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El paso de la niñez a la adolescencia pasaba sin mayor pena ni gloria, los chicos
tenían ya un par de años en preparatoria, comenzaban a estresarse con la
universidad, las carreras que elegirían o los destinos a que partirían, las parejas
formales ya se habían establecido así como las amistades que permanecerían
inalterables para toda la vida.
Cada uno de ellos ensimismado en su propio universo, preocupado por las materias
que tenían que acreditar para no perder el pase universitario o los sentimientos que
tenían que confesar para no quedar por siempre olvidados. Atrás quedaron las
inocentes inseguridades, los coqueteos nerviosos, la incertidumbre de
descubrimiento porque quien diría que llegaría un momento donde personajes como
Helga G. Pataki regresaban de las vacaciones Decembrinas transformada en toda
una mujer.
La "uniceja" pasó a ser historia antigua, gracias a una intervención clínica de Miriam
y Olga, la sometieron a depilación láser en contra de su voluntad, pues afirmaban
que era el regalo perfecto para el despertar de su "muñequita adorada" Helga
amenazó con asesinarlas mientras dormían esa misma noche pero una llamada
telefónica de Phoebe le hizo creer que quizás, la nueva Helga podía conquistar al
nuevo Arnold.
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No hubo bromas, palabras hirientes, ni miradas secretas. Sólo un silencio
prolongado entre dos personas que creían conocerse perfectamente bien y que de
pronto descubren que se desconocen por completo.
Helga había chocado accidentalmente contra él, distraída como solía suceder ahora
con los mechones de sus cabellos que se quedaban atrapados por debajo de las
correas de su mochila, él se tardó más de cinco segundos en reconocerla, ella que
lo conocía a plenitud grabó en su memoria cada nuevo detalle: el cabello más largo
y peinado hacia atrás, la presencia de una barba ligeramente bohemia, la estúpida
gorra gracias a los Dioses había desaparecido y aunque seguía utilizando camisa
larga a cuadros, esta no parecía más una ridícula falda, los músculos de sus brazos
y pecho parecían un poco más marcados, en estatura seguía siendo un poco más
alta que él pero era una diferencia de escasos tres o cuatro centímetros, cuando
terminaron su evaluación visual, uno del otro Arnold sonrió con ligereza y se disculpó
por su torpeza.
Un simple: —Por favor discúlpame, Helga. —a pesar de que había sido ella la que
chocó contra él.
Escuela más grande, tres veces más alumnos de los que estaban acostumbrados,
ellos ya no compartían todas las clases pero se veían en las que consideraban
importantes.
Esto es, que él podía ver a la verdadera Helga en literatura y ella podía ver al
verdadero Arnold en historia, el encuentro con sus padres lo había llevado a querer
seguir sus pasos, aún no sabía si como antropólogo, historiador o arqueólogo pero
quería explorar tierras, encontrar mundos, conocer tribus y empaparse de toda clase
de cultura. Se decía entre voces que pasó cuatro de sus seis meses de vacaciones
en la Selva, que aprendió a escalar y sobrevivir en condiciones infrahumanas. Helga
podía apostar a que ya no era el mismo debilucho enclenque de antes, de hecho, si
pudiera sentir la fuerza de sus brazos al rededor de la cintura, no pediría más en la
vida.
Los clubes deportivos no cambiaron en absoluto, ella logró coronarse una vez más
como capitana de Béisbol, división femenina, lo que no le hizo demasiada gracia
pero las reglas impedían que jugara en las grandes ligas. Es decir: rodeada de un
montón de toscos, sudorosos y mal hablados hombres. Gerald era el capitán del
equipo de Baloncesto, Phoebe de Voleibol, Rhonda volvía a liderar a las
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animadoras, Harold participaba en Judo y Arnold, no lo iría gritando por los
corredores pero se había conseguido una posición respetable en el Fútbol Soccer.
Así pues, de manera lenta y segura las cosas terminaron de colocarse en su sitio,
hubo amistades que se rompieron y nuevas alianzas que se hicieron, ellos dejaron
atrás el Campo Gerald para acudir a otros sitios como bares, cafeterías, centros
comerciales y parques de diversiones ubicados a las afueras de su pueblo. Arnold,
ni bajo tortura china lo admitiría, pero en sus ocasionales encuentros solía extrañar
sus malos modos, su sonrisa embustera, el tono de voz grosero y altanero, su
violencia física y es que él tenía que tener el caso más extremo de síndrome de
Estocolmo, porque la veía jugar en el campo y era "Su Helga" la que recibía el
calificativo de guerrera amazona, pues se había llevado la copa de oro dos
Campeonatos seguidos.
Algunas ocasiones creyó verla en las gradas cuando era él quien jugaba pero
siempre que lograba identificarla, otras voces lo llamaban.
Él, era popular entre las chicas, de una manera en que nunca antes lo había sido,
le gustaba que fueran lindas con él y le tenía sin cuidado si eran morenas, rubias,
altas, delgadas o bajas, aunque si se podía elegir, se inclinaría por la que
consideraba el amor de su vida.
Lila, siempre estaba en la primera fila del campo de soccer para apoyarlo y a él le
bastaba con una sonrisa de su cara para olvidar lo que hacía y renovar fuerzas.
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"espectáculo" la primera vez que apareció una "carta de amor" sobre la puerta de su
casillero se esperó hasta que pasara él y lo interceptó en el camino.
—Disculpa que te moleste, querido amigo con Cabeza de Balón, pero si tuvieras la
gentileza de explicarme como funciona "esto" —y al mencionarlo le mostró la carta
con escritura burda que sin lugar a dudas debía pertenecer a cualquier chico de la
escuela. Él se encogió de hombros, no muy seguro de entender, qué era lo que le
pedía.
—Ya, esa parte la entiendo, sé leer desde el jardín de infancia, por si no lo recuerdas.
Mi punto es, ¿Si tú escribieras una carta para "halagar" a tu noviecita Lila, la dejarías
simplemente y te irías? ¿O esperarías a que la leyera y te diera alguna clase de
respuesta?
—Gracias, eso es todo lo que quería saber. —acto seguido sacó la goma de mascar
de sus labios. Un aroma a mango le llegó por lo alto, combinado con su perfume que
debía ser a flores o dulces, la goma terminó sobre la carta, luego la arrugó en el
interior de su puño y la arrojó al primer depósito que encontró en su paso. Él quiso
explicarle que quizás su admirador secreto era un chico tímido, tenía que ser
paciente. Ella era una romántica, ¿No es cierto? ¿Qué no era eso lo que les
apasionaba a todas las chicas desde Walt Disney?
—¿Perdón…?
—Que si para ti está bien seguir suspirando por los pasillos y sostener su mano
cuando a Lila le dé la gana, por mi perfecto. Pero otras personas maduramos más
rápido y lo que queremos es una declaración formal, sin medias tintas, directo a la
cara. —su estómago se revolvió cuando escuchó todo eso. Vagamente fue
consciente de que no estaban solos ni en un sitio íntimo, estaban a medio pasillo
donde cualquiera los podía ver y peor aun escuchar. Nadie reparaba
específicamente en su charla, con excepción de los Beisbolistas que recién iban
saliendo de práctica.
Helga, arrebatada como siempre era, lo había tomado por las solapas de su camisa
y se había acercado a él, como en los viejos tiempos cuando cerraba el puño diestro
por lo bajo y amenazaba con tirarle los dientes por el simple acto de estar respirando.
Su pulso se aceleró al recordarlo, algo en su mente y su pecho reaccionó. Él tenía
que tener problemas de carácter clínico, si estaba ahí, deseoso de que Helga G.
Pataki, le rompiera la cara.
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aunque sí solía verla en ausencia de todo calzado porque los pies se le hinchaban
luego de practicar demasiado.
Se despidió sin mayor ceremonia, giró el cuerpo y se perdió a lo largo del pasillo. A
partir de entonces, la escena de la carta se repetía y no solo con las notas de papel,
sino con lo que sea que dejaran en su casillero: números telefónicos, animales de
felpa diminutos y con chupón que se adhería a cualquier superficie, globos
multicolores y hasta chocolates y dulces. Esos últimos los desplazaba a los
casilleros de sus costados. Nadine, estaba especialmente feliz de tener golosinas
gratis, el chico del otro casillero, sólo tuvo que preguntar una vez, si a caso ella lo
estaba invitando.
—¡Por supuesto que no, tarado! ¡Dáselos a tu propia novia, la escuché quejarse en
los baños de que eres bastante tacaño!
Helga podía cuidarse sola, él sabía que podía cuidarse sola, pero aún así, no le
gustaba lo que de un tiempo hacia acá se venía escuchando.
Gerald vomitó en la cafetería el miércoles, dos días antes de San Valentín, cuando
el capitán de Béisbol de la división masculina comenzó a gritar que estaba decidido
a acostarse con ella, describió detalladamente sus generosas curvas, mismas que
se adivinaban de manera perfecta cuando el uniforme deportivo se pegaba a sus
formas debido al sudor. Él le había enviado las cartas, los dulces, además de los
animales de felpa y comenzaba a sospechar que ella sabía que era él quién lo hacía.
—¡¿Oye viejo, no crees que deberías aceptar un no, como tal?! ¡Ninguno de esta
escuela le interesa! Pasó seis meses completos en Paris, ¿Cómo sabes que no
conoció a un Franchute contra el cual ni tú ni nadie, podría competir? —se quejó su
amigo luego de terminar de devolver el almuerzo que recién acababa de ingerir.
Un mal sabor de boca se instaló en el interior de sus labios cuando escuchó ese
relato, sabía que Gerald se lo diría a Phoebe y que ésta a su vez se lo contaría a
Helga, lo que no terminaba de entender era por qué su mejor amigo sentía la
imperiosa necesidad de referírselo a él.
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—¿Más que ella?
No hubo tiempo para indagar en eso, suponía que Phoebe, Rhonda, Nadine y las
demás estarían enteradas y cuidando de Helga. Era una tradición entre chicas,
flanquear distancias y mantener apariencias, cosa que no acostumbraban los
chicos, ellos simplemente se plantaban de frente y tiraban dientes.
La antigua Helga plantaría la cara y soltaría algunas patadas, la de ahora tenía otro
tipo de plan.
Llegó San Valentin, con sus declaraciones de amor, bailes improvisados y besos
apasionados en cualquier parte del edificio.
La tradición de su escuela indicaba que los chicos regalaban chocolates a las chicas
y si estas correspondían se comían la golosina. Lila ya estaba degustando una barra
enorme de chocolate blanco cuando él tuvo oportunidad de ir a buscarla. Le dejó el
suyo que era de chocolate negro y que además tenía forma de corazón.
Rhonda obligó a Curly a comprarle una decena de sus favoritos, los que eran
excesivamente caros y exclusivos, Harold llevó galletas de chocolate horneadas en
casa, Patty las devoró con ansias, a excepción de una, esa sería para su mamá.
Gerald le compró un enorme chocolate en forma de oso a Phoebe, de color blanco
y con coco. Eugene, le obsequió un pequeño chocolate a Sheena, la chica lo aceptó,
aunque no se lo comió.
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—Pues tú celebras el amor, yo la liberación...—al comentar eso le dio una generosa
mordida a una barra de chocolate que curiosamente era de la marca que a él más
le gustaba. Su estómago sintió un nuevo estremecimiento. No podía creer que todos
sus admiradores, se abstuvieran traerle chocolates ese día. Pero más tardó en
pensarlo que en lo que Jake Cabot, estaba delante de todos armando un escándalo.
—Los chocolates…
—Te agradezco el gesto, pero no tenías que invertir tanto dinero. ¡No soy un objeto
que puedas comprar! pero si tanto te interesa aliviar tus "ansias" puedes intentar con
cualquiera de ellas. —las chicas con chocolate en las manos y cara tragaron duro,
no tenían idea de cual era el escenario completo.
Había de todo tipo, desde las inseguras que salieron corriendo, a las tímidas cuyas
mejillas se incendiaron y cabezas bajaron, Nadine sonrió esperanzada, levantó el
rostro además del pecho. Helga se terminó la barra de chocolate que sin lugar a
dudas debió comprar en la cafetería y se levantó de su asiento. Jake la destruyó con
la mirada, sobretodo por la exhibición y humillación pública.
Pensó que esa sería para él y que constituía el sabor favorito de Helga…
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—Celebro por nosotros…—y al comentarlo le entregó el chocolate almendrado. La
siguiente clase comenzaba de inmediato, la chicharra además de las voces a grito
de algunos profesores se los recordaron, él fue directo a algebra y sobre el
chocolate, claro que se lo comió, pero por alguna razón, no se lo terminó. Helga
nunca les había regalado algo, hasta Phoebe decía que en su relación de mejores
amigas, no intercambiaban regalos.
"Helga, no cree en los obsequios, piensa que si quieres decirle a alguien que lo
quieres, lo demuestres con palabras o acciones. Nada que se compre con dinero"
—En absoluto…—respondió resignado. —ya era el final de las clases, era viernes y
por consiguiente todas las citas se estaban planeando para un fin de semana
romántico. Tomó su chaqueta del interior de su casillero, Lila le siguió el paso, ella
traía unos libros sueltos en los brazos, él se ofreció a sostenerlos cuando una voz a
grito llamó la atención de ambos.
—¡Suéltame!
Lo único bueno que el gran Bob había hecho por sus dos hijas, era llevarlas a clases
de defensa personal. Él no era estúpido, era un patán, avaro, ensimismado en su
negocio que reconocía por sobre todas las cosas que también era un cerdo y como
tal, no quería que otros cerdos se tomaran libertades con sus hijas. Claro que no,
primero muerto que verlas sufrir por algún degenerado demasiado mañoso y fue por
eso que aún presa del horror, Helga escuchó su nombre y recordó quién era.
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Se afianzó firme sobre la planta de sus pies, reunió fortaleza, no supo de donde y le
descargó un codazo lo más fuerte que pudo en el pecho, Jake se fue hacia atrás,
levantando el rostro visiblemente indignado, tenía los labios rojos, húmedos de ella,
la imagen de él la devastó, así que después le dio un puñetazo que esperaba le
hubiera roto la nariz y tuvo que detenerse ahí porque obviamente, sus piernas
amenazaron con dejar de sostenerla. Phoebe era rápida, de hecho su velocidad era
algo que le daba ventaja a la hora de jugar voleibol. Antes de que su amiga
desfalleciera, ella ya estaba ahí y como la respetaba y protegía su dignidad, la obligo
a caminar en dirección de los baños. El silencio entre los presentes se prolongó aún
con un chico que gritaba indignado que Helga G. Pataki se arrepentiría de sus actos.
Muchos ya no fueron dueños de sí mismos, porque sí. Ella había convertido sus
infancias en un martirio, pero también había apoyado y participado en todos los
momentos que la necesitaron y sí, era una patada en el culo, con una actitud de los
mil infiernos, pero jamás…
Y esa era la parte más vulnerable de todo esto, que mientras lo golpeaba, primero
en el pecho y después en el rostro, hubo lágrimas saliendo de sus ojos. Y ellos hasta
ahora, nunca la habían visto llorar. Ella daba la cara, peleaba sus batallas aun a
sabiendas de que no iba a ganarlas, si perdía se humillaba como la tradición
indicaba, pues Helga G. Pataki aceptaba la derrota cuando la misma llegaba. Arnold
quería ir con ese sujeto y repartirle su propia tanda de golpes, claro, él era un
pacifista, estaba en contra de la violencia física, pero…en este momento, en serio,
no sabía de lo que sería capaz en este momento, porque él sí la había visto llorar,
pero por sus padres, su historia personal, sus sueños de infancia, no por esto, y en
su corazón sentía que ninguna mujer tendría que llorar por esto.
—Si la vuelves a molestar, el único que se arrepentirá de sus actos serás tú, mi
amigo. Y eso no va sólo por Helga, sino por cualquiera. Si una dama, te dice que
no. La respuesta es no, de lo contrario, voy a romperte los huesos y si me dices que
no…voy a ignorar por completo el sonido de tu voz…
Harold había llegado casi el metro ochenta de estatura, en masa corporal seguía
estando pasado de peso, pero no era grasa, sino músculo. El deporte, las artes
marciales que por consejo de Patty recién practicaba lo habían convertido en un ser
impresionante e imparable. Jake, se limpió la sangre del rostro, claro, él tenía el
apoyo de todo el equipo de Béisbol, pero después de Harold se unió Gerald, cuyo
equipo de Baloncesto no tendría problemas en romperse el alma contra ellos, Curly
no tenía demasiado que ofrecer pero ahí estaba, Eugene salió de la nada, sus
cabellos rojos al mismo tono de su indignación, comentó algo sobre abrirle el pecho
y bañarse en sus entrañas si otra vez la tocaba. Stinky se mostró de acuerdo y por
alguna razón, entre todo el barullo él no se movió.
Él, era al que Helga más había molestado, y también era el único a quien ella había
besado…
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CAPÍTULO 2
—Viejo, andando…
Gerald se le había unido de nuevo, después de que entre todos escoltaran a Jake
Cabot a la salida. Él tuvo que parpadear un par de veces antes de caer en la cuenta
de que efectivamente la puerta principal ya estaba libre de problemas. Las chicas
se habían retirado, Lila ya no estaba a su lado, ni ella o los libros que dejó caer en
su pequeño exabrupto.
—¿Gerald…?—el moreno rodó los ojos y comenzó a tirar de su brazo para obligarlo
a caminar junto a él.
—Si, Tierra llamando a Arnold. Sé que no es un espectáculo de todos los días, pero
ya no tenemos nueve años.
—¿Qué?
—Que defendiera a Helga no es para tanto, ¡No iba a estar enfadado con ella toda
la vida! y Phoebe tiene clases avanzadas los viernes. Si la conozco, como creo que
hago, Pataki no permitirá que arruine su historial académico por algo como "esto" —
él asintió mecánicamente con el rostro. Aún no procesaba lo que era "esto" ni
tampoco le llegaba la revelación de ¿En que momento de la vida Gerald aprendió a
conocer a Helga? pero ya estaban llegando a los baños y había un montón de
personas que cuando los vieron llegar discretamente se replegaron.
Eran los mismos chicos que se reunían para jugar en el callejón del Barrio y el patio
de la escuela hace poco más de diez años, independientemente de sus relaciones
personales o de que se agradaran entre sí, asintieron a la petición de Rhonda y
esperaron a escuchar su propuesta.
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Nadie tenia derecho a preguntar a Helga sobre sus sentimientos, esencialmente
porque apenas si se enteraban de que tenía sentimientos y que era una mujer, que
como tal y como todas, era sensible y vulnerable. Ellos no la tenían propiamente en
un pedestal de oro, pero no iban a mancillar la imagen de su bravucona por culpa
de un idiota. Todos se mostraron de acuerdo y luego de estrechar manos y
despedirse en pos de disfrutar con sus parejas del fin de semana se fueron.
Gerald llamó a la puerta del baño, tres veces seguidas, luego hizo una pausa y tocó
dos veces más.
—¡¿Ehh?! Claro que no es para eso, es más…¡No te interesa! —la puerta se abrió
luego de unos cinco minutos. Phoebe tenía el rostro un poco sucio debido al rímel.
Se le había corrido el maquillaje del rostro, sus cabellos negros los llevaba atados
en un sencillo moño, el color azul seguía siendo su preferido para vestir además de
las camisas holgadas que por más que lo intentaba delineaban sus discretas curvas:
la cintura breve, las caderas anchas, los pechos pequeños pero bien formados,
completaba el atuendo con una falda tableada a la altura media de los muslos,
medias transparentes, botas cortas de tacón cuadrado y gafas de montura gruesa,
su mochila era de tirantes y de color negro, la llevaba a la espalda, como una
extensión de sí pues los estudios, así como sus amigos eran de lo más importante
en su vida. Saludó a Arnold con un movimiento de mano y después dejó que pasara
Helga, la rubia había soltado sus cabellos y los había vuelto a atar con una liga en
una coleta floja que le caía sobre el hombro diestro, al lado contrario le pasaba la
correa de su mochila, un morral de color rosado con estampado de flores. Ella, aún
estaba dudando sobre cómo actuar, cómo reaccionar, cómo comportarse y
finalmente optó por gritar.
—¡Le tiraré los dientes al primero de ustedes que me mire con si quiera un poco de
compasión! —declaró mirando con furia tanto al Cabeza de Balón como al Cepillo,
Gerald levantó las manos en son de paz y respondió con el mismo tono elevado.
—Bien Geraldo, ¿Y tú? —sus ojos azules eran como centellas: coléricos y
electrizados, él los sintió invadir su cabeza, penetrar sus defensas pero también,
debajo de todo eso reconoció un poco de miedo. Negó con el rostro, guardando las
apariencias. No le correspondía a él juzgarla o criticarla. A decir verdad, no entendía
por qué Gerald lo había obligado a acompañarlo.
—Todo está igual entre nosotros, Helga…—comentó sin dejar de verla a la cara,
advirtiendo el conjunto completo de sus mejillas pálidas y los labios rosados,
húmedos, delineados por alguna clase de brillo o labial. Hasta ahora era consciente
de que Helga usaba maquillaje, aunque no era tan elaborado como el de Phoebe,
sus ojos no estaban delineados, ni sus pestañas rizadas. Solamente eran sus labios
y curiosamente eran esos los que habían provocado.
—¡Más te vale, cabezón! —lo amenazó como antaño y él sintió nostalgia, aunada a
un nuevo y desconcertante estremecimiento. el estómago vacío, la cabeza dando
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vueltas. Helga dio el asunto por terminado y giró el rostro en dirección de su amiga,
la asiática estaba un poco más calmada pero visiblemente afectada.
Le dolía la agresión que sufrió la rubia, la fachada de mujer ruda que hoy día aún
obligaba a sostener y le dolía de más que no pudiera ser honesta con sus
sentimientos, que siempre debiera mantenerse de pie, cuando lo único que quería
era derrumbarse en el piso y llorar.
Durante los breves minutos que se encerraron en el baño era eso lo que había
hecho. La dejó caer en lo que revisaba que el baño estuviera vacío y colocaba el
cerrojo en la puerta porque no quería las miradas indiscretas de Rhonda y su
comitiva. Helga lloró como la antigua niña, porque seguía siendo esa mujer
romántica y apasionada que guarda sus labios para la persona indicada. Ese beso,
"el que te toma desprevenida y de manera forzada hasta desvanecer tus defensas
y reclamar tu lengua" estaba destinado a Arnold. En su mente y su corazón, aún
tenía sentimientos por Arnold y mentiría si dijera que en sus fantasías recurrentes,
no era él quien tomaba la iniciativa y le dedicaba una carta, una sonrisa, una palabra.
Esa ilusión, del amante osado se terminó, ¡Ese maldito se la arrebató! y dolía,
porque Arnold, aparentemente ni se inmutó.
"No digas eso Helga, él es un pacifista y la situación…la verdad es que a todos nos
tomó por sorpresa"
"No lo sé…"
"Jamás lo haría pero ni tú ni yo queremos que la boca de ese pelmazo sea lo último
que toque tus labios"
—Llegarás tarde a tu clase, Phoebe ¿No necesitabas todas las asistencias para
tener mas oportunidades de obtener el pase universitario?
—Sí, pero…
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—Pero nada, Cabeza de cepillo te esperará en las canchas de Baloncesto para
después llevarte a tu casa.
Helga parecía conocer los hábitos deportivos de Gerald así como el moreno parecía
conocer la vulnerabilidad de ella, ¿Desde cuando eran tan íntimos? Y más
importante que eso ¿Por qué le molestaba tanto? Phoebe rompió el abrazo, se
limpió unas lágrimas traicioneras del rostro y después se inclinó para recoger las
llaves y devolvérselas a su novio.
—¿Estás segura de que estarás bien?—preguntó por ultima vez, sin dejar de mirarlo
a él. Gerald sonrió con la misma complicidad que compartían ellas.
Era Phoebe quien los había unido de alguna extraña y misteriosa manera. Ella
compartía cosas de su mejor amiga con su novio y viceversa. Ellos debieron terminar
por aceptarlo porque la querían.
—Ya te dije que si, y no me lo tomes a mal melenudo pero lo último que quiero en
este momento en encerrarme en algún sitio con cualquier clase de c-h-i-c-o, ¿Tú
eres un chico, cierto?—Gerald rodó los ojos y replicó.
—Si, Helga, soy todo un hombre pero no tan varonil como tú. —Helga le levantó el
puño cerrado, aunque tuvo que disimular el dolor, porque se le estaba inflamando.
Gerald sonrió y se abrazó a su novia para llevarla al salón de cálculo avanzado.
—¿La acompañas tú, viejo? —inquirió sin pensarlo Johanssen. Él aún estaba
estupefacto por la revelación. ¿Dónde tuvo la cabeza durante todo este tiempo?
Ellos eran "amigos-amigos" del tipo que se hace bromas pesadas y se apoya en
situaciones desesperadas. Él seguía siendo el chico de respaldo, a quien llamas
cuando no tienes a nadie mejor que llamar.
Helga dejó que se fueran los enamorados, sacó una goma de mascar del interior de
su bolso y la metió en su boca, "mango" pensó para sus adentros y de recordar la
vez que estuvieron tan cerca el uno del otro, con unas palabras de amor no
confesas, se le hizo agua a la boca. Ella giró sobre la suela de sus VANS
desgastados y emprendió la huida con paso calmo, él se movió por inercia. No sólo
por obligación o cortesía, sino porque quería estar dónde ella fuera.
—L…lo sé, —comentó de inmediato. Caminando un poco por detrás pero sin dejar
de mirarla en su totalidad, resuelta, plena y a pesar de todo ello, frágil y fémina. —
Pero vas a necesitar una venda y algo de hielo para eso…
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—¿Cómo…?—Helga detuvo sus pasos y así él pudo señalar el puño que tenía ya
bastante inflamado.
—Tomaré analgésicos.
—¡No voy a entrar a la enfermería…!—y eso lo dijo mas que nada porque si volvía
a pasar por ese lugar, todas sus defensas se derrumbarían. Arnold suspiró cansado,
ella se relajó, confiada de ganar esta batalla.
—¿Por qué…?
—Para que pueda curarte —y ella ya no dijo nada, pero accedió a que él la guiara.
Arnold no tenía auto como Gerald, tomaba el autobús al igual que el resto pero en
esta ocasión optaron por caminar. Uno junto al otro en ceremonioso silencio.
—¿Perdón?
Tres en la tierna infancia, uno más a los doce años y el último antes de entrar en la
preparatoria.
Helga lo miraba de manera intensa. Siempre era así, no tenía otra forma de
describirla como no fuera "una mujer apasionada y directa" Estaba de cara a él,
como en el momento en que confesó sus sentimientos y le dio un largo y profundo
beso.
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Aquel, no era su primer beso, ni el segundo entre ellos, era el tercero y mientras lo
pensaba podía afirmar que los labios de Helga eran idénticos a los de la falsa Cecile,
pensó en su figura, su ternura, creyó que por fin se había apoderado de él la locura
heredada a su abuela, pero no era un invento. Era cierto, Helga y Cecile, eran la
misma persona que decía quererlo.
Cuando terminó el beso y su mente llegó a la conclusión de que este podría ser el
tercero de muchos o el último de pocos, Helga habló de "la locura del momento" No
era verdad que sintiera por él, algo como eso.
¿Amor?
Eso no estaba planeado así porque Helga ni siquiera participaba en la obra, era la
guionista y asistente de dirección. Él se quedó una vez más con el papel protagónico
porque en esta ocasión, sí sería Lila Sawyer a quien besaría, más en séptimo el
ensayo, (media hora antes del estreno) cuando la pelirroja seguía sin poder besarlo,
Helga perdió los estribos, arrojó sus papeles al suelo y se dirigió a él como una leona
en cacería.
Lo tomó de las ropas que por cierto ya eran las de la obra: un traje color negro de
corte inglés con chaleco y corbata grises a juego, tiró de las solapas de su saco, él
cerró los ojos y levantó rostro por acto reflejo, tan acostumbrado a la diferencia de
altura entre sus cuerpos, a la forma de sus labios y lo intempestivo de sus arrebatos,
separó los labios, contrario de las ocasiones en que aún eran niños, saboreó su
boca y sintió su lengua danzar junto a la suya.
Fue un beso breve que disfrutó en cierta medida y que se vio roto por la necesidad
de Helga de recalcarle a Lila lo fácil que era.
"Eso es un beso, Sawyer. Arnold no muerde y no se te van a caer la piel, los labios
o la cara por tocarlo. Son amantes, ¿Recuerdas?" —gritó señalando los papeles en
el piso. "Su esposa por fin murió de Tifoidea, la enterraron hace unas horas y él no
quiere llorarla, quiere recordarla a través de ti. Tú eres la razón de que le fuera infiel
en su lecho de muerte porque le recuerdas a la mujer que amó en los años que fue
verdaderamente bella…"
La obra fue todo un éxito, por el guión más no por la actuación. Al final, él terminó
besando a Lila un poco más abajo de los labios, inclinó el cuerpo para que no se
notara que sus bocas no se habían tocado. Siendo honestos, ahora que lo pensaba,
quizás la obra era una proyección de los sentimientos de Helga.
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"Tú eres la razón de que le fuera infiel, porque le recuerdas a la mujer que desde
siempre amó"
Su corazón dio un diminuto salto al llegar a esta conclusión, las imágenes de "la
falsa Cecile y Helga Pataki" revolotearon en su cabeza. ¿El estaba enamorado de
ella? Nunca antes se lo había preguntado. La rubia permanecía con él, aunque se
había dirigido a una banca en el límite del parque. Él la siguió, aún sin decir nada,
sospechaba que faltaba poco para que Helga se hartara, su relación se resumía en
esto:
Sabía por boca de todos que Olga tenía un puesto reconocido en una Universidad
Francesa, sus padres planeaban visitarla a finales del año, pero los rumores también
decían que si los Señores Pataki se divorciaban, Helga y su madre se quedarían
con ella.
Y sí, lo dijo bien porque él ya conocía a Olga y la única palabra que tenía para
describir a su hermana mayor era "sexy" Obvio resultaba suponer que la menor de
los Pataki tendría una figura así de envidiable. Cuando se despidieron, Gerald ya
iba algunos metros por delante con Phoebe y el resto de sus amigos, también los
habían dejado a solas.
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—Trata de hacer que no te maten…
—Oh…
Un muérdago se elevaba por encima de sus cabezas. Y ahora tenía sentido que
todo el mundo los hubiera dejado solos. —cerró los ojos en el momento exacto que
sintió el roce de sus labios. Sabor a mango envió descargas eléctricas por todo su
cuerpo, separó los labios como en el teatro, la sintió abrirse paso en su boca, jugar
con su lengua. Un beso húmedo, ansioso y quizás un poco desesperado. Las manos
de Helga estaban una vez más en su cuello, él relajó los músculos, cerró un poco el
espacio entre sus cuerpos, sin tocarla…invadirla, lo importante para él, era
respetarla.
"Feliz Navidad…"
—Ar…nold…
Dejó de viajar por el mar de los recuerdos, Helga tenía el rostro rojo, húmedo de
llanto, su primer instinto fue pensar que la había lastimado al quedarse tanto tiempo
callado, pero después la miró doblarse del dolor y contempló el puño diestro que de
rojo comenzaba a ponerse morado.
—¡No me grites!
—Claro que sí, yo lo vi muy claro. Solo hizo falta preguntar lo obvio…
—¿Qué…?
—¡Me odias!
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—Helga…—él no tenía paciencia para ella. Es decir, siempre lo sacaba de sus
casillas pero para llevar la fiesta en paz y en pro del pacifismo no ahondaba de más
en la herida. La dejaba hacer sus rabietas, amenazarlo, golpearlo y sí, besarlo.
—No te odio, y nunca pensé demasiado en los besos que me has regalado…
—¿Perdón…?
—Cuando éramos niños, decidí que eran cosas de niños y en el ensayo de la obra,
pensé que era sólo teatro…
—No nos besamos, pensé que le daba pena hacerlo delante de tantos, pero ha decir
verdad….ella y yo…nunca nos hemos besado.
—El origen de los tiempos, yo lo sé, pero no nos hemos besado y aún no he
terminado. Lo que "hiciste" nunca me pareció ofensivo o repulsivo. Sólo un poco
intimidante, porque…tú sabes. Se supone que somos los chicos los que besamos a
las chicas.
—¿Diferente, cómo?
—¿Y entonces por qué…?—se atrevió a preguntar, a pesar de que estaba a punto
de ponerse a gritar de dolor. No cerró el puño correctamente al momento de soltar
el golpe. Sí, era una mujer atlética que se mantenía en forma, pero el calor del
momento, el traumatismo emocional de ser besada por otro sujeto, el nivel de su
enfado al ver la sonrisa prepotente de ese descarado, la llevaron a reaccionar sin
pensar y seguramente se había fastidiado un tendón, un dedo, un nudillo o dos.
—¿Por qué no dije nada desde que nos volvimos a ver…? —Helga asintió con el
rostro pero en esta ocasión no pudo evitar volver a doblarse del dolor. ¡Quería
drogas y de las fuertes! ¡Las necesitaba ahora! Arnold la levantó con soltura,
tomándola de la cintura. Un gesto involuntario y que honestamente se sintió de lo
mejor, comenzó a escoltarla hacia la casa de huéspedes. No estaban demasiado
18
lejos y su abuela con toda seguridad tendría algo para calmar su dolor y bajarle la
hinchazón. Retomó la conversación a medida que adquirían un paso firme, relajado.
—Porque como te dije, nunca pensé demasiado en eso y ambos regresamos tan
diferentes…
—Y tan nosotros…
La pregunta se quedó en el aire, pues lo siguiente que quería saber era lo que sintió
al ser besada por ese bastardo. Si se lo hubiera preguntado a él, le diría que lo que
sintió fue que se moría, que la persona que era se transformaba en otra pues desde
siempre, había sido ella la que lo besaba a él. La que decidía a quién querer, la que
encontraba formas de volver íntimo un espacio público, la que no tenía miedo, sólo
pasión y convicción.
Verla temblar entre las formas de Jake, verla llorar por causa de él, despertó algo
en su interior que no podía comprender, la sangre se congeló en el interior de sus
venas, algo en su mente se fragmentó. La imagen de Helga a los nueve años
diciendo que lo quería, que le gustaba con pasión y locura, que escribía decenas de
poemas inspirados en él y que hasta guardaba un altar en su alcoba.
Eso era lo que le impidió reaccionar, recomponerse de la impresión, porque esa niña
era asombrosa y no merecía ser tocada por un cualquiera.
—¡Santo cielo! ¡¿Pero qué fue lo que les pasó, Arnold?! —su abuelo estaba
barriendo las escaleras de la entrada principal, al sonido de su voz se unió la de su
abuela.
—¡¿Qué está…?! ¡Eleanor! —Helga levantó el rostro y por extraño que pareciera
corrió a reunirse con su abuela.
—¡Gertrude!
CAPÍTULO 3
19
.
Phil tuvo que apartar a Arnold luego de que al chico casi se le cayera la mandíbula
con la imagen de su abuela y Helga apretándose en tremendo abrazo. Es decir,
sabía que Puki estaba algo loca y que Helga también, ¿¡Pero, esto!? Ninguna de las
dos lo abrazaba a él ¡Es más! Ninguna de las dos le mostraba ese "lado" a él.
Iba a comenzar a protestar a voz en grito, cuando de pronto su abuelo le hizo una
seña para que prestara atención al sonido.
—Déjalas unos minutos hombre pequeño y ahora que estamos aquí, dime ¿Qué
demonios fue lo que les pasó?
—¿Esa Eleanor, es la niña furiosa que golpeaste con tu bola de béisbol, cierto?
—Si, es ella.—interrumpió, antes de que Phil encontrara una forma de relacionar los
nombres modernos con la Segunda Guerra mundial.
—Estás más pálido que la muerte, Arnold. Y esa chica tenía el rostro manchado de
llanto, tú la abrazabas por detrás como si quisieras protegerla de la vida misma. No
es que no seas caballeroso con todas las personas, pero creo identificar algo cuando
lo veo.
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—Dime lo que les pasó y luego te diré lo que yo creo que sucedió. —La mirada de
su abuelo debía ser la misma que usaba en el ejército ya que no admitía
vacilaciones. Arnold se rindió y aceptó el trago que le era entregado. Levantaron los
vasos como demandaba la tradición y después bebieron de un solo golpe.
El sabor amargo se le escurrió por la garganta como fuego líquido hasta aterrizar en
el estómago, luego observó la imagen del vaso vacío, como si poseyera las
respuestas a las preguntas que a penas y se estaba haciendo. Trató de pensar en
una forma cuerda narrar la situación, mientras su abuela y Helga entraban por la
puerta principal y se dirigían al salón de lectura.
Él, nunca le habló a sus abuelos sobre la complicada relación que mantenía con
Helga. La intimidación a que era sujeto durante las clases y en los casilleros, los
extraños y contados momentos en que se trataron con respeto, la declaración de
amor y el apasionado beso. ¡Oh, no. Eso jamás! Ni a Gerald se lo contó, porque
seguramente él se lo diría a todos y pronto sería el hazmerreír de todo el vecindario
o peor aún, Helga se enteraría y no dudaría en volver a…
¿Golpearlo o Besarlo?
¿Sentiría distinto? ¿Querría volver a besarlo? ¿Estaría dispuesta a dejar que alguien
más la besara?
—¿Qué tienes que entender si todo para mi es muy simple hombrecito? —Arnold
resopló pero permaneció tumbado en la mesa. —Su abuelo bufó con sorna y de ser
más joven o más hábil, desearía tener a mano una de esas cámaras digitales y
hacerle una fotografía. "Primer dilema de amor" así la pondrían en el álbum, pero
como no tenía nada de eso, se conformaría con guardar su estampa en la memoria.
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—¿Para qué?—Levantó el rostro, mirando a su abuelo porque en serio. ¡Necesitaba
una explicación para lo que estaba sintiendo! ¿Pero a quién se la iba a pedir?
¿Gerald? Se desmayaría ante la contemplación de la idea, él se estaba quedando
sin oxígeno en el cerebro ante la contemplación de la idea. ¿¡Él y Helga!? ¿¡Él quería
besar a Helga!? ¿¡Y agarrarse a golpes con Jake por haberla besado!? No, no era
solo el beso, era que la había lastimado, ella estaba llorando. Y él no quería que
nadie la hiciera llorar.
—¡¿Cómo que para qué?! La chica furiosa, te trae de cabeza. ¿Quién lo diría? Tal
vez la maldición se transfirió a ti y por eso no me morí.
—¿Otra vez vas a empezar con eso de que debías morir a los noventa y un años?
—Claro que lo estamos, si tú vas a pagar la maldición viviremos hasta los doscientos
años.
—Ah, Galletita. ¿Me preguntaba cuando ibas a aparecer por aquí?—comentó Phil,
aún divertido.
—Dejé a Eleanor con el puño sumergido en una cubeta de hielos, el doctor Evans,
nuestro único inquilino dice que debe bajar la hinchazón para poder hacer una
valoración. Le sugerí que durmiera un poco, pero quizás aprecie más que la
acompañes un rato.
—Está bien.
—¿¡Eh…!?
—El poste, Eleanor dijo que recibió una mala noticia y por la impresión, golpeó el
poste. —Arnold miró a su abuela como si por fin se hubiera vuelto totalmente loca.
El problema con eso era que no había locura en sus ojos. Helga le mintió y Gertrude
sabía que lo hizo, pero no la presionó. En su lugar, lo mandaba a él para que la
cuidara.
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—Creo...que lo golpeó lo más fuerte que pudo.
—Espantosa…
—Con razón tú estabas tan pálido y a la pobre le dio por llorar. Eleanor nunca baja
la guardia, trátala con respeto Arnold.
—Lo haré…—se levantó de su asiento dispuesto a reunirse con ella, pero cuando
alcanzó el umbral de la cocina, no se resistió a preguntar.
—Claro que si. —se obstinó su abuela. —Siempre que tú no estabas, claro está.
—No te pongas celoso, sabes que tengo cientos de libros en ese cuarto. Ella venía
a leer y a pasar tiempo con una pobre vieja que todos tienen por senil y loca.
—¿Está hablando en serio, abuelo? —preguntó sin creerlo. Phil asintió con una
enorme sonrisa como de tiburón. Ese gesto quería decir "Te trae de cabeza y ni
siquiera te habías dado cuenta" —roló los ojos cansado. Se suponía que con la edad
llegaba la madurez, pero sus abuelos descubrieron que con la edad, ya no les
importaba el daño colateral que producían sus actos. Retomó la huída y entonces
fue el turno de Gertrude. Se acercó misteriosa a él, susurrando a su oído.
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alguien viniera a ponerle el traje de conejo? Definitivamente, eso no fue tan
humillante como esto.
—¿Tantas?
—Eso fue durante un mes, a los nueve años y no volví a practicar jamás
—No digas e…—ella lo interrumpió con una de sus miradas. Intensa, Helga estaba
volviendo a ser sincera con él.
—Miriam se quedó en Europa con Olga, y Bob se supone que debía estar conmigo
pero hace un tiempo que se fugó con una Secretaria de treinta y dos años que bien
podría pasar por mi hermana mayor.
—¿¡Qué...!?
—Fue cerca de las vacaciones de Verano, dijo que no le comentara nada a mi madre
porque tú sabes "No queremos que regrese a su problema de alcohol" Y si Olga lo
supiera, no pararía de llorar en semanas. Además de que me obligarían a volver, y
yo no quiero estar en París...
—¿Por qué no?—Helga cerró los ojos, Arnold supuso que no escuchó su pregunta,
ya que continuó hablando.
—El trato que hicimos fue este: Yo me quedaba callada y él seguía pagando mi
educación y los servicios de la casa.
24
no servía de nada que lo tuviera ahí. Su piel aún se veía roja y ligeramente hinchada.
Arnold quiso sostener su mano, enlazar sus dedos o en su defecto, acariciar la
superficie hasta que ya no sintiera ningún atisbo de dolor.
—Aún así, debió ser duro…—Y no es que la revelación fuera una sorpresa. Él ya
había visto los descuidos de sus padres, prácticamente desde que se conocieron,
pero esperaba que todo eso ya fuera agua pasada. Que encontraran una forma de
relacionarse ahora, que Helga, ya era prácticamente una adulta. Nunca se imaginó
que la dejarían sola, porque él jamás estaba solo. Creció sin sus padres, pero sus
abuelos, pocas veces lo hacían sentir solo.
Él y Helga nunca antes habían estado así de cerca. Ella contra su hombro, él
estrechando su mano, las piernas dobladas por la parte baja del sillón. Esta era una
situación irreal, totalmente ilusoria. Era un sueño, no podía ser real.
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—¿Y qué se supone que estás haciendo tú, si se puede saber?—respondió
ofendida.
—Claro que vienes a eso, ya hiciste suficiente dándole a beber ese Whisky que
podría derribar hasta a un caballo.
—No me dijo nada, pero te apuesto un riñón a que tuvo que ser cosa de algún otro
chico.
—¿Tu pulmón? ¿Para qué quiero esa cosa marchita de más de cincuenta años de
fumar? Ofrece tu cadera.
—La tuya está más buena. —respondió guiñándole un ojo a su esposa. Ella ya
estaba sacando lo necesario para preparar la cena.
—Nada, desde que dejó de espiar a nuestro nieto mientras dormía a pierna suelta.
—En Plutón, si tanto así quieres saberlo. Y sólo fueron unas cuantas veces.
—Ah, si te molestaba tanto. ¿Por qué nunca subiste con una escoba a bajarla de
nuestro tejado?
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—¡Mientes! Esperabas que algún día despertara y la descubriera.
—Pero eso no iba a suceder jamás, si tú lo dejabas en coma con esas cenas
"especiales"
—¿Siendo espiado?
—Tú me tuviste bajo vigilancia militar por los primeros tres años de relación.
Eso tendría sentido: Un bravucón los atacó a ambos y la chica furiosa terminó
rompiéndole la cara y rompiéndose la mano. Debió llorar por lo poco hombre que
era Arnold. Aceptaba la culpa, lo consintieron demasiado, nunca le enseñaron a ser
un hombre como demandaba la tradición, pero a decir verdad, tampoco con Miles
habían hecho un gran trabajo. Gertrude y él, eran más del tipo "vive y deja vivir"
además, la "maldición" de la familia decía que a todo Shortman le llega la suya.
Una mujer con carácter que ponía su universo de cabeza. Por la que dejaban de
andar en las nubes y se enfocaban en responsabilizarse, trabajar y sentar cabeza.
Ya le hacía falta a su hijo bajar de las nubes, pasaba demasiado tiempo soñando
despierto, aunque ha decir verdad. Él hubiera preferido una chica un poquito menos
"loca"
—Ya te dije que sí, ahora sirve de algo y ve a comprar carne para el estofado.
27
y todos ellos unos ingenuos. Aún eran chicos del vecindario, fueron criados con
valores, respetaban a sus mayores, ayudaban a las personas. Claro, sabían
defenderse y demás, pero nunca serían de los que se acercan directamente a besar
a una chica cuando la respuesta ya fue, no.
Su chica, era ella porque la quería y la pensaba por horas y horas a lo largo de los
días y como es natural y normal, justo ahora que estaba jugando nerviosa con la
pantalla táctil de su celular que permanecía negra porque Pataki no atendió una sola
de sus llamadas, ni había respondido los mensajes de texto, él sugirió que fueran a
visitarla.
—¿Qué?
—Le diremos a tus padres que vamos por un helado y te traeré de vuelta antes de
las ocho como juré que haría el día que nos anunciamos como novios.
—¿Estás seguro?
—De lo que estoy seguro, es de que no dormirás tranquila hasta que la veas o hables
con ella. Yo no me preocupo tanto porque sé que es una chica ruda, seguramente
está ocupada aterrorizando parejas en los parques.
—Claro que si, estará entre los arbustos mascando su goma, intimidando pobres
diablos para que no se pasen de listos con sus novias. Tomándolos por la chaqueta
y colocándolos contra alguna reja…
—¡Gerald! —Phoebe pocas veces subía el tono de voz y cuando lo hizo, no tardó
demasiado en asomarse su padre por la puerta. Si, estaban juntos, en su habitación,
pero él estaba acostado en la cama, recargando el cuerpo contra la pared y ella
sentada en su bonita silla de escritorio. No se tocaban, no nada de nada. (hasta
cumplir la mayoría de edad)
—Claro que si, padre. Sólo me alteré porque Gerald se muere por comprar un
helado, cuando es obvio que tú ya no vas a dejarnos salir otro rato. —el señor
Heyerdahl, miró su reloj de pulso. Él y su esposa confiaban demasiado en su hija.
(Diecisiete años de excelente comportamiento le habían ganado ciertas libertades,
como tener a su novio de visita en casa y en su recámara) Aún quedaban tres horas
para las ocho de la noche.
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—De acuerdo, pero si llegan un minuto tarde, se cancelan las salidas del fin de
semana. —los dos asintieron en tono militar. Su padre, regresó a sus asuntos, es
decir a mirar el televisor sobre el sillón de su sala, dónde lo esperaba su linda y
amada esposa.
El pueblo, no se había alterado demasiado con el paso de los años. Los edificios
seguían siendo los mismos y estando en su lugar, sólo que se habían modernizado
y ahora contaban con cosas como: Cafés Internets, centros de video juegos y esas
cadenas de mini-mercados que estaban por todos lados. La tienda de localizadores
del señor Pataki se había ido a la quiebra con la llegada de los teléfonos inteligentes.
Tuvo que renunciar a su orgullo y aceptar un contrato en la firma de su competencia,
ganaba más dinero que antes, eso era un hecho pero también lo era, que se había
sentido "menos hombre" al perder algo tan valioso como su negocio. Su casa seguía
estando al fina del vecindario, llegabas fácil en bicicleta, pero ellos iban a pie,
tomados de la mano y cortando por el mercado. Se encontraron con el abuelo de
Arnold al pedir el pan blanco y Gerald no dudó en saludarlo.
—Si, esa mujer loca nos quiere tener a todos en engorda. ¿Pero bueno, ustedes
que hacen afuera tan tarde?
—Pues no vayan tan lejos, está en la Casa de Huéspedes, Arnold la llevó ahí,
porque la chica furiosa no quiso ir al médico.
—¿Significa que está peor?—preguntó Gerald, sintiéndose mal por haberse burlado.
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—Las lesiones en las manos suelen ser delicadas. Si no quiere tener futuras
complicaciones, debe estar fuera del deporte o las peleas callejeras como mínimo
dos meses.
—Oh…—comentaron al unísono.
—Si, ahora que lo saben y que se ve que son buenos muchachos. Vayan a decírselo
cuando la vean.
—¿¡Qué!?—gritaron asustados.
—Ya se los expliqué, el doctor no tuvo el valor de decirle la verdad a una chica "tan
bonita" entonces o lo hacen ustedes o se lo encomiendo a Arnold.
—¡Gerald!
—¡Eso qué!
—También me enseño, "más vale aquí corrió que aquí quedó" y yo prefiero ayudar
a tu madre en la cocina o enfrentar a tu padre en ajedrez a decirle a Helga que no
puede jugar más Béisbol. —salió corriendo por el mismo lugar que habían llegado.
Phoebe se disculpó con Phil, y si "Geleanor" seguía en su casa, le pedía de favor
que le diera sus saludos y le pidiera que atendiera su celular.
—Ah, eso debe ser por el medicamento. Tenía mucho dolor cuando llegó y por eso
Evans la durmió. Arnold la está cuidando así que no te preocupes por nada.
—¡Gracias!
—Ahora, ¿Tú que eres tan linda y amable, me vas a decir qué fue lo que pasó?
—Me encantaría, Señor Shortman pero tengo que alcanzar a mi novio antes de que
se caiga y aplaste el pan.
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El olor a estofado llegó a sus sentidos, también una sensación cálida y que nunca
antes había experimentado. Le trajo recuerdos de la más tierna infancia, antes de
las peleas, los llantos y el alcohol. Cuando se abrazaba a su madre y ella le decía
que la quería, que la amaba más que a nada y ella ingenuamente le creía porque
obviamente. Ni su padre o su hermana, eran nada.
Despertó, aún sin abrir los ojos, disfrutando el recuerdo y sintiendo un ligero
hormigueo en la mano lesionada. La sensación cálida se extendía por todos lados,
alguien la abrazaba y ella conocía su aroma, la loción para después de afeitar que
usaba. Era Arnold, y el conocimiento de ese hecho, único y extraordinario la llevó a
abrir los ojos y levantar el rostro.
Él estaba ahí, recostado junto con ella en el sillón largo de Gertrude, su mano estaba
enredada en la suya y sus ojos verdes, las musas inspiradoras de más de un soneto
o poema estaban en los suyos. Contrario de lo esperado, él no se quitó, la abrazó,
más fuerte, más firme, más íntimo y definitivamente, más real.
¡Pero no sucedía!
Miriam lloraba, Bob gritaba. No había besos al pie de la escalera, ratones que
hablaban, calabazas mágicas. Había reclamos furiosos, gritos aterradores, manchas
en prendas de vestir arrojadas a la cara, relojes, platos, todo lo que tocara sus
manos arrojado a las paredes o al piso.
Y entonces ella salía por la ventana y corría, se escapaba de esa vida y entraba en
alguna otra. Dónde los papeles se invertían porque no era ella la princesa dormida,
ni él el caballero galante.
Arnold, siempre parecía calmo al dormir, feliz, ajeno a las maldades y perversiones
del mundo. Por eso le gustaba tanto, porque él era amable y nunca prefería pelear.
Él no protagonizaría una escena de esas, no lastimaría a su pareja.
Ella, no podía aparecer como era delante de él. No podía ser la que era delante de
nadie. No podía dejar que todos en el pueblo supieran que Bob y Miriam no eran la
pareja feliz que decían ser. Y fue entonces que se colocó una coraza, ruda e
impenetrable, la misma que justo ahora parecía caer a sus pies, porque Arnold la
miraba a ella, la mujer que era. No la niña temerosa, egocéntrica, agresiva y furiosa.
Sino la chica que soñaba con el beso de su príncipe galante, que la miraría así y la
estrecharía así.
—¿Te estoy lastimando?—preguntó Arnold, soltando su mano, ella negó. Pero una
vez que empezaba a llorar, era difícil hacerla parar. Por eso no lo hacía, delante de
31
nadie, que no fueran Phoebe o Gertrude. "la hermana y la madre que tanto
necesitaba"
Ella, no era una princesa. Eso desde hacía años lo tenía más que claro. Ella era la
que se quedaba fuera del cuadro, la que tomaba las fotos de las parejas envidiables,
la que escribía de deseos y pasiones ingobernables, porque eran las proyecciones
de todo lo que anhelaba, más no tenía.
Arnold la abrazó por detrás de nuevo, su primer instinto fue hacerlo a un lado pero
resistió.
—Es real…—comentó la voz de Arnold, porque todo lo que creía que estaba
pensando, lo enunció en alto. El rubio buscó su mirada, limpió sus lágrimas ¿Quién
además de Arnold llevaba un pañuelo blanco en el bolsillo interno de su pantalón?
—Estamos en mi casa, en el salón de lectura y yo he decidido decirte, que en
realidad, me gustas, gustas…
CAPITULO 4
Helga se quedó tan quieta después de escuchar sus palabras, que por un momento
Arnold creyó que se había enfadado, que la había ofendido, que ese momento no
podía ser, sino el peor de todos para confesar sus sentimientos. Sin embargo dejó
de llorar y también de temblar. Sus ojos lo miraban con insistencia, él se esforzó por
mostrarle su cara más honesta.
Y descubrió que estaba de acuerdo con todo eso, porque a partir de ahora quería
ser quien lo hiciera. Acariciarla, protegerla, valorarla, amarla...
—¿Estoy siendo muy atrevido?—preguntó, sin dejar de verse en sus ojos, ella al
parecer haber perdido del todo la capacidad para hablar, así que prosiguió.
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—En la escuela dijiste que te gustan los hombres que dicen las cosas de frente y
sin medias tintas. Bien,…—suspiró y dejó caer un poco la cabeza hacia atrás. Eso
de confesar no era su fuerte, pero si recordaba la escena correctamente, cuando lo
dijo a parte de él, Jake estaba en el pasillo. Pensar en el beisbolista hizo que se le
congelara la sangre de nuevo. ¿Cabot escuchó sus palabras y pensó que era "esto"
lo que quería? ¿Una declaración directa y un beso robado a la fuerza?
—Pero no tienes que hacerlo. —interrumpió. —Yo, sé que no te gusto. Si crees que
me harías un favor con tu compasión…
—¡Es que no es eso! —casi saltó a su regazo, ella se replegó contra el respaldo y
desvió el rostro.
—Te lo digo en serio, lamento que tuviera que pasar algo como "esto" para que me
diera cuenta de mis sentimientos.
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de sus estaturas, tan mínima ahora, sus cabellos rubios, la palidez de su piel, sus
mejillas llenas, la gruesa línea de sus labios,…el labial se había esfumado, eran una
vez más sus labios rosados. Los observó a detalle, sin disculparse por estar siendo
tan osado.
—Sabes que jamás haría algo como eso, pero por un momento desee ser la clase
de hombre que monta en cólera y se va a los golpes para defender a la mujer que
quiere.
—¿Qué…? —ella seguía sin creerlo pero la vacilación de su mirada hacía un rato
que se había esfumado. Arnold se acercó a su cuerpo, acechándola como si bailaran
pero en lugar de rodear su cintura, capturó su rostro con la mano libre.
—Me gustas Helga, me gustabas desde hace tanto, sólo que no quería aceptarlo.
Siempre encontraba excusas para evadir lo nuestro, pero se me acabaron cuando
lo vi...
—No…esto, no puede ser cierto…—Helga renegó para sus adentros, cerrando los
ojos mientras Arnold delineaba su labio inferior con uno de sus dedos, permitió el
roce, la caricia íntima y la desairó en su fuero interno. Él no podía estarle diciendo
eso porque había una línea demasiado fina entre su cordura y su locura.
Esa línea se estaba perdiendo y si ella no pasara el ochenta por ciento de sus días
soñando "con esto" tal vez podría creerlo.
Más que eso la tenía tan cerca de su cuerpo, acariciando su rostro, en una
habitación a rebosar de libros, velas románticas y luz nocturna. Se sintió como una
"Princesa" Bella, bailando con la Bestia, aunque sinceramente, su príncipe de
cuento era más atractivo que el promedio.
—Helga, lo único que pensé entonces y que no he dejado de pensar hasta ahora,
es que tú eres la única mujer que de verdad me ha besado y que yo quiero ser el
único hombre que de verdad te haya besado…
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—"Acepto" —respondió sin palabras pues una vez más tenía la garganta seca. Las
piernas le temblaban, su estómago se revolvía. Si no la besaba ya, iba a ponerse a
gritar. Pero claro, su cabeza de balón, era tan propio y bien educado que aún no
culminaba la declaración.
—¿Quieres ser mi…?—ella no lo dejó terminar. ¡Claro que quería ser su novia, su
mundo y su vida! pero por sobre todas las cosas, lo que quería era besarlo. Húmedo
y hambriento, reclamó su boca sin violencia. Aunque milésimas de segundo después
el recuerdo de Jake la hizo vacilar y perder la concentración. Arnold debió suponerlo,
ya que la rodeó con su cuerpo, la mano que estaba en su rostro pasó a apoderarse
de su cintura y ella lo abrazó con el brazo herido, lo aferró hasta que el dolor le
aseguró que esto no era un sueño y que quien la besaba era él.
Eran sus labios, sus formas, texturas y Dios bendito, porque también era su sabor,
ella lo saboreo como una niña a la más exquisita golosina y él la saboreó a su vez,
como la más tierna y dulce de las fresas, iban a continuar por ahí, perdiéndose el
respeto mutuo pero entonces, la puerta del cuarto fue abierta de pronto, seguida de
un grito histérico de su abuela.
Ambos por acto reflejo se separaron del otro. Ella se lastimó el puño otra vez porque
obviamente era diestra y estaba acostumbrada a usar sus puños para
absolutamente todo. Chilló de dolor al abofetearlo y gritarle "mañoso" Arnold no
podía estar más confundido y avergonzado. Phil también entró aunque él lo hizo con
una jodida "escopeta" y preguntando a voz en grito por "dónde estaban los nazis"
—No queremos correr la voz de la clínica hasta que todo esté pagado. La
Universidad de Arnold para ser mas exactos. —comentaron los ancianos. Ella
asintió con el rostro, aunque ese pequeño golpe de realidad ponía inquietos a sus
demonios.
Un año y medio…es lo que les restaba para partir a la Universidad, era lo que
podrían estar juntos, si es que lograban seguir juntos. Si Arnold no descubría lo rota
que estaba por dentro y decidía que no quería permanecer con ella…
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—¿Hay dolor?—preguntó el doctor examinando su mano. Ella siseó un poco, pero
no le dolía la mano. Tenía miedo, pavor de estropear su sueño…
—Te enseñaré a vendarte, pon atención porque deberás explicarle a la persona que
vaya a ayudarte con la curación. Asintió con el rostro, esforzándose por obedecer.
Arnold se quedó en la consulta, sus abuelos se habían retirado a preparar la mesa.
—¿Te quedas a cenar, cierto? —preguntó Gertrude antes de salir por la puerta. Ella
asintió otra vez, pero Arnold podía ver la preocupación en sus ojos. ¿Quién iba a
ponerle las vendas? ¿Quién iba a quedarse con ella? A él le parecía sumamente
cruel que se quedara sola. ¿Si tenía dolor a mitad de la noche y no podía alcanzar
los vasos en la alacena...?
—No me mires así…—interrumpió las atenciones del médico la nítida voz de Helga.
—Lo hacía, pero tu mirada inquisidora, literalmente me mata. —el doctor suspiró.
Pensó, acertadamente que apenas se estarían conociendo.
—Yo no…—la calló con una mirada. Ella se exasperó porque claro, el doctor no era
ningún estúpido y ya había captado que no golpeó ningún poste de luz. Le golpeó
la maldita, cuadrada y dura quijada a un hijo de puta, más insistente que una
cucaracha.
—Si hay dolor en la noche, tomate una de estas. —le entregó un frasco con píldoras,
además de una receta con los horarios de las curaciones. Debía cambiarlas cada
mañana o cada noche, dependiendo de cuando acostumbrara tomar su baño,
durante un mes entero.
—Entiendo que es tu mano dominante y que aún vas a la escuela, es probable que
tus compañeros puedan ayudarte con las tareas. La nota te excusará de las
actividades deportivas.
—¿Perdón…?—Arnold tragó en seco. Sería más fácil sacar agua de una roca que
decirle a Helga que no podía jugar Béisbol.
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—Pataki —Helga se levantó un poco de su asiento, Arnold revisó que el doctor no
tuviera objetos punzo cortantes a mano.
—En realidad, ese es un apodo entre la querida Gertrude y yo. Mi nombre es Helga
G. Pataki y quiero una segunda opinión.
—Claro que puedes tenerla, pero te apuesto mi cédula profesional a que todos los
médicos de este pueblo te dirán lo mismo. Reposo absoluto por lo menos quince
días.
—Lo ideal sería un mes, pero ya que eres tan insistente, te haré una segunda
evaluación en esa fecha para descartar que tengas complicaciones a largo plazo.
—¿Qué clase de complicaciones podría tener? Por si no lo notó Doc, yo no soy una
"muñeca" no me quiebro a la primera.
—Tienes varias uñas quebradas, se te cae mucho el cabello y no creo que este
"accidente" fuera tan aparatoso en sí, pero es obvio que no estás consumiendo
suficiente calcio, hierro o proteína a diario.
Helga no agregó nada porque obviamente, una chica de diecisiete años ¿Qué iba a
saber de alimentación balanceada? Cuando vivía con sus padres por lo menos se
hacían cargo de comprar la comida, ella la preparaba pero había de todo en su
cocina. Desde que combinaba los estudios con los deberes del hogar, se limitaba a
una comida diaria y normalmente eran hamburguesas, patatas fritas y sodas. Si no
fuera por el béisbol se pondría como vaca...
—Las complicaciones que te quiero evitar son que pierdas fuerza en el puño, que
no puedas sostener objetos o cerrarlo en su totalidad.
—¿¡Todo por golpearle la cara a ese bastardo!? —Evans miró a Arnold, el rubio
puso cara de "Mis papás ya estaban casados"
—¿Importa?
—No soy policía, ni la Santa Inquisición, ¿De acuerdo? y en realidad esto es muy
sencillo, sólo aliméntate bien, ponte la curación junto con las vendas, usa la
37
muñequera y evita la actividad física de "alto impacto" —eso ultimo lo dijo mirando
alternativamente a Helga y Arnold. Ninguno de los dos entendió la indirecta, sonrió,
eran tan lindos y jóvenes.
—Lo que ordene Doc. Ahora, dígame por favor que tiene una terminal para pagar
sus servicios.
—¿Terminal?
—Helga sacó una tarjeta de debito del bolsillo izquierdo de su pantalón y agregó que
sus padres trabajaban todo el día. Ella se hacía cargo de sus gastos, indirectamente,
claro.
—A cuenta del depósito por la Casa de Huéspedes. —Declaró Arnold, Helga iba a
replicar pero el rubio fue mucho más rápido. Agradeció los servicios y la ayudó a
levantarse de su asiento.
—¡Pero…!
—Es parte de nuestro acuerdo con el Doctor, y si me permites cambiar de tema, tal
vez deberías dejar de mentir tanto.
—¿Perdón…?
—Que no está bien que le digas a todos que sigues viviendo con tus padres.
—N…no es para tanto…—dijo sin mirarlo a los ojos. ¿Por qué le fascinaba y
asustaba tanto? No quería enamorarse más de él porque cuando supiera todo. Lo
frágil que era, lo abandonada que estaba, se decepcionaría de ella.
—Lo es, tú sabes que lo es. —sus ojos, entre furiosos y preocupados. ¿No lo hacían
ver endemoniadamente apuesto y peligrosamente sexy?
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—Cc…comeré verduras…—pronunció a media voz, porque si él seguía con eso,
ella se iba a desmayar. Una voz interna sugería que podría vivir de sus besos y
caricias locas. Para reafirmar este punto iba a demandar otro beso, pero una vez
más los interrumpieron.
—Todas las que quieras...—comentó su abuela que había ido a buscarlos para que
se sentaran a la mesa.
—¡Estoy loca, no ciega! Sé muy bien lo que veo con mis ojos jovencito y eso es
ilegal a menos que me digas que ustedes dos ya son…
—¡Lo somos!—gritó él con las manos en son de paz para no recibir un cucharazo.
—¿Lo somos…? Arnold estaba ahora mas confundido y dolido que al principio. Si
una declaración de veinticinco minutos y dos pergaminos no eran suficientes para
Helga. ¿Entonces qué lo era? iba a darse la vuelta, gritar que las dos estaban locas
y encerrarse en su alcoba pero en ese momento Phil apareció de la nada, le sacó
una fotografía y casi lo deja ciego con el flash de su muy antigua y ostentosa
Polaroid.
—¡Por fin te atrapé, enano! Claro que son novios Galletita, sólo mira la miseria en
su rostro. —comentó mostrando la foto recién salida de la cámara. Gertrude estuvo
de acuerdo. Helga iba a ofrecerles las joyas de la corona a cambio de esa foto, pero
entonces el abuelo tuvo la mejor de las ideas.
—Geleanor, párate junto a él. —Arnold aún estaba viendo estrellas de colores,
cuando una malévola Helga se pegó a él y susurró a su oído, coquetamente como
si lo besara.
—Eres mío, Arnold Shortman. Tus días de paz y tranquilidad, se acabaron. —la vida,
el alma o mejor fuera dicho su instinto de conservación se le escurrieron por los pies.
Su abuelo eligió ese momento para sacar la foto y así es como aparecían: Él, más
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lívido que la muerte y ella más sonriente que un sensual gato con complejo de
asesino.
—Costal de huesos...
—Momia disecada…
Helga podía ver una suave sonrisa en el rostro de ambos cuando se insultaban, tan
diferente de como lo hacían sus padres y se rindió con la cuchara permitiendo que
Arnold la ayudara. En alguna carpeta dentro de los miles y miles de archivos que
tenía almacenados sobre fantasías con Arnold, había algo de ellos dos comiendo
en un Restaurante, dónde él le invitaba de su plato.
La escena real no era idéntica a esa, pero vaya ¡Se estaba desmayando de hambre!
y nunca antes había usado la mano zurda para nada mejor que sostener a un
individuo, antes de golpearlo con la diestra. Tendría que practicar el fin de semana.
Terminaron sobre las ocho treinta de la noche, pensó en que Phoebe estaría
despidiendo a Gerald en el umbral de su casa con un beso y quizás algunas palabras
sobre lo que harían en la mañana. Era el fin de semana romántico que todos estaban
esperando. Las tradiciones escolares siempre la habían molestado, la ponían
nostálgica pero no era el momento de pensar en esto. Agradeció la comida y le juró
a Gertrude que no es que no se quedara por temor a las manos largas de Arnold.
—Si ella es la que empieza…—comentó el rubio en un tono tan bajo que solo Helga
logró escucharlo.
—De acuerdo, pero eres bienvenida siempre que quieras. —le aseguró la anciana.
—Lo haremos.
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.
Partieron a pie, él de su lado izquierdo para que ella pudiera abrazarlo o tomar su
mano, la verdad es que esto de caminar juntos era un poco extraño, pero en absoluto
incómodo.
—¿Perdón?—Helga se adelantó un poco más y caminó hacia atrás, para poder verlo
a los ojos.
—No pensaba delatarte, sé que puedes cuidarte sola. Pero "esto" pudo ponerse más
feo…
—¿Más que sentir que me moría por dentro? ¡Tú querías matarlo! ¡Yo me estaba
muriendo! ¿Sabes que soy alérgica a las fresas?
—No…
—Bueno, si pruebo una, literal "me muero" y en ese momento sentí que me estaba
comiendo una fresa gigante...
—Helga…—él sabía que tenía tendencia a cambiar de tema y hablar de más cuando
se sentía acorralada. También sabía que era una chica lista y que al igual que él,
debió cruzarle por la cabeza la posibilidad de que se rompiera un hueso al jugar en
el campo. El béisbol no era un deporte de gran contacto pero aún así tenía sus
riesgos. Una bola perdida, o una bola lanzada a gran velocidad. ¿Si al robar la base
alguien la golpeaba demasiado fuerte…?
—¿Y cómo quieres que lo haga, si me preocupo por ti?—Su cabeza de Balón tenía
nuevamente esa mirada entre apasionada y furiosa. A la luz de la calle, se veía de
lo más fascinante pero ella no iba a dar su brazo a torcer.
—No eres mi novia…—Helga casi deja de respirar ahí mismo, Arnold prosiguió con
una sonrisa un poco traviesa.
—Eres la mujer que me vuelve loco y no pienso que seas de papel. Creo que eres
arriesgada, apasionada e imprudente, además de la persona más valiente que he
conocido porque pocos a nuestra edad aceptarían el riesgo de vivir por su cuenta.
Y claro, te concedo el que no cuidaras tus hábitos alimenticios porque la única vez
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que nos dejó a solas la abuela, Phil y yo no pudimos hacer nada mejor que meter la
lata de frijoles al microondas y verlo explotar.
—¿¡Qué!?
—Vinieron los bomberos, él me culpo a mi, por cierto. Pero yo sólo sugerí abrir una
lata, él la metió al microondas. —su comentario aligeró la tensión del momento.
—Sé que pudo ponerse aún más feo. Que toda la escuela pudo enterarse que estoy
por mi cuenta y me enviarían a Servicios Sociales o de vuelta a París con mi
hermana y mi madre.
—¿Así cómo?
—Me importas…
—¿Y cómo es posible, si hasta antes de las tres de la tarde, tú y yo no éramos nada?
—Sabes tan bien como yo, que "nosotros" nunca hemos sido "nada"
—¿Por qué eres tú tan difícil?! —preguntó acercándose de nuevo, en una silenciosa
tregua.
—Porque todas las personas a las que se supone que debía importarles, no hicieron
más que abandonarme…
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—¿Dejas las luces encendidas?
—¿Y cómo…?
—¿Niños jugando a la pelota? —Helga encontró las llaves y las colocó en el cerrojo.
No era una teoría descartable, aunque dudaba que se atrevieran a lanzar piedras o
pelotas a la casa de "La señora loca" como ya la llamaban esos mocosos insufribles
de siete, nueve y doce años.
Encendieron la luz una vez adentro. Bob no dejó de pagar los servicios y el interior
estaba justo como ella creía recordarlo.
—¿Y se puede saber qué es mantecado?—preguntó mirando por los rincones por
si se aparecía un conejo, un cuyo ó quizás fuera un Schnauzer, aunque jamás
imaginó que Helga fuera de mascotas pequeñas, rechonchas y adorables.
—¿Qué...?
—Nada, ¿Te importaría...?—Arnold captó que quería que buscara a mantecado bajo
la cama.
—En efecto, Sherlock. —ella corrió las cortinas para revisar la ventana, encontró
más vidrios sueltos, además de a su gato.
Phoebe se lo regaló cuando supo que estaría por su cuenta. Según la asiática
necesitaba un guardián en su casa. "Valiente caballero estaba hecho" a parte de
apoderarse de la casa, "mantecado" (como decidió llamarlo en honor a su adorado)
no había hecho gran cambio en su vida, comía, dormía, montaba orgías o peleas
callejeras en su tejado y básicamente, hacía lo que quería.
—¡Mantecado! —las pisadas del gato dejaban un pequeño rastro de sangre. Claro,
a su bola de pelos le pareció genial la idea de quedarse ahí, sobre los vidrios
cortados devorando esa maldita pelota.
—¡Vuelve aquí para que te revise! —el gato siseó de nuevo pero caminó como un
rey de puntitas hasta la entrada del baño. Helga corrió detrás de él, el botiquín de
primeros auxilios estaba en el mueble del espejo, mantecado pareció comprender
el nuevo predicamento de su brazo, así que saltó al lavamanos y se acomodó de tal
forma que ella pudiera verle las patas.
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Arnold decidió revisar el resto de la ventana, además del patio. No se veía gran cosa
con el foco destrozado, iba a ir por una escoba y recogedor para levantar los vidrios
pero en su lugar, decidió prestarle atención a la pelota.
"Mía"
CAPITULO 5
"Jake"
El nombre del beisbolista apareció tan claro como el agua en la mente de Arnold,
quiso tomar la pelota en su mano y rumiar por lo alto pero en ese momento Helga lo
llamó desde el baño.
No era un canto, ni el tarareo de una melodía, era un simple susurro para tranquilizar
al minino. Mantecado ronroneo complacido en contestación, dejó de retorcerse
como loco y luego ella le pidió que le vendara la pata.
—Come mejor que yo, así que sanará pronto…—el comentario no le hizo ni pizca
de gracia pero obedeció. En el mueble del espejo había algo de cinta, además de
tijeras. Notó otros objetos que eran imposibles de ignorar ya que eran cosas mucho,
muy, demasiado, bastante, femeninas. (tampones) las pasó de largo y ahora
entendía las prohibiciones del doctor y las amenazas de su abuela. Ellos ya no eran
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niños, ella era una mujer, malditamente hermosa y que hacía le sudara la piel. Cortó
algo de cinta, un pedazo de gasa, la humedeció en el agua oxigenada y después se
la puso al gato que sacó todas sus garras y a punto estuvo de arrancarle un dedo.
Helga se llevó la peor parte, ella recibió una mordida en la mano sana pero no fue
profunda, luego de terminar, el gato indignado y ofendido les regaló su respectiva
amenaza de muerte y se retiró cojeando a algún otro rincón de la casa.
—Déjame ayudarte
—¿A qué?—cuestionó entretenido. Era bueno con las manos, tenía un pulso firme
y un tacto agradable. Helga no pasó por alto el hecho de que se estaban tomando
de las manos. Era la primera vez que lo hacían (desde que eran novios) sin estar
huyendo, peleando o siendo observados.
Cuando se separaron, fue porque Helga necesitaba verlo otra vez. Sus ojos verdes
en ella, sus manos en su piel, tenía los labios húmedos de su boca, las mejillas
sonrojadas por estar con ella. La revelación la estremeció de gozo, de la cabeza a
los pies, luego Mantecado soltó un maullido breve, seguido de algo siendo roto.
Arnold recordó los vidrios, la pelota con esa palabra escrita y no dejó que se fuera.
—Helga…
—¿Qué pasa…?—su mirada. Había tantas cosas que él desconocía de ella y tantas
que ella desconocía de él. Siempre observó a distancia, creyó saber quien era o
como se comportaba pero al parecer, Arnold Shortman era una persona totalmente
diferente en privado.
—Hay algo que necesito que veas…—la condujo de regreso a su alcoba. Helga,
confiaba en él, lo amaba con toda su alma pero aún así, no pudo evitar ponerse
nerviosa.
—¿N…no piensas abusar de mi, cierto?—Arnold volteó a verla, más roja que nunca
y la verdad es que se veía adorable. Quiso cobrarse algunas cosas de la infancia y
por tanto en vez de soltar su mano la presionó con mas fuerza.
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—¿Sería abuso…?—Helga separó los labios, como pez fuera del agua, él sonrió de
esa forma que sabía ahora, le hacía temblar las rodillas. Sus manos sudaron, más
no se soltaron.
—¡ARNOLD!
Tenerlos, aún si ella y sus padres nunca se llevaron bien era una constante en su
vida. Miriam bebiendo sobre la mesa o dormida en el sofá, Bob rumiando en el
pasillo porque ella dejó encendida una vez más la luz de su recámara. "¿Qué no
sabía que tan altas llegaban las facturas?" ella lo sabía pero lo hacía a propósito
para que su padre recordara que existía.
Arnold estaba agachado junto a los vidrios que olvidó que debía levantar. ¿Era eso
lo que quería que viera? ¿Qué tan dañada quedó su ventana? ¿Cómo la tapaba?
¿Dónde se compraba un vidrio nuevo?
—Esto rompió tu ventana. —comentó él mostrándole una bola de béisbol. Tenía una
inscripción en ella que hizo que le corriera un ligero escalofrío por la espalda.
MÍA
No era una amenaza, ni siquiera significaba nada. Los niños del vecindario tal vez
tenían esa forma de recalcar la pertenencia sobre sus cosas, pero aún así, con todas
esas excusas, ella necesitó recostarse un momento.
47
Era él, a los nueve años. ¿Desde entonces guardaba su foto? ¿Por qué le
sorprendía tanto? ¿A caso no fue esa la edad en que dijo estar perdidamente
enamorada de él? Escribir sonetos, poemas, seguirlo a luz y sombra por toda la
escuela. La voz le salió un poco ronca, él no creía estar a la altura o ser merecedor
de todo ese amor.
—Helga…
—Eso ni pensarlo
—Dímelo a mi…—bufó por lo bajo saliendo de la habitación, ahora que Helga había
aprovechado el interludio para esconder el rostro entre sus piernas.
—¿¡Estás bien!?
—Por los pelos, viejo. Total que agité el puño y le grité barbaridades a ese
imprudente cuando me fijé en su reflejo en el espejo lateral izquierdo y noté que era
Cabot
—¿Jake?
—No, la chica bonita de la serie de Televisión. ¡Claro que era él! O mejor sea dicho,
lo que quedó de él, tenía una venda horrorosa a mitad de la cara. Creo que Helga
por fin la hizo buena, sé que fue en defensa personal, pero ese sujeto está enfermo.
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—¿Por qué lo dices?
—El árbol, había uno frente a su casa muy grande y frondoso. Phoebe me dijo que
Helga solía escaparse por ahí cuando las cosas adentro se ponían densas…en fin.
Es la primera vez que noto que ese famoso árbol no está y eso solo porque la bola
se fue directo a la ventana. Escuché un grito en respuesta como un chillido
aterrorizado, creí que era ella, así que salí de mi escondite y me atreví a enfrentarlo.
—¡NO!
—Gerald…
—Sí, ya sé. Phoebe se pondrá como loca, peor que mi madre, porque puede que le
devolviera uno de tres golpes, pero el resultado dio asco.
—Escuché por ahí que no jugará más béisbol. —se burló. Aunque otra parte suya
lo resintió. Verla jugar era como ver a Xena, la princesa Guerrera, aunque sin esas
cosas lesbicas que le producían sueños húmedos en la pre-adolescencia, claro.
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—¿Podrás jugar Baloncesto?—interrumpió su amigo la fantasía delirante.
—¡Es para protegerla! Ahora escucha, esta es la verdadera razón por la que te
llamé. ¿Recuerdas que destituyeron a mi viejo y lo mandaron de la acción a pudrirse
detrás de un escritorio?
—Lo recuerdo, tu padre era el último policía honesto que quedaba en el pueblo.
—Bien, Jake Cabot es hijo del oficial que lo está reemplazando. Vinieron de otro
estado hace dos años y medio, en el momento exacto que iniciamos clases. En su
otra escuela fue fichado por conducta violenta, sus evaluaciones son un asco pero
siempre termina pasando por su excelente desempeño en deportes. Adora golpear
cosas con un endemoniado bate y su ultima novia, además de dejar la escuela,
levantó una orden de restricción en su contra, pero la retiró días antes de que se
mudaran a Hillwood.
—Para demostrar que puede. Ya sabes, toma todas esas clases avanzadas y
eventualmente tenían que servir para algo.
—Cálmate…
—¿¡Calmarme!? ¡Me arde la cara! ¡Las joyas de mi familia fueron devaluadas! Y por
si fuera poco, mis sensuales músculos resultan que no sirven para nada.
—Le avisaré…
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—Ya lo intenté pero su teléfono está desconectado. ¿¡Tienes idea de la cantidad de
películas violentas que comienzan con un teléfono descompuesto!? Ahora, si
involucro a mi viejo, tengo miedo de que lo degraden aún más en su empleo.
—Gerald…
—Ni siquiera les dije la verdad sobre los golpes, inventé un cuento sobre un asalto
"por la custodia de mi teléfono celular y ipod" ¿Pero, y si le pasa algo? ¿Si llama al
911 y la llamada vuelve a ser ignorada?
—¡Basta! —su amigo estaba al borde del paroxismo, así que esto lo mandaría a la
tumba pero irremediablemente tendría que decírselo. —Estoy en la casa de Helga.
—¡¿Qué?!
—Yo…—no sabía como hacerlo así que simplemente continuó hablando. —vine a
traerla hace un rato, encontramos los vidrios rotos, además de la bola. El grito que
escuchaste debió venir de su gato.
—¡NO! Tú puedes explicarme ahora, ¿Qué haces tan tarde en la casa de Helga?
—¿Entonces…?
—¿Nauseas, mareos?
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—Estoy en su casa porque en el transcurso de este día decidí y recordé que Helga
Pataki, en realidad me gusta, gusta.
—¿¡Qué…!? —Gerald podría asegurar que estaba más pálido que la muerte, sus
manos temblaban, el teléfono celular estaba a nada de abandonar sus manos por el
sudor y del otro lado, Helga había temido que Arnold se hubiera ido y salió a
buscarlo. Escuchó su conversación al teléfono desde la parte en que le decía a
Gerald que había venido a dejarla, así que le arrebató el celular ahora que estaban
en la mejor parte.
—Que es más mío que tuyo…—la voz de Helga al teléfono fue para Gerald como
escuchar la voz de Sadako (la niña del aro) y el conocido "Seven days" la llamada
se terminó en ese momento y el moreno pasó el resto de la noche preguntándose si
Jake Cabot, lo golpeo tan duro que su cerebro se le escurrió.
—Déjame hacerlo.
—¿Ya llamaste a tu casa? —el reloj marcaba ahora quince minutos para las diez. Él
no era partidario de las mentiras, pero concedía que podían existir sus excepciones.
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—Llamaré, pero me niego a irme. No soy un pervertido, acosador, ni nada de lo que
puedas imaginar. Me quedo porque podrías necesitarme para tapar la ventana,
levantar los vidrios, cambiar tus vendas y averiguar dónde se metió tu gato.
Helga regresó a su alcoba, él no tenía idea de para qué, pero llamó a sus abuelos.
Phil contestó más dormido que despierto, sorprendido de que no estuviera en su
cuarto.
—No, lo siento. Me encontré con la madre de Gerald en el camino, dijo que tuvo un
accidente y vine a verlo. Voy a quedarme en su casa.
—¡Santo Cielo! primero la chica furiosa y luego tu mejor amigo. ¡Es la maldición,
Arnold! ¡Te lo dije! ¡Nadie está a salvo!
—Es más seguro así, regresa mañana a la hora que puedas. Confiamos en ti y los
Johanssen, salúdalos de nuestra parte.
"¿Es enserio? ¡Yo me llevo los golpes y eres tú el que le va a reventar su cherry!"
"¿Yo? Sólo te advierto que no voy a cuidar bebés cabezones con uniceja"
"Cállate"
Iba a escribir que no pensaba acostarse con ella, pero en lugar de eso decidió borrar
los mensajes. No quería que Helga o sus abuelos los vieran. Hablando de la rubia
regresó con su ceño fruncido y los brazos cruzados a la altura del pecho.
—¿Perdón?
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—Si vas a quedarte por temor a que vuelva el Lobo Feroz, pienso que es estúpido
que tu estés abajo y yo arriba.
—¿A dónde supones que podría correr o que tan bien crees que me podría
esconder? El único acceso es la entrada principal y todas las habitaciones con
excepción de la mía y el cuarto de baño están cerradas con llave. Bob, no quiso que
rentara los cuartos a vagos o armara "fiestas demasiado locas" así que se aseguró
de que me sirviera para lo estrictamente necesario. El árbol que en años mejores
fue mi mejor amigo y secreto confidente fue talado hasta la raíz. No hay casas tan
cercanas a la mía como para que pretendas saltar al tejado vecino y en conclusión,
si brincaras en un acto de desespero a la nada te romperías una pierna, es una
caída de por lo menos seis metros. Así que, elige.
—¿El qué?
—La sala.
—Sabia elección. Ahora te dejé algunas cosas en el baño que creo…que te podrían
funcionar…—se ruborizó un poco al comentar lo último, luego le dio la espalda y
volvió a su cuarto.
—¡¿Qué?!
—¡Voy a bajar las sábanas, a menos que quieras dormir sobre el piso!
—Yo lo hago
—¡Yo puedo!
—ARNOLD
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Cayeron irremediables sobre la cama, comiéndose la boca y buscándose con manos
ansiosas, cuando los ánimos se calentaron y los dos sintieron la urgencia de hacer
desaparecer la ropa, él se quitó de encima y ella se levantó de un salto.
Helga desapareció más rápido que una exhalación. Él tenía las mejillas incendiadas
y el corazón latiendo al cien al interior de su pecho, le dio risa, lo rápido que se
"entendían" o quizás fuera mejor decir "encendían" siempre le gustaron los besos
de Helga, no por nada los recordaba con el pasar de los años. Tenerlos ahora
cuando quisiera, lo hacía sentir como un niño pequeño. Uno muy caprichoso y adicto
a las golosinas. Antes de encerrarse en el baño decidió levantar los vidrios pero cayó
en la cuenta de que Helga ya lo había hecho, también corrió las cortinas y de manera
improvisada colocó un pedazo de papel en la ventana. Era bastante autosuficiente,
no le gustaba depender de nadie, lo que en realidad le gustaba aunque pudiera
causarles problemas, debido a su complejo de buen Samaritano.
Su chica era única, lista e independiente, tomaba sus propias decisiones y el punto
aquí era, que le había dado a él a elegir.
Salió del baño ya cambiado, colocó sus ropas sobre la silla del escritorio, Helga le
dejó la bolsa de plástico negro además de una cinta plateada para que tapiara la
ventana. Lo hizo con cuidado y además de eso, colocó refuerzos en el resto del
marco. Creyó ver una silueta de negro sobre la acera mientras trabajaba pero
rechazó la idea.
Eran sobre las diez treinta de la noche. Jake Cabot no podía estar tan loco, ¿Oh, si?
55
CAPITULO 6
Helga Pataki tenía muchas facetas. No que él no lo hubiera notado desde cuarto
grado. Estaba la chica ruda, la tímida, vulnerable, romántica y también la apasionada
que luchaba contra corriente y se enfrentaba a las "sombras" para devolverle a él
algo tan importante como sus padres.
Cuando supo que era ella quien se ocultaba bajo el disfraz, no pudo creerlo. La
acorraló, (como seguía haciendo) para dejarla sin argumentos pero también para
arrancarle las máscaras porque él necesitaba conocerla a ella, la verdadera Helga,
la que se escondía detrás de todas esas capas de hostilidad y mal genio. La chica
de sus "sueños" y puede que aquello hubiera sido una exageración o que estuviera
totalmente acertado porque la niña que decía "Que estaba bien" "Que lo hizo porque
no lo odiaba, en realidad lo amaba con pasión y locura desbordante" Sólo podía
pertenecer a sus sueños, luego esa misma niña lo besó, marcando el destino de los
dos.
Ellos estaban juntos porque sus mundos chocaron en ese momento y cada decisión
tomada desde entonces hasta ahora, los había llevado a admitir que irreparable e
innegablemente, estaban enamorados el uno del otro. No existía ninguna maldición
que él llevara en la sangre, ni tampoco estaban bajo el ojo inquisidor de ninguna
entidad malévola, ¿Cierto?
Terminó con la ventana y volvió a cerrar las cortinas, hubiera preferido asegurarse
de que todas las ventanas estaban igualmente cerradas, pero se conformó con
verificar que las puertas de las habitaciones sí lo estaban, el cuarto de baño tenía
una pequeña y angosta ventana con vidrios esmerilados, no creyó posible que una
persona pudiera meterse por ahí, de hecho parecía ser la salida de emergencias de
Mantecado ya que el gato rubio y de ojos profundos, lo estaba observando de mal
modo cuando él terminó de hacer el recorrido de la planta alta.
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nada bonito pero el felino solo escapó por el pasillo y se perdió en las escaleras.
Helga gritó desde abajo si estaba todo bien.
—¿Te viste en el espejo o por qué gritas tanto? —él roló los ojos y agradeció que
su humor negro no se hubiera visto afectado a causa de su "relación" Bajó los
escalones con cuidado luego de tomar las cobijas y almohadas de cama, estaba por
llegar a la sala cuando Mantecado se metió entre sus piernas y lo envió a rodar tres
escalones abajo.
Helga corrió en su auxilio, aunque más que preocuparse por él, le inquietaba que
hubiera aplastado a su gato.
—¿Estás bien, amor? —el felino subió a su regazo y maulló como si estuviera
ampliamente traumatizado. Él se levantó "sin ayuda" y señaló que había sido el gato
quien trató de asesinarlo.
—No le agrado.
—Por supuesto que no. —agregó sin mirarlo a los ojos, estaba ocupada haciéndole
cariñitos a la bola de pelos. Eso no le gustó y replicó.
—De verdad lo siento amor, se queda por hoy pero puedes "jugar" con él —esa
declaración fue suficiente para el felino que escapó de sus brazos y se perdió entre
las sombras.
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—¿Segura que no te lastimaste?—insistió, evaluándola con su mirada. Ella adoraba
esa expresión entre sombría y seductora pero el orgullo era más fuerte así que lo
mandó al carajo, dándole la espalda y buscando las pastillas en su bolso. Arnold
suspiró y regresó a levantar las sábanas y almohadas que dejó en el piso, acomodó
las "camas" también revisó la puerta principal, Helga ya lo había hecho, además de
asegurar todas las ventanas con cerrojo.
Necesitaba que lo supiera Arnold, era una parte crucial para el éxito de su relación,
por no hablar de la "situación" pero honestamente, no se le ocurría por dónde debía
iniciar la conversación.
—Estoy bien, gracias.—se tomó dos, aunque la nota decía específicamente que
tomara una. Miró la mesa redonda de reojo, evocando la imagen de su madre, tantas
mañanas atrás. Sobre la única vez que la impresionó, por no decir que la aterrorizó,
Miriam tenía una botella de licor en una mano y un montón de pastillas, redondas y
pequeñas en la otra. Su estómago se revolvió de inmediato pero reprimió el impulso,
levantó el rostro, se armó de valor y como hacía cada mañana, de cada día de su
vida, se repitió que no moriría, sólo era otro día.
—Yo pido el sillón más largo.—comentó al ver que Arnold estaba por acomodarse
en el.
—Por supuesto.—se cambió de lugar, ella sonrió con sorna. Tan bobo, tan dócil y
tan lindo.
—Te estoy escuchando.—la miró a los ojos, ajeno a su infierno interno. ¿Debía trata
de explicarse o callar para siempre? ¿Qué fue lo que llevó a sus padres a la
inminente separación? La palabra o el silencio, ella tenía que tomar una decisión.
—¿Deberíamos poner música de fondo? ¿Un video? ¡Ya sé, una película de miedo!
Nerviosa, la notó Arnold. Helga una vez más estaba nerviosa y un poco histérica.
Esta era una situación irreal, tratándose de ellos pues si bien se conocían de casi
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toda la vida, nunca antes habían compartido esta clase de intimidad. Gerald y
Phoebe llevaban meses de novios y él dudaba que ya hubieran vivido una situación
similar.
¿Esto era porque Helga, siempre iba demasiado rápido? ¿O porque él era
demasiado lento? Tal vez, tenía que ver con el temor de que sus momentos juntos,
debido a lo diverso de sus temperamentos, jamás se repitieran.
Helga encendió el televisor y navegó entre canales hasta encontrar una película de
suspenso.
"Mírame"
Colocó un dedo sobre sus labios, dijo que era importante, necesitaban hablar.
En su corta experiencia de chicas que solo salían con él para olvidarse o celar a
alguien más, la frase "necesitamos hablar" significaba, "vamos a terminar lo que ni
siquiera empezó porque ya cumpliste tu papel" Él no tenía papeles que interpretar
con Helga, sabía que lo amaba así que accedió.
—Tú no lo sabes y en verdad esperaba que jamás lo supieras, pero hubo una época
en que…—suspiró de nuevo, él pudo notar, cómo se arrepentía y aferraba, todo en
el mismo respiro. —…te acosaba en serio.—concluyó. Evadiendo sus ojos,
ocultando su precioso rostro bajo la sombra de sus cabellos.
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—Lo sé…—respondió calmo. Si eso la torturaba, lo mejor es que parara.
—Helga, dijiste que escribías poemas, que me seguías a todos lados en la escuela
y que hasta tenías un altar con mi imagen en tu armario.
—También me metía a tu cuarto, hurgaba entre tus cosas y te espiaba por la ventana
horas después de que te habías ido a dormir.
—¿¡Qué!?—la cara de Arnold, en las milésimas de segundo que la miró con horror
definitivamente marcaban un fin a su relación. Eso la atemorizó y se defendió por
instinto.
—¡No es tan horrible como suena! —lo hizo a un lado (por no decir que lo empujó
con ambos brazos para que se alejara lo más posible de ella) Mantecado volvió a
saltarle encima. No lo atacó, más bien lo pasó de largo para subirse al regazo de la
rubia que lo apretujó entre sus manos.
En la película, luego de una basta persecución y pelea Melvin tenía a Katie bajo sus
formas y le enterraba el puñal en el pecho una y otra y otra vez. Ella preguntaba con
escasas fuerzas los motivos, ¿Por qué le hacía algo como esto? Era porrista,
además de hermosa y la chica más rica y popular de la escuela. (En circunstancias
normales, Helga se habría burlado de la escena argumentando que ese sería el final
dramático de Rhonda) El asesino terminaba el trabajo y antes del pase a los créditos
decía que era porque ella, jamás lo había notado.
¿Jake Cabot asesinaría a Helga porque ella jamás lo había notado? No,
ciertamente, ella lo notó, lo rechazó y también lo humilló. Conocía los riesgos y las
consecuencias de sus actos, como hace unos minutos que lo besó, tirando de sus
ropas para cayeran en la cama.
Si le estaba diciendo esto, es porque creía en verdad que se trataba del "karma" en
su diccionario mental, eso era equivalente a un ajuste de cuentas, castigo divino o
mano a mano. Él no creía que Helga hubiera hecho algo tan terrible (como para
merecer a Jake Cabot)
60
Lo hecho, hecho estaba. Y ahora que lo pensaba, su presencia en la Casa de
Huéspedes podría explicar cosas que siempre quiso entender. "Envolturas de goma
de mascar y comida chatarra que aparecían de tanto en tanto en la azotea" "Objetos
que dejaba en un sitio y aparecían en otro" "Un relicario de oro que encontró alguna
vez y que su abuela abruptamente le arrebató"
"…Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold. Siempre que tú no
estabas, claro está..."
Como si fuera otra persona y no ella, la que le decía que necesitaba aferrarse a
algún vestigio de amor en su tierna infancia y que fue él, el desdichado —o
afortunado— objeto de su adoración.
Las pasiones que no compartía, los sentimientos que tan inocentemente vertía, los
fue comprendiendo a profundidad a medida que iban creciendo. Sus abuelos
tuvieron que ver con eso, cansados ya de verla suspirar y llorar a elevadas horas de
la noche.
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La invitaron a pasar, una ocasión que estaba lloviendo. Sus padres rebasaron el
límite de lo permisible y a ella ya no le importaban el frío, la lluvia o la noche. Sólo
quería escapar, gritar, llorar…Le abrieron las puertas de su casa, también de su
corazón, bajo la condición de que entendiera que lo que sentía por él, no era amor.
Siempre fue una chica lista, encontró en los libros de Gertrude historias crudas,
crueles y verdaderas dónde el amor se acaba, el príncipe abandona a la princesa o
ésta muere atravesada por cientos de agujas para que él pueda ser feliz en brazos
de otra.
Aceptó, que como en su casa no existía "el felices por siempre" y que ni ella ni él,
"estaban destinados a corresponderse" Después de todo, su confesión, el tercero y
que creyó sería el último de sus besos hacía un par de años que se había dado, sin
ninguna clase de resultado.
Estaban en secundaria, él salía con la perfecta de Lila y ella estaba más fascinada
por la literatura y el teatro. Escribió aquella obra que les obsequió su cuarto beso.
No había segundas intenciones en ese beso, aunque reconoció que sus labios se
abrieron y que él correspondió el beso.
El amago de las viejas costumbres, la nostalgia por la niña enamorada que fue, la
llevaron a volver a notarlo. Sin obsesión pero aún a distancia. Reconoció los
atributos que habían cambiado en él y las costumbres que permanecieron
inalterables en él. Su generosidad, cordialidad, galantería y optimismo. Le gustaba,
ya no el príncipe de sus sueños sino el verdadero Arnold, aunque honestamente ya
no aspiraba a tenerlo en sus brazos.
Apreciaba a Lila y también aprendió a llevarse bien con él, sin ocultar sus
sentimientos bajo una capa de hostilidad. Los sobrenombres permanecieron, los
modos arrebatados también, ella ya no visitaba la Casa de Huéspedes y es que si
de algo se había convencido en los últimos quince años de vida, eso era de que
Helga Geraldine Pataki, no era una "Princesa" a lo mucho sería escudera y por tanto
le tocaba forjarse un camino entre fuego y hierro.
Le dio oportunidad a otros chicos, salió con algunos, así como él alternaba sus citas
entre Lila y esas bobaliconas que sólo querían usarlo como reemplazo, pero no
funcionó porque sin importar lo que hicieran, ella terminaba comparándolos con él.
Si, quería conocer los misterios de una pasión, saber si su corazón podía
experimentar y merecer amor pero todo eso quería hacerlo con él, así que se retiró.
Ya no eran niños, ya no tenía miedo de los gritos de su padre o de los "comas
etílicos" de su madre. Ya no podía subir por la escalera de incendios y esconderse
detrás de alguna estructura para verlo.
Ahora tenían las horas de clase, los círculos de estudio y también los encuentros
inesperados que los seguían sorprendiendo a medio pasillo.
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Lo disfruto y agradeció, pero a pesar de la diminuta flama de pasión que ardió en su
corazón no pudo negar que una vez más fue ella quien lo besó. La que se entregaba,
la única que amaba. Él correspondió, quizá por cortesía, tal vez siempre era así
como lo hacía. De la manera que fuera, lo alejó de su lado y se despidió.
Iba a olvidarlo, seis meses en Paris le harían superarlo pero esa era la Ciudad del
Amor que daba vida al fantasma de la falsa Cecile, así que en lugar de eso decidió
volver a escribir. No de manera platónica como acostumbraba hacer, sino como los
autores que crearon las novelas que le prestó Gertrude. Los mismos que amaron a
distancia y jamás fueron amados en respuesta.
Lo extrañaba, tanto al inventado y que nunca fue, como al apuesto rubio que ahora
es. Quería verlo, escucharlo, despedirse de nuevo.
Sólo uno.
Él seguía saliendo con Lila y a ella, ya se le habían acabado las ganas de luchar.
El divorcio de sus padres fue devastador en más de un sentido, ella no tenía fuerzas,
además de que entre más pasaba el tiempo, más se iba enfrascando en la escuela,
el futuro, la vida...
Jake Cabot, la agarró por sorpresa, con la guardia baja porque Bob tenía poco de
haberla abandonado. Estaba distraída, pensando en todo y a la vez en nada.
Reconoció que al recibir la primer nota, su instinto natural la obligó a pensar en él,
pero no era él…nunca sería él.
No…, lo que no le importaba era comer, dormir, luchar por merecer amor…
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—Estoy en mi límite, Arnold. Acepto que me pasé de la raya al humillarlo
públicamente, pero si tú hubieras leído el resto de notas que me escribió, burdas,
obscenas y tan asquerosamente tórridas, probablemente habrías hecho lo mismo.
—¡No quiero recordarlo! —gritó. Mantecado salió huyendo por su arrebato. Ella
cambió de posición en el sillón y agregó. —¡Tampoco deseo ser vista, ni tratada de
esa manera! ¡Sigo siendo yo, Arnold! Una depilación, unas ropas nuevas y esta
estúpida "anatomía" no me convirtieron en otra. Por eso no te impresioné porque tú
me conoces bien.
—No he terminado. ¿Qué no ves lo difícil que esto es para mi? —lo veía, pero como
solía suceder con todo lo que le trataban de explicar, no lo entendía. ¿Por qué era
necesario desgarrar su alma, remontarse a la niña de su tierna infancia? Si quería
asustarlo, lo único que había logrado era enamorarlo.
Quería estar con ella, definitivamente quería ser quien cuidara de ella.
—Lo reté para que toda la escuela supiera que Jake estaba sobre mi y que yo no
iba a dar mi brazo a torcer. —sonrió con pesadez, al tocar su brazo herido. También
porque a media batalla, se le había metido él en la mente y la piel. Compró los
chocolates ese día para regalarle uno a él. Phoebe ya le había dicho lo que sucedió
en la cafetería. Hasta el cabeza de cepillo la defendía, pero y Arnold
—El mensaje fue claro, todos nos preocupamos.—comentó el rubio, buscando sus
ojos, ella lo miró de vuelta. Una expresión entre desapasionada y resignada. Jamás
creyó que vería algo así en ella.
—Excepto yo…
Ella había estado más distraída ensamblando los fragmentos de su torturada alma.
Recordando la cantidad de poemas que le escribió, las veces que lo siguió entre
clases, cómo se colaba en su habitación cuando sus abuelos la dejaban entrar por
la puerta principal y entre un descuido suyo y un acto de gran osadía propio, lo
invadía.
Nunca le robó nada. —aclaró. (aunque omitió decir que ganas no le faltaron)
tampoco le dejó nada. Se sentía estúpidamente feliz con sólo estar ahí, tirada en su
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cuarto. Era su puerto seguro, a los nueve años de edad y cuando sólo quería gritar,
llorar y escapar, ese cuarto con "cielo" era su lugar favorito en el mundo.
No era perfecta, sus padres estaban ausentes pero aún así se querían. Podía
reconocer el amor y el afecto que se tenían cuando se veían. En su casa, sólo hubo
lo mismo que reflejaba en la infancia: hostilidad, altanería, violencia.
Pensó en el fin de semana romántico, imaginó que él y Lila bailarían a la luz de las
velas en el Chez Paris, ella nunca volvió a ese restaurante, ni a sentir la música o
aquel candor en su corazón, pensaba en todo eso cuando el gran imbécil la abordó.
"Vas a salir conmigo…" —¡Ni siquiera era una pregunta o una invitación! El hijo
de puta le estaba ordenando y aquello la enfureció. ¿¡Qué derecho tenían, de pasar
así de que quién era ella!?
Le dijo que no, que estaba ocupada, lo mejor era que se fuera pero no la escuchó.
Colocó una mano a la altura de su cintura con la otra la tomó por el brazo.
"¡Suéltame!"
Arnold recordaba la escena desde ese punto, estaba con Lila, quien estaba
pensando en ese chico Larry o Barry, no le importaba. La voz de Helga hizo corto
circuito en su mente, fuego líquido, descarga eléctrica, la reacción que tuvo fue la
que ya comentó.
Sólo era una niña, una niña perdida y asustada. La misma que llegó por si misma a
su primer día de escuela porque sus padres olvidaron llevarla.
Phil era más sobre protector con él, era su "hombrecito" le recordaba a su propio
hijo. No que Gertrude no lo quisiera, pero ella era como Helga, es decir que estaba
loca.
—Entiendo que tratas de convencerme de que todo esto es tu culpa, pero no lo es…
En el recuerdo a que hacía referencia, se trataba de Gertrude, fue ella quien le dio
su mano, quien la invitó a pasar a su casa. Ella no entendía ¿Por qué no estaba
llamando a la policía o despertando a Arnold para decirle que su compañera de
escuela era una desquiciada, enferma, acosadora y loca? La anciana le colocó una
toalla sobre los hombros, comenzó a secarla y entre más lo hacía comentó.
"No sé que clase de culpa crees que estás pagando castigándote así, pero no tienes
que hacerlo" "Si no tienes a dónde ir, siéntete libre de venir aquí"
—¿Por qué...?
"No se lo diremos a Arnold, está claro que no quieres que se entere nuestro Arnold,
pero te dará pulmonía si sigues saliendo con este clima"
Esa noche, Bob había golpeado a Miriam y a ella le dio tanto pavor tener que
interponerse entre ellos, recibir un golpe o peor aún, tener que abrazar a su madre
después de que se hubiera ido su padre. Lloró hasta quedarse seca, hasta que Phil
se despertó y comenzó a rumiar sobre lo mucho que desde siempre había detestado
al inconsciente de Bob Pataki.
Hicieron un pacto silencioso, le dieron las llaves del salón de lectura. El santuario de
Gertrude, con todos los libros que la salvaron de cometer alguna clase de locura.
Arnold, era el hijo innegable de ambos, ¿Quién sino él podría disculparla por sus
actos?
—Te hirió…—y eso era algo que él, no podía tolerar. Se levantó de su asiento,
dispuesto a confortarla. —No eras tú y aún ahora creo que no eres tú…
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—¿Qué…? —respondió con voz medio rota. Las lágrimas no salieron de sus ojos,
pero su rostro seguía ardiendo. Él reprimió el impulso de besarla pues si la culpa
pertenecía a alguien, era a él.
—Que me estás dando todas las razones que se te ocurren por las cuales podría
dejarte, debido a que estás cansada de luchar. Has estado peleando contra el
mundo durante tanto tiempo que es lógico que ahora quieras descansar. Entiendo
que tienes miedo, que has esperado, imaginado o deseado tanto lo nuestro que
ahora que es verdadero, temes que se vaya a acabar. Y ese miedo, aunque con
fundamento, no es algo que vaya a pasar.
—Arnold…
—Dijiste que yo era tuyo, bueno tú eres mía. Y si quieres escuchar las razones por
las cuales podrías dejarme esas son mucho mas breves. ¡Soy un estúpido! Si me
hubiera dado cuenta antes, si te hubiera buscado antes, si te hubiera cortejado y
amado antes, nada de esto se habría suscitado.
"Amado" era la primera vez que él decía que la amaba…—el llanto que estaba
reprimiendo, finalmente escapó. Arnold la atrajo a su rostro, besando sus labios con
recato. Ella dudó al principio pero finalmente se rindió, disfrutaron del beso, de sus
temores, de verse a la cara sin máscaras u otra clase de maldiciones.
—Estoy impactado y molesto, sí, pero con tus padres y mis abuelos. No sé cual de
todos fue mas inconsciente. Tú necesitabas a alguien que estuviera a tu lado.
—También te ocultaron.
—No estaba lista para dejar salir este lado mío al mundo...
—¿Y lo estás ahora?—inquirió, porque la Helga que estaba rota, era indeciblemente
hermosa: frágil y delicada cual muñeca de porcelana. Pero no era esa la mujer que
amaba.
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Helga no respondió a su pregunta, comenzaba a quedarse dormida. Este había sido
un día demasiado largo, lo mejor que podían hacer era descansar. Mañana hablaría
con Gerald, ella sin lugar a dudas querría hablar con Phoebe, estaba pendiente el
asunto de Cabot, el cómo lograr protegerla de alguien que estaba claramente,
enfadado, obsesionado y desquiciado.
—Jake…
Diecisiete años luchando por no convertirse en Miriam Pataki y esto era lo mejor que
lograba. Arnold no entendería. Era dulce que se quedara con ella, que aceptara su
locura y fantasía delirante pero no era eso lo que quería que supiera.
Al final del día, resultaba que no tenía tanta fuerza, no logró confesarse.
Cuando escapó de su casa aquel día tormentoso, Miriam gritó su nombre pero ella
no la escuchó. No quería ser parte de todo eso. ¡No quería ver, escuchar, sentir!
Maldita sea, ¿Por qué tenía que sentir? ¿Por qué la maldijeron con un corazón que
se aferraba tanto a sentir? ¿Con una familia que no hacía más que herirla? Y
entonces corrió, hasta quedarse sin fuerzas, hasta volver a estar en el tejado de su
"adorado" el príncipe dormido, el caballero galante que jamás lastimaría a nadie.
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—Ni yo, que te lastime a ti…—Arnold se sorprendió al escucharla. Pensó que estaba
dormida, pero aún sonaba lúcida y coherente. Tal vez, sólo estaba agotada. Él
tendría que acostumbrarse a esto, ser mucho más paciente porque en su historial,
la que levantaba espadas y luchaba contra dragones era ella y no él.
—¿Arnold…?
—Prométeme ahora, en este instante, que no vas a dejar que te haga daño...
—Lo juro…ahora tú promete que no vas a dejarme fuera de esto. Si tienes algún
otro secreto, quiero saberlo. —Helga huyó de su mirada, es decir que sí había otro
secreto.
—Te escribí una carta, mientras estaba con mis padres en la selva…
—¿A mi…?
CAPITULO 7
69
Helga, estaba acostumbrada a librar sus propias batallas y jamás mostrar su
debilidad.
—No tienes que…—intentó reparar el error pero ella levantó la mano sana en son
de paz.
—Cállate, Arnold. ¡Duérmete ya! —dicho esto se dio la vuelta y cubrió su cuerpo con
la sábana. El suspiró, buscando el apagador de la luz con la mirada. La casa de
Helga era bastante amplia, bellamente decorada pero no transmitía un ápice de calor
de hogar. Debió ser duro, demasiado difícil para ella, vivir siempre a la defensiva,
esperando lo peor de los demás.
Hizo a un lado la sábana que lo cubría, Mantecado abrió un solo ojo y él hubiera
querido patearlo o como mínimo enseñarle el dedo de en medio pero el gato ya
estaba sonriendo. Seguro, que si Helga tenía que elegir, el que dormiría en el baño
o en el patio sería él, así que continuó su camino y se encargó de apagar la luz. De
regreso, ya más relajado tuvo que escudriñar las sombras, no fuera a pisarle la "real"
cola al "amado" gato de su novia. No sucedió eso, lo que pasó es que Mantecado
se subió a su sillón y enroscó su osamenta en el lugar dónde él había estado
posando su cabeza.
—Eso es lo que hago, aquí cabemos los dos…—le susurró al oído y ella
instantáneamente se relajó. Su aliento en el cuello enviando descargas eléctricas
por todo su cuerpo.
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Mantecado permaneció con sus hermosos ojos perfectamente abiertos,
escudriñando las sombras, descifrando misterios en la oscuridad de la noche.
Eran como un espejo, una de la otra, pero aún así se atrevía a desafiar el destino, a
gritar al viento que era más orgullosa, valerosa y poderosa, que estaba por encima
de cualquier idiota que osara mostrar interés en su piel…
Nadie la tocaría, nadie la humillaría, nadie dejaría una cicatriz tan profunda que
buscaría sanar con alcohol o estupefacientes por el resto de sus días.
El destino, no la alcanzaría.
Eso era lo que se repetía cada vez que jugaba en el campo. Cuando golpeaba la
pelota con todas sus fuerzas y corría como si su vida dependiera de ello, huyendo
de sus demonios, de sí misma, de la historia que según los profesores en materia,
existía para no repetirse.
Arnold la abrazó un poco más fuerte, como si presintiera la batalla que estaba
librando por dentro. A la sensación de su aliento en el cuello siguieron las descargas
eléctricas que se fundieron en la sangre que bombeaba su corazón.
Se sabía segura con él, por primera vez en mucho tiempo, quiso creer que todo
estaría bien.
71
.
Estaba en San Lorenzo, en aquella selva nutrida de árboles y exótica fauna. Sus
pasos lo conducían al volcán que lo vio nacer en una escena similar al ritual que se
llevó a cabo cuando cumplió los catorce años de edad.
Para los "ojos verdes" esa era la edad en que se convertían en adultos y por tanto
paso de ser "niño" a "hombre milagro" le hicieron participar en ritos, bastante
impresionantes y que involucraban pruebas físicas, místicas y de inteligencia.
Todas las superó con creces, granándose el respeto de "su gente" además del amor
y orgullo de sus padres.
Se suponía que debía meditar, centrar su cuerpo, su alma y su mente, aislar cada
componente externo hasta que no escuchara, ni el cantar de las aves, el susurro del
río o el crepitar del fuego. Lo fue haciendo de a poco, hasta que lo único que escuchó
fue el sonido relajado de su respiración y los latidos de su corazón...
—/—
SAN LORENZO,
DOS AÑOS Y MEDIO ATRÁS.
Como "niño milagro" se esperaban cosas asombrosas de él. Sus abuelos siempre
estaban diciendo las cosas maravillosas que algún día lograría hacer pero ha decir
verdad, todo en su vida se sentía como seguir las instrucciones de un manual. Era
educado, caballeroso y amable, porque se suponía que lo tenía que ser. Se
involucraba en los problemas de los demás porque decían que era él, quien sabía
mejor que nadie lo que tenían que hacer. Se la pasaba todo el tiempo soñando
despierto porque desde muy pequeño, le dijeron que existía otro lugar al que debía
pertenecer y aunque no era el mejor deportista, el mas arriesgado o el más
ingenioso, nunca le faltó el espíritu de la aventura porque sentía en su sangre que
efectivamente, había más cosas que tenía, podía y debía hacer.
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"Sé la mejor versión posible de ti"
Él podía con todo eso, ya era un maestro dominando cada aspecto de ello y
ciertamente pocas personas ponían a prueba su temperamento.
Al pensar en ella pasaban cosas que tenían que ver con los demonios internos de
su naturaleza.
Fuego, lo sentía arder al interior de sus venas, una descarga de energía que no
sabía bien como interpretar porque Helga lo ponía al límite, pero también le hacía
conocer sus limites.
Si lo pensaba con detenimiento. En los meses que pasó con la tribu de los ojos
verdes, aprendiendo sus costumbres y tratando de estrechar lazos con sus padres.
Él sólo se relajaba o enfadaba cuando la recordaba a ella. Y fue sugerencia de Miles,
luego de constantes gritos a mitad de la noche que se sentara al calor de la hoguera,
meditara como los nativos le enseñaron a hacer y se concentrara únicamente en lo
que hacía rabiar o estremecer a su corazón.
Mintió.
Miedo.
Era eso lo que carcomía su alma, lo que no le dejaba dormir de la noche al alba, así
que haciendo de tripas corazón y a sabiendas de que regresaría a la mañana
siguiente a Hillwood, obedeció.
Ataviado únicamente con el pantalón de cama, pues su camisa de dormir una vez
más se había pegado a sus formas por el sudor. Salió de su tienda y encendió una
hoguera. No quería más pesadillas, más pensamientos, más recuerdos, ¡más nada!
relacionado con Helga, así que meditó.
Una chica preciosa lo acompañó esa noche. Cabellos negros, piel morena y ojos
verdes que destellaban como luceros.
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Hombres y mujeres de gran valía que protegerían los secretos de la tribu y darían la
vida por su pueblo.
Él más que nada se convirtió en estratega. No usó sus músculos para combatir, ni
las herramientas para responder a la violencia. Se valía de su astucia para superar
cada prueba y esto de "Helga" se lo tomó como la ultima de ellas.
—¿A dónde vas….?—preguntó Thea, cuando aclaró las cosas con los demonios
internos de su naturaleza y se levantó comenzando a juntar tierra para apagar la
hoguera. Ella a su vez se incorporó, arrodillándose a su lado, enlazando sus manos
una vez el fuego se hubiera apagado. Podía ver, gracias al resplandor de la luna y
la inmensidad de la noche una flama de pasión y deseo similares a los propios
ardiendo en sus ojos, pero aunque era preciosa. (con Dios de testigo que era una
de las mujeres más hermosas que había visto en su vida) él, no la siguió.
Lo invitó a pasar la noche en su tienda. Ante sus padres y la tribu de los "ojos verdes"
ya eran adultos, podían enlazar sus destinos, ser el uno del otro y a pesar de que
entendía lo que le ofrecía y su cuerpo lo quería, el corazón no lo sintió correcto y por
tanto no cedió.
Todo lo que le quería decir, todo lo que le hacía sentir, todo lo que por cuatro meses
no lo dejó dormir, lo expresó en letras. Nunca las diría en alto, jamás volvería a
leerlas, eso se lo prometió a sí mismo pues cuando concluyó, la dobló en cuatro,
anotó sus iniciales como todo nombre y la selló con cera.
"H.G.P"
74
—/—
Era ya bastante entrada la mañana cuando ambos se levantaron, él abrió los ojos y
encontró la mirada intensa de ella. No decía nada, no se movía, pero lo miraba.
Hubo una discreta sonrisa en su cara cuando lo vio despertarse, él la correspondió.
Y hubiera sido maravilloso besar sus labios con devoción pero escucharon unos
cuantos golpes contra la puerta y eso los puso alerta.
—No te pongas así, Soy Phoebe…—la sangre se les congeló en el interior de las
venas a ambos. La pelinegra insistió, llamando ahora a Helga.
—¿Está todo bien ahí dentro? Nunca respondiste mis llamadas o mensajes de texto
y hay vidrios en tu pórtico. ¡Dios, mío! ¿Qué le pasó a tu ventana? —Helga le pidió
que no se moviera con un leve susurro, de nada serviría esconderse de Heyerdahl,
más que nada porque Gerald ya lo sabía y el rubio le pondría un altar a su mejor
amigo por haber protegido su secreto la noche entera. Pataki se apresuró a medio
acomodar sus cabellos y responderle a su amiga a voz en grito.
—¡Ya lo sé, Bob! —Phoebe soltó una risita, Mantecado rumio más, al parecer estaba
decidido a ser quien diera la exclusiva sobre las visitas indeseables en casa. Una
vez la llave entrara al cerrojo y la puerta se abriera, la bola con pelos escaló al regazo
de la morena, Phoebe se distrajo un poco con eso, cerró la puerta por detrás de su
cuerpo, después vio a su mejor amiga y por ultimo….se quedó de piedra.
—¡Toma tus cosas Mantecado, nos vamos! ¡Este lugar ya no es apto para criar a un
gato! —el peludo corrió por la sala en dirección de la cocina, tomó su tazón de
croquetas con la boca y siguió a la morena.
—Helga, me has…decepcionado.
—Pasó mucho por lo que puedo ver, dime si no durmieron en la sala o si Arnold no
trae el pants deportivo que te compró Bob y por el cual bramaste como loca durante
horas porque tu padre cree que eres tan gorda como una vaca…
—¡Puedo explicarlo!—insistió.
—Te doy veinte segundos…—la morena fingió tomar el tiempo mirando su reloj de
pulsera. Arnold no sabía si meterse en la línea de fuego o correr escaleras arriba y
volver a ponerse su ropa.
—¿Arnold y tú…?
—¡Es que no podía decírtelo por teléfono o mensaje de texto! ¡Es Arnold! ¡El que
dijo que le gusto y que quería estar conmigo es Arnold! No Stinky, Brainy, Eugene o
Alan ¡Tenía que decírtelo en persona, debes creerme, hermana…!—la
desesperación en su tono de voz era todo lo que necesitaba Phoebe para corroborar
que estaba siendo sincera. Se soltó a reír mientras abrazaba a su amiga y le
aclaraba que todo estaba como siempre. Arnold por su parte anotó los nombres de
los susodichos en su cabeza. ¿Todos ellos habían expresado su interés en
Helga? Sabía de Stinky, de hecho tenía entendido que su primer novio había sido
Stinky, ¿Pero, los demás? Brainy era su acosador personal…
—No le mientas Helga, como hemos sido amigos durante toda la vida seré honesta
contigo, Shortman…—Heyerdahl, lo miró a los ojos, sus anteojos brillando con un
nuevo matiz de seriedad o maldad.
—Te lo voy a decir una única vez así que mas te vale poner atención…—como mejor
amiga de la buscapleitos número uno de su escuela, Phoebe conocía el sutil arte de
la intimidación. No solía utilizarlo, claro. Ella era más elegante y sofisticada que eso.
Se bastaba de su inteligencia para derrotar a sus enemigos y Helga era una pieza
importante en su vida, era su Reina (porque siempre renegaba de ser Princesa) pero
era todo lo que por mejor amiga tenía, así que debía protegerla. Se aproximó a
Arnold, como si fuera a compartirle el más íntimo de los secretos y susurró a su
oído.—Todos menos Alan, tuvieron su oportunidad con Helga y la desperdiciaron,
trátala mal y voy a encargarme de que él sea el caballero de cuento encantado que
mi querida amiga cree que ve en ti.
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Te dejará tan mal parado que no quedará de ti, ni un recuerdo. ¿Y sabes cómo voy
a conseguir eso? Dándole mi apoyo al ciento por ciento. Soy prácticamente su
hermana, además de la chica más inteligente de la escuela, que no se te olvide que
podría destruir tu vida, si te atreves a herirla. —terminado el discurso besó su mejilla.
Un beso helado que se le antojó a él como el beso de la muerte.
...Y toda la escuela estalló en aplausos y vítores, todos menos ella, claro está. Ella
permaneció en las sombras, detrás de una planta junto al baño de los caballeros y
esperó a que el Cabeza de Cepillo decidiera ir a deshacerse del "miedo"
Lo interceptó antes de que sacara a su amiguito del pantalón, (no quería traumas
futuros, aunque le hacía ilusión que mojara su entrepierna) le colocó una mano a la
altura del cuello, cortándole la respiración mientras gritaba a todo palurdo que
estuviera en el baño que saliera por la puerta grande o se preparara para el show.
Tres hombrecitos corrieron, dos con las prendas a medio colocar y uno con la
mercancía al aire, ella se ordenó no perder los papeles, Phoebe era más importante
que el trasero de nadie...
Suspiró por los viejos y buenos momentos, Arnold ya estaba más pálido que la parca
y su amiga, más sonriente que una serpiente.
Adoraba a su hermana.
—De acuerdo, antes de que te los encabezados del periódico, ¿Puedo saber a que
se debe el honor de tu visita? ¿No es hoy el gran fin de semana romántico? —
Phoebe acomodó sus gafas y jaló una silla de la mesa pues no le apetecía sentarse
en el sillón. Helga roló los ojos, comenzó a levantar las sábanas y almohadas
mientras gesticulaba en dirección de ella:
"tendrás que conseguir otra sala, si pretendes que me siente como si nada"
—¡Sé perfectamente bien lo que debería o no hacer, Arnoldo! —él suspiró e intentó
conciliar desde otro ángulo.
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—Platica con Phoebe, yo arreglo la sala y voy por mis…cosas…—el rubor fue
imposible de ocultar en el rostro de ambos. Heyerdahl sintió el impulso de tomar una
foto, llamar a su novio y contárselo todo, pero él era la razón de que estuviera ahí,
molestando a su mejor amiga en el fin de semana romántico.
—Fueron más que motivos, dijo que en ese instante se dio cuenta, de lo mucho que
me quería…—Phoebe reprimió un gritito de emoción, Helga se puso más roja que
una granada y continuó explicando. —Yo no lo creía, pero él insistió, luego nos
besamos y todo se salió de control…
79
—Tranquila…—Phoebe, entendía sus temores y le hubiera gustado abrazarla, pero
respetaba su espacio. Buscó otra toalla para secarla, luego de haber limpiado y
examinado su mano, se veía bien, el daño profundo sin lugar a dudas debía ser
interno. —…Sabes que Gerald y yo nos contamos prácticamente todo, por eso es
que estoy aquí.
—No importa, como te decía Gerald parecía muy emocionado antes, luego me llamó
a las nueve de la noche y canceló nuestra cita. Dijo que no podía explicarme ahora,
que surgió un imprevisto, pero no se me ocurre nada que…—Helga percibió un poco
de temor en el tono de voz de su amiga y se obligó a ser fría, sincera y lógica.
—Sabes que aunque deteste al Cabeza de Cepillo y siga creyendo que es muy poca
cosa para ti. Él te quiere en serio, no te lastimaría a propósito o yo cumpliría mi
palabra de sacarle la espina dorsal por la boca. —Phoebe sonrió. Debió agregar un
detalle de esos a la amenaza que le soltó a Shortman. —Si fuera el de antes, te diría
que seguramente cometió alguna estupidez como darle chocolates a otra chica al
mismo tiempo que a ti, pero Gerald ya no es así.
—¿Estás segura?
—¿Crees que he dejado de vigilarlo? Sólo tiene ojos para ti. No hay ninguna
atrevida, aparte de las fans locas que lo siguen en el baloncesto pero eso se
soluciona cuando el idiota dice por el micrófono "la plata que ganamos hoy, va por
mi chica" —Phoebe se sonrojó y reconoció que eso era cierto. —Eres su chica, él
está orgulloso de hacerle saber a todos en nuestra escuela que tiene algo serio con
el cerebrito, número uno en todo el estado, Heyerdahl.
—Tienes razón.
—¿Pero…?
80
—Está bien, así es como baja mis escaleras. —respondió la otra para molestia de
su novio.
—Que graciosa…
—Es la verdad…—Arnold ya llevaba sus ropas puestas, además del celular que se
quedó sin batería y por tanto no tenía manera de saber si alguien lo había estado
tratando de localizar.
—Toma el cargador del mío, debe estar en mi escritorio pero creo que sería mejor
si Phoebe te lo alcanza…
—¡Es la verdad! ¡Cuando me trajo a casa encontramos los vidrios en el pórtico, luego
la ventana de mi alcoba rota y su paranoia aunada al espíritu de gran Samaritano le
impidieron volver a su casa.
—¡Phoebe!
—Te juro que lo único que hicimos durante toda la noche fue platicar.
81
—¿Y que más…?—Phoebe conectó a la corriente el teléfono de la rubia pero no lo
encendió. Ella, pensó Arnold le daba un nuevo significado a la palabra "intimidación,
él estaba por confesar hasta cuantas veces fue al baño pero en su defecto comentó.
—Le dije que la amo, porque es cierto. Y eso de la ventana y el foco de la entrada,
sé que fue obra de Jake.
—Debe cambiar las vendas y ponerse una curación para desinflamar el músculo.
—¿La tienes?
—Gracias por hacer todo esto, Arnold. —comentó antes de ir escaleras arriba.
—No has preguntado una sola vez por sus padres, así que asumiré que ya sabías
que estaba sola.
—Si, y como charlaron toda la noche voy a suponer que estás al tanto de lo delicado
de la situación.
—No lo sé exactamente, Helga dice que Bob decidió cancelarla porque ninguno de
los dos la usaba. Aunque ahora que lo mencionas, me parece raro que Bob
cancelara…
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—¿Por qué?
—Los teléfonos celulares destruyeron su negocio, así fuera sólo para fastidiar a
Helga, Bob optaría por llamar al teléfono fijo…—Helga llamó a Phoebe, la morena
se disculpó y corrió escaleras arriba. Él se acercó al teléfono, el cable estaba
desconectado. Helga lo desconectó
Le marcó a Gerald.
—Cállate, Gerald.
—¡Basta! Phoebe está aquí, te apuesto mil dólares a que convencerá a Helga de ir
a buscarte a tu casa.
—¿Qué quieres que les diga? ¿Sabes que Phoebe puede soltar amenazas peor que
"El Padrino"
—Oh, te tocó esa cosa de "Lastima a mi hermana y te sacaré la espina dorsal por la
boca"
—Esa es mi chica.
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—¡¿Por qué?!—inquirió comenzando a ponerse nervioso. Los golpes en su cara no
habían sido muchos pero aún se notaban, se veía como el saco de boxeo de
Pacquiao.
—Porque estamos involucrados todos. Tú, ya te metiste hasta las narices y anoche
creo haber visto una silueta observándonos por la ventana de su cuarto...
—¡GERALD!
—No es mi primer...
—Tú no eres...
—Gracias, hermano. Me parezco pero acepto que no soy Dios. —Arnold bufó,
aunque ya no sabía ni porqué se molestaba por esto.—¿Algo más?
—Curiosidad, para los hijos de oficiales de policía, ¿Qué tan difícil es?
—Depende que tan cercano seas a tu viejo o que tanto aspires a seguir los pasos
de él... Mi padre nos enseñó hace años, mi hermano le sacó más jugo que yo.
—¿Por qué?
—¿¡QUE!?
—Helga te defendió...
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—Sí, no le digas a Phoebe que ya "sabías" no se tomó nada bien el no tener la
exclusiva y no creo que sea el fin del mundo, tal vez solo sea...
Evocó las palabras de su abuelo y un mal sabor de boca se instaló en sus labios.
CAPITULO 8
Sus mejillas se colorearon, sintió las rodillas temblar y algo como su niña interna de
uniceja y coletas desprendiéndose de su centro, revoloteando por la sala gritando y
bailando. "¡ES MÍO! ¡POR FIN LO LOGRÉ! ¡LO TUVE ENTRE MIS BRAZOS UNA
NOCHE ENTERA Y ES MÍO!" esa niña pequeña andaba saltando de sillón en sillón
mientras Phoebe encontraba a Mantecado mirando fijamente la puerta, como si
quisiera evitar que la misma se abriera y sonrió, a la vez que caminaba resuelta
hacia él.
—¿Y que hacías afuera?—inquirió con una nueva inflexión en la voz. Phoebe
decidió salir de la línea de fuego y disfrutar el show detrás de la barra de la cocina.
Arnold miraba el piso y no a Helga, quien obviamente se molestó más por ese hecho.
—Lo que oíste. —respondió mirándola por un momento para después dirigir sus
pasos a la escalera. Esa bola de pelos tenía que estar arriba, lo que estaba perfecto
porque el baño también estaba ahí y él iba a arrojarle un balde de agua helada. En
alguna ocasión leyó que los gatos odiaban el agua, ese pequeño aprendería. Helga
presintió sus intenciones o quizás solo estaba furiosa porque pensó que él era la
clase de hombre que se va después de…dormir con su chica.
Pataki le cerró el paso, Phoebe abrió una bolsa de patatas fritas que encontró en la
alacena de arriba.
—Es un gato: cuatro patas, cola, orejas puntiagudas. ¿Quieres que te dibuje un
esquema o qué?—Arnold roló los ojos, sintiendo exactamente lo mismo que ella:
que la sangre le hervía y que esa mujer era la única en el mundo que lo hacía perder
el control. Respiró hondo, como le enseñaron a hacer los nativos para mantener la
calma y después se explicó.
—Fui a la cocina a buscar la caja dónde tienes los focos, encontré uno y pensé en
cambiar el que se rompió en tu pórtico. Estaba haciendo eso, levantando los vidrios
y arrojándolos en el depósito de la basura cuando tu gato me cerró.
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Phoebe que los conocía de siempre y que había atestiguado más de uno de sus
encuentros, encontró interesantes las diferencias de entonces a ahora. Ya no había
temor en los ojos de su amiga. (lo dijo bien porque regularmente Helga disfrazaba
la pasión que sentía por él con esa furia desmedida, pero era tan arrebatada en sus
actos que las más de las veces tenía temor de perder los papeles y sucumbir a la
tentación de besarlo) Siempre que peleaban ella quería besarlo. ¡Hacer que usara
su boca para algo más que decirle lo mucho que lo sacaba de quicio! Lo mal que
creía que estaba de la cabeza o lo equivocada que se encontraba en sus
argumentos. Por su parte, Arnold ya no la veía como a cualquier persona, no había
seriedad e indiferencia en su mirar, la veía con disfrute, de hecho ella estaba
dispuesta a apostar a que el rubio por fin estaba coladito de amor por su amiga.
Bueno, sí.
Pero, no...
—Lo que sea que haga tu gato para señalar su desprecio, sé que fue él porque me
detesta.
—Claro que lo hace, estás robando la atención de su única fuente de techo y comida.
—¿Entonces me crees?
—Creo que no te irías sin decir adiós…—Arnold tomó sus manos en el interior de
las suyas, teniendo especial cuidado de no lastimarla. Disfrutó la mirada que le
dedicaba ahora, lucía tan femenina y adorable que no entendía dónde podía existir
esa niña furiosa de antes.
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vez? los ojos de Arnold parecían comprender lo que sin voz decía, más sin embargo
no era una mirada promiscua, descarada u obscena la que le obsequiaba.
Ellos estaban por encima de eso, lo que compartían era más grande que el sexo.
—Sé que no te irías después de eso…—cerró los ojos e inclinó el rostro dispuesta
a recibir otro beso pero entonces otra personita los interrumpió.
Arnold soltó sus manos y se alejó lo más posible de Helga, sus rostros sonrojados
no dejaban una sola cosa a la imaginación, tampoco el beso recién compartido que
en el caso de ella, le había dejado el labio inferior ligeramente inflamado. Shortman
gustó en esta ocasión de morderle la boca. "Helga Pataki lo volvía loco, loco, loco,
cuando se ponía así de insufrible y necia, tanto que él quería demostrar que podía
con toda esa locura y terquedad desbordante" Phoebe que para estas alturas había
pasado del color normal de su piel a uno mucho más pálido demandaba respuestas
que ninguno de los dos se mostró dispuesto a otorgar.
—¡Lo sabía, Helga me mentiste! ¡Vámonos Mantecado! —el gato bajó como un rayo
de luz dorada y trepó por las piernas de la asiática hasta alcanzar su regazo. Phoebe
giró con dramatismo dispuesta a salir de la casa o comenzar a ser sobornada.
—¡Te compensaré! ¡Soportaré a tu estúpido novio toda la tarde sin decirle una
palabra ofensiva!
—Lo llamaré por su nombre, hasta seré dulce, tierna y amable, le diré lo "apuesto"
que se ha puesto con el pasar de los años…—la ultima parte le dio escalofríos pero
los disimuló bastante bien. Phoebe se mostró de acuerdo pero aún así no soltó a
Mantecado.
Si había un loco atacando la casa donde vivían, no quería que se quedara a solas,
le acarició la barriga y el peludo bigotón se derritió entre sus brazos. Se hacía un
poco tarde, lo mejor sería apresurarse.
Helga dijo que sólo tenía que encontrar su pequeño bolso entre todo lo
desparramado en el sillón de una pieza y tomar su chaqueta, los celulares de ambos
ya estaban cargados aunque el suyo permanecía apagado. Arnold tomó nota de eso
y del teléfono fijo desconectado. Si la línea hubiera sido cancelada el aviso
automático sería ese. "Suspendida o fuera de servicio" pero el número de Helga
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sonaba eternamente ocupado. Él le marcó desde su celular para corroborar la
"mentira" y al no saber como enfrentarla decidió "ponerse a trabajar" cambiar el foco,
limpiar los vidrios de la entrada, también le hecho una buena mirada a la puerta y la
cerradura. La suya, era una casa no tan vieja pero sí bastante descuidada, al menos
el Gran Bob, invertía en un buen trabajo de cerrajería.
La rubia encontró lo que buscaba debajo de una pila de libros, como era el "fin de
semana romántico" no les dejaron deberes. Así que por ese lado se podrían relajar,
le mandó un mensaje de texto a su mejor amigo en lo que Helga tomaba su
chaqueta, indicando que iban para su casa y que además de eso se morían de
hambre.
"NO INVENTES"
Como no cabían todos en el comedor de la sala, les permitieron comer sus wafles
en la habitación del moreno, quien por cierto se encontraba un poco "indispuesto"
Arnold se sorprendió de que los señores Johanssen no comentaran nada sobre el
"asalto" quizás Gerald tenía mayor poder de convencimiento del que creía, pero
como fuera, lo encontraron en su alcoba, sentado a la sombra en una esquina de su
cama, jugando con las cuerdas de una guitarra.
Jamie' O, al igual que todo jovencito que recién llega a la pubertad había sentido el
impulso y deseo irrefrenable de "convertirse" en una alocada estrella de Rock, sus
padres le compraron la guitarra clásica porque antes de la eléctrica tenía que
dominar esa y como es natural el chico decidió que eso no era cool, ni estaba a la
moda, además de que le dolían los dedos después de practicar y simple y
sencillamente la abandonó.
Gerald por su parte tuvo el mismo impulso apenas comenzó a salir con Phoebe,
contrario de su hermano mayor, él no quería ser "nada" tan solo le gustaba
complacer y sorprender de vez en cuando a su chica y es así que al pensar en lo
sucedido entre ayer y hoy muchas cosas comenzaron a poblar su cabeza.
Julian, (su madre) les había dejado todo puesto tan pronto como escuchó el llamado
a la puerta y fue así que comenzaron a repartirse la mantequilla, mermelada de
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moras y el jarabe de maple mientras Gerald decía con voz de trovador algo así
como…
Saliendo de la escuela,
esa que fue testigo,
de un tupido cuento de bullying, acoso y delirio…"
—¡Voy a matarte Johanssen! —gritó Helga tan pronto como terminó de cantar,
provocándose un jadeo de dolor, porque claro, tenía que ser, aplastó la botella de
maple en el interior de la mano diestra. Arnold estaba más rojo que la granada y
Phoebe, sinceramente quería saber como es que su novio tenía facilidad para crear
"este tipo de cosas" pero sacaba seis en literatura y redacción. Suspiró atormentada,
cortando un trozo de wafle y metiéndolo en sus labios.
¡Estaba exquisito!
—Toma un número y has fila, gruñona. —respondió Gerald con poco de sorna y
mucho de molestia pues no le agradó para nada ver la muñequera en su mano. "Ese
tipo era un demente" Tenían que detenerlo y honestamente no se le ocurría el cómo,
entrevistó a su padre poco después de que volvió de su turno doble en la Comisaría.
James Cabot, ya no era solo su reemplazo, era el segundo al mando, mano derecha
del Comisario, es decir, un pez demasiado gordo para que lo pudieran atrapar. Dejó
la guitarra donde no se cayera y se dignó al fin a salir de las sombras. Phoebe ahogó
un nuevo grito, Helga se tragó el siguiente reclamo, Arnold se sintió impotente y
sumamente molesto. El rostro de su "hermano" estaba marcado en el pómulo diestro
por un golpe sin lugar a dudas dado con el puño cerrado y tenía además el labio
inferior roto e inflamado por la parte media.
—¿Qué fue lo que pasó? ¡¿Por esto no querías que te viera?! —preguntó luego de
haber revisado a conciencia, sin permiso, ni pudor cada poro de su piel.
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—¿Hey, tú estás bien?—preguntó Gerald con un tono que sugería verdadera
preocupación por ella. Helga sintió escalofríos, luego asintió restándole importancia
a su mano.
—¿De qué están…?—inquirió Phoebe, su novio suspiró y dijo que estaba bien.
Les contó todo, desde que dejó la casa de su novia hasta que necesitó unos diez
minutos para levantarse y salir del jardín frontal de Helga.
—¡¿Pero cómo pudiste ser tan imbécil?! —gritó colérica Helga, levantándose de su
asiento y dirigiéndose a él.
—¿Recibir una paliza por una mujer que ni siquiera te agrada te parece correcto?!
¡¿Y si estuviera armado?! ¡Si en lugar de los puños te hubiera golpeado con el bate
de béisbol! —gritó comenzando a ponerse un poco histérica.
Por suerte para todos, Jamie'O ya había reclamado el televisor de la sala y subido
el volumen a todo lo que daba. Sus padres estaban en la cocina lavando los platos
y haciendo limpieza, su abuela ya estaba prácticamente sorda y se había llevado a
Mantecado a su cuarto, tenía bolas de estambre que podría apreciar y en cuanto a
Timberly, ella estaba ocupada en la línea telefónica hablando de chicos y estrellas
de POP con su mejor amiga de la escuela.
Gerald contó internamente hasta diez. ¡Claro que consideró todas las cosas que la
rubia le estaba gritando! ¡No era tan idiota! y por las caras que tenían Arnold y su
novia, parecía que el consenso general era que él, era un idiota.
—Lo pensé, ¿De acuerdo? Y no, no soy del tipo estúpidamente heroico que se arroja
a una lluvia de balas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Lo escanee, soy
bueno midiendo a la gente, observando detalles. Les juro a los tres que estaba ciento
por ciento seguro de que no traía armas blancas o de fuego.
—¿Ahora resulta que tienes visión rayos "X"? —preguntó Helga a punto de perder
los estribos, el rostro le ardía los ojos amenazaban con ponerse a llorar.
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¡Ella no quería nada de esto! ¡Jamás lo quiso! ¡De verdad…!
—¡Gerald..!
—Todo está bien, nena. —le guiñó un ojo y le sopló un beso. Helga dobló los brazos
a la altura del pecho, apretando su estómago porque una vez más estaban ahí las
inmensas ganas de vomitar. Arnold resopló sin dejar de destruir a su amigo con la
mirada. "Los demonios internos de su naturaleza" "La lava ardiente de un volcán a
punto de hacer erupción"
Si así se ponía con Gerald, no quería ni pensar en cómo reaccionaría el lunes que
se topara con Jake en cualquier lugar de la escuela.
—No te señalo pero quiero saber de una vez por todas la historia completa. —
Solicitó como todo un oficial al mando. Helga presionó sus manos, la diestra dolió,
una punzada profunda que comenzaba a necesitar de manera frecuente para
separar la realidad de la fantasía.
¿No decían en las novelas de Gertrude que las mentiras tarde o temprano salen a
la luz? ¿No decía su conciencia que todo lo malo que había obrado en algún
momento tendría que pagarlo? ¿A caso alguna vez dejo de ver el rostro maltratado
de Miriam en sus pesadillas? Se replegó hacia atrás, sin ser consciente de que
estaba comenzando a hiperventilar. No era asmática, ni tenía problemas de vías
pulmonares o nada por el estilo. Sólo era propensa al drama, la divina comedia que
era su vida completa, se dobló un poco más cuando choco con la silla y estuvo a
punto de caer irremediable a la nada. Arnold la atrapó a tiempo, la rodeo por la
cintura y después la atrajo a su cuerpo. Ella aceptó y agradeció el gesto
abrazándose a él, dejando de temblar y finalmente apartándose de él.
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—No vamos a juzgarte…—continuó Phoebe, acercándose también y Helga se
sentía como una pequeña oveja rodeada de un montón de zorros hambrientos. ¿Por
dónde empezaba?
—¿Qué hizo realmente para molestarte?—inquirió Gerald. —Sé que lleva meses
asechándote, usaría la palabra "cortejar" pero ambos sabemos que no era eso a lo
que se dedicaba. —Helga asintió, pasando de la silla de escritorio y adquiriendo una
posición mucho más cómoda en el piso. Junto a la puerta, con las rodillas dobladas
al frente, mismas donde le gustaría ocultar el rostro, pero no lo hizo.
—Si quieres saber la verdad, te diré que todo esto comenzó con el Béisbol…
¡No me miren así! Ustedes son las únicas niñitas que verdaderamente he entrenado
y para ser más honesta. No me gusta entrar a los vestidores con toda esa "pompa"
femenina. Perfumes, maquillajes, cremas correctivas compradas en todas partes del
mundo, lencería de diseñador. ¿¡Cuantos años se supone que tenemos!?
¿¡Diecisiete o veintidós!? luego toda esa cháchara innecesaria de muchachos y
citas, me tenía harta.
—¡Helga!—reprendió Phoebe su uso del lenguaje, pero esa era otra cosa, que
apreciaba de conducirse con un montón de palurdos. Los chicos no tienen
problemas con soltar palabrotas de vez en cuando. Se los hizo saber y continuó
narrando.
—El entrenador me dio por segunda vez en la historia un rotundo "NO" le reclamé
haber ganado dos oros para él, ¡Demostré mi capacidad, también mi valía como
Capitan! pero el señor Thompkins dijo que no era decisión suya, sino de Jake Cabot.
—Fue lo que pensé, así que ese mismo día lo encaré…—Helga dejó escapar un
suspiro. Sus amigos que bien la conocían imaginaban el tono y la disposición con
que decidió ir a encararlo.
Solo sé, que quería ser Capitán y dejar de sentirme acomplejada entre tanta
"mujercita esplendorosa y perfecta" que me recordaba a Lila Sawyer…—Arnold
sudó frío por la mención de Lila, Gerald deseó por un momento que lo tragara la
tierra y lo escupiera en otra recámara.
La debilidad de Helga, era algo que si bien, venía conociendo y escuchando desde
que comenzó a salir formalmente con Phoebe, aún no le terminaba de caer bien. La
rubia concluyó esa parte de su discurso diciendo que si no podía tenerlo a él, por lo
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menos quería disfrutar a plenitud la tercer cosa que más amaba en la vida. Arnold
se sonrojó por completo, Gerald se burló arrojándole un cojín a la cara, Phoebe se
reprendió de manera interna por no estar al tanto de nada de esto.
Sí, seguían siendo amigas, y sí, se seguían viendo todos los días, pero desde que
tenía una relación formal, la amistad entre ellas se estaba enfriado. Helga nunca
trató de separarlos o boicotearlos, había sido una amiga excepcional que al saberse
vencida (en materia del amor) se retiraba a su esquina para no molestar. Le debía
tanto, su lealtad, honestidad, su fortaleza, porque cierto es, que si bien le dio el sí.
A las dos horas ya se estaba arrepintiendo. Sus padres eran demasiado
tradicionales, obligarían a Gerald a presentarse, puede que su padre hasta lo
pusiera a "prueba" y a todo eso Helga le dijo que estaba bien.
"De nuestros sueños de infancia, bueno. De los míos. El caballero galante, el alma
gemela, el hilo del destino. El chico que te conoce en la tierna infancia y que al llegar
a una edad madura decide que es a ti, a quien ama con locura"
"Helga..."
"Lo que sea, tienes todo para ser feliz. No dejes que el miedo te venza" —y ahora
que lo recordaba, creía haber visto un ligero matiz de nostalgia en las facciones de
su amiga. Le hubiera gustado tanto en ese momento que sus historias fueran la
misma. Que no se hubiera dejado vencer por la oscuridad de su corazón y permitido
que Arnold solo la viera como una chica gruñona y molesta. Si conociera a la
verdadera, si alguien que no fuera ella llegara a conocer a la verdadera Helga, su
historia de amor surgiría...
—Me abrí paso entre un montón de pesados, no vi a nadie desnudo por si lo están
considerando. Era casi la hora en que entregan las instalaciones así que estaba
segura de que todo el mundo ya debería de estar entre un 60 o 70 por ciento vestido.
Pregunté a un pelirrojo por su Capitán de equipo. Me respondió cortésmente aunque
sus ojos me observaban como si me tratara yo de alguna especie de alucinación.
Dijo que el Capitán estaba revisando que estuvieran cerradas todas las duchas, así
que fui con paso firme hacia allá. —los tres chicos conocían las duchas y vestidores.
Mismas instalaciones tanto para chicos como para chicas, para alternar entre ambos
sexos estaban los horarios de tal modo que "supuestamente" no se cruzaban jamás.
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—Jake Cabot, el gran bastardo en persona. Disculpa la palabra, Gerald.
Yo, como ya aclaré, no estaba pensando. Sabía lo que quería, ser Capitán, nada
más.
Pero aparentemente, el mensaje que envié fue que quería ser la Diosa de todo ese
harem.
Phoebe ahogó un grito más prolongado entre ambas manos, Gerald silbó por lo alto,
obsequiándole una reverencia porque en serio, Helga Pataki si que sabía hacerlas
buenas. En cuanto a Arnold, bueno él necesitaba un poco de aire y algo que golpear.
Se burló de nuevo, yo lo llamé idiota. Preguntó, ¿Cómo es que una muñeca tan bella
tenía una lengua tan sucia? y le dije que se detuviera, porque no era eso lo único
que tenía...—Arnold sintió la sangre hervir en el interior de sus venas, Gerald y
Phoebe presintieron que el resto de la historia no sería placentera. Helga suspiró de
nuevo, escondiendo el rostro con la sombra de sus cabellos.
—Lo serás,—respondió confiado, sonriendo como todo un idiota, pero según las
chicas de su propio equipo, sonreía como todo un galán. —Si yo lo digo, lo serás...—
hubo un escalofrío que le recorrió la espina. Al mirarlo ahí, por delante de ella,
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considerablemente más alto, ¿fuerte?, ni se diga y acompañado de sus amigos. Ella
no era tonta, nunca lo había sido y en todas las peleas que se había metido, por lo
menos tenía la certeza de estar en igualdad de condición "uno a uno y en la misma
media de peso" Exceptuando a Patty, pero esa fue una situación extraordinaria que
se salió de sus manos y no venía al caso porque la chica finalmente le terminó
agradando y adoraba la pareja que hacía con Harold.
No le convenía pelear, pero jamás, ¡Jamás! había aprendido cuando se tenía que
callar.
—¿Tienes el ego tan inflamado que no escuchas lo que te digo? —sugirió con sorna,
segura de una sola cosa y esa era de que era excepcional "huyendo" siempre
escapando. Le daría una patada en los bajos y saldría de ahí, no la atraparían. El
Gran Bob, nunca logró atraparla para darle una merecida paliza, así que ellos no lo
harían.
—Escucho que quieres un favor, amor. —sonrió de nuevo, dando una indicación con
las manos que aparentemente quería decir que lo tenía controlado y lo mejor era
que se fueran. Lo hicieron, aunque no sin antes decir unas palabras que por respeto
a la casa de Gerald, ella no iba a pronunciar.
Escuchó risas, más palabras "prohibidas" y entonces podría decirse que se convirtió
en la favorita del "Diablo"
Jake Cabot, era el "Diablo" del campo de béisbol, así como ella era la "Guerrera
Amazona"
—¡Dios Santo, Helga! ¿Por qué nunca me lo dijiste?—inquirió Phoebe ahora que la
rubia parecía haber terminado.
Gerald y Arnold encontraron algo de sentido o relación con las salvajadas que a su
vez habían escuchado. Sobre lo atrevida, arrebatada y osada que era. Sobre los
lugares donde querían montarla y las posiciones en que querían colocarla.
La chica que algunas veces confundían con chico, por lo arriesgado de sus actos.
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Heyerdahl se abrazó a ella. Helga, no había terminado. Les habló de las cartas, que
no eran exactamente las mismas que de tanto en tanto aparecían pegadas en la
puerta de su casillero, les contó que en cada partido posterior a esa "entrevista" él
la seguía. Como capitán endiosado y aparentemente consentido del entrenador
Thompkins, se paseaba por todos lados, aguardaba detrás de las gradas, le cerraba
el paso cuando quería ir a cambiarse e inclusive le quitaba el agua, bajo sugerencia
de que la tomara de sus labios.
Envidia.
De sus compañeras de equipo, las mosquitas muertas que ella había levantado para
convertirlas en jugadoras respetables le daban la espalda porque aparentemente
Cabot era un Dios en la tierra de humanos y ella era la única incapaz de notarlo.
—Bueno, entonces ya no solo era él, sino "ellas" pero sé manejar a las "Rhondas"
del mundo desde hacía tanto que honestamente, me recordaron algunas de las
cosas para las que he venido al mundo.
—Soy la capitana, hermana. Es decir, que soy el "Rey Simon" y lo que yo digo se
hace. Creo que hice llorar a más de una y aunque sé que está mal, disfruté hacerlo.
—¿Verdad...?
—Fastidiar a Gerald, por solo hablar de mi y destruir tu relación con el único idiota
que menos te merece en el mundo pero que te ama más que a su vida.
—¡Oye!—se quejó Gerald, pero ninguna de las dos lo escuchó. Estaban en "su
mundo" hablando en "su idioma" cosa que Johanssen detestaba pero respetaba,
porque ninguna de las dos tenía "hermanas" bueno, Pataki si, pero jamás entendería
¿Cómo es que puedes ser enemigo mortal de alguien de tu propia sangre? siendo
que él tenía una familia bastante grande y claro que se peleaban, pero a la vez se
adoraban.
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—Lo sé, —interrumpió. —Y tú sabes, que tengo una sobrada tendencia a solucionar
mis problemas sola.
—¡Pero este no es un solo problema! —se metió Gerald. —¡Ese tipo está
desquiciado y demente!
—Sé que sabes que es insistente, pero creo que hasta ahora te das cuenta de que
es peligroso. —Helga boqueo un poco, como pez fuera del agua. Arnold se sentía
apartado, una vez más era el que estaba de más en el cuadro.
Gerald sabía de antemano que ella vivía sola. ¡Por eso lo había llamado y estaba
tan preocupado! Al igual que Phoebe jamás hizo mención a sus padres. Cuando le
pidió consejo, lo hizo porque sabía, que estaba sola e indefensa.
¡Él era un idiota! Tan obsesionado con Lila, tan perdido en su mundo, soñando tanto
con pertenecer a otro lugar que finalmente no encontraba lugar dónde quería estar.
Miró a Helga, porque definitivamente era con ella donde quería estar y se atrevió a
declarar.
—Lo sabías desde antes, ¿No es cierto? —preguntó levantando la voz. —El teléfono
de tu casa no está suspendido sino desconectado.
—Es preocuparte por mi...—terminó la oración por él, aceptando la mano que le
ofrecía para levantarse del piso y ahora que estaba ante él, aparte de querer vomitar,
comenzaba a sentirse mareada.
—¡Porque no puedo creer que estar enamorada secretamente de mi, meterte a los
vestidores o humillarlo delante de toda la escuela sea la causa de esto!
—Pero lo es, ¡Todo esto es una consecuencia de eso! ¡Yo, nunca quise involucrar
a nadie más en esto! ¡Gerald, aunque diga que te odio, realmente no te odio...
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Yo...!—Helga decía incoherencias cuando se sentía acorralada, pero también, y lo
sabían los tres. Solía rendirse y confesar la verdad.
—¡Tú no hiciste nada malo! —insistió su novio y ella se soltó de su agarre para
colocarse en otra posición y gritar.
—¡LO HICE, ARNOLD! ¡LO HICE! ¡Bob golpeó un día a Miriam y yo estaba en el
medio! Pude decir algo, recibir los demás golpes o quizás tratar de detenerlo. Lo he
imaginado decenas de veces con una acción diferente, pero la única verdad es que
no quise hacerlo. ¡Ella me llamó a mi, dijo mi nombre! ¡Por una vez en la vida dijo
correctamente mi nombre y yo la dejé! ¡No quería ver, escuchar! ¡No quería estar
ahí, así que me fui!
¡Ahora que lo saben digan que me odian, que soy un ser cruel, miserable e ingrato
y que no quieren volver a verme jamás!
CAPÍTULO 9
Una condena…
99
Arnold la besó, tan pronto escuchó eso ultimo, la envolvió entre sus brazos,
presionándola contra la puerta que se quejó en sus goznes pero que
afortunadamente no cedió. Helga intentó apartarlo con esa voluntad férrea que
poseía pero finalmente correspondió, se abrazó a él, abrió sus labios para él, dejó
que mas lágrimas cayeran de sus ojos por él.
Gerald, sintió unas enormes ganas de abrir la ventana y tirarse en caída libre a la
nada. Phoebe tomó su mano, le pidió que mantuviera la calma, y aunque él lo sabía,
lo entendía, lo escuchó todo y tampoco la odiaba…la situación lo rebasaba.
Diez años…
Helga G. Pataki.
—¿Trato? Ah, claro. Pero como ya está en su ultimo año, "Señorita G" pensé que
sería prudente dar a conocer a todos su "identidad"
—¿Mi identidad? ¿¡Quién se cree que es para decidir eso, sin consultarme primero!?
—En este momento, no me creo nada. Soy el Director de su escuela y por tanto soy
responsable de mantener informado a todo el personal.
—Ese concurso, ahora que lo menciona era lo único que mantenía a flote la
"reputación" de nuestra escuela. En el área correspondiente, claro está.
Helga se puso aún más loca y al parecer ni a ella, ni a Wartz les importaba el
espectáculo que estaban dando. Algunos chicos de tercero y quinto grado
comenzaron a escaparse del auditorio, los profesores a su vez salieron intentando
retenerlos.
Esa, fue una junta "extraordinaria" y aparentemente el único asunto de interés era
ese.
100
Su "grupo" acorraló a Phoebe, entre Rhonda, Curly y prácticamente todos, rodearon
a la pequeña asiática que intentaba a duras penas mantener la calma. El rictus firme,
la barbilla en alto, defendiendo como siempre los intereses de su amiga, pero
obviamente, nadie la iba a dejar en paz, si no se atrevía a confesar.
—¿Ella es la Señorita G?
—Pues…—en el estrado, Helga ya estaba siendo sometida por dos sujetos enormes
que él identificó como parte del personal de limpieza. Supuso que era eso, a falta
de verdadero personal de "seguridad" que le quitara a la pequeña lunática de encima
al Director, creyó que ahora sí la expulsarían de la escuela, pero no tenía tanta
suerte, él jamás tenía tanta suerte.
—¿La han leído, cierto? Todos ustedes se sienten aireados y sumamente ofendidos
porque la han leído y disfrutado, profundizado o simplemente encontrado
identificación y sosiego en cada una de sus palabras y por tanto no conciben que
quien las escriba sea Helga.
"Su chica" que desde entonces ya hacía que se le llenara el estómago de mariposas,
descendiera su temperatura corporal, le sudaran las manos y prácticamente se
congelaran su cerebro y corazón. Logró que todos sus agresores se detuvieran en
seco, múltiples rostros miraron al piso, otros más suspiraron para sus adentros, los
más afectados parecían reflexivos.
Él por su parte, tenía ganas de vomitar porque ¡Claro que la había leído! y no
entendió un carajo, pero se leía bonito, era profundo, interesante, invitaba a la
meditación y no como las matemáticas o las ciencias exactas. Sino como algo que
te hacía pensar en la persona amada, porque era lógico que buscaras palabras
"para fantasear" cuando estabas atrapado en una edad que tu cuerpo comienza a
cambiar y no sabes si tirarte al piso, arrojar piedras a la ventana o gritar que la amas
y la odias porque sientes tantas cosas al mismo tiempo que crees que vas a explotar.
Y su bella pelinegra estaba en lo cierto. Resultaba imposible, que quien hiciera eso,
quien sintiera algo tan profundo e intenso fuera Helga.
101
Un mes después, la publicación se repitió. Nuevo poema, mismo alias.
El auditorio estaba vacío, supuso que se llevaron a Helga con camisa de fuerza o
como mínimo a rastras. El resto del profesorado debió llevarse a sus alumnos y
nadie reparaba en ellos puesto que el responsable de su grupo, también era
responsable del "Terror Pataki" silbó por lo alto, al menos le reconocía eso. Su
demencia no tenía límites.
—Pero, ¿¡CÓMO, CÓMO!? —Rhonda le quitó una Gaceta a Nadín de las manos,
arrancó las hojas, una tras otra hasta llegar a la página central y comenzar a recitar.
"Siempre tuyo,
nunca mío,
eterno.
Este sentimiento,
este dolor,
pero que,
Stinky salió corriendo mientras lloraba y gritaba, que sentía exactamente lo mismo.
Por "ella" siempre sentiría lo mismo, Sid lo siguió, gritando que no cometiera alguna
locura como volver a salir con "ella", Harold y Patty se sonrieron de manera discreta,
Sheena miró por lo bajo a Eugene, éste estaba más ocupado tratando de no
102
apuñalarse los ojos con un lápiz que tenía Curly descansando en el oído mientras
que Arnold le decía a Lila que no entendía nada de lo que decían.
—¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene de malo que Helga sea poetiza? Es decir, ya
todos sabíamos que era bastante buena en esa materia.—la pelirroja suspiró
mirándolo como si fuera de otro planeta y comentó.
—Como dije, no entiendo por qué arman tanto escándalo. —salieron por donde
Stinky y Sid habían corrido. Él suspiró para sus adentros, porque en serio, a veces
no entendía a su hermano.
—Lee entre líneas, Lloyd. Está bastante claro que la "Señorita G" escribe a un amor
no correspondido.
—Por supuesto que no. Ella es una persona perfectamente normal, sin ninguna
clase de trastorno emocional o mental. Se comporta de esa manera, porque como
señalé, su amor la rechaza y tortura diariamente.
—¿De verdad?—inquirió sin creerlo, la asiática insistió. Dijo que sí, que Helga
estaba enamorada de él, desde hacía tanto que un día simplemente no logró
controlarlo.
103
palabra porque el estoicismo de Heyerdahl era todo lo que necesitaba para
confirmar.
—¡Así es!—confirmó Sheena y tanto Eugene como Curly las secundaron. Prosiguió
un debate entre un nuevo grupo y subgrupo de personas, hasta que Rhonda volvió
a levantar la voz.
—¡De acuerdo! Supongamos que creo que esa mujercita vulgar tiene sentimientos
en algún rincón retorcido de su alma. ¿Quién es él?
—Su nombre, debo tenerlo para poder correr el chisme por la escuela completa.
—Bien, pues más vale que te prepares para algo que es demasiado bajo para mi,
pero que podría "costear" para que efectúe alguien más. —hizo el amago de traer
un fajo de billetes y Harold captó el soborno. Él se preparó para comenzar a gritar
como niñita, porque no iba a dejar que le pusieran las manos encima a su tierna y
dulce Phoebe.
—¿Rhonda, en serio te piensas rebajar a ese nivel? Creí que eras más sofisticada
que eso. —se burló Phoebs. —Además, sabes lo que te pasará si me haces lo que
sea a mi.
—Lo sé, lo sé, tu matona personal me saltará como araña en la primer esquina que
pase, pero aún así quiero saberlo.
—¿Conoces a Helga de toda una vida y crees que sería tan estúpida como para
decirme su nombre?
—También soy una persona íntegra que respeta los sentimientos y secretos de los
demás. Helga no me ha dado un nombre y yo no se lo he pedido jamás. Pero si
quieres saber como lo referimos para hablar de él, su nombre "clave" es mantecado.
—Así es, corre por los pasillos a decir que Helga G. Pataki tiene un amor no
correspondido por el mantecado de fresa. Lo ama tanto pero no puede tenerlo
porque es alérgica y si lo come, se muere. —Rhonda gritó frustrada, levantando los
puños en dirección de la pequeña morena. Phoebe levantó el rostro, segura de que
Helga la vengaría y trapearía el piso de toda la escuela con Lloyd.
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—¡Pruébalo!—demandó prácticamente por encima de ella.
—Si te muestro una sola de nuestras conversaciones privadas, ¿Te das por bien
servida y juras no volver a tocar este tema?
Harold suspiró al terminar de leer y comentó algo así como que "él también le
escribiría al mantecado" Patty agregó que su amor verdadero era la tarta de
manzana. Curly ovacionó al pie de queso con mermelada de frambuesa, Sheena al
pastel de chocolate, Rhonda gritó que todos eran idiotas y que no estaban hablando
de postres.
—Claro que si,—la interrumpió Patty. —Lo acabamos de leer, sufre, grita, maldice y
golpea porque en el fondo ella es como yo…
—¿Como tú?—preguntó Lloyd quien para estas alturas lucía sumamente alterada.
—¡Sí, por eso me buscó pleito en cuarto grado! ¡Es una gorda en pausa!
La conclusión oficial de aquel altercado fue esa. Helga G. Pataki era una gorda en
pausa. Amaba las golosinas más que a la vida misma y maldecía diariamente porque
no podía consumirlas. Luego de su "espectáculo" con el Director Wartz la columna
de la Señorita G fue cancelada y todos se olvidaron del tema.
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Cuando la rubia se tranquilizó y su "amigo" dejó al fin de succionarle la boca, su
cerebro siguió procesando, conectando ideas y la revelación fue directa.
—¿Por qué tanto silencio? ¿Se están portando bien?—los escudriñó a todos, menos
a Helga porque la chica lista decidió darle la espalda a la puerta.
—Nos portamos bien. ¿Ves algo que no se encuentre bien? —Jamie'O hizo un
nuevo barrido ocular, Helga se recompuso en lo que aparentemente era un talento
innato y le dirigió a su hermano la mirada más plana y neutral que pudo mostrar.
—No lo sé, enano. Mi instinto dice que aquí hay demasiadas hormonas reunidas y
tu declaración no me convence del todo.
—Mamá y papá fueron con Timberly al cine, la abuela se quedó dormida y yo estoy
a cargo de que ustedes "NO HAGAN BEBÉS"
Jamie 'O disfrutó su poder de mando y permitió que entrara como Faraón una
simpática bola de pelos que Gerald jamás había visto.
—Mr. "M" cuida que no hagan nada malo. —Mantecado "siseo" hizo ese sonido que
perseguiría a Arnold en sus más profundas y retorcidas pesadillas por el resto de
sus días y el hermano mayor de Gerald, tomó todos los platos sucios, junto a la
mermelada, mantequilla, jarabe de maple y salió por donde había entrado.
Hubo dos centésimas de segundo en las que cada uno procesó lo sucedido, Arnold
no soportó más porque claro, había "prioridades" en esta vida y ganarle la pelea a
su "enemigo jurado" era número uno en la lista.
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—¡Así fue como lo hizo! —le gritó a Helga quien tenía la misma expresión seria.
Phoebe comenzó a reír a carcajadas mientras Gerald, sentía cómo le temblaban las
rodillas porque evidentemente eso de "hacer bebés" era algún tipo de trauma que
les metieron sus padres cuando pequeños.
Arnold insistió en que el gato había hecho algo verdaderamente malo, Helga lo llamó
tarado y después comenzó a reír a la par de Phoebe, el Faraón, Mantecado alias
"Mr.M" se trepó con elegancia y dramatismo propios de un agente secreto o asesino
serial a la silla, pasó de ahí al escritorio y luego le mostró la dentadura completa a
Arnold para finalmente treparse en él.
Su amigo con cabeza de balón gritó como si lo estuviera atacando "Freddy Krueger"
las chicas volvieron a retorcerse de risa y él tuvo que imitarlas porque, viejo.
—¡Mantecado, basta! —pronunció la rubia una sola vez y el felino saltó de la cabeza
de balón al escritorio. Todo un caballero, bien sentado, como si nada hubiera
pasado, es más hasta se concentró en lamer su pata izquierda. Arnold lo miró como
si fuera la cosa más horrorosa de todo el poblado.
—¡Porque no te hizo nada! —Helga buscó en el bolso que seguía teniendo a la altura
de la cintura y extrajo un espejo para que pudiera ver "que no tenía nada" a Arnold
lo único que le importaba es que le ardía la cara y que algún día….Algún día, le diría
a su abuela que preparara "estofado de mantecado" sí, eso es lo que haría.
—¿No estás feliz ?—preguntó Helga al ver el ceño fruncido de Arnold, el rubio bufó,
volvió a acomodarse en su silla y cruzó los brazos a la altura del pecho. Helga
suspiró resignada y se dirigió al faraón.
—Discúlpate ahora o te quedarás aquí para siempre. Puede que tengas bolas de
estambre en abundancia pero yo te compro croquetas de la mejor marca.
—Te dejo atrapar roedores, afilar tus garras en las patas de las sillas y el sofá,
también desayunar "canaritos" ¿Crees que alguien más te va a consentir de esa
manera? —Mantecado dejó de lamer y miró a su dueña como si estuviera "jugando"
Helga le sostuvo la mirada.
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El resto de ellos creían que esto era una "broma" la interacción ama-gato no debería
ser así, pero sucedía.
Helga dibujó una sonrisa siniestra, el gato se bajó del escritorio y se convirtió
automáticamente en una "adorable" máquina de "ronronear" pasó junto a las piernas
de Arnold, trepó por las mismas hasta subir a su regazo y quedarse ahí, hecho bolita,
en "modo automático"
La expresión del rubio era la misma a que lo estuviera tocando un Demonio o un ser
abominable extraído de las profundidades del infierno. Mantecado temblaba como
todos los mininos que hacen ese ruidito que para él era algo así como un motor
encendido.
—No…—él honestamente quería que le quitaran esa cosa de encima antes de que
le hiciera la peor canallada de todas, es decir. Lo orinara.
—Disculpa si no me lo creo.
Gerald miraba a su amigo y al gato, pasó de uno a otro con ojos expertos
encontrando las similitudes y diferencias como en esos cuadros que venían en las
tiras cómicas de antaño.
—¡Él es mantecado!
—No mantecado el gato, sino mantecado, mantecado. "El Mantecado" —las chicas
lo miraron sorprendidas, Helga señaló a su amiga a la vez que susurraba: "¿Cuánto
le has dicho de mi a este tarado?"
—Yo no le dije nada específico, Helga. —juró reacomodando sus gafas y saliendo
de la aparente línea de fuego. Gerald se levantó e insistió con una sonrisa de lo más
estúpida en la cara.
—Pero sí hubo algo cuando estábamos en sexto grado. ¡El día que descubrieron a
la Señorita G!
—¡NO, NO VOY A CALLARME! ¡EL RUMOR ERA CIERTO! —gritó a la vez que
corría para escapar de los golpes que le soltaba Pataki. Arnold que lo escuchó todo
y que una vez más volvía a sentirse fuera de la conversa trató de recordar.
—Tú eras la Señorita G y después corrió el rumor de que estabas obsesionada con
las golosinas y…¿el sobre peso…? —comentó y preguntó a su novia. Helga que ya
108
tenía a Gerald acorralado contra una pared se quedó de piedra, el moreno escapó
y miró una vez más al gato y a su hermano.
Sé que no es un juego
Sé lo que me hago
sin condiciones.
Seré...
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Un loco enamorado más
—¡Sí, me gustaba y qué! Tú eras el único de toda la escuela que no la leía. Lo que
le habría años de terapia a esta maldita lo…ca—Gerald paró su discurso al percibir
la sombra de la muerte en la gélida mirada de la rubia, quizás se había pasado. Un
poquito, no mas…corrió a esconderse a las espaldas de su novia y desde ahí
comentó.
—¿Por qué discutes con Helga y me insultas a mi? Es más, desde hace un rato, no
entiendo nada de lo que están hablando.
—¡Que todo lo que escribía y sigue escribiendo te lo dedica a ti! Cada letra,
enunciado, párrafo. ¡Tú eres el "mantecado" de su vida! Ese gato se lo di porque se
parece a ti y ni siquiera de eso te has percatado.
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Arnold se quedó de piedra, Gerald agradeció que no matara a su "viejito" si era un
poco lento para las cosas del amor, pero en general era un buen tipo, lo seguía
queriendo en su vida.
Vergüenza.
¿La olían los gatos? él pensó que sí y examinó a la bola de pelos. "NO SE
PARECÍAN EN NADA" él no fue creado por Satanás, sólo consiguió que un volcán
no hiciera erupción, al momento de nacer pero no había nada de anormal o
extraordinario en eso. El gato le sostuvo la mirada, él recordó las palabras de su
novia al momento de preguntarle si era esa su descripción de una mascota. "es mi
descripción del amor de mi vida" sintió como la sangre coloreaba sus mejillas a
causa del bochorno. Helga trató de decírselo en todo momento, "él es el mi amor, tú
un melenudo" Claro, él era el idiota número uno de todo Hillwood porque jamás pudo
ver lo que tenía ante sus ojos.
Mantecado sonrió, como si leyera sus pensamientos. ¿Los gatos no podían hacer
eso, cierto? Decidió que en serio, odiaba a ese gato. Y sobre lo que leyó Gerald,
sobre lo que dijo Gerald.
Helga suspiró, aclaró su garganta y dijo que si ya habían terminado, cubrió su cuota
de humillación pública por una semana, mes o quizás hasta año.
—Si…
—Pues si es así, teníamos diez años. Tú no puedes seguir castigándote por eso, y
aún si quisieras, si lo consintieras, asumo que perder tu "vía de escape" fue
suficiente condena.
Gerald accedió, solo pidió que por lo que más quisiera, no la dejara "hurgar" en sus
cosas.
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—¡Cómo si me interesaran las revistas de modas y chicas que tienes bajo la cama!
—¡Yo no tengo…!
—Helga…
Phoebe sintió que aunque la conocía de toda la vida y creía ser la única testigo de
las múltiples facetas de su amiga, había demasiadas cosas que aún no sabía. ¿Por
qué no se lo decía? ¿A caso, alguna vez la hizo sentir incómoda? ¿No confiaba en
ella?
—No te lo dije por ninguna de las razones que sé que estás pensando…—comentó
Helga, como siempre. Leyendo sus pensamientos, viendo a través de sus miedos.
—¿Entonces?
—Tú, eres como lo mejor y más puro y bueno que he tenido en mi vida. Así que en
algún momento pensé que si te compartía todos los horrores con los que vivía, los
temores, el dolor. Te contaminaría y esa pureza, esa belleza tan característica tuya
se mancillaría.
Nunca le dijo donde pasó la noche, pero a la mañana siguiente contrataron a alguien
para que talara el árbol.
En las columnas de la "Señorita G" hubo toda una semana dedicada a la "naturaleza"
Harold adoró esas letras, Sheena, Lila y varias personas también. Creían que se
refería al viejo Pete, o que hablaba de la vida en sí.
Sólo ella logró leer entre líneas, sólo ella supo que las referencias al viejo amigo, el
secreto confidente, aquel que te acompaña en tus momentos más desesperados y
que finalmente se aparta, estaban dedicadas al árbol que le brindaba más que sus
brazos, alas para volar.
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Concluyó el abrazo diciéndole a su amiga que no era ninguna clase de monstruo o
ser desalmado, que ni ella ni Gerald, y por supuesto Arnold, iban a dejarla. Que no
tenían motivos para odiarla, que los padres son los que deben proteger a sus hijos
y que si bien ella estaba decidida a ser la escudera y no la princesa de su cuento de
hadas.
—Así es…
—Pues no es tu culpa, mírame a los ojos Helga. ¡No lo fue! Tú no tenías porque
estar en el medio, no tenías porque escucharlos o verlos. No tenías por qué consolar
a tu madre cuando era ella quien consentía los maltratos de tu padre.
—Lo sé, es una reacción natural tenerle miedo a aquellos que nos lastiman, pero tu
madre lo permitió…—Phoebe iba a continuar con su discurso hasta que unas cosas
llevaron a otras y fue una conclusión totalmente diferente a la que llegó.
¡Lo mataría!
La rubia sollozó otro poco, sin alarmarse por el silencio que recientemente se había
creado, la animó a que recompusiera su estado.
—Sé que fue duro, que intentas pagar alguna clase de culpa, pero no tienes qué
hacerlo…
—Phoebe…
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—No, Helga. Por esta vez en la vida hazme caso. —tomó el rostro de su amiga con
ambas manos, la miró a los ojos y comentó. —No eres un monstruo, no le debes
nada a tus padres porque si fuera así, no estarías sufriendo por esto. Tienes
sentimientos, corazón. Eres una persona maravillosa que no sé como es que ha
podido sobrevivir a todo esto, sin pedir ayuda a nadie. Pero ahora que lo haces, te
juro por nuestra amistad que no vamos a dejarte caer.
—Gracias.
—Eres fuerte, la persona más fuerte que he conocido y eso no va a cambiar. ¿Saber
por qué? Porque Arnold te ama…—Helga se ruborizó hasta las orejas y su amiga le
aseguró que era cierto. Su único defecto era el nulo interés por la poesía o literatura
en general, pero no todos los hombres podían ser perfectos. Gerald, coleccionaba
más revistas de modas que de deportes.
—Si lo hiciste, cuando te dije que a Rhonda le dio un tic nervioso que casi terminó
en parálisis facial, lo hiciste.
En la sala Jamie 'O observaba a los chicos con gesto reflexivo, se burló
internamente. "Problemas de chicas" jamás creyó que vería así a su hermanito y a
su amiguito.
—¿Qué pasa, gusanos? ¿Los corrieron por meter las manos donde no debían?
—No, sólo quería comprobar que aún seguían respirando. Parece que llevan todos
los problemas del mundo sobre los hombros y si los conozco como creo que lo hago,
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diré que una vez más se metieron en más problemas de los que pueden controlar.
—Arnold y Gerald miraron a Jamie 'O como el adulto responsable que desde hacía
un par de años era. El moreno les pasó un par de cervezas. Atrás quedaron los años
de beber soda para olvidar el dolor.
—¿Qué es esta vez? ¿Tiene que ver con el asalto que no fue un asalto?—Gerald
tragó en seco, su hermano, no preguntaba. Afirmaba. —Tal vez puedas engañar a
mis padres, porque claro, sigues siendo su bebé. Pero para mi, eres un gusano en
la cuerda y nadie te golpea que no sea yo. —Gerald miró a su hermano como si
fuera lo que en realidad era. "un oficial de policía ampliamente calificado" y asintió.
—¡No! Al que golpeaba era a él. —se defendió señalando a Arnold quien se molestó
de inmediato. Jamie 'O sonrió, chocando su cerveza con la del rubio. —Y ahora te
golpea duro contra el muro. ¡Bien hecho! —Arnold casi se ahoga con el trago recién
dado, Gerald estalló a carcajadas chocando los cinco con su hermano.
—Pues claro, con la mano que tiene lesionada ¿Cómo iba a pasar algo más…?—
comentó el mayor, dejando su cerveza vacía por igual.
—¡Vaya! No sabía que le gustaban los…—Arnold puso tal expresión de fastidio que
el moreno no terminó la oración.
—¡Tu chica, es una Diosa para las luchas! Siempre que vayas a la arena apuesta al
mismo que ella. ¡Jamás pierde! Bueno, si hubo una vez pero se enfadó tanto por el
115
resultado que ella misma saltó al ring y fulminó al vencedor. El árbitro levantó su
mano y preguntó su nombre.
"Helga, el Terror Pataki" Todos le entregamos nuestro dinero, alguien hasta arrojó
su ropa interior. Fue épico.
—¡CONCENTRENSE!—gritó Phoebe.
Fue escaleras arriba, hasta alcanzar la habitación de Gerald, ella ya estaba ahí con
la Gaceta en manos, releyendo sus letras.
—Si lo hicieras, tal vez no me gustarías tanto. ¿Dónde fueron Phoebe y Gerald?
—¿Más?
—¿A qué te refieres?—cerró la puerta detrás de sí. Seguro de que Phoebe ya habría
descifrado algo que conectaba a Cabot con el pasado de Helga, sus miedos, su
culpa. ¡Ese bastardo era el causante de todo esto!
—Estoy segura de que ni siquiera ellos, se han besado como nosotros en este
cuarto.
—Te volveré a besar así, cada vez que pienses que debes pagar un precio por estar
a mi lado.
—Arnold…
—Te amo, no lo supe hasta ahora. Pero eras tú, siempre tú.
—No son metáforas, es la verdad. Quiero estar a tu lado, lo que abre el preámbulo
a otra cosa que te quería preguntar.
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—No, somos muy jóvenes para eso, además de que no hemos conversado en
absoluto de ello. Quiero que te quedes con nosotros, en la casa de huéspedes.
—Es una casa de huéspedes, mi habitación es la más apartada del resto, pero si
aún así te parece incómodo, creo que podría convencer a mis abuelos de ponerte
una cama en el salón de lectura. Estarás segura y si intento cualquier cosa, ya sabes
"mi abuela va a castrarme"
—Si dices que no, será a la inversa. Convenceré a mis abuelos de quedarme
contigo.
—Porque Jake sabe dónde vives, intentó hacerte salir rompiendo tu foco y ventana.
Además no creo que lo detenga el hecho de que seas una mujer.
—Sé defenderme…
—Lo sé y ese es el punto, que si vamos a estar juntos. Lo hacemos en todos los
sentidos, los dos defendemos, ninguno se esconde. No más.
CAPITULO 10
Un día y ninguno de los dos la llamaba por su verdadero nombre. Sonrió, evocando
la forma en que la referían.
Geleanor y Eleanor.
¿De dónde salió ese nombre? ¿A caso ella podía ser todas y a la vez ninguna?
¿Dónde estaba la verdadera Helga? La única, auténtica, la que hacía que sus
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sentidos se pusieran al máximo, la que ponía a prueba sus demonios internos, la
lava ardiente de su volcán.
La observó de nuevo, de pie ante él, la gaceta terminó sobre el escritorio de Gerald,
sus ojos lo estudiaban atentos, directos, emulando decisión cuando por dentro se
encontraba sufriendo.
—Mi casa, mis pesadillas, mi convicción. ¿Qué pasará cuando lo que quede, no sea
lo que quieres? —él no pensó exactamente eso, aunque ahora que lo
mencionaba ¿A caso estaba diciendo que necesitaba flagelarse día con día para
enfrentar el mundo con esa arrogancia tan característica suya? ¿Era posible que
esa fuerza que amaba en ella, esa seguridad y pasión, vinieran de la mano con el
dolor?
Por supuesto.
Pero ella negaba el dolor, rehuía a su pasado, lo enterraba junto al amor y por eso
en lugar de decir "te amo" pregonaba "te odio" la contempló a totalidad, no solo sus
cabellos desordenados, cayendo por buena parte de su cara, los ojos azules con
ese amor incondicional, irrefrenable, las mejillas sonrosadas, los labios llenos,
mismos que como siempre, ya se moría por probar. Admiró su fortaleza, ya que
cualquier otra persona, luego de confesar lo dicho o de vivir lo mismo, ya se habría
dejado derrotar. Se habría dado al alcohol o las drogas, en la preparatoria era
bastante sencillo acceder a ambas cosas, había grupos que te ofrecían, te invitaban
una probada o si querías más intimidad, bastaba acudir a las fiestas o bares
indicados.
Helga pudo caer en algo así, pero seguía aferrada a ser como es…ingobernable,
inquebrantable. Sus ganas de luchar se estaban desvaneciendo, pero en lugar de
rendirse, ser cobarde y huir, se mantenía en pie, por él…
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¿Cómo lo llamó anoche? El inventado y que nunca fue contra el apuesto rubio que
ahora es.
Aún si esto era karma. (Cosa que sinceramente, seguía sin creer) él quería
permanecer a su lado, luchar sus batallas, arrebatarle el dolor...
Él le sonrió y continuó explicando. —Quiero que vivas conmigo porque soy yo el que
necesita sentirse tranquilo. Porque no lograría dormir una sola noche sabiendo que
hay otro tipo que te ha besado y que además de eso, desea hacerte daño. Nunca
dije que no llevaras las maletas, tus miedos, pesadillas, lo que quieras traer a
cuestas, te ayudaré a cargarlo.
—¿La que nunca pensabas darme…?—inquirió con apenas un hilillo de voz. Arnold
sí que sabía como dejarla sin aliento, argumentos, pretextos…
—Si…—hubo un silencio entre ambos, como si una vez más se retiraran a sus
esquinas para planear la siguiente estrategia. ¿Esto era una pelea? ¿Un duelo de
confesiones? ¿De voluntades? ¿Por qué todo con él…era tan diferente?
—¿Me dejas terminar? —Pataki dijo que sí pero negó con el rostro. Él la miró sin
entender el bochorno en sus mejillas y la mirada esquiva. ¿Creía que esto, que le
decía era una broma?
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—Helga…—la llamó, porque aparentemente, en su relación. La única con derecho
a ponerse "seria" era ella. Y eso lo enloquecía, acrecentaba la lista de cosas en esa
mujer que lo sacaba de sus casillas.
—¡Te estoy escuchando!—se defendió, pero seguía sin mirarlo. —¿Por qué no lo
recuerdas? ¿Qué era lo que conseguías luego de meditar frente a una hoguera y
aislar tu mente?
La forma en que la miraba Arnold, esa oscuridad seductora que descubrió apenas
ayer que la volvía loca, estaba otra vez ahí, juzgándola, retándola…se mordió el
labio inferior y fingió sumo interés en lo que sea que le estaba diciendo.
—¿Qué…? —¡Dios, si que la ponía idiota! Nunca había repetido la misma palabra
tantas veces en un periodo tan reducido de tiempo. Shortman sonrió, acortando la
distancia entre sus cuerpos, ella sintió que si se acercaba más se moriría ahí mismo
y si la tocaba ¡Mejor que no la tocara! —se replegó hacia atrás, el chico se extrañó
por el acto. Pensó que estaba molesta o que su confesión aún le parecía una broma
pero nada de eso explicaba el nerviosismo y bochorno, la forma en que humedecía
sus labios, el cómo miraba su cuerpo, porque obviamente, él notaba cómo miraba
su cuerpo.
—¿Me estás escuchando o solo finges para tenerme ocupado?—Helga dio una
inhalación profunda, calmó sus impulsos, sus ansias. Tenía años de experiencia en
eso, lo tenía controlado. Si, controlado. —se mintió.
—Te estoy escuchando…—insistió, sin mirarlo a los ojos, porque esa mirada oscura,
peligrosa y sexy era lo que indudablemente la llevaría a la perdición.
—Mientes.—sentenció.
—¡No lo hago!—replicó.
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—¡Que te hagas a un lado! ¡Agotas el oxígeno en este cuarto, tan absurdamente
reducido, y por ultima vez. Sí te estoy escuchando!
—¡Algo de que no puedes dormir! —respondió un poco furiosa, aunque sus mejillas
seguían rojas y sus labios humectados. Él se acercó otro poco más, Helga ya no
tenía a dónde escapar, chocó con el escritorio de Gerald, él prosiguió, quizás con
intención o gozo, de saberse su perdición.
—Así es, intento decirte que cuando estaba con mis padres, lejos de todos y todo lo
que había conocido. Despertaba alterado, (omitió el "gritando") pensando en ti.
Las pesadillas que la incluían a ella y al ultimo de sus besos. Ese que se dieron en
navidad, dónde saboreó su lengua y se entregó al clamor de sus labios, dónde supo
indudablemente que se trataba de ella y que podría besar a otras, pero que ninguna,
lo besaría como Helga.
Un beso lento, que se volvió apasionado. Un beso que parecía hablar de ellos, lo
inconcluso, lo confeso pero jamás vivido.
Pero cuando lo estaba logrando, cuando conseguía avances con Lila o cualquier
otra chica, aparecía de nuevo. El encuentro inesperado a medio pasillo, el choque
de sus cuerpos, la pelea entre ambos, el movimiento de sus labios diciendo mil
maldiciones, cuando todo lo que pensaba él, era que quería besarlos.
121
Más no se atrevería a tocarlos porque él, era el caballero, el muchacho amable, el
que siempre pedía permiso…Y ya estaba cansado, de seguir las reglas del manual.
La besó de la exacta manera en que habían hecho e hizo lo que en el sueño tanto
había repetido. Se abrazó con una mano a su barbilla, con la otra a su cintura, la
pegó de tal manera a su piel que la sintió entre sus formas con toda su fortaleza. Y
no tenía idea de qué era con lo que Helga había estado divagando pero debía estar
en la misma línea de pensamiento puesto que sus manos, lo aferraron de la exacta
manera, la muñeca herida en su cuello, la otra por la parte baja de su cintura,
pegando sus pechos, separando las piernas, acomodándose a él, moldeándolo a él.
¿A caso no eran los dos jugando con fuego? ¿Deseando rebasar los límites,
conocerse, sentirse? Helga lo retó con un movimiento de rostro, en realidad no supo
si eso fue lo que hizo, pero él así lo sintió.
Helga gritó, él la bajó, o quizás fuera mejor decir que la dejó caer una vez recordó
donde estaba la cama de su amigo. Ambos tenían ahora las respiraciones agitadas,
los labios hinchados, las ropas fuera de sitio...
En la parte baja de la casa, Jamie 'O intentaba hacer algo con la información que
recientemente le habían dado. No le gustó lo primero, aborreció lo segundo y
definitivamente iba a rumiar durante horas por lo tercero, pensó en comenzar su
discurso diciéndole a Gerald que estaba "bien" que defendiera a su amiga, que
persiguiera a ese loco, pero que estaba tremendamente "mal" que lo hiciera sin estar
preparado.
122
Tenía las palabras exactas en la punta de la lengua cuando se escuchó un sonoro
golpe, en la parte de arriba seguido del grito de la rubia.
Los tres se miraron con sorpresa. Obviamente el lobo feroz no estaba en la casa,
era imposible que Jake Cabot irrumpiera en "su" casa y por tanto la explicación era
solo una.
Se dibujó en sus labios, en la sonrisa bobalicona que hizo que Gerald se pusiera
más pálido que la misma muerte y Phoebe más incómoda que cuando sus padres
insistieron en que viera las fotos de Gerald de bebé.
Y hablando de niños…
—¡ESTÁN HACIENDO BEBÉS! —gritó como lema de guerra, como el líder de los
Espartanos con escudo y lanza en mano. Su hermano saltó del sillón, subiendo las
escaleras lo más rápido que pudo gritando como era de esperarse a todo pulmón.
Abrió la puerta de un solo golpe y encontró a los culpables de su mal humor, los
morados en su cara y de que no tuviera un fin de semana "romántico" manoseando
"algo" en su escritorio.
—¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?! —los rubios levantaron las manos, como si aquello
fuera un arresto y mostraron el cuerpo del delito. Descansando sobre la madera
opaca, partido en tres partes que eran las mismas que lo conformaban.
Antes de que comenzara a gritar, porque como todo adolescente tenía su carácter
y su habitación era su templo, mismo del cual él era el Dios, absoluto, inquisidor y
quizás….muy en el fondo benévolo.
Helga lo cayó.
123
Esta, no era la primera vez que ese trofeo se caía y se partía. Timberly lo había
botado accidentalmente cuando golpeo el librero con una pelota, porque la "señorita"
no entendía que el soccer se practicaba afuera y no "dentro" de la casa. Su madre
lo tiró cuando movió el librero para "levantar" su chiquero. Su padre y hermano lo
tiraron como seis veces más cuando su lugar no era ese, sino una de las mesas de
la sala.
No era "el gran trofeo" estaba hecho de resina y plástico, mal acabado y no
representaba un primer lugar o un oro. Era de color plata y decía segundo lugar,
pero hacía referencia a una competencia estatal y eso era lo que le gustaba de
tenerlo postrado.
—¿Helga, por qué no bajas con Phoebs en lo que yo hablo con Arnold?
¡Dios…!
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—¿¡TE VOLVISTE LOCO!?—gritó Gerald, sumamente molesto. Porque las dos
veces que habían comprometido la santidad de su cuarto, el que comenzó fue
Arnold.
—No me hacen falta, sé leer a las personas y de los dos, ella era la única con los
labios rotos. Escucha, sé que es tu novia, entiendo que sea más que bonita…
—¿Que dijiste...?—inquirió con aún más molestia en la voz. Gerald supo por dónde
iba y le agradó la idea de arrojar más leña a la hoguera.
—Retráctate.
—Todos antes que tú ya lo habíamos notado. ¿Por qué otra razón crees que vamos
a verla jugar? Jake Cabot es un animal en celo, pero al menos es un animal honesto.
¿Cuál es tu pretexto?
—Me refiero a que puedo con el hecho de que siga enamorada de ti, pero ¿Cómo
esperas que crea que de la escuela a tu casa, te enamoraste también?
—Por lo que veo y entiendo. Al igual que a Cabot, a ti solo te gusta su cuerpo…—
Arnold soltó el primer golpe, mismo que fue esquivado y respondido.
—Entonces, no entiendo…
—¿Espera, qué...?
Arnold, que para estas alturas estaba encima del otro con los puños cerrados, en
espera de asestarle el golpe fatal se disculpó de manera interna por haberle abierto
el labio a su mejor amigo, por haber pensado cosas que no estaba permitido pensar,
por besar de manera arrebatada, alucinante y apasionada a su novia dentro de una
que "no era su alcoba" e iba a decirlo en alto, pero Gerald no era precisamente un
luchador honrado.
—¡No fue de la escuela a mi casa! —replicó, golpeando el piso con la mano libre,
en espera de ser liberado. —¡Me gustaba desde antes, desde el Chez París, la
tercera vez que nos besamos!
—No te lo dije nunca porque hablamos de Helga, mi bully personal, tú pensarías que
estoy loco.
126
—¡NO! —y fue su turno de convertirse en el vasallo del Diablo. Le susurró al oído,
como un sicario o un ser de lo más desalmado. —Me vas a decir todo lo que no sé,
supuesto "mejor amigo"
En la sala, Helga ya se había unido a Phoebe y Jamie 'O, el adulto responsable tuvo
la cortesía de disculparse e ir a meterse a la cocina. ¿Querían tacos?
¿Hamburguesas? Apostaba a que podía hornear un pastel.
—¿De verdad?
—¡Si!—se quitó la mano de ahí para darle más énfasis a su enojo. Ella sonrió de
lado y siguió.
—¿Aún no has contado los lunares que pueda tener en las abdominales y la espalda
baja?—inquirió. Porque lo intuía, entre más maduraban y la rubia insistía en seguir
pregonando su amor a los cuatro vientos. Ella sabía, que si llegaba a tenerlo, no se
podría controlar. Ya no eran fantasías, ya no eran poesías, ya no era la edad de los
unicornios rosas. Era la edad de las hormonas y la sorpresa era que aparentemente,
Arnold tampoco se podía controlar.
La rubia se puso totalmente roja y volvió a taparse. Ya no la boca sino toda la cara.
Phoebe terminó por reír, soltó una risa afable, amigable. Helga la miró como si
estuviera loca. Sabía que Heyerdahl tenía el talento para reinar en el infierno, sin
jamás haber juzgado a nadie.
Sólo los picaría con su tenedor gigante, a la distancia prudente y sin sentirse
culpable.
127
Jamie'O se miraron aleatoriamente como para decidir, ¿Quien iría a separar a los
niños?
—¡Tú tienes prohibido volver a salir de mi campo visual! —le comentó a Helga, quien
volvió a tomar un cojín del sofá y taparse la cara.
—¡Pero más les vale que bajen los cuatro o los amarraré a una silla y los obligaré a
ver documentales de paternidad!
—¿¡QUÉ!?
"¡YA SUELTAME!"
"¡JAMÁS!"
A las dos les dio pánico que de verdad se estuvieran golpeando, Gerald ya estaba
algo maltratado cuando llegaron y Arnold tenía las habilidades combativas de una
patata. Subieron corriendo, Jamie'O regresó a la cocina y comenzó a cantar.
Ni un susurro o murmullo.
Se sentía horriblemente mal por destruir esa maldita cosa. De hecho, se sentiría
menos culpable, si hubieran tirado su diploma de secundaria.
Phoebe le sonrió.
128
—No creo que Gerald llegara a matarlo, recuerda que viene de una familia de
oficiales de policía. Pero puede que lo obligara a matarse a sí mismo o que esté
construyendo justo ahora, una delicada pero perfecta escena del crimen. —Helga
casi admiró el brillo malévolo en los fríos ojos de su amiga, recordando "por qué" se
hicieron amigas. Ambas amaban planear, eran metódicas, inteligentes y por
supuesto, cínicas y obsesivas. Ignoró el comentario y colocó los dedos de la mano
sana sobre el pomo.
Giró el pomo con soltura, Phoebe se acomodó por detrás, como siempre lo hacía,
cuidando sus espaldas, analizando las sombras a la espera de mirones, personal
administrativo o de intendencia que las hiciera correr como alma que lleva el diablo
en dirección de la nada. Abrió la puerta, apenas una rendija, las dos aguzaron su
vista y después…
Después…
Veían a sus novios, uno encima del otro en una posición de lo más íntima y una
gritaba, mientras la otra huía, porque la palabra del día era "BEBÉS" y llámenlas
locas, ¿Pero qué otra cosa se podía pensar de esas llaves grecorromanas que
aparentemente Gerald Johanssen sabía hacer?
Los chicos se separaron al grito de Phoebe, que fue secundado por la voz histérica
de Helga, la abuela no escuchó nada pero Jamie'O soltó su sartén, apagó la estufa,
se quitó los guantes, gorro, mandil y si no fuera porque era su casa, habría tomado
el arma de fuego y revisado las balas en el cartucho.
Salió a paso firme, llegando a la sala y a tiempo justo para ver. Como su querida
cuñada y su odioso hermanito se caían por las escaleras.
Arriba, aún en la seguridad del pasillo, Arnold tenía a Helga fuertemente agarrada
del brazo, el sano, no el herido, el que ya le dolía y le dolió a un más porque no pudo
reprimir el impulso de abofetear a su novio.
—¡IDIOTA!
—¡POR ESO! —A como Helga entendía, uno no se dejaba atrapar por una llave de
esas y simplemente se quedaba tirado esperando clemencia. ¡Era por dignidad!
¡Sentido común, virtud, valía! ¿¡Cómo ese idiota no lo entendía!? —bajó las
escaleras hecha una furia, solo los dos escalones que le tomó ver a su amiga
aplastada por su novio y desparramada en el piso.
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—¡PHOEBS!
Jamie'O cumplió su amenaza, una vez le colocara a cada quien, cada cosa en su
lugar.
Es decir, que Helga tuvo que quitarse la muñequera, tomar sus drogas felices y
cambiarse de vendas porque la mano la tenía el triple de hinchada, Arnold recibió la
carne de su hamburguesa cruda para ponérsela en el ojo y un poco de ungüento
para los golpes de su quijada y la "bofetada" Gerald, tenía los labios hechos una
auténtica desgracia, así que no podía ni abrir la mandíbula. Su hermano revisó que
no requiriera sutura. No era así, solo tenía que mantener una compresa con hielos
pegada a los labios durante un considerable rato. Phoebe, se rompió los lentes en
la cara y ahora se arrepentía por "pecar de pensamiento" la próxima vez que quisiera
más "acción" en su vida, se subiría a un juego mecánico y accidentalmente olvidaría
cerrar su cinturón. Al menos así conservaría su "vista" sin los lentes no veía una
mierda, solo manchas borrosas y su cuñado los castigó, repartiéndolos en los
sillones de manera que él creía que estarían tranquilos.
(Arnold con Phoebe y Helga con Gerald) para que miraran documentales sobre
educación sexual y cuidado de infantes.
Phoebe, estaba ciega pero no sorda, quería apuñalarse los oídos con un lápiz bien
afilado de la pura vergüenza. Arnold, que tampoco veía demasiado bien la entendía.
Gerald, que ya había dejado de sangrar estaba resignado y "tranquilo" hizo que
Shortman le confesara cosas desde el día que se conocieron y eso para él era un
éxito.
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—¡Ja! Claro, "amor, amor, amor" todo lo que escribías eran un montón de cursilerías.
—¡Qué leías!
—¡Pervertido!
—¡Lunática!
—Si, Geraldo. Mi segundo nombre, es el femenino del tuyo. Y ahora ya sabes por
qué lo escondía tanto.
—Te lo advierto, sé demasiadas cosas vergonzosas sobre ti, así que no seas cruel
—En la lista de días más locos que hemos vivido, este se lleva el premio.
—Está bien, solo quiero que me digan que versión vamos a dar el lunes en la escuela
para poder relajarme y apagar mi cerebro.
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—¿Arriesgado? —cuestionó la rubia. —¿Dirás que nos subiste a tu auto y lo
estrellaste en la autopista?
—No, aunque eso también podría funcionar. Pensaba en ajustar cuentas con ese
tal, Jake Cabot, —Helga, se bajó la embriaguez de los fármacos y se acomodó de
nuevo sobre el respaldo del sillón, los demás miraron a Jamie como si fuera un
tarado, pero que él recordara nunca le dijeron que la rubia no podía estar enterada.
—Eso ultimo sonó peligroso. —comentó Helga. —Todo lo anterior me parece bien,
pero si lo que quieres son más cargos contra él, toma esto…—buscó en el bolso
que traía en la cintura y sacó su teléfono celular. Seguía apagado.
La razón principal de esto, es que vivo sola. Y si insisto en hablar de él, me sacarán
de la escuela y enviarán mucho, muy, demasiado, bastante, lejos.
Jamie'O se quedó de piedra, los chicos también porque ella solo había comentado
que intentó proceder de manera legal "dentro de la escuela" No tenían idea de que
había agotado todas sus opciones en Hillwood.
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—¿Esas amenazas están aquí?—insistió Jamie presionando el teléfono, sin
decidirse aún a encenderlo. La chica asintió, sin mirarlo a él.
—No tengo recursos. Si crees poder ayudar, debes saber que mi familia está
dividida. Lo último que supe de mi hermana y madre es que de Francia se irán de
tour por toda Europa. Mi padre sigue pagando los servicios, enviando dinero a la
tarjeta de débito pero por más que llamé y envié mensajes de texto, correos
electrónicos, Bob no respondió.
—Mi punto es, que si vas a usar eso para ajustar cuentas con el tipo que tiene en la
mira a parte importante de tu familia, solo puedes verlo tú. No quiero que lo vean, ni
se involucren Phoebe, Arnold o Gerald.
—Desde luego.
—Es lo que he estado haciendo las ultimas cuarenta y ocho horas de mi vida…
Porque era muy probable que Jake Cabot abriera la boca y arruinara su vida. Nunca
debió golpearlo, nunca debió humillarlo, nunca debió retarlo.
Pero entonces…
Se quedó dormida. Esas cavilaciones se las guardó para sí misma y los demás,
llegaron a las mismas.
—No lo creo, ese tipo fue directo a su casa. —la tranquilizó Gerald. —Quiere
asustarla, pero no va a entregarla. Si se la llevan de Hillwood, no se podrá acostar
con ella.
133
—¡Bien! Pues mi consejo es el mismo. Sigan con sus vidas, si preguntan por los
golpes en sus caras "chocamos con el auto" Y si tienen algún voluntario para ser
"tutor" temporal de su amiga, inclúyanlo en la fiesta rápido. No podemos ser nosotros
porque ya estamos bastante involucrados, Gerald.
—¿Phoebs?—preguntó el moreno.
—Hablaré con mis padres, pero nuestra casa no tiene habitaciones disponibles.
—En teoría, solo tendrían que decir que estaban enterados de que sus padres se
irían y hacerle algunas visitas de tanto en tanto. Su padre, le sigue dando dinero
para sus gastos. Y entonces, el único problema que queda es la seguridad de su
casa.
—Le pedí que se mudara con nosotros a la casa de huéspedes. Aún no me ha dado
respuesta.
—Si estaban como sanguijuelas poco antes de tirar su trofeo, la respuesta es sí. —
comentó Jamie'O para el bochorno de Arnold y la diversión de Phoebe y su hermano.
—¡Bueno, ya quiten esas caras! ¿Quieren otra cerveza? ¡Esperen, alguien debe
acompañarme a chocar el auto!
CAPÍTULO 11
La rubia no estaba segura de mudarse con él, eso fue lo que dijo pero en realidad,
Arnold creía que tenía miedo o vergüenza de que sus abuelos supieran que estaba
por su cuenta. Convencieron a Jamie'O de llevarlos al hogar de los Pataki, el joven
adulto accedió aunque no sin darles unos cuantos sermones sobre educación
sexual.
134
—¿Quieren terminar sus estudios y largarse de este pueblo, cierto? —preguntó el
moreno aparcando frente a la enorme y casi abandonada casa.
—¡Claro que queremos! No somos estúpidos Johanssen, lo que pasó en tu casa fue
un…"pequeño arrebato del momento" no es nada de lo que te debas preocupar.—
comentó Helga.
—Pues me preocupo, porque no hay nada más peligroso que dos adolescentes
solos.
—¿Y qué, te vas a quedar a velarnos?—se burló, bajando del auto junto con su gato.
—Nop, "Mr.M" puede cuidarlos bien. —el gato maulló como si comprendiera y se lo
tomara en serio. Arnold resopló, Helga ni se inmutó. A Jamie'O se le hacía tarde así
que se despidió. —De acuerdo, gusanos. La oferta inicial sigue en pie.
Se rumoraba que consiguió su plaza de manera turbia, él no dudaba que fuera así,
ya que su padre era de los pocos hombres honestos que quedaban en el pueblo y
en unos meses habría candidaturas para la alcaldía. Su pueblo natal seguía en la
mesa de subastas. Ya no pretendían derrumbar su vecindario, sino todo Hillwood
para convertirlos en una urbe similar a Chicago o Nueva York, lleno de tiendas
departamentales, centros comerciales, recreativos, hoteles de paso, lujo y demás.
Derrocar al hijo, puede que abriera el camino para advertir las verdaderas
intenciones del padre. Jamie'O estaba seguro de poder conseguir algo con esto. Así
que no quitaría el dedo del renglón.
—Estoy a dos horas de camino, muñeca. Y además, te voy a dar esto.—le ofreció
un teléfono desechable. Helga estaba familiarizada con ellos, los detestaba pues
cada mensaje o llamada que recibía de Jake, venía de uno de esos simpáticos
números. La compañía celular se lo dijo y su poca paciencia la orilló a mejor apagar
y olvidarse de su teléfono.
135
miércoles. Día que Gerald practicaba baloncesto y se quedaba hasta muy tarde. Los
martes y viernes, su mejor amiga podía prescindir de su presencia. No se lo
reprochaba, lo entendía.
Miró por el rabillo del ojo a Arnold, luego presionó el teléfono desechable en el
interior de su mano. ¿Tanto tiempo se durmió en el sillón de su sala? No lo creía.
—¿Me estás dando algo que perteneció a alguna víctima?—inquirió furiosa, porque
si se negaba a ser tratada como "Princesa" imagínense ser tratada como "Víctima"
—Solo usalo para emergencias, ¿De acuerdo? —le indicó Jamie'O con un
movimiento de manos que sugería una despedida.
—¡NO VAMOS A HACERLO! —gritaron los dos a punto de arrojarle una piedra o
mejor aún, patear el auto. Jamie'O estalló a carcajadas, encendió el motor, comenzó
a ir hacia atrás y entonces Helga le gritó que detuviera el auto.
—¿Qué pasa? —preguntaron los dos. Pero la rubia ya estaba corriendo al lugar
donde se encontraba su gato.
136
—Cierren bien la puerta y no es que quiera presionar pero en serio. Me gustaría más
que te quedaras con él.
—Si voy a mudarme mañana, quiero pasar contigo, esta noche en mi cama.
Helga sabía como ponerlo nervioso con esa lengua rosada, gráciles labios, además
de lo sugerente de sus palabras. Comenzó a caminar por delante de él, los
Johanssen los invitaron a cenar en compensación por los "malos tratos" de su hijo,
así que para esas alturas ya era bastante entrada la noche.
Metió su celular en la parte trasera del pantalón, volvió a decirle a su abuelo que se
quedaría con Gerald, aunque no dijo nada de tener un ojo morado o haber besado
a su novia hasta el cansancio. Phil le dijo que estaba bien, pero mañana lo querían
de vuelta a primera hora del día. Sus padres llamaron a media tarde preguntando
por él, era poco común que lo hicieran, así que él también quería hablar con ellos.
Una vez en su alcoba, Helga tomó sus ropas de cama y se disculpó para cambiarse
en el baño. El conjunto de pantalón y sudadera rojos que le prestó la noche anterior
estaba donde él lo había dejado. Decidió cambiarse también y mientras lo hacía con
un nerviosismo y torpeza que nunca antes había sentido perdió el celular en el piso
y pensó en un mensaje de texto que recibió entre la narcolepsia de Helga y el
regreso de los padres de Gerald.
"…Arnold, por favor no me lo tomes a mal, pero las cosas están saliendo muy bien
con Larry. ¿Podemos vernos cualquier otro día? Te lo compensaré…"
137
Él miró la pantalla de su celular como si aquello se tratara de una broma pesada,
después dirigió sus orbes a la rubia que seguía tendida por el largo del sillón y sobre
las piernas de su mejor amigo y sonrió. Phoebe notó su exabrupto, supo que recibió
un mensaje, pero no veía bien sin sus gafas.
Su abuela solía decir que "Si el demonio duerme, su espíritu astral se posesiona de
cualquiera"
La rubia salió del baño, sus ropas de vestir dobladas en una mano, la pijama gris
con el gato blanco cubriendo sus delicadas formas. Él la miró de pies a cabeza,
seguro de que la amaba, la quería, respetaba y como hombre, claro que la deseaba.
No comentaron nada, él también se ocupó de doblar sus ropas. Helga le echó una
mirada al cuarto, dijo que no tendría demasiado que empacar.
—Los tiré, ahora me basta con esto. —abrió su armario. Como mencionó, no había
demasiada ropa, el interior parecía más bien un librero, tenía un espejo ovalado de
marco plateado sumamente ornamentado y una cosa que parecía un árbol de la que
pendían algunas joyas como aretes, collares y anillos. ¿Serían de su madre,
hermana o suyos? Le pareció muy lindo, femenino, acorde a "Cecile" y tan
poco "Helga" pero se calló, cuando la rubia tomó un relicario en forma de corazón y
se lo ofreció.
138
Se parecía al que su abuelo le obsequió a su abuela en su aniversario. El que creía
que Gertrude le arrebató de las manos aquel día que lo encontró tirado pero no era
ese, sino este.
—Abrelo. —sugirió. Dándole la espalda para ver las demás cosas que podría llevar
u olvidar. Él abrió la pequeña pieza bañada en oro, en el interior no se sorprendió
de encontrar su foto, pero contrario del porta retratos en su escritorio, ese no era él
a los nueve años. Sino diecisiete, llevaba la camiseta del equipo de soccer y una
sonrisa estúpida que obviamente, no le dedicaba a ella.
—Soy una acosadora de nivel profesional. —reconoció con una sonrisa cínica, digna
y esplendorosa.
—La vida nunca lo es, melenudo.—lo colocó en su sitio y cerró el armario. Tras
hacerlo comentó, sin mirarlo. —Ahora, deberíamos dormir si mañana vamos a meter
todo esto en cajas y llevarlas a tu casa.
—Correcto, entonces tu vas a casa y si todo sale de acuerdo al plan, vienes por
nosotros. —la palabra "nosotros" le cayó como un balde de agua helada. Él no
quería vivir con la cosa peluda, horrorosa y malévola. Pero definitivamente, Helga
no iba a dejar a su "mantecado"
Llamándola amor, diciendo que sabía dónde vivía y que además de eso estaba sola.
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"No tienes dónde esconderte, ni la escuela o en tu casa"
"¡Déjame en paz, maldito bastardo!" —iba a colgar pero el chico listo, la interrumpió.
"Caerás…"
"¿¡Qué!?" —se atrevió a preguntar, mirando como en la película que disfrutó junto a
Arnold, las puertas y ventanas, por si el "asesino" se encontraba en casa, pero no
había nada.
Terminó la llamada, ella desconectó el cable del aparato. Las llamadas a celular
siguieron poco después.
Una amenaza detrás de otra, de corte colérico, obsceno y hasta erótico. En una
cadena de mensajes describía la manera exacta en que "se lo haría" ella tomó el
celular y lo arrojó contra la pared más cercana que tenía.
En algún momento de sus vidas, Olga pasó por lo mismo y ella recordaba el
momento exacto en que atravesó la puerta de su casa y se abrazó a su padre a la
vez que decía que de todos los hombres "él era el único envidiable" Bob la abrazó,
Miriam resucitó de su "coma etílico" y entre los dos preguntaron qué era lo que
pasaba.
Ella sintió el impulso, que siempre sentía de defender causas justas. Quiso salir con
toda su prepotencia, indignación y violencia a buscar al bastardo y tirarle todos los
dientes de su horrenda cara. Puede que no se llevaran, que jamás se comportaran
como amigas, confidentes o hermanas, pero esa idiota, era su hermana.
Nadie que no fuera ella tenía derecho a humillarla, rebajarla o hacerla llorar. Helga
G. Pataki, no lo permitiría jamás. Pero entonces fue Bob quien montó cólera y salió
a "arreglar" ese asunto.
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.
Las cosas que la rompía empezaban ahí, en una familia disfuncional que habría
luchado contra fuego y marea por defender a su hermana, más no a ella. ¿Jake lo
sabía? ¿Lo intuía? ¿Cómo supo que estaba sola? ¿Lo decían sus ojos, su cadencia,
la forma en que golpeaba a la pelota en cada juego de Béisbol y corría por el campo
esperando que con eso, el viento se llevara sus gritos desgarrados?
No lo sabía…
Y no podía distraerse con eso porque Arnold estaba de pie frente a ella, mirándola
con esos ojos verdes, curiosos e inteligentes, preguntando mil cosas que aún no
diría por respeto o protocolo. Probó a guardar el número que se sabía de memoria
y que correspondía a él.
Cuando Helga se sentía igual y marcaba pero antes del tono prefería colgar.
Arnold comenzaba a conocerla mejor que nadie, a ver entre cada una de sus
facetas. Distinguir cuando se encontraba melancólica y triste, así que en el momento
que dejó el celular en su escritorio, decidió hacer lo mismo y abrazarse a su cuerpo.
Sin preguntas, ni indirectas. Ella se lo diría cuando tuviera fuerzas o estuviera lista.
Aún así, suponía que el celular que dejó en manos de Jamie'O tenía información
suficiente como para hacerla sentir vulnerable.
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La besó y ella suspiró en el interior de su boca, abrazándose a él con todas sus
fuerzas hasta que los alientos se agotaron. Se separaron, sin perder la intimidad del
momento, Helga se dirigió a la cama y levantó las sábanas.
—¿Qué lado prefieres? —preguntó con la normalidad con que se pregunta ¿Que
sabor de helado prefieres? La cama era parte central de la habitación, dos burós
estaban a sus costados, por la parte trasera la ventana y al costado diestro el
armario de pared a pared, del lado izquierdo se encontraba el escritorio, junto a un
cesto de ropa sucia y un perchero lleno de bolsos, chaquetas y hasta zapatos
deportivos. Él le dijo que no importaba.
—Claro que importa, yo podría empujar hasta tirarte si no recuerdo que estás ahí.
—Izquierdo. —supuso que ella dormiría más cerca del armario. Ahí estaban sus
libros, sus secretos, sus tesoros.
Apagó la luz y al hacerlo pasó saliva por la garganta, repitiéndose a sí mismo que
esto no era diferente a dormirse en el sofá de la sala.
¡Claro que lo es! —recalcó una voz de su cabeza pero él la mandó a callar, porque
era el caballero, el chico amable, el mismo que prometió cuidarla de los cerdos
"honestos" (por usar las palabras de Gerald) como Jake.
Arnold mentiría si dijera que luego de meterse en las sábanas, no sintió el impulso
de abrazarla, pegarla a sus formas de la manera exacta en que hizo la noche
pasada. Sus manos extrañaban su cintura, la nariz su perfume, la barbilla la forma
de su hombros, ese hueco entre el cuello y el hombro donde estaba descubriendo
que le gustaba apoyar la cabeza y ella se dejó hacer, bajo la amenaza inicial de
arrancarle ambos brazos si se pasaba de listo.
Soñaron sin pesadillas, despertando con las primeras luces del alba pese a ser
Domingo y no tener ninguna alarma conectada. ¿Serían los nervios? ¿El
escepticismo?
Sus ojos azules, la suave sonrisa, el innegable amor tantas veces profeso, lo
llevaron a inclinar el cuello y reclamar su boca.
142
Un beso corto, casto, seguido de un "Buenos días" que se les metió hasta lo más
profundo del alma.
—¿Qué fue lo que hicieron, chaparro? ¿Salir a buscar al que asaltó a Gerald para
reclamar sus cosas?
—¿Entonces…? —su abuela fue aún más drástica que Jamie'O, le puso un filete
completo, rojizo y sangrante en el ojo. La explicación de "absolutamente todo" no
hizo felices a sus abuelos.
Cuando lo llamaron de nuevo, él ya estaba considerando irse a vivir con Helga, pero
no por decisión propia, sino porque sus abuelos lo echarían. Lo sentaron en la mesa
y comenzaron el regaño.
—Te educamos mejor que eso, Arnold.—reclamo Gertrude, con los brazos en jaras
a la altura de la cintura.
—Además, es tu obligación, por no decir que deber, poner a salvo a tu mujer. —gritó
Phil. —¿Qué es lo que planeabas? ¿Que los golpearan a los dos con ese bate de
béisbol, si ese demente regresaba y se metía a su casa?
143
—Pues no entiendo por qué no la trajiste de inmediato, Arnold. Si estaba sola, la
habríamos aceptado, esa misma noche tu abuela insistió en que se quedara con
nosotros. ¿Oh, es que acaso...?—los ojos de su abuelo se pusieron oscuros y muy
pero que muy negros. Gertrude tomó la cuchara, pero no la de madera sino una de
metal que pensó dejaría marcas feas en su piel, le quitó la palabra a su esposo.
—¡NO!—gritó de inmediato, pero su abuela aún así golpeo la mesa con la cuchara.
Sid y Stinky convenciéndolo de que le diera una "fumada" a los habanos del padre
de alguno de ellos hasta hacerlo sentir que moriría de enfisema.
Lorenzo, sugiriendo que fueran a esa fiesta de chicos mayores que ofrecían todo
tipo de bebida que era "adulterada" y lo llevó a vomitar por horas y horas y horas.
Por decisión suya, nunca había hecho algo tan estúpido, como "dormir y escaparse
con su novia dos noches seguidas" pero se sentía casi un hombre. De hecho, según
la tribu de los "ojos verdes" él ya era un hombre y si se quedaba con Helga, habría
fogatas, ceremonias y bailes de la noche al alba.
En la Tierra que lo vio nacer, decidió que a quien quería era a Helga. Y lo plasmó
en papel, en una carta que celosamente guardó, antes de beber el brebaje que le
144
haría olvidar todo lo aprendido y vivido para que no divulgara los secretos de la Tribu
con ningún extraño.
Pero vivía entre extraños, en tierras desconocidas y por tanto, lo trataban como un
forastero que estaba de paso.
No obstante, encontró la carta que era para Helga pero le dio miedo leerla y la
guardó.
Su destino.
Ese que profetizaba grandes cosas, cuando lo único que quería hacer era viajar por
el mundo y conocer nuevas tierras. Le preguntó a su padre, una vez la encontró.
"¿Tú sabes por qué pude haber escrito esto?" —Miles lo observó al otro lado de la
cámara. Los ojos y los cabellos del mismo color que los propios. Su madre estaba
en una expedición botánica con las demás mujeres de la tribu. En esa ocasión,
pudiera decirse que compartieron un momento padre e hijo.
"Si…"
"Bueno, cada uno tenía un motivo: Honor, lealtad, valor, amistad…Yo mismo
presenté las pruebas, interesado en conocer a detalle los secretos y misterios de la
tribu. Debo repetir que estoy muy orgulloso de ti, ya que has logrado hazañas con
las que a tu edad, yo apenas si podía soñar"
"Gracias…"
"¿Dudar?"
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La prueba final, tiene que ver con el amor. Abrir tu mente y tu corazón, pienso que
fue demasiado, debido a tu corta edad pero los "ojos verdes" creen que ya eres un
hombre y por ser "milagro" ya tienes a tu "destino"
"¿Destino?"
"Sugiero que leas esa carta, creo que tiene un nombre escrito. ¿Cierto?"
"Porque no"
"Entonces, confía en las palabras de los sabios. Cuando debas tener las respuestas,
llegarán"
"Te hicieron olvidar lo vivido para que no lo contaras entre tus amigos de la escuela,
pero ese conocimiento aún permanecen en algún lugar de tu memoria. Cuando
estés listo, puede que en un año, diez o tres, recordarás por qué la escribiste. Y lo
más importante, se la darás"
Su historia se repetía como en cámara lenta hacia atrás, empezando por el ultimo
beso y acabando en el primero.
Ya no de ella, sino del destino, burlándose en su cara por seguir fielmente las reglas
del manual. Metió la hoja doblada en cuatro y sellada con cera en el anuario de la
escuela primaria, donde estaba la foto de su grupo y ahí la dejó.
146
—Guardé en secreto que vivía sola porque decidí esperar a que Helga les contara
ese hecho. Y me quedé en su casa esas dos noches porque no quería dejarla y ella
no estaba segura de venir. Hablamos, más que nada se trató de eso. Ahora sé que
no mentían al decir que ella solía pasar demasiado tiempo aquí. Que le tenía miedo
a su padre porque solía golpear a su madre y creo que esa fue la razón principal de
que no te dijera la verdad sobre lo que le pasó a su muñeca, abuela.
Gertrude resopló. Sacó la botella de whisky y sirvió tres vasos mismos que se tomó
y volvió a servirlos, ahora sí para ofrecer el correspondiente a cada uno.
—De acuerdo, vaquero. Yo te cambié los pañales así que voy a asumir que lo que
dices es cierto.
—Es muy simple, chaparro. Mientes, te escondes y pides a todos que hagamos
locuras por esa escandalosa y furiosa mujer. ¿Vas en serio con ella o es otro de
esos tontos enamoramientos que tienes por niñas bonitas que te dejan con el
corazón herido y llorando en una esquina?—Phillip Shortman le sirvió un generoso
trago y Arnold se lo tomó, liquido amargo corriendo por la garganta hasta aterrizar
en el estómago.
—¿Tan en serio como para luchar a muerte contra sus siete hermanos con tal de
tener su mano? —¿¡Qué!? —se preguntó de manera interna porque ya se le hacía
raro que el "lapsus" de lucidez de sus abuelos durara tanto.
—Fueron tres, mis hermanos eran tres y los derribaste uno a uno en la casa de mis
padres.
—Eran finales de la guerra Galletita, todo lo que quería era hacerte mía.
—Pues, les tocó a los tres por igual. Y tú Arnold, si ya tomaste una decisión, ve a
ducharte y cambiarte, esa chica furiosa tiene carácter, si tardamos demasiado va a
mandarte al carajo.
Su abuelo estalló a carcajadas y comentó que quizás ese hubiera sido un método
efectivo para terminar con la "maldición" Él seguía sin entender de qué iba eso, pero
estaba mas emocionado con la idea de avisarle a Helga.
Le marcó.
Ella no vomitó, pero si intentó hacerse un ovillo sobre el asiento trasero del auto y
ocultar su rostro bajo la sombra de sus cabellos y una gorra de béisbol. Los cambios
la ponían nerviosa. Esto de recibir "caridad" la hacía sentir patética y famélica.
La mudanza fue breve, la vida de Helga como ella misma refirió cabía en cuatro
cajas: escuela, ropa, artículos de uso personal y las cosas de mantecado.
—Miau, miau, miau. —negoció, mirándola con el corazón roto. Ella lo abrazó y le
juró que no era su culpa que tuviera que cambiar de rutina.
—Es temporal, cuando volvamos a casa te ayudaré a atrapar al pájaro más gordo y
jugoso que elijas. Mantecado se mostró de acuerdo pero en el resto del día, no le
vieron ni el polvo.
Su abuela, (porque tenía mejor madera que él y su esposo) en compañía del Doctor
Evans, metieron un sofá cama