0% encontró este documento útil (0 votos)
168 vistas5 páginas

Prólogo Operación Masacre

El documento describe la investigación del autor sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 en Argentina luego de hablar con un sobreviviente. El autor abandona su trabajo y vida para investigar el caso con una periodista llamada Enriqueta Muñiz. Juntos entrevistan a sobrevivientes y visitan el sitio de los fusilamientos para recopilar evidencia.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
168 vistas5 páginas

Prólogo Operación Masacre

El documento describe la investigación del autor sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 en Argentina luego de hablar con un sobreviviente. El autor abandona su trabajo y vida para investigar el caso con una periodista llamada Enriqueta Muñiz. Juntos entrevistan a sobrevivientes y visitan el sitio de los fusilamientos para recopilar evidencia.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

PRÓLOGO: OPERACIÓN MASACRE

Rodolfo Walsh

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a
fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más de Keres o Nimzovitch
que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la
bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana.

En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorprendido una medianoche el cercano tiroteo con
que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada
revolución de Valle. Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los
parroquianos ocasionales, para ver qué festejo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San
Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo,
y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme
de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban a
quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901.

Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más
adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma
de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía
de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que
volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron
necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor
que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los
dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están
frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.

Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo:
"Viva la patria" sino que dijo: "No me dejen solo, hijos de puta".

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho
civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo
demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa.
¿Puedo volver al ajedrez?

Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela
"seria" que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo
periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros
de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar

1
lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.
Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:

–Hay un fusilado que vive.

No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades.
No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca
quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como
me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.

Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto.

Así nace aquella investigación, este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda
vez me saca de "las suaves, tranquilas estaciones". Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa,
abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un
amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré
conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en
sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él
disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supiera, y los que no se salvaron.

Porque lo que sabe Livraga es que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los
llevaron, y que él y Giunta estaban vivos. Ésa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en
que soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho del juez, donde todo respira discreción y
escepticismo, donde el relato suena un poco más absurdo, un grado más tropical, y veo que el juez duda,
hasta que la voz de Livraga trepa esa ardua colina detrás de la cual sólo queda el llanto, y hace ademán de
desnudarse para que le vean el otro balazo. Entonces estamos todos avergonzados, me parece que el juez se
conmueve y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.

Ésa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que
después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la
quiere publicar, y casi ni enterarse. Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y
piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está
corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena
de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de
bulto.

Es cosa de reírse, a doce años de distancia porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y
esta historia no existió ni existe.

2
Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un
sótano de Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hombre que se anima. Temblando
y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es
más que un héroe de película. Y la historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los kioscos, sale sin
firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño mientras se esfuma en diez
millares de manos anónimas.

Pero he tenido más suerte todavía. Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista,
se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero
decir que en algún lugar de este libro escribo "hice", "fui", "descubrí", debe entenderse "hicimos", "fuimos",
"descubrimos". Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados
Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de
garantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario. En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad,
valor, inteligencia que me parecían tan rarificados a mi alrededor.

Así que una tarde tomamos el tren a José León Suárez, llevamos una cámara y un pianito a lápiz que
nos ha hecho Livraga, un minucioso plano de colectivero con las rutas y los pasos a nivel, una arboleda
marcada y una (x), que es donde fue la cosa. Caminamos como ocho cuadras por un camino pavimentado,
en el atardecer, divisamos esa alta y obscura hilera de eucaliptos que al ejecutor Rodríguez Moreno le pareció
"un lugar adecuado al efecto", o sea al efecto de tronarlos, y nos encontramos frente a un mar de latas y
espejismos. No es el menor de esos espejismos la idea de que un lugar así no puede estar tan tranquilo, tan
silencioso y olvidado bajo el sol que se va a poner, sin que nadie vigile la historia prisionera en la basura
cortada por la falsa marea de metales muertos que brillan reflexivamente. Pero Enriqueta dice "Aquí fue" y
se sienta en la tierra con naturalidad para que le saque una foto de picnic, porque en ese momento pasa por
el camino un hombre alto y sombrío con un perro grande y sombrío. No sé por qué uno ve esas cosas. Pero
aquí fue, y el relato de Livraga corre ahora con más fuerza, aquí el camino, allá la zanja y por todas partes el
basural y la noche.

Al día siguiente vamos a ver al otro que se salvó, Miguel Ángel Giunta, que nos recibe con un portazo
en las narices, no nos cree cuando le anunciamos que somos periodistas, nos pide credenciales que no
tenemos, y no sé qué le decimos, a través de la mirilla, qué promesa de silencio, qué clave oculta, para que
vaya abriendo la puerta de a poco, y vaya saliendo, cosa que le lleva como media hora, y hable, que le lleva
mucho más.

Es matador escuchar a Giunta, porque uno tiene la sensación de estar viendo una película que, desde
que se rodó aquella noche, gira y gira dentro de su cabeza, sin poder parar nunca. Están todos los detallecitos,
las caras, los focos, el campo, los menudos ruidos, el frío y el calor, la escapada entre las latas, y el olor a
pólvora y a pánico, y uno piensa que cuando termine va a empezar de nuevo, como es seguro que empieza
dentro de su cabeza ese continuado eterno, "Así me fusilaron". Pero lo que más aflige es la ofensa que el
3
hombre lleva adentro, cómo está lastimado por ese error que cometieron con él, que es un hombre decente
y ni siquiera fue peronista, "y todo el mundo le puede decir quién soy yo". Aunque eso ya no es seguro,
porque hay dos Giuntas, éste que habla torrencialmente mientras se pasa la gran película, y otro que a veces
se distrae y consigue sonreír y hacer un chiste como antes.

Parece que aquí va terminar el caso, porque no hay más que contar. Dos sobrevivientes, y los demás
están muertos. Uno puede publicar el reportaje a Giunta y volver a aquella partida que dejó suspendida en
el café hace un mes. Pero no termina. A último momento Giunta se acuerda de una creencia que él tiene, no
de algo que sabe, sino de algo que ha imaginado o que oyó murmurar, y es que hay un tercer hombre que se
salvó.

Entretanto la gran divinidad de la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata. La hojita
del reportaje flota en los pasillos de la Jefatura de Policía, y el teniente coronel Fernández Suárez quiere saber
qué bochinche es ése. El reportaje no estaba firmado, pero al pie de los originales figuraban mis iniciales. En
el diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales, aunque a él le tocaron en otro orden: J. W. R. Una
madrugada se despierta para contemplar una interesante concentración de fusiles y otros implementos
silogísticos, y su espíritu experimenta esa gran emoción previa a una verdad por revelarse. Lo sacan en
calzoncillos y lo trasladan en un vuelo a La Plata y a la Jefatura, lo sientan en un sillón y enfrente está sentado
el teniente coronel, que le dice, "Y ahora por favor, hágame un reportaje a mí. El periodista aclara que no es
a él a quien corresponden esos honores, mientras por lo bajo se acuerda de mi madre.

La rueda sigue girando, hay que ir por esos andurriales en busca del tercer hombre, Horacio di Chiano,
que se ha vuelto lombriz y vive bajo tierra. Parece que ya nos conocen en muchas partes, los chicos por lo
menos nos siguen, y un día una nena nos para en la calle.

–El señor que ustedes buscan –nos dice–, está en su casa. Les van a decir que no está, pero está.

–¿Y vos sabes por qué venimos?

–Sí, yo sé todo.

Bueno, Casandra.

Nos dicen que no está, pero está, y hay que ir venciendo las barreras protectoras, las cautelosas
deidades que custodian a un enterrado vivo, esta pared, esta cara que niega y desconfía. Se pasa del sol de
la calle a la sombra del porch, se pide un vaso de agua y se está adentro, en la obscuridad, se pronuncian
palabras-ganzúa, hasta que la más oxidada del manojo funciona, y don Horacio di Chiano sube la escalera
tomado de la mano de su mujer, que lo trae como un [Link]í que son tres.

Al día siguiente llega al periódico una carta anónima y dice que "lograron fugar: Livraga, Giunta y el
ex suboficial Gavino".

4
Así que son cuatro. Y Gavino, dice la carta, "pudo meterse en la embajada de Bolivia y asilarse a aquel
país".

En la embajada de Bolivia no encuentro pues a Gavino, pero encuentro a su amigo Torres, que sonríe,
cuenta con los dedos, me dice: "Le faltan dos", y me habla de Troxler y Benavídez.

Así que son seis.

Y ya que estamos, ¿no serán siete? Puede ser, me dice Torres, porque había un sargento, con un
apellido muy común, algo así, como García o Rodríguez, y nadie sabe qué ha sido de él.
A los dos o tres días vuelvo a ver a Torres y le disparo a quemarropa:

–Rogelio Díaz.

Se le ilumina la cara.

–¿Cómo hizo?

Ya no recuerdo cómo hice. Pero son siete.

Entonces puedo sentarme, porque ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos,


conspiradores, asilados, prófugos, delatores presuntos, héroes anónimos. En el mes de mayo, tengo escrita
la mitad de este libro. Otra vez el paseo en busca de alguien que lo publique. Por esa época los hermanos
Jacovella han sacado una revista. Hablo con Bruno, después con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito, y se
ríe, no del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete.

Lo demás es el relato que sigue. Se publicó en "Mayoría", de mayo a julio de 1957. Después hubo
apéndices, corolarios, desmentidas y réplicas, que prolongaron esa campaña hasta abril de 1958. Los he
suprimido, así como parte de la evidencia que usé entonces y que reemplazo aquí por otra más categórica.
Frente a esta nueva evidencia, creo que la polémica queda descartada.

Agradecimientos: al doctor Jorge Doglia, ex jefe de la división judicial de la policía de la provincia,


exonerado por sus denuncias sobre este caso; al doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan C. Livraga y
Miguel Giunta; a Leónidas Barletta, director del periódico "Propósitos", donde se publicó la denuncia inicial
de Livraga; al doctor Cerruti Costa, director del desaparecido periódico "Revolución Nacional", donde
aparecieron los primeros reportajes sobre este caso; a Bruno y Tulio Jacovella; al doctor Marcelo Sánchez
Sorondo, que publicó la primera edición en libro de este relato; a Edmundo A. Suárez, exonerado de Radio
del Estado por darme una fotocopia del libro de locutores de esa emisora, que probaba la hora exacta en que
se promulgó la ley marcial; al ex terrorista llamado "Marcelo", que se arriesgó a traerme información, y poco
después fue atrozmente picaneado; al informante anónimo que firmaba "Atilas"; a la anónima Casandra, que
sabía todo; a Horacio Manigua, que me dio albergue; a los familiares de las víctimas.

También podría gustarte