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El Sentido Mágico de La Palabra

Interesante

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Carlos María Gutiérrez y el sentido mágico de la palabra

Carlos María Gutiérrez


y el sentido mágico de la palabra.

Textos escogidos

Esta edición ha sido premiada en la Convocatoria a


Proyectos Editoriales 2010 del Centro Cultural de España en Montevideo.
© 2012 Sucesores de Carlos María Gutiérrez
© de la presente edición 2012:
Ediciones de la Pluma
Demóstenes 3522,
11600 Montevideo,
Uruguay
info@[Link]

es un sello de

ISBN 978–9974–581–42–5
Hecho el depósito que indica la ley.

Edición y producción:
Ariel Collazo

Diseño editorial y de tapa:


Virginia Mango
(MonkeyMedia. Diseño+Programación)

Impresión y encuadernación:
Mastergraf
Gral. Pagola 1823
Montevideo

Depósito legal nº 358.690


Edición amparada en el decreto 218/96
de la Comisión del Papel
Presentación

Un día se acercó el Negro a aquel cuartito del semanario donde ribeteábamos de garabatos
las galeradas que iban componiendo en trocitos el puzzle de cada edición. Y me entregó
con pocas expli­ca­ciones un libro muy personal, desconocido para mí, Sentido mágico de
la pala­bra, de Ángel Rosenblat, una maravilla de erudición y amor por el lenguaje. No
pude dilu­cidar si era despojamiento para legarme un poco de su compañía, o para fer­
tilizar alguna semilla de lenguaje, o para arrojar puramente algo de luz sobre una pobre
cabeza presa de los signos (¡cómo van a escribir «sicología»!, ¿o se trata del estudio de los
higos?), pero estimo que se trataba, también, de un poco de todo eso.
Rosenblat derrama en ese texto sugestivas ideas sobre la palabra creadora, y creo que
vienen a cuento. La magia de lo existente consigue el hombre expresarla con palabras y la
potencia mágica, poética, de la palabra dicha es inapelable; la palabra es instrumento de
una voluntad, es religiosa. Cuando la palabra devino signo de un pensamiento, particu­
larmente la palabra escrita, se secularizó y el sentido mágico se escindió del profano, que
pierde autoridad. Y desde entonces, la palabra pen­sa­da desmenuza, critica, apaga la vida y
la palabra poética la restaura, recupera la creación del mundo, le da fuerza vital.

La presente obra ve la luz gracias al incentivo para emprendimientos de publica­ción de


alto valor cultural e incierto valor de mercado que han significado los premios a pro­yec­tos
edito­riales otorgados por la Cooperación Española en Uruguay. El proyecto fue acumu­
lado al calor del recuerdo personal del Negro Gutiérrez, un referente de privilegio duran­te
aquel iniciá­tico pasaje (como picapedrero ortotipográfico) por la redacción de Brecha, y
una figura siempre recor­dada desde mis lecturas de niño —por aquel En la Sie­rra Maes­
tra y otros re­por­tajes que me orientó, como seguramente a muchos otros jóvenes, hacia el
atractivo de la narración periodística— y desde otras posteriores —como aquella revista
en mi casa, que lle­gaba de Estocolmo, y me devolvía un Gutiérrez reluctante a las transac­
ciones políticas y suma­mente pendiente del proceso uruguayo—. Y solo pudo ver la luz
bajo el acicate del Premio, el aliento de su compañera y de su familia, y el apoyo de amigos
y colegas que, como yo, no comprenden que no tengamos más Gutiérrez.
La propuesta inicial, digitalizar y editar su trabajo completo, se reveló pronto ímproba.
De modo que nos concentramos en primer lugar en la inclusión de los textos que él mis­
mo había retocado y reunido como libros durante esos años, vividos por él con la atención
vuelta sobre sus temas más esenciales y con un despojamiento sugerido por la certeza de
un final. Y agre­gamos su imperdible recopilación de humor y un con­junto de repor­tajes y
notas —alguna virtual­mente inédita— que, trascendiendo su necesidad coyuntural o his­
tórica, revelan no solo un estilo cautivante sino sobre todo el rigor y la consecuencia de un
comu­nicador. Un comu­ni­cador de talla, que en esos años no solamente no dis­frutó de un
bien inva­lorable para el actual oficio como la red de redes sino aun tampoco de suficiente
capa­cidad visual para incor­porar toda la enor­me cantidad de información que se imponía
ges­tionar cada día.
El volumen, hilvanado con cierto movimiento cronológico pendular —hacia los ini­
cios y de vuelta hacia el presente—, aunque respetando la estructura que el autor dio a sus
libros, reú­ne una porción muy significativa de sus escritos, cerrada con un bellísimo so­
neto de sus últi­mos días. Quedan fuera la mayor parte de sus notas diseminadas en tantos
medios —mu­chas fundamentales, como una entrevista a Juan Carlos Onetti y otra a Ar­
turo Despouey, por citar un par sobre las que circulan referencias— y algunos textos muy
elaborados, como el refe­rido al paradigma del intervencionismo sufrido por la República
Dominicana o el ensayo a dos manos con Marcos Gabay o su inter­ven­ción en El intelec­
tual y la sociedad, muy reedi­tada, o sus notas navegando la tra­vesía del Alférez Cám­pora,
republicadas póstumamente, y aun textos inconclusos e inéditos como las biograf ías de
Raúl Sendic y Ernesto Guevara, figu­ras con las que el autor sostuvo un compromiso vital.
Pero estimo que este, inicial, es un gran puntapié o envite para que futuros periodistas y
escritores continúen la recuperación o la edición de esos textos. La memoria colectiva,
como se sabe, hace las sociedades.

Ariel Collazo
Índice de contenidos

Presentación............................................................................................................................................................................ 5

Carlos María Gutiérrez: un escritor...................................................................................................... 11


El periodista ........................................................................................................................................................... 11
El humorista ........................................................................................................................................................... 13
El poeta ...................................................................................................................................................................... 13
El narrador .............................................................................................................................................................. 15
Obra publicada como libro por Carlos María Gutiérrez ........................................................... 16

Los ejércitos inciertos y otros relatos............................................................................................... 17


Introducción a Los ejércitos inciertos y otros relatos .................................................................... 17
Exilio ........................................................................................................................................................................... 18
La noche de la cocina ........................................................................................................................................ 19
Hermanos argentinos ........................................................................................................................................ 20
El Espíritu Santo sobre El Retiro................................................................................................................ 23
Exilio ........................................................................................................................................................................... 25
El ascensor ............................................................................................................................................................... 25
Exilio ........................................................................................................................................................................... 31
Snapshots .................................................................................................................................................................. 32
Asistencia a la asociación para delinquir........................................................................................... 41
Exilio ........................................................................................................................................................................... 44
Los ejércitos inciertos ........................................................................................................................................ 45
Exilio ........................................................................................................................................................................... 52
Un puesto de comidas cerca del hotel ..................................................................................................... 53
El viaje al origen .................................................................................................................................................. 57
Exilio ........................................................................................................................................................................... 61

Incluido afuera.................................................................................................................................................................. 63

I. Datos del cuartel................................................................................................................................................... 63


Primer discurso de Adán ................................................................................................................................ 63
Huelga de hambre ............................................................................................................................................... 65
Explicación de la unidad................................................................................................................................ 66
Hombre con mujer............................................................................................................................................... 67
Comunicación a la Sociedad Interamericana de Prensa............................................................ 68
La visita.................................................................................................................................................................... 70
Piedra blanca sobre piedra blanca ........................................................................................................... 71
II. Incluido afuera....................................................................................................................................................... 75
Última borrachera .............................................................................................................................................. 75
Madrigal ................................................................................................................................................................... 76
Aeroparque .............................................................................................................................................................. 76
Redactor de guardia .......................................................................................................................................... 78
Lista salvada .......................................................................................................................................................... 79
Montevideo .............................................................................................................................................................. 80
Las causas perdidas ......................................................................................................................................... 81
Equivocación de MacLuhan .......................................................................................................................... 82
Belfast Christmas ................................................................................................................................................ 82
La casa del notario cerca de Somosierra .............................................................................................. 83
La cantada .............................................................................................................................................................. 84
Utilidad del exilio ............................................................................................................................................... 84
Ciertos árboles ...................................................................................................................................................... 85
El aduanero bondadoso ................................................................................................................................... 86
Correspondencia en julio ................................................................................................................................ 87
Actriz de viaje ........................................................................................................................................................ 87
El desexilio............................................................................................................................................................... 88
Nueva lectura de Anna Karenina.............................................................................................................. 88
Animal que desconoce ...................................................................................................................................... 89
Diciembre ................................................................................................................................................................. 90
Autocrítica del destiempo .............................................................................................................................. 91
Diálogo concertante ........................................................................................................................................... 92
Café Sorocabana .................................................................................................................................................. 92
Llamada de larga distancia ......................................................................................................................... 94
Segundas partes ................................................................................................................................................... 95

Diario del Cuartel......................................................................................................................................................... 97

Diario del Cuartel....................................................................................................................................................... 99


El extranjero ........................................................................................................................................................... 99
Carro de la basura ........................................................................................................................................... . 100
Cuartel tomado .................................................................................................................................................. . 101
Condiciones objetivas ..................................................................................................................................... . 102
La praxis ................................................................................................................................................................. . 102
Igual invierno ...................................................................................................................................................... . 103
Procedimiento para un epitafio................................................................................................................ . 104
Problema sanitario ........................................................................................................................................... . 105
03:15 am/–4° ........................................................................................................................................................ . 106
Esto no es para ustedes .................................................................................................................................. . 107
Chez d’Àrenberg .................................................................................................................................................. . 108
Moral para adolescentes ............................................................................................................................... . 109
Cartilla cívica..................................................................................................................................................... . 112
Crónica deportiva ............................................................................................................................................. . 114
Raúl............................................................................................................................................................................ . 117

Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo...................................... . 119

Los dos magistrados.................................................................................................................................................. . 131

El agujero en la pared............................................................................................................................................. . 133


Prólogo ..................................................................................................................................................................... . 133

I. Usos y costumbres.............................................................................................................................................. 134


Conferencia en la Punta ............................................................................................................................... . 134
Blues del crimen pasional ............................................................................................................................ . 137
Infanto–juvenil ................................................................................................................................................... . 137
El español en el aire ......................................................................................................................................... . 139
Decálogo del asqueroso .................................................................................................................................. . 141
Sonetario nacional........................................................................................................................................... . 144
Liberta de reunión ............................................................................................................................................ . 146
La Navegación aérea ....................................................................................................................................... . 149
La muerte camina hacia Scaldaferro
(Nouvelle objetivo–policíaca) .................................................................................................................... . 153
La estadística y la clase media ................................................................................................................. . 159
El municipio y yo ............................................................................................................................................... . 161
La dolce vita ......................................................................................................................................................... . 164
El viaje al Este ..................................................................................................................................................... . 168
La revolución....................................................................................................................................................... . 171
Elegía por el Año Viejo ................................................................................................................................... . 174

II. Baltasar Pombo, polígrafo compatriota.......................................................................................... . 176


Pombo, gran olvidado ..................................................................................................................................... . 176
Pombo, profesor .................................................................................................................................................. . 179
Pombo, renunciante ......................................................................................................................................... . 181

III. Las sombras en la caverna........................................................................................................................ . 185


Como Jorge Luis Borges .................................................................................................................................. . 185
Como Mark Twain ............................................................................................................................................ . 187
Como Mario Benedetti ................................................................................................................................... . 189
Como Larra ........................................................................................................................................................... . 192
El Parnaso oriental .......................................................................................................................................... . 196
Como H. Alsina Thevenet............................................................................................................................. . 198
Como Arkady Averchenko ............................................................................................................................ . 202

En la Sierra Maestra y otros reportajes......................................................................................... . 205


Advertencia introductoria para En la Sierra Maestra y otros reportajes ...................... . 205
Perón, el prófugo ................................................................................................................................................ . 206
Operación Punta Arenas .............................................................................................................................. . 213
Con Fidel, en la Sierra Maestra ............................................................................................................... . 222
La madurez de un jefe .................................................................................................................................... . 245
Haedo llega al poder ....................................................................................................................................... . 254
El día que enterraron a Hemingway ...................................................................................................... . 267
La mujer que vino a informar.................................................................................................................... . 277
El aplazamiento ................................................................................................................................................. . 284
La revolución armada de paciencia ...................................................................................................... . 287
Bolivia bajo el Pentágono ............................................................................................................................. . 293
Los meses por venir........................................................................................................................................... . 309
China ante la guerra ....................................................................................................................................... . 317

Che Guevara......................................................................................................................................................................... . 331


Ernesto Guevara de la Serna...................................................................................................................... . 331
Los elementos del mito ................................................................................................................................... . 344

Reportaje a Perón. Diálogo sobre la Argentina ocupada........................................... . 375


El interlocutor de Madrid ............................................................................................................................ . 375
1. «Esa revolución mundial, que va hacia formas socialistas...» ........................................ . 379
2. «Yo hubiera sido el primer Fidel Castro...» .................................................................................. . 384
3. «La Revolución tendrá que ser violenta» ...................................................................................... . 387
4. El arte de la conducción .......................................................................................................................... . 392
5. La Argentina ocupada .............................................................................................................................. . 395
6. «Bunge & Born: los dejé vendiendo sábanas» ............................................................................ . 399
7. «Previamente, la integración continental» ................................................................................. . 405
8. «Ya no me para nadie, cuando yo me quiera ir» ...................................................................... . 408
9. La guerrilla, el Che y otras desinformaciones ............................................................................ . 410

Memoria de los dos...................................................................................................................................................... . 417

«La patrulla equivocada de la Revolución»............................................................................... . 421


Las preguntas del escepticismo ................................................................................................................. . 422
La culpa que nada puede saldar ............................................................................................................. . 423
Una lectura fatal de la Historia............................................................................................................... . 425
La vanguardia que decide por el pueblo ............................................................................................. . 426
El instrumento de lo que vendrá .............................................................................................................. . 428

Soneto......................................................................................................................................................................................... . 431
Carlos María Gutiérrez: un escritor1
por Graciela Mántaras

Nueve libros, pertenecientes a cuatro géneros literarios, parecen una buena ocasión para
revisar la carrera de un escritor. De esos nueve conozco seis, y no he podido leer, como
casi nadie acá en Uruguay, ni Perón ni El experimento dominicano. El primero, originado
en una exten­sísima entrevista realizada a Perón en España, sufrió una censura agravada
por el secues­tro de la edición, su quema y el incendio de la librería porteña que lo exhibía,
en 1974.
Hay un décimo, una extensa y completa biograf ía de Guevara que permanece inédito;
de él se conoce un resumen publicado por Centro Editor de América Latina.

El periodista
Carlos María Gutiérrez, nacido en 1926, inició en 1950 sus tareas como periodista, carica­
turista político, humorista y crítico cinematográfico. No debe haber redacción de diario,
revista o semanario uruguayo por la que no haya pasado —y no me refiero a las ahora
tan escasas: pienso en la plétora de publicaciones periódicas que este país conoció en las
décadas del 50 y del 60—. El exilio multiplicó esta circunstancia y le abrió la prensa en
Buenos Aires, La Habana, Estocolmo, Madrid, París. Pero no sólo escribiendo hizo Gu­
tiérrez periodismo: organizó agencias noticiosas, como Prensa Latina, a la que fundó en

1. Nota del editor: A modo de nota biográfica y crítica para esta edición, inclui­mos este texto de Graciela Mán­
taras Loedel, crítica lite­raria, docente de literatura y ensayista de exten­sa obra, quien compartió, por otra parte,
ocasio­nal­mente, salas de redacción en distintos medios con Gutiérrez. Fue publicado en la revista Avanzada
del Pueblo, en agosto de 1991.
12 Carlos María Gutiérrez: un escritor

1959 junto a Ricardo Masetti.2 Y en todas esas tareas ejerció una docencia impar. No debe
haber periodista en este país que en alguna medida no sea su discípulo.3
Resulta plenamente compartible la afirmación de Ángel Rama: «Elevó el periodismo a
nivel de creación literaria». Los niveles de la escritura periodística han descendido tanto,
especialmente entre nosotros, que tendemos a olvidar el origen periodístico de la pro­
sa de Martí, de buena parte de la de Rodó o Rubén Darío o González Prada; y antes, de
Juan Bau­tis­ta Alberti, Sarmiento, Andrés Lamas; y después, de Zum Felde, Quijano, Ángel
Rama, Bene­detti, Rodríguez Monegal. Es a esta familia a la que pertenece cmg.
¿Cuáles son los rasgos centrales de su periodismo? Conocimiento lo más serio y
exhaus­tivo posible del asunto de que se trata; preocupación por el país, por la Patria Gran­
de Lati­no­americana, por la patria común de los humillados y ofendidos del mundo todo;
inde­pen­dencia para el análisis; agudo sentido crítico; lucidez e inteligencia; un fondo re­
colecto de amor y de ternura que sólo se muestra a contrapelo, muy a menudo por el ses­
go del humor; claridad casi didáctica de la exposición; composición precisa y sabia de los
materiales; lenguaje siempre exacto; gran cultura general; mucho coraje personal y cívico.
Los grandes artículos que todos recordamos de él lo muestran; pero habría que reco­
pilar algunos de sus artículos «menores» para comprobar que no he puesto mal las co­
millas y que, en lugar de menores, habría que llamarlos circunstanciales. Recuerdo ahora
una lejana nota de Marcha, de fines de los años 60 o inicio de los 70, en que a propósito de
una merma algo prolongada en el suministro de agua a Montevideo, Gutiérrez escribió,
bajo el nada seductor título de «Informe sobre el agua», un texto que tenía el apasionante
interés de un cuento policial.
Su periodismo, además, encuentra siempre al hombre total —y al hombre secreto o es­
condido— debajo del personaje público; sorprende el detalle de un gesto, una mirada, un
elemento del arreglo personal y lo transforma por un lado, en puente de acceso a intimi­
dades y, al respecto, en dos notas en ausencia: «El día que enterraron a Heming­way» y «El
aplazamiento». La primera es un reportaje a Hemingway ya muerto, realizado a través de
su casa de Cuba, el yate Pilar, y tres seres muy cercanos al escritor: Gregorio, el patrón
del Pilar; Juan Torres, dueño del astillero cercano, y René, «ayuda de cámara, jardinero,
ecóno­mo y compañero de caminatas de Hemingway». La segunda es el relato de una en­
trevista frustrada a Jean–Paul Sartre. Además de encontrar la intimidad de las personas,
encuentra las grandes líneas de los movimientos históricos y los procesos sociales. Pongo
como ejemplo los artículos sobre China, Cuba o Bolivia.

2. Masetti es figura interesante y personaje importante de los años sesenta. Autor del libro Los que
luchan y los que lloran, cofundador de [la agencia de noticias] Prensa Latina, organizador de una gue-
rrilla en el interior argentino a la que dirigió con el nombre de Comandante Segundo, reservaba a
Guevara el título de Comandante Primero.

3. Recuerdo haber hablado de esto con Daniel Waksman en Madrid, en 1977, especialmente a pro-
pósito de la ca­mada joven llegada a Marcha en los 60, que ambos habíamos integrado. A Waksman
le llamó la atención que el magisterio de Gutiérrez también me hubiera alcanzado, en vista de que yo
nunca había hecho propia­mente periodismo, sino sólo crítica literaria; pero una vez que lo conversa-
mos advirtió que un periodista de la talla de cmg irradia influencias más allá de su ámbito propio.
El humorista 13

Cuando practica el periodismo de opinión, especialmente en sus artículos políticos,


ocurre un fenómeno que Mercedes Ramírez caracterizó muy bien: «...desde que empezó
a escribir hasta ahora ha sido para varias generaciones un maestro de la escritura y un
disci­pli­nador del pensamiento. Todo lo que hace, todo lo que pasó —cárcel, exilio, desexi­
lio— dejan una señal–guía para sus lectores. Sus comentarios políticos pueden merecer
discre­pancias y controversias, pero aun quien no acepte sus puntos de vista no puede de­
jar de reconocer que su intransigencia —línea dura trazada con regla de acero— nos es ne­
cesaria para no perder de vista camino y meta». (Cuando la presentación de Los ejércitos
inciertos, el 24–vii–91.) Amén de la inteligencia, una honestidad esencial: cmg siempre
dice lo que piensa, escribe lo que dice y actúa de acuerdo a lo que escribe. Benito Milla me
dijo una vez que Mario Benedetti «ponía el hombro donde ponía la cabeza»; la afirmación
puede exten­derse a Gutiérrez; también le cabe la que Benedetti hizo en una ocasión con
relación a Marcha: «Cuando Marcha se equivoca, se equivoca gratis».

El humorista

Aunque su práctica del humorismo, especialmente político, se explanó en varios medios


de prensa, los textos recogidos en su libro se habían publicado entre 1953 y1963 en Lunes
y en Marcha. Su humor cultiva la ironía y la mordacidad y se pone al servicio de la misma
causa que desvela a su periodismo: la crítica de nuestro sistema político y de nuestros há­
bitos nacionales en lo que tienen de hipocresía, cobardía, esnobismo, blandura, ausencia
de proyectos, corrupción, mediocridad.
Uno de sus personajes, el «polígrafo oriental» Baltasar Pombo, resulta particularmen­
te recordable y, es de lamentarse, podría ser resucitado casi sin cambios: apenas unos to­
ques de pragmatismo, realismo para disimular cobardías y una pizca de posmodernidad.
La tercera sección de El agujero en la pared, bajo el platónico título de «Las sombras en la
caverna», recoge diez textos memorables que son otros tantos pastiches de Borges, Mark
Twain, Benedetti, Larra, Sabat Ercasty, Silva Valdés, Juan Cunha, Idea Vilariño, Alsina
Thevenet y Arkady Averchenko. Nuestros humoristas han cultivado poco el pastiche, y es
lástima. Yo le veo dos utilidades (aparte de la principal que es la risa): puede rendir muy
buenos frutos en la enseñanza de la literatura y es un buen aprendizaje para un escritor.

El poeta
Si por las fechas y características de su labor periodística cmg pertenece a la Generación
del 45, su obra narrativa empieza a conocerse en la década del 60, y su poesía recién en
1971.
14 Carlos María Gutiérrez: un escritor

Sin abjurar de la inteligencia, para la poesía reserva cmg la expresión de sentimientos,


en especial la bronca indignada y el amor.
Diario del Cuartel4 reúne veinte poemas que dan cuenta de lo colectivo y de lo perso­
nal: la degradación de un país, la prisión y la tortura de un luchador. Poesía testimo­
nial, coloquial, conversacional, que renuncia a la rima y a las formas estróficas canónicas
(excep­to en un caso: «Chez d’Àrenberg»), pero que cuida escrupulosamente los ritmos.
El trabajo del poeta en los aspectos rítmicos —que no he visto mencionado— es digno de
atención. Atañe tanto al ritmo fónico, musical, mediante la distribución de los acentos en
el verso, cuanto al ritmo de las ideas. En el primero advierto la influencia de la poesía de
Idea Vila­riño, pese a que sus ritmos atañen en general a versos cortos y Gutiérrez traba­
ja con versos más largos. En el segundo, como en el estilo bíblico, el ritmo ideológico se
obtiene por el uso del paralelismo que comparece en sus tres tipos: sinonímico, antitéti­
co y de desarrollo. Del sabio manejo de estos paralelismos dependen los mayores logros
poéticos.
Incluido afuera consta de treinta y dos poemas organizados en dos secciones: «Datos
del cuartel» y la que da título al libro. La primera recoge siete textos, cinco del primer libro
y desde su mismo mundo y temple, pero que no aparecían en él (se trata de «Explicación
de la unidad» y «Hombre con mujer»); están muy bien seleccionados, tanto en lo atinen­
te a sus calidades poéticas cuanto en el proveer el marco de antecedentes necesarios a los
poemas nuevos; sólo objeto que un texto como «El extranjero», que me resulta ejemplar,
no aparez­ca aquí. En ese poema, además, comparece un recurso de la poesía árabe que
podía haberse dado por perdido fuera de esa tradición: el hablar de o a una ciudad como si
se tratara de la amada del poeta: «ésta era mi ciudad, mi amada antigua/pero voy extran­
jero voy perdido». La imagen se retoma, mucho después en un texto bellísimo, «Montevi­
deo». (En la poesía árabe es frecuente que el conquistador que sitia una ciudad le declare
su amor y la pida en matrimonio, o que el dueño despojado de una ciudad se considere
su viudo; la tradición más cercana del tópico que tenemos los hispanohablantes está en el
Romancero castellano.)
Los veinticinco poemas nuevos testimonian las experiencias del exilio5 y del desexilio
(he aquí la explicación del oxímoron del título). Mantienen las características de la poesía
ante­rior en el coloquialismo y el trabajo rítmico, pero en algunos poemas se agrega el re­
curso de la rima, aunque muy asordinado y discreto; se agrega, también, un nuevo trabajo
con la metáfora y aun el símbolo.
Pero la excelencia de Incluido afuera no tiene que ver sólo con estos aspectos. Creo
que se relaciona con la adquisición de la sabiduría. Cárcel, exilio, derrota lo despojaron de

4. Obtuvo el Premio de Poesía de Casa de las Américas en 1970. El jurado estaba integrado por: Ernes-
to Carde­nal, Roque Dalton, Washington Delgado, Margaret Randall y Cintio Vitier.

5. Recuérdese que cmg y Daniel Waksman fueron los primeros exiliados políticos que tuvimos, en la
predicta­dura de Pacheco Areco. Encarcelados en aplicación de las Medidas Prontas de Seguridad, de-
bieron acogerse a la opción constitucional de abandonar el país.
El narrador 15

lo accesorio y adventicio y en el hueso limpio del alma le dejaron lo esencial. Los escrito­
res bíblicos y los trágicos griegos expusieron largamente la idea de la purificación por el
sufrimiento, de que el dolor mejora las almas. El Uruguay de los últimos veinticinco años
funcionó como un vasto laboratorio para hacer esa prueba. Creo que los resultados de la
experiencia indican que el sufrimiento sólo mejora a los previamente buenos y valiosos: a
los Sendic, los Rosencof, los Gutiérrez. A los otros los arruina. Porque el trabajo sobre la
propia alma es un trabajo personal resultado de una elección, porque lo decisivo —como
advertía Sartre— no es tanto qué cosas nos pasan sino qué hacemos con las cosas que nos
pasan. Lo que decidamos hacer depende de la buena madera previa. Es la carga de sabi­
duría, de amor, de coraje lo que hace de Incluido afuera un libro mayor.

El narrador

Sus cuentos aparecieron en suplementos, revistas y antologías varias; recién ahora llegan
al libro unitario en Los ejércitos inciertos.... El libro está compuesto por nueve relatos y seis
textos tipo estampa, de prosa poética, titulados «Exilios», que abren y cierran el volumen
y se intercalan en los lugares 5, 7, 10 y 12. Estos «Exilios» marcan, desde su inflexión poé­
tica, la variedad en la unidad que caracteriza al libro. Variado por los diversos escenarios
que impuso el destierro y los diferentes tiempos que implica una opresión, del militante
amor por la gente y por una escritura cuyo estilo es ya reconocible, aunque no es el mismo
del periodismo.
«La noche de la cocina», «Hermanos argentinos» y «El Espíritu Santo sobre el Retiro»
ocu­rren en Buenos Aires; «El ascensor», «Snapshots» y «Asociación para delinquir», en
Monte­video; «Un puesto de comidas cerca del hotel», en La Habana; «Los ejércitos incier­
tos» en Londres, Hamburgo, París, Helsingor y Montevideo; «El viaje al origen», en La
Habana, Madrid y Montevideo.
El tiempo abarcado por los relatos cubre unas cuatro décadas. Muy a menudo un mis­
mo relato se abre a distintos tiempos para encontrar génesis y derivaciones de su asunto
cen­tral. Esta alternancia está muy sabiamente manejada por el autor.6

6. ¿Se me permite una confesión de orgullo personal? En 1968, la Editorial Sandino publicó el volumen
7 es­cri­to­res de hoy, 7 pintores de hoy en el cual aparecía el cuento «Telefoto exclusiva», cuyo asunto era
el asesinato de Arbelio Ramírez en ocasión de la visita de Che Guevara a Montevideo. Me tocó rese-
ñar ese libro para el nº 2–3 de la revista Prólogo y explicitar mis reparos a un texto del que, en el resu-
men, afirmaba: «Creo que se bene­ficiaría con algunos cortes y algún rearmado estructural». Recuerdo
que esa reseña me costó mucho, porque yo consideraba un maestro a Gutiérrez y para esa fecha recién
hacía cuatro años que había comen­za­do a ejercitar la crítica. Me consta que, por lo mismo, yo lo había
estudiado a fondo y estaba segura de lo que decía. Que ahora el Maestro edite “Snapshots” con mu-
chas podas y un completo rearmado estructural, me llena de orgullo muy legítimo y me reconfirma en
una convicción que él me devuelve en un nuevo magisterio: esa lección enseña que los de verdad bue-
nos aprenden también de sus discípulos.
16 Carlos María Gutiérrez: un escritor

Eduardo Galeano dice en su prólogo que «La noche de la cocina» es «uno de los pocos
relatos perfectos que he leído en la vida», juicio que puede perfectamente suscribirse; es
una de las escasas maravillas de tres páginas que, de vez en cuando, puede exhibir una rica
lite­ratura. Y era necesarísimo leerlo porque, habiéndoselo oído decir a Dahd Sfeir (quien
tam­bién cantó estupendamente el poema «Montevideo»), se estaba en riesgo de atribuir
la mayoría de sus virtudes a la interpretación.
En la lista de excelencias del volumen, todo él de muy alta calidad, yo agregaría «Via­
je al origen», «Los ejércitos inciertos», «El ascensor», «Hermanos argentinos» y los seis
«Exi­lios».
Narrativa realista, pero como la más alta del realismo, cargada de sugerencias y hon­
duras; literatura testimonial, pero que permanece mucho más allá del agotamiento de la
situación testimoniada; literatura comprometida, como siempre ha sido la mejor literatu­
ra: compro­metida con lo mejor del hombre. He aquí la nueva lección del Maestro.

Obra publicada como libro por Carlos María Gutiérrez

En la Sierra Maestra y otros reportajes, periodismo. Tauro, Montevideo, 1967.


¿Integración latinoamericana? De la Alianza para el Progreso a la olas, en coautoría con Mar­
cos Gabay, periodismo. Ediciones Cruz del Sur, Montevideo, 1967.
El agujero en la pared, humorismo. Arca, Montevideo, 1968.
Diario del Cuartel, poesía. Casa de las Américas, La Habana, Colección Los Premios, 1970.
El experimento dominicano, periodismo. (Traducido por Richard E. Edwards como Dominican
Republic: Rebellion and Repression. Monthly Review Press, Estados Unidos, 1972.) Dióge­
nes, México, 1974.
Reportaje a Perón, periodismo. Schapiro Editor, Buenos Aires, 1974.
Che Guevara, periodismo. En Los hombres de la historia, nº 130, Centro Editor de América La­
tina, 1970. En Revo­lucio­narios de tres mundos (compilación), Cedal, colección Biblio­teca
Fundamental del Hombre Moderno, 1971.
Incluido afuera, poesía. Arca, Montevideo, 1988.
Los ejércitos inciertos y otros relatos, cuento. Arca, Montevideo, 1991. Ediciones de la Banda
Oriental, 2003.
El intelectual y la sociedad, en coautoría con Roque Dalton, René Depestre, Edmundo Desnoes,
Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, ensayo. Casa de las Américas, La Habana,
1969. Siglo xxi Edi­tores, México, 1969.
Los ejércitos inciertos y otros relatos
1991

Eux, qu’on retrouve au soir


desarmés, incertains
Aragon

A Ducho, en las entrelíneas de todo.

Introducción a Los ejércitos inciertos y otros relatos

De chiquilín quise jugar al fútbol como Julio César Abaddie, aunque él era de Peñarol y
yo era un patadura.
Cuando ya estaba dejando de ser chiquilín, quise escribir como Carlos María Gu­
tiérrez. Leyendo sus crónicas, yo sentía que las palabras fluían solas, como la pelota de
Abaddie rodaba por su propia cuenta, veloz, imparable, al borde de la blanca frontera de
la cancha. Eso me daba admiración y envidia. Yo me pasaba las horas peleando cada coma
y cada palabra, y el resultado final de la inútil batalla era, a lo sumo, digno de una buena
papelera.
Después, el maestro fue mi amigo. Un puercoespín entrañable. Y un día me confesó
que escribir era, para él, una cosa que costaba un triunfo y pagaba un fracaso. Yo sentí algo
así como un consuelo, pero no me curó de la admiración ni de la envidia.
Y han pasado los años y sigo sin curarme, porque sé que por mucho que yo insista
peleando a brazo partido, jamás podré escribir nada como «La noche de la cocina», pon­
gamos por caso, que es uno de los pocos relatos perfectos que he leído en la vida.

Eduardo Galeano
18 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

Exilio

En 1960, la explotación de braceros ilegales en las plantaciones cañeras del Norte excede
la antigua resignación agraria y las denuncias llegan a la capital. El periodista va a ver. En
la pequeña población de frontera duerme tres noches, alojado en una pensión meneste­
rosa pero limpia. Su pieza tiene una ventana enrejada hacia la calle de tierra y ninguna
puerta. Se entra a través de un cuarto de baño compartido con el vecino. Cuando el otro
lo ocupa, el periodista queda tapiado. Los datos del tráfico de brasileros y las visitas a las
aripucas miserables construidas entre los surcos, para hablar con los cortadores reticen­
tes, agotan con monotonía la jornada. Por la noche sólo hay la módica diversión de una
cerveza solitaria, un prostíbulo confuso con discos de Magaldi rayados o la alternativa de
irse tem­prano a dormir.
Una madrugada despierta a la luz desolada de la ventana sin cortinas y desconoce
dónde está, qué son esas paredes azulosas pintadas a la cal, el techo de zinc con su lam­
parilla sórdida, la mesa de pino, el catre de hierro que rechina y la palangana descascarada
en su soporte. Le parece que esa falta de memoria y esa habitación triste e indescifrable
son la muerte, o al menos su condena. Espantado, decreta que sigue dormido y que debe
despertar de ese sueño.

Diez años después una dictadura destierra al periodista. Otra noche, en una pensión ex­
tranjera, relee, en uno de sus pocos libros, la página olvidada donde Jorge Luis Borges
había aludido en 1932 a un desconsuelo parecido y a un sueño propio: «Soñé que salía
de otro —populoso de cataclismos y tumultuoso— y que me despertaba en una pieza
irreco­nocible. Clareaba: una desteñida luz general definía el pie de la cama de hierro, la
silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde
estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo
creció en mí. Pensé: esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras,
tem­blando».

El exiliado cierra el libro y mira a su alrededor la habitación ajena, escucha el silencio de


la alta noche y no sabe si realmente ha despertado. Tampoco, si su recuerdo, donde los
destierros de todos son también, de algún modo, el único para todos, es sólo un sueño del
presente. Mañana intentará averiguarlo, o des­pertar.
Prólogo 19

La noche de la cocina

A Augusto Bonardo

Poné que el mejor tango que hicimos juntos no lo escribí yo, ni él tampoco.
La última madrugada me llamó a las tres, desde el sanatorio. Le habían colo­cado un
teléfono en el cuarto, porque en esos días ya lo dejaban que se sacara todos los gustos.
«Gordo», me dijo y se me fue todo el sueño y me senté en la cama con los pies colgando.
Yo había dejado de pensarlo con un teléfono a mano y tampoco me lo imaginaba en el
auto, ni sentado en el café con Pepe, Barquina y la Nena, esperándome para la generala,
o entrando en casa con las botellas de chianti, mientras gritaba que no sancocharan los
ravioles, bárbaros y nos llenaba esta misma cocina de barullo, probando las letras nuevas
con voz de tenorino y destapando cacerolas.
Me dijo «Gordo» así, como triste. Le pedí que esperase y me vine aquí con el te­lé­fono,
para no despertar a la Nena, aunque ella duerme pesado y ni sueña. «¿Dónde estás?» le
pregunté, creo, o «¿De dónde llamás?». Imaginate qué gil estaba yo esa madrugada, des­
pués de tres horas de trabajo en la milonga y dos de copas con los otros giles. Me descono­
ció: «¿Sos vos, Gordo?». «Y claro, zanahoria» le dije, por­que quién iba a ser a esa altura de
la matina. Pero le metí todo el cariño en el «zana­horia». Entonces me explicó que estaba
pasando la noche en blanco, sin do­lo­res y piola–piola, lástima que la enfermera era una
vieja vinagre y no quería traer­le lápiz y papel, ni dejarle la luz encendida, por los regla­
mentos. De todos mo­dos, me dijo, había armado de memoria, sin monstruo, la letra del
mejor tan­go que hemos hecho, Gordo, del mejor que haremos hasta que estemos todos
muer­tos.
Sentí frío en esta cocina, toda blanca, otro sanatorio. Seguí callado. «Gordo», se asustó
él, un poco. «Decímela», le mastiqué bajito y empezó a recitarla por el teléfono, a las tres
de la mañana, igual de bajito. «Es por si oye la vinagre», aclaró antes, pero él sabía también
que era por su vergüenza de inventar tanta hermo­sura y tanta pena, como siempre.
Al quinto verso yo tiritaba y lo frené. Que aguardara un minuto, mientras yo iba a
buscar un abrigo. Pero al salir ya me había olvidado y traje el fueye, sola­mente. «Dale»,
le avisé, con el tubo apretado entre la oreja y el hombro, sentado en ese taburete blanco
donde vos estás ahora, buscándole el tono y meta talón y talón, como si estuviera en la
milonga, cuando llega mi solo y dicen, no sé, que bramo o que me río para adentro con
los ojos cerrados.
A veces se le cortaba la voz y tosía mucho, pero no me negó ninguna repe­tida de un
verso. Yo gatillaba notas bajas por la izquierda si el frío venía bravo y cuando a él se le que­
braba la garganta mandaba un picado brillante para aguan­tarlo, pero qué iba a poder yo
en esta cocina o morgue, si del otro lado estaba la muerte canturreando su propio tango.
20 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

No me preguntés cuánto estuve con el fueye queriendo escapárseme de las rodillas,


caliente como no lo había oído nunca, mientras en el teléfono me reci­taban los versos de
un misterio. Hasta que el instrumento se aflojó, quieto, respi­rando. El gato se me vino a
refregar en las piernas, con el lomo erizado.
«Gordo», dijo la voz, allá. «Cortá un rato, que te llamo para darte una sor­pre­sa», le
pedí. Y empecé a pasar todo el tango, como me había crecido de aquel frío, de aquellos
versos y de aquel canturreo, hasta acabarlo. Pensé, te juro: «¿Quién soy, entonces?». Lo
pasé otra vez y tampoco me vino la respuesta, aunque por lo menos pude llorar. Disqué el
número del sanatorio pero la tele­fonista nocturna que no, que el señor no podía ser mo­
lestado a esa hora, orden médica. La estú­pida debió pegarse un susto cuando empecé a
gritar (y los sollo­zos me dejaban ronco y el fueye pedía con unos alaridos terribles que no
se muriera nadie) porque me comunicó.
«¿Y?», me dijo él. «Escuchá», le dije. Ya era casi de día y la cocina estaba de un gris
sucio. Puse el tubo en esta mesa. Arrimé el taburete para afirmar el pie en­ci­ma y largué el
tango todo de una vez, porque a lo mejor ya no había tiempo para despedirnos. El fueye
me tapaba la voz, que la tengo chica, pero lo fui can­tando verso a verso y cuando solté el
fraseo de mano izquierda esta cocina re­tum­baba como una catedral. Porque era la parte
donde estaba la muerte y la tapé de música y de amor, como si el amor y la música pudie­
ran asustarla y que se fuera. Piqué los dos compases finales, desinflé el fueye y me quedé
aquí, con un temblor. El gato estaba parado en un sol recién nacido que pegaba en las bal­
do­sas.
Entonces puse el instrumento en el suelo, colgué el tubo del teléfono sin hacer ruido
y vi a la Nena recostada en la puerta, con los ojos secos, despierta desde hacía horas sin
decirme nada.
«Vení a abrazarme fuerte», dijo la Nena. Y yo fui.

Hermanos argentinos

A medianoche, en su hotel, el exiliado se cepilla los dientes vestido con el viejo piyama de
Montevideo, los dos automóviles contornean el Obelisco y el Angosto reacomoda su pis­
tola Star en el cinturón desbordado por la gordura. El exiliado se enjuaga la boca, va hacia
la cama con el libro comprado esa tarde y el Puma mira la hora en el Seiko digital que le
sacó a un desaparecido, da un codazo al Tejerita titubeante para que se coma la luz roja
en Esmeralda y Corrientes, bosteza porque lleva dos noches de guardia. El exiliado abre
Hermanos argentinos 21

el libro, pero permanece unos instantes mirando al techo, con la cabeza en la almohada
confortable. En el asiento trasero del primer auto, junto al Angosto maloliente a sudor
(pero sin rozarlo) el Mayor uruguayo, de civil, viene rubio y altanero, bien peinado y en
silencio. Como si los argentinos fuéramos basura, rumia el Angosto mirándolo de reojo y
con los pies sobre la caja de las granadas. El Puma, adelante, chupa un charutito brasilero
medio apagado y en su hotel el exiliado tiene sueño, se deja invadir por la paz modesta del
fin de jornada, quiere olvidarse sólo hasta mañana de toda la pobre gente que ha venido
a verlo o lo ha encontrado en cafés de Flores o del Bajo: unos pesos para pagar la pensión
senador, senador queremos que identifique los cuerpos y así los entregan, senador no me
reciben en el albergue, gracias senador y viva Batlle. El sueño flota cerca de sus ojos, pero
se propone leer por lo menos el primer capítulo de Garaudy: «Nuestra sociedad está en
trance de desintegración./Es necesario en ella una transformación fundamental,/la cual
no puede llevarse a cabo según métodos tra–/dicionales». El Mayor dice que ahí y el Te­
jerita tuerce el Falcon para pasar a una camioneta de reparto, acelera ruidosamente y se le
atraviesa, atraca con las ruedas delanteras sobre la vereda del hotel. La camioneta patina
y el tucumano va a insultar, pero identifica a tiempo el automóvil terrible y sin matrículas,
mira cómo se abren las cuatro puertas al mismo tiempo, ve a los hombres (tres con pis­
tolas en la mano, el rubio con la Uzi colgando del hombro caño hacia abajo) y a la gente
que se repliega atro­pella­damente para que pasen, oye a los hombres que gritan ¡adentro!
¡adentro! y cómo se rompen los cristales y entonces acelera, se va de ahí, segunda, tercera,
tengo hijos. Cristo. El Tejerita (siempre lerdo para cuando hay barullo, piensa el Angosto)
espera al segundo auto con el cabo del chupadero y los otros tres uruguayos, que también
se sube a la vereda. Desde el edificio de la Telefó­nica, en una esquina de enfrente, los po­
licías de la custodia miran la escena a la sombra de las columnas. Arriba, en el tercer piso,
el exiliado abre la ventana. Alarmado aliviado tranquilo, reconoce los Falcon, tan demora­
dos pero al fin tan puntuales, por qué iba a salvarme yo precisamente, por qué yo entre to­
dos, pero ya la puerta que se astilla a patadas y el Puma pálido y maldormido parado en la
puerta del dormitorio, la cadena de oro con crucifijo entre la camisa de seda verde abierta
sobre la barriga velluda, la melena negrísima y cortada a navaja que le tapa las orejas, los
ojos grises que parecen muertos, la vocecita de boxeador: qué te habías creído, comunista
hijo de puta, para venir a este país a jodernos, y ya la pistola hundida dolorosamente bajo
el mentón, ya otro que le hace una llave y está dándole rodillazos en los riñones. Desde
el umbral, sin haber descol­gado su arma, el Mayor dice déjenlo que se ponga los zapatos
y un abrigo, porque va a tener mucho frío, pero alguien también soñoliento, que todavía
no entiende nada, lo toca de atrás y el Mayor gira rapidísimo rastrillando la Uzi, animal
feroz y bien entrenado, con la flexión aprendida en las antiguas maniobras contrainsur­
gentes de Fort Gulick y encañona al mucha­chito recién salido de su cuarto en el corredor.
Es el hijo, avisa uno y el Puma empuja al padre (ya trabado por las esposas, que el Angosto
recibe golpeándolo con la Star em­puñada) y pone al muchachito su propia pistola sin se­
guro en el pescuezo, sentate en ese sillón y ni respirés, ni respirés guacho de mierda. No
22 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

te muevas, no te muevas hijito, piensa el exiliado, chiquito no te muevas ni hables nada, y


también piensa: van a matarme, o no van a matarme y no van a matarte, o no nos mata­
rán aquí, o quizás te dejen, hijito, pero dice en voz alta identif íquense, con qué derecho.
Ahora lo meten a empellones en el ascensor y desciende en un extraño silencio, solo con el
Mayor. Oye el tropel y el griterío de los que bajan por la escalera, pero el hijo ha quedado
arriba, o no. Ninguna puerta se ha abierto en los otros cuartos, nadie ha salido a ver qué
pasa. Siente la oreja y la sien dormidas por el culatazo; la sangre del oído con el tímpano
roto le corre por dentro del piyama humilde de Montevideo. Abajo, el empleado nocturno
tiene los brazos en alto y la cara contra el mapa Peuser de la pared. Uno de los uruguayos
del chupadero sigue pateándole los tobillos para que mantenga las piernas bien abiertas y
le incrusta la escopeta de cañón recortado entre las nalgas, que ni temblés, porque llegás
a darte vuelta, llegás a mirar y te dejo el culo como una espumadera, maricón, y el mu­
chacho, si no he mirado, no vi nada, señor. El exiliado cruza el vestíbulo casi llevado en
vilo entre el Angosto y el Puma, la cara llena de sangre y la mirada celeste, límpida, que ve
todo, que recuerda todo, que no cesa. El Mayor, más rubio bajo las luces escandalosas de
la marquesina, acomoda la Uzi en el hombro, manda que pongan al exiliado en el segundo
auto y dice en el micrófono que sacó de su Falcon, fase dos afirmativa vamos a fase tres. En
la acera de enfrente se agrupan los curiosos, indecisos intimidados fascinados al fin por la
línea de protección que forman en medio de la calle el cabo y dos de los uruguayos, con
las escopetas horizontales, imprevisibles. Los espectadores empiezan a salir de los teatros
de varieté y a entrar en las pizzerías bulliciosas. Los puestos de libros y discos difunden
a Soljenitsin en ediciones piratas y a Vivaldi y Marianito Mores en casetes ordinarias. El
tránsito de la medianoche sigue pasando Corrientes abajo, desviándose para eludir a los
hombres armados e inmóviles: en algunos colectivos los pasajeros se despabilan de pron­
to, pero al comprender apartan los ojos de la ventanilla, tengo hijos, yo no he mi­rado,
nada ocurre. El automóvil verde arranca hacia atrás con un bramido, atruena con su esca­
pe libre, dobla en u hacia el Sur y a contramano. Desde el asiento trasero, ensan­grentado,
invadido por una extraña plenitud, el exiliado mira con avidez final la fachada del hotel
donde vivía, la imagen del hombre rubio que junto al otro Falcon habla por un micrófono
y parece canceroso bajo el resplandor amarillo, las luces de la calle Corrientes, la noche de
Buenos Aires que vuelve a cerrar sus aguas espejeantes.
El Espíritu Santo sobre El Retiro 23

El Espíritu Santo sobre El Retiro

Oía la voz de su madre al otro lado del patio, discutiendo con el panadero o alguien. Los
canarios esparcían su contrapunto y el sol entraba por las celosías hasta llegar a los zapa­
tos nuevos, que él rozaba perezosamente con la punta de los dedos, boca abajo en la cama,
mientras iba tomando conciencia de la mañana de domingo. En la plaza las campanas de
la iglesia tañeron con limpidez, llamando a misa. La vibración familiar aseguró a su moli­
cie adolescente las imágenes que ilustrarían la felicidad previsible de las próximas horas:
el patio doméstico con las baldosas rojas recién lavadas, el follaje de verdes luminosos que
la parra extendía hasta su puerta, la camisa olorosa a plancha caliente, la taza de café en
la cocina, la reunión con los demás en el atrio de la iglesia para ver la salida de las mucha­
chas. Se dio vuelta con lentitud, prolongando la fruición de su despertar en la casa pater­
na de Salto y abrió los ojos en la pieza 9 de la pensión bonaerense, tercer piso encima del
cabaret El Indio, veinte años más tarde.
El sereno desplegaba las ventanas del corredor a las siete, para ventilarlo de los malos
olores nocturnos y el humo rancio del tabaco. Entonces ya no valía la pena recobrar el
sueño, porque la frazada mugrienta y quemada de cigarrillos era inútil contra el frío de
agosto que venía de las dársenas.
Tanteó sobre la mesa de luz, pero sólo encontró el paquete vacío de los Winston que
había tomado la noche anterior del bolso de la norteamericana, en El Indio. La mano
exploradora chocó con la botella de grapa uruguaya, también vacía, que se rompió en el
suelo. Desde la pieza 8, el paraguayo rengo que había peleado en la guerra del Chaco gol­
peó la pared, iracundo.
El ruido terminó de despertarlo. Echó hacia los pies la frazada y se sentó al borde de la
cama, con la vieja sensación de terror en la garganta. La metralleta volvió a encasquillar­
se, la camioneta iba alejándose otra vez y él la miraba, incapaz de alcanzarla, solo bajo las
luces de sodio en la avenida húmeda y desolada, con el balazo en el cuello y ya de rodillas,
mientras los soldados se arrojaban del jeep en marcha y el primer puntapié lo alcanzaba
de nuevo en la sien, como todas las mañanas.
Inició el movimiento de consultar el reloj perdido en el penal, se acordó a tiempo y
ni siquiera miró su muñeca desguarnecida. Una campana doblaba ronca y triste, de otra
iglesia. Tal vez si cerraba los ojos, si metía la cabeza bajo la almohada y soportaba su olor
a vómito del inquilino anterior, si antes hubiera podido aguantar el mismo olor en la ca­
pucha y el agua nauseabunda del tanque sin hipar las direcciones y los nombres. Pero ya
el para­guayo circulaba por su cuarto haciendo ruido con los muebles, escupiendo en el
inodoro con profundos esgarres. Por los vidrios pequeños y sucios entró de a poco la luz
grisácea del invierno. Hacia el río resonó la sirena de un remolcador invisible y desde la
Boca vinieron los pitos de los astilleros. Imaginó los pavimentos encharcados donde se
24 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

presentían cloacas desconocidas, las aceras que vibraban sordamente al pasar el Subte y
exhalaban el soplo tibio y fétido de diez metros más abajo.
Sólo un cigarrillo le quitaba el gusto a caramelo ordinario de la noche. Se enderezó,
acos­tumbrándose a la corriente de aire que llegaba de la ventana rota. Las baldosas esta­
ban heladas y sintió su pringue en los pies descalzos, mientras esquivaba los vidrios rotos,
pero encontró la colilla donde la había pensado, sobre el soporte del papel higiénico. La
encendió y se sentó a fumar en la tabla del inodoro. Del otro lado, el paraguayo hizo fun­
cionar la cisterna y el gorgotear del agua fue el comienzo oficial de la mañana.
Hasta julio, el sol pálido que subía sobre la estación Retiro doraba un rato, antes de
desaparecer entre viejos edificios, los muros ciegos cubiertos de hollín y las antenas de
televisión. A esa hora, cuando se asomaba a la ventana en calzoncillos para recibir algo
de calor, la paloma astrosa aparecía desde la parte encapotada del cielo y volaba con un
aleteo torpe hacia el alféizar. Él levantaba un poco la ventana de guillotina, que se atraca­
ba en el marco deformado por capas innumerables de pintura verdosa, para desmigajar
restos de pan, que la paloma tragaba con picotazos monótonos. A veces, mientras el bicho
comía encrespando las plumas manchadas con la misma roña amarillenta de los edificios,
él intentaba pasarle suavemente un dedo por la cabeza o seguir con el dorso de la mano la
curva de las alas. Pero apenas iba a ser tocada, ella elevaba el pico en actitud alerta y esca­
paba, con otro aleteo, hasta la cornisa de enfrente. Desde allí lo miraba con un ojo vítreo
y rojizo, hasta que él se retiraba al interior del cuarto, conformándose con observarla a
distancia. Entonces la paloma volvía a la ventana para terminar su comida y se remontaba
después hacia el gigantesco aviso luminoso de un vino extranjero.
La colilla llegó al filtro de sabor químico. La tiró y fue hasta el lavabo rajado. El agua
salía tibia como siempre con espasmódicas bocanadas hirvientes. Entre el vapor, estudió
en el espejo, con minucioso desprecio, el rostro hinchado por la vigilia, la sombra de la
barba, el cabello que comenzaba a retroceder en la frente, la boca algo desfigurada por el
tic que apareció después de la tercera noche de picana. «Te gustaría dramatizar la cosa»,
dijo en voz alta a alguien, «como en un cuento empalagoso sobre el podrido exilio del ex­
seminarista, el silencio hostil de Dios, el Purgatorio y toda la mierda que sigue». Se acercó
a la cara empa­ñada, para ver mejor en los ojos que lo miraban. «Son lo último que se em­
putece», dijo todavía. Buscó en el fondo de los ojos y tampoco pudo entender nada esta
vez, que era la última. En la pieza 8 el paraguayo hizo correr el agua del inodoro.
Exilio 25

Exilio

En la casa situada en las afueras de una ciudad, el viento bate los árboles del parque. En el
dormitorio, un hombre en su segunda noche de viudez, los ojos fijos en el techo, intenta
dormirse y borrar la desacostumbrada soledad. Por la ventana abierta escucha, ya en el
entresueño, el murmullo poderoso del follaje.
Afuera, una hoja muerta asciende entre las ráfagas y vuela en torno a la casa sin luces.
El hombre se adormece, finalmente, vencido por el recuerdo. La hoja entra por la venta­
na y va a posarse sobre la almohada. Sin saberlo, el hombre sueña que no está solo. En la
almohada humedecida, la hoja muerta vela esa breve felicidad, esa impostura de la noche.

El ascensor

A Yenia Dumnova

Es sábado, anochece y el doctor Federico Elordi está solo en la casa. Por la mañana su
socio en el bufete, un contador, le ha dicho que el póquer habitual será esa noche en un
sitio distinto, posiblemente el apartamento de un norte­ame­ricano de la Embajada. Pero
todavía no sabe la dirección exacta: la secretaria tele­foneará a Elordi. Después han vuelto
a revisar juntos, con minuciosidad, los contratos de exportación que deberán seguir a la
firma del decreto. Casi todos los generales de la Junta ya han sido aplacados o conven­
cidos: sólo falta el más encum­brado, que es también el más dif ícil. Por eso vino Gómez
Ansaldo desde Roma.
Antes de salir, esa mañana, el contador ha guiñado un ojo cabalístico: que vaya pre­
cavido, porque el famoso embajador Gómez Ansaldo, invitado de honor al póquer, ha
dicho que estará encantado de ver a su viejo condiscípulo Elordi, después de tantos años.
Alicia, siempre callada y con el luto por la madre, se ha ido al chalet de Punta del Este,
a vigilar sus rosas obsesionantes. El almuerzo solitario, en la gran mesa del comedor, fue
estropeado por la prisa de la cocinera y el mucamo en aprovechar su día libre.
La secretaria aún no ha llamado. La casa vacía desasosiega a Elordi, que no soporta
quedarse sin interlocutores y obligado a monologar pensamientos impro­pios. Una siesta
mal dormida lo ha hecho despertar con frío, indeciso sobre la estra­tagema de la partida
26 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

de póquer, organizada en un lugar seguramente desa­gradable y con gente que no le inte­


resa ver.
Ese año el otoño en Montevideo es apacible. Elordi ha separado, en su cuarto de vestir,
un pantalón de franela, mocasines cómodos, un jersey de cuello alto y ha reservado para
la elección final una chaqueta de ante y un blazer azul. Como ama el orden, tiene alinea­
dos sobre el tocador, igual que cada día, los objetos confirmatorios: el encendedor Cartier
con sus iniciales en laca, la chequera de un banco norteamericano encuadernada en piel,
las llaves del bmw, la medalla de consejero de Estado, el lapicero de plata con el que firmó
en Washington un tratado, como canciller. Al final de la nítida hilera está el reloj: una del­
gada caja de platino con la malla florentina cincelada en oro. Sorprendido, advierte ahora
que el reloj se ha detenido (por primera vez) y marca las doce. Pero cuando quiere correr
las agujas no puede moverlas. Este otro arreglo también deberá esperar al lunes.
En el baño abre el grifo del agua caliente, dejando que el piyama se deslice a sus pies.
Examina en el espejo su cuerpo: el vientre enjuto, el sexo sombrío que ha llegado al pacto
entre los instintos y la serenidad de los sesenta, el cabello gris sin evidencias de calvicie.
Antes de entrar al agua muequea, ejercitando la dentadura intacta y la mirada alerta.
Más tarde, cuando está calmando con resoplidos y breves palmaditas la quema­dura
del agua de colonia en las mejillas pulidas por la afeitadora eléctrica, cree oír el teléfono
en la planta baja y va a atenderlo, anudándose la salida de baño.
El mucamo ha dejado casi toda la casa a oscuras. Elordi desciende guiándose por el
resplandor ambarino de una lámpara. El teléfono ha dejado de sonar. En la penumbra
todo le parece desconocido: las puertas entornadas que dan a las habitaciones silenciosas,
los espacios de los ventanales, el rellano de la escalera, el alfombrado claro y espeso. En
el fondo de la sala la lámpara ilumina la mesita con el teléfono mudo; desde la pantalla
sube una curva de luz hacia el Vicente Martín recién comprado. Elordi cree en la cuali­
dad milagrosa del dinero, que puede transfigurarse y emerger de la suciedad y la sordidez
(como un ser humano aflora en el parto desde la sangre, las mucosidades y la culpa) para
convertirse en belleza total, sin rastros de su origen. Con los pies desnudos en la tibieza
de la alfombra, vuelve a disfrutar el equilibrio inteligente de la pintura de Martín, los to­
nos supeditados a la hermosura que no inquieta, la discreta maestría de las figuras que
no revelan su secreto. Descubre, sin embargo, un nuevo efecto: la luz hace retroceder
los azules hacia la penumbra y los objetos inventados por Martín desaparecen, mientras
los púrpuras y los ocres cobran una rugosidad de empaste que antes no estaba y que los
transforma en coágulos de una materia indefinida y repugnante, casi orgánica. Más allá
de la mancha luminosa, el abismo en sombras de la pared devora la belleza del cuadro. El
teléfono suena, agudamente.
La mujer que habla no es la secretaria del bufete, aunque pide a Elordi que anote la
dirección prometida. Él escribe, extrañado, pero sigue pensando en la imagen de la pa­
red y en que lo sabido a medias es la forma más detestable de la inseguridad. La mujer
espacia las palabras y estira las vocales, como si las pro­nun­ciara sonriendo. Elordi sabe,
El ascensor 27

súbitamente, que esa desconocida lo odia como nadie lo ha hecho. Pregunta con quién
está hablando, cuál es el apellido del anfi­trión. No hay respuesta y sólo oye una respiración
pesada, que aguarda. Un ins­tante después la comunicación se corta del otro lado.
Elordi recorre la sala a grandes pasos, encendiendo todas las luces. El Martín, los de­
más cuadros, el ángel salmantino de piedra, lo rodean inmediatamente, de nuevo familia­
res. Oliendo en sus manos el agua de colonia alemana, va a la planta alta y se decide por
el blazer. Ya vestido, saca un pañuelo de la cómoda, pero el cajón abierto exhala otra vez
el aroma de María Isabel y, de pronto, parecen posibles otro viaje con ella a Nueva York,
otro invierno. Luego baja a la biblioteca y enciende sólo la lámpara del escritorio amplio.
Aparecen las estanterías abrumadas de libros, los diplomas numerosos en sus marcos
de caoba, las foto­graf ías de las Naciones Unidas y la oea. En una mesa baja, junto a las
bebi­das en sus botellones de cristal, los diarios y revistas extranjeras llegados esa semana
esperan el hojeo del domingo.
Elordi llena de scotch un pequeño vaso y lo bebe de un trago. Se sirve otro, esta vez
saboreando sin prisa el licor con gusto a humo y a maderas añejas, y deposita el vasito
en un estante. Allí aparta algunos libros y mueve el dial de un coffre–fort empotrado. La
puertecita verde se abre. Elordi cuenta cien billetes de mil dólares y añade otros urugua­
yos de alto valor, que son limpios y tersos, sin estrenar, con hermosas filigranas de colores
y una escena histórica dibujada por un maestro grabador de Londres, donde los gauchos
ostentan fisonomías rudas y honradas de irlandeses. Elordi mete el fajo en un sobre, lo
guarda en un bolsillo interior y paladea el resto del scotch, mirando otra vez su fotograf ía
preferida: Adlai Stevenson y Valerian Zorin escuchándolo interesados, los tres en el sector
de la letra u de la Asamblea General, mientras él, con una mano levantada y los anteojos
en la punta de la nariz, algo parecido a Anthony Eden, lee la declaración condenatoria
de Cuba («Los dos están muertos y yo no», piensa.) Ese año había nevado en Manhattan
inesperadamente temprano. Entonces fue con María Isabel a Sachs y cumplió la promesa
del abrigo de visón. Ella le propuso estrenarlo con un paseo por la nieve del Central Park,
como si todavía fuesen novios. Pero era 1962, estaba culminando la crisis de los cohetes
soviéticos y Stevenson había citado en su hotel a los delegados confiables más importan­
tes. Por la tarde, Elordi dejó a María Isabel en un teatro y postergaron el paseo de novios
para la Asamblea General del año siguiente, sin saber que ya sería tarde.
Ahora Elordi cierra el coffre–fort, repone los libros en su sitio y borra en el estante con
el pañuelo las marcas húmedas del vaso y de la nieve del Central Park.
Ha dejado el automóvil, porque el apartamento está en una calle cercana y puede ir a
pie. Apenas sale, comienza una llovizna impalpable. Elordi camina con las manos en los
bolsillos y la pipa apretada entre los dientes. Sus pies pisan las hojas del otoño y siente
en la cara los dedos levísimos del agua. El calor aromático de la mezcla holandesa le pasa
morosamente por la nariz. Elordi atisba por un momento una idea de una pureza absurda:
que la caminata bajo la llovizna va hacia un lugar donde lo espera alguien que lo ama; al
mismo tiempo piensa que la caminata durará siempre y que nadie está aguardándolo. Casi
28 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

enseguida encuentra el edificio. Una fachada de mosaicos blancos asciende en la noche


incipiente, pero entre el follaje callejero se divisan sólo ventanas apagadas y balcones de
línea imprecisa. Elordi entra al jardín y por las grandes vidrieras del vestíbulo examina las
paredes interiores de color púrpura, el piso de losas negras, dividido por finas líneas de
bronce, la soledad de las construcciones caras y modernas. No hay sillones ni plantas, sólo
las armoniosas proporciones del espacio vacío y un resplandor severo, difundido desde un
punto oculto por la sabiduría del arquitecto. En el rectángulo de mármol negro rodeado
de vidrieras que forma su vano, las puertas de cristal y acero se abren sin esfuerzo cuando
Elordi las empuja. En las paredes del vestíbulo no hay portero eléctrico ni otros aparatos:
las superficies purpúreas están interrumpidas únicamente por los paneles de acero inoxi­
dable de un único ascensor. En uno de los paneles está incrustado un pequeño disco de
luz vio­lácea. Elordi lo roza con un dedo y el circuito electrónico franquea el paso. Después
de entrar Elordi, los paneles vuelven a juntarse con un rumor de rodamientos invisibles.
Los lados (también de acero inoxidable), el piso de un material negro y flexible, la luz
indirecta y los círculos violáceos que indican los pisos en dos hileras horizontales sobre el
metal, hacen del ascensor un objeto insólito, sugieren otros usos. Elordi está vagamente
inti­midado, pero eso le pasa siempre ante la tecnología que no omite la belleza. Oprime el
cír­culo séptimo. La cabina está tan bien balanceada que el movimiento sólo se nota en la
ilumi­nación sucesiva de las cifras.
Elordi experimenta la vieja sensación predatoria, olvidado del otoño exterior, de María
Isabel muerta de un cáncer sin su paseo de novios, de la complacencia en debilidades ana­
crónicas. Desea hallarse de una vez en la mesa de juego, desea que llegue la medianoche.
A esa hora, convenida ya por los socios, habrá evocado con el embajador Gómez Ansaldo
la infancia y rescatado sus fragmentos compartidos: el aula olorosa a incienso en el colegio
de la Sagrada Familia, con el ruido de la lluvia sobre los techos y un Cristo de tamaño na­
tural, lívido entre hilos de sangre, que colgaba de clavos de verdad en la enorme cruz de la
pared; los profesores de rostros olvidados, que reaparecían a veces, como recuerdo odio­
so, en la ojeada a un aviso fúnebre, los alumnos Gómez y Elordi sorprendidos en un re­
trete, con las manos culpables, por el Hermano Antoine. Ese año, antes de los exámenes,
Elordi ya había verificado que el alumno Gómez era un muchachito triste, despreciado
por casi todos los condiscípulos, hijo de una familia arruinada de notables y que su gran
corbata de luto era por el padre, un político joven muerto en un duelo famoso. Y ahora,
avisado por las historias del contador, se dio cuenta también de que aquel niño con acné,
dedos sudorosos y olor a leche agria, cuya corbata negra se le acercaba mucho a consultar
su cuaderno, además de medio hermano del general dif ícil siempre había sido marica.
Los cien mil dólares están en su bolsillo y las apuestas del contador completarán el
precio; en realidad, poco, porque en el subdesarrollo todo se abarata. A medianoche el
niño marica, ya obeso y con el pelo teñido, estará sentado frente a Elordi y al contador;
los demás, viejos compañeros de juego y comprensivos colegas de negocios, habrán aban­
donado, apa­rentemente exce­didos por el pozo. Cuando las grandes fichas de nácar hayan
El ascensor 29

sido empu­jadas al centro de la carpeta, Elordi bajará sus cartas perdedoras y dirá una sola
palabra, como un ensalmo, el contador lo imitará tendiendo su pobre baza y el embajador,
con los dedos siempre sudorosos, expondrá su mano ganadora y recogerá con lentitud las
fichas. El decreto será firmado el lunes por el general.
De todas maneras, hay que esperar a la medianoche para que las caminatas por la nie­
ve o por la lluvia del otoño se conviertan al fin en tentativas ridículas; para que la seguri­
dad de la riqueza y el poder sea definitiva, para que no importe el desprecio de la hija sol­
terona y consagrada a sus rosas (que no le habla desde que él entró al Consejo de Estado).
Dentro del Lancia con placa diplomática estacionado bajo los pinos del Pincio, el chulito
romano recibirá su Rolex, con­suelo de la breve separación. Besando la mano de la esposa
del general dif ícil en el foyer del teatro Solís, Elordi comparará objetivamente, ya sin re­
cuerdos inúti­les, el nuevo tapado de piel que lleva la generala y el visón de Manhattan que
María Isabel nunca estrenó. Ahora, con la mirada fija en los círculos violáceos, imagina
esa purificación del dinero transmutado, pero como no quiere penar a solas, ensaya en voz
alta el ensalmo de la medianoche. «Paso.» Dice la palabra y los paneles de acero inoxidable
se abren, con su rumor bien lubricado, sobre una oscuridad absoluta.
Elordi se apresura a salir, para orientarse al resplandor de la cabina, pero a su espalda
el ascensor se cierra con un eco sordo, llevándose la luz. Ciego, Elordi explora la pared, la
superficie de las puertas sin disco de llamada y por último, empieza a golpear los paneles,
que retumban inexpugnables. Después se le ocurre que los ruidos de la reunión podrán
guiarlo y aguza el oído, pero no hay tintineo del hielo en los vasos, o conversaciones; ni si­
quiera algún sonido desde la calle o el reflejo de una ventana, o la línea luminosa en el um­
bral de una puerta. Por un instante Elordi cede a su desconcierto, inmóvil, con las manos
apoyadas en los paneles fríos que son su única referencia confiable. Rechazando un temor
que lo ha escalofriado fugazmente, saca el encendedor y da un paso adelante, al tiempo
que su pulgar va a producir la llama. En esa fracción del acto, una noción repentina e inve­
rosímil lo paraliza: su pie que avanza no encuentra el suelo, desciende en el vacío sin posi­
bilidad de detenerse, arrastra a la pierna y al cuerpo sorprendido sin apoyo. El encendedor
se le escapa de las manos y Elordi divide su voluntad en dos acciones reflejas y simultá­
neas: su cuerpo, que no quiere morir, realiza un esfuerzo salvaje y tira del pie con todos
sus músculos y nervios, las arterias del cuello a punto de estallar, y logra estabilizarse; su
mente, entrenada sólo para lo lógico, rechaza la idea absurda y desautoriza la evidencia de
los sentidos. En un fondo lejanísimo, allá abajo, oye el choque tenue del encendedor con­
tra una superficie dura y permanece rígido en la oscuridad, con los pies juntos, sin par­
padear. Gotas de sudor le resbalan por la espalda, con una frialdad diminuta. Las puertas
del ascensor son su único dato cierto, pero cuando tantea hacia atrás, ya no las encuentra.
Rechaza esa irracionalidad odiosa, porque el suelo sigue al menos bajo sus pies, innegable.
Tiene la cara y el pecho empapados por una transpiración que le sala los labios y le arde
en el roce del jersey, pero aguarda a que se calme un poco el pulso tumultuoso de la gar­
ganta y después se atreve a deslizar el pie derecho, primero hacia adelante sin levantarlo,
30 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

haciéndolo reptar en zigzag. Repite la operación hacia los costados y hacia atrás; el otro
pie cumple los mismos movimientos. Luego las manos giran metódicamente, explo­rando
el vacío. Elordi descansa entonces unos segundos, flexiona las piernas con lentitud y que­
da de rodillas. En esa posición va palpando el suelo, dete­nién­dose estremecido cada vez
que verifica inexplicables aristas irregulares donde termina el piso, cuyo material de poca
consistencia se le desgrana entre los dedos. Desviando el cuerpo en períodos de pacien­
cia infinita, se desliza sobre pies y manos, centímetro a centímetro y al fin su mejilla roza
una superficie fría y ya familiar: las puertas del ascensor están en su sitio, o han vuelto a
estarlo. Incorporándose, Elordi permanece de pie, el rostro y el vientre obstinadamente
adheridos al acero, los brazos extendidos indagando con cuidado la pared que debía cir­
cundar las puertas. Entonces, lo que por fin puede comprender le produce un relámpago
de horror y al mismo tiempo la aceptación, como en los sueños, de ese horror. Mientras
va cayendo otra vez de rodillas, Elordi se deja invadir por una conclusión atónita, a la vez
sublevante y justa, que no puede refutar pero tampoco lo quiere. Las paredes y el piso han
desaparecido; sólo permanecen los paneles del ascensor y la especie de cornisa donde él
se agazapa, terminada en un borde anfractuoso que da al abismo. El vacío sin límites y
la oscuridad rodean por todas partes ese islote incomprensible de materia, residuo de la
realidad aniquilada. La luz, el sonido, las evidencias de la vida han cesado, sustituidos por
su negación: el viejo terror elemental de las tinieblas y el silencio. Un olor fétido parece
venir del vacío impredecible, hasta que Elordi descubre que es su propio sudor. Fuerza la
parálisis de la lengua para oírse hablar al menos, pero no puede organizar ninguna idea.
Ordena trabajosamente a sus labios un nombre de mujer que le viene del pasado, pero
antes de llegar a formularlo lo olvida. En cambio, advierte que otra palabra va contra­
yéndole los músculos de la boca y se oye repetir «perdón», sin entender el significado de
los sonidos, que se transforman en un hipo ahogado por la saliva. Acurrucado contra la
puerta infranqueable, empapado, dormita sin medios para calcular el tiempo. Una de las
veces que despierta, huele una variante de la fetidez que lo envuelve. un vaho amoniacal
que no reconoce. Sólo al remover un pie en el zapato encharcado, advierte borrosamente
que está orinándose.
El industrial y abogado Federico Elordi, viudo, exministro de Relaciones Exte­riores,
consejero de Estado por designación directa de las Fuerzas Armadas, empieza a llorar en
silencio. Las lágrimas y los mocos le resbalan por las comi­suras y el mentón, mientras pal­
pa con manos temblorosas (y ya ajenas) su entre­pierna anegada y luego refriega los dedos
contra sus ojos ciegos, trasladando a los párpados ardientes y apretados —bajo los que se
suceden imágenes ocres y pur­púreas sin sentido— y al rostro desfigurado por el espanto
interminable, la elas­ticidad tibia de las mucosidades y la culpa, la humedad acre de la ori­
na, la certeza de una condena, la imposibilidad de apelarla.
Exilio 31

Exilio

El hombre rubio, que viste un pantalón de fino casimir blanco y una blanca camisa de
seda, está sentado en un amplio sillón. Lee un libro de Proust que tiene las tapas rojas y
mira a través de unas pequeñas gafas de oro que le cabalgan en el rostro muy pálido. El
resto de los muebles y la lámpara de pie, encendida pese a ser de mañana, son también
blancos. Cortinas blancas y totalmente cerradas ocultan el ventanal de celosías bajas. Una
ancha grieta que toma parte del techo, atraviesa la pared del ventanal y en algunos trechos
deja ver ladrillos y argamasa. Junto al sillón dormita un gran perro blanco, con largas lanas
sedosas que le tapan los ojos, mientras el hombre le acaricia distraídamente la cabeza.
El ambiente de la sala es apacible, pero desde la calle en ruinas del barrio cristiano llega
el incesante tronar de la artillería siria. De vez en cuando un obús estalla muy cerca y el
estruendo conmueve la casa y una lluvia de cal y fragmentos de ladrillo cae en las tablas
enceradas del piso.
El tiempo se detiene en el aire enclaustrado. Un reloj invisible da la hora en otra habi­
tación y las lentas campanadas son cubiertas por una explosión más prolongada y ensor­
decedora. El hombre levanta la mirada, cierra a Proust y se quita las gafas, que pliega y
deja junto al libro sobre una mesa árabe de bronce. Cuando se pone de pie, el perro des­
pierta y lo mira con amor, sin moverse.
El hombre abre un armario cuyos cristales tintinean con las explosiones y saca de allí
una caja de metal. Dentro hay una jeringa hipodérmica y una gran ampolla con un líqui­
do ambarino. El hombre carga la jeringa con movimientos precisos y calcula las dosis del
veneno. Después se arrodilla con ternura frente al perro, que está mirándolo a los ojos, y
le clava la aguja en el cuello. El animal se estira con lentitud y va dejando caer dulcemente
la cabeza entre las patas. El hombre vuelve a sentarse en el sillón, arremanga su camisa y
se inyecta en el antebrazo el resto de la jeringa. La fatigada mejilla reposa en el respaldo
blanco y familiar. Afuera, el cañoneo prosigue, invariable, pero ya no importa.
32 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

Snapshots

A Juan David

El auto reduce la marcha y se detiene junto a la acera de una callejuela de baldíos. Desde la
Uni­versidad nos llegan la música tropical y los ecos de las consignas comunistas, mezcla­
dos con vivas y aplausos. «Es la técnica de irlos emborra­chando de ruidos», explicaba Bill.
«Cuan­do llegan los discursos, ya están hipno­tizados y las orientaciones entran mejor.»
An­drade me toca el brazo despacito, como si yo fuera un convaleciente. Le acepto un ciga­
rrillo, me lo enciende y se pone a lidiar con su pipa. Lanzamos el primer humo hacia ade­
lante, juntos por última vez. Nunca más el café en su despacho lleno de libros. («¿Ha leído
a David Halberstam? Lléveselo.») El único uruguayo con despacho propio en la Embajada.
En la tarde de agosto, casi la noche, ha empezado a lloviznar. «El tiempo conviene»,
dice Andrade, pero no le contesto. El invierno de Montevideo empaña el parabrisas, pero
adentro se está bien. Como en Georgetown. Mi nuevo laconismo con Andrade, la despe­
dida de Bill en el porche de Carrasco (su puño y el mío con el pulgar en alto, everything
under control), los nueve tipos que dependerán de mis pasos, mi ropa todavía colgada en
el apartamento de Maud, Nico en la sede del Movimiento con la radio sintonizada en la
frecuencia policial, la salida ilegal por la frontera brasileña, son hechos solamente míos, la
única realidad. Ni siquiera mi padre, con todo su poder, es capaz de anularla; ni siquiera
Bill, que hace llorar a Nico, si se le ocurriera dar una contraorden. El molino de hechos
se ha puesto a girar y los acumulo como documentos de identidad. Algunos son además
certificados de nacimiento; prueban que Darío Méndez Muller vino por fin al mundo,
veintitrés años después de haber nacido. En todo caso, éste es recién mi segundo invierno
de verdad, contando el de Langley.

Antes de que apareciera Bill, a Darío no le gustaba el invierno. Cuando llegaban a Monte­
video los vientos y el frío de julio, se iba con su madre al Brasil, pero no a Copacabana o
Angras, sino a Petrópolis: las antiguas quintas portu­guesas, la neblina, el olor de los pinos,
los senderos boscosos cubiertos de hojas muertas. «Por algo el Emperador vino a vivir
aquí», se extasiaba ella, paseando del brazo de su hijo en los mediodías adormecidos bajo
el canto de pájaros extraños. En Petrópolis parecía más cierta la ascendencia de la seño­
ra, donde habría un Correia, venido con el general Lecor a la rendición de Montevideo.
Siempre la dejaba triste evocar la fugacidad de la Provincia Cisplatina y que no fuéramos
parte del Brasil, en vez de este país tan pobre y tan pequeño.
El padre nunca estaba para contradecirla; no iba con ellos en el viaje de invierno. Darío
lo recordaba ajeno, siempre alejado en el Ministerio o la clínica. A veces se encontraban
en la cena y hablaban, pero de otras personas, no de ellos mismos. Darío conocía mejor la
Snapshots 33

vida de su padre a través de los diarios: qué pensaba, qué había hecho o qué iba a hacer el
ministro, el cardiólogo famoso o el seguro candidato a consejero de Gobierno.
En Petrópolis, Darío y la madre se tomaban una tregua de esos personajes y de otros:
el amante de su secretaria, el padre que no miraba de frente al hacer una crítica, el médico
joven que fue a Salto para casarse con la hija fea de un estanciero millonario con apellido
alemán, pero dejó de dormir con ella para siempre, sin divorciarse, cuando quedó emba­
razada de Darío.
Durante esas ocho semanas de Petrópolis, el hijo suspendía la amortización de su deu­
da con el doctor Amílcar Méndez Ríos por el prestigio social, la casa en Punta del Este,
la cuenta bancaria y la motocicleta. Correspondía incluir, también, haberlo llevado a la
recepción del 4 de Julio en casa del Embajador, donde conoció a Andrade, que lo presentó
a Bill Forbes. Hasta ahí la deuda. Por todo lo que vino después, no.

La demora del cigarrillo no es por mi culpa: estos minutos se los ha tomado el joven del
pelo rubio que encanta a las putas finas. No confundir: lo mío es eso que el instructor
llamaba «tensión operativa», pero lo de él es miedo. La crispación del estómago que se
pasa a la entrepierna no tiene nada que ver conmigo. Es del otro, que está aterrorizado
porque no sabe qué va a pasarnos. Yo lo sé. Como en el ajedrez, muevo una pieza después
de haber imaginado todos los movimientos que vendrán; con mi jugada decido el juego
de los otros.
Quedan unas pitadas, pero aplasto el pucho en el cenicero, distraigo a Andrade con
una media sonrisa y salgo del auto. Él ha estado preparando instrucciones finales o alguna
de sus filosof ías para jóvenes que nacieron a los veintitrés años; no le doy tiempo y cierro
la puerta. Entonces tiene que inclinarse a través del asiento para asomarse a la ventanilla:
la sonrisa falsa y la dentadura falsa, demasiado perfectas; la ansiedad, no tan falsa. «¿Se
acuerda de todo, Darío?» «Me acuerdo de todo.»
Ya no llovizna. Con las solapas levantadas, camino hacia la Universidad. El viento del
invierno que recibo en la cara como un desaf ío, hace tiritar al rubio y lo despeina. Carlos
Puebla canta que la reforma agraria va. La mano indecisa, que anoche debió partir la boca
de Maud, tantea en el bolsillo del sobretodo hasta empuñar la pistola, su acero tibio.

El viaje a Washington y a la Zona del Canal de Panamá para él y Nico Nielsen, que an­
daban siempre juntos en la Facultad, fue idea de Bill. Él arregló todo y viajó unos días
antes, para recibirlos en Miami. La primera mañana, cuando Bill salió de su despacho en
la agencia, donde los habían entrevistado varios hombres y mujeres que hablaban espa­
ñol, fueron a ver los bosques de Langley en invierno. Esa vez Nico y Darío estrenaron sus
gorros de piel, iguales al de Bill. Hicieron la excursión muchas veces; bajaban del auto y
se internaban entre los abetos. Bill les mostraba sobre la nieve blanquísima la hilera de
34 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

pisadas de los ciervos, aunque nunca encontraron alguno. «Son ciervos de Inteligencia»,
explicaba Bill con un guiño y los hacía pararse en un lugar de la nieve donde diera el sol,
a foto­grafiarlos. «Unas instantáneas para no enviar a la familia», bromeaba. «Just a few
snapshots not as a souvenir.» Bill era una especie de maniático de la fotograf ía. En el auto
siempre tenía la Contax para blanco y negro, con tele­objetivo, y otra cámara tipo reflex,
con un costoso juego de filtros, para color. Antes de enfocarlos, siempre les acercaba al
rostro un fotómetro. «Cuidado, tiene mi­cró­fono», reía. Durante el viaje les tomó más de
un centenar de instantáneas, pero nunca les dio copias. «Para los archivos», decía. «Snap­
shots are for the files.» Fuera de Montevideo, Bill mezclaba su excelente español con el
inglés, diri­gién­dose casi siempre a Nico.
Los dos muchachos fueron huéspedes de la madre de Bill en su casa de Georgetown,
un barrio que no parecía estar en Washington, porque casi no se veían vecinos negros.
Después de la cena, la señora Forbes llevaba el café a la sala de chimenea siempre encen­
dida y ventanales empañados por el frío del verdadero invierno. Entonces Bill, que era
del Partido Demócrata, empezaba con sus histo­rias de John Fitzgerald Kennedy, amigo
desde los tiempos de colegio. «Querían casar­me con Rosemary, la hija tonta de la fami­
lia», contaba entre carcajadas, pal­meando la rodilla de Nico. El fuego de los troncos hacía
brillar el retrato del antepasado materno que vino en el Mayflower y fue acusador público
en Salem. En esas noches, Darío iba encontrando las respuestas. Tal vez la nostalgia de la
Provincia Cisplatina no era tan extravagante.
Luego de tres semanas viajaron con Bill a la Zona del Canal en un avión militar lleno
de soldados taciturnos, que leían revistas de historietas o dormitaban. Y en tierra, Bill
sonrió al ver que Darío había bajado con el pasaporte en la mano. «No hay que entrar
por ninguna aduana», le dijo. «Aquí no es Panamá. Todavía estamos en Estados Unidos.»
Pasaron allí otra semana. Por las mañanas iban a escuchar las charlas que daban ofi­
ciales y suboficiales en un español pasable. De tarde, asistían a alguna clase de los cursos
especiales, sentados al fondo del aula, o miraban los entrenamientos, entre el griterío obs­
ceno de los sargentos y los coros con que respondían los soldados novatos, sudando bajo
el sol vertical. Bill los llevó a ver cómo funcionaban las esclusas del Canal sobre el lado
del Pacífico; también a hacer algunas compras en territorio panameño, adonde se entraba
cruzando simplemente una calle. Pero Darío seguía pensando en la nieve de Langley.
Cuando volvieron a Montevideo abrumado de calor, la ciudad pareció a Darío mucho
más sucia y pequeña; encontró a su madre demasiado envuelta en sus ensoñaciones mo­
nárquicas. Echaba de menos el frío cristalino y los ciervos invisibles, la casa de George­
town y la risa contagiosa de Bill, que en Montevideo no reía casi nunca.
Al llegar julio, la señora Méndez Ríos viajó sola a Petrópolis. El Movimiento iba or­
ganizándose de a poco, sin propaganda y con muchas dificultades, porque Andrade era
riguroso en la selección de la gente (sólo podían entrar estudiantes) y parco en los gastos.
La sede, en la calle Tristán Narvaja, casi no tenía muebles, aparte de los largos bancos
para las reuniones y de los proyectores que Bill les había comprado en Panamá. «Para el
Snapshots 35

trabajo.» Las noches estaban ocupadas en la discusión de temas políticos y en la redacción


de un programa; a veces, en sesiones de audiovisuales o películas enviados por Andrade,
que mostraban la realidad oculta del mundo. Cuando aparecían lugares de Estados Uni­
dos, provocaban en Darío el punzante placer agridulce de lo ya vivido. «Allí estuvimos...»
Nico había sido nombrado secretario general, por su conocimiento del inglés y sus
cursos en Langley. Hablaba poco en las reuniones; más bien escuchaba a los otros y toma­
ba muchos apuntes. Una noche, durante una película sobre el comu­nismo en Cuba, Darío
lo miró en la penumbra y descubrió su rostro contraído por el odio y sus lágrimas, visibles
en el centelleo de la pantalla. Pensó si las res­pues­tas que Nico encontraba en Bill bastaban
a su vida; pensó que, en realidad, nunca había hablado con Nicolás Nielsen, sino apenas
con Nico, el estudiante de Ingeniería; que no sabía si Nico tenía preguntas. Cuando se en­
cendió la luz, los ojos de Nico estaban secos y el rostro afable, como siempre.
«¿Te acordás de los ciervos que no estaban?» preguntó otra vez a Nico. «¿Y si no es­
taban, cómo voy a acordarme?» contestó Nico, con tal genuina sorpresa que él renunció
a seguir explicando.
Trabajaban mucho, porque el Movimiento, según decidió Bill, debía estar organizado
antes de la conferencia económica que la oea había convocado en Punta del Este para
ese invierno. El mejor estímulo de Darío eran las tardes de los sábados en la casa de Bill,
en Carrasco; la morada de un norteamericano divorciado y sin hijos, que nunca hablaba
de su matrimonio, pero conservaba junto al retrato de su madre, el de su mujer. En esas
tardes no se mencionaban temas políticos y la voz de Bill era la de las caminatas por los
bosques de Langley y el fuego de la chimenea, como el de la señora Forbes.
El cuarto sábado Nico se demoró hasta la noche, pero vino por primera vez con su
hermana. Darío detuvo el disco de Jelly Roll Morton que acababa de poner, para ser pre­
sentado. Maud Nielsen estaba aún más hermosa que hacía tres años, cuando él la miraba
desde lejos en el casino de San Rafael. Eso era antes de encontrar a Nico y entonces ella
andaba siempre con norteamericanos. Él no había visto nunca una muchacha tan bella,
libre como un hombre, sin amigas a su alrededor.
Esa noche Maud se quedó mirándolo sin soltarle la mano y dijo algo inesperado, con la
voz pausada que él aun no había oído de cerca: «Nadie me había dicho que eras tan rubio».
Andrade rió, plácido, mientras ponía en marcha el piano de Jelly Roll. Bill levantó su vaso
en un brindis silencioso, que parecía al mismo tiempo un permiso. Las ventanas estaban
empañadas por el frío. Maud tenía los ojos grises del bisabuelo danés, armador de barcos
y pirata de naufragios costeros, que se había hecho dueño de las mejores tierras de Mal­
do­nado. Pero afuera estaba Carrasco, no Georgetown, y ella era sólo un poco mayor que
Darío y apenas más alta, pero sobre todo menos imposible que antes.

La explanada de la Universidad hormiguea de rostros idiotizados. El Paraninfo debe estar


repleto; el invitado principal ha entrado, según los que vieron su llegada, directamente
36 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

por la escalinata. No hay oratoria, todavía; los altavoces siguen aturdiendo con las guara­
chas de Puebla. Hacia Guayabos aparecen las filas de los coraceros y dos autobombas de
la Policía. Más allá de las torretas giratorias y de los caballos, está la casa con el portón de
hierro blanco, sin chapa ni letreros, igual a cualquier casa modesta del Cordón. Esa era mi
casa verdadera, más que la quinta del doctor Méndez Ríos en el Prado o el apartamento de
Maud en el Parque Rodó. Nico, en un cuarto del fondo, está solo; se ha quedado en la sede
del Movimiento para ir enterándose por la radio de todo lo que voy a hacer.
Aquí, rozado por las corrientes que se forman en la multitud inquieta, estoy tan solo
como él. Y en el auto que lo trajo de la conferencia de Punta del Este o en el estrado del
Paraninfo, el blanco siempre ha estado solo, aunque se rodee de partidarios y guarda­es­
paldas. Y desde que los automóviles enfilaron por la carretera hacia Montevideo, Nico y
yo somos sus únicos acompañantes verdaderos, porque sabemos el final y los demás no.

Una mañana de domingo Bill, Andrade, Nico y Darío eran las únicas personas en la
Embajada silenciosa, aparte de una telefonista y los marines de la planta baja.
El haz luminoso que atravesaba el despacho de Bill, reflejaba en la pantalla y a veces
en su camisa o en el brazo con un puntero, barbas que masticaban un habano, sonrisas y,
de pronto, el rostro de un negro muy serio con un sombrero anticuado. «Es capitán, pero
le hace de chofer», dijo Bill. El puntero tocó el ala del sombrero. «Lo compró en Nueva
York hace años y nunca se lo quita.» Después desfilaron otras caras y ampliaciones de los
guarda­espaldas, que mostraban el bulto de las armas bajo la ropa civil. «Es fácil seguirles
los movimientos; ninguno usa canana y llevan la pistola metida en la cintura.» Finalmen­
te, Bill apagó el proyector y entreabrió las cortinas venecianas sobre la calle Paraguay. El
sol anémico entró en franjas horizontales. En la penumbra, el piso de madera olía a recién
encerado y en el aire flotaba el aroma extranjero de la pipa. Andrade habló desde el humo,
sin dirigirse a nadie en particular: «Un hombre nunca será dueño total de su propia vida,
mientras no sea dueño de la vida de otros hombres». La frase incongruente, en realidad
volvía atrás, retomando la primera conversación de los cuatro que no se había cerrado.
Andrade la dijo y pareció simplemente la continuación de un diálogo y una conclusión
razonable. El silencio, con el olor del piso, era como el de los despachos de la Agencia en
Langley.
Entonces Darío salió de ese recuerdo repentino y vio a los otros serios, observándolo
con una confianza nueva, que lo dejaba aparte y por encima de ellos. Bill era el jefe y fue el
primero en hablar. «¿Sabe, Darío, quién va a hacer esto?» La pipa ponía el aire azul entre
los cuatro. «Usted», dijo Bill. «Vos», dijo Nicolás Nielsen, mirándolo a los ojos. «Vos», dijo
Maud, a horcajadas en Darío, oprimiéndolo con sus piernas perfectas y echada hacia atrás
sobre los brazos, sin abandonar el movimiento del placer. «Vos, mi único amor.» «Sí», dijo
Darío a Maud, atrayéndola hacia él y hundiendo la boca en sus senos, exhausto pero ma­
ravillado por las respuestas de su nueva realidad.
Snapshots 37

Frente al Paraninfo todos están en grupos; caminar solo da la sensación de una libertad
que no comparto con nadie, ni siquiera con Nico. La multitud que va espesándose no es
todavía la masa que se escucha, como define Bill, en burla a los actos de la izquierda. Los
comercios están bajando sus cortinas metálicas y por 18 de Julio el tránsito circula ya con
dificultad, sorteando a la gente que ocupa la calzada. Unos vendedores de escarapelas
me ponen por delante sus traperíos; una muchachuela envuelta en una bufanda roja me
muestra una libreta de bonos y grita algo cuando estamos pasando debajo de un altavoz,
mientras arranca un bono y me lo deja en la mano. Con una reacción mecánica, le doy
un billete y sigo caminando. En el bolsillo de la pistola, el bono se convierte en un papel
arrugado.
El alumbrado público empieza a encenderse y los rostros toman la luz artificial de un
escenario. Desde el Paraninfo, un entusiasta termina a los gritos la presentación del ora­
dor y estallan los aplausos. La gente de la explanada también aplaude, pero va callándose
en medio de chistidos, al elevarse la voz juvenil que conozco por las casetes. Habla lenta­
mente pero con determinación, estirando las vocales al final de las palabras. («Observe:
ya pronuncia como si fuera cubano.»)
Ahora la gente está en silencio, escuchándose. Apartado en medio de la calzada, donde
ya no pasan vehículos, siento frío y dejo de prestar atención. («No lo oiga, usted no estará
allí para eso.») Espero solamente que se calle la voz del Paraninfo. Entonces lo veré por
primera vez en persona. Alguien dice a mi lado: «También se puede matar a una fotogra­
f ía» y soy yo quien lo ha dicho, en voz alta. Pero las fotograf ías no hablan, ni traicionan.
Maud es la fotograf ía de una hermosa mujer con el cabello en desorden, arrodillada sobre
la alfombra. Yo soy apenas una snapshot guardada en los archivos de Bill. «¿Una fotograf ía
debe matar a otra fotograf ía?», pregunto a un viejo que tengo delante. El viejo se da vuelta
y me mira con ojos sin expresión. «No con calibre 22», le aclaro.

La estancia en Valle Edén era de un brasileño amigo de Bill, que venía pocas veces al
Uruguay. Llegábamos en grupos de cuatro o cinco en el Volkswagen de Nico, con las es­
copetas 22 y el equipo de acampar. Un viejo encargado nos daba las llaves de las porteras
y seguíamos hacia el monte. Las pistolas venían con sus peines de repuesto en un bolso
de herramientas. No sé dónde Nico había conseguido las siluetas de papel que fijábamos
en los árboles, como blanco. Las prácticas eran muy temprano o al caer la tarde, cuando
los disparos podían ser contra los carpinchos del arroyo o las perdices. Un mediodía fui
hasta la estancia para hablar por teléfono. Después el viejo me acompañó hasta el auto y
me ayudó a acomodar el medio cordero que había limpiado para nosotros. Mientras yo
encendía el motor, se acercó a la ventanilla, mirándome con ojos sin expresión. «¿Con qué
arma están tirándole al bicherío?»
«Elegir entre una fotograf ía y un hombre», digo todavía dando al viejo de la explanada,
inútilmente, su última oportunidad. Estoy resfriándome, con este plantón al viento crudo
38 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

de agosto; quizás tenga un poco de fiebre. Si las fotograf ías fueron suficientes, si hubo bas­
tantes momentos para pensar a solas, sin Andrade y sin Bill y sin Nico, si las noches alcan­
zaron para entender a Maud, entonces podré armar el rompecabezas y elegir. El hombre
de la boina negra con la estrella de comandante es otra snapshot de Bill; nunca le estreché
la mano, nunca lo toqué al pasar, como hago con este señor. Para odiarlo o amarlo, o para
indultarlo, tendría que haber visto achicarse los ojos rasgados, tratando en vano de reco­
nocerme, cuando me acerque y ya pueda ser tarde.

El blanco sonreía en una tribuna, con el brazo izquierdo en alto y el puño cerrado. Se adi­
vinaban los aplausos, los coros de consignas. El puntero se detuvo bajo el brazo y marcó
un costado del bolsillo con lápices y dos habanos. «Esta es una de las zonas vitales», dijo
Bill. Y añadió, con una sonrisa: «No vaya a estropear los cigarros.»

El Gordo y sus perros (como los llama Andrade) circulan por la explanada: son nueve en
total y dos están adentro. Todos llevan sus identificaciones oficiales y sus armas de regla­
mento, aunque el imbécil que figura como jefe de Policía no sabe nada y seguirá sin saber­
lo. Los perros se han puesto en la solapa un botoncito blanco, para que los reconozca. «De
todos modos», me dijo Nico, «ellos van a estar mirándote, sin que los busques.»
El Gordo tiene siempre olor a pies y la barba como un rastrojo sucio. ¿Y qué pasa si
después no voy hasta el Chevrolet con matrículas falsas y el motor en marcha, estacio­
nado en Lavalleja y Acevedo? En el volante, el Gordo se pondrá a sudar como un bicho,
inundará el auto con su mal olor, se arrancará puteando el botoncito, perderá por fin la
impavidez profesional. Y mejor si paso lentamente, mirándolo sin reconocerlo y no entro
al auto, rompiéndoles el plan y desacomodándoles la vida. Yo, siguiendo de largo, nadie
sabe hacia dónde; detrás, el alboroto de los cordones policiales inútiles y el Gordo, a los
gritos por la radio, tratando de explicar lo inexplicable; Andrade, atónito, pensando que
me conocía bien, pero resulta que no; que podía manejarme, pero resulta que tampoco;
que yo no era capaz de traicionar, pero resulta que sí.
Debo estar sonriendo, porque un tipo insignificante, con el botoncito en la solapa, me
dirige una mirada de complicidad. Voy a mandarlo a la mierda, cuando la voz del Paranin­
fo arranca una explosión final de aplausos y gritos, adentro y afuera. Las pancartas y las
banderas se agitan en la explanada. Viene ahora un himno que habla de correr al combate,
pero no sé si es el himno cubano. La gente, entre la barahúnda, empieza a desplazarse ha­
cia Acevedo, porque el blanco saldrá por la puerta lateral que comunica con el Paraninfo.
He llegado antes y estoy enfrente. Cuando los dos grandes automóviles diplomáticos apa­
recen lentamente desde 18, cruzo al medio de la calle, por donde pasarán para recoger al
blanco. La pistola está sin seguro.
La multitud de la explanada se agolpa frente a la puerta, que por fin se abre. La excla­
mación colectiva y los relámpagos de los flashes avisan que el blanco ha aparecido. Tengo
Snapshots 39

que decidir: aproximarme entre el gentío o conservar la posición. Me quedaré; verlo de


cerca es sólo un capricho personal.
Hombres que saben manejar la situación despejan en la acera un corredor de espaldas;
por allí cruza la boina con la estrella de oro en medio de un grupo con manos en alto que
saludan. La gente corea la sílaba del nombre. Un reflector se enciende para iluminar la
despedida y los portazos clausuran la escena. Los automóviles empiezan a moverse, sin
que las motocicletas de escolta hayan llegado. Corro en diagonal y salgo al encuentro de la
comitiva. El anticuado sombrero de Nueva York conduce el segundo coche; la boina con
la estrella viene a su lado, pero los reflejos en el parabrisas la ocultan a cada momento. La
calle se ha ido llenando de gente que corre junto a los automóviles y no puedo detenerme
para tomar distancia de tiro. El primer coche abre camino, haciendo sonar su claxon. Los
faros convierten a la muchedumbre en imágenes blancas y negras: la blancura de las caras,
los agujeros negros de las bocas, las siluetas de todos, que vuelven a ser sombras cuando
las luces han pasado. El claxon continuo me traspasa la cabeza; el segundo coche ya está
sobre mí, retratándome con sus faros y yo tengo la pistola empuñada con las dos manos,
pero apoyo una sobre el guardabarros con la bandera de Cuba, para ver por fin la cara del
blanco. No podré; él está vuelto hacia atrás, hablando a los otros. Es el límite del plazo
para obtener el último documento de identidad. Todo se detiene una fracción de tiempo
ante un obtu­rador abierto y yo integro esa fotograf ía nítida y acusadora. No quiero ser
una fotograf ía. Los disparos tienen un sonido nuevo, pero los retrocesos van conmovién­
dome la mano como en Valle Edén. Un gran alarido sale de las sombras que corren y un
puñetazo, como una estrella que se abriera, me estalla en la frente. Después el pánico de
todos me arrastra lejos de los automóviles lanzados a toda velocidad y me arroja contra
la pared. Caigo de rodillas; cuando me levanto, la pistola caliente está en el bolsillo. Nadie
repara ya en mí y tengo tiempo de ver todo: el cuerpo de un hombre, con el abrigo man­
chado por la sangre que le mana de la boca, es cargado como un pelele por un policía y
varios muchachos, mientras una mujer los sigue, llorando a gritos. Durante un momento
me aplasto contra una puerta y todos pasan a la carrera. Después yo mismo corro y siento
la fiebre, la sangre y el terror del otro.
Más adelante, los ruidos, las sirenas y el llanto de la mujer se han borrado. Los grupos
van disgregándose, en silencio. Vuelvo a caminar, desapercibido. El Chevrolet está en su
sitio y el Gordo ha encendido los faros. Paso sin mirar y con un solo movimiento saco la
pistola y la arrojo por la ventanilla abierta. Después sigo hacia el Sur.
A veces los tobillos me fallan, a veces la cabeza se me cae sobre el pecho. Llevo las ma­
nos en los bolsillos del sobretodo y con la derecha palpo el bono de la muchacha de la bu­
fanda roja, como un salvoconducto inútil. Cuando el rubio intenta que nos detengamos,
yo me resisto apretando los puños. No sé por dónde vamos hasta que doblo la esquina de
una avenida y veo el Parque Rodó. Me acuerdo de Nico, parado en el portón blanco y es­
perándome para que lo recoja, pero no regresaré nunca más a esa casa. Yo no tengo casa.
Atravieso el ensanche donde termina Gonzalo Ramírez y comienzo a subir la cuesta
curva de Javier de Viana. Después me paro bajo un árbol, mirando hacia la ventana ilumi­
40 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

nada del tercer piso, enfrente. Tengo que subir, lo he prometido anoche, para que todas
las cuentas queden cerradas. Y tal vez sea la herida de la frente que sigue sangrando, tal
vez la risa de Andrade en coro con la de Maud, pero el miedo que hace temblar al rubio
me clava donde estoy.
«¿Se acuerda de todo, Darío?» «Me acuerdo de todo.» La misma luz ámbar se filtraba
anoche por la ventana del tercer piso y el ascensor estaba descompuesto o mal cerrado,
cuando volví de la reunión en la sede, que seguía, para recoger una carpeta. De todo, An­
drade: de la escalera subida a oscuras, del llavero revisado a tientas, de la llave que giró
silenciosa para no despertar a Maud. De todo, Andrade, dueño de la vida de otros hom­
bres: del aroma del tabaco de pipa extranjero que vino a mi encuentro; del único paso que
di en la sombra de la puerta, para ver a Maud sobre la alfombra con su ropa en desorden,
la mano de alguien guiándole la cabeza entre las rodillas de alguien. Y de la risa inconte­
nible de Maud, a veces ahogada. El humo azul salía ya por la puerta, que cerré sin ruido,
yéndome.
El árbol es real y me sostiene. No cruzo la calle. En mi bolsillo, el salvo­conducto prue­
ba quién soy y qué puedo hacer con la vida de otros hombres. Pero ese papel arrugado es
todo lo que tengo y el miedo se transforma en terror de subir al tercer piso, donde estoy
muerto desde anoche. Maud es también una de las snapshots que Bill no devuelve. Yo,
otra instan­tánea y el puntero señala mis zonas vitales. En el archivo de las snapshots sólo
puede entrar Andrade.
Empiezo a bajar hacia el Parque. el rubio ya no tirita y le paso la mano por el cabello
despeinado que admiran las putas finas.
Una pareja caminaba abrazada por la orilla del lago. «Mirá ese tipo», dijo la mujer, de­
teniéndose a unos pasos de Darío, que estaba boca abajo, apoyado en las manos y con la
cabeza casi metida en el agua helada. Comenzó a llover, sin que él pareciera darse cuenta.
«Está vivo, ¿no?», dijo la mujer. «Sí», dijo el hombre, «pero no mires ahora, ni pises por
ahí. Se ha vomitado encima toda la inmundicia que tenía en las tripas.»
Texto distribuido mundialmente con una telefoto de la Associated Press, en agosto de
1961:

«(mon–1) Montevideo, aug. 18 (ap) Un particular y un policía con­ducen hacia un


automóvil el cuerpo de Arbelio Ramírez, muerto por una bala en el cuello durante un
desorden originado en la Universidad de Montevideo, inme­dia­ta­mente después de un
discurso pronunciado por el ministro de Indus­trias de Cuba, Ernesto «Che» Guevara.
(ap) sochs».
Asistencia a la asociación para delinquir 41

Asistencia a la asociación para delinquir

Lo declarado a continuación es la verdad de los hechos. El requerido cuyo nombre cono­


cido por mí es Revelli, me llamó al Banco por la tarde, ese día que ustedes dicen. Fui al
teléfono bien seguro de que el jefe me controlaba desde su escritorio. Me tiene marcado;
cuando salga, esta averiguación va a perjudicar mi foja, pero han sido las circunstancias,
que a uno lo van arrastrando, sin darse cuenta. Son las ideas de la juventud y uno no pien­
sa que ya es grande. Mi esposa es contraria a todo esto; ella no tiene nada que ver. Con dos
años de matrimonio, todavía no entiende que se puede tener ideas y ser al mismo tiempo
una persona responsable. Yo pongo cada cosa en su lugar: la política es la política y la fa­
milia es la familia. Le decía, cada vez: «¿No llevamos una vida como todo el mundo? ¿No
tenemos todo lo que nos hace falta, hasta el auto?», No recuerdo la hora, no. Fue como a
los quince minutos de abrir el banco. Estuve seco, por el jefe, pero además porque es mi
estilo con esta gente. Me han dicho que el jefe va apuntando cada llamada y hace una es­
tadística para la gerencia de Personal, empleado por empleado. Habría que preguntarle,
sí. La pachorra de Revelli me sacaba de quicio. Siempre sin apuro, como si el tiempo fuera
de él solo. Ya se sabe (bueno, a ustedes no voy a decirles) cómo están los teléfonos, pero
por más que se lo repetía, todo le resbalaba. «Al fin y al cabo, Chaná, sos un dirigente
gremial, un delegado de la Asociación en la Mesa de la cnt», me contestó un día, no sé si
en broma, mientras caminábamos por la playa del Cerro, donde está la casita. «Hay que
jugársela un poco.» Yo era Chaná, sí. Eso fue a fines de octubre, cuando cayó la casita. No
recuerdo el día, no, pero había mucho viento. Si lo pienso bien, no entiendo a este tipo.
Mejor dicho, créanme, no los entiendo a ninguno de ellos. Andan a cara limpia, citan en
cualquier café, se demoran una barbaridad en el teléfono, funcionan como si fueran gente
igual a nosotros. Nunca cuentan nada de ellos mismos sobre lo que piensan. No las ideas,
sino lo que realmente piensan hacer. Por eso les vengo diciendo a ustedes que yo no sé
nada de planes, ni de operaciones. A mí no me lo contaban, por lo menos. Este, ni sé si­
quiera si se llama de verdad Revelli; firmaba con un garabato los recibos de los libros que
vende. A veces lo veía venir por Rincón, con su valija y los pies planos (sí, creo que tiene
pies planos) y pensaba que yo debía estar loco para confiar en ese tipo. Y después me decía
que en quién, si no. Pero ni una discusión política seria, ni un planteo, ni una opinión. Al
principio le tiraba de la lengua, claro que sí. «Viejo, hoy el Partido les dio con un hacha,
en el editorial sobre las dos vías.» Se quedaba mirándome, masticando las pastillas de
menta que no se le caen de la boca. No sé la marca, no. Y él, como siempre: «Comparti­
mentación, Chaná. Más acción y menos polémica. Releéte las Treinta Preguntas.» Sí, yo
era Chaná, ya les dije. No sé quién me lo puso. «Son unos inconscientes, nada les importa
nada», decía mi mujer. «No tienen familia establecida, ni obligaciones de seres normales,
ni piensan en el futuro de sus hijos.» Yo le contestaba, aunque no estaba muy seguro, que
en el futuro sí, pero ella nunca se ha metido en esto y creo que tiene razón, desde su pun­
42 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

to de vista, porque está influida por la hermana. «Te usan», me dijo una noche. «¿Cuándo
vas a darte cuenta de que te usan, de que no les importás como ser humano, porque para
ellos sos un burgués? ¿Cuándo vas a darte cuenta de que no tenemos nada que ver con
esos disparates de cambiar lo que ya está bien, no digo que sea perfecto, pero éste no es el
modo? ¿No has visto cómo los matan todos los días?» Sí, la conversación por teléfono, ya,
ya. «¿Qué querés?», le dije. «¿Viniste con el auto?» «Claro. ¿Qué se te frunce, ahora?»
«¿Siempre el Fiat blanco?» «¿Y cuál va a ser? Mirá, tengo gente esperando en la ventani­
lla.» «¿Compraste algún libro nuevo?» «Sí», le dije, y vigilaba al jefe en el reflejo de un
vidrio. «Ahora disculpame, pero tengo que cortar.» «¿Leíste lo de ayer en la sucursal de tu
banco?» «Sí. Tengo unos libros nuevos. Así que este mes no vengas.» «¿A qué hora salís?»
«Son unos cuantos. Entre seis y siete. Pero no cuentes con esos, porque son prestados.
Bueno, te dejo.» «Esperá, esperá un poco. A las ocho, entonces, que ya es de noche. Pará
el auto en Canelones y Requena. Hay que levantar a uno.» «Ni soñés. No voy a comprar
un libro más. A mí no me usan, ni vos ni nadie, ¿sabés? Te importa un carajo mi situa­
ción.» «Chaná...» (sí, lo dijo por teléfono). «Chaná te importa dos carajos.» (Sí, yo tam­
bién, pero fue la furia.) «Lo levantás ahí y lo llevás a otro lado, cerca, que él te va a decir.
Quince minutos apenas y las ocho es una hora piola.» «No sé, no te prometo nada.» Fui,
ustedes saben. Esa noche tenía que encontrarme con mi mujer, mi cuñada y el marido,
para cenar en Morini y después ir a la Comedia Nacional. Él ya había sacado las entradas
o las consigue en el Ministerio, no sé. ¿Se acuerdan de cómo llovía esa noche? Estacioné
el auto sin luces y me pareció mejor parar el limpiaparabrisas. Así no veía lo que pasaba
afuera, para sentirme más seguro y el auto parecía sin gente. A las ocho y media no había
aparecido nadie y yo iba por el cuarto Republicana. Los cigarrillos negros me dan acidez,
pero mala suerte, son mi único vicio. «Costumbre por haber nacido en La Teja», me carga
el marido de mi cuñada. Cuando no anda de uniforme se pone chistoso, al menos en fa­
milia. A las nueve menos cuarto el auto estaba lleno de humo, pero no bajé la ventanilla.
Revelli me había dicho que ustedes se fijan más en los coches estacionados sin luces y con
los vidrios bajos. Me puse un Republicana apagado en la boca, dejé la cajilla fuera del al­
cance de la mano y entonces dieron los golpecitos de siempre en el techo... Dos–dos–
tres–uno. Y le abrí la puerta. Identificarlo, sí. Flaco, como de veintiuno o veintidós años,
rubio, gorra de visera a cuadros, sin abrigo, con una campera de cuero empapada. De
clase media pobre, como un estudiante de la Universidad del Trabajo. Al principio no lo
miré bien, por el arranque y los cambios; lo único que quería era irme de una vez. Se sen­
tó contra la puerta. El auto se llenó de un olor a ropa mojada y a sudor. «¿Adónde?», le
dije. «Vengo de parte del de los libros, que tiene con usted el crédito doscientos ochenta
y dos raya setenta. «Sí. ¿Adónde?» «A la Rambla, frente al club de golf. ¿Podrá?» Tenía
una voz débil, medio ronca, como si fuera asmático o estuviera muy cansado. O las dos
cosas, tiene razón el señor. Tomé por bulevar España manejando despacio, porque la llu­
via nublaba el parabrisas y se oía el agua de la calle inundada resonando en la chapa del
piso. Me imaginé que el agua podía mojar los frenos o las bujías. Tenía miedo, claro, de
Asistencia a la asociación para delinquir 43

que hubiera que llamar al auxilio del Automóvil Club, en mi situación. Dicen que ustedes
controlan todas esas llamadas. Al muchacho nunca lo había visto, no señor. No me dijo si
había estado en lo de la agencia. Puede haber sido el efecto de la luz verde del tablero, pero
me pareció enfermo. Tenía una cara chupada, lampiña. El agua le chorreaba por el pelo
muy largo. Lunares, no me fijé. Olía cada vez peor, pero cuando quise abrir un poco la
ventanilla de su lado, me tocó con la mano húmeda, para que no. «¿Tiene miedo?», le dije.
«No, un poco de frío.» «¿Comiste?» «Esta mañana. Café con leche, pero tuve que irme del
bar antes de terminarlo, porque pusieron el informativo de la radio.» «¿Dónde dormiste
anoche?» «Por ahí, en los trolebuses.» «¿Querés un cigarrillo? Son negros.» «Bueno.»
Agarró la cajilla y sacó uno, pero mojó casi todos los demás. Encendí el mío y al darle fue­
go, vi por primera vez que llevaba en las rodillas un bulto envuelto en diarios. Sí, a eso voy.
Por los agujeros del papel mojado vi la lona de una de esas bolsas que usamos para el di­
nero. Claro, las manejo en cada arqueo. El nombre del Banco no se veía, al menos de mi
lado. «¿Por qué no lo ponés detrás, en el piso?», le dije. Me miró sin hablar. Tenía unos
ojos que no parecían de la cara, grandes, de pestañas espesas. No, no pude verles el color.
Eran lo único que mostraba vida en ese muchacho. Todo lo demás, el cuerpo, los brazos,
las piernas, iba tirado en el asiento de cualquier manera. No sé, de mi altura, más o menos,
uno setenta y cinco. Daba la impresión de un maniquí, no puedo explicarlo bien. Un ma­
niquí raro, un muñeco como muerto y al mismo tiempo lleno de rabia. Pero los ojos no
tenían nada de rabia; estaban como perdidos de amor o algo y, cada vez que pasábamos
por un foco de bulevar Artigas, le brillaban en la cara medio escondida por el cuello de la
campera. No sé bien el color de la campera. Negra, o marrón. No me contestó, ni soltó el
paquete. Le cruzó las manos encima, simplemente y se encogió más en el asiento, fuman­
do. Se me ocurrió preguntarle si había sido grande el lío del achaque, por el muerto de
ellos. «No sé, yo sólo tengo que entregar esto y el fierro.» Cuando oí el ruido, primero creí
que estaba llorando y le eché un vistazo de reojo, pero a lo mejor era la lluvia en las pes­
tañas. Después lo miré sin disimulo y qué iba a ser llanto; se estaba riendo sin mover los
labios y sin quitar el cigarrillo de la boca, riéndose para adentro. Lo raro, saben, fue que
no me sentí ofendido. Mejor dicho, me di cuenta de que la risa no era conmigo, ni contra
nadie, no sé si me explico. Le salía despacio por la nariz, con el humo, como si estuviera
fumándose al mismo tiempo los pensamientos y un amor general. Amor, dije. Era algo
bueno. Por lo menos ahí, manejando entre la lluvia y sin saber que ustedes ya venían de­
trás, esa risa me hacía bien. Esto no lo ponga, pero se me ocurrió, de pronto, que uno
podía realmente, sin dar razones, sin hablar, ir queriendo a todo el mundo para cuando
esto terminara, hasta a ustedes, a condición de que todo estuviera hecho. Esa parte duró
un momento. Empecé a decir algo, pero al entrar en la Rambla se me cruzó un camión y
creo que eran las Fuerzas Conjuntas. De todas maneras, cuando lo miré otra vez había
cerrado los ojos y hasta pienso, ahora, f íjense, que lo de la risa pudo ser imaginación mía.
Él estaba contra la puerta, oliendo a perro mojado y con su envoltorio roñoso, lo único
que tenía en la vida y ni siquiera era suyo, ni siquiera le servía para tomar un café con le­
44 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

che hasta terminarlo. Esperen, carajo. Casi en seguida me avisó: «Es aquí» y arrimé el auto
a la vereda. No, frente a los taludes del club de golf. Le alcancé los Republicana que me
quedaban. «Llevátelos.» Me miró con aquellos ojos más viejos que él, capaces de mirar el
futuro. Ya les dije que el color, no, ¿o son sordos? «No vale la pena, no tengo fósforos»,
dijo. Entonces saqué el Ronson de oro que mi mujer me regaló en el primer aniversario y
se lo alargué con los Republicana. «Tomá todo», le dije. «Compañero», le dije después y él
sólo tomó los cigarrillos. Me pareció oírle «gracias», mientras se iba en la lluvia. No me
acuerdo de la hora exacta, ni si siguió por la Rambla. Ustedes, que estaban llegando, ¿no
se fijaron? (No entiendo por qué no me detu­vieron allí, en vez de hacer toda esa película
en el hall del teatro, dicho sea de paso.) Volví al Centro por la Rambla y todavía estaba a
tiempo para llegar a la Comedia. Sentía una ganas de fumar como nunca o de hacer algo
y puse la radio, porque no tenía cigarrillos ni nada, ni nada. Dije en voz alta: «País de
mierda, milicos de mierda». Claro que por ustedes, milicos de mierda. A la altura de Ejido,
mientras manejaba, fui abriendo las ventanillas, porque había dejado de llover y quería
que se fuese el olor antes de que subieran mi mujer, mi cuñada y el mierda del marido, que
es como ustedes.
Ahora firmaré, sí, grandísimos hijos de puta.

Exilio

A Dinorah y el Negro

El niño tiene seis años y ha pasado la mayor parte de su vida en una ciudad escandinava,
traído por sus padres desde un país que, para él, era todo el mundo conocido y hoy es
apenas un indeciso recuerdo.
Todas las mañanas, la madre camina con el niño hasta la escuela del nuevo idioma.
Cuando va a recogerlo de tarde y vuelven a la casa, encuentran al padre. Él ha terminado
su trabajo, pero empiezan entonces, para la pareja, las tareas del destierro político: las
publica­ciones, los volantes, los carteles, las reuniones con otros exiliados. El niño asiste
a todas o va con ambos por las noches, absorto en descubrir los rostros y los nombres de
los presos políticos, sólo vistos en carteles de denuncia.
Una noche oye a los padres en una conversación distinta: ella debe comenzar un em­
pleo y el horario le impedirá llevar el niño a la escuela; el padre tampoco puede hacerlo.
Los ejércitos inciertos 45

El niño interviene: irá solo. Cuando los padres dudan, deposita ante ellos el argumento
de un rostro y un nombre que el país le ha transmitido como una de las claves del des­
tierro: saber ir, porque la escuela, aunque haya que doblar por tres calles, está enfrente al
décimo cartel que pide la libertad de Raúl Sendic, a contar desde la casa. Y gana.
Cada madrugada, el padre repone los carteles rotos en el itinerario del nuevo Pulgar­
cito. Desde la cárcel, Sendic lleva todos los días un niño a la escuela.

Los ejércitos inciertos

A Mónica Ertl

La muchacha rubia puso el importe en el teléfono londinense, esperó el sonido y marcó


un número internacional que había aprendido de memoria. Cuando le contestaron dijo
solamente el número de su falso pasaporte belga, escuchó un instante la voz desconocida
diciendo una contraseña y agregó: «El lunes de mañana, a las diez». Después colgó el telé­
fono y se quedó mirando a los niños que se revolcaban gozosos en el césped de Hyde Park.
Una mujer gorda con una capelina blanca enmarcándole el rostro iracundo tambo­rileó en
la puerta de la cabina roja, pero la muchacha siguió mirando a los niños, o tal vez al sol
pálido sobre el césped muy verde. Salió al fin y caminó lentamente hacia la calle Oxford,
mientras consultaba un plano de la ciudad. En la explanada del parque un orador vio que
se acercaba y, sin callarse, examinó su rostro delicado y sus grandes ojos claros. Cuando
la muchacha se detuvo en la primera fila de la docena de oyentes, el orador encontró de
pronto la idea que había estado buscando hacía diez minutos para terminar, dando oca­
sión a que su mujer pasara la bolsa de terciopelo entre el grupo. «Si no nos proponemos
todos, cada uno, aniquilar a la Bestia del pecado, entonces os digo, hermanos, que la Bes­
tia seguirá viviendo entre nosotros.» Cuando llegó la bolsa hasta ella, la muchacha puso
una libra y pensó: «El peaje». El orador permanecía con los ojos cerrados y las manos cru­
zadas sobre el pecho, calculando si la colecta alcanzaría para el almuerzo.

En la Heilwigstrasse de Hamburgo comenzó a lloviznar y el Cónsul apuró su paseo higié­


nico de todos los días. Frente a la estación de policía el agente de guardia lo saludó como
siempre y él tuvo otra vez la tentación de corresponderle con la rígida venia prusiana que
el ins­truc­tor alemán enseñaba en la escuela de cadetes.
46 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

El Cónsul seguía siendo coronel en el ejército de su país, pero en los últimos cinco
años sólo se había puesto el uniforme cinco veces (una, cuando se graduó en la academia
norte­americana de especialistas). De todos modos, reprimió el impulso de responder con
otra venia. La escuela de cadetes estaba perdida en los años vertiginosos. También habían
quedado en el país lejano los recuerdos de un coronel vestido de civil.
Bajo la llovizna de Hamburgo, el Cónsul casi no podía imaginarse ya cómo había sido
aquel caserón rosado frente a una plaza, donde los detectives entraban y salían todo el
tiempo, ni la ventana con rejas de su despacho, por la que acechaba la llegada del presi­
dente al Palacio, situado junto al ministerio de Gobernación. Tampoco la calle de piedra y
aceras empinadas, que los indios descendían trotando con sus breves pasos milenarios, ni
el sol violento en un cielo de azul hondísimo, cercado de nieves eternas y compuesto de un
oxígeno tenue donde los cigarrillos extranjeros se apagaban. A veces recordaba un sótano
del Ministerio y aparecía un hombre moreno y sudoroso, desnudo y con los ojos llenos de
lágrimas, que respiraba con lentitud ante los reflectores del interrogatorio. Pero eso podía
haber sido también en el cuartel de una aldea polvorienta del Sur; entonces el hombre era
blanco, con una barba color de miel y hablaba con acento europeo. Otras veces era un
cadáver, que yacía cárdeno y azufroso en la camilla, con los ojos abiertos y oliendo mal;
entre las pestañas y en las fosas nasales tenía restos del yeso de una mascarilla mortuoria
y le habían cortado las manos.
A medida que pasaba el tiempo los recuerdos iban confundiéndose más. El Cónsul po­
día representarse aún, vagamente, el caserón rosado y la ventana de rejas, pero el sol era
húmedo y quemaba como el de la aldea selvática. Aunque pegara el rostro a los barrotes,
ya no alcanzaba a ver la cara del Presidente; sólo su espalda cuando entraba al Palacio,
incomprensiblemente acompañado por el Coronel, que era él mismo, también sin cara.
En ocasiones, el cadáver de los ojos abiertos iba retrocediendo, con una sonrisa triste y de
perdón, hacia la oscuridad del sótano. Alguien salmodiaba en slang frases con claves y, al
final, sólo quedaba en el círculo luminoso del interrogatorio una mascarilla de yeso, con
piel y pestañas adheridas; el hombre cegado por los reflectores era el Cónsul y sentía la
sangre gotear sobre los nuevos zapatos neoyorquinos, pero entonces la sangre era suya y
se despertaba ahogado de horror ante los muñones de sus propias manos cercenadas por
el Coronel.
Para el Cónsul, esos fragmentos de memoria pertenecían al Coronel o a un sueño don­
de el Cónsul soñaba con un coronel. La realidad era únicamente la Heilwigstrasse y sus
hermo­sas fachadas de ladrillos rojos, todas iguales, mojadas por la lluvia. Ante el 125, el
Cónsul miró hacia sus ventanas del segundo piso y se dijo que debería colocar el escudo
nacional de una vez por todas, como se lo había propuesto apenas ocupó el cargo. Des­
pués recordó los diarios de la semana y que ya no valía la pena. ¿O habría que ponerlo de
todos modos, como uno de sus últimos actos oficiales? Siempre había ido rehuyendo el
trámite engorroso, el aviso al ministerio en Bonn, la vigilancia sobre el pintor alemán, con
seguridad incapaz de dibujar el cuello grácil de la llama (¿O el animal heráldico era la vicu­
Los ejércitos inciertos 47

ña?) Pero tampoco creía mucho en las noticias de la prensa sobre el cambio de generales
allá lejos y decidió no pre­ocuparse, todavía. Pensó: «Deberán comu­ni­cármelo personal­
mente. Mientras el télex no llegue, tengo derecho a poner el escudo».

Antes de tomar el primer vuelo dominical de la bea hacia París, la muchacha rubia com­
pró en el aeropuerto de Heathrow un libro de Louis Aragon y un hermoso dry pen que
escribía con tinta violácea, casi amatista. La muchacha había nacido un invierno en Lieja y
la amatista era la piedra de su horóscopo. Una hora después subió a un taxi en Le Bourget
y se hizo llevar a la plaza de la Contre­scarpe, en el Barrio Latino.
Descendió la calle Mouffetard y volvió a remontarla, buscando memorias casi bo­
rradas, caminando sin prisa, deteniéndose en los pequeños teatros a mirar algunas foto­
graf ías conocidas o en las tiendecitas árabes a examinar los manojos de pañuelos. Eligió
un pañuelo rojo y negro, que se anudó flojamente al cuello. Más adelante compró a una
verdulera una gran manzana y un cartucho de fresas. A mediodía se sentó en un café de
la plaza, a comer las frutas y pensar en el hombre que la amaba. Cuando las campanas de
Saint Etienne–du–Mont dieron las dos de la tarde, estaba ensimismada en la lectura de los
últimos poemas de Aragon. Pagó el café que no había tomado y caminó hacia el río. Allí
se detuvo un rato en la balaustrada del ancho puente de piedra, mirando el agua que fluía
hacia el Oeste. Luego arrojó las viejas memorias de París y el libro a la corriente sombría
y aguardó a que fueran hundiéndose entre los remolinos formados por los pilares. A las
nueve de la noche tomó en Orly un avión hacia Alemania Federal. El pasaje estaba en su
bolso desde un mes antes, con el nombre que figuraba en el pasaporte belga.
El lunes se levantó muy temprano en el hotel de Hamburgo y llegó a una gran tienda
cuando recién abrían las puertas. Allí, casi a solas con las vendedoras, compró una peluca
gris de cabello natural, un abrigo caro, botas, un gran bolso de ante y un cuaderno escolar.
En Hamburgo la primavera era húmeda y fría para las personas de edad, muy distinta al
sol de Hyde Park o de la Contrescarpe. Casi no se veían niños por la calle. A las diez de la
mañana la muchacha se paró en la puerta principal de la tienda, a un costado de la multi­
tud que entraba y salía. Un hombre joven y alto, de piel atezada (podía haber sido árabe, o
ita­liano, o de América del Sur), se quitó a su lado unos anteojos oscuros y los plegó cuida­
do­sa­mente, antes de introducirlos en su estuche. En la mano izquierda usaba un curio­so
anillo, como un cilindro opaco.
La muchacha no conocía a ese hombre. Pero muchos meses antes, el hombre que la
amaba había dicho con su voz grave de acento apocopado a la muchacha, que también lo
amaba: «Apréndelo, pues. Los anteojos. El anillo vietnamita de aluminio. No hay sol, pero
también debo protegerme de la lluvia, ¿no le parece? Un 38 largo es mejor». El campo de
entrenamiento estaba en la selva y había gritos de monos y el zumbido obsesionante de
las cigarras tropicales. En Hamburgo el hombre alto dijo: «No hay sol, pero también debo
protegerme de la lluvia, ¿no le parece?». La muchacha asintió con la cabeza y sólo contes­
48 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

tó, mirándolo a los ojos: «Un 38 largo es mejor». El hombre volvió a ponerse los anteojos
y caminaron unidos del brazo hacia el bmw alquilado en Italia. Más tarde, en el nuevo
hotel donde se registraron como un comerciante de Milán con su amiga, la muchacha
rubia arrancó una hoja del cuaderno y escribió con el lápiz amatista y en grandes letras
ma­yús­culas:

Victoria o Muerte
Sieg oder Tod

El Cónsul iba a salir a su caminata de todas las mañanas y su mujer estaba alcanzán­
dole el impermeable, cuando la secretaria lo detuvo en la puerta del despacho. «Ahí está
la señora australiana de nuevo. Ya ha venido dos veces esta semana». Y añadió atro­pella­
damente: «Llegó un cifrado por el télex. Lo dejé en su mesa». El Cónsul hizo una mueca:
era la misma del Coronel y se dio cuenta de que correspondía al ministerio de Goberna­
ción, no a la Heilwigstrasse con sus casitas de ladrillo. Entonces dijo a la secretaria que
hiciera pasar a la señora australiana.
La secretaria era alemana y muy joven. En el fondo siempre temía al Cónsul, aunque
no había conocido al Coronel. Rara vez aparecía trabajo en el Consulado, sobre todo en
los últimos tiempos. La secretaria pasaba sus horas muertas leyendo revistas con foto­
novelas. A veces la mujer del Cónsul entraba con dos tacitas de café (el matrimonio vivía
en el mismo piso) y una sonrisa estúpida en su cara de chola, pero la secretaria, aunque
hablaba español, casi no le entendía la pronunciación de vocales escasas y callaba, hasta
que la pobre mujer volvía a sus habitaciones. De noche, la secretaria, que era de Bad Go­
desberg y extrañaba los álamos y las orillas verdes del Rhin, apagaba la luz de su pequeño
cuarto de Hamburgo invadido por los ruidos de una estación ferroviaria y en la oscuri­
dad aparecían los dientes de lobo que el Cónsul enseñaba al hablar, como una inusitada
máscara de guerra en el rostro blando y pacífico. Esa mañana los dientes de lobo habían
relucido un instante, cuando le habló del télex.
La muchacha rubia entró al despacho, conducida por la secretaria. El Cónsul estaba
de pie, pálido y encorvado, mirando fijamente el papel amarillo extendido sobre la mesa,
que sujetaba con una mano. Con la otra escribía a veces en otro papel, después de consul­
tar una tarjeta. No parecía haberlas oído. La muchacha llevaba la peluca gris, sujeta por
el pañuelo de la calle Mouffetard. Se había puesto dos abrigos; debajo de los pantalones
había otra ropa y usaba un maquillaje de base amarillenta, que acentuaba con maestría
ciertas arrugas naturales y oscurecía la piel contigua a los ojos sin pintar. El segundo abri­
go, matronil, ocultaba la línea pura del cuello y la barbilla. Fue presentada al Cónsul por la
secretaria, que pronunció mal el apellido, indecisa.
La muchacha rubia empezó a hablar en inglés, con una voz largamente ensayada, la
voz metálica de su abuela de Brabante. Solterona y algo excéntrica, la socióloga austra­
liana pidió datos y publicaciones sobre el país subdesarrollado, insistió en un complicado
proyecto de investigación. Él lo sentía mucho, pero el Consulado no disponía de ese ma­
Los ejércitos inciertos 49

terial, dijo el Cónsul, levantando apenas la cabeza. Debería entenderse con la secretaria.
Pero la voz metálica seguía ha­blando en inglés, invadiendo los pensamientos del Cónsul,
impidiéndole concen­trarse en las cinco columnas de cifras donde se le anunciaba que
todo había termi­nado, que el General ya no temía los secretos guardados por el Coronel,
que ahora vendrían el regreso y la humillación; quizás también la venganza de la guerrilla,
derrotada pero no disuelta. El cifrado estaba dirigido al Coronel, pero el Cónsul pagaría
las conse­cuencias.
Las dos mujeres no sabían que en ese momento el Cónsul estaba insultando al Coronel
en una oficina del caserón rosado. Ambos se gritaban obscenidades y sus voces se mez­
claban con los pregones de las indias vendedoras de cigarrillos en la plaza, con el huaynu
quejumbroso que vertía del segundo piso de Gobernación en la radio de un detective, con
las estupideces de aquella australiana loca. En medio de ese coro destemplado el Cónsul
no podía distinguir su propia voz. La muchacha rubia pensó: «Dios, Dios, tiene que que­
darse solo conmigo». Al menos la vieja podía ser acallada y el Cónsul dijo, mientras el
Coronel lo injuriaba por la cobardía de haber huido a Hamburgo: «Fraulein, vea por favor
si hay algu­nos folletos de turismo». Al salir la secretaria a cumplir la última orden, él se
inclinó otra vez, verificando las cifras del papel amarillo.
La muchacha rubia se le aproximó y quedó a su derecha, a cuatro pasos de distancia.
Con sus manos enguantadas abrió el gran bolso de ante, donde no había más que una
hoja de papel y un revólver calibre 38 largo. (Esta arma era su idea y la había defendido
obstina­damente allá lejos: «No quiero pistolas que se encasquillan, no quiero cargadores
de repuesto. Sólo quiero seis balas y todavía van a sobrarme tres».) Empuñó el arma fa­
miliar, pero la mantuvo todavía oculta tras la tapa del bolso. Se movió algo más hacia su
propia derecha. El hombre tenía que verla, el cazador debía dar su oportunidad a la bestia
atrapada, porque ésta era una operación militar pero también una tarea política y debía
ser ejecutada de frente. Y al mismo tiempo, pensó que todo era superfluo, que el Coronel
ya estaba muerto, que lo había estado desde que la australiana entró al despacho.
En ese punto del tiempo que se agotaba, el cadáver del Coronel levantó los ojos de su
blanca mascarilla mortuoria y miró a la mujer desconocida que sonreía. Ella le devolvió la
mirada, ya sin odio, mientras dejaba caer el bolso al suelo y descubría el revólver en posi­
ción de tiro, aferrado con las dos manos. Después, con un gracioso movimiento corporal,
separó un poco los pies y dejó gravitar su peso en la pierna derecha (como le había ense­
ñado el instructor). Simul­tánea­mente, extendió los brazos unidos y disparó tres veces, con
pausas exactamente iguales, sobre el Coronel muerto. Vio los tres impactos acumularse
en la misma zona del pecho y casi pudo seguir su trayectoria horizontal hasta que hicieron
estallar el corazón, porque los ojos del Coronel, siempre fijos en ella, quedaron turbios de
pronto. El Coronel se hizo cada vez más pequeño y fue deslizándose hacia abajo; primero
de rodillas, luego sentado sobre los talones, al fin desprendiendo sus manos engarfiadas
en la mesa, que agarraron el papel amarillo y se lo llevaron. El Cónsul quedó encogido en­
tre la pared y la mesa, silencioso. Las detonaciones reverberaban todavía en el despacho
50 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

y una breve niebla azulada flotó bajo la pantalla de la lámpara. Sin abandonar el revólver
empu­ñado, la muchacha sacó del bolso la hoja de cuaderno escrita con tinta amatista y la
colocó a los pies del Coronel.
Aun no se había incorporado, cuando oyó abrirse la puerta como una explosión. Sintió
un golpe terrible en la nuca y dos brazos frenéticos la inmovilizaron de rodillas, mientras
la cara de la mujer del Cónsul se pegaba a la suya entre gemidos y frases en quechua,
moján­dola con lágrimas y saliva. La mujer olía a perfume francés, pero sus facciones esta­
ban descompuestas en el rictus de las máscaras seculares y el idioma incomprensible se
alargaba en los lamentos bestiales de las plañideras fúnebres. La muchacha rubia luchó
en silencio. Por primera vez desde su entrada al edificio se sintió aterrada. En su puño
enguantado el revólver se incrustaba entre los pechos de la mujer, pero la muchacha supo
que no apretaría el gatillo. La mujer estaba viva de verdad y su ferocidad había nacido mu­
chos siglos antes, era parte de lo que la muchacha amaba. El odio y el amor rugían en la
india llorosa, como el viento negro que talla desde el principio del mundo los desfiladeros
y el altiplano pedregoso.
La muchacha dejó caer el arma inútil. Con la flexión practicada antes muchas veces,
liberó sus brazos. Después golpeó en dos puntos con el canto de las manos. Semiasfixia­
da, la viuda cayó de rodillas, aferrando la peluca gris y el pañuelo con los colores de la
rebelión. Antes de desvanecerse, atónita, miró la masa de pelo rubio derramada sobre los
hombros de la vieja señora australiana que caminaba hacia la puerta.
Diez segundos para llegar a la escalera. Recuerda: no hay ascensor. Atención a la segun­
da puerta del pasillo, que es el consulado dominicano. Veinte segundos para la calle. Sigue
lloviendo y la Heilwigstrasse está desierta. El automóvil espera a la vuelta de la esquina,
pero tendrás que pasar antes por la estación de policía. Respirar cada tres pasos, rítmi­
camente. Aspirar–expirar. El policía de guardia te mira mientras caminas sin paraguas
bajo la lluvia, con la cabeza extrañamente descubierta y sonriéndole con timidez. Sesenta
segundos para llegar a la esquina, entre las interminables fachadas de ladrillo, como lo en­
sayaste tantas veces. (Falla primera: ahora la viuda podrá describirte.) Atención: quizás se
abra una ven­tana del segundo piso y alguien grite; otros correrán a tu encuentro sobre el
asfalto relu­ciente, a cerrarte el paso. ¿Dónde se metió la secretaria? Son las nueve y veinte
de la mañana, o mejor, las cero–nueve–dos–cero, en Hamburgo, República Federal de
Alemania. ¿Y qué más, qué más? No lo sé. Sí, lo sabes. Trata. Claro: primero de abril de
mil nove­cientos setenta y uno. ¿O de qué? Del uno–nueve–siete–uno. Nueve meses para
planear la acción, dieciocho minutos para ejecutarla. Desarmés, incertaines. ¿Se deberá
incluir el minuto treinta y cinco segundos necesarios para llegar al automóvil? Respirar
cada tres pasos. ¿Dónde termina realmente la operación? El objetivo está en el segundo
piso, muerto, con tres balas calibre 38. (Nada de pistolas, mi amor que me enviaste.) ¿En
qué variará el resultado si no alcanzas al hombre del anillo vietnamita, tu primer anillo
de compromiso? En nada. Ya no existes para las condiciones objetivas y has dejado de ser
una condición subjetiva necesaria. Oh, soldados de los ejércitos inciertos. Veinte segun­
Los ejércitos inciertos 51

dos. Antes de doblar la esquina, oirás los alaridos inevitables y alguien te apuntará con
una pistola. (Falla segunda: el revólver quedó en el despacho; con rayos x se puede leer
una numeración borrada por medios químicos.) El agente tomará puntería después de la
primera voz de alto; la Heilwigstrasse es el corredor del polígono de tiro y tu espalda el
blanco móvil. Aspirar–expirar. Expirar. ¿Todos siguen durmiendo en el 125, o son unos co­
bardes asquerosos con miedo a una mujer? ¿Dónde se escondió la secretaria, con su cara
llena de granos? Tienes que calmarte. La lluvia es tibia y cordial; por favor, siente tus pies
abrigados dentro de las botas nuevas. Respirar cada tres pasos.

El bmw está con el poderoso motor en marcha y en primera velocidad, neutralizada por el
embrague. El hombre juega con el anillo de aluminio. Ve que en el cronómetro del tablero
faltan siete segundos; entonces pone la mano izquierda en el volante y con la derecha qui­
ta el seguro a la subametralladora que tiene sobre las rodillas. Un pie oprime el embrague;
el otro roza el acelerador todavía silencioso. Porque la muchacha rubia y desconocida que
es su jefe lo ha decidido, el hombre es solo un dispositivo articulado intermedio entre el
arma y el automóvil: no debe tomar ninguna iniciativa. Como en su país era ingeniero,
imagina ser una computadora programada con sólo tres alternativas: si viene sola, ella
subirá al auto­móvil por la portezuela entornada y empezarán la exfiltración hacia Copen­
hague; si vienen persiguiéndola y hay posibilidades de que llegue al coche, él cubrirá la
retirada a tiros; si ve que la detienen o la hieren, deberá aban­do­narla a su suerte.
Se extingue el último segundo. La muchacha aparece en la esquina, caminando con
normalidad. Lleva las manos en los bolsillos del abrigo; el cabello rubio y empapado le cu­
bre los grandes ojos claros y cae sobre los hombros erguidos. Viene sonriendo y sus labios
se mueven sin cesar en un monólogo inaudible. Abre la puerta y se ubica en el asiento, sin
prisa, recogiendo las largas piernas. El bmw arranca con suavidad.
La disposición del tránsito obliga a doblar hacia la derecha y entrar en la Heilwigstras­
se, desandando la ruta de la muchacha, para salir por la otra esquina hacia la autopista.
Los limpiaparabrisas están desbordados ahora por la lluvia que arrecia; la muchacha sólo
puede ver imágenes borrosas que pertenecen al país de los muertos: el policía en su sitio,
la puerta del 125 cerrada como ella la dejó. No hay nadie en las aceras, donde la lluvia cae
desde el amanecer y ya ha arrastrado hacia las cloacas toda la suciedad. La Heilwigstrasse
está limpia.
La muchacha empieza a quitarse la ropa de la australiana. Terminará de cambiarse y
secará sus cabellos en el segundo automóvil, que espera en una granja de Reinbeck, con
otro equipaje y nuevos pasaportes. Después entrarán a Dinamarca en el ferry de Puttgar­
den y luego vendrán Suecia, Holanda, Francia. Quizás, en algunos meses, otra vez Amé­
rica del Sur.
Las barandas de la autopista pasan con un soplo isócrono a ciento cuarenta kilómetros
por hora. El hombre conduce en silencio, tras sus anteojos oscuros, y no ha hecho una
52 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

sola pregunta. Ella mira las manos fuertes y finas, el rostro huesudo y mal conocido, los
hombros sólidamente encajados en el asiento de cuero. Mira sus propias manos, que han
matado por primera vez.

La muchacha rubia consultó el almanaque, sintió una felicidad desconocida, caminó hacia
la ventana de la casa quinta que la había esperado como fin de su viaje. Eran las cinco de
la tarde y a esa hora terminan las clases escolares en Montevideo. Bandadas de niños iban
por la avenida del Prado, balanceando las carteras y relatando a sus madres las aventuras
del día. Empezó a contar con los dedos y recordó la alcoba de Helsingor, el cansancio del
ajus­ticiador, que se parece al de la consumación del amor, igual de triste, vacío y solitario.
Oyó de nuevo la respiración del hombre, que la miraba desde la misma almohada; vio la
mano con el anillo de aluminio, alargándose para apagar la lámpara; recostó otra vez la
cabeza en el hombro cómplice y compañero, para llorar largamente sus lágrimas inexpli­
cables y silen­ciosas.
En el cuarto montevideano, donde el crepúsculo del otoño comenzaba a apo­derarse
del aire, completó la cuenta de las semanas y las lunas en voz alta, sonriendo. Supo que iba
a tener un hijo, que nada había ocurrido en Hamburgo, que la resta y la suma igualaban
el resultado.

Exilio

Una mujer joven, que no está enferma, sabe que va a morir y hasta conoce la fecha aproxi­
mada. Cuando lo dice, todos sonríen, pero callan y no osan des­men­tirla. En un día del ve­
rano la mujer invita a sus amigos a la playa. Bajo el mediodía del Caribe se aleja del grupo
que conversa en la arena, para caminar, los pies en el agua, a lo largo de la rompiente. El
agua está tibia y el sol quema sus hombros y reverbera en sus largas piernas mojadas. La
mujer entra lentamente en el mar. Cuando ya no hace pie, sumerge el rostro con los ojos
abiertos y mira, esfumados en la penumbra verde y salada, corales blancos, anémonas
azules, algas de ondular despacioso y dos peces que cruzan como dos mariposas amari­
llas. Después se vuelve de espaldas, el sol en la cara, y nada con brazadas perfectas hacia
el arrecife que todavía no se ve. El mar la envuelve en un misterioso vaivén de vida, el sol
impone su calor sobre un mundo donde ella es el centro solitario.
Un puesto de comidas cerca del hotel 53

Al día siguiente la mujer inicia el largo viaje oblicuo hasta su país, donde entra meses
después con el cabello teñido, un pasaporte falso y sus direcciones aprendidas de memo­
ria, para reincorporarse a una guerrilla ya condenada al aniquilamiento.
Una semana más tarde una patrulla del Ejército irrumpe por fin en una casa suburba­
na que ha resistido el cerco durante toda la noche, hasta que los defensores quedaron sin
muni­ciones. Encuentra tres hombres muertos y, enco­gida en un rincón, con su arma in­
útil, a la mujer, ilesa, que respira lenta­mente y mira con ojos vacíos una penumbra verde y
leja­nísima, donde pasan mariposas amarillas. Sin que se resista, la incorporan tomándola
de los brazos, que le han atado a la espalda con alambre y la sacan caminando de la casa.
El sol quema como en la playa, aunque sea el del altiplano. La mujer está empezando
a unir ambos recuerdos, sonriendo, cuando el oficial la ejecuta de un nítido balazo en la
sien.

Un puesto de comidas cerca del hotel

El hombre ocupa el cuarto de enfrente, con un muchachito de siete u ocho años, que debe
ser su hijo. El niño viste, como él, ropas comunes en Cuba: pantalón y camisa de tela rús­
tica, botas de trabajo. Siempre va de la mano del hombre.
Larrosa se cruza con ellos al entrar o salir del hotel, sin obtener un saludo. El padre es
un mulato joven, de rasgos finos y reconcentrados; su seriedad angulosa le agrega algunos
años. En el desmesurado hotel de La Habana, construido entre las dos guerras mundiales
sobre arrecifes de coral convertidos en jardines, hay turistas canadienses, exiliados latino­
americanos con los rostros devastados por el paludismo de la selva, parejas de adolescen­
tes campesinos en luna de miel y una cantante española de moda, afiliada en su país al
Partido Comunista. También algunos cubanos de rostro impasible, pelo muy corto y ojos
fatigados, ropas civiles pero gestos de hábito militar, que sólo hablan entre ellos. Aunque
ya hace muchos años que no vive en La Habana, para Larrosa toda la gente del hotel es
descifrable, menos el hombre del cuarto de enfrente y su hijo.
Los dos salen muy temprano, aunque el hijo no lleva libros ni cuadernos. Vuelven al
atardecer y Larrosa no los ve nunca en los comedores, ni en la cafe­tería o en la sala de
juegos mecánicos, ni tampoco en el vasto jardín con acan­tilados sobre el golfo de México
y los viejos cañones navales conme­mo­rativos.
Ciertas tardes los encuentra en un ascensor. Las ascensoristas parecen conocer bien
al padre y al hijo, porque no les preguntan cuál piso, ni les hacen mostrar las tarjetas de
54 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

huésped. Entonces Larrosa camina por el corredor, oyendo detrás los pasos de sus veci­
nos. Al cerrar su puerta aguarda un instante, hasta verificar que el hombre y el niño han
entrado al cuarto de enfrente. Le llegan apenas el ruido de una silla, el correr de una cor­
tina o el rumor del agua fluyendo en el baño, pero nunca voces o diálogos o la campanilla
del teléfono. Luego va a abrir su ventana (porque el aire acondicionado no funciona) y se
sienta ante la máquina de escribir y el libro con los márgenes anotados, a trabajar en un
texto que debe entregar antes de su partida.
Finalmente, deja de ver a sus vecinos. Un día mira, por la puerta entreabierta del cuar­
to de enfrente, a otros huéspedes. Esa tarde pregunta con aire casual a las ascensoristas,
pero ninguna sabe del hombre y de su hijo, o por lo menos no lo dicen. Sus expresiones
son algo artificiales y a la de más edad le pasa por los ojos una compasión fugaz. Una vieja
camarera negra y sabia, que Larrosa reconoce de otras visitas, añade algo, una mañana:
«La descarada le dejó el muchacho y ahora se lo pide». Pero la frase no es aclarada y por
último Larrosa la olvida.
Dos semanas después entrega su prólogo en el Instituto y Alfredo lo llama por la no­
che, para confirmarle la aceptación del trabajo, pero no la reserva en el vuelo de Iberia
que sale al día siguiente. Sugiere ir de todos modos al aeropuerto y ponerse en la lista de
espera.
A las cuatro de la mañana Alfredo viene a buscarlo en su Lada soviético. Mientras co­
loca en el asiento trasero la única maleta, explica por qué el vuelo a Madrid está com­pleto:
«Hoy es día de gusanera», dice.
Sobre la hermosa carretera a Rancho Boyeros el amanecer apunta rojizo y neblinoso.
El Lada se adelanta ágilmente a omnibuses japoneses y cruza camiones alemanes car­
gados de legumbres para la ciudad. En los refugios a la orilla de la ruta esperan grupos
de obreros, echando el vaho de su aliento en la atmósfera helada. Las nuevas fábricas y
granjas van quedando atrás, alternadas con los grandes carteles multicolores donde la
Revolución propone sus consignas. En la parada de un semáforo dos muchachitas ma­
drugadoras, que transportan un viejo sillón, sonríen a Larrosa y después se tientan de
risa, avergonzadas y gráciles, con sus pañuelos rojos y sus dentaduras perfectas en la piel
aceitunada. Casi ense­guida, a la derecha, aparecen los altos y blancos timones de cola de
los Ilyushin y Tupolev, agrupados detrás de las palmas y el verdor.
Alfredo es funcionario del Instituto y el más antiguo amigo de Larrosa en Cuba, pero
también algo más, que le permite solucionar algunos trámites de embarque. Mientras lo
intenta, Larrosa observa al gentío que se apiña ante el mostrador de Iberia: los que se van.
Bajo las luces de neón, son más de un centenar y se mueven con ademanes torpes,
dentro de sus ropas demasiado nuevas, recién entregadas. Muchos hablan con voz inne­
ce­sariamente alta, pero su charla es insustancial. Otros susurran con atropello, los ojos
fijos en el suelo, sin mirar al interlocutor. Los parientes que han venido a despedirlos,
lacónicos y mal vestidos, parecen secretamente aver­gon­za­dos por esa facundia, crispada
a veces en una frase irónica o un insulto político contra Fidel Castro. Los guardias adua­
Un puesto de comidas cerca del hotel 55

neros, de uniforme claro, pasan con indi­fe­rencia, como si no oyeran. Los niños que se van
tienen zapatos nuevos; desde la cola, entre los equipajes heterogéneos y provincianos del
viajero primerizo, miran a los niños que se quedan y que están estirados lánguidamente
en los asientos o duermen sudorosos en el regazo de sus madres. Todavía falta un rato
para que los viajeros pasen a la sala de embarque, donde el espeso cristal impedirá oír a
los que dejan. Pero otro cristal divide ya el salón ruidoso; el arco que iba de unos a otros se
ha quebrado y las palabras pierden su significado, exageradas o insu­ficientes.
Desde los altavoces del techo vienen un tañido y una voz femenina que da instruc­
ciones. Comienzan de pronto los abrazos largos y mudos, las recomen­daciones musi­tadas
con las cabezas juntas, las bromas inseguras de los más jóvenes, donde canta el acento
campesino. La columna se mueve poco a poco hacia el embarque y entre el rumor de
pies y el de los equipajes arrastrados corre una pleamar de alivio. Algunos ancianos lloran
como para sí mismos. El salón rebosa de gente que se separa; unos se alejan hacia la calle
o permanecen de pie, indecisos; los otros, ya debidamente despedidos, un brazo sobre los
hombros del compañero de viaje, falsamente regocijados, miserables, bocas altivas, caras
demudadas, ojos desafiantes, caminan hacia el avión definitivo. En un instante han que­
dado reducidos a su propia y solitaria comunión. Ya no están en el país, aunque todavía lo
pisen; su decisión los ha borrado de la realidad.
Súbitamente, Larrosa reconoce entre la fila al niño del hotel, que camina junto a una
pareja madura y lleva en la mano un bolso amarillo. La gorra nueva disimula su pequeño
rostro inexpresivo, pero es él. Casi al mismo tiempo, en una intuición, Larrosa desplaza
la mirada y ve al padre, alejado, contra una pared del fondo. El hombre está de pie y mira
al niño, que desaparece por la puerta de embarque sin volverse. El hombre gira la cabeza
y sus ojos encuentran un momento los de Larrosa y se cierran, pero quizás sólo sea un
efecto de la distancia.
Alfredo vuelve con la maleta y una noticia: no ha sido posible obtener sitio en el avión;
recién habrá otro vuelo dentro de tres días. Larrosa le dice que no importa y siente una
felicidad turbia, como cuando el azar nos ahorra la pequeña cobardía que ya habíamos
aceptado. Después regresan al hotel y Alfredo se despide, porque debe salir ese mediodía
al trabajo voluntario.
Al atardecer llueve sobre el jardín, esfumando las ceibas y los viejos cañones. Los cana­
dienses vagan por el lobby con sus confortables chaquetas a cuadros, aburridos, sin saber
español. Larrosa toma en su nueva habitación dos tazas del café aromático y espeso. El
viento Norte viene desde el castillo del Morro. Los petroleros soviéticos anclados fuera
de la bahía rolan lentamente en torno a sus cadenas, con las luces desdibujadas en el aire
opaco. Las aguas del Golfo están grises y desde el cuarto piso se ve brillar el pavimento
mojado del Malecón.
Larrosa se pone una trinchera y baja a la calle, sin rumbo. Camina despacio hacia la
avenida Línea y más tarde se detiene ante un alto edificio de apartamentos, donde en la
última terraza asoman una palma enana y follajes tropicales. Allí habita el anciano poeta
56 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

nacional y Larrosa recuerda otras noches de diez años atrás, la voz abaritonada del viejo
célebre diciendo sus versos, el rostro absorto de alguien que escuchaba, el perfume del
último verano.
Flamantes taxis Chevrolet, importados de Argentina, pasan de vez en cuando con un
susurro de neumáticos, pero la avenida está desierta de transeúntes. En la siguiente esqui­
na el viento sopla con más fuerza y la lluvia le da en la cara, obligándolo a guarecerse en
un portal que tiene la chapa desteñida de un Comité de Defensa de la Revolución. En la
penumbra, otro viejo, con un pedazo de nylon transparente sobre la cabeza a manera de
capa, lo mira cauteloso. Viste con modestia y un rastrojo de barba blanca le cubre las me­
jillas correosas. Usa una gorra de visera, con señales de alguna antigua insignia en la tela
gastada. Entre la dentadura despareja pero entera aprieta el cabo apagado de un habano.
Parece un pescador o campesino venido a la ciudad.

«¿Tiene ahí candela?», dice el pescador o campesino.

Larrosa le acerca su encendedor de gas, pero el viejo lo toma con una mano y con la
otra quita el cabo de la boca y lo mantiene en la llama, mirándola fijamente.

«Un Norte de madre», dice sin levantar la cabeza, mientras chupa.


«Sí.»
«¿Usted es extranjero?»
«No. De América Latina.»
«Extranjero», confirma el viejo.

Larrosa no dice nada. El agua que le ha empapado los cabellos descubiertos está
corrién­dole cuello abajo, muy fría. Se quita los anteojos constelados de gotas que le im­
piden ver. Ya es casi de noche y las luces de sodio van encendiéndose mágicamente a lo
largo de Línea.
«Gracias, míster. Esta fosforera es un fenómeno», dice el viejo con sus palabras cuba­
nas, devolviendo el encendedor laqueado. El cabo de habano está húmedo y tira mal. Es
un resto de «cazador», fuerte y ordinario; el olor acre invade el portal. Larrosa palpa en
el bolsillo de su camisa la forma del Cohiba, intacto en su envoltura y reservado para la
cena. Piensa en ofrecerlo al viejo, en iniciar una conversación política bajo aquel portal
de un cdr, en hablarle de latinoamericanos y extranjeros en la Revolución (el tema que
ha desarrollado en el prólogo para Alfredo). Pero lo asalta una vergüenza inexplicable, no
dice nada y empieza a caminar hacia el hotel.
El enorme edificio rosáceo se alza entre la lluvia, con sus ventanas iluminadas. En las
dos torres de estilo español, altas como campanarios de una catedral, los azulejos relucen
a la luz cárdena suspendida sobre el mar.
En una esquina próxima al hotel, castigado por el agua y el viento del Golfo que llegan
en ráfagas rasantes, hay un puesto de comidas con algunos parroquianos de pie, apoya­
dos en la barra. La marquesina los protege, silenciosos bajo la lámpara de neón, traídos
El viaje al origen 57

quizás por la lluvia. Más adentro, el joven cocinero negro lee el diario del Partido, grave y
dele­treante, acercándolo a sus anteojos de miope. La camarera madura y opulenta, rostro
ajado y autoritario, cabellos teñidos de rojo, escruta a Larrosa. Los clientes comen porcio­
nes de pizza envueltas en servilletas de papel; algunos tienen junto al plato una botella de
cerveza. El hombre del hotel está allí, abrigado con una vieja chaqueta militar de fajina.
Larrosa pide una cerveza, examinándolo de reojo. Lo encuentra más pequeño que en
el hotel, más humilde y fatigado que en el aeropuerto. Mira la chaqueta mojada que se
abre sobre la ropa ordinaria, las botas despellejadas; mira su propia trinchera española,
cara y fuera de lugar. Quiere sobreponerse a la vergüenza que vuelve, recurrir al análisis
político que explicará la situación, pero también le parece fuera de lugar, con ese hombre
silencioso a su lado. Piensa: «Está saturado de cansancio, pero no confuso. No lo sabe
todo, pero ha aprendido por fin a distinguir lo falso que es cómo se hacen las revoluciones
verdaderas. Está en medio de un trabajo formidable que durará toda su vida y también la
del niño».
Bajo la luz escasa del puesto de comidas, ante el alimento modesto, el hombre del hotel
escucha algo en el viento. Con respeto, Larrosa se quita los anteojos inundados, para verlo
mejor y llevarse su imagen. El rostro del hombre parece menos duro, repartido entre el
dolor y la confianza. Las gotas de agua o lágrimas le resbalan por las mejillas. Larrosa se
dice que el viejo del portal tenía razón.
El hombre del hotel, sin reparar en el extranjero, mira fijamente hacia adelante, solo,
de espaldas a la oscuridad creciente y al rumor de la lluvia.

El viaje al origen

A Mercedes Ramírez

¿Qué sostengo en la mano? ¿Una flor, un fruto? La mirada me sigue en la penum­bra: infi­
nita rendición, traspaso de poderes. ¿No soy acaso el primogénito? La voz susurra apenas.
¿Qué está pasando detrás del cansancio de la terca vida de ojos abiertos? El pedido que
sólo puede hacerse a la mujer o a un hijo, se ha transformado en el ensalmo que da conti­
nuidad a las generaciones. Mis manos se mueven con respeto, mis ojos evitan encontrar
los suyos, fijos con un destello de amor y agradecimiento en el rostro también inmóvil,
que empieza a preparar la expresión ajena de la muerte. Treinta años de ternura, incom­
58 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

prensiones, camaradería, ausencias y regresos, abruman de pronto el aire de este cuarto


cerrado, donde nos han dejado solos porque es la única noche.

«Yo quería verte», dijo la extraña voz de mi padre por el teléfono internacional, «pero no
se puede. Igual todo está bien». Al principio de la llamada desde Monte­video, antes de que
llevaran el teléfono al enfermo, mi hermano Javier había hablado con su estilo telegráfi­
co, seguramente mordiendo la pipa para disimular las vocales temblorosas. «Ha habido
consulta médica. Dicen que esto se acaba». En La Habana, contra un fondo de descargas
estáticas y ruidos en inglés (porque la comunicación pasaba por Nueva York) pregunté
cuánto tiempo. «Cinco días, una semana.»
Mi padre, que sabía todo mejor que los médicos o Javier, prosiguió: «No hagas un dis­
parate. No vengas». Hablaba desde un sitio enrarecido, que le cambiaba la voz, o era el
cáncer aproximándose a la laringe y fijando los plazos por su cuenta. Antes de que la voz
desapareciera bajo los gritos de una mujer que preguntaba a Julie Silberman cuándo lle­
garía («En cualquier momento», decía Julie) vino desde Montevideo la frase de la verdad
que yo esquivaba, pero mi padre no tenía tiempo: «Mejor me despido ahora». Grité, sin
saber si me escuchaba, eligiendo yo también la verdad: «Aguante, aguante, que yo voy».
«En cualquier momento», dijo Julie Silberman y cortó la comunicación.

En La Habana eran las siete de una mañana de febrero. Bajé a la cafetería del hotel para
desayunar con Aurelio, según lo convenido en otro desayuno; el día de Aurelio empezaba
antes de salir el sol. Llegó pequeño y sonriente, con la cartera de mano abultada por la pis­
tola, el uniforme de fajina verde olivo que no usaba casi nunca y la mirada de niño pobre
y feliz. «¿Qué hay de nuevo en Monte­video?» dijo, pero esta vez la frase de costumbre no
conduciría al tema de cos­tum­bre. Le dije qué había de nuevo en Montevideo.
«Ese viejo está claro», sentenció, luego de escuchar en silencio la historia común y
triste. «Tiene toda la razón.» Y sin embargo a Aurelio no hacía falta explicarle la rabia
impotente del destierro, la necesidad de anular la distancia con una tentativa, la forma
en que mi padre iba a morir como estaba muriendo mi país: conmigo lejos. Aurelio sabía
de la relación tácitamente aprobatoria con mi padre, blanco viejo, que incluía en algunos
puntos básicos los acuerdos, las discrepancias y el respeto. Tampoco había que explicarle
las inflexiones del diálogo conservado por las grabadoras de Nueva York, donde la muerte
tal vez se llamaba Julie Silberman. Sólo dije: «Mañana hay un vuelo de Cubana a Madrid.
¿Podés arreglarlo?» Aurelio me miró unos segundos. Sin darse cuenta, había adoptado la
posición a que lo acostumbraran cafeterías de la clandestinidad: las dos manos sobre la
mesa y la cartera de mano a la derecha, pero junto al borde. Después bebió el resto del café
y sacó la eterna libreta negra y el bolígrafo checo. «Dame los datos» dijo, otra vez sonrien­
te, el niño pobre de uniforme verde olivo, que era dueño de su país.
El viaje al origen 59

Al atardecer de ese día me senté en mi terraza del piso 12, a ver cómo el golfo de México
iba oscureciendo sus azules. Sobre el escritorio estaban el pasaje a Madrid y el pasaporte
recibido en Montevideo al salir de la cárcel, con un pequeño sello pérfido que lo invalida­
ba para volver. Pero aun no se me había ocurrido ninguna idea de cómo entrar.
Seguí buscándola al día siguiente, durante el vuelo y después, cuando caminaba por
una avenida invernal de Madrid, negociaba en una agencia hasta lograr sitio en un avión a
Montevideo del mismo día y compraba un pasaje optimista de ida y vuelta. No la encon­
tré y tampoco la había hallado cuando descendía en Carrasco, a las tres de la mañana, la
escalerilla del avión esfumado en el torrente de una lluvia veraniega, ni cuando iba hacia
el viejo edificio, bajo el inmenso paraguas rojo de un empleado solícito. «En cualquier
momento» había dicho la señorita Silberman y tal vez yo imitaba su acto impredecible,
mediante débiles argucias: tomar un vuelo que llegaba en la madrugada de un domingo,
cuando los policías de Migración son menos y están posiblemente adormilados; hacerme
extender el pasaje con mi apellido materno, dejando al primero como inicial inocente y
verdadera; llevar sólo un bolso de mano para no demorarme en la aduana. Tras el mostra­
dor, ninguno de los policías de civil, ya con el abrigo puesto, hojeó demasiado el pasaporte
inútil, ni consultó listas; nadie se extrañó del trasplante de los apellidos. Llovía mucho y el
mío era el último vuelo en esa noche de perros, por fin. Aun me obsesionaba la idea inen­
contrable al pisar la acera exterior y haber entrado al Uruguay.
Un taxi se acercó, bajo la lluvia que me empapaba gozosamente. Los residuos de tedio­
sas medidas de seguridad que alguna vez había aprendido, me hicieron dar una direc­ción
a diez cuadras de la verdadera.
El taxi atravesaba un país invisible, que yo no miraba pero iba reconociendo caute­
losamente por sus olores y sus pavimentos. El césped de las autopistas, los bosques de
eucaliptus o pinos y las playas que íbamos dejando atrás, enviaban en la lluvia sus aromas
casi olvidados. Luego aspiré el olor de Malvín y entreabrí la ventanilla, porque estábamos
entrando al barrio de la casa paterna, destino del viaje iniciado tres días antes en una isla
del Caribe. Desde la esquina desinformadora caminé por las calles dormidas y mal ilumi­
nadas, mientras dejaba que la lluvia de mi ciudad me diese en la cara. Por la puerta de cris­
tales de la casa se veían las luces de una vigilia. Como siempre, el timbre de la entrada no
sonaba. Con la trinchera calada por el bautismo del regreso, enjugándome el agua de los
ojos, golpeé estruendosamente la puerta. En el rectángulo del cristal empañado, el rostro
de mi madre reflejó sucesivamente la alarma, el reconocimiento, el estupor y la felicidad.
«En cualquier momento.»
Llovió todo el domingo, pero no importaba; yo no tenía que ir a ningún lado en Mon­
tevideo que no fuera la casa de Malvín, de donde no salí. Esa era una de las dos reglas del
viaje inexplicable. La otra, que el lunes a primera hora, cuando empezara el cotejo de las
listas de pasajeros en alguna oficina, yo debía estar en Buenos Aires.
Casi ningún pariente fue enterado. Los demás sabían a qué había venido: mi madre y
mis hermanos no le quitarían tiempo al hombre callado y sudoroso bajo la sábana, cuyos
60 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos

plazos eran estrictos. Después de mi llegada, el amanecer ha entrado por las persianas en­
treabiertas, pero ni él ni yo lo advertimos y he apagado la lámpara horas más tarde. El café
traído por mi madre se ha enfriado en sus tazas, sobre la mesa de luz. A mediodía ella ha
venido a almorzar con nosotros, pero sin intervenir, limitándose a cambiarnos los platos
casi intactos. Inmóvil, de costado hacia mí, que estoy sentado junto a la cama, mi padre ha
escuchado en silencio mis historias de la prisión, del exilio y del viaje. De vez en cuando
ha confirmado con un gesto, enarcado las cejas si necesita una aclaración, sonreído si está
de acuerdo. Pero he sido yo quien más ha hablado. Sólo al principio, cuando separamos
nuestras cabezas confundidas en el abrazo del encuentro, ha pronunciado una pregunta
y una afirmación, donde hubo un trazo de orgullo. «¿Pediste permiso al gobierno para
venir?» «Claro que no.» «Eso es. Un hijo mío no tiene que pedirle permiso a un sinver­
güenza para entrar a su país». Y ha continuado escuchando la puesta al día de esos años
robados, donde tienen que caber además la despedida final y otras cosas.

La sola noche que nos está permitida va detallando la ausencia, pero no alcanza con decir
dónde estuve, por qué lo hice, por qué seguiré haciéndolo. He venido también a que ese
hombre escuche las faltas que le oculté y perdone ésas y las que supo, sobre todo las del
desmedido orgullo de mi adolescencia insensata. El rito de la absolución a la hora de la
muerte debe cumplirse al revés. Mi padre ha oído sin soltar mi mano. Después, en silen­
cio, la ha llevado a su mejilla y ha descansado la cabeza, sonriendo. La verdadera paz ha
empe­zado para los dos a partir de ese silencio: es la forma del perdón que vine a buscar.
Ya casi no tenemos nada que decirnos que no sepamos para siempre.

A medianoche, abriendo los ojos, mi padre ha musitado unas palabras y he acercado el


oído para recibirlas. Mientras obedezco, me siento a la vez humilde, poderoso, protector,
ser vivo admitido a la intimidad de esas horas finales que los moribundos casi nunca com­
parten. Mi padre ya está demasiado débil y no puede valerse, pero estoy yo, que he viaja­
do tres días para esto. ¿Quién es el padre, quién el hijo? He levantado la sábana, buscado
entre las ropas, arrimado el orinal. Sostengo en mi mano lo que puede ser una flor o un
fruto, pero también pienso que, de algún modo mágico, sostengo mi origen.
Mi padre se alivia y vuelve a su entresueño apacible, que velo hasta que el clarear
del día marca la expiración de mi propio plazo. Entonces beso por última vez su frente,
sin despertarlo. Estoy contemplándolo cuando oigo a mi lado el sollozo reprimido de mi
madre. Tomo su mano y salimos del cuarto, cerrando sin ruido la puerta del hombre que
morirá dos días después, sin mí, conmigo.
Exilio 61

Exilio

La única luz en la habitación es el resplandor de la nieve, que entra por la ventana de do­
bles cristales. Sobre el gran lecho nórdico una mujer y un hombre están encendiéndose
en las tareas del amor, unidos por sus bocas y por el centro de sus cuerpos, aferradas las
manos en el naufragio que los arrastra al fondo de la dicha.
En el instante único, mientras ella musita las palabras que sólo ellos conocen, él se
echa de pronto hacia atrás y mira sus ojos cerrados. En el rostro de la mujer, que la nieve
empalidece y el amor contagia de agonía, el hombre ve los rostros de todos los que que­
daron en el país remoto: la mueca final de los torturados, los párpados enrojecidos de las
esposas ya sin esperanzas, el sudor de los que van a desaparecer, el temblor en la garganta
de las muchachas que están siendo violadas. La noche que los rodea contiene todos los
paisajes y silencios de la memoria intacta, inútil. «Abre los ojos», ruega el hombre en si­
lencio, «o moriré de este dolor.»
Incluido afuera
1988

A Quijano
A Luis Blanco o Blankito
A Daniel Waksman

I. Datos del cuartel

Primer discurso de Adán

Para Ducho

El jadeo de alguien que trabajaba por fin se ha detenido


convalezco de espaldas en el barro
pero hay que hallar la forma de saber quiénes cómo
encontrar ese rastro que dejamos una vez no sé cuándo
el que lleva hacia el fuego de los hornos
64 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

todavía nos guardan hostiles la sombra y el silencio


tú sangras y estás húmeda
a mí me hicieron débil e ignorante
siempre es de noche
alguien espera cerca
demorando la invención del amor porque nos odia

no lo juzgues
es torpe
sin pareja
le duele la cabeza y siente envidia
sólo sabe ser cruel
no le explicaron nunca para quién trabajaba o para qué
tiene un oficio sucio andar con barro construir desdichados
y aunque se sienta un dios es un simple emisario
somos su tentación y tendrá que mirar
recibió órdenes

créeme naceremos
ten confianza
ya nos han condenado
el aliento que entró por tu nariz era el espanto
y quien se aproximó a soplar era la Muerte

entiende esto
jugaremos el juego de un idiota
y hay dos reglas
la primera creer que estamos vivos
la segunda él siempre gana
luego empieza otra vez y así por siempre
no sé bien los detalles desde luego pero no es juego limpio
el idiota hace trampa y se equivoca
su diversión su error consiste en esa idea
de que todo es dolor y no termina

aprenderé de prisa lo prometo


no te avergüences tenemos poco tiempo
todo está por hacer y ésa es nuestra tarea
simular que jugamos
crearlo todo

no puedes verme porque aún no nos mira


yo he desobedecido
Huelga de hambre 65

con los ojos abiertos estoy reconociéndote porque te conocía


si te describo puedo revelarte el principio del mundo
empiezo a amarte
es mi primera arma

te sé desnuda y tienes mi estatura


tus cabellos son negros
las lágrimas resbalan de tus párpados cerrados y sombríos
ahora me has oído y te cubres los senos con las manos
pero hilos de leche brotan entre tus dedos
tu boca puede hablar y me sonríe
tienes los pies pequeños
te recorren el cuerpo extraños signos dibujados con barro
y con mi sangre
que leeré cuando estemos al resplandor del fuego
son todas las instrucciones necesarias

aquí es de noche ahora aunque siempre es de noche


tú no puedes saberlo todavía
pero estamos de pie vamos hacia los hornos
siento a veces tu mano en las tinieblas
rozándome sin miedo
con amor
quiero decir ya caminamos juntos ya nacimos

Huelga de hambre

¿Qué es este golpe atroz


que de pronto lo clava que lo aplasta
helada chinche piojo inanimado
contra el liquen podrido los ladrillos?

bestia que ayuna con la cerda húmeda


sólo alimaña ahora
coleóptero ya sordo mudo y cojo
paralizado por el golpe
66 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

atónito
agita en las tinieblas sus antenas
se dobla sobre el vientre vulnerado
se aferra a ese relámpago espantoso

tras la puerta de rejas y la madera ciega


el bicho sucio envuelto en sus olores
en silencio se abruma por su propio desprecio
hunde el hocico ahoga la memoria
en ese piso que manchó otro vómito
en la manta mortaja de otro muerto
para sobrevivir
es necesario
al implacable cólico de soledad
no previsto en las tesis de Guevara

Explicación de la unidad

Te cambio mis patadas por tus dientes quebrados


contra mi pentotal diez uñas con agujas
tu noche de picana por otra de plantón a cero grado
hijos que se borraron contra mujer perdida entre otras viudas

capucha por capucha


ponete mi chaleco enloquecido
dame el caño de diámetro creciente tu íntima hemorragia
todos mis culatazos
contra tu violación de madrugada
venga el paro cardíaco
tomá mi corazón con taquicardia
tus pulgares colgados contra el tanque de orines que me asfixia
mis testículos rotos canjeados por tu feto echado a palos
tu pobre mente en trizas a reflector y ruidos de colores
mi lengua de cartón y arena sucia confortada a salmuera y sed de agua
Hombre con mujer 67

tu parálisis química
y mi horrorosa duda si lo dije
tu carnet sindical calcinado a balazos en la nuca
mi cadáver sin ojos entre los cangrejales de la playa
tu silencio terrible
mis aullidos finales
hermanito hermanita mi compañero compañera mía

Hombre con mujer

Viene el hombre fumando por la calle


viene duro pisando con zapatos
viene bigote negro viene solo
y la mujer callada que lo mira
con mirada que toca la entrepierna
viene el hombre con humo y pantalones
la mujer sólo mira la entrepierna
inmóvil en el auto y ojos dulces
midiendo cómo nace el bajovientre
pensando el vello y las ceñidas ingles
la entrepierna rotunda y con botones
Ia suave y tibia piel
el blanco exacto
donde pondrá la ráfaga implacable
y saltará la sangre con la mierda
del verdugo que viene caminando

ya está el cadáver dentro de la mira


ya viene el comisario dilatado
la mujer sólo mira la entrepierna
68 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Comunicación a la Sociedad
Interamericana de Prensa

Me sonrío barbudo sin bañarme desde hace una semana


tendría que quitarme la tricota desorganizar la camiseta
para rascar allí donde me pica
pero igual me sonrío
doy gracias hasta al grillo que enmudece y me teme

si tuviera con qué


mi gratitud sería por escrito
mis alegrías en letra cuerpo 30 recuadro de 8 puntos

qué ministro podrá contra este pueblo


qué general hará que sus rebuznos se ejecuten
qué presidente obtendrá que lo perdonen al alba de la vida por venir

si queda Juan

claro no es ése el nombre pero vale

este Juan con fusil y siete hijos


enganchado hace un año para desenganchar de la miseria

«vamos a darle buen alojamiento el que usted se merece periodista»


me dijo el coronel pistola al cinto barriga de italiano
y sólo me inventó este calabozo a suelo sucio
pobre hombre
de noche en el casino es él quien siente frío en el décimo whisky
quien no puede dormir cuando se va de putas
quien se muere de hambre en los banquetes

«aquí nada de diarios ni revistas ni jodas de marxismo»


me dijo el mayor bizco que tiene sus lecturas
y aprendió en Selecciones todas las acechanzas de la imprenta
inventada se sabe tan sospechosamente en lugares foráneos
como la China Roja
y cuando está en la ducha jabonando sus ingles
sólo piensa en imágenes
de la hija de Johnson en su noche de bodas democrática
el folder de Plavboy senos anglosajones
Comunicación a la Sociedad Interamericana de Prensa 69

la negra panameña con olor a pineapple


Fort Bragg en el recuerdo no esta mugre uruguaya

«el reglamento le prohíbe la prensa»


dijo el alférez algo ruborizado y eso es lógico
lo inauguré al muchacho y soy su primer preso
a veces de cadete me leía a escondidas
ahora me ve las canas de la barba la cara con lagañas
puede asistir a mis viejos ronquidos oler mis pesadillas de hombre solo
soy su primer civil en estado humillable
el único vietcong a su modesto alcance

«el retrete ya tiene condiciones»


dijo en castrense Juan al ocupar su guardia
y se mira las botas sin mirarme
sorbe su mate
lenta cada palabra de minuano
criollo meditativo con cuarenta en el truco y aguaitando

entonces
he pedido permiso el parte ha ido ha venido el permiso
y junto a la cisterna en el clavo oxidado
está el diario de hoy en pedazos prolijos en higiénicos textos

cinco minutos manda el reglamento


pero leo los cables
Armstrong pisó la Luna y dice que es muy triste
(Gagarin había dicho que la Tierra es azul)
regresaré en un rato a leer Policía saber de los muchachos
si me organizo horarios y si no viene nadie
aunque hay varios enfermos de hepatitis y otros muchos de asco
habré llegado a los avisos fúnebres o los editoriales
antes de que nos formen para arriar la bandera de la patria
esa vieja ironía de nuestros militares

sonrío agradecido por este Juan tan pobre tan soldado


compañero sentado ante mi reja
poeta de su bella parábola sobre la información y su uso doble

qué general ministro presidente


qué coronel mayor joven alférez
podrán contra este Juan contra este pueblo
contra estas alegrías silenciosas
70 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

La visita

Esta mujer de cierta edad me mira


elige las palabras me alcanza un chocolate
el sargento ha traído la silla de la guardia
y ella se sienta al sol
habla cinco minutos
calcetines de lana las naranjas de Salto Coca te hizo un pastel
pero queda una hora todavía

el fusil M–2 la pone triste


no sabe que esa caja verde sobre la mesa
se llama walki–talkie y nos escucha
es gente de otra época de familia sin presos
me susurra furtiva pese a todo
y el soldado se acerca a escuchar su mensaje
por qué está mal planchada la camisa

esta mujer se calla


hay tan poco a decirse entre dos viejos
siempre hablaba con niños había pizarrones
cada mañana alguno le llevaba una rosa
en su escuela rural el sol no tenía horario
no había centinelas de M–2 rastrillado
si el llanto la tentaba
siempre le era posible explicar la gramática de espaldas a la pena
y el pasado imperfecto suplía las respuestas inútiles las pausas

esta mujer se esconde tras sus lentes oscuros


piensa algo remordida en el rato que falta
para el último ómnibus hacia Montevideo
no han puesto pizarrones
y hasta el sol es un préstamo de las Fuerzas Armadas
esta mujer me mira buscando un niño antiguo
y sólo encuentra un hombre sucio y un poco enfermo
que se escapó del tiempo y que también se calla

esta mujer ojea su reloj pasó el plazo


han retirado el sol y se llevan la silla
¿quién era ese extranjero con la barba crecida
que se aleja renqueando entre dos centinelas?

esta mujer mi madre de pie lentes oscuros


con su niño cadáver podrido entre los brazos
Piedra blanca sobre piedra blanca 71

Piedra blanca sobre piedra blanca

Aquí no tengo libros y cito de memoria sobre papel higiénico


no sé si habrá llegado el momento de hablar
y tampoco sé bien si les importa
pero la idea ha sido en estos años sucios
como un salvoconducto y ya no me hace falta
el viaje ha terminado

puedo decir ahora resumiendo


desde que era ignorante con lentes y muy joven
descubrí
pido excusas
que este César Vallejo de uso tan mal usado
se parecía a alguien que yo no supe nunca

eso me vino en un bar montevideano


hace como dos Batlles como doce mujeres
hace cientos de amigos y vacunas
y lo leí absorto destripado
con la camisa fuera
con piedad y con miedo repentinos
tragando bocanadas de poesía que se cristalizaba mortalmente
ácido cruel que me comía la boca
y luz no usada y mierda y eras la boina gris y el corazón en calma

miré los muros de la patria mía


si un tiempo fuertes hoy desmoronados
y rosas flemas rodajas de cebolla
mientras me bajaban por el esófago flujos dolores de parto y el recuerdo
de Rita andina y dulce de junco y capulí

a ustedes les pasó y estoy seguro


yo sé que me pasó
todavía tiemblo
a cada nuevo verso
quedárseles Dios Padre atracado en los dientes
yo por lo menos sí
y con la lengua negra casi paralizada
hacía a un lado carozos de palabras hollejos de palabras
para que jugos gástricos y jugos salivares
pero sobre todo una pena purísima y de cráter lunar
me bloquearan el aire
72 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

me empañaran los lentes y me jodieran el mundo


porque yo me volvía creanmé al mismo tiempo
cadáver feto amor planta podrida y nuevamente amor
perro con sarna niño extraviado amor o trapo sucio
y el microbio atrocísimo de César

esa noche el peruano


me curtió a cachetadas
escupió en mi cocacola y se cagó en mi sandwich olvidado
iluminando el bar con sus relámpagos
pero su cara estaba debajo del paraguas
sólo le vi las manos y los zapatos rotos
y entonces los borrachos se escondieron llevándose el teléfono
y un cuadro de Gardel que estaba serio
porque ya no podíamos aguantarnos las lágrimas la risa
porque de tan hermanos
el César refregaba contra mi jeta de auxiliar tercero
los pedazos las entretelas la cuchara
el dedo de Pedro Rojas fusilado
y salimos los dos como en un tango

más tarde cumplí los años de mi edad y al alba


me paré muerto de hambre en una pasarela
tal vez el Pont des Arts pero no sé perdonen
mi francés era escaso
admito que llovía
y miré el agua negra sin pasaje de vuelta en el bolsillo
hasta que recordé el yeyuno de Vallejo que vacaba
no su perfil
no a quién se parecía
sólo la piedra negra sobre la piedra blanca
y que eligió París para morirse
o tal vez
pensé entonces
sólo la lluvia de París
o tal vez
pienso ahora
sólo la lluvia

no importa ya
César Yeyuno ha muerto ya no le pega nadie
aquí no tengo nada
hay tres grados es julio
y en San Pedrito a veintiséis dentro de pocos días
Piedra blanca sobre piedra blanca 73

usurpé con permiso de la Revolución una vivienda virgen


una novia doncella señorita
que esperaba en silencio
feliz con muebles nuevos
al esposo guajiro con su título

abajo
el claxon de una guagua llamaba periodistas retrasados
pero me quedé allí que era mi casa
había sudado la guayabera
Fidel Castro afirmó bajo el sol que ahora Cuba está sola
y algún guardián de la conciencia crítica
presupuestado en la Sección Metáforas del icap o el init
o como rayos sea el nombre de la fraternidad con oficinas
había dejado en la mesa
los versos del peruano mi socio buena gente
Vallejo sin abrir libro que vuelve
de una montevideana torpísima memoria

César Vallejo ha muerto sin embargo


desde doce mujeres dos Batlles otras enfermedades
y la pena de cráter que Rita nunca supo
estaba pelos uñas tejido conjuntivo húmeros a la mala
cal en el cementerio
porque toda la tarde
asándome a este sol a tiro del Moncada
descifrando una tesis que construye doncellas habitables
y ordena la violencia
en batallones verdes que leen a Retamar al pie del cuatrobocas
escuché la poesía verdadera que nos manda vivir
que prohíbe morirse simplemente

salvo que sea en el Churo


y eso ya no es morirse

aquí no tengo libros y han dispuesto que la luz no se apague por las
noches
porque Pacheco teme a ciertos Sueños
pero si no me muevo y no tirito
tal vez pueda salir y a lo que venga

abajo ya la Trocha ha reventado


y el carnaval
envía sus comparsas y sus ñáñigos para sitiar Santiago
74 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

con el barraje de la Guantanamera y el retumbar del Chori


mi novia se entristece de repente
y la Revolución
que también sabe de eso
planta en la noche una guitarra tenue

esto ya no es tristeza es sentimiento


dice Sindo Garay en la ventana
y el soldado de poncho camina por la escarcha con el Garand al hombro

César Vallejo ha muerto


llegó hasta aquí nomás
ahora me entero
reconozco la cara que no supe
y a lo mejor no agrego nada nuevo
a lo mejor ustedes ya lo saben
porque César Vallejo
en aquel libro a veintiséis de julio
se pareció por fin a Cuba
como un mapa distinto se parece a otro mapa
pero hay un solo mapa para no equivocarse y caer al agua

antes que venga el oficial de guardia


pidiéndome el cigarro de las cuatro
alcanzándome el mate clandestino
pongo por si les sirve compañeros
que allá en Santiago de Cuba el veintiséis de noche
con guitarras
no hay lluvia nunca es jueves
sólo hay piedras blancas
y decían los guajiros o decía Fidel
vale lo mismo
que hay que usarlas en casas de vivir
con vida para siempre
se dan cuenta

perdonen que los deje viene el hombre


en Minas hace frío y ya amanece
Última borrachera 75

II. Incluido afuera


(Con música de Piero)
Ay país
país
país
qué sé de lo que callas
y vos de lo que digo
qué sé de la memoria
qué sabés del olvido

Última borrachera

Te partiste la frente contra el muro


te rojea la herida en medio de los tiros
te resplandece el llanto entre los reflectores militares
y te babeás hermano y qué estás lejos
y qué muerto de frío
de alpargatas prestadas mirando para abajo
y con la boca rota reventada

y ahora qué
mi paisito
hermanito país
lomo que no te abrazo
frente que no te beso muerto que no acompaño
sangre que no me corre por las manos
dolor fotografiado lágrima en cablegrama

y ahora qué mi querido


te embalurdaron bien de votos como piedras
y te miro fondeado
y ahora qué mi querido pobrecito país
cuajarón de la náusea y las locas riéndose
hermanito borracho que te meás los dedos
perdido en la milonga que ya apagó las luces
robado por la puta de la muerte y la puta del oro
76 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

y vos ahí a lo perro


a que te cumplan o a que te terminen

pobrecito país
lo que vas a romperte antes de que por fin
antes de que ahora sí y todos juntos
antes de que te pares entre el vómito seco de la última farra
varón cicatrizado
silencioso padrillo de la patria
y te inclines terrible y sin perdones
a hacerle el hijo nuevo de la vida

Madrigal

Cuando quieras hablarme


está el telégrafo

cuando quieras tocarme


guardá los dedos

cuando quieras mirarme


rompé el último espejo

cuando quieras olerme


encontrame en el humo no en el fuego

Aeroparque

¿De quién son este sol que baja entre el smog


y el bosque hostil sombrío con su tren invisible?
Aeroparque 77

mirá toda la gente en la terraza


nuestros lentes antiguos nuestros zapatos pobres
mirá las azafatas de colores
mirá el avión que viene en el último rayo sobre el río
mirá el polvo dorado
el patinazo triste de las ruedas
y la bandera sucia en el timón de cola

¿de quién son este viento violáceo este temblor?

aquí estamos en grupos que no se hablan


aquí estamos los buenos y los malos
y hasta los indecisos
todos en la terraza de la noche
el avión viene entrando con las turbinas roncas de nostalgia
no me mires los ojos
no me dejes la mano
miremos al avión con la bandera sucia
del hollín más amado

ponen la escalerilla de favor


descienden los paraguas bajan corbatas bolsos
dudan los pantalones ordinarios
los pilotos se quedan y consumen pastillas contra el sueño
ninguno nos saluda bajo los reflectores
a nadie conocemos bajo esta nueva forma de la muerte

miralos sin embargo


vienen de la otra orilla de una tarde que se hunde
hace una hora pisaban todavía las veredas con grietas
comían el pan grisáceo
recordaban su muerto personal
temían en la aduana
estaban en la patria

no te vayas ahora y que nadie se vaya


todos en la terraza de la noche

¿de quién son estas horas este amor general y rechazado


esta moneda falsa?

esperá un poco más a que suban los otros


a que el avión prendado enfile por la pista hacia lo ajeno
dejándonos llevándolos
78 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

a donde no se puede
a donde no se puede

¿de quién son la bandera mugrienta


la luz ensangrentada intermitente sobre el río
que vuela hacia la noche
las caras
las ausencias?

Redactor de guardia

Entonces ha empezado a amar lo absurdo


así que éste era el sueño que soñaba
el neón y la gente
la droga del horario
cuarenta teletipos electrónicas contándole hasta el alba
en renglones idénticos la vida

así que éste era el término de todo


asistir al estrépito que causa la felicidad al destaparse
y no estar convidado
ir perdiendo la vista
cortar papeles sucios
reflejado en un vidrio que aísla del recuerdo

mejor si hay ruido y humo de tabacos


muchas risas mejor
mejor si no le hablan pero puede quedarse
testigo paralítico
espía sin ninguno a quien pasar su informe

todo mejor es claro


que los descubrimientos inservibles
mejor que regresar hacia su nave
su habitación varada
Lista salvada 79

donde crece una planta de hojas intimidantes


y frutos sin permiso
que cada día ocupa más espacio

donde la bbc una vieja cassette una fotograf ía


equivocadas siempre
esperan cada noche que termine la noche

Lista salvada

El tuvo
cree ahora
una cara sin barba y manos que escribían la verdad aproximada

él tuvo
le parece
un sillón sólo suyo y una puerta

y tuvo
salvo omisión o error de esta memoria nueva
un árbol propio como todo el mundo y otro que era adoptado
un cuadro del que guarda una foto en kodachrome
y un armario de pino con camisas

él tuvo más que nada una noche de lluvia


un cigarro apagado y una carta

sólo tiene la lluvia


80 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Montevideo

Abro los ojos a tus cinco y media


en todos los países
y a veces es de noche y es la nieve
y a veces hay campanas y el sol alto

cada día despierto justo a las cinco y media


de todos los hoteles las alcobas prestadas
pero ya no pregunto dónde estoy
y confundo el olor de los pisos el sitio de la mesa
el agua polvorienta en su botella triste

abro el recuerdo y son las cinco y media


para mi lista de ejercicios pobres
cómo fue aquella esquina
cuál calle y si había un muro
el árbol a la izquierda o ningún árbol
el color de tu puerta
si el sol daba al jardín en la hora del verano
qué dije aquella noche
quién lloraba mirando hacia el avión

todo se va borrando
y si demoro mucho no me esperes
que despierto asombrado y me lavo y me visto ya sin sombra
de lo que está olvidándome y me crece
de lo que traspapelo y se me muere

a no ser vos ciudad violada y mía


a no ser vos a tiros por tus plazas
a no ser vos con árboles de luto
a no ser vos cuando es la hora que digo
y aquí no estás y no dormí contigo

a no ser vos mi amada verdadera


tu cabeza de viuda
tu mejilla de muerta
tu rostro siempre
que marcó la almohada
Las causas perdidas 81

Las causas perdidas

Que le pregunten quiere


por el botón ausente
que alguien lo investigue si durmió o si el almuerzo
que lo averigüen quiere
por el dolor de huesos y la camisa vieja

quiere que lo carteen


que lo saquen andando y que lo anden todos ya sacado
que midan si creció
o si ha encogido bajo aguaceros tantos
revisen su bolsillo y las llaves inútiles
o se asombren a veces de la cama enviudada

que escriban en el polvo de la mesa sin panes ni cucharas


un número cualquiera o dibujen un círculo
y alguien diga «ahora voy» por el teléfono
o diga «¿cómo eras»
y alguien responda alguna explicación del viento inexplicable

que lo dividan quiere


en ayer y mañana contra fotograf ías amarillas
quiere tomar café
cafetera por medio y con palabras
quiere que lo sorprendan al cruzar una calle

perdido como siempre entre hostiles semáforos de idiomas guturales


y entonces le disparen por la espalda
el nombre de una muchacha de diecinueve años
y escribir cuánto pesa y por qué sigue triste desde el 69

que lo apersonen quiere


y que lo restablezcan
en las mismas baldosas donde fue y se quedaron sus zapatos
que lo desencajonen
y que lo pongan si se puede en uso

que lo devuelvan quiere


82 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Equivocación de MacLuhan

En un quiosco argentino
O en otro de Madrid o de Lima en la lluvia
he visto vender versos en forma de carteles de amor
o de carteles contra la soledad
o de carteles que explican el recuerdo

y en ese acto mínimo


de cambiar las monedas
por el súbito reconocimiento de uno mismo
el comprador casi nunca sabía
quiénes eran Hikmet o Benedetti
o pongamos Éluard
pero sabía
al fin
que otros habían hallado por él la maravilla

nombres sin eco


y poetas sin cara quizás muertos
incorporados como lámparas o silencios
a la jornada de este transeúnte
que fue a comprar el diario simplemente

Belfast Christmas

Aún no hallé postales con casas incendiadas


pero el tizne del sobre
legítimo recuerdo y ojalá los conforme
yo aquí muy bien el hotel es tranquilo
el servicio correcto
aunque las camareras siempre lloran
camino cada día por Ardoyne y sus ruinas
apunto en mi libreta las paredes con frases del combate

la comida es barata
irish coffee los sábados
puedo fumar los mismos cigarrillos
de los paracaidistas ingleses que torturan
La casa del notario cerca de Somosierra 83

extra quality blend y no se apagan


McCann Tony Doherty y Martin Mechan sin camisa de
espaldas lo confirman en la rueda de prensa

oigo desde mi cama las sirenas inútiles


las ráfagas de Sten los villancicos
celebrando a Jesús y a McStiofain

lamento hallarme lejos de la patria


ya limpiaron la acera de intestinos
abrazos a las tías
aquí empezó a nevar es Nochebuena
y todos están muertos

La casa del notario cerca de Somosierra

La lluvia en el jardín
aunque de riego
el reloj de otro dueño
la noche que traspasa la distancia
todo invade
el aire irresistible
la certeza borrada

hay un espejo aún en algún sitio


y una fecha final y sin renuncia
nadie sabrá contarla
aunque yo acceda
nadie podrá advertir las huellas duplicadas
hay demasiados muertos

la noche dicta el orden


la lluvia suena isócrona
sobre torpes magnolias césped sobreviviente del verano
pero yo sé el recinto
el espacio sin nadie las voces silenciadas
este conocimiento prescindible
esta grotesca sed

y quisiera también anochecer


pero me callo
84 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

La cantada

Sé que un año contiene doce meses


sé dormir en un auto cuando nieva
sé no hablar alemán
apenas leo el sueco
sé para siempre la cara de varios hombres
sé dónde vive un gato en Chartres
sé el aire del balazo
sé que con tres machetazos caen seis cañas
sé que una niña llora cada noche
y a veces me odia
sé que una mujer ya no me espera
pero siempre me ama
sé que nadie puede morir si no queremos
sé que no soy
sé que ustedes no son

no hace falta violencia


he dicho todo
no servirá de nada

Utilidad del exilio

Dice el Fiscal que en Washington dc


Perry Speevak
que era un agente del fbi
subió por la escalera de bomberos
al techo de la embajada de Rumania
en Sheridan Circle
Washington dc
y a cuarenta pies de altura
halló los pedazos de la radio Motorola del automóvil
con sus cables inútiles
música ya silenciada
esquirlas de metal
Ciertos árboles 85

entonces puso todo en balsitas de plástico con números


porque servirían
dice el Fiscal
como evidencias en la investigación
de lo no investigable

y también halló trozos de piel huesos y carne


de las piernas de Orlando voladas por la bomba
pero los dejó en el techo de la embajada de Rumania
en Sheridan Circle
Washington dc
porque ya no servirían para nada

Ciertos árboles

Qué tiempos éstos


en que hablar sobre árboles
es casi un crimen
Brecht

Para esta idea de los eucaliptus


tendría que ir a Australia o a mi país desarbolado
mas la desacostumbre de volver
y el hábito de estar sin motivo legal donde no debo
y tal vez otras cosas de penar en lo oscuro y a mis solas

el caso es que me enredo en las distancias


sobre todo en las mías y en esta relación de las ausencias
sextante inútil
cartas de navegar equivocadas
y no puedo saber así sin atlas
totalmente sin visa
cuáles quedan más cerca de esta ciudad definitivamente provisoria
los eucaliptus de Montevideo a los de Sydney
86 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

digamos por ahora


en términos botánicos
dadas las circunstancias del terreno y su flora política
que más lejos está Montevideo
según la ecología de la muerte

al cabo es una simple cuestión de longitudes


dictaminada en Uppsala el astrolabio
al fin
si corre el tiempo suficiente
casi no importaría viajar a cualquier lado
del meridiano ajeno e invernal de Greenwich
si se sube hacia la latitud del Sur desvanecido
a sentarse final contra los grandes troncos
a morder el sabor de los follajes nuevos
oler ya sin nostalgia el viento de Carrasco entre los eucaliptus
sentirse austral y propio entre los eucaliptus
y en la hojarasca íntima los pasos
de la vida alejándose entre los eucaliptos

El aduanero bondadoso

Entre otras muchas cosas


extravió el pasaporte
pero el Guarda de Aduanas:
«si pudiera tan sólo
recitar de memoria qué decía»

se sentó a recordar
y no podía
Correspondencia en julio 87

Correspondencia en julio

Estos años que vienen pisándonos los pasos


esta vida invasora de otra vida perdida
esta seguridad de que nada es seguro

estas puertas cerradas después que las cruzamos


estos ríos sin agua estos senderos ciegos
estos idiomas nuevos que nos secuestran todas las palabras

estas distancias hechas de países enteros


estas camas vacías en albas discontínuas
estos teléfonos húmedos que lloran

estos días distintos pagados hora a hora


moneda por moneda
sellados cada noche con un perdón secreto
y un arrepentimiento que se calla

estos códigos tiernos e inviolables

forman por fin el rédito del tiempo


todo lo que tenemos al cabo del otoño y las mareas
escrito como un pacto hasta la muerte

son el amor total de duro precio


tan nuestro
tan feroz
tan merecido

Actriz de viaje

Sobre la ausencia todo estaba dicho


hasta que vos te fuiste
se han descubierto ahora nuevas formas
de adivinarse triste
88 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

El desexilio

Dos con permiso


se juntan
se interponen
entre aquella memoria deslumbrante
y el dolor de costumbre
para unir ese rayo entrecortado
para tocar los dedos y las manos
para comunicarse lo indecible

nada es verdad
pero ellos no lo saben
todo es verdad
pero ellos no lo saben

ojos abiertos
en un insomnio idéntico a otra noche
beben el vino del amor perdido
aspiran el olor de lo imposible
se enlazan mudos
se trasponen solos
combaten resignados
resbalan otra vez hacia la muerte
los dos de acuerdo
en no cargar los dados de la vida

Nueva lectura de Anna Karenina

Vadeando a la rodilla las aguas misteriosas


el pescador venía por la playa extranjera
lo verde y lo turquesa estaban negros
Animal que desconoce 89

el plazo se agotaba entre los arrecifes tenebrosos


el cesto olía a tristeza y podredumbre
la última langosta agitó sus antenas
horrible y gris entre los mimbres húmedos
el cesto se cerró
no había más horas

el pescador pasó mirándola a los ojos

súbitamente fría y advertida


ella peinó desnuda sus cabellos dorados
sintió en la piel mojada una nostalgia
supo todo hasta el fin
no dijo nada
aceptó devolver el día prestado
reconoció el olor y el ademán antiguo de la pesca
sonrió a la Muerte que se iba por su playa de siempre
vadeando a la rodilla las aguas del misterio

Animal que desconoce

La puerta está por cerrarse


y sólo cabe uno más
dónde no fuiste
ya nunca
la frente sobre el cristal
pez sin memoria
hombre viejo
que no aprende a respirar
90 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Diciembre

De todo esto yo soy el único que parte


Vallejo

Todo coincide hoy


jornada décima
de modo informativo
y un misterio modesto se revela

el mariscal Ustinov
advierte al Occidente
sobre cualquier intento de desfoliar la flora de los campos
aún del socialista
y la otan examina represalias contra la Unión Soviética
porque ve átomos en la ojiva ajena
y no neutrones en la propia

en Estocolmo nueve sabios sonrientes


pero un solo poeta delegado
reciben premios Nobel en el proscenio de la Konserthuset
ante la única Reina brasileña del mundo
Onetti es candidato a ganar el Cervantes
y la muerte de Lennon
extiende en el planeta el dudoso dolor de los disc–jockeys

todo vuelve a ocurrir


salvo esta circunstancia inaugural
condición subjetiva que el Che ya tuvo en cuenta
imprevisto leopardo
ventana que golpea en medio de la noche

actor sin texto


espectador ya miope hiperglicémico
testigo no citado por nadie a declarar cosa ninguna
debo cumplir cincuenta y cuatro años
Autocrítica del destiempo 91

Autocrítica del destiempo

Inseparable y misteriosa patria.


Borges

El que una vez anticipó la sangre


y apenas se trataba de las cárceles
el que una vez pronosticó la muerte
y apenas se trataba de la sangre
que escribió todo sobre la derrota
y apenas se trataba de la muerte

junta ahora derrota muerte y sangre


muere traidor de haber quedado vivo
se le pudre la sangre para nada
ninguno lo derrota ni lo expulsa

y en sitio equivocado y a destiempo


halla por fin a qué sabe la patria
que sabe a sangre a muerte y a derrota
a inseparable
misteriosa
ajena

halla por fin a qué huele la patria


que huele a fuego y a empezar de nuevo
92 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Diálogo concertante

Pongámonos de acuerdo en diferir


como estamos de acuerdo en la esperanza

me decís que el retorno


digo que no se vuelve a casa propia con las manos vacías
decís que han amnistiado los errores
digo que no se vuelve a casa ajena desarmado

buzo parlamentario
me decís que subir muy lentamente por eso del nitrógeno
yo nadador desnudo
digo que el aire

me decís la paciencia
yo digo que los muertos y sus plazos vencidos

me decís que el regreso sólo será posible para quienes quedaron


digo que sí
digo que de la sangre no se ha salido nunca
ni del dolor que humea y de ahí no me salgo ni lo quiero

pongámonos de acuerdo sin embargo

Café Sorocabana

Con qué cara mirarte


cómo tomar café con vos hablando de política o mujeres
y planear el Estadio del domingo o el almuerzo
en el terco fantasma de fondas demolidas

no preguntés
no hay nada de que haya que enterarte
de mis nadas foráneas sobre todo
Café Sorocabana 93

si vos estás mirándome parapetado en lentes que no te conocía


con la misma mirada que hasta hace ciertos meses daba contra
una reja y una ventana ciega
si vos estás callándote con la voz que callaba aunque la máquina
la sonrisa por más que la capucha
con tu asma
que le ganaba al alba el plantón en la escarcha de los días

ésta es la mesa antigua ésta es la plaza


siguen sin enterarse de un mundo destrozado
fingen no ver el rostro que trajiste
hollado por horrores que yo leía en París vía Le Monde
miope de mirar tanto de la pena
sordo de tus silencios solitarios

y ya hay que hablarte alto por encima del tiempo y da lo mismo


vos oís lo que importa

la memoria inocente
nuestra primera baja de la guerra
fue secuestrada y muerta
se ignora el paradero del cadáver perdido
por eso es que me callo
por eso te callás si te muevo el alfil de un recuerdo a través de la mesa

ya sé que sos
sólo que más adentro
más sabio hasta más viejo
sólo que no te encuentro

yo que era el viejo y vos me preguntabas el oficio y las cosas


qué tengo que decirte
sino escuchar tus ecos

intentemos apenas retomar si es posible el hilo de la vida


no sé decirte cuál
sólo la vida
yo fui y soy nada más que el lector de tu cárcel
a lo lejos y a salvo
testigo de tu sueño que resistió a la muerte
avergonzado inútil contertulio
de este café olvidado que se enfría
94 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

Llamada de larga distancia

Vení Juan Gelman


escuchá este silencio
abrigate este frío

vení a sentarte Juan en esta rueda


trago y mate en la noche
ternura de la vida que tuvimos
garganta seca de lo que vivimos
mano a mano de todo lo que vimos

dejá que cebe el mate de los muertos


dejá que sirva el ron para los muertos
caéte para adentro de los años

el Che te manda cartas


Paco escribe en París su prólogo de versos
y Rodolfo bronquea como siempre
Masetti se aspirina para Argelia
y Milton se nos vuela en Buenos Aires
Zelmar cruza la línea hacia este lado
el Toba vota contra el desafuero
las patrias son iguales
y se llaman Trelew el Churo Pando
o Salta Morazán y Las Segovias
los destierros iguales
estemos en Caracas o el Trastévere

vení Juancito medianoche y trago


chamuyaremos madrugada y mate
trasnochate la pena
amanecé extrañando
Cedrón nos pone el tango
Y Ducho la elegía

vení entre las sirenas de la Dársena


sobre la nieve tonta de Estocolmo
por los baldíos soleados de Managua
y hacé cantar la yerba de los muertos
soplate el copetín para los muertos
Segundas partes 95

mirá a Roque muriéndose y de risa


enfrente a la pistola del equívoco
mirate a Paco rubio y ya sin balas
mordiendo la pastilla del coraje
mirámele a Zelmar la mirada celeste
que hace bajar la vista al asesino
mirame al Toba cómo se lo llevan
ya sin divisa muerto de la patria
campaneame a Salerno desangrado en el pasto
sucio de puntapiés limpio de sueños
mirá a Rodolfo por San Telmo abajo
que ya mandó la carta irrevocable

mirá la rueda cómo va creciendo


escuchá este silencio de los muertos
abrigate este frío de los vivos

Segundas partes

Este hombre que vuelve


y cree que sólo ha vuelto
este viejo que ha vuelto
y no sabe que es viejo

este extraño que odia


sin amor por el odio
de todos olvidado
sin comprender qué todos
placa recordatoria
de aniversarios sórdidos

esta llave oxidada


que se quedó sin puerta
esta puerta sin nada
sobre qué abrir su hueco
96 Carlos María Gutiérrez — Incluido afuera

navegador absurdo
sin perro ni Penélope
manco de las dos manos
con la flecha y el arco
ensangrentado mito
busca a los pretendientes
sólo se encuentra él mismo

este hombre en regreso


que ofrece a nadie vivo
derrotas inaudibles
catálogos de muertos
combates mal soñados
con dulce desaliento
lee sonriendo en la noche
la escritura de un ciego
Diario del Cuartel
1970

Premio Poesía Casa de las Américas 1970


Jurado:
Ernesto Cardenal (Nicaragua)
Roque Dalton (El Salvador)
Washington Delgado (Perú)
Margaret Randall (Estados Unidos de América)
Cintio Vitier (Cuba)

El 194 apareció cuando ya nos debatíamos en el combate de las palabras. Sin desdorar,
compañeros. En ese combate puede haber, había, límpidas hazañas, catarsis y descargas
liberadoras.

El 194 («Diario del cuartel», lema: «Cono sur») venía como una bala con un hombre
adentro, y nos acertó a los cinco en el corazón.

Cuando resucitamos, estábamos participando en una experiencia colectiva, sin abs­


trac­ciones ni alegorías, encarnada en los pelos y señales de aquel tipo original y arque­
típico. La prisión. Hispanoamérica, su lucha: tal era la vivencia que arrasaba de pronto,
vibran­do en la cruda luz salvaje de la Isla del Tesoro, los salones y pasillos del hotel The
Colony hecho por ellos, para ellos, contra nosotros desde el nombre, irremediablemente.

¡Ah, lo nuestro era El Abra, la cadena y la Biblia del Presidio Político! Lo nuestro era este
libro que no podíamos leer sin comprometernos hasta los tuétanos con las descomunales
mulas de su infancia, con su pierna derecha que no anda, con su madre pedagoga y su
Juan cómplice. Lo nuestro era este libro en que política y corazón no se pueden separar:
lúcido, mordaz, pudoroso, agresivo, desigual, emocionante, hispanoamericano hasta ese
grado de inflexión y ademán que sólo ha sido posible a la palabra escrita después de
98 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

César Vallejo. Este libro de un poeta latente y emergente, no profesional, usuario de la


poesía como de un avión o un fusil: que nació el día en que el autor descubrió a Vallejo
(también una experiencia colectiva) como en un sangriento y deslumbrante parto, en un
bar de Montevideo, y termina cuando el peruano entra en Santiago el 26, se transfigura
en Cuba, oye a Sindo Garay, «no hay lluvia, nunca es jueves». Nuestra labor había ter­
minado. Comen­zaba nuestra gratitud.
Cintio Vitier
El extranjero 99

Diario del Cuartel1


Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío.
Gelman, Arte poética

A Ricardo Zabalza, alumno que ya no podrá


graduarse, maestro de la única lección.

A mi padre, compañero viejo.

El extranjero

Camino por la calle de costumbre


pero camino en una calle nueva

son las tres de la tarde como siempre


pero aquí empieza el tiempo desde cero

ésta era mi ciudad mi amada antigua


pero voy extranjero voy perdido

en ese bar tomé café con leche


en esa librería están mis libros
ese hombre que pasó mirando el suelo
se llama Andrés o se llamaba creo

yo vivía aquí pero no estoy seguro

«podés bajar las manos» dice el tipo


y guarda la pistola hemos llegado

1. Nota del editor: Se ha omitido la inclusión de los poemas «Primer discurso de Adán», «Huelga de hambre»,
«Comunicación a la Sociedad Interamericana de Prensa», «La visita» y «Piedra blanca sobre piedra blanca», re­
tocados e incorporados junto con otros por el autor en la muy posterior edición de Incluido afuera.
100 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

somos cincuenta en la comisaría


redada tribu célula primera
me entero de quién soy para qué todo

Carro de la basura

Me acuerdo de las mulas en un año imposible


la calle Ejido al Norte
y los gritos enormes inaugurando el día
las mulas se clavaban en el asfalto nuevo
izando hacia Palermo su suplicio mi asombro a punto de llorar
y entonces los azotes como detonaciones
y los tranvías parados tocando la campana
y el carro toneladas de mugre de basura
y las bestias escuálidas con los belfos en sangre
aquel verde de árboles los alaridos torpes la espuma de las mulas

así
entre estertores coces y grandes carcajadas
la basura subía la cuesta hacia otro mundo
hacia los crematorios pero yo no sabía aún esa palabra
lloraba por las mulas pero más porque nadie decía adónde iban
y el sol de Ejido al Norte riéndose de todos
y las mulas agónicas temblorosas de furia y empecinado orgullo
y yo sin poder nada
niño bobo y llorando en la vereda

esta mañana el sol sigue riéndose


y vamos por Ejido
no hay mulas nadie grita nadie da latigazos
los tranvías murieron junto con tantas cosas
el furgón es azul
de plástico y acero
pero jamás podrá tañir una campana como aquélla
Cuartel tomado 101

cuando quiere exigir suena en inglés su claxon


la oposición le dice «la chanchita» aunque se llama Chevy
adentro somos once y cuatro policías
recién comienza el verde de las hojas
la luz de una mañana alegre y misteriosa
vamos en la penumbra no tenemos cigarros
anoche no dormimos
único desayuno las fotos el prontuario las huellas dactilares
aquí el furgón repleto sin que un niño lo llore

por Ejido hacia el Norte pero no sé hacia dónde


se llevan la basura que estorbaba el paisaje

Cuartel tomado

El tiempo se nos pasa entre mate y galletas


en programar las cartas que piden ropa limpia
estamos todos juntos somos los ocupantes
ellos dueños de todo arriba sin saberlo
no me había dado cuenta de mis bienes inmuebles
regalo un cigarrillo y hago fuerte a cualquiera
cuando le pido a alguno que me cuente del hijo
estoy dándole todo el poder de la tierra
una naranja prueba tantas tesis políticas
si un compañero nuevo me la alcanza en su mano
vamos cambiando fósforos lápices aspirinas
y estamos repartiendo todo el amor del hombre
encerrados afuera ellos no lo suponen
y eructan sus decretos entre armas inservibles
bancos comisarías senados ministerios
pero ya están cercados y cada día crecemos
de noche dos o tres nos quedamos despiertos
vigilando estos presos que creen que nos vigilan
y los demás salimos a la vida a la calle
a repartir naranjas entre otros compañeros
102 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

Condiciones objetivas

Me consuela saber
aunque haga frío para andarse mojando en estos temas
que mi teniente es además dialéctico
y cree como Arismendi como Budin
en las múltiples vías
para efectuar el cambio de estructuras

cuando me dio la orden


le pregunté tan bobo como siempre
mis boberías burguesas ese lastre mis dudas
y mi teniente ha dicho

«con el trapo las manos o la escoba


pero limpie la mierda del retrete
y tiene diez minutos ciudadano»

La praxis

Esta pierna derecha me pide que la deje


después me alcanzará pero se queda
no quiere abandonar
de eso está clara
pero pide permiso
para quitarse un poco su zapato
para que otro le lleve los bolsillos
para arreglar un lío de glucosas

me mira desde el suelo con orines


se echó sin esperar que consintiera
pobre pierna está vieja
Igual invierno 103

me habla de ideologías y estrategia


pero piensa en los hipoglicemiantes
me lo jura dos veces ni un momento
ni nunca le pasó por la rodilla
la idea de que todo está jodido
pero la red urbana
piensa no me lo dice eso es lo malo
donde carajo está la red urbana

tiene cuarentaidós los dedos fríos


se me dobló en el piso hija de puta
si hubiera luz podría darme cuenta
pero está vieja pobre
y voy a hacerme el burro el que le creo

le digo tiernamente que se quede


me digo que esta pierna desertora es la cuota prevista
un combate perdido
no la guerra a ganar como que hay Lenin

fumate este cigarro compañera


que me siento a esperar que se te pase

Igual invierno

Primero se probaba si las ventanas cierran


porque desde New Jersey
venía en el viento el frío del petróleo
un olor bajo cero a sangre y mierda
un hollín que envenena a las palomas
y por cualquier hendija
de noche se colaban los sueños los suspiros
que hielan la memoria y las orejas
104 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

después la cama triste como ahora


las cañerías gimientes un gallo misterioso
que cantaba a las cinco en Rockefeller Center
y la frazada sucia quemada a cigarrillos

aquí tampoco
como pasó ese invierno de Manhattan
hay teléfono cartas certidumbres
aquí también como en aquella pieza de dos dólares
piensa con odio en los norteamericanos
y se duerme rodeado de enemigos
que no entienden su idioma y la patria qué lejos

Procedimiento para un epitafio

Lo sabían todos
y claro lo decían es la regla
la verdad es verdad aunque nos duela
todos hablan hablaron se indignaban
y sabían dijeron comprobaron
y hay que decirlo ahora es lo correcto
su vanidad su mala fe su envidia
su hipócrita crueldad sus falsos títulos
todos supimos
que era mucho peor que por afuera
que jugó siempre sucio y dejó heridas
y habrá que ser honestos precavidos
escribir en la piedra esas verdades

no caer en su trampa compañeros


cuidado ni siquiera imaginárselo
de noche luz eléctrica el soldado testigo
soñando que una niña estaba sola
Problema sanitario 105

Problema sanitario

La soledad como un perro rabioso


tan inútil también como ese perro
se ha plantado a la puerta y se babea

pobre perro qué lástima


pasen parte al comando es peligroso
que no vaya a morder a gente buena

fue fiel la soledad movía la cola


me lamía el zapato que está inútil
y se echaba a mi lado en los ladrillos
cuando oíamos el cambio de la guardia
el redoblante por el vidrio roto

pobre la soledad perro tan solo


no aguantó la parada no entendía
está perdida amaneció rabiosa
hay que matarla antes que contagie
después de diana cuando venga el cabo
para el recuento de las cucarachas
y la inspección de equipo y de menaje
que me le pegue un tiro tras la oreja
como se hace con perros y traidores
y que cierren la puerta a ver si duermo
hasta la hora del examen médico
106 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

03:15 am/–4°

El tiempo es luminoso
con nombre y apellido
su nombre es Automatic Seastar alias pr516
su apellido Tissot
su anatomía acero inoxidable

el tiempo tiene luz


pero no da calor
a cada vuelta entera de sus verdes luciérnagas
la oscuridad desciende un grado escala Celsius
dentro de esta cobija

en las grietas del piso


contiguas a mi oreja recibiendo las gotas de la escarcha
mis cucarachas duermen ateridas soñando que las amo
y despiden a veces el olor de sus sueños
éstas son sin embargo las normas rigurosas
que exige la verdadera observación científica
el cero meridiano pasa por esta celda y por mí mismo
y coinciden aquí privilegiadamente
las condiciones óptimas de humedad atmosférica
temperatura bajo el nivel del hombre
velocidad del viento
y no hay interferencias de la picana eléctrica

éste es mi observatorio del tiempo


al que sólo aporté un pequeño aparato de precisión
y una modesta vocación meteorológica
pero ha sido equipado por la generosa contribución del gobierno
debido a lo cual comunico al señor Presidente
que mis investigaciones quedan a su disposición
especialmente el Parte de esta noche

«Cielo: va a amanecer
Precipitación Pluvial: lavará todo durante cuarenta días y cuarenta
noches
Vientos: del sur del norte del este y del oeste
Pronóstico del Tiempo:
el Tiempo sigue andando en mi muñeca
nadie puede pararlo es automático
y la hora se acerca Su Excelencia»
Esto no es para ustedes 107

Esto no es para ustedes

Aquí pongo este anuncio


o datzibao o póster
damas y mandarines
debo impedir de prisa avergonzado
que ustedes abandonen esa dedicación full–time y vitalicia
con que vanguardian
la torpe Humanidad que ha echado a andar sin consultarlos

debo impedir que terminen las rifas


los bailes pro Vietnam con cuatro orquestas
el comité coordinador de la campaña pro coordinación
la venta de retratos del Che pro explicación de la pre–lucha armada
el frente único
la táctica de masas según Lev Dadidovich
orientar a los indios de Huanuni por lo que Mao en Tien An Men
medita
y otras actividades fatales para la infraestructura del sistema

ya que he arrojado cuando amanecía


una botella al mar
tan infanto–izquierdista tan no–estructuralista
sin recordar siquiera a Lévi–Strauss o Lukács o el librito rojo
que el sol salió creí encontrarme solo
por el dato engañoso de la playa desierta y las gaviotas
y originé esta falsa expectativa
damas y mandarines

por eso les aviso


no busquen el mensaje
la botella no tiene nada adentro
quiero decir nada que les preocupe
sólo las tonterías que uno habla con gente de la calle
me importaban el mar el color del cristal su hueco inútil
el ademán con que la hundí perdiéndola
108 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

Chez d’Àrenberg

Mes hommages Madame la Princesse


un baile de disfraz qué gesto noble
qué aporte señorial para el turismo
qué apoyo para nuestro Presidente

Punta del Este ya languidecía


los Anchorena siguen en su estancia
si la prensa supiera el mal que hace
y o casal Mattarazzo de São Paulo
preocupadísimo y es tan comprensible
entre Anacapri o Punta o el safari
ese embarras du choix era evidente
porque pobre país y usted disculpe
como cafres Madame como cafres

a veces pienso aquellas temporadas


Lecuona Cuban Boys los festivales
Lana Turner con Curzio Malaparte
cacerías del zorro y vernissages
Mauricio y Blanca hacen lo que pueden
con su Country y el contest de azafatas
pero los sindicatos de albañiles
quién nos iba a decir hasta aquí en Punta

si todos fueran como usted y Su Alteza


aunque Ari ya no venga con su yate
realmente aquel frisson lo del Casino
locos desorbitados chère Madame
con metralletas estos criminales
todos los niños en el punto y banca
sólo Dios ha evitado una tragedia
y la ola de huelgas siempre digo
si no le tienen lástima a la patria
si no les da vergüenza por Artigas
qué hermosura el color de las hortensias
y el efecto de luz en la piscina

pues yo ¿qué quiere usted? el Ministerio


ese eterno deber del estadista
Moral para adolescentes 109

el oficial les dio la voz de alto


eran tres vidas jóvenes es cierto
hay un estilo nacional del diálogo
supremo bien salvar del caos etcétera
yes dear Bill just on the rocks and thank you

ahí entra Pablo y qué invención espléndida


venirse de vietcong todo de negro
qué terrible canana en bandolera
¿sabe que guarda allí los alka seltzer?
y qué cono de paja tan exótico
trajo todo el disfraz de Hanoi parece
épatant este Pablo gran poeta
dicen que en su país es comunista

mais oui je vous en prie hay que recibirlo


dispossez chère Madame lo merece
y más ahora por el Premio Nobel
pena que Pablo haya engordado tanto
se muere este muchacho por las cholgas

no mire usted ahora c`est affreux


porque se le ha descosido el uniforme
va por atrás mostrando el culo pálido
aunque la Matildita se lo tape
con una edición vieja de su Canto

Moral para adolescentes

Hemos perdido el tiempo en horas bobas


en amarguras sórdidas y estériles
en estrategias de café y tostadas
en resentirnos como resentidos
en componer ensayos y monólogos
en buscar el cadáver de Guevara
110 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

así hemos sido lo que ya no somos

en cuanto a vos muchacho


el extremismo
te llevará a la cárcel o a la muerte
según advierte a precio de Embajada
y fondo musical correspondiente
sensata y maternal la Radio Carve
antes del analgésico que entona
después de la heladera en tres colores
pensá
cárcel o muerte
sos tan joven
la libre empresa siempre está esperándote
para taparte de oportunidades
la Pepsi Cola y el long–play de Favio

los pantalones Lee y la marihuana


ser estudiante con carnet de tira
las becas del American Field Service
secretariar precoz Cámaras Junior
el Directorio apenas te recibas
cenar entre Leones y Rotarios

vení conmigo a recorrer vidrieras


la cabeza bien fría el pecho ardiendo

¿quedan sin quórum en el Parlamento


si un coronel padece de hemorroides
y sin honor en la Suprema Corte
cuando exculpan se achican excarcelan
porque dentro del plazo de los códigos
no pudo el preso desde el calabozo
probar con timbres y en papel sellado
más la firma letrada que se estila
cuántos voltios tenía la picana
fecha de malnacido del verdugo
diámetro real del caño por el ano?

se trata de la carga abrumadora


que deben soportar los hombres públicos
¿cambian la oposición por consulados?
Moral para adolescentes 111

¿asesoran la entrega y los alquilan


en el FMI de ascensoristas
o en el Banco Mundial como alcahuetes?
¿se designan
se escapan
emigran los aréchagas con sueldo
jurisprudentemente fijo en dólares

a jurisconsultar desde La Haya


aunque esa sangre siempre
siempre el rostro
Líber Hugo Susana para siempre
fusilados los tres todas las noches?

intentan prestigiar como se pueda


la imagen del país en el planeta

¿se meten en Mercedes Benz blindados


a delirar decretos entre giorgis
perfumados pereiras reverbeles
y generales con arnés completo?
¿mugen caputis croan echegóyenes
pidiendo rey a orillas del pantano?
¿peiranos refinancian sus bolsillos?
¿charlones pellegrinis y baroffios
redescuentan secuestros hijos misas?

son tasas de inversión planificadas


para salirnos del subdesarrollo
muchacho ésta es tu patria
en el reparto nos tocó este naipe
aprendé la lección
fichá la fauna

gordos expertos en devaluaciones


flacos especialistas en reformas
cornudos consentidos del Pentágono
jueces matriculados en la cia
pedagogos graduados en la infamia
escribas que argumentan reelecciones
cacos de inmunidad parlamentaria
sacerdotisas cívicas y pálidas
112 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

que menstrúan de pavor y patriotismo


si no ven la bandera bien izada

se te pide tan sólo que comprendas


el asco es un defecto adolescente
y tendrás que entrenarte desde joven
en contener esa descortesía
de vomitar sobre la gente adulta

hay otros medios


de esas y de otras cosas hablaremos
no dejés de mirar de aprender todo

seguí la recorrida por tu cuenta


tengo algo a terminar pero ya vuelvo

Cartilla cívica

La única salida está en el voto


y habrá que hacerles caso compañero
nos criaron mamando democracia
voz populi vox dei

dei con minúscula


como cuadra a un moderno Estado laico

desde la escuela izamos la bandera


y tiranos temblad (a–a–ad recuerde)

la Corte Electoral urnas selladas


cada cuatro noviembres (¿o eran cinco?)
la mayoría construirá el futuro
y sanará la sociedad enferma
con tal que comiciemos que elijamos
lo que el forro del alma nos pronuncia
Cartilla cívica 113

única condición que sea de prisa


no demoremos a la democracia
a votar a votar antes que todo
se nos vaya a la mierda al Chase Manhattan

en consecuencia tome una botella

limpia vacía de a litro como ésas


que cien patriotas dueños de las vacas
nos venden con el tenue subproducto
de los subsidios y los contrabandos

llénela en sus tres cuartos de bencina

use nafta estatal dicen que es nuestra


nada de Shell ni Esso ni Texaco
sobre todo Texaco con su estrella
de cinco puntas y la T en el medio

ciérrela luego con tapón de diarios

le sugiero una Acción buen papel sueco


artículos que tapan cualquier cosa

y con rabia con sebo derretido

el que quedó en el plato de la sopa

dedos pacientes caras de los muertos


nudos dolor miedo de todos hambre
trence una larga una prolija mecha

si no encuentra otros trapos es lo mismo


su única camisa de uruguayo
el sudor qué excelente combustible

venza por fin ese temor tan lógico


de vulnerar la libertad de prensa
y agujereando los editoriales

van a quejarse pero no haga caso


114 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

pase la mecha huela la bencina


impregnando su casa su miseria
con el olor a incendio de su voto2

entonces a votar como nos piden


a cumplir la costumbre de la patria

parado en la vereda tan anónimo


como prescribe nuestra democracia
vote en vez de albergar ideas foráneas
participe en la fiesta ciudadana
con su voto agarrado en una mano
encendiendo la mecha con la otra
con odio firme y con veloz parábola
deposítelo a nombre del futuro
donde haga más efecto en el presente
donde el forro del alma le pronuncie
usted es la mayoría compañero

Crónica deportiva

Aburrida impaciente sin asunto


en un país donde no pasa nada
la muerte pone el dedo en su ruleta
tranca la bola del azar
y canta el cero ante un asombro unánime


2. Trabaje de mañana pues de noche y más dopado que lo necesario
corre el riesgo de que un allanamiento se le ocurra probar cómo parece
sin orden judicial alguna puerta su esposa desnuda y sumergida
descerrajada a coces o balazos en la bañera de Investigaciones
su hija de doce años en rehén la idea le alteren o interrumpan para siempre
repentina y exótica de un tira esta preparación de los comicios
que viene de cobrar sus horas extra
Crónica deportiva 115

crujen las teletipos


el Hemisferio envía condolencias
y se acuartelan cinco regimientos

la mitad de los próceres se enluta


la otra mitad se calla y echa cuentas

detrás de su apellido
mientras le explican todo y lo maquillan
aguarda un hombre mínimo sin cara
ex gimnasta pasado de su peso
sparring partner a veces
y masajista en otras
que suda de emoción con la barriga al aire
no dio tiempo a comprarle un traje decoroso
apenas de taparle las vergüenzas
con la banda listada de celeste y de blanco

go on alguien ordena
retransmitido vía satélite

brotan entonces una luz implacable


un negro olor a flores descompuestas
y se llevan al otro entre charangas
al muerto arrepentido pero tarde
resuenan los cañones los discursos
salen por una puerta los cesantes
entran por otra con diversas máscaras
bufones asexuados profetas cocineros adivinos
putillas de repuesto
y el boxeador presidencial suplente
calza sus grandes guantes de gobierno

nota: consultar descripción de la pelea


en otra parte de esta misma edición
página policial
y avisos fúnebres

último round
el árbitro ya incurso en desacato
es detenido por la policía
116 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

dónde está el adversario


qué es esa sombra armada ese puño feroz e impredecible
que golpea y no está donde uno piensa

el boxeador presidencial a dedo


ya siente la disnea del estado de sitio
ya está usando el rebote de las cuerdas
ya perdió el protector
ya se le enmarañó el juego de piernas
no atina el jab sobre esos rostros múltiples
estudiantes baleados por la espalda
obreros fallecidos de tristeza en un cuartel
inocentes castrados en las comisarías
que van subiendo al ring con sus mortajas
y anotan el puntaje en formularios nunca autorizados

eel boxeador presidencial intruso


a la luz implacable ya su banda empapada en baba y sangre
tiende el oído a ver si la campana
pero no suena nada
suda temblando
pero ninguno viene con la esponja
se abraza a su barriga con calambres
entra en el clinch final consigo mismo

hay un olor a flores descompuestas


y cinco regimientos se acuartelan
aburrida la muerte
con su mano amarilla
se tapa la nariz
y con su mano roja
lanza otra vez la bola en la ruleta

nadie aplaude ni silba


desde las graderías negras inescrutables

antes de arrodillarse
el boxeador presidencial noqueado oye como en un sueño
la monótona cuenta
que alguien está contándole en inglés vía satélite
Raúl 117

Raúl

No sé si te acordás sería tan lindo


que te acordaras si te sirve de algo
si tenés tiempo de aflojar la cosa
si la patria te deja algún descanso

te acordás de aquel viaje aquel silencio


los caballos prestados y cansinos
trayendo dos corderos a los tientos
para una fiesta de los estudiantes
vos el recado pobre a media cincha
yo pensando en la chica de Budelli
vos sudando la tarde de setiembre
y el sol y la amistad y los mosquitos
pero llegó la noche y nos callamos
los caballos borrachos por la luna
qué concierto de ranas en el campo

te acordás de los vidrios que rompimos


en el 42 con dictadura
sólo había baldosas contra el golpe
en familia apedreamos policías conocidos
único enterradero la chacra de tu padre
el socialismo era nada más que la rabia
nada más que hacer frente al sable de un milico
aunque Grezzi explicaba la enfiteusis
aquellas siestas en lo de Miranda
y Frugoni venía cada cuatro noviembres
a pararse en un banco y juntar votos

la primera lección te la dio el viejo


joven discípulo y te extendió la mano
mano sin callos sospechoso indicio
tal vez la cosa nació en aquella plaza

te acordás de los libros que pedías


porque se te ocurrió la biblioteca
las listas me llegaban con borrones
y tu escritura torpe de canario
Romain Rolland nos apretaba el pecho
118 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel

cuando Olivier caía en la barricada


Plejanov José Eustasio Aníbal Ponce
cuánta paja ayudó a encender el fuego
yo aquí en Montevideo emputeciéndome
vos Secretario allá metiendo huelgas
creyendo que serías abogado
y los cañeros ni te sospechaban

no sé si te acordás ahora es un sueño


pero yo sí desde este calabozo
con las manos vacías bien jodido
y qué importa canario qué me importa
si vos estás limpiando tu pistola
si vas en auto con la metralleta
hacia la operación de esta semana
siendo noticia en Cuba Hanoi Argelia
salvándonos a todos la vergüenza
Carlos María Gutiérrez: El poeta
que vino del periodismo
Entrevista de Mario Benedetti, publicada en Marcha y recogida en
su obra Los poetas comunicantes, 1970

No es cosa de presentar a Carlos María Gutiérrez, nada menos que en Marcha, donde
ha jugado en todos los puestos y desempeñado todas las funciones, desde el humorismo
hasta la crítica de espectáculos, desde la corrección de pruebas hasta la secretaría de
redacción, desde la parodia de poetas y prosistas hasta la aguda nota testimonial, desde
la polémica irónica y/o feroz hasta el reportaje conmovedor, desde la narración de nivel
literario hasta el ensayo de entraña ideológica. Lo que sí constituye una sorpresa, no sólo
para el lector de Marcha sino acaso para el mismo Gutiérrez, es esta súbita aparición de
un Gut poeta, que en un certamen como el Premio Casa de las Américas, en el que par­
ticiparon dos­cientos originales de toda América Latina, obtiene la unanimidad de votos
de un jurado compuesto por poetas tan dispares y prestigiosos como Ernesto Cardenal
(Nicaragua), Margaret Randall (Estados Unidos), Roque Dalton (El Salvador), Wash­
ington Delgado (Perú) y Cintio Vitier (Cuba). Los cinco dejaron expresa constancia de
que premiaban la obra Diario del cuartel «por la alta calidad poética con que expresa,
a través de vivencias personales, la pasión y el sentido de la lucha revolucionaria lati­
noamericana». Es a este Gutiérrez inédito a quien entrevisto en La Habana, pocas horas
después de haberse hecho público el fallo del jurado.
120 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo

No ha publicado otro libro de poesía. Desde hace varios años vive en el exilio: primero
en Argentina, luego en Suecia (donde fue corresponsal de Prensa Latina) y actualmente
en España, donde escribe para diversos diarios y revistas sobre temas latinoamericanos.

—Parece un poco extraño esto de entrevistarte a vos, que siempre has sido el entre­
vistador por excelencia. ¿Cómo te sentís en tu nuevo papel?
—Como dicen acá en Cuba: un poco fuera de base.
—Tengo entendido que tu libro es a la vez de poesía y de testimonio político. ¿Qué te
llevó a poner este testimonio en un envase poético, cuando siempre habías abor­dado lo
político y lo social en forma tan eficaz en los géneros de periodismo y testimonio?
—Tendría que empezar por hacer una afirmación poco menos que blas­fe­matoria: le di
forma definitiva a este libro pensando que era una suerte de anulación de la poesía, o de
lo que entendí siempre que era la poesía.
—Hace unos años publicaste varios poemas en la revista Número.
—Esas incursiones fueron justamente para mí la prueba de que no era un elegido de
los dioses en ese género; en consecuencia, estaba totalmente descartado el que yo alguna
vez escribiera poesía. Si lo hice ahora no se debió a una recurrencia de aquella «infec­
ción» poética, sino a que pensé que no era exactamente poesía lo que estaba haciendo.
El germen de este trabajo viene del año pasado, cuando participé como jurado de ensayo
en el anterior concurso de Casa de las Américas: muchas noches discutimos (no sé si te
acordás) contigo, con Paco Urondo y Noé Jitrik, de la Argentina, acerca de la actual exi­
gencia de estos tiem­pos en cuanto a borrar las diferencias entre los géneros. Y creo que
incluso llegamos a ciertas conclusiones, que nos parecieron entonces muy importantes y
que a mí me impre­sionaron profundamente. Por ejemplo: si había que crear una síntesis
de géneros, o un nuevo género, decíamos que se salvarían dos. Uno, consagrado ya acadé­
micamente desde los tiempos de Píndaro, que era la poesía; y otro nuevo, que ni siquiera
tiene categoría literaria para muchos, que es el periodismo. Esto era una noción intelec­
tual, un concepto; pero también es cierto que ese tipo de poesía ofrece dos posibilidades
que el periodismo busca inútilmente. Por un lado, la síntesis, que es el gran problema
del periodismo, por lo menos para mí como periodista (Alfaro dice siempre que soy un
larguero, alguien que siempre tiene que cortar sus originales); y por otro lado, la posibi­
lidad de mezclar al dato la vivencia y la emoción personales, que creo ineludibles en un
periodismo honesto. No creo en la objetividad absoluta, tipo «escuela de periodismo».
Dado el presupuesto de esas dos nociones, me ocurrió el año pasado, como sabés, una
pequeña experiencia, a la que no doy más importancia que la de ser parte de una expe­
riencia multitudinaria en el Uruguay: la prisión por un tiempo determinado. Aquí entra
el tercer factor que me llevó a hacer esto: pienso que lo que nos ha pasado en el Uruguay
con la dictadura de Pacheco Areco y con la aplicación de las medidas de seguridad que
condujeron a miles de presos políticos a verdaderos campos de concentración (no hable­
mos de las torturas policiales, de los ase­si­natos y de otros aspectos negros de un régimen
Entrevista de Mario Benedetti 121

siniestro) es que este país de clase media, sin grandes conmociones políticas, sin grandes
crueldades políticas, hizo una experiencia de crueldad política, de represión, que lógica­
mente tuvo el mismo sello de cosa colectiva, de vulgaridad diría yo (en un sentido muy
especial del término), que tiene la vida uruguaya. Nos han reprimido como clase media,
a nivel de clase media. No tenemos héroes. Tenemos mártires por supuesto, y habrá que
recordarlos siempre; pero no tenemos el gran líder, el gran mártir, el gran símbolo de una
revolución o de una represión. Ni siquiera tenemos un gran dictador; la mediocridad de
nuestro dictador de clase B corresponde a la mediocridad del sistema del país. Y entonces
la represión no golpeó a cierta gente, transformándola en líderes, sino que se dirigió mul­
titudinariamente a la clase media uruguaya. Fuimos todos presos: los que caminábamos
por la calle, los que tomábamos café, los que escribíamos, los que leíamos, los que no te­
níamos ninguna culpa, los que teníamos culpa, y nos encontramos todos en los cuarteles,
haciendo la experiencia (increíble para un uruguayo) de una repre­sión y de una cárcel,
sin explicaciones, sin posibilidades de futuro, sin saber cómo y cuándo podíamos apelar,
o sea todos los elementos más desconcertantes de la represión política, aplicados a gente
que no estaba preparada ni tenía en general conciencia política como para entender el
problema. De esa experiencia extraje el tercer factor: el uruguayo medio, no especial­
mente politizado, inserto de pronto, bruscamente, por un régimen absurdo y torpe, en la
condición de preso político. Me incluía perfectamente en esa categoría. Pese a que había
tenido alguna experiencia fugaz de cárcel política en años anteriores, ésta fue real­mente
la que me permitió aquilatar con mayor comprensión el problema. Quizá con un poco
de presuntuosidad, pensé que esta experiencia sobre un hombre medio, común, podía
reflejar, de un modo general, la del preso político uruguayo. Y también me coloqué (entre
otras cosas, porque no podía evitarlo) en mi propia posición de persona con cierta acti­
tud de izquierda, con ciertos presupuestos políticos. A gente como nosotros, ¿cómo nos
afec­taba la cárcel? Durante los tres meses que estuve preso, fui anotando mentalmente, o
con los elementos de que disponía (como sabés, estuve en confinamiento solitario), mis
impre­siones, mis reacciones personales, que incluían desde el desconcierto hasta la duda
sobre mis propias ideas, desde la desesperación existencial hasta el acomodamiento a la
situación, la reafirmación de los principios, la confianza en que la ideología y la historia
están de nuestra parte, y finalmente la seguridad absoluta de la victoria (aunque la frase
suene, para el estilo uruguayo, un poco exagerada).
—¿Qué nueva posibilidad viste en la poesía como para que ésta conformara una tenta­
ción para expresarte?
—De ese proceso que me pasó, y que también les pasó a muchos otros uruguayos de
izquierda que están o estuvieron presos, y que les está pasando a muchos uruguayos que
no son de izquierda pero que también sufren la represión, quise extraer una suerte de ma­
nual. Y entonces recordé las viejas conversaciones mantenidas con ustedes, y pensé que
quizá se podía, no exactamente crear un nuevo género, pero sí que la poesía (ya que yo
tenía el privilegio de haber tenido una vivencia, y ya que tenía el instrumento para expre­
sarla) podía ser el género ideal. O sea que para mí no fue un libro de poesía, sino un libro
122 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo

de testimonio, un libro de periodismo. Sólo que la técnica para expresar mi comunicación


informativa del problema fue la poesía, por razones de síntesis, por razones de emoción
personal. Tan es así que pienso que éste va a ser mi primer y último libro de poesía.
—¿Te interesa la poesía como producto literario, o pura y exclusivamente como ins­
trumento?
—En mi caso (no me considero poeta ni lo quiero ser) fue un instrumento. Debido a
cierta facilidad paródica que tengo para reproducir a los verdaderos poetas (una de mis
diversiones privadas ha sido siempre la de hacer pastiches literarios), el instrumento me
resultó de cierta facilidad. Además, se trataba de un instrumento sintético y que permitía
la expresión subjetiva, íntima, entrañable. Por otra parte, esta colección de poemas que
des­pués fue un libro, constituyó para mí una especie de catarsis: yo tenía que liberarme,
de alguna manera, de una experiencia que me tenía muy apretado. Y en este sentido me
ha servido de mucho, ya que me ha liberado de una serie de problemas de expresión y de
clarificación para mí mismo, y diría que me ha dejado las manos libres para otras tareas,
para otras cosas, sacándome de arriba esta especie de empacho que tenía, inclusive de
odios, de remordimientos por haber flaqueado conmigo mismo en algunos momentos.
Ahora veo las cosas más claras, porque me saqué de arriba ese entripado. En realidad, no
creo que la poesía sea instrumental y nada más; puede serlo para un tipo que no es poeta,
como yo. Creo que la poesía (inclusive en esta nueva acepción que se está abriendo paso
en la mejor poesía revolucionaria que hay en estos momentos, y hablo aquí como lector)
es justa­mente esa confusión de géneros. Los críticos burgueses, los que están del lado
acadé­mico, hablan del hartazgo del coloquialismo y de la poesía política, y sin embargo
no hay otra poesía. Así como no creo que haya un género que pueda eludir el problema
socio­político ya que éste condiciona a toda la gente que se sienta viva y que respire, tam­
poco creo que se pueda eludir el hecho de que los géneros se están confundiendo. Cuando
Peter Weiss hace teatro, también está haciendo periodismo y poesía. Vos mismo, cuando
hacés poesía, hacés también periodismo y política. ¿Qué es la literatura de David Viñas?
Es política. ¿Y Boquitas pintadas? Es folletín, o sea un género enterrado por todos, y sin
embargo es tam­bién literatura política, es crítica social, es el trasfondo de la podredumbre
argentina, y también de lo mejor de la sociedad argentina, traducido a una forma literaria.
Creo que la poesía va a seguir siendo cada vez más, no una finalidad sino un instrumen­
to; no un género, sino un medio de expresión. Y en la medida en que, con sus virtudes de
síntesis y de emo­ción, trasmita además las virtudes de otros géneros (es decir, la difusión,
la popularización de las cosas, dejando de ser una poesía aristocrática o hermética) y ten­
ga el contenido de lucha política que la literatura debe asumir, y además por supuesto la
belleza, y no en ingrediente de menor categoría, entonces la poesía será siempre válida.
En la medida en que la poesía sea cada vez más la expresión literaria por excelencia, y
siempre que se la sepa fecundar con los otros géneros, o que entre en los otros géneros
(que haya un teatro poético; una poesía periodística en el mejor sentido; una novelística
donde, desde lo real maravilloso hasta la resurrección del Amadís de Gaula que significa
Entrevista de Mario Benedetti 123

García Márquez, se inserte la poesía de una manera funcional), ya no podremos hablar


acaso dentro de unos años de géneros sino de literatura, y más que de literatura, de una
expresión social del arte.
—Hace un momento mencionaste tu capacidad para la parodia, y los lectores de Mar­
cha seguramente recordarán tus parodias de muchos poetas uruguayos (me cuento entre
tus víctimas), que eran siempre eficaces, certeras. ¿Se podría decir que empezaste paro­
diando a los poetas y luego quedaste preso en la red?
—Bueno, si querés hacer una indagación cronológica, te diré que también escribí mis
robustos sonetos a los dieciséis años, y que de vez en cuando escribía algún poema. Las
parodias que mencionás formaron parte de un período en que en el Uruguay todavía se
podía reír y correspondieron a una etapa ya enterrada. No creo que el humorismo sea la
vía. Pero en ese momento la parodia me sirvió, no diría para acercarme a los poetas paro­
diados (justamente, los conocía y quería lo suficiente como para desentrañar el mecanis­
mo de su estilo), sino para hacer una especie de gimnasia, para ver si la mano me corría
con facilidad. Pero aclaro que, salvo en un caso, siempre parodié a poetas que respetaba y
admiraba pro­fundamente. Era una suerte de transposición: no podía ser como ellos, pero
podía imitar­los. Ése era un poco el mecanismo mental que me llevaba a la parodia. Pero
natural­mente me sirvió.
—¿Hasta qué punto te interesa comunicarte con el lector? ¿Crees que, de algún modo,
esa comunicación significa una concesión desde el punto de vista artístico? Y en el caso de
que sea una concesión, ¿te importa?
—En realidad, me dejás la pelota picando en el área chica. Porque a mí lo que me im­
porta fundamentalmente es comunicarme con el lector. Creo que existimos en función
del lector, no en función de la expresión personal; no que el que venga después arree con
lo que escribimos. Quizá está presente ahí mi deformación (o mi formación) periodística.
No concibo un texto que no tenga un lector. No concibo además que ese texto no cuide
a su lector por anticipado. Tal vez me meta aquí en un pantano, pero la honestidad de la
res­puesta lo exige; no creo tampoco en esa coartada que anda por ahí (muy respetable por
parte de quienes procede) en el sentido de que el hermetismo, o el experimento de estilo,
o el experimento de género en un sentido hermético, sea una especie de concesión, de
reco­no­cimiento de la inteligencia del lector.
Si estamos trasmitiendo ideas o informaciones (vuelvo a la noción de poesía infor­
mativa), tenemos que ponerlas al alcance de todo el mundo y no sólo del lector que quie­
ra hacer su opción, su ruleta, frente a un texto que no entiende. Esto me interesa dejarlo
claro, porque el libro premiado tiene, en algunos poemas, una serie de versos deliberada­
mente ingenuos. Eso no quiere decir que yo sea capaz de mucha sofisticación, sino más
bien que traté de simplificar la idea en el lenguaje; no digo que intente hacer poesía «sta­
janovista» para que la lea el pueblo (ojalá fuera así); pero sí poesía de comprensión inme­
diata, poesía que transmite una experiencia, ya que está destinada fundamentalmente a
los cuatro o cinco mil presos políticos detenidos en los últimos dos años. Esa gente es la
124 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo

que la va a entender primero; y otros que también han sufrido periféricamente esa situa­
ción también la van a entender. Y creo que, por añadidura, otros lectores también la en­
tenderán, ya que está escrita a ese nivel y en forma muy deliberada. Éste es quizá otro de
los rasgos que el periodismo puede haber aportado a mi «lira».
—Tengo entendido que el libro premiado incluye algún poema virtualmente blasfemo,
en el que Dios sale bastante malparado. Curiosamente, integraron el jurado un sacerdote
como Ernesto Cardenal y un poeta católico como Cintio Vitier. Después del fallo, ¿hablas­
te con ellos acerca de ese poema?
—Sí, la noche en que el fallo se dio a publicidad, Cardenal y Vitier tuvieron la deferen­
cia de conversar un rato conmigo y discutir ese aspecto. Entonces quise explicarles cierta
sincretización al revés que tenía ese poema. Las condiciones de confinamiento solitario
en que estuve detenido, en los primeros tiempos eran bastante complicadas para escribir,
y en las últimas semanas para tener guardados con seguridad los materiales que escribía.
Por supuesto, ciertas cosas no las escribí en los dos o tres cuarteles en que estuve; sim­
plemente las anoté como pude, y algunas las saqué en el último mes; eran anotaciones en
cajas de fósforos o en trozos de papel higiénico. Te imaginarás que no pretendo aparecer
como un nuevo Conde de Montecristo; simplemente me refiero a que, con los militares
y la policía, y con esta especie de simbiosis entre policía y militares, gracias a la cual mis
cartas del cuartel iban con copia a la Jefatura de Policía de Montevideo por decisión del
comando militar, uno no sabía dónde terminaba la bonachonería de los militares, que en
general eran buenas personas, y dónde empezaba la crapulonería de los policías insertos
en el sistema represivo. En consecuencia, yo prefería preservar mis papeles escritos y mis
cajitas de fósforos lo mejor posible. Ese poema, que se llama «Primer discurso de Adán»,
es justamente lo primero que hubiera dicho Adán cuando nació. Es decir, estaba en la
sombra, en la tiniebla, hecho de barro, todavía no cocido, no había pasado al horno; con
toda la inseguridad del hombre primigenio, no entendía nada de lo que pasaba, sabía que
tenía una compañera pero tampoco estaba en contacto con ella porque la oscuridad de
los primeros minutos de la creación se lo impedía, y siempre he pensado que el Dios que
creó a Adán, tiene que haberle parecido a éste un ser hostil, inescrutable, desconocido,
sin forma; no lo podía ver, sólo sabía que alguien lo había hecho y no puede haber sido
el primer pensamiento de Adán un pensamiento de amor sino en todo caso de terror,
de desesperación ante la ignorancia y sobre todo ante la fatalidad de algo que le estaba
pasando y que no entendía. Creí que eso podía trasponerse. Es decir, el Dios creador de
Adán representa también, de algún modo, ciertas fuerzas oscuras, no comprendidas por
el hombre y contra las cuales éste no ha creado todavía su armadura; tiene primero que
desentrañarlas para racionalizarlas y luchar exitosamente contra ellas. No era dif ícil, en
esas condiciones en que yo estaba, trasponer la imagen del Dios y la anécdota de Adán a
cierta subjetivización. Además, el hecho de tener que guardar esos papelitos abajo del col­
chón (porque ya entonces tenía colchón), me hizo ser un poco vago, un poco metafórico;
es el único poema metafórico (en la vieja acepción) que tiene el libro. Se trataba, pues, de
Entrevista de Mario Benedetti 125

un problema de seguridad y no de blasfemia. Cuando estuve con Cardenal y con Vitier les
aclaré que yo no era ningún blasfemo ni un anticlerical a la vieja usanza, desde el momen­
to que no soy batllista de El Día, sino que se trataba de dos dioses distintos. No era el Dios
de Cardenal, de Solentiname, al que ha escrito sus Salmos, ni era el Dios conflictual de
Cintio, sino que era mi dios particular, mi dios del cuartel, el ser que me tenía en el cuartel.
No era blasfemia sino en todo caso parodia. Cuando dije todo eso, Ernesto Cardenal, que
me escuchaba con mucha atención porque parecía muy preo­cupado por el problema de
haber otorgado el voto a un blasfemo, dio entonces un suspiro de alivio y dijo: «Ah, bueno,
se trata de otro Dios que no es el nuestro». Como frase es buena, porque reflejaba lo que
yo realmente sentí en aquel momento.
—En la mesa redonda sobre «El intelectual y la sociedad», en la que parti­cipaste, y que
fue publicada por la revista Casa de las Américas, vos hablabas de «la obso­lescencia de
la vieja teoría de las generaciones» y la calificabas como «tesis muerta». Sin perjuicio de
que en esencia esté de acuerdo contigo, y considerando que a menudo fuiste mencionado
como el periodista de la generación del 45, ¿cómo ves la inserción de este libro tuyo en esa
generación, ya por cierto bastante dispersa y llena de contradicciones?
—Si nos atenemos a la clave cronológica, evidentemente yo soy de la generación del
45 y no renuncio a ella, porque me he alimentado culturalmente e inclusive en ciertos
aspectos éticos, de la generación del 45. Te diría, en cambio, que si el libro tiene que ser
fijado en algún estante generacional, pertenece en todo caso a la generación del 65. No es
que me quiera rejuvenecer sino que la temática, ciertos elementos conformativos del libro
y en realidad los factores que lo decidieron, no tienen nada que ver con la feliz Arcadia
que era nuestro Uruguay de la generación del 45. Tu pregunta me lleva sin embargo a una
aclara­ción que creo necesaria, porque ubica el libro. Creo, y lo dije en la mesa redonda
que men­cionaste, que gente como nosotros (vos, yo, y toda la gente que venimos del 45)
somos inte­lectuales de transición en el sentido de que tenemos un pie en cada lado. Nos
ha tomado la revolución latinoamericana a partir del año 60, es decir a partir de que Cuba
la plantea, la opción revolucionaria nos ha tomado con un pie en cada período; venimos
del período en que todo se arreglaba de muchas maneras y entramos (algunos ya están
dentro) en el período en que las cosas se arreglan de una sola manera. Entonces, somos
transicionales; estamos pretendiendo trasladar, a las nuevas finalidades del arte y la lite­
ratura y el perio­dismo, el aparato cultural y en algunos casos hasta el aparato ideológico
que aprendimos en nuestro período anterior, como generación del 45. Pero si bien algunas
cosas de nuestro bagaje generacional nos sirven para este nuevo período en que queremos
actuar, otras cosas son lastres, y tal vez irrenunciables. Somos transicionales y lo seremos
hasta morir; estamos demasiado formados. Nuestras proteínas, nuestras moléculas, es­
tán formadas por la cultura burguesa, y eso es irrenunciable. Por un esfuerzo intelectual,
por un raciocinio, por un esfuerzo del sentimiento, de la emoción y de la razón, podemos
parti­cipar, en la medida en que nos dejen y seamos útiles, en la revolución latinoamerica­
na, pero estamos sellados con cierta fatalidad (quizá esté también ahí nuestra utilidad) por
126 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo

la formación. Para mí, esta experiencia por una sola vez, de la poesía, está sellada por mi
nueva necesidad de actuar, por mi reconocimiento de que solamente en la revolución está
la salida, no sólo del hombre sino más concretamente del intelectual. Está sellada también
por todas las dudas, las debilidades, los temores, las inseguridades, la falta de rigor, que
nos da la formación burguesa. Otra cosa sería el hombre de transición socialista. En la
mesa redonda traté de definir lo que era el intelectual de transición (que es al que acabo de
referirme) y lo que es el hombre de transi­ción, en el sentido que Marx otorgaba a la defini­
ción y que fue recogido por Lenin; es decir, si hay una sociedad socialista de transición en­
tre la etapa capitalista y el comunismo, el hombre de transición socialista ideal, el paradig­
ma, sería el hombre nacido, criado y formado dentro del período de transición. Hombres
de transición socialista pueden ser, por ejemplo, un poeta cubano de veinte años, criado
y formado en la revolución, o un machetero cubano recién alfabetizado que está también
inserto en el período de transición de la revolución. En ese sentido, los latinoamericanos
de nuestra generación no somos hombres de transición socialista; simplemente podemos
ayudar a que las dos generaciones que nos han sucedido y que están actuando, hagan el
socialismo y terminen de construirlo. Añadiría finalmente que no es que el hombre de
transición que somos nosotros tenga negada la posibilidad revolucionaria, porque si divi­
dimos el proceso entre hacer la revo­lución en su período clásico hasta la toma del poder, y
después ejercer el poder para construir el socialismo, en lo primero somos absolutamente
útiles, y nadie puede excusarse en que es un intelectual de formación burguesa, que está
desgarrado, que tiene su angustia existencial, para no actuar políticamente, para no hacer
la revolución, inclusive con sus manos, porque la revolución la hacemos todos. Lo que ya
no podemos pretender es inser­tarnos como hombres específicos de la revolución hecha,
en la construcción socialista, porque entonces vamos a encontrar una serie de mecanis­
mos y de esquemas, propios de la construcción socialista, en los cuales el intelectual de
procedencia burguesa tendrá fric­ciones. Ciertos ejemplos cubanos, en ese aspecto, son
bastante claros. Así veo la cosa; con toda la modestia de mi falta de formación teórica,
pero con una profunda sinceridad para decirlo.
—Aun corriendo el riesgo de que la pregunta parezca esquemática, igual te la hago:
Diario del cuartel, ¿es un libro pesimista o es un libro optimista?
—Por lo menos traté de hacer un libro optimista; más aún, un libro de plena confianza
en la vida. No sólo en la revolución, o en tal o cual ideología; simplemente, confianza en la
vida. Si la revolución es muerte y sangre y dolor, no nos confundamos y pensemos que la
inmolación, la muerte, el sacrificio, son la esencia de la revolución. La revolución es vida,
y lo demás son métodos, son técnicas.
—Precios inevitables.
—Sí, precios inevitables, pero detrás de eso está la vida. ¿Qué es lo que pasa en nuestro
país? ¿No estamos acaso impregnados de una confianza absoluta en la vida? Y eso signifi­
ca una confianza absoluta en la victoria; toda esta cosa sucia, y turbia, y miserable que nos
pasa es solamente una transición. Ir a la revolución a morir, es un absurdo; a la revolución
Entrevista de Mario Benedetti 127

hay que ir a vivir. Y a durar, a vivir lo más posible, sin tener en cuenta la vida particular,
nuestra vida personal, pero sí la vida como elemento fundamental del cambio social. En
la medida de la irregularidad de los materiales, he tratado de dividir el libro en tres par­
tes. Una, que es absolutamente subjetiva, sería el impacto de la cárcel sobre el hombre
común. Quizá en algún poema he metido cosas que no me pasaron a mí sino a algún otro
compañero, pero traté de sintetizar la experiencia colectiva porque ese es el sentido del
libro. Este libro no es lo que le pasó a Carlos María Gutiérrez, sino lo que le está pasando
al uruguayo; lo que le pasó a mis compañeros de Rocha, al Mono González (que era un
obrero frigorífico), a Daniel Waksman o al sobrino de Paco Espínola; o lo que les pasaba a
los soldados que tenían que cuidarnos y jodernos, al ver lo que estaban obligados a hacer.
O sea que la primera parte es lo que le pasó al uruguayo Gutiérrez, pero también lo que le
pasa a todo uruguayo de formación burguesa, de clase media, bajo la iniquidad absoluta
que es el sistema de repre­sión. Que te metan en un calabozo, sin cama, sin comida, sin
cobija, a cuatro grados bajo cero, a que te pudras. Nadie te da explicaciones; nadie te per­
mite apelar. Y eso depende de algún miserable que está en la Jefatura de Policía, o en un
ministerio, o en un juzgado. Nunca sabés cuándo se va a terminar, o dónde está la vía de
salida, o la vía de incre­men­tación; estás suspendido en una suerte de espacio intemporal.
Esa terrible sensación de impotencia lleva en primer lugar al desconcierto, y en segundo
lugar a la desesperación. Eso nos ha pasado a todos, inclusive a los que teníamos una base
ideológica de cierta firmeza que nos permitía sobrellevar la cosa. No se trataba del temor
personal. Creo que el hombre del Uruguay, a esta altura, ha aprendido a superar el temor
f ísico, el temor personal de la tortura y todo lo demás. Los maravillosos jóvenes que están
cayendo en Montevideo todas las semanas, asesinados por la policía, prueban que el mie­
do ya ha dejado de preocupar al uruguayo. Se trataba de otro problema: de dudar inclusive
de la posibilidad de lucha. Estar confinado en un calabozo a oscuras durante varios días
en condiciones muy malas, hace que uno empiece a dudar de su capacidad de lucha. En
mi caso particular (está presente en algún texto), el problema f ísico, el problema de una
enfermedad, agudizaba esa sensación de desconcierto. En esa primera parte, traté de de­
mostrar (quizá para otro lector que tenga que leerlo en condiciones semejantes a las que
yo tuve) que eso es común a todos. No nos dejemos engañar porque nos sintamos depri­
midos, desorientados o aterrorizados; ésa es la primera etapa, y nos pasa a todos. Quise
incluso que tuviera una función didáctica, desde mi modestísimo ejemplo personal y pro­
curé recogerlo. Pero el efecto de la cárcel viene en el segundo período. Una vez acostum­
brado el f ísico a esas condiciones, empezamos a darnos cuenta de que somos más fuertes
que ellos. Ellos están avergonzados, resentidos, perma­nentemente con cola de paja como
vos dirías, y nosotros somos los que tenemos razón. De alguna manera estamos todos
juntos; aunque nos confinen y nos mantengan separados. Te aseguro que durante el confi­
namiento solitario, recibí pruebas de solidaridad de los compa­ñeros que estaban conmigo
en el cuartel de Rocha, que nunca podré describir con la inten­sidad con que me conmo­
vieron. Lo que los compañeros bancarios, y obreros y empleados, confinados en el cuartel
128 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo

de Rocha, hicieron para que yo, desde un calabozo donde no tenía comunicación directa,
pudiera enterarme de cómo sentían ellos con respecto a lo que yo estaba pasando, fue la
mejor prueba de que teníamos razón y de que estábamos en lo que teníamos que estar.
Los pobres desgraciados, los presos, los humillados, eran los que nos estaban cuidando.
En la segunda parte, el libro es un poco la demostración de que eso puede ser superado.
He tratado de poner en esa segunda parte poemas que podrían haber sido escritos fuera
de la cárcel. (Algunos fueron escritos fuera de la cárcel, a partir de notas tomadas dentro.)
Llegó un momento en que, si tenía un lápiz y un trozo de papel, podía escribir y decir co­
sas, como si no estuviera en la cárcel. La cárcel no condicionaba mi literatura ni mi texto.
Yo escribía como si estuviera en Marcha o en mi casa; comentaba cosas políticas, hacía
críticas políticas, hablaba de Neruda. Me sentía normal; había ganado sobre los soldados y
los milicos. La tercera parte trata de hacer entender que además de esa intemporalidad, de
esa inespacialidad, en la que no importa que uno esté preso o no, para escribir, existe otro
hecho: que efectivamente estamos presos. Entonces volvemos al justo medio. Hay cuatro
o cinco poemas al final del libro, donde trato de dar la versión definitiva, el resumen, de
cierto aspecto ideológico que creí entender de toda la experiencia. El último poema es una
especie de collage. Escribiendo desde una celda en Minas (invierno, julio, muerto de frío),
recuerdo sin embargo el sol y el calor de un 26 de julio de 1967 en Santiago de Cuba y uti­
lizo una cosa que me pasó que fue totalmente simbólica, aunque totalmente inesperada.
Estando en una casa de Santiago de Cuba, descubrí un libro de Vallejo (que es mi Robin­
son Crusoe), arriba de una mesa. Y se me juntó el Vallejo de mi adolescencia con el Vallejo
de Santiago de Cuba, después de escuchar a Fidel un 26 de julio. Todo eso lo mezclé, y en
la medida de mi maraña estilística, traté de dar la sensación de que todo eso era una sola
cosa. O sea que la experiencia se cierra con una profunda afirmación vital. La revo­lución
para vivir y no para morir. Vallejo había hablado de piedra negra sobre piedra blanca, y
de morir en París, con lluvia, un jueves. El mismo Vallejo que nos inspira, y renueva de
tal forma la poesía, pensaba sin embargo en morir, con lluvia, y morirse en París, no en
el Perú. En Santiago de Cuba descubrí ese día que todas las piedras eran blancas: que no
había piedras negras; que las piedras servían para hacer casas; que las casas eran para
vivir; que Fidel decía en ese 26 de julio de 1967 «Cuba está sola» (aunque Cuba no estaba
sola y no estará nunca sola), porque había que decirle una verdad al pueblo, una parte de
una posi­bi­lidad. Más que una declaración de pesimismo, era una declaración de profun­
do optimismo; Cuba tenía que pensar que puede estar sola algún día, y en consecuencia,
nada de apoyarse solamente en los demás, en la solidaridad, sino en nosotros mismos. Ahí
están las casas que se van a entregar en San Pedrito, ahí está el pueblo que las va a ocupar,
ahí está la revo­lución. Esto es para vivir y no para morir.
—Una última pregunta que parece inevitable en un reportaje de este tipo. Aparte de la
noble influencia de Vallejo, y de la ominosa influencia de Pacheco Areco, ¿qué otras apa­
recen en tu libro?
Entrevista de Mario Benedetti 129

—No categoricemos a Pacheco, que es sólo el efecto de una causa. A mí me influyen en


este libro, Vallejo por un lado desde el punto de vista de una profunda sacudida moral y
una introducción a la literatura cuando tenía diecinueve años, y por otro lado el imperia­
lismo, del cual Pacheco Areco es sólo uno de los tornillos menores. Desde el punto de vis­
ta de la influencia literaria, es evidente que el tipo de poesía política latinoamericana me
ha llamado siempre la atención. Creo que mis dos libros de cabecera son la obra de Vallejo
y la de Car­los Drummond de Andrade, que me parece lo más aproximado en otra lengua
(pero con igual sentido latinoamericano y sobre todo de corrosión de la ideología burgue­
sa). Ambos son decisivos para un lector latinoamericano que deba adquirir una toma de
conciencia literaria, además de política. En el ámbito nacional ha sido importante para mí
la lectura de ciertos poetas uruguayos del 45, internados de pleno en la trinchera política
y que no cito para no herir modestias. Incluso los jóvenes del 65 me han enseñado mucho,
ya que están conformando una literatura uruguaya realmente generacional, en el sentido
de que la literatura de una generación corresponda a la sociedad de una generación. Ellos
están haciendo lo que no nos pasó en el 45, sobre todo al principio. Éramos generacionales
pero escribíamos una literatura que no correspondía al país. Y para nosotros, se trata de
salvar esa omisión, si todavía estamos a tiempo.
La Habana, julio de 1970
Los dos magistrados
Quincenario Reporter, 22–ii–61

Hace unos días pasaba ante la Suprema Corte de Justicia y me detuve para dejar libre el
paso a un caballero que salía, dirigiéndose hacia un lujoso automóvil estacionado frente
al edi­ficio. Los dos centinelas del Batallón Florida hicieron la venia, un joven que posible­
mente fuera el chofer abrió respetuosamente la puertezuela, y el caballero —de aspecto
distin­guido, sienes canosas, ropas de corte impecable y semblante adusto— tomó asiento
detrás. Cuando el coche arrancó pude ver la chapa del Poder Judicial y advertí que había
presen­ciado la sencilla, cotidiana, pero no por ello menos simbólica ceremonia del final
de una jornada en las tareas de un ministro de la Suprema Corte, es decir, uno de los más
altos magistrados de la República, miembro de un Cuerpo en el que la Constitución de­
posita la instancia última de representación de la soberanía popular y encargado de admi­
nistrar justicia en el más alto escalón de la jerarquía judicial. Con cierta irreverencia (y por
razones que más adelante se comprenderán) me vino a la mente el recuerdo del reciente
presu­puesto aprobado para la judicatura, y de sus sueldos, justipreciados a la altura del
caballero de las sienes grises en miles de pesos, pero en algunos cientos solamente para
otros niveles del escalafón. Con impertinencia, además, mezclé en la reflexión la interro­
gante de si aquel lujoso automóvil sería uno de los autos baratos que la ley se propuso
permitir a los miem­bros de la Suprema Corte, exentos de determinados impuestos. Y, por
analogía, mi medita­ción sobre el alto magistrado entrevisto fugazmente en mi paso por la
Corte derivó hacia otro magistrado que conozco bien.
Mi magistrado es mucho más sencillo, aunque también tiene las sienes canosas. Como
no se graduó en la Facultad de Derecho, solamente pudo llegar a Juez de Paz rural y hace
treinta años que desempeña el cargo. No es universitario, pero debe saber los códigos tan
132 Carlos María Gutiérrez — Los dos magistrados

a fondo como cualquier abogado, porque es él precisamente quien provee ante las ges­
tiones de los abogados. La ley de autos baratos no se estiró hasta su modesta escala, y no
tiene automóvil, pero cada semana debe viajar —a caballo, en jeeps policiales, en carros
de veci­nos— muchos más kilómetros de los que recorre en todo un mes el caballero de
aspecto distinguido en su coche abaratado legalmente. Su despacho no tiene soldados del
Batallón Florida en la puerta, porque consiste en un humilde rancho de paja quinchada
cuyo único mobiliario es un viejo escritorio, pero la Constitución manda que la justicia
que se imparte en el pobre rancho tenga tanto imperio y dignidad como la que administra
el caballero en su palacete de Montevideo.
Mi magistrado, además de no tener un diploma universitario, no pudo especializarse
en ninguna rama del Derecho, porque desde que se hizo cargo de su Juzgado debió aten­
der todas las especialidades. Para dos generaciones de hacendados, campesinos y habitan­
tes de pueblos de ratas, ha sido juez de instrucción, juez de menores, penalista, experto en
Dere­cho Administrativo (en algunos episodios de contrabando, hasta en Derecho Inter­
nacional) y oficial del Registro Civil. Y además, cuando dejaba los códigos en el escritorio,
curandero, confesor y desfacedor de entuertos con viudas o huérfanos.
El caballero con quien me crucé esa tarde aceptó hace años implícitamente la dero­
gación del viejo e ingenuo precepto de que la Justicia debe permanecer ajena a las ban­
derías políticas, y sabe que su designación o su permanencia (más todas las ventajas con­
siguientes) se deben a su partido. Mi magistrado solo obtuvo de su partido la dudosa
merced inicial del nombramiento.
El caballero, al sentarse en su automóvil último modelo, recogió cuidadosamente la
raya de su pantalón. Mi magistrado posee un solo traje y la vestimenta habitual de su car­
go son la bombacha criolla y la alpargata, porque las botas deben reservarse para los ba­
rriales del invierno. Conserva entre conmovedores celofanes una vieja banda de seda con
los colores nacionales que es el símbolo de su augusta función, y como ella es el objeto de
más valor que hay en el viejo rancho, vive pendiente de los efectos de la humedad, el sol
o la polilla sobre sus borlas de oro o sus delicados azules, porque sabe que su sueldo no le
permitiría comprar otra.
Hace treinta años, como dije, que mi magistrado ejerce la altísima labor de impartir
justicia exactamente con las mismas prerrogativas intrínsecas que el caballero. Como él,
puede enviar un hombre a la cárcel, disponer una reparación moral o pecuniaria, deter­
minar por medio de un fallo el premio o el castigo a la conducta humana. Pero hay algo
que el caballero puede hacer y él no: elaborar el presupuesto que afecta los sueldos de am­
bos. Y en este año de Gracia de 1961, mi hombre, un modesto Juez de Paz rural pero tan
magis­trado como el caballero del automóvil, descubrió que su nuevo sueldo es inferior al
de los porteros del palacete donde el caballero despacha sus asuntos. Para mi magistrado
tampoco habrá este año la posibilidad de un traje nuevo, o de reponer la banda si se la
come la polilla del rancho. Y sin embargo, yo sé que seguirá administrando justicia exacta­
mente igual que siempre, tan honestamente como si el caballero de aspecto distinguido se
hubiera acordado de él. Lo digo porque conozco bien a este magistrado rural: es mi padre.
El agujero en la pared
1968

por Gut
(ilustraciones del autor)

A María Noel, para que empiece a leer cosas serias.

Prólogo

La incomprensible carrera literaria de Gut se desarrolla entre 1953 y 1963, año de su desa­
parición. Aunque la Interpol ha desarrollado varias teorías sobre la misma, la carencia
del corpus delicti ha impedido que se responsabilice a nadie de ese fausto acontecimien­
to. Diver­sos trámites que legalicen el hecho (moratorias, apertura de sucesión, cobro de
recompensas ofrecidas por la policía de varios países) han quedado en suspenso por esa
causa, pero la innegable distensión social que él produjo está evidenciada por la actitud
de esta prestigiosa editorial, la cual —restando sensatamente importancia a la eterna ten­
tativa de soca­va­miento institucional que fue la vida del libelista que nos ocupa— publica
ahora esta antología en papel ordinario, tipograf ía pasada de moda y formato práctica­
mente despre­ciable.
He querido contribuir al desenmascaramiento definitivo del autor —con quien me
unió en algún momento el incómodo vínculo de maestro y discípulo, al que finalmente
renuncié luego de mi fracaso en enseñarle las primeras letras y expulsé de mi hogar— in­
terviniendo personalmente en la selección de sus textos,1 editados durante una década en
Lunes y Marcha. Que este volumen sirva de ejemplo y terrible escarmiento para los que
pretendan seguir los pasos del miserable desaparecido.
Baltasar Pombo

1. Naturalmente, he corregido la ortograf ía, la sintaxis y la prosodia. También, he puesto al día al-
gunas fechas y nombres.
134 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

I. Usos y costumbres

Conferencia en la Punta

El director de El Heraldo del Funcionario Postal —mensuario donde me desempeño como


cronista y corredor de avisos— me llamó a su despacho. Allí, sonriendo misteriosamente
y obsequiándome con el resto del habano que estaba fumando, me preguntó:

—¿Tiene usted una remera a rayas?


—Sí, señor director.
—¿Y un par de mocasines marrones, con hebilla dorada?
—Por supuesto.
—¿Y un pantalón celeste, de poplin brillante?
—No faltaba más, señor Director.
—¿Y un pañuelito de cuello, preferentemente a lunares y entonado con la remera?

Asiento.

—Bien. ¿Y otro equipo de recambio, acaso?


—Como es lógico, señor director. Poseo también una remera lisa, verde iguana, un
par de mocasines blancos con vira marrón, un pantalón beige de tela pilot y un pañuelo
púrpura, a rombos.
—¿Tiene usted alguna idea de lo que es el panamericanismo?
—En absoluto.

Mi director se levantó ruborizado de emoción y me estrechó entre sus brazos:

—¡Admirable, hijo mío! Queda designado corresponsal de El Heraldo del Funcionario


Postal en la conferencia de Presidentes en Punta del Este. Tome estos 200 pesos para gas­
tos de alojamiento, transporte y varios, y buena suerte.

Veinticuatro horas después me encontraba en la oficina de prensa de la Conferencia, a


los efectos de acreditar mi condición periodística. Una señorita de dorados cabellos, ojos
verdes y vaqueros Lee convenientemente lijados para avejentarlos a la moda, me atendió:

—¿Señor?
—Soy corresponsal de El Heraldo del Funcionario Postal, señorita.
—¿Corresponsal del qué?
—De El Heraldo del Funcionario Postal, para la conferencia.
—¿Qué conferencia?
—La de Presidentes, señorita.
Conferencia en la Punta 135

—Ah, pero ¿hay una conferencia de Presidentes?


—Por supuesto.
—¿Y aquí, en Punta?
—Efectivamente.
—¡Ay, pero qué regio! ¡Isabeau, Isabeau! ¡Mirá lo que dice este tipo: que en Punta hay
una conferencia de Presidentes. Señor: ¿de Presidentes de qué?

Creí llegado el momento de poner las cosas en claro.

—Señorita —dije con mi tono más firme—. ¿Qué oficina es esta?


—¿No vio el letrero al entrar, señor? Oficina de Prensa del Ministerio de Relaciones
Exteriores.
—¿Y usted no sabe que hay una conferencia de Presidentes?
—¡Jesús, señor! Una no puede estar en todo. Bueno, de cualquier manera ahora no lo
puedo atender porque a mediodía hay un swimming–rummy en la pisci de Isabeau y tengo
que ir a peinarme. Vuelva mañana, más bien tarde.

Algo desalentado, resolví buscar alojamiento. Averiguando cuál era el hotel más ba­
rato de Punta del Este, vadeé los bañados y zanjones que conducían a él y, una vez en la
casilla, pedí para hablar con el dueño y mantuve el siguiente diálogo:
136 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

—Perdón, caballero. ¿Tendría usted aloj...?


—No.
—Quiero decir: ¿no le quedaría alguna piecit...?
—No.
—Bueno, en ese caso, ¿un altill...?
—No.
—En fin, ¿un rinconcito en el garaj...?
—No.
—¿Y si durmiera ahí, en el jard...?
—No.

Finalmente me retiré, pidiéndole disculpas por haberlo molestado y establecí campa­


mento en una cómoda restinga, a escasos kilómetros de la avenida Arocena.
Esa misma mañana, sabiendo que el Presidente de Cipayagua acababa de llegar a Pun­
ta del Este, me propuse hacerle un reportaje exclusivo. Siete tentativas de llegar hasta el
fundamental estadista fracasaron ignominiosamente. Sin cejar en mi intento, apliqué du­
rante dos noches compresas yodadas a las mordeduras de los perros boxer que los guar­
daespaldas del Presidente lanzaban contra los intrusos y luego me hice anunciar como
enviado especial de la Sociedad Interamericana de Prensa, de parte del doctor Carlos
Manini Ríos. Fui recibido esta vez entre aplausos, silbidos de regocijo y risas generales. La
conversación se desarrolló en estos términos:

—¿Usted cree, señor Presidente, que...?


—Por favor, mi amigo. Dejemos ese punto.
—¿Y en cuanto a la posibilidad de...?
—A ese respecto, las posiciones de mi gobierno son claras y terminantes. No, en ab­
soluto.
—¿Y la...?
—En eso seremos más intransigentes que nunca. El proceso del Continente, la historia
de Cipayagua y los antecedentes de las anteriores conferencias panamericanas así lo abo­
nan. No puede haber dos actitudes y adhiero a la tesis citada, sin reservas.
—Pero entonces...
—No exactamente de ese modo. Más bien, procurando mantener el concepto doctri­
nario tradicional, adecuado a la coyuntura económica. Pero eso sí, primero los principios.
—¿De manera que puede afirmarse la...?
—Usted me ha interpretado, querido amigo. Yo también he sido periodista y com­
prendo su actitud.
—Gracias, señor Presidente. Un honor haberlo conocido.
—Adiós, mi amigo. Y ya sabe, todo lo conversado queda entre colegas. Olvídese de que
es periodista, y discreción. Si publica una sola línea lo desmiento ¿eh?

Aseguré al Presidente que no saldría nada de nada y me retiré sollozando, entre los
ladridos de los perros.
Blues del crimen pasional 137

Blues del crimen pasional

El anónimo decía:

«Señor Adalbert Perina: su esposa lo engaña con Oduvaldo Kant, todos los miércoles,
de 17 a 20 horas, en la habitación 313 del hotel Mignon de esta ciudad. Un amigo».

Ese miércoles cargué mi pistola Luger con balas dum–dum, localicé en la guía tele­fó­
nica la dirección del hotel y a las 17 y 15 derribé a patadas la puerta de la habitación 313. En
un amplio lecho los dos amantes se alzaron semidesnudos, llenos de horror. Disparando
desde la cadera, alojé dos balas en la frente del miserable, que murió en el acto. Después
apunté hacia la arrastrada que, en ropas menores, gimoteaba despavorida sobre la alfom­
bra y vacié sobre ella el resto del cargador. A continuación descolgué el tubo del teléfono
y dije con voz serena al empleado de la recepción: «Llame a la policía. Se ha cometido un
doble crimen pasional en la habitación 313».
Entonces me senté en un sillón a esperar lo inevitable y caí en la cuenta de que soy
soltero, de que no me llamo Adalbert Perina sino Pascual Muntz y de que no tengo nin­
gún amigo.

Infanto–juvenil

El crimen había sido repugnante y toda la opinión pública se sintió soliviantada, no sólo
por la edad del protagonista (triste ejemplo de cómo la sociedad había descuidado sus
deberes al no condenarlo a trabajos forzados cuando —según se supo— a los siete años
había roto un farol jugando en la calle a la pelota) sino también por los valores inmanentes
que su acción había ultrajado.
Páginas enteras de la prensa fueron dedicadas con discreción a relatar el asunto, y en
honor del periodismo nacional debe decirse que evitaron todo sensacionalismo. Propor­
cionaron, eso sí, las informaciones objetivas que debían servir como elemento de juicio a
la indignada opinión pública: que el pequeño miserable provenía de una pareja de concu­
binos (el padre, a su vez, era bígamo en Bahía Blanca, donde su primera esposa cantaba en
un cabaret del puerto y la segunda era mechera), que la madre ejercía un triste comercio
en cum­pli­miento de tradiciones familiares y que en 1917 un tío carnal registraba entradas
policiales en Sarandí Grande por ebriedad, exhibicionismo y ausentismo electoral; otros
detalles morbosos —presunta amistad equívoca del menor con un barrendero jubilado
138 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

de filiación anarco–castrista, vicios secretos de su hermanita, primo edil heberista— fue­


ron aludidos, con elogiable ética periodística, en forma lateral y mencionados como «sin
confir­mación».
La policía, a la que después se sumaron el Ejército y —una vez que los protagonistas de
un naufragio que estaba transcurriendo desde hacía 72 horas en las restingas de la playa
Ramírez perecieron de inanición, aburrimiento o simplemente ahogados— los helicóp­
teros de la Marina y de la Fuerza Aérea, organizó exitosamente el acorralamiento. Era
ridículo suponer que el vil sujeto hubiera escapado al exterior; todas las fronteras estaban
celosa­mente vigiladas (en patriótico gesto, empresas azucareras de la zona suspendieron
tempora­ria­mente la importación clandestina de braceros brasileños) y las autoridades
militares encar­gadas de la represión del contrabando vacuno dieron orden a los regimien­
tos fronte­rizos de que ejercieran de verdad su vigilancia, por una semana. Un pasquín de
izquierda —que de inmediato fue clausurado por decreto, con confiscación de bienes y
deshonor de por vida para sus redactores— aventuró la hipótesis de que el criminal hubie­
ra salido hacia el Brasil disfrazado de bolsa de arroz, Chevrolet último modelo con chapa
diplomática o novillito precoz, pero la insidia fue anulada de inmediato con dos edito­
riales de la prensa seria, una audición de la Cadena Andebu y el rumor sobre un posible
manifiesto del Ateneo.
El país entero dejó por una semana de pensar egoístamente en los problemas indivi­
duales, originados en la preocupación materialista de la suba de precios, la devaluación
del peso y las medidas de pronta seguridad, para mantenerse absorto y espiritualmente
com­pro­metido con el emocionante proceso de la cacería, donde estaban en juego prin­
cipios morales y las bases fundamentales de la nacionalidad que nos legó el Prócer. Por
encima de discrepancias circunstanciales, los partidos tradicionales se unieron en la con­
denación del delincuente y el ministro del Interior habló por una cadena de radio y te­
levisión, funda­mentando jurídicamente el derecho de la sociedad a defenderse. Casi de
inmediato se formó una Comisión Nacional Pro Defensa de la Sociedad, que incluía una
Subcomisión de Damas y Comités Delegados Departamentales, y abrió una cuenta co­
rriente en el Banco de la República para recibir donaciones de los ciudadanos demócratas.
Paralelamente, la Asociación Protectora de Animales San Judas Tadeo inició una colecta
callejera con el lema «Si los niños son irrecuperables, dé para los animalitos de Dios», y
la Liga de Beneficencia, presi­dida por la Primera Dama, organizó un desfile de modelos
de primavera a beneficio de los cantegriles, mientras el partido Comunista recogía firmas
para repudiar la actitud poli­cial y reclamar el comercio con la Unión Soviética.
Finalmente, el sórdido individuo fue atrapado. Pese a tener ya 13 años y ser anormal­
mente desarrollado, había estado concurriendo durante toda la semana a sus clases habi­
tuales en el Liceo, disfrazado de infanto–juvenil, refugiándose para dormir en funciones
de la Comedia Nacional. Maniatado de acuerdo a su peligrosidad, fue conducido al Juz­
gado de Instrucción entre doce soldados armados a guerra, mientras que en las aceras la
ciudadanía gritaba su repudio al sujeto y cerca de cien taximetristas hacían sonar las boci­
El español en el aire 139

nas de sus vehículos y pretendían linchar al extraviado menor. Con increíble cinismo —y
al mismo tiempo que un cronista policial le tomaba las medidas frenológicas para el artí­
culo de la tarde— el feroz individuo confesó todo ante el Juez (aunque no pudo firmar la
confesión debido a una molesta afección a la vista, que le había inflamado ambas órbitas,
provocado la fractura de tres dedos y seis costillas y hecho perder tres dientes) y añadió:
«Sí, ahora reconozco que hice mal en ir a jugar al futbolito». Una ola de justificado furor
colectivo recorrió la nación cuando se supo además que el repudiable ser había inducido
a sostener con él un partido de futbolito al hijo de un progresista cabañero del Norte muy
conocido por sus experimentos técnicos de cruzamiento de razas para obtener mejores y
más rendidores peones y para que el ganado vacuno consumiera menos alimentos (o al re­
vés, no me acuerdo bien). Manifestaciones cívicas, encabezadas por dirigentes de [Link].
de. recorrieron las calles al grito de «¡La pena máxima! ¡La pena máxima!» y monseñor
Corso ofició una misa campal en repudio al pecado y a la guerra de guerrillas. Entonces,
con vista fiscal favorable, el Juez dictó sentencia, condenando al delincuente a la pena de
vida.

El español en el aire

El avión se detuvo y vi que en la pared del descolorido edificio decía «Carrasco–Uru­


guay». Había llegado a destino. Apreté confiadamente el pequeño librito que me había
dado la azafata y bajé, extrañándome de no ver indígenas con trajes típicos. Aquí estaba
yo, Edgar Emptybrains, cronista del Kalamazoo Mirror, de Kansas, en mi primera misión
de corres­ponsal extranjero.
Al anunciarme mi partida, Mr. Beast, el editor jefe del Mirror, me explicó: «Edgar, mu­
chacho, tienes que ir al Uruguay para escribir un buen reportaje sobre el Colegiado». Yo
no sabía lo que era el Colegiado, pero Mr. Beast sí. Ordenando por el intercomunicador
que me descontaran dos días de salario por ignorante, Mr. Beast aclaró pacientemente:
«Parece que se trata de un nuevo juego de salón. Los juegos de salón se han convertido
para los uruguayos, después que inventaron la canasta, en una industria de exportación.
El Colegiado se practica en torno a una gran mesa. Un equipo de seis juega contra un
equipo de tres; la formación de los equipos se hace por un método copiado del sistema
republicano de gobierno. A la vez, en el equipo mayor y en el menor, se desarrollan cam­
peonatos internos por puntajes y, en caso de empate, puede haber transferencias por­
que el Regla­mento, denominado Ley de Lemas, es decir...». Aquí Mr. Beast tartamudeó
140 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

impercep­tible­mente y luego agregó, dándome una paternal palmada en el hombro: «Bien,


sabrás los detalles cuando llegues». Objeté que no sabía italiano; Mr. Beast, luego de or­
denar que me descontaran cuatro días, me dio otra gran palmada, esta vez con el puño
cerrado y en el occipucio. «¡Edgar!», exclamó algo furioso. «¡Hijo de un negro, votante de
jfk! ¿No sabes que en el Uruguay se habla español?» Cometí el error de decir que no y
perdí el resto de mi sueldo por esa semana, recibiendo además una atroz bofetada. «¡Ed­
gar!», bramó entonces mi jefe. «¡Te ahogas en un vaso de agua! Cuando subas al avión pide
el Diccionario de Frases Útiles en Español, que la azafata te proporcionará gratuitamente.
Allí tendrás todo el vocabulario que necesites, con la exacta pronunciación española. Y
ahora vete, Edgar, antes de que me enfurezca y te envíe a cubrir una conferencia de prensa
de Lyndon B. Johns...»
Todo salió como dijo mi jefe. Durante el viaje estudié cuidadosamente el pequeño dic­
cionario y, especialmente, la fonética adjunta. Mr. Beast tenía razón: allí estaba todo y yo
podía desempeñarme perfectamente sin intérpretes.
En Carrasco pasé rápidamente los trámites de Aduana. Después, dije a un changador:
«Sírvase llamar un taxi», pero como estaba en el diccionario, es decir: «Seehr–vah–seh
yah–mahr oon tak–see». El nativo cayó al suelo entre alaridos de gozo y convulsiones his­
téricas. En consecuencia, me dirigí a la salida y subí a un taxi. Una vez en el hotel, pregun­
té si constaba mi reservación de pieza, en la forma aconsejada por el diccionario: «Tee–
eh–neh oos–teh mee reh–sehr–vah–seeohn?», con el resultado de una neurosis hilarante
en tres empleados y un botones que rodaron por la alfombra llenos de júbilo. Ante esta
conducta incomprensible traté de comunicarme con el cónsul norteamericano y dije a un
señor que parecía el gerente: «Dohn–deh ehs–tah ehl teh–leh–foh–noh?». El señor se des­
plomó a mis pies gritando como un marrano y ahogándose en su propia saliva. Finalmen­
te, ya irritado, llamé a un camarero que pasaba: «Eh, kah–mah–reh–roh» y el muchacho,
poniéndose súbitamente rojo, me dijo algo así como «Tu abuela» (Too ah–booeh–lah) y
siguió de largo.
Ya en la certeza de que los nativos —como todos estos pueblos simpáticos pero sub­
desarrollados— aún no habían aprendido su idioma, pedí la cuenta («Lah koo–ehn–tah,
pohr fah–vohr») y abandoné el hotel. Afortunadamente en la otra cuadra había un letrero
que decía, en correcto inglés, «Hotel», y allí penetré, pidiendo un cuarto. Queriendo sa­
ber cuánto costaba el cuarto, cometí el error de preguntar «¿Koo–ahn–toh vah–leh?», con
el consabido resultado de que el funcionario del mostrador desapareciera convulsivamen­
te tras el mismo, al mismo tiempo que decía el precio entre salvajes carcajadas. Siguiendo
las instrucciones del diccionario respondí: «Ehs moo–choh» y lo interrogué acerca de si
tenía «Ahl–goh mahs bah–rah–toh», pero no recibí respuesta, a no ser un rumor conti­
nuo, alter­nado con rugidos y toses.
En consecuencia decidí dejar el Uruguay, ante las costumbres incomprensibles de sus
habitantes. Primero, pasé por una peluquería para afeitarme y me sentí francamente mo­
lesto cuando al explicarle al barbero en claro y perfecto español: «Seer–vah–seh ah–fay–
Decálogo del asqueroso 141

tahr–meh», sólo obtuve confusos bramidos y ojos en blanco que revelaban una alegría
incontenible, mientras un rugiente coro se elevaba desde los bancos de lustrar zapatos.
Entonces omití esta última operación, por temor a que los palurdos no entendieran la
sencilla frase de «Seehr–vah–seh loos–trahr–meh los sah–pah–tohs» y me dirigí al aero­
puerto, a tomar el avión de regreso.
Antes pasé por el Correo, luego de haber preguntado: «¿Dohn–deh ehs–tah ehl Koh–
reh–oh?», y de haber obtenido una estampilla («Deh–seh–oh ooh–nah ehs–tahm–pee–
yah pah–rah ehs–tah kahr–tah») y remití a Mr. Beast mi diccionario, para que aprenda y
cuando yo llegue a Kalamazoo podamos dialogar en español.

Decálogo del asqueroso

1. Toda la humanidad es material odiable. No hay que dejarse impresionar por bebés
rubicundos en sus cochecitos. Se les mirará a los ojos, procurando descubrir en ellos
a los futuros infidentes, jueces de fútbol, etc. Si ostentan un babero que dice: «No me
beses», se les besará repetidas veces lo más cerca posible de las fosas nasales. Si están
llorando, es recomendable dejarles la mamadera donde puedan verla pero no alcan­
zarla.

2. Las viejecitas y los inválidos se han hecho para viajar parados en los vehículos de
transporte colectivo. Se procurará permanecer a su lado esperando a que se desocupe
un asiento y luego, graduando con precisión el tempo (para que se ilusionen), ocuparlo
uno mismo en el momento en que ellos dan el suspiro de alivio. No olvidar un discreto
pero intenso pisotón. En caso de amputados, se dejará caer un fósforo encendido junto
a la pierna ortopédica.

3. Para un asqueroso con conciencia, un padre primerizo es un objetivo ineludible. El


campo de acción será, preferentemente, la sala de espera de las maternidades. No es
conveniente operar con asistencia menor a seis padres, por razones de psicología de
masas. En la disertación inicial se desarrollarán exhaustivamente los temas de la fiebre
puerperal, los trastornos post–operatorios y la falta de higiene en los sanatorios, aña­
diendo alguna breve anécdota sobre olvido de instrumentos en pacientes mal cosidos.
Al oír los primeros vagidos será el momento de relatar un episodio cuidado­samente
documentado sobre la habitualidad del trueque de identidades en las nurseries. Si los
142 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

oyentes demostraran desinterés, se recurrirá a la historia del niño con seis dedos en
cada mano, aludiendo al mecanismo de la partenogénesis y la ineluctabilidad de los
cromosomas. También deberá excitarse el escepticismo de los padres en materia de
filiación.

4. Los mozos de café no se llamarán a chistidos, ni por su apellido, evitando así una inti­
midad que conduzca a la falta de respeto. El procedimiento aconsejado es levantar el
brazo derecho y castañetear los dedos, sin mirar al sujeto. La actitud puede ser mejo­
rada si se continúa leyendo o conversando con un interlocutor durante el castañeteo.
Se sabe de mozos que, sometidos a este tratamiento durante una jornada de labor, han
experimentado alentadores trastornos psicosomáticos y crisis depresivas agudas. Un
efecto complementario y muy conveniente es arrojar la moneda de la propina en la
bandeja, para que suene espectacularmente. Se constatará al instante que la gente de
otras mesas fija la mirada en el mozo y, en esos casos, la expresión del sujeto y cierto
temblor de barbilla y una dilatación del iris, que puedan registrarse, serán un satis­
factorio resultado.

5. Nadie tendrá derecho a considerarse asqueroso en plenitud, si no ha trazado por lo


menos una inscripción pornográfica en algún gabinete higiénico. Es muy útil llevar
siempre encima una lista de direcciones y teléfonos de jovencitas recién presentadas
en sociedad, curas párrocos, presidentas de sociedades protectoras de animales y ma­
dres de amigos de la infancia. Siguiendo un cuidadoso orden preferencial, esos datos
se anotarán con lápiz, tinta o drypen al pie de frases reveladoras de tristes debilidades
humanas, procurando no escribir sobre azulejos (fácilmente limpiables) sino sobre
paredes de cal y a alturas resguardables. Un resultado más inmediato se obtendrá si se
elige el gabinete de un café adonde concurran el novio de una de aquellas jovencitas o
un amigo de la infancia.

6. Para un asqueroso no hay nada mejor que otro asqueroso. Especialmente en reuniones
particulares, cumpleaños de quince y bodas de plata, se deberá estimular en asistentes
novicios o desorientados las posibilidades latentes que dejen entrever. Si se tuviera la
buena suerte de encontrar entre la concurrencia un asqueroso auténtico, mayor de
edad y en buenas condiciones, miel sobre hojuelas. En ese caso y en pocos minutos
puede formarse un equipo que, por improvisado, no dejará de proporcionar grandes
satis­facciones. Tareas menores pueden ser encargadas a los novatos, a saber: a) abrir
de pronto la puerta del baño donde hace diez minutos se ha introducido una señora
congestionada y decir clara y distintamente, antes de cerrar: «Perdón, caballero; no
lo había visto»; b) dejar cigarrillos encendidos sobre manteles de nylon o de encaje
de Malinas; c) pararse contra la pared apoyando el taco de goma en el empapelado y
desplazarse lentamente, en esa posición, a lo largo de la pieza; d) escupir dentro de
cerámicas danesas.
Decálogo del asqueroso 143

El experto, en cambio, se dedicará a tareas de mayor enjundia. Es muy eficaz mirar


largamente, con aire de discreta estupefacción a la joven señora del matrimonio recién
presentado y musitar como para uno mismo, en tono audible: «Caramba... Hubiera ju­
rado que... Realmente... Pero no, naturalmente». Si el marido no se diera por enterado,
debe añadirse: «Perdón, señora. Pero el miércoles usted no estaba en... No, no puede
ser, por supuesto». El tono que adquirirá la piel del esposo y la parálisis general de la
joven señora serán el indicio de que uno debe retirarse a disfrutar el momento. Se ha
notado que, en un gran porcentaje de casos, el matrimonio abandona precipitadamen­
te la reunión, casi sin despedirse, lo que evidencia la mala educación del despreciable
género humano.

7. El apartidismo político es una de las condiciones esenciales del asqueroso, ya que le


permitirá operar cómodamente con afiliados de todos los sectores. Los procedimien­
tos más usados, en este campo, son el de recopilar discursos y declaraciones formula­
das en las últimas elecciones por un dirigente que acabe de proclamar su fidelidad al
líder del partido; el de grabar con pequeños aparatos a transistores lo que el dirigente
dice en la mesa del Tupí o del Jauja y editarlo como separata de la versión de sus pa­
labras en el Parlamento; en fin, el de publicar mensualmente la lista de diputados que
han impor­tado autos baratos y la de directorios de sociedades anónimas. Cabe adver­
tir, sin embargo, que el campo político ha sido ya casi abandonado por los asquerosos
vocacionales y desinteresados —es decir, por los artífices que conservan celosamente
las reglas de un arte incomprendido— debido al intrusismo de los asquerosos profe­
sionales y rentados.

8. Aunque no como condición ineludible, es conveniente que el asqueroso posea auto­


móvil. Ello abre una interesante gama de posibilidades. Conviene ensayar primero las
condiciones operativas en empresas menores. Los expertos señalan que el pasaje por
una escuela primaria a la hora de salida, manteniendo una velocidad de 120 kilóme­
tros por hora, con escape libre y claxon oprimido, ha sido la causa de numerosos casos
de deficiencias glandulares, trastornos prepuberales, incontinencia nocturna, defor­
mación de retina y complejos de Edipo. Los días de lluvia con formación de charcos
en el pavi­mento no deben desaprovecharse; es particularmente útil reiterar en esas
oportu­ni­dades el denominado «efecto rasante» optando normalmente por viejecitas
jubiladas, niños en traje de primera comunión y, en lo posible, mendigos de edad pro­
vecta.

9. Las condiciones de asqueroso no reconocen limitaciones de sexo. Una mujer con clara
conciencia de su posibilidad y una decidida vocación, tendrá siempre ventajas sobre
un asqueroso masculino, debido a sus cualidades genéricas. La asquerosa, sin embar­
go, deberá cuidarse de ejercer el odio, como sería su tendencia, únicamente sobre las
mujeres, dadas las notables condiciones operativas que ofrece el otro sexo. Imposible
144 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

detallar aquí la complejidad de situaciones favorables que puede ofrecer a una asque­
rosa integral el conjunto de sus relaciones masculinas. Baste solamente establecer al­
gunas normas generales, a saber: a) hasta los 30 años el hombre es despreciable; b) de
los 30 a los 50 años, el hombre es despreciable, incomprensivo y estúpido; c) desde los
50 años hasta su muerte, el hombre es despreciable, incomprensivo, estúpido y reblan­
decido; d) todas las personas que no son hombres, merecerían serlo; e) debemos ven­
garnos preventivamente de los hombres y/u otras personas.

10. El asqueroso no nace, se hace, y el periodismo ayuda.

Sonetario nacional

Soneto para exquisitas del Sorocabana

Delicado miraje el de tus sienes


que derrama la torre marfilina
de tu cuello en sazón, por donde viene
a trazar su sutil huella ambarina

el beso azul que se fugó a la esquina


de tu hombro ebúrneo, ese que mantiene
tu fábrica perfecta y saturnina,
tu par arquitectura sin sostenes.

Deja ya tu costado sin sollozos,


tu casta cerradura sin candado,
tu sosiego lunar sin los rebozos

que Diana te otorgó, para mi enfado,


e iré en tu pos, mujer, entre los mozos,
a ver si alguien me paga este cortado.
Sonetario nacional 145

Soneto para concurso del Ministerio de Cultura

Ya me salgo de mí, ya me deslomo,


y tuerzo el día hacia el conf ín lejano,
atravieso tomado de tu mano
la ceniza en que yazgo y donde como.

Es tu viña de hiel la que te aromo


mientras penetro en el desierto arcano
donde muere la muerte de mi hermano
y llora Eros lágrimas de plomo.

¿Quién entiende mi súplica y mi ruego?


¿Adónde voy? ¿En qué tormento me hallo?
Corola ajada y del color del fuego,

mi corazón es un voraz caballo


y tú, el establo cruel donde me entrego.
¡Viva Pacheco! ¡Viva Alba Roballo!

Soneto para que traduzcan en París

Yo soy buena y me gusta la poesía.


Yo soy casta y camino por la arena.
Mi mano abierta, mi caricia fría,
dicen que yo soy casta y también buena.

Vivo en mi casa y tengo mucha pena


y tengo padre, madre y una tía.
Yo soy una tranquila flor serena
que perfuma al costado de la vía.

Mi verso es casto, bueno y muy tranquilo,


no uso palabras raras o innombrables,
mi verso es vertical, igual que un templo.

Cualquier puede comprender mi estilo


casi sin diccionarios incomprables
como el Petit Larousse, por ejemplo.
146 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Soneto de poetisa joven

Juana escondida, viña de la espuma,


marina corza que el delf ín no alcanza,
Juana de aljófar, canto en alabanza
de tu resina en flor, torre de bruma.

Dos palomas sostienen tu costado


y un viento de suspiros te atraviesa,
Juana transida y en sollozos presa,
níveo asfódelo, sueño amortajado.

¿De qué espesura acechas, oh, encantada,


la gris canción de tu verano triste?
¿Hacia qué luto vas, oh, ensimismada?

¿Cuándo, Juana, gacela que no embiste,


me escribirás el prólogo, ay, soñada
mujer, que cierta vez me prometiste?

Liberta de reunión

Cuarta de Fierro, a 10 de los presentes.


Senior Concerjero Nasional don Luis Pallas Pérez.
Querido gefe:
Tomo la pluma en la mano y molesto a usté para elebar a Su Ebcelensia una quega
contra prosedimientos polisiale impropio desta hora de curtura y respeto a las libertá in­
dibidualmente consideradas que nuestro govierno impulsa vorasmente desde que semo
malloría, u sea que decidme usté, senior Concerjero, que vapasar el día que sonemo nel
comiccio, si ahora biene cualquier milico desastroso, con perdon de la cara de Su Ebcelen­
sia y se entroduce alebosamente nel clús y nos corta la racha que justo yo lestaba disiendo
al Martincho guambia la perica que asoma la pata y en ese presicso istante el guampas de
hule éste biene y nos da la vox de preso.
Liberta de reunión 147

No deceo abundiar en detalies pues Su Ebcelensia, que malquebien sabe leer y es­
crebir, abráse henterado ya por el diaro del atropelio incalificado cometido en nuestras
personas, que nos portaron codo con codo como bulgares timberos y suerte que nuestro
candidacto, prestijioso companiero de ideas y garantía del halquiler del clús y de la opera­
sión que ize para ponerme los masticantes, doptor Zorrilio, se abivó a tiempo y rajó por el
tragalux y dispués aguambió un rato y cuando estábamo en cana proporceonando la filea­
ción lejítima al escrebiente este doptor piernaso va y liama por telefo al cumba viejo de la
comizaría y todos oímo el chamuyo y la gozábamo como enanos, cuyo diálogo trascribo
literatamente fidedipno a Su Ebcelensia, almirado gefe, para que apresieis usté el balor cí­
bico del candidacto que nos honra. «Ola, ola (va y dise el doptor que es un piquito de oro,
no despresiando) por un desos porsiacasos no podería ablar con el Coimizario, de parte
del doptor Emergensio Zorrilio y Obes?» Tonce tendría que aber bisto, Su Ebcelensia,
como el cumba viejo y castigador de pungas de malpelo se bino de jalea propeamente y
se endulsó con el rigor dese apellido bárbaro. «Sí, doptor, comonó doptor, no faltaría más
doptor, un equíboco claro doptor, mis respeto al senior Concerjero Pallas Pérez doptor»
y metaiponga en tal forma y manera que liá todos recogimos las cacharpas y tuti cuanti y
afetamo cara de cabalieros ofendido para recibir las disculpa del cumba y hasta el escriba
dejó la lapisera y héte aquí nuestra sorpresa cuando el albitrario gerarca pega la retranca
y agarra y le retruca al doptor: «El problema es que tengo órdenes del Menistro, doptor, y
no se menoge»y que patatín y que patatán la cosa es que sosprevisamente tonce colga el
telefo sudando como chancho herbido, mala comparasión con perdón de Su Ebce­lensia y
va y dise como a la almósfera, sin mirar a naide: «Tan todos loco nunca se bio nada paresi­
148 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

do y yo que ago dios mío ahora que me faltan seis mese para el premiorretiro» y tenblava
como bara berde y se depeinava todo que me caiga muerto, Su Ebcelencia, que me acor­
daba a usté, recordáis, en aqueya parte tan belia que se mandó nel discurso de Paysandú.
Mal momento que aprobechó el Martincho para agarrar corage y meterla hasta el borsilio
donde guarda los sietebelos de repuesto, porque qué se le hocurre a este hijo de la gran­
bretaña sino que va y le ronca al cumba viejo que se cuidara el cargo que coimizarios hay
muchios pero siudadano como los abago firmantes nadamás que poco y seletos y que clús
sin entretenimientos es clús al agua y que más bale que nos debolbiera las sumas encau­
tadas y los emplementos de trabago que vastante nos costó el agugerito con plomo del
dado y taparlo otra ves y que desde cuando un onrrado hartesano es persesguido y si savía
quién era el capo en el gobierno.
Total quel ombre se puso líbido y nos miraba como si fuera a rebentar y le salía una
hespumita y empezó a decir «pa–pa–pa» y el Martincho ba y dise lo mas frexco: «Claro,
Pallas Pérez», pero el cumba se atraganta y le ruje al escrebiente: «¡Páselos!».
De manera y modo, querido Gefe, questa es la situasión, de gran delicadesa y inominia,
porque ase dos días que no abrimo el clús y semo en cana encomunicado y a la desposi­
ción del Jué. Digo yó, senior Concerjero, y el Martincho questá nel fondo vuscando jabón
amarillo para efectuar unos dado rumidentario ya que los milico cobraron oy y todos
los día nase uno, surscribe con mí esta terrogante: ¿será posible que, como hosa desir la
oposición, habería discrepansia de criterio en la saltas esfera soficiales? ¿Ese seniorcito
Menistro poderá más que el doptor Zorrilio, nuestro anegado candidacto nuebamente
dispuesto a ofreser su colaboración con Su Ebcelensia desde la vanca quesea, enclusive la
hanónima y modesta de la quinela sesional? ¿Permaneserá mudo y zurdo el Comité Ejecu­
tibo del Partido ante esta hofensa a dos jóbenes atibistas como el Martincho y mí, sepul­
tados en las maza­morras polisianas como en hépocas que paresían superada, cuando los
hesbirros de la ditadura ultragaban a la siudadanía democrática?
Elebo a Su Ebcelensia esta nota de apelasión aprobechando aber conosido fugasmente
aquí a un tira de su custodia y que me dijo que oy iba a berlo porque usté hiba aser un
paseo democrático hentre el pueblo sin guardaespalderos y tonce le dí la nota. Pienze que
los comiccio están prósimo y que con conferensistas y otras morondangas no van a yenar
el clús. Y además, que esta atitud ilegalista del Menistro está lesionando la libertá de reu­
nión que es libre por ser un derepcho costitucional y el doptor Zorrilio le puede decir si
no es cierto que ya tenemo ofresimiento para istalar la carpeta en otro clús alversario así
que pensadlo usté, senior Concerjero y resiba los respectuosos y almirativos decesos de
vuena salú en compañía de los sulios.

Toto Bastoenpuerta
(a) Yema de Orlón
La Navegación aérea 149

La Navegación aérea

Lunes, 09:30
Mañana mi abuelita de Artigas cumple 93 años y le daré una sorpresa apareciéndome por
allá. Viajaré en avión, porque me encanta la economía y la velocidad. Amo al pájaro alado
del progreso. En el mostrador de pluna donde intento adquirir el pasaje, me atiende una
señorita que bosteza. Dialogo con la señorita.

Yo.— Psst.
Señorita.— Uuuaaah.
Yo.— Psst.
Señorita.— Diga.
Yo.— Un pasaje de ida y vuelta para Artigas.
Señorita.— ¿Edad, nacionalidad, estado civil, ocupación en los últimos quince años,
domicilio aquí, domicilio allá, color del iris, índice frenológico, certificado de jura de la
bandera, carnet de identidad, peso, número que calza, motivo del viaje, radiograf ía del
tórax, nombre y ocupación de los padres, cuánto se va a quedar, hijos en edad escolar,
enumere los bultos de mano, qué asiento prefiere?
Yo.— P–pero...
Señorita.— Bien, en realidad no hace falta. Pase por la caja y lleve el importe justo. El
vuelo sale de Carrasco a las 7 y 30. Deberá estar aquí a las 3 y 30 de la mañana. Cien pesos
para el ticket del ómnibus por favor.
Yo.— Bué.
Señorita.— Uuuaaah.

Lunes, 11:30
Estoy en la caja, esperando a que regrese el cajero, quien a las 10 y 30 fue a hacerle pun­
ta al lápiz en la Sección Suministros. Parece que el sacapuntas está en un cuartito de la
derecha, donde ya entraron tres rubias y un mozo con cortados, y salieron el mozo sin
cortados y dos rubias.

Lunes, 12:00

Cajero (que vuelve).— ¿Qué lápiz? ¿Quién es usted? ¿Pasaje? No, ahora la caja está cerra­
da. Vuelva a las 16 y 30, con el importe justo en billetes nuevos.
150 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Lunes, 17:30

Ya tengo el pasaje de ida y vuelta y el ticket del ómnibus. El vuelo durará apenas una hora
y cincuenta minutos. Parece mentira. Abuelo me contaba que en sus tiempos se demoraba
hasta una semana, por carretera. Papá, cuando fue, demoró dos meses. Claro que cuando
volvió mamá había comprado camas separadas y papá nunca volvió a ser el de antes.

Martes, 03:15
Estoy esperando el ómnibus, en la oficina del centro. Me levanté a las 2 y gasté $ 185,50
en taxi desde Belvedere, para llegar a tiempo. En el mostrador, me atiende un señor que
bosteza.

Yo.— Psst.
Señor.— Uuuaaah.
Yo.— ¿Ya vino el ómnibus?
Señor.— Hable más fuerte. ¿Qué ómnibus?
Yo.— Para ir al aeropuerto.
Señor.— ¿Qué aeropuerto?
Yo.— El aeropuerto de donde sale el avión.
Señor.— ¿Qué avión? ¿Quién es usted? ¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy? Uuuaaah. ¡Ah,
el ómnibus! No vino todavía.

Martes, 11:45
El ómnibus no ha llegado, porque el vuelo se retrasó. Ahí viene el ómnibus. Me siento,
nos sentamos y partimos. El chofer conversa con la tripulación del avión, que viaja junto a
los pasajeros en actitud democrática que la honra. Oigo trozos de la charla. Parece que el
chofer del ómnibus se durmió porque anoche debió traer de madrugada desde Punta del
Este a no sé qué presidente, que no podía manejar el coche oficial debido a una indisposi­
ción. Me emociono, pensando en los sacrificios que deben realizar los hombres públicos
a cargo de las empresas del Estado.

Martes, 12:30
Ya estamos en el aeropuerto. Me siento muy excitado ante la perspectiva del viaje. Un se­
ñor con mameluco blanco y uñas negras me quita de la mano el portafolios donde llevo
una novelita de Mickey Spillane y el paquete de almendras para la abuela. Lo sigo hasta la
aduana. El señor toma una brocha llena de engrudo y me arruina para siempre el porta­
folios, pegándole encima una etiqueta y atándole otra en el asa. Lo pesa. Me pesa. Parece
que me pasé en el peso. El señor de blanco tira el portafolios en una vagoneta llena de va­
lijas. Encima pone un baúl y oigo a las almendras de abuelita hacer cracracrac.
La Navegación aérea 151

Martes, 13:10

Me empujan hacia un pequeño mostrador, donde hay cuatro jóvenes vestidos de azul con
brillantes galones de oro. Uno está escribiendo algo y moja el pulgar en las amígdalas para
dar vuelta las hojas de algo. Otro habla con una azafata maquillada y le dice por qué no le
trajo el extracto Nuits de Desire en el vuelo 143. Otro grita por teléfono a un señor que se
llama Operador y dice que no le grite. El cuarto bosteza y me mira.

Joven 4º.— Uuuaaah.


Yo.— Podría decirm...
Joven 4º.— Llegó tarde.
Yo.— Lo que quiero es preg...
Joven 4º.— Hay que venir más temprano. Ya cerramos la lista.
Yo.— Pero es que tengo un pasaj...
Joven 4º.— Hay que avivarse, amigo.
Yo.— Es que mi abuelit...
Joven 4º.— No se gaste.
Yo.— (Hablando ligerito) PeroesquetengounpasajeparaArtigasiestoienlalista.
Joven 4º.— ¿Y por qué no se explica claro? ¡Qué fenómeno, los uruguayos nunca
apren­derán a viajar! A ver, muestre. Ta bien. ¿Equipaje, documentación, tique de bodega?
Ajajá. Bueno, espere por ái.
Yo.— ¿Cuándo sale el avión?
Joven 4º (a Joven 3º).— Vó, mirá qué pregunta.

Martes, 14:55

El avión, según el Joven 3º, está demorado. Dialogo con el Joven 3º.
Yo.— Perdón, señor... ¿Por qué está demorado el avión?
Joven 3º.— Plafón bajo.
Yo.— No entiendo.
Joven 3º.— Condiciones operacionales, ¿no entiende? Artigas cerrado.
Yo.— ¿Quée? ¿Y mi abuelita se quedó adentro?
Joven 3º.— Vaya, señor. Espere y no moleste al personal técnico. Por el parlante le van
a avisar.

Martes, 16:00

Me compré un chocolatín, pero igual tengo hambre. Le pregunto al Joven 1º si aquí hay un
restaurante. Me dice que sí, en el segundo piso, ascensor de la derecha. Pretendo entrar al
ascensor y un hombre con cara de portero me pide credenciales. Al mostrarle mi pasaje,
me ordena que me dirija a la sala de aduana, exigiéndome que permanezca allí hasta que
152 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

se me haga el examen médico de la cuarentena, porque vengo de San Pablo, donde hay
cólera. Empiezo la discusión con el hombre con cara de portero, al que se le ha agregado
un portero con cara de hombre y dos funcionarios de Inmigración.

Martes, 16:30
He triunfado en la discusión, demostrando fehacientemente que nadie en mi familia ha
estado nunca en San Pablo y que no vengo, sino que voy. Subo al restaurante. Almorzaré
como si fuera un viajero internacional. Mi viejo sueño se cumple.

Martes, 17:45
El mozo no viene. Comienzo a inquietarme.

Martes, 18:00
Llega el mozo con la lista. Hago cálculos mentales y pido un sandwich de queso, una co­
cacola y nada más. El mozo se ríe a carcajadas y se va.

Martes, 18:15
Algo preocupado por la tardanza, reitero el pedido al mozo, que está limpiándose las uñas
con un tenedor, en un ángulo del salón. El mozo viene y saca el sandwich del bolsillo. Se
olvidó de la cocacola, pero no importa. Mastico despacio, haciendo tiempo.

Martes, 19:00

Está anocheciendo. Me siento melancólico. Pido la cuenta al mozo, que instantáneamen­


te me la presenta: Son $ 228,40, distribuidos así: sandwich, $ 100,40; Derecho de piso, $
25,00; Porcentaje de comedor, $ 50,00; Porcentaje de cocina, $ 35,00; Contribución Vo­
luntaria para el Fondo de Aeropuertos, $ 18,00. Pago y bajo por la escalera. Oigo al alto­
parlante que está diciendo algo como «Brrroomtrácate – trácateartigas». Corro hacia la
oficina de pluna. Allí me entero de que el vuelo está suspendido por falta de repuestos
hasta el martes próximo.

Martes, 21:00
Estoy en el Sorocabana. Pagué $ 975,00 de taxi desde Carrasco, porque el ómnibus no
transporta a pasajeros que no hayan llegado. Como yo tampoco salí, mi caso pasó a es­
tudio del Directorio, pero el chofer no me dejó subir. Pienso en abuelita y en papá. Lloro.
La muerte camina hacia Scaldaferro (Nouvelle objetivo–policíaca) 153

La muerte camina hacia Scaldaferro


(Nouvelle objetivo–policíaca)

A las 18.30 horas, William Natalio Scaldaferro, cronista policial, entró en la redacción del
diario donde trabajaba. Deteniéndose ante la puerta del despacho del Secretario, pinta­
da de gris y con vidrios esmerilados, dijo: «Muy buenas tardes, señor». Cinco pasos más
adelante, hizo un alto ante el escritorio del Jefe de Informaciones y dijo: «Buenas tardes».
Al llegar a su mesa de trabajo, lanzó un saludo circular con la mano izquierda a los demás
redactores y dijo: «Buenas». Quitándose el saco, lo colgó en una percha de unos ciento
cincuenta centímetros de altura, tubular, esmaltada en negro, que se encontraba contra la
pared adosada a un archivo clausurado. Sucesivamente, extrajo de los bolsillos del saco:
un paquete de cigarrillos negros (abierto); un lápiz rojo; un lápiz azul; un sacapuntas; un
encendedor imitación Zippo, con iniciales que no correspondían a su nombre; un paquete
(empezado) de pastillas de menta; una lapicera esferográfica imitación Parker; un esca­
pulario de la Santísima Virgen de la Macarena que lo acompañaba desde la muerte de su
madre, por anorexia; 22 maníes que había comprado poco antes al manicero de Olimar y
18 de Julio, estacionado en la vereda Sureste.
Depositando esos objetos sobre el escritorio, volvió al saco para extraer del bolsillo
exterior derecho un llavero con nueve grandes llaves y tres chicas. En el llavero eligió una
llave pequeña imitación Yale y con ella abrió una gaveta metálica rectangular situada en
una estantería aparentemente de roble, de donde extrajo una máquina de escribir Re­
mington, modelo 1966, de 120 espacios, que colocó sobre una mesita para máquinas de
escribir. Con otra llave del llavero, niquelada y algo desgastada en la base, abrió el tercer
cajón de la derecha de su mesa, retirando de allí un fajo de cuartillas en blanco, calcula­
bles entre 50 y 60 hojas. A continuación, arremangando cuidadosamente los puños de su
camisa de nylon porex, celeste con delicadas rayitas grises, se desprendió de su muñeca
izquierda el reloj pulsera (marca Puffo, que atrasaba veintidós minutos cada veinticuatro
horas), le dio cuerda y lo colocó sobre el escritorio, paralelamente a las cuartillas. Tomó
entonces el tubo de un teléfono negro, que se encontraba también sobre el escritorio, dis­
có un número interno que correspondía a la cantina del diario (aunque muy recientemen­
te, porque hasta la semana anterior había sido el de la sección Carreras) y solicitó a un se­
ñor a quien llamó Tito, presumiblemente de su amistad: un café largo, en vaso, con cuatro
terrones; un paquete de cigarrillos negros; un vaso grande de soda, pero por la mitad; una
caña añeja doble; un platito con algo para picar. Luego colgó.
De inmediato el teléfono sonó tres veces. Scaldaferro atendió, y oyó una voz aguar­
dentosa. La reconoció como del auxiliar cuarto que hacía la guardia nocturna en la oficina
de prensa de la Jefatura de Policía. Mantuvo este diálogo con la voz aguardentosa:
154 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

—Hola.
—Hip.
—Decí.
—Hip.
—¿Qué más?
—Scalda.
—Sí. ¿Qué?
—Hip.
—¿Qué más?
—Hip. Hip. Hip.
—Ampliá.

—Tres detenidos hip.


—¿Dónde?
—Aquip. En San Josip y Yip. Hip.
—Por quép? Quiero decir, ¿por qué?
—No sep. Hip. Son tip.
La muerte camina hacia Scaldaferro(Nouvelle objetivo–policíaca) 155

—¿Quip?
—Son tipos importantips me parece. Hip. Los hipcieron pasar al despacho de Oterip.
—Gracias. Chau.
—Hip.

William Natalio Scaldaferro colgó, con un brillo de acero en la mirada, tras sus lentes
de 9 dioptrías con marco de carey sintético. Eligiendo la llave correspondiente abrió la
gaveta metálica rectangular y guardó en ella la máquina de escribir, cerrando la gaveta.
Retirando el tercer cajón de la derecha en el escritorio, separó del fajo de cuartillas una
docena cuidado­samente contada y guardó las restantes en el cajón, cerrándolo con la lla­
ve ya descripta. Después se ordenó los puños de la camisa y se puso el saco, volviendo a
colocar en los bolsillos los objetos que había extraído de ellos poco antes. En el trasiego,
constató que faltaban: un lápiz azul; un encendedor imitación Zippo; una lapicera esfero­
gráfica imitación Parker. Aprovechó entonces la oportunidad para efectuar un pequeño
ejercicio deductivo. Sentándose en una silla separada unos treinta centímetros del escri­
torio, meditó durante aproximadamente dos minutos con la cabeza apoyada en la mano
izquierda, doblada en ángulo escaleno con el lóbulo inferior de la oreja del mismo lado,
y al cabo de ese plazo estableció el siguiente silogismo: premisa 1: los objetos estaban al
alcance de cualquiera; premisa 2: era la hora en que estaban llegando los editorialistas;
conclusión: resignarse y a otra cosa.
Entrando de lleno a su tarea, Scaldaferro buscó en una libreta pequeña, de tapas ne­
gras y cantos dorados, los números telefónicos del Jefe de Policía, del Subjefe de Policía,
del Director de Orden Público y del Encargado de la Comisión para Delitos Económicos.
Asiendo el teléfono con la mano izquierda, discó sucesivamente dichos números. Los re­
sultados, por su orden, fueron estos:

Llamada al Jefe de Policía:

—Hola, ¿está el señor Jefe?


—No.
—¿Cuándo volverá?
—No se sabe.
—Gracias.

Llamada al Subjefe de Policía:

—Hola, ¿está el señor Subjefe?


—No.
—¿Vendrá más tarde?
—No.
—Gracias.
156 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Llamada al Director de Investigaciones:

—Hola, ¿está el señor Director?


—Guau, guau.
—¿Vendrá más tarde?
—Guau.
—Gracias.

Llamada al Director de Orden Público:

—Hola.
—No.

Llamada al Encargado de la Comisión para Delitos Económicos:

—Hola, ¿está el señor Encargado?


—No.
—¿Podría llamar a otro funcionario?
—Ya se fueron todos.
—Entonces, ¿usted podría...?
—Yo tampoco estoy.
—Gracias.

Trece minutos después de colgar el tubo, se aproximó a Scaldaferro el mozo de la


cantina del diario, que le traía en una bandeja: un cortado en pocillo, con ocho terrones
de azúcar; tres paquetes de cigarrillos rubios, uno de ellos con filtro; un vaso de agua
con magnesia efervescente El Cosaco; un almanaque 1954 de Lanas Teo; un tíquet por
$ 227,30. Luego de disponer que todo ello fuera devuelto a la cantina, el cronista solicitó
audiencia al Jefe de Informaciones, a quien expuso así los hechos: tres caballeros deteni­
dos en el despacho de un jerarca policial, la Policía ocultando la información y rehuyendo
el reportaje; absoluto mutismo de la prensa oficialista; quizás un nuevo caso Alberzoni.
Levantando la vista del tablero de ajedrez donde estaba ganándose una partida a sí mis­
mo con esta jugada:T 4 A, el jefe de Informaciones comunicó a Scaldaferro: «Vaya. Pero
no más de una carilla y media, que hay un aviso de Pipi Cola». Scaldaferro salió hacia la
Jefatura de Policía, cruzándose en la escalera con el mozo de la cantina, que le traía en
una bandeja: un plato de papas fritas a caballo; media botella de vino de Los Cerros; una
porción de peras en almíbar; un carretel de hilo negro; un tíquet por $ 227,30. William
Natalio lo hizo regresar a la cantina.
Dos horas después, Scaldaferro entraba a la redacción como una tromba. Mientras
extraía la máquina de escribir Remington de la gaveta rectangular metálica, mediante la
llave imitación Yale, gritaba periódicamente: «¡Paren las rotativas! ¡Paren las rotativas!».
La justificación de esta exigencia consistía en que en la Jefatura y mediante sobornos,
amenazas y halagos, había obtenido la más sensacional nota del año. Los tres caballeros
La muerte camina hacia Scaldaferro(Nouvelle objetivo–policíaca) 157

detenidos estaban relacionados con un asunto de maniobras con divisas, enturbiado con
planes subversivos en las Fuerzas Armadas, espionaje a favor de un país situado detrás
de la Cortina de Hierro y violación de una desdichada pareja de novios, vinculados por
consan­gui­nidad al segundo de los barraqueros implicados. Este repudiable último hecho
se sindicaba como habiendo ocurrido en la garçonnière del tercer barraquero, quien aca­
baba de ser propuesto para ministro, y la circunstancia habría sido una feroz francachela
que, presidida por tres diputados del oficialismo y dos diputados de la oposición, incluyó
a dieciséis infanto–juveniles de ambos sexos y de alguno más, procedentes por mitades
del Consejo del Niño y de tres familias de diplomáticos extranjeros. Se sospechaba a la
vez que un tío político del novio vejado era el responsable, en complicidad con un obispo
coadjutor, de un intento de estafa con redescuentos de un banco del interior, vinculados al
pasaje de vacunos al Brasil en forma ilegal, situación tolerada por un alto funcionario de la
Aduana también complicado con una gavilla de ladrones de automóviles. Sobre la novia,
por el momento, no pesaba ninguna imputación.
Cuando Scaldaferro hubo escrito dos carillas y se encontraba en la duodécima línea de
la tercera, el Secretario de Redacción se acercó a su escritorio y expresó: «William, m’hijo:
Ponga todo lo que quiera, menos lo principal. Hay orden». Scaldaferro rompió entonces
las dos últimas carillas y recibió la visita de un emisario del Jefe de Avisos, quien le co­
municó: «Señor Scaldaferro: no se puede tocar en la crónica ni a los tres barraqueros, ni
al banco, ni al novio, ni mencionar la marca de los automóviles, ¿oyó? No–se–puede».
William Natalio rompió la primera carilla, puso otra en blanco en la máquina, para lo
cual hizo girar suavemente el rodillo con la mano derecha, mientras con los dedos índice
y pulgar de la izquierda deslizaba la hoja en los mecanismos alimentadores, y oyó sonar
el teléfono. La llamada era del Director. «¡Scoralatti! —gritó afectuosamente el Director,
quien nunca recordaba el nombre de sus colaboradores—. ¡Querido Spiantacane! ¡Cui­
dado, muchacho, si ya está escribiendo sobre este desgraciado asunto! Nada de aludir a
este amigo casi ministro, ¿eh?, ni a este mozo que es tío del novio, ¿eh?, ni al obispo, ¿eh?
Y menos a este asuntito del contrabando de ganado y de los sobrinos del embajador, ¿eh?
¡No descienda al sensa­ciona­lismo barato, amigo Strilatti! Nosotros, mus, ¿...»
De este modo y sucesivamente, Scaldaferro fue enterado:

—por el Jefe de Informaciones: de que no se debía mencionar tampoco a la novia, ya


que se había educado en el Sacré Cœur y la cronista de Sociales había llamado recién, casi
histérica, para transmitir un pedido del Nuncio;
—por un telegrama colacionado del Sub–Administrador: de que la crónica debía omi­
tir toda referencia al alto ejecutivo de la Aduana;
—por la visita del secretario privado de un ministro: de que todo lo relacionado con
haciendas, redescuentos, fronteras y cualquier tipo de negociado en general sería muy
del desagrado de las fuerzas vivas de la República, en momentos en que el Mundo Libre
estre­chaba filas ante la amenaza del totalitarismo rojo y de que próximamente habría en
158 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

el ministerio un llamado a concurso para encargado de prensa, puesto para el que el señor
ministro estaba buscando jóvenes despiertos, preferentemente periodistas;
—por una llamada de un inspector del Consejo del Niño: de que no se podía imprimir
ni el nombre ni los antecedentes de ninguno de los infanto–juveniles procedentes de esa
repar­tición;
—por un anónimo escrito en inglés con acento húngaro–madrileño: de que si publica­
ba los datos de los infanto–juveniles de familias de diplomáticos extranjeros, Scaldaferro
y sus descendientes hasta la cuarta generación ingresarían en la Lista Negra de Fidelistas,
llevada por la Liga Oriental de Naciones Avasalladas s.a.

Informado de todo lo anterior, Scaldaferro tomó una carilla en blanco, la colocó en la


máquina, graduó el funcionamiento del aparato para tres espacios y escribió la siguiente
información: «Falsa alarma. Circuló anoche en los ambientes periodísticos montevi­
deanos una falsa alarma sobre pretendidas circunstancias originadas en determinados
círculos, que por error fueron vinculadas a algunas personalidades de insospechables an­
tecedentes. Estamos en condiciones de afirmar que sólo ha sido una falsa alarma». Extra­
yendo el papel de la máquina, William Natalio lo entregó al Jefe de Informaciones, quien
dio mate a las negras con esta jugada: A 5 C y entregó la carilla al mensajero, para que la
llevara al taller.
William Natalio guardó la máquina de escribir, avisó por teléfono a la cantina que sus­
pendieran el pedido, repartió el contenido de sus bolsillos entre los editorialistas, dio la
mano al Secretario de Redacción y, dirigiéndose a un retrete que ostentaba en su puerta
el letrero «Ellos», se encerró por dentro y se abrió las venas con un filoso instrumento
cortante de 18 centímetros de hoja y cabo de cuerno. Doce días después, un limpiador que
fue a higienizar el retrete encontró el cadáver.

Desaf ío al lector

¿Quién mató a William Natalio Scaldaferro? Si el lector ha seguido atentamente los he­
chos mencionados, podrá hallar sin dificultades la solución.
La estadística y la clase media 159

La estadística y la clase media

Puede decirse con propiedad que, entre nosotros, la Sociología como ciencia aplicada
permaneció en una etapa embrionaria hasta 1928. Fue precisamente en ese año que fundé
el plop (Pulsadores del Latido de la Opinión Pública Inc.), ya que mis encuestas indivi­
duales de opinión pública me habían hecho prever la crisis de 1929 y, estadísticamente, mi
despido del puesto que como agente viajero ocupaba en la fábrica de perfumes Charogne
Frères.
Creo que los datos recogidos a lo largo de estas décadas por el plop, permitirán des­
entrañar eficazmente el proceso histórico, económico, político, psicológico y gastro­
intestinal del Uruguay. Desde 1929 el plop viene ordenando y clasificando esos datos. En
los últimos años, comenzó a efectuar su tabulación en las modernas máquinas electróni­
cas Burroughs and Bestiaughs, pero algunas pasajeras aunque molestas incomprensiones
de la ute ante el verdadero carácter desinteresado de la investigación científica, han inte­
rrumpido periódi­camente la tabulación por enojosas cuestiones relacionadas con recibos
supues­tamente impagos. A esos inconvenientes, que el plop ha aceptado con resignación
científica, se agregó el año pasado el incidente de Saturno Glutnik. Saturno, meritorio
operador de la máquina Nº 3, se descuidó una tarde, intentando manipular los botones
al mismo tiempo que leía un editorial de Acción. El implacable mecanismo tabulador le
tomó primero los dedos y luego lo succionó por la boca de alimentación de la máquina,
enhebrándolo metódicamente durante media hora a través de los dispositivos descarta­
dores. Al cumplirse el ciclo de tabulación Saturno fue devuelto con 1.657 perforaciones
y en forma de tarjetón, resultando particularmente interesantes sus columnas primarias.
Ordené, ya que no se podía hacer nada por él y además era huérfano y soltero, que se le
pasara nuevamente por la máquina recopiladora. De ese modo, las perforaciones del des­
dichado Glutnik arrojaron algunas ilustrativas respuestas sobre la evolución de nuestra
clase media.
Debo confesar que la lamentable aunque útil transformación de Saturno (quien cuelga
ahora en mi despacho, enmarcado en caoba) y las respuestas proporcionadas por sus per­
foraciones, fueron uno de los motivos para mi interés por la clase media. El trabajo que
aquí presento es una vulgarización de los copiosos materiales de encuestación acumula­
dos por el plop después del holocausto de Saturno. Los doy a luz por considerar que pue­
den servir a la obra de gobierno que está realizando el partido Colorado, profundamente
respetuoso —como se ha podido comprobar— de la Estadística, la Planificación y, en
general, de la Ciencia como auxiliar de la política. He preferido el diagrama por razones
de espacio y para ser comprendido rápidamente por los estadistas, gente más afecta a lo
audiovisual, por decirlo así, que a la lectura.
160 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

En el cuadro I, las cifras están expresadas en miles de personas y, de izquierda a dere­


cha, las figuras 1, 2 y 3 representan el crecimiento del sector terciario en el trienio 1951–
1953. La figura 4 representa una muestra del casimir que elegí para un sobretodo que
pienso encargarme este invierno, si Dios quiere.
Resulta impresionante comparar por medio de la Estadística, la Sociología y el Dibu­
jo a Pluma la evolución seguida por la clase media en otros países. Por razones geográfi­
cas e históricas, el Uruguay, la Argentina y el Brasil poseen particularidades similares en
ese estrato.

Rasgos tales como la movilidad social, la presión del sector terciario y la contabilidad
por tarjetas múltiples, permiten dibujar muñequitos muy divertidos. En el cuadro II la
figura 1 representa la situación de la clase media argentina. La figura 2 el de la clase media
brasileña. La figura 3 representa el de la clase media uruguaya.
No menos importante que lo anterior es el análisis de los bienes que el sector terciario
posee, proyecta poseer o poseyó. En el aspecto del activo fijo es particularmente sugestivo
el índice de automotores, rodados, bienes vehiculares u otras denominaciones aplicadas
por los sociólogos a los autos. He aquí, en el cuadro III, la distribución por sectores socia­
les de los autos existentes en el Uruguay en el trienio 1966–1968. Las figuras 1 y 2 repre­
sentan los años 1966 y 1967. La figura 3 representa un cálculo presuntivo para 1968 y no
El municipio y yo 161

muestra un corno de distribución por sectores sino una rueda de la bicicleta que espera a
todos los automovilistas si esta mishiadura sigue.

El municipio y yo

Después de excitarme solitaria y patrióticamente con la lectura de editoriales de prensa


donde se fustigaba la vituperable condición del obrero criollo, perezoso y mal ciudadano,
tomé una decisión: nosotros, los miembros de una clase media que es la reserva moral
de la nación, debíamos dar el ejemplo. Solicité entonces licencia sin suspensión de servi­
lismo en el club político desde donde ejercía, en cierto modo, la conducción del Partido,
actuando como suplente tercero del prosecretario de actas; luego vendí a un ropavejero
todos mis cuellos y puños de celuloide, el sobretodo que inauguré cuando el entierro de
don Pepe Batlle y mis dos trajecitos de entretiempo y adquirí en cambio un overol, un par
de alpargatas, una camisa de dril y una boina de vasco.
Así caracterizado, me presenté a mi jefe, en la Sección Introducción al Trámite, Mesa
B, de la Dirección General de Expedientes y Archivos Provisorios del Municipio. Aquel
rectilíneo caballero (que desatendía noblemente los intereses de su alto cargo para dirigir
la pequeña oficina anexa a su despacho donde tramitaba inscripciones tardías, jubilacio­
nes y paréntesis presupuestales) se encontraba entre pilas de expedientes acomodados en
el suelo y aceptaba sacrificadamente ese engorro, ya que los cajones y armarios de su des­
pacho estaban atiborrados con nuestras credenciales cívicas. Al ver mi atuendo arqueó
una ceja, pero no pareció inmutarse; desde diciembre de 1967 cumplía religiosamente
su promesa de 1966: «Si Pacheco Areco llega a ser presidente de la República, ya no me
asombraré de nada».
Brevemente le expliqué mis intenciones: quería ser trasladado a una cuadrilla muni­
cipal, como obrero, para dar el ejemplo. Comencé a fundamentar mi solicitud, hablando
de que no me importaba la remuneración en la cuadrilla, de que yo consideraba que el
Partido merecía los mayores sacrificios a cambio de las libertades públicas y la democra­
cia que nos garantizaba, de que dejaría un cargo vacante... Pero no pude continuar; al oír
162 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

la palabra «vacante» el jefe se arrojó en mis brazos y me besó en la frente, al tiempo que
su secretaria iniciaba un furioso tableteo de máquina de escribir redactando el decreto de
aceptación. Casi simultáneamente un mensajero apareció como de milagro, salió como
un cohete con el expediente y volvió a los dos minutos con la resolución firmada por el
Intendente, donde se me transfería, se agradecían los servicios prestados y se nombraba
para el cargo que yo dejaba vacante a la señorita Azucena Myriam Cacciacavallo, merito­
ria correligionaria que esperaba en la antesala.
Una hora después era presentado al Capataz General de Cuadrillas Municipales,
impo­nente individuo sentado tras un escritorio metálico, sobre el que un pico de acero
cromado con mango de sándalo apretaba expedientes y documentos diversos. El Capataz
General estaba asando en esos momentos un trozo de faisán, a la usanza de las cuadrillas
muni­cipales, en una pequeña y moderna parrilla eléctrica adosada al bar de la biblioteca.
Mientras salpicaba con salsa Perrins la aromática pechuga y sus dos secretarias privadas
disponían en una mesita mantelería y vajilla Rosenthal, así como una pila de adoquines
firmados por José Belloni para que se sentara, aquel hombre del que dependía la suerte de
mi experimento me sometió a un experto y breve interrogatorio:
—¿Nombre?
—Savonarola Cigliutti.
—¿Ocupación anterior?
—Auxiliar sexto.
—¿Especialización?
—Ninguna.
—Muy bien. ¿Reacciones neuromusculares?
—Lentas o inexistentes.
—Perfecto. ¿Fuerza f ísica?
—Ninguna.
—Espléndido. ¿Resistencia al sueño?
—Caigo dormido cada dos horas.
—Admirable. ¿Vocabulario?
—Debo confesar que soy terriblemente bocasucia.
—Fenómeno. ¿Apetito?
—Un rinoceronte. Debo alimentarme con proteínas y glúcidos cuatro veces por día.
—¿Sabe manejar pico, pala, rastrillo, paleta de albañil, escalera, perforadora neumática?
—Por su orden: no, no, no, no, no, no.
—¿Alguna característica temperamental notable?
—Me gusta pararme al sol, vestido con una camiseta sucia, un sombrero grasiento, en
pantalones de fútbol desteñidos y con un pucho en el colmillo, mientras estoy bañado en
sudor y polvo, a decirles porquerías a las muchachas que pasan.

En este punto el Capataz General dejó el faisán y me abrazó conmovido, diciéndome:


El municipio y yo 163

—¡A mis brazos, espejo de obreros de cuadrillas municipales! Oírlo conforta mi viejo
corazón. El puesto es suyo. Preséntese mañana, de 10 a 12, en la Cuadrilla 18–F.
La Cuadrilla 18–F no era mala. Constaba de un Capataz de primera, dos Capataces de
primera supernumerarios, dos Sub–Capataces de segunda, un Sub–Capataz de Tercera,
un Sub–Capataz de cuarta, dos Sub–Capataces de Quinta y tres obreros, uno de ellos en
goce de licencia por alergia. Mi llegada fue saludada con alborozo, ya que promovía un
provechoso movimiento del escalafón. Pero yo me había preocupado de munirme con di­
versas y poderosas tarjetas de recomendación, de manera que el Capataz Encargado (por
ausencia del Capataz de primera, en ese momento delegado en el Congreso Panamerica­
no de Cuadrillas Municipales que estaba celebrándose en Washington, dc) no tuvo más
remedio que ofrecerme un puesto de cierta jerarquía y decoro. Calándose los lentes, en
su despacho instalado en una tienda de campaña en mitad del pavimento que debíamos
levantar, examinó minuciosamente mis credenciales.
—Hemos tenido problemas con el Sub–Capataz de Abastecimientos —me dijo— por
haberlo sorprendido cumpliendo la ley de Licitaciones Públicas. Es algo recalcitrante y se
ha empeñado en comprar diariamente el asado, el pan y el vino por medio de pliego de
condiciones y llamado a ofertas, en vez de subdividir los rubros en partidas que permitan
la adquisición directa al gallego de la esquina y la consiguiente comisión. Reconozco que
el sistema es algo irregular, pero soy responsable ante la Superioridad y me limito a cum­
plir las mismas normas dictadas desde arriba. ¿Le gustaría el cargo?
—A decirle verdad —repuse—, no entiendo mucho de abastecimientos. En mi Sec­
ción, las coimas siempre estaban a cargo de Oficiales segundos en adelante. He oído decir
que también tiene vacante la Sub–Capatacía de Relaciones Exteriores. ¿Tendría inconve­
niente...? Creo que los contactos de la Cuadrilla con el público y un punto de vista mo­
derno y amplio sobre relaciones humanas es la base de toda labor en una Cuadrilla que
realmente quiera ser constructiva...
Finalmente, transamos. Mediante un sistema de compensación de horas extra que
me permite acumular tres días hábiles por semana y con un viático para locomoción,
desem­peño simultáneamente la Sub–Capatacía de Relaciones Exteriores y la Secretaría
de Prensa de la Capatacía de Hacienda, acéfala por traslado del titular a la Oficina de Pla­
neamiento.
De manera que aquí estoy, habiendo renunciado a todos mis derechos de clase, con­
vertido en un auténtico proletario, dando el ejemplo a los inconscientes sectores obreros
de la actividad privada. Por común acuerdo con el Capataz Encargado, y en los ratos li­
bres que me permite mi copiosa actividad administrativa, colaboro con los dos obreros en
el levantamiento del adoquinado que constituye el Segundo Plan Quinquenal de nuestra
Cuadrilla, para las tres cuadras que se nos asignan en el Plan Regulador convenido por el
Municipio con la Alianza para el Progreso y el bid. A veces, me parece mentira haber sido
un ocioso burócrata de oficina.
164 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

La dolce vita

—Ufa. Estos no terminan nunca de llegar y ya son las... Pe–pero, che, ¿todavía no te
vestiste?
—Tranquila, tranquila. ¿No precisás más el baño?
—No, ya terminé. Movete, no seas plasta, que van a estar aquí y vos todavía en paños
menores.
—¿Y qué tiene? ¿No somos todos amigos?
—Andá, repugnante. Ya te gustaría a vos que Madelón te ayudara a ponerte la ropa.
¿Te crees que no los observaba, la otra noche, en La Emiliana?
—¿Y tuviste tiempo? Porque te pasaste todo el tiempo haciendo rodillita con Jimmy.
—Si serás guarango.
—Guarango, pero tengo ojos.
—M’hijito, el ojo del amo engorda el ganado.
—Y bien gordo que está, ¿eh?
—Cretino.
—Vieja verde.
—Lalo, grito. Mirá que grito.
—Esperate que lleguen y te pongas a bailar con Jimmy. Así gritás cuando te aprete.
¿Hay tohallas limpias?
—¡Lalo, laaaaloooo!

II

—Riiin.
—Ahí llega la plaga. ¿Tengo las medias derechas?
—Sí. Las torcidas son las piernas.
—¡laaaaloooo!
—Riiiiin.
—Abrí.
—¿No se me corrieron los labios?
—Estás bien. Para lo que te va a durar el rouge. Abrí.
—No podés negar la raza, ordinario. Para brutos, los Angostorena.
—Brutos, pero no le hiciste asco a la plata.
—Torpe, torpe, torpe.
—Dale.
La dolce vita 165

—¿La mini no me hace bolsa, atrás?


—Con qué. Abrí.
—Pasen, pasen, chicos. Madelón, tesoro, ¿cómo estás, bandida, tanto tiempo? Los
estába­mos esperando. Pasá, Jimmy, ya te tengo preparado un trag... ¿Cómo? ¿Jimmy no
vino?
—No, tenía que ver a un cliente. Te presento a Jacques, condiscípulo mío en la Facu de
Humanidades. Pasó por casa a dejarme un libro y lo invité. Jacques, Andrea.
—Gusto.
—Gusto.
—Adiós, Lalo, bandolero. ¿Vos siempre atorra, junto a la botella?
—Sí, gordi. Pasá y servite. ¿Te traés al de turno?
—Callate, imbe. Jacques, esto es Lalo.
—Gusto.
—Gusto.
—Riiiin.
—Abrí, nena, que llegan más.
—Andá vos, haragán. Decime, Madó: ¿Jimmy tendrá para mucho?

III

—Lalo, Lalo, saca a esa pesada de Dáinashor. ¿No sabés que ahora viene mucho Mor­
gana King?
—Nothing, chiquita, nothing. ¿Querés un Aznavour?
—Si lo bailás conmigo...
—Poupée, no jorobes al Lalo que es casado.
—Salí, Pancho. Hoy no estoy en vena.
—Te pongo dos Aznavour si bailás con Pancho y me dejás tranquilo.
—Asqueroso. Vení, Pancho. Con bastante mufa, ¿eh? Poné la mano aquí.
166 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

—María del Rosario.


—¿Qué?
—Tomá la media.
—Metela con este portaligas dentro de los zapatos, que los dejé en la heladera.

IV

—Adiós, orgulloso.
—¿Eh?
—Usted no me conoce, pero yo no me le pierdo partido.
—Interesante. ¿Quiere un whisky?
—Si es de su vaso, sí.
—Bueno. Vení, rubia, en el bergère hay sitio para dos.
—¿Qué bergère?
—¿No ves, a oscuras?
—Ahora, sí.
—¡Ay, Denise, no te me sientes arriba!
—Pardon, no los había visto. ¿Con quién estás?
—Conmigo.
—¿Ah, sos vos? ¿Cómo andás, Julio Alberto?
—Bien, Denise. ¿Fuiste anoche por casa?
—No, che. Dormí en el apartamento del centro.
—¿Y los nenes?
—Le telefoneé a la fraulein antes de levantarme. Gustavo, un poquito resfriado, por­
que va al liceo con la capota baja. Las nenas, espléndido. Figurate que Marcia fue elegida
por la barra para anotarse en el concurso de Miss Mundo. No le cuentes nada a papito, me
dijo. Vos hacete el que no sabés.
—Che, a los catorce. Mirá que esos concursos son medio bravos.
—No te preocupes. La fraulein la va a acompañar a todas las presentaciones.
—Denise, dejá a tu marido tranquilo, que estaba conmigo. No te pongas cachi.
—Perdoná, tenés razón. ¿Venís a comer mañana, che?
—Depende.
—Bueno, chau. Seguí, que no los interrumpo.
—Chau, vieja.
—¿Y? Te estoy esperando en el otro bergère.
—Oy, me había olvidado.
—Tomá un buchito.
—Glup. Ay, tramposo, sacá la boca.
—Así que vas a verme a los partidos.
—A todos.
La dolce vita 167

—Te gustan las bochas, entonces.


—No.
—¿Y a qué partidos vas? Tomá otro buchito.
—Glup.
—Chuic.
—Traidor. Todavía no te di permiso.
—Tenés razón. Chuic, chuic. ¿Y a qué partidos vas, entonces? Tomá otro buchito.
—Chuic. A los de polo, a verte jugar, en Carrasco.
—Si yo nunca he jugado al polo. Chuic.
—¿Cómo? Chuic. ¿Usted no es Mocho Salaverrigordi?
—Nunca. Chuic. Yo soy el electricista de la esquina, que vine a arreglar los tapones.
—Oh, qué distraída. Chuic. Chuic.

—¡Laaalooo! ¡Laaalooo!
—Aquí eshtoy, vidibta. ¿Québ queb—rehs, mi esh–pobshita?
—Lalo, apestás a Chivas Regal. Lejos, por favor. Hablá de lejos.
—Lalo, dame el bretel.
—Callate, Leonie. Dejame hablar con mi marido. Vení, Lalo.
—¡Ay!
—¡Parbleu!
—Tebné cuibdado, Andreíbta, que acabasch de pibshar a Jacques y a tu amiguibta
Madeloncibta.
—Madó, please. Estás pelando la alfombra. Aubusson. Tené modos.
—Callate, hip, mona celosa. ¿Por qué no lo llamás por teléfono a Jimmy, así se te pasa
la neura?
—Dejala, Madelón, dejala. Vení que te sigo explicando lo de la píldora.
—¡Aaay, aaay! ¡Sáquenme a este sátiro! ¡Sáquenle el tomacorriente!
—¡Denise, Denise! Por lo menos echate una cortina por arriba.
—¡Nooo, Freddie, nooo! ¡Con el sifooon, nooo, que no puedo mojarme!
—La bohéme, la bohéme!
—¡Silencio, silencio! ¡Freddie va a recitar una poesía sobre el Che!
—¿Dónde está mi mini? ¿Dónde está mi mini?
—¡Lalo, Lalo! ¡Decile a Luis María que me respete! ¡Lalo! ¡Ay, Luis María, no, no! ¡Eso,
no! ¡Luis María, mirá que le cuento a Elenita cuando vuelva de Roma, Luis María!
—Che funebreros, pongan un poco de Juliette Grecco, para mufarse con razón.
—¡Albinoni!
—¡Aznavour!
—Callate, Leonie y salí de la bañera, que te dormís y te ahogás.
168 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

VI

—Ufa, che. Por fin se fueron.


—Sí, se fueron. ¿Usás el baño?
—Andá vos primero, que yo voy a demorar cuando entre.

El viaje al Este

El 31 de diciembre —como todos los días desde que triunfamos los colorados y arrojé en
una cloaca mi carnet de afiliado a la Agrupación Heber— me desperté, puse la Radio Ariel
para escuchar el informativo y arreglé someramente mi lecho de soltero, presidido por las
imágenes de mis ídolos políticos, Ulysses Pereira Reverbel y Eugenio Baroffio. Descen­
diendo del altillo que alquilo a misia María de las Mercedes Iturriberrigorry Viscaízaco,
nieta del tercer Mártir de Quinteros empezando a contar desde la derecha del pelotón
de fusilamiento, me dirigí al viejo y señorial comedor donde se servía tradicionalmente
el boldo del desayuno. Era un día venturoso para mí, y empezó bien. Misia María de las
Mercedes había cobrado el día anterior un aumento en la pensión graciable que le corres­
ponde como Mártir descendiente. (El aumento, dicho sea de paso, había sido propuesto
por un diputado adventicio, tercer suplente a cargo de la banca —por viaje del titular a
Buenos Aires, a comprarse unos mocasines y ropa interior— y permanente prometido de
Adelaida Lydia, la cuarentona y única hija de mi casera.). Pundonoroso coronel y hombre
de letras, el Mártir era recordado con unción por misia María de las Mercedes: «Vivo —
decía— el pobre Raimundo nunca sirvió de mucho; pero muerto, da gusto cómo mantiene
a la familia». Divagaciones aparte, el hecho es que esa mañana mi taza de boldo aparecía
guarnicionada con una galletita Anselmi.
«Barriga llena, corazón contento», reflexioné más tarde, mientras me dirigía a tomar
el ómnibus inter­departa­mental, llevando en un bolso de mano algunas pertenencias. Ha­
bía vestido, sencilla pero correctamente, mis ropas veraniegas: panamá con amplia cinta
negra y alas bajas, chaqueta Oxford a rayas azules, blancas y rojas, cuello duro liviano, ca­
misa malva, chaleco de piqué blanco, pantalones blancos de hilo irlandés, calcetines patito
y zapatos trotteur con chapitas de hierro. «Breughel Scanarotti, muchacho —me dije, ob­
servándome al pasar en una vidriera—, nadie diría que tienes cincuenta y uno cumplid...»
Con disimulo, palpé en el bolsillo pectoral del chaleco un dulce bulto: el monedero
de anca de potro con los 2.695 pesos líquidos de mi aguinaldo como auxiliar cuarto en el
El viaje al Este 169

Registro Nacional de Bienes Mostrencos, Sección Olograf ía, Mesa 4 de Entradas. Hacía
28 años que esperaba ese momento. Laboriosamente había pagado mis pequeñas deudas
y ahorrado centésimo sobre centésimo. En 1953 dejé de fumar; en 1962 conseguí suprimir
el café; en 1965 abandoné la absurda costumbre de la cena. Mi escaso pero aseado guar­
darropa databa de 1929, y mi único gasto suntuario consistía en coleccionar el Suplemento
Familiar de El Día. Merced a ese sano y honesto sistema de vida había llegado a fines de
1967 sin deudas ni israelitas adustos parados ante la caja los días de pago; el gobierno hizo
el resto, concediéndome el aguinaldo. En consecuencia, iba a cumplir mi tímido sueño de
juventud: pasar un día en Punta del Este.
Adquirido mi pasaje y el número de asiento, salí a la vereda. De inmediato un sujeto
achinado y descomunal me arrebató el bolso de mano; abrí la boca para pedir socorro,
pero reparé que el asaltante usaba la gorra que identifica a los mozos de cordel y lo se­
guí dócilmente hasta la puerta del ómnibus. Allí me entregó el bolso con estas palabras:
«Tuentifaiv sopelines, maestro». Una vez que un pasajero caritativo me tradujo la frase al
español, aboné resignado los veinticinco pesos y tomé asiento, mientras un parlante avi­
saba algo así como «Brroom trácate–trácate brrrom trácate–trácate...nutos».

Media hora después, con el ómnibus aún estacionado bajo los umbríos plátanos de
la plaza Libertad, desperté aterrorizado ante una voz con acento bielorruso que aullaba
en mi oído, desde el pasillo: «Pastillacaramelocandequerefrescaelaliento... Chocolatine­
170 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

caramelo­bombone­galletita... Revistaparaelviaje... Caande», mientras el anciano dueño


de la voz, provisto de una gorra blanca y de una bandeja llena de porquerías, deposi­
taba en mis rodillas una serie de cajitas y envoltorios, mascullando amenazadoramen­
te: «sesentaiocho­con­sesentai­cincomejorsi­tienecambio». Ruborizado hasta la raíz de los
cabellos, pagué, arrojé aquella maldita mercancía por la ventanilla (lo que me valió una
enérgica reprimenda de un inspector, cubierto de maní con chocolate y pastillas de oro­
zuz) y volví a adormecerme. Otra media hora más tarde lancé un alarido descomunal,
presa de una pesadilla en la que un murciélago comenzaba a devorarme una oreja. Abrí
los ojos; a mi lado, un niñito de unos cuatro años de edad, con un pucho humeante en la
boca y tierra en la cara como para dos reformas agrarias, me hurgaba el oído derecho con
un índice de color indefinido. Al verme despierto sonrió, descubriendo un largo colmillo
amarillento de nicotina y haschisch, me puso en la mano una estampita de San Cono y dijo
con voz aguardentosa: «Un pesito pa’comer, vaya señor, no sea podrido». De inmediato
introdujo la mano en mi bolsillo y extrajo un puñado de cambio que posteriormente jus­
tiprecié en $ 57,50, retirándose luego del ómnibus. Optando por mantenerme despierto,
ante esta situación, debí abonar suce­sivamente: $ 20 a una anciana sollozante y desdenta­
da, que exhalaba un repugnante olor a vermouth nacional y alegaba ser bacilar escapada
del Saint Bois por malos tratos; $ 100 como primera cuota de un número correspondiente
a la rifa de una casa, un automóvil y un folleto sobre cómo eludir los impuestos al patri­
monio, pro–viaje de los estudiantes de Histología Ovina; $ 10 que deposité en la latita
con que una rubia descarada y con medias de encaje rojo solicitaba contribuciones para
el Cottolengo de las Hijas de María; $ 60 por seis gusanos aterrorizados, recubiertos en
parte por manzanas de California, que me arrojó por la ventanilla una muchachita car­
gada con una canasta, mientras gritaba: «¡Señor! ¡Usté, el de los cachetes! ¡Señor! ¡Manye
qué fatura, señor!».
Aproximadamente una hora y media después de mi llegada e instalación el altoparlan­
te se compuso el pecho y emitió los siguientes rugidos: «Brrom trácate–trácate... Se avisa
a los señores pasajebrrroomm con destino trácate–trácate a San Carlos, Maldonado, Las
Delicias y Punta del brroom trácate–trácate, que deberán cambiar de ómnibusbrrrooom.
Se les informará cuando llegue el nuevo brroom trácate–trácate». Cargado de revistas,
números de rifa y gusanos, descendí a la acera bajo un sol de fuego y tomé asiento en un
banco. Entonces una garra implacable se apoderó de mi tobillo y mi pie derecho fue apre­
sado en una especie de plataforma, mientras un energúmeno de color destrozaba mis ca­
llos a cepillazos y embadurnaba mis amados zapatos trotteur con aceite quemado de auto.
Dos minutos después el energúmeno me propinaba un feroz golpe de trapo en el juanete
derecho y gritaba: «¡Ta!». Acobardado, pregunté cuánto era. Me dijo: «¿El ñorse es turis­
ta?». Me di cuenta de que si respondía afirmativamente, aquel deslavado me consideraría
más respetable, y expresé: «Sssí; de Buenosss Airesss». Entonces el energúmeno me cobró
$ 55 por la lustrada y se retiró después de haberme robado un cordón.
La revolución 171

El sol declinaba gloriosamente entre los canteros de la plaza, cuando miré el reloj y
vi que eran las 20 y 40. El altoparlante respiró hondo y dijo alentadoramente: «Pasajeros
para Punta del brooom... Su coche llegará dentro de trácate minutos». Pero yo estaba algo
triste; sentí frío y me subí la solapa de la chaqueta. Pensé que a estas horas seguramente
misia Mercedes estaba ya sirviendo la sopa de puerros de la cena. Entonces tomé un tro­
lebus y me volví al Prado. Al bajar en la esquina de Larrañaga y Balta Ojeda noté que me
habían robado el monedero y, ya sin apetito, subí a mi altillo a leer números atrasados del
Suplemento Familiar de El Día.

La revolución

Considerando que la nación sufría una profunda crisis moral provocada por los agita­
dores de izquierda, las pretensiones sindicales y la infiltración foránea, el coronel Gutié­
rrez decidió derrocar las instituciones como única solución para el mantenimiento de la
demo­cracia.
En consecuencia, convocó en el casino de oficiales al teniente coronel Rodríguez, a los
tenientes Pérez y Sánchez, al alférez Núñez y al cabo de corneta González, exponiéndoles
su sencillo plan insurreccional. Dichos militares aprobaron cortésmente el proyecto y sólo
rogaron al coronel que, de ser posible, el levantamiento se adelantara para no coincidir
con el fin de semana, pues para ese domingo estaba programada la final del campeonato
de fútbol.

—Obvio es advertirles, señores —dijo el coronel después de acceder a la petición, ya


que él mismo era presidente de uno de los clubes finalistas— que este asunto debe ser
manejado con la discreción más patriótica. Ninguno de ustedes debe andar hablando por
ahí de la insurrección, que para eso estaré yo. A los efectos, convoqué una conferencia de
prensa, donde expliqué al pueblo nuestros motivos.
—Mi coronel —preguntó el alférez Núñez, ruborizándose un poco—. ¿No cree usted
aventurado haber divulgado todo en una conferencia de prensa previa al motín?

El coronel sonrió paternalmente y respondió:

—Muchacho, se conoce que usted es nuevito. En primer lugar, la gente no cree en ab­
soluto lo que dicen los diarios, desde hace mucho tiempo. Pero además, ¿dónde ha visto
172 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

usted que en este país los diarios publiquen las noticias en tiempo? Cuando aparezca el
reportaje, ya hará varios días que estaremos gobernando.

Así tranquilizados, aquellos pundonorosos oficiales se estrecharon las manos, regre­


sando a sus diversas ocupaciones en entes autónomos, intervenciones de servicios des­
centra­lizados y otras patrióticas tareas para las que los civiles resultan incapaces y co­
rruptos.
A la mañana siguiente el coronel Gutiérrez hizo formar a la tropa en el patio del cuar­
tel, les dirigió una breve proclama, hizo retirar las municiones de las armas, para evitar
que sus muchachos pudieran lastimarse al escapárseles algún tiro, y al son de charangas
y pífanos, el regimiento salió a paso redoblado rumbo al centro, para apoderarse de los
vitales puntos estratégicos señalados en el plan. El coronel, astutamente, regresó a su do­
micilio (ya había obtenido un certificado médico de reposo absoluto, para despistar) y se
metió en la cama provisto de una radio portátil, por la que seguiría el curso de los acon­
tecimientos. Con similar astucia, el teniente coronel Rodríguez se había trasladado a un
balneario donde estaba edificando una casita por ley militar, y los tenientes Pérez y Sán­
chez se encontraban pescando en la escollera, todo lo cual, como se comprende, formaba
parte de un ingenioso sistema de seguridad. Al frente de la tropa marchaba únicamente
el joven alférez Núñez, mientras el cabo de corneta González, comandando la sección de
banda, soplaba entusias­tamente en su instrumento y marcaba el paso con honda convic­
ción institucional.
A medida que el regimiento recorría las principales avenidas de la ciudad, iban su­
mándose al cortejo chiquillos, lustrabotas y mendigos, que ponían en aquella cohorte
un toque pintoresco. Posteriormente, se añadieron a la columna vendedores ambulantes,
varias muchachas equívocas que vieron la posibilidad de vender sus encantos a los rudos
soldados, y una anciana animosa aunque algo confundida, que marchaba gallardamente
junto al alférez agitando una bandera pontificia.
Al llegar a la Casa de Gobierno el alférez dio la voz de alto y, enseguida, la de descan­
so. En consecuencia la tropa comenzó a organizar vivacs y, muy pronto, la plaza se había
convertido en un bullicioso campamento, de donde se elevaba el humo de los asados y la
grita de los vendedores ambulantes, mientras en un stand levantado apresuradamente los
estudiantes de arquitectura ofrecían una rifa pro–viajes de estudios y los soldados, des­
pojándose de sus correajes, se agrupaban interesados en torno a una tribuna del partido
Comunista, escuchando la oratoria de un acto relámpago de apoyo a Cuba.
Presentándose al oficial de puerta de la Casa de Gobierno, el alférez Núñez solicitó ver
al Presidente de la República. Fue introducido, luego de anotar de su puño y letra nombre,
grado y documento de identidad en el Libro de Visitantes, a la antesala del despacho pre­
sidencial, donde lo atendió un Secretario. Este se excusó de que el Presidente no pudiera
recibirlo por encontrarse ocupado, pero le rogó que le confiara el motivo de la visita que
él, como Secretario, haría todo lo posible por solucionarle el problema.
La revolución 173

—En realidad —dijo el alférez, titubeando— no quisiera molestar a usted... Se trata de


algo personal...
—Puede usted confiar en mí —respondió el Secretario—. Estoy para eso.
—Bien —se decidió el alférez Núñez—. Entonces, si usted fuera tan amable y quisiera
informar al señor Presidente que nuestro regimiento se ha levantado en armas contra el
gobierno y venimos a pedirle la renuncia...
—Pierda cuidado —dijo el Secretario—. Apenas se desocupe el Presidente, lo enteraré
de su mensaje. Haga el favor de esperar en aquel sillón. ¿Gusta un café?
—No, gracias —dijo el alférez—. Me produce acidez.

Luego, con una mutua inclinación de cortesía, el Secretario volvió a su despacho y el


alférez tomó asiento.
Tres horas después, aún estaba esperando y consultó con un portero. «No sabría de­
cirle —respondió el portero—. En todo caso, espere.» Poco después de pasado el medio­
día, la puerta volvió a abrirse y apareció el Secretario, con aire compungido. «No he po­
dido entregar aún su mensaje —dijo al alférez—, pero le sugiero algo práctico; déjeme un
memorándum y vuelva mañana a esta hora. Veré lo que puede hacer...»

El alférez Núñez redactó rápidamente un memorándum con los puntos principales de


su gestión, añadió un ejemplar mimeografiado del programa insurreccional y estableció
en el escrito —de acuerdo a las órdenes del coronel— un plazo de seis horas para que el
Presidente renunciara. En caso contrario, se bombardearía la Casa de Gobierno. Leyen­
do por encima del hombro del alférez, el Secretario chasqueó la lengua, escépticamente:
«No, no, mi amigo. En seis horas usted no logrará nada. El Presidente está ocupadísimo.
Ponga por lo menos veinticuatro horas». Agradeciendo el consejo, el Alférez modificó la
frase y entregó el memorándum. Luego, se retiró al campamento de la plaza.
Al día siguiente, de acuerdo a lo convenido, concurrió otra vez al despacho del Presi­
dente, pero fue recibido por un simple portero. «El señor Secretario está ocupado» se le
dijo con frialdad. Luego de aguardar toda la mañana en el mismo sillón, sin obtener nin­
174 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

guna respuesta ni ver al Secretario, el alférez Núñez regresó melancólicamente a la tienda


de campaña, dejando su tarjeta.
La escena se repitió al otro día. Y como el alférez tenía un firme concepto de la disci­
plina y no podía abandonar a sus superiores, que estaban jugándose el todo por el todo, si­
guió yendo a la antesala del Presidente. Con los meses, los porteros lo reconocían afectuo­
sa­mente por su nombre de pila y bromeaban con él, considerándolo un poco excéntrico.
Al año, entraba a la Casa de Gobierno sin necesidad de identificarse y los blandengues de
la guardia le guiñaban un ojo al pasar. La tropa insurreccionada fue asimilándose lenta­
mente a la vida civil; en parte, porque la Intendencia del Ejército había suspendido hacía
tiempo los suministros de asado, debido a que los proveedores no otorgaban más créditos.
Muchos de los soldados se casaron con muchachas del público. Otros aceptaron empleos
en la Admi­nis­tración, o comenzaron a estudiar para banco. Tres de ellos, asiduos concu­
rrentes a los actos pro Cuba, fueron invitados a visitar La Habana y se radicaron en esa
ciudad. Final­mente, tres años después, sólo quedaba en la plaza, como indicio de la revo­
lución, un pequeño vivac donde el cabo de corneta González, fiel al cumplimiento de su
deber, guisaba para él y para el alférez palomas de la plaza, cazadas con trampas de cor­
deles. Todas las mañanas el alférez Núñez —un poco más pálido y delgado, con algunos
hilos de plata en las sienes y el uniforme más raído— cumplía sus horas de espera en la
antesala del Presidente, aunque nunca más volvió a ver al Secretario. Una vez, un portero
le dio la noticia de que el coronel Gutiérrez había muerto de una apoplejía. Para entonces,
el alférez sólo recordaba vagamente quién había sido el coronel Gutiérrez y la noticia no
le importó en absoluto.

Elegía por el Año Viejo

Yo no tengo nada que decir sobre mis propósitos para el nuevo año. No albergo, por otra
parte, ninguna clase de propósitos. Cuando el escuálido maratonista, cubierto de polvo,
sudor y linfa, con los pulmones destrozados y los ojos inyectados en sangre, consigue lle­
gar a la meta y se desploma del otro lado de la línea blanca ¿habrá algún alma miserable
que se arrodille junto al agonizante para preguntarle sobre sus propósitos relativos a la
próxima maratón?
Confórmense con que haya llegado a este 31 de diciembre sin haber muerto en el ca­
mino; que les baste con que haya cubierto todo el recorrido y nada de preguntas. Déjen­
me que me siente un rato, aquí en el pastito, y recobre el resuello. En todo caso, si están
tan preocupados sobre mis propósitos para el año que viene —sobre los propósitos de un
Elegía por el Año Viejo 175

modesto ciudadano que es hincha de Wanderers, votó a Herrera, vive en un aparta­mento


de dos dormitorios en el barrio Jacinto Vera y trabaja como auxiliar 4º en el Muni­cipio
para mantener su hogar (por ahora dos nenas, la mayor ya va al piano)—, esperen, para
preguntarme, a que suba el señor Nardone (o a que lo bajen).
Para mí, les confieso, el año que viene es una nebulosa; más bien, una nube negra. Me­
jor que de propósitos para el año nuevo, les puedo hablar del año viejo. La gente, en estos
días, tendría que llenarse menos de planes y esperanzas, y más de recuerdos. Ustedes, exi­
tistas, se le apilan al sonrosado recién nacido, lo miman, lo festejan, le prenden fuegos ar­
tificiales, como si les fuera a traer la felicidad. Y al pobre 1959, si te he visto no me acuerdo.
Ahí queda, arrugado, en la sombra, mirándose los botines. Yo, caballeros, qué quieren que
les diga: si me gasto, que sea con este desgraciadito que me acompañó todo un año. Hizo
muchas macanas, es cierto, pero eso pasa hasta en los mejores Colegiados. Sus fulerías
van desde la A (Azzini) hasta la Z (Zona de Libre Comercio); nos infligió las inundacio­
nes, dos obras de Novas Terra y la visita del señor Hammarskjöld, las guerras civiles entre
Danubio y Liverpool y el aumento de los taxis. Y sin embargo, aquí sentado en el pastito,
echándome sobre los hombros la frazada que me trajeron para que no pesque un enfria­
miento, yo me siento melancólico por el año viejo y esta noche, cuando levante la copa
de sidra nacional, mi brindis no va a ser para este pavote de 1960, que como muchos de
esos nenes que de noche andan en Giulia Sport por Pocitos, ya nace con todos los vicios y
pobres de sus madres, sino por este socio mío tan escarnecido, que está ahí en lo oscuro,
esperando que lleguen las 12 para el mutis final.
Entonces, junto todo el aliento que me quedó de esta maratón espantosa, me ato más
fuerte el piolín de los pantaloncitos de corredor, miro hacia el cielo de la tardecita que se
está poniendo fresco y con estrellas, y digo:

—Gracias, querido 1959, por habernos demostrado que se nos acabó la papa de la
democracia perfecta y que las cosas buenas ya no nos vendrán más de arriba como los
laudos de los consejos de salarios, sino que tendremos que rebuscarlas nosotros mismos,
sin ministros ni diputados.—Gracias por habernos enseñado que también los uruguayos
podemos tener un día miles de tipos sin techo y decenas de miles de hambrientos, y sentir
en el lomo lo que es la miseria.
—Gracias por cascotearnos con la carestía, la escasez, el espectáculo de cómo se enri­
quecen los vivos, los canallas y los frívolos, el mercado negro, la destapada de tarro de las
macanas del gobierno anterior y las metidas de pata del actual.
—Gracias por hacernos crujir los dientes y madurarnos a patadas; gracias por haber­
nos violado esta virginidad de idiotas futboleros y burocráticos que nos había dejado a
trasmano del mundo, mirándonos el ombligo; gracias por avivarnos y hacernos mostrar
los dientes, a lo perro, de ahora en adelante.

Dicho lo cual, y con el permiso de los presentes, me levanto para acompañar a mi socio
hasta la salida. Tomen la frazada, muchas gracias.
176 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

II. Baltasar Pombo, polígrafo compatriota

Pombo, gran olvidado

De pocos creadores como del polígrafo uruguayo Baltasar Pombo puede decirse que su
obra permanece vedada a las jóvenes generaciones. Pero el deliberado silencio que la crí­
tica ad usum delphini y la confabulación oficial1 han tendido sobre su nombre, no puede
ocultar ya el significado de Pombo en la cultura nacional, aunque las reducidas ediciones
en que se plasmó su obra literaria permanecen celosamente custodiadas en algunas bi­
bliotecas particulares y en ciertos puestos de la feria dominical de Tristán Narvaja.
Nacido accidentalmente a bordo del Principessa Mafalda en la penúltima década del
siglo pasado, Pombo fue desde muy niño de delicada complexión y sufrió inquietantes
trastornos gástricos («mal–de–mer, vous savez», confió hacia 1913 al joven esteta Alber­
to Rusconi) que lo obligaban a permanecer largas temporadas en una silla de ruedas con
dispo­sitivo especial de vaciado. Sus raras cualidades espirituales le impidieron contem­
porizar con el sistema colectivista imperante en nuestra enseñanza. Luego de recibir du­
rante su adolescencia lecciones privadas de monsieur Paul Groussac —antes de que este
famoso escritor argentino aprendiera el castellano— el joven Baltasar cursó estudios li­
bres de Entomología Bizantina, Criptograf ía y Semántica Arawak en las universidades de
La Plata y Tandil, donde se radicaban familiares suyos por rama materna, de esclarecida
extracción patricia. (Su madre —admirable matrona centenaria— es Teodorita Cornú–

1. Cf., al respecto, la mezcla de inexactitudes y verdades contenida en la ficha que merece Pombo
en el Diccionario de Personalidades Prescindibles editado por la Biblioteca del Palacio Legislativo, en
base a una recopilación del abate Miguel Ortiz Valverde: «Pombo, Baltasar (1881–1961). Polígrafo
uruguayo nacido en la Villa de la Unión, Montevideo. Padres: Lázaro Pombo y Mañach, Teodori-
ta Cornú–Unzué. Maestro normal, poeta, escribano, diplomático, cardíaco (insuf. mitr.). Polemizó
con José Batlle y Ordóñez, Rabindranath Tagore y Eugenio Baroffio. Duelos: Juan Andrés Ramírez, el
barón Guy de la Boisserie (en Dijon), Eduardo Víctor Haedo y Ulysses Pereira Reverbel. Orador con-
notado. Doctor cum laude y honoris causa en las universidades de Heidelberg, Tandil, Medinaceli y
Antioquía. Durante su juventud, compañero de bohemia en París de Víctor Haya de la Torre, Jean
Cocteau, el hijo menor de Ramón del Valle Inclán (al que decían Ramón) y Carlos Quijano, quien en
1925 le prologó un tomito de poesía antimperialista. Autor de una monumental Historia Comparada
de las Culturas, cuyo primer original se extravió en Lieja al producirse la invasión alemana durante la
Gran Guerra. Casado (terceras nupcias) con Agnes Nekrassova–Duplessis, del Ballet Imperial de San
Petersburgo. Fallecido en Torre­moli­nos en diciembre de 1961».
Pombo, gran olvidado 177

Unzué, née Dorrego, pero sujeta en 1913 a una rectificación de partida dispuesta por Juá­
rez Celman en ley especial.)
Poco después de la primera conflagración mundial, las tareas diplomáticas del padre
de Baltasar —Lázaro Pombo y Mañach, que presidió la delegación observadora urugua­
ya a la conferencia de paz de la guerra ruso–japonesa, e integró varias veces la comisión
arbitral de límites entre Montenegro y el Imperio Austro–Húngaro— llevaron al futuro
escritor a establecer dilatados contactos con los viejos centros de la cultura europea. En
1922 Pombo casi obtuvo el doctorado de ciencias y letras en la Universidad de Magun­
cia, pero de todos modos ocupó después un cómodo piso en el quai Malaquais de la rive
gauche, que se transformó en uno de los más brillantes cenáculos y ombráculos de París.
(El hobbie de Baltasar, hacia los twenties, consistía en juguetear con las leyes mendelianas
de la herencia y había conseguido un hermoso vivero de ombúes enanos). Gertrude Stein
(y Suzanne Valladon, en los meses de verano, cuando Gertrude cumplía su cura anual
en una maison de santé de Baden–Baden) mantuvieron un estrecho vínculo con Pombo.
La modestia del joven dilettante sudamericano impidió que aún ahora se conozca bien
su lógica influencia sobre los habitués del ombráculo (Hemingway, Max Jacob, un tími­
do y larguirucho subteniente aficionado a los paraísos artificiales que se llamaba Charles
de Gaulle, Cocteau, Pablo Ruiz y otros). Pero la misma Gertrude, Montherlant, Drieu la
Rochelle, Fujita y los entonces jóvenes exiliados T. E. Lawrence y B. Pasternak han recor­
dado, en textos aún inéditos, la fraternal hospitalidad de Baltasar. (De esos mismos años
data la silenciosa y admirable labor de Pombo como prologuista y autor de un catálogo de
la Sección VI de la Bibliothéque Mazarino.)2
Hasta 1945, cuando regresó a la patria casado en terceras nupcias con la maravillosa
Agnes Nekrassova–Duplessis (prima ballerina, en esa época, del Ballet Ruso del coro­
nel Diaghilev, que en 1936 plantó a la trouppe en Tolón y huyó con Baltasar, obteniendo
posteriormente en Bucarest el divorcio de su segundo marido y originando una deliciosa
historia de amor que invadió los diarios rumanos durante varias semanas), Pombo ocu­
pó fructuosamente su existencia europea en la investigación. En Salamanca, Heidelberg,
Malmö, la Sorbone y el Institut des Hautes Études de París, cursó Filología, Literatura
Intimista Tibetana y Periodismo, aunque sin permitir que se le graduara en ninguno de
esos casos, para no empañar con utilitarismos su perfecto desinterés intelectual. Ayudan­
te emérito del profesor Bellus en la Clínica de Ortopedia Experimental de la Conciergerie,
tuvo, entre octubre y noviembre de 1932, importante participación en las investigaciones
conducentes a aislar el virus de la virosis, las que —como se sabe— estuvieron a punto
de aislarlo. En 1939, además, faltaba a Baltasar muy poco para obtener en la universidad
de Assís la licenciatura de Retórica Toscana, cuando el estallido de la guerra impidió esa
culminación. Ya en Londres, a los efectos de colaborar en el esfuerzo bélico de los Luxem­
burgueses Libres mediante una serie de conferencias por la bbc (un inesperado cambio

2. Baltasar Pombo: Auteurs foutues (ABAissé, Pierre; ZOU–zou, Joseph–Marie.), Textes et amende-
ments. París, 1929.
178 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

en el Gabinete y el bombardeo del edificio de la bbc hicieron que la idea no se concretara)


optó en el Christchurch College de Cambridge a un m.a.d.. (Master of Arts Degree) pero
su delicada salud le impidió asistir a los cursos.
Dispersa en revistas literarias y publicaciones especializadas, la obra de Pombo ha te­
nido —injustamente— poco contacto con las prensas, un hecho que el mismo escritor se
ha apresurado a saludar con serena modestia («vea en mí, más bien, a un causer», confió
en 1928 a Dora Isella Russell, durante un breve pasaje por Montevideo para intervenir en
un homenaje a Juana de Ibarbourou, que fracasó por indisposición de Juana) pero en la
breve bibliograf ía pombiana todos los títulos son memorables.
Aparte de su delicioso volumen de poesía antimperialista (que nunca vio la luz, des­
gracia­damente, debido a la incomprensión de un imprentero impago), se tiene la seguri­
dad moral de que Baltasar escribió su Historia Comparada de las Culturas, extraviada
como se sabe. En 1938, finalmente, aparecieron dos pequeños tomitos de poesía mística
(Ubi est Deo, Ferrara, edición del autor, 12 pp. y Agnus Dei qui Tollit Pecata Mundi, Edi­
tions du Defroqué, Dijon, 11 pp.).
Cabe agregar que hacia 1931 Pombo cedió en su tenaz modestia y, urgido por diversos
requerimientos políticos (entre ellos el de su padre, quien le había cancelado la cuenta
corriente en el Credit Foncier), aceptó ingresar a la diplomacia («sólo mientras la crisis
nacional me necesite —como confió al canciller de la época en una conversación telefóni­
ca de larga distancia con cargo a Rentas Generales— y porque Juanjo Campisteguy me lo
ha pedido»). En los períodos en que su intensa actividad literaria se lo permitía, Baltasar
Pombo desempeñó diversos destinos en el servicio exterior, primero en un poco lucido
pero importante puesto de difusión cultural en nuestro consulado de Capoeira do Sul;
luego, en Mónaco, Amberes, Hong Kong y Murmansk.
Desde 1946 vive retirado en el Uruguay, donde alterna su actividad entre la política,
la redacción de sus memorias y el discreto contralor de una industria textil. Su residen­
cia permanente es el Balneario Jaureguiberry, aunque Agnes y él pasan los veranos en la
quinta solariega de Buschental.
Pombo, profesor 179

Pombo, profesor3

(Pombo entra en el aula frotándose las manos y los alumnos advierten que sus ojos brillan
detrás del monóculo. Sin duda, la de hoy será una clase para recordar.)

Pombo.— Prosigamos hoy, queridos jóvenes, nuestro cursillo introductivo a la pro­fe­


sión más vieja del mundo. Martínez: ¿de qué se compone un diario?
Martínez.— Vaya, profesor. De papel.
Pombo.— No está mal, Martínez, pero ha contestado usted como un administrador.
Piense más, Martínez.
Martínez.— En fin... Un diario... No se me ocurre nada más, señor Profesor. Estoy
como embotado.
Pombo.— Le auguro entonces una brillante carrera periodística, Martínez. Pero, en
general, acostumbraos a trascender las apariencias, amigos míos. Si decís que un diario
es de papel, caeréis en la peligrosa tendencia a basaros en los datos de los sentidos, más
bien que en las grandes y fecundas abstracciones. Y de esa perversión realista del intelec­
to a sostener que un estadista es un mamífero hervíboro, sólo porque habéis visto al señor
Ulysses Pereira Reverbel comiendo una ensalada de berro, hay sólo un paso. Un diario es...
Un alumno.— ¡Una publicación que trae noticias!
Otro alumno.— ¡Un vehículo de cultura!
Otro (que ha sido becario del Departamento de Estado).— ¡Un medio de comunica­
ción de masas!
Pombo.— Sí, mis queridos muchachos. Un diario es todo eso, pero dejemos la poesía
y vayamos a la ciencia. Agnolotti: defina un diario.
Agnolotti (leyendo dificultosamente de un «ferrocarril» que oculta en el puño de la
camisa).— «Un diario es una página de editoriales rodeada de avisos y con los huecos que
quedan llenos de noticias viejas».
Pombo.— Correcto, Agnolotti. Felicitaciones y retírese al patio con dos faltas discipli­
narias por imbécil. He dicho que no quiero «ferrocarriles» en clase.
Agnolotti.— Sí, señor profesor.
Pombo.— Grabaos bien las palabras de ese imbécil que acaba de retirarse. En nues­
tra civilización, cuando pasen estos tiempos turbulentos, solo quedarán inmutables las
grandes verdades dichas por los imbéciles. Este desdichado de Agnolotti ha mencionado

3. Retirado con su esposa Agnes al Balneario Jaureguiberry, Pombo, que siempre admiró a Juan de
Mairena (con quien mantuvo una fecunda correspondencia, usualmente interceptada por Anto-
nio Machado, un celoso congénito), fundó en esa meritoria localidad la Escuela Libre de Didasca-
lia, donde desempeña la Cátedra de Periodismo. Las aficiones principales del polígrafo compatriota,
como se sabe, han sido por su orden la malacología, la colección de lepidópteros y el periodismo,
aunque nunca llegó a desempeñar efectivamente este último, por resultarle insoportable el olor de
tinta de imprenta.
180 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

los edito­riales y de ellos deseo hablaros esta mañana. ¿Quién de vosotros quiere ser pe­
riodista?
Casi todos.— ¡Yo, señor profesor!
Pombo.— Magnífico. Y usted, Pérez, ¿por qué calla? ¿No quiere usted ser periodista?
Pérez.— No, señor profesor. En mi familia todos somos pobres pero honrados.
Pombo.— ¿Y por qué, entonces, viene usted a clase, alma de cántaro?
Pérez.— Mi padre dice que si quiero ser millonario tengo que ser ministro, pero que
los ministros empiezan siendo diputados y los diputados tienen que ser primero perio­
distas, pero poco.
Pombo.— ¡Ah, lo que su padre de usted quiere es que usted sea editorialista!
Pérez.— Eso, pero me daba vergüenza decirlo así, delante de todos mis compañeros.
Pombo.— Se equivoca usted, Pérez. Su pudor es infundado. El admirable desarrollo de
la prensa ha convertido al editorial en una de nuestras principales industrias, creadora de
fuentes de trabajo y de divisas. Y lo más elogiable: se trata de una industria del intelecto,
que funciona prácticamente sin materia prima.
Pérez.— Sí, señor profesor.
Pombo (entrando de lleno al tema).— Anotad, amigos míos. El editorialista y su obra,
el editorial, operan en nuestra sociedad las mismas tareas que las alimañas campestres,
las gigantescas y misteriosas migraciones suicidas de ciertos lemúridos excesivamente
prolífi­cos o los grandes flagelos climáticos. Estos son los instrumentos de que se vale la
Naturaleza para restablecer el equilibrio biológico amenazado por la desproporción, por
la inade­cua­ción de los apetitos y necesidades a las condiciones reales de alimentación,
posibilidades y recursos. El editorialista, igualmente, restituye la sociedad a sus verdade­
ros límites...
Un alumno.— Más despacio, señor profesor.
Pombo.— Perdonad. Me exalto ante la magnificencia del tema. ¿Dónde íbamos, Mar­
tínez?
Martínez (sorprendido en medio de una partida de tute con Pérez).— ¿Eh?
Pombo.— ¿Distraído en clase, Martínez? Bien; mañana deberá usted leer toda la pren­
sa del día y efectuar resúmenes de sus editoriales.

(En la clase resuenan murmullos reprobatorios, cada vez más audibles, al borde de la
rebelión indignada. Uno de los alumnos se pone de pie.)

Alumno.— Señor profesor. La falta de Martínez ha sido leve. No sea usted cruel.
Pombo.— Nada, nada. Él se lo ha buscado. Prosigamos. Decía de la acción moderado­
ra que ejerce sobre la sociedad el editorialista. En efecto: nuestra raza de Caín, cuya so­
berbia aumenta con los siglos, ha llegado a considerarse, por una aberración psicológica,
imago Deus, a imagen y semejanza de Dios, heredera de la Creación y con capacidad infi­
nita para la elevación intelectual. El Hombre, triste arcilla sufriente, ha perdido la humil­
dad y la conciencia de sus limitaciones. El editorialista, entonces, con su tarea cotidiana,
Pombo, renunciante 181

restablece el equilibrio, demostrando que también podemos ser otra cosa. Cuando, como
hombre, me siento culto, informado, profundo, lleno de sentido común, patriota y otras
diabólicas tentaciones que los demonios nos proponen, me basta leer un editorial cual­
quiera y encontrar en el editorialista, ese hermano mío, el espejo de mi verdadera e infe­
rior esencia. Entonces caigo de rodillas y me golpeo humildemente el pecho... ¡Caramba,
una apexícula reticulata bovis!...
(Una bella mariposa ha pasado por la ventana y Pombo, llevado por su ciega afición
de coleccionista, salta por la ventana y se pierde entre los macizos del jardín, sin que los
alumnos —en su mayor parte dormitando en los bancos— lo adviertan.)

Pombo, renunciante

(Para mejor comprensión de los correligionarios y para exponer en forma didáctica a las
generaciones futuras la esencia del episodio político que acaba de protagonizar —en una
magistral lección cívica que fue prototipo del comportamiento de nuestras reservas mo­
rales— he pedido a Baltasar Pombo que reprodujera del dictáfono sus notas cotidianas.
He aquí esa versión.)

Marzo 5

Me visita una delegación del partido, sin anunciarse, en mi despacho de la fábrica de paño
lenzi que es herencia familiar (y a la que he vuelto desde la diplomacia, como Cincinato
volvía al arado.) La preside el senador Guazunambí Tort, pero no le doy tiempo a que ha­
ble. No los recibiré aquí, sino en mi estudio de la quinta solariega de Buschental. «Cada
cosa en su lugar», les digo sonriendo, mientras pienso que Buschental es más bien despo­
blado, y menos gente puede verme en compañía de un senador, situación que nunca me
atrevería a exhibir delante de mis empleados. Los cito para la semana próxima.

Marzo 10

Tort y los delegados llegan con retraso. Los reconvengo indirectamente, citando como al
descuido mi célebre frase a Alfonso Reyes (que Alfonso ha recogido en sus Meditaciones),
cuando compartíamos en Dijon, hacia 1923, el petit auberge de madame Pontchartrain:
«Alfonso, muchacho, estás en mora con la posteridad y la pensión». Las sutilezas resbalan
182 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

sobre Tort, que es contador. Pasa a explicarme el motivo de la visita. El Partido ejerce el
poder, pero está desgarrado por sus luchas intestinas. Se ha pensado en mí como candi­
dato de transacción. Se sabe que estoy alejado de la política desde 1951 —después de mi
último no ha lugar a duelo— y se cree que no sería resistido. Prometo pensarlo.

Marzo 10 (una hora después)

Lo he meditado y esta noche lo seguiré haciendo en mi dacha de Jaureguiberry, adonde


pienso retirarme el fin de semana para hacer un balance de la crisis política. Me intimida
un poco la responsabilidad enorme contenida en el cargo que se me ofrece, y su proyec­
ción en el proceso socio–organizativo del país. Sé que a esta altura de mi vida me afecta­
ría hondamente abandonar la fábrica de paño lenzi, las veladas con Agnes jugando a las
damas chinas y mi violon d’Ingres que es el estudio comparado de los dialectos arawak.
No sería la primera vez que dejaría la paz de mi bien ganado retiro, para servir al país, con
resultados que me han llenado de amargura.4
En principio, escribo a Guazunambí Tort una breve nota —con veinticinco copias,
una para mí, otra para el Museo Histórico (como toda mi correspondencia particular) y el
resto para la prensa oral y escrita— donde declaro que estoy a las órdenes del Partido para
todo lo que sea gestiones de unificación, pero que no acepto posición alguna.

Marzo 10 (otra hora después)

Retengo la nota a Tort. Lo he pensado mejor. No puede ser que por egoísmo personal
entor­pezca el proceso institucional de la nación. Si el país me precisa, me tendrá. Rompo
la nota (aunque por razones de estrategia política, remito las veintitrés copias de la pren­
sa oral y escrita) y redacto una segunda comunicación, dirigida al Honorable Directorio,

4. He pedido a Pombo, en atención a la proyección histórica de ese poco conocido episodio al que
alude oblicuamente, que me proporcione más adelante su versión, para un nuevo artículo. Se trata,
aunque muy pocos lo saben, del proceso de su renuncia a la vicepresidencia de la Comisión Honora-
ria para el Estudio de los Teredos en la Red Vial. Estoy seguro de que, si accede, la galanura estilística
de Pombo y su felicidad narrativa añadirán a la crónica un fuerte y agradable sabor, no muy frecuen-
te en la literatura política nacional.
Nota bene: Como de sólito, mi joven amigo Gut se equivoca en los datos y en las conclusiones. El
episodio al que alude –que prefiero por ahora mantener en la penumbra marginal de la Historia– no
fue provocado por mi renuncia a la Comisión Honoraria para el Estudio de los Teredos en la Red
Vial. No llegué nunca a integrar ese Cuerpo, debido a que cuando iba a iniciar viaje desde Viena para
hacerme cargo de la honrosa designación, estalló la Segunda Guerra Mundial y fui conducido junto
con Agnes y un pediatra compatriota que se encontraba de paso en Austria y había solicitado que le
presentara a Jung, valido de mi vieja amistad con el maestro, a un campo de internación de Charlot-
tenburg. La renuncia citada por el apresurado antólogo quizá sea la que elevé abandonando mi cargo
en la Comisión Organizadora del Sesquicentenario de la Primera Línea de Bombeo, por motivos que
no corresponde aquí elucidar. Vale. B.P.
Pombo, renunciante 183

aceptando el cargo. Les jeux sont faits. Soy, desde ahora, presidente alterno de la Comisión
Asesora Honoraria para la Erradicación del Bocio Avícola.

Marzo 15

Estoy instalado en mi despacho de la Comisión desde ayer. Hice trasladar al despacho el


óleo de mi bisabuelo, ejecutado por Besnes Irigoyen, y el tintero de bronce usado para
firmar los pases de acceso del personal de servicio a la ceremonia de protocolización del
pacto de Brest–Litovsk, recuerdo personal que me obsequió hacia 1913 un ayuda de cáma­
ra de s.m. Alejandro de Yugoeslavia. Por la mañana convoqué a una conferencia de prensa,
en la eventualidad de que tenga que ocupar la presidencia de la Comisión. Todos los dia­
rios reproducen hoy mis declaraciones, menos el del Partido. Cuando mi secretaria vino
con los recortes, hice telefonear al diario, inquiriendo las razones de la omisión. Una voz
aguar­den­tosa contestó a mi segundo secretario que se trataba de falta de espacio. Insistiré.

Marzo 16

En prolijo repartido a mimeógrafo he enviado anoche al diario del Partido mis declaracio­
nes en la conferencia de prensa, añadiendo mi bibliograf ía y un breve exordio con dos o
tres citas latinas apropiadas. Incluí una espléndida fotograf ía de 1921, donde aparezco en
el Estoril con la Infanta Carlota y Farruco, como llamábamos sus íntimos a s.a.r. el Prín­
cipe don Juan de Borbón y Parma. Sin embargo, hoy no salió nada. Efectué personalmente
otro llamado telefónico y la misma voz aguardentosa dijo que era un problema de falta de
espacio. He colgado, luego de advertir al quídam, con mi más helada cortesía, que tal vez
la falta de espacio se refiera a sus circunvoluciones cerebrales. La voz agradeció, llamán­
dome doctor, lo cual revela que en este pobre país ya no se puede ni injuriar.

Marzo 20

Habiendo esperado un plazo prudencial para que aparecieran mis declaraciones en el dia­
rio del Partido, sin que ello ocurriera, hoy presenté renuncia indeclinable. Escribí además
una carta abierta al Presidente de la República, mientras remitía a la prensa oral, escrita y
televisada boletines cada dos horas y ordenaba a la fábrica que disminuya doucement sus
avisos en los diarios que no publiquen los boletines.

Marzo 30

Los diarios anuncian que el Gabinete tratará hoy mi renuncia. La bancada de la Cámara
de Representantes se reunió esta tarde y me declaró su solidaridad.
184 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Abril 1

Salvo uno, los ministros me han hecho llegar su adhesión personal, aunque en forma no
pública. He organizado en las caballerizas de la quinta de Buschental una sencilla pero
eficiente oficina de prensa, con tres redactores y un mimeógrafo. Casi no dan abasto para
transcribir, copiar y remitir a la prensa las alternativas de mi renuncia y las adhesiones
recibidas. Otro empleado, con un receptor portátil de televisión, monitorea los infor­
mativos; trasladé una chica de la fábrica para que maneje el archivo de recortes de prensa,
que ya ocupa un armario metálico.

Abril 2

En declaraciones a la prensa extranjera, convocada especialmente, el Primer Mandatario


señaló encontrarse preocupado por la situación, que ha afectado ya ligeramente el mer­
cado cambiario. Añadió que mi renuncia le parecía inexplicable, y que el Gabinete estaría
dispuesto a una sesión extraordinaria, esta tarde, para emitir un voto de confianza. El
teléfono ha sonado toda la mañana, pero lo he dejado sonar. Creo que estoy haciéndoles
sentir el rigor a estos novatos, como decía mi viejo camarada Fernán Silva Valdés al editar
un nuevo tomo de obras teatrales.

Abril 3

El Poder Ejecutivo declaró hoy públicamente la confianza del Gabinete en mi actuación,


y retiré la renuncia. El senador Guazunambí Tort y doce delegados del Directorio, entre
ellos tres ministros y el Secretario de la Presidencia de la República, concurrieron a Bus­
chental a presentarme sus respectos. Tort explicó que había habido un equívoco; el de la
voz aguar­den­tosa era el Secretario de Redacción, señor Suffiotti, que al leer mis declara­
ciones pensó que se trataba de un petitorio para instalar el alumbrado público en el barrio
Jacinto Vera, y lo tiró al canasto. Sonriendo con complicidad, Tort añadió que en la próxi­
ma fórmula presidencial, naturalmente... pero lo detuve en seco con un gesto imperativo
y una expresión altiva. En mi residencia particular no se habla de negocios. Y los cité para
la semana que viene, en la fábrica.
Como Jorge Luis Borges 185

III. Las sombras en la caverna

Como Jorge Luis Borges

Alegoría de las motonetas

Escribe Gian Carlo Pudorossi en el capítulo decimonono de sus Stanze per la Madonna
que si un hombre sueña todas las noches con una mujer desnuda, en algún lugar de bifur­
cados senderos otras mujeres innumerables y desvestidas sostendrán con el soñador un
lúbrico encuentro.
Pudorossi no alcanzó a redactar el capítulo vigésimo; la invasión de Venecia por Soli­
mán en 1213 y los desórdenes y saqueos ulteriores le hicieron perder la cabeza, que en la
segunda luna del mes Radaman de la Égira apareció en lo alto de una dilapidada muralla.
Así, un veloz alfanje musulmán le impidió determinar el sitio y el tiempo en que esa re­
dundante circunstancia erótica sobrevendría.
La incompleta doctrina fue confutada sin éxito en los tres últimos apartados de la
Vom ursprunglichen Geschmack de Albrecht Tarcisius y su nombre técnico, apokatas­
tasis, cundió en la exégesis evangelista de la Escuela de Heidelberg, si bien con inten­
ción inde­ter­minada. Un oscuro polígrafo de Maguncia trató en 1353 de interpolar en ella
un sacrílego añadido, pero obtuvo la hoguera. Otros, más osados o más incombustibles,
completaron la ardua teoría, que en el verano de 1932 leí en un hotel de Adrogué, dentro
del placard donde me había introducido, confundiéndolo con otro gabinete de interdicta
deno­mi­nación.
Hacia 1941 la profecía imprecisa del acéfalo veneciano desveló mis noches de soltero,
en los meses siguientes a la previsible muerte de María Hortensia Ezcurra de la Hoz, cuyo
rostro perfecto conocí recién durante su velatorio. Ese año, en Salta, soñé por primera
vez una figura femenina y bifronte; con temor, con infinita minuciosidad, recobré cotidia­
namente sus contornos. A fines de diciembre confié a Adolfo Bioy Casares y a Enrique
Amorim durante una profusa e interjectiva charla a propósito de la versión apócrifa del
Gleichzeitig praktische Kleidung die zu jeder Gelegenheit erfordert ist (por ese entonces
exhibida en un inverecundo escaparate de Callao y Florida) que creía haber comprobado
la proposición de Gian Carlo.
Esa lejana confirmación argentina de que Pudorossi y el calcinado polígrafo eran ve­
races ha fatigado mis antologías. Por eso me pareció casi inevitable que se acodara en el
estaño del boliche de Avellaneda donde, al mismo tiempo, yo apuraba el infrecuente sabor
de un guindado oriental de contrabando y la lamentación de Guido dal Duca de Brettino­
ro en el canto xiv del Purgatorio, el hombre que me transmitió este relato.
186 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

En 1953 Isidro Monegal viene a Buenos Aires para rescatar un prestigio que le falta en
su Rosario nativa, donde tuvo que desperdiciar cuarenta y dos puñaladas para finalizar
con un policiano solitario y desarmado. Un porteño alarife que es su compañero en la
homeo­pática mesa de la pensión de Paseo de Julio que los refugia, le pone en la mano un
alambre de enfardar y lo lleva un mediodía a una concentración en Plaza de Mayo, donde
habla el Hombre. Después, sin que Monegal vislumbre aún el imprevisto, deslumbrante
final de la aventura, el porteño lo afilia al Partido y toma un tren en Retiro con destino a
Resistencia, llevándose los últimos cinco pesos y el poncho del rosarino derrochador de
puñaladas.
Durante catorce noches, insomne en el inhóspito lecho de Paseo de Julio, Monegal
urde desapasionadamente cómo pagar la pensión. En la decimoquinta hacia el alba, mien­
tras investiga en el fondo de un bolsillo pectoral desdeñados restos de tabaco brasilero
para armar con papel higiénico, halla al mismo tiempo el repentino carnet del Partido y
la respuesta al enigma.
De allí en adelante el rosarino enfrentará duplicadamente el rostro ensanchado por la
sonrisa que el Hombre destina a los cuchilleros en desgracia; en las dos audiencias com­
pleta la descripción de su infelicidad y alude filosóficamente al porteño desaparecido;
hacia la frase postrera el Hombre aumenta la sonrisa y Monegal conoce que está salvado.
El año siguiente lo encuentra en la Quinta de Olivos, enfundado en un overol que des­
dibuja al compadrito interior conservado por Monegal como un recuerdo de familia; por
decisión superior, está encargado de imponer nafta y aceite a las motonetas del Hombre
y el espectro del policiano es solo el tema de noches desveladas por los gemidos con que
suce­sivas afiliadas de la ues celebran su graduación.
No obstante su vida morigerada (y a causa de ella, también) el rosarino sabe que, de al­
guna oscura manera, ha practicado la apostasía y el envilecimiento. Otro acontecimiento
reitera a Monegal que ha elegido la infamia: en 1955, un fraybentino que se niega a decir
su nombre pasa por Olivos y le deja un mensaje del porteño raptor de su poncho: está en
Montevideo, no en Resistencia (aunque por una no buscada felicidad verbal, también lo
esté) y el mensaje consta de una sola y críptica sentencia que estipula la recomendación
de escuchar a Augusto Bonardo por Radio El Espectador.
Monegal obedece y encuentra la razón de su peripecia, desde la esquina rosada don­
de el perforado sargento boqueó sus tautologías póstumas hasta ese garage poblado de
Mercedes Benz y Alfa Romeos, en el que repara las motonetas del Hombre. Entonces,
sin haber sabido nunca que Gian Carlo Pudorossi escribió el capítulo decimonono de sus
Stanze, ni que en 1353 un hombre fue incinerado por sostener que las criaturas soñadas
pueden acumularse para cuando hagan falta, perdona al porteño y consagra sus noches
a soñar con motonetas. A fines de ese año considera que son suficientes; se compra unos
lentes negros, dispone las motonetas en Flota de Mar, subleva las bases navales e inicia la
Revolución Libertadora.
Salto Oriental, octubre de 1948
Como Mark Twain 187

Como Mark Twain

Mi semana en Crocodile Creek

Uno de mis más emocionantes recuerdos de Nuevo México es la semana que pasé en Cro­
codile Creek, un pequeño villorrio de pioneros fundado por el coronel Jeddediah Cum­
mings cuando promovió en Washington los subsidios para su proyecto de ferrocarril has­
ta las Montañas Rocallosas. Mi hermano Eugene, a la sazón un robusto muchachón de
cincuenta y tres años, había sido electo sheriff de Crocodile Creek debido a su fama como
tirador de pistola, con ambas manos, en toda la Confederación sureña y en varios penales
del Medio Oeste, y me invitó a ser su ayudante.
Al descender en Crocodile Creek de la diligencia que me había conducido desde Port­
land, Oregón, a través de innúmeros peligros (entre ellos, las feroces tribus mormonas
diseminadas a lo largo de Utah) me despedí con lágrimas en los ojos de Bill Corriedale,
el conductor. Bill era un magnífico ejemplar de pionero, de los que ya no se encuentran
en el Oeste. Como consumía en cada posta todo el licor de alambique disponible, medía
sus terroríficas borracheras de acuerdo al itinerario de su carromato. «Mister Mark —me
confió en un momento de abandono, mientras la diligencia corría por el desierto de Mo­
jave se­gui­da por una partida de indios navajos con opinión formada sobre nuestro cuero
cabelludo— juro a usted que nunca he estado achispado más de 1.200 mill...»
El primer ser viviente que me recibió en Crocodile Creek fue un harapiento anciano,
el cual, hamacándose en un sillón, conmovía periódicamente un cercano recipiente de
bronce con certeros impactos líquidos provenientes del tabaco en rama que masticaba.

—Caballero —le dije, descubriéndome—, me llamo Mark Twain y procuro encontrar


a mi hermano, el sheriff. ¿Podría usted indicarme, venerable colono, el paradero de dicho
funcionario?

Esperé varios minutos sin recibir respuesta, a no ser las sonoras campanadas del bron­
cíneo recipiente.

—¡Vejete miserable! —expresé entonces con helada cortesía—. ¿Abandonaría usted


por un instante esa roñosa ocupación bucal, soltando su cochina lengua para contestar­
me?

Al obtener igual resultado que la vez anterior, así al viejo por su astrosa barba y lo es­
trellé contra el entarimado de la galería, mientras destrozaba el sillón a puntapiés y repe­
tía la pregunta. Mi paciencia dio sus frutos. Al recobrar el conocimiento, el anciano me
propor­cionó las señas de mi querido hermano y sólo hube de lamentar en todo el episo­
dio mi oreja derecha, volada por un disparo calibre 45 que el viejecillo hizo al volver yo
la espalda.
188 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Un tal Pete Thompson (que se encontraba en la trastienda del despacho del sheriff,
azotando a un indio) me informó que mi hermano había salido a perseguir unos cuatre­
ros, por algo relacionado «con el reparto de un botín», y que a esas horas se encontraría
en Tijuana, México. Su regreso, si eludía la horca, se calculaba para fines de año. De to­
dos modos, al declarar yo que era hermano del sheriff, Thompson me tributó una caluro­
sa acogida. Apuntándome con su pistola entre los ojos, me hizo poner de cara a la pared
con las manos levantadas, mientras el indio colocaba su tomahawk contra mi yugular, y
ambos procedieron a un rápido registro de mi persona. Al enterarme que Thompson era
realmente el ayudante del sheriff, no tuve inconveniente en confiarle, sin cambiar de po­
sición con respecto a la pared ni al tomahawk, mi cigarrera de oro y rubíes, mi pluma es­
tilográfica de plata, mis gemelos de topacio y mi cartera con 12.000 dólares, provenientes
de la venta de las propiedades de un tonto de Scottsboro. «Míster Thompson —advertí al
ayudante, mientras éste me arrojaba a la calle a puntapiés—. No le exigiré recibo de depó­
sito porque conf ío en los servidores públicos, pero espero encontrar mis pertenencias en
buenas condiciones de uso cuando pase a que me las devuel...»
Una hora más tarde había encontrado empleo en el periódico local, The Crocodile
Creek Herald. Su editor resultó ser un viejo conocido mío, el coronel H. Bumpstead–Jo­
nes, con quien había trabajado en Washington. En 1885, Bumpstead–Jones tuvo que re­
tirarse con algún apresuramiento de la capital, debido a la incomprensión del gobierno
sobre su intento de abolir el papel moneda y utilizar en los negocios cheques sin fondo,
como símbolo de la buena fe mutua de comprador y vendedor. El coronel —uno de los
más reputa­dos calígrafos del distrito de Columbia— quedó desagradablemente impre­
sionado por la testarudez del Departamento del Tesoro, empeñado en no reconocer las
verdaderas obras de arte representadas por sus múltiples firmas. «Me he pasado la vida
perfeccionando la letra de hombres famosos —declaró Bumpstead–Jones, poco antes de
partir al alba, emplu­mado con alquitrán por sus acreedores y maniatado en un caballo sin
ensillar— y no toleraré que cualquier burócrata me impida ejercer ese talen...»
Cuando encontré a mi viejo amigo en su periódico de Crocodile Creek salté a su cue­
llo con alborozo, virtiendo lágrimas de alegría. De inmediato lo encañoné con mi pistola
Der­rin­ger y le rogué que me devolviera los 53.000 dólares, mitad de un arqueo en el Ban­
co Smith and Smith, que yo le había confiado por unos instantes en la primavera de 1884,
mien­tras cambiaba las balas del rifle con el que acabábamos de asesinar al tesorero de la
insti­tución.
Como el coronel no disponía en ese momento de dinero menudo, me ofreció un pues­
to de redactor de noticias sociales en el Herald, que acepté de inmediato y desempeñé sólo
una semana, pero con la promesa de reintegrarme apenas hubiera solucionado el enojoso
trámite administrativo de la puesta a precio de mi cabeza por el gobernador de Arkan­
sas. Siempre he opinado que el periodismo debe ser el último refugio de los asaltantes de
bancos.
Como Mario Benedetti 189

Como Mario Benedetti

Poemas del almacén

Dependiente

La semana que viene hay en pancitos


cuando entré a los diez años el gallego
le prometió a mamá subirme el sueldo
la lata a diez cincuenta sí señora
después del primer año tome el vuelto
y el domingo ya cumplo dieciocho
el teléfono está atrás de la barrica
y minga del aumento este gallego
si cuando cumpla veinte no me aumenta
el kerosén después porque me ensucio
pero ya no lo aguanto guambia nene
dejá pasar primero a la viejita
si no me aumenta entonces no me aumenta
por lo menos cien pesos aunque sea
acá viene la piba del dentista
a ver si un día me embalo
y empiezo a llegar tarde venga encanto
le tengo guardaditos los chorizos.

Lunes

Si hoy fuera domingo


pero domingo en serio
como está en la planilla donde dice
semana inglesa y se durmió una mosca
que estaba indigestada y puso el punto
si hoy fuera domingo
me lavo las orejas me las lavo
me consigo diez pesos de la vieja
perdone don Manuel y no trabajo
190 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

y que el gallego cierre y que no venda


nada gallego no se vende nada
si hoy fuera domingo
les juro que me pianto el guardapolvo
y me voy en la chiva por la rambla
aunque siempre un tarado algún tarado
me grite ché canario
andá a hacer el reparto por tu barrio
porque la chiva tiene y qué me importa
el nombre del gallego y el letrero
Baratillo La Fuerza del Destino
la cosa es que paseo y busco novias
y qué me importa pero no es domingo.

Venganza

Total me voy mañana


no compre el alcaucil
es un veneno
y tiene los gusanos desde el lunes
la banana está verde la que queda
cien pesos la docena
pero a treinta
llévesela nomás
no compre azúcar
porque el gallego la barrió del suelo
si gusta
sírvase de aceitunas que son gratis
el kilo de café a doce pesos
y cinco frascos más van de regalo
¿cincuenta al peso?
entonces tome el vuelto
13,40 y no me diga nada
eso sí mucho ojo con el trompa
que está tuberculoso
es comunista
y contagia la fruta cuando tose
lleve nomás el fiambre que apetezca
y no pague total me voy mañana.
Como Mario Benedetti 191

Poemas del hoy con ay

Azzini

Ahí viene Azzini


ojo
guardabajo
un peso costará como tres pesos
tres pesos costarán como tres Kennedy
y qué barbaridad
todos iremos a la Radio Rural
para que Chicotazo
nos dé una explicación como quien bala.
Oh cuánto cuánto
costará la carrera
de un joven contador
y un buen Estudio
de esos Estudios buenos y contables
importados
que no se encogen a la primer huelga
un Estudio contable
de nylon cienporciento.
Oh cuánto cuánto
costará un Ministerio
en la noche sin dólares ni luna
con el Banco República fundido
y el gordo Gari
firmando los conformes con rocío.
Ahí viene Azzini
ojo
guardabajo
no habrá bid ni Loeb ni banca Morgan
ni Fondo Monetario ni la Alianza
ni ediles diputados senadores
ni ministros ni chapas oficiales
ni contratos subsidios comisiones.
Ahí viene Azzini.
Ojo.
Guardarriba.
192 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Balada del insolvente

Hay días en que siento una desgana


de usted, de mí, de todo lo que existe a dos firmas
y me hallo solidariamente explotado,
apto para que en mí se acumulen los intereses
y nada en mi bolsillo se parezca a diez pesos.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en la crónica roja o en Mortuorios
seguido de una nómina de garantes
y de una indócil tropa de hoscos cobradores.
Hay días que ni siquiera son oscuros,
días en que el cedulón me pierde el rastro
y no tengo más remedio que atender el teléfono
con una rabia hecha para otra ocasión,
y explicar por supuesto que pasaré mañana.
Bueno, esta balada es sólo para avisarle
que hasta fines de agosto no me traiga la cuenta.

Como Larra

Yo quiero ser célebre

A la memoria de don Mariano José de Larra, maestro insigne de todos los periodistas del
idioma, que descubrió las notables posibilidades de la nueva profesión y luego se suicidó.

Mi criado filipino, discreto y silencioso como siempre, entró en la sala para anunciarme
que un señor me procuraba. Mi primer impulso —vestigio de una época ya superada en
que cada aldabonazo en mi bohardilla representaba un cobrador aullante y apoplético
a fuerza de fracasos— fue negarme. Luego recordé que actualmente era rico y famoso
gracias a mi página de comentarios sobre televisión. Deslizando bajo un almohadón las
Como Larra 193

Obras Com­pletas de Nené Cascallar que estaba leyendo, tomé un libro de Carlos Martínez
Moreno, arreglé los pliegues de mi bata de brocado y di orden de que pasara el visitante.
Esperé unos segundos. Cuando la puerta volvió a abrirse, enrojecí de ira.

—¡Rómulo! —exclamé, llamando a mi criado—. Ya he dicho que no quiero perros en


mi casa, aunque sepan hacer pruebas. Pon ese animalucho sobre sus cuatro patas, sácalo
fuera y ten en cuenta que estás multado en una semana de salario.
—Perdón, señor —repuso imperturbablemente mi criado filipino—. El señor es el visi­
tante anunciado.

Disimulé mi leve turbación calándome los lentes.

—Señor Gut —profirió entonces el visitante, precipitándose hacia mí y tomándome de


la mano—. ¡Dios mío! ¡Llorando por mi causa! ¡Esos ojos llorando por mí!
—¡Quite usted! —repuse, molesto—. ¡Qué llantos, ni qué infanticidio! Simplemente,
estoy calándome los lentes para examinarlo mejor.
—¿Lentes? Solo veo que se restriega usted los ojos.

—Es que son lentes de contacto, señor mío. Pero, al grano. ¿En qué puedo servirlo?
—Señor Gut; yo quiero ser célebre.
—Muy bien. El ascenso en la escala zoológica es una aspiración respetable.
—Sí, quiero ser célebre. ¿Qué me aconseja usted?
194 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

—Bueno, hombre, así de improviso... En los circos hay amaestradores que hacen mara­
villas. Le ponen a usted una moña de moaré en el cuello, le hacen saltar un aro de papel.
Esto sí: ¿tiene usted patente?
—Señor Gut, yo no quiero trabajar en un circo. Yo quiero ser célebre en la televisión.

La osadía de aquel ser me hizo olvidar la compostura debida.

—¿En la televisión, dice usted? ¿En la televisión? Pero, ¿qué cree usted que es la tele­
visión? ¿Qué es para usted la televisión, infortunado?
—No sé. Nunca pude comprarme un televisor, y debido a mi aspecto no me dejan en­
trar a las casas de familia, de manera que jamás he podido ver un programa.

Iba a responder a aquel sujeto como merecía su audacia, cuando recordé que yo tam­
poco había visto nunca televisión y me contuve.

—Bien, bien —dije nerviosamente—. Pero, ¿supongo que tendrá usted alguna habili­
dad, alguna especialización?
—Ninguna, señor Gut.
—¿Sabe usted idiomas?
—Ni jota.
—¿Ha seguido usted cursos de dicción?
—En ningún momento, que recuerde.
—En fin; por lo menos, ¿hace usted ejercicios respiratorios, gimnasia de desarrollo
toráxico, calistenia?
—Ni por asomo.
—Hombre, francamente... Pero, diga usted: en cuanto a apariencia f ísica, eso sí, ¿no?
En cuanto a apariencia f ísica usted ha intentado, al menos...
—Nunca, señor Gut.
—Ese pelo que le llega a usted hasta las cejas y que por detrás cuelga hasta el cuello
de la camisa... ese pelo, digo yo: ¿ha lavado usted alguna vez ese pelo con agua y jabón?
—¡Líbreme Dios, señor Gut! Mi pelo es un recuerdo de mi santa madre, que en la Glo­
ria esté.
—¿Y esas uñas? ¿Ha usted cortado alguna vez esas uñas, especialmente la del meñique,
que veo crecer frondosamente?
—¿Quiere usted confundirme, señor Gut? Mis uñas son mis únicas joyas, pobrecillo
que soy.
—Le ruego sólo, querido amigo, que me conteste una última pregunta: ¿y ese rostro
picado de la viruela, esa nariz virada hacia el Suroeste, ese ojo derecho con una nube, esas
orejas armoniosamente puntiagudas?... ¿Ha intentado usted alguna vez la cirugía estética?
—No veo la razón para ello.

Mi emoción iba en aumento, pero creí prudente no manifestarlo. Me limité a frotarme


las manos con discreción.
Como Larra 195

—Entiendo, entiendo —dije, afectando calma—. Pasemos a otra cosa.


—Sí, señor Gut.
—¿Se considera usted capacitado, entonces, para triunfar en la televisión?

Mi visitante sonrió con modestia:

—Puede darse cuenta por usted mismo.


—Ya veo, ya veo. Suponga usted que le asignaran un puesto de locutor comercial. Sí,
sí, ya sé que no es mucho, pero se trata de una suposición, solamente. En ese caso, ¿qué
haría usted?
—Caramba, caramba, señor Gut. Es elemental. Trajecito oscuro entallado, inyeccio­
nes de parafina para mantener la sonrisa, brazo doblado en ángulo de 45 grados, cigarrillo
encendido en dedos rígidos, transpiración a mares...
—Correcto ¿Y si tuviera usted que asumir la conducción de un programa?
—Vamos, vamos, señor Gut. ¿Guasoncitos estamos, eh? Nada más fácil: espeso ma­
qui­llaje color ladrillo, cuello duro, chistecitos a la locutora auxiliar, miradas iracundas y
disimu­ladas al chico del micrófono, castañeteo de dedos al camarógrafo...
—Sí, sí, acierta usted en eso. Pero yo digo, en cuanto al programa en sí.
—Nada más simple. Hablar siempre uno, sin dejar al participante meter baza, hacerse
las preguntas y responderlas, apabullar al infeliz exclamando con sonrisa burlona cada vez
que balbucea algo: «¿Cómo dice, señor? ¡Más fuerte, por favor! ¡Más fuerte y bien enfrente
a la cámara, que no lo va a comer!». En fin, se dará usted cuenta de que no puedo agotar
aquí mi repertorio...
—Naturalmente, naturalmente. Pero, perdone que a esta altura aún intente poner a
prueba sus estupendas cualidades. ¿Y si debiera hacer de primer actor? Primer actor en
un teleteatro, ¿eh?
—¡Quite usted de ahí, señor Gut! Miel sobre hojuelas, para este servidor: grandes pati­
llas empolvadas, voz espesa, ojeadas a las cámaras en los primeros planos y, en todo mo­
mento, intentos de tapar con mi cuerpo a los demás actores. Además, olvido absoluto del
libreto, reloj pulsera en obras que transcurran en la Edad Media...

En este punto ya no pude contener mi alegría y abrí mis brazos a aquel joven mara­
villoso:

—¡Venga usted aquí, a que lo estreche contra mi corazón, flor y nata de la andante tele­
visión, pujante promesa del arte nacional, cierto propietario dentro de pocos meses de un
apartamento de propiedad horizontal, un Porsche Sport y suculentos contratos! ¡Venga
usted a mis brazos y prepárese a iniciar desde mañana su deslumbrante carrera o dejo de
llamarme Gut y la televisión es una cosa seria!

Luego le dí cita para el día siguiente en el canal, lo acompañé hasta la puerta y volví a
las Obras Completas de Nené.
196 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

El Parnaso oriental

Como Sabat Ercasty

De pie sobre las rocas telúricas del Mar que se dilata


hasta el verde conf ín donde el Tritón retoza y las
[ Nereidas llaman,
oh, Padre de las Aguas, Dilúvico Señor de las espumas
[laicas,
a ti llego en el Viento, en el acre salitre que las olas me
[entregan.
Los ancestrales Ritos que preservan Ancianos de barbas
[augusteas,
y lanzan a la Atmósfera un himno de mírificas cadencias
[siderales,
decretaron tu amarga caricia mitológica que viene del
[Espacio

para el cósmico mal que invadió de improviso mi planta


[de gigante.
Y aquí estoy, oh, Neptuno, Poseidón oceánico, Divinidad
[Hachedosoica,
y penetro en la onda y me baño en su linfa y reabsorbo
[su plankton,
porque después —Sténtor de una nueva admirable—
[proclamaré al Planeta
que es cierto lo prescrito y que el agua de mar cura los
[callos.

Como Juan Cunha

Ya me voy, ya me despido
no tengo por qué quedarme
si nadie viene a buscarme
y a ninguno se lo pido.

Agua del cielo me moja


el traje montevideano,
agua del cielo en la mano
con acre gusto a coscoja.
El Parnaso oriental 197

Aquí está mi bataraz


que ya es un gallo mayor
y me saca de un error
que me sonroja la faz.

Se me remueve una espina


en el corazón clavada,
porque yo le hacía nidada
creyendo que era gallina.

Campo, campo, vaca pampa,


otra vuelta, buey barcino,
es más alegre el camino
con un clavel en la guampa.

Como Fernán Silva Valdés

Tango.
Me gusta cuando llorás como una hembra,
porque entonces te abrazo
como si tu voz de mujer tuviera curvas de guitarra.
Tango.
Cuando te sale de adentro el hipo de tu canto
es como si tuvieras roto el tanque arrugado de tu fueye
y perdieras por la rendija
las lágrimas que los malevos dejaron empeñadas.
Tango.
Con vos y con tus gaviones y percantas
hamacándose en la misa del ceremonial arrabalero
aprendí este oficio de escribir versos
y estrenar en la Comedia Nacional.
Tango.
Y si antes tu música me daba el lujo de una sentada
en las baldosas rojas de la Academia, allá en Brecha,
ahora lo que recuerdo de tus letras,
tango,
me permite roncar algún lunfardo,
que interrumpe la siesta de Juanita
y hace poner colorado a Monseñor
en esta otra Academia fif í del Palacio Taranco,
tango.
198 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Como Idea Vilariño

Si pudiera decir
no no no quiero
y torcer pero sí torcer
torciendo
esta luz pero y qué?
mejor que sea
lo que el mundo feroz
esteotromundo
quiere que sea sí quiere que sea
y escriba versos
para que otro lea
en vez en vez de ser como quería
en seguro
y lejano lejano paraíso
camarera de pluna
sí de pluna.

Como H. Alsina Thevenet

Fujisawa, creador inusual

Algún crítico inglés contemporáneo ha dicho de Mishimoto Fujisawa que en sus films la
imagen va más rápido que la banda sonora. Esto parece ser un elogio a la increíble noción
del ritmo cinematográfico que el hombre posee e impone a sus obras, aunque algún jo­
ven cronista montevideano prefirió hablar de una velada alusión británica a un proyector
estro­peado. En todo caso, cabe elogiar la presencia de un realizador que, en menos de
una docena de obras, ha recorrido una inusual gama de posibilidades y filmado continua­
mente el conflicto dramático del divorcio (Oyendo to bunai michigata, 1943), el tema del
hombre disgregado espiritual y f ísicamente (Atomikai ye Hiroshima, 1945), el reencuentro
con el amor de la juventud (Kamote ichi saroyan, 1948) o una ácida crítica al militarismo
(Milikai ye ogun to kretinoto, 1943).
Como H. Alsina Thevenet 199

Al igual que muchos creadores de esta época, Fujisawa ha debido rendirse periódi­
camente a las imposiciones de un arte que, como el cinematográfico, sostiene a sus espo­
rádicos hombres geniales con el monótono trabajo comercial de sus artesanos. Ello puede
explicar que en los films del realizador japonés, la veracidad de clima y la maestría en la
descripción de psicologías inusuales no sean llevadas hasta las últimas consecuencias es­
téticas. Fujisawa sabe que un travelling a través de un bosque que propone un mágico con­
trapunto de luz y sombra, mientras Machiko Myo es perseguida por un presunto violador
y bandolero (Rasho Pum, 1952) debe terminar necesariamente —de acuerdo a esas inevi­
tables imposiciones de la industria— en el letrero de una estación de servicio donde una
conocida firma petrolera anuncia: «Aire Gratis». Pero aun en esas concesiones Fujisawa
obtiene un espléndido rendimiento del ambiente, con un montaje alterno que incluye a la
mujer flácidamente tendida en la hojarasca. Ese mismo letrero —debe anotarse— reapa­
recerá —funcionalmente encuadrado— en otros films del director: Noguma to calabozai
(1953), que describe la singular aventura cotidiana de un carterista en Yokohama; Takedo
ichi uchi (1954) donde un viejo samurai llega tarde a la oficina y pierde su empleo de con­
serje; finalmente, en un breve pasaje (posteriormente eliminado en el cuarto de montaje,
pero conservado en la versión que custodia la Film Library del Modern Art Museum de
Abilene, Texas) de Mitoi ochimura nagatakawa, un film de avant–garde que el propio Fu­
jisawa ha retirado de su filmograf ía oficial por una célebre discrepancia con el vestuarista.
(Gavin Lambert, en Film Review, mayo 1958, ha mencionado el episodio; Jacques Doniol–
Valcroze y Lo Duca también lo recogieron en dos mediocres artículos críticos [Cahiers du
Cinema, 63; Bianco e nero, 316]. Los tres coinciden en atribuir el cartel a la imposición de
Tanaro Okai, propietario de la estación de servicio y fuerte inversor en el primer film de
Fujisawa [Toguchi ichisan andebu, 1923], un cortometraje en dos actos sobre la jornada de
una mujer galante enamorada de un bonzo, aunque la falta de celuloide impidió agregar a
la versión los episodios nocturnos.)
En Venecia 1951, Cannes 1953 y Punta del Este (donde Fujisawa estuvo fugazmente en
el Festival de 1955, durante 12 horas, y se retiró después que, en una lamentable confusión,
200 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

el doctor Saúl Judo, presidente del Jurado, le diera un smoking para limpiar), la obra del
notable realizador ha recibido diversos lauros. Algún crítico montevideano debió discutir
largamente con los exhibidores (unos señores que algo importan) y con Mauricio Push­
man, para que la película de Fujisawa (Aji no Moto Dancing, 1954, una amarga y alucinante
pin­tura de la decadencia de una madre de familia en la sociedad feudal) no fuera proyecta­
da fuera de programa y, casi, fuera de la pantalla. La medida parece haber sido oportuna:
Aji no Moto Dancing reunió los sufragios mayoritarios del Jurado y de la crítica uruguaya
(un grupo de esforzados que algún cronista contemporáneo ha definido como «un grupo
de esforzados») y hubiera recibido el Liber, a no ser por el doctor Judo, que se opuso y
votó por The Poor Little–Bittle Doll, el film musical de Debbie Reynolds y Sal Mineo.
Hasta este momento, no existía en español estudio crítico importante de Fujisawa.
(No puede considerarse tal, por razones diversas, el folleto Fujisawa y su estilo —edición
apócrifa, 1957— de Ramón Tanco, inspirado obviamente en el opúsculo de André Bazin
Fujisawa et son Style, que además está agotado.) Mientras tanto, Fujisawa sigue filman­
do. Quienes han visto sus últimas obras, señalan que el rasgo predominante del realiza­
dor (una incisiva denuncia de la realidad social, la cuidada artesanía que opera en tres y
hasta ocho planos, un mood que recuerda la mejor época de Von Stroheim —otro rebelde
que no transigió con las estaciones de servicio y fue anulado por la estructura de la indus­
tria—) se agudiza inusualmente. Aquí, en la frase final, todos los críticos de cine acostum­
bran a poner un colofón ingenioso y/o cínico, pero a mí no se me ocurre nada.
(Primera de una serie de seis notas sobre Mishimoto Fujisawa.)

Principales films

1909 (Como actor) Nenu pishu, un cortometraje doméstico filmado por su padre, R. Fu­
jisawa, en 8 mm, que registra una travesura doméstica del pequeño Mishimoto.

1922 (Como libretista) Akutagai ipana to ochiro, de Makako Tagai, un cortometraje de


propaganda para la flamante industria nipona de alfileres de gancho, cuyas copias fue­
ron destruidas por un tifón.

1923 Toguchi ichizan andebu, con Tanaka Akuma y Achalai Komoto, sobre el sacerdote
budista que inventó la radio y fue condenado a reencarnarse en Raúl Fontaina.

1923–1943 Fujisawa no filma, debido a que se encuentra haciendo el servicio militar.

1943 Milikai ye ogun to kretinoto, con Tanaka Akuma y Achalai Komoto (en ese mo­
mento, el matrimonio de actores adorado por todos los fans japoneses), una acre des­
cripción del servicio militar. Oyodo to bunai michigata, con Tanaka Akuma, Achalai
Komoto y el mismo Fujisawa, sobre el problema del divorcio en la sociedad feudal.
Kamote ichi saroyan, con Tanaka Akuma (ya convertida en la vida real en esposa de
Fujisawa) y Douglas Macartuchi, el actor nipoamericano.
Como H. Alsina Thevenet 201

1951 Huija, huija takei, documental que obtuvo el León de Plata en Venecia 1951.

1952 Rasho Pum, sobre lo dif ícil que es entender a las mujeres, con Tanaka Akuma, Ma­
chiko Myo y otras. (Posteriormente a este film, Fujisawa se divorció de Tanaka, lo cual
dio origen a varios films más, de importancia menor.) Gran Premio de Cannes 1952.

1953 Noguma to calabozai, ton Toshiro Rajate, sobre el problema de la delincuencia en


los ómnibus de Yokohama.

1954 Takedo ichi uchi, una punzante historia de samurais en el febril ambiente de un
gran edificio de oficinas. Con el notable actor de kabuki Tachiro Umarata, Shirley
Omitoto y el propio Fujisawa. (Durante la filmación, el realizador se casó con miss
Omitoto, la paternidad de cuyo hijo, nacido el año anterior, fue atribuida por la pren­
sa especializada a Fujisawa.) Aji no Moto Dancing, con Machiko Myo, Douglas Mac­
artuchi, Shirley Omitoto y Tadeo Forst, sobre una madre soltera que cae en la corrup­
ción y el vicio por culpa de un alemán. Premio de la Crítica en Punta del Este 1955.

La filmograf ía completa de Mishimoto Fujisawa puede consultarse en los correspon­


dientes manuales. Los datos para este trabajo fueron obtenidos en diversas publicacio­
nes. Entre ellas, Sight and Sound, mayo 1954; Cahiers du Cinema, 63; Bianco e Nero, 316.
También se manejaron artículos especializados. Por ejemplo: «The Sculptural, Rough and
Magnificent Fujisawa I Know», de Truman Capote, en Playboy, diciembre 1957; «Fuji­
sawa and the Gas Station», de Patrick White–Brains; «What’s that guy Fujisawa?», de
Sam Goldwyn, tal como se lo contó a Mary Swoboda en Coronet, junio 1956; «I hate Fuji­
sawa», por Tanaka Akuma, en el Diario de Sesiones de la Dieta Japonesa, primer trimestre
de 1953; «Fujisawa, est–il un cambrioleur?», de Francis Carco, en París by Night, folleto
turístico de la Pan American; «Yo y Fujisawa en El Médano», por un enviado especial de
El Debate.
202 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

Como Arkady Averchenko

El vuelto en kopecs

Piotr Suvarin descendió del tram–vía en la intersección de las calles Pilosoff y Milevski y
se dirigió al Negociado de Asuntos Extranjeros, donde ocupaba un cargo de amanuense.
Una ligera llovizna caía sobre San Petersburgo y Piotr juró por lo bajo, cuando un coche
de punto, al pasar a su lado, salpicó las inmaculadas polainas blancas que su primo Sacha
le había regalado para Pascuas.
Como todas las semanas, Piotr encendió un cigarro de Crimea, se detuvo ante la flo­
rería de la calle del Buen Zar Dmitri, para comprar un clavel blanco a la vieja Anya Kon­
dratievna, y pagó con un billete de cinco rublos, recibiendo un vuelto de doce kopecs. En
ese preciso momento una hermosa muchacha rubia saltó de un carruaje que corría en
dirección a la avenida Stagora–Nevski y se arrojó en brazos de Piotr, balbuceando entre
sollozos frases en alemán.
Asegurando firmemente a la joven con su brazo izquierdo (no todos los días un joven
soltero, con una posición en la burocracia imperial, buena salud e irreprochables ante­ce­
dentes en materia de bridge, puede estrechar contra su pecho a una bella desconocida que
domina el alemán), Piotr interpeló a la vieja Anya, señalándole con bondadosa firmeza
que el vuelto contenía tres rublos y seis kopecs de menos, como todas las mañanas.
La anciana florista, originaria de Nijni–Novgorod, rompió a llorar como una Magda­
lena, jurando por el Zarevich que era inocente.

—¡Padrecito Piotr Alexeievich Suvarin! —gritó entre lágrimas—. ¿Cómo puede


ocurrír­sele que la vieja Anya quiere estafarlo? ¡He servido a su señor padre, el abogado
Anton Guerman Suvarin, y antes a su distinguido abuelo, el señor conde Serguei Andreie­
vich Suvarin, que Nuestro Señor tenga a Su Diestra, a quien todas las floristas de San
Peters­burgo llamábamos Bobtchka!

Una vez pronunciado ese discurso habitual —interrumpido dos o tres veces para aten­
der a otros clientes— la vieja Anya devolvió a Piotr, como todas las semanas, el dinero
cobrado de más y luego se volvió hacia los demás parroquianos, que hacían fila para re­
clamar por la inexactitud de sus respectivos vueltos.
Libre por fin de la vieja Anya Kondratievna, Piotr pudo dirigir su atención a la desco­
nocida. Vestía la joven un bello traje color amaranto y calzaba finísimos escarpines de
cabrito. Una graciosa toca color malva adornaba su opulenta cabellera de bronce. Como
continuaba sollozando, Piotr creyó oportuno averiguar la causa.
—¿Lee usted a Chejov? —preguntó a la desconocida.
Como Arkady Averchenko 203

—No —dijo ella derramando abundantes lágrimas y con un gracioso pañolito de enca­
je marfileño oprimido contra sus ojos.
—Entonces, no me explico —reflexionó Piotr.

Con un grito ahogado, la joven se separó de los brazos de Piotr.

—¡No me toques! —gritó dramáticamente—. ¡No te atrevas a tocarme con tus despre­
ciables manos, Natalio Efimovich!
—Pardonnez–moi —dijo entonces Piotr, usando la cortesía aprendida de su primo Sa­
cha, el cual había visitado París durante la primavera de 1895—, pero creo que se halla us­
ted en un error. No soy ese Natalio Efimovich que usted dice, sino Piotr Suvarin, de los Su­
varin de Vorontsov, amanuense supernumerario en el Negociado de Asuntos Extranjeros
y nieto preferido del conde Serguei Andreievich Suvarin, coronel de la Caballería del Zar.

Una sonrisa brilló en el angélico rostro de la desconocida, como un rayo de sol que se
abre paso entre la lluvia:

—¿Realmente, no es usted Natalio Efimovich Poniatowski, tercer hijo de la Condesa


Viuda Poniatowska, cuya familia fue exiliada en Varsovia en 1856 por el Rey Ladislas? —
preguntó la joven.
—Se lo aseguro a usted —dijo Piotr—. Pero su rostro no me es desconocido. Quizás
nos hayamos visto durante la estación termal, en el Caspio, en casa de los Ebranlov...
204 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared

—Conozco a la menor de los Ebranlov, Margarita Ekaterina, prometida al teniente de


la Guardia Imperial Simeón Dszhevski Djugashvili; tuvimos a la misma institutriz inglesa,
miss Eglantine Mayhew —respondió la desconocida—. Pero nunca he tratado a nadie que
se llamara Suvarin.

En ese momento el reloj de la Iglesia del Patriarca Ignatz dio las nueve y Piotr recordó
que debía entrar a su oficina. Quitándose amablemente el sombrero, besó la mano de la
joven rubia, le ofreció el clavel blanco de la vieja Anya Kondratievna y se marchó de prisa.
La joven desconocida titubeó un momento bajo la llovizna de San Petersburgo y luego
tomó asiento en un banco de la florería, sirviéndose una taza de té del humeante samovar
de Anya Kondratievna.

—Tendrás que inventar otra cosa, babushka —dijo a su abuela, la vieja Anya—. Este
demonio de Piotr Suvarin, en el momento de recibir el cambio no se distrae por nada del
mundo.
En la Sierra Maestra y otros reportajes
1967

Advertencia introductoria para En la Sierra Maestra y otros reportajes

Lo primero que verificará el lector en esta recopilación de crónicas es la diversidad de


estilos. Ello no obedece tanto al hecho —también cierto— de que en el transcurso de la
década que las incluye el autor haya ido aprendiendo lenta­mente a escribir, como a las
disímiles urgencias y oportunidades que un corres­ponsal debe manejar en el extranjero.
Alguno de estos reportajes fue compuesto al regreso de un viaje, en la tranquilidad de un
estudio con biblioteca de consulta a mano; la mayoría, sin embargo, debieron redactarse
a escasas horas de la salida del último avión; otros, en fin, sufrieron la reducción grama­
tical de los despachos cablegráficos y, una vez en el diario que los esperaba al límite del
cierre de la edición, algún colega cordialmente apurado les restituyó como pudo artículos
y conjun­ciones. En lo posible, he revisado esos textos, les he dado continuidad y he corre­
gido en lo que estaba a mi alcance los desaliños de la prosa periodística. Cuidé, al hacerlo,
que la espontaneidad del juicio o los hechos no sufrieran deterioro. Las notas al pie se­
ñaladas con asteriscos existían en el original; las numeradas se agregaron a esta edición,
como medio de actualizar o clarificar algunas informaciones.
Siempre me ha preocupado el grado de incomunicación que puede existir entre el es­
tado de ánimo con que un corresponsal en el extranjero escribe su nota y el que el consu­
midor de diarios o revistas —aposentado en su sillón preferido o colgado del pasa­manos
206 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

del ómnibus— utiliza para leerla. Ese décalage es uno de mis complejos profe­sionales y
creo que el de muchos colegas. Por ello, en esta recopilación he añadido una breve intro­
ducción a cada reportaje, intentando describir los orígenes del mismo y su circunstancia.
Creo que puede ser útil para que el lector se aproxime algo más a las intenciones del cro­
nista.
Anoto, finalmente, un descargo para la profesión: el trabajo de un periodista no depen­
de solamente, como en los casos del novelista o el poeta, de un estado espiritual; excusán­
dome por la vulgaridad, debo afirmar que también intervienen factores más prosaicos: el
cansancio f ísico, el frío, el dolor de pies, la falta de dinero, el miedo. Escribí la entrevista
con los peronistas prófugos mientras tiritaba a varios grados bajo cero en una casilla de
madera de Punta Arenas, vestido con la misma ropa de verano que vestía cuarenta y
ocho horas antes, al salir precipitadamente de Montevideo. Cuando conversaba con Fidel
Castro en un remoto valle de la Sierra Maestra, debo confesar que no pensaba tanto en
la esotérica noción de haber logrado un reportaje que dos meses antes me parecía impo­
sible, como en ciertos dedos congelados después de doce días de escalar sierras y vadear
pantanos sin quitarme las botas. Algún arresto a culatazos por soldados que no entendían
otro idioma, los puntapiés de un policía enfurecido, la soledad de los cuartos de hotel, las
pequeñas catástrofes motivadas por un giro que no llega a tiempo, son otras condicionan­
tes del enervamiento, la depresión o el juicio superficial que corren en las entrelíneas de
un corresponsal y a veces desorientan al lector. Que todo eso me sea tenido en cuenta.

Perón, el prófugo
Diario Acción, 3–x–1955

En setiembre de 1955, cuando Buenos Aires fue bloqueada por la escuadra del almiran­
te Isaac Rojas, se advirtió que la caída de Juan Domingo Perón era asunto de horas. La
Marina uruguaya impedía la salida de embarcaciones hacia Buenos Aires, los aero­
puertos estaban cerrados y dos cañoneras argentinas prohibían la navegación por la
desembocadura del Paraná. Leonidas Piria, el fotógrafo Mauricio Tokman (ambos de
La Mañana) y yo, alquila­mos en Nueva Palmira los servicios de un contrabandista y su
bote, para cruzar de noche el río de la Plata. Después de haber pasado silenciosamente
entre los haces de luces de las cañoneras y ya a mitad del camino, el contrabandista se
asustó, declaró que se volvía y nos abandonó en una isla del Delta. Perdidos, demora­
mos un día más en llegar a Buenos Aires. Cuando desembarcamos en San Isidro —su­
Perón, el prófugo 207

cios, ham­brien­tos y barbudos— Perón ya había huido, Lonardi era presidente y nues­
tros colegas uru­gua­yos (venidos cómodamente en un avión comercial fletado al efecto)
con­fra­ternizaban en el bar de un hotel en la calle Florida y habían cubierto el derro­
camiento antes que nosotros. El fracaso me hizo ir a Asunción, para asistir a la llegada
del gobernante depuesto, con un vago resentimiento personal contra el hombre, que no
se justificaba pero que se transparenta en esta nota.

Asunción del Paraguay

Eran las 17.54. Frente a la especie de arco triunfal pintado de amarillo que señala la entra­
da al aeródromo militar de Campo Grande, estaba reunida una cincuen­tena de curiosos
y algunos automóviles. El gran De Soto negro con la chapa 3201 apareció de improviso,
a toda velocidad, en medio de una nube de polvo y haciendo sonar ininterrumpidamen­
te la bocina. Frenó para esquivar un fotógrafo demasiado audaz, patinó y volvió a ende­
rezarse, tomando la carretera hacia Asunción. En el asiento de adelante iban el jefe de la
Policía paraguaya, Mario Ortega y un agente; en el trasero, sonriendo y saludando con la
mano entre el emba­jador Chávez y un oficial ceñudo, pasó Juan Domingo Perón, el exdic­
tador argentino, que entraba a su país de asilo. Román Jiménez, de la As­socia­ted Press de
Buenos Aires, tuvo tiempo de lanzarle por la ventanilla el insulto más terrible; un núcleo
de curiosos aplaudió débilmente.
Esta segunda entrada al Paraguay —dramática en sí, pero a la que los recursos utili­
zados para despistar a la prensa añadieron un tono de farsa— no tuvo, como la primera,
multi­tu­des agrupadas a lo largo de la avenida Presidente Stroessner que vitorearan a Pe­
rón y a Evita, destacamentos de policías de investigaciones argen­tinos y casas engalanadas
con banderas. El profuso cartel de la otra vez (retratos de los dos presidentes y la leyenda
«Bien­venido el general Perón») ya había sido arrancado de casi todas las paredes de Asun­
ción, inclusive las del consulado argentino en la calle Palma. Salvo las jóvenes señoras que,
con los niños y las mucamas, se trasladaron en veinte o treinta autos al aeropuerto —más
bien en paseo dominical—, los testigos de la llegada de Perón fueron los corresponsales
extranjeros, los funcionarios y algunos campesinos. (Hubo otro testigo más importante,
pero eso viene después.)
La farsa —eso lo supimos recién doce horas más tarde— comenzó el sábado de noche
en el aeropuerto civil, cuando el canciller Sánchez Quell, conversando mano a mano con
periodistas uruguayos en una entrevista no oficial, aseguró que hasta el lunes 3 no vendría
nadie desde Buenos Aires, debido al feriado que interrumpía trámites administrativos. El
capitán de la Fuerza Aérea paraguaya Leo Novak —presunto transportador de Perón—
había llegado hacía unos minu­tos desde la capital argentina, en un dc3. Cuando subí a la
cabina del avión para pedirle noticias, imitó magníficamente varios bostezos y declaró
que estaba listo para otro vuelo, pero también seguro de dormir tranquilo en Asunción
hasta el lunes.
208 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

Desde cinco días atrás nadie confiaba en las declaraciones de los círculos oficiales.
Pero allí, a medianoche, con Sánchez Quell retirándose hacia la ciudad, Novak dirigién­
dose a dormir en la base de Campo Grande y el dc3 carreteando hacia un hangar, la mise
en escène era perfecta.
Todo lo que sigue fue reconstruido recién ayer de noche, en una mesa redonda de cro­
nistas con cara larga, que iban atando cabos lentamente. Aún previendo que Perón llega­
ría de sorpresa, nadie pudo confirmarlo en un país donde los funcionarios no reciben a
nadie, los diarios publican caprichosos resúmenes con lo menos importante y los emplea­
dos del telégrafo tiran al canasto los despachos de prensa o, simplemente, suspenden el
circuito por doce horas «para estudiar los textos en envío».
Cuando dejó a los periodistas, Novak no fue a dormir, sino a preparar el anfibio Cata­
lina, para volar nuevamente a Buenos Aires. El viaje del que regresaba había sido la pri­
mera tentativa de recoger a Perón. Pero aterrizó en el aeroparque de Palermo y entonces,
para trasladarse de la cañonera a tierra firme, Perón pidió garantías. Quizás no le pareció
suficiente la respuesta del canciller Mario Amadeo. Lo cierto fue que prefirió no abando­
nar el barco paraguayo que lo asilaba en Puerto Nuevo; Novak debió volver solo, a cam­
biar el dc3 por el Catalina que le permitiría amarrar junto a la cañonera.
A las 5.40 de la mañana del domingo, mientras en el hotel Colonial unos periodistas
dormían y otros tecleaban el despacho siguiente, el Catalina despegó secretamente de
Campo Grande y se dirigió al Sur.
El domingo de mañana las asunceñas comenzaron a desfilar como de cos­tum­bre, diri­
giéndose a misa de once. En la plaza de los Héroes los conscriptos hacían lustrar sus botas
por los pilluelos, mientras sorbían en la latita de tereré cebado con el agua de las canillas
de los canteros; al costado de la Estación de Ferrocarril, las vendedoras de chipá y refres­
cos seguían sentadas somno­lien­tamente contra el muro. Asunción estaba más apacible
que de ordinario. Hicimos una llamada verificatoria a Sánchez Quell (pretexto: ¿seguirían
hoy los cam­peonatos mili­tares?) y el canciller estaba en su casa. Los periodistas, después
de algunas giras al aeropuerto civil Stroessner, se adormecían en el penumbroso vestíbulo
del Colonial.
A las 11:45 (en Buenos Aires era una hora más tarde) sonó el teléfono; una mujer pre­
guntaba por el corresponsal de Acción. El mensaje quebró la placidez de mi mediodía
asunceño: «Soy una paraguaya antiperonista. Dentro de un rato, el avión Catalina reco­
gerá a Perón en el río». «¿Quién conduce el Catalina?» «El capitán Novak.» «¿Cómo lo
sabe?» «Eso no importa, pero lo sé. Perón estará en Asunción alrededor de las cuatro de
la tarde.» Y colgó.
Llamadas como estas había habido muchas, en los últimos días. Pero ese era un día
especial. En la atmósfera demasiado calma de Asunción, en la desusada cordialidad del
canciller, en los bostezos exagerados de Novak había esa perfección excesiva que tienen
las imitaciones.
Me puse a averiguar cosas; veinte minutos después, un uruguayo residente en Asun­
ción confirmaba haber oído por una radio de Montevideo la noticia del despegue del
Perón, el prófugo 209

Catalina; casi en seguida, la teletipo del diario Tribuna emitió la noticia de la partida de
Perón desde Puerto Nuevo, ocurrida a las 13:15, hora argentina.
¿Por dónde llegaría al Paraguay? Las posibilidades de puntos de acceso planteaban un
problema exasperante. El avión anfibio podía dejar a Perón en cualquier parte: el aero­
puerto civil, o la base de Campo Grande, o el hidropuerto de Asunción, o el lago de San
Bernar­dino, o la pista de Paraguarí o una estancia particular. Los caminos paraguayos, en
general, no permiten una velocidad mayor de 60 kilómetros por hora; ir a San Bernardi­
no, a Para­guarí o a otro sitio implicaba no regresar hasta la noche y quizás una panne; sig­
nificaba, en todo caso, una dispersión arriesgada. Entonces la suerte vino en ayuda de los
cronistas uruguayos. (Los brasileños dormían en su hotel ajenos a todo; los italianos esta­
ban almor­zando con el ministro de su país; Cornell Capa, de Life, habría ido a visitar una
toldería indígena; sólo el gerente de la up en Chile, venido espe­cial­mente a Asunción, es­
taba en la misma pista que nosotros.)
Como primera medida, se había inspeccionado el aeropuerto Stroessner; allí no pa­
saba nada. La visita siguiente fue a Campo Grande. En la puerta estaban atravesados dos
coches militares; motociclistas policiales custodiaban la entrada. Y de pronto, cuando la
discusión con el oficial de guardia subía de tono y los centinelas armados comenzaban
a enojarse en guaraní, un auto oscuro, sin escolta, entró a toda velocidad en la base, sin
detenerse a pedir permiso. Hubo tiempo para reconocer al único ocupante del asiento
trasero, un hombre rubio y sonriente, de bigote, con un vistoso uniforme verde lleno de
galones dorados y rojos: el presidente del Paraguay, general Alfredo Stroessner. Lenta­
mente, los hechos iban ensam­blándose, pero todavía no se vislumbraba la solución de la
adivinanza.
Las normas del derecho de asilo y la tradición diplomática prohibían que el primer
mandatario recibiera personalmente a Perón. Sánchez Quell lo había explicado la noche
anterior. Pero allí estaban los hechos: el Catalina militar viajando hacia Asunción, la base
de Campo Grande custodiada especialmente, el presidente Stroessner trasladándose de
in­cóg­nito al aeródromo. Y de pronto, un cuarto hecho vino a incorporarse al problema:
sobre el aeropuerto civil, distante apenas un kilómetro, se vio evolucionar un avión dis­
puesto al aterrizaje. Por una carretera interna la base militar comunica con el aeropuerto
civil. Hubo apenas tiempo de trepar a los coches y salir a la carrera; entre una nube de pol­
vo, el coche del presidente se perdía ya entre los hangares, yendo al encuentro del avión
que aterrizaba. No era el Catalina, pero un cambio de aparatos podía haberse efectuado
en cualquier parte del territorio. Ya eran las 16 horas y en el dc3 que aterrizaba podía ve­
nir Perón.
Se perdieron algunos minutos en estacionar los autos, sortear alambrados sin atender
a los gritos de los subtenientes y correr hacia el lugar de aterrizaje. Cuando los sofocados
fotógrafos llegaban primero, ya el automóvil del presidente volvía sólo con el chofer; el
avión, sin haber detenido los motores, enfilaba la pista para salir nuevamente. El general
Stroessner salía por aire de Asunción, en viaje no oficial, aproximadamente a la hora en
que el dictador depuesto llegaba al Paraguay.
210 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

Aquí se confundían nuevamente los datos. Stroessner podía haber ido a cualquiera de
los puntos anteriormente citados, para recibir al Catalina. Otra vez chocábamos contra el
mutismo, los actos incomprensibles y los indicios falsos que caracterizaban en esa sema­
na a la intranquila dictadura paraguaya. No sabíamos, sin embargo, que estábamos muy
cerca de la verdad. Cambiábamos febrilmente puntos de vista, calculábamos horarios,
inquiríamos si con viento de cola el Catalina podría haber empleado sólo cuatro horas
desde Buenos Aires, pedíamos asesoramiento sobre el posible balizaje de aeródromos
chicos para un aterrizaje nocturno.
Mientras tanto, el avión a cargo de Leo Novak y conduciendo a Perón y al embajador
paraguayo Chávez estaba cruzando la frontera y el presidente Stroes­sner, respetando las
normas diplomáticas y cumpliendo los deberes de su amistad con el asilado, no recibía a
Perón personalmente, pero lo encontraba a mitad de camino y se entrevistaba con él por
radio. Con estrategia militar el mandatario paraguayo había solucionado el problema.
La idea mejor, si se quería ver a Perón, era esperarlo en el aeropuerto civil. Se aproxi­
maban las seis de la tarde y la luz iba declinando. El miedo de Perón a los viajes aéreos
(nunca viajó en avión durante su gobierno) debía tenerse en cuenta para descartar un ate­
rrizaje nocturno en pistas inapropiadas lejos de Asunción. Cada vez más firmemente se
creaba la convicción de que el punto de aterrizaje sería la pista común a la base de Campo
Grande y al aeropuerto civil.
Paulino, el fotógrafo de Acción, dio la pauta de esa seguridad, instalándose en el techo
de un automóvil y desplegando el visor de su teleobjetivo. Y a las 17.30, un punto en el
horizonte le otorgó la razón. El anfibio Catalina llegaba a Asunción; algunos centenares
de metros más arriba, el transporte militar que llevaba al general Stroessner volaba en
círculos.
El Catalina describió un amplio viraje sobre las cabezas de los periodistas y tomó tie­
rra a las 17.45, cruzó frente a las instalaciones civiles y se dirigió rodando hacia la base mi­
litar. Hubo una desbandada de autos, que arrancaron en caravana hacia la carretera, para
llegar a la salida del aeródromo militar. A fuerza de bocina y de salirse del camino los co­
ches de la prensa llegaron primero. Allí, policías y soldados detenían a los vehículos a cien
metros de la puerta, y hubo que trasladarse a pie hasta la entrada. Nadie pudo ingresar al
campo, salvo las autoridades militares, los elusivos y socarrones funcionarios de la Secre­
taría de Prensa de la Presidencia y el enorme coche negro con chofer (presumiblemente
particular) que recogería a Perón.
El cameraman argentino Peruzzi (único que filmó el descenso del exdictador, por
encar­go del gobierno paraguayo) contó después los detalles. El Catalina se detuvo y No­
vak, por la ventanilla de la cabina, agitó las manos unidas en señal de triunfo. El amplio
bastidor lateral del anfibio fue levantado; primero bajó el embajador Chávez. Luego apa­
reció Perón, sonriente y con expresión descansada, saludando a los presentes. Vestía una
campera azul, camisa blanca sin corbata y pantalón claro; estaba tocado con la popular
gorra de visera que usaba para sus excursiones en motoneta con las jovencitas estudiantes
de Secundaria. El De Soto negro se acercó rápidamente; Perón, Chávez y varios oficiales
Perón, el prófugo 211

tomaron ubicación en el coche y partieron a toda velocidad hacia la salida. Ningún equi­
paje fue cargado en el coche.
Frente al cementerio de la Recoleta, el humilde entierro de un niño campesino (el
cajon­cito de madera cepillada portado a pie, los deudos descalzos detrás, las mujeres llo­
rosas envueltas en sus rebozos negros como en un cuadro de Blanes) debió dejar el centro
de la calle de tierra, ante el paso avasallante del automóvil negro y su cortejo de coches
de la prensa.
En el barrio residencial de Asunción, la casa de Ricardo Gayol (un argentino millona­
rio que puso todos sus bienes a disposición del exdictador, para su estadía en el Paraguay)
se encontraba con fuerte custodia. Cerrando la cuadra en ambas esquinas, tropas del ejér­
cito y patrulleros de la policía arreaban a los curiosos. Sim­páticos piragüés —agentes de
investigaciones— arrimaban sus oídos a la boca de los periodistas y con aire cándido y
dis­traído se pegaban a sus talones, mi­rando por encima del hombro las notas que tomá­
bamos.
Cuando llegamos, Perón ya estaba dentro de la casa Gayol, que permanecía con las
ventanas clausuradas. En la puerta del parque donde se levantaba la residencia (de un
estilo vagamente moderno, pero con los millones delatados en cada ornamento de hierro
forjado y en cada escalinata de mármol), soldados con ametralladoras apuntaban al pú­
blico y, sobre el muro, una larga fila de piragüés asomaba las cabezas, en una involuntaria
parodia de tiro al blanco. Todas las casas adyacentes habían cerrado sus puertas y verjas;
en los jardines, otros policías simulaban infructuosamente ser vecinos curiosos y miraban
con fijeza a los periodistas.
En algún momento, me hice el sordo ante los gritos de prevención de los piragüés que
me habían tocado en el reparto y crucé hasta el portón de la casa. Un hombre bajo, de
cara aniñada y sombrero a lo Gardel, me puso una mano en el pecho; era el jefe de policía,
Ortega:

—No se puede, señor. Vuelva.


—Quiero solamente que alguien le transmita al general Perón el deseo de los perio­
distas de entrevistarlo...
—Vuélvase, señor.
—Pero, escúcheme primero...

El empujón no fue muy doloroso, porque atrás me recibieron otros ansiosos piragüés:

—¡Que se vaya, le digo! ¡A ver si anda creyendo que soy una criatura, para que me
ocupen en mandados!

El lunes por la tarde, el canoso y maquiavélico Ramón Jiménez, secretario de prensa


de Stroessner, nos anunció que Perón nos recibiría en la residencia Gayol. A mediodía, un
centenar de corresponsales se agrupaban en la vereda calcinada de sol.
212 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

A las tres, José Bernabé (al que muchos confundirían con un guitarrero de orilla pero
que es, en realidad, Director de Información) hizo de introductor. En el portón pintado de
blanco, dos soldados con máuser nos dejaron entrar, uno a uno; un oficial y varios agentes
verificaban nuestros documentos y nos cacheaban. Después, otros policías iban agrupán­
do­nos en un vestíbulo. A las cuatro, cuando la ceremonia precaucional se había cumplido,
pudimos pasar al living, todos juntos. Allí, entre sillones tapizados de rojo, con un óleo
que representaba a una bella paraguaya aguatera decorando la repisa de la chimenea, Juan
Domingo Perón —de pie y fumando un cigarrillo— parecía esperar el pelotón de fusi­la­
miento.
Vestía la ropa deportiva de costumbre. Contra los tonos sobrios de la campera marrón
y el pantalón verde olivo se destacaba la corbata roja, quizás un sutil homenaje al partido
paraguayo gobernante. No aparenta sus sesenta años casi completos (los cumple el 8).
Alto, todavía vigoroso aunque con trazas de enorme agotamiento f ísico, sin canas visi­
bles y exhibiendo una magnífica dentadura, impresiona a primera vista como una fuerte
perso­nalidad. Es en un segundo examen que se advierte la artificialidad de su sonrisa, las
huellas de una vida sobresaltada e intensa en el rostro cruelmente ajado por una enferme­
dad cutánea.
Con el cigarrillo recién encendido en la mano, alternando rápidas fumadas con la son­
risa que es una mueca y no una expresión, el hombre hasta ayer todo­poderoso hacía pen­
sar, entre el destello incesante de los flashes, en un animal atrapado. En los primeros mo­
mentos, siempre en silencio, mantuvo una rígida compostura, erguido firmemente y con
las piernas separadas. Pero en seguida lo vencieron los nervios. La sonrisa desapareció y
comenzó a hurtar el rostro de los fotógrafos, mientras repetía: «Ya es bastante, ya es bas­
tante...». Esbozó un movimiento de huida y los fotógrafos le cerraron el paso; entonces
los policías lo rodearon y le abrieron camino, mientras él, con la cabeza gacha y las manos
extendidas, se dirigía a la escalera.
Todos se precipitaron detrás. Yo, que estaba situado en un punto contiguo a la esca­
lera, llegué al pasamanos casi al mismo tiempo que Perón y le dirigí las únicas preguntas
que todo el mundo tenía en los labios: «¿Pero no piensa hacer declaraciones? ¿No nos
llamó para eso?». Perón se detuvo un segundo, abrió los brazos para subrayar la frase y
contestó: «Mientras esté en el Paraguay, no haré ninguna clase de declaraciones».
Y entonces subió la escalera a grandes trancos, casi corriendo, entre las exclamaciones
irritadas de los periodistas y el continuo relampagueo de las cámaras.
Esta fue la llegada de Perón al Paraguay. Vino sin pan dulce, ni juguetes de la Funda­
ción. Mucho después de haber llegado, la mayoría de los paraguayos (que sólo leen una
prensa amordazada) lo ignoraban. Entre los que lo supimos, el clima fue menos excitante
de lo que habíamos supuesto; estuvo teñido de cierta conmiseración por el hombre dis­
frazado de motonetista, reducido del endio­samiento bonaerense, de sus uniformes y pa­
lacios, a la pequeña estatura del prófugo con miedo a volar de noche.
Operación Punta Arenas 213

Operación Punta Arenas


Diario La Mañana, 29–iii–1957

El cronista de diarios matutinos es animal de una especie pálida y nocturna, cuyo sue­
ño imposible está constituido por una semana de vacaciones a orillas del mar, con sol,
yodo y salitre. En marzo de 1957 creí haber logrado esa utopía, y con la valija pronta
me dirigí a la plaza Libertad, para tomar el ómnibus hacia La Paloma. En la estación
me esperaba una peregrina idea de Carlos Manini Ríos, director de La Mañana. En vez
del ómnibus a la playa debía alcanzar un avión que salía para Santiago de Chile dos
horas más tarde; después seguir hacia el Polo Sur (o tal me pareció, en esos momentos)
y entrevistar en Punta Arenas a los jerarcas peronistas prófugos de Río Gallegos, que se
encontraban detenidos en un transporte militar donde no podía subir nadie que oliera
vagamente a civil. Sonreí con tristeza y me fui a tomar el avión, pero cuando dos días
después descendí en la pista de Punta Arenas y comencé a caminar entre la nieve y el
helado viento magallánico, no conservaba ni la sonrisa. Creo que mi obsesión por huir
de aquel espantoso frío polar me urgió a obtener, de cualquier modo, el reportaje que
Manini quería.

Punta Arenas

Jorge Antonio levantó su taza de té, meditó un momento mirando el monograma de la


Armada chilena en el recipiente y después dijo, sonriendo: «En toda mi vida, ha sido la
operación que me salió más barata». Con la frase, mitad chiste y mitad desaf ío, contestaba
a mi pregunta sobre el costo de la «Operación Punta Arenas» (como llaman irónicamente
a la fuga sus autores) que permitió a Héctor Cámpora, John William Cooke, Jorge Anto­
nio, Guillermo Kelly, José Espejo y Pedro Gómiz —en la práctica, las cabezas políticas,
gremiales y financieras del peronismo clandestino— huir el pasado lunes 18 del penal de
Río Gallegos y asilarse en territorio chileno.
Desde su fuga hasta hoy, cuando subí a bordo del transporte militar Almirante Pinto,
Jorge Antonio, Cooke y sus compañeros se habían negado a ser entrevis­tados formalmen­
te por la prensa. Sólo un periodista chileno logró unas breves declaraciones generales de
Cooke y de Antonio, y un corresponsal del New York Times —en comunicación telefónica
desde Santiago— obtuvo igual resultado. Ese hermetismo del grupo fue reforzado por la
prohibición absoluta, por parte de las autoridades chilenas, de que periodistas entraran al
hotel Cosmos —alojamiento de los fugados, en los primeros momentos— ni menos aún,
desde que se les internó en el Almirante Pinto, que se pudiera entrevistarlos a bordo.
La tarea para sortear las estrictas disposiciones del ministro del Interior, las consignas
del jefe naval de Punta Arenas, comodoro Jacobo Neumann, la des­con­fianza y reserva
del jefe militar, general Armando Conlledo y, finalmente, la cortés pero firme negativa
del comandante del Pinto, el capitán de navío Jorge Bala­res­que, forman un capítulo casi
214 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

tan erizado de dificultades como la fuga misma, pero ellas fueron el precio de una buena
mercadería periodística: la charla de tres horas, desahogo de una semana de silencio o
reticencias, que mantuvieron conmigo los jerarcas peronistas.
En la cámara de oficiales del transporte, los seis fugados de Río Gallegos, interrum­
piéndose mutuamente, levantando a veces la voz hasta merecer una reconvención del
te­nien­te Ross —marino chileno que, discretamente apartado, asistió a la entrevista— re­
corriendo con excitación a grandes pasos el breve espacio de la cámara, me proporcio­
naron la extraña versión (su versión) de un tema sobre el que, algún día, un sociólogo se
inclinará con interés: el de la clan­des­tinidad de un partido antes omnímodo, el del len­
guaje de perseguidos, torturados y víctimas en labios de quienes, en su hora, fueron indu­
dablemente persecutores y victimarios; el de la incondicionalidad —después de la cárcel,
la confiscación y el exilio— al hombre que, luego de huir abandonándolos, mantuvo la
seguridad f ísica y material que a ellos les falta.
Este curioso acto teatral de papeles trocados fue tan incongruente como el escenario.
Relegados al inhóspito extremo sur del Continente, en una pequeña población donde el
viento polar silba incesantemente entre las casitas de zinc y madera, quienes todavía son
cabezas visibles de la superestructura peronista —Cooke y Cámpora, el partido; Espejo
y Gómiz, los sindicatos; Jorge Antonio, las finanzas; Kelly, las fuerzas de choque— eran
en ese momento sólo seis presos, pero sus maneras y su lenguaje no evidenciaban la des­
esperanza.

—No hablo mucho ahora —dijo Cooke— porque me reservo para cuando caigan va­
rios, cuando llegue el momento, que está próximo.
—¿Dónde será eso? —le pregunté.
—En la Argentina, por supuesto. Ya les queda poco.

Por el ojo de buey del Pinto se veía la borrasca rizando las aguas negras del Estrecho
de Magallanes y la costa blanquecina de Tierra del Fuego, esfumada en la llovizna: el eter­
no viento de Punta Arenas silbaba en la cubierta. Adentro, distribuidos en los sillones de
cretona floreada o acodados en el pequeño bar, estaban todos: el abogado John William
Cooke, al que los gruesos zapatones y la tricota marrón acentuaban un absurdo aire in­
fantil (sus familiares lo llaman «Bebe»); Guillermo Patricio Kelly, el siniestro líder de la
Alianza Nacionalista, con el aire jovial del profesor de ski que entretiene a los turistas en
el hall de un hotel de Bariloche; el dentista Héctor Cámpora, expresidente de la Cámara
de Diputados, de sienes grises y aspecto distinguido; José G. Espejo, ubicado por Evita
Duarte en la Secretaría General de la cgt y caído en desgracia antes del derrocamiento
de Perón, y Pedro Gómiz, dirigente de los obreros del petróleo y exdiputado, ambos con
el aire descolocado, la vestimenta burguesa y el acento xeneise típicos de los grasas que
la Señora llevó al poder; Jorge Antonio, moreno, de habla reposada pero con un latente
ardor polémico (de todos, fue el único que dirigió amargos reproches al Uruguay: «uste­
des nos criticaban, pero ningún uruguayo que vino a verme se fue con las manos vacías»).
Operación Punta Arenas 215

La primera pregunta estaba cantada: era ingenua —una respuesta completa significa­
ría aún la pérdida de muchos— pero es, con seguridad, la interrogante que está en boca de
todo el mundo, desde Aramburu y Rojas hasta cualquier lector de diarios:

—¿Cómo hicieron para fugarse?

Todos sonríen; Kelly, con el aire de «te juego a que no lo descubrís», pregunta a su vez:

—¿A usted qué le parece?

La ocasión es buena para picarles el amor propio, porque el punto de honor del grupo
es no haber gastado un centavo en sobornos.

—Se me ocurre que a fuerza de plata.


—A fuerza de plata no tenía gracia —dice Jorge Antonio.
—Bueno, no me digan nombres, pero den detalles. ¿Cuándo se les ocurrió fugarse?
—A mí, el 9 de enero de 1956 —dice rápidamente Kelly. (Ese fue el día en que se les lle­
vó de Buenos Aires a Ushuaia, primer penal donde fueron alojados.) Kelly no pierde nun­
ca el tono deportivo. Esta es para él sólo otra de las aventuras riesgosas que eligió como
profesión y en este apacible ambiente de la cámara parece irreal el pensamiento de que
ellas incluyeron el asesinato político, la intimidación pública a base de brigadas de choque
y los métodos fascistas con que los pistoleros de la Alianza consternaron a Buenos Aires.

Cooke consulta con la mirada a los demás, y explica:

—El trato en Ushuaia era malo; yo he estado 99 días incomunicado en un calabozo de


3 por 2, sin asistencia médica...
—Yo, en total, 5 meses y 28 días —añade Kelly.
—...y con un régimen de censura inhumana para la comunicación con los fami­liares
—prosigue Cooke—. En Ushuaia, simbólicamente, el ejército, la marina y la aviación se
repar­tían la responsabilidad de custodiarnos. Perón había cerrado el penal, por lo inso­
portable de las condiciones de vida allí. Nosotros, como detenidos políticos, lo reinaugu­
ramos.

Gómiz interrumpe:

—Teníamos permanentemente a nuestro lado un soldado con ametralladora. Nuestros


abogados nos visitaban en presencia de un oficial y nunca pudimos estar a solas con un
familiar.

Después, continúa Cooke:

—A propósito: de los nueve abogados que hemos tenidos todos, ocho están actual­
mente detenidos. Después, se nos trasladó a Río Gallegos, donde ya estaba Espejo. Allí el
régimen mejoró algo: por lo menos, nos sacaron al tipo de la ame­tralla­dora.
216 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

—¿Y el plan de fuga?


—Fue madurando de a poco. Éramos once en un pabellón; había tres pero­nistas más,
cuyos nombres no interesan, y dos comunistas, junto con noso­tros.
—¿No participaron a los comunistas de la fuga?
—Habíamos llegado a un pacto con ellos: hablábamos de todo menos de política.
Como habían sido ellos quienes lo propusieron, se quedaron sin enterarse.
—¿A qué hora se escaparon?

Cooke vacila y consulta con la mirada a Kelly. Después dice:

—De noche.
—¿Pero a qué hora?
—Si lo decimos, pueden perjudicar a un guardia inocente —salta Kelly.
—¡Qué me importa la guardia! —se ríe Cooke—. ¡Cuantos más echen, mejor!

Jorge Antonio, que ha salido un momento, vuelve con unos papeles:

—Nos escapamos a primera hora de la madrugada. No es cierto que estu­viéra­mos ar­


mados, como dicen. Las armas que usamos fueron éstas.

Y deposita sobre la mesa un mapa y una brújula. El mapa es una carta aero­náutica;
pertenece a la colección denominada World Aeronautical Carts, que usan las aviaciones
militares de casi todos los países y es solamente un sector —el de la Patagonia— arran­
cado a una carta mayor. Con tinta, los conspiradores marcaron en ella doce rutas distin­
tas desde Río Gallegos a Punta Arenas, con seis cruces diversos en la frontera. («Hombre
prevenido vale por dos», ríe Jorge Antonio.) La brújula es de bolsillo, marca Bézard, de las
usadas por la Marina.
Se me ocurre que la ironía de que los dos elementos procedan precisamente de las
fuerzas que debían vigilar a los fugados, no es tan casual.

—Quiere decir —indago— que consiguieron la carta y la brújula, dentro.


—Saque las conclusiones que quiera —dice Kelly.
—Yo he visto un plano de la prisión —les señalo— y sé que debían atravesar un corre­
dor con centinelas y salir a la calle, bajo la observación de una garita con ametralladoras
y reflectores. Pero también sé que esa noche había una fiesta en una estancia y que el jefe
del penal y otros, habían ido. ¿O hicieron la vista gorda?
—Perdone que no le contemos esa parte —señala Jorge Antonio.
Y Kelly añade—: Secreto profesional.
—Lo que le puedo decir —sigue Jorge Antonio— es que en ese trecho hasta la puerta
nos jugamos la vida. No había complicidad que valiera.
—¿Y el jefe de la guardia, Juan de la Cruz Ocampo, que se fugó con ustedes? ¿No les
facilitó las cosas?
Operación Punta Arenas 217

Aquí interviene Cooke:

—Ese hombre no se fugó con nosotros, ni estaba combinado.


—Pero ha desaparecido, y se le echó de menos el mismo lunes...
—Con nosotros no vino. Calcule: más de seis pasajeros en un Ford, que ya llevaba a
Araújo de chofer, era una carga excesiva a la velocidad de ochenta kilómetros por caminos
pésimos.
—¿De dónde sacaron el auto?
—Secreto profesional.
—¿Tenía chapa chilena?
—No, era de Río Gallegos.
—¿Y no les pareció que un auto amarillo era demasiado llamativo, si los seguían?
—Precisamente —responde Kelly—. Era tan llamativo que nadie podía imagi­nar­nos
adentro.

Jorge Antonio sigue con el relato:

—Viajamos cerca de ocho horas, cambiando continuamente de ruta. Una hora des­
pués, levantó vuelo un avión de la base de Río Gallegos, que nos buscó infruc­tuo­samente.
Ima­gínese: llevaba una bomba.
—¿Cómo saben lo del avión?
—Pregúnteles a los chilenos. En total, nos buscaron tres aviones y dos de ellos con
bom­bas. Volaron sobre territorio de Chile y aterrizaron a varios kilómetros de este lado
de la frontera, pidiendo permiso por falta de combustible.
—¿Por dónde pasaron ustedes la frontera?
—Secreto profesional.

Les digo entonces que no van a comprometer a ningún carabinero chileno con sus de­
claraciones: el Ministerio del Interior —llegando a una salomónica solución que evitaba
investigar y no creaba conflictos internacionales— declaró en Santiago haber probado
que «los prófugos cruzaron la línea divisoria por un sitio sin vigilancia». Pero Jorge An­
tonio no quiere contestar. «Me lo reservo —dice— porque este plancito, que ya tenemos
patentado, quizás sirva para otros compañeros.»
Así fue la fuga, contada por sus propios protagonistas. Olvidaron (o no qui­sie­ron de­
cir) algunos detalles: que disponían de cuatro pistolas y una ame­tralla­dora; que el auto­
móvil fue com­prado expresamente para la fuga, en una suma exor­bitante. Pero, en gene­
ral, no omitie­ron nada de importancia. Toda la aven­tura fue relatada como un juego —un
peligroso juego— que los rescató por unas horas de la espera gris y la monotonía en que
se ha convertido la existencia de los hombres que supieron de todos los halagos del poder,
y también de todas sus impunidades. Estoy seguro de que ninguna operación multimillo­
naria de divisas, nin­guna razzia contra los socialistas o ningún elogio de la Señora cau­
saron a Jorge Antonio, Kelly o Espejo la satisfacción de haberse fugado en las barbas del
218 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

gobierno de Aramburu. Los seis, en este lejano rincón del mundo, con diarios atrasados y
sin conexión telefónica con Buenos Aires o Montevideo, parecen siempre estar esperando
más plácemes de los que han recibido.
En un momento dado Cámpora pierde su compostura de gentleman y se inclina ávi­
damente, para preguntar:

—Usted viene de Montevideo. ¿Cómo lo tomaron allá? ¿Lo comentaron?

Y Kelly también quiere saber:

—¿Qué dicen de nosotros en Buenos Aires? ¿Se ríen mucho de Aramburu?

La carta que sirvió para la fuga quedó en poder de Jorge Antonio. En los ángulos, sus
compañeros de aventura le han dedicado autógrafos. Uno, firmado por Araújo (el chofer
del Ford), dice: «Como humilde colaborador de la Operación Punta Arenas». Otro, con la
firma de Kelly y Gómiz: «A Jorge Antonio, en recuer­do de la Operación Punta Arenas».
En este punto del reportaje se produce el curioso fenómeno aludido al principio. Ya
hemos hablado de la heroicidad, del riesgo compartido. Seis cama­radas de aventura, con
cir­cunspección para el mérito propio, con humor, conta­ron el episodio. Ahora resta ha­
blar de la extradición, de los cargos judiciales, de la peripecia procesal de los fugados.
Entonces, seis perseguidos políticos reem­pla­zan a los seis aventureros. Sus expresiones
pudieron estar en boca de cualquiera de los antiperonistas que, desde 1943 a 1955, alber­
gamos en el Uruguay. Han cam­biado únicamente los nombres.
El más notable es Kelly, precisamente por su turbulento pasado. La versión más reci­
bida sobre la Alianza Libertadora Nacionalista que dirigió (y, posi­blemente, la histórica)
es la de un movimiento de ideología fascista y nacio­nalista al principio, convertido luego
—al apar­tarse Mario Amadeo y otros «ideólogos»— lisa y llanamente en una fuerza de
choque del gobierno, con absoluta impunidad para el castigo de opositores, la violencia
organizada y aun el asesinato.
Cuando se menciona a Kelly todo eso, se indigna sinceramente:

—¿A usted le parece que soy un pistolero?


—Eso dicen.
—¿Qué es exactamente lo que dicen?

La pregunta es espinosa. Este deportivo joven de tricota blanca, con el que he estado
cambiando bromas hasta hace un momento, no condice con la ominosa imagen de sus
actividades.

—Bueno: personalmente, usted está acusado de la muerte de un joyero y de un tran­


seúnte, creo que judío. Además, figura como ordenando el degüello de un oficial, la noche
del cañoneo al edificio de la Alianza. Los cargos incluyen, tam­bién, una cantidad de aten­
tados y robos, más la quema de iglesias en junio de 1955.
—Es todo mentira.
Operación Punta Arenas 219

—Veamos.
—En mi expediente judicial tengo solamente dos imputaciones: «comando de una or­
ganización anticomunista» e «intimidación pública». Lo primero es cierto, y no creo que
sea un delito. Una vez, en una refriega, murió un comunista, pero eso no fue un asesinato.
—¿Y la intimidación pública?
—Es ridículo. El día de la quema de iglesias, con un grupo de aliancistas nos cons­
tituimos en fuerza pública y detuvimos a 127 saqueadores de iglesias y comer­cios, resca­
tando bienes por valor de 377.000 pesos. Consta en los registros poli­ciales. Nosotros no
quemábamos iglesias; las defendíamos, pero todo era una provocación antiperonista.
—¿Y el oficial degollado?
—Eso también es mentira. Nunca se supo quién había sido la víctima. Además, la no­
che del asalto a la Alianza yo no estaba dentro. Fui detenido al entrar, antes de que comen­
zara la lucha. Mal podía ordenar asesinatos.

Y Kelly no es el único: todos exhiben la legalidad de su conducta, la inta­cha­bilidad de


sus antecedentes. Hasta ahora, una corriente de cordialidad invo­luntaria me había hecho
bajar la guardia, ganado por el relato de una peripecia humana y legítima. Pero en esta
segunda etapa de la charla los hombres políticos han reasumido sus defensas, sus alegatos
de bien probado y su dialéctica.
Gómiz, en una minuciosa exposición de quince minutos, me interioriza de que su
cargo de malversación de fondos en la organización sindical del petróleo es infundada.
(«Dicen que utilicé materiales del ypf para construirme una casa, pero lo que hice fue
comprarlos como todos los obreros, porque la organización se los compraba a ypf para
distribuirlos en forma cooperativa.»)
Cooke y Cámpora aluden al cargo de «traición a la patria»:

—Es ridículo —dice Cámpora— y no puede configurarse. La Constitución del 49 dice


que será «infame de la patria» quien preste ayuda a un poder extranjero contra ella y
establece que tendrá similar pena —entiéndalo bien, no dice similar «denominación»—
quien entre­gue facultades extraordinarias al gobernante. La dis­po­sición fue incorporada
después de Caseros, aludiendo a la votación de poderes extraordinarios a Rosas, pero
la comparación no puede aplicarse. La Cámara votó el título de Libertador a Perón y de
Jefa Espiritual de la Nación a Eva Duarte, pero no fueron leyes, sino resoluciones. Y yo ni
siquie­ra las voté, porque ejercía la presidencia. En cuanto al Código Policial (que estable­
cía el fuero de la policía) es similar al fuero militar, y nadie ha hablado nunca contra éste.

Cooke es igualmente preciso:

—El cargo de traición a la patria es ridículo. Y en cuanto al de malversación, todo el


mundo sabe de mi pobreza. Ya se aclararán debidamente las cosas ante los tribunales.

Espejo, el más callado del grupo, saca un recorte. Es de La Prensa, del 13 de marzo. Allí,
en media página de texto, se transcribe una decisión de la Cámara de Apelaciones y se
220 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

dispone «la inmediata libertad de José G. Espejo», libre de toda imputación. No se puede
negar que, como golpe de efecto, vale más que las apasionadas negativas de Kelly.

—Pero, hombre —digo—. Usted fue declarado inocente el 13 y se fugó el 18... ¿Por qué
no esperó unos días?

El exsecretario de la cgt sonríe amargamente:

—Si no me voy, todavía estaba allí, y allí seguiría muchos años.

¿Y Jorge Antonio? ¿Cómo justifica sus millones veloces, o los cargos de mal­versación?
Sentado a la cabecera de la mesa, responde calmosamente a un intento de clarificar de una
vez por todas las versiones que corresponde sobre su persona.

—No soy uruguayo, como dicen. Cuando tenía unos pocos años, mis padres vivieron
en Carmelo, y allí nacieron algunos de mis hermanos. Pero soy argen­tino. No me enrique­
cí con Juan Duarte; en 1947 dejé de ser funcionario del gobier­no e inicié una empresa, con
socios que después formarían mi grupo eco­nómico. A Duarte lo conocí recién en 1952.

Después reseña su sistema. («Cuando vuelva a Montevideo, pídale a mi esposa que le


mande el folleto sobre la filosof ía de mi grupo, donde lo explico.») Jorge Antonio, según él
mismo, no usaba divisas del gobierno. Al contrario: las hacía afluir desde afuera. Cuando
precisaba dólares para importar autos o camiones, conseguía un inversor de afuera («un
radicador», le llamaba) que se los proporcionaba, invirtiéndolos en las empresas del gru­
po. El grupo aseguraba al radicador un interés razonable y su reinversión en nuevos ne­
gocios argentinos. Jorge Antonio obtenía divisas, el gobierno no gastaba las suyas. Apa­
rentemente, nada más perfecto. «Además de ser lícito —añade el financista— ese negocio
utilizaba a gente muy capaz.»
A lo largo de tres horas y de varias tazas de té, ha habido revelaciones y justificaciones.
Faltan ahora las predicciones. ¿Políticamente, qué programa tienen estos seis hombres?
¿A través de ellos, qué futuro tiene el peronismo?
John William Cooke, presidente clandestino del partido peronista —declarado, como
se sabe, fuera de la ley— traza un esbozo de propósitos y de interpretación del momento
argentino:

—He estado, durante todo mi encarcelamiento, en continuo contacto con Perón. Con
su guía y por nuestro intermedio, el partido ha rehecho sus cuadros y estructurado una
nueva organización, adecuada a la clandestinidad. No se ha hecho nada sin consultar a
Perón.
—En consecuencia, ¿los actos de sabotaje y los alzamientos han sido por su orden?
—No; esas son actividades aisladas de las fuerzas de resistencia.
—En algunos medios exiliados se expone el criterio de que las masas pero­nistas ya no
responden personalmente a Perón, sino a otros dirigentes. La teoría añade que el voto de
Operación Punta Arenas 221

esas masas daría el triunfo presidencial a Frondizi, si éste buscara una alianza con esos
grupos.
—Esa es una ilusión de falsos dirigentes, que nunca han sido escuchados. El peronismo
sin Perón no puede existir. En la Argentina hay un 70% de peronistas. En el 30% restante
Frondizi representa una mayoría, pero nada más.
—¿Y si hubiera elecciones apoyarían a Frondizi?
—Si hubiera elecciones no nos abstendríamos, pero la orden del partido, si no se le
devuelve la legalidad, será votar en blanco.

Después viene una pregunta para todos:

—¿Ustedes creen en la posibilidad de un triunfo electoral peronista —inclusive sin


alianza con Frondizi y con el partido en la legalidad— si Perón no fuera candidato?

Casualmente, Jorge Antonio se ha alejado a conversar con el teniente Ross y no con­


testa. Los demás (ardientemente Gómiz, y con diferentes matices los otros) contestan
nega­tivamente. Y Cámpora resume esa incondicionalidad: «Perón es la razón y el motivo
del peronismo. Sin Perón, no hay peronismo».
Después, termina la entrevista. Los seis asilados, que por un rato han reen­con­trado en
la charla el acento familiar rioplatense, algunas experiencias comunes, la comodidad de
hablar con alguien que no es autoridad chilena o argentina, deben volver a sus camarotes.
Alguno garrapatea el número de teléfono de su esposa. («Dígale que aumenté dos kilos,
que ando con ropa de abrigo.») Otro, que había desaparecido un rato antes, me entrega
furti­vamente una carta para la familia (está prohibida la correspondencia sin censura chi­
lena). Kelly (el Kelly de la Alianza) me detiene un momento en la puerta y me dice: «Escri­
ba en su diario que mando mis cariños a mi esposa y a mis nenes. No le doy la dirección
porque no sé dónde están, pero ellos lo van a leer. No se olvide».
222 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

Con Fidel, en la Sierra Maestra1


Diario La Mañana, 14, 18–iii–1958

El profesor Enrique Rodríguez Fabregat, con su sonrisa mefistofélica, me dijo en su ofi­


cina de Nueva York: «¿Así que usted quiere entrevistar a Fidel Castro?». Entonces me
dio una tarjeta para un amigo opositor en La Habana, que me arreglaría todo. Cuando
llegué a La Habana, el amigo opositor había huido del país. El embajador uruguayo
Julio Casas Araújo, al confiarle la idea, se levantó a cerrar las puertas de la sala (por­
que en la Cuba de 1958 el mayor­domo de una embajada era, con seguridad, confidente
de la policía) y me contó historias macabras del terror policial. «Vuélvase —me acon­
sejó  —. Usted ya ha cumplido viniendo hasta La Habana. Yo atestiguaré que hizo lo
posible.» Casas Araújo, que era un entrañable caballero, minuano, compañero de Juan
José Morosoli, escritor y hombre de paz, había visto ya demasiadas muertes, demasiada
sangre y alber­gaba asilados que podían contar historias aun más macabras sobre la
represión de la dictadura batistiana. Yo no tenía esa experiencia, podía considerar to­
davía el asunto como un horror teórico y me quedé. Después, usando la testarudez y la
pa­cien­cia como únicas virtudes, conseguí llegar hasta la guerrilla de la Sierra Maestra.

Quién gobierna en Cuba

A lo largo de la costa de La Habana, desde el monumento conmemorativo de la voladura


del acorazado Maine hasta el famoso cabaret Tropicana, se suceden hoteles para turis­
tas millonarios. Exilados políticos como Jorge Antonio, petroleros de Texas, estrellas de
Hollywood y gangsters retirados, colman todas las noches los casinos y los dinner rooms
donde actúan celebridades artísticas mundiales. Frente a los rascacielos de Radiocentro
docenas de adolescentes esperan para ver a sus ídolos de la televisión; en el exclusivo
Tennis Club del Vedado, sirvientes con librea abren las portezuelas de los Cadillacs a
los ricos habaneros que van a disfrutar del póquer después de la cena. Pero todas las no­
ches, también, los turistas, las admiradoras de Lucho Gatica y los nuevos ricos tienden un
momento el oído para escuchar por encima del estrépito del casino, de la melodía o del

1. Incluyo aquí dos reportajes a Fidel Castro, por razones bien precisas. El primero, de febrero de
1958, describe (creo que por primera vez en América Latina, por primera vez en español) la lucha
del Movimiento 26 de Julio. Muy pocos sabían entonces quiénes eran los que ahora son héroes de
una época: Fidel, Guevara, Cienfuegos. El segundo, de julio de 1961, propone una Revolución en el
poder, ejerciendo el gobierno, victo­riosa en Playa Girón. Creo que puede ser ilustrativo para el lec-
tor comparar los tímidos programas de 1957, la nebulosa y sin embargo correcta intuición del Fidel
guerrillero, las reticencias y el lastre burgués de esos tiempos, con la realidad y la solidez del régimen
socialista de 1961; el incipiente pensamiento político de Fidel (que en 1958 buscaba su camino ideo-
lógico pero poseía ya sus objetivos de cambio) con la impresionante personalidad de 1961 y la madu-
ración del estadista revolucionario.
Con Fidel, en la Sierra Maestra 223

rumor de las fichas, las sordas explosiones de las bombas que el sabotaje de la resistencia
hace explotar en toda la ciudad.
En la más seria crisis de autoridad que haya experimentado nunca el país, el gobierno
del dictador Fulgencio Batista parece impotente para mantener el orden público de un ex­
tremo a otro de la isla; desde Oriente, donde los escasos mil rebeldes de Fidel Castro ejer­
cen su ley sobre 5600 kilómetros cuadrados de territorio y se baten sin mengua contra un
ejército moderno de veinte mil soldados (mientras Santiago cierra sus casas al caer el sol
para no ver los asesinatos en plena calle), pasando por las pequeñas ciudades hirvientes
de aten­tados y ocupadas militarmente por el gobierno como territorio enemigo, hasta los
otros dos frentes revolucionarios de la Sierra del Escambray y de Cubitas, en las provin­
cias de Las Villas y Camagüey, y las bombas y tiroteos de La Habana.
Observadores imparciales y hasta los expertos del Departamento de Estado —­que
presionó a Batista el año pasado para que restableciera las garantías constitucionales­—
creen que la situación es cada vez más favorable para la revo­lución que el abogado de 32
años Fidel Castro Ruz inició el 26 de julio de 1953, cuando con sólo sesenta partidarios
asaltó el cuartel Moncada, base militar de Oriente. Esa primera tentativa fue aniquilada:
Castro y los pocos sobre­vivien­tes recibieron condenas de presidio (hasta su liberación por
una amnistía en 1955), pero el episodio dio su nombre al Movimiento y transformó a su
jefe en figura nacional.
En diciembre de 1956, con 82 hombres provistos de inadecuados fusiles belgas con mi­
rilla telescópica, algunas ametralladoras y llevando como médico de la expedición a Er­
nesto Guevara, un especialista en alergia nacido en Rosario de Santa Fe, Castro dejó el
exilio mexicano y encalló su yate Granma (comprado con dinero de Prío Socarrás) en una
pantanosa playa de Oriente. Cumplía así su prometida invasión de Cuba (la había anun­
ciado un mes antes, diciendo: «En 1956 seré héroe o mártir»). Durante varias semanas la
suerte de Castro osciló entre esas dos posibilidades; al desembarcar, los expedicionarios
fueron diez­mados por la aviación militar o dispersos por el acoso de las tropas guber­
nistas. Fidel Castro, con once sobrevivientes y un guía, se internó en la Sierra Maestra sin
provisiones y cercado por miles de soldados.
En ese momento Fulgencio Batista declaró que la intentona de Castro era asunto ter­
minado; su ministro de Guerra anunció oficialmente la muerte del rebelde. Pero el 20 de
febrero pasado, cuando encontré a Fidel Castro en su cuartel general de la Sierra Maestra,
su salud era inmejorable, su aguerrida tropa, médicos, abogados y maestros adscriptos
a ella ejercen autoridad en miles de kilómetros cuadrados, el Movimiento 26 de Julio es,
desde la clandestinidad, la fuerza política más poderosa del país y sus escuadras de acción
desaf ían casi diariamente en las ciudades al aparato represivo de Batista. En poco más
de un año, los doce sobrevivientes del Granma, con sus fusiles belgas de franco­tira­dores,
han cambiado la fisonomía de una nación de seis millones de habitantes y hacen tamba­
lear una dictadura que, desaparecido el régimen de Pérez Jiménez, es la más fuertemente
armada de América Latina.
224 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes

¿Qué factores transformaron a un joven y oscuro abogado en jefe que algunos sólo
aceptan comparar con Martí, el héroe civil, o con Antonio Maceo, el héroe militar de
Cuba? ¿Cómo un movimiento revolucionario que aún no posee un programa definido y
se dirige por jóvenes cuya edad promedial es de treinta años y la mayoría de los cuales no
había actuado antes en política, ha logrado la admiración y el apoyo oculto de todo el pue­
blo? La respuesta a esas interrogantes está en un vistazo a lo que ha llegado a ser Cuba en
manos de los políticos profesionales. Tanto los provenientes de la idealista generación que
volteó al dictador Gerardo Machado (Carlos Prío, transformado en uno de los más escan­
dalosos ejemplos de corrupción administrativa, o el senador Rolando Masferrer, ahora
incondi­cional de Batista y jefe de los odiados Tigres de Masferrer, un ejér­cito de asesinos
a sueldo), como el expresidente Grau, con su personalismo obsti­nado y senil, u opositores
ambiciosos como Carlos Márquez Sterling. Los dos últimos, además, decorando con sus
candidaturas las próximas elecciones de junio, para las cuales Batista ya ha designado su
sucesor en el primer ministro Andrés Rivero Aguero.
De arriba a abajo, la estructura de gobierno de Cuba aparece gravemente enferma.
A similitud de la Venezuela de Pérez Jiménez, la causa principal no es económica. Aun
acendrados opositores como el economista Rufo López Fresquet —­exdelegado cubano en
el gatt­— admiten que el ingreso de la producción agrícola es floreciente. «La situación
es próspera —­me dijo López Fresquet en su bufete del barrio bancario de La Habana­—
porque el sistema con que funciona la zafra azucarera y los mecanismos de importación
perma­necieron intocados en los últimos años. Ni lo malo ni lo bueno del sistema puede
adju­dicarse a este gobierno.»
Los organismos económicos oficiales procuran industrializar el país por medio de los
llamados «créditos paraestatales», en los que el Estado contribuye con amplios présta­
mos al establecimiento de plantas. Entre esas obras se encuen­tran la primera central hi­
droeléctrica cubana, en Hanabanilla, con una futura producción anual de ochenta me­
gavatios, fábricas de cemento (3 millones estatales en 7), la exploración petrolífera (10
millones en 68) y el aprovechamiento de subproductos del bagazo de caña (23 millones
en 43). Com­par­tiendo audazmente la tesis que prescribe la obra pública como solución al
desempleo, Batista está terminando los modernísimos edificios del Centro Cívico —sede
del Poder Judicial, minis­terios, un teatro, estación terminal de ómnibus— que rodean al
monumento a Martí, un faro obelisco que podrá divisarse desde ambas costas de la Isla.
Al mismo tiempo, en e