Cuento aymara
Carmen Muñoz Hurtado
Ilustraciones
Raquel Echenique
Traducción
Felino García
una tarde muy linda y tranquila, la
pequeña Nakara estaba ayudando
a su mamá a hacer los pompones de
lana que adornarían las orejas de las
llamitas y alpacas durante el carnaval.
Nakara sabía que esta fiesta era muy
importante para su pueblo, pues se
celebraba cada año para agradecer
a la Madre Tierra todo sus regalos,
especialmente la papa, la quinoa y el
maíz.
El paisaje parecía un arco iris, pues
la quinoa estaba madurando y teñía
la tierra de colores rosados, lilas y
dorados.
Cuando terminaron los pompones, doña
Rosario, la mamá de Nakara, comenzó
a adornar la falda que usaría su hija en el
carnaval. La pequeña estaba feliz, pues
por primera vez bailaría kacharpaya, una
danza muy alegre.
—¡Debes moverte con mucha gracia!
—le decía doña Rosario—, con la
elegancia de la vicuña y la agilidad de
la vizcacha.
¿Y con qué zapatos voy a bailar?
—preguntó la pequeña a su madre,
mientras se miraba sus piececitos que
calzaban unas sandalias.
En ese momento, Nakara vio que su
mamá se ponía triste, pues no podía
comprarle unos zapatos nuevos a su
hija.
Nakara abrazó a su mamá y, con su
mejor sonrisa, le dijo
¡No importa, mamita! Me has hecho
una falda muy linda y yo bailaré con
tanta alegría, que nadie se dará cuenta
que llevo mis sandalias.
Doña Rosario y Nakara se quedaron
muy felices mirando el anochecer.
De pronto, una estrella cayó del cielo y
se perdió detrás de los cerros.
—¡La viste, mamita! —exclamó
Nakara.
—Sí —respondió doña Rosario—.
Cuando yo era niña, mi abuela me
contaba el cuento de Wara Wara.
Según esta leyenda, las estrellas que
caían del cielo eran doncellas que
venían a bañarse a las solitarias lagunas
del altiplano.
—¡Y alguna vez viste a una de esas
doncellas! —preguntó Nakara,
abriendo sus enormes ojos castaños.
—¡No, hija! —respondió doña
Rosario—. Era sólo una historia que
me contaba mi abuela para que yo
me quedara dormida. Y, ahora tú
debes irte a dormir para que mañana
estés muy fresca y descansada en el
carnaval.
Nakara se fue a acostar, pero no podía
quedarse dormida, ya que la historia de
Wara Wara le había quitado el sueño.
Cuando sintió los ronquidos de doña
Rosario, la pequeña se abrigó muy
bien y miró por la ventana.
Su sorpresa fue grande al ver que otras
dos estrellas caían del cielo.
Muy despacito salió de la casa, subió
uno de los cerros y caminó hasta un
salar donde había una hermosa laguna.
De pronto sintió unos cantos que el
viento acercaba cada vez más; luego,
escuchó risas.
Nakara caminó en puntitas de pie para
no ser sorprendida y, al llegar a la
orilla de la laguna, vio a tres jovencitas
bañándose y chapoteando en el agua.
Nakara se quedó admirándolas un
tiempo largo. De repente, vio que
algo brillaba detrás de una yareta. Al
acercarse, se dio cuenta que una de las
doncellas había dejado allí su vestido
y, lo que brillaba, eran unos hermosos
zapatitos plateados.