold tenía las habilidades combativas de una
patata. Subieron corriendo, Jamie'O regresó a la cocina y comenzó a cantar.

"…PRIMERO TÚ ME DAS, LUEGO YO TE DOY…"

Pasaron de largo el pasillo de las habitaciones, todas abiertas con excepción de la


de Gerald, por el rabillo del ojo alcanzaron a ver a la abuela, sentada en su sillón
reclinable, viendo el televisor con Mantecado acomodado a sus pies, tejía o al menos
eso pretendía porque el peludo bribón estaba haciendo trizas la inocente bola de
estambre. Intercambiaron miradas, una vez alcanzaron la puerta indicada, ya no se
escuchaba nada.

Ni un susurro o murmullo.

—¿No creerás que…?—preguntó Helga pues Gerald se veía realmente molesto


cuando la corrió de su cuarto. Y como deportista que era, además de la hermana
ignorada, entendía que los trofeos eran importantes, marcaban la diferencia, hacían
saber tu posición en la familia.

Se sentía horriblemente mal por destruir esa maldita cosa. De hecho, se sentiría
menos culpable, si hubieran tirado su diploma de secundaria.

Phoebe le sonrió.
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—No creo que Gerald llegara a matarlo, recuerda que viene de una familia de
oficiales de policía. Pero puede que lo obligara a matarse a sí mismo o que esté
construyendo justo ahora, una delicada pero perfecta escena del crimen. —Helga
casi admiró el brillo malévolo en los fríos ojos de su amiga, recordando "por qué" se
hicieron amigas. Ambas amaban planear, eran metódicas, inteligentes y por
supuesto, cínicas y obsesivas. Ignoró el comentario y colocó los dedos de la mano
sana sobre el pomo.

Lo habían hecho decenas de veces, en la primaria y secundaria para espiar a Arnold


y la estúpida Lila cuando tomaban su almuerzo en cualquier otro salón para tener
intimidad. De recordarlo le hervía la sangre, pero bueno.

Ahora el pequeño "bastardo" era suyo y adoraba su enorme, balonesca y estúpida


cara.

No quería que se la deformaran. (más, a decir verdad)

Giró el pomo con soltura, Phoebe se acomodó por detrás, como siempre lo hacía,
cuidando sus espaldas, analizando las sombras a la espera de mirones, personal
administrativo o de intendencia que las hiciera correr como alma que lleva el diablo
en dirección de la nada. Abrió la puerta, apenas una rendija, las dos aguzaron su
vista y después…

Después…

Veían a sus novios, uno encima del otro en una posición de lo más íntima y una
gritaba, mientras la otra huía, porque la palabra del día era "BEBÉS" y llámenlas
locas, ¿Pero qué otra cosa se podía pensar de esas llaves grecorromanas que
aparentemente Gerald Johanssen sabía hacer?

Los chicos se separaron al grito de Phoebe, que fue secundado por la voz histérica
de Helga, la abuela no escuchó nada pero Jamie'O soltó su sartén, apagó la estufa,
se quitó los guantes, gorro, mandil y si no fuera porque era su casa, habría tomado
el arma de fuego y revisado las balas en el cartucho.

Salió a paso firme, llegando a la sala y a tiempo justo para ver. Como su querida
cuñada y su odioso hermanito se caían por las escaleras.

Arriba, aún en la seguridad del pasillo, Arnold tenía a Helga fuertemente agarrada
del brazo, el sano, no el herido, el que ya le dolía y le dolió a un más porque no pudo
reprimir el impulso de abofetear a su novio.

—¡IDIOTA!

—¡Yo no hice nada!

—¡POR ESO! —A como Helga entendía, uno no se dejaba atrapar por una llave de
esas y simplemente se quedaba tirado esperando clemencia. ¡Era por dignidad!
¡Sentido común, virtud, valía! ¿¡Cómo ese idiota no lo entendía!? —bajó las
escaleras hecha una furia, solo los dos escalones que le tomó ver a su amiga
aplastada por su novio y desparramada en el piso.

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—¡PHOEBS!

Jamie'O cumplió su amenaza, una vez le colocara a cada quien, cada cosa en su
lugar.

Es decir, que Helga tuvo que quitarse la muñequera, tomar sus drogas felices y
cambiarse de vendas porque la mano la tenía el triple de hinchada, Arnold recibió la
carne de su hamburguesa cruda para ponérsela en el ojo y un poco de ungüento
para los golpes de su quijada y la "bofetada" Gerald, tenía los labios hechos una
auténtica desgracia, así que no podía ni abrir la mandíbula. Su hermano revisó que
no requiriera sutura. No era así, solo tenía que mantener una compresa con hielos
pegada a los labios durante un considerable rato. Phoebe, se rompió los lentes en
la cara y ahora se arrepentía por "pecar de pensamiento" la próxima vez que quisiera
más "acción" en su vida, se subiría a un juego mecánico y accidentalmente olvidaría
cerrar su cinturón. Al menos así conservaría su "vista" sin los lentes no veía una
mierda, solo manchas borrosas y su cuñado los castigó, repartiéndolos en los
sillones de manera que él creía que estarían tranquilos.

(Arnold con Phoebe y Helga con Gerald) para que miraran documentales sobre
educación sexual y cuidado de infantes.

Phoebe, estaba ciega pero no sorda, quería apuñalarse los oídos con un lápiz bien
afilado de la pura vergüenza. Arnold, que tampoco veía demasiado bien la entendía.
Gerald, que ya había dejado de sangrar estaba resignado y "tranquilo" hizo que
Shortman le confesara cosas desde el día que se conocieron y eso para él era un
éxito.

—¿Y entonces ustedes sacan seis y tres en biología porque no saben o


entienden…?—comentó la rubia señalando la pantalla donde una mujer y un
hombre, estaban a punto de enseñar científicamente "cómo tener sexo".

—¡CÁLLATE, HELGA!—gritaron los tres pero la chica estaba drogada. Y desde


siempre había tenido problemas para mantenerse callada.

—¿Tus problemas conmigo, siempre han sido porque te quitaba la atención de


Arnold? —preguntó, ladeando el rostro y mirando al moreno que tenía a menos de
siete centímetros de distancia.

—¡Cierra el pico, Señorita G!

—¡No me llames así!

—¿Qué demonios significa eso para empezar?

—Señorita Golpeadora, grandísimo idiota.

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—¡Ja! Claro, "amor, amor, amor" todo lo que escribías eran un montón de cursilerías.

—¡Qué leías!

—¡Para pensar en Phoebe!

—¡Pervertido!

—¡Lunática!

—¡YA BASTA! —gritó Heyerdahl, porque la falta de visión le estaba dando un


tremendo dolor de cabeza. —¡La "G" es por su segundo nombre, que prácticamente
es tu nombre!

—¡PHOEBE!—gritó molesta. E intentó levantarse, pero esas drogas felices eran


materia pesada. No tardaría en quedarse dormida, Arnold lo sabía y suspiró
pensando en ¿Cómo la iba a sacar para llevársela a casa? —la contemplación de
la idea lo puso feliz y nervioso. Más lo último, el pedazo de carne en su ojo terminó
por caer directo a su estómago.

—¿Mi nombre?—preguntó Gerald, mirando al a "ebria" que se le había tumbado


encima porque ya no podía con su alma. La sostuvo exactamente igual que Arnold
a "Mantecado" como si le diera urticaria con tan solo tocarla.

—Si, Geraldo. Mi segundo nombre, es el femenino del tuyo. Y ahora ya sabes por
qué lo escondía tanto.

—¿Tu nombre completo es Helga Geralda? —Arnold estalló a carcajadas, Phoebe


rumió pensando en aclararle la idea, pero entonces Helga contraatacó.

—¿Y tú dices que Arnold, es el denso?

—No se puede ser perfecto en todo, Helga.

—Phoebs mírame a mi, le estás hablando al perchero.

—Te lo advierto, sé demasiadas cosas vergonzosas sobre ti, así que no seas cruel

—En la lista de días más locos que hemos vivido, este se lleva el premio.

—Sip —concedió la morena, menos amenazante y más divertida.

—¿No fue romántico? Gerald y Arnold se confesaron sus sentimientos…

—¡HELGA!—gritó Arnold y la rubia se mordió la lengua.

—Está bien, solo quiero que me digan que versión vamos a dar el lunes en la escuela
para poder relajarme y apagar mi cerebro.

—Podría ayudarlos con eso, aunque sería un movimiento bastante arriesgado. —


Comentó Jamie'O que había terminado de llevarle la comida a su abuela.

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—¿Arriesgado? —cuestionó la rubia. —¿Dirás que nos subiste a tu auto y lo
estrellaste en la autopista?

—No, aunque eso también podría funcionar. Pensaba en ajustar cuentas con ese
tal, Jake Cabot, —Helga, se bajó la embriaguez de los fármacos y se acomodó de
nuevo sobre el respaldo del sillón, los demás miraron a Jamie como si fuera un
tarado, pero que él recordara nunca le dijeron que la rubia no podía estar enterada.

—¿Qué clase de cuentas tienes con él?

—Tenemos historia. Su padre le quito el puesto al mío y ahora él golpeó a mi


hermanito. Puedo abrir un expediente con eso, investigarlo de manera directa y decir
que tal vez, no golpeó solo a Gerald.

—Eso ultimo sonó peligroso. —comentó Helga. —Todo lo anterior me parece bien,
pero si lo que quieres son más cargos contra él, toma esto…—buscó en el bolso
que traía en la cintura y sacó su teléfono celular. Seguía apagado.

—¿Qué clase de prueba es esta?—preguntó Jamie pues en su explicación, los


chicos solo llegaron a la parte en que Gerald fue golpeado. No aclararon que Cabot
llevaba meses acosándola y que fue a él, a quien ella golpeó.

—En la comisaría de aquí se burlaron de mi. Me acusaron de provocarlo por el


simple hecho de estar "respirando" ¿A dónde esperas que mire? ¿Qué es lo que
quieres que piense? Su padre, como ya dijiste trabaja en el cuerpo de policía y
aparentemente la versión oficial es que "Yo me ofrecí" No pude levantar una
denuncia porque soy menor de edad y eso significa que no existo, ni tengo derechos,
ni nada de nada hasta que pueda votar.

La razón principal de esto, es que vivo sola. Y si insisto en hablar de él, me sacarán
de la escuela y enviarán mucho, muy, demasiado, bastante, lejos.

Jamie'O se quedó de piedra, los chicos también porque ella solo había comentado
que intentó proceder de manera legal "dentro de la escuela" No tenían idea de que
había agotado todas sus opciones en Hillwood.

—¿Quien te dijo eso en la comisaría?—preguntó Jamie, el detective privado, el


oficial a cargo.

—¿Que lo provoqué? Prácticamente todos, es un pueblo pequeño, lleno de cerdos,


sin ofender a tu difunta y deliciosa mascota, Arnold.

—¿Y lo de enviarte lejos?—inquirió mirando a su hermano y a los otros chicos.


Porque eso era delicado, una menor de edad no podía estar viviendo sola, ni siquiera
en Hillwood

—Eso es más complicado. Jake lo sabe, no sé como. Y me ha estado amenazando


con decírselo a todos. Empezando con su padre y no sé como proceda de manera
real, pero me hace sentir como indocumentada a punto de ser atrapada por
migración. Generalmente aguanto, pero este ultimo mes, la pasada semana. Todo
se fue al carajo.

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—¿Esas amenazas están aquí?—insistió Jamie presionando el teléfono, sin
decidirse aún a encenderlo. La chica asintió, sin mirarlo a él.

—No tengo recursos. Si crees poder ayudar, debes saber que mi familia está
dividida. Lo último que supe de mi hermana y madre es que de Francia se irán de
tour por toda Europa. Mi padre sigue pagando los servicios, enviando dinero a la
tarjeta de débito pero por más que llamé y envié mensajes de texto, correos
electrónicos, Bob no respondió.

Creo que debí poner en el remitente "Olga" en lugar de Helga…—Jamie'O no supo


a lo que se refería, los demás sí y sintieron ganas de patearle la cara al Gran Bob
Pataki.

—Mi punto es, que si vas a usar eso para ajustar cuentas con el tipo que tiene en la
mira a parte importante de tu familia, solo puedes verlo tú. No quiero que lo vean, ni
se involucren Phoebe, Arnold o Gerald.

—Desde luego.

—¿Si salen las cosas mal, tendré que testificar?

—Nada saldrá mal. Tú continúa con tu vida, confía en mi.

—Es lo que he estado haciendo las ultimas cuarenta y ocho horas de mi vida…

Porque era muy probable que Jake Cabot abriera la boca y arruinara su vida. Nunca
debió golpearlo, nunca debió humillarlo, nunca debió retarlo.

Pero entonces…

¿Nunca debió estar con Arnold?

Se quedó dormida. Esas cavilaciones se las guardó para sí misma y los demás,
llegaron a las mismas.

—¡Si se lo dijo a su padre, es probable que ya la estén buscando!—comentó


Phoebe.

—No lo creo, ese tipo fue directo a su casa. —la tranquilizó Gerald. —Quiere
asustarla, pero no va a entregarla. Si se la llevan de Hillwood, no se podrá acostar
con ella.

—¡Gerald! —reprendió Jamie.

—¿¡Qué!? Eso es lo que quiere, por eso me atreví a seguirlo.

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—¡Bien! Pues mi consejo es el mismo. Sigan con sus vidas, si preguntan por los
golpes en sus caras "chocamos con el auto" Y si tienen algún voluntario para ser
"tutor" temporal de su amiga, inclúyanlo en la fiesta rápido. No podemos ser nosotros
porque ya estamos bastante involucrados, Gerald.

—¿Phoebs?—preguntó el moreno.

—Hablaré con mis padres, pero nuestra casa no tiene habitaciones disponibles.

—En teoría, solo tendrían que decir que estaban enterados de que sus padres se
irían y hacerle algunas visitas de tanto en tanto. Su padre, le sigue dando dinero
para sus gastos. Y entonces, el único problema que queda es la seguridad de su
casa.

—Yo me ocuparé de eso. —comentó Arnold ante la atenta mirada de todos.

—¿No estás planeando montar guardia en la puerta de su casa, cierto?—comentó


Gerald.

—Le pedí que se mudara con nosotros a la casa de huéspedes. Aún no me ha dado
respuesta.

—Si estaban como sanguijuelas poco antes de tirar su trofeo, la respuesta es sí. —
comentó Jamie'O para el bochorno de Arnold y la diversión de Phoebe y su hermano.

—¡Bueno, ya quiten esas caras! ¿Quieren otra cerveza? ¡Esperen, alguien debe
acompañarme a chocar el auto!

CAPÍTULO 11

Después de todo lo sucedido en casa de Gerald se habían vuelto a quedar donde


Helga.

La rubia no estaba segura de mudarse con él, eso fue lo que dijo pero en realidad,
Arnold creía que tenía miedo o vergüenza de que sus abuelos supieran que estaba
por su cuenta. Convencieron a Jamie'O de llevarlos al hogar de los Pataki, el joven
adulto accedió aunque no sin darles unos cuantos sermones sobre educación
sexual.

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—¿Quieren terminar sus estudios y largarse de este pueblo, cierto? —preguntó el
moreno aparcando frente a la enorme y casi abandonada casa.

—¡Claro que queremos! No somos estúpidos Johanssen, lo que pasó en tu casa fue
un…"pequeño arrebato del momento" no es nada de lo que te debas preocupar.—
comentó Helga.

—Pues me preocupo, porque no hay nada más peligroso que dos adolescentes
solos.

—¿Y qué, te vas a quedar a velarnos?—se burló, bajando del auto junto con su gato.

—Nop, "Mr.M" puede cuidarlos bien. —el gato maulló como si comprendiera y se lo
tomara en serio. Arnold resopló, Helga ni se inmutó. A Jamie'O se le hacía tarde así
que se despidió. —De acuerdo, gusanos. La oferta inicial sigue en pie.

—¿Qué oferta?—inquirió la rubia, buscando sus llaves en su bolsa.

—Ah, claro. Te quedaste dormida. Si ven cualquier cosa sospechosa me llaman…

—Seguro, porque tú vives tan cerca…—interrumpió con sorna.

Jamie'O se había mudado al Centro de la Ciudad vecina. Una urbe bastante


considerable de población y delincuencia. Sólo visitaba a sus padres los fines de
semana, por eso estaba en casa y al ver a Gerald con la cara golpeada quiso
quedarse a indagar al respecto. Su jurisdicción obviamente no incluía Hillwood pero,
le debían favores, además de que James Cabot (el padre de Jake) no era santo de
la devoción de ninguno.

Se rumoraba que consiguió su plaza de manera turbia, él no dudaba que fuera así,
ya que su padre era de los pocos hombres honestos que quedaban en el pueblo y
en unos meses habría candidaturas para la alcaldía. Su pueblo natal seguía en la
mesa de subastas. Ya no pretendían derrumbar su vecindario, sino todo Hillwood
para convertirlos en una urbe similar a Chicago o Nueva York, lleno de tiendas
departamentales, centros comerciales, recreativos, hoteles de paso, lujo y demás.

Derrocar al hijo, puede que abriera el camino para advertir las verdaderas
intenciones del padre. Jamie'O estaba seguro de poder conseguir algo con esto. Así
que no quitaría el dedo del renglón.

—Estoy a dos horas de camino, muñeca. Y además, te voy a dar esto.—le ofreció
un teléfono desechable. Helga estaba familiarizada con ellos, los detestaba pues
cada mensaje o llamada que recibía de Jake, venía de uno de esos simpáticos
números. La compañía celular se lo dijo y su poca paciencia la orilló a mejor apagar
y olvidarse de su teléfono.

Se lo pensó al principio, esperanzada a recibir alguna llamada de Bob, Olga o


Miriam, un pensamiento infantil y estúpido sin lugar a dudas, porque ni siquiera
cuando vivían aquí se molestaban en hacerle una llamada para saber como estaba.

Phoebe telefoneaba de vez en cuando pero coincidían regularmente en la escuela,


compartían el almuerzo los lunes y jueves, además de que solía recogerla los

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miércoles. Día que Gerald practicaba baloncesto y se quedaba hasta muy tarde. Los
martes y viernes, su mejor amiga podía prescindir de su presencia. No se lo
reprochaba, lo entendía.

Se veían tan bien juntos…ella y Gerald.

¿Y ahora, era su turno?

Miró por el rabillo del ojo a Arnold, luego presionó el teléfono desechable en el
interior de su mano. ¿Tanto tiempo se durmió en el sillón de su sala? No lo creía.

—¿Me estás dando algo que perteneció a alguna víctima?—inquirió furiosa, porque
si se negaba a ser tratada como "Princesa" imagínense ser tratada como "Víctima"

—Lo llevo en la guantera para cualquier emergencia. —respondió de manera


serena. Con las manos en alto y en son de paz. —Ese número es monitoreado por
mi oficina las 24horas del día. Así que manda un "911" si te vuelve a molestar ese
bastardo y verás acción SWAT de primera mano. —eso le gustó a la chica, claro
que no abusaría del poder.

—Solo usalo para emergencias, ¿De acuerdo? —le indicó Jamie'O con un
movimiento de manos que sugería una despedida.

—De acuerdo —respondió guardando el celular en su bolso y con el mismo


movimiento de manos.

—Entonces, si ya no tienen mas reproches. Los veo la próxima semana, gusanos


—se metió en su auto, luego de chocar los cinco con Arnold y disculparse por el
derechazo y la llave de luchas que le aplicó su hermano.

—No te preocupes, también fue mi culpa

—Y recuerden, no hagan bebés.

—¡NO VAMOS A HACERLO! —gritaron los dos a punto de arrojarle una piedra o
mejor aún, patear el auto. Jamie'O estalló a carcajadas, encendió el motor, comenzó
a ir hacia atrás y entonces Helga le gritó que detuviera el auto.

—¿Qué pasa? —preguntaron los dos. Pero la rubia ya estaba corriendo al lugar
donde se encontraba su gato.

Mantecado encontró el bate de béisbol de Jake, (oculto entre la maleza de meses y


meses de no podar el césped) y lo arrastraba de manera forzada en dirección de
ellos. Adentro de la casa estaba la bola que arrojó contra su ventana. Eso era
evidencia, ¿Cierto? Le servía para armar el caso, quizás para obtener sus huellas y
conseguir una orden de arresto o restricción.

—¿No es un chico demasiado listo, cierto?—preguntó el moreno una vez tuviera


ambas cosas.

—Es más visceral. —respondió Arnold.

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—Cierren bien la puerta y no es que quiera presionar pero en serio. Me gustaría más
que te quedaras con él.

—¡No es tan fácil!—gritó Helga, pero Jamie'O ya estaba partiendo en su auto.

—Sí lo es…—respondió Arnold, buscando su mano para presionarla en el interior


de la suya.

Entraron en la casa, Mantecado como el primero, corriendo a reclamar cada


pertenencia suya en la sala. Ellos cerraron la puerta, revisaron las ventanas y
cortinas que continuaban corridas.

—¿Quieres que mueva los sillones?—inquirió el rubio sin mirarla.

—No hace falta, Arnold

—¿Por qué?—estaba a su lado, dirigiendo una de esas miradas intensas a él.

—Si voy a mudarme mañana, quiero pasar contigo, esta noche en mi cama.

Helga sabía como ponerlo nervioso con esa lengua rosada, gráciles labios, además
de lo sugerente de sus palabras. Comenzó a caminar por delante de él, los
Johanssen los invitaron a cenar en compensación por los "malos tratos" de su hijo,
así que para esas alturas ya era bastante entrada la noche.

Él la siguió, como la abeja a la miel o esos mosquitos que siguen la luz y se


electrifican al tocarla.

Metió su celular en la parte trasera del pantalón, volvió a decirle a su abuelo que se
quedaría con Gerald, aunque no dijo nada de tener un ojo morado o haber besado
a su novia hasta el cansancio. Phil le dijo que estaba bien, pero mañana lo querían
de vuelta a primera hora del día. Sus padres llamaron a media tarde preguntando
por él, era poco común que lo hicieran, así que él también quería hablar con ellos.

Una vez en su alcoba, Helga tomó sus ropas de cama y se disculpó para cambiarse
en el baño. El conjunto de pantalón y sudadera rojos que le prestó la noche anterior
estaba donde él lo había dejado. Decidió cambiarse también y mientras lo hacía con
un nerviosismo y torpeza que nunca antes había sentido perdió el celular en el piso
y pensó en un mensaje de texto que recibió entre la narcolepsia de Helga y el
regreso de los padres de Gerald.

Ni siquiera recordaba que tenía una cita con Lila.

"…Arnold, por favor no me lo tomes a mal, pero las cosas están saliendo muy bien
con Larry. ¿Podemos vernos cualquier otro día? Te lo compensaré…"

137
Él miró la pantalla de su celular como si aquello se tratara de una broma pesada,
después dirigió sus orbes a la rubia que seguía tendida por el largo del sillón y sobre
las piernas de su mejor amigo y sonrió. Phoebe notó su exabrupto, supo que recibió
un mensaje, pero no veía bien sin sus gafas.

—¿Todo está en orden?—preguntó instintiva, directa.

—Olvidé que vería a Lila, pero acaba de cancelarme.

—¿¡Esa creída, cómo se atreve!?—respondió como lo haría Helga, cerrando los


puños y frunciendo el ceño. Arnold se sorprendió por el acto pero le restó
importancia.

Su abuela solía decir que "Si el demonio duerme, su espíritu astral se posesiona de
cualquiera"

Volviendo al celular, él no supo como sentirse o reaccionar, pensó en responder con


alguna bobada como siempre lo hacía. "Está bien, no pasa nada. Podemos vernos
cuando quieras" luego pensó en decirle que no había problema porque "Él también
tenía una cita que estaba resultando bastante bien" Solo que aquello, no era una
cita.

Ellos se confesaron, se acompañaron, compartieron cosas que él creía que la gente


común no decía en "la primera cita" iban más rápido que todos ellos juntos, por
temor, ansiedad, inseguridad…

La rubia salió del baño, sus ropas de vestir dobladas en una mano, la pijama gris
con el gato blanco cubriendo sus delicadas formas. Él la miró de pies a cabeza,
seguro de que la amaba, la quería, respetaba y como hombre, claro que la deseaba.

No comentaron nada, él también se ocupó de doblar sus ropas. Helga le echó una
mirada al cuarto, dijo que no tendría demasiado que empacar.

—Solo las cosas de la escuela y no tengo demasiada ropa.

—¿Que hay con los libros de poemas y el altar?

—Los tiré, ahora me basta con esto. —abrió su armario. Como mencionó, no había
demasiada ropa, el interior parecía más bien un librero, tenía un espejo ovalado de
marco plateado sumamente ornamentado y una cosa que parecía un árbol de la que
pendían algunas joyas como aretes, collares y anillos. ¿Serían de su madre,
hermana o suyos? Le pareció muy lindo, femenino, acorde a "Cecile" y tan
poco "Helga" pero se calló, cuando la rubia tomó un relicario en forma de corazón y
se lo ofreció.

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Se parecía al que su abuelo le obsequió a su abuela en su aniversario. El que creía
que Gertrude le arrebató de las manos aquel día que lo encontró tirado pero no era
ese, sino este.

—Abrelo. —sugirió. Dándole la espalda para ver las demás cosas que podría llevar
u olvidar. Él abrió la pequeña pieza bañada en oro, en el interior no se sorprendió
de encontrar su foto, pero contrario del porta retratos en su escritorio, ese no era él
a los nueve años. Sino diecisiete, llevaba la camiseta del equipo de soccer y una
sonrisa estúpida que obviamente, no le dedicaba a ella.

—Helga…—se abochornó y enterneció. Todo al mismo tiempo, quería besarla,


jurarle devoción. Prometerle compensación por tantos años perdidos.

—Soy una acosadora de nivel profesional. —reconoció con una sonrisa cínica, digna
y esplendorosa.

—¿Vas a llevarlo en la escuela?—inquirió porque la Helga que conocía, no solía


usar joyería.

—Sólo si tu llevas algo a juego. —respondió conocedora de que él no tenía nada


que hiciera referencia a "ellos"

—No es justo.—se quejó devolviéndole la joya.

—La vida nunca lo es, melenudo.—lo colocó en su sitio y cerró el armario. Tras
hacerlo comentó, sin mirarlo. —Ahora, deberíamos dormir si mañana vamos a meter
todo esto en cajas y llevarlas a tu casa.

—Creo que debería hablar con mis abuelos primero.

—Correcto, entonces tu vas a casa y si todo sale de acuerdo al plan, vienes por
nosotros. —la palabra "nosotros" le cayó como un balde de agua helada. Él no
quería vivir con la cosa peluda, horrorosa y malévola. Pero definitivamente, Helga
no iba a dejar a su "mantecado"

—Te llamaré.—prometió, luego de darse por vencido. El peludo era un buen


guardián, encontró el bate y la bola de béisbol. Si entraba en la casa, Arnold podría
jurar que a Jake, si le destrozaría la cara con sus afiladas garras.

—¿Cual crees que sea el número de esta cosa?—comentó sacando el celular


desechable porque no iba a conectar la línea telefónica.

Sobre la vez que la desconectó, se trató de Jake, su voz gruesa, desapasionada y


directa.

Llamándola amor, diciendo que sabía dónde vivía y que además de eso estaba sola.
139
"No tienes dónde esconderte, ni la escuela o en tu casa"

"¡Déjame en paz, maldito bastardo!" —iba a colgar pero el chico listo, la interrumpió.

"Caerás…"

"¿¡Qué!?" —se atrevió a preguntar, mirando como en la película que disfrutó junto a
Arnold, las puertas y ventanas, por si el "asesino" se encontraba en casa, pero no
había nada.

"Te romperé, tarde o temprano. Eso es lo divertido de todo esto. Tú no sabrás


cuando, pero caerás"

Terminó la llamada, ella desconectó el cable del aparato. Las llamadas a celular
siguieron poco después.

Un número distinto cada vez, le molestaba menos pues si no tenía el número


registrado se limitaba a no contestar. Pero después le envió mensajes.

Y ella no podía, no leer…

Curiosidad aunada a un cierto instinto autodestructivo. Como fuera, los leyó.

Una amenaza detrás de otra, de corte colérico, obsceno y hasta erótico. En una
cadena de mensajes describía la manera exacta en que "se lo haría" ella tomó el
celular y lo arrojó contra la pared más cercana que tenía.

Lloró de furia e impotencia.

En algún momento de sus vidas, Olga pasó por lo mismo y ella recordaba el
momento exacto en que atravesó la puerta de su casa y se abrazó a su padre a la
vez que decía que de todos los hombres "él era el único envidiable" Bob la abrazó,
Miriam resucitó de su "coma etílico" y entre los dos preguntaron qué era lo que
pasaba.

Un chico, un motociclista rudo, vulgar y sucio se atrevió a seguirla de camino a la


Preparatoria y de vuelta a casa. Eso no sucedió únicamente ese día, había pasado
toda la semana y ella lo ignoraba, pero ese día el motociclista se cansó de observar
algo más que sus piernas largas y ajustadas faldas, le cerró el paso, bajó de su
vehículo y la acorraló contra una pared de ladrillos.

Ella sintió el impulso, que siempre sentía de defender causas justas. Quiso salir con
toda su prepotencia, indignación y violencia a buscar al bastardo y tirarle todos los
dientes de su horrenda cara. Puede que no se llevaran, que jamás se comportaran
como amigas, confidentes o hermanas, pero esa idiota, era su hermana.

Nadie que no fuera ella tenía derecho a humillarla, rebajarla o hacerla llorar. Helga
G. Pataki, no lo permitiría jamás. Pero entonces fue Bob quien montó cólera y salió
a "arreglar" ese asunto.

140
.

Las cosas que la rompía empezaban ahí, en una familia disfuncional que habría
luchado contra fuego y marea por defender a su hermana, más no a ella. ¿Jake lo
sabía? ¿Lo intuía? ¿Cómo supo que estaba sola? ¿Lo decían sus ojos, su cadencia,
la forma en que golpeaba a la pelota en cada juego de Béisbol y corría por el campo
esperando que con eso, el viento se llevara sus gritos desgarrados?

No lo sabía…

Y no podía distraerse con eso porque Arnold estaba de pie frente a ella, mirándola
con esos ojos verdes, curiosos e inteligentes, preguntando mil cosas que aún no
diría por respeto o protocolo. Probó a guardar el número que se sabía de memoria
y que correspondía a él.

En su haber, pocas veces se habían marcado. Solo lo hacían para ponerse de


acuerdo cuando les tocaba hacer algún trabajo escolar juntos o cuando Gerald y
Phoebe no podían reunirse con ellos porque se habían escapado a una cita
romántica juntos.

Cuando Arnold se sentía demasiado triste y se sorprendía llamándola a ella.

Cuando Helga se sentía igual y marcaba pero antes del tono prefería colgar.

Marcó esta vez, el celular de Arnold sonó y apareció el número "privado" en la


pantalla.

—No creo que funcione.—comentó desilusionado.

—Solo oprime marcar de vuelta.—insistió la rubia, él lo hizo y funcionó. En la pantalla


de Helga apareció "A.S" —¡Perfecto…! —comentó con un ligero velo de la anterior
desazón que se demostró en el quiebre de su voz y en la transparencia de unas
lágrimas que no derramó.

Arnold comenzaba a conocerla mejor que nadie, a ver entre cada una de sus
facetas. Distinguir cuando se encontraba melancólica y triste, así que en el momento
que dejó el celular en su escritorio, decidió hacer lo mismo y abrazarse a su cuerpo.

Sin preguntas, ni indirectas. Ella se lo diría cuando tuviera fuerzas o estuviera lista.
Aún así, suponía que el celular que dejó en manos de Jamie'O tenía información
suficiente como para hacerla sentir vulnerable.

Y Helga detestaba sentirse o saberse, vulnerable.

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La besó y ella suspiró en el interior de su boca, abrazándose a él con todas sus
fuerzas hasta que los alientos se agotaron. Se separaron, sin perder la intimidad del
momento, Helga se dirigió a la cama y levantó las sábanas.

—¿Qué lado prefieres? —preguntó con la normalidad con que se pregunta ¿Que
sabor de helado prefieres? La cama era parte central de la habitación, dos burós
estaban a sus costados, por la parte trasera la ventana y al costado diestro el
armario de pared a pared, del lado izquierdo se encontraba el escritorio, junto a un
cesto de ropa sucia y un perchero lleno de bolsos, chaquetas y hasta zapatos
deportivos. Él le dijo que no importaba.

—Claro que importa, yo podría empujar hasta tirarte si no recuerdo que estás ahí.

—Izquierdo. —supuso que ella dormiría más cerca del armario. Ahí estaban sus
libros, sus secretos, sus tesoros.

—Entonces, apaga la luz y ven aquí. —él obedeció de inmediato. La rubia se


recostó, aunque no dejó las cosas así.

—Por cierto, antes de que te emociones. Te estoy invitando a dormir. No ha cumplir


mis más tórridas y oscuras fantasías. —Sonrió, porque así era Helga. Y ha decir
verdad, él tampoco estaba pensando en cumplir sus más tórridas y oscuras
fantasías. Sólo quería estar junto a ella...su Helga.

Apagó la luz y al hacerlo pasó saliva por la garganta, repitiéndose a sí mismo que
esto no era diferente a dormirse en el sofá de la sala.

¡Claro que lo es! —recalcó una voz de su cabeza pero él la mandó a callar, porque
era el caballero, el chico amable, el mismo que prometió cuidarla de los cerdos
"honestos" (por usar las palabras de Gerald) como Jake.

Arnold mentiría si dijera que luego de meterse en las sábanas, no sintió el impulso
de abrazarla, pegarla a sus formas de la manera exacta en que hizo la noche
pasada. Sus manos extrañaban su cintura, la nariz su perfume, la barbilla la forma
de su hombros, ese hueco entre el cuello y el hombro donde estaba descubriendo
que le gustaba apoyar la cabeza y ella se dejó hacer, bajo la amenaza inicial de
arrancarle ambos brazos si se pasaba de listo.

Soñaron sin pesadillas, despertando con las primeras luces del alba pese a ser
Domingo y no tener ninguna alarma conectada. ¿Serían los nervios? ¿El
escepticismo?

En esta ocasión, él no resistió el impulso de buscar sus labios, luego de descubrir


que en algún momento de la noche, ella había girado y buscado su regazo. Estaba
contra su pecho y él podía aspirar el perfume de sus cabellos y contemplar lo
apacible de su rostro. Fue el primero en despertar y poner alerta los instintos de su
compañera.

Sus ojos azules, la suave sonrisa, el innegable amor tantas veces profeso, lo
llevaron a inclinar el cuello y reclamar su boca.

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Un beso corto, casto, seguido de un "Buenos días" que se les metió hasta lo más
profundo del alma.

Se cambiaron en el mismo orden de antes, ella en el baño y él usando su cuarto.


Cuando estuvieron listos, Helga ofreció preparar algo de comer, pero él prefirió irse
para aprovechar la mañana.

—Te llamaré lo antes posible.

—De acuerdo, vaquero.

—No hables como mi abuela.

—¡Hablo como yo quiero, zopenco!

Salió disparado en dirección a la Casa de Huéspedes. Su abuelo ya estaba


barriendo las hojas sueltas de la entrada, su abuela terminando el desayuno, los dos
pegaron el grito en el cielo tan pronto como lo vieron.

Su ojo no lucía tan mal. (según él)

—¿Qué fue lo que hicieron, chaparro? ¿Salir a buscar al que asaltó a Gerald para
reclamar sus cosas?

—Claro que no.

—¿Entonces…? —su abuela fue aún más drástica que Jamie'O, le puso un filete
completo, rojizo y sangrante en el ojo. La explicación de "absolutamente todo" no
hizo felices a sus abuelos.

Extrañó la botella de whisky y el mazo de cartas en la mano diestra de su abuelo,


además de la cuchara de madera en la fuerte mano de su abuela. Los dos tardaron
en ponerse de acuerdo, de hecho lo mandaron a la sala con su plato de cereal en lo
que discutían y llegaban a alguna clase de resolución.

Cuando lo llamaron de nuevo, él ya estaba considerando irse a vivir con Helga, pero
no por decisión propia, sino porque sus abuelos lo echarían. Lo sentaron en la mesa
y comenzaron el regaño.

Lo que más les enfurecía es que "guardara esa clase de secreto"

—Te educamos mejor que eso, Arnold.—reclamo Gertrude, con los brazos en jaras
a la altura de la cintura.

—Además, es tu obligación, por no decir que deber, poner a salvo a tu mujer. —gritó
Phil. —¿Qué es lo que planeabas? ¿Que los golpearan a los dos con ese bate de
béisbol, si ese demente regresaba y se metía a su casa?

—No…—respondió culpable, porque obviamente, su seguridad era número uno en


la lista de prioridades de sus abuelos.

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—Pues no entiendo por qué no la trajiste de inmediato, Arnold. Si estaba sola, la
habríamos aceptado, esa misma noche tu abuela insistió en que se quedara con
nosotros. ¿Oh, es que acaso...?—los ojos de su abuelo se pusieron oscuros y muy
pero que muy negros. Gertrude tomó la cuchara, pero no la de madera sino una de
metal que pensó dejaría marcas feas en su piel, le quitó la palabra a su esposo.

—Arnold, ¿Le arrebataste su virtud a Eleanor?

—¡NO!—gritó de inmediato, pero su abuela aún así golpeo la mesa con la cuchara.

—Si es así, no entendemos ¿¡Por qué guardaste tantos secretos!? Dormiste en su


casa, no solo una, sino dos noches y ahora vienes a pedir que la recibamos. Cosa
que por supuesto vamos a hacer, pero no sin antes saber ¿¡Qué pretendes
exactamente con esa mujer!?

—¿¡QUÉ!?—miró a su abuelo, buscando salvación pero Phil conservaba el gesto


profundo y colérico. Él no era un pervertido. ¿Por qué todos insistían en verlo como
uno? (los golpes que le propinó Gerald, extrañamente le volvieron a doler)

Que él recordara en diecisiete años de vida pocas veces lo habían regañado. Ni


siquiera las contaba con los dedos de una mano y normalmente tenían que ver con
cosas que sucedían por consejo o coacción de los demás.

Gerald, convenciéndolo de ir al Centro de la Ciudad vecina a conseguir ropa,


accesorios y zapatos deportivos a precios de fábula que resultaron ser robados y
que por supuesto casi logran que los metan a la cárcel.

Sid y Stinky convenciéndolo de que le diera una "fumada" a los habanos del padre
de alguno de ellos hasta hacerlo sentir que moriría de enfisema.

Lorenzo, sugiriendo que fueran a esa fiesta de chicos mayores que ofrecían todo
tipo de bebida que era "adulterada" y lo llevó a vomitar por horas y horas y horas.

Por decisión suya, nunca había hecho algo tan estúpido, como "dormir y escaparse
con su novia dos noches seguidas" pero se sentía casi un hombre. De hecho, según
la tribu de los "ojos verdes" él ya era un hombre y si se quedaba con Helga, habría
fogatas, ceremonias y bailes de la noche al alba.

Pensó fugazmente en Thea, sus ojos verdes, la piel morena, la invitación a


convertirse en "su hombre"

No sintió la misma pasión con ella, que con Helga.

En la Tierra que lo vio nacer, decidió que a quien quería era a Helga. Y lo plasmó
en papel, en una carta que celosamente guardó, antes de beber el brebaje que le

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haría olvidar todo lo aprendido y vivido para que no divulgara los secretos de la Tribu
con ningún extraño.

Así fue, él era "el hombre milagro"

Pero vivía entre extraños, en tierras desconocidas y por tanto, lo trataban como un
forastero que estaba de paso.

Olvidó todo lo sucedido en la selva y con su entrada a la Preparatoria y el retorno


de la vida escolar, no profundizó de más en la experiencia.

No obstante, encontró la carta que era para Helga pero le dio miedo leerla y la
guardó.

Al igual que ella, él tenía miedo de su pasado.

Su destino.

Ese que profetizaba grandes cosas, cuando lo único que quería hacer era viajar por
el mundo y conocer nuevas tierras. Le preguntó a su padre, una vez la encontró.

"¿Tú sabes por qué pude haber escrito esto?" —Miles lo observó al otro lado de la
cámara. Los ojos y los cabellos del mismo color que los propios. Su madre estaba
en una expedición botánica con las demás mujeres de la tribu. En esa ocasión,
pudiera decirse que compartieron un momento padre e hijo.

"¿Recuerdas que participaste en rituales para ganarte el respeto, honor y tu lugar


en la tribu?"

"Si…"

"Bueno, cada uno tenía un motivo: Honor, lealtad, valor, amistad…Yo mismo
presenté las pruebas, interesado en conocer a detalle los secretos y misterios de la
tribu. Debo repetir que estoy muy orgulloso de ti, ya que has logrado hazañas con
las que a tu edad, yo apenas si podía soñar"

"Gracias…"

"Volviendo al punto, fue a mediados de la prueba final que comenzaste a dudar"

"¿Dudar?"

"Si, Arnold. Despertabas gritando a mitad de la noche, agitado, desesperado.


Diciendo incoherencias que tu madre achacó a la enfermedad "del sueño" que ataca
a muchos de los lugareños. Te hicimos beber brebajes pero nada funcionaba. Fue
por eso, que lancé una moneda al aire y te pedí que encendieras una hoguera y
meditaras.

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La prueba final, tiene que ver con el amor. Abrir tu mente y tu corazón, pienso que
fue demasiado, debido a tu corta edad pero los "ojos verdes" creen que ya eres un
hombre y por ser "milagro" ya tienes a tu "destino"

"¿Destino?"

"Sugiero que leas esa carta, creo que tiene un nombre escrito. ¿Cierto?"

"Si, pero no puede ser ella…"

"¿Por qué no?"

"Porque no"

"Entonces, confía en las palabras de los sabios. Cuando debas tener las respuestas,
llegarán"

"¿Qué se supone que significa eso?"

"Te hicieron olvidar lo vivido para que no lo contaras entre tus amigos de la escuela,
pero ese conocimiento aún permanecen en algún lugar de tu memoria. Cuando
estés listo, puede que en un año, diez o tres, recordarás por qué la escribiste. Y lo
más importante, se la darás"

"No hay forma de que haga eso papá"

"Pero ya lo hiciste, la escribiste porque quieres dársela. No te atormentes con esto,


Arnold. Lo entenderás cuando llegue el momento"

Terminó la llamada su padre y él pensó en romper la carta, leerla o quemarla.

Su historia se repetía como en cámara lenta hacia atrás, empezando por el ultimo
beso y acabando en el primero.

La confesión de sus sentimientos, que no eran otros mas que de amor.

Y pensó que era otra broma.

Ya no de ella, sino del destino, burlándose en su cara por seguir fielmente las reglas
del manual. Metió la hoja doblada en cuatro y sellada con cera en el anuario de la
escuela primaria, donde estaba la foto de su grupo y ahí la dejó.

Volviendo a la cocina y a la mirada furiosa de sus abuelos, finalmente respondió.

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—Guardé en secreto que vivía sola porque decidí esperar a que Helga les contara
ese hecho. Y me quedé en su casa esas dos noches porque no quería dejarla y ella
no estaba segura de venir. Hablamos, más que nada se trató de eso. Ahora sé que
no mentían al decir que ella solía pasar demasiado tiempo aquí. Que le tenía miedo
a su padre porque solía golpear a su madre y creo que esa fue la razón principal de
que no te dijera la verdad sobre lo que le pasó a su muñeca, abuela.

Gertrude resopló. Sacó la botella de whisky y sirvió tres vasos mismos que se tomó
y volvió a servirlos, ahora sí para ofrecer el correspondiente a cada uno.

—De acuerdo, vaquero. Yo te cambié los pañales así que voy a asumir que lo que
dices es cierto.

—Lo es…—respondió sincero y si no tuviera un filete sangrante en el ojo, se habría


visto mucho más maduro al hacerlo. Su abuelo se tomó el trago de ambos y tras
hacer una inclinación de rostro comentó.

—¿Tus intenciones Arnold, cuales son?

—No estoy seguro de comprender la pregunta, abuelo.

—Es muy simple, chaparro. Mientes, te escondes y pides a todos que hagamos
locuras por esa escandalosa y furiosa mujer. ¿Vas en serio con ella o es otro de
esos tontos enamoramientos que tienes por niñas bonitas que te dejan con el
corazón herido y llorando en una esquina?—Phillip Shortman le sirvió un generoso
trago y Arnold se lo tomó, liquido amargo corriendo por la garganta hasta aterrizar
en el estómago.

—Voy en serio, abuelo.

—¿Tan en serio como para luchar a muerte contra sus siete hermanos con tal de
tener su mano? —¿¡Qué!? —se preguntó de manera interna porque ya se le hacía
raro que el "lapsus" de lucidez de sus abuelos durara tanto.

Gertrude parecía emocionada con las palabras de su abuelo.

—Fueron tres, mis hermanos eran tres y los derribaste uno a uno en la casa de mis
padres.

—Eran finales de la guerra Galletita, todo lo que quería era hacerte mía.

—No tenías que romperle el brazo a Steven.

—¿Ese no era el que dijo que te consiguieras algo mejor?

—Quien lo dijo fue, Stuart y el que lo secundó fue Simon.

—Pues, les tocó a los tres por igual. Y tú Arnold, si ya tomaste una decisión, ve a
ducharte y cambiarte, esa chica furiosa tiene carácter, si tardamos demasiado va a
mandarte al carajo.

—¡Gracias abuelo! —respondió con una resplandeciente y enorme sonrisa.


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—Las reglas de la casa son las mismas, Arnold Shortman. —sentenció su abuela.
—Veo manos fuera de sitio y voy a anular tu descendencia.

Su abuelo estalló a carcajadas y comentó que quizás ese hubiera sido un método
efectivo para terminar con la "maldición" Él seguía sin entender de qué iba eso, pero
estaba mas emocionado con la idea de avisarle a Helga.

Le marcó.

"Mis abuelos están de acuerdo, en un par de horas iremos por ti"

"Nosotros, y no te asustes si vomito en el camino"

Ella no vomitó, pero si intentó hacerse un ovillo sobre el asiento trasero del auto y
ocultar su rostro bajo la sombra de sus cabellos y una gorra de béisbol. Los cambios
la ponían nerviosa. Esto de recibir "caridad" la hacía sentir patética y famélica.

La mudanza fue breve, la vida de Helga como ella misma refirió cabía en cuatro
cajas: escuela, ropa, artículos de uso personal y las cosas de mantecado.

El felino bravucón y colérico estaba aferrado a su tazón de croquetas y miraba


receloso a todos desde su caja de arena. De hecho, se metió ahí y no salió hasta
que lo instalaron de nuevo. En el salón de lectura no podía quedarse por lo que el
Doctor Evans sugirió que pusieran la caja de arena en el techo, él se ocuparía de
limpiarla a la vez que alimentaba a las palomas y demás aves.

Helga le colocó un cascabel a su "bebé"

—Lo siento amor, pero aquí no puedes atacar palomas o canaritos.

—Miau, miau, miau. —negoció, mirándola con el corazón roto. Ella lo abrazó y le
juró que no era su culpa que tuviera que cambiar de rutina.

—Es temporal, cuando volvamos a casa te ayudaré a atrapar al pájaro más gordo y
jugoso que elijas. Mantecado se mostró de acuerdo pero en el resto del día, no le
vieron ni el polvo.

Su abuela, (porque tenía mejor madera que él y su esposo) en compañía del Doctor
Evans, metieron un sofá cama