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Perez de Ayala - AMDG

Este documento describe la construcción de un colegio jesuita en España y las personas involucradas. Se presenta a Gonzalfáñez, un hombre misterioso que ayudó a construir el colegio junto a su amigo Dorín. También se describe la muerte sospechosa del maestro de obras durante la construcción.

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Perez de Ayala - AMDG

Este documento describe la construcción de un colegio jesuita en España y las personas involucradas. Se presenta a Gonzalfáñez, un hombre misterioso que ayudó a construir el colegio junto a su amigo Dorín. También se describe la muerte sospechosa del maestro de obras durante la construcción.

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•r" V : -

l
A. M. D.-G.
OBRAS DEL MISMO AUTOR
La paz del sendero (poesía).
Tinieblas en las cumbres (novela).

EN PREPARACIÓN
Troteras y danzaderas.
Fe y Encarnación.
A. M. D. G.
POR

RAMÓN PEREZ DE AYALA

Aucune secte, aucune société


n'a jamáis eu et ne peut avoir un
Hessein formé de corrompre les
hommes.
VOLTAIRE

La lengua ha jurado; el alma no


ha jurado.
Eurípides

MADRID
BIBLIOTECA RENACIMIENTO
T. PRIETO Y COMP.*, EDITORES
Pontejos, núm. 8

1911
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que
previene la ley.

Imprenta Artística Española, San Roque, 7


DEDICATORIA

ñ D. Benito Pérez Galdós

Venerado Maestro: La premura con que hube de


muy d propósito para lo-
realizar esta obra no era
grarla en cumplida sazón y madurez, de manera
que temo mucho adolecer de osadía poniendo tan
menguado fruto d la sombra inmortal de tan alto
nombre. Mi empeño era arduo: las fuerzas, pocas.
Considero que si hay algo digno de estimación en
mi libro no es sino pretendido reflejo de aquella
admirable serenidad, decoro y nobleza con que, en
obras de linaje semejante al de la presente, vistió
usted de carne artística y de hermosura inmarce-
sible el austero principio de la justicia: suum cui-
que tribuere. Porque si atinamos d encarecer sin en-
vidia y d censurar sin veneno, participando la ale-
gría de hacer el bien de la pesadumbre de causar
tristeza, nos será otorgado el equilibrio interior.
Le ruego acepte con benignidad esta muestra,
harto profusa, de mi ingenio.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Caldas de Reyes, 23 de Octubre de 1910.


AB URBE CONDITA
1

Tierra adentro y cara al mar, asentado sobre una


loma de los aledaños de Regium está el Colegio de
segunda enseñanza de la Imnaculada Concepción.
Lo regentan los Reverendos Padres de la Compañía
de Jesús.
Es una mole cuadrangular, cuyas terribles di-
mensiones hácenla medrosa; la desnudez de todj
ornato, inhóspite, y la rojura viva del ladrillo de
que está fabricada, insolente. No tiene estilo. Su fa-
chada lisa, de meticulosa austeridad, abierta por
tres ringlas de ventanales, se ofrece á la mirada in-
quisitiva del viandante con la tristeza sorda y hos-
til de los presidios, de los cuarteles y los estableci-

mientos fabriles. Sábese que es casa de religión


porque hay una gran puerta ojival rematada por
una cruz, al extremo siniestro del frente, según se
mira, á la cual conduce una escalinata de piedra;
un campanario voladizo de hierro, á manera de jau-
lón de micos, en el tejado y á plomo sobre aquella
puerta, y unas letras de oro contiguas al alar, pro-
mediando el casón A. M. I). G.
:

El edificio está á cosa de un tiro de piedra de la w


carretera real, que conduce á tierras de Castilla,
Entre el camino y el colegio, así como aislador de
paz que aquiete y embote el tráfago del siglo y sus
10 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

pecaminosas estridencias, hay pradezuelos mulli-


dos, muy rapados y verdes; los cortan aquí y acullá
unas veredas de arena pajiza, las cuales, reptando
y curvándose con cierta blandura jesuítica, van á
meterse en el convento, por debajo de las puertas.
Véase cómo por medio de un sencillo expediente nos
inculcan provechosa lección á tiempo que se nos
pone al cabo del espíritu de la Orden; porque vere-
dicas y pradezuelos, lo mismo que la propincuidad
con la carretera, todo ello obedece á plan y concier-
to. Quiere decirse que no lejos del camino de perdi-

ción está el cobijo de la gracia, y que para entrar en


el reino de S. M. Divina, de la cual son ministros

tan irresponsables como el propio soberano los Re-


verendos Padres de la Compañía, es menester tro-
car las holgadas y prósperas vías del mundo por
pequeños y tortuosos senderitos, abajarse, ras-
trear, humillarse.

II

En los alrededores de Regium está la aldea de


Arriares, y en ella una casita de campo, flamante y
de rusticidad arquitectónica adredemente rebusca-
da; ventanucas, tejadillos, cuerpos adosados al prin-
cipal, á modo de establos, cuadras ó cubiles. Los
huecos están siempre en ceguedad, obturados por
.cortinas inmóviles de tela blanca. Un jardín som-
brío, húmedo, aprisiona á la casa, y una alta cerca,
enrejada por uno de sus costados, guarda el jardín.
Es una casita que vive de sí misma, que tiene un
alma misteriosa y activa. Su dueño, constructor y
habitante es Gonzaliáñez.
A. M. D. G. 11

Gonzalfáñez nació en Regium. De niño tuvo sólo


un amigo, Dorín, el de Pedreña, garzón de cuna

baja, paupérrima. Adolescente, Gonzalfáñez desapa-


reció de Regium. Fueron cayendo los años en la
sima de lo pretérito; murieron los padres de Gon-
zalfáñez; el pueblo olvidó al hijo.
Cierto día llegó á Regium un señor cenceño, ra-
surado, con esclavina de capucha, gafas negras y
un bastón tremendo de gordo. Preguntó por Dorín,
el de Pedreña; fuése á Arriares, en su busca; se

aposentó en casa del aldeano, que tal era Dorín; es-


túvose allí hasta que vió terminada la rústica ca-
sita de arbitraria apariencia, y, entonces, Gonzal-
fáñez y Dorín s.e acogieron al nuevo nido.
Los dos amigos salían á vagar por el campo, pre-
ferentemente carretera adelante, rostro á Castilla,
siempre que hubiese buen tiempo. Gonzalfáñez lle-
vaba, en toda ocasión, colgando de- sus hombros
proceres y un poco claudicantes, aquella esclavina
de capucha que era como el trasunto de un man-
to; lo mismo en invierno que en estío. Caminaban
en silencio, de ordinario. Retenían el paso con fre-
cuencia. Una vaca, un mirlo, un regato, una flor
de genciana; todas las cosas y seres de Naturale-
za ejercían tanto imperio sobre Gonzalfáñez que,
reclamándole hacia sí, le hacían permanecer largo
rato suspenso y como ajenado.
En Regium se sustentaban diferentes hipótesis
acerca de Gonzalfáñez. Quiénes aseguraban que era
demente, habiendo sido su padre alcohólico. Cuáles
que sufría de infortunios amorosos, habiéndose casa-
do en Circasia con una princesa de extraordinario ar-
dor é insaciable venustidad. Estos, que las complica-
ciones de cierto horroroso atentado le mantenían re-
coleto en su fortaleza agreste. Aquéllos, que era un
idiota, atacado de misantropía. Lo cierto es que nin-
12 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

gimo sabía nada y que Gonzalfáñez, después de su


vuelta á Regium, no se había dignado cruzar la pa-
labra con ninguno de sus convecinos y paisanos,
como no fuera Dorín.
Desde que se puso la primera piedra de los ci-
mientos, Gonzalfáñez y Dorín seguían, día por día,
la diligente erección del colegio jesuítico. El maes-
tro de obras era un lego congestivo, agigantado,
de pestorejo y cogullada inmensos, maneras de có-
mitre y empecatado acento vasco; el hermano
Aurrecoechea.
Aurrecoechea intentó en veces diferentes trabar
plática con Gonzalfáñez; mas la pertinaz cerrazón
de éste hizo desistir al vizcaíno. Afortunadamente,
si el uno le negaba esteparvo sustento de la pala-
bra, otorgábanselo, con creces, mujeres que con-
ducían la comida á canteros, carpinteros y albañi-
les, y las mozas labriegas. No era raro verle en
apretada chachara con alguna rapaza pulida y fres-
ca, alongados un trecho de las obras y guardándose
bajo los árboles. No tardó en señalarse evidente
favoritismo. La preferida
fué Teresa, de la aldea
de Cabeñes, rubia de miel, encendida y gustosa
como un fruto. ¡Cuán pronto hubo de marchitarse
su buena color! Lo que perdió en carmín la neña,
fué compensado en vientre. El bárbaro Aurrecoe-
chea la rechazó entonces. Cierta tarde hubo una
llantina de Teresa, con manifestaciones dramáti-
cas; fueron testigos, á distancia, Gonzalfáñez y
Dorín. El de la esclavina rezongaba: ((¡Mala bestia!
¡Mala bestia!))
Un día amaneció Aurrecoechea muerto, al pie de
un muro en construcción. Tenía la cabeza hecha
añicos, por obra de un garrotazo. A la tarde, así
que llegó Gonzalfáñez, por inspeccionar las obras
como de costumbre, interrogó á un pinche:
A. M. D. G. 13

— ¿Y lego grande?
el

—Matáronlo, señor, en la noche última.


—¿Del todo?
—Del todo, como á una rata.
Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.
El colegio medraba por horas. En corto plazo
quedó rematado y en su punto. El lóbrego enjambre
ignaciano lo invadió, distribuyéndose por las celdas,
á llenar arcanas actividades. Y luego otro enjam-
bre más numeroso, el de la Cándida infancia, bro-
tes de futura humanidad.
Y —
por la tarde, consintiéndolo el tiempo á las
horas postmeridianas en época de otoñada ó inver-
nal, al levantarse la noche en verano y primave-
ra— ,Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su pa-
seo y contemplaban el colegio de la Concepción.
Cuándo, tañía en la penumbra hermética de los
claustros la campana del regulador, escandiendo la
medida espaciada de la existencia comunal. Cuándo
llegaban de patios y cobertizos la algarabía conmo-
vedora de la infancia en asueto; el chaschds seco
de la pelota contra el frontón; el bum cóncavo de
los grandes balones de cuero, que á intervalos sur-
gían en el aire, por encima de los muros...
Y Gonzalfáñez interrogaba:
— ¿Te gustan los niños, Dorín?
— Según; cuando son guapos...
— ¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?
— Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?
— Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh, pue-
ricia! ¿Sabes lo que es un parque de puericultura,
Dorín?
— Mal rayo me parta...
— Que no parta, Dorín.
te Me quedaría yo solo.
Dorín sonreía, con su rostro benévolo y boba-
licón.
14 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

¡Nunca te olvidaré, Gonzalfáñez; hombre extraño


y nombre de romance antiguo! En los paseos nos
sorprendías á la vuelta de una calleja, en la linde
de un bosque, en la margen de un río, donde menos
lo pensáramos. Recuerdo tu esclavina, y tu capu-
cha, y tu bastón enarbolado cual si fuera un bácu-
lo, y tu rostro ceñudo y bíblico, cuando repetías

infinitas veces según pasábamos y á tiempo que


hundías tu pupila torva en los inspectores: ((¡Oh,
puericia! ¡Oh, puericia santa!» Los inspectores ba-
jaban los ojos y nosotros nos apelmazábamos en las
ternas, como rebaño pusilánime, porque los padres
nos habían dicho que eras ateo. ¿Qué habrá sido
de ti, Gonzalfáñez, nombre alto y sonoro, deidad es-
quiva de las encrucijadas rústicas?

III

¿Cómo y con qué recursos se edificó el colegio?


Dios, que viste de piedra, cuando no de ladrillo,
las buenas intenciones, y de hermosura el lirio de
los valles, y da alimento al pa j arillo, y paj arillos al
milano, dispuso la marcha de los días de manera
que en Regium se alzase un cuartel de su amada
milicia.
La Compañía de Jesús tiene por norma indeclina-
ble no comenzar la construcción de una nueva casa
si no se cuenta de antemano con todo el dinero pre-

ciso para darla fin. Lo contrario redundaría en des-


honra del instituto, poniéndole quizá en pie de pedi-
güeñerías y mendigueces.
A. M. D. G. 15

Las primeras avanzadas de batidores, en este


fornido ejército ignaciano, llámanse residencias.
Son las residencias pequeñas delegaciones que
andan desparramadas ,por capitales de provincia
y pueblos ricos, viviendo de la misa y de la
predicación y explorando el terreno por si fue-
ra á propósito para hacer una magna sementera
de gracia.
En las últimas décadas del pasado siglo llegó á
Regium una de estas delegaciones. La componían los
Padres Anabitarte, Olano, Lafont y Cleto Cueto, con
el Hermano Mancilla. Los enviaba el cacique de la
región, don Nicolás Sol é II, aquel célebre y ri-
dículo político de la barba enmarañada y esponjo-
sa, de la elocuencia enmarañada y esponjosa, del
intelecto enmarañado y esponjoso. Alojáronse en un
segundo piso de la plaza de Sol é II, improvisaron
una capillita, y con esto rompieron ya el avance ha-
cia la conquista de la madreselva, que es como
ellos, en la intimidad, llaman á la beata.
Las primeras jornadas fueron duras. Hubo noche
en que los cinco religiosos se acostaron con las tri-
pas horras.
Apenas si se decían misas, á causa del estipen-
dio de cinco pesetas que la Compañía tiene seña-
lado. Las gentes de Regium murmuraban: ((¡Mi alma,
cinco pesetas! Están locos. ¿Si pagamos una á don
Rebustiano, y cuando muncho dos?)) En su nescien-
cia teológica olvidaban que las misas oficiadas por
jesuítas logran mayor eficacia que ninguna otra
misa. Abundan razones que lo abonan. El Eterno
nos ha patentizado, en el curso de lo temporal, su
afición á la lengua del Latió. El arameo no lo eli-
gió, ni el griego, ni el sánscrito, ni el hebreo, ni el
catalán —nobilísimas lenguas todas —
para lengua
,

litúrgica, sino el latín; infundió en Virgilio el soplo


16 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

profético y en Ovidio la complejidad y sutileza amar


lorias que, andando el tiempo, habían de ostentar
los casuistas. La prosodia latina de los jesuítas es
más pura que la de todos esos infelices curas de
chicha y nabo; bien lo saben y no se recatan para
decirlo. Claro está que en el Cielo, así que celebra
misa un Padre de laCompañía, el Eterno y su Es-
tado mayor central se vuelven locos de contentos,
porque le entienden todo lo que dice, y, naturalmen-
te, le hacen caso. Además, los jesuítas tienen muy

buenas formas. Esto es, no que resplandezcan en ur-


banidad ó que sus miembros se caractericen por
cierta turgencia escultórica, sino que las partículas
que emplean para consagrar son de clase extra y de
mucho tamaño, con lo cual, en el punto curioso y
sublime de la transubstanciación, Jesucristo encuen-
tra holgado alojamiento, y lo agradece mucho. Todo
lo que antecede ha sido revelado á un venerable de
la Compañía, y como se supone, fué revelándose
con toda cautela, á las personas piadosas de Re-
gium, las cuales, habiéndose iniciado, satisficieron
fervorosamente las cinco del estipendio.
Y, sin embargo, la residencia no prosperaba. El
Padre Olano había llegado á formar frondoso cerco
de madreselvas en torno á la viña del Señor; de ellas,
carcamales y fétidas momias; de ellas, también, lin-
dísimas muchachas y muy bellas casadas. El Padre
Cleto Cueto mantenía comercio cotidiano con los po-
liticastros católicos del pueblo; logró fundar un pe-
riódico nocedalino, La Reconquista. Anabitarte y
Lafont cultivaban de su parte sendos círculos de re-
laciones masculinas y femeninas. Ninguno de los
cuatro daba paz al zapato, recorriendo de continuo
la provincia, Pero el dulcísimo y fecundísimo di-
nero acudía con parquedad y dolorosas intermiten-
cias. En vano asediaban la casa de los ricachos san-
A. M. D. G. 17

turrones de Pilares, la capital^ insinuándoseles con


dulzura oleaginosa y sahumerios de palabras sua-
ves; cuándo, cerca de don Anacarsis Forjador, el
multimillonario de semítica traza, bandolero de asal-
to en guarida, que no era otra cosa su banca; cuán-
do, sobre el marqués de San Roque Fort, por la
gracia de Su Santidad León XIII, forajido sacrista-
nesco más que marqués, que de lo uno llevaba cua-
tro meses mal contados y de lo otro algunos lustros
poniendo á parir caudales ajenos, en amorosa com-
plicidad con un su hermano, canónigo, incurso en
simonía. Se les acogía bien, se les proporcionaba
lastre para la andorga, hasta se les socorría, á pre-
texto de ciertas devociones; pero ¡con cuánta mise-
ria! ;con qué torpe y mal celada avaricia!
Recibióse en la residencia una carta del provincial.
Decía: ((Miren que, á lo que entiendo y por lo que se
me dice, esa tierra es rica y va para más; que se
abren nuevas minas y muchas fábricas cada día;
que los tiempos son de impiedad, de peligro para la
Compañía y para la Iglesia de Cristo; que toda esa
parte la tenemos en barbecho, porque si se quitan
las Provincias, puede asegurarse que el Norte nos
ignora; que un colegio ahí paréceme que urge, et-
cétera, etc.» Luego: «Dícenme que hay una viuda
de un tal señor Zancarro, mujer delicada de salud,
pero de mucha fortuna. Infórmense con discreción,
amadísimos Padres, que el asunto es de mucha mon-
ta para el servicio de Dios. Probablemente les en-
viaremos al Padre Sequeros. A. M. D. G.»
Al leer el anuncio del envío, siquiera fuese de un
hermano en religión, los de la residencia arrugaron
el morro, vejados y hostiles. Luego cambiaron una

ojeada, en silencio. Sequeros gozaba de mucho re-


nombre dentro de la Compañía por haber socali-
ñado, en París, unos millones de pesetas á la vieja
18 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

duquesa de Villabella, hallándose la dama en trance


de muerte.
Llegó Sequeros á Regium. Era un mozarrón de
erguida testa y modesto ademán; sanguíneo, hermo-
so, abierto de corazón y de carácter, candoroso y
leal; sus ojos miraban siempre al suelo ó al cielo;
la voz, clara y masculina, ignorante de inflexiones
capciosas é hipócritas; en el espíritu, voraz fuego
apostólico y amor divino sin medida.
A poco de llegar á Regium se le tenía por santo.
La mayoría de las madreselvas se pasaron á Seque-
ros; le besaban la sotana y el fajín, y le decían:
«¡Santín de Dios!)) A joven religioso son-
lo cual, el
reía, apartándolas dulcemente de su camino, porque
él tenía una alta misión que cumplir: buscar los

materiales para la ciudad de Dios.


Los vecinos de Regium echaron de ver muy pron-
to la ventaja que Sequeros hacía á sus hermanos.
Por lo pronto, no llevaba los hombros constelados
de caspa, como Olano y Anabitarte; ni tenía los
dientes podridos, como Lafont; ni se dejaba la barba
de cinco días, como Cleto Cueto. Se puede ser santo
sin ser puerco. Sequeros era un jesuíta verdad, se-
gún la leyenda que el vulgo de ellos ha creado. Las
madreselvas daban por descontada la aristocracia
de su cuna. Todas las puertas se le abrían. Se le
abrió, por ende, la de la viuda de Zancarro. Había
sido el tal un desapoderado bandido que, con oca-
sión de las guerras coloniales, apilara su fortuna en
la administración militar. Negáronle el trato los de
Regium, lo persiguieron y afrentaron con tanta saña
que él, acorralado, determinó suicidarse. Su viuda
cayó en maniática religiosidad; no tenían descen-
dencia.
Los jesuítas, con caritativo desinterés, se aplica-
ron á consolarla. La viuda rehuyó semejantes con-
A. M. D. G. 19

suelos. Cuando Sequeros apareció fué otra cosa. A


poco de conO'Cerlo, no podía pasar la vida sin re-
querir su presencia una vez cada dos días, por lo
menos. Fiaba en él y creía en su santidad. Sequeros
repartía sus horas entre la oración y la viuda, Ha-
biéndose agravado la enfermedad de la señora, las
visitas pasaron á ser diarias.
Una mañana llegó Sequeros á la residencia atro-
pellando con todo y las pupilas en ignición. Se pre-
cipitó en la capilla y cayó de hinojos ante un cromo
de San Ignacio. Sus compañeros curioseaban desde
la puerta del oratorio; pellizcábanse y se hacían
guiños. Salió el Padre Sequeros. La lumbre de los
ojos se había atenuado. El Padre Cleto preguntó,
balbuciendo:
—Bueno, ¿qué?
—Ha fallecido.
—¿Testamento?
—Hecha una santa.
—¿Testamento?
—Testamento.
—¿Cuánto?
— Seis millones de reales.
^-Collegium habemus.
Y se abrazaron todos.
A la hora de comer, hubo pollo, de extraordinario.
Terminados los postres, sorbían plácidamente el
café, cuando el Padre Lafont arremete contra el Pa-
dre Anabitarte, superior provisional.
— ¡Ah, mon Pére! ¡Cesí un grand ¡ourl (1). Yo creo
que sería bien oportuno una pequeña copa de ron.
— Sí, Padre. Yo también creo que merece la pena
celebrar el día con honesto regocijo.
—Sea. Mancilla, danos acá la botella de ron.

(1) Padre mío; es un gran día.


20 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Sequeros se niega á beber. Los demás porfían. Al


fin,accede. Levántase con la copita en alto. Síguen-
le los otros; chocan las copas. Sequeros tiene el

rostro bañado en luz interior:


— ¡Ad Majorem Dei Gloriam!
IANUIS CLAUSIS
I

El 21 de Septiembre comenzaba el curso en el co-

legio de Regium; era el cuarto, desde su apertura á


la enseñanza.
El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido fami-
liarmente por un diminutivo, Bertuco, salió de Pi-
lares en el primer tren de la mañana. Acompañá-
bale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extrema-
da sencillez, la cual había llenado cumplidamente
para con Bertuco maternales menesteres desde la
prematura orfandad del muchacho. Teodora iba
aderezada con sus más ricos arreos y prendas; mo-
numentales arracadas de aljófar, que le pendían
hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia y
gayos colorines, anudado debajo de la barbeta;
gran mantón negro, de seda también, con muchos
bordados y luengos flecos torzales; falda muy frun-
cida, de merino; una docena de enaguas que abom-
basen y diesen buen aire al cuerpo andando, porque
en esto consiste el toque del vestir de lujo y á lo
señor; almadreñas, y un paraguas rojo. Bertuco,
que comenzaba á prever atjsvos del arte indumen-
tario, consideraba que semejante acompañamiento
le ponía en ridículo. Intentó ir solo á Regium, á lo

cual Teodora acudió espantada:



¿Tú qué dices, mi neiiú?
24 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

. —Voy para catorce años.


— ¿Yo déjate solo?... ¡Non lo premita Dios!
Teodora pretendía tomar billetes de primera cla-
se; mas Bertuco se obstinó en que habían de ser de
tercera, y, á lo sumo, á lo sumo, de segunda. Asus-
tábale pensar que las gentes de su propia condición
sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.
le

En
las calles de Regium los miraban con asom-
bro, mofándose discretamente de aquella vieja, ata-
viada á usanza de tiempos remotos. Visitaron el
bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo
necesario para el aseo personal durante el curso;
llegaron hasta el puerto, por contemplar el mar,
que andaba muy enfurruñado en aquella ocasión,
y, poco antes del mediodía, tomaron el camino del
colegio.

¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á
una fonda? Tiempo tienes de encerrate. Otros años,
cuando venías con tu padre, ¿entrabas también pa
comer? ¡Ay, Joasús!
Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole
malamente, enjugaba los ojos en un pañuelo á
cuadros. Poco antes de llegar al colegio, Bertuco se
plantó delante de la anciana.

Oye, Teodora: no quiero que vayas con madre-
ñas y con paraguas. Ya lo sabes. Tendrían risa los
compañeros para todo el curso; no quiero que me
tomen el pelo.

Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa, excla-


maba, haciéndose cruces:

¡Joasús, Joasús!
Su consternación era tanta, que Bertuco sintió re-
mordimiento db haber sido cruel.

No seas boba. Es que los niños son muy malos;
no me gusta que digan cosas de ti.

Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío aJma?
A. M. D. G. 25

Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la es-


palda del colegio, al pie de cuyas tapias había unas
tupidas matucas.
— Escóndelos aquí.
— Teodora dudaba.
— ¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los
praos, pingando mismamente. Tó coger un ruma
con estos zapatos de satén; Dios m'ampare.
Volvieron á las vereditas que se hacen al frente
del edificio. La aldeana detúvose y contempló reco-
gidamente la grave y cejijunta mole.
— ¡Joasús! Paez un maricomio.
—Teodora, se dice manicomio.
Penetraron en el portalillo, angosto y desnudo,

como cosa inútil que es, pues los jesuítas saben no


perder espacio ni tiempo en futilidades. Les abrió
un fámulo de aborregado semblante. Desde el ves-
tíbulo se columbra, á través de la puerta del fondo,
el patio de la tercera división, preso en un claustro

de arcos de medio punto, por donde discurrían, con


paso presto, cuándo un pelotón de niños, cuándo
una pareja de Padres. Teodora se mantenía inmóvil,
tomada de religioso terror. De la ropería, que está,
según se entra, al costado derecho del vestíbulo,
salió el Hermano ropero, Santiesteban de apellido,
esmirriado y amarillento; sonreía con expresión
epicena, mostrando la sima lóbrega de una boca le-
trinal. Saludó á Teodora y Bertuco, acarició al niño

y les condujo al salón de visitas, frontero á la ro-


pería. Es el salón una pieza rectangular, muy vas-
ta y severa, amueblada con sillas y sillones de enea;
•en las paredes penden fementidas copias de Murillo,

pintadas por el Hermano Urbina, aquel prevarica-


dor de insolente brocha que infestó de mamarra-
chos' los colegios de la Orden.
En el salón estaba Coste, mócete desmadejado y
26 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

bermejo, de ojos montaraces, carrillos tan rotundos


y boca tan fruncida, que se dijera e^ + aba tañendo
de continuo un invisible instrumento de viento.
Acompañábale su padre, un marino de sotabarba
á la británica, hirsuta y entrecana, boca breve y
ojos de lejanía. Llevaba un traje nuevo, de paño
tan rígido que le embarazaba todo movimiento.
Tenía la pipa en la boca; sin rechistar, seguía aten-
tamente el discurso del Padre Eraña, Conejo de
remoquete entre la grey de los alumnos.
En entrando Bertuco, los dos chicos corrieron á
abrazarse. Coste traía ya la blusa puesta, un man-
dilón de dril agarbanzado, con orillas blancas. Co-
nejo acudió también.
—Vienes más delgado, Bertuco. Vamos á ver,
¿se te han olvidado las progresiones aritméticas y
geométricas? ¿Sabes que soy Padre Ministro este

año? y le halagaba con suaves toquecitos en las
mejillas.
Teodora, haciendo extraordinario acopio de ener-
gía, se decidióá besar la mano de Conejo. Mas éste
se la apartó con ademán campechano y risa franca.
El marino continuaba en su puesto, como clavado
en tierra.
Aportó Santiesteban una blusa, que se vistió Ber-
tuco. Luego pidió los envoltorios á Teodora.

Padre, ¿me permite que lleve á la camarilla las
cosas del aseo?
— —
¿Qué camarilla tiene, Santiesteban? preguntó
elPadre Ministro.
—La del año pasado.
— ¿Ya no vuelves?—se atrevió á decir Teodora,
con la voz quebrada.
— ¿Es tu madre?— añadió Conejo.
Y Bertuco, secamente:
— Es una criada vieja.
A. M. D. G. 27

Teodora, sin haber oído á su Bertuco, murmura-


ba entre sollozos:
— ¡Probín! ¡No tien madre!

— —
Cierto, cierto, no recordaba repuso el jesuí-
ta *Y bien, señor Coste, ¿quiere usted que el niño
continúe aquí ó que vaya á preparar sus cosas?
El marino extendió el brazo en dirección á los se-
nos misteriosos de la santa casa, como indicando
que estaba dispuesto á la separación.
— Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco or- —
denó Conejo.
Pero todos continuaban quietos, cortados, sin sa-
ber cómo afrontar el trance. Teodora fué la primera
en precipitarse sobre Bertuco, estrujándolo, besu-
queándolo, chillando é hipando con infinito descon-
suelo. Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló
la ropa, apretó el entrecejo y refunfuñó, poseído de
cólera:
— ¡Vaya, vaya! Es ya mucho.
El señor Coste besó á su hijo en la frente.
—Adiós, Romualdo; sé formal, rec... — (Conejo
bajó la cabeza) — siquiera- un año. Adiós, Padre.
Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso,
con los ojos empañados y la voz femenina en fuerza
de emoción. Echó á andar hacia la puerta, pero
como tropezase con Teodora, se detuvo.
— ¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga con-
migo, que yo la acompañaré hasta donde sea.
Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo reco-
gería sus adminículos yendo en compañía de aquel
señor tan serio? La pobre mujer interrogaba an-
gustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivi-
nando el aprieto, no pudo disimular la gracia que le
hacía.
—Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá
de Coste va á comerte? Vaya, ¡adiós!
28 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Retazándole en el cuerpo y á impulsos del


la risa
cariño que allá en fondo le inspiraba aquella
el

Cándida criatura, fué á abrazar á Teodora por últi-


ma vez.
— No —
se atribule usted, señora manifestaba el
marino, por hacerse el fuerte, y, tomando del brazo
á Teodora, salieron los dos al mundo.
Coste frunció los labios más que de ordinario,
como si se esforzara en dar una nota aguda, y los
ojos azules de Bertuco adquirieron helado fulgor.

II

Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él,


por especial permiso de Conejo. Tomaron la escale-
ra del torreón.
Los dormitorios ocupan un ala entera del piso
tercero, la del Mediodía, y una buena parte de las
de Levante y Poniente. Es una sala profunda, en
cuya lontananza los ojos se extraviaban entre pe-
numbra. Altas como cosa de dos metros y á lo largo
de la sala, van en cuatro filas l°s camarillas, ha-
ciendo dos cuerpos, de manera que, de sus porte-
zuelas, la mitad da á un pasillo central y la otra mi-
tad á otros dos pasillos más angostos, los cuales
corren siguiendo los muros laterales del recinto.
Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un ventar
nal. Pensaba en Teodora: «¿Se habrá atrevido?
¿No se habrá atrevido?» Llovía copiosamente. El
paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de
ceniza.
A. M. D. G. 29

— ¿Qué haces? Paeces fato — advirtió el carrilludo


Goste, con mal humor.
—De buena gana abría esta ventana.
— £'ro hombre, con que llueve...
lo
Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas
las demás, era un mechinal diminuto, con cabida
para una cama infantil y una mesa de noche,, que
hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda te-
chumbre, una tela metálica. A los pies, una percha;
á la cabecera, estampas y una pila; en un ángulo,
una rinconera, en donde Bertuco depositó, alineán-
dolos, sus avíos de tocador.
Los dos niños se sentaron en el borde del lecho.
Coste preguntó:
— Estás triste.
—¿Yo?... ¿Y tú?
— ¡Psss!... Pienso escaparme en cuanto pueda.
(Pausa.) ¿Te gozaste mucho este verano?
— Hombre, la verdad: yo no me gozo nunca mu-
cho. Ya ves, en la aldea... Sin amigos... Tuve un se-
minarista de preceptor.
— —
¿Y de mozas? Coste clavó sus ojos en Bertuco,
el cual, muy encendido, guardaba silencio —
¡Anda, .

ea..J ¿A que resulta que no sabes gramática parda?


— Sí... ya... ya tengo malicia —
balbuceó confuso.
— ¿Y de mozas? ¿No estuviste con nenguna moza?
— Tú ya eres mayor...
— Sí, es verdad; yo soy mayor. Verás; un día
fuimos desde Ribadeo á Lugo. Estuvimos en una
casa de mujeres... Andan desnudas y con cintas de
colores por aquí.
— ¡Calla, calla...
! Si nos oyeran...
— ¡Bah! Se acababa antes todo. ¿Tú crees en el
pecado?
— ¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!
Coste, que aunque se las daba de hombre terrible
30 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

era en la entraña tan infeliz como patrañuelo, em-


palideciódensamente ante la posibilidad de la expul-
sión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó el
pito de una fábrica; á poco, la campana del regula-
dor conventual, llamando á la refección meridiana.
Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro brin-
cos se plantaron en el refectorio.

III

El refectorio es una pieza alongada, de aire ceni-


ciento; el piso, embaldosado de losetas grises; las
paredes, grises y desnudas; al pie y adosados á ellas,
bancos de pino; delante de los bancos, largas me-
sas con tablero de mármol gris; por fuera de las
mesas, pequeños escabeles de pino. En la cabecera
del refectorio, crucifijo grande. De una banda,
un
ventanales, promediándolos, un pulpito, desde
y,
donde el lector complementa y ensalza la torpe fun-
ción de la comida material derramando sazonado
y provechoso alimento para los espíritus.
, Aquel día, como primero de curso, la refección se

hacía sin el ritual y solemnidad establecidos en el


reglamento. No hubo lector, porque apenas si ha-
bía oyentes; uertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó
cinco nuevos, los cuales, en las mesas destinadas
á la última división, hundían la nariz en el plato,
emperrándose en no comer. jl,os demás alumnos,
apurando los postreros y perentorios instantes de
libertad, aguardaban la caída del día para venir á
recluirse. De frente á frente del refectorio pasea-
A. M. D. G. 31

ban los que habían de ser, durante todo el curso,


vigilantes de comidas: nuevo Padre Ministro
el (Co-
nejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la pri-
mera* di visión.
Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias»,
esto es, permiso para hablar, y él mismo entabló,
á seguida, conversación con sus amigos de años an-
teriores, enderezándose preguntas chuscas y ha-
ciendo payasadas y íacecias, á que era muy incli-
nado. La carcajada muchachil, sincera ó hipócrita,
puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosi-
dades y contorsiones, le originaba satisfacción tan
plena como á un general romano la ovación.
Coste trasladaba al estómago los colmados pla-
tos, y al plato las colmadas fuentes. El Padre Mur
lo aborrecía sin disimulo y lo asaeteaba con ojos
fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de
tanta glotonería.
El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El mucha-
cho, que en el instante aquel hacía presa en un trozo
de carne, se quedó paralizado.
— Pero, hombre — susurró el jesuíta, frunciendo la
boca como si se sintiese acometido de una náusea —
comes como un gorrino. Da asco, mirarte. ¿No
te han dado de comer, durante el verano, en tu
casa?
El mofletudo Coste miró ai Padre Mur; primero,
con la dolorida dulzura de un can á quien sin razón
maltratan; luego, con la agresividad admonitoria de
la bestia que se apercibe á hincar el diente en la
mano que la hiere.

Si le molesta mirar, no mire —
gruñó, y al punto
devoró la carne.
El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el
único incidente de la comida. Terminada ésta, sa-
lieron á la recreación. Como llovía, se acogieron al
32 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

cobertizo. Los contados alumnos fueron divididos


en varios grupos, según la división á que pertene-
cían, y entregados á la tutela de sus inspectores co-
rrespondientes. Habiéndose ido á comer Mur, los de
la primera división quedaron con el Padre Seque-
ros, su inspector primero. El Padre Sequeros no pa-
recía el mismo que había llegado á Regium tiempo
atrás, con el cráneo alto é imperativo, en son de
conquista religiosa. Su cabeza, ahora, propendía á
la humillación, como si el perseverante yugo de la
adversidad la hubiera impreso una actitud sumisa;
había enmagrecido y perdido la turgencia juvenil
del rostro, bien á causa de una enfermedad, acaso
por obra de morales sufrimientos, quizá en virtud
de penitencias excesivas; tal vez por las tres cosas
juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre
y timidez constantes de los seres inofensivos que
viven en un medio hostil, sometidos á caprichosas
vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chi-
cos, se afirmaba en sí propio, desentumeciánsele las
alas del corazón y comenzaba á esponjarse, á reir,
á retozar... La cabeza tornaba, poco á poco, á ad-
quirir noble imperio; los ojos se caldeaban; la voz
se hacía tierna y velada; los brazos, larguísimos,
según correspondía á su aventajada estatura, se des-
plegaban como una gran cruz que cobijase la infan-
til muchedumbre. En esto llegaba el Padre Mur,
aquel drope gélido y narigudo. Repentinamente, el
Padre Sequeros perdía toda animación, todo fervor,
todo entusiasmo; volvía á ser el hombre ahuyen-
tado, receloso, encogido.
El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo, lle-
vando á sus lados á Bertuco y á Bárcenas, segundón
del marquesado del Santo Signo. Coste se entrete-
nía jugando á solas con el balón. El jesuíta apo-
yaba sus manos en los hombros de los dos niños,
A. M. D. G. 33

atrayéndolos hacia sí al tiempo que les dirigía dul-


ces palabras de afecto y bienvenida, junto con pre-
guntas referentes al empleo del verano.
— Xamos á ver, ¿habéis conservado la devoción
al venerable Padre Crisóstomo Riscal?
Los niños asentían tibiamente.
— ¿Habéis contribuido á propagar su devoción?
— Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea
y los aldeanos no entienden mucho de eso... dijo —
Bertuco.
— Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Ama-
lia y Enriqueta, son ya muy devotas —
aseguró Bár-
cenas.
— ¿Y la Piísima? —interrogó el jesuíta — . ¿La ha-
béis hecho todos los días?
Respondieron que sí. El Padre Sequeros se incli-
nó á mirarles, con expresión dubitativa y severa.
Los niños se ruborizaron, considerando descubierto
su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba
dotado de sobrenaturales dones adivinatorios, y que
no hacía sino mirar á una persona para leer en el
más replegado y lóbrego rincón de su pensamien-
to. Al cabo de unos minutos de silencio, el jesuíta

indicó que jugaran un rato, por bien hacer la diges-


tión. Barcenas fué á empeñarse en singular y desafo-
rado combate con el mofletudo Coste. Bertuco, pre-
textando cansancio á causa del viaje y del madru-
gón, continuó paseando con el jesuíta. Eran muy
aficionados el uno al otro. El Padre Sequeros gus-
taba de la riqueza sentimental y avispado juicio del
muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que
había de ser carne de libertinaje y espíritu de im-
piedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almila! ¡Tan
sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del
enemigo malo le arrancasen una música de infernal
fascinación! Bertuco, á su vez, amaba al Padre Se-
3
34 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

queros con un amor que participaba del respeto que


nos inspiran las cosas grandes y misteriosas.
Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le
presentaban, escudriñaba la fisonomía del amigo y
maestro; ahora, con el rabillo del ojo; ahora, franca
y descubiertamente, aprovechando que el Padre Se-
queros caminaba abstraído. Era patente, en opinión
de Bertuco, que el jesuíta recibía á sus alumnos con
alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven
prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han
sufrido detrimento y mal daño.
Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los
grandes patios de recreación, vacíos y fangosos.
Luego, el Padre Sequeros tomó á Bertuco dulcemen-
te por las sienes, elevándole un poco el rostro, de
manera que lo podía contemplar á su sabor, como
lo hizo.
—Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Po>r
qué no levantas los ojos? [Ay, Bertuco! ¡Has per-
dido la pureza: estás en pecado mortal!

No, padre. Por esta vez se equivoca —
Pero no .

lograba reirse, como pretendía.


— Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con
.

la mentira—. En sus palabras no había acritud, sino


infinita amargura.
Comenzaron á
llegar los alumnos, lentamente. Los
nuevos, de la tercera división, lloraban casi todos.
Los antiguos se saludaban y abrazaban, con cierta
timidez y encogimiento, como si los tres meses de
separación les hubiera extrañado á unos de otros.
A las seis de la tarde estaba el hato completo, en
la majada jesuítica.
A. M. D. G. 35

JV

Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus


respectivas salas de estudio ó estudios, á secas, se-
gún el estilo vernacular del colegio.
Son los estudios grandes salas, de muros blancos
y desguarnecidos; mesas de pino barnizado, cada
una con cuatro pupitres ó calones, que así se lla-
man, los cuales se abren en dos hojas laterales, de
suerte que al ser usados no oculten la cabeza del
alumno; miran todas las mesas en un sentido, y
están repartidas en dos bandas, dejando en el me-
dio angosto pasadizo; dominándolas, se levanta el
pulpito del inspector, con acceso de uno y otro lado;
en la pared, sobre el pulpito, un doselete y la In-
maculada Concepción.
Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual...
Llegó el Padre Eraña, interrumpiendo la lectura, y
fué á colocarse en la mesa de cabecera, vuelto hacia
la división. El alto cargo que le habían conferido le
tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba
en la sonrisa satisfecha y en cierta arrogancia pre-
tendida, incompatible con la desmedrada humani-
dad del buen Conejo. Era hombre sencillo, de cor-
tísimas luces y su rostro plebeyo. Usaba, como to-
dos sus compañeros, bonete sin borla, de puntas
desmesuradas, que á media luz y algo á lo lejos re-
medaban las erectas orejas de un asno. Se ignora
la génesis del remoquete con que era caracteriza-
do el Padre Eraña; veníale ya de Carrión de los
Condes.
36 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Conejo paseó su mirada sobre los muchachos; le


bailaba siempre en los ojos la alegría de vivir, y
ahora con harta razón. Hubo un gran silencio, que
el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose

en él como en una lisonja. Un hipo descomunal re-


sonó en el estudio.
—¿Quién —
es el marrano? preguntó Conejo, apa-
rentando severidad.
Los vecinos del culpable, con esa baja intención
característica de la infancia, y que los jesuítas cul-
tivan con mucho esmero, en fuerza de miradas y
gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella
misma hubo de delatarle. Era Marcialito, hijo del
heroico general Pandolfo.

¿Es esa la educación que te dan en tu casa?
¿Te parece éste sitio para regoldar? y Conejo —
fruncía las cejas de una manera tan ridicula, que
todos rompieron en una gran carcajada.
A seguida comenzó el reparto de libros de texto.
Los niños pasaban, uno por uno, recogiendo los
que le correspondían. A Bertuco le entregaron la
«Psicología, lógica y ética)), de Ortí y Lara; la ((Geo-
metría», de Rubio, y el segundo de Francés, de Goi-
coechea. Concluida la distribución, Conejo pregun-
tó quiénes querían inscribirse en las clases de ador-
no. Bertuco se matriculó en violín y dibujo. Coste,
aterrorizado ante el hastío tremebundo de las in-
terminables horas de estudio que tenía por delante,
juzgó cómodo expediente solicitar alguna clase de
adorno, ya que éstas se seguían hurtando el tiem-
po al estudio.
—Padre, yo quisiera...
— ¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisie-
ra el señor Coste?
Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:
—Pues yo quisiera toear algo,,.
A. M. D. G. 37

—Pero, hombre, si parece que lo estás tocando


siempre...
Carcajada unánime.
— No digo... vamos, algún instrumento.
> si

—¿De viento?
— Bueno; tocar algo.
—Ya estás tocando violón. el

Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz agu-


da de Manolo Trinidad, el hipócrita alfeñicado y
casi femenino que se pasaba el curso haciendo la pe-
lotilla,adulando y llevando chismes á los Padres.
Coste se sentó furioso, y con disimulo hizo señas á
Trinidad, dándole á entender que pensaba romper-
le algo,hacia ia cabeza.
Conejo salió del estudio con aire marcial y exa-
gerado contoneo.
El inspector, desde lo alto del pulpito, enderezó
breves frases de salutación á los alumnos, y termi-
nó diciéndoles que podían hojear los libros de texto
en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse en-
tonces un revuelo sordo, y, á poco, la muchedum-
bre de cabecitas se inclinaba atentamente sobre el
pupitre.

Unos pasaban y repasaban con afán las páginas;


otros meditaban, la cabeza hundida entre las ma-
nos; algunos cayeron dormidos. Había un religioso
silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia
mirada de misericordia sobre todos ellos; los es-
crutaba luego con ahinco, como si se esforzase en
38 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos?


¿Qué será de ellos», se decí[Link] destino humano
no le inquietaba, sino la eterna solución de aquellas
vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se conde-
narán?» Y le tomaba un temblor de espanto.
La solución de ultratumba no queremos aventu-
rarla. Pero como de esto han corrido muchos años,
algo podemos decir del destino terrenal que pesaba
ya sobre aquellos cráneos candorosos.
Sumidos en el triste recogimiento del estudio es-
taban: Luis Felipe Ríos, que había de morir frenéti-
co, de parálisis general; Rielas, que había de morir
alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían de
recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su
hermano Enrique, Celedonio Pérez, Gaztán y Borro-
meo Gusano, que habían de morir tuberculosos; Ma-
nolo Trinidad, que había de llegar á ser bardaje;
Forjador, jesuíta, y Ricardín, alcalde de Regium.
Nada queremos adelantar de Bertuco y Coste.
Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose
el para él magno problema: ((¿Quiénes se salvarán?

¿Quiénes se condenarán?))
A las ocho menos cuarto asomó por la puerta del
estudio el temible morro del Padre Mur, un morro
puntiagudo y vibrátil como el de las ratas de alcan-
tarilla. El Padre Sequeros le dejó el pulpito y salió
del estudio, á iin de tomar su refección vespertina.
El Padre Mur creyóse también en la obligación de
pronunciar unas palabras. Hízolo muy secamente,
mirando á los alumnos con manifiesto desdén y agru-
ra. Insistió repetidas veces en lo saludable y pro-
vechoso de los castigos para quien los recibe, y, á
guisa de epílogo, advirtióles que lamentables bene-
volencias de otros Padres tendrían necesaria com-
pensación en su justa severidad (la de Mur). Los ni-
ños vieron en sus últimas frases una clara alusión
A. M. D. G. 39

al Padre Sequeros, á quien odiaba, y no era preciso


ser muy listo para echarlo de ver.
Luego de terminar tan sucinta y rotunda pláti-
ca, les conminó á que inmediatamente le fueran en-
tregando relojes, monedas, cortaplumas y cuales-
quiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de
distracciones en clases y estudios. Así lo hicieron
todos.
A las ocho comenzó la cena. A las ocho y media
había terminado. Después de una breve oración en
la capilla particular, los colegiales subieron al dor-
mitorio, yendo cada cual á guardarse en su respec-
tiva camarilla.

VI

Bertuco fué despojándose pausadamente de sus


vestidos. Contempló algún tiempo el camastro, pe-
queñuelo y blanquísimo, amable ensenada á donde
se recogía después de los diurnos afanes, entregan-
do su espíritu en brazos de los ángeles por que lo
recreasen con dulces ensueños y anticipaciones de
la gloria venidera. Había sido el lecho de su virgi-
nal candor; ya no podía volver á serlo. No se atre-
vía á acostarse, cual si fuese una profanación. Cruzó
los brazos y abatió la cabeza. Estábase así cuando
el Padre Sequeros le sacó de tu ensimismamiento
tocándole el hombro con blandura.
—¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos, acués-
tate.
Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.
—Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo — . Salió,
cerrando por fue^a la portezuela.
40 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Bertuco hundió el rostro entre la almohada, soli-


citando el sueño ahincadamente, por huir de sus
propios pensamientos.
Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales
y algunos sollozos, saliendo ahogadamente de cama-
rillas remotas.
Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses
que no hacía sus oraciones antes de dormirse; co-
menzó á bisbisear sin lograr aplicarse á infundirlas
un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente,
expandiéndose, expandiéndose como si amenazase
quebrarle el cráneo. Era la idea de tener que confe-
sarse y descorrer ante un sacerdote el velo de sus
pudores mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya
malicia! El demonio le había iniciado en el gran se-
creto que rige al mundo.
Se le hacía presente la escena y el supremo mi-
nuto en que su infame preceptor le había sugerido
inmundas verdades, induciéndole á pecaminosos
actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería
oir; huyó aterrorizado. El seminarista, riéndose,
corrió á darle alcance. Luego, había remachado so-
bre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser
tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su ma-
dre. ((Entonces... mi madre... ¿Y i& Virgen?)) había
suspirado roncamente. Acudió el seminarista con
textos de la doctrina, los cuales en elinstante adqui-
rieron cabal sentido.
Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe
cayó, y entre la confusión ruinosa corrían los lagar-
tos de los malos pensamientos y deseos, calentándo-
se al sol interno de una lujuria meditativa, crecien-
te, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo
y alimento. Se retrajo á los parajes esquivos de la
aldea y á los rincones apartados de la casa. Su es-
píritu modelaba en todo punto fantasmagóricas es-
A. M. D. G. 41

culturas de carne femenina y rectificaba las formas,


aspirando á la realidad desconocida. Bertuco devora-
ba á las mujeres con ojos ardorosos, imaginando
la desnudez plena por las sugestiones que le ofre-
cían pliegues, caídas y adherencias del ropaje; ace-
chaba una pierna que en fugitivo movimiento se
mostrase, un brazo arremangado, la hendedura y
suave henchimiento de un descote... Comenzó á du-
dar de la sabiduría del omnipotente, que había dis-
puesto para la propagación ele la especie acto tan
torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso y
amable. Sintió repugnancia de sus progenitores y
desprecio de sí propio, considerando su bajo y ver-
gonzoso origen. Llegó á mirar con odio á sus seme-
jantes. Cada vez que tropezaba con una madre ama-
mantando al pequeñuelo, con una señora encinta,
con un matrimonio, volvía el rostro, asqueándose
y reconstruyendo, á pesar suyo, hipotéticas intimi-
dades é inmundas complacencias. Pero todo su ser
aspiraba hacia la hembra, Una mano soberana é
ígnea le asía por la nuca, lanzándole vertiginosa-
mente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de
los primeros tanteos, en los cuales una ignorancia
frenética se ayuntaba con otra ignorancia pasiva,
incapaces de consumar el incógnito acto! Rosaura,
la hija del jardinero, aquella rapacina pelirroja y
tímida, fué la compañera de pecado: era una ado-
lescente informe y glabra aún.
Después, las torturas de ver cómo el curso se le
echaba encima, su despego de los deberes religiosos,
su horror al tribunal de la penitencia, la aridez y
tenebrosidad de corazón...
Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz an-
gustiada hendía la paz del dormitorio: ((¡Mamá!
¡Mamá!)) De fuera del colegio llegó, apagado y sus-
pirante, un canto campesino:
42 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

A mí me gusta lo blanco.
¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro! /
A mí me gusta
Con
la niña
zapatitos de terciopelo. 4^
y
Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto
Bertuco. Imaginólos en el acto, á manera de cimien-
tos de una rica hembra desnuda, más rellenica que
Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna par-
te. Por evitar la tentación abrió los ojos. La luz era

mortecina y amodorrante. Volvió la pupila, llorosa


hacia las estampas de la cabecera, y con determi-
nada dilección la puso en la imagen de San José,
aquel varón manso que había sido puro y sencillo.
Incorporóse y besó la florecida vara del santo.
El sereno, con pie inaudible, se acercó á la cama-
rillade Bertuco, habiendo oído dentro algún rumor.
Espió á través de la mirilla y penetró repentinamen-
te en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando be-
saba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló
malhumorado:

¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? [Ahí Tú,
Bertuco, que te eres... Dispensa. ¿Qué majadería es
esa? Duérmete, pues, de seguida.
V

A MAXIMIS AD MINIMA
I

Y empezó el curso.
Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado me-
canismo, cuya operación consiste en tejer la hilaza
de la historia humana, de manera que Dios se gloríe
de ella en la mayor medida posible, gracias á los
hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan
de lo futuro, aportaba abundante é informe materia
que bregar en las innumerables y quebradizas rue-
das y engranes del maravilloso mecanismo. Comen-
zó á funcionar; pero marchaba torpemente aún,
con rémora y pesadumbre, á causa del desuso é in-
acción de los meses estivales. Hacíale falta un pron-
to lubrificante, y ninguno más á propósito que el
suavísimo aceite de la gracia, del cual son repre-
sentantes sobre la haz de la tierra los jesuítas, como
se sabe, y apercibían ya las aceiteras, desobstru-
yendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie
de frotación.

II

Y empezó el curso.
Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su
modo inteligencias infantiles y á enderezar almas
46 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

al finde la gloria divina. Los primeros pasos eran


Las vacaciones habían destruido en gran
difíciles.
parte la cauta edificación espiritual de otros cur-
sos. Volvían los niños disipados, tibios, melancóli-
cos, con la frente tostada de sol y libertad, el cora-
zón lleno de añoranza y la voluntad rendida al des-
mayo. A las horas de recreación volvían á ser fácil-
mente los antiguos alumnos; empeñábanse en du-
ras partidas de balón y pelota, ó medían en la ma-'
roma el esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha
y el entusiasmo del ejercicio, purpúreo el rostro y la
mirada tranquila, eran de nuevo criaturas dóciles
para quienes el pasado no existe. Pero llegaban á
los estudios, á las clases... hundíanse en recogimien-
to... Entonces, á tiempo que el cansancio iba cedien-

do y el sofoco de la cara apagándose, el inspector,


desde la atalaya de su pulpito, podía observar cómo
aquellas pupilas se iban poblando de visiones leja-
nas y las cejas se fruncían con ahinco, como solici-
tando más energía y vivacidad en la imagen que se
intentaba evocar, y las frentes, pensativas, apoyá-
banse con desaliento en las palmas, y el mundo
toda su claridad infinita, todo su armonioso bullir
y sus sabrosísimos señuelos y sus halagüeñas futi-

lidades venía á alojarse en las tiernas mentes, y,
aunque invisible, estaba allí, allí dentro.
A los pequeñuelos, á los recién llegados, no era
empresa ardua saturarlos presto de espíritu religio-
so, moviéndolos, á voluntad, por el asa del temor
de Dios, cultivado sabiamente con narraciones de
interés sumo y tales aciertos trágicos, que las car-
nes de los chiquitines se estremeciesen y el cuero
cabelludo se les erizase. Los pipiólos de la tercera
división, la mayor parte de ellos en los albores de
la vida consciente, no ofrecían dificultad alguna pe-
dagógica ni de otro linaje. Sus profesores é inspec-
A. M. D. G. 47

tores eran los Padres de más pobre inteligencia y


breve ilustración.
En la segunda división, compuesta de niños de diez
á doce &ños, no era tampoco difícil imbuir la resigna-
ción claustral, al propio tiempo que se cercenaban
leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones.
Al fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y li-
geras como la arcilla en minas del alfarero.
El hueso estaba en la primera división. En ella
había mozalbetes, había hombrecillos, los más eran
púberes ya. Los primeros brotes del carácter, de la
personalidad, se levantaban impetuosamente á la
vida, en cada individuo. La poda de estas vegeta-
ciones espontáneas no era muy hacedera, antes al
contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos.
De la forma de realizarla dependía el fruto que, an-
dando el tiempo, habían de rendir aquellos arboli-
tos en flor. Para alguno de ellos era el último año
de invernadero, de plantel, de calor artificioso y de
cultivo amañado. Los troncos habían adquirido cier-
ta reciedumbre y fortaleza; aspiraban á explayarse
en giros fantásticos, y ya no cedían blandamente á
la mano del jardinero que pretendía enderecharlos
al cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como
cipreses.
A lashoras de estudio eran contadísimos los que
estudiaban. Unos, con exterior muy formal y los
ojos fijos en el libro de texto, paladeaban memo-
rias, vencidos de nostalgia. No era posible casti-
garlos, porque guardaban la debida compostura y
aparentemente se aplicaban. Otros, aprovechando un
descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los ve-
cinos, ó les transmitían recados escritos, ó hacían
telégrafos de señales. Estos, aspirantes al laurel de
Apeles, á pretexto de resolver cálculos algebraicos
ó delinear figuras geométricas, componían minucio-
48 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

sos dibujos, con escenas de la vida de colegio. Ber-


tuco era el más hábil en las artes del dibujo, así
como en la poesía. Porque también había en la di-
visión unos cuantos poetas en canuto, que mantenían
enconadísima lacha de rivalidades, como si ya fue-
ran literatos hechos y derechos. Con todo, la opinión
muchachil, casi en pleno, concedía la supremacía
á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín Campomanes,
en lo jocoso. Entrambos tenían fácil vena; pero el
carácter de las musas respectivas era opuesto. Así,
con ocasión del santo del Padre Sequeros, uno y otro
tañeron la lira. La oda de Bertuco comenzaba de
esta suerte:

¡Santo varón á quien la gracia ungiera


por la virtud propicia de Riscal...

Las estrofas de Campomanes concluían con esta


deprecación:

Pido al Padre Sequeros, que es gran petate,


nos regale pastillas de chocolate.

También había quienes enredaban en el estudio,


sin disimulo ni cautela, especialmente estando pre-
sente Padre Sequeros, cuya tolerancia y benevo-
el

lencia eran proverbiales; no así en cuanto el odio-


so Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda
nariz, inquisitiva y husmeante, que, en lo más avan-
zado de su punta, se complicaba manifestando tur-
gente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que
era ministro, tenía en jaque también á los alumnos.
Inopinadamente y con pie tácito se filtraba en los es-
tudios, y, andando de puntillas, iba de un lado á otro
escudriñando lo que se hacía, metiendo el morro
por encima del hombro de los chicos, afanoso de sor-
A. M. D. G. 49

prender alguna acción punible, más que por casti-


garla por darse el gustazo de haberla descubierto,
por dar á entender que era hombre á quien nadie
engañaba, y, á última hora, por mostrarse magnáni-
mo y perdonar. Envidiaba á Argos, á causa de su
centenar de ojos, y aun á la espléndida cola del pa-
vón, á donde, luego de haber sido asesinado por Mer-
curio, Juno trasladó las cien pupilas metálicas del
hijo de Arestor, porque Conejo era también muy
fanfarrón, pero perfectamente ingenuo. Tenía, ade-
más, el instinto de lo grotesco y apayasado, que
ejercitaba en cuanto veía coyuntura, y muchas veces
sin haberla. Con su cuerpecillo diminuto y sus zan-v
cas exiguas, de manera que las asentaderas levan-
taban un palmo escaso de la tierra, hubiera llegado
á emular la gloria bufa de Little-Tich, el celebrado
clown, si en lugar de haberse adscrito á la milicia
ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del
títere. Sentado, pasaba por persona, porque el cuer-
po todo se le volvía torso, si bien le mermaba pres-
tancia la cortedad de los brazos, á modo de fantoche.
Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente,
su ineptitud para la enseñanza y su carácter probo,
que le hacía simpático á los alumnos, todas estas
circunstancias reunidas habían hecho que el Padre
Arostegui, Rector, le nombrase Prefecto de discipli-
na, ó sea jefe de la jerarquía compuesta de inspec-
tores, profesores é internos. Sobre él, en lo atañede-
ro á la vida de los alumnos, no había otra autori-
dad de apelación que la del propio Rector. Los chi-
cos llamaban al Padre Prefecto Padre Ministro, im-
propiamente.

4
50 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

III

El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó


Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con
toda netitud y precisión el jesuíta vasco. Su cuna
fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rí-
gido, sobrio ó más bien nulo en el ademán. Cons-
tante en un mismo gesto, veíasele por primera vez
y paira siempre; perdurable y hermético como un
destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su te-
nacidad; la boca muy sutil y contraída, componiendo
una expresión en que complacencia y desdén se en-
tremecían confusamente. Fanático, pero con fana-
tismo sordo y cauto, no con el bélico ardor de los
corazones sencillos. Su máxima era el dicho del es-
tratega antiguo: Etusüos Ppaosox;, apresúrate lenta-
mente. En palabras tan corto que de seguida que-
brantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incóg-
nito. Mandaba raras veces; pero se las componía de
suerte que las cosas andaban conformes á su vo-
luntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas
vinieran á confiarle chismes y cuentos, unos de
otros, si bien se guardaba de agradecerles el servi-
cio ó de inducirles claramente á ello, sino que los
alentaba con disimulo y por otros medios, estable-
ciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas á favor
de los más celosos en las delaciones. Su valido era
el Padre Mur, á quien exentaba de no flojos deberes,

y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de su in-


clinación se guiara; pero se lo impidieron, primero,
los cortos años que Mur llevaba en la orden, y, se-
gundo, la odiosidad que este joven jesuíta determi-
A. M. D. G. 51

naba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que


no va en prestigio de la Compañía que los mucha-
chos se duelan de los maestros, ó que, andando el
tiempo, "guarden recuerdo esquivo de sus años de
internado.
Los jesuítas de Regium, antes que respetarle, te-
mían á su Superior, con ese temor mezcla de an-
gustia que ocasionan las perspectivas vagas y de
arcana solución.
Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento:
el Padre Urgoiti, aquel santo varón para quien no
existía la realidad externa; el Padre Atienza, aquel
varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y
en virtud, en la elocuencia único y el más alto en
talentos, que pagaba con desprecio la envidia de sus
hermanos y la malquerencia con el alejamiento de
su trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre
Sequeros temiera á su Superior; tan perseguido como
el Padre Atienza, pero de ánimo más dúctil, había

concluido por replegarse sobre sí propio en una ac-


titud resignada, aguardando á cada minuto el mal
cierto que sobre su cerviz había de caer; mas, no
medrosamente.

IV

Children are excelhnt fihysiognomist


and soon discorer their real friends.

SlDNEY SMITH

El Padre Atienza vivía hundido en


el misterio de
su celda. En ella comía; en
explicaba su cátedra.
ella
Unos chicos aseguraban que lo tenían preso los de-
más Padres; otros, que estaba así porque le daba
52 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

la gana; á casi todos asombraba que le hubienm


hecho profesor de Psicología aquel curso, coincidien-
do con la prisión ó lo que fuese. Le recordaban de
otros años, descendiendo á los recreos y mezclán-
dose en las diversiones de los alumnos, regalándoles
confites y estampas alemanas, dándoles cariñosos
capones y azotainas paternales. ¡Qué gracioso y
qué bueno era!

Si se hubiera convocado un plebiscito entre los


muchachos, con el fin de averiguar á qué Padre ó
Padres preferían en sus cariños, es indubitable que
la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y Se-
queros. Y eso que los menores no los conocían sino
de vista y por referencia. ¿Qué importa? Bien dijo
Sidney Smith: ((Los niños son excelentes fisonomis-
tas; al punto averiguan quiénes son sus verdaderos
amigos».
Más aún: si entre las gentes de Regium y de la
provincia se hubiera hecho el propio ensayo que
con los alumnos, el resultado hubiera sido idéntico.
¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la res-
puesta, los demás Padres y Hermanos del colegio al
observar la muchedumbre de visitas de toda índole
que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran
caudal de misas encomendadas con la voluntad
expresa de que habían de celebrarlas Sequeros ó
Atienza, los continuos requerimientos que de los
pueblos venían solicitando un predicador para tal ó
cual fiesta, y añadiendo á guisa de vale, que se ve-
ría con placer fuese Atienza ó Sequeros; las gusto-
sas y abundantes golosinas que las beatas enviaban
á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa é in-
sultante preferencia fué la causa, que no otra, de
que ninguna visita se realizase, cuándo por estar
delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo por
A. M. D. G. 53

estar de oración Sequeros y Atienza; de que sus


misas las dijeran siempre en la capilla particular y
no en la iglesia pública; de que no volvieran á salir
á predicar ni á misiones; de que las golosinas fue-
sen rechazadas á pretexto de la endeblez estomacal
de Atienza y Sequeros, y, en suma, de que, al cabo
de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se ha-
llasen acordonados, desgajados por entero del orbe,
como pestíferos ó leprosos. Pasándose el uno de lis-
to y no teniendo el otro nada de tonto, claro está
que no ignoraban la traidora labor de aislamiento
que sus dulces Hermanos ponían en práctica, sin
cejar un momento. Cierto día, á la hora del recreo,
halláronse, solos y juntos, paseando Sequeros y
Atienza; muy raro en verdad, porque la Providen-
cia quiso siempre que no les faltasen testigos pre-
senciales un solo minuto. Paseaban por el tránsito
de las celdas; era unos días antes de comenzar el
curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si
pretendiera colocarse á la par del gigantesco Se-
queros, y procurando solemnizar la voz, dijo:
— ¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?
Primero alargó el morro de una manera cómica, y
luego rompió á reir abiertamente, mostrando sus

grandes dientes, blancos é iguales. Añadió: ¿Pero
ves qué gaznápiros? t

Sequeros se encogía de hombros y sacudía la ca-


beza tristemente.
— Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda,
voto al chápiro. ¡Cómo te han cambiado!... Nunca di-

ces nada... continuó el impetuoso y vivaz Atienza.
—¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios...
No me hacen ningún mal. Yo no deseaba otra cosa.
—¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees
que me callaba, canario? Te digo que estaba de ma-

dreselvas hasta aquí poniendo la mano dos cuar-
54 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

tas por encima del bonete — Y luego, mira que son


.

feas. ¡Chápiro, rechápiro! —y reía de nuevo con


aquella cara miope que era tesoro de alegría hones-
ta y espejo de hombría de bien.

Vamos, Atienza...—«Sequeros hablaba blanda-
mente, así como si quisiera reprochar á su amigo,
sin que en puridad hallase razón para hacerlo —
Cualquiera que te oyera...

¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al
más pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hom-
bre? Las madreselvas me estomagan.
Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la
cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:

No deseaba otra cosa que dedicarme por entero
á mis hijitos.

Y yo á mis librazos, carape.
El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al
intruso, y con tono campanudo lo interpeló:

¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se
corta usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te
enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La verruga
te afea bastante.

¡Qué chanzas, Padre Atienza...! A su edad...
rezongó muy mohino Mur.

Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más,
te aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando
fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que es más
viejo un burro á los veinte que un hombre á los se-
senta?

Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca,
ni tampoco entré en la Compañía para cubrirme de
gloria mundana. La tiene usted tomada conmigo
y yo le digo que un poco de caridad no le estaría
mal. Yo no me defiendo; pero lo que usted hace es
impropio de un hijo de la Compañía. Si el Padre
Superior entendiera en estas minucias...
A. M. D. G. 55

—Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu rciamá!


Vaya, me voy á mi cuarto por no oir á este joven
Catón.
Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.

Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su


celda, y tan zambullido en la lectura que, cuando
la campana sonó para la cena, el jesuíta dió un salto
de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la
sotana por la cintura; visítasela de prisa y se ciñó el
fajín. La poca luz que había marchábase raudamen-
te. Desde la ventana de Atienza se avizoraba la com-

pacta espesura del parque de Regium, llamado los


Campos Elíseos. Había entonces fiestas en la villa;
una banda de música latía bajo las frondas lejanas;
era un vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con
él sus diez y seis años de niño rico. Apagábanse

las últimas brasas del crepúsculo. Los ecos amorti-


guados del vals venían á hundirse en el silencio del
colegio sin alumnos. Atienza llevó el compás sobre
los cristales un minuto, maquinalmente: luego, sus-
piró. Salió, á buen paso, á través de pasadizos y
escaleras cargados de penumbra, hasta el refectorio
de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar
mientes en ello, el vals de Strauss; los últimos pel-
daños los bajó haciendo zapatetas al compás de la
música, Llegaba muy cerca del refectorio cuando
se acordó de las gafas, olvidadas, entre libracos, en
la celda. Volvió á buscarlas, corriendo y saltando
inocentemente, como chicuelo á quien dan suelta
después de larga reclusión. Llegó al refectorio, muy
retrasado. La comunidad sorbía en aquel momento,
moviendo fuerte rumor, las últimas cucharadas de
un puré de lentejas, y era tal y tan sonora la apli-
cación de los Padres, que apenas si se oían los am-
plios y castizos períodos latinos de la «Historia So-
56 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

cietatis Jesu», auctore Csesare Cordara, que Ocaña,


el jesuitilla quisquilloso leía, á pleno pul-
y guapito,
món y casi congestionado, desde el púlpito.
El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el
bienaventurado Urgoiti y el valetudinario Avellane-
da, el cual, con sus accesos de asma y aquello de
babear en el plato, era una tortura para sus vecinos,
No lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio,
oon su cara aguda, bermeja y alegre, siempre en
alto, y también al disforme apéndice nasal de Mur
vélasele vibrar entre el vaho y husmillo de los man-
jares presuntos.
El Superior recibió á Atienza con una' mirada
agria que el recipendiario no advirtió, porque el buen
apetito que traía le hizo lanzarse vivamente al plato
de puré que le presentó el abrutado fámulo Zabal-
razcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con de-
leitación y sorpresa; después, volvióse á sus veci-
nos, como diciéndoles: ¿qué novedad es ésta? En
efecto, era una novedad que á todos tenía asombra-
dos. Como el vapor del hervoroso juré le empañara
las gafas, Atienza las levantó hasta la frente, sin
desasirlas de las orejas, y dió comienzo á su refec-
ción, luego de haberse santiguado y orado en voz
baja.
El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es,
encargado del material y de los Hermanos, conserje
y máitre-dliótel en una pieza, paseaba por el centro
del refectorio, con ampuloso aire de hombre de cuya
pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los
fámulos, examinaba las fuentes, en ocasiones pene-
traba sigilosamente en la cocina próxima, á fin de
activar el servicio.

Y Padre Arostegui susurra con su


he aquí que el

voz de silbo : DeoLa comunidad permanece


gratias.
un minuto suopensa y en silencio. ¿Habían oído
A. M. D. G. 57

bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de aire y


se enjuga el sudor. Arostegui repite: Deo gr atlas.

Y todos rompen á hablar á un tiempo. Anabitarte


se pasea triunfalmente, mirando á uno y otro lado.
— —
Pero, hombre interroga Atienza, que ha ingur-
gitado ya su puré —
¿á qué obedece, esto? ¿Cómo
,

nos han servido hoy caldo espartano? ¿Por qué han


consentido que nuestras lenguas se desaten en dul-
ces palabras?
Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del
Padre Anabitarte.

¿Pues qué día es hoy?
—San Nicolás.
— ¡Ah, San Nicolás
sí! de Tolentino.
Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil para-
bienes.
—Pero, ¿y el caldo espartano? —insiste Atienza,
quien, como buen navarro 3
es tozudo.
Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares,
alojándose en casa del marqués de San Roque Fort,
en donde le dieron caldo ó puré, que allí llamaban
consommé, antes de la cena; era la gran moda.
— —
¡Ave María Purísima! exclama Atienza, santi-
guándose. Y luego á Ocaña, frontero á él y, como
él, de buena familia: —
¿Tú ves, Ocañita? Estos
hermanos nuestros, que vienen directamente de la
rusticidad á la 'Compañía, son tremendos. Luego di-
rán por ahí afuera que todos los jesuítas son hom-
bres de mundo... Vaya por Dios!
¡

Hay santa alegría y hay vino y un postre más.


Anabitarte se ha portado con magnificencia; ha sa-
bido recabar de Arostegui refinamientos sardanapá-
licos.
— ¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte! cla- —
ma Atienza cuando el ministro pasa cerca Nadie — .

lo esperaría de tu reducida cholla.


58 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Ocaña celebra el desparpajo.


— Este Padre Atienza tieneel hablar escita —
Porque, como influido de Atienza, sumo helenista, es
él también algo helenizante, recuerda que la liber-

tad de Anacarsis en el decir dió motivo, en Atenas,


á la frase hablar escita, según aseguran historia-
dores graves.
Mur y algunos oíros reprueban con el gesto la
procacidad del Padre Atienza. De chancero, lo con-
vierten en cruel y orgulloso.
Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en
que ha logrado renombre el obeso Hermano Calvo,
cocinero. Mas ¡ay!, que las indecorosas chuletas
abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso
y de invencible dureza específica. Vanamente y en
repetidas ocasiones, el bienhumorado Atienza deter-
mina hincarlas el diente con redoblado ahinco, á fin
de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasivi-
dad heroica de los mártires de la fe. Atienza traduce
su contrariedad en palabras someras:

Este cocinero se ha empeñado en ponernos sue-
las de zapato y estragarnos los estómagos.
La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz
á la parte de Atienza, como si todos sus sentidos ra-
dicaran en el olfato.
Conejo, á la diestra del Rector en razón de su
nuevo cargo, se refocila discretamente y ensaya
tímidas payasadas, que algunos Padres comentan
con risas.
A los postres hay unas copas de Jerez generoso.
Se reza la acción de gracias y todos suben al pasillo
de las celdas. Se distribuyen en grupos, según sus
inclinaciones personales. Comienzan á pasear: los
unos, hacia delante, conforme á lógica racional;
los otros, de espalda, haciéndoles frente á los ante-
riores. Es preciso recabar café de la condescenden-
A. M. D. G. 59

cia del [Link] buen golpe de Padres pone cerco


á Arostegui; envuelven en anfibologías y circunlo-
lo
quios, no atreviéndose á pedir derechamente el café,
que los legos ya tienen apercibido.
Ltadazabal, el deforme, misionero que fué en tie-
rras de América, desviado de la espina en términos
que para andar ha de sujetarse las posaderas con
entrambas manos, inicia el asalto.
— Veamos, Padre Superior San Nicolás de Tolen-
:

tino es un hermoso nombre. Tolentino... Tolentino


es asonante de caracolillo, ¿verdad?
— —
Indudablemente responde Arostegui, desenten-
diéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados
hijos —Digo, me parece á mí. ¿Estoy equivocado,
.

Padre Estich?
El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poe-
tastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto
que, como á doña Madama Roanza, pudiera ente-
rrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Su-
perior.
Landazabal toca con el codo á Ocafia y le mur-
mura al oído: ((Anda tú, hombre, que á ti te ve
bien.)) Ocaña acude al paño.
— Caracolillo es una clase de café. Me parece en-
tender que es el que tenemos en el colegio...

—No no sé, sé. Es cosa que no me va ni me vie-


ne— exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando
los ojos.
Landazabal se ensombrece. Piensa para su sota-
na: A que nos quedamos hoy sin café!)) Da un tras-
((j

pie; recobra el equilibrio afianzándose en las pro-


pias nalgas. Se había aficionado extraordinariamen-
te al caféen Puerto Rico. Entonces mira con ojos
suplicantes á Mur, al favorito. Lo que á él se le
niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le
presta atención. El infeliz y deforme jesuíta pone
60 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

en libertad un sollozo. Al llegar aquí, Olano se plan-


ta de por medio.

Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso.
El café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla
así, de proporcionar á quien lo toma lo mismo el
calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Supe-
rior,que no incurriríamos en sensualidad si usted
nos proporcionase sendos pocilios de esta grata
mixtura —
Y luego, volviéndose al Padre Atienza,
.

que cruza á corta distancia: —


Qué pena que no me
i

hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!


A lo cual replica el navarro, garbosamente:

Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia
no han llegado noticias hasta aquí, tienes los retor-
cimientos de la sibila, pero sin su inspiración.
— Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es
para herir.
— No seas mameluco, Olano, que nadie trata de
herirte.
El Padre Arostegui corta la disputa.
— No haya discordias entre hermanos por tan
liviano empeñb como es el café ó la elocuencia.
¡Venga el café, si así lo desean!
Y como
á un conjuro, surgen el abrutado fámulo
Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva,
conduciendo bandejas con tazas de café.
— ¡Ah, —
ah! Había conspiración... dice el Rector,
como tomara de sorpresa.
si le

Esto ocurría un día sí y otro no.


Se trasiega el café con reposada voluptuosidad.
El valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le
pone en trance de expirar. Atienza insinúa que aca-
so en el café infunden poca de la substancia caracte-
rística de esta poción y que sin esfuerzo se le pu-
diera creer agua de fregar. Se reanudan los grupos,
hasta terminar el recreo, y la conversación corre
A. M. D. G. 61

más animada que antes. Atienza expone ante sus


amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman
como envoltura de una tristeza disimulada.
— ¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mu-
cho? ¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las
órdenes prontamente. A no ser que quieras hacer
lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva
en Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tie-
nes, en San José, de Valladolid, explicando Histo-
ria Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se aho-
rra rezos, y cuando quiera salir no está compro-
metido.
— ¡Qué —
cosas tiene, Padre Atienza...! Al respon-
der, eljoven Padre Ocaña hace señas á Atienza,
esforzándose en hacerle entender que Mur los puede
oir. Atienza se encoge de hombros.

A la vuelta siguiente descubren á Mur, en chá-


chara bajita con el Superior.
— ¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted dema-
siado bueno y demasiado franco. No quieren en-

tenderle susurra Ocaña.
— Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chis-
mes al Superior. ¿A mí qué se me da?
Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el
derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen
de conciencia, cuando, acercándosele el Hermano
Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Pa-
dre Superior le aguardaba.
— —
¿A mí? preguntó con las cejas arrugadas, es-
tupefacto — Vamos á ver qué tripa se le ha roto.
.

El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa.


Atienza llegó á los umbrales del Superior y se de-
tuvo unos segundos, contemplando amorosamente
la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los
nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro:
Adelante. Atienza penetró, llanamente. Sus ojos te-
62 RAMÓN PÉREZ DEAYALA

nían un resplandor interrogante. El Padre Superior


le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza
permaneció en pie, al otro lado, frente á él.

Le extrañará que le haya llamado á estas horas.
Atienza asintió con la cabeza.

En realidad de verdad, no tengo queja de us-
ted en materia grave...

Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios
que me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si
yerro no será por negligencia, sino por ignorancia
Dígame para qué me llama.

Yo pienso que es fuera del caso recordarle que
al ingresar en la Compañía aspiramos á la per-
fección. De tal manera, que aquello que fuera de
nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nos-
otros, indica el germen de un mal que debemos ex-
tirpar en seguida.
Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco
— —
de palabras se decía ¿por qué no me pone las
cosas claramente?)) Y luego, en voz alta y serena:

Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por
excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me
llama.

¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué
acusarse?

De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que,
como no soy un prodigio, como lo fué San Roque,
que ya en mantillas era devoto y no había quien
le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no
soy un prodigio, claro está que tendré muchas cosas
de qué acusarme en penitencia, ante Dios. ¿Y quién
tira la primera piedra?

¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de
mal gusto y hasta crueldad á un hermano que es la
timidez y la inocencia misma? ¿Y le parece bien
pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata
A. M. D. G. 63

de hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada


que merezca su aprobación ó su respeto dentro de
la Compañía, é ir derramando desprecios en torno
suyo? .Que es usted muy sabio... Peor para usted
si lo acompaña de diabólico orgullo. No está mal
la ciencia humana, pero siempre arropada en hu-
mildad.
Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que
derrama el vaso, la paja precisa que quiebra el es-
pinazo del camello, abrumado bajo la carga. Re-
cogió su energía y con aquella llaneza bondadosa
que era su cualidad preponderante, contestó al Pa-
dre Arostegui
—Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no
desprecio á mis hermanos, que los amo muy de
veras, y por eso no puedo llevar con bien ciertas
cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me
las dicen? Usted mismo las califica cuchufletas. :

No no enojar, sino reprender levemente


es herir,
bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos, los
castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces.
Luego, lo del orgullo... ¡Anda, morena!
— —
¿Qué es eso de anda, morena? El Superior dió
un puñetazo en la mesa y se puso en pie Y ade- — .

más, ¿qué autoridad tiene para reprender?


Atienza se puso pálido.

¿Me consiente retirarme, Padre ¡Superior?

Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto
se terminó, se terminó, se terminó. ¿Estamos?
Al día siguientePadre Atienza escribió una car-
el
ta al Provincial, poniendo de claro su propósito de
salir de la Compañía.
El negocio era difícil. El Padre Atienza era co-
nocido por sus obras de ciencia en todo el mundo
estaba emparentado con personas nobilísimas y ha-
bía cebado los tesoros de la Compañía con un pe-
64 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

culio de quinientas mil pesetas. ¿Cómo apechugar


con escándalo? Fueron y vinieron cartas. Atienza
el
se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era
jesuíta por vocación; pero declaraba al propio tiem-
po que le era imposible convivir con la mayor parte

de sus compañeros. ((Permaneceré escribía al Pa-

dre Provincial en la Compañía, y aun en este cole-
gio, si usted lo juzga necesario, para evitar tantos
males de que me habla y que yo alcanzo cumplida-
mente; pero, ¡por Dios Santo, Padre mío!, déjese-
me solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin
mezclarme con nadie, á no ser que yo lo juzgue
oportuno.)) Suplicaba, luego estaba entregado. Con-
cediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que
allí era menos peligroso. Intentaron rebajarlo ha-

ciéndole profesor de ((Psicología, Lógica y Etica)».


¡Ligera y secundaria labor de maestrülo impuesta
á una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva
con alegría y buen humor.
— Me parece que lo haré con más provecho que
el pobre Padre Numarte, ese paquidermo filosófico
exclamó.
Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía;
en él daba la clase, y desde él oía, de tarde en tarde,
ecos remotos de un vals de Strauss.

A Padre Atienza en su rin-


raíz de confinarse el
cón, ningún jesuíta pensaba que el arrechucho du-
rase largo tiempo. Conocían lo expansivo de su ca-
rácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va (X

hacer á solas preguntaban —
sin blanco cerca á
,

donde enderezar las saetas de su malignidad bur-


lona? Contados eran los que se aventuraban á visi-
tarle, por no atraerse la ojeriza del Superior. Pero
los días pasaban, y el turbulento navarro no salía
de la covacha como no fuera para ir á la biblioteca,
A. M. D. G. 65

de donde volvía cargado de volúmenes. Encerrado


en su celda, rey de sus acciones, se encontraba á
las mil maravillas y extraía de la caduca amarillez
de los libros viejos un goce inenarrable y tranquilo.
Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran
más, de Psicología, Lógica y Etica, subían á su cel-
da á recibir sus enseñanzas, las cuales de ordinario
no eran materia relacionada con la asignatura, sino
porción de cosas varias y amenas á propósito para
robustecer el temperamento antes que para apesa-
dumbrar la inteligencia con noticias inútiles. Se con-
versaba no pocas veces, en tono familiar, de los
asuntos interiores del colegio; se hacían comenta-
rios á las noticias que desde fuera llegaban se reía ;

y se decían chancetas, y, en resolución, para los ni-


ños eran unas horas de cordialidad y saludable fres-
cura. Adoraban al maestro.
Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin
la enojosa presencia del desenvuelto Atienza. Aun
cuando no se ignorase que la reclusión era volun-
taria, considerábase como un triunfo del Superior

y prueba patente de la habilidad política de Aroste-


gui, porque ésta no es otra cosa que maña y astucia
con que se coloca á los demás en ocasión de hacer
de grado lo que uno desea que se haga. Claro está
que el que más y el que menos, mirando para su
fuero interno, se veía como sujeto posible de esa
misma habilidad política y por lo tanto juguete de
una fuerza muda que nunca daba el rostro clara-
mente, y de aquí la punta de odio, casi siempre
vago é inconsciente, que unos jesuítas, los nacidos
para ser mandados, sentían contra otros, aquellos
que, sin proferir la voz de mando, mandaban de
hecho, moviendo sin plan conocido y arcanamente
las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al
cabo de este odio latente ;
pero se le daba un ardite.
66 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Como Calígula, también lo reputaba por señal


él
cierta de su soberanía; odíenme en tanto me te-
man, odeñnt dum metuant. Aquel temor, arraigado
y permanente,* porque lo infundía el misterio, era la
fuerza de cohesión de la comunidad, y merced á su
eficacia Arostegui mantenía organizadas sus hues-
tes con suma disciplina.
Se ha dicho de la Compañía de Jesús épée dont
^ la poignée est á Roine et la pointe partout; por lo
que se refiere á aquellos parajes en donde radica el
Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse de la
influencia jesuítica que era una espada cuyo puño
estaba en la diestra del Padre Arostegui, y su pun-
ta donde menos se pensase.
El Padre Arostegui había diferenciado netamente
las funciones de cada uno de los confesores y pre-
dicadores, de manera que la dirección espiritual de
los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta
incumbencia de la Compañía. Olano corría con las
señoras, en general, y con los capellanes de monjas.
El Padre Cleto Cueto cultivaba á los políticos de la
derecha y, poco á poco, había logrado hacer hijas
de confesión á la mayoría de las mujeres de los po-
de las izquierdas, á las cuales tenía muy bien
líticos
adoctrinadas en punto á la conducta doméstica.
También era cargo suyo asistir con alguna frecuen-
cia al Seminario Conciliar de la diócesis, á "fin de
dar pláticas y visitar asiduamente al señor Obispo,
de suerte que no se les fuera de la mano. Era el
único Padre que leía periódicos liberales. A su modo,
estaba al tanto de la situación política del país y de
algunos de nuestros problemas capitales. Si salía de
misión no pronunciaba sermones, sino conferencias
para hombres, que se anunciaban como científicas,
versaban sobre materias profanas y merecían gran-
des elogios de la estulticia asinaria de la prensa lo-
A. M. D. G. 67

[Link] fuerza de ir y venir, más en aire de conquis-


ta que apostólico, había llegado á tomar un conti-
nente absolutamente bélico; accionaba levantando
en el v aire el brazo derecho, cual si blandiese una
lanza ó pendón imaginario se movía pesadamente,
;

como si gravitara sobre su cuerpo la recia armadu-


ra de un guerrero medioeval ante el altar, recorda-
;

ba aquellos sacerdotes de otras edades que celebra-


ban misa con la espada al cinto y las espuelas cal-
zadas, hasta que León IV prohibió el marcial apara-
to; tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le
miraba al talón, en busca del sonoro acicate. Atien-
za lo llamaba Pentapolín del arremangado brazo.
El Padre Anabitarte, además de ser ministro, te-
nía á su cargo la paternal cúratela de los bandole-
ros de levita, salteadores de fortunas y vampiros
del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se
requerían muchos sesos ni fina ductilidad. En este
punto, la moral jesuítica ostenta una rara y sapientí-
sima previsión de cuantos artilugios, sonsacas, so-
caliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir
los hombres con el fin de apropiarse los bienes aje-
nos á favor de resquebrajaduras legales; estudia
los casos de conciencia y los resuelve deliciosamen-
te sin que la restitución sea menester en ninguno de
ellos. Un libro hay que es un tesoro. En él Esco-
bar compiló, con orden sumo y en apartados con-
venientes para la facilidad de la compulsa, la teo-
logía moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir,
soles del firmamento de la Compañía. En el prefa-
cio se hace un cotejo alegórico de este libro y del
— —
Apocalipsis. ((Jesús dícese lo ofrece de esta suerte
sellado á los cuatro animales Suárez, Vázquez, Mo-
lina y Valencia, ante los 24 jesuítas que simbolizan
á los 24 ancianos.)) Animales, en un alto sentido
místico, se entiende. En esta obra excelente abun-
68 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

dan sentencias del más alto valor para la vida. Véa-


se, por ejemplo, la siguiente, del gran Padre Mo-
lina : «En conciencia no hay obligación de devolver
los bienes que,
por frustrar á sus acreedores, otra
persona nos haya confiado en custodia.)) ¡Con qué
expedita holgura, gracias á la ciencia de estos ilus-
tres é iluminados varones, penetra la rapacidad por
las puertas del paraíso La virtud de atar y desatar
!

que Cristo otorgó á sus apóstoles mantúvose como


en rudimento y á tientas en la cristiandad hasta tan-
to que no sobrevino Iñigo de Loyola y reclutó su mi-
licia. ¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no

deshagan con celeste garbo y presteza? ¿Qué lóbre-


ga conciencia que no alumbren? ¿Qué corazón tor-
mentuoso que no apacigüen? ¿Cuántos no les deben
fácil fortuna junto con el sosiego del alma? Oid lo
que el Reverendo Padre Cellot pone en su libro
De la Jerarquía: «De uno sabemos que llevando cre-
cidísima suma de dinero á fin de restituirla por or-
den de su confesor, húbose de detener en la tienda
de un librero. Preguntóle qué tenía de nuevo (num
quid novi), á lo cual el librero le mostró un libro
reciente de teología moral, escrito por uno de nues-
tros Padres. Comenzó el hombre á hojearlo con ne-
gligencia y sin pensar en nada, mas fué á caer en
un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y
allí aprendió que no estaba obligado á restituir. De

esta suerte descargóse de la pesadumbre del escrú-


pulo y permaneció con la del dinero, que no le im-
pidió volver ligeramente á su morada.))
Como Anabitarte era un zote, si los hay, y berro-
queño de mollera, el ejemplar en donde había de be-
ber la ciencia penitenciaria concerniente á las res-
tituciones, ó sea extracto de teología moral á través
del séptimo mandamiento, estaba subrayado y glo-
sado de puño y letra del Padre Arostegui, y, bien
A. M. D. G. 69

que el latín, tanto de Escobar como de los demás


Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equí-
vocas tenían al margen la traducción castellana, he-
cha también por el Superior. De las innumerables
glosas, apostillas y connotaciones se deducía paladi-
namente que la muchedumbre de casos de concien-
ciacuyo origen es el hurto y el robo, se compendian
en esta máxima no es necesario restituir, teniendo
:

siempre en cuenta que el empleo de esta máxima


no sea nocivo para el Estado, que entonces no se la
permite; tune entra non est permittendus. (Padre
Lessius.) De aquí el que los jesuítas, fieles guarda-
dores de verdades peligrosas, no pongan la pose-
sión de ésta en cualesquiera manos, por temor á
que gentecillas sandias se dediquen al latrocinio des-
embozadamente, lo cual perjudicaría sin duda y de
modo notable la buena marcha del Estado, y así,
sólo á los que hubieran amasado 'pingüe fortuna se
les hace sabedores de la máxima en cuestión, y las
razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen
juicio. La materia era de tan claro simplismo que
hasta el propio Anabitarte llegó á dominarla al pun-
to y á ser confesor y consejero íntimo de cuantos
banqueros, industriales, comerciantes y prestamis-
tas puercos había en la provincia. Le traían en pal-
mitas, se hacían visitar de él, le alojaban con mag-
nificencia y molicie, y por su intermedio, disimulada
en honestos arbitrios, pasaba una comisión prudente
á las cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía
sobre aquellos cráneos de rapiña, roídos antes por
cuidados sin cuento. No es de extrañar que don
Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido,
dijera frecuentemente de sobremesa á su padre es-
piritual :

—Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que


pueden vivir sin religión.
70 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Y mano sobre el abarrotado ban-


Anabitarte, una
dullo, con levantando en alto una copita de
la otra
benedictino, respondía distraídamente en tanto mi-
raba al trasluz el denso licor de oro
— No son personas, que son bandidos, don Ana-
carsis.
— Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... va-
mos, que al vulgo... Usted me entiende.
— Hasta un autor profano, don Anacarsis... Un —

sorbo Hasta un autor profano lo dice
. Otro sor-— .

bo— ¿Cuál es su nombre, don Anacarsis?


. Otro —

sorbo ¿A que se me ha olvidado? Otro sorbo
. — —
No, no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fon-
tenelle dice, verá usted Si ¡e teñáis toutes les véri-
:

tés dans ma main, \e me donnerais bien de garde


de Vouvrir aux hommes. ¿Me entiende usted?

Está muy bien, caracho —
Y don Anacarsis se
.

reía, sin entender una sola palabra.


Tarhpoco Anabitarte lo entendía se lo había he-
:

cho estudiar de memoria, con pronunciación figu-


rada, el Padre Arostegui.
Con esta división tripartita de funciones, encomen-
dadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto
Cueto y Anabüarle, la resaca latente de la vida re-
gional afluía al Colegio de la Inmaculada Concep-
ción y se soldaba en un vértice ó foco de donde
partían á su vez nuevos impulsos, porque dase por
entendido que ninguno de los esforzados paladines
que componían el triunvirato antedicho disfrutaban
de autonomía ó espontaneidad en sus movimientos,
sino que obraban en todo caso atentos á la norma
circunstancial impuesta por el Superior.
Por eso el puño de la espada estaba en la diestra
del Padre Arostegui.
A. M. D. G. 71

Algunos niños refirieron á sus padres en la visita


el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de
visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, ad-
miradores é hijos de confesión del Padre Atienza
hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insó-
lito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías

sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuí-


ta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el
Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía
sufrir también idéntica adversidad que Atienza en
;

resolución, la voz corrió prestamente de hogar en


hogar y de puebluco en puebluco, por la región.
Un periódico anticaciquil y anticlerical, El Pulpo,
arremetió contra los jesuítas con inusitada violen-
cia, acusándolos de mantener secuestrado contra su
voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opu-
lento, que por serlo y no por otra cosa le retenían
aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin
que el infortunado hallara expediente hacedero con
que transmitir sus quejas fuera de la clausura.
El Pulpo requería á las autoridades, conjurándolas
á que averiguaran y dieran fin inmediato al secues-
tro, baldón de nuestra hermosa villa. Recordaba al
maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido
en el deshonor á una hija de Regium. Y, por últi-
mo, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuen-
tes, venía á llamar á los benditos Padres milanos y
estupradores.
En vajio el insidioso Benavides, director de La
72 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Reconquista, aquel periódico fundado por el Padre


Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó
poner en entredicho las burdas ficciones y soeces
apostrofes de El Pulpo, asegurando que si el Padre
Atienza guardaba un retiro casi absoluto era por-
que tenía en preparación cierta obra magna y había
menester de soledad para darla gloriosa cima. Cun-
día el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas
les aconsejaron que hallaran con urgencia el reme-
dio de estancar tanta y tan grosera maledicencia.
El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin in-
mutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre
burlón y despectivo, con que acostumbraba á des-
concertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en
un recreo, no pudo menos de exclamar
—Ese jabato, dondequiera que está, destruye to-
das las siembras.
Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera
del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continua-
ba su vida cenobítica y plácida.
Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, des-
pués de haber explicado la clase de Geometría, cuan-
do se tropezó con el Padre Mur.
—¡Vaya con Dios!— le dijo, sin ánimo de dete-
nerse.
Mas, el valido del Superior se le plantó delante.
—A propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro ha-
berme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que
hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿A dónde
iba? ¿A su celda? Le acompañaré.
Continuaron en silencio hasta la puerta del
cuarto.
—Pase, Padre Mur.
—¿Qué más tiene? Entre hermanos...—Y luego,
riéndose — Reliquias de la falsedad del mundo.
:

—¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad,


A. M. D. G. 73

la educación no está mal, ni entre hermanos —


Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.
—Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémo-
nos. ^No sospecha de qué quiero hablarle?
—No se me ocurre...
—Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre
Atienza. Usted, como todos, estará consternado.
— Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie
con la culpa.
— No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en
cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre
Atienza...
—Desde luego.
— Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro
trato? Es para nosotros... Se mete en su cuar-
triste
to, y acabado. No se tendría con todos la misma
transigencia.
—Dicen que quiso de la Compañía.
salir
— ¡Bah! No Ya está en su cuarto.
lo creo. Bien.
Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar
un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las
gentes?
— Usted ya sabe que nunca salía de paseo...
— Ahora debe salir. Es preciso aplastar las len-
guas envenenadas.
—Acaso no sepaél lo que ocurre. Ningún Padre
lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen
no ser gratos Padre Superior.
al
— ¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me ma-
ravilla. Siempre creí que era porque no tenía ami-
gos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por
usted sienté gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña,
pienso que ganaría mucho en su favor si usted lo-
grara sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver
que es en servicio de Dios, y los males que ya nos
ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene.
74 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he

de engañar? Le convence usted y salen los dos, por


la población, claro está. Convendría evitar detencio-
nes con madreselvas y curiosos. Bueno, ¿qué le voy
á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya,
adiós.
—Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo
indica.
A los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el
cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la
historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno
á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.
—Pero ¿qué me dices, Ocañuela?
Ocaña continuó puntualizándole ce por be las pa-
trañas y estolideces que se habían urdido.

Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero,
un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que
les iba á salir la burra mal capada...

Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y...
de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.

Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana
con otras cosas que se hacen?

Si no es eso, Padre.

¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe
un comunicado á La Reconquista?

¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.

¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la
tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver
el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya

papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á


pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de
la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con
rumbo á la villa.
A. M. D. G. 75

— ¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien


sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me
revienta sobre toda ponderación.
— Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos
todos.
—¿Todos?
—Evidente.
— ¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado
andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. A los
veinterpasos mal contados ya tenían una beata de-
lante de las narices.
— ¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre
Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está
gordo y arrecachao...
— ¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una
persona que come bien y no se mueve del sillón,
holgando, porque leer no es trabajar?
— Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
— Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona.
Quede con Dios.
De que se apartaron de la beata, resolvieron en-
caminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El
objeto estaba conseguido; doña Ramona sería heral-
do incansable y pregonera del buen estado y robus-
tez de Atienza.
Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón
más saliente, que en Regium llaman punta de Li-
querica. Apoyados de bruces en el alto pretil de ca-
liza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos

sobre el vasto y cantante mar.


— ¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Del-
fina? Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...
— Muy bien, Padre Atienza.
Treparon á la montármela, en cuya rocosa raíz
yace de una parte el puerto, y más hacia el mar un
76 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

fuerte. Desde allí dominaban la villa; la masa cua-


drada y roja del colegio en las afueras, entre verde
veronés de praderías. La villa, con sus casitas cuca-
mente apiñadas, era como rompecabezas de niño;
el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más allá
del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azu-
leaban; al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un
azul menos agrio que el serraniego, por encima.
Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta
al seguro; humaredas tenues de invisibles buques;
una gaviota, cerniéndose.
El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y
oró en [Link]ña estaba conmovido. No habla-
ron. De vuelta al colegio, el joven atrevióse á decir:

Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis
escrúpulos.
—Hábleme ustedque guste, Ocaña. Poco vale
lo
mi consejo, mas... — Su voz era grave—
Volveremos
.

rodeando, de manera que nos dé tiempo.



Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces
intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal
como soy y en relación con lo que fui. ¡Ay, qué tris-
teza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es
artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy
un tinglado sin alma en donde hacen y deshacen
manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera
sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta
echarle todo el jugo y luego la empaparan en un lí-
quido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado,
era mi yo, como dicen los filósofos de ahora, y todo
lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el novi-
ciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las
incertidumbres que hube de sufrir en Camón y lue-
go en Oña...! ¡Las noches de aridez y desconsuelo...!
¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué cruel-
dad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que
A. M. D. G. 77

el distributarioapagaba la luz, como es de rigor! Oía


el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi
brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los
recreos, escuchaba á otros novicios con gran asom-
bro, porque se jactaban de fingir los disciplinazos,
que denominaban guitarreo. Y éstos precisamente
son los que suben y son considerados y objeto de
mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el
latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde
las ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahin-
co, y no por vanagloria, sino por anularme y quizá
con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía.
Aquí estoy ya, en el magisterio, explicando geome-
tría. Como le he dicho, me contemplo y no me co-
nozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éra-
mos considerados como personas. No sé si algunos
lo serán: yo no lo soy. No sé nada, no veo nada cla-
ro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozo-
bras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser
así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de
vivir en una fraternidad en donde todas las opinio-
nes tuvieran su voz y todas las almas su peso en los
destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí
que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe
dónde! Pero, con todo, ciego había de ser para no
advertir un singular fenómeno, y es que aquellos de
entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia,
ya en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así
que ellos tan sólo dan lustre á la Compañía. He di-
cho persigue y no está bien, porque la persecución
es algo visible, y propiamente no se puede asegurar
que se les persiga á usted y á Sequeros, por ejem-
plo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad,
que es lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos con-
viven con nosotros y lo trastruecan todo á su anto-
jo? ¿Es la voluntad de Dios?
78 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—Es voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted.


la
Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que
lo sea la Compañía. Sin embargo, por las trazas,
hay presunciones y hechos históricos que las funda-
mentan, de donde puede inferirse lógicamente que
Dios ama con predilección á nuestro instituto. Dios
no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pa-
jas, sino para que se entienda cómo hasta por ca-
minos errados se puede alcanzar un buen fin. Ob-
serve que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos,
entre noventa y nueve malas, una consecuencia pro-
vechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por na-
turaleza de tal índole que contribuye como ningún
otro á conservar y enaltecer en la consideración aje-
na tanto á los individuos, como á las comunidades y
á los pueblos. Volt-aire nos ha acusado á los jesuí-
tas de orgullo, y al orgullo atribuía lo que él juzgó
nuestra perdición. Al contrario, el orgullo nos salvó
y nos sigue manteniendo en el candelera El orgullo
está repartido entre nuestros miembros á dosis igua-
les; pero no así los merecimientos en los cuales ha
de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted
que para justificar el orgullo se requiere, lo prime-
ro, dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito
ó brille con algún prestigio, al Padre A., que es un
gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo;
al Padre C, que es un gran novelista; al Padre D.,
que es hijo de un duque con grandeza; pero, com-
prenderá usted que si se mantuviese siempre ante
el juicio público á estos cuatro ó cinco privilegiados,

de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos


y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos
lo perdía con creces, y á riesgo del servicio de
Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería ri-
sible, pues tan breve número de eminencias no es
para gloriarse Por el contrario, apenas se ha pasado
A.. M. D. G. 79

la miel del arte, de la ciencia, de la virtud ó del na-


cimiento por el paladar público, sirviéndose de este
ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le re-
tira al proviso de la circulación, de suerte que los
de fuera no han tenido respiro para detenerse á
pensar que el virtuoso ó el sabio era el padre Tal,
sino un Añádase que si por aza-
jesuíta, in genere.
res de la maledicencia trascienden nuevas de que
algunos de nosotros viven obscurecidos, no es raro
que se discurra de esta suerte ((Cuando á ese que,
:

según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan


con desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los
otros?» De donde, por uno que es astrónomo de fus-
te, todos pasamos por Pitágoras porque otro escri-
;

bió una novela mejor ó peor, todos le damos ciento


y raya á Balzac y á Dickens porque éste obró mi-
;

lagros, todos nos tratamos mano á mano con la San-


tísima Trinidad porque aquél surgió del vientre de
;

una marquesa, todos somos azules por la sangre, en


el trato exquisitos y dechados de cortesanía y suti-

leza, aun cuando la mayor parte hayan nacido entre


breñas en el monte, como terneros y nos lo toma- ;

mos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo


lo toma. ¿Comprendes qué terrible fuerza es este
orgullo? También te digo que si las cosas son así yo
juraría que no hay conspiración, ni se hacen delibe-
radamente. Instinto, puro instinto, y es sorprendente
lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto.
¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor trans-
parencia á Dios á través de los animalucos y en los
elementos naturales, es decir, en todo aquello que
obra inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta
armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y
efectos Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se
!
¡

mojan, contemplando, ó qué corazón no se enterne-


ce? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas
80 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

y por donde vas á tientas, mano de Dios.


yo veo la
El día de mi tropezón, ya sabes,santo de Anabi-
el
tarte, resolví salir de la Compañía... ¡Figúrate! Des-
pués vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, ha-
blando de otra cosa lo que pasa con ese pobre Se-
;

queros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en cuenta


que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella,
son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da
un, arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso
parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuan-
do el trance apura no basta el orgullo entonces, ;

fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien,


temo que la razón de Sequeros está en peligro. Su
misticismo no me parece cosa natural; hasta incurre
en idolatría. No extraño que se le haya alejado de
los ministerios...
Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra,
destacaba anguloso el colegio.
— ¿Nos habremos retrasado, Ocaña?
Y ya en el portal,por lo bajo
— Sé bueno, Ocañita sé siempre bueno.
; ¡
Ese po-
bre Sequeros...
Atravesaron el umbral santiguándose.

VI

¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en ido-


latría...!
Habiéndose separado el joven Ocaña del autori-
zado Atienza no se le apagaba aquella frase en las
mientes, como si continuase oyéndola. De buena
A. M. D. G. 81

gana hubiera acudido á la celda del recluso volunta-


rioen demanda de una aclaración. Con toda pru-
dencia .contuvo de momento las solicitaciones de la
curiosidad.
A noche, en el refectorio, el Padre Superior de-
la
finiósu acostumbrado gesto equívoco resolviéndolo
en sonrisa de evidente complacencia enderezada á
Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero
él andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y
loco presunto. Por algo cniílado siempre lo había
tenido; pero idolatra... Esto era grave.
Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguí-
simo retórico, vocalizando exageradamente de ma-
nera que sus oyentes pudieran coger al punto con-
sonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y
otros defectos de la prosa, porque frecuentando de
continuo las obras satíricas de Valbuena, había caí-
do en la presunción de poseer mucha agudeza crí-
tica. El libro era Varones ilustres de la Compañía
de Jesús, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg.
En los intersticios alimenticios, de plato á plato,
la atención crecía. Encomiaba Nieremberg á un
santísimo varón tan amante de la pobreza, que en
los muchos anos que vivió en la Compañía no había
gastado sino un sombrero. Puntualizaba luego las
otras virtudes del bendito Padre. «Era tan recogido
que nunca salió de casa.)) Y ¿.quí se levantó un bis-
biseo de risas, ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué
candor el de Nieremberg!
— —
¿De qué se ríen? preguntó por lo bajo Ocaña
á su vecino.
—Calle, hermano; luego se lo diré.
En el recreo de la noche, paseando por el tránsito
del piso principal, todo se les volvía acosar á pre-
guntas á Ocaña. Mur lo tomó aparte unos se-
gundos.
6
82 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—Creo,
Padre Ocaña, que no estaría de más re-
petir otro día la [Link] salida de don Qui-
jote. La de hoy ha tenido mucho éxito. El Padre
Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la
cara/
Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con
Atienza; pero, no atreviéndose á tomar la iniciati-
va, dió gracias á Dios por venir los acontecimientos
tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el vier-
nes y el sábado impaciente. El domingo á la tarde,
así que se alongaron un trecho de la casa, Atienza
propuso:
— ¿Qué le parece ir hoy-hacia la aldea?
— No se lo apruebo, Padre. Aunque la compara-
ción parezca dura, yo no soy más que el gitano, y
usted el osezno con argolla en la nariz que yo voy
mosteando por las calles para que las gentes ad-
miren su domesticidad.

¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las
calles á divertir á la gente. Pero te advierto que
tengo pocas ganas de andar, así es que volveremos
pronto al cubil.

Gomo usted resuelva. Y ahora voy á pregun-
tarle algo que me importa.
Y le espetó lo de la idolatría.
—¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocu-
rren... Idólatra y fetichista, y todo lo que quieras,
pero sin herejía, no vayas á imaginar. No des nun-
ca mucha importancia á las palabras gruesas que yo
diga. Me explicaré. Quería referirme á la devoción
exagerada y absorbente que Sequeros rinde y pro-
paga al Corazón de Jesús, y señaladamente al ve-
nerable Padre Crisóstomo Riscal. Sabes que en la
Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro y San
Pablo, se manifiestan dos porciones, como las val-
vas de una concha, una espiritualista y otra ma-
A. M. D. G. 83

[Link] Sociedad, no la dudes, trajo nue-


va, substancia á la valva materialista. Atiende á los
ejercicios de San Ignacio, á la manera que tiene
de hacer intervenir las potencias del alma en la me-
ditación; la composición de lugar, ó sea la materia-
lización del espíritu, es lo primero y es el todo, en
rigor, porque de esta suerte, en lugar de elevar-
nos de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á
las huecas y cristalinas regiones de lo inefable, per-
manecemos asidos á lo sensible, á lo tangible y con-
creto. Y esto es de manera tal, que trabajando el en-
tendimiento sobre cosas casi palpables, en fuerza
de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad
y se robustece y determina el propósito. Con lo cual
no parece sino que San Ignacio se propuso dar un
gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de
acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del
grave peligro de aletazos inútiles en la abstracción
pura, en cuyo vientre vacío han germinado la ma-
yor parte de las herejías y sandeces sin número.
Pero, así como se incurre en anatema y error por
aletázo de más del lado del espíritu, no se yerra
menos revolcándose en la parte material y de Cán-
dido sensualismo. Esto es muy delicado. Si el hom-
bre fuera más perfecto y de más firme inteligen-
cia, no dudo que la religión se iría purificando de
gran parte del rito y del culto, á lo menos en aque-
llo que no es sino incentivo de la contemplación y

vestidura de verdades que desnudas cegarían la flé-


bil razón de las muchedumbres. Dios habló en el

Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al ca-


letre de quienes le habían de oir; las verdades fun-
damentales de la creación y la historia milagrosa
del pueblo elegido se guardan bajo la suave sombra
que, como si fuera tupida ramazón, tiende el estilo,
pintoresco, imaginativo, al gusto oriental, sembra-
84 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

do aquí y acullá de ocasionales errores, á los cua-


les se han agarrado los sabios chirles con ridículo
regocijo. ¡Infelices! No comprenden que tenía que
ser así... Por eso conviene, más que conviene, es
de razón y necesidad distribuir en toda propaganda
religiosa un atinado pasto de los sentidos, promo-
viendo el culto á ciertos idolillos inocentes y ado-
bando la ceremonia con magnificencia, - pompa y
arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al ejemplo bí-
blico antes citado, ha hecho derivar la adoración
teológica de la Trinidad, de suyo harto metafísica y
á propósito para suscitar telarañas bizantinas, hacia
la de una trinidad más moderna y de fácil compren-
sión, la de Jesús, María y José, matematizados, por
decirlo así, en la fórmula JMJ. ¿Quién sino nuestra
Compañía ha logrado que los Pontífices Pío IX y
León XIII elevasen á San José al rango de patrono
de la Iglesia católica,, por encima de San Pedro y
San Pablo? Hay que dar á Dios lo que es de Dios,
y al vulgo lo que es del vulgo; pero, aquí de la cau-
tela, del tacto, de la serenidad para mantenerse
siempre fuera de esas nimiedades tristemente ne-
cesarias y exclusivamente externas, de trámite
como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se ha
hundido de hoz y coz en ellas. Con toda reserva
voy á comunicarte una cosa. No soy partidario del
culto al Sagrado Corazón de Jesús, con parecer
ello una cosa tan característica de nuestra Sociedad
para ojos extraños, como el fajín que ceñimos. No
me sorprende que Roma, en un principio, se opu-
siera á este culto de latría. El trueque de cora-
zones entre la Alacoque y Jesucristo me parece una
torpe y burda superchería. Sin embargo, nuestro
Padre La Golombiére y sus cofradías de cordiocolis-
mo se impusieron. El sabría lo que se hacía. Pero
ahora ya no estamos en el siglo xvn. Este culto,
A. M. D. G. 85

puramente simbólico, del amor divino, es de condi-


ción tan frágil, en su forma que las gen-
sensible,
tes de poco sexo al punto lo adulteran, convirtién-
dolo en devoción á una viscera, sagrada por haber
pertenecido al cuerpo de nuestro Salvador, pero no
en mayor grado que otras visceras de Cristo, por-
que ¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á
creer, á estas alturas, que, orgánicamente, el cora-
zón es la residencia de los afectos? Revestir un con-
cepto de carne simbólica es empresa de mucho fus-
te, como que no se requiere menos que abundar en

genialidad poética; y en nuestra Sociedad, en donde


relumbran varones conspicuos en muchos órdenes,
no ha habido ningún poeta, ni malo ni bueno, por-
que supongo que no los reputarás por tales á nues-
tro amado, pero grotesco, Padre Alarcón, y mucho
menos á Estich. ¿Eh?
— Qué cosas tiene!
i
Siga, siga, aun cuando me
sature de confusión; es como si hambriento le
al
embutiesen manjares recios y amostazados con toda
violencia. Pero, siga, siga...
Afienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á
cuadros, exoneró con estrépito la nariz, carraspeó
y se dispuso á continuar su disquisición.
— Te hablo desordenadamente, sin método, y de
aquí nace quizá tu confusión. Pero esta confusión
es aparente; á medida que tu espíritu trabaje en re-
poso (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás
cómo cada idea tiende á su justo plano y se super-
ponen adecuadamente formando el pequeño univer-
so de un sistema. Creo que por hoy tenemos bas-
tante...
— No, no. ¿Y Sequeros?
— Recuerno!
i Te he dicho todo lo que tenía que
decirte. Sequeros es un alma de cántaro: bueno,
bueno, bueno, mejor no puede ser; pero cargado
86 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

de flato y de visiones á tanta presión, que el peor


día estalla. Sí, hijo mío. Ya sabes que en las cons-
tituciones de San Ignacio se prohibe que sean ad-
mitidos en la Compañía aquellos individuos que
propenden al. ensueño. ¿Conoces á nadie que pro-
penda más determinadamente que Sequeros? ¿Cuál
es la teogonia y teología de Sequeros? ¿De qué ma-
nera concibe la región de los bienaventurados?
Helo aquí: un puchero rojo, ceñido de una guir-
nalda de juncos y espinas, coronado por una llama
que surge de su seno, del propio modo que de una
tortilla al ron...
— ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...
— ¡Voto al chápiro! Que no hay de qué horrori-
zarse...No es culpa mía, sino de los malos artis-
tas, como el Hermano Ortega, como el Padre Que-
vedo, que con sus pecadoras manos han traído á
tan baja condición una cosa tan alta. Examina, exa-
mina atentamente las imágenes y lienzos devotos
que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira
Sequeros. Bien. Esta cosa que te he dicho, en el

centro y sitio más eminente del cielo. Al lado, su


administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal,
con la imagen de la cosa en cuestión, grabada en
el pecho, sobre la sotana, y del cacharro sale una
voz que dice: «Reinaré en España y con más ve-
neración que en otras partes». Luego ya, todo lo
que hay en el empíreo, es secundario para Sequeros.
Ahora, serénate y atiende. Como Sequeros tiene ve-
hemencia, sinceridad, efusión, y es honesto y buen
mozo, comienza á hacer sus propagandas de cor-
diocolismo y riscalismo, y todas las madreselvas
se vuelven locas. Es natural. Pero, una vez que ha
traído á casa todo lo que tenía que traer, ¿conviene
que su fuego apostólico siga propagándose á otras
esferas de la sociedad con aquella puerilidad incon-
A. M. D. G. 87

sistente que es su característica? ¡Líbrenos Dios!


Hasta ahora se nos ha escarnecido, injuriado, per-
seguido nunca se ha intentado ponernos en ri-
;

dículo» Y ¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso


Sequeros está que ni pintado para los chicos en :

casita, sí, en casita...


Aquel día no se dijeron más cosas que importen.

VII

EL PROFETA

Todos alumnos creían en la santidad de Se-


los
queros ; consideraban adornado con ese don es-
le

pecialísimo que Dios otorga raras veces : la previ-


sión de los acontecimientos por venir. Era profeta.
Los hechos lo tenían suficientemente comprobado.
Además sustentaba relaciones íntimas con el mun-
do suprasensible, espiritual; sabía los minutos ca-
bales que su madre había permanecido en el pur-
gatorio y los siglos que le habían durado; había
visto con los ojos del alma, pero tan claramente
como con los de la carne, el sitio que le estaba asig-
nado en el cielo, á corta distancia dei amadísimo
Padre Riscal y de la favorecida Alacoque había ;

retumbado en sus oídos mortales la voz áspera y


fétida de Satanás, á quien había conjurado con el
signo de la cruz y otra porción de prodigios que
;

él mismo refería á los alumnos de la división, á


las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte
les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo ma-
88 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

ravilloso, les aligeraba la voluntad y los conducía


por medio del prestigio y del amor. Pero, desgra-
ciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las
malas compañías, disipaban los vapores místicos
que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en
las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del dia-
blo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón
empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros
se mostraba atribuladísimo, extremaba sus narra-
ciones milagrosas, quedábase algunos momentos
como en arrobo, llevaba la mano al pecho y com-
pungía el rostro, dando á entender horribles dolores
y amarguras; suspiraba sonoramente cuando me-
nos se pensase, á lo mejor en el silencio de los es-
tudios, por que no pasase inadvertida su cuita. A pe-
sar de todo, los niños no entraban por los deberes
religiosos, y los pocos que retornaban á las anti-
guas prácticas devotas parecían hacerlo con frial-
dad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado,
á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo
tribunal cuatro alumnos Abelardo Macías, aquel
:

muchnchete anémico, acosado de alucinaciones y


con pretensiones de santidad; Manolito Trinidad,
el lánguido hipócrita, desconñanza perdurable de

sus camaradas; Casiano López, bodoque de remo-


quete, candoroso mancebo y objeto de vaya conti-
nua por el fútil pretexto de haber rotulado el en-
gendrador de sus días ((La costura acerada» á un
bazar de calzado, muy boyante, de que era dueño,
y Angel Caztán, el mexicano, de lúbricos labios
bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la pal-
mada, en el estudio de la noche. «Salgan los que
quierén confesar)), dijo el Padre Sequeros. Y se le-
vantaron aquellos cuatro, que, acompañados de
Mur, se encaminaron á la celda del confesor ele-
gido. Dijérase que fué una cuchillada que le ases-
A. M. D. G. 89

tasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívi-


do, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus
órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á
punto He querer confesarse pero pudo más en ellos
;

la timidez de evacuar en el seno de un confesor


leves torpezas de los amables meses libres.
Las oraciones, al comienzo y final de los estudios,
las rezaban contadísimas bocas, y esas como por
rutina, con frialdad y voz endeble.
Un día, el Padre Sequeros comenzó como de cos-
tumbre :

— En el nombre del Padre, del Hijo, del...


Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre
los bancos, permanecía en distracción absoluta, al-
gunos cruzados de brazos, los más con las manos
en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la
fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto :

—En el nombre del Padre, del Hijo, del Espí-


ritu...

Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran


amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los
mismos de la primera vez. Hubo un silencio eno-
joso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora
con voz entrecortada :

— En el nombre del Padre...


Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en so-
llozos, á causa del acento fuertemente
los cuales,
masculino, eran conmovedores. Abrió los brazos en
cruz la garganta se le henchía, bermeja y conges-
;

tionada. Los niños le miraban con ojos espantados.


Macías se echó á llorar. Bertuco pensó desfallecer.
Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste
susurró á Bárcenas :

—¡Está chiflado!
Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo
que dejó sin sentido al pobre gallego. Y, al fin, es-
00 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

pontáneamente, la división entera, aullando con fre-


nética devoción y arrepentimiento, se santiguó.
— ¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu
Santo. Amén!
Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propó-
sito de enmendarse. Sin embargo, á los dos ó tres
días el entusiasmo se congeló por entero.
En los paseos, cuando después de romper filas
vagaban niños por algún pradezuelo ó bosque al-
los
deano, Padre Sequeros solía ensayarles en him-
el

nos corales el de San Ignacio, el del Padre Riscal,


;

que él mismo había compuesto

¿Quién dió á la España la nueva alegre


de los amores del Salvador?
Riscal ha sido, que en San Ambrosio
del mismo Cristo la recibió.

Este año ¡ay! los cantos eran, inútiles ningún ;

alumno estaba para músicas celestiales. Otro paso


de tortura para Sequeros.
El segundo sábado, el número de confesandos

subió á seis ; número misérrimo.

Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é in-


grato. Llovía acerbamente. La noche salió de su es-
condrijo antes que de costumbre. Los recreos hubie-
ron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el estudio
de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya
todo. Los alumnos se hallaban con desgana para el
estudio, díscolos é inquietos como nunca, especial-
mente Ricardín Campo-manes, á quien el Padre Se-
queros amaba señaladamente, á causa de su inocen-
te condición: era un azogue. Le reprendió varias ve-
ces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda la
división. La voz se le fué calentando y haciendo
A. M. D. G. 91

conminatoria. Los ojos le despedían flechas de luz


la sangre huyó de sus labios.
— ¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo
y amorosísimo Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo
apuñaláis con saña, con frenesí, cobardemente...!
Habéis cerrado los oídos á sus mansos requeri-
mientos. Le tenéis á vuestro lado y no le queréis
ver. Os quiere envolver en misericordia y le recha-
záis... Pues bien; ha llegado la hora de la justicia.
¿Os reisteis? Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora
imploraréis. ¿Fuisteis duros?Ahora os ablandaréis,
mal que os pese. La mano de Dios está sobre vues-
tras cabezas. ¡Ay de vosotros si descarga su justo
enojo
¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las
beatas viejas, pero no para aquel vivero de mo-
cetes que se creían ya hombres, de la cabeza á los
pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestában-
se consternadísimos. Bertuco estaba serio, recon-
centrado. El resto, atendía á la lluvia tanto como al
machaqueo terrorífico del inspector. Ricardín an-
daba atareadísimo en cazar moscas. Había hecho
una plaza de toros de papel, con sus toriles, en
donde aprisionaba las moscas, habiéndoles muti-
lado las alas, y luego las sometía á torturas inena-
rrables, rematándolas á descabello con una pluma
de corona, Escuchó vagamente las amenazas del
Padre Sequeros, más por frivolidad que por des-
pego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á
pararse sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que
es bueno El niño adelanta la mano, con toda pre-
!

caución, doblando los dedos en forma de cáscara


marina, hasta ponerla próxima al aterido animalu-
cho; la imprimió rápido movimiento transversal,
en sentido del moscardón, rasando el pupitre, y
¡oh triunfo! lo aprisionó. Pero ¿en dónde lo guar-
92 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

daba? Se acordó de un alfiletero para barras de


lápiz automático que estaba dentro del pupitre.
Disimuladamente, con infinitas combinaciones y
una mano sola, que la otra guardaba la presa, lo-
gró apoderarse del alfiletero sin que el inspector
parase en él la atención. El bicho, con el calor de
la mano, revivía y se agitaba desesperado pasó ;

á su nuevo alojamiento sin peripecia digna de men-


ción. Y ya en este punto, Ricardín se aplicó á com-
poner un dístico jocoso, que había de colocar á ma-
nera de rabo y banderín en la trasera del moscar-
dón. Cortó una tira de papel y escribió esta singu-
lar y enigmática aleluya

Al fuelle Trinidad le da el azteca


un buen pitón de lavativa seca.

Arrolló la tira de papel, aguzándola en un ex-


tremo', que hundió en el vientre del. bichejo, y lo
echó á volar, lleno de orgullo por la hazaña. Siendo
el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con

toda su fuerza, de manera que movía un gran zum-


bido, el cual hubo de poner alerta al estudio y dar
ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por
el aire la bandera de papel, de insólitas dimensio-
nes. Las traicioneras miradas denunciadoras indi-
caron en seguida al inspector quién fuese el culpa-
ble. Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como
le había salido...! ¡Malditos fuelles!
—Veoque no tienes enmienda, Ricardín. Ponte
de rodillas en el centro del estudio.
El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compun-
gido. A los dos minutos ya estaba en cuclillas, re-
volcándose por el suelo, gateando bajo las mesas,
pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que
A. M. D. G. 93

por su mala fortuna llegó á la femenina pantorrilla


de Manolo Trinidad, á quien pellizcó de la propia
suerte que á los otros pero fuera por la más aguda
;

sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo


propósito de poner en evidencia al enredador, ello
es que Trinidad lanzó un alarido de parturienta,
adredemente prolongado durante medio minuto y ;

justo es decir que la segunda parte del lamento tuvo


causa bastante, porque Coste, que había sufrido
heroicamente varios pellizcos con retorcimiento por
no comprometer á su compañero, viendo que el
dulce Trinidad se dolía tan de pronto y con escán-
dalo, no pudo reprimirse, y le aplicó tal pisotón,
que á poco quiebra los huesos de un pie, convir-
le
tiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le
dijo colérico :

— ¡Calla,marica!
El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de
oraciones en oyendo el alarido. Ricardín salía de
debajo de las mesas, corriendo á todo correr, en
cuatro patas.
— Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio,
señor Campomanes.
— Si no fué él! ¡Si no fué él!
¡ —
suspiraba Manolo
Trinidad.
Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes
hipócritas y rastreras de Trinidad, le hizo callar sin
más averiguaciones. Coste respiró, y en la primera
coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el libro,
de modo que aparentaba estar absorto en el estu-
dio, envió á Trinidad estas palabras, lentas y cor-
tantes :

— ¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco,


fuelle! —
Y le lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar
de tañer el invisible cornetín.
El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía la
94 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

lluvia,emperezada y rumorosa. Bertuco pensaba


en su émulo poético, Ricardín, que en aquel mo-
mento estaba á la intemperie, en el patio central del
colegio, al cual dan los estudios,
Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor,
no sabía qué hacerse. Ahora se acurrucaba contra
el quicio de la puerta, como oveja rezagada que,
fuera de la majada, busca el calor del hato; luego
corría tiritando, la mano sobre los ojos, por guar-
darse del flechazo de los relámpagos.
La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga de-
sazón invadía el pecho de los niños. La luz de los
velones parecía amortiguarse, asustada. Por los
resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez
en vez, la fosforescencia de las exhalaciones, tra-
yendo á la zaga formidables estampidos.
Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó
de rodillas sobre los bancos los otros cuatro en el
;

asiento, para volver á arrodillarse en la letanía.


Abelardo era el guía; respondían todos fervoro-
samente.
—Vas spirituale.
— Ora pro nobis.
—Vas honorabile.
— Ora pro nobis.
—Vas insigne devotionis.
—Ora pro nobis.
El recinto se inflama con una cegadora luz azu-
lina. Horrísono tableteo de cataclismo estremece los
muros. Abrese la puerta violentamente é irrumpe
Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos
abiertos, demudado el rostro, los ojos como crista-

lizados é insensibles, híspido el cabello; da unos


cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los
niños gritan, espantados pegan la frente sobre las
;

losas, y, juzgando que es el fin del mundo, el des-


A. M. D. G. 95

atarse de la cólera divina, según había predicho


Sequeros, imploran angustiadamente :

— Misericordia
j Absolución
! Absolución
¡ ! ¡

El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, in-


acabables, en espera de la segunda sacudida, que
ha de hacer añicos y escombros el universo. Mas
ya la tormenta huye los monstruos del estrago
;

braman cada vez más lejos.


Los niños van recobrándose lentamente se mi- ;

ran unos á otros con extraviada pupila; rezan en


voz baja; todos quieren confesarse en el acto. El
Padre Sequeros les disuade.
— El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide
esta lección.
Pero los niños tienen memoria de pájaros. A los
dos días, si medroso paso, era
se acordaban del
para avergonzarse de tanta pusilanimidad. Le echa-
ban la culpa á Campomanes por haberlos sobresal-
tado con su aparición súbita y la caída, que lo to-
maron por muerto. Y Ricardín contestaba
— Sí, sí ;
quisiera yo haberos visto afuera.
CONSEJO DE PASTORES

7
(Celda del Padre Rector. Una pieza cuadrángu-
las de muros blancos, matesT^La puerta que la
da acceso desde el Iránsilo, muy cerca de una es-
quina. De cabecera al muro de la puerta, la cama-
rilla, cerrada por tabiques cuya altura promedia

la de la estancia, y de manera que mata otra es-


quina y hace un pasillo pequeño y obscuro, en cuyo
fondo está la dicha puerta. Una cortina oblitera la
entrada de la camarilla. Una mesa; un sillón de
enea; un crucifijo en la pared, sobre el sillón; un
reclinatorio; un comodín con algunos libros, al pie
del ventanal. Todas las celdas son iguales; pero la
del Rector caracterízase por cierta desnudez hosca,
hermética, que corresponde justamente con el ca-
rácter del Padre Arostegui.)

INTERLOCUTORES

Padre Rector.
Padre Prefecto de disciplina.
Padre Sfqueros.
Padre Mur.

Arostegui (Sentado. Los otros tres en pie, frente


á él.) Según eso, Padre Sequeros, la

disciplina de la primera división... Yo


..no digo nada..
100 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Sequeros Deja bastante que desear, reverendo


Padre.
Arostegui ¿ Explicaciones ?
Sequeros Las conocidas. Los primeros pasos son
los más difíciles de dar. Añádase que,
siendo los alumnos todos mayorcitos,
la obra destructora de estos meses di-
sipados de vacaciones llega muy hondo.
Arostegui ¿Qué dice usted, Padre Prefecto?
Conejo (Dando saltilos.) Me parece muy cuer-
da la observación del Padre Sequeros.
Arostegui ¿Y tú, Mur?
Mur ¿Yo qué voy á decir, reverendo Pa-
dre...?
Arostegui Lo que pienses.
Mur Esloy poco tiempo con los alumnos :

una hora en los estudios y el tiempo


de las recreaciones. No sé si atrever-
me... Desde luego, en principio, lo que
dice el Padre Sequeros es acertado;
pero eso es precisamente lo que hay
que corregir, y sin blandear, inexora-
blemente. Mi insignificante opinión es
que hay tolerancias funestas. ¿Merece
tolerancia el error ó la rebeldía?
(Cone¡o, algo nerviosillo, interviene.)
Conejo Claro que no pero no se trata de eso.
;

Arostegui Déjesele hablar.


Mur No tengo otra cosa que decir, y, por lo
que veo, no he acertado.
Arostegui Padre Sequeros, ¿qué remedio ó me-
dicina...?
Sequeros Adelantar los ejercicios de San Ignacio
este curso. (Eleva los ojos al cielo.)
¡Oh, santos y divinos ejercicios hechos
de luz especial de Dios El maná guar-
J ¡
A. M. D. G. 101

dáis, la médula del Líbano y el granito


de mostaza del evangelio!
(Conejo le mira sorprendido; Mur, con

aspereza y despego.)
Arostegui Bueno, bueno; todo eso ya lo hemos
oído muchas veces. (Sequeros se en-
coge de pronto, como caracol al cual
trincan un cuerno; indudablemente ha
pisado en falso al sacar su alma al sol
del entusiasmo.) Habíamos dicho que
adelantar los ejercicios este curso;
bien. Los adelantaremos. Y hasta en-
tonces, ¿qué remedio ó medicina...?
Sequeros (Con timidez.) Aumentar la dosis del
único que está en mi mano, el que
hasta ahora vengo administrando el :

amor. Decir tratamiento de amor, es


decir tratamiento de indulgencia. Nues-
tro Padre San Ignacio, en sus Cons-
tituciones...
Arostegui (Frío.) Sí, sí; recomienda la indulgen-
cia; pero es en teología moral, en los
ministerios, que en el magisterio y dis-
ciplina fué siempre inflexible. ¿Y us-
ted, Padre Prefecto?
Conejo Sí, sí, la disciplina una disciplina mi-
;

litar, ¿qué duda tiene? Pero con su


cuenta y razón. Lo primero, probar á
la división, baquetearla, apretarla las
clavijas, de modo que se atemorice y
considere lo puede echar en-
que se le

cima. Luego, llegada la hora de la san-


ción... hablo tal como pienso, me in-
clino al Padre Sequeros, esto es, á la
indulgencia. Desde hoy en adelante, y
le ruego al Padre Inspector no crea
102 RAMÓN PÉRÉZ DE AYALA

que con esto pretendo desacreditar su


conducta, pienso tomar una acción más
inmediata sobre la división.
Arostegui ¡Bien, bien! Tú, Mur, ¿qué dices?
Mur ¿Quién soy yo, reverendo Padre?
Arostegui Pues que te pregunto, señal de que me
importa tu opinión y la juzgo de peso.
Mur Aun cuando mi experiencia es corta,
me basta para saber que el hombre es
naturalmente malo. Pero ¡qué la expe-
riencia propia! ¿No nos lo dice la sa-
biduría eterna? El corazón humano es
seco, pedregoso, y no lo ablanda si no
es el temor de las penas venideras ó
el recuerdo de las pasadas, y muchas

veces, ni aun eso. Amor... Sí, amor á


todo y á todos; es cosa debida. Amor,
señaladamente á nuestros santos fines,
de los cuales son medios de mucho fus-
te estas criaturas que se nos encomien-
dan y en las cuales apuntan ya todos
los malos instintos: la sensualidad,
el orgullo, la rebeldía; la rebeldía.
Amor... No enbalde la ciencia, que la
tradición elabora, afirma: Quien bien
te quiere, te hará llorar.
(Una pausa.)
Arostegui Procuren la enmienda de la división.
(Salen Sequeros, Eraña y Mur. Conejo
piensa): uEste viborezno no escatima
su ponzoña».
PEDAGOGÍA LAXA
RARA AVIS
El estudio de la tarde era el más pesado; dos
horas y media de inacción y recogimiento, desde
las cinco y media hasta las ocho, sin otro respiro
que la media hora de rosario y lectura espiritual,
los cuales solían comenzar á las siete. Terminada
la lectura, entraba el Padre Mur á sustituir al Pa-
dre Sequeros, promoviendo entre los alumnos cier-
to malestar medroso. Tras de la aridez del largo
día y monótonas faenas de clases y estudios, aque-
llas dos horas pesaban con abrumadora grave-
dad. Algunos se dormían sobre los libros, pacho-
rrudamente, contando con que el Padre Sequeros
no les había de traer á la vida consciente. Les con-
sentía dormir, que es una manera de guardar com-
postura, siempre que no roncasen. El pobre Coste
estaba incapacitado para este dulce y acomodaticio
reparo del tedio, porque, debido á la curiosa confi-
guración de sus carrillos, lo mismo era caer en
blando sopor que convertirse en un instrumento
que exhalase los sonidos más descompuestos y ri-
sibles. Un día ensayó á obturarse la boca con el
pañuelo; el remedio le fué fatal, porque si ya en
estado de vigilia la exuberancia gaseosa de los in-
testinos le ponía en feroces aprietos, así que se
106 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

zambulló en las linfas del sueño, teniendo cegado


el desahogo de la boca, las flatulencias de que ado-

lecía se acumularon, buscando otro escape por


donde insinuarse libremente, lo cual hicieron con
magníficas explosiones. El escándalo fué mayúscu-
lo. Coste despertó, rojo hasta el blanco de los ojos,

bien á causa de la vergüenza en que su flaco le


puso, bien porque anduviese á punto de ahogarse,
faltándole la respiración. Las manifestaciones de
sonoridad que caracterizaban á Coste eran de ordi-
nario bastante inoportunas. Por ejemplo, rezábase
un día el rosario. Iba conduciéndolo Trinidad, con su
voz de contrahecha devoción. Terminada la letanía
se llegó á las oraciones finales, que se rezan en
silencio.
— Un Credo al sacratísimo Corazón de Jesús.
Y todos oraban en voz baja.
—Una Salve al sacratísimo Corazón de María.
Reanudóse el silencio, y cuando más grave y pro-
fundo era, retumba un bárbaro estampido que se
alonga un trecho, cantante y juguetón. Las vál-
vulas de Coste se habían relajado bajo le presión
desesperada de una espantosa procela visceral. To-
dos rompieron á reir, inhábiles para mantenerse
en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró
entristecido por el desacato, pero no amonestó á
Coste, ni le impuso pena ninguna. Era su procedí*
miento. Decía á los alumnos: ((Cada falta que co-
metéis es una puñalada que me dais. Compadeceos
de mí». Y como en su rostro transparecía paladina-
mente el dolor, los niños le conmiseraban é iban
absteniéndose poco á poco de pecar.
El disparo de Coste se propagó en ecos numero-
sos, algunos de los cuales fueron á repercutir en el
oído de Conejo y también de Mur: ecos físicos, no,
ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de
A. M. D. G. 107

Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos


supletorios de los ¡uelies. (Llámase ¡uelle, en la
vida de colegio, á los chismosos, acusones, corre-
veidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer tér-
mino, de Trinidad, que era el ¡uelle más acreditado
en la ínsula.
—¡Vaya, hom, vaya!—le rugió, torvamente No — .

es mal oficio el tuyo: llevar en la boca las ventosi-


dades que yo suelto. ¿Qué tal sabía? He de pagarte
el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien —
Los carrillos, con la cólera acumulada, se le expan-
dían, amenazando desgarrarse.
Ricardín Campomanes, que andaba por los alre-
dedores del frenético gallego, se le acercó.

Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á
ahogarlos?
. — —
¡Ay, no, no! suspiró Manolo Trinidad, den-
gueando de tal manera, que no daba paz al trase-
ro —¿Quieres que nos mate por asfixia?


¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tra-
gado, porque todos los días ahogo más de dos do-
cenas.
—De todas suertes, el otro día no Has sido opor-
tuno.
—Otro
día lo seré más, Campomanes.
Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronun-
ciaba Conejo su acostumbrada plática hebdomada-
ria en el estudio de la primera división. Era un
comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil
es que pase un camello por el ojo de una aguja,
que no un rico por las puertas del Cielo.» Conejo,
esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba
las comparaciones pintorescas y hasta cómicas. Los
niños le seguían atentamente.
—Porque ¿me queréis decir— gritaba— de qué le
sirve al rico su riqueza cuando le llegue la hora de
108 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

su último juicio? Le servirá para ir al infierno en


coche, ó si queréis en tren especial, ó si queréis en

una bala de cañón.


¡PGM! Coste había sido el artillero. La propiedad
ono-matopéyica del estallido fué tan acendrada, que
á todos dejó maravillados y suspensos durante un
minuto, después del cual se siguió un desenfreno
de risotadas, justa ovación á la maestría de Coste.
El mismo Conejo anduvo á pique de soltar el trapo.
Por el momento no dijo nada, guardándolo para
mejor coyuntura; más que otra cosa experimentaba
cierta envidia, como de todos aquellos que movían
la risa ajena con simplicidad de medios. ¡Lástima
que la austeridad de la sotana no le consintiese las
mismas expansiones!

El Padre Sequeros contaba para sus fines con la


tierna coacción que la Naturaleza ejerce sobre las
almas, constriñéndolas, por decirlo así, á medita-
tiva seriedad y grave melancolía. Conociendo los
parajes más apacibles, insinuantes y hermosos
de las aldeas circunvecinas, los elegía para los pa-
seos de la división, jueves y domingos, y según la
sazón del tiempo y circunstancias del sitio, narraba
historias de piedad, edificantes ejemplos que ajus-
tasen en el fondo, en el ambiente.
— ¿Veis ese puente? Es un puente romano.
— Parece un dromedario con gualdrapas de seda

verde habló Bertuco.
— —
Ya salió éste con sus metáforas interpuso Cam-
pomanes, avinagrado — Deja que cuente el Padre
.

Sequeros.
Estaban en una pradera, al margen de un reman-
so y no lejos de un puente en ruinas, de giboso
lomo, vestido de hiedra.
—Sentémonos—. El jesuíta se acomodó al pie de
A. M. D. G. 109

un roble, y en tanto algunos niños retozaban, otros


se asentaban á la redonda del inspector, apelma-
zándose ,por mejor oirle.— Pues hay un puente en
Francia, entre otros muchos puentes, no vayáis á
creer. Pero este puente, que se llama el de Saint-
Gloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis
quién hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto
lo
que maestro de obras se veía negro para con-
el

cluirlo, porque, según parece, sus planos no esta-


ban bien y no había forma de darle remate. Se
hundió varias veces y hubo que comenzarlo de
nuevo. En esto que se le aparece un personaje em-
bozado al maestro de obras. Comenzaba la noche.

((Señor Dubois porque se llamaba así el maestro —
yo soy Satanás.» ((Muy señor mío.» ((Yo te hago el
«No caerá esa breva.» ((Te lo hago;
puente.)) pero...»
«Sepamos el pero.)) ((Con una condición, y es que
lo primero que pase, persona ó cosa, sea para mí.
Tú has de apoderarte de ello y hacerme entrega.
¿Hace?» ((Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca,
tiqui, taca, el puente crecía asombrosamente por
arte de Satanás. El maestro, que era un galopín,
pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla
al oído á su mujer. Cuando amanecía, el puente es-

taba ya concluido. ((Ya sabes: lo prometido es deu-


da.» ((Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un
momento, dice el maestro: «Por allí me parece que
viene algo.» ¿Y sabéis lo que era? El gato del maes-
tro. Este lo cogió por el rabo y se lo dió al demo-
nio, el cual huyó avergonzado y confuso.


iBah!—advirtió Bertuco— Ese es un cuento de
.

niños.
Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre
Sequeros proseguía:

jDe niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventu-
ra? ¿No os hablo á todas horas de cosas serias, de
110 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

asuntos que interesan á la salvación de vuestra


alma? ¿Qué hacéis, entonces? También suponéis
que son cosas de niños. Pues bueno; yo os cuento
cosas de niños por ver si lo tomáis en serio.
Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna
esquila trémula, voces campesinas; veíase el re-
manso sorbiendo en su dormida transparencia toda
la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la fren-
te; la magistral circunspección del campo cohibía

la frivolidad de aquellos espíritus en flor. Sequeros


sabía colegir muy bien de la hondura de la mirada
cuándo las al mitas se agrietaban en surcos, anhe-
lando la semilla. Y en aquel punto comenzaba á caer
de sus labios la mansedumbre del milagro y la luz
de la leyenda.
Ante la tersura diamantina del remanso, evocá-
base el prodigio de San Blas, San Jacinto y San
Francisco de Asís, caminando con paso leve y pie
enjuto sobre las aguas.
Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase
bajo la ramazón de los poblados robles y apren-
día cómo un águila, abiertas las alas luengas, cobi-
jaba contra azote de la lluvia á San Medardo.
el

Presumíase en el horizonte una tormenta: y era la


historia de San Sátiro, hermano de San Ambrosio,
que en lo más recio de un naufragio átase la hostia
consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar
y logra [Link]. O de San Maló. que celebra su
misa sobre el lomo de una ballena que tomó por isla.
Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y
es el peregrino milagro de San Antonio de Padua,
el cual, por convencer á un incrédulo, presenta la

hostia á un mulo;, húndese el animal de rodillas y


baja .la cabeza en señal de adoración.
. Y cuando el Poniente se inflama y arroja incandes-
centes saetazos que pasan de claro á las nubecillas,
A. M. D. G. 111

sellándolas con cifras y rasgos de lumbre, es la hora


de reverenciar en el recuerdo á los favorecidos con
estigmas, á las almas exaltadas de pasión divina
cuyo premio fué la sabrosísima herida en la carne
mortal, maravillosa correspondencia de las llagas
del Salvador; Francisco de Asís, Benito de Regojo,
Carlos de Sazzia, Nicolás de Rábena, Catalina de
Sena, Magdalena de Pazzi, Angela de la Pace, Ste-
phana Quinzani, Rosa Tamisier. Luego eran las de-
licadas mercedes y amantes finezas de Jesús con sus
elegirlos. Santa Catalina, recitando el miserere, llega
al versículo: cor rriundvm crea in me, Deus. Repí-
telo la santa casi desfallecida, implorando al es-
poso. En esto aparéoesele Jesús, vestido de resplan-
dores, y con amorosa ternura le saca el corazón.
Tres días permanece sin él la santa. Al tercero,
Jesús la ofrece otro, purísimo, diciendo: «Hija mía
Catalina: porque seas enteramente limpia á mis
ojos te doy un corazón nuevo.» Y durante toda su
vida conserva la cicatriz en el costado. O el trance
sublime y conmovedor de María Alaeoque, permu-
tando el corazón con Jesús, quien formaliza el cam-
bio por medio de un documento que él mismo dicta:
«Te constituyo heredera de mi corazón y de todos
sus tesoros para la eternidad. Te prometo que no
te faltará ayuda, como á mí no me falte poder. Serás
siempre la preferida: juanete y holocausto de mi co-
rnzón.» O también, el suavísimo regalo mip nuestro
Redentor hizo al venerable Riscal. Paseábase por
los tránsitos del convento de San Ambrosio, en Va-
lladolid, cuando he aquí que se encuentra con un
niño de extraordinaria hermosura. «¿Cómo te lla-
mas?» ((Yo, Jesús de Crisóstomo. ¿Y tú?» «Yo, Cri-
sóstomo de Jesús.»
Volvían al- colegio con el crepúsculo vespertino.
Del monte, de la colina, del árbol, bajaban sombras
112 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

caprichosas. De los matorrales nacían vocecillas in-


quietantes. Era el momento de hablar de las trazas 1

ardides y encarnaciones de que Lucifer se sirve para


tentar al justo ó castigar al impío; gústale prefe-
rentemente tomar la forma del cerdo, también la de
la cabra, y en alguna ocasión se presentó de entram-
bas maneras en las camarillas de los alumnos, ha-
biendo uno en pecado mortal. Los niños, que en
otras circunstancias se hubieran reído de la estú-
pida fantasía de un diablo que elige al cerdo por
ornamento y apariencia carnal, transidos por el
misterio del campo y de la noche, se estremecían
y buscaban mutuo amparo, apretujándose.
— —
También dijo Coste cierta vez— se aparece el
diablo en forma de león; pero cuando se le coloca
un gallo delante, desaparece.
— Calla, Coste, que esas son supersticiones necias.
— No, Padre Sequeros; por dícenlo. Y hay mu-
allí,

chos que lo vieron.


Los de las primeras ternas se detuvieron de súbito.
— —
¿Por qué no avanzan esos? preguntó Sequeros.
Los niños callaban. Por el camino y en dirección
opuesta se deslizaba un indeciso fantasma blanqui-
noso, en compañía de un bulto negro. Los más me-
drosos hicieron la señal de la cruz. El Padre Se-
queros los animó.
— Es gente que vuelve á sus casas. Adelante. ¿Qué
miedo es este?
Y á poco, Ricardín Campomanes, que era un
Unce:
—Anda, si es Villamor, el ingeniero, y Ruth, su
mujer.
—¡Vaya unas horas de pasear!—manifestó Se-
queros.
—Por eso no los habíamos visto aún este curso-
habló Bertuco.
A. M. D. G. 113

— Rara avis—-añadió el jesuíta— Ave rara, de in-


.

superable belleza; su alma tiene que ser bellísima


también. ¡Se convertirá, se convertirá! Es mi pro-
fecía.
Era, en efecto, la profecía del Padre Sequeros; su
realización se alargaba bastante.
Ruth era inglesa. Decíase que judía ó protestante.
Lo cierto es que vivía fuera de la Iglesia Romana.
No sustentaba relaciones amistosas con las damas
de Regium. Acostumbraba salir de paseo por las
afueras, del brazo de su esposo, un individuo re-
choncho y de aspecto vulgar, ingeniero en las obras
del puerto. A veces iban también dos niños, varón
y hembra, rubios como su madre, gentilísimos. Los
alumnos del colegio encontraban al paso con fre-
cuencia á Villamor y á Ruth. La primera vez que la
vió Sequeros había dicho, como ahora:
—Rara avis.

8
LA PEDAGOGIA DE CONEJO
La pedagogía de Conejo era simplicísima. El per-
ilustre Prefecto de disciplina aplicaba al gobierno
de los alumnos lo que San Ignacio en sus Consti-
tuciones aconsejó para el buen gobierno de la Com-
pañía, esto es, adiestramiento militarista del carác-
ter y de la sensibilidad; sustituir con el principio
de la jerarquía militar el de igualdad, y con el de
obediencia militar el de fraternidad; obediencia ab-
soluta, peñnde ac cadáver. Pero, como al propio
tiempo era tan inclinado á payasear y dar que reir
á los alumnos, resultaba que la autoridad que ga-
naba con sus ejercicios cuartelados la perdía en los
pasillos cómicos.
En cuanto á lo primero, decidió Conejo, por lo
pronto, bajar á los recreos; formaba á los alum-
nos en los patios y les instruía en una táctica de su
invención; les obligaba á evolucionar, sin descanso,
ordinariamente á paso ligero, al compás de los gri-
tos reglamentarios aun, dos, tres, cuatro», ó tam-
bién vociferando la marcha de San Ignacio:

Fundador sois, Ignacio, y general


de la Compañía real
que Jesús con su nombre distinguió.,.

En opinión de Conejo, uno de los más graves aten-


118 HAMÓN PÉREZ DE AYALA

tados que podían cometerse contra la disciplina era


el acto de volver la cabeza en los estudios, en las

filas, en donde fuese; en suma, el hecho de sentir

curiosidad. Nada de cuanto acontece á espaldas


nuestras, por extraordinario y estruendoso que sea,
merece que volvamos la vista atrás, en busca de
información. Por conseguir esta pasividad total de
los alumnos en punto á los hechos externos de que
vivían rodeados, Conejo apelaba á muy extraños
arbitrios.
Estaban, por ejemplo, los niños conllevando mal
que bien las horas imponderables de estudio. El Pa-
dre Sequeros, desde el púlpito-atalaya, por mejor
hacer la vista gorda, leía su breviario. En esto, por
la puerta del estudio, que está al extremo de la sala
y detrás de los pupitres, penetra Conejo, con todo
género de precauciones, de manera que no se le-
vante ni el más débil rumor. Sin embargo, los de
los bancos traseros advierten el ruido levísimo de
alguien que anda sobre las puntas de los pies, sien-
ten el movimiento del aire, rumores lejanos que,
estando abierta la puerta, suben de intensidad; es-
cudriñan con el rabillo del ojo, y aunque haciéndose
los desentendidos, ven con profundo espanto, perso-
nas que rebullen, instrumentos que brillan, prepa-
rativos inexplicables. Piensan: «Debe de ser cosa de
Conejo. ¿Qué burrada se le ocurrirá?»
De pronto, revienta un torrente de sones descom-
puestos, agudísimos, demoníacos. Algunos niños,
tomados de la sorpresa, chillan y tiemblan nervio-
samente; otros, botan sobre los asientos, á punto de
caer accidentados. Seis han vuelto la cabeza.
Conejo avanza fanfarronamente hasta la testera
del estudio:
—Amiguitos; seis han vuelto la cabeza. El próxi-
mo jueves os quedáis sin el paseo de la tarde.
A. M. D. G. 119

Se oyen las risas ahogadas de los bestiales fámu-


los, que son quienes han tañido con toda la fuerza
de sus pulmones agrestes los instrumentos más ru-
dos de la charanga del colegio.
Llegado el jueves, Conejo levanta el castigo, bajo
promesa formal de que las cabezas han de perma-
necer inmóviles en la primera ocasión. Y en la pri-
mera ocasión, el ingenioso jesuíta quema una tanda
de fuegos artificiales, los cuales derraman por los
ámbitos del estudio infinitas chispas. Se les queman
las orejas y chamusca el pelo á unos cuantos, entre
ellos Manolito Trinidad, que suspira como una tór-
tola y vuelve la cabeza, poseído de lamentable tur-
bación, creyendo sin duda que se trataba del fuego
de Sodoma y Gomorra. Nueva imposición del casti-
go. Esta vez el único causante ha sido Trinidad,
y como Conejo no ha tenido á bien otorgar indulto,
el joven cofrade de la mujer de Lot, encima de im-
properios sin cuento, sufre en las narices un balo-
nazo que así como por casualidad Coste le aplica,
dejándole exánime y ensangrentado.
Otras dos experiencias realizó Conejo; la una, de-
rribando un armario lleno de cachivaches y cacha-
rros inservibles, que vino á tierra con el estruendo
que se supone; la otra, lapidando, por decirlo así,
los indefensos cogotes de los alumnos con estropa-
jos húmedos. A la postre consiguió cercenar todo
movimiento espontáneo y hacer á los niños simula-
dores, ladinos y desconfiados.

El sistema de la emulación, mediante el cual los


niños ignoraban el concepto de lealtad y compañe-
rismo no viendo los unos en los otros sino émulos,
es decir, enemigos del propio bien, seres tortuosos,
les estaba encomendado á los maestrillos, en las
cátedras. Cada clase se dividía en dos bandos, ro-
120 RAMÓN TÉREZ DE AYALA

manns y cartagineses, con sus estandartes corres- é

pon;dienles. Los romanos se sentaban en los bancos


de la derecha del profesor; á la izquierda, los car-
tagineses. El más aventajado del aula trascendía de
este particularismo; era el emperador. Seguíale el
cónsul romano, y á óste el cartaginés. Venían de-
trás los centuriones, cuya misión era inspeccionar
la aplicación de las respectivas huestes y mante-
ner, por medio de frecuentes delaciones, al maestro,
en noticia constante de la conducta de los alum-
nos. Los sábados, á la tarde, se verificaban los
desafíos. El que pretendiese avanzar un puesto
desafiaba al que le precedía; salían al centro del re-
cinto y comenzaba encarnizada lucha en que cada
cual, según recitaba el otro su lección, acechaba
fieramente á fin de patentizarle, al menor descuido,
sus errores. Luchaban también bando contra bando,
computándose en la pizarra Jas faltas. A la postre,
los estandartes hacían campear la victoria y la de-
rrota de ambos ejércitos. Por una cara decían:
«ROMA VICTRTS», Roma vencedora. Por el rever-
so, ((ROMA VICTA», Roma vencida. Lo mismo el de
Cartago. Durante la semana permanecían insolente-
mente las palabras de triunfo y las de baldón. El
mismo sábado, después de las últimas clases, el co-
legio se encaminaba, en dos filas, á la Salve solem-
ne, celebrada en la iglesia pública. En el medio iban
los emperadores de las diversas promociones, con
los cónsules á entrambos costados, y el victorioso
enarbolaba la bandera de la clase. De esta suerte la
ciencia, en vez de sacramento, se convertía en gui-
ñapo de vanagloria y presa á propósito para ser dis-
putada á mordiscos y uñaradas.

El ensayo de instrumentación religiosa que Coste


hizo rezándose el rosario, y el comento sonoro que
A. M. D. G. 121

puso á la plática de Conejo acontecieron en la mis-


ma semana. El carrilludo mancebo estaba mara-
villado viendo que sus manifestaciones explosivas
no le acarreaban complicación ni contratiempo.
Llegó e) domingo. Después de la segunda misa, el
Prefecto recorría los estudios, con un gran libro de-
bajo de la axila derecha, y leía las notas semanales
que los alumnos hubieran obtenido. Las calificacio-
nes eran las siguientes:

A = Muy bien.
AE = Bien.
E = Bastante bien.
El = Regular.
I = Bastante mol.

10 « Mal.
O = Muy mal.

Las oes se aplicaban en contadísimas excepciones.


Conejo iba leyendo las notas lentamente. Cada
alumno, para oir las suyas, poníase en pie.
— —
Don Romualdo Coste y Celaya masculló Co-
nejo.
Coste se (levantó, avergonzado y encogido. Tenía
tristes presentimientos.
El Padre Prefecto sacó la caja de rapé, tomó un
polvo, se golpeó las ventanas de la nariz, que so-
naron á oquedad; todo muy espaciadamente. Luego:
— Deberes religiosos: O.
Una pausa de mucha expectación. Conejo contem-
pló á la víctima con un gesto de insolencia jocosa.
Y rompió á hablar, dando amenazadora prosopo-
peya á las palabras:
— ¡Puerco! ¡Repuerco! ¡Requetepuerco! ¡Ultrapuer-
co! ¡Archipuerco!... ¡Vaya usted á soltar cuescos á
su padre!
122 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Una gran carcajada coronó el elocuente apóstrofe


de Conejo. Coste miraba de reojo, con ánimo de ajus-
tar más tarde las cuentas á los que se excediesen
en las risas con que por lisonjear al Ministro le
zaherían. Cuando se sentó, pensaba: ((Menos mal;
como todos los castigos fuesen así...»
MUR, PEDAGOGO
Dos eran las cosas que Mur abominaba sobre toda
ponderación; la primera, que yendo en filas, como
siempre iban las divisiones al trasladarse de un
punto á otro del colegio, se tararease por lo bajo;
ia segunda, que en caso de acometer al alumno, en
las altas horas de la noche, una necesidad, aun sien-
do acosadora é inaplazable, se satisficiera hacien-
do uso del bacín que para casos de menor entidad
había en la mesilla de noche. Es decir, que Mur se
había propuesto luchar con dos fuerzas naturales.
Una, porque estando los alumnos en punto de cre-
cimiento y con gran remanente de actividad que no
hallaba medio fácil de explayarse, la energía les re-
zumaba por todas partes y en toda ocasión, siendo
la forma preferente el canturreo en que, á compás
del paso en las filas, incurrían sin darse cuenta y á
pesar de los castigos. La segunda, porque permane-
ciendo cerrados por de fuera en sus camaranchones
durante la noche, y no acudiendo el sereno á los
toques por hallarse monolíticamente dormido, no les
quedaba otro recurso decoroso á los alumnos, caso
de apretarles la urgencia, que aprovechar el único
recipiente idóneo que á mano tenían. Mas, por lo
mismo que era físicamente imposible corregir uno
126 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

y otro fenómeno, Mur exteriorizaba particular enojo


ante su frecuencia, y era que ello le daba pie para
imponer penas y para imaginar los más absurdos
procedimientos de tortura, con lo cual se refocilaba
tan por entero que le salían á la cara las señales
del goce entrañable y cruel que esto le traía.
Era cosa de verle ante el niño penado, cuando le
hacía sustentarse en posturas forzadas é inverosí-
miles, durante minutos eternos. Su fría carátula
tomaba calor de vida, los labios se aflojaban, la na-
riz trepidaba y la siniestra verruga se henchía de
sangre, se esponjaba, lograba expresión.
Su indiferencia aparente era tanta que descon-
certaba á ios alumnos. Caminaba entre las filas
como absorto en sus propias cavilaciones. Un niño,
creyéndole ausente de las cosas externas, volvíase
para decir cualquiera paparrucha á un amigacho;
no había pronunciado tres palabras, y ya tenía so-
bre la mejilla la mano huesuda de Mur, impuesta
en el tierno rostro con la mayor violencia. Era es-
pecialista en los pellizcos retorcidos, que propinaba
con punzante sutileza, poniendo ios ojos en blanco
y sorbiendo entre los apretados dientes el aire, cual
si le transiera un goce venusto. En el castigo de la

pared, el más benigno y corriente, Mur lograba


poner un matiz propio. La pena consistía en estar
cara al muro y espalda á los juegos, diez ó quince
minutos, durante la recreación. Mur se encaraba
con el reo, engarabitaba los dedos y los iba ple-
gando sucesivamente, trazando esa seña que en la
mímica familiar expresa el hecho de hurtar alguna
cosa; al mismo tiempo decía: Apropíncuale, con len-
titud, mordisqueando las letras como si fueran un
retoñuelo de menta ó algo que le proporcionara
frescura y regalo. Y estando ya el niño de cara á la
pared, le aplicaba un coscorrón en el colodrillo, de
A. M. D. G. 127

tal traza, que las narices del infeliz chocaban des-


piadadamente contra el muro.
—En sorprender á ios cantores tengo un raro
tino— solía exclamar.
No tan raro, si se tiene en cuenta que el que más
y el que menos no conseguía abstenerse de esta dis-
creta expansión lírica. Ninguno, en verdad, tan
canoro como llicardín Campomanes; ninguno, tam-
poco, más distraído. Mur le aborrecía, entre otras
razones, cuyo peso específico ignoramos, por ser
uno de los favoritos de Sequeros. También lo era
Bertuco; no embargante esto, Mur mostraba para
con él expresiva lenidad y le hacía objeto de pe-
gajosas asiduidades, que el chico repugnaba: hu-
biera preferido el odio del jesuíta, sobre todo por
asco á las caricias de sus manos, calientes y áspe-
ras como la lengua de un buey.
Una tarde salió Ricardín de las ciases más con-
tento que nunca: había sabido la lección de geome-
tría y, en consecuencia, Ocaña había celebrado lo
estupendo del caso prodigándole honores y pláce-
mes sin cuento. Las entrañas del niño eran un puro
ímpetu de saltar, de gritar, de hacer zapatetas y
lanzar la gorra al aire. Iba en las filas como aje-
nado, positivamente perdido en fantasmagorías y
quimeras; pensaba que ascendía ya á los puestos
más relevantes de la clase, á centurión, al consu-
lado cartaginés, al romano; componía, en su ima-
ginación, con animada plasticidad, el cuadro del
desafío desaforado, descomunal que había de reñir
con el siiniesco Benavides, temible empollón, y con
Bertuco, disputándoles y arrancándoles de los hom-
bros la investidura imperial; veíase emperador, ca-
minando mayestáticamente á la Salve, entre mar-
chas é himnos triunfales; ;tra, la, li, lara, pon, pón!
En efecto, en las filas, que silenciosamente se enea-
128 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

minaban al refectorio, hubo un movimiento de es-


tupor ai ver á Ricardín entregado de lleno al vér-
tigo musical, agitando el brazo derecho, con el cual
empuñaba una supuesta batuta, rígidas las piernas,
taconeando á paso de procesión.
¿Quién describirá la cólera disimulada, recóndita,
de Mur y la espantable lividez que invadió sus me-
jillas? Se acercó ágil y elásticamente, como bestia
de presa, tiró un zarpazo á Ricardín en el brazo de
la batuta, arrancándole así del seno de los sueños
en donde reposaba y forzándole á prorrumpir en
un grito de sorpresa y dolor. Por las orejas le se-
paró de las filas, calificándole con voz severa y po-
tente que de todos fuese oída:

¡Títere! ¡Mameluco! ¡Imbécil! ¿Quó dices? ¿Que
no tienes ganas de merendar? Si ya lo sé; proba-
blemente no la tendrás en quince días.
Y lo arrastró por un estrecho pasadizo, que con-
ducía á los patios exteriores.
Después de la merienda había un recreo de media
hora. Llegaban las divisiones á sus patios respecti-
vos, rompían filas en oyendo la palmada del inspec-
tor, y dos niños, que qste mismo designaba, corrían
en busca de los balones y maromas de saltar, a
una de las clases, en la cual y dentro de un pe-
queño receptáculo al pie del pulpito, se guardaban.
Aquel mismo día fueron designados Coste y el oreju-
do Rielas. Coste movíase con embarazo, sin apartar
la mano del bolsillo del blusón, evidentemente con-
gestionado con algún objeto pecaminoso y de bollo.
— —
Eh, tú, Coste, acércate gritó Sequeros.
Le tentó el bolsillo, por fuera, reconociendo una
manzana y un trozo de pan. Sequeros comprendió.
—Vaya, hombre... tú, tan glotón. Eres bruto, pero
eres bueno. Dios te lo pagará— Y le golpeó afectuo-
.

samente el cogote.
129

El carrilludo Coste partió de nuevo, resplande-


ciente. Interpásosele Mur:
—¿A dónde vais?
—A —
por los balones respondió Rielas.
—Pues no están en la clase del pasillo de los lu-
gares, que los he cambiado yo á la del Padre Ur-
goiti. Ya lo sabéis.
Y más con esto.
sabían
—-¿Has oído?—mugió sordamente Coste, en ha-
biéndose alongado un trecho de Mur— Tiene allí .

encerrado á Ricardín.
— iQué bruto! Le habrá puesto en la butaca (1).
—Sabe Dios. ¿Quieres que veamos?
Se acercaron al aula. Inquirieron, á través del ojo
de la cerradura.
—No Mira tú, Rielas.
se ve nada.
—No hay nadie. Como no esté escondido...
Examinaron precavidamente la cerradura. La
puerta cedió. Metieron la cabeza, husmeando, frun-
cido el morro.
— ¡Canario! ¿Dónde lo tendrá?
Se oyó un susurro tenue: «Pss... Coste, ¿vienes
solo?» Coste y Rielas retrocedieron, sobresaltados.
—¿Has oído, Rielas?
—Sí.
—Pero no había nadie.
si

—Vamos á ver, antes de que iiolen nuestra falta.


Oyóse de nuevo la voz incorpórea: ((Pss... Coste,
¿quién viene contigo?»
— ¿Eres tú, Ricardín?
—Sí.

(1) Una de las torturas dadas por Mur consistía en


obligar al niño á que se mantuviera con las piernas en
flexión, los tacones y la espalda contiguos á la pared, de
manera que el equilibrio era difícil y los calambres que
se originaban muy penosos.
130 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—¿En dónde estás?


—Debajo del pulpito, en ei sitio de guardar los
balones.
— Si no puede ser; no cabes.
si
— ¿Que no? Me han embutido. ¡Ay! Tengo una
pierna dormida, y el brazo como un sacacorchos.
Oye, ¿qué os han dado de merendar?
—Espera... Pues ha dejado abierta la puertina.
¡neconcho! ¿Cómo pudiste entrar?
—No entré, me metió á puñadas. ¿Qué tal? Pa-
rezco un contorsionista de circo. ¿Eh?

No sé lo que es un contorsionista, Ricardín.

Sí que lo pareces— afirmó Rielas.
En efecto, el niño aparecía con los miembros en-
madejados; no conservaba la más lejana aparien-
cia racional, como no fuese por la angustiada carita
que surgía inadecuadamente de entre las piernas.
— ¡Pobriño! ¡Pobriño! —suspiró Coste.
—No, tonto; es muy entretenido. ¿Cuándo creéis
si

que me sacará?
— Toma.
—¿Qué traes ahí?
— Mi merienda.
—Tú eres bobo; ¿por qué no la comiste?
—No tenía gana.
— Bueno; escribiré á mi hermano José María para
que me traiga bombones y los repartiré contigo.
¿Sabes que tengo mucha sed?...
—Con la manzana se te pasará.
—Por acaso luego
si te escapas, humedeces bien
elpañuelo en la bomba del patio y me lo traes para
que yo lo chupe. No estéis más tiempo, que os pue-
den sorprender.

El hallazgo de esta mazmorra halagó el orgullo de


Mur, induciéndole á admirarse de su propia inven-
A. M. D. G. 131

tiva. Después del ensayo de Ricardüi lo puso en


práctica muy á menudo. No llegó el castigo á cono-
cimiento de otros jesuítas porque los niños, presu-
miendo las feroces represalias de Mur, se guarda-
ron mucho de exteriorizar sus quejas. A algunos
los sacaba medio tullidos, y yacían algún tiempo
sobre las losas del pavimento antes de que con la
circulación se renovase la actividad de los miem-
bros. A Coste, en razón de su desarrollo nada co-
mún, la compresión le originaba peculiares ago-
nías. El pobre muchachote hacía buen blanco á las
cóleras de Mur. El jesuíta, como dispépsico que era,
se revolvía en aborrecimiento á la vista de aquellos
mofletes túrgidos "y bermejos, le odiaba la buena
salud y el apetito insaciable de que hacía gala en-
tablando apuestas con los más alampados gañotes
de la división. Por escarmentarle en su voracidad,
hizo que el abrutado fámulo Zabalrazcoa preparas©
una mixtura con cierto purgante violentísimo y la
derramase en el guisado que Coste había de deglu-
tir. Contaba al propio tiempo con que, acosado de

subitáneas torsiones intestinales, había de acudir al


orinal, sin vado para otras diligencias, porque la
pócima había de servirse en la cena; y de esta suer-
te, junto con el sufrimiento físico, se acarrearía la

afrenta pública de un escandaloso castigo. Mas qui-


sieron los hados benignos de Coste que Zabalrazcoa
se equivocase, y en lugar de servirle á él el pérfido
condimento, se lo adjudicase á Abelardo Macías, el
místico, quien, embebecido siempre en sus célicas
musarañas, fué trasladando lentamente al estómago
el corrosivo guisado, sin advertir ningún gustillo
delator de la ponzoña. Rezó más tarde sus acostum-
bradas oraciones y se durmió pensando en el vene-
rable Riscal y en la túnica inconsútil de las once mil
vírgenes. Ya en sueños, antojóse!© que por obra d©
132 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

sus pecados era conducido al infierno, en donde una


falange de feísimos demonios le desgarraban la tri-
pa con garfios candentes. Cuando despertó, la tur-
bulencia tempestuosa de su vientre amenazaba rom-
per con las esclusas que la sabia providencia co-
locó en el organismo humano en previsión de nau-
seabundos derrames y destilaciones. En vano se en-
comendó al venerable Riscai, rogándole de todas ve-
ras bajara en su ayuda, otorgándole unos minutos
de energía muscular con que resistir el ímpetu de
las rugientes oleadas que por dentro le invadían.
Saltó de la cama; intentó llamar á la portezuela; dis-
currió vertiginosamente y no se le ocurrió cosa me-
jor que servirse de la jofaina que, promediada de
agua, tienen los alumnos en la camarilla para su
aseo matutinal. Al hacerlo se echaba la cuenta de
que quizá á la mañana siguiente los fámulos atribu-
yeran la abundante porquería á un prurito general
de limpieza, ya que pasaban semanas y aun quin-
cenas sin que Abelardo, absorto en sus oraciones
de comienzo del día, dispusiera de un corto vagar
en que lavarse cara y manos; era una compensa-
ción verosímil.
A la mañana siguiente, Mur andaba por el trán-
sito de los dormitorios, con su nariz de rata de al-
cantarilla más vibrátil que nunca, venteando y son-
riendo. Tomó por el brazo al fámulo Babzola, uno
de los que hacían las camas:
— Oye, Babzola; por aquí huele que apesta. Alguno
ha hecho una gorrinada. Mira bien y baja á decirme
el número á mi celda.
Aquel día, cuando los alumnos salían del estudio
de la mañana para ir á desayunar, en mitad del
claustro se dieron de cara con un espectáculo re-
pugnante. Había una mesilla de noche con la tapa-
dera abierta; en el agua turbia de la palangana fio-
A. M. D. G. 133

taban excrementos; el hedor se prolongaba espesa-


mente, atacando el sentido. Detrás de la mesilla de
noche estaba en pie Abelardo Macías, con los bra-
zos cruzados y los ojos puestos en la techumbre,
como ofreciéndose en holocausto á una justicia in-
visible.
¡Cuán inocente estaba Coste de sospechar el ries-
go que había corrido, y cómo aquella deshonrosa
exhibición á él estaba destinada! A Mur no le ape-
sadumbró gran cosa el inesperado error de Zabal-
razcoa. Gomo quiera que tenía por la más necia pre-
sunción la de santidad, agradeció al capricho de la
suerte que le colocara en coyuntura de infligir á Ma-
cías público correctivo. Y ya satisfecho en este pun-
to, aplicóse á sorprender á Coste en alguna falta

flagrante y á inventar nuevas penas, del linaje de


las infamantes y aflictivas, que eran las únicas que
le parecían saludables. La empresa no presentaba

dificultades; la conducta de Coste tenía tantos luna-


res como pulgas un gozque aldeano.
A los pocos días de haber evitado Coste milagro-
samente las asechanzas del purgante, en la postrera
media hora de estudio de la noche, encomendada
á la vigilancia de Mur, cayó dormido y dióse á ron-
car en forma que simulaba con cierta propiedad los
tanteos preliminares del rebuzno. Le despertó Mur,
le alabó sus aficiones y le prometió cumplida sa-

tisfacción para el siguiente día, como lo hizo. Para


ello, presentóse en el recreo con una cabezada
en la mano, que aplicó al cráneo de Coste, condu-
ciéndole luego, entre la alborotada chacota de los
alumnos, á la cuadra de Castelar.
Castelar era el burro de que se servía el Hermano
cocinero para traer las provisiones de la plaza. El
acto de caracterizar al animal con un nombre había
sido asunto de seria deliberación entre los Padres.
134 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Convenían todos en que fuese el de algún hombre cé-


á la Iglesia. Se pensó en Voltaire, en Re-
lebre, hostil
nán; luego, la preferencia se inclinó hacia los nacio-
nales. Salmerón, era sonoro y expresivo; pero hubo
de rechazarse porque así se apellidaba un compa-
ñero de San Ignacio. Pí, demasiado breve y anfi-
bológico. Pí Margall, no sonaba bien. Entonces, el
Padre Estich, que á la sazón leía una diatriba contra
D. Emilio Castelar, escrita por el Padre Alarcón,
propuso el nombre de este glorioso tribuno. Se acep-
tó al punto, con gran algazara. Y, desde aquel ins-
tante, el pollinejo fué Castelar.
Castelar era rucio, sociable, bondadoso y melancó-
[Link] la frente le caía, con mucha gracia, es-
peso flequillo. No incurría en vanagloria, y rara vez
alborotaba sus hermosas orejas, suaves, velludas,
como de terciopelo.
Mur introdujo á Coste en la cuadra, y lo ató corto
al pesebre, de manera que le fuera imposible dis-
traerse cabalgando el asno, y en tal guisa, que la
cabeza del niño quedaba en una alarmante vecin-
dad con la del pollino. Estando todo dispuesto, los
dejó solos. En un principio, Coste permaneció mus-
tio y receloso, con la vaga sospecha de una coz ó
de una dentellada. Luego, mirando de reojo, tropezó
con las pupilas afables y meditabundas del burro,
que parecían darle la bienvenida A los pocos minu-
tos se habían familiarizado por entero; reía el niño
y reía el asno, á su manera.
Aquella tarde, Coste comunicó á Bertuco un grato
secreto.
— Bertuco, ¿sabes? Castelar es una gran persona.
Si vieras...
VIVE MEMOR LETHI
I

El Conductor de los ejercicios espiri-


tuales fué aquel curso el Padre Olano.
Eran privados, para los alumnos sola-
mente y se celebraban en la capilla par-
ticular del colegio. El Superior había
aconsejado á Olano:

Conviene que disponga bien su plan,
Padre. Tome de la biblioteca los libros
necesarios: enciérrese en su celda y trace
punto por punto el modo en que las
meditaciones han de distribuirse, ador-
nándolas con las comparaciones, ejem-
plos y bien urdidas composiciones de lu-
gar que han de ilustrarlas, de manera
que no quede nada confiado á la impro-
visación. ¡Oh, de cuánta importancia es
esto!
Padre Olano tenía asco á la le-
El
tra de molde, la cual solía inducirle á
laberínticos embrollos; confiaba en las
fuerzas propias y en su larga práctica
de orador tremebundo. Así, prefería lan-
zarse á la elucubración espontánea.
Se precipitó en el currículo; se cerró en
el cuarto, con un librito aforrado en roja
piel labrada, y un buen abasto de papel.
Caviló, plumeó, tachó, rasgó pliegos sin
cuento. En las etapas de indigencia men-
138 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

tal acudía en demanda de luces á un


grabado en acero que el librito aquél
tenía en la anteportada: allí estaba San
Ignacio, en lo hondo de una cueva, los
ojos en alto, la siniestra mano sobre el
esternón, suspendida la diestra en el
aire y con una pluma de ave; delante de
él un considerable guijarro, á manera
de bufete, con un libro abierto y un
tintero con su pluma de repuesto; arri-
ba y naciendo de nebulosas vedijas, la
Virgen, con el niño en brazos, que seña-
la imperativamente hacia el libro; más
arriba y en la clave del grabado una
hostia reverberante, en cuyo centro cam-
pea una cifra J H S sobre tres clavos;
en el ángulo inferior derecho, caídos al
desgaire sobre los pedruscos, un bastón,
una capa y un chambergo con pluma al
costado. Debajo de la estampa dice.

S. IGNATIUS LO Y OLA S. J. FUNDAT


Manresal Spiritualia Exercitia
dictante Virgine scribit

Y en lo más alto de la página, sobre


flotante cinta, una leyenda
del salmo 138
que alude á la ciencia infusa.
¡Ay! El Padre Olano estaba huérfano
de ciencia infusa. De aquí el que pade-
ciera inenarrables tormentos y sudores
antes de dar cima al plan que el Padre
Arostegui le encomendara, y del cual
transcribimos algunos fragmentos, con
las mismas acotaciones que, al estilo de
las comedias, el propio Olano puso.
A. M. D. G. 139

j n S

«Los maestros espirituales dividen la materia de


las meditaciones en tres órdenes, según los tres es-
tados de los que meditan. Unos son pecadores que
desean salir de sus pecados, y éstos caminan por el
camino que llaman vía purgativa, cuyo fin es pu-
rificar el alma de todos sus vicios, culpas y pecados.
Otros- pasan más adelante y aprovechan en la vir-
tud, los cuales andan por el camino que llaman vía
iluminativa, cuyo fin es llenar el alma con el res-
plandor de muchas verdades y virtudes, y alcanzar
grande aumento de ellas. Otros son ya perfectos,
los cuales andan por la vía que llaman unitiva, cuyo
fin es unir y juntar nuestro espíritu con Dios en
unión do perfecto amor. Para los niños basta la vía
purgativa. San Ignacio divide la materia en cuatro
semanas, que nosotros reduciremos aquí á cuatro
días. Para los niños basta y sobra.»

((MEDITACION PRIMERA. PRELUDIO PRIME-


RO, ó sea composición de lugar.— Tenéis que ima-
ginaros que veis al glorioso San Ignacio con el
libro de los Ejercicios en la mano, y que á su
alrededor tiene á un sinnúmero de justos confir-
mados en gracia, de pecadores convertidos y de
tibios enfervorizados; y que, dirigiéndoos la pa-
labra, dice: «Tomad, hijos, este libro y meditad
seriamente las verdades que están en él contenidas.»
(Es preciso pintar bien la cara del fundador, según
el retrato de Pantoja, que revela penitencias, y que
140 RAMÓN" PÉREZ DE AYALA

desentrañen en la cojera una reliquia de su vida


mundana], por donde tuvo siempre presentes los
riesgos que corrió, estando si se condena ó no se
condena. ¡Ah, si Jesús os señalara á todos al pri-
mer mal paso que dais!) Luego imaginaos que veis
aquella gran muchedumbre que nadie puede con-
tar, de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas,
que están ante el trono y delante del Cordero, re-
vestidas de un ropaje blanco, con palmas' en sus
manos, con que simbolizan la victoria que han re-
portado, ya de los tiranos, ya de sus propias pasio-
nes, y que aclamando á grandes voces, dicen: «La
salvación la debemos á nuestro Dios, que está sen-
tado en el solio, y al cordero, y sobre todo á los
ejercicios de San Ignacio. (Apoc., cap. VII, versícu-
los 9 y Que entiendan los alumnos cómo tanto
10.)
esta sentencia del Apocalipsis como otras varías de
Santo Espíritu pensando
las Escrituras, dictólas el
en nuestra Orden.»
«Los niños tienen especial precisión de los Ejer-
cicios, porque si no grandes pecadores, suelen ser
grandes tibios. ¡Ojalá, te dice el mismo Dios, fueses
tú caliente por la gracia ó frío por el pecado! Mas,
porque eres tibio empezaré á vomitarte de mi boca,
quia tepidus es, incipiam te evomere de ore meo.»
«Afecto de gratitud. ¡Bendito seáis, Dios mío, de
haberme llevado á esta probática piscina en que se
cura de toda enfermedad, no al primero que entra,
sino á todos cuantos se presentan con deseo verda-
dero de curar.»
«Disposiciones y modo de hacer bien los santos
ejercicios... Estará muy recogida la capilla; sólo se
permitirá entrar aquella luz que se necesita para no
tropezar, y que en lo demás esté muy obscura. Esto
es muy importante para que los niños mediten, exa-
minen y rumien mucho. Tener cuidado con los fá-
A. M. D. G. 141

mulos, que son unos gaznápiros, para que no se ol-


viden de este requisito... Cuidarse de que los niños
tengan la vista muy mortificada y mortificarán tam-
bién toda curiosidad, y así sólo atiendan á los cua-
dros que yo les trace. Han de mortificar la lengua
y el oído, para lo cual no habrá recreos en los cua-
tro días, que serán todos de silencio... Si queréis
aprovechar muchísimo en estos ejercicios, entre-
gaos y dejaos enteramente en las manos de Dios
para que haga de vosotros y de todas vuestras cosas
lo que quiera, á la manera que el barro en manos
del alfarero, ó el lefio en las manos del escultor.
En todos estos días repetiréis con mucha frecuencia
y de todo corazón alguna de estas jaculatorias:
Hágase tu voluntad y no la mía. Señor, ¿qué que-
réis que haga? etc., etc.... No estará de más que por
las noches, en el tránsito de las camarillas, algún
Padre ó Hermano haga ruidos raros y rumores te-
merosos. Esto dispone muy bien el corazón de los
niños para el día siguiente.))

((MEDITACION II. Del ¡in del hombre. Principio

y fundamento de —
todas las meditaciones. Persi-
gúese que los niños vean cómo el hombre, por gran-
dezas que llegue á alcanzar, no es nada. Hágaseles
claro la vanidad de todas las ilusiones que puedan
tener y lo necio de las evsperanzas. Este es el prin-
cipio y fundamento de los ejercicios: principio, como
en las ciencias; fundamento, como en los edificios.»

^Composición de lugar. Se imagina ver á Dios
lleno de majestad y grandeza, sentado en su trono.
Barba luenga, hasta medio pecho. Ojos que ciegan.
El trono, de púrpura. Muchas piedras preciosas. Más
rico que lo más rico del mundo. (Ademanes solem-
nes; voz profunda y reposada; brazos al cielo, de vez
en cuando. Se puede uno poner de puntillas, poco
142 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

á poco...) Luego, dice Dios: Yo soy el principio y el


¡in:Ego sum principium et ¡inis. También se puede
ver un mar grande, grande, inmenso, de donde sa-
len muchos ríos y que todos vuelven á él.»
«Petición... Dios y señor mío, os suplico me conce-
dáis gracia para hacerme superior á mí mismo y
vencer todos ios obstáculos que me lo puedan es-
torbar.»
«Proposición (son palabras del santo). El hombre
fué criado para alabar, reverenciar y servir á Dios
nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.»

Vienen ahora largos desarrollos de es-


tos puntos, y, ámodo de corolarios, dos
afectos que se han de sacar; un acto de
acusación de sí mismo; y un acto de
dolor.

((Hágase revivir en la memoria de los alumnos


las faltas ó pecados que hayan cometido. Empléan-
se palabras y términos repugnantes para denominar
los pecados. Son llagas asquerosísimas; son poste-
mas y manaderos de pus; son pústulas y lepra que
infestan el aire que se respira é imprimen al alma
que los comete una horrible fealdad. ¡Vosotros no lo
veis; pero el ángel de la guarda, que está á vuestra
diestra, lo ve, y sufre, y llora, y tiene que taparse el
rostro con el ala, para no contemplar tanta sucie-
dad. (Esta meditación debe hacerse á la tarde, des-
pués de la comida. Al hablar, se hacen gestos de re-
pulsión, como si uno tuviera delante las nauseabun-
deces que describe.) Como todo lo temporal está uni-
do á pecado, dedúcese, como afecto, el desprecio de
lo temporal. ¿Para en adelante prometo, quiero y
propongo amar lo eterno y celestial!))
«El fin de Dios es su mayor gloria, y esto os ha
A. M. D. G. 143

de servir de norma eñ ¿No queréis enten-


la vida.
derlo? ¿Seréis capaces de olvidarlo andando el tierra
po, é incurrir en la blandura del mundo? Haced en-
horabuena lo que os agrade; pero siempre será ver-
dad que serviréis á la gloria de Dios, porque Dios lo-
grará siempre é infaliblemente su fin. Sirviendo á
Dios en la tierra, alabarás eternamente su miseri-
cordia en el cielo; no sirviéndole, glorificarás eter-
namente su justicia en el infierno. Píntase de un lado
el cielo y de otro el infierno; pero «esta pintura no es

todavía más que ün esbozo. Más adelante se aña-


den las tintas necesarias. Sácase el afecto de temor
é incertidumbre. — ¡Qué diré yo, oh, Dios mío! ¿Iré
yo al cielo ó al infierno? — Quien ama su vida en
estemundo, la perderá; y el que la aborrece en este
mundo, la conservará para la vida eterna.))
uDe la indiferencia con que se deben mirar las
cosas sensibles. (Palabras del santo.) ... tanto ha
de usarse de las cosas sobre la faz de la tierra
cuanto ayuden para el fin...))
((Breve consideración acerca de cómo todas las
cosas que no son Dios merecen indiferencia. Hacer
reconocer el supremo dominio de Dios y sáquese
como afecto la confusión de uno mismo, la humilla-
ción.))

De otra meditación, sobre el Pecado de


los Angeles y de nuestro padre Adán.

((Son palabras del Santo. El primer punto será


traer á la memoria sobre el primer pecado, que fué
de los ángeles; y luego, sobre el mismo, el entendi-
miento, discurriendo; luego la voluntad, queriendo
todo esto memorar y entender por más se avergon-
zar y confundir, trayendo en comparación de un pe-
cado de los ángeles, tantos pecados mios; y donde
ellos, por un pecado, fueron al infierno, cuántas
144 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

veces yo lo he merecido por tantos... El segundo es


hacer otro tanto, es á saber, traer las tres potencias
sobre el pecado de Adán y Eva, trayendo á la me-
moria cómo por el tal pecado hicieron tanta peni-
tencia, y cuánta corrupción vino en el género hu-
mano, andando tantas gentes para el infierno. Digo
traer á la memoria el segundo de nuestros padres,
como después que Adán fué criado en el campo Do-
maceno, y puesto en el Paraíso terrenal, y Eva ser
criada de su costilla, siendo vedado que comiesen
del árbol de la Ciencia, y ellos comiendo, y asimis-
mo pecando; y después, vestidos de túnicas pellí-
ceas, y lanzados del Paraíso, vivieron sin la justicia
original que habían perdido, toda su vida en mu-
chos trabajos y mucha penitencia... Se describe
el Paraíso, sin frío, calor, lluvias ni vientos; flores
1

frutos sabrosísimos, pájaros y animales dóciles; la


felicidad del cuerpo de Adán y Eva... y cómo se pier-
de todo por un pecado.))
((Derívase el afecto del arrepentimiento. El cielo
y la tierra me dan testimonio de que Dios tiene un
odio infinito al pecado. ¡Ah, si cayese una sola gota
de ese santo odio en mi corazón! ¡Cuánto mejor
hubiera sido para mí haberme podrido bajo tierra
antes que pudiese pecar!»

De la MEDITACION V, también acerca del peca-


do. ((No hay cosa más vergonzosa que el pecado,

ni más infame que el pecador. Figúrate, alma mía,


que Dios abre los ojos á todos de modo que puedan
ver claramente en tu corazón todos los vicios y to-
dos los pecados que has cometido en tu vida en pen-
samientos, palabras y obras. ¡Oh* Dios, qué rubor
y qué vergüenza sería la tuyal ¿No irías antes á es-
conderte en las grutas y cuevas de los desiertos, que
comparecer delante de los hombres?»
A. M. D. G. 145

((MEDITACION VI. De las penas del infierno, y


singularmente de la pena de daño. Con grande
acuerdo propone San Ignacio la meditación de las
penas del infierno inmediatamente después de las
del pecado, para que así más lo deteste y llore quien
por desgracia lo cometió, viendo el reato que trae
como consecuencia necesaria.))
«Son palabras de San Ignacio:
«Primer preámbulo, composición de lugar, que
es aquí ver con la vista de la imaginación la Ion-
gura, anchura y profundidad del infierno.»
«El segundo, demandar lo que quiero; será aquí
pedir interno sentimiento de la pena que padecen los
dañados, para que si del amor del Señor eterno me
olvidare por mis faltas, á lo menos el temor de las
penas me ayude para no venir en pecado.))
«El primer punto será ver con la vista de la ima-
ginación los grandes fuegos y las ánimas como en
cuerpos ígneos.»
«El segundo, oir con las orejas llantos, alaridos,
voces, blasfemias contra Cristo nuestro Señor y con-
tra sus santos.))
«El tercero, oler con el olfato humo, piedra azufre,
sentina y cosas pútridas.))
((El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así

como lágrimas, tristeza, y el verme (¡oh, gusano!)


de la conciencia.))
((El quinto, tocar con el tacto, es á saber, cómo
los fuegos tocan y abrasan las ánimas.))

A continuación de estas frases de Ig-


nacio, aparecen en el manuscrito sen-
das amplificacioones de los puntos si-
guientes: condenado pierde la fruición
el
de Dios; condenado perdiendo á Dios,
el
pierde también el alecto con que era
amado de las criaturas; después que el
IO
146 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

condenado ha perdido á Dios, y con él


todas las cosas, entra además ba\o la
potestad del demonio: originales del Pa-
dre Olano. Luego:

repugnancia de uno mismo, que hasta ahora


((La
se haido acumulando como enorme abceso que
vierte ponzoña y pus de fetidez- atroz, hará que los
alumnos sientan con toda instancia la necesidad de
la confesión general, como no sean unos almas de
cántaro.»

Hay unas notas marginales;

demonio á manera de forma


((San Ignacio veía el
serpentina, acariciadora, ó semejante á una muche-
dumbre de ojos brillantes y misteriosos. Para niños
me parece demasiado sutil. Dibújese á Satanás como
hombre, con patas de cabrón, el cuerpo del color
de la langosta cocida, rabo largo, cuernos feroces y
labios apestosos.. También en forma de cabra, y
cómo á veces anda por y se lleva á
las camarillas,
los pecadores, de suerte que no incurran en torpe-
zas ó tocamientos.))

((MEDITACION VIL De la pena de sentido. Tiene


por objeto asegundar el afecto de la anterior. Re-
fiérase la parábola del rico avariento y de Lázaro,
y de cómo aquél pide á Abraham que Lázaro, mo-
jando en agua uno de sus dedos, fuese á refrescarle
la lengua. La pena de sentido es universal y ator-
menta todo el cuerpo y toda el alma. El condenado
yace en el infierno siempre en aquel mismo sitio
que le fué señalado por la Divina justicia, sin po-
derse mover, como en un cepo: el fuego de que
está, como el pez en el agua, todo circuido, le que-
ma alrededor, á diestra, á siniestra, por arriba y
A. M. D. G. 147

por abajo. La cabeza, el pecho, la espalda, los bra-


zos, las manos y los pies, todo está penetrado de
luego, de manera que todo parece un hierro hecho
ascua, como si en este momento se sacase de la
fragua; el techo, bajo el cual habita el condenado,
es fuego; alimento que toma, es fuego; la be-
el

bida que gusta, es fuego; el aire que respira, es


fuego; cuanto ve y cuanto toca, es fuego. Mas este
fuego no se queda sólo en el exterior, sino que pasa
también á lo interior del condenado: penetra el

cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pul-


món, entrañas, vientre, corazón, venas, huesos,
médula de éstos, sangre (in inferno erit ignis in-
cxtinguibilis, vermis inmortalis, ¡oetor intolerabilis,
tenebrae palpabilis, [lagella cedentium, hórrida visio
demonum, confusio peccatorum, desperatio omnium
bonorum); y lo que es más terrible, este fuego, ele-
vado por divina virtud, llega también á obrar con-
tra las potencias de la misma alma, inflamándolas
y atormentándolas.»

Prosiguen abundantes disquisiciones


sobre la eternidad, sin interrupción y
sin alivio. La octava meditación versa
sobre la parábola del hijo pródigo, repo-
sorio grato después de las lóbregas jor-
nadas anteriores, porque:

«(Esta parábola anima de un modo admirable al


pecador para que no desespere del perdón, por
grandes y muchos que sean sus pecados.))

Concisa y elocuente insinuación de la


benevolencia de los padres confesores:

((El padre confesor te oirá con toda dulzura y ca-


ridad.»
148 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Sucédense algunas meditaciones de


apacible naturaleza, las cuales, por con-
traste, sirven para templar la aguda
tensión de espíritu. La Meditación XII
es como la clave del arco. Su asunto,
la muerte,

«No hay cosa que tanto contenga al hombre de


pecar como es el pensar en la muerte.»

En una apostilla.

((Asícomo una vez desvanecida la doncellez de


la hembra no es posible que se recobre, si se sabe
incultar bien en el espíritu el torcedor de la muerte,
no hay modo ya de recuperar la espontaneidad y
descuido de los goces terrenos. Vive memor lelhi.»
«Nequáquam morte moriemini. No seas tonta,
no seas boba, dijo la serpiente á Eva, no moriréis.
¡Ay! Quitada esa barrera, cayó miserablemente en
el pecado.»

«Composición de lugar. Imaginaos que os halláis


y veis enfermos en una cama, con el aviso de con-
fesaros y de recibir el santísimo Viático y la santa
Unción; luego os halláis moribundos, que os dicen
la recomendación del alma, que vais perdiendo los
sentidos, y que, finalmente, morís...))
((Morir es sacar de casa á ese tu cuerpo y llevarlo
al campo dejarlo solo, de día y noche,
santo, y allí

rodeado de calaveras y huesos de otros muertos.


Morir es dejar á tu cuerpo, solo, muerto, cadáver,
para que lo coman los gusanos, que esto es lo que
quiere decir cadáver, caro data uermibus, carne
dada en comida á los gusanos.»

Nada tan fecundó como la muerte. El


Padre Olano aprovecha muy por largo
dicha fecundidad en su manuscrito. Sí-
A. M. D. G. 149

guense diferentes meditaciones, hasta


llegar al celebérrimo símil ignaciano de
las dos banderas ó divisas enarboladas
respectivamente por Jesús y Satanás.
Satanás predica á sus huestes, ambición,
entusiasmo, confianza en sí propio: Je-
sús, penuria cordial, perfidia, rebaja-
miento. O, dicho con palabras del santo:

<(... Considerar el sermón que Cristo nuestro Se-


ñor hace á sus siervos, encomendándoles que á to-
dos quieran ayudar en traerlos primero á suma po-
breza espiritual; segundo, a deseo de oprobio y me-
nosprecios, porque de estas dos cosas se sigue la
humildad; de manera que sean tres escalones: el
primero, pobreza contra riqueza; el segundo, opro-
bio ó menosprecio contra el honor mundano; el ter-
cero, humildad contra soberbia...))

En las meditaciones sobre la vida de


Jesucristo resplandece aquel estilo llano-
te y vernacular del Padre Olano, que es
la elocuencia suma, á juicio de las ma-
dreselvas. Tomamos algunos ejemplos:

Dice Satanás á Jesús: ((Pasaremos al desierto, si


usted gusta, Allí estaremos' solos.»
Después de haber vencido la tentación del desier-
to (daSanta Virgen envióle comida, que ella misma
había condimentado con sus purísimas manos: ber-
zas, sopa, espinacas y quizá sardinas (caules, vel
brodium ut spinaria et forte sardinas))).
La túnica de según el Padre Olano:
Jesucristo,
((Era de color de ceniza,redonda lo mismo por arri-
ba que por abajo, con mangas también redondas;
en la orilla, bordados, á la usanza judía. Habíala
cosido la Virgen, y así como Cristo crecía, la túnica
150 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

crecía también y no sufría deterioro.» Detalle enter-


necedor: n Un año antes de la pasión, Jesús se ha-
bía acostumbrado á. llevar una camiseta de abrigo,
debajo de la túnica.»
«Durante la flagelación dióronle 6.000 golpes. De
ellos fueron 5.000 en el cuerpo y 1.000 en la ca-
beza. La corona de espinas componíase de 1.000 pun-
tas, y estaba tejida con junco marino.»

Ya en las últimas meditaciones, persi-


gúese el fin pecho de
de alentar en el
los ejercitantes la confianzaen María y
alguno que otro santo. Los ejemplos que
el Padre Olano cita en su manuscrito son

muchos. Tomaremos uno de muestra:

«Bonfinius, en su Historia de Hungría, cuenta


que tres años después de la batalla de Nicópolis
oíase una voz en la llanura pronunciando los nom-
bres de Jesús y María. Encontróse ser la cabeza de
un cristiano, muerto sin confesión, que honraba á
la Virgen con "particular devoción. Esta habíale

preservado de las penas del infierno, conservando


con vida su cabeza. Trajéronle un sacerdote, quien
le confesó y dió de comulgar, no muriendo hasta

este punto.»

11

Las pláticas del Padre Olano se celebraban, como


se ha dicho, en la capilla del colegio. Las maderas
de los ventanales estaban entornadas. Sobre el altar
pendían negros paños y crespones. El ambiente era
lúgubre y medroso.
A. M. D. G. 151

AI ñnal de las meditaciones, cantaban á coro los


alumnos, acompañados del harmonio:

¡Perdón, oh, Dios mío,


Perdón, indulgencia,
Perdón y clemencia,
Perdón y piedad!

Luego, Lezama, el tiple, y dos fámulos, á tres


voces:
Pequé; ya mi alma
Su culpa confiesa;
Mil veces me pesa
De tanta maldad.

El silencio, durante los cuatro días, fué absolu-


to; la comida, escasa. Al tercer día, los tiernos
corazones é inteligencias habían caído en. un á ma-
nera de torpor y ofuscamiento continuo, originado
por los hórridos sobresaltos que les metían en el pe-
cho. A mitad de las meditaciones, algunos niños da-
ban en tierra, presa de síncopes y soponcios. Al con-
cluir la plática del infierno aullaban, con indeci-
ble espanto, más que decían:

Alma de Cristo, santifícame.


Cuerpo de Cristo, sálvame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh! buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me separe de ti.
Del enemigo malo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y manda que venga á ti,
Para que te alabe con los santos
Por infinitos siglos. Amén.
152 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

«¡Oh, Jesús mío! Yo no me quiero condenar...


Me quiero salvar... ¡Cueste lo que costare!))
Bertuco padeció, todo el tiempo que duraron los
ejercicios espirituales, dolorosos desfallecimientos y
agonías interiores. Dentro de él despertábase un
sentido crítico y de rebelión contra aquellas verda-
des, pretendidamente inconcusas, que con tanto apa-
rato escénico intentaban inculcarle. Maravillábase
de la burda estofa de un Dios que cría al hombre
como muñeco con que distraer infinito tedio, y
lo trae á la acerbidad de una vida miserable y breve
por recibir de él alabanzas, que, siendo Dios, no
había de menester, no de otra suerte que un mo-
narca antojadizo y estólido forma cortesanos que lo
recreen con adulaciones y lisonjas. Pues si el hom-
bre es cosa tan torpe y hedionda, ¿cómo asegurar
que Dios lo hizo á imagen y semejanza suya? Cierto
que es así, y no más perfecto, porque incurrió en el
pecado del paraíso; mas, ¿por qué se le amasó de
barro tan frágil que al primer soplo satánico hízose
todo grietas y hendeduras? ¿Sabíalo Dios cuando lo
sacó del barro? Pues hizo mal en criar seres para
el dolor. ¿No lo sabía? Entonces, ¿dónde está la di-

vina sapiencia y omnipresencia?


Bertuco se oprimía las sienes y trituraba los la-
bios, murmurando: «¡Jesús, Jesús bondadoso, ayú-
dame! Es Satanás que se introduce en mi inteligen-
cia. ¿Quién soy yo para desentrañar verdades tan
altas? ¡Virgen mía, Virgencita blanca y guapina,
madre de mi alma, no me desampares! Ves que ca-
mino al infierno. ¡Dame la mano!)) Pasó toda una
noche arrodillado en su camarilla. Fabricó á su
modo unas disciplinas, con la cuerda de hacer las
palas de red para el juego de pelota, y se azotaba
hasta que los ojos se le anublaban y los sentidos
se le adormecían.
A. M. D. G. 153

El Padre Sequeros, que por lo demacrado de la


carita de Bertuco adivinaba las cuitas y martirios
del muchacho, le enviaba miradas de ternura, dán-
dole con esto algún alivio y fortaleza. ¡Oh, si él pu-
diera conseguir algún día la seguridad interior de
aquel varón santo y sereno! Y, sin embargo, no era
raro que se burlasen de Sequeros, motejándolo de
loco. ¡Cuánta injusticia! Bertuco entendía de claro
modo en aquellos momentos la rara virtud de su
inspector, una virtud de aplomo, por decirlo así,
que lehacía caer del cielo perpendicularmente ha-
cia el centro de la vida temporal y médula de todas
las virtudes, como la plomada busca el centro de la
tierra rigiéndose por la armonía múltiple y uná-
nime de las constelaciones. Y de esta suerte, el eje
de la vida de Bertuco, en lugar de correr á sumar-
se y entremecerse en el gran curso de la humani-
dad, iba descentrándose, apartándose del cauce hon-
do y materno, aspirando á huir aguas arriba, ó, no
siendo esto hacedero, á ser remanso.
La necesidad de la confesión general llegó á hos-
tigar al niño con la violencia de una comezón física.
Pero el rubor de sus deshonestidades le mantuvie-
ron largo tiempo indeciso en la elección de Padre
con quien confesarse. Resolvióse por el valetudina-
rio Avellaneda, conjeturando que la propincuidad
en que se hallaba de la tumba y los muchos años
de experiencia le ladearían á la indulgencia. En esto,
la erró de medio á medio. Cuando el anciano oyó la
historia menuda y prolija de Bertuco y Rosaura,
encrespóse coléricamente; babeando, y con voz tar-
tajosa, de mandíbulas desdentadas, profería frases
amenazadoras.
— ¡Mereces morir aquí mismo, sin absolución, mi-
serable! ¡Tentado estoy de no absolverte, bestia
maligna!
154 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Bertuco se arrastraba por tierra, implorando:


— ¡Absolución! ¡Absolución! ¡Por Dios, tenga ca-
ridad!
Y sus bellos ojos azules manifestaban el espanto
de un cielo en donde se apagase el sol para siem-
pre. Aquella mano temblona de senectud le absol-
vió. Bertuco salió de la celda con el alma leve y
ágil; creía llevar alas en los talones, como un dios
pagano. Al día siguiente, recibiendo la comunión,
temió derretirse en un deliquio.
AMARI ALIQUID
I

Á LA...

Verificábase la Distribución de premios y reparto


de dignidades, junto con una Concertación ó certa-
men científico de la clase de Física, y declamación
de odas. Los alumnos vestían el uniforme por pri-
mera vez en el curso: un uniforme de traza mili-
tar, con gorra y calzones galoneados, luenga y en-
tallada levita de botones metálicos y fajín de seda
azul. A los nuevos, el uniforme les traía extraordi-
nario contentamiento. Los antiguos, mayorcicos ya,
avergonzábanse de él como de una librea vilipen-
v

diosa, testimonio de esclavitud, y los días señala-


dos para vestirlo procuraban arreglárselas de suer-
te que sus inspectores no los llevaran de paseo á

la ciudad, sino al campo.


La ceremonia se celebraba en el gran salón de
actos del colegio. Comenzó á las diez y media de la
mañana. Los alumnos de Física y los recitadores
O'cupaban el estrado. Al pie de éste, y á su derecha,
detrás de amplísima mesa,, aderezada con rico tapiz,
donde se apilaban rimeros de cartulinas, entorcha-
dos, cruces y otros objetos varios, enhiestábase el
seco torso del Padre Rector, entre dos Padres
graves.
158 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

La orquesta del colegio ejecutó, en el riguroso


sentido de la palabra, la marcha de Tannháuser.
Don Manuel, profesor de música, cuyo rostro era
como una masa informe de pudding de sémola, tal
le habían roído las viruelas, llevaba la batuta, en-
tregándose á las más desatentadas contorsiones,
con lo cual daba á entender que sentía mucho la
música.
Los alumnos de Física ostentaron su conocimien-
to en la materia é hicieron diferentes experimentos,
entre otros el de asfixiar en la máquina neumática
á un gorrioncillo'.
Entremesó la orquesta con la serenata de Schu-
bert, que cantó Lezama, alardeando de aquella cris-
talina voz asexual con que Naturaleza le había
compensado de otras deficiencias.
Luego, uno por uno, los recitadores fueron ade-
lantándose al proscenio. Bertuco declamó una oda
á la Estrella Polar, parto doloroso y frígidísimo del
Padre Estich. Comenzaba

Reluciente lucero que sobre el Polo


Estás inmóvil, triste, plateado y solo.
A tu lumbre, en tormenta-s rudas y graves,
La proa hacia la ruta ponen las naves...

Se le congratuló con aplausos repetidos. Los niños


murmuraban: «La escribió el Padre Estich», pro-
fundamente admirados, y el esquelético jesuíta,
autor de los versos, sentía como si la satisfacción
se le hiciese carne y cubriéndole los huesos le otor-
gara más espesor y corpulencia.
A seguida, se pasó á la imposición de dignidades,
ó sea jerarquías nominales con que se galardona la
ouena conducta. Duraban todo el curso, como el
dignatario no incurriera en demasías, y consistían
A. M. D. G. 159

en entorchados y galones que se aplicaban á la bo-


camanga del uniforme.
Conejo, en pie, leía la proclamación:
—Brigadier : Don Segismundo Bárcenas de Toledo
y Fernández Portal.
El niño se acercaba á la mesa del Bector, el cual
prendía con alfileres los entorchados, que después
habían de coser los fámulos, y enderezaba unos
#

cuantos plácemes al recipendiario.


— Regulador Don José Forjador y Caicoya.
:

Esta dignidad era muy envidiada su misión con-


;

sistía en tañer la campana que escande la distri-


bución de horas, y, consecuentemente, junto con los
galones se le entregaba... ¡un reloj!
— Primera división. Subrigadier Don... :

Y así con los bedeles de estudio, bedeles de ¡ue-


Qos y ¡e¡es de filas, para cada división.
Bertuco nunca había obtenido una dignidad, ni
por ellas se le daba una higa. Buena conducta y
talento son incompatibles, pensaba. Dignidades
eran siempre muchachos de inteligencia roma y
prematuro apersonamiento, para quienes las abun-
dantes horas de estudio resultaban escasas aún,
y así, tras de voluntarioso machaqueo, llegaban al
aula con las lecciones á medio saber. Además, la
buena conducta, la quietud sin reproche durante
todo el día suponía un esfuerzo, y Bertuco consi-
deraba que el esfuerzo estigmatiza con caracteres
asinarios. A Bertuco bastábale y sobrábale, para
ir á la cabeza de sus compañeros, con la explicación
previa que el profesor hacía después de haber seña-
lado la lección. Aun la demostración de los más in-
extricables teoremas y fórmulas algebraicas, en
oyéndola una vez, la repetía seguidamente, con
gentil desahogo y firmeza. En virtud de esta vivaci-
dad de su inteligencia las horas de estudio, sién-
160 RAMÓN PEREZ DE AYALA

dolé superfinas, le pesaban en términos que, por

llevarlas más
levemente, no había travesura que no
inventase. De ordinario le colocaban en el último
banco, por que no distrajera á los demás, y le
consentían satisfacer libremente sus inclinaciones :

hacía versos, dibujaba, leía libros de literatura que


subrepticiamente el Padre Estich le daba.
Después de la imposición de dignidades se otor-
garon los premios de aplicación. Bertuco ganó la
excelencia primera, la cual acredita el mejor apro-
vechamiento en un grupo genérico de asignaturas,
y tres primeros premios en las mismas. De consi-
guiente, le colgaron en el pecho la cruz de empera-
dor. Cuando el Padre Arostegui se la prendía, le
dijo
— Bien está, Alberto; pero no olvides que el in-

fierno está empedrado de cabezas de hombres de


genio. Por mucho que sepas, más tienes que apren-
der de tus compañeros á quienes hemos hecho dig-
nidades.
¡Bah! La dignidad... Harto adivinaba Bertuco que
la dignidad no la da el empleo, sino el mérito no ;

la otorga la voluntad ajena, sino qüe es virtud in-


manente : se tiene ó no se tiene ; nunca se recibe.
El acto terminaba. Don Manuel conducía desafo-
radamente la desmedrada orquesta en un himno
final. Eran las doce menos cuarto.
Las divisiones bajaron á los patios de recreación.
Antes de romper filas, á la señal de unas palmadas
de "los inspectores, desglosábanse los que sintieran
necesidad de evacuarse, é iban á los lugares excu-
sados, los cuales, en el uso del colegio, se acostum-
bran llamar lugares, á secas. Bertuco fué, entre
otros. Bajo el brazo llevaba las cartulinas. ¿Para
qué las quería él? Su padre... Dios conocía por dónde
andaba... En todo el curso no había recibido noti-
A. M. D. G. 161

cías suyas. La vieja Teodora no sabía leer. Años


anteriores había enviado sus premios con gran en-
tusiasmo, y luego, en las vacaciones, había trope-
zado con ellos en un desván, desdeñados, sucios,
rugosos. ¡Puaf! Hizo un rollo y los arrojó desdeño-
samente por el agujero, al depósito excrementicio.

II

EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS


Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado
en años, en cuerpo y en fuerzas físicas :

— Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es co-


miendo...
—Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.
— Quita pa allá, hom.
— Quítate tú.
— Pues á verlo.
— Cuando quieras.
— ¿Qué apostamos?
— ¿Esta pala contra esa pelota?
—Apostao. ¿A chuletas? ¿A huevos? ¿A cocletas?
¿A tortilla?
—A lo que se presente.
Coste y Pajolero comían en la misma mesa y fren-
te á frente. De esta manera, el singular y caver-
nario desafío podía celebrarse con algún rito, ocu-
lares testimonios de jueces íntegros y garantías de
probidad.
Lo primero que se presentó fueron huevos fritos,
los cuajes hinchen harto rápidamente el bandullo
zx
1G2 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

y oponen tenaz indiferencia á los ácidos estomaca-


les. El espectro de la dénominada fami-
indigestión,
liarmente en el colegio triponcio, se cernía en el re-
fectorio. Pajolero y Coste pensaban en los aprie-
tos de la noche, deníro de la camarilla; y en el in-
exorable Mnr, realizando investigaciones estercola-
rías y arrojándoles el peso de la ley. No embar-
gante esto, entrambos contendientes se desplomaron
sobre los indefensos huevos y, par por par,
fritos,
deglutieron cinco cada uno. En
engallado del crá-
lo
neo y lo insolente de la pupila echábase de ver que
se hallaban en buena disposición para ingerir otros
tantos pares. Pero el abrutado fámulo Zabalrazcoa,
con malos modos y añadiendo una expresión torpe,
les manifestó que se habían acabado los huevos.
El tribunal, atendida la carencia de armas de com-
bate, declaró tablas.
Presentáronse los huevos por segunda vez, á la
vuelta de tres días. Pala y pelota pasaron á poder
de Pajolero. Después, con ocasión de unas chule-
tas, pala y pelota retornaron á Coste. A la cuarta
vez surgieron croquetas, una de las pasiones más
ardientes del mofletudo gallego, quien, contemplan-
do con sorna á su adversario, parecía decirle: «¿Para
mí tú, con las cocidas delante? Tendría que ver...»
Y, en efecto, tuvo que ver. Los vecinos estaban des-
lumhrados ante la delirante celeridad con que Coste
obligaba á las croquetas á escabullírsele, gaznate
adentro. Ya iba por las dos docenas, cuando Mur,
atraído por expectación que se advertía en aque-
la
lla parte del refectorio, acudió, interrogó, y logró

noticias cabales del heroico hecho. A la salida, llamó


aparte á Coste, y luego á Bertuco, en calidad de eje-
cutor de la vindicta que meditaba; los condujo á una
clase y allí les hizo esperar unos momentos. Cos-
te, abarrotado de croquetas, no osaba moverse por
A. M. D. G. 163

temor de que se le extravasase el estómago. Re-


apareció Mar
con un libro abierto en las manos;
dióselo á Bertuco. El niño conocía bien el volumen
era la Diferencia entre lo temporal y lo eterno, por
el Padre Juan Ensebio Nieremberg.
—¿Sabes de qué se componen las croquetas, gua-
rro, glotón?
Coste, congestionado, defendiéndose del sopor que
le invadía, no prestaba atención á Mur.
—Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?
—Yo creo que de gallina, cuando son buenas...
— Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo
oyes, gorrino? Pues bien; Bertuco, lee. Por aquí.
Las ventanas estaban entornadas. En el recinto
había penumbra. Bertuco se acercó á una rendija,
de donde manaba la luz. Y leyó :

((Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y sucísi-


mas? Por cierto, que si se considera lo que es un
capón ó gallina, que es el pasto más ordinario de
los ricos y regalados, que se había de hacer mil as-
cos de ellos; porque si cociéndose la olla echaran
dentro gusanos, lombrices y estiércol de la caba-
lleriza, nadie comiera de ella; pues la gallina, ¿qué
es sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombri-
ces y otras cosas asquerosísimas que come, como
son flemones, excrementos de las narices, y otras
más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el
sonarse el cocinero ó escupir un flemón en el gui-
sado...»
En llegando á este punto, el pobre lector, lívido,
estomagado, desfalleciente, se dejó caer, arrojando
cuanto había comido. Coste roncaba, sentado en ac-
titud canónica y profunda.
164 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

III

EL SISTEMA DEMOCRÁTICO
El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de
Historia de España é Historia Universal. Su bon-
dad y candidez eran tantas, que así que un alum-
no, sorprendido absolutamente in albis acerca de la
lección del día sacaba el morrito simulando sollo-
zar por salir con bien del trance, ya estaba el
Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar
disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasa-
ba á otro alumno, y luego á otro, hasta uno que
atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no daba
con ninguno no se encolerizaba ni repartía de-
nuestos y amenazas, pero volvía á explicarles la
lección, y en viendo gestos distraídos ó de cansan-
cio, les leía versos del duque de Rivas ó de Zorri-
lla, y libros amenos. Se le burlaban en las narices,

campaban por sus respetos, ideaban los más capri-


chosos abusos, prostituían la austera dignidad his-
tórica; y el Padre Urgoiti, en su bienaventuranza
perennal, dulce y casi sonriente con aquel su rostro \S
correcto de piel mate, como tallado en marfil.
Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir
por lo menudo curiosas particularidades de la vida
espartana, cuando á las pocas frases se detiene, algo
pálido, y recorre la casta y elevada frente con la
diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un
desvanecimiento del sentido. Al reanudar la pláti-
ca, se advierte que la voz le tiembla un poco. Nueva
pausa, acompañada de más intensa palidez. Es evi-
A. M. D. G. 165

dente que el Padre ürgoiti hace esfuerzos por seguir


hablando de manera que no se trasluzca cierta in-'
quietud que le acosa. Tercer alto en el discurso.
Ahora se enjuga el sudor que constela su ebúrnea
frente.
— ¿No creéis sentir que la tierra oscila, -hijos
míos?
Los niños se ríen.
— Sí, sí; duda alguna. Quizá un terre-
oscila, sin
moto. No; más bien es el pulpito, que se mueve.
Fijad la atención.
Los niños miran de hito en hito. Sí, el pulpito se
estremece. Los ensamblados tablones hacen crac, :

crac. Desciende el Padre Urgoiti, y abriendo la por-


tezuela que hay en la base, descubre á Alfonso Me-
néndez, Patón de apodo, con los miembros ensor-
tijados, cadavérica la faz. El Padre Urgoiti retroce-
de dos pasos, santiguándose. Luego extrae al niño
de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían
vaciado, tomándolo por el pestorejo, á la manera
maternal con que la gata transporta sus cachorri-
llos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño per-

manece algún tiempo enmadejado, inhábil para la


moción. Algunos compañeros comentan con vayas
la .extravagante estructura á que el tormento lo
constriñó como manifiesta un perspicuo psicólogo
: :

<(La crueldad es connatural del hombre los niños ;

son crueles, los salvajes son crueles.))


— ¿Quién te ha metido aquí, infortunado?
—El Padre Mur.
— No puede ser.
— Pues sin embargo, Padre Urgoiti.
es,
— ¿En qué tremendo pecado has podido caer,
Patón?
—Eso que ya no puedo decir.
sí lo
— Tan vergonzoso es...
166 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—No. Es que yo mismo lo ignoro.


— Imposible, Patón, imposible.
Entonces los niños desarrollan ante los espanta-
dos ojos de Urgoiti el repertorio de temas penales
inventado por Mur, sus infinitas variantes y las
innumerables infracciones leves á pretexto de las
cuales sobrevenían.
El Padre Urgoiti quedó aterrado. Al salir de la
clase corrió en busca de su amigo Ocaña.
— ¿Sabes, Ocaña, lo que ocurre? El Padre Rector
lo ignora, de seguro —
Y le traslada, ce por be, las
.

noticias que de sus alumnos ha recibido.


— —
Conocía algo le respondió el Padre Ocaña —
sospechaba más aún, pero nunca creí que llegase
4 tanto. Es indecoroso, no encuentro otra palabra.
— Fuerza, es que nos resolvamos á hacer algo.
—¿El qué?
—Decírselo al Rector.
—Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es
su ojito derecho.
— También á mira bien...
ti te

—Yo no me atrevo.
— Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros
de esta suerte nos presentamos varios.
—¿Quién ha de hablar?
— "Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me
prestará alientos.
— Pues entonces, á ello.
En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al
deforme Landazabal. Convinieron en reunirse á la
caída de la tarde é ir conjuntamente á la celda de
Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún sínto-
ma de la conspiración, adelantóseles Mur, y, cuan-
do daban unos golpecitos en la puerta del Rector,
ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres
venía á él en son de queja, y en cuanto á los he-
A. M. D. G. 167

chos y razones en que la asentaban Arostegui acep-


tó como óptimos aquellos que su valido le ofre-
ciera.
—Tan, tatatán, tan... —los golpecitos.
En el silencio, los corazones batían sonoramente.
Y el silbo, desde el fondo de la guarida:
—Adelantee...
A la cabeza de los quejosos caminaba el bien-
aventurado Urgoiti, todo candor y mansedumbre.
Gomo el pasadizo que la camarilla hace no consen-
tía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de
modo que el Superior pudo elevar su mueca de
asombro hasta la quinta potencia, é ir apartando
en cinco veces las posaderas del asiento, según
aparecía un jesuíta más, hasta quedar en pie. Y ya
cuando los tuvo á todos piesentes, afilando los su-
tiles labios, les envió estas someras palabras, antes

de que ellos pudieran hablar:


—¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la mili-
cia de Ignacio nacen los retoños primeros del sis-
tema democrático... Y á ustedes cinco corresponde
la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios
vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre
que me imponen. ¡El sistema democrático!
En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino
que huyeron á su rincón, ruborosos, abochornados.

IV

EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO


Bertuco llevaba quince días de malestar, disimu-
lando. Estaba inapetente, insomne, laxo y con fuer-
tes jaquecas. Ahiló y empalideció.
168 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Una noche, después de la cena, Conejo le ordenó


que no se levantara al día siguiente.
— Estás enfermo, Bertuco.
— No me encuentro bien.
— ¿Por qué no lo has dicho?
— Creí que pasaría.
A las seis de la mañana oyó cómo sus compañe-
ros salían de la cama, se lavoteaban, partíanse á
las faenas habituales. A poco de quedarse solo Uegó
el Hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo

varias preguntas, inquiriendo los síntomas de la do-


lencia; le pulsó, le tocó las sienes, por ver si tenía
calentura, y, á la postre, introduciendo la mano por
debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el
vientre, punto por punto, é interrogaba: «¿Te duele
aquí? ¿y aquí?», bajando siempre, con tendencia á
la coyuntura de los muslos, hasta llegar á lo que
Celestina denominó graciosamente el rabillo de la
barriga, al cual tomó por la base, así como al des-
cuido y á manera de accidente en el examen facul-
tativo; entretúvose con él un buen espacio de tiem-
po, que fuera de cierto más largo si la manifiesta
inquietud y turbación del muchacho no le hubieran
obligado á abandonar la débil presa.
Dieta, purgantes, lavativas, y á los tres días ya
estaba Bertuco en la sala de convalecencia, una ha-
bitación clara, con dos luces y diferentes juegos en
que pasar distraídamente las horas los enfermitos.
De los muros pendían carteles en colores, expli-
cando la nutrida variedad de hongos y setas, comes-
tibles y venenosos. El deforme Padre Landaza-
bal solía acompañar á los niños convalecientes; era
uno de sus mayores placeres. Les narraba historias
curiosas y milagreras de sus años de misiones; des-
cribíales ridiculas costumbres de los países salvajes
y mil amenas curiosidades. Otras veces jugaba con
A. M. D. G. 169

ellos al asalto, á las damas ó al billar romano. No


era raro tampoco que se hiciera servir sus modes-
tas refecciones junto con sus amiguitas. A eso de
las once llegaba á la enfermería, después de muchas
peripecias, porque á tal hora los fámulos barrían los
tránsitos y el Padre Landazabal no pisaba las barre-
duras por nada del mundo. Era una reliquia de su
vida de misionero; él evangelizaba á los salvajes, y
los salvajes,á trueque de es lo, le infundían innu-
merables supersticiones. En el colegio barrían con
aserrín húmedo, y Landazabal había aprendido en
el Perú que pisar aserrín ó despojos de madera es

causa de desgracia. Saltaba por encima de las ba-


rreduras mas, como según sabemos, este excelente
;

jesuíla no se sostenía en pie si no era afianzándose


en las propias nalgas, acontecía que por el aire ol-
vidaba el equilibrio y venía á tierra sonoramente.
Era un espíritu débil y candoroso. Los demás Pa-
dres no se cuidaban de él; vivía vagando por la
casona inmensa con la timidez y el apocamiento de
una criatura de tres años. Cuando había algún
niño convaleciente Landazabal se consideraba feliz.
A Bertuco le inició en varios curiosos enigmas de la
Naturaleza; por ejemplo matando una golondrina
:

se originan lluvias durante cuatro semanas; los hue-


vos de gallina puestos los días de Jueves y Viernes
Santo extinguen el incendio en donde se arrojen;
cuando un grano de polvo entra en el ojo, sale por
sí mismo, escupiendo tres veces en el brazo dere-

cho; no se deben romper á la mesa cascaras de


huevo, daría fiebre no se debe señalar con el dedo
;

al cielo, á la luna ó á las estrellas, es ponerlo en


los ojos de los ángeles.
Landazabal era singularmente dado á hacer la
apología del tabaco, viniera ó no en oportunidad.
Una tarde de domingo hablaban Bertuco y el de-
170 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

forme jesuíta, apoyados en el alféizar de una ven-


tana. Caía el sol, dorado y melancólico. Los alumnos
estaban de paseo. Veíanse al pie de la ventana los
senderitos que conducen al colegio. Iban y venían
devolas enlutadas.
— Tú no sabes, Bertuco... Aquello es gloria. Cuba
ha sido el país que más me gustó. ¡Qué cigarros!
Si vieras... Aquellas mulatazas se dan un arte para
hacerlos... Te advierto que andan desnudas.
—Ave María Purísima. ¿Usted qué dice, Padre?
— Son como demonios no te exagero.:

— ¡Calla! ¿Usted ve?


—¿El qué?
—Ruth.
—¿Ruth?
— Sí, señor.
—¿Quiénes Ruth?
—Aquella señora que viene hacia el colegio...
Ahora entra.
—Bueno, ¿qué?

Pero ¿usted no sabe?
— ¡Yo qué he de saber, Bertuco!
—Es una señora guapísima, inglesa, no se
sabe si casada con Villamor,
protestante ó judía,
el ingeniero. El Padre Sequeros nos profetizó que
se convertiría...
—Eso son cuentos.
—Entonces, ¿á qué viene?
—¡Yo qué sé!
Un silencio.
—A propósito, Bertuco: ¿no fumas?
Bertuco oprimió instintivamente con el codo una
cajetilla que guardaba oculta.
—Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido
como está...
—Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Con-
A. M. D. G. 171

ilesa... —El jesuíta amabilizaba la voz, una voz ex-


traña, vacilante.
Bertuco pensaba: ((Quiere tenderme una añagaza.
;Pobre hombre!))

¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo?
¿Crees que soy malo? Me gustaría que dijeses la ver-
dad. De seguro tienes pitillos. Y si no los tuvieras y
yo sí, te los ofrecería de buen grado...
Bertuco pensaba: ((Para quien te crea, viejo.»

Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres
mi amigo. Supon que yo te pido un pitillo, que quie-
ro fumar...— La voz era por momentos más vaci-
lante.
Bertuco pensaba: ((Nunca pude imaginar que fue-
ra tan astuto este Padre.»
—Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera
del colegio ¿y quiere que fume dentro?
— ¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay.
El tabaco y el café.
El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y evi-
dentemente triste. Bertuco enviaba volando el pen-
samiento hacia Ruth. ¿Qué haría? ¿A qué vendría?
¿En dónde la habrían recibido?
El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de nue-
vo en la monótona disciplina escolar. En la recrea-
ción, sus amigos acudieron' á saludarle.
— Una semanita así nunca viene mal — dijo Ricar-
dín Campomanes.
—¿Fué maula?—preguntó el carrilludo Coste.
—Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á
daros una noticia tremenda. La señora de Villamor
estuvo ayer en el colegio.

¡Barí! Noticia fresca —
exclamó Ricardín Ayer, — .

cuando volvimos del paseo, nos la encontramos en


la portería. El Padre Sequeros asegura que viene
á convertirse.
172 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Formaban grupo Gampomanes, Coste, Rielas y


Berluco, apartados -un trecho de la división.
—Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal? —Rielas gui-
ñaba el ojo, afanándose en apicarar el gesto.
— Es un gran médico. Examina con mucho cuida-

do á los enfermos afirmó Campomanes, socarrona-
mente.
Coste acudió á opinar.
— Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que,
cuando me disloqué el pie, empezó á palparme la
barriga y... —Los carrillos se le arrebolaron.
Los mancebos enmudecieron unos minutos. Esta-
ban cohibidos luchando entre el deseo de descubrir
algo y la dificultad de expresarlo en términos con-
venientes. Bertuco se adelantó:
—Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que
á mí.
— ¡Reconcho! Has acertado.
—Y á mí.
—Y á mí.
— ¡Qué bárbaro!
Muequeaban de asombro y proferían risotadas.
Añadió Bertuco:
— Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre Landa-
zabal. El muy picaro quería sonsacarme si fumaba

ó no. Hasta un pitillo llegó á pedirme... Qué tal, si


me dejo engañar...
—No hubieras engañado, es decir, no te hu-
te
biera engañado.
— ¿Qué quieres decir, Ricardín?
— Que pobre jorobeta se perece por afumar. Los
el

demás Padres lo reputan idiota, no le hacen caso y


lo dejan abandonado á su suerte. El infeliz no se
atreve á pedir de fumar al Re-ctor, como hace el Pa-
dre Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no
de otros. Un día salí yo á lugares, en el estudio de
A. M. D. G, 173

la tarde. Pues bien, me encontré al Padre Landa-


zabal buscando por los retretes las colillas que nos-
otros dejamos. Cuando lo sorprendí se ecbó á tem-
blar y me rogó que no contara nada á nadie. Luego
me pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le di los
que tenía.
— ¡Jesús!
— ¡Jesús!
— ¡Pobre corcovado!
Llegó en esto el Padre Sequeros.
—¿Qué concilios hacéis? ¡A jugar, á jugar!
Y dispersó á. los niños, dando palmadas, como se
hace con las aves de corral (1).

(1) A guisa de escolio, creo oportuno agregar algo


que me acaeció hace cosa de cinco años, Habíame ido
á pasar el mes de Agosto en un lugar costero del
Cantábrico. En compañía de un amigo, paseaba lar-
gamente, discurriendo v dialogando acerca de todas
las cosas. Solían ir con nosotros algunos niños, her-
manos de aquél, los cuales se holgaban de ordinario á
su manera alejados de nuestra conversación. Cierta tar-
de explicaba yo á mi amigo las aficiones táctiles del
Hermano Echevarría (que tal es su verdadero nombre),
del cual hube de ser yo frustrado sujeto paciente en el
colegio de Gijón. cuando hete aquí que uno de los niños,
alumno á la sazón de los jesuítas, comienza á reír alo-
cadamente. Volvímonos á él, preguntándole la causa de
tanto regocijo. El muchacho nos dio á entender que ha-
bía oído mi cuento. Cuando pudo hablar, dijo: «Lo mis-
mo que ahora.»
Es decir, que si mis cálculos no yerran, este laborioso
lego lleva diez y seis años dedicado á estudios de orga-
nograñ'a comparada. ¡No está mal! Tengo entendido que
continúa en el colegio de Gijón,
EL LIBRO DE RUTH
Quae respondit: ne adverseris mihi
ut relinquam te et abeam: quoqumque
enim perrexeris, pergam: et ubi mora ta
ego pariter raorabor. Populus
fueris, et
tuus populus meus, et Deus tuus Deus
meus.
(Libro de Ruth. Cap. L v. XVI.)

Ruth Flowers había nacido en una de las islas


del Canal, en Jersey. Por la traza corpórea perte-
necía al tipo angélico de la mujer inglesa figura :

espigada y fusiforme; equívoca sexualidad de efebo;


el continente, virginalmente tímido; la complexión ó

matiz del rostro, según aquel terceto de Isabel Ba-


rret Browning

And her face is lily-clear,


Lily-shaped, and dropped in duty
To the lavo of its own beauty.

Un rostro embebido en luz, como la azucena, y en


forma de azucena, y rociado de una á manera de
gravedad que no era sino la conciencia del respeto
debido á la propia hermosura azules los ojos, dulce
;

oración bajo el relicario de la nevada frente rubio ;

12
178 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

lino cardado, la cabellera. En lo espiritual, era so-


ñadora, sensitiva y dócil á Lodo linaje de quimeras.
El mar múltiple y Shakespeare múltiple habían en-
vuelto su infancia. Su casila, sobre la playa de Saint
Helier, enfrentábase con la fortaleza, ya en ruinas,
que la Reina Virgen levantara, mar adentro. Desde
su isla alcanzábase á ver, del lado allá de las olas,
en los días serenos, una mancha lechosa de tierra
francesa, en donde está la tumba de Chateaubriand.
Y no lejos de su cuna yérguese la mole bélica del
castillo de Mont Orgueill, sobre el acantilado rudo
que multiplicó el canto de Childe Harold peregrino.
En Jersey conociera á Villamor, quien, reposán-
dose de los estudios que le habían llevado á la Gran
Bretaña, veraneaba en Jersey. A poco de relacio-
narse contrajeron matrimonio.
Ruth pencaba en España como en una tierra en-
cendida de rosas y poblada de aventuras, el país
de la novela cotidiana.
Cruzó, en su viaje nupcial, la llanada francesa,
amable y riente, y desde San Sebastián, siguien-
do la costa del Cantábrico, llegó á Regium, húmedo
y melancólico. Villamor había alquilado una casa
en la calle de Zubiaurre, frente al miar; un mar ver-
dinegro y hosco, como el de Ruth. ¡Y ella que había
'soñado con un mar latino, color de añil, tachonado
de velas purpúreas...!
Al año de matrimonio llegó una niña, Grace, y
dos años más tarde un varón, Lionel.
Villamor amaba á Ruth con tan delicado rendi-
miento que no gustaba ni atinaba á decírselo, expe-
rimentando cierto pudor de la palabra como de cosa
fútil, vestidura de ficciones y tosco remedo del amor.

Acordábase de sus breves aventuras con damas ga-


lantes, y la herid i que le hacían en el sentimiento
con charlas mimosas de encarecido afecto, movién-
A. M. D. G. 179

dolé á apartarse de ellas con repugnancia. Muchas


veces era tan caudalosa la crecida de su pasión que
se hubiera arrojado á los pies de Ruth murmurando
mil locuras que se le atropellaban en los labios y pi-
diéndole caricias, como un niño; pero el temor de
caer en liviandad á los ojos de su esposa, le conte-
nía. Ni aun osaba mirarla con amorosa insistencia,
por miedo al ridículo ó á que en sus ojos adivinara
Ruth alguna vislumbre de torpeza. Era de un exte-
rior frío, reconcentrado, impasible: como los líqui-
dos bullidores y expansivos, necesitaba un conti-
nente muy recio. Hasta con sus hijos parecía adusto.
El corazón de Ruth, tierno y nacido para el hala-
go, no comprendía al esposo, y juzgaba como des-
amor que no era sino amor acrecentado. Escla-
lo
vos dos de la propia dignidad, una timidez y
los
frialdad aparente se había unido á otra timidez fría
en la superficie, de suerte que en el trato familiar
se les interponía una terrible y opaca oquedad. Y
así vivían mano á mano, alejándose por momentos;
ella cada vez más triste y más ausente del hogar
con el pensamiento; él cada vez más enamorado y

más triste, compreñdiendo que su Ruth dejaba de


quererlo.
Las continuas cavilaciones y melancolías de
Ruth— tras de los vidrios del mirador, cara al mar;
el artístico volumen de Longfellow ó de Shelley, caí-


do en el regazo trajeron por obra una gran altera-
ción nerviosa. La
linda azucena del Norte se mustia-
ba. Observábala cautelosamente Villamor, "atribulan-
do y sin saber cómo acudir con el remedio. Al fin,
temiendo serias complicaciones del mal, se atrevió
á decir:
— Querida, me parece que Regium no te sienta.
Es preciso que pases una temporada de campo, de
montaña á ser posible. Si quieres ir á Jersey, no te
180 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

contrarío. Pero, en mi opinión, te conviene un cli-

ma de altura. Mi madre vive en Agnudeña, ya sa-


^bes, una región abrupta y solitaria; se parece á los
r

highlands escoceses. Te gustará. Mi madre aún no


te conoce; te querrá mucho. Creo que tú también
la querrás. Es una mujer sencilla... aldeana... pero...
—Eso ¿qué importa?
—Gracias, Ruth. ¿Te gustaría ir?
—¿Por qué no?
—Llevarás á los niños y á la nurse. Para todos
será muy saludable. Os acompañaré una corta tem-
porada, porque las obras del puerto... ya sabes...
—Gomo quieras.
— ¡Ah! Perdóname. No quisiera ofender tus creen-
cias; pero es preciso que mi madre piense que eres
católica, y hasta... No me atrevo.
—Habla.
— Hasta que asistas á misa. En este caso sólo po-
dremos ir. De otra suerte, imposible.
—Como quieras.
Se fueron al arriscado Agnudeña, Ruth, la niña
y la nurse hablaban inglés, y contadas frases en
castellano. El niño comenzaba á chapurrar la len-
gua paterna. Villamor les sirvió de intérprete en la
montaña. A Ruth le gustó la braveza del paraje y la
buena gracia pastoral de sus moradores. La vieja
estaba encantada con su nuera y sus nietos. De la
una decía que Dios no hace cuerpos tan guapos
si no es para infundirles un alma buena, y que pa-

recía talmente un querubín. De los nenes que eran


pintiparaos los angelotes de las estampas. La que
no le entraba enteramente era la nurse, á causa de
lo acecinado de su semblante y de lo doctoral de
sus lentes.
Ruth asistía los domingos á misa. El santuario
era una ermita montañesa, rodeada de castaños pa-
A. M. D. G. 181

triarcas,y con un esquilón de acento inocente y dís-


[Link] santos, toscamente entallados en madera,
tenían esa rigidez bizantina que sin duda conviene
á la bienaventuranza. Dentro del recinto olía á mon-
te y á fortaleza. Y Ruth comprendió que aquella
sed que alteraba sin tregua su alma podía satisfa-
cerse en las aguas de la religión católica. La fiesta
del patrono acaeció estando Ruth en Agnudeña. So-
bre el pavimento de la ermita los montañeses amon-
tonaron un tapiz de espadaña, juncia, romero y ro-
sas carmíneas. Los incensarios borbollaban fragan-
cias de Oriente. En el coro, seis cornamusas vertían
sin reposo guturales y halagadoras canturrias. Ruth
sintió á modo de una ebriedad; era «su tierra de
promisión, lo emotivo y lo pintoresco de la novela,
cotidiana que había soñado frente á la fortaleza de
la Reina Virgen.
Allí mismo, sin salir de Agnudeña, hubiera enta-
blado» conversaciones piadosas con el párroco pero;

éste,aparte la agria cerrazón de su dialecto, era un


bárbaro que vivía sólo para la caza y otros ejerci-
cios violentos
y crueles.
De vuelta en Regium, Villamor buscó un pre-
ceptor que enseñase correcto' castellano á sus hijos.
— Es un amigo íntimo mío, Ruth, que por espe-
cial favor accede á mi deseo. Ha viajado mucho,
Japón, y habla correctamente el inglés y el
lias ta el
francés; de suerte que contigo puede entenderse en
tu propio idioma, y, hasta si lo deseas, darte lec-
ciones de castellano. Tiene gran talento y elocuen-
cia; no será raro que lo elijan diputado en la próxi-
ma legislatura. Se llama Luciano Pirracas. Espero
que, por su educación y particularidades, no te cau-
se enojo, antes te sirva para conversar y distraerte.
Don Luciano Pirracas apareció en casa del inge-
[Link] primera intención, á Ruth no le fué sim-
182 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

pático. Andaba por la treintena y era adiposo y lo-


cuaz. Su charla, como la atmósfera, envolvía todas
las cosas existentes sobre la haz de la tierra. Dijé-
rase que nada podía vivir como no fuera alentando
en su palabra profusa. A fuerza de perspicacia daba
en superficial tocaba los asuntos en la costra y los
;

creía ya resueltos. Describiendo tierras exóticas


lograba poner en sus frases vivos colores y^ evo-
caciones repentinas. En tal caso, Ruth le escuchaba
con atención. Era anticlerical furibundo, é inducien-
do de la religión de Ruth que ésta le prestaría aquies-
cencia, disparábase en vituperiois contra la clerecía
y muy particularmente contra la Sociedad de Jesús.
Pero Ruth, que vivía en crisis religiosa, le vedó con
delicadeza que la hablara de este extremo,
Insensiblemente, Pirracas se fué enamorando de
Ruth, y como no era hombre de vida profunda, la
mujer del ingeniero lo comprendió en seguida, agra-
deciéndole la nobleza con que procedía esforzándose
en acallar aquel fuego, por respeto al amigo y á su
esposa.
Cada vez que en sus paseos dominicales pasaba
el matrimonio por delante del colegio de la Inmacu-
lada, á Ruth se le iban los ojos hacia el caserón. De-
seaba entrar y desentrañar su vida oculta. Cono-cía
á todos los Padres, habiéndose cruzado con ellos
tantas veces pero ignoraba sus nombres. Los con-
;

ceptuaba eminentes en santidad y únicos en cien-


cia divina. Comprendía que sóio ellos eran á pro-
pósito para otorgarla la luz de la gracia y un ca-
bezal de sosiego en que adormecer el espíritu. Sin
saber cómo, sus ansias iban hacia aquel jesuíta alto,
fuerte y austero que regía á los niños mayores. No
le había visto nunca los ojos, y, sin embargo, sabía

que eran pardos y penetrativos, de esos ojos des-


nudos, tristes y castos que saben leer en las almas.
A. M. D. G. 183

Otro individuo que le atraía singularmente era


(ionzalfáüez, del cual Villamor había hecho breve
le

relato acerca del misterio en que se arrebozaba.


Los (ios esposos lo habían sorprendido en guisas
extravagantes: una vez, conversando con las hier-
bas, tumbado en el prado; otra, encaramado en un
pomar, cebando los bichejos de un nido.
La única relación que en Regium mantenía Ruth
era con la señora del vista de aduanas, Aurora
Blas. Visitábanse ele tarde en tarde y con mucha
etiqueta. Aurora andaba muy metida por los jesuí-
tas y no perdonaba ocasión de prenunciar un ar-
doroso elogio de los bendiíos Padres. Y así fué cómo
Ruth confió un día á Aurora sus inquietudes espi-
rituales y su resolución de acogerse á una religión
que la satisficiera.
— Mais, alors vous devez aller toui de suile au
couvent des Jesuiles. ü/i, combien ca me píaiíl
Vous un ange.
¿les
— Ma chére Aurora: ca c'est bien dif[icile. Com-
ment pourrais-¡e aller moi loule seule? Je n'y con-
nais personne (1).

Aurora se prestó, al proviso, á servir de correvei-


dile. No faltaba más. Fué á visitar al Padre Olano,
su confesor; éste acudió á Arostegui; Arostegui ma-
nifestó que le placía mucho el caso, y á los dos días,
Aurora y Ruth entraban en el colegio, un domingo,
al caer la tarde. Olano las aguardaba en el salón de
visitas. La primera dificultad con que tropezaron
fué que Olano no sabía inglés, ni francés, y Ruth
no se enteraba cumplidamente del castellano. Au-
rora sintióse perpleja:

(1) — Entonces,lo que usted debe hacer es ir inmedia-


tamente alconvento. ¡Qué alegría! Ls usled un ángel.
-—Pero, querida aurora; no es cosa fácil. ¿Cómo voy a
ir si no conozco á nadie?
184 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—Padre, yo creí que todos ustedes sabían al de-


dillo el francés.
— ¿Para qué, hija mía?—respondió Padre Ola-
el
no, ruborizándose — Lo estudian los que tienen
.

necesidad de él. En los otros sería vanidad. Pero,


en fin, esto no es un impedimento absoluto. La se-
ñora, por lo que veo, entiende español. Yo la ha-
blaré despacio, y cuando no me comprendiera, le
repetiré lo que sea cuantas veces sea preciso. De
este modo las verdades se le inculcarán con mayor
fuerza. De aquí en adelante puede venir á la hora
que mejor le convenga, y hablaremos aquí.

Six heures du soir, si qcl vous plait.
— ¿Qué dice?
— Que á las seis de la tarde, no
si le molesta.
—Muy bien. ¿Quedamos en eso?
Así se hizo.
Ruth acudió puntualmente, aun cuando le repelía
el aspecto del Padre Olano y pierta manera crasa

y adherente que tenía de mirarla.


Convencida á la postre de que no avanzaba nada
en el camino de perfección, escribió un billete al
Padre Olano despidiéndose, y achacando su deter-
minación á la dificultad insuperable del idioma.
Con la esquela en la mano y sombrío abatimiento
en el rostro, el catequista encaminóse á la celda
del Rector.
—Pero, hombre, ¿por qué no me ha dicho usted
el primer día que esa señora no sabía castellano?
—Yo creía...
—Usted
creía que el Espíritu Santo le iba á soplar
á usted don de lenguas, ¿no es eso?
el

Aquel mismo día, la señora de Villamor recibió


una carta, en correcto francés, rogándola que tu-
viera á bien continuar por el camino emprendido.,
y que volviera al colegio, en donde hallaría un Pa-
A. M. D. G. 185

dre con quien poder entenderse á su gusto. El Pa-


dre resultó ser Conejo, que además de Prefecto de
disciplina era profesor de francés, primer curso.
A los pocos días, Conejo renunciaba á la empresa
de adicionar un alma á los rebaños del romano
pontífice.
—Reverendo Padre Rector, lo lamento mucho,
pero no me es posible hacer nada, porque... ó yo
no sé francés ó es la señora esa quien no lo sabe.
No podemos interpretarnos recíprocamente.
—Lo más probable, Padre Eraña, es que usted lo
ignore, y en esto no hay ofensa.
— ¡Por Dios, Padre Rector! Ni por pienso...
—Acaso el Padre Sequeros... ¿Usted qué opina?
—Yo...
—Sí, usted; puesto que le pregunto...
—Que lo habla como Fenelón, eso ya se sabe.
—Pues dígale esta tarde á esa señora que desde
mañana bajará á recibirla otro Padre. Y como no
estaría bien hacer esta distinción á favor de una
solamente, bueno es que, con cautela, vayan uste-
des informando á otras beatas de que el Padre
Sequeros vuelve á los ministerios.
Cuando Sequeros recibió la orden, no pudo celar
la alegría que le daban. Vió el dedo de Dios eligién-
dole, y por la noche se revolcó sobre la tarima de
su celda, humedeciéndola de llanto y besándola, y
luego se zurraba los lomos con las disciplinas, y
murmuraba

¡Corazón santo, yo no soy digno! ¡Amado Pa-
dre Riscal, yo no merezco...!
En las recreaciones de los Padres hubo comidilla
abundosa. La nueva llegó hasta la manida de Atien-
za, el cual, en la primera ocasión, le sopló á Ocaña
en el oído :

—¿Qué te he dicho yo, Ocañita? Que echarían


186 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

mano de Sequeros cuando lo necesitasen. ¿No te lo


he dicho yo? Mira, lo tengo muy bien organizado —
Y daba un golpecito con el índice en la carnosa
nariz.

II

Un repique de nudillos en la puerta le despertó.


Levantóse en paños menores y salió á la celda. En-
cendió el quinqué, miró instintivamente el reloj, que
había dejado sobre la mesa, al acostarse. Eran las
cinco de la maíinada.
Sequeros volvió con el quinqué en la mano al ca-
maranchón en donde estaba su yacija, y lo colo-
có en el suelo. Enderezó los ojos hacia el crucifijo,
colgado del muro, sobre la cabecera del lecho, san-
tiguándose. Calzóse luego las medias, de lana y has-
ta más arriba de la rodilla, se vistió los calzones,
de mahón azul, "desteñido ya, no más largos de la
corva y acuchillados de remiendos, insistentemente
en la culera; se puso los zapatos; arremangó los
puños de la camiseta y comenzó á lavotearse en un
cacharro que había sobre un sillete. En habiéndose
enjutado, tal como estaba y sin ponerse más pren-
das de vestir, hizo la limpieza del cuarto. Con una
escobilla fué barriendo la suciedad del entarimado
y la apiló en un montoncito, á la puerta. Sacudió
violentamente el fementido colchón; aireó un mo-
mento las sábanas luego que hubo abierto el ven-
tanal batió el cabezal, y con mucha destreza, dejó
;

lista la cama. Se le ocurrió «¡Vamos, que si Ruth


:

me sorprendiera en esta traza...!)) Avergonzado, se


llevó las manos al rostro; en seguida se empinó y
A. M. D. G. 187

golpeó el tillado con el pie, como si espantase un


gato, diciendo : Fugite, Salaria, y trazó una cruz en
el vacío. Vistióse la camisa, la sotana, única que
tenía, y se encasquetó el bonete. Giró la vista en
torno, contemplando su ajuar indigente después ;

de vestido no le quedaban otras prendas que el ba-


landrán, el manteo, una teja despeluchada, raída,
lamentable, y luego un rosario, el crucifijo que le
habían entregado al hacer los votos y con el cual
le enterrarían, El Tesoro y el breviario.
Sonrió, envanecido de lo que él creía tanta po-
breza. Marchábase ya, cuando, arrepintiéndose de
camino, penetró en el zaquizamí nuevamente y sa-
liócon el balandrán puesto.
En los tránsitos, otros Padres caminaban en la
misma dirección, silenciosamente. Estich se estru-
jaba las manos, haciendo sonar los huesos, por
ahuyentar el frescor de la madrugada. Penetraron
en la capilla reservada, en donde hicieron las ora-
ciones en común. Oíase, de vez en vez, el canto
de un gallo campesino. Sequeros celebró su misa y
se restituyó á la celda, para hacer la oración y me-
ditación matinales. Sacó el crucnijo de sobre la ca-
becera al cuarto exterior, suspendiólo en un clavo
é hincóse de rodillas, orando vocalmente. Púsose
en pie y trajo á la memoria el punto elegido la
noche anterior en el libro del Padre Luis de la Puen-
te, durante el penúltimo cuarto de hora antes de

acostarse Bel primer milagro que hizo Cristo nues-


:

tro Señor en las bodas de Cand, de Galilea. Imagi-


nóse en la presencia de Dios, trayendo en ayuda de
sus propósitos la interpretación que San Bernardo
da del pasaje bíblico aquel en que Abraham, su-
biendo á sacrificar su hijo, deja en la falda del
monte impedimenta y servidumbre una y otra re- ;

presentan cuidados y pensamientos terrenales. Por


188 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

recogerse en el punto de la meditación se esforzó


en que sus potencias contribuyeran, como quiere
San Ignacio, de manera que trabajando el entendi-
miento en las varias circunstancias que encierra el
conocido versículo quis, quid, ubi, cui, quoties, cur,
quomodo, quando (1), se le inflamase la voluntad,
y, enfervorizada el alma, luego de cavar, rumiar
y ahondar en la meditación, entrarse por el colo-
quio. Aderezaba con meticulosa solicitud la compo-
sición de lugar. Su imaginación plasmaba presta-
mente realidades apetecidas. Hubo unas bodas en
Cana de Galilea, en las cuales se halló la madre de
Jesús, y fué convidado con sus discípulos; y
él
como faltase el vino, díjole su madre: No tienen
vino. Sequeros veía la gran cuadra del festín; co-
lumnas de alabastro, al fondo fragancias espesas
;

colgaduras, y á través de una que la brisa alzaba,


colinas de oro, palmeras y un lago terso; los co-
mensales, con túnicas abigarradas; vasijas de pla-
ta bruñida; manjares condimentados con especias;
la desposada, embellecida por el rubor; el marido,
con ojos como tizones Cristo, corpulento y dulce,
;

la cabeza inclinada sobre la túnica inconsútil de


lino blanco; la Virgen... con el propio rostro de
Ruth.
<(¡Oh, Jesús mío!)), sollozaba Sequeros, «apartad
de mi mente imágenes temporales.)) Pero la Virgen
permanecía con el rostro ebúrneo y angélico de
Ruth.
((Ponderaré la confianza tan amorosa y resignada
con que hizo la Virgen aquella brevísima petición:
Vinum non habent, no tienen vino, como quien es-
taba certificada de las entrañas de piedad de su

(1) Quién, qué, en dónde, en favor de quién, cuántas


veces, por qué, de qué manera, cuándo.
A. M. D. G. 189

Hijo. A esta demanda respondió Cristo nuestro Se-


ñor: ¿Qué tienes que ver conmigo, mujer? No ha
llegado mi hora. Ponderemos las causas de esta
respuesta, al parecer tan desabrida...»
Y Sequeros, arrastrado enteramente por la exis-
tencia imaginativa que había provocado, continuó
en voz alta:
Ruth, que á las veces te hablo con dureza,
((Ves,
lo mueve á desconsolación. ¿Qué otra cosa
cual te
persigo si no es tu bien? ¡Ay, que las veredas del
bien son ásperas, Ruth! ¿Piensas que no te amo?
¿Cómo rio he de amar tu alma de armiño, alma
blanca y suave en la .cual la mía se recrea? ¡Ruth,
Ruth, corderilla mimada de mi rebafiuelo, la más
linda, la más graciosica y débil, la que más amo,
por habérseme extraviado! ¡Si supieras, Ruth, cuán-
to te amo, cuánto, cuánto...!))
En esto, el astuto Hermano Cervino, lego visita-
dor, esto es, encargado de ir espiando de celda en
celda á la hora de meditación, abrió la puerta sú-
bitamente, insinuó la cabezota en el cuarto de Se-
queros y cazó al vuelo las últimas frases del soli-
loquio. Cuando Sequeros volvió los ojos á la entra-
da, atraído por el ruido audible del mundo efectivo,
el visitador había desaparecido ya. A través del
ventanal se infundía la bruma argentífera de la
matinada. Los muebles de la celda se concretaban
en la naciente luz de Dios. Fuera, la campiña em-
pezaba á manifestarse entre tules de suma levi-
dad. Sequeros consultó el reloj.
— ¡Dios me valga! Van á dar las seis y media.
No he sacado el fruto de la meditación ni he he-
cho examen de conciencia, ¡Jesús! ¡Jesús, ayú-
dame!
Besó el crucirijo y subió raudamente á las cama-
rillas de los alumnos. Los acompañó, según era su
190 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

deber, durante la misa, hasta las siete y cuarto;


durante el estudio de la mañana, hasta las ocho,
hora de desayunar.
Desayunó en el refectorio de los Padres y volvió
á la recreación üe los niños, hasta las ocho y me-
dia, en que comenzaban las clases. Subió á su celda

y distrajo el tiempo, hasta las nueve, leyendo libros


devotos. Bajó á su confesonario, en la iglesia pú-
blica del colegio. Desde el comienzo de la catequi-
zación de Ruth, el Padre Arostegui le había orde-
nado reanudar su ministerio penitenciario, lo cual
le originaba estúpidas molestias que Sequeros ofre-

cía á cambio ele culpas veniales. Las madreselvas


bloqueaban su confesonario y hasta se enredaban
en querellas ruidosas, disputándose la vez que ha-
bían de seguir en el turno. Luego, en habiéndose
adherido á la rejilla, en fuerza de escrúpulos y san*
dias menudencias que traían para desembuchar,
no había expediente fácil y piadoso con que dar por
terminada la confesión.
A las diez y media, Sequeros daba su clase de
francés, segundo curso, hasta las once. Eran dis-
cípulos suyos, Bertuco, Campomanes, Rielas y Ro-
dríguez. A las once salían los niños á recreo, acom-
pañados de Sequeros, hasta las once y media. En-
tonces, los alumnos iban al estudio, con el inspec-
tor segundo. Sequeros subió á su habitación, en
donde hizo examen de conciencia,, durante quince
minutos. A las doce menos cuarto asistió á las le-
tanías de los Padres, rezadas en la capilla íntima.
La comida era á las doce, y se prolongaba hasta
la una menos cuarto. Los Padres subían á los trán-
sitos, á solazarse platicando, y los alumnos á los
patios de recreación. El Padre Sequeros, con los
alumnos. Duraoa el recreo de los niños hasta la
una y media, y á continuación venía un estudio de
A. M. D. G. 191

media hora, preparatorio de las clases de la tarde,


presidido por Sequeros. Al final de este estudio Se-
queros quedó libre; consentíasele dormir hasta me-
dia hora de siesta. Se tendió en la cama; elevó la
mirada al cielo raso; sobre la tediosa tersura de la
techumbre dióse arte con que esbozar visiones é
ilusiones. Dentro de unos instantes llegaría Ruth al
salón de visitas. Quizá venía ya de camino. ¡Cuán
dócil y bondadoso el espíritu de Ruth! ¡Con qué
santa celeridad se alimentaba de las verdades fun-
damentales de la religión católica, convirtiéndolas
en sustancia de su sustancia! ¡Cómo aderezaba con
imágenes preñadas de divina luz los místicos arre-
batos de su corazón! Los adelantos conseguidos
eran sorprendentes: estaba adoctrinada ya en todos
los extremos que importan, porque á las Veces vie-
ne el Señor muy tarde; pero paga tan bien y tan
por junto como en un punto da á otros. «¡Oh, mi
Jesús y venerable Riscal; qué regalo tan sabroso
me hacéis!)) Al día siguiente se bautizaría Ruth en
la iglesia pública del colegio. Los alumnos en pleno
asistirían. El Padre Sequeros iba á verter las aguas
lústrales del simbólico Jordán sobre la aurina ca-
beza de Ruth... <(¡Qué regalo tan sabroso me ha-
céis!)) Descendió del lecho y dióse á pasear. De

minuto en minuto, sacaba el reloj. ((Las tres me-


nos cuarto. No me explico...» Púdole la impacien-
cia y bajó al recibimiento. Santiesteban, de la son-
risa pútrida, salió á su encuentro.
— Subía á llamarle, Padre Sequeros. La señora
está en el locutorio.
Vestía de negro, lo cual sutilizaba su natural su-
tilidad. A
través del velo, flotante y translúcido, la
cabellera tomaba reflejos de metal. Levantóse, así
que vió asomar á Sequeros, y corrió hacia él.
— Mon Pére, mon Pére.
192 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

— Ma soeur, ma chére soeur, ma petüe soeur... (1).


Se estrecharon las manos, contemplándose con
regocijo infantil. La obligó á sentarse luego y se
acomodó al lado de ella. «Hoy, verdaderamente,
no tenemos de qué hablar; es día de callar...» decía
Sequeros.
— De chanter plutót (2).
((De rezar, hermanita.» ((No, no de cantar. Soy
feliz.»
—Done. ¡Aleluya! (3).

Rieron, alborozados. Tenían los ojos resplande-


cientes, Ruth reñrió que ya tenía terminado el traje,
blanco y muy elegante. ((Siempre le dije á usted,
Ruth, que el blanco y el negro es lo que mejor le
va. Mañana parecerá usted un ángel. Y lo es...»
— Mais non, mais non. Que vous ¿tes gentil (4).
«Repito que sí. Soy su padre espiritual, y no hay
pecado de orgullo en creer lo que digo.» Luego, me-
ditabundo: ((¡Qué lástima que no puedan bautizar-
se mañana los niños! Sería un espectáculo conmo-
vedor. Y su marido, ¿vendrá?» «¡Ay! No lo sé. Ya
sabe, Padre mío, lo fríamente que vivimos. ¡Pa-
dezco mucho!)) ((¡Pobre hermanita!» Platicaron sin
tasa.
Santiesteban vino á dar la hora: las cinco y
media.
—Pas —
possible (5) exclamó Ruth.
¡Cómo había volado el tiempo...! Despidiéronse
tiernamente hasta el siguiente día.
Los alumnos salían de las clases. En el claustro

(1) —Padre mío, Padre mío.


—Hermana mía, querida hermana, hermanita.
(2) —De cantar mejor.
(3) —Pues, ¡Aleluya!
(4) —Quiá. Qué amable es usted...
(5) —Imposible.
A. M. D. G. 193

unióseles el Padre Sequeros; merendaron; salieron


á la recreación, en donde, rodeado de un pequeño
grupo de adictos y devotos, el inspector les hizo
menuda cuenta de varias circunstancias edificantes
que habían concurrido en Ruth para ser elegida
de la gracia, ponderando la extraordinaria virtud,
candor y belleza de esta señora y otras muchas
curiosidades que deleitaban á los niños; siguióse el
estudio, entreverado de rosario y lectura espiri-
tual; á las ocho, la cena, y Sequeros fué al refec-
torio de los Padres; condujo luego á los mucha-
chos al dormitorio y retornó al pasillo del piso prin-
cipal. Los jesuítas paseaban en pequeños grupos,
quiénes de frente, quiénes de espalda, platicando
sobre nonadas y baladíes rencillas, de muros aden-
tro. Sequeros se sumó al primer pelotón que halló
al paso. Lo formaban Landazabal, titubeante y con
las manos clavadas en lo mollar del trasero; Es-
tich, ajirafado y redicho; Numarte, panzudo y es-
tólido como un trompo, y Ocañita, minúsculo y
murmurador. No había entre ellos ningún profeso,
ó jesuíta propiamente dicho, esto es, que además
de. votos simples hubieran hecho el cuar-
ios tres
to, de obediencia al Papa. Numarte y Landazabal

eran coadjutores espirituales, Padres graves; Es-


tich y Ocaña, maestrillos. Cuando se les acercó
Sequeros conversaban precisamente de las intrigas
y favoritismos con que se elegían, contra justicia
y caridad, los individuos que habían de hacer el
último voto, ideal supremo de todo el que ingresa
en la Orden.
—Y usted, Padre—preguntó Ocañita á Sequeros—,
¿por qué no llegó á hacer el cuarto voto?
— Sin duda porque después de mi tercera apro-
bación los superiores hallaron que yo no era emi-
nente en ciencia ó virtud, como quiere San Igna-
194 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

ció. Pero desde todas las partes se puede servir á


Dios.

Ya lo creo; y mucho más desde nuestro sitio
afirmó Landazabal, deforme.
Pasáronse á hablar del dinero de la Compañía.
Las aseveraciones de Numarte, muy amigo del Pa-
dre Iturria, procurador, tenían gran fuerza:

Iturria me aseguró que este colegio es un ne-
gocio excelente. Hechas las tres partes de los in-
gresos, una para el General, en Roma, y otra para
el Provincial, queda mucho dinero aún en la tercera,

para los gastos de la casa. Según me dice Iturria,


lo sobrante lo tiene el Rector, y dispone de ello á

su manera, en labores de propaganda, etc. Creo


que se piensa hacer un periódico en Pilares y va-
rias reformas en el colegio.
— —
La verdad es que interviene Estich cuando —
nuestros adversarios propalan que somos ricos, no
se equivocan. Y vamos á ver, ¿qué hacen del di-
nero, tanto en Roma, como en la provincia? ¿Dónde
lo guardan?
—Mira —
este bobo... replica Numarte En un — .

banco de Londres. Eso lo sabemos todos. Según


parece, Inglaterra es un país en donde hay cierta
seguridad. Es curioso, ¿verdad? Entre protestan-
tes... Ya veis, aquella condenada Isabel...

Y expone Landazabal:
—Sí; porque mira tú que aquí, á cada paso, ;zas!
Hay una algarada de verduleras y terminan ape-
dreando nuestras casas.
— —
La culpa la tiene el liberalismo interpone Nu-
marte.
—Pss... ¿Qué más da que la canalla, la hez, la
cloaca nos odie? — se pregunta Estich, con inflexio-
nes oratorias — Con nosotros están los buenos, las
.

clases acomodadas y los ricos. Es fuerza reconocer


A. M. D. G, 195

que, en esto, nuestros Superiores han demostrado


siempre una rara habilidad para captarse las vo-
luntades de los que mandan.
El coloquio era perfectamente pueril; los inter-
locutores exteriorizaban su prurito de opinar á la
manera de atolondrados mancebos que ignoran por
entero las cosas de la realidad.
A las nueve y media terminóse el recreo. La co-
munidad acudió a la capilla. Cada Padre hizo su
examen de conciencia y breve oración, retornando
individualmente á sus celdas, según iban conclu-
yendo.
Sequeros, luego de quedar en ropas menores,
apagó su quinqué y, á tientas, se orientó hacia el
lecho. Arrebujábase en las ropas, dispuesto á dor-
mir, cuando, al introducir la mano debajo del ca-
bezal buscando fácil postura, halló un papel, cuida-
dosamente doblado. Saltó á tierra, encendió el quin-
qué, leyó :

«Aun cuando nunca logré favorecerle con mi con-


fianza, por sospechar que usted transige harto fá-
cilmente con flaquezas de la carne, nunca pude ima-
ginar que se dejara corromper con tanta prontitud
por las pasiones, y mucho menos que las expresa-
ra con escándalo de sus Hermanos y del mundo.
Se conocen de público muchos de sus pecaminosos
diálogos con la señora inglesa. ¡Dios le perdone!
Las gentes generalizan su desenfreno atribuyéndo-
lo é todos los hijos de la Compañía. Así, he resuel-
to disponer que desde mañana no salga usted para
nada 4e su celda. Para nada. El aislamiento le es,
necesario labrará usted en su pasado y quizá Dios
;

le toque de arrepentimiento. Por no dar más que

decir nosuprimimos la ceremonia de mañana, y el


Padre Olano bautizará á esa señora, la cual me
196 ramón Ttnnz de ayala

temo mucho que no esté en disposición por culpa


de usted. Repito que no salga usted de la celda para
nada. Obedezca la voluntad de su Rector, que en
este caso es la de Dios mismo.

P. Arostegui, S. J.»

El Padre Sequeros empalideció atrozmente. Es-


trujó la esquelita azul, la arrojó al suelo y la escu-
pió. En formidable bíceps de su brazo derecho
el
un comenzó á palpitar. Sin acordarse
nerviecillo
de que estaba casi desnudo, se lanzó á la puerta,
con ánimo de asaltar al Superior y saciar en él su
furia; pero le tomó un desfallecimiento de la vo-
luntad y se detuvo secamente en el centro de la es-
tancia. Era la segunda vez que le acometía una ira-
cundia homicida. La primera fué en Loyola, siendo
muy mozo, contra el ayudante del maestro de no-
vicios.
— Me viene una tentación, Padre —había dicho Se-
queros.
—¿Cuál, hijo mío?—- respondió el ayudante, son-
riendo fríamente.
Y Sequeros, frenético, arrebatado
—La de tirarle ahora mismo por el balcón y que
le salten los sesos contra las piedra».
El ayudante, inmóvil, con sonrisa gélida, había
exclamado

jAh! ¡Cosas del demonio!

El demonio es usted. Yo soy generoso y abier-
to, no puedo con ese carácter de usted, torcido, hi-

pócrita, malicioso, cruel, empedernido... ¿Es usted


representante de Dios? ¿Son como usted los hijos
de San Ignacio? ¡Dios mío, Dios mío! No pue-
do más...
Ahora, Sequeros reanimaba aquella triste esce-
A. M. D. G. 197

na. Volvió los extraviados ojos hacia una estampa


del venerable Riscal. El rostro se le fué empurpu-
rando. Rompió á llorar y á sollozar, y, arrodillán-
dose, besó el suelo
—¡Fiat voluntas tua!

III

A Ruth, el día de su bautizo, la dijeron que el


Padre Sequeros había enfermado repentinamente
la noche antes. Lo creyó, y se dejó bautizar por el
casposo Olano. Ruth acudió ávidamente al cole-
gio, interesándose por la salud de su catequista. El
Padre Sequeros no mejoraba; Ruth sintióse inva-
dida de melancolía y zozobra. Al tercer día es-
cribió una carta al jesuíta; los trazos temblaban de
solicitud. No hubo respuesta. Sucediéronse las car-
tas, aumentando el quejumbroso desconsuelo de
ellas conforme la mudez del confesor permanecía
inquebrantable. «Le necesito —llegó á escribir, con
angustia-—. Mi espíritu no está aún plenamente for-
tificado en la nueva Tengo desmayos y pensa-
fe.

mientos horribles. No sosiego. ¡Ayúdeme, por Dios!


Póngame siquiera una línea por donde vea que no
debo desesperar de que el Señor se apiade de mis
sufrimientos.» Y, en verdad, Ruth sufría de conti-
nuo la fiebre de sus cavilaciones la iba devorando,
;

poco á poco, y empañando aquella tersura translú-


— —
cida leche y rosas de su tez. Apartábase del cur-
so del tiempo, durante largas horas, recostada en
un sillón, ó vagaba fantasmagóricamente por sus
habitaciones, sin contacto con el mundo sensible.
Villamor y Pirracas espiaban atribulados los pro-
198 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

grcsos del mol; creían entender, pero no hallaban


la medicina. La creciente consunción de Ruth con-
sumía igualmente al esposo.
Una noche, la nurse hubo de restituir á Ruth á
la realidad. Villamor acababa de pegarse un tiro,
bien asestado. Murió al instante. Ruth se precipitó
sobre el cuerpo, caliente aún, de su marido, amor-
tajándolo con delirantes besos. Había dejado dos
cartas, una para Ruth, otra para Pirracas. La nur-
se, después de vestir, en silencio, á Gracia y Lio-
nel, loscondujo á casa de la señora de Blas, llevan-
do al propio tiempo la epístola de Pirracas. La de
Ruth era rotunda y misterioso :

«¡Farcwell for ever! 1 loved you, HuUi, above


att. ¡1 loved yon, my sweet, my
sweetést heart!» (1).
Ruth no lloraba; sus ojos estaban áridos; el co-
razón, yermo, amenazaba quebrarse. Arrodillóse
junto al cadáver de Villamor, y le miraba con des-
vado, los finos brazos en cruz. Así pasó un tiempo,
hasta que Pirracas se precipitó en el despacho, con
gesto soez, lanzando al rostro de Ruth un papel
arrugado. Ordenó á la mujer que leyese. Esta, nía
quinalmente, le obedeció :

«Amigo de mi alma: no puedo más. Tú compren-


des, como yo comprendo; quizá sabes. De tus tor-
turas de amigo fiel deduce las mías de marido en-
gañado. No he querido enterarme. ¿Para qué? ¿Me
robó la honra ese jesuíta y luego abandonó á Ruth?
¿Qué más da? Lo cierto es que ella está enamorada
de otro, y yo sin el amor de Ruth no puedo vivir.
Cuida de ella y de mis pobres hijos. ¡Adiós!
César.»

(1) Adiós, para siempre. Te amé, Ruth, más que á, to-


das las cosas. Te amé, corazón mío.
A. M. D. G. 199

Ruth exclamó embravecida:


—¡Oh, no! That is not true. ¡Tremendous Thing! —
Y luego, derritiéndose en llanto, sobre la frente del
marido —
1 was faühfull with you. 1 loved you.
.

Forgive me, dearest (1).


En la frente de Pirracas se inflaban dos lóbre-
gas venas; estaba congestionado; sanguíneos los
ojos y la mano derecha en el bolsillo de la ameri-
cana. Intentó hablar y rugió. Violentos escalofríos
le sacudían, de arriba á abajo. Asiendo á Ruth por

un hombro la zarandeó brutalmente. La mujer se


puso en pie á tiempo que Pirracas enarbolaba un
revólver.
Ruth empuñó las muñecas de Pirracas, obligán-
dole á permanecer con los brazos en alto. La mu-
jer parecía endeble y el hombre nervudo; los bra-
zos de Ruth, como de espuma; los de Pirracas,
roblizos; la carita de ella, de un blanco irrepro-
chable; la de él, púrpura. Pero aquel cuerpo sutil
no se doblegaba, y sus manecitas apresaban acera-
damente las muñecas del agresor, y éste, fuera de
sí, la escupía, la pataleaba, desollándola los tobi-
llos, bramando:
— ¡Whore, damned whore! (2).

Al rumor, acudieron los domésticos, y entre ellos


Celestino el delineante. Sujetaron al energúmeno.
Ruth se envolvió la cabeza en un chai y salió á la
calle.

Eran las ocho de la noche. Los transeúntes de


Regium vieron con asombro la silueta rauda y fina
de Ruth atravesando calles con rumbo al colegio
de los Padres jesuítas. Algunos la siguieron. Curio-
searon cuando zarandeó vertiginosamente el alam-

(1) —Oh, no. No es cierto. ¡Horrible! Te fui fiel. Te


amé. Perdóname, querido.
(2) —Puta, maldita puta.
200 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

bre de la campana. En viéndola entrar, volviéron-


se, forjando historias picarescas.

Ruth se adentró por la portería, sin decir nada;


apoyóse un momento contra un muro, sorbiendo
aire, la mano sobre el corazón. Luego, con voz
ahilada y moribunda, suspiró:
—El Padre Sequeros... Yo necesito ver... ¡por
Dios!
Santiesteban, de la sonrisa pútrida, estaba boqui-
abierto. Respondió, á gritos, de manera que su cas-
tellano fuera inteligible:
—Padre Sequeros, enfermo. Demás Padres, re-
fectorio. Imposible ver—. Con esta construcción
telegráfica suponía llegar más derecho á las en-
tendederas de Ruth, la cual, comprendiendo la ne-
gativa, levantó el busto arrogantemente y penetró
al patio con decisión. Quiso interponerse el lego,
mas Ruth, de un manotazo, le constriñó á apar-
tarse, haciéndole bailar de camino un aurresku ru-
dimentario. Santiesteban salió, dándose con los zan-
cajos en la rabadilla de tanto correr, disparado,
hacia el refectorio de los Padres; fué á la vera del
Superior y le puso al tanto de la insolencia feme-
nina. Arostegui llamó á Olano; le dijo al oído:
— Vaya á ver la tripa que se le ha roto á esa in-
dividua y procure hacerla tomar las de Villadiego
cuanto antes.
Glano dispúsose á obedecer las órdenes del Rec-
tor, repapilándose de placer y quizá un algo ner-
viosillo. Desde el patio oyó gritos en el tránsito del
piso primero; era Ruth, clamando por el Padre
Sequeros. Subió Olano las escaleras con cuanta agi-
lidad le consentían sus fofas facultades, llegando
al tránsito jadeante, sin resuello. A los pocos pa-
sos topóse con Ruth.
—Padre Sequeros... ¡Yo necesito ver!
A. M. D. G. 201

— Vamos, tranquilícese, hija mía. Acompáñeme


á la celda.
— ¡Padre Sequeros!
— ya entiendo. Un momento de
Sí, calma. Acom-
páñeme.
Exhausta de energías y casi inconsciente, la viu-
da de Villamor siguió al jesuíta, el cual la había
tomado de la mano, y de esta suerte la condujo a
su celda, dejándola en la habitación, en tanto él
se ocultaba detrás de la cortineja que hay á la en-
trada de la camarilla. El Padre Olano tenía la boca
seca, el corazón acelerado y las manos temblonas,
por obra de la emoción é incertidumbre, á tiempo
que se desceñía el fajín y se desvestía la sotana
porque era muy cuidadoso de no incurrir en necias
infracciones, cuya manera de burlar conocía al de-
dillo. Así, Olano no ignoraba que el religioso que

se despoja de sus hábitos se hace ipso {acto reo de


excomunión; pero, el mismo aligeramiento indu-
mentario se trueca en acto meritorio cuando, por
no profanar las santas vestiduras, se realiza para
fornicar, por ejemplo, ó ir de incógnito á un pros-
tíbulo, según concretamente se asegura en los Vein-
ticuatro Padres, en la Praxis ex Societatis Jesu
scola, y en el Padre Diana Si habitum dímitat ut
:

¡ureíur occulte, Ut eat incognitus


vel fornicelur.
ad lupanar.
Ruth Flowers, en una butaca de enea, permane-
cía con la cabeza caída sobre las manos y los codos
en las rodillas. Olano asomó en la puerta de la ca-
marilla; avanzó con sigilo hasta sentarse á la iz-
quierda de Ruth. La señora murmuró, sin alzar los
ojos :

— ¡Padre Sequeros! ¡Padre Sequeros!


—Por ahora... es imposible... hija mía—. La con-
cupiscencia le quebraba la voz.
202 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Ruth se puso en pie y Olano hizo lo propio, apri-


sionándola entrambas manos. Hasta aquel instan-
te, la cuitada mujer no había parado atención en la

traza inconveniente del jesuíta el plebeyo rostro,


:

torturado de furor venusto; el bovino pestorejo,


de color cárdeno la camisa, burda y con mugre,
;

abierta por el pecho y mostrando una elástica fuer-


te y áspera pelambre los calzones azules, remen-
;

dados, con fuelles y sin botones en la pretina;


las pantorras, de extraordinario desarrollo, embu-
tidas en toscas medias, agujereadas á trechos; sin
zapatos. En cualquier otro trance hubiera sido gro-
tesco, risible sobre toda ponderación. En aquel caso
resultaba terrible, como un sátiro brutal, embria-
gado de mosto y de lujuria. Ruth creyó perder el
sentido y con él la razón. El dolor de los tobillos,
que aumentaba por momentos, apenas la consentía
sustentarse sobre los pies. Deseaba la muerte. Los
ojos se le nublaban.
Mas he aquí que, como entre sueños, advierte
que la torpe y embotada mano del jesuíta explora
sus senos, aquellos dulcísimos senos cuya delica-
deza eréctil la maternidad había respetado, y, lue-
go unos labios calientes y blanduchos sobre su boca
casi exangüe, que el terror helaba. Por un prodi-
gio de fortaleza, nacida de tanto horror, Ruth pudo
sacudirse de encima aquel fardel de libidinosidades
[Link] retornó á la presa Ruth le contuvo
;

aplicándole un puñetazo sobre un ojo, y aprove-


chando el aturdimiento del hombre, huyó de aque-
lla estancia maldita, y luego de aquellos tránsitos
penumbrosos y hostiles, y luego de aquella casona
negra, alucinante. Y salió á las veredicas y prade-
zuelos que hay tendidos al pie del colegio; sus pasos
vacilaban; su razón se ensombrecía. Cayó sobre la
hierba, exhalando un lamento
A. M. D. G. 203

—/Mi/ God! (1).

Unos brazos tímidos y afectuosos se posaron so-


bre sus hombros; luego la ayudaron á que se in-
corporase. Una voz buena, dijo
—¡Poor beautiful creature! ¡Come lo me!
— You... Gonzal¡áñez. Let me see the children,
and die.
—Not yet. Come to me (2).

Desde aquella noche, Ruth, con sus hijos y la


nurse, se instalaron en casa de Gonzalfáfíez.

(1) —Dios mío.


(2) — Pobrecita, tan hermosa... Venga usted conmigo.
—¿Es usted... Gonzalfáñez? Quiero ver mis hijos y morir.
—Todavía no. Venga usted conmigo.
FRONTI NULLA FIDES
í

Secuestrado en su celda el Padre Sequeros, des-


gajado de su prole infantil y de su prole espiritual,
del estudio y del confesonario, ¿quién había de ser
el pastor preferido de las damas devotas, sino el

dulcísimo, casposo y oleaginoso Padre Olano? Veía-


sele de continuo en juntas femeninas, de visiteo
y conferencia con mujeres, enredado de madresel-
vas temblorosas, á la manera de un bravo roble
antiguo, y, sin embargo, ¡cuán entera su reputa-
ción! ¡Cuán pulquérrima su fama! ¡Su prestigio,
cuán en creciente! Cierto que era muy madurico
de años, poco agraciado de rostro y nada aseado
de su persona; mas, no por estas- nimias circuns-
tancias se ha de entender que se mermase en un
ápice su virtud y fortaleza, que para la opinión de
sus confesadas y amigas no le cedía en belleza y
encanto á un querubín. Habiendo hembra próxi-
ma, el Padre Olano se transfiguraba. Un hombre
de mundo y poco versado en achaques de cosas
santas quizá dijese que los ojos se le inflamaban,
que la boca le rezumaba lascivamente y que las
mejillas se le congestionaban. ¡Oh, qué dañoso
error! Ello es que nadie osó decir semejante dislate
é impiedad. ¡Celo, puro celo de las almas! No había
sino verle predicando. ¡Cuánta energía interior!
203 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

¡Qué manera de doblegarse á las insinuaciones del


Espíritu Santo, que bajaba á infundírsele! Las con-
torsiones que hacía, ¡qué inspiradas! Los gritos,
¡qué patéticos! Los lloriqueos, ¡qué hondos y conta-
giosos! Seguíanle al punto las beatas, lagrimecien-
do y moqueando, que no había cuadro más edifi-
cante y gustoso á los ojos de nuestro Señor y del
santo Padre San Ignacio.
Pues ¿y en obras de caridad, de labor social,
propaganda y beneficencia? Innumerables son las
cofradías, congregaciones, socieda-
archicofradías,
des y centros que en Regium nacieron gracias á la
diligencia del Padre Oían o, todos los cuales existen
todavía, á pesar de vicisitudes largas, como si un
especial favor divino las rigiera.
Por entonces, una proxeneta de ínfima estofa
que había apilado algún caudal en pecaminosos
tratos de tercería, estableció una casa de mal vivir
en un sitio céntrico; una morada de construcción
reciente, y á lo que se decía, con mucha decencia,
entendiendo por decencia ¡oh, picara elasticidad del
vocablo! lujo indecoroso. En los círculos canalles-
cos y entre gente libertina, se conocía á la proxe-
neta referida por el apodo de Telva les burres. Esta
mujer implantó el negocio sin perdonar sacrificio.
Era voz pública que sus pupilas ostentaban provo-
cativa belleza, que hacían dulcísimo el pecado,
exornándolo con no pocas complicaciones de gran
novedad en Regium; que acostumbraban bañarse
á diario, ó cuando menos un día sí y otro no, y,
en suma, que estaban reclutadas entre la flor y
nata de las falanges del vicio. Las había andalu-
zas, madrileñas, catalanas, ¡hasta una portugue-
sa! Con esto, umbrales de Telva se elevaron
los
en dignidad. A los antiguos visitantes (mozarrones
zafios y cazurros, chalanes, obreros, marinerazos
A. M. D. G. 209

de toda laya y procedencia) se les dió con el pos-


tigoen las narices. Ahora, los contertulios y parro-
quianos pertenecían á las clases acomodadas de la
sociedad :tenderos, consignatarios de buques, em-
pleados de fábricas y almacenes, propietarios, et-
cétera, etc. Con lo cual, Telva se enorgulleció gran-
demente. Hízose vestidos de rica tela y severo co-
lorido', compró una mantilla negra, y así ataviada,

á lo señor, salía á ostentar su cinismo, paseando


Jas calles más concurridas, visitando iglesias y po-
niendo en un brete á las señoras honradas.
Las orgías de la casa nueva fueron tan frecuen-
tes y lo-cas, que todo Regiüm murmuró del asunto,
manifestando púdico estupor. Andando el tiempo,
las orgías degeneraron en violencias y báquicas
necedades. Señoritos y horterillas, así que se em-
briagaban, acudían en horda á casa de Telva, to-
maban el edificio asalto* si se les negaba per-
por
miso para y ya dentro, daban al traste con
entrar,
personas y cosas, convencidos de que con esto con-
seguían heroico renombre. Y así fué como una pan-
dilla de bárbaros sacaron á rastras á la portuguesa
desnuda, tirándole de la cabellera, y con tan poca
cortesanía, que le desollaron las nalgas, le magu-
llaron un seno, la acardenalaron y la dejaron con
vida por inexplicable antojo de la providencia.
Aquella morada de escándalo y abominación te-
nía consternadas á las almas sencillas de Regium.
Intentaron influir cerca de los poderes públicos, por
ver de suprimirla y hasta derruirla; pero fracasa-
ron tan santos propósitos.
Una mañanita, la señora del vista de aduanas,
Aurora Blas de Enríquez, hija de confesión del Pa-
dre Olano, se presentó en la portería del colegio.
La acompañaba Maruja Pelayo, hija también del
mismo Padre espiritual, y, en cuanto á la carne,
14
210 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

de un reputadoortopédico. Venían de oir la misa


del Padre Anabitarte, muy ligerita y simpática.
El traje que traían era sencillo el rostro, empe-
;

numbrado bajo la flotante mantilla. Las dos lindas,


las dos rubias, las dos gazmoñas; más gordezuela
la casada. Recibiólas el hermano Santiesteban, con
su pútrida sonrisa.
— Venimos á ver al Padre Olano. Tenemos preci-

sión de hablarle hoy mismo manifestó con mucho
garbo Aurora.
—Ay, señoras mías no sé si estará ó no. Pasen,
;

pasen al salón de visitas entretanto —


Y se fué.
.

No tardó en aparecer el Padre Olano, grande y


sencillo como una montaña, como la montaña ne-
vado también en la cumbre, pero de caspa.
— Siéntense, hijas mías. Vamos, vamos, ¿qué ocu-
rre?—Estaba con las manos escondidas dentro de
las mangas del balandrán. Aguzaba la mirada por
desentrañar el misterio y penumbra de las man-
tillas.

— Venimos á concluir esa enojosa cuestión de la


congregación para el alivio de la trata de blancas',
ó como se llame. Le juro, Padre Olano, que yo no
sirvo para esto—. Con la mano se arreglaba los ri-
cinos de la sien derecha, levantando la mantilla y
mostrando la lechósa frente.
— —
Ñi yo tampoco agregó Maruja.
El Padre Olano reía con benevolencia, echando
atrás la cabeza. Aurora continuó
— Así que terminemos con esa... esa...
—Sí, Telva les burres. Bonito nombre— El Pa-
dre Olano dijo estas palabras impregnando de se-
veridad el acento.

—Precioso— continuó Aurora—. Pues bueno; así


que demos este primer paso, yo no doy otro. Vaya,
que no lo doy, Padre. La idea es muy santa y muy
A. M. D. 6. 211

buena, como de usted; pero yo no doy otro paso.


Este sí, ya lo creo, porque nada se puede hacer
más grato al Señor, me parece.
— Así es, hija mía.
— ¡Buen trabajo me cuesta, Padrecito! Imagine;
tener que hablar, que oir, que rozarme con una
mujerota de esas...
— —
;Ay, es horrible! suspiró Marujina, frunciendo
el morrito deliciosamente —Pero el Sagrado Cora-
.

zón nos lo premiará. Por supuesto, papá no sabe


nada
— Ni mi marido.
—Ni falta que hace, hijas mías. Esta es una ges-
tión que hemos de llevar á cabo con absoluta re-
serva. Sor Florentina ha convencido á la superio-
ra, que está ya en ello. Así, pues, el jueves, de ano-
checida, nos veremos en el locutorio del convento.
—¿Y usted cree que acudirá esa mujerona, Pa-
dre Olano?—preguntó la señora, con ansiedad.
—¿Por qué no, Aurora?
—¿Y se dejará tocar de la gracia?
El Padre Olano apartó los ojos que tan grata-
mente se hallaban apoyados en las lindas interlo-
cutoras y los elevó hacia el cielo raso.
—¡En Dios confío! Además, según mis referen-
cias, es mujer que no tiene abandonados* 6us de-
beres religiosos...
—Insolencia, Padre, insolencia.
— En Dios confío, hijas.
212 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

II

El día señalado y á la hora convenida, se halla-


ban en el locutorio de las Siervas de Jesús, eil Pa-

dre Olano, la señora de Enríquez, la señorita de


Pelayo y sor Florentina. La monja era una mujer
como de treinta años, rechonchita, bella, graciosa
y desenvuelta, con mucho trato de gentes y un
ligero estrabismo en la mirada, que le caía muy
bien. El locutorio daba al jardín. De fuera de los
vidrios de las dos ventanas caían temblando vás-
tagos tiernos de enredaderas. De un pasillo llegaba
un vaho denso, olor á cera y á potaje, á pobreza y
santidad.
Temblaban de expectación las cuatro personas.
El Padre Olano estaba hundido en sí mismo, como
si impetrase la ayuda del Todopoderoso, orando en
silencio. Sor Florentina tenía los carrillitos arrebo-
lados y bizqueaba más que de ordinario. Aurora y
Maruja revolvíanse en las sillas, muy excitadas y
poseídas de bélico ardor. Creíanse poco menos que
Juanas de Arco, y la conquista que iban á empren-
der de más fuste que una cruzada, Al fin y al
cabo, aparte de la gloria de Dios y la pureza de
las costumbres, á ellas les importaba singularmen-
te el buen éxito de la aventura, porque en casa
ae la Telva adivinaban un vago y grande peligro.

¡Oh, si quisiera Su Divina Majestad que extir-
pásemos esta hedionda llaga que infesta á Re-
igium...! — murmuró sor Florentina.
Pasaba el tiempo. Aurora y Marujina Pelayo se
miraban con desaliento.
A. M. D. G. 213

Por fin apareció la vieja celestina. Entró fingien-


do gran timidez y desconcierto, como si no supiera
qué hacerse, ni qué decir, ni á dónde mirar. Pero,
con solamente examinarle la cara, llena de burla y
desenfado, pudiera echarse de ver que era una
redomadísima sinvergüenza y más dueña de la si-
tuación que quienes la recibían. A favor del atur-
dimiento que le tenía cuenta aparentar, fuése dere-
cha á abrazar ai Padre Olano, sollozando más que
diciendo:
— ¡Ay, santo varón! ¿Cómo le voy á agradecer...?
Yo no sé cómo decirle...
El Padre Olano hubo de recibir, por sorpresa, el
primer abrazo de la infecta anciana. Pero, reco-
brándose pronto, la apartó de sí con tanta manse-
dumbre como energía, de manera que Telva abor-
dó á Aurora, que era la que estaba más cercana,
con idénticas muestras de agradecimiento y efu-
sión. La señora de Enriquez dió un grito y retroce-
dió dos pasos. Marujina huía también, temblando,
y fué á guarecerse detrás del jesuíta. La descarada
vieja se detuvo entonces, y humillándose bajo un
infinito abatimiento, balbuceó, con voz quebran-
tada:
— ¡Ay, Dios! Es ¿Dispénsenme! ¡Ay, se-
cierto...
ñoritas! ¿Cómo me van á saludar si yo soy una

mala mujer, si estoy condenada, si para mí no hay


salvación...?
—De eso se tratar— añadió el Padre Olano Sién- — .

tese,buena mujer, y hablemos.


Sor Florentina miró asombrada al jesuíta, en
oyendo aquello de buena mujer. La celestina re-
plicó :

—¿Yo buena mujer? ¡Ay! No se burle, señor...


—Siéntese, siéntese y hablemos. Siéntense, hijas
mías.
RAMÓN FÉmt DE ATALA

Sentáronse todos. Aurora y Marujina tiritaban (te


miedo y de asco. La alcahueta sacó un gran pa-
ñuelo tan cargado de esencia, que el Padre Olano
creyó desmayarse. Hubo un largo silencio enojoso
que sor Florentina interrumpió afirmando
—La misericordia de Dios es infinita.
El jesuíta se agarró á este cabo y asegundó
—La misericordia de Dios es infinita. No está
usted condenada, mujer, ni se ha perdido para siem-
pre; pero, ;ay de usted si no escucha la voz de
quien dispone en cielos y tierra y que en este mo-
mento suena en sus oídos! ¡Te llamé y me recha-
zaste! No olvide, hermana, que si la muerte, en
todo caso llega de pronto y cuando menos se pien-
sa, y troncha esperanzas y siega juventudes, en
la edad de usted...
— ;
Ay! señor; yo no soy tan vieja como parezco.
Los malos tratos de aquel... Iba á decir una atroci-
dad. Usted ya me entiende. Estas señoritas, no; son
unas palomas, las pobres. Treinta años, señor, viví
con él, chupándome el dinero y cuanto había que
chupar. Era un verdadero... bueno, usted ya me
entiende.
—No, no la entiendo, ni falta que me —con-
hace
testó el visiblemente malhumorado. Hizo
jesuíta,
una pausa y continuó: —A
lo que vamos. Confío

en que no está usted por entero dejada de la mano


de Dios y en que se ha de dejar mover á arrepenti-
miento por mis palabras. El oficio que usted sigue
es el más aborrecible, porque ha de saber, herma-
na, que esto que hace es pecado mortal, pues se
opone al sexto precepto de la ley de Dios; de ma-
nera que, después de matar, no hay pecado mayor
contra el prójimo, como lo observará si se para
un poco en el orden de los mandamientos. En el
quinto se nos prohibe matar, y en el sexto, hacer
A. M. d; «.

cosa» indecentes. (Las damas ba¡an la vista. Telva


sigue al orador atentamente. Este ha ido levan-
tándose poco d poco; ahora está en pie.) Por favo-
recer este pecado, hermana mía, por intervenir en
sucios tratos zurciendo libidinosas voluntades, se
ha hecho usted reo de las penas del infierno. A fin
de que conozca mejor la malicia de este pecado,
me valdré de la razón natural. [Link] saber, her-
mana, que ha dado el Creador al hombre una in-
clinación tan fuerte á esas cosas, porque si el hom-
bre fuese como estatua, dentro de poco ya se ha-
bría acabado el género humano. Mas viéndose im-
pelidos loshombres á esto, toman el estado del ma-
trimonio, se casan, y entonces pueden hacer lo que
las leyes del matrimonio permiten, y pueden des-
ahogar legítimamente su pasión, sin que de ello re-
sulte ningún desorden, antes bien, es como las pe-
sas de un reloj, que hacen andar con buen orden
y concierto la propagación del género humano. Mas
si usted, por antojo ó codicia hace gastarse al hom-
bre, es ciertísimo que Dios nuestro Señor, estará
muy agraviado de usted, que le gasta inútilmente
y por antojo esa sustancia, medio de conservación
y propagación del género humano, y que le impi-
de, destruye y mata aquellos seres que con el tiem-
po existirían. Si usted toma una naranja y la es-
truja, ¿cómo queda? ¡Ay, Dios mío! Toda enjuta,
árida, seca, y no es buena para nada. Pues lo mis-
mo pasa con los hombres que usted toma entre sus
manos, y los estruja de manera que no les quede
blanca en los bolsillos, y los deja áridos y disipados
de suerte que ellos mismos se abren la puerta á
todas las enfermedades y al infierno. Considere
cuánto cargo pesa sobre su conciencia, hermana,
por favorecer y alentar est» hediondo vicio que
Séneca llama mal máximo, y Cicerón peste capital.
216 RAMÓN PÉREZ DE A Y AL A

Piense que si la misericordia de Dios es infinita,


no lo es menos su justicia, y que las iniquidades
que usted promueve van llenando la copa de la
divina paciencia. Y entonces, ¡ay de usted y de sus
infames asiladas! (Aquí la voz del Padre Olano se
hace recia ij tonante. Telva simula suspirar.) Se ha
visto perecer á personas repentinamente en medio
de los goces venéreos, y á una vieja de Alejandría
que se^ ocupaba en prostituir mancebos y donce-
llas, como usted, la devoraron cierta noche los dia-

blos en forma de ferroces perros negros. (Telva se


estremece. Sor Florentina hace cjuinos d sus ami-
gas, dándolas d entender que tiene buenos presen-
timientos. El Padre Olano endulza el tono, lo hace
confidencial.) Y bien, hermana : aparte de estas
consideraciones que he hecho, ¿no siente usted
le
el espíritu fatigado con una existencia tan azarosa

y triste? Digo triste, porque convienen respetables


doctores en que siempre es triste el vicio, y más
que ningún otro éste de que se trata y de que usted
hace profesión. Omne animal post coitum tristalur.
Lo propio que á las bestias les acontece á los hom-
bres como que en este caso no son sino bestias del
;

peor linaje, y usted, hermana, puede sernos testigo


de mayor excepción por las muchas bestialidades de
que ha sido víctima y malos tratos que la han infe-
rido. Pues, ¿y qué diremos del pecado de escándalo
en que usted cae de Heno sustentando esa casa de
mal vivir? ¡Ay, hermana! Retírese del vicio, cierre
esa aduana de Satanás, y guíese por las personas
que solamente su bien procuran, como somos nos-
otros, si quiere salvar el alma y hasta el cuerpo.
Telva escondió el rostro, abrujado y socarrón,
entre los pliegues del pestífero pañuelo y rompió á
llorar amarguísimamente. Como su llanto se prolon-
gase con exceso, acudieron los presentes á conso-
A. M. D. G 217

lárla, pensando para su sayo, «esto es hecho».


Alentáronla con palabras amigas; le hacían ver los
errores y peligros del pasado y cómo, de continuar
al frente del burdel, la asesinaría cualquier día un
libertino beodo; daban por sentado que tendría al-
gún dinero con que vivir honestamente, alejada de
tratos de tercería, y por si no lo tuviese la prome-
tían favorecerla. En esto, Telva -se levantó de su
asiento, dispuesta á marcharse. Los otros cuatro
la ¡airaron, llenos de ansia, aguardando una con-
testación concreta. La vieja celestina enjugó sus
ojos y arregló el mantón con mucha parsimonia.
—Vaya, yo me voy, que ustedes tendrán que ha-
cer y mis mujeres andarán todas revueltas. ¡Ay,
señor! ¡Ay, señoritas! Ustedes, ¡qué buenos son!
¡Oué santinos! ¿Cómo les voy á agradecer? ¡Qué ra-
zón tienen! ¡Qué razón tienen, en eso de los mal-
tratos! Parece que los inspira Dios..; ¡Si ustedes
vieran...! Aquello no es vivir, es un infierno: tiene

razón el señor cura. ¡Ay! dirigiéndose á la señora
de Enríquez— Si todos fueran como el su marido.
.

¡Qué hombre tan formal* tan simpático! Allí llega


todas las no<ches; tráenos dulces, siéntase en el co-
medor, y cuándo con la Portuguesa, cuándo con la
Pepa, cuándo con Loreto... En fin, mejor no cabe.
Ni un grito, ni una bofetada nunca. O como su pa-

dre de usté, el señor Pelayo dirigiéndose á Maru-

jina ¡Ay, qué señor! Es un bendito. Antes se seca
.

el mar que él falte por las tardes. ¡Y qué cariñoso!


Que pañuelos, que faldas, que blusas, que cadenas,
que peinetas; á las niñas no les falta nada. ¡Lo que-
remos tanto...! Vaya, que será tarde. Adiós, señora.

Adiós, 'señorita. Adiós hermana á sor Florenti-
na— ya sabe dónde está su casa, Munuza, 5. Lo
,

mismo le digo, señor cura, y no deje de ir para que


concluyamos de hablar de estas cosas.
RAMÓN PÉREZ DE AYALA

La proxeneta salió majestuosamente. No había


llegado á la calle cuando caían en tierra, tomadas
de sendos berrinches ó desmayos, sor Florentina,
Aurora y Maruja. El Padre Olano estaba aterrado,
maldiciendo la hora en que se le había ocurrido la
liga para la supresión de la trata de blancas. A sus
pies, Aurora mostraba las piernas, macizas y gen-
tiles, cuya blanquísima carne trasparecía por el

punto de seda. El Padre Olano no pudo menos de


considerar cuán bellas eran, y con esto sintió que el
pecho se le aliviaba de la contrariedad sufrida.
ACTA EST FABULA

».
I

En la puerta del refectorio, los inspectores pri-


meros aguardaban la salida de sus grupos respec-
tivos. Aquel día, después de comer, los mayores
echaron de menos al Padre Sequeros. En su lugar,
la temerosa é ingente nariz de Mur avanzaba por
el claustro, de salida del comedor, trayendo en pos,
casi escondido, al citado jesuíta). Se originó un mo-
vimiento de sorpresa y expectación. Cada niño
construía una hipótesis, que aclarase la ausencia
del Padre Sequero'S. Aun cuando desde el refectorio
hasta el patio de recreación había muy corto tre-
cho, Caztán, el mexicano, no supo reprimir su im-
paciencia y susurró al oído de Coste, que iba de-
lante de él en filas :

—¿Qué será del Padre Sequeros?


Coste, con aquella liviana inconsciencia que de
ordinario le inclinaba al desatino, respondió
— Estará durmiendo la siesta con la inglesita.
Y no volvió á acordarse de la réplica. Pero estas
palabras aventuradas no se derritieron en el aire,
sino que avanzaron por una ruta fatal hasta los
oídos de Manolito Trinidad, y luego hasta los de
Mur y luego hasta los del Rector.
El mismo día, en el estudio de la noche, sonaron
tímidos golpes de nudillos á la puerta. Salió á in-
222 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

formarse Ricardín Campomanes, por orden de Mur;


subió al púlpito, bajó al pupitre de Coste y le dijo
—-Te llama el Hermano Santiesteban.
Coste salió del estudio, campechanote y descui-
dado, creyendo que alguna visita insólita le reclar
maba. Silenciosamente se encaminaron á la ropería.
—Quítese la blusa.
Coste se desvistió el blusón.
—¿Quién viene á verme?
—Nadie por ahora.
—Entonces...
—Sígame.
El niño frunció cejas y morro; los carrillos se.
le distendieron hasta adquirir alarmante inHazón,
corno le ocurría cuando sospechaba alguna contra-
riedad. Echaron á andar en silencio ; escaleras arri-
ba, al último piso ; luego, á través de oscuros trán-
sitos, á la enfermería. El Hermano empujó una puer-
ta, y con brazo derecho invitó á Coste ó. que pe-
el

netrase en la celda. Ardia un quinqué, colgado del


techo. Por todo atalaje, la cama, una mesa y una
silla. Sobre la cabecera del lecho una estampa mala

del corazón de María. En la mesa, un libro de de-


voción. Coste creyó que le tomaba un desmayo.
Es el caso, Hermano suspiró— —
que usted se
,

debe de equivocar. Yo... yo no me he quejado; no


.me siento mal; estoy sano.
— No creo equivocarme, señor Coste cumplo las :

órdenes del Reverendo Padre Rector.


Salió de la celda, cerrándola con llave. Y quedó
Coste á solas, víctima de lúgubres ideas. No acer-
taba á ver claro en las causas de su confinamien-
to. «¿Por qué me encierran? ¿Qué lío es éste?» Re-

corrió su cárcel impulsado por la vehemencia á


que aquella sinrazón le arrojaba; cayó, abatido, so-
bre la silla ; lanzó contra la pared el libro devoto
A. M. D. G. 223

se después sobre el lecho, y repitió la


precipitó
suerte, cada vez desde mayor distancia, muy com-
placido al ver que los muelles del colchón le hacían
botar; abrió la ventana, que daba al campo; y al
cabo de ensayar todas las formas lícitas de la des-
esperación, reposó un momento y creyó advertir
que el estómago estaba en buena coyuntura para
soportar algún lastre. En esto, juzgó lo más sensa-
to revestir deforma audible sus propios pensamien-
tos, desdoblarse, conversar consigo mismo.
— Coste, tú tienes apetito. No me lo niegues.
— Un apetito bárbaro.
— ¿Lo ves? ¿Y no te bajaran al refectorio?
si
'

— Mejor. Comida me habían de traer bastante y


aquí comería más, á mi gusto.
-Puede que te castiguen sin vino.

¡Bah!
-Quizá, sin postre.

Esas son caxigalinas. Pero, vamos á ver, ¿por
qué me van á castigar?
—Eso digo yo.
— Como que es una machada.
Sonó la campana del regulador, llamando á la
cena. Coste se puso en pie, con el rostro inflamado
de júbilo. La ansiedad le llevó de muro á muro, en
agigantados paseos. Oyóse el estridor de la llave;
giró la puerta; surgió Santiesteban con una bande-
ja y, adelantándose hasta la mesita, la despojó del
mantel de hule y dejó al aire el tablero de mármol,
en donde depositó un panecillo francés y una botella
de agua. Coste sonreía, bañado en saliva el paladar.
Pensó: «al parecer me dejan sin vino. Paciencia».
El Hermano Santiesteban no se fué en busca del
resto de la comida, sino que, tomando la botella de
agua, empapó convenientemente el pan, hasta casi
dejarlo convertido en papilla. Las piernas de Coste
224 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

flaquearon visiblemente; los mofletes se le volvie-


ron flácido's. Ei Hermano Santiesteban desapareció,
cerrando la puerta. Coste, vacilando, llegó hasta
el lecbo, se desplomó sobre él, hozó rabiosamente
en la almohada, y á la postre, estalló en hipos y so-
llozos. A poco se incorporó, enjutándose el llanto y
domeñando el hipo.
—Ya soy un hombre; no puedo llorar.
Apretó los puños, amenazando al corazón del mo-
nasterio. Sus carrillos atacaban la nota más aguda
del invisible cornetín. Escarbó en la memoria, por
buscar el vocablo carreteril ó marineril ajustado á
las circunstancias, y gruñó con sordo acento:
— ¡Cabrones, daos pol tal; me lo habéis de pagar!
Desnudóse y se acostó. No quiso probar el mi-
sérrimo alimento que le ofrecían. Antes de que se
durmiese, entró el Hermano Echevarría, y le en-
volvió en una ojeada cariciosa.
— —
¡Márchese, márchese pronto! amenazó el mu-
chacho.
— Calla, hombre, que vengo á apagar el quinqué.
A media noche, despertó, roído por el hambre;
fué á tientas á la mesilla y devoró el pan, húmedo
aún. Sentía fuego m
las fauces y apuró toda el
agua de la botella.
A la mañana siguiente, faltáronle materias sóli-
das con que quebrantar el ayuno del día; es decir,
que no desayunó. Como la sed le hostigase, hubo
de beber de bruces en la jofaina que de mañanita
le había entrado el Hermano enfermero. Permane-
ció en el lecho, contemplando á través de la ven-
tana los agros renacientes, tendidos al sol, y re-
construyendo, por los toques de la campana, las
etapas de la vida de sus compañeros. Cuando se le-
vantaba, calculó que sería cosa de las diez y media.
Sus amigos estarían en oíase, esto es, más aburrí-
A. M. D. G. 225

dos que él en aquel momento, y desde luego más


temerosos. «Si hubiera moscas por aquí pensó — —
pero, no es tiempo. O arañas...» Examinó bien los
ángulos, debajo de la cama; se puso en pie sobre
la mesilla hasta casi tentar el cielo raso no había ;

bicho viviente. Tampoco tenía papel con que plegar


pajaritas y gabarrones. Se acodó en el alféizar de
la ventana y su ruda imaginación campesina voló
hacia el pueblo natal, asentado en la orilla de aquel
mismo* mar que á su derecha se veía, Se acordó
de su padre, navegando quizá á tales horas por
las alturas de océanos distantes en el barco velero
de casco verde y nombre bello, Las Tres Marías.
A las once y media, Conejo penetró en el cuarto.
— ¿Está el gavilán en la jaula? ¿Hemos acorrala-

do á la fiera? interrogó de chanza.
Volvióse Coste, quedando de espaldas á la luz.
Conejo no era de temer.
El jesuíta añadió :

— Conque, ¿qué te parece esto?


—Yo qué sé.
—Ya, ya. Como que estarás en la gloria, sin es-
tudiar, sin clase... Pues bien; el Padre Rector ha
acordado expulsarte del colegio.
Coste disimuló su alegría.
—¿Por qué?
— ¿Qué has dicho ayer en las filas á Caztán, al
comedor?
salir del
—Maldito me acuerdo.
si

— ¿No? ¿No fué algo del Padre Sequeros y de la


inglesa? ¿Eh, galopín? ¿Quién te ha enseñado esas
abominaciones?
—Ahora ya sé. Pero, ¿Caztán es fuelle también?
— No se trata de eso.
—Y bien, Padre Ministro, si me expulsan, ¿por
qué me tienen sin comer?
15
226 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

— ¿Sin comer?
—Sí, señor. Anoche el Hermano Santiesteban me
trajo sólo una bolla mojada en agua. Ya ve usted,
Padre, yo soy de mucho alimento. Y si me echan,
ellos ya no tienen que ver.
—Ya lo creo que eres de mucho alimento. Cana-
rio; yo no sabía... A otra cosa. Como la expulsión
es tan vergonzosa, he intercedido con el Rector,
y
por último, ha resuelto perdonarte, contando con
tu enmienda, ya sabes. Y de aquí en adelante pro-
cura hacerte simpático al Padre Mur.
Ni la expulsión le parecía vergonzosa á Coste,
ni la intercesión de Conejo le hacía ninguna gracia.
Disponíase á partir el Prefecto.
—Padre Ministro, Padre Ministro. ¿Me van á te-
ner mucho tiempo encerrado?
—No sé. Allá veremos.
—Si usted quisiera que me mudasen á otra cuar-
to, desde donde pudiera ver á los compañeros du-

rante la hora de la recreación...


—¿Para hacer telégrafos?
—No, Padre para verlos. Así, solo á todas horas,
;

me da tristeza.
—Allá veremos. Adiós, galopín.
A la hora de comer, Coste volvió á realizar vo-
races proezas de animal carnívoro. Tras de vein-
ticuatro horas de abstinencia el alimento le pareció
gustoso como maná, pero lamentable por la esca-
sez. A la tarde le mudaron de habitación. Desde el
nuevo encierro, aunque á mucha altura, podía con-
templar los juegos de sus amigos. Observó que el
Padre Sequeros no bajaba á los patios, ni se le veía
nunca, y atando cabos y soldando murmuraciones
y cuchicheos de los alumnos, dedujo evidentemente
que también el primer inspector sufría la pena de
reclusión temporal.
A. M. D. G. 227

Llevaba Coste ocho días de encerramiento. Con


la inacción, las mantecas se le habían dilatado;
sentíase torpe y perezoso. Era una mañana trans-
parente y risueña. Por detrás de los vidrios, espia-
ba el bullicio que movían sus compañeros en el re-
creo matinal, después del desayuno. Vió á los ins-
pectores agitando la campanilla; á los niños, aban-
donar sus diversiones y acudir á las filas, y á éstas
moverse pesadamente, con derrotero á la clase. De
pronto hubo un alto. Apareció el Padre Rector; di-
jérase que hablaba, ante la prole infantil. ¿Qué ocu-
rre? Las filas se deshacen súbitamente; los niños
parten á la carrera, en todas direcciones, brincan,
profieren alaridos, lanzan las boinas al aire; un
frenesí. Coste comprende; es día de campo. Y á él,
¿lo dejarán preso? El corazón se le alborota, an-
gustiado; enternécensele los ojos; aguza los oídos
hacia el tránsito, en espera de pisadas venturosas.
Más tarde, ve cómo se forman de nuevo las filas,
y desaparecen, y se oye, alejándose, la charanga
del colegio que toca la acostumbrada diana:

Después, la pesadumbre de un silencio infinito


cae sobre la inmensa casa vacía. Coste se ha tum-
bado en el camastro. Está rabioso, rechinando los
dientes. Se incorpora; ha tenido una idea. Prorrum-
pe en una risotada, y dice, en voz alta: «Luego, lue-
go.» Se pasea, discurre, robustece su plan.
A mediodía, Santiesteban se presenta con unas
,
viandas fiambres. Coste investiga ladinamente.
—¿Por qué me traen comida fría?
—El cocinero no está en la casa, señor Coste.
228 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—Pero alguno habrá que las caliente.


— Nadie hay, señor Coste.
— Pero ¿se han ido también los Padres de campo?
—Estamos solos usted y yo, señor Coste, y ailgún
fámulo.
—Pues déjeme aquí la comida. Hoy tengo un
hambre tremenda.
— ¿Hoy, .señor Coste?
Y Santiesteban se va, después de haberle ofreci-
do su pútrida sonrisa.
Así que ha comido, el muchacho guarda en el pa-
ñuelo las .sobras y las esconde debajo de la almo-
hada. Permanece sentado hasta que Santiesteban
vuelve á retirar el cubierto. En estando nuevamen-
te á solas, arranca el tirador de la mesilla, endere-
za la argolla y va á la puerta con ánimo de forzar
la cerradura, lo cual consigue á los pocos tariteos.
Extrae una frazada del lecho, y se la carga al hom-
bro; toma en la diestra el pañolico de la comida y
sale decidido. Desciende hasta el tránsito en donde
están las celdas de los Padres; recorre varias puer-
tas hasta una en cuyo umbral deposita el cobertor
y el hatillo. Llama. ((Adelante», responden desde
dentro. El niño penetra y se hinca de rodillas á los
pies del Padre Sequeros.
—Padre, vengo á despedirme de usted, porque
me escapo, y á pedirle perdón por el mal que le
haya hecho, ó que de usted haya dicho. Le juro
que nunca tuve mala intención.
— ¿Cómo? ¿No ves que no puedo dejarte huir?
Sería un remordimiento, un cargo...
— Si no me dejara, Padre, no sé lo que haría, no
no
sé..., sé.Ya no puedo más.
—Pues que Dios te ampare, hijo mío—. Y le ben-
dice.
Coste toma al salir su bagaje y viático; baja es-
A. M. D. G. 229

caleras; atraviesa pasadizos; se enhebra en la an-


gostura de un tendejón sombrío, húmedo; se detie-
ne, vacila, zozobra, murmura; «¿se lo habrán lleva-
do?» Decídese al fin V éntrase por la cuadra. Caste-
lar relincha; Coste grita, abraza á su amigo, lo besa
y le dice expresiones tiernas: «¡Queridiño, queridi-
ño! Vamos á Ribadeo. Ya verás allí. Te haré una
albarda guapiña, con madroños; te compraré lo
que quieras, para comer. Vamos, vamos, queridiño,
no sea que nos pesquen.» Y, luego de sujetarle la
frazada con una cincha, á manera de montura, sale
á los patios exteriores, conduciendo al asno del ra-
mal.- Cruzan el patio de la segunda, hasta el cober-
tizo nuevo; en una rinconada hay un portón. El
chicuelo hace saltar el candado con una piedra. No
sabe si tirar á campo traviesa ó deslizarse junto
á los muros hasta la espalda de La casa; resuélvese
á favor de la última manera. Camina con tiento,
pisando sobre las matas á veces. Ahora ha dado un
traspié por haber tropezado con un objeto incom-
prensible. «¿Qué es esto?)) Y saca del matuco unas
almadreñas y un enorme paraguas de seda roja.
Como no tiene el sentido de la propiedad individual,
muerto de risa, se apodera del raro paraguas y
atribuye su hallazgo á la merced divina que se lo
coloca á los pies, quizá por valimiento del Padre
Sequeros, para el caso en que, durante su huida á
la dulce patria, se abran en agua las nubes.
Ya está, á rebalgas sobre Cas telar, en campo
abierto. Lo tupido de la población queda á la iz-
quierda; detrás el colegio y la tierra montuosa; al
frente, una rala prolongación de la ciudad y más al
fondo el mar; paisaje de costa, rocas en acantilado,
pinares, á la derecha. No cabe duda que siguiendo
la orilla del mar todo el tiempo se llega á Ribadeo;
pero, ¿de qué costado?, ¿del derecho?, ¿del izquier-
230 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

do? Coste, dejándolo á la libre determinación de la


cabalgadura, corno hizo San Ignacio en parecido
trance, ya no piensa en otra cosa que en su liber-
tad reconquistada. Castelar toma, sin vacilación,
un camino con derrotero á la derecha. Aquella
parte la conoce bien Coste, que han venido allí de
paseo con frecuencia; sabe que detrás de la robleda
hay praderías, y luego unos pinos, y más luego are-
nal, y el río Piles y la playa, y el mar...
— ¡Sooo, Castelar! Sooo... Párate.
Coste, densamente pálido, escucha. Sí; se oye
muy cerca gran gritería. Son los alumnos del cole-
gio. De seguro están en los prados del lado de allá
de la robleda.
— Riá, riá, Castelar. A escondernos, no sea el
diaño que nos atrapen.
Se sumen en lo más intrincado y espeso del bos-
que <de robles. Luego, el niño ata su borrico á un
tronco, y con paso furtivo, reptando entre tojos,
avanza hasta la linde de la arboleda. La tentación
es más recia que sus temores. ((Si pudiera ver á
Bertuco y á Ricardín, despedirme de ellos... Siem-
pre me han querido.» Ya ve las praderías, parcela-
das por seto vivo de zarzamoras; y ahora á un gru-
po de Padres, sentados en la hierba, leyendo el bre-
viario; y á los niños, que han traído los balones y
juegan sin reposo. «Si un balón cayera del lado de
acá de aquella sebe y viniera á recogerlo Ricardín
ó Bertuco...)) Pensado y acaecido. La pelota de
cuero traza en el aire una gentil parábola, gana ai
caer la sebe y rueda por la grama con tanto im-
pulso que anda á punto de entrar en el bosque. Un
niño salta el seto, corre en seguimiento del balón.
El atribulado Coste apenas se atreve á asomar el
hociquito. «Si fuera un fuelle...» No, no es un fue-
lle; es el beatífico Rielas.
A. M, D. G. 231

— ¡ChisS'St! ¡Chissst...! Rielas...


\ Rielas alza los ojos y retrocede sorprendido.
— Oye, Rielas, ven aquí; como que tropiezas el

balón con el pie y se mete por aquí. Oye.


Obedece Rielas.
—Pero, Coste... Jesús.
— Me he escapado, ¿sabes?
—Jesús, Jesús.
— Quiero despedirme de los
amigos; de Bertu-
co, de Ricardín, de ¿sabes? A ver si os podéis
ti,

escabullir un momento. ¡Ah! Oye. No me acu-


sarás...
— Galla,
hombre. Tú, aguarda más dentro, por
siacaso nos ven —
Y salió corriendo pradera abajo,
.


menudeando los gritos. ¡Ahí va! ¡Ahí va! Dió un —
puntapié á la pelota y la proyectó á una altura
excelsa.
Coste se internó en el bosque, sentóse sobre un
gran guijarro y aguardó. Pasaba el tiempo y nadie
venía. A la vuelta de media hora, onduló un silbido
cauteloso. Respondió Coste, silbando de su parte.
Entre los árboles avanzaban Ricardín, Bertuco y
Rielas. Ricardín venía con claras señales en el ros-
tro de no traerlas todas consigo Bertuco, muy se- ;

reno. Se abrazan los niños.



Adentro, más á la espesura— dice Bertuco.

¡Por Dios...! ¿Y si nos echan de menos?— pre-
gunta Ricardín.

Ya daremos cualquier disculpa.
—¿Sabéis? Me escapo. El Padre Mur me odia, to-
dos me odian. Yo no puedo vivir así. Sólo vosotros
sois buenos... —explica, de camino.
—¿Y cómo te las vas á componer? — inquiere
Bertuco.
—Allá veremos. Este debe de ser el camino de
Ribadeo. Tú sabrás, Ricardín.
232 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

—Yo no sé. Además eso está muy lejos. ¿Vas


a pie?
— ¿A pie? ¡Quiá! ¿A que no sabéis con quién es-
capo? No acertáis, de seguro.
Callan.
— Con el Padre Sequeros — se atreve á decir
Rielas.
—Arrea. Con... con Castelar.
—Entonces has robado— observa Ricardín.
lo
— ¿Robarlo? Si es más mío que de nadie...
— ¿Dónde lo tienes? Yo quiero verlo— añade Ber-
tuco.
—Ahí cerca está atado á un árbol.
Descubren al burro, el cual recibe á los niños ale-
grando los ojos y entiesando las orejas. Bertuco
pregunta
— ¿Qué es esto, Coste?
— Un paraguas, me parece.
— Que encontraste escondido en unas matas,
detrás del cobertizo de la segunda — . Y se echa á
reir.
— ¿Y cómo sabes?
— ¿Acierto?
—Sí que aciertas.
—Pues basta. ¿Llevas dinero?
— ¿Cómo dinero?
—Naturalmente. ¿Piensas viajar como Don Qui-
jote?
—Puedes vender burro. el
— ¡Vamos, hombre! Tú estas loco, Ricardín— re-
plica Coste, indignado.
—Entonces...
—Entonces, yo qué sé. Dios me ayudará.
Ricardín se desabotona el chaleco, investiga en-
tre los forros, extrae un papel mugriento y lo des-
arrolla hasta manifestar una pieza de dos pesetas.
A. M. D. G. 233

— Toma; las pude esconder á principio de curso.


De algo te podrán servir.
— No, no las quiero. Guárdalas tú.
Bertuco se interpone.
— Tómalas, Coste; á ti te hacen más falta. Yo no
tengo nada que darte.
Rielas atraviesa empeñada lucha interior, en la
cual la victoria corresponde á la munificencia. Re-
vuelve en la faltriquera de la cazadora y expone á
la luz del día una cajetilla que «entrega á Coste.
— Son de emboquillados de Valencia. La puedes
vender, ó te la puedes fumar.
Han enmudecido á causa de la emoción. Bertuco,
temblándole el acento, reanuda la charla:
— ¿Dónde vas á dormir esta noche? Es ya tarde.
Viene la noche.
— Sí, es ya muy tarde. Dormiré aquí, en el bosque.
— —
¿No tendrás miedo? Ricardín está estremecido.
—¿A qué?
— Reza, por si acaso.
— Eso ya se sabe. ¿Crees que soy un hereje?
Tiemblan unas voces en la distancia: «Bertucooo...
Campamanes...»
— Bueno, adiós.
—Adiós.
—Adiós, Bertuco, Ricardín, Rielas... adiós. Ya no
os volveré á ver.
Se abrazan; se besan; lloran. Los tres alumnos
van á perderse entre la columnata de robles enye-
drados. Coste, casi lelo, se desdobla é inicia un bre-
ve coloquio.
— Coste, tienes mala pata.
— Muy mala, me en diez.
c...
Castelar sacude las orejas con tanto garbo que,
al ruido que mueve, Coste vuelve la cabeza. El bu-
rro le mira, diríase que amorosamente.
234 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Se oye la charanga del colegio y cómo se apaga,


según retorna al cobijo del casón.
La negrura se filtra dentro del. bosque. Levántan-
se mil rumores. Grazna un cuervo.
El muchacho arregla á tientas un lecho de hojas
secas; se cubre ,con la frazada; invoca al sueño.
Castelar se acomoda al lado de su amigo, como ve-
lándole. Rinde el cansancio al prófugo, que cae dor-
mido murmurando:

Bendita sea tu pureza


Y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios...

II

Al día siguiente se despertó con los sentidos ági-


les y animoso el pecho. Cabalgó por una carretera
durante toda la mañana. Comió en un chigre; be-
bió sidra; fumó dos emboquillados y salió del antro
con dos reales en el bolsillo.

Carreteros, jinetes y peatones le miraban al paso


con leve estupefacción.
A media tarde dejó pacer á Castelar de la hierba
de las cunetas, aguardándole sentado en un mon-
tón de caliza picada. Preocupábale no ver el mar
cerca; pero le habían dicho que aquélla era la ca-
rretera de la costa. Reputaba como de buen augu-
rio no haberse tropezado con una horda de gitanos,
que roban niños y burros. Pero, luego, pensándolo
más despacio, consideraba que acaso fuera dulce
la vida entre aquellas gentes de bronce, y hembras
A. M. D. G. 235

hoscas y melancólicas que, apoyando el codo en la


cintura, tienden la diestra al caminante, como si
solicitasen amor.
Cabalgó nuevamente. El cielo se anublaba. Las
nubes se fundían, formando una techumbre piza-
rrosa. Comenzó á gotear. Luego á llover torrencial-
mente. Fué á guardarse debajo de un árbol, siendo
ineficaz el gran paraguas bermejo; pero, como la
noche avanzase demasiadamente, resolvió seguir
en busca de un mesón.
El terreno era quebrado y estéril; cañadas y mon-
tes vestidos de tojo y de esmirriados pinos.
La obscuridad era mucha y el agua más. Oíase
un raro retumbo próximo.
A la izquierda del camino, lindando con la tenue
blancura de la carretera, las tinieblas se espesaban
en una masa angulosa. «Debe de ser una casa de
aldea», imaginó Coste, asiéndose á esta esperanza.
Acercóse, encendió unas cerillas. Era un tinglado
de palitroques, cubierto de paja asilo de caminan-
;

tes ó pastores. Dentro no llovía. Coste descendió


del asno y se acomodó en el suelo. A poco, caía
dormido.
Soñó con pesadillas espantables, y despertó por-
que la angustia le atenazaba la garganta. Tendió
las manos en la sombra, solicitando la compañía de
su leal camarada. Buscó de un lado, de otro, medio
muerto bajo la losa de presunciones horribles. Cas-
telar no estaba. «¡Sueño aún! ¡Sueño aún!» Se
golpeó con furia la frente, se mesó los cabellos, por
volver al estado de vigilia. Rostro abajo le corrían
hilos de líquido calentuzo, los cuales se le entraron
por la comisura de los labios, desparramándose en
densidad acre. ((Es sangre. Me he hecho daño. Estoy
despierto.» Iba á gritar, á orar á voces, suplicando
misericordia del cielo; mas la voz se le disipó antes
236 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

de salir de los labios y los pulsos se detuvieron.


Por la carretera, muy cerca de él, pasaban seres
fantásticos. Iban en silencio y llevaban una luz. En-
loquecido, corrió monte arriba, Caía entre espinas,
se arrastraba, volvía á correr. Sonó una detonación.
Los oídos le zumbaban. Y corrió, corrió, hasta que
se derrumbó, sin aliento ni sentido. Recobróse te- ;

nía las ropas embebidas en agua; tiritaba. La cerra-


zón era completa. La lluvia azotaba y el viento se
revolvía frenético. Aquel vago retumbo de antes se
exacerbaba, era ensordecedor.
Un lanzazo de luz hendió las negras entrañas
de la noche tormentuosa. «Es un faro. Estoy al
lado del mar. ¿Andará cerca Ribadeo? ¡Padre Se-
queros, Padre Sequeros, ayúdeme

Divina Pastora,
Dulce, amada prenda,
Dirige los pasos
De estas tus ovejas.

¡No me dejes, Madre mía! ¡No me dejes, Madre


mía!» Ante las pupilas del niño, que el delirio di-

lataba, mil fugaces lucecillas urdían diabólica zara-


banda. En los oídos le retiñía un campanilleo ma-
reante. Fantasmas sutiles le rozaban, mosconean-
do, las sienes. Una voz cantó junto á su oreja :

Lucifer tiene muermo,


Satanás sarna,
Y el diablillo Cojuelo
Tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
Sarna y ladillas,
Su mujer se las quita
Con tenacillas.
A. M. D. G. 237

Esto misino lo había leído Coste, de escondite,


en un libro que tenía el Padre Estich, el literato.
La voz repitió la indecorosa copla. Coste sollo-
zaba:
((Mírame con compasión.
No me dejes, Madre mía.»

Concentró las flacas fuerzas que conservaba; se


puso en pie; dió dos pasos... y caía desde el acan-
tilado al embravecido mar. En un picacho cortante
se le partió la cabeza, haciéndole perder la vida,
no sin antes bisbisear, con d£bil y delgado soplo:
((No me dejes, Madr...»
MIRABILE VISU
Uno que otro velón, de largo en largo, colocados
de manera que el postrero y más débil resplandor
del uno se encadenaba con el del siguiente, abrían
por entre las sombras del tránsito de los Padres
una ruta equívoca y melancólica. El silencio era
hondo, de infinita vacuidad, como si habiendo per-
dido su vida el Criador, porque era aquella noche
la del Viernes Santo, el universo se hubiera des-
plomado en sorda y definitiva inercia, y alumbra-
ban los velones como expirantes pavesas de un
mundo pretérito.
Nació un rumor latebroso de la aparente nada;
ta sombra se espesó en un punto, á modo de cuaja-
rón de tinieblas, cauto y semoviente. Así como se
acercaba á la luz de un velón podía advertirse en
que era un Padre, arrebujado en el manteo, y como
su alzada fuese poca y fachendease mucho, ¿quién
había de ser sino Conejo?
Germinaron nuevos bultos en las entrañas de la
sombra. El resplandor de las lámparas, aunque
escaso, los definía. Envolvíanse todos en los man-
teos*. Y pasaron: el larguirucho y adamado Estich;

el vivaracho Ocafía; el jesuitófobo Atienza; el im-

ponderable apéndice nasal de Mur, de donde como


16
242 RAMÓNf PÉREZ DE AYALA

de una percha pendían los arreos talares; el vale-


tudinario y expectorante é ijadeanle Avellaneda;
Arostegui, telinliiesto y solemne; Olano, oblongo
y carnal; Landazaba), de las nalgas en asidero;
Numarte, vulgar y tosco; Sequeros, rígido y pau-
sado; toda la comunidad. Caminaban acuciosos,
con pie desnudo é inaudible. Los manteos revola-
ban á veces sobre los talones. Parecían bestias ne-
gras y traidoras, bijas de la lobreguez y de la in-
mundicia, raías ó murciélagos enormes.
En las escaleras se adensó el negro tórrenle, por-
que á los Padres se les incorporaron los legos; San-
tiesteban, de pútrida sonrisa; Calvo, el cocinero, de
imposible obesidad, en términos que, al igual de
aquel obispo francés, parecía haber venido al mun-
do á fin de demos! rar hasla qué punto puede dar
de sí la piel humana; Echevarría, nostálgico del
cetro adolescente, y iodos los oíros.
Los Padres penetraron en el refectorio: los Her-
manos permanecieron junto á
puería. Se verifi-
la
caba una de las dos disciplinas en común que hay
durante el ano (la víspera de San Ignacio y el Vier-
nes Sanio).
Sobre la mesa de la cabecera, en donde acostum-
braba á comer el Hedor, había una vela encendida.
Arostegui se arrodilló; todos siguieron su ejemplo.
Oejaron caer á tierra los manteos, manifestando,
por las. trazas, el torso desnudo; mas no era así,
sino que á favor de la poca luz hacían pasar como
propio pellejo (;inocente fraude!) el tejido de la ca-
miseta, en lo cual no andaban muy errados, porque,
además de ser el color originario de un fono cru-
do y moreno, semejante al de la carne, con la co-
chambre y exudaciones sebáceas que trasudaban
aquella prenda, había llegado á convertirse en algo
coiisustanlivo al propio cuerpo. Anabitarte apagó
A. M. D. C. 243

la vela, de suerte que el refectorio lobregueció por


entero. El Rector dijo con acento jaculatorio:

Reverendos Padres y carísimos hermanos; por
orden de la santa obediencia decimos nuestra culpa.
Por todas las faltas (1) cometidas durante el año.
Por lo cual, y en honra de San Ignacio, tomamos
esta disciplina.
Oíase el manso y meticuloso guitarreo de los pa-
dres previniendo muy cuerdamente cualquier des-
perfecto de las respectivas camisetas, y el vehe-
mente zurrido de los legos aplicándose furiosos la-
pos en los lomos, recios y rústicos, á propósito
para la afrenta del látigo y de la servidumbre.
A los diez ó doce segundos, Anabilarte tocó en
un vaso con un cuchillo. Como por. ensalmo cesó
el rumor de penitencia. Tan sólo, junto al postigo,
algún lego montaraz se aplicaba unos zurriagazos
de propina.
Y se fueron todos tan frescos á sus celdas. Ave-
llaneda estornudaba. Los legos llevaban las costillas
largueadas de verdugones.
Aquella noche, Sequeros recibió otra esquelita
azul

«Desde mañana puede usted bajar á la división.


Queda desobligado del retiro.

P. Arostegui, S. J.»

(1) Se supone que un jesuíta no peca. Faltas son. por


ejemplo: andar de prisa, mirar á una mujer, beber agua
sin necesidad...
HORTUS SICCUS
Estos son retozos de unas memorias
íntimas de Itatiiico. Los Ira escribimos
i

tul como aparecen de mano del niño.

Noviembre.
SicuL cinamomo.
Yo no soy congregante, porque, al parecer, soy
bastante enredoso. Lo fui una vez, y en seguida me
echaron. Me acuerdo del oficio de la Virgen, que
cantábamos. ¡Que hermoso es! La música da mu-
cha tristeza. La letra no la entiendo luda, porque
está en latín; pero hay dos versículos que no ios
puedo apartar de la cabeza. Uno sobre todo.

Sicul cinamomo.

Verdaderamente, yo no só si es cinamomo ó einn-


momus. ¿Qué más da? Lo tengo pegado á la me-
moria, y el repetirlo con el penr armenio me pro-
duce mucha alegría y me emociona; vamos, no sé
explicármelo. ¿Por qué será? Como el cinamomo...
La Virgen' es como el cinamomo. En el parque de
San Francisco, mi tío Alberto me enseñó una vez
una mata de cinamomo. Las flores eran muy blan-
cas, muy ligeras, olían muy bien y tenían el cora-
zón de oro... ¡Qué guapa debía de ser la Virgen!...
Y la señora Ruth, de seguro, es también como el
cinamomo. Desde que se mató el marido, no hemos
vuelto á verla en los paseos. Si yo no fuera un
248 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

niño, me casaba con ella, ahora que está viuda.


¡Cómo llorará la pobre!...
Hoy, que es lunes, han salido los congregantes
para hacer sus oficios. Nos hemos quedado aquí
en el estudio unos pocos, los informales. El Padre
Sequeros nos ha dicho que, de todos los que queda-
mos aquí, sólo se salvará uno. Cuando él lo dice...
¿Quién será? ¿Ricardín? ¿Yo? Y como llegan los
ecos de los cánticos, sicut cinamomo, me han en-
trado ganas de llorar.

Diciembre.
El temor de Dios.
Yo quiero á la Virgen porque es muy buena y
hace milagros con los que son sus devotos. En cam-
bio, Dios, como nos lo pintan los Padres, es
tal
muy malo.¡Perdón, Dios mío! Quiero decir que
castiga mucho y no perdona nunca. ¡Qué horror 1

Ya veis, la Virgen sólo quiere que se la quiera;


Dios quiere que se le tema, que uno se maltrate y
haga penitencias para salvar el alma. Yo quiero
salvarme. Al parecer, ningún jesuíta se ha conde-
nado. Seré jesuíta. Vamos, me asusta el que suelen
ser muy sucios. Ese Padre Olano... Pues ¿y Conejo?
No digamos Mur.
Yo hago muchas mortificaciones, para que Dios
se apiade de me lo ordena
mis pecados, y porque
el Padre Espiritual.
Anoche me dijo Conejo que por qué me arrodillaba
en los tránsitos y besaba el suelo, lo que le parecía
una majadería. Yo no supe explicar por qué lo ha-
cía, y me dijo que me iba á prohibir que confesara

y comulgara. Virgen mía yo no sé qué pensar ni


¡ ;

qué hacer! Tú eres guapa y buena...


Ayer, el papá de Pelayo lo sacó del colegio. Un
día vi á Marujina, su hermana; cómo me gusta...
A. M. D. G. 249

Marzo.
Solo.
Cuando me acuerdo de mi papá creo volverme
loco. No me quiere, ni me ha querido nunca. ¿Por
qué será? Yo soy bueno. El único que me quiere
es mi tío Alberto y la pobre Teodora...
Hoy me escribe el tío la infeliz Teodora, después
:

de pasar muy mal invierno con sus achaques reu-


máticos, ha fallecido. Como de tu padre no se sabe
nada y se acercan las vacaciones, lo más probable
es que las tengas que pasar en mi compañía. ¿No
te alegras?
Pues, sí, señor; me alegré, y no sentí remordi-
miento por haber matado á Teodora, que yo fui
quien la mató. Pero después, sin saber cómo, me
sentí muy solo, muy solo;

No conocí á mi madre, Virgen mía


En su regazo nunca me dormí,
Ni su mirada se posó en la mía.
¡Sé tu mi madre; ten piedad de mí!

No he conocido maternal regazo,


Ni un cantar amoroso me acunó,
Ni he gustado su beso, ni su abrazo.
Sin ti, Virgen guapina, ¿qué haré yo?

Mira qué triste ha sido mi fortuna


Y cómo el vendaval secó la flor,
Que fuese aroma y luz sobre mi cuna
Huérfana. Yo no sé lo que es amor.

Ve que lloro perdido y al tirano


Yugo de la tiniebla me rendí.
Tiéndeme tu divina y blanca mano.
Muera ya y vaya al cielo en pos de ti.
250 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Marzo.
La eslampa y la lenteja.
Yo tengo una estampa alemana de la litografía
de Benziger, y representa á San Estanislao de
Koslka. También tengo una planta muy pequeili-
na de lenteja. La lenteja la encontré en un patio;
llené de tierra un pote vacio de pasta para los dien-
tes y planté la lenteja. Prendió. La llevé á la ca-
marilla. Ya tiene unas hojitas muy delgadas. Al-
gunas noches escarbo la tierra y veo las raíces.
Son blancas como lombrices. ¡Qué cosa!
Pajolero es el que tiene más fuerza de la divi-
sión. Me robó la estampa, así, porque le dió la
gana, y cuando se la pedí se rió de mí. Me entró
una rabia que me hice sangre en los labios. ¿Es
que porque tiene más fuerza puede hacer lo que
quiere? Me quejé al Padre Mur y no me hizo caso;
al Padre Sequeros, pero Pajolero negó. Me quedé
sin la eslampa. Eslo es una injusticia. Yo no sabía,
no entendía bien lo que era injusticia. No sé lo que
pasa por mí. Si hubiera tenido un cuchillo se lo
hubiera clavado á Pajolero en el corazón. Estoy
rabioso. ¿Cómo consiente Dios esto? ¿Por qué in-
ventó él la injusticia, una cosa tan horrible? Porque
claro está que todo viene de Dios. Eso está muy
mal. A mí no se me hubiera ocurrido nunca que
en el mundo cupieran estas atrocidades habiendo
providencia. No, no puede ser.
Hoy he mirado de nuevo la lenteja, sus hojitas
y sus raíces. Me entró una ternura muy grande,
que casi me hizo llorar, y me acordé de que había
tenido pensamientos blasfemos. Los Padres hablan
de milagros. ¿Qué mayor milagro que esta planta
que yo tengo "en el pote de pasta dentífrica? ¡Per-
dón, Dios mío!
A. M. D. C. 251

Abril.
El Papa d los infiernos.
Hoy, en la plática, el Padre Numarte nos ha re-
ferido una cosa que me ha dejado asustado. Predi-
caba un jesuíta en una iglesia; de pronlo se calló;
luego dijo «En este momento, Su Santidad Clemen-
:

te XIII acaba de descender á los infiernos.» Des-


pués se comprobó que á la misma hora que lo dijo
el jesuíta había muerto el Papa, que fué precisa-

mente quien suprimió la orden. Me parece dema-


siado. Es decir, que en la Iglesia, lo único impor-
tante, son los jesuítas. A veces creo que son unos
farsantes.

Abril.
La bandera misteriosa.
No tenemos clases. Estamos muertos de miedo y
los Padres más todavía. Ayer apedrearon el cole-
gio y tiraron cohetes contra las ventanas. ¿Por quó
quieren tan mal á los jesuítas? Son los impíos.
Los soldados están paseando por los pasillos y
colocados á las entradas. Yo les he oído decir pa-
labrotas y blasfemias. Según parece vienen á pro-
tegernos por si atacan otra vez el colegio.
A los niños nos dejan hacer en estos días lo que
queremos. Esta mañana, Bárcenas me llevó á uno
de los desvanes. Fuimos á cencerros tapados y lle-
gamos á un cuarto obscuro. Estaba lleno de fusiles
y otras cosas que no sé lo que son. Luego abrió
un envoltorio Bárcenas y me enseñó un trapo que
parecía una bandera, colorada y azul con rayas cru-
zadas. Me aseguró que era el pabellón inglés y que
poniéndolo en el tejado de los Padres no tenían nada
que temer. Se me figura que Bárcenas no sabe lo
que dice.
252 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Mayo.
EL grillo.
Anoche oí un grillo cantando en las camarillas.
¿Quién lohabrá cazado? Silo averiguan buena la tiene.
Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.
La parra de mi casa en Cenciella está por el ve-
.rano llena de cigarras que chillan. ¡Ay, el sol del
verano...! A los grillos les gusta más el prado- liso
que donde hay pomares. Los pomares de mi casa
parecen personas viejas, y las manzanas tienen
todos los colores y son lisas como de cera. Pero
los grillos buscan el prado.
Cri, cri, cri; cómo me gustaba oirlo.
En el verano suenan tantos, tantos... hasta los
montes de lejos. Por los prados corre el río, aquel
río tan quieto á donde van á lavar las mujeres de
Cenciella. Nuestra criada, la Palomba, era muy
guapa. No llevaba corsé y se le marcaba el pecho.
Cri, cri, cri; cómo me gusta el canto del grillo.
En los prados hay á veces amapolas, con hojas
de raso. Soplábamos Rosaura y yo y volaban las
hojas. ¡Qué ganas tengo de irme á casa! Me baña-
ré en el albercón y perderé de vista este colegio.

Mayo.
La tuna de Coimbra.
Hoy nos ha dado un concierto la tuna de Coimbra.
Lo que me ha entusiasmado son los panderetólogos.
Cómo brincan, y se revuelcan por el suelo, y se
retuercen, sonando la pandereta contra el codo,
contra el pie, contra la cabeza... Les aplaudimos á
rabiar. Yo siempre quise ser un gran poeta; pero
hoy he comprendido que es. mejor ser un gran pan-
deretólogo.
Voy á hacer el examen de conciencia para con-
fesarme, que mañana es primer viernes de mes.
MANU FORTI
El Padre Mur perseguía la oportunidad de satis-
facer su venganza en Bertuco, el cual, en cierta

ocasión, había repelido coléricamente las asiduida-


des cariciosas y pegajosas del jesuíta.
Mur inspeccionaba las filas de alumnos que á la
puerta de los confesores aguardaban, cruzados de
brazos, la vez de ir descargando la conciencia. A la
puerta del Padre Arroyo había ocho niños. Bertuco
estaba el séptimo, y, aun cuando apercibía sus
potencias espirituales para postrarse ante el santo
tribunal con el recogimiento debido, no lograba im-
pedir que en su memoria bullesen danzantes imá-
genes de panderetólogos: la impresión había sido
muy intensa y estaba demasiarlo reciente. Entre
las muchas artimañas y máculas ladinas con que
Mur cazaba á los enredadores, una de ellas consis-
tía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juz-
gándose libres por el momento, verificaban sin di-
simulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz
de Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado
del apéndice nasal, bastábale subir, -como al des*
gaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás
de los vidrios para tener un espejo en donde se
retrataba todo lo que detrás de él acontecía. Por no
256 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

traicionarse y prolongar en lo posible la astucia,


no daba á entender por el momento los resultados
de su espionaje, sino al cabo de algún tiempo, con
lo cual, los díscolos, creían baber sido acusados por
algún compañero fuelle.
Volvióse de espaldas Mur; Bertuco, á quien le
sonaban en los oídos las sonajas de mil panderetas,
y en cuyos nervios parecía infundirse la energía y
agilidad de una falange de panderetólogos, como se
viese á salvo de la mirada rapaz de Mur, sopló al
oído de su vecino en la fila:

— Mira tú que aquel pequeño, el rubio... ¡cana-


— Y comenzó á retorcerse
rio! y descoyuntarse,
remedando al artista del pandero, y con los ojos
pendientes de Mur, en previsión de que se pudiera
volver de pronto.
Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas;
pero no supo interpretar los movimientos del niño
en derecho sentido, -sino que dió por averiguado que
le hacía burla y muecas de odio con todo desemba-

razo y desvergüenza. Arrebatado de iracundia, giró


sobre los talones y puso en las mejillas de Bertuco
una sonora y recia bofetada. En las infantiles pupi-
las había una mezcla de estupor y de odio. A se-
guida, Mur se aferró con su diestra, huesuda y tru-
culenta, á la oreja de Bertuco, arrastrándolo por el
tránsito, y luego escaleras abajo, después de haber
ordenado á los otros siete niños que vinieran de
testigos, hasta un estrecho y breve pasadizo, enla-
drillado de rojo, que abre una comunicación entre
el claustro central y los patios exteriores, por la

parte de ios lugares excusados.


Los niños hicieron corro; Mur y Bertuco en el
centro.
—¡Arrodíllate!
Bertuco obedeció.
A. M. D. G. 25?

—Vete haciendo una cruz con la lengua en el sue-


lo. Primeramente, desde aquí hasla aquí—. Seña-
laba con el pie una extensión como de tres palmos.
Bertuco permaneció inmóvil. Sus ojitos azules
parecían de acero, bruñido en la piedra de aíilar.
Los tiernos espectadores estaban consternados.

¡A la una! ¡A las dos...! ¡A las tres!— V dió
al niño vehemente puñetazo en ta nuca, con inten-
ción decidida de derribarlo de bruces, y lo hubiera
logrado si las manos alertas de CerLuco no se hu-
bieran apoyado en tierra.
—¡Haz la cruz con la lengua!
Bertuco, que había vuelto á colocarse de rodillas,
no hizo movimiento alguno.
A la una, á las dos... ¡á las tres!— Segundo gol-
pe, con redoblado vigor.
Juanito Prendes, de pusilánime corazón, se echó
á llorar, y entre acongojados hipos balbucía:
— PorDios, Bertuco, obedece. ¿Qué mas le da?
ABertuco no le repugnaba lo repugnarle del cas-
tigo, sino la humillación que entrañaba. Adivinaba
confusamente que aquello que sentía dentro de sí
como espina dorsal de su espíritu, la dignidad, en
siendo violada y partida, no era posible rehacerla
y enderezarla. Headíasele el corazón de espanto.
—¡Máteme, máteme por Dios!
—La muerte merecías, infame. Haz la cruz, arras-
trate, asqueroso reptil— V de un puntapié lo envió
.

rodando contra el muro.


Y ya, no Juanito Prendes, que también los seis
restantes le suplicaban que se doblegara, sabiendo
que el Padre Mur no perdonaría nunca.
Y en un momento de suprema desesperanza y
abrumadora vergüenza y asco de sí propio, casi
aniquilado por el temor y la amargura, Bertuco se
dispuso á obedecer, y sacando la lengua la aplicó
258 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Dos lágrimas ardientes como la punta de


al suelo.
un puñal enrojecido en la lumbre le taladraron los
ojos, anublándolos. Dentro del pecho experimenta-
ba el furor de una garra que le rebañase las en-
trañas.
—¡Lame la tierra!—rugió Mur, con voz estran-
gulada de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había des-
gastado el ladrillo, formando un polvo terroso y
sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban
resecas. Así que por las tres veces que puso la len-
gua sobre el suelo convirtiósele en un objeto ex-
traño y asqueroso, como petrificado, que le oca-
sionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
— —
¡No puedo más...! articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El
niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente,
bañado el rostro en sangre.
— Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis
algo á alguien os hago lo mismo á vosotros.
Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando
á solas, el jesuíta arrastró el cuerpo exánime de
Bertuco hasta un grifo que hay contiguo á los lu-
gares excusados, y chapuzándole la cabeza le de-
volvió el sentido.
— Lávate bien esas narices. Cuidado con que na-
die entienda nada de esto, porque te arranco el*

alma negra que tienes, canalla. Hoy no te confie-


sas, porque eres un sacrilego, ni cenas. Te pon-
drás en el centro del refectorio, en donde todos
vean tu cara maldita de criminal, y no probarás
bocado hasta que me repitas de memoria la elegía
triste de Ovidio. Por la noche, no cerrarás la puer-
ta de la camarilla; te pones de rodillas en el umbral
hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al estudio.
A la hora de la cena, convergiendo á él las mi-
A. M. D. G. 259

radas de todos los alumnos que le abocño'rnaban,


procuró desentenderse de todo y aprender cuanto
antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida;
las mallas de la memoria, tan sueltas que dejaban
escapar los versos á ellas confiados. Al final de la
cena sabía tan sólo una pequeña parte:

Cum subit illius tristísima noctis imago


quae mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem quae tot mihi cara reliquit,
labitur ex oculis nunc queque guta meis.

En la camarilla se arrodilló como le habían orde-


nado. El dolor y el cansancio le rendían. Pasaba el
tiempo; oíase el suave ronquido de algún alumno.
•La luz era escasa y medrosa, á propósito para po-
blarse de aquellas formas infernales con que los
Padres aterrorizaban Cándido corazón de los ni-
el
ños. Aunque abrasaba, sus miembros
la frente le
estaban ateridos y sus mandíbulas trepidaban de
miedo. Cada ruido ó susurro le detenía la circula-
ción; cerraba los ojos, por no ver la cabra ó el cerdo
endiablados. Allá, muy avanzada la noche, se le
apareció Mur de pronto. Venía envuelto erí una
manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra,
arremetió sobre Bertuco á puñadas y "rodillazos, es-
trujándolo contra los hierros de la cama. Con el
furor de la arremetida, la manta se le desprendió
de los hombros, dejándolo en ropas muy menores 1

y descuidadas, á través de las cuales mostraba


velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas.
Cuando tuvo al niño bien molido, se fué, cerrando
la portezuela de golpe.
Bregaba aún Bertuco, antes de conciliar un repo-
sado sueño, entre la vigilia y un sopor plúmbeo,
2C0 RAMÓN TÉREZ DE AYALA

henchido de incoherencias y desatinos, cuando la


frigidez de un chorro de agua y unos sañudos pe-
llizcos, aplicados con mano férrea, le hicieron lanzar
un grito y abrir ios ojos. Mur estaba en pie, junto
al lecho, envuelto en la manta.
— Vístete de prisa, y ponte de rodillas.
Era noche aún. Burtuco siguió el curso del tiem-
po, por el reloj del observatorio. Le habían hecHo
levantarse hora y media antes que los demás.
Cuando bajó á la capilla, con sus componeros,
sentía el cráneo lleno de humo turbio y ardiente;
los miembros le obedecían apenas; la tierra era
muelle y se balanceaba en un vaivén amplio. En el
estudio de la mañana temió caer desplomado en
dos ocasiones. No desayunó, porque Mur le hizo
continuar estudiando á Ovidio. Al fin, en la clase
del Padre Ocana, prorrumpiendo en un alarido des-
garrador, escurrióse entre el banco y la mesa y fuó
á dar en tierra, poseído de frenesí. Sus compañeros
se apartaban, sobrecogidos. OcaAa descendió ágil
del pulpito y acudió en auxilio de Bertuco.
—Rielas, Benavidcs, vosotros que sois fuertes;
ayudadme á sujetarlo.
Benavides, de rostro de chimpancé, solapado on«-
migo por envidia de Bertuco, se excusaba.
— No me atrevo... Parece un endemoniado.
—Te digo que vengas; no seas cernícalo. Es un
ataque de nervios.
En esto, Bertuco recobró la calma. Yacía sobre
ei piso, de cemento, sin dar señales de vida. Mirá-

banse unos á otros, sin osar acercársele, cuando el


niño se incorporó, sentándose. Emitía profundos,
trágicos gritos de terror; adelantaba los brazos,
como deteniendo invisibles agresiones; sus ojos se
abrían desmesurados, casi blancos, a causa de la
extremada contracción de la pupila, como la más-
A. M. D. G. 2C1

cara antigua del espanto. Cayó de nuevo; cerró los


ojos; conducía las pálidas manecitas tan pronto al
corazón como á la cabeza, suspirando con leve y
desolada quejumbre.
El Padre Ocaña trajo su sillón, del pulpito á la
parte baja del aula, y en ól acomodó al enfermo.
— Ahora, ayudadme vosotros dos: vamos á su-
birlo á la enfermería.
Allí, lo tendieron sobre una cama, desmayado
aún. Acudió el Hermano Echevarría y se avisó á
Conejo.
El caso era alarmante. Temerosos de la nescien-
cia del enfermero, los Padres acordaron llamar al
doctor Cachano con toda urgencia.
Presentóse el doctor, un hombre enjuto, .cetrino y
alto, cuyas patillas piramidales y rucias eran como
claudicantes orejas de borrico. Se armó de doradas
gafas, apoyó la oreja sobre la caja torácica de Der-
tuco y auscultó recogidamente, frunciendo las cejas
de manera sombría.
En aquel punto, á Bertuco le atacó una gran con-
vulsión épileptiforme; agitaba desesperadamente
brazos y piernas, arqueaba el cuerpo, apoyándose
en los talones y en la nuca, ó pretendía arrojarse
del lecho. A la postre quedó postrado, inerte.
Ya en el pasillo, el doctor Cachano comunicó á
Echevarría el plan terapéutico que había de seguir:
baños templados, infusión de tila con azahar, bro-
muro y cloral.
—¿Es grave la cosa, doctor?
—Como puede que sí, puede que no. A mí me ins-
pira serios temores. A este niño han debido darle
un susto muy grande. Conviene que no le dejen
solo un momento, y, sobre todo, yo, en el caso de
ustedes, querido Padre Ministro, avisaba á la fa-
milia para sacudirme de encima responsabilida-
262 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

des —y al sacudir, acordadamente, la cabeza, on-


;

dulaban las patillas, espolvoreadas de rapé que le


había ofrecido Conejo.
Así que don Alberto recibió la carta con las tris-
tes nuevas del mal de su sobrino, emprendió la
marcha acompañándose de Trelles, un médico jo-
ven, inteligente y clerófobo furibundo. Llegaron á
Regium en el tren de la tarde; á la media hora es-
taban en el colegio. Encontraron á Bertuco animo-
so y sonriente; viendo á su tío se sorprendió. Co-
nejo dijo:
— Gracias á Dios, ya está bien. Pero nos ha dado
un susto...
— ¿Cuándo ha caído enfermo?—preguntó don Al-
berto, y acariciaba niño en
al mejilla.
la
—Ayer, en clase de la mañana. No damos con
la
la causa, porque él no dice nada. Ha sido un ata-
que nervioso muy violento. Sin duda, como están
próximos los exámenes, el estudio excesivo...
— ¿Podrá salir del colegio para reponerse? Lo en-
cuentro muy pálido y flacucho.
— Como usted guste;pero no lo creo necesario.
—Sí, mejor será que me lo lleve mañana.
Bertuco oprimió alborozadamente la mano de
su tío.

— Supongo que no habrá inconveniente en que el


señor Trelles y yo nos quedemos esta noche velán-
dolo aquí.
— ;Oh! ¿Inconveniente? Ninguno. Pero, ¿para
qué?
— nos quedaremos.
Sí,

—Como usted determine.


En estando á solas, pretendieron sonsacar á Ber-
tuco la verdad de lo ocurrido; pero el muchacho
no confesó nada.
A las diez de la noche, Bertuco cayó en intenso
A. M. D. G. 263

sopor; su respiración era muy lenta y apenas per-


ceptible; el pulso irregular, los ojos se iban hun-
diendo y sus extremidades enfriando.
— Trelles, Trelles, que se nos muere!
¡
exclamó —
don Alberto, con la faz desencajada.
—No hay tiempo que perder... Frótele fuerte con
el puño sobre el corazón, en tanto yo busco á ese

idiota de enfermero. — Gritó


á la puerta: — ¡Enferme-
ro, enfermero de demonios! los
— ¿Qué quiere, pues?
—Eter, ¿hay éter?
—Ya, ya hay.
.—De prisa, papanatas. Y botellas de agua caliente;
de prisa, de prisa... ¡caracho!
Gracias á la inyección de éter, al calor del agua
y á los masajes precordiales, el niño se reanimó.
— No puedo más, tío: hace dos días que no como.
— ¡Ave María Purísima! Enfermero, una copa de
Jerez y bizcochos; corriendo, hombre Y de que — .

hubo salido el lego:


— Bertuco, á ti te han dado una paliza tremen-
da. No lo niegues, porque acabo de verte todo el
cuerpo magullado.
— No, no; sería cuando me caí en la clase. Dicen
que me daba golpes contra las patas de la mesa.
Hasta las once fueron llegando Padres, de vez
en vez, que subían á interesarse por la salud de
Bertuco. El Padre Atienza, gran amigo de don Al-
berto por haber sido compañero de niñez en el co-
legio de Orduíía, subió el último. Los dos hombres
se abrazaron con mucha cordialidad.
— ¡Voto al chápiro! Entonces, ¿qué? ¿Te llevas
ai niño?
—Mañana, como no ordene otra cosa el amigo
Trelles. ¿Podremos marchar?
—No hay inconveniente.
2G4 RAMÓ>í PÉREZ DE AYAtA

— ¿No le parece a. usted mejor, Trelles, ir en co-


che desde aquí?
— Lo apruebo.
Una pausa.
—Oye, Alberto; voy 6, decirte una cosa en secre-
to, regorgojo.
El jesuíta cogió de las solapas al caballero y lo
condujo junto á la ventana.
— Me voy con vosotros.

— Que me voy con vosotros.


—¿Y eso?
—Para no volver más, qué recuerno. Lo he pen-
sado mucho y ahora se me presenta la ocasión: es
providencial. ¿Qué dices?— Don Alberto abrazó úl
su amigo; éste continuó:— Figúrate que no quieren
publicarme mi gran obra sobre la evolución, en la
cual he consumido mi vida. El tribunal encargado
ele juzgarla ha dictaminado que no tenía mérito
bastante para ser publicada por un hijo de la Com-
pañía, ¿[Link] visto mastuerzos? Mira, te traeré
de mi celda un paquelilo, que sacaréis como cosa
vuestra; son mis manuscritos. Mañana, h pretexto
de acompañaros un momento, me introduzco con
vosotros en el coche y luego, [viva la Pepa!
Dm Alberto soltó la carcajada.
El resto de noche se desligó en paz. Cada vez
la

que despertaba Bertüco, Trelles lo alimentaba con


leche, Jerez y bizcochos, restituyéndole de esta
suel te las perdidas Fuerza*.
Y á la mañana siguiente, el Padre Alienza, don
Alberto, Bertucu y Trelles, iban camino de Pilares,
en un arcaico iü ruló que con fatiga arrastraban tres
caballejos de evidente y descarnada senectud. En
la cuesta del Pedroso el mayoral gritó:
— ¡Si no se baja alguno, los caballos no suben!
A. M. D. 6. 265

Descendió, con un salto alegre y muchachil, el


Padre Atienza; siguióle Trelles. Bertuco se obstinó
en imitarlos. Todos echaron pie á tierra.
Era una mañana primaveral y florida. Cubría la
mocedad del campo un bozo de verde tierno. Los
más vetustos troncos reflorecían de juventud. En
los nidos brotaban primeras voces. El señor
las
malviz tañía su flauta. La vaca matrona rumiaba
al pie del roble; temblaba la esquila, y el humo
aldeano y azul sujetaba el cielo á la tierra. Luego,
el caballero grillo rascaba su averiado violín en el

umbral de la covacha.
-^¡Hay grillos!— suspiró Bertuco.

¡Cuánta hermosura, Dios mío, cuánta libertad!
El Padre Atienza abría los brazos y se ponía cara
al firmamento.
Don Alberto comenzó á recitar, sonoramente:

«¿Por quó habláis de un milagro?


No conozco otra cosa que milagros;
si recorro las calles de una urbe,
ó paseo con pie desnudo junio al mar,
ó permanezco bajo los árboles del bosque,
ó contemplo las abejas en torno de la colmena al medio-
ó los animales que se nutren en los campos, [día,
ó los pájaros, ó la maravilla de los insectos en el aire,
ó la maravilla de la puesta solar,
ó las estrellas,
ó la exquisita, delicada, fina curva de la luna nueva en
[primavera.

Para mí cada hora de luz y sombra es un milagro;


cada pulgada de espacio y dé tierra,
... las briznas de hierba..,!

inefable* y perfectos milagros. ¡Todo, todo, todo!»

Los otros tres le oían mudos, fascinados.


—-¡Bendito sea Dios!— comentó el Padre Atienza,
así que hubo concluido don Alberto.
266 RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Después de una pausa, con transición absurda,


Padre Atienza:
Trelles preguntó en seco al
— ¿Cree usted que se deberla suprimir la Com-
pañía de Jesús?
— ¡De raíz!
A. M. D. G.

Pontevedra.
Baliñas— Caldas de Reyes, Octubre 1910.
POSTDATA

Al Sr. D. Enrique Amado.

Querido Enrique:
Este pobre libro mío, que sale al mundo con la
arriscada pretensión de mejorarlo un poco, sería
incompleto si tu nombre y el recuerdo de tu amis-
tad, que tan obligado me tiene, no aparecieran aso-
ciados á él. Gracias á ti se escribió. Si yo mereciera
reconocimiento de los hombres de buena voluntad,
á ti se te debe en igual medida que á mí. Tú me
diste afecto leal y raro en que me apoyara y me
proporcionaste asilo adecuado en donde realizara
mi obra. Nunca olvidaré la rústica y repuesta casi-
ta en donde convivimos; la paz aldeana de que me
rodeaste, que tan grande bien me hizo. ¡Aquietan-
tes robledas, mansos maizales, collados revestidos
de vides! Si bajo tan docta tutela no acabé empeño
de mayor fuste, culpa es de mi flaqueza, no de mi
intención ni de tu diligencia.
Te abrazo,
Ramón.
En Madrid, Noviembre 1910.
ÍNDICE
Páginas

Dedicatoria , 5
Ab urbe condita 7
Iuanuis clausis 21
A maximis ad mínima 43
Consejo de pastores 97
Pedagogía laxa.—-Rara a vis 103
La pedagogía de Conejo 1 15
Mür, pedagogo 123
Vive memor lethi 135
Amari aliquid ir>5

El libro de Ruth 175


Fronti nulla íldes 205
Acta est fábula 219
Mirabile visu 239
hortus siccus 2-15

Manu forti 253


Postdata 2C7

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