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Terriers Constanza Gutierrez

Este documento narra un viaje en bus que una niña hace con su madre desde Valdivia hasta La Tirana, en el norte de Chile. Durante el viaje, la niña observa el paisaje que cambia y conoce a otros pasajeros, incluyendo a una mujer borracha que se sienta junto a ellas. Llegan a La Tirana para asistir a una fiesta religiosa, donde la niña experimenta un sentido de pertenencia al ver la procesión y escuchar la música, aunque no está segura de por qué su madre quería ir

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Terriers Constanza Gutierrez

Este documento narra un viaje en bus que una niña hace con su madre desde Valdivia hasta La Tirana, en el norte de Chile. Durante el viaje, la niña observa el paisaje que cambia y conoce a otros pasajeros, incluyendo a una mujer borracha que se sienta junto a ellas. Llegan a La Tirana para asistir a una fiesta religiosa, donde la niña experimenta un sentido de pertenencia al ver la procesión y escuchar la música, aunque no está segura de por qué su madre quería ir

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Terriers

constanza gutiérrez
chiquita linda

De vez en cuando, sin ninguna razón, corría la cortina


de la ventana del bus. Nunca iba a adivinar dónde íbamos
–¿quién adivina dónde está parado en el desierto y de no-
che?–, pero la espera me tenía impaciente. Llevábamos
demasiadas horas sentadas en ese bus y a diferencia de mi
mamá, que casi no abría los ojos cuando viajábamos, yo no
podía dormir. Después de toda una vida viendo los paisa-
jes verdes de Valdivia, esa tarde se me habían presentado
extensas montañas azuladas que iban volviéndose café a
medida que nos acercábamos. Los azules eran sorprenden-
tes: claros, oscuros, como petróleo, como lirios. Todo lo
que quería era descubrir los colores nuevos que podía ofre-
cerme la noche del desierto, pero parece que la noche es la
misma en todos lados y tuve que conformarme con mirar
el techo del bus esperando a que pasara algo.

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No tengo claro si íbamos a pedir o a agradecer algo. Mi
mamá hablaba poco y no me atreví a preguntar. Tampo-
co veía que tuviésemos mucho que agradecer ni pedir. Lo
que teníamos se lo debíamos a ella, que trabajaba todo el
día. Lo que no, se lo debíamos también, por ser tan fría
y distante. De haber tenido cosas que solucionar hubié-
semos podido hacerlo desde nuestra propia ciudad, pero
supongo que a veces hay que cambiar de aires, y la idea
de no volver a casa se me apareció ahí, en ese bus, pero lo
olvidé como se olvida todo lo imposible: con resignación.
Llegamos a Iquique como a las diez. Comimos pes-
cado frito en un restorán y después caminamos para
tomar otro bus –uno mucho menos cómodo– hasta La
Tirana. Tres jóvenes de lentes oscuros pusieron música
con sus celulares y mi mamá ya no pudo dormir más,
pero tampoco se dignó a conversarme. Me aburría ho-
rriblemente. Antes de partir, con el motor andando,
subió una señora a entregar mascarillas junto a un fo-
lleto. Le entregaba una a cada persona, y yo esperaba
ansiosa a que llegara a nuestro asiento, pero apenas nos
extendió la mano, mi mamá movió la cabeza en señal
de negativa. La señora quedó perpleja y pude ver que el
papel que acompañaba las mascarillas era propaganda
política. Un médico de la zona que se candidateaba para
diputado; sonreía junto a la foto de la ex presidenta, que
también era candidata.
–Pero si es gratis –insistió la señora.
–No, muchas gracias.

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La señora de los folletos subió los ojos todo lo posible
e hizo una especie de rebuzno. Me dio pena no sonreír-
le, así que lo hice encogiéndome de hombros, cosa que
mi mamá vio, pero prefirió obviar. Más allá, y a pesar
de la ley seca, la gente empezaba a sacar latas de cerve-
za escondidas en bolsas. Una señora de polera verde le
ofreció una Báltica a su compañero de asiento y se fue-
ron todo el camino cuchicheando, las cabezas cada vez
más cerca. A ratos, la luz del bus se apagaba. Pasábamos
largos tramos en la oscuridad y luego volvía. Todo el ca-
mino fue igual. En uno de los lapsos con luz subió un
hombre de chaqueta roja con el logo del gobierno. “¡Las
vacunas!”, gritó, y todos entendimos que había que sa-
car el carnet de vacunación. Detrás, una mujer repartía
jabones en gel gritando: “¡Solo para niños y tercera
edad! ¡Solo para niños y tercera edad!”, pero la mitad
de la gente reclamó. Señoras no tan viejas se abalanza-
ron a exigirle un jabón gel como si se tratara de anillos
de diamantes. “Es que nosotras también necesitamos”.
Al final, la mujer entregó todos los jabones sin respetar
el límite de edad y cuando llegó a mi puesto ya no le
quedaban. Tampoco es que me importara, pero yo sí
cumplía con el único requisito.
El hombre de los carnet miró a mi mamá, luego a
mí y de nuevo a mi mamá: “¿Y esta niña es suya?”. Es
una pregunta que le han hecho muchas veces, aunque
siempre en tono de broma. Generalmente, después vie-
ne el comentario que a mi mamá le cae como patada

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en la guata: “Tan bonita que le salió”. Hace unos años,
cuando yo tenía siete, me explicó:
–Eres rubia. La gente se pone tonta con las rubias.
En ese tiempo no supe qué pensar y en realidad tam-
poco sé qué pensar ahora. Siempre me molestó que no
nos pareciéramos, que ella fuese morena y yo rubia, y
estoy segura de que a ella tampoco le gustaba. Esa vez no
contestó el chiste, solo recibió nuestros carnet de vuel-
ta. Un poco más allá volverían a detener el bus para lo
mismo, la pregunta se repetiría y mi mamá, porfiada,
volvería a permanecer en silencio.
Hacia el final del viaje la señora de polera verde, ya
borracha, se paró y sentó junto a nosotras, en el brazo
del asiento de al frente. El bus estaba a oscuras, íbamos
a saltitos por el camino mal pavimentado y la mujer ape-
nas se equilibraba. Acercó mucho su aliento de cerveza
a mi cara –supongo que no medía distancias– y pude
ver sus dientes sucios, cariados, y también los restos del
rouge que no retocaba hacía horas. Me ponía nerviosa.
Preguntó lo que pueden preguntarse dos viajeros que se
cruzan: de dónde veníamos, si habíamos visitado el nor-
te antes y cuánto tiempo nos quedaríamos. Mi mamá
contestó con monosílabos.
Aprovechó de comentar, riéndose como una hiena,
todo el aparataje del Gobierno. Según ella, este nue-
vo brote de influenza era un invento del Estado para
controlar la cantidad de gente que venía a la fiesta. “Es
que ustedes no han venido antes, no saben, pero aquí
violan chiquillas, desaparecen niños, mueren personas,

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queda la embarrada. Pero ahora no, porque vino como
la mitad de la gente que viene siempre”. Mi mamá la
ignoraba y a mí me tenía los pelos de punta lo mucho
que se acercaba solo para alejarse al rato y volver, simu-
lando confidencialidad al decir algo que, según ella, era
peligroso y poco sabido. Mi mamá miraba hacia al fren-
te fingiendo estar muy pendiente del auxiliar del bus y
de nuestra parada, pero yo sé que la señora no le gustó
nada. La conozco.
–¿Qué les pasa a los niños desaparecidos?
–Se los llevan. Nadie sabe. Pero tú no te preocupes,
estás con tu mamá.
Pasó un rato quejándose de su compañero anterior,
el jovencito con el que la vi tomando una lata de cerve-
za, que se había bajado varios kilómetros antes. Decía
que era un idiota y que le había costado mucho sacar-
le alguna palabra, porque era hombre y a los hombres
solo podías sacarles algo con cerveza. Cuando dijo eso
mi mamá puso cara de indignación y me pidió que me
pusiera la chaqueta, porque ya nos bajábamos. La mu-
jer se apuró en invitarnos, el día siguiente, a bañarnos
en las cochas, aunque nosotras sabíamos que estaban
cerradas por ser foco de contagio de la influenza, así
que solo dimos las gracias. Se despidió muy efusiva, y
cuando mi mamá ya se había bajado del bus y a mí solo
me quedaba un último escalón, repitió su invitación:
“¡Vayan a las cochas!”.
Apenas miramos nuestra pieza de hotel, apuradas por
ir a la fiesta. Mi mamá estaba enojada porque, según

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ella, el bus se había demorado demasiado en llegar a
Pica y todavía nos faltaba tomar una van a La Tirana.
Quizás nos perderíamos el momento en el que sacan
a la virgen a pasear por el pueblo, a las doce de la no-
che. Hasta ahí yo no entendía su interés y ansiedad,
pero una vez allá tuve muy claro por qué habíamos
viajado tantas horas: las luces, los tambores, la gente
llorando. Es fácil excitarse con el sonido constante y
pausado de un bombo o con una flauta que suena a lo
lejos. Es el anuncio de que algo va a pasar. También
un encantamiento, un conjuro, como repetir muchas
veces el nombre de ese niño de ojos bonitos del 4ºC
antes de dormir, a ver si se cumplía el deseo.
En cuanto a la sensación de pertenecer a algo, su-
pongo que era mi primera vez. Mi mamá, olvidando
su indiferencia usual, estaba sobrecogida. Pude to-
marle la mano y me la apretó fuerte. Me ofreció una
empanada y le dije, solo por darle en el gusto, que
quería probar la calapurca, esa especie de carbonada
de llama de la que me hablaba desde que era niña.
Entonces acordamos almorzar calapurca al otro día,
para no perdernos nada de la fiesta en ese momento;
por mientras me comí una empanada de queso.
El calor era bochornoso y la gente se apelotonaba
en la explanada frente a la iglesia. La canción me la
habían enseñado en el colegio y me alegró saberla:
“Pampa desierta nortina, ha florecido un rosal/ llegan
de todos lugares, su manda deben pagar./ Es día 16 de

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julio, sale la reina a pasear/ Saludando al peregrino
que la viene a venerar”.
–Esta yo me la sé en flauta, mamá.
–Qué bueno, hija –respondió mirando para cual-
quier lado.
Logramos entrar a la iglesia después de hacer una
cola muy larga. Al mirar para arriba, veías un cielo
azul repleto de estrellitas doradas de todos los portes.
La fila era tan larga que, de puro aburrida, descubrí
que en realidad solo había estrellas de tres tamaños
distintos, pero igual lograban el efecto de inmensi-
dad. No estaba segura de poder preguntarle a mi
mamá qué habíamos venido a pedir y, de todas ma-
neras, ella me ignoraba como nunca, así que estuve
especulando un buen rato. Me debatía entre si no me
quería más, o si quería a mi papá de vuelta en la casa,
o muerto. Parecen deseos muy contradictorios, pero
con mi mamá nunca se sabía.
Ese año habían puesto un vidrio ante la “Chinita”,
como llaman a la virgen, para evitar el contagio de la
influenza. Junto a ella, un hombre limpiaba con des-
infectante cada vez que algún fiel excitado besaba el
vidrio. Decidí que, entre saber y no saber, siempre era
mejor no saber, y no quise ni mirar a mi mamá mien-
tras musitaba algo frente a la imagen. Preferí jugar a
que podía separar la música de cada una de las dia-
bladas y distinguirlas, aunque no tuviese caso. Cuando
salimos, mi mamá ya estaba de mejor humor.

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Los hombres con máscaras de diablo corrían rápido y sal-
taban con gran aspaviento, mientras las chicas se movían
lento y suave. Eran coquetas. Una luz saltaba de acá para
allá y un hombre bailó muy cerca de mí, pero su máscara
no logró asustarme. No tienen que dar miedo, se supone:
la gracia de su baile es la persuasión. Tienen que atraparte
con sus luces, alejarte del arcángel que baila en el medio y
llevarte del lado del mal. Un niño boliviano me saludó en
inglés y le contesté en castellano. Mi mamá lloraba, des-
pacito, y yo también me hubiese puesto a llorar. El olor a
distintas comidas se mezclaba en el aire, que estaba tan
denso, y me gustó ver a los niños de mi edad sentados con
sus trajes, esperando que les tocara bailar, tomando café
para no quedarse dormidos. Seguro era la única vez en el
año en que se les permitía tomar café. Le hubiese conversa-
do a todos, pero soy muy tímida y apenas sonreí. Era como
si el tiempo no corriera: siempre había un baile que ver.
Caminamos mucho rato por las calles aledañas a la
iglesia y fue ahí cuando los vi por primera vez: dos hom-
bres morenos con una niña muy chica, un poco gorda y
tan rubia como yo. Uno se acercó a mi mamá para pre-
guntarle la hora, pero mi mamá siempre trae el reloj de
pulsera malo y no supo decirle. Luego nos fuimos al mer-
cado, un laberinto de malla y nylon donde vendían ropa,
zapatillas falsificadas, comida, peces de colores y jugos
de todas las frutas imaginables. Nos alejamos un poco
del comercio y la multitud y, frente a una de las muchas
fogatas que había por todas las callecitas, mi mamá en-
cendió un cigarro que no olía a tabaco. Me contó cómo

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había crecido bailando la diablada por la manda de una
tía abuela que ni conocía y tenía cáncer. Luego se había
curado y murió de un infarto. Me dio risa el esfuerzo
vano, pero me aguanté. Al frente, los hombres junto a la
fogata nos miraban intrigados. Era evidente que ellos se
parecían mucho más a mi mamá de lo que me parecía yo
y eso que ellos no eran parientes. Supongo que mi mamá
estaba pensando lo mismo, porque salió de la nada con
que ella nunca imaginó que iba a criar una hija en Nie-
bla. Entonces le pregunté qué se sentía crecer viendo
solo beige.
–No sé, ¿qué se siente crecer en el sur, viendo verde?
–Mmm... selvático, como El Rey León.
Se rió.
–Nunca pensé que iba a tener una hija en Valdivia. Tú
nunca debes haber pensado dónde van a nacer tus hijos,
¿o sí? Nadie se pregunta eso antes.
Casi se pone a llorar de nuevo cuando dije que yo creía
que, en realidad, nunca pensó que iba a tener una hija,
daba lo mismo la ciudad. Apagó el pito, agarró su bolso y
volvimos a la fiesta. No hablamos más en toda la noche,
solo miramos a los grupos bailar.

* * *

Al otro día dormimos hasta tarde. Nos bañamos en una


ducha con muy poca presión y volvimos al pueblo a buscar

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la calapurca prometida. En un local de la feria, rodeadas
de mallas azules y mesas con manteles de plástico, nos
sentamos a compartir un plato. El local estaba casi vacío
(era muy tarde para desayunar, pero muy temprano para
el almuerzo) y la tele pasaba, a todo volumen, videos
de cantantes bolivianos. Un niño alto, flaco y moreno
y una chica gorda y bonita se sentaron unas mesas más
allá y pidieron por favor que apagaran la tele. Ella traía
una guitarra y él una melódica. Mi mamá y yo seguimos
comiendo, en silencio, mientras ella tocaba la guitarra
y él, con la melódica a un lado, sin tocarla, desafinaba
una cumbia que repetía los mismos versos todo el rato:
“Chiquita linda, cómo te quiero / chiquita linda, cómo
te extraño”. Vi pasar a la mujer del bus, que aún traía la
misma ropa (la polera ya casi no era verde, toda empol-
vada), pero fingí estar muy concentrada en el plato, por
si llegaba a vernos. Mi mamá no se dio ni cuenta.
Fue esa noche cuando volví a encontrármelos. La
niña chica fue la que se nos acercó esta vez, mientras
mirábamos a los caporales rojos. Me extendió su mano
regordeta con un baboseado alfajor que daba un poco
de asco, pero se lo recibí igual. Andaba con uno de los
hombres, el más alto, que conversó con mi mamá cosas
sin importancia. No sé si ella lo recordaba, si sabía que
era el mismo hombre que nos había preguntado la hora
el día anterior. Descubrieron que habían estudiado en
el mismo liceo, en años distintos, y aunque se supo-
nía que ya nos íbamos porque estábamos cansadas, mi
mamá aceptó ir con ellos a su camping.

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El camping estaba como a cinco cuadras del centro
y Carlos, nuestro nuevo amigo, se repartía junto a sus
amigos y la niña chica, que se llamaba Paulita, entre
dos carpas azules. Si visitabas a la dueña del camping
discretamente y antes de que cayera la noche, podías
conseguir con toda seguridad una botella de ron o de
pisco, y también la Coca-Cola correspondiente. Si lo
que querías, en cambio, era fumar pitos, era el hijo de
la dueña quien, en su casa al final del terreno, podía
proporcionártelos por un inflado precio. Mi mamá y sus
nuevos amigos quisieron comprarlo todo. Carlos le dijo
que no se preocupara por mí, que podía acostarme en la
carpa más chica con la Paulita. Ella y yo nos sentamos
junto a la parrilla del hijo de la dueña que cocinaba unas
longanizas, a mirar cómo nuestros papás tomaban cer-
veza. No teníamos mucho de qué hablar, la Paulita iba
en segundo básico y yo en sexto. Pasamos mucho rato
dibujando en la tierra, a la luz de un foco y con una ra-
mita, todos los pokemones que conocíamos. Desde que
yo los había dejado de ver, en quinto básico, habían apa-
recido muchos más, o la Paulita me inventó un montón
que nunca habían existido.
El coqueteo de mi mamá y Carlos era evidente, ¿cuán-
do había estado tan sonriente? Pero eso lo veo hoy,
entonces solo parecía la exaltación y alegría de la fiesta,
de estar de nuevo en su tierra, de tomar cerveza y co-
mer longanizas con estos amigos nuevos. Escuché a mi
mamá decir que quería volver a vivir en el norte, y Car-
los le dijo que podía conseguirle un trabajo en Arica,

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donde ellos vivían. Su tía tenía un restorán y buscaba
una mujer para administrarlo. Mi mamá podía ser esa
mujer. Se entusiasmó, aunque nunca había sido bue-
na para las matemáticas. “¿Te gustaría vivir acá?”, me
preguntó. Me encogí de hombros: “Pero si tú no eres
administradora, no sabes hacer eso”. Se rio junto a Car-
los y Hernán, pero no le dio risa. Le dio pica. Al rato nos
mandaron a acostar.
Desde la carpa se podía ver la luz de la fogata y es-
cuché a Hernán, el amigo de Carlos, preguntar por mi
papá. Mi mamá respondió, convencida de que yo dor-
mía, que no quería saber más de ese conchadesumadre.
Se rieron (¿de qué se reían?). Dormí muy poco, el rui-
do no me lo permitía, y escuché todo el tiempo lo que
hacían allá afuera. A mi mamá con Carlos, detrás de la
camioneta (odié su indiscreción), y a Hernán y al hijo
de la dueña del camping riéndose, molestándolos (que
me enojó mucho más). También cuando, después de
dos o tres horas de silencio absoluto, se despertaron y
empezaron a guardar todo.
Me incorporé y miré a la Paulita. Aún dormía, chu-
pándose el dedo. Yo misma me lo había chupado hasta
los nueve y mis arruguitas sobre la falange de ese dedo
aún son extrañas, como desplazadas. Pensé que le
contaría apenas se despertara. Salí de la carpa y vi la
parrilla, las botellas (dos de ron) y las latas (suficien-
tes como para no contarlas). Carlos me dijo que hablara
despacito para no despertar a nadie, que era muy tem-
prano, y me ofreció un Milo. Dijo que, si quería, podía

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acompañarlo a comprar cosas para el almuerzo. Enro-
llamos sacos, desarmamos la carpa en la que la Paulita
y yo habíamos dormido y guardamos la cocinilla. Me
dijo que dejáramos dormir a mi mamá un rato más,
mientras volvíamos del supermercado.
En la camioneta, la Paulita miraba por la ventana,
dándome la espalda.
–Si te chupai el dedo después te queda raro.
–¿Cómo?
–Que te vi chupándote el dedo, durmiendo. Si te lo
chupai, después te queda raro, mira.
Le mostré mis arruguitas extrañas, comparando mis
dos pulgares. Le dio risa y empezó a chuparse el pulgar
de nuevo. Carlos encendió el motor del auto y Hernán,
que recién despertaba, subió también. Cuando salimos
del camping mi corazón latió muy fuerte, pero no esta-
ba asustada. Total, si no me gustaba ese lugar nuevo, ya
encontraría la manera de irme a otro mejor.

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