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Cuento S

El documento narra la historia de tres príncipes cuyo padre, el rey, cae gravemente enfermo. Un anciano les dice que solo se curará con un agua mágica. Los tres príncipes intentan encontrar el agua, pero los dos mayores son maldecidos por un duende al tratarlo mal. El menor trata al duende con respeto y este le indica cómo encontrar el agua mágica para curar a su padre. Al regresar, el duende también libera a sus hermanos y el rey se cura.

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Cuento S

El documento narra la historia de tres príncipes cuyo padre, el rey, cae gravemente enfermo. Un anciano les dice que solo se curará con un agua mágica. Los tres príncipes intentan encontrar el agua, pero los dos mayores son maldecidos por un duende al tratarlo mal. El menor trata al duende con respeto y este le indica cómo encontrar el agua mágica para curar a su padre. Al regresar, el duende también libera a sus hermanos y el rey se cura.

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EL AGUA MÁGICA PARA EL REY

Érase una vez en un antiguo reino, existió un rey que tenía tres hijos. Un buen día, el rey cayó bajo una terrible
enfermedad, y con el paso del tiempo, perdió las ganas de comer, de reír y hasta de conversar. Preocupados por
la salud de su padre, los tres príncipes buscaban cualquier remedio que ayudara a curarlo, pero todos sus intentos
eran en vano.

Cuando ya no sabían qué hacer, se les acercó entonces un extraño anciano y les dijo lo siguiente: “Vuestro padre
sufre una grave enfermedad, una enfermedad que sólo se cura con un agua mágica”. Y tan pronto como terminó
de hablar, el anciano desapareció ante los ojos de los príncipes.

Sin dudarlo ni un segundo, el mayor de los hermanos ensilló su caballo y marchó a toda velocidad hacia el
bosque. A mitad de camino, se tropezó con un duendecillo azul que cruzaba el camino justo en ese momento.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo? – preguntó el duende.

– ¿A ti qué diablos te importa, enano? Quítate de mi camino – gritó el príncipe sin contemplación.

Pero aquel duende era una criatura mágica, y tanto se enfureció por aquella respuesta que maldijo al chico
desviando su camino hacia un bosque encantado.

Al ver que su hermano no regresaba, el mediano de los príncipes decidió ensillar también su caballo y salir a
buscar el agua de la vida para su padre. Cuando cruzaba el bosque a toda velocidad, volvió a aparecer de repente
el duendecillo mágico.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo?

– Aparta imbécil, no tengo tiempo para preguntas estúpidas.

El duende no pudo contener su enfado, y nuevamente lanzó una maldición para el príncipe enviándolo hacia el
bosque encantado.

Finalmente, el más pequeño de los hermanos también decidió probar su suerte, y tras ensillar su caballo partió
por el mismo camino hacia el bosque. Al verlo acercarse, el duende azul salió a su encuentro.

– ¿A dónde vas, jovenzuelo?

– He de buscar el agua mágica para curar a mi padre que está gravemente enfermo, pero no tengo la menor idea
de dónde pueda encontrarla.

“Yo te lo diré”, exclamó el duende con alegría, pues finalmente alguien le había tratado con respeto y
consideración. Tras una breve explicación, el príncipe entendió todo lo que tenía que hacer y se puso en marcha
nuevamente. Así anduvo dos o tres horas caminando hasta llegar a un castillo embrujado en lo más profundo
del bosque.

A la entrada de aquel castillo, existían dos leones enormes y feroces, pero el príncipe no tuvo miedo, pues el
duende le había dado una varita mágica y dos panes. Con la varita mágica, el chico pudo abrir la puerta principal
del palacio, mientras que los panes sirvieron para entretener a los leones.
Antes de entrar al lugar, el príncipe recordó entonces las palabras del duende: “A las doce de la noche, las
puertas del castillo se cerrarán y quedarás atrapado para siempre. Date prisa y no demores en salir”. Y así lo
hizo el valiente joven.

Tras atravesar un largo pasillo, el príncipe pudo encontrar finalmente la fuente del agua mágica, y sin tiempo
que perder, recogió un poco de aquella agua en un frasco de cristal y se dispuso a salir del lugar a toda velocidad.
Sin embargo, en ese momento, se apareció ante los ojos del chico una hermosa muchacha de cabellos rubios
como el oro.

“Gracias por venir a rescatarme. Llevo mucho tiempo en este lugar hechizado y pensé que jamás podría salir.
Sé que no tienes tiempo, pero si vienes antes de un año, me convertiré en tu esposa”, y dicho aquello, el príncipe
no tuvo más remedio que apurarse para salir del castillo, no sin antes prometerle a aquella muchacha que
regresaría a buscarla lo más pronto posible.

Camino de regreso, el príncipe se topó nuevamente con el duende, a quien agradeció por su gran ayuda y le
pidió de favor que trajera de vuelta a sus hermanos. Como el duende no era un duende malo, liberó a los dos
príncipes mayores, y regresaron los tres hijos para encontrarse con su padre.

En poco tiempo, el rey se recuperó completamente, y para celebrar su sanación, convocó a un gran banquete.
Sin embargo, el más pequeño de los príncipes se mostraba triste y pensativo. No había podido olvidar a aquella
hermosa muchacha del castillo encantado.

Cuando su padre le preguntó, el más pequeño de los príncipes les contó toda la historia, pero como sus hermanos
eran muy envidiosos, se adelantaron para rescatar a la princesa. De esta manera, los jovenzuelos llegaron al
castillo embrujado, donde la hermosa muchacha había colocado una larga alfombra de oro a la entrada,
advirtiéndole además a los guardias que no dejaran pasar a nadie que no caminara por el centro de dicha
alfombra.

El más grande de los hermanos, cuando se dispuso a entrar al castillo, no quiso estropear la alfombra de oro y
decidió caminar por el borde del pasillo, pero los guardias le negaron la entrada al momento. El príncipe
mediano también quiso probar suerte, pero al ver la alfombra de oro pensó que sería mejor entrar al castillo por
otra puerta, y también le negaron la entrada.

Finalmente, llegó el más pequeño de los hijos del rey, y al ver la princesa a lo lejos, no pudo contener su alegría
y atravesó todo el castillo sin darse cuenta de la alfombra de oro que descansaba sobre el piso. Así, quedó
demostrado una vez más que el amor triunfa por encima de todo lo demás, y por supuesto, los dos jóvenes se
casaron tan pronto llegaron al reino, y fueron muy felices para toda la vida.
ANA Y EL CABALLITO VERDE

Érase una vez una hermosa niña de nombre Ana, cuya casita se encontraba en lo más profundo del bosque junto
a un río de aguas tan cristalinas como sus ojos. A la salida del Sol, Ana pasaba las horas a la orilla del río
peinando sus largos y dorados cabellos. Cuando caía la tarde y asomaban las primeras estrellas, se acotejaba
junto a la chimenea hasta quedar suspendida en un profundo sueño.

Cierto día junto al río, apareció de repente un caballito verde, tan pequeño como la palma de una mano y tan
reluciente como la yerba de la mañana envuelta en el rocío.

– ¡Qué caballito tan hermoso! – exclamó Ana mientras lo acunaba en su regazo.

– Te daré mi amistad – dijo el caballito sin pensarlo dos veces – Vamos a jugar.

Y comenzaron a corretear por todo el bosque hasta la caída de la noche. Al día siguiente, se volvieron a encontrar
junto al río. Pero Ana encontró al animalito verde suspirando con la cabeza baja.

– ¿Por qué estás tan triste, caballito? – preguntó la niña acariciando su verde crin.

– Amiga mía, a pesar de ser tan pequeño, soy un animal muy veloz. Pero, ¿De qué me sirve tal virtud si no
puedo ayudar a mis amigos?

– ¿Cómo puedo ayudarte? Haré lo que me pidas – exclamó Ana.

– Hazme una cabalgadura con tus manos hábiles. Así podré llevar a tiempo a conejo a sus clases de violín,
rescataré al bebé sinsonte cuando se aleje de su madre, y hasta podré ayudar al ciempiés cuando pierda sus
zapatos.

Antes de que terminase de hablar, Ana casi había terminado de prepararle un cascarón de nuez rematado con
hebras de su pelo dorado. Una vez atado en su lomo pequeño, el caballito le devolvió una sonrisa maravillosa
y echó a correr hasta perderse en el bosque. A la tarde siguiente, Ana faltó al encuentro de su amigo. Y el
animalito la buscó por toda la vereda del río hasta oír un sollozo que provenía de lo lejos.

Al acercarse, descubrió a la pobre muchacha tendida en el suelo con el rostro cubierto en lágrimas.

– Ana ¿Por qué lloras niña bella? – preguntó el caballito acurrucándose en sus brazos.

– He perdido mis hebillas, sólo me queda una y no puedo recogerme el pelo. Y de nada sirve que lo peine y lo
cuide si en las noches se me quema con el fuego de la chimenea.

– Te ayudaré – aseguró el caballito – Escucha con atención lo que debes hacer: hoy en la tarde siembra tu última
hebilla en el suelo cerca del río y a la mañana siguiente encontrarás una sorpresa.

Así lo hizo la pequeña muchacha y se marchó a dormir. Con el despuntar del Sol, regresó hacia el lugar donde
había enterrado la hebilla, y allí encontró para su sorpresa un arbusto frondoso que relucía a los pies del río. De
sus ramas brotaban como frutos muchas hebillas relucientes de varios colores. Entonces Ana cubrió su pelo con
las hebillas y al verse tan hermosa en el reflejo del agua no pudo contener su emoción y salió en busca del
caballito para darle gracias. Como no lo encontró por los alrededores, decidió ir más allá del bosque conocido,
y tanto caminó hasta que se extravió, y cuando sus pies comenzaban a abandonar sus fuerzas encontró un castillo
majestuoso de puertas alargadas hasta el cielo.
Al adentrarse en su interior, descubrió un espantoso gigante que dormitaba tendido en el centro de una espaciosa
sala. Mas cuando Ana se disponía a marcharse alcanzó a oír la voz de su querido amigo, el caballito verde, que
chillaba desde lo profundo de la barriga del gigante pidiendo socorro.

– ¿Cómo has llegado a la barriga de este gigante, caballito? – susurró Ana lo más bajo posible.

– ¡Ay amiga! Una comadreja me devoró cuando me disponía a ir a tu encuentro. Luego la zorra, se tragó a la
comadreja. Más tarde, el señor león se embuchó a la zorra, y al rato, apareció este gigante y se almorzó al león
de un solo bocado. Y aquí estoy atrapado sin saber cómo salir.

– Descuida. Yo te ayudaré.

Y así lo hizo la valiente niña. Luego de registrar el palacio en busca de algo que pudiera servirle de ayuda, solo
pudo encontrar un jabón y unas ciruelas mágicas que le permitían encogerse de tamaño. Entonces se encaramó
con cuidado en la boca del gigante y se tragó las ciruelas. Y cuando estaba lo suficientemente pequeña, se
adentró en su garganta, y luego la del león, pasando por la de la zorra hasta encontrarse finalmente en el
estómago de la comadreja con su amigo el caballito verde que se emocionó mucho al verla y exclamó:

– Qué bueno que has venido en mi auxilio. Nunca olvidaré una amiga como tú.

En ese momento, restregó el jabón en sus manitas tantas veces hasta hacer muchas pompas de jabón. Y sólo
cuando logró hacer una lo suficientemente grande en la que entraran ella y el caballito, comenzaron a ascender
por el pescuezo de la comadreja hasta la superficie. Pero los amigos se apiadaron de los animales atrapados en
las fauces del gigante, así que agarraron a la comadreja por la cola, y ésta sostuvo al zorro, que aferró sus patas
a la melena del león. Así flotaron fuera del castillo hasta encontrarse completamente a salvo.

Al llegar a su casa, Ana se despidió cordialmente del caballito, y prometieron volver a verse a la mañana
siguiente junto al río. Sin embargo, la pequeña no volvió a aparecer en los días venideros. Preocupado el
caballito, recorrió los caminos de principio a fin, y jamás la encontró. Cansado de gritar su nombre a los cuatro
vientos, y cuando había cabalgado algún tiempo ya, encontró la casita de la niña en lo profundo del bosque, y
dentro, en una cama, el cuerpecito rendido de la niña. Había llorado tanto, que sus ojos ya no tenían brillo, y
apenas podía sostener la mirada.

– Querida ¿Qué te ha pasado?

– Tengo una terrible enfermedad, amigo mío – pronunció la niña con sus labios grises y mustios – Hay un viejo
gnomo del otro lado del río que tiene la cura para mi dolor. Pero yo apenas puedo sostener mis párpados ¿Cómo
podré llegar hasta él entonces?

– Yo te llevaré sobre mi lomo – exclamó el caballito

– Eres muy chico, amigo mío. Jamás podrías.

Y no más terminó de hablar, Ana quedó atrapada en un sueño moribundo. El caballito, afligido por su amiga,
se recostó junto a su pecho. En verdad era un animal pequeño, y por más que lo quisiera, no podría llevar a la
pequeña junto al gnomo para curarla. Entonces, se apiadó tanto que comenzó a beberse las lágrimas de la niña.
Y he aquí que al cabo de unos minutos, sintió un estruendo en todo su cuerpo, y notó de repente que ya no cabía
en la cama junto a la niña. Y más tarde, trató de enderezarse pero el techo de la casita le chocaba con la cabeza.
¡El caballito había crecido increíblemente! Así que, sin perder tiempo, subió a la moribunda Ana sobre su lomo
y se desprendió a cruzar el río en busca del viejo gnomo. Afortunadamente, no fue demasiado tarde. Ana logró
recuperarse con el tiempo gracias a su fiel compañero, y desde entonces, jamás se abandonaron.
LA PRINCESA DE LA LLUVIA

Esta no es una historia de princesas como las que estás adaptada a leer o ver, sino una que nos cuenta de una
pequeña niña, que ganó el pulso a sus amigas y conquistó el derecho de ser la princesa de la lluvia por su ingenio
e imaginación.

La niña se llamaba Eliselda y resulta que un día muy lluvioso estaba en su casa junto a otras cuatro niñas,
amigas de ella, y cuatro niños, sus tres hermanos y otro más.

Además de los peques, en la casa había adultos; los padres de Eliselda y una pareja de amigos de estos, padres
a su vez de uno de los niños y una niña que estaban jugando junto con los otros.

La lluvia no tenía para cuando parar y ya los juegos infantiles se estaban agotando.

Los niños se aburrían y entonces los adultos idearon un plan para mantenerlos entretenidos.

-Haremos una obra de teatro en la que cada cual tendrá un papel –propuso el amigo del padre de Eliselda.

Todos aceptaron gustosos, pero las niñas, cuando descubrieron que la obra sería de princesas, empezaron a
discutir entre ellas, pues todas querían encarnar el rol protagónico de la bella heredera de la corona.

-No peleen –dijo el hombre que funcionaba como director de la obra-. Todas pueden ser princesas pues nuestra
obra tendrá cinco y no una como casi todas las historias.

Las niñas se miraron sorprendidas, pues no entendían cómo podía haber una historia con cinco princesas.

Los adultos debatieron entre ellos para ver cómo resolver el embrollo y crear un argumento con cinco
princesitas.

Así, explicaron que en la comarca de la historia habría efectivamente cinco princesitas, que alternarían la
primacía en correspondencia con el estado del tiempo que hubiese en el reino.

Una reinaría en los días de lluvia, otra en los soleados, una en los neblinosos, otra en los que nevara mucho y
por último, una para los nublados.

Las niñas aceptaron gustosas, pero al percatarse que jugarían en un día lluvioso empezaron a discutir
nuevamente.

Todas querían ser la princesa de la lluvia, ya que la que encarnase ese rol, reinaría de momento por encima de
las demás.

La sana pelea era disfrutada por los niños varones y los adultos, que reían de los caprichos de las niñas.

Sin embargo, el director de la obra propuso su idea para acabar con la discusión.

Harían un casting, y aquella pequeña que mejor dramatizase su idea de princesa de la lluvia, tendría el papel.

Las niñas hallaron la tarea muy complicada. No vislumbraban cómo escenificar acertadamente a una posible
princesa de la lluvia.
Eliselda, que destacaba por su imaginación y creatividad, decidió que lo mejor era ir a preguntarle a ese
elemento atmosférico.

Así, fue al portal y observa a la lluvia, que tenazmente se negaba a dejar de caer y permitir que aclarase el día.
Tras unos minutos de observación, Eliselda volvió a entrar a la casa y dijo:

-Listo, ya sé cómo ser la princesa de la lluvia.

Sin decir nada más, tomó una sábana y subió al improvisado escenario que había hecho el director.

Se colocó la sábana encima de ella y empezó a moverse de arriba abajo, cual lluvia que caía y de repente se
quedó acostada en el suelo del escenario, donde empezó a golpear progresivamente con sus dedos, simulando
la lluvia que caía en el exterior de la casa.

Tanto empeño le puso Eliselda a su interpretación, que cuando acabó se descubrió y vio que había dejado
boquiabiertos tanto a adultos como al resto de niñas y niños.

Así, nadie puso en duda que a ella correspondía el papel de princesa de la lluvia y todos juntos ejecutaron una
bonita obra, en la que ninguna princesa era más importante que otra, pero sí era la de la lluvia la más reconocida
por la creatividad e imaginación de Eliselda, la pequeña niña que la encarnaba.

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