Todo lo que tu corazón desee, respondió Jesucristo.
Sin atreverse a
creer lo que estaba oyendo, el joven emocionado se decidió a pedir lo
mejor que un ser humano podría desear:
Quiero tener amor, felicidad, sabiduría, paz de espíritu y ausencia de
todo temor, dijo el joven. Deseo que en el mundo se acaben las
guerras, el terrorismo, el narcotráfico, las injusticias sociales, la
corrupción y las violaciones a los derechos humanos. Cuando el joven
terminó de hablar, Jesucristo le dice:
Amigo, creo que no me has entendido. Aquí no vendemos frutos;
solamente vendemos semillas.
REFLEXIÓN: ¿Me doy cuenta de que no puedo cosechar lo que no
he sembrado? ¿Cómo podemos mejorar el mundo si no dejamos que
las semillas que hay en nosotros germinen?
CITA BÍBLICA: “Tengan paciencia, hermanos, hasta la venida del
Señor. Miren cómo el sembrador cosecha los preciosos productos de
la tierra, que ha guardado desde las primeras lluvias hasta las tardías.
Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida
del Señor está cerca”. (Stgo. 4,7).
ORACIÓN:
No sé cómo es mi tierra, Señor. A veces me es difícil saberlo.
La he tomado mil veces en mis manos. La he estrujado… la he roto…,
pero sé que aún no la conozco del todo.
Si fuera pedregosa, Señor, destruye mi dureza, rompe mi roca. Así
podré acoger tu Palabra fecunda.
Si fuera arcillosa, Señor, reblandece mi arcilla, mézclala con tierra
buena permeable,
que deje germinar tu amorosa simiente.
Si fuera superficial, Señor, a flor de nada, añade más tierra,
de esa tierra profunda hecha de fe, de amor y de evangelio,
donde tú puedas sembrar con garantía.
Si estuviera perdida o sorda, no dejes de pasar, Señor, por ella,
que es tierra al fin y al cabo…, tierra tuya.
Dios, sembrador de mi ser, sembrador de mi vida, sembrador de mi fe.
Ven a mi tierra con tu Promesa, ven con tu bien-decir sobre mi tierra.
Entonces ya sabré qué tierra soy.
Entonces ya sabré que soy tu tierra.