EL HACENDADO CHOPITEA
Todos los martes y viernes, en las noches de luna llena,
cuando el silencio envolvía por completo a las estancias y
comarcas de la hacienda Laredo, los campesinos eran
aterrados por el estridente paso de una carreta
proveniente de Trujillo, jalada por briosos y jadeantes
caballos. En la inmensidad del silencio, los agudos
aullidos de los perros se perdían dolorosamente, al
mismo tiempo que los chirridos de las ruedas parecían
clavarse en los oídos y en el alma de los humildes pobladores quienes, según órdenes expresas
del administrador, capataces y mayordomos, tenían que trancar las puertas de sus casas y no
salir por ningún motivo, bajo el peligro de fuertes sanciones y castigos en caso de
desobediencia.
A estas altas horas de la noche, el misterioso jinete,
ricamente vestido, dirigía su carreta a uno de los cerros
de cima tan prolongada, a manera de punta y fácilmente
visible entre los pueblo cercanos del valle de Santa
Catalina y desde la carreta que conduce a la sierra
liberteña. En dicho lugar –de imposible acceso- tenía sus
citas con el diablo el jinete que, para muchos cristianos,
se trataba del propio dueño de la hacienda José Ignacio
Chopitea, poseedor de inmensas e incalculables fortunas,
a cambio de la entrega de su vida al rey de las tinieblas.
El tiempo pasó y llegó el momento de cobrar. José
Ignacio irrumpió en el cerro en el acostumbrado
silencio de la noche e inmediatamente este se cerró,
quedando atrapado. Desde entonces nadie volvió a
verlo, ni menos durante el velatorio. A decir de los
pobladores, cuentan que su familia inventó el drama
de su muerte; otros aseguran que encontraron el
cuerpo y procedieron a velarlo y como esta historia
data desde hace más de un siglo, la gente de entonces
se alumbraba con velas, las mismas que aquel funesto
día acompañaban el cuerpo sin vida de Chopitea y que
de pronto cayeron desvaídas. Ante el hecho fortuito se
repuso la luz pero el difunto ya no estaba, la familia
para no causar alarma en la población, atesto el cajón
con piedras, disimulando una digna sepultura.
Fuente: La Tierra Encantada (Saniel E. lozano A. / Bety Sánchez Layza)