Coplas
Adivinanzas
Refranes
Quien
mucho abarca, poco aprieta
.
Cuando hay hambre, no hay pan duro
En casa de herrero, cuchillo de palo.
A mal tiempo, buena cara.
A falta de pan, buenas son tortas
Unos nacen con estrella y otros
nacen estrellados..
Por la boca muere el pez.
A palabras necias, oídos sordos.
No se debe escupir al cielo.
Leyendas
El hada del viejo pino (leyenda para niños)
Hubo una vez, en unas lejanas llanuras, un árbol
antiquísimo al que todos admiraban y que encerraba
montones de historias. De una de aquellas historias
formaba parte un hada, que había vivido en su interior
durante años. Pero aquella hada se convirtió un día en
una mujer que mendigaba y pedía limosna al pie del
mismo pino.
Muy cerca, vivía también un campesino (al que la gente
consideraba tan rico como egoísta), que tenía una
criada. Aquella criada paseaba cada mañana junto al
viejo pino y compartía con la mujer mendiga todo el
alimento que llevaba consigo. Pero cuando el
campesino se enteró de que la criada le daba el
alimento a la señora que mendigaba, decidió no darle
ya nada para comer para no tener así que regalárselo a nadie.
Tiempo después, el campesino avaro acudió a una boda en la que tuvo la ocasión
de comer y beber casi hasta reventar cuando, regresando a casa, pasó cerca del
pino y de la mujer que mendigaba a sus pies. Pero en lugar de un árbol, el
campesino vio un palacio precioso que brillaba a más no poder. Animado aún por
la boda, el campesino decidió entrar y unirse a lo que parecía otra fiesta. Una vez
dentro del palacio, el campesino vio a un hada rodeada por varios enanitos
disfrutando de un festín. Todos invitaron al campesino a compartir la mesa con
ellos y no lo dudó dos veces, a pesar de que había acabado muy lleno de la boda.
El campesino, ya sentado en la mesa, decidió meterse todo cuanto pudo en los
bolsillos, puesto que ya no le cabía nada en el estómago. Acabada la fiesta, el
hada y los enanitos se fueron a un salón de baile y el campesino decidió que era
el momento de volver a casa. Cuando llegó, quiso presumir de todo cuanto le
había pasado ante su familia y sus criados y, para demostrarlo, sacó todo cuando
había metido en sus bolsillos. Pero, oh, oh…de los bolsillos no salió nada.
El campesino, enfurecido por las risas de todos, ordenó a la criada que se fuera de
su casa y que comprobara si quisiera cuanto le había contado. La pobre joven
salió de la casa entristecida, y acudió hasta los pies del pino. Pero, de pronto,
poco antes de llegar, notó algo muy brillante en los bolsillos de su delantal. Eran
monedas de oro.
Tan contenta se puso la criada que decidió no regresar nunca más al hogar del
campesino egoísta, y fue a ver a la mujer que mendigaba en el pino para darle
algunas monedas.
Tome señora, unas pocas monedas que tengo, seguro que le ayudarán. – Dijo la
joven.
Y en aquel mismo momento la falsa mendiga retomó su forma de hada,
recompensando la actitud de la joven con un premio todavía mayor, su libertad y
su felicidad eternas.
La leyenda del conejo grabado en la Luna
Existe una leyenda misteriosa que nos habla del dios
azteca Quetzalcóatl. Según esta leyenda, en una
tarde de verano, el dios azteca Quetzalcóatl pensó
que podía ser muy buena idea ir a dar un paseo.
Pero se olvidaba de que su aspecto, en forma de
serpiente emplumada, podría atemorizar al mundo.
De esta forma decidió que lo mejor sería bajar a
pasear a la Tierra tomando un nuevo aspecto
humano y común.
Caminó sin parar durante todo el día el dios
Quetzalcóatl disfrutando plenamente de todos los
maravillosos paisajes que le brindaba la preciosa
Tierra. Y tras mucho caminar, cuando ya parecía
despedirse el Sol entre las luces rosadas y mágicas
del atardecer, Quetzalcóatl sintió un hambre terrible
que le apretaba el estómago, además de un fuerte
cansancio. Pero a pesar de todo aquel malestar,
Quetzalcóatl no se detuvo en su camino.
Finalmente cayó la noche, y junto a una hermosa y casi anaranjada Luna, brillaban
miles de estrellas que eclipsaban al mismísimo dios. Y en ese justo instante
Quetzalcóatl pensó que debía parar su paseo y descansar finalmente para reponer
fuerzas. La belleza del firmamento le había hecho darse cuenta de que el mundo
merecía contemplarse con detenimiento y verdadera atención.
Tomó asiento en aquel mismo instante sobre una piedra gruesa del camino, y al
poco tiempo se le aproximó un conejito que parecía observarle con mucha
atención mientras movía los finos bigotes.
¿Qué comes?- Dijo el dios al conejo.
Como una deliciosa zanahoria que encontré por el camino. ¿Deseas que la
comparta contigo?
No gracias, no puedo quitarle su sustento a un ser vivo. Tal vez mi verdadero
destino sea pasar hambre y desfallecer como consecuencia de ello y también de
mi enorme sed.
¿Y por qué habría de pasar algo tan terrible si yo puedo ayudarte? – Replicó el
conejo.
Eres muy amable, conejito. Sigue tu camino y no te preocupes por mí. – Exclamó
apesadumbrado y agotado el dios Quetzalcóatl.
Solo soy un pequeño e insignificante conejo. No dudes en tomarme como tu
alimento cuando creas que no puedes más. En la Tierra, todos debemos encontrar
la manera de sobrevivir.
Quetzalcóatl se quedó completamente conmocionado ante aquellas palabras del
conejo y lo acarició con mucho cariño y emoción. Después lo cogió entre sus
manos y lo alzó hacia el cielo, en dirección al brillo que despedían las estrellas en
la noche. Tal alto lo subió con sus propias manos, que su silueta quedó grabada
en la gran Luna casi anaranjada. Mientras Quetzalcóatl volvía a descender sus
brazos con el conejo entre las manos, observaba el magnífico grabado que había
quedado en el cielo. La imagen del conejito quedaría para siempre en el
firmamento, para que fuese recordada siglos y siglos por todos los hombres que
habitaran la Tierra como premio por su bondad.
Después Quetzalcóatl se despidió del conejo, y agradeciéndole nuevamente su
amabilidad, continuó su camino. El pequeño conejito no podía creer lo que había
visto. Aquel hombre tenía aspecto de humano, pero se comportaba con una
grandeza fuera de lo normal.
Y con aquella reflexión observó anonadado el brillo de su silueta en la Luna
durante mucho, mucho, tiempo.
LOS UNICORNIOS
Hace mucho tiempo existieron unas extrañas y
maravillosas criaturas que poseían el cuerpo
como los caballos más hermosos de la tierra, y
además, un mágico cuerno en el centro de su
frente. Estas criaturas, llamadas unicornios, eran
de color blanco y se cree que procedían de
tierras indias.
Los unicornios debían albergar tanta magia, que
no podía verlos cualquier persona que quisiera
sino que, al contrario, eran muy pocos los
afortunados que tenían el privilegio de llegar a
observarlos. Aquellos que llegaban a hacerlo eran las personas que tenían un
corazón bueno y puro, cualidades que eran muy fácilmente rastreables por los
unicornios.
Los cuernos de los unicornios tenían propiedades sanatorios y curativas, y eran
tan poderosos que se dice que podían llegar a curar enfermedades muy peligrosas
y mortales. Incluso, muchos llegaron a decir que contenían los ingredientes
necesarios para alcanzar la eterna juventud.
Precisamente por todas aquellas razones, la existencia de un unicornio dependía
en su totalidad del mágico cuerno de su frente, y si llegaban a perderlo su destino
era la muerte.
En la Edad Media, sabedores de las propiedades del cuerno de los unicornios,
muchos cazadores se adentraron en los bosques para dar caza a estos
enigmáticos seres, con tan mala fortuna, que terminaron abocando a los
unicornios a su desaparición. Muy inteligentes, y como los unicornios eran seres
tan solitarios y solo dejaban verse por las personas buenas, aquellos temibles
cazadores se aprovechaban de las personas de corazón puro para capturar a los
unicornios y apresarles en busca de sus cuernos.
Tras su triste desaparición, la magnificencia y bondad de aquellos seres dejó en la
historia su recuerdo como símbolo de la fuerza, de la libertad, del valor, de la
bondad y, sobre todo, del poder de la magia que reside en las personas de gran
corazón.