Criterios para El Análisis de La Lengua
Criterios para El Análisis de La Lengua
Introducción
En el módulo didáctico «La lengua y las gramáticas», al exponer las características y los límites de los
manuales de gramática, hemos ido comentando algunas muestras de lengua. En las explicaciones hemos
aludido frecuentemente a cuestiones como el papel del hablante o la gestión de las informaciones.
También nos hemos referido, en diferentes momentos, a algunos principios de pragmática que rigen
nuestra interpretación de los mensajes. Esto nos ha servido para ir presentando algunos de los
mecanismos poco analizados en los estudios tradicionales y que resultan extremadamente útiles si
queremos entender realmente cómo funciona la lengua.
En este módulo exploraremos los dos ejes fundamentales en torno a los cuales se organizan las lenguas y
sus gramáticas, nos interrogaremos sobre las relaciones que existen entre ellos, y reflexionaremos sobre
las relaciones que existen entre lo que interpretamos en cada contexto y lo que codifica el sistema.
La lengua es un sistema por el cual el enunciador expresa sus puntos de vista y negocia informaciones
con su interlocutor. La hipótesis en la que se basa nuestro trabajo consiste en que, más allá de los
problemas morfológicos, las lenguas y su gramática se organizan en torno a dos ejes fundamentales que
corresponden, cada uno por su parte, a los dos protagonistas de la comunicación lingüística: el
enunciador y las informaciones.
El papel del gramático, ya lo hemos visto en el módulo «La lengua y las gramáticas», no debe consistir
en enumerar efectos expresivos, sino en explicar la esencia de cada mecanismo y cada operador,
detallando las características que hacen que sus diferentes usos en contextos específicos sean posibles.
El estudio desde distintas perspectivas del eje de las informaciones y del eje del enunciador nos
proporciona herramientas de análisis de la máxima utilidad para alcanzar este objetivo.
A lo largo de este módulo iremos comentando muestras de intercambios orales, y diferentes operadores y
mecanismos gramaticales del español. No podemos agotar todos los aspectos relacionados con cada
operador o cada mecanismo, por lo que invitamos al estudiante a considerar lo que decimos como las
claves esenciales que permiten entender cada microsistema. Es fundamental, pues, ir más allá buscando
otros ejemplos para apreciar toda la trascendencia de lo presentado aquí.
En la preparación de estos materiales hemos privilegiado el contenido a la forma. Cada una de nuestras
afirmaciones ha sido pensada detenidamente para que reflejara con exactitud los mecanismos descritos.
La correcta comprensión de este módulo requiere una actitud atenta y rigurosa, que tenga en cuenta
todo lo que decimos, pero que, a la vez, evite atribuir a nuestras palabras más de lo que expresan. Si
decimos, por ejemplo, que lo que caracteriza el subjuntivo no es el hecho de que exprese acciones
irreales, esto no debe interpretarse como que el subjuntivo expresa acciones reales. Si recomendamos la
lectura de una obra, esto no debe interpretarse como menosprecio de las demás. Si en una tabla hemos
decidido incluir algunos parámetros y no referirnos a otros, esto se debe a una estrategia didáctica, e
invitamos al estudiante a tener en cuenta lo que presentamos sin pensar que sea exhaustivo, pues todo
proceso de enseñanza conlleva, inevitablemente, una selección.
Objetivos
En este módulo didáctico exponemos diferentes criterios que es conveniente tener en cuenta en el
análisis de los operadores gramaticales con los siguientes objetivos:
1. Demostrar que es posible explicar los fenómenos gramaticales más allá de los efectos expresivos más
superficiales.
2. Demostrar que la lengua es un organismo complejo que aprovecha pocos mecanismos de diferentes
maneras.
3. Demostrar que la lengua no siempre remite a lo extralingüístico y que, a menudo, lo que menos interesa
es precisamente lo extralingüístico.
4. Demostrar que la gramática de una lengua es un sistema coherente, que tiene sus razones profundas, y
no un conjunto de reglas arbitrarias.
5. Proporcionar herramientas que pueden ayudar a desarrollar la capacidad de percibir todos los matices y a
mejorar la competencia en español.
6. Presentar desde nuevas perspectivas el funcionamiento de diferentes aspectos gramaticales del español.
En este módulo didáctico, dedicado a los conceptos básicos necesarios para el análisis y la comprensión
de los fenómenos lingüísticos, presentamos de forma sistemática los puntos que nunca debemos perder
de vista si queremos entender los mecanismos de la lengua, desarrollar nuestra sensibilidad en la
percepción e interpretación de los mensajes y mejorar en nuestra capacidad de utilizar la lengua de
manera eficaz en los diferentes ámbitos de nuestra vida personal y laboral.
En este primer apartado nos ocuparemos de los aspectos más estrechamente relacionados con el análisis
gramatical. En los apartados siguientes extenderemos nuestra reflexión a las relaciones entre lengua y
cultura, al análisis del léxico y a la interpretación de los mensajes.
Hemos visto que tradicionalmente se analizaba la lengua buscando casi en exclusiva su referente
extralingüístico. Casi no se analizaban los mecanismos del propio sistema. En realidad, una lengua tiene
dos dimensiones coexistentes, que en algunos casos parecen confundirse:
1. La dimensión referencial de la lengua es la más fácil de ver. En este nivel, la lengua, en cuanto
sistema simbólico de representación, remite a otra cosa, a lo extralingüístico. Así, por ejemplo, cuando
usamos el término silla, estamos usando una abstracción (silla abarca todas las posibles sillas del mundo
extralingüístico: modernas, antiguas, de tres patas, de cuatro patas, de cinco patas, de madera, de
metal, de tela, etc.) para referirnos a algo concreto del mundo: generalmente, al usar este término
estamos pensando en una silla concreta o en cómo creemos que deberían ser las sillas. Es decir, con este
término solemos hablar del mundo.
Análogamente, cuando proferimos un enunciado como En España hace mucho calor en verano, estamos
describiendo una realidad extralingüística.
2. La dimensión metalingüística es un segundo nivel en el que no hablamos del mundo extralingüístico,
sino de la lengua misma, de lo que decimos, o de la interacción con nuestro interlocutor. Consideremos
los tres enunciados siguientes:
o (1)
Te he traído un libro para que leas un poco.
o (2)
Yo, tus cosas, no las he tocado, para que te enteres.
o (3)
Se ha marchado, por si no lo supieras / por si no lo sabías.
En (1), con para que leas un poco estamos justificando o explicando la finalidad de un acto concreto
extralingüístico, el hecho de haber traído un libro. No ocurre lo mismo en los dos enunciados
siguientes: para que te enteres y por si no lo supieras / por si no lo sabías. No sirven para hablar de
ningún acto extralingüístico, sino para justificar el hecho mismo de decir lo que se acaba de decir (Yo, tus
cosas, no las he tocado y Se ha marchado, respectivamente).
En el primer nivel, el referencial, la lengua tiende a borrarse en favor de su referente: no notamos tanto
lo dicho o el hecho de decir algo, porque nos centramos en el referente. Se puede afirmar que en este
nivel la lengua es transparente; es decir que, a través de ella, vemos otra cosa. En el segundo nivel,
el metalingüístico, la lengua se hace opaca: a través de ella, no vemos nada que no sea la misma
lengua1.
Vistas así las cosas, podría pensarse que los niveles referencial y metalingüístico se alternan, y que, en
algunos casos, nos situamos en uno de ellos y, en otros, en el otro. Esto no refleja la realidad del
funcionamiento de la lengua. Los ejemplos que hemos dado nos sirven para evidenciar la existencia de
dos niveles distintos. En realidad, siempre nos movemos en ambos, simultáneamente. Todas las veces
que decimos algo sobre el mundo hablamos también, a la vez, de lo que vamos diciendo.
Por este motivo, muchos autores hablan de instrucciones procedimentales(es decir, instrucciones
para el procesamiento de las palabras), y se refieren al nivel metalingüístico con la
expresión contenidos procedimentales y al nivel referencial, con la expresión contenidos
proposicionales.
Para comprender mejor el nivel metalingüístico tenemos que preguntarnos, en primer lugar, qué tipos de
informaciones damos sobre lo que decimos al hablar; es decir, qué tipos de instrucciones transmitimos a
nuestro interlocutor. Esto nos llevará a explorar tres grandes ejes en torno a los que se organiza en gran
medida el funcionamiento gramatical de los idiomas:
Cuando dos personas se conocen nace entre ellas un pequeño mundo que irá desarrollándose a medida
que vaya progresando la relación entre ellas.
Al principio, los elementos en los que se basan, y a partir de los cuales empezará la construcción
conjunta de un nuevo mundo, son todos los datos de los que ya disponen:
1. Su experiencia y conocimiento del mundo: todo lo que implica saber que somos seres humanos, que
vivimos en un planeta llamado Tierra, etc.
2. Su conocimiento del país en el que viven y de su cultura: conocimiento de lugares, estaciones,
personajes, instituciones, sistema político, hábitos y normas sociales (ropa, maneras de hablar y de
moverse…), etc.
3. El conocimiento de la situación en la que se encuentran y en la que se conocen: por ejemplo, el lugar en
el que están (tren, oficina de correos, fiesta, congreso, bar, universidad, etc.).
4. Lo que saben y ven del otro: edad, cómo va vestido, etc.
A partir de ese momento, irán descubriendo cosas nuevas sobre su interlocutor, añadiendo informaciones
a las que ya tenían, corrigiendo o renegociando algunas de las que ya conocían, etc.
Hablar es contextualizar; es decir, integrar en el contexto en el que nos movemos los
elementos nuevos que vayan surgiendo y, a la vez, tener en cuenta lo que ya
sabemos para no tener que repetirlo todo a cada momento.
Estas consideraciones nos llevan a una primera conclusión, general, ineludible y
evidente, pero no por ello menos importante: uno de los ejes en torno a los que se
mueve la comunicación lingüística, y que la organizan, es el de las informaciones.
En nuestra vida cotidiana dedicamos un tiempo considerable a la negociación de las informaciones que ya
se han dado y las que son nuevas, con comentarios explícitos algunas veces y otras con deducciones no
expresadas explícitamente. Esta cuestión presenta diferentes facetas. Por ello, la primera observación
que se impone es la siguiente: en el eje de las informaciones realizamos diferentes tipos de operaciones
y lo hacemos desde perspectivas distintas.
En el presente apartado, nos acercamos a diferentes mecanismos gramaticales que se entienden mucho
mejor si nos preguntamos qué informaciones son nuevas y cuáles son compartidas. En los siguientes,
abordamos la cuestión de las informaciones desde otras perspectivas.
Los mecanismos que se pueden entender desde la perspectiva de las informaciones son numerosísimos.
Veamos algunos ejemplos:
• (4)
Veamos el texto de la página 42.
[En un curso].
• (5)
Perdone, ¿puede decirme dónde está el Banco Central?
• (6)
Está Pedro esperándote en el pasillo.
• (7)
No pensaba que tuviera tantos amigos.
• (8)
Lo que más me molesta es que ni siquiera haya llamado.
• (9)
A. Ayer fui a la exposición de Dalí.
B. ¿Te ha gustado? Yo fui la semana pasada.
En estos ejemplos nos hallamos ante una serie de operadores cuya función es señalar que un elemento
de información ya está asumido en el contexto. En (4), no se podría hablar de el texto de la página 42 si
no se supiera ya de antemano que existe un libro que todo el mundo puede identificar fácilmente, que los
libros tienen páginas y que en las páginas de los libros hay textos. En (5), no se podría preguntar
dónde está el Banco Central si no se supiera que existe un Banco Central. En (6), no se podría decir
que está Pedro esperando si no se supiera que existe una persona llamada Pedro y que hay un pasillo
claramente identificable en el contexto. En (7), no se podría decir tantosamigos si no se supiera que el
sujeto en cuestión tiene muchos amigos. En (8), no se podría decir me molesta si no se supiera que el
sujeto en cuestión no ha llamado. En (9), no se podría decir yo fui, sin especificar adónde, si no se
supiera de qué lugar se está hablando.
En esta perspectiva, podemos decir que las informaciones pasan por dos etapas que, siguiendo al
lingüista francés Henri Adamczewski, llamaremos fase 1 y fase 2.
Fase 1 Fase 2
Se presentan los elementos, se Ya se sabe de qué elementos se está
introducen en el contexto. Es la hablando, se conoce su existencia,
etapa de la primera información. ya han aparecido anteriormente, no
se los está presentando.
• Un/una • El/la…
Me he comprado un coche. Se me ha estropeado el coche.
• Ausencia de artículo Toma, aquí te dejo la harina.
Por favor, si sales compra harina. • Mi/tu/su…
Etapas de las informaciones
Fase 1 Fase 2
Se presentan los elementos, se Ya se sabe de qué elementos se está
introducen en el contexto. Es la hablando, se conoce su existencia,
etapa de la primera información. ya han aparecido anteriormente, no
se los está presentando.
• Este/ese/aquel…
• Hay • Está/están
En la esquina hay un banco. ¿Sabes dónde está el Museo del
(Información nueva). Prado?
(El destinatario ya sabe que existe
un museo que se llama así).
• Mención de un elemento • Pronombre
Quería ver esa camisa de la Sí, ¿de qué color la quiere?
izquierda. • Supresión de ese elemento
¿No tiene otra más pequeña?
• Muy/mucho • Tan/tanto
Es muy bonito. / Me gusta mucho. A mí no me parece tan bonito. / No
Cuando viaja en coche corre mucho. me gusta tanto. / Me
gusta tanto como a ti.
(Ya me has dicho / sé que a ti te
gusta mucho.)
Por favor no corras tanto, que tengo
miedo.
(Estamos en el coche y considero
que está corriendo mucho).
• Indicativo • Subjuntivo3
Siempre llega tarde. Me molesta que
(Se lo explico a mi interlocutor siempre llegue tarde.
porque considero que podría no (Ya sabemos que llega tarde, no lo
saberlo o haberse olvidado). estoy presentando como información
nueva. Lo que quiero decir es que
ese hecho me molesta).
Para entender correctamente este tipo de análisis es importante no sacar de este esquema la conclusión
de que los operadores de cada una de las dos columnas solo pueden combinarse entre sí. Los
mecanismos de gestión de las informaciones son extremadamente complejos y sencillos a la vez. La tabla
que acabamos de ver debe interpretarse como un sistema de oposiciones binarias entre elementos: cada
elemento nos sitúa en fase 1 o fase 2 con respecto a otro elemento. Hay elementos que pueden hallarse
en la primera columna en algunos casos y en la segunda en otros, debido al funcionamiento conjunto de
mecanismos diferentes.
Así, por ejemplo, el sintagma esa camisa en Quería ver esa camisa de la izquierda será fase 1 con
respecto al pronombre la de la respuesta del vendedor Sí, ¿de qué color la quiere? debido al simple
hecho de que en Quería ver esa camisa de la izquierda se menciona dicho sintagma y en la respuesta ya
no hace falta repetirlo porque ambos interlocutores saben de qué están hablando. Sin embargo, el mismo
sintagma esa camisa en sí, independientemente de la mención, es fase 2 con respecto al sintagma una
camisa de En el escaparate hay una camisa.
Si se analizan los mecanismos lingüísticos desde esta perspectiva, se puede entender mucho mejor el
porqué de muchos fenómenos que, planteados de otra manera, podrían parecer totalmente arbitrarios,
como, por ejemplo, el hecho de que generalmente hay vaya seguido de un elemento indefinido y estar de
uno definido. Se entiende además por qué en algunos casos, y al contrario de lo que afirman los
manuales de gramática —que tienden a presentar esta regla como algo absoluto—, se encuentran usos
de hay seguido de sintagma nominal perfectamente definido.
Ejemplo
• (10)
Desde mi punto de vista, entre estos dos animales no hay la diferencia a la que alude el señor X en su
artículo…
Lo que distingue hay de está / están consiste en que con hay el hablante presenta un elemento nuevo, lo introduce en
el contexto, le da existencia; con estar habla de un elemento cuya existencia ya se conoce o se presupone, para
localizarlo, valorarlo, etc. En un ejemplo como el que tenemos aquí, el enunciador está hablando de algo que ya se ha
planteado y se conoce. Por este motivo usa la forma la diferencia. A la vez, lo que quiere hacer es negarle la
existencia, borrarlo, dar marcha atrás, en cierto sentido. Por esta razón no puede usar estar con este verbo; no se
plantearía el problema de la existencia del elemento del que está hablando, puesto que se daría por sentada
(presupuesta). Las únicas posibilidades que le quedan son, pues, usar la forma hay o el verbo existir: … no existe la
diferencia… En un contexto como este, para evitar la combinación de elementos con funciones contrapuestas se tiende
a preferir esta última posibilidad (con el verbo existir), la cual presenta además la ventaja de ser más precisa desde el
punto de vista léxico, porque el verbo haber (hay) tiene usos muy amplios.
Además de preguntarnos siempre qué informaciones son nuevas y cuáles no lo son, es fundamental para
la comprensión de la lengua que intentemos entender de dónde salen las informaciones, quién las
controla o, más exactamente, a quién atribuye el enunciador su control.
Si no nos planteamos esta cuestión, no podemos llegar a entender las diferencias entre como y ya que, y
entre entonces y o sea que en los siguientes enunciados:
• (11)
Hemos ido a dar un paseo por el parque, pero como hacía mucho frío, hemos tenido que volver.
• (12)
A. Bueno, yo me voy a dar un paseo.
B. Oye, ya que vas a salir, ¿por qué no aprovechas para comprar un poco de fruta?
• (13)
La reunión era a las diez. El director se tenía que marchar a las once. A las once menos cuarto solo
habían llegado dos personas. Entonces el director se enfadó muchísimo, y dijo que nos iba a despedir a
todos.
• (14)
La reunión era a las diez. El director se tenía que marchar a las once. A las once menos cuarto solo
habían llegado dos personas. O sea que decidimos aplazarla.
• (15)
El avión salía a las nueve. A las nueve y media, nos anunciaron que saldría con tres horas de retraso.
Entonces, algunos pasajeros preguntaron si podían salir mañana, porque no tenían ganas de esperar
tanto tiempo, y les dijeron que sí. O sea que yo también me vine.
Es interesante observar que en estos ejemplos los operadores entonces y o sea que, y como y ya que no
son intercambiables, debido a que el control de las informaciones es presentado con cada uno de los
operadores de estas dos parejas de manera diferente:
En (11), al usar como el enunciador le señala a su interlocutor que lo que viene inmediatamente después
(hacía mucho frío) es algo que él podría no saber y que, por ello, se lo está presentando como nuevo. Al
contrario, en (12), al usar ya que el enunciador subraya que la información a la que se está refiriendo
(vas a salir) no es algo que viene de él, sino de su interlocutor o del contexto, que se trata de un dato
compartido, y que él se limita a recogerlo para aprovecharlo en su discurso.
En (13), con el operador entonces el enunciador presenta la información que viene inmediatamente
después (el director se enfadó, y dijo que nos iba a despedir a todos) como algo que su interlocutor no
tiene por qué saber ni haber deducido. Lo mismo ocurre con el uso de entonces en (15): el enunciador
subraya que lo que viene después (algunos pasajeros preguntaron si podían salir mañana, porque no
tenían ganas de esperar tanto tiempo, y les dijeron que sí) es algo nuevo para su interlocutor. Además,
marca la secuencia temporal de los acontecimientos. En (14) y en (15), al usar o sea que el enunciador
informa a su interlocutor de que lo que viene después (decidimos aplazarla y yo también me
vine respectivamente) es algo que él ya puede haber deducido o de lo que está al corriente, como en
(15): si el enunciador dice me vine, esto significa que está con su interlocutor, que ya sabe que él no se
quedó en el aeropuerto.
Vemos, pues, que con como y con entonces el enunciador presenta las informaciones como algo que
controla él y que puede ser nuevo para su interlocutor. Con ya que y con o sea que, las presenta como
algo que su interlocutor ya sabe o puede haber deducido, es decir, como algo que no controla él sino que
le viene de fuera, que el enunciador se limita a aprovechar.
Por otra parte, las mismas personas suelen contestar que en (17) y en (19) el enunciador hace hincapié
en una de las informaciones: en (17), en el hecho de que no fue a la fiesta; en (19), en el hecho de que
el país le parece muy agradable. La información introducida con como y con aunque es, por tanto,
información secundaria con respecto a otra información. Este fenómeno es fácil de percibir si se suprime
una de las dos oraciones.
En el caso de los ejemplos (16) y (18), esto es perfectamente posible: en ambas respuestas se puede
seleccionar cualquiera de las dos informaciones contenidas, sin que se tenga la sensación de que el
enunciado se queda incompleto. En el caso de (16), la respuesta podría ser perfectamente No
fui o Estaba muy cansado. En (18), podría ser Hace un tiempo horrible o Es un país muy agradable. En
los ejemplos (17) y (19), esta operación es imposible. En efecto, en (17) la única respuesta posible
sería No fui. Si contestáramos con Como estaba muy cansado sin terminar la oración, nuestro
interlocutor se quedaría con la sensación de que falta algo, lo principal. Análogamente, en (19) tampoco
sería posible la respuesta Aunque hace un tiempo horrible, sin añadir lo que viene después.
Algunas escuelas de análisis sintáctico —sobre todo las generativistas— han llamado foco de
información a la información principal que se está dando en cada enunciado.
Plantear el análisis desde esta perspectiva (la de la selección de la información según la importancia que
queramos darle) presenta indudables ventajas como, por ejemplo, la de permitir entender ciertas
oposiciones planteadas por las gramáticas tradicionales, como la que existe entre las oraciones
concesivas y las adversativas: las concesivas se hallan siempre en enunciados en los que lo que interesa
decir es algo distinto de lo que está expresado en la oración concesiva; las adversativas, en enunciados
en los que se están poniendo dos informaciones al mismo nivel.
En general, muchos aspectos relacionados con la subordinación se entienden mejor si nos preguntamos
cuáles son las informaciones a las que se está atribuyendo más peso.
Observaciones Observaciones
Esta tabla nos permite ver que en diferentes ámbitos (tiempo, modo, espacio, causa, condiciones, etc.)
encontramos los mismos mecanismos.
Hemos visto, hasta ahora, tres aspectos distintos del funcionamiento del eje de las informaciones:
información nueva e información adquirida, control de las informaciones y jerarquización de las
informaciones.
Todas las veces que queramos analizar un mecanismo o un operador gramatical debemos formularnos,
pues, las siguientes preguntas:
1. ¿Qué informaciones son nuevas y cuáles no lo son en los contextos en los que se usa el elemento
analizado? ¿Qué relación existe entre los diferentes datos presentes desde este punto de vista?
2. ¿Cómo presenta el enunciador el control de las informaciones? ¿Quién las controla? ¿De dónde proceden?
3. ¿Hay alguna información a la que se atribuye más importancia que a las demás? Si la hay, ¿cuál es?
El primero de estos puntos requiere cierta matización:
a. En primer lugar, no todas las informaciones compartidas se expresan lingüísticamente como tales; hay
numerosísimos casos en los que, por diferentes razones, todas las personas implicadas en la interacción
ya disponen de cierta información y, sin embargo, dicha información se sigue presentando, en cierta
medida, como nueva. En algunos casos se trata de actualizar la información; es decir, volver a
proponerla como objeto de negociación, ya sea para ponerla en tela de juicio o reafirmarla, ya sea para
explicitar lo que ya se sabe (por ejemplo, al argumentar). En otros, se trata simplemente de recuperarla
o recordarla porque se ha perdido o para completarla.
b. En segundo lugar, existen diferentes grados de asimilación en el contexto de una información; esto es,
no todas las informaciones compartidas lo están en la misma medida.
c. Por último, hay que señalar que no todas las informaciones presentadas como ya disponibles; es decir,
de fase 2, lo son por las mismas razones. En algunos casos, se trata simplemente de información ya
compartida; en otros, de información presupuesta, en el sentido de que para poder decir lo que se está
diciendo tiene que haber aparecido o por lo menos haberse concebido; en otros, se trata de cosas que el
hablante ya ha pensado mucho y que presenta como si ya estuvieran compartidas aun cuando no lo
están, porque el enunciador no está interesado en proponerlas como objeto de negociación en el que se
concentre el interés.
En el subapartado «Información nueva e información adquirida» de este módulo hemos visto algunos
mecanismos de los que dispone el hablante del español para tematizar una información; es decir, para
señalar que esa información ya está asumida en el contexto. Veamos los ejemplos siguientes:
• (20)
A. ¿Tienes una caja de cartón?
B. Depende… ¿Para qué la quieres?
• (21)
A. Le podríamos regalar un acuario…
B. ¿¡Y dónde lo va a poner, si vive en un piso pequeñísimo!?
• (22)
¿No me has traído el libro?
• (23)
A. ¡Qué majos son! ¿Has visto cómo nos han tratado?
B. ¿Tú crees? Yo no los encuentro tan majos y no me parece que nos hayan tratado tan bien.
Además, lo hacen porque les conviene.
En (20), el que contesta ha asumido que su interlocutor le ha pedido una caja de cartón y se refiere
a esa misma caja con el operador la en su pregunta ¿Cómo la quieres? Lo mismo ocurre en (21): el
hablante que pregunta ¿!Y dónde lo va a poner…!? ha aceptado y recoge el elemento de
información unacuario para hablar de él. En (22), el enunciador que pregunta por el librosupone que su
interlocutor recuerda que ya habían hablado de un libro y espera que entienda que se está refiriendo
a ese mismo libro. En (23), el enunciador que profiere la segunda réplica ha asumido que su interlocutor
encuentra a las personas de las que está hablando muy majas y considera que
los han tratado muy bien. Para señalarle que él está hablando de lo mismo, es decir, de lo que le acaba
de decir su interlocutor, y que lo está teniendo en cuenta, utiliza tan majos y hayan tratado tan bien.
Hay casos en los que las cosas no funcionan de la misma manera, porque, por alguna razón, el
enunciador decide no recoger lo que le acaba de decir su interlocutor, no tener en cuenta lo que ya sabe.
Es lo que ocurre, por ejemplo, en los intercambios siguientes:
• (24)
A. ¿Tienes una caja de cartón?
B. ¿Y para qué quieres una caja?
• (25)
A. Le podríamos regalar un acuario…
B. ¿¡Y dónde va a poner un acuario, si vive en un piso pequeñísimo!?
• (26)
¿No me has traído un libro?
• (27)
A. ¡Qué majos son! ¿Has visto cómo nos han tratado?
B. Sí, es verdad, han sido muy majos y nos han tratado muy bien.
En todos estos ejemplos, el hablante que contesta no quiere asumir lo que le acaba de decir su
interlocutor y por lo tanto no lo recoge para ir más allá, sino que se detiene en lo que acaba de oír: en
(24), se sorprende de que su interlocutor quiera una caja de cartón porque esto le parece raro o
incomprensible. A diferencia de lo que ocurría en (20), en este caso no quiere hablar de esa caja, porque
no quiere aceptar lo que le acaba de decir su interlocutor. Por este motivo, para seguir negociando sobre
ese dato, no tematiza el elemento una caja. Lo mismo sucede en (25) con el elemento un acuario. En
(26), el enunciador quiere ver si su interlocutor recuerda algo de lo que habían hablado. Para
comprobarlo sin influir demasiado en él, omite la referencia a lo que ya habían tratado. Por este motivo,
no tematiza el libro y lo plantea como algo nuevo. Al usar el libro en (22) el enunciador señala a su
interlocutor que hay algo previo que él debería recordar. Es decir que en cierto sentido lo ayuda, al dar
por descontado que su interlocutor se acuerda de lo que ha ocurrido antes. Al no tematizar el
elemento libro en (26) se tiene la sensación de que el enunciador está poniendo a prueba a su
interlocutor porque le formula una pregunta sobre algo que él debería recordar (la pregunta en sí señala
que el enunciador se esperaba algo, y el hecho de que esté expresada en la forma negativa contribuye a
transmitir esta sensación), pero a la vez finge que no ha habido nada anteriormente, como dejando al
interlocutor toda la responsabilidad de recordar. En (27), el hablante que contesta quiere dar la razón a
su interlocutor diciendo lo mismo que le acaba de decir él como algo nuevo, que él también ha
constatado. Se trata, pues, de una nueva información que reafirma lo dicho por el otro. Por esta razón, el
enunciador no tematiza lo que acaba de oír, ya que no está hablando de la afirmación de su interlocutor,
sino proponiendo lo mismo como algo suyo para confirmar lo que ha dicho su interlocutor.
Existen, en cada lengua, numerosos operadores cuya función es análoga a lo que
acabamos de ver en estos ejemplos. El enunciador los utiliza para volver a proponer,
recordar informaciones que ya se habían dado con anterioridad, y que su interlocutor
podría no tener en la mente o no estar considerando en su justa medida. Es lo que
hacemos en español con expresiones como: ¿no te acuerdas de que…?; te repito
que…; te recuerdo que…; no te olvides de que…; estoy seguro de que…
Para entender bien el funcionamiento de estas expresiones, es fundamental que nos preguntemos cuándo
se utilizan, en qué contextos y con qué intenciones.
Una expresión como estoy seguro de que, por ejemplo, aparece solo en contextos en los que ya se ha
dicho algo, y ese algo ha sido discutido o puesto en tela de juicio:
• (28)
A. ¿De quién será esa chaqueta?
B. Es de Juan.
A. ¿De Juan? Pero si a Juan ese color no le pega nada… Además tenía una chaqueta verde…
B. Estoy seguro de que es de Juan. Cuando llegó, se la quitó y me preguntó dónde podía dejarla. Y yo
mismo la colgué allí. La chaqueta verde se la prestaría alguien… ¡Yo qué sé!
En un contexto como este, queda patente el uso de una expresión como estar seguro de que. Siempre se
trata de reafirmar algo dicho que ha sido discutido por otra persona. Precisamente porque lo dicho no ha
sido aceptado, el enunciador emplea esta expresión para «relanzar» lo que ya ha dicho, es decir, para
volver a proponer su versión de los hechos. Como se trata de algo que no ha sido aceptado todavía, al
volver a proponerlo tiene que presentarlo como información nueva.
Hay casos en los que la información presentada con estar seguro de no se ha dado todavía
explícitamente en el contexto tal como se presenta en el enunciado en el que aparece estar seguro de.
Por lo general se trata de información que el enunciador ya ha estado pensando, a la que ha estado
«dando muchas vueltas», o que presenta como si estuviera a la defensiva, porque teme o sospecha que
pueda ser rebatida, o porque está relacionada con algún problema que ya ha sido discutido o en torno al
que ya se han considerado diferentes informaciones (algún hecho incomprensible, misterioso, etc.):
• (29)
A. ¡Qué raro que no hayan llegado todavía! ¿Les habrá pasado algo? ¿Habrán tenido algún problema?
B. Yo estoy seguro de que no van a venir. No es gente de la que uno se pueda fiar.
En estos casos, el uso de estar seguro de produce con frecuencia la sensación de una ligera ruptura con
el contexto inmediatamente anterior. Esto se debe al hecho de que, al hablar de algo que él ya había
estado pensando, el enunciador irrumpe con toda su subjetividad en el contexto y pasa a moverse en un
nivel distinto de aquel en el que se encontraba la interacción hasta ese momento. En este sentido, es
interesante observar que con frecuencia estos usos de estar seguro de van introducidos por expresiones
como:
• (30)
Tú puedes decir lo que quieras / di lo que quieras…; Haz lo que te parezca…; Interprétalo como quieras…;
Yo no sé vosotros, pero yo…
La función de estas expresiones es, precisamente, marcar ese cambio de nivel, mediante el cual el
enunciador se aísla, en cierta medida, de las otras personas participantes en la interacción. Este dato se
ve confirmado, además, por la presencia en estos contextos de un pronombre sujeto, o de expresiones
comopor mi parte que también subrayan el cambio de sujeto o la ruptura con lo anterior.
Por último, existen casos en los que el enunciador presenta algo que puede parecer totalmente nuevo en
el contexto —debido a que no ha sido formulado tal como se presenta con estar seguro de—, casos en los
que, en realidad, nos hallamos nuevamente ante una manera de reafirmar lo que se había dicho, porque
todavía no ha sido asumido por el interlocutor, si bien no se ha puesto explícitamente en tela de juicio.
Esto sucede, por ejemplo, cuando, después de un intercambio en el que se intenta tranquilizar a alguien,
concluimos resumiendo o parafraseando lo que ya se ha dicho con un enunciado como:
• (31)
No te preocupes, de verdad. Estoy seguro de que saldrá todo bien.
Las expresiones como es verdad que también sirven para volver a afirmar algo que ya ha dicho otra
persona como si fuera nuestro, es decir, como algo que el enunciador quiere presentar ex novo. Este es
el motivo por el que suelen ir seguidas de indicativo y no de subjuntivo4. A este respecto, es fundamental
señalar nuevamente que, al contrario de lo que afirman los manuales de gramática, la razón por la que
las expresiones como estar seguro de o es verdad que van seguidas de indicativo y no de subjuntivo no
tiene ninguna relación con el grado de seguridad, sino con el hecho de que se está proponiendo una
información como objeto de negociación (información de fase 1, nueva). ¡Lo demás es mera coincidencia!
Si al analizar los resultados de una prueba de nivel avanzado de lengua española constatáramos que las
personas con el pelo rubio son las que lo han hecho mejor, nada nos autorizaría a sacar la conclusión de
que las personas con el pelo rubio están mejor dotadas para aprender español. Algo análogo sucede aquí.
Por otra parte, es oportuno que nos planteemos una cuestión: si el subjuntivo expresara la duda, tal
como afirman los manuales de gramática, ¿por qué las preguntas suelen ir en indicativo y no en
subjuntivo? ¡Una pregunta es la forma por excelencia a la que acudimos para expresar duda y
desconocimiento! La razón por la que las preguntas van en indicativo y no en subjuntivo está
estrechamente relacionada con todo lo que acabamos de ver sobre la negociación de informaciones.
Las preguntas son estructuras proposicionales abiertas con las que pedimos a nuestro
interlocutor que acepte o rechace una información. Con algunos tipos de preguntas le
pedimos que la complete. Lo que hacemos al formular una pregunta es ofrecer a
nuestro interlocutor una información incompleta para que la acepte, la rechace o la
complete. Nos estamos moviendo, pues, en el nivel de la negociación de
informaciones; no se ha superado el nivel de las informaciones. Este es el motivo por
el que las preguntas suelen ir en indicativo.
Todas las veces que negociamos las informaciones, volviendo a proponerlas o presentándolas como
objeto de negociación, las informaciones, aun las compartidas, se proponen como informaciones nuevas.
En los casos en los que la información ya se ha aceptado o se ha superado el nivel de la información, y
pasamos a hacer algo distinto, las informaciones se tematizan, es decir, se presentan como
informaciones que ya habían aparecido y se han contabilizado como tales en el contexto.
En la manera de presentar las informaciones interviene siempre un cálculo por parte del enunciador sobre
los conocimientos de su interlocutor. Sucede, a veces, que presentemos como información compartida
—porque creemos que nuestro interlocutor ya debería o podría estar al corriente— informaciones que en
realidad son nuevas para el interlocutor: el enunciador puede equivocarse en sus previsiones, y es
frecuente, en estos casos, que el interlocutor pida aclaraciones sobre la presuposición.
Hemos visto diferentes ejemplos de información compartida por los interlocutores, esto es, conocida y
aceptada previamente. Hay casos en los que la información se presenta como compartida aunque no lo
esté. A veces, se trata de información presupuesta, es decir, presentada como compartida porque es
necesaria, desde un punto de vista lógico, para poder afirmar lo que se está diciendo. En otros casos, se
trata de cosas que el enunciador ya ha pensado varias veces, a las que ha estado «dando vueltas»,
aunque su interlocutor puede no estar informado.
En el presente apartado veremos, de manera general, el problema de las informaciones presupuestas; en
el siguiente presentaremos un par de ejemplos de casos en los que el enunciador presenta como
información adquirida cosas que él ya ha pensado.
• (32)
He dejado de fumar
• (33)
¿Todavía sigues estudiando inglés?
• (34)
A. Bueno, si no me queréis, me voy a un hotel.
B. Tampoco es eso. Nadie te ha dicho que no te queramos.
• (35)
A mí me gusta el café sin azúcar.
Estos enunciados están construidos sobre la presunción de que algunas informaciones son conocidas y
están disponibles en la cabeza de la persona que los tiene que descodificar.
En (32) y en (33) no se pueden usar las perífrasis dejar de + infinitivo y seguir+ gerundio si no se sabe
de antemano que fumaba y que estudiaba inglés.
En (34), el uso de tampoco en la respuesta implica necesariamente que el enunciador tiene en la cabeza
otras cosas —que no expresa verbalmente— que, por alguna razón, decide no manifestar. Normalmente,
el operador tampoco se usa para señalar que se está teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho y que, a
las negaciones anteriores, se añade una más. En los contextos como (34), en los que puede no haber
aparecido ninguna negación antes, el enunciador lo usa para «diluir» en cierta medida lo que dice, con el
fin de que parezca menos brusco: en el mismo intercambio (34), si en lugar de decir Tampoco es
esodijera No es eso, la respuesta parecería mucho más cortante y podría dar la sensación de un
enfrentamiento verbal con el interlocutor. Al usar tampoco, el enunciador manifiesta la voluntad de
«salvar» la interacción, teniendo en cuenta lo que hay antes, y parece más dispuesto a dialogar y
negociar con su interlocutor. Esto se debe al hecho de que un simple No es eso aparecería como
respuesta única, aislada.
Por el contrario, Tampoco es eso presenta las cosas como si ya hubiera habido una discusión sobre ese
punto, en la que el enunciador hubiese negado otras cosas. En esta dinámica, Tampoco es eso pasa a ser
un argumento más que el enunciador presenta a su interlocutor. De ahí la sensación de una respuesta
más dialogante. El hecho de que en la realidad del intercambio no se haya producido esa negociación
previa tiene poca importancia aquí. El mero uso de un operador como tampoco —que requiere algo
previo— es suficiente para crearese antes, aunque sea de manera ficticia, aunque se quede en lo vago e
indefinido por no haberse producido realmente.
Para proferir un enunciado como (35), tiene que «flotar en el aire», por lo menos, la idea según la que,
supuestamente, el café se toma con azúcar. Basta el hecho de que la mayor parte de la gente lo
tome con azúcar para que el uso de sin azúcar quede justificado. En este sentido, es interesante notar
que frente a enunciados perfectamente normales como:
• (36)
A. ¿Qué va a tomar?
B. Un café con leche y una tostada sin mantequilla.
[En una cafetería]
• (37)
Un filete sin sal, por favor.
[En un restaurante]
hay otros que parecen bastante raros, como:
• (38)
Un café sin croissant, por favor.
[En una cafetería]
Los dos primeros son perfectamente normales porque todos sabemos que en las cafeterías españolas a
menudo preparan las tostadas con mantequilla o que en nuestra sociedad la carne se suele
preparar con sal. El tercero de estos ejemplos solo sería posible en un contexto en el que estuviera claro
que en esa cafetería sirven los cafés con un croissant (por ejemplo, porque lo ponen claramente en un
cartel o porque antes de pedir nuestro café hubiéramos notado que a todos los que pedían un café se lo
servían con croissant). También sería posible este enunciado si justo antes de nosotros todos nuestros
acompañantes hubieran pedido un café con croissant. Al llegar nuestro turno —en ese caso, para evitar
ambigüedades— tendríamos que decir Y para mí, un café sin croissant. Esto nos lleva a afirmar que,
para poder decir un café sin croissant, tiene que haberse asentado previamente el concepto de café
con croissant.
Con sin
Es significativo el hecho de que algunos niños de diferentes culturas y lenguas pasen,
en la adquisición de su lengua materna, por una etapa en la que en lugar de
decir sin dicen con sin. Lo he observado personalmente y tengo noticia de niños de
lengua española que proferían enunciados como:
• (39)
o a. *Mamá, ¿puedo andar con sin zapatos?5
o b. *Quiero pan con sin mantequilla.
Un día, comentaba este hecho con el lingüista francés Henri Adamczewski, quien,
sorprendido, me contó que su hijo también había pasado por una etapa en la que le
pedía une tartine avec sans beurre (*una rebanada de pan con sin mantequilla).
Análogamente he conocido a un niño italiano que al ver que su madre cogía la botella
del champú cuando lo iba a duchar, exclamaba Con senza capelli! (*con sin pelo) para
señalar que no quería lavarse el pelo, y cuando iban a ponerle un abrigo al salir,
protestaba: con senza giacca!(*con sin chaqueta).
Posteriormente, he conocido a padres de niños alemanes que me han contado que en
alemán parece ocurrir exactamente lo mismo: algunos niños pasan por una fase en la
que usan mit ohne (en lugar de ohne a secas).
¡La lengua inglesa lo tiene lexicalizado en without (with-out)!
En todos los casos comentados en este apartado nos hallamos ante la necesidad de disponer de cierta
información para poder expresar lo que se expresa. En algunos contextos puede tratarse de información
compartida, en el sentido de que ya se ha dado explícitamente en el contexto anterior. Pero aun en los
casos en los que esto no es así, el destinatario no tiene nunca problemas al descodificar los enunciados
en cuestión porque se trata de información necesaria desde un punto de vista lógico.
Si decimos… Presuponemos…
Si decimos… Presuponemos…
Ejemplo
• (40) Les han regalado un perrito precioso. Y fíjate cómo son… Lo dejan todo el día solo en el balcón y el
pobre animal se pasa la vida aullando.
Con frecuencia nos encontramos con personas que, ante un enunciado como (40), objetan que el artículo el no señala
que nos hallamos ante información compartida porque el sustantivo animal no ha aparecido todavía. Es evidente que
en un contexto como este podemos presentar animal con un determinante de fase 2 (el), porque este sustantivo está
implícito en un perro: tenemos aquí un buen ejemplo de un mecanismo de tematización muy aprovechado por los
hablantes, que consiste en tematizar ciertas palabras con palabras de una categoría superior a la que pertenecen. Así,
por ejemplo, de perro podemos pasar a animal, a cuadrúpedo, etc. Son hiperónimos de la palabra perro. Pero,
además, la mención de perro permite tematizar muchas otras palabras que se refieren a cosas relacionadas con un
perro: cola, rabo, hocico, pelo, orejas, patas, correa, bozal, etc. Es fundamental observar atentamente estas
relaciones de implicación o presuposición léxica para llegar a entender el funcionamiento gramatical de numerosos
mecanismos que dependen del eje de las informaciones8.
Por último, debemos subrayar que un número elevado de presuposiciones tienen un origen cultural.
Hemos visto algunas al referirnos a con y sin. Con el ejemplo de perro hemos descubierto que, tras una
mención de esa palabra, quedan tematizadas una serie de otras como
posibles: cadena, correa, bozal, etc. Para descodificarlas, necesitamos saber que algunas personas atan
los perros con cadenas o correas, o les ponen un bozal. Si no supiéramos que algunos tienen pájaros en
jaulas, no se entendería que después de hablar de un canario podamos referirnos directamente
a la jaula.
Las presuposiciones culturales están estrechamente relacionadas con nuestra experiencia del mundo y el
conocimiento que tenemos de la sociedad en la que vivimos. Dichos conocimientos
(llamados enciclopedia) son los que nos permiten hablar de la escuela tras haber mencionado
a un niño, del abrigo de cualquier persona o, al referirnos al Año Nuevo, de las uvas.
Hemos dicho ya que en algunos casos el enunciador presenta informaciones presupuestas sin que hayan
aparecido explícitamente en el contexto anterior y sin que su interlocutor disponga de más datos que los
que le proporciona la gramática del español (que le señala las informaciones presupuestas) para poderlas
descodificar. Generalmente se trata de recursos que utiliza el enunciador para presentar lo que él ya ha
pensado o constatado.
• (41)
Ayer estuve con Luisa y Ángel. ¡Son tan simpáticos!
• (42)
¡Acabo de ver un piso tan bonito!
Los manuales de gramática dicen de estos usos de tan que tienen un valor ponderativo. Ya hemos visto
que los usos de tan señalan que hay, subyacente, una primera afirmación (en la que suele aparecer
un muy). Dicha afirmación puede haberse dado explícitamente en el contexto anterior o estar implícita,
como en el ejemplo que hemos visto en este módulo en el subapartado «Información nueva e
información adquirida»:
• (43)
Por favor no corras tanto, que tengo miedo.
[En el coche]
En los dos enunciados que tenemos aquí —(41) y (42)—, dicha afirmación de fase 1 no se ha dado ni es
necesaria desde un punto de vista lógico. Nos hallamos pues, ante una presuposición meramente
subjetiva por parte del enunciador. Con estos enunciados, el hablante no se limita a dar una información
de primera mano (fase 1) como en:
• (44)
Ayer estuve con Luisa y Ángel. ¡Son muy simpáticos!
• (45)
¡Acabo de ver un piso muy bonito!
Esta segunda versión —(44) y (45)— denotaría mucho menos entusiasmo. Al usar tan en (41) y (42), el
enunciador presupone algo que su interlocutor no sabe. El destinatario entiende que hay una
presuposición (es lo que le indica el uso de tan) pero no dispone de más elementos. De ahí la sensación
de mayor subjetividad que transmiten estos dos enunciados: es una presuposición subjetiva del
enunciador, que parece estar informando a su interlocutor de que lo que dice no se le acaba de ocurrir ni
es algo que acaba de constatar, sino algo que para él ya estaba en el contexto. Con estos enunciados el
hablante reafirma (para su interlocutor) algo que él ya tiene claro. Esto es lo que nos da la sensación,
además, de que con estos ejemplos el enunciador quiere hacer algo más que transmitir una información
a su interlocutor.
Algo parecido ocurre en el ejemplo (40). Con la posición del adjetivo en la expresión pobre animal, el
enunciador no quiere detenerse para negociar con su interlocutor el hecho de que se pueda o no
considerar al perro en cuestión un animal infeliz o desgraciado. Utiliza esta expresión —que es una
construcción previa— para decir otras cosas sobre el bloque pobre animal: se pasa el día aullando.
Hemos visto en páginas anteriores la importancia que tiene en la interacción todo lo relacionado con la
gestión de las informaciones. La consideración atenta de estas cuestiones puede arrojar nueva luz a
numerosísimos mecanismos y operadores gramaticales, que, de otro modo, nos veríamos obligados a
despachar con etiquetas confusas o poco comprensibles como enfático o ponderativo. Asimismo, aun en
los casos en los que nos parecía que ya entendíamos los mecanismos de la lengua, el estudio del eje de
las informaciones nos permite captar muchos más matices.
Además, existen numerosos fenómenos difíciles de describir y que suelen pasar inadvertidos cuando no
se afrontan las cuestiones desde la perspectiva de las informaciones.
Hay idiomas, como el español, en los que para responder a las preguntas que requieren que confirmemos
o desechemos una hipótesis —a las que los gramáticos suelen referirse con el nombre de preguntas
totales— existe una palabra para contestar afirmativamente (sí) y otra para contestar negativamente
(no):
• (Español)
(46)
A. ¿Lo has visto?
B. Sí. / No.
En otros idiomas —el francés y el alemán, por ejemplo— existe, además, una forma para contestar
afirmativamente a las preguntas expresadas en la forma negativa:
• (Francés)
(47)
A. Tu l’ as vu?
B. Oui. / Non.
• (48)
A. Tu ne l’ as pas vu?
B. Si.
• (Alemán)
(49)
A. Hast du ihn gesehen?
B. Ja. / Nein.
• (50)
A. Hast du ihn nicht gesehen?
B. Doch.
En francés, para contestar afirmativamente se utiliza oui si la pregunta está en la forma afirmativa y si, si
está en la forma negativa. En alemán, en el primer caso se utiliza Ja y en el segundo, doch.
Al no existir dos palabras distintas en español, la mayor parte de los profesores y alumnos españoles de
francés o de alemán están convencidos de que nosotros no establecemos esa diferencia. Sin embargo, si
analizamos atentamente los usos espontáneos del español en contextos reales, descubrimos que
disponemos de un sistema enormemente matizado para contestar a este tipo de preguntas:
• (51)
A. ¿No lo has visto?
B. Sí. / Sí, sí. / Sí, sí, lo he visto. / Sí, sí, lo he visto, lo he visto.
• (52)
A. ¿O sea que no lo has visto? ¡Qué pena!
B. Sí, sí, sí, lo he visto, lo he visto.
Las gramáticas tradicionales, ya lo hemos dicho, tendían a preocuparse por los fenómenos más evidentes
y a descuidar los más difíciles de percibir y entender como, por ejemplo, las reduplicaciones de
elementos. En el caso de las preguntas, este fenómeno se hace evidente si nos preguntamos qué
presuposiciones hay en cada pregunta (y cuáles percibe el que la descodifica). A las preguntas que nos
parecen más neutras (es decir, formuladas de una manera que no nos induce a pensar que el enunciador
tenga ya una idea de la respuesta), contestamos de manera neutra, con un sí o con un no. Cuando, al
descodificar la pregunta, tenemos la sensación de que el enunciador la ha formulado de una determinada
manera porque parece esperarse una respuesta que vaya en la misma línea, entonces, si queremos
refutar esa hipótesis que hemos percibido en su manera de formular la pregunta, generalmente
reduplicamos uno o más elementos en nuestra respuesta.
En un porcentaje relativamente alto de casos, las preguntas expresadas en forma negativa nos inducen a
suponer que nuestro interlocutor espera una respuesta negativa. Por este motivo, si nuestra respuesta es
afirmativa, tendemos a reduplicar el sí o a añadir algo que elimine toda ambigüedad. Lo mismo sucede
con las preguntas expresadas en la forma afirmativa que nos inducen a pensar que nuestro interlocutor
espera una respuesta afirmativa. Si nuestra respuesta es negativa, tendemos a reduplicar el no o a
añadir algo que despeje toda duda:
• (53)
A. ¿O sea que tú también has estado?
B. No, no, yo no.
En este sistema, cuanto más alto es el grado de presuposición que percibimos en la pregunta o que
atribuimos al enunciador que la ha formulado, más veces reduplicamos algún elemento en nuestra
respuesta. Naturalmente, el número de reduplicaciones no es infinito. Por lo general, se reduplica una vez
(sí, sí o no, no) cuando el grado de presuposición negativa o afirmativa que percibimos en la pregunta
nos parece débil; dos veces (sí, sí, sí o no, no, no) cuando nos parece más fuerte. Además se añade uno
o, a veces, dos elementos que van en la misma dirección: repetición del verbo, adverbio, etc.: por
ejemplo, Sí, sí, sí, yo también he estado o Sí, sí, sí, he estado, he estado, o No, no, no, yo no he estado,
no o No, no, no, no he estado nunca.
El uso de sí, sí, sí, sí (4 veces) y de no, no, no, no parece estar reservado casi en exclusiva para los casos
en los que se ha producido algún malentendido que queremos aclarar y, por tanto, no parece tener
mucha relación con las presuposiciones que percibimos en las palabras de nuestro interlocutor.
Naturalmente, todo lo que hemos dicho hasta aquí funciona así en situaciones normales, en las que
queremos que la interacción con nuestro interlocutor funcione sin problemas. Cuando por algún motivo
(por ejemplo, porque estamos cansados o enfadados) no nos preocupamos tanto por la interacción, a
veces el número de reduplicaciones se reduce. Generalmente, en estos casos, el interlocutor percibe que
pasa algo extraño.
Con este ejemplo, hemos visto hasta qué punto la observación atenta de la lengua, la consideración del
contexto y de la interacción y, sobre todo, el análisis de lo que está en juego en cada contexto desde el
punto de vista de las informaciones nos permiten enriquecer y matizar la descripción que damos de la
lengua.
1.2.9. Estrategias de presentación de las informaciones
Hasta aquí hemos expuesto diferentes aspectos y mecanismos relacionados con el eje de las
informaciones. Hemos visto que en algunos casos el enunciador decide no presentar explícitamente
algunas informaciones, por ejemplo, porque no constituyen el punto central de su interés en ese
momento:
• 1. En primer lugar, hay casos en los que además el enunciador presenta las informaciones de una forma
que no refleja lo que realmente son, engañando, en cierto sentido, a su interlocutor.
Ya hemos visto, pero vamos a recordarlas brevemente, las diferencias que hay entre los
operadores entonces y o sea que en la presentación de las consecuencias de lo que se acaba de decir, y
entre como y ya que en la presentación de las causas.
Con entonces, el enunciador presenta lo que dice como información controlada por él mismo, que debería
ser nueva para su interlocutor. Con o sea que, la presenta como consecuencia que su interlocutor ya
puede haber deducido de lo que ya le ha dicho. Es interesante notar que a menudo formulamos
preguntas para pedir a nuestro interlocutor que confirme o rechace nuestras suposiciones, en las que
presentamos con entonces cosas que nuestro interlocutor podría haber presentado con o sea que. Lo que
para él podía parecer evidente, para nosotros a veces no lo es tanto.
Veamos dos ejemplos:
o (54)
A. Ha llamado y ha dicho que acaba de llegar a su casa y que está agotado…
B. ¿Entonces / o sea que no va a venir?
o (55)
Ha llamado y ha dicho que acaba de llegar a su casa y que está agotado, o sea que no va a venir.
En (54), el enunciador que formula la pregunta escogerá uno u otro de los dos operadores según el grado
de compromiso que quiera poner en su suposición. Con entonces, puede parecer más inseguro o
sorprendido y se distingue claramente de su interlocutor, puesto que subraya el hecho de no saber
adónde le quiere llevar con lo que le acaba de decir; con o sea que, presenta su deducción como algo
más evidente y en consonancia con lo que le acaba de decir su interlocutor, dando así la sensación de
ponerse a su lado.
En (55), es mucho más difícil utilizar entonces en lugar de o sea que porque sigue hablando la misma
persona, y lo que dice no tiene un carácter lo suficientemente novedoso que le permita presentarlo con
un operador cuya función es subrayar que estamos diciendo cosas que nuestro interlocutor no sabe.
Con como, el enunciador presenta la causa como algo nuevo para su interlocutor. Con ya que, como algo
que su interlocutor ya sabe, que está en el contexto y que él, en cuanto enunciador, se limita a recoger y
aprovechar. Además, la oración subordinada causal introducida por como suele anteceder a la principal.
Puede ir pospuesta solo si la oración introducida por como es pronunciada con entonación suspensiva.
• 2. En segundo lugar, es frecuente que, como estrategia de persuasión, el enunciador presente
informaciones nuevas para su interlocutor como algo que este ya debería conocer o haber deducido. Esto
es frecuente sobre todo en el lenguaje argumentativo o expositivo. Se trata de una estrategia adoptada
para presentar como evidentes informaciones que no siempre lo son; de esta forma, se imponen, en
cierta medida, a quien está escuchando.
Veamos tres ejemplos entresacados de nuestro texto. Al hablar de los manuales normativos en el módulo
1, hemos dicho lo siguiente:
o (56)
Visto desde esta perspectiva, el intento es loable, ya que nos lleva a mantener nuestro patrimonio
cultural y lingüístico, nos estimula a buscar la precisión, y nos recuerda formas y expresiones que en el
uso tenderíamos a olvidar.
o (57)
Una buena descripción gramatical… De lo contrario, su propósito de defender la riqueza de la lengua se
ve fuertemente menoscabado, con el resultado de que la lengua supuestamente defendida en lugar de
enriquecerse se empobrece, ya que se borran los matices.
o (58)
Por más que nos esforcemos, es difícil encontrar el error presente en la primera de estas frases, ya
que se trata de dos expresiones que significan cosas distintas.
En estos tres ejemplos, ya que introduce cosas que no se han dicho todavía, pero que en los dos
primeros casos, en cierta medida, pueden deducirse de lo ya aparecido. En el tercero, es más difícil
deducir lo que se presenta con ya que: nos hallamos aquí ante un caso típico de uso de este operador
como estrategia utilizada para que lo que se dice parezca evidente. Al usar ya que en contextos como
este, el enunciador (en este caso, nosotros) apela a su interlocutor para que aproveche su sentido común
y su experiencia para entender lo que le está diciendo.
En algunas ocasiones, con personas con gran sensibilidad lingüística y que cuidan mucho su manera de
hablar (pero nunca con filólogos porque no suelen ser buenos informantes al estar sus percepciones
contaminadas por lo que han estudiado), he rechazado usos de ya que como el que acabamos de ver,
diciendo cosas como ¿Cómo que ya que si eso que estás diciendo no es nada evidente? para estudiar las
reacciones de mi interlocutor. Las reacciones siempre han ido por la misma línea: Sí, es verdad, tienes
razón, pero entiende lo que te quiero decir o Bueno, supongamos que esto es así…, etc. En una
oportunidad, mi comentario fue mucho más escueto: ¿Por qué dices ya que? La reacción de mi
interlocutor fue muy parecida a las demás.
Estas reacciones parecen demostrar lo que acabamos de afirmar sobre estos usos de ya que. Ahora bien,
es interesante observar que, como a menudo ocurre con la lengua, si pedimos a las mismas personas
que nos expliquen cómo se usa ya que, es probable que, en la mayoría de los casos, sean incapaces de
llegar a una formulación satisfactoria, aun para ellas mismas.
• 3. En tercer lugar, se observan, en los usos espontáneos de la lengua, numerosas estrategias de
presuposición de informaciones a las que recurren los hablantes para obligar a sus interlocutores a
aceptar hechos que no quieren reconocer. Una de las más frecuentes, utilizada a veces en las películas de
serie negra por la policía o los detectives, consiste en formular preguntas que presuponen la información
que se pretende que el otro acepte:
o (59)
¿Por qué colgaste ayer cuando me llamaste?
o (60)
¿Con quién estabas ayer en el cine?
Estas preguntas constituyen verdaderas trampas: si el interlocutor las contesta, está aceptando la
información que presuponen: me llamaste, en el primer caso, y estabas en el cine (fuiste al cine ayer),
en el segundo.
En estos dos ejemplos, se trata de presuposiciones muy evidentes y es probable que pocas personas
caigan en la trampa. El mismo mecanismo, utilizado de manera más sutil, puede resultar muy eficaz en
las argumentaciones, por ejemplo.
Cuando se habla de información y gramática, es frecuente que, sobre todo al principio, las personas
tengan dificultades al intentar entender dónde hay presuposición de información y dónde no la hay, o
dónde se jerarquizan las informaciones y dónde no. Existen dos pruebas, que se pueden aplicar a todo
enunciado y que ayudan a percibir mejor las cosas:
• 1. La primera consiste en responder Eso ya lo sé / sabía y preguntarse a qué puede referirse esa
respuesta en cada caso. Veamos tres ejemplos:
o (61)
A. Mientras estaba en el banco, me robaron el coche.
B. Eso ya lo sé / sabía.
o (62)
A. Cuando llegue tu hermana, te llamo.
B. Eso ya lo sé.
o (63)
A. Probablemente va a venir Pedro. En ese caso nos vamos a cenar fuera.
B. Eso ya lo sé.
En estos ejemplos, la respuesta nos permite observar las diferentes maneras de presentar las
informaciones que tenemos en los primeros enunciados de cada uno de estos intercambios. En (61), la
respuesta se interpreta necesariamente en relación con me robaron el coche. Esto nos indica que la
información que se está presentando como nueva es esta y no mientras estaba en el banco. En este
intercambio, ningún hablante medianamente competente relacionaría la respuesta Eso ya lo sabía con he
ido al banco.
En (62), la respuesta parece inusual porque a una promesa no se suele responder así. Sin embargo, solo
se puede relacionar con te llamo. Ningún hablante se referiría con ella a Va a venir tu hermana.
Al contrario de lo que ocurre en (61) y en (62), en (63) no se entiende muy bien a qué se refiere la
respuesta. Puede estar relacionada tanto con Probablemente va a venir Pedro, como con En ese caso nos
vamos a cenar fuera. Por este motivo, resulta ambigua. En un contexto natural, si contestáramos así a
un enunciado como el de (63), nuestro interlocutor podría preguntarnos ¿Qué es lo que sabes? Esta
respuesta no sería posible ni en (61) ni en (62). Esto se debe al hecho de que en (61) y (62) se está
dando una única información, mientras que en (63) se están dando dos. Esta primera prueba nos ayuda
a entender cuáles son las informaciones nuevas.
• 2. La segunda sirve para detectar las presuposiciones de información. Consiste en contestar con o sea
que, con entonces o con quieres decir(me) que y reformular el elemento de información que se quiere
controlar. Si la respuesta parece normal, esto significa que hay algún tipo de presuposición de
información. Si parece extraña, significa que no la hay.
o (64)
A. Mientras estaba en el banco, me robaron el coche
B. Quieres decirme que / entonces has ido al banco./
¿*? Quieres decirme que / entonces te robaron el coche9.
o (65)
A. Cuando llegue tu hermana, te llamo.
B. Quieres decirme que / entonces va a venir mi hermana./
¿*? Quieres decirme que / entonces me llamas.
o (66)
A. Probablemente va a venir Pedro. En ese caso nos vamos a cenar fuera.
B. ¿*? Quieres decirme que / entonces va a venir Pedro./
¿*? Quieres decirme que / entonces nos vamos a cenar fuera.
En estos casos hay presuposición de información si lo que decimos en la respuesta se interpreta como
una deducción y no como una repetición de lo que acaba de decir el otro.
En el subapartado anterior hemos analizado diferentes aspectos relacionados con el eje de las
informaciones. En este, exploraremos, en grandes líneas, las actitudes del enunciador. Existen razones
poderosas que nos obligan a preocuparnos por el papel y las actitudes que adopta el enunciador en su
discurso.
El ámbito en el que esto es más fácil de observar es el de los deícticos, operadores que crean una red
de relaciones espacio-temporales en torno al enunciador.
Los deícticos son:
En páginas anteriores hemos visto que el enunciador a menudo expresa su postura con respecto a lo que
va diciendo. No se puede entender el funcionamiento de muchos operadores gramaticales si no se tiene
en cuenta el nivel metalingüístico y si no se intenta distinguir lo que expresa el enunciador sobre lo
extralingüístico (nivel referencial, contenidos proposicionales) de las valoraciones añadidas sobre lo
dicho.
Pero, además, existe un nivel ulterior de intervención del enunciador en el que este se expresa
—aprovechando los recursos que le ofrece la lengua— no ya sobre lo que dice, sino sobre la interacción
con su interlocutor y la relación que mantiene con él en cada momento. En este segundo plano, el
enunciador informa a su interlocutor de cómo se siente, de cómo vive las palabras y los comportamientos
del otro, de las ganas que tiene en cada momento de afrontar ciertos temas o de mantener la interacción
en un nivel más o menos tranquilo, etc. Es lo que hace, por ejemplo, al reduplicar un sí o un no en sus
respuestas, al poner u omitir un ah, al escoger entre bastante y muy / mucho, al formular su respuesta
de una manera u otra entre las que pone la lengua a su disposición o, simplemente, al decidir si
tematizar o no una información.
Como en parte puede deducirse de todo lo que hemos visto hasta ahora, muchos de los matices que se
expresan en este ámbito no son fácilmente interpretables sino es desde la perspectiva, y con las
herramientas, de la pragmática.
En este apartado nos atendremos a aquellas intervenciones del enunciador que están más estrechamente
relacionadas con determinados operadores gramaticales. Naturalmente, todo lo que estamos exponiendo
en el presente apartado constituye la base para los matices expresivos analizables desde la perspectiva
de la pragmática a los que aludíamos en el párrafo anterior.
Hemos visto ya algunos operadores con los que el enunciador expresa un punto de vista sobre lo que
dice. No se pueden entender las diferencias que existen entre tampoco y ni siquiera, ni
entre también, hasta, siquiera y además si no nos preguntamos qué está diciendo con cada uno de estos
operadores el enunciador que decide utilizarlos. Veamos los siguientes casos:
1. Con tampoco, el hablante señala que está teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho y que a las
negaciones anteriores se añade una más; con ni siquiera (o, a veces, no… siquiera) señala que el
elemento que está negando no estaba en la lista hipotética de elementos que creía tener que negar, es
decir, que no se esperaba tener que negar dicho elemento.
2. Con también, como con tampoco, indica que está teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho y que, a los
elementos mencionados anteriormente, se añade uno más. A diferencia de lo que ocurre con tampoco,
con también se trata de una simple mención, y no de una negación. Con hasta, de manera análoga a lo
que hace con ni siquiera, el enunciador señala que está mencionando un elemento que no entraba en sus
previsiones tener que mencionar.
3. Con además, indica que está teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho, que le parecía suficiente o mucho,
y que sin embargo se añade un elemento más. En este caso, la valoración se refiere más a lo anterior y
al hecho de tener que añadir un elemento a lo que ya se había mencionado que a la naturaleza misma
del nuevo elemento mencionado.
4. Con siquiera, el enunciador presenta el elemento mencionado como algo que debería ser evidente, cuya
mención le parece superflua y, por lo tanto, inesperada.
Todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre estos operadores se puede resumir de la siguiente manera:
que las
negaciones
anteriores no se
expresan
explícitamente.
En esos casos el
uso de este
operador, al
implicar
necesariamente
otras
negaciones
anteriores, crea
un «antes» que
diluye el
elemento al que
se refiere entre
otros implícitos
que no llegan a
cobrar
concreción.
pueden ser
implícitos.
Hasta Da la sensación Sí. Del elemento El enunciador
de que sí; pero, no no se
en realidad, no. mencionado. esperaba
No hace falta tener que
que haya nada mencionarlo.
especial antes.
Comentarios
1. Todos los operadores expresan información metalingüística: el enunciador habla de lo
que dice.
2. Con todos ellos, el enunciador reconoce explícitamente su postura. No se esconde
detrás de sus palabras.
Según los contextos, los efectos expresivos expresados gracias a estos operadores
pueden ser muy numerosos. La lista de los que contribuyen a transmitir operadores
como ni siquiera o hasta, por ejemplo, puede abarcar actitudes o emociones tan
distintas como: sorpresa, alegría, enfado, irritación, exasperación, intolerancia,
halago, etc.
Consideremos ahora otro grupo de operadores, relacionados en parte con los que acabamos de estudiar,
que nos permitirá ver otros tipos de actitudes expresadas por el enunciador: algunas expresiones que
sirven para presentar una cantidad. En este caso también partiremos de una serie de ejemplos:
• (67)
A. ¿Cuánta gente habría anoche en la fiesta?
B. No sé… Me imagino que unas cien personas.
• (68)
A. Bueno, ¿y qué tal la fiesta anoche?
B. No estuvo mal. Había más de cien personas.
• (69)
A. ¿Y dónde vamos a meter a toda esa gente?
B. ¿Por qué? ¿Tú crees que no vamos a caber?
A. Hombre, van a venir más de ochenta.
B. ¿Y qué? La última vez había por lo menos cien personas, y no tuvimos ningún problema.
• (70)
A. ¿Y cuánta gente había anoche en la fiesta?
B. No sé… No eran muchos… Como mucho cien personas.
• (71)
A. ¿Y qué tal salió la fiesta? ¿Había mucha gente?
B. No estuvo mal… Éramos casi cien.
No es necesario tener una sensibilidad lingüística muy desarrollada para darse cuenta de que la actitud
adoptada con respecto al número mencionado (cien) por el enunciador que da la última respuesta es
radicalmente distinta en cada uno de estos intercambios.
En (67), al usar unas, el enunciador se limita a presentar el número como una valoración aproximada
por su parte. En (68) y en (69), el enunciador presenta el número cien como una cantidad inferior a su
estimación real. Además, en (68) se limita a señalar que él considera el número cien inferior al real,
mientras que en (69), expresa su insatisfacción por dicho número porque él preferiría mencionar uno
superior, con lo que el número cien aparece como una concesión a su interlocutor. Es importante notar
que dicha actitud de indiferencia o de insatisfacción se refiere al hecho en sí de «mencionar» el
número cien y no otro número (el enunciador considera el número cieninsuficiente en cuanto elección
léxica), y no tiene nada que ver con la satisfacción por el dato extralingüístico que se está
describiendo: más de cien y por lo menos cien pueden, ambos, utilizarse tanto en un contexto en el que
se expresa insatisfacción por la cantidad (extralingüística) —en este caso, de gente— como en un
contexto en el que se expresa satisfacción:
• (72)
¿Vas a entrar? Yo me he tenido que salir, porque hay más de cien personas, y no se puede respirar. / …
hay por lo menos cien personas, y no se puede respirar.
[Insatisfacción / valoración negativa del dato extralingüístico]
• (73)
A. ¿Qué tal la fiesta?
B. Muy bien: había más de cien personas. / había por lo menos cien personas.
[Satisfacción / valoración positiva del dato extralingüístico]
Estos dos ejemplos nos demuestran que la satisfacción o la insatisfacción por el dato extralingüístico
(contenido proposicional del enunciado) se percibe gracias a la presencia conjunta de diferentes
elementos. En el primer ejemplo (72), entendemos que el enunciador está insatisfecho gracias a las
expresiones Yo me he tenido que salir y no se puede respirar. En el segundo ejemplo, entendemos que
está satisfecho debido a la presencia de la expresión muy bien.
En (70) y en (71), el enunciador presenta el número cien como superior a la cantidad que él considera
que habría que mencionar y que le parece la cantidad real. En (70), al usar como mucho la presenta, de
manera análoga a lo que hace con por lo menos, como una concesión exagerada: considera que cien es
una elección léxica excesiva. En (71) manifiesta su voluntad de mencionar el número cien, pero
reconoce, a la vez, que dicho número es demasiado alto. Con casi, la exageración es presentada como
pequeña, con una actitud muy comprensiva por parte del enunciador, que tiende a minimizarla porque le
gustaría poder mencionar el número en cuestión. Se trata, en cierto sentido, de una exageración que el
enunciador tiende a perdonarse. Por el contrario, en (70) el enunciador subraya la exageración y la
presenta como algo que no le satisface.
Nuevamente, recojamos estas observaciones en una tabla (que incluye algunos operadores más):
Algunas maneras de presentar una cantidad
a su
interlocutor.
Observaciones
1. Todos estos operadores nos hablan de la actitud del enunciador con respecto al hecho
de mencionar una determinada cantidad (información metalingüística) y no de la
actitud del enunciador con respecto a la realidad extralingüística de dicha cantidad. En
algunos casos las dos coinciden (es frecuente que esto ocurra cuando se usa nada
menos que) pero en muchos otros esto no sucede.
2. Con respecto al dato extralingüístico en sí, el enunciador puede estar satisfecho o
insatisfecho, según los contextos. Cuando usa nada menos que el enunciador suele
estar satisfecho por el dato extralingüístico también.
3. Con estas expresiones el enunciador no se esconde tras sus palabras.
Cabe señalar, además, que en los registros muy formales se tiende a evitar las expresiones que denotan
una participación muy fuerte y muy explícita del enunciador, especialmente las negativas, a no ser que se
haya llegado a una situación de enfrentamiento.
Estos ejemplos nos permiten tomar conciencia de lo importante que es, para la
comprensión de los fenómenos lingüísticos y del funcionamiento de la lengua como
herramienta de comunicación, distinguir claramente el nivel de los contenidos
proposicionales del nivel de los contenidos procedimentales de nuestros enunciados.
Tradicionalmente se analizaban las valoraciones del enunciador (por ejemplo, los
diferentes grados de satisfacción o insatisfacción, de sorpresa, etc.) más en su
dimensión referencial, es decir, en la relación que mantiene lo dicho con lo
extralingüístico. Naturalmente, existen mecanismos y operadores o recursos
lingüísticos que se inscriben más en este nivel (como, por ejemplo, las exclamaciones
con las que el hablante remite a menudo a lo extralingüístico). Sin embargo, un
porcentaje alto de operadores gramaticales no hablan sino de la lengua misma, del
acto de enunciación y de la interacción.
Un ámbito ejemplar en este sentido es el de los diferentes recursos de los que dispone el hablante para
matizar los usos de ciertos adverbios o adjetivos. Consideremos cuatro de ellos: un
poco, bastante, mucho y demasiado10. Tradicionalmente se analizaban estos operadores en relación con
la intensidad que expresan. En algunas ocasiones, hemos visto descripciones de su funcionamiento que
proponían tablas como ésta:
Como ya lo hemos señalado, aun las conceptualizaciones que no recurrían a ninguna tabla ni a ningún
gráfico daban la sensación de estar presentando las cosas de manera muy similar.
Este tipo de enfoque permite explicar solo una parte de los múltiples y complejos
aspectos relacionados con el uso de estos operadores. Los aspectos más
estrechamente relacionados con la interacción (es decir, con la relación entre los
interlocutores) son difíciles de tratar desde esta perspectiva. El problema fundamental
de esta manera de analizar este microsistema reside en que no se entiende muy bien
a qué se refiere exactamente el concepto de intensidad. Esta ambigüedad se debe a la
confusión entre información metalingüística y nivel referencial.
En los usos espontáneos de la lengua —ya hemos apuntado a esto en relación con los manuales
normativos— es frecuente que utilicemos un poco, bastante, muy/mucho y demasiado para referirnos a
los mismos datos extralingüísticos:
• (74)
A. ¿Por qué no vamos al Mesón del Quijote?
B. Es que es un poco caro… Mejor vamos a la Taberna del Rey.
En un ejemplo como este se puede sustituir el operador un poco por cualquiera de los otros, o incluso
dejar el adjetivo solo, y no cambia sustancialmente el contenido de lo dicho en relación con lo
extralingüístico. En un contexto así, con cualquiera de estas posibilidades el enunciador expresa lo mismo
en lo que se refiere a los contenidos proposicionales. Le parece que el restaurante que le proponen está
por encima de sus posibilidades o, simplemente, no tiene ganas de gastar tanto dinero en una cena.
Las verdaderas diferencias entre estos operadores en un contexto como este radican en la actitud del
enunciador con respecto a lo que dice y a su interlocutor: con un poco, no quiere ser demasiado explícito
(por las razones que sea, por ejemplo, porque no sabe lo que piensa su interlocutor o porque no quiere
herirle); con demasiado, el enunciador declara lo que piensa muy abiertamente y se muestra mucho
menos preocupado por su interlocutor. A diferencia de lo que ocurre con un poco, con poco el enunciador
expresa su punto de vista de manera totalmente explícita, igual que con demasiado.
Para entender bien cómo funcionan estos operadores, hay que analizar el tipo de adverbio o de adjetivo
con el que se utilizan y los efectos expresivos que transmiten. Si nos fijamos en este aspecto, veremos
que un poco y demasiadosiempre expresan cierta reticencia por parte del enunciador. Un
poco y demasiado siempre sirven para presentar características que el enunciador considera negativas o
indeseadas, aun en los casos en los que se utilizan con adjetivos o adverbios que normalmente se utilizan
para expresar valoraciones positivas. Enunciados como es un poco bueno o es un poco barato solo se
justifican si se quiere que la cosa de la que se está hablando no sea buena o barata. De ahí la dificultad
de encontrar contextos en los que se puedan proferir estos enunciados.
Con todos estos operadores el enunciador habla del estatuto que quiere conferir a lo que dice; con ellos
matiza los usos de los adjetivos (o de ciertos adverbios), señalando a su interlocutor cómo los tiene que
interpretar. A la vez, expresa una actitud personal con respecto a lo que dice. Con bastante, por ejemplo,
señala a su interlocutor que no se siente capaz de utilizar el adjetivo o el adverbio solos, sin añadir nada
más, porque la elección léxica de ese adjetivo o ese adverbio no le satisface plenamente.
Si analizamos así las cosas, podemos incluso llegar a recuperar las definiciones tradicionales a las que
aludíamos antes, con sus tablas de porcentajes o sus esquemas, que van de menos a más. Dichos
esquemas o tablas no se refieren al grado en que la cosa de la que se está hablando presenta las
características aludidas por el adjetivo desde el punto de vista extralingüístico y de manera objetiva (es
incluso discutible que ese aspecto se pueda cuantificar con operadores de este tipo), sino al nivel de
compromiso del enunciador: hasta qué punto quiere matizar o limitar el semantismo del adjetivo o del
adverbio y su atribución por su parte al elemento del que está hablando, y el grado de explicitud y de
atención hacia su interlocutor y la interacción.
que se atribuya
al elemento del
que se está
hablando. Se
usa raramente
con adjetivos o
adverbios que
expresan
características
que suelen
considerarse
positivas.
• Limita al mínimo
la atribución del
adjetivo o del
adverbio al
elemento
considerado.
Bastante + • Por sí mismo • Limita • Mediano.• Mediano.
adjetivo o no expresa ni parcialmente la Naturalmente,
adverbio. insatisfacción atribución del el elemento
ni satisfacción. adjetivo o del léxico
adverbio al escogido
elemento puede, por su
considerado: el parte,
enunciador expresar una
considera el gran
adjetivo o el preocupación
adverbio por el
inadecuado y no interlocutor o,
puede o no al revés, una
quiere total
emplearlos en su indiferencia.
forma plena.
• Con adjetivos o
adverbios que
expresan ideas o
características
que suelen
considerarse
negativas, se
tiene la
sensación de
insatisfacción
debido al
semantismo del
adjetivo o del
Análisis de algunos operadores que matizan el uso de adjetivos o adverbios
adverbio, pero
esto no depende
de este operador
(nivel de los
contenidos
proposicionales).
• Con adjetivos o
adverbios que
expresan ideas o
características
que suelen
considerarse
positivas se
tiene la
sensación de
que el
enunciador no se
siente
plenamente
satisfecho por el
elemento del
que está
hablando, pero
que su
valoración es
más bien
positiva. Esto
depende del
hecho de que
limita la
atribución del
adjetivo o del
adverbio en
cuestión. Los
efectos
contextuales
pueden ser
múltiples.
Muy + • Por sí mismo • En el nivel • •
Alto/total. Mediano/bajo.
adjetivo o no expresa ni metalingüístico, Naturalmente,
adverbio insatisfacción con este el elemento
/ mucho + ni satisfacción. operador el léxico
comparativo. La posible enunciador se escogido
satisfacción o limita a puede, por su
insatisfacción intensificar la parte,
depende de la atribución del expresar una
elección léxica adjetivo o del gran
Análisis de algunos operadores que matizan el uso de adjetivos o adverbios
1. En (75) y en (77), el enunciador apoya lo que dice (tienes que coger un taxi y tengo que irme) en datos
que presenta como objetivos de la situación: De aquí a la estación, en autobús, vas a tardar más de
media hora y He quedado. Por este motivo, utiliza tener que: ni el tiempo ni los recorridos son una
opinión personal.
2. En (76) y en (78), está dando consejos que él reconoce como tales, en la medida en que los presenta
como opiniones personales. En (79), en cambio, presenta su consejo como si fuera algo más objetivo,
para conferirle más perentoriedad.
3. En (80), una persona expresa una hipótesis personal que reconoce como tal (deben de ser las tres) y por
eso usa deber. La otra persona desecha esa hipótesis y presenta otra que le parece más aceptable. Como
ya se ha expresado una primera hipótesis que ella ha rechazado, tiene que presentar su propia hipótesis
como algo más creíble. Para ello, la presenta como si estuviera basada en datos objetivos. De lo
contrario, el interlocutor podría contestar diciendo que es la palabra o la hipótesis de uno contra la del
otro y que ambas son iguales.
Es interesante notar que, en contextos como (80), en la expresión de las hipótesis, el uso de tener
que funciona, en cierto modo, como mecanismo de tematización del concepto mismo de expresión de
hipótesis tras una primera expresión de hipótesis con deber.
La diferencia que acabamos de ver entre estos dos operadores es la que explica, entre otras cosas, las
posibilidades más amplias de combinar tener que con cualquier tiempo verbal.
Con deber, el enunciador presenta lo que dice como estrechamente dependiente de él en cuanto que
enunciador. Este operador está, pues, más relacionado con el acto de enunciación. Por este motivo, es
difícil conjugarlo con aquellos tiempos verbales que presentan la relación sujeto-predicado como
independiente del acto de enunciación: pasado, futuro, etc. En efecto, es difícil para el enunciador
expresar, desde su presente, lo que considera necesario que suceda, por ejemplo, en relación con algo
pasado, que puede haberse producido o no, pero que no se puede modificar. Los usos
de deberrelacionados con el pasado son, pues, generalmente, expresiones de hipótesis sobre el pasado o
bien recriminaciones por algo que no se produjo en el pasado: un enunciado como Debió decírselo se
interpreta siempre, en el uso espontáneo de la lengua, de una de estas dos maneras (es decir
como probablemente se lo dijo o como hubiera debido decírselo) y no suele utilizarse para expresar algo
que sucedió en el pasado. De hecho, ante un enunciado como éste, con deber en pretérito indefinido,
entendemos que aquello de lo que se está hablando no se produjo (= no se lo dijo). Esto limita bastante
las posibilidades de uso de este verbo en relación con el pasado.
Con tener que, el enunciador presenta las cosas como si no dependieran de él. Esto confiere a tener
que una mayor autonomía para funcionar en diferentes tiempos y modos. Al presentar las cosas como
independientes del acto de enunciación, tener que puede proyectarse en el pasado y utilizarse para
describir lo que un sujeto se vio obligado a hacer. De ahí que ante un enunciado como Tuvo que
decírselo entendamos que aquello de lo que se está hablando ocurrió en el pasado: se lo dijo, a diferencia
de lo que sucede con deber.
Este ejemplo (y especialmente estas últimas observaciones relacionadas con los usos de deber y tener
que en pretérito indefinido) nos permite vislumbrar las enormes posibilidades explicativas que se nos
ofrecen con esta perspectiva de análisis. Por el contrario, los conceptos de deber moral y deber
material a los que acuden las gramáticas tradicionales son totalmente inadecuados para explicar estos
fenómenos.
Para entender bien cómo funcionan estos dos verbos en cada tiempo y modo, deberíamos estudiar en
detalle el funcionamiento de cada tiempo y modo, así como los tipos de verbos con los que se emplean
estas dos expresiones12.
Hemos visto en el subapartado anterior la diferencia que hay entre deber y tener que.
Hay casos en los que el enunciador expresa opiniones puramente personales como si
lo que dice no dependiera de él sino de la situación. Esto le permite dar más peso a lo
que dice. En el fondo, reconocerse como origen de lo dicho es, inevitablemente,
relativizar las cosas. Presentar nuestras opiniones como datos objetivos, o
apoyándolas en datos objetivos, equivale a conferirles más autoridad.
Ya hemos visto, en relación con las estrategias de presentación de las informaciones, que a veces el
enunciador presenta como informaciones universalmente compartidas las informaciones nuevas, a modo
de estrategia para imponérselas a su interlocutor. Algo parecido sucede aquí también. Las opiniones
personales siempre son más objetables que las que están respaldadas por datos de la situación.
La lengua, ya lo hemos visto, es un sistema extremadamente complejo y muy sencillo a la vez, que
aprovecha pocos mecanismos de muchas maneras.
• (76)
No debes (deberías) decir cosas así. ¡No sirven para nada y crean más tensiones!
• (78)
Yo creo que si tú has oído eso, debes (deberías) decírselo a ella.
• (79)
No puede ser que llegues siempre tarde. Tendrías que hacer un esfuerzo.
se podía sustituir deber por tener que y viceversa. En estos casos, el uso de tener que siempre presenta
las cosas de manera más perentoria, por los motivos que acabamos de ver. Esto explica, además, el
hecho de que los usos de deber se perciban más a menudo como consejos13.
Existen operadores en los que esto es menos evidente y que, tradicionalmente, se han analizado como si
remitieran directamente a lo extralingüístico; se trata de operadores que son difíciles de explicar de
manera satisfactoria si no se analizan desde los dos ejes que hemos estudiado, pues en ellos estos dos
ejes trabajan conjuntamente para producir diferentes efectos expresivos. Un ejemplo notable de este
hecho es la oposición que existe en español entre ser y estar.
Las gramáticas suelen explicar esta pareja diciendo que se utiliza ser para presentar características
inherentes, y por tanto permanentes, del sujeto y estar, para expresar características transitorias,
momentáneas. Esta explicación, aparentemente sencilla, tiene la ventaja de que permite dar cuenta de
numerosos usos. Además, se acerca mucho a las explicaciones que darían muchos hablantes nativos del
español que no fueran especialistas. Sin embargo:
1. El primero de estos argumentos nos parece bastante débil, porque a la luz de esta teoría quedan
numerosos casos sin explicar. ¿Por qué, por ejemplo, se dice tanto Es joven como Está joven, o Soy
casado y Estoy casado? En cambio siempre se dice Está muerto, nunca Es muerto. Sobre este último
ejemplo, se podría alegar que la muerte es un estado, no una característica inherente del sujeto. Pero
sobre esto habría mucho que discutir. Y aunque aceptemos estas explicaciones y encontremos la manera
de hacerlas compatibles con los ejemplos que acabamos de proponer, quedan otros casos en los que la
teoría encaja menos con los hechos. No se entiende, por ejemplo, por qué para localizar una ciudad se
usa normalmente estar y no ser: Barcelona está en España. Es muy posible que la explicación tradicional
tenga algo de verdad. Sin embargo, veremos que puede matizarse bastante, a la luz de los dos grandes
ejes de los que nos hemos ocupado hasta aquí: la información y las actitudes del enunciador.
2. El segundo argumento en favor de la teoría tradicional —la proximidad de dicha teoría de la percepción
que tienen los hablantes del sistema— nos parece aún más débil. Es verdad que, al referirnos a los
manuales normativos, uno de los aspectos que hemos criticado era la distancia entre sus propuestas y las
percepciones que tienen los hablantes de la lengua. Pero debemos matizar este punto. Una descripción
de la lengua debe tener en cuenta la percepción que tienen los hablantes en lo que respecta al uso
(formas que existen, registro, etc.) de la lengua.
Sin embargo, cuando nos movemos no ya en el nivel de los usos sino en el del análisis de la lengua, las
cosas se complican considerablemente. Las percepciones de los hablantes en este ámbito no son tan
fiables, porque los hablantes, con frecuencia, no disponen de las herramientas necesarias para analizar la
lengua, no se han dedicado a observarla y, además, están muy condicionados por los prejuicios
imperantes.
La comprensión de la oposición ser / estar en español, con todos los matices que permite expresar, pasa
necesariamente por el análisis de lo que está en juego en cada caso, tanto en lo que se refiere a las
informaciones como a las actitudes del enunciador.
Con respecto a las informaciones, diremos que los usos de ser se sitúan siempre en el ámbito de las
informaciones de fase 1, donde se presentan elementos e informaciones. Por ello, todo lo que puede
interpretarse como definición de algo se expresa con ser:
• (81)
o a. Soy Agustín Pérez.
o b. Soy abogado.
o c. Un perro es un animal doméstico.
Así, cuando el atributo es un sintagma nominal se utiliza ser, pues se está clasificando al sujeto del que
se está hablando, como ocurre, por ejemplo, en (81c).
Estar presupone siempre algo, especialmente la existencia y el conocimiento del elemento del que se está
hablando.
• (82)
o a. Estoy de médico.
o b. Estás más gordo.
Esto explica que estar se utilice más raramente con determinantes de fase 1.
Para entender bien este punto, es esencial tener en cuenta que con el término conocimiento nos
referimos al conocimiento desde un punto de vista lingüístico, esto es, a datos de los que el enunciador
ha oído hablar, cosas que ha oído nombrar, que no son nuevas para él, y que ya están en su contexto.
Esto no tiene nada que ver con el hecho de que el enunciador tenga o no un conocimiento extralingüístico
de esas cosas (los referentes), es decir, que haya estado en contacto con ellas, las haya visto, etc.
Además, no debe perderse de vista todo lo que hemos dicho sobre la negociación de las informaciones.
No todo lo que ya ha sido mencionado una vez se tematiza automáticamente. Hay casos en los que se
utiliza estar con elementos acompañados de determinantes de fase 1 (porque todavía no están
tematizados) y ser con elementos que ya están tematizados. Por último, es de fundamental importancia
no caer en el error de interpretar esta concepción de la oposición ser / estar como si coincidiera en todos
sus aspectos con la dicotomía información nueva (rema) / información adquirida anteriormente (tema).
No se trata de un mecanismo de tematización / rematización, sino de un microsistema muy complejo, en
el que intervienen tanto los fenómenos relacionados con la información, como las actitudes del
enunciador, y cuya comprensión profunda, si se quiere rebasar el nivel de las observaciones más
superficiales, requiere un esfuerzo de abstracción y de atenta observación de numerosos aspectos.
Con ser, el enunciador presenta las cosas como si fueran objetivas, es decir, como
independientes de él. Con estar, se hace plenamente responsable de lo que dice; se
presenta a sí mismo, con su experiencia y sus conocimientos, como el origen o
respaldo de lo que dice. Por esta razón, las valoraciones subjetivas se presentan
con estar y no con ser. Por el mismo motivo, todas las veces que el enunciador
relativiza lo que dice con respecto al tiempo, al espacio o a sus conocimientos, si no
recurre a otras expresiones más explícitas (como, por ejemplo, en mi opinión o para
mí), utiliza estar.
Veamos estas ideas esenciales resumidas en una tabla:
Ser y estar
está hablando:
como el enunciador
se «borra», y no se
presenta como
origen de lo dicho,
se atribuye lo dicho
a la situación
externa (verdades
generales) o al
sujeto mismo
(inherente).
Estar • Presupone la • El enunciador • Sensación de
existencia y el presenta las cosas mayor
conocimiento del como suyas; se subjetividad.
elemento del que responsabiliza de• Se relativizan las
se está hablando. lo que dice, que cosas.
Lo dicho se inserta está respaldado • Al presentarse todo
en el contexto con por sus de manera relativa,
respecto a lo que apreciaciones, su con el enunciador
ya se sabe del experiencia, etc. como único punto
sujeto y no anula• El enunciador no de origen, se dice
los datos previos. se «borra» tras que no se trata de
• Nivel en el que se sus palabras. propiedades
habla de, se Reconoce inherentes del
comentan, plenamente su sujeto del que se
elementos propia está hablando.
conocidos. responsabilidad. • Sensación de
transitoriedad y
provisionalidad
porque lo
expresado
con estar no anula
los datos previos ni
siquiera cuando los
contradice.
Comentarios
1. La esencia de estos dos operadores es la compleja interacción entre estos parámetros.
En los casos en los que puede producirse un choque entre los dos ejes, parece
imponerse el del enunciador sobre el de las informaciones.
2. Para entender bien cómo funcionan estos dos verbos hay que analizar detenidamente
todos los datos del contexto.
3. No deben olvidarse las complejas negociaciones que se producen a veces en torno a
las informaciones.
4. No debe olvidarse que el enunciador puede «hacer trampa» y presentar como
objetivas valoraciones que no lo son (Es muy simpático), «borrándose» así tras sus
palabras en la elección de ser. En estos casos, la valoración subjetiva del enunciador
se percibe debido al tipo de apreciación que expresa y a las elecciones léxicas
(simpático).
5. Es interesante notar que las explicaciones tradicionales se sitúan en el nivel de los
efectos expresivos y son consecuencia de la conjugación del eje de las informaciones
con el del enunciador.
Analicemos ahora algunos ejemplos del uso de ser y estar.
1. En la localización espacial, normalmente se usa estar y no ser. Esto se debe:
a. Al hecho de que generalmente se localizan cosas conocidas —en el sentido lingüístico— (fase 2).
b. Al hecho de que con estar, el enunciador se «mete» en la lengua y se erige, en cierta medida, en punto
de referencia alrededor del que gira todo, de manera análoga a lo que hace con los deícticos. Al localizar
algo en el espacio, el enunciador está, en cierto sentido, colocando las cosas en su entorno.
o (83)
Barcelona está en España.
2. Es interesante notar que, cuando el enunciador presenta cosas nuevas y se sitúa en el nivel de las
definiciones —es decir, fuera del tiempo y del espacio en los que se produce la enunciación—, las
coordenadas espaciales, como las temporales, se expresan con ser:
o (84)
La conferencia es en el aula 3.
o (85)
A. ¿Dónde vives?
B. En Zagarolo.
A. ¿Y eso dónde es?
En el ejemplo (85), el enunciador no ha «reconocido» el nombre del lugar. Por este motivo, en lugar de
pedirle a su interlocutor que se lo coloque simplemente en el espacio, le pide una definición en términos
espaciales.
o (88)
Por fin he conocido a Andrea. Es muy simpática.
5. En este contexto también se están presentando o negociando informaciones que se pretende que sean
objetivas (aunque también son valoraciones encubiertas) y desvinculadas de nuestra experiencia
personal y del conocimiento previo que tenemos o teníamos del sujeto. Es interesante señalar que en
este mismo contexto el enunciado también podría ser:
o (89)
Por fin he conocido a Andrea. Me ha parecido muy simpática.
En los ejemplos (88) y (89), el enunciador presenta una información sobre el sujeto. Dicha información
es totalmente nueva, porque no se presenta vinculada a ningún conocimiento previo del sujeto. Con me
ha parecido, el enunciador reconoce que esa información nueva es una valoración suya. Con el verbo ser,
la presenta como un dato objetivo (aunque no lo es).
Es fundamental no olvidar que en los casos comentados en los apartados 4) y 5) que acabamos de ver el
enunciador expresa su punto de vista. Por otra parte, no podría ser de otra manera: siempre que abrimos
la boca para decir cualquier cosa, no podemos sino expresar nuestra interpretación y nuestra percepción
de las cosas. El hecho mismo de decir o no decir, así como la elección de lo que expresamos, constituyen
por sí mismos un filtro subjetivo.
La lengua nos proporciona operadores con los que podemos responsabilizarnos de lo que decimos y otros
con los que podemos «borrar» nuestra intervención. Ser pertenece a este segundo grupo.
• (90)
Está muy simpática. / Está insoportable.
A diferencia de lo que ocurre en los ejemplos (88) y (89), en (90) el enunciador se responsabiliza de lo
que dice, lo presenta como algo suyo, basado en su experiencia (lo que ya sabía y lo que acaba de
observar). Además, es una valoración vinculada al conocimiento previo que tenía del sujeto. Todo eso se
expresa con estar. En este caso, el uso del verbo parecer (me parece, me ha parecido) no es posible, a
pesar de que este verbo también presenta las cosas de manera más subjetiva (ya hemos visto que, con
su uso, el enunciador reconoce que lo que está diciendo le pertenece). La razón de esta imposibilidad
radica en que con parecer (me parece, me ha parecido) el enunciador presenta su valoración como algo
nuevo y sin ninguna relación con nada previo, mientras que con estar la presenta en relación con sus
conocimientos previos (lo que ya sabía), que no dejan de tener vigencia. Este hecho contribuye
considerablemente a transmitir esa sensación de mayor relativización que percibimos con estar.
En algunos enunciados, el uso de ser y estar genera diferentes interpretaciones como, por ejemplo:
• (91)
Es ciego, pero no está ciego14.
A veces, los manuales de gramática nos dicen, a propósito de enunciados como este, que, en realidad, el
adjetivo (en este caso, ciego) tiene dos sentidos distintos, por lo que se justifica el uso de dos verbos
distintos. A nosotros nos parece que el adjetivo siempre es el mismo, y que si cambia la interpretación
que damos de él, esto depende exclusivamente del uso de ser o de estar.
En el primer caso, se está describiendo un dato objetivo: el personaje es invidente. En el segundo caso,
el uso de estar implica necesariamente una valoración personal del hablante. Al usar estar el hablante
señala a su interlocutor que está responsabilizándose de lo que dice, que es algo que le pertenece. Como
inmediatamente antes había recordado como dato objetivo que el personaje no puede ver (es ciego), la
única interpretación que queda es que el segundo uso de ciego sea distinto, metafórico. Es interesante
subrayar nuevamente que no está ciego en este enunciado no anula el dato previo es ciego (= es
invidente). En otros contextos es perfectamente posible el uso de ciego con el verbo estar y en su sentido
primero:
• (92)
A. ¿Me pasas ese libro?
B. ¿Qué libro? No veo ningún libro.
A. Ese que tienes ahí delante.
B. ¿Dónde?
A. Ahí, ¿estás ciego, no lo ves?
En un contexto como este, el uso de estar expresa toda la subjetividad del enunciador (incredulidad,
sorpresa, enfado, etc.). El enunciado no es más que una reacción ante algo que acaba de suceder y no
una negociación de datos objetivos. En un uso como este, lo expresado con estar se interpreta en
relación con lo que ya se sabe del sujeto del que se está hablando: el enunciador que profiere ¿estás
ciego, no lo ves? utiliza el adjetivo ciego al referirse a alguien del que sabe que no es invidente y la
pregunta ¿estás ciego? no cancela este dato previo.
Continuemos analizando los diferentes sentidos de ser y estar. Veamos estos dos enunciados:
• (93)
En España la fruta es muy buena. / En España la fruta está buenísima.
Estos dos enunciados pueden ser proferidos por una persona que se encuentra en el extranjero desde
hace varios años y que no ha tenido ningún contacto reciente con España: esa era la situación del
enunciador al que oímos proferir el segundo de estos enunciados.
La explicación tradicional, según la cual estar se usaría para expresar propiedades momentáneas, se
revela aquí a todas luces inadecuada. La diferencia entre estos dos enunciados radica exclusivamente en
la actitud adoptada por el enunciador. Con el primero no se compromete, no se responsabiliza de lo que
está diciendo; con el segundo, presenta lo que dice como algo respaldado por su experiencia personal.
¿Muy buena o buenísima?
En el ejemplo (93) es interesante observar la posibilidad de alternancia entre muy
buena y buenísima. Esta segunda posibilidad se suele percibir como menos formal y
más cargada de subjetividad.
Tenemos la sensación, pero no lo hemos podido comprobar aún, de que en el primero
de estos enunciados, con ser, pueden aparecer ambas formas en cualquier situación
espacial o temporal, y que la alternancia solo conlleva un cambio de registro: En
España la fruta es buenísima sería decididamente más informal / familiar que la
variante del mismo enunciado mediante muy buena. Con estar, las cosas parecen ser
algo más complejas. En el contexto antes descrito —es decir, en el extranjero, con un
enunciador que no tiene ningún contacto con España desde hace años y que, por lo
tanto, está expresando una valoración muy personal basada en su experiencia— nos
parece más probable que se produzca el enunciado con buenísima —En España la
fruta está buenísima—; la variante con muy buena podría interpretarse como más
relacionada con el presente de la enunciación. Sin embargo, en una cena, comiendo
fruta, tanto la posibilidad está buenísimacomo está muy buena nos parecen igual de
probables —con el mismo cambio de registro al que hemos aludido—. Si esto fuera
así, la razón de la alternancia podría radicar en que en el contexto mencionado, al
tratarse de una valoración puramente subjetiva, el enunciado con estar sería más
probable en situaciones informales y cargadas de subjetividad, es decir, en
situaciones en las que cabe más la exageración y en las que el enunciador necesita
recurrir a todos los medios que pone a su disposición la lengua para garantizar lo que
está diciendo. En el caso de la cena, se trata de una valoración subjetiva, pero
apoyada en la experiencia vivida, por lo que, según el contexto, cabe la forma más
neutra y más formal muy buena o la forma más cargada de subjetividad buenísima.
Con el ejemplo de ser / estar hemos querido mostrar cómo pueden interactuar el eje de las
informaciones y el del enunciador. En realidad, si analizamos atentamente las cosas, veremos que esto es
lo que suele ocurrir con la mayor parte de los operadores y de los mecanismos gramaticales, si bien, para
el análisis, es útil estudiarlos por separado, para tomar así conciencia de lo que aporta cada uno.
A lo largo de estas páginas hemos ido viendo que existen en la lengua numerosos operadores
como ser y estar que no remiten directamente al mundo extralingüístico, sino que hablan de la postura
que adopta el enunciador al decir lo que dice. Hay, incluso, operadores cuya única función es bloquear la
referencia a lo extralingüístico, para señalar al interlocutor que lo que se dice pertenece solo al nivel de la
interacción. Uno de los ejemplos más notables, cuyo funcionamiento es más difícil de percibir, es la
construcción estar + gerundio.
La mayor parte de los manuales de gramática y de los estudios sobre el operador estar + gerundio
suelen explicar que esta construcción se utiliza para expresar lo que sucede justo en el momento del que
se está hablando o en el momento de la enunciación. Algunos añaden que sirve para presentar las
acciones en su desarrollo progresivo (y utilizan la expresión forma progresiva). Por último, hay autores
que ven en este operador una forma imperfectiva, es decir, que presentaría las acciones como
inacabadas y durante su desarrollo.
Sobre estas teorías, habría mucho que comentar. Nos limitaremos aquí a un punto.
• (94)
A. ¿Y tú qué estás haciendo?
B. Estoy trabajando.
[Fragmento de una conversación telefónica].
• (95)
Ya me estás recogiendo todo esto, ¡hala!
• (96)
¡Ya te estás marchando!
En (94), la persona que dice estoy trabajando no está trabajando, puesto que está hablando por teléfono.
En (95) y en (96), la razón por la que se utiliza estar + gerundio es precisamente que el otro no está
haciendo lo que se expresa. Por otra parte, al ver a una persona ponerse el abrigo y dirigirse a la puerta,
jamás proferiríamos un enunciado como (96), sino más bien:
• (97)
¿Ya te marchas?
2. Debemos fijarnos además en que cuando describimos exactamente lo que hacemos, no
usamos estar + gerundio, sino el presente simple. Así, por ejemplo, al enseñarle a alguien a preparar una
tortilla de patatas, diremos cosas como:
• (98)
Fíjate bien: cojo las patatas, las lavo, las pelo, las corto en rodajas finitas…
Análogamente, el prestidigitador que quiere llamar la atención de su público para que se fije en sus
actos, dirá cosas como:
• (99)
Cojo este papel. Lo doblo por la mitad. Ahora corto la esquinita de arriba…
Sin embargo, si durante la preparación de la tortilla nos distraemos y nos ponemos a charlar de otras
cosas, olvidándonos de describir lo que vamos haciendo, nuestro interlocutor podrá preguntarnos:
• (100)
[…]
B. ¿Y ahora qué estás haciendo?
A. Estoy cortando la cebolla. Perdona, es que se me había olvidado decirte que a veces se le pone un
poco de cebolla…
Si en una conferencia (a la que estamos asistiendo) nos levantamos, movemos la silla y nos volvemos a
sentar; luego, al cabo de un rato, volvemos a levantarnos y a mover la silla, y nos volvemos a sentar y la
persona que está con nosotros considera raro nuestro comportamiento nos preguntará:
• (101)
A. Pero, ¿qué haces?
(o más probablemente: Pero ¿qué estás haciendo?)
Y nuestra respuesta no será en ningún caso:
• (101)’
B. Estoy moviendo la silla (¿no lo ves?)
ni
• (101)’ ’
B. Muevo la silla (¿no lo ves?)
porque nuestro interlocutor no nos está pidiendo que le describamos lo que ya ve, sino que le
expliquemos nuestro comportamiento. Por este motivo, nuestra respuesta será más bien:
• (101)’ ’
B. Perdona, es que desde aquí no veo bien y estaba buscando una posición mejor.
Estos ejemplos nos demuestran que estar + gerundio se utiliza para parafrasear o explicar nuestro punto
de vista sobre las cosas y no para describir lo que hacemos, como bien puso de manifiesto en los años
setenta Henri Adamczewski para el equivalente inglés de esta forma, be + ing15.
En realidad, lo que menos interesa cuando se utiliza estar + gerundio es lo que sucede realmente al
margen de la lengua. Por este motivo, si de repente se cae una lámpara, un minuto después se oye un
ruido infernal en el pasillo, inmediatamente después se oyen unos gritos terribles, etc., es mucho más
probable que preguntemos Pero ¿qué está pasando? que Pero ¿qué pasa?porque no queremos que nos
describan lo que ha sucedido (eso ya lo hemos visto) sino una explicación. Hablando por teléfono, la
persona que pregunta ¿Qué estás haciendo? tampoco quiere que su interlocutor le conteste lo que ya
sabe (que está hablando por teléfono) sino que le dé su versión de la situación en la que se siente. Y el
que dice Estoy trabajando quiere decir que se siente en la situación de uno que trabaja, y no describir
objetivamente la realidad. De lo contrario tendría que describir todos sus actos concretos: me he tomado
un café, luego he leído el periódico, luego he ido al cuarto de baño, luego he hablado dos veces por
teléfono, etc.
Cuando se usa estar + gerundio lo que importa no son los datos de la realidad, porque con esta forma se
señala al interlocutor que no se quiere describir lo extralingüístico, sino situarse en el nivel de las cosas
que se dicen y de la interpretación que el hablante da de la realidad.
Todo esto nos explica por qué, cuando tenemos datos que no permiten deducir o suponer algo, usamos
esta forma. Así, por ejemplo, si nos dirigimos a alguien que huele a tabaco, decimos:
• (102)
Tú has estado fumando.
Para expresar contrariedad, para quejarnos por algo, también usamos a menudo esta forma:
• (103)
Ya estás molestando otra vez.
• (104)
Me parece que te estás pasando.
En un enunciado como este no hay nada objetivo. Lo que interesa es cómo se siente el enunciador. Esto
nos permite entender un enunciado como:
• (105)
Siempre está fumando.
Aquí tampoco estamos describiendo lo extralingüístico de manera objetiva, sino nuestra percepción de lo
extralingüístico. Un enunciado como (105), si remitiera a lo extralingüístico, siempre sería falso. No
pueden existir personas que siempre tengan un cigarrillo en la boca: todos tenemos que dormir,
lavarnos, etc. Cuando hablamos de lo extralingüístico con el presente simple con siempre, tendemos a
limitar nuestra afirmación:
• (106)
Siempre se fuma un cigarrillo después de comer.
Debemos preguntarnos, entonces, por qué, si vemos la nieve caer, exclamamos:
• (107)
¡Mira, está nevando!
y no
• ¡Mira, nieva!
La razón es exactamente la misma. Lo que importa no es describir lo extralingüístico, sino expresar cómo
nos sentimos nosotros. El enunciador que exclama esto está sorprendido, molesto o simplemente quiere
expresar su toma de conciencia. Se sitúa pues en un nivel en el que se expresa a sí mismo, el nivel de lo
que se dice, de la interacción y la relación con su interlocutor. En ese momento no le interesa hablar del
mundo extralingüístico en sí, sino tan solo referirse a él en la medida en que constituye la base de lo que
está comentando. En un contexto en el que se estuviera describiendo lo extralingüístico, no se
usaría está nevando sino nieva:
• (108)
A. ¿Y cómo es el tiempo en esta ciudad?
B. Pues mira… En invierno llueve mucho, hace frío, como lo has podido comprobar tú mismo… Mira,
nieva. En verano…
En este caso, se está hablando del tiempo, es decir, del mundo extralingüístico. Si el interlocutor
reaccionara sorprendido, usaría automáticamente estar + gerundio:
• (109)
¡Es verdad! ¡Está nevando!
La descripción objetiva de toda la sucesión de actos, minuto por minuto, podría resultar tremendamente
pesada y no tendría sentido. El hablante que pregunta ¿Y Pedro? no está interesado en saber
exactamente lo que está haciendo Pedro en ese instante, sino en una explicación de por qué no lo ve, por
qué no está ahí, si puede hablar con él o no, etc. Lo que quiere, en el fondo, es que su interlocutor sirva
de puente entre él y el mundo, le «parafrasee» o le «explique» el mundo. Por estas razones, se
utiliza estar + gerundio.
Al dar instrucciones, exactamente igual que cuando nos interesa describir nuestros actos extralingüísticos
en una demostración de cómo se hace una cosa, no usamos nunca estar + gerundio:
• (111)
Lo abres, metes el casete, le das al play, etc.
Lo mismo ocurre todas las veces que centramos nuestro interés en lo extralingüístico. Todo lo que hemos
visto se puede resumir de la siguiente manera:
1.5. Recapitulación
En este apartado, «Criterios básicos para un análisis más riguroso de la lengua», hemos estudiado
diferentes cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de analizar un operador o un mecanismo
lingüístico. Recojamos en una tabla las diferentes preguntas que debemos plantearnos cada vez que
queramos entender los matices que transmite una expresión:
¿En qué nivel ¿Qué tipo de Eje de las Eje del Grado de
nos situamos? información informaciones enunciador referencia al
se está mundo
dando? extralingüístico
Fase 1 Fase 2
En la tabla siguiente hemos recogido algunos mecanismos, pertenecientes a diferentes ámbitos de lo que
expresamos con la lengua, que pueden entenderse mejor con estos conceptos:
Así, por ejemplo, es perfectamente posible vivir en la sociedad española sin haber leído el Quijote,
el Lazarillo de Tormes o La Celestina, o sin saber mucho de historia de España. Naturalmente, el
conocimiento de estas cuestiones nos enriquece como personas y nos ayuda a entender mejor la
sociedad y su lengua. Hay numerosas expresiones, cuyo origen no se puede entender sin saber algo de
historia o de literatura: expresiones como viva la Pepa, ser un quijote, hacer una quijotada, etc. no se
comprenden bien si no se conoce al personaje de la novela de don Miguel de Cervantes o si no se sabe
que la palabra Pepa se refiere a la Constitución y tiene orígenes revolucionarios. Sin embargo, es
perfectamente posible conocer esas expresiones y saber usarlas sin entender su origen.
b. Por otra parte, la cultura para entender. Aquí nos referimos a aquellos aspectos de la cultura en general
que son más indispensables para entender los comportamientos de la gente: reglas y hábitos sociales,
horarios, etc. Es más difícil vivir en la sociedad española si no se sabe nada de sus horarios, de sus
diferentes costumbres, de las reglas sociales que la rigen, etc.
2. La cultura asociada con la lengua. En este nivel, nos referimos a comportamientos verbales
estrechamente asociados con lo que hacemos con el español, esto es, con el uso mismo de la lengua. Así,
por ejemplo, podemos saber muy bien cuál es la diferencia entre tú y usted. Esto no nos basta para
utilizarlos adecuadamente. Necesitamos saber también a qué personas nos podemos dirigir con el tú y a
qué personas con el usted, y en qué situaciones se usa cada tratamiento.
El ejemplo de la oposición que existe entre tú y usted nos sirve para poner de manifiesto la estrecha
relación que existe entre lengua y cultura. Muchas otras cuestiones —las formas de saludar y despedirse,
por ejemplo— funcionan de modo paralelo a estas dos maneras de dirigimos a nuestro interlocutor.
Usamos la forma Buenos días, por ejemplo, para dirigirnos a una persona a la que tratamos de usted y,
sin embargo, utilizamos Hola para dirigirnos a una persona a la que tuteamos. Entre las dos, disponemos
de una vía intermedia que consiste en asociar estas dos formas de saludo: hola, buenos días.
Estos ejemplos son muy fáciles de observar. Hay otros casos en los que los hábitos culturales no son tan
evidentes:
1. Cuando alguien nos hace un cumplido, lo normal en español es no aceptar el cumplido sino plantear
alguna duda, quitarle importancia —rebajarlo— o justificarse:
o (112)
A. ¡Qué camisa tan bonita llevas!
B. ¿Te gusta? Pues me la han regalado.
o (113)
A. Este corte de pelo te queda muy bien.
B. ¿Tú crees? Yo no estoy tan seguro.
En estas situaciones, la mayor parte de los hablantes siguen esta regla de comportamiento y cuando
alguien no la sigue, suele ser juzgado y considerado presumido, vanidoso, etc. Sin embargo, pocos
hablantes saben formular esta regla explícitamente, porque no nos damos cuenta del todo de cómo nos
comportamos en cada situación.
2. Cuando después de cenar en casa de unos amigos consideramos que ha llegado la hora de marcharnos,
no podemos dar las gracias y despedirnos simplemente, y si decidimos hacerlo así, en cuanto salgamos,
los demás se preguntarán por qué nos hemos ido tan de repente, si nos ha pasado algo, etc. Lo normal,
en estos casos, es empezar a anunciar la despedida con cierta antelación y seguir charlando durante un
rato:
o (114)
▪ a. Bueno, ya es muy tarde, me tengo que marchar, que mañana me tengo que levantar pronto.
[Seguimos charlando…]
▪ [Al cabo de un rato]
b. Venga, me voy, de verdad…
[Hacemos el gesto de levantarnos, nos sentamos en el borde del sofá y seguimos charlando]
[Al cabo de un rato volvemos a explicar que nos tenemos que marchar, nos levantamos y nos
despedimos. Al llegar a la puerta, nos ponemos a charlar de nuevo]
3. En estas situaciones, es interesante notar que si nuestra despedida parece demasiado brusca, uno de
nuestros interlocutores nos invitará a que nos quedemos un rato más.
4. Cuando nos hacen un regalo, solemos abrirlo inmediatamente (a no ser que la situación justifique que lo
aplacemos), con un comportamiento ritualizado y una serie de comentarios casi obligados. Después de
ver el regalo, tenemos que expresar nuestra satisfacción, y la persona que nos ha hecho el regalo por su
parte tiene que expresar cierta inseguridad: ¿De verdad te gusta? Si no te gusta, se puede cambiar.
La mayor parte de nuestros actos de habla están asociados con comportamientos
culturales. Un aspecto fundamental de la dimensión cultural asociada con la lengua
que no debemos olvidar es que los hablantes de una lengua no se suelen dar cuenta
de estas cuestiones, pero sí juzgan a todo el que no respete los hábitos culturales. Las
actitudes racistas con respecto a una determinada comunidad a menudo se basan en
incomprensiones culturales relacionadas con todo lo que estamos viendo aquí.
Una anécdota
En una época de su vida en que estaba muy deprimida, una amiga mía, cuando la
gente la llamaba por teléfono y la saludaba diciendo ¿Hola, qué tal?, contestaba casi
siempre con enunciados como Fatal o Mejor ni hablarlo.
Al cabo de un tiempo, un día me contó que notaba cierta incomodidad en sus
interlocutores. Yo aproveché la ocasión para explicarle que, cuando la gente le
decía Hola, ¿qué tal?, en realidad no le estaba preguntando si estaba bien o mal, sino
que la estaba saludando y que generalmente luego seguía otra pregunta del tipo ¿Qué
tal estás? o Cuéntame, ¿cómo estás? que sí servía para preguntar por su estado.
Además, le hice notar que, cuando nos preguntan cómo estamos, no podemos
contestar mal, sin añadir nada más. Ante estas explicaciones, mi amiga objetó que
ella no quería decir que estaba bien si en realidad se sentía mal y que estas
respuestas codificadas no le gustaban nada. Yo le expliqué que una persona sola no
tiene la libertad de cambiar la lengua y los hábitos culturales asociados con ella,
porque la lengua nos deja plenamente libres de decir lo que queramos, pero a
condición de respetar las reglas del juego y que, si quería, podía no seguir los hábitos
codificados, pero que la gente la juzgaría, tal como le estaba ocurriendo, porque
contestar Fatal, sin añadir nada más, a la pregunta ¿Qué tal estás? es como una
ducha de agua fría para el interlocutor, que se siente incómodo y no sabe cómo
seguir. Y agregué que, si queremos, podemos contestar que estamos mal pero
tenemos que dar una pequeña explicación, que puede incluso ser una
seudoexplicación con la que no decimos casi nada, como, por ejemplo, Tengo muchos
problemas o No me siento bien.
Al cabo de un par de meses, mi amiga me contó, muy contenta, que había seguido mi
consejo y que las cosas le iban mejor. Y me confesó que algunas personas le habían
comentado que algo había cambiado en su manera de hablar por teléfono, porque
antes ponía a la gente muy incómoda y ahora ya no era así.
La anécdota que acabamos de ver demuestra que no solo están codificados los comportamientos
asociados con cada acto de habla, sino también las maneras de decir cada cosa.
No solo las expresiones escogidas para realizar cada acto de habla, sino incluso la concatenación de las
palabras y de los diferentes actos de habla está codificada. Así, por ejemplo, al rechazar una propuesta o
una invitación, solemos aducir una justificación. Con frecuencia, incluso, no se rechaza explícitamente,
sino que se expresa directamente la justificación:
• (115)
A. ¿Te apetece venir a cenar a casa esta noche?
B. Es que tenía que trabajar.
• (116)
A. ¿Quieres un café?
B. Es que me sienta mal.
Análogamente, cuando pedimos un objeto prestado, explicamos la razón de la petición o añadimos un
momento:
• (117)
¿Me dejas un bolígrafo un momento?
• (118)
¿Puedes prestarme tu coche? Es que tengo que ir a recoger a los niños a la escuela y el mío no arranca.
Todos estos ejemplos se refieren a la interacción oral. Incluso en la lengua escrita, hay maneras
codificadas de hacer las cosas. Cada tipo de documento, en cada tipo de registro y especialidad, tiene
una organización codificada.
Así por ejemplo, al empezar las cartas solemos usar formas características, incluso en las cartas
informales dirigidas a personas con las que mantenemos una relación de mucha confianza. Imaginemos
una breve nota como la siguiente:
• (119)
Querido Juan:
Me gustaría que vinieras a cenar a mi casa el domingo.
Espero que aceptes la invitación.
Un abrazo.
Si la recibiéramos por correo, nos parecería un mensaje demasiado directo, casi chocante. Si la
encontráramos encima de nuestro escritorio en nuestro despacho, podría ser más aceptable; sin
embargo, aun en ese contexto, nos parecería extraño: la fórmula inicial (Querido Juan:), que le da una
apariencia de carta, contrasta con el texto mismo del mensaje, que es demasiado directo. A diferencia de
lo que ocurre en otras lenguas, en español, en la correspondencia no se suele abordar de manera tan
directa el asunto del que se quiere tratar y aun cuando se quiere ser directo, hay fórmulas para introducir
el tema, que generalmente están relacionadas con el tipo de carta que se está escribiendo. En una carta
a un amigo, por ejemplo, se puede empezar con una referencia a algo anterior, con fórmulas como: He
estado reflexionando sobre lo que me decías el otro día…; Lo que me dices en tu carta me parece…; No
puedo estar de acuerdo contigo en lo que me dices…; Tu carta me parece…; Gracias por tu carta…
En ausencia de ese tipo de referencia, suele aparecer, como mínimo, una fórmula del tipo: ¿Qué tal
estás?; Espero que estés bien o Aquí todo sigue…
Naturalmente, estas posibilidades (que son tan solo algunos ejemplos) están lejos de ser iguales entre sí;
cada una de ellas confiere a nuestro escrito un tono más o menos directo, más o menos amistoso, etc.
En la correspondencia más formal, la referencia a lo anterior puede expresarse con fórmulas como: En
relación con su escrito…; En respuesta a su carta… o De acuerdo con lo que hablamos…
En ausencia de tales referencias, las cartas pueden empezar, por ejemplo, con una presentación (Me
llamo…; soy…; etc.) —que puede referirse a la persona que escribe o a la institución que representa— o
con fórmulas como: Me permito escribirle para… o Adjunto le remito…
Observar la lengua es también, por tanto, analizar la organización característica de
cada tipo de discurso, la concatenación de los diferentes actos de habla, así como los
elementos lingüísticos utilizados.
Conocer una lengua no es solo conocer las formas más utilizadas en cada contexto,
sino también saber organizar el discurso tal como se organiza normalmente en esa
lengua. A veces uno se encuentra con extranjeros que hablan perfectamente español,
escogen las palabras adecuadas para cada cosa y sin embargo hay algo en su discurso
que nos impide entenderlo del todo. A menudo el problema radica en la organización
del discurso.
Hemos visto que, cuando hablamos, expresamos mucho más de lo que parecen decir nuestras palabras.
Veamos ahora por qué y cómo funciona la comunicación lingüística.
Ejemplo
Imaginemos la siguiente situación: entro en mi casa con un amigo. Nos quitamos la chaqueta y pasamos
al cuarto de estar. Le ofrezco algo de beber. Tengo que ir a la cocina a buscar los vasos y las bebidas.
Mientras pongo un poco de música, antes de ir a la cocina, mi amigo se pone a mirar unas fotos que hay
encima de un mueble y se fija en una foto de una chica. En el momento en que yo salgo de la habitación
para dirigirme a la cocina, me pregunta: ¿Esta es tu mujer? Y yo, ya en el pasillo, le contesto: No.
Es probable que en este caso mi amigo entienda que no le he dicho nada más porque voy por el pasillo y
él puede no oírme. Sin embargo, si el mismo intercambio se produce cuando yo ya he vuelto con las
bebidas y me estoy sentando en el sofá, es muy probable que mi amigo entienda que es mejor no hablar
de esa foto o que yo no quiero hablar de ella, y que cambie de tema. ¿Por qué el mismo intercambio y,
sobre todo, la misma respuesta puede interpretarse de dos maneras tan distintas? ¿Qué es lo que lleva al
otro a interpretar en nuestras palabras tantas cosas que no han sido dichas explícitamente?
La respuesta a estas preguntas radica en el principio fundamental que rige la conversación descrito por
H. P. Grice a principios de los años setenta: se supone que, siempre que abrimos la boca para decir algo,
colaboramos con nuestro interlocutor en el sentido de que intentamos entender adónde quiere ir con lo
que dice y le seguimos en el intento de construir un pequeño mundo juntos.
En este ejemplo concreto, la persona que pregunta ¿Esta es tu mujer? mirando una foto no quiere saber
simplemente si la persona de la foto es o no la mujer de su interlocutor, sino quién es esa persona. La
respuesta esperada es, pues, algo así como: No, es mi novia o No, es mi hermana. Cuando el interlocutor
no da ninguna de las respuestas esperadas, se supone que está intentando comunicar algo más (como
por ejemplo: Prefiero no hablar de esa foto), porque el presupuesto básico de todo enunciado es que
estemos colaborando o que queramos colaborar con nuestro interlocutor. Pero antes de ver por qué se
llega a esta deducción, veamos en qué se basa el principio de cooperación.
La lengua nos proporciona numerosos medios para matizar lo que decimos en relación con el principio de
cooperación y sus cuatro corolarios: así, por ejemplo, cuando cambiamos de tema, solemos señalárselo a
nuestro interlocutor con expresiones como con respecto a, en lo que respecta a, hablando de, en relación
con, cambiando de tema, volviendo a lo que decíamos hace un momento, a propósito de, etc. La función
de estas expresiones es ayudar a nuestro interlocutor en la descodificación de los mensajes para que no
se quede sorprendido ante un discurso aparentemente sin relación con el anterior.
Análogamente, cuando no vamos a respetar la máxima de cantidad por exceso, solemos indicarlo con
expresiones como para contestar a tu pregunta tengo que contarte… o perdona, pero antes tengo que
explicarte… o si tienes un momento de paciencia, te voy a contestar con una anécdota que… o a
propósito de esto, tengo que contarte… o para ilustrar este punto… La función de estas expresiones es
parecida a la de las anteriores: preparar al destinatario para un exceso de información que podría
interpretar como no relacionada con el tema del que se está hablando.
Al revés, cuando lo que vamos a decir podría parecer no respetar la máxima de cantidad por defecto,
usamos expresiones como: para contestar con una fórmula…, para decirlo en dos palabras…, para no
explayarme diré que…, contestaré de manera enigmática diciendo que…, etc. Con frecuencia, sin
embargo, se utilizan estas expresiones más como captatio benevolentiae que como formas para anunciar
intenciones reales.
Cuando tenemos dudas sobre la información que presentamos, también lo señalamos con fórmulas
como creo que…; me parece que…; no estoy seguro, pero yo diría que…; etc. Las mentiras aprovechan
precisamente la máxima de sinceridad (también llamada de calidad). Como se supone que lo que
expresamos es lo que pensamos realmente, nuestro interlocutor no tiene manera de detectarlas, a no ser
que nos contradigamos o que descubra, generalmente a posteriori, que hemos dicho falsedades. En el
caso de las mentiras, no se puede hablar de una violación de esta máxima, puesto que juegan con la
buena fe del destinatario, que siempre supone que estamos respetando las máximas.
La ironía, que consiste en decir cosas falsas para que el destinatario las detecte como tales, o decir las
cosas de una manera diferente a la esperada (por ejemplo, exagerando), también aprovecha esta
máxima. No puede haber ironía si el destinatario no dispone de elementos para darse cuenta de que lo
que estamos diciendo no corresponde a la realidad o a lo que pensamos. Y en el momento mismo en que
el destinatario se da cuenta de que lo que decimos no es lo que pensamos o no responde a la realidad,
precisamente porque supone que somos sinceros, entiende que estamos intentando decir algo distinto.
Es decir, que interpreta la ironía.
Cuando se puede plantear algún problema relacionado con la máxima de modo (decir las cosas
respetando el código utilizado y de la manera más adecuada para el contexto), también lo solemos
señalar mediante expresiones como para usar una expresión vulgar…, para decirlo como lo diría…, etc.
Decíamos antes que las máximas son, en cierto sentido, inquebrantables. Siempre se supone que las
estamos respetando. Cuando decimos algo que parece no estar en consonancia con lo que se espera
nuestro interlocutor a la luz del principio de cooperación y de sus máximas, creyendo que, a pesar de las
apariencias, estamos respetando dicho principio y las máximas, el interlocutor busca una interpretación
compatible con sus expectativas y con las máximas. Esto le lleva a interpretar un sentido añadido y no
expresado explícitamente por nuestras palabras.
En (122), es probable que la persona que ha hecho la propuesta entienda que su interlocutor quiere estar
con Manuel, si bien esto no ha sido dicho explícitamente. En este caso, la implicatura depende de la
máxima de relación. Como siempre se supone que el interlocutor esté colaborando y diciendo cosas
pertinentes, se llega a la conclusión de que con esa respuesta el interlocutor está hablando de lo mismo
que se le ha preguntado, por lo que se busca una relación entre las dos cosas.
Las posibilidades que nos ofrece el mecanismo de la implicatura son enormes. Un recurso como la ironía,
por ejemplo, no podría existir sin las implicaturas, puesto que la descodificación de la ironía pasa siempre
por la percepción de una implicatura.
o (124)
A. ¿Tienes hora?
B. Yo sí, ¿y tú?
El que contesta Yo sí, ¿y tú? está descodificando la pregunta en su sentido literal, ignorando así la
implicatura que convencionalmente genera esta pregunta.
2. Entre las implicaturas no convencionales, hay algunas que juegan con las reglas de la conversación
(principio de cooperación y sus corolarios) y están estrechamente relacionadas con los datos del
contexto. Se suele denominar implicatura conversacional a toda implicatura que tenga estas
características.
3. Otras, en cambio, se basan en las presuposiciones culturales, morales, etc.
La correcta aplicación de las reglas de la conversación presupone siempre el conocimiento del
funcionamiento del código lingüístico utilizado en todas sus dimensiones: morfología, sintaxis, fonética,
eje de las informaciones, eje del enunciador, modos habituales de decir las cosas, cuestiones
relacionadas con la dimensión cultural de la lengua, etc. Todos estos aspectos permiten la descodificación
de implicaturas.
Tres ejemplos
• (125)
A. ¿No te importa que fume?
B. No, no me importa que fumes.
• (126)
A. Me he caído por la escalera.
B. Ah.
• (127)
¿Te importaría no dejar tus calcetines tirados en cualquier sitio?
[Madre que se dirige a su hijo]
En (125), por el contexto, se entiende que el interlocutor que contesta a la pregunta está molesto por
alguna razón o se está burlando de su interlocutor, porque la respuesta es insólita.
En (126), es probable que el enunciador que cuenta Me he caído por la escaleraperciba algo extraño: que
su interlocutor está enfadado o molesto, que está muy concentrado en lo que está haciendo o,
simplemente, que no tiene ganas de hablar con él. Esto se debe a que la respuesta Ah en un contexto
como este es, a todas luces, insuficiente. Normalmente, cuando alguien nos da una buena o mala noticia,
reaccionamos compartiendo esa noticia, expresando sorpresa, alegría, lástima,
preocupación, etc. Ah parece una respuesta indiferente. En este sentido, no debemos olvidar que en
muchos contextos no decir nada o decir demasiado poco equivale a decir mucho más que si se expresa
una respuesta más o menos codificada.
En (127), si tanto la madre como el hijo saben que te importaría + infinitivo es una manera de pedir
cosas a los demás a la que recurrimos para ser muy amables —cuando hay poca confianza— o cuando
creemos que lo que vamos a pedir podría molestar al otro, el hijo entenderá que no es una forma
adecuada para que su madre le llame la atención porque deja su calcetines tirados en cualquier sitio y
descodificará una implicatura: ironía, alusión al hecho de que se porta como si fuera el rey de la
casa, etc.
En una lengua todo se halla en oposición con todo. Cada operador adquiere parte de su valor del
contraste con los demás operadores que podrían aparecer en su lugar. Este principio fundamental,
descrito a comienzos de este siglo por el gran lingüista ginebrino Ferdinand de Saussure —al que muchos
consideran el padre de la lingüística moderna—, está muy bien descrito en los apuntes de sus cursos,
publicados después de su muerte por dos de sus discípulos, los también lingüistas Charles Bally y Albert
Sechehaye.
La descodificación de las implicaturas está basada, en gran medida, en este principio y no debemos
olvidarlo en el análisis de la lengua.
Muchos de los efectos expresivos que los manuales de gramática tradicional adscriben a los diferentes
elementos lingüísticos estudiados no son, en realidad, más que implicaturas contextuales frecuentemente
asociadas con los usos de cada elemento.
En el análisis gramatical debemos distinguir lo que es la esencia de cada fenómeno, de las implicaturas
que puede generar. El establecer los límites entre gramática y pragmática pasa por este punto
fundamental.
Así, en el ejemplo que acabamos de ver, el hecho de que la forma te importaría+ infinitivo pueda generar
implicaturas como las que acabamos de describir no debe inducirnos a pensar que esta forma es
característica de la ironía21, por ejemplo.
Análogamente, un operador como pues no expresa ni la causa, ni la oposición ni la continuidad, a pesar
de lo que afirman algunos manuales de gramática. Estos efectos expresivos no son más que implicaturas
contextuales. Lo único que hace el operador pues es subrayar la relación entre lo que se va a decir y lo
que se ha expresado anteriormente: «Se ha dicho X (lo has dicho tú o yo). Ahora (yo) digo Y en relación
con lo que ya se había dicho». Si Y y X no tienen nada que ver el uno con el otro o parecen
contraponerse, se subraya así la oposición. Si Y puede explicar X, será la causa, etc.
Algo análogo ocurre con el tiempo gramatical futuro: suele considerarse un tiempo gramatical
relacionado con el futuro y se tachan de impropios algunos de sus usos debido a que en algunos
contextos, y solo con algunos verbos, su uso nos hace pensar en el futuro. ¡Se confunde así una de las
implicaturas que puede generar el uso de este tiempo, que sirve para presentar informaciones virtuales,
con su esencia!
Todo lo que hemos visto hasta aquí tiene consecuencias fundamentales para el análisis de cómo se
realiza cada acto de habla. Este es otro ámbito en el que con demasiada frecuencia y con demasiada
superficialidad se confunden los efectos expresivos y las implicaturas, consecuencia de la esencia del
sistema.
Lo primero que debemos observar en el análisis gramatical es que la lengua no siempre remite
directamente a lo extralingüístico. En este sentido hemos propuesto distinguir dos niveles en el análisis:
1. Un primer nivel, de los contenidos de los mensajes, que remite a algo al margen de la lengua.
2. Un segundo nivel en el que la lengua habla de sí misma y de los procesos de construcción de los
mensajes.
Al primero lo hemos llamado dimensión referencial de la lengua, o nivel de los contenidos
proposicionales; al segundo, dimensión metalingüística, o nivel de los contenidos procedimentales. El
análisis gramatical se sitúa, sobre todo, en el segundo nivel, es decir, en la dimensión metalingüística de
la lengua.
Posteriormente hemos analizado dos tipos de informaciones metalingüísticas presentes en todos los
mensajes: las que se refieren a las informaciones y el estatuto que el enunciador decide conferirles, y las
que se refieren a las actitudes del enunciador con respecto a lo que dice. La observación atenta de las
operaciones que realiza el enunciador en relación con estos dos ejes permite entender los matices
expresados por numerosos operadores gramaticales. De esta forma, el objeto de la gramática deja de ser
la enumeración de los efectos expresivos y pasa a ser la descripción de las características esenciales de
cada operador o mecanismo, con la ventaja añadida de que la gramática se hace autoexplicativa.
Al final del módulo hemos presentado una de las reglas fundamentales de la conversación, por las que se
rige el paso de la abstracción que es la lengua a los usos concretos en contextos de comunicación: el
principio de cooperación descrito por H.P. Grice y su corolarios: las máximas de relación, cantidad,
calidad y modo.
Con estos criterios, estamos en condiciones de entender mucho mejor el funcionamiento de la lengua y
de distinguir los usos específicos e individuales de la esencia de cada operador.
Glosario
Contenidos procedimentales:
La parte del contenido de los enunciados que no sirve para hablar de algo distinto de la lengua
sino de la misma lengua, del estatuto que se quiere atribuir a cada elemento, etc. En cierto
sentido, puede decirse que es el nivel en el que se dan instrucciones al interlocutor para que
pueda descodificar correctamente el enunciado.
Contenidos proposicionales:
El sentido de los enunciados más allá de la lengua. Lo que se está diciendo en relación con el
objeto del que se está hablando o el acto que se está realizando. Es el nivel en el que la lengua
remite a algo distinto de sí misma. Conviene señalar que el objeto del que se está hablando
puede ser la lengua misma. En esos casos, el contenido proposicional del enunciado puede ser
una valoración sobre la lengua misma. En el enunciado Ni siquiera es un operador
metalingüístico, el contenido proposicional tiene que ver con la lengua. El contenido
procedimental de este enunciado incluye datos como «esto que estoy diciendo es una
información», «esta información la estoy presentando como un dato objetivo», etc.
Implicatura:
Sentido añadido que se interpreta y que no forma parte del sentido literal de las palabras
utilizadas. Las implicaturas están basadas en el aprovechamiento del principio de cooperación y
de sus cuatro máximas. Se han establecido diferentes clasificaciones de las implicaturas:
convencionales y no convencionales, conversacionales y no conversacionales, etc. Como señala
María Victoria Escandell en su obra Introducción a la pragmática, las que presentan mayor interés
para la pragmática son la implicaturas conversacionales (las que se basan en el contexto
específico en el que se desarrolla la conversación y aprovechan las reglas del principio de
cooperación).
Máximas:
«Reglas» que hacen referencia a los parámetros con los que funciona el principio de cooperación.
Las cuatro máximas descritas por Grice son las de cantidad, calidad o sinceridad, relación y
modo.
Según la máxima de cantidad, se supone que, siempre que hablamos, damos la cantidad de
información necesaria para que nuestro interlocutor pueda entender lo que le queremos decir, ni
más ni menos.
Según la máxima de calidad, se supone que, al hablar, somos sinceros y decimos lo que creemos.
A veces, para referirse a esta máxima se utiliza también la expresión máxima de sinceridad.
Según la máxima de relación, se supone que lo que decimos está relacionado con el tema de la
conversación.
Según la máxima de modo, se supone que, en la formulación de nuestros mensajes, escogemos
la forma más adecuada y clara para que nuestro interlocutor entienda lo que queremos decir.
Metalingüístico:
Nivel en el que la lengua habla de sí misma y de las operaciones de codificación del mensaje, en
el momento mismo de ser utilizada llamado también nivel de los contenidos procedimentales.
Operadores como ni siquiera o también sirven para hablar de lo que se está diciendo. Por este
motivo diremos que son operadores metalingüísticos. También llamado, a veces, nivel de la
opacidad porque es el nivel en el que la lengua no se hace transparente, para dar prioridad a otra
cosa.
Pragmática:
Estudio de los usos concretos de lenguaje como herramienta de comunicación. La pragmática se
ocupa sobre todo de los mecanismos que hacen posible que nuestras palabras expresen más de
su sentido literal.
Principio de cooperación:
Principio básico que rige los intercambios, según el cual se supone que los interlocutores
colaboran para hacer progresar la comunicación en una misma línea, manteniendo en sus
intervenciones y en sus interpretaciones de los mensajes la misma dirección que les parece
seguir su interlocutor. Dicho principio, descrito en los años setenta por Grice, funciona en la
práctica de acuerdo con cuatro máximas: cantidad, calidad, relación y modo.
Procedimentales:
Véase contenidos.
Proposicionales:
Véase contenidos.
Referencial:
Nivel en el que lo que decimos remite a algo distinto de la lengua misma. También llamado, a
veces, nivel de la transparencia porque, en cierto sentido, la lengua se difumina, se hace
transparente frente al sentido de lo que se expresa en relación con el mundo extralingüístico.
Remático:
Dícese de los elementos nuevos que todavía no están asumidos en el contexto.
Rematizar:
Volver a presentar como nuevo un elemento de información que ya estaba integrado en el
contexto (y, a veces, tematizado). Esta operación se realiza para relanzar elementos, volver a
llamar la atención sobre ellos, etc.
Temático:
Dícese de los elementos, ya integrados en el contexto, de los que se parte para presentar
informaciones nuevas.
Tematizar:
Marcar que un elemento ya ha aparecido en el contexto. Existen diferentes mecanismos de
tematización. Entre los más comunes, la supresión de elementos y la pronominalización.