561-Texto Del Artículo-1128-2-10-20120121
561-Texto Del Artículo-1128-2-10-20120121
Maja ŠABEC
Universidad de Ljubljana
1. Introducción
U
na de las características más destacadas que constituyen el valor artístico y la
singularidad de La Celestina es sin duda alguna la omnipresencia de la
ambigüedad en el texto que no deja de crear asombro en el lector e
inseguridad en cuanto a su interpretación. A pesar de que a primera vista esta
ambigüedad pueda parecer nada más una convención o juego literario, sus
implicaciones tienen dimensiones mucho más importantes para el entendimiento
integral de esta novela híbrida. La ambivalencia no concierne solamente a las
declaraciones de los personajes, sino que la interacción conflictiva de los polos
contradictorios penetra en todos los niveles del texto afectando así al sentido de la obra
en su conjunto. Porque aunque el autor explica su propósito antes de empezar a contar la
historia sosteniendo que compuso la Comedia o la Tragicomedia de Calisto y Melibea
«en reprehensión de los locos enamorados» y «en aviso de los engaños de las alcahuetas
y malos y lisonjeros sirvientes» (C, 23)1, sin embargo, esta supuesta finalidad
instructiva se pone constantemente en duda. Tomando en consideración las
innumerables contradicciones que caracterizan el ambiente de la época en que apareció
la novela, se revela además que ésta, por un lado, está arraigada en la concepción
medieval del hombre y de todos los aspectos de su existencia, desde el material hasta el
espiritual, mientras que, por el otro, está anunciando ya el humanismo renacentista con
sus respectivos cambios. De ahí que La Celestina ofrezca múltiples vías de
interpretación, que, sin embargo, pueden resumirse primordialmente en dos
1
Todas las citas de La Celestina (a continuación C) son de la edición de F. Rico, Barcelona: Crítica,
2000.
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El papel de la enfermedad de amor en la Tragicomedia de Calisto y Melibea
2. La enfermedad de amor
En la Edad Media la relación hombre-mujer fue uno de los fenómenos humanos
que no dejó de ocupar la atención de los estudiosos. Puesto que sus demostraciones
atañen tanto al cuerpo como al alma, el amor se encontró en la encrucijada de las áreas
de interés de diversas prácticas y ciencias –desde la hechicería y curandería, pasando
por la filosofía natural, la teología moral y pastoral, hasta la medicina– siempre a
caballo entre el modo de pensar religioso o laico: mientras que aquél la condenaba éste
la aprobaba o incluso recomendaba. Los tratadistas, entre ellos también los
contemporáneos de Rojas y sus colegas en la Universidad de Salamanca –p. ej. el
médico de Ferdinando de Aragón Francisco López Villalobos en su Sumario de
medicina (1498)– seguían las argumentaciones de la tradición antigua y cristiana,
basándose a partir del siglo XII también cada vez más en las fuentes árabes,
adaptándolas a las circunstancias de su época. Debido a los cambios de ánimo y
comportamiento que el amor causa en el hombre, muchos autores consideraban este
estado como una de las formas de locura, esto es, como enfermedad. Esta explicación
fue influenciada por el Canon Medicinae de Avicena, traducido al latín en la segunda
mitad del siglo XII por Gerardo de Cremona. Wack observa además que a partir del
siglo XII aun los místicos describían su anhelo de la unión con Dios utilizando
vocabulario amoroso y físico, y los síntomas de su amor igualaban a los de la locura: no
entendidos por el objeto idealizado, acaban alienándose de sí mismos. En la
imaginación de los enamorados, por un lado, y en la de los videntes, por otro, la mujer
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amada y el Dios respectivamente ocupan el mismo lugar, los dos son el otro deseado
cuya inaccesibilidad induce a locura (Wack, 1990: 146-161).
Las diversas consideraciones del fenómeno del amor se entretejían de tal modo
que hoy día resulta imposible tratarlas por separado. Los términos utilizados procedían
tanto de la retórica de la moralización teológica como del vocabulario médico, y los
autores la utilizaban indistintamente. Martínez de Toledo, sin ir más lejos, habla por un
lado del «loco e desordenado amor» al que opone el amor divino, mientras que en el
capítulo «De cómo muchos enloqueçen por amores» constata: «E, lo peor, mueren
muchos de tal mal e otros son privados de su buen entendimiento» (Corbacho, VII, 58).
Del mismo modo, en La Celestina, escrita «en reprehensión de los locos enamorados
que, vencidos en su desordenado apetito ...» (C, 23), el concepto «amor» se relaciona
con las expresiones «loco», «ilícito», «llaga», etc.
El anhelo amoroso no fue reconocido como locura tan sólo por los sabios, sino
también por gente común: para sus criados, por ejemplo, Calisto se ha vuelto loco.
«Loco está este mi amo», constata Sempronio al percibir los primeros síntomas del
enamoramiento (C, I, 33).
[L]a virtud estimatiua, que es la mas alta entre todas las virtudes sensibles, manda ala
ymaginatiua e la ymaginatiua manda ala cobdiciable e la cobdiciable manda ala virtud
ayrada e la virtud ayrada manda ala mouedora delos lacertos; e entonçes mueuen todo el
cuerpo despernando la orden de la razon (Lilio, 521)2.
Parece que el galán de La Celestina también sabe que el hombre enferma por el
deterioro de la facultad imaginativa que comienza en los ojos, ya que después del
rechazo furioso por parte de Melibea no deja de quejarse: «Oh mis ojos, acordaos como
fuistes causa y puerta por donde fue mi corazón llagado» (C, VI, 157)3. Más adelante,
el enfermo se ha obsesionado con Melibea hasta tal grado que, no pudiendo verla, trata
de representarse en la imaginación su figura: «Pero tú, dulce imaginación, tú que
puedes, me acorre. Trae a mi fantasía la presencia angélica de aquella imagen luciente»
(C, XIV, 282).
Una explicación del origen y los efectos del enamoramiento muy semejante a la
del médico de Montpellier se encuentra ya en De amore de Andrés el Capellán, quien
también sostiene que la pasión amorosa no nace de acción alguna, sino que procede de
lo que uno ve y de la reflexión del espíritu que nace de esta visión. Y cuanto más uno
piensa en el objeto deseado, más se obsesiona, hasta imaginar detalladamente la
configuración de su cuerpo y desear poseerlo (Capellanus, 1984: 56-58)4. «[M]uy
ardiente mente la cobdicia [a la mujer] sin modo e sin medida», dice Gordonio (Lilio,
520). Es exactamente lo que le pasa a Calisto. Primero elogia las partes del cuerpo de la
doncella: «Comienzo por los cabellos...» (C, I, 44 y ss.), reduciendo luego toda su
atención a la inminente consumación de su codicia.
2
Las citas del Lilio de medicina (a continuación Lilio) son de la edición Bernardus de Gordonio: Lilio de
medicina. Eds. Brian Dutton, M.a Nieves Sánchez. Madrid: ArcoLibros, 1993, pp. 520-529.
3
Todas las cursivas en las citas son mías.
4
«[Q]uia passio illa ex nulla oritur actione subtiliter veritate inspecta; sed ex sola cogitatione quam
concipit animus ex eo quod vidit passio illa procedit. […] Postmodum mulieris incipit cogitare facturas, et
eius distinguere membra suosque actus imaginari eiusque corporis secreta rimari ac cuiusque membri
officio desiderat perpotiri» (Capellanus, 1984: 56). Sobre la presencia de Capellán en La Celestina, véase
Deyermond (1961).
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[E]l pulso dellos es diverso e non ordenado, pero es veloz e frequentido e alto sy la
muger que ama viniere a el o la nombraren o passare delante del. E por aquesta manera
conoscio Galieno la passion de vn mancebo doliente, que estaua echado en vna cama muy
triste e enmagreçido e el pulso era escondido e non ordenado e no lo queria dezir a Galieno;
entonçes acontescio por fortuna que aquella muger que amaua passo delante del, e entonces
el pulso muy fuerte mente e subita mente fue despertado; e commo la muger ouo passado,
luego el pulso fue tornado a su natura primera; e entonçes conoscio Galieno que estaua
enamorado; e dixo al enfermo: «tu estas en tal passion que a tal muger amas […]» (Lilio,
522-523).
5
Para las variantes Eras y Crato o Erasístrato, ver Castells (1993), quien recopila las numerosas hipótesis
de los investigadores de La Celestina, desde Ramón Menéndez Pidal hasta los estudios más recientes.
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Es de notar que esta passion mas viene alos varones que a las mugeres, por quanto
los varones son más calientes e las mugeres más frias; e aquesto paresce por los machos
delas animalias brutas, que con furia e impetu se mueuen a complir el coytu. E por esso los
varones, porque son mas calientes, mucho mas se deleytan enel coytu, e las mugeres mucho
mas se deleytan enla esperma del varon e enla suya propria (Lilio, 527-528).
Françoise Vigier (1979), no obstante, alega entre los autores que afirmaban que la
enfermedad afectaba tanto a los hombres como a las mujeres, a Juan de Gaddesden
(1280?-1361), que dijo en su Rosa medicinae: «De genere melancoliae est amor hereos
in istis mulieribus et viris qui inordinate diligunt» (Wack, 1990: 109-125).
(héroe y heroico), cayendo mientras tanto en el olvido el eros original (Boase, 1977:
132).
6
Para la parodización del amante cortés ver sobre todo Martin McCash (1972), Severin (1993) y
Fothergill-Payne (1993).
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El papel de la enfermedad de amor en la Tragicomedia de Calisto y Melibea
Calisto, estimando que es mejor para el doliente que se lamente en presencia de otra
persona para así aliviar su sufrimiento: «Por otra parte, dicen los sabios que es grande
descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuitas llorar, y que la llaga interior
más empece» (C, I, 31-32). Sabe asimismo que hay que empezar la cura con medios
más bien suaves. Calisto le pide que le alcance el laúd, pero el instrumento suena tan
«destemplado» como su dueño «en quien la voluntad a la razón no obedece». Y cuando
su amo empieza a desvariar, Sempronio acaba por constatar que está loco, y,
comprendiendo « de qué pie coxquea[s]», le promete: «yo te sanaré.»
Pero el criado «erudito» de Calisto opta por otra táctica, también documentada en
los manuales médicos. Puesto que la enfermedad se iniciaba con el trastorno de la
imaginación y sólo más adelante empezaba a debilitar el cuerpo, parecía más
conveniente centrar los esfuerzos en la curación de las funciones imaginativas: las
imágenes que habían desencadenado el proceso del padecimiento amoroso debían ser
eliminadas o sustituidas por otras, opuestas a las primeras. El papel decisivo en esta
empresa recaía sobre el poder persuasivo de la palabra. Los teóricos medievales de
medicina coincidían en que las palabras que más favorecían el impedimento del amor
hereos eran aquellas que apuntaban directamente al objeto adorado. Gordonio fue uno
de los autores más pintorescos y crueles en cuanto a las recomendaciones sobre cómo
apartar al enamorado de la mujer que causó su desgracia. Sugiere que hagan llegar ante
el doliente alguna mujer vieja y fea para que denigre a la mujer en cuestión exponiendo
sus (supuestas) cualidades de lo más repugnantes –la sarna, la embriaguez, la suciedad,
la pestilencia, la menstruación, etc.–:
[P]or ende, busque se vna vieja de muy feo acatamiento, con grandes dientes e
baruas e con fea e vil vestidura, e traya de baxo de si un paño vntado conel menstruo de la
muger; e venga al enamorado e comiençe a dezir mal de su enamorada, diziendo le que es
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tiñosa e borracha, e que se mea enla cama, e que es epilentica e fiere de pie e de mano e que
es corrompida […] e que le fiede el fuelgo e es suzia; e diga otras muchas fealdades, las
quales saben las viejas dezir e son para ello mostradas […] (Lilio, 525–256; cf.: Márquez
Villanueva, 1993, 30-34).
Sin embargo, Calisto –al igual que sus antecedentes literarios aludidos– se resiste
obstinadamente a aprobar los esfuerzos retóricos de su confabulador, frustrando así toda
posibilidad de éxito de este método. Cuando el criado arremete con un último
argumento sobre la inferioridad femenina: «Ansí como la materia apetece a la forma,
ansí la muger al varón», el amo comprende la indirecta a su manera: «¡Oh triste!, y
¿cuándo veré yo eso entre mí e Melibea?» (C, I, 46). La respuesta ignorante (o quizá
maliciosa) de Calisto apunta a que los procedimientos terapéuticos de su criado no le
convienen y que necesita otra cosa para dar fin a su sufrimiento. La idea aristotélica
sobre la forma y la materia con la que Sempronio pretende corroborar sabiamente la
inferioridad de la mujer, su imperfección, Calisto, en su manía lujuriosa la interpreta
según sus expectativas, es decir, que la mujer quiere unirse al varón por motivos
sexuales. Sempronio, muy despierto, no tarda en percibir la impaciencia de Calisto y
decide remediarle: «Y porque no te desesperes, yo quiero tomar esta empresa de
complir tu deseo», y, alentado por la promesa de su amo de recompensarle
generosamente, agrega en el aparte: «Con todo, si destos aguijones me da, traérgela he
hasta la cama» (C, I, 46-47).
La última fase del tratamiento curativo –la unión física– se basa en la convicción
de que, debido a la naturaleza psicosomática de la enfermedad, la cura también tiene
que tomar en consideración tanto el cuerpo como el alma. La mayoría de los médicos
7
Cf. Ovidius: «Qua potes, in peius dotes deflecte puellae…» (Remedia amoris, vv. 325–342).
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El papel de la enfermedad de amor en la Tragicomedia de Calisto y Melibea
juzgaba favorablemente los efectos del coito (Cabanes Jiménez, 2003; Solomon, 1997;
Amasuno, 2005: 78), por lo cual lo prescribían también con fines terapéuticos. En esta
línea, por ejemplo, Avicena considera que el amor de por sí no es una enfermedad,
aunque corre el riesgo de acabar siéndolo en el caso de no estar correspondido. Por eso
aconseja a los médicos que –en caso de que los demás métodos fallen– junten al afligido
con la mujer. La tesis de Avicena sobre el ayuntamiento carnal como el «medicamento»
más eficaz fue aprobada por los médicos más destacados: Constantino el Africano,
Gerardo de Cremona, Arnaldo de Vilanova, Marcilio Ficino, Bernardo Gordonio y
Francisco López Villalobos (Vigier, 1979). Alfonso de Madrigal, El Tostado
–contemporáneo de Rojas– que describió la enfermedad amor hereos según el modelo
de Gordonio, formuló en su Libro de las diez questiones vulgares las consecuencias
nocivas de la no-satisfacción del deseo de la siguiente manera:
2. 4. El papel de la alcahueta
Cabe acentuar, sin embargo, según apunta Vigier (1979), que el coito fue
legimitado y recomendado por los médicos como remedio eficaz con tal que la pareja
fuera otra que la mujer amada (mientras que algunos lo desaconsejaban del todo,
advirtiendo que desecaba demasiado el cuerpo). Esta razón se fundaba en Ovidio que
sugería o bien que el hombre enamorado se alejara cuanto más de la mujer adorada o
que se entregara al amor con varias mujeres. Gordonio propone este remedio ya en la
fase inicial del amor, es decir, entre los recursos leves: «[e] despues faz le que ame a
muchas mugeres, porque oluide el amor dela vna», remitiéndose él también a Ovidio:
«[c]omo dize Ouidio: “fermosa cosa es tener dos amigas, pero mas suerte es si pudiere
tener muchas”» (Lilio, 534)8. Villalobos da un paso más adelante nombrando a la
persona susceptible de interceder en la realización de este propósito, la alcahueta:
«Noveno, alcahuetes le hagan querer / a otras señoras por mas distraello» (Villalobos,
1973: 41), término que no aparece en el texto de Gordonio. Las terceras cumplían varias
funciones, no sólo distraer al enamorado con otras mujeres, sino también ayudarle a
contraer matrimonio con la persona elegida, proporcionarle una mujer experimentada en
8
Cf. Ovidius: «Hortor est, ut pariter binas habeatis amicas / Fortior est, plures siquis habare potest…»
(Remedia amoris, vv. 441-442).
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asuntos de amores, introducirle en los secretos del amor, prepararle pociones de amor o
embriagarle para hacerle olvidar su pena, etc.
Por una parte me alteras y provocas a enojo; por otra me mueves a compasión; […]
Que yo soy dichosa, si de mi palabra hay necesidad para salud de algún cristiano. Porque
hacer beneficio es semejar a Dios […] en alguna manera es aliviado mi corazón, viendo
que es obra pía y santa sanar los apasionados y enfermos (C, IV, 124-132).
Los términos «apasionados y enfermos» –el primero fue utilizado también por
Calisto en su lamento– son ambiguos, lo que confirma, entre otras cosas, que el diálogo
entre Celestina y Melibea está colmado de connotaciones e hipocresía, desplegándose
según la conjetura «yo sé que tú sabes que yo sé de qué estás hablando». Melibea está
dispuesta a sanar a los enfermos mortales, pero su uso de la palabra «apasionados» (es
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El papel de la enfermedad de amor en la Tragicomedia de Calisto y Melibea
decir, dolientes en el sentido médico o, por otro lado, concupiscente, voluptuoso) incita
a suponer que es consciente de qué tipo de enfermedad se trata, cómo hay que curarla y,
aún más, que está ansiosa por hacerlo. De modo que, gracias a la experiencia y
habilidad verbal, Celestina consigue pronto su propósito –juntar a los enamorados– con
lo que ratifica la aserción de Sempronio: «A las duras peñas promoverá e provocará a
lujuria, si quiere» (C, I, 47)9. Empleando la expresión de Armas (1975), el papel de la
vieja medianera ha sido el de «catalizador» de la pasión entre los dos jóvenes que a
partir de este momento seguirá su curso independientemente de las intervenciones de la
profesional, es decir que la obra de la que ésta es la verdadera protagonista, ya puede
prescindir de ella. Celestina ha dejado de ejercer de terapeuta, ya que «en vez de aliviar
y erradicar el padecimiento de Calisto, provocará a la larga su caída y su muerte»
(Amasuno, 2005: 340).
2. 5. El desenlace mortal
Es precisamente la lujuria la que decide sobre el desenlace trágico de la historia.
Debido a las intervenciones de Celestina acaban por morir los dos protagonistas: Calisto
en un accidente trivial, mientras que Melibea sigue a las mujeres modélicas de la
historia –su muerte es consecuencia de la de su amante–. De acuerdo con la
interpretación desde la perspectiva del amor hereos, el castigo que acabó con Calisto es
ejemplar debido a que el joven ha contratado a Celestina para saciar su lujuria, en vez
de tomar en consideración los consejos de los expertos. Por ejemplo, los de Bernardo
Gordonio que en el último apartado del capítulo dedicado al amor hereos (Clarificacion)
previno del peligro en caso de exagerar con la terapia (desecamiento), determinando
luego claramente a quienes no favorece (a los enamorados, tristes y melancólicos) y
agregando a quienes se la recomienda (a los que tienen «licencia»):
Deuedes de entender que el coytu demasiado deseca, e el tal no conuiene alos hereos
o enamorados ni alos tristes ni alos melancolicos; pero alos que es permisso el coytu bien
conuiene, sy templada mente se fiziere, segund Auicena. E segund el templamiento es fecho
segund Galieno, que se faga por tantos interualos que el cuerpo se sienta aleuiado, e que
coma mejor e duerma mejor. Pues aquel coytu es templado que alegra e escalienta e faze
9
Este éxito no fue logrado únicamente por sus dotes retóricas, sino posiblemente también por sus
facultades hechiceras. Sobre la manera de cómo Celestina «enamora» a Melibea empleando los métodos
de la magia, ver p. ej. Ferrand (1990: 83-97) y Solomon (1997). Para la argumentación de la
interpretación según la que Melibea sería víctima del conjuro de Celestina (philocaptio), por lo cual a
partir del acto IV dejaría de responder por sus actos, ver Russell (1975, cap. «La magia, tema integral de
La Celestina», pp. 143-276). Cátedra García (1989, cap. 4 «Amor y magia», pp. 85-112) resume las
polémicas en cuanto a la función de la magia en Celestina: algunos críticos consideran este aspecto uno
de los ejes centrales de la obra (p. ej. Russeell, op. cit.), otros afirman que se trata de un aspecto
totalmente marginal (p. ej.. Fothergill-Payne, 1988); otros, sin embargo, sostienen su papel paralelo en el
desarrollo de la acción (p. ej. Armas, 1975). En nuestro caso compartimos esta última perspectiva.
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buena digestion. Bien conuiene alos que lo tienen permisso, quiere dezir alos que tienen
licencia para lo fazer, en tal manera que lo fagan templada mente (Lilio, 526).
Calisto exageró en la práctica del amor con Melibea: durante casi un mes la
visitaba cada noche en su balcón, circunstancia que reconoció Melibea antes de morir:
«Del cual deleitoso yerro de amor gozamos cuasi un mes» (C, XX, 333). Es algo que le
hubiera desaconsejado cualquier médico experto. Es verdad que Gordonio no detalla en
su exposición otros efectos sino los del desecamiento general, Alberto Magno, por otra
parte, es mucho más concreto y alega la siguiente anécdota (Solomon, 1997, 55, 185,
notas 20 y 21): un monje enamorado hizo el amor con una mujer hermosa setenta veces
en una noche, por lo cual murió. La autopsia reveló que su cerebro se había contraído al
tamaño de una granada y que sus ojos se aniquilaron. Alberto deduce de ello que la
segregación excesiva del semen vacía y deseca sobre todo el cerebro y los órganos
contiguos, por lo cual al paciente le empieza a desfallecer la vista, debido a que
–siempre según Alberto– es en la zona de los ojos donde se produce la mayor cantidad
del semen. De un modo muy parecido advierte del coito demasiado frecuente Alfonso
Chirino, médico en la corte de Juan II.: «[L]a cabeça se anda aderedor [...] e esto
conteçe de grant flema en el estómago o de vsar mucho de mugeres» (Ranke-
Heinemann, 1992: 184).
El fin de Calisto es una intervención horrible en el cuerpo que acaba por romperse
en su dimensión tanto verídica como absurda e irónica a la vez. El lector es informado
sobre las circunstancias de la muerte por boca de otros personajes. Primero el criado
Tristán ordena a su compañero que recoja el cerebro esparcido de su amo: «Coge, Sosia,
esos sesos de esos cantos; júntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro,» y luego
refiere lo sucedido a Melibea: «Cayó mi señor Calisto del escala y es muerto. Su cabeza
está en tres partes» (C, XIX, 324)10. Y, por fin, lo refiere aun Melibea a su padre, con
detalles tanto sobre las causas como sobre el desastroso fin:
Y como esta pasada noche viniese según era acostumbrado, a la vuelta de su venida,
como de la fortuna mudable estoviesse dispuesto e ordenado según su desordenada
costumbre, como las paredes eran altas, la noche escura, la escala delgada, los sirvientes
que traía no diestros en aquel género de servicio y él bajaba presuroso a ver un ruido que
con sus criados sonaba en la calle, con el gran ímpetu que levaba, no vido bien los pasos,
puso el pie en vacío y cayó, y de la triste caída sus más escondidos sesos quedaron
repartidos por las piedras y paredes. (C, XX, 333)
10
A causa de las tres cámaras o cavidades en las que –según la ciencia del momento– se divide el cerebro
humano (Amasuno, 2005: 17, 287).
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El papel de la enfermedad de amor en la Tragicomedia de Calisto y Melibea
empezó a secarse a causa de los encuentros demasiado frecuentes con Melibea. Cuando,
apurado por socorrer a sus criados (o, más bien, por escapar), se apresuró a bajar la
escalera, sintió vértigo y como su vista se había debilitado, no se percató de la falta de
un peldaño en la escalera, puso mal el pie y cayó al vacío desde tanta altura que su
cerebro desecado estalló por todas partes11.
3. Conclusión
La Celestina es uno de los ejemplos más logrados del sincretismo medieval por lo
que su interpretación exige una lectura heterogénea que toma en consideración, además
de los elementos histórico-sociales y literarios, también los presupuestos histórico-
culturales en su sentido más amplio: desde las creencias populares, pasando por las
ciencias naturales, hasta las prácticas sociales. El resultado pone de manifiesto que la
dimensión médica del amor es mucho más que un aspecto marginal en la rica red
intertextual de la Tragicomedia. El discurso médico-terapéutico de la época desbordó la
medicina y entroncó con los postulados de varias disciplinas, como la filosofía natural,
la teología, la moral. Y, sobre todo, penetró también en la literatura, integrándose –en el
caso de Rojas– al complejo contenido ideológico que sostiene la obra.
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11
Fothergill-Payne (1993) destaca la caída de Calisto (junto con el arriba citado ejemplo de la
interpretación (¿errónea?) de la sentencia de Aristóteles por parte de Calisto) entre aquellos casos de La
Celestina en que el sentido metafórico «desciende» al nivel literal, reduciendo –en el sentido baktiniano–
los valores espirituales al nivel concreto-físico: el estado de ánimo en el que se encontró el joven
enamorado y que designan las metáforas «robar el seso», «salir de seso», «sin seso», «fuera de seso»,
«perder el seso», acabó en la pérdida efectiva de este órgano.
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