EL BURRO FLAUTISTA
Todos los animales de la granja se conocían bien. Llevaban ya mucho
tiempo viviendo allí y trabajando con el granjero y su mujer. Todos sabían
que el gorrino era un dormilón y un perezoso, que nunca quería hacer nada
porque se pasaba la mitad del día durmiendo y la otra mitad comiendo.
Sabían también que las gallinas eran unas charlatanas, todo el tiempo
cacareando de un lado para otro, sin dejar la granja en silencio ni un minuto.
¿Y los conejos? Oh, esos pequeños corredores, qué sucio lo ponían todo. ¿Y
qué es lo que hacían? Nada. No ayudaban en nada en la granja. En cambio,
el burro sí que ayudaba.
- Acarrea el agua desde el pozo – reconocía un pollito.
- Y viene cargado de leña para el hogar – decía el gallo.
- Mira, ahora mismo está tirando del arado -señaló una golondrina que
pasaba por allí.
En efecto, el burro era el que más trabajaba de todos. Pero no era el animal
más feliz de la granja, porque en realidad a él le gustaría hacer otras cosas
menos pesadas y aburridas.
- Todo el día igual, de acá para allá, de allá para acá – se quejaba mientras
cargaba unos cántaros de vino -. Mira los jilgueros qué alegres están, el día
entero cantando. Y qué bien lo hacen.
- O el pájaro carpintero, que consigue maravillas con la madera – se
lamentaba mientras tiraba de un corderillo que se había quedado hundido en
el fango.
Un día decidió que aquello tenía que cambiar y se puso a hacer algo nuevo,
algo que nunca había realizado antes y que nadie le había enseñado cómo
hacerlo. Sin pensarlo dos veces, consiguió un lienzo, unos pinceles y unos
colores y empezó a pintar.
- Sí sé acarrear agua, si sé tirar del arado, si sé sacar a un corderillo del
fango, ¿cómo no voy a saber pintar, con lo fácil que parece? -se decía,
mientras buscaba un sitio adecuado para empezar.
Lo primero que pintó fue el paisaje de montañas y el riachuelo que tenía
delante de él. Enseguida se puso a la tarea: un brochazo por aquí, otro
brochazo por allá y ¡listo! El cuadro estaba terminado.
Cuando se lo enseñó a los demás animales de la granja, todos decidieron no
darle su verdadera opinión.
- Pobrecito, con la ilusión que ha puesto… -dijo una ardilla, cuando el burro
se fue -. Además, es la primera vez que pinta.
-No me extraña que sea tan feo ese cuadro –añadió la lechuza-. No ha
aprendido a pintar. Nadie le ha enseñado.
- Pero tampoco ha querido aprender – intervino, algo enfadado, el gallo-. Yo
sé cantar a la salida del sol porque me enseñó mi padre, y a él el suyo, y así
hasta el principio.
- Eso es verdad – habló el jilguero -. Yo tuve que aprender a cantar. Cuando
nací no sabía cantar una sola nota.
- Bueno, ya veo que aquí hay mucho virtuoso – dijo el búho-. Propongo que
hagamos un festival para que cada uno muestre lo que mejor sabe hacer.
La idea fue muy bien acogida por todos los animales de la granja y
enseguida comenzaron a practicar. El burro, en cambio, seguía dedicado a
sus trabajos, seguro de que, hiciese lo que hiciese en el festival, le saldría
bien.
Si he sido capaz de pintar un cuadro tan bonito a la primera, podré hacer
cualquier cosa y todos quedarán maravillados.
LA OVEJA FALSA
Era, pues, un tiempo de mucha hambre para los zorros… y había uno que
aguantaba. Tenía hambre, es cierto, y todos los rediles estaban muy altos y
con muchos perros. Entonces, el zorro dijo:
- Aquí no es cosa de ser tonto: hay que ser vivo.
Y se fue hacia el molino, y aprovechando que el molinero estaba distraído, se
revolcó en la harina hasta quedar blanco. Y en la noche se fue hacia el redil.
- Mee, mee-balaba como una oveja-. Salió la pastora, vio un bulto blanco
en la noche y dijo:
- Se ha quedado afuera una ovejita.
Y abrió la puerta y metió al zorro. Los perros ladraban y el zorro se dijo:
-Esperaré a que se duerman, lo mismo que las ovejas. Después buscaré al
corderito más gordo y guac, de un mordisco lo mataré y luego me lo comeré.
Madrugaré y, apenas abran la puerta, echaré a correr y a ver quién me
alcanza.
Y como dijo, así lo hizo, pero no llegó a salir. Y es que él no contaba con el
aguacero. Sucedió que llovió y comenzó a quitársele la harina, y una oveja
que estaba a su lado vio blanco el suelo y pensó:
-¿Qué oveja es esa que se despinta?
Y al ver que era el zorro, se puso a balar. Las demás también lo vieron
entonces y balaron y vinieron los perros y con cuatro mordiscos lo volvieron
cenizas…
Y es lo que digo: siempre hay algo que no está en la cuenta de los más
vivos…
BORIS Y LOS ANIMALES
Boris vivía constantemente afligido por las desgracias de los animales.
Cierta señora tenía una tienda que comunicaba por una de sus puertas con
un cuarto de la casa habitada por la familia de Boris. La señora se fue a
hacer no sé qué maldito negocio fuera de Tupiza y dejó su perro encerrado
en la tienda, el que comenzó a aullar apenas partió su ama y no cesó en una
semana.
Sus lamentos en los últimos días, eran imperceptibles: ¡el perro se moría!
Imagínese cualquiera el suplicio impuesto a la familia y las torturas de Boris
que revolvió todo el pueblo para ver cómo se podría sacar el perro o darle
algo de comer; pero nadie quiso tomar sobre sí la responsabilidad de
penetrar en la tienda, cuya puerta no tenía una sola rendija, por la cual se
pudiera echar leche a lo menos.
Durante el tiempo de cautiverio del perro, Boris no comió ni durmió a gusto.
La vieja, inocentemente cruel, llegó al fin; se sacó al perro ya moribundo y se
le atendió con buen éxito.
Años más tarde, en un pueblecito de la provincia de Jujuy llamado Yavi, en
una de sus andanzas por el campo en compañía de un muchacho callejero,
gran perseguidor de nidos, entró conducido por él a un terreno baldío
encerrado en un cerco de piedra.
-Aquí hay muchos nidos –dijo el muchacho-; el otro día tapé uno de rabia por
no poderlo sacar; estaba muy hondo; voy a ver si lo encuentro. Buscó un
rato, dio con el sitio cuando retiró una piedra del hueco y se vio detrás de
ella un pajarito, parado, muerto, ya seco…, tenía la cabeza caída y los ojos
abiertos. Boris reconstruyó en su mente, aquel tristísimo espectáculo, la
tragedia que ocurrió en el nido; vio los pichones con sus picos abiertos en
escuadra, piando, muriéndose de hambre, y la madre yendo y viniendo, de
sus polluelos a la puerta del nido cerrado; calculó sus angustias, su
desesperación ante este terrible conflicto, su padecimiento, sintiéndose ella
misma desfallecer; su resignación, en fin, al situarse en la puerta y morir de
pie como ningún héroe lo ha hecho hasta ahora… Boris echó una mirada de
cólera y de reproche al muchacho, bandido cruel, destituido de todo
sentimiento humano, que le pareció un monstruo horrible y, sin decir
palabras, huyó de su lado.
CUANDO LAS HORAS SE ENFERMARON
Había una vez un país donde nadie hacia caso de las horas. Los niños eran
impuntuales, las mamis eran impuntuales y los papis eran impuntuales. Los
niños llegaban tarde a la escuela, y las maestras y maestros llegaban tarde a
la escuela. Todos eran tan impuntuales que jamás se encontraban porque
unos salían cuando otros entraban.
Como nadie daba ninguna importancia al tiempo, las horas se enfermaron
gravemente y empezaron a caerse de los relojes. Comenzó cayéndose la 1
de la tarde y luego las 2 y las 3 y siguieron las demás. Estaba a punto de
caerse las 7 de la noche, cuando la gente se dio cuenta de lo que pasaba: lo
supieron, porque de repente se hizo de noche… una noche oscurísima.
“¡Pues yo pensé que no las necesitábamos… Para el caso que les hacíamos!,
dijo una voz desde la oscuridad. (La Empresa Eléctrica se había atrasado,
como de costumbre, en prender la luz).
“¿Qué vamos hacer?”, se preguntó en alta voz el Presidente, que por primera
vez llegó puntual a su despacho. “No podemos quedarnos sin horas”.
“¿Quién dijo eso?”, preguntó irritado el Presidente. “Disculpe, señor, fui yo”
contestó la mujer que hacía la limpieza. En sus manos llevaba el recogedor
de basura con las horas caídas que había barrido del suelo.
“Esto es ridículo”, comentó el Presidente. “Claro que necesitamos tener
horas y cumplirlas. Si no cómo vamos a vivir”. La señora estaba encantada
de poder dar su opinión al Presidente y dijo: “Pues yo creo que debemos
mejorar nuestros hábitos y dejar de ser impuntuales”.
Al día siguiente el Presidente salió a la plaza: “Desde ahora todos vamos a
respetar las horas y llegaremos siempre a tiempo”. “Viva, viva, este
Presidente si nos respeta”, -dijo la gente-. “Ahora entre todos vamos a
construir un país mejor”.
BARCO HUNDIDO
Tendido de lado, como un gigante dormido, el gran transatlántico arrojaba
las últimas burbujas del hundimiento. Los peces se atropellaban a su
alrededor. Las almejas se escondían en la arena.
Un delfín nadó en círculos, saltó fuera del agua y anunció:
- ¡Barco hundido!
Las gaviotas repitieron:
- ¡Barco hundido!
Y los cormoranes dieron la vuelta a la isla para avisarle al abuelo de los
pájaros.
El abuelo, con su barba larga y gris, estaba sentado en la roca.
Cuando escuchó el llamado, subió a su bote lo más rápido que pudo.
Las gaviotas lo guiaban.
- ¡Barco hundido! -seguían gritando.
El abuelo ponía todas sus fuerzas en los remos. Pero ya eran muchos años
de ser viejo; estaba tan cansado que, en mitad de camino, debió abandonar.
- Estoy muy cansado – confesó- . Pidan ayuda a los pájaros de la orilla.
Busquen a los peces.
- No, abuelo –respondieron las gaviotas-. ¡Barco hundido! ¡Barco hundido!
- con lo cual querían indicar que sin él nada podrían todos los pájaros y
los peces.
El abuelo señaló la costa una vez más y, ya sin aliento, se quedó dormido.
Poco después, el griterío de las aves lo despertó.
- ¡Barco hundido! ¡Barco hundido!, abuelo.
- Eran cientos revoloteando sobre su cabeza. Todas se habían unido en una
sola bandada. También había muchos peces asomados a la superficie.
Los peces miraban entristecidos. “El abuelo no va a poder ayudarnos”,
pensaban.
- ¡Barco hundido! ¡Barco hundido!
Pero entonces el anciano señaló el cielo y, con un dedo que era como una
raíz seca, indicó a cada pájaro el puesto que debía tomar. Después señaló el
mar e indicó a cada pez su posición exacta.
En pocos minutos la ciudad en pleno estaba enterada. Con sus cuerpos, los
pájaros habían escrito en el cielo: “Barco hundido”. Y cuando llegaron las
lanchas de salvataje, los peces destacaban con un círculo el lugar donde se
hallaba el barco.
La tripulación había reaccionado a tiempo y se encontraba ilesa en los botes
salvavidas.
Gracias a la unión solidaria de pájaros y peces el barco fue reflotado. Y el
abuelo volvió a su roca tranquila, desde donde observaba las puestas de sol
(que son el espectáculo maravilloso) y en donde contaba a sus amigos, los
peces y los pájaros, historias de barcos y navegantes.
VIAJE A ITALIA
Impulsado por la corriente brava, navegaba veloz un grillo. Su canoa era una
chaucha de algarrobo y su remo un cabito de alcanfor. Al atardecer solía
escucharse su canto triste acampañando al arroyo, mientras recordaba su vida en
Venecia, cuando era rico y la noche lo descubría paseando en su propia góndola.
- ¡Addío, condoliere! - saludaban las señoritas. Y él, retorciéndose el bigote,
respondía:
- Buona notte, signorine.
Qué linda era Venecia. Se sentía arrepentido de haber venido a América, a correr
aventuras en los riachuelos de la pampa.
Tenia el grillo su zapatón derecho roto, poca plata en la alcancía y mucha nostalgia
en el corazón.
De la orilla de enfrente se asomó por una lata de de garbanzos la mujer del grillo.
- ¡Antonio, se enfrían los fideos!
En la lata, que era su hogar, Antonio Grillo se quitó la gorra de canoero, besó en la
frente a su pequeño grillito que estaba en la cuna y se sentó a la mesa.
- Vieca – le dijo a su mujer con una sonrisa picara -. ¿Te gustaría volver a Italia?
- Italia, Italia. Me gustaría andar en la góndola. ¿Te acuerdas?
La señora del grillo se sonó fuerte la nariz con el delantal y se sentó de costadito en
una silla.
- ¿Y cómo? Preguntó entusiasmada.
- En la chaucha – respondió Antonio.
Comieron planeando el futuro. Lavaron los platos, hicieron las valijas y, diciendo
adiós a la lata, partieron.
Allá iban con su blanca chaucha a desaguar en el río Paraná; y luego llegarían al Río
de la Plata y de ahí al mar azul, el ancho mar que los llevaría para siempre a Italia.
- Somos tan felices – dijo la señora del grillo, apretando a Antoñito contra el
pecho.
- ¡Qué dicha vieca! ¡Volver a Italia!
Y estaban felices hasta las lágrimas.
Pero a veces, en los mejores momentos, ocurren imprevistos. Y la familia Grillo tuvo
uno muy feo: un remolino, como una boca abierta en el río, se los tragó de un
sorbo.
El grillo se vio de pronto en la playa, sin aliento; se sentó en la arena y lloró.
- Cri-cri. Cri-cri. ¿Dónde está mi mujer? ¿Dónde está mi hijo?
- ¡Y él que había creído que lo único que podía hacerlo feliz era volver a su Italia!
Hubiera hecho lo imposible por estar otra vez con la familia en su hogar, la lata de
garbanzos. Caminó y caminó como un perro, sin saber qué hacer. La noche estaba
próxima y empezaba a refrescarse.
Llorando encendió un fuego y puso a secar sus zapatones.
Llorando se acurrucó en la arena y llorando se adormeció. Cuando despertó, aún
estaba oscuro.
El fuego crepitaba junto a los zapatones, que estaban junto a los zapatones de su
mujer y las zapatitos de Antoñito. ¡Oh sorpresa! Estaban todos vivos.
Los Grillo se abrazaron emocionados y comieron papas al rescoldo.
- Ahora sí que soy feliz – dijo papá; mamá se apoyó en su pecho y Antoñito jugo
en el herbazal.
Tal vez aquella fue la familia más dichosa que pisó la Tierra. No volvieron a hablar
de Italia. No hacía falta ir tan lejos a buscar la felicidad.
LA PLUMA DE GANSO
El rey de la selva, don León, siempre había tenido un carácter alegre y
risueño, pero un extraño encantamiento torcía su boca y le hacía fruncir el
ceño de vez en cuando. Siempre que sucedía esto, don León, irritado se
negaba a comer y se metía a la cama hasta el día siguiente.
Se más querida hijita, estaba muy preocupada. Desde hacía muchos años
buscaba remedio al hechizo que pesaba sobre su padre. Por fin, una noche
de tormenta, fue a ver a una curandera y le contó el problema. Esta le dio
una pluma de ganso y le dijo:
- Quien sepa utilizarla adecuadamente, librará a tu padre del encantamiento
que sufre.
Muchos habitantes de la región probaron suerte, pero ninguno supo dar el
uso conveniente a la pluma de ganso. Al cabo, tres hermanos de la familia
Ardilla intentaron, a su vez, liberar al rey.
El hermano mayor era médico y usó la pluma de ganso como un estilete
para hacer una sangría al rey. Este no sintió ninguna mejoría. A su turno, el
hermano mediano, que era poeta, escribió con la pluma hermosos poemas.
Don León los escuchó impertérrito, de labios de su autor, pero su
encantamiento siguió en pie.
Por fin intervino el hermano pequeño, que no tenía otro oficio que ayudar a
su madre en las faenas caseras. Lleno de ingenio tomó la pluma e hizo
cosquillas con ella al rey. Este prorrumpió en sonoras carcajadas y su cara
recobró la franca sonrisa que siempre le había caracterizado. Don León
había sido liberado del encantamiento y recompensó al joven como se
merecía.
EL MIRLO BLANCO
Mirlita era muy presumida y anunció su intención de casarse. Era una
noticia bomba, pues cientos de mirlos habían intentado casarse con ella en
los últimos años sin obtener más que calabazas.
Sin embargo, el primer entusiasmo dio paso a una profunda decepción.
Mirlita imponía extrañas condiciones: el mirlo que la desposase tenía que
ser blanco. Como es bien sabido, todos los mirlos son negros.
Uno de los pretendientes, muy enamorado de ella, decidió jugarse el todo
por el todo. Intentó cambiar el color de su plumaje enganchándose plumas
blancas en el cuerpo. Mirlita, al besarle, fue haciéndolas caer.
Probó después a untarse con cera. Sí, parecía blanco inmaculado, pero al
llegar el verano la cera se derritió y… de nuevo quedó al descubierto. Con
la nieve que se echó encima, ocurrió otro tanto.
Cansado de tanto experimento, el mirlo se alejó tristemente, dispuesto a
renunciar a Mirlita, pero ésta, conmovida por el coraje de su pretendiente,
corrió tras él y le ofreció su mano. Se lo tenía bien merecido. Podéis
imaginaros la alegría de nuestro valiente mirlo.
DIOS QUIERE LO QUE HACE
1. ¡ ABUELO CUENTAME !
Judith varias veces preguntó a su a abuelo:
-¿De dónde viene lo que hay? ¿De dónde sale la vida?
Una noche, antes de dormir, el abuelo le contó esta narración:
Dios creó todo lo que hay, el cielo, la tierra y lo que ellos contienen, Dios es
el autor de la vida. En crear lo que hay, empleó miles y miles de años.
La biblia tiene una manera bonita de contar la creación: Para que entiendas
te explicaré despacito:
Dice la narración de la biblia, que todo estaba en desorden y oscuro. Dios
empezó a ordenar.
El narrador de la biblia sabía que en la oscuridad no se ve lo que se hace,
entonces, pone a Dios haciendo la luz. Luego separa las aguas poniendo
entre ellas el firmamento.
Después mirando debajo del firmamento, separó las aguas de lo seco y los
llamó mares y tierra.
2. ¡ ABUELO CONTINUA !
Dios se quedó observando y empezó a adornar lo que había ordenado: colgó
del firmamento la luna, las estrellas y el sol; hizo brotar los grandes árboles,
los arbustos, las pequeñas plantas, las matas con flores, las yerbitas…
Después adornó el mar con los animales, desde ballenas hasta sardinas; los
aires con aves gigantescas o diminutas y la tierra con multitud de animales
de cuatro patas, de dos, con lombricitas e insectos.
Dios contemplaba todo y veía que era bueno. Lo quería y por eso lo bendijo.
3. ¿ Y DESPUÉS ABUELO ?
Entonces decidió crear a los hombres y a las mujeres.
Al darles la vida, también les entregó la responsabilidad de querer y cuidar el
mundo, las plantas, los animales, las montañas, las piedras.
Dios vio que todo lo que había hecho con amor estaba muy bien y lo bendijo.
4. ¿ Y QUE MAS ABUELO !
Dios les encargó poblar la tierra y le pidió especialmente que se quisieran, se
respetaran y se ayudaran.
Les enseñó a amarse y a quererlo a EL, pues era su creador, que les había
dado la vida.
Judith sabe que su abuelo cuenta hermosas historias; por eso, cuando el
abuelo la visita, está muy atenta a escucharlo.
LA MARGARITA Y LA ALONDRA
En un jardín crecía una hermosa margarita, rodeada de rosales y árboles.
Todos los días daba gracias a Dios por haberla hecho nacer en un lugar como
aquel, donde recibía la caricia del sol y del aire, y desde donde, igualmente,
podía escuchar el dulce canto de los pajarillos.
La margarita era una flor muy humilde, pues se creía ignorada de todo el
mundo. Como era la única margarita del jardín, no podía dialogar con nadie,
cosa que le hubiese gustado.
Una mañana, la humilde florecilla vio a una alondra que se posaba muy
cerca, al tiempo que decía:
-¡Oh, que flor tan bella y original! Su corazón es de oro y de plata, su
ropaje.
Pero la emoción de la flor aumentó cuando la alondra se acercó para
acariciarla con sus alas.
Y cuando la alondra levantó el vuelo, la margarita agitó sus blancos pétalos
en señal de despedida.
A la mañana siguiente, la margarita oyó el canto de la alondra.
Esperaba que, de un momento a otro, el ave se acercara a ella para
acariciarla con sus alas, como había hecho el día anterior. De pronto, se dio
cuenta de que esto no podría ser: la alondra estaba en un extremo del
jardín, pero dentro de una jaula.
- ¡Oh, pobre alondra! Pensó la margarita.
En esto se acercaron dos muchachos, que estaban cogiendo puñados de
hierba para hacer un nido en la jaula donde estaba prisionera la alondra. Y
quiso el destino que, mezclada con otras briznas de hierba, cogieran
también a la margarita.
El infeliz pajarillo comenzaba a padecer el tormento de la sed. No hacía más
que abrir el pico para dar a entender a sus captores que necesitaba beber un
poco de agua. Pero los chicos, en su inconsistencia infantil, no se fijaron en
este detalle.
La margarita hizo un esfuerzo supremo, logrando que su corazón amarillo
brotase un poco de humedad, con lo que el ave pudo paliar un poco el
tormento de la sed.
- ¡Gracias, margarita! Musitó el pajarillo -. ¡Qué buena eres!
Al llegar la noche, la alondra extendió sus alas inclinó su cabeza sobre la
florecilla y murió de pena y de sed. La margarita quiso humedecer una vez
más el pico de su amigo, pero vio que ya no le quedaba el más leve rastro de
humedad. Comprendiendo que también ella iba a morir, se inclinó sobre su
tallo y se despidió del pajarillo, que ya no podía oírla:
- ¡Adiós, pajarillo! ¡Has sido muy bueno conmigo! y diciendo esto, dejó de
existir.
La florecilla también se extasió contemplando la alondra.
- ¡Oh, que hermoso pajarillo! ¡Y como canta!
Durante un buen rato, la florecilla se deleitó oyendo cantar a la alondra, que
precisamente emitía sus mejores trinos en su honor.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA
En un campo de trigo vivían una hormiga muy trabajadora y una cigarra muy
perezosa. Durante el verano, la cigarra se pasaba el día tumbada cantando
y tomando el sol. La hormiga, mientras tanto, trabajaba todo el día llevando
los pesados granos a su hormiguero.
¿Qué haces tan laboriosa con este calor? ¡Ven conmigo y verás que bien te
lo pasas! le decía la perezosa cigarra.
- Me preparo para el invierno. Ahora tengo mucho trabajo, pero cuando
llegue el frío tendré comida y no pasaré hambre. Tú también deberías
hacerlo, contestaba la sudorosa hormiguita.
- Yo no quiero pasar todo el verano tan cansada como tú.
- Ahora es tiempo de cantar, de reír y de disfrutar ¿para qué me voy a
preocupar del mañana? replicaba la cigarra mientras entonaba una
nueva canción.
Así pasó el verano. Mientras la hormiga llevaba a su agujero todos los
granos que podía cargar, la cigarra canturreaba constantemente sin pensar
en el futuro y riéndose de la hacendosa hormiga.
Llegó el crudo invierno con sus tormentas y su frío. Todos los animalitos
estaban escondidos. El campo se había quedado solo.
Había nieve por todos los lugares y ni una sola hoja en los árboles para que
la cigarra comiera.
La hormiguita estaba tranquila. Tenía comida para todo el invierno. Mientras
tanto, la cigarra se moría de frío bajo una piedra.
Una mañana se acercó la cigarra temblando por el frío hasta el hormiguero.
Tenía mucha hambre y le pedía a gritos a la hormiga que le ayudara.
- ¿No tienes nada que comer? le preguntó la hormiga desde dentro de su
casa.
- No, he sido tan necia que no he guardado nada para el invierno. Solo
pensaba en cantar, pero ahora me arrepiento de ello contestó la cigarra.
La hormiguita se compadeció de la pobre cigarra. Le abrió la puerta y la dejó
pasar allí el invierno.
“Debes trabajar y estar contento, así no te faltará nunca alimento”.
JESUS SANA A DOS CIEGOS
Qué interesante es leer historias sobre los grandes hombres.
Entre esas historias hay una maravillosa. Es la vida de Jesús o Jesucristo, es
decir, el Salvador, el hijo de Dios. El Mesías anunciado por los profetas.
Jesús nació en Belén, en un pesebre, y fue el hijo de la Virgen María y San
José. Pasó su juventud en Nazaret trabajando como carpintero en el taller de
su padre. A los treinta años de edad empezó a predicar su doctrina por
Galilea y Jerusalén. Hizo muchos milagros. Traicionado por Judas, uno de
sus apóstoles, fue condenado y murió crucificado entre dos ladrones. A los
tres días resucitó y cuarenta días más tarde subió al cielo, dejando a sus
apóstoles la misión de predicar su doctrina.
Leyendo sobre la vida de Jesús y sus milagros, encontrarás la historia cuando
sanó a dos ciegos:
“Al salir Jesús de la casa de Jairo, un jefe de los judíos, dos ciegos lo
siguieron, gritando:
- ¡ Ten lástima de nosotros, Hijo de David !
Y cuando Jesús entró en la casa, los ciegos se le acercaron, y El les preguntó:
- ¿ Creen ustedes que puedo hacer esto ?
Ellos dijeron:
- Sí, señor.
Entonces Jesús les tocó los ojos y les dijo:
- Que se haga conforme a la fe que ustedes tienen.
Y sus ojos quedaron sanos. Jesús entonces les advirtió:
- Procuren que no lo sepa nadie.
Pero apenas salieron, contaron por toda esa región lo que Jesús había hecho
“.
SI YO CAMBIARA…
Siempre podemos mejorar, poniendo un poco de nuestra parte.
El mundo sería mejor si YO CAMBIARA.
SI YO CAMBIARA mi manera de pensar hacia otros, me sentiría sereno(a).
SI YO CAMBIARA mi manera de actuar ante los demás, los haría felices.
SI YO aceptara a todos como son, sufriría menos.
SI YO me aceptara tal como soy quitándome mis defectos, ¡ cuánto
mejoraría mi hogar, mi ambiente… !
SI YO comprendiera plenamente mis errores, sería humilde.
SI YO deseara siempre el bienestar de los demás, sería feliz.
SI YO encontrara lo positivo de todos, la vida sería digna de ser vivida.
SI YO amara el mundo… lo cambiaría.
SI YO me diera cuenta de que al lastimar, el primer lastimado soy yo.
SI YO criticara menos y amara más.
SI YO CAMBIARA… CAMBIARÍA EL MUNDO.
EL PLATO DE MADERA
¡ Pobre abuelo ! Había pasado la vida trabajando de sol a sol con sus manos;
la fatiga nunca había vencido la voluntad de llevar el sueldo a casa para que
hubiera comida en la mesa y bienestar en la familia. Pero tanto trabajo y tan
prolongado se habría cobrado un doloroso tributo: las manos del anciano
temblaban como las hojas bajo el viento del otoño.
A pesar de sus esfuerzos, a menudo los objetos se le caían de las manos y a
veces se hacían añicos al dar al suelo.
Durante las comidas, no acertaba a llevar la cuchara a la boca y su
contenido se derramaba sobre el mantel. Para evitar la molestia, procuraba
acercarse al plato, y este solía terminar roto en pedazos sobre las baldosas
del comedor. Y así un día tras otro.
Su yerno, muy molesto por los temblores del abuelo, tomó una decisión que
contrario a toda la familia; pero era hombre impaciente, desconsiderado y
tozudo, a pesar de todo, lo llevó a cabo: desde aquel día el abuelo comería
apartado de la mesa familiar y usaría un plato de madera; así, ni mancharía
los manteles ni rompería la vajilla.
El abuelo movía suavemente la cabeza con resignación, y de vez en cuando
enjugaba sus lágrimas que le resbalaban por las mejillas; era muy duro
aceptar aquella humillación.
Pasaron unas semanas, y una tarde, cuando el yerno volvió a casa, encontró
a su hijo de nueve años enfrascado en una misteriosa tarea: el chico
trabajaba afanosamente un pedazo de madera con un cuchillo de cocina.
El padre lo miró lleno de curiosidad y le dijo:
- ¿Qué está haciendo, con tanta seriedad? ¿Es una manualidad que le han
mandado a hacer en la escuela?
- No papá, respondió el niño.
- Entonces ¿de qué se trata?
- ¿No me lo puedes explicar?
- Claro que sí, papá. Estoy haciendo un plato de madera para cuando
usted sea viejo y las manos le tiemblen.
Y así fue como el padre aprendió la lección y, desde entonces, el abuelo
volvió a sentarse a la mesa y comió con los mismos platos que utilizaba el
resto de la familia.
LA NIÑA INVISIBLE
Había una vez una niña que se llamaba Marta. Vivía en una casa situada en
un valle, a la derecha encima de una montaña estaba el pueblo blanco (le
llamaban así porque la mayoría del tiempo estaba cubierto de nieve) y al
otro lado, sobre una colina, se encontraba el pueblo verde (estaba siempre
lleno de césped).
Los niños del pueblo verde lo pasaban muy bien. Los que peor lo pasaban
eran sus animales, porque los molestaban continuamente.
Los del pueblo blanco también vivían muy contentos., pero sus plantas
tenían dificultad de salir por el frío que hacía y los niños las pisaban y
cortaban continuamente.
Los niños de estos dos pueblos no eran amigos. Marta vivía en medio, era
amiga de los animales y las plantas y también quería ser amiga de los niños
de sus pueblos vecinos, pero ellos no la querían porque no pertenecía a sus
pueblos. Martha lo había intentado todo, pero nada le daba resultado, se
sentía cada vez más sola y un buen día de tanto llorar se convirtió en
invisible.
Como era invisible, tanto los niños del pueblo blanco como los del pueblo
verde no se daban cuenta de su presencia, y Marta estaba con ellos y les
estropeaba las trampas que preparaban para cazar a los animales y protegía
el crecimiento de las plantas. Marta también pasaba muchos ratos con los
niños del pueblo blanco, y sin que se dieran cuenta les desviaba todos los
misiles y armas que tenían preparadas para atacar al pueblo verde.
Puesto que Marta conseguía deshacer todas las trampas de los niños del
pueblo verde, éstos tuvieron que inventarse otros juegos para distraerse.
Marta procuraba que los nuevos juegos no fuesen tan salvajes y así
empezaron a jugar con los animales y a cuidarlos.
Los del pueblo blanco por no aburrirse inventaron otras actividades y así fue
como empezaron a cuidar las plantas.
Después de algún tiempo empezaron a interesarse por los juegos de los
demás; pensaron que quizás jugar con ellos sería más divertido que pelearse
y así como que las niñas y niños del pueblo verde y del pueblo blanco se
hicieron amigos y jugaron juntos en el valle.
Aquel mismo día Marta dejó de ser invisible y estuvo muy contenta porque
tenía muchos amigos y a nadie le importó que no fuera de su pueblo.
LA JUSTICIA DEL REY
En un país muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, gobernaba un joven rey
con mucha sabiduría. Era querido de todos sus súbditos por su generosidad
y justicia.
Nadie de su reino pasaba hambre porque su palacio estaba abierto cada día
para servir una copiosa comida a todos los peregrinos, trotamundos e
indigentes.
Un día, después de la comida ordinaria, un mensajero del rey les anunció
que al día siguiente era el cumpleaños de su majestad, que éste comería con
ellos y que al final del espléndido banquete, todos y cada uno recibirían un
regalo. Tan sólo se les pedía que subieran a la hora acostumbrada con
alguna vasija o recipiente llenos de agua para echarla en el estanque del
palacio.
Los comensales estuvieron de acuerdo en que la petición del rey era fácil de
cumplir, que era muy justo corresponder a su generosidad y… si encima les
hacía la gracia de un obsequio, mejor que mejor.
Al día siguiente, una larga hilera de mendigos y vagabundos subía hacia el
palacio del rey llevando recipientes llenos de agua. Algunos de ellos eran
muy grandes, otros más pequeños y alguno había que, confiando en la
bondad del rey, subía con las manos libres, sin un vaso de agua…
Al llegar a palacio vaciaron las diversas vasijas en el estanque real, las
dejaron cerca de la salida y pasaron al salón donde el rey les aguardaba para
comer.
La comida fue espléndida. Todos pudieron satisfacer su apetito. Finalizado el
banquete, el rey se despidió de todos ellos. Se quedaron estupefactos, de
momento, sin habla, porque esperaban el regalo y éste no llegaría si el rey
se marchaba.
Algunos murmuraban, otros perdonaban el olvido del rey que sabían que era
justo y alguno estaba contento de no haber subido ni una gota de agua para
aquel rey que no cumplía con lo que prometía.
Uno tras otro salieron y fueron a recoger sus recipientes. ¡Qué sorpresa se
llevaron! Sus vasijas estaban llenas, llenitas de monedas de oro. ¡Qué
alegría! Los que habían acarreado grandes cubos y ¡qué malestar! Los que lo
trajeron pequeño o se presentaron con las manos vacías.
Y cuentan los anales del reino que en aquel país no hubo más pobres, porque
con las monedas del rey muchos pudieron vivir bien y otros comprarse
tierras para trabajar y los que se quedaron sin nada se marcharon para
siempre de allí.
El canto aprisionado
Esta vez no tuvo tiempo de ponerse a salvo. El zumbido de una piedra le
cortó la respiración al tiempo que sintió un golpe terrible que hizo que todo
desapareciera en la oscuridad. No supo cuándo sus plumas chocaron contra
el suelo.
El muchacho que disparó su honda corrió a recoger el pájaro, pero cuando
vio que estaba vivo, algo le tocó el corazón y decidió llevarlo a su casa.
Al verlo, su madre exclamó:
-¡Un turpial! ¡Los turpiales cantan muy bonito! Si el pajarito se cura lo
pondremos en una jaula.
Lo atendieron bien y en verdad que el ave agradeció a todos el interés que
mostraban en salvarle la vida. Encerrado en la jaula, se dedicó a dormir.
Desde el principio había descubierto que el que está dormido no está preso.
Al comienzo, el muchacho lo visitaba con frecuencia y le silbaba como
pidiéndole que cantara para él. Pero el turpial no podía cantar. Se había
quedado seco por dentro.
Al muchacho no se le había ocurrido preguntarse porqué quería hacerse el
simpático como si nada hubiera pasado entre los dos. Sin embargo, el
tiempo pasaba y ya no le provocaba tanto acercarse a la jaula para visitar al
prisionero. Además, sentía algo raro en su interior cuando veía un pájaro
cruzar el cielo o cantar sobre la rama de un árbol.
El turpial tampoco la pasó bien. La época de su cautiverio fue la mas triste y
gris de toda su vida y hubiera sido la más larga si, una mañana, cuando el
sol salió, no hubiera empezado a cantar. Fue un impulso repentino, ¡Hacía
tiempo que su cuerpo no vibraba de esa manera! Pronto su temor se
convirtió en alegría y el pajarito seguía cantando desde el fondo de su alma.
Inmediatamente, la gente de la casa se reunió alrededor de la jaula, ¡El
turpial está cantando! ¡El turpial está cantando!, repetían en medio de un
gran alboroto. El muchacho se acercó a la jaula y la abrazó con fuerza. No
podía creerlo. Quería estar allí todo el día, escuchando ese hermoso canto.
Cuando el pájaro lo vio, dejó de cantar y lo miró fijamente. Los dos tenían un
nudo en la garganta.
Entonces, en medio del silencio, el muchacho abrió la puerta de la jaula y dio
un paso atrás.
El pájaro se puso en posición de despegue. Vaciló unos segundos... y ¡quién
dijo miedo! Salió de la jaula, torció el rumbo hacia arriba, sus alas se
sacudieron con fuerza y casi golpearon la cara del muchacho, como si le
gritara: ¡Adiós! ¡Gracias! ¡Te espero en la sabana!
Y el muchacho se quedó mirando a las nubes, por encima de los tejados
cuando ya no hubo más pájaro volando libre por los aires.
VILLA SILENCIO
En una granja vivían una oveja, un pato y una vaca que se pasaban el día
discutiendo. La oveja decía que era el animal más bonito y suave de todos.
El pato aseguraba que era el más simpático y el mejor nadador. La vaca
gritaba que era la más grande y poderosa.
También discutían acerca de cuál de los tres era más útil para las personas.
La oveja hablaba de la calidad de su lana.
El pato defendía la suavidad de sus plumas para hacer edredones.
La vaca no se cansaba de decir que ella daba la mejor leche.
Claro que todas estas peleas y discusiones se hacían en idioma animal y,
desde muy lejos, se oía día y noche:
- ¡ Muuuu, muuuu !
- ¡ Cua, cua, cuacuacuá !
- ¿ Cua? ¡ Beee, beee, beee !
- ¿ Bee ? ¿ Cua ? ¡ Muuuu !
Pasó el tiempo y aquello no tenía solución.
Un día, los vecinos empezaron a quejarse del alboroto y la policía llegó a la
granja para ver que ocurría. El dueño de la granja decidió encerrar a cada
animal en un lugar diferente. Pero la oveja, el pato y la vaca seguían
gritando. ¡ Aquello era insoportable !
Por fín, una buena mañana el dueño de la granja reunió a los tres animales
en el corral. Ellos pensaron que iba a decidir quién era el mejor, pero le
granjero les dijo:
- Ya que se llevan tan mal, los venderé en el mercado. Así vivirá cada uno
en una granja distinta.
Los tres animales se dieron cuenta de que se iban a echar mucho de menos.
Así que…
El pato cerró el pico.
La vaca no dijo ni mu.
La oveja apretó el hocico.
Desde entonces, aquella granja se llama Villa Silencio.
LOS TRES CAMINOS
Erase un campesino tan pobre que no podía dar de comer a sus hijos. Con
gran dolor en su corazón, les dijo:
- Hijos míos, no puedo daros lo necesario. Tendréis que ir por el mundo a
ganaros la vida, pero seguid, siempre el camino recto, que es el que
conduce al cielo.
Luego, con su bendición, les entregó a cada uno una torta, más grande la
del mayor, mediana la del segundo y pequeña la del menor.
Iba caminando el mayor cuando le salió al paso una mujer con un niñito
en brazos, que le pidió un poco de su torta para el pequeño.
- Antes se la daría a un perro, respondió el muchacho. Y a pesar de todo, le
preguntó a continuación si podría indicarle el camino al cielo.
- Sigue este sendero dijo la mujer -, y al final verás una puerta roja; llama
y llegarás a donde te corresponde.
- El segundo de los hermanos también encontró a la mujer y el niño, le
negó alimento, preguntó por el camino del cielo y recibió parecida
respuesta.
- Llegó después el menor de los hermanos, con su pequeña torta, y la
mujer le pidió un pedacito para su niño.
- Un pedacito no, buena mujer; tomadla toda.
- La mujer le dio un abrazo de agradecimiento y, cuando el muchacho le
preguntó si sabía cuál era el camino al cielo, ella le dijo que caminara por
aquella senda hasta que viese tres caminos.
- Debía tomar el de la derecha.
- Al término de este camino añadió - . verás una puerta blanca. Llama y
encontrarás lo que deseas.
- Y los tres hermanos caminaron y caminaron. El mayor siguió su camino y
llamó a la puerta roja, que se abrió con estrépito: infinidad de llamas
rojas, y una multitud de diablos lo llevaron dentro, que era donde le
correspondería estar. Y lo mismo sucedió, cuando poco después llegó el
segundo de los hermanos. En cuanto al menor, vio la puerta blanca.
Apenas hubo llamado, se oyeron a la mujer y al niño, que eran la Virgen
María y el niño Jesús, que le recibieron en sus brazos abiertos, pues se
había ganado el premio de la vida.
DISEÑO, INSTRUMENTO, MÁQUINA Y HERRAMIENTA
- ¿Qué se hicieron mis instrumentos?
- ¿Tus qué?
- Pues mi lápiz, mi regla, mi compás…
- ¡Ahh! como hablaste de tus instrumentos pensé que necesitabas tu
lupa, tu flauta o tu termómetro.
- ¡No! Es que estoy haciendo el diseño de una máquina fantástica que
me peine, me embole, me limpie los zapatos y me haga las tareas.
- ¿Y por qué no haces la máquina de una vez?
- Porque haciendo un dibujo puedo darme cuenta de qué necesito para
hacerla y cómo puede funcionar.
- Pero con el lápiz y la regla no vas a hacer la máquina.
- ¡Claro que no hombre, necesito herramientas como el destornillador, el
martillo y el serrucho!
- ¿Pero, qué es una herramienta?
- Una cosa que sirve como una extensión de la mano, el destornillador
es como una uña grande y fuerte.
- ¿Y cómo sabes que lo que quieres es hacer una máquina y no un
instrumento o una herramienta?
- Pues porque mi máquina va a tener partes que se mueven y partes
quietas y porque va a trabajar por mi. Además estoy pensando que se
mueva con la fuerza del agua o de un motor.
- ¿Y me la vas a prestar?
- ¡Claro! Pero por qué no mejor la diseñamos y luego la fabricamos
entre los dos.
EL DOMINGO EN LA RETRETA
El domingo en la retreta tocó la banda del pueblo. Ví todos los instrumentos.
También ví cómo los hacían sonar. Me dí cuenta de que cada uno tenía una
voz distinta.
Como un detective, perseguí sus voces en cada canción.
Cada vez que el flautista tocaba, sonaba como si aparecieran pajaritos.
El oboe parecía un pato.
El clarinete sonaba como si hablara debajo del agua.
Cuando los platillos tocaban parecía que se hubiera caído toda la cocina.
El redoblante, como si llegaran los soldados.
El trombón, como el pito de una tractomula.
El miércoles la banda estaba ensayando en la escuela. Yo estaba jugando a
la gallina ciega cuando los oí. Aunque no los podía ver, sabía cuál estaba
sonando. Aposté con mis amigos para ver quién era capaz de descubrir el
sonido de cada instrumento sin verlos.
Nadie pudo hacerlo, sólo yo, porque sabía que el oboe parecía un pato.
El clarinete sonaba como si hablara debajo del agua.
Cuando los platillos tocaban parecía que se hubiera caído toda la cocina.
El redoblante, como si llegaran los soldados.
El trombón, como el pito de una tractomula.
Ahora soy el campeón de las gallinas ciegas detectives.
ASAMBLEA EN LA CARPINTERÍA
Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una
reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la
presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa?
¡Hacía demasiado ruido!. Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el
tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de
la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones
con los demás.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que
siempre se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera
el único perfecto.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el
martillo, la lija y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió
en un lindo mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la
deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
“Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero
trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que
no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad
de nuestros puntos buenos”.
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y
daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron
que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad.
Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.
Ocurre lo mismo con los seres humanos. Observen y lo comprobarán.
Cuando en una empresa el personal busca a menudo defectos en los demás,
la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad
de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los mejores
logros humanos.
Es fácil encontrar defectos, cualquier persona puede hacerlo, pero encontrar
cualidades, eso es para los espíritus superiores que son capaces de inspirar
todos los éxitos humanos.
LA LIBERTAD
La libertad no es hacer lo que se nos antoje sino tomar las riendas de
nuestra vida con responsabilidad.
Para ir al colegio hay que usar uniforme, para entrar al estadio hay que
hacer cola, hay que madrugar entre semana, no se puede pisar el pasto en
los parques…
¿Y así se habla de libertad? ¿Existe? Si, la libertad es el poder que tenemos
de actuar y de escoger.
Pero ¡Atención! No existe la libertad absoluta. La libertad va de la mano de
la responsabilidad.
La libertad es uno de los dones más preciados de los seres humanos, ya que
a través de ella cada persona puede decidir su presente y su futuro, puede
escoger su carrera o profesión, puede optar por moverse por distintas partes
del mundo, puede elegir a sus amigos… La libertad nos devuelve la
responsabilidad sobre nuestra propia vida.
Algunos creen que ser libre es hacer lo que les venga en gana, pues no, la
libertad es respetuosa de los principios, las leyes y las normas. No somos
libres para perjudicar a los demás ni para destruir el medio ambiente.
Mientras más libre es una persona, tiene mayor capacidad de aceptar sus
deberes y defender sus derechos.
La libertad es el poder de hacer y el poder de no hacer. Hacer todo aquello
que sea bueno para sí mismo y para los que lo rodean y evitar todo aquello
que te haga daño o le haga daño a los demás. Lo dice el conocidísimo dicho:
“No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.
No se puede ser libre aisladamente. Siempre somos libres con los demás.
El diálogo con los padres, los profesores y los amigos es la mejor forma de ir,
poco a poco, conquistando la libertad.
LA PROMESA DE MAIZARITO
Paúl, Ariel y Carmencita, son tres hermanitos que viven en Arauca, cerca de
Caño Limón. Desde siempre, los niños han conocido las esbeltas torres, los
grandes tanques y las gigantescas máquinas para extraer petróleo. Con la
industria vino mucha gente a establecerse en el pueblo, y en las riberas del
hermoso río Arauca.
El domingo, Paúl, Ariel y Carmencita fueron, con sus padres, a comer carne a
la llanera a la orilla del caño Maizarito, donde vive el abuelo. Allí los
enormes árboles, a lado y lado del caño, forman una especie de catedral, en
cuya fresca penumbra cantan los pájaros. De pronto, los niños oyeron un
llanto, se miraron, como preguntándose quién podría estar tan triste, y se
dirigieron hacia el lugar de donde provenía el llanto.
La persona que lloraba era un viejito de muchísimos años. Estaba sentado
en un tronco lleno de musgo y florecido de orquídeas. Su pelo canoso y su
larga barba, eran como los líquenes que colgaban de los viejos árboles del
caño Maizarito.
Se acercaron a él y Carmencita le dijo que no llorara más. Con su mano le
secó las lágrimas.
Aquel hombre era el guardián de los bosques, del agua, del aire y de los
animales. Lloraba porque los seres humanos rompían el suelo para sacar sus
riquezas y cortaban los árboles. “El río ya no puede controlarse”, les dijo,
“al llegar el invierno no encuentra las plantas dónde retener sus aguas, por
eso destruye casas y caminos, erosiona la tierra y después… viene el
desierto.
“El hombre no vuelve a sembrar los árboles que tumba, saca el oro negro de
la tierra y lo gasta como si fuera inagotable, Envenena los ríos y acaba con
los animales… No entiende que la vida es riqueza”.
Los niños le dijeron que lo iban a ayudar, enseñándoles a otros niños lo que
hoy habían aprendido. Así, en el futuro, cuando fueran mayores, harían un
mundo diferente, un mundo en el cual la vida pudiera permanecer en paz y
en armonía con la humanidad. El guardián les dio las gracias y se alejó.
Entonces, ellos oyeron que los llamaban, porque el almuerzo estaba listo.