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Historia de Mesopotamia y sus Imperios

Este documento presenta una introducción al primer imperio semítico en Mesopotamia, el Imperio acadio, que se estableció bajo el reinado de Sargón de Akkad en el siglo XXIV a. C. Explica que nuestro conocimiento de este período proviene principalmente de fuentes mesopotámicas debido al dominio de Mesopotamia sobre la región en ese momento. Además, analiza los diferentes tipos de fuentes disponibles como listas reales, inscripciones reales y textos literarios posteriores, señ

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Historia de Mesopotamia y sus Imperios

Este documento presenta una introducción al primer imperio semítico en Mesopotamia, el Imperio acadio, que se estableció bajo el reinado de Sargón de Akkad en el siglo XXIV a. C. Explica que nuestro conocimiento de este período proviene principalmente de fuentes mesopotámicas debido al dominio de Mesopotamia sobre la región en ese momento. Además, analiza los diferentes tipos de fuentes disponibles como listas reales, inscripciones reales y textos literarios posteriores, señ

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Elena

Cassin, Jean Bottéro & Jean Vercoutter

Los imperios del Antiguo Oriente I


Del Paleolítico a la mitad del segundo milenio
Historia Universal Siglo XXI - 2

ePub r1.0
jaleareal 26.09.16
Título original: Die Altorientalischen Reiche I. Vom Paläolithikum bis zur Mitte des 2.
Jahrtausends
Elena Cassin, Jean Bottéro & Jean Vercoutter, 1965
Traducción: Genoveva Dieterich & Jesús Sánchez Maza

Editor digital: jaleareal


ePub base r1.2
3. El primer imperio semítico

Hacia mediados del siglo XXIV, el mapa del Próximo Oriente que contempla el
historiador es muy diferente del mapa al que estamos acostumbrados. Sólo una
zona central aparece clara: la baja Mesopotamia, aproximadamente. Sus vecinos
inmediatos por el sureste, el Elam, y por el noroeste, la región del Éufrates medio
que circunda a Mari, aparecen en penumbra. Y, salvo algún claro fugaz, reina la
oscuridad en todo el resto. En efecto, únicamente la baja Mesopotamia, que es el
centro de una importante civilización original, emplea, y ello cada vez con mayor
eficacia, uno de los descubrimientos más fecundos realizado medio milenio antes
para proporcionarnos documentos escritos, sin los cuales el conocimiento preciso
del pasado sigue siéndonos inaccesible. Gracias sobre todo a la documentación
mesopotámica conocemos el Elam y Mari, que, apropiándose de su escritura e
incluso de su lengua, al mismo tiempo que de su cultura, comienzan a
proporcionarnos algunos textos. Y gracias exclusivamente a ella conocemos algo
de las otras regiones periféricas, en los casos en que las menciona: la costa
oriental, desde Arabia a Irán, y desde los Zagros a Asiria y a Siria. En realidad,
para ninguno de estos países, incluida Mesopotamia, y aunque siempre en número
que nos resulta demasiado escaso (sólo se han explorado algunos modestos
yacimientos «provincianos»), faltan los testimonios mudos arrancados al suelo
por los arqueólogos. Pero son muy difíciles de interpretar y a menudo imprecisos.
Tendremos, pues, que contentarnos todavía, para el período que aquí se
considera, con una visión «mesopotamocéntrica». Es éste un dato que no debe
olvidarse para corregir la óptica de la reconstitución histórica. Pero es también
un hecho capital de esta misma historia, ya que por él se traduce el dominio de la
Mesopotamia sobre el mundo de sus alrededores: el Próximo Oriente entero.

I. MESOPOTAMIA

A. Fuentes
Las fuentes de que disponemos para reconstruir la historia en el transcurso de
estos dos o tres siglos están constituidas esencialmente por toda la producción
gráfica indígena que ha podido encontrarse.
La sucesión de reinos y de «dinastías» —marco de referencia general de la
época entera— se ha conservado en la lista real sumeria, documento imperfecto
que no podría utilizarse sin cierto espíritu crítico, pero cuya veracidad
fundamental es muy probable para una época tan cercana al tiempo en que fue
realizada, y ha quedado comprobada además por sus coincidencias con los datos
de los documentos contemporáneos.
Estos últimos, que pueden colmar muchas de las lagunas de la lista real y
ayudarnos a completar el mero esquema que aquélla nos presenta, consisten
principalmente en inscripciones reales: estelas de victorias, dedicatorias de
objetos o de edificios —cuya misma dispersión es elocuente, ya que muestra la
extensión del poder de su signatario—, y también en la mención de hechos
epónimos que, según el sistema corriente desde entonces en Mesopotamia, servían
para señalar las fechas de los distintos reinados, a falta de una era universal de
referencia. Muy pocas son, sin embargo, las inscripciones que se han conservado
en sus monumentos originales y, cuando estos últimos han llegado hasta nosotros,
ha sido, desgraciadamente, muy a menudo en pésimas condiciones de
conservación.
En el caso particular de los reyes de Akkad, la laboriosidad de escribas
posteriores en varios siglos ha sabido compensar en algunos casos los estragos
del tiempo: desde la época paleobabilónica, quizá con una finalidad política, se
han copiado acá y allá, generalmente con mucho cuidado e incluso a veces
clasificándolas en un orden que debía representar la idea que se tenía entonces de
la sucesión de hechos, un cierto número de inscripciones reales. Afortunadamente,
algunas de estas copias se nos han conservado, sobre todo en Nippur y en Ur,
junto a obras que ofrecen menos garantías —porque pueden considerarse
imitación más que transcripción de originales—; pero las primeras tienen para
nosotros el valor de originales. Mas, incluso con su ayuda, el «llenado» del
cuadro cronológico sigue siendo muy imperfecto, con enormes lagunas muy
desigualmente repartidas y con cuestiones capitales sin resolver.
Por esta razón, el historiógrafo se ve obligado a servirse de una
documentación más abundante, pero cuyo grave defecto es su origen más reciente,
a veces demasiado, lo que hace que su uso sea arriesgado y delicadísimo. Se
trata, en primer lugar, de piezas que guardan por lo menos las apariencias de la
historia: listas de hechos notables presentados en forma de crónica o distribuidos,
por los autores de libros divinatorios, de acuerdo con los «presagios» que
parecían haberles acompañado. La documentación esencial de estas
nomenclaturas puede incluso remontarse hasta los hechos que rememora, por lo
que de ellas se pueden obtener, después de un examen crítico, algunos datos
importantes y por lo demás desconocidos. Pero el género literario del que forman
parte era muy dado a lo maravilloso, y con el tiempo han debido enriquecerse con
detalles de fantasía.
Estos últimos abundan en otra serie de producciones, de tipo francamente
imaginativo, que nos son conocidas desde principios del segundo milenio. Los
antiguos mesopotámicos parecen, en efecto, haberse dado cuenta muy pronto de
que la época gloriosa en la que su país, por primera vez, había alcanzado tan alto
renombre quedaría como una de las cimas de su historia; rápidamente, quizá
desde la caída de Akkad, se creó una tradición folklórica, y posteriormente
literaria, sobre esta gesta y sus protagonistas. A ella se debe la existencia de
poemas y hasta de verdaderos fragmentos de epopeya que reflejan a menudo la
lección, moral o «teológica», enseñada por el destino de aquellos seres
excepcionales, sobre todo Sargón y Narāmsīn. Algunas de estas piezas destacan
la gloria de su tiempo; otras hacen resaltar su fin catastrófico: como si la
tradición hubiera dudado —duda que debe hacer reflexionar al historiador— del
sentido definitivo que debía darse a esta antigua aventura. Sin duda desde el
principio, y cada vez más a medida que los hechos se iban haciendo más
borrosos, en esta tradición lo legendario se mezcló con lo auténtico; es una tarea
difícil y a menudo imposible intentar separarlos, sobre todo cuando no existe
algún documento indiscutible que ayude a diferenciarlos. Las grandes peripecias,
despojadas de precisiones imaginarias, son las únicas que pueden llegarnos más o
menos en línea recta del pasado. Pero no es siempre fácil aislar lo que puede
subsistir de original en tan enorme torrente de leyendas. En tales casos, un cierto
escepticismo sin obstinación puede ser para el historiador la actitud más sana.
Este pisa un suelo más sólido cuando emprende la reconstrucción de la
historia social, económica y «espiritual» de la época. En efecto, no tiene más que
añadir a todo lo precedente una notable cantidad de piezas administrativas de
todas clases, en particular cartas y papeles de negocios y de jurisprudencia;
además, algunos textos exclusivamente literarios o religiosos, todavía raros en la
época; y, por fin, el tesoro onomástico, en el que se ocultan no solamente informes
de orden etnográfico, sino también gran cantidad de testimonios irreemplazables
sobre el sentimiento religioso y las ideas teológicas. Por desgracia, tales
documentos originales no son, ni mucho menos, tan numerosos como quisiéramos,
y, sobre todo, lo azaroso de su descubrimiento los ha repartido muy desigualmente
en el tiempo, en el espacio y en orden de importancia: tal o cual reinado, lugar o
aspecto de la vida corriente están copiosamente descritos, mientras que otros casi
no lo están, o no lo están en absoluto, a pesar de su mayor importancia.
En último caso, si lo que se puede intentar reconstruir gracias a este acopio de
materiales no constituye todavía una verdadera historia, en sentido estricto, es
decir, una sucesión suficientemente evidente e ininterrumpida de hechos seguros,
nuestra reconstrucción será de todas formas mucho más completa y más segura
que la de los siglos anteriores, tanto en lo que se refiere al transcurso general de
la evolución como a la sucesión ordenada de los reinados y de los
acontecimientos que la han determinado y jalonado.

B. Cronología

A fin de proceder con método, es preferible, en primer lugar, establecer el


orden de estos reinados, es decir, la cronología «absoluta» y relativa de la época.
Y puesto que para ello nos vamos a servir del hilo de Ariadna de la lista real,
veamos primero cómo nos presenta la historia del país después de Lugalzagesi:
«Vencida Uruk, el poder real pasó a Akkad[48]. Allí, Sargón, hijo adoptivo de un
cultivador de palmeras, después copero mayor de Urzababa, más tarde rey de
Akkad, construyó la ciudad de Akkad, y, nombrado rey, reinó durante cincuenta y
seis años. Luego, Rīmush, hijo de Sargón, reinó nueve años. Luego, Manishtūshu,
hermano mayor de Rīmush e hijo de Sargón, reinó quince años. Luego, Narāmsīn,
hijo de Manishtūshu, reinó treinta y siete años. Luego, Sharkalisharrī, hijo de
Narāmsīn, reinó veinticinco años. Luego, ¿quién fue rey?, ¿quién no fue rey?, ¿fue
rey Igigi?, ¿fue rey Nanum?, ¿fue rey Imi?, ¿fue rey Elulu? Los cuatro a la vez
ejercieron el poder real y reinaron durante tres años. Luego, Dudu reinó veintiún
años. Luego, Shū-DURUL[49], hijo de Dudu, reinó quince años. En total, 11 reyes,
que reinaron ciento ochenta y un años.
»Vencida Akkad, el poder real pasó a Uruk. En Uruk, Urnigin llegó a ser rey y
reinó siete años. Luego, Urgigir, hijo de Urnigin, reinó seis años. Luego, Kudda
reinó seis años. Luego, Puzurilī reinó cinco años. Luego, Ur’utu reinó cinco años.
En total, cinco reyes que reinaron treinta años.
»Vencida Uruk, el poder real pasó a la horda de Qutūm (de los guteos)[50]. En
la horda de Qutūm hubo primero un rey cuyo nombre no se ha conservado[51].
Luego, Imta’ llegó a ser rey y reinó tres años. Luego, Inkishush reinó seis años.
Luego, Sarlagab reinó tres años. Luego, Shulme’ reinó seis años. Luego,
Elulumesh reinó seis años. Luego, Inimabakesh reinó cinco años. Luego,
Igesha’ush reinó seis años. Luego, Iarlagab reinó quince años. Luego, Ibate reinó
tres años. Luego, Iarlangab reinó tres años. Luego, Kurum reinó un año. Luego,
Khabilkīn (?) reinó tres años. Luego, La’erabum reinó dos años. Luego, Irarum
reinó dos años. Luego, Ibrānum reinó un año. Luego, Khablum reinó dos años.
Luego, Puzursīn, hijo de Khablum, reinó siete años. Luego, Iarlaganda (?) reinó
siete años. Luego, Si’um reinó siete años. Luego, Tiriqan reinó cuarenta días. En
total, 21 reyes, que reinaron noventa y un años y cuarenta días.
»Vencida la horda de Qutūm, el poder real pasó a Uruk. En Uruk, Utukhengal
llegó a ser rey, y reinó siete años, seis meses y quince días…»[52].
Hay que tener en cuenta que otra tradición textual, contenida en algunos
manuscritos, ignora por completo el párrafo consagrado a los guteos: después de
la dinastía de Akkad y antes de la de Ur III no habla más que de una dinastía de
Uruk, cuya duración prolonga hasta cien años.
En este esquema, que ningún elemento coetáneo confirma como tal, pero que,
sin embargo, tiene visos de ser verídico a su manera (habrá que ver cómo), hay
que distinguir:

a) La cronología relativa: enumeración de reyes y orden de sus reinados. En


primer lugar, los nombres de los cinco primeros reyes de Akkad son
sobradamente conocidos por otros conductos, y si hay puntos que podrían
hacernos dudar de la posición relativa de alguno de ellos, como el hecho de que a
Rīmush le haya sucedido Manishtūshu, su hermano mayor, cosa por otra parte muy
posible, el conjunto de nuestra documentación confirma sin reservas el orden
adoptado por la lista real. Lo mismo puede decirse de sus sucesores, aunque
solamente tres de ellos estén atestiguados por algunos documentos de la época;
veremos cómo todo induce a pensar que, después de una época de supremacía,
representada grosso modo por sus cinco primeros reyes, Akkad conoció la
decadencia, que comenzó con un breve tiempo de anarquía, el de los cuatro
rivales, y que siguió en un período más largo, en el transcurso del cual una
aparente restauración del orden y el poderío no fue capaz de evitar la recaída
definitiva en la insignificancia política.
Por el contrario, no sabemos nada de los cinco reyes siguientes de Uruk, ni
tampoco del posible predominio, en esa época, de su ciudad sobre el país; y, sin
embargo, la tradición atribuye la ruina de Akkad a los guteos. Ahora bien, entre
los primeros reyes de éstos cuyos nombres nos han sido conservados por la lista
real, dos por lo menos parecen haber sido contemporáneos de la dinastía de
Akkad: el cuarto, Sarlagab, al cual Sharkalisharrī se vanagloria de haber vencido
dándole el nombre de Sarlag, y el sexto, Elulumesh, en el que no parece
imprudente reconocer, escrito a la manera gutea, al Elulu mencionado entre los
cuatro reyes rivales. Hay que admitir, pues, que la «dinastía» de Qutūm suplantó a
la de Akkad, quizá después de haber luchado con ella algún tiempo. Si la lista
real ha colocado a Uruk en primer lugar, puede ser en razón del espíritu
sistemático que ha animado claramente a sus compiladores, una de cuyas tesis
más claras, a los ojos de quien lee su obra sin interrupción, parece ser que existe
una perpetua alternancia del sur y del norte en «el poder real del país»: en tal
caso, después de Akkad, que representa al norte, colocaron a Uruk, ciudad del
sur; y los autores de la tradición textual mejor representada, que tiene en cuenta a
los guteos, fragmentaron, en cierto modo, la IV dinastía de Uruk, para intercalar
en ella a esos bárbaros del norte, antes de volver al sur con Utukhengal, quien,
como todo el mundo sabía, los había expulsado definitivamente.
Sin embargo, la elección de Uruk puede haber sido motivada por hechos de
los que no nos queda ya ningún testimonio: es posible que esta ciudad, después o
incluso poco antes de la caída de Akkad (bajo Sharkalisharrī, según se verá),
consiguiera, gracias, por ejemplo, a una revuelta instigada por ella misma,
colocarse en situación más o menos preponderante. Pero es muy poco probable
que un tal predominio de Uruk se haya extendido fuera del sur del país; el norte,
durante este tiempo, se encontraba bajo el dominio de los guteos, y sabemos que
la lista real cita muy a menudo como sucesivas dinastías que fueron
contemporáneas. Y, sobre todo, tal preponderancia, si es que existió alguna vez,
lo fue, sin duda, por un tiempo muy breve; es muy significativo, por ejemplo, que
el texto corriente de la lista real no le conceda más que treinta años, contra los
noventa de los guteos. Las ciudades sumerias «liberadas», sometidas o no
anteriormente a Uruk, terminaron por volver a caer prácticamente bajo el dominio
de una de ellas. Y a ésta, aunque la lista real no la cita ni una sola vez, la
conocemos muy bien por otros conductos: Lagash[53].
Entre Rīmush y Utukhengal nos han quedado más de 15 nombres de ensi y un
considerable material epigráfico relacionado con alguno de ellos. El último,
Nammakhani, fue eliminado por el vencedor de Utukhengal: Urnammu, fundador
de la III dinastía de Ur. Antes de él, Ur-GAR y su predecesor, Pirigme, debieron
de reinar muy poco tiempo en una Lagash ya menos poderosa. Pero el padre de
Pirigme, Urningirsu, y sobre todo el padre de este último, el famoso Gudea, y el
suegro de Gudea, Urbaba, parecen haber instaurado y conservado durante cerca
de medio siglo una verdadera hegemonía de Lagash sobre todo Sumer. Lo que ya
no podemos es situar con exactitud en el tiempo a sus predecesores, ni estimar su
importancia política; pero no hay duda de que es Lagash, o al menos esta sucesión
de ensi, de Urbaba a Nammakhani, la que hubiera debido figurar en lugar de
Uruk IV en la lista real, si los autores de ésta no hubieran decidido, al parecer, no
nombrar jamás a una ciudad que los primeros monarcas de Ur III, para quienes
realizaban su obra, consideraban entonces su enemiga mortal.
Sea como fuere, con Utukhengal entramos ya, muy a finales de este período, en
un terreno más sólido; por lo menos, la tradición es tajante: fue él y no otro quien
puso fin a la preponderancia de los guteos.
b) En cuanto a la cronología absoluta (duración de los diversos reinados
cuya sucesión se ha establecido y su relación con nuestro propio cómputo del
tiempo): es muy probable que, en primer lugar, entre los datos dados por la lista
real sea preciso poner las cifras relacionadas con los reyes de Akkad, por un
lado, y con Utukhengal, por otro, aparte de las que indica para Uruk IV y los
guteos.
Si, según parece probable, la lista se compuso poco después de Utukhengal,
no hay razón para dudar de las cifras, por lo demás más precisas que las otras, de
«siete años, seis meses y quince días» que le concede para su reinado. Y es
también muy probable que el número de años que se atribuyen a los reyes de
Akkad, que son muy verosímiles, tenga su origen en los propios archivos de estos
monarcas, cuya administración debía tener cuidadosamente al día las listas de los
«nombres de años». Aunque admitiendo por prudencia una posible fluctuación de
algunos años, se pueden, pues, aceptar los datos de la lista real, teniendo en
cuenta sobre todo la fijeza de su tradición manuscrita. Así, pues, sería preciso
contar unos ciento ochenta años entre los comienzos de Sargón y la desaparición
de Shū-DURUL.
El problema se plantea de forma muy diferente para las dinastías de Uruk y
Qutūm. Aparte de las cifras individuales, cuyo valor es sorprendentemente bajo y
gira alrededor de seis (número base en el sistema sexagesimal sumerio), lo cual
nos hace pensar en cifras redondeadas y artificiales, lo que debe llamar nuestra
atención es el hecho de que las dos redacciones de la lista real, la que cita a los
guteos y la que los silencia, nos dan prácticamente un mismo total de unos cien
años para el período siguiente a Akkad y que comprende paralelamente al norte
los guteos y al sur Uruk IV y Lagash II. Se trata, pues, del número que grosso
modo debía figurar en el arquetipo de esta doble familia de manuscritos de la
lista, lo que es una nueva garantía de ésta, aunque los nombres que hay que añadir
para conseguir este cómputo sean individualmente muy dudosos.
Como, por otra parte, hemos comprobado un sincronismo entre los primeros
reyes guteos (contemporáneos de Uruk IV) con Sharkalisharrī, hay que suprimir
del total que representan los ciento ochenta años de Akkad y el centenar de años
de Qutūm/Uruk IV/Lagash II, la cincuentena de años que, poco más o menos,
separa a Sharkalisharrī de su último sucesor, Shū-DURUL. Lo que nos convierte
en doscientos treinta años, aproximadamente, el tiempo transcurrido desde Sargón
de Akkad hasta la victoria de Utukhengal sobre los guteos. Ésta es una cifra
redonda, pero, con un margen de diez o veinte años —no puede pedirse menos,
dado el estado actual de la documentación—, tiene muchas probabilidades de ser
justa.
Para relacionar estos datos cronológicos con nuestro propio cómputo del
tiempo, si tomamos como base del cálculo el año 2110 para la subida al trono de
Urnammu, sucesor de Utukhengal, según el sistema cronológico adoptado en esta
obra, obtendremos el esquema de cronología «absoluta».
Es preciso volver a decir que estas fechas son probables y aproximadas, de
acuerdo con el sistema mediante el cual se han deducido. Y como tales no tienen
más que una importancia secundaria. Desde el punto de vista de su certeza
histórica, lo más importante es el esquema que nos permite situar los hechos
principales. Reducido a lo esencial, es sencillo: de los doscientos treinta años
que se comprenden en el presente capítulo, poco más o menos la mitad ha
conocido el nacimiento, el desarrollo y la muerte del imperio de Akkad; la otra
mitad, un desarrollo paralelo del norte y del sur, cuyo destino fue luego muy
divergente.

C. El imperio de Akkad

Este imperio (2340-2198 aproximadamente) es obra de una dinastía en el


verdadero sentido de la palabra, ya que los cinco reyes que lo crearon se
sucedieron de padre a hijo, durante cerca de siglo y medio; y no hay duda de que
tal continuidad constituyó a la vez una causa y una señal de la prolongada solidez
de este edificio político. Sin embargo, no parece que esta continuidad haya
dejado de costar sus trabajos, pues es tradición que por lo menos Rīmush y
Manishtūshu perecieron de muerte violenta, a consecuencia de revueltas
palaciegas; lo mismo le sucedió a Sharkalisharrī, pero ya tras él la dinastía no se
recuperó.
Sus nombres (el primero, por lo menos, es un «nombre de reinado», no el
nombre propio: Sargón/Sharrukīn, «rey verdadero»; probablemente también
Sharkalisharrī: «rey de todos los reyes») constituyen, poco más o menos, todo lo
que sabemos de la personalidad de estos soberanos; salvo algunos datos sobre
sus familiares inmediatos y sobre su corte, las inscripciones originales no nos han
dado ningún detalle biográfico.
Incluso de Sargón, el primero y más importante de ellos, es muy poco lo que
sabemos de sus orígenes y de su accesión al trono. Ya a finales del tercer milenio
se le creía salido de la nada. Más tarde se le atribuye un padre nómada y una
madre vestal, que lo abandonó en el río, el cual le transportó hasta su padre
adoptivo, un aldeano. Pero ésta es una historia muy conocida, desde Moisés hasta
Rómulo y Remo, con la que se trata de aclarar el oscuro origen de grandes
hombres, hijos de sus hazañas. Pero vale la pena examinar de cerca esta leyenda,
pues parece contener algunos datos que se deben recordar. Esta leyenda nos da
como ciudad de nacimiento o de educación del futuro rey a Azupirānu, «ciudad
del azafrán», totalmente desconocida, situada «en las orillas del Éufrates», y
designa el territorio en que habitaron sus antepasados paternos como «la
Montaña». Ahora bien, esta última palabra se aplicaba con frecuencia a los
confines del desierto, y «orillas del Éufrates» a una región determinada, en los
alrededores de la desembocadura del Khābūr-Balīkh. Este territorio estaba
ocupado en aquella época por los semitas, que en su mayoría eran aún
seminómadas dedicados a la cría del ganado, y que, desde tiempos prehistóricos,
abandonaban con mucha facilidad en grupos sus mesetas subdesérticas y su vida
vagabunda para infiltrarse en las ricas ciudades fronterizas, sobre todo en las de
la baja Mesopotamia. La zona norte de esta región, principalmente, estaba
ocupada por ellos desde hacía mucho tiempo; vivían en aglomeraciones más o
menos importantes, de las que Kish parece haber sido la principal. Hasta esta
época se encuentran allí en estrecha dependencia cultural (y a menudo incluso
política) de Sumer.
La leyenda de los orígenes de Sargón destaca, pues, el carácter semítico del
personaje: éste formaba parte de aquella larga serie de inmigrantes que hasta
entonces habían permanecido en la oscuridad. Hasta tal punto llega a ser su
representante que, tras adquirir importancia histórica con él y sus cuatro
sucesores, ya no se les dará más que el nombre de acadios, derivados del de su
capital, Akkad. Este nombre se extendió también a la parte norte de la baja
Mesopotamia y el sur guardó el de Sumer. Con Sargón, los semitas salen del
incógnito, y él y sus sucesores llevan nombres semíticos; su lengua, el «acadio»,
suplanta poco a poco al sumerio; en los bajorrelieves, los rostros barbudos y de
abundante cabellera reemplazan a las cabezas sumerias, redondas y calvas… Es
éste un hecho de suma importancia —del que nos ocuparemos más adelante— en
la historia de Mesopotamia, dominada por el dualismo y, hasta cierto punto, por
la rivalidad cultural entre sumerios y semitas.
Si damos crédito a la misma leyenda, Sargón nació en una población semítica
que era ya sedentaria, aunque sus antepasados no lo eran todavía. Surge a la vida
política, no sabemos cómo, en el gran centro semítico de Kish; la lista real le
nombra como «copero mayor» del segundo rey de la III «dinastía» de Kish,
Urzababa. Sin duda, más tarde se sublevó contra su soberano, quizá aprovechando
alguna derrota sufrida por éste y que dejara a Kish en ruinas. Gracias a una suerte
inmensa que la tradición atribuía a una especial inclinación en favor suyo de la
gran diosa semítica Ishtar, Sargón consiguió hacerse con un territorio alrededor
de la ciudad de Akkad, que él construyó u organizó como capital, como se dirá
más tarde, por orgullo. El emplazamiento de esta ciudad nos es desconocido;
pero, como un documento contemporáneo la sitúa cerca de Kish y según la
tradición no estaba lejos de Babilonia, puede deducirse que debía de encontrarse
en la región de la actual al-Ḥilla, y probablemente a orillas del Éufrates.
Nos faltan, desgraciadamente, detalles sobre la obra esencial de Sargón, la
creación de un imperio alrededor de Akkad. O, más bien, desconocemos el hilo
que, relacionando uno con otro los hechos cuyo recuerdo ha llegado a nosotros,
nos ayudaría a encontrar la génesis de este imperio. Esto puede remediarse
siguiendo el orden que adoptaron los escribas de Nippur para sistematizar sus
transcripciones, o, a falta de otros medios, haciendo uso de la «lógica»; pero
todos sabemos con qué facilidad, en materia de historia, nos induce la lógica a
errores.
Daremos, sin embargo, por seguro que el punto de partida y el centro de este
imperio fue la ciudad de Akkad; «rey de Akkad» es el primero de los títulos que
se da Sargón. A él añade «rey de Kish», pues la antigua capital, aun en ruinas,
conservaba todo su prestigio, y también porque la primera preocupación del
nuevo rey, al conquistarla, debió ser asegurarse el dominio de todo el norte del
país. Quizá lo hiciera pretextando liberarla del mandato de Uruk y «restaurarla».
Una vez dueño del norte y sintiéndose poderoso, Sargón no podía evitar la
tentación de perseguir a Lugalzagesi hasta en sus propias tierras. Una sola
campaña no fue suficiente, con toda probabilidad, para vencerle a él y a los «50
gobernadores» que le apoyaban; en las inscripciones contemporáneas se
encuentran alusiones a un triple asalto y a «34 batallas», después de las cuales,
vencido el rey de Uruk definitivamente, luego de haberlo hecho prisionero y de
haberlo llevado cargado de grillos ante el templo de Enlil, santuario nacional de
Nippur, Sargón se convirtió en dueño absoluto de Uruk, Ur, Eninmar, Lagash y
Umma, es decir, de todo el territorio sumerio «hasta orillas del mar». En lo
sucesivo, el rey de Akkad y de Kish podía añadir a sus títulos el de «rey del
país».
¿Fue el deseo de imitar a Lugalzagesi el que le impulsó aún más lejos, o más
bien el de protegerse de las amenazas o de las provocaciones de los países
circundantes, inquietos al ver surgir esta potencia en sus proximidades? No lo
sabemos. Parece ser, en todo caso, que Sargón dirigió sus pasos primeramente
hacia Occidente, después de haber reunido a «todo el país» bajo su mando. Según
las Crónicas, esta conquista del noroeste, la más extraordinaria hazaña de Sargón,
fue realizada en dos grandes campañas, una en «el año 3» y otra en «el año 11» de
su reinado. Puede ser que en el transcurso de la primera se contentó con someter a
Tuttul (la actual Hīt, a orillas del Éufrates) y el paso hacia el norte, es decir,
Mari, remontando algo el río. Pero es seguro que su doble campaña llevó al rey
de Akkad hasta la Siria del Norte (Ebla), hasta las orillas del Mediterráneo
(Iarmuti), al Líbano (el «bosque de cedros») y al Tauro, por lo menos a sus
bordes orientales (¿«las montañas de plata»?). La leyenda —en la que no
podemos ya discernir lo que ha conservado de histórico— tomó pronto gran
importancia en relación con esta prodigiosa historia. No solamente cita ciudades
conquistadas, ignoradas por las inscripciones, como Karkemish, sino que nos
habla de que Sargón cruzó el Mediterráneo para conquistar el «País del Estaño»
(probablemente Chipre, o algún territorio ribereño, al sur del Asia Menor) y
Creta, y por otra parte llegó hasta Anatolia, a Burushkhanda; al sur del Lago de la
Sal (lago de Tuz). Faltos de pruebas más sólidas, es prudente no tomar tales
afirmaciones al pie de la letra. Como el relato de la campaña en Anatolia, sobre
todo, habla de negociantes acadios instalados en el país, como lo estarán algunos
siglos más tarde los célebres tamkarum asirios, puede suponerse que el folklore
ha transformado en conquista el simple envío de misiones comerciales. A fin de
cuentas, Sargón, sobre un eje de más de 1500 kilómetros, había unido en un solo
territorio controlado por él el «mar Inferior» (el golfo Pérsico) y el «mar
Superior» (el Mediterráneo).
La ocasión de realizar conquistas por otras zonas pudo venirle de las medidas
de precaución tomadas por sus vecinos del este, el Elam y el Warakhshe, que
habían formado una coalición, sin duda con la esperanza de disminuir los ímpetus
de su terrible rival mesopotámico. En una doble inscripción (¿relacionada quizá
con una doble campaña?), este último se jacta de haber vencido juntos a los dos
aliados, de los que enumera con soberbia, junto a los reyes, a los gobernadores y
a los altos dignatarios, las ciudades en que había conseguido un botín importante.
Los textos divinatorios nos han dejado constancia de la conquista por Sargón
del «País de Subartu», entidad geográfica mal definida, que puede representar la
alta Mesopotamia, desde los Zagros hasta el Khābūr-Balīkh, o incluso puntos más
occidentales. No es seguro que tal empresa pasara de ser un proyecto del
fundador de la dinastía de Akkad. Parece, en cambio, haber trazas de una
expedición septentrional en el «nombre de año» de su reinado que conmemora una
campaña a Simurrum, hacia los Zagros. La ocupación acadia de la región de
Kirkūk, por un lado, y de Asiria, por otro, nos hace suponer que Sargón fue el
primero en establecer allí su hegemonía, durante el transcurso de su interminable
reinado.
Incluso en el caso de que los «cincuenta y seis años» que le atribuye la lista
real abarquen también, como es muy posible, el principio de su carrera, la época
en que todavía desempeñaba un modesto papel junto a Urzababa, o se estaba
creando en los alrededores de Akkad un pequeño principado, le debió quedar a
Sargón suficiente tiempo para llevar a cabo innumerables proezas de las que se ha
perdido el recuerdo. Él mismo se llamó «el que ha recorrido (?) las Cuatro
Zonas», expresión acadia que designa el universo. La enormidad de su obra y la
inmensidad de sus conquistas han desbordado la imaginación del pueblo y de los
poetas. Seguramente se pensaba en él cuando se describían, un poco más tarde,
las hazañas de Gilgamesh. Se tomó buen cuidado de anotar los 65 países y
capitales de su enorme imperio, y las distancias de miles de kilómetros que
separaban sus cuatro extremos del centro y de la capital. Incluso se ilustró un
mapa mitológico del universo con los países lejanos y maravillosos que sólo él
había visitado en compañía de dos personajes fabulosos…
Sin embargo, su reino debió conocer no pocas reacciones de tantos pueblos
oprimidos, reveses e incluso desastres que la tradición achaca a su enorme
extensión. Y su sucesión no había de ser nada fácil. Hasta el fin de su imperio no
dejaron de estallar revueltas por todas partes, comprometiendo sin cesar sus
límites y su coherencia, obligando a sus sucesores a reconquistarlo, por decirlo
así, constantemente.
Por estas razones, Rīmush (2284-2275) tuvo muy pronto que afrontar
sublevaciones «en cadena» en el país de Sumer (Ur y Lagash; Umma; Adab, Uruk
y Kazallu) y, más tarde, en el «tercer año de su reinado», en una guerra sin piedad
en la que no faltaron ni los «mares de sangre» ni las ciudades arrasadas, que
arremeter contra sus dos vecinos del este, Elam y Warakhshe, coaligados de
nuevo para sacudirse la tutela de Akkad. Su presencia ha quedado también
señalada al norte de Nínive, por la fundación de una ciudad a la que dio su propio
nombre, y en el alto Khābūr, por una inscripción suya encontrada en la «fortaleza»
de Tell Brāk.
En cuanto a Manishtūshu (2275-2260), parece que tuvo al principio que
ocuparse de sofocar una nueva sublevación de sus satélites orientales, Anshan y
Sheriku, de los que hubo de someter «32 ciudades» para conservar su soberanía
en el Elam; y más tarde, en la orilla izquierda del golfo Pérsico, conquistar (¿o
reconquistar?) las canteras de «piedra negra». Una inscripción suya encontrada en
Asur, y el persistente recuerdo, medio milenio más tarde, de que había fundado en
Nínive el templo de Ishtar, prueban que también se ocupó de la parte norte de sus
dominios.
Un poema acadio del segundo milenio nos relata cómo las ciudades
mesopotámicas de Kish, Kutha, Kazallu, Marad, Umma, Nippur, Uruk, Sippar, los
países de Magan, al sur; de Elam, Warakhshe, Mardaman y Simurrum, al este y al
nordeste; Namar y Apishal, al norte, y Mari, al oeste, se sublevaron a un mismo
tiempo contra Narāmsīn (2260-2223), al principio de su reinado. La formidable
simultaneidad de tal revuelta es indicio de elaboración poética; pero está fuera de
dudas que estas ciudades y países, e incluso otros más, se sublevaron
sucesivamente en el transcurso de los treinta y siete años de reinado del nieto de
Sargón, y sus propias inscripciones nos lo prueban. Sin duda al haber recorrido
los caminos abiertos por todas partes por su augusto antepasado, y hasta ir más
lejos que él, del norte al sur y del este al oeste, al haber ocupado territorios «que
ningún otro rey antes que él había conquistado», Narāmsīn mereció, más que
ninguno otro de su dinastía, que se le comparara con el gran Sargón no solamente
por su gloria, sino también por aquel mismo orgullo, origen de catástrofes. Y por
el título propiamente «imperial» y no usado hasta entonces de «rey de las Cuatro
Zonas» que él mismo se dio, vemos que se sentía, más aún que el propio Sargón,
vencedor y dueño del universo. Pero cuando se acierta a leer entre líneas, aunque
sus inscripciones, según las normas del género, no relatan más que victorias, se
siente ya entre tanto triunfo algo así como el presentimiento de un desastre. Así,
por ejemplo, si Narāmsīn ha tenido, al fin y al cabo, que firmar un tratado con el
rey de Elam es porque se veía obligado a pactar con él y no se sentía ya capaz de
imponerle su voluntad. Y si, otro ejemplo más, ha ido a hacer la guerra en pleno
Zagros, donde ha dejado posibles huellas de su paso por Darband-i-Gaur, no ha
debido ser ni por orgullo ni por el provecho que podría obtener aplastando a los
lullu, sino porque aquellos míseros salvajes de las montañas, con su audacia y sus
exacciones, comenzaban a representar un verdadero peligro para los habitantes de
la rica meseta mesopotámica. Son síntomas que prueban, aun en contra de las
gloriosas apariencias, cómo se acentuaba con el tiempo, e incluso bajo un jefe tan
enérgico, la fragilidad del imperio acadio. Es muy posible que, de hecho, su
dislocación comenzara antes de la muerte de Narāmsīn.
En todo caso, su hijo y sucesor, Sharkalisharrī (2223-2198), no se da ya el
título de «rey de las Cuatro Zonas», y se contenta, sin duda con razón, con el más
modesto de «rey de Akkad». Bajo su reinado, Uruk intenta decididamente
sacudirse la tutela de Akkad, quizá con éxito esta vez; el Elam consigue por fin su
independencia; los amorreos, semitas occidentales y probablemente seminómadas
todavía, «vencidos en la montaña de Basar» (Jebel Bishrī), la han conseguido con
toda probabilidad en el curso de un avance inquietante contra el flanco noroeste
del imperio; y, finalmente, otra amenaza aparece por el noreste, la de los guteos, a
quienes se atribuirá la ruina total de la herencia de Sargón.

D. Características e importancia del imperio de Akkad

Antes de ver desaparecer esta herencia hemos de examinar no ya su génesis y


su extensión, sino su constitución y su funcionamiento, su originalidad y su
importancia histórica.
En primer lugar, está claro que el móvil esencial de tantas guerras y
conquistas, la propia razón de ser del imperio que formaron y mantuvieron, fue de
orden económico; esto no se nos declara con franqueza nunca, pero se
transparenta en los documentos de la época. Con toda seguridad, Sargón
ambicionaba para sí y para su país el poder y la gloria, pero sobre todo la
riqueza, que era condición indispensable de aquéllos. Hubiera podido conseguirla
—procedimiento tan viejo como la guerra misma— en forma de botín tomado a
los enemigos vencidos y de pesados impuestos obtenidos de sus territorios. Pero
la buscó, sobre todo, por el medio, más seguro y más rentable, del monopolio de
los bienes de consumo indispensables que más escaseaban en Mesopotamia:
principalmente la madera, la piedra y el metal. Después de mencionar la
conquista de las orillas del golfo Pérsico, añade en su relato de la victoria: «Así
las flotas de Melukhkha, de Magan y de Tilmun pudieron en lo sucesivo atracar
libremente en el puerto fluvial de Akkad». En otros términos: Akkad controlaba
todo el tráfico marítimo de la India y de Omán, y se convertía en depósito de los
metales y de la piedra que de allí venían. Y cuando el propio Sargón quiere
indicar el objetivo final de su expedición hacia el noroeste, menciona «el bosque
de cedros» y «las montañas de plata»[54] como definiendo su verdadera finalidad:
la madera y el metal, que aquellas lejanas regiones producían en abundancia, y en
no menor cantidad que la piedra. Hay que suponer incluso que algunas campañas
han sido deliberadamente emprendidas por los reyes acadios respondiendo a
necesidades más definidas todavía en ese orden de bienes. Se ha podido
observar, por ejemplo, que los bronces de la época eran de un contenido más
débil en estaño, y, por consiguiente, menos perfectos y más frágiles que los de
épocas anteriores. Es probable que, agotados o a punto de agotarse los
yacimientos de este metal, los reyes de Akkad hayan querido encontrar nuevas
reservas, lo que recoge quizá confusamente la leyenda de la «conquista del País
del Estaño».
En estas condiciones no era necesario (y, por otra parte, las realidades
geográficas no se prestaban a ello) construir un imperio en el sentido político de
la palabra, trastornando la estructura étnica, institucional o administrativa de los
territorios conquistados para anexionarlos a Akkad como otras tantas provincias
nuevas. Era suficiente asegurar por todas partes la presencia del conquistador de
manera suficientemente visible y fuerte para que las poblaciones sometidas no se
negaran ni a pagar las pesadas contribuciones de productos indígenas ni a dejar a
los enviados del vencedor acceder libremente a las riquezas naturales del país y a
hacerlas circular libremente también hacia la capital. En suma, en un imperio
económico así constituido, bastaba con reforzar la organización política y
administrativa local con una ocupación militar destinada a mantenerla sumisa. De
hecho se ve con toda claridad, en las inscripciones de los reyes de Akkad, que las
ciudades y los países conquistados por ellos conservaban sus soberanos y sus
altos funcionarios, exceptuados, como es natural, los más peligrosos; por
ejemplo, Lugalzagesi, que era necesario eliminar o neutralizar. Ur, vencida por
Sargón, conservó su monarca, Kaku, ya que se le ve reaparecer en rebelión contra
Rīmush; y volvemos a encontrar también, al parecer enfrentado a este último, al
mismo Sidga’u de Warakhshe que ya había sido sometido por Sargón.
Sargón en persona nos muestra quizá uno de sus principios de organización de
los territorios conquistados cuando nos declara que «desde el mar Inferior hasta
el mar Superior fueron ciudadanos de Akkad los que ocuparon en lo sucesivo los
cargos de lugartenientes del rey» (ensi). Señalemos de pasada que estos
«ciudadanos de Akkad» podían ser no solamente hombres de confianza del rey,
sino, en primer lugar, miembros de su familia: un hijo de Narāmsīn, Lipitilī, fue
nombrado por su padre ensi de Marad. Las hijas ocupaban cargos religiosos que,
por otra parte, les daban un verdadero poder político, como Enkheduana, a la que
Sargón, su padre, nombró gran sacerdotisa de Nanna, en Ur, y la hija de
Narāmsīn, Enmenana, que fue su sucesora.
La conquista no introducía, pues, en todo el territorio anexionado nuevos jefes
políticos, sino solamente, junto a ellos, nuevos funcionarios que representaban al
rey de Akkad ante las autoridades locales. No es necesario decir que cada uno de
estos «lugartenientes reales», a fin de imponer respeto y obediencia, estaba
protegido por una fuerza armada, acadia también, más o menos importante. De
este mecanismo habría de subsistir un testimonio arqueológico elocuente,
exhumado en 1937 en Tell Brāk, en el alto Khābūr. En este lugar, que dominaba
las grandes rutas del noroeste y ofrecía un excelente punto de observación sobre
las tierras altas, Narāmsīn —si es que no fue alguno de sus predecesores—
mandó construir un amplio edificio, que ocupaba cerca de una hectárea, cuya
sólida arquitectura y cuyos vastos y numerosos almacenes estaban evidentemente
destinados a una importante guarnición, encargada, entre otras cosas, de adquirir
y almacenar grandes cantidades de mercancías para enviarlas hacia la capital.
Tal estructura suponía, a un mismo tiempo, una concentración intensa de la
autoridad y un elevado número de funcionarios.
En definitiva, sólo el rey ejercía el poder; con excepción de él, sólo podían
existir simples «lugartenientes» (ensi), que recibían, según la voluntad de aquél,
una parte de su autoridad. Esta extraordinaria promoción del monarca,
responsable único, en lo sucesivo, de las «Cuatro Zonas» del universo, es una de
las innovaciones capitales de la época acadia. No sólo la vieja costumbre
sumeria que basaba la autoridad en la ciudad y en el templo quedaba
automáticamente abolida y reemplazada para siempre en Mesopotamia por el
sistema monárquico, sino que, ante el universo y en lo sucesivo, la persona del
rey se convertía en una fuerza cósmica, rodeada de un aura sobrehumana y propia
de los únicos seres que tenían aún tal rango ante el universo: de los dioses. No es
sorprendente, pues, que nos queden de la época de Ur III testimonios de un culto
rendido a Sargón, Rīmush, Manishtūshu y Narāmsīn, ni que este último en
persona, en sus propias inscripciones, se haya atribuido el título de «dios de
Akkad», «esposo de Ishtar Annunītum», y haya hecho preceder su nombre del
signo reservado hasta entonces, en la escritura cuneiforme, únicamente para los
seres sobrenaturales. Traduciendo a nuestras habituales categorías esta
«divinización», diríamos que no suponía en modo alguno para el rey un cambio de
naturaleza, sino de función; en lo sucesivo desempeñaba ante sus súbditos el
mismo papel (de creador, organizador, dueño —para bien y para mal— de los
destinos) que los dioses desempeñan ante los hombres; por eso intervenía desde
entonces en todas las cosas de los hombres. Y así, por ejemplo, para ejercer
desde aquel momento la «divinidad funcional», los reyes de Akkad añadieron, a
las demás garantías de los juramentos, el juramento por su propia persona además
del juramento por los dioses, para hacer ver así que cargaban ellos mismos con la
responsabilidad de los compromisos, y, en consecuencia, con el conjunto de
obligaciones por las que se regía la vida social. Así pasaba bajo la autoridad real
este dominio del derecho que los semitas han tendido siempre a relacionar con
los dioses. Este hecho producirá importantísimas consecuencias en la evolución
jurídica mesopotámica: en él se encuentra ya incluida la futura promulgación de
«Códigos» por los soberanos.
En cuanto al crecido número de funcionarios, aunque no tenemos prueba
directa de ello, se deduce inmediatamente de la nueva situación. Sargón se
vanagloria de haber tenido cada día «5400 hombres a su mesa», en los que
debemos comprender a los servidores, la burocracia y la soldadesca que
pululaban en su palacio de Akkad. Basta pensar un instante en la organización de
su imperio para comprender que le era indispensable un innumerable personal,
eslabón de la cadena que unía al rey, único señor, con todos los territorios, con
todos los organismos que dependían de él: administradores civiles y militares,
escribas y contramaestres, burócratas y almaceneros, negociantes y contables,
inspectores y transportistas, oficiales y soldados, artesanos, especialistas y
peones; en suma, una gran parte de la población de la capital, por lo menos, que
debía suponerse movilizada al servicio de una máquina tan enorme y tan
complicada como era el estado acadio.
Sin duda estas gentes eran remuneradas, según la vieja costumbre
mesopotámica, con la concesión de bienes de consumo. Los servidores del rey
vivían a sus expensas, alimentados y vestidos por él. Añadido todo esto a las
innumerables empresas que incumbían al rey, como construcciones de todas
clases, trabajos de urbanismo y de conservación, gastos útiles y suntuarios, tal
desembolso supone un enorme movimiento de fondos y una extraordinaria
acumulación de riquezas en beneficio del monarca. El mayor «capitalista» del
país era él, y no ya el templo o la ciudad, como en la era de los sumerios.
Este capital no se componía únicamente de bienes muebles, sino también de
bienes raíces. Parece ser que en la época de Akkad introdujo el soberano la
costumbre de remunerar a sus servidores no solamente con alimentos, sino
concediéndoles también tierras de cultivo, que ellos podían trabajar o dar a
trabajar, quedándose con las rentas, sin más que deducir de ellas una fracción más
o menos importante que se reservaba el arrendatario. De esta práctica se
encuentran quizá pruebas en el célebre obelisco de Manishtūshu, que recuerda una
larga serie de movimientos de propiedades. En este obelisco enumera el rey las
adquisiciones hechas por él, por un valor cuyo total importa unos tres quintales de
plata, de un conjunto de tierras de labor de aproximadamente 330 hectáreas, en
cuatro lotes, compuestos cada uno de terrenos comprados a diversos propietarios
(98 en total), y redistribuidos a 49 nuevos ocupantes, ciudadanos todos de Akkad.
Entre éstos se encuentra un sobrino del rey y los hijos de antiguos gobernadores
de ciudades mesopotámicas conquistadas, que debieron de haber sido trasladados
a Akkad, quizá como rehenes o bien al servicio de su nuevo soberano. Muy bien
pudiera tratarse, pues, de concesiones de tierras de las que el rey conservaba la
propiedad, abandonando el usufructo y los beneficios a algunos servidores de la
corona. En todo caso, este documento nos da fe no sólo de la existencia
reconocida en la época, en Akkad, de la propiedad privada de tierras, cuya
práctica va a extenderse poco a poco por toda Mesopotamia, sino también de la
preeminencia absoluta del soberano en materia de posesión de bienes, nueva
prueba de su colosal riqueza.
La creación del imperio de Akkad no trajo consigo únicamente una
redistribución de las riquezas, sino que propagó una nueva forma de poseerlas, un
individualismo económico que, al extenderse poco a poco, modificaría
profundamente las relaciones sociales y desembocaría en la distinción de clases,
fundadas en la riqueza y en la independencia económica.
Estas innovaciones se derivan de la propia constitución del imperio. Algunas
otras, no menos importantes, proceden quizá del carácter semítico de sus jefes y
de la población que éstos habían colocado a la cabeza de su país y del mundo.
La más indiscutible es la promoción de la lengua semítica acadia, en
detrimento de la sumeria. Desde entonces, en las inscripciones oficiales, y sobre
todo en el norte del país, esta última no se emplea ya más que acompañada de una
traducción en acadio —cuando el texto no está solamente en acadio— y su
empleo corriente no se conserva más que en el sur. El acadio se convierte poco a
poco en el único lenguaje hablado, y tras algunas generaciones el sumerio quedará
reducido al estado de lengua culta y litúrgica. Bajo los reyes de Akkad se
prosigue un vasto esfuerzo, comenzado antes de ellos, por adaptar a su habla
semítica la escritura que los sumerios habían puesto a punto para su propio
idioma, tan diferente del acadio. Y en el mismo orden de cosas, aunque entremos
en el terreno de la estética, hay que añadir que en la misma época la caligrafía
había alcanzado una elegancia y una perfección que no volverá a encontrarse en
ninguna parte a lo largo de los tres milenios de escritura cuneiforme.
En el dominio religioso, lo que resulta a la par nuevo y capital para el
desarrollo subsiguiente no es tanto la aparición de nuevos personajes divinos,
como Annunītum y Dagan y, a pesar de su nombre sumerio, Ea y [Link], propios
de los semitas y venidos a aumentar su antiguo panteón, sino, en primer lugar, el
sincretismo, continuado y concluido por ellos, de todas sus divinidades con las
sumerias correspondientes, gracias a lo cual se modificó considerablemente a la
larga el carácter profundo y los rasgos de unas y otras. Así, por ejemplo, la
Inanna sumeria, mujer por excelencia y diosa del amor, se vio enriquecida
después con la personalidad bélica y casi viril de la Ishtar semítica. Y, sobre
todo, el hecho de que, introducido por los mismos semitas, aparece un espíritu
nuevo y más eficaz que va a cambiar desde dentro las formas religiosas sumerias,
así como también el aspecto del mundo divino se va a modificar con nuevas
representaciones. De simples personificaciones locales de las fuerzas de la
naturaleza, a los ojos de los sumerios, los dioses se van a convertir todos en
personalidades cósmicas, responsables de la marcha ordenada no sólo de la
naturaleza, sino de la historia, y, simultáneamente, en seres «morales»,
encargados del orden social y del respeto al derecho, es decir, en los verdaderos
reyes del mundo. Pues si los monarcas acadios se han arrogado algo de la
divinidad, a ella han conferido, a cambio, muchos rasgos reales e imperiales; y
han creado muchas imágenes para representar a los dioses y organizar su universo
a la manera del de los hombres, de acuerdo a un modelo que se parecerá cada vez
más a la monarquía y a la jerarquía. A imitación de la etiqueta real, el ritual
mismo tuvo también que transformarse y enriquecerse, tal como nos insinúa un
fragmento de inscripción atribuido a Rīmush. Faltos de una documentación
abundante y clara, en la mayor parte de los casos no podemos más que entrever,
sin lograr verlos con precisión, estos profundos cambios, y pasarán todavía dos o
tres siglos antes de que sus efectos se hagan plenamente visibles.
Si el número de textos propiamente religiosos o literarios que se han
encontrado de la época acadia es aún muy escaso, su calidad nos obliga, sin
embargo, a presumir no solamente una intensa actividad intelectual en aquella
época, sino también transformaciones tan notables en este dominio como en todos
los demás. Una especie de himno, compuesto en sumerio y encontrado en Nippur
—probablemente el texto religioso más antiguo que se conoce de Mesopotamia
—, a pesar de sus lagunas y de la resistencia que sigue oponiendo a nuestro
análisis, es testimonio de que la mitología, viejo antepasado de nuestra metafísica
y de nuestra teología, estaba entonces en pleno florecimiento. Algunos
«hechizos», en sumerio o en acadio, ilustran otro aspecto, menos teórico, del
pensamiento religioso. El estilo más riguroso y la composición más amplia y más
sabia de las inscripciones reales son pruebas no sólo de un evidente dominio de
la lengua, sino también de una clara preocupación literaria. De hecho, algunos
fragmentos de «diccionarios» para uso de los escribas y algunos ejercicios de
alumnos, testimonio de que la escuela no estaba vacía, nos indican que hubo
siempre en el país, sin duda alrededor del palacio y de los templos, toda una
clase de hombres dedicados por oficio tanto a la escritura y a la lectura como a la
cultura de la que éstas eran el vehículo: a las preocupaciones intelectuales y al
mismo tiempo literarias. Es muy difícil pensar, por ejemplo, que tantos y tan
largos viajes de los reyes y de sus tropas no hayan suscitado entre los «sabios»
alguna curiosidad geográfica y que las innumerables hazañas de Sargón y de sus
descendientes, así como la preocupación cronológica inseparable de una
administración tan estrictamente organizada, no haya despertado en ellos la idea o
el gusto por la historiografía[55].
En el dominio de la estética, aunque todavía se conozca mal la arquitectura,
por ejemplo, ya que las excavaciones realizadas son aún insuficientes, la
estatuaria y, sobre todo, la glíptica abundan, y nos presentan una renovación tan
grande de los gustos artísticos y un dominio tan notable de la materia que la época
acadia se nos aparece como la cumbre más alta de la historia del arte
mesopotámico. Los acadios sustituyen el rigor y el hieratismo sumerios por vida y
fantasía, al mismo tiempo que por un admirable sentido de la síntesis y de la
composición. La fuerza y la majestad de los reyes de Akkad han quedado
reflejadas en las obras de sus escultores y broncistas. Es, verdaderamente, un arte
real. Y lo es también en las obras de tamaño reducido de la glíptica: la talla y
modelado de las piedras más duras son perfectos; el realismo y la fuerza
sugestiva de los rostros, tan poderosos como si se tratara de verdaderas
esculturas; y, además de esto, mientras que para adornar los sellos cilíndricos
anteriormente no se hacía más que reproducir algunos elementos decorativos, los
artesanos acadios fueron los primeros en grabar escenas mitológicas, escenas
cuya composición y variedad dan además una idea de la intensa elaboración de
materiales mitopoéticos que tenía lugar en aquel tiempo.
«Posteriormente a la época de Akkad, e incluso en los tiempos del
predominio de Sumeria, es difícil encontrar en Mesopotamia una obra de arte en
la que no se observen por lo menos algunos rasgos de la alta perfección técnica y
estética acadia»[56]. Este juicio debe hacerse extensivo a todos los demás
dominios de la cultura: el imperio semítico creado por Sargón ha cambiado
realmente el curso del progreso en Mesopotamia y ha dejado impreso, en la
civilización de este país, un sello imborrable.

E. Disolución del imperio de Akkad

Pero, sin embargo, por muy notable que haya sido en sus realizaciones y en su
influencia, una construcción tan enorme era frágil; no sabemos bien cuándo y
cómo se produjo su desmembración, aunque es probable que acaeciera por
etapas. Desde finales del reinado de Narāmsīn, y quizá por influencia de los
vastos movimientos del Asia Anterior, pudieron liberarse del yugo acadio
diversas zonas del imperio, una tras otra. Según hemos visto, la lista real supone
que Uruk consiguió la independencia y que incluso se la dio a una parte de
Sumeria; pudiera ser que un «nombre de año», que anota una expedición de
Sharkalisharrī a «Uruk y Naksu», recordara, directamente o no, este suceso. Por
otra parte, el primero de la lista de los reyes guteos, Erridupizir, redactó una
inscripción en la que, calificándose de «rey de las Cuatro Zonas», parece
presentarse como el verdadero pretendiente al imperio, como el sucesor de
Narāmsīn. En todo caso, persistía tradicionalmente el recuerdo de que este último
había tenido que luchar contra los guteos. La audacia de éstos se puso aún más de
manifiesto bajo el inestable reinado de Sharkalisharrī; por mucho que éste afirme
haber vencido a Sarlag, o Sarlagab, tercer sucesor de Erridupizir, su resistencia
al invasor duró probablemente tanto como su reino. Una carta privada de su época
nos presenta a los guteos como un peligro permanente, que exponía a los súbditos
del rey a la pérdida de sus rebaños y de sus bienes, impidiéndoles dedicarse a la
agricultura. Todo incita a creer que, más o menos derrotado por estos salvajes,
Sharkalisharrī no gobernaba ya sino un modesto reino y tenía que luchar para
sobrevivir.
Su trágica muerte (2198) debió suponer un golpe muy duro para este reino,
puesto que la anarquía se instaló en él «durante tres años» (2198-2195), luchando
por el poder cuatro competidores apoyados quizá cada uno de ellos en una zona
del territorio nacional. La parte que pudieron tomar los guteos en esta
competición nos es conocida por el hecho de que uno de los cuatro rivales, el
único, además, que conocemos por otras citas que la de la lista real, Elul o Elulu,
figura bajo su nombre local de Elulumesh en la enumeración de los reyes guteos y
en una inscripción suya se da el título de «poderoso rey de Akkad»[57]. El que
parece haber puesto orden en el país (y quizá también haya devuelto a Akkad su
independencia y un cierto poder) fue un denominado Dudu (2195-2174), del que
una dedicatoria encontrada en Nippur y otras dos de Adab nos hacen suponer que
volvió a someter por lo menos el norte de Sumeria. Le sucedió su hijo, Shū-
DURUL (2174-2159), lo que constituye la prueba de una cierta estabilidad en el
poder. Se tienen de él algunos documentos que le reconocen la hegemonía desde
Kish a Tutub (Khafājī), unos cien kilómetros más al norte. ¿Será a finales de su
reinado cuando haya que situar lo que las crónicas y los textos divinatorios
llaman la «destrucción» (shakhluqtum) de Akkad? Si, como ha hecho la tradición
a partir de principios del segundo milenio, ésta debe considerarse iniciada con el
saqueo de la ciudad de Akkad que describe una célebre Lamentación en sumerio,
la cosa no es segura, ya que tal destrucción pudo tener lugar antes, ya desde
finales del reinado de Narāmsīn. Pero si se la considera equivalente a la
desaparición política definitiva del estado de Akkad, es indudable que coincide
con la desaparición de Shū-DURUL hacia 2159. En uno y otro caso, la tradición
es clara: los principales autores de esta destrucción son los guteos, sucesores de
los reyes acadios por lo menos en la parte norte del país, que se llamará Akkad en
recuerdo de la desaparecida grandeza.

F. Los guteos

Pocos datos tenemos para estimar la extensión, la duración y las vicisitudes


de la ocupación de Akkad por los guteos, o incluso las de su presencia en
Mesopotamia, cuya importancia debió variar mucho con el tiempo. Así, por
ejemplo, el primer rey guteo, Erridupizir, alcanzó en una sola avanzada el sur del
país y permaneció en él durante algún tiempo, puesto que nos ha dejado en Nippur
una larga inscripción, todavía inédita. Y luego veremos que, en el texto que
celebra la expulsión definitiva de los guteos, se deja entrever que entonces
suponían un peligro real para Sumeria. Pero mientras tanto hay muchos motivos
para pensar que no ocuparon por mucho tiempo más que la parte norte del país, e
incluso allí tal vez sólo cierto número de puntos neurálgicos, con otras tantas
guarniciones armadas. Y aunque destruyeron mucho (por ejemplo, en Asur), es un
hecho que no construyeron nada, a lo que parece, que no dejaron nada propio ni
original en Mesopotamia. Sin duda se dejaron, por el contrario, influir por ella:
se ha observado que un cierto número de sus reyes, en la segunda mitad de su era,
llevan nombres semíticos (Kurum, Khabilkīn, Ibrānum, Khablum, Puzursīn y
Si’um) o semitizados (La’erabum, Irarum). Por otro lado, las inscripciones que de
ellos conservamos (Erridupizir, Elulumesh, La’erabum, Iarlagan y Si’um) están
escritas en caracteres cuneiformes y redactadas en acadio, lo que prueba, por lo
demás, que habían recibido su cultura de Akkad y no directamente de Sumeria. Es
muy posible que hubieran adoptado, asimilándolos a los suyos propios, algunos
dioses acadios, ya que La’erabum llama a Ishtar y a Sīn «dioses de Qutūm». Esto
es todo lo que hemos podido saber de esos misteriosos bárbaros, si añadimos a
ello que el mismo La’erabum, y algo más tarde Iarlagan y Si’um, se titulaban
simplemente «poderoso rey de Qutūm». Ya hemos visto que se puede calcular la
duración total de su preponderancia en un centenar de años (2200?-2116).

G. Sumer

En el país de Sumer, sea en tiempos de la dominación acadia, sea


posteriormente, de un cierto número de ciudades importantes no nos queda más
que el nombre de algunos «reyes» o «gobernadores». Así, por ejemplo, de Ur: los
de Ur’utu, contemporáneo de Sargón y de Rīmush, y probablemente último rey de
la II dinastía de Ur, así como el de [Link]+LI, quien debió gobernar bajo los guteos.
De Adab: Meskigala, contemporáneo de Rīmush. De Marad: Lipitilī, hijo de
Narāmsīn. De Isin: un rey anónimo, contemporáneo de Manishtūshu. De Umma:
Mes’e, contemporáneo de Sargón, Ludamu, bajo el reinado de Rīmush, Asharid,
bajo el de Manishtūshu, y su hijo Shurushkīn; más tarde, en tiempos de los guteos:
Nammakhani, bajo el reinado de Iarlaganda, y Lugalannatum, bajo el de Si’um.
Además de algunos otros.
Sabemos ya que cabe suponer que existió una época de preponderancia en
Sumer de Uruk, quizá a partir de Sharkalisharrī; pero, exceptuados los cinco
nombres de reyes que conserva únicamente la lista real, nada nos queda de ellos.
Lagash es la única ciudad sumeria cuya historia, por el contrario, nos es
posible reconstruir de forma un poco más coherente, particularmente en la época
de los guteos. Precisamente Lagash parece haber desempeñado en aquel tiempo un
papel de notable importancia en el país de Sumer.
Comenzando por el principio: conocemos por lo menos el nombre de varios
ensi de esta ciudad, contemporáneos y vasallos de los reyes de Akkad: Ki-KU-id,
bajo el reinado de Rīmush; Engilsa, bajo el de Manishtūshu; Ur’a, bajo el de
Narāmsīn; luego, Lugalushumgal, bajo Narāmsīn y Sharkalisharrī. Después de
ellos no se sabe cómo situar a Puzurmama, Ur’utu, Urmama, Lubaba, Lugula y
Kaku, que pueden representar una fase de menor brillantez, durante la cual Lagash
viviera oscuramente o estuviera sometida a alguna ciudad más poderosa (¿Uruk?),
después de la liberación del yugo acadio. Pero este estado de cosas cambia con
los seis últimos ensi, que hoy ya pueden situarse en un orden casi seguro y fechar
grosso modo, como antes se ha visto: Urbaba, Gudea, Urningirsu, Pirigme,
Ur-GAR y Nammakhani, quienes, sucediéndose de padre a hijo o de su suegro a
yerno, forman una verdadera familia, que puede llamarse la «II dinastía de
Lagash», ya que hicieron de esta ciudad, como antes de ellos la I Dinastía, una
gran metrópoli sumeria.
Aunque se continúa hablando de Lagash para la época a que nos referimos, ya
no era en rigor esta ciudad (hoy, al-Ḥibā) la que desempeñaba el papel de capital,
sino Girsu (actualmente, Tellō). A juzgar por un documento mutilado, aunque
inteligible, su territorio comprendía unos 1600 km2, en las que se encontraban
desparramadas 17 «ciudades principales» y ocho «cabezas de partido», sin contar
poblados y aldeas campesinas, de los que por lo menos cuarenta nos son
conocidos por su nombre de la época. Advirtamos, de paso, que tal descripción
nos da una idea algo más precisa de lo que podía ser, geográficamente hablando,
una ciudad-estado sumeria: un verdadero reino pequeño.
A partir de Urbaba (hacia 2164-2144), por lo menos, los soberanos de este
pequeño reino extendieron con toda seguridad su dominio a una gran parte del
territorio de Sumer. El citado Urbaba no hubiera podido nombrar a su hija
Enanepada gran sacerdotisa de Nanna, en Ur, si esta ciudad no le hubiera estado
sometida, como lo estuvo antaño a Sargón. Eridu, que gobernaba entonces en Ur,
debía igualmente reconocer la soberanía de Lagash; un poco más tarde, Gudea
(hacia 2144-2124) cuenta una visita procesional que hizo a los templos de Eridu
el dios de Lagash, Ningirsu, como si fueran su propia casa. Del mismo Gudea se
conservan inscripciones que conmemoran a menudo la inauguración de templos
locales no solamente en Ur, sino en Nippur, Adab, Uruk, Badtibira. Parece, pues,
bien claro que Lagash se había convertido en la gran potencia dominante, en la
metrópoli de Sumer. Por esta razón, a los soberanos de esta ciudad se les puede
considerar como los verdaderos sucesores sumerios de los reyes de Akkad:
sumerios por el territorio, pero también por sus maneras y estilo.
En primer lugar, Lagash constituye una vuelta al régimen de las «ciudades-
estado» que antes imperaba en Mesopotamia, y sobre todo en Sumer, antes del
imperio acadio. Bajo la modestia de su título tradicional de ensi, los soberanos
de Lagash podrían haber conservado ciertamente algunas de las características de
los de Akkad; Gudea, por ejemplo, se llama a sí mismo en cierta ocasión «dios de
Lagash». Pero menos ambiciosos, de sangre menos caliente, más prudentes que
sus ilustres modelos, no parecen haber emprendido nunca guerras de conquista o
de colonización en el extranjero; la expedición contra el Anshan y el Elam que
nos cuenta Gudea debió oponerse, únicamente, a una ofensiva de los turbulentos
vecinos, ya que la victoria del soberano de Lagash no parece haber dado lugar a
ocupación alguna del país enemigo.
Todo ello hace pensar que los grandes ensi de Lagash no tuvieron otra
finalidad que la de Sargón y sus sucesores, es decir, el monopolio de los bienes
de consumo, con vistas a la autarquía económica; pero cumplieron este objetivo
por otros medios: los tradicionales en Sumer, los fundados en las relaciones
comerciales más que en las de conquista. Por todos los lugares en que habían
pasado las tropas conquistadoras de los reyes de Akkad vuelve a encontrarse a
Gudea, o a sus mandatarios, pero como simples comerciantes, sin ninguna
intención sojuzgadora. Gudea hace traer piedras, metales y maderas de los
bosques de Melukhkha, de Magan, de Tilmun, en el sur, y, por la misma región, de
Gubin, que debe representar el Jebel el-Akhḍar, en el fondo del golfo de Omán;
los hace traer de Anshan y de Elam, en el este, e incluso de más lejos, de la
región montañosa de Bakhtiyār, de Adamdun y Aratta; de Kimash y Kagalad (al
norte del Jebel el-Hamrīn), de Madga y Barme, en los alrededores del actual
Kirkūk; del Éufrates medio y de más arriba todavía, hacia el norte de Siria: de
Basalla (el Basar de Sharkalisharrī) y de Tidan (sin duda en la misma región); de
Urshu y de Ebla, en el alto Éufrates; del Tauro; de Menua, de Khakhkhum y del
monte Uringeraz, que podrían encontrarse en el Tauro o incluso en Capadocia. El
mapa comercial de Lagash coincide, pues, exactamente con el de Akkad; pero allí
donde esta última ciudad enviaba soldados, Gudea no mandaba sino diplomáticos
y comerciantes. Parece ser que llegó incluso a aceptar convenios con los guteos
sobre el libre tránsito por su territorio.
Las riquezas así acarreadas hacia Lagash quizá fueran menos considerables
que las que afluían en tiempos anteriores a Akkad, pero también costaban menos;
no requerían ni expediciones militares, ni el mantenimiento de innumerables
destacamentos de ocupación, ni tampoco aquel enorme y complicado aparato
administrativo indispensable al imperio. El soberano no representaba ya el
formidable papel que habían desempeñado Sargón y sus sucesores; era, como lo
había sido antiguamente, sólo un ensi de la ciudad. Pero la ciudad era tan
próspera como antes y estaba, sin duda, menos amenazada.
Una prueba muy clara de esta prosperidad es el gran número de trabajos de
utilidad pública emprendidos y llevados a feliz término por Urbaba y Gudea,
sobre todo, en su capital, en su país y en las numerosas ciudades a las que se
extendía su hegemonía. De esto nos dan cuenta sus «nombres de año», que se
conservan en parte. En ellos no se encuentra ni una sola alusión a la guerra, pero
se mencionan la apertura de canales, la puesta en marcha de empresas de riego y
trabajos de saneamiento (Urbaba, 2, 3; Gudea, 4; anónimos, 3), de trabajos de
urbanismo (Urbaba, 4; Gudea, ¿3?), de construcción de santuarios, ya en territorio
de Lagash (Urbaba, 5; Gudea, 2, 10, 14 y 15), ya en otros lugares (Urbaba, 6), de
fabricación de objetos de arte litúrgicos (Gudea, 5, 6, ¿7?, 9, 11, 12), de
nombramiento de funcionarios y dignatarios del culto (Gudea, 8, 13; Urningirsu,
3, 4, 5; Pirigme, 2; anónimo, 2). Y las innumerables inscripciones que nos han
dejado ejemplifican hasta la saciedad las mismas actividades pacíficas, utilitarias
y grandiosas. Dos grandes poemas, inscritos cada uno de ellos en un cilindro de
arcilla, fueron compuestos por Gudea para celebrar la reconstrucción y la
inauguración del Eninnu, santuario del dios «nacional» Ningirsu.
La época de la II Dinastía, principalmente con Urbaba y Gudea, no es
solamente una época de riqueza y de prosperidad para esta ciudad y para el país
de Sumer, al que gobierna y representa, sino también época de elevada cultura;
como nos demuestra la gran cantidad de monumentos y textos encontrados,
florecen entonces las letras y las artes.
Esta cultura es sumeria. Ello se advierte, en primer lugar, en que es sumeria la
lengua utilizada por todas partes, tanto en las inscripciones monumentales como
en las tablillas de cada día. Algunos escritos más amplios, como varias
dedicatorias de estatuas de Gudea y, sobre todo, sus dos «cilindros», son las
primeras obras de importancia que conservamos en esta lengua, evolucionada, es
cierto, desde su estado presargónico, pero todavía pura y «clásica». También la
literatura conserva las formas que tuvo al iniciarse en Sumer. Y en la estatuaria
persiste algo de aquel hieratismo un poco frío de las antiguas esculturas del país.
Pero ya se observa por doquier la influencia acadia. Esta influencia aparece en el
vocabulario, que, desde la época de Akkad, se ha enriquecido con cierto número
de palabras semíticas, escritas en forma acadia. Se ve con toda claridad que
algunas expresiones literarias han sido importadas o adoptadas del norte. Y, por
último, la técnica y la estética de los escultores y de los orfebres es la de sus
maestros de Akkad; se empieza ya a sentir que la época de creación ha terminado,
y que los artesanos, en lo sucesivo, más que inventar, imitan.
También en otros aspectos se adivina el recuerdo de Akkad, bajo el
sumerismo de Lagash. Por ejemplo, si bien la religión es típicamente sumeria por
lo que hace a sus dioses, principalmente, y sus formas, todo inclina a creer que
por lo menos ciertas tendencias del sentimiento religioso y ciertos puntos de vista
«teológicos» —tales como el concepto del poder divino y del papel «real» de los
dioses— han comenzado a modificarse bajo el influjo de los semitas acadios.
En suma, Lagash es todavía la vieja Sumer, pero profundamente impregnada
ya de aquella cultura acadia que sobrevivió al imperio y comenzó luego la
conquista definitiva de la Mesopotamia entera.
Después de Urningirsu (hacia 2124-2119) y de Pirigme (hacia 2119-2117),
parece que Lagash se debilitó y perdió importancia, quizá ante una recuperación
de la potencia de Uruk. Un rey de esta ciudad, Utukhengal (2116-2110), consiguió
para ella la supremacía en el sur, en buena parte a costa de Lagash. Sabemos, por
ejemplo, que al principio de su reinado volvió a conquistar Ur, nombrando allí
gobernador a uno de sus generales, Urnammu, que le iba a suplantar un lustro más
tarde.
H. Expulsión de los guteos

Este Utukhengal es el que, en una inscripción de cuya autenticidad no se está


muy seguro, se vanagloria de la expulsión definitiva de los guteos, conseguida
con la derrota de su último rey, Tiriqan. Parece ser —ya que los detalles que nos
da dicho texto no son, a decir verdad, muy claros— que el encuentro tuvo lugar al
norte de Sumer, es decir, en el límite inferior del territorio que, según creemos,
estaba en aquella época bajo el poder de los guteos. A éstos se les llama
«dragones de la montaña» y se les acusa de haber puesto en peligro a Sumer,
quizá con un avance hostil llevado a cabo por Tiriqan para ocupar territorios que
Lagash, débil ya bajo Ur-GAR (hacia 2117-2113) y Nammakhani (hacia
2113-2110), no podía entonces defender y que Uruk no había todavía conquistado.
La única cosa que parece más o menos segura es que los bárbaros guteos fueron
definitivamente expulsados de Sumer alrededor de 2110. Pero el libertador del
país, Utukhengal, no duró mucho tiempo en el poder. Su antiguo «general»
Urnammu le eliminó rápidamente, y, poco después, suprimió a Nammakhani, el
último ensi de Lagash II, inaugurando así una nueva época histórica en
Mesopotamia y en el Próximo Oriente.

II. EL PRÓXIMO ORIENTE EN TORNO A MESOPOTAMIA

Se hace necesario recordar ahora lo que se dijo al principio sobre el carácter


casi exclusivamente «mesopotamocéntrico» de los conocimientos que se tienen, y
sobre la escasa documentación que de estas regiones queda, cosa que advertirá ya
el lector al notar las pocas páginas que podemos dedicarles.

A. El sur: la costa oriental de la península arábiga

Exceptuando a Melukhkha, región que debe corresponder a las orillas


occidentales del Indo, y de la que casi no sabemos más que el nombre, son
probablemente la región costera del golfo de Omán, Omán y las islas Baḥrain las
regiones que figuran en los textos del tiempo de Akkad con los topónimos,
respectivamente, de Gubin, Magan y Tilmun, y de las cuales provenían las
«piedras negras» (¿basalto?), el «metal precioso» (¿oro?) y el cobre, que se
extraía de «agujeros», es decir, de minas. En tiempos de Narāmsīn, el país de
Magan, por lo menos, parece haber estado bajo el dominio de un «señor» único,
llamado Manium.

B. El este: el Irán occidental (Elam)

Son más completos los datos que tenemos sobre este antiguo país,
tradicionalmente enemigo y complemento a la vez de la Mesopotamia del Sur.
Comprendía varios conjuntos geográficos o políticos distintos: a lo largo del
golfo Pérsico se encontraba el Sherikhu o Sheriku; un poco más arriba, en el
interior, el Anshan; a la altura de la orilla mesopotámica del golfo Pérsico, el
Elam propiamente dicho; más alto aún, en los montes del Luristán, el Zakhara, y
sobre todo el Barakhshe o Warakhshe (más tarde, Markhashi), que parece haber
formado una unidad política aparte, al menos desde el punto de vista político.
Cada una de estas regiones estaba agrupada alrededor de un cierto número de
ciudades, cuyos jefes se llamaban, según los casos, reyes o gobernadores,
confederados con toda probabilidad bajo la égida de la más poderosa de las
ciudades del grupo. En aquel tiempo debía serlo la ciudad de Awan
(probablemente la actual Shushtar), pues, en efecto, la tradición conservaba a
principios del segundo milenio el recuerdo de una «Dinastía de Awan», fundada
por un tal Peli (?), que comprendía doce reyes. Varios de ellos son conocidos por
otras fuentes; el octavo, Lukhkhishshan (hacia el 2300), era contemporáneo de
Sargón de Akkad; el último se da el título de «rey de Elam» y menciona a varios
subordinados suyos del país, así como a varios de sus aliados del país de
Warakhshe —que también estaba bajo el mando de un «rey»—. Lukhkhishshan
parece haber acatado por la fuerza la soberanía de Sargón, y este estado de
sumisión duró, entreverado de múltiples revueltas, con frecuencia duramente
castigadas por los reyes acadios, hasta la época de Narāmsīn. Es posible que este
último se viera obligado, al final de su reinado, a pactar con una potencia cada
vez más fuerte y menos maleable; una tablilla nos ha conservado, en doce
columnas, el texto elamita de un tratado entre Narāmsīn y uno de los reyes de
Awan, que puede haber sido Khita (hacia el 2220), el penúltimo de la dinastía de
Awan, tratado del que los archivos de Akkad debían conservar otro ejemplar. El
último rey de Awan es también el mejor conocido, sobre todo por sus propias
inscripciones; se trata de Kutikinshushinak[58], quien quizá independizó
totalmente a su país de Sharkalisharrī hacia el 2200. Su actividad, no solamente
militar y conquistadora, sino también constructora y de organización, ha hecho de
él una de las personalidades políticas de Elam más destacadas de esa época. ¿Se
derrumbó también su poder bajo los ataques de los guteos? En todo caso, la lista
real de Awan termina con él, y continúa en otra que atribuye a Simash, en la
Susiana septentrional, no lejos de Warakhshe, el dominio del país en tiempos de
los guteos. Pero, exceptuando la breve mención de una campaña llevada a cabo
por Gudea en Elam, no sabemos nada más de la historia contemporánea del país.
Las inscripciones anteriormente mencionadas y muchas otras, en buena parte
de carácter administrativo, encontradas sobre todo en Susa, así como los
numerosos hallazgos arqueológicos, nos han proporcionado una idea de la
«civilización» local, muchos de cuyos rasgos son originales. En primer lugar, la
lengua, diferente a cualquiera otra conocida, y cuya gramática y vocabulario no
nos son todavía muy familiares. Para la escritura, los antiguos elamitas habían
desarrollado un sistema pictográfico, inspirado en el que habían inventado los
sumerios. Pero, bajo la influencia de Akkad, lo abandonaron más tarde para
adoptar exclusivamente la escritura cuneiforme, acomodándola a su propia
fonética y simplificándola un poco. Aparte de un fragmento de inscripción
encontrado cerca de Būshīr, quizá anterior en un siglo a Sargón (es el documento
más antiguo que se conoce de la lengua elamita), y que ya está en caracteres
cuneiformes, también el tratado entre Khita y Narāmsīn está transcrito de esta
forma, y si Kutikinshushinak, probablemente con ánimo de crear un movimiento
de renovación nacional, emplea todavía el sistema lineal indígena, es el último en
hacerlo, e incluso él mismo prefiere a todas luces el cuneiforme. Este rey recurre
a la lengua acadia hasta para sus propias inscripciones, prueba del ascendiente
considerable de Akkad sobre el Elam. Este ascendiente se observa también en
muchos otros aspectos, dominando al elemento indígena. Así, por ejemplo, en el
mencionado tratado, entre los dioses locales, agrupados en un panteón que parece
tener a su cabeza a una diosa llamada Pinikir, se encuentran ya algunas
divinidades propiamente acadias, y el nombre mismo del dios de Susa,
Inshushinak, es de claro origen sumerio. También la arquitectura religiosa y los
ritos deben algunas de sus características a Mesopotamia. El Elam vivió, pues, en
manifiesta dependencia cultural de su poderoso vecino occidental, dependencia
que aumentó todavía más en la época acadia, como si Sargón y sus sucesores, al
conquistar el país, le hubieran impuesto al máximo su cultura.

C. El noreste: los Zagros


Entre los pueblos que vivían en esta región, hemos ya resumido lo poco que
se sabe de los guteos. Mucho menos se sabe aún de sus vecinos los Lullu[59].
Como ellos, tenían «reyes»; la inscripción dejada por uno de éstos, Anubanini,
quizá sea un poco más reciente que la época a que se refiere el presente capítulo,
pero nos informa de que los Lullu, enemigos de Akkad y vencidos probablemente
por Narāmsīn, debían estar sometidos también a la influencia acadia, tal como
conmemora la célebre estela del vencedor; de Mesopotamia habían tomado no
solamente la escritura y la lengua oficial, el acadio, sino también la mayoría de
sus dioses.

D. El norte: Asiria

Toda la alta Mesopotamia, hasta las montañas del Kurdistán, estuvo ocupada
por los reyes de Akkad; ya hemos visto que Asur y Nínive se beneficiaron de su
actividad de constructores, y que Rīmush debió fundar, algo al norte de Nínive, la
ciudad que llevaba su nombre. Más al este, en la región de Kirkūk, unos archivos
encontrados en Gashur nos dan cuenta de que en esta ciudad, que más tarde llevó
el nombre de Nuzi, residía una población acadia. Mezclados con estos
sedentarios, quizá tengamos que suponer la existencia de seminómadas,
igualmente de origen semítico. Se ha encontrado, en efecto, en Asur, una hoja de
arma dedicada por un «servidor» de Manishtūshu llamado Abazu. Ahora bien, el
décimo tercero de los diecisiete reyes asirios de quienes la lista de Khorsābād
dice que «vivían en tiendas», tiene el mismo nombre. Si los dos nombres pudieran
identificarse —lo que se ha rechazado, quizá con buenas razones—, se tendría
una buena prueba de que en la época acadia los futuros asirios vivían aún como
tropas vagabundas alrededor de las ciudades de la alta Mesopotamia, ocupadas
por sumerio-acadios.

E. El noroeste

Es una región muy vasta y, desde todos los puntos de vista, muy compleja. Lo
mejor es distinguir en ella por lo menos dos conjuntos geográficos.
a) Mari, capital antigua, de población esencialmente semítica, giraba desde
hacía mucho tiempo en la órbita cultural de Mesopotamia. En ella se hablaba la
lengua acadia y se escribía en caracteres cuneiformes; en todos los aspectos,
comprendidos el artístico y el religioso, había recibido y continuaba recibiendo
el influjo del pueblo mesopotámico. Conociendo su importancia estratégica y
política, los reyes de Akkad procuraron conservarla bajo su dominio. Quizá se
resistió a la primera conquista por Sargón, si es este rey el que debe hacerse
responsable de la devastación y la ruina de una parte de la ciudad presargónica.
De todas formas, una vez conquistada, dichos reyes instalaron en ella a sus
representantes; se han encontrado menciones, principalmente, de dos hijas de
Narāmsīn, llamadas ME-KIB-BAR y Shumsāni, esta última, por lo menos, con
categoría de sacerdotisa y, probablemente, de gran sacerdotisa de Shamash. Es
muy posible que, como sucederá más tarde, Tuttul, más al sur, a orillas del
Éufrates, estuviera ya comprendida en el reino de Mari cuando Sargón la
conquistó. Sargón habla de ella como de un punto importante del culto del dios
semítico Dagan, y como es a este mismo Dagan de Tuttul a quien él reconoce
deber «el don que le hizo de las Tierras Altas» se puede sacar la conclusión de
que desde Tuttul a Siria del Norte reinaba, según creencia de su conquistador, una
cierta unidad no sólo religiosa, sino étnica.
b) Las «Tierras Altas», que se extienden desde el alto Khābūr hasta el
Mediterráneo, estaban efectivamente ocupadas sobre todo por semitas, como
hemos visto a propósito de Sargón, que era originario de esta región. Después de
haber conquistado Mari, los reyes de Akkad realizaron también la conquista de
toda esta zona; se encuentran vestigios de su paso por Tell Brāk y Shāgir Bāzār, y
todavía más al norte, a unos 50 kilómetros al noroeste de Mardīn, en Diyārbekir;
sus inscripciones enumeran las principales ciudades que habían sometido a su
tutela, Ebla y Arman, y sin duda también Apishal, en la región del alto Éufrates,
Yarmuti y Ullis, probablemente a orillas del Mediterráneo; a las cuales se pueden
añadir algunos lugares que cita Gudea: Urshu, Menua y Khakhkhum, de las que,
como hemos visto, las dos últimas bien podían encontrarse todavía más al este.
Pero la relación de estos nombres es prácticamente todo lo que sabemos sobre
esta parte del Oriente. Narāmsīn da el nombre de un «rey» de Arman, Rishadad.
Se puede pensar que cada una de estas ciudades constituía el centro
administrativo de unos territorios más o menos extensos, que tan pronto estaban
confederados como en guerra unos con otros.
Sobre la etnografía local se sabe quizá un poco más. Junto a una o varias
capas de población arcaicas, de las cuales dan testimonio viejísimos topónimos
que no se pueden relacionar con ninguno otro conocido, el fondo de la población
era, con toda seguridad, semítico desde hacía mucho tiempo. Como hemos visto
ya, los antepasados de Sargón provenían de esta región, lo mismo que, en
definitiva, aquéllos luego serían los acadios de Mesopotamia. Aparece después
otro estrato semítico más reciente, que ocupará un lugar importante en la época de
Ur III y de Babilonia I. Un «nombre de año» de Sharkalisharrī nos informa de que
tuvo que luchar, en la región de Jebel Bishrī, con ciertos amurru, que sin duda le
habían atacado y amenazaban con obligarle a replegarse. Estos eran también
semitas, seguramente seminómadas en su mayor parte: entonces comienza, hacia
Akkad y Sumer, un movimiento de trashumancia masiva que les dará, al cabo de
algunos siglos, una importancia de primer orden en el país.
A finales de la época acadia aparece por vez primera otra casta de gran
porvenir, los hurritas, de los que se hablará en el Próximo Oriente durante todo el
segundo milenio. Venidos quizá del norte o del oeste, debieron internarse
entonces hasta la zona septentrional de las «Tierras Altas», en las que parecen
haber ocupado o fundado varias ciudades, especialmente Urkish, Nawar y
Karakhar, en la región de Mardīn. Esto ha podido deducirse de algunas
inscripciones, en las cuales los nombres, e incluso a veces la lengua, son hurritas.
Pero por lo menos una vez esta lengua es el acadio, y la escritura empleada era
siempre la cuneiforme: ello nos da una nueva prueba de la influencia civilizadora
de la Mesopotamia, pues muestra que, en los albores de su historia, estos lejanos
hurritas eran ya tributarios suyos, con toda seguridad a causa de la conquista
acadia.
Hay algo que puede recordarse, para terminar, como señal y símbolo de la
época en todo el área del Próximo Oriente: el Imperio de Akkad no sólo refundió
la civilización mesopotámica, sino que también la difundió en torno suyo en una
especie de koiné, que determinará, durante muchos siglos, el desarrollo
«cultural» de todo el Próximo Oriente antiguo.

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