Andrés Martínez Fernández-Salguero
Manuel de Falla
(Cádiz, 1876 - Alta Gracia, Argentina, 1946)
Fue uno de los primeros compositores de la tradición de la música nacionalista
española que, cultivando un estilo tan inequívocamente español como alejado del
tópico, supo darse a conocer con éxito en toda Europa y América, y con ello superó el
aislamiento y la supeditación a otras tradiciones a que la música hispana parecía
condenada desde el siglo XVIII.
Nunca fue un compositor prolífico, pero sus creaciones, todas ellas de un asombroso
grado de perfección, ocupan prácticamente un lugar de privilegio en el repertorio.
Recibió sus primeras lecciones musicales de su madre, una excelente pianista que, al
advertir las innegables dotes de su hijo, no dudó en confiarlo a mejores profesores. Tras
trabajar la armonía, el contrapunto y la composición en su ciudad natal con Alejandro
Odero y Enrique Broca, ingresó en el Conservatorio de Madrid, donde tuvo como
maestros a José Tragó y Felip Pedrell.
La influencia de este último sería decisiva en la conformación de su estética: fue él
quien le abrió las puertas al conocimiento de la música autóctona española, que tanta
importancia había de tener en la producción madura falliana. Tras algunas zarzuelas,
hoy perdidas u olvidadas, los años de estudio en la capital española culminaron con la
composición de la ópera La vida breve, que se hizo acreedora del primer premio de un
concurso convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Desde 1907 se afincó en París, donde entró en relación con Claude Debussy, Maurice
Ravel, Paul Dukas e Isaac Albéniz, cuya impronta es perceptible en sus composiciones
de ese período, especialmente en Noches en los jardines de España.
La madurez creativa de Falla empieza con su regreso a España, en el año 1914. Es el
momento en que compone sus obras más célebres: El amor brujo y el ballet El sombrero
de tres picos, las Siete canciones populares españolas para voz y piano y la Fantasía
bética para piano.
El estilo de Manuel de Falla fue evolucionando a través de estas composiciones desde
el nacionalismo folclorista que revelan estas primeras partituras, inspiradas en temas,
melodías, ritmos y giros andaluces o castellanos, hasta un nacionalismo que buscaba su
inspiración en la tradición musical del Siglo de Oro español y al que responden la ópera
para marionetas El retablo de maese Pedro, una de sus obras maestras, y el Concierto
para clave y cinco instrumentos. Mientras que en sus obras anteriores Falla hacía gala
de una extensa paleta sonora, heredada directamente de la escuela francesa, en estas
últimas composiciones su estilo fue haciéndose más austero y conciso, y de manera
especial en el Concierto.
Los últimos veinte años de su vida, el maestro los pasó trabajando en la que
consideraba había de ser la obra de su vida: la cantata escénica La Atlántida, sobre un
poema del poeta en lengua catalana Jacint Verdaguer, que le había obsesionado desde
su infancia y en el cual veía reflejadas todas sus preocupaciones filosóficas, religiosas y
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humanísticas. Conocida de momento sólo por unos cuantos amigos íntimos, esta
cantata escénica de vastas dimensiones para solistas, coro y orquesta era considerada
por el autor como su testamento artístico y espiritual, y como un homenaje extremo a
los valores de la fe cristiana y de la civilización mediterránea, objeto de su veneración
constante.
El estallido de la guerra civil española lo obligó a buscar refugio en Argentina, donde
le sorprendería la muerte sin que hubiera podido culminar la obra. La tarea de finalizarla
según los esbozos dejados por el maestro correspondió a su discípulo Ernesto Halffter.
Fantasía bética para piano
La Fantasía bética fue compuesta en 1919 por encargo del virtuoso pianista
polaco Arthur Rubinstein. Obra con aires muy andaluces, derivados directamente del
cante jondo, fue paradójicamente rechazada durante bastante tiempo por el público y
repudiada por los intérpretes españoles. Rubinstein la estrenó en Nueva York en 1920.
Su calificativo de Bætica le viene dado porque Cádiz, la ciudad natal de Falla,
pertenecía a la provincia romana llamada Bætica. La escritura musical de esta obra
revela ya la de otras obras posteriores como el El sombrero de tres picos o El retablo de
Maese Pedro.
La Fantasía Bética se presenta como una “estilización” a la vez de los datos folklóricos
y de los modos de la música española tradicional. Utiliza los ritmos del flamenco y
explota los temas del cante jondo, pero Falla los somete a una técnica instrumental
ampliamente inspirada en la técnica de la guitarra, como ocurre con los
arpegios “rasgueados” y las notas infinitamente repetidas del juego “punteado”.
Forma es tripartita, con un corto Intermedio, y con una pequeña Coda con acordes
alternados de las dos manos.
A nivel de importancia dentro de la literatura pianística española esta obra para piano
ha estado considerada bajo la sombra de la Suite Iberia de Isaac Albéniz, que quasi
unánimemente es la obra más importante para piano solo que haya sido escrita por un
compositor español, tanto a nivel de técnica como de musicalidad.
Cuatro Piezas Españolas
El cuaderno de las Cuatro Piezas Españolas constituye, junto con su Fantasía Baética,
una de las obras cumbre del pianismo del compositor gaditano, compartiendo ese
puesto en el cénit de las colecciones pianísticas trascendentes con la Iberia albeniciana
o las Goyescas de Granados.
Estas páginas fueron gestadas entre 1902 y 1908, viajando en la mente del
compositor de España a Francia y siendo estrenadas por el insigne Ricardo Viñes. En este
cuaderno se decide Falla a aunar un lenguaje armónico avanzado, de claro cariz
impresionista basado asimismo en la neomodalidad, una de las formas de expandir la
tonalidad que se practicaron a la sazón, con una escritura de precisión cuasirraveliana
no exenta de inspiración popular.
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No se tratará de un mero despliegue de pirotecnia virtuosística sin un fin estructural,
pues, con su carácter austero, Falla dota a la obra de una economía de expresión
verdaderamente inigualable, estando al servicio de la evocación de diferentes zonas
geográficas. Falla comentó a colación de estas obras: "mi idea principal al componerlas
ha sido la de expresar musicalmente el alma y el ambiente de cada una de las regiones
indicadas en sus títulos respectivos".
La Aragonesa, en do Mayor, con una estructura tripartita (exposición de danza y
copla, desarrollo y reexposición de ambos motivos superpuestos) enmarcada por su
brillante introducción y su original coda, se inspira en las sonoridades de la jota. Es
pródiga en modulaciones y pasos súbitos a otros tonos a modo de rápidos cambios de
colorido, como el inicial que va de la tónica a la mediante Mayor, muy usado por Falla
en danzas similares de su ballet El Sombrero de Tres Picos.
La Cubana, en la Mayor, es una bella página que tiene como referente los sones
procedentes de hispanoamérica que se fundieron con los andaluces en las denominadas
"formas (o palos) de ida y vuelta". Así, una de ellas, la guajira, con su alternancia rítmica
de seis por ocho y tres por cuatro (o hemiolia) viene a ser sublimada en esta pieza que
finaliza con un efecto de alejamiento gradual o perdendosi, muy utilizado por Manuel
de Falla.
La Montañesa, en re Mayor, es más reposada. Además de su tempo, subraya este
carácter la relación armónica que establece con la pieza anterior. Basada en dos
melodías folklóricas santanderinas, "San Martín del Rey Aurelio" y "Sal a bailar", intenta
evocar paisajes norteños donde tendrán gran protagonismo los tañidos de campanas
perdidos en la niebla en repeticiones de breves módulos, recurso hondamente
impresionista.
El broche de este cuaderno está a cargo de la Andaluza, en modo frigio, pieza de gran
intensidad dramática basada en el fandango y el polo. Falla se inspirará para su
recreación de su tierra natal en el cante jondo y muy especialmente en la guitarra,
instrumento que produce en manos de los artistas flamencos -según sus propias
palabras- acordes "bárbaros", considerados por algunos, y por él una "revelación
maravillosa de posibilidades sonoras jamás sospechadas". Falla dejó constancia de que
pensaba que la guitarra era el instrumento a su juicio más completo a excepción de los
de teclado.
Una gran conciencia idiomática o tímbrica, acciacaturas, melodías "melismáticas",
podríamos decir, y desgarradoras en un ámbito reducido, una inmensa riqueza rítmica,
notas pedales (al igual que los bordones de las guitarras en el flamenco, muchas veces
invariables), una zona de gran tensión musical que estalla en un clímax que no podría
contenerse por más tiempo... son elementos que hacen de esta pieza una obra maestra
de su género, obra que contribuirá a elevar el rango dentro del contexto de la historia
de la música occidental a nuestra nación, que empezaría entonces a "tomar peso
musical".
Noches en los jardines de España
Es una obra concertante para piano y orquesta. A pesar del innegable aroma español
que presenta, está latente cierto impresionismo en la instrumentación. Falla describió
las Noches en los jardines de España como "impresiones sinfónicas". La obra huye tanto
de la forma del concierto como de la sinfonía; en ella el papel del piano, verdadero
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protagonista, tiene gran relieve, pero en ningún momento la orquesta (rica y expresiva)
se limita a una función de mero acompañamiento, sino que asume auténtica
importancia. La parte del piano es elaborada, brillante y elocuente, pero raramente
dominante. La partitura orquestal es exuberante. Consta de tres movimientos que
describen tres jardines ("En el Generalife", "Danza lejana" y "En los jardines de la Sierra
de Córdoba"), y sobresale por su capacidad para describir las esencias del paisaje
andaluz a través de una música de un exquisito refinamiento.
• En el Generalife (Palacio de la Alhambra)
• Danza lejana (este segundo jardín no es identificable)
• En los jardines de la Sierra de Córdoba. El habitante más renombrado de
las Sierras de Córdoba fue el filósofo sufí Ibn Masarra, sobre quien existe un libro
importante, que es fácil que Falla conociera, pues apareció dos años antes de
las Noches. La danzas que describe son presuntamente danzas Sufíes.
Falla comenzó esta pieza como un conjunto de nocturnos para piano solo en 1909,
pero el pianista Ricardo Viñes le sugirió que transformara los nocturnos en una obra
para piano y orquesta. Falla la terminó en 1915, dedicándosela a Ricardo Viñes. Al
estreno asistió el pianista Arthur Rubinstein quien luego confesó haberse enamorado de
la pieza, la que prontamente incorporó a su repertorio, seducido por este nostálgico
tríptico para piano y orquesta, considerado uno de los trabajos del autor más cercanos
al Impresionismo, a la vez que uno de los más brillantes.