Cuentan que el 1 de mayo de 1539,
cuando murió la emperatriz Isabel,
con apenas treinta y seis años, no
había forma de separar de su
cuerpo a su viudo Carlos V, y que
este cayó en tal depresión que tuvo
que retirarse al monasterio jerónimo
de La Sisla. El emperador nunca
volvió a casarse, ni superó su
muerte. Pero Isabel no fue solo su
amada esposa y madre del futuro
rey Felipe II, fue también la
gobernadora de España en las
largas ausencias de su marido por
los reinos de Europa. Gracias a su
saber hacer y a su buen tino con las
cortes de Castilla y Aragón, la
dinastía de los Austrias se consolidó
y España se convirtió en un estado
moderno. Alfredo Alvar nos
descubre (desde el silencio de los
documentos originales de archivo,
los más inéditos) la vida y las claves
de gobierno de esta mujer
fascinante, la que más poder ha
tenido en España, la única
emperatriz.
Alfredo Alvar Ezquerra
La emperatriz
ePub r1.0
nalasss 24.07.13
Título original: La emperatriz
Alfredo Alvar Ezquerra, 2012
Editor digital: nalasss
ePub base r1.0
Este libro, que es sobre una esposa
y su amor,
se lo dedico a Diana.
PRÓLOGO
ME han pedido, lector, que a mi manera
te cuente quién fue esta famosa Isabel de
Portugal, de Avis, la emperatriz que
retrató Tiziano.
En verdad que no sé muy bien cómo
hacerlo. Ser historiador forja una
manera de ver la vida que es fabulosa. A
los historiadores, que no somos todos
los que escribimos sobre la historia, nos
ha de mover ante todo la descripción de
la verdad de los hechos. Por todos lados
nos asaltan dudas, incertidumbres e
inseguridades, porque —al menos los
que nos dedicamos a los Siglos de Oro
— nos podemos acercar solo por medio
de vestigios silenciosos, más o menos
vívidos, es verdad, espectaculares y
sobrecogedores, si queremos, pero
inánimes y siempre mudos. Es muy
difícil, encorajina incluso, que no haya
manera de sacarle ni un mal «sí» o un
«no» —¡o un dubitativo «tal vez»!— a
ninguno de los papeles que por miles
manejamos en el archivo. Por miles y en
el archivo. No al azar y por Internet, que
es lo que nos van a imponer según no sé
qué moda terrible.
Así que, aunque llevo varios días
ordenando ideas y preparando el plan de
investigación, al igual que trazando las
primeras frases, me he puesto hoy, una
soleada tarde de febrero de 2011, a ver
cómo te podía contar quién fue esta
mujer, empezando a escribir esta
introducción. Me rodean en mi humilde
cuartucho de la calle Cervantes algunas
estalactitas y estalagmitas de libros y
otros cachivaches de mi oficio que
hacen que a veces llegar a este viejo
butacón raído sea una aventura de saltos.
El carrito de la cocina —la «camarera»
que dice el léxico de lo cursi— sirve de
portátil estantería de lo urgente. En otra
parte de Madrid están presentando el
VIII Programa Marco de la Unión
Europea para el European Research
Council y en varias bibliotecas y
archivos de los alrededores de casa, de
este azotado Barrio de las Letras, seguro
que habrá colegas hallando entre algún
papel la respuesta a no sé cuántas
preguntas de sí mismos proyectadas en
el pasado, como si estuvieran haciendo
ciencia.
A lo largo del tiempo que he estado
escribiendo directamente sobre Isabel
he ido obteniendo certezas de esta
mujer. La primera, que era persona de
sólidos principios, adquiridos durante
su infancia en la corte de Portugal,
robustecidos a lo largo de su vida acaso
por las indicaciones del confesor real,
asentados sobre los sapientísimos
consejos que le diera Carlos V (Carlos
V daba consejos muy sabios; y hasta los
dejó por escrito a su hijo) y
consolidados al ver que lo que iba
contra sus principios alteraba el buen
orden de las cosas. Por ejemplo, los
herejes o los turcos eran en esencia una
plaga.
Esa era la estructura de su
personalidad. En la vida hay que
cumplir con las funciones asignadas a
cada cual. Ella debía ser buena reina,
mejor esposa y madre de cuantos hijos
les mandara Dios, porque en función de
ello iba la estabilidad de los reinos de
Carlos V. Ni más ni menos.
Así que ella, como sabía para qué
estaba aquí, iba haciendo sus deberes.
Día a día. Sin embargo, paulatinamente
fueron ocurriendo cosas que la
distrajeron de ese camino.
Efectivamente, si en un principio asumió
con resignación las ausencias del
marido (del que todo apunta que estaba
dependientemente enamorada desde el
primer momento), a lo largo del tiempo
esas ausencias se fueron convirtiendo no
ya en una carga, sino en su cruz
particular. Unos meses, cuatro años, año
y medio…, no parece que todo eso
pueda ser soportado con entereza.
Así es como en ella se adivina una
caída hacia la melancolía, cuando
apenas ha superado los treinta años de
su edad. Sus allegados la adivinan triste,
llorosa, cansina. Porque se avecina otra
separación del esposo. Y es que los
sentimientos también juegan en la vida
política. La emperatriz se entristece
porque el emperador se marcha, de
nuevo, hacia África, Italia o a donde
sea.
La experiencia de la ausencia no le
había gustado. Pero, además, es que en
las ausencias ella daba a luz. Y sus
hijos, recién paridos, se morían o, si no
eran fuertes, morían a las semanas, ante
ella sola, sin el necesario consuelo del
esposo-emperador.
Así fue consumiéndose su luz, su
alegría.
Hasta que llegó el terrible mes de
abril de 1539 en que alumbró un niño
muerto y el 1 de mayo entregó su alma.
Moría cumpliendo con su deber. Y
aquella muerte fue terrible. Fue terrible
objetivamente, pero también por la
escenificación que se hizo. Su último
hálito de vida lo expulsó estando
abrazada a ella aquel Carlos invictísimo
que sujetaba su cuerpo acaso esperando
que no saliera el alma de allí. De hecho,
imploraba que así fuera. Pero su
cadáver era ya inánime. Y tal era el
abrazo, que lo hubieron de sacar de la
estancia con fuerza porque se había
agarrotado a Isabel. Cayó en una
profunda depresión. Se retiró a la Sisla,
un monasterio jerónimo en Toledo, a
penar. Poco después encabezó la
campaña contra Argel que tanto le pidió
su esposa y que no pudo realizar en vida
de ella y que —¿casualmente?— ejecutó
dos años después de su muerte, como si
del cumplimiento de un voto se tratara.
En vida, a Isabel le tocó lidiar con
graves problemas políticos. Uno era
estructural: ella, mujer, debía gobernar
España (¡sí, España, Castilla, Aragón y
Navarra!) mientras el esposo anduviera
por aquellas tierras de Dios. Ella era
gobernadora. No era solo la esposa del
rey. El análisis de los poderes dados por
Carlos a Isabel, el crescendo de las
responsabilidades que le encarga, habla
de muchas cosas: de la audacia de
Carlos, que con su madre enajenada,
loquísima, en Tordesillas, es capaz de
dar el poder en España a una mujer.
También de que aunque al principio le
deje por supervisores a sus cardenales
Fonseca y Tavera, poco a poco, la muy
sabia de ella les va ganando las
voluntades, y de la supervisión se pasa a
la cooperación y, en último término, a la
supeditación.
De todo esto nos quedan centenares
de testimonios. Son las cartas de Isabel
a Carlos V, de Carlos a Isabel. Por vez
primera se ven y entrecruzan
sistemáticamente el epistolario de ella y
el Corpus documental de Carlos V (CD
de CV), así como otras misivas de
embajadores imperiales, españoles,
polacos y otros. Centrándonos en las
cartas de la emperatriz, son documentos
no solo personales, sino una mezcolanza
de textos políticos —portadores de las
opiniones del Consejo Real—, cuanto
expresión de deseos de la reina-esposa,
así como también el proceso de la
configuración de su mentalidad política,
porque, a fin de cuentas, todas esas
cartas-informes van firmadas por ella y
las leería o se las explicarían antes de
rubricárselas y mandárselas al césar.
Y aquí aparece otra característica de
Isabel: su inteligencia. Su inteligencia
para aprender y aprehender. Además, su
capacidad de seducción, de convicción,
que ejercía sobre los hombres del poder
que había a su alrededor. Y sobre los
mentecatos que se creían que, como era
mujer y el rey estaba fuera, podían
hacerle desplantes. Al cabo del tiempo,
¡cómo se comieron sus sapos!
Así que Isabel, como supo cuáles
eran sus papeles en la vida y los iba
alcanzando, vivía con bien, con
tranquilidad interior. Ella, sin dejar de
ser ella, fue la idea que ella tenía de ser
ella. Rehusó, por lo tanto, del caos que
nace en todos los que no entienden su
sentido en la vida.
Por ello me gusta esta persona. Es
enriquecedora, no como las (personas)
hijas del caos que enloquecen a sí y a
cuantos hay a su alrededor.
Fue serena, tranquila, estable, es
decir, que esencialmente no tuvo ni
muchas personalidades, ni muy
contradictorias entre ellas. Aunque los
rastros dejados sean siempre
insuficientes, los cientos de cartas que
signó, las miles de cédulas reales
expresando por qué gratificaba a unos y
a otros, sus testamentos, los testimonios
que quedan de ella… nos hablan de que
esa mujer, emperatriz, pero persona
también, se realizó en sus medios
sociales de adscripción y referencia,
como ella quiso ser y estar. No
confundió lo público con lo privado, ni
lo privado con lo público, esa gran
tragedia social que ha generado tanta
tristeza, frustración y rabia. Tralla y
confusión, digo.
Sin embargo, el traspiés en su
entereza se coronó con la muerte: nunca
sabremos si diez, quince o veinte años
después de su primera melancolía la
superaría o se iría a convivir con su
suegra.
El libro está dividido en siete
apartados, cada uno iniciado con un
párrafo de creación, usado para
introducirme en el fundamento de cada
capítulo. A excepción del último, los
demás están ordenados
cronológicamente, desde el nacimiento a
la llegada a Sevilla, desde las bodas
reales al alumbramiento del príncipe
Felipe, el gran periodo político de 1529
a 1533, la fase de la madurez y al
tiempo de la melancolía, la muerte y, por
fin, una serie de pinceladas que nos
sirven para entenderla aún más.
Antes de esta se han escrito otras
biografías sobre Isabel. Durante la
redacción de mi monografía he hallado a
tantas personas interesadas y entusiastas,
que no podía imaginar el impacto
colectivo que ha tenido el retrato de
Tiziano, o la anécdota de la conversión
de Borja. Dejando al margen que Isabel
no posa para Tiziano, o que ni Borja
reconoce en sus escritos que se
convirtiera aquel día en la cripta de
Granada, dejados al margen sendos
detalles, digo, Isabel es mucho más, e
incluso fue un personaje real, no mítico.
Pocas cosas se habían escrito sobre
Isabel a lo largo de la historia. Las
referencias con las que podía contar un
historiador estaban en las crónicas del
reinado de Carlos V y, por ende,
siempre supeditadas a los actos del
esposo. A principios del siglo pasado
(del XX, ¡y lo que cuesta tener que
aclararlo!), fue un sacerdote, Vales
Failde, el primero en escribir sobre ella
sola y desde papeles de archivo. Pero su
finalidad era la de hacer de Isabel el
modelo de amantísima mujer necesaria
allá por los años treinta.
Historiográficamente su texto no tiene
desperdicio. A veces hay que leerlo con
un pañuelo en las manos.
Luego, Carmen Mazarío Coleto
descubrió y editó en una memorable
obra las cartas de Isabel a Carlos. Para
ella se trataba, fundamentalmente, de una
correspondencia personal. Pienso que la
carga institucional debe significarse
más. En cualquier caso, su trabajo en
Portugal, Simancas y otros archivos es
encomiable. Curiosamente, lo que para
ella (o para la historiografía de su
momento) no son más que documentos
que reflejan situaciones anecdóticas, son
para nosotros, hoy en día, registros de
otra parte de la vida social, ya sí,
susceptible de ser historiada. Otro de
los valores de la obra de Mazarío está
en que la escribió alrededor de 1950
ella, una mujer. Piensa, lector, lo que
eso supondría para los historiadores
españoles del momento.
Así que Jover Zamora reutilizó el
epistolario citado poniendo de
manifiesto cómo si la emperatriz
escribía desde Arévalo, el emperador
recibía esas cartas en Augsburgo o
Maguncia. Puso de manifiesto, por lo
tanto, el castellanocentrismo de las
cartas. Pero eran tiempos en que había
que reivindicar que Europa no era el
demonio y que los españoles habían
trabajado en su construcción. Terrible
tener que decirlo, ¿verdad? Algo tan
obvio. Y, claro que las cartas eran
castellanocéntricas: eran, parcialmente,
la voz del Consejo Real de Castilla.
Pero me parece muy injusto querer ver
solo Castilla en esa correspondencia.
Hubo tiempos de Fernández Álvarez
y del Corpus documental de Carlos V,
de estudios institucionales, de
monografías sobre bodas imperiales, de
las conmemoraciones del año 2000, y la
figura de la gobernación de Isabel no fue
muy analizada. En fin, hace casi una
década sentí la atracción por todo ello y
escribí algún artículo, presenté alguna
ponencia tras estudiar más de mil
cédulas reales firmadas por ella misma,
redacté una vida de Carlos V.
No hace mucho, Antonio Villacorta
publicó una monumental biografía de
Isabel. Él no es historiador y los
archivos no parecen su fuerte. A veces
falta más Isabel y sobra Carlos.
En cierto modo, el origen de este
libro está en dar salida a una
mezcolanza de ideas y lecturas de
epistolarios, de memorias, de crónicas,
de relaciones y de diarios de reyes,
embajadores y aristócratas sobre los
tiempos de Carlos V y que gracias a la
concesión de un proyecto de
investigación del Plan Nacional de
I+D+i financiado por el Ministerio de
Ciencia e Innovación del Reino de
España (ref.: HAR2011 - 30251), «La
escritura del recuerdo en primera
persona: diarios, memorias y
correspondencias de reyes, embajadores
y cronistas (ss. XVI-XVII)», y al interés
de La Esfera de los Libros, sacamos a la
luz conformando esta biografía de
Isabel. Además, para hacer esta «mi»
Isabel he manejado documentación de
Simancas, Archivo Histórico Nacional,
Santa Fe de Granada, Córdoba, Málaga,
Segovia, Medina del Campo, Torre do
Tombo (Lisboa) y Haus Hoff und
Staatsarchiv de Viena (aunque las
fotocopias nunca llegan) y algunas fichas
que tenía por ahí. En su lugar reconozco
la ayuda recibida por los archiveros.
Ejemplar y bienhumorada. He estado en
algunos archivos en persona. En otros
también, pero cerraban por h o por b y,
en fin, en unos terceros me han dicho
que tras el incendio de tal año no
quedaba documentación o que estaba en
Internet. Esto último, como la manía de
no dejar consultar a los científicos los
originales, es una práctica aborrecible
(entiendo que se haga con legajos
deteriorados, o a los eruditos de una
curiosidad o de un club de amigos), pero
tan extendida ya como inútil esta
denuncia que hago, con la que solo me
granjearé enemigos. Lo siento, pero no
soporto que me saquen microfilms (de
cuando Kodak era una monopolística
multinacional) o que me remitan a las
copias que hay, por ejemplo, en PARES.
A petición de la editorial, no hay
notas al pie de página. Pero hay
referencias inexcusables: o van entre
paréntesis, o se recogen al final, por
bloques. Aún no es llegado el día de
poder redactar un libro de investigación
histórica sin notas.
Al margen de todo, he visto que
entre las primeras fichas sacadas para
preparar este libro apunté que empecé a
escribirlo el 9 de enero de 2011, el
mismo día en que mi hijo Jorge y su
esposa Marta se incorporaban
definitivamente a su destino en Ghana.
Era la víspera en que mi hija, Silvia, su
hermana, se volvía a completar el año
de beca Erasmus a Viena. ¡Menos mal
que me abrigaba con Diana, mi esposa!
Y ya cierro este prólogo, ya cierro
mi curiosidad por comprender cómo y
quién fue aquella mujer. La he
construido a mi manera. Ha habido
cosas que no he entendido de ella
(¡tantas veces me quedo sin entender a
los vivos que me rodean!). Pero, a
rasgos generales, creo haberla
aprehendido en su totalidad. Entonces,
lamento mucho más que el emperador,
sus hijos y aquella España la perdieran
tan pronto. Si tú, amable lector,
estuvieres de acuerdo conmigo, me
sentiría satisfecho de habértela
«reconstruido» casi medio milenio
después de su muerte. Si no te atrae lo
que he escrito, lo lamento por el tiempo
perdido. En cualquier caso, gracias por
haber mantenido ese diálogo conmigo,
en la sombra, en la lejanía, desde el
principio al fin.
Vale.
Desde Ortigosa de Pestaño y la calle
Cervantes
I
DE SU
NACIMIENTO A LAS
ENTRADAS EN
SEVILLA
(DEL 25 DE OCTUBRE DE 1503 A MARZO
DE 1526)
Con los mofletes colorados por el
calor que hace en la sala que tiene la
chimenea encendida porque fuera
hace frío, una niña, en las puertas de
la adolescencia, mira impresionada el
ir y venir de las mayores, las más
doncellas, que en molesta algarabía se
preparan para un viaje a un país
cercano, Castilla, sin saber por cuánto
tiempo y para acompañarla a ella, a
Isabel, a la más grande de cuantas
han visto nunca sus tiernos y
marrones ojos. Le han dicho que va a
España a casarse con Carlos, que
llegó de Flandes y que es el
emperador. La niña no entiende nada
del mundo de los adultos, pero es tan
extraño cuanto ocurre, que debe ser
muy importante lo que va a pasar.
Entonces, se acerca a Isabel, y como
tantas veces, la busca con los ojos
para que le diga algo desde su
impresionante alteza. Pero hoy Isabel
no está para detenerse en nada. Está
muy nerviosa. Mañana se casa por
poderes y después se irá para no
volver. El futuro es una enorme
incógnita que su suegra no supo
despejar, y enloqueció por ello. ¿No le
pasará lo mismo a su hijo?
En los años veinte del siglo XVI habían
pasado o estaban pasando cosas
increíbles en España y en Europa.
Rebeliones o levantamientos en Sicilia,
Castilla y Valencia; un agustino
heterodoxo que rompía la unidad de la
Iglesia, una tradición papal que… ¡ay,
qué tradición!; un proceso general de
tensiones entre monarquías y noblezas
que se fueron resolviendo de diferente
manera por toda la cristiandad, y en
España a favor de la Corona; un
emperador que era un jovenzuelo, que
tuvo que expulsar a su hermano nacido
tres años después que él, en Alcalá de
Henares, de los reinos de España para
evitar males mayores aunque luego lo
compensara magnánimamente. Esa, y mil
cosas más, era su Europa, que, al otro
lado de la mar océana demostraba que el
mundo era redondo, que en las Indias
recién descubiertas había un mundo
nuevo de verdad.
Y mientras todo esto ocurría, ese
muchacho empujado a ser emperador
estaba sin casar, sin herederos legítimos.
Sin embargo, pronto iba a poner orden
en casa y, escuchadas sus obligaciones y
los deseos de sus súbditos, procedió.
¡Qué Europa tan grande!
DE CÓMO NACIÓ ISABEL
En su día me garantizaron que este mapa
de España que tengo ante mis ojos se
imprimió a principios del siglo XVII en
Amberes, apud Plantinum. Aún se
conserva ese gran museo con archivo y
todo en el que podemos escudriñar en
qué consintió el negocio editor en
aquellos lejanos años. El Museo
Plantino, uno de los lugares de esta
Europa nuestra —¡ay, Andrés Laguna!—
más sorprendentes y maravillosos que
he conocido. Me gusta plantarme ante el
mapa de España y contemplar dónde se
han tomado las grandes decisiones
políticas que han marcado la historia.
Hay zonas y momentos de concentración
de grandes sucesos; hay espacios que
entran en la historia en ciertas fechas. Y
si no es verdad, da igual. Me gusta
fijarme en Sevilla y Granada. Luego, en
la Meseta norte, sobre todo. Es lo que
toca ahora. Otras veces hay que mirar
más hacia Levante. También hacia
Tazones.
Allí está representada Sevilla. En
Sevilla, a espaldas de la catedral, se
levanta el palacio del Rey Católico, que
solía llamarse los alcázares. Va a haber
fiestas. Pero como todo en esta vida,
parece que para que haya felicidad ha de
haber habido pena. En este caso más
aún, luto y muertes. Demasiadas
muertes. Mucho hielo, frío, soledad.
Soledad.
En efecto. Tanta soledad y
desolación acabaron con la reina. Isabel
I había alumbrado cinco veces, y la
verdad es que concluyó sus días, qué
duda cabe, como una reina vencedora,
pero madre derrotada.
Claro que, al otro lado de la raya de
Portugal, la Parca no daba abasto.
En Castilla habían casado a Isabel
(la primogénita de Isabel y Fernando)
con Alfonso, heredero de Juan II de
Portugal. Él murió demasiado pronto.
Casi, casi, demasiadísimamente
podríamos decir. Y la pobre princesa
quedó viuda. Tal vez, decían, que
incluso «entera». Además, murió Juan II
sin descendencia. Isabel, al enviudar,
había vuelto a la casa paterna y no
quería saber nada de nuevas nupcias a
sus veinte años. Por fin, sus padres la
convencieron para que se casase. Y así
son las cosas: por segunda vez se fue a
Portugal, ya que contrajo matrimonio
con el nuevo rey Manuel el Afortunado.
Este era el primo carnal de Juan II (el
que había muerto sin descendencia
directa).
Manuel heredó a Juan II. Mientras,
en Salamanca, el príncipe heredero de
Castilla y Aragón, Juan, agonizaba sin
que su madre Isabel lo supiera. La joven
princesa Margarita abortó por tanta
calamidad. Es una historia terrorífica.
Isabel, la hija mayor de Isabel y
Fernando, esposa del rey de Portugal,
hubo de cruzar la frontera de nuevo para
que las Cortes de Castilla, Aragón y
Valencia los jurasen como príncipes
herederos.
Sin embargo, nuevamente la muerte.
Durante las Cortes de Aragón en
Zaragoza, ella expiró. Fue por
sobreparto. La criatura fue bautizada con
el nombre de Miguel. El rey de Portugal
quedó viudo. A la reina Isabel se le
rompió el corazón. Se hizo cargo del
niño. Pero la muerte visitó una vez más
los salones reales y sin piedad les
arrebató a aquel crío Miguel, heredero
de todo, en 1500. Si hubiera
sobrevivido, ¿cuál habría sido nuestra
historia?
Manuel, el viudo de Isabel y de
Portugal, oyó a los embajadores. Se le
ofrecía la mano de María, la tercera hija
de Isabel y Fernando. Aceptó la boda.
Así que Manuel se ha casado con
María. La boda ha tenido lugar en
Granada por poderes (24 de agosto de
1500) y facie ecclesiae en Alcácer do
Sal (30 de octubre de 1500). Ya no era
un enlace de tanto calado político como
los anteriores, porque Juana, que era
mayor que María, se había casado en
1496 con un abyecto Felipe —¡el
Hermoso hay que llamarle!— y ella era
la heredera de Castilla y Aragón
(siempre y cuando ninguno de los dos
reyes, en caso de viudedad, contrajera
otro matrimonio y procreara, como
ocurrió con Fernando y Germana de
Foix).
Del matrimonio entre Manuel y
María nacerán diez criaturas. Una de
ellas, Juan III, ceñirá la corona de
Portugal; otra, Isabel, será emperatriz;
Beatriz será duquesa de Saboya (y su
nieto le discutirá el trono de Portugal a
Felipe II tras la muerte de su tío
Enrique, otro de los hijos de Manuel y
María), y así sucesivamente. Pero antes
de que nos perdamos, quedémonos con
la imagen del matrimonio: Manuel de
Portugal con María, hija de los Reyes
Católicos.
Cuenta el cronista Andrés Bernáldez
que con las tres muertes de Juan, Isabel
y Miguel entró en tal melancolía y
depresión la reina Isabel, que se le
acortaron la salud y la vida. A esas
muertes las llamaban «los cuchillos de
la reina».
El 25 de octubre de 1503 nació en
Lisboa una criatura, a la que pusieron
por nombre Isabel. Muchas veces a lo
largo de su vida le recordarían que su
abuela fue Isabel I de Castilla. Las
componendas diplomáticas, la buena
fortuna y su aplomo la llevarían a cotas
inmensas de poder. Vengo a demostrarlo
en las páginas que siguen. Fue algo más
que una elegancia sentada.
NEGOCIACIONES
MATRIMONIALES
He leído en más de una ocasión un
subtítulo que resulta gracioso cuando se
habla de matrimonios reales: «Las
novias de…».
Al avezado lector no es necesario
explicarle que el concepto del noviazgo
es algo ulterior a los tiempos aquellos
del XVI. Surge, probablemente, desde el
punto y hora en que las gentes disfrutan
de oficios y rentas más o menos
estables, que pueden sobrevivir con lo
que tienen y que tienen tiempo libre para
disfrutarlos como mejor puedan, en
mayo así o en diciembre de la otra
manera.
Que ha habido emparejamientos,
atracción, es tan consubstancial al ser
humano como a cualquier animal, que
para algo somos homo sapiens y por
mayo era por mayo cuando los
enamorados van a servir al amor, como
se lamentaba el prisionero del romance.
Ahora bien, tal vez la idea de «amor»
fuera diferente en el vulnerable mundo
de las incertidumbres que en el
triunfalista de finales del XIX.
Para entenderles, deberíamos
utilizar otros principios menos
bucólicos, más cercanos no sé si a
Apuleyo que a tanta cosa cursi. El caso
es que las hijas de reyes estaban aquí
para casarse y procrear. Al procrear,
sancionar alianzas y corroborar paces.
Los príncipes, ya convertidos en reyes,
estaban para hacer lo que había que
hacer y prolongar el linaje. Y que
opinaran lo menos posible.
Así que, como la familia era una
estructura funcional, cada cual tenía
asignado un papel y unas obligaciones
para con Dios, con la comunidad y
consigo mismo. No eran aún tiempos del
predominio de los sentimientos. El amor
de hijos a padres era más bien una
relación de obediencia. El amor entre
cónyuges lo era de sumisión y respeto.
Y lo mismo que el matrimonio se
gestionaba así, igualmente se
gestionaban los estados de un señor,
bien fuera rey o noble: como si de una
empresa familiar se tratara. Había que
incrementarlos, consolidarlos, vencer a
los enemigos.
Para ello se tenían diplomacias,
legados, ejércitos… y matrimonios.
Así que, ni novias de Carlos V, ni
grandes alharacas de amor… de
momento.
En los primeros años del siglo XVI,
en la parte más occidental de Europa, de
la cristiandad, había varias monarquías
que pugnaban por sobrevivir frente a los
otros, o por imponerse si se daban las
circunstancias propicias para ello.
Había poderes políticos muy bien
consolidados, o menos fuertes. La
monarquía de España era fuerte y
vulnerable al mismo tiempo. El
matrimonio de Isabel y Fernando obró
en la dirección de la fortaleza. La
muerte de Isabel, el segundo matrimonio
de Fernando (con Germana de Foix) y el
nacimiento de aquel Juan de Valladolid
(el de Fernando y Germana de Foix)
estuvieron a punto de dar al traste con
esa situación porque se habrían
separado Castilla y Aragón de haber
sobrevivido la criatura. Pero, a la vez,
Navarra, Nápoles y unas tierras
incógnitas aún al otro lado de la mar, así
como plazas fuertes al norte de África,
daban forma, de nuevo, a esa fortaleza.
Todo eso y una brillante acción
diplomática y matrimonial (claro está)
urdida por Fernando e Isabel, que
casaron a sus hijos con los
descendientes, ni más ni menos, que del
emperador. La monarquía de España
tenía fortalezas, sí, inmensas y
robustísimas. Pero era muy vulnerable.
Con Fernando sin descendencia de su
segundo matrimonio, o muerto, la
princesa heredera, Juana, estaba loca.
Absolutamente loca. O, si se prefiere,
era esquizofrénica, ciclotímica,
paranoica y tenía episodios autistas. Ni
que decir tiene que para opinar sobre
Juana la Loca es bueno leerse antes la
desesperante correspondencia que
escribieron las sufrientes manos de su
cuidador, el marqués de Denia, conde de
Lerma. Su cuidador y no su carcelero.
Ahora bien, junto a ello, una vez más
la fortaleza: su gran potencial político,
su gran tela de araña de espacios
conquistados, o con los que se habían
firmado muy serias alianzas.
Estas habían sido en papel y en el
lecho conyugal. Por ejemplo, con el
imperio con las dobles bodas de 1496
de tan infaustos resultados; con
Inglaterra, con la pobre Catalina y sus
bodas insulares. Mas adviértase que
esos matrimonios tenían un objetivo
singular: cercar a Francia desde los
Países Bajos a las fronteras imperiales
terrestres o por las salidas al mar del
Norte.
Por otro lado, las bodas con
Portugal robustecían la fachada atlántica
de todo ese entramado estratégico.
En el juego político todo da vueltas,
como la rueda de la fortuna. Y el amigo
pasa a enemigo y el enemigo a amigo. Es
un gran baile de máscaras.
Del nacimiento en Gante el día de
San Matías de 1500 de un Carlos, hijo
de Felipe y Juana, o de cómo acaba
siendo, por los caprichos de la vida y de
la muerte, rey de España, no voy a tratar
ahora. Tampoco de su viaje a
Centroeuropa, abandonando
apresuradamente la Península y al borde
del colapso.
Alrededor de 1520 han ocurrido
importantes y graves acontecimientos en
el imperio y en los territorios bajo su
cetro: elección de Carlos para que
ocupe el trono imperial, Edicto de
Worms, guerra de las Comunidades,
levantamiento en Sicilia y
esperanzadoras noticias de lo que puede
haber en Indias.
A finales de la primavera de 1522,
Carlos abandona el imperio y pone
rumbo a España. Mas por el camino
rubrica con Enrique VIII el Tratado de
Windsor, por el cual se aprieta un poco
más el cerco contra Francia y el refuerzo
de la presencia en Flandes. En una de
las cláusulas —que recoge la
capitulación de Brujas de 1521—
quedaba abierta la posibilidad del
matrimonio entre Carlos V y la infanta
María (1516 - 1558), su prima, hija de
su tía Catalina y el propio rey Enrique.
María tenía seis años. Carlos veintidós.
María se casará con Felipe en 1554. No
obstante, justo después de la firma del
Tratado de Windsor se empezó a educar
a María a la usanza española. Es Juan
Luis Vives el que se encarga de ello.
Margarita de Saboya, gobernadora de
Flandes, supervisa esa formación. Viste,
habla, disfruta a la española. Va todo tan
en serio…
De todas formas, nada más llegar a
España Carlos V, Manuel el Afortunado
mandó sus embajadas a entrevistarse
con él y proponerle el matrimonio con la
infanta Isabel. Al principio, la corte de
Castilla está dubitativa porque existe el
compromiso con Inglaterra. Pero
mantener ese compromiso tenía un
elevadísimo coste: el tiempo y que no
hubiera heredero.
Manuel quiere, contra viento y
marea, casar a Isabel con Carlos. Contra
viento y marea, sí, porque en Portugal
los hay que no son muy proclives a una
alianza con España. Como vemos, los
problemas diplomáticos afectan a todos.
Entonces, Manuel se siente mal y
redacta testamento: «Rogo —escribe—
e encomendo ao dito príncipe meu
filho, que tome grande e especial
lembrança e cuidado de se acabar o
cazamento da infanta dona Izabel sua
irmana com o emperador…», que se
acabe la negociación del matrimonio.
Manuel muere en Lisboa el 13 de
diciembre de 1521.
Sube al trono Juan III, hermano de la
infanta Isabel. Desde 1521 a 1557 la
monarquía portuguesa, con Juan III, se
moderniza en sus relaciones
diplomáticas. Lo que hubiera ocurrido
en tiempos de Manuel I podría
sintetizarse en la resolución de alguna
cuestión militar, o en el llevar adelante
matrimonios reales. Ese había sido el
espacio más grande reservado a la
diplomacia. Venía siendo así desde
mediados del siglo XV, por lo menos.
Sin embargo, a partir de Juan III, la
diplomacia se convierte en brazo
ejecutor del gobierno. No ya solo
matrimonios, sino cuestiones
económicas, sobre todo comerciales,
serán el objeto de interés de la nueva
diplomacia. Los nuevos instrumentos
que se usarán sin vuelta atrás serán la
inmunidad, la representación
permanente, la carta cifrada, las
instrucciones, las relaciones de los
embajadores y el correo. El origen de
todo ello está en Italia. No es de
extrañar que la primera embajada
permanente portuguesa sea ante Roma y
en 1512. Sin embargo, las demás sedes
estables en Castilla, París o Londres son
de Juan III, que tuvo menos
representantes permanentes que Carlos
V.
A los ojos del joven emperador,
Portugal era una pieza esencial de su
sistema de alianzas, que no debería
nunca vincularse a Francia. La
monarquía de Juan III era una de las más
poderosas, más abierta por su poderío
naval, la que mejor conocía el mundo
afroasiático y —compitiendo con
Castilla— la navegación atlántica.
Además, la Casa de Avis había
emparentado reiteradamente con la de
Trastámara y los objetivos se habían
logrado con Miguel, aunque todo se vino
abajo con estrépito. Era bueno atender a
Portugal.
Esa diplomacia que iba
especializándose en sus funciones,
empero, dependía mucho de la voluntad
de cada rey en el nombramiento de sus
embajadores: él seleccionaba a los
legados. Si el asunto requería de
habilidades técnico-jurídicas, era bueno
mandar a un jurista. Si era una
negociación áulica, un buen servidor
palatino, y así sucesivamente. El
servicio diplomático de Juan III, aun a
pesar de la lentitud en la resolución de
los negocios —como de ello se quejó
Hurtado de Mendoza desde su embajada
en Lisboa en 1528—, estuvo más
tecnificado que los siguientes (o que
incluso el de otras monarquías
europeas), que tendían más a la
aristocratización de esos puestos.
Las estrategias portuguesas con Juan
III pasaban, desde luego, por mantener
al margen de las disputas europeas sus
posesiones ultramarinas. Y no lo hizo
mal. Fue muy hábil, porque cuando se le
pedía cooperación en el Mediterráneo,
siempre salía excusándose.
En cualquier caso, la mayor parte de
las misiones de Juan III se enviaron ante
la corte de Castilla (una media docena
de embajadores) y ante la propiamente
imperial (bastantes más), aunque no son
despreciables sus trabajos con
Francisco I o con Roma.
Si es cierto lo que cuenta el cronista
mayor de Portugal Francisco de
Andrada en el capítulo XVI de su
Crónica de João III, editada en 1613,
Juan III fue el promotor del matrimonio
entre Carlos e Isabel; en primer lugar,
por lo mucho que amaba a su hermana y,
en segundo lugar, por dar satisfacción a
los deseos de su padre. Así que llevó la
propuesta al Consejo Real. Pero se
encontró con la sorpresa de que este
estaba dividido al respecto en dos
facciones diferentes: una muy partidaria
de ese matrimonio y del de Catalina (la
hermana menor de Carlos) con el rey
Juan de Portugal, el cual tenía la ventaja
de celebrarse con una castellana y no
con mujer de otras tradiciones lejanas, y
la otra facción seguía «em tudo
differente e contrario deste», porque
del matrimonio entre Isabel y Carlos
solo se seguirían enormes dispendios
para Portugal poco convenientes, ya que
era mejor concentrarse en el tesoro
propio que no en gastos fuera. La boda
de Juan III con Catalina tampoco se veía
clara, porque era cerrarse las puertas de
Francia y porque el rey era aún joven
(había nacido en 1502). Así que,
divididas las opiniones, Juan III se
decantó por la boda de Isabel con
Carlos y lo que aparejaba.
Ahora corre ya el año 1522. En
pleno otoño, a finales de octubre, ha
pasado la raya de Portugal una gran
comitiva portuguesa, encabezada por el
embajador Luis de Silveira, que ha
aceptado la comisión aun en contra del
parecer de su avezado padre en las lides
cortesanas, que le advierte de que si
fracasa, se hunde políticamente. Su
comitiva es tan numerosa y lujosa «que
quasi fez escurecer a memoria de todos
os embaixadores passados». Viene a
tratar con el emperador cosas
gravísimas. Luis de Silveira ha sido
escogido por el buen desempeño de sus
funciones palatinas en Lisboa como
mayordomo mayor. Juan III ha expedido
los poderes (el 3 de septiembre de
1522) a don Luis para hablar de
matrimonios. Como no todos —la corte
de Carlos V y esta embajada— caben en
Valladolid, los portugueses aguardan en
Medina del Campo a que se les haga
sitio. Durante el mes de diciembre
tienen lugar las entrevistas.
Se está hablando de media docena
de asuntos: que Carlos case con Isabel y
que el rey Juan III se case con Catalina,
la menor de las hermanas de Carlos V;
que a cambio de que Carlos V abandone
sus pretensiones sobre la isla de la
Especiería (las Molucas), el rey de
Portugal le compensará
económicamente; además, que Leonor de
Portugal, reina viuda, se quede en
Portugal y no vuelva a España (al final
volvió, abandonando a su hija María de
seis meses en Portugal, y años más tarde
se casó con Francisco I de Francia) y
que se firmara ya una paz con Francia.
Parece ser que una constante de Juan III
fue la de mantener muy buenas
relaciones con Carlos V y una
diplomacia neutral para los asuntos de
la cristiandad, en cuya grandeza tanto se
gastaba —sobre todo en Oriente—,
como mandaba recalcar a sus
embajadores. Difícil equilibrio, desde
luego.
Pero en medio de todo esto, llegan
las noticias de Magallanes, de los
problemas de las Molucas que se
acentúan, y se tuercen las negociaciones.
Adoptan prioridad otros temas que no
los de los matrimonios. «Vendo el rey
mudada a sustancia desta embaixada»,
y que tomaba derroteros de «trabalhos e
desinquitaçoens», manda órdenes en
medio de las negociaciones «na entrada
do mes de nouembro deste anno de
1522» (démosles unos días de confusión
en las fechas, mientras van y vienen los
correos) para que el embajador
«despedisse tanta gente da companhia
que leuára». Silveira pensó que la
orden procedía de alguna mala lengua
que había convencido al rey para que lo
retirara de Castilla, así que ni corto ni
perezoso escribió a Juan III diciéndole
que iba a demorar la disolución del
acompañamiento porque lo necesitaba.
Hubo, pues, tira y afloja, y parece que
Juan III no tenía tanta fortaleza de ánimo
como Carlos V.
El caso es que había sido «na corte
de Castella milhor recebido do que
quiça se imaginaua», y allí pasó ocho
meses gloriosos, aunque sin lograr el
objetivo matrimonial. De hecho, a la
vuelta a Portugal, cayó en desgracia real
—tal cual le había advertido su padre
—, la peor de las desgracias que se
podían conocer, por el fiasco de su
misión, cuanto por errores protocolarios
del encumbrado embajador, al que se le
subió a la cabeza el buen trato
castellano y parece como si se le
olvidara quién era su señor: «Mas quem
considerar esto desapasionadamente
verá, quao alheyo e repunhnate he de
cualquier bom entendimento […], nao
guardar a seu rey o decoro que lhe deu
em todo o tempo…», palabras
publicadas en 1613, no lo pierdas de
vista, buen lector, en medio de las
turbaciones de una algarabía política en
Castilla contra Lerma, palabras escritas
por el cronista mayor de Portugal de
Felipe III de España, segundo de este
nombre en el reino occidental
peninsular.
En este primer intento no se llegó a
culminar el acuerdo de la boda entre
Isabel y Carlos, ni otros asuntos. Pero sí
el de Juan III y Catalina de Austria.
Como he dicho antes, Silveira perdió el
favor real. Para cerrar los flecos de esta
negociación, Juan III mandó una
embajada extraordinaria en 1523. El 5
de febrero de 1525 se ratificó esa boda.
Catalina conocería a Isabel en Lisboa y
le conquistó su carácter. Carlos V, el
emperador, seguía soltero a los
veintitrés años. ¿Le escribió la hermana
sobre las virtudes que apuntaba —o
mostraba— Isabel?
En las levantiscas Cortes de
Valladolid de 1523, fascinantes por
cuanto tienen de teoría y práctica
política y de las relaciones entre el rey y
sus súbditos, el primero de los
capítulos, de las peticiones finales, que
elevan los representantes en Cortes a
Carlos V, dice así:
Lo primero, que pues tantos bienes
se siguen del matrimonio, que fue
instituido por Dios, y especialmente se
espera generación que después de muy
largos tiempos sucedan en estos reinos y
que con ellos se trabe deudo y amor con
todos los príncipes cristianos, que
vuestra majestad, pues ya está en edad
para ello, haya por bien de pensar con
efecto de se casar y tomar mujer, de que
creemos que Dios será servido y será
gran descanso y contentamiento de estos
reinos.
Petición de la que el rey tomó nota y
explicó:
A esto vos respondemos que vos
agradecemos y tenemos en servicio lo
que decís y yo el rey lo entiendo hacer
así y por lo que hasta ahora lo he
diferido ha sido por el bien de estos
reinos y paz y sosiego de ellos.
A mediados de 1523 salta a la
palestra la opinión del canciller
Gattinara, que mete prisa a Carlos V. Le
dice a su emperador:
[Es urgente] acabar de concluir lo
más presto que se pudiere el casamiento
de su majestad con la infanta doña
Isabel de Portugal, pues con ello se
puede servir su majestad no solamente
del dinero de la dote, que es harta gran
suma […], mas aún concluido el dicho
casamiento se puede su majestad ayudar
de los [dineros] del segundo servicio
otorgado [por las Cortes de Castilla] a
este efecto que son 400.000 ducados, de
los cuales su majestad entonces se podrá
servir…
Recapitulemos: tras las peticiones
de las Cortes de Castilla, Gattinara toma
resuelto partido por una unión ibérica.
Las grandes ventajas serán las
económicas. Veremos qué deparó esa
estrategia.
Aparte de Gattinara, hay otros
consejeros palatinos, gentes avezadas en
el mejor servicio a sus reyes. Uno de
ellos es Lorenzo Galíndez de Carvajal.
El jurisconsulto que tanto debió a los
Reyes Católicos ha escrito un «Parecer»
a Carlos V sobre materias de gobierno.
Merece la pena que nos detengamos un
poco en ello, sobre todo porque
Galíndez murió en 1525. En su
«Parecer» deja claro que lo ha escrito
porque Carlos V «me mandó le diese mi
parecer». Y es lo que está haciendo: que
para el remedio de cualquier mal (no
olvidemos que las Comunidades habían
sido sofocadas en 1521) y como no
puede estar de continuo en España, «que
deje en ellos en su lugar a aquella
persona» que mejor le pueda representar
y que goce de su entera confianza. «Y
esta, a mi ver, es la serenísma princesa
doña Isabel de Portugal».
Los pasos que se deberían dar
serían: casarla antes de salir de nuevo, y
que justo después «fuese jurada la reina
por gobernadora», ya que eso «le daría
mucha autoridad y obediencia» por
todas partes y entre todos los grupos
sociales. Y Galíndez de Carvajal afirma
rotundamente: «Así vimos que lo hizo la
Católica reina doña Isabel con el Rey
Católico, su marido, abuelos de vuestra
majestad».
Es, pues, evidente que antes de la
boda de Sevilla había un modelo que
seguir: el de Isabel la Católica. Esa
sombra —¡o esa luz!— estará presente
para todo y durante todo el reinado de la
nueva Isabel, como vamos a ir viendo.
Como aún no se había celebrado la
boda, Galíndez propone que le ponga
una casa a su altura y que sus servidores
sean personas «honestas y virtuosas y
naturales de estos reinos de Castilla y de
los otros señoríos de vuestra majestad»,
es decir, de cualquier sitio —incluso del
imperio—, pero no portugueses tal y
como se hará en 1528.
Otra de las recomendaciones, que es
crucial también a mi modo de entender,
es la de que la nueva reina guardase en
relación a sus criados «la orden y
costumbre que tuvo la Reina Católica»,
sobre todo en la crianza de los hijos de
la nobleza en la corte, porque así ellos
«siempre se acuerdan de esto y lo saben
reconocer».
Y la sabia opinión de Galíndez de
Carvajal proponía «dar a la serenísima
reina, además de los poderes, una
instrucción muy clara y cumplida» sobre
cómo regirse en cosas de justicia,
gobierno y patrimonio real; que para que
nada se olvide, se reúnan varias
personas que delimiten los espacios del
poder que se le concedan, que «sobre
todo» no se decida nada de justicia «por
suplicación de grande ni de privado ni
de otra persona ninguna»; que se le deje
claro a la futura reina que se informe de
las personas que quedarán a su lado;
«que tenga en autoridad al Consejo» y a
los consejeros y solo a ellos; que
cuando hubiere de decidirse sobre
corregimientos y otros oficios, se
atienda antes en los oficios que en las
personas que deban ocuparlos…, etc.
Mira a ver, lector, si estas
recomendaciones, dadas antes de la
elección de Isabel como esposa, no se
tuvieron en cuenta en las «Instrucciones»
que le dio Carlos V cuando salió de
Castilla y de España.
Poco antes de 1525, Juan III
presiona por un lado y hay una facción
muy importante de los cortesanos
carolinos (¿españoles, imperiales?, ¡no
respondían a patrias, sino a solo su
señor!) que es partidaria de Isabel, pero
también han sido capaces de diseñar las
formas de gobierno político por venir.
Alea iacta est, que dirían los romanos.
Hay que decidir y provocar rupturas
para tomar las decisiones sin tener las
manos atadas.
Así que todo parece indicar que la
reapertura de las guerras en Italia, que
supondrían la marcha del emperador
para estar al frente de sus tropas,
acelera la toma de decisiones.
En 1524 María Tudor sigue siendo
una niña. Carlos manda sus legados a
Inglaterra: para hacer la guerra al
francés necesita dinero. Que se le
adelante lo que iba a percibir como dote
por el matrimonio, o en caso contrario,
se sentirá eximido de toda obligación de
seguir cumpliendo con los acuerdos de
Windsor. Obviamente, Enrique VIII
desestima el pago de lo que se le pide
(400.000 ducados ingleses). Carlos V se
siente aliviado. El pacto de Windsor
pasa a ser papel mojado. Las
pretensiones portuguesas alcanzaban el
máximo protagonismo. Las antiguas
negociaciones para casar a Carlos con
tantas infantas francesas (Renata, que
contrajo matrimonio con Luis XII —ya
cincuentón—; Claudia, que acabó
casándose con Francisco I, y Luisa, la
hija de Francisco I —Paz de Noyon,
1517—, nacida en 1516 y muerta en
1518) habían pasado a la historia.
También la negociación inglesa.
Entre tanto trajín, de nuevo en las
Cortes de Castilla de Toledo de 1525,
los procuradores hablaron y apretaron:
1. Porque en ninguna cosa va tanto a
estos reinos como ver casado a vuestra
majestad y con sucesión y descendencia
de hijos […], suplicamos a vuestra
majestad sea servido de hacernos tan
señalada merced, que se case según nos
lo prometió en las Cortes pasadas y
tenga memoria de la infanta doña Isabel,
hermana del rey de Portugal, [que] es
una de las excelentes personas que hoy
hay en la cristiandad y más conveniente
para poderse efectuar luego el
casamiento y de él recibirán estos reinos
singular merced y beneficio.
Y el rey respondió:
A esto vos respondemos que ya el
nuestro gran canciller vos respondió de
nuestra parte y os dio relación del
estado en que teníamos las cosas con el
rey de Inglaterra acerca de esto…
Las presiones de los súbditos
(¿hasta dónde urdidas por el grupo
cortesano proisabelino?), por una parte,
y la necesidad de dinero por otra,
indujeron, llevaron de la mano la
decisión de Carlos.
Se ha escrito —sin total fundamento
en la fecha— que el día de su
cumpleaños de 1525 (24 de febrero, San
Matías), mientras que en Pavía se
libraba la gran batalla, Carlos V, el
jovencísimo emperador, escribía una
nota de su puño y letra según la cual
manifestaba que Italia se convertía en su
objetivo primordial para poder
consolidar su situación en Europa, pero
que en contra de sus ideas podían estar
sobre todo «la falta de dinero» y la
«regencia de la nación» si había de
abandonar España por ir a la guerra.
La solución que él halló fue clara y
concisa:
Para remediar todo esto no veo otro
medio mejor sino que desde ahora se
tratase el matrimonio de la hija del rey
de Portugal conmigo y su inmediata
venida a España.
Ese párrafo lo extraigo de un texto
mucho más extenso y angustioso del
emperador y que fue publicado por vez
primera a mediados del siglo XX por
Brandi. El contenido de la meditación,
algo estoica, desde luego, como las
otras meditaciones, las de Marco
Aurelio (¿de fray Antonio de Guevara,
su editor literario, el cronista de Carlos
V?), era una sobrecogedora reflexión
sobre el estado de las cosas del imperio
y del cumplimiento, o no, de sus
obligaciones como emperador: «Al
disponerme a pensar en mi situación»,
empezaba escribiendo en ese
espectacular examen de conciencia…
este grandísimo ciclotímico que fue el
invictísimo Carlos V.
Luego, se definía ferviente defensor
de la paz, aunque con realismo, «es algo
hermoso para dicho, pero difícil de
conseguir», sobre todo si el otro no la
anhela. Por tanto, para conseguir la paz
duradera, nada como una guerra final:
«El remedio podría ser una guerra
franca». Pero para ello se necesitaban
dineros, imposibles de conseguir en
Nápoles o Inglaterra («Mis amigos me
han engañado en el momento de
peligro», todas han buscado hallarle en
la «situación apurada en que me hallo»).
Guerra total contra Francia.
Dificultad de encontrar dinero. La
imaginación le ayuda: ese dinero se
podría conseguir mandando letras de
cambio a sus tropas. Si se armara, el
francés tendría que batirse o irse hacia
Italia, y en cualquiera de los dos casos,
en la persecución las tropas imperiales
podrían ocupar Milán.
Los brotes depresivos del gran
Carlos V aparecen en esta singular carta.
Es difícil alcanzar la paz por la falta de
voluntad del enemigo; no se puede hacer
una guerra final por falta de medios.
Entonces, se mira a sus adentros y llega
a inculpatorias conclusiones (¡tiene
veinticinco años!): «Sintiendo cómo
pasa el tiempo y que nos pasamos con
él, no quisiera morirme sin dejar un
recuerdo glorioso de mi vida […], como
hasta ahora no he hecho nada que
pudiera servirme en honra […], no veo
motivo alguno que me impida hacer algo
grande». La única vía que encuentra es
la de organizar una «campaña contra
Italia».
Pero «se podrá argumentar en contra
de ella la falta de dinero, la cuestión de
la regencia de la nación y también otros
motivos». Ante semejante problema:
No veo otro recurso que la rápida
tramitación de mi casamiento con la
infanta de Portugal y su inmediata
venida a España. Que la dote que ella
aporte y se pone a mi disposición sea,
en lo posible, en dinero en efectivo
(debiendo pensarse también si
convendría o no tratar al mismo tiempo
de las [islas de las] Especias); dar
satisfacción al rey de Inglaterra, dejando
en vigor los tratados y que no se case su
hija en Francia. Con motivo de la boda,
obtener de esta nación una buena
cantidad y reunir para este y otros
asuntos las Cortes y disolverlas luego,
dejando a la infanta de Portugal, que
para entonces será mi esposa, la
regencia de estos reinos para bien
gobernarlos, según sabias indicaciones
de aquellos que dejo a su lado.
Estas y no otras fueron las razones
de la elección de la portuguesa. Así,
quedó también diseñado el gobierno de
la monarquía de España en las ausencias
del emperador. Gattinara y Galíndez de
Carvajal habían preparado la vida del
emperador y lo supieron hacer muy bien.
Tomada la determinación, Carlos V
mandó a un embajador a Lisboa, a Laxao
(o La Chaulx), Carlos Popet. Acude ante
Juan III con instrucciones escritas y
verbales. Y para que no quede duda,
lleva una nota de Carlos V por la que el
propio emperador le dice a su primo de
Portugal que a este buen Laxao «le deis
entera fe y creencia como a mí mismo».
En la corte de Carlos V se sabía
bien a qué iba Laxao a Lisboa. Desde
luego a negociar el matrimonio. Pero
también sabían por qué se había tomado
esta decisión: «Porque su majestad
quiere pasar a Italia a se coronar y
quiere dejar en la gobernación a la
mujer», según escribió el embajador de
Fernando de Austria a su señor. Añadía,
además, «creo volverá [Laxao] sin
recaudo». O sea, que iba a fracasar. Al
parecer, corrió la especie en Toledo
(donde ahora está el rey con las Cortes
de Castilla reunidas) de que Laxao no
debía sacar el asunto del matrimonio en
Lisboa si no le preguntaban los
portugueses. Bulos. Acaso lanzados para
enredar, porque, a la vez, llegaban
noticias de que venían embajadores
desde Londres preocupados por los
rumores que había por todas partes de la
oferta a Portugal. Y es que, en verdad,
Laxao iba con instrucciones y plenos
poderes a Lisboa.
Así que Carlos V —como he dicho
hace poco— manda a Londres una
delegación para que negocie con
Enrique VIII. El emperador va a entrar
en guerra con Francia y necesita dinero,
mucho dinero. Lo sacará de la dote que
recibiría si se casase con la hija del rey
inglés. Si este no está de acuerdo, no
habrá boda. No hubo boda.
En septiembre de 1525 aún estaba
todo en el aire en la negociación con
Portugal, entre otras cosas, porque la
disputa sobre la posesión de las
Molucas entorpecía la fluidez de unas
negociaciones de ese porte. O las
Molucas eran otro mecanismo más de
presión.
Pero, por fin, en octubre de 1525
quedaron cerradas las capitulaciones
matrimoniales. Las negociaciones se
llevaron a cabo y se firmaron en Torres
Novas el 17 de octubre de ese año. Se
rubricaron en Toledo el día 24, una
semana más tarde.
Actuaron como apoderados de
Carlos V, monseñor de La Chaulx y don
Juan de Zúñiga. El primer paso para la
celebración del desposorio no se daría
hasta que se hubieran recibido las
dispensas matrimoniales firmadas por el
papa, habida cuenta de la
consanguinidad de los contrayentes
(Isabel, nieta de Isabel la Católica, era
prima carnal de Carlos).
El matrimonio se celebraría por
poderes, aunque antes del 30 de
noviembre (si hubieran llegado las
dispensaciones) se habrá mandado ya a
la infanta a la localidad fronteriza que el
emperador hubiera elegido.
La dote sería de 900.000 doblas de
oro castellanas (de a 365 maravedíes la
dobla y 9,12 gramos de oro cada pieza),
de las que Carlos V recibiría contantes y
sonantes en moneda de oro (descontadas
las cantidades de la herencia de la
madre y de la dote de la boda de la
hermana, y el préstamo concedido por
Manuel I para acabar con las
Comunidades de Castilla) 682.898
doblas.
O sea, casarse con Isabel costaba
unos 8208 kilos de oro de 18 quilates, y
toda esta conversión con enormes
precauciones por parte de este autor.
Tal cantidad de dinero se recibiría
fraccionadamente, porque eran gentes
que entendían de macroeconomía. A
finales de diciembre de 1525, 250.000
doblas que se pagarían, a ser posible, en
las ferias de Medina (o en otro lugar a
elección del rey de Portugal), pero
siempre y cuando se hubiera consumado
el matrimonio. Las siguientes 50.000
doblas, en marzo de 1526, coincidiendo
con el momento de los pagos
internacionales de las ferias de Villalón;
otras 100.000 doblas antes de finales de
1525 en Flandes, en la feria de San
Martín. Pero siempre habiéndose
expedido certificaciones de la
consumación del matrimonio. En marzo
de 1526 seguirían haciéndose pagos, por
Castilla y por Italia, y las últimas
entregas tendrían lugar a finales de
1527.
Hago un inciso con otra referencia.
Cuando fray Prudencio de Sandoval
(cronista de Felipe III y autor de una
historia de la vida y del reinado de
Carlos V) está relatando los pagos,
comenta que lo que se debería pagar en
las ferias de octubre de 1525 no se
abonó «porque no estaban hechas las
velaciones». Por tanto, se retrasaron
algunos (o se fraccionaron) hasta
Cuaresma de 1526 en «Valladolid» (o
sea, Medina) «y en Sevilla los 80.000
en joyas, 100.000 en Flandes en todo
este año y los otros en Castilla» (Lib.
XIV, IX, p. 720). Fray Prudencio suele
ser historiador autorizado porque
manejaba documentos de primera mano,
de Simancas y otros archivos.
Téngase en cuenta que hasta el
Concilio de Trento (clausurado en
1563), los católicos primero se
desposaban, podían vivir juntos, y
luego, cuando fuera el momento
oportuno (después de las cosechas, que
había dinero, por ejemplo), se velaban
in facie ecclesiae, de cara a la Iglesia.
Era el momento de la administración del
sacramento. La verdad es que se
intentaban juntar las ceremonias de
reconocimiento civil del compromiso
(desposorio) y el sacramental (velación
porque se les ungía con un velo a los
contrayentes). Pero eran dos ceremonias
diferentes y como tales reconocidas.
Pero al generar problemas de variada
índole, se recomendaba que fueran en el
mismo acto.
Por otro lado, adviértase que las
vajillas que transportara la infanta y las
joyas con que fuera ataviada se
considerarían parte de esos pagos. De
este modo, los guardajoyas reales,
¿mirarían con admiración a la infanta…
o con devoción profesional? ¿Y los
tasadores de joyas? ¿Habrá algún
inventario de las ropas y joyas de la
nueva reina, por algún archivo, por
alguna sección económica de los
archivos reales? Pues sí, claro. Las
joyas (plata dorada de la capilla, de la
mantería, del guardarropa y retrete,
guarniciones de la caballeriza y perlas y
grandes joyas de oro) que se trajo de
Portugal se tasaron en 23.564.836
maravedíes y pesó todo ello más de
1.200.000 marcos de plata.
He ahí otra de las claves de este
matrimonio. Yo creo que una frase suelta
en las capitulaciones resume lo que
podría querer decir: «Certificación de la
consumación del matrimonio llegara
aunque sea después de la dicha feria…»;
matrimonio certificado, consumado,
ferias de pagos.
Cabía la posibilidad de que el rey
no pudiera consumar el matrimonio. O
que repudiara a la reina, virgen, pero
mancillada su fama. O que ella muriera
sin haber dejado hijos. Podrían ocurrir
otras cosas de las que pueden ocurrir en
la vida antes de la revolución social
femenina y que se tenían en cuenta.
Podía ocurrir, en fin, que el matrimonio
«fuere solícito o separado» (¡oh, lector
sorprendido si no has leído el entremés
Juez de los divorcios de Cervantes!); en
esos casos, ajustados al derecho
canónico, habría que devolver el dinero
recibido (considerando recibido lo
adeudado citado antes y un monto total
de hasta 600.000 doblas; o sea, Isabel
podría testar por importe de 300.000
doblas).
Por su parte, Carlos V entregaría en
arras a Isabel otras 300.000 doblas, con
las condiciones habituales de falta de
herencia o muerte previa al esposo.
Cuando Isabel murió, en nombre de
su hijo Felipe y de sus hijas María y
Juana, se hicieron informes sobre los
derechos que había con esas 1.200.000
doblas. Lo veremos más adelante.
Por supuesto, la reina debía tener
cierta independencia económica, para lo
cual se le entregarían las rentas de
algunas localidades. Así, el título de
Príncipe de Asturias, por ejemplo,
llevaba aparejadas las rentas del
principado; no era simplemente
honorífico.
Pues bien: en las capitulaciones
matrimoniales quedaba estipulado que
para «la gobernación y sustentación de
su persona, casa y estado» se le
entregarían, por «todos los días de su
vida», otras 40.000 doblas de oro
castellanas anualmente procedentes de
rentas de realengo que ya declararían
antes del matrimonio los apoderados de
Carlos V. Cuando se disponían a firmar
las capitulaciones, los embajadores de
Carlos V subieron las rentas territoriales
en 10.000 doblas más, situadas sobre el
almojarifazgo de Sevilla. Más adelante
me detengo en estas rentas para la
supervivencia diaria.
Ella disfrutaría de los privilegios de
ser reina, y si hubiera algunos
especiales para las reinas extranjeras, a
ella se le aplicarían también. De la
misma forma, a los miembros de su casa
se les naturalizaría «de sus reinos y
señoríos». La fórmula en cuestión es
ambigua, abierta y sin mayores
problemas, o con todos los problemas
del mundo. «Estos reinos» serían los de
España y no los territorios italianos, por
ejemplo. Ahora bien, si hubiera algún
terrible conflicto, se circunscribirían
más y tan solo a los de Castilla. Cuando
se rubrica el apartado en el que se
acepta que si ella quedare viuda sus
criados podrían volver a sus casas, se
especifica, en esta ocasión claramente,
que «se puedan venir a estos reinos de
Portugal».
Los capítulos del acuerdo iban
seguidos de las seguridades jurídicas y
de las fórmulas que el derecho exige.
Visto, leído y releído por los asistentes
a la rúbrica del documento, lo firmó la
delegación portuguesa que iba presidida
por Ruy Téllez, consejero real de Juan
III y mayordomo mayor de la casa de la
infanta. Al día siguiente, 18 de octubre,
se presentó ante los reyes de Portugal y
su hija para su confirmación. Fue en ese
momento cuando los delegados de
Carlos V subieron en 10.000 doblas la
cantidad para los gastos de la nueva
reina. Ella estuvo presente en la
negociación y la aprobó: de hecho, se
mostró muy satisfecha con el aumento de
rentas anuales que le daban los
apoderados del emperador.
Pronto corrió la fama en Portugal de
que nunca mujer que no fuera heredera
había aportado semejante dote.
Clemente VII expidió en Roma el
breve de dispensa de parentesco entre
los novios el 13 de noviembre de 1525,
aunque hubo de rehacerse la dispensa
papal, la segunda con fecha de 18 de
enero de 1526.
El problema de las bulas retrasó la
entrega de la novia que, recordemos, se
había fijado para el 30 de noviembre de
1525.
Sin embargo, cuentan los anales que
el 1 de noviembre de 1525 se
celebraron los esponsales por poderes.
Fue en el palacio de Almeirim, en el
interior de Portugal, cerca de Santarem.
Había caído ya la tarde cuando empezó
el festejo. El salón principal estaba
adornado con un dosel y flanqueadas las
paredes con tapices de oro y seda.
Hicieron acto de presencia los
reyes, Juan III y su esposa Catalina, la
hermana menor de Carlos V. Apareció
también Isabel, hermana de Juan.
El capellán mayor del rey de
Portugal era el obispo de Lamego,
Fernando de Vasconcelos. Presentó a los
contrayentes y, vuelto a la novia, le
preguntó que ya que «la dispensación ha
venido ya», si estaba dispuesta a
cumplir el compromiso por el que se
habían reunido.
Ante el altar y junto al señor de La
Chaulx, pronunció estas palabras (dice
Andrada en el cap. LXXXXIII):
Eu a ifante dona Isabel por vos
Carlos Popeto, e vos mediante, como
embaixador… Yo, la infanta doña
Isabel, por vos y mediante vos, Carlos
Popet, como embajador y procurador
para este caso de don Carlos, emperador
de los romanos, rey de Alemania y de
Castilla, etc., recibo al dicho don Carlos
por mi marido bueno y legítimo, y me
doy por su mujer, como lo manda la
Santa Madre Iglesia de Roma.
Luego, el obispo se volvió al
embajador imperial y le tomó el
juramento en palabras similares.
Tras ello, la infanta besó las manos
de los reyes y desfilaron los demás
hermanos. El besamanos continuó por
los embajadores y los personajes
presentes. Isabel tomó asiento entre los
reyes, bajo el dosel, y tan pronto como
se dispuso todo, empezó una copiosa
cena, amenizada con un baile.
RENTAS PARA LA
SUPERVIVENCIA DIARIA DE LA
REINA DE CASTILLA
Como acabo de decir, para la
supervivencia diaria, a la emperatriz se
le asignaron ciertas rentas. En 1542,
Carlos V ordenó que los encargados de
gestionar esos ingresos rindieran cuentas
para poder pagar las mandas
testamentarias de Isabel.
Sin entrar a hacer una microhistoria
de esa contabilidad, en verdad sabemos
que la vida diaria de Isabel se había ido
asentando sobre lo que se recaudaba en
concepto de alcabala (en puridad el 10
por ciento de los intercambios
mercantiles) y tercias de Sepúlveda
desde 1529 a 1540 (que sumó 720.000
maravedíes a razón de 60.000 anuales),
de los pueblos de «su tierra» a los que
se añadían la martiniega y alguna que
otra renta local menor (por importe de
11.732.106 maravedíes).
Durante los primeros años, se
pactaron («encabezaron») 127.500
maravedíes menos que desde 1533 en
adelante. No obstante, el contador mayor
de la reina, Cristóbal Suárez, propuso
que hubiera un gesto extraordinario que
fuera el de que, aunque se mantuviera la
obligación del pago, se autorizara a
entregar menos a la caja real. Así se
hizo. Pero a la hora de auditar las
cuentas, no se encontraba el privilegio
oficial de semejante rebaja y hubo que
buscarlo en archivos municipales,
porque, además, se habían muerto los
«ochaveros» de las comarcas, así que no
quedaba memoria de los datos concretos
de la merced regia. De lo que sí
quedaba memoria es de que no pagaban
todo lo que debían. El jaleo coleaba
todavía en enero de 1545.
Los otros lugares «encabezados» y
cuyos cobros pasaban a la reina eran
Aranda y su tierra (22.758.040
maravedíes por todo el periodo);
Molina y su tierra (9.435.600
maravedíes); la villa del Bonillo
(1.422.040 maravedíes); la ciudad de
Soria y su tierra y universidad
(3.498.075 maravedíes anuales, unos
41.976.900 maravedíes en total, aunque
echar cuentas de esta demarcación era
más complejo, porque muchas rentas
estaban cargadas con pagos a juros);
Carrión con su tierra y alfoz (otros
1.021.200 maravedíes anuales; en 1539
se cambió al cobrador —«receptor»— y
hubo de comunicarse a todos los
lugares); las «cuatro villas del
marquesado», que eran San Clemente,
Albacete, Villanueva de la Jara y Vara
de Rey, con sus tierras (3.748.597
maravedíes desde 1531 a 1537);
Alcaraz y su tierra y partido (7.198.500
maravedíes en total desde 1530 a 1532).
En definitiva, el vivir cotidiano de
la reina estaba vinculado de forma
directa al vivir diario de una parte de La
Mancha y de La Alcarria. Mientras ellos
pudieran hacer sus pagos, no se afectaría
a otros lugares.
Estas cantidades, conceptos y
lugares constituían las conocidas como
«rentas de las ciudades y villas y
lugares de la emperatriz, nuestra
señora».
El convenio era de tal trascendencia
que no hubo nada que ocultar: corrieron
las copias manuscritas, pero lo que
quiero destacar ahora es que también se
imprimieron en un cuadernillo de diez
páginas del que aún se conservan
ejemplares.
«CONTRA LA MUERTE Y AMOR /
NADIE NO TIENE VALÍA»
La fiesta cortesana siguió y siguió en el
palacio del rey de Portugal hasta
avanzada la madrugada. Todo parecía
irradiar felicidad y un futuro
prometedor. Hasta que vino alguien y
lo… fastidió. Para empezar, la bula de
Clemente VII era incompleta al
dispensar solo del parentesco principal,
el de primos hermanos, y no de los
demás: «ouue duuida entre letrados se
era bastante para se effeituar o
casamento». Se pidió la nueva
dispensación, que emitió Salviati (18 de
enero de 1526), «concedida pollo papa
Clemente setimo», en la que se
especificaban «todos os parentescos
que auia entre a emperatriz e o
emperador». La nueva ceremonia se
repitió el 20 de enero de 1526.
Y por si ese traspié no era
suficiente, murió Leonor de Avis (1458 -
1525), la esposa de Juan II de Portugal
(sin hijos que la heredaran), hermana de
Manuel I y tía de Juan III. Con su muerte,
a buen seguro que se iban a empañar los
nuevos festejos que, por fuerza, habían
de recelebrarse.
Es posible que, como cuentan —y
contamos todos—, durante las primeras
celebraciones se estrenara una
tragicomedia, comedia o auto (que como
a mediados del XVI el teatro estaba en
transición, una cosa es cómo llamara el
autor a su obra y otra qué nombre le
ponía el editor) de Gil Vicente, escritor
áulico de Juan III. La obra llevaba por
título Don Duardos, y en ella se
relataba, con inspiración en las más
famosas novelas de caballerías como el
Palmerín y sus derivadas, que don
Duardos de Inglaterra se había
enamorado de Flérida, hija del
emperador de Constantinopla
(Palmerín). Pero don Duardos no sabe
cómo arrimarse a Flérida. Así que otra
infanta, Olimba, le da la clave: si se
disfrazara de campesino y lograra que
los hortelanos de Palmerín aceptaran
decir que es hijo de ellos, lo tendría
mucho más fácil. Dicho y hecho: «Por
hijo puede pasar; Julián le llamaremos»;
Julián, un veinteañero. Así que cuando
Flérida va con sus amigas a holgar al
huerto, el encuentro con el hijo del
campesino le resulta un aliciente más de
diversión. Pero ¡ay, el amor! Conforme
hablan una y otra vez, Flérida queda
arrebatada por el Duardos disfrazado
que le da una copa de amor para beber
de ella. Acaban huyendo hacia un
lejanísimo reino…
El Duardos tiene todos los
elementos culturales que podían
ensimismar a los espectadores de aquel
fluido siglo: chanzas, bucolismo, amor,
consejas («Debes hablar como vistes /
o vestir como respondes»),
imposibilidades, cálices liberadores
(cuya agua se asienta en el corazón),
disfraces, reyes campesinos y otros
elementos de la inversión personal y
social, fugas, desprecios previos al
arrebato amoroso, complicidades y
picardías, desagarrados soliloquios de
amor, guiños a la movilidad social
(enamorarse una infanta de un
campesino o también «el estado / no es
bienaventurado, / que el precio está en
la persona»), florestas de dolores de
amor, lágrimas como perlas, próximos y
lejanos paralelismos con su presente y
provocación de alguna lágrima
sentimental: «Soledad tengo de ti, /
tierra donde nací»… Así que no es de
extrañar que sus sextillas fueran
editadas y reeditadas a lo largo del XVI.
Y además, si como se cierra la
comedia, «Contra la muerte y amor /
nadie no tiene valía», y así se confirmó
en el caso de Isabel y Carlos, ¿quién,
por ventura, podía contradecir los
contenidos de las novelas de
caballerías?
Quedaos, adiós, mis flores,
mi gloria que ser solía.
Voime a tierras extranjeras
pues ventura allá me guía…
Fue tan agraciada la representación
y eran tan necesarias para su
divertimento estas obras teatrales, que
cuando se preparó la salida de Isabel
para Castilla, parece ser —aunque no es
seguro— que volvió a haber tramoyas.
En esta ocasión la obra se habría
titulado Templo de Apolo. El argumento,
según ha investigado Mónica Gómez-
Salvago, es que Apolo indica al portero
de su templo que no permita la entrada a
nadie que no sea súbdito de Castilla o
del emperador. Así es como van
entrando emparejados personajes
mitológicos, como Mundo y Gentileza,
Poder y Fama, Cetro y Gravedad,
Tiempo y Sabiduría…, que hacen cada
uno una petición de fortuna para los
nuevos casados. Sin embargo,
comoquiera que un pastor portugués
quisiera entrar y se le impidiera,
argumentará ante Apolo que todo lo
bueno surge de Portugal, por lo que
exhorta a los presentes a cantar con
alegría la dicha de Carlos al casarse con
Isabel.
Entonces el estribillo era: «Pois tem
rainha tão bela» [«Pues tienen una reina
tan bella»]. El tiempo mostraría que no
se quedó, ni conformó, en ser bella. Al
menos es la tesis que pretendo defender
en este libro.
LA ENTREGA DE LA EMPERATRIZ
Concluidas las solemnidades anteriores,
Juan III mandó a los infantes Luis y
Fernando, sus hermanos, y de
acompañamiento de lujo al duque de
Braganza y al marqués de Villarreal.
Este último tenía el encargo de entregar
a la emperatriz y de percibir la dote y
las fianzas con las que Carlos V avalaría
el pago de las 50.000 doblas que había
de abonar para el sustento de Isabel. Por
otra parte, mantuvo informado en todo
momento del curso de los
acontecimientos a su rey, Juan III (el
epistolario lo editó en 1920 Anselmo
Braamcamp). Para la aceptación y dar el
visto bueno a los documentos jurídicos y
económicos que contendrían tales actos
iban también los doctores Antonio de
Azebedo y Lorenzo Garcés. Para hacer
efectivos los pagos de su propia parte,
de Portugal a Castilla, y para refrendar
lo anterior, iba el tesorero mayor Fernán
Álvarez de Andrada, tan bien quisto él,
como sus predecesores, por el rey
presente y por los reyes anteriores (en
las generaciones, siguientes parece ser
que la fortuna los miró de otra manera).
Dicho sea de paso que el finiquito
del cobro de la dote lo firmó Carlos V
en Toledo el 6 de febrero de 1529.
A finales de enero de 1526 todo
estaba listo para la partida. Al otro lado
de la frontera había también
movimientos. La comitiva imperial la
encabezaba el duque de Calabria. Tan
pronto como llegaron a Badajoz, el
duque mandó a los portugueses sus
correos notificándoles dónde estaba y
que esperaban ya a la emperatriz. Los
correos llegaron a Almeirim. Al día
siguiente, salió Isabel de ese palacio
real camino de Elvas y la raya.
Eran ya pasadas las dos de la tarde
del día 30 de enero. La reina se había
despedido de su hermano y de su cuñada
—en avanzadísimo estado de gestación
— y se puso en marcha la comitiva.
Desde Almeirim a Chamusca (al
nordeste) fueron con el rey Juan III, que
de ahí se volvió a palacio; de Chamusca
a Ponte do Sor (hacia el este) y de ahí a
Alter do Chao (más al este), hacia el
sureste a Monforte y, por fin, Elvas. El
viaje duró desde el 30 de enero por la
tarde, hasta el 6 de febrero por la tarde.
Habían recorrido algo más de ciento
cincuenta kilómetros.
Al llegar a Elvas salieron a las
calles las multitudes y los señores. Los
duques de Braganza, que acababan de
llegar también a la ciudad, hicieron el
correspondiente y destacado besamanos,
así como todos los que pudieron
desplazarse de todo el Alentejo. Cuenta
una crónica que a Elvas llegaron
también «muitos senhores castelhanos
disfarsados só com fim de verem a
emperatrix».
He leído en alguna crónica que la
emperatriz descansó en Elvas unos días;
en otra, que al día siguiente de la
llegada partió hacia Badajoz. Lo que sí
es cierto es que la Candelaria la
celebraron en Alter do Chao y que
pasaron más tiempo en Monforte que en
Elvas.
Si al principio la comitiva de Isabel
no era muy numerosa, poco a poco fue
haciéndose más nutrida. Eran muchos
los que iban sumándose al
desplazamiento.
El penúltimo tramo de su viaje lo
hizo en una litera riquísimamente
ataviada y forrada de raso carmesí. La
escoltaban cuatro lacayos con jubones
de brocado y calzas de grana y otros
cuatro pajes, en jacaneas blancas de muy
buena planta.
Al ponerse en marcha, avisaron a los
castellanos de que lo hacían, pero que
no cruzaran el río Cayas. Tenían
intención los portugueses de hacer un
gran alarde en las inmediaciones del
puente. Se mandó corriendo a Fernán
Álvarez para que inspeccionara el sitio
más apropiado.
La emperatriz reanudó la marcha.
Pero a vista de los castellanos, a unos
cincuenta pasos de la frontera (al otro
lado y a la misma distancia aguardaban
los imperiales), se subió en una mula
blanca con los arreos de plata dorada y
las guarniciones de las más ricas telas,
amarillas y carmesíes. A su lado,
montando a la jineta, sus hermanos
vistiendo bonetos redondos negros en
señal de luto por la muerte de la reina
Leonor, su tía. Sus hermanos —los
infantes— la escoltaron hasta la línea de
división. Le besaron las manos los
portugueses, en señal de última
despedida. La esperaban los castellanos,
a pie, que le besaron la mano también.
Luego montaron, e intercalados unos con
otros, hicieron un enorme círculo que
dejó en medio a la emperatriz. Debió de
ser espectacular. Me imagino una toma
en picado. Roto el círculo, volvieron a
ponerse en línea, «hasta poner las manos
de los caballos en la raya» y de nuevo
se hizo el besamanos final, a pie,
empezando los de menos calidad y
acabando los más altos señores. Era el 6
de febrero de 1526.
La verdad es que la comitiva
castellana era multitudinaria y de alta
alcurnia. ¡Habían ido a recoger a su
reina! La componían el duque de
Calabria y don Alonso de Fonseca
(arzobispo de Toledo), don Álvaro de
Zúñiga (duque de Béjar), y el duque de
Medina Sidonia. Además, cada uno de
ellos llevaba sus acompañantes, o en
términos cortesanos, clientes: el de
Toledo estaba con el obispo de
Plasencia, con don Fernando de Silva
(conde de Cifuentes), con don Pedro de
Ayala (conde de Fuensalida) y con don
Fernando de Andrada (conde de
Monterrey), y con el conde de Andrada,
el de Ribagorza y otros muchos
caballeros. El de Béjar, con el conde de
Aguilar y con don Pedro de Ávila (más
tarde marqués de las Navas). En
compañía del de Medina Sidonia iba
don Francisco de Zúñiga y Sotomayor
(marqués de Ayamonte), y así
sucesivamente. La lista se puede hacer
más y más abultada en función de los
cronistas que se usen: yo aquí menciono
lo que nos transmitieron Gonzalo
Fernández de Oviedo, fray Prudencio de
Sandoval y Sousa.
Aquellos caballeros llevaban sus
mejores galas y buenos
acompañamientos. Sousa nos detalla
cómo Béjar iba exaltado por ocho
trompetas, cinco chirimías, dieciocho
pajes. Más aún acompañaban al
arzobispo. Los grandes señores vestían
de negro; las dignidades eclesiásticas de
rojo. Algunos hubieron de pedir
préstamos para poderse costear la
participación en tal acontecimiento. Se
conservan papeles del préstamo
realizado por el duque de Béjar al
marqués de Ayamonte, en noviembre de
1525.
Como narró Anselmo Braamcamp,
los requiebros galantes de los
castellanos o su capacidad de romper el
espacio personal de la intimidad les
llamó la atención a los portugueses.
Pero también el que vienen «de mui bõo
preposyto e mui cortes e beem
mydidos».
Entonces se acercó el duque de
Calabria y leyó el poder dado por
Carlos V para que a él se le entregara a
la emperatriz. Ella permanecía callada:
«Señora, oiga vuestra majestad a lo que
venimos por mandado del emperador,
nuestro señor, pues que es el fin mesmo
para que norabuena vuestra majestad
viene». Terminada esta breve
exhortación, pidió a su escribano que
leyera el poder dado por Carlos V para
la entrega, como así se hizo, según la
narración de Fernández de Oviedo o de
fray Prudencio de Sandoval. Entonces
don Luis sujetó por las riendas la jaca e
hizo entrega de la mujer en altas voces
proclamando que: «Yo entrego a vuestra
excelencia la emperatriz mi señora, en
nombre del rey de Portugal, mi señor y
mi hermano, como esposa que es de la
cesárea majestad del emperador». Se
retiró por la derecha de Isabel. Se
acercó el de Calabria y asió la brida y
reconoció: «Yo, señor, me doy por
entregado de su majestad en nombre del
emperador mi señor». Rompieron a
sonar las trompetas y los atabales. Se
acercaron los hermanos y se despidieron
con sentimiento de ella.
Este duque de Calabria merece unas
líneas de atención. Nacido en 1488, era
hijo del rey de Nápoles Federico I y de
su segunda esposa, Isabel del Balzo.
Santiago López Ríos ha puesto de
manifiesto la cuidadísima educación que
recibió, propia de un príncipe del
Renacimiento: en sus días se ponderaba
su afición por los libros (el inventario
de su biblioteca, impresionante y
modélica, fue publicado en 1875; la
biblioteca está a día de hoy en
Valencia), a la música (sostuvo una
esmeradísima capilla musical) y a la
caza. En 1502 el Gran Capitán lo tomó
prisionero tras la entrega de Tarento y lo
llevó a España, en donde estuvo preso
en Játiva. Rescatado por el rey
Fernando, fue cuidado con especial
esmero por el propio monarca.
Francesillo de Zúñiga habla de la
liberación del duque de Calabria, y
aquellas palabras del rey a su vasallo
liberado tras diez años de prisión:
«Duque, parecéis mondejo lleno de
carne momia o nalgas de don Francisco
de Mendoza».
Realizó nuevos viajes a Nápoles y
anduvo trasladándose de un lugar a otro,
recibiendo, como vemos,
destacadísimas misiones. En 1526, se
casó con Germana de Foix, viuda del
rey Fernando. Carlos V lo nombró
virrey consorte de Valencia. Realizó una
gestión controvertida, o por mejor decir,
nítidamente pro regalista muy dura.
Cuando Germana murió (1538), se casó
en segundas nupcias (1541) con Mencía
de Mendoza, también viuda de Enrique
de Nassau. Es precisamente este
matrimonio y las relaciones de doña
Mencía con Gossaert, Vives y otros lo
que ha animado a Falomir a plantear la
idea de que el coleccionismo valenciano
renacentista tuvo raíces más flamencas
que italianas, debido a la vastísima
cultura y contactos de Mencía, la mujer
más erasmista que hubo en España, y a
la impresión que causó la colección que
se trajo desde Flandes al enviudar en
1540. El duque de Calabria (título
creado en 1496 y que él heredó de su
padre) nunca tuvo descendencia. Murió
en 1550.
Entregada Isabel, hubo unos
muchachos que hicieron piruetas a
caballo y otras galanterías.
El duque de Calabria pidió permiso
a Isabel para despedirse de sus
hermanos. Se acercó a ellos y les saludó
cortés y brevemente. Lo mismo hicieron
el arzobispo y Béjar. Luego, los demás.
Por fin se podía ver en cuerpo y
presente a la emperatriz en España. Su
fama de mujer muy atractiva había
corrido ya porque se conocían algunos
retratos, como el que vio el embajador
Dantisco en casa de Gattinara. «Debe
ser hermosísima a juzgar por la pintura»
que tenía el canciller, escribió. El
secretario del embajador de Venecia
ponderaba su delgadez, y el que fuera de
tez «bianchissima et di bonissimo
intellecto», sabia y experimentada. Pero
acaso una de las descripciones más
conocidas fuera la de Alonso de Santa
Cruz, el cronista imperial:
Era la emperatriz blanca de rostro y
el mirar honesto y de poca habla y baja.
Tenía los ojos grandes, la boca pequeña,
la nariz aguileña, los pechos secos, de
buenas manos, la garganta alta, hermosa.
Era de condición mansa y retraída más
de lo que era menester. Honesta,
callada, grave, devota, discreta y no
entretenida; y esto era en tanta manera
que para sí aún no quería pedir nada al
emperador ni menos rogarle cosa por
otros; de manera que podemos decir
haber hallado el emperador mujer a su
condición.
La emperatriz fue llevada a Badajoz.
Allí estuvo una semana. Después siguió
la jornada hacia Sevilla.
He intentado poder construir un
relato sobre Isabel en Badajoz, pero no
quedan actas municipales, sino a partir
de 1596, según me informan. Entró en
Badajoz, recibida por el corregidor y
los regidores, que la recogieron bajo
palio, fue a la catedral y desde allí a su
alojamiento.
Badajoz estaba adornada de arcos
triunfales. No se sabía cuánto tiempo
iban a pasar allí, pero a la larga
permanecieron una semana. Al parecer
—según las cartas a Juan III del marqués
de Villarroel—, les sorprendió a los
portugueses el que hubieran de ir hacia
Sevilla, en vez de hacia Toledo, que era
lo que esperaban. De ser así, ¿por qué
Sevilla?
En cualquier caso, Carlos V mandó
sus correos indicando que alcanzaría en
el camino hacia la ciudad del
Guadalquivir a la comitiva de su esposa
porque estaba a punto de finalizar la
firma y ratificación de la Paz de Madrid
(Madrid, 14 de enero de 1526, e
Illescas, verbalmente al despedirse),
que estaba muerta aun antes de su firma,
como demostraron los acontecimientos.
Durante los días siguientes llegó a todas
las ciudades con corregimiento (por lo
menos) la comunicación de 27 de enero
de 1526 de la firma de la paz y de la
boda de su hermana Leonor con
Francisco I.
La semana de Badajoz estuvo
cargada de fiestas y agasajos. Pero
había que ponerse en camino hacia
Sevilla. Fernández de Oviedo afirma
que salieron de Badajoz el 15 de
febrero.
Carlos V salió de Toledo hacia
Sevilla casi al mismo tiempo que Isabel
partía de Badajoz. El emperador
pensaba que la esposa iba más lenta en
realidad, por lo que se fue entreteniendo
por el camino, reuniéndose, alojándose
y cazando con sus aristócratas. Era
bueno que el rey estuviera a bien con sus
condes, como el de Orgaz o el de
Oropesa.
Según iban y venían los correos que
servían de enlace de los tiempos y las
distancias, se veía que Isabel iba
demasiado deprisa, por lo que tuvo que
frenar el ritmo de su marcha. Las últimas
instrucciones se reciben en Llerena el 21
de febrero: ella irá directamente a
Sevilla, que él ya llegará. El inquietante
marqués de Villarroel espera órdenes de
su rey, al que ha propuesto ir (el
marqués) ante Carlos para animarle a
forzar la marcha. En medio de las
incomodidades de ese viaje, en el que
debieron alojarse en las casonas que
hubiera, se recibe la noticia de que Juan
III y la reina Catalina han tenido un hijo,
Alfonso. La expansión de la noticia
sembró de alegría a aquella corte
nupcial, que por orden de Isabel celebró
el alumbramiento en el Pedroso aunque
sin baile, porque donde se alojaban no
había sitio para danzar, pero se rindió
fiesta a caballo delante de donde posaba
la emperatriz. Del Pedroso llegaron a
Cantillana. Allí, por lo visto, sí
pudieron bailar. En Cantillana se dan los
últimos retoques para la entrada, ya
inminente, en Sevilla. Esta iba a tener
lugar el 3 de marzo de 1526.
En algo más de quince días había
ido desde Badajoz a Talavera la Real,
Almendralejo, Llerena, Guadalcanal,
Pedroso, Cantillana, monasterio
(¡jerónimo!) de Buenavista y Sevilla. No
predomina la sensatez en el itinerario y
llama mucho la atención que no hubiera
una entrada en Zafra.
Pero si los portugueses esperaban ir
a Toledo, ¿por qué se eligió Sevilla?
SOBRE PORTUGUESES
CORTESANOS EN SEVILLA: DON
ÁLVARO Y DON JORGE DE
PORTUGAL
El encuentro entre los desposados se
celebraría en Sevilla. Sevilla tenía
sobradas razones políticas, simbólicas y
económicas para festejar la primera
parte del enlace. Era una gran ciudad
andaluza, rica, cosmopolita, abierta al
mundo. Desde enero de 1503, en que se
fundó la Casa de la Contratación, era el
puerto único de entrada y salida de los
buques que iban y venían de América.
Por sus calles pululaban mercaderes,
cartógrafos reales, pilotos de las naos,
emigrantes, retornados y extranjeros.
De entre estos, me gustaría hacer
especial mención a un grupo: el de los
exiliados portugueses. Juan II de
Portugal había mandado ejecutar (1483)
a Fernando II Braganza por conspirar
contra él con la ayuda de Castilla. Su
hijo, Jaime, fue desterrado a Castilla. El
crío tenía unos cuatro años. En la
generación siguiente, Manuel I el
Afortunado levantó el castigo y permitió
en 1500 la vuelta de don Jaime a Lisboa.
Junto a don Jaime pasaron a Castilla
otros miembros de la familia Braganza.
Como consolación por el destierro y en
prueba de amistad, algunos oficios
cortesanos y sevillanos se entregaron a
los recién llegados.
Don Álvaro de Portugal (tío abuelo
carnal de don Jaime) llegó a ser
presidente del Consejo Real de Castilla
y desde 1494 «veinticuatro» de Sevilla,
desde 1497 alcaide de los alcázares y
atarazanas y probo fundador de
conventos de clarisas o preceptor de
juros reales, así como propietario de
casas confiscadas a los judíos
expulsados.
Los oficios citados llevaban
aparejados, aparte de buenas sumas,
otras mercedes y privilegios, como el
derecho a ocupar dos casas en los
alcázares, poder nombrar un teniente de
gobernador de la alcaidía y tener doble
voto (el propio y el del teniente) en el
ayuntamiento de Sevilla.
Mientras este don Álvaro crecía en
dignidad y gobierno en España, su tío
Manuel —rey de Portugal— se casaba
con la hija de los Reyes Católicos,
Isabel, en 1498. A la muerte de don Juan
en Salamanca (el hijo llorado de los
Reyes Católicos), Manuel e Isabel
vinieron a Castilla y Aragón para ser
jurados herederos. Durante el viaje,
Isabel dio a luz un varón en Zaragoza,
Miguel (23 de agosto de 1498), pero
ella murió en el parto. Manuel volvió a
Portugal para seguir reinando. De
Miguel se hizo cargo su abuela, Isabel la
Católica. Él iba ser el heredero varón de
verdad, ya sin ser consorte, de todo, o
casi todo. Pero murió en 1500.
Su padre se casó con una excuñada,
María de Castilla (31 de octubre de
1500); mas comoquiera que Juana, la
que casó con Felipe el Hermoso de
Austria, era mayor, la corona pasaría a
ella. Por cierto: padrino de esa boda fue
don Álvaro de Portugal. Lo demás del
embrollo, ya lo conoces.
Así que no solo eran miembros de la
Casa de Avis o de Braganza los que iban
y venían en diferentes ambientes, de un
lado al otro de la raya, sino que como
arrastraran tras de sí a sus cortesanos,
las bodas entre unos y otros de diferente
nación se multiplicaron.
De don Álvaro —sobrino de Manuel
I— fueron hijos don Rodrigo de Melo y
don Jorge. Muerto el padre en 1503, se
hizo con los títulos el primogénito (y el
segundogénito con los que le
correspondieran), que había vuelto a
Portugal en 1500, y recibió un
importante mayorazgo, pero abandonó su
tierra. ¿Hacia dónde? De nuevo hacia
Sevilla, en donde heredó la veinticuatría
y la alcaidía de los alcázares y de las
atarazanas.
Ni que decir tiene que la presencia
de portugueses en Sevilla estaba muy
vinculada a la cohorte que estos oficios
podían crear en la ciudad. Una red de
clientes portugueses —con algún
nombramiento de algún castellano, tal
vez para congraciarse con los naturales
— en buena posición social se fue
construyendo y afianzando. Al mismo
tiempo que se urdían estrategias para
unir las Coronas de España y Portugal, o
que castellanos y portugueses se
lanzaban a la «amistosa» conquista de
los océanos.
De hecho, un tal Barbosa fue
nombrado teniente de los alcázares por
don Jorge. Este Barbosa, de nombre
Diego, casó a su hija con un tal
Fernando de Magallanes, antes de salir a
su primera expedición a las Molucas.
Por si crees, apacible lector, que en
historia ocurren los acontecimientos por
casualidad.
A la muerte de Diego Barbosa (16
de octubre de 1524), sucedieron ciertas
desavenencias entre don Jorge y los
sucesores del teniente de los alcázares
por unas rentas. El enfado se saldó,
entre otras cosas, con un cambio de la
red clientelar. A partir de 1526 se trocó
la naturaleza de los tenientes, que
empezaron a ser castellanos. El primero
de los de la nueva hornada fue un tal
Francisco de Santa Cruz, padre del
cronista de Carlos V, Alonso de Santa
Cruz.
Cuenta la historia que don Jorge
rindió el alcázar a los comuneros al
tercer cañonazo que recibió. Acabada la
rebelión, le fue restituida la fortaleza y
el oficio. Por lo demás, quiso don Jorge
imprimir algo más de vida a su
existencia y, tan pronto como fue
sofocada la revolución comunera, se fue
de Sevilla tras los pasos de Carlos V.
Cuentan que, a raíz de estos sucesos,
don Jorge se granjeó fama de ser un
cobarde. En 1522 aparece con el
emperador en Inglaterra y en 1524 en
Tordesillas está presente en el
casamiento de doña Catalina con don
Juan III. Vivida la corte, vuelve a
Sevilla en el otoño de 1525: es
nombrado procurador en las Cortes de
Castilla por la ciudad. Al año siguiente,
forma parte de la comitiva imperial que
acude a recibir a la novia a Elvas. Los
Braganza tenían la posibilidad de besar
de nuevo las manos a los Avis. Otra vez
en Sevilla, don Jorge ofició de anfitrión
en los alcázares.
Cuando le llegó la hora, don Jorge
se fue a casar a Portugal con doña
Guiomar de Ataíde, que aportó
8.154.100 maravedíes de dote. Pero
murió en 1529 sin hijos. Don Jorge
contrajo nuevas nupcias en 1531 con
Isabel Colón, nieta del descubridor. Con
el tiempo parece ser que fue nombrado
caballero de Santiago y realizó
importantes inversiones en juros por
Castilla. Además, recibió otras
alcaidías, como la de Andújar o la del
palacio del Lomo del Grullo (Doñana),
y otras mercedes dadas por Carlos V. A
raíz de los apuros económicos que sufría
la Casa de Medina Sidonia, desde 1520
trató de hacerse con la villa de Olivares,
intento frustrado que fue objeto de
chanza en el corrosivo Francesillo de
Zúñiga. Tenía don Jorge ínfulas
nobiliarias y de señorío territorial a este
lado de la frontera. Por lo visto, sus
nietos —o alguno de sus nietos—
siguieron con esas altivas aspiraciones,
o aún mayores.
Don Jorge al fin logró comprar
jurisdicción y territorio: Gelves en
1527; en 1528 a los Mejía la heredad de
Merlina; después de 1534 y en medio
del proceso de conversión en realengo
para luego pasar a señorío laico de
lugares de órdenes militares, se hizo con
Villanueva del Ariscal; en los años
siguientes continuó comprando fincas y
otros bienes inmuebles.
Para muchos pasó sin pena ni gloria
este don Jorge, anfitrión de los
alcázares, cuyos descendientes acabaron
por descolocar los apellidos y el «de
Portugal y Colón» lo cambiaron por un
«Colón y Portugal».
Murió en la madrugada del 24 al 25
de septiembre de 1543.
Buen ambiente proluso en Sevilla.
Sin embargo, sujeto a las subjetividades
y los caprichos del hombre. En 1527
Juan III despidió a todos los castellanos
que habían acompañado a Catalina
(hermana de Carlos V) cuando se
casaron. No solía gustar el exceso de
extranjeros por causa de un matrimonio
de este tipo, ya que el que llegaba no
acababa de socializar y metía por
doquier a sus naturales. Así que,
expulsados los castellanos, Carlos V
decidió hacer lo mismo con los
portugueses tan pronto como Isabel
diera a luz en Valladolid. Pero estamos
en cosas de fiesta.
EL PAPEL DE SEVILLA EN LA
GUERRA DE LAS COMUNIDADES
Una buena y segunda razón para explicar
el porqué de la elección de Sevilla
estriba en su papel durante la guerra de
las Comunidades (1520 - 1521/22).
Como es bien sabido, fueron muchos
elementos los que azuzaron un
levantamiento muy complejo en Castilla.
Hubo problemas nacidos de la
frustración por el cambio de orientación
que iba adoptando el futuro económico,
según el cual la presencia cada vez
mayor de banqueros internacionales
rompía las formas estructurales de la
economía peninsular; hubo problemas
derivados de ver cómo los flamencos
arrasaban con las riquezas de Castilla y
se mancillaba la dignidad del reino;
hubo quienes se aprovecharon de la
debilidad de la monarquía a raíz de las
sucesivas crisis sucesorias que se
venían librando desde la muerte de
Isabel la Católica en 1504; hubo
quienes, en medio de las tempestades de
la revolución, hallaron el momento
propicio para intervenir con violencia o
no contra señores de vasallos; venía
habiendo tantos problemas desde 1504 y
de todo tipo, o tantas situaciones nuevas,
que no se sabían canalizar o domeñar,
que, al final, la estabilidad saltó por los
aires. Acaso miedo social. Tal vez
añoranza del pasado que se esfumaba.
Probablemente desinterés por el futuro
que ofrecían los Austrias…
El 2 de septiembre han visto salir
del convento de San Pablo a don Juan de
Figueroa y a don Francisco Ponce de
León —hermanos del duque de Arcos—,
junto a otros amigos y conocidos. Todo
transcurre con normalidad por Sevilla.
¿Todo?
Es domingo y corre el 16 de
septiembre de 1520. El hermano del
duque de Arcos, don Juan de Figueroa,
se proclama «capitán general del rey y
de la Comunidad». A la vez, manda sus
huestes para que recorran la ciudad
proclamando la Comunidad. Haciendo
uso de las armas, depone formalmente al
ayuntamiento y se va hacia el alcázar.
Como hemos visto antes, don Jorge de
Portugal lo rinde bien pronto.
Poco le duraron las alegrías al
Ponce de León, porque el lunes 17 de
septiembre, el duque de Medina Sidonia
reunió a sus gentes. Repuso el
ayuntamiento depuesto y se encaminó
hacia el alcázar, y lo rindió a las pocas
horas de asedio. A don Juan de Figueroa
lo detuvieron y encerraron, por su
condición aristocrática, en casa de su
hermano el duque. Don Juan no paró: fue
uno de los participantes en Villalar.
La reunión de San Pablo, ¿no sería
la de preparación de estos
acontecimientos?
Como observó Joseph Pérez en su
día, en esas dos jornadas ocurrió algo
más que una revuelta, su sofocamiento y
la vuelta del orden. En aquellos días,
Sevilla vivió con intensidad el
enfrentamiento de dos linajes
aristocráticos, mientras las autoridades
reales eran «meros comparsas».
Se hizo justicia, hubo destierros y
pasaron otras cosas. Pero no llegó la
calma del todo. Objetivamente había
causas para que siguiera el malestar.
Escaseaba el trigo. El 10 de marzo de
1521, parece que hubo una espontánea
manifestación (con toda probabilidad
mal estudiada y por ello se piensa que
fuera espontánea) con la intención de
saquear depósitos de los que tenían pan
«a la voz de Comunidad».
Hubo detenciones, más gentes en la
calle (se habla de hasta cuatro mil), una
concentración pidiendo la libertad de
los arrestados y, finalmente, su
liberación. Todo fue demasiado rápido.
No se detectó a ningún cabecilla.
En cualquier caso —¡cómo no!—,
los disturbios del 10 de marzo sirvieron
para que volviera a haber paz entre
Medina Sidonia y Arcos…, o lo que es
lo mismo: que a los ojos de aquellas
gentes del siglo XVI Sevilla hubiera
permanecido al lado del rey. Y aunque
algunos desdichados se echaran a la
calle, los sevillanos de verdad (los
aristócratas y sus redes sociales
piramidales) se unieron a favor de la
Corona.
Carlos V tenía a unos grandes bien a
su lado en Sevilla. Estos grandes
controlaban, o estaban aliados, con los
hombres de negocios de Sevilla. El
punto de llegada de los navíos de Indias
había estado en paz en tiempos de
guerra. Era tierra leal, no como Toledo,
y había que darle una ejemplar
recompensa.
Asimismo, había una nutrida colonia
de portugueses. Estaba plagada de
genoveses y alemanes. Era una gran
ciudad de comercio internacional.
Sevilla encarnaba en esa boda el
símbolo de varias reconciliaciones o
reconocimientos.
AL FIN, SEVILLA
Isabel entró en Sevilla el 3 de marzo de
1526. Dijeron que era sábado. Llegó
sola, quiero decir que con su lujoso
acompañamiento, pero sin el prometido.
Carlos, que viajaba desde Illescas, por
el camino que hemos dicho antes, tardó
una semana en incorporarse.
El recorrido final fue muy incómodo
por la cantidad de gente que había. Eran
gentes de todas partes que abarrotaban
las veredas de los caminos y las calles
de la ciudad. Tan es así que tenían que ir
abriendo paso un alcalde de corte y sus
alguaciles. Cuenta Fernández de Oviedo
que estos exhortaban a las mujeres que
esperaban la llegada de la reina a que se
quitaran los sombreros, «que su
majestad os quiere ver bien». Lo mismo
ocurriría unos días después con Carlos
V. Los caminos, narran, eran
intransitables «y por de fuera, con
mucho estorbo». Acaso exagerando
cantidades, pero queriendo manifestar la
multitud de gentes que había al otro lado
de la Macarena, un relator italiano
hablaba de que habría «più di
centomilia persone», según recoge
Gómez-Salvago.
Isabel también fue muy bien recibida
por la ciudad. Concretamente, el cabildo
llevaba preparando la entrada desde
octubre de 1525, en que habían
nombrado al arcediano de Carmona,
Francisco de Peñalosa, que había vivido
en Roma e incluso fue cantor de la
capilla de León X; al arcediano de
reina, Luis de la Puerta y Antolínez,
sensible para la promoción de los
estudios en Salamanca; y al genovés
Pedro Pinelo para que se ocuparan de la
recepción de la emperatriz.
El ayuntamiento también designó a
los suyos.
El caso es que salieron a recibirla
todos los oficios de la ciudad, a caballo,
para no mancharse con el mucho lodo
que había por las lluvias de los días
anteriores. Iban también los duques de
Medina Sidonia y Arcos; el marqués de
Tarifa y muchos más.
Carlos V había dado orden de que se
recibiera a Isabel como si a él mismo
fuera. Por tanto, no se escatimó nada.
Las autoridades civiles y las
eclesiásticas salieron de Sevilla hasta la
ermita e iglesia de San Lázaro,
extramuros de la Macarena, en donde se
encontraba la emperatriz. Hicieron el
besamanos de rigor.
Luego, ella en litera, tomaron el
camino de la ciudad y en la puerta de la
Macarena se subió en una mula muy bien
aderezada, que cubrieron con palio de
brocado que llevaba las armas
imperiales y las de Avis bordadas. La
flanqueaban el de Calabria y el
arzobispo de Toledo y los escoltaban las
autoridades civiles y las dignidades
eclesiásticas.
El cabildo de la catedral entró más
aprisa para llegar antes a su iglesia y
recibir a la emperatriz.
Justo antes de traspasar la puerta de
la Macarena, se había levantado un arco
de madera, de arquitectura efímera, muy
grande y ricamente adornado. Era el
primero de otros que había antes de
llegar a la catedral.
El recorrido estaba adornado de
tapices y las gentes lo engalanaban
también porque iban ricamente
ataviadas, especialmente las mujeres
que llenaban ventanas, terrazas y
azoteas.
Iba Isabel vestida de blanco, en
señal de su pureza, de su virginidad. Su
traje era de raso acuchillado blanco
forrado en tela de oro. Se cubría con una
gorra también de raso blanca, decorada
con piedras y perlas que valían un
tesoro. Su esbeltez la alargaba una gran
pluma blanca. Con capas blancas iban
también los capitulares de la catedral,
cuya procesión llegaba hasta la calle
Génova.
Un gran tumulto la esperaba en las
gradas de la catedral, ese lugar
simbólico de los encuentros en Sevilla.
Había acudido con sus mejores ropajes
todo el clero de la ciudad, con sus
veinticinco cruces parroquiales, o sus
símbolos de las colaciones, presidido
por sus dignidades y su estratificación.
Isabel llegó a la puerta del Perdón.
Acababa de ser reformada entre 1519 y
1522. Con barro cocido se habían
torneado para los laterales sendas
esculturas de los santos Pedro y Pablo,
así como una Virgen y San Gabriel. La
coronaba una nueva expulsión de los
mercaderes. No deja de ser gracioso, o
una advertencia, que estuviera este
fresco en la entrada de la puerta que
utilizarían los tratantes los días de lluvia
cuando corrían a guarecerse a los
pórticos del patio interior, o los más
grandes agentes de la banca
internacional asentada en la Sevilla del
Oro. Pasa igual en Medina del Campo:
desde un balcón de la iglesia mayor, la
imagen de la patrona, la Virgen del
Pópolo presidía la misa anterior a
iniciarse las transacciones. Por lo menos
tenían conciencia. Hoy, según creo haber
visto en alguna Bolsa, martillean una
campanilla que más parece tocar a
rebato que a felicidad por los buenos
cambios que se van a hacer. ¿O es que
ahuyentan los espíritus del Latrocinio, la
prima de riesgo, la corrupción política y
quieren que despiste la conciencia de
los inconscientes?
Vayamos a Sevilla, que es una
ciudad muy especial. En la reforma de
1520 se habían introducido otras
decoraciones de yesería. Fue la primera
intervención a gran escala en la puerta.
Años después se volvería a actuar,
dándole el aire estructural (algunos
elementos se han perdido) que
conocemos hoy, con su espadaña, veleta,
protecciones contra el sol y la lluvia y
otros retoques sobre los yesos que se
habían quebrado o desprendido de la
reforma de 1519 - 1522. Pero lo más
impresionante de esa puerta eran sus
formas.
Isabel entró a la catedral de Sevilla
por un portón de batientes de cedro
ricamente adornados con un entretejido
geométrico y una sucesión de hasta tres
arcos de herradura apuntados, de origen
almohade. ¿Qué pensaría ante semejante
cruce cultural? A la entrada de la puerta
acudieron dos canónigos a besarle las
manos.
El bellísimo acceso deja al visitante
directamente en el patio de los
Naranjos, que servía como claustro, al
estar porticado en el lateral, y de refugio
a algún pícaro porque al ser sagrado no
entraba la justicia del rey, así como, en
último término, de zona de paso de una
parte a otra de la ciudad. Unos cuantos
críos, vestidos de ángeles y de virtudes,
cantaban desde un arco efímero que se
cerraba con un cielo, que iba desde la
puerta a la capilla mayor.
Tenía preparado un sitial muy
ataviado con almohadas de cara al altar,
en el que se postró para rezar un
instante. El arzobispo subió al altar y
dio las prédicas que hay que dar en tales
ocasiones.
Después salió de la catedral por la
puerta de la Lonja, montó en su jaca
blanca, y cruzó hacia los reales
alcázares, para entrar por el patio de
Banderas, adornado el itinerario con
dragones flamígeros y lanzadores de
cohetes.
Carlos V llegó una semana más
tarde. Fue el 10 de marzo de 1526. En
realidad, y sigo a Mónica Gómez-
Salvago, con varios meses de retraso,
porque a la altura de noviembre de
1525, recién concluidas las
capitulaciones matrimoniales, algunos
cortesanos daban por hecho el viaje real
a Sevilla para la boda. Pero los
problemas de las bulas de parentesco, el
matrimonio por poderes, el Tratado de
Madrid y el desplazamiento retrasaron
las prisas iniciales. En cierto modo,
bien se puede decir que Carlos V no
perdió ni un segundo para conocer a su
desposada y consumar el matrimonio.
Si la entrada de Isabel fue
apoteósica, el recibimiento a Carlos V
la superó. Naturalmente. Más galas, más
aristócratas, los embajadores, más
señores y caballeros y más de todo, pero
no por desmerecer a su esposa sino
porque él era el emperador y rey. Y,
además, con la sobria elegancia que le
caracterizaba, su espectacular presencia
que no necesitaba de muchos adornos y
con la que impresionó a toda Europa en
sus entradas. En París lo hizo de negro,
con una gran perla y en la gorra una
pluma de avestruz. Así era él. No
necesitaba más.
Ahora, en Sevilla, entró por la
Macarena desde San Jerónimo
extramuros con un vestido ancho de
terciopelo de tiras de brocado —de
seda y oro haciendo filigranas—; en la
mano, una rama de olivo: él era la paz…
¿O estaban asistiendo a una reedición de
la entrada en la Nueva Jerusalén?
Montaba un caballo con manchas
oscuras a rodales. Alguien escribió que
era «color de cielo», supongo que de
intensísimo negro que pareciera azul.
Seguro que, entre las músicas de
trompetas, chirimías y tambores, entre el
colorido de las vestimentas de sus
grandes, entre los estandartes de los
ciudadanos honrados y los artesanos,
entre la algarabía del pueblo, sobresalía
el emperador, joven, sobrio, excelso.
Todo correctamente estratificado y
simbólicamente exhibido.
La ciudad, representada por sus
autoridades, riquísimamente ataviadas y
condecoradas con sus cadenas de oro y
cuantas señales de su estatus pudieron,
fue a recibir a Carlos V a San Jerónimo.
Tras las máximas autoridades civiles,
los caballeros, los letrados, los
abogados, los colegiales, los médicos,
los escribanos públicos, los
representantes de los ciudadanos
honrados pero pecheros, los
mercaderes… «los extranjeros»,
haciendo un cuerpo social porque en
Sevilla podían. ¡Eran tantos y tan
fuertes!
De los lugares de la jurisdicción
acudieron los alcaldes de la Santa
Hermandad. Además, alguaciles y
porteros del ayuntamiento —por una vez
— a caballo.
Por detrás todos los maestros de los
gremios con las gentes de sus oficios,
ordenados por escuadrones con sus
banderas.
A lo lejos ya, las gentes de la tierra
de Sevilla, normalmente vestidos de
amarillo, montados y armados con
lanzas y adargas.
Recogieron al rey y con alegría se
dirigieron a la puerta de la Macarena.
Ya eran las cinco de la tarde. Antes de
traspasarla («estando entre las dos
puertas de la puerta de la Macarena»),
ante una nutridísima comitiva que eran
todas las autoridades locales sevillanas,
a la sazón, algunos de los más altos
linajes de Castilla, el escribano del
ayuntamiento requirió al rey que jurara
defender los privilegios de Sevilla, a lo
que respondió que «le plazía». Luego,
mientras sostenía unos Evangelios
abiertos con una cruz en medio, pidió
que lo jurase. El emperador puso su
mano derecha «corporalmente», o sea,
que la puso sobre la cruz, y juró por el
nombre de Dios y de la Virgen y por lo
contenido en los Evangelios que
guardaría y mandaría guardar los
privilegios, buenos usos y costumbres
de Sevilla, tal y como lo hicieron los
reyes sus antepasados.
El hecho de jurar los privilegios de
una ciudad (lo ocurrido en Sevilla
demuestra que no era privativo de la
Corona de Aragón el que el rey jurara
fueros locales) implicaba una sanción
del pasado, la asunción por parte del
monarca actual de una tradición. Por
otro lado, firmar los fueros y privilegios
era aunar entre Corona y reinos o
municipios el «pasado normativo».
Ahora bien, cuando se empeñaran en
defender ese su pasado normativo,
naturalmente estaban defendiendo la
inacción; negaban el camino hacia el
futuro.
Jurados los privilegios de Sevilla a
satisfacción del asistente nombrado por
Carlos V («El muy magnífico señor don
Juan de Silva y de Ribera»), el duque de
Arcos —que era el alcaide mayor—; el
conde de Orgaz —alguacil mayor— y
los dos alcaldes mayores y sus seis
lugartenientes (hombres letrados); los
veinticuatros de la ciudad; los maceros y
otros oficiales municipales que lo
celebrarían exteriorizando su alegría,
entregaron —por manos del conde de
Orgaz— las llaves de la ciudad a su rey.
Carlos V podía entrar en Sevilla. Era
bienvenido.
Lo iba a hacer, como de hecho lo
hizo, bajo palio. En el cielo del palio
iban bordadas sus armas imperiales. Por
las goteras o caídas de tela que colgaban
a modo de adorno por los dos varales
delanteros, estaban bordadas las
columnas de su divisa con una corona
imperial sobre cada una de ellas. Así
inició su procesión hacia la puerta del
Perdón. Atravesó uno y dos y tres, hasta
siete arcos de los que salían los sones
de la música al paso del emperador. Las
fachadas de las casas y palacios estaban
adornadas con la tapicería de la entrada
de Isabel.
De nuevo llegó a la puerta del
Perdón. Ya había caído el sol. Se bajó
de la montura para ser recibido por las
autoridades eclesiásticas encabezadas
por el arzobispo. Allí hubo de jurar las
inmunidades de la Iglesia de Sevilla. Se
encaminó a la iglesia de la Antigua,
donde rezó en recogimiento. Unos niños
entonaron el Te Deum laudamus. El
arzobispo pronunció las palabras de
rigor. Pasó hacia los alcázares. Dos
horas habían transcurrido desde que se
hizo de noche.
UN DIÁLOGO SEMIÓTICO:
«¡VENCE, REINA, MANDA!»
No voy, lector, a repetirte todos los
símbolos sociales, culturales, morales,
de la estratificación social que encierra
la riqueza cromatística y sensorial de
una entrada real en una ciudad.
La reina, virgen, entró
solemnemente, pero cubierta bajo palio.
Al rey se le exigió jurar los privilegios
de Sevilla antes de entrar en la ciudad.
Una vez jurados, se le dieron las llaves
de la ciudad. Más tarde, en la catedral,
hubo de hacer lo mismo con los
derechos eclesiásticos.
Pero la ciudad también había erigido
siete arcos efímeros, de poner y quitar,
de hechura más o menos barata, pero
funcionales. Representaban las varias
virtudes de los reyes, que se encarnaban
en Carlos. Por ellas, a él se le pedía
prudencia, fortaleza, clemencia, paz,
justicia, cumplir con las tres virtudes
teologales, y se le reconocían gloria y
fama exhortándole no a que cumpliera
con las leyes del reino o los privilegios
de la ciudad, sino que venciera, reinara,
mandara. Sevilla estaba a los pies de
una nueva forma de monarquía, a la que
se le reconocía su autoridad a cambio de
prosperidad. Sevilla esperaba mucho de
sus reyes. Cada arco tenía cuatro centros
de atención: una virtud con unos versos,
una escultura de Carlos V con una
inscripción. Los textos en verso o en
prosa estaban todos en latín. O sea, que
nadie, salvo unos pocos, los
entenderían. Pero el pueblo extasiado
pensaría que mandaban mensajes tan
serios como la lengua-soporte. En
verdad que era mejor que no los
pudieran leer, porque muchas de estas
estrofas eran tan incomprensibles para
unos como para otros. El metalenguaje
que exhibían era tan meta- que solo lo
era para novicios. Las descripciones de
los arcos son varias. Gómez-Salvago
publica algunas inéditas hasta sus
trabajos. Me limito a recoger lo que
ofrece fray Prudencio de Sandoval,
historiador habitualmente muy bien
informado.
Así que el primer arco estaba
dedicado a la Prudencia que es la reina
de todas las virtudes. Lo coronaba un
retrato de Carlos V al natural que
descansaba en pie sobre un globo
debajo del cual había unos versos que
traducidos por Sandoval (XIV, X)
decían así:
Invicto Carlos, gran señor del
mundo,
que a ti solo el gobierno se
atribuya,
que venza al hado tu valor
profundo,
y el turco y la africana tierra suya
tiemblen ya de tu brazo furibundo.
Esto hace la prudencia tuya,
esta (pues, santo rey) de la fe
abrigo
de tu eterno loor será testigo.
En el frontispicio de este primer
arco aparecía Prudencia con una
inscripción en latín que decía: «A la
incomparable prudencia de Carlos
Sacratísimo y Máximo, el Senado y
pueblo de Sevilla dedicó esto».
El arco siguiente estaba dedicado a
la Fortaleza, virtud segunda de entre las
que ha de tener un príncipe. En esta
ocasión, Carlos V estaba en lo alto del
arco, armado y con la espada
desenvainada listo para herir a Soberbia
que estaba a sus pies: «A la fortaleza del
césar que ampara la república de todo el
orbe cristiano, el Senado y pueblo de
Sevilla consagró este arco triunfal».
A su vez, Fortaleza tenía esta
estrofa:
¡Oh, Carlos, emperador famoso!,
no es porque al enemigo por ti
vemos
vencido de ese brazo valeroso,
ni porque la esperanza en ti
ponemos,
no despedace el lobo codicioso,
nuestras entrañas que acechando
asiste,
sino porque a ti mismo te venciste.
El tercer arco homenajeaba a
Clemencia, tan necesaria en los
príncipes. Lo presidía otra figura del
emperador, con jubón y cota de malla y
a sus pies la espada, las manoplas y la
celada, ante las que se rendía Ira.
Clemencia, haciendo cuerpo con todo
este grupo, daba la mano al emperador:
«A la clemencia del césar, que levanta a
los oprimidos con violencia, el Senado
y pueblo de Sevilla mandó hacer esto».
Junto a esta inscripción, otros
versos, en mayor número esta vez:
No es esta hazaña menor,
rebeldes volver rendidos,
quedar despojos vencidos
a Júpiter vengador.
Los rendidos perdonar
tu gloria es, césar clemente;
solo conviene a tu frente
esta corona sin par.
Eres tenido entre nos
por fuerte hombre y rey prudente
y clemencia solamente
de hombre y rey te hizo ser Dios.
El cuarto era una alusión a Paz:
Carlos V llevaba ropa hasta los pies.
Pisaba así una figura de Discordia, que
con rostro feroz y armas en las manos
estaba postrada en el suelo, dice
Sandoval. Esta vez la leyenda decía así:
«Por la paz conseguida, por la
prudencia, fortaleza y clemencia de
césar, ahuyentando la discordia de todo
el orbe cristiano, el Senado y pueblo de
Sevilla levantó en esta edad dorada este
arco al clementísimo príncipe».
Y los versos:
Ya es tiempo en que el pastor junte
amoroso
al tigre con el toro en el arado,
y en el aprisco descuidado
la oveja con el lobo no dañoso;
y que el soldado el ímpetu furioso
suspenda la guerra;
y el labrador cultive en paz la
tierra.
Todo se te debe a ti, césar pacífico,
de donase la paz y ser amplífico.
Nuevamente césar coronaba un arco,
el quinto. Ahora volvía a ir armado,
llevando en la mano derecha la espada
desnuda y en la otra el cetro real. En el
frontispicio, Justicia, con Equidad y
Concordia. La inscripción decía: «Por
la justicia del sacratísimo césar, que
levanta a los buenos y oprime a los
malos, el Senado y pueblo de Sevilla
consagró esto al príncipe justísimo de
todos».
Por su parte esta figura iba adornada
con estos versos:
Una es la imagen simulacro solo
de Dios omnipotente acá en el
suelo;
y una clara justicia allá en el cielo;
que excitada huyó al más alto polo;
el Padre la llevó del dios Apolo,
porque ella de mortales
aborrecía los males.
Y por ti, justo césar, solo ahora
la dorada justicia en tierra mora.
El siguiente estaba dedicado a las
tres virtudes teologales, que son la Fe,
la Esperanza y la Caridad. En la
delantera está Fe labrando una corona
de hierro: «La caridad es más preciosa
que el oro», con sus versos
correspondientes:
Especie de virtudes [no] hay
ninguna,
¡oh, césar!, que por más
ennoblecida,
no adorne tu alto ingenio
agradecida.
Pues por formar dispuesta cada
una
un cuerpo bien compuesto
de gracia —echando el resto—,
el tuyo, ¡oh, santo césar!,
fabricaron
y en él todas su asiento colocaron.
El último de los arcos de triunfo era
para la Gloria, encarnada en la figura de
Fama. Debajo de Gloria estos versos:
La fama al hombre su ceniza
honrosa
al cabo de mis siglos resucita,
y vida a los vivientes da infinita,
y Fabios y Camilos gloriosa
de esta nación la estirpe valerosa
de césares invictos
en navales conflictos;
y ahora, ¡grande césar!, esta nace
de tu pecho en las cosas que en ti
hace.
Gloria estaba coronando al
emperador con su mano derecha y con la
izquierda a la emperatriz. La inscripción
de estas tres estatuas decía así: «Lo que
todo el orbe debe a los felicísimos
emperador y emperatriz, el Senado y el
pueblo de Sevilla lo paga».
Fama se extendía por todo el mundo
con una trompeta en la mano derecha y a
ambos lados, armas, banderas,
estandartes. Destacaba uno de estos que
tenía las armas de Carlos e Isabel.
Ya que había alusiones a Gloria,
Fama y los emperadores, no iban a faltar
los pueblos sobre los que se ejercían las
tales virtudes. Había pintados
españoles, italianos, alemanes,
flamencos, indios y otros muchos:
«¡Vence, reina, manda!».
Por fin, en lo alto de este arco,
Carlos V estaba sentado sobre la rueda
de Fortuna, con el eje fijo para que no
diera vueltas. A su alrededor, las
virtudes —que portaban las armas del
imperio y del estado [sic] coronándole
—. Él tenía a sus pies un globo
terráqueo y estas palabras: «Ahora reina
en todo el orbe, Carlos».
Y enseguida vas a ver, pacífico
lector, cómo se encontraron los
contrayentes.
II
DEL ENCUENTRO
EN SEVILLA A LA
SALIDA DE
GRANADA
(DEL 10 DE MARZO DE 1526 A ENERO DE
1527)
La algarabía que hay en la calle haría
que cualquiera que no estuviera
acostumbrado a ella se sintiera
incómodo, e incluso inseguro. El
repiqueteo de los martilletes sobre las
planchas de hoja de lata, el vocerío del
que invita al viandante a entrar en su
chamizo, la voz aguda del crío que, al
fondo de los soportales, anuncia que
vende un refresco. Mientras, él cose y
recose, tiñe y da forma a los
cordobanes. Aún sus manos no están ni
viciadas ni entumecidas por los años
de trabajo. Es más, su reiterativo
pensamiento tiene que ver con la
imagen de sus cuerpos, los de él y su
esposa, zurciéndose con besos y
abrazos y otras apreturas. Con
simpatía se imagina que ahora les toca
el turno a los reyes, jovencísimos.
Fuera sigue el trajín. En su tenderete
huele mejor que en las nauseabundas
tenerías; de todos modos, siempre le
gustó poner en agua un manojo de
hierbabuena cerca de su banco de
trabajo para soportar el olor del cuero.
¿Con qué aromas se perfumará esta
noche la novia? Con esencias de
jazmín y de pétalos de rosas blancas de
los parterres del palacio real, seguro.
Carlos V procedió a resolver la
situación de su soltería. Había elegido a
Isabel de Portugal, su prima. ¿Habría
suerte para todos, para ellos dos porque
se encontraran y para los demás, porque
de su entendimiento se irradiaría
estabilidad y tranquilidad a sus
vasallos?
AL FIN JUNTOS
Los nervios en los aposentos de la
emperatriz debían ser notables. Una
persona sensata sabría lo que se jugaba
en la primera entrevista. No era solo una
reunión de dos personas, sino que les
iba a pesar la presión de sus dinastías y
sus pueblos.
El emperador entró hasta donde
estaba Isabel. Era un gran salón. La
acompañaban Germana de Foix, el
arzobispo de Toledo, sus damas y otras
muchas señoras, además de Salviati,
Alba, Béjar, Chaulx y otros.
Era la primera vez que se veían.
Ella hincó las rodillas en el suelo e
intentó besar las manos de su señor.
Él no se lo permitió. La asió para
levantarla y la abrazó. La besó. La cogió
por la mano y la llevó a una sala aneja.
Allá se sentaron y hablaron durante
un cuarto de hora. No estaban solos.
El legado de Margarita de Austria,
la tía de Carlos V que había quedado de
gobernadora de Flandes, su embajador
Guillermo des Barres (portador de un
riquísimo collar que lució esa tarde-
noche la emperatriz), escribió a su
señora:
Yo estuve presente la primera vez
que el emperador se acercó a Isabel
[…] y nunca había visto dos recién
casados más contentos el uno con el otro
que ellos, parecía como si se hubieran
criado juntos.
Y añadía la enorme alegría que
causaba el placer de ver la felicidad que
tienen de poder estar el uno con el otro.
Ruego a Dios que les conceda la gracia
de vivir juntos largo tiempo […]. Su
majestad estaba constantemente ocupado
en hacer de buen marido y solo se
preocupaba de los portugueses que
habían acompañado a la emperatriz. No
ha tenido tiempo para negociar ningunos
otros asuntos.
Tal carta, que rezuma cordialidad y
espontaneidad, es también muy original,
ya que hace una descripción de la
felicidad de ambos que no se encuentra
en otro texto. Tal vez las recíprocas
muestras de cariño no fuesen bien vistas
por aquellos rectos creyentes en el
pecado, ni por las pícaras y
empalagosas cortesanillas. Todo parece
indicar que desde el principio hubo una
suerte de recíproca aceptación a partir
de la cual supieron conjugar las dobles
funciones, privadas y públicas. Parece
ser que fue así. A todos sus
contemporáneos les llamaba la atención
el que sí —en efecto—, ellos se
quisieran. Desde luego era algo
extraordinario, rarísimo, inusual. Y
encima impropio de un emperador.
Tras la plática cortés que
mantuvieran (presumiblemente en «su»
español, ya que ella no hablaba francés
—lengua materna de Carlos V— ni él
portugués. De hecho, las cartas de
Margarita de Austria a Isabel las tenía
que traducir del francés al español La
Chaulx), el emperador se retiró a su
aposento.
Se arregló.
Volvió a donde estaba la emperatriz.
El cardenal Salviati, nuncio papal,
presidió el acto de desposamiento de
Carlos V con Isabel por palabras de
presente. Estaban en la «Cuadra
Grande», o de la «Media naranja», así
llamada por la gran cúpula que cierra
este espectacular salón cuadrado,
conocido hoy como el de
«Embajadores» del palacio mudéjar.
Luego se retiraron todos. Unos a
reposar y otros no, porque los nervios
los traicionarían. Al parecer, los hubo
que se quedaron bailando un rato.
También, al parecer, hubo cena.
A eso de la medianoche, en una de
las salas del aposento de la emperatriz,
se montó el altar y el arzobispo de
Toledo dio misa y los veló. Ya se
desvelarían, ya. El matrimonio quedaba
bendecido de cara a la Iglesia. El
sacramento había quedado administrado.
Los padrinos fueron el duque de
Calabria y la condesa de Haro. No había
habido muchos caballeros. Solo si no se
consumara el matrimonio no habría
existido el sacramento, porque el
matrimonio es para cumplir con el
mandato de «creced y multiplicaos». Las
otras causas que pudieran anularlo,
como consanguinidad de grado,
apostasía de uno de los dos contrayentes
u otros defectos de forma o intrínsecos y
extrínsecos, no se daban en absoluto.
Eran las dos de la madrugada. El
emperador se retiró a su aposento. La
emperatriz al suyo. Tan pronto como
supo que Isabel estaba acostada, pasó a
consumar el matrimonio «como católico
príncipe», que dice Fernández de
Oviedo, como sentían todos que había
que hacer.
Sevilla. 11 de marzo. Domingo.
Aromas de arrayán y azahar. Emperador
y emperatriz. Veinteañeros. Lujo por los
sentidos. ¡Menuda explosión de vida!
Esa era la voz que corría por Sevilla:
que a diario se quedaban en la cama
«entre las diez y las once de la mañana»,
en un mundo que solía levantarse al
alba. Incluso más: escribe Villarreal que
«la emperatriz duerme cada noche con
su marido en brazos», ¡en brazos!, y
«están muy enamorados y muy
contentos».
Cuando Vasco Díaz Tanco, aquel
adulador laudador del emperador y de
los aristócratas, hijo de labradores de
Fregenal, impenitente buscador de
neologismos, escribió sus plúmbeos y
relamidos Los veinte triunfos, dedicó el
primero al «Triumpho nupcial vandálico
sobre el ínclito casamiento del
invictísimo Carlo quinto emperador…».
Triunfo vandálico dirá él porque su
redacción sea tosca, «por no ser
vandalianos / pues no bastan mis
manos / a escribir su gran compás».
Quiero resaltar que en la creatividad de
Díaz Tanco, el primer triunfo de Carlos
V fue su boda, no el nacimiento, por
ejemplo. Acalla el triunfo sobre los
comuneros. No así los triunfos sobre
franceses y otros.
DOS NUBARRONES PRONTO
DESPEJADOS
Permanecieron en Sevilla hasta el 13 de
mayo.
A cada fiesta, seguía otra, o la
arropaba alguna celebración litúrgica
dentro del decoro que debía de haber,
pues se estaba en Semana Santa.
Solo dos acontecimientos
enturbiaron el ambiente. La muerte de
una hermana de Carlos V y la
excomunión al emperador.
Estaba encarcelado en Simancas el
obispo de Zamora, Antonio de Acuña,
que se había destacado en las
Comunidades. Intentó huir, para lo cual
mató al alcaide de la fortaleza, pero
pudo ser detenido por el hijo, del que
Pedro Mejía ponderaba que no hubiera
cometido una locura allí mismo, con el
cadáver de su padre aún caliente y el
asesino en sus manos. Esto había sido el
25 de febrero de 1526 hacia las dos de
la tarde. En verdad que el hijo del
alcaide, Leonardo de Noguerol, estuvo a
punto de cargárselo cuando lo detuvo.
Pero el alcalde de la villa de Simancas,
Alonso Calderón, al entrar dentro de los
muros y ver lo que estaba sucediendo, le
gritó: «¡No lo hagáis, que os echaréis a
perder! ¡Guardaos que está aquí la
justicia!». Como alcalde de villa era
juez en primera instancia. Él puso en
prisión al asesino.
Avisada la justicia real de la
Chancillería de Valladolid, se
personaron en el castillo jueces y
escribanos para levantar el cadáver, que
yacía en la estancia que aún conocemos
como el «Cubo». Mendo de Noguerol —
que así se llamaba el alcaide— estaba
en el suelo al otro lado de la cama del
obispo, en un charco de sangre. «Tenía
[certifican los jueces de la Chancillería]
en la cara y cabeza nueve heridas como
de cuchillos y dos o tres golpes en la
cabeza y que en un dedo de la mano
izquierda atado un cordel y todo el
rostro encenizado y los pechos (de los
cuales parecía estar herido y muerto)».
El cordel en el pulgar es porque, según
declaró el hijo del muerto (Leonardo),
cuando vio el cuerpo de su padre, tenía
los pulgares atados. El «encenizado»
era, efectivamente, porque le debió
echar ceniza a la cara. ¡Menuda fanática
crueldad reprimida! Hecha la inspección
del cuerpo, se autorizó a que se le
enterrara.
Ese era el estado del cuerpo. Que el
obispo debió ensañarse con el alcaide
parece evidente. Su azarosa vida nos
habla, desde luego, de un hombre poco
estable. El alcaide Noguerol es
calificado como que «no era mañoso»,
hábil en la pelea. La historia de las
artimañas del obispo en el momento del
asesinato, de la tensión del hijo que
acude a la habitación en la que están el
obispo y el cadáver, justo después de
ceñirse la espada y avisar corriendo de
las sospechas que tiene a su madre de
que han muerto al padre, quedan
recogidas en su declaración ante los
alcaldes del crimen.
Quienes le detuvieron hallaron en su
mochila un cuchillo y un pedrusco tan
llenos de sangre como sus manos.
También uno de los largos de la cama —
de hierro «para que no se cortara con
espada»— atado como refuerzo de un
palo con un cuchillo en el extremo, o
algo similar. Da igual: el caso es que el
obispo había preparado los artilugios y
que no era muerte por accidente, sino
con premeditación: «Lo tenía
amaestradamente fecho de antes y
despacio para lo facer». Además, había
sido brutal: «Por el pescuezo estaba
degollado». El alcalde de Simancas
lavó las manos del obispo con vino (era
indigno que las tuviera llenas de sangre,
no por borrar pruebas) y le preguntó por
qué lo había hecho, y Acuña le
respondió, ni corto ni perezoso: «El
alcaide me ha tratado mal porque no le
he renunciado [léase traspasado] un
beneficio [una renta eclesiástica] a un
hijo suyo».
Si no fuera por el dramatismo de la
escena, la declaración del barbero de
Simancas sería hilarante, por técnica. Él
vio el cuerpo y la herida del cuello,
«una puncetada en la garganta en las
venas organáceas».
Esos momentos fueron, claro, de
confusión. En la villa se oían voces
desde la fortaleza; el obispo antes de ser
detenido prefería saltar por las almenas
al foso; acudieron cada vez más gentes,
sobre todo (dice una declaración de
testigos) hidalgos; al final, lo redujeron.
Fue de nuevo hecho preso y le pusieron
grillos, esposas y cadena al cuello.
Llegó la justicia desde la Chancillería
para redactar el primer informe.
De la dura nueva se enteró Carlos V
en Trujillo el 1 de marzo de 1526. Luego
envió a hacer una inspección de lo
ocurrido a un alcalde de corte,
Ronquillo (viejo conocido de Acuña).
Los alcaldes de corte eran oficiales
reales con vara de justicia que residían
donde estuviera el rey de Castilla para
poner orden en la localidad que fuera y
asegurar el abasto. Es lógico que, en
tiempos de corte itinerante, hubiera un
órgano encargado de sustituir o apoyar
las decisiones tomadas por localidades
de rango inferior o ínfimo por las que
pasara la corte real. Los alcaldes de
corte eran componentes (en la sala V)
del Consejo Real. Se reunían para dictar
sentencias los viernes. Su prestancia,
autoridad y prestigio eran enormes.
Así que Ronquillo, que era juez en
tanto alcalde de corte, fue mandado a
hacer información a Simancas. El 23 de
marzo de 1526 dictó la sentencia: «Dar
un garrote apretado al pescuezo
apretado a una de las almenas por donde
se quiso huir de manera que muera de
muerte natural». La sentencia se cumplió
el mismo día. La viuda y el huérfano
recibieron como compensación los
bienes del obispo: desde veintinueve
libros, a sus sábanas y pañuelos de
narices. El obispo había renunciado esa
misma mañana, al oír la sentencia, a su
obispado y beneficios en favor del papa
y había otorgado testamento y codicilo.
La noticia del ajusticiamiento llegó a
Sevilla el día de la boda.
Enseguida siguieron las
averiguaciones. Le tocó el turno a la
desdichada Juana, esclava del alcaide,
que al parecer traicionó a su amo
llevando misivas del obispo a uno de
sus cómplices. Declaró bajo tormento:
le metían astillas entre las uñas de los
dedos de la mano y la carne hasta que
sangraba. Fue sacada en un asno por
Simancas, con una soga al pescuezo. Un
pregonero pregonaba su culpa. Después
le dieron cien azotes y le cortaron la
lengua. Pobre vida la de Juana. Pobre
Juana. En sus declaraciones es tan poca
cosa, que no consta ni edad, ni raza, ni
nada. Nunca fue nada. Solo fue alguien
para recibir tan implacable justicia.
¿Qué iba a hacer la pobre si le daban
cartas para traerlas y llevarlas de un
sitio a otro, de un personaje a otro, de
esos que hay que respetar? Y durante el
tormento pedía la protección de Nuestra
Señora. Cuando le notificaron la
sentencia «no dixo cosa ninguna». ¿Para
qué? O ¿qué decir, alma indefensa?
El caso es que muy posiblemente la
sentencia y la celeridad de su ejecución
cogieron por sorpresa a Carlos V, que
aunque agradecía a Ronquillo sus
servicios, como expresa en carta de 1 de
abril de 1526, le dejaba entrever la
faena que le hacía:
He visto lo que habéis hecho […];
ha sido como vos lo soléis hacer […];
yo os lo tengo en servicio y que ya eso
es hecho en lo que resta que es enviar
por la absolución yo mandaré proveer
que con diligencia se procure como
conviene al descargo de mi real
conciencia y de los que en esto han
entendido.
Y ajusticiado un obispo por la
justicia real, no había que esperar más
que una durísima pena desde Roma: la
excomunión. Los procesos de Acuña no
paraban de darle quebraderos de cabeza
a Carlos V. Desde las Comunidades no
había cejado de haber tiras y aflojas
entre Roma y el emperador por ver
quién o dónde se juzgaba al de Zamora.
Pero ya quedaba todo listo hasta la
resolución final: ajusticiado el obispo, a
esperar la pena.
Carlos V, compungido y por hacer
muestra de contrición, no fue a misa ni a
los oficios divinos durante esa Semana
Santa. No he encontrado referencia
cierta de la llegada de una excomunión.
La excomunión fulminante recaía sobre
Carlos V, Rodrigo Ronquillo (autor
material) y el secretario real Francisco
de los Cobos (copartícipe). Carlos V
solicitó, por vía de sus legados, el
levantamiento de la excomunión para
todos, tal y como le había advertido a
Ronquillo. Por fin llegó la absolución el
30 de abril de 1526, y levantada la pena,
siguió la vida. Así, nos dice Pedro
Mejía: «El emperador estuvo algunos
días sin oír misa, ni los divinos oficios,
hasta que hubo absolución del papa, y no
con poca dificultad». Peor les fue a
Ronquillo y a Cobos. Al juez se le
levantó la excomunión el 8 de
septiembre de 1527 y al secretario el 31
de marzo de 1527. Si hubieran muerto
excomulgados, se habrían condenado
para toda la eternidad. Y eso son
muchos años consumiéndose en las
llamas del infierno.
El otro triste acontecimiento de
aquellos días fue la llegada de la noticia
de la muerte de Isabel de Austria (1501
- 1526), o sea, la segunda hija de Juana
de Castilla y Felipe Habsburgo, esposa
del rey de Dinamarca, Cristian II, que
perdió su trono y territorio. La verdad es
que la pobre Isabel se encontró a lo
largo de su breve vida con que era
imposible entenderse con su esposo,
hasta que ella empezó a hablar danés,
para enorme satisfacción y admiración
de sus vasallos; que el rey tenía una
amante, de la que se decía que su madre
regía Dinamarca, y la amante un buen
día apareció muerta; que desde
entonces, Cristian se arrimó más a
Isabel; que se les sublevaron sus
súbditos y hubieron de exiliarse a
Flandes, con la protección de Margarita
de Austria; que acaso los reyes
descoronados flirtearon con luteranos…
Como demostró Vilar Sánchez, el
embajador Guillermo des Barres fue el
que comunicó la noticia a Carlos V
cuando iba hacia Sevilla. Isabel había
muerto en Swinarde (Gante) el 19 de
enero de 1526. Se lo dijo el 8 de marzo
de 1526 en Almadén de la Plata, un par
de días antes del triunfo en Sevilla. Fue
un terrible mazazo para Carlos V, pero
decidió que no iba a cambiar nada de lo
previsto, ni bodas, ni viajes, ni nada,
por lo que ordenó al embajador que
mantuviera el secreto.
La publicación de la triste nueva fue
el Jueves Santo. Desde ese día el
emperador vistió lutos por su hermana,
pero no por mucho tiempo. El día 12 de
abril se acabó el luto. Todo estaba
aparejado para un gran torneo en la
plaza de San Francisco de Sevilla.
Los nubarrones se despejaron.
Se celebraron las bodas entre el
duque de Calabria y doña Germana de
Foix, la viuda del rey Fernando el
Católico. Sin duda que este matrimonio
fue una bufonada de aquella corte. Con
él se podía aparcar la vida pedigüeña
del duque, arruinado y exiliado, sin muy
buena prensa, pero dueño de una parte
de la voluntad de Carlos V. Por su parte,
Germana de Foix, nacida en 1488, era
blanco de no pocas miradas: casada con
Fernando el Católico desde 1505 hasta
su viudedad en 1516, había dado a luz
en Valladolid a un Juan (3 de mayo de
1509) de Aragón y Foix que habría
heredado la Corona de Aragón y no la
de Castilla (que eran ya de Juana I y de
Felipe). Juan murió a las pocas horas de
nacer y la historia siguió el camino que
ha seguido. De haber sobrevivido, el
cumplimiento de la voluntad de Isabel la
Católica (que es la voluntad que ha
diseñado la historia de España), se
habría venido abajo y las dos Coronas
se habrían separado al morir Fernando y
heredar Juan. ¡Qué curiosa e interesante
habría sido nuestra historia! Haz, lector,
cuantas ensoñaciones quieras:
supongamos que hacia 1516 se hubieran
separado otra vez las dos Coronas.
¿Nunca más se habría pretendido la
reunificación? Por tanto, ¿no es una
patética pérdida de tiempo, energía y
esfuerzo lo que vivimos a diario? ¿Por
qué no hacer más estatuas por España, e
incluso centros culturales rurales, a
«Juanito de —paradójicamente—
Valladolid, de Aragón y de Foix»?
El caso es que doña Germana fue
afable amiga del emperador cuando este
llegó a España. Con ella, o sea, con su
abuelastra, es posible que tuviera una
hija no reconocida nunca (Isabel).
Vuelta a casar con el marqués Fernando
de Brandenburgo (1519), enviudó por
segunda vez. En 1523 fue nombrada por
vez primera virreina de Valencia, pero
acompañada por su marido Fernando,
como capitán general del reino. Contrajo
matrimonio en este año de 1526 por
tercera vez con el duque de Calabria
(hasta su muerte) y fue confirmada en el
cargo de virreina de Valencia.
Tradicionalmente no se aplaude su
gestión en aquel virreinato. Carlos V le
concedió una importante renta en
Castilla, cuya gestión se puede seguir en
el Corpus documental y en las cartas de
Isabel durante la segunda gobernación.
No obstante, como chanza se cuenta
la obesidad de Germana. El cambio de
ese metabolismo desde el parto de
Isabel, o tras su segundo matrimonio,
más podríamos tenerlo como la
consecuencia de un inmenso desajuste
psicológico que como una casual
alteración fisiológica. Un producto de la
depresión y la frustración existencial. El
tamaño corpóreo seguro que la hizo
envejecer a los ojos de sus
contempladores. O sea, engordó como
un globo o un animal polar. Tanto que
son de sobra conocidas las impías
alusiones que le dedica el embajador
polaco Juan Dantisco: «corpulenta
vieja» (¡tenía treinta y ocho años!);
«mole inmensa de carne»; o también,
«mejor que obesa, debe llamársele el
mismo abdomen». Y conocidísima es
también la anécdota puesta en la
destructora boca de Francesillo de
Zúñiga, que escribió que una noche, ya
en la cama, «tembló la tierra (otros
dicen que las antífonas de esta reina) y
comoquiera que sea, esta señora reina,
con el miedo del temblor de la tierra,
saltó de ella [de la cama] y con el recio
golpe que dio, hundió dos entresuelos y
mató un botiller y dos cocineros que en
bajo [en el piso de abajo] dormían. Y
como esta gruesa reina viese el estrago
que se había hecho por su causa…».
Estos chascarrillos los usa de nuevo
Gómez-Salvago.
En fin, Francesillo de Zúñiga cierra
la descripción de su vida con otro
crudelísimo: «El duque de Calabria
murió de harto y la reina de ética…».
No se quedó atrás fray Prudencio de
Sandoval. En su biografía de Carlos V
(publicada en 1618, libro I, cap. XXIII)
escribió que quiso Fernando el Católico
«remozar su vieja sangre con la juventud
de la sobrina». No le era simpática la
nueva reina de Aragón al cronista de
Felipe III, ya que la describe como
«poco hermosa, algo coja, amiga mucho
de holgarse y andar en banquetes,
huertas y jardines y fiestas. Introdujo
esta señora en Castilla comidas
soberbias, siendo los castellanos y aun
sus reyes muy moderados en esto […].
La que más gastase en fiestas y
banquetes con ella era más su amiga». E
insiste: en Burgos, en 1511, le hicieron
un festín «que de solos rábanos se
gastaron mil maravedíes». Y he ahí la
moraleja de todo esto: «A muchos les
causaba la muerte el demasiado comer».
¡Más parecen los castellanos unos
famélicos indigestados por atracones de
esos que llenan tumbas!
El tercer matrimonio de Germana
fue, como los dos anteriores, o como
todos los de las mujeres de su condición
(y de otras en que mediara dinero o
habilidades profesionales), estratégico.
El primero, con Fernando el Católico
cuando tenía diecisiete años, buscaba,
precisamente, que Aragón no lo pudiera
heredar nunca Felipe el Hermoso, ese
cruel y pérfido maestro de maltratadores
de esposas.
El segundo, ya con Isabel
dignificando la corte de Carlos V, era
para acallar habladurías palatinas, que
seguro que las habría.
Con el tercero se le podían dar
libremente honores y cargos, aun no
siendo de apellidos Habsburgo. Con un
varón a su lado, un varón que la
condujera por el recto camino de la
política, ya que eso a solas no lo podía
hacer mujer por sus entendederas, con
un varón —digo— podría ser buena y
eficaz gobernante.
Sin embargo, es posible que no se
eligiera al mejor político. El duque de
Calabria estaba tan arruinado que
«forzado por la penuria» se casó con
ella, o como sigue diciendo Dantisco,
dio «en escollo tan famoso por sus
naufragios». Pero al duque le debía
encantar comer en vajilla de oro y plata
«cuando antes la usaba de barro» y
podía llegar a ser virrey (de Valencia) y
ser algo más que el recogedor de reinas
en las fronteras. Claro que a Dantisco
acaso le moviera alguna despasión por
estos dos personajes. Sea como fuere,
cuenta que él se dedicaba más a la caza
que a su mujer bajo el argumento de que
(según pone en boca del duque) «se
había casado para vivir con ella, no
junto a ella». Como es bien sabido (y
hemos sintetizado más arriba), el duque
también tuvo otras aficiones cortesano-
renacentistas: las letras y la música.
Esta es la historia del prestigio
social de aquella que pudo ser la madre
del heredero de Aragón y no de Castilla,
que acabó casándose con el duque de
Calabria.
Así que el domingo de Pascua, 15 de
abril, empezó a haber cielos despejados.
Ahora debemos situarnos en la plaza
de San Francisco, esa que en tiempos de
Felipe II no gustaría mucho a los
luteranos. Allá están convocadas las
justas a las que van a asistir el
emperador y su esposa. Les
acompañaron el duque de Calabria y el
arzobispo de Toledo, con los duques de
Alba, Béjar, Medina Sidonia, los
marqueses de Villena y de Moya (padre
e hijo), Villafranca y el de las Navas,
los condes de Alba de Liste, Orgaz y
Monterrey, entre otros, todos «muy
ricamente vestidos».
Si era el caso, cada gran señor
acudía con sus herederos, familiares u
otros deudos, que son los que componen
el estribillo del «otros señores y
caballeros». Es de suponer que toda la
aristocracia. Así, en público, cada casa
exhibía la fortaleza de su sucesión,
exhibía que no iba a desaparecer,
exhibía su potencial en rentas y que era,
en cualquier caso, un buen partido.
En San Francisco hubo torneo,
chasquidos de los cascos de los
caballos, ¡ayes!, ¡uyes!, y diversión a
raudales.
HACIA TIERRAS DE CÓRDOBA
Según las cartas mandadas por el
embajador Des Barres a Bruselas (y me
apoyo en Vilar Sánchez), Carlos V había
decidido salir de Sevilla a finales de
abril. Su intención era estar unos días en
Granada, pasar a Valencia (para la
reunión de Cortes y las juras necesarias)
y embarcar en Barcelona camino de
Roma. En Roma se le ungiría
emperador. A finales de marzo y en
Sevilla, Carlos V tenía la determinación
de nombrar a Isabel gobernadora en
España durante su ausencia.
Esas fechas son las que manejaba
Martín de Salinas, embajador del
archiduque Fernando, el hermano de
Carlos V. A él le había llegado la noticia
de que saldrían de Sevilla hacia el 25 de
abril con dirección a Córdoba, Úbeda,
Baeza, Jaén y Granada.
Pero todo se truncó. Para resolver
ciertos asuntos con extremada urgencia,
hubo de prolongarse la estancia en
Sevilla hasta el 13 de mayo de 1526.
Como es bien sabido, Francisco I —el
eterno rival francés—, despedido en
Illescas justo antes de que bajara Carlos
V a Sevilla, empezó a dar largas desde
el Pirineo para ratificar el Tratado de
Madrid. Las noticias de semejante
actitud llegaron al emperador en los
primeros días de abril. Tan pronto como
supo de esto, ordenó que su hermana
Leonor, que iba a casarse con Francisco
I según habían pactado en el Tratado de
Madrid y que ya estaba en marcha
camino de París, ordenó —digo— que
su hermana suspendiera el viaje hasta
nuevas órdenes.
Inmediatamente Carlos V se vio
forzado a un despliegue diplomático
espectacular. El virrey de Nápoles,
Hugo de Moncada, que se encontraba en
Sevilla, fue mandado el 8 de mayo con
instrucciones (firmadas el 30 de abril) a
Lannoy y La Chaulx para que sedujeran
a Francisco I y que lograra que el
Parlamento de París ratificara el Tratado
de Madrid antes del 14 de mayo. Luego,
don Hugo se iría a Roma a asegurar la
coronación y la amistad papal.
De la misma manera, don Íñigo de
Mendoza fue enviado a Londres para
ratificar ante Enrique VIII la buena
amistad de los dos reyes.
Mandados los embajadores y
recibido el levantamiento de la
excomunión por lo del arzobispo Acuña,
preparó su salida de Sevilla.
Sin embargo, don Hugo conoció
hostigamientos por parte de enviados de
Francisco I y don Íñigo el frío de alguna
prisión. Mal pintaban las cosas de
Francia.
Por fin, la corte se puso en marcha
hacia Córdoba. Pero antes había que
cruzar una gran ciudad andaluza, Écija.
El paso por Écija lo ha estudiado
Gómez-Salvago con documentación de
ese municipio. El 17 de marzo de 1526
se nombra al corregidor y a los
regidores que van a hacer el
recibimiento de los reyes. Se encargan
ropas, se ordena limpiar las calles, y a
partir del 4 de mayo se manda que haya
reunión del concejo todos los días de
siete a nueve de la mañana.
La recepción de los reyes fue la
acostumbrada: las autoridades locales,
los caballeros urbanos, otros
representantes de nobles que vivían en
Écija, músicas, gentes, banderas y
colores salieron a recibirlos al camino.
Así llegó la comitiva ante la puerta de
Osuna, que estaba cerrada. Delante se
había instalado un altar, ante el que el
conde de Palma —en nombre de la
ciudad— exigió a Carlos V que jurara
los fueros y privilegios y su defensa.
Tras hacerlo Carlos V sobre unos
Evangelios y la cruz, se abrieron las
puertas y entraron en la ciudad. Los
reyes, bajo un gran palio de doce
varales, iban montados, y llegaron a la
iglesia de Santa Cruz, en donde fueron
recibidos por el vicario de la
demarcación y toda la clerecía. Hubo
rezos en recogimiento.
Después, fueron a descansar al
palacio del de Palma y por la tarde se
soltaron para su lidia varios toros.
A la mañana siguiente
reemprendieron la marcha hacia
Córdoba.
Se conservan en el Archivo
Municipal de Córdoba (o mejor dicho,
en un incomodísimo sistema de consulta
por Internet) varias de las reales cédulas
que hacían alusión a estos
acontecimientos. Por ejemplo, el aviso
de 11 de noviembre de 1525 de que se
había desposado con Isabel y de que
pasaría por Córdoba camino de Sevilla,
o una real cédula dirigida al concejo por
la que les agradecía su predisposición
para servirla (y agasajarla, Sevilla a 16
de abril de 1526) u otra también desde
Sevilla, pero sin acabar de datar, por la
que Carlos V comunicaba a Córdoba
que se ponía en camino y que debía
dejar hacer a sus aposentadores. En
cualquier caso, esta era del mes de
mayo. A día 6 de mayo había que dejar
claras las cosas: los ropajes del
recibimiento serían solo y
exclusivamente para bien del corregidor,
los regidores, los jurados y el escribano
mayor del cabildo. Diez días después
(16 de mayo de 1526) se firmó un
contrato con mercaderes de Madrid, a
los que se les pagaría lo que se les
debiera por las telas y otros enseres que
habían dado para el recibimiento del
emperador y su esposa.
He visto con frecuencia el lamento
de mis colegas al comprobar que el
recibimiento al rey costaba dinero que
pagaban los ciudadanos con sus
impuestos. Me llama mucho la atención
tal despliegue liberal de sentimientos.
La verdad es que la presencia del rey en
una ciudad costaba a los propios un
capital, sin duda. Pero las ciudades
también se llevaban su pico. Por
ejemplo, el 30 de abril de 1526, Carlos
V concedió a Córdoba el privilegio de
celebración de mercado franco los lunes
por la mañana y más adelante la
potestad de cambiar el destino de la
cobranza de ciertas penas, para paliar
los gastos ocasionados por su visita.
Claro que, al otro lado de la balanza
había habido una corrida de toros que
contempló desde las ventanas de Diego
López. A mediados de junio mandaba al
ayuntamiento que pagara lo que costara
el alquiler de tal palco. Él era así, algo
tacaño. Y retrasos en los pagos había
por todas partes. El 3 de septiembre de
1529 el mercader de telas Bernardino
Buchoni reconocía que cobraba 125.824
maravedíes por las telas y brocados que
había vendido a la ciudad de Córdoba
para el aderezo de la entrada de Carlos
V. Casi cuatro años más tarde.
CAMINO DE GRANADA: SANTA
FE
El 29 de mayo de 1526 hacían su
apoteósica entrada en Santa Fe.
Apoteósica para lo que diera de sí tan
bella (y esta también alterada) ciudad.
En el Archivo de Santa Fe no se
conservan libros de las sesiones
municipales. Aunque hay una serie muy
importante de registros de los gastos
cargados a los bienes de propios de la
ciudad, es decir, a las arcas
municipales.
El meticuloso mayordomo de
propios de estos años se llamaba
Fernando de Torres. En la relación de
marras que voy a usar no es fácil
adivinar, a veces, por qué se hacen los
gastos, aunque se especifique el para
qué: «En postrero de septiembre del
dicho año di al dicho Martín Sánchez,
tejero, 3875 maravedíes para acabarle
de pagar diez y ocho mil ladrillos que él
había hecho a la villa». Pero ¿a finales
de septiembre de 1525 en Santa Fe
necesitaban estos dieciocho mil
ladrillos y otros diez mil más y traer
peones y albañiles y reparar la puerta de
Loja, y arreglar las cerraduras del
pósito de la harina, y pagar portes de
vigas, y había que pregonar en Granada
—no una, sino dos veces— un concurso
público para la reparación de la muralla
y los adarves, y había que arreglar la
noria? A Manuel Mendes le pagaron un
anticipo para las reparaciones de las
torres y adarves en domingo. ¿Había
prisa? Y Juan de Cáceres tan contento,
porque «anduvo un día con un asno a
llevar arena y cal» y otro día otros
materiales y otro con otro para las torres
y cobró 187 maravedíes, y estas obras
fueron las que se llevaron la mayor parte
del presupuesto del otoño de 1525.
La tónica fue la misma en los
primeros días de 1526. Ayala, el tejero,
cobró por ir a por unas tejas para un
horno de ladrillo que iban a hacer.
Mendoza, el tendero, trajo más de
cuarenta cargas de guijarros; Juan
Mateos preparó el sitio en la plaza del
pueblo para hacer «una fuente de vino
[…] por alegrías de las paces del
reino», y siguieron los pagos por los
adarves y los baluartes, las troneras y el
revoco de las murallas; y se empezó a
echar arena en la plaza para allanarla y
hubo que pagar «para el paño de las
capas y la seda». Se ensanchó el
pontezuelo camino de Granada, para el
que se necesitó madera, piedra y «vino
para la gente que hizo la dicha puente».
Pero ¡oh, España!, pocos días después
pagó a un albañil distinto, Pedro de
Arévalo, para que arreglase unos
agujeros que se habían hecho en el
puente de madera del camino de Pinos
(Puente, supongo).
Así fue adecentándose la ciudad
hasta que se pagaron 826 maravedíes
para allanar el camino de Pinos (Puente,
supongo de nuevo), «para que viniese el
emperador». Asimismo hubo que
comprar una bandera de «tres varas de
damasco anaranjado y blanco» por
importe de 1581 maravedíes y las
borlas, cordones y flocaduras de seda
costaron 760 maravedíes; a lo que hubo
que sumar 272 maravedíes de la hechura
de todo ello. Un gasto extraordinario
también fue el de los 40 maravedíes que
dio a unos mozos que barrieron la plaza
«cuando vino el emperador». He visto
hasta tres partidas de barrido de la
plaza.
Y con la que se avecinaba, no había
piedad para los ojos que todo lo ven:
«De adobar el Santiago [supongo del
retablo de la iglesia] dos ducados»; «De
llevallo y traello a adobar un real».
Debía de estar hecho una pena, porque
Juan Mateos fue el que rehizo espada,
estribos y riendas a su caballo. Si era un
Santiago Matamoros, debía asustar más
bien poco.
Parece que las compras de carne se
hicieron a toda prisa y las de avena para
las cabalgaduras también. Por cierto, se
habían aderezado las carnicerías y, sin
duda, el regocijo de la caza debió tener
su salida vendiendo piezas en el pueblo.
Y llegaron las fiestas. A Francisco
de Alcántara le pagaron dos reales
porque anduvo «a buscar un toro para
correr».
Y las monótonas partidas siguen con
su letanía de pagos al cerrajero por
llaves de las puertas; de pagos a otros
albañiles, pocos ya desde luego; de
pagos por telas para los señores del
cabildo y alguacil; de pagos por copias
de documentos de la secretaría imperial,
que ya que estaba allí, no era
desperdicio pedirle copias, e incluso
privilegios; y siguieron pagándose
cargas de piedra y arena y
empedramientos de calles, salidas y
puentes, y otra vez a Francisco de
Alcántara se le pagó otro toro «cuando
las alegrías de los pases» y la bandera y
estos aderezos urbanos.
Pero, en cualquier caso, Santa Fe no
era más que el alojamiento del
emperador y la corte que allí hubiera
con él. Era, en efecto, la antesala de
Granada. Las grandes fiestas, en las
grandes ciudades.
«DALE LIMOSNA, MUJER, QUE
NO HAY EN LA VIDA NADA COMO
LA PENA DE SER CIEGO EN
GRANADA»
Mientras todo esto ocurría en Santa Fe,
Carlos V comunicaba a Granada sus
intenciones de trasladarse allí. Para
ello, como cada vez que se movía la
corte al completo, había que organizar el
«aposento» de los caballeros que
acompañaban al rey. Era un derecho del
monarca este de recibir aposento allá
por donde pasara: los cortesanos tenían
asegurado un buen alojamiento y ajuar, a
cambio de ciertas cantidades que se
pagaban a los propietarios que tenían
que sufrir esas incomodidades. En
Granada existía, desde tiempos de
Isabel y Fernando, el privilegio de que
el aposento lo organizaran regidores de
la ciudad, no aposentadores del rey.
Carlos V mandó a sus aposentadores, no
con vara de justicia, sino con la
intención de ayudar a los granadinos, ya
que eran más expertos en esto de asignar
a gentes de calidad en sitios que no eran
sus casas. Hubo reuniones entre ambas
partes y fijaron los precios de los
arrendamientos de las habitaciones en
cada casa. Sin embargo, los
aposentadores reales fueron capaces de
romper los pactos, para sorpresa de los
encargados por Granada, que
protestaron ante Carlos V. Igualmente,
los regidores de Granada fueron
incapaces de organizar el aposento de
tamaña corte imperial. Todo esto ocurrió
desde finales de abril de 1526 a finales
de mayo. La cédula de Carlos V por la
que comunica que va a Granada pero
que le dicen que el aposento va muy
retrasado es de Córdoba, 21 de marzo.
Desde Sevilla, a 28 de abril, anuncia
que la emperatriz manda a sus
aposentadores. Debió de haber quejas
municipales y comunica desde Sevilla el
30 de abril que dejará hacer a las
autoridades locales, guardando el
privilegio concedido por los Reyes
Católicos. No obstante, la cédula real
que contiene las rigurosas órdenes de
obediencia a sus propios aposentadores
es de Santa Fe, 1 de junio.
Simultáneamente, salió Carlos V a
los Jerónimos de Sevilla —durante once
días— a rezar lo que no había hecho en
Semana Santa. Recibió, como decía, la
excomunión y también la propuesta del
papa de que aceptara lo que le ofrecía
Francisco I para acabar con el litigio de
Borgoña (que no puedo detallar ahora).
El caso es que, a mediados de mayo
de 1526, Carlos V tenía decidido irse
hacia Granada «a buscar el fresco», tal y
como escribió en carta al duque de
Borbón. Y es posible que quisiera salir
de Granada alrededor del día de San
Juan, camino de Levante.
Aseguradas las noticias del
movimiento cortesano hacia Granada, la
ciudad gastó importantes sumas en
engalanarse, en contratar artesanos
canteros, en derribar casas que afeaban
el paso de la comitiva y se hicieron
obras. Todo eso se solía pagar con
«sobras de rentas», o sea, con superávits
municipales, o una vez autorizado por el
Consejo Real, arrendando bienes de
propios de la ciudad.
El caso es que se allanó la entrada
desde Santa Fe. Se acondicionaron los
alrededores de las puertas de Elvira y
de la plaza de la Bibarrambla (en donde
se saneó la fuente y se preparó el gran
tablado festivo); se limpiaron o
allanaron las riveras del Genil y del
Darro, o de las calles por las que fuera a
haber torneos, y así se fue interviniendo
hasta la subida a la Alhambra y el
Generalife. Todo ello no se hizo sin
dificultades. Tampoco estuvo todo a
tiempo. Desde Córdoba Carlos V metía
prisa al marqués de Mondéjar para que
se acabaran las obras a tiempo y que se
zanjase la cuestión del aposento.
Carlos V e Isabel salieron de Sevilla
el 14 de mayo. Se encaminaron (por
Carmona, Fuentes de Andalucía, Écija y
Guadalcázar) hacia Córdoba. Allí
disfrutaron del agasajo durante cuatro
días, por cierto, con algún descontento
por parte de Carlos V, que al ver las
obras que se hacían en la catedral,
reprochó que «habéis deshecho lo que
era singular en el mundo» (según recoge
Vilar).
Acaso venía encorajinado por la
noticia recibida en el camino:
encabezada por el papa, toda —o casi
toda— la cristiandad europea se había
coaligado contra el emperador. El papa
era más partidario de las pretensiones
de Francisco I que Carlos V. Se advertía
a Carlos V que si no se unía a los
coaligados —que le permitirían
atravesar Francia camino de Roma—,
habría guerra hasta expulsarle de Italia.
¡El papa encabezaba una liga contra el
emperador en la que era apoyado por
Francisco I y hasta por el mismísimo
Enrique VIII! Era la Liga de Cognac,
también conocida como Liga Clementina
porque la capitaneaba el papa Clemente.
Así que, con un Francisco I que so
color de haber firmado el Tratado de
Madrid bajo presión declaraba que no
lo cumpliría; con su esposa pactada
Leonor —hermana de Carlos V—, que
ante tal bofetada diplomática suspendía
su viaje hacia el Pirineo y se daba la
vuelta con toda la comitiva cortesana;
con un Francisco I, que, aparte de lo
susodicho, era capaz de firmar un
tratado con Solimán el Magnífico, que
tanto daño había hecho en la batalla de
Mohács no solo a la Casa de Austria,
sino a toda la cristiandad conquistando
Buda y dirigiéndose sin freno hacia
Viena; con un papa que encabezaba una
alianza contra el poder terrenal imperial
rubricando las abyectas acciones del rey
de Francia firmando un tratado de
alianza con él… así las cosas, no estaba
Carlos V para muchas alegrías.
De todas formas, supo equilibrar la
acción política y la vida personal.
Como hemos dicho, el 29 de mayo
de 1526 entraban los emperadores en
Santa Fe de Granada. El inmenso
aparato cortesano había ido llegando ya,
o iría llegando. Por ejemplo, el
embajador veneciano Andrés Navagero,
que nos dejó un relato bellísimo de su
estancia en España (y que se puede leer
en la edición de García Mercadal y en
otras), había entrado en la ciudad de la
Alhambra incluso el 28 de mayo.
Los aposentadores imperiales no
daban abasto. Había que negociar con
las autoridades locales, o imponerles
los criterios suyos, inspeccionar los
lugares y las viviendas, asignar a cada
cortesano un alojamiento que fuera lo
más digno que se pudiera según la
condición de cada cual, negociar los
costes de cada estancia en cada casa.
Cuando el historiador ha trabajado
sobre la documentación de los aposentos
de corte, ve con holgura cómo hay
personalidades generosas, que
haciéndose cargo de la situación, no
plantean conflictos y se conforman con
los que se les da; otros, por el contrario,
que elevan la dignidad al grado de
soberbia, nunca están contentos aun a
pesar de los esfuerzos que se hagan por
ellos, por su comodidad.
Imagínate, lector, a decenas de
cortesanos —que con sus séquitos serían
centenares de personas, y con las
escoltas armadas, acaso más de un
millar (cuando Felipe II se mueve de
Toledo a Madrid en 1561 pudo trasladar
a unas tres mil personas, pues se
mudaron todas las dignidades y oficios
palaciegos, los Consejos, un capítulo de
las órdenes militares y todos los
servidores de la administración real)—
que se tenían que instalar, primero por
donde pasasen y, después, en Granada.
Durante el viaje de Sevilla a
Granada, a Carlos V le debieron de ir
llegando noticias del apoteósico atasco
que se estaba organizando en Granada.
Lloraba el marqués de Cenete porque en
un principio se le habían dado dos
mesones para sí y los suyos, que al fin y
a la postre se los habían dado a otros.
Así tenemos a un Carlos V que en
Córdoba abronca porque han tocado las
bellezas musulmanas para rehacer la
catedral y que ahora, en Santa Fe,
escribe nada más llegar allí al
corregidor de Granada para que aloje al
de Cenete como se merece; o cuando da
audiencia al ayuntamiento que acude a
mostrarle su alegría por su venida, les
recrimina que no se haya podido alojar
todavía a la corte.
El 1 de junio ya no se puede
aguantar más. Echa mano de un alcalde
de corte, es decir, de la justicia una vez
más, y de su mariscal de logis, o sea el
jefe de «su» casa al estilo de Borgoña
(no de Castilla, que sería un mayordomo
mayor), y los manda a Granada para que
con los regidores de la ciudad pongan
punto y final al aposento.
Y mientras los acompañantes del
príncipe elector Federico II duermen en
el suelo varios días porque, por no
haber, en Granada ya no hay ni camas, el
corregidor de la ciudad y presidente del
ayuntamiento —Íñigo Manrique— y el
capitán general del reino de Granada,
que es la máxima autoridad de todo el
reino —el marqués de Mondéjar—,
discuten sobre quién ha de dar la
bienvenida al emperador.
Cuenta lacónicamente Juan Dantisco,
embajador polaco, que llegó a Granada
a finales de mayo, concretamente el día
26, y que le costó mucho hallar
hospedaje, «que por supuesto tenemos
que pagar», ya que la mayor parte de las
casas son de moros —«cristianos solo
de nombre», apostilla— que desconfían
de todos los forasteros. A pesar de todo,
pudo hacerse con tres habitaciones para
él y su séquito, por importe de 5, 3 y 2
ducados mensuales. Igualmente, hubo de
comprar camas, que no tenían en las
casas.
Volvamos a la disputa protocolaria
entre el corregidor y el capitán general.
Carlos V, como es uso y costumbre de la
Corona de Castilla (en Cortes siempre
disputan por usar la primera palabra
Burgos o Toledo y los reyes conceden la
preeminencia a Burgos y que Toledo
hable en su nombre —del rey—), da una
salomónica orden: que el marqués de
Mondéjar, habida cuenta que en tanto
que aristócrata es su «pariente», que
hable, «por esta vez», en primer lugar.
En esas se está cuando aparece en
Santa Fe (la pobre Santa Fe tan
destrozada en su casco histórico por
viviendas tan funcionales y por un
edificio albergue del archivo que es de
singular traza, junto a la iglesia del
Perpetuo Socorro) el que faltaba: el
embajador de Francia propone retoques
sobre el Tratado de Madrid. Amadís de
Gante, Carlos V quiero decir, le
despacha: que se vaya y que le inste a su
señor a que se deje de zarandajas, que
cumpla con su palabra como caballero
que es y que si no lo puede hacer, que
vuelva a su sitio que es la cautividad. En
ello estaba pensando Francisco I. Con
estas cosas y otras más, no es de
extrañar que alrededor de la mentalidad
caballeresca del uno y la pragmática del
otro se hayan redactado páginas y
páginas durante el Romanticismo.
El 4 de junio los emperadores
almorzaron aún en Santa Fe y se
pusieron en marcha hacia Granada.
El camino había sido adecentado en
los frenéticos días anteriores. Parece ser
que a la entrada de la puerta de Elvira
había una escombrera y estercolero, que
se disimuló —hoy es una de las entradas
a la nueva Granada mora—; las piedras
del camino se quitaron; se regó la ruta
que iban a seguir para que levantara el
menos polvo posible y las gentes se
agolparon a los lados para ver pasar a
los reyes. Como ocurrió en Sevilla,
como ocurría cada vez, todo se dejó en
las casas, campos y talleres circundantes
y acudieron a la gran fiesta de los ojos,
del color, de los héroes. Vamos, como
cuando pasa el pelotón de una vuelta
ciclista, o hay un desfile militar, o la
boda de un torero y una tonadillera. O
una boda real de las «del siglo». Pero
entonces sin televisión.
En el camino a Granada había
muchos musulmanes. Muchos.
El traje de Carlos V destacaba
porque era negro sobre oro. El de Isabel
volvía a ser blanco. El sol aún calentaba
generosamente.
Las autoridades municipales
salieron media legua a dar la bienvenida
a los esposos. Como alguien les
indicaría, era uso y costumbre que
maceros y músicos con las armas de la
ciudad en sus ropajes anunciaran la
llegada de las autoridades. Iban los
oficiales administrativos del municipio
vestidos de terciopelo naranja sobre
raso plateado. El corregidor y las
autoridades ejecutivas iban de raso
carmesí y damasco blanco.
Detrás, en pardo y negro, los
jurisconsultos de la Chancillería de
Granada, el tribunal supremo de Castilla
del Tajo al sur. Guardándoles la
distancia, los oficiales de la ceca.
Por fin, el capitán general con sus
¡dos mil jinetes lanceros de escolta!, que
iban ataviados con capas de color rosa y
amarillo (como los capotes de los
toreros), más una innumerable cantidad
de peones, ordenados según sus
compañías, banderas y armas.
En la exhibición, en el alarde, iban
haciendo juegos de armas a la morisca.
Era una fiesta de moros y cristianos.
Los sones de música mora sonaban
desde los aparejos montados en los
árboles o desde los grupos musicales
que amenizaban los bailes a la morisca.
Isabel quedó prendada de todo ello. Así
es. Al echarse las cuentas de sus mandas
pías testamentarias hay un recuerdo para
«Isabel de Ayaid, hija que fue de
Enrique de Teneri, tañedor que fue de la
morisca de la emperatriz nuestra señora,
25.000 maravedíes para ayuda a su
casamiento…».
El de Mondéjar pronunció las
palabras de rigor. A continuación, toda
la ciudad (en el sentido exacto de sus
representantes) desfiló ante los reyes.
Ante la puerta de Elvira, como en
Sevilla ante la de la Macarena, juró el
rey guardar y hacer guardar los fueros y
privilegios de Granada, como habían
hecho sus antepasados. Eran las cinco
de la tarde, o más. El escribano mayor
del cabildo que tomó juramento se
llamaba Jorge de Baeza. Cuando Carlos
V juró, la ciudad se rindió a sus pies.
Los veinticuatros de Granada, los
regidores, abrieron el palio que traían,
de brocado carmesí, con adornos de oro
y los varales de plata. Así recogidos y
escoltados, los emperadores entraron
por Elvira y fueron en dirección a la
catedral, donde de nuevo fueron
recibidos por el cabildo. El arzobispo
—Pedro Portocarrero— no pudo asistir
a ello, porque estaba muriéndose. Hubo
preces en el interior de la catedral.
Salieron hacia la Alhambra. Desde lo
alto de la ciudad pudieron contemplar el
fastuoso espectáculo de Granada
iluminada con hachones, antorchas y
luminarias. Si Granada es, por ejemplo
desde San Nicolás, bellísima, iluminada
por la noche y en el Renacimiento, debía
de ser sobrecogedora.
Había sido el 4 de junio.
Al día siguiente, quiso Carlos V que
le enseñaran el palacio nazarí. Quedó
maravillado. ¡Cómo no!
No se sabe bien cuál fue la cámara
imperial, aunque parece ser que
pudieran haber pasados sus días y sobre
todo las noches en las actuales
habitaciones de Washington Irving. Es
gracioso que más se recuerde en el
interior de la Alhambra a Irving que a
Carlos V. A Isabel se le reservaron las
habitaciones que hay sobre el Cuarto
Dorado. Carlos V debió ordenar la
conversión de una ventana en puerta
para poder tener acceso directo al
cuarto de la reina.
La percepción de Carlos V con
respecto a la Alhambra fue,
esencialmente, la de la necesidad de su
conservación. El intentar construir —
ante tanta maravilla— algún símbolo
renacentista que casase ambas
tradiciones culturales. Es más, Carlos V
dotó por vez primera de un presupuesto
para la conservación y reparación del
palacio nazarí. Fue por cédula real de 7
de diciembre de 1526.
El 4 de julio hubo un terremoto en
Granada. Al parecer, Isabel se espantó.
Desde entonces, se trasladó al bellísimo
monasterio de los Jerónimos. Juan
Dantisco nos confirma la noticia: el 4 de
julio, entre las once y las doce de la
noche, hubo «gran terremoto», con
réplicas a las dos y a las cuatro de la
mañana, ya más leves, que no causaron
daños.
Carlos V subía y bajaba a ver a su
esposa. La ciudad vivía entusiasmada
con ello. Aparte de para otros
menesteres, Carlos V iba a los
Jerónimos a oír al prior, fray Pedro de
Alva. Isabel sintió por él bendita
veneración aun antes del seísmo:
convenció a su marido para que juntos le
oyesen y cuando murió el arzobispo de
Granada, Pedro Portocarrero, el 16 de
junio de 1526, Isabel logró que a su
buen fray Pedro lo nombraran sucesor
del muerto. Fue el 21 de junio de 1526
cuando se le encargó la administración
del arzobispado hasta la llegada del
nombramiento papal. Por la ciudad
debió de correr la voz de que el nuevo
arzobispo de Granada era un jerónimo
granadino, no un flamenco, como habría
ocurrido en otros tiempos previos a que
ella llegara a España. Esta reina se
preocupaba por los naturales y los
promovía.
Los días y las horas continuaron en
Granada hasta el 10 de diciembre de
1526.
Carlos V dedicó el tiempo de su
estancia a salir en público la noche de
San Juan, cuando él prendió las
primeras hogueras. Al día siguiente, el
ambiente de fiesta invadió toda la
ciudad, de tal suerte y manera que por la
tarde se corrieron seis toros. Todo
parecido de aquellas fiestas de toros con
las actuales es mera coincidencia. En
aquel 24 de junio murieron tres
hombres. Tras los toros, hubo torneo
entre caballeros. Nuevas fiestas
públicas y más toros y cañas. Después
se celebraron el día de Santiago (25 de
julio) y el de la Ascensión de Nuestra
Señora (15 de agosto).
Pero como estamos viendo, no había
solo ocio, sino también negocio. El 15
de junio de 1526 Carlos V recordó al
reino, o sea, a las ciudades con voto en
Cortes que representaban a toda
Castilla, que en las anteriores de Toledo
se había comprometido a abonarle 150
millones de maravedíes en cuatro años,
tan pronto como se casase y consumara
el matrimonio. Ese día se expidieron
cédulas de repartimiento de cobro del
mencionado servicio. Son muy
exhaustivas y demuestran un buen
conocimiento de la relación
riqueza/habitantes. Para ello disponían
de sus datos protoestadísticos, que se
perfeccionaron con el primer censo de
población de Castilla de 1528.
Por otro lado, el 6 de julio dio una
recepción a Federico II del Palatinado.
Pero fue una fiesta privada en la
Alhambra.
A Carlos V le encantaba la caza,
pero no la de volatería. Para practicarla,
disponía de un sitio real junto a Santa
Fe, el soto de Roma. Salió varias veces
de caza: a mediados de junio; en agosto,
a primeros y a finales; a mediados de
septiembre; a primeros de octubre; a
mediados de noviembre… Al parecer,
en cierta ocasión, se desorientó cerca de
la Vega, entre la llanura y alguna zona
montuosa. Sus acompañantes le
perdieron de vista. Él se fue alejando
hasta que se dio cuenta de que no le oían
en sus llamadas de auxilio. Apareció en
una aldea morisca. Prudentemente, no se
identificó, sino dijo ser un mercader
perdido. Uno de los vecinos se brindó
para llevarle a Granada. Conforme se
iban acercando se oía el repiqueteo de
las campanas y se veía el resplandor de
las hogueras prendidas con el fin que
sirviera todo ello de referentes al rey
confuso.
Unos versos (recogidos mil veces ya
y que sigo en Eduardo Blázquez y en
Juan A. Vilar) de Garcilaso recrean el
amor del caballero del Renacimiento.
Tienen algo de imaginación, o sea, que
no son una crónica periodística (el poeta
ha maldatado el placer, porque creo que
no encajan las fechas, pero lo ha
revivido tal como pudo ser). No
obstante, mejor que tengan imaginación:
eso quiere decir que el momento triunfal
y sublime lo tuvieron en tranquilidad,
sin testigos: «Aconteció en un’ardiente
siesta / viniendo de caza fatigados…».
¿Se ducharían?
Ya desde el 15 de septiembre de
1526 era pública fama y voz como había
quedado embarazada la emperatriz.
Dantisco, en el que vuelvo a apoyarme,
dice que «no se atreve a moverse y
permanece casi constantemente
acostada», y se queja: «Tenemos, pues,
que permanecer aquí donde hay escasez
de todo». Añade: «Pronto padeceremos
grandes fríos», pero no le importa
porque está acostumbrado a ellos, más
que a los calores. Eso sí, protesta por el
precio de las prendas de abrigo hechas
con lana de oveja, más caras que las
suyas que se le apolillan en su Polonia
natal, y que eran de zorra.
En fin, no había ambiente festivo que
se preciara que no fuera acompañado de
buenos banquetes, de esos que hacían
disfrutar hasta casi la extenuación a las
ansiedades de Carlos V. Su dieta, tan
perjudicial para su salud, la cuidaban
cocineros flamencos y no castellanos.
Granada fue la puerta de entrada del
humanismo italianizante en España, ese
que enseñó a exaltar lo propio frente a
la alteridad, la lengua propia frente a las
foráneas, la historia nacional frente a la
universal, los hombres ilustres tanto
romanos como modernos (capaces de
superar cualquier gesta)… Por las calles
cortesanas de Granada anduvieron los
escritores del marqués de Tendilla,
como el inmenso Pedro Mártir de
Anghieria. Por allí hubo otros italianos
que dejaron su tierra y se vinieron a la
pacífica y estable España, como el
citado, o como Lucio Marineo Sículo;
por allí quedaron admirados un
Castiglione o un Navagero, y había otros
de apellidos lejanos, como Dantisco, o
también Contarini, y de ellos
aprendieron en las tertulias de Granada
Gutierre de Cetina, Juan Boscán,
Garcilaso de la Vega, los Valdés, y fray
Antonio de Guevara, y Galíndez de
Carvajal, o Berruguete y señores
mecenas y creadores unos y pensadores
los otros; definidores de un imperio
político, sustentadores de las glorias
nacionales. Pero también había
flamencos, como Enrique de Nassau y su
esposa Mencía de Mendoza (marquesa
de Cenete, de la que hablamos en otro
lugar), y se leía a Erasmo. De tal manera
que en Granada confluyó el humanismo
político, marcadamente italianizante, y
el humanismo flamenco, marcadamente
moralizante.
Tampoco podía haber ambiente
festivo sin música. Es bien conocida la
afición musical de Carlos V y su
sensibilidad. Por todas partes le
acompañaba su capilla de Bruselas,
compuesta por unos treinta y cinco
músicos —y sus ayudas— que
procedían de la Grand y de la Petite
Chapelles, que se incrementó con
vihuelistas españoles. Además, Isabel
de Portugal traía otra capilla musical, a
la que se adscribió a los dieciséis años
aetatis suae un jovenzuelo organista,
Antonio de Cabezón. En Granada estaba
también Luis Narváez, que había nacido
el mismo año que el emperador. Y en
Granada se juntaron entonces, aparte de
las capillas de los reyes, la de la
catedral, los músicos particulares, la
tradición musical popular musulmana,
los tañedores de las cortes nobiliarias.
¡Era verano, Granada, Alhambra,
música, recién casados y aromas de
arrayán!
Se cuenta que unos embajadores de
Persia obsequiaron a Carlos V con unas
semillas y sus flores de extraños
pétalos, abigarrados, de alto tallo, muy
olorosas. «Claveles» las llamaron.
Carlos V mandó sembrar todos los
arriates y jardines de la Alhambra con
esa extrañísima, mas preciosa y
odorífera planta.
Entremedias, Isabel se quedó
embarazada. Debió de ser a finales de
agosto de 1526 o principios de
septiembre, toda vez que Felipe nació en
Valladolid el 21 de mayo de 1527. La
noticia se hizo pública el 15 de
septiembre, como he dicho antes. El 21
de mayo de 1527, el mismo día del
natalicio, cédulas reales de Carlos V
participaron a los ayuntamientos el feliz
alumbramiento de la reina.
LA PRIMERA SEMANA DE
DICIEMBRE DE 1526: UN
MODELO DE RESOCIALIZACIÓN
Por otro lado, el ambiente que reinaba
en Granada era contradictorio. Pesaba,
por encima de todo, el problema
morisco. Desde la reconquista el 2 de
enero de 1492 y las capitulaciones
firmadas con Boabdil, la convivencia no
había sido sencilla. En buena medida
podemos resumir que unos se inquirían
que para qué tanto esfuerzo si la minoría
seguía cultivándose en sus errores de
religión y la minoría aducía el
sentimiento de pertenencia y propiedad
sobre aquellas tierras, o el
incumplimiento por parte de la mayoría
de lo pactado en 1492. Sin entrar en más
detalles, el 18 de diciembre de 1499 los
musulmanes del Albaicín se levantaron
contra los métodos expeditivos y
punitivos de Cisneros. Antes del día de
Navidad se había repuesto la calma en
la ciudad. No así en los alrededores.
Hasta 1501 fueron alzándose ahora en la
Alpujarra, luego en las serranías
almerienses, más tarde en Ronda.
Aunque los focos fueran controlándose,
lo cierto es que hubo de hacer acto de
presencia el propio Fernando el
Católico para agilizar la pacificación.
Muchos de los derrotados prefirieron
convertirse, bautizarse, por los
beneficios o atenuantes que podrían
disfrutar con esa actitud. Pero no fue el
final de una tensión.
Y aunque en el resto de Castilla
todos llevaban una vida más o menos
pacífica con la mayoría, los sucesos de
Granada abrieron un nuevo capítulo de
las relaciones entre las dos
comunidades, la mudéjar y la cristiana.
Por real cédula de 12 de febrero de
1502 se ordenó que todos los
musulmanes debían bautizarse o
marcharse. Muchos se marcharon. Otros
se bautizaron. Creyeron los cristianos
que se quedaron los propensos a la
permeabilización religiosa.
A partir de entonces, pues, no había
musulmanes en Castilla. Todos eran
cristianos. Si alguien practicaba la
religión del islam, sería a escondidas y,
además, tras haber sido bautizado, sería
un hereje, un espantoso apóstata. De
musulmán a mudéjar y de mudéjar a
«morisco».
Ahora bien, de inmediato se tomaron
medidas de refuerzo de esos bautismos
en masa: empezaron campañas de
catequización. Mas la evangelización,
aun a pesar de conseguir verdaderas y
sinceras conversiones, no dio los
resultados esperados. Y la paciencia se
fue colmando. Estamos ya hacia 1510.
Los nuevos bautizados pensaron que se
les iba a dejar en paz con aquel gesto.
Pero estaban muy equivocados de lo que
significaba ser cristiano. Por otra parte,
en las zonas costeras, muchos
convertidos prestaban ayuda a los
berberiscos que las asaltaban. Muchos
bandidos eran, precisamente,
musulmanes excluidos. En definitiva,
hacia 1510 quedó clara, escriben
Bernard Vincent y Domínguez Ortiz, «la
incompatibilidad entre las dos
civilizaciones».
Durante los años siguientes fueron
dictándose medidas que aislada y
lentamente atacaban un aspecto u otro de
las formas de vida musulmanas, el
vestir, la definición de qué es un arma
blanca, las formas de sacrificar
animales, etc.
En medio de tal ambiente, en el que
la frustración era una constante, se llegó
al momento máximo de las fricciones. El
7 de diciembre de 1526 una Junta,
convocada por Carlos V, publicaba en
Granada sus conclusiones sobre la
prohibición a los moriscos de usar su
lengua árabe, sus vestidos tradicionales,
el acicalarse con amuletos propios de su
religión, circuncidarse, sacrificar
animales a la morisca, tener esclavos o
armas y se determinó introducir otros
mecanismos de control social, muy
especialmente instaurando un tribunal de
Inquisición para Granada y de
resocialización.
La descripción de los usos y
costumbres musulmanes contenida en
ese documento creó la identidad del
«ser» musulmán: o practicar la religión
del islam o conservar las costumbres
que se consideraran inherentes a ella…,
aunque el individuo se hubiera bautizado
y practicara el catolicismo.
A partir de diciembre de 1526 se
estigmatizaba no solo la religión, sino
los usos culturales.
Por otro lado, lo que estaba
ocurriendo en Valencia era aún más
grave, por cuanto durante la agitación de
las Germanías había habido persecución
antimudéjar. Convertidos a la fuerza
desde 1521, en 1525 se revisó la licitud
o no de tal medida y sobre todo su
validez. El 22 de junio de 1525 la Junta
pertinente, presidida por el inquisidor
general Manrique, dio por buenas
aquellas medidas y la obligatoriedad de
cumplirlas. En el resto de la Corona de
Aragón se ordenó la obligación de
convertirse antes del 8 de diciembre de
1525. Al instante se movilizaron algunos
grupos musulmanes, que lograron de
Carlos V ciertas medidas de gracia,
como por ejemplo un aplazamiento en
todo lo que fuera asimilación cultural o
evangelización. La «composición» les
costó 40.000 ducados. El pacto fue
rubricado por musulmanes de elevada
condición social. Sus correligionarios,
indignados, traspasaron la línea de la
violencia y se amotinaron por doquier.
En la primavera todos los focos habían
sido sofocados. ¿Todos? No: en la sierra
de Espadán y en la Muela de Cortes
quedaron activos algunos irreductibles
musulmanes hasta el otoño de 1526.
Todos hubieron de convertirse. Ya
no había ni un solo musulmán en España.
En medio de tal ambiente, había
entrado Carlos V en Granada. Los
moriscos acudieron a solicitar su
amparo. Tal era la persuasión de sus
portavoces, o la sagacidad en las quejas,
que el emperador tuvo por bien
convocar a varios de sus consejeros
para que pusieran en marcha una
inspección sobre qué ocurría en las
relaciones entre cristianos y musulmanes
en Granada. Las conclusiones fueron
sorprendentes. Los abusos de la mayoría
sobre la minoría eran ingentes. Carlos V
se reunió con la Junta y otros asesores
en la denominada «Católica
Congregación» en la Capilla Real de
Granada. Se habló de viva voz de lo que
ocurría y de la apostasía de los
moriscos. A finales de septiembre de
1526, la mano derecha de Carlos V
había signado cuarenta cédulas contra
los abusos a los que se veían sometidos
los moriscos. También ordenó al
arzobispo de Granada que se pusiera
más celo en la evangelización. La
persuasión de los portavoces iba a
costar a la comunidad musulmana
90.000 ducados pagaderos en seis años.
Es lo que propusieron pagar para que
los dejaran tranquilos.
Hubo prórrogas de todas las
obligaciones por espacio de tres
décadas o más. Una muy frágil
coexistencia se pudo volver a instalar
entre las dos religiones. Pero todo era
muy quebradizo. Por ejemplo: ¿y si los
turcos avanzaban por el Mediterráneo,
no se desatarían persecuciones
antimoriscas en España?; o ¿cómo
reaccionarían ellos? Las respuestas a
estas preguntas son, mi buen lector,
harina de otro costal. Pero te las puedes
ir imaginando. En cualquier caso, está
bien saber que el decreto final de
expulsión de los musulmanes
convertidos fue de 1609. Lo traté en otro
libro sobre el duque de Lerma en esta
misma editorial.
Por tanto, Granada era un interesante
centro para ser definitivamente
cristianizado. A tal fin se utilizaron
todos los medios de que disponían. En
1526 se instaló el tribunal de la
Inquisición (trasladado desde Jaén) y, en
los años siguientes, se sucedieron las
fundaciones reales pías, o se
introdujeron ciertas novedades en la
planta urbanística de Granada. De todo
ello ha tratado Juan Antonio Vilar y me
limitaré a resaltar los aspectos más
importantes.
Este ambiente resocializador fue el
que impregnó la estancia de Carlos e
Isabel en Granada.
Primero: la educación de los niños y
los adolescentes. Por ejemplo, existían
en Granada dos escuelas de gramática,
la base para la educación no privada,
dependiente una del ayuntamiento y la
otra del arzobispado. No pensemos que
por ser tiempos de humanismo había
demanda de letras por doquier. Al
contrario: dos escuelas de gramática en
la misma ciudad eran muchas, y se
hacían la competencia, se quitaban los
alumnos la una a la otra. Por este
motivo, el ayuntamiento pidió que el
arzobispado enseñara otros
conocimientos que no la gramática y que
ellos a su escuela le subirían la dotación
económica, como así se hizo tras la
autorización por parte de Carlos V en
agosto de 1526 de que se financiaran
con dineros de rentas de propios. El
proceso de reformas culminó el 7 de
diciembre de 1526, cuando Carlos V
ordenó la creación de un estudio
general, dependiente de la Corona en su
toma de decisiones (aunque se delegara
en los regidores municipales). Un
detalle: entre junio de 1538 y enero de
1539 se estudian los beneficios o
perjuicios para Málaga si hubiere un
preceptor de gramática. Finalmente, el
rey dota esa cátedra con 10.000
maravedíes. Todo ello fue ¡para Málaga
en 1538!
El 7 de diciembre de 1526 se creó
una universidad para Granada, cuya
base fundacional era la de formar
predicadores de elevada calidad para la
conversión del reino. Se impartieron al
principio lógica, filosofía, teología,
cánones y gramática. El proceso
fundacional no estuvo completado (bula
papal de 14 de julio de 1531, estatutos
de 1531) hasta unos años más tarde:
precisamente, el 12 de octubre de 1537
la emperatriz firmó la cédula de puesta
en marcha.
También de 1526 son otras
fundaciones para educar niños en la
verdadera fe. El 7 de diciembre de 1526
nació el Colegio de San Miguel de
Granada. Su intención era formar a cien
hijos de moriscos en la cultura cristiana.
La dotación económica procedería de
las arcas episcopales. Cuando los niños
pasaban a la adolescencia, entraban en
el Colegio de San Ildefonso y Santa
Catalina Mártir, de fundación más
tardía, 1537.
Nuevamente, a raíz de la Junta de 7
de diciembre de 1526 se creó el Colegio
Imperial de la Santa Cruz de la Fe, al
que asistirían doce colegiales con cuatro
maestros especialistas y otro personal.
Su objetivo era entrar en la universidad.
De la misma fecha es la fundación
también del Colegio de San Fernando,
para jóvenes que asistieran en la Capilla
Real, pero al parecer la falta de dinero
hizo que no levantara cabeza.
Al mismo tiempo, Carlos V puso su
empeño en que los acólitos y capellanes
de la catedral tuvieran una esmerada
educación. Para ello puso en marcha el
Colegio Eclesiástico, que era una
refundación del decaído Colegio Real
de San Cecilio, fundado por el
arzobispo Talavera para jóvenes
sacerdotes que hacían vida en clausura.
El Colegio Eclesiástico formó parte del
Real Patronato desde 10 de diciembre
de 1526.
Segundo: transformaciones en los
símbolos de la ciudad. El día anterior a
toda esta eclosión resocializadora (la
Junta en la Capilla Real), el 6 de
diciembre de 1526, Carlos V había dado
órdenes sobre la remodelación de la
Capilla Real y los mausoleos de sus
abuelos y de su padre. Y, precisamente
en este año, Carlos V ordenó la
construcción de un gran palacio
renacentista en la Alhambra.
Tercero: otras actuaciones urbanas.
Se pueden citar más intervenciones de
Carlos V en ese año de 1526, que
consistieron en refundaciones de
instituciones creadas por los Reyes
Católicos, o dotaciones nuevas, cuya
ejecución fue inmediata o se retrasó por
los motivos que fueran. La lista es muy
larga. Así, el Hospital Real (desde
1504), Hospital de la Alhambra (1501),
Hospital de los Locos (1501), Hospital
de la Caridad o Refugio (para mujeres,
1513), Hospital de Santa Ana (Hernando
de Talavera), San Lázaro (Reyes
Católicos, para leprosos). Carlos V
intentó una reformación general
hospitalaria, concentrando enfermos y
dotaciones económicas. A su vez, fundó
el Hospital de los Niños Expósitos
(1526). En esta línea de actividades
fundacionales de patronato regio ha de
inscribirse la iglesia imperial de San
Matías sobre la mezquita mayor de
Granada, ya modificada en 1501.
Finalmente, las dotaciones para misas y
otras limosnas fueron numerosísimas.
Como en tiempos de Isabel y
Fernando, ahora en tiempos de Carlos e
Isabel, la piedad, la refundación, las
fundaciones o las dotaciones, pero todo
ello vinculado a la exaltación del
patronato real sobre la Iglesia, hallaron,
de nuevo en Granada, su mejor centro de
actuación. Lo sorprendente es la
celeridad de las propuestas, todas
alrededor de unos pocos días de 1526.
Durante esa estancia, no ya solo un
placentero viaje, sino la reorganización
de un reinado, se consolidó el
funcionamiento del gran Consejo de
Estado, fundado (en fecha incierta) poco
antes; se reorganizó la Chancillería de
Granada y su Audiencia (de hecho, se
creó una nueva para Canarias); se dotó
de ordenanzas al ayuntamiento; se
redefinieron las relaciones jurídicas
entre los tribunales civiles y los
eclesiásticos del reino; se dictaron leyes
proindios; se prohibió la navegación en
solitario hacia Indias; se sufrieron
amargamente las traiciones de Francisco
I.
A raíz de estas, hubo que prepararse
para la guerra. La hubo. El condestable
de Borbón, al mando del ejército
imperial, tomó Milán y el Milanesado.
Mientras, crecieron las desavenencias
entre el emperador y el papa, o más bien
entre Clemente VII y Carlos V. En el
bando imperial militaron con empuje los
erasmistas, irenistas, sí, pero críticos
con el papado. Por ello, cuando en
medio de agrias cartas entregadas por el
nuncio Baltasar de Castiglione, o
entrevistas más diplomáticas que
amigables, llegaron las noticias del
primer saqueo de Roma el 16 de junio
de 1526 a manos de Hugo de Moncada,
aunque fue una sorpresa, no causó
extrañeza tal proceder. Carlos V, desde
Granada y con fecha de 15 de julio de
1526, comunica la verdad de lo
acaecido en Roma, lamentando que los
capitanes no pudiesen contener «el
ímpetu de sus soldados».
Sin duda que uno de los mayores
problemas con que se encontraban
entonces era el de la velocidad de las
comunicaciones. Mientras iban o venían
las noticias, o los mensajeros, o los
embajadores, podía pasar de todo.
Los acontecimientos en Italia y otras
acciones diplomáticas de Carlos V
hicieron que se resquebrajase la liga
antiimperial. Pero mientras esa Italia era
el gran quebradero de cabeza de Carlos
V, llegó una terrible noticia a Granada.
El 13 de noviembre de 1526 se supo
en Granada no solo de la muerte de Luis
II de Hungría (cuñado de Carlos V), sino
de la pérdida del ejército cristiano en la
batalla de Mohács y de la penetración
del turco hasta Buda, a unas cuarenta y
cinco leguas de distancia del corazón de
su imperio (doscientos cuarenta y cinco
kilómetros). El 29 de noviembre de
1526, Carlos V anunciaba a sus
concejos de Castilla, por medio de
cédulas reales, la invasión turca de
Hungría y las medidas que se estaban
tomando para rechazarla. Exhortaba a
toda la cristiandad a unirse contra el
turco, y lo que es más urgente, a ayudar
pecuniariamente a su hermano Fernando.
En esos frenéticos días de la primera
semana de diciembre de 1526 volvieron
a ocurrir cosas. El 5 de diciembre de
1526 Carlos V —y Juana, su madre—
convocó Cortes de Castilla en
Valladolid para enero de 1527. A cada
una de las dieciocho ciudades con voto
en Cortes le remitió una provisión real
mandándole elegir a los dos
procuradores correspondientes. La
materia esencial que se especificaba
objeto de esa asamblea era tratar los
asuntos del turco en Hungría.
Era evidente: se abandonaba
Granada hacia Castilla, para recorrerla
antes de salir de ella. La convocatoria
era de tal celeridad que se demostraba
la gravedad del momento. La red
diplomática en el imperio volvió a
echarse y se pidió ayuda a todos, por
todas partes.
Según una exhaustiva y oficial
relación de gastos que soportó el
ayuntamiento de Granada (publicada por
Gómez-Salvago, letra del siglo XVIII
sobre original de 1526), la estancia real
costó 1.779.282 maravedíes, de los que
podríamos destacar los siguientes:
Para el palio se usaron veinticuatro
varas de brocado de a 17 ducados/vara,
más veinticuatro varas de raso carmesí
para el forro del palio, más oro y
flocaduras del palio, más varas de
lanzas.
Costó el palio de Granada: 209.372
maravedíes.
Se compraron cuatrocientas treinta y
dos varas de raso carmesí para hacer las
vestimentas del corregidor y de veintiún
regidores (de los veinticuatro), al
alcalde mayor de la justicia y al
escribano mayor. Se compraron
cuatrocientas treinta y dos varas de
damasco blanco para forros de esas
ropas. Las trescientas veintidós varas de
terciopelo anaranjado para otras
dignidades municipales y las trescientas
veintidós varas de raso plateado de los
forros de las vestimentas anteriores
Costaron las ropas de los que fueron
a dar la bienvenida a los emperadores:
1.126.728 maravedíes.
Se abonaron a correos, albañiles que
trabajaron en el camino de Santa Fe o en
la plaza de Bibarrambla, al que allanó la
puerta de Guadix, por indemnización al
que derribó su casucha que había en la
subida al Albaicín, por el drenaje del
Darro, sucio; por el derribo y retirada
de escombros de una torre en la subida
del Albaicín; por el saneamiento de unas
acequias, por salarios a unos
empedradores de Loja y Úbeda.
Obras menores de adecentamiento
de Granada: 157.552 maravedíes.
Costaron los trompetas del conde de
Cabra, los ministriles del de Ureña, sus
pendones vestimentas, así como la
confección del escudo de armas de
Granada, más las luminarias que se
hicieron la noche de la llegada de los
emperadores, más la cera que se quemó
esa noche en la Alhambra, más el riego
del camino desde Santa Fe.
Engalanamiento (I) de la ciudad:
48.114 maravedíes
Se dieron a los treinta y dos
primeros caballeros que participaron en
el juego de cañas, el cadalso para los
reyes, veintidós toros para tres fiestas
de toros, el allanar la ribera del Genil
donde fue la escaramuza de San Juan en
la que participó Carlos V, por el alquiler
de ventanas, para los guardas de las
puertas de la ciudad, por los primeros
pagos de un préstamo tomado por
Granada para poder realizar todo esto,
por otros gastos de empedrado y
allanado de caminos y calles, del
alquiler de mulos, azadas y otros
materiales, del vino para los obreros, de
cargamentos de madera para el cadalso
—en su mayor parte de Cazorla— y de
su transporte, y maromas, sogas, clavos,
salarios y jornales, alimentos,
gratificaciones, el escudo de Granada,
su dibujo sobre hoja de lata, las cien
naranjas frescas que se colgaron en el
cadalso para adornar, y más salarios, y
lo que se pagó a moriscos y cristianos
nuevos que hicieron las guirnaldas y
arcos de hiedra y otros dibujos por
Pedro Machuca.
Engalanamiento (II) de la ciudad, en
especial el cadalso-mirador de los
reyes: 90.026 maravedíes.
Del adecentamiento de la puerta de
Guadix.
Una cuenta «desperdigada»: 2061
maravedíes.
Monto total de lo reseñado (solo
aproximado):
1.779.282 maravedíes, según la
cuenta del escribano municipal Jorge de
Baeza. Pasado a ducados serían 4745
ducados. Un ducado de oro pesaba 3,6
gramos apro- ximadamente. En
definitiva, los gastos ocasionados por la
visita real a Granada fueron de 17.081
kilos de oro.
Según apéndice documental 8 de
Gómez-Salvago.
Carlos V salió de Granada el 10 de
diciembre de 1526. La emperatriz, al
parecer, se quedó hasta pasada la
Navidad. Carlos V llegó a Valladolid el
8 de febrero de 1527 tras un largo y
entretenido viaje por sendas Castillas,
atravesando Madrid, hacia Somosierra y
desde allá a Tudela de Duero y
Valladolid. El día 11 de febrero de 1527
se inauguraron las Cortes. A los pocos
días, salió el emperador hacia Segovia
porque allí volvía a encontrarse con
Isabel. Tras recogerla el 16 de febrero
de 1527, se encaminaron a Valladolid,
en donde entraron el 22 de febrero de
1527.
Según una acuciante frase del
epistolario del embajador imperial
Salinas, en abril de 1534 Granada había
quedado en el olvido. ¡Qué pena! Pero
es que estaba a trasmano de todo,
incluso de Indias.
EN LA PERIFERIA DE LAS
FIESTAS: MÁLAGA
Me picó la curiosidad de saber cómo se
vivía todo lo anterior en una cualquiera
de las ciudades andaluzas que quedaron
en la periferia de tantos festejos. Málaga
podía ser un buen ejemplo por cuanto
era ciudad institucionalmente
importante, socialmente muy interesante
por la cantidad de extranjeros, de
mercaderes, de militares, de marinos
que vivían en ella y, en fin,
económicamente muy singular por su
extremada riqueza agraria, por su
puerto, por su tráfico de mercancías de
todo tipo.
Fui a Málaga. Me atendieron muy
bien en el archivo (en especial doña
Pepa Lara, doña Agustina… don Jesús
Simón). Pude consultar bibliografía,
repertorios, otros instrumentos,
originales (¡pude ver originales, que
cada vez se ven menos en los archivos!)
y, claro, un DVD en ordenador con las
actas que quedan del cabildo de Málaga.
Málaga, como tantas ciudades más,
llevaba su vida cotidiana con los
problemas del sobrevivir. Un pleito
aquí, un incumplimiento de alguna orden
allá, el nombramiento de corregidor, o
la prórroga del anterior, alguna queja de
un gremio, en fin, la vida de una ciudad.
Sin embargo, en aquella primavera
de 1525 todo se ha alterado. Los campos
de Francia, los del principado de
Cataluña, los de Aragón y Castilla, los
han atravesado reventando caballos los
correos que fueran necesarios. Al fin ha
llegado la gran noticia al alcázar: el rey
de Francia ha sido hecho prisionero.
El emperador ordena a su secretario
Francisco de los Cobos que, desde
Madrid, a 12 de marzo de 1525,
comunique a sus ciudades la victoria de
Pavía, con una descripción del sitio y la
batalla muy triunfante. Además, que haga
hincapié en que la batalla fue el día de
su nacimiento, día de San Matías, 24 de
febrero de 1525. Cobos se pone manos a
la obra. Los amanuenses de su secretaría
copian decenas y decenas de cartas
iguales y las mandan a las localidades
más importantes de España. Todas esas
cartas las ha ido firmando pausadamente
Carlos V con su rotundo «Yo, el rey». El
comunicado original, signado por el
emperador y refrendado por Francisco
de los Cobos, llega unos días después a
Málaga. Allá se conserva, en el Archivo
Municipal, como en tantos otros. Lo
demás ya lo sabemos. Espoleado por
ese y otros acontecimientos se pone en
marcha, en el sentido vital, ¡que hay que
casarse!
Los acontecimientos se suceden
como hemos visto. En Málaga siguen a
lo suyo. No parece haber mucha
convulsión por lo que va a suceder…,
hasta que otro correo llega a la ciudad,
se persona en la casa del corregidor y le
habla de que trae instrucciones de
presentarse en el próximo cabildo para
entregarle al corregidor —
solemnemente y ante la reunión
municipal— una notificación del rey. El
corregidor agasaja a este personaje.
Hablarán de cosas de palacio y del
puerto, del Mediterráneo y de los
herejes.
El corregidor avisaría a los porteros
del cabildo que comunicaran a los
regidores que tenían que ir al próximo
ayuntamiento. Málaga, 3 de diciembre
de 1525. El cabildo está reunido en
pleno. Es por la mañana. Preside a los
regidores y jurados Francisco de Luján,
su corregidor. Hace acto de presencia en
el cabildo Pedro de Rueda, que ostenta
un cargo palatino de menor rango,
repostero de camas. En cualquier caso,
entrega a las autoridades locales una
carta del rey que parece ser importante,
sobrescrita y cerrada, firmada por
Carlos V y refrendada por Francisco de
los Cobos, secretario regio.
El 17 de noviembre de 1525, desde
Toledo, Carlos V comunicaba a sus
ciudades (el proceso, el mismo: los
amanuenses a copiar lo que hubiera
preparado Cobos) que como en las
últimas Cortes de Toledo los
procuradores le habían suplicado con
mucha instancia que se casase, «y que si
pudiese ser fuese con la serenísima
infante de Portugal, doña Isabel»,
casamiento que a sus ojos y de los
muchos que «se ofrecían en toda la
cristiandad era el que más convenía a mí
y al bien de estos reinos», y que lo
mismo le habían suplicado muchos
grandes, prelados y otras personas
particulares, y «Nuestro Señor, en cuyas
manos esto y todas mis cosas tengo
puestas, ha sido servido de lo efectuar»
porque ya estaba desposado con la
infanta.
Así que todo eso lo comunicaba a
Málaga y que se iba a Sevilla «para lo
acabar de efectuar», y así lo
comunicaba: «Acordé de hacéroslo
saber porque sepáis que se ha convenido
conforme a vuestra suplicación».
Y ellos, ¿qué dijeron? Pues que
«recibiéronla con gran gozo y alegría»
tan «próspera y gloriosa nueva». Luego,
continuaron con su rica vida cotidiana.
Y tú y yo con la vida de Isabel.
III
DEL PARTO A LA
SEGUNDA
GOBERNACIÓN
(DEL 21 DE MAYO DE 1527 A LA
PRIMAVERA DE 1529)
Por toda Castilla y Aragón el tañer
alegre de las campanas avisa de que ha
habido un alumbramiento real. Poco a
poco se va extendiendo la gran noticia
de que la reina ha parido un varón y
que ambos están bien. A muchas gentes
por los pueblos les agradará la noticia
de saber que la Corona real, garante de
lo bueno que tienen en la vida terrenal,
continúa. Durante un tiempo se
reunirán, ávidos de noticias, alrededor
de los viajeros para que les cuenten
qué ha pasado en Valladolid. Su primer
contacto con el príncipe recién nacido
será precisamente ese: les ha roto las
tediosas rutinas de los ciclos
estacionales del campo. Aunque solo
sea un fogonazo extraño, todos en la
memoria recordarán las amorcilladas
formas de los hijos que han tenido y
sentirán, ¡qué remedio!, algo de
ternura. Sobre todo por las ánimas que
están en el limbo o en el purgatorio, de
los que no aguantaron el primer tirón
de la vida.
Tanto trajín cortesano, tanta boda real,
felices acontecimientos, idas y venidas,
tuvieron muchos registros por los
testigos que participaron en ellos. Uno
de los más vívidos es el epistolario que
nos dejó el embajador imperial Salinas.
Podemos seguir estos acontecimientos
llevados de sus impresiones. Como
están editadas, citaré entre paréntesis de
donde he extraído cada referencia, para
no quebrarte el hilo de la lectura.
También merece la pena tener
presente una advertencia. Aunque las
cartas diplomáticas fueran importantes,
importantísimas, no eran las únicas
noticias que corrían por la cristiandad.
En efecto, no siempre la
correspondencia de los embajadores era
la más rápida, la más ágil. En muchas
ocasiones, ganaban las comunicaciones
entre particulares, en especial… las de
los agentes financieros. Por ejemplo, la
coronación de Fernando de Austria
como rey de Hungría fue sabida con
anterioridad en Viena por «letras de
mercaderes»; o el que la esposa del rey
estaba embarazada se supo «en esta
corte por letras de otros muchos que de
allá lo escriben». Teniendo en cuenta
que sendas frases son del embajador de
Fernando I ante Carlos V, cabe también
un espacio para la queja por no
escribirle más deprisa o fluidamente el
señor al criado (carta 153).
LA PREPARACIÓN DEL PARTO:
EL TESTAMENTO DE 1527 Y EL
ALUMBRAMIENTO DEL
PRÍNCIPE FELIPE (21 DE MAYO
DE 1527)
Como se dijo antes, a mediados de
septiembre de 1526, era asunto de todos
los corrillos que la emperatriz estaba
encinta. La anhelada noticia se hizo
pública el 15 de septiembre. Entremos
de lleno en las cartas del embajador
Salinas.
Desde Granada saltó la noticia al
imperio (carta 142). A primeros de
febrero de 1527 Isabel estaba en Toledo.
Gozaba de buen aspecto y todos
esperando que el parto fuera bien. Dicho
sea de paso, que aprovechando que le
mandaba tan alegre noticia al
emperador, su embajador pedía que le
pagara las deudas que tenía contraídas
con él (carta 147).
Como se habían convocado Cortes
de Castilla en Valladolid, la emperatriz
se dirigió allá, pasando por Segovia,
adonde acudió Carlos V a estar con ella
(carta 148). Aún se conserva el registro
de los gastos que se hicieron en la
ciudad castellana. Veámoslos
sintéticamente.
Desde Almagro (Ciudad Real) y a
20 de diciembre de 1526, Carlos V —
tras una entrevista con un regidor de
Segovia que le expresó ciertas
incertidumbres sobre el viaje real—, el
emperador —digo— les comunicó por
medio de una cédula real que la reina
iba a pasar por Segovia y que debía
hacérsele un recibimiento como si de él
mismo se tratara, no obstante lo cual, se
debería gastar cuanto menos mejor, que
sean «moderados» los gastos, porque la
situación económica no era buena.
Luego, desde Burguillos y a 27 de enero
de 1527, era la propia emperatriz la que
anunciaba a Segovia (tras consulta del
duque de Béjar) su intención de pasar
por allí, camino de Valladolid.
Dándose los regidores por enterados
de las dos cédulas reales, determinaron
hacer un recibimiento sin mucho gasto,
pero, desde luego, con un palio de
brocado y que se diese a cada regidor,
justicias y escribanos 18.306
maravedíes para la confección de
ciertas ropas.
Así, el palio y sus telas y aderezos
costaron 179.180 maravedíes (la
hechura, por ejemplo, 1930
maravedíes). Al corregidor, dos
tenientes de corregidor y veinte
regidores, un escribano y un
mayordomo, se les repartieron 437.344
maravedíes (a razón de 18.306
maravedíes por cabeza).
Además, se compraron para
correrlos seis toros en Buitrago,
Villavieja y Oteruelo a razón de unos
3750 maravedíes por cada animal. A eso
hay que añadir 2601 maravedíes por
gastos ocasionados en los días que se
echaron en ir a buscarlos, cuidarlos y
alimentarlos en el Bosque (Valsaín),
encajonarlos otra vez y llevarlos a la
ciudad.
Hubo otros gastos de artesanos, o de
limpiezas de las plazas de Segovia, por
importe de 9529 maravedíes También
aquella entrada generó más gastos, como
el de ir a preparar las localidades por
las que iba a entrar la reina, o la traída
de trompetas de Granada, o el envío de
emisarios a las ciudades del itinerario,
para mantenerse informados de por
dónde iba la emperatriz, o cómo había
sido recibida en otras localidades,
como, por ejemplo, Madrid. Asimismo,
hubo pregoneros, más aderezos de
caminos y hasta se compraron barbas,
espadas, adargas y hachetes de papel
para representar cierta fiesta de moros y
cristianos; se trajeron veinticinco
ministriles de Guadalajara (a los que
hubo que alojar y alimentar, y se
abonaron 1200 maravedíes a cada uno),
se seguía aderezando la ciudad (se
gastaron 5625 maravedíes en limpieza)
y salían mensajeros hacia Guadarrama
para calcular qué día entraría la reina en
Segovia y así sucesivamente.
Dicho sea de paso, las ropas que
recibieron en febrero para la entrada de
la emperatriz las fueron devolviendo a
final de año. Se conservan los albaranes
de entrega. Pero es que antes de
devolver los trajes hubo un pleito entre
el corregidor, que argumentaba que por
orden real habían de devolver las ropas,
y algunos oficiales municipales, como
los tenientes de corregidor, que
argumentaban que no, que eran ropas
que se quedaban porque eran para
recibimientos reales…
Isabel entró en Segovia, hubo palio,
saraos, toros, músicas y danzas de
moros y cristianos. Salió de Segovia.
Entró en Valladolid muy
honorablemente, «y por respeto del
preñado entró en hombros y los
caballeros principales de la villa
sirvieron de este oficio» (carta 149). En
Valladolid esperó al alumbramiento, con
los mejores augurios de todos por su
buen aspecto. Echadas las cuentas,
tocaría en mayo (carta 150).
No era un juego de niños, nunca
mejor dicho, lo del parir. Nunca lo ha
sido. Entonces las mujeres
encomendaban su alma a Dios. Un parto
se vivía —sencillamente— con
pavoroso terror.
Todo arrancaba de la maldición
contra Eva en el momento de ser
expulsada del Paraíso (Génesis, 3, 16).
De la Sagrada Escritura, sí; pero
también de lo que cualquier muchacha
había ido viendo a lo largo de su propia
vida. ¿Cuántas sufrirían en su conciencia
haber sido las causantes de la muerte de
su propia madre? ¿A cuántas se les diría
que sus madres habían muerto al parir a
una criatura que vino al mundo sin vida,
y así se les ocultaba a ellas que las
madres hubieran muerto al darles a luz?
¿Cuántas veces, cuántas, sobrevivir era
vivir con la incertidumbre de ser verdad
lo que se sabía? ¿Cuántas veces era
mejor la credulidad que el preguntar o el
pensar? Vivir era prepararse a morir y
vivir era penar a la espera de una vida
mejor, la del más allá, si en la del más
acá se había cumplido con los preceptos
de la religión, que no estaba hecha a
imagen y semejanza de los hombres (o
por los hombres), sino que era un legado
de Dios. Por lo tanto, teniendo en cuenta
esos principios, se podía llegar acaso al
mejor momento de la vida que era el de
la muerte (¡y algunos se lo creerían!)
con serenidad. Esa serenidad y esa
consolación en una vida mejor, aunque
no fuera material, hacían llevadero el
existir a los que se quedaran aquí. Al
menos, esa podía ser la intención de
tanto sermoneo, o de todo ese sistema
cultural montado alrededor de los
muertos: aliviar los recuerdos de los
vivos. Pero a veces no había manera y
no se lograba. La depresión se
somatizaba en mujeres enjutas, enlutadas
ya de por vida, inánimes, encorvadas. O
en emperadores que, aun a pesar de
querer sobreponerse a la soledad con un
dinamismo existencial alocado, con un ir
y venir por todas partes, en el fondo
buscaban huir de sí mismos, de sus
tristezas y congojas. Para Carlos, que
siempre recordará a Isabel con dolor,
abdicar fue un lenitivo. Que en Yuste
mandara representar su propio entierro;
la exhibición de su culpabilidad: su
fracaso ante Dios por la ruptura de la
religión, la culpabilidad que sintiera por
saber el estado mental de su madre; la
culpabilidad por la muerte de la
amada…
Solo una mujer puede saber qué se
siente ante la inminencia de un parto.
Hoy se quiere que sea un momento
festivo, o casi. Pero esto es así desde
hace unas décadas, nada más que unas
décadas. Desde el origen de los tiempos
hasta la generación anterior a la tuya y a
la mía era una incertidumbre que, quizá,
solo se podía arrostrar desde una
inmensa soledad. La soledad de la
parturienta. Mayor que la que podáis
sentir hoy, lectoras, en que la vencéis a
golpe de esperanza proyectada sobre la
felicidad del hijo que venga. Pero ellas,
no. Así que hacían testamento.
En esta ocasión debo decir que se
preparó para redactar testamento, pero
no concluyó el acto jurídico: en efecto,
se conserva un borrador de testamento,
pero no lo ha signado, y en Toledo, el 28
de abril de 1539, que es cuando Carlos
V reconoce la autenticidad de los
testamentos de Isabel, este no es ni
mencionado. O sea que, legalmente, no
existió. Tal vez nunca tuviera vigencia,
porque no se llegara a tiempo para que
lo firmara y ya, visto que había
sobrevivido al parto, se dejó sin acabar
la faena.
No obstante, por tratarse de un
borrador, indica que había ciertas
intenciones en el texto, ciertas
inquietudes. El texto se centra sobre
todo en el nombramiento de heredero de
sus bienes, pero hay otros apuntes.
Veámoslos.
El testamento en borrador de Isabel
empieza con la advocación ordinaria:
«En el nombre de Dios
Todopoderoso…», que da entrada a la
profesión de fe: «Creador del cielo y de
la tierra y gobernador universal de ella y
de todas las cosas visibles e invisibles».
Yo no sé si es gobernador universal de
lo visible e invisible, pero de lo que no
tengo duda es de que desde tal profesión
de fe se explica todo lo que la
restringida mente humana no alcanza. En
los testamentos hablaban de la Virgen
—«Su madre, reina de los cielos y
señora de los ángeles, Nuestra
Señora…»—, ¿cómo no iban a creer en
el sistema político que tenían si no era
más que una humilde reproducción del
celestial, con reyes, señores,
intercesores, cortes (celestiales) y
demás?
Tiene el testamento de Isabel unas
palabras intensamente modernas: pone
por sus intermediarios ante la majestad
divina a «los santos y santas». Que no le
fuéramos a decir que era sexista o
discriminadora. Y entrando en materia,
explica por qué hace testamento:
Queriendo estar aparejada en todo
tiempo, mayormente en este punto de mi
parto de que espero en la misericordia
de Dios seré alumbrada y quedaré con
salud y vida para Su servicio.
El sentido de ser alumbrada por
Dios está en desuso hoy: quería decir
«ayudada [por Él] con bien en el parto».
Por eso, en las comunicaciones, el
informante o el esposo decía que «Dios
se sirvió alumbrar a mi esposa o a la
señora tal». Así que Isabel esperaba la
protección de Dios en el parto, aunque
hacía testamento, por si acaso…, por si
acaso era una prueba para ver si
soportaba los infortunios que Dios
mandara.
En la parte siguiente de todo
testamento nuestra protagonista no
aparece como una persona normal, sino
que se autoidentifica con todas sus
características: «Yo, la emperatriz doña
Isabel, por la gracia de Dios, reina de
Castilla, de León, de Aragón y de las
dos Sicilias, de Jerusalén, de Valencia,
de Granada…», etc. Me ahorro repetir
todos los territorios que se citan.
Para que las mandas testamentarias
fueran legales, el testador debía estar
cuerdo, así que «estando sana y libre de
mi entendimiento y juicio natural», se
podía empezar a redactar. Era necesario,
porque eran gentes que temían a Dios,
hacer profesión de fe, «confesando
firmemente todo lo que la Santa Iglesia
católica y apostólica de Roma tiene y
cree y confiesa…».
En este testamento, como en todos,
terminadas las definiciones formales
iniciales, se pasaba a los cuidados del
cadáver: pedía ser sepultada en la
Capilla Real de Granada, con sus
abuelos Isabel y Fernando, en el lugar
que dijera su esposo. Dejaba en manos
de Carlos la organización de las
obsequias, aunque pedía de forma
explícita que el día de su entierro se
dijeran en Granada todas cuantas misas
se pudieran dar. Y añade: «Mando que
se digan mil misas» más.
Ordenaba que todas sus deudas y
cargos se pagaran de inmediato.
Especial mención hace a sus
criados, a todas las personas que
hubieran venido con ella de Portugal,
para quienes pedía que se les abonare lo
que se les debiera y «suplico muy
afectuosamente a su majestad» para que
si hubiere lugar, se sirviera de ellos
«por lo mucho y bien que me han
servido». ¿Cuándo una reina se atrevía a
pedir al rey «afectuosamente» algo?
Isabel a Carlos sí. Y aún más, como
resulta que eran —dice— «extranjeros»,
pide para ellos una gratificación (que
queda en blanco en el testamento). Más
tarde, en los sucesivos testamentos, la
nómina de criados y gratificaciones será
más exhaustiva.
Deja ordenado que de sus bienes se
paguen las dotes, a satisfacción de
Carlos y de los testamentarios, a treinta
doncellas huérfanas que se fueran a
casar y que se dote a otras treintas
doncellas que quisieran entrar en
religión, pero con una condición, que
pidieran por su alma.
Otra de estas obligadas mandas de
caridad es la de que, aparte de que se
vista a los pobres el día de sus
funerales, se vista a otros cien a
satisfacción del emperador y los
testamentarios.
Del mismo modo, que en el año de
su muerte, se rescate a cincuenta
cautivos en tierras de infieles, pagando
por cada uno los 50 ducados, «que es la
limosna ordinaria que se suele hacer».
Bien sabemos que tal actitud, aunque
muy caritativa, favorece la permanencia
de la privación de libertad.
Ordena que en la Capilla Real se
den dos misas rezadas «perpetuamente
cada día», que se pagarán de sus bienes.
¿Se podría resucitar la tradición? O tal
vez se incluye a Isabel en la letanía del
«por todos nuestros difuntos…».
De ahí se pasa a las mandas más
humanas. Así, instituye por universal
heredero de todos sus bienes «al
póstumo hijo o hija que pariere».
No obstante, ella se plantea la
trágica pregunta: ¿qué va a ser de mí?, y
sobre todo, ¿y si muriéramos la criatura
y yo? A lo cual da respuesta: «Acatando
el entrañable amor que el emperador y
rey mi señor me ha tenido y tiene y yo le
tengo» (¡menuda declaración!: supera a
la más fría de Isabel la Católica, que
también la hace, en su histórico
testamento), y teniendo en cuenta los
muchos gastos hechos por Carlos V y las
necesidades que tiene, en el caso de no
sobrevivir el hijo al parto, que si
muriera sin dejar hijos legítimos, o sin
haberlos tenido al tiempo de su
fallecimiento, que Carlos se quedara las
300.000 doblas a las que ella tenía
derecho por las capitulaciones
matrimoniales. Resulta curioso que en el
párrafo dedicado a este luctuoso asunto
hay hasta tres redacciones diferentes,
dos de ellas tachadas. No obstante, tras
el testamento está el codicilo. En una
única cláusula se redacta correctamente
lo anterior.
En la manda siguiente, nombraba a
Carlos por su testamentario, pero el
borrón deja todo en el aire.
El párrafo que sigue en limpio es el
que tendría vigencia al escriturarse o
registrarse el testamento. En él consta
que se ha de dar ejecución lo más rápido
posible que sea al testamento. Pero no
se nombran tampoco testamentarios.
Así que estas postrimeras voluntades
quedaron sin redactarse correctamente.
Lo dio en Valladolid, sin día, en
mayo de 1527.
En 1527 y con el parto de un varón,
Isabel había consolidado la aceptación
de la dinastía extranjera. El asunto no
era cualquier cosa. El drama de una
sucesión truncada o inadecuada se
estaba viviendo día a día. Y aquella
monarquía, si no tenía buena sucesión,
¿qué hacer? Tal inquietud había
agobiado a Carlos V al cumplir los
veinticinco años. Tal inquietud agobiaba
a sus territorios, que le pedían
insistentemente que se casara.
Algunos recordarían los tiempos de
las muertes del príncipe don Juan, del
niño don Miguel, de la enajenación de
Juana y de las maniobras del malvado
Felipe, de la gran crisis política que se
vivía desde 1504 y las regencias de
Cisneros, el despecho del rey Fernando.
¡Llevaban veintitrés años así (desde la
muerte de Isabel la Católica)! y una
guerra entre medias por culpa del mal
hacer de los extranjeros, de su rapiña.
Se necesitaba buen gobierno y
continuación de la dinastía. Si Isabel lo
consiguiera…
La boda había salido con bien. Aún
más: parecía de ensueño. Y encima, al
poco la reina había quedado
embarazada.
Sin embargo, ahora empezaba una
nueva inquietud: que la descendencia
fuera un varón, que naciera bien, que
sobreviviera. Para colmo, si la madre
superara el parto, mejor que mejor,
porque así podría volverse a quedar
embarazada y que hubiera recambio en
la sucesión dinástica, si era preciso.
El capítulo de los embarazos de
Isabel es dramático, como el de todas
las mujeres de entonces. En verdad que
dar a luz era un sublime problema. Por
ello, no es de extrañar que entre los
tabúes y los miedos, una reina
embarazada alcanzara niveles de respeto
casi sobrenaturales. Y si daba a luz un
varón, era excelsa. Mas, si por el
contrario fracasaba en la misión, había
un feto o una criatura muerta, su
aceptación social dependería de la
actitud que adoptara el esposo.
Finalmente, si moría durante el parto,
comoquiera que habría sido durante el
máximo cumplimiento de su deber, sería
extraordinariamente alabada.
Cuentan unos cronistas que tuvo
trece horas de contracciones, de
horrorosas contracciones en una
primeriza que pidió que se le tapara la
cara para que las que asistían al
alumbramiento del heredero de la
monarquía no pudieran ver rasgos de
dolor en su rostro, como se decía había
mandado hacer Isabel I de Castilla.
Muchas cosas tuvo que imitar esta Isabel
de la otra Isabel. Fray Prudencio de
Sandoval ha dado buena cuenta de todo
también. La partera le dice que grite,
para darse descanso, y la emperatriz le
contesta: «Naom me faleis tal, minha
comadre, que eu morrerei, mais naom
gritarei», y ordenó que se apagaran las
velas de la cámara en la que estaban y
que se le tapara el rostro para que no se
le viera.
Trece horas de contracciones
concluyeron con el nacimiento de un
varón el 21 de mayo de 1527 en
Valladolid, en el palacio de los
Pimentel, que es donde estaban
alojados.
Martes, a 21 de mayo, a las cuatro
de la tarde, nació el príncipe don Felipe,
con el cual nacimiento hubo el
emperador extremado placer, y tomando
el niño en sus brazos rogó a Dios le
hiciese buen cristiano y diese gracia y
saber para gobernar los reinos que había
de heredar.
Más tarde, el padre, «aunque llovía
harto», se fue al colindante monasterio
de San Pablo a dar gracias.
Así fue, a finales de mayo se podía
anunciar al mundo que la emperatriz
había dado a luz un varón, y como le
decía Salinas a su señor el rey Fernando
de Austria, «que ha sido muy gran bien
para estos reinos y descanso y placer de
su majestad». Aprovechando tales
albricias, le preguntaba otra vez que si
le podía pagar lo que le debía (carta
151).
Aun a pesar de la excelente edad de
Isabel para tener aquel hijo, veinticuatro
años, era primeriza y eso preocupaba a
todos.
Las comunicaciones de los partos,
como las de las muertes, eran subjetivas
y transmitían lo que el remitente
quisiera. Asimismo, formalmente, unas
comunicaciones eran de carácter más
íntimo mientras que otras eran de estado.
Con respecto a este primer parto de
Isabel, tenemos varias versiones. A mí,
lamentando mucho el «parirás con
dolor» de la maldición del Génesis, lo
que me importa más en este momento es
el análisis de la forma de la
comunicación.
Por ejemplo, en la carta de 22 de
mayo de 1527 (carta 151) en que el
embajador Salinas comunica a Fernando
que su cuñada ha dado a luz, le describe
lo que pasó: «El parto no fue muy recio,
pero tuvo algún trabajo, desde las tres
de la mañana hasta que Dios fue servido
de la alumbrar poco antes de las cuatro
de la tarde».
¡Pues menos mal que no fue recio!
Por otro lado, con aquella ocasión, nos
aparece el Carlos V más humano y
sensible: «Su majestad se halló a la
tener compañía todo este tiempo». Le
embargó la felicidad: está «alegre»,
decía Salinas.
La comadrona fue Quirce de Toledo,
que siguió asistiendo a Isabel en los
partos posteriores. De ahí que pasase a
ser partera de algunas otras aristócratas.
Bien es cierto que la última partera no
fue Quirce (creo que lo he leído en
algún sitio), sino Leonor de Riola
Toresana. Constan los pagos en un libro
de cuentas, de Francisco Persoa, el
tesorero de la emperatriz.
Quirce hoy y Leonor más adelante
sosegarían a la parturienta y en su
momento cortarían los cordones
umbilicales. Tras aderezar y sanear el
cuerpo del niño, lo depositó en una
bandeja de plata que entregó al
emperador. El niño había entrado en
sociedad. La intensidad existencial de
esos minutos de Quirce con la criatura
acaso no tenga parangón con el tiempo
que le dedicaran más adelante las
nodrizas o las ayas. Pero como se trata
de los momentos inmediatamente
posteriores al parto, con el estado de la
natura femenina, el reconocimiento del
cuerpo del niño-varón recién nacido y la
auscultación para ver que está completo
(entre otras cosas porque le tocaba
procrear en la vida), no queda ningún
testimonio escrito.
EL BAUTIZO: UNA FIESTA PARA
LA NOBLEZA DE CASTILLA (5 DE
JUNIO DE 1527)
A finales de mayo ya se habían
preparado los festejos para tan buen día.
Comunicaba el embajador Salinas (carta
152) que el bautizo se celebraría el 2 de
junio, siendo los compadres el
condestable y el duque de Béjar. La
comadre, la reina de Francia, o sea,
Leonor. El conde de Benavente llevaría
en sus brazos a la criatura a recibir las
aguas. El duque de Alba sujetaría la sal.
El marqués de Cenete, las fuentes.
Oficiaría el bautizo el arzobispo de
Toledo. Se celebraría en San Pablo de
Valladolid. Pendiente del cuerpo del
niño iba a estar Quirce de Toledo, a la
que el condestable se lo entregó durante
la ceremonia, y tras unas cortinas,
cuentan, ella hizo algo mientras se
cantaba un Te Deum y lo devolvió al
padrino.
Desbordado por la felicidad, Carlos
V había anunciado que tan pronto como
se restableciera la emperatriz, se
festejaría el feliz parto con un ingente
torneo de más de doscientos caballeros,
de lo mejor que se hubiera hecho
últimamente (carta 152).
Valladolid debía estar feliz con la
alegría de los reyes. La alegría era
indisimulada. Corrió por Europa, que se
regocijaba con la coronación de
Fernando, el embarazo de su esposa y, al
otro lado del continente, el parto de
Isabel:
Su majestad está muy buena y muy
alegre y contenta con el príncipe nuestro
señor y puedo decir a vuestra alteza que
son los dos mejores casados que yo sepa
de este mundo. Plegue a Nuestro Señor
los conservar siempre así (carta 154).
Fue bautizado en San Pablo no el 2
de junio, sino el 5 de junio. Se le sacó
por la ventana del palacio de los
Pimentel, en la Corredera de San Pablo,
y se le entregó al duque de Alba, que fue
el encargado de llevarlo a la iglesia por
un costoso pasadizo que estaba por
encima de las cabezas de los curiosos:
«Estando puesta por lo bajo de él
infinita gente que lo miraba».
Junto al recién nacido y al duque, el
condestable de Castilla. Tras ellos, el de
Béjar y la hermana del emperador, que
fueron los padrinos, como estaba
previsto y sabía Salinas. Y detrás, la
pléyade de cortesanos con un grupo
destacado compuesto por los condes de
Salinas y de Haro, los marqueses de
Villafranca y los Vélez… A todos los
recibió el cardenal de Toledo en la
puerta de la iglesia, y con una
machacona reclamación del duque de
Alba que no paró de exigir «¡Fernando
ha de ser el nombre!», se bautizó al crío
con el nombre de Felipe.
¿Creemos a Francés de Zúñiga?
Veamos en San Pablo a Alba clamando
por un «Fernando», aun su contrastada
lealtad por el emperador, y un rey de
armas desde lo alto de un cadalso
vitoreando: «¡Viva, viva el príncipe don
Felipe!»; y este cronista dijo: «¡Muera,
muera, muera el rey de armas porque es
necio!».
Castilla quería un Fernando en
recuerdo del Católico y, más aún, en
recuerdo del hermano del emperador,
que estaba ya en Viena para siempre.
Felipe era lo que quería Carlos en
recuerdo de su padre. Fernando era un
buen nombre castellano; Felipe era
extranjero. Desde 1527, en que se
castellanizaron la educación y los
modales de los Austrias, Felipe pasó a
ser un nombre aceptado.
Aquel recién nacido era, en lo
humano, como los demás: débil e inerme
ante la naturaleza. Mas no era igual a los
demás en lo referente a su ser. Confluían
en él varias herencias, ¡qué herencias!
Por parte de su padre, Carlos V
emperador y I rey de España, recibiría
las Coronas de Castilla y las Indias
(vinculadas a Castilla) que iban
adquiriendo importancia legendaria por
los territorios que iban conquistándose,
así como plazas fuertes en el norte de
África; y además, la Corona de Aragón,
con todos los reinos anejos: Nápoles,
Sicilia y Cerdeña; recibió, igualmente,
el título de duque de Borgoña, los
Países Bajos… Esto era en 1527.
Cuando su padre murió en 1559, don
Felipe heredó no solo lo mencionado,
sino también Lombardía tras la victoria
en San Quintín (el Milanesado),
inmensos espacios en la América
continental y otros territorios que fue
adhiriendo a su blasón… y en 1598
nuestro protagonista dejó a su
descendiente lo dicho, añadiendo
Portugal —y sus posesiones— y
Filipinas.
Aparte del hecho humano en sí,
aquel alumbramiento tenía una especial
significación política: por fin un
primogénito, varón, nacido en Castilla
para Castilla y Aragón. Las zozobras a
la sucesión acababan ya. Si había suerte,
no se volvería a repetir la angustia que
venía habiendo desde la muerte de
Isabel la Católica.
La dinastía seguía hispanizándose.
Ese proceso es del máximo interés y ya
es bien conocido.
Las fiestas por el natalicio de don
Felipe fueron como las de Amadís, dice
don Francés de Zúñiga, aunque se
suspendieron por el Saco de Roma. Para
consuelo de todos, y con su socarronería
habitual, escribe: «el emperador y
Felipico, su hijo, están buenos».
Pero dicen que hay peste cerca de
Valladolid. La corte se va a toda prisa
hacia Palencia.
El miedo a la muerte regía una vez
más sus vidas. Esta vez colectivamente.
No era para menos. Ellos sabían
coexistir con la muerte. ¡Qué remedio!
Por ello, se aproximaban a ella
escatológicamente. Desde pequeños
habían tenido noticias de periodos más
sanos o menos sanos; de ciudades,
comarcas o lugares más salubres o más
enfermizos. De todo ello habían escrito
en la Antigüedad, desde Vitrubio en
adelante, a León Bautista Alberti, y la
tradición continuaría en sus días y aun
hasta más tarde, hasta el siglo XVIII en
que fueron los últimos brotes de peste en
Europa. De nuevo la naturaleza se
mostraba impasible: peste era tanto
como desgarro, muerte. Tenía una
ventaja, que la gente bajaba a la tierra
con velocidad. También que la peste
igualaba, porque a todos daba. Podías
ser emperador o mendigo, que si estaba
de Dios, te contagiabas. Esto último era
una faena, sobre todo si eras emperador;
pero debía ser reconfortante para el
mendigo. Por donde había peste su
rastro de desolación era notable: cuando
picaba suave, uno de cada tres enfermos
se moría. Pero si azotaba reciamente, no
sobrevivía nadie. He visto en los libros
de difuntos de no sé cuántas parroquias
cómo el párroco anota que tal día murió
no sé quién que tenía una marca y a
partir de entonces se repiten las partidas
de defunción de familias enteras (una
vez me impresionó ver caer en pocos
días a una familia de Alcobendas y a los
dos días de la muerte de la madre,
anotar el párroco la muerte de una
criatura, su hija, porque no tenía quien le
diera de mamar) y a veces, de repente,
el cura deja de registrar, o porque haya
huido o porque haya muerto.
El rumor de haber peste, que muchas
veces ni se quería mentar la palabra
maldita no fuera a conjurarse la
epidemia y se cerniera sobre sus
cabezas, el rumor del «mal» (que era
como lo llamaban muchas veces) era
bastante para provocar una estampida de
hombres y mujeres, como animales
aterrados.
La corte salió de Valladolid.
EN PALENCIA Y BURGOS (DE
AGOSTO DE 1527 A FEBRERO DE
1528)
La primera vez que Carlos V estuvo en
Palencia fue en 1522, pacificadas las
Comunidades y a la vuelta de su
elección imperial y tras los primeros
roces con la herejía luterana.
La segunda vez fue entre el 26 de
agosto y el 9 de octubre de 1527.
Durante esta estancia se puso fin al
drama y la excomunión por la muerte del
obispo Acuña, toda vez que fueron
levantadas las cesaciones a divinis que
seguían vigentes. El acto de
levantamiento de la excomunión fue
pregonado por toda la ciudad, a modo
de expiación. Tenía Carlos V entonces
veintisiete años y era ferviente
religioso, lo cual debía admirar a sus
consejeros, muchos de ellos erasmistas,
y más aún en la Palencia de Gonzalo
Fernández de Madrid, el arcediano de
Alcor, uno de los más convencidos
seguidores del roterodamo. Los lazos
entre Carlos V y el erasmismo fueron
siempre fuertes. Fortísimos en el caso
de muchos de los suyos, así los Valdés,
Dantisco, Diego Gracián de Alderete,
don Juan Manuel. A Isabel parece que
no le interesaba tanto todo esto, aunque
era piadosísima y recogida.
En ese ambiente de erasmismo
estuvieron algo más de un mes, en el año
preciso de la arreciada de los ataques
antierasmistas de Valladolid. Extraño
viaje, pues, por ir a meterse en uno de
los nidos pietistas de Castilla.
Durante la estancia en Palencia, no
paró de moverse por los alrededores. El
2 de octubre avisa a Burgos de que va
para allá.
La tercera estancia palentina fue
durante el verano de 1534.
El 9 de octubre de 1527 ya han
dejado una ciudad y se han ido a la
Caput Castellae, en donde estuvieron
desde el 17 de octubre hasta el 20 de
febrero de 1528. La estancia en Burgos
fue movida. Desde luego que se aplacó
la situación creada por el Saco de
Roma, pero también llega el reto de
Francisco I a Carlos V (por ejemplo, el
4 de febrero de 1528 Salinas cuenta toda
esa aventura caballeresca), con lo que
todo indica que hay que prepararse,
nuevamente, para una guerra continental.
Carlos V convoca las Cortes de Castilla
para abril de 1528 en Madrid. Uno de
los objetivos esenciales ahora es jurar
al varón Felipe como Príncipe de
Asturias. El rey y el reino necesitan un
heredero aceptado. Es el momento. El
otro objetivo es conseguir un nuevo gran
servicio pecuniario de Castilla porque
en «haber dinero, en ello consiste todo
el hecho de la guerra» (carta 163). El
rey, ahora como emperador, parece
preparado para irse otra vez hacia
Centroeuropa.
La catástrofe del Saco de Roma es
un acontecimiento político y cultural de
hondo calado. No gustó mucho, salvo a
los erasmistas proimperiales. El duque
de Borbón murió por las heridas en una
refriega. Dice Francés de Zúñiga que no
murió, sino que «determinó de morir por
ir a dar cuentas a Dios». No le faltaba
razón. El 6 de mayo de 1527 tropas
imperiales descontroladas penetraban en
la Ciudad Eterna, en medio de la
confusión de las campañas suscitadas a
raíz de la guerra nacida por la firma de
la Liga Clementina, entre el papa,
Francisco I y las ciudades italianas
afectas a ambos. Las tropas imperiales,
que acaso superaban los treinta mil
soldados, tenían ansias por dar un
escarmiento a Clemente VII. Pero en las
puertas de Roma murió en una
escaramuza Carlos de Borbón, su
general. La falta de pagas, la codicia,
los rencores y todo cuanto te puedas
imaginar que anima a un ejército en
marcha, provocaron ese descontrol. El
asalto a la ciudad fue implacable. Como
el saqueo al que fue sometida. Alguna
vez he entrado en Roma por uno de los
portones que asaltaron las tropas, desde
el Gianicolo, por la Porta Santo Spirito.
Aún hay lápidas que recuerdan a algunos
héroes de los que dejaron la vida
defendiendo al papa contra las hordas.
Durante tres días arrasaron cuanto
encontraron a su paso. La destrucción
material fue incalculable. En verdad que
fue un hecho atroz. Sin embargo, la
reacción de los escritores imperiales fue
unánime: era una tragedia, pero es que el
papa… Si además de proimperial se era
erasmista, el cierre de filas que se hizo
fue más estrecho; tal se construyó el
discurso propagandístico del erasmismo
español, de los Valdés. En concreto Juan
de Valdés, el secretario imperial,
redactó el Diálogo de las cosas
acaecidas en Roma, y más tarde el
Diálogo de Mercurio y Carón,
justificando en el primero el asalto a
Roma y en el segundo los ataques a un
papado descompuesto. La noticia
conmocionó, para alegría de unos y
desconcierto de otros, a toda Europa.
Hasta Francisco Delicado en La lozana
andaluza añadió en la parte tercera de
la novela de la puta afincada en Roma
una «Epístola […] vista la destrucción
de Roma y la gran pestilencia que
sucedió, dando gracias a Dios que le
dejó ver el castigo que méritamente
Dios permitió…».
Mientras, desde noviembre de 1527,
se daba por hecho que Isabel volvía a
estar embarazada, motivo por el cual,
aunque Carlos V fuera a la Corona de
Aragón a acabar de ser jurado rey
(ceremonias interrumpidas en 1520 por
la elección imperial) y solicitar también
dinero para las campañas europeas o las
ayudas a Fernando de Austria, motivo
por el cual —decía— la emperatriz no
se movió de Castilla en aquella jornada
real, así luego «podrá tornar a esta
ciudad, adonde queda la emperatriz con
sus Consejos, y también porque se tiene
por cierto que está preñada» (carta
163).
Situémonos en el mes de febrero de
1528. Estamos en Burgos. De repente,
aunque se pensaba que Carlos V iba a ir
a Valencia y a Aragón, se corrigen los
planes: se celebrarán urgentísimas
Cortes en Madrid, para demostrar que la
falta de dinero es un hecho (carta 167).
Es más, convoca las Cortes desde
Burgos y a 5 de febrero de 1528 para
celebrarlas en Madrid.
Los objetivos fundamentales de la
celebración de esas fueron dos: por un
lado, que Castilla jurara al Príncipe de
Asturias, Felipe, y, en segundo lugar,
que Castilla le hiciera un servicio
extraordinario porque iba a necesitar
mucho dinero. Se le concedieron
400.000 ducados de ayuda, al tiempo
que se determinó a vender las Molucas a
Juan III. Necesitaba dinero como fuera.
Para mayor tranquilidad de todos,
comoquiera que la reina estuvo presente
en la jura del heredero, todos pudieron
comprobar que su nuevo embarazo
estaba muy avanzado, en el séptimo mes
para ser exactos.
Concluidas las Cortes, ya estaba
tomada la decisión: había que pasar a
Italia porque las alianzas internacionales
así lo recomendaban. Y la guerra.
En España quedarían un príncipe
heredero ya jurado (si moría el padre se
constituiría una regencia para asegurar
el orden sucesorio y la estabilidad,
aunque todo pudiera ser dramático) y
una reina consorte gobernadora —con
funciones solo para Castilla—, madre
del príncipe, esposa del rey ausente… ¡y
en Tordesillas otra reina titular, Juana!,
que estaba rematadamente enajenada.
Sin paliativos. Alguien tenía que asistir
a la reina gobernadora: la
responsabilidad recaería sobre el
Consejo Real de Castilla presidido por
Juan Pardo Tavera, arzobispo de
Santiago. Igualmente, dando calor a las
decisiones del Consejo, Carlos V
dejaría unas «Instrucciones» con las que
saber a qué atenerse, a qué sujetarse.
Por vez primera, Carlos dejaba a
Isabel sola.
De hecho, Isabel actuaría sin su
marido como reina gobernadora de
Castilla. Con ella quedaban los
Consejos de la monarquía de España
(carta 163). En la víspera de San Juan
de 1528 Isabel parió una niña, según
relata el embajador a Fernando (carta
171). La confusión del número de partos
e hijos muertos de Isabel durante el año
de 1528 es notabilísima desde el siglo
XVI: se llegan a contabilizar hasta tres
partos y dos criaturas muertas, un Juan,
un Fernando y esta María nacida en
Madrid. Ni Esteban de Garibay en sus
Ilustraciones genealógicas, de 1596, ni
Enrique Flórez en sus Reinas de
España, de 1761, son claros. Por tanto,
nos quedamos con la noticia del
embajador, la del parto de la niña, «de
la cual [noticia] recibió muy gran
placer» Carlos V. Esta niña, María, sería
la esposa de su primo Maximiliano II,
emperador.
Por otro lado, en octubre de 1528 lo
pasaron bastante mal en la corte, porque
la emperatriz y el príncipe Felipe
estaban enfermos; «algo congojada»
estaba la madre de ver al crío enfermo,
escribía el embajador Salinas (carta
172). Al abandonar Madrid, según
escribe Carlos V en sus Memorias, «se
sintió la primera vez atacado de la
gota».
He citado antes al cardenal Tavera,
presidente del Consejo Real. ¿Quién era
Juan Tavera, o Juan Pardo Tavera, que
reposa magníficamente en el hospital
fundado por él a la entrada de Toledo,
en uno de los edificios más importantes
de toda la cultura española, por sus
contenidos y por el continente?
Avezado en un sinfín de actos de
estado, gozó de la extrema confianza de
Carlos V y de Isabel. De Carlos V
porque él fue el supervisor de los actos
políticos de la reina gobernadora. Nació
en Toro (16 de mayo de 1472) y cursó
estudios en Madrigal y Salamanca,
alcanzando el título de rector de la
universidad. Asimismo, consejero de
Inquisición y más adelante inquisidor
general, chantre y canónigo de Sevilla,
visitador de la Chancillería de
Valladolid —institución que llegó a
presidir—, obispo de Ciudad Rodrigo
(1514), León y del Burgo de Osma
(1523), arzobispo de Santiago (1525) y
de Toledo (1534), presidente del
Consejo Real de Castilla (1524 - 1539),
y entre sus experiencias, aparte de lo
dicho, estaban las de haber presidido
varias veces las Cortes, haber sido
nombrado gobernador por la emperatriz
en su primer testamento e incluso
albacea; gobernador por Carlos V tras la
muerte de Isabel; negociador en Portugal
para casamientos reales, ofició el
matrimonio del príncipe Felipe; el 23 de
marzo de 1531 fue elevado a cardenal
de Roma, el mismo día que don Alonso
Manrique (arzobispo de Sevilla) y don
Íñigo López de Mendoza y Zúñiga
(obispo de Burgos). Decía fray García
de Loaysa Girón que su tío García de
Loaysa había sido cardenal antes que
Tavera, pero Salazar de Mendoza —
biógrafo de la estirpe— rechazaba esa
afirmación por falsa, ya que él había
visto la comunicación, la carta de
Carlos V, «que yo la tengo»: documento
irrefutable. Así se ventilaban las cosas
en palacio. Recibió el capelo en Medina
del Campo, ante la emperatriz y don
Felipe y doña María, el 28 de octubre
de 1531.
Él fue una especie de tutor político
de Isabel durante las dos primeras
gobernaciones. Y cuando ella murió, él
pidió el relevo en la presidencia del
Consejo y que se le mandara a otros
destinos. Podemos concluir, pues, que
Tavera también quedó seducido por las
maneras de gobernar de Isabel. Carlos V
se fiaba plenamente de su experiencia y
encomendó a su esposa que le
escuchara, que le oyera, que le
atendiera. El binomio funcionó muy
bien. Tanto que podemos poner en
paralelo el funcionamiento del despacho
de Carlos V con Cobos y el de Isabel
con Tavera. Supo aprovechar las
oportunidades que le granjeaba su
posición de preeminencia y así fue
colocando a su gente, normalmente
letrados, gentes de formación
universitaria.
Por otro lado, y haciéndome eco de
otras opiniones, según apunta José
Javier de Carlos, Tavera fue un buen
hostigador de los centros erasmistas
cortesanos y tuvo que vérselas, como
comento más adelante, con otros graves
personajes en la elección del sucesor
del arzobispo de Toledo.
Muerta Isabel, Tavera disfrutó de
otras prebendas, como la de inquisidor
general (por lo que abandonó la
presidencia de Castilla) y arzobispo de
Toledo. Hace unos años Gan Giménez
estudió el Consejo Real en tiempos de
Carlos V. En esa obra se ven con
exactitud los acuerdos tomados por el
Consejo Real, que son sancionados por
Tavera, que para eso es el presidente, y
cómo todas y cada una de las cartas de
Isabel al emperador son las
comunicaciones redactadas por el
Consejo al rey, signadas por la reina
gobernadora. No perdamos de vista este
detalle porque es muy importante: el
cuerpo del epistolario son los
«Pareceres» del Consejo. Antes de
mandarlos a Centroeuropa para que los
aprobara, sancionara o resolviera
Carlos V, se le enviaban, desde
dondequiera que estuviera la corte,
firmados por la emperatriz. Ese corpus
epistolar no es privado, sino una
mezcolanza entre esos aludidos
«Pareceres» y alguna opinión (o gran
cantidad de opiniones) particular de
Isabel, la gobernadora, así como algún
requiebro de la esposa al esposo.
Tavera murió en Valladolid el 1 de
agosto de 1545. En 1552 se trasladó el
cadáver a Toledo: se depositó el 29 de
octubre en el hospital que lleva su
nombre, esperando a que Berruguete
acabara el espléndido mausoleo en el
que yacen sus restos hoy.
Así que, clausuradas las Cortes en
Madrid a satisfacción del rey-
emperador por haber sido servido y de
los procuradores por servirle, Carlos V
organiza un viaje relámpago, esta vez ya
sí, hacia Valencia y Aragón, para que,
convocadas Cortes allí, se le ayude
también económicamente. El rey salió
de Madrid hacia Valencia el 23 de abril.
LA CASTELLANIZACIÓN
FRUSTRADA DE LA CASA DE LA
EMPERATRIZ (1528) Y LA
CONSOLIDACIÓN DE LOS
ZÚÑIGA
Después del nacimiento del heredero
varón, a la sazón Felipe, algunos asuntos
que se habían ido dejando adormecidos
se tomaron con decisión. En concreto, la
remodelación de la casa de la
emperatriz. Se tenía intención de
castellanizarla toda, de jubilar a los más
altos criados de Isabel y ofrecerles
honorables retiros y que se volvieran a
Portugal. Sin embargo, aunque eso se
logró entre quienes cuidaban de su
cuerpo, no se hizo con quienes cuidaban
de su alma. Porque Isabel no quiso que
se despachara, en su capilla, al confesor
regio.
A la altura de 1528 el orden de la
casa de la emperatriz era el que se había
traído de Portugal. Era, sobre todo, una
casa a la portuguesa, con alguna
pincelada castellana. La casa estaba
compuesta por varios departamentos, a
cuya cabeza estaba la mayordomía o
gobernación de la casa. Además,
capilla, cámara, cocina (y mesa en
general), caballeriza, guardia y un
consejo de administración de las rentas
concedidas por el contrato matrimonial
para el mantenimiento de ese cosmos
cortesano.
Conforme fue avanzando la Edad
Media hacia las novedades del
Renacimiento, las casas reales de
Europa fueron conociendo tres
importantes transformaciones. En primer
lugar, fue un hecho común el de la
estratificación funcional de los cargos
palatinos; en segundo lugar, que por ello
su número aumentó y, por último, que se
ennoblecieron.
Aunque en momentos y fechas
diferentes, el proceso social de las
Cortes fue hacia la diferenciación del
cuerpo del rey con respecto al
funcionamiento del palacio y de la
monarquía. Así, solía haber un
mayordomo mayor que era el
responsable del correcto funcionamiento
de palacio y de los servicios personales
al rey. Por debajo de él, ya sí, y
dependiendo de las cortes reales, otros
mayordomos semaneros que
supervisaban la cascada de oficios de
abasto, cocina, caballeriza, servicio
doméstico y capilla.
En cierto sentido, se puede decir que
cuanto más próximos estaban al cuerpo
del rey, más importantes eran… o se
escogían entre las familias más
distinguidas cualitativamente.
De las cortes de Europa, la más
llamativa, por decirlo de alguna manera,
era la de Borgoña, cuyos usos eran los
que se aplicaban en Bruselas. La de
Francia, en los albores del
Renacimiento, no le iba a la zaga (y así
Werner Sombart pudo escribir su
lucidísimo Lujo y capitalismo), y la de
Castilla era de lo más austero y
recogido, aunque eso no quiere decir
que no hubiera espectaculares
exhibiciones de poder por vía de
exteriorización de símbolos y ritos: la
colección de tapices de Isabel y
Fernando era de lo más selecto; el
interés de Isabel por la exquisita
apariencia y modos del malogrado
príncipe don Juan eran asimismo
paradigmáticos.
Ahora bien, fue el mismísimo Carlos
V quien decretó en 1547 la
incorporación de la «etiqueta de
Borgoña» a la corte de Castilla, la más
granada de sus cortes, pero sin abolir
del todo los usos tradicionales. La
revolución palatina fue sonada, claro.
Conforme las monarquías fueron
venciendo a las noblezas levantiscas,
fueron haciéndolas más cortesanas que
camperas. El proceso de
«cortesanización» de las aristocracias
territoriales siguió dos caminos: por un
lado, hubo nobles que en los tiempos de
las turbulencias del XV apostaron por
los reyes triunfadores y así fueron
agasajados con honores y cargos
próximos a ellos. Pese a todo, con las
aristocracias vencidas se jugó a
atraerlas hacia el servicio real, de tal
manera que, con la proximidad (incluso
consanguínea) con la otra nobleza y el
contacto cotidiano con los reyes, fueron
apaciguándose. A cambio, se les dieron
oficios, cargos y… olvidos y perdones.
El proceso fue lento. Estas décadas que
trato en este libro son de plena
consolidación de estas nuevas cortes
palaciegas.
En lo que tiene que ver con la infanta
Isabel, tanto sus padres Manuel I y
María de Castilla, como su hermano
Juan III se habían ido cuidando muy
mucho de que a su alrededor hubiera
gentes muy avezadas en el buen
gobierno. El mayordomo mayor Ruy
Telez estaba al frente del servicio de
Isabel desde el verano de 1517; la casa
la gestionaba el veedor Juan de Saldaña,
y el alma de la muchacha, el obispo de
Oporto, Pedro Álvarez de Acosta, desde
1522. Ellos eran los más prestigiados de
todos los miembros de la casa de Isabel
de Avis.
Por debajo en la jerarquización,
había una camarera mayor, Guiomar de
Melo, que lo era desde 1507, es decir,
que ella fue la madre social de Isabel.
Tenía 120.000 maravedíes de quitación
y unos 80.000 maravedíes de ayuda de
costa, al estilo y forma de lo que
cobraban en Portugal las camareras
mayores. A su cargo estaba la
gobernación de las mujeres de la casa
de la emperatriz. Asimismo, todo lo que
tuviera que ver con asuntos de la
emperatriz: filtro y caja fuerte de Isabel;
oídos y ojos. Está presente igualmente
cuando cortan las ropas de la reina, o a
ella le piden permiso las damas para
hablar. Bajo su responsabilidad hay dos
porteros, un varón y una hembra, esta
última encargada de defender la cámara
de las mujeres. Parecen pocos porteros.
A ellos también les parecían pocas
personas de guardia.
Alrededor de Guiomar de Melo
pulularon muchachas y mujeres de los
linajes Magallanes, Vasconcelos,
Castro, Noroña, Henríquez, Mendoza,
Silva, Melo…, y hombres o jóvenes de
apellidos tales como Melo, Gómez de
Silva u otros, que en su mayor parte eran
donceles hijos de los cargos palatinos
más importantes, de tal manera que se
puede decir que si a un aristócrata le
caía la mayordomía de un príncipe, ya
podían darse por satisfechos y felices
tanto él como todos sus familiares.
Una de las camareras, al uso de
Castilla, tenía preeminencia por delante
de las otras y en los días señalados era
la que daba a la reina las joyas y ropas
para vestirse y la que tenía más
proximidad que todas las demás al
cuerpo de su alteza. Las otras camareras
tenían que ocuparse de que todo
estuviera a punto siempre.
Para llevar cuenta de lo que
acontecía había un escribano de cámara
que registraba las entradas y salidas de
ropajes o joyas u otros bienes.
La guardadamas dormía aparte,
vigilando a todas las demás para que
vivieran con recogimiento. Cuando
había fiesta, se invitaba a todas o a
algunas que determinara la reina y en
esas «fiestas hablaban los caballeros
con las damas, no de la manera de
ahora, sino con más cortesía y menos
comunicación».
No hago comentario a tal afirmación
poniéndolo a día de hoy, no por falta de
ganas, sino porque no sé por dónde
empezar a hacerlo…
El tercer nivel de servidores de
Isabel estaba compuesto por los
castellanos, que a la muerte de su madre
María quedaron sin trabajo y se les
colocó junto a la infanta. Merece la pena
destacarse el hecho de que algunas
debieron servir de niñas a Isabel I, y con
más edad pasaron a cuidar de María,
para acabar con la infanta Isabel. Otra
vez volvían a repetirse apellidos que
suenan, o que si dejan de sonar es
porque con los enlaces matrimoniales
han ido perdiendo protagonismo: así los
Albión, Velasco, Mendoza, Zaragoza,
Montoso, Salcedo, Almeida, Lemos,
Barba…
La base de la pirámide estaba
compuesta por los oficios menores y
otros subalternos, en donde, de nuevo,
aparecen mezclados castellanos y
portugueses. Aquellos, los recogidos
tras la muerte de María; estos puestos
por Manuel I o Juan III.
Así que cuando Isabel de Avis
abandona Portugal, a su servicio había
no menos de ciento noventa y dos
personas, que desempeñaban entre otros
los oficios de mayordomo, veedor,
capellán, camarera mayor, damas de la
infanta, tesoreros, contadores de la
despensa y de las raciones, escribanos
de cámara, guardarreposteros,
secretario, cocineros mayor y ayudantes,
aposentador mayor y ordinarios,
maestresalas, mozos de cámara,
reposteros de cámara, de la plata, de la
cama, de mesa, de estrado; porteros de
capilla, sastres, mozos de espuelas,
deán, sacristán, limosnero, maestro de
capilla, cantores, mozos de capilla,
acemileros, sangrador, médico,
boticario, cirujano, trinchante de damas,
porteros de damas, botilleres, tenedor
de las andas, guarnicionero, tamborinos,
tañedor de flauta, guarda de las damas,
mozos de cámara, escuderos, gallinero,
tejedor, tirador de oro, una dueña del
retrete, lavandera de las damas, ayuda
de enfermería…
Con toda esta gente había que contar
cada vez que se desplazaba Isabel. A
todos ellos había que tratarlos con la
deferencia que se merecían, pues
constituían la casa de la emperatriz.
Sin embargo, en 1528 se
introdujeron cambios profundos. Parece
que se hubiera esperado a que la reina
alumbrara un varón y que, tras
asegurarse la sucesión, se procediera a
la consolidación de los castellanos
frente a cualesquier otros en la corte. El
proceso de castellanización se puede
seguir por las cartas del embajador
Salinas, por los datos que da Dantisco y
otros documentos que se conservan en
Simancas.
Precisamente es Dantisco el que
interpreta lo que ocurre de la siguiente
manera: como Juan III ha expulsado a
los criados castellanos de Catalina, su
esposa, se le devuelve el detalle «luego
que dé a luz» su hermana Isabel.
Se relevó a Ruy Telez. Fue sustituido
por Francisco de Zúñiga y Avellaneda,
III conde de Miranda. Con el conde de
Miranda recién nombrado, se empezó a
mirar cómo reformar la casa. Lo
primero que se hizo fue consultarlo a la
emperatriz, que si quería que se sirviera
a la portuguesa o a la castellana o algo
mixto, que es lo que se hizo finalmente.
Pero lo mixto fue con condiciones. Que
hubiera un mayordomo mayor y un
veedor castellano y que la mesa se
sirviera a la manera de Castilla,
«porque ahora se sirve con muy poca
autoridad que van por el manjar media
docena de mozos y así lo traen». Esos
pajes deberán ser hijos de castellanos.
Entre las mujeres habría de nombrarse
una sin oficio que le dijera siempre a la
emperatriz «lo que la reina su abuela
hacía». O sea, una especie de Pepito
Grillo que le contara cómo se habría
comportado ante tal situación Isabel la
Católica. ¡Eso sí que es construir la
memoria del pasado!
Y había que mirar más cosas de las
«mujeres»: uno de los asuntos de los que
menos contentamiento hay en la casa de
la emperatriz es la «mucha
comunicación de las damas». Se
necesitaba una guarda de damas, «como
la solía tener la reina doña Isabel», y en
la cámara de la emperatriz cuatro o
cinco de forma habitual, «como las tenía
la Reina Católica, su abuela», que daría
muchas satisfacciones a las familias del
reino tener a las hijas colocadas allá.
Una hoja suelta que hay en uno de
los legajos de Simancas, la anotación de
alguien, da claves para entender lo que
se avecinaba. Arranca con un explícito
«Memorial de las personas para lo
principal», y hay una lista de estos
aspirantes a «lo principal»: el conde de
Osorno, el de Oropesa, el de Miranda,
el de Fuensalida, el marqués de Denia,
el adelantado de Granada, don Juan
Manuel, Fonseca, Mendoza, Alonso
Téllez, don Juan de Ribera y el clavero
de Calatrava. Es decir, que estos doce
personajes eran los selectos de…
¿Francisco de los Cobos? Por su parte,
las mujeres para «lo principal» eran
otras diecinueve: Terranova, Cifuentes,
Aguilar, Nieva, Fuensalida, Astorga,
Ulloa, Padilla, Manrique, Enríquez,
Palamós, Medina Sidonia, Velasco,
María de Molina, Fabra, Ávalos,
Portocarrero, Mendoza…
Iba a haber revolución de cargos en
palacio.
Por ejemplo, se nombró mayordomo
mayor (jefe de la casa) al III conde de
Miranda (de dilatada experiencia
político-áulica y que había gozado de
importantes cargos como el de virrey de
Navarra), en lugar del portugués Ruy
Teles de Meneses.
Este año de 1528 fue un buen año
para el III conde Miranda, Francisco de
Zúñiga y Avellaneda (¿?-21 de junio de
1536), que no solo alcanzó la
mayordomía mayor, sino que en octubre
fue nombrado consejero de Estado.
Venía de padecer la guerra con Francia
en Navarra y de haberles arrebatado
Fuenterrabía, con lo que el
agradecimiento de Carlos V para con él
se incrementó. Ya eran muchos servicios
consecutivos de lealtad al rey. El
primero, su participación cerrada y fiel
desde el principio en el bando realista
en las Comunidades. Sin embargo, las
expectativas puestas en él por los que le
auparon, en especial el cardenal Tavera,
fueron ciertamente frustradas, porque a
lo largo del tiempo se pudo comprobar
como él iba por libre, al margen de lo
que votaban Cobos o Tavera. Pero estas
cosas, estas deslealtades para con quien
te ha abierto las puertas, se pagan.
Aprovechando la enorme presión de
unos pleitos sucesorios, Juan Vázquez,
el secretario de Isabel (hombre de paja
de Cobos), insistió ante Carlos V que
Miranda no se dedicaba al gobierno
cuanto debía. El conde, no obstante,
supo mantenerse en su lugar, aun a pesar
de una grave enfermedad (¡acaso de
melancolía!) y logró para su hermano
don Juan de Zúñiga, el gran embajador,
el puesto de ayo del príncipe Felipe en
1535. Al año siguiente murió. En
cualquier caso, alrededor de 1530
controlaba o tenía significada presencia
en la casa de la emperatriz, en los
Consejos de Estado y Guerra…, y
pretendía desde estos intervenir en
cosas del Consejo de Castilla, lo cual
provocó roces que quedan recogidos en
las cartas cruzadas entre Isabel y Carlos.
La excusa que se utilizó para la
revolución en palacio fue que había que
imitar el buen funcionamiento de la casa
de Isabel la Católica. No era una excusa
superficial, sino un objetivo. Había que
funcionar como se funcionó en tiempos
pretéritos. Tan es así que en fecha
incierta, pero entre documentos de este
momento de reformas, hay una
«Relación de la casa de la emperatriz
nuestra señora y también de algo de lo
de la casa de la reina doña Isabel, que
haya gloria», o sea Isabel la Católica.
Ese era el modelo, el de Isabel la
Católica: un poco después, a Gonzalo
Fernández de Oviedo se le encargó la
redacción de una suerte de manual de
palacio en el que contara los usos
palatinos propuestos por Isabel I para el
príncipe don Juan.
A Ruy Teles se le puso al lado a un
Juan Ramírez, otrora consejero de
Fernando el Católico, con la misión de
explicarle lo que hubiera que explicar.
Pero acaso no entendió bien las
instrucciones, o no conocía a los
castellanos que acudían a palacio, o no
sabía cómo se había trabajado en los
gloriosos años de Isabel la Católica.
Así que Cobos, que es la persona
que hay detrás de todo esto, fue
convenciendo a Carlos V para que se
produjera un cambio en profundidad. En
el caso de que el emperador se fuera de
España, no se podía dejar a la reina de
Castilla bajo el asesoramiento de un
portugués desconocedor (tanto como
ella) de los buenos usos de la abuela
Isabel.
Otro de los argumentos que se
utilizaron para convencer a Carlos V de
la necesidad del cambio fue el
económico. Según las capitulaciones
matrimoniales, a Isabel se le debía
asignar una buena cantidad de dineros
para mantener su casa (unos 15 millones
de maravedíes), que se cobraría sobre
rentas de diversas ciudades y villas.
Para la administración de esos dineros
había un consejo, que en las turbulencias
de esta reforma cortesana quedó
compuesto (abril de 1528) por
Francisco de Mendoza (obispo de
Zamora) como presidente, fray Antonio
de Guevara (procedente del Consejo
Real), el licenciado Luján (del Consejo
de Órdenes), el licenciado Valdés (del
Consejo de Inquisición), aparte de un
fiscal y un escribano. Se buscó, por
todos los medios, que este órgano gestor
saliera barato: como se ve, los
personajes procedían de otros consejos
de la monarquía —se les redondeaba el
sueldo y encima evitarían colisiones en
sus decisiones—; en segundo lugar, lo
presidía un obispo al que se le podía
escatimar un sueldo y compensarle con
prebendas. Ese fue el consejo privado
de Isabel de Avis, que solo entendía en
el buen manejo de esas rentas. No tenía
función política, que para eso estaba el
Consejo Real.
Ya el primer año de Isabel en
España, el déficit generado por los
gastos de la casa a la portuguesa
ascendió a unos 3,25 millones de
maravedíes, sin visos de ir a reducirse.
Para compensarlo se podían aumentar
las rentas asignadas a Isabel sobre
villas, lugares u otras entradas, o bien
concederle a ella lo que percibieran
doña Juana —la Loca— o doña
Germana, en el caso de que fallecieran.
No se dio ninguno de estos dos
fenómenos, así que Carlos V se veía en
la obligación de dar más y más rentas
del real patrimonio a la casa de su
esposa. Era obvio que había que
recortar esos gastos.
Mientras que Ruy Teles ganaba
medio millón de maravedíes al año por
su oficio de mayordomo mayor, el nuevo
podría cobrar unos 175.500, aparte de
otras dietas en dinero y en especie.
Incluso nombrándole un teniente de
mayordomo que le asistiera o
representara en caso de ausencia, como
se habría de hacer, este saldría por unos
60.000 maravedíes. O sea, que el
mayordomo y el teniente no llegarían a
la mitad de lo que ganaba solo Ruy
Teles. Y es que los tiempos de Isabel la
Católica habían sido tiempos de tanta
dignidad como austeridad en los gastos.
Como ha de ser.
Al bueno de Ruy Teles se le
nombraría contador mayor de Hacienda.
Ahora bien, a su lado se pondría un
teniente de contador, tal y como se
planeó. Al ser el de contador un oficio
«diferente» (por no decir que inferior)
al de mayordomo mayor, se le reduciría
el salario.
Naturalmente, el portugués Teles no
debió de aceptar estas novedades y se
fue de la corte pasada la primavera de
1528. Son esas cosas de la dignidad
personal y del linaje que hacen que uno,
de vez en cuando, sepa retirarse.
El uso que se hacía de las casas
reales era, naturalmente, el de prestigiar
o retener a los servidores más
aventajados. Por ejemplo, don Pedro de
Córdoba —otro de los confidentes de
los vieneses sobre los avatares de la
corte española— tenía que volver junto
a Fernando de Austria a finales del año
de 1528. Pasó por la corte a solucionar
sus asuntos palatinos y le hicieron caer
en la trampa: «Sus majestades [Carlos V
e Isabel] han sido servidos de le casar
con una dama de la emperatriz». ¿Quién
se podía negar a semejante capricho?
Casarse con una dama de la emperatriz
era casarse con quien hubiera estado
físicamente próxima a tal persona, a las
virtudes que irradiara
taumatúrgicamente. Casarse con una
dama de la emperatriz era enriquecer
aún más un linaje. Era también entrar de
forma cotidiana en palacio. Todo ello
era bueno para el agraciado…, pero
también daba lustre al apellido y
aseguraba la buena posición de los
descendientes. Si, además, la boda
cualitativa era cuantitativa, tanto mejor:
«Con ella le han dado buen dote en
dineros y otros partidos y oficios en
casa del emperador y la emperatriz».
Así que aquel que volvía a
Centroeuropa fue sagazmente retenido,
por todas las vías apetecibles para
varón, en la corte. Concluía el
embajador: «A la causa será forzado que
él no vaya a servir a vuestra alteza»,
aunque todo lo cual lo había acatado el
buen don Pedro con mucha pena (carta
174).
Don Pedro de Córdoba adquirió
cada vez más presencia en la corte. En
cierto modo era, junto al embajador
Salinas, un intermediario de las
relaciones entre don Fernando y la corte
de España (véase la carta 177). De
hecho, cuando Carlos V se va hacia
Barcelona en la primavera de 1529, la
emperatriz se queda en Toledo,
embarazada, y es don Pedro de Córdoba
el que lo comunica a Salinas y este a
don Fernando (carta 180). Por cierto, el
parto tuvo lugar en diciembre de 1529.
La noticia le fue comunicada a Carlos V
estando en Bolonia, aunque primero
llegó la buena nueva de forma
extraoficial. Cuando se confirmó, y se
supo que se iba a llamar Fernando, el
embajador aprovechó que lo
comunicaba a su señor para deslizarle
una súplica, aprovechando tanta
felicidad, «suplico a vuestra alteza
mande que yo sea pagado para que salga
de vergüenzas y necesidades y pueda
tener con qué mejor seguir y servir a
vuestra alteza» (carta 199). Y van tres
veces.
Al montarse la gobernación de 1529,
el embajador Salinas escribía a don
Fernando que ya le diría su hermano
cómo había dejado todo en España: que
se quedaban junto a la emperatriz el
arzobispo de Toledo, el conde de
Miranda, don Juan Manuel y el
presidente arzobispo de Santiago (carta
176). Es curioso que aunque en las
cartas que se mandaban se lamentaran de
que mucha de la gente capaz había de
distanciarse del emperador, o que si
quedaban en España lejos del
emperador viajero este perdía a
servidores de calidad, lo cierto es que
había individuos preparados suficientes
y suficientemente preparados como para
atender todos los frentes de aquel
imperio español.
Con el cambio de los usos
cortesanos, se produjo un cambio
político notable. Al cambiarse a Ruy
Teles por el III conde de Miranda, se
desarboló la facción portuguesa de la
casa, o lo que quedara de ella, y se
procedió a su inmediata
castellanización. Así, si Carlos V
tuviera que abandonar España, quedaría
una reina gobernadora en examen
permanente, asistida en lo político por
consejeros de la máxima confianza del
emperador, y servida, en lo personal,
por aristócratas también castellanos. En
cierto modo era lógico: habiendo dado
un heredero a Carlos V, su educación y
sus primeros pasos socializadores no se
iban a dar entre «extranjeros».
A finales de junio de ese mismo año
parecía que la reforma de la casa se
había llevado a cabo, a falta de algunos
detalles y nombramientos que
concluyeron a mediados de julio. El
rodaje se culminaba con éxito al año
siguiente. Así que en julio de 1530 el III
conde de Miranda pedía permiso a
Carlos V para retirarse a descansar a
sus estados unos días, tras haber cerrado
la remodelación.
Tras Ruy Teles cayó Juan de
Saldaña. Ahora bien, hay que dejar
claro que en ambos casos se procuró
que aceptaran otros cargos palatinos, se
intercedió para que sus majestades
buscaran buenos matrimonios para sus
hijas y siempre se tuvo como objetivo
esencial el no deshonrarlos, porque no
había por qué.
Juan de Saldaña también pidió
retirarse a su casa. Y es que había
hombres de gran dignidad, que se sabían
retirar para vivir con honra toda su vida.
Se sabían retirar…
Tras la caída de la cabeza del grupo
portugués, otros oficios menores fueron
suprimidos, sustituidos o reducidos. Si
con anterioridad a la llegada de la
emperatriz, en la casa de Castilla no
hubiera habido tal o cual puesto, ahora
se tenía muy fácil decretar su
desaparición. Si se consideraba que un
oficio debía mantenerse, bien por su
manifiesta utilidad, bien por ser propio
de Castilla, se tendía a cambiar al
servidor por un natural de estos reinos.
Y por último, a veces se consideraba
que había excesivo número de plazas de
un oficio, por lo que se redujeron. Así,
pues, Labrador Arroyo puede citar cómo
se vieron afectados cereros,
guardarreposteros, tapiceros,
aposentadores, botilleros, reposteros de
estrado, sangradores, enfermeros y
otros.
Con esta remodelación los Zúñiga
entraron (¿asaltaron?) la corte.
Francisco de Zúñiga y Avellaneda ocupó
la mayordomía mayor. Álvaro de Zúñiga
la tenencia de mayordomía mayor.
De todos modos, donde fracasó la
remodelación de la casa fue, ni más ni
menos, que en la capilla. Y digo que ni
más ni menos porque el capellán mayor
era el confesor de la reina. Es algo
evidente que para una buena operación
política, era muy útil (por no decir que
imprescindible) controlar la conciencia
regia. El duque de Lerma lo hizo de
forma magistral con Felipe III. El intento
de sustitución de Pedro Álvarez de
Acosta, el obispo de Oporto, no surtió
efecto. Al parecer, Isabel se negó en
rotundo al cambio. He leído en algún
autor que ha escrito sobre esto que no
están claros los vericuetos de las
negociaciones.
Pero creo que sí. Tengo delante, en
Simancas, un expediente sobre «lo que
se ha de consultar con la emperatriz […]
tocante al asiento de su real casa para
saber sobre ello la voluntad de su
majestad». O sea, que se requirió el
parecer de la emperatriz sobre la
remodelación de la casa y se conservan
sus opiniones, porque están escritas al
margen de esa consulta.
Para empezar, en ningún momento se
le pregunta sobre la sustitución del
capellán mayor. Acaso quienes estaban
urdiendo las modificaciones de la casa
sabían que el confesor era intocable. En
segundo lugar, se escucha la opinión de
este para reducir el número de
capellanes de veintidós a dieciocho, a lo
que accede la emperatriz. También está
ella de acuerdo en que se reduzca en dos
el número de los cantores, idea inducida
por el capellán mayor.
Alguien debió de hablar de reducir
gajes y ayudas de costa a los capellanes,
cantores y otros miembros de la capilla
«a la manera de Castilla». Por el
contrario, triunfó mantenerlos «a la
manera de Portugal». La respuesta es
«que se queden como están».
Se intenta, también a la castellana,
pagar 100.000 maravedíes al año,
70.000 de quitación (sueldo) y 30.000
de ayuda de costa (dietas). No se
consigue: se le mantienen 70.000 de
salario y 130.000 de ayuda de costa.
El propio confesor había pedido
que, de otra partida extraordinaria «sin
asiento» de 80.000 maravedíes, se le
subiera a capricho de la reina.
Afortunadamente, no hay respuesta.
El capellán mayor había propuesto
la reducción de los mozos de capilla y
su reforma disciplinar, porque «están
acostumbrados de traer cabellos largos
y andar como seglares». El capellán les
había mandado que anduvieran
«honestamente y sirvan bien». Se
aplaudía la decisión.
La larguísima relación de oficios
menores y funciones continúa con unas
habituales aceptaciones por parte de la
reina de las propuestas que se le hacen.
Solo de vez en cuando queda pendiente
la resolución.
En cualquier caso, los médicos
debieron quedar bien contentos: en esta
ocasión es el conde de Miranda el que
propone que se les duplique el sueldo, y
se acepta. El aumento al cirujano queda
en suspenso.
Los «tres moriscos» (¿médicos?) se
quedan con el sueldo como hasta
entonces.
Se decide, asimismo, que los
músicos, tamboriles, trompetas o
atabales del emperador sirvan a las dos
casas. En la misma línea de ahorrar (que
en buena medida es lo que buscaba el
conde de Miranda y no creo que otra
cosa más globalizadora), se propone que
en vez de un nuevo veedor que revise
cómo está el servicio o las ausencias de
los criados, que se haga cargo de ello y
de su contaduría el contador Ondarza,
que lo hará bien.
Y si las damas de la reina pedían
más cera, que solo con una vela de una
onza al día no tenían bastante, la
respuesta quedaba en el aire, y así más y
más.
Durante esos días se sacaron
papeles de los sueldos de los oficiales
de Castilla en los tiempos pasados, y se
prepararon síntesis de las peticiones que
hacían los criados ahora sobre mejoras
en los puestos o subidas en los salarios
porque llevaban mucho tiempo sin
aumentos. Lógicamente, al calor de los
cambios que se iban a operar o se
estaban operando, algunas familias
pidieron meter a sus hijos como pajes
(veo una lista de unos treinta), y a
muchos se le admitió y a otros no. De
entre los excluidos, los hijos del alcalde
Briviesca, un sobrino del alcalde
Leguizano, el hijo del doctor Guevara, o
del doctor Ercilla, consejero real (el
hijo es el autor de La Araucana, de
Bilbao, por cierto, al servicio del rey de
España); tampoco se admitió al nieto de
la Latina. Claro que entraron el cuñado
de Cobos, el hijo de Cobos, el hijo del
conde de Miranda, el sobrino del
presidente, el del secretario Quintana, el
sobrino del marqués de Denia. Genial.
Es posible que hubiera un intento de
castellanización de la casa de la reina.
Tal vez no se logró en las personas.
¡Pero desde luego quedó muy hispano en
las actitudes!
Vuelvo con el capellán mayor, Pedro
Álvarez de Acosta, obispo de Oporto.
No solo no hubo sustitución, sino que se
le confirmó en el puesto y se le subió el
sueldo. Además, se contrató a nueva
gente. Entre otros al gran Antonio de
Cabezón. En cualquier caso, la capilla
quedó en manos de portugueses.
El tercer centro de atención era la
propia cámara. Los anteriores, la
mayordomía y la capilla. La camarera
mayor era —como dije antes— doña
Guiomar de Melo. Ella estaba rodeada
de damas de Portugal a las que se había
traído Isabel. En este 1528 se decidió
también robustecer a algunas familias
castellanas, dándoles plaza cerca del
cuerpo de la emperatriz. Aunque —
según creo— no se ha explicado el
triunfo de los Zúñiga en la mayordomía
de la casa de Isabel frente a otros
candidatos (el marqués de Denia, los
condes de Osorno, Oropesa, Fuensalida,
u otros como don Juan Manuel, Antonio
de Fonseca, Diego de Mendoza, etc.),
todo parece indicar que la derrota de
unos aspirantes en un lugar fue
compensada por la concesión de oficios
en otro: en la remodelación de la cámara
de Isabel se buscó no echar a la de
Melo, sino ponerle unas damas
castellanas cerca, sin oficio concreto,
pero encargadas de acompañar de forma
permanente a la emperatriz
comentándole las formas de actuar de la
abuela Isabel y cuidando que la
«comunicación» de las damas de corte
con caballeros se restringiera y fuera
decorosa y prudente. Para ello se llamó
a la condesa de Osorno y a la marquesa
de Aguilar, entre otras. Una de las
estrategias utilizadas para lograr este
último fin fue nombrar a servidoras
subalternas de edad.
En la caballeriza hubo cambios
substanciales, pero no apabullantes: se
dejó a Leonor de Castro disfrutando el
oficio de caballerizo mayor, y se
cambiaron o mantuvieron otros
portugueses —según diferentes
circunstancias, encontramos otra vez el
hábil juego de las compensaciones—. Y
así, en el mismo orden de cosas, si al
marqués de Denia no se le hizo
mayordomo mayor, a su sobrino, don
Francisco de Borja —hijo del III duque
de Gandía— se le casó con Leonor de
Castro. Y se le dio título de marqués de
Lombay (Llombai, en Valencia). La
emperatriz felicitaba efusivamente al III
duque de Gandía, don Juan de Borja, por
tal enlace. En medio de la tormenta de
papeles y papelillos para hacer la
revolución de los oficios, se proponía
en alguno de ellos que «parece que sería
bien si sus majestades fueren servidos
que deben recibir una persona honrada
para caballerizo mayor», y se proponía
a Leonor de Castro.
Ambos eran el caballerizo mayor en
distinta documentación. Dicho sea de
paso, que don Francisco de Borja
solicitó, para el correcto desempeño de
su oficio de caballerizo mayor de la
emperatriz, todos los caballos y
jacaneas de la reina, así como un mozo
para estar al cuidado de cada dos
bestias. Igualmente, que se le entregaran
todos los animales de monta de todas las
damas que había al servicio de la reina
y los hijos y la ración correspondiente
para que todos comieran juntos y se
siguieran las costumbres «como en
tiempo de la Reina Católica doña
Isabel». No se olvidaba de reclamar las
literas, o las cantidades de cebada o
paja lógicas, los arreos, los costes de
herrar y todo lo que tuviera que ser para
que nunca faltare monta a la reina. Pedía
también, a imitación de Isabel I, un
ayuda de caballerizo mayor y otros
ayudantes y poderes para despedir a los
que no cumplieran con su trabajo, u
ordenar a todos que acompañaran a la
reina en sus desplazamientos «porque
venga acompañada como de quien es», o
sea, que le dieran lustre con el
acompañamiento.
Y haciendo hincapié en lo de la
caballeriza a imitación de los usos de
Isabel I, existe un interrogatorio también
«Sobre el oficio de caballerizo mayor
según la costumbre de Castilla» (ambos
documentos publicados por March, I,
396 - 404).
Con lo dicho antes, se puso punto y
final a la remodelación de la casa de la
emperatriz. Aunque muchos esperaban
una cerrada castellanización de las
instituciones que rodeaban a Isabel, al
final solo hubo cambios de desigual
factura, en diferentes despachos: hubo
de mantenerse cierto equilibrio luso-
castellano, o ciertas preeminencias en
atención a los linajes o a los lazos de
amistad de la emperatriz. Ahora bien, en
la casa sí que hubo una eficaz
castellanización y en la cámara una
implícita «isabelización» de las formas,
usos y costumbres que habían de
aplicarse, o de las decisiones que
habían de tomarse.
Como ocurre cuando hay más gastos
de los comprensibles, o de los
asumibles, algunos iban a quedar
perjudicados. Aunque no sabemos el día
concreto, en 1528, Miranda escribía
escandalizado a Carlos V: «He visto»
que en la casa de la emperatriz «hay
muchas desórdenes en muchas cosas». Y
es que al final es lo de siempre:
«Nuestra señora puede deber algo más
de 10.000 ducados y por esta causa su
despensa y los acostamientos, todo, anda
muy alcanzado y mal pagado», por lo
que pedía instrucciones a Carlos V para
solucionar semejante agujero económico
(March, I, 122).
Cuando ellos estaban estudiando la
reforma de la casa se pudieron analizar
hasta ciento treinta y cinco peticiones
escritas para ocupar puestos al servicio
de la casa de la emperatriz, que he visto
con perplejidad, por lo minuciosos que
son los datos que se aportan hasta de los
más menudos, como mozos, reposteros
de camas, reposteros de estrados,
porteros (en la capilla), escuderos de
pie, mozos de espuelas, presentador de
tablas (en la mesa), herradores,
guarnicioneros, pellejeros, sastres,
doradores, joyeros, cordoneros,
guanteros, cereros, carpinteros,
cedaceros, despenseros, cocineros,
gallineros, silleros, guardas de damas,
barrenderos, ballesteros de maza,
aposentadores, acemilero, ministriles,
caballerizo de las andas, u otros oficios
en la cámara, dándose la circunstancia,
en cierto modo, de que cuanto más bajo
era el oficio solicitado, menos
solicitantes había. Procedían de la casa
del emperador, o venían de la de Isabel
y Fernando, de la de Juana, de
guarniciones fuera de España o de
donde fuera.
Heredero varón vallisoletano, casa
de la reina parcialmente castellanizada,
Cortes de Castilla con jura de heredero
y concesión extraordinaria de dineros.
LAS DOS GOBERNACIONES DE
1528 Y 1529
Como te comentaba antes, en 1528,
Carlos V se trasladó en un viaje muy
rápido a Valencia y Aragón para
celebrar sendas Cortes en las que cerrar
los asuntos que habían quedado abiertos
en 1520 por la apresurada salida a raíz
de la elección imperial. Además, en
1529 abandonó nuevamente España
camino de Italia para la coronación
imperial en Bolonia. Comoquiera que se
complicaran los asuntos de la religión
en Alemania, hubo de ir a Augsburgo
también, posponiendo el viaje de vuelta.
En ambas ocasiones dejó por
gobernadora de Castilla a su esposa
Isabel.
La convocatoria de las Cortes de
Monzón se redactó y mandó desde
Madrid entre los días 27 y 30 de marzo
de 1528. En esa convocatoria
especificaba las causas de la reunión y
que por los problemas abiertos, «no nos
podamos detener en Monzón sino muy
pocos días». Por ello, nombraba a
Fernando de Aragón, «mi primo»,
presidente de esas Cortes. Quedaba
hecho el aviso de que el viaje iba a ser
muy fugaz. La carta la dirigió a las
autoridades y ciudades de la Corona de
Aragón.
A la vez que se hacía esa jornada
real, en Madrid, donde quedaba la
emperatriz, habían aparecido «algunos
dolientes, pero no de enfermedades
contagiosas», mientras que «Alcalá va
cada día empeorando», por lo que se
estaban poniendo en cuarentena las
comunicaciones entre las dos
localidades. Otro sitio habitual de las
estancias de Isabel, Ocaña, se cerraba
con su cordón sanitario: «Se ha
proveído que haya mucha guarda en
Ocaña por si hubiere necesidad de salir
de aquí [Madrid] a aquella villa». Todo
ello según comunicaba a mediados de
mayo de 1528 el conde de Miranda al
emperador. Era lo que le faltaba a
Isabel, embarazada, a punto de dar a luz.
Carlos V salió de Madrid el 22 de
abril y entró en Valencia el 3 de mayo.
Fue agasajado, hubo juegos de cañas, él
se divirtió, pero con poco séquito para
demostrar la celeridad del viaje.
Abandonó Valencia el 19 de mayo y se
fue a Monzón, donde había convocado a
Aragón y Cataluña de forma conjunta.
Allá hubo los problemas de
aposento de siempre. Los síndicos de
Barcelona requirieron que se les alojara
donde siempre. Debía ser un buen
palacio. Acababa de restaurarse y el
aposentador mayor se lo había dado al
virrey Cardona, ante el enfado de los
representantes de la ciudad. Carlos V,
ante sus protestas, les indicó que se
aguantaran: «A vosotros se os ha
señalado otra posada conveniente según
la estrechura de la villa […]. Debéis
luego partiros para que mañana lunes os
halléis a la proposición de las Cortes
para que sois llamados» (desde Monzón,
31 de mayo de 1528).
Otro de los problemas fue el de la
tardanza en responder la ciudad a las
consultas que hacían desde Monzón sus
síndicos, para aprobar los servicios y
ayudas. En una correspondencia clara,
dura, Carlos V se lamenta a Barcelona:
«No podemos creer que no reconozcáis
lo que debéis» (Monzón, 3 de julio de
1528).
Carlos V, magnánimamente, embarcó
desde Barcelona cuantas veces fue
menester.
Poco antes de salir de Madrid hacia
el Levante, pero sin fecha cierta que
conozcamos, se redactó una primera
«Instrucción de Carlos V a Isabel»,
mientras él viajaba a celebrar esas
Cortes (CDdCV, XXXI). Isabel iba a
quedar —digamos que
experimentalmente— como gobernadora
de Castilla. En esa «Instrucción» se
contenía «la orden que el emperador
nuestro señor desea que vuestra
majestad tenga en los negocios que
ocurrieren durante su ausencia». La
«Instrucción» tenía carácter público, no
era una nota entre los esposos. Por ello,
se archivó entre otros documentos del
Patronato Real en Simancas.
Se trata de trece puntos que regirían
el buen hacer de la gobernadora. En
primer lugar, que estuviera presente los
viernes en las reuniones que tendría el
Consejo Real de Castilla, reuniones a
las que no asistiría nadie más que los
consejeros y ella. En circunstancias
extraordinarias, podrían reunirse otros
días, pero siempre a solas y en secreto.
En 1529, en las trascendentales
«Instrucciones» de Toledo, Carlos V
reconocía que el sistema había
funcionado correctamente (CDdeCV,
XXXVI). Volvamos a estas del 1528,
antes de salir hacia Valencia y Aragón:
que como se hacía con el rey, el Consejo
le diría a qué hora querría tener la
consulta (o propuesta de resolución de
los asuntos que trataran: ellos le
«consultaban» a ella la decisión final), y
que los recibiera tan pronto como fuera
avisada de que estaban esperándola. Esa
puntualidad era buena para mantener el
respeto del Consejo, la «autoridad» del
Consejo. Que cuanto fuere consultado a
la reina, debería ser trasladado al
emperador. Que escuchara
fervientemente los pareceres del
Consejo, en especial en materia de
justicia, y que le diera más oídos a lo
que ellos le propusieren que a lo que
otras personas le hubieran suplicado.
Que evitara firmar cartas que no fueran
«señaladas» cómo se hubiera de hacer
en orden y forma. Que los oficios de
corte trabajaran bien y de forma
correcta. Que mantuviera informado al
presidente de cuantos negocios le
remitieran las villas, ciudades y
personas en materia de justicia,
gobierno y avisos en general, para que
se instruyera de su buena «prudencia y
experiencia y celo grande que tiene al
servicio de vuestra majestad», el cual,
además, informaría a los demás
consejeros y a las partes afectadas,
manteniendo siempre bien informada a
la reina, a la que se eximía de volver a
revisar esas cartas. Que el presidente
fuera consultado, siempre que fuera
necesario, por los más dispares motivos,
ya que por su prudencia y cordura, su
parecer sería en buen servicio de la
reina y del emperador. Con toda
probabilidad, aprovechando la ausencia
del emperador, habrá muchos
«suplicantes» que acudirán a la reina
rogándole mercedes, privilegios,
oficios, beneficios. Como habrá de
proceder será así: que el presidente o el
licenciado Polanco (encargado de las
cosas de la cámara real) le informase de
las peticiones, y que si quisiera la reina,
escuchara a los suplicantes,
indicándoles que remitieran por escrito
(«den memorial») a Juan Vázquez («que
queda en el lugar del secretario
Francisco de los Cobos»), el cual
informaría de ello al presidente y a
Polanco, los cuales, tomada la decisión,
informarían a través de Juan Vázquez a
la reina. De esta manera ella no tomaría
ninguna decisión, ni a favor ni en contra
de los suplicantes, y al mismo tiempo se
guardaría de las «importunidades y los
trabajos» que le darían los suplicantes.
Con respecto a oír a los presidentes de
los Consejos de las órdenes militares y
firmar los documentos que les atañen, se
operaría de la misma manera que con el
presidente de Castilla. En último lugar,
que en los asuntos que afectasen a sus
oficiales y ella no quisiera inmiscuirse
en prebendas, ascensos o reprimendas,
que los pasasen al emperador, que este
intentaría hacer lo que ella quisiese.
Carlos V, a lo largo de 1528, ha
estado en Burgos y Madrid y luego ha
salido de Castilla hacia el reino de
Valencia (desde finales de abril) y
Aragón (desde finales de mayo).
Un año más tarde, el viaje que se
preparaba era más serio y largo. Carlos
V se iba camino de Italia y
Centroeuropa. Podía morir en la gesta.
Había que dejar todo atado y bien atado.
Desde Toledo y a 20 de febrero de
1529, Carlos V advierte a las ciudades
de que, ante el cariz que están tomando
los acontecimientos en Italia y el riesgo
de intervención personal de Francisco I,
los males que acaecen en Alemania y los
problemas en Hungría, se desplaza a
Barcelona, por si acaso ha de cruzar el
mar. En el caso de que saliera de
España, se debería obedecer a su
esposa.
Después, también desde Toledo y a 8
de marzo de 1529 (CDdCV, XXXIV), al
abandonar la ciudad imperial se
mandaron las cédulas reales con las que
se hacía pública la sucesión y la
gobernación de Isabel en Castilla, León,
Granada, Navarra, Canarias e Indias. Lo
primero que hacía Carlos V era expresar
el riesgo de su malestar con Francisco I,
por sus traiciones, ataques al reino de
Nápoles y alianzas con el turco.
Advertía que si se perdiera aquel reino
«quedaría lo demás en peligro». A eso
se añadía que en Alemania se expandía
la herejía. Por todo lo cual se había
determinado a ausentarse de estos
reinos. No obstante, podía perder la
vida en semejantes campañas que iba a
haber, por lo que nombraba a Felipe, su
hijo, como heredero y, en su caso, rey.
«Y ansymismo —continúa Carlos V
hablando por sí y por su madre cuando
es preciso—, confiando de la prudencia
y gran celo y excelentes virtudes de la
emperatriz y reina doña Isabel […],
desde ahora para entonces la elegimos,
nombramos y señalamos, constituimos y
establecemos por lugarteniente general,
por mi la reina, y por tutora y
administradora de la persona y bienes
del dicho príncipe y de la ilustrísima
infanta doña María, nuestra nieta e
hija…», hasta que don Felipe hubiera
cumplido catorce años. En el caso de
que él muriere, le sucedería el hijo
varón que naciera (no olvidemos que
Isabel en ese momento estaba
embarazada), o en su defecto María y
así sucesivamente.
Las restricciones al poder de Isabel
eran solo unas: que no enajenara
patrimonio real. A sus súbditos les
ordenaba rigurosamente que:
La reverenciéis y acatéis y
obedezcáis como a persona que tiene
nuestras veces y lugar y que representa
nuestras personas reales, y cumpláis y
hagáis cumplir sus mandamientos, según
que ella, conforme a lo susodicho, lo
dijere y mandare por escrito o por
palabra, sin dar a ello otro
entendimiento ni interpretación, ni
declaración, ni poner en ello otra excusa
alguna.
A continuación, concluía con
rotundidad:
Lo cual os mandamos que así hagáis
y cumpláis, so pena de caer en mal caso
y de las otras penas en que caen e
incurren los que no obedecen ni cumplen
las cartas y mandamientos de sus reyes y
señores naturales.
Finalizaba reiterando
explícitamente:
Nos, por la presente, sucediendo el
dicho caso [de la muerte de Carlos V]
desde ahora para entonces la elegimos,
nombramos y señalamos, constituimos y
establecemos por lugarteniente general
de mí la reina y por tutora y
administradora de las personas y bienes
de los dichos príncipe e infante y otros
cualesquier hijos e hijas que a Nuestro
Señor pluguiere de dar de aquí adelante
a mí, el rey y a la dicha emperatriz.
El mismo día, 8 de marzo de 1529,
por otra cédula real con similar
exposición de motivos, comunicaba a
las autoridades de Castilla en general
que reiteraba el nombramiento a Isabel,
así como le daba «todo nuestro poder
cumplido» para gobernar sus reinos,
hacer mercedes y gracias de oficios de
fortalezas o urbanos, presentar a
dignidades eclesiásticas, para convocar
Cortes, para poder firmar y despachar
en nombre de Carlos V y:
Decimos y otorgamos que todo
cuanta la dicha emperatriz y reina en
nuestro nombre y como nuestro
lugarteniente general y gobernadora
acordare, dijere, ordenare o mandare
por escrito o por palabra, conforme a
este dicho poder que lo habremos y
hemos por firme, estable y valedero
para siempre jamás y que no lo
revocaremos, ni iremos, ni mandaremos
ir contra ello ni contra cosa ni parte de
ello ahora ni en ningún tiempo, ni por
alguna manera.
¿Quién le iba a decir a aquel rey de
las Comunidades que en menos de diez
años iba a volverse a ir de España con
tanta tranquilidad para él y para sus
súbditos? Sin la prestancia central de
Isabel y sus consejeros de alrededor
esto no podría haber ocurrido.
A principios de enero de 1529 se
ponía en marcha el proceso final de
organización de la ausencia del rey.
Cuenta Alonso de Santa Cruz, cronista
de Carlos V, que el rey de Castilla y
Aragón, dispone (Toledo, 20 de enero
de 1529) qué cosas ha de hacer la
emperatriz y cuáles no. En este ensayo
de las destrezas de la esposa en un viaje
europeo del esposo, casi lo único que le
importa es preservar el regio
patrimonio, y específicamente la
provisión de oficios: que no se
entrometa ella en los asuntos que lleva
la Cámara de Castilla, como
reconocimientos de hijos de clérigos,
alteraciones de mayorazgos o despachar
oficios a favor de gentes que despierten
duda; que no se enajene nada del
patrimonio real, ahora bien, como se
necesita dinero para pagar las
campañas, que se concedan escribanías
de menos de 50.000 maravedíes
directamente, y si las hay de más
categoría, que se le consulten; que los
oficios que se provean de justicia, se
haga consultando a las Chancillerías,
Audiencias y al Consejo Real; que no se
cubra ningún oficio de Hacienda sin
consultar con él; que no se autoricen los
traspasos en las alcaidías de fortalezas y
que se sigan reparando las útiles y
demoliendo las otras; que como hay
muchos capitanes, si alguna capitanía
vacare, que no se cubra; que se le
informe de las plazas vacas de la
Iglesia; que no se concedan más
hidalguías, caballerías ni cartas de
naturaleza; que los juros situados se
mantengan sobre sus rentas y no se
permita moverlos para especular…, es
decir, que se mantenga el orden y la
estabilidad en estos reinos.
Eso es lo que recoge Alonso de
Santa Cruz. Sin embargo, el original de
las «Instrucciones» se conserva en
Simancas (CDdeCV, XXXVI).
Veámoslo. Según la documentación del
Patronato Real, el 8 de marzo la
secretaría real volvía a coger la pluma.
Ahora era para redactar unas segundas
«Instrucciones de Carlos V a Isabel».
Son un texto de trascendental
importancia. Carlos V es categórico en
sus órdenes, que da en primera persona
del singular. Mientras que las
«Instrucciones» por el viaje a Levante
habían sido dadas por persona
interpuesta y en nombre de Carlos y
Juana, esta vez son directas y no aparece
la madre recluida en Tordesillas.
Se inician con un «La orden que yo
deseo que la emperatriz y reina mi muy
cara y amada mujer mando que se
guarde y tenga durante mi ausencia…».
Y lo primero que le encarece es el buen
cuidado de la administración de la
justicia. Explícitamente que no haga
oídos a las suplicaciones de nadie. Que
se reúna con el Consejo Real los viernes
y a solas, como ya hizo durante la
ausencia anterior.
Mientras esté en Zaragoza y
Barcelona no espera que ocurran
grandes cosas de justicia y gobernación
que no se puedan resolver con reuniones
ordinarias de la reina y el presidente del
Consejo, o con los demás Consejos,
como es habitual.
Pero si cruzara a Italia, los asuntos
que se habrán de tratar serán más
numerosos y complejos. Para ello, será
necesaria la convocatoria del Consejo
de Estado. Así que nombra como
presidente al arzobispo de Toledo
(Fonseca), y como miembros al
arzobispo de Santiago (Tavera), al
conde de Miranda (mayordomo de la
reina) y a don Juan Manuel. Este
escogido grupo de cuatro personas será
el enlace entre el emperador en Europa
y su esposa en España, en esa difícil
armonía constitucional-sentimental en la
que los pactos interterritoriales y las
voluntades personales eran las claves
del funcionamiento del imperio
funcional. Que en el Consejo de Estado
estuviera el presidente de Castilla es
cuestión locuaz del apoyo institucional
dado por Carlos V a Castilla y la
confianza personal depositada en este
cardenal. Que estuviera el conde de
Miranda es igualmente significativo de
la necesidad de enlazar al emperador
con la emperatriz y al emperador con el
grupo de los «castellanizadores» del
imperio (idea demasiado ampulosa), o
de los proimperiales castellanos. En las
reuniones del Consejo de Estado solo se
tratarán cuestiones de estado, es decir
de esa cierta coordinación de lo hispano
con los intereses del imperio.
Pero al margen del Consejo de
Estado quedaban las cuestiones de
guerra, ya que estas se tratarían con el
Consejo de Guerra. El de Guerra es
tenido por un apéndice del de Estado. A
tal percepción no le falta razón. De
hecho, Carlos V insta a Isabel a que si
es necesario reúna juntos a ambos
Consejos. Pero de lo que se hablaba en
el de Guerra era de temas
trascendentales: de la logística militar,
de financiaciones de la guerra, de
disciplina, nombramientos y demás.
En ese sentido, el emperador
muestra su preocupación porque los
asuntos de fronteras estén bien
administrados. Es más, con respecto a
las guardas (de costas) el propio
emperador quiere resolver su reforma en
Barcelona antes de salir o, en su
defecto, que lo arreglen en la corte, pero
que esas fronteras no queden
desprotegidas. También exhorta a la
reparación o en su caso demolición,
pero saneamiento al fin y al cabo, de las
fortalezas del reino.
En otro orden de cosas, insta a
Isabel a que ordene al presidente que
mantenga el orden de gestión en la corte
y que los cargos de justicia se provean
oyendo a los miembros del Consejo y
personas experimentadas. Asimismo, se
visitarán, se auditarán, las chancillerías
cuando se tenga que hacer.
Por su parte, del Consejo Real
formaba parte la Cámara de Castilla. Se
dedicaba, esencialmente, a la política de
nombramientos o de certificaciones de
tomas de posesión de plazas y oficios.
Según reconoce Carlos V en estas
«Instrucciones», solían resolver todo
eso con Francisco de los Cobos. Ahora
dejaba al frente de los asuntos de la
Cámara al licenciado Polanco, y como
secretario, toda vez que Cobos pasaba a
Italia con el emperador, quedaba Juan
Vázquez de Molina. El secretario Juan
Vázquez era sobrino de Cobos. El grupo
de los castellanos proimperiales o de
los castellanizadores del imperio iba
reforzando la ocupación de todos los
puestos clave. En Indias, Cobos dejaba
puesto a Juan de Sámano.
Con respecto a las cosas de
Hacienda, Indias e Inquisición, proponía
a la reina que los Consejos mantuvieran
su ritmo y que le consultaran cuando
fuera menester. A los de Hacienda
recordaba que les había dado
instrucciones sobre empréstitos que no
debían saltarse.
Le instaba a que nombrara a
corregidores y otros oficios de justicia
oyendo al presidente de Castilla, como
solía hacerlo el propio emperador.
Mandaba (como lo hizo en 1528)
que solo firmara lo que hubiera de
firmar tras pasárselo en forma los
secretarios.
Después de rubricar esas
«Instrucciones», se le pasaron a la firma
las «Restricciones» (CDdeCV, XXXVII)
en materia de gobierno.
Fundamentalmente se trata de una serie
de recomendaciones sobre qué oficios
permite dar a Isabel y a qué calidades
de personas, y qué oficios se reserva
para sí el emperador, bien dignidades
eclesiásticas, bien oficios de
escribanías de más de 50.000
maravedíes que quiere dar a quienes le
acompañan a Italia, para compensarles
por el gasto y otros lucros cesantes del
viaje. También, una manifestación de las
preocupaciones hacendísticas de Carlos
V, de tal manera que le exhorta a que ni
venda patrimonio real, ni tome
préstamos contra la Real Hacienda.
Tampoco se darán hidalguías,
caballerías ni naturalezas; no se
concederán oficios de entre los
acrecentados; se cuidará mucho la
calidad de los beneficiarios de plazas en
Indias…
Isabel rondaba los veinticinco años
cuando le cayeron estas dos
gobernaciones.
El 17 de febrero de 1529 y desde
Toledo, Carlos V anunciaba a Barcelona
que se encaminaba hacia allá, que «nos
detendremos en Zaragoza muy pocos
días» y que del aposento se encargaría
el virrey, al cual la ciudad debería
obedecer.
Estamos en Toledo, a finales de
invierno e inicios de la primavera de
1529.
El 8 de marzo de 1529 Carlos V
abandona Toledo y se pone en marcha
hacia Barcelona. Las tintas de los
documentos anteriores están aún sin
secarse. Allá van con él, según la
exhaustiva relación de Pedro Girón, la
flor y nata de la aristocracia castellana y
española.
El 7 de abril de 1529 informaba que
salía ya de Zaragoza hacia Barcelona y
que iría a toda prisa («en el camino nos
detendremos lo menos que
pudiéremos»). Le precedía el mariscal
de logis, con la relación de
aposentables. La ciudad debería ponerse
a sus órdenes y las del virrey para que
todos tuvieran «las casas que menester
sean por el dicho aposento».
Por su parte, la comunicación entre
el emperador y la gobernadora parece
muy fluida. El 23 de julio de 1529 y
desde Toledo, Isabel comunica a sus
ciudades que después de llegar el nuncio
a Barcelona por «dar principio a la paz
universal de la cristiandad tan deseada,
se ha asentado y jurado liga, unión y
amistad perpetua entre su santidad y el
emperador y rey mi señor y el
serenísimo rey de Hungría y de
Bohemia» contra cualquier enemigo de
esa liga, que, por lo demás, se dejaba
abierta a la adhesión de otros príncipes
cristianos. «He querido daros parte de
ello, como es razón, porque sé el placer
y contentamiento que de ello tenéis».
Carlos V se embarcará en Barcelona
con dirección a Génova y, desde allí a
Piacenza (la Plasencia de Italia). El día
del embarque es el 27 de julio de 1529.
A Villafranca de Niza llega el 5 de
agosto de 1529; a Génova el 12 de
agosto; a Piacenza el 6 de septiembre. A
las inmediaciones de Bolonia el 4 de
noviembre de 1529.
De nuevo el 28 de julio de 1529, se
habían mandado cartas-tipo a las
ciudades, que el emperador firma ya a
bordo de la galera real, justo antes de
hacerse a la mar. Así, Carlos V
comunica que ha nombrado a su esposa
como gobernadora. Explica que se ve
forzado a tener que ir a Italia y
abandonar España, muy a su pesar. Sin
embargo, se va tranquilo al dejar a
Isabel:
Quedando en esos reinos la
emperatriz, que por lo que yo se lo dejo
encomendado y por el amor que conozco
tiene a ellos que es el mismo que yo,
tendrá de la buena gobernación y
administración de la justicia y de lo
demás que tocare al bien y defensa de
ellos y de proveer lo que para ello
conviniere tanto cuidado que es, porque
en nuestra ausencia no hará falta, vos
encargo y mando que durante mi
ausencia estéis en toda paz y sosiego y
hagáis lo que debéis a vuestra fidelidad
y obedezcáis y guardéis y cumpláis sus
mandamientos como los de mi misma
persona y con aquella voluntad y amor
que yo de vuestra lealtad lo confío y en
lo que toca a la defensa de estos reinos,
si por parte del rey de Francia —lo que
no creemos— algo se tendiese de hacer
en daño de ellos, hagáis lo que siempre
habéis hecho e hicieron vuestros
pasados…
Cualquiera puede decir que es una
carta institucional. Lo puede hacer. Pero
se equivocará, desde luego. No es lo
institucional lo que prima, sino lo
personal. Con aquel sentido patrimonial
(y paternal) que tenían los reyes sobre
sus territorios es como se dirige Carlos
V a sus gentes. Les habla de que ella
ama sus reinos como él y que está
seguro de que entenderá correctamente
en las cosas de la justicia y de la
defensa, y exhorta a que se le atienda
como a él mismo. Estaba claro lo que
pensaba Carlos V sobre su esposa
Isabel: confianza y fe en ella. Eso era lo
que quería que le tuvieran sus vasallos.
No he visto semejantes propósitos en
otros reyes de la Casa de Austria. Claro
que no salieron tanto, es verdad. Pero
Carlos V podría no haberla dejado por
gobernadora, o haberlo hecho de otra
manera menos explícita, o lo que fuera.
He ahí el interés de este periodo
histórico, la cantidad de novedades que
hubo y de qué manera tan fascinante se
fueron resolviendo.
Cuando Carlos V escribe a sus
ciudades, deja traslucir esa fe en la
reina, que daría seguridad y estabilidad
a sus reinos (levantados contra él hacía
menos de dos lustros). A su lado, por si
acaso, el presidente de Castilla…, que
acabó seducido por la reina.
Y del mismo modo que escribe a sus
ciudades de Castilla, lo hace a sus
aristócratas. Además, a quienes
corresponde, Isabel —invocando a
Carlos V— les obliga a reiterar el pleito
homenaje que tienen jurado sobre
custodiar a los delfines de Francia. Y
les manda 2000 ducados para que les
compren vestidos a los muchachos y
para que tengan algo de dinero para sus
gastos.
El emperador, rey de Aragón
también, envía las cédulas pertinentes a
esta Corona. El contenido es muy
similar, claro, y las variantes que tiene
se deben a la designación de cargos. A
Carlos V no le queda duda del papel
otorgado a Isabel: «La habemos
constituido nuestra lugarteniente y
procuratriz general, otra nos y nuestra
misma real persona en todo y por todo».
Y añade: «Acudáis a su serenidad y le
obedezcáis, asistáis y sirváis en todo y
por todas cosas…».
Los días siguientes son muy intensos
en las idas y venidas de las
informaciones. Así, efectivamente,
Carlos V da la nueva a Barcelona de que
ha llegado a Génova el 12 de agosto (18
de agosto de 1529) y también avisa a
Isabel de esa llegada; casi dos meses
después Isabel lo traslada a sus
vasallos, aunque con otras buenas
nuevas jugosas (desde Madrid a 15 de
octubre de 1529): les dice que por carta
de Carlos V, sabe que ha llegado a
Génova y que en esa ciudad un
secretario de su tía Margarita ha
entregado al emperador los capítulos de
la Paz de Cambrai. Lo hace público la
emperatriz para consuelo de los
vasallos: «Con esta [misiva] os envío el
traslado de la publicación de la dicha
paz que su majestad mandó hacer en
Génova para que conforme a aquella se
haga el dicho pregón». Por cierto, el
arzobispo de Toledo, que no tiene en
mucha estima personal a la reina,
escribe a Carlos V omitiendo las fuentes
de información, o sea, ninguneando a
Isabel: «Llegó antier el correo con la
certificación de haber vuestra majestad
aceptado la paz, que fue nueva de tanta
alegría y con que todo el reino tiene
tanto contentamiento cuanto es razón»
(CDdeCV, XLIII, desde Madrid, 11 de
septiembre de 1529).
El 5 de noviembre de 1529 Carlos V
llega al fin a la plaza de San Petronio de
Bolonia. Está triunfante. Se reúne con
Clemente VII. Le habla en español.
Acuerdan que la coronación imperial se
celebre allí, a partir de febrero de 1530.
Entre otras cosas, se ha de dar tiempo a
la nobleza de armas y letras de Europa
para que puedan llegar. También porque
como han de celebrarse varios actos
protocolarios, tales como la
presentación de credenciales de haber
sido electo Rey de Romanos (se hizo el
20 de febrero de 1530), o ser coronado
rey de Lombardía —de Italia decía
Carlomagno— con la corona de hierro,
que dicho sea de paso no le cupo en la
cabeza y hubieron de ponerle en su
sustitución la de Rey de Romanos (se
hizo el 22 de febrero de 1530) y
finalmente la coronación papal, que se
realizó el día de San Matías, o sea el del
cumpleaños de Carlos V (24 de febrero
de 1530). Los festejos fueron
interminables. El vino, el buey asado,
las monedas de oro corrieron a raudales
por las calles y plazas de Bolonia.
Debería haber sido coronado emperador
en Roma, pero Clemente VII no quiso
verle allí triunfante, y mucho menos
volverse a encontrar con los ejércitos
imperiales.
Durante el viaje a Bolonia, las
tropas de Carlos V y de su hermano
Fernando habían rechazado un ataque
sobre Viena. Entre esto y la coronación
imperial, parecía que el arco norte del
Mediterráneo iba a sosegarse durante un
tiempo. Carlos V podía ocuparse a
fondo del problema protestante y, por
supuesto, de la frontera oriental con los
turcos. Carlos V convoca la Dieta
Imperial en Augsburgo. Hacia allá se
dirige, y entra el 15 de junio de 1530.
Las semanas de Augsburgo son de una
tensión ideológica increíble. Carlos V
muestra su celo católico, pero se da
cuenta de que el imperio se fractura.
Convencido de la grandeza de la
tolerancia, propone ciertas concesiones.
Primero quiere que los
germanohablantes le apoyen en la
Concordia Teológica, por la cual todos
los cristianos se unan contra los turcos y
contra Francisco I. A la par, con la
aquiescencia del emperador, Melanchton
encabeza la Confessio Augustana, una
suerte de tercera vía religiosa que es
rechazada de plano por gran parte de los
católicos en su Confutatio Augustana.
Parece imposible alcanzar acuerdos
intermedios en el imperio. ¿Será el
tiempo de la guerra? El cardenal Loaysa
insta a Carlos V a que abandone a tanto
hereje a su hermano Fernando y que se
deje de ensoñaciones de quererlos
convertir.
Carlos V propone a la Dieta
Imperial que se elija a Fernando de
Austria, su hermano, nacido en 1503 en
Alcalá, Rey de Romanos. ¡A los treinta
años está tan harto que empieza su lento
camino de abdicaciones!
El fracaso de las negociaciones de
Augusta ha sido notable. Han
transcurrido casi dos años antes de
volver a España. Durante ese tiempo ha
viajado por todo el imperio. La relación
de lugares visitados es impresionante.
Como impresionante es el olvido de
tantas estancias de Carlos V. En España
esperan al emperador porque están
convencidos de que se ha de lanzar una
campaña sobre el África pirática. Pero
las cosas del imperio han entretenido
mucho a Carlos V y sin buenos
resultados. Tampoco ha sido bueno el
resultado de un alumbramiento de su
esposa Isabel, pues el infante muere al
poco.
Pero tiempo es de reunirnos con
Isabel, que ha quedado de gobernadora
en Castilla.
EL SEGUNDO TESTAMENTO (7 DE
MARZO DE 1529) Y LA
RECOMENDACIÓN DE QUE
CASENA SU HIJA EN PORTUGAL
Coincidiendo con su nombramiento,
redacta su segundo testamento. Este, a
diferencia del que hemos visto antes,
está terminado y signado. Tiene menos
originalidad en las partes introductorias,
pero es mucho más rico. Acaso la clave
esté en que el primero se prepara ante la
inminencia de un parto y este segundo lo
redacta la reina gobernadora de un
reino. Fue reconocido por Carlos V en
Toledo el 28 de abril de 1539.
Se conservan un borrador, con
anotaciones y correcciones marginales,
y el texto definitivo con algunas
palabras intercaladas por mano de la
propia reina. Cuando se redacta este
borrador se tiene delante el de 1527.
Así, en una apostilla lateral leo, tras dos
símbolos de llamadas: «Aquí entra el
capítulo de lo del emperador que estaba
en el otro testamento». Y en el texto se
lee a continuación: «Dejo y señalo y
nombro…». Si acudiéramos al
testamento de 1527 veríamos que hay
una llamada con los mismos dos
símbolos al margen del párrafo que
empieza: «Otrosí, acatando el
entrañable amor…»; ese entrañable
texto es el que califica el escribano
como «el capítulo de lo del emperador».
Tiene su aquel. Tras este párrafo
añadido, siguen el borrador y el
testamento en el orden que sintetizo a
continuación.
Si aquel se hace ante el enorme
riesgo del dar a luz, este se hace
«siguiendo el consejo que está escrito
que en la salud se debe hacer la
disposición del ánima». Así que sana de
su persona, seso y entendimiento redacta
estas últimas voluntades.
Pide y ruega a Dios, por su Pasión,
que «haya piedad de mi ánima», y para
ello solicita la intercesión de Santa
María, del arcángel San Miguel, de San
Juan Bautista, de San Antonio, de Santa
Isabel, de Santa María Magdalena y de
todos los demás santos. Pero los
anteriores están citados explícitamente.
Son sus intercesores favoritos.
A diferencia del de 1527, esta vez
deja a la elección de Carlos V su
enterramiento, y si Carlos V se enterrara
en estos reinos, ella quiere quedarse con
él, que yo «sea sepultada donde su
majestad se mandare enterrar y
sepultar». En ese lugar se dirá una misa
rezada o cantada para siempre jamás,
costeada con cargo a las rentas que
dejen sus bienes.
Pide que en monasterios de
«religiones reformadas», o sea, de las
que hayan aplicado la regla y disciplina
en los últimos años, se den en su honor
hasta nueve mil misas de pasión, de la
Virgen, de la cruz, de réquiem, etcétera.
Asimismo pide que se vistan por
mitad a cien pobres castellanos y
portugueses; que se redima a cincuenta
cautivos de «mis» bienes (en el
borrador pone «nuestros» y ese
mayestático podría inducir a error con
los bienes de Carlos e Isabel). Se darán
limosnas para casamientos de hijos de
sus criados y si no los hubiere se
escogerán otros en Castilla y Portugal.
Si antes de venir a España hubiere dado
cédulas para ayuda de casamiento, que
se cumplan.
Recomienda que se trate bien a sus
criados, y en especial a unos cuantos
que cita en un memorial que remitirá
escrito de su puño y letra. El memorial
existe y se conserva. Tiene la buena
letra de Isabel, y está escrito en
portugués. Ocupa cuatro folios. La lista
de damas beneficiadas por dinero es
larga. La encabeza doña Guiomar de
Melo. Luego, sigue la capilla real y
acaba con las mandas para misas de sus
funerales. Las mayores preocupaciones
que trasluce esta limosna colectiva es la
de pagar dotes a doncellas cortesanas
casaderas o a entradas en conventos.
Aspira a que las deudas se paguen
con celeridad.
Los gastos que generaba todo ello se
cargarían al beneficio de la venta de sus
bienes. El príncipe Felipe quedaba
como heredero de las joyas que no se
pudieren vender, o que no fuere
necesario hacerlo, salvo que las quisiere
el emperador para su persona. En
cualquier caso, habría que tasarlas y
«apreciarlas», ponerles precio.
Pagadas esas deudas y hechos esos
cargos, nombra por herederos al
príncipe Felipe y a la infanta María,
pero incluye una condición, sin duda
emanada de algún pacto de estado: si
naciera otro varón que heredara
Flandes, a María se le compensaría con
lo que deseara su padre, mas si
estuviera muerto, le darían a María
100.000 doblas, «de más de las que se
acostumbra a dar a las infantes de
Castilla». Toda esta disposición fue
enmendada en el borrador y más tarde
pasada a limpio en la redacción final.
Por otro lado, si las joyas, por su
alto valor económico, pasan a Felipe, a
María le entregarán los libros de
devoción. Estos libros y otras cosas que
ha de dejar a los herederos irán en un
memorial manuscrito como el citado
anteriormente.
Igualmente, se interesa por el futuro
de sus hijos. Así suplica al emperador
que cuando sea llegado el momento,
haga por casar a sus hijos. Un «como es
obligado» se corrige en el borrador y se
incluye en el testamento final.
Como en el primero de los
testamentos, en este incluye la cláusula
de que por el amor que se tienen, si ella
muriere y sus hijos también, que su
esposo pudiera quedarse las 300.000
doblas de libre disposición de las
capitulaciones.
Los testamentarios que nombra son:
a Carlos V, y curiosamente dejado el
hueco en blanco y añadido por otra
mano distinta que la del secretario que
lo ha escrito y que por ir en portugués,
se trata de la letra de la mismísima
reina; a los arzobispos de Toledo y
Santiago, al conde de Miranda; y lo que
deja ver un pliegue en el papel, a su
confesor y a Cobos.
Luego van un par de párrafos
formales sobre la sustitución de
testamentarios y ejecutores en caso de
fallecimientos y la revocación de los
anteriores testamentos y codicilos.
Por fin, la data, en Toledo, 7 de
marzo de 1528, fecha y lugar
incorporados por Isabel. Se cierra este
institucional documento, que tiene
muchos reflejos de la personalidad de
Isabel, con la firma de la reina.
Entre los papeles que escoltan el
testamento se encuentra una «Copia del
memorial de mano de su majestad de la
dicha emperatriz» en que encomienda —
por enésima vez— a Carlos V que
recoloque a sus criados, que den las
misas que ha ordenado, o que al pedirles
cuentas a los guardajoyas, que «no los
aprieten mucho». Y entre estas
postrimeras peticiones hay una que tal
vez sea una de las claves existenciales
de Isabel:
A su majestad suplico que cuando la
infante [María] fuere para casar, no
habiendo de ser ella heredera en otra
parte, por su descanso y consolación de
ella y porque yo sé la diferencia que hay
en las vidas, la case en Portugal que
para ella será mucho mejor que en otra
parte, que sea mayor señora…
A la altura de 1529 Isabel parece
estar harta, cansada, de la vida en
Castilla. ¿Por qué? Aún no habían
empezado las largas ausencias del
emperador y el único gran problema que
había tenido hasta entonces había sido el
de la remodelación de su casa. Pero si
ya en 1529, en vísperas de la primera
gran ausencia de Carlos V, mostraba esa
percepción de su mundo interior, no es
difícil comprender muchas de sus
reacciones posteriores.
La vida siguió. Carlos V abandonó
Toledo para ir hacia Barcelona e Isabel
se fue a Madrid. Allí dio a luz el 21 de
noviembre de 1529 a un niño, Fernando,
de lo que hablaremos más adelante. Pero
este es el momento de sacar a la luz otra
zozobra más de la reina.
En Madrid y en noviembre llama a
un secretario y notario y a varios
testigos, porque era su voluntad dejar
por escrito varios «capítulos». Es muy
interesante que no llegue a hacer
codicilo. Naturalmente. Este documento
sí tiene plena validez personal, no así
los testamentos o codicilos registrados
que son más institucionales, quiero decir
que redactados incluso por secretarios
reales y en presencia, acaso, del
presidente de Castilla. El caso es que
Isabel tiene zozobra. Hace unos meses
ha dado testamento porque queda por
gobernadora de Castilla. Pero ahora
escribe estos «capítulos» (insisto en que
no es ni un codicilo, ni una memoria, ni
saben cómo catalogar jurídicamente
estas voluntades), para que cumplan
añadiéndolos al testamento, por si acaso
Dios se la llevara «en la disposición en
que estoy». Es decir, lo manda escribir
en vísperas del nuevo parto. La muerte
que da sombra en los alumbramientos.
Quiere que tan pronto como ella
muriere, que se mandaren mensajeros
ciertos a Carlos V para comunicarle la
luctuosa noticia, para que volviera
cuanto antes a Castilla y se pusiera al
frente de sus territorios, lo cual
redundaría en bien de los reinos, de los
vasallos y del rey emperador.
En segundo lugar, hasta que llegara
Carlos V y salvo que él decidiera otra
cosa, que se quede al frente de Castilla
el presidente del Consejo Real y que se
siga gobernando con normalidad y todos
los Consejos supeditados a él.
En tercer lugar, la gran
preocupación: Felipe. Exhorta al conde
de Miranda y a los demás miembros de
la casa que todo siga igual, que no hay
alteración y que a los que estén o vayan
a la corte, sirvan con «lealtad» al
príncipe jurado como heredero.
En cuarto lugar, ordena a don Álvaro
de Luna, capitán de la guardia de los
continos, que se aposente en Madrid, o
en donde el príncipe estuviere, para su
protección. Al conde de Miranda da
carta blanca para que llamara también a
quien considerara pertinente.
Y es que, en verdad, el problema de
la muerte de la reina de parto no era
baladí: el rey fuera, el heredero con dos
años de edad, «otra» reina en
Tordesillas, y las Comunidades
apaciguadas hacía ocho años. Había que
proteger y custodiar el cuerpo del
príncipe. Aunque solo fuera por la
estabilidad institucional que ella daba,
merecía la pena su vivir. En 1535 se
reutilizó ese documento, dándole más
aspecto formal.
IV
LA SEGUNDA
GOBERNACIÓN DE
ISABEL
(DE MARZO DE 1529 A JUNIO DE 1533)
MIENTRAS, BOLONIA, ALEMANIA
Y EL TURCO SOBRE VIENA
No había motivo por el que no sentir
tierna afición por la emperatriz. Por el
contrario, ella sí que podía mirar de
reojo todas y cada una de las acciones
del cardenal Tavera, presidente del
Consejo Real, porque, a fin de cuentas,
él era la personificación de las
máquinas del poder y la voz más
autorizada para transmitir información
sobre ella al emperador. Pero estaba
muy segura de sí misma. Ejercía de
reina y lo había visto hacer desde niña.
Era oficio adquirido. Por lealtad a su
esposo y al destino (que eran más o
menos lo mismo), ejercía lo mejor que
podía. Además, con su inteligencia y
sus capacidades seductoras iba
ganándose al cardenal. Y era
consciente de ello. La política, aunque
era muy seria, en sus manos se
transformaba en un juego de hombres,
en el que una mujer los colocaba en sus
lugares. Y ellos caían maravillados,
embobados.
El experimento de la primera
gobernación, mientras Carlos V viajaba
a Valencia y Aragón, duró solo unas
ocho semanas. Luego estuvieron unos
nueve meses juntos entre Madrid y sus
inmediaciones (desde primeros de julio
de 1528 a mediados de noviembre de
1528) y Toledo (mediados de noviembre
de 1528 a primeros de marzo de 1529).
A mediados de marzo de 1529 él
abandona Castilla. A finales de julio se
embarca en Barcelona.
Como hemos visto, ya en febrero de
1529 estaba resuelta la salida hacia
Italia y en marzo la emperatriz recibía
«Instrucciones» de gobernadora de
Castilla. El 9 de marzo de 1529 Carlos
V había dejado Toledo y pasaba a
Aranjuez. Desde ahí a Chinchón, Alcalá,
Guadalajara, Jadraque, Sigüenza,
Medinaceli, Ariza, Buvierca, y desde
Calatayud a Zaragoza, Barcelona y
Palamós.
Aquella Isabel que había entrado por
la raya de Portugal recibiendo los
honores que se merecía como desposada
del emperador había iniciado una nueva
andadura en su vida: la de la gestión de
los asuntos públicos. De esposa y
madre, a reina.
Pero ¿somatizó la separación?
LA AUDACIA DE CARLOS V EN EL
GOBIERNO CON MUJERES
A finales de marzo de ese año (según
narra Salazar de Mendoza), cayó tan
gravemente enferma que dictó
testamento, que «yo he visto —dice el
historiador— el borrador original».
Entre otras cosas, que tan pronto como
muriera, se comunicara el fallecimiento
al emperador para que dispusiera de
inmediato su regreso a estos reinos. En
el ínterin, sería el presidente de Castilla
—Tavera, arzobispo de Santiago— el
que se haría cargo de la gobernación y a
sus órdenes se habrían de poner todos,
desde el príncipe Felipe, a la infanta
María, o el conde de Miranda.
Tavera comunicó la enfermedad a
Carlos V, unas tercianas. Carlos V se dio
por enterado, y «desde la playa de
Barcelona», el 8 de julio de 1529, le
encareció que la sirviera como si fuera a
él mismo. Por fin la reina sanó y la
enfermedad quedó atrás. Pero Isabel
siempre tuvo una débil salud.
Resulta interesante la audacia de
Carlos V, o tal vez la capacidad de
persuasión de Isabel. Me refiero al
hecho de que Carlos V nombre a su
esposa como gobernadora con tanto
poder ejecutivo, aun a pesar de las
restricciones, en vez de haber dejado,
por ejemplo, un Consejo de
Gobernación. Los antecedentes sociales
y políticos por los que podemos
considerar a Carlos V audaz, o a Isabel
capaz de haberle ganado la confianza
con rapidez, tienen nombres y apellidos.
Para empezar, estamos en el siglo XVI,
en el que Erasmo o Juan Luis Vives han
escrito aquellas piezas, prendas
preciosas, sobre la formación de la
mujer cristiana. Textos que, a su manera,
con algún añadido procedente de alguna
de las cartas de San Pablo que tan
bellamente aún se oyen en las bodas en
las que las novias van de blanco, textos
que —decía refiriéndome a Erasmo,
Vives o San Pablo— podrían escuchar
con deleite los creyentes puestos en
boca de algún sagaz predicador. Claro
que, si en vez de sagaz predicador era
un soez ahuyentador de las turbias
maneras en las que transcurre la vida del
mortal pecador y la serpiente tentadora
del Génesis, podían no tener
desperdicio.
Y por otro lado, la reina de Castilla,
Juana I, estaba recluida en Tordesillas
porque tenía alguna disfunción entre su
realidad y la realidad. O sea, que estaba
loca.
Así que lo mejor era tener ferviente
esperanza en que lo que merecía la pena
era el modelo político de Isabel I de
Castilla, la Católica. Ellos lo conocían.
Y si a alguien se le había olvidado, ahí
estaban las opiniones verbales de
pasillo, o hasta por escrito, como el
aviso político de Galíndez de Carvajal.
Por ello, su reinado, el de esta,
adquiere aún más valor si lo ponemos en
el ambiente del siglo XVI y todo lo que
supuso su ascensión al trono,
consolidación, pactos con Fernando y
demás. Menos mal que reinó ella.
Castilla fue afortunada.
Así las cosas, claro que Carlos V
fue audaz al poner al frente de sus reinos
a esta mujer. Como lo fue al hacerlo en
Flandes con María de Hungría. Carlos V
no desconfiaba de las mujeres. Si ellas,
como Isabel en este caso, le
demostraban sus capacidades, confiaba
aún más y más. El mérito es absoluto,
máxime teniendo en cuenta que su madre
estaba como estaba. Y en Tordesillas.
En palacio, de paseo, en las
recepciones, en la cama, Isabel llenó a
Carlos V. Había hecho una gran
elección. Menos mal.
¿LA REINA QUIERE REINAR MÁS
DE LA CUENTA?
Las comunicaciones entre Carlos e
Isabel se hacen, muchísimas veces, por
carta. La correspondencia es variada y
rica. El 26 de mayo de 1529, Isabel
escribe a Carlos (Mazario, III). Se trata
de una larguísima exposición de la
situación de las fortalezas, pertrechos y
hombres de guerra para la defensa de las
costas de España. Se explaya en
consideraciones sobre personas a las
que se les ha dado oficios o se les ha
encomendado alguna que otra misión. Se
habla también de cómo organizar a los
caballeros de las órdenes militares,
aunque como el emperador «aún está en
estos reinos», no van firmadas las
cédulas por Isabel, sino que se le
mandan a él para que las rubrique. Pero
cuando el correo llegara a Barcelona, se
encontraría la galera real ya en alta mar
y los mandatos no se firmarían.
En cualquier caso, Isabel escribe en
primera persona. Responde con pleno
conocimiento de causa a todos los
asuntos sobre los que le ha escrito el
emperador. Sobre todos los asuntos, «al
socorro de la fortaleza de Argel fue muy
buena y necesaria provisión que Jorge
Ruiz de Alarcón vaya a ello»; hay mucha
necesidad de nombrar ya a un veedor
general de las guardas; «es muy
necesario que vuestra majestad provea
de las personas que han de ir a visitar
las obras de Pamplona»; «a los del
Consejo de Hacienda he encargado
mucho…»; «el dinero para llevar dos
culebrinas…»; «yo mandaré» que se
fabriquen arcabuces y picas; «he
mandado platicar y proveer»; «las
capitanías que están en el reino de
Granada mandaré que…»; «la ciudad de
Cádiz dice que está muy
desproveída…», y así sucesivamente.
Qué duda cabe que la capacidad de
gestión de la reina es admirable. Qué
duda cabe que en muchas cosas a buen
seguro que escribe lo que le recomienda
el presidente del Consejo Real. Pero,
igualmente, no hay duda de que tanta
primera persona del singular en todas
las órdenes implica, cuando menos, las
ganas de asumir responsabilidades y,
por supuesto, las ganas de ejercer como
reina.
Dicho sea de paso, el 30 de abril de
1529, la emperatriz advertía a Córdoba
(y por ende, a las demás ciudades por lo
menos de Castilla) de que debería
aprestarse para una inminente entrada
del ejército francés. La disposición de
Córdoba a cooperar en la defensa de la
frontera debió de ser indudable y rápida.
Así que, el 17 de mayo de 1529, la
emperatriz agradecía a la ciudad
andaluza el ofrecimiento hecho para
ayudar en la defensa del reino ante la
esperada invasión francesa. ¿Ha
pretendido la reina empezar su andadura
independiente antes de tiempo? ¿Hay
que pararle los pies sin que lo sepa
Carlos V?
El 18 de julio de 1529 Isabel
escribe al emperador. Se trata de una
«Instrucción» dirigida a Francisco de
los Cobos para que él traslade sus
contenidos a Carlos V. Pronto cambiará
esa manera de comunicación porque no
se hará con intermediarios. Otro dato
más para aumentar el haber de la
perplejidad.
La carta es intensa (CDdeCV,
XXXIX). No solo por los problemas
que traslada a Carlos V, sino porque se
pone de parte de los vasallos. Otro dato
más de la intensidad de la relación de
Isabel con sus gentes y de la confianza
entre el emperador y la reina. Como
digo, ese día y desde Toledo, Isabel
firma un intenso documento, de cuya
autoría última podríamos discutir si fue
obra de los consejeros, o de uno de
ellos, o lo que sea, pero el hecho cierto
es que la reina firma alineándose con
una forma de concepción de la acción
política de Carlos V: la preeminencia de
la hispanización.
Preparemos el terreno de mi
hipótesis. Es cierto que en las
«Instrucciones de Palamós» de 1543
Carlos V dice a su hijo Felipe sobre
Cobos: «A Cobos tengo por fiel». Pero
eso no es óbice para que Cobos llevara
jugando sus bazas políticas desde
siempre. Acaso la más visible, el pulso
por la castellanización, o hispanización,
del poder de Carlos V alejándolo de
francófonos. Según esta hipótesis, ¿por
qué no iba a inducir Cobos la carta que
traigo a colación, por medio de algún o
algunos consejeros que la pusieran a la
firma de Isabel para que se la remitiera
a él mismo la reina? La jugada habría
sido redonda: la reina firma el
pensamiento de Cobos. Cobos hace ver
al emperador que lo que él propone lo
propone también la emperatriz. Cobos
habría logrado manipular los actos de la
reina. Es tan solo una hipótesis. La
verdad objetiva es esta que sigue.
Advierte Isabel a Cobos que debe
transmitir a Carlos V que no quiere «dar
enojo a su majestad», pero que va a
transmitirle lo que «por diversas cartas
que me han escrito pueblos y personas
particulares y lo que por experiencia
parece…», o sea, que allá va la
constatación documental de lo que se va
a exponer y también la constatación
vivida.
La «Instrucción» de marras empieza
con una queja sobre el estado de las
fortalezas de Cádiz, Almería, Cartagena
y Gibraltar, así como de las del norte de
África y de los peligros que de ello se
derivan para la defensa de España y sus
posesiones. Lo que habría que hacer
sería reforzar las defensas. Pero para
ello se necesita dineros, «y estos, como
su majestad sabe, acá no los hay, porque
las rentas ordinarias están libradas y
gastadas». Sin embargo, hay gentes
dispuestas a servir al rey por ayudar a
las rentas de Castilla, pero, como ha
dado orden de que no se tomen
préstamos, convendría cambiar esa
determinación.
En segundo lugar, se espera que
Francisco I ataque en España, ya que no
tiene fuerzas para hacerlo en Italia
contra el propio emperador y sus
ejércitos internacionales. Es evidente
que sus súbditos en España, desde la
aristocracia al último vasallo, se
juntarán para la defensa de los reinos,
pero para armar un ejército se necesita
dinero y este en tiempos de necesidad es
más caro y se acopia despacio. Cosas de
las primas de riesgo, que no son nuevas.
Que muchos alcaides han
abandonado sus fortalezas porque no se
les ha pagado desde hace tiempo, así
que estaría bien que se saldaran las
deudas que hubiera con algunos de ellos,
«los que más pareciere que convenga».
Que se esperan órdenes precisas
para reforzar la fortaleza de Perpiñán, la
más vulnerable por el francés.
Igualmente, que no está claro el
papel de Isabel con respecto a sus
funciones en el Levante, toda vez que
hay virreyes: «Sabréis [dice a Cobos]
asimismo de su majestad, cómo deja lo
de Cataluña, Valencia y Aragón y qué
obligación y cargo me queda acá de los
negocios de aquellos reinos».
También ordena a Cobos que pida a
Carlos V que le mantenga informada de
las negociaciones que haga con los reyes
de Francia e Inglaterra, para ir sabiendo
a qué atenerse.
Lo mismo que «acá» (o sea en
reunión del Consejo) se había discutido
y aceptado que como «las cosas» de
África, Andalucía y Granada estaban
como estaban (con un Barbarroja que
iba y venía y que acababa de tomar el
Peñón de Argel), que sería bueno que
los caballeros de las órdenes militares
se movilizaran por orden del rey para
«que se empleasen en ello» en su
defensa. Es curiosa esta apreciación
toda vez que implica un refuerzo de las
obligaciones sociales y militares de los
caballeros: lo son en tanto en cuanto
defiendan la religión, no para llevar
altaneras cruces de caballeros en el
pecho.
La reina informa: se ha interesado en
saber si hay fondos para abonar los
sueldos a las guardas de Castilla. Parece
que hay dinero bastante para que ese
ejército, encargado de la defensa de las
costas, esté bien provisto en 1529, pero
para 1530 todo apunta a que ya no
quedan fondos.
Finalmente, ordena a Cobos que le
diga a Carlos V que es necesario que
mande el que haya «cinco o seis zabras»
(navíos muy ligeros) que hagan de
correo permanente entre Italia y España
«para que siempre yo pueda saber de la
salud de su majestad».
Tanto lamento, claro, buscaba
convertir los padecimientos de Castilla
en eje central de las conmiseraciones de
Carlos V. Fueron hábiles los consejeros
al redactar este documento. ¿O el propio
Cobos habría negociado con los
consejeros otras vías de presión
procastellanizante ante Carlos V?
Repasemos las fechas: el 8 de marzo
de 1529 Carlos V ha dado las
«Instrucciones» y las «Restricciones» a
Isabel en materia de gobierno (véase el
capítulo anterior). La primera
comunicación política de este viaje es
de 26 de mayo de 1529. La
«Instrucción» de lo que ha de preguntar
Cobos al emperador es de 18 de julio de
1529. El emperador se embarca en
Barcelona camino de Palamós el 27 de
julio de 1529 y llega a Génova el 12 de
agosto de 1529. La travesía ha durado
dos semanas.
Durante esos días la emperatriz
vivió «con suspensión y congoja»
porque no había noticias ciertas de ese
viaje, de cómo iba, de qué acontecía en
alta mar.
También el arzobispo de Toledo,
Fonseca, escribe una larga información
(Madrid, 11 de septiembre de 1529):
comunica al emperador que su esposa e
hijos están muy bien, porque
afortunadamente el príncipe ha sanado
de las viruelas (más tarde, el 21 de julio
de 1532, escribe Isabel que «al
ilustrísimo príncipe nuestro hijo le
faltaron sus tercianas y del presente la
salud se le continúa a Dios gracias») y
la infanta «de unas calenturillas que
tuvo». Sin embargo, a Isabel le pareció
que como Toledo «se iba dañando de
viruelas y que de ellas peligraban
muchos niños, pareciole que se debía
mudar de allí». Así que se eligió un
traslado de corte a Madrid, mejor
provista y por ende de precios más
bajos que Toledo. Además, Isabel no
estaba al final del verano de 1529 para
muchos viajes «por causa de su preñez».
Si por cualquier causa se retrasara la
salida de Toledo, sería un riesgo
innecesario meterse a cruzar los puertos
al empezar el invierno.
A pesar de todo, en Madrid Isabel
determinó no alojarse en el alcázar
porque «tiene fama de no ser bien sano».
Así que se metieron en las casas de un
Pedro Laso, «donde está muy bien
aposentada y, bendito Dios, muy buena
como he dicho». Años después será en
las de Alonso Gutiérrez, y tal vez por
todo ello se inicien las obras de
remodelación del palacio, que
estudiaron Veronique Gerard o Barbeito.
Continuaba la conciliadora carta del
arzobispo informando al emperador de
que «todas las cosas de acá están con
aquella paz y sosiego y administración
de justicia que vuestra majestad las
dejó, sin que en ello haya habido falta».
Es decir, el gobierno de Castilla ha sido
correctamente regido.
Ahora bien, para el arzobispo, según
se desprende de forma explícita de sus
escritos, el papel de la emperatriz era de
segundona. En un párrafo habla de que
«no dejará la emperatriz nuestra señora
de proveer lo que pareciere al Consejo
que convenga»; en otro párrafo, «la
emperatriz nuestra señora ha mandado
ya proveer cerca de esto», materias de
hacienda, «en confirmación de lo que
vuestra majestad [Carlos V] manda»,
aunque los contadores reales «cada uno
de ellos piensa que no les queda acá
superior». ¡Cómo cambiará todo a los
ojos de Tavera!
Con el emperador embarca
Francisco de los Cobos. Este está a un
tris de perder el ascendiente sobre la
reina porque no está a su lado.
La reina empieza su andadura
independiente.
Entre la emperatriz y el emperador
se cruzaron más cartas. Muchas más.
Entre otras cosas, porque había que
transmitir la buena nueva de la llegada a
Génova, de la Paz de Cambrai, de los
acuerdos acerca de la coronación de
Bolonia. De hecho, el 15 de septiembre
de 1529 la emperatriz, a instancias de
Carlos V, comunicó a las ciudades que
se había alcanzado la paz entre Francia,
Inglaterra y el papa, paz que se había
proclamado en Génova.
LAS FUNCIONES DE LA
EMPERATRIZ PARA CON LA
CORONA DE ARAGÓN: UN
SISTEMA BAJO LOS DESIGNIOS
DEL PATER FAMILIAS
El 29 de julio de 1529 Isabel es
nombrada por Carlos V lugarteniente
general de la Corona de Aragón, con
«Instrucciones» (ACA, AR, 4182,
Lalinde, p. 92). El 30 de mayo de 1535
le dará otras nuevas (Lalinde Abadía,
1964, p. 93), considerándola como
«nuestro lugarteniente general en todos
los reinos de España» (Lalinde, 1964, p.
93).
Existiendo, como existen en la
Corona de Aragón, virreyes (o
lugartenientes particulares), Consejo
Real y otros órganos de gobierno y
administración, ¿cuál es el papel de
Isabel con respecto a Aragón? A mi
modo de ver, es una de las situaciones
constitucionales más interesantes que
podamos contemplar. Situémonos en
1529. Carlos V está «fuera de» España,
no como en 1528. Sin embargo, en
Tordesillas está la reina Juana.
Afortunadamente, ya nadie le hace caso
en materia política y se sabe que
aberraciones como la de los comuneros,
o la del hijastro de Fernando el Católico
que, gobernador de Aragón entre la
muerte del padre y la llegada de Carlos
I, fue a Tordesillas a fisgonear y ver si
podía hacer ruido junto a Fernando
contra Carlos (por más que redactara
juramentos de fidelidades y amores —
¡menudos eran!), digo, todas esas
actitudes habían pasado a la historia.
Lo que había institucionalmente era
que el rey Carlos estaba de viaje y que
en los territorios de Aragón mandaban
los virreyes. Por otro lado, las fuerzas
oligárquicas del poder territorial
estaban muy consolidadas. Existían
asimismo unas leyes forales muy
enraizadas. Digamos que, en cierto
modo, el pacto entre Corona (rey y
virreyes) y reino funcionaba en su
equilibrio dinámico.
Isabel era la gobernadora de Castilla
y de Aragón, con nombramientos
diferentes, pero también esposa del
emperador-rey. Comoquiera que ahí
había sentimientos, podría ocurrir que
Carlos e Isabel hicieran intervenir los
derechos patrimoniales por encima de
los institucionales. El papel de Isabel
con respecto a Aragón era complicado:
ni delicado, ni arbitrario. Se forjaba
cotidianamente. Ella resolvía lo que era
propio patrimonial del rey, las regalías
que les eran más suyas, o lo que se le
escribió en un memorial de 1529 en el
que se reflexionaba sobre Aragón:
Las cosas que son tan fijas a su
dignidad real que no puede su majestad
dejarlas de proveer por su misma real
persona, sino negando el oficio de rey
que es imposible.
Así que las materias de justicia
quedarían —si fuera el caso— para el
Consejo Real de Aragón, las de
gobierno para el virrey, y finalmente se
organizaría un Consejo itinerante que
fuera con Carlos V a Italia (solo salió el
vicecanciller Suñer, que murió en el
viaje y no llegó a ser sustituido, y el
lugarteniente de protonotario, Joan
Comalonga).
Isabel quedaba como lugarteniente
general y procuradora general de
Aragón. Es, por tanto, una suerte de
coordinadora de los virreyes,
dependiente del rey ausente. En julio de
1529 Carlos V nombra a cuatro
servidores reales que estarán junto a la
reina «a aconsejarle en lo que hubiere
de hacer y proveer tocante a nuestros
reinos de Aragón, Valencia, Mallorcas,
Cerdeña, principado de Cataluña,
condados de Rosellón y Cerdaña e islas
a ellas anejas…».
O sea que Isabel ejerce en una suerte
de gobierno unipersonal y
multiterritorial compartido con los
virreyes, pero comoquiera que el
emperador va a Italia, ese gobierno solo
afecta a los territorios españoles. Que
hubiera fricciones entre las
instituciones, descolocaciones,
superposiciones funcionales y demás,
fue la historia de cada día de esos años,
de esas ausencias. No obstante, Isabel
fue cauta en el uso de sus atribuciones y,
a falta de algún estudio en profundidad,
no parece que suscitara colisiones con
los órganos de gobierno tradicionales.
Ahora bien, mientras haya una
lugartenencia general común será tiempo
de todo tipo de negociación con los
poderes territoriales. En 1532, cuando
Carlos V va a convocar Cortes,
antepone una condición: que se acepte
como presidenta a la emperatriz. Sobre
estas Cortes hablo más adelante. Como
concluye Joan Arrieta, desde 1522 en
adelante, acelerado en 1529, se da un
proceso «de exclusión al máximo
posible de la intervención del Consejo
[de Aragón] en materia de gobierno»,
quedando centrado más en la
«jurisdicción contenciosa», en una
suerte de tribunal supremo próximo a la
reina. En 1529 se introduce la reforma
de la Real Audiencia, porque acaso no
todos sabían gestionar o entendían que
hubiera justicia mayor, virrey, Consejo,
etc. Eso es lo que dice un estudioso,
porque otro afirma: «La Corona de
Aragón se articularía durante la ausencia
del soberano en la interrelación entre la
corte imperial y las cortes virreinales
directamente subordinadas a aquella,
mientras que la corte de la regencia, con
la emperatriz Isabel a la cabeza, parece
que quedó en una posición marginal y
subsidiaria» (Manuel Rivero).
Luego, en 1535, Carlos V dará desde
Barcelona otra «Consulta y orden […]
para la expedición de los negocios de
Aragón», en la que se ordena que: «Los
del Consejo [de Aragón] que quedaren
con la emperatriz hagan todo lo que
hubieren de hacer todos tres juntamente
y no el uno sin el otro», es decir, por
unanimidad: así la reina viviría
tranquila con las decisiones que se
tomaran. O sea, que para no darle
problemas y que ella no tuviera que
asumir responsabilidades, el Consejo de
Aragón debía decidir todo —y siempre
— por unanimidad.
Al nombrarla como lugarteniente
general, con atribuciones por encima de
otras instituciones unipersonales (los
lugartenientes particulares o los
virreyes) y colegiadas, el nombramiento
no es temporal, sino indefinido. Cesaría
cuando volviera Carlos V. También las
«Instrucciones» para Aragón contienen
restricciones como las de Castilla. Y,
dicho sea de paso, a los virreyes
también se les daban «Instrucciones»
cuando se les mandaba a su oficio.
Según el derecho aragonés (y la
explicación es de Lalinde Abadía),
cuando el lugarteniente general es
pariente del rey, como ocurre en las
circunstancias de Isabel, la persona
asume menos grado de responsabilidad
por la administración de la justicia (no
es a ella a quien se excomulgaría), al
mismo tiempo que vive más
autónomamente esa administración
porque en sus decisiones colegiadas no
está vinculada «a la mayoría de la
Audiencia».
Me he llevado la sorpresa de que en
las más de las ocasiones y sobre todo en
los trabajos recientes, cuando se habla
de Carlos V y algún territorio de la
Corona de Aragón no se dedica más de
media docena de palabras a Isabel y, en
ocasiones, nada a las «Instrucciones»
que se le dieron para su relación de
gobierno con los territorios del Levante.
Esto es, como si en el cosmos del poder
carolino no hubiera habido vida entre
Isabel y Levante. Ni siquiera de forma
simbólica, por ejemplo, en entradas
reales. O alguna carta a la ciudad de
Barcelona.
Paradójicamente, lo que sí se dice
hoy en día es que, a lo largo del reinado
de Carlos V, las relaciones con Cataluña
fueron deteriorándose cada vez más.
Así, en efecto, según esas hipótesis, los
años iniciales fueron «conflictivos» por
el asunto del juramento de Carlos y de
Juana, como en Castilla, que todo es
España (ese problema no se planteó en
Normandía, por ejemplo). Después, las
aguas fueron calmándose porque se
llevaba una vida tranquila, en cierto
modo. Esta calma llegó al culmen
alrededor de 1528 y tras aquellas Cortes
de Monzón en que hubo una suerte de
estallido patriótico alrededor de la
guerra con Francia, del desafío del
embajador, de la conspiración de la Liga
de Cognac… Se recuerda en ocasiones
que las Cortes de Aragón (con o sin
Cataluña incluida) fueron convocadas en
1518, 1528, 1533, 1537, 1542, 1547 y
1552. Más adelante volveremos sobre el
asunto. Y aunque en 1542 se aprobara la
creación de la Universidad de Zaragoza,
o en 1547 la del cargo de cronista del
reino, o se protestase por vía de greuges
contra la acción de la Inquisición, se
reestructurara la Real Audiencia en
1528 acaso en detrimento del poder
social del justicia mayor (de ahí su
radicalización a finales del XVI
manifestada en las «Alteraciones» de
Antonio Pérez), a pesar de todo, parece
que en tiempos de Carlos V hubo una
tendencia hacia la absolutización,
exagerada en tiempos de su hijo. Esa
absolutización empezaría también en la
Corona de Aragón con un
distanciamiento entre el rey y el reino.
Un modelo de esa fisura estaría, por
ejemplo, en los nombramientos hechos
de virreyes y otros oficiales reales, se
dice. En 1520 se nombró a Juan de
Lanuza, según entiendo de linaje
aragonés. En 1535 se puso a un
castellano (don Beltrán de la Cueva,
duque de Alburquerque), que mantuvo a
raya a los franceses en tan delicados
años…; en 1540 se nombró a otro
aragonés, Pedro Martínez de Luna, y así
sucesivamente hasta llegar a la
hecatombe del «pleito del virrey
extranjero» de finales de siglo. El
distanciamiento se dio también porque
en las mitras aparecieron apellidos tales
como Campegio (Huesca, 1531), Doria
(Huesca también), Gonzaga (Teruel,
1536). Los aragoneses quisieron que
prevaleciera el derecho de designación
de naturales, pero al parecer ni Carlos V
ni Felipe II gestionaron ese derecho con
ahínco ante Roma. Tal vez tenían
negociaciones universales entre manos
relativas a las Indias y no solo a la mitra
oscense. El distanciamiento se dio
también —dicen— porque no se
comprendió la «Manifestación» (el
derecho de los naturales de Aragón a ser
juzgados por su justicia y no otra), «el
superior de los medios legales de este
reino», como le dijeron a Carlos V…
Parece pues que para satisfacción de
muchos, Carlos V empezó tratando a
estos territorios en pie de igualdad con
los demás que configuraban su imperio.
Allí actuaba como rey y no como
emperador. Sin embargo, cierta
historiografía ve que a partir de los años
treinta se va olvidando de la defensa de
Cataluña (tal vez haya sido un error de
apreciación mía, pero quienes no
levantan los muros de Barcelona son sus
autoridades) e incluso Barbarroja toma
más de treinta cautivos en un ataque. No
creo que de ello tenga la culpa Carlos V,
a la sazón algo lejos de las playas que
años más tarde recorrerá el Caballero
de la Blanca Luna. En fin, se argumenta
también que la campaña de Túnez de
1535 no fue de ayuda para las costas
españolas occidentales, sino para las
italianas (¡ay, si eso se lo dijeran a don
Álvaro de Bazán, o a Mondéjar o a los
que prepararon las escuadras desde
Barcelona a Málaga, o a los
mallorquines, que al único rey que han
conocido desde el siglo XVI al XVIII
fue a Carlos V!, o como si el ataque a
Mahón no hubiera dolido por toda la
España que entendía cómo dolió); en
tercer lugar, desde los años cuarenta se
empezó a nombrar obispos no naturales
(como en Jaén, pero el problema no es
de relación con Cataluña, o Aragón, o
Valencia, sino con Roma, que era una
ciudad importante); procesos que
culminarían con el ciclo de guerras de
1542 a 1544, en los que se produce la
radicalización de las formas de hacer
carolinas, frente a la «comprensión de
años anteriores». Así, todo lo que
ocurriría con Felipe II, o en 1640, está
explicado: la culpa del distanciamiento
fue de los reyes.
Claro que si yo usara esos
argumentos tal cual los exponen
(aceptando, que no lo hago, el
distanciamiento de Carlos V con
Cataluña), concluiría: mientras Isabel
vivió, en el Levante hubo cordiales
relaciones con Carlos V. Luego la causa
de esa «comprensión» fue el buen tino
de Isabel. De nuevo Isabel como
pacificadora, como bálsamo de las
relaciones entre el rey y el reino.
En aquel año de 1529 Gattinara
presentó a Carlos V una reorganización
del Consejo de Aragón (estudiada por
Manuel Rivero), de tal manera que
funcionara como un satélite del Consejo
de Estado para mantenerle informado
(ese es el pie de igualdad que concibe
Gattinara) de los asuntos de la Corona.
El 16 de noviembre de 1529, Isabel
vuelve a escribir a Carlos V (Mazarío,
V). En esta ocasión para informarle de
que está aplicando en Aragón las
directrices recibidas, por medio del
Consejo de Aragón, que afectan «a la
buena administración de justicia,
beneficio público y particular de ellos
mismos». Es interesante que, aun
habiendo virreyes en esos reinos, Carlos
V haya delegado en la esposa ciertas
prerrogativas. Ya no es, pues, la
gobernadora de Castilla solo, sino la
administradora de la justicia en toda
España y algunas funciones más.
¿Segundona?
En cualquier caso, ahora ella es la
que muestra la preocupación por las
costas levantinas tras lo de Portuando.
Hay que «aniquilar este corsario para la
total quietud y reposo» de esas tierras,
dice de forma explícita.
Pero los males que se ciernen son
tan graves que Isabel encarna una
revolución constitucional. En efecto, los
gastos que va a generar la guerra contra
Barbarroja van a ser ingentes. Por ello,
«es necesario ayudarse todos muy bien».
Todos, quiere decir todos los
estamentos, todas las jurisdicciones de
Valencia, Cataluña y Mallorca, de los
tres reinos costeros. La ayuda mutua es
más necesaria incluso «estando vuestra
majestad ausente y tan ocupado». Así
que este es el camino:
Que [el virrey] llame luego
parlamento de todo el reino, como
entiendo que lo puede hacer en este caso
sin derogar a las leyes de él, y que
proponiéndoles la necesidad y la
ausencia de vuestra majestad y la
indisposición mía [pues acaba de dar a
luz el 21 de noviembre de 1529 a
Fernando] para no poder celebrarles
[Isabel] este parlamento, les pida que se
ayuden con una imposición universal de
tacha por casas de donde se saque la
cantidad de dinero que se pudiere sacar
para armar y sostener su parte de una
armada […], contribuyendo en ello con
los otros reinos, así de esta Corona de
Castilla, como de aquella [de Aragón]
(AGS, Estado, Castilla, 17/18 - 32).
Es decir, el viejo sueño de que toda
España contribuya en la defensa de
España, por encima de foralidades.
La reflexión de la emperatriz y de
sus consejeros (de Aragón, que llegan al
último detalle) es lúcida. Es la
continuación de la propuesta anterior. A
los virreyes les ha ordenado «que se
vayan luego [a sus destinos] porque
entiendo que el de Cerdeña está aún en
Valencia y el de Mallorcas en su casa».
Tienen que hacer acopio de dinero. Igual
se hará en Cataluña «sin derogación de
las leyes de la tierra». Es decir, que los
más afectados contribuyan en su
autodefensa, «que entre todos ellos
armen y sostengan el número de galeras
y otros navíos que pudieren para que,
juntamente con la armada que por aquí
[Castilla] se hiciere con la ayuda de
Nuestro Señor, se haga esta empresa de
quebrantar las fuerzas a este corsario».
El reino de Aragón se mantiene más
distante de todo ello. No se sabe si
podrá sacarse dinero para ese esfuerzo
defensivo, entre otras cosas, por la
lejanía del problema.
Lo curioso son las respuestas
recibidas a esta propuesta de defensa:
«Los del reino de Valencia han ofrecido
dos galeras armadas». El virrey de
Cataluña «responde con muchas
imposibilidades de la tierra y dificultad
en la manera de negociar por respecto
de las leyes de ella». Finalmente, «de
Cerdeña, ni de Mallorca no tenemos aún
respuesta» (Mazarío VII, Madrid, 22 de
diciembre de 1529). La respuesta de
Cataluña no era solo un revés a la
emperatriz, sino al virrey (el obispo de
Sigüenza) e incluso a Carlos V, quien le
había dado instrucciones a su álter ego
de que (CDdeCV, LII) «en las cosas que
la emperatriz os ha enviado a mandar,
hagáis lo que pudiéredes, entendiendo
en ellas con la voluntad y celo que sé
que tenéis a lo que cumple a nuestro
servicio y me aviséis de lo que en todo
se hiciere y conviniere que yo sepa», o
sea, que se haga lo que mande Isabel
hasta donde se pueda y que se informe a
Carlos V. De ninguna manera él
contradice las órdenes de ella ni las
pone en inferioridad.
Así se cerraba este 1529: con la
sorprendente renuncia del Levante a su
defensa (que la pagaran otros), con una
profundización en la negociación de los
asuntos de Castilla y Aragón, y
reuniéndose los Consejos de Hacienda,
Real o de Estado para ver de dónde se
podría sacar más dinero intentando no
tener que convocar a las Cortes, que
para aprobar servicios extraordinarios
eran muy protestonas. De hecho, se
habla de introducir una sisa universal,
sin exentos. Se advierte de los
problemas que ello puede acarrear,
sobre todo entre los hidalgos que se
negarían a contribuir, tal y como ocurrió.
Estos son los tiempos de los orígenes
del arbitrismo fiscal.
En cualquier caso, Barbarroja,
Doria, Orán, Argel, las galeras, estarán
presentes en todas las cartas de Isabel.
La reina ha entendido y asumido como
propia una de las angustias de sus
vasallos.
Antes vimos que la reina (¿la reina?)
pedía aclaraciones sobre sus funciones
con respecto a los territorios de la
Corona de Aragón. La pregunta no era
baladí. Allí había virrey y fueros o leyes
regnícolas. Isabel —desde el primer
momento— quedó como administradora
del patronato regio eclesiástico. Esto no
era cualquier cosa, porque el
nombramiento de obispos servía para
acercar más a su causa, por vía del
agradecimiento, a los agraciados,
quienes, a su vez, es de esperar que no
pusieran trabas para ayudar a la política
real. Así (Mazarío, VII, Madrid, 22 de
diciembre de 1529): «Ya escribí a
vuestra majestad por otra lo que pasaba
en lo del obispado de Huesca y lo que
yo había proveído».
ALGUNOS DATOS SOBRE EL
MEDITERRÁNEO EN LA
CORRESPONDENCIA IMPERIAL
(EN 1529)
¿De qué otras cosas se hablan los
esposos por carta durante esta ausencia
de Carlos V? Los temas que tocan son
muy numerosos. El 12 de octubre de
1529 Isabel está en Madrid. Carlos V en
Piacenza. La reina (Mazarío, IV)
muestra su alegría por las cartas
recibidas de la llegada a Génova, o por
su buena salud, pero sobre todo le
reitera su contentamiento porque el
emperador haya aceptado las
condiciones de Cambrai «por las causas
que en mi carta dije», o sea, que tenía
opinión formada de asuntos
internacionales.
Pero, por vez primera, aparecen los
escritos en cifra. Las cartas entre ambos
no son banales. Efectivamente, entre
ellos se han cruzado notas sobre cómo
mantener alertas, aun a pesar de la paz,
las fronteras del Pirineo; o entre ellos se
han escrito sobre qué hacer o cómo
tratar a los hijos del rey Francisco, aún
presos en Pedraza, pero a punto de su
liberación tan pronto como se pague el
rescate. Y entonces aparece, entre tanto
asunto de estado, la Isabel más humana.
Carlos V ha ordenado que se dé a los
príncipes de Francia 2000 ducados para
vestirlos como se merecen, en tal
situación cual es su liberación: «Y hame
parecido muy bien el respeto que
vuestra majestad ha tenido en mandarlo
proveer así».
E Isabel sufre con sus vasallos el
terror de la piratería: a raíz de razonar
la gran cantidad de dinero que da al
capitán Portuando, concluye que «estos
infieles han andado muy sueltos y
desvergonzados en las costas de estos
reinos». Este Portuando (CDdeCV,
Madrid, 16 de noviembre de 1529) es el
que mandaba las ocho galeras reales que
fueron a Génova y volvieron. Luego, fue
a las Baleares a defenderlas de un
ataque berberisco, saldándose la misión
con un sufrido fracaso. Pretendía liberar
en Formentera a muchos valencianos que
llevaba presos Barbarroja hacia Argel,
según le narra la esposa al emperador.
Al final, no solo no los rescataron, sino
que se perdieron todas las galeras
menos una de las que entraron en
combate. «Ya puede vuestra alteza
juzgar la pena y congoja en que debo
quedar» no solo por la pérdida de las
naves y sus gentes, ahora cautivos de
Barbarroja, sino por el mal que pueden
sufrir las costas peninsulares y
africanas. La situación es crítica para
algunas plazas, como Bujía. Han llegado
noticias de que sus defensores están a
punto de abandonar la ciudad porque
esperan que Barbarroja caiga sobre
ellos. Pero para evitar la desgracia,
Isabel ha ordenado al corregidor de
Murcia, Lorca y Cartagena, que reclute
hasta ciento cincuenta soldados y que,
con 2000 ducados que se le mandan,
acuda al socorro de la fortaleza
africana. «Orán tiene el mismo peligro»,
advierte Isabel. Por ello ha cursado
órdenes al marqués de Comares para
que pase allí a defender la ciudad. Él ha
respondido «que le place», pero que le
den trescientas lanzas y así no estar solo
a la defensiva, sino poder hacer
incursiones contra el enemigo. ¡Qué
moral tenían aquellos soldados! Isabel
ha aceptado todo. Pero ella está mejor
informada que el marqués y se sospecha
que en cuanto se entere de que se han
perdido las galeras de Portuando, a lo
mejor se echa atrás, aunque asevera con
la claridad que le permite tener el
conocimiento de sus vasallos, «según
quien el marqués es, no se debe creer de
él» que se vaya a arrepentir. Pero se
arrepintió: en julio de 1530 pedía su
relevo (Mazarío, XVI, Madrid, 9 de
julio de 1530).
La desdicha de Portuando fue, pues,
terrible. Isabel informó al mismísimo
marqués de Mondéjar, capitán general
del reino de Granada, para que lo
supiese y estuviese aparejado para lo
que pudiera venir. Y lo mismo hizo con
todos los puertos de Andalucía.
Y la reina, lacónica pero a la vez
realista, escribe a Carlos V: «Todo esto
es poco remedio para la necesidad que
se espera», porque Barbarroja posee,
según ella sabe, once galeras y treinta
fustas. Unidas estas naves a las de sus
amigos y aliados, podría duplicar el
número. Isabel propone abiertamente
reunir una gran armada para salir a
buscarle y darle combate en el
Mediterráneo. Por mucho que eso
costara, sería más barato que no hacerle
la guerra y tener que fortificar las costas
españolas y las de África. Tal es la
angustia que empieza a sentirse por
España que el arzobispo de Toledo ha
ofrecido a la reina seis galeras y su
propia persona.
La ansiedad de Isabel por defender
las costas españolas del Mediterráneo
es la necesidad de mantener defendido
todo el Mediterráneo, sin exclusiones.
Isabel es la personificación de los
sentimientos de Castilla y de lo que va
conociendo de la Corona de Aragón.
Además, se los comunica al emperador.
Era también la transmisora de los
escritos del Consejo Real. Pero, a fin de
cuentas, ella firmaba todos los
despachos: ella sabía qué estaba
ocurriendo. ¿Segundona?
UNA VOZ DISONANTE: UN BUEN
LÍO DE FALDAS, BIGAMIA Y
DESTIERROS EN PALACIO (DE LA
PRIMAVERA DE 1528 AL VERANO
DE 1530)
Una de las vías empleadas por Carlos V
para la reducción a su obediencia de la
nobleza fue la de concertar matrimonios
que convinieran a la Corona. Así
mantenían bajo buen control a los
aristócratas. De tal habilidad participó
también la emperatriz, que se inmiscuyó
en no pocas bodas de las gentes
cortesanas. Claro que a los títulos les
venía bien acatar las sabias
instrucciones de los emperadores, que
ya no eran unos Juanes o Enriques de
Castilla, sino que eran eso: los
emperadores.
Cuando el 11 de septiembre de 1529
(CDdeCV, XLIII) el arzobispo de
Toledo, Alonso de Fonseca, escribe
sobre las cosas del gobierno de Castilla
a Carlos V, se detiene más de lo que un
lector del siglo XXI puede entender
sobre un pleito o «negocio de doña
Luisa». Este asunto se ha repetido en
todas las crónicas familiares, locales y
demás.
Según el arzobispo de Toledo, «los
términos en que ahora estaba son»: que
los jueces dictaron auto para que se
presentasen personalmente todos los
testigos de la causa, decisión harto
llamativa en aquellos tiempos en un
juicio entre nobles, por lo que apeló la
parte de una tal doña Aldonza de Urrea,
contraria a doña Luisa. Doña Aldonza es
la hija del conde de Aranda. Ante la
apelación, el tribunal no supo bien qué
hacer y esperó instrucciones de Carlos
V. ¿Qué encerraba este pleito de doña
Luisa?
Doña Luisa, esa perfecta
desconocida, rondaba las inmediaciones
del servicio de palacio. Supongámosla
joven y atractiva. Pero sobre todo,
incauta.
A su alrededor se había montado un
espectáculo muy tenso. Las primeras
noticias que hay sobre ella están en una
carta de la emperatriz a Carlos V, ¡de
junio de 1528! Después otra del
cardenal de Toledo a Carlos V, quince
meses más tarde y así sucesivamente.
En principio, la intención de un tal
don Manrique era la de desposarse con
doña Luisa. Así dicho, nada irregular.
Pero…
Resulta que este don Manrique
estaba desposado con doña Aldonza,
por lo que ella le denunció por bígamo.
El hecho es que cuando se iniciaron
los viajes reales de 1529, el propio
Carlos V y la reina Isabel habían
mandado que a doña Luisa la metieran
en un convento, en concreto en el de
Santo Domingo el Real de Toledo.
Según la opinión del arzobispo, era lo
correcto apartar a doña Luisa de la casa
real. En el monasterio estaría «para que
allí la tuviesen en depósito y guarda».
Sin embargo, «no habiendo casi su
majestad salido de los arrabales de
Toledo» (adviértase la insidia en las
forma de la aseveración), acudieron al
monasterio la duquesa de Nájera y el
arzobispo de Sevilla —ambos del
prolijo linaje de los Manrique— y
velaron a la tal doña Luisa con don
Manrique y «la llevaron luego a su casa
y se la entregaron como a marido».
El escándalo estaba servido: una
mujer entregada a la custodia de un
monasterio de clausura era sacada,
velada por un obispo y casada con un
noble. Había que saber qué estaba
pasando.
Figúrate, lector, a la priora que la
van a ver el gran Manrique de Sevilla y
la duquesa de Nájera para sacar a la
doña Luisa de marras. Imagínate a la
pobre priora, cuya filiación aún no
conozco, no sabiendo qué hacer, pues ha
recibido un mandato por boca del
obispo de Oporto y de doña María
Manuel, en nombre de la emperatriz.
Piensa en ella, aceptando la
exclaustración de la Luisa… Tan pronto
como los viera marcharse se encerraría
en su celda, bajo siete cerrojos, a leer
cualquier cosa que la calmara y a
flagelarse.
El jaleo, claro, no pudo quedar en
secreto. En Toledo se había quedado el
presidente de Castilla, el cardenal
Tavera, porque estaba enfermo. Alguien
le avisó de lo que estaba ocurriendo y
debió montar en cólera, pero con
templanza. Mandó que de inmediato se
informara de todo a la reina, que,
camino de Madrid, estaba en Olías.
Cuando esta historia llegó a sus oídos,
Isabel «sintió el negocio como yo no lo
he visto sentir cosa jamás», dice el
arzobispo Fonseca. Debió sentirlo
mucho, que Isabel ya había demostrado
su templanza. Se estaba armando una
buena. ¿A quién se le había ocurrido
tanto desafuero? A un novelista no: a la
realidad mismita.
Así que Isabel paralizó su viaje y
llamó a su presencia al obispo de
Oporto y a doña María Manuel, que eran
los que habían hecho entrega de doña
Luisa a la priora del convento. La reina
quería saber qué le habían ordenado
hacer. Se les pidió juramento, que lo
prestaron. ¡Menudo asunto! Ellos
dijeron lo que fuera y sus declaraciones
se remitieron al Consejo Real para que
dictara las órdenes convenientes. La
reina exigió que de todo cuanto se
decidiera le fueran informando. Llegó a
Illescas.
El Consejo Real mandó al alcalde
de casa y corte Briviesca (otra vez un
alcalde de casa y corte, como en el
asunto de Ronquillo, de Simancas), que
prendió a don Manrique y a doña Luisa.
A él lo encerraron en el alcázar de
Toledo. A ella la mandaron al
monasterio de San Justo de la Penitencia
de Toledo. Al mismo tiempo que todo
esto ocurría, se personaron ante Isabel
un par de consejeros y el presidente (ni
más ni menos), para informarle de cómo
iban las cosas y si la reina mandaba algo
más. Y se mandó: que la duquesa de
Nájera fuera expulsada de la corte.
A su vez, la reina hizo llamar a su
presencia al provincial de los dominicos
para ordenarle que se debía castigar a la
priora y al convento por haber violado
la confianza en ellos depositada. El
provincial, sabio, que para eso tenía
tanto oficio, se excusó en ir ante la reina
porque estaba enfermo (en realidad, ¿él
iba a ir ante la reina?) y en último
término por no desairar a su majestad
mandó a dos priores. Decidieron penar a
la priora: le quitaron el puesto y la
mandaron a otro monasterio de monja
rasa, de «moradora».
Para el de Toledo, «lo peor de ello
[de todo el embrollo] a mí me parece»
es que quisieron hacer creer a las gentes
que la exclaustración y lo demás se
había hecho con el permiso de la reina.
Les afeaba tal manera de proceder. Al
parecer —según le había comentado el
duque de Nájera al toledano—, la noche
antes del enclaustramiento habían
acudido a la reina pidiéndole que no
pusieran penas contra doña Luisa y que
la reina había dicho que se hiciera lo
que mandara el rey, el cual a su vez
había dicho que se hiciera justicia, con
lo que cada cual interpretó o forzó la
interpretación de la voluntad real a su
gusto. También esgrimían que el
presidente les había tratado con
condescendencia antes de toda la juerga.
Ahora el presidente decía que lo que
ellos afirmaban no tenía nada que ver
con la realidad, y su versión y sus
palabras «son harto diferentes en sí
mismas de las que ellos dicen y mucho
más en el propósito a qué las dijo y en
el sentido de ellas» (¡qué gracioso; es
como cuando a un político lo cogen en
un renuncio y dice que le han cambiado
el «contexto de las declaraciones»!).
En fin, que el arzobispo de Toledo
esperaba una resolución del rey «de
donde ha de quedar ejemplo para lo que
adelante sucediere». Mientras tanto,
garantizaba que la emperatriz no dejará
de proveer lo que decida el Consejo
Real.
Esto es casi todo lo que pasó.
Pero hay otras identidades que
mueven otros hilos. Por ejemplo: doña
Luisa de Acuña era hija del conde de
Valencia de don Juan. Bien podría ser
que tan celestinesco ruido lo hubiera
montado, aplaudido o animado la
condesa de Valencia de don Juan. De
hecho, escribe la emperatriz a Carlos V
desde Madrid el 6 de junio de 1528
(Mazario, I) que «en lo de mandar a la
condesa de Valencia que se vaya a su
casa ha parecido que sería esto
inconveniente, por el mucho peligro que
habría de poner el conde su marido, las
manos en ella y porque a causa de esta
negociación le tiene enemistad grande».
Para protegerla de las iras del padre,
que debían ser sonadas de tiempo atrás,
es por lo que habían decidido los reyes
protegerla metiéndola en el monasterio.
Para animar más el ambiente, se ha
dejado caer en la corte don Jorge, hijo
del conde de Valencia, el cual «diz que
no se ha hallado en nada de estos
negocios». La pobre doña Luisa, como
personaje de la intriga, no parece
sobrepasar el umbral de estar
enamorada de don Manrique de Lara,
hijo del duque de Nájera y familiar del
arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique
de Lara, hermano de Jorge Manrique.
Este Alonso Manrique fue el famoso
«obispo de Badajoz», que tanto hizo por
Felipe el Hermoso y por la aceptación
del rey Carlos I, el gran erasmista
protector de ellos, aun siendo él mismo
inquisidor general. Fue uno de los
hombres más poderosos de España, que
cayó en desgracia por este descabellado
asunto de 1529 en el que asumió una
fuerte participación e inexplicable…
apoyo a su sobrina, aya del príncipe
heredero.
En la corte todos esperaban a ver en
qué deparaba este asunto. Desde Italia
llegan no uno, sino dos correos en los
que Carlos V no se pronuncia sobre esta
cuestión, por lo que escribe Isabel al
esposo (Mazarío, X, Madrid, 25 de
febrero de 1530) que como el duque de
Nájera esperaba oír algo, ante tan
prolongado silencio «quéjase mucho».
Todos desesperan. Entonces, Isabel
implora a Carlos V: que el papa se
pronuncie ya, porque «doña Luisa
padece ya en su conciencia y honra».
Carlos V finalmente dictó su
sentencia (CDdeCV, s. l, s. f., LIII; de
nuevo CDdeCV, LXVI, Mantua, 4 de
abril de 1530). «En lo del negocio de
don Manrique y doña Luisa», teniendo
en el recuerdo los servicios del duque
de Nájera y de don Juan Manuel, se les
levantaba la pena de cárcel. En segundo
lugar, se había solicitado del papa —
siguiendo la idea de Isabel— que
dictaminara sobre el estado en que se
hallaban don Manrique y doña Aldonza
«conforme a justicia». En tercer lugar,
que don Manrique y doña Luisa
estuvieran apartados hasta que se
determinara lo anterior y que se
levantara la expulsión de la corte de la
duquesa de Nájera. En fin, que se
escuchaba el recurso de Aldonza, que el
papa diría si estaban desposados, que
los pretendientes enamorados no se
pudieran juntar y que todos los demás,
por los servicios prestados antes al
emperador, quedaban libres de sus
penas.
Siguió pasando el tiempo. Aún el 7
de junio de 1530 (Mazarío, XIV) Roma
no había contestado. No se sabía, pues,
si había bigamia o no. Todos andaban
revueltos esperando la decisión última.
La reina había mostrado al Consejo Real
la carta de Carlos V por la que mandaba
que se pusiera en libertad a los
enamorados, como se decretó. Pero el
Consejo no se veía con jurisdicción
como para prohibirles que se juntaren si
querían. Don Juan Manuel estaba en
contra de que se entregara a doña Luisa
a don Manrique. La razón era que,
aunque Roma dijese lo que quisiera
(como le habían informado que iba a
haber sentencia de nulidad de los
esponsales con doña Aldonza), su nieta
doña Luisa «quedaría con mal nombre
en poder de don Manrique», agravado
ello porque fue entregada al tal
Manrique contra la voluntad del propio
padre, así que ahora la muchacha «ya no
tiene padre ni quien haga por ella»
(¡menudo papelón hacerse cargo de una
hija que por su querer ha vivido este
asunto!). A la doña Luisa ya no le
quedaba nadie; miento: «Vuestra
majestad y yo somos obligados —dice
Isabel a Carlos al transmitir las palabras
de don Juan Manuel— a mirar su bien y
hacer lo que su propio padre haría en tal
caso». Las quejas de don Juan Manuel,
el abuelo de doña Luisa, van a más:
porque aparte de lo anterior, resulta que
don Manrique no ha dado ninguna
seguridad de arras ni capitulaciones
sobre la sucesión de su casa. La reina
pasó el asunto al Consejo, que estuvo de
acuerdo en que se deberían asegurar
unas capitulaciones matrimoniales. Pero
por si acaso no había bastantes chispas
en el polvorín, el duque de Nájera pidió
por dos veces a la reina la resolución
del asunto, la segunda de las cuales algo
subida de tono. Isabel le prometió plazo
de un par de días para decirle algo, y él
abandonó palacio «publicando
descontentamiento y hasta ahora no ha
vuelto». Y no solo no había vuelto, sino
que «pedía ciertas condiciones para
volver». Y he aquí el carácter de
gobernante de Isabel, que ante los
improperios y la falta de respeto del
duque, «lo que tengo acordado hacer» es
que si vuelve, mandarlo a que hable con
los del Consejo, y si no vuelve, que las
cosas sigan su curso. A don Manrique se
le dará libertad si el duque la acepta
(recuerda, lector, que con acuerdos entre
pleiteantes era la forma más rápida de
hacer justicia) y se levantará la
prohibición de entrar en la corte a la
duquesa.
En julio de 1530 parecía que todo se
iba a solucionar al gusto de don
Manrique, de doña Luisa, del duque y de
don Juan Manuel. La mediación de la
decisión del Consejo Real fue definitiva
(Mazarío, XVI, Madrid, 9 de julio de
1530).
Habida cuenta de la proliferación de
Manriques al servicio de Isabel y de
Carlos, el problema de interacción
social suscitado por este asunto se
convirtió en una manzana podrida dentro
de un canasto. ¿Veremos más tensiones
entre Manriques y Fonsecas, o más
intento de aproximación entre Manriques
y la emperatriz Isabel?
SE EMPIEZAN A LEVANTAR
RESTRICCIONES A LA
GOBERNADORA (ENERO DE
1530): «YO ESTOY CONFIADO»
La acuciante situación de la Real
Hacienda y los gastos que se estima que
va a provocar la guerra contra el turco
(por lo menos) han abierto el camino a
novedades constitucionales, como
hemos visto, aunque fallidas. Pero
fuerzan la situación de tener que retocar
aquellas «Restricciones» dadas por
Carlos V a Isabel para el gobierno
durante su ausencia.
Si no hay solidaridad entre todos,
habrá que prohibirle menos a Isabel…,
lo cual tiene como consecuencia el
incremento de la autoridad real.
Efectivamente, habida cuenta de los
gastos ocasionados por el viaje a la
coronación imperial, la recuperación de
los territorios invadidos en Nápoles, las
ayudas prestadas a Fernando de Alcalá
en la defensa de Hungría y el cerco de
Viena, las fortificaciones de África,
Granada, Valencia, Cataluña y Mallorca,
por todo ello, digo, desde Bolonia y a
16 de enero de 1530 (CDdeCV, LVIII),
el emperador autoriza a la reina para
que se independice financieramente,
toda vez que le permite tomar préstamos
de todo tipo. Esto es, le da un poder —
como dice el documento— «para
concluir y asentar los asientos de la
tercia y cuarta y otras cualesquiera
cosas, así juros como otras cualesquier
cosa de la Corona real». La base de ello
estaba en que Clemente VII había dado
autorización por tres años para que la
recaudación en Castilla, Aragón,
Valencia y Cataluña de la —así llamada
— «bula de la cruzada» pasara al rey,
porque aunque era una renta
eclesiástica, como Carlos V gastaba
tanto en defensa de la religión, se le
compensaba con el cobro de ciertos
tributos que originariamente deberían ir
a Roma. Así las cosas, por tres años se
autorizaba a Carlos V a quedarse con el
producto de lo que recaudaran los
buleros; también se le concedía a Carlos
V la cuarta parte de las rentas
eclesiásticas por dos años. Además, se
abría una temporada de ventas de juros,
esto es, de emisiones de deuda pública.
Así que a Isabel (y a los Consejos
Real, de Hacienda y Cruzada por lo
menos) le llegaba la autorización para
gestionar esos ingresos sin consulta al
emperador. Las ventas de juros solo
afectaban a lo que respaldaba la riqueza
de Castilla.
Con este solemne poder se evitaban
las dilaciones en el tomar préstamos a
nombre de anticipos, por lo que se
buscaba agilizar la gestión y
recaudación del dinero.
Para que Isabel no se sintiera
desamparada, Carlos V adjuntaba un
«Memorial» del estado de la Hacienda,
muy breve y conciso, unas notas en una
cara de un folio, en el que le explicaba a
quiénes tenían que ir 400.000 ducados
que se acopiarían por cruzada y cuarta
(CDdeCV, LX, Bolonia, 16 de enero de
1530), que son donaciones recaudadas
por el sistema de bulas y que la Iglesia
entregaba a Carlos V, tras arduas
deliberaciones en Roma, en
compensación por sus gastos militares.
El 23 de enero de 1530 Carlos V
aprobaba las negociaciones que se
habían hecho (CDdeCV, LXIII)
referentes a cruzada y cuarta. Mientras,
seguían mandándose correos por
Europa. Entre otras cosas, porque los
que protestaban eran algunas sedes
episcopales en Castilla, y Carlos V
desplegaba sus misiones diplomáticas
logrando del papa un «breve muy recio»
—muy duro, implacable— contra esas
sedes «para que sin embargo de ellas y
de otra cualquier cosa, se ejecute».
Ahora bien, Carlos V (apoyado por el
papa frente a la Iglesia nacional) era
prudente: «Será bien que este breve esté
secreto hasta que sea menester usar de
él» (CDdeCV, LXV; Bolonia, 8 de marzo
de 1530).
Isabel seguía informando de las
reticencias de las iglesias territoriales a
contribuir. Era una negociación ardua:
«Se les dio a entender el hierro que
hacían»; «Con esto y con otras maneras
de negociación que se procuraron, ellos
volvieron a hablar en la materia»…, y
finalmente se consiguió (Mazario, XIII,
Madrid, 14 de abril de 1530).
En cualquier caso, en los legajos de
Simancas que custodian los documentos
de Castilla van salpicándose cada vez
con más frecuencia los «asientos que se
han tomado con» Juan de Vozmediano y
Enciso, por ejemplo, o las letras de
cambio firmadas por la emperatriz o por
Carlos V, por las que se manda pagar,
entre otros, el 1 de marzo de 1533
(desde Módena) a los Grimaldo en las
ferias de «pagamentos» de Medina de
Rioseco y del Campo 100.000 ducados
de oro. Pero esto son cosas de don
Ramón Carande.
Aquel levantamiento de las
restricciones no era a ciegas. Carlos V
confiaba en su esposa, pero los usos
cortesanos obligaban a introducir
fórmulas discretas que no hirieran
sensibilidades. El cardenal Fonseca,
arzobispo de Toledo, escribía a Carlos
V alabando las buenas aptitudes de la
reina (aunque con ciertas precauciones,
como ya hemos visto). El esposo le
agradecía las noticias (CDdeCV, LIX;
con certeza de 1530): «Huelgo mucho de
saber de vos la buena manera que la
emperatriz tiene en los negocios y en lo
demás», a la par que le regalaba los
oídos: «Estando vos cerca de ella y
otros buenos servidores suyos, yo estoy
confiado que en todo se acertará y hará
lo que conviene». Aún más, en relación
en concreto con los asuntos fiscales le
imploraba que «no dejéis el cuidado de
mirar y entender lo que se hace», y que
aunque estuviera muy ocupado en otras
cosas, «no os excuséis de esto por
ninguna manera», por ser pieza
imprescindible, sin quien todo se
vendría abajo.
En conclusión: confianza en Isabel,
pero apoyada en el conveniente
asesoramiento en materias de gestión
hacendística y política en general.
En los despachos que se cruzan en la
primavera de 1530 (CDdeCV, LXVII y
ss.) se deja traslucir esa confianza. No
son escritos de solo órdenes, sino que
van más allá. Se trata del aplauso
implícito sobre tal o cual asunto, de lo
que se ha decidido hacer en África, de
nombramientos, de envíos de remesas de
dinero, de cómo se está llevando a
efecto la liberación de los hijos de
Francisco I, o alguna confidencia: «Me
ha desplacido que los eclesiásticos no
quieran venir en concordia justa y
honesta…».
PROBLEMAS Y ALEGRÍAS: LOS
ASUNTOS QUE LE QUEDARON A
ISABEL EN SU SEGUNDA
GOBERNACIÓN (DESDE MARZO
DE 1529 A ABRIL DE 1533)
La gobernación de 1529 - 1533 se
desarrolló con estancias de la corte en
Madrid, Ocaña, Ávila, Medina del
Campo, Tordesillas, Segovia y Madrid.
La reina es, qué duda cabe, correa
de transmisión entre el Consejo Real
(fundamentalmente) y el rey: «Este es,
majestad cesarea, el parecer de los del
dicho Real Consejo». Pero ella firma las
cartas (unas sesenta durante la segunda
gobernación), es decir, que se hace
responsable de los contenidos. Por otro
lado, el uso reiterado de la primera
persona del singular emitiendo su
opinión personal, o contradiciendo
alguna del emperador, nos sitúa, en
último término, no ante una marioneta de
la política de los hombres, de los
varones, sino de la copartícipe, cuando
no la inductora, de muchas decisiones.
Tal vez a ella no se le hubiera ocurrido
tal o cual cuestión de no haberse
discutido —en su presencia— en una
reunión del Consejo, pero una vez oídas
las propuestas o los debates tendentes a
su resolución, o a la consulta al rey, ella
hace como causa propia lo que se
escribe una y otra vez a Carlos V:
«Siendo informada de personas que
saben lo de aquellas partes […], ha
parecido que se debe sostener […], acá
opiniones hay…» (carta XXXV).
Títere, de ninguna manera. Ajena a
la gestión política, tampoco. Ejecutora a
pies juntillas de todas las órdenes de
Carlos V, no. Solo portadora de las
opiniones del Consejo, no. Madre y
esposa angustiada, sí. Virreina, en cierto
modo sí. Corresponsable y, en su caso,
única responsable de múltiples
decisiones, también. Reina con propias
opiniones, sí.
Mujer y reina capaz de diferenciar
lo público de lo privado: he ahí su
grandeza…
Normalmente cada carta contiene
varios asuntos. Algunas veces se trata de
larguísimos informes (el primero de 6
de junio de 1530) que sintetizan no ya
solo la opinión de Isabel, sino de sus
consejeros, aunque todas las misivas las
firme la reina: pero parece extraño que
pueda haber aprendido en unos años
tanto de economía (cuyos rudimentos
solo un insensato podría pensar que se
aprenden en dos días), política
internacional, relaciones entre príncipes,
logística militar y naval, y aptitudes de
sus súbditos. Habitualmente la opinión
personal de la reina va cifrada, lo cual
ahonda más en el sentido secreto de, al
menos, una parte de cada epístola.
La joven, otrora niña, llevaba toda
su vida y, sobre todo desde que tenía uso
de razón, escuchando cosas de esas que
no se aprenden solo en los libros o
deprisa y corriendo. Porque hay gestos,
discursos corporales, modulaciones de
voz, razonamientos, experiencias y
recuerdos de tiempos pasados,
capacidades de comprensión de la
psicología del interlocutor que se
adquieren. Y aunque me falte el tratado
psíquico manuscrito y hológrafo de
Isabel, hay un algo que me hace
imaginarla, en su infancia, como una
esponja que fue empapada por todo eso.
Como tantas mujeres palaciegas. Lo que
pasa es que esta fue emperatriz. Otras
casarían con aristócratas y sabrían
gobernar recta y sabiamente sus familias
y patrimonios materiales e inmateriales.
La primera carta que mandó Isabel a
Carlos V —de entre las publicadas por
Mazarío— fue desde Madrid, el 6 de
junio de 1528 (anterior a la gobernación
de Italia; Mazarío, I) y la última desde
Igualada el 22 de marzo de 1533
(Mazarío, LIX). La primera carta siendo
gobernadora por el viaje a Italia es de
12 de octubre de 1529 (Mazarío, IV).
Por ese entonces, Carlos V estaba en
Piacenza.
El movimiento de personas entre la
corte imperial y la real era muy ágil,
porque por querer servir al emperador,
o por relevos familiares, o por otros
motivos, iban y venían cortesanos. En
cada viaje iban en las faldriqueras del
caballero cartas del emperador a la
reina, o viceversa. No sabemos con
certeza aún cantidades, tiempos o
misiones por las que unos iban y otros
volvían, pero todo responde a la lógica.
En cualquier caso, don Antonio de
Mendoza fue mandado a Bolonia por la
emperatriz, según se conservan las
cartas que llevó de ella. De ello da
noticia también Salinas, que informaba a
Fernando de Austria, desde Bolonia y el
12 de febrero de 1530, «a cuatro horas
de la noche», de que acababa de llegar
don Antonio de Mendoza a visitar a
Carlos V «de partes de la emperatriz»,
con noticias de que todos en la familia
real estaban bien.
Luego, don Antonio de Mendoza y
don Antonio de Fonseca volvieron a
España en mayo de ese 1530. Con ellos
venían cartas del emperador. Fonseca
salió de Innsbruck el 7 de mayo de
1530, y escribió días más tarde Carlos
V: «La escribí [a vos, a la emperatriz] e
hice saber de mi llegada en esta ciudad
y lo que más entonces había de decir».
Era natural que hubiera correos
ordinarios y extraordinarios. No pocas
veces alrededor de Carlos V se reunían
todos los participantes de aquel mundo
del Renacimiento. Que si en una
coronación imperial, que si en alguna
campaña militar épica, que si en otro
acontecimiento similar. A continuación,
volvían a sus casas. Si era hacia
Castilla, llevarían cartas del emperador.
Así ocurre, por ejemplo, con el propio
Martín de Salinas y con muchos más.
Pero a veces quien salía de España,
como don Enrique de Rojas, del que «he
sabido que iba con alguna
indisposición», acaso no llegara a
destino a tiempo. Ante la incertidumbre,
se duplicaban las cartas y se volvían a
mandar. Por «don Enrique de Rojas, y
después por el conde de Aguilar» he
sabido de «la salud de vuestra majestad
y lo que me escribe del estado en que
allá están las cosas». Ese Enrique de
Rojas es el que llevó a Carlos V la
noticia de la muerte de su hijo, el infante
Fernando.
También iban cartas con otros
correos ordinarios. Esto provocaba que
los correos se cruzaran, ¡a saber en
dónde!, y que se respondiera a cartas
primeras, cuya continuación era un
desmentido de algo contenido en
aquella, con lo que la que iba con
respuesta ya no tenía valor, sin saberlo
el remitente… ¡Un embrollo por culpa
de las distancias y los tiempos!
A veces la solución a todo ello
estaba en no responder.
Desde finales de diciembre de 1529
hasta finales de enero de 1530, Mazarío
solo publicó una carta de Isabel a
Carlos. Escribe más él a ella por
materias de hacienda, aun a pesar de la
algarabía por la coronación imperial.
Pero ella vive intranquila. Por ello, a
finales de enero «yo envío a don
Antonio de Mendoza a visitar a vuestra
majestad y a que me traiga nuevas de su
salud y de las cosas de allá».
Pero también le quiere informar de
sus asuntos de ella, de la salud, de cómo
están «los ilustrísimos príncipes e
infantas, nuestros hijos». Pero sobre
todo, lo que Isabel quiere es saber sobre
la salud de Carlos V (Mazarío IX,
Madrid, 25 de enero de 1530). Justo un
mes más tarde (Mazarío, X, Madrid, 25
de febrero de 1530) llega un correo que
trae buenas noticias de la salud de
Carlos V. Eso, así como las paces con
venecianos y milaneses, le causa
alegría: «He holgado cuanto es razón».
La carta sigue con síntesis de los
asientos tomados con genoveses, de la
liberación de los hijos del rey de
Francia…
Sigamos viendo la relación
cotidiana entre ellos. Cuando Isabel
había dado por concluida la carta
anterior llegó un correo con la nota de
Carlos V informando de cómo había ido
la coronación (y luego por extenso
desde Bolonia, 7 de marzo de 1530). La
emperatriz hubo de añadir un post
scriptum dándole cuenta de la alegría
por la buena salud, la coronación y la
salida de Italia.
Mas si Carlos V suele aprobar todas
las acciones de Isabel,
sorprendentemente ella no hace lo
mismo con Carlos V. ¡Vaya con la
subsidiaria y la segundona! Por ejemplo,
en ese añadido discrepa de que haya que
dar a Andrea Doria cuarenta galeras
para navegar y defender el
Mediterráneo. En todo caso, semejante
escuadra (recordemos que la de
Portuano era de ocho) sería para atacar
Argel, idea que cada vez aparece con
más claridad y más explícita en las
cartas de Isabel, pero no para patrullar.
En segundo lugar, muestra su
disconformidad con que Leonor —pobre
Leonor— vaya a Francia, porque todos
están convencidos de que Francisco I,
tan pronto como se reúna con sus hijos,
no querrá saber nada de ella y volverá a
violar el Tratado de Madrid-Cambrai.
Por tan delicada situación Isabel recurre
a la claridad: «Vuestra majestad me
mande luego responder a otras
cosas…», exige a Carlos V. Y es que
este asunto se le iba de las manos, «pues
estos negocios tanto importan, vuestra
majestad sabe la pena y congoja que me
ha de dar»; que yo «tenga respuesta muy
clara»…, que ella intentaría dilatar la
entrega de los infantes franceses lo más
posible hasta recibir esa anhelada
respuesta.
Isabel iba a irse con su cuñada a
Segovia. Pero de repente aparecieron
sarampión y viruelas, «que era mucho
inconveniente para llevar a aquella
ciudad a estos niños». Así que a Leonor
se le mandó por el camino de Buitrago.
Isabel la acompañó hasta Torrelaguna.
Allí llegaron los documentos que
exigían los españoles a los franceses y
se ratificó el matrimonio por poderes.
Después, Isabel se volvió a Madrid, y
Leonor, con un importante séquito, fue
quemando etapas hacia Burgos y la
frontera. Los príncipes de Francia
salieron de Pedraza.
Pero Isabel, la avisada Isabel, se
ponía en lo peor. Esperaba que algo
ocurriera con la concentración de gentes
que iba a haber en la frontera so pretexto
de que iban a ver a su nueva reina y a
los príncipes. Por ello, había ordenado
al conde de Alcaudete, virrey de
Navarra, que iba a unirse con la
comitiva española de entrega de las
personalidades, que se volviera a
Pamplona y que estuviera aprestado
para la defensa de la ciudad y de la
raya.
Por toda España debió correr el
aviso de que había que temerse lo peor.
En el otro extremo de la Península, en
Málaga, fueron exhortados a armarse y
organizarse. Desde Toledo y a 30 de
abril de 1530, la emperatriz les avisa de
que hay noticias de que el rey de Francia
se está preparando para la guerra, que
«hace aparejos y demostraciones de
entrar en estos reinos», por lo que lo
advierte a la ciudad para que se apreste
a punto de guerra y que se reúna en
cabildo para ser informada (en AMM,
Colección de originales, 5 - 371 y 372).
Carlos V —desde 1530— escribe a
Isabel menos de lo que ella desearía.
Sobre todo, le angustia el estado de
salud del emperador y, en ocasiones,
que no se resuelvan asuntos capitales.
Cuando se pasa un mes sin noticias del
emperador (septiembre-octubre de
1530, por ejemplo), se lamenta: «Ha
tanto tiempo que no tengo cartas de
vuestra majestad que estoy con mucha
pena y cuidado por saber de su salud».
Por ello, para que él supiera de ella y de
sus hijos y ellos de él, mandaba un
correo ex profeso «yente y viniente».
Cada vez más (casi permanentemente
desde enero de 1531), Isabel pide a
Carlos V que deje el trabajo en
Alemania ya y que se vuelva a España,
para que con su presencia aquí todos
puedan tener «descanso y reposo».
Claro que Carlos V también tenía
motivos de queja: desde Augsburgo, el 8
de julio de 1530, escribe a la esposa
recordándole que le ha mandado cartas
con un Fonseca y posteriores, pero que
«estoy con mucho cuidado de no tener
cartas suyas tantos días ha, que las
postreras son de veinte y uno de abril».
Las causas pueden ser variadas, pero a
fin de cuentas, «no me satisface en no
ver cartas suyas», por lo que le ordena:
«Escríbame todo lo que allá ha pasado y
pasa y respóndame a las cartas que he
escrito» (CDdeCV, LXXVI, larguísimo
informe de Carlos V a Isabel sobre la
situación general de la cristiandad, de la
que se pasó copia parcial al Consejo de
Guerra).
Quiso la fortuna que al finalizar un
mazo de cartas que se iban a enviar
desde Augsburgo en un prolijo 8 de julio
de 1530 llegara un correo desde España
con «sus cartas de VII del presente, con
las cuales he habido muy gran placer».
El esposo le responde con sus opiniones
sobre Argel, Andrea Doria, los hijos del
rey de Francia y lo de Manrique de
Lara. No contradice Carlos a Isabel,
sino que corrobora sus decisiones. En el
caso de guerra, eso sí, le deja hacer: que
ella busque el dinero.
Pero a veces los que no respondían
eran otros. Su actitud podía ser la de no
haberse tomado en serio del todo el gran
papel que jugaba Isabel. Es el caso del
embajador en Francia: «Nunca me
escribe», protesta Isabel. No obstante,
Garcilaso de la Vega se entrevistó con él
y le debió hablar del malestar de la
reina por ello. Él pidió, a vuelta de
correo, la cifra para escribir a la reina.
Ella se la mandó; y con todo, «después
acá nunca me ha escrito».
Una de las claves analíticas de las
cartas es la de ver cómo Isabel va
adquiriendo cada vez más soltura y
confianza en las formas de dirigirse a
Carlos V. Desde un respeto casi divino
al principio, a la capacidad de
amonestar al emperador por ciertas
decisiones tomadas, o porque no las ha
tomado.
Habitualmente, las noticias de la
salud de Carlos V eran buenas, como el
estado en que quedaba Italia tras lo de
Bolonia y la paz con los Sforza de
Milán. De todo ello se alegraba la reina.
De inmediato lo comunicó a sus
ciudades: la emperatriz desde Madrid, a
7 de febrero de 1530, comunica que
Carlos V «ha reducido a paz a Francisco
Sforza y a venecianos y ha sentado la
dicha paz y liga de toda Italia». Que la
dicha paz se había hecho pública,
primero en Bolonia, y ahora lo mandaba
ella hacer en estos reinos. Todos los
vasallos lo celebrarían (en AMM,
Colección de originales, 6 - 2).
Los movimientos de corte se
debieron a la salubridad de la ciudad o
de la comarca en que se estaba. En
Madrid —1530, 1531— parece que no
hay mucha salud y menos en
Guadalajara. Incluso en Sigüenza se
habla de peste. Por ello se marcha hacia
Ocaña, dando un buen rodeo, pues va
por el camino de Toledo, «por no pasar
barcas», para cruzar el Tajo, se
entiende. Antes de la Semana Santa de
1531 ha decidido irse de Ocaña porque
«comenzaba a estar no bien sana», ni la
comarca de Guadalajara, por lo que
optan por trasladarse a Ávila para pasar
el verano, ya que es lugar más salubre
por ser más frío. Después, se mudaría a
Medina y Valladolid a pasar el invierno.
El itinerario seguido fue de Ocaña a
Yepes (donde pasó la Ascensión), desde
allí a Toledo (por no tener que usar
barcas), Illescas, y el domingo 22 de
mayo hacia Ávila, a donde llegaría el
viernes antes de Pascua.
Desde Ocaña, su mayordomo mayor,
el conde de Miranda, escribía a Carlos
V el 14 de abril de 1531 (CDdeCV, CV)
que la emperatriz, el príncipe Felipe y la
infanta María estaban bien y que
«comienza ya a privar la señora infanta
con su madre y con razón, y en
concordia del príncipe, que no es poco»,
o sea, que había buen ambiente de
familia. Por lo demás —sigue Miranda
—, el lugar era caluroso y falto de
aguas, que «en verano casi se acaba»,
razón por la cual (además de por llevar
ya mucho tiempo solo en el reino de
Toledo), la emperatriz había mandado
recoger informaciones sobre la salud de
«algunas ciudades y villas de allende el
puerto», que es donde pasaría el verano.
Dicho sea de paso que durante esa
estancia en Ocaña, un día apareció en la
puerta de la casa en la que se alojaba
don Felipe una criatura, «echado a la
puerta del príncipe», a la que bautizaron
con el nombre de Jerónimo (nada que
ver con Jeromín, el mote que tuvo hasta
su reconocimiento don Juan de Austria),
y la reina ordenó que lo criaran «por
amor de Dios». Cuando se están
empezando a hacer las cuentas de las
deudas de Isabel, se da orden de
satisfacer a alguien, cuyo nombre no
aparece en la carta de pago, se da orden
—digo— de que se le abonen 1530
maravedíes, que es en lo que se estima
que costó criar al expósito.
Por otro lado, de estos movimientos
de corte estaban bien avisados en
Centroeuropa. Entre otras razones,
porque el embajador de Fernando de
Austria, Salinas, mantenía al tanto a su
señor. Veamos: el Rey de Romanos le
había mandado llamar, pero él no había
obedecido. Parece que se había puesto
enfermo en Tordesillas. Se excusaba
ante su amo (carta 229) en una epístola
en la que también le daba la noticia que
ahora nos interesa, la de que a primeros
de mayo de 1531 estaba prevista la
llegada de la emperatriz a Ávila, «por
ser tierra fresca» (carta 229).
Desde luego, aunque los temas sean
recurrentes, son en verdad
trascendentales para la vida cotidiana de
la cristiandad.
Isabel deja traslucir sus alegrías
porque las cosas de los príncipes de
Europa vayan bien. Le encanta la nueva
de que se han encontrado Carlos y
Fernando, y con reiteración (incluso en
texto cifrado) le escribe sobre la
felicidad que le causaba que el Santo
Padre y el emperador estuvieran
decididos a mantener la amistad.
Efectivamente, a lo largo de 1530 se
trasluce un incremento en la intensidad
de las relaciones entre Carlos y
Fernando. De una sencilla, aunque
cálida satisfacción por el buen encuentro
de Innsbruck, se pasa, ni más ni menos,
que a la designación del hermano como
candidato a electo Rey de Romanos, lo
cual satisface mucho a Isabel, para la
que las buenas noticias de la familia son
grandes alegrías. Si lo lograra, sería «no
pequeño descanso de su real persona»,
de Carlos. Concluida la Dieta Imperial
con ese y otros acuerdos, pero con
enorme desacuerdo con los herejes, lo
cual causaba a Isabel «no poca pena y
cuidado del trabajo que vuestra
majestad habrá pasado con aquellos
luteranos». Así fue cómo la noticia que
ha llegado desde Centroeuropa se va a
difundir hasta los confines de la
cristiandad… desde un pequeño pueblo
castellano. La emperatriz desde Ocaña,
el 22 de febrero de 1531, comunica que
tras la coronación imperial Carlos V
había decidido concentrarse en los
problemas de la herejía en «Alemania»,
para lo cual había promovido que se
eligiera al rey de Hungría, Rey de
Romanos, a lo cual accedieron los
electores. «Su majestad me ha escrito
cómo la dicha elección se hizo en
Colonia la víspera de los Reyes y luego
se partieron para la ciudad de
Aquisgrán, donde, a Dios gracias, a
once del pasado fue coronado el dicho
serenísimo nuestro hermano por Rey de
Romanos». Fernando se quedó
entendiendo en las cosas de «Alemania»
y Carlos V se fue a Flandes para iniciar
el viaje de regreso a España: «He
querido hacéroslo saber como a tan
leales vasallos porque sé el placer que
de ello tendréis» (en AMM, Colección
de originales, 6 - 28). Sin embargo, el
avance del turco sobre Viena echó por
tierra el plan de ese viaje de
reencuentro.
Tras lo de Bolonia, las relaciones
con Roma eran muy cordiales, de lo que
se congratulaba Isabel. Mas esa
cordialidad duró muy poco. En mayo de
1531 Isabel es consciente de que por las
condiciones impuestas por el papa, el
Sacro Colegio y el rey de Francia «se
puede bien juzgar la dificultad y gran
dilación que habrá en juntarse dicho
concilio». Es probable que acabara de
leer la larguísima carta que le ha
mandado su esposo desde Spira, el 6 de
diciembre de 1530 (CDdeCV, XCIV).
Así que —le anima la reina—, como
ante los ojos de Dios y de los hombres
ya ha cumplido, es el momento de
volverse a España, desde donde podrá
encauzar mejor todos los asuntos de la
cristiandad e incluso peninsulares. El
viaje lo podría hacer con discreción, sin
juntar gran armada, «con las naos que
allá hubiere». Veremos cómo ese
propósito inicial se trunca. En cualquier
caso y por otro lado, ya en la primavera
de 1532, Carlos V ha tomado la
determinación de proceder a la reforma
de algunas órdenes monásticas en
Castilla. En verdad que no era nuevo,
porque procesos de reforma venía
habiendo con intensidad desde tiempos
de Isabel la Católica y se continuarían
entrado el reinado de Felipe II (Santa
Teresa, San Juan, la mística en general).
Pero ahora coincidía con la frustración
ante la incapacidad de reunir a la Iglesia
en concilio. Esa «reformación»
(advierte, lector, que encontrarás esta
intención de «reformación» —hasta
Juntas de Reformación— en lo
religioso, en lo político, en el orden
social, incluso entrado el reinado de
Felipe IV) era, a los ojos de la
emperatriz, «obra tan santa y necesaria»
(Mazarío, XLII, 13 de mayo de 1532).
En el otoño de 1532, durante las Cortes
de Segovia, acepta Isabel que muchos
frailes «andan muy distraídos» y hace un
homenaje expreso al reinado modélico
por antonomasia:
Para conservar la observancia y
recogimiento de estas órdenes, que con
tanto cuidado procuraron los Reyes
Católicos, que hayan gloria, sería bien
que vuestra majestad mandase visitarles
y entender en la reformación y buen
estado de las dichas religiones.
¿Por qué Carlos V e Isabel pueden
expresarse así y a Erasmo lo califican
de medio hereje cuando proclama a los
cuatro vientos que monacatus non est
pietas? ¡Todos querían lo mismo: frailes
que creyeran en Dios y cumplieran con
las reglas!
Y con respecto al rey de Francia,
«se tiene el cuidado que vuestra
majestad manda». Desde luego que los
avatares de la liberación de los
príncipes franceses, el pago del rescate,
la entrega de doña Leonor son algunas
de las máximas preocupaciones de estos
meses de gobernación. A la pobre Isabel
le había tocado sacar adelante un asunto
bien espinoso. Hecha la entrega de
Leonor, se mandó a visitarla a un
hombre de confianza de la reina: «Yo
escribí a vuestra majestad cómo tenía
pensado despachar a Garcilaso de la
Vega a ello». Además, en el séquito de
Leonor iba el obispo de Segovia, que
pidió permiso para retirarse a causa del
delito cometido por su hermano,
Francisco Suárez de Toledo: «Mató a su
mujer». Isabel le concedió la licencia
para que pudiera atender a sus asuntos,
pero que no abandonara la comitiva
hasta que llegara el de Calahorra en su
sustitución. Con el duque de Nájera y
con este asesinato ya llevamos dos
maltratadores en las inmediaciones de la
corte. Habrá más.
En esas relaciones con Francisco I
hay un asunto peliagudo: mantener
defendida la frontera de Francia, con las
plazas de «Salsas, Perpiñán y Colibre»
(hoy Salses, Perpignan y Colliure), que
necesitan para su saneamiento más y más
dinero. Asimismo, es tierra cara, por lo
que algunos soldados no duran ni un
año, que llegan a tener que vender sus
caballos para poderse aprovisionar de
alimentos. Las fortalezas están al borde
de ser desguarnecidas.
Como los asuntos de Francia van
como van, desconfía de Francisco I y
espera algo por la raya de Navarra.
«¡Hay tantas sospechas de que el rey de
Francia no guardará la paz!», se queja.
Otro de los momentos en los que se
ve la madurez política de Isabel es a
raíz de las propuestas de matrimonios de
Francisco I a finales de 1530 y primeros
meses de 1531. Isabel se muestra
contraria a casar a una de sus hijas con
el Delfín, toda vez que si Felipe
muriera, se unirían los dos reinos:
«Sería cosa de tan gran inconveniente y
descontentamiento de todos ellos, cuanto
vuestra majestad puede bien conocer y
juzgar». Así que para ella, teniendo en
cuenta que Francisco I tiene tres hijos
varones y Carlos e Isabel solo dos
varones y una hembra, tiene riesgos
casar al príncipe Felipe con la hija
menor que tuviere el rey de Francia con
Leonor o casar al Delfín con la «infanta
mi hermana», o con una de las hijas del
Rey de Romanos. Isabel que es muy
perspicaz, señala «la poca firmeza» que
ha tenido Francisco I en las
contrataciones hasta ahora y concluye en
un claro tono admonitorio: «Una cosa
me parece que debo recordar a vuestra
majestad y es que» en cualquier
negociación que haya con Francisco I,
que sea entre iguales y que él «no se
haya de aprovechar».
El otro asunto gravísimo que se trata
repetidas veces (casi en todas las
cartas) es el de la seguridad del
Mediterráneo. Se mencionan la
recepción de las galeras (al principio,
veintinueve) de Andrea Doria, que se
pone al servicio de Carlos V para hacer
guerra a Barbarroja, se cuentan los
choques, encuentros o avistamientos
habidos y cómo la escuadra del
Mediterráneo aumenta gracias a las
capturas y los triunfos en los
enfrentamientos. A Isabel solo le
interesa de todo ello una cosa: «Tomar a
Argel», deseo de la reina y de sus
consejeros de Guerra. Y, de nuevo, otro
gesto de aquella reina: como tal empresa
será costosísima y no hay de donde
sacar el dinero que se necesitaría, «lo
mandaré tomar donde buenamente y con
menos inconveniente se pudiere haber,
hasta empeñar lo que queda de mi
cámara». ¡Otra Isabel ofreciendo sus
joyas!
De hecho, aunque Carlos V había
ordenado que no se tocaran 1,2 millones
de escudos de oro que se habían pagado
por los príncipes franceses, Isabel
discrepaba, porque ese dinero vendría
como anillo al dedo para preparar el
asalto de Argel. Isabel va entendiendo
de la logística militar: En cierta ocasión,
mientras le habla de Doria y de las otras
escuadras del Mediterráneo, le pide que
mande al genovés que no se haga a la
mar antes de octubre, no sea que deje
desamparadas las costas españolas. Le
plantea los problemas que se viven con
«el [sic] armada que se pensaba que se
pudiese hacer este verano para tomar a
Argel». Le propone que se empiece a
trabajar para tomar Argel al verano
siguiente. Doria se lleva todas las
atenciones. La primera vez que se habla
de don Álvaro de Bazán es en julio de
1530. Isabel se reitera una y otra vez en
que hay que asaltar Argel y que Málaga
debe ser un buen puerto bien provisto de
pertrechos para esa armada. Así es:
Málaga puede ser la base para la
operación anhelada; cuando el trigo es
abundante en Andalucía se lo hace saber
al emperador; pero cuando falta…, le
propone que ordene traslados desde
Sicilia.
Y va entendiendo más y más:
comoquiera que en el verano de 1530
Doria ha decidido, contraviniendo los
deseos de la reina, no atacar en África,
ni en Orán ni en Bujía, Isabel —digo—,
tras una larga relación del
enfrentamiento con Doria, pide a Carlos
V que «por el bien de los negocios y por
mi descanso, de aquí en adelante mande
con brevedad se me responda» a las
órdenes dadas. En cualquier caso, como
los silencios sobre la invasión de Argel
de Carlos V son tantos, Isabel le insta
con reiteración para que le dé respuesta
de si se pone en marcha la preparación
de la campaña o no. En enero de 1531
Isabel arroja la toalla y se conforma con
que las galeras de Doria y Bazán corran
las costas; propone igualmente que los
servicios de armas de los caballeros de
órdenes los conmuten con servicios
económicos.
Doria y Bazán. Bazán y Doria. Este
epistolario es imprescindible para
conocer opiniones sobre los
movimientos y formas de actuar de uno y
otro. Con sus escuadras se espera que
transmitan paz a las costas de España o
Italia y terror a las de África. Pero la
guerra es costosísima. Así que a veces
se plantean el abandono de alguna
fortificación en África con tal de ahorrar
en gastos. Pero también se proyectan
invasiones, actos de guerra y otras
escaramuzas con tal de preservar la
seguridad de España. Es, por ejemplo,
la vibrante información remitida desde
Ávila, el 8 de septiembre de 1531,
cuando don Álvaro de Bazán toma One.
La reina es partidaria de conservar la
plaza para evitar ataques desde
Tremecén sobre Orán y las otras
fortalezas. Está tan convencida de que
eso es lo que hay que hacer que «para
que vuestra majestad vea el asiento de la
dicha ciudad y el puerto de ella, se la
mando enviar pintada. Dicen que podrá
ser el circuito de ella poco menos que el
de Málaga».
Tiene su aquel que mientras copio la
cita anterior me encuentre en medio del
«circuito de Málaga», al pie de
Gibralfaro, casi tocando con los dedos
los muros de la alcazaba y viendo la
hora en la anaranjada esfera del reloj,
que es como es cuando despunta el día,
de la pobre, triste y non torre de la
catedral.
Esos eran los problemas ordinarios,
tradicionales, que se tratan en las cartas
casi desde el principio del epistolario.
Por si acaso todo eso no fuera suficiente
para Isabel, de repente estalla otro
problema más de enorme enjundia en el
verano de 1530: el abandono de
Catalina por parte de Enrique VIII de
Inglaterra. Mandó consultar el caso a
Universidades de Castilla, Aragón,
Valencia y Cataluña y a otros expertos.
En uno de estos no tenía mucha fe, el
maestro Ortiz, «que es buen letrado
[pero] dícenme que es algo encogido
para negocio de tanta importancia…». A
lo largo del verano de 1530 se fue
preparando material para el expediente:
fundamentalmente, los tratados y
capitulaciones de ligas y
confederaciones que se hicieron entre
Catalina y sus pretendientes (y esposos)
ingleses. El asunto queda silenciado en
la correspondencia. Carlos V decide
llevarlo él personalmente. Lo curioso es
que el tal Ortiz era el enviado por
Carlos V a Roma (CDdeCV, LXXXII y
muy importantes docs. ss. desde Augusta
en el verano-invierno de 1530). Lo
curioso es que Isabel nombrará a Ortiz
predicador suyo y él se lo agradece
desde Roma en mayo de 1531 (CDdeCV,
CX, Roma, 15 de mayo de 1531).
¿Habían hablado mal contra él en alguna
disputa cortesana?
Es obsesivo el problema de los
fondos, tanto en la vertiente fiscal, como
en la financiera. Carlos V, aun con
conciencia de que no tiene dineros en
España, no conoce las carencias tanto
como Isabel, al pie del cañón. Por eso,
en cifra, de nuevo se permite amonestar
al emperador: Carlos V había mandado
que se enviaran a Fernando 50.000
ducados a Hungría. Isabel ordenó a los
del Consejo de Hacienda que vieran de
dónde se podría sacar tan ingente
cantidad. La respuesta era que todo lo
de 1530 y 1531 estaba ya gastado, por
lo que, como mucho, le podría llegar
algo en 1532, y aclara ella «lo cual a mí
me ha desplacido», porque querría
poderle ayudar antes. O sea, que aunque
Carlos V quisiera que le llegara pronto
el dinero, el hermano tendría que
esperar.
Los alemanes prestaron dinero.
Había avales. Unas veces, lo de la
cruzada, otras veces lo de la cuarta.
Pero Isabel siempre advierte que todo se
acaba y que lo del año venidero (o
incluso el siguiente) se ha gastado ya en
el presente. En enero de 1531 avisa a
Carlos V que es muy difícil ya conseguir
de ellos un préstamo para el 1532
porque no se apean de un interés «que
ellos dicen ser ordinario de catorce por
ciento». Isabel ha buscado a otros
prestamistas, pero no los encuentra,
porque los que se avienen a rebajar el
interés piden otras garantías o preseas,
así que ha habido que claudicar ante
ellos. Van a firmar el asiento (el
préstamo) el día 30 de enero, por
importe de 170.000 ducados, cantidad
que pronto se quedará corta porque hay
que proveer los gastos de Orán, Bujía,
Doria, Bazán «y otras cosas de acá».
Como avales y preseas a
prestamistas genoveses se les dio juros.
¡Pero cuántas veces se lee en el
epistolario algo similar a «está todo en
tal estado que no lo querría escribir por
no darle pena»! Y es que Isabel veía que
la ruina de Castilla estaba en los gastos
de «África, Andrea Doria, galeras y
fustas de acá, sostenimiento de las
fronteras de Francia y paga de los
embajadores y correos y todos los otros
gastos para sostener el reino». Advierte,
lector, que no ve como gastos lo que
pasa en Europa; ni hay alivio en los
metales de América. Porque, ya es hora
de que lo desvele, ¡Isabel no cita ni una
sola vez durante estas sesenta cartas las
Indias!
Otro de los temas estructurales de la
gobernación de Isabel fue el de poner
orden en las cosas de la nobleza. Por un
lado, el asunto de don Manrique y doña
Luisa; por otro, el hermano del obispo
que había asesinado a su esposa;
además, coleaba la designación de
curadores (tutores, dirían hoy) de los
hijos del conde de Benavente, porque su
propio hijo había contradicho el
testamento del recién fallecido. La reina
le propuso que, antes de que la cuestión
llegara al Consejo y se convirtiera en
asunto de justicia, debería buscarse un
arreglo diferente.
Este eludir el llevar los asuntos al
Consejo, o el dirimir los problemas en
tribunales, debió ir convirtiéndose en
norma. Tenemos otro ejemplo, otro
asunto en el que se recomienda no ir a
los tribunales. Lo bueno del caso es que
quien eso recomienda es el presidente
del Consejo Real: en octubre de 1530
había pendiente en España una sentencia
sobre un pleito del embajador de Carlos
V en Viena, Martín de Guzmán. El Rey
de Romanos mandó a su legado aquí que
se interesara por cómo iban las cosas,
ya que era afecto a Martín de Guzmán.
El embajador Salinas rogó en una
entrevista a la emperatriz que hiciera
ver a los del Consejo Real que deberían
dictar ya la sentencia. La emperatriz le
remitió al presidente del Consejo Real,
que, sabedor de la buena relación entre
el Rey de Romanos y Guzmán, explicó
las causas de la demora en el dictado de
la sentencia: que si fiscales nombrados y
muertos o trasladados, que si retrasos
justificables, que si esto o que si lo otro,
para llegar a una conclusión que nos es
tan española, tan próxima: «Este
negocio no debía pasar por justicia […].
Las cosas de justicia eran dudosas […].
Le parecía era mejor que se tomase
algún medio» (carta 225, desde
Tordesillas, 9 de octubre de 1530)
diferente que el de llevarlo por
tribunales. Esas opiniones eran las del
presidente del Consejo Real, el tribunal
superior, o supremo.
Aun a pesar de semejante sinsabor,
el hecho es que a una indicación de la
emperatriz se daban las explicaciones
claras. Las órdenes de la emperatriz se
iban cumpliendo.
En cualquier caso, para evitar el
bloqueo de las Chancillerías, unos días
antes de escribirse esa carta, Carlos V e
Isabel (en calidad de gobernadora)
ordenaron a la de Valladolid que los
pleitos de menos de 6000 maravedíes
(16 ducados) remitidos por los alcaldes
ordinarios solo tuvieran una sentencia
de revista, en grado de apelación. Así se
evitaban apelaciones, nuevas sentencias
y, a fin de cuentas, colapso de los
tribunales superiores. Claro que para
que eso sea justo —y eficaz— los
jueces y el sistema judicial han de ser
ágiles, rigurosos e impolutos. O sea,
justos y no piezas de un sistema
corrompido.
Volvamos con los nobles. A aquella
aristocracia había que seguir metiéndola
en vereda, y eso que estamos en los años
en que estamos. Eran bastante propensos
a desbocarse. Don Pedro de Carmiña
había matado a su madre. Carlos V, por
las razones que fueran, le había
perdonado. Isabel era áspera con su
esposo: «No es justo que hombre que
cometió caso tan feo goce de tal
libertad» (Mazarío, XVI, Madrid, 9 de
julio de 1530). En enero de 1531 Isabel
mandó prenderle tras recibir permiso de
Carlos V.
Isabel no abandonaba a los suyos
ahora, ni lo hará más adelante, en 1539:
«Tengo mucho deseo de hacer merced a
Ortiz, hijo de mi ama». Para él pedía un
hábito de Calatrava (Mazarío, XVI,
Madrid, 9 de julio de 1530). Pero
también pide reconocimientos para
todos los que le sirven con denuedo:
«Es justo que vuestra majestad le haga
toda merced» a don Álvaro de Bazán,
pues «lo ha hecho tan bien y como tan
buen caballero…». Y Blasco Núñez,
corregidor de Málaga, y el comendador
Girón, que todos se desplazaron a
África por orden de Isabel. No se olvida
de Lope Hurtado de Mendoza,
embajador en Lisboa, al que tras años
de servicio acaso le haya llegado el
tiempo del relevo o de un nuevo destino,
«deseo hacerle merced», escribe en
mayo de 1532; o Juan Mosquera de
Molina, que (como tantos y tantos)
estuvo de capitán de infantería en Italia,
volvió a Castilla, gastó sus ahorros en
armar las fustas de don Gabriel de
Córdoba contra infieles, se pasó a
Alemania al servicio de Carlos V: para
él pide la reina el hábito de Calatrava o
Alcántara, ni más ni menos. Aún en
enero de 1533 pide que al secretario
Soria le dé alguna merced incluso de
alguna renta de alguna iglesia de
Aragón, que al parecer acaban de
quedar libres.
Ante la muerte del arzobispo de
Zaragoza, que dejaba a su hermano don
Alonso de Aragón sin nada, Isabel
solicitaba (a instancias de los marqueses
de Lombay) que el arcedianato de
Daroca pasase a este joven de unos
catorce años y buen estudiante en
Alcalá, para que no quedara
desamparado de sus estudios y los
pudiera costear y acabar.
Cuando quedó Italia en paz, Isabel
promovió la idea de que se movieran los
infantes desde allí hacia Hungría. Como
también promovió la sustitución del
anterior virrey de Nápoles, que no
quitaba las preocupaciones a Carlos V.
Salvo las novedades que el tiempo
fue dictando, los asuntos que se tuvieron
que ir resolviendo desde el verano de
1531 eran los habituales.
En junio de 1531 Isabel está en
Ávila.
Una de las grandes obsesiones que
se tienen, la falta de dinero, hay que
resolverla. Nada más llegar a Ávila
mandó que se reuniera el Consejo de
Estado «y con ellos, los de Hacienda»,
escribe la reina, dejando claro cuál es el
orden de las prelaciones. Se juntaron
para estudiar varios memoriales
remitidos por Carlos V. Es decir,
escritos mandados al emperador por
particulares o por servidores reales que
entendían en cosas de dineros, y que
asesoraban al rey en el cómo, cuándo o
de dónde sacarlo. Ese es el arbitrismo
fiscal. Desde estos años treinta del siglo
XVI casi toda la gran maquinaria
hacendística de la monarquía de España
funcionó con arbitrios. Había usos
tradicionales (servicios votados en
Cortes, remesas de Indias y otros
derechos reales), pero se fueron
introduciendo cada vez más novedades.
En la cabeza del emperador rondaba —
o acabó triunfando— esta idea:
«Conviene que allá se busquen medios e
industria para haber dineros por todas
las vías que ser pueda» (Bruselas, 9 de
marzo de 1531, CDdeCV, XCIX y
también ss.)
El rey disponía de unos derechos
fiscales, las regalías, que podía usar a
su antojo, subir la presión sobre ellas o
disminuirla. Si presionaba mucho, se las
vería en Cortes con los representantes
de las ciudades, que no le discutirían el
derecho de usar sus poderes, pero sí las
cantidades que pedía a las Cortes o el
destino de esos dineros. Así que, desde
estos años treinta del XVI, convocar
Cortes para pedir dineros empezó a ser
engorroso. En paralelo, si el rey subía a
su antojo las regalías, nadie le podría
chistar. Por lo tanto, para evitar disputas
en el Parlamento, se empezaron a
convocar Cortes solo lo imprescindible.
Y, por otro lado, se animaba a los
particulares a que sacaran a la luz
regalías, derechos reales para ponerlos
en explotación. A cada particular —fue
poniéndose en uso paulatinamente— se
le recompensaba con un porcentaje de
los beneficios que se recaudaran. Los
particulares debían «dar aviso» de en
dónde había tal o cual renta real
escondida, poco explotada, o qué
derecho asistía al rey «sin daño de
terceros».
Cientos, miles de personas fueron
dando ideas de carácter general —
arbitrios matrices los llamé en otra
ocasión— (vender oficios, por ejemplo)
o particular (en tal lugar los adinerados
estarían dispuestos a comprar algunos
oficios de nueva creación).
Así que, con claridad meridiana,
Isabel escribe a Carlos —¡qué duda
cabe que como portavoz de los
consejeros, pero haciéndose partícipe
de esta opinión!— que, para conseguir
más dinero por vía de aprobación en
Cortes, habría que reunirlas, «lo cual
sería de mucho inconveniente estando
vuestra majestad ausente del reino». De
otras propuestas de las mandadas por
Carlos V, una que pretendía que los
mercaderes pagaran las defensas de sus
convoyes —el impuesto conocido como
«de la avería»— fue desestimada en un
principio porque se pensó que los
mercaderes no participarían en ello y
que se recaudaría poco «por ser
novedad» y «por el temor que tendrían
que había de quedar adelante».
Luego la Corona vería que por vía
de arbitrio se reforzaba su papel de
poder absoluto y que las novedades,
aunque no dieran dinero,
proporcionaban más presencia en todos
los espacios sociales. Desde entonces se
inauguró un mundo permanente de
inestabilidad, en donde a una
innovación, seguía otra, y otra, y otra…
Todo ello respondía a una
obligación suprema que tenían los
vasallos para con sus reyes, al menos en
Castilla, «el deber de consejo»; la
obligación de aconsejar al rey sobre
cualquier materia. En ello radica,
paradójicamente, la asistencia a las
convocatorias a Cortes: en cumplir con
el deber de aconsejar al rey.
¡Va a resultar que la gestión fiscal
por vía de arbitrio es más
«democrática» porque es la ejecución
de un «consejo» dado por un particular
al rey!
En cualquier caso, en aquel junio de
1531, en Ávila solo encontraron una
manera de recaudar más dinero: elevar
los tipos de interés que se pagaran por
cada juro, por cada bono de deuda. Para
poder pagar los intereses, se pediría un
préstamo de 50.000 ducados, que
gestionaría y contrataría Álvaro de
Lugo, uno de los contadores reales, en
Medina. A finales de 1531 (carta
XXXVI, desde Medina) las cédulas
reales autorizando la venta de los
50.000 ducados estaban registradas en
los libros al 5 por ciento de interés.
Por otro lado, un préstamo secreto
que se había ido a pedir a Medina del
Campo para el rey de Bohemia y
Hungría pudo hacerse efectivo. Y tan
efectivo, en dinero contante y sonante,
que acaso la confianza del rey no era
grande entre los banqueros y acreedores.
Dice Salinas: «Yo vine, domingo XVI de
este mes, tres horas antes de que
amaneciese con la moneda, lo cual tengo
tan secreta que la tierra no sabe de ello
[…], se ha hecho y hace muy bien y
secretamente…», de todo lo cual podría
darse información a Carlos V, y de la
emperatriz se esperaban las órdenes que
dictara (carta 224). Incluso el
embajador Salinas metió en la gestión
del negocio al tesorero Ochoa de Landa,
por indicación de la emperatriz, el cual,
aunque al principio no fue del gusto de
Salinas, acabó por ganarle la confianza:
tan es así que aunque debió cobrar de
donde no debía, porque no le llegaban
las pagas a las que tenía derecho y se
dictó sentencia en su contra, el
embajador lo defendió (carta 226). En
fin, todos los avatares del préstamo
famoso y sus idas y venidas y el papel
de la emperatriz como confidente,
deshacedora de entuertos y sabedora de
lo que pasaba alrededor del préstamo,
de las cortes de Viena y la suya, de
quién era cada quién, lo refleja en una
detallada carta de Salinas a Cristóbal de
Castillejo, su «señor hermano» (carta
227).
No deja de ser sorprendente el
estado del pensamiento económico y el
peso de la responsabilidad antes de
introducir novedad. En cierta ocasión,
los consejeros de Hacienda le han
advertido de que no va a ver un real de
más, «por ninguna vía, si no fuere
haciendo los malos recaudos que ellos
escriben a vuestra majestad», o sea, los
arbitrios. Pronto se vendría abajo todo
ese mundo de predominio de la moral
sobre la acción económica. Un
pensamiento económico bien ingenuo
frente a este otro de la responsabilidad
social corporativa. Hasta hoy. ¡Qué pena
que haya triunfado la codicia sobre la
teología moral!
Por si acaso los problemas
estructurales no eran suficientes para
colapsar la hacienda, aparecían otros
coyunturales. Es el caso de Alonso
Gutiérrez, el gran tesorero, uno de los
personajes que mejor entendían la praxis
económica, la obligación de casar el
haber con el debe. Resulta que pidió
licencia para ir a visitar su casa
mientras la corte estaba en Ávila. Quiso
la casualidad que, a la vez que se
ausentaba, muriera el duque de Béjar. Es
posible que le hicieran alguna buena
oferta y que se retrasara en volver de
contador a la corte «poniendo algunas
excusas». Pero claro, «la hacienda de
vuestra majestad tenga tanta necesidad
de persona que mire por ella» y no
pudiendo esperar se decidió nombrar a
Cristóbal Suárez (o Juárez) aun sin
sueldo de contador mayor para que
ocupara el puesto (Medina, 5 de
diciembre de 1531).
A finales de mes de junio de 1531,
Isabel se daba por enterada de la
necesidad de retrasar el viaje de vuelta
de Carlos V por «el estado en que están
las cosas de Alemania». Era la
respuesta de la esposa a la larga
comunicación mandada por Carlos V
desde Gante, el 13 de junio de 1531:
«He determinado de disponerme al
trabajo de tornar a probar lo que podré
hacer en el remedio de todo» (CDdeCV,
CXIII).
Lamentaba en su respuesta Isabel el
aplazamiento, sí, pero también los malos
momentos que iba a pasar su esposo en
la Dieta Imperial volviendo a escuchar a
los herejes, «tratando con gente tan mala
y desvergonzada como son aquellos
luteranos». Ella estaba convencida de
que con los problemas para la reunión
del concilio, si no se hiciese lo que
Carlos V quería, se crecerían y, si
estuviera el emperador presente,
cualquier acuerdo que se tomara aunque
fuera a regañadientes, ellos lo
manipularían diciendo que él habría
«aprobado parte de sus malas
opiniones». Por ello, y porque
aprovechando que estuviera ocupado
con las cosas del imperio, los enemigos
de siempre (Francia especialmente)
pudieran maquinar alguna fechoría, dado
que en la Dieta estarían Fernando y
otros príncipes católicos, les podría
dejar a ellos que resolvieran lo que
hubiera de ser, no ocurriera que los
herejes le fueran «a perder la
vergüenza». Tan clara carta procedía,
declara Isabel, porque «no puedo dejar
de decir algo de lo que siento, siquiera
por mi descanso».
A finales de junio, Carlos V volvía a
responder a Isabel desde Bruselas. En
una carta (CDdeCV, CXIV) daba
contestación a las últimas de su esposa:
«Lo que dice cerca del concilio y de los
negocios de estado y de mi ida y las
causas y consideraciones que en todo
escribe, me parecen muy prudentemente
tocadas». Es decir, que con la efusión de
sus tiempos y su carácter, Carlos V
aplaudía las opiniones de Isabel.
Sin embargo, los malos augurios, la
pena por la ausencia cambió a mediados
de diciembre. Estaba Isabel en Medina
del Campo, cuando recibió una carta
datada en Bruselas, el 25 de noviembre
de 1531, por la que Carlos V
comunicaba que volvía a España durante
el año de 1532: «Le he escrito la
determinación que he tenido y tengo de
volver a estos reinos […] placiendo a
Nuestro Señor, será sin falta para el año
venidero» (CDdeCV, CXXVI).
Ese viaje de vuelta tenía un
problema: el enorme gasto. Había que
mandar una flota que le recogiera y
pagarla. Para ello se proponía a Isabel
que convocara Cortes para pedirles una
ayuda, de unos 200.000 ducados. Isabel
estaba muy feliz por la noticia, pero veía
inconvenientes en la convocatoria de
Cortes «en ausencia de vuestra
majestad». Las razones: que cómo se iba
a pedir dinero si aún no había concluido
la recaudación de la ayuda anterior.
Isabel proponía que la convocatoria se
hiciera en 1532, después de acabada la
recaudación y no antes. Además, no eran
buenas fechas para convocatorias la
Pascua de Navidad, «estas fiestas»,
«porque en ellas suele haber más
ayuntamientos y murmuraciones de estas
materias» entre la gente común, los
agricultores, que intuyen cómo va a ser
la cosecha.
Por tanto, Isabel proponía a Carlos
V que en los borradores redactados para
la convocatoria se cambiaran las fechas,
«que no se digan palabras» de las que
extraer la conclusión de que Carlos V
iba a volver una vez que la «secta
luterana sea estirpada, porque para ello
requiere mucho tiempo y grandes
medios»; que si se viene por Génova es
porque es el mejor camino, que «para mí
y los que saben la verdad, no hay duda
en su venida» si se habla de las cosas de
Alemania. Por otra parte, habrá que
retrasar la convocatoria de Cortes hasta
que Carlos V esté en puerto, porque así
se les animará a darle el servicio.
Isabel, como todos sus consejeros, no
creía pertinente Cortes en ausencia de
Carlos V, ni Cortes sin haberse cumplido
la recaudación del servicio anterior,
Cortes que puedan poner en cuestión la
autoridad del emperador. Por ello, le
recomendaba que no fuera la reunión en
sí hasta que hubiera tocado suelo de
España.
Así que cuando don Miguel de
Velasco entregó en Medina a mediados
de febrero las cartas de Carlos V de un
mes antes, en las que constaba que ya
estaba abandonando Flandes (16 de
enero, Bruselas; 17 de enero, Lovaina;
23 de enero, Aquisgrán en dirección a
Bonn), «he holgado cuanto es razón».
No obstante, como repitiendo un
guión previamente redactado (¿o por si
se habían perdido cartas anteriores?), se
reiteraban los cálculos de los costes del
regreso, la imposibilidad de reunir el
dinero, la necesidad de pedir más y más
créditos, lo inadecuado de convocar
Cortes en ausencia del rey y un «del
turco tengo congoja».
Pero por si acaso todo eso no era
bastante, andaban algunos aristócratas
algo impertinentes. No solo era el caso
de Mencía y Manrique, sino que ahora
eran Isabel de la Cueva y Garcilaso, por
un lado (el monumental enfado de
Carlos V en CDdeCV, CXXXIX); el
duque de Alburquerque y el conde de
Urueña en otra pendencia (el de Urueña
acabó pidiendo licencia para irse a
Roma, «dice que así conviene a su
conciencia»; la licencia le fue denegada
siguiendo instrucciones de Carlos V,
CLIX); destierros, enclaustramientos,
declaraciones ante jueces, un nuevo
problema era que los matrimonios sin
autorización real no se podían permitir,
porque se ponía en entredicho la
prevalencia del primus inter pares que
era el rey sobre la aristocracia
castellana.
Por cierto, en 1532, cumplidas las
penas de Carlos V contra Garcilaso a
raíz de su matrimonio no autorizado,
este pidió a la emperatriz que le diera
licencia para formar parte del séquito
imperial e incorporarse en Nápoles (el
original, en la RAH, 6/43). Así fue
transcurriendo, entre armas y letras, la
vida del genial poeta, seguidor desde
Granada, y por indicación de Andrés
Navagero, de la métrica italianizante;
traductor de El cortesano de Castiglione
y mil cosas más. Vulnerado por el amor,
preso en las orillas del Danubio, herido
en gloriosas campañas como la de
Túnez, acabó perdiendo la vida el 14 de
octubre de 1536 durante el asalto de las
tropas imperiales a la fortaleza de Le
Muy, junto a Niza. Descanse en paz:
«Contigo, mano a mano/ busquemos
otros prados, otros ríos…».
Que se mantenían ciertas actitudes
agresivas y levantiscas no hay duda.
Aparte de lo dicho, que en ocasiones se
debía a la inconsciencia, o a
imprudencias, había otros velados
ataques a la reina. Ahí están los
silencios del embajador de Francia.
Pero también los apoyos dados por el
almirante de Castilla (Benavente) o el
duque de Escalona apoyando la causa de
Béjar: «La manera que el almirante trae,
y aunque no es nuevo a él, estas cosas
han ido en crecimiento, en tanto grado,
que con gran trabajo se le puede sufrir».
¡Y tanto! Añade Isabel, con su carácter:
«Baste [decir] que son [cosas] de tal
calidad que para mi autoridad y buen
gobierno de estos reinos ha parecido
que conviene apartarle de aquí [de la
corte]», mandándole a su casa, como al
duque de Alburquerque. Pero se
disparan las alarmas en el otoño de
1532: se han reunido en Escalona el
almirante, el duque de Alburquerque y el
conde de Urueña, «y otros caballeros
que dicen que están allí: hasta ahora no
se ha sabido lo que se trata».
¿Sospechaba Isabel que estaban
tramando alguna sedición los
aristócratas?
De todas formas, en el otro lado de
la balanza, se encontraban los otros que
daban créditos, hombres, personas y
lanzas al rey. Es el caso de un bastardo
de los Zúñiga (Béjar) o el propio
arzobispo de Toledo, que paralizaba las
obras de su colegio en Salamanca (el de
Fonseca) para mandarle dinero a Carlos
V. Ciertamente, a primeros de julio de
1532, el nuevo duque de Béjar, a pesar
de estar en medio de un grave litigio por
el que se le había prohibido entrar en su
villa, decidió marcharse para servir a
Carlos V contra el turco. Otro tanto
quiso hacer el marqués de Cañete, pero
no se le dio licencia para cesar como
consejero de Guerra, por lo que no pudo
pasar a Centroeuropa.
Y así iban pasando los días. En la
primavera de 1532 en Medina, Isabel
recibe cartas complementarias de su
médico Escoriaza y del secretario
Cobos: Carlos V está indispuesto. «Me
ha dado mucha pena y cuidado» saberlo.
Según el informe clínico del doctor
Escoriazo mandado a Isabel, el caballo
del emperador se cayó y durante la
convalecencia este tuvo un brote de
erisipela en la pierna, o como dice el
médico, «una noche tuvo su majestad
comezón en la pierna y se la rascó
recia», y por la mañana en la revisión
los médicos se la vieron «colorada, con
algunas ronchas […] y más hinchada».
Entonces le rogaron que se mantuviera
en reposo y le cambiaron la dieta,
tolerándole que comiera «aves y carnero
y ternera y vino». Todo ello le había ido
bien. No obstante, el paciente debía de
ser algo indisciplinado, «si los médicos
le diésemos lugar para poco,
sospechamos su majestad lo ampliaría a
mucho», por lo que decidieron —casi
épicamente por la forma de la redacción
— «resistirnos todo lo que podemos».
En resumidas cuentas, tenía picores por
todo el cuerpo: «Le ha quedado
comezón en todo el cuerpo que se rasca
de buena gana». El informe se lo
escribían directamente para que no se
recibieran noticias contradictorias o en
último término alarmantes. A raíz de
todo ello, escribía Cobos a la reina que
«amaneció con el pie y parte de la
pierna bien hinchada, que [lo] causó no
haber bien guardado lo que era
menester, según el recio golpe [que] en
ella había recibido. Ha sido menester
estar tres o cuatro días en la cama».
(CDdeCV, CXXIX y CXXXV). A finales
de abril de 1532, el propio Carlos V se
sentía casi bien y se lo decía a su
esposa: la comezón que le dio en
piernas y por otras partes del cuerpo «y
vino a los ojos» se retiraba, o en sus
propias palabras, «ya se va despidiendo
de todo punto y estoy bueno». ¡Pobre
iluso! Todo volvió a atacarle en junio,
tal y como él le dice a la esposa: «Me
tornó […]; es trabajosa y larga y aún no
está despedida del todo; espero que con
unos baños que ahora tomaré […]
quedaré libre enteramente de ella». En
julio y agosto, pese a todo, ya
consideraba que estaba bien. Deseaba
que el príncipe Felipe hubiera superado
también otra indisposición (CDdeCV,
CXLI, CXLIII, CLII, CLIII). Pero de
nuevo, en Ratisbona, a primeros de
agosto de 1532, tuvo un acceso de
fiebre. Él lo achacaba a aquella
erisipela. Para sanar había tomado unos
baños, pero según parece insuficientes:
«Soy vuelto a ellos [y] no ha sido sino
para acabar de despedir de todo punto
algunas reliquias que quedaban de la
comezón y quedar libre de ellas»
(CDdeCV, CLIV). A finales de agosto
seguía tomando baños y esperando
curarse. Aprovechaba para mostrar su
pena por la indisposición del príncipe y
su alegría por su curación.
Por lo demás, casi nada pintaba
bien. ¡Cómo se ha torcido todo en pocos
meses! Ahora ya se habla sin tapujos de
la venta de lugares y vasallos de las
iglesias y de los monasterios, aunque
hacerlo vaya a causar «escándalo», por
lo que habría que pedir bulas a Roma
muy rigurosas; el turco, aunque «la
nueva del turco está algo resfriada y que
está embarazado con el Scafí», por lo
que no irá en persona sobre Viena, no
deja de dar «trabajos y peligros». Al fin,
a mediados de septiembre de 1532,
empieza a desinflarse este peligro, de lo
que «he holgado mucho».
Se siguen (y llevan medio año
mareando la perdiz) viendo los
problemas de convocar Cortes, que
además ahora hay que pedirles dinero
también para defenderse contra el turco.
O sea, venida del rey y turco, «lo uno a
lo otro se contradice».
El avance del turco sobre Viena en
el verano de 1532 desbarató todos los
planes de la vuelta de Carlos V a
España. Isabel, ya a finales de junio
mostraba su «mucha congoja de ver que
el turco se acerca». En Castilla eran
conscientes del peligro. Varios
aristócratas se movilizaron en socorro
del emperador, como hemos visto.
Isabel mostraba su preocupación por
otro asunto relacionado con la ayuda a
Carlos V: si los que iban a su servicio
sacaban dinero y caballos, Castilla
quedaría esquilmada de tan preciosos
bienes. En cualquier caso, el ambiente
en Castilla de ir a servir al rey era
ingente, tanto que la reina atisbaba «el
inconveniente que hay en ir tantos
grandes y caballeros […] es cosa que
mucho se mira».
Pero no solo los aristócratas se
movilizaron, sino que muchos de ellos
ofrecieron dinero al rey. En cualquier
caso, Isabel, en un alarde de conocer
bien lo que gobierna, da detallados
informes de los movimientos de las
galeras de Bazán que le transportan
miles y miles de monedas de oro para
sus necesidades.
Y ella, la que han querido tener por
una paletilla al frente de un reino de
segunda, no solo sabe cómo se mueven
las galeras por el Mediterráneo, sino
que cursa instrucciones al embajador de
Lisboa, pide datos al virrey de
Cataluña: «El conde de Alcaudete me ha
informado que en aquella frontera no hay
ningún bullicio»; o busca dinero hasta
debajo de las piedras: «No ha quedado
invención que no se ha tocado», no hay
arbitrio, pues, que no se haya
experimentado… ¡no sabía aún lo que
decía!
Finalmente, hubo que reunir Cortes
para pedir la ayuda del viaje de Carlos
V, y para la guerra contra la Gran Puerta,
aunque parece que hicieron correr la voz
de que era para la empresa de Argel. Y
es posible que así fuera, porque aún en
enero de 1532 Carlos V escribía al
arzobispo de Toledo que la armada que
le había de recoger en Génova podría
seguir rumbo a Argel (CDdeCV,
CXXXIII). Se mandaron las
convocatorias a las ciudades…, pero se
declaró peste en Toledo, por lo que «he
acordado de ir a tener las dichas Cortes
a Segovia». Mientras se preparara el
aposento en Segovia, ella se alojaría en
Tordesillas y así aprovecharía para ir a
visitar «a la reina, mi señora».
Concluidas las Cortes, sigue expresando
sus intenciones al marido, se trasladará
a pasar el invierno, ya sí, a Toledo o
adonde fuera más conveniente. En
octubre se determinó mudarse a Madrid,
ya que «esta comarca [de Segovia] no
está bien sana».
En cualquier caso, esas Cortes las
presidirá ella (y en su defecto, el
cardenal de Toledo). Isabel estaba
inquieta, por el paso de Barbarroja a
Constantinopla (tan parecido al de
Andrea Doria a Carlos V) y por los
caminos para allegar más dinero: que si
enajenaciones de lugares, cruzada,
aportaciones de lanzas por las órdenes
militares.
Isabel, a mediados de septiembre de
1532, tenía esperanzas en que las Cortes
fueran generosas, «están bien en
servirle». Al final le otorgaron un
servicio de 400 millones —de
maravedíes—, cantidad astronómica que
deja traslucir el ambiente que se vivía
en Castilla. Los procuradores hablaban
en nombre de sus ciudades. Si tenían o
no poderes para conceder sin consultar
es parte de la historia de cada asamblea.
En esta ocasión aprobaron el servicio
sin consulta a las ciudades. No era
imprescindible hacerlo, porque el
ambiente era propicio al servicio y
porque se acababa el anterior y porque
había habido negociaciones previas. Así
que, en medio de la felicidad por el
acuerdo, Isabel solicitaba alguna buena
merced para los procuradores y que no
se volvieran de vacío tras haber dado
tanto al rey. Como Carlos V tardó más
de la cuenta en responder, hubo cierta
desilusión, que acabó mitigándose
cuando el emperador se avino a
reconocer el esfuerzo de los
procuradores. Por fin, el 5 de enero de
1533, Isabel manifiesta su contento
porque Carlos V ha aceptado darles
parabienes. Es bueno porque así se ve
que ella y él trabajan coordinadamente,
«porque vean y conozcan que yo hice en
ello lo que les prometí».
Toda Castilla vivía con intensidad y
angustia los sucesos del Mediterráneo,
de Viena, del regreso del emperador.
¿Había titubeos? Sí, claro, Béjar (en
anómalas actuaciones) y otros
aristócratas que se reunían sin que se
supiera para qué. ¡Pero los tiempos de
Juan II y Enrique IV ya habían
periclitado! ¿Otros titubeos? Sí, claro:
«Tiénese por cierto que la clerecía y
prelados han de tomar muy ásperamente
esta [contribución de] mitad de frutos,
mayormente que ya hablan en decir que
han de cesar los oficios divinos», por lo
que Isabel recomendaba que en vez de
llevarse la mitad de las contribuciones
en diezmo más alto de cada parroquia,
que fuera un cuarto. No era broma tener
a los clérigos descontentos.
Isabel parece estar agobiada,
cansada, en el otoño de 1532. El
emperador que no volvía, algunos
aristócratas por un lado, los clérigos
amenazando con excomuniones masivas,
guerras, falta de dinero y ahora los
procuradores decepcionados. Si
procuradores y clérigos «se juntasen a
decir descontentamientos, podría
resultar mala voz, y aun para lo de
Aragón, si se han de convocar las
Cortes, no sería muy provechoso».
En esa situación se plantea de nuevo
el problema permanente e irresoluto en
la España de los Austrias: Carlos V ha
pedido a Aragón que se involucre. Los
aragoneses han respondido que ven que
«hay razón y justas causas» para ello…,
¡pero!: «Ha les parecido que según las
leyes y fueros de aquellos reinos, no se
pueden llamar Cortes, sino por vuestra
majestad y en su ausencia dicen que es
necesario que yo las tenga».
¿Enrevesada propuesta foral? Porque
Isabel expresa a Carlos V sus
incertidumbres: en esa convocatoria
podría haber varias dificultades de las
que las dos más importantes eran que
ella no había sido jurada reina allá (por
lo que ya puestos le impugnarían la
convocatoria) y que tendría que
ausentarse largo tiempo de Castilla, lo
cual generaría «descontentamiento».
Isabel esperaba instrucciones de Carlos
V y opiniones del Consejo de Aragón.
Por otro lado, por los rumores que le
llegaran a Ratisbona a Carlos V de
alguna disfunción en los asuntos que
trataban los Consejos de Estado y
Guerra, el emperador cursa orden de
que en el de Estado no se analicen
asuntos de gobernación y justicia de
particulares, sino que estos vayan al
Consejo Real. Isabel, acaso para evitar
suspicacias, responde diciendo que
hasta el momento todo ha funcionado
con claridad, sin superposiciones
funcionales, y que está de acuerdo con
esa división (CDdeCV, CLX y Mazarío
L, respectivamente).
Desde Linz, el 21 de octubre de
1532, Carlos V narra épicamente los
fracasos del turco en su aproximación a
Viena y que, por ello, tal vez podrá
volver pronto a España. De hecho, el 13
de octubre de 1532, a sabiendas de que
el asalto otomano a Viena se había
desvanecido, Carlos V había escrito a
Isabel confirmándole que podía volver a
España (se sabe de esta noticia por
referencias en las misivas de Isabel).
El 19 de noviembre de 1532 y desde
Madrid, Isabel se da por enterada de
que Carlos V ha abandonado
Centroeuropa y que está en Italia. Una
vez más, como desde hace cuatro años,
la carta es un largo informe de la
situación general del reino. Esta vez
predomina el ánimo sombrío, por causa
de los procuradores y de los clérigos,
«muy puestos en resistir y no pagar».
Del almirante «no se ha sabido lo que
trató en Escalona». Aún en enero de
1533 Isabel seguía desconfiando de él.
Muy poco después, acaso porque había
que negociar la boda entre los Enríquez
y los Alburquerque (Benavente-
Cuéllar), o porque estaba asentado el
poder de Isabel, la actitud del
aristócrata era otra mucho más sumisa.
En Tordesillas había peste, así que
el marqués de Denia, el abuelo de
Lerma, preguntaba que si se podía llevar
a doña Juana a Ampudia, porque Toro y
Arévalo estaban infectados. Al final, a
Dios gracias, Tordesillas sanó y no hubo
que ver a la reina, que dicen que no
estaba loca de remate, abriendo ataúdes
por los campos de España con los ojos
desorbitados. ¡Que se lean el epistolario
de Denia a Carlos V editado por
Rodríguez Villa!
Isabel «y nuestros hijos» seguían con
salud. Con tanta como el conde de
Medellín, al que, yendo a su posada
extramuros de Madrid, le asaltó un
personaje que le quiso matar. No lo
logró. Todo quedó en un susto.
¡El esposo vuelve!
POR FIN VUELVE EL ESPOSO
(PRIMAVERA DE 1533)
A la corte, a Madrid, había llegado un
Jorge de Melo que traía la noticia de la
vuelta de Carlos V. Ya era público. Se
pregonó por las calles el regreso del
rey. Y si no se pregonó, se alborotó tanto
que valió igual. La «venida
bienaventurada de vuestra majestad a
estos sus reinos de que todo linaje de
gentes dan a Nuestro Señor muchas
gracias y loores».
Isabel recibió instrucciones de
Carlos: Doria iba a trasportar
bastimentos de Nápoles y Sicilia
(cereal, sobre todo) a la armada que se
aprestaría en Génova. Isabel iría a
Barcelona, con los hijos, a recibir al
emperador. Desde Madrid saldría el 20
de febrero de 1533. El orden de
gobierno sería: el Consejo Real no
saldría de Castilla para entender en la
gobernación. Tampoco habría novedades
en los demás Consejos. No obstante,
otra vez Isabel (haciendo oídos a la
experiencia de sus consejeros) replica a
Carlos V: los Reyes Católicos (¡ay, los
Reyes Católicos, es la segunda vez que
se les recuerda en el epistolario!)
dejaban virreyes en Castilla cuando
pasaban a Aragón. Debería estudiarse el
caso y que el cardenal de Santiago,
presidente del Consejo, quedara en
Castilla también, aunque algunos
opinaban que no tenía mayor
importancia: podía acompañar a la reina
y volverse tan pronto como ella se lo
ordenara. Al parecer, el cardenal tenía
muchas ganas de servir junto a la reina
en aquel viaje… (¿de no quitarle ojo en
Aragón?). Al final, es a lo que accedió
Carlos V.
Por otro lado, se proponía a Carlos
V que revisase la idea de que no hubiera
novedad en los Consejos y que todos se
juntaran en Valladolid, «por estar allí el
audiencia real». Los aristócratas no
deberían ir a Barcelona para no mover
caballos y dinero (¿o para que no se
junten?) y desde Barcelona… ¡se podría
mandar la escuadra a tomar Argel!
Vemos que cuando, en la primavera
de 1533, Carlos V ha decidido volver a
España lo comunica a la emperatriz.
Pero comoquiera que ella es
gobernadora de los reinos de Castilla, y
en Barcelona hay un virrey de Cataluña,
podría plantearse algún tipo de conflicto
por el abandono de un reino y la entrada
en otro de la gobernadora. Por ello,
como cuenta el embajador Salinas a
Cristóbal de Castillejo, le dio «licencia
para que pudiese ir a Barcelona» (carta
233 de Salinas, 20 de junio de 1533).
Me imagino a la emperatriz, puestas las
cosas en orden en Castilla, yendo a
Levante con el corazón por delante, o en
el más sereno decir de Salinas, «más
que de [al] paso».
La emperatriz, desde Calatayud y a
28 de febrero de 1533, comunica a sus
ciudades que cuando tomó la decisión
de ir a Barcelona a recibir a Carlos V,
se determinó a dejar al cardenal de
Santiago (Tavera) en la «gobernación e
administración de la justicia de estos
reinos con los del nuestro Consejo». Sin
embargo, Carlos V finalmente ordenó
que fuera también el cardenal a
Barcelona, por lo que la reina ordenaba
que se obedeciera lo que mandaran los
del Consejo Real, «como si yo misma os
lo mandare». De forma anecdótica te
diré, lector, que al margen de esta
cédula real, conservada en el Archivo
Municipal de Málaga, hay una nota por
la que se comunica que el 3 de abril de
1596 dio al archivo de la ciudad Pedro
de Alanís, escribano del concejo, todo
el legajo de «probiziones» que estaban
en manos de su «antesesor». El ceceo y
el seseo son geniales (en AMM,
Colección de originales, 6 - 50).
Y todo listo, llegaron las noticias de
la traición y pérdida de Cazaza y se
cursaban órdenes para asegurar las
plazas de Orán y Mazalquivir, se seguía
soñando en tomar Argel, que los
cabildos catedralicios se resistían a la
paga de los medios frutos, y el de
Urueña seguía con la pendencia
matrimonial.
Como estaba previsto, Isabel, la
ilusionada Isabel, había dejado Madrid
el 17 de febrero tras reunirse con el
Consejo Real. Había pasado por Hita.
El 2 de marzo ya escribía desde la
Almunia (había parado dos días para
descansar y escribir una larguísima
carta-informe), y siguiendo una nota de
Carlos V, esperaba reencontrarse con el
cardenal en Calatayud o Barcelona. Al
mando de Castilla quedaba el Consejo
Real. Por vez primera, era un órgano
colegiado, no unipersonal, el que regía
temporalmente ese reino.
La aristocracia llamada estaba
presta a unirse a la comitiva. Pero había
algún problema. Por ejemplo, el conde
de Miranda quería acompañar a la reina,
pero estaba muy indispuesta su esposa.
Se le esperaba en Zaragoza. Al de
Medinaceli le dolía una pierna, y eso
que en julio de 1532 Carlos V había
sido explícito: «Os ruego y encargo que
obedeciendo a la emperatriz y reina […]
hagáis y cumpláis lo que os escribiere y
enviare a mandar de nuestra parte […],
que en ello nos haréis mucho placer y
servicio» (CDdeCV, CXLIX). A pesar
de todo, el condestable, el marqués de
Astorga, el conde de Benavente, don
Juan Manuel, los marqueses de Aguilar,
Cañete, Lombay, el clavero de
Calatrava, los condes de Salinas y
Chinchón, el Consejo de Aragón y
muchos caballeros mancebos formaban
la comitiva de la reina.
Pero ya que volvía Carlos V,
empezaban a meterse los rabos entre las
piernas: «A la salida de Medinaceli me
alcanzó el duque de Escalona sin le
haber llamado».
Ni que decir tiene que cada jornada
real de estas era ocasión para querer
estar esos cortesanos, para empujarse y
aparecer en las cercanías de los
emperadores. Y si unos lo lograban,
otros no. Estos se retiraban con
pesadumbre a su tierra. «Ha demandado
licencia para irse a su casa» es una frase
muy reiterada en relación con los
hombres libres. También con otros, los
fracasados, aquellos del «dícenme que
viene muy desfavorecido porque no tuvo
efecto» su pretensión. ¿Cómo no iba a
nacer algún año de estos el
Menosprecio de corte y alabanza de
aldea? ¿Cómo no, en medio de la vida
real y de la imaginaria, se iban a
reeditar los pensamientos bucólicos o a
Horacio?
Volvamos con Isabel. El 2 de enero
de 1533, desde Bolonia, Carlos V cursa
información a Barcelona. Ama mucho a
los reinos de la Corona de Aragón, mas
tenía propósito «de ir a visitar a
Castilla» por los grandes servicios que
le había hecho durante su ausencia y
«por ser la cabeza de nuestros reinos».
No obstante, había mandado llamar a la
emperatriz para que con sus hijos se
desplazaran a Barcelona y desde allí
trasladarse a Monzón para tener unas
Cortes de reconocimiento del estado
general de la Corona. Lo avisaba para
que se preparara el aposento de «nuestra
corte y a la suya lo más cómodamente
que sea posible», que se vigilaran los
precios y que hubiera suficiente cereal,
que si hubiera que importarlo se
moviera incluso desde Sicilia. Para esos
movimientos de grano habría que contar
con la emperatriz, ya que Barcelona —
lógicamente— no tenía jurisdicción para
cursar órdenes. A finales de enero Isabel
comunicaba a Barcelona que ya había
órdenes para mover grano desde
Castilla y Aragón hacia Barcelona,
avaladas por sendas cartas de Carlos V
enviadas al gobernador del principado y
al virrey de Aragón. Comoquiera que no
faltaron problemas, Isabel volvía a dar
tranquilidad a Barcelona (desde
Medinaceli, 24 de febrero de 1533) en
el sentido de que Carlos V había dado
más órdenes a Nápoles, Sicilia y
Cerdeña. A los tres días, desde Ateca,
anunciaba el envío de su aposentador.
Todo iba viento en popa en su viaje
hacia Barcelona. Ella iba felicísima:
«En los lugares por donde he pasado se
me ha hecho todo el servicio y he sido
recibida con mucha demostración de
amor».
No es de extrañar. Llevaba cuatro
años gobernando con acierto y tino. El
que a veces le faltaba a su esposo. Cabe
concluir que los consejeros en Castilla
conocían mejor Castilla que los
consejeros que tenía Carlos V en el
resto de Europa. Aunque fueran
andaluces.
Por fin, el 22 de marzo de 1533
podía Isabel escribir a Carlos V, entre
otras cosas, de las guerras
mediterráneas, o comentarle que iba a
visitar a la Virgen de Montserrat. Dentro
de nada se iban a volver a ver. La
larguísima ausencia tocaba a su fin. Él
aún no se había embarcado en Génova,
aunque estaba de camino. Lo hizo el 9
de abril de 1533.
María de los Ángeles Pérez Samper
ha destacado que Carlos V estuvo once
veces en Cataluña. Algunas de ellas muy
emotivas: durante la primera vez, de
febrero de 1519 a enero de 1520,
recibió la noticia de la elección
imperial. En 1529 volvió para
embarcarse camino de Italia. En 1533
eligió Barcelona para desembarcar tras
ese viaje. Esta estancia de 1533 fue
especialmente significativa por su
sentido «familiar». Por deseo del padre,
acudieron la esposa, el heredero y la
infanta. Solo Isabel la Católica, Isabel
de Portugal y luego Margarita de Austria
en 1599 visitaron Barcelona.
La familia real llegó cerca de
Barcelona el 26 de marzo de 1533 y dos
días más tarde tuvo lugar la entrada. En
la magnánima acogida participaron el
Consell de Cent y la Diputació del
General, preparando sendas
arquitecturas efímeras: en un caso un
arco extramuros (iban a ser dos que
exaltaban la justicia y la clemencia, pero
no hubo tiempo para acabar el segundo),
y en otro, un coliseo ante las Atarazanas
dedicado a las musas y a los poetas.
Felipe y María entraron un día antes
que la madre.
En Barcelona, como en las otras
ciudades de Castilla que hemos visto, la
entrada de Isabel fue la entrada de la
mujer del rey: aunque hubiera
solemnidad, la decoración era menor,
eran más cortos los actos de
reconocimiento, o no había jura de
fueros y privilegios (por no
corresponder hacerlo a ella).
Entró por el arco de San Antonio
hacia las dos de la tarde. La ciudad
había dispuesto que cubiertos por un
cielo estrellado hubiera varios
querubines que tañían una «música molt
concertada». Esa música servía en
cierto modo de preludio a una
representación simbólica: se
descolgaron ante la reina y lugarteniente
cuatro personajes que declamaban
ciertos versos que exaltaban las
virtudes, la fe, la esperanza y la caridad.
El cuarto personaje representaba a
Barcelona. Se dirigió a la emperatriz. Le
reconoció los esfuerzos de su marido
por defender la fe, le encomió las
victorias sobre el turco, alabó que
hubiera sido coronado emperador.
Luego entró en la ciudad, en su mula
y bajo palio. Le acompañaba el
arzobispo de Santiago. Atravesada la
Rambla llegaron a la explanada de los
Framenors, de los Minoritas, en la que
estaba el catafalco preparado para la
ocasión. A la vez que retumbaban los
aires por las descargas de la artillería,
las cofradías de la ciudad acudieron a
rendir sus banderas ante la reina.
Terminado el alarde civil, se dirigió a la
catedral y a continuación al palacio
episcopal, donde se alojó.
En Barcelona se encontraron los
esposos tras alguna leve peripecia de la
travesía del emperador, el martes de
Cuasimodo que fue el 22 de abril de
1533. Alrededor de la emperatriz
estaban todos los grandes, aristócratas y
caballeros de Castilla y Aragón que
acompañaron a ambos, arruinándose en
tantas fiestas cortesanas. Con tanta gente
extraña pululando por las calles de la
ciudad, y con tantos excesos, ocurrió lo
previsible: en una reyerta hubo más de
veinte muertos, y la ciudad se alborotó,
por lo que hubo que embarcar a una
parte de los soldados y,
admonitoriamente, se puso a las galeras
encañonando la ciudad.
Afortunadamente, las autoridades
municipales apaciguaron a unos y a
otros.
Carlos V permaneció más tiempo de
lo previsto en Barcelona, porque
siempre se sentía a gusto allí. También
porque Isabel cayó enferma, reciamente
enferma, por lo que hubo de guardar
cama en Martorell hasta finales de
agosto en que se puso camino de
Monzón, en donde entró el 7 de
septiembre (cartas 234 y 236 de Salinas
al Rey de Romanos, desde Monzón, 27
de agosto de 1533 y 12 de septiembre de
1533. Por cierto, las informaciones que
da sobre quiénes son los mejores
fabricantes de ballestas de España son
interesantísimas).
Luego, emprendieron viaje hacia el
interior de la Península.
DE CÓMO SE GANÓ ISABEL A
SUS SÚBDITOS (UN EJEMPLO DE
EJERCICIO DEL PODER ENTRE
1531 Y 1532)
Lo que viene a continuación no es plato
de gusto, no es escritura deleitosa. Al
contrario, es más bien seca. Sin
embargo, si la leyeras, verías en qué
consiste el día a día de la acción
política de Isabel. Si te la saltaras,
acaso no pasara nada, pero perderías
una de las formas de «mi» leer a Isabel.
En todo caso, quedas autorizado a leer
en diagonal.
Hace unos años presenté los
resultados del análisis de 1099 cédulas
emitidas por Isabel durante esta segunda
gobernación, entre febrero de 1531 y
marzo de 1532. Se trataba de un
impresionante fondo documental que,
entonces y ahora, me sirvió para ver
cómo existía cierta mezcolanza de
asuntos públicos y privados en la
monarquía patrimonial y cómo durante
la gobernación Isabel había ido
asentando más y más la aceptación de la
dinastía de los Habsburgo, que ya estaba
dejando de ser extranjera. En ese dejar
de ser extranjera, desde luego que la
aceptación de la lengua española como
idioma internacional, o el matrimonio
peninsular, o el alumbramiento de
heredero varón u otros asuntos, ya
puestos de manifiesto por Morel-Fatio,
Menéndez Pidal o Manuel Alvar, fueron
importantes y responsabilidad de Carlos
V.
Pero las preocupaciones expuestas
en el epistolario por Isabel o lo que
manda que se haga en estas más de mil
cédulas es asunto exclusivo de ella.
Quiero decir que el epistolario entre los
esposos parece más inducido, más
institucional. Estas cédulas parecen
nacer de preocupaciones personales.
Para comprender los contenidos de
esta fuente documental hay que conocer
algunos extremos, que, de paso, nos
servirán para entender el funcionamiento
de aquella monarquía.
En primer lugar, se trata de
monarquías dinástico-patrimoniales, no
nacionales. Tanto por la tratadística
política y jurídica, cuanto por la
práctica, la soberanía reside en el rey y
el rey es la encarnación de la justicia. El
camino que ha llevado a ello, tan
tortuoso como sangriento, fue el siglo
XV, de luchas entre reyes y nobles, que
defendían las fragmentaciones para
mantener sus espacios de poder sin
dependencias. También de luchas entre
foralistas y regnícolas, entonces —en el
XV— y aun después.
Como vemos, aún en esta
gobernación el emperador-rey ha de dar
explicaciones del papel de su esposa en
su relación con la Corona de Aragón.
En segundo lugar, quienes sirven al
rey sirven a esa persona y a su linaje.
No sirven a una nación, en sentido
actual. El embajador representa los
intereses de su rey, los cuales, por
cierto, en la medida de lo posible, es
bueno que no entren en colisión con los
de los vasallos, no sea que se le
revuelvan. Pero el embajador recibe las
instrucciones del rey y no de órganos
colegiados o pluripersonales.
Ante estas realidades, el rey tiene la
obligación de velar por los suyos, no los
puede dejar abandonados. Para ello
usará de su auctoritas y también de sus
derechos, incluso de concesión de
rentas. El rey, a legibus solutus, puede
eximir del cumplimiento de sus propias
leyes a quien él quiera, por el tiempo
que quiera, bajo las condiciones que él
quiera.
El buen o el mal uso de esas
prerrogativas, en definitiva, el ser buen
rey o caminar hacia la tiranía, hacen que
el monarca sea aceptado o criticado.
Donde he dicho rey, cabe decir reina
o gobernadora. Isabel hizo buen uso,
muy buen uso de sus prerrogativas.
Transmitió seguridad y sosiego por
doquier, aun a pesar de las largas
ausencias del esposo-emperador.
Leamos, pues, sobre el contenido de
las más de mil cédulas firmadas por
Isabel:
Antes de ahora hemos visto el
aprecio de Isabel para con el embajador
en Lisboa, don Lope Hurtado de
Mendoza. El embajador del emperador,
claro, pero que se ocupaba de los
asuntos de la gobernadora, que para algo
era portuguesa. Obviamente, en esas
cédulas hay mucho interés por los
asuntos de familia. Y de Portugal,
también.
En febrero de 1531, por ejemplo,
Isabel está próxima a su tierra natal.
Comunica al rey de Portugal que ha
concedido la ayuda que le ha pedido
para el socorro de Tánger y que ha
mandado hacia allá a Bazán. Le advierte
también que tal vez lleguen ayudas en
especie del marqués de Mondéjar,
capitán general de Granada, o desde la
ciudad de Málaga. Dos meses después,
expresa su satisfacción por las nuevas
que llegan del feliz suceso de Tánger y
de las buenas nuevas que llegan de la
India. De no haber sido por la presencia
de esta reina, en Castilla nunca habría
habido alegrías por cosas de la India, ni
habría preocupado nada las represalias
del rey de Francia contra el de Portugal
(2 de mayo de 1531, más información en
CDdeCV, CXII) o las alegrías por la
resolución del mismo problema (1 de
junio de 1531), o en general sobre la
marcha de los acontecimientos de las
relaciones entre los reyes de Portugal y
Francia (segunda mitad de 1531).
Asimismo, la reina pasa datos a
Lisboa —por medio de don Lope— o
solicita confirmaciones de noticias que
llegan sobre el turco, noticias que
proceden de Sicilia o Venecia. En otra
ocasión pide confirmaciones al
embajador, mejor que las nuevas que
vienen de Italia: ante una información de
haber sido desbaratada la armada del
rey de Portugal por los franceses, le
encarece que se entere mejor, ya que no
se constata tal dato con lo que ofrecen
los italianos.
También Carlos V escribe a Isabel y
al embajador para que informen al rey
de Portugal sobre cómo van los asuntos
de Alemania. Nada impediría que el
emperador escribiera personalmente al
rey portugués, pero usando estos canales
indirectos mantenía sabiamente
informados a todos sobre qué es lo que
sabían los otros.
También la reina de España solicita
informaciones del embajador en Lisboa
sobre el asunto de Inglaterra, aunque las
venía recibiendo del embajador en
Roma, en las que se comunicaba, en
cifra, entre otras cosas los sentimientos
de los ingleses. La preocupación sobre
el asunto le lleva a financiar con 500
ducados una cátedra en Salamanca al
doctor Ortiz, porque se está ocupando
del asunto. No bastante, en julio de 1531
manda una carta a un receptor (su
capellán) en la que le comunica que el
asunto de Inglaterra lo lleva el
emperador. Las instrucciones que
solicita el predicador Ortiz serán, desde
julio de 1531, incumbencia del
arzobispo de Santiago; tal cambio de
control sobre el asunto lo comunica al
embajador de Roma. Así las cosas,
pronto agradece a Ortiz sus servicios y
se compromete a ocuparse de sus
asuntos y los de sus hermanos. No
obstante, aún en diciembre de 1531 le
recuerda que el emperador es quien le
ha de dar instrucciones y no ella, aunque
en marzo del año siguiente seguía
informando a su reina. Pero como quiera
que los dictámenes de Castilla van a
tardar en salir, ha mandado a su confesor
en Lisboa para que informe allí a los
interesados para que actúen también con
celeridad. En marzo de 1532 ya se
cursan instrucciones al embajador de
Roma para que se vaya cerrando el
asunto de lo de Inglaterra para que
pueda descansar.
Lo anterior, en el terreno bilateral.
Pero lo personal ocupa su espacio en
pie de igualdad. Bien es verdad que, al
mismo tiempo que habían tenido lugar
aquellos preparativos, comunica a don
Lope Hurtado cómo ha pedido al rey de
Portugal que acepte en el servicio de la
reina a una hija de don Juan de Castilla
(26 de febrero de 1531), cédula que
también está localizada. En marzo del
mismo año sigue escribiendo a don Lope
Hurtado sobre este tema. Y cuando a la
esposa del embajador se le muera un
hijo, se le dará el pésame (1 de junio de
1531), así como se le encargará que
negocie un casamiento interesante entre
aristócratas de ambos reinos (entre la
condesa de Palma y Blas Téllez; hubo
problemas que no entro a dilucidar
ahora, pero que mantuvieron preocupada
a la reina medio año).
Don Lope —por mandato de Isabel
— es el encargado de transmitir el
pésame por la muerte de la infanta de
Portugal o de avisar de la buena salud
de Carlos V ante el rey de Portugal.
También, en sentido inverso, avisa de la
salud de la familia real portuguesa, que
tuvo que abandonar apresuradamente
Évora, y de algún percance más de la
familia en general y del infante don Luis
en particular.
El embajador es utilizado también
para dar comunicaciones sobre
mercedes y exhortado a que transmita
las alegrías que tiene doña Isabel por la
buena marcha de los asuntos de Portugal
y la alegría por que la gente sepa lo bien
que van las cosas en las relaciones entre
sendas Coronas.
Pero la reina Isabel es la intercesora
de los portugueses en Castilla. Alonso
de Polanco informa de que en El Puerto
de Santa María, de donde él es vecino,
hay muchos portugueses como él que
lucen el hábito de la orden de Cristo, y
lo solicita para sí. Informada la reina,
esta parecía estar conforme con la
pretensión, entre otras cosas porque era
sobrino de un consejero de Castilla. Así
que avisa a la reina de Portugal para que
le favorezcan y al embajador para que
esté al tanto del negocio. Igualmente,
Cristóbal de Salazar se lamenta de que,
aunque le hayan concedido ese hábito,
no le han dado las calidades y
prebendas aparejadas, por lo que pedía
el amparo de la reina. Ella transmite a
su hermano el rey y a su embajador la
queja.
A Isabel también acude en julio de
1531 doña María de Aragón, que está
preocupada no se vaya a dilatar la
repartición de la herencia de sus padres
entre sus hermanos. La reina de Castilla
escribe al rey de Portugal, al proveedor
de su hacienda y al embajador para que
estén al tanto del asunto.
En el verano de 1531 el aposentador
de la reina, un castellano llamado
Francisco de Escobar, ha decidido
trasladarse a Portugal para saber por
qué su hija no ha sido recibida en la
corte de aquel reino. La reina de
Castilla escribe al rey portugués con el
fin de que la reciba y al embajador —
entre otros cortesanos— para que se
mantenga informado de los trámites. A la
vez que Isabel mostraba ese interés,
escribía al embajador y al rey de
Portugal sendas cartas suplicando que a
Francisco de Cobrero se le devolviera
la alcaidía de Évora. En otra ocasión
recomienda a un aspirante de portero de
cámara o a Luis Alfonso, que fue criado
del rey de Portugal, y que aspiraba a ser
correo mayor de aquel reino, para lo
cual doña Isabel escribía al embajador;
o a Bartolomé Márquez, que quería una
plaza de escudero del infante de
Portugal; o Francisco Márquez, capellán
de doña Isabel, deseoso de una vicaría
allá y agraviado porque no se la daban;
o João Dias, su repostero de camas, que
quería volver a casa y que aspiraba a
una plaza de contador; también escribe
al embajador para que defienda los
intereses de Díaz d’Avero; igualmente se
pone en contacto con el rey, con don
Luis, con un par de obispos y con los
interesados para que deje de haber roces
entre su capellán Juan Garcés y Simón
Freile. Rodrigo de Dueñas, vecino de
Medina del Campo, va a principios del
1532 a Portugal: lleva consigo cerca de
media docena de cartas de
recomendación a su favor para el rey, la
reina y otros oficiales portugueses, así
como para el embajador.
La muerte de don Diego de Melo en
Guadalupe ha dejado desamparado a un
hijo. La reina se preocupa por él y
solicita del rey portugués una
encomienda que tenía el padre para que
pase al huérfano. Ni que decir tiene que
el embajador se ocupa del asunto.
También parece ser incumbencia de
la reina de España el que se indulte a
João Viera, preso por ir a rescatar a los
ríos de Guinea. Y tanto el infante don
Luis como el embajador reciben un
escrito de doña Isabel en el que ruega un
indulto para un Blas Pérez, que es
pobre, casado y con hijos de corta edad.
Así que, aunque la reina no tiene
embajador propio en Lisboa, lo utiliza
para sus asuntos y los de la monarquía.
A la reina se le retiran ciertas
informaciones de importancia: las que
tienen que ver con Inglaterra. Los temas
por parte de Isabel que ocupan la vida
del embajador del emperador en Lisboa
son tanto cuestiones de casamientos,
como intercesiones en materia de
justicia o de nombramientos, así como
intercesiones entre partes enfrentadas.
Proliferan, sin duda, cartas entre la reina
y su padre o su hermano, como si la
emisión de cédulas de la cámara fuera
no solo el gobierno de la Corona, sino
también el gobierno de la familia y, en
cualquier caso, Isabel parece desvelada
por avivar las buenas relaciones entre
los vasallos de las dos Coronas. Para
ello maneja algunas potestades de la
monarquía: la concesión de mercedes y
la exención al cumplimiento de la
norma, esto es, la concesión de
privilegios.
Mas la reina de España se encarga
de otras cuestiones de Portugal. Desde
su corte itinerante castellana pide al rey
de Portugal que trate con favor a unas u
otras personas y que deje a aquel pobre
hombre que les lleve pescado. A la reina
de Portugal le recomendará a unos
personajes y escribirá a ambos, o a
otros oficiales o personalidades, para
que les den información sobre la salud
de la familia real portuguesa, o para que
se atienda a aquel portugués que quiere
un oficio en la India, o que se le dé la
recompensa que sea a un correo de allá
que trajo alguna nueva o un vestido para
otro servidor de aquel reino y al otro
que le dieran licencia para llevar trigo a
África, aunque pide también que a uno
que cometió delitos contra el derecho
canónico en Coimbra y Tárraga se le
castigue; a los hermanos Pardo les
confiscaron una nao creyendo que era
francesa y la reina pedía que la soltaran;
una dama de la reina de Francia podría
recibir una ayuda para casamiento de la
mano de los reyes de Portugal; o aquel
otro portugués que llevaba veinte años
de batallas y que quería un oficio y la
reina escribe al rey recomendándole; o
aquellas otras, hijas de Juan Fernández
de Pereira, que han fundado un
monasterio de su patrimonio, pero
reciben agravio de una monja que reside
en otro monasterio cercano, todo en
Portugal. La reina pide al padre
provincial de la provincia de Portugal
que las tenga por muy encomendadas
para evitar esas cosas y que los asuntos
de Silveira sean despachados con
brevedad. También podía ser asunto de
la reina de España lo de Juan Garcés,
«mi capellán» que tenía «pasiones» con
Simón Freile sobre ciertos beneficios y
que por ser sobrino de Lorenzo Garcés,
embajador del rey de Portugal en
Francia ya difunto, quería que se le
apoyara y beneficiara, por lo que Isabel
escribía al rey de Portugal. Mencía de
Espina, mujer del difunto Hernando de
Coto, tenía en la Casa de la India de
Portugal ciertos maravedíes que eran la
única hacienda que le había quedado: la
reina escribe al rey de Portugal para que
le sean pagados esos maravedíes y que
haga la merced que haya lugar para que
siga recibiendo la cantidad que su
marido tenía al año. Pedro Farma había
tenido a su cargo el almojarifazgo de
Abrantes, y la reina de España pedía una
merced para él; probablemente le
quedara muy agradecido fray Ambrosio,
ya que doña Isabel escribió al padre
general de los jerónimos para que se le
incluyera como uno más de los frailes
que iban de embajada a ver al rey de
Portugal.
Por otro lado, es lógico que reinos
amigos se transmitieran noticias de
cosas que les afectaran, pero entre estas
correspondencias lo que se ve es la
preocupación por la familia: los turcos
acuden hacia la India, se avisa. Claro
que tampoco se queda atrás el prior
francés del monasterio de Nuestra
Señora de Tujo de la orden de San
Benito en Lisboa, que iba a suplicar al
rey cierta limosna y se dirige a doña
Isabel para que interceda por su
congregación ante el de Portugal.
Ahora bien, esas relaciones de
confraternidad se quedan cortas si se
comparan con el hecho de que ante
ciertas cuestiones inquisitoriales que el
rey de Portugal consulta con su
embajador en Roma, la reina le
comunica al del emperador que las hace
suyas y que se reúnan los dos
embajadores para acordar.
Fray Antonio, clérigo portugués,
quiere servir en la capellanía de un
colegio. La reina escribe al rector y
colegiales del Colegio de San Sebastián
de la ciudad de Salamanca sobre el
asunto y al propio obispo de la diócesis.
También, con asuntos de clérigos, es la
carta que manda al monarca portugués
para que traten bien a fray Juan de
Podar, que va a Portugal para visitar
ciertos monasterios de frailes, monjas y
beatas. Acaso el intercambio quedara
bien latente en el caso del tesorero del
rey de Portugal, al que se había
concedido una merced pecuniaria que no
le dio tiempo de disfrutar por haber
muerto antes. La reina solicitaba del
emperador que le traspasara la merced a
los hijos. Y del mismo tema religioso, la
recomendación para que se tuviera por
capellán del infante de Portugal a un
Blas Hernández, que, por cierto, es
posible que tuviera algún problema
eclesiástico antes.
La concepción del territorio político
de la emperatriz está clara en otra
cédula, esta a favor de Duarte Farina y
Antonio Días, portugueses. Va dirigida
al presidente y oidores de la audiencia
real que reside en la Nueva España para
que les dejen asentarse allí porque son
leales al emperador. «No se les dieron
[asiento] y rasgáronse porque se
pregonó que ningún extranjero fuese a
las Indias». En el otro lado de la
balanza, además de las intercesiones de
asuntos en la India, volvería a citar a la
viuda de aquel Juan Ruiz Machado,
vecino de Estremoz, porque le deben el
sueldo de cuando sirvió al rey de
Portugal en la Casa de la India y pide el
amparo de Isabel.
Intercede por Vasco Enríques, al
cual en la frontera le han quitado unos
paños porque no los había registrado.
Juan de Almeida se iba hacia
Alemania, para seguir sirviendo al
emperador. Es tenido por «persona tan
principal de Portugal».
Aunque a lo mejor ninguna
intercesión como la que hizo por Pedro
de Solís. Se le perdió un halcón y llegó
a manos del infante don Luis de
Portugal, que está muy contento de sus
servicios en la caza, pero como no
quiere tenerlo sin consentimiento del
dueño, la reina le pide que le permita
usarlo… Agradecido, sin duda.
Como agradecido le estaría —a este
lado de la raya— el corregidor de
Zamora, al que tras siete años de espera,
le mandó pagar sus salarios, o el de
Molina, que juzgó incorrectamente a un
tal Juan del Castillo y fue suspendido en
el ejercicio del oficio. Tiempo después,
recordando los muchos servicios a los
Reyes Católicos, a Carlos V y a ella,
pedía un indulto, que le fue otorgado.
¿Cómo no le iba a estar agradecido?
Y si te hubieras quedado con ganas
de saber más cosas de Isabel como
protectora de lo portugués, hay unas
cuantas noticias más en el libro de
Mazarío Coleto que no pongo aquí.
Sigamos con las cédulas: podía
darse el caso que, con la corte
itinerante, los aristócratas no supieran
adónde ir. Entonces la reina les llamaba
y ellos acudían (salvo que les doliera la
pierna) a su servicio.
Por ejemplo, en la primavera de
1531 llama al conde Miranda para que
no vaya a Valladolid y se dirija, por el
contrario, a la corte; en febrero de 1532
se le vuelve a llamar a la corte, como a
don Gaspar Manrique dos días después;
al maestre Diego Zarajano a finales de
marzo de 1531; al clavero de Calatrava
para que le informe de un capítulo
general de órdenes con el Consejo y
nuevamente a mediados de mayo de
1531; al arzobispo de Toledo,
llamamiento que le reitera unos días más
tarde cuando le comunica que ha
determinado irse a Salamanca, salvo que
allá haya peste, y le vuelve a llamar por
tercera vez; también se llama al
aposentador real para que prepare la
mudanza de Ocaña y la de Ávila; el
obispo de Zamora es convocado a Ávila
por dos veces (aún desde Ocaña, a
mediados de mayo de 1531); sorprende
que se llame a Juan de Vozmediano,
nuestro secretario, que vaya a Ávila,
donde ella estará antes de Pascua; acaso
para resolver algún problema teológico-
jurídico hizo que se llamara al
venerable padre maestro fray Pedro de
Vitoria, ministro del monasterio de la
Trinidad en Valladolid o más tarde a
fray Juan de Vertavillo, para que viniera
a la corte pasado el mes de noviembre.
También se reclama a don Francisco de
Mendoza; a don Antonio del Águila; a
don Pedro de Córdoba le mete prisa el 3
de julio, el mismo día que llama al
licenciado Figueroa, oidor de la
Audiencia y Chancillería, al cual el
emperador le quiere ocupar en «algunas
cosas que importan al servicio de
Dios»; un tirón de orejas se merece Juan
Vázquez de Molina, nuestro secretario y
comendador de Estriana: que no se
detenga más tiempo por su boda, que
hace falta en la corte. Se llamó también
a un tal Pedro Márquez, vecino de
Villanueva de Alcaraz…
Otras personas, y volviendo a la
corte de la emperatriz —que no es corte
de emperatriz sino de virreina en
Castilla—, piden expresamente estar en
la corte, como fray Gonzalo Contino,
que a la reina le parece bien y accede.
Los hay que quieren entrar al servicio de
la reina. A unos se les agradece cuando
cesan, como al marqués de Ayamonte o a
don Juan de Pomar; a otros cuando se
ofrecen para el servicio, como doña
María de Lorona, a quien se da las
gracias por su carta en la que muestra su
voluntad de servir; también está en esa
línea don Pedro de Zúñiga, hijo bastardo
del duque de Béjar, hermanastro, pues,
del marqués de Ayamonte, el cual al
morir su padre expone a la reina su
voluntad de servirle. La actitud del
bastardo podría deberse al miedo de
quedarse solo y necesitar protector o a
que con su padre en vida se sintiera un
cierto desdén hacia Isabel. Porque no ha
pasado un mes del fallecimiento, la
duquesa ha dispuesto la boda de tres de
sus hijas y la reina le advierte: que no
disponga de ningún casamiento sin su
«licencia y especial mandamiento». El
pulso está echado, aunque lo gana Isabel
(cédulas de febrero de 1532).
Otro grande que espera a la muerte
del pater familias es el duque de Alba.
Hasta que no desaparece su abuelo, no
muestra ofrecimiento de voluntad de
servir y, aun así, comunica a la reina que
tardará en ir a besarle las manos porque
está indispuesto, y es que parece claro
que aunque al emperador, que es rey
aceptado, desde Villalar, se le quiera
servir, por estar lejos, resulta evidente
que tiene su beneficio servir a la reina
Isabel.
No lo olvidemos: cada uno que se le
ofrezca será una aceptación más de que
quienes rigen los destinos de Castilla y
Aragón son Carlos e Isabel y nunca más
Juana. Esta es la trascendencia de entrar
al servicio de la emperatriz.
Por otro lado, la corte no era un
mundo privativo de los castellanos
cinco años después de la boda de
Sevilla: Diego de Melo, hermano de
doña Guiomar de Melo, cuando venía a
la corte enfermó y se hospedó en el
monasterio de Nuestra Señora de
Guadalupe. La reina escribe al padre
vicario de ese monasterio para que le
cuiden bien mientras esté allí.
De entre los inconvenientes, los
había de incompatibilidad, como la de
Soto, el regidor de Aranda, que por
estar permanentemente en la corte no le
pagaban su salario en la ciudad
burgalesa y la reina tenía que poner
remedio al asunto (esta técnica de que
por mandado del rey se acepte por
«residido en la corte» a un individuo o
que por estar al servicio del rey no
puede estar en su lugar de origen es muy
habitual y se ve bien en la Escribanía
Mayor de Rentas de Simancas); a
Francisco Peveado, repostero de
estrados, también se le concede
residencia.
De entre los inconvenientes de la
corte itinerante y restringida, el que la
reina pudiera negar a alguien que fuera a
la corte, fenómeno que aunque suele ser
orden de destierro (Laso de la Vega), a
veces es una taxativa orden contra
alguien para que no haga el viaje en
balde.
Es verdad que había una corte más
apetitosa que la de Castilla: don Álvaro
de Luna, capitán de los continos,
hombres de armas que residen en esta
corte, quiere ir a servir al emperador a
Alemania, y la reina escribe al
emperador para que le reciba.
Y, en fin, algunos desdichados tenían
mala suerte: es el caso de Diego
Gutiérrez, hijo del tesorero Alonso
Gutiérrez. Según los libros de Flandes,
se le deben cinco años que estuvo
residiendo en la corte. Pide a su
majestad que sea mudado esto a los
libros de Castilla y se le otorgue algún
asiento, porque en su defecto perderá el
dinero. Por si acaso la reina no es
bastante, le escribe a Cobos recordando
el asunto para que el emperador curse
las órdenes oportunas (septiembre de
1531). No sé si cobró, aunque con
semejantes agarres, sería difícil que no
lo hiciera.
Aunque no quepa la menor duda de
que la corte es, sobre todo, la casa del
rey, hay un problema de interpretación
sobre qué es la casa del rey. Juan
Antonio Doria no va a Medina a cobrar
un asiento, sino que va «a la corte»,
cuando esta está en Medina. Tal vez se
trate de la última reminiscencia de una
manera peculiar de interpretar qué cosa
es casa del rey, qué cosa corte y qué
rentas reales y qué rentas de la casa
real.
Claro que en las mismas está doña
Ana Coronel, que tiene ciertos
maravedíes librados en la tesorería de
Aragón, por eso escribe a doña María
de Toledo para que le sean pagados en
«esta corte» o en alguna feria por vía de
cambio, porque no puede desplazarse
hasta el otro reino. Aquí Medina es
corte porque está la corte, pero sigue
siendo plaza de cambios. Si se va la
corte, dejará de ser corte.
El 18 de abril de 1531 la reina llama
a la corte en Ocaña a su aposentador,
porque se ha determinado partir el 10 de
mayo y le quiere cerca de ella. Acto
seguido, el 4 de mayo le entrega la
cédula para que vaya a entender en lo
del aposento de Ávila. La cédula
incluiría órdenes a todas las autoridades
para que le dejaran hacer y le dieran
ayuda. El 4 de mayo el repostero de la
cámara de la reina avisa al corregidor
de que van a llegar a Ávila. Como han
de pasar por Toledo, son aposentadores
ordinarios los que preparan todo allí, y
si por si acaso se necesitan refuerzos,
hay nuevos nombramientos: Martín
Pérez es aposentador desde el 15 de
mayo.
Luego empieza a ponerse en marcha
la corte y se les va comentando o
comunicando a los viajantes dónde se
les va a aposentar. Y empiezan, también,
las quejas: el arzobispo de Toledo y uno
de la capilla de la reina encuentran
insuficiente el aposento que se les da.
Aunque no todos los cometidos de
los aposentadores tratan sobre alojar
una corte itinerante: Francisco Escobar
fue mandado a Portugal ante el rey
vecino con asuntos de Isabel. E,
igualmente, desde el aposento se puede
obtener algún beneficio: al aposentador
Diego de Carvajal la reina le
recomienda ante el emperador para que
lo haga contino.
El 30 de agosto de 1531 se vuelve a
llamar al aposentador mayor para que
prepare el traslado de la corte de Ávila
y el 8 de septiembre se mandan las
cédulas reales pertinentes a Medina. El
13 y el 21 de septiembre empiezan las
instrucciones de aposento, y concluido
este traslado, Baeza es recomendado
ante el emperador y recompensado por
sus servicios, así como abonados ciertos
dineros que él había adelantado por el
traslado de la corte. En febrero de 1532
concede cédula de recomendación para
otro aposentador que vive en Portugal…
Todo traslado de corte implica
importantes gastos: 500 ducados costó
llevar la recámara de Ávila a Medina;
entre los alguaciles que fueron a
requisar carretas por orden de los
alcaldes de casa y corte se repartieron
4875 maravedíes; el acondicionamiento
«del palacio» de Medina costó más de
50.000 maravedíes, que adelantó un
contino y se le devolvieron en 8 de
octubre de 1531; todo esto sin contar las
gratificaciones extraordinarias que se
daban, porque a cualquier particular le
costaba sus dineros un traslado de casa
y familia.
Y aunque una gran ventaja de estos
movimientos de corte era el que los
reyes, en este caso la reina, estuvieran
cerca de sus vasallos, a veces estos
traslados podían usarse de manera algo
inquietante.
UN INCISO: LA ENTRADA EN
ÁVILA EL 24 DE MAYO DE 1531 (Y
EL ¿DESPLANTE? A LA REINA)
Veamos el traslado a Ávila. El 1 de
mayo está claro que la localidad más
salubre es Ávila, y a ella ha
determinado irse la corte. Ya lo hemos
visto. Pues bien, la ciudad castellana
tiene el atrevimiento de pedir a la reina
que no vaya allá hasta pasada la Pascua
porque no da tiempo de aderezarla.
Doña Isabel informa que ha decidido
seguir su camino y llegar antes del
viernes de Pascua: el 30 de mayo se
expide la primera cédula desde allí.
Aunque ya en 1905 se había perdido
el libro de acuerdos del ayuntamiento
correspondiente a 1531, podemos saber
qué ocurrió con la entrada de la reina.
No le faltaba razón al gran Manuel
de Foronda cuando en 1905 redactó unas
líneas sobre la estancia de Isabel en
Ávila en 1531, para advertirnos que
cuando la campana conocida como «el
Zumbo» llamó a concejo, el ir y venir de
caballeros y peones distaba mucho del
de una llamada al-arma. Sus andares,
aun nerviosos, eran más sosegados que
los vistos diez años atrás en tiempos de
la Comunidad. Hoy lo que pasaba era
diferente. El arzobispo de Santiago
había entrado el día anterior, 23 de
mayo de 1531, a las seis de la tarde, con
digna recepción de la clerecía de la
ciudad. Hoy, por su parte, desde las
casas del concejo han salido ricamente
ataviados los regidores, con ropas
encarnadas y forros pardos, detrás de
ellos los reyes de armas con las
insignias de la ciudad y por último los
demás oficiales municipales, los
procuradores, escribanos, alcaldes de la
Hermandad y hasta ciento ochenta y dos
hombres de armas costeados por los
Dávila, Pamo, Sandoval, Águila,
Contreras, Valderrábano, Bracamonte y
otros. Iban en procesión y comitiva
desde la plaza del Mercado Chico hacia
el barrio de Cesteros, en donde se había
levantado un arco triunfal, eso sí,
efímero, con las insignias imperiales.
Enfrente, subiendo desde las Fervencias
en una lujosa litera, va la emperatriz
escoltada por la Iglesia y la nobleza.
Tres años después se recibirá allí
también a Carlos V, «con vestido llano
[…], caballo morcillo», en palabras de
fray Prudencio de Sandoval.
Las comitivas de ambos lados se
abren en medio círculo. El corregidor se
dirige hacia la litera y entonces
pronuncia aquel discurso de bienvenida,
que se queda más bien en hosco y
adusto, que en exceso cortés:
Esta ciudad besa los imperiales pies
y manos de vuestra majestad por la
merced muy grande que vuestra majestad
le ha hecho en venirla a visitar; suplica
a vuestra majestad la perdone porque no
se harán tantas muestras de muy crecida
alegría que reciben en ver a vuestra
majestad y como se requería en tan alto
recibimiento, porque se dejan de hacer
por la ausencia del emperador y rey
nuestro señor y porque así vuestra
majestad lo mandó a mandar.
La emperatriz agradece las palabras.
Pero ¿de verdad se merece que, aunque
ella lo haya dicho, no salgan a recibirla
de otra manera, siendo ella la reina? ¿O
es que querían hacerle ganarse el título
de reina, ya que la había, aunque
enajenada y en Tordesillas?
Se abre la formación de los hombres
de armas y entra la reina en Ávila,
camino de Santa Ana y ya bajo palio que
cubre la litera, cuyo porte se turnan las
familias ilustres de la ciudad. El destino
último es la catedral. En la puerta,
ayudada por el arzobispo de Toledo, se
incorpora la emperatriz, que coge en
brazos a su hijo Felipe, aún vestido de
largo, a pesar de sus cuatro años. Bajo
el arco de entrada erigido ante la puerta
de Santa María, hechas las preces y
juramentos de rigor, entra la emperatriz
en la iglesia, sujetando de una mano a su
hijo, el cual da la otra al arzobispo de
Toledo.
A continuación, rezado lo que hay
que rezar, sale la familia real hacia el
palacio de Velada. El marqués, por
cierto, no puede asistir a nada porque se
halla muy enfermo.
Durante los días siguientes se
suceden las fiestas. Destaca la profusión
de doncellas danzantes: «Trescientas
mozas aldeanas de los sexmos y tierra
de Ávila, que salieron bailando muy
bien vestidas, a quienes acompañaban
sus galanes»; también hubo otras danzas
«de serranas de doce en doce, con sus
galanes, ricamente aderezadas, cada una
de su manera» e incluso «los
maestrescuelas de los niños, sacando
gran número de ellos, con un disfraz
bien alegre, conforme a su puericia».
Durante esta estancia dejó don
Felipe de ir vestido de largo, para
empezar a vestir de corto, «de galán,
como siempre lo fue».
El 26 de septiembre de 1531,
pasados los rigores del verano, se
fueron a Medina del Campo.
A pesar de las ventajas de los
movimientos de corte, había problemas.
Otro más, por ejemplo, el que en 1532
una familia de hidalgos rurales, de
Pobladura, se lamentaban y pleiteaban,
porque aun a pesar de su condición
social, les habían cogido las mulas y
carretas para los traslados de la
emperatriz.
LA RESOLUCIÓN DE LAS
PREOCUPACIONES DE LA REINA
ENTRE 1531 Y 1532
De qué se preocupó, pues, su real
persona, en aquel año. Sin entrar en
mayores detenimientos, puedo apuntar
algunas conclusiones: el 22 por ciento
de las cédulas emitidas por la cámara
real son recomendaciones a otras
personas para que alguien sea tenido en
consideración cuando solicita algo; son,
en muchos casos, especie de cartas
credenciales, son apoyos personales de
la reina a personas determinadas: el
papel que se juega aquí es el de que el
vasallo agradezca directa y
personalmente a la reina su futuro.
El 18 por ciento de las cédulas son
para conceder mercedes a nobles, a
instituciones eclesiásticas y a pecheros.
Se trata de agradecimientos o pagos no
asentados en los libros ordinarios por
habérsele hecho algún servicio a la
reina. También son ayudas para el
casamiento de hijas, otorgamiento de
limosnas, etc.
El 14 por ciento son cartas a
particulares, que son un saco sin fondo:
en bastantes casos agradece o pide
noticias sobre este o aquel asunto; da las
gracias por comunicársele cosas de la
salud del césar (veintitrés cartas en un
año son dos cartas mensuales); hay
pésames o interesantísimas notas
agradeciendo a personas, habitualmente
nobles, el ofrecimiento de sus servicios:
¿un rey agradeciendo a un noble que
tenga disposición a servirle?
A su vez, el 11 por ciento son
intercesiones de la reina para alterar
decisiones de justicia (cincuenta y dos
cédulas intervinientes), en cuestiones de
impuestos, en oficios o hábitos de
órdenes…
De este rápido esbozo concluiré
citando ese 10 por ciento de cédulas
destinadas a nombramientos de la casa
real.
En conclusión, el 75 por ciento de
las cédulas tienen como resultado que
alguien, noble o pechero, esté
reconocido y agradecido directamente a
la reina porque ella le ha hecho una
merced o le ha favorecido de alguna
manera. En verdad, ese agradecimiento
no sería solo personal, sino que
afectaría al linaje.
En definitiva, la estrategia de la
reina, usando de su potestad de dar
mercedes, fue usada para asentarse entre
sus súbditos castellanos y con ello
lograr subir un peldaño más en la
consolidación de la aceptación de la
dinastía extranjera.
Téngase muy presente que ella
informa al rey de mil cosas, como hemos
visto en el epistolario, pero no de las
mercedes concedidas en estas cédulas
de la cámara. Dicho sea de paso, que el
cruce de las cartas y las cédulas da
buena luz para la comprensión de
muchos asuntos. La reina sabe qué
ocurre en Europa y llega a contradecir al
marido si es necesario. A él, por otro
lado, le mantiene bien informado de
muchas cosas de Castilla… pero del uso
de las cédulas de la cámara, por
ejemplo, no. Si cruzamos las
informaciones, hay una laguna sin cubrir
entre lo que cuenta o lo que opina ante el
rey y la proliferación de cédulas de
mercedes concedidas. Y por más que se
hable de las faltas de dinero, se escapa
mucho hacia la satisfacción de
voluntades portuguesas y castellanas,
que aunque en términos comparativos no
fueran cantidades enormes, sí que es
significativo que nunca comente al rey si
ha hecho tal o cual señalamiento a favor
de tal o cual personaje o cortesano. Son
cosas que a un emperador acaso no tenía
que comunicar una gobernadora.
Por cierto, muchas de estas
mercedes tienen como beneficiarios a
portugueses. En cualquier caso, no
parece una pérdida de tiempo en
términos políticos aquel año de la
gobernación de escasas miras, de
horizontes apocados de Isabel, como se
ha presentado. Al contrario, aquella
gobernación fue usada para robustecer
las bases de Castilla, y lo logró
plenamente. La gobernación virreinalista
funcionó; pero de escaso horizonte,
nada: todo muy práctico. Luego, el hijo
varón seguiría creciendo, poco después
se reunirían el emperador y la esposa y
el proceso de aceptación de lo
extranjero llegaría al éxtasis con la
muerte de ella y su paso a la leyenda.
Alguna vez otros acudían a pedir
merced a la reina para algún criado. En
noviembre de 1530 el mismísimo
Fernando I recomendaba a Sancho de
Paredes, vecino de Cáceres, exservidor
de Isabel la Católica y servidor suyo
antes de que lo expulsara su hermano de
España (CDdeCV, LXXXIX y XC).
O el mismísimo Carlos V
recomendaba que al gran Luis de Ávila
y Zúñiga (marqués de Mirabel) le diera
algo, como por ejemplo, una regiduría
en Ávila (CDdeCV, XCII).
¿Y al revés? Desde luego Isabel era
pródiga. Ya lo hemos visto antes, que de
ninguna manera querría abandonar a los
suyos. No lo hizo tampoco tras la
muerte. Lo comprobaremos más
adelante. En la estancia de verano-
invierno de 1530 en Augsburgo, Carlos
V había recibido algunas cartas de
recomendación mandadas por la
emperatriz. El esposo le informaba a
finales de noviembre de lo que se había
podido ir haciendo (CDdeCV, XCIII). A
tres hijos de aristócratas se les colocaba
como continos. A la cuidadora de la
infanta María le daba una merced de
50.000 maravedíes de por vida.
Igualmente, situaba a un capellán de
corte y a un criado del arzobispo de
Toledo. Sin embargo, no se podía
mejorar a Jorge de Melo. Los 30.000
maravedíes que cobraba la portera
Mayor Díaz «se consumían», es decir
que no se entregaban a nadie más, y
añadía Carlos V que por «las
necesidades que hay, no dan lugar [los
dineros] a hacer nueva merced en las
rentas». Así que con el juro de don Luis
de Toledo, «lo mismo digo». Ese
consumo de plazas, esa extinción, se
repetía con ciertas capitanías «por haber
muchos capitanes». Al duque de Arcos,
que le daban 100.000 maravedíes por el
alguacilazgo mayor de Jerez, se los
quitaban porque «no lo usaba»: ¡cómo
se pondría! Además, por ley, los
alguacilazgos eran competencias de
corregidores, por lo que no había razón
para proveerlos en otros. ¡Había que
ahorrar! Los Mejía de Jaén se quedaban
con dos palmos de narices en su
aspiración de ocupar una veinticuatría
en Jaén, porque no era para ellos «por
algunas causas cumplideras a nuestro
servicio». Con este ambiente, no es de
extrañar que se retrasara el
nombramiento de alcalde mayor, capitán
de Sevilla y una veinticuatría de
Sevilla…
La reina de orígenes portugueses se
había ido haciendo con su espacio
político, soportando no pocos
desplantes, sobre todo nobiliarios.
Aunque, al mismo tiempo, algunas
casas se ponían a los pies de la
emperatriz, constantemente, como se ve
en variada documentación de archivo.
HOMBRES Y NÓMINAS HACIA
1531
Vamos a hacer una pequeña incursión en
los gastos que ocasionaba al erario de
Castilla la paga del «presidente,
Consejo y otros oficiales de la corte» en
1531.
Con cargo a las rentas reales
administradas por Cristóbal Suárez,
contador de relaciones del rey, había
ciento ochenta y dos pagos por ese
concepto divididos en varias categorías.
En primer lugar, el presidente del
Consejo Real, el arzobispo de Santiago,
que cobraba 600.000 maravedíes
anuales.
Los miembros del Consejo eran
doce, los doctores Vázquez, Guevara,
Arcilla, Corral, Montoya, y los
licenciados Santiago, Polanco, Aguirre,
Medina, Acuña, Girón y don García de
Padilla.
El sueldo anual, la «quitación», era
de 100.000 maravedíes, seis veces
menos que el presidente. Ahora bien,
había otros conceptos, tales como los de
«ayuda de costa» o alguna merced real,
que hacían que se establecieran
escalones internos por vía de salario (a
cambio de horas extras, de servicios al
rey). Así, por ejemplo, aparte de los
100.000 de base, el licenciado Santiago
percibió otros 100.000 en ayuda de
costa. Polanco, 410.000 por hacerse
cargo de los despachos de la cámara y
sin especificar el trabajo extra, mientras
estuviera ausente Carlos V; Vázquez,
200.000 de ayuda de costa y de merced
extraordinaria; los mismo que Guevara,
por ayuda de costa y mientras Carlos V
estuviera fuera «de estos reinos de
España»; Acuña otros 200.000 más,
«por el cargo que tiene del archivo de
las escrituras tocantes a la Corona real»
y de ayuda de costa; Arcilla, 160.000 de
ayuda de costa y otra merced; don
García, 150.000, entre la ayuda de costa
y el extra porque «entiende en los
despachos de la cámara»; y, finalmente,
Aguirre, Medina, Corral, Girón y
Montoya, 100.000 más de ayuda de
costa.
El segundo de los Consejos en
importancia en 1531 era el de Guerra,
ya que el de Estado estaba supeditado a
las decisiones que se tomaran apud
Carlos V. Cada consejero de Guerra
cobraba 100.000 maravedíes Así el
marqués de Cañete, don Pedro Hurtado
de Mendoza; don Juan Manuel; don
Bernardo de Rojas, marqués de Denia;
don García Enríquez Manrique, conde
de Osorno; el marqués de Aguilar; y don
Francisco de Mendoza, obispo de
Zamora.
El tercer Consejo en importancia era
el de Indias (y eso que no aparece
ninguna alusión en las cartas de la
primera tanda de Isabel a Carlos y
alguna dispersa referencia con motivo
de embargos en la segunda). Lo presidía
el cardenal arzobispo de Osma, y
cobraba 200.000 maravedíes Los
miembros de ese Consejo, los doctores
Beltrán, Bernal, el licenciado Suárez de
Carvajal, Isunza (en su nombre la
viuda), Juan de Prado, cobraban
100.000 al año, excepto Suárez y Bernal
que duplicaron con otros 100.000 el
sueldo (Bernal algo menos porque fue
nombrado consejero en 14 de febrero).
Por su parte, las secretarías de los
Consejos estaban también remuneradas:
Cobos (aunque estaba por Europa, pero,
como decía Carlos V, su esposa era
insaciable) recibía 400.000 maravedíes,
más que los consejeros e incluso más
que el presidente de Indias. Claro que
estaba justificado todo lo que cobraba:
era secretario de Estado, de Hacienda y
llevaba despachos de la cámara.
Zuazola era secretario de Guerra,
con 100.000 maravedíes de salario
(como un consejero), pero con ayuda de
costa de 50.000 maravedíes, como
Antonio de Villegas, Pedro de Torres,
Juan de Vozmediano, Alonso de
Argüello, Alonso de Valdés (aunque se
le duplican las ayudas de costa) en
Guerra también.
Los alcaldes de corte eran cinco y
cobraban otros 100.000 maravedíes y de
ayudas de costa, 75.000 maravedíes.
Los trece escribanos del Consejo
Real, 9000 maravedíes de quitación
anual, y normalmente sin ayuda de costa
(solo en los casos de secretario en
Inquisición, o una relatoría
extraordinaria en el Consejo).
Los veinticuatro alguaciles cobraban
30.000 maravedíes cada uno.
Los veintitrés aposentadores lo
mismo.
Los médicos eran dieciséis. Pero
bajo esta denominación se registraban
los médicos, en efecto (los doctores
Juan Sánchez de Bilbao, Dávila,
Almazán, Guadalupe, Cavallos,
Melgar), pero también los físicos (los
doctores Hernán López, Miguel Zorita
de Alfaro, Villalobos, Abarat (?), el
licenciado Frías), o los cirujanos (el
doctor Solís, el licenciado Soria, Jaime
Bonfil, el maestro Francisco Suárez y
Miguel Martínez) y algunos otros
(Antonio de Roa, que era «algibrista
mayor»), cobraban entre 80.000 y
90.000 maravedíes de quitación y una
gran variedad de ayudas de costa.
Por otro lado, el conde de Miranda,
como mayordomo mayor de la
emperatriz, cobraba un millón de
maravedíes.
Don Diego Enríquez de Guzmán,
conde de Alba de Liste, mayordomo
mayor de doña Juana en Tordesillas,
200.000 maravedíes.
El duque de Maqueda, «mayordomo
mayor de la reina [Juana, en Tordesillas]
nuestra señora», 167.250 maravedíes.
Doña María Manuel, 100.000
maravedíes.
Doña Guiomar de Melo, camarera
mayor de la emperatriz, otros 100.000
maravedíes.
Doña Inés Manrique, 150.000
maravedíes. Por el «cargo que tiene de
los ilustrísimos príncipe e infante».
El secretario Juan Vázquez, hasta
125.000 maravedíes. En la misma
partida, Juan de Sámano, secretario de
las Indias, 60.000; el licenciado
Galindo, contador mayor, 120.000
maravedíes; el licenciado Soto, letrado
de pobres, 15.000; el procurador de
pobres, Cristóbal Rodríguez de Arenas,
13.000 maravedíes; fray Antonio de
Guevara, obispo de Guadix, 80.000
maravedíes, por cronista; lo mismo que
fray Bernardo Gentil; a los escribanos
Lope Hurtado, fray Antonio de Torres,
que se encargaban de los despachos de
la corte, este último como «solicitador»,
60.000; también era «solicitador» en
Chancillería de los papeles de la corte
Cristóbal de Aldana; al contador Juan de
Eraso, porque toma «la razón» de las
mercedes, o sea, las registra, 65.000
maravedíes; al escribano Andrés
Martínez de Ondarza, 95.000
maravedíes.; al escribano Juan de
Salazar, 60.000; a Pedro de los Cobos,
contino, 35.000 maravedíes; al veedor
de los continos, Lope de Ribera, 20.000
maravedíes; y así la relación de oficios
menores —sobre todo de pluma, de
escritura— se prolonga entre oficiales
de quitaciones, teniente de la Escribanía
Mayor de Rentas o secretarios de
Hacienda (de entre los más
recompensados es Cristóbal Suárez).
A él, a Cristóbal Suárez, se le hacía
cargo de 13.788.605 maravedíes que
había recibido para hacer los pagos
anteriores. Esa «consignación» procedía
de rentas diversas cargadas, entre otros
sitios, en Ciudad Rodrigo, Badajoz,
Campo de Montiel, Marquesado de
Villena, Segura de la Sierra y Alcántara
(unos 8,5 millones de maravedíes),
Plasencia, Iglesuela, Casares, Trujillo,
Alcázar, Almedina y Torrenueva.
Los costes para la misma partida,
unos años más tarde, en 1538, fueron de
13.332.399 maravedíes; en 1539, fueron
de 13.953.278 maravedíes, pero en
1540, ascendían ya a 15.024.866
maravedíes.
En conclusión: mientras vivió Isabel
los gastos de corte y administración de
Castilla se contuvieron. Tan pronto
como murió y Carlos V volvió a salir de
España, empezaron a dispararse.
LA EMPERATRIZ DESCRITA PARA
LOS OJOS DE SU CUÑADO
FERNANDO, REY DE ROMANOS
Tras la coronación en Bolonia, Salinas
volvió a España. El 14 de septiembre de
1530 (carta 221) escribe Salinas a
Fernando I desde Madrid dándole
noticias de su llegada a la «corte de la
emperatriz» y de cómo la ha encontrado
y otros asuntos. Este Salinas escribía
con más socarronería a Fernando de
Austria que a otras personas. En el
camino, mientras atravesaba España y
desde Burgos a Madrid, dice: «Recibí
cierto trabajo porque me tentaron algo
las reliquias de mis enfermedades».
A la emperatriz la encontró «no muy
bien dispuesta, porque ha tenido algunas
tercianas y creo que proceden sus males
de la pérdida del señor infante, que Dios
tiene en gloria, y de alguna
indisposición que el príncipe tiene, y la
principal de la ausencia de su
majestad». Esa es la corta historia de la
vida del infante Fernando, nacido el 21
de noviembre de 1529.
Volvamos junto al Salinas viajero
que, atónito, manifestaba que no
entendía cómo Isabel habría podido
saber de su llegada y que le mandó ir
directamente a palacio. Sudoroso y
sucio tuvo audiencia. Ella «quiso saber
de la salud del emperador» y de
Fernando de Austria. Él le explicó cómo
los había dejado y qué noticias había
ido recibiendo por el camino, todas
confirmando lo mismo: que Carlos V
estaba bien. En fin, pidió licencia para
irse a descansar y solicitó una nueva
entrevista, que se le concedió.
En ella transmitió el pésame por la
muerte del infante, en nombre de
Fernando. El asunto tenía turbada a la
corte, no por la muerte en sí, sino
también porque se repetía la angustia de
siempre: «Se ven con solo el príncipe y
algo achacoso». Y aunque era así,
enclenque y delgaducho, ¡vivió Felipe II
setenta y un años!
Salinas se permitía recomendar a
Fernando de Austria que dejara partir a
Carlos V cuanto antes. Que no le
entretuviera con asuntos. Por lo demás,
cuenta que se pasó casi un día reunido
con la emperatriz y su Consejo para ver
cómo conseguir dineros que llegaran a
Centroeuropa. Con el Rey de Romanos
muestra toda la confianza para hablarle
de personajes, viajes a Medina y
cantidades de dinero. Es una misiva más
política o técnica que otra que mandó
con los mismos asuntos, unos días
después.
Más tarde, el mismo Salinas escribía
a Francisco de los Cobos, secretario de
Carlos V, que había llegado a Madrid
(carta 220) «con harto trabajo» porque
el camino había sido largo y su salud
empezaba a andar quebradiza, «mi ruin
disposición, algún achaque que solía
tener de riñones…». Al llegar a Madrid
se encontró con la curiosa sorpresa de
que debía haber apostados en los
campos de alrededor de la villa gentes
que si veían acercarse a algún cortesano
procedente de Burgos, lo llevaban
directamente a palacio, ante la
emperatriz, «y así se hizo conmigo, que
mojado y enlodado como venía, no me
dieron lugar a que hiciese otra cosa»
que presentarse ante Isabel. No deja de
ser chocante que corriera la fama de que
Burgos y su comarca estaban apestadas,
que Madrid tenía establecido cordón
sanitario y que, sin embargo a algunos,
imagino que los hombres de calidad, les
dejaran entrar en la localidad.
El caso es que Isabel guardaba
reposo. No obstante, recibió al
embajador levantada, acaso inquieta. Él
la tranquilizó: había dejado bien al
emperador y las noticias que había
recibido por el camino corroboraban la
idea de que seguía bien. La pobre
Isabel. ¡Qué mujer tan extraordinaria!:
«Me parece que según está apasionada
por la ausencia de su majestad, toda
cosa es menester para la consolar y
esforzar».
Llegado a este punto, ¿qué cariño
casi divino no sentiría Carlos V cuando
estaba cerca de ella, máxime si lo
comparamos con el que pudo recibir de
su madre Juana la Loca?
Al día siguiente del primer saludo,
tuvo lugar la entrevista entre el
embajador y la reina. Le comunicó que
venía de parte de Carlos V, para que
«entendiese en el estado que los
negocios quedaban», porque él ya estaba
de camino, que «si ella tenía congoja,
mayor la tenía el emperador por venir».
Isabel había de saber que Carlos V
estaba apurando el tiempo a toda prisa
para dejar cerrado el asunto de la
sucesión en el trono imperial designando
a Fernando Rey de Romanos; que
volvería a España por Flandes y que
llegaría alrededor del mes de abril.
«Otras muchas cosas que para este
propósito me pareció que convenía
decirle, se dijeron, porque aprendí de
los que hablé antes que a su majestad
[Isabel] viniese [a saludar], que en otra
cosa no piensa [ella] sino en la venida
de su majestad [Carlos V]». Pero ¿en
qué estado podía encontrarse a Isabel si
cuando Carlos V se marchó camino de
Bolonia todo parecía rebosar felicidad y
el aro de la rueda de la fortuna se había
armado con espinas?:
Paréceme que según su majestad
anda achacosa por este deseo que digo
[que vuelva Carlos] y por la falta del
señor infante [Fernando], que en gloria
está y también porque el príncipe,
nuestro señor [Felipe], no anda muy
bueno, que son todos estos trabajos para
cualquiera pasión que su majestad
[Isabel] tenga, la cual he visto por mis
propios ojos y vuestra señoría lo puede
tener por cierto y hacer de ello relación
a su majestad [Carlos V], y ha sido muy
gran consuelo lo que yo he dicho a su
majestad.
Luego, Salinas dio una carta a
Isabel. Con el testimonio escrito y los
orales, quedó satisfecha y aliviada.
Ordenó que se cumplieran los mandatos
de Carlos y le hizo saber que «había
holgado de mi venida y de lo que le
había dicho». Mandó llamar a su
Consejo Secreto y les informaron de las
disposiciones dadas por Carlos V.
Tras esas reuniones hubo una suerte
de llamada a rebato y todos los que
estaban desperdigados, ora en otros
asuntos, ora en sus casas, acudieron a la
corte: «Su majestad ha mandado llamar
deprisa para cuando el mensajero del
rey venga». Después Salinas se fue a
Medina a negociar con banqueros
internacionales un préstamo para su
señor Fernando.
Para tranquilidad de Cobos y de
aquellos con los que él hablara,
aseveraba que «todo el reino está bueno,
pacífico y en buena quietud». No
olvidemos que hacía unos diez años que
había terminado la guerra de las
Comunidades. Sin embargo, ahora todo
estaba sosegado. A nadie se le escaparía
que estaba sosegado con Carlos V en
Alemania; sosegado, pues, por la
correcta gobernación de Isabel y su
Consejo.
Mas un deseo común era compartido
por todos: «Es tanto el deseo de la
venida de su majestad que el que tal
nueva trajere, será bien venido», porque
por todas partes, «en corte y caminos»
solo se repite una pregunta, cuándo
vuelve el rey, dónde está, cómo es el
ejército de Lutero, si el turco está en
persona en Hungría… De ello es de lo
que se habla en España. Eso era lo que
preocupaba a los españoles formados y
con luces de entonces (¡lo que hoy
serían las noticias internacionales!),
aunque es verdad que parecen «hombres
que hubiesen andado la tierra». Genial
el afilado sentido del humor de Salinas.
Así es como Salinas transmitía
informaciones que de correo en correo,
de carta en carta, se iban comentando
por las cortes de Europa. Así es como
hablaba de unas cosas con más hincapié
a Fernando de Austria y de otras cosas
más emotivas a Cobos, porque este iría
con la noticia al esposo ausente.
Por cierto que como el préstamo que
tenían que solicitar para ayudar a
Fernando —del que ya he hablado— era
de 50.000 escudos, cifra elevadísima, lo
hacían con discreción: Salinas
permanecía en Tordesillas (obviamente
con la excusa de visitar a la reina
Juana), mientras que sus criados o los de
los oficiales de alguna tesorería estaban
en Medina negociando la ayuda. Llegado
un día pareció ir a haber dilación.
Advirtió Salinas que escribiría a la
emperatriz diciendo que se paralizaba el
préstamo. Al día siguiente, o a las pocas
fechas, se desbloquearon las
negociaciones. Era buena esa discreción
«para el secreto y buen despacho del
negocio», dice. E incluso, «a mí me
conocen en toda la tierra». Impresiona el
buen conocimiento de los préstamos y su
documentación que tiene Salinas.
Ahora bien, no pensemos que tantos
viajes de Carlos V eran aplaudidos sin
más. Como decía Salinas a Fernando,
con ocasión del fin de los festejos de
Bolonia, eran más los españoles que se
iban que los que quedaban, debido a las
carestías en Alemania o al miedo de
pasar mucho tiempo en Centroeuropa.
Ya debían estar muy cansados de este
último viaje. En efecto, todos se iban,
desde Pedro de Córdoba a Antonio de
Mendoza. En cualquier caso, el
epistolario de Salinas se interrumpe
desde Trento a 26 de abril de 1530 hasta
Madrid a 24 de septiembre del mismo
año.
BALANCE DE LA SEGUNDA
GOBERNACIÓN
Ahora ella, Isabel, tenía treinta años.
Durante los cuatro últimos había
gobernado Castilla, claro que con la
ayuda de sus consejeros y muy
especialmente con la del presidente del
Consejo Real.
Había buscado siempre no enemistar
a sus vasallos, al contrario, agradecerles
sus servicios. Su tacto es sobresaliente.
Había sido dura e implacable con
los más cercanos (los aristócratas) si la
retaban.
Tras presidir las reuniones del
Consejo Real, o tras oír a consejeros de
los más diversos asuntos, había ido
aprendiendo y dominando todas las
materias que le tocaron, y bien
complejas: hacienda, guerra, gracia y
justicia…
En la primavera de 1533, concluido
el viaje de Carlos V y vueltos a
encontrarse los esposos, terminaba una
etapa de su gestión política. El 21 de
abril Carlos V fondeaba en Rosas y el
25 de abril desembarcaba en Barcelona.
El respeto hacia la emperatriz fue un
hecho. Su auctoritas también.
Entiéndase la autoridad moral del que
manda sobre el subordinado, o el
vasallo. Esto es lo que fue ganando la
emperatriz: autoridad moral.
V
ENTRE
OBLIGACIONES Y
RESIGNACIÓN
(1533 - 1538)
Ese sentimiento extraño, que el que no
lo haya vivido aún tiene algo por lo
que ilusionarse en la vida, ese
sentimiento extraño que provoca
enajenaciones mentales temporales ha
dado una inmensa fuerza a Isabel. A
nuestros ojos, resulta incomprensible la
entereza que tiene, gracias a la cual
puede esperar años y años y hasta
cuatro veces años, a que vuelva el
amado esposo. El paraíso se rinde a
sus pies durante unos meses, pero poco
a poco se va adquiriendo la conciencia
de que llega una nueva ausencia. Y
entonces, ante el abatimiento de las
inmensas soledades, la pobre Isabel se
quiebra. Nada la satisface ni la llena.
Cae en una honda melancolía. Llora
todo el tiempo. Carlos, si está lejos, la
echa de menos y desea estar con ella,
pero la responsabilidad es así de cruel.
Claro que cada cual asume las
responsabilidades que su personalidad
le dicta.
Llegado Carlos V a las costas del
Levante español allá por el mes de abril
de 1533, permanecerá en la Península
hasta junio de 1535, dos años largos.
Nunca antes habían pasado cosas así
en España. Las ausencias tan largas, sí,
pero a la vez una reina que (¿a imitación
de Isabel la Católica, como tenía que
ser?) recorría sus territorios a mitad de
camino entre el huir de la peste o
administrar rectamente los derechos y
obligaciones de sus vasallos, para,
finalmente, dominada la desesperación
de la larga espera, preparar a la familia
e irse rauda a Barcelona a reencontrarse
con el esposo amado. Ella leía poco, en
verdad. ¿Pero para qué? ¿Qué le iban a
contar los autores en verso o en prosa a
la italiana que anduvieron por Granada?
¡Nada que no sufriera, viviera y
disfrutara ella sola! Fue a Barcelona con
los hijos a reunirse con el esposo. Todos
maravillados. Pero aquello era mucho
impacto emocional. Se puso
enfermísima, y el esposo que se había
adelantado unas jornadas para recorrer
la Corona de Aragón, tiró de las bridas
del corcel y al galope volvió sobre los
hoyuelos de las herraduras para
encontrarse con ella. ¡No había poetas
capaces de poner por escrito la realidad
que vivían!
DOS AÑOS DE TRANSICIÓN: DE
LA PRIMAVERA DE 1533 A LA
PRIMAVERA DE 1535 (SEGÚN LAS
CARTAS DEL EMBAJADOR
SALINAS)
El Carlos V que acaba de llegar a
Barcelona ha puesto orden, cierto orden,
en los asuntos de la religión en sus
territorios de Centroeuropa, está casi en
paz con Francisco I y todo parece
indicar que el rechazo del asalto sobre
Viena ha hecho fijarse otros objetivos a
los turcos.
Sin embargo, basta con profundizar
un poco en cada uno de esos capítulos
para encontrar que se rigen por el
principio físico del poder en equilibrio
inestable, o dinámico, de su imperio.
De este modo, el Concilio no se
convoca, el protestantismo sigue
ganando practicantes, de Francisco I por
estos lares no se fía ni su sombra, y el
turco, ¡ay el turco!
Por otro lado, lo que él se encuentra
en España son unos reinos y territorios
en ordenada paz, que no quiere decir
mortecinos ni adocenados, o
aborregados, sino confiados en sí
mismos, en los que la inestable
prosperidad hace que la famosa teoría
de las revoluciones nacidas por la
«Curva J» ya no se vaya a cumplir. La
teoría de la «Curva J» explica los
movimientos revolucionarios no porque
las condiciones sociales y económicas
sean nefastas, o la explotación haya
llegado a límites impresentables, o
porque la expansión del hambre haga a
una sociedad famélica, sino porque tras
una fase de crecimiento mantenido, se
produce un parón que frena las
expectativas de crecimiento y la gente,
frustrada, salta a la calle. Cabe la
posibilidad de que por imitación de
otros a los que se intenta emular y
porque se crea próximo alcanzar su
nivel de vida, el distanciamiento
provoque esa misma ansiedad colectiva.
Es lo que explica las Comunidades de
Castilla, o los movimientos actuales en
el mundo musulmán (esos que la
estulticia occidental ha llamado de «la
primavera» no sé qué; y ya veremos, ya)
… y los movimientos de pedigüeños en
Occidente, que ven que ya no les van a
resolver sus situaciones de privilegio.
En cualquier caso, todo en aquella
España está en paz.
Además, hay un príncipe heredero
que va creciendo, aunque con episodios
enfermizos, y una infanta que, en último
caso, será la baza que habrá que jugar en
la sucesión, Dios no lo quisiera.
Finalmente, para alivio de todos, la
presencia de Isabel arroja sosiego y
tranquilidad.
A Carlos V le caben ahora dos
misiones esenciales: volver a buscar
descendencia, a ser posible en varón (y
lo hará como misión de estado y porque
le apetezca con Isabel) y dar cumplida
satisfacción a su esposa y con ella a
Castilla y las costas del Oriente
español: caer sobre Argel.
Durante la estancia en Barcelona
hubo de todo: desde lucidas fiestas a
misas solemnísimas; desde baños de
multitudes, hasta algaradas callejeras
gravísimas, como hemos visto que nos
narran los cronistas imperiales y el
propio Salinas.
En Barcelona se estaba porque sí. Y
aun a pesar de las reticencias para darle
dinero, Carlos V y la reina allí se
sentían a gusto. Por otra parte, había que
esperar para que en Monzón todo
estuviera bien aparejado para recibir a
tanta gente como asistiría a las Cortes de
1533.
El 10 de junio de 1533 abandona
Barcelona Carlos V. En los días previos,
toda vez que se había anunciado que se
movía la corte, los aristócratas que no
tenían qué hacer en la Corona de Aragón
fueron pidiendo licencias para retirarse
a sus estados. El 18 de junio se abren
con la solemnidad acostumbrada las
Cortes de Aragón.
Pero el emperador volvió
rápidamente a Barcelona. En
veinticuatro horas, para ser exactos,
dejó Monzón y entró en Barcelona. La
distancia actual por carretera es de
doscientos nueve kilómetros. Los
recorrió al galope sin parar. La alarma
por el estado de salud de su esposa
espoleaba sus monturas. ¡La emperatriz
se había puesto enferma! ¿Qué hacer sin
ella, ahora que la había reconocido tras
los años de ausencia? ¡También era mala
suerte!
En Barcelona estuvo junto a Isabel
hasta el 8 de julio. El 9 de julio estaba
otra vez en Monzón, hasta finales de
diciembre. Desde Aragón pasó a
mediados de enero de 1534 a Castilla.
Volvió a Barcelona en abril de 1535
para embarcarse rumbo a Túnez.
Como digo, las idas y venidas tan
precipitadas en junio de 1533 entre
Cataluña y Aragón tenían una
explicación: el estado de salud de
Isabel. Al acabar la primavera cayó
nuevamente enferma. España tembló.
Pocas cosas podía haber tan nefastas
como una enfermedad regia, cuando
además el príncipe era un niño pequeño
y enclenque.
La reina guardó cama por culpa de
un «mal [que] ha sido tan recio como
habéis sabido», escribía ella misma en
una carta de gratitud a Barcelona por las
«plegarias y oraciones [hechas] a
Nuestro Señor por mi salud». El 3 de
agosto de 1533 aún convalecía en
Martorell. Pero se encontraba bien, por
lo que esperaba que pronto podría
seguir camino hacia Monzón.
El susto había concluido. Incluso
algunos médicos le habían dado solo
dos horas de vida. Así de sobrecogedor
había sido aquel aviso.
Carlos V, tan pronto como la notó
restablecida, volvió a Monzón no sin
antes yacer con ella, aunque con ciertos
miedos, hasta de los médicos «pensando
que la cópula sería causa de recaídas».
Allí todos estaban convencidos de los
males del sexo compartido. Véanse las
famosas instrucciones de Palamós de
1543, o los razonamientos hechos sobre
la muerte del príncipe Juan, hijo de
Isabel y Fernando, aquel enfermo que se
dijo que había muerto por los excesos
del sexo durante la luna de miel.
El 6 de septiembre entró Isabel en
Monzón. Iba ya recuperada y… Hacia el
27 de diciembre, al punto de cerrarse
las Cortes, Carlos V manda a la familia
hacia Castilla, parando en Zaragoza.
Dos días después partirá él.
De nuevo se presiente que Isabel
está embarazada. La noticia corre por
todas partes, porque hasta el embajador
Salinas la hace traspasar el Pirineo. Se
creía que los reyes se instalarían en
Castilla, tal vez en Valladolid, que es
ciudad sana y también para poder visitar
a la reina Juana (carta 245 de Salinas)
Las Cortes aragonesas se alargaron
hasta el Año Nuevo siguiente. El
emperador creía que iban a ser más
breves, y antes de la Navidad mandó a
su esposa hacia Zaragoza. Sin embargo,
se demoraron «consiguiendo sus fueros
y costumbres». El embajador Salinas se
lamentaba: «Las Cortes han sido largas
[…] al fin se ha hecho todo lo que los
estados han querido. Su majestad se ha
detenido aquí siete meses: si al
principio concediera lo que ahora, el
primero día se pudiera partir». Unos
años después el mismo Salinas podía
informar de que los aragoneses habían
ayudado a Carlos V «fuera de sus
costumbres» (carta 340).
Seguimos de la mano a Salinas, que
es el que manifiesta con exactitud a
Cristóbal de Castillejo que Carlos V
«tiene puestos todos los negocios de
fuera de estos reinos en cabeza de
monseñor de Granvela» y que en todo lo
demás «no es el segundo». Se exculpa
de un bulo: que si se le critica (a
Salinas) de que no frecuenta mucho al
comendador mayor, o sea, a Francisco
de los Cobos, ni al príncipe, él replicará
que está en la corte para enderezar los
negocios del Rey de Romanos con el
emperador, y que si se dedicara a otras
cosas, «sería perderlo todo y trabajar
mucho», aparte de lo difícil que es tener
una entrevista con Cobos o, en tercer
lugar, lo que nos hace más respetable a
este Salinas: acuden a ver a Cobos
«señores y gentes que quieren hacer la
corte, y como yo no sea de esta
profesión, no lo hago, porque sería
perder esa poquita de reputación que se
conserva». Señala al creador del bulo:
«Yo creo que el señor Luis de Tovar es
el autor de este negocio», el cual, por
otra parte, conseguía más fácilmente ver
a Cobos «pagando la entrada a su
portero».
Buen ambiente, desde luego, el de la
corte. Contaba Salinas que había corrido
un pasquín «en latín y muy bien hecho»,
pero que la justicia lo había conseguido
retirar de la circulación, por lo cual no
había ejemplares para mandar a
Castillejo a Viena, y que nadie sabía
quién lo había hecho. El pasquín en
cuestión difamaba a los arzobispos de
Sevilla, Sigüenza y Santiago,
pretendientes a la sede vacante de
Toledo. No obstante, Salinas lo leyó o le
llegaron buenas noticias de sus
contenidos. Al parecer, se representaba
al arzobispo de Sevilla que, haciendo un
recorrido por sus servicios al rey, le
reclamaba su recompensa, su memento
mei, a lo que el emperador le
reprochaba que solo le interesaban su
familia y parientes. El de Sigüenza
esgrimía sus muchos servicios, y Carlos
V lo despachaba haciéndole ver todo lo
que había servido y, por tanto, tenido. El
tercero en discordia exponía que había
sido consejero de la emperatriz en las
ausencias de Carlos V manteniendo el
reino en paz y sosiego, a lo que se le
espetaba un «Básteos que estáis en mi
gracia». Al final, fue elegido el de
Santiago (el tercero, Tavera) con la
ayuda de Cobos, pero con negociación
de por medio: dinero para mantener las
galeras del Mediterráneo y otras
cesiones. Los otros pretendientes se
retiraron a pasar su enojo lejos de
Toledo, pero ya volverán, ya, que uno de
ellos es «amicísimo de corte».
Y es que así funcionaban las cosas: a
Granvela es bueno hacerle llegar una
caja de cuchillos de Bohemia que le
apetecía «y conviéneme en todo tenerle
contento». En relación con la nota que
mandó Salinas a Viena sobre «los
oficiales que acá están y entienden en
las cosas del imperio», le parece a
Salinas que el Rey de Romanos «debe
tener memoria de hacer mercedes a los
que aquí sirven, pues ellos lo merecen»
(carta 252).
Reunidas las Cortes en Monzón,
llegaron unos embajadores de Corón a
pedir al embajador que tuviera la
merced de ir hasta allá a defender aquel
extremo del Mediterráneo. El embajador
Salinas mandaba su opinión a Castillejo:
a Carlos V le gustará aquel viaje, pero
no a la emperatriz. Y él, el embajador
preferiría se «hallar en la plaza de
Valladolid antes que ir en galera» (carta
241).
El 14 de enero el emperador toma el
camino hacia Toledo. Isabel había
abandonado Zaragoza el día antes. Él va
por La Muela, el itinerario tradicional,
ella por un camino más áspero (cuando
no hay aguas del Jiloca), por Daroca
hacia la implacable Molina de Aragón.
Es la ruta meridional desde Toledo
hacia Zaragoza; por ella transitó en el
viaje de ida. Tiene tantas reminiscencias
del Cid como el otro. Así, casi
simultáneamente, el rey visita unos
parajes que la reina había visitado hacía
medio año y ella entra por aquellos que
hacía tanto que ningún monarca había
pisado.
No obstante, Carlos V ha de saltar
desde La Muela a Daroca: allá está
enferma Isabel, que se siente
indispuesta.
Recobrada la normalidad, siguen
cada uno por su camino hacia Alcalá. Él
llega antes y sale el mismo día en que
entra ella. A las pocas horas muere el
arzobispo de Toledo, Alonso de
Fonseca. Ella se ha querido despedir de
él; los médicos le han dicho que no, que
ya estaba como muerto.
Carlos sigue camino hacia Toledo
pasando por El Pardo, Valdemoro y
Aranjuez. El 12 de febrero de 1534
entra en Toledo.
Aquella Semana Santa la pasaron en
Toledo. Isabel vio con satisfacción que
su cardenal de Santiago, Juan Pardo
Tavera, era designado por el emperador
nuevo arzobispo de Toledo, en
sustitución de Alonso de Fonseca y
compitiendo con el cardenal Alonso
Manrique, arzobispo de Sevilla e
inquisidor general. En su contra estaba
todo el asunto de la boda aquella, la
bígama. El nombramiento de Tavera ha
sido narrado mil veces: yendo a la Sisla,
Carlos V le dijo a Manrique que se
volviera a la ciudad, «Volveos,
arzobispo de Toledo». Para Santiago se
nombró a don Pedro Sarmiento, que
también llegó a cardenal. Era hijo del
conde de Salinas y de la condesa de
Ribadeo.
El embajador Salinas escribe al
secretario Castillejo en Viena que andan
viendo si se van a Valladolid, Ávila o
Segovia, que ha mandado el emperador
un correo para ver cómo está de salud la
comarca. Los cortesanos «deseamos
salir de aquí [Toledo] por el temor de
los mosquitos y lo principal por ir a
Valladolid». Sin embargo, el rey se ha
ido a Aranjuez para que le acondicionen
el cazadero. Por otro lado, quiere hacer
obras en el alcázar. «Si es así, es que le
contenta la tierra, de lo que no pesa a su
corte, porque es muestra de poner en
olvido a Granada» (carta 252).
Concluida la Semana Santa, Carlos
V toma la decisión de irse a Valladolid.
Por el camino visitará Madrid, Segovia,
Ávila, Alba de Tormes, Salamanca,
Zamora y Toro. Haciendo esta jornada
real, con Isabel entran en Madrid y
Segovia, aunque con horas de
diferencia. Allá pasan el Corpus. Isabel
se marcha hacia Valladolid.
Por fin, pero desdichadamente,
Isabel da a luz. Nace un infante, que
según echan cuentas, es ochomesino.
Pero nace muerto. No se sabe a ciencia
cierta el día concreto, pero si tenemos
en cuenta que el cronista Girón dice que
el padre llega a Valladolid al día
siguiente del acontecimiento (aun por la
noche), y esto tiene lugar el día 29 de
junio de 1534, es evidente que esa
criatura fue parida el 28 de junio de
1534.
El 23 de julio de 1534 la emperatriz
abandonó Valladolid, apestada, con
destino a Palencia.
¡Ay, si hubiera sobrevivido ese
infante…! Era varón, natural de Castilla,
hijo de Carlos de Austria e Isabel de
Avis. Como su hermano Felipe, el
enclenque. Con otro varón, todo sería
más sosegado con la sucesión. Pero no
fue así.
Por si acaso a Isabel los problemas
no le venían de uno en uno, la víspera
del parto el niño enclenque coge el
sarampión. Como acabo de decir, Carlos
V sale a toda prisa de Toro hacia
Valladolid. En Toro, dicen, pica alguna
enfermedad.
Aquel verano está siendo aciago. En
Valladolid se habla también de
enfermedades. De hecho, la madre-reina
Juana ha sido sacada de Tordesillas y
realojada en Mojados. Palencia parece
más salubre. El 20 de julio Carlos V se
va hacia Palencia. El día 23 hace lo
propio Isabel.
Se reúnen en Dueñas el día 25 y
entran en Palencia el día 28 de julio.
Allá están hasta el 4 de octubre. Ellos
sí, pero no todos los cortesanos, que no
caben. Así que algunos Consejos se
quedan en Dueñas; el de Hacienda, en
Becerril de Campos; el de Aragón y
ciertos consejeros, en Paredes de
Navas; el nuncio y su séquito en
Villaumbrales.
Los días y las noches pasaron
plácidamente en Palencia. Poco, por no
decir que nada o solo lo ordinario, se
oyó allí. Hasta tal punto que el
arzobispo de Sevilla, que estaba alojado
en Villaumbrales, pidió licencia para
irse a su diócesis. Debían aburrirse lo
que no está escrito. Hubo un gran torneo
el 24 de septiembre en el que
participaron una treintena de jóvenes
nobles castellanos. Estos eran los frutos
de una estancia real: que alguna vez en
su vida, uno que otrora había sido joven
pudiera contar a sus nietos que el
emperador le había visto luchar en un
juego de cañas, o en un torneo en toda
regla.
Concluidos los días de solaz, habida
cuenta que inquietaban cada vez más las
noticias del Mediterráneo o que,
sencillamente, Carlos V no podía estar
más de dos días en el mismo sitio, se
convocaron Cortes de Castilla para
Madrid. La preocupación por la
presencia de Barbarroja era creciente.
Los reyes abandonaron Palencia. Las
Cortes se inauguraron el 14 de octubre.
Eran un espectáculo. Por vez primera
desde hacía un lustro, Castilla veía al
rey, ahora emperador ungido, vencedor
no se sabía cuántas veces ya sobre
Francisco I, defensor de la fe y de
Viena…, junto a su esposa Isabel, que
tantas veces se había alojado en Madrid
durante aquella ausencia.
En aquellas Cortes se habló de casi
todo. Pero de lo que más, de una gran
jornada africana que era necesaria. No
voy a detenerme en ello, pero debemos
tener en la cabeza cómo Isabel estaba
obsesionada con atacar Argel. Carlos V,
ahora en 1535, iba a dar satisfacción a
los súbditos de Castilla y de la Corona
de Aragón que tanto le habían pedido
esa intervención.
Por cierto, los expandidos rumores
de que se iba a formar una gran armada
podían estimular a Barbarroja para
asaltar las costas con tal de impedir su
concentración. Desde Madrid y a 22 de
enero de 1535, Carlos V ordena a todos
los pueblos costeros que se apresten
para su defensa, admonición que se
repitió a mediados de febrero, con
especial interés para el principado de
Cataluña. Con un tono más duro, desde
Túnez ya el 21 de julio de 1535 regaña a
los barceloneses porque no se han
puesto manos a la obra y, además, lo que
tienen proyectado hacer no coincide con
los deseos del emperador. Mientras, ha
cundido la preocupación por algún
ataque desde Francia (marzo de 1536).
A finales de julio de 1536, Carlos V
vuelve a abroncar a Barcelona por la
mala fe que están poniendo en reparar
«la obra del baluarte y muralla que se
hace para la defensa de esa ciudad».
Aún en octubre de 1539, ya en tiempos
del virreinato de Francisco de Borja,
este había informado a Carlos V de que
el refuerzo de la ciudad no se hacía, por
lo que el emperador, ya viudo, volvía
con que «¡no es razón que una cosa tan
necesaria e importante como esa esté
parada!». Claro, si se perdiera
Barcelona a manos de Barbarroja,
¿quién o con qué dinero se iba a
recuperar? ¿Con el no invertido en
tiempos de previsión? Los trabajos se
pusieron en marcha. Pero en la
primavera de 1541 se cayó un lienzo
cerca de la Claveguera. Y es que los
males no han de ir solos.
El 20 de febrero de 1535
comunicaba a Barcelona —desde
Madrid— que había determinado
«partirnos brevemente para esa ciudad»,
por lo que había que preparar el
aposento. La advertencia la vuelve a
mandar una semana más tarde. Por
tercera vez, desde Zaragoza, a mediados
de marzo: debió ocurrir que iba mucha
más gente de lo habitual y que la ciudad
se mostraba remolona a la hora de
entregarse a los huéspedes, como solía
ocurrir.
El 2 de marzo de 1535 Carlos V
salía de Madrid hacia Barcelona. Allá
se embarcaría, pero esta vez sin saberse
el destino para evitar que el enemigo
pudiera fortificar el territorio hacia el
que fuera la gran armada que se iba a
reunir. Y cuando desde Barcelona y el 9
de mayo de 1535 avisa a sus reinos [de
Castilla] que se embarca y que ha
dejado a la esposa por lugarteniente (he
visto la cédula en el Archivo de Málaga,
Colección de originales, 6 - 53, y me
consta que existe en el de Barcelona y
en el de Córdoba), no dice hacia donde
va, aunque sí especifica que parará en
Nápoles, Sicilia y Cerdeña. Dicho sea
de paso, en esa notificación vuelve a
exaltar la figura política de Isabel:
Entretanto la serenísima emperatriz y
reina, mi muy cara y muy amada mujer, a
quien dejo por mi lugarteniente general,
que no menos que yo los ama [a estos
reinos], lo tendrá de lo que conviniere, a
la cual os encargo y mando que
obedezcáis y sirváis y cumpláis sus
mandamientos como los de mi misma
persona viniendo en quietud y buen
sosiego según de vuestra fidelidad lo
confío.
Para ayudas a los gastos que tal
estancia real va a suponer a Barcelona,
no carga todo sobre la ciudad, sino que,
por ejemplo, ordena que desde Cuba se
manden cuanto antes 2000 ducados a
Sevilla, desde cuya Casa de la
Contratación se tranferirán a Barcelona.
Y es que a la hora de ayudar a los gastos
en Cataluña, se recurría incluso a Indias.
EL TERCER TESTAMENTO (7 DE
MARZO DE 1535). SÍNTOMAS
MELANCÓLICOS
Coincidiendo, de nuevo, con un
nombramiento como gobernadora, con la
salida de Carlos V de Madrid hacia
Barcelona y en pleno embarazo (el parto
de Juana será el 23 de junio de 1535),
Isabel dicta su tercer testamento. No está
bien y se lo notan. Granvela comunica
con Carlos V la conveniencia de
redactar esa última voluntad, en la que
dispondría para él los bienes más
preciados y para ella los más menudos,
según ha escuchado Salinas.
Psíquicamente está, dicen de ella,
«ausente». Sí, es probable que ya vaya
cayendo en el pozo de una honda
depresión. A Carlos, tras la victoriosa
campaña de Túnez y la apoteosis
italiana, el fiasco en Milán le sentó muy
mal. Somatizó la falta de victorias, o de
soluciones a los problemas. Cayó
enfermo y volvió a España. Fue
desembarcar y salir como alma que
lleva… Cupido a reencontrarse con
Isabel.
Pero mientras todo eso ocurría, ella,
la esposa, notaba en sus entrañas el
moverse de una nueva criatura.
Los Vozmediano son una ilustre y
linajuda familia de Madrid, como los
Gutiérrez, los Vargas o los Lujanes. En
su casa han estado alojados Carlos V y
la emperatriz. Ha sido ahí donde se ha
sellado el testamento en presencia del
cardenal de Toledo (presidente del
Consejo Real), el obispo de León, el
conde de Miranda, Francisco de los
Cobos, don Álvaro de Córdoba, don
Diego Osorio, don Álvaro Osorio y el
secretario Juan Vázquez de Molina.
Lo más significativo de este
testamento de 1535 es que es
exactamente igual al de 1529. O ese
había sido perfecto, o ahora la reina,
menos de una semana después de que
Carlos se hubiera ido de su lado, no
tenía ganas de nada. De hecho, el de
1529 se firmó el mismo día que la
nombró gobernadora y este se estaba
firmando días después del
nombramiento. Se conserva también el
borrador.
GOBERNADORA POR TERCERA
VEZ (1535 - 1536)
Sale Carlos V el 2 de marzo de Madrid.
Embarca en Barcelona el 30 de mayo de
1535. Regresa el 5 de diciembre de
1536, en que desembarca en Palamós a
las cinco de la tarde escoltado por más
de treinta galeras y muchos otros
bajeles.
Carlos V había dejado por
gobernadora a Isabel dos veces. Una, en
el viaje relámpago a la Corona de
Aragón que cerró con las Cortes en
Monzón (primavera de 1528), y otra, la
primera gran gobernación ciertamente,
que tuvo lugar desde marzo de 1529 a
junio de 1533.
Ahora, ante los sucesos del
Mediterráneo y la preparación de una
gran campaña punitiva al norte de
África, hubo de dejarla otra vez por
gobernadora de Castilla.
El 1 de marzo de 1535 firmaba el
emperador en Madrid una cédula para
sus vasallos de Castilla (CDdeCV,
CLXVIII). Era, una vez más, el «Poder
para la gobernación de estos reinos a la
emperatriz». En la actualidad se
conserva en el Archivo de Simancas,
entre los documentos de Patronato Real.
En el encabezamiento se nombraba a
los destinatarios. Estos eran desde el
príncipe Felipe a «cualesquier personas
de cualquier estado, condición,
preeminencia o dignidad que sean o ser
puedan». O sea, a todo el mundo que
hubiera y hubiere en sus territorios.
En la parte dedicada a la
explicación de la real cédula habla con
sensatez: «Bien sabéis […] cómo […]
volví a estos nuestros reinos de
España». Esa era la mentalidad de
Carlos V y esas serían las ideas de
Isabel y de cientos de consejeros más:
Aragón y Castilla constituían «estos
nuestros reinos de España».
Había vuelto, explicaba el
emperador, después del apoteósico viaje
a Italia en el que logró la coronación
imperial, poner en paz la Península
Itálica y asentar paces también con
Francia e Inglaterra. Luego pasó a
Alemania, dice, a «remediar los errores
y opiniones» de los herejes, y desde allí
defendió Hungría y Viena.
Mas el turco, lejos de estarse quedo
y tranquilo, por odio y venganza ha
empezado a hostigar el Mediterráneo, «a
los mares de la cristiandad para hacer
en ella el daño que pudiere». Y lo
acababa de hacer en Túnez. Por ello,
por defender sus territorios y a sus
gentes, «he determinado de ir a la
ciudad de Barcelona» para preparar
desde allí cualquier defensa que
merezca la pena hacerse, e incluso
cabría la posibilidad de que se
embarcara.
Por todo ello, para excusar los
inconvenientes que podría causar a sus
vasallos el tener que ir tras su rey para
resolver los problemas, «conociendo las
excelentes virtudes, prudencia y grandes
calidades que para esto concurren en la
serenísima, muy alta y muy poderosa
emperatriz y reina, doña Isabel», amada
por sus reinos, como ella los ama, «y la
experiencia que tenemos de su buena y
loable gobernación y administración en
la dicha ausencia pasada que hicimos de
estos reinos», había decidido:
Elegimos y señalamos, constituimos
y nombramos a la dicha emperatriz y
reina para que sea nuestro lugarteniente
general y gobernadora de estos nuestros
dichos reinos y señoríos de Castilla, de
León, de Granada, de Navarra, y de las
islas de Canaria y de las Indias, islas y
tierra firme del mar océano,
descubiertas y por descubrir y de todos
los otros nuestros reinos y señoríos de
la Corona de Castilla.
Los poderes que le concedía eran
«todo nuestro poder cumplido, libre y
llenero bastante», específicamente
haciendo hincapié en que:
Por nos y en nuestro nombre y lugar
y como nuestras mismas personas, tenga
y use la gobernación y administración de
los dichos nuestros reinos y señoríos y
mande proveer y provea en todas las
cosas que ocurrieren así concernientes a
la dicha administración, ejecución de la
dicha justicia, como de la buena
gobernación y defensión de todos los
sobredichos nuestros reinos y señoríos.
Además, quedaba facultada para
hacer los nombramientos o dar las
mercedes que quisiera a las autoridades
locales, que pudiera hacer las
presentaciones ante el papa para
nombramientos de dignidades
eclesiásticas; convocar cortes; llamar a
los vasallos para la defensa en caso de
guerra y firmar como él firmaba, con la
misma obligación de obedecerle.
Las instrucciones, claro, se
recibieron por todas partes. La ciudad
de Palencia (a 15 de junio de 1535) se
hacía eco de todas las instrucciones y se
ponía denodadamente al servicio de la
emperatriz y del emperador. Como ella,
es de suponer que otras ciudades. En sus
archivos estarán los documentos.
Frente a los poderes e instrucciones
de Toledo-1529, en esta ocasión el
punto de partida era diferente: el poder
general público no tenía ninguna
restricción. El experimento de la
segunda gobernación había funcionado
tan correctamente de cara a los súbditos,
que en esta nueva ausencia de Carlos V
la confianza depositada en su esposa era
plena y absoluta. Se quería explicitar
que todo un mundo de relaciones había
cambiado.
Sin embargo, acto seguido, firmaba
las «Restricciones al poder general»
(CDdeCV, CLXIX), muy similares a las
de 1529. No se trata de un documento
cínico en el que en público se diga una
cosa, y en privado otra, sino del buen
encaminamiento, de la correcta
organización de la gestión de los
oficios. Así, por ejemplo, que no se
metiera en las legitimaciones de hijos de
clérigos y otras acciones similares,
porque eso es más propio de órganos
colegiados como la cámara real, «pues
como sabe [la reina], ninguna de estas
cosas despacho yo».
Que los gastos y pagas se hagan los
ordinarios, y que de lo demás, «yo daré
la mejor orden que convenga». Que no
se alterara el real patrimonio, ni sus
jurisdicciones. Que en la provisión de
oficios de Consejos y justicia escuche al
presidente de Castilla, «como yo lo
hago». Que como las casas reales se han
sobredimensionado y sería bueno
«reducirlos», no se deben conceder
cargos «sin consultarlo conmigo», de la
misma manera que le aconseja que no dé
expectativas, «como yo lo hago», y así
sucesivamente, buscando ahorrar, no
perder ni patrimonio real, ni presencia
del poder regio y manteniendo en orden
las aspiraciones de los vasallos.
Y signado el documento anterior,
redactaba otro más, acaso de carácter
más personal y directo, más reservado.
Se trata de las «Instrucciones de Carlos
V a la emperatriz Isabel» (CDdeCV,
CLXX). Lo primero que le pedía era que
tuviera especial cuidado en las cosas de
la justicia y le recuerda las reuniones de
los viernes. Y no creo que haya que
comentar la trascendencia de semejante
preocupación. Nombra a los miembros
del Consejo de Estado (en el que se
tratarán las cosas de guerra), para que lo
sepa: cardenales de Toledo (Tavera,
también presidente de Castilla) y
Sigüenza (García de Loaysa), conde de
Miranda (don Juan de Zúñiga), conde de
Osorno. Insta a Isabel a que se tenga
cuidado en la vigilancia de las fronteras,
que se derriben las fortificaciones
inútiles y costosas y se rearmen las
necesarias, en que las guardas de
Castilla estén en orden; que ante la
obligación de salir, la Cámara quedará
compuesta por los consejeros Aguirre y
Montoya, del Consejo Real, presididos
por Tavera, y como secretario, en vez de
Cobos que se va con él, al leal Juan
Vázquez de Molina. Que los otros
Consejos, Indias, Órdenes e Inquisición,
sigan su funcionamiento ordinario y que
las firmas de documentos vayan
refrendadas por los secretarios, de tal
manera que ella así se puede cubrir las
espaldas.
La reina (Madrid, 23 de diciembre
de 1535) insta a todos, a castellanos y
aragoneses, a que atiendan
correctamente sus oficios «de la
república» mientras el emperador esté
ausente. El que los «amados nuestros»
velen por cumplir mejor con sus
obligaciones en tales circunstancias
tendrá sus recompensas, sin duda.
Entre el 1 y el 2 de marzo abandonó
Carlos V Madrid, camino de Barcelona.
Desde mediados de marzo de 1535
vuelve a existir un epistolario cruzado
entre los esposos, entre el emperador y
la reina consorte de Castilla y Aragón.
Ella está a punto de dar a luz. Le
confiesa a Estefanía de Requessens, la
esposa de Juan de Zúñiga, que mientras
el emperador esté en España, le ha
dicho que «ella no podía entendre en
res», ella no podía entender en nada
(March, II, 247).
LA GOBERNACIÓN DE 1535 - 1536
Y SU EPISTOLARIO
Los asuntos que más agobian ahora son
los del estado de la armada que se
estaba preparando en Barcelona.
Desde Bellpuig a finales de marzo
de 1535, o ya desde Barcelona, el 1 de
mayo de 1535, Carlos V iba contando
sus opiniones sobre el matrimonio del
marqués de Cuéllar con la Enríquez, o
cómo le incomodaba no saber nada del
apresto de la flota en Málaga. Ya en
Barcelona, digo, empezaba a saber de lo
que hacía Mondéjar e incluso se
contradecían ciertas órdenes: al
principio no les pareció conveniente que
se embarcaran los grandes. Luego, sí. Y
así fue.
Al final, como he puesto de
manifiesto en otra ocasión, la
aristocracia zarpó desde Barcelona y los
ejércitos desde Málaga. La lección del
marqués de Mondéjar como estratega en
Andalucía es, sencillamente,
impresionante.
En cualquier caso, Isabel siguió
informando a Carlos sobre los
movimientos estratégicos de la
aristocracia para contraer matrimonios,
por ejemplo, entre Alburquerques y
Enríquez, matrimonio que pronto se
pone en las manos de los reyes.
Otro de los asuntos que se registran
en estas cartas es el de la Hacienda
Real, yendo desde lo general a lo
particular: lo mismo el estado de las
arcas para los años venideros, como
nombramientos de oficiales en las
Contadurías.
También se cruza información sobre
el estado de salud de Juana,
advirtiéndose, por ejemplo, de algún
que otro empeoramiento anunciado por
el marqués de Denia (a mediados de
mayo de 1535).
Como solía pasar, a veces
asesinaban a alguien. En este caso, el
asunto era gravísimo: en la fortaleza de
Peñafiel habían matado a una persona,
por lo que, oyendo a los del Consejo,
Isabel proponía el secuestro de la
fortaleza y el envío del conde, ¡de
Benavente!, preso a Móstoles.
Por otro lado, lo mismo que
Mondéjar escribía y escribía a la reina,
el conde de Alcaudete, desde Orán, no
paraba de dar informaciones del estado
del norte de África. Informaciones y
suplicaciones de más hombres, dinero y
pertrechos.
El tercer pilar, el marqués de Santa
Cruz, seguía adelante con su buen hacer.
En vista de la movilización de
gentes y su partida hacia África, se
ordenó aumentar los cuidados en las
fronteras con Francia, tanto en Navarra,
como en Perpiñán, llegándose a esperar
un ataque a mediados de marzo de 1536.
El 17 de junio la reina aceptaba que
Carlos V se hubiera vuelto a marchar,
«para la bienaventurada empresa que
lleva». Resignación, desde luego, es una
de las claves del carácter de Isabel.
En muchas cosas de las que
denominamos política internacional,
Isabel intentaba alinearse junto a Carlos:
que le parecía muy bien que le hubiera
dicho al legado papal que la armada no
iba a ir a Constantinopla, o que era un
desastre que no se convocara concilio.
Del rey de Francia se seguía
sospechando y desconfiando.
Algún asunto nuevo aparecía en esta
correspondencia: la situación de los
católicos en Irlanda, rebelados contra el
rey de Inglaterra.
También es nuevo un largo proceso
de reformas y restauraciones
arquitectónicas, en los alcázares de
Madrid, Toledo y Sevilla, dirigidas por
Luis de Vega y Alonso de Covarrubias, a
partir del 26 de julio de 1535.
También Isabel comunica a Carlos
las muertes: la del cardenal de Burgos,
la del de Jaén. Cuando comentan este
deceso, se quejan de que el papa, sin oír
a Carlos V, haya nombrado a Farnesio
para sustituirle.
Isabel calla en agosto de 1535. Ya
había sabido de la feliz llegada de
Carlos… a Túnez. A finales de mes se
hace eco de las victorias imperiales. No
se podía desear más. No obstante, lo que
ocurrió en los meses siguientes fue lo
previsible: el furioso ataque de
Barbarroja contra Mahón y las Baleares
en general y la respuesta de todas las
costas españolas en pie de guerra. José
Juan Vidal ha hablado de esos años
como los de «El terrible quinquenio de
1530 - 1535»; «El desquite de
Barbarroja: el asalto a Mahón» y «La
ofensiva musulmana de 1536 - 1541».
Al iniciarse el otoño de 1535, allá
por el 24 de septiembre, el príncipe
Felipe había pasado una calentura. Le
habían «sajado» dos días antes para ver
si así se le rebajaban las fiebres por la
tarde. Ese mismo día le habían purgado.
La reina había mandado a los médicos
que redactaran un detallado informe
para el emperador: tan delicado era el
estado de salud del príncipe heredero.
No se ha editado ninguna carta de
Carlos V a Isabel en todo el año de
1535, lo cual no quiere decir que no
existieran, porque sabemos por otros
caminos que Carlos informó de la
campaña de Túnez, de la suspensión del
ataque a Argel (se iba a hacer la doble
incursión), de la marcha hacia Italia.
Por fin, desde Nápoles y a mediados
de enero de 1536, le escribe a la reina
no solo informándole de sus
pretensiones sobre el Milanesado, que
debería revertir en el emperador, pues
era territorio imperial, sino que le pide
consejo (que reúna al Consejo de
Estado) sobre las opiniones a ese
respecto del papa y de Francia. La
estancia en Nápoles le sirvió para
robustecer la presencia imperial en la
Península, siempre tan amenazada por
las veleidades papales, o por Francia,
hasta la victoria de su hijo en
Gravelinas y San Quintín y la firma de
Cateau-Cambrésis.
No obstante, Isabel también tenía su
opinión. En septiembre de 1536 había
insistido tanto ante Carlos V sobre a
quién dar la posesión de Milán, que era
un hecho que se le concediera a don
Luis, infante de Portugal, su hermano,
aquel que fue V duque de Beja y que se
dijo que se casó en secreto con la judía
Violante Gómez, la Pelícana.
También era propensa a pedir tal a
Carlos V su cuñada, la duquesa de
Saboya. El bueno de Salinas, que veía
que se iba a hacer, lo sufría porque veía
que Carlos V actuaba más por la afición
que por la razón. Tan es así que lo trató
con Granvela, que no estaba muy por la
labor, y este con Cobos. Al final entre
todos hicieron ver al emperador que era
mejor que Milán pasase al hijo segundo
del rey de Francia y casarlo con alguna
princesa de la Casa de Austria.
Por cierto, con ocasión de la muerte
de la duquesa de Saboya, don Luis —el
hermano de Isabel— acudió a saludar a
la emperatriz a Valladolid. ¿Tanto
sentimiento se tenían entre hermanos?
Tal vez la respuesta más sensata sea la
del embajador Salinas: «La causa de su
venida no la sé yo». Pero sí, es cierto,
que entre los hermanos se tenían gran
aprecio.
En cualquier caso, a lo largo del
otoño de 1535, se siguió informando
sobre el Mediterráneo y sus cuestiones:
Túnez, Mahón, Bazán, los problemas de
las armadas, o los de la moneda de
Sevilla. Hay también algunas alusiones a
cosas personales, como el viaje del
príncipe don Luis, o la enfermedad de
Felipe [II].
En cualquier caso, en octubre de
1535, tras lo de Túnez, mientras Carlos
V estaba en Italia celebrando exitosas
Cortes en Sicilia y siendo aclamado en
Nápoles y desde allí hacia el norte,
España se puso en máxima alerta ante la
certidumbre de un ataque de Barbarroja
en cualquier sitio, desde las Baleares a
otro punto costero. Se prepararon
trabajos de fortificación, se
reorganizaron fuerzas de mar y de tierra.
Afortunadamente, de lo preparado
para Túnez había sobrado dinero que se
destinó a la provisión de la nueva
armada que se estaba preparando. Y
entre al-armas de Bugía, Tremecén u
Orán, o el compromiso de guardar el
secreto de que esa nueva armada iba a ir
sobre Argel, iban pasando los días y los
meses. En este estado de tensión sale la
primera alusión a Indias que haya visto
en el epistolario (4 de diciembre de
1535; la segunda, 27 de enero de 1536).
Y es que no eran tiempos de paz
para el Mediterráneo: ahora corría el
rumor de que Barbarroja se había ido a
Constantinopla y que se estaba
preparando una buena; el propio Carlos
V recriminaba que se hubiera tolerado la
especie de criticar a Doria por haber
salido de Bona. «Y los que quisieron
hablar o escribir en esto son, como
vuestra majestad dice, personas que no
entienden los negocios», claudicaba ante
él la esposa.
Mientras tanto, la frontera del
Pirineo se reforzaba como era menester.
Pero las cosas no iban nada bien. El 1
de febrero de 1536 le vuelve a escribir:
todo parece indicar que, como Francisco
I se niega a aceptar el pacto propuesto
sobre Milán, va a haber guerra por
Italia. Definitivamente, lo de Argel se
suspende hacia febrero de 1536, por
más que Carlos insista en que su
«pasada» a Argel se hará en el verano.
Pero por si acaso hay ruptura con
Francia, se manda llevar las galeras de
Bazán a Génova…
Este es el tono de las misivas entre
Carlos y su esposa. De nuevo, más y
más gestión política del Mediterráneo.
La preparación de una inminente guerra
se lo lleva todo. Carlos pasa por Roma,
sube a Siena: todo son frustraciones,
fuerzas, fracasos. A primeros de mayo
de 1536 la siguiente etapa es Florencia.
Avanza hacia Luca, Fornovo, y espera
que la Corona de Aragón se esfuerce por
cerrar el Pirineo y se ve que cualquier
negociación con Francia es en balde (el
CDdeCV, CCIV es crucial). En el verano
le pide más y más dinero e incluso
harina de Cataluña, que se repondrá con
trigo castellano, y porque todo aprieta,
manda un bergantín urgente con los
correos.
Isabel está angustiada en Castilla y
pide a todas las iglesias que se hagan
oraciones, rogativas y procesiones por
la salud del emperador y por el bien de
su campaña. Las adhesiones de muchos
obispos, deanes, cabildos de los de
Granada y Córdoba se conservan
todavía.
Tan desesperada es la situación del
ejército imperial en la frontera de Italia
con Francia, que Isabel se ve forzada a
pedir, en agosto de 1536, a los
Guzmanes la ingente cantidad de 16
millones de maravedíes. A la vez, a
Carlos V le llegaban pésimas noticias:
que el rey de Francia estaba preparando
un ejército mayor del previsto. ¡Había
que insistir en que desde Cataluña y el
Rosellón se hiciera una pinza sobre la
Francia mediterránea, o bien
embarcando tropas en Perpiñán que
cruzaran el golfo de Marsella!
En medio de esa tensión, los
franceses toman un galeón que viene del
Perú. El quejumbroso, pero natural, don
Miguel de Herrera, se queja desde
Málaga: los embarcados en las naves
del rey son «de a ducado por mes y
pragmática», mientras que los franceses
son «gentileshombres y hombres de bien
que van en empresa de grande interés».
¡Qué duda cabe que podía decir la
verdad: pero no era lo mismo montar
una escuadra de combate coyuntural que
mantener un imperio ultramarino!
Aunque Carlos V no lo veía muy claro:
cuando en septiembre de 1536 comenta
la pérdida de esa nao, da orden de que
consoliden las defensas de las flotas,
«pues veo lo que importa». ¿No lo había
visto antes?
El cansancio de aquella campaña
contra Francia fue memorable. En
cualquier caso, cierta desilusión se ve
en la carta de Carlos V a Isabel desde el
real de «Zaes» de 8 de septiembre de
1536: en la larguísima misiva, Carlos V
no para de felicitar a su esposa por
todas las acciones y decisiones que ha
ido tomando últimamente.
A primeros de noviembre de 1536 se
embarcó otra vez camino de España. El
5 de diciembre de 1536 llegó a
Barcelona.
Si creyéramos a pies juntillas al
embajador Salinas (lo cual no hay por
qué no hacerlo), encontraríamos la causa
de la vuelta a España de Carlos V en
1536. Recordemos su feliz campaña en
Túnez, su apoteósico desfile por Italia,
pero también el agotamiento de la guerra
en Milán. Ese agotamiento era a todas
vistas el que había dado al traste con su
salud: padecía de «romadizo», o sea,
una fuerte infección de la membrana
pituitaria. Le tenía de mal genio,
despachaba pocos asuntos y esperaba
sanar en España, porque si no, no hay
otra explicación para su salida de
Centroeuropa hacia donde fuera, para
fondear e ir al encuentro de la
emperatriz: «Su majestad va muy
determinado de llegando a cualquier
parte de España de tomar tierra y luego
ir por las postas a ver a la emperatriz y
no se detendrá en cosa ni parte alguna».
Así, dejó en Barcelona —nada más
poner pie a tierra en Palamós— a
Granvela, Cobos y Doria resolviendo
todo cuanto no se hubiera resuelto antes.
Después salió corriendo hacia
Tordesillas. Por delante de él mandó a
cortesanos reventando caballos para que
avisaran de su inminente llegada y de
que tenían que preparar el aposento.
Todo el viaje, desde Génova en
adelante, fue muy bien. Podemos
imaginar a Carlos exultante.
La condesa de Ureña felicita a la
emperatriz por el feliz regreso de su
esposo, la duquesa del Infantado la
califica de «bienaventurada venida del
emperador nuestro señor a estos
reinos».
Después de comer llegó a
Tordesillas. Le esperaba la emperatriz
en la cámara de la reina Juana. Allí fue
recibido «con el amor» que se debe por
parte de la madre y de la esposa.
Estuvo en Tordesillas una semana
«para se holgar», y esperando a que se
acabara de preparar el aposento de la
corte en Valladolid. Finalmente, se
trasladó a Valladolid. Acabada esta
jornada real, «cayeron las mayores
nieves, fortuna y agua» que se
recordaban. Una catástrofe natural.
Estuvieron con bien entre
Tordesillas y Valladolid: «Tiénese por
nueva cierta que la emperatriz está
preñada, de que su majestad tiene gran
contentamiento». A primeros de abril el
embarazo seguía sin complicaciones.
Ya en junio era materia seria: en
carta del embajador al Rey de Romanos,
le escribe en cifra que «la emperatriz
está muy preñada y placerá a Dios de la
alumbrar con bien». Pero en realidad
había cifrado el párrafo, seguramente
por esta frase: «A mi parecer, no se
habría perdido nada que vuestra
majestad [Fernando I de Austria] tuviera
aquí alguno de sus hijos», y es que era
materia más que preocupante y delicada
el de la falta de sucesión de varón en
España [Felipe (II) tenía diez años, y
era enclenque y enfermizo] y que en
Praga-Viena hubiera suficientes
vástagos… sin trono. De los quince
hijos (¡qué envidia para la rama
española!) que hubo con Ana de
Bohemia y Hungría, a la altura de 1537
vivían nueve, y de ellos dos varones.
La esperanza era que se mandara a
un hijo a España, para que por medio
del contacto «naciera el amor». ¡Qué
desesperación! Además, la reina, loca,
en Tordesillas.
Comoquiera que en junio de 1537 se
preparaba una campaña para defender
Navarra y el Rosellón de un seguro
ataque francés, se decidió que la
emperatriz no se moviera de Valladolid,
aunque su deseo era irse tras los pasos
de su esposo. «No sé si lo estorbará la
preñez, aunque más creo que sí
estorbará», escribía don Juan de Zúñiga
a su suegra (el 10 de abril de 1537).
Por fin «plugo a Dios que parió un
hijo», con bien para la madre y el
infante. El crío se llamaría Juan y el
embajador recomendaba a Fernando de
Austria que felicitara a los padres…
Reunidas las Cortes en Monzón y
prácticamente determinada la guerra con
Francia, aunque el papa enviara legados
con mensajes de paz y de convocatoria
de un concilio, Carlos V acudió a
despedirse de Isabel, desde Monzón,
por la posta a Valladolid, y vuelta a
Barcelona durante el mes de diciembre
de 1537. Por cierto, que debido al viaje,
«túvose sospecha» que dejó embarazada
a la emperatriz, pero no fue cierto.
EL GOBIERNO DE ESPAÑA EN
1536 DURANTE LA CAMPAÑA DE
MILÁN: UN NUEVO EJEMPLO DE
ACCIÓN POLÍTICA
Entre las cartas que se conservan de la
reina en 1536, firmadas desde
Valladolid en el verano de 1536, hay
varias destinadas a don Francés de
Beamont, su capitán general en la
fortaleza de Perpiñán. Es el tiempo de la
incertidumbre, de la guerra de Saboya, y
todo parece indicar que hay que
aprestarse en las fronteras con Francia
para lo peor.
Por ese motivo, la reina da
instrucciones sobre el avituallamiento
de las fortalezas del Rosellón, la de
Perpiñán, Salsas y Colibre (Colliure), o
el aprovisionamiento de trigo y vino, o
se habla del envío de dinero para el
pago de soldados y del sueldo del
capitán general, así como le transmite
informaciones de que ha escrito a
Málaga para que manden hacia el norte
los coseletes que tendrían que haberse
mandado, o cómo Carlos V le escribe a
ella comunicándole lo que ha ordenado
para las fortalezas pirenaicas. Es decir,
la reina está al corriente de lo que pasa
en la raya de Francia…, y cursa órdenes
de la gestión cotidiana de esas fronteras.
Todo ello forma parte de una acción
más extensa, una «visita» a las
fortalezas del Rosellón que incluirá un
alarde a la gente de guerra que hubiera
en ellas porque hay que aprestarse a la
defensa. La reina envía a un contino de
la corte, don Pedro de Ávila, para que,
con instrucciones suyas —que son
desarrollo y nunca contradicción, claro,
de las de Carlos V—, recoja dinero en
un sitio, lo entregue al pagador general
en Perpiñán y se contraten los servicios
de guerra o abastecimiento que fuera
lugar, e igualmente que, «con el cuidado
y diligencia que de vos confiamos»,
averigüe si se han cumplido las órdenes
dadas por el emperador sobre el pago a
soldados. Asimismo deberían haberse
hecho obras, por lo que había que saber
si el gasto había sido el correcto en la
paga «de los materiales y pertrechos y
maestros y peones que han andado en las
dichas obras», y así sucesivamente. En
Salsas, por ejemplo, había habido
diseños de Micer Benedito que se
necesitaba saber si se habían realizado.
También si el dinero gastado en
artillería, pólvora y municiones se había
gastado bien y en orden. Es decir, que en
último término y por orden de Isabel, se
iba a inspeccionar el gasto del dinero en
zona de guerra. En octubre ordena que
se mire con cuidado, y que se persiga a
quienes cobran la soldada y se esfuman.
Sin duda alguna que todos estos
asuntos no se le ocurrían a la reina y
ordenaba su ejecución. Claro que no.
Tenía sus consejeros. Sin embargo, estos
se reunían bajo su presidencia, o la
reina firmaba de su puño y letra las
cartas e instrucciones que se mandaban,
las cuales, por otra parte, iban
encabezadas con su nombre. O cuando
informa al virrey de Cataluña de sus
determinaciones, le pide información
también sobre sus noticias acerca de si
sabe si Carlos V vuelve desde Niza por
tierra o por mar.
Del mismo modo, cuando el 6 de
octubre de 1536 escribe a Juan Suárez
de Carvajal, consejero de Indias, lo
hace, entre otras cosas, para decirle que
se da por enterada de que de los
400.000 ducados llegados de Indias, él
había remitido (o tenía noticia de que se
habían mandado) a Barcelona 30.000 y
quería que siguiera transmitiéndole esas
informaciones. Entresaco una frase que
habla mucho de prudencia política: «Ha
sido bien darnos tan particular razón de
todo ello. Yo lo mandaré ver y se os
responderá lo que se ha de hacer», u
otra que define a una Isabel con los pies
en la tierra: «Especialmente —le
escribe al mismo consejero—, tendréis
respeto a aliviar a los mercaderes
porque es razón empezarles a dar
contentamiento».
¡Desde luego que necesitaban
contentamiento! Hacía un mes que se
había ordenado un embargo de plata de
particulares.
Hablando de cosas de Indias y buen
sabor de boca dejado por la
administración de justicia de la
emperatriz: el 14 de julio de 1536 había
ordenado desde Valladolid a las
autoridades de la isla de Jamaica que se
averiguara el paradero de los bienes de
Juan Ruiz, ya difunto, porque sus
herederos los reclamaban desde España,
por lo que había que remitirlos a
Sevilla. Los herederos quedarían
encantados y darían gracias a Dios por
tan buena reina.
Es cierto que sus secretarios le
podrían dejar puesto por escrito los
textos y los papeles que había que
firmar, pero no creo que ellos se
atrevieran a mandar sin consentimiento
de Isabel una nota a un Francisco
Verdugo, proveedor de nuestras
armadas, y a Diego Cazalla, nuestro
pagador de ellas, en la que comentando
el envío de unas cargas de trigo de un
sitio a otro, advertía la reina que «según
el tiempo con que decís que partieron y
después parece que les ha hecho, por
cierto tengo que serán llegadas o no
tardarán en llegar en salvamento a la
armada de su majestad», y apuntaba
admonitoriamente: «Estoy maravillada
cómo no han llegado a aquella playa
habiendo partido a XII del dicho [mes]».
¡Como para dar un mal paso con alguna
corruptela! La reina estaba al tanto de
todo.
En definitiva, como he dicho antes,
el sentido de estas cartas es triple: por
una parte, son el vehículo usado para
informar a Carlos V de las resoluciones
del Consejo; igualmente, en las epístolas
se introducen apreciaciones personales
de la emperatriz y, finalmente, ella
expresa, algunas veces, sus sentimientos.
Pensar que Isabel escribió (o un
secretario escribió a su dictado) esas
ciento catorce segundas cartas tiene algo
de ingenuo, de benevolente. Las cartas
eran el conducto de comunicación y se
las preparaban. He podido ver en el
Archivo de Simancas (Estado, Castilla,
42 - 195) ciertas notas en borrador
sobre los contenidos de alguna misiva
de Isabel a Carlos («La emperatriz
nuestra señora, 13 de marzo»), y dicen
así las notas que habría que desarrollar:
«Que ha visto las de vuestra majestad de
XII y XXII del pasado y las escripturas
y relaciones de cosas de estado…», etc.;
«Que se debe mucho mirar en la ida de
vuestra majestad a Niza…»; «Que se ha
holgado de que se haya acabado de
establecer la liga contra el turco…»,
etc.; y una data más, Barcelona, 26 de
marzo de 1538…
Y ese sentido público de conducto
de las resoluciones del Consejo que se
hacía eco de lo que se debía ir
resolviendo está patente en muchos
casos. Un ejemplo: escribe Fonseca (15
de noviembre de 1529) a Carlos V que
sobre la derrota del capitán Portuondo
en Baleares «por la carta de la
emperatriz nuestra señora y por las
demás que se escriben a vuestra
majestad será más particularmente
avisado». Y tanto. Al día siguiente le
contaba lo referente a ese asunto Isabel,
y ya lo hemos reseñado (además de en
Mazario, en CDdeCV, XLVI).
Pero hay ciertas inquietudes
personales que transpiran en el
epistolario, como venimos señalando. A
sus autoridades les pedía una y otra vez
datos e informaciones de la situación
política, o de las andanzas de su esposo.
Era a veces más sencillo que un virrey
supiera donde estaba Carlos V que la
reina, porque al virrey le llegaran
noticias de sus correos, espías,
mercaderes u oficiales. «Este correo
mando ir a solo traerme las nuevas que
vos y don Francés tuviéredes de su
majestad y de su ejército», que hace
mucho que no sabe nada, aunque el
virrey de Navarra le haya mandado «un
memorial de las que él ha podido
saber», e insistía, «me aviséis de todo lo
que supiéredes y entendiéredes así de su
majestad, como del rey de Francia»,
porque «estando las cosas como están»,
les declara, ya podían imaginarse lo
preocupada que vivía, «ya podéis juzgar
el cuidado en que estaré», y al otro le
pedía «que de continuo me avise».
No estaba —o quería estar—
enterada de cuestiones de gestión.
Cumplía a la perfección sus funciones
de reina. Un pequeño detalle:
normalmente sus despachos van
firmados con el rotundo «Yo, la reina» o
«La reina».
He visto a lo largo de mi actividad
científica alguna documentación sobre
los traslados de la corte. No recuerdo
ninguna comunicación municipal que
demuestre tanta felicidad como esta,
que, firmada en Valladolid a 3 de mayo
de 1536, dice así:
El concejo y justicia y regidores de
esta muy noble y leal villa de Valladolid
hacemos saber a vuestra majestad que
Martín de Ayala, corregidor de esta
villa, nos mostró una carta que vuestra
majestad le escribió sobre su
bienaventurada venida aquí. De tan
buena nueva toda esta villa ha recibido
mucha alegría y placer. Besan los pies y
manos de vuestra majestad por la mucha
merced que en ello les hace. Quedan
rogando a Nuestro Señor. Al emperador
nuestro señor y a vuestra majestad dé
muy larga vida y mucha prosperidad y le
traiga presto con toda victoria que todos
sus súbditos y vasallos deseamos.
Sea. El 27 de septiembre de 1536
escribe al duque de Calabria (y no a
Germana de Foix, que era la titular),
lugarteniente general del emperador en
el reino de Valencia. Le comunica que
ha visto sus cartas de los días anteriores
así como otras remitidas por el virrey de
Valencia, gracias a todo lo cual «he
entendido las nuevas que tenía de la
venida de Barbarroja» y el apoyo de
algunas galeras francesas camino de
Mallorca. Al duque le exhortaba: «Vos
hacéis bien en avisarnos de las
[noticias] que se ofrecen, lo que os
agradecemos mucho». ¿Quién no iba a
estar encantado de ser gobernado por
ese carácter? Don Álvaro de Bazán,
comentando unos cuantos extremos
sobre las galeras en Málaga, llegaba a
decir que «por lo que vuestra majestad
manda en el pan y en el precio de él,
beso las manos de vuestra majestad»,
sin duda porque ella habría hecho caso a
las recomendaciones del marino. En esta
misma carta él pasaba unas
informaciones: «En lo que vuestra
majestad manda que le escriba si sé
algo de la carraca y cuarenta naos que
han dicho que vienen del rey de Francia
de poniente, hasta ahora no han pasado
por el estrecho, ni es sabido otra nueva
sino lo que escribí a vuestra
majestad…».
Al duque de Calabria, además, la
reina, que ejercía como reina de España,
le informaba de que, aunque no tuviera
armas suficientes para un gran ataque,
que no se preocupara, porque «hemos
habido por bien de dar licencia para que
de Guipúzcoa y Vizcaya se puedan sacar
y llevar a ese reino los cuatro mil
arcabuces y ocho mil picas que pedís».
Solidaridad interterritorial. El único
problema es que esas armas acabaran en
manos de musulmanes recién
convertidos que las compraran a los que
las recibieran, por lo que encargaba al
duque que lo evitara como fuera.
Dominaba también otros aspectos de
los sentimientos. Cuando remite el
pésame a doña Leonor de Melo (desde
Valladolid, 25 de septiembre de 1536),
despliega una red de corrección y
consuelo: «De doña María de Silva supe
el fallecimiento [así la viuda ha de saber
a quién se debe] de Juan de Saldaña,
vuestro marido, de que me desplugó
mucho así por ser la persona que era y
tan cierto criado y servidor mío
[adviértase el posesivo singular, que
hace más cercana la nota], como por la
pena que os habrá dado. Nuestro Señor
le tenga en su gloria que según él fue y
el fin que hizo [¡siempre la buena
muerte, como sosegante recuerdo!] así
es de hacer que lo estará», y sigue el
pésame consolando con los designios de
la voluntad de Dios: «Y no hay que
decir sino que dándole muchas gracias
por ello, os conforméis en esto con su
voluntad, como en todo se debe hacer».
En el nombre de la reina iba a visitarla
su capellán Jorge Cabellos. Quería la
reina ayudarla en la viudedad, «pues
sabéis que no me falta voluntad para os
hacer merced y favor». Eso sí, le
imploraba que «miréis por los hijos y
nietos del dicho Juan de Saldaña, pues
habrán bien menester vuestro abrigo…».
Así las cosas, no es de extrañar que
los relevos generacionales de la
aristocracia fueran de los más tranquilos
que se pudieron haber conocido en
España en varias décadas, o en muchos
reinados. Por ejemplo, escribe don
Pedro Manrique:
Ya vuestra majestad habrá sabido
cómo Nuestro Señor fue servido de
llevar al conde de Paredes, mi padre, y
aunque en él haya perdido vuestra
majestad un servidor y vasallo muy
cierto, no por menos me ha de tener
vuestra majestad a mí, pues hay tantas
causas para que yo con la lealtad y
voluntad que es razón que yo sirva a
vuestra majestad, y así suplico a vuestra
majestad que como a su vasallo y criado
me mande las cosas de su servicio.
Acreciente Nuestro Señor los
bienaventurados días y reales estados de
vuestra majestad. De Paredes, a 28 días
de enero [1536].
La riqueza de contenidos públicos e
íntimos de estas cartas nos define
perfectamente qué hacía Isabel en
España: gobernar.
No era la única gobernadora de
territorios de Carlos V. En ese momento,
María estaba en Flandes, Germana de
Foix en Valencia.
Por fin, a finales de 1536, llegó
Carlos V a España. Las muestras de
alegría del deán y cabildo de la iglesia
de Toledo, del enfermizo cardenal de
Sevilla, de la temblorosa mano del
conde de Puñoenrostro, del conde de
Palma, del presidente de la Chancillería
de Granada, del ayuntamiento de
Sevilla, de la Casa del Infantado, del
duque de Maqueda, del duque de
Vilaseca, del duque de Escalona, del
conde de Ureña, y de otros muchos,
excusan hacer más comentarios.
En este diciembre de 1536 podemos
dejar todo. O casi todo. La reina ha
convocado con urgencia al cardenal de
Toledo para que se presente en Madrid.
De cómo funcionaban las cosas queda
manifestación en la carta que él le
remite. Está escrita a mitades, por su
secretario y luego hológrafa, para que
constara su voluntad personal. Como
siempre, modernizo la escritura.
Hoy jueves, a las seis de la mañana,
recibí la carta de vuestra majestad con
este correo y a la hora puse por la obra
mi camino, aunque por ser desde aquí
largo y haber once leguas hasta
Madrid, no sé si podré llegar hoy, pero
de do quiera que esta noche quedare,
tomaré la mañana de manera que pueda
ser allá a las siete o a las ocho antes de
comer y por esto no tengo más que decir,
sino que Nuestro Señor guarde y
prospere la real persona e imperial
estado de vuestra majestad por largos
tiempos. De San Bartolomé, X de
septiembre.
[Hológrafo del cardenal]. Todavía
trabajaré de ser hoy en Madrid, aunque
son once leguas y no estoy tan recio
como sería menester, mas por no detener
los negocios, lo haré así.
Muy humilde servidor de vuestra
majestad que sus reales manos besa.
Cardenalis Toletani
LAS GOBERNACIONES FINALES:
POR EL VIAJE A ARAGÓN DE 1537
Y EL DE NIZA DE 1538
Se cuenta que en 1537 Isabel no pudo
ser feliz. Debía de estar ya harta de
tantas ausencias de su esposo. Si durante
la gran gobernación de 1529 asumió los
papeles con dignidad y resignación,
ahora le pudo la depresión. De los once
años que llevaban casados, habían
estado juntos solo la mitad. Pero en un
tiempo en que ella había perdido hijos,
o el heredero al trono crecía sorteando
los graves problemas de salud que
arrastraba. Menos mal que ella era
responsable y atendía las cuestiones de
estado que le encargaba su marido,
porque si encima eso no le hubiera
gustado…
Estuvo su majestad en Valladolid
hasta veinte y dos de diciembre y en
todo este tiempo la emperatriz estuvo
muy triste y hacía grandes
demostraciones de ello en el rostro y
atavío de su persona […]. La causa
desto algunos sospechaban que era
porque sabía que el emperador,
concluidas las paces, había de pasar en
Italia a lo del concilio y de ahí a la
empresa del turco…
Efectivamente, fue más o menos así.
El 10 de julio de 1537 Carlos V volvió
a nombrar a Isabel gobernadora de
Castilla (CDdeCV, CCXV). Otra vez iba
a celebrar Cortes a Aragón, en Monzón.
Estas «Instrucciones generales» son
prácticamente idénticas a las
«Restricciones» de 1529, retocadas en
1535 (CDdeCV, XXXVII y CLXIX).
Solo alguna novedad: que se autoriza a
Isabel a nombrar los cargos en Indias
(no nos extrañe encontrar
nombramientos firmados por ella), por
ejemplo, y algún detalle más de carácter
coyuntural: en 1535 citaba los
nombramientos que quedaban en la
Península, ahora ya no.
En agosto, desde Monzón, ordenaba
el secuestro de los bienes de franceses
en España, en especial de los
mercaderes, en contestación a la misma
medida adoptada en Francia.
Decidido, pues, a firmar una nueva
paz con Francia, se marcha a Niza en la
primavera de 1538 para entrevistarse
con Francisco I. Casi a bordo de la
galera real, desde Barcelona y a 22 de
abril de 1538, proclama unas nuevas
«Instrucciones generales» para el
gobierno de Castilla (CDdeCV,
CCXXXVIII) acompañadas de unas
«Restricciones al poder general»
(CDdeCV, CCXIX), que son una copia
ad litteram de las de Toledo de 1529
(CDdeCV, XXXVI y XXXVII), con los
cambios coyunturales precisos y
necesarios.
La serie documental de Toledo de
1529 fue, gracias al buen hacer de
Isabel, la base de sus gobernaciones
posteriores.
La emperatriz, desde Valladolid a 31
de julio de 1538, anuncia que el rey ha
llegado a Barcelona, después de firmar
la Paz de Niza, haber acompañado al
papa a Génova y haberse entrevistado
con Francisco I, de nuevo, en Aguas
Muertas.
En las semanas siguientes se inicia,
una vez más, el viaje hacia el corazón de
Castilla. El 1 de octubre de 1538 es el
ayuntamiento de Toledo el que expresa a
Carlos V, por escrito y por medio de
Francisco Ponce, que es el portador de
la carta, su enorme contento «con su
venida a ella [a Toledo] con la cual en
gran manera nos hemos alegrado». En
esta ocasión, Toledo quiere rendir
tributo de reconocimiento a Carlos V,
por lo que le suplica que diga al jurado
Ponce «el día que vuestra majestad será
servido de entrar en esta ciudad». Con
Ponce se podrá empezar a preparar el
aposento de la corte, «en las casas de
los regidores y jurados y otros
oficiales». Verdaderamente, hacer un
buen aposento de corte tenía sus
ventajas…
UNA ESPECIE DE
RECAPITULACIÓN: CARLOS V
DESDE 1538 A 1541
Para Carlos V los años que transcurren
desde 1538 en adelante, acaso hasta
1541, son desastrosos.
Es cierto que en la villa-franca de
Niza, en la primavera de 1538, se ha
logrado una tregua de diez años en la
que la mediación papal ha sido
imprescindible; poco antes se ha
logrado la constitución de una liga santa
entre Roma, Venecia, Carlos y Fernando.
Y al calor de las negociaciones
francoimperiales, se fija una entrevista
entre Francisco I y Carlos en Aigues-
Mortes, Aguas Muertas, en julio de
1538, donde solo estará unos días. Para
ambas vistas diplomáticas ha tenido que
abandonar España: ha sido a finales de
abril de 1538. Ha dejado, ya lo hemos
visto, de gobernadora de sus reinos y
señoríos en España a la emperatriz.
Ya han llegado los dos reyes a
Aguas Muertas. Francisco I, debido a
sus enfermedades, acude en trineo y
litera. El primero en saludar fue el rey
de Francia al emperador. La reunión fue
acompañada de memorables festejos y
un cordial ambiente de paz. Por fin, se
puede soñar en guerra contra el turco,
que no ceja de acosar a los cristianos
del Mediterráneo.
Europa en paz. La cruzada zarpa…
contra ¡Constantinopla! Las arcas están
exhaustas, pero Castilla sigue pagando.
Y se convocan las famosísimas Cortes
de 1539, en las que la nobleza niega
auxilio al emperador, y este nunca más
volverá a convocar a ese brazo. Desde
entonces solo se reúne el rey de Castilla
con las ciudades. ¿Qué le ha ocurrido a
su dilecto reino que no le apoya en una
cruzada? Sencillamente, lo que había de
ocurrir, que se ha cansado. Lleva once
años costeando guerras exteriores, que
en mucho ni le van ni le vienen, y su rey
no está en el reino. Que paguen otros.
Por otra parte, Venecia pronto da
muestras de ser renuente a continuar en
la liga (¡como siempre!) y Francia no
quiere asistir a una incierta cruzada. En
la primavera de 1539 la expedición por
el Mediterráneo se ha olvidado…
Quienes la tienen muy fresca son los
cuatro mil soldados españoles que
protegen Castilnuovo, tomada al turco
por Andrea Doria en 1538.
Solimán no permanece impasible, y
ordena a Barbarroja el asalto de la
ciudad. Es evidente que la plaza ha de
capitular. Está tan claro, que ni Andrea
Doria se apresta al socorro. Barbarroja
les ofrece una retirada digna, y se
niegan. En Castilnuovo dejaron su vida
por servir a Dios y al rey todos los
soldados.
Por lo demás, en la primavera de
1539 tenían la esperanza de poder hacer
una «tregua y paz universal» que sería a
los esperanzados ojos de aquellos
buenos hombres del siglo XVI «la mejor
y más verdadera» con la que «se trataría
de dar fin a los trabajos y poner quietud
y sosiego al presente». La paz la
firmarían a tres bandas, Carlos V y
Fernando I con Francisco I. Serían días
de inmensa felicidad por toda Europa,
ya que Carlos V saldría de España hacia
Italia y recogería en Innsbruck a su
hermano (¡cuánta dependencia del Tirol
austriaco con respecto a la Italia
alpina!) y de allí se encaminarían a tener
las vistas con el rey de Francia. El
urdidor de todo ello, el cardenal
Granvela.
Pues bien, ese viaje no se daría
hasta que la reina Isabel no hubiera dado
a luz «por el mes de septiembre». Tan
importantes eran ya para Carlos V las
cosas de su esposa. Pero ¡ay, cómo se
truncó todo! Nada hacía presagiar lo que
ocurrió, porque el embarazo iba bien en
la recta final, que ella «está harto mejor
que ha estado», por lo que esperaban
que «placerá a Nuestro Señor de la
alumbrar con salud» (porque era
Nuestro Señor el que alumbraba a la
mujer y no la mujer a su descendencia).
Todo iba bien: Carlos V se iba tranquilo
de caza por unos días porque estaba casi
todo, o todo, en calma. Sin embargo,
para el 24 de abril la emperatriz había
caído enferma (Salinas, carta 385). La
muerte la rondaba.
A trancas y barrancas, con el ánimo
por el suelo, Carlos V asiste a otra
desdicha: la campaña de Francia había
sido tan onerosa que Flandes había
tenido que pagar más de lo deseado, con
el resultado del levantamiento de Gante,
su cuna. La ciudad había solicitado
incluso la protección de Francisco I,
que, en aquellos dulces momentos,
advirtió a Carlos de la bellaquería.
El emperador se pone en marcha
hacia su ciudad natal para reprimir la
revuelta y deja por gobernador al
cardenal de Toledo, don Juan Tavera,
porque el príncipe heredero, don Felipe,
es aún un crío de once años.
Acaso en campaña se le pase el año
largo de depresión. Francisco I le ofrece
su hospitalidad, y el emperador acepta:
Burdeos, Poitiers, Orleans… Fiestas,
acompañamiento por el rey de Francia,
honras por todas partes. El 1 de enero
entra, vestido de negro y con el collar
del Toisón, en París. Se suceden los
gestos y las admiraciones durante una
semana, y el 4 de febrero entra en Gante
acompañado de cinco mil soldados
alemanes. A finales de abril el
emperador ha señalado a su ciudad:
perdidas todas sus gracias, quedaba
relegada a un anonimato social al
quitársele el derecho a llevar escudo.
Además, una procesión de ciudadanos
iría al palacio imperial a pedirle
perdón; por último, sobre los restos de
un barrio arrasado de la ciudad, se
levantó un castillo que la advirtiera de
su destino. Se entregó el archivo
municipal a Carlos V: en él se
custodiaban los privilegios de la ciudad.
Le entregaron veintiocho cajas de
documentos.
Cerca, en el frente diplomático
alemán, la Reforma seguía avanzando y
las negociaciones en pos de algún
acuerdo también. Es cierto que en 1538
se había constituido la Liga de
Nüremberg con el fin de equilibrar la
balanza y poder hacer frente a la de
Esmalcalda, y que el único método de
equilibrar podía ser la guerra. Pero aún
se podía intentar, por enésima vez, la vía
de la concordia. Es abril de 1541 y se
ha reunido una Dieta Imperial en
Ratisbona, que por las cuestiones
teológicas que se debaten y votan, se
conoce por el Coloquio de Ratisbona.
En 1541, Carlos V decidió también
compensarse y compensar a Castilla.
Esta vez el objetivo fue conquistar
Argel. ¿Quería calmar algo en su alma?
Parecía una campaña más sencilla
que la de Túnez. Nuevamente decenas
de miles de soldados, flotas, infanterías,
todo dispuesto para la conquista del
nido de corsario. A pesar de todo, esta
vez la fortuna no sonrió al ejército:
cuando, afortunadamente, los tercios
estaban en tierra, una fuerte tormenta
hundió unas galeras, dejó resentidas
otras. A consecuencia de ello, el puente
entre el mar y tierra quedó suspendido y
con ello el aprovisionamiento de las
tropas. Por otro lado, las inclemencias
del tiempo dejaron inútiles las armas de
fuego. Cerca de cuatro mil soldados se
perdieron en aquella campaña. Ante tan
desolador panorama, se decidió el
abandono de la empresa de Argel.
Para más confusión, concluido el
reembarque, comoquiera que los vientos
y las corrientes fueran adversos y
siempre más fuertes que los brazos de
los galeotes, unas naves fueron a parar a
un sitio y otras a otro. Rota la formación
de la flota, el propio emperador hubo de
pasar más de veinte días a refugio en
Bujía. Llegó a Palma el 26 de
noviembre, y desde allí a Cartagena y a
Ocaña, en donde se reunió con sus hijos.
El gobernador de España era, por aquel
entonces, Felipe.
Según Sigüenza, la jornada de Argel
fue «el más triste suceso que en sus
empresas tuvo». Y Santa Cruz no dedica
al desastre ni quince páginas: mejor no
recordarlo.
Castilla recriminó al rey tanta guerra
y su exposición a los riesgos del frente.
Una tropa de privilegiados, los continos,
que han de servir de continuo al rey, ha
perdido cerca de ochocientos caballos
en Argel. No hay bastantes como para
reponerlos de inmediato. Se autoriza a
esos caballeros que puedan ir en mula…
Isabel ya no está para consolar al
desolado Carlos.
Carlos, solo.
VI
1539
Es primavera en Medina del Campo. A
la puerta de la casa de Francisca de
Tabladillo llama alguna autoridad
local. Le habla. Ella, mujer humilde en
las formas externas, pero orgullosa
castellana en el interior, recibe una
noticia y emocionada cae de rodillas.
Hace un tiempo, en una de las
estancias de la corte de Isabel en
Medina, sus damas fueron aposentadas
en casa de Francisca. Hubo
desperfectos. Ella protestó. La reina
mandó que se hiciera una información
de lo ocurrido y, vista la memoria final,
le prometió resarcirla por los daños.
Pasó el tiempo y no hubo nada, tal y
como se imaginaba Francisca. Sin
embargo, durante el trance, la
emperatriz había ordenado que se le
pagara lo que se debiera. Con el
producto de las almonedas de los
bienes de la reina que se hicieron desde
noviembre de 1539 en adelante, se
habían apartado 37.500 maravedíes
que hoy le daban en una bolsa de cuero
a Francisca. Aún presa de semejante
impacto sentimental, con las piernas
temblorosas, recibe el dinero, agradece
al emisario el viaje y entra en casa a
llorar, como tantos más, la muerte de la
emperatriz Isabel.
Dicen que hacía un tiempo, en
Velilla, había tañido la campana. Mal
augurio donde los hubiera. Una vez
más el fatal presagio se había
cumplido.
No tengo ya, paciente lector que has
llegado hasta aquí, mucho más que
decir: se avecina la enorme desolación
que acompaña la muerte. Así es esa
vieja desdentada que se apoya en la
guadaña, y el reloj ha decidido
destrozarles la vida a Isabel y a Carlos.
Él nunca más se volverá a casar.
Tampoco querrá seguir gobernando,
pero la responsabilidad le empuja a
mantenerse en el trono, porque si no, a
sus vasallos españoles, los llevaría
hacia un nuevo infortunio: si él abdica a
favor de Felipe, puede que algunos se
revuelvan y pretendan que Juana —la
que está loca— sea reina. Así que
Carlos, ya sin Isabel, ha de esperar a
que su madre muera también. Y, tan
pronto como esa reina legítima, pero
loca, muere, él abdica y se va a Yuste a
encerrarse entre los retratos y los
recuerdos de Isabel. Espera encontrarse
con ella, de nuevo, como los ha puesto
Tiziano en La gloria, juntos para toda la
eternidad, implorando a Dios su perdón.
Todo en Yuste es un respirar los
recuerdos de Isabel. En el momento del
óbito, ya perdida la conciencia, se sujeta
fuertemente a un crucifijo que fue de
Isabel. Así fue su vida: un angustioso
asirse a Isabel.
UNOS DÍAS ANTES Y EL
TESTAMENTO DE 27 DE ABRIL DE
1539
En septiembre de 1538 los esposos
andaban juntos por Valladolid. Fueron
jornadas de visitas y de convivencia en
Tordesillas. Al final del mes de
septiembre la corte se trasladó a Toledo.
El embarazo, al menos en su fase
final, no estaba siendo bueno.
Efectivamente, ya el 2 de marzo de
1539, en Toledo, doña Estefanía de
Requessens iniciaba una serie de
comunicaciones a su madre plagadas de
malos augurios. Debido a su
indisposición, estaba muy delgada y
desganada, «estam tots ab gran temor».
Así que encomendaban su salud a Dios.
El esposo, don Juan de Zúñiga,
escribía a su suegra el 29 de marzo de
1539 que aunque el emperador y los
hijos están bien, «a la emperatriz nuestra
señora, la fatiga su indisposición. Está
dos o tres noches buena y una mala, y así
anda» (March, II, 158).
El 20 de abril de 1539 dio a luz un
feto muerto y empezó la tragedia.
El 24 de abril de 1539 se dirige don
Juan de Zúñiga a su suegra: «Ya vuestra
señoría habrá sabido cómo mal parió el
lunes pasado la emperatriz, nuestra
señora, un hijo y pasó tanto peligro que
olvidamos la pérdida de la criatura con
ver libre a su madre» (March, II, 158).
Isabel sabe que está al final de sus
días. De esta manera decide otorgar otra
vez testamento. Qué pena, ahora que
acababa de dar a luz, como hacía doce
años con el emperador presente, notando
que se moría.
Juan Vázquez de Molina, que es el
secretario de sus majestades y notario
público, da fe de cómo la emperatriz ha
pedido que le traigan el testamento de
Madrid, de 7 de marzo de 1535. Así se
hace.
Lo revisa, o lo recuerda, y advierte
que aunque entre ese testamento y el
momento actual había habido una
novedad que era el nacimiento de Juana,
lo daba por bueno, así como el
memorial manuscrito de la relación de
criados a los que se debía ayudar. Ese
memorial se conserva. Empieza
encomendando a Carlos V que haga que
sus hijos crezcan en el cristianismo y
que mantenga buenas relaciones con su
cuñado, el rey de Portugal. Luego, más
de sesenta entradas de recomendaciones
y mercedes a sus criados. Leyendo ese
«memorial de los descargos» y las
cantidades de dinero vitalicias que
manda que se dieran a sus criados, no es
de extrañar que hubiera que crear juros
para satisfacerlas. Dicho sea de paso,
las relaciones de juros concedidos y de
las personas agraciadas se conservan en
Simancas. Pero también en los archivos
familiares si es que existen. En este
sentido, por ejemplo, se puede consultar
el juro concedido por Carlos V a María
de Velasco, dama de la emperatriz e hija
del III conde de Siruela, en 1540.
En el testamento, al que volvemos
ahora mismo, añadía que el tercio de
libre disposición y el quinto de mejora
de sus bienes los dejaba a la mejor
elección del esposo. Por lo demás, se
ratificaba en designar por herederos
universales a los tres hijos y con
respecto a los libros de devoción,
imágenes y oratorio, que se repartieran a
partes iguales entre María y Juana.
Hacía una pequeña salvedad a favor de
María, que era que le dejaba escoger lo
que más le gustara.
Comoquiera que el conde de
Miranda, testamentario, había muerto, en
su lugar nombraba al conde de
Cifuentes, que era su nuevo mayordomo
mayor, y pedía a Carlos V que nombrara
a otros dos testamentarios a su elección.
Carlos V nombró el 5 de mayo de 1539,
con Isabel ya muerta, a su confesor real
fray Diego de San Pedro y al maestro
del príncipe, Juan Martínez Silíceo.
Terrible escena a la que asistían
como testigos el arzobispo de Toledo, el
conde de Cifuentes, Granvela, Hernando
Girón y fray Antonio de Guevara (del
Consejo Real), fray Diego de San Pedro,
confesor de Carlos V, y fray Francisco
de Orduña, confesor de Isabel.
Pero el dramatismo no quedó ahí.
Cuando todo esto parecía que iba a
acabar, recordó la reina que no se había
cumplido íntegramente el testamento de
su hermana, la duquesa de Saboya.
Volveríase hacia su esposo, el
emperador Carlos V, «que presente
estaba», y le suplicó que se cumpliera el
testamento antedicho. Y si yo te dijera,
lector sosegado, que la línea notarial
que traza Juan Vázquez de Molina para
que el blanco del renglón no lo rellene
nadie con ninguna escritura es
temblorosa, a lo mejor te parecerían
fantasías mías. Pero el caso es que la fe,
«Yo, Juan Vázquez de Molina […],
presente fui…», está escrita más tarde.
Acaso esta apostilla final la hacía en su
casa, en su gabinete. A lo mejor. Pero a
lo mejor es que no había fuerzas ya para
seguir dando fe de lo que estaba viendo
por vista de ojos. Se moría la
emperatriz. Carlos V estaba ante ella. Al
día siguiente validó y reconoció este
testamento y el de 1535.
Tiempo después, el rey Felipe II
pidió esos papeles, que los leyó, releyó
y anotó. Cuando fuera, los devolvió al
secretario Diego de Ayala, archivero de
Simancas, que los tomó, viajó y
depositó en el archivo.
Se preparó igualmente, datándolo en
1535, otro documento para que lo
firmara la reina: era aquel que en 1529
había hecho indicando cómo comunicar
al rey su muerte y en el que se disponía
la gobernación temporal de España.
Aunque se preparó el documento, no se
puso en limpio por razones obvias:
Carlos estaba con Isabel en Toledo.
LA MUERTE A LOS OJOS DE
SALINAS: «GRAN CONFUSIÓN ES
ESTA»
La emperatriz dio a luz el 20 de abril de
1539. No se olvidaron de la comadrona:
A Leonor de Riola Toresana, partera
de su majestad, cuarenta y nueve mil y
setecientos y cuarenta maravedíes que se
le mandaron dar en el último parto que
con ella parió su majestad en Toledo en
esta manera: cien ducados en dinero y
veinte varas de terciopelo de un pelo
que costaron a diez y ocho reales como
por fe de Gil Sánchez pareció, todo lo
cual se le dio por mandamiento de
testamentarios. Fecho en Toledo, 26 de
mayo de dxxxix.
Todo había ido bien, escribe
Salinas. Sin embargo, no fue bien del
todo. Para empezar, aunque el
embajador Salinas no lo declare en
todas sus cartas a Centroeuropa, el feto
nació muerto.
La madre se repuso. Pero no se
recompuso. El viernes 25 de abril por la
noche le subió brusca y brutalmente la
fiebre, «una calentura recia que le tuvo
toda la noche con congojas», y así
estuvo el sábado y el domingo,
«empeorando de cada hora». Tanto
empeoró que preparó el testamento.
Alrededor de la emperatriz hubo
otros varones y otros rumores y otras
noticias que llegaban a Carlos V.
Escribe el arzobispo de Toledo a
Carlos V:
El jueves en la noche tuvo la
emperatriz nuestra señora un poco de
frío con alguna calentura, aunque dicen
fue pequeña. Anteayer, que fue viernes,
ha estado buena, pero ayer le acudió
otra calentura con frío que respondió a
terciana y también dicen las mujeres que
están cabe a su majestad que el lunes
antes había tenido otra indisposición de
la cual no habíamos sabido, porque su
majestad tiene condición de encubrir el
mal hasta que se manifiesta, lo cual yo
tengo por cosa que podría traer
inconveniente.
Otra carta que no puedo ver quién la
firma:
A Nuestro Señor ha placido que la
emperatriz haya errado la tercera
terciana y está su majestad muy buena
loores a Dios […]. Porque los doctores
escriben más largo, acabo pidiendo a
Dios que guarde la imperial y muy real
persona de vuestra majestad…
Ahora es el arzobispo de Santiago:
En esta [carta] no hay que hacer
saber a vuestra majestad, sino que la
emperatriz mi señora está ya en buena
disposición […] porque no le vinieron
más de dos tercianas.
El que no se consuela es porque no
quiere.
Porque, en realidad, Isabel se había
quedado muy flaca, por lo que las
fiebres eran el peor presagio para su
salud. Llegó el domingo y con él más
fiebre que alcanzó hasta el martes por la
tarde, en que tuvo unas «cámaras con
sangre», o sea que se desangraba. Para
ellos, la pérdida de sangre tenía una
ventaja: en el torbellino salían también
los malos humores, por lo que una
sangría tenía la virtud de limpiar el
organismo de conductores de
enfermedades. Pero no es así. Aunque
quisieran ver que con la defecación con
sangre se le aliviaron las fiebres y
gracias a ello le vino buen humor
durante los días siguientes, ¡a saber qué
le estaba pasando por sus entrañas!,
porque el miércoles a medianoche le
subió la fiebre otra vez, empezó a
enflaquecer y se le vio que «estaba ya al
cabo».
Ya al cabo. Le atendió el cardenal
de Toledo, muy católicamente, en el
último suspiro, y dio el alma a Dios a la
una, pasado el mediodía. «Nuestro
Señor la tenga en su gloria» (carta 387).
La muerte de esta reina tuvo sus
consecuencias, como la tenían las
muertes de todas las reinas. Siempre
habría desbarajuste entre los criados de
su casa. Y si además era una reina
extranjera, la muerte incidía en las
relaciones internacionales.
El trono quedaba en el aire: es cierto
que había nubarrón y dos hembras en la
línea sucesoria…, pero ¿llegarían a
edad adulta? Aquella muerte de la
fecunda Isabel volvía a despertar los
fantasmas de una sucesión atormentada,
como la de Isabel la Católica, como
ocurriría más tarde con el príncipe don
Carlos y así sucesivamente. Ese fue uno
de los más graves problemas internos de
la Casa de Austria: la sucesión de
España. En abril o mayo de 1539 se
intensificaron las medidas para traer a
España a Maximiliano, joven
adolescente como su primo Felipe.
Todo ello iba a ocurrir en aquella
primavera de 1539 en Toledo. El mundo
se vino abajo. Sigo, pues, con la
correspondencia del embajador Salinas,
porque es un altavoz excelente de cuanto
acaeció.
En efecto, con un «gran confusión es
esta para los designios que estaban
ordenados» sintetizaba el embajador a
Fernando de Austria lo que acontecía en
la corte de España.
Por su parte, el marqués de Tarifa
daba su compungido pésame (Sevilla, 5
de mayo de 1539), porque el
fallecimiento «me ha alcanzado tanta
parte de dolor cuanta es razón según la
pérdida es tan grande», si bien es cierto
que no faltaban palabras de consolación
«según la vida y acabamiento de su
majestad, más es ponernos envidia del
lugar en que está que dolor», o también
que «esta vida no la tenemos perpetua,
sino prestada y que está a voluntad de su
dueño».
No se quiso hacer novedad y que no
se alterara la boda de Portugal de Juana,
la niña Juana, con Manuel; tampoco se
quiso que se alterara el tiempo marcado
para la firma de la paz con Francia.
Una de las afirmaciones más
interesantes que corrieron por palacio
en aquel 1539 fue la intención de Carlos
V de mantenerse viudo de por vida. Ni
tiene compañía, escribe el embajador,
«ni intención de la tomar» (¡carta 389,
de 3 de mayo de 1539!). Y ese era el
problema serio, el de la sucesión. Por
ello, se aplaudía la venida a España de
Maximiliano.
Y en general, se abrían días de
zozobra: «He tenido temor, y no estoy
sin él, haya mudanza en las cosas que
han sido pensadas hasta aquí» (carta
387).
«¡DEJADME, QUE HE PERDIDO
TODO MI BIEN!»…, Y DE TOLEDO
A GRANADA
La emperatriz parió en Toledo una
criatura muerta el 20 de abril de 1539
(dos observaciones: como mucho lo
expulsó a los seis meses; he visto en
crónicas que el parto ¡fue el 16, el 20 y
hasta el 30 de abril!) a las cuatro de la
tarde y murió el 1 de mayo de 1539 a la
«una del día». Su agonía duró once días,
durante los cuales «han hecho por la
salud de la emperatriz muchas
procesiones y han se disciplinado
muchas veces, sacando todas las cosas
devotas».
A pesar de las fiebres, mantuvo el
juicio hasta el final, y todos
descubrieron durante tan doloroso trance
que el amor que tenían por la emperatriz
era mayor de lo imaginado. El
emperador, dice Alonso de Santa Cruz,
«ha sentido y siente mucha pena»,
mientras que Sandoval asevera:
Que estando de peligro no se apartó
de rodillas delante de la cama hasta que
expiró; y entonces, besándole la mano,
se retrujo a su cámara, y ha hecho todos
los particulares sentimientos que un
regalado casado tiernamente enamorado
de su mujer pudiera hacer.
Es cierto. Cuenta la misma crónica
que narra las decisiones tomadas por la
Chancillería de Valladolid —la que
editó Laurencín— que Carlos V estuvo
presente en el óbito. Es más, llevaba
desde la noche anterior junto a su
esposa. En el momento en que expiró
empezó a besarla en el rostro y en las
manos. Aún estaba tibia. Y él rompió a
llorar. Los que estaban presentes, no
podían separarlo del cadáver, al que se
abrazaba con desconsuelo infinito, por
lo que hubieron de usar fuerza para
hacerlo, «sin tenerle respeto a ser
emperador». Mientras tan dramática
escena tenía lugar, él exclamaba, sin
quererse separar de ella: «¡Dejadme,
que he perdido todo mi bien!». En esos
terribles minutos triunfaba el hombre
sobre el emperador.
Al final, lo sacaron de la habitación.
Los propios recuerdos de Carlos V
son vivos, pero pasa muy rápidamente
por todos estos sucesos:
Después de abortar su quinto hijo,
fue Dios servido de llevársela […]. Fue
esta muerte de gran sentimiento para
todos, principalmente para el
emperador, el cual hizo y ordenó lo que
en tales casos se acostumbra y es
preciso hacer.
El propio Carlos V comunica de
inmediato a María de Hungría, su
hermana viuda, la triste noticia en
francés, y le habla de cómo ella ha
perdido a una buena hermana y él a la
esposa. Le pregunta si Isabel había
enviado a Margarita de Austria un
retrato hecho por Tiziano:
Y sin pensar que fuera a morir, no
me preocupé en conservar su pintura. No
he encontrado ninguna en la que se
parezca mejor que en esa. Creo que lo
tenéis en el gabinete de pinturas de
nuestra tía. Os suplico que la hagáis
buscar y que, si la encontráis, me la
enviéis lo antes que podáis, y de manera
que no se pierda por el camino.
A fin de cuentas, había que recuperar
el recuerdo más vívido que fuera
posible de Isabel. Me detengo un poco
en todo esto más adelante.
Cuando la emperatriz murió, el
emperador cayó en una profunda
depresión y se recogió en la Sisla, como
es bien sabido.
La terrible convulsión azotó a toda
España. Durante el mes de mayo se
trastocó todo. La preocupación mayor
fue la traslación del cadáver. Pero según
pasaron los días, hubo otras cosas que
hacer, como por ejemplo, colocar a los
criados de la emperatriz en nuevos
oficios.
Mientras el emperador se
sobreponía a la depresión, se
desmanteló la casa de la emperatriz, se
reordenaron las de Felipe y sus
hermanas para hacer frente a los nuevos
tiempos (carta de Salinas 388).
Fundamentalmente los cambios
consistieron en que con algunos criados
de Isabel se montó la de Felipe al estilo
de como los Reyes Católicos montaron
la del príncipe Juan. Las infantas fueron
mandadas a Arévalo con la protección
del conde de Cifuentes, oficiales
suficientes y «algunas señoras
portuguesas que no tuvieron la ventura
de se casar»; a los marqueses de
Lombay (Francisco de Borja y Leonor
de Castro) los mandaban de virreyes a
Cataluña… Hecha toda esta
reorganización palatina, que la debió
madurar Carlos V durante su retiro, se
encaminó a Madrid. En casa de los
Vargas, en la Casa de Campo, pasó unos
días antes de entrar en la villa. El
príncipe y los Consejos se quedaron en
Toledo, que en ese momento era un
hervidero de correos, jinetes y
caballeros yendo y viniendo para
trasladar noticias, pésames, besamanos
(carta 391).
De lo demás, como de la paz —o la
guerra— con el turco, se estaba
encargando Granvela (carta 388), que
durante esos días se creció asumiendo
responsabilidades.
La complicada situación que
generaba la «pena» o el no estar
«comunicable», e incluso el «está
retirado fuera de poblado», de Carlos V
se deja ver en la correspondencia de
Salinas y en otros documentos. Desde
luego, como escribía el embajador a
Cristóbal de Castillejo, «por todas
partes le llegaron trabajos» al bueno de
Carlos, que sufriendo el golpe de la
esposa, le llegó la noticia de la muerte
de su sobrino, el príncipe de Portugal,
Felipe de Avis y Habsburgo, tercer
heredero de Juan III que moría niño
(tenía seis años de edad). Otro trono
peninsular en el aire.
Ahora bien: poco a poco, según se
movían los embajadores desde Francia a
Portugal, de España hacia Centroeuropa,
se fue recobrando el pulso de la
agitación política.
Volvamos junto al cuerpo inánime de
la pobre Isabel. Siguiendo sus mandas y
los deseos de Carlos, se ha decidido
llevársela a Granada. Pero con rapidez.
No hay lugar para largas o
multitudinarias despedidas.
Se preparó todo el «betún de mirra y
acíbar [aloe] y otras confacciones» que
se pudo y se entregó a la marquesa de
Lombay y a la camarera mayor, que
fueron las encargadas de untar el cuerpo.
«No se abrió el cuerpo porque al tiempo
que ordenó la emperatriz nuestra señora
su testamento y se mandó llevar a
Granada, suplicó al emperador que no
consintiese abrirla, el cual le dio su
palabra y se cumplió».
Una vez untado el cadáver, lo
metieron en un ataúd de plomo, «muy
justo», y esa caja en otra de hojalata.
Los pocos huecos que quedaran los
rellenaron con algodones empapados en
almizcle y otros perfumes.
Después, subieron la caja a la litera
en que haría el viaje. Se expuso la litera
en una sala de palacio el día 2 de mayo.
De nuevo, lutos, oscuridades, ternos de
pontifical, misas y responsos.
Se rumoreaba en Toledo que Carlos
V permanecía oculto tras una celosía
desde la que veía el féretro con los
restos mortales de su Isabel. «Ni quitó
los ojos del cuerpo» y «está el más
desconsolado del mundo». Así son las
cosas.
Por ser el mes de mayo y el viaje tan
largo, que podían apretar los calores,
inmediatamente se pusieron en marcha
hacia Granada.
El viaje fue apoteósico.
Todo empezó hacia las cuatro de la
tarde (o hacia las seis, depende de quien
escriba), del viernes 2 de mayo, al día
siguiente de la muerte. Todas las
religiones, cofradías, monasterios,
autoridades de Toledo acudieron a
palacio. El féretro fue cogido en
hombros por los duques de Alba, Béjar
y Escalona, entre otros. Estaban
presentes todos los servidores de Isabel
y de su hijo, el príncipe Felipe.
Estos eran los que abrían el cortejo,
enlutados de pies a cabeza. Los seguía
el cuerpo honrado por las guardias
alemana y española con sus atuendos
habituales, el amarillo para la alemana,
que ni había paños bastantes en Toledo,
ni se pudieron fabricar tantos trajes de
negro en horas veinticuatro. Detrás los
obispos de Badajoz y Campo. Tras ellos
dos, el príncipe, que, recordemos,
frisaba los doce años de su edad. El
pobre niño enclenque. Detrás de Felipe,
los cardenales de Toledo y Burgos, el
nuncio y ya sí más cardenales,
embajadores, los mayordomos de la
casa del rey, los miembros de los
Consejos por su orden y los lutos,
convirtiendo a Toledo en una gran
mancha negra de pena.
Desde el alcázar tal impresionante
cortejo fue bajando hacia la catedral,
pero a la altura del palacio arzobispal
hicieron meterse al pobre príncipe, tan
niño él, porque no podía más, no podía
con su alma, «que lloraba mucho».
Por las filas de los desfilantes corrió
la voz. Los muy queridos por Carlos V,
don Luis de Ávila y Zúñiga y don
Enrique de Toledo, abandonaron sus
puestos y se fueron a estar con el pobre
príncipe para consolarlo. Y es que, el
que más y el que menos, todos tienen
corazón.
El ambiente en Toledo era tristísimo
y de grave tensión, tanto como honda la
depresión en la que cayó el emperador:
«Hay acá tanto luto y calor que ha hecho
enfermar a muchos».
Por cierto, que el cura que dio la
prédica en San Juan de los Reyes, lo
hizo «muy ruínmente, porque se metió en
comparar agüela a nieta y dio muchas
ventajas a la nieta en menoscabo de la
agüela, insufrible comparación a los
oídos de este reino».
De cualquier manera que fuera, iban
dejando atrás Toledo por el puente de
Alcántara. Ahí es donde pasan el féretro
a dos mulas, las mejores de la
caballeriza de la reina, que iban
enjaezadas con sillones de brocado y
oro sobre los que iría, al través, la caja
mortuoria. Pero debía haber algún
problema en el transporte porque se
pasaron en Nambroca más de un día,
«ayer sábado todo el día y estará hoy».
Debían estar esperando la ida y vuelta
de un correo con la petición al
emperador de que permitiera abrir el
cuerpo, para extraerle las partes fétidas
por la descomposición. Mas Carlos V,
fiel a la palabra dada, ha contestado:
«Que lo lleven como pudieren sin que se
abra». El espectáculo en Nambroca fue
digno de memoria. Lo vamos a ver
inmediatamente.
A Juan de Espinosa, sillero, se le
pagaron luego 9285 maravedíes por
doce sillas que hizo deprisa y corriendo
para la caballeriza de la reina. Cuatro
eran para mulas y ocho para caballos.
También se le abonó la manufactura de
dos corazas de brocado para los sillares
de la litera que llevó el cadáver.
A Juan Díaz se le encargó, como
veedor de la emperatriz, que llevara la
cuenta de los gastos del traslado del
cadáver. Había recibido 1.125.000
maravedíes.
En mantenimientos y provisiones del
itinerario Toledo-Granada-Toledo hubo
que gastar, para la marquesa de Lombay
y demás «personas y frailes», 69.654
maravedíes; en paja y cebada, 5335.
En Nambroca se contrató a dos
mujeres y cinco hombres que regaron y
barrieron la iglesia mientras estuvo en
ella el cadáver. Además, llevaron «tres
cargas de trébol que trajeron para poner
junto al cuerpo porque no oliese mal»
(total, 255 maravedíes). También hubo
que llamar a un calderero y latonero que
«vino a soldar y poner plomo en la caja
donde iba el cuerpo de su majestad».
Debió abrirse una rendija y empezar a
exhumar ese olor del cuerpo en
putrefacción. En cualquier caso, del
calderero no queda ni el nombre (750
maravedíes). Sin embargo, Juan García
era latonero vecino de Toledo e hizo el
viaje completo «para abrir y aderezar la
caja en que iba el cuerpo de su
majestad, que está en gloria» (3662
maravedíes). Debía de ser un inútil.
Porque hubo que pagar más adelante
otros 6120 maravedíes a Juan Delgado,
latonero y calderero, por «hacer soldar
la caja en que iba el cuerpo de su
majestad, porque se quebró».
El portero de cámara de la reina,
Juan de Perea, fue mandado en
avanzadilla para que fuera preparando
el camino y el enterramiento (598.275
maravedíes). Acacio Botado era el
tesorero de capilla de la reina: por
encargo de los testamentarios fue
echando limosnas por el camino a los
que salían a ver tan trágica comitiva
(37.750 maravedíes). En Valdepeñas le
dieron un extra de 18.750 maravedíes.
Hubo nueve bestias cargando con la cera
(9656 maravedíes); tres con plata (3468
maravedíes); otras tres con la cocina
(5508 maravedíes); otras seis llevaban a
los franciscanos de Toledo (6528
maravedíes); y otras tantas con los
dominicos, que costaron algo más
porque debieron viajar más despacio a
la vuelta (7650 maravedíes); cinco
jumentos transportaron el hato de la
camarera mayor (10.982 maravedíes);
uno la de Beatriz de Melo (816
maravedíes); tres acarreaban el de la
Capilla Real (3888 maravedíes); los
reposteros necesitaron catorce yegüerías
(1860 maravedíes); dos fueron las
bestias para los mozos de espuelas y el
botillero (2808 maravedíes); una bestia
iba con las mazas y lobas de los
porteros; a dieciséis mozos de espuelas
se les pagó aparte (8320 maravedíes); a
uno que no acabó el viaje se le pagó lo
que recorrió (140 maravedíes); hubo
ayudantes de andas (1404 maravedíes);
el veedor fue en su bestia, como el
caballerizo, el herrador, el «hombre de
compras», el cerero (1808 maravedíes);
a los tres alguaciles que fueron con el
cuerpo también se les dieron sus dietas
(11.250 maravedíes); al capellán y
tesorero de la Capilla Real de Granada,
que dio dos misas diarias durante tres
meses, hubo que darle limosna por sus
oficios (4000 maravedíes). La cera ni
era barata ni lo fue: 84.203 maravedíes,
más 1020 de los seis cajones en que se
transportó más los maravedíes para las
acémilas que llevaron esas 2200,5
libras y la acémila del oficial cerero y
otras más para otros menesteres
menudos de la cerería.
Cuando llegaron a El Viso, hubo que
llevar la litera «a brazo» hasta Venta de
los Palacios. El porte lo hicieron
veinticuatro hombres (1224
maravedíes). A la vez, otros diecinueve
hombres tuvieron que adelantarse a la
comitiva y preparar «ramadas para los
frailes y oficios que venían, para dormir
porque no cabían en la venta».
Comoquiera que entre Orgaz y
Consuegra —primero desde la Venta de
los Palacios a Vilches y desde ahí a
Úbeda después—, el cuerpo viajó de
noche, hubo que pagar a un guía (68 y
136 maravedíes respectivamente). En
Jódar se necesitó el concurso de treinta
y ocho hombres que llevaron en
volandas la litera, ya que había ciertos
pasos hasta Huelma que no podían pasar
las acémilas (1938 maravedíes).
Nuevamente desde Jódar el viaje se hizo
de noche: la razón es muy simple, se
caminaba más deprisa que de día «con
la calor»… y la caja debía exhalar
menos. Pero se necesitó otro guía (34
maravedíes).
En cierto momento hubo que cubrir
los palos de la litera con terciopelo
negro (2805 maravedíes) y también se
ensuciaba la mantelería de la repostería
y había que pagar a una lavandera (102
maravedíes) y hubo otros pagos para
lavar la ropa de las gentes de la
comitiva en varios sitios, desde luego en
Consuegra y en El Viso. También hubo
que rehacer, o aún mejor dicho «hacer
labrar y teñir el palo de la cruz que iba
delante el cuerpo de su majestad» (68
maravedíes).
Cuando se despidió a los
franciscanos, dominicos y jerónimos de
Granada hacia Toledo, se les dio para
ellos y a sus ayudas, como costas del
viaje, una cantidad importante (22.500
maravedíes); en Granada gastaron
60.000 maravedíes para pagar las misas
que se dieron.
Hubo varios correos que iban
poniendo en comunicación a los que
llevaban el cuerpo con el resto del
mundo; a esos correos se les pagaron
sus desplazamientos.
Juan Palomino tuvo que arreglar
unas hachas, comprando las arandelas
que se habían roto.
Durante el trayecto, la gente salía a
regalar agua, pan, queso y otras viandas
a la fúnebre comitiva; en Úbeda fue
recibida por la noche.
Y así se atravesó la gran llanura
castellana, y las sierras morenas y sus
estribaciones hacia la otrora felicísima
Granada.
POR FIN GRANADA… Y EL
NACIMIENTO DE UN MITO
Cuando el cuerpo imperial llegó a
Granada, se paró en una localidad
próxima, Albolote, para preparar la
entrada. ¡Qué bella simbología,
enterrarla en Granada, en la ciudad de la
Alhambra, donde pasaron los primeros
días de casados, y no en Sevilla, donde
se casaron!
Pactado el protocolo, se acordó que
la procesión empezaría en San Lázaro,
extramuros. El 16 de mayo y desde la
ciudad salieron hacia San Lázaro, y por
este orden, todos los oficios de
Granada, cada uno con su pendón y el
escudo real en medio: catorce pendones,
cerca de mil oficiales. Todo de negro.
Se cuenta que había más de cuarenta mil
personas presenciando aquel acto, «el
más suntuoso y doloroso que se ha visto
y escrito». El ambiente, ya lo
imaginamos, los pendones arrastrándose
y los plantos y gemidos al llegar cada
cofradía ante el féretro. ¡Cuántos de
entre ellos habían vivido, hacía una
década, días de inenarrable felicidad!
Después, todas las cofradías. Todo
de negro. Tras ellos, el gobernador,
marqués de Mondéjar, con ciento
sesenta caballeros con sus lobas, cirios,
capirotes. Todo de negro.
Recogido el ataúd, entre la comitiva
de Mondéjar y la emperatriz solo se
interponía una cruz. Cerca de la ciudad,
«de cinco a seis mil moriscas arriba»,
tan pronto como se adivinó el féretro,
empezaron a llorar, «fue la cosa más
dolorosa que yo vi jamás».
En la puerta de Elvira se había
construido un túmulo sobre el cual poder
poner las andas y que se viera en alto,
por todas partes. Los pendones, los
lutos, los escudos proliferaban al calor
de la clerecía de Granada y su tierra.
Desde la puerta de Elvira hacia el
centro de la ciudad, estaban dispuestos
los órganos sociales, a izquierda y
derecha. Curiosamente, como en
Valladolid, «los oidores precedían a la
ciudad», esto es, los miembros de la
Chancillería ocupaban sitios de rango
superior al de los regidores urbanos.
Todo eran sollozos, «que parecía que se
hundía Granada».
El alférez de la ciudad, embozado
él, su caballo y sus mozos de espuelas
de negro, rindió tres veces el estandarte
ante el féretro y a continuación se apartó
para dejarle paso.
Y así fue bajando hacia Granada
durante cinco horas, desde las dos hasta
las siete de la tarde, parando de vez en
cuando para recibir hasta tres responsos.
Por fin entró en la iglesia mayor, «la
nueva iglesia que agora se hace», y lo
condujeron a la Capilla Real. Un nuevo
túmulo «a la flamenca» y un nuevo
responso. Acabado el cual, los señores
se retiraron y llegaron las mujeres a
velar el cuerpo. No se le quiso dar
sepultura aún, «hasta que se hiciesen las
escrituras del depósito» del cadáver.
Al día siguiente, se procedió:
La bóveda donde estaban los Reyes
Católicos se abrió para meter a su
majestad. El Rey Católico dicen que
está maltratado. El rey don Felipe [el
Hermoso] no. A todos los dejan ver. Yo
no soy amigo de ver muertos.
Y hubo que abrir el féretro de la
emperatriz:
Y allí dentro le abrieron para que
diese testimonio de su gesto, y venía tan
desfigurada que apenas se pudo conocer
sino por la nariz, que lo demás estaba
muy desfigurado, y no es de creer menos
a cabo de diez y seis días y que venía
dando golpes en la litera, y sin olor
malo, que todos creían lo contrario.
El caso es que aún se conserva el
acta notarial de la entrega del cadáver
en Granada. Fue redactada por Miguel
Ruiz, escribano mayor del cabildo de la
ciudad. Tuvo lugar el sábado 17 de
mayo de 1539. Como hemos visto, en la
capilla fue depositado el ataúd para
bajarlo a la bóveda al día siguiente. El
acto fue multitudinario, porque muchos
eran los que por pasión y devoción
querían despedirse de la reina. Por más
correcta que es la redacción del acta, no
puedo quitarme de la memoria el cuadro
de Moreno Carbonero (aunque la escena
principal sea de exagerado dramatismo).
Es lo que tiene la pintura historicista de
nuestro siglo XIX. Sobre todo la de los
grandes maestros. Efectivamente, unos
pocos bajaron a la bóveda. Entre ellos,
los marqueses de Lombay, pero también
el obispo de Granada o el marqués de
Mondéjar, máxima autoridad real en la
ciudad. Antes de enterrarlo, había que
reconocer el cuerpo:
Quitaron y desliaron el lienzo y
descubrieron su rostro como convenía,
sobre el cual estaban ciertas vendas de
lienzo delgado puestas a manera de
cruces, y en presencia del dicho
capellán mayor y así descubierto lo
vieron todos los susodichos señores,
estando en el dicho ataúd este dicho día
en la tarde, a hora de las nueve de la
noche, poco más o menos.
Después, «vuelto a aderezar el
cuerpo de su majestad y cerrado el
dicho ataúd, puesto en la dicha bóveda,
cubierto con terciopelo negro y una cruz
en medio de raso carmesí», se pidió al
capellán mayor que, por cuanto había
visto el cuerpo, se daba por entregado el
cuerpo que quedaba enterrado en la
bóveda a mano derecha «junto a la
Reina Católica doña Isabel». ¡Siempre
la presencia de la abuela!
Volverán los hombres del rey a esa
bóveda, pero ya en 1574.
Una buena patraña de nuestra
historia: se cuenta que el duque de
Gandía, al ver el cuerpo, decidió
abandonar las vaguedades de la tierra y
se hizo monje. Fue beatificado en 1624 y
canonizado como San Francisco de
Borja en 1671. Tal historia fue
copiosamente explotada por los jesuitas
del XVII, los de las vanitates. Calderón
dedica al acontecimiento un auto
sacramental, en mi modesta opinión,
impresionante:
TIERRA:
Yo no puedo recibir
caja cerrada sin ver
quién es, y aquí he de saber
cómo murió sin morir.
HOMBRE:
Pues déjame, Tierra, abrir
este lastimoso estrago;
verás que en tus manos hago
depósito de belleza,
y con la Naturaleza
lo que me diste te pago.
(Abre la caja y está un esqueleto)
¡Válgame el cielo!
TIERRA:
¿Qué ves?
HOMBRE:
Veo mis postrimerías.
TIERRA:
¿No es esto lo que traías?
HOMBRE:
No que esto otra cosa es de
lo que fue.
[…].
Toma, Tierra, aquesa helada
figura, ese horror funesto,
ese rostro descompuesto,
esa hermosura borrada,
esa belleza eclipsada,
ese cadáver que yo
te entrego…
Adviértase que fue compuesto justo
en el centenario de la muerte de la
emperatriz. ¿Es la primera celebración
de un centenario en nuestra historia?
Antes dije que era una patraña: en
efecto, ni Girón, ni Sepúlveda ni Santa
Cruz, coetáneos de los hechos, hablan de
ello. El reconocimiento del cadáver fue
realizado por el marqués de Mondéjar.
Borja estuvo presente a todo lo que tuvo
que ver con el entierro, es cierto. Pero
¿fue la escena tan mortificante como la
fija en nuestras retinas el gran cuadro de
Moreno Carbonero? A los biógrafos de
Borja, a Ribadeneira, por ejemplo, en
pleno pelear por la verdadera religión
contra tanta herejía, le venía como anillo
al dedo inventarse lo del cuerpo de
Isabel y la conversión de Borja. Inventar
que un duque —tan cercano a Carlos V
— dejaba el mundanal ruido por los
hábitos venía bien a una España
sacralizable.
Que a Borja le impresionó lo
indecible la muerte de Isabel es
innegable. Él, en su testamento y en otras
ocasiones, resalta el recordar los
primeros de mayo. Véase el Diario
espiritual. Pero su proceso de crisis
mental, digo de conversión traumática,
venía ya de antes: en su Diario
espiritual escribe el 27 de abril de 1566
(pág. 275) que su «conversión» había
acaecido el 27 de abril de 1539, o
citándole a él directamente, «los
veintisiete años que se cumplen de la
conversión». Antes de la muerte de
Isabel. Todo lo demás sobrevendría por
añadidura. Y su inmensa gordura, como
la de su esposa, no nos hablan,
precisamente, de personalidades
equilibradas.
Tanta fulminante conversión y tantas
cosas tienen otro ritmo: el 26 de julio de
1539 fue nombrado por Carlos V su
lugarteniente en Cataluña. Hasta que
entrara en religión habría de morir su
esposa y pasar dos lustros…
La muerte de la emperatriz dolió
tanto como la de don Juan, el infante
muerto por los excesos del sexo a los
diecinueve años, hijo de los Reyes
Católicos. Después, acabadas las
ceremonias, se cerró la casa de la
emperatriz, esto es, se despidió a todo
su servicio.
El 21 de mayo de 1539 desde
Granada escribían el marqués de Villena
y el cardenal de Burgos en una misma
relación que se había hecho la traslación
del cadáver tal y como deseaba el
emperador. Que junto a esta carta,
mandaban a Cobos un memorial
contando lo que era menester (memorial
ya desaparecido en el siglo XIX), «para
que de todo dé cuenta a vuestra majestad
entretanto que todos vamos a darla» y
que iba a recibir de forma inminente
otros memoriales de Mondéjar y del
arzobispo de Granada.
En 1541 Carlos V aprobaba el gasto
realizado en Santo Domingo, en
América, por importe de 450 pesos —
sacados de los propios de la ciudad—,
hecho con ocasión de las exequias
celebradas por el alma de Isabel. El
planeta estremecido.
CÓMO SE EXPANDIÓ LA
NOTICIA: VALLADOLID
Cuenta una crónica coetánea que el
viernes 2 de mayo de 1539 llegó la
noticia a don Fernando de Valdés,
presidente de la Chancillería de
Valladolid. Estaba reunido con dos de
los suyos, los letrados Figueroa y Vaca
de Castro. En menos de veinticuatro
horas, habían salido —¿cuántos?—
decenas de correos por el camino real
desde Toledo a toda España. Así, uno de
los emisarios, criado del hermano del
conde de Benavente, se lo comunicó a
él, que lo reenvió a Benavente y desde
allí lo despacharon a Valladolid para
que se lo dijera a la hermana, condesa
de Monterrey, la cual, a su vez, lo
dirigió al presidente. Ese mismo
emisario llevaba la noticia despachada
por Juan de Henao, que estaba en
Toledo, para su hermano que a la sazón
era alcalde de casa y corte…
La noticia corrió alocadamente. Pero
nadie quería la muerte de la reina. Por
eso —decían— en Toledo se había
corrido el rumor de que no era muerte,
sino desmayo. Esas eran las noticias que
tenía el presidente. Así que, a expensas
de otras certidumbres, decidió que el
sábado, día de la Invención de la Santa
Cruz, se hiciera una solemne procesión
«por su majestad». Así se hizo. Pero
como sabían en qué estaban, acudieron a
la procesión los de la Chancillería, los
del ayuntamiento, todas las religiones y
hubo prédica en San Benito por fray
Pedro de Laguna. Luego, a la noche, los
cofrades de la Vera Cruz salieron en
procesión, pero flagelándose. Iban
alumbrados por muchas gentes que
participaron con sus hachas y velas, en
ocasiones, los criados de los grandes
señores que así engrandecían la
manifestación. También les
acompañaban los letrados y regidores.
Fue una gran procesión, memorable,
porque «iban muy lastimados y con
mucha sangre».
Al día siguiente se volvió a hacer
otra salida por toda la ciudad. Esta vez
predicó el maestro Alcaraz, canónigo de
Santa María de San Llorente. Estaban
sin noticias ciertas y eso que el
presidente había mandado a Toledo a
preguntar.
Mejor no hubieran llegado las once
de la noche del domingo: a esa hora se
le confirmó lo peor a Valdés. La reina
era muerta desde el jueves anterior, día
de los santos apóstoles Felipe y
Santiago, a las dos de la tarde (¿o a la
una?, ¡qué más da!; era muerta).
El lunes por la mañana, tras la misa
que solían tener los letrados de la
Chancillería, el presidente les comunicó
el fallecimiento de la emperatriz.
Hablaron de qué hacer. Tomaron las
medidas que dicta la razón.
De inmediato se cerraron todas las
puertas y ventanas de la Chancillería, se
clausuraron las salas de la Audiencia, se
descolgaron los tapices y doseles, se
retiraron las alfombras de los estrados
reales. Acto seguido llamaron a los
alcaldes de casa y corte, que a fin de
cuentas dependían del presidente, pero
también al corregidor, para darles las
instrucciones de lo que era necesario
cumplir. Igualmente se hizo con las
dignidades eclesiásticas.
Al punto empezó a tañer por el alma
de la reina la campana de la iglesia
mayor y las parroquiales y las de los
monasterios. Se sumaron a la música
colectiva de difuntos las demás
campanas y esquilas de la ciudad. Así
estuvieron clamoreando hasta el
domingo siguiente. Era lo que se
merecía la reina muerta.
Asimismo, se dijeron misas y se
repartieron los vestidos de luto así como
los paños que debían cubrir paredes y
suelos en las instituciones. Se
suspendieron las audiencias. Los
letrados guardaron luto, que es que ni
salieron de sus casas, para guardarlo. A
quienes les correspondió, hubieron de
comprar las lobas, capirotes y
caperuzas. Se vistieron con ello.
El corregidor mandó pregonar por la
ciudad que a ningún varón se le
ocurriera vestir con colores, sedas u
otros elementos suntuarios, ni que las
mujeres, de siete años arriba, salieran
sin lucir toca de luto.
Había que determinar qué hacer para
honrar a la reina muerta. Pero a las
puertas de la Chancillería esperaban
muchos negociantes, por lo que, de
momento, se mandó volver a abrir la
Audiencia el miércoles para que no
«recibiesen detrimento en esperar tantos
días». El miércoles, al reanudarse la
actividad, todos iban enlutados.
Durante esos días, el presidente y
los oidores fueron preparando las
honras. Se encomendó el gran sermón a
fray Antonio de Guevara, que estaba en
San Francisco de Valladolid. Aceptó el
encargo. A la vez, se preparó en la
iglesia mayor un cadalso de dieciséis
gradas de alto coronadas por la tumba
alta y encima un dosel. Sobre el cadalso
unos arcos muy altos rematados por un
chapitel, que casi llegaba a tocar el
crucero de la iglesia. Tanto esa
arquitectura efímera como todas las
paredes de la iglesia se cubrieron de
paños negros y, en donde fuera su lugar,
velas teñidas de negro; «por todas
partes» los escudos reales de los reyes
con «las águilas imperiales y corona del
imperio», y más paños, velas, ceras,
gradas, tablas, todo de negro. Y así
también una corona imperial
presidiendo allá y reyes de armas de
luto acá, con los escudos del imperio y
lanzas y banderas y candeleros y más
negro y más luto y todo tan triste…
«Esto se acabó de poner en
perfección el sábado al mediodía», el
día 10 de mayo: o sea, que todos los
artesanos de Valladolid debieron
trabajar denodadamente para cumplir
los encargos: pintores, pintorcillos,
carpinteros, cereros, orfebres, sastres de
obra prima, zapateros de viejo,
mercaderes de tela, tratantes de paños,
alquiladores de mulas, chirrioneros,
tintoreros, heraldistas…
El sábado día 10 empezaron las
honras. Pero empezaron con mucha más
asistencia. A todas las autoridades
judiciales, civiles y eclesiásticas, se
sumaron la Inquisición y el conde de
Miranda. Pero no iban llegando. Sino
que cada cual, perteneciente a un cuerpo
social, iba en procesión desde la sede
de su institución de pertenencia hacia la
iglesia mayor. Todos de negro, claro.
Todos por su orden. Todos según su
calidad. «E iban pasados de
cuatrocientos enlutados, y más».
Naturalmente, según llegaba la cabecera
de la procesión a destino, aún no habían
salido los últimos de la Audiencia.
Así fueron ocupando sus
«asentamientos» y entrando otros y toda
la clerecía y monasterio de Valladolid.
Y las velas ardían en las paredes y
daban prestigio al cadalso. Y otra. En
cada capilla, según estuviera asignado,
entraba cada orden y rezaba y en el aire
se mezclaban los olores de la cera con
el cantar grave de los réquiems.
Acabadas las solemnes exequias, dado
el gran responso, todos abandonaron la
iglesia, por su orden tal y como habían
ido llegando.
Las gentes se agolpaban en las
calles. Esta vez no les movía la alegre
curiosidad de otros momentos.
Al día siguiente, domingo, a las siete
de la mañana, volvió a organizarse otra
procesión, porque iba a haber una
solemne misa dada por el presidente. El
sermón corrió a cargo de fray Antonio
de Guevara, obispo de Mondoñedo. El
tema elegido para la prédica era el
Inspice et fac secundum exemplar quod
tibi in monte monstratum est, dicen del
capítulo 25 del Libro del Éxodo, pero
debe ser otro diferente porque no lo he
encontrado en la Nácar-Colunga…
Y a lo largo del día no se paró de
cantar misas, unas en unas capillas, otras
en otras, cada orden en la suya, que de
nuevo las peticiones de misericordia a
Dios subieron por todos y cada uno de
los nervios de las columnas de la
iglesia.
Todo fue dolor, sentimiento,
majestad y grandeza.
EL TÚMULO DE SEVILLA: EN LA
PERIFERIA DEL ENTIERRO
Y Sevilla compungida. Como España
entera. Como el planeta de la monarquía
de Carlos V. A veces esas situaciones de
dolor colectivo se reflejan en actos
individuales y personales. Es como
cuando un día hay un eclipse y el
párroco apunta en cualquier libro de
registros sacramentales de su parroquia
que «hoy fue el eclipse» y, luego, con
toda naturalidad, una vez que ha cesado
la peste, vuelve a escribir: «El mal deja
de picar, bendito sea Dios».
Pues algo así ha pasado en aquella
Sevilla de 1539. El escribano Pedro
Coronado el Viejo, harto de firmar fes
públicas de contratos y compromisos de
todo tipo, decide dejar por escrito sus
impresiones de lo acaecido en su ciudad
entre el 18 y el 19 de mayo en la
catedral. No es «escritor», así que no
pasará a la posteridad. Pedro tiene
ganas, que se lo pide el cuerpo, de dejar
unos avisos de Sevilla, una relación de
actos públicos. Aunque nadie en toda la
historia del hombre vaya a leer esos
apuntes que están entre los papeles de
sus escrituras notariales.
La noticia de la muerte, la muerte
por excelencia de 1539, había llegado a
Sevilla por lo menos el 4 de mayo, toda
vez que el día 5 de mayo había habido
acuerdo entre los representantes del
cabildo catedralicio y del ayuntamiento
para decidir cómo celebrar las exequias.
Se acordó que se iban a celebrar el
próximo día 18 de mayo que era
domingo. Parece ser que los gastos
corrieron a cargo del ayuntamiento. La
catedral ponía sus espacios y otros
servicios intangibles. Debió de ser un
buen acuerdo entre partes.
El túmulo se levantó en el crucero
de la catedral, entre los coros laterales y
delante del altar mayor, o en la
intersección de una vía fúnebre entre las
actuales puertas de la Concepción (o
puerta de los Naranjos) y de San
Cristóbal. La vía fúnebre resaltaba por
ser una tarima cubierta de paños en
negro y oro que conducía de un lado a
otro de la catedral, flanqueada por
seiscientas hachas que daban luz, pero
también olor. Quien alzara la vista a su
lado vería pinturas alegóricas a tan fatal
momento, pendientes de los pilares por
los que se transitaba. Fatal momento, el
de la muerte, que llegaba a todos,
incluso a una emperatriz. Había otras
admoniciones, como las
representaciones de las virtudes
cardinales (justicia, templanza, fortaleza
y prudencia) y teologales (fe, esperanza
y caridad).
Ese túmulo fue el segundo que se
hizo en España «torreado» y como dice
el escribano «al romano», porque
Sevilla era mucho Sevilla y en 1539 aún
más. Sevilla, puerta abierta al arte
romano. Es decir, se levantaron dos
cuerpos de planta cuadrada que
decrecían en altura y con cuatro pilares
que sostenían una bóveda en el cuerpo
inferior, mientras que en el superior, se
albergaba el catafalco en sí. Este cuerpo
superior tenía en sus frentes unos arcos.
Todo quedaba rematado por una
estructura menor, piramidal, con las
armas imperiales. Dominaba el color
negro. Para sujetarlo a los laterales hubo
que amarrarlo a ciertos tubos que iban
desde el retablo a los puntos de anclaje
que fueran.
En cada esquina del cuerpo inferior
había unos caballeros que sujetaban los
estandartes en negro con las armas de
Portugal y el imperio. Los arcos que
defendían se iluminaban con hachas,
hasta ocho.
Es posible que en el friso de
separación entre los dos pisos estuviera
la inscripción Et audite ium ea Universi
qui sugetis super eam (dicen, Isaías
66).
En el cuerpo superior, estaban los
reyes de armas con mazas, escoltando el
féretro vacío. Este, a su vez, estaba
engalanado con un paño negro,
almohadón y corona imperial. Los
ángulos estaban prestigiados por cuatro
banderolas. Colgaba de la bóveda una
rueda.
Arriba volvía a haber banderas con
armas imperiales, águilas bicéfalas,
coronas y hasta cuatrocientas velas que
daban luz a todo el edificio.
Era un edificio dentro de otro. No
era la primera vez que se levantaba un
baldaquino para honrar a un rey muerto.
En Granada Pedro Machuca estaba
haciendo lo propio. La investigación en
los archivos de Sevilla no ha dado con
el constructor de este.
En cualquier caso, desde entonces,
se levantaron más túmulos torreados, así
por María Manuela de Portugal [la
esposa de Felipe (II), madre del
desdichado don Carlos], por Carlos V,
por Felipe II (ante el que el chulo
sevillano de Cervantes caló el chapeo,
miró del soslayo, fuése y no hubo
nada…)
En esa intersección funeraria, la
construcción en forma de torre parecía
una custodia a lo grande. Así que la más
ampulosa arquitectura efímera y la más
delicada orfebrería se juntaban, también,
en este lugar.
No hubo bancos suficientes en la
catedral para tanta gente como la que
allí se dio cita. Se trajeron asientos de
todas las iglesias y se cubrieron con
paños negros. Hubo procesión, al uso
acostumbrado, con los regidores, la
clerecía, las órdenes mendicantes y el
día 19 la gran misa en el altar mayor,
con la prédica de Constantino de la
Fuente.
El día 20 de mayo, la vida siguió en
Sevilla. Era necesario seguir adelante.
HUÉRFANOS EN EL
RENACIMIENTO Y LA CASA DE
LAS INFANTAS EN ARÉVALO
Arévalo. Allí han llevado a las hijas.
Llegan unas carretas con bienes de
Isabel. De entre los bienes de la madre,
con la aquiescencia de los
testamentarios, ya que así constaba en el
testamento, se retiraron varios oratorios,
retablos, frontales de red, algo de
incienso y unos vidrios, pero
sentimentalmente sobre todo, los doce
pares de guantes de la madre que recibió
María, o «una cajica con todo para
limpiar los dientes», o aquel libro que
acaso fuera un elemento de
conversaciones entre madre e hija, «un
libro de recetas para hacer todas las
cosas de olor». Destaco, además, la
base sobre la que un día se empezó a
hacer este libro: «Un escritorio en que
escribía su majestad, con su paño de
terciopelo negro forrado por de dentro
de bocacín encarnado».
A María le llegaron también mesas
de Líbano, de palo negro, algunas para
jugar, así «a las pajuelas» o al
«ajedrez», y un arca con tres muñecas
muy lujosamente vestidas, metida cada
una en su caja correspondiente, forrada
de grana. Resulta que el juego lo había
mandado la virreina de Nápoles.
También disfrutaron al recibir, al coger,
los brinquillos (hoy brinquiños,
«alhajas pequeñas») que había en una
cestita, y no me extrañaría la algarabía
que debieron montar con tantos pomos,
cajas, olores, ceras, vidrios, muchos
vidrios, aunque algunos llegaron rotos, y
los aceites de Valencia, o la romanica
con sus balanzas, y cachivaches para
calentarse. Pero ¿para qué tirar nada?
En aquel porte imperial hubo «cuatro
caja[s], las tres de mermelada y la otra
de perada», o la «olla de carne de
membrillos» y una cajita con una
esponja de azúcar y otra caja «llena de
bollos» y algunos barriles de conservas.
La marquesa de Lombay hacía valer
sus derechos sobre una cruz de
esmeralda que fue de Isabel la Católica.
Resulta que cuando murió Isabel I, el
duque del Infantado pujó en la subasta y
se le adjudicó, pero no pagó todo. Y
luego dijeron que la pieza valía más de
su tasación, por lo que la emperatriz,
interesada en quedársela, empezó a
abonar todas las diferencias de precio
cuando murió el duque, pero aún
quedaba algo por pagar. Ese algo era lo
que servía a la de Lombay para intentar
comprar la pieza pagando lo pagado, las
diferencias y finiquitando el asunto.
Los bienes que se llevaron a
Arévalo estaban bajo la custodia de
Mencía de Salcedo, Santa Cruz y Lope
de Baillo.
El conde de Cifuentes intentó que la
vida funcionara con normalidad. No se
necesitaba mucho, porque, como vemos,
los hijos no habían de estar con los
padres. Solo era necesario un
alimentador de la imagen memorística,
un constructor del mito paternal.
Así, padres, o tíos, o la abuela
Juana, se quedaban tan contentos porque
María mandara una carta agradeciendo
el envío de unas conservas, o que Juana
mandara a su hermano una caja de
brocados y a su padre una caja de peras.
A Cifuentes le pedían consejo sobre
qué hacer con los pedigüeños, porque, a
fin de cuentas, los conocía
personalmente y conocía las
necesidades en Arévalo.
El 3 de agosto de1539 pedía Carlos
V a Cifuentes que le mantuviera
informado de la salud de las niñas. Se
indicaba que no se podía quitar la
ración, el pago en especie a ninguna de
las ocho damas que habían llegado de
refuerzo a Arévalo, a las cuales, insistía
el emperador, había que tratarlas como
se hacía mientras sirvieron a la reina y
que se corrigieran los fallos que hubiera
habido, «que debéis mirar si hubo en
ello algún yerro». A la vez, le informaba
de los cambios que se iban
introduciendo en la casa a su servicio,
para que se diera por enterado.
Pero la vida debía continuar. «Fue
bien que las infantas saliesen a San
Francisco», escribe Carlos V
refrendando los buenos oficios de
Cifuentes, y «que se holgaran de ello», y
añade aquel hombre ciclotímico, el más
poderoso de su tiempo, enamorado de su
esposa, y por vez primera padre
enternecido: «Les debéis dar todo el
placer y pasatiempo que se sufriere y
pudiéredes para que se huelguen».
¿Qué no sufriría Carlos pensando en
su esposa muerta, en su madre encerrada
en Tordesillas, en sus hijas protegidas
en Arévalo?
Es Cifuentes el que escribe que
como lo pasan bien, «piensa darles todo
el contentamiento y pasatiempo que
honestamente ser pudiere y que la
señora infante doña Juana está tan
regocijada como suele y la señora
infante doña María tan cuerda». Por lo
demás, aplaudía que Carlos V hubiera
sido sensible al incremento de raciones
de las damas de la casa de las infantas.
En ese contentamiento podría estar
el que hiciera dama a Catalina de
Robles, hija de María de Lete, ama de
doña Juana. La infanta, al parecer, tenía
diversión con su hermana de leche y
quería tenerla así más cerca.
Carlos V intenta por todos los
medios aplaudir las medidas, los
informes y memoriales, las decisiones
que toman Cifuentes o Guiomar de
Melo. A esta le encomienda mucho la
salud de doña Juana en primeros de
septiembre de 1539, porque al parecer
se ha puesto enferma.
Las rentas de las tierras que fueron
de la emperatriz se colocaban para
poder pagar la casa de las niñas
(Madrid, 2 de abril de 1539).
El 25 de mayo de 1539 la
pesadumbre rige el espíritu de otra carta
de Juan de Zúñiga. Todos están
acongojados, o sienten la falta de la
emperatriz. Algunas damas de su casa se
han despedido ya y otros muchos
esperan ser realojados en otros oficios
(March, II, 158). Afortunadamente para
todos, la emperatriz había suplicado en
varias ocasiones a Carlos V que no se
abandonara a sus criados.
Muerta la emperatriz, se planteó de
inmediato qué hacer con su casa, con su
servicio. Con celeridad se fueron
tomando decisiones por medio de las
cuales perjudicar lo menos a los
desolados servidores. Eran los lazos de
la solidaridad vertical (no la horizontal
que impera hoy), según la cual la
caridad, la generosidad, o la bondad,
regían algunos de los lazos entre amos y
servidores.
Fundamentalmente se les colocó al
servicio de Felipe, María y Juana, así
como en Tordesillas, con doña Juana.
No se pedían requisitos especiales,
solo el haber servido con satisfacción
antes. Algún caso parecía
extraordinario, como el de doña
Catalina Arias. Resulta que hacía unos
años, había presentado a su hija Ana a la
emperatriz, la cual emitió una cédula por
la cual en siete años la recibiría en su
servicio. Así lo hizo la madre y se
presentó en Valladolid cuando estaban
preparando la salida de los reyes. Isabel
le dijo que volviera, pasado el invierno,
a Toledo para acomodar a la cría.
«Viniendo por el camino, supo el
fallecimiento de su majestad», así que la
madre pedía que la colocaran. La
resolución que se tomó fue salomónica:
no se iba a meter gente nueva, así que
los testamentarios buscaran una ayuda
para darle a la cría. Pobrecilla, de
poder haber servido a la emperatriz, a
nada.
Para empezar, se nombró a
Francisco Persoa, tesorero de la
emperatriz, que venía con ella desde
Portugal, tesorero del príncipe Felipe,
así como encargado de recibir el dinero
que fuera con destino a las infantas
María y Juana. Se le mantuvo el salario
de 300.000 maravedíes que ganaba con
la emperatriz.
La casa de las infantas quedó así: al
frente, como camarera mayor, Guiomar
de Melo. Por debajo, sin título, pero con
salario, la condesa de Faro, mano
derecha de la emperatriz. Sus dos hijas,
doña Juana Manuel y doña Guiomar de
Castro, pasaron a damas de las infantas.
En total hubo nueve damas; a las
susodichas se unen Beatriz de Melo,
Leonor Mascareñas, María de Castro,
Isabel de Granada, Ana de Zúñiga, Ana
de Guzmán, Isabel Osorio y Luisa de
Beamont; todas ellas habían servido de
damas a Isabel.
Cuento ocho «otras mujeres», todas
menos el ama sirvieron a la emperatriz.
Entre tantos movimientos de gentes leo:
«María de Lete, ama de la infante doña
María, que sirve a la infanta doña
Juana»… La hija de María de Lete fue
Catalina Robles.
El obispo de Osma, que fue capellán
mayor de la emperatriz, pasaba al
servicio de las infantas, junto a otros
veinticuatro capellanes más, de entre los
que destaco a Antonio Cabezón,
«músico tañedor de órganos», que debía
repartir el tiempo entre las infantas y el
príncipe.
Así hasta ciento treinta y siete
personas distribuidas en los oficios de
la casa que faltan, a saber, siete mozos
de capilla, tres reposteros de capilla,
veintiún oficiales (encabeza la relación
el conde de Cifuentes, «mayordomo
mayor que fue de la emperatriz», que
pasa a serlo de las infantas y gobernador
de su casa, con 168.250 maravedíes de
salario y gajes mientras que Guiomar de
Melo alcanzaba 150.000 maravedíes),
diez aposentadores, siete reposteros de
camas, ocho hombres de cámara, cuatro
mozos de cámara, doce porteros de
cámara, trece reposteros de mesas y
estrados, diecisiete mozos de espuelas,
doce escuderos de pie, dos ayudantes de
andas, nueve cocineros y sus ayudas, un
boticario, un sastre, un maestro de
danzar y otros para entretenimiento, un
zapatero, un herrador, un pastelero o un
aguador.
A la camarera mayor se le mantuvo
salario, pero ella pidió los pagos en
especie que percibía en tiempos de la
emperatriz, lo cual se le concedió.
Y así fueron apareciendo
pedigüeños y gentes que, con
documentos firmados por la emperatriz,
hicieron valer sus derechos para recibir
plazas de asiento, o alguna que otra
mereced.
Para muchos, la nueva ocupación
estaba bien, pero tenía un problema: las
dos niñas residían en Arévalo y allá
tendrían que mudarse, por lo que todos
pedían alguna compensación. Que se les
dieran ayudas, que se les pusiera en
nómina…
Al cantor de la emperatriz,
Espinosa, lo hacía capellán de las
infantas. Resulta que había servido
catorce años a Isabel y ahora le
rebajaban el salario. Para eso, como ya
estaba viejo, prefería «retirarse a servir
a Dios». Mas, como tuvo buena fama
ante Isabel, accedieron a subirle el
sueldo.
Gil Sánchez de Bazán, que era
escribano de cámara de la emperatriz,
decía que no podía ir a Arévalo porque
cuando trabajaba lo hacía junto a Felipe
y ahora no debía apetecerle quedarse
con las niñas. Proponía a un amigo para
ocupar la plaza. No le hicieron caso.
Gonzalo Ortiz, que era viejo, más de
treinta años de mozo de espuelas (¡eso
es promocionarse y ser ambicioso!),
pedía que le subieran el sueldo o que le
hicieran aposentador como, según dice
él, le había prometido la emperatriz que
haría un día. Se denegó la petición.
Y cuando hicieron la lista de
cantores que iban a pasar a la casa de
las infantas, se olvidaron de Toribio
Muñoz, que ahora pedía que se hiciera
justicia y que se colocara a un hijo suyo
también.
El 2 de agosto de 1539 se concedió
una pensión de por vida de 200.000
maravedíes a doña Beatriz de Melo,
dama de la emperatriz, que había pasado
al servicio de las infantas, en Arévalo.
DUDAS SOBRE LA HERENCIA
Como te comentaba al principio de este
libro, en el apartado dedicado a las
negociaciones matrimoniales, Carlos V
había prometido 300.000 doblas en
arras a la emperatriz. La dote la
componían otras 900.000 doblas.
Ambas cantidades se pusieron por
«cuerpo de la hacienda» de Isabel, es
decir formaban parte de sus bienes
heredables, de su patrimonio personal
de mujer casada.
Sin embargo, en 1539 se plantearon
varias dudas que hubo que resolver.
Dice la documentación que fue el
príncipe Felipe el que solicitó un
«Parecer» que aclarara dudas. Como él
tenía doce años, bien debemos pensar
que fue empleado por puente entre unos
y otros.
La primera de esas dudas radicaba
en que en el contrato matrimonial se
reconocía, efectivamente, la titularidad y
los derechos de Isabel sobre esa
cantidad excepto si «la dicha señora
infante Isabel fallesciere primero que el
dicho señor emperador». El dictamen
dado en Castilla «por parecer de
letrados» era contundente: «Parece
claro, por ese capítulo, que pues murió
la emperatriz nuestra señora en vida de
su majestad, no será ni es obligado su
majestad a las dichas arras […], así que
no se deben poner por bienes de la
emperatriz» para la herencia de Felipe y
sus hermanas.
Tal era la situación hacendística, que
por cumplir la ley (como ha de ser) se
escatimaba una parte del pago del
contrato matrimonial.
La segunda duda afectaba a las joyas
dadas por Carlos V a Isabel, que como
hemos visto (¡y las hemos visto en los
legajos de Simancas y en algún cuadro,
escultura y relieve!) fueron muchas y de
gran calidad. Comoquiera que se las dio
estando casados, se inquiría sobre si
eran «bienes propios de la emperatriz o
no». El razonamiento era el siguiente: si
se daban en matrimonio «se presume que
las da para solo uso y no para pasar
señorío de ellas», salvo que el marido
que las da sea «persona rica» (¡qué
gracioso es esto de los «ricos» que
siempre se usa para subjetivar el
derecho, pero que no se definen quiénes
son!), poderosa y noble. En tal caso se
presupone que las regala con el señorío
sobre ellas. Lo cual se acentuaba en
caso de la donación imperial. En
definitiva, «estas joyas son propio
patrimonio de la emperatriz y se han de
juntar con su dote». No obstante lo cual,
si Carlos V tuviera claro que las había
dado con la intención de incrementar el
patrimonio de Isabel, serían de ella…, y
si no, no. Pasaría, pues, a ser una
cuestión de conciencia, a la que se apela
varias veces. El dictamen, desde luego,
vuelve a ser contundente, y como ocurre
tantas veces, aunque sea serio hay cosas
que rozan o lo ridículo, o lo socarrón:
que las joyas sean propias de la
emperatriz, razonan, «porque no nos
consta que las diesen por contemplación
del emperador y que fuesen para su
majestad», y aún más, que como ella «en
ausencia» del esposo fue gobernadora y
era nieta de los Reyes Católicos, no
parece que recibiera las joyas «por sola
la contemplación de la emperatriz», sino
—se presupone— que para exaltación
de su poder, «para sustentación de su
casa». Carlos V no lo consideró así.
En tercer lugar, que todo el
patrimonio de la emperatriz se pueda y
debe repartir entre los tres hijos y según
las mejoras que ella misma especifica.
Pero con respecto a la manda en la que
se excluiría a Juana de recibir la
legítima si tuviere hijos (porque el rey
de Portugal no había acabado de pagar
lo que debía), se desestima.
En cuarto lugar, que el dinero que
mandaba dar a sus hijas no se puede
compensar con joyas, sino que ha de ser
contante y sonante y las joyas recibirlas
libremente.
Así que visto este «Parecer» se
procedió a su examen y se remitió a
Carlos V. Se incluyeron entre los bienes
de Isabel las 900.000 doblas de las
arras y las 300.000 de la dote. Se
excluyeron las «joyas y cosas
preciosas» regaladas por Carlos V y las
traídas desde Portugal que se incluyeron
en la dote. Se debían sacar de la
hacienda de Isabel todas las deudas que
hubiera adquirido a título personal. Se
restará de ese cuerpo de hacienda el
quinto de libre disposición y el tercio de
mejora. Extraídas esas cantidades, lo
demás se repartiría entre los tres hijos.
LA ALMONEDA DE LOS BIENES
DE LA EMPERATRIZ
Están para pocas alegrías en Madrid en
aquel diciembre de 1539. Sigue
pesando, como seguirá pesando durante
mucho tiempo, la ausencia de la reina.
Su ausencia. Ella que tanto se quejaba
de las de su esposo, se había ido con la
Parca a los treinta y seis años de edad,
pero para siempre.
Como mandan los cánones, Carlos V
ha de pedir las cuentas de los bienes
muebles de la esposa muerta. Las joyas
habían estado bajo la custodia de Pedro
de Santa Cruz, su guardarropa; los
doseles, camas ricas y tapicería las
había guardado Lope de Baillo, su
guarda reposta, y otros bienes que había
en la recámara se cargaban en otros
individuos.
Tras la muerte le toca a Pedro de
Santa Cruz responder al «cargo» que se
le hace, es decir, declarar dónde estaban
todos y cada uno de los objetos que
pertenecieron a la emperatriz. Así él fue
generando un inmenso legajo de nueve
dedos de alto (¡está sin foliar!) en el que
consta por partidas cada pieza descrita
con minuciosidad y tasada, y en
ocasiones (como en esa «sortija de oro
llena de rubíes») consta, digo, un «se
vendió a Pedro de la Torre en tres
ducados, los cuales recibió el tesorero
Francisco Persoa…», etc. Y es que,
claro, a la muerte de la emperatriz no
solo hubo que inventariarse todo lo
suyo, sino seguir la pista hasta que
cambiara la propiedad del bien. Años y
años rellenando papeles y haciendo
relación de los inventarios, tasaciones,
almonedas, ventas, precios…
Ahora les tocaba a todos los que
habían pululado alrededor de los bienes
muebles de la señora ir a rendir sus
cuentas ante Pedro de Ávila, a favor del
cual Carlos V había dado una cédula
ordenándole que las recibiera y la había
firmado en su nombre el cardenal en
Madrid el 14 de diciembre de 1539,
desde la escribanía de Pedro de los
Cobos. Pedro de Ávila es el que recoge
todas las declaraciones de todos los
demás.
Dos personajes de los que rinden
cuentas nos interesan mucho. En verdad
que más que ellos, sus cuentas. Se trata
de Jorge de Lima y Juan de Basurto, que
estuvieron al cargo de una de las
almonedas de los bienes de la
emperatriz.
Han presentado ante el contador
Pedro de Ávila otro legajo de tres dedos
de grueso, cuidadosamente elaborado,
en el que en tres columnas han ido
anotando quién ha sido el custodiador de
qué objeto, que se describe
primorosamente en la columna central, y
en la de la derecha han ido anotando qué
cosa es:
Cargado con la cuenta de Pedro de
Santa Cruz [al centro]. A treinta de
octubre de mil y quinientos y treinta y
nueve recibieron Gorje [sic] de Lima y
Juan de Basurto de Pedro de Santa Cruz
una argolla de oro de varios nudos de
cordón de San Francisco esmaltado de
negro que tiene diez trozos, que pesó
cuatro onzas, dos ochavas y diez granos
de oro de a cuatrocientos ochenta el
castellano y con diez ducados de
hechura. Monta diez y seis mil
quinientos y cincuenta [maravedíes].
Vendióse a don Bartolomé de la Cueva
[al margen]. Una argolla de oro.
La argolla se vendió en la almoneda
del 1 de noviembre de 1539 al
susodicho Bernabé de la Cueva por
16.550 maravedíes.
En las ciudades del siglo XVI (y no
solo) la almoneda de bienes era un
acontecimiento social. Cualquier
almoneda. La de la reina, sin duda; la de
un párroco también. En ese infinito
mercado de segunda mano, que todavía
no se ha estudiado, pero que tiene
modelos comparativos actuales como
los garage-sale, o los yard-sale de
Norteamérica, se transaccionaba con
todo. Objetos usados y nuevos,
deplorables o admirables. Limpios,
sucios, traídos y raídos. La segunda
mano era una fuente de movimiento
económico enorme y tenía una ventaja:
lo que no se gastaba en la almoneda se
podía gastar en otra tienda. Además,
existían dos razones más —o dos
explicaciones más— por las que se
había de acudir a una almoneda. La
primera, por fetichismo; la segunda, por
satisfacer la ansiedad del síndrome de
Diógenes.
Naturalmente, usar las sábanas de la
emperatriz o sus manteles, o lucir uno de
sus collares, acaso tener sus libros, eran
símbolos de distinción social.
Comprar para el sobrino que
estudiaba en Alcalá el capote
envejecido del párroco fallecido servía
para ahorrar, quedar bien o guardar una
porquería más en casa.
A través de las almonedas de las
personas reales se puede seguir la pista,
muy truncada, sí, pero pista al fin y al
cabo, de la expansión del gusto. Del
gusto por las novedades, del gusto
personal por unas lecturas que así iban
bajando de escalón social, del gusto por
tantas cosas que desde el día en que se
abrían los arcones en la plaza de
Medina, o Toro con Isabel I, de Madrid
con la emperatriz, sacaban a la luz lo
que ellas habían tenido y disfrutado
puertas adentro de los alcázares,
palacios o casonas por las que habían
pasado.
Es legítimo preguntarse qué cosas se
vendieron en aquella almoneda de
Isabel. La respuesta es obvia. Vendieron
de todo. Hasta seiscientas noventa
entradas de bienes he podido contar.
¿Podemos afinar aún más? Sí, claro:
collares, cadenas y argollas, cintas de
oro, cabos y puntas y otras piezas de
oro, libros, plata dorada, plata blanca,
argentería de plata, retablos e imágenes,
ornamentos, ropas y guarniciones,
martas y forros, gorros y bonetes,
terciopelos negros y de colores,
damascos, tafetanes, mangas de seda,
sayas, monjiles de seda, paños, mantos y
mantillas, plata hilada, gorgueras, tocas,
camas, almohadas, cortinas, alfombras,
tapicería, holandas, manteles,
servilletas, toallas, cajas, arquillas,
cofres… O sea, de todo.
¿Y quiénes fueron los que asistieron
a la almoneda y pujaron? Gentes de todo
tipo y condición. Curiosos o devotos
seguidores de la reina que aquellos días
del frío invierno de Madrid volvieron a
sus casas felices y contentos con esto o
aquello que necesitaban para su uso,
pero que, esencialmente, eran reliquias
de la emperatriz.
Don Bartolomé de la Cueva fue el
primero en participar en la almoneda y
se llevó la argolla a la que he hecho
referencia antes. Doña María de Castro
pujó por un collar de oro de veintidós
quilates con esmaltes y cuarenta y dos
eslabones que pesó cuatro marcos, una
onza y cinco ochavos y medio con seis
granos y que debía ser preciosísimo
porque la hechura (la manufactura) se
tasó en 4020 ducados. La duquesa doña
Mencía compró otras piezas de oro. Y
por allí asomó también doña Marina de
Aragón, don Álvaro de Córdoba, don
Gabriel de Rojas, don Pedro Manrique,
doña María de Castro, doña Catalina de
Briceño, don Tristán de Leguizamón, el
marqués de Villena, que pagó 1775
ducados por un cofre de marfil…
Al coronel Diego Enríquez se le
adjudicaron unas cuentecicas de poco
valor —aunque eran de oro— y una
medalla de oro más lucida, aparte de
unas cuentas de ánimas guarnecidas
también en oro y alguna cosilla más.
Otro de los compradores asiduos fue
Esteban de Sequera, con su «pedazo de
cadena de oro», o Juan de Vega, al que
se adjudicó un collarico de filigrana de
oro. Y Jerónimo González, que se hartó
de comprar cabos, puntas y otras
piececillas de oro. Y fueron Diego de
Guayo, Tomás de Ribera, Antonio de
Pontamina, Rodrigo de Zamora, Santa
Cruz, Gabriel de Córdoba, Pedro
Alonso, Francisco de Arteaga (que
compró medio centenar de cuentas de
coral).
La emperatriz había comprado libros
con dinero de sus rentas. Don Pedro
Laso compró uno «hecho con mocara
con dos manecillas de plata» por dos
ducados. Jerónimo González, que se iba
a casa cargado de piezas de oro, que fue
el que más compró, se llevó también un
Floreto de San Francisco por 102
maravedíes. Acaso con una mano
sostenía el libro mientras lo leía y con la
otra dejaba escurrir entre los dedos
montoncitos de oro en polvo al tiempo
que sobre el escritorio esperaba para su
lectura y deleite el Espejo de
conciencia, comprado por 170
maravedíes. El propio Jorge de Lima,
que era el contador que hacía la relación
de la almoneda, sintió curiosidad y se
compró los Tratados del arzobispo de
Granada [de fray Hernando de
Talavera] por 136 maravedíes. Y ya que
el amigo había comprado eso, el otro
contador, Pedro Baillo, se compró una
Caída de príncipes que tenía doña
Isabel entre sus pertenencias, que se le
adjudicó en 170 maravedíes, y otro «de
origen turcal», pobretón, que costó 34
maravedíes, y un manuscrito en
pergamino de Vida de perfección por 85
maravedíes. El de los Sacramentos lo
compró Arce por 187 maravedíes;
Gaspar de Orduna compró unas Vidas de
santos padres; un manuscrito apenas
valorado en 29 maravedíes, y una
hagiografía de Santa Catalina; mientras
que Álvaro de Encinas pagó 68
maravedíes por la Demanda del Santo
Grial y 238 maravedíes por otro libro
del rey don Rodrigo y del Cid. El
clavero de Calatrava se llevó un
Breviario romano; otra vida de santos
padres en latín la compró Santa Cruz…
y eso fue todo. Quiero decir que en esos
dieciséis «libros de todas suertes» se
abonó la irrisoria cantidad de 2768
maravedíes, menos que por las
«piececillas de chapería de oro que
pesaron seis ochavas» de don Tristán.
Los retablos e imágenes tampoco
eran de lo más rico. Son diecisés
entradas que generaron 41.750
maravedíes. El vicario de la Mejorada
pagó 3750 por una imagen de Nuestra
Señora, grande. El rector del Hospital
de la Latina compró otra Nuestra Señora
con un Niño Jesús en los brazos, por
1875 maravedíes. Álvaro de Encinas se
hizo con una Magdalena que tiene una
copa en la mano, por 3750 maravedíes.
La Verónica con un «cerco verde» la
compró Pedro de la Torre; o el retablo
bordado de una Verónica que se lo
quedó el marqués de Villena. En fin, don
Rodrigo del Portillo compró una tabla
de una imagen de Nuestra Señora. La
emperatriz tenía quince «tablicas del
Rosario» que se las llevaron, por
diferentes precios y en lotes de una, dos
o tres, don Martín de Aragón; un tal
Gibantes; la condesa de Ribagorza; y así
sucesivamente, Pedro de Ávila, la
condesa de Osorno, Alonso de Silva,
Francisco de Guzmán…
Voy a evitarte, buen lector, otros
detalles. A fin de cuentas, todo está en el
legajo 550 de la primera época de la
Contaduría Mayor de Cuentas en
Simancas. Lo último que te diría, y de
hecho te digo, es que el cargo de la
almoneda que se hizo a Jorge de Lima y
Juan de Basurto sumó 2.924.420
maravedíes. Aunque hubo algo más de
47.000 maravedíes que no aparecieron
de primeras apuntados —o certificados
— en su lugar, todo se aclaró. Mejor
para ellos dos, que casaron muy
correctamente estas cuentas.
Lo que no fue de interés, o no se
subastó en Madrid, fue trasladado en
dieciocho carretas de bueyes hasta
Arévalo. En su castillo quedó todo bajo
custodia. Lope de Baillo,
guardarrepostero de Isabel, pagó por el
porte y guardia, 15.888 maravedíes.
Esos bienes pasaban a los tres hijos.
Con el dinero recaudado en la
almoneda fueron al tesorero Francisco
Persoa, que lo era de la emperatriz (y
luego pasó a serlo del príncipe Felipe).
Persoa hubo de rendir sus cuentas
también de todo lo que había recibido en
depósito y lo que había recibido de
otras almonedas.
Ciertamente a la que hemos asistido
antes no era la única que se celebró.
Pedro de Santa Cruz estuvo al cargo de
otra (que recaudó 7.888.793
maravedíes); Mencía de Salcedo de otra
(por 60.345 maravedíes); en «una
huerta» se vendieron «acémilas y
mulas» (por 149.224 maravedíes)…
De todas las almonedas que se
hicieron se obtuvieron 13.500.000
maravedíes.
Los tasadores cobraron por su
trabajo 73.848 maravedíes. Los
tasadores de las joyas de oro y plata
fueron cinco plateros y tardaron
cincuenta y cinco días en hacer su labor.
Hubo un tasador de camisas y ropa
blanca entretenido treinta días. Se llamó
Enrique de Torrellas, y si no lo cito yo
aquí nadie lo va a hacer en toda la
historia. Él, que manoseó toda la ropa
blanca de la emperatriz Isabel. El
cordonero, Castillo, pasó veinte días; el
otro, Juan Fadrique, solo ocho… y así
sucesivamente.
El inventario de los bienes tardó
veinte días en ser hecho por la
diligencia del escribano Ambrosio
Gutiérrez.
Las cuentas que pasaron por las
manos de Persoa alcanzaron los
23.199.882 maravedíes.
Pero aún hay más. Es inmensa la
relación de limosnas, ayudas a
casamientos y otras obras de caridad
que se hacen por mandado de la reina o
de Carlos V (en cumplimiento de la
voluntad de su esposa). Por ejemplo, de
los bienes de la almoneda encargada a
Santa Cruz, se destinan 208 ducados que
benefician a treinta y cinco personas,
capellanes, mujeres de los criados de
Isabel, reposteros, porteros de cámara,
mozos de espuelas y otros. El caso es
que nadie quedara desasistido. Es una
obligación humana.
Al dicho Antón Bravo, capellán,
cincuenta y siete mil y setecientos
cincuenta maravedíes para el gasto de
XVIII niños de los que su majestad
mandó criar de nueve meses pasados
hasta en fin de diciembre de MDXLII.
Y es que, ¿cómo no iba a tener buen
corazón Carlos V con lo que padecía
con su madre, o con su esposa —y sus
hijos ahora huérfanos— y con todo lo
que debió ver hasta entonces en tantos
campos de batalla?
EL BALANCE ECONÓMICO FINAL
DE LA HERENCIA
Existe un largo documento que no sé si
se trata del balance final de la herencia,
pero así lo parece. Está entre los del
Patrimonio Real de la Casa de Austria.
En cualquier caso, son tantas las copias
de documentos que si no es por el
depósito en que se encuentran, es casi
imposible verificar su originalidad. La
autenticidad suele estar fuera de duda.
Asistamos a tan horrible
documentación. La contabilidad se
apuntaba en números romanos hasta
finales del siglo XVI. He visto
«historiadores» de los que van a ver
algo de su pueblo a un archivo, o por
Internet, que no saben leer la esfera del
reloj de su casa (en el que
indefectiblemente ha de poner Tempus
fugit, o alguna admonición macabra
clásica de esas) y luego son capaces de
escribir historia. Sin saber tampoco
paleografía. Me maravillan.
Como digo, la dote y las arras
ascendieron a 1.200.000 doblas de oro,
que pasadas a maravedíes son 438
millones. Desde ahora solo haré
referencia a los maravedíes. De esa
cantidad (o «cargo») se sacan los gastos
(la «data») para pagar las mandas
testamentarias y el quinto y tercio
referidos, o sea, 204,4 millones de
maravedíes.
Así que ya solo nos quedan 233,6
millones de maravedíes.
Al emperador le quedó para pagar
las legítimas y mejorías lo siguiente.
Según la tasación de las joyas y cosas
preciosas (como las camas ricas, la
tapicería), 106,86 millones de
maravedíes, de los que 101,5 millones
eran en joyas y los otros 5,360 millones
en cosas preciosas. Esta cantidad de
dinero, que eran bienes materiales, se
entregó a los herederos en 1551. Los
testamentarios tenían una duda: lo que se
hubiera recaudado en la almoneda por
concepto de venta de joyas (13,5
millones de maravedíes), ¿era cuerpo
patrimonial de Isabel o era de Carlos?
Igualmente, en manos de Mencía de
Salcedo quedaron efectos que no
declaró, aunque «no deben ser de mucho
valor».
En juros (deuda pública) emitidos
para cumplir la voluntad de la reina —
supongo que contra las rentas de las
localidades que le fueron dadas—,
33,268 millones de maravedíes. De
hecho, fueron banqueros genoveses los
que dieron el préstamo para que el
dinero fuera líquido y el aval eran las
rentas reales.
En otros gastos de las rentas reales
también para hacer efectivos los pagos
de las mandas de Isabel entre 1539 y
1541, hasta 8,825 millones de
maravedíes.
Esos gastos generaron un debe de
162,4485 millones de maravedíes.
La tercera de las partidas era la de
la «mejoría del tercio y quinto». Con
respecto al quinto de mejora, para los
hijos quedaron 87,65 millones de
maravedíes, de los que había que restar
para cumplimiento del testamento
59,3385 millones de maravedíes ya
apuntados en las partidas anteriores (lo
gastado en el cumplimiento del
testamento en juros fueron 33,2685
millones de maravedíes. Lo gastado en
descargos y mandas, 22,32 millones de
maravedíes y como aún no se había
casado a todas las huérfanas que quiso
Isabel y otras obras caritativas, se
añadía otro gasto previsible de 3,75
millones de maravedíes). En definitiva,
se trata de 28,262 millones de
maravedíes limpios para los tres hijos.
Con respecto al tercio de libre
disposición, una vez sacado el quinto,
quedaron 116,8 millones de maravedíes.
La legítima (sacados el quinto de
mejora y el tercio de libre disposición)
quedaba resuelta en 77.866.667
maravedíes.
AL AÑO SE ACABA EL DUELO
El 2 de mayo de 1540 se celebró una
misa de recuerdo en San Jerónimo en
Madrid. Acudieron el príncipe Felipe y
el cardenal Tavera, arzobispo de
Toledo, así como muchos «caballeros
cortesanos», los Consejos Real y de
Aragón y los contadores y otros
caballeros.
En medio de la capilla estaba el
bulto alto. Había treinta y dos hachas
alrededor y cuatro a los cantos de las
gradas y lo restante de las gradas con
muchas velas de cera en sus candeleros
de plata…
Al cabo del año se levantó el luto.
Las cuentas que se pidieron a Francisco
Romero, comprador del príncipe,
recogen lo que se invirtió en las
exequias en San Jerónimo de Madrid.
Entre cirios, ropajes de luto, misas,
limosnas y demás, la suma alcanzó solo
96.826 maravedíes. El «bulto y cama de
madera que hizo» Diego Álvarez costó
7500 maravedíes. El gasto en cera fue
de 17.642 maravedíes. Pero es que la
partida mayor fue a causa del «estrago y
daño» que se hizo en los paños que
dejaron los mercaderes de Madrid y
que, por alguna razón, se destrozaron y
hubo que indemnizarles con 46.572
maravedíes.
Como hemos ido viendo, a lo largo
de su vida, Isabel redactó varios
memoriales de limosnas y deudas, que
se fueron cumpliendo todas. Las cuentas
del tesorero Francisco de Persoa, que es
el que llevó la cuenta de todos los
pagos, aún se conservan. Es meticuloso.
Decenas y decenas de certificaciones de
pagos.
LA PARTICIÓN DE LA HERENCIA
ENTRE LOS HIJOS EN 1551
Ya había entrado el año de 1551. En
concreto, en Valladolid y a 3 de julio,
presididas por el consejero real, el
licenciado Morillas, alcalde de casa y
corte, se han reunido varias
personalidades para proceder al reparto
final de los bienes de la emperatriz. No
se ha hecho antes porque hubo que
finiquitar la almoneda, el inventario de
verdad, las cuentas de los pagos de la
dote, de lo recaudado en las almonedas;
no se hizo antes este reparto porque
hubo que esperarse a la sanción de los
letrados sobre las dudas que hemos
visto, porque Pedro de Santa Cruz,
guardajoyas de la emperatriz, había
fallecido y se les pedían cuentas a sus
herederos; porque Carlos V estaba
ausente (espiritual y físicamente);
porque el heredero Felipe crecía y
viajaba, porque María se fue a casar y a
penar por Europa; no se hizo antes este
reparto porque su sentido del tiempo es
tan distinto al nuestro. Y, en fin, no se
hizo antes… porque no se hizo antes.
Pero ya Carlos V ha puesto en
marcha el proceso por el cual se van a
repartir las joyas y enseres más valiosos
que tuvo ella en su cámara. Esos bienes
corresponden, como está sancionado por
el testamento y las recomendaciones de
los letrados a los que se ha acudido, a
Felipe, a María y a Juana.
El padre escribe a la hija María
dándole nota de que se va a proceder a
hacer el inventario y reparto entre los
tres. Le pide que ciertas joyas y paños
de devoción que ha guardado Felipe se
le dejen y en compensación que él
renunciará a sus derechos sobre otros
objetos «de camas y cámara». Las cosas
del oratorio, cuyo valor correspondía a
María y Juana, que se vendieron en
almoneda, queda como está lo
recaudado. En tercer lugar, es voluntad
de Carlos V que las ciento treinta y tres
perlas de Germana de Foix y un collar
de diamantes con nudos en el cordón de
San Francisco, amén de otras piezas de
oro con esmaltes en blanco y negro y las
cuarenta perlas que mandó la tía
Margarita a María, que todo ello se lo
puedan quedar para repartir entre las
hermanas. Aceptadas estas condiciones,
más bien peticiones, y confrontados
todos los documentos que el derecho
exigía, sobre aceptación de lo antedicho,
o de nombramientos de curadores y de
representantes y apoderados en la
partición, ya que todos eran menores de
edad pues no habían cumplido los
veinticinco años y además, dos no
estaban en España (por Felipe, ausente,
el secretario Juan Vázquez de Molina;
por María, reina de Bohemia y ausente,
el marqués de Tavara; por Juana, Luis
Sarmiento), se procedió al inventario.
Pero no se hizo un inventario en
sentido estricto, sino que (tal y como se
dice en la documentación, que parece
difícil de leerse del todo) Juan Vázquez
de Molina hizo acopio de inventarios
anteriores remitidos por Eraso (otro de
los grandes secretarios del momento),
«que eran asimismo las memorias y
relaciones de otros bienes que quedaron
de la emperatriz […] que se han sacado
del inventario principal que se hizo y de
los libros de su majestad que tienen sus
contadores». El 3 de julio de 1551 en
Valladolid se reúnen varios personajes,
unos en representación del rey, otros de
los herederos.
Con los papeles que les han remitido
proceden a la redacción (o tal vez a la
recepción de una redacción) del
«inventario» que empieza por las joyas
(«Primeramente, un collar de oro que
tiene dos esmeraldas y ochenta y ocho
perlas» que se tasó en dos millones de
maravedíes). Las entradas, que
describen con meticulosidad y tasan las
joyas, joyeles, sortijas, rosarios, perlas,
aljófares y demás, son ciento cincuenta y
nueve.
Los relicarios, también
cuidadosamente descritos, van sin tasar,
porque eran para repartir entre las
hermanas.
La relación de joyas se continúa con
la relación de los «libros guarnecidos
de oro». O sea, que les interesaban los
libros en sí más bien poco. Se trata de
trece libros manuscritos, en pergamino,
es de suponer que iluminados todos
(algunos se especifica que lo están), y
normalmente obras para seguir bien las
oraciones. Pero lo más destacable para
ellos eran las inmensas riquezas de sus
guarniciones. Y es que, como consta en
la primera partida que describe aquel:
«Un libro de pergamino escrito de mano
con las tablas de oro y en ellas dos
serafines; pesó el oro cuatro onzas y seis
ochavas y cincuenta y cuatro granos
tasada la hechura en doce ducados»; se
aclara al margen que «Esto son bienes
de oratorio», o sea, ya de las hijas. La
tasación de esos libros, y de otros, fue
de algo menos de 1,1 millones de
maravedíes: adviértase que en muchas
ocasiones, una única joya se apreciaba
en eso o en más. Sépase que esos libros
pasaron a doña Juana, luego reina de
Portugal, madre de don Sebastián,
gobernadora de Castilla y abandonante
de su hijo por esas cosas de la dinastía.
Acaso sean más interesantes los
tapices y las antepuertas, que tienen
escenas mitológicas y de religión, o que
nunca sabremos qué imágenes tenían. Y
tampoco se debe perder de vista, como
reflejos de una atracción cultural, la
media docena de alfombras de Levante,
pero tampoco dicen mucho.
La relación de saleros, sillas de
montar, tazas de plata, aguamaniles,
sigue por centenares de folios. Cerremos
el círculo.
El cuerpo central del inventario de
la emperatriz era uno que se había
remitido al emperador a «Alemania».
Los bienes allí registrados se tasaban en
72.053.575 maravedíes. Pero había
habido otras entregas a los hijos, o lo
que tenía doña Mencía (aunque estimado
en «poco valor», había que declararlo
alguna vez) y otros bienes que se
pusieron ahora tan detalladamente como
vemos, porque antes no se declararon
por estar en manos de alguien o en otro
lugar diferente y no entraron en el
inventario. Estos fueron un total de
30.404.027 maravedíes. Así que los
bienes de la emperatriz que se tenían
que repartir entre sus tres hijos
ascendían a 102.457.602 maravedíes, de
los que había que descontar el total que
le correspondía a Felipe, que ya lo
había recibido (34.329.840 maravedíes
y la relación —sobre todo de joyas— se
conserva y es exhaustiva) y una parte
que había recibido María «cuando
partió a Alemania» (y también se
conserva lo que se llevó, cantidades que
sumaban 37.398.277 maravedíes).
Así que a María y a Juana les
quedaba por recibir 65.059.325
maravedíes, o sea, algo más de 32
millones a cada una.
UN ÚLTIMO VIAJE
Desde 1563, el que había sido niño
enclenque, que ya no lo es, ha puesto en
marcha la construcción de un
monasterio, una biblioteca y un panteón
para honrar respectivamente a Dios, al
saber y a su dinastía.
Ahora, en junio de 1573, ha
decidido trasladar los cuerpos de su
hijo, su esposa Isabel de Valois, y de sus
padres y algunas tías desde allí donde
estén hasta la iglesia de prestado.
Y así se cumple el deseo del rey.
El primer traslado se hace entre los
días 6 y 7 de junio de 1573. El príncipe
don Carlos, que descansaba desde su
muerte en el convento de Santo Domingo
en Madrid, es trasladado a El Escorial,
como Isabel de Valois, que descansaba
en las Descalzas Reales.
Entre diciembre de 1573 y febrero
de 1574 se sigue con la traslación que se
da por concluida el 6 de febrero.
A Granada han llegado con el
mandato real el obispo de Jaén,
Francisco Delgado, y el duque de
Alcalá, Hernando Enríquez de Ribera.
Oficia como anfitrión el presidente de la
Chancillería, don Pedro de Deza. A
partir del 24 de diciembre van llegando
los miembros de la comitiva del obispo
de Jaén. Digamos que (aunque no es
exactamente así) son dignidades
eclesiásticas. A partir del día 26 entran
los miembros de la comitiva
(aristocrática, por decirlo de alguna
manera) del duque de Alcalá. De nuevo
Granada ve pasear por sus calles a
duques, condes (del Castañar, de la
Puebla), marqueses (los del Carpio,
Villanueva, Berlanga o el de Estepa).
El 28 de diciembre tiene lugar la
reunión de todos los miembros de la
comitiva y empieza la procesión desde
la Alhambra hacia la Capilla Real.
Cumpliéndose con las exigencias del
ritual, se depositaron los ataúdes de la
emperatriz, doña María Manuela —
esposa de Felipe II—, y los infantes
Fernando y Juan, hijos de Carlos e
Isabel.
Una vez más se volvieron a vivir
aquellas escenas de lutos, insignias,
miles de cirios, olores, colores, graves
músicas e intensos silencios. De nuevo,
gracias al rigor notarial, se conserva el
acta original de la «entrega que se hizo
en la Capilla Real de Granada de los
cuerpos de la emperatriz y princesa,
nuestras señoras, que sean en gloria, y
de los señores infantes don Fernando y
don Juan al obispo de Jaén y duque de
Alcalá».
Condes, veinticuatros (regidores en
las ciudades de Andalucía), títulos,
cargaban otra vez los féretros de
aquellos infantes desgraciados que no
pudieron saber de las alegrías de la vida
y de aquellas reinas que murieron dando
a luz. ¡Pobre don Carlos! ¡Toda su
inestable existencia culpándose de haber
muerto a su madre en el parto…!,
aunque no conste en ningún sitio tal
culpabilidad.
Se dispusieron los féretros (el de
Isabel no lo podían mover apenas por
ser de plomo y muy pesado) bajo un
dosel coronado por una cruz de plata. Al
unísono repiquetean las campanas de
Granada. Cae la noche y todos se
recogen. Unos guardias velan las cajas.
En Granada ha vuelto a haber
arquitectura efímera, paños, gentes
agolpadas y autoridades manifestando su
grandeza. Pero esta vez, en vez de
olores de arrayán y primavera, ha
predominado el luto, el olor a cera
quemada, las solemnes inscripciones en
latín: «Vicit tunc hostem, mundum,
carnemque rebellem, / Isabel Carolus
dum fera bella gerit…».
Al día siguiente, a las ocho de la
mañana, tras la misa de rigor y las
preces acostumbradas, que «fue cosa
maravillosa de ver la atención y
devoción con que toda la gente estaba en
silencio, que no se sentía otro ruido sino
el de las campanas de la iglesia mayor y
de todas las parroquias…», salió la
procesión hacia la puerta de Elvira (¿te
acuerdas cómo fueron recibidos los
jóvenes esposos medio siglo atrás en
esa puerta?), a donde llegaron pasados
el mediodía. Hubo los responsos finales
y la comitiva abandonó Granada.
Desde Granada los cuerpos de la
emperatriz Isabel, de la reina María
Manuela y de los infantes Juan y
Fernando se ponen en camino hacia la
sierra de Guadarrama. Desde Mérida se
hace lo propio con el cuerpo de doña
Leonor, la hermana de Carlos. El cortejo
que viene desde Granada lo componen
cuatrocientas cincuenta y dos personas y
trescientas cincuenta y tres
cabalgaduras. Algunas de las barcas que
llevan los cuerpos reales están a punto
de irse a pique mientras vadean el río
Tiétar, crecido por las copiosas lluvias.
En un simbólico acto, Isabel y
Leonor recalan en Yuste, recogen al
césar y siguen rumbo hacia la última
morada.
En Santa Olalla, una de las acémilas
que llevan el ataúd del emperador
invictísimo pierde el pie, y el féretro
cae por los suelos. ¡Pobre Carlos!
Desde Valladolid se pone en marcha
la otra comitiva, la que lleva a María de
Hungría —muerta en Cigales—, que
pasa por Tordesillas para unirse a la de
doña Juana. La reina madre será enviada
a reposar junto a sus padres y esposo a
Granada. En Granada se reúnen las
autoridades para preparar el protocolo
del entierro que se ha de hacer. Remiten
a Madrid, a la corte, una «relación de lo
que el presidente de Granada responde a
lo que se le escribió sobre la traslación
de los cuerpos reales».
Los ataúdes de Granada llegan a El
Escorial el 6 de febrero de 1574 y a las
cuatro de la tarde depositan el cuerpo de
Isabel en su nuevo emplazamiento: los
cuerpos son enterrados en la Iglesia de
Prestado, en un sitio, a todas luces,
indigno.
Pasa el tiempo. ¡Vaya que si pasa!
Felipe IV se siente orgulloso. Por fin ha
llegado el día en el que puede dar por
concluido El Escorial que no terminaron
ni su abuelo, ni su padre. Gracias a los
desvelos de Alonso Carbonel, el
Panteón Real está listo.
Se avecina una nueva traslación de
cuerpos reales, desde la Iglesia de
Prestado del monasterio. La ordena por
cédula real de 12 de marzo de 1654.
Carlos V e Isabel, Felipe II y Ana,
Felipe III y Margarita, e Isabel, esposa
de Felipe IV.
El cuerpo de Carlos V se pondrá
debajo del altar y la emperatriz enfrente,
bajo la Epístola; luego, los demás,
varones a un lado, mujeres al otro, solo
separados por el altar.
Hay sitio nada más que para los
reyes o las reinas que hubieran parido
hijo que hubiera sido rey. Los demás,
irían a otro lugar y se cambiarán de sitio
la noche anterior a la traslación solemne
y pública.
En la misma cédula se estipula qué
hacer temporalmente con los cuerpos de
los recién fallecidos, «supuesto que es
forzoso que el olor del cadáver
embarace a los que entraren en aquel
sitio» y, por último, ordena que toda
entrega de cuerpos regios se registre «en
los archivos de la casa para que en todo
tiempo conste de ella».
Y empezó el día en el que hubo que
pasar unos cuerpos de un lugar a otro.
Para ello, nuevos ataúdes, pues los
antiguos ya estaban viejos y, por tanto,
había que abrirlos y cambiar los restos.
Y empezaron las sorpresas:
Rara cosa y digna de eterna
admiración: le hallaron entero [a Carlos
V] después de noventa y seis de difunto,
y tan cabal, que mirándole con mucha
atención y respeto no echaron de menos,
en la siempre heroica composición de su
cuerpo, cosa que fuese considerable
[…]. Quedáronse todos absortos y
pasmados con semejante vista…
Carlos V estaba incorrupto. Las
causas podrían haber sido por ungüentos
o cualquier otro artificio humano.
Aunque a todos convenía más pensar,
claro está, la providencia divina. En
cualquier caso, aún estaba incorrupto en
1872, cuando ardió otra vez el
monasterio. Salió una imagen que es
impresionante y se guarda en el Archivo
del Palacio Real, y se publicó en La
Ilustración Española y Americana.
Tengo noticias de que aún sigue su
cuerpo sin convertirse en polvo, aunque
a falta de la yema de un dedo.
De Isabel, no sé más que lo que sé
hasta ahora.
VII
OTRAS COSAS PARA
ENTENDER A
ISABEL
Isabel da todo por terminado. Tal vez
ha tenido una penúltima charla con su
confesor y, entonces, manda escribir un
«Memorial de mis descargos», una
última petición para que su conciencia
y su alma se puedan ir tranquilas. El
primero de los descargos de su
conciencia, el que sintetizaría toda su
existencia como ser humano, dice así:
Primeramente suplico al emperador
mi señor que con mucha diligencia y
cuidado trabaje cómo nuestros muy
amados hijos, el serenísimo príncipe y
dos infantes, doña María y doña Juana,
que Dios por Su infinita bondad nos ha
dado y conservado hasta el día de hoy,
sean criados y enseñados en el temor
de Dios y hechos tan cristianos y
virtuosos que sean dignos de gobernar
los reinos y señoríos en que Dios los
pusiere.
Ella misma, con sus propias
palabras, nos ha querido decir quién
ha sido. Basta. Infinitud del silencio.
Siempre que se traza una biografía, esto
es, que un autor dedica un tiempo a
escribir sobre otra persona, uno de los
problemas narrativos o expositivos más
frecuentes es el de la transversalidad de
algunos fenómenos. En ocasiones, se
puede corregir esa transversalidad
fraccionando el tema que se quiere
desarrollar, pero en otras las
circunstancias no lo recomiendan. De
entre todas las circunstancias que se
podrían aducir y que son claves, la más
importante es, tal vez, la del
mantenimiento del ritmo de la lectura.
No romperlo es fundamental. Hay
muchos que escriben que no respetan ese
sagrado principio. Y no lo hacen por
muchas razones. En mi oficio,
fundamentalmente porque nos han
obligado a un modelo de escritura que,
so color de tener apariencia científica,
puede hacerse incluso algo gris. Nos han
inducido a historiar sin poder narrar. De
esa manera dejábamos de cultivar una
parte de la literatura y nos hacíamos
rigurosos. Pues eso.
Así que como me parecía un
disparate, que rozaba casi lo sacrílego,
contar en frases sueltas lo que se hizo
con los vestidos de la emperatriz desde
que entró en España; o ir desbaratando
lo que [no] leyó en función de la fecha
de los inventarios de sus estanterías, en
vez de hacer una interpretación global a
su devoción leída; o como encontré en
Simancas ciertos datos sobre sus usos
alimenticios (algo ya citado por
Mazarío, que no me duelen prendas en
reconocerle constantemente su ser
pionera); o salpicar de partos el libro,
como si un parto no tuviera que ver con
el siguiente, o con el testamento de
rigor; o ir haciendo acotaciones
salteadas sobre sus enfermedades y
sobre todo su proceso de depresión
psíquica y, por último, como no me
parecía de rigor dar una frase aquí y otra
allá sobre un cuadro u otro, sino que
consideraba más impactante intentar
agrupar todo el proceso retratístico para
llamar la atención sobre lo poco que se
sabe a estas alturas acerca de los usos
dados a su grandeza, digo que, por todo
ello, he decidido extraer media docena
de asuntos y ofrecértelos cada uno
armado en sí, y todos juntos.
De esta manera, espero que sirvan
estas últimas pinceladas como remate
final a todo lo que he ido apuntando a lo
largo de la obra. Podría haber
desperdigado estas páginas por el
interior del libro. Sí. Podría haber
escogido otros temas para traerlos a esta
parte final. También. Pero lo que he
hecho…, ha sido lo que he hecho.
Además, ¡con las horas que he echado
de archivo, como para no sacarle algo
de jugo!
¡Ah! Y como se trata de remate final,
cada apartado va dedicado a las
lectoras.
PARA SATISFACCIÓN DE UNA
LECTORA DE HOY: LOS
VESTIDOS DE LA EMPERATRIZ, O
EL RECICLAJE DEL ARMARIO
REAL
La emperatriz Isabel no solo tuvo los
grandes vestidos que le dieron la
magnificencia o el sosiego con que fue
retratada por Tiziano. Los vestidos de la
emperatriz eran una suerte de institución
cortesana. Como los trajes, joyas,
adornos o afeites de cualquier gran
personaje. Y con los vestidos de la
emperatriz —y con las joyas y otras
preseas— se pagaba una parte de la
dote.
Tan importante era la calidad de su
guardarropa, o tener su registro al día,
que había un oficio cortesano pendiente
de ello. Gil Sánchez de Bazán era
escribano de cámara de la emperatriz y,
entre otras funciones, tenía la de
registrar los vestidos de su señora.
Gracias a su buen hacer se conserva aún
la relación de las ropas que ella trajo de
Portugal «a Castilla». Desde 1529 se
puso en marcha un «Libro de la cámara
de las ropas» de doña Isabel.
El ajuar de la novia estaba
compuesto por cuatro sayas. La una,
flamenca de terciopelo pardo, altiva de
mangas de borracha, con su corpiño y
«puerta» de terciopelo, forrado el
corpiño y puerta de raso pardo, con una
faja por dentro del ruedo de terciopelo.
Se regaló a doña Blanca Cotuia (?),
dama de su majestad.
La otra saya era de raso carmesí,
con mangas plegadas en cima y en bajo
(me apetece mantener la etimología
antigua que da sentido a las palabras
actuales), con el corpiño y puertas
forradas de raso y con las mangas de
terciopelo y faja y demás de terciopelo.
Se le dio a la misma doña Blanca.
La tercera saya, que solía ser hábito,
era de altibajo encarnado, forradas
mangas y delantera de raso azul. La
deshicieron en Palencia y la
convirtieron en una «faldrilla».
La última era de terciopelo negro,
como sus aderezos.
Por otro lado, trajo diecinueve
faldrillas, una de ellas de terciopelo
altibajo amarillo, bordada de una
bordadura de tejillos de plata blanca, y
la puerta de tafetán verde, que se
deshizo para reaprovecharla. Otra era
de raso morado carmesí, con tejillos de
oro; otra más era de tela de oro morado,
con un torzal de oro hilado; y así
sucesivamente.
Media docena de corpiños de
terciopelo, estaban forrados también de
terciopelo o de raso carmesí, encarnado,
verde, amarillo o negro.
Hubo cuatro sayos altos y ropones,
de nuevo con predominio de terciopelo
y colores vistosos y alegres, y algunos
se reutilizaron. A ellos se sumaban trece
hábitos, siete mantos y mantillas; cinco
verdugadas adornadas con sus verdugos;
cuatro fajas y mangas; tres marlotas; seis
basquiñas, una de grana de Florencia y
otras de raso verde y carmesí, o de
fustán blanco; un par de monjiles; un par
de saínos…
Estos ropajes, si se iban gastando, o
se regalaban (y era un buen obsequio) o
se reutilizaban.
No fueron pocos los sastres de
Castilla que tuvieron trabajo a costa de
estas hechuras.
Por ejemplo, el 22 de mayo de 1527
y en Valladolid se deshicieron unos
vestidos para hacer otros; el 28 de junio
de 1528 en Madrid se convirtieron el
forro de una manga y el bizsato de la
otra en parte de forro de mangas,
delanteras y ruedo de una saya de raso
blanco; el 13 de febrero de 1529 se
deshizo otra saya; también en Madrid, el
17 de septiembre de 1529, se pusieron
forro de mangas y delanteras y ruedo a
una saya de terciopelo altibajo morado
que estaba en la cámara de la reina; el 2
de agosto de 1532, en Valladolid, se
deshizo una saya de raso blanco que se
convirtió en una basquiña para la
emperatriz. Y así podríamos seguir
recordando: Burgos, 15 de enero de
1528; Madrid, 27 de marzo de 1528 (se
hicieron adornos para la liturgia) y 29
de junio de 1528; Toledo, 22 de
diciembre de 1528 (de un faldrillo se
confeccionó la ropa para una imagen de
Nuestra Señora de la Concepción), 10
de febrero de 1529, 10 de abril de 1529
(de una faldrilla de chamelote de seda
se cortó una estola, manípulo y casulla
carmesí) y 12 de abril de 1529 (de otro
faldrillo rebosante de plata se sacaron
piezas que se regalaron a un fray Alejo);
Madrid, 29 de julio de 1528, se desforró
una ropa para preparar otra; el 19 de
febrero de 1530 (se hicieron varias
cosas, pero entre otras, ropas para la
Capilla Real procedentes de otra
faldrilla); el 6 de agosto de 1530, se
deshizo un saíno y se preparó una cama
de campo; Madrid, 6 de agosto de 1530
(entre otras cosas, se sacó una cama de
altibajo amarillo), 13 de diciembre de
1532, se convirtió una marlota en una
verdugada; Madrid de nuevo y a 2 de
enero de 1533, de una rica faldrilla se
sacaron «tres pares de calzas para el
príncipe» y de otra ropa se hizo una
casulla para el confesor del rey; y 6 de
febrero de 1533 con confecciones
menores; durante el mes de diciembre de
1534 se deshicieron varios sayos y
mantillas y de ellos se sacaron piezas y
forros para ropas, incluso otra vez para
el príncipe; y el 10 de abril de 1536 (de
un monjil se sacó una verdugada); en
Ávila, el 19 de julio de 1531, varios
trabajos menores; Ocaña, 4 de abril de
1531 y 21 de abril de 1531, 29 de abril
de 1531 (de una basquiña se sacó un
frontal para obsequiar al monasterio de
la Esperanza de Ocaña y de otros trozos
se sacaron dalmáticas). El 15 de
diciembre de 1532, se confeccionó una
casulla para la capilla de la emperatriz.
El 15 de diciembre de 1533, se sacó
otra casulla para la capilla; en Medina,
19 de febrero de 1532 (otra lujosísima
cama para la emperatriz), el 21 de
marzo de 1532 y el 27 de marzo de 1532
(«de este dicho forro se hizo una funda
para un libro de los Evangelios que dan
a su majestad»); en Valladolid, 18 de
septiembre de 1533, 23 de noviembre de
1536, 12 de enero de 1537, 22 de agosto
de 1537, 31 de enero de 1538, 22 de
febrero de 1538, 21 de junio de 1538;
arreglos todos o casi todos ellos de ropa
de la emperatriz para sus hijos. En
Toledo, 22 de diciembre de 1528, de
una mantilla de raso encarnado y de
otras piezas se sacó una basquiña para
una imagen de Nuestra Señora de la
Concepción, aderezada también con
pedazos de un forro de hábito y de una
mantilla; más adelante, se volvió a dar
tarea a algún sastre toledano, el 4 de
diciembre de 1538 y 20 de mayo de
1539. Ese día empezaron trabajos muy
significativos, de los que solo
transcribo, avezada lectora, la primera
de las descripciones:
Deshízose un monjil de raso carmesí
de su majestad y hiciéronse de él dos
casullas para llevar a Granada con
cenefas de raso morado, carmesí y
encima de la cenefa unas tiras de
terciopelo morado bordadas de unos
ramos de oro que eran de lino el de
abajo y faldones y bocas de mangas para
dos albas de Ruán y dos estolas y dos
manípulos del dicho raso en que se gastó
todo el dicho monjil.
La partida de descosimientos de
Madrid de agosto de 1530 concluyó
haciéndose con todas las telas que
aprovecharon «una cama de campo»,
con su cielo, costaneras y cabezal, y
otras piezas, algunas forradas con telas
procedentes de otro desguace de Ocaña
(17 de abril de 1530).
Y los sastres de Castilla siguieron
agradeciendo la existencia de una corte
transhumante: Palencia, a 8 de
septiembre de 1533 y 11 de agosto de
1534, se hicieron ropas para los hijos de
Carlos V e Isabel; Madrid, 22 de
octubre de 1533; Valladolid, de 2 de
diciembre de 1536 hasta pasado el
verano de 1538, se deshicieron ropas y
se hicieron trajes para las infantas, o se
dieron a criadas de la casa, «se
acabaron de gastar», como dicho queda.
Incluso el 12 de diciembre de 1538 se
hizo una faldrilla para Isabel procedente
de «un hábito de brocado raso oro
tirado, que fue de la reina doña Juana».
Pero la reina fue a otras partes de
España. En Barcelona, el 2 de mayo de
1533, se hizo una capa para el príncipe
de un manteo de paño de la emperatriz.
Al poco de llegar a Sevilla se hizo
una saya flamenca de tela de oro de tres
altos sobre seda leonada. Acaso para
seducir a su esposo. En Sevilla durante
aquellas semanas se le hicieron siete
sayas.
E igualmente que hubo sastres de
arreglos de ropa, los hubo agraciados
con los deseos y viajes de los reyes. En
Granada, en octubre de 1526, se
empezaron a preparar sayos altos para
ella: se le hicieron dos. Otro tanto en
Valladolid o en Burgos, donde eran
diestros en hacer sayos altos. En
Valladolid le hicieron la única
verdugada que se le cosió en Castilla,
era de chamelote y de seda verde. En
Madrid, en la primavera y el verano de
1528, se le confeccionaron tres sayas; en
Toledo en ese invierno de 1528 - 1529
se le hicieron otras cuatro sayas.
Y en esas mismas ciudades, le
cosieron trece faldrillas, siete marlotas,
cinco basquiñas, doce saínos, siete
mantos y mantillas, y en los primeros
meses de su estancia en España y en
Granada, Burgos y Madrid le hicieron
cuatro mantos de cubrir y cuatro «para
debajo», como la docena de pares de
mangas también «para debajo»; en
Granada y Toledo, tres lobas; y en donde
quiera que fuera, una docena de
corpiños, corpecitos y coletos.
Soy consciente de la riqueza léxica
de los vestidos aquí usada. También de
la dificultad de encontrar correctas
definiciones de cada parte de la
indumentaria. Por ello, me permito
recomendarte que acudas a los libros de
Carmen Bernis, por ejemplo.
La itinerancia de la reina, que no
solo se recoge en su epistolario, dejó
tras de sí un rastro de trabajo y riqueza,
de orgullo por confeccionarle la ropa;
una permanente lección de austeridad y
grandeza. Es verdad: donde hubiera
corte, había dinero. Es un axioma
indiscutible. Ocurrió en Madrid desde
1561 y ocurriría en Valladolid a partir
de 1601 - 1606. Parangonando a
Sombart, hay un binomio en aquel siglo
XVI acaso inseparable: lujo y
capitalismo. Del mismo modo, donde
permanecía más tiempo de lo necesario
esa corte, al funcionar como imán de
todos los recursos de alrededor,
producía inmigración masiva, tendencia
a ladepauperización del campo
abandonado y otras calamidades
coyunturales. Pero como te puedes
imaginar, el de las repercusiones
demográficas y económicas del
establecimiento de una corte fija o, por
el contrario, de una itinerante son temas
de otra investigación…, o de otra vida.
Vino con ropas de Portugal, con las
que se hizo todo lo anterior; pero
también con sus ropas se hicieron las
casullas para su entierro.
Sus ropas se reutilizaron
permanentemente. Otro rasgo admirable
más de su singularidad.
PARA DECEPCIÓN DE UNA
LECTORA DE HOY: LAS
LECTURAS DE ISABEL
En Portugal estaba prohibida la difusión
de los descubrimientos geográficos y
ello tuvo sus repercusiones culturales.
Si en tiempos de Manuel el Afortunado,
el padre de Isabel, no se podían escribir
relaciones de la expansión portuguesa,
ni tampoco hacer poesía elegíaca sobre
ese fenómeno, todo ello repercutió en
las maneras de la creación intelectual. A
España, por el contrario, acudían
humanistas italianos a las universidades
nuevas, a las clásicas o a las cortes
nobiliarias, e incluso reales. Y no solo
venían los escritores en carne y hueso
para quedarse acá, sino que llegaban sus
influjos, itálicos (de marcado carácter
nacionalista) y flamencos (de marcado
carácter espiritual), para sembrar de
ideas, formas y métodos las inquietudes
intelectuales de los literari homines
hispanici.
De todos modos, nada impedía que
la experiencia forjara maneras de ver el
mundo, como al escurridizo Diego de
Sá, que sirvió en varias escaramuzas en
la India, entre las armas y las letras.
Sin embargo, poco a poco se fueron
abriendo las vías de comunicación de
los escritores con sus fuentes de
información y con las posibilidades de
difusión de los textos, manuscritos o
impresos, de tal manera que, finalmente,
para los «lusíadas», Juan III sintió y
exteriorizó —en las palabras de Inácio
de Morais (en la oración fúnebre por el
rey en la Universidad de Coimbra, su
refundador en 1537)— «uma espécie de
amor extraordinário das letras». Razón
no les faltaría a sus panegiristas, porque
en su reinado se había logrado el
imperio como construcción cultural,
gracias a la exaltación de los viajes
portugueses y la gloria de las armas —
sobre todo en Oriente— y de las letras.
Mucho de ese proceso se lo perdió
Isabel cuando vino a España. A pesar de
todo, ella se encontró otro panorama
cultural alrededor de Carlos V. Un
panorama cultural impresionante a todas
luces. En muchas cosas, innovador,
vanguardista en Europa, en otras,
seguidor de vívidas corrientes culturales
y, por último, una tercera vía
ahuyentadora de la novedad, porque
podría ser heterodoxa. Los mundos
culturales de tiempos de Carlos V, como
los de Felipe II, fueron variados,
dinámicos y en tensión. Desde la propia
Corona, en el caso concreto de las
formas de hacer historia, se estimulaba
la revolución epistemológica, el avance
del humanismo.
Este ambiente, el del mundo en
tensión y fricción, lo conoció Isabel en
España.
Pero ¿qué le quedó?
Los historiadores nos acercamos al
mundo de la cultura personal de nuestros
biografiados por medio de los
inventarios de sus bienes hechos en vida
(por ejemplo, en una carta de dote, en
una separación de bienes, en cualquier
otra relación de objetos) o al morir,
cuando se preparaba una inventario post
mortem antes de proceder a su tasación
para sacar lo que fuera a almoneda y con
lo recaudado pagar, pongamos por caso,
las mandas testamentarias.
Cabe la posibilidad de que el
biografiado haya sido un escritor y, por
tanto, las conclusiones a las que se llega
son, obviamente, más finas y seguras que
cualquiera otras.
Cuando se usa un inventario de
bienes para describir el mundo de las
lecturas de nuestro personaje, empiezan
a asaltarnos dudas, rayanas muchas de
ellas (las más) con lo esperpéntico, lo
infantil o lo absurdo. Si alguien tenía
libros, ¿los habría leído?, ¿los tenía
ordenados por tamaños, autores o
temas?, ¿cuántos de cada?, ¿era caro
leer en el Siglo de Oro?, ¿en qué postura
lo hacía?
Todas esas preguntas podrían tener
su paralelo en el mundo del arte: ¿tenían
cuadros?, ¿de quién?, ¿cuánto le
costaron?, ¿los miraba de refilón al
pasar por delante, o se paraba con
detenimiento para escudriñar el grueso
de la pincelada?
La verdad es que los libros no son, o
eran, más que unos objetos de diferente
valor, cuya siembra en la personalidad
del individuo era tan solo una parte del
enorme proceso de socialización en que
todos estamos involucrados varias veces
a lo largo de la vida.
Como hilarante punto de fuga que
uniría los libros de Isabel y sus retratos,
podríamos pararnos a pensar en qué
dice el libro que sujeta en su mano; cuál
es; cuánto le costó o dónde lo
compraron para ella…, ¿o lo compraría
acaso ella misma?
Isabel de Portugal tuvo libros. Como
Isabel la Católica. Como Carlos V.
Como Felipe II. Quizás en el caso de
Felipe II se introduzca un profundo
cambio en lo que afecta a las bibliotecas
reales, esto es, la construcción de la de
El Escorial. Digamos que hasta entonces
los libros andaban dispersos por
diversos emplazamientos, como
dispersos estaban los tapices, las
armaduras o los óleos. Todo ese
concepto de almacén de libros, o de
biblioteca regia cambiará en la segunda
mitad del siglo XVI.
Isabel de Portugal tuvo libros. Pero
muy pocos. Para entender su colección
de textos debemos apoyarnos en dos
pedestales: el primero, que a los ojos de
sus contemporáneos lo más interesante
eran las encuadernaciones de esos
libros, no sus contenidos y ni siquiera la
calidad de las iluminaciones de los
manuscritos sobre pergamino. En
segundo lugar, que hasta ahora se han
localizado tres inventarios de sus libros,
de desigual redacción e interés y,
además, en algún caso, ni sabemos por
qué se hicieron esos inventarios. De
todas formas, el depósito de los folios
en que están anotados los libros en unas
secciones y otras del Archivo de
Simancas significa algo. De todo ello
voy a hablarte en adelante.
El primer inventario de sus libros se
hizo precisamente en 1526. Más que de
sus libros, es el inventario de la plata, el
oro y las joyas que trajo desde Portugal.
Solo se registran cuatro ejemplares. En
verdad puede costar creer que viniera
con cuatro libros nada más y que dejara
en Lisboa las lecturas, si es que las hizo,
de mocedad.
A los ojos de los que hicieron los
inventarios de sus bienes cuando pasó la
raya, eran libros muy, muy interesantes.
Mejor dicho, los libros no interesaban
nada. Lo que interesaba eran las
encuadernaciones. Porque los libros
eran objetos componentes de sus
riquezas. Las encuadernaciones eran de
tal calidad, que las consideraban como
joyas. Y como joyas se tasaban para
hacer el cuerpo de la dote.
Así, «un libro de rezar pequeño» y
otro «libro de rezar de horas de Nuestra
Señora» tal vez fueran, en sí mismos,
perfectas joyas por ser iluminados,
manuscritos y en pergamino. Carecerían
de cualquier signo de autoría. Pero lo
curioso es que no llame en absoluto
nada la atención de sus contenidos, ni
una viñeta, ni un nada, mientras que las
encuadernaciones, «con cinco verdugos
en las espaldas y todo alrededor con
chapas de oro esmaltado de transflor», y
hasta se llegó a pesar el oro y se tasó el
libro, gracias a la encuadernación, en 40
ducados. El otro libro estaba «cubierto
con tablas de oro» y enriquecido con
cincuenta y dos aljófares, veinticuatro
rubíes y un diamante, que se tasó en 80
ducados. Igualmente, un texto
monográfico dedicado a la Pasión tenía
«tablas de oro esmaltado a la redonda
de transflor» y el interior de plata
labrada con buril, y se le estimó un
valor de 700 ducados. El cuarto libro
que se trajo fue «un libro pequeño de
hojas de pergamino» manuscrito con las
armas de Castilla y tasado en 35
ducados.
Una encuadernación de las armas de
Castilla. He ahí una de las claves para
entender la colección de libros de
Isabel. Los libros, como si fueran parte
integrante del destino de las dos
monarquías, iban y venían. En efecto,
ese librillo manuscrito pudo haberlo
sacado de Castilla su madre, María,
cuando fue a casarse con Manuel el
Afortunado. Luego, su hija, cuando
volvía a España para casarse con Carlos
I, lo traía de vuelta.
Permíteme una cortísima digresión:
el mismo vaivén que afectó a ese libro
con las armas de Castilla pasó con otro,
el conocido como Libro de Horas de la
emperatriz que se conserva en la Real
Biblioteca de El Escorial. En realidad,
según Sánchez Molero, se trataría del
Officium Breviarii in Nativitate Domini
Nostri Iesuchristi, que lo había
encargado confeccionar la abuela Isabel
la Católica. Ella anotó al final de esta
obra sobre la Natividad las fechas de
los nacimientos de sus hijos. María hizo
lo propio. Isabel vino con el códice a
España, pero no anotó nada. Sin
embargo, su hija Juana, al recibirlo en
herencia, mandó que se registraran los
nacimientos de Carlos e Isabel, y de
Felipe, María y ella misma. A su muerte,
lo adquirió Felipe II y mandó apuntar
los natalicios de Isabel Clara Eugenia y
de Catalina Micalea, de Ana de Austria
y de Felipe [III] y sus hermanos, y este
hizo lo propio, hasta 1611, en que se
rompió la secular tradición.
El segundo de los inventarios que se
hicieron de cosas de Isabel y que
incluye libros es de 1530. Por más que
elucubremos, no sabemos por qué se
hizo. Puestos a decir cosas sin
fundamento, podría aseverar que se trata
de una primera relación de libros
necesaria para la escuela palatina que
Isabel pone en marcha en 1530, a
imitación de la que hubo con la corte de
los Reyes Católicos y tan admirada por
los humanistas italiano-hispánicos. De
nuevo, más que un inventario, se trata de
una breve relación de diecinueve libros
y un escritorio que imita un libro. Son
libros de poco valor, así como una
pareja metidos en una bolsa de tafetán,
manuscrito el uno e impreso el otro y
tasados «ambos a dos» (y no
«amasados», como he leído en no sé
dónde) en medio ducado; otro en 112
maravedíes, varios en 68, 34 y 136
maravedíes… Por otro lado, las
encuadernaciones no llaman la atención:
«cuero negro», «cuero leonado», «cuero
colorado», «cuero bayo». Podríamos
ver, en buena medida, en esta veintena
corta de libros, algunos para uso
didáctico. Se encuentra en esta lista el
mansucrito del primer maestro Bernabé
de Busto, Introducción de príncipe
cristiano, al que «no se pone precio por
ser el libro que es». Más tarde, este
Busto escribió un Arte para aprender a
leer y escribir, así como unas
Introducciones gramáticas (en 1532 y
1533 respectivamente), textos todos
ellos preparados para la correcta
educación de Felipe de Austria.
Pero, sorprendentemente, está en
esta memoria de 1530 un Inquiridión o
manual del caballero cristiano, del que
no se dice el autor, porque ya había
empezado la polémica persecutoria:
Erasmo de Rotterdam. Un tercero de
carácter educativo es aquel de Guevara
(tampoco se cita al autor), de Marco
Aurelio (este de fray Antonio de
Guevara, que se cerraba con su famoso
Reloj de príncipes). Y, en fin, con cierto
sentido admonitorio, Remedio de
jugadores (de Pedro de Covarrubias),
porque en palacio se jugaba. Había que
pasar las largas tardes de invierno
entretenidas. Los demás son libros de
oración, o lecturas religiosas, así el
Breviario de la Concepción, las Oras
de Nuestra Señora, Oficio de Semana
Santa, Meditación de la Pasión,
Salterio dominico, Penitencias de
amor, Meditaciones de los cantos, un
manuscrito que empieza —¡con mucha
originalidad!— «En el nombre de
Jesús», un misal romano, un Evangelio
de San Juan (¡como la abuela, que tanto
estimaba a San Juan!) y otros sin título,
ni más identificación que el cuero de la
encuadernación.
Libros, pues, en esta memoria de
1530, pocos y de escaso valor
económico. Por decir algo a favor de
que esos libros tuvieran algún interés,
diría que todos son textos educacionales
y de oración, es decir, todos textos
socializadores.
En tercer lugar, en 1539 se levantó
otro inventario de los bienes ante la
inminencia de la subasta de los bienes
de la difunta. Es obvio que se hacía por
cuestiones económicas. El guardarropas
real Pedro de Santa Cruz sabía bien lo
que hacía, así que la relación de ochenta
y cuatro libros que pasa a los
testamentarios la divide en dos: «Libros
guarnecidos de oro y plata» y «Libros
que no tienen oro ni plata», como se
venía haciendo desde 1526. Esa era la
clasificación de la biblioteca de la
emperatriz que les interesaba a ellos
mismos.
Los libros guarnecidos en oro y
plata eran cuarenta y cinco. Los demás,
treinta y nueve. En ninguno se cita ni la
autoría, ni los títulos de los libros. En
todo caso, alguna vez, que son libros
sobre el rosario, o San Francisco, o que
empiezan con tales palabras. Aunque tan
parcas informaciones, sí que nos
permiten concluir que la mayor parte de
los libros plagados de alhajas y preseas
eran de oración e, insisto, obras de arte
sin más paliativos. Comparables en las
emociones o las sensaciones que se
tuvieran al rezar con ellos en las manos,
como las que se pudieran tener ante la
talla de un Cristo muerto. Isabel,
creyente, si padecía la rabia por la
Pasión, o sufría la muerte de Cristo,
podía expresar de las mil maneras que
lo hace un ser humano esas emociones
ante el objeto que sujetaba o que le
leían: pasar la mano por la hoja
iluminada, rozar el libro, besarlo en
señal de respeto. Por lo tanto, el libro,
no por el hecho de ser un libro, era un
libro: eran, por ejemplo, oratorios con
páginas de pergamino ricamente
iluminadas y muy cuidada caligrafía.
No solo la clasificación nos advierte
que son joyas (como lo era una talla, o
un retablo, o un oratorio, o un crucifijo),
sino que encima eran esmeradas obras
de arte, con elementos en sobrerrelieve
que hacían dificultoso guardarlos de
corrido en una estantería:
Un libro, las tablas y arraiz y manos
todo de oro, que tiene de la una parte de
fuera a nuestra Señora de la Concepción
de bulto y con dos columnas y dos
rastros como dos serafines encima de
las dichas columnas, y de la otra parte
de fuera, un Ecce Homo de bulto con
otras dos colunas y todo esmaltado en
blanco y negro y gris…
Por otra parte, muchos de estos
libros, por supuesto, tenían significado
político: la combinación de blancos y
negros es un recuerdo a los colores de
Portugal; otros ejemplares vestían en sus
encuadernaciones la «divisa de las
flechas» y del yugo (¡que no son de
Franco!), o directamente las armas de
Castilla.
En cuarto lugar, ante semejante
despliegue cualitativo, el precio de estas
obras de arte era muy elevado, en
función del esmero de las filigranas que
realzaban las lecturas del interior:
Un libro de pergamino y mano
[manuscrito] con una mano de oro en
que está el ofrecimiento de los tres
Reyes Magos, esmaltado de trasflor y
dos escudetes esmaltados de blanco y
negro y rusicler. Tiene un registro de oro
retorcido, esmaltado de blanco y
rusicler. Tasado en ciento ochenta y dos
ducados (68.250 maravedíes).
Por la misma razón, si el libro era
de poco aprecio, por ser impreso en vez
de iluminado y en papel en vez de en
pergamino, la descripción es más
rápida: «Un libro de papel y molde
encuadernado en cuero negro con dos
manecicas con sus escudetes de plata,
tasado en seis reales» (204 maravedíes).
Hay un libro que alcanza los 700
ducados. Muchos más, manuscritos o
impresos, que no llegan a los 20
ducados. De otros no podemos saber su
tasación completa porque solo se
entretienen en mencionar lo que pesa el
oro, o los rubíes, o las tallas de las
encuadernaciones y no el conjunto. Solo
una vez he visto que se valore en un
libro la encuadernación por un lado, «la
plata en treinta y cinco ducados y la
hechura della en ducado y medio» y «la
letra e iluminación en ciento y cuarenta
ducados».
Con respecto a los libros que no
eran joyas, digo, que no tenían oro ni
plata en las encuadernaciones, poco más
se puede decir. Tal vez resaltar el hecho
de que únicamente hay cinco que no son
libros de religión, pero de ello ya he
hablado más arriba.
La cuarta relación de los libros de la
emperatriz es la que se levantó conforme
iba desarrollándose la almoneda de
Madrid de 1539. Ya hablamos de ello en
su lugar.
La quinta relación de los libros es
de 1551, cuando se pone punto y final a
toda la inspección y registro de bienes
de la emperatriz para pasar los bienes
que fueran de sus herederos a ellos, a
Felipe, María y Juana. De ello también
hemos hablado en su lugar.
Lo que se trajo Isabel de Portugal y
lo que siguió alimentando en España
fueron las lecturas de devoción. Queda
claro en este inventario, que sirvió de
base para guiarse en la almoneda de sus
bienes.
Era mujer de su tiempo: formada
para ser esposa, madre y ferviente
marianista. Nada hay que nos haga
pensar en algo original, picante o
escabroso. Abominaba de los luteranos
que tanto mal habían hecho a la religión
y a su esposo. Era católica, como había
que ser. Creía en Dios, rezaba el rosario
y es probable que diera todas las noches
gracias al Creador por haberle dado un
día más de vida. Nada heterodoxo.
A petición de ella misma, los papas
Pío IV, Pío V y Gregorio XIII
concedieron, por la intermediación del
general de los jesuitas, el padre Laynez,
una decena de indulgencias a quienes
poseyeran y rezaran a las cuentas que
había bendecido el primero de los
sumos pontífices.
Si se comparara esta biblioteca real
con la de la abuela, la otra Isabel,
aquella inquieta más, porque sus
contenidos son más ricos. Esta es la
biblioteca de una mujer recatada,
creyente y cumplidora con sus
obligaciones, al precio que fueran, como
Cristo, el Hijo de Dios, con las suyas.
Hasta la muerte.
¿Dónde había quedado el humanismo
introducido por la abuela Isabel en
Castilla? ¿No le llegaron los ecos de las
novedades que impulsaba su hermano
Juan III en Portugal? ¿No se le pegó
nada de lo que ocurría en España, ni aun
a pesar de sus viajes por toda la
Península?
Como colofón a este apartado, traigo
a colación que Elías Tormo en 1916 y
Anna Mutanda han realizado un
meticuloso exordio sobre uno de los
libros de Isabel. Mutanda, al hallar el ex
libris de la emperatriz en la Genealogía
de los reyes de España de Alonso de
Cartagena, ha seguido la historia del
manuscrito y ha analizado sus
contenidos destacando la vertiente
política que tiene, sobre todo en el
entronque de la Casa de Austria con los
pobladores no musulmanes. Para una
reflexión más serena y profunda, remito
a la lectora a ese estudio. Pero lo que
me llamó la atención, y por eso le
dedico estas líneas, es que en aquel
«libro grande encuadernado en cuero
negro con dos manos y cuatro escudetes
de plata lisos que es de pergamino y está
en él el nacimiento de los reyes» y que
se tasó la plata en 24 reales y la
iluminación en 35 ducados, resulta que
la encuadernación actual es moderna.
Alguien se ha quedado por el camino la
«joya» del libro. Sin embargo, sus
contenidos procastellanos y progóticos
de las líneas culturales y políticas
legítimas de España pasaron a la
biblioteca de doña Juana y, no se sabe
bien cómo, a El Escorial y finalmente a
la Nacional de Madrid.
PARA ¿ENVIDIA? DE UNA
LECTORA DE HOY: LA
EMPERATRIZ SENTADA A LA
MESA
La emperatriz no comía en la encimera
de la cocina. Tampoco de cualquier
manera. Ningún rey, aristócrata o
persona que se preciara lo haría. Comer
era un acto simbólico y social. Uno de
los más intensos de la vida diaria.
La emperatriz podía comer sola,
pero no sola… del todo. Iban a por su
manjar dos porteros de sala con mazas,
acompañados de los mozos de cámara,
que eran los que recogerían el alimento
y se lo llevaban a la mesa. Ni el
mayordomo mayor ni el veedor iban a la
cocina. A veces estaban presentes en la
sala donde la emperatriz comía, donde
ellos quisieran, o en un rincón hasta que
ella acabara. Estar presente mientras la
emperatriz comía era un privilegio
reservado a tan solo estos pocos.
Alrededor de la mesa, tres damas de
rodillas servían a la emperatriz. Una
hacía de trinchante y las otras dos para
poner y quitar los platos, que retiraban
los mismos mozos de cámara que se los
pasaban al repostero de plata. La copa
de plata en la que bebía estaba junto a la
mesa y era escanciada por el guarda
agua.
La fruta, que comía en el postre, era
traída en plato por el despensero mayor
y a veces iba custodiada delante por el
veedor.
En los días señalados, abría la
procesión de platos el mayordomo
mayor con su caña, seguido de un
maestresala, que estaba siempre
sirviendo con los ballesteros de maza.
Los pajes que le traían el manjar eran
hijos de señores y caballeros. En esos
días solemnes, las fuentes o la copa las
servían o los grandes o caballeros
principales, y la toalla para limpiarse se
la daba el mayordomo mayor.
Por el contrario, si la emperatriz
quisiera comer retraída, le llevaban el
manjar hasta la puerta de la cámara, lo
dejaban en una mesa apartada y allí lo
recogían y servían las mujeres.
Por otro lado, había doce platos
para comer o cenar. Esto es lo que se
preparaba para la alimentación
ordinaria de la emperatriz: para comer,
tres gallinas (dos asadas y una cocida),
un pastel de tres libras de carne, diez
libras de carne para cocido, otras cuatro
libras para potaje, dos gallinas más para
prepararlas como manjar blanco; así
como dos perdices, tres palominos, dos
pollos y medio cabrito. Para cenar, dos
gallinas asadas, otro pastel de tres
libras, caza y lomos de carne de a tres
libras cada uno. El pescado variaba
según la estación o localidad en la que
se estuviera. La fruta, siempre de
temporada.
Las sobras de lo preparado para la
emperatriz se repartían entre sus criadas
y servidores.
A casi medio centenar de mujeres al
servicio de la reina se les daba carne en
abundancia, medias gallinas al día por
persona, a veces arroz para potaje. Si
era día de pescado, uno por cabeza y
ración; la fruta, también de temporada y
dos piezas si por su calidad se lo
merecían, porque a algunas no les
correspondía fruta. A todas, pan, que
solía ser en rebanadas y para potajes,
para mojar o para hacer sopones,
imagino.
Todo lo cual se entregaba al
despensero, que lo distribuía entre
cocineros.
Además, se cocinaba o entregaba
arroz, azúcar, aceite, vinagre, miel,
manteca, harina, especias, leña,
almendras, legumbres, cera…
Así, entre proteínas, hidratos de
carbono y demás, transcurría su vida
alimentaria. Es sabido que las
salchichas las introdujo Isabel desde
Portugal y que volvían loco al
emperador, que, triste, las comió aun en
Yuste, imagino que compungido por
recordar a su esposa entre bocado y
bocado y jarra de cerveza helada y jarra
de cerveza helada.
PARA REFLEXIÓN DE UNA
LECTORA DE HOY: LOS PARTOS
DE LA REINA
El primer parto fue el de Felipe (21 de
mayo de 1527), al que hemos dedicado
ya atención en su lugar.
El 24 de junio de 1528 dio a luz a su
segundo hijo. En este caso, una niña,
María. El parto sorprendió a Carlos en
Monzón. A los tres días del
alumbramiento el cardenal Fonseca
decía al emperador que había sido
«bienaventurado», que estaban bien la
madre y la hija, y que esta en especial,
«la señora infantita está muy linda,
guárdela Dios». En términos muy
parecidos se expresaba Tavera unos días
más tarde: «Hallará su hija cristiana y la
más linda criatura que se ha visto de su
edad».
En la primavera de 1529, justo antes
de irse Carlos V camino de Italia, su
esposa ha quedado embarazada. De
hecho, en una de las primeras cartas que
tenemos de los esposos, (Mazarío, II)
escrita desde Toledo el 2 de abril de
1529, Isabel dice a Carlos que es
consciente de que por otra epístola que
le mandó con Sistayn, en la que iba
incluido un informe redactado por los
médicos, «sabrá vuestra majestad mi
indisposición». Para curarse, le cuenta
al esposo con todo detalle «ayer me
purgué», y fue bien la purga, porque la
cuarta terciana (fiebres cíclicas que
decían sufrir de tres en tres fases o de
cuatro en cuatro a lo largo del día), «la
calentura fue pequeña, que no me duró
tres horas, y al cabo me vino un sudor
muy grande». Ahora mismo, mientras
escribía, esperaba el siguiente acceso de
fiebres, pero con esperanza: «Espero en
Nuestro Señor que a la otra [la cuartana
que faltaba por ese día] no me vendrá
nada, porque me hallo en buena
disposición». Enternecedor, desde
luego, el motivo por el que escribe la
nota: «Porque vuestra majestad esté sin
pena de mi mal, acordé de enviar este
correo para hacerle saber el estado en
que está». Lo cierra de su puño y letra,
en portugués, el idioma de las
confidencias de la pareja, o de los
susurros de ella, le deja una posdata en
que le cuenta que la ha hecho de su
mano. Unos meses más tarde, los
médicos Alfaro y Villalobos escriben
desde Madrid a Carlos V (CDdeCV,
XLVIII, 22 de noviembre de 1529). Se
trata del informe sobre el parto de
Isabel, sobre el alumbramiento del
infante Fernando:
A veinte y uno del presente a la una
después de la medianoche, comenzó a
sentir la emperatriz los dolores del parto
que venían no muy espesos ni grandes y
entonces vino aquella agua que suele
preceder a los buenos partos. Estos
dolores procedieron así remisos hasta
las siete de la mañana y en esta hora se
comenzaron a esforzar y menudear y
luego sintió la comadre que el parto
estaba en las manos y que la criatura
venía bien encaminada sin estropiezos
[estropicios, desgarros] ni dificultades
como suele haber en otros partos. Su
majestad parió al punto de las ocho y
purgó muy bien todo lo necesario y
quedó, a Dios gracias, tan buena como si
fuera otra la que había parido.
Nació un infante grande y gordo y
hermoso, con una voz tan formada y unos
ojos tan abiertos como si fuese de tres
meses nacido.
Dios sea loado por tanta alegría y
consolación como a todos nos ha dado.
A Su santa clemencia suplicamos que
guarde a vuestra majestad sobre todo y
que siempre vayan de bien en mejor tan
grandes mercedes como nos hace.
De Madrid, XXII de noviembre, a
las once horas del día.
Más no se podía pedir. Aunque el
parto hubiera sido algo largo, de siete
horas dicen ahora, no había habido
ninguna complicación y el crío había
nacido hermoso y sano. Por lo demás,
era otro varón, con lo que la línea
sucesoria estaba más que asegurada.
En Bolonia, hacia el 11 de
diciembre de 1529, fecha de una carta
(CDdeCV, L) al conde de Miranda
pidiéndole que le mande caballos,
«después de escrito me llegó la nueva
del alumbramiento de la emperatriz».
Para darle a la esposa los parabienes,
como era costumbre, he «enviado a
visitarla a don Pedro de Córdoba».
También se recibió con alegría la
noticia en Bruselas. El 15 de diciembre
de 1529 (CDdeCV, LI), la tía Margarita,
gobernadora de los Países Bajos, se
expresaba así ante su sobrina:
Señora, yo he sabido cómo ha
placido a Dios de os dar un lindo hijo a
los XXII de noviembre y que vos y que
vuestro fruto estáis en buena
disposición, de lo cual yo doy muchas
gracias a Nuestro Señor, que ha hecho
esta gracia al emperador y a vos.
Y sigue la carta con una sinceridad
que rompe los discretos usos cortesanos,
tan librescos:
Según lo que prometió su majestad
yo tengo esperanza que este será mi hijo
y caña [hogaño entendemos mejor
«báculo»] para mi vejez que me vendrá
a consolar de la pena que yo tengo cada
día. Así os ruego, señora, que no me
queráis contradecir y yo solicitaré tanto
más a su majestad cuando le viere, que
os vaya a ver para que comience otro
[hijo] que gracias a Dios él no ha
menester otra cosa sino hijos para
poseer los grandes reinos y tierras que
Dios le ha dado.
Se cerraba la carta anterior
solicitando ciertos favores cortesanos
(que se continúan en CDdeCV, LXI) y,
sobre todo, felicitando a Isabel por el
trato que daba a los hijos de Francisco I
de Francia: «Tales mancebos príncipes
sin culpa no han de pagar las penas de
las enemistades de sus padres…».
En cualquier caso, la epístola de
Margarita es muy interesante. Como
triste la vida de la pobre viuda del
príncipe don Juan, el hijo de Isabel y
Fernando que murió en Salamanca en
plena luna de miel. Ella, como Felipe I
(vulgo, el Hermoso), eran hijos de
Maximiliano I y de María de Borgoña, y
en 1499 se concertaron las famosísimas
dobles bodas entre Juan y Margarita y
Juana y Felipe, de tan dramáticos
resultados como sabemos, aunque por
esos enlaces entró a reinar en España la
Casa de Austria. La triste Margarita,
viuda embarazada, que abortó por tanta
desdicha, se retiró a Flandes en donde
fue gobernadora a las órdenes de su
sobrino Carlos. En la carta, decía antes,
deja traslucir varias «anomalías». La
primera, la sinceridad, la calidez del
texto. Hoy un texto cálido sería, si
escrito por una princesa del pueblo,
chabacano, vulgar. Soez creo que se
dice en español. El escrito de Margarita
es tan cálido cuanto respetuoso. Pero es
muy claro. Transmite verdadera
felicidad por el acontecimiento.
Expresa, igualmente, el cosmos de las
ideas de aquellos creyentes. Dios ha
tenido a bien mandar un hijo. Si se
perdiera, como sus designios son
inescrutables, habría que tener paciencia
aquí y esperanza porque el alma estará
en el limbo. Por otro lado, se abre para
confesar su drama y espera esa suerte de
adopción política del infante, «mi hijo»,
para hacerlo acaso gobernador de
Flandes. Se abre para confesar su estado
depresivo o melancólico, al menos en
relación con la frustración de no haber
sido madre: hijo, caña, vejez, consuelo,
pena. ¡No se puede decir
espontáneamente en una frase más del
ánimo de un ser humano, de una mujer,
ante el futuro, producto del impío
pasado! Se abre cuando le pide, en
relación de inferioridad y suplicante,
pero consciente del sacrificio que le
solicita, «no me queráis contradecir»
(en otro orden social habría usado el
verbo «osar»), a cambio de lo cual ella
instará a Carlos V a que vuelva a
España para yacer con su esposa y
procrear más y más, porque esa es su
obligación. ¿Quién, si no una mujer que
se siente arropada por la fuerza moral
de la edad y del sufrimiento, se iba a
atrever a pedir a su sobrina que le
mandara su hijo y que a cambio de ello
intentaría lograr que su sobrino volviera
al lecho conyugal?
Sin embargo, la Parca era
implacable con hijos de reyes, o con
hijos de la tierra. Este infante murió un
tiempo después, dice Mazarío, que el 13
de julio de 1530. De las dos noticias, de
la del alumbramiento y de la muerte, se
enteró Carlos V en Bolonia y
Augsburgo, respectivamente. Vivió poco
el infante. El cronista Pedro Girón
describió así el fatal desenlace:
Este año [1530], a principio de él,
estuvo la emperatriz en la villa de
Madrid y estando allí dio al infante don
Fernando una enfermedad que llaman las
mujeres alferecía, que son unos
temblores y desmayos que acaban los
niños en poco tiempo, y ansí hizo a este
infante, que no duró un día natural.
Sintió la emperatriz mucho su muerte
como madre, aunque como sabia la
disimuló, y mandó que no se hiciese
sentimiento alguno por él y salió a
comer como solía.
Como he dicho antes, Carlos V se
enteró de la noticia en Augsburgo y
desde allí mandó las condolencias:
El fallecimiento del infante nuestro
hijo habemos sentido, como era razón,
pero pues Nuestro Señor, que nos lo dio,
lo quiso para sí, debemos conformarnos
con Su voluntad y darle gracias y
suplicarle que guarde lo que queda, y así
os ruego a vos, señora, muy
afectuosamente que lo hagáis y olvidéis
y quitéis de vos todo dolor y pena,
consolándoos con la prudencia y ánimo
que a tal persona conviene (CDdeCV,
LXXXIV, Augsburgo, 31 de julio de
1530).
Al margen de estas cosas, el
corrosivo y opaco médico imperial,
Villalobos, en cierta carta al duque
Manrique de Lara (10 de febrero de
1530) da pistas para que podamos intuir
que Isabel se ha restablecido:
¿Por qué razón la emperatriz y la
marquesa Lombay están gordas, y todas
las damas han enflaquecido? Porque las
unas hubieron muy buen verde y las
otras oliéronlo y no se lo dieron.
El sentido verdadero de la metáfora
se me escapa. Nada tiene que ver con
alusiones fálicas ni carnales, porque
Carlos V se había marchado de España
el 1 de agosto de 1529, había tenido un
hijo el 21 de octubre de 1529 y no
volvería hasta el 21 de abril de 1533.
Dicho sea de paso, cuando el conde
de Miranda escribe al emperador en
junio de 1530 para agradecerle el
nombramiento de su hijo como obispo
de Tarragona, empieza la carta con aquel
necesario, alentador y tranquilizador
párrafo que tanto quería decir: «La
emperatriz y los señores príncipe e
infantes están con salud, a Dios Nuestro
Señor gracias».
De nuevo Villalobos escribe otra
carta sin data, pero en la que anuncia la
felicidad de la emperatriz por la vuelta
del emperador: «Creo yo que entre las
casadas que tienen allá sus maridos [en
la corte imperial] habrá para el verano
gran tresquila de ganado».
La vuelta de Carlos V no le sentó, al
principio, muy bien a la esposa.
Recordemos que enfermó
gravísimamente en Martorell. Luego, aun
sin sanar del todo, se encaminó con los
hijos a Monzón, pero, según nos informa
el doctor Villalobos, no les dejaron
entrar en la ciudad de las Cortes por
«temor de las viruelas que allí
perseveran», así que los dos niños se
aposentaron a dos leguas de Monzón y el
médico con ellos. Él se lamentaba con
cierta ironía de Felipe y del príncipe de
Piamonte, porque debían de ser bastante
inquietos. Fue a visitarlos Isabel, y el
médico escribe: «La emperatriz vino
aquí anoche a visitar estos hijos que
Dios le dio y que Dios guarde y, cierto,
su majestad nunca en su vida estuvo
tan gentil dama como el día de hoy.
Dios la dé salud. Vinieron con ella todas
las damas…», etc.
La visita fue con bien y todos
disfrutaron de ella. «Su majestad se ha
holgado con sus hijos como lo manda la
razón», pero solo iba a estar allí un par
de días, se volvía por la noche a
Monzón, porque «habet aliam legem in
membris suis repugnantem». De hecho,
en uno de estos desplazamientos cortos,
le comentó la camarera de la emperatriz
que estaba preocupada «pensando que la
cópula sería causa de recaída».
Así era Francisco de Villalobos, el
doctor hijo de conversos del emperador,
aquel que «escribo burlas de veras/
padezco veras burlando…», tan
corrosivo como Francesillo de Zúñiga.
A primeros de diciembre de 1533,
en las Cortes de Monzón, se rumoreaba
sobre el embarazo de Isabel. En
Valladolid y a 28 de junio de 1534 dio a
luz un feto muerto. Se discutió la causa
del alumbramiento tan nefasto: que fuera
engendrado durante la grave dolencia de
la madre de 1533 en Cataluña; o tal vez
el miedo a la peste que pudo tener en
Valladolid en la primavera o, por
último, una infortunada caída. El esposo
acudió presuroso a Valladolid, en donde
entró «sin que nadie lo supiese». En
cualquier caso, su reacción fue fría: «Su
majestad tomó lo del parto de la
emperatriz como príncipe y como
cristiano».
En diciembre de 1534 doña
Estefanía de Requessens volvía a dar
noticias de la emperatriz: había
adelgazado a causa de un nuevo
preñado. Este nuevo embarazo es
complicadísimo. Al parecer, enflaquece
mucho. Así es, porque doña Estefanía
vuelve, a finales de febrero de 1535, a
hacer alusión a ello, y que aunque van a
Barcelona todas las personas que uno se
pueda imaginar, la emperatriz no, y que
Isabel es «la mayor piedad del mundo»,
metáfora que no sé si quiere decir que
estaba ausente de todo. De hecho, a los
ojos de la esposa de Juan de Zúñiga, la
partida del emperador había dejado todo
en completa soledad y ella «está cual
Dios se apiade». Corría el mes de marzo
de 1535. A mediados de mes parecía
determinado que fuera a parir a Toledo,
idea que se desestimó en dos semanas,
porque aunque donde posaba, en el
alcázar de Madrid, no era lo mejor, peor
era hacer mudanza en el estado en que se
encontraba. Por fin, a finales de mayo,
cuando ha entrado en el octavo mes, le
han empezado algunos dolores que han
coincidido con el alumbramiento de la
marquesa de Lombay. Así que no es de
extrañar que no se haga la entrega del
príncipe. Pero como iba a cambiar de
casa a principios de junio, se esperaba
que entonces «sacará al príncipe del
poder de las damas, lo cual está muy
bien». Así fue en la primera semana de
junio, coincidiendo con su mudanza a la
casa del tesorero, Alonso Gutiérrez,
base del convento de las Descalzas.
Al fin salió de cuentas. Llevaba diez
días de retraso cuando empezó a sentir
dolores, hacia el 19 de junio de 1535.
Isabel había advertido a Carlos V que le
seguiría informando «con la nueva de mi
parto», o con la salud del príncipe y la
infanta, que el niño enclenque había
vuelto a tener una indisposición. Por fin,
alumbró. Se trató de una niña, Juana.
Fue el 24 de junio de 1535 al mediodía.
Fue un «buen alumbramiento», tal y
como le llegaron las noticias al duque
de Nájera, aunque no podía desplazarse
a la corte por sus dolencias, que le
imploraba el perdón a la reina por no
poderla ir a felicitar, aunque se ponía
totalmente a su servicio.
El marqués de Denia, tan pronto
supo que Isabel había alumbrado y que
iban a ponerle por nombre Juana, se lo
dijo a la reina Juana en Tordesillas. Ella
se alegró. Y Denia, el sensato y heroico
Denia, hacía votos para que se
estrechasen los lazos entre Isabel y su
suegra, porque eso redundaría en la
mejora de salud de Juana. De la de ella
y de la de Carlos V «no solo depende el
bien de sus reinos, mas de toda la
cristiandad», y así:
Vuestra majestad tiene gran razón de
querer mucho a su alteza y desearla
servir, porque su alteza ama
verdaderamente a vuestra majestad y
con toda su enfermedad no deja de tener
el cuidado de madre y así me pregunta
siempre si sé nuevas del emperador…
Luego, cuando murió el marqués en
febrero de 1536, Carlos V lo sintió
mucho. Aprovechando que quedaban en
Tordesillas la viuda y el hijo, don Luis,
ordenó a Isabel que «por ahora», ellos
quedaran al frente de los destinos de la
reina Juana. El «por ahora» sería
multigeneracional. En cualquier caso, en
aquel 5 de marzo de 1536, Carlos V
preguntaba a su esposa por la persona
idónea para reemplazar al marqués
fallecido. No hubo quien quisiera
sustituirle (CDdeCV, CXCV).
Don Juan de Zúñiga también
comunica a Carlos V el parto de Juana:
«Ayer, víspera del señor San Juan
Bautista, plugo a Nuestro Señor de
alumbrar a su majestad, como por sus
carta verá, de una hija». Por fortuna, ella
y la criatura estaban bien, continúa con
su relato, y Felipe «dice que su hermana
es muy bonica». El conde de Miranda le
comentaba al césar que ya que el parto
se lo contaría su esposa, él no tenía nada
que decir, salvo que «hoy [30 de junio
de 1535] se ha puesto este nombre [de
Juana]» por el arzobispo de Toledo.
Aquella niña nacida en Madrid fue
Juana de Austria, reina de Portugal,
madre de don Sebastián, gobernadora de
España, mujer también antipática —por
más que me quieran hacer creer otra
cosa—, capaz de abandonar a su hijo en
Lisboa por venir a cumplir las órdenes
de su hermano Felipe al otro lado de la
raya. Que me digan lo que quiera, que
por sus obligaciones fue capaz de
abandonar a su hijo. Como Leonor.
Desde luego, dejarlos en prenda tiene su
aquel. Entre otras cosas, las agallas de
dejarlos. En este momento me viene al
recuerdo la vida de Catalina, la
maltratada Catalina, la esposa de
Enrique VIII, que se quedó en «su»
Inglaterra pagando un elevadísimo coste
personal. Incluso inimaginable. Reposa
aún en Peterborough. Ella no abandonó
nada. Permaneció arrostrando sus
obligaciones.
Durante el verano Zúñiga veía a la
emperatriz feliz y engordando.
El príncipe estaba bien de salud. Sin
embargo, a la vuelta del verano se puso
muy mal. Cierto. Entre la algarabía del
parto, la soledad de la muerte del de
Piamonte, Felipe [II] y su salud no
paraban de dar sustos. Como he dicho
antes, avanzado el verano de 1535, el
príncipe cayó enfermo. Al séptimo día
de sus dolencias le había sobrevenido
un sudor «el cual le deseábamos»
(aseveran los médicos Escoriaza y
Villalobos) gracias al que empezó a
mejorar, con ello y con «evacuaciones
que natura hizo y con remedios
medicinales que le fueron hechos». La
enfermedad del verano de 1535 fue
preocupante, desde luego. Hay alusiones
en muchos sitios.
Por orden de prelación, lo primero
es lo que dice la madre al padre. Ella
está en Madrid. Es el día 21 de octubre
de 1535. Él en Mesina. En ese día
confirmaba lo escrito en otro correo de
30 de septiembre de 1535, que «el
ilustrísimo príncipe, nuestro hijo,
quedaba libre de la indisposición que
había tenido». Pero, al día siguiente de
haber salido el correo, «le volvió la
calentura y la tuvo once días y, aunque
no fue tan recia como la de la primera
indisposición, tuvo algunas congojas que
le dieron pena». Ahora, al fin, volvía a
estar bien.
También doña Estefanía lo pasó mal
con lo de la enfermedad del príncipe,
como su marido y los médicos. Las
cuartanas a mediados de septiembre
habían remitido algo, aunque la madre
había autorizado ya a una purga «de
maná» para el día 14 de septiembre, con
la certeza de que si no mejoraba habría
que llamar a otros médicos, como al
doctor Bilbao. No obstante, a los quince
días la mejoría era sensible, decían,
«aunque quedó algo flaco» (cartas de
los médicos y de Zúñiga). Estos
«físicos» escribieron al emperador
comentándole los extremos de la
dolencia. El heredero había perdido el
apetito. Por suerte, en noviembre ya
estaba todo pasado e iba a volver al
estudio, como hemos visto ya. En
octubre otra vez tuvo fiebres, que se le
pasaron.
El príncipe de Piamonte, Luis (hijo
de Carlos III de Saboya y Beatriz de
Avis, hermana de Isabel), sobrinillo de
Isabel y Carlos V, vivía en Madrid.
«Murió como un ángel. La emperatriz lo
ha sentido como vuestra majestad lo
sentirá», decía Zúñiga a Carlos V.
«Murió de dolor de costado que le dio
el domingo antes» y no aguantó ni una
semana, ya que se fue de este mundo el
sábado primero de la Pascua de
Navidad. La emperatriz lo sintió mucho
y toda la corte, porque era un crío que
daba muestras de calidad y de ser mayor
de lo que era. Isabel había escrito el 23
de diciembre de 1535 a Carlos V que
«mi sobrino está malo de dolor de
costado. Hanle sangrado [¿varias?]
veces, parece que está más aliviado».
Quimérico deseo. No fue enterrado en el
momento, porque era costumbre de
Saboya tener los cadáveres expuestos
veinticuatro horas. Se le depositó el 26
de diciembre en San Jerónimo de
Madrid y las honras se le hicieron el
domingo 16 de enero de 1536. Un mes
después se daba casi por zanjado (en lo
público, porque cada cual lo sufriría en
sus sentimientos) el dolor por la muerte
del príncipe de Piamonte.
Pasado el verano de 1535, todos
estaban repuestos: «La emperatriz y sus
hijos tienen la salud que vuestra
majestad desea y el señor príncipe está
mejor que yo nunca le vi, así de carnes
como de color». Y así seguía al mes
siguiente, pero no el adusto Zúñiga, que
estaba sufriendo un ataque de gota
terrible, «muy recia», tanto que no podía
moverse de la cama ni seguir al príncipe
en su desarrollo, lo cual le hacía sufrir
aún más. En cualquier caso, seguían
bien, tanto la emperatriz «sana y gorda
más que vuestra majestad la dejó», y el
príncipe, «muy bueno está al presente de
salud», «está más gordo que ha estado
después que yo le conozco», «ha crecido
razonablemente después que su majestad
se partió». Para enero de 1536, según
parece, estaba mejor que nunca «de
carnes, como de color». Así siguió
mejorando en los meses siguientes. Pero
a finales de abril de 1536 volvió a caer
enfermo, de «modorra», o sea, gripe,
«aunque decía que no le dolía cabeza» y,
además, le aparecieron señales de
viruela, «pero los físicos no
determinaron que lo fueran». El caso es
que la emperatriz, tras consultar con los
tres médicos ordinarios y dos
extraordinarios (Bilbao y Adán), aceptó
que lo sajaran. No fue mal la saja, que
«sintió mucho alivio». Le afloraron las
viruelas y se sintió mejor. La
preocupación por la viruela no era poca:
podía dejar marcas, pero creían que
también estéril. Como no paraban de
salirle viruelas escribían a Carlos V y le
informaban casi al minuto: «A la hora de
ahora, que son las seis de la tarde —
escribía Zúñiga—, no han tocado donde
puedan hacer perjuicio», aunque sí «han
salido por todas partes, así en el rostro,
como en la boca y en la cabeza y en las
narices, en los ojos […], tiene hartas en
la cabeza […]. Dispensará vuestra
majestad para que le trasquilen, de que
no está poco contento». La posdata es
impresionante, porque habla de la gran
preocupación, «cerrada [la carta] a tres
de mayo [1536] a medianoche».
Nuevamente volvió a tener «nueve o
diez cámaras», así como «una calentura
que le comenzó a las dos después de
comer y se le quitó a las seis de la
mañana con unos dos sudores…». A
primeros de septiembre de 1536 otra
infección estomacal de Felipe… Desde
entonces ya no hacía falta escribirse más
cartas entre el emperador y Zúñiga
sobre Isabel o los hijos porque todos
estaban en casa. Carlos V desembarcó
en Palamós el 5 de diciembre de 1536 y
se reencontró con Zúñiga.
Volvieron a escribirse en la siguiente
salida de Carlos V. Así que no es de
extrañar que allá por 1540 escribiera
Zúñiga: «Las mejores nuevas que
podemos decir es que su alteza está muy
bueno y crece en todo…». ¡Tantas
muertes! Y como estamos en 1540 y
viene a coincidir que la salud de Felipe
parece estabilizarse y que Isabel ya ha
dejado de existir, podemos poner punto
a los comentarios de las cartas de
Zúñiga, que a partir de ahora son
riquísimas en las destrezas cinegéticas
del joven.
Volvamos al parto de Juana. A esta
criatura la amamantó una de Mondragón.
Fue bautizada por el cardenal de Toledo
en la casa de Alonso Gutiérrez, en
Madrid, donde había estado aposentado
el rey y luego la reina. Sus padrinos
fueron don Felipe y el príncipe de
Piamonte, y las madrinas, la condesa de
Osorno y la marquesa de Lombay. Lo
tuvo en brazos el condestable de
Castilla, habida cuenta que los padrinos
tenían ocho y once años,
respectivamente. A Isabel ese
alumbramiento le hizo mucho bien y las
nuevas de Túnez, también: un mes
después de haber dado a luz lo
certificaba Zúñiga: «La emperatriz está
muy buena y hale hecho tanto provecho
el alegría, que de XV días acá que vino
la primera nueva de la Goleta se le
parece ya en estar más gorda». Los tres
infantes también habían pasado sin
novedad el verano de 1535.
No obstante lo cual, la esposa de
Zúñiga, Estefanía, escribía a su madre
con otros tintes: «La emperatriz [tiene]
mucha congoja por tardar tanto las
noticias del emperador, y con mucha
razón» (Madrid, 8 de agosto de 1535).
Después todo se enmendó. Y las
grandes noticias de Túnez alegraron a la
familia real.
Al nacer Juana, hubo que comprar de
todo: desde la bacía para lavarle la
cabeza, hasta platos, sábanas y demás
piezas del ajuar del recién nacido.
Afortunadamente, entre tanta plata y
oropeles, se pudo aprovechar algo de lo
que había en la cámara de su alteza, de
la hermana: un par de camas, colchas,
sábanas, colchones, almohadas,
guadameciles, sillas…
A primeros de diciembre de 1535 el
ambiente era casi, casi, desconocido:
«La emperatriz está muy buena y a mi
parecer más gorda y alegre que le he
visto después que vuestra majestad
partió. Lo mismo están sus hijas y el
señor príncipe de mejor color que nunca
le vi». A pesar de todo, unos días
después, la Parca les arrebataba al
príncipe de Piamonte. ¿Es que se creían
que iban a tener dos semanas de
sosiego?
Comoquiera que Carlos V
desembarcó en Palamós en diciembre de
1536, dejó de cartearle don Juan de
Zúñiga. Mas quien mantuvo
correspondencia fue doña Estefanía con
su madre. La emperatriz seguía espera
que te espera, sin noticias del césar.
Pero le habían mandado unos polvos
para limpiarse los dientes, que le habían
gustado.
El carácter de Isabel había
cambiado por completo al
reencontrarse. Aún en enero de 1537 se
hacían albricias porque «sus majestades
y sus hijos están muy buenos», y en
febrero volvía a haber rumores de que
tal vez estaba algo embarazada (y si
solo era algo, sería embarazadita): «La
emperatriz tiene alguna sospecha de
preñada, pero es tan poca que no
quieren que se diga nada». A los pocos
días: «La emperatriz está ya preñada
determinadamente y está muy bien»,
como su esposo e hijos. Así que, aunque
las Cortes fueron en Monzón, tampoco
en esta ocasión estaba ella para muchos
viajes (ya lo hemos visto) y anidó el
dilema: ella no quería separarse del
esposo, pero no podía ir con él. Él no
quería verla entristecer…, pero en mayo
de 1537 no decía ni sí ni no, mientras
que la emperatriz tenía la tripa a la
altura de la garganta («encara que
estiga ab lo ventre a la golea»)…, ¡y
entonces Isabel enfermó! El caso es que
en junio de 1537 se tomó la decisión:
Isabel no iría a las Cortes hasta haber
parido. Carlos V, o la mano que fuera,
anota en sus Memorias: «Pocos días
después su majestad, dejando a la
emperatriz preñada, se fue a
Monzón…».
Por fin el alumbramiento de Juan
tuvo lugar el 20 de junio de 1537. El
parto, decía la de Requessens, había
sido bueno, aunque la emperatriz quedó
muy flaca y con alguna complicación
posterior. Como correspondía a
cualquier partera requería más cuidados
de lo habitual.
La noticia corrió por Castilla. Sin
embargo, algunos se quejaban
melancólicos de no tener datos de
primera mano, como el almirante
Enríquez que, quejumbroso y desde
Guadalupe el 6 de julio de 1537,
«suplico a vuestra majestad mande
hacerme saber cómo le ha ido después
de su alumbramiento que el cuidado que
de ello tengo me hace no descansar sin
saberlo cada hora». Aprovechaba para
ponerse al servicio de la emperatriz.
Y es que ya era la norma, vencidas
todas las reticencias: «La mayor
[merced] que todos podemos recibir
[es] emplearnos en su servicio. Beso los
pies de vuestra majestad», escribía el
duque de Gandía a la emperatriz en
agradecimiento por un nombramiento a
un familiar. En el bautizo fueron los
padrinos los marqueses de Lombay.
María de Duero fue su ama de leche. La
emperatriz mandó en su testamento que
se le dieran 37.500 maravedíes de ayuda
para su vida. Pero Juan murió porque la
Parca merodeaba. «En el ánima me ha
pesado —decía nuestro retórico obispo
de Granada— como a siervo
desaprovechado y malo lo que ha hecho
Nuestro Señor en llevarse el santo fruto
que dio a vuestra majestad al cielo…»,
y continuaba el pésame con giros tales
como «es mucho de sentir la pena y el
dolor» de los padres, o «la fragua de Su
temor [de Dios] y amor en que los mete
y los golpes de Su santo martillo con
que los sube a los quilates de su
perfección», o incluso «el destierro de
este mundo». Hay que ver qué manera de
dar ánimo a la madre que acaba de
perder un hijo. «Vivió pocos días
después de bautizado. Fue enterrado en
el monasterio de San Pablo de
Valladolid», relata Alonso de Santa
Cruz. Aquel alumbramiento le costó
superarlo a la emperatriz, que se
mantuvo en su depresión posparto
durante unos meses. Tengo la impresión
de que cronistas posteriores confunden
partos y criaturas, cosa que no es de
extrañar por la celeridad de las muertes.
El último parto, el del feto muerto,
fue el 27 de abril de 1539, al que ya
hemos dedicado atención en su lugar.
PARA CONSUELO DE UNA
LECTORA DE HOY: LA
QUEBRADIZA SALUD DE ISABEL
Y SU DEPRESIÓN FINAL
Es necesario hacer alguna alusión a la
salud de la emperatriz. Es fama común
que fue quebradiza y cada vez más se
acepta la idea de que con los años fue a
peor. Pero lo que quiero destacar es que
ese empeoramiento no fue fisiológico
solo, sino también psíquico.
No una, sino muchas veces, me he
preguntado sobre qué tendrían en
aquellas cabezas para sobrevivir en
situaciones semejantes. Los esposos se
separan por cuatro años cuando tienen
alrededor de treinta de edad. Se reúnen
año y pico, se vuelven a separar, a
distanciarse, se juntan otros meses y
llega la muerte implacable. Esa es, a fin
de cuentas, la historia conyugal de
Isabel y Carlos.
Que ella disfruta enloquecida, como
él, con la boda, la estancia en Granada y
las semanas siguientes, no hay duda. Que
soporta las primeras salidas de 1528 y
1529, tampoco hay duda. Que va
soportando la ausencia hasta 1533,
parece evidente.
Pero lo que no parece tan sosegado
es el ambiente psíquico alrededor de la
nueva salida, la de la jornada de Túnez
de 1535.
Sobre las espaldas de Isabel ya
recaen los dos alumbramientos de 1527
y 1528 de Felipe y María, así como el
infortunio de Fernando en 1530, o la
niña de 1534, sin que el esposo esté
presente en todos. Acostumbradas a ver
la resignación y la desesperación de la
Mater Dolorosa, podían llevar con su
ejemplo la resignación a la vida diaria.
Porque, por fortuna, su religión es una
religión en la que para lograr hay que
sufrir. Incluso ver morir al propio Hijo
tras inenarrables sufrimientos en una
Pasión terrible urdida por humanos. Hoy
muchos son los que no pueden entender
esa ambivalencia sufrimiento-
resurrección (compensación). A veces
se es tan bestia que se aplaude abortar
antes de «destrozar» la vida de una
adolescente.
Por cierto, fue la propia Isabel la
que mandó que comunicaran a su
hermano el alumbramiento de María. El
embajador en Lisboa, don Lope Hurtado
de Mendoza, le hacía saber a la
emperatriz que «con las buenas nuevas
que vuestra majestad mandó escribir de
su alumbramiento al rey y la reina, han
holgado más de lo que podría decir». El
contento fue de los reyes y de todos, «en
esta corte ha habido gran placer sea
loado Dios por tan gran merced como a
sus vasallos nos ha hecho».
Así que Isabel era una convencida
creyente. Sin dudas ni fisuras en sus
ideas, en su fe. Esta estructura de su
pensamiento es esencial para entenderla.
Pero a la vez que es así, las
andanzas por obligación de su esposo la
cansan. Tal vez creyó que su pasión era
la salida de 1529 - 1533 y que luego
todo sería normal. Pero, de repente, lo
de Barbarroja y Túnez la hunden en un
pozo sin apenas luz.
Isabel cae en una honda depresión.
Esa no era la vida marital que ella
esperaba. La obligación se ha
superpuesto a todo lo demás. ¡No era
eso lo que esperaba!
Y además, a esa desesperanza que
ella lleva calladamente, pero que los
que la rodean se la adivinan en la cara,
en los ojos, se une el miedo. El pavor de
toda mujer de aquel mundo cuando se
aproximaba la hora del parto. Podían
creer en Dios, la Virgen y la Trinidad,
pero todas sabían que se iban a jugar la
vida. Porque muchas veces, a los veinte
años de edad, por ejemplo, habían visto
cómo morían otras, cómo se las había
llevado la muerte, pariendo. O paridos.
Ellos la veían sumida en la
desesperanza. Algunos, por su autoridad
moral, se atrevían a consolarla. Esas
palabras de aliento son las que nos
sirven para entender su mundo. No
nuestras interpretaciones de un pasado
que, acaso, no alcanzamos.
El obispo de Granada toma un buen
día la pluma, el papel, la tinta y los
útiles del escritorio. Quiere mandar dos
ideas a la emperatriz. La una, para
decirle el gozo que siente tras haber
hablado en Zaragoza con ella y haber
salido reconfortado del intercambio de
palabras. Lo otro que le quiere decir es
una síntesis, a mi manera de ver, de la
estructura de pensamiento que tenían. No
voy a hacer ningún comentario, solo
oigámosle:
El Espíritu Santo, que es verdadera
alegría de todos los que ponen sus
corazones en él, dé a vuestra majestad
estas y otras muchas Pascuas tan llenas
de consolación que podamos todos sus
súbditos conocer que la tiene Él llena de
sí y acompañada y contenta en la
ausencia y soledad que tiene del
emperador y rey nuestro señor, porque a
gloria de él, que es señor de señores,
sea notorio y conocido al mundo que nos
lleva tanta ventaja en la magnanimidad y
merecimiento como en el estado. Y
ayudará mucho para este propósito
acordarse vuestra majestad de la
fortaleza varonil que tuvo en casos de
mucho aprieto y fatiga la Reina Católica,
nuestra señora, vuestra abuela de
gloriosa memoria, que dejó a vuestra
majestad su nombre y virtudes grandes
por principal herencia y que el
emperador nuestro señor va a emplear
su tiempo y vida en servicio del que dio
por él la suya y a buscar para entrambos
a dos la corona bienaventurada que ha
de coronar la que tiene ahora.
Al margen de la empalagosa
retórica, queda claro que hay que
aguantarse con lo que nos ha tocado; que
si Isabel I llevó la heroica vida que
llevó fue porque tenía fortaleza varonil
(de lo cual ya escribí en otro lado),
porque si no, no habría podido aguantar
lo que tuvo que pasar como madre y
esposa y, en fin, que una vez más sale en
este libro una referencia a los Reyes
Católicos —y a la abuela Isabel— como
modelos que hay que seguir.
Hay muchos testimonios que
demuestran que desde que se sabe que
Carlos V va a África (hacia febrero de
1535), Isabel entra en depresión, la cual
se agrava en 1538, cuando se anuncia su
nueva salida de Castilla, que es cuando
quedó la emperatriz «molt amarga», en
palabras de Estefanía de Requessens.
Había que buscar consuelo en que esos
viajes eran por el bien de la cristiandad,
pero, como dice doña Estefanía a su
madre, «tiene razón, que pasa una vida
muy triste en su ausencia». En efecto,
«la partida del emperador de Valladolid
sintió mucho la emperatriz, porque
nunca pudo hacer con su majestad que
siquiera se detuviese a estar con ella las
fiestas de las Pascuas, que se venían
cerca, y así todo el tiempo que el
emperador con ella estuvo, nunca hizo
sino llorar…», dice Santa Cruz.
PARA CURIOSIDAD DE TODOS:
LA MIRADA DE ISABEL O EL NO
QUERER QUE HUBIERA MUERTO
Ya se sabe que cuando a una dignidad
imperial o real la pintaban con la mirada
algo absorta, se estaba usando un
metalenguaje pictórico, un símbolo de
poder. La mirada perdida solo la tenían
como muestra de grandeza. Quedan
eliminadas todas las interpretaciones
que hemos hecho hasta ahora de miradas
perdidas equivalentes a anticipos de
ocasos o de indiferencia. No hay autoría
en la mirada perdida: hay
convencionalismo artístico. Al menos,
de momento, es lo que nos explican los
historiadores del arte.
Así que Carlos V, en La batalla de
Mühlberg, no está presintiendo su
ocaso; ni Carlos e Isabel en el retrato en
pareja Tiziano-Rubens son dos
pasmarotes recortados y pegados que ni
se miran, sino que se trata de dos
personalidades llenas de poder…
aunque un reloj les advierta de la
fragilidad de la vida.
A Isabel de Avis la han retratado a
lo largo de su vida varias veces. Pero en
especial tras su muerte. Sabemos bien
cómo era físicamente, porque sus rasgos
son iguales o similares en los cuadros
más importantes, aunque en ellos se
pudieran haber retocado algunas
facciones, aunque algunos sean de
juventud y otros de madurez (o después
de muerta), aunque los artistas sean
diferentes, aunque la realización con
fines distintos y el destino de los
retratos también dispar. Digo que, aun
teniendo en cuenta todo eso, sabemos
cómo era.
Impresionante. Y con la nariz
aguileña.
Su primer retrato es el que está en la
Santa Casa da Misericordia de Oporto.
No se sabe bien cuál de los dos pintores
flamencos, Colin de Coter o Jan van
Orley, es el que retrata hacia 1520 en la
obra Fons vitae a la familia real de
Manuel I y María de Trastámara (reina
de Portugal de 1500 a 1517). Isabel está
junto a su madre. En la otra tabla que se
conserva antes del viaje a España, la
Virgen de la Misericordia (Museo
Nacional de Arte Antiga), Jan Provost la
retrata detrás de Leonor de Austria
(reina de Portugal entre 1519 y 1521;
luego, reina de Francia), su madrastra y
cuñada.
Sabemos de la existencia de otro
retrato, mandado acaso desde Portugal
para que Carlos viera el aspecto de su
futura esposa. Se llaman cuadros de
«presentación». Gracias a esa necesidad
y costumbre de mandar retratos para que
se viera cómo eran las personalidades
sobre las que se estaban negociando
matrimonios están llenos los museos de
Europa de tablas, óleos y camafeos de la
más diversa procedencia.
Desde Portugal llegó un retrato de
Isabel, que lo guardó en su casa
Gattinara. Conocemos su existencia,
entre otras cosas, porque el embajador
Dantisco, al verlo, exclamó sobre la
belleza de la novia. Pero no sabemos
nada más de ese cuadro. Se ha perdido.
Bien podemos imaginar que en cada
entrada real a cada ciudad hubiera algún
retrato imaginativo de Isabel. Está
documentada una figura en uno de los
arcos triunfales de Sevilla. Pero si aún
no habían visto a la reina, ¿cómo la iban
a representar sino de manera abstracta
(como se plantea Redondo Cantera)?
Al mismo tiempo, se le hizo un
relieve de alabastro. Está atribuido a
Jan Mone y datado hacia 1526. Hoy se
conserva en el castillo de Gaasbeek.
Isabel está ofreciendo a Carlos un algo,
que, si no me falla la vista, es evidente
que se trata de una granada abierta y no
de un corazón como de manera tan cursi
se ha dicho por ahí. La granada abierta,
tras la boda de Granada, y llena de
frutos, como múltiples son los territorios
del imperio, como prolija habría de ser
la descendencia entre ambos. No nos
confundamos: si viéramos en el Kunst
Historisches Museum de Viena a un
Maximiliano I con una granada, no
busquemos otra interpretación que la de
la variedad dentro de la unidad.
Hay ciertas dudas sobre la fecha de
ejecución de un cuadro en España que
Isabel mandó a su tía política, Margarita
de Austria (a la sazón gobernadora en
Flandes). El autor fue Vermeyen. Al
parecer, esta quería obsequiar al obispo
de Lieja con un retrato de los
emperadores. No llegó a destino, porque
a Margarita le plació y se lo quedó en su
reconocido gabinete de pinturas. Era un
retrato de medio cuerpo, que Carlos V
recordó durante su vida con agrado y
vio varias veces en Flandes a lo largo
de sus estancias allá. Con tanto agrado
—digo—, que sumido en la melancolía
tras la muerte de Isabel, le pidió a su
hermana María, ahora sucesora en la
gobernación de Flandes, que se lo
mandara a España. Recuerdo la
anécdota: así se hizo, se le mandó. Sin
embargo, cuando el cuadro llegó ante
los ojos de Carlos, le decepcionó.
Entonces se sembró la semilla de la
retratística de Tiziano. Aunque no lo
sabían. En la actualidad hay un retrato
en la colección Merton en Tatcham, que
podría ser ese por este indicio: la figura
femenina lleva un collar en el que se
entrelazan unas con otras varias «ces»
de «Carlos», que son de color blanco y
negro —como los colores de Portugal
—. Pues bien, en el inventario de bienes
de Isabel se registra una gargantilla de
oro esmaltada en blanco y negro con
catorce piezas y cada pieza está hecha
por cuatro «ces» enlazadas, dos blancas
y dos negras.
Parece ser que en ese cuadro de
Vermeyen se inspira Joos van Cleve (si
es que fue el autor) para otro retrato de
1528 que hasta llegar al Museo
Nacional de Arte Antiga de Lisboa ha
pasado de mano en mano (aunque sin
documentación que lo certifique): se ha
soñado con que Leonor se lo llevó a
Francia desde Portugal; otros han
elucubrado con que lo tenía Catalina en
Lisboa; unos terceros dicen que cuando
María de Portugal se casó en 1585 con
Alejandro Farnesio, se lo llevó a Parma.
Es una Isabel desnuda de grandes
atributos, pero llena de humanidad. Me
parece un retrato más cálido que los de
Tizinao.
Este recatado y titubeante ambiente
de retratos de Isabel se transforma de
modo radical desde 1532 en adelante.
La fecha de partida sería la de la
coronación imperial (Bolonia, 1530).
Todo tipo de artistas y menesterosos se
dedican a realizar cuadros, medallas,
bustos, y otras representaciones y
alegorías.
Así queda el rastro de «los dos
pares de cuadros con el césar y doña
Isabel y los tres de retrato doble» que
llegaron a Bruselas, propiedad de
Carlos V.
Igualmente, por Europa circularon
copias del grabado de Jörg Breu el
Viejo en el que aparecen Carlos e
Isabel, Fernando y Ana dando un paseo
en trineo. Se les identifica por sus
símbolos, porque no hay aspiración de
hacer un retrato.
En esta explosión de consolidación
de la grandeza imperial, se irradió la
alegría al manierismo, y en España se
conservan unos cuadros anamórficos en
San Miguel y San Julián de Valladolid.
Por su singularidad, acaso merezcan
unas palabras de atención. Se trata de
dos óleos sobre tabla de 12 × 98
centímetros en que algún artista de
escuela alemana ha realizado estos
retratos secretos, que si se miran de
frente, no se ve nada. Hay que mirarlos
desde una abertura lateral en el marco.
Lo más importante de los cuadros no es
lo anecdótico que tienen, sino el estudio
científico que necesitaron para hacer
semejante deformación óptica, que no le
salió al ingenioso pintor por casualidad.
Además, ha de haber un metalenguaje,
de nuevo, en el que el pintor filosofaría
sobre realidad, ficción, anamorfosis,
deformación de la realidad por la
subjetividad del espectador y, en fin,
rebeldía renacentista. En ningún caso
caricaturas. Azcárate Ristori hizo un
buen estudio sobre los «Retratos
anamórficos de Carlos V y la emperatriz
Isabel» en 1993, en el que los ponía en
relación con otros óleos del momento y
están bien reproducidos en el catálogo
de Carolvs. En España hay otros
cuadros experimentales de este tipo, de
retratos reales, en la sacristía de la
catedral de Palencia y en colección
privada; Carlos V y otros reyes de la
época aparecen en colecciones de
Nueva York y Berlín. Pero en estos
cuatro últimos no aparece Isabel.
También se ha perdido otro retrato
de Isabel, de autor desconocido, pero
que haría pareja con uno de Carlos V,
que conservaba aún en 1556. Se ha
fantaseado, elucubrado, con que este sea
el que hay en Poznan, en su Museo
Nacional. Dicen que tal vez era de
Guillim Scrots (activo entre 1537 - 1553
y pintor de cámara de María de Hungría
entre 1537 - 1545). El caso es que el
cuadro de Scrots hemos podido verlo
hace poco en Madrid en la exposición
del Palacio Real, «Polonia. Tesoros y
colecciones artísticas».
Del mismo autor, o de hechura
similar al de Poznan, era otro cuadro
que a mediados del siglo XX estaba en
la Gavet de París. De ese diseño arranca
un dibujo en Arras, de mano, tal vez, de
Le Boucq, genealogista de Carlos V.
Si del mismo modelo de
representación hay variantes así de
difundidas, cabe la posibilidad de
pensar que ese era, precisamente, el
modelo iconográfico de Isabel.
De 1539 es otro retrato de Vermeyen
en un Juego de cañas, acaso celebrado
en ese año en Toledo, en el que ella
aparece entre su esposo y su hijo, que
son espectadores del divertimento.
Por otro lado, Francisco de Holanda
realizó por entonces un cuadro de la
familia real de Portugal, que se conserva
en Lisboa, en el Museo de Arte Antiga.
Obviamente es una representación
ficticia, en el que aparecen todos
reunidos. Se ha destacado en el retrato
de Isabel la palidez de su rostro.
Salvo alguna luz arrojada en las
representaciones anteriores, lo cierto es
que el momento dorado de la retratística
de Isabel empieza tras su muerte.
De nuevo es Carlos V, el viudo que
sufre su ausencia. Y para soportarla,
busca —como hemos visto— cuadros en
Europa. Pero no le gustan. Entonces,
encarga.
En 1543 ya se sabe que tiene uno
que le agrada, aunque algunos
humanistas, como Aretino, no vieran a la
Isabel representada dentro de los
cánones del retrato cortesano. Se
desconoce quién fue el autor, pero
Falomir apunta a que fueran Seisenegger
o Scrots. Tampoco tenemos ninguna
noticia de este cuadro.
¿Es posible que fuera el de Sánchez
Coello que hoy se ha perdido y que
hasta 1875 perteneció al marqués de
Salamanca y luego a Roblot-Delondre?
Pero por sembrar más confusión, hoy
parece ser que nadie acepta la autoría de
Sánchez Coello en ese retrato perdido…
Sea como fuere, el emperador
encarga a Tiziano una copia de ese
mismo óleo, y el veneciano la concluye
en 1545. Se ha apoyado en el cuadro
anterior y en las indicaciones del
embajador de Carlos V en Venecia,
Diego Hurtado de Mendoza. Isabel está
vestida de negro, tiene unas flores en el
regazo y la corona imperial tras ella. Al
abrir la caja en la que iba embalado, que
encantó a Carlos, se vio que tenía algún
desperfecto, por lo que se le comunicó
que habría que restaurarlo… y que el
triste viudo pedía que le retocaran la
nariz, porque debió dejarla demasiado
real el artista; demasiado aguileña. Así,
se le dio a Tiziano en Augsburgo en
1547 para que lo mejorara. A saber si,
como fue el único resto de su cuerpo
reconocible en Granada, el viudo no
quería saber nada de nariz… El óleo se
destruyó, por desgracia, en el incendio
del palacio de El Pardo de 1604. Pero
sabemos cómo era porque por Europa
circuló un grabado, que en 1651 se
reprodujo en el Theatrum pontificum,
imperatorum, regnum, ducum,
principum, pace et bellum illustrium de
Petrum de Jode.
En 1546 Carlos V encarga una
medalla con la efigie de Isabel a Leone
Leoni. Para hacerla, se basará en el
cuadro anterior de Tiziano.
De 1548 es también el retrato de
Isabel y Carlos, perdido, pero copiado
por Rubens y que en la actualidad está
en la Colección Alba. Este cuadro es tan
famoso por su localización, como por el
inquietante reloj que hay sobre la mesa
entre ambos esposos: ¿representa el
paso del tiempo al estilo de una de las
alegorías de cualquier vanitas? Puede
ser. ¿Es un recuerdo a un Reloj de
príncipes? Puede ser, aunque parece
más rebuscado. ¿Es un guiño a la afición
que por esos aparatos tuvo Carlos V y
que le alimentó tan bien Juanello
Turriano? Podría ser, aunque el
emperador fue un glotón empedernido y
podrían haberle puesto delante una
naturaleza muerta. Teniendo en cuenta la
obsesión a lo largo de su vida por la
muerte en Carlos V, no sería extraño que
Tiziano se hubiera decidido por exhibir
ese signo de su personalidad. Por lo
demás, ¿y si con Photoshop pusiéramos
juntos el retrato de Carlos V sentado de
la Alte Pinakothek de Múnich y el de
Isabel con flores en el regazo, no saldría
este de la pareja con el reloj? Solo
tendríamos que moverle un poco los
ojos a Carlos (¡que nos mira en el de la
Alte Pinakothek!) y ya está.
Justamente en Augsburgo hay certeza
de que es donde se encarga a Tiziano el
soberbio retrato por antonomasia de
Isabel. Una carta escrita por Tiziano a
Granvela nos da la fecha exacta de
finalización del óleo: 1 de noviembre de
1548. En él, que es una obra maestra, se
junta todo. La calidad técnica, el rico
lenguaje simbólico, la altivez de la
representación de Isabel. No me voy a
detener en literaturas sobre qué es lo
que está leyendo, o que si se ha parado a
pensar sobre algo de lo que acaba de
leer. Nada de eso pasa de ser mera
elucubración.
El hecho cierto es que todos
identificamos (y llevamos más de
cuatrocientos cincuenta años
haciéndolo) a Isabel con ese cuadro. A
su persona y su personalidad, quiero
decir. Tiene de todo. Para empezar,
porque le faltan los atributos imperiales,
salvo el estampado de la cortina
posterior… ¡No necesita atributos, todos
sabemos quién es! Su discreción y
honestidad están bien avaladas por el
vestido que le cubre desde el cuello. Su
honorabilidad, está recogida tanto en el
peinado, delicadísimo, como en la
riqueza de las joyas que tiene: los
aretes, collar, broches y demás, que no
difieren en nada de sus propias joyas.
Este último retrato es
contemporáneo a otros de Tiziano en los
que pinta a Leonor Gonzaga, duquesa
de Urbino (Uffizi, Florencia, hacia
1530), y sobre todo el de Giulia
Varano, duquesa de Urbino (Galería
Pitti, Florencia, hacia 1546 - 1547). En
los tres retratos, la mujer aparece
sentada, y el fondo de la ventana permite
ganar en profundidad. El retratarlas
sentadas parece ser un símbolo de la
modestia; el taparles el pecho y tocarles
el pelo, claro está, es por su pureza. De
los tres, el más fascinante es el de
Isabel, con diferencia.
Por cierto, la mirada hacia la lejanía
representa el estado mayestático del
personaje retratado. Nada más. Checa
fue el que más ha insistido en el
virtuosismo de Tiziano, capaz de hacer
retratos de la majestad real sin otros
atributos que el de la «mirada ausente y
ensimismada de los retratados» (Checa,
1994, p. 46).
El cuadro viajó con Carlos V a
Bruselas y Yuste. Luego, Felipe II se lo
dejó a su hermana María para que lo
disfrutara en las Descalzas Reales. Allí
estaba todavía en 1633. Sin embargo, en
1636 se había pasado al alcázar de
Madrid y allí sobrevivió al incendio de
1734. Finalmente pasó al Prado en
1821.
Por echar algo de cal a semejante
obra de arte, recientemente, con ocasión
de la exposición dedicada a Tiziano, los
rayos X muestran que el óleo aprovechó
otro anterior, en el que hay una mujer
subyacente (Tiziano, 2003, p. 106, fig.
77).
El cuadro de las flores y la corona
en el alféizar, el de Isabel y Carlos con
el reloj y el de Isabel altiva conforman,
en el decir de Falomir, «el fascinante
proceso de “recuperación” de la
emperatriz por parte de Carlos a través
de su imagen».
Poco después, Tiziano realiza esa
inmensa composición (por encargo de
Carlos V en 1550), de La Trinidad, o La
gloria, o El Juicio Final, que
actualmente está en el Prado.
¡Llamémosle El Juicio Final, que es
como lo cita en el codicilo Carlos V! En
tres franjas (o en un óvalo, depende
cómo se quiera ver) representa tres
escenas principales. Al pie, los profetas
sobresaliendo sobre todos los demás y
con sus atributos, así Moisés con las
tablas; Noé con el arca; San Juan
Evangelista con el águila y David con el
arpa; en segundo lugar, la familia real
arrodillada contemplando absorta el
Juicio —Carlos V con la corona
imperial a un lado, en el suelo— y un
personaje que se vuelve hacia nosotros,
que dicen es la Virgen intercesora. En el
punto de fuga de todas las perspectivas y
coronando el cuadro, la Trinidad. Los
juegos de azules sobre amarillos sirven
para destacar unos motivos, escenas o
personajes sobre el conjunto. Y ahí está
Isabel, con los brazos recogidos en su
pecho, tras un Carlos V más lanzado
hacia la súplica de la misericordia
divina. Detrás de ellos, está su hijo,
Felipe, ladeado con respecto a los
demás personajes de la escena, sus
padres, sus tías… Este lienzo siempre
me ha fascinado. Por toda la simbología
que tiene, pero también por cómo logra
técnicamente hacer tan livianos los
musculosos cuerpos que parecen
ascender, tanto por el escorzo en el que
los pinta, como porque la apertura de las
nubes y la aparición del cielo los hace
más volátiles.
Se cuenta que Carlos V se llevó este
cuadro a Yuste y que allí lo veía con los
mismos sentimientos que si estuviera
ante el mismísimo Dios Padre. Y, la
verdad, es que no es para menos. No
solo por las dimensiones del cuadro
(casi 3,5 × 2,5 metros), sino por el
discurso simbólico y religioso que
encierra, o el movimiento que alcanzan
sus personajes. Tan recogido
espiritualmente se encontraba ante el
cuadro que ordenó en su codicilo (y no
en el testamento, como he leído en algún
sitio):
Si mi enterramiento hubiere de ser
en este dicho monasterio [de Yuste]: se
haga, en el altar mayor de la iglesia de
él, un retablo de alabastro o mármol y
de medio relieve del tamaño que
parecerá al rey [Felipe II] y a mis
testamentarios y conforme a las figuras
de una pintura mía, del Juicio Final, de
mano de Tiziano […] y asimismo se
haga una custodia de alabastro o
mármol, conforme a lo que fuere el
dicho retablo, a la mano derecha del
dicho altar, tan alta que para subir a ella
haya hasta cuatro gradas, para donde
esté el Santísimo Sacramento y que a los
dos lados de ella se ponga el bulto de
la emperatriz y el mío, que estemos de
rodillas con las cabezas descubiertas y
los pies descalzos, cubiertos los
cuerpos con sendas sábanas del mismo
relieve de los bultos con las manos
juntas…
Así se lo ha explicado a su
mayordomo Luis Quijada, autor de aquel
soberbio epistolario del viaje, estancia
y muerte en Yuste de Carlos V, de
aquella —que he llamado— «corte de la
agonía».
En este codicilo cita tantas veces su
voluntad de reposar junto a Isabel que
no creo haber encontrado entre reyes
manifestación más explícita de la
infinita soledad en que debió vivir
desde 1539 en adelante; del amor que le
tuvo: «Que se traiga de Granada el
cuerpo de la emperatriz, mi muy amada
mujer». Por otro lado, he ahí los
orígenes de la composición del altar de
El Escorial: por grupos familiares
orantes y en alto.
Al mismo tiempo se hace el primer
encargo a Leone y Pompeo Leoni de las
esculturas de Isabel (empezadas a tallar
en 1550) de cuerpo entero que se
conservan en el Prado. Recordemos que
son de bulto redondo en mármol o en
bronce, o en relieve, y que se pueden
contemplar habitualmente en medio de
un silencio muy agradecido en el
claustro de los Jerónimos incorporado
al Museo del Prado.
Si seguimos a Mazarío, hay más de
cuarenta representaciones de Isabel
conocidas cuando edita su libro en
1951; si seguimos a Glück en su estudio
de la historia general de los retratos de
Isabel, la verdad es que es hora de
preparar ya un catálogo razonado de esa
retratística que supere las clásicas
incursiones de Louise Roblot-Delondre,
Allende Salazar o Sánchez Cantón, entre
otros.
FECHAS CLAVE DE
ISABEL
30 de octubre de 1500. Matrimonio
de los padres de Isabel, Manuel I de
Portugal (viudo de Isabel de Castilla y
Aragón) y María de Castilla y Aragón.
25 de octubre de 1503. Nace Isabel
en Lisboa.
13 de diciembre de 1521. Muerte de
Manuel I. Juan III, rey de Portugal.
3 de septiembre de 1522. Juan III
promueve conversaciones matrimoniales
de Isabel con Carlos.
1523 - 1525. Las Cortes de Castilla,
Gattinara o Galíndez de Carvajal
presionan a Carlos V.
24 de febrero de 1525. Carlos V se
decide por Isabel de Portugal.
17 y 24 de octubre de 1525.
Capitulaciones matrimoniales.
1 de noviembre de 1525. Boda por
poderes.
20 de enero de 1526. Repetición de
la boda por defecto de forma.
6 de febrero de 1526. Isabel cruza la
raya de Portugal.
8(?)-15 de febrero de1526. Isabel en
Badajoz
3 de marzo de 1526. Entrada de
Isabel en Sevilla.
10 de marzo de 1526. Entrada de
Carlos V en Sevilla
Noche del 10 al 11 de marzo de
1526. Celebración y consumación del
matrimonio.
13 de mayo de 1526. Abandonan
Sevilla.
29 de mayo a 4 de junio de 1526.
Permanecen en Santa Fe.
4 de junio de 1526. Entrada en
Granada.
15 de septiembre de 1526. Se hace
público el primer embarazo.
10 de diciembre de 1526. Sale
Carlos V de Granada hacia Valladolid.
Llega el 25 de enero de 1527.
Enero de 1527. Sale Isabel de
Granada hacia Segovia.
16 de febrero de 1527. Se
encuentran en Segovia.
22 de febrero de 1527. Entran en
Valladolid.
21 de mayo de 1527. Nace el
príncipe Felipe.
22 de agosto de 1527. Salen de
Valladolid (apestada) hacia Palencia.
Desde el 26 de agosto hasta el 9 de
octubre de 1527. En Palencia.
Desde el 17 de octubre de 1527
hasta el 20 de febrero de 1528. En
Burgos.
Noviembre de 1527. Rumores de un
nuevo embarazo.
8 de marzo de 1528. Entrada en
Madrid.
22 de abril de 1528. Sale Carlos V
de Madrid. Isabel permanece allí.
S. f., pero 1528. Primeras
«Instrucciones».
3 de mayo de 1528, 19 de mayo de
1528, 31 de mayo de 1528, 3 de agosto
de 1528. Entra Carlos V en Valencia.
Sale Carlos V de Valencia. Monzón.
Madrid.
24 de junio de 1528. Nace María en
Madrid. Carlos V en Monzón.
Desde el 3 de agosto hasta el 9 de
octubre de 1528. Madrid.
Desde el 16 de octubre de 1528
hasta el 8 de marzo de 1529. Toledo.
20 de febrero de 1529. Carlos V
anuncia su próxima ausencia.
8 de marzo de 1529. Isabel,
gobernadora de Castilla. Segundo
testamento.
30 de abril de 1529. Carlos V en
Barcelona.
27 de julio de 1529. Carlos V
embarca hacia Italia. Navegación de
cabotaje.
29 de julio de 1529. Isabel,
lugarteniente general de Aragón.
21 de octubre de 1529. «Capítulos»
añadidos al testamento de marzo de
1529. Isabel da a luz un niño, Fernando,
que morirá a las pocas semanas.
Enero de 1530. Se levantan las
restricciones previas a Isabel.
Desde octubre de 1529 hasta
septiembre de 1530. Isabel en Madrid.
Octubre de 1530; Illescas,
noviembre de 1530 hasta mayo de 1531,
Ocaña; mayo de 1531, Illescas. Isabel
en Illescas y Ocaña.
Desde junio de 1531 hasta
septiembre de 1531. Isabel en Ávila.
Desde diciembre de 1531 hasta
agosto de 1532. Isabel en Medina del
Campo.
Agosto de 1532. Isabel en
Tordesillas.
Desde septiembre de 1532 hasta
octubre de 1532. Isabel en Segovia.
Otoño de 1532. ¿Sedición de
algunos aristócratas?
3 de octubre de 1532. Carlos V
anuncia su regreso a España.
Desde mediados de septiembre de
1532 hasta febrero de 1533. Isabel en
Madrid. Peste en Tordesillas.
Desde el 20 de febrero de 1533.
Isabel camino de Barcelona. Almunia,
Pina, Igualada.
28 de marzo de 1533. Isabel, Felipe
y María en Barcelona.
22 de abril de 1533, 10 de junio de
1533. Llegada de Carlos V a Barcelona.
Reencuentro. Salida de Barcelona.
Del 18 al 20 de junio de 1533.
Carlos V en Monzón.
Del 20 de junio al 14 de julio de
1533. Carlos V vuelve corriendo a
Barcelona. Isabel muy enferma.
De junio a agosto de 1533. Isabel en
Barcelona. Martorell. Enferma. Se
repone.
Del 12 de julio de 1533 hasta el 15
de enero de 1534. Carlos V en Monzón y
luego Zaragoza.
6 de septiembre de 1533. Isabel en
Monzón.
Diciembre de 1533. Rumores de
Isabel embarazada.
Del 15 al 19 de enero de 1534.
Encuentro de los esposos en La Muela.
Enero de 1534. Isabel cae enferma
en Daroca.
12 de febrero de 1534. Camino de
Toledo, cada uno por ruta diferente.
Entrada en Toledo.
22 de mayo de 1534. Salida de
Toledo camino de Ávila y Castilla la
Vieja.
Del 23 de mayo de 1534 hasta el 2
de marzo de 1535. Madrid, Segovia,
Ávila, Alba de Tormes, Salamanca,
Zamora, Toro, Valladolid, Palencia,
Madrid.
28 de junio de 1534. Isabel da a luz
un niño muerto en Valladolid.
23 de julio de 1534. Isabel camino
de Palencia, desde Valladolid.
28 de julio de 1534. Los esposos
entran juntos en Palencia.
1 de marzo de 1535. Isabel, de
nuevo, gobernadora.
2 de marzo de 1535. Carlos V
camino de Barcelona, Túnez.
Marzo de 1535 hasta mayo de 1536.
Isabel en Madrid.
Primeros días de marzo de 1535.
Isabel «ausente». Otorga el tercer
testamento.
24 de junio de 1535. Isabel da a luz
a Juana.
De junio a agosto de 1536. Isabel en
Valladolid
Por lo menos desde septiembre de
1536. Isabel en Madrid.
Octubre de 1536 hasta julio de 1538
(?). Isabel en Valladolid.
5 de diciembre de 1536. Regreso de
Carlos V.
Febrero de 1537. Rumores de Isabel
embarazada.
20 de junio de 1537. Nace Juan, que
muere antes de fin de año (¿era
seismesino?).
10 de julio de 1537. Isabel, de
nuevo, gobernadora. Carlos V en
Monzón.
22 de abril de 1538. Nuevas
«Instrucciones». Carlos V camino de
Niza.
Primavera de 1538. Isabel
«amargada» ante la nueva salida de
Carlos V.
27 de abril de 1538. Carlos V
abandona España.
20 de julio de 1538. Carlos V
regresa a España.
27 de abril de 1539. Toledo, cuarto
testamento. Isabel da a luz un feto
muerto.
1 de mayo de 1539. Muere Isabel en
Toledo.
16 de junio de 1539. Sus restos son
trasladados a la Capilla Real de
Granada, donde es sepultada.
Febrero de 1574. Sus restos son
exhumados y trasladados a El Escorial.
REFERENCIAS
I. DE SU NACIMIENTO A LAS
ENTRADAS EN SEVILLA
El testamento de Manuel I, en Archivo
de la Torre do Tombo, Casa da Coroa,
Gaveta 16. Las «gavetas» fueron las
cajas en las que se pudieron guardar
algunos de los documentos rescatados
tras el terremoto de 1755. Lo que hemos
citado, procede de MAZARÍO
COLETO, C., Isabel de Portugal,
emperatriz y reina de España, CSIC,
Madrid, 1951, p. 21.
Las relaciones diplomáticas de Juan
III están muy bien sintetizadas en
CARDIM, P., «A diplomacia portuguesa
no tempo de D. João III. Entre o império
e a reputação», en CARNEIRO, R. y
MATOS, A. T. de (coords.), D. João III
e o império. Actas do Congresso
Internacional comemorativo do seu
nascimento, Lisboa, 2004, pp. 627 -
660.
Las referencias a las Cortes de
Valladolid de 1523 proceden de Cortes
de los antiguos reinos de León y de
Castilla, vol. IV, Madrid, 1882, p. 365.
Las de Toledo de 1525, p. 405.
La carta de Gattinara la he tomado
de LABRADOR ARROYO, F., «La casa
de la emperatriz Isabel», en MARTÍNEZ
MILLÁN, J. (dir.), La corte de Carlos
V, vol. I, p. 235. He modernizado la
transcripción del texto.
Lorenzo Galíndez de Carvajal nació
en Plasencia en 1472 y murió en 1525,
inmediatamente después de redactar este
«Parecer». Fue consejero y recopilador
de las leyes. Ese documento —el
«Parecer»— tan interesante se encuentra
en la Biblioteca Nacional de Madrid,
Ms. 1752. Fue citado en el Diccionario
de Historia de España de Revista de
Occidente, Alianza Editorial (1968, 1.ª
ed.) bajo la denominación de «Avisos a
Carlos V» de Galíndez. Poco más tarde
lo editó de forma fragmentaria
RODRÍGUEZ VALENCIA, V., Isabel la
Católica en la opinión de españoles y
extranjeros, I, Valladolid, 1970, pp.106
y ss. Este texto no lo localizan SOTO
VÁZQUEZ, J. y PÉREZ PAREJO, R.,
«Testimonios inéditos y perdidos del
doctor Galíndez de Carvajal», en Lemir,
13, 2009, pp. 33 - 41, en especial p. 40:
«Creemos que dicha obra no existió o
está perdida», dicen al referirse a esos
«Avisos». Desde luego, es muy difícil
de localizar.
El gran descubrimiento documental
de las causas de la boda imperial se
debe a BRANDI, C., Carlos V. Vida y
fortuna de una personalidad y de un
imperio mundial, Madrid, 1943, sobre
todo en pp. 184 y ss.
Un borrador de la carta de
presentación de La Chaulx (pues aunque
está firmada por Carlos V, no está
datada) está en Archivo de la Torre do
Tombo, PT-TT-CC/1/33/49, de 1525. Se
puede consultar por TT Online.
La carta de Salinas desde Madrid, a
3 de abril de 1525, es recogida por
MATA CARRIAZO, J. de, La boda del
emperador. Notas para una historia de
amor en el alcázar de Sevilla, Sevilla,
1959. Hay edición moderna con intr. de
DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Sevilla,
1997. Manejo la primera, pp. 56 y 57.
El inventario de las joyas que se
trajo de Portugal Isabel está en AGS,
Estado, Castilla, 45 - 193, 215, con
detallada descripción de cada joya y
tasaciones particulares y generales.
Los finiquitos de pago de la dote,
allá por 1529, y las cartas de pago
anteriores, en AGS, Patronato Real,
legajo 50, varios documentos.
El original de las capitulaciones
matrimoniales entre Carlos V y la
«infanta» Isabel está en AGS, Patronato
Real, legajo 50, doc. 65.
El breve de la dispensa matrimonial
de Clemente VII, en AGS, Patronato
Real, 50, doc. 82/2. La dispensa del
cardenal Salviati en AGS, Patronato
Real, 50, doc. 68.
Una «Copia de la donación»
manuscrita para Isabel de esas villas y
lugares, en AGS, Estado, Castilla, 45 -
9. La donación impresa en AGS,
Patronato Real, 30 - 8, autentificada por
escribano y con la firma del rey. Una
relación de las «Ciudades y villas y
lugares que la emperatriz nuestra señora,
que es en gloria, tenía» en AGS, Estado,
Castilla, 14 - 11: alcabalas, tercias y
martiniega de la ciudad de Soria y su
tierra y partido; de Molina; de Aranda
de Duero; Sepúlveda; Carrión y su alfoz;
Alcaraz y su tierra; San Clemente,
Albacete, Villanueva de la Jara, Vara
del Rey (que están en el marquesado de
Villena) y además 15.811.819
maravedíes de juro situados en Sevilla,
Almojarifazgo de Sevilla, Cuenca y
Huete. Las cédulas reales de Valladolid,
22 de mayo de 1542, en que Carlos V
ordena a las autoridades locales y otros
oficiales que presenten las cuentas ante
los contadores reales «para cumplir de
ello los descargos del ánima y
testamento de la dicha emperatriz» están
en AGS, CMC 1, legajo 459. Los
lugares de la Tierra de Sepúlveda eran:
en el Ochavo de Cantalejo, Cantalejo,
Cabezuela, Valdesimón, Sepulcro,
Fuenterrebolla, Donsancho, Villar, San
Pedro de Gaillos con sus anejos: en el
Ochavo de la Sierra y Castillejo,
Villarejo, Las Radas, Resuero (con sus
anejos), Cerezo de Suso, Cerezo de
Yuso, Siguero, Duruelo, Castillejo; en el
Ochavo de Prádena, Pedrorrubio,
Tanaharro, Arahuetes, Santa Marta,
Valleruela, Miranda, Prádena, Casia y
Sigueruelo; en el Ochavo de Becimuel y
Boceguillas, Boceguillas, Torremizuelo,
Encinas, Fresnillo, Grajera, Pararejos,
Barbolla, Berzimuel. Como se puede
imaginar el lector, seguir cada uno de
esos expedientes da cierta luz sobre la
vida económica regional en tiempos de
la emperatriz.
Los finiquitos de Carlos V de haber
cobrado la dote, en AGS, Patronato
Real, 50 - 68.
El Casamento da emperatrix dona
Isabel…, anónimo de julio de 1526, lo
publica en lo substancial GÓMEZ-
SALVAGO, M., Fastos de una boda real
en la Sevilla del quinientos: estudio y
documentos, Universidad de Sevilla,
1998, en su apéndice documental, nº 20.
El préstamo de Béjar a Ayamonte en
AHN-Nobleza, Osuna, caja 219, varios
folios.
ZÚÑIGA, F. de, Crónica burlesca
del emperador Carlos V, vv. eds., he
manejado la de PAMP DE AVALLE-
ARCE, D., Crítica, Barcelona, 1981,
cap. XXV.
Sobre esas peculiaridades culturales
que tienen que ver con Flandes, la corte
de España y Valencia, Inventario de los
libros de don Fernando de Aragón,
duque de Calabria, Madrid, 1875;
FALOMIR FAUS, M., «El duque de
Calabria, Mencía de Mendoza y los
inicios del coleccionismo pictórico en
la Valencia del Renacimiento», en Ars
longa: cuadernos de arte, 5, 1994, pp.
121 - 124. LÓPEZ RÍOS, S., «La
educación de Fernando de Aragón,
duque de Calabria, durante su infancia y
juventud (1488 - 1502)», en
SALVADOR MIGUEL, N. y MOYA
GARCÍA, C. (coords.), La literatura en
la época de los Reyes Católicos,
Iberoamericana, Madrid, 2008, pp. 127
- 144.
Lo que tenga que ver sobre los
portugueses en Sevilla está en GIL, Juan,
El exilio portugués en Sevilla. De los
Braganza a Magallanes, Fundación
Cajasol, Sevilla, 2009, y un anticipo en
«Semblanza de don Jorge de Portugal»,
en CARNEIRO, R. y MATOS, A. T. de
(coords.), D. João II e o império. Actas
do Congresso Internacional
comemorativo do seu nascimento,
Lisboa, 2004, pp. 21 - 42.
Sobre Sevilla comunera, PÉREZ, J.,
La revolución de las Comunidades de
Castilla (1520 - 1521), Siglo XXI
editores, Madrid, manejo la ed. de 1977,
pp. 393 - 397.
La puerta del Perdón ha sido
analizada varias veces. Propongo
HERNÁNDEZ DÍAZ, J., «Retablos y
esculturas», en La catedral de Sevilla,
Sevilla, 1991, pp. 221 - 320;
GUERRERO LOVILLO, J., «Los
maestros yeseros sevillanos del siglo
XVI», en Archivo Español de Arte
(Madrid), 28, 1955, pp. 39 - 53 y sobre
la reforma de 1578 - 1580, RECIO MIR,
Á., «La reforma y la restauración de la
puerta del Perdón de la catedral de
Sevilla de 1578 - 1580», en
Laboratorio de Arte, 9, 1996, pp. 73 -
87.
II. DEL ENCUENTRO EN SEVILLA
A LA SALIDA DE GRANADA
Las referencias a las cartas de
Guillermo des Barres las he tomado de
VILAR SÁNCHEZ, J. A., 1526. Boda y
luna de miel del emperador Carlos V,
Universidad de Granada, 2000. Los
trabajos de Vilar son siempre
interesantes por la enorme originalidad
de las fuentes que maneja y descubre.
Todo lo inherente al obispo Acuña y
sus consecuencias lo tomo de M. S. V.
[SANGRADOR VÍTORES, M.], Causa
formada en 1526 a don Antonio Acuña,
obispo de Zamora, por la muerte que
dio a Mendo de Noguerol, alcaide de la
fortaleza de Simancas, Valladolid,
1849. Como declara el editor, no es una
copia de un original, sino un texto
facticio de copias de varias copias. Por
tanto, desde mi punto de vista, aunque el
tono general sea reflejo de la verdad de
los hechos, no es un texto que se pueda
tomar exactamente al pie de la letra en
lo que tenga que ver la imagen de la
Casa de Austria, o de la revolución de
las Comunidades.
En formato digital he manejado ese
proceso en
http://bibliotecadigital.jcyl.es/ y
http://books.google.es/. Los problemas
de Acuña con la justicia de Carlos V en
PÉREZ, J., La revolución de las
Comunidades de Castilla…, en
«Apéndice», en pp. 629 y ss.
Sobre Acuña, también GUILARTE,
A. M., El obispo Acuña: historia de un
comunero, Ámbito, Valladolid, 1983.
ZÚÑIGA, F. de, Crónica burlesca
del emperador Carlos V, vv. eds., he
manejado la de PAMP DE AVALLE-
ARCE, D., Crítica, Barcelona, 1981,
cap. LXI.
La relación de Juan Dantisco en
GARCÍA MERCADAL, J. (ed. lit.),
Viajes de extranjeros por España y
Portugal, vol. I, Madrid, 1952, pp. 804,
805 y passim.
Una pausada reconstrucción del
ambiente humanístico en Granada,
GALLEGO MORELL, A., «La corte de
Carlos V en la Alhambra en 1526», en
Miscelánea de estudios dedicados al
profesor Antonio Marín Ocete, vol. I,
Granada, 1974, pp. 267 - 294.
Los gastos ocasionados por la
estancia real en Granada proceden de
AGS, Contaduría Mayor de Cuentas-1,
552, s. f., pero octubre de 1526.
La bibliografía sobre los moriscos
es abundantísima. El gran clásico es la
obra de DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. y
VINCENT, B., Historia de los
moriscos, Madrid, 1979. VILAR
SÁNCHEZ, J. A., Boda y luna de miel
del emperador Carlos V, Granada,
2000, trata también —¿con cierta
maurofilia?— la situación particular
granadina.
Se puede ver una de las
comunicaciones de Carlos V a sus
ciudades lamentando el saqueo de
Roma, en Archivo Municipal de Málaga
(AMM), Colección de originales, 5 -
264.
Las cartas de 29 de noviembre de
1526 están firmadas en Granada. He
visto la que se recibe en Málaga, AMM,
Colección de originales, 5 - 201.
La comunicación oficial a Málaga
firmada por el rey y refrendada por
Cobos, dando cuenta de la victoria de
Pavía desde Madrid, 12 de marzo de
1525, en AMM, Originales, 5 - 169.
Gran parte de la documentación
relativa a estos acontecimientos que se
custodia en el Archivo Municipal
Histórico de Córdoba está en la sección
«Fueros, privilegios, acontecimientos
reales y documentación miscelánea».
Ahora está de moda que los
historiadores no toquemos los
documentos por motivos de
conservación. Los microfilman
(habitualmente en pésimas calidades o
en máquinas ruidosas y destartaladas) o
los digitalizan, pero siempre hay un
problema informático por el que no
puedes ver a tiempo la imagen, o lo que
sea.
En AMM, Colección de originales,
5 - 172.
AMM, Libros de actas capitulares,
sesión del 3 de diciembre de 1525.
III. DEL PARTO A LA SEGUNDA
GOBERNACIÓN
Las cartas del embajador Salinas al Rey
de Romanos Fernando las editó en
aquellos memorables años culturales y
de composición de la memoria nacional
de 1903 a 1905 el gran Rodríguez Villa.
Se trata de varios artículos que,
dispersos en el Boletín de la Real
Academia de la Historia, los reunió
RODRÍGUEZ VILLA, A. (ed. lit.), El
emperador Carlos V y su corte, según
las cartas de don Martín de Salinas,
embajador del infante don Fernando,
Madrid, 1903. Ahora se pueden
consultar electrónicamente en varios
sitios. Recomiendo en
cervantesvirtual.com.
La carta 153 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 17 de
junio de 1527.
La carta 142 es de Martín de Salinas
al infante Fernando desde Granada, a 4
de octubre de 1526. Tras la muerte de
Luis II de Hungría en la batalla de
Mohács, el infante Fernando pasará a
ser rey de Hungría. Este es el
tratamiento que le da su legado en
España a partir del 7 de enero de 1527.
Algunas cartas salieron en esas fechas
con borrones, pues iban con un
tratamiento y luego con otro, como la
146.
La carta 147 es de Salinas a
Fernando desde Toledo, a 10 de febrero
de 1527.
La carta 148 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 19 de
febrero de 1527.
Los gastos de la entrada en Segovia
en 1527 están en Archivo Municipal de
Segovia (AMSg), legajo 388 - 1. Me los
ha facilitado su director, señor Rafael
Cantalejo.
La documentación sobre esa suerte
de pleito por quedarse o devolver los
trajes está en AMSg, 7 - 40.
La carta 149 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 11 de
marzo de 1527.
La carta 150 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 21 de
abril de 1527.
El borrador de testamento de Isabel
y el codicilo, dados en Valladolid, sin
día, mayo de 1527, están en AGS,
Patronato Real, 30 - 10.
SANTA CRUZ, A. de, Crónica del
emperador Carlos V, ed. lit. de
BELTRÁN Y RÓZPIDE, R. y
BLÁZQUEZ Y DELGADO-
AGUILERA, A., Madrid, 1920, cap. III-
L.
La carta 151 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 22 de
mayo de 1527.
La carta 152 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 28 de
mayo de 1527.
La carta 154 es de Salinas a
Fernando desde Valladolid, a 19 de
agosto de 1527.
SANTA CRUZ, A. de, Crónica del
emperador Carlos V, cap. III-L.
Sandoval también describe el
bautizo, SANDOVAL, Fray Prudencio
de, Historia del emperador Carlos V,
vv. eds. XVI-XIII.
Los gritos del bufón Francesillo de
Zúñiga en ZÚÑIGA, F. de, Crónica
burlesca de Carlos V, cap. LXXII.
ZÚÑIGA, F. de, Crónica burlesca
de Carlos V, cap. LXXIV.
ZÚÑIGA, F. de, Crónica burlesca
de Carlos V, cap. LXXVI.
El trabajo de don RUIZ MARTÍN,
F., «Jornadas del emperador Carlos V en
Palencia», Palencia, 1950 (en Internet),
se preocupa fundamentalmente del
substrato erasmista en Palencia,
alrededor del arcediano de Alcor.
Resulta un texto muy interesante en la
carrera historiográfica de Ruiz Martín.
ZÚÑIGA, F. de, Crónica burlesca
de Carlos V, cap. LXXIII.
La carta 163 es de Salinas a
Fernando desde Burgos, a 23 de
noviembre de 1527.
La carta 171 es de Salinas a
Fernando desde Monzón, a 8 de julio de
1528.
La carta 172 es de Madrid, a 10 de
octubre de 1528. La carta 174 es de
Toledo, a 13 de diciembre de 1528. La
carta 176 es de Toledo, a 12 de
diciembre de 1529. La carta 177 es de
Zaragoza, a 3 de abril de 1529. La carta
180 es de Barcelona, a 16 de mayo de
1529. La 199 es de Bolonia, a 8 de
diciembre de 1529.
CARLOS V, Memorias, ed. lit. de
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M., Cultura
Hispánica, Madrid, 1960, p. 54.
El estudio de GAN GIMÉNEZ, P.,
El Consejo Real de Carlos V, Granada,
1988, en especial el capítulo dedicado
al «Presidente Tavera», en pp. 100 -
126.
He sacado alguna nota de AGS,
Estado, Castilla, 26, 104.
Una comparación entre los oficios
de mayordomo mayor, veedor de
fazenda, veedor de la casa, mayordomo
ordinario en AGS, Estado, Castilla, 26 -
110.
El memorial en el que tanto se mira
a los tiempos de Isabel la Católica en
AGS, Estado, Castilla, 26 - 124.
La hoja suelta, pero llena de
enjundia en AGS, Estado, Castilla, 26 -
111. Hay otras más en los fols. ss.
Las alusiones al III conde de
Miranda proceden de documentos de
Simancas y de FERNÁNDEZ CONTI,
S., «Zúñiga y Avellaneda, Francisco
de», en MARTÍNEZ MILLÁN, J. (dir.),
La corte de Carlos V, vol. III, Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los
Centenarios de Felipe II y Carlos V,
Madrid, 2000, pp. 472 - 476. También
en CARLOS MORALES, J. J. de, «El
régimen polisinodal bajo la égida de
Cobos y Tavera», en MARTÍNEZ
MILLÁN, J. (dir.), La corte de Carlos
V, vol. II, Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, Madrid, 2000, p.
47. El estudio más detallado que existe
hasta ahora de esta reforma de la casa en
1528 es el de LABRADOR ARROYO,
F., «6.3. La casa de la emperatriz
Isabel», en MARTÍNEZ MILLÁN, J.
(dir.), La corte de Carlos V, vol. I,
Sociedad Estatal para la
Conmemoración de los Centenarios de
Felipe II y Carlos V, Madrid, 2000, pp.
234 - 251.
La «Relación de lo de la casa de la
emperatriz…» está en un mazo de
papeles sobre el asunto en AGS, Estado,
Castilla, 26 - 104.
AGS, Estado, Castilla, 25 - 122. S.
f., pero de 1527 o 1528.
Las líneas propias anteriores sobre
la reforma de la casa de la emperatriz
las he sacado de AGS, Estado, Castilla,
25 - 100 y ss.
La felicitación de la emperatriz por
el enlace de su dama Leonor de Castro
con Borja, en AHN-Nobleza, Osuna,
Carpeta 49 - 14, fechada el 10 de
septiembre de 1529.
La propuesta de Leonor de Castro,
en pliego sin fecha, ni folio, AGS,
Estado, Simancas, 26 - 110 a 112.
La relación de solicitudes en AGS,
Estado, Castilla, 26 - 130.
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M. (dir.),
Corpus documental de Carlos V,
Salamanca, 1973, vol. I (1516 - 1539),
documento XXXI. A partir de aquí, los
documentos publicados en este Corpus
documental de Carlos V los citaré por
el acrónimo CDdeCV y el número de
doc.
La primera advertencia de Carlos V
a sus ciudades de que se va hacia
Barcelona y que habrá que obedecer a la
reina la vi en el Archivo Municipal de
Málaga, Provisiones reales, XI-107.
Tomo la «Instrucción» —para
someterla luego a comentario— de
SANTA CRUZ, A. de, Crónica del
emperador Carlos V, ed. lit. de
BELTRÁN Y RÓZPIDE, R. y
BLÁZQUEZ Y DELGADO-
AGUILERA, A., Madrid, 1920, cap. IV-
I.
La carta de 23 de julio de 1529 a las
ciudades va firmada por la emperatriz y
refrendada por Juan Vázquez. He visto
concretamente el ejemplar que se
custodia en el Archivo Municipal de
Málaga, Colección de originales, 5 -
381. La comunicación a las ciudades de
que deja a Isabel por gobernadora,
firmada «De nuestra galera real», 28 de
julio de 1529, por ejemplo en Archivo
Municipal de Málaga, Colección de
originales, 5 - 388. La comunicación de
la llegada a Génova el 20 de agosto, en
Archivo Municipal de Málaga,
Colección de originales, 5 - 392,
mientras que las noticias sobre la Paz de
Cambrai, Madrid, 15 de octubre de
1529, Colección de originales, 5 - 394.
Un modelo de carta ordenando
obedecer los mandatos de la emperatriz
es la enviada por Carlos V al conde de
Oropesa. En AHN-Nobleza, Frías, caja
21, documento 20. Desde la galera real,
el 28 de julio de 1529.
La exigencia sobre el pleito
homenaje al marqués de Berlanga, en
AHN-Nobleza, Frías, caja 23,
documento 27, desde la galera real, 27
de septiembre de 1529.
El segundo testamento y toda la
documentación vinculada a su redacción
están en AGS, Patronato Real, 30 - 11 y
26.
El memorial manuscrito de Isabel
recomendando a algunos de sus criados
en AGS, Patronato Real, 30 - 26.
La «Copia del memorial de mano de
su majestad de la dicha emperatriz» está
en AGS, Patronato Real, 30 - 25. No
tiene fecha, pero por su colocación y por
no citar a Juana, bien podemos pensar
que es de 1529.
Los «Capítulos» de Madrid,
noviembre de 1529 en AGS, Patronato
Real, 30 - 12, dos originales con firma
de la reina.
IV. LA SEGUNDA GOBERNACIÓN
DE ISABEL
ARRIETA ALBERDI, J., El Consejo
Supremo de la Corona de Aragón (1494
- 1707), Zaragoza, 1994, en especial pp.
89 y ss.; LALINDE ABADÍA, J., La
gobernación general en la Corona de
Aragón, Zaragoza, 1963, 574 pp.
La letra de cambio, los asientos a
los que hago alusión en AGS, Estado,
Castilla, 25 - 160 y ss.
Leonor era la hija mayor de Felipe
el Hermoso y Juana de Castilla. Fue
reina de Portugal al casar con su tío
Manuel I, viudo por dos veces de sus
dos tías; al enviudar volvió a Castilla
abandonando en Portugal a su hija
María. Luego casó con Francisco I, en
un infeliz matrimonio. Viuda, volvió a
España e intentó por todos los medios
reencontrarse con su hija. Al fin logró el
permiso de Juan III, pero —cuentan los
diretes— que rechazada por la hija, no
pudo soportarlo. Murió viajando a
Portugal, cerca de Yuste, en Talavera la
Real, en 1558, poco después que Carlos
V, al que admiraba.
La carta de pago por la crianza de
Jerónimo de Ocaña está en AGS,
Patronato Real, 30 - 18.
La carta de los reyes sobre los 6000
maravedíes y una única sentencia, en
Archivo de la Chancillería de
Valladolid, Secretaría del Acuerdo, caja
1 - 15 y 16, con fecha de 17 de
septiembre de 1530 y 9 de noviembre de
1530.
La carta 224 es del embajador
Salinas al secretario Juan Vázquez
desde Tordesillas, a 30 de octubre de
1530.
La carta 226 es del embajador
Salinas a Francisco de los Cobos desde
Tordesillas, a 19 de octubre de 1530.
La carta 227 es de Salinas a
Castillejo desde Tordesillas, a 19 de
octubre de 1530.
La nota de la bienaventurada vuelta
de Carlos V es del licenciado Polanco,
consejero real, a cuyo cuñado acaban de
hacer caballero de Santiago. Madrid, 20
de enero de 1533, AGS, Estado,
Castilla, 26 - 86.
PÉREZ SAMPER, M. de los Á.,
«Barcelona entre Madrid y Viena. Los
Austrias en la capital catalana», en
MARTÍNEZ MILLÁN, J. (coord.), La
dinastía de los Austrias. Las relaciones
entre la monarquía y el imperio, vol. II,
2011, pp. 1171 - 1210.
FORONDA Y AGUILERA, M. de,
«Estancia en Ávila de la emperatriz
doña Isabel durante el verano de 1531»,
en Boletín de la Sociedad Española de
Excursiones, (Madrid), 152 - 155,
1905, pp. 226 - 229.
La queja de los hijosdalgo de
Pobladura, en AChV, sala de hijosdalgo,
caja 1960, 11. AGS, Contaduría Mayor
de Cuentas-1, 428, s. f.
La carta 221 es de Salinas a
Fernando de Austria desde Madrid, a 14
de septiembre de 1530.
La carta 220 es de Salinas a
Francisco de los Cobos desde Madrid, a
24 de septiembre de 1530.
La carta 213 es de Salinas a
Fernando de Austria desde Bolonia, a
21 y 22 de marzo de 1530.
V. ENTRE OBLIGACIONES Y
RESIGNACIÓN
La carta 245 es de Salinas al Rey de
Romanos desde Monzón, a 27 de
diciembre de 1533.
RODRÍGUEZ VILLA, A. (ed. lit.),
El emperador Carlos V y su corte,
según las cartas de don Martín de
Salinas, embajador del infante don
Fernando, Madrid, 1903.
La carta 340 es de Salinas al Rey de
Romanos desde Monzón, a 1 de
septiembre de 1537.
La carta 252 es de Salinas al poeta
Castillejo desde Toledo, a 25 de abril
de 1534.
La carta 241 es de Salinas a
Castillejo desde Monzón, a 22 de
octubre de 1533.
La carta 252 es de Salinas a
Castillejo desde Toledo, a 25 de abril
de 1534.
La cédula de Carlos V a los
oficiales de la isla Fernandina, en AGI,
Audiencia de Santo Domingo, 1121, L.
2, fol. 30v. También, 2280, libro 2, fol.
37v.
El testamento de Madrid, de 7 de
marzo de 1535, está en AGS, Patronato
Real, 30 - 14.
El ofrecimiento de Palencia a los
reyes no puede ser de 1536, como está
catalogado, sino que es de 1535. AGS,
Estado, Castilla, 36, 218.
Las presiones de Isabel sobre Carlos
para asegurar un buen partido a su
hermano Luis, en las epístolas 328 y ss.
El comentario de Salinas sobre la
entrevista de Isabel y Luis aparece en la
carta 354 de Salinas al Rey de Romanos
desde Barcelona, a 4 de marzo de 1538.
Las cartas de la reina y las
respuestas de los cabildos u otras
dignidades eclesiásticas, en AGS,
Estado, Castilla, 36, 196 y ss.
La carta 330 es de Salinas al Rey de
Romanos desde Génova, a 14 de
noviembre de 1536.
La carta 331 es de Salinas al Rey de
Romanos desde Valladolid, a 18 de
marzo de 1537.
La carta de la condesa de Ureña, en
AGS, Estado, Castilla, 36, 205, s. f.; la
de Infantado en AGS, Estado, Castilla,
36 - 206, desde Guadalajara, 17 de
diciembre de 1536 y en los folios ss.
otras más.
La carta en cifra 334 comunicando el
nuevo preñado es de Salinas al Rey de
Romanos desde Valladolid, a 3 de junio
de 1537.
La carta 371 es de Salinas al Rey de
Romanos desde Toledo, a 26 de
noviembre de 1538.
Que Isabel no se mueva de
Valladolid. Carta 335 de Salinas al Rey
de Romanos desde Valladolid, a 16 de
junio de 1537.
Comunicación del buen parto. Carta
344 de Salinas al Rey de Romanos
desde Monzón, a 23 de octubre de 1537.
Comunicación del nombre del hijo y
recomendación de felicitar a los padres.
Carta 345 de Salinas al Rey de Romanos
desde Monzón, a 18 de noviembre de
1537.
La carta 346 es de Salinas a
Castillejo desde Monzón, a 18 de
noviembre de 1537. También, con más
detalles de las negociaciones de paz, en
carta 350, de Salinas al Rey de
Romanos desde Barcelona, a 9 de
febrero de 1538. El mismo día, con
datos similares, para el secretario
Castillejo. En concreto, la carta 351.
Con relación al traslado de los
bienes heredables en Castilla: aunque
poco llegaría desde Jamaica a Sevilla,
porque mucho se quedaría por el
camino, al menos se hacía justicia. AGI,
Santo Domingo, 1121, libro 2, fol. 96.
La carta de Valladolid en AGS,
Estado, 36 - 238. Por otra parte, no es
de extrañar tanta alegría, ya que la peste
picaba en Tudela (según informes del
marqués de Denia) y decir Isabel
alojarse en una ciudad era certificar su
buena salud. Los informes de la
salubridad de Valladolid, en fol. 242.
La carta del conde de Paredes en
AGS, Estado, 36 - 215.
La documentación sobre la visita y
alarde a Perpiñán, Salses y Colliure está
en AGS, Estado, leg. 36.
La carta del cardenal de Toledo,
angustiado porque tal vez no puede
hacer unos ochenta kilómetros en un día,
en AGS, Estado, Castilla, 26, 100. 10 de
septiembre de 1536.
GIRÓN, P., Crónica del emperador
Carlos V, ed. lit. de SÁNCHEZ
MONTES, J. y prólogo de RASSOW, P.,
CSIC, Madrid, 1964, p. 125. Es nuestra
base en el relato de la agonía y las
exequias de la emperatriz.
La concesión de una escribanía del
número y concejo de la villa de San
Germán, para Hernán Pérez está en
Archivo General de Indias, Santo
Domingo 2280, 1, 88v, dada en Medina,
a 23 de octubre de 1531, y la concesión
de una regiduría en Puerto Rico, a favor
del tesorero Juan de Castellanos está en
AGI, Santo Domingo, 2280, libro 2, fol.
46v., datada en Madrid, a 11 de mayo de
1535.
El original de la carta de Toledo
agradeciendo a Carlos V que vaya para
allá, en AGS, Estado, Castilla, 42, 107.
En la segunda parte de la edición del
texto de Pedro Girón hay referencias de
primera mano a estas paces de Niza.
En el Corpus documental de Carlos
V, CCXXXV está la correspondencia de
Carlos V a Tavera.
Para una intensa síntesis del
ambiente de aquellas Cortes, las pp. 142
y ss. de GIRÓN, P., Crónica de Carlos
V, son imprescindibles. El mejor
análisis de aquella reunión es de
SANCHEZ MONTES, J., 1539. Agobios
carolinos y ciudades castellanas.
Discurso de apertura de la Universidad
de Granada, Granada, 1974. Yo hice en
su día una modesta lectura de aquellas
Cortes en «Arbitrismo y nobleza», en
Torre de los Lujanes, (Madrid), 28,
1994, pp. 89 - 118.
Más de diez mil en las cifras de
Santa Cruz, cap. VI-IV.
Carta 381 de Martín de Salinas a
Fernando I desde Toledo, a 18 de abril
de 1539.
SIGÜENZA, fray José de, Historia
de la orden de San Jerónimo, vv. eds.,
cap. XL.
VI. 1539
El mazo de papeles relativos al
testamento de 1539 y la ratificación del
de 1535, así como la memoria de las
personas a las que se debe dar buen
trato y las cantidades que se les deben
asignar, están en AGS, Patronato Real,
30 - 14. La catalogación en Pares a
veces es singular.
El «Memorial de mis descargos» o
también el «Memorial de los
confesores» con la relación de los
criados a los que hay que socorrer y con
qué cantidades en AGS, Patronato Real,
30 - 24.
La concesión del juro a María de
Velasco está datada a 3 de septiembre
de 1540 y se consulta en AHN, Fernán
Núñez, caja 5, documento 10.
La cédula real del nombramiento por
Carlos V de dos testamentarios más a
petición de la emperatriz, en AGS,
Patronato Real, 30 - 17. Toledo, 5 de
mayo de 1539. Tres copias.
La validación de los dos
testamentos, el de Madrid de 7 de marzo
de 1535 y el de Toledo de 27 de abril de
1539, está en AGS, Patronato Real, 30 -
16, tres copias.
El borrador de las instrucciones
sobre qué hacer y cómo comunicar a
Carlos V la muerte de la emperatriz en
AGS, Patronato Real, 30 - 12.
La recompensa de la comadrona en
AGS, CMC, 1, 552 sin foliar.
La carta del arzobispo informando a
Carlos V, sin fecha, AGS, Estado,
Castilla, 45 - 6.
La carta con firma ilegible desde
Toledo, a 30 de abril de ¿?, AGS,
Estado, Castilla, 45 - 7.
Del arzobispo de Santiago a Carlos
V, a 30 de abril de ¿?, AGS, Estado,
Castilla, 45 - 8.
La carta 387 es de Martín de Salinas
a Fernando de Austria desde Toledo, a 3
de mayo de 1539.
La relación de las honras en la
Chancillería de Valladolid está
publicada por LAURENCÍN, marqués
de, «Dos relaciones históricas del siglo
XVI», Madrid, 1926. Manejo separata
de la Biblioteca del Centro de Ciencias
Humanas y Sociales del CSIC, signatura
F-3223.
AGS, Estado, Castilla, 45 - 223.
Sevilla, 9 de mayo de 1539.
La carta 391 es de Salinas a
Fernando de Austria desde Toledo, a 11
de julio de 1539.
La carta 388 es de Salinas a
Fernando de Austria desde Toledo, a 24
de mayo de 1539.
CARLOS V, Memorias, p. 67.
Corpus documental de Carlos V,
CCXXVIII. Desde Madrid, a 1 de julio
de 1539.
Los pagos al sillero en AGS, CMC,
1, 552, s. f., pero fol. XI.
La cuenta de los gastos del traslado
del cadáver en AGS, CMC, 1, 552, s. f.
El acta de entrega del cuerpo en
AGS, Patronato Eclesiástico, 150, 12.
Granada, 17 de mayo de 1539.
SANDOVAL inserta unas entrevistas
entre Borja y Carlos V en Yuste en la
Vida… en Yuste, caps. XII-XV. La
entrevista tiene lugar el 19 de diciembre
de 1556: «Hoy ha estado el padre
Francisco con su majestad bien dos
horas y media; dice su majestad que está
muy trocado de cuando era marqués de
Lombay». Carta de Luis Quijada a Juan
Vázquez, cit. por GACHARD, L.-P.,
Retraite et mort de Charles-Quint au
monastère de Yuste, Bruselas, 1854.
El texto de Calderón, El gran duque
de Gandía, ¿1639? He usado la ed. de
las Obras completas por VALBUENA,
A., el vol. III, Autos sacramentales,
Aguilar, Madrid, 1967, en concreto la
cita es de la p. 108.
Noticias sobre el reconocimiento del
cadáver en SANTA CRUZ, A. de,
Crónica del emperador Carlos V, caps.
VI-III.
El cuadro —soberbio— de José
Moreno Carbonero, La conversión del
duque de Gandía (1884), está en el
Museo del Prado, http://www.museo
delprado.es/coleccion/galeria-on-
line/galeria-on-line/obra/conversion-
del-du que-de-gandia/.
Sobre los sucesos alrededor de la
muerte de la emperatriz, téngase en
cuenta que a Pedro Girón le llegaron
varias cartas con las descripciones de
aquellos acontecimientos para que
escribiera su Crónica. Están publicadas
entre las pp. 305 y ss. de la ed. que
manejo.
Sobre Borja puede verse GARCÍA
HERNÁN, E., Francisco de Borja,
grande de España, Valencia, 1999,
especialmente pp. 80 - 82 y nota 164. El
Diario espiritual (1564 - 1570) de San
Francisco fue editado por RUIZ
JURADO, M., en Bilbao, 1997.
La relación del marqués de Villena y
el cardenal de Burgos, en AGS, Estado,
Castilla, 45 - 224. Granada, 21 de mayo
de 1539.
La aprobación de los gastos hechos
en Santo Domingo está en AGI,
Audiencia de Santo Domingo, 868, libro
2, fol. 8v. Datada la cédula de Carlos V
desde Talavera, a 11 de enero de 1541.
Sobre los túmulos en Sevilla se
pueden consultar las obras de LLEÓ, V.,
Nueva Roma. Mitología y humanismo
en el renacimiento sevillano, Sevilla,
1979; RAMOS, R., Fiestas reales
sevillanas en el imperio (1500 - 1550),
Sevilla, 1989, y últimamente, SANTOS
MÁRQUEZ, A. J., «Exequias y túmulo
de la emperatriz doña Isabel de Portugal
en la catedral de Sevilla», en Reales
Sitios, (Madrid), 181, 2009, pp. 28 - 41.
La recolocación de los criados de la
emperatriz está en AGS, Estado,
Castilla, 45 - 245. Las instrucciones
dadas por Carlos V están en este legajo.
Omito seguir dando referencias.
Lo del nombre de la hija de Catalina
de Robles, en AGS, Estado, Castilla, 45
- 259.
Las dudas y el «Parecer sobre los
bienes de la emperatriz» que firman el
obispo de Sigüenza y los licenciados
Menchaca y Gregorio López, en AGS,
Patronato Real, 30 - 23.
El agotador legajo del «cargo» a
Pedro de Santa Cruz de los bienes de la
emperatriz, en AGS, CMC, 1, 464,
también conocido como «Libro de
cuentas de la recámara».
Las cuentas de la crianza de caridad
de aquellos niños en AGS, CMC, 1, 552
sin foliar, pero VIII. En el mismo folio
hay otra partida de otros 32.000
maravedíes para acabar de pagar, lo que
había que pagar por «la crianza de los
niños que su majestad criaba de por
Dios hasta en fin de marzo de MDLXII».
En otra partida, se les llama «los de la
puerta de la iglesia que se crían en
Madrid del tercio segundo del dicho
año».
El balance de la herencia, en AGS,
Patronato Real, 30 - 22.
GIRÓN, P., Crónica de Carlos V,
pp. 148 - 149. No deja de ser curiosa la
descripción que hace de los asistentes.
Caballeros y dos Consejos. No hay
embajadores, ni otros órganos del
sistema polisinodial.
Los costes de hechura del catafalco
en AGS, CMC, 1, 552, s. f., expediente
final.
Las cuentas de Persoa AGS, CMC,
1, 552, s. f., pero fol. viii.
La fe pública de la confección del
inventario final y el reparto entre los
tres hijos están en AGS, Patronato Real,
30 - 19.
La relación de «Lo que el príncipe
nuestro señor ha mandado tomar y se le
ha de dar de la recámara de la
emperatriz» está en AGS, Patronato
Real, 50 - 83.
La «Relación sobre lo de la legítima
de la serenísima reina de Bohemia…»,
en AGS, Patronato Real, 57 - 124.
Todo lo que tiene que ver con el
último viaje de Granada a El Escorial
procede de AGS, Patronato
Eclesiástico, legajo 50, fols. 12, 13, 14,
15 y 16. Hasta donde yo sé la primera en
dar a la luz tales documentos fue
Mazarío (pp. 191 y ss.). Debe
consultarse también VARELA, J., La
muerte del rey: el ceremonial funerario
de la monarquía española 1500 - 1885,
Madrid, Turner, 1990.
VII. OTRAS COSAS PARA
ENTENDER A ISABEL
Las cuentas de Gil Sánchez de Bazán
con las ropas de la emperatriz están en
AGS., CMC-1, legajo 465.
Los libros sobre el humanismo
portugués son múltiples. Desde SILVA
DÍAS, J. S., A política cultural na
época de D. João III, Coimbra, 1969; a
los de COSTA RAMALHO, A., Para a
história do humanismo em Portugal,
Coimbra, 1988, o del mismo autor Latim
renascentista em Portugal, Lisboa,
1993 (2.ª); la cita textual procede de
COSTA RAMALHO, A. da, «Os
humanistas e D. João III» en
CARNEIRO, R. y MATOS, A. T. de
(coords.), D. João III e o império. Actas
do Congresso Internacional
comemorativo do seu nascimento,
Lisboa, 2004, 891 - 899. Es muy
ilustrativo el trabajo de síntesis de
Andrade Moniz sobre el camino llevado
a la exaltación nacional. Igualmente
recomiendo la reconstrucción de la vida
de Diego de Sá hecha por Ana Cristina
Cardoso Gomes en el mismo congreso.
El primer inventario de Isabel, el de
1526, que servía para certificar en joyas
los pagos de la dote, está en AGS,
Estado, Castilla, 14.
GONZALO SÁNCHEZ-MOLERO,
J. L., Regia Bibliotheca. El libro en la
corte española de Carlos V, 2 vols.,
Mérida, 2005, en especial vol. I, pp.
169 - 225.
El segundo inventario de bienes de
Isabel, que contiene libros, el de 1530,
está en AGS, Casas y Sitios Reales, 78.
El «Libro de cuentas de la
recámara» de la emperatriz, en el que
está esta relación de los libros y la de la
almoneda, está en AGS, CMC-1, 464.
El agotador legajo del «cargo» a
Pedro de Santa Cruz de los bienes de la
emperatriz, en AGS, CMC-1, 464,
también conocido como «Libro de
cuentas de la recámara».
La fe pública de la confección del
inventario final y el reparto entre los
tres hijos en 1551 están en AGS,
Patronato Real, 30 - 19.
El «Sumario de las indulgencias…»
se pasó a limpio en 1577. Está en AHN-
Nobleza, Frías, caja 114, documento 6.
El estudio de Mutanda sobre el
ejemplar de Cartagena es MUTANDA,
A., «Un ejemplar de la genealogía de los
reyes de España de Alonso de Cartagena
en manos de la emperatriz Isabel de
Portugal», en Butlletí del Museu
Nacional d’Art de Catalunya
(Barcelona), 2, 1994, pp. 169 - 184.
Sobre cómo se servía la mesa de la
emperatriz, he tomado notas de AGS,
Estado, Castilla, 26 - 104 y 110 y 131.
GIRÓN, P., Crónica del emperador
Carlos V, ed. lit. de SÁNCHEZ
MONTES, J. y prólogo de RASSOW, P.,
CSIC, Madrid, 1964, p. 11.
LÓPEZ DE VILLALOBOS,
Francisco, Algunas obras del doctor…,
Madrid, 1886, p. 113.
La carta del conde de Miranda de
Madrid, 7 de junio de 1530, en AGS,
Estado, Castilla, 20 - 52.
GIRÓN, P., Crónica de Carlos V, p.
44.
La carta de felicitación del duque de
Nájera, 12 de julio de 1535, en AGS,
Estado, Castilla, 36 - 196. El original
sin año y mal datado en el archivo.
Curiosa obsesión de los mayores
hacer que los niños no puedan ser niños:
es una virtud que un crío siempre
parezca más maduro de lo que le
corresponde a su edad.
Las listas de objetos familiares
reciclados en AGS, Castilla, 26 - 148 y
149.
La referencia al embarazo de la
reina y la salida a Monzón, en Carlos V.
Memorias, ed. lit. de FERNÁNDEZ
ÁLVAREZ, M., Cultura Hispánica,
Madrid, 1960, p. 63.
La carta del almirante en AGS,
Estado, Castilla, 26 - 222. No puede ser
de 1536, como está inventariada. Al
almirante le tenían en seco de
informaciones, porque desde 14 de
febrero de 1536 y en Medina de Rioseco
pedía que le contaran cosas. En AGS,
Estado, Castilla, 36 - 224.
Desde Granada, s. f., pero
inventariada como de 1537. AGS,
Estado, Castilla, 39 - 35.
AGS, CMC-1, 552 s. f., pero fol.
VIII.
El pésame del arzobispo de
Granada, en AGS, Estado, Castilla, 39 -
34.
SANTA CRUZ, A. de, Crónica del
emperador Carlos V, ed. lit. de
BELTRÁN Y RÓZPIDE, R. y
BLÁZQUEZ Y DELGADO-
AGUILERA, A., Madrid, 1920, caps.
IV-XXXIX y SANDOVAL, Fray
Prudencio de, Historia del emperador
Carlos V, vv. eds. XVI-XXV.
La carta del embajador en Lisboa,
AGS, Estado, Castilla, 44 - 83, 3 de
julio de 1528.
La carta de consolación y un poco
sádica del arzobispo de Granada, escrita
el día de la Ascensión de ¿1536?, en
AGS, Estado, Castilla, 36 - 246.
SANTA CRUZ, A. de, Crónica del
emperador Carlos V, caps. IV-XXXIX.
Los retratos de Isabel han sido
analizados muchas veces. El clásico es
GLÜCK, G., «Bildnisse aus dem Hause
Habsburg I: Kaiserin Isabella», en
Jahrbuch der Kunsthistorischen
Sammlungen in Wien, (Viena), 7, 1933,
pp. 183 - 210, del que hay traducción
francesa en «Les portraits de
l’imperatrice Isabelle de Portugal,
épouse de Charles Quint», en Boletim
da Academia Nacional de Belas-Artes,
(Lisboa), 5, 1939, pp. 17 - 36. El más
reciente o asequible por ser consultable
en Internet a través de Dialnet,
REDONDO CANTERA, M. J., «Linaje,
afectos y majestad en la construcción de
la imagen de la emperatriz Isabel de
Portugal», en Congreso Internacional
«Imagen y apariencia», Murcia, 2009.
Es de destacar, por supuesto, CHECA,
F., Tiziano y la monarquía hispánica,
Nerea, Madrid, 1994. Son muy útiles los
textos realizados por Miguel Falomir
sobre los retratos de Isabel en las
exposiciones dedicadas a Carolvs,
Madrid, 2000; Tiziano, Prado, Madrid,
2003, etc. Ahora bien, de nuevo me
quedo —aunque sus afirmaciones a
veces ya no se sostengan a la luz de las
más recientes investigaciones— con
Mazarío Coleto y sus páginas 209 a 259,
en especial en páginas 229, 230 y nota
al pie 151, cuando dice: «Cuarenta y una
son las representaciones diversas que
hemos encontrado de la emperatriz
Isabel de Portugal, reina de España (la
mayor parte pertenecientes al siglo XVI)
…».
El bajorrelieve de Gaasbeek está
visible en
www.kasteelvangaasbeek.be/kunstschatte
cid=3&id=16.
El de Joos van Cleve (si es que es el
autor y no un grupo de autores) en el
Museo de Arte Antiga de Lisboa, pero
más fácil de localizar en
http://en.wikipedia.org/wiki/Master_of_t
Lengths. He de decir que por más que
me digan, no me acaba de convencer que
sea nuestra Isabel: demasiado morena;
extraña nariz.
El grabado en trineo de Jörg Breu el
Viejo está disponible en Internet.
Un par de cuadros anamórficos se
ven en
http://matemirada.files.wordpress.com/20
El de Poznan está visible con una
nota crítica por Andrés Merino Thomas,
en
www.revistadearte.com/2011/08/25/isabe
en-poznan-el-rastro-iconografico-de-
la-emperatriz/.