Filo Sofia
Filo Sofia
El termino positivismo fue utilizado por primera vez por el filósofo y matemático francés
del siglo XIX Auguste Comte, pero algunos de los conceptos positivistas se remontan al filósofo
británico David Hume, al filósofo francés Saint-Simon, y al filósofo alemán Immanuel Kant.
Cuando el inesperado romanticismo fija la atención de los hombres estudiosos, es un gran
espectáculo y vamos a decir que la filosofía es el régimen intelectual de todo estado, precisamente
porque es un estado que viene de otros y conduce a otros y es algo esencialmente diverso en sí
misma.
La filosofía es un estado del espíritu humano socialmente considerado y es un estado
caracterizado por la vertiente que da a las ideas últimas sobre las que se halla asentado cada estado
social del espíritu. Por ello, consideramos que no es un momento más entre cualquiera estado
social, sino que es momento fundante de todos los demás.
Por eso, vamos a ver que la positividad se halla constituida por ser un carácter que afecta
las cosas en tanto que, en una u otra forma, se manifiestan.
El conocimiento de los hechos es relativo porque hace referencia intrínseca al hombre
que se enfrenta con los hechos y a su modo de enfrentarse con ellos.
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EL POSITIVISMO
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EVOLUCIÓN
El término positivismo fue utilizado por primera vez por el filósofo y matemático francés
del siglo XIX Auguste Comte, pero algunos de los conceptos positivistas se remontan al filósofo
británico David Hume, al filósofo francés Saint-Simon, y al filósofo alemán Immanuel Kant.
Comte eligió la palabra positivismo sobre la base de que señalaba la realidad y tendencia
constructiva que él reclamó para el aspecto teórico de la doctrina. En general, se interesó por la
reorganización de la vida social para el bien de la humanidad a través del conocimiento científico,
y por esta vía, del control de las fuerzas naturales. Los dos componentes principales del
positivismo, la filosofía y el Gobierno (o programa de conducta individual y social), fueron más
tarde unificados por Comte en un todo bajo la concepción de una religión, en la cual la humanidad
era el objeto de culto. Numerosos discípulos de Comte rechazaron, no obstante, aceptar este
desarrollo religioso de su pensamiento, porque parecía contradecir la filosofía positivista original.
Muchas de las doctrinas de Comte fueron más tarde adaptadas y desarrolladas por los filósofos
sociales británicos John Stuart Mill y Herbert Spencer así como por el filósofo y físico austriaco
Ernst Mach.
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LA LEY DE LOS TRES ESTADOS
Según Comte, los conocimientos pasan por tres estados teóricos distintos, tanto en el
individuo como en la especie humana. La ley de los tres estados, fundamento de la filosofía
positiva, es, a la vez, una teoría del conocimiento y una filosofía de la historia. Estos tres estados
se llaman:
1. Teológico.
2. Metafísico.
3. Positivo.
Estado Teológico:
Es ficticio, provisional y preparatorio. En él, la mente busca las causas y los principios de
las cosas, lo más profundo, lejano e inasequible. Hay en él tres fases distintas:
Fetichismo: en que se personifican las cosas y se les atribuye un poder mágico o divino.
Politeísmo: en que la animación es retirada de las cosas materiales para trasladarla a una
serie de divinidades, cada una de las cuales presenta un grupo de poderes: las aguas, los
ríos, los bosques, etc.
Monoteísmo: la fase superior, en que todos esos poderes divinos quedan reunidos y
concentrados en uno llamado Dios.
Teológica: Da explicaciones simples de los fenómenos naturales como la lluvia, el trueno, la
fertilidad o el viento creando dioses para explicarlos (Dios de la lluvia, Dios del trueno, etc.).
En este estado, predomina la imaginación, y corresponde a la infancia de la humanidad.
Es también, la disposición primaria de la mente, en la que se vuelve a caer en todas las épocas, y
solo una lenta evolución puede hacer que el espíritu humano de aparte de esta concepción para
pasar a otra. El papel histórico del estado teológico es irremplazable.
Estado Metafísico:
O estado abstracto, es esencialmente crítico, y de transición, Es una etapa intermedia entre
el estado teológico y el positivo. En el se siguen buscando los conocimientos absolutos. La
metafísica intenta explicar la naturaleza de los seres, su esencia, sus causas. Pero para ello no
recurren a agentes sobrenaturales, sino a entidades abstractas que le confieren su nombre de
ontología. Las ideas de principio, causa, sustancia, esencia, designan algo distinto de las cosas, sí
bien inherente a ellas, más próximo a ellas; la mente que se lanzaba tras lo lejano, se va acercando
paso a paso a las cosas, y así como en el estado anterior que los poderes se resumían en el concepto
de Dios, aquí es la naturaleza, la gran entidad general que lo sustituye; pero esta unidad es más
débil, tanto mental como socialmente, y el carácter del estado metafísico, es sobre todo crítico y
negativo, de preparación del paso al estado positivo; una especie de crisis de pubertad en el
espíritu humano, antes de llegar a la adultes.
Metafísica: Todo lo que ocurre se debe a fuerzas naturales o esencias y se realizan ritos
para que pase tal o cual cosa (danza de la lluvia, sacrificio de un animal, ritos religiosos, etc.)
llamando así la atención de los dioses. Busca respuesta al cómo suceden las cosas.
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Estado Positivo:
El espíritu positivo tiene que fundar un orden social. La constitución de un saber positivo
es la condición de que haya una autoridad social suficiente, y esto refuerza el carácter histórico
del positivismo.
Comte, fundador de la Sociología, intenta llevar al estado positivo el estudio de la
Humanidad colectiva, es decir, convertirlo en ciencia positiva. En la sociedad rige también, y
principalmente, la ley de los tres estados, y hay otras tantas etapas, de las cuales, en una domina
lo militar.
Comte valora altamente el papel de organización que corresponde a la iglesia católica; en
la época metafísica, corresponde la influencia social a los legistas; es la época de la irrupción de
las clases medias, el paso de la sociedad militar a la sociedad económica; es un período de
transición, crítico y disolvente; el protestantismo contribuye a esta disolución. Por último, al
estado positivo corresponde la época industrial, regida por los intereses económicos, y en ella se
ha de restablecer el orden social, y este ha de fundarse en un poder mental y social.
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EL POSITIVISMO Y LA FILOSOFIA
Esta ciencia positiva es una disciplina de modestia; y esta es su virtud. El saber positivo
se atiene humildemente a las cosas; se queda ante ellas, sin intervenir, sin saltar por encima para
lanzarse a falaces juegos de ideas; ya no pide causas, sino sólo leyes. Y gracias a esta austeridad
logra esas leyes; y las posee con precisión y con certeza.
Una y otra vez vuelve Comte, del modo más explícito, al problema de la historia, y la
reclama como dominio propio de la filosofía positiva. En esta relación se da el carácter histórico
de esta filosofía, que puede explicar el pasado entero.
Los estudios sociales, desde una óptica positivista... escriben la totalidad de las acciones
pasadas de los seres humanos partiendo de la observación y enumeración de todos los documentos
y hechos en forma lineal y cronológica. No analizan la totalidad ni la cotidianeidad.
No hay propuestas para seleccionar información ya que todos os hechos son singulares e
individuales, no busca comprender, sólo describir lo sucedido en un orden inalterable y sin
conexión ni relación entre los hechos de la política, la economía, la sociedad y las manifestaciones
culturales. Todo aparece atomizado, desconectado. El conocimiento es absolutizado y no permite
la interdisciplinariedad al presentar la realidad como una enunciación taxativa de hechos y cosas.
No tienen en cuenta la simultaneidad en la evolución de las distintas sociedades.
Todo se describe basado en un determinismo de tipo causal o culturalista, derivado de los
enfoques centrados en los legados culturales.
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EL POSITIVISMO Y EL AVANCE CIENTÍFICO DEL SIGLO XIX
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Relativismo: no se puede extrapolar (o, en todo caso, sólo con gran prudencia y a modo
de hipótesis), ni mucho menos absolutizar. Nada permite afirmar que en el futuro se
verificarán las regularidades naturales que se ha comprobado hasta ahora, ni que las leyes
astronómicas que se han enunciado a partir de la observación del sistema solar sean
válidas más allá de éste;
Pragmatismo: «Saber para poder con el fin de proveer». El valor del saber científico,
positivo, consiste en su eficacia y en su utilidad social. Las "creencias científicas", aun
cuando, en términos absolutos, no sean más verdaderas que las otras (en el sentido de
conformidad a la naturaleza profunda de las cosas), son, por el momento, las mejores en
lo que concierne a la supervivencia y a la organización de la vida de los hombres en
sociedad;
Consensualismo: la organización social y el mejoramiento de las condiciones de
existencia exigen la paz. Ahora bien, las ciencias que han llegado al estado positivo se
caracterizan por un método no violento para regular los conflictos de opinión que, en la
mentalidad religiosa y metafísica, son interminables o se dirimen de manera dogmática y
hasta con violencia física. El espíritu positivo permite regular los diferendos de manera
pacífica y consensuada por todos los que aceptan someterse a la regla de la observación
empírica, objetiva, es decir, repetible y compartida. Lo que ha de poner fin a las
discusiones es la comprobación de los hechos y no la ley del más fuerte ni del más hábil.
Ese consensualismo pacífico es un modelo para regular los conflictos entre los seres
humanos, sean los que fueren;
Estatismo: es mitigado y se refiere sobre todo a las ciencias que han llegado al estado
positivo, para las cuales Comte no espera ya ninguna revolución. Estas ciencias se
contentan con acrecentar o precisar un corpus de leyes del que ya se ha adquirido lo
esencial. Por tanto, todas las transformaciones profundas que ocurran en matemáticas, en
lógica o en física quedan al margen de la perspectiva del positivismo. Su concepción de
la ciencia positiva es cerrada, doctrinaria: sólo requiere una exposición sistemática en un
tratado enciclopédico. Únicamente algunas ciencias –como la biología o la sociología–
tienen todavía mucho que evolucionar hacia el estado positivo, que es el estado superior
o adulto final.
Saint-Simon
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en primer lugar, de mantener la paz entre las naciones y, en segundo lugar, de disminuir lo más
posible el impuesto, de manera que se empleen los productos del modo más ventajoso para la
comunidad»
Comte
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LA FILOSOFÍA COMO MODO DE SABER POSITIVO
El nombre de filosofía designa "el sistema general de las concepciones humanas". Pero
esta filosofía ha de ser positiva, y este adjetivo designa
¿Qué es un saber positivo? El saber positivo es un saber que responde a un principio
fundamental: nada tiene sentido real e inteligible si no es la enunciación de un hecho o no se
reduce en última instancia al enunciado de un hecho. El vocablo "positivo" tiene, según Comte,
al menos seis acepciones:
La positividad se halla constituida por ser un carácter que afecta a las cosas en tanto que,
en una o en otra forma, se nos manifiestan. Manifestarse se dice fenómeno
Estos fenómenos son algo con que el hombre se encuentra. En cuanto encontrados en su
condición de fenómenos, las cosas son algo que está ahí.
Estas cosas, así puestas como fenómenos, han de poder encontrarse de una manera
sumamente precisa: solamente en cuanto observables. No se trata de ir por detrás de los
fenómenos a aquello que se manifiesta en ellos, sino de tomar el fenómeno puesto ahí en
y por sí mismo. Algo es positivo solamente en la medida en que es observable.
Es necesario, además, que el observable sea verificable para cualquiera.
La unidad de estos cuatro caracteres es lo que llamamos un hecho.
Si estos hechos han de servir para un saber positivo, es necesario que sean observados y
verificados con máxima precisión y rigor. Sólo entonces adquieren su cualidad decisiva: la
objetividad. Hecho es hecho objetivo. Y como el medio para lograr esta objetividad es el método
científico, resulta que los hechos son los hechos científicos.
Las leyes son fenómenos de invariabilidad de presentación; no nos dicen por qué, sino
cómo ocurren los hechos. La ley es en sí misma un fenómeno. Cada ley no es sino un caso
particular de una ley general: el fenómeno de la invariabilidad del orden, según el cual se
presentan los hechos, la ley de invariabilidad de las leyes de la naturaleza.
La filosofía concebida positivamente tiene ciertas ventajas; entre ellas están: 1) es la única
manera de poner orden en el conjunto tan vario de los hechos y de los pensamientos en que
aquellos son entendidos; 2) es el único medio de zanjar, de una vez para todas, las querellas
inútiles en que se ha perdido la filosofía anterior; 3) la filosofía positiva es constitutivamente
progresiva; es decir, el progreso de cada ciencia no es sólo algo que efectivamente se da, sino que
es un momento constitutivo de la ciencia en cuanto tal, gracias justamente a su positividad; toda
ciencia es por razón propia una progresiva aproximación a los hechos cada vez más precisamente
estudiados.
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LA POLÍTICA POSITIVISTA
Comte había estado perpetuamente preocupado por un problema que fascinó a muchos
autores del siglo XIX: la Revolución había inaugurado una nueva era en la política, la del
individuo soberano, portador de derechos y fuente última de la legitimidad política; pero, al
hacerlo, había destruido los anteriores fundamentos del vínculo social, dejando en su lugar una
sociedad amenazada por la inconsistencia, e incluso destinada al desorden institucional y social.
En gran medida, la interrogación de Comte se sumaba a la de Benjamín Constant, a la de
Tocqueville, o a la, un poco más tardía, de John Stuart Mill: la violencia revolucionaria, la
inestabilidad crónica de las instituciones, son sólo los síntomas de un problema recurrente, el del
vínculo que une al individuo con el cuerpo social.
El objetivo de Comte es concebir de otra forma las condiciones de la vinculación del
hombre moderno, individualista, al cuerpo social; dar una base a la legitimidad de un poder que,
a la vez, respete los nuevos principios y garantice la coherencia de la sociedad.
Su tentativa puede resumirse en la búsqueda de una forma de asentar en una historia
científica una política reorganizadora. El fundamento de este proyecto está sin duda en la
convicción de que las ciencias llamadas exactas proporcionan el modelo de un positivismo
universal, mientras que la política se halla todavía en una fase precientífica que exige una urgente
superación. El pensamiento político se apoya entonces sobre la ciencia por partida doble: en una
teorización de la historia, Comte demuestra a la vez los irresueltos problemas del presente y las
soluciones, y queriendo "hacer que la política entre en la edad positiva", produce una especie de
epistemología que debe fundamentar una práctica. A partir de una homologación entre las etapas
del desarrollo del individuo y las de la humanidad, Comte distingue tres edades que llama
respectivamente teológica, metafísica y positiva.
Primera fase del desarrollo de la inteligencia, primera edad de la humanidad, la edad
teológica es aquella en la que reina lo sobrenatural y, en la política, "la doctrina de los reyes", que
basa en el derecho divino las relaciones sociales y el orden político. Esta edad termina con la
Revolución Francesa, que ve el triunfo de un pensamiento político abstracto (el de los derechos
individuales, del contrato…), característico de la edad metafísica: a los principios sobrenaturales
los sustituyen entidades abstractas, el derecho y los derechos, que se convierten en el medio para
una crítica incesante de las instituciones, en nombre de una idea general del hombre. Pero este
estado es solamente "bastardo", es decir intermedio, y ha de ser superado por la última etapa de
todo desarrollo, el estado científico. Aquí ya no hay nada sobrenatural ni tampoco hay entidades
metafísicas (el hombre, el contrato, los derechos), sino realidades, una política fundada en la
observación científica, que descubre constantes, plantea leyes y describe la organización única y
necesaria de la sociedad. Pensar la política en el presente equivale pues, para Comte, a realizar a
partir de esta historia una doble tarea: criticar las concepciones comunes, en cuanto expresiones
que son de un pensamiento metafísico surgido de la Revolución y del siglo XVIII, y colocar las
bases del futuro describiendo las contradicciones de una política positiva.
Una vez reconocido que sólo la filosofía positiva, como física social, puede "presidir
realmente hoy la reorganización final de las sociedades modernas", Comte define una exigencia
de método en tres proposiciones. Su doctrina política y social tiene que estar en "perfecta
coherencia con el conjunto de sus aplicaciones", tiende hacia la unidad bajo la ley de las
"necesidades sociales", y realizará por fin la unión del pasado y del presente haciendo "salir a la
luz la uniformidad fundamental de la vida colectiva de la humanidad".
Unidad, coherencia, uniformidad, estos parecen ser finalmente los conceptos
fundamentales del pensamiento político de Comte. La revolución metafísica, dice
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substancialmente Comte, descansa en dos "dogmas", la igualdad y la libertad, dogmas positivos
en cuanto han servido para destruir las bases de la doctrina de los reyes y así realizar un progreso,
pero que luego se han hecho negativos, ya que al servir de punto de apoyo a un pensamiento
sistemático "crítico", impiden toda reorganización.
Habiendo sido sucesivamente el orden y el progreso los factores de la evolución de la
sociedad, no lo han hecho nunca cooperando sino combatiendo entre sí; es por lo tanto
imprescindible recuperar el principio de orden de la doctrina "orgánica" y el de progreso de la
doctrina "progresista", pero depurando ambas nociones de sus escorias, sobrenaturales en un caso
y metafísica en el otro. Frente a tal proceso radical, el pensamiento "estacionario" del liberalismo
ignora la necesidad de un "poder espiritual" que garantice la unidad de la sociedad, mientras que,
por temor a las utopías, pretende congelar la evolución social en un estado que no puede ser sino
transitorio. Pero, además, el liberalismo se basa por entero en una concepción de la libertad como
dogma, concepción que para Comte no se puede mantener.
No existe la libertad de conciencia en astronomía, en física, en química, e incluso en
fisiología, hasta el punto de que todo el mundo encuentra absurdo no creer en los principios que
han sido establecidos para estas ciencias por hombres competentes. El que en política no suceda
lo mismo, es únicamente debido a que los viejos principios han caído y los nuevos no se han
formado aún, y por eso en este intervalo no puede hablarse de principios establecidos.
Comte destruye así la doctrina de la libertad basada en la autonomía del individuo, y el
antiindivualismo le lleva a ciertas posiciones muy lógicas desde su punto de vista. En primer lugar
un anticonstitucionalismo radical: las operaciones constituyentes, dice, no han hecho sino "trozar"
los viejos poderes al "organizar entre ellos a unos antagonismos ficticios y complicados", sin
cambiar lo esencial, "la naturaleza general del antiguo régimen". Cambio que desde luego no
podrá conseguirse con el principio de la soberanía del pueblo, que no es más que una expresión
vacía, como lo es la palabra derecho. Esta, dice Comte, debiera ser "apartada del verdadero
lenguaje político, como la palabra causa del auténtico lenguaje filosófico". El liberalismo político
está basado en un individualismo que hace de la libertad el valor primero y que no consigue
encontrar una solución al problema del vínculo social, de la cohesión de la sociedad en un período
de crisis. Comte ve en él una doctrina "crítica", sobre la que no se podrá construir nada estable,
y, para responder al problema de la cohesión social, desplaza el análisis del individuo a lo social
y trata de pensar de nuevo lo político desde el punto de vista de la sociedad y por la sociedad,
suprimiendo el de la autonomía del hombre. La libertad ya no es la libertad-autonomía liberal, la
libertad de criticar, de pensar, de experimentar, pues sólo tiene sentido en el "desarrollo gradual
de las facultades humanas", en la "sumisión racional a la sola preponderancia, convenientemente
comprobada, de las leyes fundamentales de la naturaleza". La política entonces no es sino
sumisión a "invariables leyes naturales", debe estar apoyada en una educación positivista,
confiada a ese poder esencial para una sociedad moderna que es el "poder espiritual", que por
medio de un "sistema universal de educación" debe dar relieve al "ascendiente social".
El comtismo político es extremadamente ambiguo: Comte planteó con fuerza el problema
con el que se enfrenta todo pensamiento político del siglo XIX; es decir, cómo contrarrestar la
disolución del vínculo social producida por el individualismo cuando emergen nuevas capas
sociales, pero su solución pasaba por la negación de los principios modernos del humanismo.
Toda la operación republicana consistirá en eliminar esta ambigüedad, efectuando la síntesis
paradójica del ideal científico del comtismo y del pensamiento del derecho marginado por éste.
Littré conservará de Comte una sensibilidad en los límites de la inestabilidad, e incluso de la
anarquía, de las "edades intermedias", aquellas en las que un viejo orden ha sido abolido y el
nuevo trata de nacer, que se fundamenta en una articulación clara de una concepción del vínculo
social y una teoría de lo político. A partir de este momento, tanto para él como para Comte, debe
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reintroducirse un principio de orden. Para Littré el gobierno representativo no es algo vano y la
libertad individual no es un falso principio.
"Los dos intereses que predominan al presente en la sociedad europea son la libertad y el
socialismo; la libertad sin la cual el hombre moderno considera incompleta su existencia y se
siente, como decía el romano, deminutus capite; el socialismo como aspiración de las clases
populares hacia la plenitud de la vida social. Poco importa cómo pueden satisfacerse estos dos
intereses con tal de que lo sean. Pero ambos implican la libertad de discusión, y la experiencia se
encarga de comprobar diariamente que la discusión no es efectiva sino en los gobiernos
representativos. Comte pretendía sustituirlos por la dictadura, pero nadie podrá jamás unir la
dictadura con la libertad de discusión". Littré rechaza toda voluntad de sistema, toda idea de un
voluntarismo dirigido a reconstruir a toda costa una unidad, y prefiere apostar por unas
instituciones libres.
Los republicanos se convencieron pronto de que la política debía ser experimental. Esto
significa dos cosas: el rechazo de los dos dogmas antagonistas, el de la restauración y el de la
revolución, que en realidad pretendían detener el movimiento profundo de una sociedad dividida
con soluciones tan radicales como peligrosas para dichos conflictos, pero también la preocupación
por tener en cuenta lo que es, por ejemplo para Littré, esencial: el tiempo. Aquí el pensamiento
republicano es realmente un pensamiento de conflicto: consciente de su existencia, rechaza toda
solución apriorística, pero trata de hallar, teniendo en cuenta la duración, soluciones armoniosas,
porque respetan la complejidad de lo real. "La república, escribe Littré, es el régimen que mejor
permite que el tiempo conserve su justa preponderancia". No se trata de valorizar la tradición por
sí misma en contra de cualquier voluntarismo político; los republicanos no conciben el futuro de
las sociedades como la realización de un plan de la Providencia, y no esperan nada de lo que
Chateaubriand llama "la lenta conspiración de las edades", sin embargo quieren que el tiempo
cumpla su papel, apostando que la verdad terminará por ganar la partida sin que haga falta
imponerla por la fuerza, y que los conflictos perderán agudeza, sin que sea necesario extinguirles
construyendo una unidad por la fuerza.
Es precisamente por eso por lo que la República debe ser conservadora: no en el sentido
de los "conservadores" partidarios del inmovilismo e incluso del regreso al orden antiguo, sino
para no dañar el tejido social, para eliminar la solución violenta de los conflictos. "Dos categorías
de hombres trabajan para evitar el peligro: por un lado, los republicanos, que tratan de llevar el
partido revolucionario al campo de la discusión y de la legalidad; por el otro, los conservadores,
que aceptan el régimen republicano y son garantía del orden."
Así se abre la posibilidad de una política que será "oportunista" al menos por tres razones.
Porque es el único medio de respetar el tiempo, que es lo único que puede reconciliar el orden
necesario del lado de lo social y el progreso, horizonte de una filosofía y una política. Pero
también porque los republicanos piensan que lo provisional es lo único que puede erradicar los
fantasmas de la violencia e instalar lo definitivo; en esta dialéctica, Littré destaca que resulta
imposible imponer por la fuera lo deseable, pues eso es algo que sólo se puede conseguir por la
discusión, por la libertad practicada. Por último, la política republicana es oportunista porque se
basa en la "transacción". En política, para reunir las fuerzas suficientes para instalar un régimen
que no puede ser más que parlamentario para dar una forma a la publicidad. En materia social,
porque esta forma de régimen no cierra el paso a ninguna posibilidad, sin que sea necesario
imponer nada, sino sólo convencer.
El concepto de Humanidad no es un concepto biológico, sino un concepto histórico,
fundado en la identificación romántica de tradición e historicidad. La Humanidad es la tradición
ininterrumpida y continua del género humano, tradición condicionada por la continuidad
biológica de su desarrollo, pero que incluye todos los elementos de la cultural y de la civilización
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del género humano. La Humanidad no es más que la tradición divinizada; una tradición que
comprende todos los elementos objetivos y subjetivos, naturales y espirituales, que constituyen el
hombre.
Así entendida, implica, en primer lugar, la idea del progreso. El progreso es "el desarrollo
del orden". El concepto del mismo fue establecido en la Revolución Francesa. Pero tal concepto
no hubiese podido completarse de no haberse antes hecho justicia a la Edad Media, por la que la
Edad Antigua y la Edad Moderna están, al mismo tiempo, separadas y unidas. La tendencia final
de toda vida animal consiste en formar un Gran Ser, más o menos análogo a la Humanidad. Esta
disposición común no podía, con todo, prevalecer más que en una sola especie animal; por esto,
toda especie animal fuera del hombre es "un Gran Ser más o menos abortado".
La lógica:
Para el positivismo de Stuart Mill, el recurso a los hechos es continuo e incesante, y no
es posible ninguna dogmatización de los resultados de la ciencia. La lógica tiene como fin
principal abrir brecha en todo absolutismo de la creencia y preferir toda verdad, principio o
demostración a la validez de sus bases empíricas.
En la Introducción de la Lógica, Mill se desembaraza de todas las cuestiones metafísicas
que, según afirma, caen fuera del dominio de esta ciencia, en cuanto es la ciencia de la prueba y
de la evidencia.
Está generalmente admitido que la existencia de la materia o del espíritu, del espacio o
del tiempo, no es por naturaleza susceptible de ser demostrada, y que si hay algún conocimiento
de ella, debe ser por intuición inmediata. Pero una "intuición inmediata" que caiga fuera de toda
posibilidad de investigación y de razonamiento está privada de significación filosófica. Al lado
de la eliminación de toda realidad metafísica está la eliminación de todo fundamento metafísico
o trascendente o, en general, no empírico de las verdades y de los principios universales. Todas
las verdades son empíricas: la única justificación del "esto será" es el "esto ha sido". Las llamadas
proposiciones esenciales son puramente verbales: afirman de una cosa indicada con un nombre
sólo lo que es afirmado por el hecho de llamarla con este nombre. Son, por tanto, fruto de una
pura convención lingüística y o dicen absolutamente nada real sobre la cosa misma. Lo que
llamamos axiomas son verdades originariamente sugeridas por la observación. Tales axiomas no
tienen un origen diferente de todo el resto de nuestros conocimientos: su origen es la experiencia.
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HERBERT SPENCER
Spencer ofrece una visión evolucionista de la realidad que, como la ley de los tres estados,
tiene también consecuencias políticas y sociales. A pesar de sus protestas, no deja Spencer de ser
positivista, pues basa el conocimiento en el desarrollo intelectual de la humanidad, busca construir
la ciencia y la filosofía sobre una base empírica, rechaza la metafísica y ofrece la ciencia social
como el único vehículo capaz de estudiar la sociedad.
Spencer toma la condición biológica de la humanidad como dato concreto, innegable y
esencial: el individuo y la sociedad son organismos que, para sobrevivir, están en transacción
constante con el ambiente; todo órgano y toda acción son instrumentos de supervivencia –la
experiencia del pensamiento y los razonamientos adquieren su valor al incrementar las
oportunidades para sobrevivir–. Este proceso biológico es tanto un modelo filosófico como una
realidad fundamental.
Según Spencer, el conocimiento surge de la experiencia. Esta última es fenoménica y
accesible a la observación. Fuera de nuestro control o deseos, responde a algo terco, intransigente,
que sentimos como externo y que llamamos la realidad. Dividimos la experiencia en dos
categorías epistemológicas: lo cognoscible y lo incognoscible. Dentro de la primera cae lo
conocido y lo que se puede conocer –la experiencia misma–. De ella brota y a ella está limitado
el conocimiento: se observan los fenómenos, se descubren sus relaciones, se conectan con
inducciones que al repetirse y acumularse en la memoria resultan en el saber que llamamos sentido
común y que nos permite sobrevivir. El razonamiento –otra habilidad adquirida por el organismo
para sobrevivir– consiste en conectar conceptos derivados de la experiencia por medio de
procedimientos aprendidos y aprobados por la experiencia misma.
La segunda categoría es lo incognoscible, lo que no se puede concebir o experimentar.
En ella cae lo que está detrás de la experiencia, los objetos tradicionales de la metafísica y la
religión: la realidad, la naturaleza absoluta de las cosas, el origen del universo, Dios, la conciencia,
el tiempo y el espacio, la materia y el movimiento, etc. Según Spencer, el razonamiento, por
trabajar sólo con conceptos empíricos, no puede formular ninguna concepción de estos absolutos.
Al afirmar proposiciones sobre los incognoscibles, el razonamiento crea contradicciones,
antinomias o suposiciones inauditas e inconcebibles. Por lo tanto, la metafísica no es posible, es
pura palabrería porque se engendra de la aplicación errónea a lo incognoscible de los
procedimientos racionales usados para comprender lo cognoscible. El error de la metafísica es
suponer que los incognoscibles tienen referencias como las tienen los cognoscibles; creer que lo
que se piensa tiene que existir más allá del pensamiento.
Una vez aclarada esta distinción epistemológica, Spencer define la filosofía como un
conocimiento completamente unificado y coherente. Su objeto es establecer no sólo las
conexiones simples entre los datos sino también una concepción unitaria del por qué de las cosas.
Representa el conocimiento más general de la realidad: «El sentido común es el nivel más bajo
del conocimiento no-unificado; la ciencia es el conocimiento parcialmente unificado; la filosofía
es el conocimiento totalmente unificado». La filosofía comienza con las generalizaciones más
amplias de las ciencias particulares que se sistematizan y se asocian para formar conceptos aun
más generales, hasta llegar a una unificación total del conocimiento bajo primeros principios, «las
proposiciones más generales de la experiencia, no inferibles de ninguna más profunda y probadas
al demostrarse una congruencia completa entre las conclusiones que implican». La filosofía es,
entonces, una superciencia, un depósito de verdades inductiva de gran generalidad que expresan
las reglas que unifican el conocimiento y las condiciones en que se produce la experiencia.
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EL POSITIVISMO CIENTÍFICO DE MACH
Congruente con el positivismo clásico, Mach reafirma que la ciencia describe y predice
las relaciones observables entre los fenómenos; que sus métodos no son los apodícticos de la
lógica y las matemáticas, sino los de experimentación y verificación; y que su objeto es dar una
descripción completa y económica de la realidad. La economía se logra al "reemplazar o salvar
las apariencias por medio de la reproducción y anticipación de los hechos en el pensamiento. La
memoria está más a mano que la experiencia, y frecuentemente sirve los mismos fines". La ciencia
economiza al sustituir las experiencias científicas con los conceptos y leyes que la representan,
facilitando el cálculo y librando a la mente de labores excesivas. La ciencia es, además,
instrumental y utilitaria –es un instrumento para controlar la naturaleza a beneficio del que la
estudia–. Por eso, tiene primero que liberarse de todo aquello que impida su misión –de conceptos
metafísicos, teológicos o inútiles– con un programa metodológico que permita derivar
estrictamente el conocimiento de la observación.
Para Mach, las sensaciones son los colores, sabores, olores, sonidos, etc., que sentimos.
Las llamamos colectivamente la experiencia y, al enfocarlas en una dirección, se denominan
observación. Con ellas se construye la realidad: "el mundo consiste en nuestras sensaciones". Para
Mach no hay evidencia de que, detrás de las sensaciones, exista una realidad que las cause. Las
sensaciones son, por lo tanto, irrefutables. Los errores perceptivos y las ilusiones son,
simplemente, malas interpretaciones de lo que observamos.
Este sensacionalismo se traduce en un reductivismo conceptual; todo concepto científico
tiene significado si se puede traducir sin residuo al lenguaje de colores, sonidos, etc. Mach ve tres
tipos de conceptos científicos: aquellos que se pueden reducir directamente a las sensaciones;
aquellos –como los derivados de las inducciones– cuya reducción es indirecta; y los teóricos,
donde la reducción no es posible. La reducción de los primeros conceptos no ofrece dificultades.
La de los segundos se lleva a cabo siguiendo reglas inductivas similares a las establecidas por
Mill. Los conceptos que afirman nexos causales se reducen a la contigüidad y conjunción
constante de fenómenos. Las leyes científicas se tratan como registros de ocurrencias de tipos
específicos de sensaciones y abstracciones (relaciones generales entre las sensaciones) que
funcionan como resúmenes de las experiencias pasadas y sirven para predecir las futuras.
El problema está en los conceptos teóricos. Éstos son irreductibles a las sensaciones y por
lo tanto carecen de significado concreto. Mach admite que son útiles y que sin ellos la ciencia
resultaría demasiado estrecha. Su solución es tratarlos como conceptos auxiliares, instrumentos
de cálculo que sirven para facilitar el razonamiento y economizar la labor mental, pero que no se
refieren a nada y carecen de veracidad.
Al permitirse el uso de lo teórico como instrumental, también se permite el uso de lo
metafísico, siempre y cuando recordemos que los enunciados de la metafísica no son verdades
sino instrumentos que también economizan el razonamiento. Clasifican, ayudan a predecir o
economizan la labor mental, pero no se refieren a ninguna realidad, ni nos comprometen a afirmar
su existencia. Las sensaciones no presuponen algo externo que las causa en la mente, pues lo
mental y la mente, tanto como lo corpóreo y el cuerpo, carecen de significado como entidades
metafísicas. Son conceptos auxiliares que ayudan a organizar los datos de la experiencia misma.
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LAS MATEMÁTICAS EN EL SIGLO XIX
Las matemáticas del siglo XIX se caracterizan 1) por una notable exigencia de rigor,
entendiéndolo como una explicación de los conceptos de las distintas teorías y una determinación
de los procedimientos deductivos y fundacionales de aquéllas y 2) por una gradual eliminación
de la evidencia como instrumento de fundamentación y de aceptación de los resultados
matemáticos.
Weierstrass, Cantor y Dedekind mostraron que la teoría de los números reales, junto con
todas las construcciones que se pueden obtener partiendo de ella proceden de manera rigurosa del
concepto y de las propiedades de los números naturales, con lo que algunos especialistas
consideraron que el número natural era el material originario que podía servir como fundamento
de toda la matemática. Sin embargo, hubo matemáticos que no aceptaron el carácter primitivo del
número natural, y pensaron que era posible relacionar la idea de número natural con algo todavía
más profundo o más primigenio. De aquí surgen dos líneas: 1) Frege, quien quiso relacionar la
aritmética con la lógica, reduciendo el concepto de número natural a una combinación de
conceptos meramente lógicos; Frege pretendía obtener "las leyes más simples del numerar" a
través de "medios puramente lógicos". Nace así el logicismo. 2) Cantor, el cual deduce la
aritmética a la teoría de los conjuntos.
Por su parte, Boole mostraba la posibilidad de someter a un tratamiento calculístico –e.e.,
algebraico– no sólo las magnitudes, sino también entes como las proposiciones, las clases, etc.
Boole logra traducir a una teoría de ecuaciones la lógica de términos tradicional y en particular la
silogísticas, esbozando además una teoría algebraica de la lógica de las proposiciones. Boole
transformó la lógica en "lógica simbólica", que venía a configurarse así como una rama de la
matemática que permitía un control riguroso de las demostraciones matemáticas. En esto
concuerda con Frege, para el cual la lógica no es únicamente el fundamento al que se remontan a
través de la aritmética las diversas teorías matemáticas, sino también el instrumento que sirve
para erigir de modo correcto y riguroso el edificio mismo de la matemática.
Yo podría enunciar del modo siguiente el ideal de un método rigurosamente científico
para los matemáticos [...] no se puede pretender, porque es imposible, que todo se demuestre;
pero se puede exigir que todas las proposiciones, que se usan sin demostración, sean
explícitamente enunciadas como tales, para que se pueda reconocer con claridad cuáles son las
bases en que se apoya toda la construcción. Además, hay que tratar de reducir al mínimo la
cantidad de estas leyes originarias, para que se dé la demostración de todo lo que se pueda
demostrar. Además, y en esto voy más allá de Euclides, exijo que se expliciten previamente todos
los procedimientos deductivos que se aplicarán después. En caso contrario, no queda satisfecha
de un modo seguro la primera exigencia (Frege, Fundamentos de la aritmética).
Desde otro ámbito, la construcción de las geometrías no euclidianas comportará la
eliminación de los poderes de la intuición, sustituyéndolos por la fundamentación y la elaboración
de una teoría geométrica: los axiomas ya no son verdades evidentes, que garantizan la
fundamentación del sistema geométrico, sino que se reducen a nuevos comienzos, puntos de
partida convencionalmente elegidos y admitidos, con objeto de llevar a cabo una construcción
deductiva dela teoría. Ahora bien, si se considera que los axiomas son verdaderos, también serán
verdaderos los teoremas correctamente deducidos de tales axiomas, y por lo tanto el sistema queda
garantizado. No obstante, si, como han demostrado las geometrías no euclidianas, los axiomas
son meros postulados, ¿quién garantizará el sistema?.
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CONCLUSION
BIBLIOGRAFIA
[Link]
Monografí[Link]
Marín Maglio Federico, EL POSTIVSIMO Y LAS CIENCIAS SOCIALES, República
Argentina. Abril de 1998.
[Link]
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