El Sentido Mágico de La Palabra
El Sentido Mágico de La Palabra
Textos escogidos
ISBN 978–9974–581–42–5
Hecho el depósito que indica la ley.
Edición y producción:
Ariel Collazo
Impresión y encuadernación:
Mastergraf
Gral. Pagola 1823
Montevideo
Un día se acercó el Negro a aquel cuartito del semanario donde ribeteábamos de garabatos
las galeradas que iban componiendo en trocitos el puzzle de cada edición. Y me entregó
con pocas explicaciones un libro muy personal, desconocido para mí, Sentido mágico de
la palabra, de Ángel Rosenblat, una maravilla de erudición y amor por el lenguaje. No
pude dilucidar si era despojamiento para legarme un poco de su compañía, o para fer
tilizar alguna semilla de lenguaje, o para arrojar puramente algo de luz sobre una pobre
cabeza presa de los signos (¡cómo van a escribir «sicología»!, ¿o se trata del estudio de los
higos?), pero estimo que se trataba, también, de un poco de todo eso.
Rosenblat derrama en ese texto sugestivas ideas sobre la palabra creadora, y creo que
vienen a cuento. La magia de lo existente consigue el hombre expresarla con palabras y la
potencia mágica, poética, de la palabra dicha es inapelable; la palabra es instrumento de
una voluntad, es religiosa. Cuando la palabra devino signo de un pensamiento, particu
larmente la palabra escrita, se secularizó y el sentido mágico se escindió del profano, que
pierde autoridad. Y desde entonces, la palabra pensada desmenuza, critica, apaga la vida y
la palabra poética la restaura, recupera la creación del mundo, le da fuerza vital.
Ariel Collazo
Índice de contenidos
Presentación............................................................................................................................................................................ 5
Incluido afuera.................................................................................................................................................................. 63
Soneto......................................................................................................................................................................................... . 431
Carlos María Gutiérrez: un escritor1
por Graciela Mántaras
Nueve libros, pertenecientes a cuatro géneros literarios, parecen una buena ocasión para
revisar la carrera de un escritor. De esos nueve conozco seis, y no he podido leer, como
casi nadie acá en Uruguay, ni Perón ni El experimento dominicano. El primero, originado
en una extensísima entrevista realizada a Perón en España, sufrió una censura agravada
por el secuestro de la edición, su quema y el incendio de la librería porteña que lo exhibía,
en 1974.
Hay un décimo, una extensa y completa biograf ía de Guevara que permanece inédito;
de él se conoce un resumen publicado por Centro Editor de América Latina.
El periodista
Carlos María Gutiérrez, nacido en 1926, inició en 1950 sus tareas como periodista, carica
turista político, humorista y crítico cinematográfico. No debe haber redacción de diario,
revista o semanario uruguayo por la que no haya pasado —y no me refiero a las ahora
tan escasas: pienso en la plétora de publicaciones periódicas que este país conoció en las
décadas del 50 y del 60—. El exilio multiplicó esta circunstancia y le abrió la prensa en
Buenos Aires, La Habana, Estocolmo, Madrid, París. Pero no sólo escribiendo hizo Gu
tiérrez periodismo: organizó agencias noticiosas, como Prensa Latina, a la que fundó en
1. Nota del editor: A modo de nota biográfica y crítica para esta edición, incluimos este texto de Graciela Mán
taras Loedel, crítica literaria, docente de literatura y ensayista de extensa obra, quien compartió, por otra parte,
ocasionalmente, salas de redacción en distintos medios con Gutiérrez. Fue publicado en la revista Avanzada
del Pueblo, en agosto de 1991.
12 Carlos María Gutiérrez: un escritor
1959 junto a Ricardo Masetti.2 Y en todas esas tareas ejerció una docencia impar. No debe
haber periodista en este país que en alguna medida no sea su discípulo.3
Resulta plenamente compartible la afirmación de Ángel Rama: «Elevó el periodismo a
nivel de creación literaria». Los niveles de la escritura periodística han descendido tanto,
especialmente entre nosotros, que tendemos a olvidar el origen periodístico de la pro
sa de Martí, de buena parte de la de Rodó o Rubén Darío o González Prada; y antes, de
Juan Bautista Alberti, Sarmiento, Andrés Lamas; y después, de Zum Felde, Quijano, Ángel
Rama, Benedetti, Rodríguez Monegal. Es a esta familia a la que pertenece cmg.
¿Cuáles son los rasgos centrales de su periodismo? Conocimiento lo más serio y
exhaustivo posible del asunto de que se trata; preocupación por el país, por la Patria Gran
de Latinoamericana, por la patria común de los humillados y ofendidos del mundo todo;
independencia para el análisis; agudo sentido crítico; lucidez e inteligencia; un fondo re
colecto de amor y de ternura que sólo se muestra a contrapelo, muy a menudo por el ses
go del humor; claridad casi didáctica de la exposición; composición precisa y sabia de los
materiales; lenguaje siempre exacto; gran cultura general; mucho coraje personal y cívico.
Los grandes artículos que todos recordamos de él lo muestran; pero habría que reco
pilar algunos de sus artículos «menores» para comprobar que no he puesto mal las co
millas y que, en lugar de menores, habría que llamarlos circunstanciales. Recuerdo ahora
una lejana nota de Marcha, de fines de los años 60 o inicio de los 70, en que a propósito de
una merma algo prolongada en el suministro de agua a Montevideo, Gutiérrez escribió,
bajo el nada seductor título de «Informe sobre el agua», un texto que tenía el apasionante
interés de un cuento policial.
Su periodismo, además, encuentra siempre al hombre total —y al hombre secreto o es
condido— debajo del personaje público; sorprende el detalle de un gesto, una mirada, un
elemento del arreglo personal y lo transforma por un lado, en puente de acceso a intimi
dades y, al respecto, en dos notas en ausencia: «El día que enterraron a Hemingway» y «El
aplazamiento». La primera es un reportaje a Hemingway ya muerto, realizado a través de
su casa de Cuba, el yate Pilar, y tres seres muy cercanos al escritor: Gregorio, el patrón
del Pilar; Juan Torres, dueño del astillero cercano, y René, «ayuda de cámara, jardinero,
ecónomo y compañero de caminatas de Hemingway». La segunda es el relato de una en
trevista frustrada a Jean–Paul Sartre. Además de encontrar la intimidad de las personas,
encuentra las grandes líneas de los movimientos históricos y los procesos sociales. Pongo
como ejemplo los artículos sobre China, Cuba o Bolivia.
2. Masetti es figura interesante y personaje importante de los años sesenta. Autor del libro Los que
luchan y los que lloran, cofundador de [la agencia de noticias] Prensa Latina, organizador de una gue-
rrilla en el interior argentino a la que dirigió con el nombre de Comandante Segundo, reservaba a
Guevara el título de Comandante Primero.
3. Recuerdo haber hablado de esto con Daniel Waksman en Madrid, en 1977, especialmente a pro-
pósito de la camada joven llegada a Marcha en los 60, que ambos habíamos integrado. A Waksman
le llamó la atención que el magisterio de Gutiérrez también me hubiera alcanzado, en vista de que yo
nunca había hecho propiamente periodismo, sino sólo crítica literaria; pero una vez que lo conversa-
mos advirtió que un periodista de la talla de cmg irradia influencias más allá de su ámbito propio.
El humorista 13
El humorista
El poeta
Si por las fechas y características de su labor periodística cmg pertenece a la Generación
del 45, su obra narrativa empieza a conocerse en la década del 60, y su poesía recién en
1971.
14 Carlos María Gutiérrez: un escritor
4. Obtuvo el Premio de Poesía de Casa de las Américas en 1970. El jurado estaba integrado por: Ernes-
to Cardenal, Roque Dalton, Washington Delgado, Margaret Randall y Cintio Vitier.
5. Recuérdese que cmg y Daniel Waksman fueron los primeros exiliados políticos que tuvimos, en la
predictadura de Pacheco Areco. Encarcelados en aplicación de las Medidas Prontas de Seguridad, de-
bieron acogerse a la opción constitucional de abandonar el país.
El narrador 15
lo accesorio y adventicio y en el hueso limpio del alma le dejaron lo esencial. Los escrito
res bíblicos y los trágicos griegos expusieron largamente la idea de la purificación por el
sufrimiento, de que el dolor mejora las almas. El Uruguay de los últimos veinticinco años
funcionó como un vasto laboratorio para hacer esa prueba. Creo que los resultados de la
experiencia indican que el sufrimiento sólo mejora a los previamente buenos y valiosos: a
los Sendic, los Rosencof, los Gutiérrez. A los otros los arruina. Porque el trabajo sobre la
propia alma es un trabajo personal resultado de una elección, porque lo decisivo —como
advertía Sartre— no es tanto qué cosas nos pasan sino qué hacemos con las cosas que nos
pasan. Lo que decidamos hacer depende de la buena madera previa. Es la carga de sabi
duría, de amor, de coraje lo que hace de Incluido afuera un libro mayor.
El narrador
Sus cuentos aparecieron en suplementos, revistas y antologías varias; recién ahora llegan
al libro unitario en Los ejércitos inciertos.... El libro está compuesto por nueve relatos y seis
textos tipo estampa, de prosa poética, titulados «Exilios», que abren y cierran el volumen
y se intercalan en los lugares 5, 7, 10 y 12. Estos «Exilios» marcan, desde su inflexión poé
tica, la variedad en la unidad que caracteriza al libro. Variado por los diversos escenarios
que impuso el destierro y los diferentes tiempos que implica una opresión, del militante
amor por la gente y por una escritura cuyo estilo es ya reconocible, aunque no es el mismo
del periodismo.
«La noche de la cocina», «Hermanos argentinos» y «El Espíritu Santo sobre el Retiro»
ocurren en Buenos Aires; «El ascensor», «Snapshots» y «Asociación para delinquir», en
Montevideo; «Un puesto de comidas cerca del hotel», en La Habana; «Los ejércitos incier
tos» en Londres, Hamburgo, París, Helsingor y Montevideo; «El viaje al origen», en La
Habana, Madrid y Montevideo.
El tiempo abarcado por los relatos cubre unas cuatro décadas. Muy a menudo un mis
mo relato se abre a distintos tiempos para encontrar génesis y derivaciones de su asunto
central. Esta alternancia está muy sabiamente manejada por el autor.6
6. ¿Se me permite una confesión de orgullo personal? En 1968, la Editorial Sandino publicó el volumen
7 escritores de hoy, 7 pintores de hoy en el cual aparecía el cuento «Telefoto exclusiva», cuyo asunto era
el asesinato de Arbelio Ramírez en ocasión de la visita de Che Guevara a Montevideo. Me tocó rese-
ñar ese libro para el nº 2–3 de la revista Prólogo y explicitar mis reparos a un texto del que, en el resu-
men, afirmaba: «Creo que se beneficiaría con algunos cortes y algún rearmado estructural». Recuerdo
que esa reseña me costó mucho, porque yo consideraba un maestro a Gutiérrez y para esa fecha recién
hacía cuatro años que había comenzado a ejercitar la crítica. Me consta que, por lo mismo, yo lo había
estudiado a fondo y estaba segura de lo que decía. Que ahora el Maestro edite “Snapshots” con mu-
chas podas y un completo rearmado estructural, me llena de orgullo muy legítimo y me reconfirma en
una convicción que él me devuelve en un nuevo magisterio: esa lección enseña que los de verdad bue-
nos aprenden también de sus discípulos.
16 Carlos María Gutiérrez: un escritor
Eduardo Galeano dice en su prólogo que «La noche de la cocina» es «uno de los pocos
relatos perfectos que he leído en la vida», juicio que puede perfectamente suscribirse; es
una de las escasas maravillas de tres páginas que, de vez en cuando, puede exhibir una rica
literatura. Y era necesarísimo leerlo porque, habiéndoselo oído decir a Dahd Sfeir (quien
también cantó estupendamente el poema «Montevideo»), se estaba en riesgo de atribuir
la mayoría de sus virtudes a la interpretación.
En la lista de excelencias del volumen, todo él de muy alta calidad, yo agregaría «Via
je al origen», «Los ejércitos inciertos», «El ascensor», «Hermanos argentinos» y los seis
«Exilios».
Narrativa realista, pero como la más alta del realismo, cargada de sugerencias y hon
duras; literatura testimonial, pero que permanece mucho más allá del agotamiento de la
situación testimoniada; literatura comprometida, como siempre ha sido la mejor literatu
ra: comprometida con lo mejor del hombre. He aquí la nueva lección del Maestro.
De chiquilín quise jugar al fútbol como Julio César Abaddie, aunque él era de Peñarol y
yo era un patadura.
Cuando ya estaba dejando de ser chiquilín, quise escribir como Carlos María Gu
tiérrez. Leyendo sus crónicas, yo sentía que las palabras fluían solas, como la pelota de
Abaddie rodaba por su propia cuenta, veloz, imparable, al borde de la blanca frontera de
la cancha. Eso me daba admiración y envidia. Yo me pasaba las horas peleando cada coma
y cada palabra, y el resultado final de la inútil batalla era, a lo sumo, digno de una buena
papelera.
Después, el maestro fue mi amigo. Un puercoespín entrañable. Y un día me confesó
que escribir era, para él, una cosa que costaba un triunfo y pagaba un fracaso. Yo sentí algo
así como un consuelo, pero no me curó de la admiración ni de la envidia.
Y han pasado los años y sigo sin curarme, porque sé que por mucho que yo insista
peleando a brazo partido, jamás podré escribir nada como «La noche de la cocina», pon
gamos por caso, que es uno de los pocos relatos perfectos que he leído en la vida.
Eduardo Galeano
18 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
Exilio
En 1960, la explotación de braceros ilegales en las plantaciones cañeras del Norte excede
la antigua resignación agraria y las denuncias llegan a la capital. El periodista va a ver. En
la pequeña población de frontera duerme tres noches, alojado en una pensión meneste
rosa pero limpia. Su pieza tiene una ventana enrejada hacia la calle de tierra y ninguna
puerta. Se entra a través de un cuarto de baño compartido con el vecino. Cuando el otro
lo ocupa, el periodista queda tapiado. Los datos del tráfico de brasileros y las visitas a las
aripucas miserables construidas entre los surcos, para hablar con los cortadores reticen
tes, agotan con monotonía la jornada. Por la noche sólo hay la módica diversión de una
cerveza solitaria, un prostíbulo confuso con discos de Magaldi rayados o la alternativa de
irse temprano a dormir.
Una madrugada despierta a la luz desolada de la ventana sin cortinas y desconoce
dónde está, qué son esas paredes azulosas pintadas a la cal, el techo de zinc con su lam
parilla sórdida, la mesa de pino, el catre de hierro que rechina y la palangana descascarada
en su soporte. Le parece que esa falta de memoria y esa habitación triste e indescifrable
son la muerte, o al menos su condena. Espantado, decreta que sigue dormido y que debe
despertar de ese sueño.
Diez años después una dictadura destierra al periodista. Otra noche, en una pensión ex
tranjera, relee, en uno de sus pocos libros, la página olvidada donde Jorge Luis Borges
había aludido en 1932 a un desconsuelo parecido y a un sueño propio: «Soñé que salía
de otro —populoso de cataclismos y tumultuoso— y que me despertaba en una pieza
irreconocible. Clareaba: una desteñida luz general definía el pie de la cama de hierro, la
silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde
estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo
creció en mí. Pensé: esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras,
temblando».
La noche de la cocina
A Augusto Bonardo
Poné que el mejor tango que hicimos juntos no lo escribí yo, ni él tampoco.
La última madrugada me llamó a las tres, desde el sanatorio. Le habían colocado un
teléfono en el cuarto, porque en esos días ya lo dejaban que se sacara todos los gustos.
«Gordo», me dijo y se me fue todo el sueño y me senté en la cama con los pies colgando.
Yo había dejado de pensarlo con un teléfono a mano y tampoco me lo imaginaba en el
auto, ni sentado en el café con Pepe, Barquina y la Nena, esperándome para la generala,
o entrando en casa con las botellas de chianti, mientras gritaba que no sancocharan los
ravioles, bárbaros y nos llenaba esta misma cocina de barullo, probando las letras nuevas
con voz de tenorino y destapando cacerolas.
Me dijo «Gordo» así, como triste. Le pedí que esperase y me vine aquí con el teléfono,
para no despertar a la Nena, aunque ella duerme pesado y ni sueña. «¿Dónde estás?» le
pregunté, creo, o «¿De dónde llamás?». Imaginate qué gil estaba yo esa madrugada, des
pués de tres horas de trabajo en la milonga y dos de copas con los otros giles. Me descono
ció: «¿Sos vos, Gordo?». «Y claro, zanahoria» le dije, porque quién iba a ser a esa altura de
la matina. Pero le metí todo el cariño en el «zanahoria». Entonces me explicó que estaba
pasando la noche en blanco, sin dolores y piola–piola, lástima que la enfermera era una
vieja vinagre y no quería traerle lápiz y papel, ni dejarle la luz encendida, por los regla
mentos. De todos modos, me dijo, había armado de memoria, sin monstruo, la letra del
mejor tango que hemos hecho, Gordo, del mejor que haremos hasta que estemos todos
muertos.
Sentí frío en esta cocina, toda blanca, otro sanatorio. Seguí callado. «Gordo», se asustó
él, un poco. «Decímela», le mastiqué bajito y empezó a recitarla por el teléfono, a las tres
de la mañana, igual de bajito. «Es por si oye la vinagre», aclaró antes, pero él sabía también
que era por su vergüenza de inventar tanta hermosura y tanta pena, como siempre.
Al quinto verso yo tiritaba y lo frené. Que aguardara un minuto, mientras yo iba a
buscar un abrigo. Pero al salir ya me había olvidado y traje el fueye, solamente. «Dale»,
le avisé, con el tubo apretado entre la oreja y el hombro, sentado en ese taburete blanco
donde vos estás ahora, buscándole el tono y meta talón y talón, como si estuviera en la
milonga, cuando llega mi solo y dicen, no sé, que bramo o que me río para adentro con
los ojos cerrados.
A veces se le cortaba la voz y tosía mucho, pero no me negó ninguna repetida de un
verso. Yo gatillaba notas bajas por la izquierda si el frío venía bravo y cuando a él se le que
braba la garganta mandaba un picado brillante para aguantarlo, pero qué iba a poder yo
en esta cocina o morgue, si del otro lado estaba la muerte canturreando su propio tango.
20 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
Hermanos argentinos
A medianoche, en su hotel, el exiliado se cepilla los dientes vestido con el viejo piyama de
Montevideo, los dos automóviles contornean el Obelisco y el Angosto reacomoda su pis
tola Star en el cinturón desbordado por la gordura. El exiliado se enjuaga la boca, va hacia
la cama con el libro comprado esa tarde y el Puma mira la hora en el Seiko digital que le
sacó a un desaparecido, da un codazo al Tejerita titubeante para que se coma la luz roja
en Esmeralda y Corrientes, bosteza porque lleva dos noches de guardia. El exiliado abre
Hermanos argentinos 21
el libro, pero permanece unos instantes mirando al techo, con la cabeza en la almohada
confortable. En el asiento trasero del primer auto, junto al Angosto maloliente a sudor
(pero sin rozarlo) el Mayor uruguayo, de civil, viene rubio y altanero, bien peinado y en
silencio. Como si los argentinos fuéramos basura, rumia el Angosto mirándolo de reojo y
con los pies sobre la caja de las granadas. El Puma, adelante, chupa un charutito brasilero
medio apagado y en su hotel el exiliado tiene sueño, se deja invadir por la paz modesta del
fin de jornada, quiere olvidarse sólo hasta mañana de toda la pobre gente que ha venido
a verlo o lo ha encontrado en cafés de Flores o del Bajo: unos pesos para pagar la pensión
senador, senador queremos que identifique los cuerpos y así los entregan, senador no me
reciben en el albergue, gracias senador y viva Batlle. El sueño flota cerca de sus ojos, pero
se propone leer por lo menos el primer capítulo de Garaudy: «Nuestra sociedad está en
trance de desintegración./Es necesario en ella una transformación fundamental,/la cual
no puede llevarse a cabo según métodos tra–/dicionales». El Mayor dice que ahí y el Te
jerita tuerce el Falcon para pasar a una camioneta de reparto, acelera ruidosamente y se le
atraviesa, atraca con las ruedas delanteras sobre la vereda del hotel. La camioneta patina
y el tucumano va a insultar, pero identifica a tiempo el automóvil terrible y sin matrículas,
mira cómo se abren las cuatro puertas al mismo tiempo, ve a los hombres (tres con pis
tolas en la mano, el rubio con la Uzi colgando del hombro caño hacia abajo) y a la gente
que se repliega atropelladamente para que pasen, oye a los hombres que gritan ¡adentro!
¡adentro! y cómo se rompen los cristales y entonces acelera, se va de ahí, segunda, tercera,
tengo hijos. Cristo. El Tejerita (siempre lerdo para cuando hay barullo, piensa el Angosto)
espera al segundo auto con el cabo del chupadero y los otros tres uruguayos, que también
se sube a la vereda. Desde el edificio de la Telefónica, en una esquina de enfrente, los po
licías de la custodia miran la escena a la sombra de las columnas. Arriba, en el tercer piso,
el exiliado abre la ventana. Alarmado aliviado tranquilo, reconoce los Falcon, tan demora
dos pero al fin tan puntuales, por qué iba a salvarme yo precisamente, por qué yo entre to
dos, pero ya la puerta que se astilla a patadas y el Puma pálido y maldormido parado en la
puerta del dormitorio, la cadena de oro con crucifijo entre la camisa de seda verde abierta
sobre la barriga velluda, la melena negrísima y cortada a navaja que le tapa las orejas, los
ojos grises que parecen muertos, la vocecita de boxeador: qué te habías creído, comunista
hijo de puta, para venir a este país a jodernos, y ya la pistola hundida dolorosamente bajo
el mentón, ya otro que le hace una llave y está dándole rodillazos en los riñones. Desde
el umbral, sin haber descolgado su arma, el Mayor dice déjenlo que se ponga los zapatos
y un abrigo, porque va a tener mucho frío, pero alguien también soñoliento, que todavía
no entiende nada, lo toca de atrás y el Mayor gira rapidísimo rastrillando la Uzi, animal
feroz y bien entrenado, con la flexión aprendida en las antiguas maniobras contrainsur
gentes de Fort Gulick y encañona al muchachito recién salido de su cuarto en el corredor.
Es el hijo, avisa uno y el Puma empuja al padre (ya trabado por las esposas, que el Angosto
recibe golpeándolo con la Star empuñada) y pone al muchachito su propia pistola sin se
guro en el pescuezo, sentate en ese sillón y ni respirés, ni respirés guacho de mierda. No
22 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
Oía la voz de su madre al otro lado del patio, discutiendo con el panadero o alguien. Los
canarios esparcían su contrapunto y el sol entraba por las celosías hasta llegar a los zapa
tos nuevos, que él rozaba perezosamente con la punta de los dedos, boca abajo en la cama,
mientras iba tomando conciencia de la mañana de domingo. En la plaza las campanas de
la iglesia tañeron con limpidez, llamando a misa. La vibración familiar aseguró a su moli
cie adolescente las imágenes que ilustrarían la felicidad previsible de las próximas horas:
el patio doméstico con las baldosas rojas recién lavadas, el follaje de verdes luminosos que
la parra extendía hasta su puerta, la camisa olorosa a plancha caliente, la taza de café en
la cocina, la reunión con los demás en el atrio de la iglesia para ver la salida de las mucha
chas. Se dio vuelta con lentitud, prolongando la fruición de su despertar en la casa pater
na de Salto y abrió los ojos en la pieza 9 de la pensión bonaerense, tercer piso encima del
cabaret El Indio, veinte años más tarde.
El sereno desplegaba las ventanas del corredor a las siete, para ventilarlo de los malos
olores nocturnos y el humo rancio del tabaco. Entonces ya no valía la pena recobrar el
sueño, porque la frazada mugrienta y quemada de cigarrillos era inútil contra el frío de
agosto que venía de las dársenas.
Tanteó sobre la mesa de luz, pero sólo encontró el paquete vacío de los Winston que
había tomado la noche anterior del bolso de la norteamericana, en El Indio. La mano
exploradora chocó con la botella de grapa uruguaya, también vacía, que se rompió en el
suelo. Desde la pieza 8, el paraguayo rengo que había peleado en la guerra del Chaco gol
peó la pared, iracundo.
El ruido terminó de despertarlo. Echó hacia los pies la frazada y se sentó al borde de la
cama, con la vieja sensación de terror en la garganta. La metralleta volvió a encasquillar
se, la camioneta iba alejándose otra vez y él la miraba, incapaz de alcanzarla, solo bajo las
luces de sodio en la avenida húmeda y desolada, con el balazo en el cuello y ya de rodillas,
mientras los soldados se arrojaban del jeep en marcha y el primer puntapié lo alcanzaba
de nuevo en la sien, como todas las mañanas.
Inició el movimiento de consultar el reloj perdido en el penal, se acordó a tiempo y
ni siquiera miró su muñeca desguarnecida. Una campana doblaba ronca y triste, de otra
iglesia. Tal vez si cerraba los ojos, si metía la cabeza bajo la almohada y soportaba su olor
a vómito del inquilino anterior, si antes hubiera podido aguantar el mismo olor en la ca
pucha y el agua nauseabunda del tanque sin hipar las direcciones y los nombres. Pero ya
el paraguayo circulaba por su cuarto haciendo ruido con los muebles, escupiendo en el
inodoro con profundos esgarres. Por los vidrios pequeños y sucios entró de a poco la luz
grisácea del invierno. Hacia el río resonó la sirena de un remolcador invisible y desde la
Boca vinieron los pitos de los astilleros. Imaginó los pavimentos encharcados donde se
24 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
presentían cloacas desconocidas, las aceras que vibraban sordamente al pasar el Subte y
exhalaban el soplo tibio y fétido de diez metros más abajo.
Sólo un cigarrillo le quitaba el gusto a caramelo ordinario de la noche. Se enderezó,
acostumbrándose a la corriente de aire que llegaba de la ventana rota. Las baldosas esta
ban heladas y sintió su pringue en los pies descalzos, mientras esquivaba los vidrios rotos,
pero encontró la colilla donde la había pensado, sobre el soporte del papel higiénico. La
encendió y se sentó a fumar en la tabla del inodoro. Del otro lado, el paraguayo hizo fun
cionar la cisterna y el gorgotear del agua fue el comienzo oficial de la mañana.
Hasta julio, el sol pálido que subía sobre la estación Retiro doraba un rato, antes de
desaparecer entre viejos edificios, los muros ciegos cubiertos de hollín y las antenas de
televisión. A esa hora, cuando se asomaba a la ventana en calzoncillos para recibir algo
de calor, la paloma astrosa aparecía desde la parte encapotada del cielo y volaba con un
aleteo torpe hacia el alféizar. Él levantaba un poco la ventana de guillotina, que se atraca
ba en el marco deformado por capas innumerables de pintura verdosa, para desmigajar
restos de pan, que la paloma tragaba con picotazos monótonos. A veces, mientras el bicho
comía encrespando las plumas manchadas con la misma roña amarillenta de los edificios,
él intentaba pasarle suavemente un dedo por la cabeza o seguir con el dorso de la mano la
curva de las alas. Pero apenas iba a ser tocada, ella elevaba el pico en actitud alerta y esca
paba, con otro aleteo, hasta la cornisa de enfrente. Desde allí lo miraba con un ojo vítreo
y rojizo, hasta que él se retiraba al interior del cuarto, conformándose con observarla a
distancia. Entonces la paloma volvía a la ventana para terminar su comida y se remontaba
después hacia el gigantesco aviso luminoso de un vino extranjero.
La colilla llegó al filtro de sabor químico. La tiró y fue hasta el lavabo rajado. El agua
salía tibia como siempre con espasmódicas bocanadas hirvientes. Entre el vapor, estudió
en el espejo, con minucioso desprecio, el rostro hinchado por la vigilia, la sombra de la
barba, el cabello que comenzaba a retroceder en la frente, la boca algo desfigurada por el
tic que apareció después de la tercera noche de picana. «Te gustaría dramatizar la cosa»,
dijo en voz alta a alguien, «como en un cuento empalagoso sobre el podrido exilio del ex
seminarista, el silencio hostil de Dios, el Purgatorio y toda la mierda que sigue». Se acercó
a la cara empañada, para ver mejor en los ojos que lo miraban. «Son lo último que se em
putece», dijo todavía. Buscó en el fondo de los ojos y tampoco pudo entender nada esta
vez, que era la última. En la pieza 8 el paraguayo hizo correr el agua del inodoro.
Exilio 25
Exilio
En la casa situada en las afueras de una ciudad, el viento bate los árboles del parque. En el
dormitorio, un hombre en su segunda noche de viudez, los ojos fijos en el techo, intenta
dormirse y borrar la desacostumbrada soledad. Por la ventana abierta escucha, ya en el
entresueño, el murmullo poderoso del follaje.
Afuera, una hoja muerta asciende entre las ráfagas y vuela en torno a la casa sin luces.
El hombre se adormece, finalmente, vencido por el recuerdo. La hoja entra por la venta
na y va a posarse sobre la almohada. Sin saberlo, el hombre sueña que no está solo. En la
almohada humedecida, la hoja muerta vela esa breve felicidad, esa impostura de la noche.
El ascensor
A Yenia Dumnova
Es sábado, anochece y el doctor Federico Elordi está solo en la casa. Por la mañana su
socio en el bufete, un contador, le ha dicho que el póquer habitual será esa noche en un
sitio distinto, posiblemente el apartamento de un norteamericano de la Embajada. Pero
todavía no sabe la dirección exacta: la secretaria telefoneará a Elordi. Después han vuelto
a revisar juntos, con minuciosidad, los contratos de exportación que deberán seguir a la
firma del decreto. Casi todos los generales de la Junta ya han sido aplacados o conven
cidos: sólo falta el más encumbrado, que es también el más dif ícil. Por eso vino Gómez
Ansaldo desde Roma.
Antes de salir, esa mañana, el contador ha guiñado un ojo cabalístico: que vaya pre
cavido, porque el famoso embajador Gómez Ansaldo, invitado de honor al póquer, ha
dicho que estará encantado de ver a su viejo condiscípulo Elordi, después de tantos años.
Alicia, siempre callada y con el luto por la madre, se ha ido al chalet de Punta del Este,
a vigilar sus rosas obsesionantes. El almuerzo solitario, en la gran mesa del comedor, fue
estropeado por la prisa de la cocinera y el mucamo en aprovechar su día libre.
La secretaria aún no ha llamado. La casa vacía desasosiega a Elordi, que no soporta
quedarse sin interlocutores y obligado a monologar pensamientos impropios. Una siesta
mal dormida lo ha hecho despertar con frío, indeciso sobre la estratagema de la partida
26 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
súbitamente, que esa desconocida lo odia como nadie lo ha hecho. Pregunta con quién
está hablando, cuál es el apellido del anfitrión. No hay respuesta y sólo oye una respiración
pesada, que aguarda. Un instante después la comunicación se corta del otro lado.
Elordi recorre la sala a grandes pasos, encendiendo todas las luces. El Martín, los de
más cuadros, el ángel salmantino de piedra, lo rodean inmediatamente, de nuevo familia
res. Oliendo en sus manos el agua de colonia alemana, va a la planta alta y se decide por
el blazer. Ya vestido, saca un pañuelo de la cómoda, pero el cajón abierto exhala otra vez
el aroma de María Isabel y, de pronto, parecen posibles otro viaje con ella a Nueva York,
otro invierno. Luego baja a la biblioteca y enciende sólo la lámpara del escritorio amplio.
Aparecen las estanterías abrumadas de libros, los diplomas numerosos en sus marcos
de caoba, las fotograf ías de las Naciones Unidas y la oea. En una mesa baja, junto a las
bebidas en sus botellones de cristal, los diarios y revistas extranjeras llegados esa semana
esperan el hojeo del domingo.
Elordi llena de scotch un pequeño vaso y lo bebe de un trago. Se sirve otro, esta vez
saboreando sin prisa el licor con gusto a humo y a maderas añejas, y deposita el vasito
en un estante. Allí aparta algunos libros y mueve el dial de un coffre–fort empotrado. La
puertecita verde se abre. Elordi cuenta cien billetes de mil dólares y añade otros urugua
yos de alto valor, que son limpios y tersos, sin estrenar, con hermosas filigranas de colores
y una escena histórica dibujada por un maestro grabador de Londres, donde los gauchos
ostentan fisonomías rudas y honradas de irlandeses. Elordi mete el fajo en un sobre, lo
guarda en un bolsillo interior y paladea el resto del scotch, mirando otra vez su fotograf ía
preferida: Adlai Stevenson y Valerian Zorin escuchándolo interesados, los tres en el sector
de la letra u de la Asamblea General, mientras él, con una mano levantada y los anteojos
en la punta de la nariz, algo parecido a Anthony Eden, lee la declaración condenatoria
de Cuba («Los dos están muertos y yo no», piensa.) Ese año había nevado en Manhattan
inesperadamente temprano. Entonces fue con María Isabel a Sachs y cumplió la promesa
del abrigo de visón. Ella le propuso estrenarlo con un paseo por la nieve del Central Park,
como si todavía fuesen novios. Pero era 1962, estaba culminando la crisis de los cohetes
soviéticos y Stevenson había citado en su hotel a los delegados confiables más importan
tes. Por la tarde, Elordi dejó a María Isabel en un teatro y postergaron el paseo de novios
para la Asamblea General del año siguiente, sin saber que ya sería tarde.
Ahora Elordi cierra el coffre–fort, repone los libros en su sitio y borra en el estante con
el pañuelo las marcas húmedas del vaso y de la nieve del Central Park.
Ha dejado el automóvil, porque el apartamento está en una calle cercana y puede ir a
pie. Apenas sale, comienza una llovizna impalpable. Elordi camina con las manos en los
bolsillos y la pipa apretada entre los dientes. Sus pies pisan las hojas del otoño y siente
en la cara los dedos levísimos del agua. El calor aromático de la mezcla holandesa le pasa
morosamente por la nariz. Elordi atisba por un momento una idea de una pureza absurda:
que la caminata bajo la llovizna va hacia un lugar donde lo espera alguien que lo ama; al
mismo tiempo piensa que la caminata durará siempre y que nadie está aguardándolo. Casi
28 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
sido empujadas al centro de la carpeta, Elordi bajará sus cartas perdedoras y dirá una sola
palabra, como un ensalmo, el contador lo imitará tendiendo su pobre baza y el embajador,
con los dedos siempre sudorosos, expondrá su mano ganadora y recogerá con lentitud las
fichas. El decreto será firmado el lunes por el general.
De todas maneras, hay que esperar a la medianoche para que las caminatas por la nie
ve o por la lluvia del otoño se conviertan al fin en tentativas ridículas; para que la seguri
dad de la riqueza y el poder sea definitiva, para que no importe el desprecio de la hija sol
terona y consagrada a sus rosas (que no le habla desde que él entró al Consejo de Estado).
Dentro del Lancia con placa diplomática estacionado bajo los pinos del Pincio, el chulito
romano recibirá su Rolex, consuelo de la breve separación. Besando la mano de la esposa
del general dif ícil en el foyer del teatro Solís, Elordi comparará objetivamente, ya sin re
cuerdos inútiles, el nuevo tapado de piel que lleva la generala y el visón de Manhattan que
María Isabel nunca estrenó. Ahora, con la mirada fija en los círculos violáceos, imagina
esa purificación del dinero transmutado, pero como no quiere penar a solas, ensaya en voz
alta el ensalmo de la medianoche. «Paso.» Dice la palabra y los paneles de acero inoxidable
se abren, con su rumor bien lubricado, sobre una oscuridad absoluta.
Elordi se apresura a salir, para orientarse al resplandor de la cabina, pero a su espalda
el ascensor se cierra con un eco sordo, llevándose la luz. Ciego, Elordi explora la pared, la
superficie de las puertas sin disco de llamada y por último, empieza a golpear los paneles,
que retumban inexpugnables. Después se le ocurre que los ruidos de la reunión podrán
guiarlo y aguza el oído, pero no hay tintineo del hielo en los vasos, o conversaciones; ni si
quiera algún sonido desde la calle o el reflejo de una ventana, o la línea luminosa en el um
bral de una puerta. Por un instante Elordi cede a su desconcierto, inmóvil, con las manos
apoyadas en los paneles fríos que son su única referencia confiable. Rechazando un temor
que lo ha escalofriado fugazmente, saca el encendedor y da un paso adelante, al tiempo
que su pulgar va a producir la llama. En esa fracción del acto, una noción repentina e inve
rosímil lo paraliza: su pie que avanza no encuentra el suelo, desciende en el vacío sin posi
bilidad de detenerse, arrastra a la pierna y al cuerpo sorprendido sin apoyo. El encendedor
se le escapa de las manos y Elordi divide su voluntad en dos acciones reflejas y simultá
neas: su cuerpo, que no quiere morir, realiza un esfuerzo salvaje y tira del pie con todos
sus músculos y nervios, las arterias del cuello a punto de estallar, y logra estabilizarse; su
mente, entrenada sólo para lo lógico, rechaza la idea absurda y desautoriza la evidencia de
los sentidos. En un fondo lejanísimo, allá abajo, oye el choque tenue del encendedor con
tra una superficie dura y permanece rígido en la oscuridad, con los pies juntos, sin par
padear. Gotas de sudor le resbalan por la espalda, con una frialdad diminuta. Las puertas
del ascensor son su único dato cierto, pero cuando tantea hacia atrás, ya no las encuentra.
Rechaza esa irracionalidad odiosa, porque el suelo sigue al menos bajo sus pies, innegable.
Tiene la cara y el pecho empapados por una transpiración que le sala los labios y le arde
en el roce del jersey, pero aguarda a que se calme un poco el pulso tumultuoso de la gar
ganta y después se atreve a deslizar el pie derecho, primero hacia adelante sin levantarlo,
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haciéndolo reptar en zigzag. Repite la operación hacia los costados y hacia atrás; el otro
pie cumple los mismos movimientos. Luego las manos giran metódicamente, explorando
el vacío. Elordi descansa entonces unos segundos, flexiona las piernas con lentitud y que
da de rodillas. En esa posición va palpando el suelo, deteniéndose estremecido cada vez
que verifica inexplicables aristas irregulares donde termina el piso, cuyo material de poca
consistencia se le desgrana entre los dedos. Desviando el cuerpo en períodos de pacien
cia infinita, se desliza sobre pies y manos, centímetro a centímetro y al fin su mejilla roza
una superficie fría y ya familiar: las puertas del ascensor están en su sitio, o han vuelto a
estarlo. Incorporándose, Elordi permanece de pie, el rostro y el vientre obstinadamente
adheridos al acero, los brazos extendidos indagando con cuidado la pared que debía cir
cundar las puertas. Entonces, lo que por fin puede comprender le produce un relámpago
de horror y al mismo tiempo la aceptación, como en los sueños, de ese horror. Mientras
va cayendo otra vez de rodillas, Elordi se deja invadir por una conclusión atónita, a la vez
sublevante y justa, que no puede refutar pero tampoco lo quiere. Las paredes y el piso han
desaparecido; sólo permanecen los paneles del ascensor y la especie de cornisa donde él
se agazapa, terminada en un borde anfractuoso que da al abismo. El vacío sin límites y
la oscuridad rodean por todas partes ese islote incomprensible de materia, residuo de la
realidad aniquilada. La luz, el sonido, las evidencias de la vida han cesado, sustituidos por
su negación: el viejo terror elemental de las tinieblas y el silencio. Un olor fétido parece
venir del vacío impredecible, hasta que Elordi descubre que es su propio sudor. Fuerza la
parálisis de la lengua para oírse hablar al menos, pero no puede organizar ninguna idea.
Ordena trabajosamente a sus labios un nombre de mujer que le viene del pasado, pero
antes de llegar a formularlo lo olvida. En cambio, advierte que otra palabra va contra
yéndole los músculos de la boca y se oye repetir «perdón», sin entender el significado de
los sonidos, que se transforman en un hipo ahogado por la saliva. Acurrucado contra la
puerta infranqueable, empapado, dormita sin medios para calcular el tiempo. Una de las
veces que despierta, huele una variante de la fetidez que lo envuelve. un vaho amoniacal
que no reconoce. Sólo al remover un pie en el zapato encharcado, advierte borrosamente
que está orinándose.
El industrial y abogado Federico Elordi, viudo, exministro de Relaciones Exteriores,
consejero de Estado por designación directa de las Fuerzas Armadas, empieza a llorar en
silencio. Las lágrimas y los mocos le resbalan por las comisuras y el mentón, mientras pal
pa con manos temblorosas (y ya ajenas) su entrepierna anegada y luego refriega los dedos
contra sus ojos ciegos, trasladando a los párpados ardientes y apretados —bajo los que se
suceden imágenes ocres y purpúreas sin sentido— y al rostro desfigurado por el espanto
interminable, la elasticidad tibia de las mucosidades y la culpa, la humedad acre de la ori
na, la certeza de una condena, la imposibilidad de apelarla.
Exilio 31
Exilio
El hombre rubio, que viste un pantalón de fino casimir blanco y una blanca camisa de
seda, está sentado en un amplio sillón. Lee un libro de Proust que tiene las tapas rojas y
mira a través de unas pequeñas gafas de oro que le cabalgan en el rostro muy pálido. El
resto de los muebles y la lámpara de pie, encendida pese a ser de mañana, son también
blancos. Cortinas blancas y totalmente cerradas ocultan el ventanal de celosías bajas. Una
ancha grieta que toma parte del techo, atraviesa la pared del ventanal y en algunos trechos
deja ver ladrillos y argamasa. Junto al sillón dormita un gran perro blanco, con largas lanas
sedosas que le tapan los ojos, mientras el hombre le acaricia distraídamente la cabeza.
El ambiente de la sala es apacible, pero desde la calle en ruinas del barrio cristiano llega
el incesante tronar de la artillería siria. De vez en cuando un obús estalla muy cerca y el
estruendo conmueve la casa y una lluvia de cal y fragmentos de ladrillo cae en las tablas
enceradas del piso.
El tiempo se detiene en el aire enclaustrado. Un reloj invisible da la hora en otra habi
tación y las lentas campanadas son cubiertas por una explosión más prolongada y ensor
decedora. El hombre levanta la mirada, cierra a Proust y se quita las gafas, que pliega y
deja junto al libro sobre una mesa árabe de bronce. Cuando se pone de pie, el perro des
pierta y lo mira con amor, sin moverse.
El hombre abre un armario cuyos cristales tintinean con las explosiones y saca de allí
una caja de metal. Dentro hay una jeringa hipodérmica y una gran ampolla con un líqui
do ambarino. El hombre carga la jeringa con movimientos precisos y calcula las dosis del
veneno. Después se arrodilla con ternura frente al perro, que está mirándolo a los ojos, y
le clava la aguja en el cuello. El animal se estira con lentitud y va dejando caer dulcemente
la cabeza entre las patas. El hombre vuelve a sentarse en el sillón, arremanga su camisa y
se inyecta en el antebrazo el resto de la jeringa. La fatigada mejilla reposa en el respaldo
blanco y familiar. Afuera, el cañoneo prosigue, invariable, pero ya no importa.
32 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
Snapshots
A Juan David
El auto reduce la marcha y se detiene junto a la acera de una callejuela de baldíos. Desde la
Universidad nos llegan la música tropical y los ecos de las consignas comunistas, mezcla
dos con vivas y aplausos. «Es la técnica de irlos emborrachando de ruidos», explicaba Bill.
«Cuando llegan los discursos, ya están hipnotizados y las orientaciones entran mejor.»
Andrade me toca el brazo despacito, como si yo fuera un convaleciente. Le acepto un ciga
rrillo, me lo enciende y se pone a lidiar con su pipa. Lanzamos el primer humo hacia ade
lante, juntos por última vez. Nunca más el café en su despacho lleno de libros. («¿Ha leído
a David Halberstam? Lléveselo.») El único uruguayo con despacho propio en la Embajada.
En la tarde de agosto, casi la noche, ha empezado a lloviznar. «El tiempo conviene»,
dice Andrade, pero no le contesto. El invierno de Montevideo empaña el parabrisas, pero
adentro se está bien. Como en Georgetown. Mi nuevo laconismo con Andrade, la despe
dida de Bill en el porche de Carrasco (su puño y el mío con el pulgar en alto, everything
under control), los nueve tipos que dependerán de mis pasos, mi ropa todavía colgada en
el apartamento de Maud, Nico en la sede del Movimiento con la radio sintonizada en la
frecuencia policial, la salida ilegal por la frontera brasileña, son hechos solamente míos, la
única realidad. Ni siquiera mi padre, con todo su poder, es capaz de anularla; ni siquiera
Bill, que hace llorar a Nico, si se le ocurriera dar una contraorden. El molino de hechos
se ha puesto a girar y los acumulo como documentos de identidad. Algunos son además
certificados de nacimiento; prueban que Darío Méndez Muller vino por fin al mundo,
veintitrés años después de haber nacido. En todo caso, éste es recién mi segundo invierno
de verdad, contando el de Langley.
Antes de que apareciera Bill, a Darío no le gustaba el invierno. Cuando llegaban a Monte
video los vientos y el frío de julio, se iba con su madre al Brasil, pero no a Copacabana o
Angras, sino a Petrópolis: las antiguas quintas portuguesas, la neblina, el olor de los pinos,
los senderos boscosos cubiertos de hojas muertas. «Por algo el Emperador vino a vivir
aquí», se extasiaba ella, paseando del brazo de su hijo en los mediodías adormecidos bajo
el canto de pájaros extraños. En Petrópolis parecía más cierta la ascendencia de la seño
ra, donde habría un Correia, venido con el general Lecor a la rendición de Montevideo.
Siempre la dejaba triste evocar la fugacidad de la Provincia Cisplatina y que no fuéramos
parte del Brasil, en vez de este país tan pobre y tan pequeño.
El padre nunca estaba para contradecirla; no iba con ellos en el viaje de invierno. Darío
lo recordaba ajeno, siempre alejado en el Ministerio o la clínica. A veces se encontraban
en la cena y hablaban, pero de otras personas, no de ellos mismos. Darío conocía mejor la
Snapshots 33
vida de su padre a través de los diarios: qué pensaba, qué había hecho o qué iba a hacer el
ministro, el cardiólogo famoso o el seguro candidato a consejero de Gobierno.
En Petrópolis, Darío y la madre se tomaban una tregua de esos personajes y de otros:
el amante de su secretaria, el padre que no miraba de frente al hacer una crítica, el médico
joven que fue a Salto para casarse con la hija fea de un estanciero millonario con apellido
alemán, pero dejó de dormir con ella para siempre, sin divorciarse, cuando quedó emba
razada de Darío.
Durante esas ocho semanas de Petrópolis, el hijo suspendía la amortización de su deu
da con el doctor Amílcar Méndez Ríos por el prestigio social, la casa en Punta del Este,
la cuenta bancaria y la motocicleta. Correspondía incluir, también, haberlo llevado a la
recepción del 4 de Julio en casa del Embajador, donde conoció a Andrade, que lo presentó
a Bill Forbes. Hasta ahí la deuda. Por todo lo que vino después, no.
La demora del cigarrillo no es por mi culpa: estos minutos se los ha tomado el joven del
pelo rubio que encanta a las putas finas. No confundir: lo mío es eso que el instructor
llamaba «tensión operativa», pero lo de él es miedo. La crispación del estómago que se
pasa a la entrepierna no tiene nada que ver conmigo. Es del otro, que está aterrorizado
porque no sabe qué va a pasarnos. Yo lo sé. Como en el ajedrez, muevo una pieza después
de haber imaginado todos los movimientos que vendrán; con mi jugada decido el juego
de los otros.
Quedan unas pitadas, pero aplasto el pucho en el cenicero, distraigo a Andrade con
una media sonrisa y salgo del auto. Él ha estado preparando instrucciones finales o alguna
de sus filosof ías para jóvenes que nacieron a los veintitrés años; no le doy tiempo y cierro
la puerta. Entonces tiene que inclinarse a través del asiento para asomarse a la ventanilla:
la sonrisa falsa y la dentadura falsa, demasiado perfectas; la ansiedad, no tan falsa. «¿Se
acuerda de todo, Darío?» «Me acuerdo de todo.»
Ya no llovizna. Con las solapas levantadas, camino hacia la Universidad. El viento del
invierno que recibo en la cara como un desaf ío, hace tiritar al rubio y lo despeina. Carlos
Puebla canta que la reforma agraria va. La mano indecisa, que anoche debió partir la boca
de Maud, tantea en el bolsillo del sobretodo hasta empuñar la pistola, su acero tibio.
El viaje a Washington y a la Zona del Canal de Panamá para él y Nico Nielsen, que an
daban siempre juntos en la Facultad, fue idea de Bill. Él arregló todo y viajó unos días
antes, para recibirlos en Miami. La primera mañana, cuando Bill salió de su despacho en
la agencia, donde los habían entrevistado varios hombres y mujeres que hablaban espa
ñol, fueron a ver los bosques de Langley en invierno. Esa vez Nico y Darío estrenaron sus
gorros de piel, iguales al de Bill. Hicieron la excursión muchas veces; bajaban del auto y
se internaban entre los abetos. Bill les mostraba sobre la nieve blanquísima la hilera de
34 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
pisadas de los ciervos, aunque nunca encontraron alguno. «Son ciervos de Inteligencia»,
explicaba Bill con un guiño y los hacía pararse en un lugar de la nieve donde diera el sol,
a fotografiarlos. «Unas instantáneas para no enviar a la familia», bromeaba. «Just a few
snapshots not as a souvenir.» Bill era una especie de maniático de la fotograf ía. En el auto
siempre tenía la Contax para blanco y negro, con teleobjetivo, y otra cámara tipo reflex,
con un costoso juego de filtros, para color. Antes de enfocarlos, siempre les acercaba al
rostro un fotómetro. «Cuidado, tiene micrófono», reía. Durante el viaje les tomó más de
un centenar de instantáneas, pero nunca les dio copias. «Para los archivos», decía. «Snap
shots are for the files.» Fuera de Montevideo, Bill mezclaba su excelente español con el
inglés, dirigiéndose casi siempre a Nico.
Los dos muchachos fueron huéspedes de la madre de Bill en su casa de Georgetown,
un barrio que no parecía estar en Washington, porque casi no se veían vecinos negros.
Después de la cena, la señora Forbes llevaba el café a la sala de chimenea siempre encen
dida y ventanales empañados por el frío del verdadero invierno. Entonces Bill, que era
del Partido Demócrata, empezaba con sus historias de John Fitzgerald Kennedy, amigo
desde los tiempos de colegio. «Querían casarme con Rosemary, la hija tonta de la fami
lia», contaba entre carcajadas, palmeando la rodilla de Nico. El fuego de los troncos hacía
brillar el retrato del antepasado materno que vino en el Mayflower y fue acusador público
en Salem. En esas noches, Darío iba encontrando las respuestas. Tal vez la nostalgia de la
Provincia Cisplatina no era tan extravagante.
Luego de tres semanas viajaron con Bill a la Zona del Canal en un avión militar lleno
de soldados taciturnos, que leían revistas de historietas o dormitaban. Y en tierra, Bill
sonrió al ver que Darío había bajado con el pasaporte en la mano. «No hay que entrar
por ninguna aduana», le dijo. «Aquí no es Panamá. Todavía estamos en Estados Unidos.»
Pasaron allí otra semana. Por las mañanas iban a escuchar las charlas que daban ofi
ciales y suboficiales en un español pasable. De tarde, asistían a alguna clase de los cursos
especiales, sentados al fondo del aula, o miraban los entrenamientos, entre el griterío obs
ceno de los sargentos y los coros con que respondían los soldados novatos, sudando bajo
el sol vertical. Bill los llevó a ver cómo funcionaban las esclusas del Canal sobre el lado
del Pacífico; también a hacer algunas compras en territorio panameño, adonde se entraba
cruzando simplemente una calle. Pero Darío seguía pensando en la nieve de Langley.
Cuando volvieron a Montevideo abrumado de calor, la ciudad pareció a Darío mucho
más sucia y pequeña; encontró a su madre demasiado envuelta en sus ensoñaciones mo
nárquicas. Echaba de menos el frío cristalino y los ciervos invisibles, la casa de George
town y la risa contagiosa de Bill, que en Montevideo no reía casi nunca.
Al llegar julio, la señora Méndez Ríos viajó sola a Petrópolis. El Movimiento iba or
ganizándose de a poco, sin propaganda y con muchas dificultades, porque Andrade era
riguroso en la selección de la gente (sólo podían entrar estudiantes) y parco en los gastos.
La sede, en la calle Tristán Narvaja, casi no tenía muebles, aparte de los largos bancos
para las reuniones y de los proyectores que Bill les había comprado en Panamá. «Para el
Snapshots 35
por la escalinata. No hay oratoria, todavía; los altavoces siguen aturdiendo con las guara
chas de Puebla. Hacia Guayabos aparecen las filas de los coraceros y dos autobombas de
la Policía. Más allá de las torretas giratorias y de los caballos, está la casa con el portón de
hierro blanco, sin chapa ni letreros, igual a cualquier casa modesta del Cordón. Esa era mi
casa verdadera, más que la quinta del doctor Méndez Ríos en el Prado o el apartamento de
Maud en el Parque Rodó. Nico, en un cuarto del fondo, está solo; se ha quedado en la sede
del Movimiento para ir enterándose por la radio de todo lo que voy a hacer.
Aquí, rozado por las corrientes que se forman en la multitud inquieta, estoy tan solo
como él. Y en el auto que lo trajo de la conferencia de Punta del Este o en el estrado del
Paraninfo, el blanco siempre ha estado solo, aunque se rodee de partidarios y guardaes
paldas. Y desde que los automóviles enfilaron por la carretera hacia Montevideo, Nico y
yo somos sus únicos acompañantes verdaderos, porque sabemos el final y los demás no.
Una mañana de domingo Bill, Andrade, Nico y Darío eran las únicas personas en la
Embajada silenciosa, aparte de una telefonista y los marines de la planta baja.
El haz luminoso que atravesaba el despacho de Bill, reflejaba en la pantalla y a veces
en su camisa o en el brazo con un puntero, barbas que masticaban un habano, sonrisas y,
de pronto, el rostro de un negro muy serio con un sombrero anticuado. «Es capitán, pero
le hace de chofer», dijo Bill. El puntero tocó el ala del sombrero. «Lo compró en Nueva
York hace años y nunca se lo quita.» Después desfilaron otras caras y ampliaciones de los
guardaespaldas, que mostraban el bulto de las armas bajo la ropa civil. «Es fácil seguirles
los movimientos; ninguno usa canana y llevan la pistola metida en la cintura.» Finalmen
te, Bill apagó el proyector y entreabrió las cortinas venecianas sobre la calle Paraguay. El
sol anémico entró en franjas horizontales. En la penumbra, el piso de madera olía a recién
encerado y en el aire flotaba el aroma extranjero de la pipa. Andrade habló desde el humo,
sin dirigirse a nadie en particular: «Un hombre nunca será dueño total de su propia vida,
mientras no sea dueño de la vida de otros hombres». La frase incongruente, en realidad
volvía atrás, retomando la primera conversación de los cuatro que no se había cerrado.
Andrade la dijo y pareció simplemente la continuación de un diálogo y una conclusión
razonable. El silencio, con el olor del piso, era como el de los despachos de la Agencia en
Langley.
Entonces Darío salió de ese recuerdo repentino y vio a los otros serios, observándolo
con una confianza nueva, que lo dejaba aparte y por encima de ellos. Bill era el jefe y fue el
primero en hablar. «¿Sabe, Darío, quién va a hacer esto?» La pipa ponía el aire azul entre
los cuatro. «Usted», dijo Bill. «Vos», dijo Nicolás Nielsen, mirándolo a los ojos. «Vos», dijo
Maud, a horcajadas en Darío, oprimiéndolo con sus piernas perfectas y echada hacia atrás
sobre los brazos, sin abandonar el movimiento del placer. «Vos, mi único amor.» «Sí», dijo
Darío a Maud, atrayéndola hacia él y hundiendo la boca en sus senos, exhausto pero ma
ravillado por las respuestas de su nueva realidad.
Snapshots 37
Frente al Paraninfo todos están en grupos; caminar solo da la sensación de una libertad
que no comparto con nadie, ni siquiera con Nico. La multitud que va espesándose no es
todavía la masa que se escucha, como define Bill, en burla a los actos de la izquierda. Los
comercios están bajando sus cortinas metálicas y por 18 de Julio el tránsito circula ya con
dificultad, sorteando a la gente que ocupa la calzada. Unos vendedores de escarapelas
me ponen por delante sus traperíos; una muchachuela envuelta en una bufanda roja me
muestra una libreta de bonos y grita algo cuando estamos pasando debajo de un altavoz,
mientras arranca un bono y me lo deja en la mano. Con una reacción mecánica, le doy
un billete y sigo caminando. En el bolsillo de la pistola, el bono se convierte en un papel
arrugado.
El alumbrado público empieza a encenderse y los rostros toman la luz artificial de un
escenario. Desde el Paraninfo, un entusiasta termina a los gritos la presentación del ora
dor y estallan los aplausos. La gente de la explanada también aplaude, pero va callándose
en medio de chistidos, al elevarse la voz juvenil que conozco por las casetes. Habla lenta
mente pero con determinación, estirando las vocales al final de las palabras. («Observe:
ya pronuncia como si fuera cubano.»)
Ahora la gente está en silencio, escuchándose. Apartado en medio de la calzada, donde
ya no pasan vehículos, siento frío y dejo de prestar atención. («No lo oiga, usted no estará
allí para eso.») Espero solamente que se calle la voz del Paraninfo. Entonces lo veré por
primera vez en persona. Alguien dice a mi lado: «También se puede matar a una fotogra
f ía» y soy yo quien lo ha dicho, en voz alta. Pero las fotograf ías no hablan, ni traicionan.
Maud es la fotograf ía de una hermosa mujer con el cabello en desorden, arrodillada sobre
la alfombra. Yo soy apenas una snapshot guardada en los archivos de Bill. «¿Una fotograf ía
debe matar a otra fotograf ía?», pregunto a un viejo que tengo delante. El viejo se da vuelta
y me mira con ojos sin expresión. «No con calibre 22», le aclaro.
La estancia en Valle Edén era de un brasileño amigo de Bill, que venía pocas veces al
Uruguay. Llegábamos en grupos de cuatro o cinco en el Volkswagen de Nico, con las es
copetas 22 y el equipo de acampar. Un viejo encargado nos daba las llaves de las porteras
y seguíamos hacia el monte. Las pistolas venían con sus peines de repuesto en un bolso
de herramientas. No sé dónde Nico había conseguido las siluetas de papel que fijábamos
en los árboles, como blanco. Las prácticas eran muy temprano o al caer la tarde, cuando
los disparos podían ser contra los carpinchos del arroyo o las perdices. Un mediodía fui
hasta la estancia para hablar por teléfono. Después el viejo me acompañó hasta el auto y
me ayudó a acomodar el medio cordero que había limpiado para nosotros. Mientras yo
encendía el motor, se acercó a la ventanilla, mirándome con ojos sin expresión. «¿Con qué
arma están tirándole al bicherío?»
«Elegir entre una fotograf ía y un hombre», digo todavía dando al viejo de la explanada,
inútilmente, su última oportunidad. Estoy resfriándome, con este plantón al viento crudo
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de agosto; quizás tenga un poco de fiebre. Si las fotograf ías fueron suficientes, si hubo bas
tantes momentos para pensar a solas, sin Andrade y sin Bill y sin Nico, si las noches alcan
zaron para entender a Maud, entonces podré armar el rompecabezas y elegir. El hombre
de la boina negra con la estrella de comandante es otra snapshot de Bill; nunca le estreché
la mano, nunca lo toqué al pasar, como hago con este señor. Para odiarlo o amarlo, o para
indultarlo, tendría que haber visto achicarse los ojos rasgados, tratando en vano de reco
nocerme, cuando me acerque y ya pueda ser tarde.
El blanco sonreía en una tribuna, con el brazo izquierdo en alto y el puño cerrado. Se adi
vinaban los aplausos, los coros de consignas. El puntero se detuvo bajo el brazo y marcó
un costado del bolsillo con lápices y dos habanos. «Esta es una de las zonas vitales», dijo
Bill. Y añadió, con una sonrisa: «No vaya a estropear los cigarros.»
El Gordo y sus perros (como los llama Andrade) circulan por la explanada: son nueve en
total y dos están adentro. Todos llevan sus identificaciones oficiales y sus armas de regla
mento, aunque el imbécil que figura como jefe de Policía no sabe nada y seguirá sin saber
lo. Los perros se han puesto en la solapa un botoncito blanco, para que los reconozca. «De
todos modos», me dijo Nico, «ellos van a estar mirándote, sin que los busques.»
El Gordo tiene siempre olor a pies y la barba como un rastrojo sucio. ¿Y qué pasa si
después no voy hasta el Chevrolet con matrículas falsas y el motor en marcha, estacio
nado en Lavalleja y Acevedo? En el volante, el Gordo se pondrá a sudar como un bicho,
inundará el auto con su mal olor, se arrancará puteando el botoncito, perderá por fin la
impavidez profesional. Y mejor si paso lentamente, mirándolo sin reconocerlo y no entro
al auto, rompiéndoles el plan y desacomodándoles la vida. Yo, siguiendo de largo, nadie
sabe hacia dónde; detrás, el alboroto de los cordones policiales inútiles y el Gordo, a los
gritos por la radio, tratando de explicar lo inexplicable; Andrade, atónito, pensando que
me conocía bien, pero resulta que no; que podía manejarme, pero resulta que tampoco;
que yo no era capaz de traicionar, pero resulta que sí.
Debo estar sonriendo, porque un tipo insignificante, con el botoncito en la solapa, me
dirige una mirada de complicidad. Voy a mandarlo a la mierda, cuando la voz del Paranin
fo arranca una explosión final de aplausos y gritos, adentro y afuera. Las pancartas y las
banderas se agitan en la explanada. Viene ahora un himno que habla de correr al combate,
pero no sé si es el himno cubano. La gente, entre la barahúnda, empieza a desplazarse ha
cia Acevedo, porque el blanco saldrá por la puerta lateral que comunica con el Paraninfo.
He llegado antes y estoy enfrente. Cuando los dos grandes automóviles diplomáticos apa
recen lentamente desde 18, cruzo al medio de la calle, por donde pasarán para recoger al
blanco. La pistola está sin seguro.
La multitud de la explanada se agolpa frente a la puerta, que por fin se abre. La excla
mación colectiva y los relámpagos de los flashes avisan que el blanco ha aparecido. Tengo
Snapshots 39
nada del tercer piso, enfrente. Tengo que subir, lo he prometido anoche, para que todas
las cuentas queden cerradas. Y tal vez sea la herida de la frente que sigue sangrando, tal
vez la risa de Andrade en coro con la de Maud, pero el miedo que hace temblar al rubio
me clava donde estoy.
«¿Se acuerda de todo, Darío?» «Me acuerdo de todo.» La misma luz ámbar se filtraba
anoche por la ventana del tercer piso y el ascensor estaba descompuesto o mal cerrado,
cuando volví de la reunión en la sede, que seguía, para recoger una carpeta. De todo, An
drade: de la escalera subida a oscuras, del llavero revisado a tientas, de la llave que giró
silenciosa para no despertar a Maud. De todo, Andrade, dueño de la vida de otros hom
bres: del aroma del tabaco de pipa extranjero que vino a mi encuentro; del único paso que
di en la sombra de la puerta, para ver a Maud sobre la alfombra con su ropa en desorden,
la mano de alguien guiándole la cabeza entre las rodillas de alguien. Y de la risa inconte
nible de Maud, a veces ahogada. El humo azul salía ya por la puerta, que cerré sin ruido,
yéndome.
El árbol es real y me sostiene. No cruzo la calle. En mi bolsillo, el salvoconducto prue
ba quién soy y qué puedo hacer con la vida de otros hombres. Pero ese papel arrugado es
todo lo que tengo y el miedo se transforma en terror de subir al tercer piso, donde estoy
muerto desde anoche. Maud es también una de las snapshots que Bill no devuelve. Yo,
otra instantánea y el puntero señala mis zonas vitales. En el archivo de las snapshots sólo
puede entrar Andrade.
Empiezo a bajar hacia el Parque. el rubio ya no tirita y le paso la mano por el cabello
despeinado que admiran las putas finas.
Una pareja caminaba abrazada por la orilla del lago. «Mirá ese tipo», dijo la mujer, de
teniéndose a unos pasos de Darío, que estaba boca abajo, apoyado en las manos y con la
cabeza casi metida en el agua helada. Comenzó a llover, sin que él pareciera darse cuenta.
«Está vivo, ¿no?», dijo la mujer. «Sí», dijo el hombre, «pero no mires ahora, ni pises por
ahí. Se ha vomitado encima toda la inmundicia que tenía en las tripas.»
Texto distribuido mundialmente con una telefoto de la Associated Press, en agosto de
1961:
to de vista, porque está influida por la hermana. «Te usan», me dijo una noche. «¿Cuándo
vas a darte cuenta de que te usan, de que no les importás como ser humano, porque para
ellos sos un burgués? ¿Cuándo vas a darte cuenta de que no tenemos nada que ver con
esos disparates de cambiar lo que ya está bien, no digo que sea perfecto, pero éste no es el
modo? ¿No has visto cómo los matan todos los días?» Sí, la conversación por teléfono, ya,
ya. «¿Qué querés?», le dije. «¿Viniste con el auto?» «Claro. ¿Qué se te frunce, ahora?»
«¿Siempre el Fiat blanco?» «¿Y cuál va a ser? Mirá, tengo gente esperando en la ventani
lla.» «¿Compraste algún libro nuevo?» «Sí», le dije, y vigilaba al jefe en el reflejo de un
vidrio. «Ahora disculpame, pero tengo que cortar.» «¿Leíste lo de ayer en la sucursal de tu
banco?» «Sí. Tengo unos libros nuevos. Así que este mes no vengas.» «¿A qué hora salís?»
«Son unos cuantos. Entre seis y siete. Pero no cuentes con esos, porque son prestados.
Bueno, te dejo.» «Esperá, esperá un poco. A las ocho, entonces, que ya es de noche. Pará
el auto en Canelones y Requena. Hay que levantar a uno.» «Ni soñés. No voy a comprar
un libro más. A mí no me usan, ni vos ni nadie, ¿sabés? Te importa un carajo mi situa
ción.» «Chaná...» (sí, lo dijo por teléfono). «Chaná te importa dos carajos.» (Sí, yo tam
bién, pero fue la furia.) «Lo levantás ahí y lo llevás a otro lado, cerca, que él te va a decir.
Quince minutos apenas y las ocho es una hora piola.» «No sé, no te prometo nada.» Fui,
ustedes saben. Esa noche tenía que encontrarme con mi mujer, mi cuñada y el marido,
para cenar en Morini y después ir a la Comedia Nacional. Él ya había sacado las entradas
o las consigue en el Ministerio, no sé. ¿Se acuerdan de cómo llovía esa noche? Estacioné
el auto sin luces y me pareció mejor parar el limpiaparabrisas. Así no veía lo que pasaba
afuera, para sentirme más seguro y el auto parecía sin gente. A las ocho y media no había
aparecido nadie y yo iba por el cuarto Republicana. Los cigarrillos negros me dan acidez,
pero mala suerte, son mi único vicio. «Costumbre por haber nacido en La Teja», me carga
el marido de mi cuñada. Cuando no anda de uniforme se pone chistoso, al menos en fa
milia. A las nueve menos cuarto el auto estaba lleno de humo, pero no bajé la ventanilla.
Revelli me había dicho que ustedes se fijan más en los coches estacionados sin luces y con
los vidrios bajos. Me puse un Republicana apagado en la boca, dejé la cajilla fuera del al
cance de la mano y entonces dieron los golpecitos de siempre en el techo... Dos–dos–
tres–uno. Y le abrí la puerta. Identificarlo, sí. Flaco, como de veintiuno o veintidós años,
rubio, gorra de visera a cuadros, sin abrigo, con una campera de cuero empapada. De
clase media pobre, como un estudiante de la Universidad del Trabajo. Al principio no lo
miré bien, por el arranque y los cambios; lo único que quería era irme de una vez. Se sen
tó contra la puerta. El auto se llenó de un olor a ropa mojada y a sudor. «¿Adónde?», le
dije. «Vengo de parte del de los libros, que tiene con usted el crédito doscientos ochenta
y dos raya setenta. «Sí. ¿Adónde?» «A la Rambla, frente al club de golf. ¿Podrá?» Tenía
una voz débil, medio ronca, como si fuera asmático o estuviera muy cansado. O las dos
cosas, tiene razón el señor. Tomé por bulevar España manejando despacio, porque la llu
via nublaba el parabrisas y se oía el agua de la calle inundada resonando en la chapa del
piso. Me imaginé que el agua podía mojar los frenos o las bujías. Tenía miedo, claro, de
Asistencia a la asociación para delinquir 43
que hubiera que llamar al auxilio del Automóvil Club, en mi situación. Dicen que ustedes
controlan todas esas llamadas. Al muchacho nunca lo había visto, no señor. No me dijo si
había estado en lo de la agencia. Puede haber sido el efecto de la luz verde del tablero, pero
me pareció enfermo. Tenía una cara chupada, lampiña. El agua le chorreaba por el pelo
muy largo. Lunares, no me fijé. Olía cada vez peor, pero cuando quise abrir un poco la
ventanilla de su lado, me tocó con la mano húmeda, para que no. «¿Tiene miedo?», le dije.
«No, un poco de frío.» «¿Comiste?» «Esta mañana. Café con leche, pero tuve que irme del
bar antes de terminarlo, porque pusieron el informativo de la radio.» «¿Dónde dormiste
anoche?» «Por ahí, en los trolebuses.» «¿Querés un cigarrillo? Son negros.» «Bueno.»
Agarró la cajilla y sacó uno, pero mojó casi todos los demás. Encendí el mío y al darle fue
go, vi por primera vez que llevaba en las rodillas un bulto envuelto en diarios. Sí, a eso voy.
Por los agujeros del papel mojado vi la lona de una de esas bolsas que usamos para el di
nero. Claro, las manejo en cada arqueo. El nombre del Banco no se veía, al menos de mi
lado. «¿Por qué no lo ponés detrás, en el piso?», le dije. Me miró sin hablar. Tenía unos
ojos que no parecían de la cara, grandes, de pestañas espesas. No, no pude verles el color.
Eran lo único que mostraba vida en ese muchacho. Todo lo demás, el cuerpo, los brazos,
las piernas, iba tirado en el asiento de cualquier manera. No sé, de mi altura, más o menos,
uno setenta y cinco. Daba la impresión de un maniquí, no puedo explicarlo bien. Un ma
niquí raro, un muñeco como muerto y al mismo tiempo lleno de rabia. Pero los ojos no
tenían nada de rabia; estaban como perdidos de amor o algo y, cada vez que pasábamos
por un foco de bulevar Artigas, le brillaban en la cara medio escondida por el cuello de la
campera. No sé bien el color de la campera. Negra, o marrón. No me contestó, ni soltó el
paquete. Le cruzó las manos encima, simplemente y se encogió más en el asiento, fuman
do. Se me ocurrió preguntarle si había sido grande el lío del achaque, por el muerto de
ellos. «No sé, yo sólo tengo que entregar esto y el fierro.» Cuando oí el ruido, primero creí
que estaba llorando y le eché un vistazo de reojo, pero a lo mejor era la lluvia en las pes
tañas. Después lo miré sin disimulo y qué iba a ser llanto; se estaba riendo sin mover los
labios y sin quitar el cigarrillo de la boca, riéndose para adentro. Lo raro, saben, fue que
no me sentí ofendido. Mejor dicho, me di cuenta de que la risa no era conmigo, ni contra
nadie, no sé si me explico. Le salía despacio por la nariz, con el humo, como si estuviera
fumándose al mismo tiempo los pensamientos y un amor general. Amor, dije. Era algo
bueno. Por lo menos ahí, manejando entre la lluvia y sin saber que ustedes ya venían de
trás, esa risa me hacía bien. Esto no lo ponga, pero se me ocurrió, de pronto, que uno
podía realmente, sin dar razones, sin hablar, ir queriendo a todo el mundo para cuando
esto terminara, hasta a ustedes, a condición de que todo estuviera hecho. Esa parte duró
un momento. Empecé a decir algo, pero al entrar en la Rambla se me cruzó un camión y
creo que eran las Fuerzas Conjuntas. De todas maneras, cuando lo miré otra vez había
cerrado los ojos y hasta pienso, ahora, f íjense, que lo de la risa pudo ser imaginación mía.
Él estaba contra la puerta, oliendo a perro mojado y con su envoltorio roñoso, lo único
que tenía en la vida y ni siquiera era suyo, ni siquiera le servía para tomar un café con le
44 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
che hasta terminarlo. Esperen, carajo. Casi en seguida me avisó: «Es aquí» y arrimé el auto
a la vereda. No, frente a los taludes del club de golf. Le alcancé los Republicana que me
quedaban. «Llevátelos.» Me miró con aquellos ojos más viejos que él, capaces de mirar el
futuro. Ya les dije que el color, no, ¿o son sordos? «No vale la pena, no tengo fósforos»,
dijo. Entonces saqué el Ronson de oro que mi mujer me regaló en el primer aniversario y
se lo alargué con los Republicana. «Tomá todo», le dije. «Compañero», le dije después y él
sólo tomó los cigarrillos. Me pareció oírle «gracias», mientras se iba en la lluvia. No me
acuerdo de la hora exacta, ni si siguió por la Rambla. Ustedes, que estaban llegando, ¿no
se fijaron? (No entiendo por qué no me detuvieron allí, en vez de hacer toda esa película
en el hall del teatro, dicho sea de paso.) Volví al Centro por la Rambla y todavía estaba a
tiempo para llegar a la Comedia. Sentía una ganas de fumar como nunca o de hacer algo
y puse la radio, porque no tenía cigarrillos ni nada, ni nada. Dije en voz alta: «País de
mierda, milicos de mierda». Claro que por ustedes, milicos de mierda. A la altura de Ejido,
mientras manejaba, fui abriendo las ventanillas, porque había dejado de llover y quería
que se fuese el olor antes de que subieran mi mujer, mi cuñada y el mierda del marido, que
es como ustedes.
Ahora firmaré, sí, grandísimos hijos de puta.
Exilio
A Dinorah y el Negro
El niño tiene seis años y ha pasado la mayor parte de su vida en una ciudad escandinava,
traído por sus padres desde un país que, para él, era todo el mundo conocido y hoy es
apenas un indeciso recuerdo.
Todas las mañanas, la madre camina con el niño hasta la escuela del nuevo idioma.
Cuando va a recogerlo de tarde y vuelven a la casa, encuentran al padre. Él ha terminado
su trabajo, pero empiezan entonces, para la pareja, las tareas del destierro político: las
publicaciones, los volantes, los carteles, las reuniones con otros exiliados. El niño asiste
a todas o va con ambos por las noches, absorto en descubrir los rostros y los nombres de
los presos políticos, sólo vistos en carteles de denuncia.
Una noche oye a los padres en una conversación distinta: ella debe comenzar un em
pleo y el horario le impedirá llevar el niño a la escuela; el padre tampoco puede hacerlo.
Los ejércitos inciertos 45
El niño interviene: irá solo. Cuando los padres dudan, deposita ante ellos el argumento
de un rostro y un nombre que el país le ha transmitido como una de las claves del des
tierro: saber ir, porque la escuela, aunque haya que doblar por tres calles, está enfrente al
décimo cartel que pide la libertad de Raúl Sendic, a contar desde la casa. Y gana.
Cada madrugada, el padre repone los carteles rotos en el itinerario del nuevo Pulgar
cito. Desde la cárcel, Sendic lleva todos los días un niño a la escuela.
A Mónica Ertl
El Cónsul seguía siendo coronel en el ejército de su país, pero en los últimos cinco
años sólo se había puesto el uniforme cinco veces (una, cuando se graduó en la academia
norteamericana de especialistas). De todos modos, reprimió el impulso de responder con
otra venia. La escuela de cadetes estaba perdida en los años vertiginosos. También habían
quedado en el país lejano los recuerdos de un coronel vestido de civil.
Bajo la llovizna de Hamburgo, el Cónsul casi no podía imaginarse ya cómo había sido
aquel caserón rosado frente a una plaza, donde los detectives entraban y salían todo el
tiempo, ni la ventana con rejas de su despacho, por la que acechaba la llegada del presi
dente al Palacio, situado junto al ministerio de Gobernación. Tampoco la calle de piedra y
aceras empinadas, que los indios descendían trotando con sus breves pasos milenarios, ni
el sol violento en un cielo de azul hondísimo, cercado de nieves eternas y compuesto de un
oxígeno tenue donde los cigarrillos extranjeros se apagaban. A veces recordaba un sótano
del Ministerio y aparecía un hombre moreno y sudoroso, desnudo y con los ojos llenos de
lágrimas, que respiraba con lentitud ante los reflectores del interrogatorio. Pero eso podía
haber sido también en el cuartel de una aldea polvorienta del Sur; entonces el hombre era
blanco, con una barba color de miel y hablaba con acento europeo. Otras veces era un
cadáver, que yacía cárdeno y azufroso en la camilla, con los ojos abiertos y oliendo mal;
entre las pestañas y en las fosas nasales tenía restos del yeso de una mascarilla mortuoria
y le habían cortado las manos.
A medida que pasaba el tiempo los recuerdos iban confundiéndose más. El Cónsul po
día representarse aún, vagamente, el caserón rosado y la ventana de rejas, pero el sol era
húmedo y quemaba como el de la aldea selvática. Aunque pegara el rostro a los barrotes,
ya no alcanzaba a ver la cara del Presidente; sólo su espalda cuando entraba al Palacio,
incomprensiblemente acompañado por el Coronel, que era él mismo, también sin cara.
En ocasiones, el cadáver de los ojos abiertos iba retrocediendo, con una sonrisa triste y de
perdón, hacia la oscuridad del sótano. Alguien salmodiaba en slang frases con claves y, al
final, sólo quedaba en el círculo luminoso del interrogatorio una mascarilla de yeso, con
piel y pestañas adheridas; el hombre cegado por los reflectores era el Cónsul y sentía la
sangre gotear sobre los nuevos zapatos neoyorquinos, pero entonces la sangre era suya y
se despertaba ahogado de horror ante los muñones de sus propias manos cercenadas por
el Coronel.
Para el Cónsul, esos fragmentos de memoria pertenecían al Coronel o a un sueño don
de el Cónsul soñaba con un coronel. La realidad era únicamente la Heilwigstrasse y sus
hermosas fachadas de ladrillos rojos, todas iguales, mojadas por la lluvia. Ante el 125, el
Cónsul miró hacia sus ventanas del segundo piso y se dijo que debería colocar el escudo
nacional de una vez por todas, como se lo había propuesto apenas ocupó el cargo. Des
pués recordó los diarios de la semana y que ya no valía la pena. ¿O habría que ponerlo de
todos modos, como uno de sus últimos actos oficiales? Siempre había ido rehuyendo el
trámite engorroso, el aviso al ministerio en Bonn, la vigilancia sobre el pintor alemán, con
seguridad incapaz de dibujar el cuello grácil de la llama (¿O el animal heráldico era la vicu
Los ejércitos inciertos 47
ña?) Pero tampoco creía mucho en las noticias de la prensa sobre el cambio de generales
allá lejos y decidió no preocuparse, todavía. Pensó: «Deberán comunicármelo personal
mente. Mientras el télex no llegue, tengo derecho a poner el escudo».
Antes de tomar el primer vuelo dominical de la bea hacia París, la muchacha rubia com
pró en el aeropuerto de Heathrow un libro de Louis Aragon y un hermoso dry pen que
escribía con tinta violácea, casi amatista. La muchacha había nacido un invierno en Lieja y
la amatista era la piedra de su horóscopo. Una hora después subió a un taxi en Le Bourget
y se hizo llevar a la plaza de la Contrescarpe, en el Barrio Latino.
Descendió la calle Mouffetard y volvió a remontarla, buscando memorias casi bo
rradas, caminando sin prisa, deteniéndose en los pequeños teatros a mirar algunas foto
graf ías conocidas o en las tiendecitas árabes a examinar los manojos de pañuelos. Eligió
un pañuelo rojo y negro, que se anudó flojamente al cuello. Más adelante compró a una
verdulera una gran manzana y un cartucho de fresas. A mediodía se sentó en un café de
la plaza, a comer las frutas y pensar en el hombre que la amaba. Cuando las campanas de
Saint Etienne–du–Mont dieron las dos de la tarde, estaba ensimismada en la lectura de los
últimos poemas de Aragon. Pagó el café que no había tomado y caminó hacia el río. Allí
se detuvo un rato en la balaustrada del ancho puente de piedra, mirando el agua que fluía
hacia el Oeste. Luego arrojó las viejas memorias de París y el libro a la corriente sombría
y aguardó a que fueran hundiéndose entre los remolinos formados por los pilares. A las
nueve de la noche tomó en Orly un avión hacia Alemania Federal. El pasaje estaba en su
bolso desde un mes antes, con el nombre que figuraba en el pasaporte belga.
El lunes se levantó muy temprano en el hotel de Hamburgo y llegó a una gran tienda
cuando recién abrían las puertas. Allí, casi a solas con las vendedoras, compró una peluca
gris de cabello natural, un abrigo caro, botas, un gran bolso de ante y un cuaderno escolar.
En Hamburgo la primavera era húmeda y fría para las personas de edad, muy distinta al
sol de Hyde Park o de la Contrescarpe. Casi no se veían niños por la calle. A las diez de la
mañana la muchacha se paró en la puerta principal de la tienda, a un costado de la multi
tud que entraba y salía. Un hombre joven y alto, de piel atezada (podía haber sido árabe, o
italiano, o de América del Sur), se quitó a su lado unos anteojos oscuros y los plegó cuida
dosamente, antes de introducirlos en su estuche. En la mano izquierda usaba un curioso
anillo, como un cilindro opaco.
La muchacha no conocía a ese hombre. Pero muchos meses antes, el hombre que la
amaba había dicho con su voz grave de acento apocopado a la muchacha, que también lo
amaba: «Apréndelo, pues. Los anteojos. El anillo vietnamita de aluminio. No hay sol, pero
también debo protegerme de la lluvia, ¿no le parece? Un 38 largo es mejor». El campo de
entrenamiento estaba en la selva y había gritos de monos y el zumbido obsesionante de
las cigarras tropicales. En Hamburgo el hombre alto dijo: «No hay sol, pero también debo
protegerme de la lluvia, ¿no le parece?». La muchacha asintió con la cabeza y sólo contes
48 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
tó, mirándolo a los ojos: «Un 38 largo es mejor». El hombre volvió a ponerse los anteojos
y caminaron unidos del brazo hacia el bmw alquilado en Italia. Más tarde, en el nuevo
hotel donde se registraron como un comerciante de Milán con su amiga, la muchacha
rubia arrancó una hoja del cuaderno y escribió con el lápiz amatista y en grandes letras
mayúsculas:
Victoria o Muerte
Sieg oder Tod
El Cónsul iba a salir a su caminata de todas las mañanas y su mujer estaba alcanzán
dole el impermeable, cuando la secretaria lo detuvo en la puerta del despacho. «Ahí está
la señora australiana de nuevo. Ya ha venido dos veces esta semana». Y añadió atropella
damente: «Llegó un cifrado por el télex. Lo dejé en su mesa». El Cónsul hizo una mueca:
era la misma del Coronel y se dio cuenta de que correspondía al ministerio de Goberna
ción, no a la Heilwigstrasse con sus casitas de ladrillo. Entonces dijo a la secretaria que
hiciera pasar a la señora australiana.
La secretaria era alemana y muy joven. En el fondo siempre temía al Cónsul, aunque
no había conocido al Coronel. Rara vez aparecía trabajo en el Consulado, sobre todo en
los últimos tiempos. La secretaria pasaba sus horas muertas leyendo revistas con foto
novelas. A veces la mujer del Cónsul entraba con dos tacitas de café (el matrimonio vivía
en el mismo piso) y una sonrisa estúpida en su cara de chola, pero la secretaria, aunque
hablaba español, casi no le entendía la pronunciación de vocales escasas y callaba, hasta
que la pobre mujer volvía a sus habitaciones. De noche, la secretaria, que era de Bad Go
desberg y extrañaba los álamos y las orillas verdes del Rhin, apagaba la luz de su pequeño
cuarto de Hamburgo invadido por los ruidos de una estación ferroviaria y en la oscuri
dad aparecían los dientes de lobo que el Cónsul enseñaba al hablar, como una inusitada
máscara de guerra en el rostro blando y pacífico. Esa mañana los dientes de lobo habían
relucido un instante, cuando le habló del télex.
La muchacha rubia entró al despacho, conducida por la secretaria. El Cónsul estaba
de pie, pálido y encorvado, mirando fijamente el papel amarillo extendido sobre la mesa,
que sujetaba con una mano. Con la otra escribía a veces en otro papel, después de consul
tar una tarjeta. No parecía haberlas oído. La muchacha llevaba la peluca gris, sujeta por
el pañuelo de la calle Mouffetard. Se había puesto dos abrigos; debajo de los pantalones
había otra ropa y usaba un maquillaje de base amarillenta, que acentuaba con maestría
ciertas arrugas naturales y oscurecía la piel contigua a los ojos sin pintar. El segundo abri
go, matronil, ocultaba la línea pura del cuello y la barbilla. Fue presentada al Cónsul por la
secretaria, que pronunció mal el apellido, indecisa.
La muchacha rubia empezó a hablar en inglés, con una voz largamente ensayada, la
voz metálica de su abuela de Brabante. Solterona y algo excéntrica, la socióloga austra
liana pidió datos y publicaciones sobre el país subdesarrollado, insistió en un complicado
proyecto de investigación. Él lo sentía mucho, pero el Consulado no disponía de ese ma
Los ejércitos inciertos 49
terial, dijo el Cónsul, levantando apenas la cabeza. Debería entenderse con la secretaria.
Pero la voz metálica seguía hablando en inglés, invadiendo los pensamientos del Cónsul,
impidiéndole concentrarse en las cinco columnas de cifras donde se le anunciaba que
todo había terminado, que el General ya no temía los secretos guardados por el Coronel,
que ahora vendrían el regreso y la humillación; quizás también la venganza de la guerrilla,
derrotada pero no disuelta. El cifrado estaba dirigido al Coronel, pero el Cónsul pagaría
las consecuencias.
Las dos mujeres no sabían que en ese momento el Cónsul estaba insultando al Coronel
en una oficina del caserón rosado. Ambos se gritaban obscenidades y sus voces se mez
claban con los pregones de las indias vendedoras de cigarrillos en la plaza, con el huaynu
quejumbroso que vertía del segundo piso de Gobernación en la radio de un detective, con
las estupideces de aquella australiana loca. En medio de ese coro destemplado el Cónsul
no podía distinguir su propia voz. La muchacha rubia pensó: «Dios, Dios, tiene que que
darse solo conmigo». Al menos la vieja podía ser acallada y el Cónsul dijo, mientras el
Coronel lo injuriaba por la cobardía de haber huido a Hamburgo: «Fraulein, vea por favor
si hay algunos folletos de turismo». Al salir la secretaria a cumplir la última orden, él se
inclinó otra vez, verificando las cifras del papel amarillo.
La muchacha rubia se le aproximó y quedó a su derecha, a cuatro pasos de distancia.
Con sus manos enguantadas abrió el gran bolso de ante, donde no había más que una
hoja de papel y un revólver calibre 38 largo. (Esta arma era su idea y la había defendido
obstinadamente allá lejos: «No quiero pistolas que se encasquillan, no quiero cargadores
de repuesto. Sólo quiero seis balas y todavía van a sobrarme tres».) Empuñó el arma fa
miliar, pero la mantuvo todavía oculta tras la tapa del bolso. Se movió algo más hacia su
propia derecha. El hombre tenía que verla, el cazador debía dar su oportunidad a la bestia
atrapada, porque ésta era una operación militar pero también una tarea política y debía
ser ejecutada de frente. Y al mismo tiempo, pensó que todo era superfluo, que el Coronel
ya estaba muerto, que lo había estado desde que la australiana entró al despacho.
En ese punto del tiempo que se agotaba, el cadáver del Coronel levantó los ojos de su
blanca mascarilla mortuoria y miró a la mujer desconocida que sonreía. Ella le devolvió la
mirada, ya sin odio, mientras dejaba caer el bolso al suelo y descubría el revólver en posi
ción de tiro, aferrado con las dos manos. Después, con un gracioso movimiento corporal,
separó un poco los pies y dejó gravitar su peso en la pierna derecha (como le había ense
ñado el instructor). Simultáneamente, extendió los brazos unidos y disparó tres veces, con
pausas exactamente iguales, sobre el Coronel muerto. Vio los tres impactos acumularse
en la misma zona del pecho y casi pudo seguir su trayectoria horizontal hasta que hicieron
estallar el corazón, porque los ojos del Coronel, siempre fijos en ella, quedaron turbios de
pronto. El Coronel se hizo cada vez más pequeño y fue deslizándose hacia abajo; primero
de rodillas, luego sentado sobre los talones, al fin desprendiendo sus manos engarfiadas
en la mesa, que agarraron el papel amarillo y se lo llevaron. El Cónsul quedó encogido en
tre la pared y la mesa, silencioso. Las detonaciones reverberaban todavía en el despacho
50 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
y una breve niebla azulada flotó bajo la pantalla de la lámpara. Sin abandonar el revólver
empuñado, la muchacha sacó del bolso la hoja de cuaderno escrita con tinta amatista y la
colocó a los pies del Coronel.
Aun no se había incorporado, cuando oyó abrirse la puerta como una explosión. Sintió
un golpe terrible en la nuca y dos brazos frenéticos la inmovilizaron de rodillas, mientras
la cara de la mujer del Cónsul se pegaba a la suya entre gemidos y frases en quechua,
mojándola con lágrimas y saliva. La mujer olía a perfume francés, pero sus facciones esta
ban descompuestas en el rictus de las máscaras seculares y el idioma incomprensible se
alargaba en los lamentos bestiales de las plañideras fúnebres. La muchacha rubia luchó
en silencio. Por primera vez desde su entrada al edificio se sintió aterrada. En su puño
enguantado el revólver se incrustaba entre los pechos de la mujer, pero la muchacha supo
que no apretaría el gatillo. La mujer estaba viva de verdad y su ferocidad había nacido mu
chos siglos antes, era parte de lo que la muchacha amaba. El odio y el amor rugían en la
india llorosa, como el viento negro que talla desde el principio del mundo los desfiladeros
y el altiplano pedregoso.
La muchacha dejó caer el arma inútil. Con la flexión practicada antes muchas veces,
liberó sus brazos. Después golpeó en dos puntos con el canto de las manos. Semiasfixia
da, la viuda cayó de rodillas, aferrando la peluca gris y el pañuelo con los colores de la
rebelión. Antes de desvanecerse, atónita, miró la masa de pelo rubio derramada sobre los
hombros de la vieja señora australiana que caminaba hacia la puerta.
Diez segundos para llegar a la escalera. Recuerda: no hay ascensor. Atención a la segun
da puerta del pasillo, que es el consulado dominicano. Veinte segundos para la calle. Sigue
lloviendo y la Heilwigstrasse está desierta. El automóvil espera a la vuelta de la esquina,
pero tendrás que pasar antes por la estación de policía. Respirar cada tres pasos, rítmi
camente. Aspirar–expirar. El policía de guardia te mira mientras caminas sin paraguas
bajo la lluvia, con la cabeza extrañamente descubierta y sonriéndole con timidez. Sesenta
segundos para llegar a la esquina, entre las interminables fachadas de ladrillo, como lo en
sayaste tantas veces. (Falla primera: ahora la viuda podrá describirte.) Atención: quizás se
abra una ventana del segundo piso y alguien grite; otros correrán a tu encuentro sobre el
asfalto reluciente, a cerrarte el paso. ¿Dónde se metió la secretaria? Son las nueve y veinte
de la mañana, o mejor, las cero–nueve–dos–cero, en Hamburgo, República Federal de
Alemania. ¿Y qué más, qué más? No lo sé. Sí, lo sabes. Trata. Claro: primero de abril de
mil novecientos setenta y uno. ¿O de qué? Del uno–nueve–siete–uno. Nueve meses para
planear la acción, dieciocho minutos para ejecutarla. Desarmés, incertaines. ¿Se deberá
incluir el minuto treinta y cinco segundos necesarios para llegar al automóvil? Respirar
cada tres pasos. ¿Dónde termina realmente la operación? El objetivo está en el segundo
piso, muerto, con tres balas calibre 38. (Nada de pistolas, mi amor que me enviaste.) ¿En
qué variará el resultado si no alcanzas al hombre del anillo vietnamita, tu primer anillo
de compromiso? En nada. Ya no existes para las condiciones objetivas y has dejado de ser
una condición subjetiva necesaria. Oh, soldados de los ejércitos inciertos. Veinte segun
Los ejércitos inciertos 51
dos. Antes de doblar la esquina, oirás los alaridos inevitables y alguien te apuntará con
una pistola. (Falla segunda: el revólver quedó en el despacho; con rayos x se puede leer
una numeración borrada por medios químicos.) El agente tomará puntería después de la
primera voz de alto; la Heilwigstrasse es el corredor del polígono de tiro y tu espalda el
blanco móvil. Aspirar–expirar. Expirar. ¿Todos siguen durmiendo en el 125, o son unos co
bardes asquerosos con miedo a una mujer? ¿Dónde se escondió la secretaria, con su cara
llena de granos? Tienes que calmarte. La lluvia es tibia y cordial; por favor, siente tus pies
abrigados dentro de las botas nuevas. Respirar cada tres pasos.
El bmw está con el poderoso motor en marcha y en primera velocidad, neutralizada por el
embrague. El hombre juega con el anillo de aluminio. Ve que en el cronómetro del tablero
faltan siete segundos; entonces pone la mano izquierda en el volante y con la derecha qui
ta el seguro a la subametralladora que tiene sobre las rodillas. Un pie oprime el embrague;
el otro roza el acelerador todavía silencioso. Porque la muchacha rubia y desconocida que
es su jefe lo ha decidido, el hombre es solo un dispositivo articulado intermedio entre el
arma y el automóvil: no debe tomar ninguna iniciativa. Como en su país era ingeniero,
imagina ser una computadora programada con sólo tres alternativas: si viene sola, ella
subirá al automóvil por la portezuela entornada y empezarán la exfiltración hacia Copen
hague; si vienen persiguiéndola y hay posibilidades de que llegue al coche, él cubrirá la
retirada a tiros; si ve que la detienen o la hieren, deberá abandonarla a su suerte.
Se extingue el último segundo. La muchacha aparece en la esquina, caminando con
normalidad. Lleva las manos en los bolsillos del abrigo; el cabello rubio y empapado le cu
bre los grandes ojos claros y cae sobre los hombros erguidos. Viene sonriendo y sus labios
se mueven sin cesar en un monólogo inaudible. Abre la puerta y se ubica en el asiento, sin
prisa, recogiendo las largas piernas. El bmw arranca con suavidad.
La disposición del tránsito obliga a doblar hacia la derecha y entrar en la Heilwigstras
se, desandando la ruta de la muchacha, para salir por la otra esquina hacia la autopista.
Los limpiaparabrisas están desbordados ahora por la lluvia que arrecia; la muchacha sólo
puede ver imágenes borrosas que pertenecen al país de los muertos: el policía en su sitio,
la puerta del 125 cerrada como ella la dejó. No hay nadie en las aceras, donde la lluvia cae
desde el amanecer y ya ha arrastrado hacia las cloacas toda la suciedad. La Heilwigstrasse
está limpia.
La muchacha empieza a quitarse la ropa de la australiana. Terminará de cambiarse y
secará sus cabellos en el segundo automóvil, que espera en una granja de Reinbeck, con
otro equipaje y nuevos pasaportes. Después entrarán a Dinamarca en el ferry de Puttgar
den y luego vendrán Suecia, Holanda, Francia. Quizás, en algunos meses, otra vez Amé
rica del Sur.
Las barandas de la autopista pasan con un soplo isócrono a ciento cuarenta kilómetros
por hora. El hombre conduce en silencio, tras sus anteojos oscuros, y no ha hecho una
52 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
sola pregunta. Ella mira las manos fuertes y finas, el rostro huesudo y mal conocido, los
hombros sólidamente encajados en el asiento de cuero. Mira sus propias manos, que han
matado por primera vez.
La muchacha rubia consultó el almanaque, sintió una felicidad desconocida, caminó hacia
la ventana de la casa quinta que la había esperado como fin de su viaje. Eran las cinco de
la tarde y a esa hora terminan las clases escolares en Montevideo. Bandadas de niños iban
por la avenida del Prado, balanceando las carteras y relatando a sus madres las aventuras
del día. Empezó a contar con los dedos y recordó la alcoba de Helsingor, el cansancio del
ajusticiador, que se parece al de la consumación del amor, igual de triste, vacío y solitario.
Oyó de nuevo la respiración del hombre, que la miraba desde la misma almohada; vio la
mano con el anillo de aluminio, alargándose para apagar la lámpara; recostó otra vez la
cabeza en el hombro cómplice y compañero, para llorar largamente sus lágrimas inexpli
cables y silenciosas.
En el cuarto montevideano, donde el crepúsculo del otoño comenzaba a apoderarse
del aire, completó la cuenta de las semanas y las lunas en voz alta, sonriendo. Supo que iba
a tener un hijo, que nada había ocurrido en Hamburgo, que la resta y la suma igualaban
el resultado.
Exilio
Una mujer joven, que no está enferma, sabe que va a morir y hasta conoce la fecha aproxi
mada. Cuando lo dice, todos sonríen, pero callan y no osan desmentirla. En un día del ve
rano la mujer invita a sus amigos a la playa. Bajo el mediodía del Caribe se aleja del grupo
que conversa en la arena, para caminar, los pies en el agua, a lo largo de la rompiente. El
agua está tibia y el sol quema sus hombros y reverbera en sus largas piernas mojadas. La
mujer entra lentamente en el mar. Cuando ya no hace pie, sumerge el rostro con los ojos
abiertos y mira, esfumados en la penumbra verde y salada, corales blancos, anémonas
azules, algas de ondular despacioso y dos peces que cruzan como dos mariposas amari
llas. Después se vuelve de espaldas, el sol en la cara, y nada con brazadas perfectas hacia
el arrecife que todavía no se ve. El mar la envuelve en un misterioso vaivén de vida, el sol
impone su calor sobre un mundo donde ella es el centro solitario.
Un puesto de comidas cerca del hotel 53
Al día siguiente la mujer inicia el largo viaje oblicuo hasta su país, donde entra meses
después con el cabello teñido, un pasaporte falso y sus direcciones aprendidas de memo
ria, para reincorporarse a una guerrilla ya condenada al aniquilamiento.
Una semana más tarde una patrulla del Ejército irrumpe por fin en una casa suburba
na que ha resistido el cerco durante toda la noche, hasta que los defensores quedaron sin
municiones. Encuentra tres hombres muertos y, encogida en un rincón, con su arma in
útil, a la mujer, ilesa, que respira lentamente y mira con ojos vacíos una penumbra verde y
lejanísima, donde pasan mariposas amarillas. Sin que se resista, la incorporan tomándola
de los brazos, que le han atado a la espalda con alambre y la sacan caminando de la casa.
El sol quema como en la playa, aunque sea el del altiplano. La mujer está empezando
a unir ambos recuerdos, sonriendo, cuando el oficial la ejecuta de un nítido balazo en la
sien.
El hombre ocupa el cuarto de enfrente, con un muchachito de siete u ocho años, que debe
ser su hijo. El niño viste, como él, ropas comunes en Cuba: pantalón y camisa de tela rús
tica, botas de trabajo. Siempre va de la mano del hombre.
Larrosa se cruza con ellos al entrar o salir del hotel, sin obtener un saludo. El padre es
un mulato joven, de rasgos finos y reconcentrados; su seriedad angulosa le agrega algunos
años. En el desmesurado hotel de La Habana, construido entre las dos guerras mundiales
sobre arrecifes de coral convertidos en jardines, hay turistas canadienses, exiliados latino
americanos con los rostros devastados por el paludismo de la selva, parejas de adolescen
tes campesinos en luna de miel y una cantante española de moda, afiliada en su país al
Partido Comunista. También algunos cubanos de rostro impasible, pelo muy corto y ojos
fatigados, ropas civiles pero gestos de hábito militar, que sólo hablan entre ellos. Aunque
ya hace muchos años que no vive en La Habana, para Larrosa toda la gente del hotel es
descifrable, menos el hombre del cuarto de enfrente y su hijo.
Los dos salen muy temprano, aunque el hijo no lleva libros ni cuadernos. Vuelven al
atardecer y Larrosa no los ve nunca en los comedores, ni en la cafetería o en la sala de
juegos mecánicos, ni tampoco en el vasto jardín con acantilados sobre el golfo de México
y los viejos cañones navales conmemorativos.
Ciertas tardes los encuentra en un ascensor. Las ascensoristas parecen conocer bien
al padre y al hijo, porque no les preguntan cuál piso, ni les hacen mostrar las tarjetas de
54 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
huésped. Entonces Larrosa camina por el corredor, oyendo detrás los pasos de sus veci
nos. Al cerrar su puerta aguarda un instante, hasta verificar que el hombre y el niño han
entrado al cuarto de enfrente. Le llegan apenas el ruido de una silla, el correr de una cor
tina o el rumor del agua fluyendo en el baño, pero nunca voces o diálogos o la campanilla
del teléfono. Luego va a abrir su ventana (porque el aire acondicionado no funciona) y se
sienta ante la máquina de escribir y el libro con los márgenes anotados, a trabajar en un
texto que debe entregar antes de su partida.
Finalmente, deja de ver a sus vecinos. Un día mira, por la puerta entreabierta del cuar
to de enfrente, a otros huéspedes. Esa tarde pregunta con aire casual a las ascensoristas,
pero ninguna sabe del hombre y de su hijo, o por lo menos no lo dicen. Sus expresiones
son algo artificiales y a la de más edad le pasa por los ojos una compasión fugaz. Una vieja
camarera negra y sabia, que Larrosa reconoce de otras visitas, añade algo, una mañana:
«La descarada le dejó el muchacho y ahora se lo pide». Pero la frase no es aclarada y por
último Larrosa la olvida.
Dos semanas después entrega su prólogo en el Instituto y Alfredo lo llama por la no
che, para confirmarle la aceptación del trabajo, pero no la reserva en el vuelo de Iberia
que sale al día siguiente. Sugiere ir de todos modos al aeropuerto y ponerse en la lista de
espera.
A las cuatro de la mañana Alfredo viene a buscarlo en su Lada soviético. Mientras co
loca en el asiento trasero la única maleta, explica por qué el vuelo a Madrid está completo:
«Hoy es día de gusanera», dice.
Sobre la hermosa carretera a Rancho Boyeros el amanecer apunta rojizo y neblinoso.
El Lada se adelanta ágilmente a omnibuses japoneses y cruza camiones alemanes car
gados de legumbres para la ciudad. En los refugios a la orilla de la ruta esperan grupos
de obreros, echando el vaho de su aliento en la atmósfera helada. Las nuevas fábricas y
granjas van quedando atrás, alternadas con los grandes carteles multicolores donde la
Revolución propone sus consignas. En la parada de un semáforo dos muchachitas ma
drugadoras, que transportan un viejo sillón, sonríen a Larrosa y después se tientan de
risa, avergonzadas y gráciles, con sus pañuelos rojos y sus dentaduras perfectas en la piel
aceitunada. Casi enseguida, a la derecha, aparecen los altos y blancos timones de cola de
los Ilyushin y Tupolev, agrupados detrás de las palmas y el verdor.
Alfredo es funcionario del Instituto y el más antiguo amigo de Larrosa en Cuba, pero
también algo más, que le permite solucionar algunos trámites de embarque. Mientras lo
intenta, Larrosa observa al gentío que se apiña ante el mostrador de Iberia: los que se van.
Bajo las luces de neón, son más de un centenar y se mueven con ademanes torpes,
dentro de sus ropas demasiado nuevas, recién entregadas. Muchos hablan con voz inne
cesariamente alta, pero su charla es insustancial. Otros susurran con atropello, los ojos
fijos en el suelo, sin mirar al interlocutor. Los parientes que han venido a despedirlos,
lacónicos y mal vestidos, parecen secretamente avergonzados por esa facundia, crispada
a veces en una frase irónica o un insulto político contra Fidel Castro. Los guardias adua
Un puesto de comidas cerca del hotel 55
neros, de uniforme claro, pasan con indiferencia, como si no oyeran. Los niños que se van
tienen zapatos nuevos; desde la cola, entre los equipajes heterogéneos y provincianos del
viajero primerizo, miran a los niños que se quedan y que están estirados lánguidamente
en los asientos o duermen sudorosos en el regazo de sus madres. Todavía falta un rato
para que los viajeros pasen a la sala de embarque, donde el espeso cristal impedirá oír a
los que dejan. Pero otro cristal divide ya el salón ruidoso; el arco que iba de unos a otros se
ha quebrado y las palabras pierden su significado, exageradas o insuficientes.
Desde los altavoces del techo vienen un tañido y una voz femenina que da instruc
ciones. Comienzan de pronto los abrazos largos y mudos, las recomendaciones musitadas
con las cabezas juntas, las bromas inseguras de los más jóvenes, donde canta el acento
campesino. La columna se mueve poco a poco hacia el embarque y entre el rumor de
pies y el de los equipajes arrastrados corre una pleamar de alivio. Algunos ancianos lloran
como para sí mismos. El salón rebosa de gente que se separa; unos se alejan hacia la calle
o permanecen de pie, indecisos; los otros, ya debidamente despedidos, un brazo sobre los
hombros del compañero de viaje, falsamente regocijados, miserables, bocas altivas, caras
demudadas, ojos desafiantes, caminan hacia el avión definitivo. En un instante han que
dado reducidos a su propia y solitaria comunión. Ya no están en el país, aunque todavía lo
pisen; su decisión los ha borrado de la realidad.
Súbitamente, Larrosa reconoce entre la fila al niño del hotel, que camina junto a una
pareja madura y lleva en la mano un bolso amarillo. La gorra nueva disimula su pequeño
rostro inexpresivo, pero es él. Casi al mismo tiempo, en una intuición, Larrosa desplaza
la mirada y ve al padre, alejado, contra una pared del fondo. El hombre está de pie y mira
al niño, que desaparece por la puerta de embarque sin volverse. El hombre gira la cabeza
y sus ojos encuentran un momento los de Larrosa y se cierran, pero quizás sólo sea un
efecto de la distancia.
Alfredo vuelve con la maleta y una noticia: no ha sido posible obtener sitio en el avión;
recién habrá otro vuelo dentro de tres días. Larrosa le dice que no importa y siente una
felicidad turbia, como cuando el azar nos ahorra la pequeña cobardía que ya habíamos
aceptado. Después regresan al hotel y Alfredo se despide, porque debe salir ese mediodía
al trabajo voluntario.
Al atardecer llueve sobre el jardín, esfumando las ceibas y los viejos cañones. Los cana
dienses vagan por el lobby con sus confortables chaquetas a cuadros, aburridos, sin saber
español. Larrosa toma en su nueva habitación dos tazas del café aromático y espeso. El
viento Norte viene desde el castillo del Morro. Los petroleros soviéticos anclados fuera
de la bahía rolan lentamente en torno a sus cadenas, con las luces desdibujadas en el aire
opaco. Las aguas del Golfo están grises y desde el cuarto piso se ve brillar el pavimento
mojado del Malecón.
Larrosa se pone una trinchera y baja a la calle, sin rumbo. Camina despacio hacia la
avenida Línea y más tarde se detiene ante un alto edificio de apartamentos, donde en la
última terraza asoman una palma enana y follajes tropicales. Allí habita el anciano poeta
56 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
nacional y Larrosa recuerda otras noches de diez años atrás, la voz abaritonada del viejo
célebre diciendo sus versos, el rostro absorto de alguien que escuchaba, el perfume del
último verano.
Flamantes taxis Chevrolet, importados de Argentina, pasan de vez en cuando con un
susurro de neumáticos, pero la avenida está desierta de transeúntes. En la siguiente esqui
na el viento sopla con más fuerza y la lluvia le da en la cara, obligándolo a guarecerse en
un portal que tiene la chapa desteñida de un Comité de Defensa de la Revolución. En la
penumbra, otro viejo, con un pedazo de nylon transparente sobre la cabeza a manera de
capa, lo mira cauteloso. Viste con modestia y un rastrojo de barba blanca le cubre las me
jillas correosas. Usa una gorra de visera, con señales de alguna antigua insignia en la tela
gastada. Entre la dentadura despareja pero entera aprieta el cabo apagado de un habano.
Parece un pescador o campesino venido a la ciudad.
Larrosa le acerca su encendedor de gas, pero el viejo lo toma con una mano y con la
otra quita el cabo de la boca y lo mantiene en la llama, mirándola fijamente.
Larrosa no dice nada. El agua que le ha empapado los cabellos descubiertos está
corriéndole cuello abajo, muy fría. Se quita los anteojos constelados de gotas que le im
piden ver. Ya es casi de noche y las luces de sodio van encendiéndose mágicamente a lo
largo de Línea.
«Gracias, míster. Esta fosforera es un fenómeno», dice el viejo con sus palabras cuba
nas, devolviendo el encendedor laqueado. El cabo de habano está húmedo y tira mal. Es
un resto de «cazador», fuerte y ordinario; el olor acre invade el portal. Larrosa palpa en
el bolsillo de su camisa la forma del Cohiba, intacto en su envoltura y reservado para la
cena. Piensa en ofrecerlo al viejo, en iniciar una conversación política bajo aquel portal
de un cdr, en hablarle de latinoamericanos y extranjeros en la Revolución (el tema que
ha desarrollado en el prólogo para Alfredo). Pero lo asalta una vergüenza inexplicable, no
dice nada y empieza a caminar hacia el hotel.
El enorme edificio rosáceo se alza entre la lluvia, con sus ventanas iluminadas. En las
dos torres de estilo español, altas como campanarios de una catedral, los azulejos relucen
a la luz cárdena suspendida sobre el mar.
En una esquina próxima al hotel, castigado por el agua y el viento del Golfo que llegan
en ráfagas rasantes, hay un puesto de comidas con algunos parroquianos de pie, apoya
dos en la barra. La marquesina los protege, silenciosos bajo la lámpara de neón, traídos
El viaje al origen 57
quizás por la lluvia. Más adentro, el joven cocinero negro lee el diario del Partido, grave y
deletreante, acercándolo a sus anteojos de miope. La camarera madura y opulenta, rostro
ajado y autoritario, cabellos teñidos de rojo, escruta a Larrosa. Los clientes comen porcio
nes de pizza envueltas en servilletas de papel; algunos tienen junto al plato una botella de
cerveza. El hombre del hotel está allí, abrigado con una vieja chaqueta militar de fajina.
Larrosa pide una cerveza, examinándolo de reojo. Lo encuentra más pequeño que en
el hotel, más humilde y fatigado que en el aeropuerto. Mira la chaqueta mojada que se
abre sobre la ropa ordinaria, las botas despellejadas; mira su propia trinchera española,
cara y fuera de lugar. Quiere sobreponerse a la vergüenza que vuelve, recurrir al análisis
político que explicará la situación, pero también le parece fuera de lugar, con ese hombre
silencioso a su lado. Piensa: «Está saturado de cansancio, pero no confuso. No lo sabe
todo, pero ha aprendido por fin a distinguir lo falso que es cómo se hacen las revoluciones
verdaderas. Está en medio de un trabajo formidable que durará toda su vida y también la
del niño».
Bajo la luz escasa del puesto de comidas, ante el alimento modesto, el hombre del hotel
escucha algo en el viento. Con respeto, Larrosa se quita los anteojos inundados, para verlo
mejor y llevarse su imagen. El rostro del hombre parece menos duro, repartido entre el
dolor y la confianza. Las gotas de agua o lágrimas le resbalan por las mejillas. Larrosa se
dice que el viejo del portal tenía razón.
El hombre del hotel, sin reparar en el extranjero, mira fijamente hacia adelante, solo,
de espaldas a la oscuridad creciente y al rumor de la lluvia.
El viaje al origen
A Mercedes Ramírez
¿Qué sostengo en la mano? ¿Una flor, un fruto? La mirada me sigue en la penumbra: infi
nita rendición, traspaso de poderes. ¿No soy acaso el primogénito? La voz susurra apenas.
¿Qué está pasando detrás del cansancio de la terca vida de ojos abiertos? El pedido que
sólo puede hacerse a la mujer o a un hijo, se ha transformado en el ensalmo que da conti
nuidad a las generaciones. Mis manos se mueven con respeto, mis ojos evitan encontrar
los suyos, fijos con un destello de amor y agradecimiento en el rostro también inmóvil,
que empieza a preparar la expresión ajena de la muerte. Treinta años de ternura, incom
58 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
«Yo quería verte», dijo la extraña voz de mi padre por el teléfono internacional, «pero no
se puede. Igual todo está bien». Al principio de la llamada desde Montevideo, antes de que
llevaran el teléfono al enfermo, mi hermano Javier había hablado con su estilo telegráfi
co, seguramente mordiendo la pipa para disimular las vocales temblorosas. «Ha habido
consulta médica. Dicen que esto se acaba». En La Habana, contra un fondo de descargas
estáticas y ruidos en inglés (porque la comunicación pasaba por Nueva York) pregunté
cuánto tiempo. «Cinco días, una semana.»
Mi padre, que sabía todo mejor que los médicos o Javier, prosiguió: «No hagas un dis
parate. No vengas». Hablaba desde un sitio enrarecido, que le cambiaba la voz, o era el
cáncer aproximándose a la laringe y fijando los plazos por su cuenta. Antes de que la voz
desapareciera bajo los gritos de una mujer que preguntaba a Julie Silberman cuándo lle
garía («En cualquier momento», decía Julie) vino desde Montevideo la frase de la verdad
que yo esquivaba, pero mi padre no tenía tiempo: «Mejor me despido ahora». Grité, sin
saber si me escuchaba, eligiendo yo también la verdad: «Aguante, aguante, que yo voy».
«En cualquier momento», dijo Julie Silberman y cortó la comunicación.
En La Habana eran las siete de una mañana de febrero. Bajé a la cafetería del hotel para
desayunar con Aurelio, según lo convenido en otro desayuno; el día de Aurelio empezaba
antes de salir el sol. Llegó pequeño y sonriente, con la cartera de mano abultada por la pis
tola, el uniforme de fajina verde olivo que no usaba casi nunca y la mirada de niño pobre
y feliz. «¿Qué hay de nuevo en Montevideo?» dijo, pero esta vez la frase de costumbre no
conduciría al tema de costumbre. Le dije qué había de nuevo en Montevideo.
«Ese viejo está claro», sentenció, luego de escuchar en silencio la historia común y
triste. «Tiene toda la razón.» Y sin embargo a Aurelio no hacía falta explicarle la rabia
impotente del destierro, la necesidad de anular la distancia con una tentativa, la forma
en que mi padre iba a morir como estaba muriendo mi país: conmigo lejos. Aurelio sabía
de la relación tácitamente aprobatoria con mi padre, blanco viejo, que incluía en algunos
puntos básicos los acuerdos, las discrepancias y el respeto. Tampoco había que explicarle
las inflexiones del diálogo conservado por las grabadoras de Nueva York, donde la muerte
tal vez se llamaba Julie Silberman. Sólo dije: «Mañana hay un vuelo de Cubana a Madrid.
¿Podés arreglarlo?» Aurelio me miró unos segundos. Sin darse cuenta, había adoptado la
posición a que lo acostumbraran cafeterías de la clandestinidad: las dos manos sobre la
mesa y la cartera de mano a la derecha, pero junto al borde. Después bebió el resto del café
y sacó la eterna libreta negra y el bolígrafo checo. «Dame los datos» dijo, otra vez sonrien
te, el niño pobre de uniforme verde olivo, que era dueño de su país.
El viaje al origen 59
Al atardecer de ese día me senté en mi terraza del piso 12, a ver cómo el golfo de México
iba oscureciendo sus azules. Sobre el escritorio estaban el pasaje a Madrid y el pasaporte
recibido en Montevideo al salir de la cárcel, con un pequeño sello pérfido que lo invalida
ba para volver. Pero aun no se me había ocurrido ninguna idea de cómo entrar.
Seguí buscándola al día siguiente, durante el vuelo y después, cuando caminaba por
una avenida invernal de Madrid, negociaba en una agencia hasta lograr sitio en un avión a
Montevideo del mismo día y compraba un pasaje optimista de ida y vuelta. No la encon
tré y tampoco la había hallado cuando descendía en Carrasco, a las tres de la mañana, la
escalerilla del avión esfumado en el torrente de una lluvia veraniega, ni cuando iba hacia
el viejo edificio, bajo el inmenso paraguas rojo de un empleado solícito. «En cualquier
momento» había dicho la señorita Silberman y tal vez yo imitaba su acto impredecible,
mediante débiles argucias: tomar un vuelo que llegaba en la madrugada de un domingo,
cuando los policías de Migración son menos y están posiblemente adormilados; hacerme
extender el pasaje con mi apellido materno, dejando al primero como inicial inocente y
verdadera; llevar sólo un bolso de mano para no demorarme en la aduana. Tras el mostra
dor, ninguno de los policías de civil, ya con el abrigo puesto, hojeó demasiado el pasaporte
inútil, ni consultó listas; nadie se extrañó del trasplante de los apellidos. Llovía mucho y el
mío era el último vuelo en esa noche de perros, por fin. Aun me obsesionaba la idea inen
contrable al pisar la acera exterior y haber entrado al Uruguay.
Un taxi se acercó, bajo la lluvia que me empapaba gozosamente. Los residuos de tedio
sas medidas de seguridad que alguna vez había aprendido, me hicieron dar una dirección
a diez cuadras de la verdadera.
El taxi atravesaba un país invisible, que yo no miraba pero iba reconociendo caute
losamente por sus olores y sus pavimentos. El césped de las autopistas, los bosques de
eucaliptus o pinos y las playas que íbamos dejando atrás, enviaban en la lluvia sus aromas
casi olvidados. Luego aspiré el olor de Malvín y entreabrí la ventanilla, porque estábamos
entrando al barrio de la casa paterna, destino del viaje iniciado tres días antes en una isla
del Caribe. Desde la esquina desinformadora caminé por las calles dormidas y mal ilumi
nadas, mientras dejaba que la lluvia de mi ciudad me diese en la cara. Por la puerta de cris
tales de la casa se veían las luces de una vigilia. Como siempre, el timbre de la entrada no
sonaba. Con la trinchera calada por el bautismo del regreso, enjugándome el agua de los
ojos, golpeé estruendosamente la puerta. En el rectángulo del cristal empañado, el rostro
de mi madre reflejó sucesivamente la alarma, el reconocimiento, el estupor y la felicidad.
«En cualquier momento.»
Llovió todo el domingo, pero no importaba; yo no tenía que ir a ningún lado en Mon
tevideo que no fuera la casa de Malvín, de donde no salí. Esa era una de las dos reglas del
viaje inexplicable. La otra, que el lunes a primera hora, cuando empezara el cotejo de las
listas de pasajeros en alguna oficina, yo debía estar en Buenos Aires.
Casi ningún pariente fue enterado. Los demás sabían a qué había venido: mi madre y
mis hermanos no le quitarían tiempo al hombre callado y sudoroso bajo la sábana, cuyos
60 Carlos María Gutiérrez — Los ejércitos inciertos y otros relatos
plazos eran estrictos. Después de mi llegada, el amanecer ha entrado por las persianas en
treabiertas, pero ni él ni yo lo advertimos y he apagado la lámpara horas más tarde. El café
traído por mi madre se ha enfriado en sus tazas, sobre la mesa de luz. A mediodía ella ha
venido a almorzar con nosotros, pero sin intervenir, limitándose a cambiarnos los platos
casi intactos. Inmóvil, de costado hacia mí, que estoy sentado junto a la cama, mi padre ha
escuchado en silencio mis historias de la prisión, del exilio y del viaje. De vez en cuando
ha confirmado con un gesto, enarcado las cejas si necesita una aclaración, sonreído si está
de acuerdo. Pero he sido yo quien más ha hablado. Sólo al principio, cuando separamos
nuestras cabezas confundidas en el abrazo del encuentro, ha pronunciado una pregunta
y una afirmación, donde hubo un trazo de orgullo. «¿Pediste permiso al gobierno para
venir?» «Claro que no.» «Eso es. Un hijo mío no tiene que pedirle permiso a un sinver
güenza para entrar a su país». Y ha continuado escuchando la puesta al día de esos años
robados, donde tienen que caber además la despedida final y otras cosas.
La sola noche que nos está permitida va detallando la ausencia, pero no alcanza con decir
dónde estuve, por qué lo hice, por qué seguiré haciéndolo. He venido también a que ese
hombre escuche las faltas que le oculté y perdone ésas y las que supo, sobre todo las del
desmedido orgullo de mi adolescencia insensata. El rito de la absolución a la hora de la
muerte debe cumplirse al revés. Mi padre ha oído sin soltar mi mano. Después, en silen
cio, la ha llevado a su mejilla y ha descansado la cabeza, sonriendo. La verdadera paz ha
empezado para los dos a partir de ese silencio: es la forma del perdón que vine a buscar.
Ya casi no tenemos nada que decirnos que no sepamos para siempre.
Exilio
La única luz en la habitación es el resplandor de la nieve, que entra por la ventana de do
bles cristales. Sobre el gran lecho nórdico una mujer y un hombre están encendiéndose
en las tareas del amor, unidos por sus bocas y por el centro de sus cuerpos, aferradas las
manos en el naufragio que los arrastra al fondo de la dicha.
En el instante único, mientras ella musita las palabras que sólo ellos conocen, él se
echa de pronto hacia atrás y mira sus ojos cerrados. En el rostro de la mujer, que la nieve
empalidece y el amor contagia de agonía, el hombre ve los rostros de todos los que que
daron en el país remoto: la mueca final de los torturados, los párpados enrojecidos de las
esposas ya sin esperanzas, el sudor de los que van a desaparecer, el temblor en la garganta
de las muchachas que están siendo violadas. La noche que los rodea contiene todos los
paisajes y silencios de la memoria intacta, inútil. «Abre los ojos», ruega el hombre en si
lencio, «o moriré de este dolor.»
Incluido afuera
1988
A Quijano
A Luis Blanco o Blankito
A Daniel Waksman
Para Ducho
no lo juzgues
es torpe
sin pareja
le duele la cabeza y siente envidia
sólo sabe ser cruel
no le explicaron nunca para quién trabajaba o para qué
tiene un oficio sucio andar con barro construir desdichados
y aunque se sienta un dios es un simple emisario
somos su tentación y tendrá que mirar
recibió órdenes
créeme naceremos
ten confianza
ya nos han condenado
el aliento que entró por tu nariz era el espanto
y quien se aproximó a soplar era la Muerte
entiende esto
jugaremos el juego de un idiota
y hay dos reglas
la primera creer que estamos vivos
la segunda él siempre gana
luego empieza otra vez y así por siempre
no sé bien los detalles desde luego pero no es juego limpio
el idiota hace trampa y se equivoca
su diversión su error consiste en esa idea
de que todo es dolor y no termina
Huelga de hambre
atónito
agita en las tinieblas sus antenas
se dobla sobre el vientre vulnerado
se aferra a ese relámpago espantoso
Explicación de la unidad
tu parálisis química
y mi horrorosa duda si lo dije
tu carnet sindical calcinado a balazos en la nuca
mi cadáver sin ojos entre los cangrejales de la playa
tu silencio terrible
mis aullidos finales
hermanito hermanita mi compañero compañera mía
Comunicación a la Sociedad
Interamericana de Prensa
si queda Juan
entonces
he pedido permiso el parte ha ido ha venido el permiso
y junto a la cisterna en el clavo oxidado
está el diario de hoy en pedazos prolijos en higiénicos textos
La visita
no importa ya
César Yeyuno ha muerto ya no le pega nadie
aquí no tengo nada
hay tres grados es julio
y en San Pedrito a veintiséis dentro de pocos días
Piedra blanca sobre piedra blanca 73
abajo
el claxon de una guagua llamaba periodistas retrasados
pero me quedé allí que era mi casa
había sudado la guayabera
Fidel Castro afirmó bajo el sol que ahora Cuba está sola
y algún guardián de la conciencia crítica
presupuestado en la Sección Metáforas del icap o el init
o como rayos sea el nombre de la fraternidad con oficinas
había dejado en la mesa
los versos del peruano mi socio buena gente
Vallejo sin abrir libro que vuelve
de una montevideana torpísima memoria
aquí no tengo libros y han dispuesto que la luz no se apague por las
noches
porque Pacheco teme a ciertos Sueños
pero si no me muevo y no tirito
tal vez pueda salir y a lo que venga
Última borrachera
y ahora qué
mi paisito
hermanito país
lomo que no te abrazo
frente que no te beso muerto que no acompaño
sangre que no me corre por las manos
dolor fotografiado lágrima en cablegrama
pobrecito país
lo que vas a romperte antes de que por fin
antes de que ahora sí y todos juntos
antes de que te pares entre el vómito seco de la última farra
varón cicatrizado
silencioso padrillo de la patria
y te inclines terrible y sin perdones
a hacerle el hijo nuevo de la vida
Madrigal
Aeroparque
a donde no se puede
a donde no se puede
Redactor de guardia
Lista salvada
El tuvo
cree ahora
una cara sin barba y manos que escribían la verdad aproximada
él tuvo
le parece
un sillón sólo suyo y una puerta
y tuvo
salvo omisión o error de esta memoria nueva
un árbol propio como todo el mundo y otro que era adoptado
un cuadro del que guarda una foto en kodachrome
y un armario de pino con camisas
Montevideo
todo se va borrando
y si demoro mucho no me esperes
que despierto asombrado y me lavo y me visto ya sin sombra
de lo que está olvidándome y me crece
de lo que traspapelo y se me muere
Equivocación de MacLuhan
En un quiosco argentino
O en otro de Madrid o de Lima en la lluvia
he visto vender versos en forma de carteles de amor
o de carteles contra la soledad
o de carteles que explican el recuerdo
Belfast Christmas
la comida es barata
irish coffee los sábados
puedo fumar los mismos cigarrillos
de los paracaidistas ingleses que torturan
La casa del notario cerca de Somosierra 83
La lluvia en el jardín
aunque de riego
el reloj de otro dueño
la noche que traspasa la distancia
todo invade
el aire irresistible
la certeza borrada
La cantada
Ciertos árboles
El aduanero bondadoso
se sentó a recordar
y no podía
Correspondencia en julio 87
Correspondencia en julio
Actriz de viaje
El desexilio
nada es verdad
pero ellos no lo saben
todo es verdad
pero ellos no lo saben
ojos abiertos
en un insomnio idéntico a otra noche
beben el vino del amor perdido
aspiran el olor de lo imposible
se enlazan mudos
se trasponen solos
combaten resignados
resbalan otra vez hacia la muerte
los dos de acuerdo
en no cargar los dados de la vida
Diciembre
el mariscal Ustinov
advierte al Occidente
sobre cualquier intento de desfoliar la flora de los campos
aún del socialista
y la otan examina represalias contra la Unión Soviética
porque ve átomos en la ojiva ajena
y no neutrones en la propia
Diálogo concertante
buzo parlamentario
me decís que subir muy lentamente por eso del nitrógeno
yo nadador desnudo
digo que el aire
me decís la paciencia
yo digo que los muertos y sus plazos vencidos
Café Sorocabana
no preguntés
no hay nada de que haya que enterarte
de mis nadas foráneas sobre todo
Café Sorocabana 93
la memoria inocente
nuestra primera baja de la guerra
fue secuestrada y muerta
se ignora el paradero del cadáver perdido
por eso es que me callo
por eso te callás si te muevo el alfil de un recuerdo a través de la mesa
ya sé que sos
sólo que más adentro
más sabio hasta más viejo
sólo que no te encuentro
Segundas partes
navegador absurdo
sin perro ni Penélope
manco de las dos manos
con la flecha y el arco
ensangrentado mito
busca a los pretendientes
sólo se encuentra él mismo
El 194 apareció cuando ya nos debatíamos en el combate de las palabras. Sin desdorar,
compañeros. En ese combate puede haber, había, límpidas hazañas, catarsis y descargas
liberadoras.
El 194 («Diario del cuartel», lema: «Cono sur») venía como una bala con un hombre
adentro, y nos acertó a los cinco en el corazón.
¡Ah, lo nuestro era El Abra, la cadena y la Biblia del Presidio Político! Lo nuestro era este
libro que no podíamos leer sin comprometernos hasta los tuétanos con las descomunales
mulas de su infancia, con su pierna derecha que no anda, con su madre pedagoga y su
Juan cómplice. Lo nuestro era este libro en que política y corazón no se pueden separar:
lúcido, mordaz, pudoroso, agresivo, desigual, emocionante, hispanoamericano hasta ese
grado de inflexión y ademán que sólo ha sido posible a la palabra escrita después de
98 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel
El extranjero
1. Nota del editor: Se ha omitido la inclusión de los poemas «Primer discurso de Adán», «Huelga de hambre»,
«Comunicación a la Sociedad Interamericana de Prensa», «La visita» y «Piedra blanca sobre piedra blanca», re
tocados e incorporados junto con otros por el autor en la muy posterior edición de Incluido afuera.
100 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel
Carro de la basura
así
entre estertores coces y grandes carcajadas
la basura subía la cuesta hacia otro mundo
hacia los crematorios pero yo no sabía aún esa palabra
lloraba por las mulas pero más porque nadie decía adónde iban
y el sol de Ejido al Norte riéndose de todos
y las mulas agónicas temblorosas de furia y empecinado orgullo
y yo sin poder nada
niño bobo y llorando en la vereda
Cuartel tomado
Condiciones objetivas
Me consuela saber
aunque haga frío para andarse mojando en estos temas
que mi teniente es además dialéctico
y cree como Arismendi como Budin
en las múltiples vías
para efectuar el cambio de estructuras
La praxis
Igual invierno
aquí tampoco
como pasó ese invierno de Manhattan
hay teléfono cartas certidumbres
aquí también como en aquella pieza de dos dólares
piensa con odio en los norteamericanos
y se duerme rodeado de enemigos
que no entienden su idioma y la patria qué lejos
Lo sabían todos
y claro lo decían es la regla
la verdad es verdad aunque nos duela
todos hablan hablaron se indignaban
y sabían dijeron comprobaron
y hay que decirlo ahora es lo correcto
su vanidad su mala fe su envidia
su hipócrita crueldad sus falsos títulos
todos supimos
que era mucho peor que por afuera
que jugó siempre sucio y dejó heridas
y habrá que ser honestos precavidos
escribir en la piedra esas verdades
Problema sanitario
03:15 am/–4°
El tiempo es luminoso
con nombre y apellido
su nombre es Automatic Seastar alias pr516
su apellido Tissot
su anatomía acero inoxidable
«Cielo: va a amanecer
Precipitación Pluvial: lavará todo durante cuarenta días y cuarenta
noches
Vientos: del sur del norte del este y del oeste
Pronóstico del Tiempo:
el Tiempo sigue andando en mi muñeca
nadie puede pararlo es automático
y la hora se acerca Su Excelencia»
Esto no es para ustedes 107
Chez d’Àrenberg
Cartilla cívica
Crónica deportiva
2. Trabaje de mañana pues de noche y más dopado que lo necesario
corre el riesgo de que un allanamiento se le ocurra probar cómo parece
sin orden judicial alguna puerta su esposa desnuda y sumergida
descerrajada a coces o balazos en la bañera de Investigaciones
su hija de doce años en rehén la idea le alteren o interrumpan para siempre
repentina y exótica de un tira esta preparación de los comicios
que viene de cobrar sus horas extra
Crónica deportiva 115
detrás de su apellido
mientras le explican todo y lo maquillan
aguarda un hombre mínimo sin cara
ex gimnasta pasado de su peso
sparring partner a veces
y masajista en otras
que suda de emoción con la barriga al aire
no dio tiempo a comprarle un traje decoroso
apenas de taparle las vergüenzas
con la banda listada de celeste y de blanco
go on alguien ordena
retransmitido vía satélite
último round
el árbitro ya incurso en desacato
es detenido por la policía
116 Carlos María Gutiérrez — Diario del Cuartel
antes de arrodillarse
el boxeador presidencial noqueado oye como en un sueño
la monótona cuenta
que alguien está contándole en inglés vía satélite
Raúl 117
Raúl
No es cosa de presentar a Carlos María Gutiérrez, nada menos que en Marcha, donde
ha jugado en todos los puestos y desempeñado todas las funciones, desde el humorismo
hasta la crítica de espectáculos, desde la corrección de pruebas hasta la secretaría de
redacción, desde la parodia de poetas y prosistas hasta la aguda nota testimonial, desde
la polémica irónica y/o feroz hasta el reportaje conmovedor, desde la narración de nivel
literario hasta el ensayo de entraña ideológica. Lo que sí constituye una sorpresa, no sólo
para el lector de Marcha sino acaso para el mismo Gutiérrez, es esta súbita aparición de
un Gut poeta, que en un certamen como el Premio Casa de las Américas, en el que par
ticiparon doscientos originales de toda América Latina, obtiene la unanimidad de votos
de un jurado compuesto por poetas tan dispares y prestigiosos como Ernesto Cardenal
(Nicaragua), Margaret Randall (Estados Unidos), Roque Dalton (El Salvador), Wash
ington Delgado (Perú) y Cintio Vitier (Cuba). Los cinco dejaron expresa constancia de
que premiaban la obra Diario del cuartel «por la alta calidad poética con que expresa,
a través de vivencias personales, la pasión y el sentido de la lucha revolucionaria lati
noamericana». Es a este Gutiérrez inédito a quien entrevisto en La Habana, pocas horas
después de haberse hecho público el fallo del jurado.
120 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo
No ha publicado otro libro de poesía. Desde hace varios años vive en el exilio: primero
en Argentina, luego en Suecia (donde fue corresponsal de Prensa Latina) y actualmente
en España, donde escribe para diversos diarios y revistas sobre temas latinoamericanos.
—Parece un poco extraño esto de entrevistarte a vos, que siempre has sido el entre
vistador por excelencia. ¿Cómo te sentís en tu nuevo papel?
—Como dicen acá en Cuba: un poco fuera de base.
—Tengo entendido que tu libro es a la vez de poesía y de testimonio político. ¿Qué te
llevó a poner este testimonio en un envase poético, cuando siempre habías abordado lo
político y lo social en forma tan eficaz en los géneros de periodismo y testimonio?
—Tendría que empezar por hacer una afirmación poco menos que blasfematoria: le di
forma definitiva a este libro pensando que era una suerte de anulación de la poesía, o de
lo que entendí siempre que era la poesía.
—Hace unos años publicaste varios poemas en la revista Número.
—Esas incursiones fueron justamente para mí la prueba de que no era un elegido de
los dioses en ese género; en consecuencia, estaba totalmente descartado el que yo alguna
vez escribiera poesía. Si lo hice ahora no se debió a una recurrencia de aquella «infec
ción» poética, sino a que pensé que no era exactamente poesía lo que estaba haciendo.
El germen de este trabajo viene del año pasado, cuando participé como jurado de ensayo
en el anterior concurso de Casa de las Américas: muchas noches discutimos (no sé si te
acordás) contigo, con Paco Urondo y Noé Jitrik, de la Argentina, acerca de la actual exi
gencia de estos tiempos en cuanto a borrar las diferencias entre los géneros. Y creo que
incluso llegamos a ciertas conclusiones, que nos parecieron entonces muy importantes y
que a mí me impresionaron profundamente. Por ejemplo: si había que crear una síntesis
de géneros, o un nuevo género, decíamos que se salvarían dos. Uno, consagrado ya acadé
micamente desde los tiempos de Píndaro, que era la poesía; y otro nuevo, que ni siquiera
tiene categoría literaria para muchos, que es el periodismo. Esto era una noción intelec
tual, un concepto; pero también es cierto que ese tipo de poesía ofrece dos posibilidades
que el periodismo busca inútilmente. Por un lado, la síntesis, que es el gran problema
del periodismo, por lo menos para mí como periodista (Alfaro dice siempre que soy un
larguero, alguien que siempre tiene que cortar sus originales); y por otro lado, la posibi
lidad de mezclar al dato la vivencia y la emoción personales, que creo ineludibles en un
periodismo honesto. No creo en la objetividad absoluta, tipo «escuela de periodismo».
Dado el presupuesto de esas dos nociones, me ocurrió el año pasado, como sabés, una
pequeña experiencia, a la que no doy más importancia que la de ser parte de una expe
riencia multitudinaria en el Uruguay: la prisión por un tiempo determinado. Aquí entra
el tercer factor que me llevó a hacer esto: pienso que lo que nos ha pasado en el Uruguay
con la dictadura de Pacheco Areco y con la aplicación de las medidas de seguridad que
condujeron a miles de presos políticos a verdaderos campos de concentración (no hable
mos de las torturas policiales, de los asesinatos y de otros aspectos negros de un régimen
Entrevista de Mario Benedetti 121
siniestro) es que este país de clase media, sin grandes conmociones políticas, sin grandes
crueldades políticas, hizo una experiencia de crueldad política, de represión, que lógica
mente tuvo el mismo sello de cosa colectiva, de vulgaridad diría yo (en un sentido muy
especial del término), que tiene la vida uruguaya. Nos han reprimido como clase media,
a nivel de clase media. No tenemos héroes. Tenemos mártires por supuesto, y habrá que
recordarlos siempre; pero no tenemos el gran líder, el gran mártir, el gran símbolo de una
revolución o de una represión. Ni siquiera tenemos un gran dictador; la mediocridad de
nuestro dictador de clase B corresponde a la mediocridad del sistema del país. Y entonces
la represión no golpeó a cierta gente, transformándola en líderes, sino que se dirigió mul
titudinariamente a la clase media uruguaya. Fuimos todos presos: los que caminábamos
por la calle, los que tomábamos café, los que escribíamos, los que leíamos, los que no te
níamos ninguna culpa, los que teníamos culpa, y nos encontramos todos en los cuarteles,
haciendo la experiencia (increíble para un uruguayo) de una represión y de una cárcel,
sin explicaciones, sin posibilidades de futuro, sin saber cómo y cuándo podíamos apelar,
o sea todos los elementos más desconcertantes de la represión política, aplicados a gente
que no estaba preparada ni tenía en general conciencia política como para entender el
problema. De esa experiencia extraje el tercer factor: el uruguayo medio, no especial
mente politizado, inserto de pronto, bruscamente, por un régimen absurdo y torpe, en la
condición de preso político. Me incluía perfectamente en esa categoría. Pese a que había
tenido alguna experiencia fugaz de cárcel política en años anteriores, ésta fue realmente
la que me permitió aquilatar con mayor comprensión el problema. Quizá con un poco
de presuntuosidad, pensé que esta experiencia sobre un hombre medio, común, podía
reflejar, de un modo general, la del preso político uruguayo. Y también me coloqué (entre
otras cosas, porque no podía evitarlo) en mi propia posición de persona con cierta acti
tud de izquierda, con ciertos presupuestos políticos. A gente como nosotros, ¿cómo nos
afectaba la cárcel? Durante los tres meses que estuve preso, fui anotando mentalmente, o
con los elementos de que disponía (como sabés, estuve en confinamiento solitario), mis
impresiones, mis reacciones personales, que incluían desde el desconcierto hasta la duda
sobre mis propias ideas, desde la desesperación existencial hasta el acomodamiento a la
situación, la reafirmación de los principios, la confianza en que la ideología y la historia
están de nuestra parte, y finalmente la seguridad absoluta de la victoria (aunque la frase
suene, para el estilo uruguayo, un poco exagerada).
—¿Qué nueva posibilidad viste en la poesía como para que ésta conformara una tenta
ción para expresarte?
—De ese proceso que me pasó, y que también les pasó a muchos otros uruguayos de
izquierda que están o estuvieron presos, y que les está pasando a muchos uruguayos que
no son de izquierda pero que también sufren la represión, quise extraer una suerte de ma
nual. Y entonces recordé las viejas conversaciones mantenidas con ustedes, y pensé que
quizá se podía, no exactamente crear un nuevo género, pero sí que la poesía (ya que yo
tenía el privilegio de haber tenido una vivencia, y ya que tenía el instrumento para expre
sarla) podía ser el género ideal. O sea que para mí no fue un libro de poesía, sino un libro
122 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo
que la va a entender primero; y otros que también han sufrido periféricamente esa situa
ción también la van a entender. Y creo que, por añadidura, otros lectores también la en
tenderán, ya que está escrita a ese nivel y en forma muy deliberada. Éste es quizá otro de
los rasgos que el periodismo puede haber aportado a mi «lira».
—Tengo entendido que el libro premiado incluye algún poema virtualmente blasfemo,
en el que Dios sale bastante malparado. Curiosamente, integraron el jurado un sacerdote
como Ernesto Cardenal y un poeta católico como Cintio Vitier. Después del fallo, ¿hablas
te con ellos acerca de ese poema?
—Sí, la noche en que el fallo se dio a publicidad, Cardenal y Vitier tuvieron la deferen
cia de conversar un rato conmigo y discutir ese aspecto. Entonces quise explicarles cierta
sincretización al revés que tenía ese poema. Las condiciones de confinamiento solitario
en que estuve detenido, en los primeros tiempos eran bastante complicadas para escribir,
y en las últimas semanas para tener guardados con seguridad los materiales que escribía.
Por supuesto, ciertas cosas no las escribí en los dos o tres cuarteles en que estuve; sim
plemente las anoté como pude, y algunas las saqué en el último mes; eran anotaciones en
cajas de fósforos o en trozos de papel higiénico. Te imaginarás que no pretendo aparecer
como un nuevo Conde de Montecristo; simplemente me refiero a que, con los militares
y la policía, y con esta especie de simbiosis entre policía y militares, gracias a la cual mis
cartas del cuartel iban con copia a la Jefatura de Policía de Montevideo por decisión del
comando militar, uno no sabía dónde terminaba la bonachonería de los militares, que en
general eran buenas personas, y dónde empezaba la crapulonería de los policías insertos
en el sistema represivo. En consecuencia, yo prefería preservar mis papeles escritos y mis
cajitas de fósforos lo mejor posible. Ese poema, que se llama «Primer discurso de Adán»,
es justamente lo primero que hubiera dicho Adán cuando nació. Es decir, estaba en la
sombra, en la tiniebla, hecho de barro, todavía no cocido, no había pasado al horno; con
toda la inseguridad del hombre primigenio, no entendía nada de lo que pasaba, sabía que
tenía una compañera pero tampoco estaba en contacto con ella porque la oscuridad de
los primeros minutos de la creación se lo impedía, y siempre he pensado que el Dios que
creó a Adán, tiene que haberle parecido a éste un ser hostil, inescrutable, desconocido,
sin forma; no lo podía ver, sólo sabía que alguien lo había hecho y no puede haber sido
el primer pensamiento de Adán un pensamiento de amor sino en todo caso de terror,
de desesperación ante la ignorancia y sobre todo ante la fatalidad de algo que le estaba
pasando y que no entendía. Creí que eso podía trasponerse. Es decir, el Dios creador de
Adán representa también, de algún modo, ciertas fuerzas oscuras, no comprendidas por
el hombre y contra las cuales éste no ha creado todavía su armadura; tiene primero que
desentrañarlas para racionalizarlas y luchar exitosamente contra ellas. No era dif ícil, en
esas condiciones en que yo estaba, trasponer la imagen del Dios y la anécdota de Adán a
cierta subjetivización. Además, el hecho de tener que guardar esos papelitos abajo del col
chón (porque ya entonces tenía colchón), me hizo ser un poco vago, un poco metafórico;
es el único poema metafórico (en la vieja acepción) que tiene el libro. Se trataba, pues, de
Entrevista de Mario Benedetti 125
un problema de seguridad y no de blasfemia. Cuando estuve con Cardenal y con Vitier les
aclaré que yo no era ningún blasfemo ni un anticlerical a la vieja usanza, desde el momen
to que no soy batllista de El Día, sino que se trataba de dos dioses distintos. No era el Dios
de Cardenal, de Solentiname, al que ha escrito sus Salmos, ni era el Dios conflictual de
Cintio, sino que era mi dios particular, mi dios del cuartel, el ser que me tenía en el cuartel.
No era blasfemia sino en todo caso parodia. Cuando dije todo eso, Ernesto Cardenal, que
me escuchaba con mucha atención porque parecía muy preocupado por el problema de
haber otorgado el voto a un blasfemo, dio entonces un suspiro de alivio y dijo: «Ah, bueno,
se trata de otro Dios que no es el nuestro». Como frase es buena, porque reflejaba lo que
yo realmente sentí en aquel momento.
—En la mesa redonda sobre «El intelectual y la sociedad», en la que participaste, y que
fue publicada por la revista Casa de las Américas, vos hablabas de «la obsolescencia de
la vieja teoría de las generaciones» y la calificabas como «tesis muerta». Sin perjuicio de
que en esencia esté de acuerdo contigo, y considerando que a menudo fuiste mencionado
como el periodista de la generación del 45, ¿cómo ves la inserción de este libro tuyo en esa
generación, ya por cierto bastante dispersa y llena de contradicciones?
—Si nos atenemos a la clave cronológica, evidentemente yo soy de la generación del
45 y no renuncio a ella, porque me he alimentado culturalmente e inclusive en ciertos
aspectos éticos, de la generación del 45. Te diría, en cambio, que si el libro tiene que ser
fijado en algún estante generacional, pertenece en todo caso a la generación del 65. No es
que me quiera rejuvenecer sino que la temática, ciertos elementos conformativos del libro
y en realidad los factores que lo decidieron, no tienen nada que ver con la feliz Arcadia
que era nuestro Uruguay de la generación del 45. Tu pregunta me lleva sin embargo a una
aclaración que creo necesaria, porque ubica el libro. Creo, y lo dije en la mesa redonda
que mencionaste, que gente como nosotros (vos, yo, y toda la gente que venimos del 45)
somos intelectuales de transición en el sentido de que tenemos un pie en cada lado. Nos
ha tomado la revolución latinoamericana a partir del año 60, es decir a partir de que Cuba
la plantea, la opción revolucionaria nos ha tomado con un pie en cada período; venimos
del período en que todo se arreglaba de muchas maneras y entramos (algunos ya están
dentro) en el período en que las cosas se arreglan de una sola manera. Entonces, somos
transicionales; estamos pretendiendo trasladar, a las nuevas finalidades del arte y la lite
ratura y el periodismo, el aparato cultural y en algunos casos hasta el aparato ideológico
que aprendimos en nuestro período anterior, como generación del 45. Pero si bien algunas
cosas de nuestro bagaje generacional nos sirven para este nuevo período en que queremos
actuar, otras cosas son lastres, y tal vez irrenunciables. Somos transicionales y lo seremos
hasta morir; estamos demasiado formados. Nuestras proteínas, nuestras moléculas, es
tán formadas por la cultura burguesa, y eso es irrenunciable. Por un esfuerzo intelectual,
por un raciocinio, por un esfuerzo del sentimiento, de la emoción y de la razón, podemos
participar, en la medida en que nos dejen y seamos útiles, en la revolución latinoamerica
na, pero estamos sellados con cierta fatalidad (quizá esté también ahí nuestra utilidad) por
126 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo
la formación. Para mí, esta experiencia por una sola vez, de la poesía, está sellada por mi
nueva necesidad de actuar, por mi reconocimiento de que solamente en la revolución está
la salida, no sólo del hombre sino más concretamente del intelectual. Está sellada también
por todas las dudas, las debilidades, los temores, las inseguridades, la falta de rigor, que
nos da la formación burguesa. Otra cosa sería el hombre de transición socialista. En la
mesa redonda traté de definir lo que era el intelectual de transición (que es al que acabo de
referirme) y lo que es el hombre de transición, en el sentido que Marx otorgaba a la defini
ción y que fue recogido por Lenin; es decir, si hay una sociedad socialista de transición en
tre la etapa capitalista y el comunismo, el hombre de transición socialista ideal, el paradig
ma, sería el hombre nacido, criado y formado dentro del período de transición. Hombres
de transición socialista pueden ser, por ejemplo, un poeta cubano de veinte años, criado
y formado en la revolución, o un machetero cubano recién alfabetizado que está también
inserto en el período de transición de la revolución. En ese sentido, los latinoamericanos
de nuestra generación no somos hombres de transición socialista; simplemente podemos
ayudar a que las dos generaciones que nos han sucedido y que están actuando, hagan el
socialismo y terminen de construirlo. Añadiría finalmente que no es que el hombre de
transición que somos nosotros tenga negada la posibilidad revolucionaria, porque si divi
dimos el proceso entre hacer la revolución en su período clásico hasta la toma del poder, y
después ejercer el poder para construir el socialismo, en lo primero somos absolutamente
útiles, y nadie puede excusarse en que es un intelectual de formación burguesa, que está
desgarrado, que tiene su angustia existencial, para no actuar políticamente, para no hacer
la revolución, inclusive con sus manos, porque la revolución la hacemos todos. Lo que ya
no podemos pretender es insertarnos como hombres específicos de la revolución hecha,
en la construcción socialista, porque entonces vamos a encontrar una serie de mecanis
mos y de esquemas, propios de la construcción socialista, en los cuales el intelectual de
procedencia burguesa tendrá fricciones. Ciertos ejemplos cubanos, en ese aspecto, son
bastante claros. Así veo la cosa; con toda la modestia de mi falta de formación teórica,
pero con una profunda sinceridad para decirlo.
—Aun corriendo el riesgo de que la pregunta parezca esquemática, igual te la hago:
Diario del cuartel, ¿es un libro pesimista o es un libro optimista?
—Por lo menos traté de hacer un libro optimista; más aún, un libro de plena confianza
en la vida. No sólo en la revolución, o en tal o cual ideología; simplemente, confianza en la
vida. Si la revolución es muerte y sangre y dolor, no nos confundamos y pensemos que la
inmolación, la muerte, el sacrificio, son la esencia de la revolución. La revolución es vida,
y lo demás son métodos, son técnicas.
—Precios inevitables.
—Sí, precios inevitables, pero detrás de eso está la vida. ¿Qué es lo que pasa en nuestro
país? ¿No estamos acaso impregnados de una confianza absoluta en la vida? Y eso signifi
ca una confianza absoluta en la victoria; toda esta cosa sucia, y turbia, y miserable que nos
pasa es solamente una transición. Ir a la revolución a morir, es un absurdo; a la revolución
Entrevista de Mario Benedetti 127
hay que ir a vivir. Y a durar, a vivir lo más posible, sin tener en cuenta la vida particular,
nuestra vida personal, pero sí la vida como elemento fundamental del cambio social. En
la medida de la irregularidad de los materiales, he tratado de dividir el libro en tres par
tes. Una, que es absolutamente subjetiva, sería el impacto de la cárcel sobre el hombre
común. Quizá en algún poema he metido cosas que no me pasaron a mí sino a algún otro
compañero, pero traté de sintetizar la experiencia colectiva porque ese es el sentido del
libro. Este libro no es lo que le pasó a Carlos María Gutiérrez, sino lo que le está pasando
al uruguayo; lo que le pasó a mis compañeros de Rocha, al Mono González (que era un
obrero frigorífico), a Daniel Waksman o al sobrino de Paco Espínola; o lo que les pasaba a
los soldados que tenían que cuidarnos y jodernos, al ver lo que estaban obligados a hacer.
O sea que la primera parte es lo que le pasó al uruguayo Gutiérrez, pero también lo que le
pasa a todo uruguayo de formación burguesa, de clase media, bajo la iniquidad absoluta
que es el sistema de represión. Que te metan en un calabozo, sin cama, sin comida, sin
cobija, a cuatro grados bajo cero, a que te pudras. Nadie te da explicaciones; nadie te per
mite apelar. Y eso depende de algún miserable que está en la Jefatura de Policía, o en un
ministerio, o en un juzgado. Nunca sabés cuándo se va a terminar, o dónde está la vía de
salida, o la vía de incrementación; estás suspendido en una suerte de espacio intemporal.
Esa terrible sensación de impotencia lleva en primer lugar al desconcierto, y en segundo
lugar a la desesperación. Eso nos ha pasado a todos, inclusive a los que teníamos una base
ideológica de cierta firmeza que nos permitía sobrellevar la cosa. No se trataba del temor
personal. Creo que el hombre del Uruguay, a esta altura, ha aprendido a superar el temor
f ísico, el temor personal de la tortura y todo lo demás. Los maravillosos jóvenes que están
cayendo en Montevideo todas las semanas, asesinados por la policía, prueban que el mie
do ya ha dejado de preocupar al uruguayo. Se trataba de otro problema: de dudar inclusive
de la posibilidad de lucha. Estar confinado en un calabozo a oscuras durante varios días
en condiciones muy malas, hace que uno empiece a dudar de su capacidad de lucha. En
mi caso particular (está presente en algún texto), el problema f ísico, el problema de una
enfermedad, agudizaba esa sensación de desconcierto. En esa primera parte, traté de de
mostrar (quizá para otro lector que tenga que leerlo en condiciones semejantes a las que
yo tuve) que eso es común a todos. No nos dejemos engañar porque nos sintamos depri
midos, desorientados o aterrorizados; ésa es la primera etapa, y nos pasa a todos. Quise
incluso que tuviera una función didáctica, desde mi modestísimo ejemplo personal y pro
curé recogerlo. Pero el efecto de la cárcel viene en el segundo período. Una vez acostum
brado el f ísico a esas condiciones, empezamos a darnos cuenta de que somos más fuertes
que ellos. Ellos están avergonzados, resentidos, permanentemente con cola de paja como
vos dirías, y nosotros somos los que tenemos razón. De alguna manera estamos todos
juntos; aunque nos confinen y nos mantengan separados. Te aseguro que durante el confi
namiento solitario, recibí pruebas de solidaridad de los compañeros que estaban conmigo
en el cuartel de Rocha, que nunca podré describir con la intensidad con que me conmo
vieron. Lo que los compañeros bancarios, y obreros y empleados, confinados en el cuartel
128 Carlos María Gutiérrez — Carlos María Gutiérrez: El poeta que vino del periodismo
de Rocha, hicieron para que yo, desde un calabozo donde no tenía comunicación directa,
pudiera enterarme de cómo sentían ellos con respecto a lo que yo estaba pasando, fue la
mejor prueba de que teníamos razón y de que estábamos en lo que teníamos que estar.
Los pobres desgraciados, los presos, los humillados, eran los que nos estaban cuidando.
En la segunda parte, el libro es un poco la demostración de que eso puede ser superado.
He tratado de poner en esa segunda parte poemas que podrían haber sido escritos fuera
de la cárcel. (Algunos fueron escritos fuera de la cárcel, a partir de notas tomadas dentro.)
Llegó un momento en que, si tenía un lápiz y un trozo de papel, podía escribir y decir co
sas, como si no estuviera en la cárcel. La cárcel no condicionaba mi literatura ni mi texto.
Yo escribía como si estuviera en Marcha o en mi casa; comentaba cosas políticas, hacía
críticas políticas, hablaba de Neruda. Me sentía normal; había ganado sobre los soldados y
los milicos. La tercera parte trata de hacer entender que además de esa intemporalidad, de
esa inespacialidad, en la que no importa que uno esté preso o no, para escribir, existe otro
hecho: que efectivamente estamos presos. Entonces volvemos al justo medio. Hay cuatro
o cinco poemas al final del libro, donde trato de dar la versión definitiva, el resumen, de
cierto aspecto ideológico que creí entender de toda la experiencia. El último poema es una
especie de collage. Escribiendo desde una celda en Minas (invierno, julio, muerto de frío),
recuerdo sin embargo el sol y el calor de un 26 de julio de 1967 en Santiago de Cuba y uti
lizo una cosa que me pasó que fue totalmente simbólica, aunque totalmente inesperada.
Estando en una casa de Santiago de Cuba, descubrí un libro de Vallejo (que es mi Robin
son Crusoe), arriba de una mesa. Y se me juntó el Vallejo de mi adolescencia con el Vallejo
de Santiago de Cuba, después de escuchar a Fidel un 26 de julio. Todo eso lo mezclé, y en
la medida de mi maraña estilística, traté de dar la sensación de que todo eso era una sola
cosa. O sea que la experiencia se cierra con una profunda afirmación vital. La revolución
para vivir y no para morir. Vallejo había hablado de piedra negra sobre piedra blanca, y
de morir en París, con lluvia, un jueves. El mismo Vallejo que nos inspira, y renueva de
tal forma la poesía, pensaba sin embargo en morir, con lluvia, y morirse en París, no en
el Perú. En Santiago de Cuba descubrí ese día que todas las piedras eran blancas: que no
había piedras negras; que las piedras servían para hacer casas; que las casas eran para
vivir; que Fidel decía en ese 26 de julio de 1967 «Cuba está sola» (aunque Cuba no estaba
sola y no estará nunca sola), porque había que decirle una verdad al pueblo, una parte de
una posibilidad. Más que una declaración de pesimismo, era una declaración de profun
do optimismo; Cuba tenía que pensar que puede estar sola algún día, y en consecuencia,
nada de apoyarse solamente en los demás, en la solidaridad, sino en nosotros mismos. Ahí
están las casas que se van a entregar en San Pedrito, ahí está el pueblo que las va a ocupar,
ahí está la revolución. Esto es para vivir y no para morir.
—Una última pregunta que parece inevitable en un reportaje de este tipo. Aparte de la
noble influencia de Vallejo, y de la ominosa influencia de Pacheco Areco, ¿qué otras apa
recen en tu libro?
Entrevista de Mario Benedetti 129
Hace unos días pasaba ante la Suprema Corte de Justicia y me detuve para dejar libre el
paso a un caballero que salía, dirigiéndose hacia un lujoso automóvil estacionado frente
al edificio. Los dos centinelas del Batallón Florida hicieron la venia, un joven que posible
mente fuera el chofer abrió respetuosamente la puertezuela, y el caballero —de aspecto
distinguido, sienes canosas, ropas de corte impecable y semblante adusto— tomó asiento
detrás. Cuando el coche arrancó pude ver la chapa del Poder Judicial y advertí que había
presenciado la sencilla, cotidiana, pero no por ello menos simbólica ceremonia del final
de una jornada en las tareas de un ministro de la Suprema Corte, es decir, uno de los más
altos magistrados de la República, miembro de un Cuerpo en el que la Constitución de
posita la instancia última de representación de la soberanía popular y encargado de admi
nistrar justicia en el más alto escalón de la jerarquía judicial. Con cierta irreverencia (y por
razones que más adelante se comprenderán) me vino a la mente el recuerdo del reciente
presupuesto aprobado para la judicatura, y de sus sueldos, justipreciados a la altura del
caballero de las sienes grises en miles de pesos, pero en algunos cientos solamente para
otros niveles del escalafón. Con impertinencia, además, mezclé en la reflexión la interro
gante de si aquel lujoso automóvil sería uno de los autos baratos que la ley se propuso
permitir a los miembros de la Suprema Corte, exentos de determinados impuestos. Y, por
analogía, mi meditación sobre el alto magistrado entrevisto fugazmente en mi paso por la
Corte derivó hacia otro magistrado que conozco bien.
Mi magistrado es mucho más sencillo, aunque también tiene las sienes canosas. Como
no se graduó en la Facultad de Derecho, solamente pudo llegar a Juez de Paz rural y hace
treinta años que desempeña el cargo. No es universitario, pero debe saber los códigos tan
132 Carlos María Gutiérrez — Los dos magistrados
a fondo como cualquier abogado, porque es él precisamente quien provee ante las ges
tiones de los abogados. La ley de autos baratos no se estiró hasta su modesta escala, y no
tiene automóvil, pero cada semana debe viajar —a caballo, en jeeps policiales, en carros
de vecinos— muchos más kilómetros de los que recorre en todo un mes el caballero de
aspecto distinguido en su coche abaratado legalmente. Su despacho no tiene soldados del
Batallón Florida en la puerta, porque consiste en un humilde rancho de paja quinchada
cuyo único mobiliario es un viejo escritorio, pero la Constitución manda que la justicia
que se imparte en el pobre rancho tenga tanto imperio y dignidad como la que administra
el caballero en su palacete de Montevideo.
Mi magistrado, además de no tener un diploma universitario, no pudo especializarse
en ninguna rama del Derecho, porque desde que se hizo cargo de su Juzgado debió aten
der todas las especialidades. Para dos generaciones de hacendados, campesinos y habitan
tes de pueblos de ratas, ha sido juez de instrucción, juez de menores, penalista, experto en
Derecho Administrativo (en algunos episodios de contrabando, hasta en Derecho Inter
nacional) y oficial del Registro Civil. Y además, cuando dejaba los códigos en el escritorio,
curandero, confesor y desfacedor de entuertos con viudas o huérfanos.
El caballero con quien me crucé esa tarde aceptó hace años implícitamente la dero
gación del viejo e ingenuo precepto de que la Justicia debe permanecer ajena a las ban
derías políticas, y sabe que su designación o su permanencia (más todas las ventajas con
siguientes) se deben a su partido. Mi magistrado solo obtuvo de su partido la dudosa
merced inicial del nombramiento.
El caballero, al sentarse en su automóvil último modelo, recogió cuidadosamente la
raya de su pantalón. Mi magistrado posee un solo traje y la vestimenta habitual de su car
go son la bombacha criolla y la alpargata, porque las botas deben reservarse para los ba
rriales del invierno. Conserva entre conmovedores celofanes una vieja banda de seda con
los colores nacionales que es el símbolo de su augusta función, y como ella es el objeto de
más valor que hay en el viejo rancho, vive pendiente de los efectos de la humedad, el sol
o la polilla sobre sus borlas de oro o sus delicados azules, porque sabe que su sueldo no le
permitiría comprar otra.
Hace treinta años, como dije, que mi magistrado ejerce la altísima labor de impartir
justicia exactamente con las mismas prerrogativas intrínsecas que el caballero. Como él,
puede enviar un hombre a la cárcel, disponer una reparación moral o pecuniaria, deter
minar por medio de un fallo el premio o el castigo a la conducta humana. Pero hay algo
que el caballero puede hacer y él no: elaborar el presupuesto que afecta los sueldos de am
bos. Y en este año de Gracia de 1961, mi hombre, un modesto Juez de Paz rural pero tan
magistrado como el caballero del automóvil, descubrió que su nuevo sueldo es inferior al
de los porteros del palacete donde el caballero despacha sus asuntos. Para mi magistrado
tampoco habrá este año la posibilidad de un traje nuevo, o de reponer la banda si se la
come la polilla del rancho. Y sin embargo, yo sé que seguirá administrando justicia exacta
mente igual que siempre, tan honestamente como si el caballero de aspecto distinguido se
hubiera acordado de él. Lo digo porque conozco bien a este magistrado rural: es mi padre.
El agujero en la pared
1968
por Gut
(ilustraciones del autor)
Prólogo
La incomprensible carrera literaria de Gut se desarrolla entre 1953 y 1963, año de su desa
parición. Aunque la Interpol ha desarrollado varias teorías sobre la misma, la carencia
del corpus delicti ha impedido que se responsabilice a nadie de ese fausto acontecimien
to. Diversos trámites que legalicen el hecho (moratorias, apertura de sucesión, cobro de
recompensas ofrecidas por la policía de varios países) han quedado en suspenso por esa
causa, pero la innegable distensión social que él produjo está evidenciada por la actitud
de esta prestigiosa editorial, la cual —restando sensatamente importancia a la eterna ten
tativa de socavamiento institucional que fue la vida del libelista que nos ocupa— publica
ahora esta antología en papel ordinario, tipograf ía pasada de moda y formato práctica
mente despreciable.
He querido contribuir al desenmascaramiento definitivo del autor —con quien me
unió en algún momento el incómodo vínculo de maestro y discípulo, al que finalmente
renuncié luego de mi fracaso en enseñarle las primeras letras y expulsé de mi hogar— in
terviniendo personalmente en la selección de sus textos,1 editados durante una década en
Lunes y Marcha. Que este volumen sirva de ejemplo y terrible escarmiento para los que
pretendan seguir los pasos del miserable desaparecido.
Baltasar Pombo
1. Naturalmente, he corregido la ortograf ía, la sintaxis y la prosodia. También, he puesto al día al-
gunas fechas y nombres.
134 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
I. Usos y costumbres
Conferencia en la Punta
Asiento.
—¿Señor?
—Soy corresponsal de El Heraldo del Funcionario Postal, señorita.
—¿Corresponsal del qué?
—De El Heraldo del Funcionario Postal, para la conferencia.
—¿Qué conferencia?
—La de Presidentes, señorita.
Conferencia en la Punta 135
Algo desalentado, resolví buscar alojamiento. Averiguando cuál era el hotel más ba
rato de Punta del Este, vadeé los bañados y zanjones que conducían a él y, una vez en la
casilla, pedí para hablar con el dueño y mantuve el siguiente diálogo:
136 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Aseguré al Presidente que no saldría nada de nada y me retiré sollozando, entre los
ladridos de los perros.
Blues del crimen pasional 137
El anónimo decía:
«Señor Adalbert Perina: su esposa lo engaña con Oduvaldo Kant, todos los miércoles,
de 17 a 20 horas, en la habitación 313 del hotel Mignon de esta ciudad. Un amigo».
Ese miércoles cargué mi pistola Luger con balas dum–dum, localicé en la guía telefó
nica la dirección del hotel y a las 17 y 15 derribé a patadas la puerta de la habitación 313. En
un amplio lecho los dos amantes se alzaron semidesnudos, llenos de horror. Disparando
desde la cadera, alojé dos balas en la frente del miserable, que murió en el acto. Después
apunté hacia la arrastrada que, en ropas menores, gimoteaba despavorida sobre la alfom
bra y vacié sobre ella el resto del cargador. A continuación descolgué el tubo del teléfono
y dije con voz serena al empleado de la recepción: «Llame a la policía. Se ha cometido un
doble crimen pasional en la habitación 313».
Entonces me senté en un sillón a esperar lo inevitable y caí en la cuenta de que soy
soltero, de que no me llamo Adalbert Perina sino Pascual Muntz y de que no tengo nin
gún amigo.
Infanto–juvenil
El crimen había sido repugnante y toda la opinión pública se sintió soliviantada, no sólo
por la edad del protagonista (triste ejemplo de cómo la sociedad había descuidado sus
deberes al no condenarlo a trabajos forzados cuando —según se supo— a los siete años
había roto un farol jugando en la calle a la pelota) sino también por los valores inmanentes
que su acción había ultrajado.
Páginas enteras de la prensa fueron dedicadas con discreción a relatar el asunto, y en
honor del periodismo nacional debe decirse que evitaron todo sensacionalismo. Propor
cionaron, eso sí, las informaciones objetivas que debían servir como elemento de juicio a
la indignada opinión pública: que el pequeño miserable provenía de una pareja de concu
binos (el padre, a su vez, era bígamo en Bahía Blanca, donde su primera esposa cantaba en
un cabaret del puerto y la segunda era mechera), que la madre ejercía un triste comercio
en cumplimiento de tradiciones familiares y que en 1917 un tío carnal registraba entradas
policiales en Sarandí Grande por ebriedad, exhibicionismo y ausentismo electoral; otros
detalles morbosos —presunta amistad equívoca del menor con un barrendero jubilado
138 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
nas de sus vehículos y pretendían linchar al extraviado menor. Con increíble cinismo —y
al mismo tiempo que un cronista policial le tomaba las medidas frenológicas para el artí
culo de la tarde— el feroz individuo confesó todo ante el Juez (aunque no pudo firmar la
confesión debido a una molesta afección a la vista, que le había inflamado ambas órbitas,
provocado la fractura de tres dedos y seis costillas y hecho perder tres dientes) y añadió:
«Sí, ahora reconozco que hice mal en ir a jugar al futbolito». Una ola de justificado furor
colectivo recorrió la nación cuando se supo además que el repudiable ser había inducido
a sostener con él un partido de futbolito al hijo de un progresista cabañero del Norte muy
conocido por sus experimentos técnicos de cruzamiento de razas para obtener mejores y
más rendidores peones y para que el ganado vacuno consumiera menos alimentos (o al re
vés, no me acuerdo bien). Manifestaciones cívicas, encabezadas por dirigentes de [Link].
de. recorrieron las calles al grito de «¡La pena máxima! ¡La pena máxima!» y monseñor
Corso ofició una misa campal en repudio al pecado y a la guerra de guerrillas. Entonces,
con vista fiscal favorable, el Juez dictó sentencia, condenando al delincuente a la pena de
vida.
El español en el aire
tahr–meh», sólo obtuve confusos bramidos y ojos en blanco que revelaban una alegría
incontenible, mientras un rugiente coro se elevaba desde los bancos de lustrar zapatos.
Entonces omití esta última operación, por temor a que los palurdos no entendieran la
sencilla frase de «Seehr–vah–seh loos–trahr–meh los sah–pah–tohs» y me dirigí al aero
puerto, a tomar el avión de regreso.
Antes pasé por el Correo, luego de haber preguntado: «¿Dohn–deh ehs–tah ehl Koh–
reh–oh?», y de haber obtenido una estampilla («Deh–seh–oh ooh–nah ehs–tahm–pee–
yah pah–rah ehs–tah kahr–tah») y remití a Mr. Beast mi diccionario, para que aprenda y
cuando yo llegue a Kalamazoo podamos dialogar en español.
1. Toda la humanidad es material odiable. No hay que dejarse impresionar por bebés
rubicundos en sus cochecitos. Se les mirará a los ojos, procurando descubrir en ellos
a los futuros infidentes, jueces de fútbol, etc. Si ostentan un babero que dice: «No me
beses», se les besará repetidas veces lo más cerca posible de las fosas nasales. Si están
llorando, es recomendable dejarles la mamadera donde puedan verla pero no alcan
zarla.
2. Las viejecitas y los inválidos se han hecho para viajar parados en los vehículos de
transporte colectivo. Se procurará permanecer a su lado esperando a que se desocupe
un asiento y luego, graduando con precisión el tempo (para que se ilusionen), ocuparlo
uno mismo en el momento en que ellos dan el suspiro de alivio. No olvidar un discreto
pero intenso pisotón. En caso de amputados, se dejará caer un fósforo encendido junto
a la pierna ortopédica.
oyentes demostraran desinterés, se recurrirá a la historia del niño con seis dedos en
cada mano, aludiendo al mecanismo de la partenogénesis y la ineluctabilidad de los
cromosomas. También deberá excitarse el escepticismo de los padres en materia de
filiación.
4. Los mozos de café no se llamarán a chistidos, ni por su apellido, evitando así una inti
midad que conduzca a la falta de respeto. El procedimiento aconsejado es levantar el
brazo derecho y castañetear los dedos, sin mirar al sujeto. La actitud puede ser mejo
rada si se continúa leyendo o conversando con un interlocutor durante el castañeteo.
Se sabe de mozos que, sometidos a este tratamiento durante una jornada de labor, han
experimentado alentadores trastornos psicosomáticos y crisis depresivas agudas. Un
efecto complementario y muy conveniente es arrojar la moneda de la propina en la
bandeja, para que suene espectacularmente. Se constatará al instante que la gente de
otras mesas fija la mirada en el mozo y, en esos casos, la expresión del sujeto y cierto
temblor de barbilla y una dilatación del iris, que puedan registrarse, serán un satis
factorio resultado.
6. Para un asqueroso no hay nada mejor que otro asqueroso. Especialmente en reuniones
particulares, cumpleaños de quince y bodas de plata, se deberá estimular en asistentes
novicios o desorientados las posibilidades latentes que dejen entrever. Si se tuviera la
buena suerte de encontrar entre la concurrencia un asqueroso auténtico, mayor de
edad y en buenas condiciones, miel sobre hojuelas. En ese caso y en pocos minutos
puede formarse un equipo que, por improvisado, no dejará de proporcionar grandes
satisfacciones. Tareas menores pueden ser encargadas a los novatos, a saber: a) abrir
de pronto la puerta del baño donde hace diez minutos se ha introducido una señora
congestionada y decir clara y distintamente, antes de cerrar: «Perdón, caballero; no
lo había visto»; b) dejar cigarrillos encendidos sobre manteles de nylon o de encaje
de Malinas; c) pararse contra la pared apoyando el taco de goma en el empapelado y
desplazarse lentamente, en esa posición, a lo largo de la pieza; d) escupir dentro de
cerámicas danesas.
Decálogo del asqueroso 143
9. Las condiciones de asqueroso no reconocen limitaciones de sexo. Una mujer con clara
conciencia de su posibilidad y una decidida vocación, tendrá siempre ventajas sobre
un asqueroso masculino, debido a sus cualidades genéricas. La asquerosa, sin embar
go, deberá cuidarse de ejercer el odio, como sería su tendencia, únicamente sobre las
mujeres, dadas las notables condiciones operativas que ofrece el otro sexo. Imposible
144 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
detallar aquí la complejidad de situaciones favorables que puede ofrecer a una asque
rosa integral el conjunto de sus relaciones masculinas. Baste solamente establecer al
gunas normas generales, a saber: a) hasta los 30 años el hombre es despreciable; b) de
los 30 a los 50 años, el hombre es despreciable, incomprensivo y estúpido; c) desde los
50 años hasta su muerte, el hombre es despreciable, incomprensivo, estúpido y reblan
decido; d) todas las personas que no son hombres, merecerían serlo; e) debemos ven
garnos preventivamente de los hombres y/u otras personas.
Sonetario nacional
Liberta de reunión
No deceo abundiar en detalies pues Su Ebcelensia, que malquebien sabe leer y es
crebir, abráse henterado ya por el diaro del atropelio incalificado cometido en nuestras
personas, que nos portaron codo con codo como bulgares timberos y suerte que nuestro
candidacto, prestijioso companiero de ideas y garantía del halquiler del clús y de la opera
sión que ize para ponerme los masticantes, doptor Zorrilio, se abivó a tiempo y rajó por el
tragalux y dispués aguambió un rato y cuando estábamo en cana proporceonando la filea
ción lejítima al escrebiente este doptor piernaso va y liama por telefo al cumba viejo de la
comizaría y todos oímo el chamuyo y la gozábamo como enanos, cuyo diálogo trascribo
literatamente fidedipno a Su Ebcelensia, almirado gefe, para que apresieis usté el balor cí
bico del candidacto que nos honra. «Ola, ola (va y dise el doptor que es un piquito de oro,
no despresiando) por un desos porsiacasos no podería ablar con el Coimizario, de parte
del doptor Emergensio Zorrilio y Obes?» Tonce tendría que aber bisto, Su Ebcelensia,
como el cumba viejo y castigador de pungas de malpelo se bino de jalea propeamente y
se endulsó con el rigor dese apellido bárbaro. «Sí, doptor, comonó doptor, no faltaría más
doptor, un equíboco claro doptor, mis respeto al senior Concerjero Pallas Pérez doptor»
y metaiponga en tal forma y manera que liá todos recogimos las cacharpas y tuti cuanti y
afetamo cara de cabalieros ofendido para recibir las disculpa del cumba y hasta el escriba
dejó la lapisera y héte aquí nuestra sorpresa cuando el albitrario gerarca pega la retranca
y agarra y le retruca al doptor: «El problema es que tengo órdenes del Menistro, doptor, y
no se menoge»y que patatín y que patatán la cosa es que sosprevisamente tonce colga el
telefo sudando como chancho herbido, mala comparasión con perdón de Su Ebcelensia y
va y dise como a la almósfera, sin mirar a naide: «Tan todos loco nunca se bio nada paresi
148 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
do y yo que ago dios mío ahora que me faltan seis mese para el premiorretiro» y tenblava
como bara berde y se depeinava todo que me caiga muerto, Su Ebcelencia, que me acor
daba a usté, recordáis, en aqueya parte tan belia que se mandó nel discurso de Paysandú.
Mal momento que aprobechó el Martincho para agarrar corage y meterla hasta el borsilio
donde guarda los sietebelos de repuesto, porque qué se le hocurre a este hijo de la gran
bretaña sino que va y le ronca al cumba viejo que se cuidara el cargo que coimizarios hay
muchios pero siudadano como los abago firmantes nadamás que poco y seletos y que clús
sin entretenimientos es clús al agua y que más bale que nos debolbiera las sumas encau
tadas y los emplementos de trabago que vastante nos costó el agugerito con plomo del
dado y taparlo otra ves y que desde cuando un onrrado hartesano es persesguido y si savía
quién era el capo en el gobierno.
Total quel ombre se puso líbido y nos miraba como si fuera a rebentar y le salía una
hespumita y empezó a decir «pa–pa–pa» y el Martincho ba y dise lo mas frexco: «Claro,
Pallas Pérez», pero el cumba se atraganta y le ruje al escrebiente: «¡Páselos!».
De manera y modo, querido Gefe, questa es la situasión, de gran delicadesa y inominia,
porque ase dos días que no abrimo el clús y semo en cana encomunicado y a la desposi
ción del Jué. Digo yó, senior Concerjero, y el Martincho questá nel fondo vuscando jabón
amarillo para efectuar unos dado rumidentario ya que los milico cobraron oy y todos
los día nase uno, surscribe con mí esta terrogante: ¿será posible que, como hosa desir la
oposición, habería discrepansia de criterio en la saltas esfera soficiales? ¿Ese seniorcito
Menistro poderá más que el doptor Zorrilio, nuestro anegado candidacto nuebamente
dispuesto a ofreser su colaboración con Su Ebcelensia desde la vanca quesea, enclusive la
hanónima y modesta de la quinela sesional? ¿Permaneserá mudo y zurdo el Comité Ejecu
tibo del Partido ante esta hofensa a dos jóbenes atibistas como el Martincho y mí, sepul
tados en las mazamorras polisianas como en hépocas que paresían superada, cuando los
hesbirros de la ditadura ultragaban a la siudadanía democrática?
Elebo a Su Ebcelensia esta nota de apelasión aprobechando aber conosido fugasmente
aquí a un tira de su custodia y que me dijo que oy iba a berlo porque usté hiba aser un
paseo democrático hentre el pueblo sin guardaespalderos y tonce le dí la nota. Pienze que
los comiccio están prósimo y que con conferensistas y otras morondangas no van a yenar
el clús. Y además, que esta atitud ilegalista del Menistro está lesionando la libertá de reu
nión que es libre por ser un derepcho costitucional y el doptor Zorrilio le puede decir si
no es cierto que ya tenemo ofresimiento para istalar la carpeta en otro clús alversario así
que pensadlo usté, senior Concerjero y resiba los respectuosos y almirativos decesos de
vuena salú en compañía de los sulios.
Toto Bastoenpuerta
(a) Yema de Orlón
La Navegación aérea 149
La Navegación aérea
Lunes, 09:30
Mañana mi abuelita de Artigas cumple 93 años y le daré una sorpresa apareciéndome por
allá. Viajaré en avión, porque me encanta la economía y la velocidad. Amo al pájaro alado
del progreso. En el mostrador de pluna donde intento adquirir el pasaje, me atiende una
señorita que bosteza. Dialogo con la señorita.
Yo.— Psst.
Señorita.— Uuuaaah.
Yo.— Psst.
Señorita.— Diga.
Yo.— Un pasaje de ida y vuelta para Artigas.
Señorita.— ¿Edad, nacionalidad, estado civil, ocupación en los últimos quince años,
domicilio aquí, domicilio allá, color del iris, índice frenológico, certificado de jura de la
bandera, carnet de identidad, peso, número que calza, motivo del viaje, radiograf ía del
tórax, nombre y ocupación de los padres, cuánto se va a quedar, hijos en edad escolar,
enumere los bultos de mano, qué asiento prefiere?
Yo.— P–pero...
Señorita.— Bien, en realidad no hace falta. Pase por la caja y lleve el importe justo. El
vuelo sale de Carrasco a las 7 y 30. Deberá estar aquí a las 3 y 30 de la mañana. Cien pesos
para el ticket del ómnibus por favor.
Yo.— Bué.
Señorita.— Uuuaaah.
Lunes, 11:30
Estoy en la caja, esperando a que regrese el cajero, quien a las 10 y 30 fue a hacerle pun
ta al lápiz en la Sección Suministros. Parece que el sacapuntas está en un cuartito de la
derecha, donde ya entraron tres rubias y un mozo con cortados, y salieron el mozo sin
cortados y dos rubias.
Lunes, 12:00
Cajero (que vuelve).— ¿Qué lápiz? ¿Quién es usted? ¿Pasaje? No, ahora la caja está cerra
da. Vuelva a las 16 y 30, con el importe justo en billetes nuevos.
150 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Lunes, 17:30
Ya tengo el pasaje de ida y vuelta y el ticket del ómnibus. El vuelo durará apenas una hora
y cincuenta minutos. Parece mentira. Abuelo me contaba que en sus tiempos se demoraba
hasta una semana, por carretera. Papá, cuando fue, demoró dos meses. Claro que cuando
volvió mamá había comprado camas separadas y papá nunca volvió a ser el de antes.
Martes, 03:15
Estoy esperando el ómnibus, en la oficina del centro. Me levanté a las 2 y gasté $ 185,50
en taxi desde Belvedere, para llegar a tiempo. En el mostrador, me atiende un señor que
bosteza.
Yo.— Psst.
Señor.— Uuuaaah.
Yo.— ¿Ya vino el ómnibus?
Señor.— Hable más fuerte. ¿Qué ómnibus?
Yo.— Para ir al aeropuerto.
Señor.— ¿Qué aeropuerto?
Yo.— El aeropuerto de donde sale el avión.
Señor.— ¿Qué avión? ¿Quién es usted? ¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy? Uuuaaah. ¡Ah,
el ómnibus! No vino todavía.
Martes, 11:45
El ómnibus no ha llegado, porque el vuelo se retrasó. Ahí viene el ómnibus. Me siento,
nos sentamos y partimos. El chofer conversa con la tripulación del avión, que viaja junto a
los pasajeros en actitud democrática que la honra. Oigo trozos de la charla. Parece que el
chofer del ómnibus se durmió porque anoche debió traer de madrugada desde Punta del
Este a no sé qué presidente, que no podía manejar el coche oficial debido a una indisposi
ción. Me emociono, pensando en los sacrificios que deben realizar los hombres públicos
a cargo de las empresas del Estado.
Martes, 12:30
Ya estamos en el aeropuerto. Me siento muy excitado ante la perspectiva del viaje. Un se
ñor con mameluco blanco y uñas negras me quita de la mano el portafolios donde llevo
una novelita de Mickey Spillane y el paquete de almendras para la abuela. Lo sigo hasta la
aduana. El señor toma una brocha llena de engrudo y me arruina para siempre el porta
folios, pegándole encima una etiqueta y atándole otra en el asa. Lo pesa. Me pesa. Parece
que me pasé en el peso. El señor de blanco tira el portafolios en una vagoneta llena de va
lijas. Encima pone un baúl y oigo a las almendras de abuelita hacer cracracrac.
La Navegación aérea 151
Martes, 13:10
Me empujan hacia un pequeño mostrador, donde hay cuatro jóvenes vestidos de azul con
brillantes galones de oro. Uno está escribiendo algo y moja el pulgar en las amígdalas para
dar vuelta las hojas de algo. Otro habla con una azafata maquillada y le dice por qué no le
trajo el extracto Nuits de Desire en el vuelo 143. Otro grita por teléfono a un señor que se
llama Operador y dice que no le grite. El cuarto bosteza y me mira.
Martes, 14:55
El avión, según el Joven 3º, está demorado. Dialogo con el Joven 3º.
Yo.— Perdón, señor... ¿Por qué está demorado el avión?
Joven 3º.— Plafón bajo.
Yo.— No entiendo.
Joven 3º.— Condiciones operacionales, ¿no entiende? Artigas cerrado.
Yo.— ¿Quée? ¿Y mi abuelita se quedó adentro?
Joven 3º.— Vaya, señor. Espere y no moleste al personal técnico. Por el parlante le van
a avisar.
Martes, 16:00
Me compré un chocolatín, pero igual tengo hambre. Le pregunto al Joven 1º si aquí hay un
restaurante. Me dice que sí, en el segundo piso, ascensor de la derecha. Pretendo entrar al
ascensor y un hombre con cara de portero me pide credenciales. Al mostrarle mi pasaje,
me ordena que me dirija a la sala de aduana, exigiéndome que permanezca allí hasta que
152 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
se me haga el examen médico de la cuarentena, porque vengo de San Pablo, donde hay
cólera. Empiezo la discusión con el hombre con cara de portero, al que se le ha agregado
un portero con cara de hombre y dos funcionarios de Inmigración.
Martes, 16:30
He triunfado en la discusión, demostrando fehacientemente que nadie en mi familia ha
estado nunca en San Pablo y que no vengo, sino que voy. Subo al restaurante. Almorzaré
como si fuera un viajero internacional. Mi viejo sueño se cumple.
Martes, 17:45
El mozo no viene. Comienzo a inquietarme.
Martes, 18:00
Llega el mozo con la lista. Hago cálculos mentales y pido un sandwich de queso, una co
cacola y nada más. El mozo se ríe a carcajadas y se va.
Martes, 18:15
Algo preocupado por la tardanza, reitero el pedido al mozo, que está limpiándose las uñas
con un tenedor, en un ángulo del salón. El mozo viene y saca el sandwich del bolsillo. Se
olvidó de la cocacola, pero no importa. Mastico despacio, haciendo tiempo.
Martes, 19:00
Martes, 21:00
Estoy en el Sorocabana. Pagué $ 975,00 de taxi desde Carrasco, porque el ómnibus no
transporta a pasajeros que no hayan llegado. Como yo tampoco salí, mi caso pasó a es
tudio del Directorio, pero el chofer no me dejó subir. Pienso en abuelita y en papá. Lloro.
La muerte camina hacia Scaldaferro (Nouvelle objetivo–policíaca) 153
A las 18.30 horas, William Natalio Scaldaferro, cronista policial, entró en la redacción del
diario donde trabajaba. Deteniéndose ante la puerta del despacho del Secretario, pinta
da de gris y con vidrios esmerilados, dijo: «Muy buenas tardes, señor». Cinco pasos más
adelante, hizo un alto ante el escritorio del Jefe de Informaciones y dijo: «Buenas tardes».
Al llegar a su mesa de trabajo, lanzó un saludo circular con la mano izquierda a los demás
redactores y dijo: «Buenas». Quitándose el saco, lo colgó en una percha de unos ciento
cincuenta centímetros de altura, tubular, esmaltada en negro, que se encontraba contra la
pared adosada a un archivo clausurado. Sucesivamente, extrajo de los bolsillos del saco:
un paquete de cigarrillos negros (abierto); un lápiz rojo; un lápiz azul; un sacapuntas; un
encendedor imitación Zippo, con iniciales que no correspondían a su nombre; un paquete
(empezado) de pastillas de menta; una lapicera esferográfica imitación Parker; un esca
pulario de la Santísima Virgen de la Macarena que lo acompañaba desde la muerte de su
madre, por anorexia; 22 maníes que había comprado poco antes al manicero de Olimar y
18 de Julio, estacionado en la vereda Sureste.
Depositando esos objetos sobre el escritorio, volvió al saco para extraer del bolsillo
exterior derecho un llavero con nueve grandes llaves y tres chicas. En el llavero eligió una
llave pequeña imitación Yale y con ella abrió una gaveta metálica rectangular situada en
una estantería aparentemente de roble, de donde extrajo una máquina de escribir Re
mington, modelo 1966, de 120 espacios, que colocó sobre una mesita para máquinas de
escribir. Con otra llave del llavero, niquelada y algo desgastada en la base, abrió el tercer
cajón de la derecha de su mesa, retirando de allí un fajo de cuartillas en blanco, calcula
bles entre 50 y 60 hojas. A continuación, arremangando cuidadosamente los puños de su
camisa de nylon porex, celeste con delicadas rayitas grises, se desprendió de su muñeca
izquierda el reloj pulsera (marca Puffo, que atrasaba veintidós minutos cada veinticuatro
horas), le dio cuerda y lo colocó sobre el escritorio, paralelamente a las cuartillas. Tomó
entonces el tubo de un teléfono negro, que se encontraba también sobre el escritorio, dis
có un número interno que correspondía a la cantina del diario (aunque muy recientemen
te, porque hasta la semana anterior había sido el de la sección Carreras) y solicitó a un se
ñor a quien llamó Tito, presumiblemente de su amistad: un café largo, en vaso, con cuatro
terrones; un paquete de cigarrillos negros; un vaso grande de soda, pero por la mitad; una
caña añeja doble; un platito con algo para picar. Luego colgó.
De inmediato el teléfono sonó tres veces. Scaldaferro atendió, y oyó una voz aguar
dentosa. La reconoció como del auxiliar cuarto que hacía la guardia nocturna en la oficina
de prensa de la Jefatura de Policía. Mantuvo este diálogo con la voz aguardentosa:
154 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
—Hola.
—Hip.
—Decí.
—Hip.
—¿Qué más?
—Scalda.
—Sí. ¿Qué?
—Hip.
—¿Qué más?
—Hip. Hip. Hip.
—Ampliá.
—¿Quip?
—Son tipos importantips me parece. Hip. Los hipcieron pasar al despacho de Oterip.
—Gracias. Chau.
—Hip.
William Natalio Scaldaferro colgó, con un brillo de acero en la mirada, tras sus lentes
de 9 dioptrías con marco de carey sintético. Eligiendo la llave correspondiente abrió la
gaveta metálica rectangular y guardó en ella la máquina de escribir, cerrando la gaveta.
Retirando el tercer cajón de la derecha en el escritorio, separó del fajo de cuartillas una
docena cuidadosamente contada y guardó las restantes en el cajón, cerrándolo con la lla
ve ya descripta. Después se ordenó los puños de la camisa y se puso el saco, volviendo a
colocar en los bolsillos los objetos que había extraído de ellos poco antes. En el trasiego,
constató que faltaban: un lápiz azul; un encendedor imitación Zippo; una lapicera esfero
gráfica imitación Parker. Aprovechó entonces la oportunidad para efectuar un pequeño
ejercicio deductivo. Sentándose en una silla separada unos treinta centímetros del escri
torio, meditó durante aproximadamente dos minutos con la cabeza apoyada en la mano
izquierda, doblada en ángulo escaleno con el lóbulo inferior de la oreja del mismo lado,
y al cabo de ese plazo estableció el siguiente silogismo: premisa 1: los objetos estaban al
alcance de cualquiera; premisa 2: era la hora en que estaban llegando los editorialistas;
conclusión: resignarse y a otra cosa.
Entrando de lleno a su tarea, Scaldaferro buscó en una libreta pequeña, de tapas ne
gras y cantos dorados, los números telefónicos del Jefe de Policía, del Subjefe de Policía,
del Director de Orden Público y del Encargado de la Comisión para Delitos Económicos.
Asiendo el teléfono con la mano izquierda, discó sucesivamente dichos números. Los re
sultados, por su orden, fueron estos:
—Hola.
—No.
detenidos estaban relacionados con un asunto de maniobras con divisas, enturbiado con
planes subversivos en las Fuerzas Armadas, espionaje a favor de un país situado detrás
de la Cortina de Hierro y violación de una desdichada pareja de novios, vinculados por
consanguinidad al segundo de los barraqueros implicados. Este repudiable último hecho
se sindicaba como habiendo ocurrido en la garçonnière del tercer barraquero, quien aca
baba de ser propuesto para ministro, y la circunstancia habría sido una feroz francachela
que, presidida por tres diputados del oficialismo y dos diputados de la oposición, incluyó
a dieciséis infanto–juveniles de ambos sexos y de alguno más, procedentes por mitades
del Consejo del Niño y de tres familias de diplomáticos extranjeros. Se sospechaba a la
vez que un tío político del novio vejado era el responsable, en complicidad con un obispo
coadjutor, de un intento de estafa con redescuentos de un banco del interior, vinculados al
pasaje de vacunos al Brasil en forma ilegal, situación tolerada por un alto funcionario de la
Aduana también complicado con una gavilla de ladrones de automóviles. Sobre la novia,
por el momento, no pesaba ninguna imputación.
Cuando Scaldaferro hubo escrito dos carillas y se encontraba en la duodécima línea de
la tercera, el Secretario de Redacción se acercó a su escritorio y expresó: «William, m’hijo:
Ponga todo lo que quiera, menos lo principal. Hay orden». Scaldaferro rompió entonces
las dos últimas carillas y recibió la visita de un emisario del Jefe de Avisos, quien le co
municó: «Señor Scaldaferro: no se puede tocar en la crónica ni a los tres barraqueros, ni
al banco, ni al novio, ni mencionar la marca de los automóviles, ¿oyó? No–se–puede».
William Natalio rompió la primera carilla, puso otra en blanco en la máquina, para lo
cual hizo girar suavemente el rodillo con la mano derecha, mientras con los dedos índice
y pulgar de la izquierda deslizaba la hoja en los mecanismos alimentadores, y oyó sonar
el teléfono. La llamada era del Director. «¡Scoralatti! —gritó afectuosamente el Director,
quien nunca recordaba el nombre de sus colaboradores—. ¡Querido Spiantacane! ¡Cui
dado, muchacho, si ya está escribiendo sobre este desgraciado asunto! Nada de aludir a
este amigo casi ministro, ¿eh?, ni a este mozo que es tío del novio, ¿eh?, ni al obispo, ¿eh?
Y menos a este asuntito del contrabando de ganado y de los sobrinos del embajador, ¿eh?
¡No descienda al sensacionalismo barato, amigo Strilatti! Nosotros, mus, ¿...»
De este modo y sucesivamente, Scaldaferro fue enterado:
el ministerio un llamado a concurso para encargado de prensa, puesto para el que el señor
ministro estaba buscando jóvenes despiertos, preferentemente periodistas;
—por una llamada de un inspector del Consejo del Niño: de que no se podía imprimir
ni el nombre ni los antecedentes de ninguno de los infanto–juveniles procedentes de esa
repartición;
—por un anónimo escrito en inglés con acento húngaro–madrileño: de que si publica
ba los datos de los infanto–juveniles de familias de diplomáticos extranjeros, Scaldaferro
y sus descendientes hasta la cuarta generación ingresarían en la Lista Negra de Fidelistas,
llevada por la Liga Oriental de Naciones Avasalladas s.a.
Desaf ío al lector
¿Quién mató a William Natalio Scaldaferro? Si el lector ha seguido atentamente los he
chos mencionados, podrá hallar sin dificultades la solución.
La estadística y la clase media 159
Puede decirse con propiedad que, entre nosotros, la Sociología como ciencia aplicada
permaneció en una etapa embrionaria hasta 1928. Fue precisamente en ese año que fundé
el plop (Pulsadores del Latido de la Opinión Pública Inc.), ya que mis encuestas indivi
duales de opinión pública me habían hecho prever la crisis de 1929 y, estadísticamente, mi
despido del puesto que como agente viajero ocupaba en la fábrica de perfumes Charogne
Frères.
Creo que los datos recogidos a lo largo de estas décadas por el plop, permitirán des
entrañar eficazmente el proceso histórico, económico, político, psicológico y gastro
intestinal del Uruguay. Desde 1929 el plop viene ordenando y clasificando esos datos. En
los últimos años, comenzó a efectuar su tabulación en las modernas máquinas electróni
cas Burroughs and Bestiaughs, pero algunas pasajeras aunque molestas incomprensiones
de la ute ante el verdadero carácter desinteresado de la investigación científica, han inte
rrumpido periódicamente la tabulación por enojosas cuestiones relacionadas con recibos
supuestamente impagos. A esos inconvenientes, que el plop ha aceptado con resignación
científica, se agregó el año pasado el incidente de Saturno Glutnik. Saturno, meritorio
operador de la máquina Nº 3, se descuidó una tarde, intentando manipular los botones
al mismo tiempo que leía un editorial de Acción. El implacable mecanismo tabulador le
tomó primero los dedos y luego lo succionó por la boca de alimentación de la máquina,
enhebrándolo metódicamente durante media hora a través de los dispositivos descarta
dores. Al cumplirse el ciclo de tabulación Saturno fue devuelto con 1.657 perforaciones
y en forma de tarjetón, resultando particularmente interesantes sus columnas primarias.
Ordené, ya que no se podía hacer nada por él y además era huérfano y soltero, que se le
pasara nuevamente por la máquina recopiladora. De ese modo, las perforaciones del des
dichado Glutnik arrojaron algunas ilustrativas respuestas sobre la evolución de nuestra
clase media.
Debo confesar que la lamentable aunque útil transformación de Saturno (quien cuelga
ahora en mi despacho, enmarcado en caoba) y las respuestas proporcionadas por sus per
foraciones, fueron uno de los motivos para mi interés por la clase media. El trabajo que
aquí presento es una vulgarización de los copiosos materiales de encuestación acumula
dos por el plop después del holocausto de Saturno. Los doy a luz por considerar que pue
den servir a la obra de gobierno que está realizando el partido Colorado, profundamente
respetuoso —como se ha podido comprobar— de la Estadística, la Planificación y, en
general, de la Ciencia como auxiliar de la política. He preferido el diagrama por razones
de espacio y para ser comprendido rápidamente por los estadistas, gente más afecta a lo
audiovisual, por decirlo así, que a la lectura.
160 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Rasgos tales como la movilidad social, la presión del sector terciario y la contabilidad
por tarjetas múltiples, permiten dibujar muñequitos muy divertidos. En el cuadro II la
figura 1 representa la situación de la clase media argentina. La figura 2 el de la clase media
brasileña. La figura 3 representa el de la clase media uruguaya.
No menos importante que lo anterior es el análisis de los bienes que el sector terciario
posee, proyecta poseer o poseyó. En el aspecto del activo fijo es particularmente sugestivo
el índice de automotores, rodados, bienes vehiculares u otras denominaciones aplicadas
por los sociólogos a los autos. He aquí, en el cuadro III, la distribución por sectores socia
les de los autos existentes en el Uruguay en el trienio 1966–1968. Las figuras 1 y 2 repre
sentan los años 1966 y 1967. La figura 3 representa un cálculo presuntivo para 1968 y no
El municipio y yo 161
muestra un corno de distribución por sectores sino una rueda de la bicicleta que espera a
todos los automovilistas si esta mishiadura sigue.
El municipio y yo
la palabra «vacante» el jefe se arrojó en mis brazos y me besó en la frente, al tiempo que
su secretaria iniciaba un furioso tableteo de máquina de escribir redactando el decreto de
aceptación. Casi simultáneamente un mensajero apareció como de milagro, salió como
un cohete con el expediente y volvió a los dos minutos con la resolución firmada por el
Intendente, donde se me transfería, se agradecían los servicios prestados y se nombraba
para el cargo que yo dejaba vacante a la señorita Azucena Myriam Cacciacavallo, merito
ria correligionaria que esperaba en la antesala.
Una hora después era presentado al Capataz General de Cuadrillas Municipales,
imponente individuo sentado tras un escritorio metálico, sobre el que un pico de acero
cromado con mango de sándalo apretaba expedientes y documentos diversos. El Capataz
General estaba asando en esos momentos un trozo de faisán, a la usanza de las cuadrillas
municipales, en una pequeña y moderna parrilla eléctrica adosada al bar de la biblioteca.
Mientras salpicaba con salsa Perrins la aromática pechuga y sus dos secretarias privadas
disponían en una mesita mantelería y vajilla Rosenthal, así como una pila de adoquines
firmados por José Belloni para que se sentara, aquel hombre del que dependía la suerte de
mi experimento me sometió a un experto y breve interrogatorio:
—¿Nombre?
—Savonarola Cigliutti.
—¿Ocupación anterior?
—Auxiliar sexto.
—¿Especialización?
—Ninguna.
—Muy bien. ¿Reacciones neuromusculares?
—Lentas o inexistentes.
—Perfecto. ¿Fuerza f ísica?
—Ninguna.
—Espléndido. ¿Resistencia al sueño?
—Caigo dormido cada dos horas.
—Admirable. ¿Vocabulario?
—Debo confesar que soy terriblemente bocasucia.
—Fenómeno. ¿Apetito?
—Un rinoceronte. Debo alimentarme con proteínas y glúcidos cuatro veces por día.
—¿Sabe manejar pico, pala, rastrillo, paleta de albañil, escalera, perforadora neumática?
—Por su orden: no, no, no, no, no, no.
—¿Alguna característica temperamental notable?
—Me gusta pararme al sol, vestido con una camiseta sucia, un sombrero grasiento, en
pantalones de fútbol desteñidos y con un pucho en el colmillo, mientras estoy bañado en
sudor y polvo, a decirles porquerías a las muchachas que pasan.
—¡A mis brazos, espejo de obreros de cuadrillas municipales! Oírlo conforta mi viejo
corazón. El puesto es suyo. Preséntese mañana, de 10 a 12, en la Cuadrilla 18–F.
La Cuadrilla 18–F no era mala. Constaba de un Capataz de primera, dos Capataces de
primera supernumerarios, dos Sub–Capataces de segunda, un Sub–Capataz de Tercera,
un Sub–Capataz de cuarta, dos Sub–Capataces de Quinta y tres obreros, uno de ellos en
goce de licencia por alergia. Mi llegada fue saludada con alborozo, ya que promovía un
provechoso movimiento del escalafón. Pero yo me había preocupado de munirme con di
versas y poderosas tarjetas de recomendación, de manera que el Capataz Encargado (por
ausencia del Capataz de primera, en ese momento delegado en el Congreso Panamerica
no de Cuadrillas Municipales que estaba celebrándose en Washington, dc) no tuvo más
remedio que ofrecerme un puesto de cierta jerarquía y decoro. Calándose los lentes, en
su despacho instalado en una tienda de campaña en mitad del pavimento que debíamos
levantar, examinó minuciosamente mis credenciales.
—Hemos tenido problemas con el Sub–Capataz de Abastecimientos —me dijo— por
haberlo sorprendido cumpliendo la ley de Licitaciones Públicas. Es algo recalcitrante y se
ha empeñado en comprar diariamente el asado, el pan y el vino por medio de pliego de
condiciones y llamado a ofertas, en vez de subdividir los rubros en partidas que permitan
la adquisición directa al gallego de la esquina y la consiguiente comisión. Reconozco que
el sistema es algo irregular, pero soy responsable ante la Superioridad y me limito a cum
plir las mismas normas dictadas desde arriba. ¿Le gustaría el cargo?
—A decirle verdad —repuse—, no entiendo mucho de abastecimientos. En mi Sec
ción, las coimas siempre estaban a cargo de Oficiales segundos en adelante. He oído decir
que también tiene vacante la Sub–Capatacía de Relaciones Exteriores. ¿Tendría inconve
niente...? Creo que los contactos de la Cuadrilla con el público y un punto de vista mo
derno y amplio sobre relaciones humanas es la base de toda labor en una Cuadrilla que
realmente quiera ser constructiva...
Finalmente, transamos. Mediante un sistema de compensación de horas extra que
me permite acumular tres días hábiles por semana y con un viático para locomoción,
desempeño simultáneamente la Sub–Capatacía de Relaciones Exteriores y la Secretaría
de Prensa de la Capatacía de Hacienda, acéfala por traslado del titular a la Oficina de Pla
neamiento.
De manera que aquí estoy, habiendo renunciado a todos mis derechos de clase, con
vertido en un auténtico proletario, dando el ejemplo a los inconscientes sectores obreros
de la actividad privada. Por común acuerdo con el Capataz Encargado, y en los ratos li
bres que me permite mi copiosa actividad administrativa, colaboro con los dos obreros en
el levantamiento del adoquinado que constituye el Segundo Plan Quinquenal de nuestra
Cuadrilla, para las tres cuadras que se nos asignan en el Plan Regulador convenido por el
Municipio con la Alianza para el Progreso y el bid. A veces, me parece mentira haber sido
un ocioso burócrata de oficina.
164 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
La dolce vita
—Ufa. Estos no terminan nunca de llegar y ya son las... Pe–pero, che, ¿todavía no te
vestiste?
—Tranquila, tranquila. ¿No precisás más el baño?
—No, ya terminé. Movete, no seas plasta, que van a estar aquí y vos todavía en paños
menores.
—¿Y qué tiene? ¿No somos todos amigos?
—Andá, repugnante. Ya te gustaría a vos que Madelón te ayudara a ponerte la ropa.
¿Te crees que no los observaba, la otra noche, en La Emiliana?
—¿Y tuviste tiempo? Porque te pasaste todo el tiempo haciendo rodillita con Jimmy.
—Si serás guarango.
—Guarango, pero tengo ojos.
—M’hijito, el ojo del amo engorda el ganado.
—Y bien gordo que está, ¿eh?
—Cretino.
—Vieja verde.
—Lalo, grito. Mirá que grito.
—Esperate que lleguen y te pongas a bailar con Jimmy. Así gritás cuando te aprete.
¿Hay tohallas limpias?
—¡Lalo, laaaaloooo!
II
—Riiin.
—Ahí llega la plaga. ¿Tengo las medias derechas?
—Sí. Las torcidas son las piernas.
—¡laaaaloooo!
—Riiiiin.
—Abrí.
—¿No se me corrieron los labios?
—Estás bien. Para lo que te va a durar el rouge. Abrí.
—No podés negar la raza, ordinario. Para brutos, los Angostorena.
—Brutos, pero no le hiciste asco a la plata.
—Torpe, torpe, torpe.
—Dale.
La dolce vita 165
III
—Lalo, Lalo, saca a esa pesada de Dáinashor. ¿No sabés que ahora viene mucho Mor
gana King?
—Nothing, chiquita, nothing. ¿Querés un Aznavour?
—Si lo bailás conmigo...
—Poupée, no jorobes al Lalo que es casado.
—Salí, Pancho. Hoy no estoy en vena.
—Te pongo dos Aznavour si bailás con Pancho y me dejás tranquilo.
—Asqueroso. Vení, Pancho. Con bastante mufa, ¿eh? Poné la mano aquí.
166 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
IV
—Adiós, orgulloso.
—¿Eh?
—Usted no me conoce, pero yo no me le pierdo partido.
—Interesante. ¿Quiere un whisky?
—Si es de su vaso, sí.
—Bueno. Vení, rubia, en el bergère hay sitio para dos.
—¿Qué bergère?
—¿No ves, a oscuras?
—Ahora, sí.
—¡Ay, Denise, no te me sientes arriba!
—Pardon, no los había visto. ¿Con quién estás?
—Conmigo.
—¿Ah, sos vos? ¿Cómo andás, Julio Alberto?
—Bien, Denise. ¿Fuiste anoche por casa?
—No, che. Dormí en el apartamento del centro.
—¿Y los nenes?
—Le telefoneé a la fraulein antes de levantarme. Gustavo, un poquito resfriado, por
que va al liceo con la capota baja. Las nenas, espléndido. Figurate que Marcia fue elegida
por la barra para anotarse en el concurso de Miss Mundo. No le cuentes nada a papito, me
dijo. Vos hacete el que no sabés.
—Che, a los catorce. Mirá que esos concursos son medio bravos.
—No te preocupes. La fraulein la va a acompañar a todas las presentaciones.
—Denise, dejá a tu marido tranquilo, que estaba conmigo. No te pongas cachi.
—Perdoná, tenés razón. ¿Venís a comer mañana, che?
—Depende.
—Bueno, chau. Seguí, que no los interrumpo.
—Chau, vieja.
—¿Y? Te estoy esperando en el otro bergère.
—Oy, me había olvidado.
—Tomá un buchito.
—Glup. Ay, tramposo, sacá la boca.
—Así que vas a verme a los partidos.
—A todos.
La dolce vita 167
—¡Laaalooo! ¡Laaalooo!
—Aquí eshtoy, vidibta. ¿Québ queb—rehs, mi esh–pobshita?
—Lalo, apestás a Chivas Regal. Lejos, por favor. Hablá de lejos.
—Lalo, dame el bretel.
—Callate, Leonie. Dejame hablar con mi marido. Vení, Lalo.
—¡Ay!
—¡Parbleu!
—Tebné cuibdado, Andreíbta, que acabasch de pibshar a Jacques y a tu amiguibta
Madeloncibta.
—Madó, please. Estás pelando la alfombra. Aubusson. Tené modos.
—Callate, hip, mona celosa. ¿Por qué no lo llamás por teléfono a Jimmy, así se te pasa
la neura?
—Dejala, Madelón, dejala. Vení que te sigo explicando lo de la píldora.
—¡Aaay, aaay! ¡Sáquenme a este sátiro! ¡Sáquenle el tomacorriente!
—¡Denise, Denise! Por lo menos echate una cortina por arriba.
—¡Nooo, Freddie, nooo! ¡Con el sifooon, nooo, que no puedo mojarme!
—La bohéme, la bohéme!
—¡Silencio, silencio! ¡Freddie va a recitar una poesía sobre el Che!
—¿Dónde está mi mini? ¿Dónde está mi mini?
—¡Lalo, Lalo! ¡Decile a Luis María que me respete! ¡Lalo! ¡Ay, Luis María, no, no! ¡Eso,
no! ¡Luis María, mirá que le cuento a Elenita cuando vuelva de Roma, Luis María!
—Che funebreros, pongan un poco de Juliette Grecco, para mufarse con razón.
—¡Albinoni!
—¡Aznavour!
—Callate, Leonie y salí de la bañera, que te dormís y te ahogás.
168 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
VI
El viaje al Este
El 31 de diciembre —como todos los días desde que triunfamos los colorados y arrojé en
una cloaca mi carnet de afiliado a la Agrupación Heber— me desperté, puse la Radio Ariel
para escuchar el informativo y arreglé someramente mi lecho de soltero, presidido por las
imágenes de mis ídolos políticos, Ulysses Pereira Reverbel y Eugenio Baroffio. Descen
diendo del altillo que alquilo a misia María de las Mercedes Iturriberrigorry Viscaízaco,
nieta del tercer Mártir de Quinteros empezando a contar desde la derecha del pelotón
de fusilamiento, me dirigí al viejo y señorial comedor donde se servía tradicionalmente
el boldo del desayuno. Era un día venturoso para mí, y empezó bien. Misia María de las
Mercedes había cobrado el día anterior un aumento en la pensión graciable que le corres
ponde como Mártir descendiente. (El aumento, dicho sea de paso, había sido propuesto
por un diputado adventicio, tercer suplente a cargo de la banca —por viaje del titular a
Buenos Aires, a comprarse unos mocasines y ropa interior— y permanente prometido de
Adelaida Lydia, la cuarentona y única hija de mi casera.). Pundonoroso coronel y hombre
de letras, el Mártir era recordado con unción por misia María de las Mercedes: «Vivo —
decía— el pobre Raimundo nunca sirvió de mucho; pero muerto, da gusto cómo mantiene
a la familia». Divagaciones aparte, el hecho es que esa mañana mi taza de boldo aparecía
guarnicionada con una galletita Anselmi.
«Barriga llena, corazón contento», reflexioné más tarde, mientras me dirigía a tomar
el ómnibus interdepartamental, llevando en un bolso de mano algunas pertenencias. Ha
bía vestido, sencilla pero correctamente, mis ropas veraniegas: panamá con amplia cinta
negra y alas bajas, chaqueta Oxford a rayas azules, blancas y rojas, cuello duro liviano, ca
misa malva, chaleco de piqué blanco, pantalones blancos de hilo irlandés, calcetines patito
y zapatos trotteur con chapitas de hierro. «Breughel Scanarotti, muchacho —me dije, ob
servándome al pasar en una vidriera—, nadie diría que tienes cincuenta y uno cumplid...»
Con disimulo, palpé en el bolsillo pectoral del chaleco un dulce bulto: el monedero
de anca de potro con los 2.695 pesos líquidos de mi aguinaldo como auxiliar cuarto en el
El viaje al Este 169
Registro Nacional de Bienes Mostrencos, Sección Olograf ía, Mesa 4 de Entradas. Hacía
28 años que esperaba ese momento. Laboriosamente había pagado mis pequeñas deudas
y ahorrado centésimo sobre centésimo. En 1953 dejé de fumar; en 1962 conseguí suprimir
el café; en 1965 abandoné la absurda costumbre de la cena. Mi escaso pero aseado guar
darropa databa de 1929, y mi único gasto suntuario consistía en coleccionar el Suplemento
Familiar de El Día. Merced a ese sano y honesto sistema de vida había llegado a fines de
1967 sin deudas ni israelitas adustos parados ante la caja los días de pago; el gobierno hizo
el resto, concediéndome el aguinaldo. En consecuencia, iba a cumplir mi tímido sueño de
juventud: pasar un día en Punta del Este.
Adquirido mi pasaje y el número de asiento, salí a la vereda. De inmediato un sujeto
achinado y descomunal me arrebató el bolso de mano; abrí la boca para pedir socorro,
pero reparé que el asaltante usaba la gorra que identifica a los mozos de cordel y lo se
guí dócilmente hasta la puerta del ómnibus. Allí me entregó el bolso con estas palabras:
«Tuentifaiv sopelines, maestro». Una vez que un pasajero caritativo me tradujo la frase al
español, aboné resignado los veinticinco pesos y tomé asiento, mientras un parlante avi
saba algo así como «Brroom trácate–trácate brrrom trácate–trácate...nutos».
Media hora después, con el ómnibus aún estacionado bajo los umbríos plátanos de
la plaza Libertad, desperté aterrorizado ante una voz con acento bielorruso que aullaba
en mi oído, desde el pasillo: «Pastillacaramelocandequerefrescaelaliento... Chocolatine
170 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
El sol declinaba gloriosamente entre los canteros de la plaza, cuando miré el reloj y
vi que eran las 20 y 40. El altoparlante respiró hondo y dijo alentadoramente: «Pasajeros
para Punta del brooom... Su coche llegará dentro de trácate minutos». Pero yo estaba algo
triste; sentí frío y me subí la solapa de la chaqueta. Pensé que a estas horas seguramente
misia Mercedes estaba ya sirviendo la sopa de puerros de la cena. Entonces tomé un tro
lebus y me volví al Prado. Al bajar en la esquina de Larrañaga y Balta Ojeda noté que me
habían robado el monedero y, ya sin apetito, subí a mi altillo a leer números atrasados del
Suplemento Familiar de El Día.
La revolución
Considerando que la nación sufría una profunda crisis moral provocada por los agita
dores de izquierda, las pretensiones sindicales y la infiltración foránea, el coronel Gutié
rrez decidió derrocar las instituciones como única solución para el mantenimiento de la
democracia.
En consecuencia, convocó en el casino de oficiales al teniente coronel Rodríguez, a los
tenientes Pérez y Sánchez, al alférez Núñez y al cabo de corneta González, exponiéndoles
su sencillo plan insurreccional. Dichos militares aprobaron cortésmente el proyecto y sólo
rogaron al coronel que, de ser posible, el levantamiento se adelantara para no coincidir
con el fin de semana, pues para ese domingo estaba programada la final del campeonato
de fútbol.
—Muchacho, se conoce que usted es nuevito. En primer lugar, la gente no cree en ab
soluto lo que dicen los diarios, desde hace mucho tiempo. Pero además, ¿dónde ha visto
172 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
usted que en este país los diarios publiquen las noticias en tiempo? Cuando aparezca el
reportaje, ya hará varios días que estaremos gobernando.
Yo no tengo nada que decir sobre mis propósitos para el nuevo año. No albergo, por otra
parte, ninguna clase de propósitos. Cuando el escuálido maratonista, cubierto de polvo,
sudor y linfa, con los pulmones destrozados y los ojos inyectados en sangre, consigue lle
gar a la meta y se desploma del otro lado de la línea blanca ¿habrá algún alma miserable
que se arrodille junto al agonizante para preguntarle sobre sus propósitos relativos a la
próxima maratón?
Confórmense con que haya llegado a este 31 de diciembre sin haber muerto en el ca
mino; que les baste con que haya cubierto todo el recorrido y nada de preguntas. Déjen
me que me siente un rato, aquí en el pastito, y recobre el resuello. En todo caso, si están
tan preocupados sobre mis propósitos para el año que viene —sobre los propósitos de un
Elegía por el Año Viejo 175
—Gracias, querido 1959, por habernos demostrado que se nos acabó la papa de la
democracia perfecta y que las cosas buenas ya no nos vendrán más de arriba como los
laudos de los consejos de salarios, sino que tendremos que rebuscarlas nosotros mismos,
sin ministros ni diputados.—Gracias por habernos enseñado que también los uruguayos
podemos tener un día miles de tipos sin techo y decenas de miles de hambrientos, y sentir
en el lomo lo que es la miseria.
—Gracias por cascotearnos con la carestía, la escasez, el espectáculo de cómo se enri
quecen los vivos, los canallas y los frívolos, el mercado negro, la destapada de tarro de las
macanas del gobierno anterior y las metidas de pata del actual.
—Gracias por hacernos crujir los dientes y madurarnos a patadas; gracias por haber
nos violado esta virginidad de idiotas futboleros y burocráticos que nos había dejado a
trasmano del mundo, mirándonos el ombligo; gracias por avivarnos y hacernos mostrar
los dientes, a lo perro, de ahora en adelante.
Dicho lo cual, y con el permiso de los presentes, me levanto para acompañar a mi socio
hasta la salida. Tomen la frazada, muchas gracias.
176 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
De pocos creadores como del polígrafo uruguayo Baltasar Pombo puede decirse que su
obra permanece vedada a las jóvenes generaciones. Pero el deliberado silencio que la crí
tica ad usum delphini y la confabulación oficial1 han tendido sobre su nombre, no puede
ocultar ya el significado de Pombo en la cultura nacional, aunque las reducidas ediciones
en que se plasmó su obra literaria permanecen celosamente custodiadas en algunas bi
bliotecas particulares y en ciertos puestos de la feria dominical de Tristán Narvaja.
Nacido accidentalmente a bordo del Principessa Mafalda en la penúltima década del
siglo pasado, Pombo fue desde muy niño de delicada complexión y sufrió inquietantes
trastornos gástricos («mal–de–mer, vous savez», confió hacia 1913 al joven esteta Alber
to Rusconi) que lo obligaban a permanecer largas temporadas en una silla de ruedas con
dispositivo especial de vaciado. Sus raras cualidades espirituales le impidieron contem
porizar con el sistema colectivista imperante en nuestra enseñanza. Luego de recibir du
rante su adolescencia lecciones privadas de monsieur Paul Groussac —antes de que este
famoso escritor argentino aprendiera el castellano— el joven Baltasar cursó estudios li
bres de Entomología Bizantina, Criptograf ía y Semántica Arawak en las universidades de
La Plata y Tandil, donde se radicaban familiares suyos por rama materna, de esclarecida
extracción patricia. (Su madre —admirable matrona centenaria— es Teodorita Cornú–
1. Cf., al respecto, la mezcla de inexactitudes y verdades contenida en la ficha que merece Pombo
en el Diccionario de Personalidades Prescindibles editado por la Biblioteca del Palacio Legislativo, en
base a una recopilación del abate Miguel Ortiz Valverde: «Pombo, Baltasar (1881–1961). Polígrafo
uruguayo nacido en la Villa de la Unión, Montevideo. Padres: Lázaro Pombo y Mañach, Teodori-
ta Cornú–Unzué. Maestro normal, poeta, escribano, diplomático, cardíaco (insuf. mitr.). Polemizó
con José Batlle y Ordóñez, Rabindranath Tagore y Eugenio Baroffio. Duelos: Juan Andrés Ramírez, el
barón Guy de la Boisserie (en Dijon), Eduardo Víctor Haedo y Ulysses Pereira Reverbel. Orador con-
notado. Doctor cum laude y honoris causa en las universidades de Heidelberg, Tandil, Medinaceli y
Antioquía. Durante su juventud, compañero de bohemia en París de Víctor Haya de la Torre, Jean
Cocteau, el hijo menor de Ramón del Valle Inclán (al que decían Ramón) y Carlos Quijano, quien en
1925 le prologó un tomito de poesía antimperialista. Autor de una monumental Historia Comparada
de las Culturas, cuyo primer original se extravió en Lieja al producirse la invasión alemana durante la
Gran Guerra. Casado (terceras nupcias) con Agnes Nekrassova–Duplessis, del Ballet Imperial de San
Petersburgo. Fallecido en Torremolinos en diciembre de 1961».
Pombo, gran olvidado 177
Unzué, née Dorrego, pero sujeta en 1913 a una rectificación de partida dispuesta por Juá
rez Celman en ley especial.)
Poco después de la primera conflagración mundial, las tareas diplomáticas del padre
de Baltasar —Lázaro Pombo y Mañach, que presidió la delegación observadora urugua
ya a la conferencia de paz de la guerra ruso–japonesa, e integró varias veces la comisión
arbitral de límites entre Montenegro y el Imperio Austro–Húngaro— llevaron al futuro
escritor a establecer dilatados contactos con los viejos centros de la cultura europea. En
1922 Pombo casi obtuvo el doctorado de ciencias y letras en la Universidad de Magun
cia, pero de todos modos ocupó después un cómodo piso en el quai Malaquais de la rive
gauche, que se transformó en uno de los más brillantes cenáculos y ombráculos de París.
(El hobbie de Baltasar, hacia los twenties, consistía en juguetear con las leyes mendelianas
de la herencia y había conseguido un hermoso vivero de ombúes enanos). Gertrude Stein
(y Suzanne Valladon, en los meses de verano, cuando Gertrude cumplía su cura anual
en una maison de santé de Baden–Baden) mantuvieron un estrecho vínculo con Pombo.
La modestia del joven dilettante sudamericano impidió que aún ahora se conozca bien
su lógica influencia sobre los habitués del ombráculo (Hemingway, Max Jacob, un tími
do y larguirucho subteniente aficionado a los paraísos artificiales que se llamaba Charles
de Gaulle, Cocteau, Pablo Ruiz y otros). Pero la misma Gertrude, Montherlant, Drieu la
Rochelle, Fujita y los entonces jóvenes exiliados T. E. Lawrence y B. Pasternak han recor
dado, en textos aún inéditos, la fraternal hospitalidad de Baltasar. (De esos mismos años
data la silenciosa y admirable labor de Pombo como prologuista y autor de un catálogo de
la Sección VI de la Bibliothéque Mazarino.)2
Hasta 1945, cuando regresó a la patria casado en terceras nupcias con la maravillosa
Agnes Nekrassova–Duplessis (prima ballerina, en esa época, del Ballet Ruso del coro
nel Diaghilev, que en 1936 plantó a la trouppe en Tolón y huyó con Baltasar, obteniendo
posteriormente en Bucarest el divorcio de su segundo marido y originando una deliciosa
historia de amor que invadió los diarios rumanos durante varias semanas), Pombo ocu
pó fructuosamente su existencia europea en la investigación. En Salamanca, Heidelberg,
Malmö, la Sorbone y el Institut des Hautes Études de París, cursó Filología, Literatura
Intimista Tibetana y Periodismo, aunque sin permitir que se le graduara en ninguno de
esos casos, para no empañar con utilitarismos su perfecto desinterés intelectual. Ayudan
te emérito del profesor Bellus en la Clínica de Ortopedia Experimental de la Conciergerie,
tuvo, entre octubre y noviembre de 1932, importante participación en las investigaciones
conducentes a aislar el virus de la virosis, las que —como se sabe— estuvieron a punto
de aislarlo. En 1939, además, faltaba a Baltasar muy poco para obtener en la universidad
de Assís la licenciatura de Retórica Toscana, cuando el estallido de la guerra impidió esa
culminación. Ya en Londres, a los efectos de colaborar en el esfuerzo bélico de los Luxem
burgueses Libres mediante una serie de conferencias por la bbc (un inesperado cambio
2. Baltasar Pombo: Auteurs foutues (ABAissé, Pierre; ZOU–zou, Joseph–Marie.), Textes et amende-
ments. París, 1929.
178 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Pombo, profesor3
(Pombo entra en el aula frotándose las manos y los alumnos advierten que sus ojos brillan
detrás del monóculo. Sin duda, la de hoy será una clase para recordar.)
3. Retirado con su esposa Agnes al Balneario Jaureguiberry, Pombo, que siempre admiró a Juan de
Mairena (con quien mantuvo una fecunda correspondencia, usualmente interceptada por Anto-
nio Machado, un celoso congénito), fundó en esa meritoria localidad la Escuela Libre de Didasca-
lia, donde desempeña la Cátedra de Periodismo. Las aficiones principales del polígrafo compatriota,
como se sabe, han sido por su orden la malacología, la colección de lepidópteros y el periodismo,
aunque nunca llegó a desempeñar efectivamente este último, por resultarle insoportable el olor de
tinta de imprenta.
180 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
los editoriales y de ellos deseo hablaros esta mañana. ¿Quién de vosotros quiere ser pe
riodista?
Casi todos.— ¡Yo, señor profesor!
Pombo.— Magnífico. Y usted, Pérez, ¿por qué calla? ¿No quiere usted ser periodista?
Pérez.— No, señor profesor. En mi familia todos somos pobres pero honrados.
Pombo.— ¿Y por qué, entonces, viene usted a clase, alma de cántaro?
Pérez.— Mi padre dice que si quiero ser millonario tengo que ser ministro, pero que
los ministros empiezan siendo diputados y los diputados tienen que ser primero perio
distas, pero poco.
Pombo.— ¡Ah, lo que su padre de usted quiere es que usted sea editorialista!
Pérez.— Eso, pero me daba vergüenza decirlo así, delante de todos mis compañeros.
Pombo.— Se equivoca usted, Pérez. Su pudor es infundado. El admirable desarrollo de
la prensa ha convertido al editorial en una de nuestras principales industrias, creadora de
fuentes de trabajo y de divisas. Y lo más elogiable: se trata de una industria del intelecto,
que funciona prácticamente sin materia prima.
Pérez.— Sí, señor profesor.
Pombo (entrando de lleno al tema).— Anotad, amigos míos. El editorialista y su obra,
el editorial, operan en nuestra sociedad las mismas tareas que las alimañas campestres,
las gigantescas y misteriosas migraciones suicidas de ciertos lemúridos excesivamente
prolíficos o los grandes flagelos climáticos. Estos son los instrumentos de que se vale la
Naturaleza para restablecer el equilibrio biológico amenazado por la desproporción, por
la inadecuación de los apetitos y necesidades a las condiciones reales de alimentación,
posibilidades y recursos. El editorialista, igualmente, restituye la sociedad a sus verdade
ros límites...
Un alumno.— Más despacio, señor profesor.
Pombo.— Perdonad. Me exalto ante la magnificencia del tema. ¿Dónde íbamos, Mar
tínez?
Martínez (sorprendido en medio de una partida de tute con Pérez).— ¿Eh?
Pombo.— ¿Distraído en clase, Martínez? Bien; mañana deberá usted leer toda la pren
sa del día y efectuar resúmenes de sus editoriales.
(En la clase resuenan murmullos reprobatorios, cada vez más audibles, al borde de la
rebelión indignada. Uno de los alumnos se pone de pie.)
Alumno.— Señor profesor. La falta de Martínez ha sido leve. No sea usted cruel.
Pombo.— Nada, nada. Él se lo ha buscado. Prosigamos. Decía de la acción moderado
ra que ejerce sobre la sociedad el editorialista. En efecto: nuestra raza de Caín, cuya so
berbia aumenta con los siglos, ha llegado a considerarse, por una aberración psicológica,
imago Deus, a imagen y semejanza de Dios, heredera de la Creación y con capacidad infi
nita para la elevación intelectual. El Hombre, triste arcilla sufriente, ha perdido la humil
dad y la conciencia de sus limitaciones. El editorialista, entonces, con su tarea cotidiana,
Pombo, renunciante 181
restablece el equilibrio, demostrando que también podemos ser otra cosa. Cuando, como
hombre, me siento culto, informado, profundo, lleno de sentido común, patriota y otras
diabólicas tentaciones que los demonios nos proponen, me basta leer un editorial cual
quiera y encontrar en el editorialista, ese hermano mío, el espejo de mi verdadera e infe
rior esencia. Entonces caigo de rodillas y me golpeo humildemente el pecho... ¡Caramba,
una apexícula reticulata bovis!...
(Una bella mariposa ha pasado por la ventana y Pombo, llevado por su ciega afición
de coleccionista, salta por la ventana y se pierde entre los macizos del jardín, sin que los
alumnos —en su mayor parte dormitando en los bancos— lo adviertan.)
Pombo, renunciante
(Para mejor comprensión de los correligionarios y para exponer en forma didáctica a las
generaciones futuras la esencia del episodio político que acaba de protagonizar —en una
magistral lección cívica que fue prototipo del comportamiento de nuestras reservas mo
rales— he pedido a Baltasar Pombo que reprodujera del dictáfono sus notas cotidianas.
He aquí esa versión.)
Marzo 5
Me visita una delegación del partido, sin anunciarse, en mi despacho de la fábrica de paño
lenzi que es herencia familiar (y a la que he vuelto desde la diplomacia, como Cincinato
volvía al arado.) La preside el senador Guazunambí Tort, pero no le doy tiempo a que ha
ble. No los recibiré aquí, sino en mi estudio de la quinta solariega de Buschental. «Cada
cosa en su lugar», les digo sonriendo, mientras pienso que Buschental es más bien despo
blado, y menos gente puede verme en compañía de un senador, situación que nunca me
atrevería a exhibir delante de mis empleados. Los cito para la semana próxima.
Marzo 10
Tort y los delegados llegan con retraso. Los reconvengo indirectamente, citando como al
descuido mi célebre frase a Alfonso Reyes (que Alfonso ha recogido en sus Meditaciones),
cuando compartíamos en Dijon, hacia 1923, el petit auberge de madame Pontchartrain:
«Alfonso, muchacho, estás en mora con la posteridad y la pensión». Las sutilezas resbalan
182 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
sobre Tort, que es contador. Pasa a explicarme el motivo de la visita. El Partido ejerce el
poder, pero está desgarrado por sus luchas intestinas. Se ha pensado en mí como candi
dato de transacción. Se sabe que estoy alejado de la política desde 1951 —después de mi
último no ha lugar a duelo— y se cree que no sería resistido. Prometo pensarlo.
Retengo la nota a Tort. Lo he pensado mejor. No puede ser que por egoísmo personal
entorpezca el proceso institucional de la nación. Si el país me precisa, me tendrá. Rompo
la nota (aunque por razones de estrategia política, remito las veintitrés copias de la pren
sa oral y escrita) y redacto una segunda comunicación, dirigida al Honorable Directorio,
4. He pedido a Pombo, en atención a la proyección histórica de ese poco conocido episodio al que
alude oblicuamente, que me proporcione más adelante su versión, para un nuevo artículo. Se trata,
aunque muy pocos lo saben, del proceso de su renuncia a la vicepresidencia de la Comisión Honora-
ria para el Estudio de los Teredos en la Red Vial. Estoy seguro de que, si accede, la galanura estilística
de Pombo y su felicidad narrativa añadirán a la crónica un fuerte y agradable sabor, no muy frecuen-
te en la literatura política nacional.
Nota bene: Como de sólito, mi joven amigo Gut se equivoca en los datos y en las conclusiones. El
episodio al que alude –que prefiero por ahora mantener en la penumbra marginal de la Historia– no
fue provocado por mi renuncia a la Comisión Honoraria para el Estudio de los Teredos en la Red
Vial. No llegué nunca a integrar ese Cuerpo, debido a que cuando iba a iniciar viaje desde Viena para
hacerme cargo de la honrosa designación, estalló la Segunda Guerra Mundial y fui conducido junto
con Agnes y un pediatra compatriota que se encontraba de paso en Austria y había solicitado que le
presentara a Jung, valido de mi vieja amistad con el maestro, a un campo de internación de Charlot-
tenburg. La renuncia citada por el apresurado antólogo quizá sea la que elevé abandonando mi cargo
en la Comisión Organizadora del Sesquicentenario de la Primera Línea de Bombeo, por motivos que
no corresponde aquí elucidar. Vale. B.P.
Pombo, renunciante 183
aceptando el cargo. Les jeux sont faits. Soy, desde ahora, presidente alterno de la Comisión
Asesora Honoraria para la Erradicación del Bocio Avícola.
Marzo 15
Marzo 16
En prolijo repartido a mimeógrafo he enviado anoche al diario del Partido mis declaracio
nes en la conferencia de prensa, añadiendo mi bibliograf ía y un breve exordio con dos o
tres citas latinas apropiadas. Incluí una espléndida fotograf ía de 1921, donde aparezco en
el Estoril con la Infanta Carlota y Farruco, como llamábamos sus íntimos a s.a.r. el Prín
cipe don Juan de Borbón y Parma. Sin embargo, hoy no salió nada. Efectué personalmente
otro llamado telefónico y la misma voz aguardentosa dijo que era un problema de falta de
espacio. He colgado, luego de advertir al quídam, con mi más helada cortesía, que tal vez
la falta de espacio se refiera a sus circunvoluciones cerebrales. La voz agradeció, llamán
dome doctor, lo cual revela que en este pobre país ya no se puede ni injuriar.
Marzo 20
Habiendo esperado un plazo prudencial para que aparecieran mis declaraciones en el dia
rio del Partido, sin que ello ocurriera, hoy presenté renuncia indeclinable. Escribí además
una carta abierta al Presidente de la República, mientras remitía a la prensa oral, escrita y
televisada boletines cada dos horas y ordenaba a la fábrica que disminuya doucement sus
avisos en los diarios que no publiquen los boletines.
Marzo 30
Los diarios anuncian que el Gabinete tratará hoy mi renuncia. La bancada de la Cámara
de Representantes se reunió esta tarde y me declaró su solidaridad.
184 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Abril 1
Salvo uno, los ministros me han hecho llegar su adhesión personal, aunque en forma no
pública. He organizado en las caballerizas de la quinta de Buschental una sencilla pero
eficiente oficina de prensa, con tres redactores y un mimeógrafo. Casi no dan abasto para
transcribir, copiar y remitir a la prensa las alternativas de mi renuncia y las adhesiones
recibidas. Otro empleado, con un receptor portátil de televisión, monitorea los infor
mativos; trasladé una chica de la fábrica para que maneje el archivo de recortes de prensa,
que ya ocupa un armario metálico.
Abril 2
Abril 3
Escribe Gian Carlo Pudorossi en el capítulo decimonono de sus Stanze per la Madonna
que si un hombre sueña todas las noches con una mujer desnuda, en algún lugar de bifur
cados senderos otras mujeres innumerables y desvestidas sostendrán con el soñador un
lúbrico encuentro.
Pudorossi no alcanzó a redactar el capítulo vigésimo; la invasión de Venecia por Soli
mán en 1213 y los desórdenes y saqueos ulteriores le hicieron perder la cabeza, que en la
segunda luna del mes Radaman de la Égira apareció en lo alto de una dilapidada muralla.
Así, un veloz alfanje musulmán le impidió determinar el sitio y el tiempo en que esa re
dundante circunstancia erótica sobrevendría.
La incompleta doctrina fue confutada sin éxito en los tres últimos apartados de la
Vom ursprunglichen Geschmack de Albrecht Tarcisius y su nombre técnico, apokatas
tasis, cundió en la exégesis evangelista de la Escuela de Heidelberg, si bien con inten
ción indeterminada. Un oscuro polígrafo de Maguncia trató en 1353 de interpolar en ella
un sacrílego añadido, pero obtuvo la hoguera. Otros, más osados o más incombustibles,
completaron la ardua teoría, que en el verano de 1932 leí en un hotel de Adrogué, dentro
del placard donde me había introducido, confundiéndolo con otro gabinete de interdicta
denominación.
Hacia 1941 la profecía imprecisa del acéfalo veneciano desveló mis noches de soltero,
en los meses siguientes a la previsible muerte de María Hortensia Ezcurra de la Hoz, cuyo
rostro perfecto conocí recién durante su velatorio. Ese año, en Salta, soñé por primera
vez una figura femenina y bifronte; con temor, con infinita minuciosidad, recobré cotidia
namente sus contornos. A fines de diciembre confié a Adolfo Bioy Casares y a Enrique
Amorim durante una profusa e interjectiva charla a propósito de la versión apócrifa del
Gleichzeitig praktische Kleidung die zu jeder Gelegenheit erfordert ist (por ese entonces
exhibida en un inverecundo escaparate de Callao y Florida) que creía haber comprobado
la proposición de Gian Carlo.
Esa lejana confirmación argentina de que Pudorossi y el calcinado polígrafo eran ve
races ha fatigado mis antologías. Por eso me pareció casi inevitable que se acodara en el
estaño del boliche de Avellaneda donde, al mismo tiempo, yo apuraba el infrecuente sabor
de un guindado oriental de contrabando y la lamentación de Guido dal Duca de Brettino
ro en el canto xiv del Purgatorio, el hombre que me transmitió este relato.
186 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
En 1953 Isidro Monegal viene a Buenos Aires para rescatar un prestigio que le falta en
su Rosario nativa, donde tuvo que desperdiciar cuarenta y dos puñaladas para finalizar
con un policiano solitario y desarmado. Un porteño alarife que es su compañero en la
homeopática mesa de la pensión de Paseo de Julio que los refugia, le pone en la mano un
alambre de enfardar y lo lleva un mediodía a una concentración en Plaza de Mayo, donde
habla el Hombre. Después, sin que Monegal vislumbre aún el imprevisto, deslumbrante
final de la aventura, el porteño lo afilia al Partido y toma un tren en Retiro con destino a
Resistencia, llevándose los últimos cinco pesos y el poncho del rosarino derrochador de
puñaladas.
Durante catorce noches, insomne en el inhóspito lecho de Paseo de Julio, Monegal
urde desapasionadamente cómo pagar la pensión. En la decimoquinta hacia el alba, mien
tras investiga en el fondo de un bolsillo pectoral desdeñados restos de tabaco brasilero
para armar con papel higiénico, halla al mismo tiempo el repentino carnet del Partido y
la respuesta al enigma.
De allí en adelante el rosarino enfrentará duplicadamente el rostro ensanchado por la
sonrisa que el Hombre destina a los cuchilleros en desgracia; en las dos audiencias com
pleta la descripción de su infelicidad y alude filosóficamente al porteño desaparecido;
hacia la frase postrera el Hombre aumenta la sonrisa y Monegal conoce que está salvado.
El año siguiente lo encuentra en la Quinta de Olivos, enfundado en un overol que des
dibuja al compadrito interior conservado por Monegal como un recuerdo de familia; por
decisión superior, está encargado de imponer nafta y aceite a las motonetas del Hombre
y el espectro del policiano es solo el tema de noches desveladas por los gemidos con que
sucesivas afiliadas de la ues celebran su graduación.
No obstante su vida morigerada (y a causa de ella, también) el rosarino sabe que, de al
guna oscura manera, ha practicado la apostasía y el envilecimiento. Otro acontecimiento
reitera a Monegal que ha elegido la infamia: en 1955, un fraybentino que se niega a decir
su nombre pasa por Olivos y le deja un mensaje del porteño raptor de su poncho: está en
Montevideo, no en Resistencia (aunque por una no buscada felicidad verbal, también lo
esté) y el mensaje consta de una sola y críptica sentencia que estipula la recomendación
de escuchar a Augusto Bonardo por Radio El Espectador.
Monegal obedece y encuentra la razón de su peripecia, desde la esquina rosada don
de el perforado sargento boqueó sus tautologías póstumas hasta ese garage poblado de
Mercedes Benz y Alfa Romeos, en el que repara las motonetas del Hombre. Entonces,
sin haber sabido nunca que Gian Carlo Pudorossi escribió el capítulo decimonono de sus
Stanze, ni que en 1353 un hombre fue incinerado por sostener que las criaturas soñadas
pueden acumularse para cuando hagan falta, perdona al porteño y consagra sus noches
a soñar con motonetas. A fines de ese año considera que son suficientes; se compra unos
lentes negros, dispone las motonetas en Flota de Mar, subleva las bases navales e inicia la
Revolución Libertadora.
Salto Oriental, octubre de 1948
Como Mark Twain 187
Uno de mis más emocionantes recuerdos de Nuevo México es la semana que pasé en Cro
codile Creek, un pequeño villorrio de pioneros fundado por el coronel Jeddediah Cum
mings cuando promovió en Washington los subsidios para su proyecto de ferrocarril has
ta las Montañas Rocallosas. Mi hermano Eugene, a la sazón un robusto muchachón de
cincuenta y tres años, había sido electo sheriff de Crocodile Creek debido a su fama como
tirador de pistola, con ambas manos, en toda la Confederación sureña y en varios penales
del Medio Oeste, y me invitó a ser su ayudante.
Al descender en Crocodile Creek de la diligencia que me había conducido desde Port
land, Oregón, a través de innúmeros peligros (entre ellos, las feroces tribus mormonas
diseminadas a lo largo de Utah) me despedí con lágrimas en los ojos de Bill Corriedale,
el conductor. Bill era un magnífico ejemplar de pionero, de los que ya no se encuentran
en el Oeste. Como consumía en cada posta todo el licor de alambique disponible, medía
sus terroríficas borracheras de acuerdo al itinerario de su carromato. «Mister Mark —me
confió en un momento de abandono, mientras la diligencia corría por el desierto de Mo
jave seguida por una partida de indios navajos con opinión formada sobre nuestro cuero
cabelludo— juro a usted que nunca he estado achispado más de 1.200 mill...»
El primer ser viviente que me recibió en Crocodile Creek fue un harapiento anciano,
el cual, hamacándose en un sillón, conmovía periódicamente un cercano recipiente de
bronce con certeros impactos líquidos provenientes del tabaco en rama que masticaba.
Esperé varios minutos sin recibir respuesta, a no ser las sonoras campanadas del bron
cíneo recipiente.
Al obtener igual resultado que la vez anterior, así al viejo por su astrosa barba y lo es
trellé contra el entarimado de la galería, mientras destrozaba el sillón a puntapiés y repe
tía la pregunta. Mi paciencia dio sus frutos. Al recobrar el conocimiento, el anciano me
proporcionó las señas de mi querido hermano y sólo hube de lamentar en todo el episo
dio mi oreja derecha, volada por un disparo calibre 45 que el viejecillo hizo al volver yo
la espalda.
188 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Un tal Pete Thompson (que se encontraba en la trastienda del despacho del sheriff,
azotando a un indio) me informó que mi hermano había salido a perseguir unos cuatre
ros, por algo relacionado «con el reparto de un botín», y que a esas horas se encontraría
en Tijuana, México. Su regreso, si eludía la horca, se calculaba para fines de año. De to
dos modos, al declarar yo que era hermano del sheriff, Thompson me tributó una caluro
sa acogida. Apuntándome con su pistola entre los ojos, me hizo poner de cara a la pared
con las manos levantadas, mientras el indio colocaba su tomahawk contra mi yugular, y
ambos procedieron a un rápido registro de mi persona. Al enterarme que Thompson era
realmente el ayudante del sheriff, no tuve inconveniente en confiarle, sin cambiar de po
sición con respecto a la pared ni al tomahawk, mi cigarrera de oro y rubíes, mi pluma es
tilográfica de plata, mis gemelos de topacio y mi cartera con 12.000 dólares, provenientes
de la venta de las propiedades de un tonto de Scottsboro. «Míster Thompson —advertí al
ayudante, mientras éste me arrojaba a la calle a puntapiés—. No le exigiré recibo de depó
sito porque conf ío en los servidores públicos, pero espero encontrar mis pertenencias en
buenas condiciones de uso cuando pase a que me las devuel...»
Una hora más tarde había encontrado empleo en el periódico local, The Crocodile
Creek Herald. Su editor resultó ser un viejo conocido mío, el coronel H. Bumpstead–Jo
nes, con quien había trabajado en Washington. En 1885, Bumpstead–Jones tuvo que re
tirarse con algún apresuramiento de la capital, debido a la incomprensión del gobierno
sobre su intento de abolir el papel moneda y utilizar en los negocios cheques sin fondo,
como símbolo de la buena fe mutua de comprador y vendedor. El coronel —uno de los
más reputados calígrafos del distrito de Columbia— quedó desagradablemente impre
sionado por la testarudez del Departamento del Tesoro, empeñado en no reconocer las
verdaderas obras de arte representadas por sus múltiples firmas. «Me he pasado la vida
perfeccionando la letra de hombres famosos —declaró Bumpstead–Jones, poco antes de
partir al alba, emplumado con alquitrán por sus acreedores y maniatado en un caballo sin
ensillar— y no toleraré que cualquier burócrata me impida ejercer ese talen...»
Cuando encontré a mi viejo amigo en su periódico de Crocodile Creek salté a su cue
llo con alborozo, virtiendo lágrimas de alegría. De inmediato lo encañoné con mi pistola
Derringer y le rogué que me devolviera los 53.000 dólares, mitad de un arqueo en el Ban
co Smith and Smith, que yo le había confiado por unos instantes en la primavera de 1884,
mientras cambiaba las balas del rifle con el que acabábamos de asesinar al tesorero de la
institución.
Como el coronel no disponía en ese momento de dinero menudo, me ofreció un pues
to de redactor de noticias sociales en el Herald, que acepté de inmediato y desempeñé sólo
una semana, pero con la promesa de reintegrarme apenas hubiera solucionado el enojoso
trámite administrativo de la puesta a precio de mi cabeza por el gobernador de Arkan
sas. Siempre he opinado que el periodismo debe ser el último refugio de los asaltantes de
bancos.
Como Mario Benedetti 189
Dependiente
Lunes
Venganza
Azzini
Como Larra
A la memoria de don Mariano José de Larra, maestro insigne de todos los periodistas del
idioma, que descubrió las notables posibilidades de la nueva profesión y luego se suicidó.
Mi criado filipino, discreto y silencioso como siempre, entró en la sala para anunciarme
que un señor me procuraba. Mi primer impulso —vestigio de una época ya superada en
que cada aldabonazo en mi bohardilla representaba un cobrador aullante y apoplético
a fuerza de fracasos— fue negarme. Luego recordé que actualmente era rico y famoso
gracias a mi página de comentarios sobre televisión. Deslizando bajo un almohadón las
Como Larra 193
Obras Completas de Nené Cascallar que estaba leyendo, tomé un libro de Carlos Martínez
Moreno, arreglé los pliegues de mi bata de brocado y di orden de que pasara el visitante.
Esperé unos segundos. Cuando la puerta volvió a abrirse, enrojecí de ira.
—Es que son lentes de contacto, señor mío. Pero, al grano. ¿En qué puedo servirlo?
—Señor Gut; yo quiero ser célebre.
—Muy bien. El ascenso en la escala zoológica es una aspiración respetable.
—Sí, quiero ser célebre. ¿Qué me aconseja usted?
194 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
—Bueno, hombre, así de improviso... En los circos hay amaestradores que hacen mara
villas. Le ponen a usted una moña de moaré en el cuello, le hacen saltar un aro de papel.
Esto sí: ¿tiene usted patente?
—Señor Gut, yo no quiero trabajar en un circo. Yo quiero ser célebre en la televisión.
—¿En la televisión, dice usted? ¿En la televisión? Pero, ¿qué cree usted que es la tele
visión? ¿Qué es para usted la televisión, infortunado?
—No sé. Nunca pude comprarme un televisor, y debido a mi aspecto no me dejan en
trar a las casas de familia, de manera que jamás he podido ver un programa.
Iba a responder a aquel sujeto como merecía su audacia, cuando recordé que yo tam
poco había visto nunca televisión y me contuve.
—Bien, bien —dije nerviosamente—. Pero, ¿supongo que tendrá usted alguna habili
dad, alguna especialización?
—Ninguna, señor Gut.
—¿Sabe usted idiomas?
—Ni jota.
—¿Ha seguido usted cursos de dicción?
—En ningún momento, que recuerde.
—En fin; por lo menos, ¿hace usted ejercicios respiratorios, gimnasia de desarrollo
toráxico, calistenia?
—Ni por asomo.
—Hombre, francamente... Pero, diga usted: en cuanto a apariencia f ísica, eso sí, ¿no?
En cuanto a apariencia f ísica usted ha intentado, al menos...
—Nunca, señor Gut.
—Ese pelo que le llega a usted hasta las cejas y que por detrás cuelga hasta el cuello
de la camisa... ese pelo, digo yo: ¿ha lavado usted alguna vez ese pelo con agua y jabón?
—¡Líbreme Dios, señor Gut! Mi pelo es un recuerdo de mi santa madre, que en la Glo
ria esté.
—¿Y esas uñas? ¿Ha usted cortado alguna vez esas uñas, especialmente la del meñique,
que veo crecer frondosamente?
—¿Quiere usted confundirme, señor Gut? Mis uñas son mis únicas joyas, pobrecillo
que soy.
—Le ruego sólo, querido amigo, que me conteste una última pregunta: ¿y ese rostro
picado de la viruela, esa nariz virada hacia el Suroeste, ese ojo derecho con una nube, esas
orejas armoniosamente puntiagudas?... ¿Ha intentado usted alguna vez la cirugía estética?
—No veo la razón para ello.
En este punto ya no pude contener mi alegría y abrí mis brazos a aquel joven mara
villoso:
—¡Venga usted aquí, a que lo estreche contra mi corazón, flor y nata de la andante tele
visión, pujante promesa del arte nacional, cierto propietario dentro de pocos meses de un
apartamento de propiedad horizontal, un Porsche Sport y suculentos contratos! ¡Venga
usted a mis brazos y prepárese a iniciar desde mañana su deslumbrante carrera o dejo de
llamarme Gut y la televisión es una cosa seria!
Luego le dí cita para el día siguiente en el canal, lo acompañé hasta la puerta y volví a
las Obras Completas de Nené.
196 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
El Parnaso oriental
Ya me voy, ya me despido
no tengo por qué quedarme
si nadie viene a buscarme
y a ninguno se lo pido.
Tango.
Me gusta cuando llorás como una hembra,
porque entonces te abrazo
como si tu voz de mujer tuviera curvas de guitarra.
Tango.
Cuando te sale de adentro el hipo de tu canto
es como si tuvieras roto el tanque arrugado de tu fueye
y perdieras por la rendija
las lágrimas que los malevos dejaron empeñadas.
Tango.
Con vos y con tus gaviones y percantas
hamacándose en la misa del ceremonial arrabalero
aprendí este oficio de escribir versos
y estrenar en la Comedia Nacional.
Tango.
Y si antes tu música me daba el lujo de una sentada
en las baldosas rojas de la Academia, allá en Brecha,
ahora lo que recuerdo de tus letras,
tango,
me permite roncar algún lunfardo,
que interrumpe la siesta de Juanita
y hace poner colorado a Monseñor
en esta otra Academia fif í del Palacio Taranco,
tango.
198 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
Si pudiera decir
no no no quiero
y torcer pero sí torcer
torciendo
esta luz pero y qué?
mejor que sea
lo que el mundo feroz
esteotromundo
quiere que sea sí quiere que sea
y escriba versos
para que otro lea
en vez en vez de ser como quería
en seguro
y lejano lejano paraíso
camarera de pluna
sí de pluna.
Algún crítico inglés contemporáneo ha dicho de Mishimoto Fujisawa que en sus films la
imagen va más rápido que la banda sonora. Esto parece ser un elogio a la increíble noción
del ritmo cinematográfico que el hombre posee e impone a sus obras, aunque algún jo
ven cronista montevideano prefirió hablar de una velada alusión británica a un proyector
estropeado. En todo caso, cabe elogiar la presencia de un realizador que, en menos de
una docena de obras, ha recorrido una inusual gama de posibilidades y filmado continua
mente el conflicto dramático del divorcio (Oyendo to bunai michigata, 1943), el tema del
hombre disgregado espiritual y f ísicamente (Atomikai ye Hiroshima, 1945), el reencuentro
con el amor de la juventud (Kamote ichi saroyan, 1948) o una ácida crítica al militarismo
(Milikai ye ogun to kretinoto, 1943).
Como H. Alsina Thevenet 199
Al igual que muchos creadores de esta época, Fujisawa ha debido rendirse periódi
camente a las imposiciones de un arte que, como el cinematográfico, sostiene a sus espo
rádicos hombres geniales con el monótono trabajo comercial de sus artesanos. Ello puede
explicar que en los films del realizador japonés, la veracidad de clima y la maestría en la
descripción de psicologías inusuales no sean llevadas hasta las últimas consecuencias es
téticas. Fujisawa sabe que un travelling a través de un bosque que propone un mágico con
trapunto de luz y sombra, mientras Machiko Myo es perseguida por un presunto violador
y bandolero (Rasho Pum, 1952) debe terminar necesariamente —de acuerdo a esas inevi
tables imposiciones de la industria— en el letrero de una estación de servicio donde una
conocida firma petrolera anuncia: «Aire Gratis». Pero aun en esas concesiones Fujisawa
obtiene un espléndido rendimiento del ambiente, con un montaje alterno que incluye a la
mujer flácidamente tendida en la hojarasca. Ese mismo letrero —debe anotarse— reapa
recerá —funcionalmente encuadrado— en otros films del director: Noguma to calabozai
(1953), que describe la singular aventura cotidiana de un carterista en Yokohama; Takedo
ichi uchi (1954) donde un viejo samurai llega tarde a la oficina y pierde su empleo de con
serje; finalmente, en un breve pasaje (posteriormente eliminado en el cuarto de montaje,
pero conservado en la versión que custodia la Film Library del Modern Art Museum de
Abilene, Texas) de Mitoi ochimura nagatakawa, un film de avant–garde que el propio Fu
jisawa ha retirado de su filmograf ía oficial por una célebre discrepancia con el vestuarista.
(Gavin Lambert, en Film Review, mayo 1958, ha mencionado el episodio; Jacques Doniol–
Valcroze y Lo Duca también lo recogieron en dos mediocres artículos críticos [Cahiers du
Cinema, 63; Bianco e nero, 316]. Los tres coinciden en atribuir el cartel a la imposición de
Tanaro Okai, propietario de la estación de servicio y fuerte inversor en el primer film de
Fujisawa [Toguchi ichisan andebu, 1923], un cortometraje en dos actos sobre la jornada de
una mujer galante enamorada de un bonzo, aunque la falta de celuloide impidió agregar a
la versión los episodios nocturnos.)
En Venecia 1951, Cannes 1953 y Punta del Este (donde Fujisawa estuvo fugazmente en
el Festival de 1955, durante 12 horas, y se retiró después que, en una lamentable confusión,
200 Carlos María Gutiérrez — El agujero en la pared
el doctor Saúl Judo, presidente del Jurado, le diera un smoking para limpiar), la obra del
notable realizador ha recibido diversos lauros. Algún crítico montevideano debió discutir
largamente con los exhibidores (unos señores que algo importan) y con Mauricio Push
man, para que la película de Fujisawa (Aji no Moto Dancing, 1954, una amarga y alucinante
pintura de la decadencia de una madre de familia en la sociedad feudal) no fuera proyecta
da fuera de programa y, casi, fuera de la pantalla. La medida parece haber sido oportuna:
Aji no Moto Dancing reunió los sufragios mayoritarios del Jurado y de la crítica uruguaya
(un grupo de esforzados que algún cronista contemporáneo ha definido como «un grupo
de esforzados») y hubiera recibido el Liber, a no ser por el doctor Judo, que se opuso y
votó por The Poor Little–Bittle Doll, el film musical de Debbie Reynolds y Sal Mineo.
Hasta este momento, no existía en español estudio crítico importante de Fujisawa.
(No puede considerarse tal, por razones diversas, el folleto Fujisawa y su estilo —edición
apócrifa, 1957— de Ramón Tanco, inspirado obviamente en el opúsculo de André Bazin
Fujisawa et son Style, que además está agotado.) Mientras tanto, Fujisawa sigue filman
do. Quienes han visto sus últimas obras, señalan que el rasgo predominante del realiza
dor (una incisiva denuncia de la realidad social, la cuidada artesanía que opera en tres y
hasta ocho planos, un mood que recuerda la mejor época de Von Stroheim —otro rebelde
que no transigió con las estaciones de servicio y fue anulado por la estructura de la indus
tria—) se agudiza inusualmente. Aquí, en la frase final, todos los críticos de cine acostum
bran a poner un colofón ingenioso y/o cínico, pero a mí no se me ocurre nada.
(Primera de una serie de seis notas sobre Mishimoto Fujisawa.)
Principales films
1909 (Como actor) Nenu pishu, un cortometraje doméstico filmado por su padre, R. Fu
jisawa, en 8 mm, que registra una travesura doméstica del pequeño Mishimoto.
1923 Toguchi ichizan andebu, con Tanaka Akuma y Achalai Komoto, sobre el sacerdote
budista que inventó la radio y fue condenado a reencarnarse en Raúl Fontaina.
1943 Milikai ye ogun to kretinoto, con Tanaka Akuma y Achalai Komoto (en ese mo
mento, el matrimonio de actores adorado por todos los fans japoneses), una acre des
cripción del servicio militar. Oyodo to bunai michigata, con Tanaka Akuma, Achalai
Komoto y el mismo Fujisawa, sobre el problema del divorcio en la sociedad feudal.
Kamote ichi saroyan, con Tanaka Akuma (ya convertida en la vida real en esposa de
Fujisawa) y Douglas Macartuchi, el actor nipoamericano.
Como H. Alsina Thevenet 201
1951 Huija, huija takei, documental que obtuvo el León de Plata en Venecia 1951.
1952 Rasho Pum, sobre lo dif ícil que es entender a las mujeres, con Tanaka Akuma, Ma
chiko Myo y otras. (Posteriormente a este film, Fujisawa se divorció de Tanaka, lo cual
dio origen a varios films más, de importancia menor.) Gran Premio de Cannes 1952.
1954 Takedo ichi uchi, una punzante historia de samurais en el febril ambiente de un
gran edificio de oficinas. Con el notable actor de kabuki Tachiro Umarata, Shirley
Omitoto y el propio Fujisawa. (Durante la filmación, el realizador se casó con miss
Omitoto, la paternidad de cuyo hijo, nacido el año anterior, fue atribuida por la pren
sa especializada a Fujisawa.) Aji no Moto Dancing, con Machiko Myo, Douglas Mac
artuchi, Shirley Omitoto y Tadeo Forst, sobre una madre soltera que cae en la corrup
ción y el vicio por culpa de un alemán. Premio de la Crítica en Punta del Este 1955.
El vuelto en kopecs
Piotr Suvarin descendió del tram–vía en la intersección de las calles Pilosoff y Milevski y
se dirigió al Negociado de Asuntos Extranjeros, donde ocupaba un cargo de amanuense.
Una ligera llovizna caía sobre San Petersburgo y Piotr juró por lo bajo, cuando un coche
de punto, al pasar a su lado, salpicó las inmaculadas polainas blancas que su primo Sacha
le había regalado para Pascuas.
Como todas las semanas, Piotr encendió un cigarro de Crimea, se detuvo ante la flo
rería de la calle del Buen Zar Dmitri, para comprar un clavel blanco a la vieja Anya Kon
dratievna, y pagó con un billete de cinco rublos, recibiendo un vuelto de doce kopecs. En
ese preciso momento una hermosa muchacha rubia saltó de un carruaje que corría en
dirección a la avenida Stagora–Nevski y se arrojó en brazos de Piotr, balbuceando entre
sollozos frases en alemán.
Asegurando firmemente a la joven con su brazo izquierdo (no todos los días un joven
soltero, con una posición en la burocracia imperial, buena salud e irreprochables antece
dentes en materia de bridge, puede estrechar contra su pecho a una bella desconocida que
domina el alemán), Piotr interpeló a la vieja Anya, señalándole con bondadosa firmeza
que el vuelto contenía tres rublos y seis kopecs de menos, como todas las mañanas.
La anciana florista, originaria de Nijni–Novgorod, rompió a llorar como una Magda
lena, jurando por el Zarevich que era inocente.
Una vez pronunciado ese discurso habitual —interrumpido dos o tres veces para aten
der a otros clientes— la vieja Anya devolvió a Piotr, como todas las semanas, el dinero
cobrado de más y luego se volvió hacia los demás parroquianos, que hacían fila para re
clamar por la inexactitud de sus respectivos vueltos.
Libre por fin de la vieja Anya Kondratievna, Piotr pudo dirigir su atención a la desco
nocida. Vestía la joven un bello traje color amaranto y calzaba finísimos escarpines de
cabrito. Una graciosa toca color malva adornaba su opulenta cabellera de bronce. Como
continuaba sollozando, Piotr creyó oportuno averiguar la causa.
—¿Lee usted a Chejov? —preguntó a la desconocida.
Como Arkady Averchenko 203
—No —dijo ella derramando abundantes lágrimas y con un gracioso pañolito de enca
je marfileño oprimido contra sus ojos.
—Entonces, no me explico —reflexionó Piotr.
—¡No me toques! —gritó dramáticamente—. ¡No te atrevas a tocarme con tus despre
ciables manos, Natalio Efimovich!
—Pardonnez–moi —dijo entonces Piotr, usando la cortesía aprendida de su primo Sa
cha, el cual había visitado París durante la primavera de 1895—, pero creo que se halla us
ted en un error. No soy ese Natalio Efimovich que usted dice, sino Piotr Suvarin, de los Su
varin de Vorontsov, amanuense supernumerario en el Negociado de Asuntos Extranjeros
y nieto preferido del conde Serguei Andreievich Suvarin, coronel de la Caballería del Zar.
Una sonrisa brilló en el angélico rostro de la desconocida, como un rayo de sol que se
abre paso entre la lluvia:
En ese momento el reloj de la Iglesia del Patriarca Ignatz dio las nueve y Piotr recordó
que debía entrar a su oficina. Quitándose amablemente el sombrero, besó la mano de la
joven rubia, le ofreció el clavel blanco de la vieja Anya Kondratievna y se marchó de prisa.
La joven desconocida titubeó un momento bajo la llovizna de San Petersburgo y luego
tomó asiento en un banco de la florería, sirviéndose una taza de té del humeante samovar
de Anya Kondratievna.
—Tendrás que inventar otra cosa, babushka —dijo a su abuela, la vieja Anya—. Este
demonio de Piotr Suvarin, en el momento de recibir el cambio no se distrae por nada del
mundo.
En la Sierra Maestra y otros reportajes
1967
del ómnibus— utiliza para leerla. Ese décalage es uno de mis complejos profesionales y
creo que el de muchos colegas. Por ello, en esta recopilación he añadido una breve intro
ducción a cada reportaje, intentando describir los orígenes del mismo y su circunstancia.
Creo que puede ser útil para que el lector se aproxime algo más a las intenciones del cro
nista.
Anoto, finalmente, un descargo para la profesión: el trabajo de un periodista no depen
de solamente, como en los casos del novelista o el poeta, de un estado espiritual; excusán
dome por la vulgaridad, debo afirmar que también intervienen factores más prosaicos: el
cansancio f ísico, el frío, el dolor de pies, la falta de dinero, el miedo. Escribí la entrevista
con los peronistas prófugos mientras tiritaba a varios grados bajo cero en una casilla de
madera de Punta Arenas, vestido con la misma ropa de verano que vestía cuarenta y
ocho horas antes, al salir precipitadamente de Montevideo. Cuando conversaba con Fidel
Castro en un remoto valle de la Sierra Maestra, debo confesar que no pensaba tanto en
la esotérica noción de haber logrado un reportaje que dos meses antes me parecía impo
sible, como en ciertos dedos congelados después de doce días de escalar sierras y vadear
pantanos sin quitarme las botas. Algún arresto a culatazos por soldados que no entendían
otro idioma, los puntapiés de un policía enfurecido, la soledad de los cuartos de hotel, las
pequeñas catástrofes motivadas por un giro que no llega a tiempo, son otras condicionan
tes del enervamiento, la depresión o el juicio superficial que corren en las entrelíneas de
un corresponsal y a veces desorientan al lector. Que todo eso me sea tenido en cuenta.
Perón, el prófugo
Diario Acción, 3–x–1955
En setiembre de 1955, cuando Buenos Aires fue bloqueada por la escuadra del almiran
te Isaac Rojas, se advirtió que la caída de Juan Domingo Perón era asunto de horas. La
Marina uruguaya impedía la salida de embarcaciones hacia Buenos Aires, los aero
puertos estaban cerrados y dos cañoneras argentinas prohibían la navegación por la
desembocadura del Paraná. Leonidas Piria, el fotógrafo Mauricio Tokman (ambos de
La Mañana) y yo, alquilamos en Nueva Palmira los servicios de un contrabandista y su
bote, para cruzar de noche el río de la Plata. Después de haber pasado silenciosamente
entre los haces de luces de las cañoneras y ya a mitad del camino, el contrabandista se
asustó, declaró que se volvía y nos abandonó en una isla del Delta. Perdidos, demora
mos un día más en llegar a Buenos Aires. Cuando desembarcamos en San Isidro —su
Perón, el prófugo 207
cios, hambrientos y barbudos— Perón ya había huido, Lonardi era presidente y nues
tros colegas uruguayos (venidos cómodamente en un avión comercial fletado al efecto)
confraternizaban en el bar de un hotel en la calle Florida y habían cubierto el derro
camiento antes que nosotros. El fracaso me hizo ir a Asunción, para asistir a la llegada
del gobernante depuesto, con un vago resentimiento personal contra el hombre, que no
se justificaba pero que se transparenta en esta nota.
Eran las 17.54. Frente a la especie de arco triunfal pintado de amarillo que señala la entra
da al aeródromo militar de Campo Grande, estaba reunida una cincuentena de curiosos
y algunos automóviles. El gran De Soto negro con la chapa 3201 apareció de improviso,
a toda velocidad, en medio de una nube de polvo y haciendo sonar ininterrumpidamen
te la bocina. Frenó para esquivar un fotógrafo demasiado audaz, patinó y volvió a ende
rezarse, tomando la carretera hacia Asunción. En el asiento de adelante iban el jefe de la
Policía paraguaya, Mario Ortega y un agente; en el trasero, sonriendo y saludando con la
mano entre el embajador Chávez y un oficial ceñudo, pasó Juan Domingo Perón, el exdic
tador argentino, que entraba a su país de asilo. Román Jiménez, de la Associated Press de
Buenos Aires, tuvo tiempo de lanzarle por la ventanilla el insulto más terrible; un núcleo
de curiosos aplaudió débilmente.
Esta segunda entrada al Paraguay —dramática en sí, pero a la que los recursos utili
zados para despistar a la prensa añadieron un tono de farsa— no tuvo, como la primera,
multitudes agrupadas a lo largo de la avenida Presidente Stroessner que vitorearan a Pe
rón y a Evita, destacamentos de policías de investigaciones argentinos y casas engalanadas
con banderas. El profuso cartel de la otra vez (retratos de los dos presidentes y la leyenda
«Bienvenido el general Perón») ya había sido arrancado de casi todas las paredes de Asun
ción, inclusive las del consulado argentino en la calle Palma. Salvo las jóvenes señoras que,
con los niños y las mucamas, se trasladaron en veinte o treinta autos al aeropuerto —más
bien en paseo dominical—, los testigos de la llegada de Perón fueron los corresponsales
extranjeros, los funcionarios y algunos campesinos. (Hubo otro testigo más importante,
pero eso viene después.)
La farsa —eso lo supimos recién doce horas más tarde— comenzó el sábado de noche
en el aeropuerto civil, cuando el canciller Sánchez Quell, conversando mano a mano con
periodistas uruguayos en una entrevista no oficial, aseguró que hasta el lunes 3 no vendría
nadie desde Buenos Aires, debido al feriado que interrumpía trámites administrativos. El
capitán de la Fuerza Aérea paraguaya Leo Novak —presunto transportador de Perón—
había llegado hacía unos minutos desde la capital argentina, en un dc3. Cuando subí a la
cabina del avión para pedirle noticias, imitó magníficamente varios bostezos y declaró
que estaba listo para otro vuelo, pero también seguro de dormir tranquilo en Asunción
hasta el lunes.
208 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
Desde cinco días atrás nadie confiaba en las declaraciones de los círculos oficiales.
Pero allí, a medianoche, con Sánchez Quell retirándose hacia la ciudad, Novak dirigién
dose a dormir en la base de Campo Grande y el dc3 carreteando hacia un hangar, la mise
en escène era perfecta.
Todo lo que sigue fue reconstruido recién ayer de noche, en una mesa redonda de cro
nistas con cara larga, que iban atando cabos lentamente. Aún previendo que Perón llega
ría de sorpresa, nadie pudo confirmarlo en un país donde los funcionarios no reciben a
nadie, los diarios publican caprichosos resúmenes con lo menos importante y los emplea
dos del telégrafo tiran al canasto los despachos de prensa o, simplemente, suspenden el
circuito por doce horas «para estudiar los textos en envío».
Cuando dejó a los periodistas, Novak no fue a dormir, sino a preparar el anfibio Cata
lina, para volar nuevamente a Buenos Aires. El viaje del que regresaba había sido la pri
mera tentativa de recoger a Perón. Pero aterrizó en el aeroparque de Palermo y entonces,
para trasladarse de la cañonera a tierra firme, Perón pidió garantías. Quizás no le pareció
suficiente la respuesta del canciller Mario Amadeo. Lo cierto fue que prefirió no abando
nar el barco paraguayo que lo asilaba en Puerto Nuevo; Novak debió volver solo, a cam
biar el dc3 por el Catalina que le permitiría amarrar junto a la cañonera.
A las 5.40 de la mañana del domingo, mientras en el hotel Colonial unos periodistas
dormían y otros tecleaban el despacho siguiente, el Catalina despegó secretamente de
Campo Grande y se dirigió al Sur.
El domingo de mañana las asunceñas comenzaron a desfilar como de costumbre, diri
giéndose a misa de once. En la plaza de los Héroes los conscriptos hacían lustrar sus botas
por los pilluelos, mientras sorbían en la latita de tereré cebado con el agua de las canillas
de los canteros; al costado de la Estación de Ferrocarril, las vendedoras de chipá y refres
cos seguían sentadas somnolientamente contra el muro. Asunción estaba más apacible
que de ordinario. Hicimos una llamada verificatoria a Sánchez Quell (pretexto: ¿seguirían
hoy los campeonatos militares?) y el canciller estaba en su casa. Los periodistas, después
de algunas giras al aeropuerto civil Stroessner, se adormecían en el penumbroso vestíbulo
del Colonial.
A las 11:45 (en Buenos Aires era una hora más tarde) sonó el teléfono; una mujer pre
guntaba por el corresponsal de Acción. El mensaje quebró la placidez de mi mediodía
asunceño: «Soy una paraguaya antiperonista. Dentro de un rato, el avión Catalina reco
gerá a Perón en el río». «¿Quién conduce el Catalina?» «El capitán Novak.» «¿Cómo lo
sabe?» «Eso no importa, pero lo sé. Perón estará en Asunción alrededor de las cuatro de
la tarde.» Y colgó.
Llamadas como estas había habido muchas, en los últimos días. Pero ese era un día
especial. En la atmósfera demasiado calma de Asunción, en la desusada cordialidad del
canciller, en los bostezos exagerados de Novak había esa perfección excesiva que tienen
las imitaciones.
Me puse a averiguar cosas; veinte minutos después, un uruguayo residente en Asun
ción confirmaba haber oído por una radio de Montevideo la noticia del despegue del
Perón, el prófugo 209
Catalina; casi en seguida, la teletipo del diario Tribuna emitió la noticia de la partida de
Perón desde Puerto Nuevo, ocurrida a las 13:15, hora argentina.
¿Por dónde llegaría al Paraguay? Las posibilidades de puntos de acceso planteaban un
problema exasperante. El avión anfibio podía dejar a Perón en cualquier parte: el aero
puerto civil, o la base de Campo Grande, o el hidropuerto de Asunción, o el lago de San
Bernardino, o la pista de Paraguarí o una estancia particular. Los caminos paraguayos, en
general, no permiten una velocidad mayor de 60 kilómetros por hora; ir a San Bernardi
no, a Paraguarí o a otro sitio implicaba no regresar hasta la noche y quizás una panne; sig
nificaba, en todo caso, una dispersión arriesgada. Entonces la suerte vino en ayuda de los
cronistas uruguayos. (Los brasileños dormían en su hotel ajenos a todo; los italianos esta
ban almorzando con el ministro de su país; Cornell Capa, de Life, habría ido a visitar una
toldería indígena; sólo el gerente de la up en Chile, venido especialmente a Asunción, es
taba en la misma pista que nosotros.)
Como primera medida, se había inspeccionado el aeropuerto Stroessner; allí no pa
saba nada. La visita siguiente fue a Campo Grande. En la puerta estaban atravesados dos
coches militares; motociclistas policiales custodiaban la entrada. Y de pronto, cuando la
discusión con el oficial de guardia subía de tono y los centinelas armados comenzaban
a enojarse en guaraní, un auto oscuro, sin escolta, entró a toda velocidad en la base, sin
detenerse a pedir permiso. Hubo tiempo para reconocer al único ocupante del asiento
trasero, un hombre rubio y sonriente, de bigote, con un vistoso uniforme verde lleno de
galones dorados y rojos: el presidente del Paraguay, general Alfredo Stroessner. Lenta
mente, los hechos iban ensamblándose, pero todavía no se vislumbraba la solución de la
adivinanza.
Las normas del derecho de asilo y la tradición diplomática prohibían que el primer
mandatario recibiera personalmente a Perón. Sánchez Quell lo había explicado la noche
anterior. Pero allí estaban los hechos: el Catalina militar viajando hacia Asunción, la base
de Campo Grande custodiada especialmente, el presidente Stroessner trasladándose de
incógnito al aeródromo. Y de pronto, un cuarto hecho vino a incorporarse al problema:
sobre el aeropuerto civil, distante apenas un kilómetro, se vio evolucionar un avión dis
puesto al aterrizaje. Por una carretera interna la base militar comunica con el aeropuerto
civil. Hubo apenas tiempo de trepar a los coches y salir a la carrera; entre una nube de pol
vo, el coche del presidente se perdía ya entre los hangares, yendo al encuentro del avión
que aterrizaba. No era el Catalina, pero un cambio de aparatos podía haberse efectuado
en cualquier parte del territorio. Ya eran las 16 horas y en el dc3 que aterrizaba podía ve
nir Perón.
Se perdieron algunos minutos en estacionar los autos, sortear alambrados sin atender
a los gritos de los subtenientes y correr hacia el lugar de aterrizaje. Cuando los sofocados
fotógrafos llegaban primero, ya el automóvil del presidente volvía sólo con el chofer; el
avión, sin haber detenido los motores, enfilaba la pista para salir nuevamente. El general
Stroessner salía por aire de Asunción, en viaje no oficial, aproximadamente a la hora en
que el dictador depuesto llegaba al Paraguay.
210 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
Aquí se confundían nuevamente los datos. Stroessner podía haber ido a cualquiera de
los puntos anteriormente citados, para recibir al Catalina. Otra vez chocábamos contra el
mutismo, los actos incomprensibles y los indicios falsos que caracterizaban en esa sema
na a la intranquila dictadura paraguaya. No sabíamos, sin embargo, que estábamos muy
cerca de la verdad. Cambiábamos febrilmente puntos de vista, calculábamos horarios,
inquiríamos si con viento de cola el Catalina podría haber empleado sólo cuatro horas
desde Buenos Aires, pedíamos asesoramiento sobre el posible balizaje de aeródromos
chicos para un aterrizaje nocturno.
Mientras tanto, el avión a cargo de Leo Novak y conduciendo a Perón y al embajador
paraguayo Chávez estaba cruzando la frontera y el presidente Stroessner, respetando las
normas diplomáticas y cumpliendo los deberes de su amistad con el asilado, no recibía a
Perón personalmente, pero lo encontraba a mitad de camino y se entrevistaba con él por
radio. Con estrategia militar el mandatario paraguayo había solucionado el problema.
La idea mejor, si se quería ver a Perón, era esperarlo en el aeropuerto civil. Se aproxi
maban las seis de la tarde y la luz iba declinando. El miedo de Perón a los viajes aéreos
(nunca viajó en avión durante su gobierno) debía tenerse en cuenta para descartar un ate
rrizaje nocturno en pistas inapropiadas lejos de Asunción. Cada vez más firmemente se
creaba la convicción de que el punto de aterrizaje sería la pista común a la base de Campo
Grande y al aeropuerto civil.
Paulino, el fotógrafo de Acción, dio la pauta de esa seguridad, instalándose en el techo
de un automóvil y desplegando el visor de su teleobjetivo. Y a las 17.30, un punto en el
horizonte le otorgó la razón. El anfibio Catalina llegaba a Asunción; algunos centenares
de metros más arriba, el transporte militar que llevaba al general Stroessner volaba en
círculos.
El Catalina describió un amplio viraje sobre las cabezas de los periodistas y tomó tie
rra a las 17.45, cruzó frente a las instalaciones civiles y se dirigió rodando hacia la base mi
litar. Hubo una desbandada de autos, que arrancaron en caravana hacia la carretera, para
llegar a la salida del aeródromo militar. A fuerza de bocina y de salirse del camino los co
ches de la prensa llegaron primero. Allí, policías y soldados detenían a los vehículos a cien
metros de la puerta, y hubo que trasladarse a pie hasta la entrada. Nadie pudo ingresar al
campo, salvo las autoridades militares, los elusivos y socarrones funcionarios de la Secre
taría de Prensa de la Presidencia y el enorme coche negro con chofer (presumiblemente
particular) que recogería a Perón.
El cameraman argentino Peruzzi (único que filmó el descenso del exdictador, por
encargo del gobierno paraguayo) contó después los detalles. El Catalina se detuvo y No
vak, por la ventanilla de la cabina, agitó las manos unidas en señal de triunfo. El amplio
bastidor lateral del anfibio fue levantado; primero bajó el embajador Chávez. Luego apa
reció Perón, sonriente y con expresión descansada, saludando a los presentes. Vestía una
campera azul, camisa blanca sin corbata y pantalón claro; estaba tocado con la popular
gorra de visera que usaba para sus excursiones en motoneta con las jovencitas estudiantes
de Secundaria. El De Soto negro se acercó rápidamente; Perón, Chávez y varios oficiales
Perón, el prófugo 211
tomaron ubicación en el coche y partieron a toda velocidad hacia la salida. Ningún equi
paje fue cargado en el coche.
Frente al cementerio de la Recoleta, el humilde entierro de un niño campesino (el
cajoncito de madera cepillada portado a pie, los deudos descalzos detrás, las mujeres llo
rosas envueltas en sus rebozos negros como en un cuadro de Blanes) debió dejar el centro
de la calle de tierra, ante el paso avasallante del automóvil negro y su cortejo de coches
de la prensa.
En el barrio residencial de Asunción, la casa de Ricardo Gayol (un argentino millona
rio que puso todos sus bienes a disposición del exdictador, para su estadía en el Paraguay)
se encontraba con fuerte custodia. Cerrando la cuadra en ambas esquinas, tropas del ejér
cito y patrulleros de la policía arreaban a los curiosos. Simpáticos piragüés —agentes de
investigaciones— arrimaban sus oídos a la boca de los periodistas y con aire cándido y
distraído se pegaban a sus talones, mirando por encima del hombro las notas que tomá
bamos.
Cuando llegamos, Perón ya estaba dentro de la casa Gayol, que permanecía con las
ventanas clausuradas. En la puerta del parque donde se levantaba la residencia (de un
estilo vagamente moderno, pero con los millones delatados en cada ornamento de hierro
forjado y en cada escalinata de mármol), soldados con ametralladoras apuntaban al pú
blico y, sobre el muro, una larga fila de piragüés asomaba las cabezas, en una involuntaria
parodia de tiro al blanco. Todas las casas adyacentes habían cerrado sus puertas y verjas;
en los jardines, otros policías simulaban infructuosamente ser vecinos curiosos y miraban
con fijeza a los periodistas.
En algún momento, me hice el sordo ante los gritos de prevención de los piragüés que
me habían tocado en el reparto y crucé hasta el portón de la casa. Un hombre bajo, de
cara aniñada y sombrero a lo Gardel, me puso una mano en el pecho; era el jefe de policía,
Ortega:
El empujón no fue muy doloroso, porque atrás me recibieron otros ansiosos piragüés:
—¡Que se vaya, le digo! ¡A ver si anda creyendo que soy una criatura, para que me
ocupen en mandados!
A las tres, José Bernabé (al que muchos confundirían con un guitarrero de orilla pero
que es, en realidad, Director de Información) hizo de introductor. En el portón pintado de
blanco, dos soldados con máuser nos dejaron entrar, uno a uno; un oficial y varios agentes
verificaban nuestros documentos y nos cacheaban. Después, otros policías iban agrupán
donos en un vestíbulo. A las cuatro, cuando la ceremonia precaucional se había cumplido,
pudimos pasar al living, todos juntos. Allí, entre sillones tapizados de rojo, con un óleo
que representaba a una bella paraguaya aguatera decorando la repisa de la chimenea, Juan
Domingo Perón —de pie y fumando un cigarrillo— parecía esperar el pelotón de fusila
miento.
Vestía la ropa deportiva de costumbre. Contra los tonos sobrios de la campera marrón
y el pantalón verde olivo se destacaba la corbata roja, quizás un sutil homenaje al partido
paraguayo gobernante. No aparenta sus sesenta años casi completos (los cumple el 8).
Alto, todavía vigoroso aunque con trazas de enorme agotamiento f ísico, sin canas visi
bles y exhibiendo una magnífica dentadura, impresiona a primera vista como una fuerte
personalidad. Es en un segundo examen que se advierte la artificialidad de su sonrisa, las
huellas de una vida sobresaltada e intensa en el rostro cruelmente ajado por una enferme
dad cutánea.
Con el cigarrillo recién encendido en la mano, alternando rápidas fumadas con la son
risa que es una mueca y no una expresión, el hombre hasta ayer todopoderoso hacía pen
sar, entre el destello incesante de los flashes, en un animal atrapado. En los primeros mo
mentos, siempre en silencio, mantuvo una rígida compostura, erguido firmemente y con
las piernas separadas. Pero en seguida lo vencieron los nervios. La sonrisa desapareció y
comenzó a hurtar el rostro de los fotógrafos, mientras repetía: «Ya es bastante, ya es bas
tante...». Esbozó un movimiento de huida y los fotógrafos le cerraron el paso; entonces
los policías lo rodearon y le abrieron camino, mientras él, con la cabeza gacha y las manos
extendidas, se dirigía a la escalera.
Todos se precipitaron detrás. Yo, que estaba situado en un punto contiguo a la esca
lera, llegué al pasamanos casi al mismo tiempo que Perón y le dirigí las únicas preguntas
que todo el mundo tenía en los labios: «¿Pero no piensa hacer declaraciones? ¿No nos
llamó para eso?». Perón se detuvo un segundo, abrió los brazos para subrayar la frase y
contestó: «Mientras esté en el Paraguay, no haré ninguna clase de declaraciones».
Y entonces subió la escalera a grandes trancos, casi corriendo, entre las exclamaciones
irritadas de los periodistas y el continuo relampagueo de las cámaras.
Esta fue la llegada de Perón al Paraguay. Vino sin pan dulce, ni juguetes de la Funda
ción. Mucho después de haber llegado, la mayoría de los paraguayos (que sólo leen una
prensa amordazada) lo ignoraban. Entre los que lo supimos, el clima fue menos excitante
de lo que habíamos supuesto; estuvo teñido de cierta conmiseración por el hombre dis
frazado de motonetista, reducido del endiosamiento bonaerense, de sus uniformes y pa
lacios, a la pequeña estatura del prófugo con miedo a volar de noche.
Operación Punta Arenas 213
El cronista de diarios matutinos es animal de una especie pálida y nocturna, cuyo sue
ño imposible está constituido por una semana de vacaciones a orillas del mar, con sol,
yodo y salitre. En marzo de 1957 creí haber logrado esa utopía, y con la valija pronta
me dirigí a la plaza Libertad, para tomar el ómnibus hacia La Paloma. En la estación
me esperaba una peregrina idea de Carlos Manini Ríos, director de La Mañana. En vez
del ómnibus a la playa debía alcanzar un avión que salía para Santiago de Chile dos
horas más tarde; después seguir hacia el Polo Sur (o tal me pareció, en esos momentos)
y entrevistar en Punta Arenas a los jerarcas peronistas prófugos de Río Gallegos, que se
encontraban detenidos en un transporte militar donde no podía subir nadie que oliera
vagamente a civil. Sonreí con tristeza y me fui a tomar el avión, pero cuando dos días
después descendí en la pista de Punta Arenas y comencé a caminar entre la nieve y el
helado viento magallánico, no conservaba ni la sonrisa. Creo que mi obsesión por huir
de aquel espantoso frío polar me urgió a obtener, de cualquier modo, el reportaje que
Manini quería.
Punta Arenas
tan erizado de dificultades como la fuga misma, pero ellas fueron el precio de una buena
mercadería periodística: la charla de tres horas, desahogo de una semana de silencio o
reticencias, que mantuvieron conmigo los jerarcas peronistas.
En la cámara de oficiales del transporte, los seis fugados de Río Gallegos, interrum
piéndose mutuamente, levantando a veces la voz hasta merecer una reconvención del
teniente Ross —marino chileno que, discretamente apartado, asistió a la entrevista— re
corriendo con excitación a grandes pasos el breve espacio de la cámara, me proporcio
naron la extraña versión (su versión) de un tema sobre el que, algún día, un sociólogo se
inclinará con interés: el de la clandestinidad de un partido antes omnímodo, el del len
guaje de perseguidos, torturados y víctimas en labios de quienes, en su hora, fueron indu
dablemente persecutores y victimarios; el de la incondicionalidad —después de la cárcel,
la confiscación y el exilio— al hombre que, luego de huir abandonándolos, mantuvo la
seguridad f ísica y material que a ellos les falta.
Este curioso acto teatral de papeles trocados fue tan incongruente como el escenario.
Relegados al inhóspito extremo sur del Continente, en una pequeña población donde el
viento polar silba incesantemente entre las casitas de zinc y madera, quienes todavía son
cabezas visibles de la superestructura peronista —Cooke y Cámpora, el partido; Espejo
y Gómiz, los sindicatos; Jorge Antonio, las finanzas; Kelly, las fuerzas de choque— eran
en ese momento sólo seis presos, pero sus maneras y su lenguaje no evidenciaban la des
esperanza.
—No hablo mucho ahora —dijo Cooke— porque me reservo para cuando caigan va
rios, cuando llegue el momento, que está próximo.
—¿Dónde será eso? —le pregunté.
—En la Argentina, por supuesto. Ya les queda poco.
Por el ojo de buey del Pinto se veía la borrasca rizando las aguas negras del Estrecho
de Magallanes y la costa blanquecina de Tierra del Fuego, esfumada en la llovizna: el eter
no viento de Punta Arenas silbaba en la cubierta. Adentro, distribuidos en los sillones de
cretona floreada o acodados en el pequeño bar, estaban todos: el abogado John William
Cooke, al que los gruesos zapatones y la tricota marrón acentuaban un absurdo aire in
fantil (sus familiares lo llaman «Bebe»); Guillermo Patricio Kelly, el siniestro líder de la
Alianza Nacionalista, con el aire jovial del profesor de ski que entretiene a los turistas en
el hall de un hotel de Bariloche; el dentista Héctor Cámpora, expresidente de la Cámara
de Diputados, de sienes grises y aspecto distinguido; José G. Espejo, ubicado por Evita
Duarte en la Secretaría General de la cgt y caído en desgracia antes del derrocamiento
de Perón, y Pedro Gómiz, dirigente de los obreros del petróleo y exdiputado, ambos con
el aire descolocado, la vestimenta burguesa y el acento xeneise típicos de los grasas que
la Señora llevó al poder; Jorge Antonio, moreno, de habla reposada pero con un latente
ardor polémico (de todos, fue el único que dirigió amargos reproches al Uruguay: «uste
des nos criticaban, pero ningún uruguayo que vino a verme se fue con las manos vacías»).
Operación Punta Arenas 215
La primera pregunta estaba cantada: era ingenua —una respuesta completa significa
ría aún la pérdida de muchos— pero es, con seguridad, la interrogante que está en boca de
todo el mundo, desde Aramburu y Rojas hasta cualquier lector de diarios:
Todos sonríen; Kelly, con el aire de «te juego a que no lo descubrís», pregunta a su vez:
La ocasión es buena para picarles el amor propio, porque el punto de honor del grupo
es no haber gastado un centavo en sobornos.
Gómiz interrumpe:
—A propósito: de los nueve abogados que hemos tenidos todos, ocho están actual
mente detenidos. Después, se nos trasladó a Río Gallegos, donde ya estaba Espejo. Allí el
régimen mejoró algo: por lo menos, nos sacaron al tipo de la ametralladora.
216 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
—De noche.
—¿Pero a qué hora?
—Si lo decimos, pueden perjudicar a un guardia inocente —salta Kelly.
—¡Qué me importa la guardia! —se ríe Cooke—. ¡Cuantos más echen, mejor!
Y deposita sobre la mesa un mapa y una brújula. El mapa es una carta aeronáutica;
pertenece a la colección denominada World Aeronautical Carts, que usan las aviaciones
militares de casi todos los países y es solamente un sector —el de la Patagonia— arran
cado a una carta mayor. Con tinta, los conspiradores marcaron en ella doce rutas distin
tas desde Río Gallegos a Punta Arenas, con seis cruces diversos en la frontera. («Hombre
prevenido vale por dos», ríe Jorge Antonio.) La brújula es de bolsillo, marca Bézard, de las
usadas por la Marina.
Se me ocurre que la ironía de que los dos elementos procedan precisamente de las
fuerzas que debían vigilar a los fugados, no es tan casual.
—Viajamos cerca de ocho horas, cambiando continuamente de ruta. Una hora des
pués, levantó vuelo un avión de la base de Río Gallegos, que nos buscó infructuosamente.
Imagínese: llevaba una bomba.
—¿Cómo saben lo del avión?
—Pregúnteles a los chilenos. En total, nos buscaron tres aviones y dos de ellos con
bombas. Volaron sobre territorio de Chile y aterrizaron a varios kilómetros de este lado
de la frontera, pidiendo permiso por falta de combustible.
—¿Por dónde pasaron ustedes la frontera?
—Secreto profesional.
Les digo entonces que no van a comprometer a ningún carabinero chileno con sus de
claraciones: el Ministerio del Interior —llegando a una salomónica solución que evitaba
investigar y no creaba conflictos internacionales— declaró en Santiago haber probado
que «los prófugos cruzaron la línea divisoria por un sitio sin vigilancia». Pero Jorge An
tonio no quiere contestar. «Me lo reservo —dice— porque este plancito, que ya tenemos
patentado, quizás sirva para otros compañeros.»
Así fue la fuga, contada por sus propios protagonistas. Olvidaron (o no quisieron de
cir) algunos detalles: que disponían de cuatro pistolas y una ametralladora; que el auto
móvil fue comprado expresamente para la fuga, en una suma exorbitante. Pero, en gene
ral, no omitieron nada de importancia. Toda la aventura fue relatada como un juego —un
peligroso juego— que los rescató por unas horas de la espera gris y la monotonía en que
se ha convertido la existencia de los hombres que supieron de todos los halagos del poder,
y también de todas sus impunidades. Estoy seguro de que ninguna operación multimillo
naria de divisas, ninguna razzia contra los socialistas o ningún elogio de la Señora cau
saron a Jorge Antonio, Kelly o Espejo la satisfacción de haberse fugado en las barbas del
218 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
gobierno de Aramburu. Los seis, en este lejano rincón del mundo, con diarios atrasados y
sin conexión telefónica con Buenos Aires o Montevideo, parecen siempre estar esperando
más plácemes de los que han recibido.
En un momento dado Cámpora pierde su compostura de gentleman y se inclina ávi
damente, para preguntar:
La carta que sirvió para la fuga quedó en poder de Jorge Antonio. En los ángulos, sus
compañeros de aventura le han dedicado autógrafos. Uno, firmado por Araújo (el chofer
del Ford), dice: «Como humilde colaborador de la Operación Punta Arenas». Otro, con la
firma de Kelly y Gómiz: «A Jorge Antonio, en recuerdo de la Operación Punta Arenas».
En este punto del reportaje se produce el curioso fenómeno aludido al principio. Ya
hemos hablado de la heroicidad, del riesgo compartido. Seis camaradas de aventura, con
circunspección para el mérito propio, con humor, contaron el episodio. Ahora resta ha
blar de la extradición, de los cargos judiciales, de la peripecia procesal de los fugados.
Entonces, seis perseguidos políticos reemplazan a los seis aventureros. Sus expresiones
pudieron estar en boca de cualquiera de los antiperonistas que, desde 1943 a 1955, alber
gamos en el Uruguay. Han cambiado únicamente los nombres.
El más notable es Kelly, precisamente por su turbulento pasado. La versión más reci
bida sobre la Alianza Libertadora Nacionalista que dirigió (y, posiblemente, la histórica)
es la de un movimiento de ideología fascista y nacionalista al principio, convertido luego
—al apartarse Mario Amadeo y otros «ideólogos»— lisa y llanamente en una fuerza de
choque del gobierno, con absoluta impunidad para el castigo de opositores, la violencia
organizada y aun el asesinato.
Cuando se menciona a Kelly todo eso, se indigna sinceramente:
La pregunta es espinosa. Este deportivo joven de tricota blanca, con el que he estado
cambiando bromas hasta hace un momento, no condice con la ominosa imagen de sus
actividades.
—Veamos.
—En mi expediente judicial tengo solamente dos imputaciones: «comando de una or
ganización anticomunista» e «intimidación pública». Lo primero es cierto, y no creo que
sea un delito. Una vez, en una refriega, murió un comunista, pero eso no fue un asesinato.
—¿Y la intimidación pública?
—Es ridículo. El día de la quema de iglesias, con un grupo de aliancistas nos cons
tituimos en fuerza pública y detuvimos a 127 saqueadores de iglesias y comercios, resca
tando bienes por valor de 377.000 pesos. Consta en los registros policiales. Nosotros no
quemábamos iglesias; las defendíamos, pero todo era una provocación antiperonista.
—¿Y el oficial degollado?
—Eso también es mentira. Nunca se supo quién había sido la víctima. Además, la no
che del asalto a la Alianza yo no estaba dentro. Fui detenido al entrar, antes de que comen
zara la lucha. Mal podía ordenar asesinatos.
Espejo, el más callado del grupo, saca un recorte. Es de La Prensa, del 13 de marzo. Allí,
en media página de texto, se transcribe una decisión de la Cámara de Apelaciones y se
220 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
dispone «la inmediata libertad de José G. Espejo», libre de toda imputación. No se puede
negar que, como golpe de efecto, vale más que las apasionadas negativas de Kelly.
—Pero, hombre —digo—. Usted fue declarado inocente el 13 y se fugó el 18... ¿Por qué
no esperó unos días?
¿Y Jorge Antonio? ¿Cómo justifica sus millones veloces, o los cargos de malversación?
Sentado a la cabecera de la mesa, responde calmosamente a un intento de clarificar de una
vez por todas las versiones que corresponde sobre su persona.
—No soy uruguayo, como dicen. Cuando tenía unos pocos años, mis padres vivieron
en Carmelo, y allí nacieron algunos de mis hermanos. Pero soy argentino. No me enrique
cí con Juan Duarte; en 1947 dejé de ser funcionario del gobierno e inicié una empresa, con
socios que después formarían mi grupo económico. A Duarte lo conocí recién en 1952.
—He estado, durante todo mi encarcelamiento, en continuo contacto con Perón. Con
su guía y por nuestro intermedio, el partido ha rehecho sus cuadros y estructurado una
nueva organización, adecuada a la clandestinidad. No se ha hecho nada sin consultar a
Perón.
—En consecuencia, ¿los actos de sabotaje y los alzamientos han sido por su orden?
—No; esas son actividades aisladas de las fuerzas de resistencia.
—En algunos medios exiliados se expone el criterio de que las masas peronistas ya no
responden personalmente a Perón, sino a otros dirigentes. La teoría añade que el voto de
Operación Punta Arenas 221
esas masas daría el triunfo presidencial a Frondizi, si éste buscara una alianza con esos
grupos.
—Esa es una ilusión de falsos dirigentes, que nunca han sido escuchados. El peronismo
sin Perón no puede existir. En la Argentina hay un 70% de peronistas. En el 30% restante
Frondizi representa una mayoría, pero nada más.
—¿Y si hubiera elecciones apoyarían a Frondizi?
—Si hubiera elecciones no nos abstendríamos, pero la orden del partido, si no se le
devuelve la legalidad, será votar en blanco.
1. Incluyo aquí dos reportajes a Fidel Castro, por razones bien precisas. El primero, de febrero de
1958, describe (creo que por primera vez en América Latina, por primera vez en español) la lucha
del Movimiento 26 de Julio. Muy pocos sabían entonces quiénes eran los que ahora son héroes de
una época: Fidel, Guevara, Cienfuegos. El segundo, de julio de 1961, propone una Revolución en el
poder, ejerciendo el gobierno, victoriosa en Playa Girón. Creo que puede ser ilustrativo para el lec-
tor comparar los tímidos programas de 1957, la nebulosa y sin embargo correcta intuición del Fidel
guerrillero, las reticencias y el lastre burgués de esos tiempos, con la realidad y la solidez del régimen
socialista de 1961; el incipiente pensamiento político de Fidel (que en 1958 buscaba su camino ideo-
lógico pero poseía ya sus objetivos de cambio) con la impresionante personalidad de 1961 y la madu-
ración del estadista revolucionario.
Con Fidel, en la Sierra Maestra 223
rumor de las fichas, las sordas explosiones de las bombas que el sabotaje de la resistencia
hace explotar en toda la ciudad.
En la más seria crisis de autoridad que haya experimentado nunca el país, el gobierno
del dictador Fulgencio Batista parece impotente para mantener el orden público de un ex
tremo a otro de la isla; desde Oriente, donde los escasos mil rebeldes de Fidel Castro ejer
cen su ley sobre 5600 kilómetros cuadrados de territorio y se baten sin mengua contra un
ejército moderno de veinte mil soldados (mientras Santiago cierra sus casas al caer el sol
para no ver los asesinatos en plena calle), pasando por las pequeñas ciudades hirvientes
de atentados y ocupadas militarmente por el gobierno como territorio enemigo, hasta los
otros dos frentes revolucionarios de la Sierra del Escambray y de Cubitas, en las provin
cias de Las Villas y Camagüey, y las bombas y tiroteos de La Habana.
Observadores imparciales y hasta los expertos del Departamento de Estado —que
presionó a Batista el año pasado para que restableciera las garantías constitucionales—
creen que la situación es cada vez más favorable para la revolución que el abogado de 32
años Fidel Castro Ruz inició el 26 de julio de 1953, cuando con sólo sesenta partidarios
asaltó el cuartel Moncada, base militar de Oriente. Esa primera tentativa fue aniquilada:
Castro y los pocos sobrevivientes recibieron condenas de presidio (hasta su liberación por
una amnistía en 1955), pero el episodio dio su nombre al Movimiento y transformó a su
jefe en figura nacional.
En diciembre de 1956, con 82 hombres provistos de inadecuados fusiles belgas con mi
rilla telescópica, algunas ametralladoras y llevando como médico de la expedición a Er
nesto Guevara, un especialista en alergia nacido en Rosario de Santa Fe, Castro dejó el
exilio mexicano y encalló su yate Granma (comprado con dinero de Prío Socarrás) en una
pantanosa playa de Oriente. Cumplía así su prometida invasión de Cuba (la había anun
ciado un mes antes, diciendo: «En 1956 seré héroe o mártir»). Durante varias semanas la
suerte de Castro osciló entre esas dos posibilidades; al desembarcar, los expedicionarios
fueron diezmados por la aviación militar o dispersos por el acoso de las tropas guber
nistas. Fidel Castro, con once sobrevivientes y un guía, se internó en la Sierra Maestra sin
provisiones y cercado por miles de soldados.
En ese momento Fulgencio Batista declaró que la intentona de Castro era asunto ter
minado; su ministro de Guerra anunció oficialmente la muerte del rebelde. Pero el 20 de
febrero pasado, cuando encontré a Fidel Castro en su cuartel general de la Sierra Maestra,
su salud era inmejorable, su aguerrida tropa, médicos, abogados y maestros adscriptos
a ella ejercen autoridad en miles de kilómetros cuadrados, el Movimiento 26 de Julio es,
desde la clandestinidad, la fuerza política más poderosa del país y sus escuadras de acción
desaf ían casi diariamente en las ciudades al aparato represivo de Batista. En poco más
de un año, los doce sobrevivientes del Granma, con sus fusiles belgas de francotiradores,
han cambiado la fisonomía de una nación de seis millones de habitantes y hacen tamba
lear una dictadura que, desaparecido el régimen de Pérez Jiménez, es la más fuertemente
armada de América Latina.
224 Carlos María Gutiérrez — En la Sierra Maestra y otros reportajes
¿Qué factores transformaron a un joven y oscuro abogado en jefe que algunos sólo
aceptan comparar con Martí, el héroe civil, o con Antonio Maceo, el héroe militar de
Cuba? ¿Cómo un movimiento revolucionario que aún no posee un programa definido y
se dirige por jóvenes cuya edad promedial es de treinta años y la mayoría de los cuales no
había actuado antes en política, ha logrado la admiración y el apoyo oculto de todo el pue
blo? La respuesta a esas interrogantes está en un vistazo a lo que ha llegado a ser Cuba en
manos de los políticos profesionales. Tanto los provenientes de la idealista generación que
volteó al dictador Gerardo Machado (Carlos Prío, transformado en uno de los más escan
dalosos ejemplos de corrupción administrativa, o el senador Rolando Masferrer, ahora
incondicional de Batista y jefe de los odiados Tigres de Masferrer, un ejército de asesinos
a sueldo), como el expresidente Grau, con su personalismo obstinado y senil, u opositores
ambiciosos como Carlos Márquez Sterling. Los dos últimos, además, decorando con sus
candidaturas las próximas elecciones de junio, para las cuales Batista ya ha designado su
sucesor en el primer ministro Andrés Rivero Aguero.
De arriba a abajo, la estructura de gobierno de Cuba aparece gravemente enferma.
A similitud de la Venezuela de Pérez Jiménez, la causa principal no es económica. Aun
acendrados opositores como el economista Rufo López Fresquet —exdelegado cubano en
el gatt— admiten que el ingreso de la producción agrícola es floreciente. «La situación
es próspera —me dijo López Fresquet en su bufete del barrio bancario de La Habana—
porque el sistema con que funciona la zafra azucarera y los mecanismos de importación
permanecieron intocados en los últimos años. Ni lo malo ni lo bueno del sistema puede
adjudicarse a este gobierno.»
Los organismos económicos oficiales procuran industrializar el país por medio de los
llamados «créditos paraestatales», en los que el Estado contribuye con amplios présta
mos al establecimiento de plantas. Entre esas obras se encuentran la primera central hi
droeléctrica cubana, en Hanabanilla, con una futura producción anual de ochenta me
gavatios, fábricas de cemento (3 millones estatales en 7), la exploración petrolífera (10
millones en 68) y el aprovechamiento de subproductos del bagazo de caña (23 millones
en 43). Compartiendo audazmente la tesis que prescribe la obra pública como solución al
desempleo, Batista está terminando los modernísimos edificios del Centro Cívico —sede
del Poder Judicial, ministerios, un teatro, estación terminal de ómnibus— que rodean al
monumento a Martí, un faro obelisco que podrá divisarse desde ambas costas de la Isla.
Al mismo tiempo, en e