Los señores Golovlev
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Novelistas de ayer y de hoy
hay forma de recuperar el honor virginal! ¡Dónde lo en-
cuentra después!
—¡Para la falta que les hace! —refunfuña Iúduschka.
—Sea como fuere… Para una chica ése es el mayor
tesoro... ¿Quién la elegirá después?
—Actualmente, mamá, se vive sin casarse lo mismo que
con un esposo. Hoy la gente se ríe de lo que la religión
manda—. Se tiran en el pasto, se casan ahí mismo y
terminó el asunto. Es lo que se llama matrimonio civil.
En eso Iúduschka advierte que él también convive fuera
de la ley con una mujer que pertenece al estado ecle-
siástico.
—Es cierto que hay quien, por necesidad… —se en-
mienda—. Si se trata de un hombre que está en buen uso
de sus capacidades y por otra parte es viudo… ¡Por ne-
cesidad se corrige la ley!
—¡Por supuesto! En caso de necesidad la chocha canta
como un ruiseñor. ¡Hasta los santos pecaron en caso de
necesidad, no sólo nosotros, pecadores!
—Aún así. Yo que usted, ¿sabe lo que haría?
—Deme un consejo, hijo mío.
—Yo pediría plenos poderes sobre Pogorelka.
Arina Petrovna le lanza una mirada de desconfianza.
—Ya tengo poderes para administrar —dice.
—No solo para administrar, sino para vender, prendar, es
decir, para poder usar Pogorelka como quiera.
Arina Petrovna mira hacia abajo y no contesta.
—Por cierto que es para pensarlo ¡Piénselo, mamá!
—insiste Iúduschka.
Pero Arina Petrovna sigue sin hablar. Aunque debido a la
edad, no se halla muy lúcida, se siente algo inquieta debido
a las sugerencias de Iúduschka. A la vez le tiene miedo y
no quiere perder el calor, la comodidad y la abun-
dancia de que goza en Golovlevo, aunque no deja de darse
cuenta de que por algo empezó él a referirse a plenos po-
deres, que otra vez está tendiendo una trampa. La situa-
ción se está poniendo tan tensa que ya empieza a hacerse
cargos interiormente por haber mostrado la carta. Por suer-
te, Evprakséiuschka le da una ayuda.
—Bien, ¿jugamos a las cartas o no?
—¡Ya, ya! —se apura a aceptar Arina Petrovna, levan-
tándose rápidamente de la mesa. Pero en ese momento se
le ocurre otra idea.
—¿Tienes presente qué día es hoy? —dice, dirigiéndose
a Porfíry Vladimírch.
—Es veintitrés de noviembre —contesta éste, perturbado.
—El veintitrés, el veintitrés, ¿no recuerdas lo que pasó
el veintitrés de noviembre? Te olvidaste del réquiem.
Porfíriy Vladirimich se pone pálido y se santigua.
—¡Oh, Dios! ¡Qué desgracia! —exclama—. ¿Será posi-
ble? ¿Estamos seguros? Déjeme ver el almanaque.
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